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-The Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 2
-de 3), by Alain-René Lesage
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
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-
-Title: Historia de Gil Blas de Santillana (Vol 2 de 3)
- Novela
-
-Author: Alain-René Lesage
-
-Translator: P. Isla
-
-Release Date: July 30, 2016 [EBook #52682]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS DE SANTILLANA, VOL 2 ***
-
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-
-Produced by Josep Cols Canals, Carlos Colón and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
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- Notas del Transcriptor:
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- Texto en letras itálicas se denota con _líneas_ y texto enegrecido se
- denota con =signos de igual=.
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- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas
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- Le Sage
-
- HISTORIA DE GIL BLAS DE SANTILLANA
-
- TOMO II
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- MCMXXII
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-
- Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA.
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- LE SAGE
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-
- Historia
-
- de
-
- Gil Blas de Santillana
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- NOVELA
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- TOMO II
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-
- Traducción del P. Isla
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- [Ilustración]
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- MADRID, 1922
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- Talleres "Calpe", Larra, 6 y 8.--MADRID
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- GIL BLAS DE SANTILLANA
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- LIBRO CUARTO
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- CAPITULO PRIMERO
-
-No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres de los comediantes, se
-sale de casa de Arsenia y halla mejor conveniencia.
-
-
-Un tantico de honor y de religión que conservaba todavía en medio de
-tan estragadas costumbres me obligó, no sólo a dejar a Arsenia, sino
-a romper toda comunicación con Laura, a quien, sin embargo, no podía
-menos de amar, aun conociendo que me hacía mil infidelidades. ¡Dichoso
-aquel que sabe aprovecharse de ciertos momentos en que la razón viene a
-turbar los ilícitos embelesos que la tienen obcecada! Amaneció, pues,
-una mañana, muy dichosa para mí, en la cual hice mi hatillo, y sin
-contar con Arsenia, que si se va a decir verdad casi nada me debía de
-mi salario, ni despedirme de mi querida Laura, salí de aquella casa
-en que sólo se respiraba libertinaje. Premióme inmediatamente el
-Cielo esta buena obra, pues encontrando al mayordomo de mi difunto amo
-don Matías, le saludé, y él, conociéndome al instante, me preguntó a
-quién servía. Respondíle que había estado un mes en casa de Arsenia,
-cuyas costumbres desenvueltas no me cuadraban, y que en aquel mismo
-punto, voluntariamente, acababa de dejarla por salvar mi inocencia.
-El mayordomo, como si de suyo fuera hombre escrupuloso, aprobó mi
-delicadeza y me dijo que, pues yo era un mozo tan honrado, quería él
-mismo buscarme una buena conveniencia. Cumplió puntualmente su palabra,
-y en aquel mismo día me acomodó con don Vicente de Guzmán, de cuyo
-mayordomo él era grande amigo.
-
-No podía entrar en mejor casa, y así, nunca me arrepentí de haber
-estado en ella. Era don Vicente un caballero ya anciano y muy rico,
-que había muchos años vivía feliz, sin pleitos y sin mujer, porque
-los médicos le habían privado de la suya queriéndola curar de una tos
-que verosímilmente la dejaría vivir más largo tiempo si no hubiera
-tomado sus remedios. No pensó jamás en volverse a casar, dedicándose
-enteramente a la educación de Aurora, su hija única, que entraba
-entonces en los veintiséis y era una señorita completa. Juntaba a su
-hermosura poco común un entendimiento despejado y grande instrucción.
-Su padre era hombre de poco talento, pero tenía el de saber gobernar
-su casa. Sólo le hallaba yo un defecto, que a los viejos se les debe
-perdonar: gustaba mucho de hablar, sobre todo de guerras y batallas.
-Si por una desgracia se tocaba esta tecla en su presencia, luego sonaba
-en su boca la trompeta heroica, y se tenían por muy afortunados los
-oyentes si se contentaba con embocarles la relación de tres batallas y
-dos sitios. Como había militado las dos terceras partes de su vida, era
-su memoria un manantial inagotable de funciones y hazañas militares,
-que no siempre se oían con el gusto con que él las relataba. A esto se
-añadía que era muy prolijo, sobre ser un poco tartamudo, con lo cual
-sus relaciones se hacían en extremo desagradables. En lo demás, no era
-fácil encontrar un señor de mejor carácter. Siempre de igual humor,
-nada testarudo ni caprichoso, cosa verdaderamente rara en un hombre
-de su clase. Aunque gobernaba su hacienda con juicio y economía, se
-trataba muy decentemente. Componíase su familia de varios criados y de
-tres criadas, que servían a Aurora. Conocí desde luego que el mayordomo
-de don Matías me había colocado en una buena casa, y solamente pensé en
-el modo de conservarme en ella. Apliquéme a conocer bien el terreno y a
-estudiar el genio e inclinación de todos, arreglé después mi conducta
-por este conocimiento, y en poco tiempo logré tener en mi favor al amo
-y a todos mis compañeros.
-
-Habíase pasado casi un mes desde mi entrada en casa de don Vicente
-cuando se me figuró que su hija me distinguía entre los demás criados.
-Siempre que me miraba me parecía observar en sus ojos cierto agrado
-que no advertía en ella cuando miraba a los otros. A no haber
-tratado yo con elegantes y comediantes, nunca me hubiera pasado por
-la imaginación que Aurora pensase en mí; pero me habían abierto los
-ojos aquellos señores míos, en cuya escuela no siempre estaban en el
-mejor predicamento aun las damas de la más alta esfera. «Si hemos de
-dar crédito a algunos histriones--me decía yo a mí mismo--, tal vez
-suelen venir a las señoras más distinguidas ciertas fantasías de las
-cuales saben ellos aprovecharse. ¿Qué sé yo si mi ama tendrá de estos
-caprichos? Pero no--añadía inmediatamente--, no puedo persuadirme de
-tal cosa; no es esta señorita una de aquellas Mesalinas que, olvidadas
-de la noble altivez que les infunde su nacimiento, se rinden a la
-indecencia de humillarse hasta el polvo y se deshonran a sí mismas sin
-rubor. Será quizá una de aquellas virtuosas, pero tiernas y amorosas
-doncellas, que, sin traspasar los límites que la virtud prescribe a su
-ternura, no hacen escrúpulo de inspirar ni de sentir ellas mismas una
-pasión delicada que las entretiene sin peligro.»
-
-Este era el juicio que yo formaba de mi ama, sin saber precisamente
-a qué atenerme. Mientras tanto, siempre que me veía no dejaba de
-sonreírse y alegrarse, de manera que, sin pasar por necio, podía
-cualquiera creer tan bellas apariencias, y por lo mismo no hallé medio
-de impedir que me sedujesen. Consentí, pues, en que Aurora estaba muy
-prendada de mi mérito, y comencé a considerarme como uno de aquellos
-criados afortunados a quienes el amor hace dulcísima la servidumbre.
-Para mostrarme en cierto modo menos indigno del bien que parecía querer
-proporcionarme la fortuna, empecé a cuidar del aseo de mi persona más
-de lo que había cuidado hasta allí. Gastaba todo mi dinero en comprar
-ropa blanca, aguas de olor y pomadas. Lo primero que hacía por la
-mañana, luego que me levantaba de la cama, era lavarme, perfumarme bien
-y vestirme con todo el aseo posible, para no presentarme con desaliño
-a mi ama en caso de que me llamase. Con este cuidado de componerme, y
-con otros medios que empleaba para agradar, me lisonjeaba de que no
-tardaría mucho en declararse mi ventura.
-
-Entre las criadas de Aurora había una que se llamaba la Ortiz. Era una
-vieja que hacía más de veinte años que servía en casa de don Vicente.
-Había criado a su hija y conservaba todavía el título de dueña, aunque
-ya no ejercía aquel penoso empleo. Por el contrario, en lugar de
-vigilar las acciones de Aurora, como lo hacía en otro tiempo, entonces
-sólo atendía a ocultarlas, con lo cual gozaba toda la confianza de su
-ama. Una noche, habiendo buscado la dueña ocasión de hablarme sin que
-nadie pudiese oírnos, me dijo en voz baja que si yo era prudente y
-callado bajase al jardín a media noche, donde sabría cosas que no me
-disgustarían. Respondíle, apretándole la mano, que sin falta alguna
-bajaría, y prontamente nos separamos para no ser sorprendidos. Ya no
-dudé entonces de ser yo el objeto del cariño de Aurora. ¡Oh, y qué
-largo se me hizo el tiempo hasta la cena, sin embargo de que siempre se
-cenaba temprano, y desde la cena hasta que mi amo se recogió! Parecíame
-que aquella noche todo se hacía en casa con extraordinaria lentitud. Y
-para aumento de mi fastidio, cuando don Vicente se retiró a su cuarto,
-en vez de pensar en dormirse, se puso a repetirme sus campañas de
-Portugal, con que tanto me había machacado. Pero lo que jamás había
-hecho, y lo que precisamente guardó para regalarme aquella noche, fué
-irme nombrando uno por uno todos los oficiales que se habían hallado
-en ellas, refiriéndome al mismo tiempo las hazañas de cada cual. No
-puedo ponderar cuánto padecí en estarle oyendo hasta que concluyó. Al
-fin acabó de hablar y se metió en la cama. Retiréme inmediatamente al
-cuarto donde estaba la mía y del que se bajaba por una escalera secreta
-al jardín. Untéme de pomada todo el cuerpo, púseme una camisola limpia
-bien perfumada y nada omití de cuanto me pareció que podía contribuir a
-fomentar el capricho que me había figurado en mi ama, con lo que fuí al
-sitio de la cita.
-
-No encontré en él a la Ortiz y juzgué que, cansada de esperarme, se
-había vuelto a su cuarto, lo que me hizo perder todas mis esperanzas.
-Eché la culpa a don Vicente, y cuando estaba dando al diablo sus
-campañas, dió el reloj, conté las horas y vi que no eran mas que las
-diez. Tuve por cierto que el reloj andaba mal, creyendo imposible
-que no fuese ya por lo menos la una de la noche; pero estaba tan
-engañado, que un cuarto de hora después volví a contar las diez de
-otro reloj. «¡Bravo!--dije entonces entre mí--. Todavía faltan dos
-horas enteras de poste o de centinela. ¡No culparán mi tardanza! Pero
-¿qué haré hasta las doce? Paseémonos en este jardín y pensemos en el
-papel que debo hacer, que es para mí harto nuevo. No estoy acostumbrado
-a las bizarrías de las damas de distinción; solamente sé lo que se
-practica con las comediantas y mujercillas. Se presenta uno a ellas con
-familiaridad y franqueza y les dice su atrevido pensamiento sin reparo;
-pero con las señoras se observa otro ceremonial. Es menester, a lo que
-me parece, que el galán sea cortés, complaciente, tierno y moderado,
-pero sin ser tímido. No ha de querer precipitar atropelladamente su
-fortuna; para lograrla debe esperar el momento favorable.»
-
-Así discurría yo y así me proponía proceder con Aurora. Figurábame que
-dentro de poco tendría la dicha de verme a los pies de aquella amable
-persona y decirle mil cosas amorosas. Con este fin, traía a la memoria
-los pasajes de las comedias que me pareció podían servirme y darme
-gran lucimiento en nuestra conversación a solas. Lisonjeábame de que
-los aplicaría con oportunidad, y esperaba que, a ejemplo de algunos
-comediantes que yo conocía, pasaría por hombre de entendimiento, aunque
-no tuviese más que memoria. Mientras me ocupaba en estos pensamientos,
-los cuales divertían mi impaciencia con más gusto que las relaciones
-militares de mi amo, oí dar las once. «¡Bueno!--dije entonces--.
-¡Ya no me faltan mas que sesenta minutos que esperar! ¡Armémonos de
-paciencia!» Cobré ánimo y volvíme a recrear con las alegres fantasías
-de mi imaginación, parte paseándome y parte sentándome en un delicioso
-cenador formado en el extremo del jardín. Llegó en fin la hora de
-mí tan deseada; es decir, las doce. Pocos instantes después se dejó
-ver la Ortiz, tan puntual como yo, pero menos impaciente. «Señor Gil
-Blas--me dijo al acercarse--, ¿cuánto ha que está usted aquí?» «Dos
-horas», le respondí. «En verdad--añadió ella riéndose--que es usted muy
-cumplido, y da gusto darle citas para estas horas. Es cierto--prosiguió
-ya en tono serio--que eso y mucho más merece la dicha que le voy a
-anunciar. Mi ama quiere hablar a solas con usted y me ha mandado que
-le introduzca en su cuarto, en donde le espera. No tengo otra cosa que
-decirle; lo demás es un secreto que usted no debe saber sino de su
-propia boca. Sígame a donde le conduzca.» Y dicho esto, me cogió de la
-mano, y ella misma me introdujo misteriosamente en el aposento del ama
-por una puerta falsa de que tenía la llave.
-
-
-
-
- CAPITULO II
-
-Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la conversación que con él tuvo.
-
-
-Hallé a Aurora vestida de trapillo, lo que no me disgustó. Saludéla con
-el mayor respeto y con la mejor gracia que me fué posible. Recibióme
-con semblante risueño; hízome sentar junto a sí, repugnándolo yo, y lo
-que más me agradó fué que mandó a su embajadora se retirase a su cuarto
-y nos dejase solos. Después de este preludio, volviéndose hacia mí,
-me dijo: «Gil Blas, ya habrás advertido que te miro con buenos ojos y
-te distingo entre todos los criados de mi padre; cuando esto no fuese
-bastante para hacerte conocer la particularidad con que te estimo,
-juzgo que no te dejará dudarlo este paso que ahora doy.»
-
-No le di tiempo para que dijese más. Parecióme que, como hombre
-discreto, debía respetar su pudor y no darle lugar a mayor explicación.
-Levantéme enajenado, y arrojándome a sus pies como un héroe de teatro
-que se arrodilla ante su princesa, exclamé en tono declamatorio: «¡Ah,
-señora! ¿Me habré engañado? ¿Se dirigen a mí vuestras palabras? ¿Será
-posible que Gil Blas, juguete hasta aquí de la fortuna y el desecho
-de toda la naturaleza, sea tan venturoso que haya podido inspiraros
-afectos?...» «¡Baja un poco la voz--me dijo sonriéndose mi ama--, por
-no despertar a las criadas que duermen en el cuarto vecino! Levántate,
-vuelve a sentarte y escúchame hasta que acabe, sin interrumpirme. Sí,
-Gil Blas--prosiguió, volviendo a su afable serenidad--, es cierto que
-te estimo, y en prueba de ello voy a fiarte un secreto, del cual pende
-el sosiego de mi vida. Sabe que amo a un caballerito mozo, galán,
-airoso y de ilustre nacimiento, llamado don Luis Pacheco. Le veo
-algunas veces en el paseo y en la comedia, pero nunca le he hablado.
-Ignoro su carácter y también cuáles son sus prendas, si buenas o
-malas. Esto quisiera saberlo puntualmente, para lo cual necesito de
-un hombre sagaz y sincero que, informándose bien de sus costumbres,
-sepa darme una cuenta fiel de ellas. He puesto los ojos en ti con
-preferencia a los demás criados, persuadida de que nada arriesgo en
-darte este encargo. Espero que le desempeñarás con tanto sigilo y
-cautela que nunca tendré motivo para arrepentirme de haberte escogido
-por depositario de mi más íntima confianza.»
-
-Calló mi señorita para oír mi respuesta. Al principio me turbé algún
-tanto, conociendo mi necio engaño; pero volviendo prontamente en mí
-y venciendo la vergüenza que causa siempre la temeridad cuando sale
-con desgracia, supe mostrarle un celo tan vivo y un ardor tan grande
-en todo lo que fuese servirla y complacerla, que si no alcanzó para
-desimpresionarla del mal concepto que pudo haberle hecho formar mi
-atrevida presunción, bastaría por lo menos para que conociese que yo
-sabía enmendar muy bien una necedad. Pedíle no más que dos días de
-tiempo para poderle dar razón puntual de don Luis, los que me concedió;
-y llamando ella misma a la Ortiz, ésta me volvió a conducir al jardín,
-diciéndome con cierto aire burlón al despedirse: «¡Buenas noches! No te
-volveré a encargar otra vez que no dejes de acudir temprano al sitio de
-la cita, porque ya está vista tu puntualidad.»
-
-Volvíme a mi cuarto, no sin algún pesar de ver frustrado mi
-pensamiento. Con todo eso, tuve bastante juicio para consolarme y
-conocer que me tenía más cuenta ser el confidente que el amante de
-mi ama. Ofrecióseme también que esto podía hacerme hombre, pues los
-medianeros de amor eran regularmente bien recompensados por su trabajo,
-reflexiones que me divirtieron y consolaron, y fuíme a acostar con
-firme resolución de obedecer y servir a mi ama en cuanto exigiese de
-mí. Levantéme al día siguiente y salí de casa a desempeñar mi encargo.
-No era difícil saber dónde vivía un caballero tan conocido como don
-Luis. Tomé al instante informes de él en la vecindad; pero los sujetos
-a quienes me dirigí no pudieron satisfacer del todo mi curiosidad.
-Esto me obligó a hacer nuevas averiguaciones el día siguiente, y fuí
-más afortunado que el anterior. Encontré casualmente en la calle a un
-mozo a quien yo conocía, detuvímonos a hablar, y en aquel punto se
-llegó a él uno de sus amigos y le dijo que le habían despedido de casa
-de don José Pacheco, padre de don Luis, por haberle acusado de que
-se había bebido un barril de vino. No perdí una ocasión tan oportuna
-para saber cuanto deseaba, lo que conseguí a fuerza de preguntas; de
-manera que volví a casa muy contento porque ya podía cumplir la palabra
-que había dado a mi señorita, con quien había quedado de acuerdo que
-volvería a verla en el mismo sitio y de la misma manera que la noche
-antecedente. No estuve en ésta tan inquieto como la primera; lejos de
-impacientarme con las prolijas relaciones de mi amo, yo mismo le saqué
-la conversación de sus combates. Esperé a que fuese media noche con la
-mayor tranquilidad del mundo, y no me moví hasta que conté bien las
-doce de todos los relojes que se podían oír desde casa. Entonces bajé
-con mucho sosiego al jardín, sin pensar en perfumes ni en pomadas, pues
-hasta en esto me corregí.
-
-Encontré ya a la fiel dueña en el sitio mismo, y la taimada me dijo
-con algo de socarronería: «En verdad, Gil Blas, que hoy ha rebajado
-mucho tu puntualidad.» No le respondí palabra, fingiendo que no la
-oía, y ella me condujo al cuarto donde Aurora me estaba esperando.
-Preguntóme luego que me vió si me había informado bien acerca de don
-Luis y si había averiguado muchas cosas. «Sí, señora--le respondí--,
-tengo con qué satisfacer vuestra curiosidad. En primer lugar os diré
-que muy en breve marcha a Salamanca a concluir sus estudios. Según lo
-que me han dicho, es un señorito lleno de honor y probidad; y en cuanto
-al valor, no le puede faltar, pues es caballero y castellano. Fuera
-de eso, es un mozo entendido y de bellos modales; pero lo que quizá
-os dará poco gusto, y que, sin embargo, no puedo menos de deciros, es
-que vive algo demasiado a la moda de los señoritos modernos: quiero
-decir que es un grandísimo libertino. ¿Creerá usted que, siendo tan
-joven como es, ha tenido ya amistad con dos comediantas?» «¿Qué es
-lo que me dices?--exclamó Aurora--. ¡Dios mío y qué costumbres! Pero
-díme, Gil Blas, ¿estás cierto de que tiene una vida tan licenciosa?»
-«¿Cómo si estoy cierto?--le respondí--. No hay cosa más segura. Todo
-me lo ha contado un criado de su casa que fué despedido de ella esta
-mañana, y ya se sabe que los criados son muy veraces siempre que se
-trata de publicar los defectos de sus amos. Fuera de eso, el tal don
-Luis es muy amigo de don Alejo Seguier, de don Antonio Centelles y de
-don Fernando de Gamboa, prueba constante de su disolución.» «¡Basta,
-Gil Blas!--dijo suspirando mi pobre señorita--. En fuerza de tu informe
-comienzo desde ahora a combatir mi indigno amor. Aunque había echado
-ya profundas raíces en mi corazón, no desconfío de arrancarle de
-él. Vete--prosiguió---, y admite en premio de tu trabajo esta corta
-demostración de mi agradecimiento.» Al decir esto, me puso en la mano
-un bolsillo, que ciertamente no estaba vacío, añadiendo: «Sólo te
-encargo que guardes bien el secreto que he confiado a tu silencio.»
-
-Aseguréle que en este particular podía vivir sin el menor recelo,
-porque yo era el Harpócrates de los criados confidentes. Dicho esto, me
-retiré, impacientísimo por saber lo que contenía el bolsillo. Abríle y
-hallé en él veinte doblones. Luego se me ofreció que sin duda habría
-sido Aurora más liberal conmigo si yo le hubiera dado otra noticia
-más agradable, cuando pagaba con tanta generosidad una que le había
-causado tanto disgusto. Me pesó de no haber imitado a los escribanos y
-alguaciles, que disfrazan a veces la verdad, y me enfadé mucho contra
-mi tontería por haber sofocado en su nacimiento un amor que con el
-tiempo podía producirme grandísimas utilidades, si yo no hubiera hecho
-un necio alarde de ser sincero; pero al fin me consolé con los veinte
-doblones, que me recompensaban ventajosamente de lo que había gastado
-tan sin venir al caso en pomadas y perfumes.
-
-
-
-
- CAPITULO III
-
-De la gran mutación que sobrevino en casa de don Vicente y de la
-extraña determinación que el amor hizo tomar a la bella Aurora.
-
-
-Poco después de esta aventura se sintió malo don Vicente. Sobre ser
-de una edad bastante avanzada, los síntomas de la enfermedad eran tan
-violentos, que desde luego se temieron funestas resultas. Llamóse a
-los dos más famosos médicos de Madrid; uno era el doctor Andrés y el
-otro el doctor Oquendo. Pulsaron atentamente al doliente, y después
-de una exacta observación, convinieron entrambos en que los humores
-estaban en una preternatural fermentación y movimiento. En solo esto
-fueron de un parecer y estuvieron discordes en todo lo demás. El uno
-quería que se purgara al enfermo aquel mismo día y el otro opinaba
-que la purga se dilatase. El doctor Andrés decía que, por lo mismo
-que los humores estaban en una violenta agitación de flujo y reflujo,
-se los había de expeler aunque crudos con purgantes, antes que se
-fijasen en alguna parte noble y principal. Oquendo opinaba, por el
-contrario, que, estando todavía incoctos y crudos los humores, se
-debía esperar a que madurasen antes de recurrir a los purgantes.
-«Pero ese método--replicaba el otro--es directamente opuesto a lo
-que nos enseña el príncipe de la Medicina. Hipócrates advierte que
-se debe purgar al principio de la enfermedad y desde los primeros
-días de la más ardiente calentura, diciendo en términos expresos que
-se ha de acudir prontamente con la purga cuando los humores están
-en _orgasmo_, es decir, en su mayor agitación.» «¡Oh! ¡En eso está
-vuestra equivocación!--repuso Oquendo--. Hipócrates no entiende por la
-voz _orgasmo_ la agitación violenta, sino más bien la madurez de los
-humores.»
-
-Acaloráronse nuestros doctores en esta disputa. El uno recitó el texto
-griego y citó todos los autores que le explicaban como él. El otro se
-fiaba en la traducción latina, empeñándose con mayor calor y tomando
-el asunto en tono más alto. ¿A cuál de los dos se había de creer? Don
-Vicente no era hombre que pudiese resolver aquella cuestión; pero
-hallándose precisado a elegir una de las dos opiniones, adoptó la del
-que había echado al otro mundo más enfermos; quiero decir la del más
-viejo.
-
-Viendo esto el doctor Andrés, que era el más mozo, se retiró, pero no
-sin decir primero cuatro pullas bien picantes al más anciano sobre su
-_orgasmo_. Y he aquí que quedó triunfante Oquendo. Y como seguía los
-mismos principios que el doctor Sangredo, hizo sangrar copiosamente al
-enfermo, esperando para purgarle a que los humores estuviesen cocidos;
-pero la muerte, que temió quizá que una purga tan sabiamente diferida
-no le quitase la presa que ya tenía agarrada, impidió la cocción y se
-llevó a mi pobre amo. Tal fué el fin del señor don Vicente, que perdió
-la vida porque su médico no sabía el griego.
-
-Después de haber hecho Aurora las exequias correspondientes a un hombre
-de su distinguido nacimiento, entró en la administración de todo lo que
-tocaba a la casa. Dueña ya de su voluntad, despidió algunos criados,
-remunerándolos en proporción de su lealtad y méritos. Hecho esto, se
-retiró a una quinta que tenía a las márgenes del Tajo, entre Sacedón y
-Buendía. Yo fuí uno de los que permanecieron con ella y la siguieron
-a la aldea. No sólo eso, sino que también tuve la fortuna de que
-necesitase de mí. No obstante el fiel informe que yo le había dado de
-don Luis, todavía le amaba, o, por mejor decir, no pudiendo con todos
-sus esfuerzos vencer la violencia del amor, se había dejado llevar de
-su impulso. Como ya no necesitase tomar precauciones para hablarme
-a solas, me dijo un día suspirando: «Gil Blas, yo no puedo olvidar
-a don Luis; por más que hago para desecharle del pensamiento, se me
-representa siempre, no ya como tú me le pintaste, encenagado en los
-vicios, sino como yo quisiera que fuese, tierno, amoroso y constante.»
-Enternecióse al decir estas palabras y no pudo reprimir algunas
-lágrimas. También a mí me faltó poco para llorar; tanto fué lo que me
-conmovió su llanto. Ni podía hacerle mejor la corte que mostrándome
-afligido de su pena. «Veo, amigo Gil Blas--continuó, enjugándose sus
-hermosos ojos--, veo tu buen corazón y estoy muy satisfecha de tu
-celo, que prometo recompensar bien. Nunca más que ahora me ha sido
-necesario tu auxilio. Voy a descubrirte el pensamiento que ocupa
-en este instante mi atención; sin duda te parecerá extravagante y
-caprichoso. Has de saber que quiero ir cuanto antes a Salamanca, donde
-he pensado disfrazarme de caballero, bajo el nombre de don Félix, y
-hacer conocimiento con Pacheco, de modo que llegue a ganar su amistad
-y confianza. Hablaréle frecuentemente de doña Aurora de Guzmán,
-suponiéndome primo suyo, y como es natural que desee conocerla, aquí
-es donde yo le aguardo. Nosotros tendremos en Salamanca dos posadas;
-en una haré el papel de don Félix y en la otra el de doña Aurora; y
-dejándome ver de don Luis, unas veces vestida de hombre y otras de
-mujer, espero traerle al fin que me he propuesto. Confieso--añadió ella
-misma--que es muy extraño mi proyecto, pero la pasión que me arrastra y
-la inocente intención con que camino acaban de cegarme sobre el paso a
-que me quiero arriesgar.»
-
-Yo era del mismo parecer que Aurora en cuanto a la extravagancia del
-designio, que creía muy insensato. Sin embargo, aunque le tenía por
-tan contrario a la razón, me guardé muy bien de hacer el pedagogo;
-antes sí, comencé a dorar la píldora, y me esforcé a querer persuadirla
-que, en vez de ser una idea disparatada, era una delicada invención de
-ingenio que no podía traer consecuencia. No me acuerdo yo cuánto dije
-para convencerla de esto, pero cedió a mis persuasiones, porque a los
-amantes siempre les agrada que se celebren y aplaudan sus más locos
-desvaríos. En fin, convinimos los dos en que esta temeraria empresa
-la debíamos mirar como una especie de comedia burlesca inventada para
-divertirnos, en la cual sólo había de pensar cada uno en representar
-bien su papel. Escogimos los actores entre las gentes de casa y
-repartimos a cada cual el suyo. Todos le admitieron sin quejarse ni
-hacer esguinces, porque no éramos comediantes de profesión. A la señora
-Ortiz se lo encomendó el de tía de doña Aurora, señalándosele un criado
-y una doncella, y había de llamarse doña Jimena de Guzmán. A mí me
-tocaba el de ayuda de cámara de doña Aurora, que había de disfrazarse
-de caballero; y una de las criadas, disfrazada de paje, le había de
-servir separadamente. Arreglados así los papeles, nos restituímos a
-Madrid, donde supimos se hallaba todavía don Luis, pero disponiendo
-su viaje a Salamanca. Dimos orden para que se hiciesen cuanto antes
-los vestidos que habíamos menester, a fin de usar de ellos en tiempo
-y lugar, y hechos que fueron, se doblaron y metieron en diferentes
-baúles, y dejando al mayordomo el cuidado de la casa, marchó doña
-Aurora en un coche de colleras, tomando el camino del reino de León,
-acompañada de todos los que entrábamos en la comedia.
-
-Ibamos atravesando por Castilla la Vieja, cuando se rompió el eje del
-coche entre Avila y Villaflor, a trescientos o cuatrocientos pasos
-de una quinta que se dejaba ver al pie de una montaña. Veíamonos muy
-apurados, porque se acercaba la noche; pero un aldeano que acertó a
-pasar por allí nos sacó de aquel conflicto. Informónos de que aquella
-quinta era de una tal doña Elvira, viuda de don Pedro Pinares, y fué
-tanto el bien que dijo de aquella señora, que mi ama se determinó a
-enviarme a suplicarle de su parte se sirviese recogernos en su casa
-por aquella noche. No desmintió doña Elvira el informe del aldeano;
-bien es verdad que yo desempeñó mi comisión de tal modo, que la hubiera
-inclinado a recibirnos en su quinta aun cuando no hubiera sido la
-señora más agasajadora del mundo. Me recibió con mucha afabilidad y
-respondió a mi súplica en los términos que yo deseaba. Pasamos todos
-a la quinta, tirando las mulas el coche con el mayor tiento que se
-pudo. Encontramos a la puerta a la viuda de don Pedro, que salió
-cortesanamente al encuentro de mi ama. Paso en silencio los recíprocos
-cumplimientos que ambas se hicieron; sólo diré que doña Elvira era
-una señora ya de edad avanzada, pero a quien ninguna mujer del mundo
-excedía en desempeñar noblemente las obligaciones de la hospitalidad.
-Condujo a doña Aurora a un magnífico cuarto, donde, dejándola en
-libertad para que descansase, fué a dar disposiciones hasta sobre las
-cosas más menudas tocante a nosotros. Hecho esto, luego que estuvo
-dispuesta la cena mandó se sirviese en el cuarto de Aurora, donde las
-dos se sentaron a la mesa. No era la viuda de don Pedro una de aquellas
-personas que no saben obsequiar en un convite, manteniéndose en él
-con un aire enfadosamente grave, silencioso y pensativo; antes bien,
-era de genio jovial y sabía mantener siempre grata la conversación.
-Explicábase noblemente con frases escogidas y adecuadas. Yo admiraba su
-talento y el modo fino y delicado con que expresaba sus pensamientos,
-lo que me tenía embelesado; y no menos encantada se manifestaba Aurora.
-Se cobraron las dos una estrecha amistad y quedaron de acuerdo en
-mantenerla correspondiéndose por cartas. Nuestro coche no podía estar
-compuesto hasta el día siguiente y era muy natural que no pudiésemos
-salir hasta muy tarde, por lo que nos detuvimos todo aquel día en la
-misma quinta. A nosotros se nos sirvió también una cena muy abundante,
-y así dormimos todos tan bien como habíamos cenado.
-
-Al día siguiente descubrió mi ama nuevo fondo y nuevas gracias en la
-conversación de doña Elvira. Comieron las dos en una sala en que había
-muchas pinturas, entre las cuales sobresalía una cuyas figuras estaban
-pintadas con la mayor propiedad y que ofrecía a la vista un asunto
-verdaderamente trágico. Era un caballero muerto, tendido en tierra,
-bañado en su misma sangre, cuyo semblante parecía que, aun después de
-muerto, estaba amenazando. Cerca de él se dejaba ver, tendido también,
-el cadáver de una dama joven, aunque en diferente actitud, atravesado
-el pecho con una espada, y aun cuando se representaba exhalando el
-último aliento, tenía clavados los ojos en un joven que expresaba tener
-un mortal dolor de perderla. El pincel había representado en aquel
-lienzo otra figura que no llamaba menos la atención. Era un anciano de
-grave, hermoso y venerable aspecto, que, conmovido vivamente de los
-funestos objetos que se le presentaban a la vista, no se manifestaba
-menos afligido que el joven. Podríase decir que aquellas imágenes
-sangrientas excitaban en el mozo y en el anciano iguales movimientos,
-pero causando en los dos diferentes impresiones. El viejo, poseído
-de una profunda tristeza, parecía estar abatido enteramente de ella;
-mas en el mozo se echaba de ver el furor mezclado con la aflicción.
-Todos estos afectos estaban tan vivamente expresados, que no nos
-cansábamos de ver y admirar aquel cuadro. Preguntó mi ama qué suceso
-o qué historia representaba aquella pintura. «Señora--le respondió
-doña Elvira--, es una pintura fiel de las desgracias de mi familia.»
-Esta respuesta picó tanto la curiosidad de Aurora, y manifestó un
-deseo tan vehemente de saber más, que la viuda de don Pedro no pudo
-dispensarse de prometerle la satisfacción que deseaba. Esta promesa
-fué hecha a presencia de la Ortiz, de sus dos compañeras y mía; todos
-cuatro nos detuvimos en la sala después de la comida. Mi ama quiso que
-nos retirásemos; pero doña Elvira, que conoció nuestra gana de oír
-la explicación de aquel cuadro, tuvo la benignidad de decirnos que
-nos quedásemos, añadiendo que la historia que iba a referir no era de
-aquellas que pedían secreto. Un poco después principió su relación en
-los términos siguientes:
-
-
-
-
- CAPITULO IV
-
-
- El casamiento por venganza.
-
- NOVELA
-
-
-«Rogerio, rey de Sicilia, tuvo un hermano y una hermana. El hermano,
-que se llamaba Manfredo, se rebeló contra él y encendió en el reino una
-guerra no menos sangrienta que peligrosa; pero tuvo la desgracia de
-perder dos batallas y de caer en manos del rey, quien se contentó con
-privarle de la libertad en castigo de su rebelión, clemencia que sólo
-produjo el efecto de ser tenido por bárbaro en el concepto de algunos
-vasallos suyos, persuadidos de que no había perdonado la vida a su
-hermano sino para ejercer en él una venganza lenta e inhumana. Todos
-los demás, con mayor fundamento, atribuían a sola su hermana Matilde
-el duro trato que a Manfredo se le daba en la prisión. Con efecto,
-esta princesa siempre había aborrecido a aquel desgraciado príncipe y
-no cesó de perseguirle mientras él vivió. Murió Matilde poco después
-de Manfredo y su temprana muerte se tuvo como un justo castigo de su
-desapiadado corazón.
-
-»Dejó dos hijos Manfredo, ambos de tierna edad. Vaciló por algún tiempo
-Rogerio sobre si les haría quitar la vida, temiendo que en edad más
-avanzada no les ocurriese la idea de vengar el cruel trato que se había
-dado a su padre, resucitando un partido que todavía se sentía con
-fuerzas para causar peligrosas turbaciones en el Estado. Comunicó su
-pensamiento al senador Leoncio Sifredo, su primer ministro, quien, para
-disuadirle de aquel intento, se encargó de la educación del príncipe
-Enrique, que era el primogénito, y aconsejó al rey que confiase la del
-más joven, por nombre don Pedro, al condestable de Sicilia. Persuadido
-Rogerio de que estos dos fieles ministros educarían a sus sobrinos
-con toda la sumisión que a él se le debía, los entregó a su lealtad y
-cuidado, tomando para sí el de su sobrina Constanza. Era ésta de la
-edad de Enrique e hija única de la princesa Matilde. Púsole maestros
-que la enseñasen y criadas que la sirviesen, sin perdonar nada para su
-educación.
-
-»Tenía Sifredo una quinta, distante dos leguas cortas de Palermo, en
-un sitio llamado Belmonte. En ella se dedicó este ministro a dar a
-Enrique una enseñanza por la que mereciese con el tiempo ocupar el real
-trono de Sicilia. Descubrió desde luego en aquel príncipe prendas tan
-amables, que se aficionó a él como si no tuviera otros hijos, aunque
-era padre de dos niñas. La mayor, que se llamaba doña Blanca, contaba
-un año menos que el príncipe y estaba dotada de singular hermosura; la
-menor, por nombre Porcia, cuyo nacimiento había costado la vida a su
-madre, se hallaba aún en la cuna. Enamoráronse uno de otro, Blanca y
-Enrique, luego que fueron capaces de amar; pero no tenían libertad de
-hablarse a solas. Sin embargo, no dejaba el príncipe de lograr tal cual
-vez alguna ocasión para ello. Aprovechó tan bien aquellos preciosos
-momentos, que pudo persuadir a la hija de Sifredo a que le permitiese
-poner por obra un designio que estaba meditando. Sucedió oportunamente
-en aquel tiempo que Leoncio, de orden del rey, se vió precisado a hacer
-un viaje a una de las provincias más remotas de la isla, y durante su
-ausencia mandó Enrique hacer una abertura en el tabique de su cuarto,
-que estaba pared por medio del de doña Blanca. Cerróla con un bastidor
-y tablas de madera, tan ajustadas a la abertura y pintadas del mismo
-color del tabique, que no se distinguía de él ni era fácil se conociese
-el artificio. Un hábil arquitecto, a quien el príncipe había confiado
-su proyecto, ejecutó esta obra, con tanta diligencia como secreto.
-
-»Por esta puerta se introducía algunas veces el enamorado Enrique en
-el cuarto de doña Blanca, pero sin abusar jamás de aquella licencia.
-Si Blanca tuvo la imprudencia de permitir una entrada secreta en su
-estancia, fué, no obstante, confiada en las palabras que él le había
-dado de que nunca pretendería de ella sino los favores más inocentes.
-Hallóla una noche extraordinariamente inquieta y sobresaltada. Era
-el caso el haber sabido que Rogerio estaba gravemente enfermo y que
-había despachado una estrecha orden a Sifredo de que pasase a la corte
-prontamente para otorgar ante él su testamento, como gran canciller del
-reino. Figurábase ver a Enrique ya en el trono y temía perderle cuando
-se viese en aquella elevación; este temor le causaba mucha inquietud.
-Tenía bañados de lágrimas los ojos cuando entró en su cuarto Enrique.
-«Señora--le dijo--, ¿qué novedad es ésta? ¿Cuál es el motivo de esa
-profunda tristeza?» «Señor--respondió ella--, no puedo ocultaros mi
-sobresalto. El rey vuestro tío dejará presto de vivir y vos ocuparéis
-su lugar. Cuando considero lo que va a alejaros de mí vuestra nueva
-grandeza, confieso que me aflijo. Un monarca mira las cosas con ojos
-muy diversos que un amante, y aquello mismo que era todo su embeleso
-cuando reconocía un poder superior al suyo, apenas le hace más que
-una ligera impresión en la elevación del trono. Sea presentimiento,
-sea razón, siento en mi pecho movimientos que me agitan y que no
-alcanza a calmar toda la confianza a que me alienta vuestra bondad.
-No desconfío de vuestro amor; desconfío solamente de mi ventura.»
-«Adorable Blanca--replicó el príncipe--, oblíganme tus temores y ellos
-justifican mi pasión a tus atractivos; pero el exceso a que llevas tus
-desconfianzas ofende mi amor y--si me atrevo a decirlo--la estimación
-que me debes. ¡No, no! No pienses que mi suerte pueda separarse de
-la tuya; cree más bien que tú sola serás siempre mi alegría y mi
-felicidad. Destierra, pues, de ti ese vano temor. ¿Es posible que
-quieras turbar con él estos felicísimos momentos?» «¡Ah, señor--replicó
-la hija de Leoncio--, luego que vuestros vasallos os vean coronado,
-os pedirán por reina una princesa que descienda de una larga serie de
-reyes, cuyo brillante himeneo añada nuevos Estados a los vuestros, y
-tal vez, ¡ay!, vos corresponderéis a sus esperanzas aun a pesar de
-vuestras más firmes promesas!» «¿Y por qué--repuso Enrique, no sin
-alguna alteración--, por qué te anticipas a figurarte una idea triste
-de lo venidero? Si el Cielo dispusiera del rey mi tío, juro que te
-daré la mano en Palermo a presencia de toda mi corte. Así lo prometo,
-poniendo por testigo todo lo más sagrado que se conoce entre nosotros.»
-
-»Aquietóse la hija de Sifredo con las protestas de Enrique, y lo
-restante de la conversación se redujo a hablar de la enfermedad del
-rey, manifestando Enrique en este caso la bondad y nobleza de su
-corazón. Mostróse muy afligido del estado en que se hallaba el monarca
-su tío, pudiendo más en él la fuerza de la sangre que el atractivo
-de la corona. Pero aun no sabía Blanca todas las desdichas que la
-amenazaban. Habiéndola visto el condestable de Sicilia a tiempo que
-ella salía del cuarto de su padre, un día que él había venido a la
-quinta de Belmonte a negocios importantes, quedó ciegamente prendado de
-ella. Pidiósela a Sifredo al día siguiente y éste se la concedió; mas,
-sobreviniendo al mismo tiempo la enfermedad de Rogerio, se suspendió el
-casamiento, del que doña Blanca no había sido sabedora.
-
-»Una mañana, al acabar Enrique de vestirse, quedó singularmente
-sorprendido de ver entrar en su cuarto a Leoncio, seguido de doña
-Blanca. «Señor--le dijo aquel ministro---, vengo a daros una noticia
-que sin duda os afligirá, pero acompañada de un consuelo que podrá
-mitigar en parte vuestro dolor. Acaba de morir el rey vuestro tío, y
-por su muerte quedáis heredero de la corona. La Sicilia es ya vuestra.
-Los grandes del reino están aguardando en Palermo vuestras órdenes.
-Yo, señor, vengo encargado de ellos a recibirlas de vuestra boca, y
-en compañía de mi hija Blanca, para rendiros los dos el primero y más
-sincero homenaje que os deben todos vuestros vasallos.» Al príncipe
-no le cogió de nuevo esta noticia, por estar ya informado dos meses
-antes de la grave enfermedad que padecía el rey, que poco a poco iba
-acabando con él. Sin embargo, quedó suspenso algún tiempo; pero
-rompiendo después el silencio y volviéndose a Leoncio, le dijo estas
-palabras: «Prudente Sifredo, te miro y te miraré siempre como a padre y
-me alegraré de gobernarme por tus consejos; tú serás rey de Sicilia más
-que yo.» Dicho esto, se llegó a una mesa, donde había una escribanía,
-tomó un pliego de papel y echó en él su firma en blanco. «¿Qué hacéis,
-señor?», le interrumpió Sifredo. «Mostraros mi amor y mi gratitud»,
-respondió Enrique; y en seguida presentó a Blanca aquel papel y firma,
-diciéndole: «Recibid, señora, esta prenda de mi fe y del dominio que
-os doy sobre mi voluntad.» Tomóla Blanca, cubriéndose su hermosa cara
-de un honestísimo rubor, y respondió al príncipe: «Recibo con respeto
-la gracia de mi rey, pero estoy sujeta a un padre y espero que no
-llevaréis a mal ponga en sus manos vuestro papel, para que use de él
-como le aconsejare su prudencia.»
-
-»Entregó efectivamente a su padre el papel con la firma en blanco de
-Enrique. Conoció entonces Sifredo lo que hasta aquel punto no había
-descubierto su penetración. Comprendió toda la intención del príncipe
-y le contestó diciendo: «Espero que vuestra majestad no tendrá motivo
-para arrepentirse de la confianza que se sirve hacer de mí, y esté
-bien seguro de que jamás abusaré de ella.» «Amado Leoncio--interrumpió
-Enrique--, no temas que pueda llegar semejante caso; sea el que fuere
-el uso que hicieres de mi papel, no dudes que siempre lo aprobaré.
-Ahora vuelve a Palermo, dispón todo lo necesario para mi coronación y
-di a mis vasallos que voy prontamente a recibir el juramento de su
-fidelidad y a darles las mayores seguridades de mi amor.» Obedeció
-el ministro las órdenes de su nuevo amo y marchó a Palermo, llevando
-consigo a doña Blanca.
-
-»Pocas horas después partió también de Belmonte el mismo Enrique,
-pensando más en su amor que en el elevado puesto a que iba a ascender.
-
-»Luego que se dejó ver en la ciudad, resonaron en el aire mil
-aclamaciones de alegría, y entre ellas entró Enrique en palacio, donde
-halló ya hechos todos los preparativos para su coronación. Encontró
-en él a la princesa Constanza, vestida de riguroso luto, mostrándose
-traspasada de dolor por la muerte de Rogerio. Hiciéronse los dos
-sobre este asunto recíprocos cumplidos, y ambos los desempeñaron con
-discreción, aunque con algo más de frialdad por parte de Enrique que
-por la de Constanza, la cual, no obstante los disturbios de la familia,
-nunca había querido mal a este príncipe. Ocupó el rey el trono y la
-princesa se sentó a su lado, en una silla puesta un poco más abajo.
-Los magnates del reino se sentaron donde a cada uno, según su clase o
-empleo, le correspondía. Empezó la ceremonia, y Leoncio, que como gran
-canciller del reino era depositario del testamento del difunto rey,
-dió principio a ella, leyéndolo en alta voz. Contenía en substancia
-que, hallándose el rey sin hijos, nombraba por sucesor en la corona al
-hijo primogénito de Manfredo, con la precisa condición de casarse con
-la princesa Constanza, y que si no quería darle la mano de esposo,
-quedase excluído de la corona de Sicilia y pasase ésta al infante don
-Pedro, su hermano menor, bajo la misma condición.
-
-»Quedó Enrique altamente sorprendido al oír esta cláusula. No se puede
-expresar la pena que le causó, pero creció hasta lo sumo cuando,
-acabada la lectura del testamento, vió que Leoncio, hablando con todo
-el Consejo, dijo así: «Señores, habiendo puesto en noticia de nuestro
-nuevo monarca la última disposición del difunto rey, este generoso
-príncipe consiente en honrar con su real mano a su prima la princesa
-Constanza.» Interrumpió el rey al canciller, diciéndole conturbado:
-«¡Acordaos, Leoncio, del papel que Blanca!...» «Señor--respondió
-Sifredo, interrumpiéndole con precipitación, sin darle tiempo a que
-se explicase más--, ese papel es éste que presento al Consejo. En él
-reconocerán los grandes del reino el augusto sello de vuestra majestad,
-la estimación que hace de la princesa y su ciega deferencia a las
-últimas disposiciones del difunto rey su tío.» Acabadas de decir estas
-palabras, comenzó a leer el papel en los términos en que él mismo le
-había llenado. En él prometía el nuevo monarca a sus pueblos, en la
-forma más auténtica, casarse con la princesa Constanza, conformándose
-con las intenciones de Rogerio. Resonaron en la sala los aplausos de
-todos los circunstantes, diciendo: «¡Viva el magnánimo rey Enrique!»
-Como era notoria a todos la aversión que este príncipe había tenido
-siempre a la princesa, temían, no sin razón, que, indignado de la
-condición del testamento, excitase movimientos en el reino y se
-encendiese en él una guerra civil que le desolase; pero asegurados los
-grandes y el pueblo con la lectura del papel que acababan de oír, esta
-seguridad dió motivo a las aclamaciones universales, que despedazaban
-secretamente el corazón del nuevo rey.
-
-»Constanza, que por su propia gloria, y guiada de un afecto de cariño,
-tenía en todo esto más interés que otro alguno, se aprovechó de
-aquella ocasión para asegurarle de su eterno reconocimiento. Por más
-que el príncipe quiso disimular su turbación, era tanta la que le
-agitaba cuando recibió el cumplido de la princesa, que ni aun acertó a
-responderle con la cortesana atención que exigía de él. Rindióse al fin
-a la violencia que él se hacía, y llegándose al oído a Sifredo, que por
-razón de su empleo estaba bastante cerca de su persona, le dijo en voz
-baja: «¿Qué es esto, Leoncio? El papel que tu hija puso en tus manos no
-fué para que usases de él de esa manera.» «Vos faltáis... ¡Acordaos,
-señor, de vuestra gloria!--le respondió Sifredo con entereza--. Si no
-dais la mano a Constanza y no cumplís la voluntad del rey vuestro tío,
-perdióse para vos el reino de Sicilia.» Apenas dijo esto, se separó
-del rey, para no darle lugar a que replicase. Quedó Enrique sumamente
-confuso, no pudiendo resolverse a abandonar a Blanca ni a dejar de
-partir con ella la majestad y gloria del trono. Estando dudoso largo
-rato sobre el partido que había de tomar, se determinó al cabo,
-pareciéndole haber encontrado arbitrio para conservar a la hija de
-Sifredo sin verse precisado a la renuncia del trono. Aparentó quererse
-sujetar a la voluntad de Rogerio, lisonjeándose de que, mientras
-solicitaba la dispensa de Roma para casarse con su prima, granjearía
-a su favor con gracias a los grandes del reino y afianzaría su poder
-de manera que ninguno le pudiese obligar a cumplir la condición del
-testamento.
-
-»Abrazado este designio, se sosegó un poco, y volviéndose a Constanza
-le confirmó lo que el gran canciller le había dicho en público; pero en
-el mismo punto en que hacía traición a su propio corazón, ofreciendo su
-fe a la princesa, entró Blanca en la sala del Consejo, adonde iba de
-orden de su padre a cumplimentar a la princesa, y llegaron a sus oídos
-las palabras que Enrique le decía. Fuera de eso, no creyendo Leoncio
-que pudiese ya dudar de su desgraciada suerte, le dijo, presentándola
-a Constanza: «Rinde, hija mía, tu fidelidad y respeto a la reina tu
-señora, deseándole todas las prosperidades de un floreciente reinado
-y de un feliz himeneo.» Golpe terrible que atravesó el corazón de la
-desgraciada Blanca. En vano se esforzó a disimular su pesar. Demudósele
-el semblante, encendiéndosele de repente y pasando en un momento de
-incendio a palidez, con un temblor o estremecimiento general de todo
-su cuerpo. Sin embargo, no entró en sospecha alguna la princesa, pues
-atribuyó el desorden de sus palabras a la natural cortedad de una
-doncella criada lejos del trato de la Corte y poco acostumbrada a ella.
-No sucedió lo mismo con el rey, quien perdió toda su compostura y
-majestad a vista de Blanca, y salió fuera de sí mismo, leyendo en sus
-ojos la pena que le atormentaba. No dudó que, creyendo las apariencias,
-ya en su corazón le tuviese por un traidor. No habría sido tan grande
-su inquietud si hubiera podido hablarle; pero ¿cómo era esto posible a
-vista de toda la Sicilia, que tenía puestos los ojos en él? Por otra
-parte, el cruel Sifredo cerró la puerta a esta esperanza. Estuvo viendo
-este ministro todo lo que pasaba en el corazón de los dos amantes,
-y queriendo precaver las calamidades que podía causar al Estado la
-violencia de su amor, hizo con arte salir de la concurrencia a su
-hija y tomó con ella el camino de Belmonte, bien resuelto, por muchas
-razones, a casarla cuanto antes.
-
-»Luego que llegaron a aquel sitio, le hizo saber todo el horror de
-su suerte. Declaróle que la había prometido al condestable. «¡Santo
-Cielo--exclamó transportada de un dolor que no bastó a contener la
-presencia de su padre--, y qué crueles suplicios tenías guardados
-para la desgraciada Blanca!» Fué tan violento su arrebato, que todas
-las potencias de su alma quedaron suspensas. Helado su cuerpo, frío y
-pálido, cayó desmayada en los brazos de su padre. Conmoviéronse las
-entrañas de éste viéndola en aquel estado. Sin embargo, aunque sintió
-vivamente lo que padecía su hija, se mantuvo firme en su primera
-determinación. Volvió Blanca en sí, más por la fuerza de su mismo
-dolor que por el agua con que la roció su padre. Abrió sus desmayados
-ojos, y viendo la prisa que se daba a socorrerla, «Señor--le dijo con
-voz casi apagada--, me avergüenzo de que hayáis visto mi flaqueza; pero
-la muerte, que no puede tardar ya en poner fin a mis tormentos, os
-librará presto de una hija desdichada que sin vuestro consentimiento
-se atrevió a disponer de su corazón.» «No, amada Blanca--respondió
-Leoncio--, no morirás; antes bien, espero que tu virtud volverá presto
-a ejercer sobre ti su poder. La pretensión del condestable te da honor,
-pues bien sabes que es el primer hombre del Estado...» «Estimo su
-persona y su gran mérito--interrumpió Blanca--; pero, señor, el rey
-me había hecho esperar...» «Hija--dijo Sifredo interrumpiéndola--, sé
-todo lo que me puedes decir en este asunto. No ignoro el afecto con que
-miras a ese príncipe, y ciertamente que en otras circunstancias, lejos
-de desaprobarlo, yo mismo procuraría con todo empeño asegurarte la mano
-de Enrique, si el interés de su gloria y el del Estado no le pusieran
-en precisión de dársela a Constanza. Con esta única e indispensable
-condición le declaró por sucesor suyo el difunto rey. ¿Quieres tú que
-prefiera tu persona a la corona de Sicilia? Créeme, hija, te acompaño
-vivamente en el dolor que te aflige. Con todo eso, supuesto que no
-podemos luchar contra el destino, haz un esfuerzo generoso. Tu misma
-gloria se interesa en que hagas ver a todo el reino que no fuiste
-capaz de consentir en una esperanza aérea; fuera de que tu pasión al
-rey podía dar motivo a rumores poco favorables a tu decoro; y para
-evitarlos, el único medio es que te cases con el condestable. En fin,
-Blanca, ya no es tiempo de deliberar; el rey te deja por un trono
-y da su mano a Constanza. Al condestable le tengo dada mi palabra;
-desempéñala tú, te ruego, y si para resolverte fuere necesario que me
-valga de mi autoridad, te lo mando.»
-
-»Dichas estas palabras, la dejó, dándole lugar para que reflexionase
-sobre lo que acababa de decirle. Esperaba que, después de haber pesado
-bien las razones de que se había valido para sostener su virtud
-contra la inclinación de su corazón, se determinaría por sí misma a
-dar la mano al condestable. No se engañó en esto; pero ¡cuánto costó
-a la infeliz Blanca tan dolorosa resolución! Hallábase en el estado
-más digno de lástima: el sentimiento de ver que habían pasado a ser
-evidencias sus presentimientos sobre la deslealtad de Enrique, y la
-precisión, no casándose con él, de entregarse a un hombre a quien no
-le era posible amar, causaban en su pecho unos impulsos de aflicción
-tan violentos que cada instante era un nuevo tormento para ella. «Si
-es cierta mi desgracia--exclamaba--, ¿cómo es posible que yo resista
-a ella sin costarme la vida? ¡Despiadada suerte! ¿A qué fin me
-lisonjeabas con las más dulces esperanzas si habías de arrojarme en un
-abismo de males? ¡Y tú, pérfido amante, tú te entregas a otra cuando
-me prometes una fidelidad eterna! ¿Has podido tan pronto olvidarte
-de la fe que me juraste? ¡Permita el Cielo, en castigo de tu cruel
-engaño, que el lecho conyugal, que vas a manchar con un perjurio, se
-convierta en teatro de crueles remordimientos en vez de los lícitos
-placeres que esperas; que las caricias de Constanza derramen un veneno
-en tu fementido pecho y que tu himeneo sea tan funesto como el mío!
-¡Sí, traidor! ¡Sí, falso! ¡Seré esposa del condestable, a quien no amo,
-para vengarme de mí misma y para castigarme de haber elegido tan mal el
-objeto de mi loca pasión! ¡Ya que la religión no me permite darme la
-muerte, quiero que los días que me quedan de vida sean una cadena de
-pesares y molestias! ¡Si conservas todavía algún amor hacia mí, será
-vengarme también de ti el arrojarme a tu vista en los brazos de otro;
-pero si me has olvidado enteramente, podrá a lo menos gloriarse la
-Sicilia de haber producido una mujer que supo castigar en sí misma la
-demasiada ligereza con que dispuso de su corazón!»
-
-»En esta dolorosa situación pasó la noche que precedió a su matrimonio
-con el condestable aquella infeliz víctima del amor y del deber. El día
-siguiente, hallando Sifredo pronta y dispuesta a su hija a obedecerle
-en lo que deseaba, se dió prisa a no malograr tan favorable coyuntura.
-Hizo ir aquel mismo día al condestable a Belmonte y se celebró de
-secreto el matrimonio en la capilla de aquella quinta. ¡Oh y qué
-día aquel para Blanca! No le bastaba renunciar a una corona, perder
-un amante amado y entregarse a un objeto aborrecido, sino que era
-menester hacerse la mayor violencia y disimular su angustia delante
-de un marido naturalmente celoso y que le profesaba un vehementísimo
-cariño. Lleno de júbilo el esposo porque era ya suya, no se apartaba
-un momento de su lado y ni aun le dejaba el triste consuelo de llorar
-a solas sus desgracias. Llegó la noche, y con ella la hora en que a la
-hija de Leoncio se le aumentó la pena. Pero ¡qué fué de ella cuando,
-habiéndola desnudado sus criadas, la dejaron sola con el condestable!
-Preguntóle éste respetuosamente cuál era el motivo de aquel decaimiento
-en que parecía que estaba. Turbó esta pregunta a Blanca, quien fingió
-que se sentía indispuesta. Al pronto quedó el esposo engañado, pero
-permaneció poco en su error. Como verdaderamente le tenía inquieto
-el estado en que la veía, y la instaba a que se acostase, estas
-instancias, que ella interpretó mal, ofrecieron a su imaginación la
-idea más amarga y cruel; tanto, que, no siendo ya dueña de poderse
-reprimir, dió libre curso a sus suspiros y a sus lágrimas. ¡Oh, qué
-espectáculo para un hombre que pensaba haber llegado al colmo de sus
-deseos! Entonces ya no puso duda en que en la aflicción de su esposa
-se ocultaba alguna cosa de mal agüero para su amor. Con todo eso,
-aunque este conocimiento le puso en términos casi tan deplorables como
-los de Blanca, pudo tanto consigo que supo disimular sus recelos.
-Repitió las instancias para que se acostase, dándole palabra de que la
-dejaría reposar quietamente todo lo que hubiese menester, y aun se
-ofreció a llamar a sus criadas si juzgaba que su asistencia le podía
-servir de algún alivio. Respondió Blanca, serenada con esta promesa,
-que solamente necesitaba dormir para reparar el desfallecimiento que
-sentía. Fingió creerla el condestable. Acostáronse los dos y pasaron
-una noche muy diferente de la que conceden el amor y el himeneo a dos
-amantes apasionados.
-
-»Mientras la hija de Sifredo se entregaba a su dolor, andaba el
-condestable considerando dentro de sí qué cosa podía ser la que llenaba
-de amargura su matrimonio. Persuadíase que tenía algún competidor;
-pero cuando le quería descubrir, se enredaban y confundían sus ideas,
-y sabía solamente que él era el hombre más infeliz del mundo. Había
-pasado con este desasosiego las dos terceras partes de la noche, cuando
-llegó a sus oídos un ruido confuso. Quedó sumamente sorprendido,
-sintiendo ciertos pasos lentos en su mismo cuarto. Túvolo por ilusión,
-acordándose de que él por sí había cerrado la puerta luego que se
-retiraron las criadas de Blanca. Descorrió, no obstante, la cortina de
-la cama, para informarse por sus propios ojos de la causa que podía
-haber ocasionado aquel ruido; pero habiéndose apagado la luz que había
-quedado encendida en la chimenea, sólo pudo oír una voz débil y tenue
-que llamaba repetidamente a Blanca. Encendiéronse entonces sus celosas
-sospechas, convirtiéndose en furor. Sobresaltado su honor, le obligó a
-levantarse, y considerándose obligado a precaver una afrenta o a tomar
-venganza de ella, echó mano a la espada, y con ella desnuda acudió
-furioso hacia donde creía oír la voz. Siente otra espada desnuda que
-hace resistencia a la suya; avanza, y advierte que el otro se retira.
-Sigue al que se defiende, y de repente cesa la defensa y sucede al
-ruido el más profundo silencio. Busca a tientas por todos los rincones
-del cuarto al que parecía huir, y no le encuentra. Párase, escucha,
-y ya nada oye. ¿Qué encanto es éste? Acércase a la puerta que a su
-parecer había favorecido la fuga del secreto enemigo de su honra,
-tienta el cerrojo y hállala cerrada como la había dejado. No pudiendo
-comprender cosa alguna de tan extraño suceso, llama a los criados que
-estaban más cercanos, y como para eso abrió la puerta, cerrando el paso
-de ella, se mantuvo con cautela para que no se escapase el que buscaba.
-
-»A sus repetidas voces acuden algunos criados, todos con luces. Toma él
-mismo una y vuelve a examinar todos los rincones del cuarto, siempre
-con la espada desnuda. A ninguno halla y no descubre ni aun el menor
-indicio de que nadie haya entrado en él, no encontrándose puerta
-secreta ni abertura por donde pudiera introducirse. Sin embargo, no
-le era posible cegarse ni alucinarse sobre tantos incidentes que le
-persuadían de su desgracia. Esto despertó en su fantasía gran confusión
-de pensamientos. Recurrir a Blanca para el desengaño parecía recurso
-inútil, igualmente que arriesgado, pues le importaba tanto ocultar
-la verdad que no se podía esperar de ella la más leve explicación.
-Adoptó, pues, el partido de ir a desahogar su corazón con Leoncio,
-después de haber mandado a los criados se fuesen, diciéndoles que creía
-haber oído algún ruido en el cuarto, pero que se había equivocado.
-Encontró a su suegro, que salía de su cuarto, habiéndole despertado
-el rumor que había oído, y le contó menudamente todo lo que le había
-pasado, con muestras de extraña agitación y de un profundo dolor.
-
-»Sorprendióse Sifredo al oír el suceso y no dudó ni un solo momento de
-su verdad, por más que las apariencias la representasen poco natural,
-pareciéndole desde luego que todo era posible en la ciega pasión del
-rey, pensamiento que le afligió vivamente. Pero lejos de fomentar las
-celosas sospechas de su yerno, le representó en tono de seguridad
-que aquella voz que se imaginaba haber oído y aquella espada que
-se figuraba haberse opuesto a la suya no podían ser sino fantasías
-de una imaginación engañada por los celos; que no era posible que
-ninguno tuviese aliento para entrar en el cuarto de su hija; que la
-tristeza que había advertido en ella podía ser efecto natural de alguna
-indisposición; que el honor nada tenía que ver con las alteraciones
-de la salud; que la mudanza de estado en una doncella acostumbrada a
-vivir en la soledad y que se veía repentinamente entregada a un hombre,
-sin haber tenido tiempo para conocerle ni amarle, podía muy bien ser
-la causa de aquellos suspiros, de aquella aflicción y de aquel amargo
-llanto; que el amor en el corazón de las doncellas de sangre noble
-sólo se encendía con el tiempo y con los obsequios, y que así, le
-aconsejaba calmase sus recelos y aumentase su amor y sus finezas, para
-ir disponiendo poco a poco a Blanca a mostrarse más cariñosa, y que le
-rogaba, en fin, volviese hacia ella, persuadido de que su desconfianza
-y turbación ofendían su virtud.
-
-»Nada respondió el condestable a las razones de su suegro, o porque
-en efecto comenzó a creer que pudo haberle engañado la confusión en
-que estaba su espíritu, o porque le pareció más conveniente disimular
-que intentar en vano convencer al anciano de un acontecimiento tan
-desnudo de verosimilitud. Restituyóse al cuarto de su mujer, se volvió
-a la cama y procuró lograr algún descanso de sus penosas inquietudes a
-beneficio del sueño. Por lo que toca a Blanca, no estaba más tranquila
-que él, porque había oído claramente todo lo que oyó su esposo y no
-podía atribuir a ilusión un lance de cuyo secreto y motivos estaba
-tan enterada. Estaba admirada de que Enrique hubiese pensado en
-introducirse en su cuarto después de haber dado tan solemnemente su
-palabra a la princesa Constanza, y en vez de darse el parabién de este
-paso y de que le causase alguna alegría, lo conceptuó como un nuevo
-ultraje, que encendió en cólera su pecho.
-
-»Mientras la hija de Sifredo, preocupada contra el joven rey, le
-juzgaba por el más pérfido de los hombres, el desgraciado monarca,
-más prendado que nunca de su amada Blanca, deseaba hablarle, para
-desengañarla contra las apariencias que le condenaban. Hubiera venido
-mucho más presto a Belmonte para este efecto a habérselo permitido
-los cuidados y ocupaciones del gobierno o si antes de aquella noche
-hubiera podido evadirse de la corte. Conocía bien todas las entradas
-de un sitio donde se había criado y ningún obstáculo tenía para hallar
-modo de introducirse en la quinta, habiéndose quedado con la llave de
-una entrada secreta que comunicaba a los jardines. Por éstos llegó a
-su antiguo cuarto y desde él se introdujo en el de Blanca. Fácil es de
-imaginar cuánta sería la admiración de este príncipe cuando tropezó
-allí con un hombre y con una espada que salía al encuentro de la suya.
-Faltó poco para que no se descubriese, haciendo castigar en aquel
-mismo instante al temerario que tenía atrevimiento de levantar su mano
-sacrílega contra su propio rey; pero la consideración que debía a la
-hija de Leoncio suspendió su resentimiento; se retiró por donde había
-entrado y, más turbado que antes, volvió a tomar el camino de Palermo.
-Llegó a la ciudad poco antes que despuntase el día y se encerró en su
-cuarto, tan agitado que no le fué posible lograr ningún descanso, y no
-pensó mas que en volver a Belmonte. La seguridad de su vida, su mismo
-honor, y sobre todo su amor, le excitaban a que procurase saber sin
-dilación todas las circunstancias de tan cruel acontecimiento.
-
-»Apenas se levantó, dió orden de que se previniese el tren de caza,
-y, con pretexto de querer divertirse en ella, se fué al bosque de
-Belmonte, con sus monteros y algunos cortesanos. Cazó por disimulo
-algún tiempo, y cuando vió que toda su comitiva corría tras de los
-perros, él se separó y marchó solo a la quinta de Leoncio. Estaba
-seguro de no perderse, porque tenía muy conocidas todas las sendas
-del bosque; y no permitiéndole su impaciencia atender a la fatiga de
-su caballo, en breve tiempo corrió todo el espacio que le separaba
-del objeto de su amor. Caminaba discurriendo algún pretexto plausible
-que le proporcionase ver en secreto a la hija de Sifredo, cuando, al
-atravesar un sendero que iba a dar a una de las puertas del parque, vió
-no lejos de sí a dos mujeres que estaban sentadas en conversación a la
-sombra de un árbol. No dudó que eran algunas personas de la quinta,
-y esta vista le causó algún sobresalto; pero su agitación llegó a lo
-sumo cuando, volviendo aquellas mujeres la cabeza al ruido que hacía el
-caballo, reconoció que su adorada Blanca era una de ellas. Había salido
-de la quinta llevando consigo a Nise, criada de su mayor confianza,
-para llorar con libertad su desdicha en aquel sitio retirado.
-
-»Luego que Enrique la conoció, fué volando hacia ella, precipitóse, por
-decirlo así, del caballo, arrojóse a sus pies, y descubriendo en sus
-ojos todas las señales de la más viva aflicción, le dijo enternecido:
-«Suspende, bella Blanca, los ímpetus de tu dolor. Las apariencias
-confieso que me hacen parecer culpable a tus ojos; mas cuando estés
-enterada del designio que he formado con respecto a ti, puede ser
-que lo que miras como delito te parezca una prueba de mi inocencia y
-del exceso de mi amor.» Estas palabras, que en el concepto de Enrique
-le parecían capaces de mitigar la pena de Blanca, sólo sirvieron para
-exacerbarla más. Quiso responderle, pero los sollozos ahogaron su voz.
-Asombrado el príncipe de verla tan turbada, prosiguió diciéndole: «Pues
-qué, señora, ¿es posible que no pueda yo calmar el desasosiego que os
-agita? ¿Por qué desgracia he perdido vuestra confianza, yo que expongo
-mi corona y hasta mi vida por conservarme sólo para vos?» Entonces
-la hija de Leoncio, haciendo el mayor esfuerzo sobre sí misma para
-explicarse, le respondió: «Señor, ya llegan tarde vuestras promesas; no
-hay ya poder en el mundo para que en adelante sea una misma la suerte
-de los dos.» «¡Ay, Blanca!--interrumpió el rey precipitadamente--.
-¡Qué palabras tan crueles han proferido tus labios! ¿Quién será
-capaz en el mundo de hacerme perder tu amor? ¿Quién será tan osado
-que tenga aliento para oponerse al furor de un rey, que reduciría a
-cenizas toda la Sicilia antes que sufrir que ninguno os robe a sus
-esperanzas?» «¡Inútil será, señor, todo vuestro poder--respondió con
-desmayada voz la hija de Sifredo--para allanar el invencible obstáculo
-que nos separa! Sabed que ya soy mujer del condestable.» «¡Mujer del
-condestable!», exclamó el rey dando algunos pasos atrás, y no pudo
-decir más: tan sorprendido quedó de aquel impensado golpe. Faltáronle
-las fuerzas y cayó desmayado al pie de un árbol que estaba allí
-cerca. Quedó pálido, trémulo y tan enajenado que sólo tenía libres
-los ojos para fijarlos en Blanca, de un modo tan tierno que desde
-luego la dejaba comprender cuánto le había afligido el infortunio que
-le anunciaba. Blanca, por su parte, le miraba también, con semblante
-tal que manifestaba ser muy parecidos los afectos de su corazón a los
-que tanto agitaban el de Enrique. Mirábanse los dos desventurados
-amantes con un silencio en que se dejaba traslucir cierta especie de
-horror. Por último, el príncipe, volviendo algún tanto de su trastorno
-por un esfuerzo de valor, tomó de nuevo la palabra y dijo a Blanca,
-suspirando: «¿Qué habéis hecho, señora? ¡Vuestra credulidad me ha
-perdido a mí y os ha perdido a vos!»
-
-»Resintióse Blanca de que el rey, a su parecer, la culpase, cuando ella
-vivía persuadida de que tenía de su parte las más poderosas razones
-para estar quejosa de él, y le dijo: «Qué, señor, ¿pretendéis por
-ventura añadir el disimulo a la infidelidad? ¿Queríais que desmintiese
-a mis ojos y a mis oídos y que a pesar de su testimonio os tuviese por
-inocente? No, señor; confieso que no me siento con valor para hacer
-esta violencia a mi razón.» «Sin embargo--dijo el rey--, esos testigos
-de que tanto os fiáis os han engañado ciertamente. Han conspirado
-contra vos y os han hecho traición. ¡Tan verdad es que yo estoy
-inocente y que siempre os he sido fiel, como lo es que vos sois esposa
-del condestable!» «Pues qué, señor--repuso Blanca--, ¿negaréis que yo
-misma os oí confirmar a Constanza el don de vuestra mano y de vuestro
-corazón? ¿No asegurasteis a los grandes del reino que os conformaríais
-con la voluntad del rey difunto y a la princesa que recibiría de
-vuestros nuevos vasallos los homenajes que se debían a una reina y
-esposa del príncipe Enrique? ¿Mis ojos estaban fascinados? ¡Confesad,
-confesad más bien, infiel, que no creísteis debía contrapesar el
-corazón de Blanca el interés de una corona, y sin abatiros a fingir
-lo que no sentís, ni quizá habéis sentido jamás, decid que os pareció
-asegurar mejor el trono de Sicilia con Constanza que con la hija
-de Leoncio! Al cabo, señor, tenéis razón: igualmente desmerecía yo
-ocupar un trono tan soberano como poseer el corazón de un príncipe
-como vos. Era demasiada mi temeridad en aspirar a la posesión de uno y
-otro; pero vos tampoco debíais mantenerme en este error. No ignoráis
-los sobresaltos que me ha costado perderos, lo que siempre tuve por
-infalible para mí. ¿A qué fin asegurarme lo contrario? ¿A qué fin tanto
-empeño en desvanecer mis temores? Entonces me hubiera quejado de mi
-suerte y no de vos y hubiera sido siempre vuestro mi corazón, ya que
-no podía serlo una mano que ningún otro pudiera jamás haber logrado de
-mí. Ya no es tiempo de disculparos. Soy esposa del condestable, y por
-no exponerme a las consecuencias de una conversación que mi gloria no
-me permite alargar sin padecer mucho el rubor, dadme licencia, señor,
-para cortarla y para que deje a un príncipe a quien ya no me es lícito
-escuchar.»
-
-»Dicho esto, se alejó de Enrique con toda la celeridad que le permitía
-el estado en que se encontraba. «¡Aguardaos, señora!--clamaba
-Enrique--. ¡No desesperéis a un príncipe resuelto a dar en tierra
-con el trono que le echáis en cara haber preferido a vos, antes que
-corresponder a lo que esperan de él sus nuevos vasallos!» «Ya es
-inútil ese sacrificio--respondió Blanca--. Debierais haber impedido
-que diese la mano al condestable antes de abandonaros a tan generosos
-impulsos; y puesto que ya no soy libre, me importa poco que Sicilia
-quede reducida a pavesas ni que deis vuestra mano a quien quisiereis.
-Si tuve la flaqueza de dejar sorprender mi corazón, tendré a lo menos
-valor para sofocar sus movimientos y que vea el rey de Silicia que
-la esposa del condestable ya no es ni puede ser amante del príncipe
-Enrique.» Al decir estas palabras, se halló a la puerta del parque,
-entróse en él con precipitación, acompañada de Nise, cerró la puerta
-con ímpetu y dejó al rey traspasado de dolor. No podía menos de sentir
-él la profunda herida que había abierto en su corazón la noticia del
-matrimonio de Blanca. «¡Injusta Blanca! ¡Blanca cruel!--exclamaba--.
-¿Es posible que así hubieses perdido la memoria de nuestras recíprocas
-promesas? A pesar de mis juramentos y los tuyos, estamos ya separados.
-¿Conque no fué mas que una ilusión la idea que yo me había formado de
-ser algún día el único dueño tuyo? ¡Ah, cruel y qué caro me cuesta el
-haber llegado a conseguir que mi amor fuese de ti correspondido!»
-
-»Representósele entonces a la imaginación con la mayor viveza la
-fortuna de su rival, acompañada de todos los horrores de los celos;
-y esta pasión se apoderó tan fuertemente de él por algunos momentos,
-que le faltó poco para sacrificar a su resentimiento al condestable y
-aun al mismo Sifredo. Pero poco después entró la razón a calmar los
-ímpetus de su cólera. Con todo eso, cuando consideraba imposible el
-desimpresionar a Blanca del concepto en que estaba de su infidelidad,
-se desesperaba. Lisonjeábase de que cambiaría aquel concepto si hallaba
-arbitrio para hablarla a solas. Animado con este pensamiento, se
-persuadió de que era menester alejar de su compañía al condestable, y
-resolvió hacerle prender como a reo sospechoso en las circunstancias
-en que se hallaba el Estado. En este supuesto, dió la orden competente
-al capitán de sus guardias, el cual partió a Belmonte, se apoderó de
-su persona a la entrada de la noche y llevóle consigo al castillo de
-Palermo.
-
-»Consternóse el palacio de Belmonte con este acontecimiento. Sifredo
-partió al punto a responder al rey de la inocencia de su yerno y
-a representarle las funestas consecuencias de semejante prisión.
-Previendo bien el rey este paso que su ministro daría, y deseando
-lograr un rato de libre conversación con Blanca antes de dar libertad
-al condestable, había mandado expresamente que no se dejase entrar
-a nadie en su cuarto aquella noche. Pero Sifredo, a pesar de esta
-prohibición, logró introducirse en la estancia del rey. «Señor--le
-dijo luego que se vió en su presencia--, si es permitido a un
-respetuoso y fiel vasallo quejarse de su soberano, vengo a quejarme
-de vos a vos mismo. ¿Qué delito ha cometido mi yerno? ¿Ha considerado
-vuestra majestad la eterna afrenta de que cubre a mi familia y
-las resultas de una prisión que puede alejar de su servicio a las
-personas que ocupan los primeros puestos del Estado?» «Tengo avisos
-ciertos--respondió el rey--de que el condestable mantiene inteligencias
-criminales con el infante don Pedro.» «¡El condestable inteligencias
-criminales!--interrumpió sorprendido Leoncio--. ¡Ah, señor! ¡No lo
-crea vuestra majestad! Sin duda, han abusado de vuestro magnánimo
-corazón. La traición nunca tuvo entrada en la familia de Sifredo;
-bástale al condestable ser yerno mío para hallarse en este punto al
-abrigo de toda sospecha. El está inocente; otros motivos secretos
-son los que os han inducido a prenderle.» «Puesto que me hablas con
-tanta claridad--repuso el rey--, quiero corresponderte con la misma.
-Tú te quejas de que yo haya mandado arrestar al condestable. ¡Ah! ¿Y
-no podré yo también quejarme de tu crueldad? ¡Tú, bárbaro Sifredo,
-tú eres el que me has arrebatado inhumanamente mi reposo, poniéndome
-en situación, con tus cuidados oficiosos, de que envidie la suerte
-de los hombres más infelices! ¡No, no te lisonjees de que yo adopte
-tus ideas! ¡Vanamente está resuelto mi matrimonio con Constanza!...»
-«¡Qué, señor!--interrumpió estremeciéndose Leoncio--. ¿Cómo será
-posible que no os caséis con la princesa, después de haberla lisonjeado
-con esta esperanza a vista de todo el reino?» «Si es que engaño su
-esperanza--repuso el monarca--, échate a ti solo la culpa. ¿Por qué
-me pusiste tú mismo en precisión de ofrecer lo que no podía cumplir?
-¿Quién te obligó a escribir el nombre de Constanza en un papel que se
-había hecho para tu hija? Sabías muy bien mi intención. ¿Quién te dió
-autoridad para tiranizar el corazón de Blanca, obligándola a casarse
-con un hombre a quien no amaba? ¿Y quién te la dió sobre el mío para
-disponer de él en favor de una princesa a quien miro con horror?
-¿Te has olvidado ya de que es hija de aquella cruel Matilde, que,
-atropellando todos los derechos de la sangre y de la humanidad, hizo
-expirar a mi padre entre los hierros del más duro cautiverio? ¿Y a
-ésta querías tú que yo diese mi mano? ¡No, Sifredo, no aguardes de mí
-este paso! ¡Antes de ver encendidas las teas de tan horrible himeneo,
-verás arder toda la Sicilia y anegados de sangre sus campos!» «¡Qué
-es lo que escucho!--exclamó Leoncio--. ¡Qué terribles amenazas, qué
-funestos anuncios me hacéis! ¡Pero en vano me sobresalto!--continuó,
-mudando de tono--. ¡No, señor, nada de esto temo! Es demasiado el amor
-que profesáis a vuestros vasallos para acarrearles tan triste suerte.
-No será capaz un ciego amor de avasallar vuestra razón. Echaríais
-un eterno borrón a vuestras virtudes si os dejarais llevar de las
-flaquezas propias de hombres vulgares. Si yo di mi hija al condestable
-fué, señor, únicamente por granjear para vuestro servicio a un hombre
-valeroso que, con la fuerza de su brazo y del ejército que tiene a su
-disposición, apoyase vuestros intereses contra las pretensiones del
-príncipe don Pedro. Parecióme que uniéndole a mi familia con lazos
-tan estrechos...» «¡Ah, que esos lazos--interrumpió Enrique--, esos
-funestos lazos son los que a mí me han perdido! ¡Cruel amigo! ¿Qué te
-había hecho yo para que descargases sobre mí tan duro e intolerable
-golpe? Habíate encargado que manejases mis intereses; pero ¿cuándo te
-di facultad para que esto fuese a costa de mi corazón? ¿Por qué no
-dejaste que yo mismo defendiese mis derechos? ¿Parécete que no tendría
-valor ni fuerzas para hacerme obedecer de todos los vasallos que osasen
-oponerse a mi voluntad? Si el condestable fuese uno de ellos, sabría yo
-muy bien castigarle. Ya sé que los reyes no han de ser tiranos y que
-su primera obligación es la de mirar por la felicidad de sus pueblos;
-pero ¿han de ser esclavos de éstos los mismos soberanos, y esto desde
-el momento en que el Cielo los elige para gobernarlos? ¿Pierden por
-ventura el derecho que la misma naturaleza concedió a todos los hombres
-de ser dueños de sus afectos? ¡Ah, Leoncio, si los reyes han de perder
-aquella preciosa libertad que gozan los demás hombres, ahí te abandono
-una corona que tú me aseguraste a costa de mi sosiego!» «Señor--replicó
-el ministro--, no puede ignorar vuestra majestad que el rey su tío
-sujetó la sucesión al trono a la preciosa condición del matrimonio con
-la princesa Constanza.» «¿Y quién dió autoridad al rey mi tío--repuso
-acalorado Enrique--para establecer tan violenta como injusta
-disposición? ¿Había recibido acaso él tan indigna ley de su hermano el
-rey don Carlos cuando entró a sucederle? ¿Y por ventura debías tú tener
-la flaqueza de someterte a una condición tan inicua? Cierto que para un
-gran canciller estás poco enterado de nuestros usos. En una palabra,
-cuando prometí mi mano a Constanza fué involuntaria mi promesa, que
-nunca tuve intención de cumplir. Si don Pedro funda su esperanza de
-ascender al trono en mi constante resolución de no efectuar aquella
-palabra, no mezclemos a los pueblos en una contienda que haría derramar
-mucha sangre. La espada, entre nosotros solos, puede terminar la
-disputa y decidir cuál de los dos será el más digno de reinar.»
-
-»No se atrevió Leoncio a apurarle más, y se contentó con pedir de
-rodillas la libertad de su yerno, la que consiguió, diciéndole el rey:
-«Anda y restitúyete a Belmonte, que presto irá allá el condestable.»
-Retiróse el ministro, y marchó a su quinta, persuadido de que su yerno
-vendría luego a ella; pero engañóse, porque Enrique quería ver a Blanca
-aquella noche, y con este fin dilató hasta el día siguiente la libertad
-de su esposo.
-
-»Mientras tanto, entregado éste a sus tristes pensamientos, hacía
-dentro de sí crueles reflexiones. La prisión le había abierto los
-ojos y héchole conocer cuál era la verdadera causa de su desgracia.
-Entregado enteramente a la violencia de los celos, y olvidado de la
-lealtad que hasta allí le había hecho tan recomendable, sólo respiraba
-venganza. Persuadido de que el rey no malograría la ocasión y no
-dejaría de ir aquella noche a visitar a doña Blanca, para sorprenderlos
-a entrambos, suplicó al gobernador del castillo de Palermo le dejase
-salir de la prisión por algunas horas, dándole palabra de honor de que
-antes de amanecer se restituiría a ella. El gobernador, que era todo
-suyo, tuvo poca dificultad en darle este gusto, y más habiendo sabido
-ya que Sifredo había alcanzado del rey su libertad; y además de eso le
-dió un caballo para ir a Belmonte. Partió prontamente, llegó al sitio,
-ató él caballo a un árbol, entró en el parque por una puerta pequeña
-cuya llave tenía, y tuvo la fortuna de introducirse en la quinta sin
-ser sentido de nadie. Llegó hasta el cuarto de su mujer y se escondió
-tras un biombo que había en la antesala. Pensaba observar desde allí
-todo lo que pudiese suceder y entrar de repente en la estancia de su
-esposa al menor ruido que oyese. Vió salir a Nise, que acababa de dejar
-a su ama y se retiraba a un cuarto inmediato, donde ella dormía.
-
-»La hija de Sifredo, que fácilmente había penetrado el verdadero
-motivo del arresto de su marido, tuvo por cierto que aquella noche no
-volvería éste a Belmonte, aunque su padre le había dicho haberle el
-rey asegurado que le seguiría presto. Igualmente se presumió que el
-rey aprovecharía aquella ocasión para verla y hablarla con libertad.
-Con este pensamiento le estaba esperando para afearle una acción
-que para ella podía tener terribles consecuencias. Con efecto, poco
-tiempo después que Nise se había retirado se abrió la falsa puerta y
-apareció el rey, quien, arrojándose a los pies de Blanca, le dijo: «¡No
-me condenéis hasta haberme oído! Si mandé arrestar al condestable,
-considerad que ya no me restaba otro medio para justificarme. Si es
-delincuente este artificio, la culpa es de vos sola. ¿Por qué os
-negasteis a oírme esta mañana? Tardará poco en verse libre vuestro
-esposo, y entonces, ¡ay de mí!, ya no tendré recurso para hablaros.
-Oídme, pues, por última vez. Si vuestro padre ocasiona mi desventurada
-suerte, al menos concededme el triste consuelo de participaros que yo
-no me he atraído este infortunio por mi infidelidad. Si ratifiqué a
-Constanza la promesa de mi mano fué porque en las circunstancias en
-que me puso Sifredo no podía hacer otra cosa. Erame preciso engañar
-a la princesa por vuestro interés y por el mío, para aseguraros la
-corona y la mano de vuestro amante. Tenía esperanza de conseguirlo
-y había tomado mis medidas para romper aquella obligación; pero vos
-destruisteis mi plan, y disponiendo con demasiada facilidad de vuestra
-persona, preparasteis un eterno dolor a dos corazones que un entrañable
-amor hubiera hecho perpetuamente felices.»
-
-»Dió fin a este breve razonamiento con señales tan visibles de una
-verdadera desesperación, que Blanca se enterneció, y ya no le quedó la
-menor duda de la inocencia de Enrique. Alegróse un poco al principio,
-pero un momento después fué en ella más vivo el dolor de su desgracia.
-«¡Ah, señor!»--dijo--. Después de lo que ha dispuesto de nosotros la
-suerte, me causa nueva pena el saber que estáis inocente. ¿Qué es lo
-que he hecho, desdichada de mí? ¡Engañóme mi resentimiento! Juzgué
-que me habíais abandonado y, arrebatada de despecho, recibí la mano
-del condestable, que mi padre me presentó. ¡Ah, infeliz! ¡Yo fuí la
-delincuente y yo misma fabriqué nuestra desgracia! ¡Conque cuando
-estaba tan quejosa de vos, acusándoos en mi corazón de que me habíais
-engañado, era yo, imprudente y ligerísima amante, la que rompía los
-lazos que había jurado hacer indisolubles! ¡Vengaos ahora, señor, pues
-os toca hacerlo! ¡Aborreced a la ingrata Blanca! ¡Olvidad!...» «¿Y os
-parece que lo podré hacer, señora?--interrumpió Enrique tristemente--.
-¡Qué! ¿Será posible arrancar de mi corazón una pasión que ni aun
-vuestra injusticia podrá sofocar?» «Con todo eso, señor--dijo
-suspirando la hija de Sifredo--, es menester que os esforcéis para
-conseguirlo.» «Y vos, señora--replicó el rey--, ¿seréis capaz de hacer
-ese esfuerzo?» «No me prometo lograrlo--respondió Blanca--, pero nada
-omitiré para ello; lo intentaré cuanto pueda.» «¡Ah, cruel!--exclamó
-el rey--. ¡Fácilmente olvidaréis a Enrique, puesto que tenéis tal
-pensamiento!» «Y vos, señor, ¿qué es lo que pensáis?--repuso Blanca con
-entereza--. ¿Os lisonjeáis de que os tolere continuar en obsequiarme?
-¡No tengáis tal esperanza! Si no quiso el Cielo que naciese para
-reina, tampoco me formó para que diese oídos a ningún amor que no sea
-legítimo. Mi esposo es, igualmente que vos, de la nobilísima Casa
-de Anjou, y aun cuando lo que debo sólo a él no fuera un obstáculo
-invencible a vuestros amorosos servicios, mi honor jamás podría
-permitirlos. Suplico, pues, a vuestra majestad que se retire y que haga
-ánimo de no volverme a ver.» «¡Oh qué tiranía!--exclamó el rey--. ¿Es
-posible, Blanca, que me tratéis con tanto rigor? ¡Conque no basta para
-atormentarme el que yo os vea esposa del condestable, sino que queréis
-además privarme de vuestra vista, único consuelo que me queda!» «¡Huid
-cuanto antes, señor!--respondió la hija de Sifredo derramando algunas
-lágrimas--. ¡La vista de lo que se ha amado tiernamente deja de ser
-un bien luego que se pierde la esperanza de poseerlo! ¡Adiós, señor;
-retiraos de mi presencia! Debéis este esfuerzo a vuestra gloria y a mi
-reputación. También os lo pido por mi reposo, porque al fin, aunque
-mi virtud no se altera con los movimientos de mi corazón, la memoria
-de vuestra ternura me presenta combates tan terribles que me cuesta
-extraordinarios esfuerzos resistirlos.»
-
-»Pronunció estas últimas palabras con tanta energía, que, sin
-advertirlo, dejó caer al suelo un candelero que estaba en una mesa
-detrás de ella. Apagóse la bujía, cógela Blanca a tientas, abre la
-puerta de la antesala, y para encenderla va al gabinete de Nise, que
-aun no se había acostado. Vuelve con luz, y apenas la vió el rey la
-instó de nuevo para que le permitiese continuar en sus obsequios. A la
-voz del monarca entró repentinamente el condestable, con la espada en
-la mano, en el cuarto de su esposa, casi al mismo tiempo que ella; se
-llega a Enrique, lleno del resentimiento que su furor le inspiraba,
-y le dice; «¡Ya es demasiado, tirano! ¡No me tengas por tan vil ni
-tan cobarde que pueda sufrir la afrenta que haces a mi honor!» «¡Ah,
-traidor!--respondió el rey desenvainando la espada para defenderse--.
-¿Piensas por ventura ejecutar tu intento impunemente?» Dicho esto,
-principian un combate, sobremanera fogoso para que durase mucho.
-Temiendo el condestable que Sifredo y sus criados acudiesen demasiado
-pronto a los gritos que daba doña Blanca y le estorbasen su venganza,
-peleaba ya sin juicio, sin conocimiento y sin cautela. Fuera de sí de
-furor, él mismo se metió por la espada de su enemigo, atravesándose de
-parte a parte hasta la guarnición. Cayó en tierra, y viéndole el rey
-derribado, se detuvo.
-
-»Al ver la hija de Leoncio a su esposo en tan lastimoso estado, se
-arrojó al suelo para socorrerle, a pesar de la repugnancia con que le
-miraba. El infeliz esposo, lleno de resentimiento contra ella, no se
-enterneció ni aun a vista de aquel testimonio que le daba de su dolor
-y de su compasión. La muerte, que tenía tan cercana, no bastó para
-apagar en él el incendio de los celos. En aquellos últimos momentos
-sólo se acordó de la fortuna de su competidor; idea tan ingrata y
-espantosa que, alentando su espíritu y dando un momentáneo vigor a las
-pocas fuerzas que le quedaban, le hizo alzar la espada, que aun tenía
-en la mano, y la sepultó toda ella en el seno de su mujer, diciéndole:
-«¡Muere, esposa infiel, ya que los sagrados vínculos del matrimonio
-no bastaron para que me conservases aquella fe que me juraste al
-pie de los altares! ¡Y tú, Enrique--prosiguió con voz desmayada--,
-no te gloríes ya de tu destino, puesto que no te aprovecharás de mi
-desgracia! ¡Con esto muero contento!» Dijo estas palabras y expiró,
-pero con un semblante que, aun entre las sombras de la muerte, dejaba
-ver un no sé qué de altivo y de terrible. El de Blanca ofrecía a la
-vista un espectáculo bien diverso. Había caído mortalmente herida sobre
-el moribundo cuerpo de su esposo, y la sangre de esta inocente víctima
-se confundía con la de su homicida, cuya ejecución fué tan pronta e
-impensada que no dió lugar al rey para precaver su efecto.
-
-»Prorrumpió este príncipe malaventurado en un lastimoso grito cuando
-vió caer a Blanca; y más herido que ella del golpe que le quitaba la
-vida, acudió a prestarle el mismo auxilio que ella misma había querido
-prestar a su marido y del cual había sido tan mal recompensada; pero
-Blanca le dijo con voz desfallecida: «¡Señor, vuestra diligencia es
-inútil! ¡Soy la víctima que estaba pidiendo la suerte inexorable!
-¡Quiera el Cielo que ella aplaque su cólera y asegure la felicidad de
-vuestro reino!» Al acabar estas palabras, Leoncio, que había acudido
-al eco de sus lamentosos ayes, entró en el cuarto, y atónito de ver los
-objetos que se presentaban a sus ojos, quedó inmóvil. Blanca, que no le
-había visto, prosiguiendo su discurso con el rey, «¡Adiós, señor!--le
-dijo--. ¡Conservad afectuosamente mi memoria, pues mi amor y mis
-desgracias os obligan a ello! Desterrad de vuestro pecho toda sombra de
-resentimiento contra mi amado padre. Respetad sus canas, compadeceos
-de su pena y haced justicia a su celo. Sobre todo, manifestad a todo
-el mundo mi inocencia; esto es lo que más principalmente os encargo.
-¡Adiós, amado Enrique!... ¡Yo me muero!... ¡Recibid mi postrer aliento!»
-
-»A estas palabras, expiró. Quedóse suspenso el rey, guardando por algún
-tiempo un profundo silencio. Rompióle en fin, diciendo a Sifredo:
-«¡Mira, Leoncio, la obra de tus manos! ¡Contémplala bien y considera
-en este trágico suceso el fruto de tu oficioso celo por mi servicio!»
-Nada respondió el anciano: tan penetrado estaba de dolor. Pero ¿a qué
-fin empeñarme en querer referir lo que no cabe en ninguna explicación?
-Basta decir que uno y otro prorrumpieron en las más tiernas quejas
-luego que la vehemencia del dolor abrió camino al desahogo de los
-afectos interiores.
-
-»El rey conservó toda su vida la más dulce memoria de su amante,
-sin poderse jamás resolver a dar la mano a Constanza. El infante se
-coligó con ella para hacer que se cumpliese lo dispuesto por Rogerio
-en su testamento, pero se vieron precisados a ceder al príncipe
-Enrique, quien triunfó al cabo de todos sus enemigos. A Sifredo le
-desprendió del mando, y aun de su misma patria, el insoportable tedio
-que le causaba el tropel de tantas desgracias. Abandonó la Sicilia,
-y pasándose a España con Porcia, la única hija que le había quedado,
-compró esta quinta. En ella sobrevivió quince años a la muerte de
-Blanca. Tuvo el consuelo de casar a Porcia, antes de morir, con
-don Jerónimo de Silva, y yo soy el único fruto de este matrimonio.
-Esta es--prosiguió la viuda de don Pedro de Pinares--la historia
-de mi familia y una fiel relación de las desgracias que representa
-ese cuadro, que mi abuelo Leoncio hizo pintar para que quedase a la
-posteridad un monumento de este funesto suceso.»
-
-
-
-
- CAPITULO V
-
-De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que llegó a Salamanca.
-
-
-Después de haber la Ortiz, sus compañeras y yo oído esta historia,
-nos salimos de la sala, donde dejamos solas a doña Aurora y doña
-Elvira. Pasaron las dos lo restante del día en varias diversiones, sin
-fastidiarse una de otra, y cuando partimos al día siguiente, fué tan
-dolorosa su separación como pudiera serlo la de dos íntimas amigas
-acostumbradas toda la vida a la más dulce y tierna compañía.
-
-Llegamos, en fin, a Salamanca sin que nos sucediese el menor
-contratiempo. Alquilamos luego una casa enteramente amueblada, y la
-dueña Ortiz, según lo que habíamos tratado, se comenzó a llamar doña
-Jimena de Guzmán. Como había sido dueña tanto tiempo, no podía menos
-de hacer bien su papel. Salió una mañana con Aurora, una doncella y un
-paje y se encaminaron a una posada de caballeros, donde supieron que
-ordinariamente se alojaba Pacheco. Preguntó la Ortiz si había algún
-cuarto desocupado, y habiéndole respondido que sí, le enseñaron uno
-decentemente puesto. Tomólo de su cuenta, y aun adelantó un mes de
-alquiler, expresando que era para un sobrino suyo que iba de Toledo a
-estudiar a Salamanca y al que esperaba aquel día.
-
-Después que la dueña y mi ama dejaron ajustado aquel alojamiento se
-trasladaron al suyo, y la bella Aurora, sin perder tiempo, se vistió de
-caballero. Para cubrir sus cabellos negros se puso una peluca rubia, y
-tiñéndose del mismo color las cejas, se disfrazó de suerte que parecía
-un señorito distinguido. Era garboso y desembarazado, y a no ser la
-cara, que era demasiadamente linda para hombre, ninguna otra cosa hacía
-sospechoso su disfraz. Imitóle en el mismo la criada que le había de
-servir de paje, y todos nos persuadimos que también ésta representaría
-bien su papel, así porque no era de las más hermosas como por tener
-cierto airecillo descarado muy a propósito para el personaje que le
-tocaba hacer. Después de comer, hallándose las dos actrices en estado
-de presentarse en su teatro, esto es, en la posada de caballeros, ellas
-y yo marchamos allá. Metímonos en un coche y llevamos los baúles y la
-ropa que era menester.
-
-La posadera, llamada Bernarda Ramírez, nos recibió con el mayor agasajo
-y nos condujo a nuestro cuarto, donde comenzamos a trabar conversación
-con ella. Convinimos en la comida que nos había de dar y en lo que
-habíamos de pagarle cada mes. Preguntámosle después si tenía muchos
-huéspedes. «Por ahora--respondió--no tengo ninguno. Nunca me faltarían
-si quisiera recibir a todo género de gentes, pero mi genio no lo lleva
-y en mi casa sólo admito personas de distinción. Esta misma noche
-espero a uno que viene de Madrid a concluir sus estudios. Llámase don
-Luis Pacheco, caballero de veinte años lo más, que acaso conocerán
-ustedes o habrán oído hablar de él.» «No--respondió Aurora--. No ignoro
-que es de una familia ilustre, pero no sé sus cualidades, y habiendo
-de vivir en su compañía en una misma casa tendría particular gusto de
-saber qué hombre es.» «Señor--repuso la huéspeda mirando al fingido
-caballero--, es un caballerito de linda cara, ni más ni menos que la
-vuestra, y desde luego aseguro que ambos os avendréis bien. ¡Vive
-diez, que podré jactarme de tener en mi casa los dos señoritos más
-galanes y airosos de toda España!» «Según eso--replicó mi ama--, ese
-tal caballerito habrá tenido en Salamanca mil galanteos.» «¡Oh! En
-cuanto a eso--respondió la vieja--, debo confesar que es un enamorado
-de profesión. Basta que se deje ver para llevarse de calle a cualquier
-mujer. Entre otras robó el corazón de una joven y bella como ella sola,
-hija de un anciano doctor en leyes; y en cuanto a su cariño hacia don
-Luis, es aquello que se llama locura. Su nombre es doña Isabel.» «Pero
-dígame--le replicó Aurora con prontitud--, ¿y don Luis la corresponde
-igualmente?» «Que la amaba antes que volviese a Madrid--respondió la
-Ramírez--, no tiene duda; pero si ahora la quiere o no la quiere, eso
-es lo que yo no sé, porque el tal caballerito en este punto es poco de
-fiar. Corre de mujer en mujer como lo hacen comúnmente todos los de su
-edad y de su clase.»
-
-Apenas acababa la viuda de decir estas palabras cuando se oyó en el
-patio ruido de caballos. Asomámonos a la ventana y vimos dos hombres
-que se apeaban, que eran el mismo don Luis Pacheco, que llegaba de
-Madrid con su criado. Dejónos la vieja para ir a recibirlos y preparóse
-mi ama, no sin alguna conmoción, a representar su personaje de don
-Félix. Poco después vimos entrar en nuestro cuarto a don Luis, con
-botas y espuelas, en traje de camino. «Acabo de saber--dijo saludando
-a doña Aurora--que un caballero toledano está alojado en esta posada,
-y espero me permitirá le manifieste el gusto que tengo de lograr
-bajo un mismo techo tan buena compañía.» Mientras respondía mi ama a
-este cumplimiento, me pareció que Pacheco estaba suspenso de ver a
-un caballero tan amable. Con efecto, no se pudo contener sin decirle
-que jamás había visto hombre tan galán ni tan bien plantado. Después
-de varios discursos, acompañados de mil recíprocos y cortesanos
-cumplimientos, se retiró don Luis al cuarto que se le había destinado.
-
-Mientras se hacía quitar las botas y se mudaba de ropa, un paje que
-le buscaba para entregarle una carta encontró por casualidad a doña
-Aurora en la escalera, y teniéndola por don Luis, a quien no conocía,
-«Caballero--le dijo--, aunque no conozco al señor don Luis Pacheco, me
-parece no debo preguntar a usted si lo es, y estoy persuadido de que no
-me engaño, según las señas que me han dado.» «No, amigo--respondió mi
-ama con gran serenidad--, ciertamente que no te engañas y sabes cumplir
-con puntualidad los encargos que te dan; has adivinado muy bien que
-soy don Luis Pacheco. Dame esa carta y vete, que ya cuidaré de enviar
-la respuesta.» Marchóse el paje, y cerrándose Aurora en su cuarto con
-su criada y conmigo abrió la carta y nos leyó lo que sigue: «Acabo de
-saber vuestra llegada a Salamanca. Alegróme tanto esta noticia, que
-temí perder el juicio. ¿Amáis todavía a vuestra Isabel? Aseguradle
-cuanto antes de que no os habéis mudado. Morirá de contento si le dais
-el consuelo de haberle sido fiel.»
-
-«En verdad que el papel es apasionado--dijo Aurora--y muestra un
-alma del todo enamorada. Esta dama es una competidora que no debe
-despreciarse; antes bien, juzgo que debo hacer todo lo posible para
-desprenderla de don Luis, haciendo cuanto me sea dable para que él
-no la vuelva a ver. La empresa es algo ardua, lo confieso, mas no
-desconfío de salir con ella.» Paróse a pensar sobre este punto, y un
-momento después añadió: «Yo me obligo a ver enemistados a los dos en
-menos de veinticuatro horas.» Con efecto, habiendo Pacheco descansado
-un poco en su cuarto, volvió a buscarnos al nuestro y renovó la
-conversación con Aurora antes de cenar. «Caballero--le dijo en tono de
-zumba--, creo que los maridos y los amantes no han de celebrar mucho
-vuestra venida a Salamanca y que les ha de causar harta inquietud;
-yo, por lo menos, ya comienzo a temer mucho por mis damas.» «Oiga
-usted--le respondió mi ama en el mismo tono--, su temor no está mal
-fundado. Don Félix de Mendoza es un poco temible; así os lo prevengo.
-Ya he estado otra vez en esta ciudad y sé por experiencia que en ella
-no son insensibles las mujeres.» «¿Qué prueba tiene usted de ello?»,
-interrumpió don Luis con presteza. «Una demostrativa--replicó la
-hija de don Vicente--. Habrá un mes que transité por esta ciudad,
-y, habiéndome detenido en ella no más que ocho días, en este breve
-tiempo--os lo digo en toda confianza--se apasionó ciegamente de mí la
-hija de un anciano doctor en leyes.»
-
-Conocí que se había turbado don Luis al oír estas palabras. «¿Y
-se podrá saber, sin pasar por indiscreto--replicó--, el nombre de
-esa señora?» «¿Qué llama usted sin pasar por indiscreto?--repuso
-el fingido D. Félix--. ¿Pues qué motivo puede haber para hacer de
-esto un misterio? ¿Por ventura me tenéis por más callado que lo son
-en este punto los de mi edad? ¡No me hagáis esa injusticia! Además
-de que, hablando entre los dos, el objeto tampoco es digno de tan
-escrupuloso miramiento, porque al fin sólo es una pobre particular, y
-los hombres de distinción no se emplean seriamente en estas gentes de
-poca posición, y aun creen que les hacen mucho honor en quitarles el
-crédito. Diréos, pues, sin reparo, que la hija del tal doctor se llama
-Isabel.» «Y el tal doctor--interrumpió, impaciente ya, Pacheco--, ¿se
-llama acaso el señor Marcos de la Llana?» «¡Justamente!--respondió mi
-ama--. Lea usted este papel que acaba de enviarme; por él verá si me
-quiere bien la tal niña.» Pasó los ojos don Luis por el billete, y
-conociendo la letra se quedó confuso. «¡Qué veo!--prosiguió entonces
-Aurora con admiración--. ¡Parece que se os muda el color! Creo,
-¡Dios me lo perdone!, que tomáis interés por esa dama. ¡Oh y cuánto
-me pesa de haber hablado con tanta franqueza!» «Antes bien, os doy
-gracias por ello--replicó don Luis en un tono mezclado de cólera y
-despecho--. ¡Ah, pérfida! ¡Ah, inconstante! ¡Oh, don Félix, y qué
-favor os merezco! ¡Me habéis sacado de un error en que quizá hubiera
-estado largo tiempo! Creía que me amaba. ¿Qué digo amaba? ¡Me parecía
-que me adoraba Isabel! Yo miraba con algún aprecio a esta muchacha,
-pero ahora veo que es una mujer digna de mi mayor desprecio.» «Apruebo
-vuestro noble modo de pensar--dijo Aurora, manifestando también por
-su parte mucha indignación--. ¡La hija de un doctor en leyes debiera
-tenerse por muy dichosa en que la quisiese un caballerito de tanto
-mérito como vos! No puedo disculpar su veleidad, y, lejos de aceptar
-el sacrificio que me hace de vos, quiero castigarla, despreciando sus
-favores.» «Por lo que a mí toca--dijo Pacheco--, juro no volverla a
-ver en toda mi vida, y ésta será mi única venganza.» «Tenéis sobrada
-razón--respondió el fingido Mendoza--. Pero, con todo, para que conozca
-mejor el menosprecio con que la tratamos, sería yo de parecer que los
-dos le escribiéramos separadamente un papel en que la insultásemos a
-nuestra satisfacción. Yo los cerraré y se los enviaré en respuesta a su
-carta; mas antes de llegar a este extremo será bien que lo consultéis
-con vuestro corazón, no sea que algún día os arrepintáis de haber roto
-la amistad con Isabel.» «¡No, no!--interrumpió don Luis--. No pienso
-tener jamás semejante flaqueza, y convengo desde luego en que, por
-mortificar a esa ingrata, se ponga inmediatamente por obra lo que hemos
-discurrido.»
-
-Sin perder tiempo fuí yo mismo a traerles papel y tinta, y uno y otro
-se pusieron a componer dos papeles muy gustosos para la hija del
-doctor Marcos de la Llana. Especialmente Pacheco no encontraba voces
-bastante fuertes que le contentasen para expresar sus sentimientos; y
-así, hizo pedazos cinco o seis billetes por parecerle sus expresiones
-poco enérgicas y poco duras. Al cabo compuso uno que le satisfizo,
-y a la verdad tenía razón para quedar satisfecho, porque estaba
-concebido en estos términos: «Aprende ya a conocerte, reina mía, y no
-tengas la presunción de creer que yo te amo. Para esto era menester
-otro mérito mayor que el tuyo. No veo en ti el menor atractivo que
-merezca mi atención mas que por un momento. Solamente puedes aspirar
-a los inciensos que te tributarán las hopalandas más miserables de la
-Universidad.» Escribió, pues, esta agradable carta, y cuando Aurora
-acabó la suya, que no era menos ofensiva, las cerró entrambas bajo una
-cubierta, y entregándome el pliego, «Toma, Gil Blas--me dijo--, y haz
-que Isabel reciba este pliego esta noche. ¡Ya me entiendes!», añadió
-guiñándome un ojo, señal cuyo significado entendí perfectamente. «Sí,
-señor--le respondí--, será usted servido como desea.»
-
-Responderle esto, hacerle una cortesía y salir de casa todo fué uno.
-Luego que me vi en la calle, me dije a mí mismo: «¿Conque, señor Gil
-Blas, parece que se hace prueba de vuestro talento y que representáis
-en esta comedia el importante papel de criado confidente? ¡Sí, señor!
-¡Pues, amigo mío, es menester mostrar que tienes habilidad para
-desempeñar un papel que pide tanta! El señor don Félix se contentó con
-hacerte una seña; fióse de tu penetración. ¿Comprendiste bien lo que
-aquella guiñada quiso decir? Sí, por cierto: quísome dar a entender que
-entregase solamente el billete de don Luis.» No significaba otra cosa
-aquella guiñadura. No tuve en esto la menor duda. Conque, diciendo y
-haciendo, rompí el sobrescrito, saqué de él la carta de Pacheco y la
-llevó a casa del doctor Marcos, habiéndome antes informado de dónde
-vivía. Encontré a la puerta al mismo pajecito a quien había visto en
-la posada de los caballeros. «Hermano--le dije--, ¿seréis vos, por
-fortuna, el criado de la hija del señor doctor Marcos de la Llana?»
-Respondióme que sí en tono de mozo experto en estos lances, y yo le
-añadí: «Tenéis una fisonomía tan honrada y una cara tan de amigo de
-servir al prójimo, que me atrevo a suplicaros entreguéis a vuestra
-ama ese papelito de cierto caballero conocido suyo.» «¿Y quién es ese
-caballero?», me preguntó el pajecillo; y apenas le respondí que era don
-Luis Pacheco cuando, todo regocijado, me respondió: «¡Ah! Si el papel
-es de ese señorito, sígueme, pues tengo orden de mi ama de introducirte
-en su cuarto, que quiere hablarte.» Seguíle, en efecto, y llegué a
-una sala, donde muy presto se dejó ver la señora. Quedé admirado de
-su hermosura; tanto, que me pareció no haber visto facciones más
-lindas en mi vida. Tenía un aire tan delicado y aniñado, que parecía
-ser de edad de quince años, sin embargo de que había más de treinta
-que caminaba por sí misma sin necesidad de andadores. «Amigo--me
-preguntó con cara risueña--, ¿eres criado de don Luis Pacheco?» «Sí,
-señora--le respondí--; tres semanas ha que entré a servir a su merced.»
-Y diciendo esto le entregué respetuosamente el fatal papel que se me
-había encargado. Leyóle dos o tres veces, con semblante de dudar lo que
-sus mismos ojos veían. Con efecto, nada esperaba menos que semejante
-respuesta. Alzaba los ojos al cielo, mordíase los labios y todos sus
-indeliberados movimientos hacían patente lo que pasaba dentro de su
-corazón. Volvióse después hacia mí y me dijo: «Amigo mío, ¿don Luis
-se ha vuelto loco desde que se ausentó de mí? No comprendo su modo
-de proceder. Díme, amigo, si lo sabes: ¿qué motivo ha tenido para
-escribirme un papel tan cortesano, tan atento? ¿Qué demonio le tiene
-poseído? Si quiere romper conmigo, ¿no sabría hacerlo sin ultrajarme
-con una carta tan grosera?» «Señora--le respondí afectando un aire
-lleno de sinceridad--, es cierto que mi amo no ha tenido razón para
-eso; pero en cierta manera se vió en términos de no poder hacer otra
-cosa. Si me dais palabra de guardar el secreto, yo os descubriré todo
-el misterio.» «Te ofrezco guardarlo--me respondió ella prontamente--;
-no temas que te perjudique; y así, explícate con toda libertad.» «Pues,
-señora--continué yo--, he aquí el caso en dos palabras. Un momento
-después que mi amo recibió vuestro papel, entró en la posada una dama
-tapada con un manto de los más dobles; preguntó por el señor Pacheco;
-hablóle a solas, y de allí a algún tiempo, al fin de la conversación,
-le oí decir estas precisas palabras: «Me juráis que nunca la volveréis
-a ver, pero no me contento con esto; es menester que ahora mismo
-le escribáis un billete, que yo misma quiero dictaros. Esto quiero
-absolutamente de vos.» Sujetóse don Luis a todo lo que deseaba aquella
-mujer, y entregándome después el billete, me dijo: «Toma este papel,
-averigua dónde vive el doctor Marcos de la Llana y procura con maña
-que esta carta se entregue en propia mano a su hija Isabel.» De aquí
-inferiréis, señora, que la tal carta es hechura de alguna enemiga
-vuestra y, por consiguiente, que mi amo poca o ninguna culpa ha tenido
-en esta maniobra.» «¡Oh Cielos!--exclamó ella--. ¡Pues esto es todavía
-más de lo que yo pensaba! ¡Más me ofende su infidelidad que las
-indignas e injuriosas expresiones que se atrevió a escribir su mano!
-¡Ah, infiel! ¡Ha podido contraer otra amistad!» Pero, revistiéndose
-de repente de altivez, añadió despechada: «¡Abandónese en buen hora
-libremente a su nuevo amor, que yo no pienso impedirlo! Decidle de
-mi parte que no necesitaba insultarme para obligarme a dejar libre
-el campo a mi competidora y que desprecio demasiado a un amante tan
-voltario para tener el menor deseo de atraérmelo de nuevo.» Diciendo
-esto me despidió y se retiró muy enojada contra don Luis.
-
-Yo salí de casa del doctor Marcos de la Llana muy satisfecho de mí
-mismo, conociendo bien que si quería aprender el oficio de tercero me
-hallaba con suficientes talentos para salir maestro en poco tiempo.
-Volvíme a nuestra posada, donde encontré cenando juntos a los señores
-Mendoza y Pacheco y en conversación, con tanta confianza como si se
-hubieran conocido y tratado muchos años. Conoció Aurora en mi alegre y
-risueño semblante que no había desempeñado mal mi comisión. «¿Conque
-ya estás de vuelta, Gil Blas?--me dijo en tono festivo--. ¡Ea, danos
-cuenta de tu embajada!» Tuve, para responder, que recurrir a mi
-talento. Dije que había entregado el pliego en mano propia a Isabel, la
-que, después de haber leído los dos dulcísimos y tiernísimos papeles,
-prorrumpió en grandes carcajadas, como una loca, diciendo: «¡Por vida
-mía que los dos señoritos escriben con bellísimo estilo! ¡No se puede
-negar que nadie es capaz de imitarlo!» «Eso--dijo mi ama--se llama
-sacar el caballo o salir del atolladero airosamente. ¡En verdad que
-la tal señora mía es una chula de prueba y muy diestra!» «Desconozco
-enteramente en esta ocasión a doña Isabel--interrumpió don Luis--; la
-tenía en muy distinto concepto.» «Yo también--replicó Aurora--había
-formado otro juicio de ella. Es preciso confesar que hay mujeres que
-saben hacer toda clase de papeles. A una de éstas amé yo, y en verdad
-que se burló de mí largo tiempo. Gil Blas lo puede decir; parecía la
-mujer más juiciosa y más honesta que había en todo el mundo.» «Así
-es--respondí yo introduciéndome en la conversación--; era capaz de
-engañar al más astuto, y aun a mí mismo me hubiera engañado.»
-
-Dieron grandes carcajadas el fingido Mendoza y el verdadero Pacheco
-cuando me oyeron hablar de esta suerte; y lejos de desaprobar el que
-yo me tomase la libertad de mezclarme en su conversación, me dirigían
-a menudo la palabra para divertirse con mis respuestas. Proseguimos
-nuestros razonamientos sobre el arte de fingir, que en supremo
-grado poseen las mujeres, y el resultado de nuestros discursos fué
-que Isabel quedó legal y judicialmente declarada por una chula de
-profesión. Don Luis protestó de nuevo que jamás la volvería a ver
-y, a ejemplo suyo, don Félix juró que siempre la miraría con el
-más alto desprecio. Acabadas estas protestas, estrecharon más su
-amistad, prometiendo que ninguna cosa tendrían reservada uno para
-otro; antes bien, que todas se las comunicarían recíprocamente.
-Sobremesa se detuvieron un rato, diciendo cosas graciosísimas, y
-después se separaron para irse a dormir cada cual a su cuarto. Yo
-acompañé a Aurora hasta el suyo, donde di fiel y verdadera cuenta de
-la conversación que había tenido con la hija del doctor, sin omitir
-la circunstancia más menuda. Faltó poco para que me abrazase de pura
-alegría. «Querido Gil Blas--me dijo--, tu ingenio y habilidad me
-tienen encantada. Cuando nos arrastra una pasión en que es preciso
-recurrir a invenciones y estratagemas, es gran fortuna tener un criado
-tan advertido y tan ingenioso como tú, que tomas verdadero interés en
-nuestros asuntos. ¡Animo, pues, amigo mío! ¡Nos hemos sacudido de una
-mujer que podía hacernos mal tercio! No me descontenta el principio,
-pero como los lances de amor están sujetos a varias revoluciones, soy
-de parecer que cuanto antes acometamos nuestra ideada empresa y que
-desde mañana empiece a representar su papel Aurora de Guzmán.» Aprobé
-el pensamiento y, dejando al señor don Félix con su paje, me retiré al
-cuarto donde tenía mi cama.
-
-
-
-
- CAPITULO VI
-
-De qué ardides se valió Aurora para que la amase don Luis Pacheco.
-
-
-El primer cuidado de los dos buenos amigos fué reunirse al día
-siguiente, y comenzaron con abrazos, que Aurora se vió precisada a dar
-y recibir para hacer bien el personaje de don Félix. Fueron juntos
-a pasearse por la ciudad, acompañándolos yo con Chilindrón, criado
-de don Luis. Parámonos a la puerta de la Universidad a leer varios
-carteles de libros que acababan de fijar a la puerta. Había también
-leyendo otras muchas personas, y entre ellas se me hizo reparable un
-hombrecillo que hacía crítica de las obras que se anunciaban. Observé
-que le estaban oyendo otros con singular atención y me persuadí también
-de que él creía merecer que le escuchasen. Parecía vano y hombre de
-tono decisivo, como lo suelen ser la mayor parte de las personas
-chiquitas. «Esa nueva traducción de Horacio que anuncia ese cartel
-con letras gordas--decía a los circunstantes--es una obra en prosa
-compuesta por un autor viejo del colegio, libro muy estimado de los
-escolares, que han agotado de él ya cuatro ediciones, sin que ningún
-inteligente haya comprado siquiera un ejemplar.» No era más favorable
-la crítica que hacía de los demás libros. Todos los motejaba sin
-caridad; probablemente sería algún autor. Yo de buena gana le hubiera
-estado oyendo hasta que acabase de hablar, pero me fué preciso seguir
-a don Luis y a don Félix, que, fastidiados de aquel hombrecillo y no
-importándoles poco ni mucho los libros que criticaba, prosiguieron su
-camino, alejándose de él y de la Universidad.
-
-Llegamos a la posada a la hora de comer. Sentóse mi ama a la mesa
-con Pacheco, y diestramente hizo que la conversación recayese sobre
-su familia. «Mi padre--dijo--es un segundo de la casa de Mendoza,
-establecida en Toledo; mi madre es hermana carnal de doña Jimena de
-Guzmán, que hace pocos días vino a Salamanca en seguimiento de cierto
-negocio de importancia, trayendo consigo a su sobrina doña Aurora, hija
-única de don Vicente de Guzmán, a quien quizá habrá usted conocido.»
-«No--respondió don Luis--, pero he oído hablar mucho de él, igualmente
-que de Aurora, vuestra prima. Decidme si puedo creer todo lo que dicen
-de esta señorita; me han asegurado que es sin igual en hermosura y
-entendimiento.» «En cuanto a entendimiento--respondió don Félix--, es
-cierto que no le falta, y también lo es que ha procurado cultivarlo;
-pero en cuanto a hermosura no creo que sea tanta como ponderan,
-cuando oigo decir que ella y yo nos parecemos mucho.» «Siendo eso
-así--replicó prontamente don Luis--, queda muy acreditada su fama.
-Vuestras facciones son regulares; vuestra tez, muy delicada, y así,
-no puede menos de ser linda vuestra prima. Yo tendría mucho gusto en
-verla y hablar con ella.» «Desde luego me ofrezco a satisfacer vuestra
-curiosidad--repuso el fingido Mendoza--; hoy mismo, después de comer,
-iremos los dos a casa de mi tía.»
-
-Mudó entonces de conversación mi ama y empezaron los dos a hablar
-de cosas indiferentes. Por la tarde, mientras se disponían para ir
-a casa de doña Jimena, me anticipé yo a prevenir a la dueña que
-se preparase para recibir esta visita. Hecha esta diligencia, me
-restituí prontamente a la posada para acompañar a don Félix, quien,
-finalmente, condujo al señor don Luis a casa de su tía. Apenas entraron
-en ella cuando se encontraron con doña Jimena, que les hizo seña de
-que metiesen poco ruido, diciéndoles en voz baja: «¡Paso, pasito!
-No despierten ustedes a mi sobrina, que desde ayer acá ha estado
-padeciendo una furiosa jaqueca, la cual ha poco tiempo que la dejó,
-y habrá un cuarto de hora que la pobre niña se retiró a descansar
-un poco.» «Siento mucho esa indisposición--dijo Mendoza aparentando
-sentimiento--, porque esperaba tener el gusto de que viésemos a mi
-prima, pues quería hacer este obsequio a mi amigo Pacheco.» «No es eso
-tan urgente--respondió la Ortiz sonriéndose--; pueden ustedes dejarlo
-para mañana.» Detuviéronse un rato los dos caballeritos con la vieja, y
-después de una breve conversación se retiraron.
-
-Condújonos don Luis a casa de un amigo suyo, llamado don Gabriel de
-Pedrosa, donde pasamos lo restante del día; cenamos con él, y dos
-horas después de media noche volvimos a la posada. Habríamos andado
-como la mitad del camino cuando tropezamos con dos hombres que estaban
-tendidos en medio de la calle. Creíamos que serían algunos infelices
-recién asesinados y nos paramos a socorrerlos, en caso de llegar a
-tiempo nuestro socorro. Mientras nos estábamos informando del estado
-en que se hallaban, cuanto lo podía permitir la obscuridad de la
-noche, he aquí que llega una ronda. El cabo nos tuvo por asesinos y
-dió orden a sus gentes de que nos cercasen; pero mudó de opinión,
-haciendo mejor juicio, luego que nos oyó hablar, y mucho más cuando,
-a la luz de una linterna sorda, descubrió las nobles facciones de
-Mendoza y de Pacheco.. Mandó a los alguaciles que examinasen y
-reconociesen aquellos dos hombres que nosotros creíamos asesinados, y
-hallaron ser un licenciado gordo y su criado, atestados enteramente
-de vino y perfectamente borrachos. «Señores--exclamó un ministril--,
-conozco muy bien a este gran bebedor; es el señor licenciado Guiomar,
-rector de nuestra Universidad. Aquí donde ustedes le ven es un grande
-hombre, un talento extraordinario. No hay filósofo a quien no confunda
-en un argumento; tiene una facundia sin igual. ¡Lástima es que sea
-tan inclinado al vino, a pleitos y a mujeres! Ahora vendrá de cenar
-con su Isabelilla, en donde, por desgracia, él y el que le guía se
-habrán emborrachado, y ambos han caído en el arroyo. Antes que el
-buen licenciado fuese rector le sucedía esto con bastante frecuencia.
-Los honores, como ustedes ven, no siempre mudan las costumbres.»
-Nosotros dejamos a los dos borrachos en manos de la ronda, que cuidó de
-llevarlos a casa, y nos fuimos a la nuestra, donde cada uno trató de
-irse a dormir.
-
-Don Félix y don Luis se levantaron al día siguiente a eso del mediodía,
-y vueltos a reunir, su primera conversación fué de doña Aurora de
-Guzmán. «Gil Blas--me dijo mi ama--, vé a casa de mi tía doña Jimena y
-pregúntale de mi parte si el señor Pacheco y yo podemos ir hoy a ver a
-mi prima.» Partí al punto a desempeñar mi comisión, o, por mejor decir,
-a quedar de acuerdo con la dueña sobre el modo con que nos habíamos de
-gobernar, y después que tomamos nuestras medidas puntuales volví con
-la respuesta al fingido Mendoza y le dije: «Vuestra prima Aurora está
-muy buena; ella misma me ha encargado os asegure que vuestra visita le
-será del mayor agrado, y doña Jimena me encomendó afirmase al señor
-Pacheco que siempre será muy bien recibido en su casa por vuestra
-recomendación.»
-
-Conocí que estas últimas palabras habían gustado mucho a don Luis.
-También lo conoció mi ama, y desde luego arguyó de ello un dichoso
-presagio. Poco antes de comer vino a la posada el criado de doña
-Jimena y dijo a don Félix: «Señor, un hombre de Toledo fué a preguntar
-por su merced en casa de su señora tía y dejó en ella este billete.»
-Abrióle el fingido Mendoza y leyó en él estas cláusulas, en voz que
-las pudiesen oír todos: «Si queréis saber de vuestro padre, con otras
-noticias de consecuencia que os importan mucho, leído éste venid
-prontamente al mesón del _Caballo Negro_, cerca de la Universidad.»
-«Tengo grandes deseos de saber cuanto antes estas noticias que tanto me
-interesan para no satisfacer mi curiosidad al momento. ¡Hasta luego,
-Pacheco!--continuó--. Si no volviere dentro de dos horas, podéis ir vos
-solo a casa de mi tía, adonde concurriré yo también después de comer.
-Ya sabéis el recado que os dió Gil Blas de parte de doña Jimena; en
-virtud de él podéis con franqueza hacer esta visita.» Diciendo esto,
-salió de casa, mandándome le siguiese.
-
-Ya se deja discurrir que en vez de tomar el camino del mesón del
-_Caballo Negro_ nos fuimos derechitos a casa de la Ortiz y nos
-dispusimos al enredo. Quitóse Aurora sus postizos cabellos rubios,
-lavóse y restregóse muy bien las cejas, vistióse de mujer y quedó como
-naturalmente era: una trigueña hermosa. Puede decirse que el disfraz
-la transformaba de manera que doña Aurora y don Félix parecían dos
-personas diferentes; y aun en traje de mujer parecía más alta que
-vestida de hombre; bien es verdad que los grandes tacones aumentaban
-la estatura. Luego que a su hermosura añadió los demás auxilios que el
-arte podía prestarle, esperó a don Luis, con una agitación mezclada
-de recelo y de esperanza. Unas veces confiaba en su talento y en su
-hermosura y otras temía que le saliese mal aquella tentativa. La Ortiz
-se dispuso por su parte lo mejor que pudo para ayudar a su ama. Por lo
-que hace a mí, como no convenía que Pacheco me viese en aquella casa,
-y como--a semejanza de aquellos actores que sólo aparecen en el teatro
-cuando está para concluirse la comedia--no debía parecer en ella hasta
-el fin de la visita, salí así que acabé de comer.
-
-En fin, todo estaba ya prevenido cuando llegó don Luis. Recibióle doña
-Jimena con el mayor agrado y tuvo con Aurora una conversación que
-duró de dos a tres horas. Al cabo de ellas entré yo en la sala donde
-estaban, y dirigiéndome a don Luis, le dije: «Caballero, mi amo don
-Félix suplica a usted se sirva perdonarle si hoy no puede venir, porque
-está con tres hombres de Toledo de quienes no puede desembarazarse.»
-«¡Ah libertinillo!--exclamó doña Jimena--. ¡Sin duda estará de
-jarana!» «No, señora--repliqué yo prontamente--; está en realidad
-con aquellos hombres, tratando de negocios muy serios. Es cierto que
-le ha causado grandísimo disgusto el no poder venir aquí, y me ha
-encargado decíroslo, igualmente que a doña Aurora.» «¡Oh! ¡Yo no admito
-sus disculpas!--repuso mi ama chanceándose--. Sabiendo que he estado
-indispuesta, debía mostrar más atención con las personas que le son tan
-allegadas. ¡En castigo de esta falta no quiero verle en dos semanas!»
-«¡Ah, señora--dijo entonces don Luis--, no toméis tan cruel resolución!
-Sóbrale a don Félix por castigo el no haberos visto hoy.»
-
-Después de haberse chanceado algún tiempo sobre el mismo asunto,
-se retiró Pacheco. La bella Aurora mudó inmediatamente de traje y
-volvióse a poner su vestido de caballero. Trasladóse a la posada lo más
-breve que le fué posible, y apenas entró dijo a don Luis: «Perdonadme,
-amigo, si no pude ir a buscaros a casa de mi tía. Halléme con unas
-gentes tan pesadas que no pude, por más que hice, desenredarme de
-ellas. Lo único que me consuela es que, a lo menos, habéis tenido
-lugar para satisfacer vuestra curiosidad y vuestros deseos. Y bien,
-¿qué os ha parecido mi prima? Decídmelo ingenuamente.» «¿Qué me ha de
-parecer?--respondió Pacheco--. ¡Me ha hechizado! Tenéis razón en decir
-que los dos sois muy parecidos. ¡En mi vida he visto facciones más
-semejantes! ¡El mismo aire de cara, los mismos ojos, la misma boca y
-hasta el mismo eco de voz! No hay mas diferencia entre los dos sino que
-vuestra prima es algo más alta; es trigueña, y vos rubio; sois festivo,
-y ella seria. Eso únicamente os diferencia uno de otro. En cuanto a
-entendimiento--continuó--, no cabe más. ¡En una palabra: es una dama de
-mérito extremado!»
-
-Pronunció Pacheco tan fuera de sí estas últimas palabras, que don Félix
-le dijo sonriéndose: «Pésame, amigo, de haberos proporcionado este
-conocimiento con doña Jimena, y si queréis creerme, no volváis más a
-su casa; os lo aconsejo por vuestra quietud. Doña Aurora de Guzmán
-podría insensiblemente quitaros el sosiego e inspiraros una pasión.»
-«¡No necesito volverla a ver--interrumpió don Luis--para estar ya
-ciegamente prendado de ella! El mal, si lo hay, está hecho.» «Tanto
-peor para vos--replicó el fingido Mendoza--, porque vos no sois hombre
-de contentaros con una sola, y mi prima no es doña Isabel. Os hablo
-claro, como amigo; no es mujer capaz de sufrir amante alguno que no
-vaya por el camino real.» «_¿Por el camino real?_--repitió don Luis--.
-¿Y puede irse por otro hacia una señorita de su calidad? ¡Es agraviarme
-el creerme capaz de mirarla con ojos profanos! ¡Conocedme mejor, mi
-querido Mendoza! ¡Ah! ¡Yo me tendría por el más dichoso de todos los
-hombres si aprobara mi solicitud y quisiera unir su suerte con la mía!»
-«¡Oh don Luis!--repuso don Félix--. Supuesto que pensáis de ese modo,
-desde este instante me tendrá de su parte vuestro amor y desde luego os
-ofrezco mis buenos oficios con Aurora. Mañana mismo daré principio a
-ellos, procurando ganar a mi tía, que tiene mucho ascendiente sobre mi
-prima.»
-
-Pacheco dió mil gracias al caballero que le hacía una oferta tan
-apreciable, y mi ama y yo vimos con gusto que no podía dirigirse
-mejor nuestra estratagema. El día siguiente añadimos algunos grados
-más al amor de don Luis con otra invención. Pasó Aurora a su cuarto
-después de suponer que había ido a hablar con doña Jimena como para
-interesarla en su favor, y le dijo así: «Hablé a mi tía, y no me costó
-poco reducirla a que favoreciese vuestros deseos. Halléla fuertemente
-preocupada contra vos. Yo no sé quién le había metido en la cabeza que
-erais un libertino; lo cierto es que alguno le ha dado una idea poco
-favorable de vuestras costumbres. Por fortuna, tomé vuestro partido
-con tal tesón, que logré por último desimpresionarla del todo. No
-obstante--prosiguió Aurora--, a mayor abundamiento, quiero que los
-dos solos tengamos una conferencia con mi tía, para asegurarnos más
-de su favor y de su apoyo.» Manifestó Pacheco una grande impaciencia
-por hablar cuanto antes con doña Jimena, y don Félix procuró que
-lograse esta satisfacción la mañana del día siguiente, bastante
-temprano. Condújole él mismo a la señora Ortiz, y los tres tuvieron
-una conversación, en la cual dió muy bien don Luis a conocer el mucho
-terreno que el amor había ganado en su corazón en tan breve tiempo.
-Fingióse la sagaz Jimena muy pagada de la tierna afición que mostraba
-a su sobrina y le ofreció hacer cuanto estuviese de su parte para
-persuadirla a que le diese su mano. Arrojóse Pacheco a los pies de tan
-buena tía y le rindió mil gracias. A este tiempo preguntó don Félix
-si su prima se había levantado. «No--respondió la dueña--; todavía
-está durmiendo, y por ahora no se la podrá ver; pero vuelvan ustedes
-esta tarde y le hablarán cuanto quieran.» Respuesta que, como se puede
-creer, acrecentó en gran manera la alegría de don Luis, a quien se le
-hizo eterno el resto de aquella mañana. Restituyóse, pues, a su posada,
-en compañía del fingido Mendoza, quien tenía la mayor complacencia
-en observar todos sus movimientos y en descubrir en ellos todas las
-señales de un amor verdadero.
-
-Toda la conversación fué acerca de Aurora. Acabada la comida, dijo don
-Félix a Pacheco: «Ahora mismo me ha ocurrido un pensamiento. Me parece
-que podrá ser muy del caso el que yo me adelante un poco a casa de mi
-tía para hablar a solas a mi prima y averiguar, si puedo, el estado
-de su corazón en orden a vuestra persona.» Aprobó don Luis esta idea;
-dejó salir primero a su amigo y él le siguió una hora después. Mi ama
-supo aprovechar el tiempo, de manera que cuando llegó su amante ya
-estaba vestida de mujer. Después de haber saludado a doña Aurora y a
-su tía, dijo don Luis: «Yo creí encontrar aquí a don Félix.» «Está
-escribiendo en mi gabinete--respondió doña Jimena--y presto saldrá.»
-Quedó satisfecho don Luis con esta respuesta y empezó a entablar
-conversación con las dos. Sin embargo, a pesar de la presencia del
-objeto amado, notó que las horas pasaban sin que Mendoza saliese, y no
-pudo ya don Luis disimular más su extrañeza. Aurora mudó de repente de
-tono, echóse a reír y dijo: «¿Es posible, señor don Luis, que no hayáis
-aún sospechado la inocente burla que os estamos haciendo? Pues qué,
-¿unos cabellos rubios, pero postizos, y dos cejas teñidas me desfiguran
-tanto que os hayáis dejado engañar hasta ese punto? Desengañaos,
-caballero--prosiguió volviendo a su natural seriedad--; acabad de
-conocer que don Félix de Mendoza y doña Aurora de Guzmán son una misma
-persona.»
-
-No se contentó con sacarle de su error, sino que le confesó también
-la flaqueza de su pasión y todos los pasos que esta misma le había
-sugerido para reducirle al estado en que le veía. No quedó el tierno
-amante menos encantado que sorprendido de lo que oía y veía. Echóse
-a los pies de mi ama y, lleno de gozo, le dijo: «¡Ah, bella Aurora!
-¿Puedo creer con efecto que yo soy el hombre dichoso que ha merecido a
-tu bondad tan finas demostraciones? ¿Qué puedo hacer para agradecerlas?
-¡Un amor eterno no sería suficiente para pagarlas!» A estas palabras
-se siguieron otras mil halagüeñas expresiones, después de lo cual
-los dos amantes hablaron de las medidas que debían tomar para llegar
-al cumplimiento de sus deseos. Resolvióse que todos partiésemos
-inmediatamente a Madrid, donde se desenlazaría nuestra comedia por
-medio de un casamiento. Así se ejecutó, y al cabo de quince días se
-casó don Luis con mi ama, celebrándose la boda con ostentación y un
-sinnúmero de diversiones.
-
-
-
-
- CAPITULO VII
-
-Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco.
-
-
-Tres semanas después de este casamiento, queriendo mi ama recompensar
-mis buenos servicios, me regaló cien doblones, y me dijo: «Gil Blas,
-yo no te despido de mi casa; puedes mantenerte en ella todo el tiempo
-que quisieres; pero sábete que don Gonzalo Pacheco, tío de mi marido,
-desea mucho seas su ayuda de cámara. Le he hablado tan bien de ti, que
-me ha pedido te persuada a que vayas a servirle. Es un señor ya de
-días, pero de bellísimo genio, y estoy cierta de que te irá muy bien
-con él.»
-
-Di mil gracias a Aurora por sus favores, y como ya no necesitaba
-de mí, acepté con tanto más gusto el partido que me proporcionaba
-cuanto que yo no salía de entre la familia. Fuí, pues, una mañana, de
-parte de la recién casada, a casa del señor don Gonzalo, que todavía
-estaba en la cama, aunque era cerca de mediodía. Entré en su cuarto
-y le hallé tomando un caldo que acababa de traerle un paje. Tenía el
-buen viejo los bigotes envueltos en unos papelillos, ojos hundidos y
-casi amortiguados, un rostro descarnado y macilento. Era de aquellos
-solterones que, habiendo sido muy libertinos en la mocedad, no son más
-contenidos en la vejez. Recibióme con agrado y me dijo que si le quería
-servir con el mismo celo con que había servido a su sobrina podía
-contar con que me haría feliz. Ofrecíle emplear igual esmero en cumplir
-con mi obligación en su casa que en la de su sobrina, y desde aquel
-momento me recibió en su servidumbre.
-
-Heme aquí, pues, con un nuevo amo, el cual sabe Dios qué hombre era.
-Cuando se levantó creí estar viendo la resurrección de Lázaro. Figúrese
-el lector un cuerpo alto y tan seco que si se le viese en cueros sería
-a propósito para aprender la osteología; las piernas eran tan chupadas
-que, aun después de tres o cuatro pares de medias que se puso, me
-parecían delgadísimas. Además de eso, esta momia viviente era asmática,
-acompañando con una tos cada palabra. Luego tomó chocolate, y mandando
-después que le trajesen papel y tinta, escribió un billete, que cerró y
-entregó al paje que le había servido el caldo, para que le llevase a su
-destino. Apenas partió éste cuando, volviéndose a mí, me dijo: «Amigo
-Gil Blas, de aquí en adelante pienso que seas tú confidente de mis
-encargos, particularmente los respectivos a doña Eufrasia, que es una
-joven a quien amo y de quien soy tiernamente correspondido.»
-
-«¡Santo Dios!--dije prontamente para mi capote--. ¿Y cómo podrán los
-mozos dejar de creer que los aman, cuando este viejo chocho está
-persuadido de que le idolatran?» «Hoy mismo--prosiguió él--irás conmigo
-a casa de esta señora, porque casi todas las noches ceno con ella. Te
-quedarás admirado de ver su modestia y compostura. Muy lejos de imitar
-a aquellas loquillas que se pagan de la juventud y se prendan de las
-apariencias, es ya de un entendimiento claro y de un juicio maduro;
-no busca en los hombres sino el buen modo de pensar y prefiere a la
-belleza del rostro una persona que sepa amar.» No limitó a sólo esto
-el elogio de su dama, sino que se empeñó en persuadirme de que era
-un compendio de todas las perfecciones; pero encontró con un oyente
-difícil en dejarse convencer sobre este punto. Después de haber
-cursado en la escuela de las comediantas y sido testigo ocular de todas
-sus maniobras, nunca creí que los viejos fuesen muy afortunados en
-amor. Sin embargo, fingí--por complacerle únicamente--que le creía;
-y aun hice más, pues no sólo alabé la discreción y el buen gusto de
-doña Eufrasia, sino que me adelanté a decir que ella tampoco podría
-encontrar otro sujeto más amable. El buen hombre no conoció que yo le
-lisonjeaba; antes por el contrario tomó por verdadera mi alabanza.
-Tanta verdad es que nada se arriesga en adular a los grandes, pues
-admiten con gusto aun las lisonjas más desmedidas.
-
-Después de esta conversación, comenzó el viejo a arrancarse con unas
-pinzas algunos pelos blancos de la barba; se lavó los ojos, que
-estaban llenos de legañas; lo mismo hizo con los oídos, manos y cara;
-y concluídas sus abluciones, se tiñó de negro el bigote, las cejas y
-el pelo, gastando en el tocador más tiempo que emplea una viuda vieja
-empeñada en desmentir el estrago de los años. No bien había acabado de
-vestirse, cuando entró en su cuarto el conde de Azumar, amigo suyo y
-tan viejo como él, pero muy diferente en todo lo demás. Este traía sus
-venerables canas descubiertas, se apoyaba en un bastón y, en vez de
-querer parecer joven, mostraba hacer alarde de su ancianidad. «Amigo
-Pacheco--dijo luego que entró--, vengo a comer contigo.» «¡Bien venido,
-conde!», le respondió mi amo. Y al mismo tiempo se abrazaron y pusieron
-a hablar mientras se hacía hora de sentarse a la mesa. Al principio
-fué la conversación sobre una corrida de toros que pocos días antes se
-había celebrado, y hablaron de los picadores que habían mostrado mayor
-destreza y valor. Sobre esto, el viejo conde, a manera de aquel otro
-Néstor, a quien todas las cosas presentes le servían de ocasión para
-alabar las pasadas, dijo suspirando: «¡Ya no se hallan hoy los hombres
-que se veían en otros tiempos! Ni los toros ni los torneos se hacen con
-aquella magnificencia con que se hacían en nuestra mocedad.»
-
-Yo me reía interiormente de la ridícula preocupación del señor conde
-de Azumar, el cual no se contentó con aplicarla únicamente a los toros
-y a los torneos, pues cuando se sirvió la fruta en la mesa dijo,
-mirando unos excelentes melocotones que se habían puesto en ella: «En
-mi tiempo eran mucho mayores los melocotones de lo que son ahora. ¡La
-Naturaleza se debilita cada día!» «¡Según eso--dije yo entonces para mí
-sonriéndome--, los melocotones en tiempo de Adán debían ser de enorme
-tamaño!»
-
-Detúvose el conde de Azumar con don Gonzalo hasta cerca de la noche.
-Luego que éste se desembarazó de él, salió de casa, diciéndome le
-acompañase, y fuimos derechos a la de Eufrasia, distante como cien
-pasos de la nuestra. Encontrámosla en un cuarto alhajado con primor.
-Estaba vestida con gusto, y mostraba un aspecto de tan florida
-juventud, que casi parecía una niña, sin embargo de que ya llegaba por
-lo menos a los treinta. Podía pasar por linda, y desde luego admiré su
-talento. No era de aquellas cortesanas que brillan por su locuacidad,
-por su desembarazo y por su desenvoltura. Tanto en sus acciones como
-en sus palabras, sobresalían en ella el juicio, la modestia y la
-penetración. Sin afectar ingenio, se echaba de ver en todo lo que
-decía. Consideréla yo con no poca admiración y dije: «¡Oh Cielos! ¿Es
-posible que pueda ser disoluta una mujer al parecer tan modesta?» Y es
-que vivía yo persuadido de que necesariamente había de ser desenvuelta
-toda dama cortesana. Admirábame aquel aparente recato, sin hacerme
-cargo de que las tales ninfas saben acomodarse a todos los genios,
-conformándose al carácter de los ricos y señores que caen en sus manos.
-Si gustan unos de viveza y atolondramiento, con éstos serán intrépidas
-y casi locas; si agrada a otros el sosiego y compostura, siempre las
-encontrarán con un exterior tranquilo, honesto y virtuoso. Verdaderos
-camaleones, mudan de color según el genio y el humor de las personas
-que las visitan.
-
-No era don Gonzalo del gusto de aquellos caballeros que se pagan de
-hermosuras desenvueltas; antes se le hacían insufribles, y para que le
-agradase una mujer era menester que tuviese cierto aire de modestia.
-Así, Eufrasia, gobernándose por esta idea, hacía ver que había más
-comediantas que las que representan en los teatros. Dejé a mi amo con
-su ninfa y pasé a una sala, donde me encontré con una ama de gobierno,
-vieja, que yo había conocido cuando era criada de una comedianta.
-Ella también me conoció inmediatamente y representamos una escena de
-reconocimiento digna de una comedia. «¿Aquí estás, amigo Gil Blas?--me
-dijo llena de alegría,--. ¿Según eso, has salido de casa de Arsenia,
-como yo de la de Constanza?» «Así es--respondí yo--; mucho tiempo ha
-que la dejé, y después entré a servir a una señora de distinción,
-porque la vida de la gente de teatro no me acomodaba. Yo mismo me
-despedí, sin dignarme decir a Arsenia ni una palabra.» «Hiciste muy
-bien--me respondió la vieja, que se llamaba Beatriz--, y poco más o
-menos lo hice con Constanza. Una mañana le di mi cuenta, luego que
-me levanté; ella me la recibió sin decirme nada, y de esta manera
-nos despedimos; como dicen, a la francesa.» «Mucho celebro--repuse
-yo--que tú y yo nos hallemos en casa más honorífica. Doña Eufrasia me
-parece señora de distinción y la creo de muy buen carácter.» «No te
-engañas en eso--respondió Beatriz--. Mi ama es una mujer bien nacida,
-como lo manifiestan sus modales; y por lo que toca al genio, será
-difícil hallar otra más sosegada ni más apacible. No es de aquellas
-amas altivas y difíciles de contentar, que nada les gusta, que en
-todo encuentran qué decir, gritan sin cesar, mortifican a todos los
-criados y es un infierno el servirlas. Hasta ahora no la he oído reñir
-siquiera una vez: tan amiga es de la paz. Cuando hago alguna cosa que
-no le gusta, me lo reprende sin enfado y sin prorrumpir en aquellos
-dicterios de que tanto usan las mujeres soberbias.» «También mi
-amo--repliqué yo--es un señor muy afable; se familiariza conmigo y me
-trata como a un igual más bien que como a un criado. En una palabra, es
-el caballero mejor del mundo; en cuanto a esto, vos y yo estamos mejor
-que cuando estábamos con las comediantas.» «¡Mil veces mejor!--repuso
-Beatriz--. Yo llevo ahora una vida muy retirada, siendo así que la de
-entonces era tan bulliciosa. En nuestra casa no entra más hombre que
-el señor don Gonzalo; y en mi soledad tampoco veré yo a otro que a ti,
-de lo que me alegro mucho. Tiempo ha que te miraba con buenos ojos, y
-más de una vez tuve envidia a Laura porque eras tan amigo suyo. Pero,
-en fin, no desconfío de ser tan dichosa como ella, pues aunque no tenga
-su juventud ni su hermosura, en recompensa, detesto la volubilidad,
-cuya prenda ningún hombre puede remunerar suficientemente; en punto a
-fidelidad, soy una tortolilla.»
-
-Como la buena Beatriz era una de las muchas que se ven obligadas a
-brindar con sus favores, porque sin eso ninguno los pretendería, no
-tuve la menor tentación de aprovecharme de su generosidad; pero tampoco
-me pareció conveniente hablar de manera que pudiera recelar que la
-despreciaba; antes bien, tuve la advertencia de hablarle en términos
-que no perdiese la esperanza de reducirme a corresponderla. Yo me
-imaginaba haber conquistado a una criada vieja, pero también me engañé
-miserablemente en esta ocasión. Galanteábame ella no sólo por mi
-linda cara, sino para granjearme a favor de los intereses de su ama, a
-quien tenía tanto amor que ningún medio perdonaba cuando se trataba de
-complacerla y servirla. Reconocí mi error la mañana siguiente, en que
-fuí a entregar a doña Eufrasia un billete amoroso de mi amo. Recibióme
-con agrado y me dijo mil cosas cariñosas, y la criada dió también su
-pincelada en mi elogio. Una admiraba mi fisonomía; otra hallaba en mí
-cierto aire de moderación y de prudencia. Al oír a las dos, mi amo
-poseía un tesoro en mi persona. En una palabra, me alabaron tanto que
-desconfié de sus elogios. Desde luego penetré el fin de ellos, pero los
-oía con una aparente simplicidad, con cuyo artificio engañé a aquellas
-bribonas, que al cabo se quitaron la mascarilla.
-
-«Escucha, Gil Blas--me dijo doña Eufrasia--: en ti consiste hacer tu
-fortuna. Procedamos todos de acuerdo, amigo mío. Don Gonzalo es viejo;
-su salud, muy delicada; una calenturilla, ayudada de un buen médico,
-basta para echarle a la sepultura. Aprovechémonos bien de los pocos
-momentos que le restan y gobernémonos de modo que me deje a mí la
-mejor parte de sus bienes. A ti te tocará una buena porción; así te lo
-prometo, y puedes contar con mi palabra como con una escritura otorgada
-ante todos los escribanos de Madrid.» «Señora--le respondí--, disponga
-usted a su arbitrio de este su fiel servidor; solamente le suplico me
-diga lo que debo hacer, y lo demás déjelo por mi cuenta, que espero se
-dará por bien servida.» «Pues, ahora bien--repuso ella--, lo que has
-de hacer es observar cuidadosa y diligentemente a tu amo y darme razón
-puntual de todos sus pasos. Cuando hables con él, procura con arte
-introducir la conversación sobre las mujeres, y toma de aquí ocasión
-para, con destreza y maña, decirle mucho bien de mí. Tu mayor estudio
-ha de ser el tenerle siempre ocupado de su Eufrasia, en cuanto te sea
-posible. Espía con sagacidad si algún pariente suyo le hace la corte
-con la mira a su herencia y avísame sin perder un instante, que yo los
-echaré a pique. No te pido más. Tengo muy conocidos los diferentes
-genios de la parentela de tu amo; sé el modo de hacerlos ridículos a
-los ojos de éste, y ya he desconceptuado en su ánimo a sus primos y
-sobrinos.»
-
-Por esta instrucción, y por otras que añadió Eufrasia, conocí que
-era una de aquellas mujeres que sólo se dedican a complacer a viejos
-generosos. Pocos días antes había obligado a don Gonzalo a vender una
-posesión, cuyo precio le regaló. Todos los días le chupaba algo, y
-además de eso esperaba que no la olvidaría en su testamento. Mostréme
-muy deseoso de hacer todo lo que me pedía; mas, por no disimular nada,
-confieso que cuando volvía a casa iba muy dudoso sobre si contribuiría
-a engañar a mi amo o a apartarle de su querida. Este último partido me
-parecía más honrado que el otro, y me sentía más inclinado a cumplir
-con mi obligación que a faltar a ella. Consideraba por otra parte que,
-en suma, nada de positivo me había ofrecido Eufrasia, y quizá por
-esto, más que por otro motivo, no pudo corromper mi fidelidad. Resolví,
-pues, servir con celo a don Gonzalo, persuadido de que si lograba
-arrancarle del lado de su ídolo sería mejor recompensado por una acción
-buena que por las malas que yo pudiera hacer.
-
-Para conseguir mejor el fin que me había propuesto, fingí dedicarme
-enteramente a servir a doña Eufrasia. Hícele creer que continuamente
-estaba hablando de ella a mi amo, y sobre este supuesto, le embocaba
-mil patrañas, que la pobre creía como otros tantos evangelios;
-artificio con el cual me interné tanto en su confianza, que me contaba
-por el más ciegamente empeñado en promover sus intereses. A mayor
-abundamiento, aparenté también estar enamorado de Beatriz, la cual
-estaba tan ufana de la conquista de un mozo que no se le daba un
-pito de que la engañase, con tal que la engañase bien. Cuando mi amo
-y yo estábamos con nuestras dos reinas, representábamos dos cuadros
-diferentes, pero ambos por el mismo estilo. Don Gonzalo, seco y
-amarillo, como ya le he retratado, parecía un moribundo en la agonía
-cuando miraba a su Filis con ojos lánguidos y amorosos. Mi Nise,
-siempre que yo la miraba apasionado remedaba los melindres y acciones
-de una niña, poniendo en movimiento todos los registros de una truhana
-vieja y bien amaestrada. Conocíase que había cursado estas escuelas por
-lo menos unos buenos cuarenta años. Habíase refinado en servicio de
-una de aquellas heroínas del partido que saben el secreto de hacerse
-amar hasta la vejez y mueren cargadas de los despojos de dos o tres
-generaciones.
-
-No me bastaba ya el ir con mi amo todos los días a casa de Eufrasia;
-muchas veces iba solo, particularmente de día; y a cualquiera hora que
-fuese, nunca encontraba en ella a hombre, ni menos a mujer alguna,
-que me diese malas sospechas o modo de descubrir en Eufrasia el menor
-indicio de infidelidad. Esto me causaba no poca admiración, porque no
-acertaba a comprender cómo pudiese ser tan escrupulosamente fiel a don
-Gonzalo una mujer joven y hermosa.
-
-Pero en esta admiración no había juicio alguno temerario, pues la bella
-Eufrasia, como pronto veremos, para hacer más tolerable el tiempo que
-tardaba en heredar a don Gonzalo, se había provisto de un amante más
-proporcionado a sus años.
-
-Cierta mañana, muy temprano, fuí a entregar un billete a la tal niña
-de parte de mi amo, según la costumbre diaria. Hízome entrar en su
-cuarto y divisé en él los pies de un hombre que estaba escondido detrás
-de un tapiz. No di la más mínima señal de que le veía, y así que
-desempeñé mi encargo me salí, sin dar a entender que hubiese notado
-cosa alguna; pero aunque no debía sorprenderme este objeto, y más
-cuando en nada me perjudicaba a mí, no dejó, con todo, de inquietarme
-mucho. «¡Ah, malvada!--decía yo con enfado--. ¡Ah, traidora Eufrasia!
-¡No te contentas con engañar a un buen viejo, haciéndole creer que le
-amas, sino que te entregas a otro amante para hacer más abominable tu
-villana traición!» Pero, bien mirado, era yo muy necio en discurrir de
-esta suerte. Antes debía reírme de aquella aventura y mirarla como una
-compensación del fastidio y de los malos ratos que Eufrasia sufría con
-el trato de mi amo. A lo menos hubiera hecho mejor en no hablar palabra
-que en valerme de esta ocasión para acreditarme de buen criado. Pero
-en vez de moderar mi celo, abracé con mayor calor los intereses de don
-Gonzalo y le hice puntual relación de lo que había visto, añadiendo que
-doña Eufrasia había solicitado corromper mi fidelidad, y en prueba de
-ello no le oculté nada de lo que me había dicho, de manera que estuvo
-en su mano el conocimiento del verdadero carácter de su enamorada.
-Hízome mil preguntas, como dudando de lo que decía; pero mis respuestas
-fueron tales que le quitaron la satisfacción de poder dudarlo. Quedó
-atónito y asombrado de lo que había oído, y sin que le sirviese en este
-lance su ordinaria serenidad, se asomó a su semblante un repentino
-ímpetu de cólera, que podía parecer presagio de que Eufrasia pagaría su
-infidelidad. «¡Basta, Gil Blas!--me dijo--. Estoy sumamente agradecido
-al celo y amor que me muestras; me agrada infinito tu honrada lealtad.
-Ahora mismo voy a casa de Eufrasia a llenarla de reconvenciones y a
-romper para siempre la amistad con esta ingrata.» Diciendo esto, salió
-efectivamente, y se fué en derechura a su casa, no queriendo que le
-acompañase yo, por librarme de la mala figura que había de hacer si me
-hallaba presente a la averiguación de aquellos hechos.
-
-Mientras tanto, quedé esperando con la mayor impaciencia que volviese
-mi amo. No dudaba que, a vista de tan poderosos motivos para quejarse
-de su ninfa, volvería desviado de sus atractivos, o cuando menos
-resuelto a una eterna separación. Con este alegre pensamiento me
-daba a mí mismo el parabién de mi obra; me representaba el placer
-que tendrían los herederos legítimos de don Gonzalo cuando supiesen
-que su pariente ya no era juguete de una pasión tan contraria a sus
-intereses; me figuraba que todos se me confesarían obligados, y, en
-fin, que iba yo a distinguirme de los demás criados, más dispuestos
-por lo común a mantener a sus amos en sus desórdenes que a retirarlos
-de ellos. Apreciaba yo el honor y me lisonjeaba de que me tendrían
-por el corifeo de todos los sirvientes; pero una idea tan halagüeña
-se desvaneció pocas horas después, porque volvió mi amo y me dijo:
-«Amigo Gil Blas, acabo de tener una conversación muy acalorada con
-Eufrasia. Llaméla ingrata, aleve; llenéla de improperios; pero ¿sabes
-lo que me respondió? Que hacía mal en dar crédito a criados. Sostiene
-con empeño que me has hecho una relación falsa. Si he de creerla,
-tú no eres más que un impostor, un criado vendido a mis sobrinos,
-por cuyo amor no perdonarías medio alguno para ponerme mal con ella.
-Yo mismo la vi derramar algunas lágrimas, y lágrimas verdaderas.
-Me ha jurado por cuanto hay de más sagrado que ni te había hecho la
-más mínima proposición ni ve a ningún hombre. Lo mismo me aseguró
-Beatriz, que me parece mujer honrada e incapaz de mentir; de modo
-que, contra mi propia voluntad, se desvaneció todo mi enojo.» «¿Pues
-qué, señor--interrumpí yo con sentimiento--, dudáis de mi sinceridad,
-desconfiáis de...?» «No, hijo mío--repuso él--. Te hago justicia;
-no creo que estés de acuerdo con mis sobrinos; estoy persuadido de
-que sólo por buen celo te interesas en todo lo que me toca, y te lo
-agradezco. Pero muchas veces engañan las apariencias. Puede suceder
-que realmente no hubieses visto lo que te pareció ver, y en tal
-caso considera lo mucho que habrá ofendido a Eufrasia tu acusación.
-Mas sea lo que fuere, yo no puedo menos de amarla. Así lo quiere mi
-estrella; y aun me ha sido indispensable hacerle el sacrificio que
-exige de mi amor; este sacrificio es despedirte. Siéntolo mucho, mi
-pobre Gil Blas--continuó--, y te aseguro que no he consentido en ello
-sin aflicción; mas no puedo pasar por otro punto; compadécete de mi
-debilidad. Lo que te debe consolar es que no saldrás sin recompensa;
-fuera de que ya he pensado colocarte con una señora amiga mía, en cuya
-casa lo pasarás perfectamente.»
-
-Quedé mortificadísimo al ver que mi celo había redundado en mi
-perjuicio. Maldije mil veces a Eufrasia y lamenté la flaqueza de don
-Gonzalo en haberse dejado dominar de ella. No dejaba tampoco de
-conocer el buen viejo que en despedirme de su casa sólo por complacer
-a su dama no hacía la acción más honrosa. Para cohonestar su poco
-espíritu y al mismo tiempo hacerme tragar mejor la píldora, me regaló
-cincuenta ducados, y él mismo me condujo el día siguiente a casa de la
-marquesa de Chaves. Díjole en mi presencia que era yo un mozo de buenas
-prendas y que él me quería mucho, pero que por ciertos respetos de
-familia se veía precisado a su pesar a quedarse sin mí, y le suplicaba
-con el mayor encarecimiento me admitiese de criado. Desde aquel punto
-me recibió la marquesa, y yo me vi de repente con nueva ama y en nueva
-casa.
-
-
-
-
- CAPITULO VIII
-
-Carácter de la marquesa de Chaves, y personas que ordinariamente la
-visitaban.
-
-
-Era la marquesa de Chaves una viuda de treinta y cinco años, bella,
-alta y bien proporcionada. No tenía hijos y gozaba de diez mil ducados
-de renta. Nunca vi mujer más seria ni que menos hablase. Con todo
-eso, era celebrada en Madrid y generalmente tenida por la señora de
-mayor talento. Lo que quizá contribuía más que todo a esta universal
-reputación era la concurrencia a su casa de los primeros personajes
-de la corte, así en nobleza como en literatura; problema que yo no
-me atreveré a decidir. Sólo diré que bastaba oír su nombre para
-conceptuar que el que allí concurría era de un gran talento, y que su
-casa la llamaban por excelencia el _tribunal de las obras ingeniosas_.
-
-Con efecto, todos los días se leían en ella, ya poemas dramáticos, ya
-poesías líricas, pero siempre sobre asuntos serios. Negábase la entrada
-a toda composición jocosa. La mejor comedia o la novela más ingeniosa
-y más alegre no se miraba sino como una pueril y ligera producción que
-no merecía alabanza alguna. Por el contrario, la más mínima obra seria,
-una oda, un soneto, una égloga, pasaban allí por el último esfuerzo del
-ingenio humano. Pero sucedía tal vez que el público no se conformaba
-con la decisión del _tribunal_; antes bien, censuraba sin reparo las
-obras que habían sido en él muy aplaudidas.
-
-La marquesa me hizo maestresala de su casa. Era incumbencia de mi
-empleo arreglar el cuarto de mi nueva ama para recibir las gentes,
-disponiendo almohadones para las damas, sillas para los caballeros y
-cada cosa en su respectivo sitio, quedándome después en la antesala
-para anunciar e introducir a los que llegaban. El primer día, conforme
-yo los iba introduciendo, el ayo de pajes, que casualmente se hallaba
-entonces conmigo en la antesala, me los pintaba graciosamente.
-Llamábase Andrés de Molina el tal ayo, y aunque era naturalmente aéreo
-y burlón, no le faltaba entendimiento. El primero que se presentó
-fué un obispo. Anuncié su venida, y después que hubo entrado, me
-dijo el maestro de pajes: «Ese prelado es de un carácter bastante
-gracioso. Tiene algún valimiento en la Corte, mas no tanto como quiere
-persuadir. Ofrécese a servir a todos y a ninguno sirve. Encontróle un
-día en la antecámara del rey un caballero, que le saludó. Detúvole
-el obispo, hízole mil cumplimientos, le cogió la mano, apretósela,
-y le dijo: «Soy todo de vuestra señoría. No me niegue el favor de
-acreditarle mi amistad, pues no moriré contento si no logro alguna
-ocasión de servirle.» Correspondióle el caballero con expresiones
-de reconocimiento, y apenas se habían separado cuando el obispo,
-volviéndose a uno de los que iban a su lado, le dijo: «Quiero conocer
-a este hombre y no me acuerdo quién es; sólo tengo una idea confusa de
-haberle visto en alguna parte.»
-
-Poco después del obispo se dejó ver un señorito, hijo de cierto grande,
-a quien hice entrar inmediatamente en el cuarto de mi ama. Así que
-entró, me dijo el señor Molina: «Este señorito es también un ente raro.
-Va a una casa sin otro fin que el de tratar con el dueño de ella de
-negocios de importancia; está en conversación con él una o dos horas
-y se marcha sin haber hablado siquiera una palabra sobre el asunto
-a que había ido.» A este tiempo, viendo el ayo de los pajes llegar
-a dos señoras, añadió: «Ve aquí a doña Angela de Peñafiel y a doña
-Margarita de Montalván. Estas dos señoras en nada se parecen una a
-otra; doña Margarita presume de filósofa, se las tiene tiesas con los
-mayores doctores de Salamanca y ninguno la ha visto ceder jamás a sus
-argumentos; doña Angela, por el contrario, aunque es verdaderamente
-instruída, nunca hace de doctora. Sus pensamientos son finos; sus
-discursos, sólidos, y sus expresiones, delicadas, nobles y naturales.»
-«Este segundo carácter--le respondí yo--es un carácter muy amable;
-pero el otro me parece que cae muy mal en el bello sexo.» «¿Qué dice
-usted _muy mal en el bello sexo_?--replicó Molina prontamente--. Es tan
-fastidioso aun en los hombres, que a muchos hace ridículos. También
-nuestra ama la marquesa adolece un poco de este achaque filosófico. Yo
-no sé sobre qué se tratará hoy en nuestra academia, pero se disputará
-mucho.»
-
-Al acabar estas palabras, vimos entrar un hombre seco, muy grave,
-cejijunto y fruncido. No le perdonó mi caritativo instructor. «Este
-es--me dijo--uno de aquellos entes serios que quieren pasar por
-hombres de gran talento a favor de su silencio o de algunas sentencias
-de Séneca y que, examinados de cerca, no son más que unos pobres
-mentecatos.» Tras de éste entró un caballerito de bastante buena
-presencia, pero con aire de hombre pagado de sí mismo. Pregunté a
-Molina quién era, y me respondió: «Es un poeta dramático, el cual ha
-compuesto cien mil versos en su vida, que no le han valido cuatro
-cuartos; pero, en recompensa, con sólo seis renglones en prosa acaba de
-formarse una buena renta.»
-
-Iba a decirle que me explicase en qué había consistido el haber
-logrado a tan poca costa aquella fortuna, cuando oí un gran rumor en
-la escalera. «¡Bravo!--exclamó el maestro de pajes--. ¡Aquí tenemos
-al licenciado Campanario, que se deja oír mucho antes que se le vea!
-Comienza a hablar en voz alta desde la puerta de la calle y no lo deja
-hasta que vuelve a salir por ella.» Con efecto, resonaba en toda la
-casa la voz del licenciado Campanario, que al fin se presentó en la
-antesala con un bachiller amigo suyo, y no cesó de hablar mientras duró
-su visita. «Este licenciado--dije a Molina--parece hombre de ingenio.»
-«Sí lo es--me respondió--. Tiene ocurrencias muy chistosas; se explica
-con gracia y agudeza; es muy divertida su conversación; pero además de
-ser un hablador molestísimo, repite siempre sus dichos y cuentos. En
-suma, para no estimar las cosas más de lo que valen, estoy persuadido
-de que su mayor mérito consiste en aquel aire cómico y festivo con
-que sazona lo que dice; y así, no creo que le haría mucho honor una
-colección de sus agudezas y sus gracias.»
-
-Fueron entrando después otras personas, de todas las cuales me hizo
-Molina muy graciosas descripciones, sin olvidar la pintura de la
-marquesa, que fué de mi gusto. «Esta--me dijo--tiene un talento
-regular, en medio de su filosofía. Su carácter no es impertinente y da
-poco que hacer a los que la sirven. Entre las personas distinguidas es
-de las más racionales que conozco. No se le advierte pasión alguna; ni
-el juego ni los galanteos le gustan; sólo le agrada la conversación,
-y, en una palabra, su vida sería intolerable para la mayor parte de
-las damas.» Este elogio del maestro de pajes me hizo formar un concepto
-ventajoso de mi ama. Sin embargo, pocos días después no pudo menos
-de sospechar que no era tan enemiga del amor, y el fundamento de mi
-sospecha fué el siguiente.
-
-Estando una mañana en el tocador, se presentó en la antesala un
-hombrecillo como de cuarenta años, pero de malísima figura, más
-mugriento que el autor Pedro de Moya, y, a mayor abundamiento, muy
-corcovado. Díjome que deseaba hablar a la marquesa, y preguntándole yo
-de parte de quién, «¡De la mía!--me respondió arrogante--. Diga usted
-a la señora que soy aquel caballero del cual estuvo hablando ayer con
-doña Ana de Velasco.» Apenas se lo dije a mi ama cuando, toda enajenada
-de alegría, me mandó le hiciese entrar. No sólo le recibió con extrañas
-demostraciones de aprecio, sino que mandó salir a todas las criadas, de
-modo que el corcovadillo, más afortunado que una persona de provecho,
-se quedó a solas con ella. Las criadas y yo nos reímos un poco de esta
-visita tan graciosa, que duró una hora, al cabo de la cual mi ama
-le despidió con mil cortesanas expresiones, que demostraban bien lo
-contenta que quedaba de él.
-
-En efecto, lo quedó tanto, que por la noche me llamó aparte y me dijo:
-«Gil Blas, cuando venga el corcovado, hazle entrar en mi gabinete lo
-más secretamente que puedas.» Cuyo encargo confieso que me dió mucho en
-qué sospechar. Sin embargo, obedeciendo la orden de la marquesa, luego
-que se dejó ver aquel hombrecillo, que fué a la mañana siguiente, le
-introduje por una escalera excusada hasta el gabinete de la señora.
-Caritativamente hice lo mismo por dos o tres veces, de lo cual inferí o
-que la marquesa tenía estrafalarias inclinaciones o que el corcovadillo
-le servía de tercero.
-
-Poseído yo de esta idea me decía: «Si mi ama se ha enamorado de un buen
-mozo, se lo perdono; pero si se ha prendado de semejante macaco, no
-puedo verdaderamente disculpar un gusto tan depravado.» ¡Pero cuán mal
-pensaba yo de aquella señora! Aquel macaco se empleaba en la magia, y
-como se ponderaba su ciencia a la marquesa, que creía gustosa en los
-prestigios de los saltimbanquis, tenía conversaciones a solas con él.
-Hacía ver los objetos en un vaso, enseñaba a dar vueltas al cedazo y
-revelaba por dinero todos los misterios de la cábala, o bien--para
-hablar con más exactitud--era un bribón que subsistía a expensas de las
-personas demasiado crédulas y se decía que a ello contribuían muchas
-señoras de distinción.
-
-
-
-
- CAPITULO IX
-
-Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la marquesa de Chaves y
-cuál fué su paradero.
-
-
-Seis meses había que yo servía a la marquesa de Chaves, y me hallaba
-muy contento con mi conveniencia; pero mi destino no me permitió
-mantenerme más tiempo en su casa ni menos quedarme por entonces en
-Madrid. El motivo fué el lance que voy a contar.
-
-Entre las criadas de la marquesa había una, llamada Porcia, que, sobre
-ser joven y hermosa, era de un carácter tan bueno que me captó la
-voluntad, sin saber que me sería necesario disputar su corazón. El
-secretario de la marquesa, hombre soberbio y celoso, estaba enamorado
-de mi ídolo, y apenas advirtió mi amor cuando, sin procurar informarse
-si Porcia me correspondía, resolvió que nos midiésemos la espada, y
-me citó una mañana para un paraje retirado. Como era un hombrecillo
-que apenas me llegaba a los hombros, me pareció enemigo poco temible,
-y lleno de confianza acudí al sitio señalado. Lisonjeábame yo de una
-completa victoria y de adquirir por ella nuevo mérito con Porcia; pero
-el resultado humilló mucho mi presunción. El secretarillo, que había
-aprendido dos o tres años la esgrima, me desarmó como a un niño, y
-poniéndome al pecho la punta de la espada, me dijo: «¡Prepárate para
-morir, o dame palabra sobre tu honor de que hoy mismo saldrás de casa
-de la marquesa de Chaves, sin pensar más en Porcia.» Prometíselo así
-y lo cumplí sin repugnancia. Corríame de presentarme delante de los
-criados de la casa después de haber sido tan ignominiosamente vencido,
-y mucho más de presentarme ante la hermosa Elena, inocente ocasión de
-nuestro desafío. No volví, pues, a casa sino para recoger mi ropa y
-dinero, y el mismo día me encaminé a Toledo, con la bolsa bastante
-provista y cargado con toda mi ropa puesta en un lío. Aunque por
-ningún caso me había obligado a salir de Madrid, juzgué me convendría
-mucho alejarme de aquella villa, a lo menos por algunos años, y así,
-tomé la determinación de dar una vuelta por España, deteniéndome en
-las ciudades y pueblos el tiempo que me pareciese. «Con el dinero que
-tengo--me decía--, gastándolo con discreción, tendré para correr gran
-parte del reino; y cuando se haya acabado, me pondré de nuevo a servir,
-pues un mozo como yo hallará acomodos sobrantes cuando le venga en
-voluntad buscarlos, y no tendré mas que escoger.»
-
-Como tenía particulares deseos de ver a Toledo, llegué allí al cabo
-de tres días, y fuí a tomar posada en un buen mesón, en donde me
-tuvieron por un caballero de importancia, con el auxilio de mi vestido
-de aventuras amorosas, que no dejé de ponerme; y con el aire que tomé
-de elegante, podía fácilmente introducirme con las buenas mozas que
-vivían en la vecindad; pero habiendo sabido que era necesario comenzar
-en su casa por hacer un gran gasto, fué forzoso contener mis deseos.
-Hallándome siempre con gusto de viajar, después de haber visto todo lo
-que había de curioso en Toledo, salí de allí un día al amanecer y tomé
-el camino de Cuenca, con ánimo de pasar al reino de Aragón. Al segundo
-día de jornada me metí en una venta que encontré en el camino, y cuando
-empezaba a refrescarme, entró una partida de cuadrilleros de la Santa
-Hermandad. Estos señores pidieron vino, y mientras estaban bebiendo,
-les oí hacer mención de las señas de un joven a quien llevaban orden de
-prender. «El caballero--decía uno de ellos--no tiene mas que veintitrés
-años, el pelo largo y negro, bella estatura, nariz aguileña, y monta un
-caballo castaño.»
-
-Estúvelos yo escuchando sin mostrar atención a lo que decían, y en
-realidad me importaba poco el saberlo. Dejélos en la venta y proseguí
-mi camino; pero no había andado aún medio cuarto de legua cuando
-encontré a un mocito muy galán que iba en un caballo castaño. «¡Vive
-diez--dije para mí--, que o yo me engaño mucho, o éste es el sujeto a
-quien buscan los cuadrilleros! Tiene el pelo largo y negro y la nariz
-aguileña. Seguramente él es a quien quieren atrapar y he de hacerle un
-buen servicio. Señor--le dije--, permítame usted que le pregunte si le
-ha sucedido algún pesado lance de honor.» El joven, sin responderme,
-fijó los ojos en mí y mostróse admirado de mi pregunta. Aseguréle que
-ésta no nacía de pura curiosidad, y quedó bien convencido de ello
-luego que le conté todo lo que había oído a los ministros en la venta.
-«Generoso desconocido--me respondió--, no puedo ocultaros que tengo
-motivo para creer ser efectivamente yo a quien busca esa gente, y, por
-lo mismo, voy a tomar otro camino para no caer en sus manos.» «Yo sería
-de parecer--repuse entonces--que buscásemos por aquí un sitio retirado,
-donde usted estuviese seguro y ambos a cubierto de una gran tempestad
-que veo nos está amenazando.» Al decir esto, descubrimos una calle de
-árboles bastante frondosos, y habiéndonos metido en ella, nos condujo
-al pie de una montaña, donde encontramos una ermita.
-
-Era ésta una grande y profunda gruta que el tiempo había socavado
-en la falda de aquel monte, y delante de ella se registraba como un
-corral que había fabricado el arte, cuyas paredes se componían de
-una especie de argamasa formada de pedrezuelas, rodeado todo, para
-mayor defensa, de un género de foso cubierto de verdes céspedes. Los
-contornos de la gruta estaban sembrados de flores olorosas que llenaban
-de suavísima fragancia el ambiente inmediato, y cerca de la misma
-gruta se descubría una hendedura en el monte, de cuyo centro brotaba
-un manantial de agua que corría a dilatarse por una pradería. A la
-entrada de esta cueva solitaria había un buen ermitaño, que parecía un
-hombre consumido por la vejez. Apoyábase en un báculo, y en la otra
-mano llevaba un gran rosario de cuentas gordas y de veinte dieces por
-lo menos. Su cabeza estaba como sepultada en un capuz de lana parda
-con unas largas orejeras, y su barba, más blanca que la nieve, le
-bajaba hasta la cintura. Acercámonos a él y yo le dije: «Padre mío,
-¿nos da licencia para que le pidamos nos refugie contra la tempestad
-que viene sobre nosotros?» «Venid, hijos míos--respondió el anacoreta
-después de haberme mirado con atención--; mi pobre gruta está a vuestra
-disposición y podréis estar en ella todo el tiempo que quisiereis.
-El caballo--añadió--le podéis meter en aquel corral--señalándolo con
-la mano--, donde creo que estará bien acomodado.» Metimos en él el
-caballo, y nosotros nos refugiamos en la gruta, acompañándonos siempre
-el venerable viejo.
-
-Apenas entramos en ella cuando cayó una copiosa lluvia mezclada de
-relámpagos y espantosos truenos. El ermitaño se hincó de rodillas
-delante de una estampa de San Pacomio, que estaba pegada a la pared,
-y nosotros hicimos lo mismo a ejemplo suyo. Cesó la tempestad y
-cesaron también nuestras oraciones. Levantámonos; pero como todavía
-seguía lloviendo y la noche se acercaba, nos dijo el ermitaño: «Yo,
-hijos míos, no os aconsejaré que os pongáis en camino con este
-temporal, y más estando tan cerca la noche, a no obligaros a ello
-algún negocio grave y urgente.» Respondímosle que ninguna cosa nos
-impedía el detenernos sino el justo temor de incomodarle, y que, a
-no ser éste, antes le suplicaríamos nos permitiese pasar allí la
-noche. «La incomodidad será para vosotros--respondió cortesanamente
-el anacoreta--; tendréis mala cama y peor cena, porque sólo puedo
-ofreceros la de un pobre ermitaño.»
-
-En esto, nos hizo sentar a una desdichada y rústica mesilla, donde
-nos sirvió unas cebollas con algunos mendrugos y un jarro de agua.
-«Esta--dijo--es mi comida y cena ordinarias; pero hoy es razón hacer
-algún exceso en obsequio de unos huéspedes tan honrados.» Dijo, y
-marchó luego a traer un pedazo de queso y dos puñados de avellanas,
-que echó sobre la mesa. Mi compañero, que no tenía mucho apetito, hizo
-poco gasto de aquellos manjares. Observólo el ermitaño y dijo: «Veo que
-estáis acostumbrados a mesas más regaladas que la mía, o, por mejor
-decir, que la sensualidad ha estragado en vos el gusto natural. Yo
-también he vivido en el mundo. Entonces no eran bastante buenos para
-mí los manjares más delicados ni los guisados más exquisitos; pero la
-soledad y el hambre han restituído la pureza al paladar. Ahora sólo me
-gustan las raíces, la leche, las frutas y, en una palabra, todo aquello
-que servía de alimento a nuestros primeros padres.»
-
-Mientras el anacoreta estaba hablando, el caballerito se quedó como
-enajenado en una profunda cavilación. Notólo el viejo y le dijo:
-«Hijo mío, vos tenéis atravesado el corazón con alguna espina que os
-punza mucho. ¿No podré saber el motivo de la grave aflicción que os
-atormenta? Desahogad conmigo vuestro pecho. No me mueve a este deseo la
-curiosidad; la caridad es la única causa que a ello me anima. Hállome
-en edad en que puedo daros algún buen consejo, y vos me parecéis estar
-en una situación que necesita bien de él.» «Sí, padre mío--respondió el
-caballerito, arrancando del pecho un doloroso suspiro--, es muy cierto
-que tengo gran necesidad de consejo, y pues vos me ofrecéis el vuestro
-con piedad tan generosa, quiero seguirle. Estoy muy persuadido de que
-nada arriesgo en descubrirme a un hombre como vos.» «No, hijo--replicó
-el ermitaño--, no tenéis que temer; soy hombre a quien se le puede
-confiar cualquiera cosa, sea la que fuere.» Entonces el caballero habló
-de esta manera.
-
-
-
-
- CAPITULO X
-
- Historia de don Alfonso y de la bella Serafina.
-
-
-«Nada, padre mío, os ocultaré, como ni tampoco a este caballero que
-me escucha. Haríale gran agravio en desconfiar de él a vista de la
-generosa acción que usó conmigo. Voy, pues, a contaros mis desgracias.
-
-»Nací en Madrid y mi origen fué el que voy a referir. Un oficial de la
-guardia alemana, llamado el barón de Steinbach, entrando una noche en
-su casa se halló, al pie de la escalera, con un envoltorio de lienzo.
-Levantóle, llevóle al cuarto de su mujer, desenvolvióle y encontraron
-un niño recién nacido envuelto en pañales muy aseados y finos, y un
-billete que decía ser hijo de padres distinguidos, que a su tiempo se
-darían a conocer, y que el niño estaba ya bautizado con el nombre de
-Alfonso. Este desgraciado niño soy yo y esto es todo cuanto sé. Víctima
-del honor o de la infidelidad, ignoro si mi madre me expuso únicamente
-para ocultar algunos vergonzosos amores o si, seducida por un amanto
-perjuro, se vió en la cruel necesidad de abandonarme.
-
-»Como quiera que sea, al barón y a su mujer les enterneció mucho mi
-desgracia, y como no tenían sucesión resolvieron criarme como si
-fuera hijo suyo, conservándome el nombre de don Alfonso. Al paso que
-crecía yo en edad crecía el amor en ellos hacia mí. Hacíanme mil
-caricias en pago de mis apacibles modales y por mi docilidad. Todos sus
-pensamientos eran de darme la mejor educación. Buscáronme maestros de
-todas materias. Lejos de esperar con impaciencia a que se descubriesen
-mis padres, parecía, por el contrario, que deseaban no se manifestasen
-jamás. Luego que el barón me vió capaz de poder seguir la milicia, me
-aplicó a servir al rey. Consiguióme una bandera y mandó hacerme un
-pequeño equipaje. Para animarme a buscar ocasión de adquirir gloria
-y darme a conocer, me hizo presente que la carrera del honor estaba
-abierta a todo el mundo y que en la guerra podría hacer mi nombre tanto
-más glorioso cuanto sólo sería deudor a mi valor y a mi espada de la
-gloria que adquiriese. Al mismo tiempo me reveló el secreto de mi
-nacimiento, que hasta allí me había callado. Como en todo Madrid pasaba
-por hijo suyo, y yo mismo efectivamente me tenía por tal, confieso que
-me turbó no poco esta confianza. No podía pensar en ello sin llenarme
-de rubor. Por lo mismo que mis nobles pensamientos y mis honrados
-impulsos me aseguraban de un distinguido nacimiento, era mayor el dolor
-de verme desamparado de aquellos a quienes le había debido.
-
-»Pasé a servir en los Países Bajos, donde se hizo la paz poco después
-que llegué al ejército. Hallándose España sin enemigos, me restituí a
-Madrid, y el barón y su mujer me recibieron con nuevas demostraciones
-de cariño. Eran pasados dos meses desde mi regreso, cuando una
-mañana entró en mi cuarto un pajecillo y me entregó en las manos un
-billete concebido poco más o menos en estos términos: «No soy fea ni
-contrahecha, y, con todo eso, usted me ve todos los días a mi balcón
-con grande indiferencia: frialdad muy ajena de un mozo tan galán. Estoy
-tan ofendida de este proceder, que por vengarme quisiera inspirar amor
-en ese corazón de hielo.»
-
-»Así que leí este billete me persuadí, sin la menor duda, de que era de
-una viudita llamada Leonor, que vivía enfrente de mi casa y tenía fama
-de ser alegre de cascos. Examiné sobre este punto al pajecillo, que
-por algún breve rato quiso hacer el callado; pero a costa de un ducado
-que le di, satisfizo mi curiosidad y se encargó de llevar a su ama mi
-respuesta. Decíale en ella que conocía y confesaba mi delito, del cual
-estaba ya medio vengada, según lo que yo sentía en mí.
-
-»Con efecto, no dejó de hacerme impresión esta graciosa manera de
-granjear la voluntad. No salí de casa en todo aquel día, asomándome
-frecuentemente al balcón para observar a la señora, que tampoco
-se descuidó de dejarse ver al suyo. Hícele señas, a las cuales
-correspondió, y el día siguiente me envió a decir por el mismo pajecito
-que si entre once y doce de aquella noche quería yo hallarme en
-nuestra calle, podíamos hablarnos a la reja de un cuarto bajo. Aunque
-no estaba muy enamorado de una viuda tan viva, sin embargo, no dejé
-de responderle muy apasionadamente, y, a la verdad, esperé a que
-anocheciese con tanta impaciencia como si efectivamente la amara mucho.
-Luego que fué de noche, salí a pasearme al Prado, para entretener el
-tiempo hasta la hora de la cita; y apenas entré en el paseo cuando,
-acercándose a mí un hombre montado en un hermoso caballo, se apeó
-precipitadamente, y mirándome con ceño, «Caballero--me dijo--, ¿no sois
-vos el hijo del barón de Steinbach?» «El mismo», le respondí. «¿Luego
-vos sois el citado--prosiguió él--para dar esta noche conversación
-a Leonor en su reja? He visto sus billetes y vuestras respuestas,
-que me mostró el pajecillo. Os he venido siguiendo hasta aquí desde
-que salisteis de casa, para advertiros que tenéis un competidor cuya
-vanidad se indigna de disputar el corazón de una dama con un hombre
-como vos. Me parece que no necesito deciros más, y pues nos hallamos
-en sitio retirado, decidan la disputa las espadas, a menos de que
-vos, por evitar el castigo que preparo a vuestra temeridad, me deis
-palabra de romper toda comunicación con Leonor. Sacrificadme las
-esperanzas que tenéis, o en este mismo punto os quito la vida.» «Ese
-sacrificio--respondí--se había de pedir y no exigirse. Lo hubiera
-podido conceder a vuestros ruegos, pero lo niego a vuestras amenazas.»
-«Pues riñamos--dijo él, atando el caballo a un árbol--, porque es
-indecoroso a una persona de mi esfera bajarse a suplicar a un hombre de
-la vuestra, y aun la mayor parte de mis iguales, puestos en mi lugar,
-se vengarían de vos de un modo menos honroso.» Ofendiéronme mucho
-estas últimas palabras, y viendo que él había sacado la espada saqué
-yo también la mía. Reñimos con tanto empeño, que duró poco el combate.
-Sea que le cegase su demasiado ardor, o sea que yo fuese más diestro
-que él, le di desde luego una estocada mortal que le hizo primero
-titubear y después caer en tierra. Entonces no pensé mas que en ponerme
-en salvo, y montando en su propio caballo tomé el camino de Toledo. No
-volví a casa del barón de Steinbach, pareciéndome que la relación de
-mi lance sólo serviría para afligirle; y cuando consideraba el peligro
-en que me hallaba, veía que no debía perder un momento en alejarme de
-Madrid.
-
-»Poseído enteramente de amarguísimas reflexiones, anduve toda la noche
-y la mañana del día siguiente; pero a eso del mediodía me vi precisado
-a detenerme, para que el caballo descansara y se mitigase el calor, que
-cada instante era más inaguantable. Detúveme, pues, en una aldea hasta
-puesto el Sol, y continué luego mi camino, con ánimo de no apearme
-hasta estar en Toledo. Me hallaba ya dos leguas más allá de Illescas
-cuando, a eso de media noche, me cogió en campo raso una furiosa
-tempestad, semejante a la que acaba de sobrecogernos. Lleguéme a las
-tapias de un jardín que vi a pocos pasos de mí, y no hallando abrigo
-más cómodo me arrimé con mi caballo lo mejor que pude a una puerta
-pequeña de una estancia que estaba casi en un ángulo de la misma cerca,
-sobre la cual había un balcón. Apoyándome en la puerta vi que no la
-habían cerrado, y discurrí que esto habría sido culpa de los criados.
-Me apeé, y no tanto por curiosidad como por resguardarme más del agua,
-que no dejaba de incomodarme mucho debajo del balcón, me entré en
-aquella habitación baja, juntamente con el caballo, tirándole por la
-brida.
-
-»Durante la tempestad procuré reconocer aquel sitio, y aunque sólo
-podía registrarle a favor de los relámpagos, juzgué que era una quinta
-de alguna persona opulenta. Estaba aguardando por instantes que cesase
-la tempestad para seguir mi camino; pero habiendo visto a lo lejos
-una gran luz, mudé de parecer. Dejé resguardado el caballo en aquella
-pieza, cuidando de cerrar la puerta, y fuíme acercando hacia la luz,
-presumiendo que estaban todavía levantados en la casa, para suplicarles
-me diesen abrigo por aquella noche. Después de haber atravesado algunos
-corredores, me hallé en una sala cuya puerta estaba igualmente abierta.
-Entré en ella, y viendo su suntuosidad a beneficio de una magnífica
-araña con varias bujías, ya no me quedó duda de que aquella casa de
-campo era de algún gran personaje. El pavimento era de mármol; el
-friso, pintado y dorado con arte; la cornisa, primorosamente trabajada,
-y el techo me pareció obra de los más diestros pintores; pero lo
-que más me llevó la atención fué una multitud de bustos de héroes
-españoles, puestos sobre bellísimos pedestales de mármol jaspeado, que
-adornaban las paredes del salón. Tuve bastante tiempo para enterarme de
-todas estas cosas, porque habiendo aplicado de cuando en cuando el oído
-para ver si sentía rumor no llegué a percibir ninguno ni a ver persona
-alguna.
-
-»A un lado del salón había una puerta entornada; la entreabrí y noté
-una crujía de cuartos, en el último de los cuales había luz. Consulté
-conmigo mismo lo que debía hacer: si volverme por donde había venido
-o animarme a penetrar hasta aquel cuarto. La prudencia dictaba que
-el partido más acertado era el de retirarme; pero pudo más en mí la
-curiosidad que la prudencia, o, por mejor decir, fué más poderosa la
-fuerza del destino que me arrastraba. Llevé, pues, mi empeño adelante,
-y atravesando todas las piezas llegué a la última, donde ardía,
-sobre una mesa de mármol, una bujía puesta en un candelero de plata
-sobredorada. Desde luego conocí que era un cuarto de verano, alhajado
-con singular gusto y riqueza; pero volviendo presto los ojos hacia una
-cama cuyas cortinas estaban entreabiertas a causa del calor, vi un
-objeto que me robó toda la atención. Era una joven que, a pesar del
-estruendo pavoroso de los truenos, dormía profundamente. Acerquéme a
-ella con el mayor silencio, y a favor de la luz de la bujía descubrí
-una tez tan delicada y un rostro tan hermoso, que verdaderamente
-me encantaron. Al verla, toda mi máquina se conmovió; me sentí
-enteramente enajenado. Pero por más agitado que me tuviesen mis
-impulsos, el concepto que hice de la nobleza de su sangre me impidió
-formar ningún pensamiento temerario, pudiendo más el respeto que la
-pasión. Mientras estaba yo embelesado en contemplarla se despertó.
-
-»Fácil es de imaginar cuánto la sobresaltaría el ver a un hombre
-desconocido, a media noche, en su cuarto y al pie de su misma cama.
-Toda asustada y estremecida dió un gran grito. Hice cuanto pude para
-aquietarla; hinqué una rodilla en tierra y, lleno de respeto, le dije:
-«No temáis, señora, que yo no he entrado aquí con ánimo de ofenderos.»
-Iba a proseguir, pero ella, atemorizada, no tuvo siquiera libertad para
-escucharme. Comenzó a llamar a grandes voces a sus criadas, y como
-ninguna le respondiese, cogió a toda prisa una bata ligera, que estaba
-al pie de la cama, cubrióse con ella, saltó acelerada al suelo, agarró
-la bujía y atravesó corriendo toda la crujía de cuartos, llamando sin
-cesar a sus doncellas y a una hermana suya menor, que vivía en la misma
-quinta bajo su custodia. Por momentos estaba yo temiendo ver sobre mí
-toda la familia y que, sin merecerlo ni oírme, me tratasen mal; pero
-quiso mi fortuna que, por más gritos que dió, nadie pareció, sino un
-criado viejo, que de poco le hubiera servido si algo tuviera que temer.
-No obstante, con la presencia del buen viejo, alentándose algún tanto,
-me preguntó con altivez quién era yo, por dónde y a qué fin había
-tenido atrevimiento para meterme en su casa. Comencé a justificarme;
-pero apenas le dije que había entrado por la puerta del cuarto del
-jardín, que había hallado abierta, cuando exclamó al instante diciendo:
-«¡Justo Cielo y qué sospechas me vienen ahora al pensamiento!»
-
-En esto va con la luz a registrar todos los cuartos de la quinta, y no
-encuentra a ninguna de sus criadas ni a su hermana; antes sí ve que
-éstas se habían llevado cada una sus ropas. Pareciéndole que se habían
-verificado sobradamente sus sospechas, se volvió a donde yo había
-quedado, y articulando mal las palabras con la cólera, «¡Infame!--me
-dijo--. ¡No añadas la mentira a la traición! No te ha traído a esta
-quinta la casualidad ni has entrado en ella por el motivo que finges.
-Tú eres de la comitiva de don Fernando de Leiva y cómplice en su
-delito. ¡Pero no esperes huir de mi venganza, pues tengo aún bastante
-gente en casa que te prenda!» «Señora--le dije--, no me confundáis, os
-ruego, con vuestros enemigos. Ni conozco a don Fernando de Leiva ni
-sé todavía quién sois vos. Yo soy un desgraciado a quien cierto lance
-de honor ha obligado a ausentarse de Madrid, y os juro por cuanto
-hay de más sagrado que, a no haberme precisado a ello la tempestad,
-no hubiera entrado en vuestra quinta. Dignaos, señora, formar mejor
-concepto de mí. En vez de suponerme cómplice en ese delito que tanto
-os ofende, vivid persuadida de que estoy prontísimo a vengaros.» Estas
-últimas palabras, que pronuncié con ardor y viveza, la tranquilizaron;
-de modo que desde aquel punto mostró no mirarme ya como a enemigo.
-Cesó en el mismo momento su enojo, pero entró a ocupar su lugar el
-más acerbo dolor. Comenzó a llorar amargamente, y sus lágrimas me
-enternecieron de manera que no me sentí menos afligido que ella, aun
-cuando ignoraba la causa de su pena. No me contenté con acompañarla
-en el llanto, sino que, deseoso de vengar su afrenta, me entró una
-especie de furor. «Señora--exclamé entre lastimado y colérico--, ¿quién
-ha tenido atrevimiento para ultrajaros? ¿Y qué especie de ultraje ha
-sido el vuestro? ¡Hablad, señora, porque vuestras ofensas ya son mías!
-¿Queréis que busque a don Fernando y que le atraviese de parte a parte
-el corazón? Nombradme todos aquellos que queréis que os sacrifique.
-Mandad y seréis obedecida. Cueste lo que costare vuestra venganza, este
-desconocido, a quien habéis mirado como enemigo, se expondrá, por amor
-de vos, a cualquier riesgo.»
-
-»Quedóse suspensa aquella señora a vista de un arrebato tan inesperado,
-y enjugando sus lágrimas me dijo: «Perdonad, señor, mi temeraria
-sospecha a la infeliz situación en que me hallo. Vuestros generosos
-sentimientos han desengañado a la desgraciada Serafina, y me quitan
-además hasta el natural rubor que me acusa el que un extraño sea
-testigo de una afrenta hecha a mi noble sangre. Sí, generoso
-desconocido, reconozco mi error y admito vuestras ofertas, pero no
-quiero la muerte de don Fernando.» «Bien está, señora--repliqué--;
-pero ¿en qué deseáis que os sirva?» «Señor--respondió Serafina--, el
-motivo de mi pesar es el siguiente: don Fernando de Leiva se enamoró de
-mi hermana Julia, a quien vió en Toledo, donde vivimos de ordinario.
-Pidiósela a mi padre, que es el conde de Polán, quien se la negó por
-antigua enemistad que hay entre las dos casas. Mi hermana, que apenas
-tiene quince años, se habrá dejado engañar de mis criadas, sin duda
-ganadas por don Fernando, y noticioso éste de que las dos hermanas
-estábamos en esta casa de campo, habrá aprovechado la ocasión para
-robar a la malaconsejada Julia. Yo sólo quisiera saber en qué parte la
-ha depositado, para que mi padre y mi hermano, que ha dos meses están
-en Madrid, tomen sus medidas. Suplícoos, pues, señor, que os toméis el
-trabajo de recorrer los contornos de Toledo y de averiguar, si fuese
-posible, a dónde ha ido a parar aquella pobre muchacha, diligencia a
-que os quedará tan obligada como agradecida toda mi familia.»
-
-»No tenía presente aquella señora que el encargo que me daba no
-convenía a un hombre a quien importaba tanto salir cuanto antes de los
-términos y jurisdicción de Castilla. Pero ¿qué mucho que no hiciese
-ella esta reflexión cuando ni yo mismo la hice? Sumamente gozoso de
-la fortuna de verme en ocasión de servir a una persona tan amable,
-admití gustoso la comisión, ofreciendo desempeñarla con el mayor celo y
-diligencia. Con efecto, no esperé a que amaneciese para ir a cumplir
-lo prometido. Dejé al punto a Serafina, suplicándole me perdonase el
-susto que inocentemente le había dado y asegurándole que presto sabría
-de mí. Salíme, pues, por donde había entrado en la quinta, pero con el
-ánimo tan ocupado siempre en aquella señora, que fácilmente advertí
-estaba del todo prendado de ella, y nada me lo hizo conocer mejor que
-la inquietud e impaciencia con que me apresuraba a complacerla y las
-amorosas quimeras que yo mismo me forjaba en la imaginación. Parecíame
-que Serafina, aun en medio de su sentimiento, había echado bien de ver
-los primeros fuegos de mi amor y que no le había quizá desagradado.
-Lisonjeábame de que si lograba averiguar lo que tanto deseaba sería mía
-toda la gloria.»
-
-Al llegar aquí, cortó don Alfonso el hilo de su historia y dijo al
-ermitaño: «Perdonadme, padre, si poseído de mi pasión me detengo en
-menudencias que tal vez os fastidiarán.» «No, hijo--respondió el
-anacoreta--, de ningún modo me cansan; antes bien, deseo saber hasta
-dónde llegó el amor que te inspiró doña Serafina, para arreglar mis
-consejos con mayor conocimiento.»
-
-«Encendida la fantasía con tan lisonjeras imágenes--prosiguió el
-caballerito--, busqué inútilmente por espacio de dos días al robador
-de Julia, y, frustradas todas las diligencias, no pude descubrir el
-menor rastro de él. Desconsoladísimo de ver inutilizados mis pasos y
-desvelos, volví a presencia de Serafina, a quien discurría hallar en
-el estado más inquieto y desgraciado del mundo; pero la encontré más
-tranquila de lo que yo pensaba. Díjome que había sido más venturosa que
-yo, pues ya sabía dónde se hallaba su hermana; que había recibido una
-carta de don Fernando, en que le decía que, después de haberse casado
-de secreto con Julia, la había depositado en un convento de Toledo.
-«Envié su carta a mi padre--prosiguió Serafina--, no sin esperanza de
-que la cosa acabe bien y que un solemne matrimonio sea el iris de paz
-que dé fin a la inveterada discordia de las dos casas.»
-
-»Luego que me informó del paradero de su hermana, me habló del trabajo
-que me había ocasionado, y, sobre todo--añadió ella misma--, los
-peligros a que os expuso mi imprudencia en seguir a un robador, sin
-acordarme de que me habíais confiado que andabais fugitivo por cierto
-lance de honor, de lo cual me pidió mil perdones en los términos más
-atentos. Conociendo que estaba falto de reposo, me condujo a la sala,
-donde los dos nos sentamos. Estaba vestida con una bata de tafetán
-blanco con listas negras, y cubría su cabeza un sombrerillo de los
-mismos colores que la bata, guarnecido con un airoso plumaje negro, lo
-que me hizo juzgar que podía ser viuda, aunque, por otra parte, parecía
-de tan pocos años que no sabía yo qué discurrir.
-
-»Si era grande mi deseo de saber quién ella era, no era menos viva su
-curiosidad de saber lo mismo de mí. Preguntóme mi nombre y apellido, no
-dudando--dijo--, a vista de mi noble aire, y aún más de la generosa
-piedad que me había hecho abrazar con tanto empeño sus intereses, la
-nobleza de mi nacimiento. Dejóme perplejo la pregunta; encendióseme
-el rostro, me turbé, y confieso que, teniendo menos rubor en mentir
-que en decir la verdad, respondí que era hijo del barón de Steinbach,
-oficial de la guardia alemana. «Decidme también--replicó la dama--por
-qué habéis salido de Madrid, pues desde luego os puedo ofrecer todo el
-valimiento y los buenos oficios de mi padre y de mi hermano don Gaspar.
-Esto es lo menos que puede hacer mi agradecimiento con un caballero
-que por servirme despreció su propia vida». Ninguna dificultad tuve en
-referirle por menor todas las circunstancias de nuestro desafío. Ella
-misma echó toda la culpa al caballero que me había injuriado, y me
-volvió a ofrecer que interesaría a su familia en mi favor.
-
-»Habiendo yo satisfecho su curiosidad, me animé a suplicarle
-contentase la mía, y le pregunté si era o no libre. «Tres años
-ha--respondió--que mi padre me obligó a casarme con don Diego de Lara,
-y quince meses que estoy viuda.» «Pues ¿qué desgracia, señora--le
-pregunté--, fué la que tan presto os privó de vuestro esposo?» «Voy,
-señor, a responderos--repuso ella--y corresponder a la confianza a
-que me confieso deudora. Don Diego de Lara era un caballero muy bien
-apersonado. Amábame ciegamente, y aunque empleaba cuanta diligencia
-puede emplear el más tierno amante para hacerse agradable al objeto
-amado, y aunque tenía mil bellas cualidades, nunca pudo granjearse mi
-cariño. El amor no siempre es efecto del anhelo ni del mérito conocido.
-¡Ah!--añadió ella suspirando--. ¡Muchas veces nos cautiva a la primera
-vista una persona que no conocemos! No me era posible amarle. Más
-avergonzada que prendada de las continuas muestras de su amor, y
-forzada a corresponder a ellas sin inclinación, si me acusaba a mí
-misma interiormente de ingratitud, también me contemplaba muy digna de
-compasión. Por desgracia de ambos, él tenía todavía más delicadeza que
-amor. En mis acciones y palabras descubría claramente mis más ocultos
-pensamientos. Leía cuanto pasaba en lo más íntimo de mi alma; quejábase
-a cada paso de mi indiferencia, y le era tanto más sensible el no poder
-conquistar mi corazón cuanto más seguro estaba de que ningún otro rival
-se lo disputaba, no contando yo apenas diez y seis años y habiendo
-sabido, antes de ofrecerme su mano, por mis criadas, todas parciales
-suyas, que ningún hombre se le había anticipado a llevarse mi atención.
-«Sí, Serafina--me decía muchas veces--, me alegraría mucho de que
-estuvieses encaprichada a favor de otro y de que ésta fuese la única
-causa de la frialdad con que me miras. Esperaría entonces que tu virtud
-y mi constancia triunfarían al cabo de esa tibieza; pero ya desespero
-de vencer un corazón que no se ha rendido a tantos y tan convincentes
-testimonios de mi extremado amor.» Cansada de oírle repetir tantas
-veces la misma queja, le dije un día que, en vez de turbar su reposo y
-el mío mostrando tanta delicadeza, haría mejor en dejarlo todo en manos
-del tiempo. Con efecto, yo me hallaba entonces en una edad poco capaz
-de sentir los vivos impulsos de una pasión tan fogosa, y éste era el
-prudente partido que don Diego debiera haber abrazado. Pero viendo que
-se había pasado un año entero sin haber adelantado más que el primer
-día, perdió la paciencia, o por mejor decir el juicio, y fingiendo
-que le llamaba a la corte no sé qué negocio de importancia, marchó a
-los Países Bajos a servir en calidad de voluntario, y encontró lo que
-deseaba en los peligros en que se metía; es decir, el fin de la vida y
-el de sus pesares.»
-
-»Concluída esta relación, todo el resto de la conversación que
-tuvimos Serafina y yo fué acerca del singular carácter de su marido.
-Interrumpió nuestra conferencia un correo, que llegó en aquel mismo
-punto, el cual puso en manos de Serafina una carta del conde de Polán.
-Pidióme licencia para abrirla, y observé que conforme la iba leyendo
-se iba poniendo pálida y trémula. Luego que la acabó de leer, alzó los
-ojos al cielo, dió un gran suspiro y empezó a correr por su rostro un
-torrente de lágrimas. No siendo posible que yo viese con serenidad su
-pena, me turbé, y como si hubiera ya presentido el terrible golpe que
-iba a llevar, me cogió un mortal terror que me heló toda la sangre.
-«Señora--le dije con voz desfallecida--, ¿será lícito saber de vos qué
-funestas noticias os anuncia esa carta?» «Tomadla, señor--me respondió
-tristemente--, y leed vos mismo lo que mi padre me escribe. ¡Ay de mí,
-que su contenido os interesa demasiado!»
-
-»Estremecíme al oír estas palabras; tomé temblando la carta y vi
-que decía lo siguiente: «Tu hermano don Gaspar tuvo ayer un desafío
-en el Prado. Recibió en él una estocada, de la cual ha muerto hoy,
-declarando al morir que el caballero que le mató fué el hijo del barón
-de Steinbach, oficial de la guardia alemana. Para mayor desgracia, el
-matador escapó, sin saberse dónde se ha escondido; pero aunque lo esté
-en las entrañas de la Tierra, se harán todas las diligencias posibles
-para hallarle. Hoy se despachan requisitorias a varias justicias, que
-no dejarán de arrestarle como ponga los pies en algún lugar de su
-jurisdicción, y voy también a practicar otros medios oportunos para
-cerrarle todos los caminos.--_El conde de Polán._»
-
-»Figuraos el trastorno que la lectura de esta carta causaría en mi
-ánimo. Quedé inmóvil algunos instantes, sin espíritu ni fuerza para
-hablar. En medio de aquel desmayo y desaliento, se me representó con la
-mayor viveza todo lo que la muerte de don Gaspar tenía de cruel para
-mi amor. Al momento caigo en una furiosa desesperación. Arrojéme a
-los pies de Serafina, y presentándole la espada desnuda, «¡Señora--le
-dije--, excusad al conde de Polán la molesta fatiga de buscar a un
-hombre que podría burlar sus más activas diligencias! ¡Vengad vos
-misma a vuestro hermano! ¡Sacrificadle por vuestra bella mano su
-homicida! Qué, ¿os detenéis? ¡Descargad el golpe, y sea fatal a su
-enemigo el mismo acero que a él le quitó la vida!» «Señor--respondió
-Serafina, enternecida algún tanto de ver mi acción--, yo quería a don
-Gaspar, y aunque vos le matasteis como caballero y él mismo fué a
-buscar su desgracia, al fin soy su hermana y no puedo menos de tomar
-su partido. Sí, don Alfonso, ya soy enemiga vuestra y haré contra vos
-todo lo que la sangre y el cariño pueden pretender de mí, pero no
-abusaré de vuestra adversa fortuna. En vano ha dispuesto entregaros en
-manos de mi venganza, pues si el honor me arma contra vos, él mismo
-me prohibe vengarme ruinmente. Las leyes de la hospitalidad deben ser
-inalterables; según ellas, no puedo corresponder con un vil asesinato
-al generoso servicio que me habéis hecho. ¡Huid, escapad y burlad, si
-pudiereis, nuestras más vivas pesquisas; poneos a cubierto del rigor
-de las leyes y libraos del inminente peligro que os amenaza!» «Pues
-qué, señora--le repliqué--, estando en vuestra mano la venganza, ¿la
-dejáis a la severidad de las leyes, que pueden quedar desairadas?
-¡Ah, señora, atravesad vos misma con esta espada el pecho de un
-malvado que verdaderamente no merece le perdonéis! ¡No, señora, no
-uséis de un proceder tan noble y tan generoso con un hombre como yo!
-¿Sabéis quién soy? Aunque todo Madrid me tiene por hijo del barón de
-Steinbach, no soy mas que un desgraciado a quien ha criado en su casa
-por caridad. Yo mismo ignoro a quiénes debo el ser.» «¡No importa
-eso!--interrumpió Serafina precipitadamente, como si le hubieran
-causado nueva pena mis últimas palabras--. Aunque fuerais vos el hombre
-más vil del mundo, haría siempre lo que me dicta mi honor.» «¡Bien
-está, señora!--repliqué--. Ya que la muerte de un hermano no ha bastado
-a persuadiros que derraméis mi sangre, voy a cometer otro delito,
-haciéndoos una ofensa, que tengo por cierto no me la perdonaréis.
-Sabed, señora, que os adoro; que desde el mismo punto en que vi vuestra
-hermosura quedé hechizado y que, a pesar de la obscuridad de mi
-nacimiento, no perdía la esperanza de poseeros. Estaba tan ciegamente
-enamorado, o, por mejor decir, llegaba a un punto mi vanidad, que me
-lisonjeaba de que algún día descubriría el Cielo mi origen y que éste
-sería tal que sin vergüenza podría manifestaros mi nombre. Después de
-una declaración que tanto os ultraja, ¿será posible que todavía no
-os resolváis a castigarme?» «Esa temeraria declaración--replicó la
-dama--, en otro tiempo sin duda me ofendería; pero la perdono a la
-turbación en que os veo, fuera de que ni la situación en que yo misma
-me hallo me permite dar oídos a las expresiones que proferís. Vuelvo a
-deciros, don Alfonso--añadió derramando algunas lágrimas--, que partáis
-luego de aquí y os alejéis de una casa que estáis llenando de dolor;
-cada instante que os detenéis aumenta mis penas.» «Ya no resisto,
-señora--repliqué levantándome--. Voy a alejarme de vos, pero no penséis
-que, cuidadoso de conservar una vida que os es odiosa, vaya a buscar
-un asilo para defenderla. ¡No, no; yo mismo quiero voluntariamente
-sacrificarme a vuestro dolor! Parto a Toledo, donde esperaré con
-impaciencia la suerte que vos me preparéis, y, entregándome a vuestras
-persecuciones, anticiparé yo mismo de este modo el fin de todas mis
-desdichas.»
-
-»Retiréme al decir esto. Diéronme mi caballo y partí en derechura a
-Toledo, donde me detuve de intento ocho días, con tan poco cuidado de
-ocultarme, que verdaderamente no sé cómo no me prendieron; porque no
-puedo creer que el conde de Polán, tan empeñado en tomarme todos los
-caminos, se olvidase de cerrarme el de Toledo. En fin, ayer salí de
-aquel pueblo, donde se me hacía intolerable mi propia libertad, y sin
-fijarme ni aun proponerme destino ninguno determinado, llegué a esta
-ermita, con tanta serenidad como pudiera un hombre que nada tuviese que
-temer. Estos son, padre mío, los cuidados que me ocupan al presente, y
-ruégoos que me ayudéis con vuestros consejos.»
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-
- CAPITULO XI
-
-Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil Blas que se hallaba
-entre amigos.
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-Luego que don Alfonso acabó la triste relación de sus infortunios, le
-dijo el ermitaño: «Hijo mío, mucha imprudencia fué el haberos detenido
-tanto en Toledo. Yo miro con muy diferentes ojos que vos todo lo que
-me habéis contado, y vuestro amor a Serafina me parece una verdadera
-locura. Creedme a mí: no os ceguéis. Es menester olvidar a esa joven,
-pues no está destinada para vos. Ceded voluntariamente a los grandes
-estorbos que os desvían de ella y entregaos a vuestra estrella, la
-cual, según todas las señales, os promete muy distintas aventuras.
-Sin duda encontraréis alguna bella joven que hará en vos la misma
-impresión, sin que hayáis quitado la vida a ninguno de sus hermanos.»
-
-Iba a decirle muchas cosas para exhortarle a la paciencia, cuando vimos
-entrar en la ermita a otro ermitaño, cargado con unas alforjas bien
-llenas. Venía de Cuenca, donde había recogido una limosna muy copiosa.
-Parecía más mozo que su compañero; su barba era roja, espesa y bien
-poblada. «Bien venido, hermano Antonio--le dijo el viejo anacoreta--.
-¿Qué noticias nos traes de la ciudad?» «¡Bien malas!--respondió el
-hermano barbirrojo--. Ese papel os las dirá.» Y entrególe un billete
-cerrado en forma de carta. Tomóle el viejo, y después de haberle
-leído con toda la atención que merecía su contenido, exclamó: «¡Loado
-sea Dios! ¡Pues se ha descubierto ya la mecha, tomemos otro modo de
-vivir! Mudemos de estilo--prosiguió, dirigiendo la palabra al joven
-caballero--. En mí tenéis un hombre con quien juegan como con vos los
-caprichos de la fortuna. De Cuenca, que dista una legua de aquí, me
-escriben que han informado mal de mí a la justicia, cuyos ministros
-deben venir mañana a prenderme en esta ermita; pero no encontrarán
-la liebre en la cama. No es la primera vez que me veo en este apuro,
-y, gracias a Dios, casi siempre he sabido librarme con honra y
-desembarazo. Voy a presentarme en otra nueva figura, porque habéis de
-saber que, tal cual me veis, no soy ermitaño ni viejo.»
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-Diciendo y haciendo, se desnudó del saco grosero que le llegaba hasta
-los pies y dejóse ver con una jaquetilla o capotillo de sarga negra con
-mangas perdidas. Quitóse el capuz, desató un sutil cordón que sostenía
-su gran barba postiza y ofreció a los ojos de los circunstantes un
-mozo de veintiocho a treinta años. El hermano Antonio, a su imitación,
-hizo lo mismo; quitóse el hábito y la barba eremítica y sacó de un
-arca vieja y carcomida una raída sotanilla, con que se cubrió lo mejor
-que pudo. Pero ¿quién podrá concebir lo admirado y atónito que me
-quedé cuando en el viejo ermitaño reconocí al señor don Rafael y en
-el hermano Antonio a mi fidelísimo criado Ambrosio de Lamela? «¡Vive
-diez--exclamé al punto sin poderme contener--, que estoy en tierra
-amiga!» «Así es, señor Gil Blas--dijo riendo don Rafael--. Sin saber
-cómo ni cuándo te has encontrado con dos grandes y antiguos amigos
-tuyos. Confieso que tienes algún motivo para estar quejoso de nosotros,
-pero ¡pelitos a la mar! Olvidemos lo pasado y demos gracias a Dios
-de que nos ha vuelto a juntar. Ambrosio y yo os ofrecemos nuestros
-servicios, que no son para despreciados. Nosotros a ninguno hacemos
-mal, a ninguno apaleamos, a ninguno asesinamos y solamente queremos
-vivir a costa ajena. Agrégate a nosotros dos y tendrás una vida
-andante, pero alegre. No la hay más divertida, como se tenga un poco
-de prudencia. No es esto decir que, a pesar de ella, el encadenamiento
-de las causas segundas no sea tal a veces que nos acarree muy pesadas
-aventuras; pero en cambio hallamos las buenas mejores y ya estamos
-acostumbrados a la inconstancia de los tiempos y a las vicisitudes de
-la fortuna. Señor caballero--prosiguió el fingido ermitaño volviéndose
-a don Alfonso--, la misma proposición os hacemos a vos, que me parece
-no debéis despreciar en el estado en que presumo os halláis, porque,
-además de la precisión de andar siempre fugitivo y escondido, tengo
-para mí que no estáis muy sobrado de dinero.» «Así es--dijo don
-Alfonso--, y eso es lo que aumenta mi pesadumbre.» «¡Ea, pues--repuso
-don Rafael--, buen ánimo! No nos separaremos los cuatro; éste es el
-mejor partido que podéis tomar. Nada os faltará en nuestra compañía y
-nosotros sabremos inutilizar todas las pesquisas y requisitorias de
-vuestros enemigos. Hemos recorrido toda España y sabemos todos sus
-rincones, bosques, matorrales, sierras quebradas, cuevas y escondrijos,
-abrigos segurísimos contra las brutalidades de la justicia.»
-Agradecióles don Alfonso su buena voluntad, y hallándose efectivamente
-sin dinero y sin recurso determinó ir en su compañía, y también yo tomé
-igual partido, por no dejar a aquel joven, a quien había cobrado ya
-grande inclinación.
-
-Convinimos, pues, todos cuatro en andar juntos y no separarnos. Tratóse
-entonces sobre si marcharíamos en aquel mismo punto o nos detendríamos
-primero a dar un tiento a una bota llena de exquisito vino que el día
-anterior había traído de Cuenca el hermano Antonio; pero don Rafael,
-como más experimentado, fué de parecer que ante todas cosas se debía
-pensar en ponernos a salvo, y que así, era de sentir que caminásemos
-toda la noche para llegar a un bosque muy espeso que había entre Villar
-del Saz y Almodóvar, donde haríamos alto y, libres de toda zozobra,
-descansaríamos el día siguiente. Abrazóse este parecer, y los dos
-ermitaños acomodaron su ropa y demás provisiones en dos envoltorios, y
-equilibrando el peso lo mejor que pudieron los cargaron en el caballo
-de don Alfonso.
-
-Anduvimos toda la noche, y cuando estábamos ya muy rendidos del
-cansancio, al despuntar el día descubrimos el bosque adonde se
-encaminaban nuestros pasos. La vista del puerto alegra y da vigor a los
-marineros fatigados de una larga navegación; cobramos ánimo y llegamos
-por fin al fin de nuestra carrera antes de salir el Sol. Penetramos
-hasta lo interior del bosque, donde, haciendo alto en un delicioso
-sitio, nos echamos sobre la verde hierba de un espacioso prado rodeado
-de corpulentas encinas, cuyas frondosas ramas, entretejiéndose unas con
-otras, negaban la entrada a los rayos del Sol. Descargamos el caballo,
-quitámosle la brida y echámosle a pacer por el prado. Sentámonos,
-sacamos de las alforjas del hermano Antonio algunos zoquetes de pan,
-muchos pedazos de carne asada, y como unos perros hambrientos nos
-abalanzamos a ellos, compitiendo unos con otros en la presteza y en
-la gana de comer. Con todo eso, obligábamos al hambre a que aguardase
-un poco, por los frecuentes abrazos que dábamos a la bota, que en
-movimiento poco menos que continuo estaba casi siempre en el aire,
-pasando de unas manos a otras.
-
-Acabado el almuerzo, dijo don Rafael a don Alfonso: «Caballero, a vista
-de la confianza que usted me ha hecho, justo será también que yo cuente
-la historia de mi vida con la misma sinceridad.» «Gran gusto me daréis
-en eso», respondió el joven. «Y a mí, grandísimo--añadí yo--, porque
-tengo ansia de saber vuestras aventuras, que no dudo serán dignas de
-oírse.» «¡Y como que lo son!--replicó don Rafael--. Lo han sido tanto,
-que pienso algún día escribirlas. Con esta obra hago ánimo de divertir
-mi vejez, porque en el día todavía soy mozo y quiero añadir materiales
-para aumentar el volumen. Pero ahora estamos fatigados; recuperémonos
-con algunas horas de sueño. Mientras dormimos los tres, Ambrosio velará
-y hará centinela para evitar toda sorpresa, que después dormirá él y
-nosotros estaremos de escucha, pues aunque pienso que aquí nos hallamos
-con toda seguridad, nunca sobra la precaución.» Dicho esto, se tendió
-a la larga sobre la hierba; don Alfonso hizo lo mismo; yo imité a los
-dos y Lamela comenzó a hacernos la guardia.
-
-El pobre don Alfonso, en vez de dormir, no hizo mas que pensar en
-sus desgracias. Por lo que toca a don Rafael, se quedó dormido
-inmediatamente; pero despertó dentro de una hora, y viéndonos
-dispuestos a oírle dijo a Lamela: «Amigo Ambrosio, ahora puedes tú
-ir a descansar.» «¡No, no!--respondió Lamela--. Ninguna gana tengo
-de dormir; y aunque sé ya todos los sucesos de vuestra vida, son
-tan instructivos para las personas de nuestra profesión, que tendré
-especial gusto en oírlos contar otra vez.» Así, pues, comenzó don
-Rafael la historia de su vida en los términos siguientes:
-
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- LIBRO QUINTO
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- CAPITULO PRIMERO
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- Historia de don Rafael.
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-«Soy hijo de una comedianta de Madrid, famosa por su habilidad, pero
-mucho más por sus célebres aventuras. Llamábase Lucinda. En cuanto a
-mi padre, no puedo sin temeridad asegurar quién fuese. Podía muy bien
-decir quién era el sujeto de distinción que cortejaba a mi madre al
-tiempo que yo nací; pero esta época no es prueba convincente de que
-yo le debiese el ser. Las personas de la clase de mi madre son, por
-lo común, tan poco de fiar en este punto, que cuando se muestran más
-inclinadas a un señor le tienen ya prevenido algún substituto por su
-dinero.
-
-»No hay cosa como no hacer aprecio de lo que digan malas lenguas.
-Mi madre, en vez de darme a criar donde ninguno me conociese, sin
-hacer misterio alguno me cogía de la mano y me llevaba al teatro muy
-francamente, no dándosele un pito de lo mucho que se hablaba de ella
-ni de las falsas risitas que causaba sólo el verme. En fin, yo era
-su ídolo y la diversión de cuantos venían a casa, los cuales no se
-cansaban de hacerme mil fiestas. No parecía sino que en todos ellos
-hablaba la sangre a favor mío.
-
-»Dejáronme pasar los doce primeros años de mi vida en todo género de
-frívolos pasatiempos. Apenas me enseñaron a leer y escribir, y mucho
-menos la doctrina cristiana. Solamente aprendí a cantar, bailar y tocar
-un poco la guitarra. A esto se reducía todo mi saber cuando el marqués
-de Leganés me pidió para que estuviese en compañía de un hijo suyo
-único, poco más o menos de mi edad. Consintió en ello Lucinda con mucho
-gusto, y entonces fué el tiempo en que comencé a ocuparme en alguna
-cosa seria. El tal caballerito estaba tan adelantado como yo, y, fuera
-de eso, no parecía haber nacido para las ciencias. Apenas conocía una
-letra del abecedario, sin embargo que hacía quince meses que tenía
-para esto un preceptor. Los demás maestros sacaban el mismo partido de
-sus lecciones, de modo que a todos les tenía apurada la paciencia. Es
-verdad que a ninguno le era lícito castigarle; antes bien, a todos les
-estaba mandado expresamente le enseñasen sin mortificarle, orden que,
-unida a la mala disposición del señorito para el estudio, hacía inútil
-la enseñanza que se le daba.
-
-»Pero al maestro de leer le ocurrió un bello medio para meter miedo
-al discípulo sin contravenir a la orden de su padre. Este medio fué
-azotarme a mí siempre que aquél lo merecía. No me gustó el tal
-arbitrio, y así, me escapé y fuí a quejarme a mi madre de una cosa tan
-injusta; pero ella, aunque me quería mucho, tuvo valor para resistir a
-mis lágrimas, y considerando lo decoroso y ventajoso que era para su
-hijo el estar en casa de un marqués, me volvió a ella inmediatamente; y
-héteme aquí otra vez en poder del preceptor. Como éste había observado
-que su invención había producido buen efecto, prosiguió azotándome
-en lugar de hacerlo al señorito, y para que el castigo hiciese más
-impresión en él me sacudía de firme, de modo que estaba seguro de pagar
-diariamente por el joven Leganés, pudiendo yo decir con toda verdad
-que ninguna letra del alfabeto aprendió el hijo del marqués que no me
-costase a mí cien azotes. Echen ustedes la cuenta del número a que
-ascenderían éstos.
-
-»No eran solamente los azotes lo que tenía que aguantar en aquella
-casa. Como toda la gente de ella me conocía, los criados inferiores,
-hasta los mismos maritornes, me echaban en cara a cada paso mi
-nacimiento. Esto llegó a aburrirme tanto que un día huí, después de
-haber tenido maña para robar al preceptor todo el dinero que tenía,
-el cual podía ser como unos ciento y cincuenta ducados. Tal fué la
-venganza que tomé de las injustas y crueles zurras con que su merced
-me había favorecido, y creo que no podía tomar otra que le fuera
-más sensible. Este juego de manos lo supe hacer con tanto primor y
-sutileza, que, aunque fué mi primer ensayo, dejé burladas cuantas
-pesquisas se hicieron en dos días para saber quién había sido el
-raterillo. Salí de Madrid y llegué a Toledo sin que ninguno fuese en mi
-seguimiento.
-
-»Entraba entonces en mis quince años. ¡Gran gusto es hallarse un
-hombre en aquella edad con dinero, sin sujeción a nadie y dueño de
-sí mismo! Hice presto conocimiento con dos mozuelos, que me hicieron
-listo y ayudaron a comer mis cien ducados. Juntéme también con ciertos
-caballeros de la garra, los cuales cultivaron tan felizmente mis buenas
-disposiciones naturales, que en poco tiempo llegué a ser uno de los más
-ricos caballeros de su orden.
-
-»Al cabo de cinco años se me puso en la cabeza el viajar y ver tierras.
-Dejé a mis cofrades, y queriendo dar principio a mis caravanas por
-Extremadura, me dirigí a Alcántara; pero antes de entrar en el pueblo
-hallé una bellísima ocasión de ejercitar mis talentos y no la dejé
-escapar. Como caminaba a pie y cargado con mi mochila, que no pesaba
-poco, me sentaba a ratos a descansar a la sombra de los árboles que
-estaban a orillas del camino. Una de estas veces me encontré con dos
-mozos, ambos hijos de gente de forma, los cuales estaban en alegre
-conversación, al fresco, en un verde prado. Saludélos con mucha
-cortesía, lo que me pareció no haberles desagradado, y con esto
-entablamos luego conversación. El de más edad no llegaba a quince años,
-y ambos eran muy sencillos. «Señor caminante--me dijo el más joven--,
-nosotros somos hijos de dos ricos ciudadanos de Plasencia; nos entró
-un gran deseo de ver el reino de Portugal, y para contentarlo cada uno
-hurtó cien doblones a su padre. Caminamos a pie para que nos dure más
-el dinero y podamos así ver más provincias. ¿Qué le parece a usted?»
-«Si yo tuviera tanta plata--les respondí--, ¡Dios sabe a dónde iría a
-dar conmigo! Recorrería con él las cuatro partes del mundo. ¡Adónde
-vamos a parar! ¡Doscientos doblones! Es una suma de que nunca se verá
-el fin. Si lo tenéis a bien, hijos míos--añadí--, yo os acompañaré
-hasta la villa de Almoharín, adonde voy a recibir la herencia de un
-tío mío, que murió después de haber vivido allí el espacio de veinte
-años.» Respondiéronme los dos mozos que tendrían el mayor gusto en ir
-en mi compañía. Con esto, después de haber descansado un poco todos
-tres, marchamos todos juntos a Alcántara, donde entramos mucho antes de
-anochecer.
-
-»Alojámonos todos en un mesón, pedimos un cuarto y nos dieron uno
-donde había un armario que se cerraba con llave. Dijimos que se nos
-dispusiese de cenar, y mientras, propuse a mis compañeritos si gustaban
-que saliésemos a dar una vuelta por el pueblo. Agradóles mucho la
-proposición. Guardamos nuestros hatillos en el armario, cerrámoslo y
-uno de los dos jóvenes guardó la llave en la faltriquera. Salimos del
-mesón, fuimos a ver algunas iglesias, y estando en la principal, fingí
-de pronto que me había ocurrido un negocio de importancia, y así, dije:
-«Queridos, ahora me acuerdo de que un amigo de Toledo me encargó
-dijese de su parte dos palabras a un mercader que vive cerca de esta
-iglesia; esperadme aquí, que voy y vuelvo en un momento.» Diciendo
-esto, me aparté de ellos. Vuelvo a la posada, voime derecho al armario,
-quebranto la cerradura, registro sus mochilas y encuentro sus doblones.
-¡Pobres niños! Robéselos todos, sin dejarles siquiera uno para pagar
-el piso de la posada. Hecho esto, salí prontamente del pueblo y tomé
-el camino de Mérida, sin darme cuidado de lo que dirían ni harían las
-inocentes criaturas.
-
-»Púsome este lance en estado de poder caminar con más comodidad.
-Aunque tenía pocos años, me sentía capaz de portarme con juicio, y
-puedo decir que estaba suficientemente adelantado para aquella edad.
-Determiné comprar una mula, como lo hice efectivamente en el primer
-lugar donde la encontré. Convertí la mochila en una maleta y empecé
-a hacerme algo más el hombre de importancia. A la tercera jornada
-encontré en el camino a un hombre que iba cantando vísperas a grandes
-voces. Desde luego conocí que era algún sochantre. «¡Animo--le dije--,
-señor bachiller, y vaya usted adelante, que lo canta de pasmo.»
-«Caballero--me respondió--, soy cantor de una iglesia y quiero
-ejercitar la voz.»
-
-»De esta manera entramos en conversación, y no tardé en conocer que
-me hallaba con un hombre muy divertido y agudo. Tendría como de
-veinticuatro a veinticinco años, y como él iba a pie y yo a caballo,
-de propósito refrenaba la mula para ir a su paso, por el gusto de
-oírle. Hablamos, entre otras cosas, de Toledo. «Tengo bien conocida
-aquella ciudad--me dijo el cantor--; he estado en ella muchos años
-y tengo allí algunos amigos.» «¿Y en qué calle vivía usted?», le
-interrumpí. «En la calle Nueva--respondió--, donde vivía con don
-Vicente de Buenagarra y don Matías del Cordel y otros dos o tres
-honrados caballeros. Habitábamos y comíamos juntos y lo pasábamos
-alegremente.» Sorprendíme al oírle estas palabras, porque los sujetos
-que citaba eran los mismos _caballeros de la garra_ que en Toledo
-me habían recibido en su nobilísima orden. «Señor cantor--exclamé
-entonces--, esos ilustrísimos señores son muy conocidos míos, porque
-vivimos juntos en la misma calle Nueva.» «¡Ya os entiendo!--me
-respondió sonriéndose--. Eso es decir que entrasteis en la orden tres
-años después que yo salí de ella.» «Dejé la compañía de aquellos
-caballeros--proseguí--porque se me puso en la cabeza el viajar y
-ver mundo. Pienso andar toda España, y sin duda valdré más cuando
-tenga más experiencia.» «¡Acertado pensamiento!--dijo el cantor--.
-Para perfeccionar el ingenio y los talentos no hay mejor escuela que
-la de viajar. Por la misma razón dejé yo a Toledo, aunque nada me
-faltaba en aquella ciudad. ¡Gracias a Dios, que me ha dado a conocer
-a un caballero de mi orden cuando menos lo pensaba! Unámonos los
-dos, caminemos juntos, hagamos una liga ofensiva y defensiva contra
-el bolsillo del prójimo y aprovechemos todas las ocasiones que se
-ofrezcan de mostrar nuestra habilidad.»
-
-»Díjome esto con tanta franqueza y gracia, que desde luego acepté la
-proposición. En el mismo punto granjeó toda mi confianza, y yo la suya.
-Abrímonos recíprocamente el pecho; contóme su historia y yo le dije mis
-aventuras. Confióme que venía de Portalegre, de donde le había hecho
-salir cierto lance malogrado por un contratiempo, obligándole a ponerse
-en salvo precipitadamente bajo el traje de sopista en que le veía.
-Luego que me informó de todos sus asuntos, determinamos dirigirnos a
-Mérida, a probar fortuna y ver si podíamos dar allí un golpe maestro,
-y después marchar a otra parte. Desde aquel instante se hicieron
-comunes nuestros bienes. Es verdad que Morales--así se llamaba mi nuevo
-compañero--no se hallaba en muy brillante situación. Todo su haber
-consistía en cinco o seis ducados y en alguna ropa que llevaba en la
-mochila; pero si yo estaba mucho mejor que él en dinero, en recompensa,
-él estaba mucho más adelantado que yo en el arte de engañar a los
-hombres. Montábamos los dos alternativamente en la mula, y de esta
-manera llegamos en fin a Mérida.
-
-»Apeámonos en un mesón del arrabal. Morales se puso otro vestido que
-sacó de su mochila, y fuimos a andar por la ciudad para descubrir
-terreno y ver si se nos presentaba algún buen lance. Considerábamos
-muy atentamente cuantos objetos se ofrecían a nuestra vista. Nos
-parecíamos, como hubiera dicho Homero, a dos milanos que desde lo más
-alto de las nubes tienen fijos los ojos en la tierra, acechando todos
-los rincones por ver si atisban algunos polluelos para lanzarse sobre
-ellos. Estábamos, en fin, esperando a que la casualidad nos trajese a
-la mano alguna ocasión de ejercitar nuestra habilidad, cuando vimos en
-la calle un caballero, bastante canoso, el cual, firme con la espada
-en la mano, se defendía contra tres que le llevaban a mal traer.
-Chocóme infinito la desigualdad del combate, y como soy naturalmente
-espadachín, acudí corriendo con mi espada a ponerme al lado del
-caballero, cuyo ejemplo imitó Morales, y en breve tiempo pusimos en
-vergonzosa fuga a los tres enemigos que tan villanamente le habían
-acometido.
-
-»Diónos el anciano un millón de gracias. Respondímosle cortésmente
-que habíamos celebrado en extremo la dichosa casualidad que tan
-oportunamente nos había proporcionado aquella ocasión de servirle,
-y le suplicamos nos confiase el motivo que habían tenido aquellos
-hombres para querer asesinarle. «Señores--nos respondió--, estoy muy
-agradecido a vuestra generosa acción y no puedo negarme a satisfacer
-vuestra curiosidad. Yo me llamo Jerónimo Miajadas; soy vecino de
-esta ciudad, donde vivo de mi hacienda. Uno de los tres asesinos de
-que ustedes me han librado está enamorado de mi hija y me la pidió
-por medio de otro sujeto, y porque no le di mi consentimiento vino a
-vengarse de mí con espada en mano.» «¿Y se podrá saber--le repliqué
-yo--por qué razón negó usted su hija al tal caballero?» «Vóisela a
-decir a usted--me respondió--. Tenía yo un hermano, comerciante en
-esta ciudad, llamado Agustín, que hace dos meses estaba en Calatrava,
-alojado en casa de Juan Vélez de la Membrilla, su corresponsal. Eran
-los dos íntimos amigos; pidióle Juan Vélez mi única hija, Florentina,
-para su hijo, con el fin de estrechar más y más la unión e intereses de
-las dos familias. Prometiósela mi hermano, no dudando, por el cariño
-que nos teníamos los dos, que yo ratificaría su promesa. Así lo hice,
-porque apenas volvió Agustín a Mérida y me propuso esta boda, cuando
-consentí en ella por darle gusto y no desairar su palabra. Envió el
-retrato de Florentina a Calatrava; pero el pobre no pudo ver el fin de
-su negociación porque se lo llevó Dios tres semanas ha. Poco antes de
-morir me pidió encarecidamente que no casase a mi hija con otro que
-con el hijo de su corresponsal. Ofrecíselo así, y éste es el motivo
-por que se la negué al caballero que acaba de acometerme, aunque era
-un partido muy ventajoso para mi casa. Yo soy esclavo de mi palabra;
-por instantes estoy esperando al hijo de Juan Vélez de la Membrilla
-para que sea yerno mío, aunque jamás le he visto a él ni a su padre.
-Perdonen ustedes si les he cansado con relación tan prolija, lo que no
-hubiera hecho a no haber querido ustedes mismos saberla.»
-
-»Escuchéle con la mayor atención, y adoptando el extraño pensamiento
-que de repente me ocurrió, afectó quedar del todo asombrado. Alcé
-los ojos al cielo, y volviéndome hacia el buen viejo le dije en tono
-patético: «¿Es posible, señor Jerónimo Miajadas, que al momento
-de entrar yo en Mérida haya tenido la fortuna de salvar la vida a
-mi venerado suegro?» Estas palabras causaron en el viejo grande
-admiración, y no fué menor la que produjeron en Morales, el cual, en el
-modo de mirarme, me dió a entender que yo le parecía un gran tunante.
-«¿Qué es lo que me dices?--respondió lleno de gozo el aturdido viejo--.
-¿Es posible que tú seas el hijo del corresponsal de mi hermano?» «¡Sí,
-señor!», le respondí con desembarazo; y abrazándole estrechamente
-proseguí diciéndole: «¡Sí, señor, yo soy el dichoso mortal para quien
-está destinada la amable Florentina! Pero antes de manifestaros el
-gozo que me causa la honra de enlazarme con vuestra ilustre familia,
-dadme licencia para que desahogue el sentimiento que renueva en mí la
-dulce memoria del señor Agustín, vuestro hermano; sería yo el hombre
-más ingrato del mundo si no llorase amargamente la muerte de aquel a
-quien siempre me confesaré deudor de la mayor felicidad de mi vida.»
-Dicho esto, volví a dar un abrazo al buen Jerónimo, saqué el pañuelo
-e hice como que me enjugaba las lágrimas. Morales, que desde luego
-conoció lo mucho que nos podía valer aquel embuste, quiso también
-ayudarme por su parte. Fingióse criado mío y comenzó a dar muestras de
-mayor sentimiento que el que yo había mostrado por la muerte del señor
-Agustín, diciendo muy lastimado: «¡Ah, señor Jerónimo, y qué pérdida
-ha hecho usted perdiendo a su querido hermano! ¡Era un hombre muy de
-bien; el fénix de los comerciantes; un mercader desinteresado; un
-mercader de buena fe; un mercader de aquellos que no se ven hoy!»
-
-»Tratábamos con un hombre tan sencillo como crédulo, que, lejos de
-sospechar que le engañábamos, él mismo nos ayudaba a llevar adelante
-nuestro enredo. «Y bien--me preguntó--, ¿y por qué no viniste
-derechamente a apearte a mi casa? ¿A qué fin irte a meter en un mesón?
-Entre nosotros ya están de más los cumplimientos.» «Señor--respondió
-Morales, tomando la palabra por mí--, mi amo es algo ceremonioso;
-tiene ese defecto, y me disculpará que yo se lo afee; fuera de que en
-cierta manera es disculpable en no haberse atrevido a presentarse en
-vuestra casa en el traje en que le veis. Nos han robado en el camino, y
-los ladrones nos dejaron despojados de toda la ropa.» «Dice la verdad
-este mozo, señor de Miajadas--le interrumpí yo--; ése es el motivo
-por que no me fuí en derechura a vuestra casa. Tenía vergüenza de
-presentarme en tan pobre equipaje ante una señorita a quien jamás había
-visto, y para hacerlo con la decencia que era razón estaba esperando
-la vuelta de un criado que he despachado a Calatrava.» «¡No admito
-la excusa!--repuso el viejo--. Ese accidente no debió detenerte para
-servirte de mi casa, y desde aquí mismo quiero que vayas a ser dueño de
-ella.»
-
-»Diciendo esto, él mismo me cogió de la mano para guiarme, y por el
-camino fuimos hablando del robo; y dije que todo ello me importaba
-un bledo y que sólo había sentido me quitasen el retrato de mi amada
-señorita Florentina. Respondióme el señor Jerónimo, sonriéndose, que
-presto me consolaría de esta pérdida, porque el original valía más que
-la copia. Con efecto, luego que llegamos a su casa hizo llamar a la
-hija, que sólo contaba diez y seis años y podía pasar por una persona
-perfecta. «Aquí tenéis--me dijo--a la persona que os prometió su tío,
-mi difunto hermano.» «¡Ah, señor!--exclamé yo entonces en aire de
-apasionado--. ¡No hay necesidad de decirme que es la amable señorita
-Florentina! ¡Sus hechiceras facciones están grabadas en mi memoria y
-mucho más en mi amante corazón! Si el retrato que perdí, y era sólo
-un bosquejo de sus más que humanas perfecciones, supo encender mil
-hogueras en mi enamorado pecho, ¡figuraos lo que ahora pasará dentro de
-mí teniendo a la vista el original!» «Señor--me dijo Florentina--, son
-demasiado lisonjeras vuestras expresiones y no soy tan vana que crea
-merecerlas.» «¡No hagas caso de lo que dice mi hija--le interrumpió su
-padre--y vé adelante con esos bellos cumplimientos!» Diciendo esto, me
-dejó solo con su hija, y asiendo de la mano a Morales, se fué a otro
-cuarto con él y le dijo: «¿Conque al fin os robaron toda vuestra ropa?
-Y con ella es cosa muy natural que también se llevasen todo vuestro
-dinero, que es por donde siempre empiezan.» «Sí, señor--respondió mi
-camarada--. Asaltónos una cuadrilla de bandoleros junto a Castilblancov
-y no nos dejó mas que el vestido que traemos a cuestas; pero estamos
-esperando por momentos letras de cambio para equiparnos con la decencia
-que es razón.» «Entre tanto que vienen esas letras--replicó el anciano
-sacando un bolsillo y alargándoselo--, ahí van esos cien doblones, de
-que podréis disponer.» «¡Jesús, señor!--replicó Morales--. Perdóneme su
-merced, que yo no lo puedo recibir, porque estoy cierto que me regañará
-mi amo y quizá me despedirá. ¡Santo Dios! ¡Todavía no le conoce usted
-bien! Es delicadísimo en esta materia. Nunca fué de aquellos hijos
-de familia que están prontos a tomar de todas manos; no le gusta, a
-pesar de sus pocos años, contraer deudas, y antes pedirá limosna que
-tomar prestado ni un solo maravedí.» «¡Tanto mejor!--dijo el buen
-hombre--. ¡Ahora le estimo mucho más! Yo no puedo llevar con paciencia
-que los hijos de gente honrada contraigan deudas; eso se deja para los
-caballeros, los cuales están ya en antigua posesión de contraerlas.
-Por tanto, yo no quiero estrechar a tu amo, y si le desazona el que
-le ofrezcan dinero, no se hable más del asunto.» Diciendo esto, quiso
-volver a meter en la faltriquera el bolsillo; pero deteniéndole el
-brazo mi compañero, le dijo: «Tenga usted, señor, que ahora mismo
-me ocurre un pensamiento. Es cierto que mi amo tiene una grandísima
-repugnancia a tomar dinero ajeno, pero no desconfío de hacerle admitir
-vuestros cien doblones; todo quiere maña. Una cosa es pedir dinero
-prestado a los extraños y otra es recibirle cuando voluntariamente se
-lo ofrece uno de la familia y sabe muy bien pedir dinero a su padre
-cuando lo ha menester. Es un mozo que, como usted ve, sabe distinguir
-de personas, y hoy considera a su merced como a su segundo padre.»
-
-»Con estas y otras semejantes razones se dió por convencido el buen
-viejo, alargó el bolsillo a Morales y volvió a donde estábamos su
-hija y yo, haciéndonos cumplimientos, con lo que interrumpió nuestra
-conversación. Informó a su hija de lo muy obligado que me estaba, y
-sobre esto se desahogó en expresiones que me hicieron no dudar de su
-gran reconocimiento. No malogré tan favorable ocasión y le dije que la
-mayor prueba de agradecimiento que podía darme era el acelerar mi unión
-con su hija. Rindióse con el mayor agrado a mi impaciencia y me empeñó
-su palabra de que, a más tardar, dentro de tres días sería esposo
-de Florentina; y aun añadió que, en lugar de los seis mil ducados
-que había ofrecido por su dote, daría diez mil, para manifestarme lo
-agradecido que estaba al servicio que le había hecho.
-
-»Estábamos Morales y yo bien regalados en casa del buen Jerónimo
-Miajadas, viviendo alegrísimos con la próxima esperanza de embolsarnos
-no menos que diez mil ducados y con ánimo resuelto de retirarnos
-prontamente de Mérida con ellos. Turbaba, sin embargo, algún tanto esta
-alegría el recelo de que dentro de aquellos tres días podía parecer
-el verdadero hijo de Juan Vélez de la Membrilla y dar en tierra con
-nuestra soñada felicidad. El resultado acreditó que no era mal fundado
-nuestro temor.
-
-»Llegó al día siguiente a casa del padre de Florentina una especie de
-aldeano que traía una maleta. No me hallaba yo en casa a la sazón, pero
-estaba en ella Morales. «Señor--dijo el hombre al buen viejo--, soy
-criado del caballero de Calatrava que ha de ser vuestro yerno; quiero
-decir, del señor Pedro de la Membrilla. Acabamos ahora de llegar los
-dos, y él estará aquí dentro de un momento; yo me he adelantado para
-avisárselo a su merced.» Apenas acabó de decir esto, cuando llegó su
-amo, lo que sorprendió mucho al viejo y turbó algo a Morales.
-
-»Este señor novio, que era un mozo airoso y de los más bien formados,
-dirigió la palabra al padre de Florentina; pero el buen señor no le
-dejó acabar su salutación. Antes, volviéndose a mi compañero, le dijo:
-«Y bien, ¿qué quiere decir esto?» Entonces Morales, a quien ninguna
-persona del mundo aventajaba en descaro, tomando un aire desembarazado,
-respondió prontamente al viejo: «Señor, esto quiere decir que esos
-dos hombres son de la cuadrilla de los ladrones que nos robaron en
-el camino real. Conózcolos a entrambos bien, pero particularmente al
-que tiene atrevimiento para fingirse hijo del señor Juan Vélez de la
-Membrilla.» El viejo creyó sin dudar a Morales, y persuadido de que
-los dos forasteros eran unos bribones, les dijo: «Señores, ustedes
-ya llegan muy tarde, porque hay quien se ha anticipado; el señor
-Pedro de la Membrilla está hospedado en mi casa desde ayer.» «¡Mire
-usted lo que dice!--le replicó el mozo de Calatrava--. ¡Sepa que le
-engañan y que tiene en su casa a un impostor! Mi padre, el señor Juan
-Vélez de la Membrilla, no tiene más hijo que yo.» «¡A otro perro con
-ese hueso!--respondió el viejo--. ¡Yo sé muy bien quién eres tú! ¿No
-conoces este mozo--señalando a Morales--, a cuyo amo robaste en el
-camino de Calatrava?» «¡Cómo robar!--repuso Pedro--. ¡A no estar en
-vuestra casa, le cortaría las orejas a ese desvergonzado, que tiene la
-insolencia de tratarme de ladrón! ¡Agradézcalo a vuestra presencia,
-cuyo respeto reprime mi justa ira! Señor--continuó él--, vuelvo a
-deciros que os engañan; yo soy el mozo a quien el señor Agustín, su
-hermano, prometió la hija de usted. ¿Quiere que le enseñe todas las
-cartas que él escribió a mi padre cuando se trataba este matrimonio?
-¿Creerá usted al retrato de Florentina, que me envió él poco antes de
-su muerte?» «No--replicó el viejo--; el retrato no me hará más fuerza
-que las cartas. Estoy bien enterado del modo con que cayó en tus manos;
-y el consejo más caritativo que te puedo dar es que cuanto antes salgas
-de Mérida, para librarte del castigo que merecen tus semejantes.» «¡Eso
-es ya demasiado!--interrumpió el ultrajado mozo--. ¡No aguantaré jamás
-que me roben impunemente mi nombre, ni mucho menos que me hagan pasar
-por salteador de caminos! Conozco a varios sujetos de esta ciudad;
-voy a buscarlos, y volveré con ellos a confundir la impostura que tan
-preocupado os tiene contra mí.» Dicho esto, se retiró con su criado,
-y Morales quedó triunfante. Esta misma aventura impelió a Jerónimo de
-Miajadas a determinar que se efectuase la boda con la mayor brevedad, a
-cuyo fin salió a hacer las diligencias.
-
-»Aunque mi compañero estaba muy alegre viendo al padre de Florentina
-tan favorable a nuestro intento, con todo, no las tenía todas consigo.
-Temía las consecuencias de los pasos que juzgaba, con razón, no dejaría
-el señor Pedro de dar, y me esperaba con impaciencia para informarme
-de todo lo que pasaba. Encontréle sumamente pensativo, y le dije:
-«¿Qué tienes, amigo? Paréceme que tu imaginación está ocupada en
-grandes cosas.» «¡Y como que lo está!--me respondió; y al mismo tiempo
-me refirió todo lo que había pasado, añadiendo al fin--: Mira ahora
-si tenía fundamento para estar pensativo. Tu temeridad nos ha metido
-en estos atolladeros. No puedo negar que la empresa era famosa y te
-hubiera colmado de gloria como saliera bien; pero, según todas las
-señales, tendrá mal fin, y soy de parecer que antes que se descubra
-el enredo pongamos los pies en polvorosa, contentándonos con la pluma
-que hemos arrancado del ala de este buen pavo.» «Señor Morales--le
-repliqué--, no hay que apresurarnos; usted cede fácilmente a las
-dificultades y hace muy poco honor a don Matías del Cordel y a los
-demás caballeros de la orden con quienes ha vivido en Toledo. Quien
-aprendió en la escuela de tan insignes maestros no debe entrar en
-cuidado con tanta facilidad. Yo, que quiero seguir las huellas de estos
-héroes y acreditar que soy digno discípulo de su escuela, hago frente
-a ese obstáculo que tanto te espanta y me obligo a desvanecerle.» «Si
-lo consigues--repuso mi camarada--, desde luego declararé que superas a
-todos los barones ilustres de Plutarco.»
-
-»Al acabar de hablar Morales entró Jerónimo de Miajadas y me dijo:
-«Acabo de disponerlo todo para tu boda; esta noche serás ya yerno mío.
-Tu criado te habrá contado lo sucedido. ¿Qué me dices de la infamia
-de aquel bribón que me quería embocar que era hijo del corresponsal
-de mi hermano?» Estaba Morales cuidadoso de saber cómo saldría yo de
-este aprieto, y no quedó poco sorprendido de oírme cuando, mirando
-tristemente a Miajadas, le respondí con la mayor sinceridad: «Señor,
-de mí dependería manteneros en vuestro error y aprovecharme de él.
-Pero conozco que no he nacido para sostener una mentira, y así, quiero
-hablaros con toda verdad. Confieso que no soy hijo de Juan Vélez de
-la Membrilla.» «¡Qué es lo que oigo!--interrumpió precipitadamente
-el viejo entre colérico y sorprendido--. Pues qué, ¿no sois vos el
-mozo a quien mi hermano?...» «Sosiéguese usted, señor--le interrumpí
-yo también--, y ya que empecé una narración fiel y sincera, sírvase
-oírme con paciencia hasta concluirla. Ocho días ha que amo ciegamente
-a vuestra hija y su amor es el que me ha detenido en Mérida. Ayer,
-después que acudí a vuestra defensa, pensaba pedírosla por esposa,
-pero me tapasteis la boca con decirme que estaba ya prometida a otro.
-Al mismo tiempo, me dijisteis que al morir vuestro hermano os había
-encargado eficazmente que la casaseis con Pedro de la Membrilla,
-que así se lo ofrecisteis y que, en fin, erais esclavo de vuestra
-palabra. Consternado de oíros, y reducido mi amor a la desesperación,
-me inspiró la estratagema de que me he valido. Os diré, sin embargo,
-que mil veces me he avergonzado en mi interior de esta cautela; pero
-me persuadí de que vos mismo me la perdonaríais luego que llegaseis
-a saber que soy un príncipe italiano que viajo _incógnito_. Mi padre
-es soberano de ciertos valles que están entre los suizos, el Milanés
-y la Saboya. Y aun me imaginaba que os sorprendería agradablemente
-cuando os revelase mi nacimiento, y desde entonces me recreaba en
-pensar el gozo que causaría a Florentina el saber, después de haberme
-desposado con ella, el fino y discreto chasco que le había dado. ¡El
-Cielo no quiere--proseguí, mudando de tono--que yo tenga tanto placer!
-Pareció el verdadero Pedro de la Membrilla; debo restituirle su nombre,
-cuésteme lo que me costare. Vuestra promesa os obliga a recibirle
-por yerno. Lo siento, sin poder quejarme, pues debéis preferirle a
-mí, sin reparar en mi alta clase ni en la cruel situación a que vais
-a reducirme. No quiero representaros que vuestro hermano no era mas
-que tío de Florentina y que vos sois su padre, que parece más puesto
-en razón corresponder a la obligación que me tenéis que hacer punto
-en cumplir otra, la cual a la verdad os liga muy levemente.» «¿Qué
-duda tiene eso?--exclamó el buen Jerónimo de Miajadas--. ¡Es una cosa
-muy clara! Y así, estoy muy lejos de vacilar entre vos y Pedro de la
-Membrilla. Si viviera mi hermano Agustín, él mismo desaprobaría que
-prefiriese el tal Pedro a un hombre que me salvó la vida y que, además
-de eso, es un príncipe que quiere honrar mi familia con tan no merecida
-como nunca imaginada alianza. ¡Sería preciso que yo fuese enemigo de
-mi fortuna o hubiese perdido el juicio para que os negase mi hija y no
-solicitase todo lo posible la más pronta ejecución de este matrimonio!»
-«Con todo eso, señor--repliqué yo--, no quisiera que usted partiese con
-precipitación. No haga nada sin deliberarlo con madurez; atienda sólo a
-sus intereses y sin respeto a la nobleza de mi sangre...» «¡Os burláis
-de mí!--interrumpió Miajadas--. ¿Debo vacilar un momento? ¡No, príncipe
-mío, y os ruego que desde esta misma noche os dignéis honrar con
-vuestra mano a la dichosa Florentina!» «¡Enhorabuena!--le respondí--.
-Id vos mismo a darle esta noticia y a informarla de su venturosa
-suerte.»
-
-»Mientras el buen hombre iba a dar parte a su hija de la conquista que
-había hecho su hermosura, no menos que de un gran príncipe, Morales,
-que había estado oyendo toda la conversación, se arrodilló de repente
-delante de mí y me dijo: «¡Señor príncipe italiano, hijo del soberano
-de los valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya!
-¡Permítame vuestra alteza que me arroje a sus pies para darle prueba
-de mi alegría y de mi pasmosa admiración! ¡A fe de bribón que eres un
-prodigio! Teníame yo por el mayor hombre del mundo; pero, hablando
-francamente, arrío bandera a vista de tu pabellón, sin embargo de que
-tienes menos experiencia que yo.» «Según eso--le respondí--, ¿ya no
-tienes miedo?» «¡Cierto que no!--replicó él--. No temo ya al señor
-Pedro. ¡Que venga ahora su merced cuando quisiere!» Y hétenos aquí a
-Morales y a mí más firmes en nuestros estribos. Comenzamos a discurrir
-sobre el camino que habíamos de tomar así que recibiésemos la dote,
-con la cual contábamos con más seguridad que si la tuviéramos ya en el
-bolsillo. Sin embargo, todavía no la habíamos pillado, y el fin de la
-aventura no correspondió muy bien a nuestra confianza.
-
-»Poco tiempo después vimos venir al mocito de Calatrava. Acompañábanle
-dos vecinos y un alguacil, tan respetable por sus bigotes y su
-tez amulatada como por su empleo. Estaba con nosotros el padre de
-Florentina. «Señor Miajadas--le dijo el tal mozo--, aquí os traigo a
-estos tres hombres de bien, que me conocen y pueden decir quién soy.»
-«Sí por cierto--dijo el alguacil--; y declaro ante quien convenga cómo
-yo te conozco muy bien; te llamas Pedro y eres hijo único de Juan
-Vélez de la Membrilla. ¡Cualquiera que se atreva a decir lo contrario
-es un solemnísimo embustero!» «Señor alguacil--dijo entonces el buen
-Jerónimo Miajadas--, yo le creo a usted; para mí es tan sagrado
-vuestro testimonio como el de los señores mercaderes que vienen en
-vuestra compañía. Estoy del todo convencido de que este caballerito
-que los ha conducido a mi casa es hijo del corresponsal de mi difunto
-hermano. Pero ¿qué me importa? He mudado de dictamen y ya no pienso
-darle mi hija.» «¡Oh, eso es otra cosa!--dijo el alguacil--. Yo sólo he
-venido a vuestra casa para aseguraros que conocía a este hombre. Por lo
-que toca a vuestra hija, vos sois su padre y ninguno os puede obligar
-a casarla contra vuestra voluntad!» «Tampoco pretendo yo--interrumpió
-Pedro--forzar la voluntad del señor Miajadas, que puede disponer de
-su hija como tenga por conveniente; pero desearía saber por qué razón
-ha variado de parecer. ¿Tiene algún motivo para quejarse de mí? ¡Ah,
-ya que pierdo la dulce esperanza de ser su yerno, quisiera tener el
-consuelo de saber que no la perdí por culpa mía!» «No tengo la menor
-queja de vos--respondió el viejo--; antes bien, os confesaré que siento
-verme obligado a faltar a mi palabra y os pido mil perdones. Vos sois
-tan generoso, que me persuado no llevaréis a mal que yo haya preferido
-a vos un pretendiente a quien debo la vida. Este es el caballero que
-veis aquí. Este señor--prosiguió, señalándome--es el que me salvó de un
-gran peligro, y para mayor disculpa mía debo añadir que es un príncipe
-italiano que, a pesar de la desigualdad de nuestra clase, se digna
-enlazar con Florentina, de la cual está enamorado.»
-
-»Al oír esto, Pedro se quedó mudo y confuso, y los dos mercaderes,
-abriendo tanto ojo, quedaron como absortos; pero el alguacil, como
-acostumbrado a mirar las cosas por el mal lado, sospechó que detrás
-de aquella extraordinaria aventura se ocultaba algún enredo que le
-podía valer algunos cuartos. Empezó a mirarme con la más escrupulosa
-atención, y como mis facciones, que nunca había visto, ayudaban
-poco a su buena voluntad, se volvió a examinar a mi camarada con
-igual curiosidad. Por desgracia de mi alteza, conoció a Morales,
-y acordándose de haberle visto en la cárcel de Ciudad Real, «¡Ah!
-¡Ah!--exclamó sin poderse contener--. ¡He aquí uno de nuestros
-parroquianos! ¡Me acuerdo de este caballero y os le doy por uno de los
-mayores bribones que calienta el sol de España en todos sus reinos y
-señoríos!» «¡Poco a poco, señor alguacil--dijo Jerónimo Miajadas--,
-que ese pobre mozo, de quien hacéis tan mal retrato, es un criado del
-señor príncipe!» «¡Sea en buen hora!--respondió--. ¡Eso me basta para
-saber lo que debo creer! ¡Por el criado saco yo lo que será el amo!
-¡No me queda la menor duda de que estos dos señores son dos pícaros
-de marca que se han unido para burlarse de vos! Soy muy práctico en
-conocer esta casta de pájaros, y para haceros ver que son dos lindas
-ganzúas, en el mismo punto voy a llevarlos a la cárcel. ¡Quiero que se
-aboquen con el señor corregidor para que tengan con él una conversación
-reservada y sepan de la boca de su señoría que todavía se usan por acá
-penques y rebenques!» «¡Alto ahí, señor ministro!--replicó el viejo--.
-¡No hay que llevar tan adelante el negocio! Los del hábito de usted no
-tienen reparo en mortificar a una persona honrada. ¿No podrá ser este
-criado un bribón sin que el amo lo sea? ¿Es por ventura cosa nueva ver
-bribones al servicio de los príncipes?» «¡Usted se chancea con sus
-príncipes!--repuso el alguacil--. Este mozo, vuelvo a decir, es un
-tunante, y así, desde ahora les intimo a los dos que se den _presos al
-rey_. Si rehusan ir voluntariamente a la cárcel, veinte hombres tengo a
-la puerta que los llevarán por fuerza. ¡Vamos, príncipe mío--me dijo en
-seguida--; vamos andando!»
-
-»Al oír estas palabras quedé todo fuera de mí, y lo mismo sucedió a
-Morales; y nuestra turbación nos hizo sospechosos a Jerónimo Miajadas,
-o, por mejor decir, nos perdió enteramente en su concepto. Bien se
-persuadió de que habíamos querido engañarle, y con todo eso tomó en
-esta ocasión el partido que debe tomar una persona delicada. «Señor
-ministro--dijo al alguacil--, vuestras sospechas pueden ser falsas
-y también verdaderas; pero sean lo que fueren, no apuremos más la
-materia. Os suplico que no impidáis que estos caballeros salgan y
-se retiren a donde mejor les pareciere. Es una gracia que os pido
-para cumplir con la obligación que les debo.» «La mía--interrumpió
-el alguacil--sería llevarlos a la cárcel sin atención a vuestros
-ruegos. Sin embargo, por respeto vuestro, quiero dispensarme ahora
-del cumplimiento de mi deber, con la condición de que en este mismo
-momento han de salir de la ciudad. ¡Porque si mañana los veo en ella,
-les aseguro por quien soy que han de ver lo que les pasa!»
-
-»Cuando Morales y yo oímos decir que estábamos libres, volvimos a
-respirar. Quisimos hablar con resolución y sostener que éramos hombres
-de honor; pero el alguacil, con una mirada de soslayo, nos impuso
-silencio. No sé por qué esta gente tiene ascendiente sobre nosotros.
-Vímonos, pues, precisados a ceder Florentina y la dote a Pedro de la
-Membrilla, que verosímilmente pasó a ser yerno de Jerónimo de Miajadas.
-
-»Retiréme con mi camarada y tomamos el camino de Trujillo, con el
-consuelo de haber a lo menos ganado cien doblones en esta aventura.
-Una hora antes de anochecer pasábamos por una aldea, con ánimo de ir a
-hacer noche más adelante, y vimos en ella un mesón de bastante buena
-apariencia para aquel lugar. Estaban el mesonero y la mesonera sentados
-a la puerta, en un poyo. El mesonero, hombre alto, seco y ya entrado
-en días, estaba rascando una guitarra para divertir a su mujer, que
-mostraba oírle con gusto. Viendo el mesonero que pasábamos de largo,
-«¡Señores--nos gritó--, aconsejo a ustedes que hagan alto en este
-lugar! Hay tres leguas mortales a la primera posada, y créanme que no
-lo pasarán tan bien como aquí. ¡Entren ustedes en mi casa, que serán
-bien tratados y por poco dinero!» Dejámonos persuadir. Acercámonos más
-al mesonero y a la mesonera, saludámoslos, y habiéndonos sentado junto
-a ellos, nos pusimos todos cuatro a hablar de cosas indiferentes. El
-mesonero decía que era cuadrillero de la Santa Hermandad, y la mesonera
-tenía pinta de ser una buena pieza que sabía vender bien sus agujetas.
-
-»Interrumpió nuestra conversación la llegada de doce o quince
-hombres, montados unos en caballos y otros en mulas, seguidos de como
-unos treinta machos de carga. «¡Oh cuántos huéspedes!--exclamó el
-mesonero--. ¿Dónde podré yo alojar a tanta gente?» En un instante se
-vió la aldea llena de hombres y de caballerías. Había, por fortuna, una
-espaciosa granja cerca del mesón, en la que se acomodaron los machos y
-cargas, y las mulas y caballos se repartieron en varias caballerizas
-del mesón y del lugar. Los hombres pensaron menos en dónde habían de
-dormir que en mandar disponer una buena cena, la que se ocuparon en
-hacer el mesonero, la mesonera y una criada, dando fin de todas las
-aves del corral. Con esto, y un guisado de conejo y de gato y una
-abundante sopa de coles, hecha con carnero, hubo para toda la comitiva.
-
-»Morales y yo mirábamos a aquellos caballeros, los cuales también nos
-miraban a nosotros de cuando en cuando. En fin, trabamos conversación
-y les dijimos que si lo tenían a bien cenaríamos en compañía; y
-habiéndonos respondido que tendrían en ello particular gusto, nos
-sentamos todos juntos a la mesa. Entre ellos había uno que parecía
-mandaba a los demás, y aunque éstos le trataban con bastante
-familiaridad, sin embargo, se conocía que le miraban con algún respeto.
-Lo cierto es que ocupaba siempre el lugar más distinguido, que hablaba
-alto, que algunas veces contradecía a los otros sin reparo y que, lejos
-de hacer lo mismo con él, más bien parecía que todos se adherían a su
-dictamen. La conversación recayó casualmente sobre Andalucía, y como
-Morales comenzase a alabar mucho a Sevilla, el hombre de quien voy
-hablando le dijo: «Caballero, usted hace el elogio de la ciudad donde
-yo nací, o a lo menos muy cerca de ella, porque mi madre me dió a luz
-en el arrabal de Mairena.» «En el mismo me parió la mía--respondió
-Morales--, y no es posible que yo deje de conocer a los parientes
-de usted, conociendo desde el alcalde hasta la última persona del
-arrabal. ¿Quién fué su señor padre?» «Un honrado escribano--respondió
-el caballero--llamado Martín Morales.» «¡Martín Morales!--exclamó
-mi compañero, no menos alegre que sorprendido--. ¡A fe mía que la
-aventura es bien extraña! Según eso, sois mi hermano mayor, Manuel
-Morales.» «Justamente--respondió el otro--, y, por consiguiente, tú
-eres mi hermanico Luis, a quien dejé en la cuna cuando salí de la casa
-paterna.» «Ese es mi nombre», replicó mi camarada; y dicho esto, se
-levantaron los dos de la mesa y se dieron mil abrazos. Volviéndose
-después el señor Manuel a todos los que estábamos presentes, dijo:
-«Señores, este suceso tiene algo de maravilloso. La casualidad dispone
-que encuentre y reconozca a un hermano a quien ha por lo menos más de
-veinte años que no he visto; dadme licencia para que os lo presente.»
-Entonces todos los caballeros, que por cortesía estaban en pie,
-saludaron al hermano menor de Morales y le dieron repetidos abrazos.
-Después de esto, nos volvimos a la mesa, la que no dejamos en toda
-la noche. Los dos hermanos se sentaron uno junto a otro y estuvieron
-hablando en voz baja de las cosas de su familia, mientras los demás
-convidados bebíamos y nos alegrábamos.
-
-»Tuvo Luis una larga conversación con su hermano Manuel, y concluída,
-me llamó aparte y me dijo: «Todos estos caballeros son criados del
-conde de Montaños, a quien el rey acaba de nombrar virrey de Mallorca.
-Conducen el equipaje de su amo a Alicante, donde deben embarcarse.
-Mi hermano, que es el mayordomo de Su Excelencia, me ha propuesto
-llevarme consigo, y a vista de la repugnancia que le mostré de dejar tu
-compañía, me dijo que si tú quieres venir con nosotros te facilitará un
-buen empleo. Caro amigo--continuó él--, te aconsejo que no desprecies
-este partido. Vamos juntos a Mallorca; si allí lo pasamos bien, nos
-quedaremos, y si no nos tuviere cuenta nos volveremos a España.»
-
-»Admití con gusto la propuesta; incorporámonos el joven Morales y
-yo con la familia del conde y partimos del mesón antes del amanecer
-del día siguiente. Pusímonos en camino para Alicante, yendo a largas
-jornadas. Luego que llegamos, compré una guitarra y me mandé hacer un
-vestido decente antes de embarcarme. Ya no pensaba yo sino en la isla
-de Mallorca, y lo mismo sucedía a mi camarada Morales. Parecía que
-ambos habíamos renunciado para siempre a la vida bribona. Es preciso
-decir la verdad: uno y otro queríamos acreditarnos de hombres de bien
-entre aquellos caballeros, y este respeto nos contenía. En fin, nos
-embarcamos alegremente, lisonjeándonos con la esperanza de llegar
-presto a Mallorca; pero no bien habíamos salido del golfo de Alicante,
-cuando nos cogió una furiosa borrasca. ¡Qué ocasión tan buena era ésta
-para hacer ahora una bellísima descripción de la tempestad, pintándoos
-el aire todo inflamado, la viva luz de los relámpagos, el estampido de
-los truenos, la rápida caída de los rayos, el silbido de los vientos y
-la hinchazón de las olas, etc.! Pero dejando a un lado todas las flores
-retóricas, os diré sencillamente que fué tan recia la tormenta, que nos
-obligó a ancorar en la punta de la Cabrera, que es una isla desierta,
-defendida con un fortín, cuya guarnición consistía entonces en cinco o
-seis soldados y un oficial, que nos recibió con mucho agasajo.
-
-»Como nos veíamos precisados a detenernos allí muchos días para
-componer nuestro velamen, procuramos pasar el tiempo en diferentes
-diversiones para evitar el fastidio. Siguiendo cada uno su inclinación,
-unos jugaban a los naipes; otros, a la pelota, etc.; yo me iba a pasear
-por la isla con otros compañeros amantes del paseo. Saltábamos de
-peñasco en peñasco, porque el terreno es desigual y tan pedregoso que
-apenas se descubría en él un palmo de tierra. Un día que considerando
-aquellos lugares áridos y secos estábamos admirando los caprichos de
-la Naturaleza, que es fecunda o estéril donde le da la gana, sentimos
-todos de repente un olor muy grato que nos dejó sorprendidos. Lo
-quedamos mucho más cuando volviéndonos hacia el Oriente, de donde
-venía aquella fragancia, vimos un campo todo cubierto de madreselva,
-más hermosa y odorífera que la de Andalucía. Acercámonos gustosos a
-aquellos bellísimos arbustos, que perfumaban el aire circunvecino,
-y hallamos que cercaban la entrada de una caverna muy profunda. Era
-ésta ancha y poco sombría; bajamos a ella por una escalera o caracol
-de piedra adornado de flores que primorosamente guarnecían sus lados.
-Cuando estuvimos abajo, vimos serpentear, sobre un suelo de arena
-más roja que el oro, varios arroyuelos, formados de las gotas que
-destilaban continuamente los peñascos y se perdían en la misma arena.
-Pareciónos tan clara y cristalina el agua, que nos dió gana de beberla,
-y la hallamos tan fresca y delgada, que resolvimos volver a este lugar
-al día siguiente, llevando con nosotros algunas botellas de vino,
-persuadidos de que lo beberíamos allí con gusto.
-
-»Dejamos con sentimiento un sitio tan delicioso, y cuando nos
-restituímos al fuerte ponderamos a nuestros camaradas la noticia de
-tan feliz descubrimiento; pero el comandante del fuerte nos dijo que
-nos advertía en amistad que por ningún caso volviésemos a la cueva de
-que tan enamorados habíamos quedado. «¿Y eso por qué?--le pregunté
-yo--. ¿Hay por ventura algo que temer?» «Y mucho--me respondió--. Los
-corsarios de Argel y de Trípoli vienen algunas veces a esta isla y
-hacen aguada en ese paraje, y uno de estos días sorprendieron en él a
-dos soldados y los llevaron esclavos.» Por más seriedad con que nos lo
-decía el oficial, no le quisimos creer. Parecíanos que se zumbaba, y al
-día siguiente volví yo a la caverna con tres caballeros de la comitiva,
-y de intento no quisimos llevar armas de fuego, para mostrar que no
-teníamos el más mínimo temor. Morales no quiso venir con nosotros y se
-quedó jugando con su hermano y otros del castillo.
-
-»Bajamos al hondo de la cueva como el día anterior y pusimos a
-refrescar las botellas de vino en uno de los arroyuelos. A lo mejor
-que estábamos bebiendo, tocando la guitarra y divirtiéndonos con mucha
-algazara y alegría, vimos a la boca de la caverna muchos hombres con
-bigotes, turbantes y vestidos a la turca. Juzgamos al pronto que
-eran algunos del navío, que juntamente con el comandante se habían
-disfrazado para chasquearnos. Creídos de esto nos echamos a reír y
-dejamos bajar hasta diez de ellos sin pensar en defendernos; pero
-presto quedamos tristemente desengañados viendo ser un pirata que
-venía con su gente a esclavizarnos. «¡Rendíos, perros--nos dijo en
-lengua castellana--, o aquí moriréis todos!» Al mismo tiempo nos
-pusieron al pecho las carabinas los que con él venían y que a la menor
-resistencia las hubieran disparado. Preferimos la esclavitud a la
-muerte y entregamos las espadas al pirata. Nos hizo cargar de cadenas,
-nos llevaron a su buque, que no estaba muy distante, levaron anclas,
-hiciéronse a la vela y singlaron hacia Argel.
-
-»De este modo fuimos justamente castigados del poco aprecio que
-hicimos del aviso del comandante del fuerte. La primera cosa que hizo
-el corsario fué registrarnos y quitarnos cuanto dinero llevábamos.
-¡Gran golpe de mano para él! Los doscientos doblones del mercader de
-Plasencia, los ciento que Jerónimo Miajadas había dado a Morales, y que
-por desgracia llevaba yo conmigo, todo lo arrebañó sin misericordia.
-Los bolsillos de mis camaradas tampoco estaban mal provistos. En
-suma, el pirata hizo una buena pesca, de lo que estaba muy contento;
-y el grandísimo bergante, no bastándole haberse apoderado de todo
-nuestro dinero, comenzó a insultarnos con bufonadas, que no eran mucho
-menos sensibles que la dura necesidad de aguantarlas. Después de mil
-impertinentes truhanadas, y para mofarse de nosotros de otro modo,
-mandó traer las botellas que habíamos puesto a refrescar y comenzó a
-vaciarlas todas, ayudándole sus gentes y repitiendo a nuestra salud
-muchos brindis por irrisión.
-
-»Durante este tiempo mis camaradas mostraban un semblante que daba
-a entender lo que interiormente pasaba en ellos. Se les hacía tanto
-más doloroso el cautiverio cuanto más alegre era la idea de ir a la
-isla de Mallorca. Por lo que a mí toca, tuve valor para tomar desde
-luego mi determinación, y menos apesadumbrado que los otros, no sólo
-trabé conversación con nuestro capitán mofador, sino que le ayudé yo
-mismo a llevar adelante la zumba, cosa que le cayó muy en gracia.
-«Oye, mozo--me dijo--, me gusta tu buen humor y tu genio; y si bien se
-considera, en vez de gemir y suspirar, lo mejor es armarse de paciencia
-y acomodarse con el tiempo. Tócanos una buena tocata--añadió, viendo
-que yo llevaba una guitarra--; veamos a lo que llega tu habilidad.»
-Mandó que me desatasen los brazos, y al punto comencé a tocar, de tal
-modo que merecí sus aplausos; bien es verdad que yo no manejaba mal
-este instrumento. También me hizo cantar, y no quedó menos satisfecho
-de mi voz; todos los turcos que había en el bajel mostraron con gestos
-de admiración el placer con que me habían oído, por lo que conocí que
-en materia de música no carecían de gusto. El pirata se arrimó a mí
-y me dijo al oído que sería un esclavo afortunado y que podía estar
-cierto de que mis talentos me proporcionarían un destino que haría muy
-llevadera la esclavitud.
-
-»Estas palabras me consolaron algo; pero, por más halagüeñas que
-fuesen, no dejaba de inquietarme el empleo que el pirata me había
-pronosticado y temía que no fuese de mi aceptación. Al llegar al puerto
-de Argel vimos una multitud de personas que había acudido para vernos,
-y sin que aún hubiésemos saltado en tierra hicieron resonar el aire con
-mil gritos de alegría y alborozo. Acompañaba a éstos un confuso rumor
-de trompetas, flautas moriscas y otros instrumentos del uso de aquella
-gente y que causaban un estruendo desentonado más que una música
-apacible. Aquella extraordinaria algazara nacía de la falsa noticia
-que se había esparcido por la ciudad de que el renegado Mahometo--que
-así se llamaba nuestro pirata--había muerto peleando con una gruesa
-embarcación genovesa, y todos sus parientes y amigos, informados de su
-regreso, acudían a darle muestras de su regocijo.
-
-»Luego que desembarcamos, a mí y a mis compañeros nos llevaron al
-palacio del bajá Solimán, donde un escribano cristiano nos examinó
-a cada uno en particular, preguntándonos el nombre, edad, patria,
-religión y habilidad. Entonces Mahometo, mostrándome al bajá, le
-ponderó mi voz y mi destreza en tocar la guitarra. No hubo menester
-más Solimán para determinarse a tomarme a su servicio, y desde aquel
-punto quedé reservado para su serrallo, adonde me condujeron para
-instalarme en el empleo que me estaba destinado. Los demás cautivos
-fueron llevados a la plaza mayor y vendidos según costumbre. Verificóse
-lo que Mahometo me había pronosticado en el bajel, porque, ciertamente,
-fuí muy afortunado. No me entregaron a las guardias de las mazmorras
-ni me destinaron a trabajar en las obras públicas; antes bien, mandó
-Solimán, por aprecio particular, que me agregasen en cierto sitio
-privado a cinco o seis esclavos de distinción, cuyo rescate se esperaba
-presto y a quienes no se empleaba sino en trabajos ligeros, y se me
-encargó el cuidado de regar en los jardines las flores y los naranjos.
-No podía tener yo una ocupación más suave, y por eso di gracias a mi
-estrella, presintiendo, sin saber por qué, que no sería desgraciado al
-servicio de Solimán.
-
-»Este bajá--porque es necesario que haga su retrato--era un hombre de
-cuarenta años, bien plantado, muy atento, y aun muy galán para turco.
-Tenía por favorita una cachemiriana que por su talento y hermosura se
-había hecho dueña de él. Idolatraba en ella y no pasaba día en que no
-la festejase con alguna diversión nueva; unas veces era un concierto de
-voces y de instrumentos; otras, una comedia a la turca, es decir, unos
-dramas en los cuales no se tenía más respeto al pudor y al decoro que a
-las reglas de Aristóteles. La favorita, que se llamaba Farrukhnaz, era
-apasionadísima a semejantes espectáculos, y aun algunas veces mandaba
-a sus criadas representar piezas árabes en presencia del bajá. Ella
-misma solía también hacer su papel, y lo ejecutaba con tal viveza y
-tanta gracia, que hechizaba a todos los espectadores. Un día en que yo
-asistí a una de estas funciones mezclado entre los músicos me mandó
-Solimán que en un intermedio cantase y tocase solo la guitarra. Hícelo
-así, y tuve la fortuna de darle tanto gusto, que no sólo me aplaudió
-con palmadas, sino de viva voz, y la favorita, a lo que me pareció, me
-miró con ojos favorables.
-
-»El día siguiente por la mañana, estando yo regando los naranjos en
-los jardines, pasó junto a mí un eunuco que, sin detenerse ni hablar
-palabra, dejó caer a mis pies un billete. Recogíle prontamente, con
-una turbación mezclada de alegría y de temor; echéme a la larga en
-el suelo, por que no me viesen desde las ventanas del serrallo, y
-ocultándome detrás de los naranjos le abrí presuroso. Hallé dentro
-de él un preciosísimo brillante y escritas en buen castellano estas
-palabras: «Joven cristiano, da mil gracias al Cielo por tu esclavitud.
-El amor y la fortuna la harán feliz; el amor, si te muestras sensible
-a los atractivos de una persona hermosa; y la fortuna, si tienes valor
-para arrostrar todo género de peligros.»
-
-»No dudé ni un solo momento que el billete era de la sultana favorita;
-el brillante y el estilo me lo persuadían. Además de que nunca fuí
-cobarde, la vanidad de verme favorecido de la dama de un gran príncipe,
-y sobre todo la esperanza de conseguir de ella cuatro veces más dinero
-del que me era menester para mi rescate, me determinaron a tentar
-esta nueva aventura, a costa de cualquier riesgo. Proseguí, pues,
-en mi ocupación, pensando siempre en el modo que podría tener para
-introducirme en el cuarto de Farrukhnaz, o, por mejor decir, en los
-arbitrios que ella discurriría para abrirme este camino, pareciéndome,
-y con fundamento, que no se contentaría con lo hecho y que ella misma
-se adelantaría a librarme de este cuidado. Con efecto, no me engañé;
-de allí a una hora volvió a pasar junto a mí el mismo eunuco de antes
-y me dijo: «Cristiano, ¿has hecho tus reflexiones? ¿Tendrás valor
-para seguirme?» Respondíle que sí. «Pues bien--añadió él--, el Cielo
-te guarde. Mañana por la mañana te volveré a ver; está dispuesto para
-dejarte conducir.» Y dicho esto, se retiró. Efectivamente, al día
-siguiente, a cosa de las ocho de la mañana, se dejó ver y me hizo señal
-de que le siguiese. Obedecí, y me condujo a una sala donde había un
-gran rollo de lienzo pintado, que acababan de traer él y otro eunuco
-para llevarlo a la cámara de la sultana y había de servir para la
-decoración de una comedia árabe que ella tenía dispuesta para divertir
-al bajá.
-
-»Los dos eunucos, viéndome dispuesto a hacer todo lo que quisiesen, no
-perdieron tiempo. Desarrollaron el telón, hiciéronme tender a la larga
-en medio de él y lo arrollaron otra vez, volviéndome y revolviéndome
-dentro del mismo con peligro de sofocarme. Cogiéronlo cada uno de un
-extremo, y de esta manera me introdujeron sin riesgo en el cuarto
-donde dormía la bella cachemiriana. Estaba sola con una esclava vieja
-enteramente dedicada a darle gusto. Desenvolvieron ambas el telón,
-y Farrukhnaz, luego que me vió, mostró una alegría que manifestaba
-bien el carácter de las mujeres de su país. En medio de mi natural
-intrepidez, confieso que, cuando me vi de repente transportado al
-cuarto secreto de las mujeres, sentí cierto terror. Conociólo muy bien
-la favorita, y para disiparlo me dijo: «No temas, cristiano, porque
-Solimán acaba de marchar a su casa de recreo, donde se detendrá todo el
-día, y nosotros hablaremos aquí libremente.»
-
-»Animáronme estas palabras y me hicieron cobrar un espíritu y seguridad
-que acrecentó el contento de mi patrona. «Esclavo--me dijo--, tu
-persona me ha agradado y quiero hacerte más suave el rigor de la
-esclavitud. Te considero muy digno de la inclinación que te he tomado.
-Aunque te veo en el traje de esclavo, descubro en tus modales un aire
-noble y galán que me obliga a creer no eres persona común. Háblame con
-toda confianza y díme quién eres. Sé muy bien que los esclavos bien
-nacidos ocultan su condición para que les cueste menos el rescate,
-pero conmigo no debes gastar ese disimulo, y aun me ofendería mucho
-semejante precaución, pues que te prometo tu libertad. Sé, pues,
-sincero, y confiésame que no te criaste en pobres pañales.» «Con
-efecto, señora--le respondí--, correspondería ruinmente a vuestra
-generosa bondad si usara con vos de artificio. Ya que tenéis empeño en
-que os descubra quién soy, voy a obedeceros. Soy hijo de un grande de
-España.» Quizá decía en esto la verdad; por lo menos la sultana así lo
-creyó, y dándose a sí misma el parabién de haber puesto los ojos en un
-hombre ilustre, me aseguró que haría todo lo posible para que los dos
-nos viésemos a solas con frecuencia. Tuvimos una larga conversación.
-En mi vida he tratado con mujer de mayor talento y atractivo. Sabía
-muchas lenguas, y sobre todo la castellana, que hablaba medianamente.
-Cuando le pareció que era tiempo de separarnos, me hizo meter en un
-gran cestón de juncos, cubierto con un repostero de seda trabajado
-por su misma mano, y llamando a los mismos eunucos que me habían
-introducido les entregó aquella carga, como un regalo que ella enviaba
-al bajá, lo que es tan sagrado entre los que hacen la guardia al cuarto
-de las mujeres que ninguno tiene la osadía de mirarlo.
-
-»Hallamos Farrukhnaz y yo otros varios arbitrios para hablarnos, y la
-amable sultana poco a poco me fué inspirando tanto amor hacia ella como
-ella me lo tenía a mí. Dos meses estuvieron ocultas nuestras amorosas
-visitas, sin embargo de ser cosa muy difícil que en un serrallo
-se escapen por largo tiempo a los ojos de tantos Argos; pero un
-contratiempo desconcertó nuestras medidas y mudó enteramente de aspecto
-mi fortuna. Un día en que entré en el cuarto de la sultana metido
-dentro de un dragón artificial que se había hecho para un espectáculo,
-cuando estaba yo hablando con ella, creído de que Solimán se hallaba
-aún fuera, entró éste tan de repente en el cuarto de su favorita,
-que la esclava no tuvo tiempo de avisarnos, y mucho menos yo para
-ocultarme, y así, fuí el primero que se ofreció a los ojos del bajá.
-
-»Mostróse sumamente admirado de verme en aquel sitio; y sucediendo
-en un momento la ira a la admiración, arrojaban fuego sus ojos,
-despidiendo llamas de indignación y furor. Consideré entonces que era
-llegada la última hora de mi vida y me imaginaba ya en medio de los más
-crueles tormentos. Por lo que toca a Farrukhnaz, conocí que también
-estaba sobresaltada; pero en vez de confesar su delito y pedir perdón
-de él, dijo a Solimán: «Señor, suplícoos no me condenéis antes de
-oírme. Confieso que todas las apariencias me condenan y me representan
-infiel y traidora a vos, y, por consiguiente, merecedora de los más
-horrorosos castigos. Yo misma hice venir a mi cuarto a este cautivo, y
-para introducirle en él me valí de los mismos artificios que pudiera
-usar si estuviera ciegamente enamorada de su persona. Sin embargo de
-eso, a pesar de todas estas exterioridades, pongo por testigo al gran
-Profeta de que no os he sido desleal. Quise hablar con este esclavo
-cristiano para persuadirle a que dejase su secta y abrazase la de los
-verdaderos creyentes. Al principio, encontré en él la resistencia que
-aguardaba; mas al fin he desvanecido sus preocupaciones, y en este
-punto me estaba dando palabra de que se hará mahometano.»
-
-»Confieso que era obligación mía desmentir a la favorita, sin respeto
-alguno al peligro en que me hallaba; pero turbada la razón en aquel
-lance y acobardado el espíritu a vista del riesgo que corría mi vida
-y la de una dama a quien amaba, me quedé confuso y cortado. No tuve
-valor para articular una palabra; y persuadido Solimán por mi silencio
-de que era verdad cuanto había dicho la sultana, depuso su ira y le
-dijo: «Quiero creer que no me has ofendido y que el celo de hacer una
-cosa que fuese grata al Profeta te movió a arriesgarte a una acción
-tan delicada. Por eso te disculpo tu imprudencia, con tal que el
-esclavo tome el turbante en este mismo punto.» Inmediatamente hizo
-venir a su presencia un morabito. Vistiéronme a la turca, y yo les dejé
-hacer cuanto quisieron sin la menor resistencia, o, por mejor decir,
-ni yo mismo sabía lo que me hacían en aquella turbación de todas mis
-potencias. ¡Cuántos cristianos hubieran sido tan cobardes como yo en
-esta ocasión!
-
-»Concluída la ceremonia, salí del serrallo, con el nombre de Sidy Haly,
-a tomar posesión de un empleo de poca monta a que Solimán me destinó.
-No volví a ver a la sultana, pero uno de sus eunucos vino a buscarme
-cierto día y de su parte me entregó una porción de piedras preciosas,
-estimadas en dos mil _sultaninos de oro_, y juntamente un billete, en
-que me aseguraba que jamás olvidaría la generosa complacencia con que
-me había hecho mahometano por salvarle la vida. Con efecto, además de
-los regalos que había recibido de la bella Farrukhnaz, conseguí por su
-mediación otro empleo de más importancia que el primero, de manera que
-en menos de seis a siete años me hallé el renegado más rico de todo
-Argel.
-
-»Ya habrán conocido ustedes que si yo concurría a las oraciones
-que hacían los musulmanes en sus mezquitas y practicaba las demás
-ceremonias de su ley, era todo una mera ficción. Por lo demás, estaba
-firmemente resuelto a volver a entrar en el seno de la Iglesia, para lo
-que pensaba retirarme algún día a España o Italia con las riquezas que
-hubiese juntado. Mientras tanto, vivía muy alegremente. Estaba alojado
-en una hermosa casa, tenía jardines magníficos, multitud de esclavos y
-un serrallo bien abastecido de mujeres bonitas. Aunque el uso del vino
-está prohibido en aquella tierra a los mahometanos, sin embargo, pocos
-moros dejan de beberlo secretamente. Yo, por lo menos, lo bebía sin
-escrúpulo, como lo hacen todos los renegados.
-
-»Acuérdome que me acompañaban comúnmente en mis borracheras un par
-de camaradas, con quienes muchas veces pasaba toda la noche con las
-botellas sobre la mesa. Uno era judío y el otro árabe. Teníalos por
-hombres de bien, y en esta confianza vivía con ellos sin reserva.
-Convidélos una noche a cenar, y aquel día se me había muerto un perro
-que yo quería mucho. Lavamos el cuerpo y lo enterramos con todas
-las ceremonias que acostumbran los musulmanes en el funeral de sus
-difuntos. No lo hicimos, ciertamente, por burlarnos de la religión de
-Mahoma, sino sólo por divertirnos y satisfacer el capricho que tuve,
-estando medio tomado de vino, de celebrar las exequias de mi amado
-animalillo.
-
-»Sin embargo, faltó poco para que esta inconsiderada acción me perdiese
-enteramente. El día siguiente se presentó en mi casa un hombre, que
-me dijo: «Señor Sidy Haly, vengo a buscar a usted para cierto asunto
-de importancia. El señor cadí tiene precisión de hablarle; sírvase
-tomar el trabajo de llegarse a su casa inmediatamente.» «Decidme,
-os suplico--le pregunté--, qué es lo que me quiere.» «El mismo os
-lo dirá--respondió el moro--; todo lo que puedo deciros es que un
-mercader que ayer cenó con usted le ha dado parte de no sé qué impía
-o irreligiosa acción que se ejecutó en vuestra casa con motivo de
-enterrar un perro. Yo os notifico de oficio que comparezcáis hoy
-mismo ante el juez, con apercibimiento de que no cumpliéndose así
-se procederá criminalmente contra vuestra persona.» Dijo, y sin
-aguardar respuesta me volvió la espalda, dejándome atónito con su
-apercibimiento. No tenía el árabe la más mínima razón para estar
-quejoso de mí ni yo podía comprender por qué me había jugado una pieza
-tan ruin. Sin embargo, la cosa era muy digna de atención. Yo tenía
-bien conocido al cadí por hombre severo en la apariencia, pero en el
-fondo poco escrupuloso y muy avaro. Metí en el bolsillo doscientos
-_sultaninos de oro_ y fuí derecho a presentarme a él. Hízome entrar
-en su despacho y luego me dijo en tono colérico y furioso: «¡Sois un
-impío, un sacrílego, un hombre abominable! ¡Habéis dado sepultura a un
-perro como si fuera un musulmán! ¡Qué sacrilegio! ¡Qué profanación!
-¿Es éste el respeto que profesáis a las más venerables ceremonias de
-nuestra santa ley? ¿Os hicisteis mahometano únicamente para burlaros
-de las ceremonias más sagradas de nuestro Alcorán?» «Señor cadí--le
-respondí--, el árabe que vino a haceros una relación tan alterada o
-tan malignamente desfigurada, aquel amigo traidor fué cómplice en mi
-delito, si por tal se debe reputar haber dado sepultura a un doméstico
-fiel, a un inocente animal que tenía mil bellas cualidades. Amaba tanto
-a las personas de mérito y distinción, que hasta en su muerte quiso
-dejarles testimonios irrefragables de su estimación y afecto. En su
-testamento, en el que me nombró por único albacea, repartió entre ellas
-sus bienes, legando a unas veinte escudos, a otras treinta, etc.; y es
-tanta verdad lo que digo, que tampoco se olvidó de vos, pues me dejó
-muy encargado que os entregase los doscientos _sultaninos de oro_ que
-hallaréis en este bolsillo.» Y dicho esto, le alargué el que llevaba
-prevenido. Perdió el cadí toda su gravedad cuando me oyó decir esto,
-sin poder contener la risa, y como estábamos solos, tomó francamente el
-bolsillo y me despidió, diciendo: «¡Id en paz, Sidy Haly! ¡Hicisteis
-cuerdamente en haber enterrado con pompa y con honor a un perro que
-hacía tanto aprecio de los sujetos de mérito!»
-
-»Salí por este medio de aquel pantano; y si el lance no me hizo más
-cuerdo, a lo menos me enseñó a ser más circunspecto. No volví a tratar
-con el árabe ni con el judío, y escogí para mi camarada de botellas a
-un caballero de Liorna, que era esclavo mío, llamado Azarini. No era
-yo como aquellos renegados que tratan a los cautivos cristianos peor
-que a los mismos turcos. Los míos no se impacientaban aunque se les
-retardase el rescate. Tratábalos con tanta benignidad, que muchas
-veces me decían les costaba más suspiros el miedo de pasar a servir a
-otro amo que el deseo de conseguir la libertad, sin embargo de ser ésta
-tan dulce y tan apetecible a todos los que gimen en cautiverio.
-
-»Volvieron un día los jabeques de Solimán cargados de presa, y en
-ella cien esclavos de uno y otro sexo, apresados todos en las costas
-de España. Reservó Solimán para sí un cortísimo número y los demás
-fueron puestos a la venta. Fuí a la plaza donde ésta se celebraba y
-compré una muchacha española de diez a doce años. Lloraba la pobrecita
-amargamente y se desesperaba. Admirado yo de verla afligirse así en
-tan tierna edad, me llegué a ella, y le dije en lengua castellana que
-no se apesadumbrase tanto, asegurándole que había caído en manos de
-un amo que, aunque llevaba turbante, era de corazón humano. La joven,
-poseída enteramente de su dolor, ni siquiera atendía a mis palabras.
-Gemía, suspiraba y se deshacía en lágrimas inconsolables, prorrumpiendo
-de cuando en cuando en esta exclamación: «¡Ay, madre mía, y por qué me
-habrán separado de ti! ¡Todo lo llevaría en paciencia como estuviéramos
-juntas!» Mientras decía estas palabras, tenía puestos los ojos en una
-mujer de cuarenta y cinco a cincuenta años, distante pocos pasos, la
-cual, muy modesta, silenciosa y con los ojos bajos, estaba esperando
-a que alguno la comprase. Preguntéle si era su madre aquella mujer
-a quien miraba. «Sí, señor--me respondió con tierno sentimiento--.
-¡Por amor de Dios, haga su merced que jamás me separen de ella!» «Bien
-está, hija mía--le dije--. Si para tu consuelo no deseas mas que el
-estar juntas las dos, presto quedarás contenta y consolada.» Al mismo
-tiempo me acerqué a la madre para comprarla; pero no bien la miré
-con un poco de cuidado, cuando reconocí en ella, con la conmoción
-que podéis imaginar, todas las facciones y demás señales de Lucinda.
-«¡Cielos!--exclamé dentro de mí mismo--. ¿Qué es lo que veo? ¡Esta
-es mi madre; no puedo dudarlo!» Pero ella, o ya fuese porque el vivo
-dolor del estado en que se hallaba no le dejaba ver otra cosa mas que
-enemigos en todos los objetos que se le presentaban, o ya fuese porque
-el traje mahometano me hacía parecer otro, o bien que en el espacio de
-doce años que no me había visto me hubiese desfigurado, el hecho es que
-realmente ella no me conoció. En fin, yo la compré y me la llevé a mi
-casa.
-
-»No quise dilatarle el gusto de que me conociese. «Señora--le dije--,
-¿es posible que no os acordéis de haber visto nunca esta cara? Pues
-qué, ¿unos bigotes y un turbante me desfiguran de suerte que os
-impidan conocer a vuestro hijo Rafael»? Volvió en sí al oír estas
-palabras; miróme, remiróme, reconocióme, y arrojándose a mí con los
-brazos abiertos nos estrechamos tiernamente. Con igual ternura abracé
-después a su querida hija, la cual estaba tan ignorante de que tenía
-un hermano como yo ajeno de tener una hermana. «Confesad--dije
-entonces a mi madre--que en todas vuestras comedias no habéis tenido un
-encuentro y reconocimiento tan positivo como éste.» «Hijo--me respondió
-suspirando--, grandísima alegría he tenido en volverte a ver; pero esta
-alegría está mezclada con un amarguísimo pesar. ¡Dios mío! ¡En qué
-estado he tenido la desgracia de encontrarte! Mi esclavitud me sería
-mil veces menos sensible que ese traje odioso...» «A fe, madre--le
-respondí sonriéndome--, que me admiro de vuestra delicadeza; por cierto
-que no es muy propia de una comedianta. A la verdad, señora, que sois
-muy otra de la que erais si este mi disfraz os ha dado tanto enojo.
-En lugar de enojaros contra mi turbante, miradme como a un cómico
-que representa el papel de un turco en el teatro. Aunque renegado,
-soy tan musulmán como lo era en España, y en la realidad permanezco
-siempre en mi religión. Cuando sepáis todas las aventuras que me han
-acontecido en este país me disculparéis. El amor fué la causa de mi
-delito. Sacrifiqué a esta deidad. En esto me parezco algo a vos; fuera
-de que hay aún otra razón que debe templar vuestro dolor de verme en
-la situación en que me veis. Temíais experimentar en Argel una dura
-esclavitud y habéis hallado en vuestro amo un hijo tierno, respetuoso
-y bastante rico para que viváis con regalo y con quietud en esta
-ciudad hasta que se nos proporcione ocasión oportuna para que todos
-podamos seguramente volver a España. Reconoced ahora la verdad de aquel
-proverbio que dice: _No hay mal que por bien no venga_.» «Hijo mío--me
-dijo Lucinda--, una vez que estás resuelto a restituirte a tu patria
-y abjurar el mahometismo, quedo consolada. Entonces irá con nosotros
-tu hermana Beatriz y tendré el gusto de volverla a ver sana y salva en
-Castilla.» «Sí, señora--le respondí--, espero que le tendréis, pues
-lo más presto que sea posible iremos todos tres a juntarnos en España
-con el resto de nuestra familia, no dudando yo que habréis dejado en
-ella algunas otras prendas de vuestra fecundidad.» «No, hijo--repuso
-mi madre--, no he tenido más hijos que a vosotros dos; y has de saber
-que Beatriz es fruto de un matrimonio de los más legítimos.» «Pero,
-señora--repliqué--, ¿qué razón tuvisteis para conceder a mi hermanita
-esa preeminencia que me negasteis a mí? ¿Y cómo os habéis resuelto a
-casaros? Acuérdome haberos oído decir mil veces en mi niñez que nunca
-perdonaríais a una mujer joven y linda el sujetarse a un marido.»
-«_¡Otros tiempos, otras costumbres!_--respondió ella--. Si los hombres
-más firmes en sus propósitos están más sujetos a mudar, ¿qué razón
-habrá para pretender que las mujeres sean invariables en los suyos?
-Voy a contarte--continuó--la historia de mi vida desde que saliste de
-Madrid.» Hízome después la siguiente relación, que jamás olvidaré, y de
-la cual no quiero privaros, porque es curiosísima:
-
-«Hará cosa de trece años, si te acuerdas, que dejaste la casa del
-marquesito de Leganés. En aquel tiempo, el duque de Medinaceli me dijo
-que deseaba cenar conmigo privadamente. Señalóme el día, esperéle,
-vino y le gusté. Pidióme el sacrificio de todos los competidores que
-podía tener, y se lo concedí, con la esperanza de que me lo pagaría
-bien, y así lo ejecutó. Al día siguiente me envió varios regalos, a
-que siguieron otros muchos en lo sucesivo. Temía yo que no duraría
-largo tiempo en mis prisiones un señor de aquella elevación; y lo temía
-con tanto mayor fundamento cuanto no ignoraba que se había escapado
-de otras en que le habían aprisionado varias famosas beldades, cuyas
-dulces cadenas lo mismo había sido probarlas que romperlas. Sin
-embargo, lejos de disgustarse, cada día parecía más embelesado de mi
-condescendencia. En suma, tuve el arte de asegurármele y de impedir
-que su corazón, naturalmente voluble, se dejase arrastrar de su nativa
-propensión.
-
-»Tres meses hacía que me amaba, y yo me lisonjeaba de que su cariño
-sería durable, cuando cierto día una amiga mía y yo concurrimos a
-una casa donde se hallaba la duquesa esposa del duque, y habíamos
-ido a ella convidadas para oír un concierto de música de voces e
-instrumentos. Sentámonos casualmente un poco detrás de la duquesa, la
-cual llevó muy a mal que yo me hubiese dejado ver en un sitio donde
-ella se hallaba. Envióme a decir por una criada que me suplicaba me
-saliese de allí al instante. Respondí a la criada con mucha grosería,
-de lo que, irritada la duquesa, se quejó a su esposo, el cual vino a
-mí y me dijo: «Lucinda, sal prontamente de aquí. Cuando los grandes
-señores se inclinan a mozuelas como tú, no deben éstas olvidarse de lo
-que son. Si alguna vez os amamos a vosotras más que a nuestras mujeres,
-siempre las respetamos a éstas mucho más que a vosotras, y siempre que
-tengáis la insolencia de pretender igualaros con ellas seréis tratadas
-con la indignidad que merecéis.»
-
-»Por fortuna que el duque me dijo todo esto en voz tan baja que ninguno
-pudo comprenderlo. Retiréme avergonzada y confusa, pero llorando de
-rabia por el desaire que había recibido. Para mayor pesar mío, los
-comediantes y comediantas aquella misma noche supieron, no sé cómo,
-todo lo que me había pasado. ¡No parece sino que hay algún diablillo
-acechador y cizañero que se divierte en descubrir a unos lo que sucede
-a otros! Hace, por ejemplo, un comediante en una francachela alguna
-extravagancia, acaba una comedianta de acomodarse con un mozuelo galán
-y adinerado: toda la compañía inmediatamente sabe hasta la más ridícula
-menudencia. Así supieron mis compañeros cuanto me había pasado en el
-concierto, y sabe Dios cuánto se divirtieron a mi costa. Reina entre
-ellos un cierto espíritu de caridad que se descubre bien en semejantes
-ocasiones. Con todo eso yo no hice caso de sus habladurías, y tardé
-poco en consolarme de la pérdida del duque, que no volvió a parecer por
-mi casa, y luego supe había tomado amistad con una cantarina.
-
-»Mientras una comedianta tiene la fortuna de ser aplaudida, nunca le
-faltan amantes, y el amor de un gran señor, aunque no dure más que tres
-días, siempre añade nuevos realces a su mérito. Yo me vi sitiada de
-apasionados luego que se esparció por Madrid la voz de que el duque me
-había dejado. Los mismos competidores que yo le había sacrificado, más
-enamorados de mis hechizos que antes, volvieron a porfía a galantearme.
-Fuera de éstos, recibí los obsequiosos tributos de otros mil corazones.
-Nunca fuí tan de moda como entonces. Entre los que solicitaban mi
-favor, ninguno me pareció más ansioso que un alemán gordo, gentilhombre
-del duque de Osuna. Su figura no era muy apreciable, pero se mereció
-mi atención con mil doblones que había juntado en casa de su amo y
-los prodigó por lograr la dicha de entrar en el número de mis amantes
-favorecidos. Este buen señor se llamaba Brutandorff. Mientras hizo
-el gasto fué bien recibido; pero apenas se le apuró la bolsa halló
-la puerta cerrada. Enfadado de este proceder mío me fué a buscar a
-la comedia, dióme sus quejas, y porque me reí de él a sus hocicos,
-arrebatado de cólera, me sacudió un bofetón a la tudesca. Di un gran
-grito, salí al teatro, interrumpí la comedia y, dirigiéndome al
-duque, que estaba en su aposento con su esposa la duquesa, me quejé
-a él en alta voz de los modales tudescos con que me había tratado
-su gentilhombre. Mandó el duque seguir la comedia, diciendo que
-después de ella oiría a las partes. Acabada la representación, me
-presenté muy alterada al duque, exponiendo mi queja con vehemencia. El
-alemán despachó su defensa en dos palabras, diciendo que en vez de
-arrepentirse de lo hecho era hombre para repetirlo. El duque de Osuna,
-oídas las partes y volviéndose al alemán, sentenció de esta manera:
-«Brutandorff, te despido de mi casa y te prohibo que te presentes
-más delante de mí, no porque has dado un bofetón a una comedianta,
-sino porque has faltado al respeto debido a tus amos y turbado un
-espectáculo público en presencia de los dos.»
-
-»Esta sentencia me atravesó el alma. Apoderóse de mí una ira rabiosa y
-un inexplicable furor al ver que no habían despedido al alemán por la
-ofensa que me había hecho. Creía yo que un oprobio como aquél, cometido
-contra una comedianta, debía castigarse como un delito de lesa majestad
-y contaba con que el tudesco padecería una pena aflictiva. Abrióme
-los ojos este vergonzosísimo suceso y me hizo conocer que el mundo
-sabe distinguir entre el comediante y los personajes que representa.
-Esto me disgustó del teatro, en términos que desde aquel punto resolví
-dejarlo e irme a vivir lejos de Madrid. Escogí para mi retiro la ciudad
-de Valencia, y partí de _incógnito_ a ella, llevando conmigo hasta el
-valor de veinte mil ducados en dinero y alhajas, caudal que me parecía
-bastante para mantenerme con decencia el resto de mis días, pues mi
-ánimo era llevar una vida retirada. Tomé en aquella ciudad una casa
-pequeña y no recibí más familia que una criada y un paje, para quienes
-era tan desconocida como para todas las demás del vecindario. Fingí
-ser viuda de un empleado de la Real Casa y que había escogido para
-mi retiro la ciudad de Valencia por haber oído que su temple era uno
-de los más benignos y su terreno uno de los más deliciosos de España.
-Trataba con muy poca gente, y mi conducta era tan arreglada que a
-ninguno le pudo pasar por el pensamiento que yo hubiese sido cómica.
-Sin embargo, y a pesar de mi cuidado en vivir escondida y retirada,
-puso los ojos en mí un hidalgo que vivía en una quinta propia, cerca
-de Paterna. Era un caballero bastante bien dispuesto y como de treinta
-y cinco a cuarenta años, pero un noble muy adeudado, lo que no es más
-raro en el reino de Valencia que en otros muchos países.
-
-»Habiendo agradado mi persona a este hidalgo, quiso saber si en lo
-demás podría yo convenirle. A este fin despachó sus ocultos batidores
-para que averiguasen mis circunstancias, y por los informes que
-le dieron tuvo el gusto de saber que yo era viuda, de trato nada
-fastidioso y, además de eso, bastante rica. Hizo juicio desde luego
-que yo era la que había menester, y muy presto se dejó ver en mi casa
-una buena vieja, que me dijo de su parte que, prendado de mi honradez
-tanto como de mi hermosura, me ofrecía su mano, y que ratificaría esta
-oferta si merecía la dicha de que quisiese ser su esposa. Pedí tres
-días de término para pensarlo y resolverme. Informéme en este tiempo de
-las cualidades de aquel hidalgo, y por el mucho bien que me dijeron de
-él, aunque sin disimularme el lastimoso estado de sus rentas, determiné
-gustosa casarme con él, como lo hice dentro de muy pocos días.
-
-»Don Manuel de Jérica--éste era el nombre de mi esposo--me condujo
-luego a su hacienda. La casa tenía cierto aspecto de antigüedad, de lo
-que hacía mucha vanidad el dueño. Decía que la había hecho edificar
-uno de sus progenitores, y de la vejez de la fábrica deducía que la
-familia de Jérica era la más antigua de toda España. Pero el tiempo
-había maltratado tanto aquel bello monumento de nobleza, que por que no
-viniese a tierra lo habían apuntalado. ¡Qué dicha para don Manuel la
-de haberse casado conmigo! Gastóse en reparos la mitad de mi dinero,
-y lo restante en ponernos en estado de hacer gran figura en el país;
-y héteme aquí en un nuevo mundo, por decirlo así, y convertida de
-repente en señora de aldea y de hacienda. ¡Qué transformación! Era yo
-muy buena actriz para no saber representar y sostener el esplendor que
-correspondía a mi nuevo estado. Revestíame en todo de ciertos modales
-teatrales de nobleza, de majestad y desembarazo, que hacían formar en
-la aldea un alto concepto de mi nacimiento. ¡Oh, cuánto se hubieran
-divertido a costa mía si hubiesen sabido la verdad del hecho! ¡Con
-cuántos satíricos motes me hubiera regalado la nobleza de los contornos
-y cuánto hubieran rebajado los respetuosos obsequios que me tributaban
-las demás gentes!
-
-»Viví por espacio de seis años feliz y gustosamente en compañía de
-don Manuel, al cabo de los cuales se lo llevó Dios. Dejóme bastantes
-negocios que desenredar y por fruto de nuestro matrimonio a tu hermana
-Beatriz, que a la sazón contaba cuatro años de edad cumplidos. Nuestra
-quinta, que era a lo que estaban reducidos nuestros bienes, se
-hallaba, por desgracia, empeñada para seguridad de muchos acreedores,
-el principal de los cuales se llamaba Bernardo Astuto, nombre que le
-convenía perfectamente. Ejercía en Valencia el oficio de procurador,
-que desempeñaba como hombre consumado en todas las trampas de los
-pleitos; y a mayor abundamiento, había estudiado leyes para saber mejor
-hacer injusticias. ¡Oh qué terrible acreedor! Una quinta entre las uñas
-de semejante procurador es lo mismo que una paloma en las garras de un
-milano. Por tanto, el señor Astuto, apenas supo la muerte de mi marido
-puso sitio a mi pobre quinta. Infaliblemente la hubiera hecho volar
-con las minas que las supercherías legales comenzaban a formar si mi
-fortuna o mi estrella no la hubiera salvado. Quiso ésta que de enemigo
-se convirtiese en esclavo mío. Enamoróse de mí en una conversación que
-tuvo conmigo con motivo de nuestro pleito. Confieso que de mi parte
-hice cuanto pude para inspirarle amor, obligándome el deseo de salvar
-mi posesión a probar con él todos aquellos artificios que me habían
-salido tan bien en tantas ocasiones. Verdad es que con toda mi destreza
-creía no poder enganchar al procurador, tan embebecido en su oficio
-que parecía incapaz de admitir ninguna impresión amorosa. Con todo,
-aquel socarrón, aquel marrajo, aquel empuerca-papel me miraba con mayor
-complacencia de la que yo pensaba. «Señora--me dijo un día--, yo no
-entiendo de enamorar; dedicado siempre a mi profesión, nunca he cuidado
-de aprender las reglas, los usos ni los diferentes modos de galantear.
-Sin embargo de eso, no ignoro lo esencial, y para ahorrar palabras
-sólo diré que si usted quiere casarse conmigo quemaremos al instante
-el proceso y alejaré a los demás acreedores que se han reunido conmigo
-para hacer vender su hacienda; usted será dueña del usufructo y su hija
-de la propiedad.» El interés de Beatriz y el mío no me dejaron vacilar
-ni un solo punto. Acepté al instante la proposición. El procurador
-cumplió su palabra: volvió sus armas contra los otros acreedores y
-aseguróme en la posesión de mi quinta. Quizá fué ésta la primera vez
-que supo servir bien a la viuda y al huérfano.
-
-»Llegué, pues, a verme procuradora, sin dejar por eso de ser señora
-de aldea, aunque este matrimonio me perdió en el concepto de la
-nobleza valenciana. Las señoras de la primera distinción me miraron
-como a una mujer que se había envilecido y no quisieron visitarme
-más. Vime precisada a tratar solamente con las aldeanas o con señoras
-de medio pelo. No dejó de causarme esto alguna pena, porque me había
-acostumbrado por espacio de seis años a tratarme únicamente con
-personas de carácter. Verdad es que tardé poco en consolarme, porque
-tomé conocimiento con una escribana y dos procuradoras, cada una
-de un carácter muy digno de risa. Yo me divertía infinito de ver su
-ridiculez. Estas medio señoras se tenían por personas ilustres. Pensaba
-yo que solamente las comediantas eran las que no se conocían a sí
-mismas, mas veo que ésta es una flaqueza universal. Cada uno cree que
-es más que su vecino. En este particular, toco ahora que tan locas
-son las hidalgas de aldea como las damas de teatro. Para castigarlas,
-quisiera yo que se las obligase a conservar en sus casas los retratos
-de sus abuelos, y apuesto cualquiera cosa a que no los colocarían en
-los sitios más visibles.
-
-»A los cuatro años de matrimonio cayó enfermo el señor Astuto, y murió
-sin haberme quedado hijos de él. Añadiéndose lo que él me dejó a lo
-que yo poseía, me hallé una viuda rica, y por tal me tenían. En virtud
-de esta fama, comenzó a obsequiarme un caballero siciliano, llamado
-Colifichini, resuelto a ser mi amante para arruinarme o ser desde luego
-mi marido, dejando a mi arbitrio la elección. Había venido de Palermo
-para ver la España, y después de haber satisfecho su curiosidad,
-estaba en Valencia esperando, según decía, ocasión de embarcarse para
-restituirse a Sicilia. Tenía veinticinco años; era, aunque pequeño
-de cuerpo, bien plantado, y, en fin, me agradaba su figura. Halló
-modo de hablarme a solas, y--te confieso la verdad--desde la primera
-conversación quedé loca perdida por él. No quedó él menos enamorado
-de mí, y creo--¡Dios me lo perdone!--que en aquel mismo punto nos
-hubiéramos casado si la muerte del procurador, que aun estaba muy
-reciente, me hubiera permitido hacer tan presto otra boda, porque
-desde que comencé a tomar inclinación a los matrimonios respetaba los
-estímulos del mundo.
-
-»Convinimos, pues, en dilatar un poco nuestro casamiento por el bien
-parecer. Mientras tanto, Colifichini proseguía obsequiándome, y lejos
-de entibiarse en su amor se mostraba más vehemente cada día. El pobre
-mozo no estaba sobrado de dinero; conocílo y procuré que nunca le
-faltase. Además de que mi edad era doble de la suya, me acordaba de
-haber hecho contribuir a los hombres en la flor de mis años y miraba lo
-que daba como una especie de restitución en descargo de mi conciencia.
-Estuvimos esperando con la mayor paciencia que nos fué posible a que
-pasase el tiempo que prescribe a las viudas el ceremonial del respeto
-humano para pasar a otras nupcias. Apenas llegó, cuando fuimos a la
-iglesia a unirnos con aquel estrecho lazo que sólo puede desatar la
-muerte. Retirámonos después a mi quinta, donde puedo decir que vivimos
-dos años, menos como esposos que como dos tiernos amantes. Pero, ¡ay,
-que no nos habíamos unido para que nuestra dicha fuese duradera! Al
-cabo de esto breve tiempo, un dolor de costado me privó de mi adorado
-Colifichini.»
-
-»Aquí no pude menos de interrumpir a mi madre diciéndole: «Pues qué,
-señora, ¿también murió vuestro tercer marido? Sin duda sois una plaza
-que sólo puede tomarse a costa de la vida de sus conquistadores.»
-«Hijo mío, ¡cómo ha de ser!--me respondió ella--. ¿Por ventura puedo
-yo alargar los días que el Cielo tiene contados? Si he perdido tres
-maridos, ¿cómo lo he de remediar? A dos los lloré mucho; el que menos
-lágrimas me costó fué el procurador. Como me casé con él puramente
-por el interés, tardé poco en consolarme de su muerte. Pero volviendo
-a Colifichini, te diré que algunos meses después de muerto, deseando
-yo ver una casa de campo junto a Palermo, que me había señalado para
-mi viudedad en nuestro contrato matrimonial, y tomar posesión de ella
-personalmente, me embarqué para Sicilia con mi hija Beatriz; pero
-en el viaje fuimos apresadas por los corsarios del bajá de Argel.
-Condujéronnos a esta ciudad, y por fortuna nuestra te encontraste en la
-plaza donde estábamos puestas en venta. A no ser esto, hubiéramos caído
-en manos de un amo despiadado, que nos hubiera maltratado y bajo cuya
-dura esclavitud quizá habríamos gemido toda la vida sin que tú hubieses
-oído hablar nunca de nosotras.»
-
-»Tal fué, señores, la relación que mi madre me hizo. Coloquéla después
-en el mejor cuarto de mi casa, con la libertad de vivir como mejor
-le pareciese, cosa que fué muy de su gusto. Habíase arraigado tanto
-en ella el hábito de amar, en virtud de tan repetidos actos, que no
-le era posible estar sin un amante o sin un marido. Anduvo vagueando
-por algún tiempo, poniendo los ojos en algunos de mis esclavos, hasta
-que finalmente llamó toda su atención Haly Pegelín, renegado griego
-que frecuentaba mi casa. Inspiróle éste un amor mucho más vivo que
-el que había tenido a Colifichini, y era tan diestra en agradar a los
-hombres que halló el secreto de encantar también a éste. Aunque conocí
-desde luego que obraban de acuerdo los dos, me di por desentendido de
-su trato, pensando sólo en el modo de restituirme a España. Habíame
-dado licencia el bajá para armar una embarcación, a fin de ir en corso
-a ejercitar la piratería. Ocupábame enteramente el cuidado de este
-armamento, y ocho días antes que se acabase dije a Lucinda: «Madre,
-presto saldremos de Argel y dejaremos para siempre un lugar que tanto
-aborrecéis.»
-
-»Mudósele el color al oír estas palabras y guardó un profundo
-silencio. Sorprendióme esto extrañamente y le dije admirado: «¿Qué es
-esto, señora? ¿Qué novedad veo en vuestro semblante? Parece que os
-aflijo en vez de causaros alegría. Creía daros una noticia agradable
-participándoos que todo lo tengo dispuesto para nuestro viaje. ¿No
-desearíais acaso restituiros a España?» «No, hijo mío--me respondió--,
-confieso que ya no lo deseo. Tuve allí tantos disgustos, que he
-renunciado a ella para siempre.» «¡Qué es lo que oigo!--exclamé
-penetrado de dolor--. ¡Ah señora! ¡Decid más bien que el amor es
-quien os hace odiosa vuestra patria! ¡Santos Cielos y qué mudanza!
-Cuando llegasteis a esta ciudad, todo cuanto se os ponía delante os
-causaba horror; pero Haly Pegelín os hace mirar las cosas con otros
-ojos.» «No lo niego--respondió Lucinda--; es cierto que amo a este
-renegado y quiero que sea mi cuarto marido.» «¿Qué proyecto es el
-vuestro?--interrumpí todo horrorizado--. ¡Vos casaros con un musulmán!
-Sin duda habéis olvidado que sois cristiana, o, por mejor decir,
-solamente lo habéis sido hasta aquí de puro nombre. ¡Ah madre mía, y
-qué de cosas estoy viendo ya! ¡Habéis resuelto perderos para siempre
-porque vais a hacer por vuestro gusto lo que yo no hice sino por
-necesidad!»
-
-»Otras muchas cosas le dije para disuadirla de aquel intento, pero fué
-predicar en desierto, porque se había cerrado en ello. No contenta con
-dejarse arrastrar de su mala inclinación, dejándome a mí por entregarse
-a un renegado, quiso llevarse consigo a Beatriz; pero a esto me opuse
-fuertemente. ¡Ah infeliz Lucinda!--le dije--. ¡Si nada es capaz de
-conteneros, a lo menos abandonaos sola al furor que os posee y no
-queráis conducir a una inocente al precipicio en que os apresuráis a
-caer!» Lucinda se marchó sin replicar, quizá por algún vislumbre de
-luz que por entonces rayó en ella y le impidió obstinarse en pedir su
-hija. Así lo creía yo, pero conocía muy mal a mi madre. Uno de mis
-esclavos me dijo dos días después: «Señor, mirad por vos. Un cautivo
-de Pegelín acaba de confiarme un secreto que no debo ocultaros, para
-que no perdáis tiempo en aprovecharos de él. Vuestra madre ha mudado
-de religión, y para vengarse de vos por haberle negado su hija está
-determinada a dar parte al bajá de vuestra próxima fuga.» No tuve la
-menor duda de que Lucinda era capaz de hacer todo lo que mi esclavo
-me avisaba. Habíala yo estudiado mucho y estaba persuadido de que,
-a fuerza de representar papeles trágicos en el teatro, se había
-familiarizado tanto con el crimen que muy bien me hubiera hecho quemar
-vivo, y no le conmovería más mi muerte que si viese representada en una
-tragedia esta catástrofe sangrienta.
-
-»Por tanto, no quise despreciar el aviso que me dió el esclavo.
-Apresuré cuanto pude las prevenciones del embarco y tomé, según
-costumbre de los corsarios argelinos que van a corso, algunos turcos
-conmigo, pero solamente los que eran necesarios para no hacerme
-sospechoso, y salí del puerto con todos mis esclavos y mi hermana
-Beatriz. Ya se persuadirán ustedes de que no me olvidaría de llevar
-al mismo tiempo todo el dinero y alhajas que había en mi casa y
-podía importar hasta unos seis mil ducados. Luego que nos vimos en
-plena mar, lo primero que hicimos fué asegurarnos de los turcos, a
-quienes encadenamos fácilmente, por ser mucho mayor el número de
-mis esclavos. Tuvimos un viento tan favorable que en poco tiempo
-arribamos a las costas de Italia; entramos en el puerto de Liorna con
-la mayor facilidad, y toda la ciudad, a lo que creo, acudió a nuestro
-desembarco. Entre los que concurrieron a él estaba por casualidad o
-por curiosidad el padre de mi esclavo Azarini. Miraba atentamente a
-todos mis cautivos conforme iban desembarcando; y aunque en cada uno
-de ellos deseaba ver las facciones de su hijo, ninguna esperanza tenía
-de encontrarlas. Pero ¡qué júbilo, qué abrazos se dieron padre e hijo
-después de haberse reconocido! Luego que Azarini le informó de quién
-era yo y del motivo que me llevaba a Liorna, me obligó el buen viejo
-a que fuese a alojarme a su casa, juntamente con mi hermana Beatriz.
-Pasaré en silencio la menuda relación de mil cosas que me fué preciso
-practicar para volver a reconciliarme con el gremio de la Iglesia, y
-sólo diré que abjuré el mahometismo con mucha mayor fe que le había
-abrazado. Purguéme enteramente del humor mahometano, vendí mi bajel
-y di libertad a todos los esclavos. Por lo que toca a los turcos, se
-los aseguró en las cárceles de Liorna para canjearlos a su tiempo por
-otros tantos cristianos. Los dos Azarinis, padre e hijo, usaron conmigo
-de todo género de atenciones. El hijo se casó con mi hermana Beatriz,
-partido que a la verdad no dejaba de ser ventajoso para él, porque al
-cabo era hija de un caballero y heredera de la hacienda de Jérica, cuya
-administración había dejado mi madre a cargo de un rico labrador de
-Paterna cuando resolvió pasar a Sicilia.
-
-»Después de haberme detenido en Liorna algún tiempo, marché a
-Florencia, deseoso de ver aquella ciudad. Llevé conmigo algunas cartas
-de recomendación que el viejo Azarini me dió para algunos amigos suyos
-en la corte del gran duque, a quienes me recomendaba como un caballero
-español pariente suyo. Yo añadí el don a mi nombre de bautismo, a
-imitación de no pocos paisanos míos plebeyos, que sin tenerlo y por
-honrarse se lo ponen a sí mismos en los países extranjeros. Hacíame,
-pues, llamar con descaro don Rafael, y como había traído de Argel lo
-que bastaba para sostener dignamente esta nobleza, me presenté en la
-Corte con brillantez. Los caballeros a quienes me había recomendado
-Azarini publicaban en todas partes que yo era un sujeto de distinción,
-y como no lo desmentían los modales caballerescos, que había estudiado
-bien, era generalmente tenido por persona de importancia.
-
-»Supe introducirme muy presto con los primeros señores de la Corte,
-los cuales me presentaron al gran duque, y tuve la fortuna de caerle
-en gracia. Dediquéme a hacerle la corte y a estudiarle el genio. Oía
-para esto con atención lo que decían de él los cortesanos más viejos
-y experimentados. Observé, entre otras cosas, que le gustaban mucho
-los cuentos graciosos traídos con oportunidad y los dichos agudos.
-Esto me sirvió de regla, y todas las mañanas escribía en mi libro de
-memoria los cuentos que quería contarle durante el día. Sabía tan gran
-número de ellos, que parecía tener un saco lleno, y aunque procuré
-gastarlos con economía, poco a poco se fué apurando el caudal, de
-suerte que me hubiera visto precisado a repetirlos o a hacer ver que
-había concluído mis apotegmas, si mi talento, fecundo en invenciones,
-no me hubiese socorrido con abundancia, de manera que yo mismo compuse
-cuentos galantes o cómicos que divirtieron mucho al gran duque, y, lo
-que sucede muchas veces a los ingeniosos y agudos de profesión, por la
-mañana apuntaba en mi libro de memoria las agudezas que había de decir
-por la tarde, vendiéndolas como ocurridas de repente.
-
-»Metíme también a poeta y consagré mi musa a las alabanzas del
-príncipe. Confieso de buena fe que mis versos no valían mucho, y por
-eso nadie los criticó; pero aun cuando hubieran sido mejores, dudo
-que el duque los hubiera celebrado más; el hecho es que le agradaban
-infinito, lo que quizá dependería de los asuntos que yo elegía. Fuese
-por lo que quisiese, aquel príncipe estaba tan pagado de mí que llegué
-a causar celos a los cortesanos. Estos quisieron averiguar quién era
-yo, pero no lo consiguieron, y sólo llegaron a descubrir que había sido
-renegado. No dejaron de ponerlo en noticia del príncipe, con esperanza
-de desbancarme; pero, lejos de salir con la suya, este chisme sirvió
-únicamente para que el gran duque me obligase un día a que le hiciese
-una fiel relación de mi cautiverio en Argel. Obedecíle, y mis aventuras
-le divirtieron infinito.
-
-»Luego que la acabé, me dijo: «Don Rafael, yo te estimo mucho y quiero
-darte de ello una prueba tal que no te deje género de duda. Voy a
-hacerte depositario de mis secretos, y para ponerte desde luego en
-posesión de confidente mío, te digo que amo con pasión a la mujer de
-uno de mis ministros. Es la señora más linda de mi corte, pero al mismo
-tiempo la más virtuosa. Ocupada enteramente en el gobierno de su casa,
-y del todo entregada al amor de un marido que la idolatra, parece
-que ella sola ignora lo celebrada que es en Florencia su hermosura.
-Por aquí conocerás la dificultad de conquistar su corazón. En medio
-de eso, esta deidad, inaccesible a los amantes, alguna vez me ha oído
-suspirar por ella; he hallado medios de hablarle a solas; conoce
-mis sentimientos interiores, mas no por eso me lisonjeo de haberle
-inspirado amor, no habiéndome dado ningún motivo para formarme una
-idea tan lisonjera. Sin embargo, no desconfío de que llegue a serle
-grata mi constancia y la misteriosa conducta que observo. La pasión
-que abrigo en mi pecho a esta dama, ella sola la conoce. En vez de
-dejarme llevar de mi inclinación sin reparo alguno, abusando del poder
-y autoridad de soberano, mi mayor cuidado es ocultar a todo el mundo
-el conocimiento de mi amor. Paréceme deber esta atención a Mascarini,
-que es el esposo de la que amo. El desinterés y celo con que me sirve,
-sus servicios y su probidad me obligan a proceder con el mayor secreto
-y circunspección. No quiero clavar un puñal en el pecho de este marido
-infeliz declarándome amante de su mujer. Quisiera que ignorase siempre,
-si posible fuera, el fuego que me abrasa, porque estoy persuadido de
-que moriría de pena si llegase a saber lo que ahora te confío. Por esto
-le oculto todos los pasos que doy y he pensado valerme de ti para que
-manifiestes a Lucrecia lo mucho que me hace padecer la violencia a que
-me condeno yo mismo; tú serás el que le declares mis amorosos afectos,
-no dudando que desempeñarás muy bien este delicado encargo. Traba
-conversación con Mascarini, procura granjear su amistad, introdúcete en
-su casa y logra la libertad de hablar a su mujer. Esto es lo que espero
-de ti y lo que estoy seguro harás con toda la destreza y discreción que
-pide un encargo tan delicado.»
-
-»Habiendo prometido al gran duque hacer todo lo posible para
-corresponder a su confianza y contribuir a la satisfacción de sus
-deseos, cumplí presto mi palabra. Nada omití para adquirir la amistad
-de Mascarini, lo que me costó poco trabajo. Sumamente pagado de que
-solicitase su amistad un cortesano tan bienquisto del príncipe, me
-ahorró la mitad del camino. Franqueóme su casa, tuve libre la entrada
-en el cuarto de su mujer, y me atreveré a decir que, en vista de mi
-cauto proceder, no tuvo la menor sospecha de la negociación de que
-estaba encargado. Es verdad que como era poco celoso, aunque italiano,
-se fiaba en la virtud de su esposa, y, encerrándose en su despacho, me
-dejaba muchos ratos solo con Lucrecia. Dejando desde luego a un lado
-los rodeos, le hablé del amor del gran duque y le declaré que yo iba
-a su casa precisamente a tratar de este asunto. Parecióme que no le
-tenía grande inclinación, pero al mismo tiempo conocí que la vanidad le
-hacía oír con gusto su pretensión y se complacía en oírla sin querer
-corresponder a ella. Era verdaderamente mujer juiciosa y muy prudente,
-pero al fin era mujer, y advertí que su virtud iba insensiblemente
-rindiéndose a la lisonjera idea de tener aprisionado a un soberano. En
-conclusión, el príncipe podía con fundamento esperar que, sin renovar
-la violencia de Tarquino, vería a esta Lucrecia esclava de su amor. Sin
-embargo, un lance impensado desvaneció sus esperanzas, como ahora oirán
-ustedes.
-
-»Soy naturalmente atrevido con las mujeres, costumbre que contraje
-entre los turcos. Lucrecia era hermosa, y olvidándome de que con
-ella solamente debía hacer el papel de negociador, le hablé por mí
-en lugar de hablarle por el gran duque. Ofrecíle mis obsequios lo
-más cortésmente que pude, y en vez de ofenderse de mi osadía y de
-responderme con enfado, me dijo sonriéndose: «Confesad, don Rafael, que
-el gran duque ha tenido grande acierto en elegir un agente muy fiel y
-muy celoso, pues le servís con una lealtad que no hay palabras para
-encarecerla.» «Señora--le respondí en el mismo tono--, las cosas no se
-han de examina con tanto escrúpulo. Suplícoos que dejemos a un lado las
-reflexiones, que conozco no me favorecen mucho; yo solamente sigo lo
-que me dicta el corazón. Sobre todo, no creo ser el primer confidente
-de un príncipe que en punto a galanteo ha sido traidor a su amo. Es
-cosa muy frecuente en los grandes señores hallar en sus Mercurios unos
-rivales peligrosos.» «Bien puede ser así--replicó Lucrecia--; pero yo
-soy altiva y sólo un príncipe sería capaz de mover mi inclinación.
-Arreglaos por este principio--prosiguió ella, volviendo a revestirse de
-su natural seriedad--y mudemos de conversación. Quiero olvidar lo que
-me acabáis de decir, con la condición de que jamás os suceda volver a
-tocar semejante asunto, pues de lo contrario podréis arrepentiros.»
-
-»Aunque éste era un _aviso al lector_ de que yo debiera haberme
-aprovechado, proseguí, no obstante, en hablar de mi pasión a la mujer
-de Mascarini, y aun la importuné con más eficacia que antes a que
-correspondiese a mi cariño, llevando a tal extremo mi temeridad que
-quise tomarme algunas libertades. Ofendida entonces la dama de mis
-expresiones y de mis modales musulmanes, se llenó de cólera contra mí,
-amenazándome de que no tardaría el gran duque en saber mi insolencia
-y que le suplicaría me castigase como merecía. Díme yo también por
-ofendido de sus amenazas, y, convirtiéndose en odio mi amor, determiné
-tomar venganza del desprecio con que me había tratado. Fuíme a ver con
-su marido, y, después de haberle hecho jurar que no me descubriría, le
-informé de la inteligencia que reinaba entre su mujer y el príncipe,
-pintándola muy enamorada para dar más interés a la relación. Lo primero
-que hizo el ministro, para precaver todo accidente, fué encerrar sin
-más ceremonia en un cuarto reservado a su esposa, encargando a personas
-de toda confianza la custodiasen estrechamente. Mientras ella estaba
-cercada de vigilantes Argos que la observaban y no dejaban camino
-alguno por donde pudiesen llegar al gran duque noticias suyas, yo me
-presenté a este príncipe con rostro triste y le dije que no debía
-pensar más en Lucrecia, porque Mascarini sin duda había descubierto
-todo nuestro enredo, puesto que había comenzado a guardar a su mujer;
-que yo no sabía por dónde pudiese haber entrado en sospechas de mí,
-pues siempre había yo usado del mayor disimulo y maña; que quizá la
-misma Lucrecia habría informado de todo a su esposo y, de acuerdo con
-él, se habría dejado encerrar para librarse de solicitaciones que
-ponían en sobresalto su virtud. Mostróse el príncipe muy afligido de
-oírme; entonces me compadeció mucho su sentimiento, y más de una vez me
-pesó de lo que había dicho, pero ya no tenía remedio. Por otra parte,
-confieso que experimentaba un maligno placer cuando consideraba el
-estado a que había reducido a una mujer orgullosa que había despreciado
-mis suspiros.
-
-»Yo gozaba impunemente del placer de la venganza, cuando un día,
-estando en presencia del gran duque con cinco o seis señores de su
-corte, nos preguntó a todos: «¿Qué castigo os parece merecería un
-hombre que hubiese abusado de la confianza de su príncipe e intentado
-robarle su dama?» «Merecería--respondió uno de los cortesanos--ser
-descuartizado vivo.» Otro opinó que debía ser apaleado hasta que
-expirase; el menos cruel de estos italianos, y el que se mostró más
-favorable al delincuente, dijo que él se contentaría con hacerle
-arrojar de lo alto de una torre. «Y don Rafael--replicó entonces el
-gran duque--, ¿de qué parecer es? Porque estoy persuadido de que
-los españoles no son menos severos que los italianos en semejantes
-ocasiones.»
-
-»Conocí bien, como se puede discurrir, que Mascarini había violado
-su juramento o que su mujer había hallado medio de informar al gran
-duque de cuanto había pasado entre los dos. En mi rostro se echaba de
-ver la turbación que me agitaba; pero a pesar de ella respondí con
-entereza al gran duque: «Señor, los españoles son más generosos. En
-igual lance, perdonarían al confidente, y con este rasgo de bondad
-producirían en su alma un eterno arrepentimiento de haberle sido
-traidor.» «Pues bien--me dijo el duque--: yo me contemplo capaz de esa
-generosidad y perdono al traidor, reconociendo que sólo debo culparme a
-mí mismo por haberme fiado de un hombre a quien no conocía y de quien
-tenía motivos de desconfiar en razón de lo que me habían contado de
-él. Don Rafael--añadió--, la venganza que tomo de vos es que salgáis
-inmediatamente de todos mis Estados y no volváis a poneros en mi
-presencia.» Retiréme en el mismo punto, menos afligido de mi desgracia
-que gozoso de haber escapado de este apuro a tan poca costa. Al día
-siguiente me embarqué en un buque catalán que salió del puerto de
-Liorna para Barcelona.»
-
-Cuando llegó don Rafael a este punto de su historia, no me pude
-contener en decirle: «Para un hombre tan advertido como sois, me parece
-fué grande error no haber salido de Florencia así que descubristeis
-a Mascarini el amor del príncipe hacia Lucrecia. Debíais tener por
-cierto que tardaría poco el gran duque en saber vuestra traición.»
-«Convengo en ello--respondió el hijo de Lucinda--, y por lo mismo
-había pensado huir cuanto antes, a pesar del juramento que me hizo
-el ministro de no exponerme al resentimiento del príncipe. Llegué
-a Barcelona--continuó--con lo que me había quedado de las riquezas
-que traje de Argel, cuya mayor parte había disipado en Florencia por
-ostentar que era un caballero español. No me detuve largo tiempo en
-Cataluña. Reventaba por volverme cuanto antes a Madrid, encantado lugar
-de mi nacimiento, y satisfice mis ansiosos deseos lo más presto que
-me fué posible. Luego que llegué a la corte, me apeé por casualidad
-en una de las posadas de caballeros, en donde vivía una dama llamada
-Camila, que, aunque había salido ya de la menor edad, era una mujer
-muy salada; testigo, el señor Gil Blas, que por aquel mismo tiempo,
-poco más o menos, la vió en Valladolid. Aun era más discreta que
-hermosa, y ninguna aventurera tuvo mayor talento para traer la pesca a
-sus redes; pero no se parecía a aquellas ninfas que se aprovechan del
-agradecimiento de sus galanes. Si acababa de despojar a algún mayordomo
-de un gran señor, inmediatamente repartía los despojos con el primer
-caballero mendicante que fuese de su gusto.
-
-»Apenas nos vimos los dos cuando nos amamos, y la conformidad de
-nuestras inclinaciones nos unió tan estrechamente que presto pasó
-a hacer comunes nuestros bienes. A la verdad, no eran éstos muy
-considerables, y así, los comimos en poco tiempo. Por nuestra
-desgracia, sólo pensábamos uno y otro en agradarnos, sin valemos
-de las disposiciones que ambos teníamos para vivir a costa ajena.
-La miseria, en fin, despertó nuestro ingenio, que el placer tenía
-aletargado. «Querido Rafael--me dijo un día Camila--, pongamos treguas
-a nuestro amor; dejemos de guardarnos una fidelidad que nos arruina. Tú
-puedes embobar a alguna viuda rica y yo pescar a algún viejo poderoso.
-Si proseguimos siéndonos fieles uno a otro, ve ahí dos fortunas
-perdidas.» «Hermosa Camila--respondí yo prontamente--, me ganas por la
-mano, pues iba a hacerte la misma propuesta; vengo en ello, reina mía.
-Sí, por cierto; para la mejor conservación de nuestro amor es menester
-intentar conquistas útiles. Nuestras infidelidades serán triunfos para
-entrambos.»
-
-»Ajustado este tratado, salimos a campaña. Al principio, por más
-diligencias que hicimos, no pudimos encontrar lo que buscábamos. A
-Camila solamente se le presentaban pisaverdes, es decir, amantes que
-no tienen un cuarto, y a mí sólo se me ofrecían aquellas mujeres que
-más quieren imponer contribuciones que pagarlas. Como el amor se negaba
-a socorrer nuestras necesidades, apelamos a enredos y bellaquerías.
-Hicimos tantos y tantas, que el corregidor llegó a saberlas, y
-este juez, en extremo severo, dió orden a un alguacil para que nos
-prendiese; pero éste, que era tan bueno como taimado el corregidor, nos
-hizo espaldas para que saliésemos de Madrid, mediante una propineja que
-le dimos. Tomamos el camino de Valladolid e hicimos pie en aquella
-ciudad. Alquilé una casa, donde me alojé con Camila, que por evitar
-el escándalo pasaba por hermana mía. Al principio nos contuvimos en
-ejercer nuestra habilidad, y comenzamos a tantear y conocer bien el
-terreno antes de acometer ninguna empresa.
-
-»Un día se llegó a mí en la calle un hombre y, saludándome muy
-cortésmente, me dijo: «Señor don Rafael, ¿no me conoce usted?»
-Respondíle que no. «Pues yo--me replicó--conozco a usted mucho, por
-haberle visto en la Corte de Toscana, donde servía yo en las guardias
-del gran duque. Pocos meses ha que dejé el servicio de aquel príncipe,
-y me vine a España con un italiano de los más astutos. Estamos en
-Valladolid tres semanas ha y vivimos en compañía de un castellano y de
-un gallego, mozos los dos seguramente muy honrados, y nos mantenemos
-todos con el trabajo de nuestras manos. Lo pasamos opíparamente y nos
-divertimos como unos príncipes. Si usted quiere agregarse a nosotros,
-será muy bien recibido de mis compañeros, porque siempre le he tenido
-a usted por un hombre muy de bien, naturalmente poco escrupuloso y
-caballero profeso en nuestra orden.»
-
-»La franqueza con que me habló aquel bribón me estimuló a responderle
-del mismo modo. «Ya que te has franqueado conmigo con tanta
-sinceridad--le respondí--, quiero hablarte con la misma. Es verdad que
-no soy novicio en vuestra profesión, y si la modestia me permitiera
-referirte mis proezas, verías que no me has hecho demasiada merced en
-tu ventajoso concepto. Pero dejando a un lado alabanzas propias, me
-contentaré con decirte, admitiendo la plaza que me ofreces en vuestra
-compañía, que no perdonaré diligencia alguna para haceros conocer que
-no la desmerezco.» Apenas dije a aquel ambidextro que consentía en
-aumentar el número de sus camaradas, cuando me condujo a donde éstos
-estaban, y desde el mismo punto me dió a conocer a todos. Allí fué
-donde vi por primera vez al ilustre Ambrosio de Lamela. Examináronme
-aquellos señores sobre el arte de apropiarse sutilmente de lo ajeno.
-Quisieron saber si tenía principios de la facultad, y descubríles
-tantas tretas nuevas para ellos que se quedaron admirados; pero mucho
-más se pasmaron cuando, despreciando yo la sutileza de mis manos como
-una cosa muy ordinaria, les aseguré que en lo que yo me aventajaba era
-en golpes magistrales de hurtar que pedían ingenio, y para persuadirlos
-que era verdad les conté la aventura de Jerónimo de Miajadas, y bastó
-la sencilla relación de aquel suceso para que me reconociesen por un
-talento superior y todos a una me nombrasen por jefe suyo. Tardé poco
-en acreditar el acierto de su elección en una multitud de bribonerías
-que hicimos, de todas las cuales fuí yo, por decirlo así, la llave
-maestra. Cuando necesitábamos alguna actriz para forjar mejor algún
-enredo, echábamos mano de Camila, que representaba con primor cuantos
-papeles se le encargaban.
-
-«Dióle por aquel tiempo a nuestro cofrade Ambrosio la tentación de ir a
-su país, y, con efecto, marchó a Galicia, asegurándonos de su vuelta.
-Después que satisfizo sus deseos, volvió por Burgos, sin duda para dar
-algún golpe de maestro, en donde un mesonero conocido suyo le acomodó
-con el señor Gil Blas de Santillana, de cuyos asuntos le informó muy
-bien. Usted, señor Gil Blas--prosiguió, dirigiéndome la palabra--, se
-acordará, sin duda, del modo con que le desvalijamos en la posada de
-caballeros de Valladolid. Tengo por cierto que desde luego sospechó
-usted que su criado Ambrosio había sido el principal instrumento de
-aquel robo, y en verdad que le sobró la razón para sospecharlo. Luego
-que llegó a Valladolid, vino en busca nuestra, enterónos de todo, y
-la gavilla se encargó de lo demás; pero no sabrá usted las resultas
-de aquel pasaje y quiero informarle de ellas. Ambrosio y yo cargamos
-con la valija y, montados en vuestras mulas, tomamos el camino de
-Madrid, sin contar con Camila ni con los demás camaradas, los cuales se
-admirarían tanto como vos de ver que no parecíamos al día siguiente.
-
-»A la segunda jornada mudamos de pensamiento: en vez de ir a Madrid, de
-donde no había salido sin motivo, pasamos por Cebreros y continuamos
-nuestro camino hasta Toledo. Lo primero que hicimos en aquella
-ciudad fué vestirnos muy decentemente, y luego, vendiéndonos por
-dos hermanos gallegos que viajaban por curiosidad, en poco tiempo
-hicimos conocimiento con mucha gente de distinción. Estaba yo tan
-acostumbrado a los modales cortesanos y caballerescos que fácilmente
-se engañaron cuantos me vieron y trataron. A esto se añadía que como
-en un país desconocido la calidad de los forasteros regularmente se
-mide por el gasto que hacen y por el lucimiento con que se portan,
-ofuscábamos a todos con magníficos festines que empezamos a dar a
-las damas. Entre las que yo visitaba encontré con una que me gustó,
-pareciéndome más linda y joven que Camila. Quise saber quién era, y
-me dijeron se llamaba Violante, mujer de un caballero que, cansado ya
-de sus caricias, galanteaba a una cortesana que se había apoderado de
-su corazón. No necesité saber más para determinarme a hacer a doña
-Violante dueña soberana de todos mis pensamientos.
-
-»Tardó poco ella misma en conocer la adquisición que había hecho.
-Comencé a seguirla a todas partes y a hacer mil locuras para
-persuadirla de que no aspiraba yo a otra cosa que a consolarla de las
-infidelidades de su marido. Pensó un tanto sobre esto, y al cabo tuve
-el gusto de conocer que aprobaba mis intenciones. Recibí, en fin, un
-billete de ella en respuesta a muchos que yo le había escrito por medio
-de una de aquellas viejas que en España e Italia son tan cómodas.
-Decíame la dama en el tal billete que su marido cenaba todas las
-noches en casa de su amiga y que hasta muy tarde no volvía a la suya.
-Desde luego comprendí lo que me quería decir con esto. Aquella misma
-noche fuí a hablar por la reja con doña Violante y tuve con ella una
-conversación de las más tiernas. Antes de separamos quedamos de acuerdo
-en que todas las noches a la misma hora nos hablaríamos en el propio
-sitio, sin perjuicio de las demás galanterías que nos fuese permitido
-practicar por el día.
-
-»Hasta entonces don Baltasar--que así se llamaba el marido de
-Violante--podía darse por bien servido; pero siendo otros mis deseos,
-fuí una noche al sitio consabido con ánimo de decirle que ya no podía
-vivir si no lograba hablarle a solas en un lugar más conveniente al
-exceso de mi amor, fineza que aun no había podido conseguir de ella.
-Apenas llegué cerca de la reja, cuando vi venir por la calle a un
-hombre, el cual conocí que me observaba. Con efecto, era el marido de
-doña Violante, que aquella noche se retiraba a casa algo temprano, y
-viendo parado allí a un hombre, comenzó él mismo a pasearse por la
-calle. Dudé algún tiempo lo que debía hacer; pero al fin me determiné
-a llegarme a don Baltasar, sin conocerle ni que él me conociese a mí,
-y le dije: «Caballero, suplico a usted que por esta noche me deje
-libre la calle, que en otra ocasión le serviré yo a usted.» «Señor--me
-respondió--, la misma súplica iba yo a hacerle a usted. Yo cortejo a
-una señorita que vive a veinte pasos de aquí, a la cual un hermano
-suyo hace guardar con la mayor vigilancia, por lo que quisiera ver
-desocupada del todo la calle.» «Espere usted--repliqué--, que ahora
-me ocurre un modo para que ambos quedemos servidos sin incomodarnos,
-porque la dama que yo cortejo vive en esta casa--mostrándole la
-propia suya--. Usted puede divertirse en la otra mientras yo me
-divierto en ésta y hacernos espaldas los dos si alguno de nosotros
-fuere acometido.» «Convengo en ello--repuso él--; voy a ocupar mi
-sitio, usted quédese en el suyo y socorrámonos mutuamente en caso de
-necesidad.» Diciendo esto, se apartó de mí, pero fué para observarme
-mejor, lo que podía hacer sin riesgo, porque la noche estaba obscura.
-
-»Acercándome entonces sin recelo a la reja de Violante, no tardó ésta
-en venir y comenzamos a hablar. No me olvidé de instar a mi reina
-para que me concediese una audiencia privada en sitio reservado.
-Resistióse un poco a mis ruegos para hacer más apreciable el favor;
-pero después, echándome un papel que ya traía prevenido en el bolsillo,
-«Ahí va--me dijo--lo que deseáis, y veréis bien despachadas vuestras
-súplicas.» Al decir esto se retiró, por cuanto iba ya viniendo la
-hora en que acostumbraba a recogerse a casa su marido; pero éste, que
-había conocido muy bien ser su mujer el ídolo a quien yo sacrificaba,
-me salió al encuentro y, con un fingido gozo, me preguntó: «Y bien,
-caballero, ¿está usted contento de su buena fortuna?» «Tengo motivos
-para estarlo--le respondí--; y a usted ¿cómo le fué con la suya?
-¿Mostrósele el amor risueño y favorable?» «¡Oh, no!--me respondió con
-despecho--. ¡El maldito hermano de mi querida volvió de su casa de
-campo un día antes de lo que habíamos pensado, y este contratiempo ha
-aguado el contento con que yo me había lisonjeado!»
-
-»Hicímonos don Baltasar y yo recíprocas protestas de amistad y nos
-citamos para vernos en la plaza Mayor la mañana siguiente. Después
-que nos separamos, se fué don Baltasar derecho a su casa, donde no
-mostró a su mujer el menor indicio de las noticias que tenía de ella,
-y al otro día acudió a la plaza, según lo acordado, y de allí a un
-momento llegué yo. Saludámonos con vivas demostraciones de amistad, tan
-alevosas por su parte como sinceras por la mía. Hízome el artificioso
-don Baltasar una falsa confianza de sus lances amorosos con la dama de
-quien me había hablado la noche anterior. Contóme una larga fábula que
-había forjado, todo con el siniestro fin de obligarme a corresponderle
-contándole yo el modo con que había hecho conocimiento con Violante.
-Caí incautamente en el lazo y con la mayor franqueza del mundo le
-confesé todo lo que me había sucedido; y no contento con esto, le
-enseñé el papel que había recibido, y aun le leí también su contexto,
-que era el siguiente: «Mañana iré a comer en casa de doña Inés; ya
-sabéis dónde vive. Allí hablaremos a solas. No puedo negaros por más
-largo tiempo un favor que juzgo merecéis.»
-
-«Ese es un papel--dijo don Baltasar--que le promete a usted el
-merecido premio de sus amorosos suspiros. Doile a usted de antemano
-la enhorabuena de la dicha que le aguarda.» No dejó de parecer algo
-turbado mientras hablaba de esta manera, pero fácilmente me deslumbró
-ocultando a mis ojos su conmoción y enojo. Estaba tan embelesado
-en mis halagüeñas esperanzas, que no me paraba en observar a mi
-confidente, aunque éste se vió precisado a dejarme, sin duda por temor
-de que conociese su agitación. Partió luego a contar a su cuñado esta
-aventura, e ignoro lo que pasó entre los dos; sólo sé que don Baltasar
-vino a casa de doña Inés a tiempo que yo estaba con Violante. Supimos
-que era él el que llamaba y yo me escapé por una puerta falsa antes
-que entrase en la sala. Luego que desaparecí, se aquietaron las dos
-mujeres, que se habían asustado mucho con la repentina venida del
-marido. Recibiéronle con tanta serenidad, que desde luego sospechó me
-habían escondido o hecho pasadizo. Lo que dijo a doña Inés y a su mujer
-no os lo puedo contar, porque nunca lo he sabido.
-
-»Entre tanto, no acabando todavía de conocer que don Baltasar se
-burlaba cruelmente de mi sinceridad, salí de la casa echándole mil
-maldiciones y me fuí derecho a la plaza, donde había dicho a Lamela me
-aguardase. No le encontré, porque el bribón tenía también su poco de
-trapillo, y con suerte más dichosa que la mía. Mientras le esperaba,
-vi a mi falso confidente venir hacia mí con rostro muy alegre y mucho
-desembarazo. Luego que llegó a mí, me preguntó cómo me había ido con
-mi ninfa en casa de doña Inés. «No sé qué demonio--le respondí--,
-envidioso de mis gustos, me vino a echar un jarro de agua en todos
-ellos. Mientras estaba a solas con ella, instando y suplicando,
-llamó a la puerta su maldito marido, a quien lleve Barrabás. Me fué
-preciso pensar en el modo de retirarme prontamente, y así, me marché
-por una puerta excusada, dando mil veces al diablo al grandísimo
-importuno que viene siempre a desbaratar mis designios.» «A la
-verdad, lo siento--repuso don Baltasar, alegrísimo en su interior de
-verme desazonado--. Ese es un marido molesto, que no merece se le dé
-cuartel.» «¡Oh! ¡En cuanto a eso--repliqué yo--, no dudéis que seguiré
-vuestro consejo! Os doy palabra de que esta misma noche se le dará
-pasaporte para el otro barrio. Su mujer, al separamos, me dijo que
-fuese adelante con mi empeño y no abandonase la empresa por tan poca
-cosa; que prosiguiese en acudir a su ventana a la hora acostumbrada,
-porque estaba resuelta a introducirme ella misma en su casa, pero que
-en todo caso no dejase de ir escoltado con dos o tres camaradas, para
-que en cualquier lance me hallase bien prevenido.» «¡Oh qué prudente es
-esa dama!--me respondió él--. Yo me ofrezco desde luego a acompañaros.»
-«¡Oh querido amigo--repliqué yo, fuera de mí de puro gozo y echándole
-los brazos al cuello--, y de cuántas finezas os soy deudor!» «Aun haré
-más por vos--repuso él--. Yo conozco a un mozo que es un Alejandro;
-éste nos acompañará, y con tal escolta podréis divertiros a vuestro
-gusto sin sobresalto ni contratiempo.»
-
-»No encontraba voces para explicar mi agradecimiento a los favores de
-aquel nuevo amigo; tan encantado me tenía su celo. Acepté, en fin, el
-auxilio que me ofrecía, y dándonos el santo para cerca de la puerta de
-Violante a la entrada de la noche, nos separamos. Don Baltasar fué a
-buscar a su cuñado, que era el Alejandro de quien me había hablado,
-y yo me quedé paseando con Lamela, el cual, aunque no menos admirado
-que yo de la eficacia con que don Baltasar se interesaba en este
-asunto, cayó también en la red como yo había caído, sin pasarle por el
-pensamiento la menor desconfianza de la sencillez de aquellas finezas.
-Confieso que una simplicidad tan garrafal no se podía perdonar a unos
-hombres como nosotros. Cuando me pareció que era hora de presentarme
-a la ventana de Violante, Ambrosio y yo nos acercamos a ella, bien
-prevenidos de buenas armas. Hallamos en el mismo sitio al marido de la
-dama, acompañado de otro hombre que nos esperaba a pie firme. Llegóse a
-mí don Baltasar y me dijo: «Este es el caballero de cuyo valor hablamos
-esta mañana. Entre usted en casa de esa señora y disfrute su dicha sin
-recelo ni inquietud.»
-
-»Acabados los recíprocos cumplimientos, llamé a la puerta de mi ninfa y
-vino a abrirla una especie de dueña. Entré sin advertir lo que pasaba
-a mis espaldas y llegué hasta una sala donde Violante me esperaba.
-Mientras la estaba saludando, los dos traidores, que me siguieron hasta
-dentro de la casa, habían entrado en ella tan atropelladamente, y
-cerrado tras de sí la puerta con tanta violencia, que el pobre Ambrosio
-se quedó en la calle. Descubriéronse entonces, y ya podéis imaginar el
-apuro en que yo me vería. Bien se deja conocer que fué forzoso entonces
-llegar a las manos. Acometiéronme los dos al mismo tiempo con las
-espadas desnudas, y yo les correspondí, dándoles tanto que hacer que
-se arrepintieron presto de no haber tomado medidas más seguras para la
-venganza. Pasé de parte a parte al marido, y el cuñado, viéndole en
-aquel estado, tomó la puerta, que Violante y la dueña habían dejado
-abierta al escaparse mientras nosotros reñíamos. Fuíle siguiendo hasta
-la calle, donde me reuní con Lamela, que, no habiendo podido sacar ni
-una sola palabra a las dos mujeres que había visto ir huyendo, no sabía
-precisamente a qué atribuir el rumor que acababa de oír. Volvimos a la
-posada, y, recogiendo lo mejor que teníamos, montamos en nuestras mulas
-y salimos de la ciudad antes que amaneciese.
-
-»Conocimos muy bien que el lance podía tener malas resultas y que se
-harían en Toledo pesquisas contra las cuales sería imprudencia no
-tomar todo género de precauciones. Hicimos noche en Villarrubia, en un
-mesón, en donde a poco rato entró un mercader de Toledo que caminaba
-a Segorbe. Cenamos con él y nos contó el trágico suceso del marido de
-Violante, mostrándose tan ajeno de sospecharnos reos de él que con
-libertad le hicimos toda suerte de preguntas. «Señores--nos dijo--, el
-caso lo supe esta mañana al ir a montar a caballo. Se hacen grandes
-diligencias para encontrar a Violante y me han asegurado que, siendo el
-corregidor pariente de don Baltasar, está en ánimo de no perdonar medio
-alguno para descubrir los autores del homicidio. Esto es todo lo que
-sé.»
-
-»Aunque nada me espantaron las pesquisas del corregidor de Toledo,
-no obstante, tomé desde luego la determinación de salir cuanto antes
-de Castilla la Nueva, haciéndome cargo de que si encontraban a
-Violante confesaría ésta cuanto había pasado y daría tales señas de
-mi persona que la justicia despacharía rápidamente varias gentes en
-mi seguimiento. Por todas estas consideraciones, resolvimos desviamos
-del camino real desde el día siguiente. Tuvimos la fortuna de que
-Lamela había corrido las tres partes de España y tenía bien conocidas
-todas las sendas extraviadas por donde podíamos pasar con seguridad a
-Aragón. En vez de irnos derechos a Cuenca, nos metimos en las montañas
-que están antes de llegar a la ciudad, y por senderos muy practicados
-por mi conductor llegamos a una gruta que tenía toda la apariencia de
-ermita. Con efecto, era la misma adonde ayer noche llegaron ustedes a
-pedirme los recogiese.
-
-»Mientras estaba yo examinando sus contornos, que me representaban un
-país deliciosísimo, me dijo mi compañero: «Seis años ha que pasando
-yo por aquí me hospedó caritativamente en esta ermita un anciano y
-venerable ermitaño, que repartió conmigo los escasos víveres que tenía.
-Era un santo varón, y me dijo cosas tan santas y tan buenas que faltó
-poco para que yo dejase el mundo. Acaso vivirá todavía y quiero ver si
-es así.» Dicho esto, se apeó de la mula el curioso Ambrosio, y entrando
-en la ermita, después de haberse detenido en ella algunos momentos,
-salió, diciéndome: «Apeaos, don Rafael, y venid a ver un espectáculo
-muy tierno.» Eché pie a tierra inmediatamente, y, atando nuestras mulas
-a un árbol, seguí a Lamela hasta la gruta, donde entré, y vi tendido en
-una vil tarima a un viejo anacoreta, pálido y moribundo. Pendía de su
-venerable rostro una blanca barba, tan poblada y larga que le llegaba
-hasta la cintura, y tenía en sus manos juntas entrelazado un gran
-rosario. Al ruido que hicimos cuando nos acercamos a él entreabrió los
-ojos, que la muerte había comenzado ya a cerrar, y después de habernos
-mirado un momento nos dijo: «Hermanos míos, seáis quienes fuereis,
-aprovechaos del espectáculo que se ofrece a vuestra vista. Cuarenta
-años he vivido en el mundo y sesenta en esta soledad. ¡Ah y qué largo
-me parece ahora el tiempo que dediqué a mis deleites, y, al contrario,
-qué corto el que he consagrado a la penitencia! ¡Ah! ¡Mucho temo que
-las austeridades del hermano Juan no hayan sido bastantes para expiar
-los pecados del licenciado don Juan de Solís.»
-
-»Apenas dijo estas palabras, cuando expiró, y los dos nos quedamos
-atónitos a vista de su muerte. Tales objetos siempre hacen alguna
-impresión hasta en los mayores libertinos; pero duró poco nuestra
-conmoción, porque olvidamos presto lo que acababa de decirnos.
-Comenzamos a hacer inventario de todo lo que había en la ermita, en lo
-que no tardamos mucho tiempo, pues todos los muebles consistían en lo
-que habéis podido ver en ella. No sólo la tenía el hermano Juan mal
-amueblada, sino que hasta la despensa estaba mal provista. Todas las
-provisiones que hallamos se reducían a unas pocas avellanas y algunos
-mendrugos de pan casi petrificados, que a la cuenta no habían podido
-mascar las despobladas encías del santo varón; digo despobladas porque
-observamos que se le había caído la dentadura. Todo lo que contenía
-esta morada solitaria y todo lo que veíamos nos hacía mirar a este
-buen anacoreta como a un santo. Una sola cosa nos llamó la atención:
-hallamos un papel plegado en forma de carta, que el difunto había
-dejado sobre la mesa, en el cual encargaba a quien le leyese que
-llevase su rosario y sus sandalias al obispo de Cuenca. No acabamos de
-entender con qué intención había podido aquel nuevo padre del desierto
-desear que se hiciese a su obispo semejante regalo. Olíanos esto a
-falta de humildad o a cierto hipo de ser tenido por santo. Pero ¡quién
-sabe si sólo fué un si es no es de tontería! Es punto que no me meteré
-a decidir.
-
-»Hablando de ello Lamela y yo, le ocurrió a aquél un extraño
-pensamiento. «Quedémonos--me dijo--en esta ermita y disfracémonos de
-ermitaños. Enterremos al hermano Juan. Tú pasarás por él, y yo, con
-el nombre de hermano Antonio, iré a pedir limosna por los lugares y
-aldeas del contorno. De esta manera, no sólo estaremos a cubierto de
-las pesquisas del corregidor, que no creo pueda pensar en buscarnos
-aquí, sino que espero lo pasaremos bien, en virtud de los conocimientos
-que tengo en la ciudad de Cuenca.» Aprobé este extraño pensamiento,
-no ya por las razones que Ambrosio me alegaba, sino por un rasgo de
-extravagancia y como para representar un papel en una pieza de teatro.
-Abrimos, pues, una sepultura a treinta o cuarenta pasos de la gruta,
-y enterramos en ella modestamente al anacoreta, después de haberle
-despojado de su hábito, que consistía en una túnica ceñida al cuerpo
-con una correa de cuero, y le cortamos también la barba, para hacerme
-con ella a mí una postiza; en fin, hechos los funerales, tomamos
-posesión de la ermita.
-
-»Pasámoslo muy mal el primer día, viéndonos precisados a mantenernos
-solamente de la triste provisión que nos había dejado el difunto; pero
-el día siguiente, antes de amanecer, salió Lamela a campaña con las dos
-mulas, que vendió en Cuenca, y por la noche volvió cargado de víveres
-y de otras cosillas que había comprado. Trajo todo lo que era menester
-para disfrazarnos bien. Hizo para sí una túnica o hábito de paño pardo
-y una barbilla roja de crines, la que se supo acomodar con tal arte que
-parecía natural. No hay en el mundo mozo más mañoso que él. Arregló
-también la barba del hermano Juan, ajustándomela a la cara, y púsome
-en la cabeza un gran gorro de lana obscura, que contribuía mucho para
-disimular el artificio. Se puede decir que nada faltaba para nuestro
-disfraz. Hallámonos los dos en este ridículo equipaje, de manera que no
-podíamos mirarnos sin reírnos, viéndonos en un traje que ciertamente
-no nos convenía. Con la túnica del hermano Juan heredé también su
-rosario y sus sandalias, que no hice escrúpulo de apropiarme en vez de
-regalárselas al obispo de Cuenca.
-
-»Hacía tres días que estábamos en la ermita, sin haber visto en todos
-ellos alma viviente; pero al cuarto entraron en la gruta dos aldeanos,
-que traían al difunto, creyendo que estuviese todavía vivo, pan, queso
-y cebollas. Luego que los vi, me eché en mi tarima, y me fué fácil
-alucinarlos, fuera de que ellos no podían distinguirme bien por la
-escasa luz de la ermita, y procuré imitar lo mejor que pude la voz del
-hermano Juan, cuyas últimas palabras había oído: de manera que los
-pobres hombres no tuvieron la menor sospecha de aquella superchería,
-y sí sólo mostraron alguna admiración de hallarse en la gruta con
-otro ermitaño. Pero advirtiéndolo, el socarrón de Lamela les dijo con
-cierto aire hipocritón: «No os admiréis, hermanos, de verme a mí en
-esta soledad. Estaba yo en una ermita de Aragón y la he dejado por
-venir a acompañar al venerable y discreto hermano Juan y asistirle en
-su extrema vejez, considerando la necesidad que tendría en ella de este
-alivio.» Los aldeanos prorrumpieron en infinitas alabanzas de Ambrosio,
-ensalzando hasta el cielo su heroica caridad y dándose a sí mismos mil
-parabienes por la dicha de tener dos hombres santos en su país.
-
-»Había comprado Lamela unas grandes alforjas, y cargado con ellas
-partió por la primera vez a dar principio a la demanda en la ciudad
-de Cuenca, que sólo dista una legua corta de la ermita. Como la
-Naturaleza le ha dotado de un exterior devoto y compungido, y además
-de eso posee en supremo grado el arte de hacerlo valer, no dejó de
-mover el corazón de las personas caritativas a darle limosna, y así, en
-poco tiempo llenó las alforjas de los dones de su liberalidad. «Amigo
-Ambrosio--le dije cuando volvió a la ermita--, te doy el parabién del
-admirable talento que tienes para ablandar y enternecer las almas
-cristianas. ¡Vive diez, que parece has ejercitado por muchos años el
-oficio de demandante capuchino!» «Algo más he hecho--me respondió--que
-hacer abundante cosecha, porque has de saber que he encontrado a cierta
-ninfa, llamada Bárbara, que fué algo mía en otro tiempo. La he hallado
-bien mudada, pues se ha dado, como nosotros, a la devoción. Vive con
-otras dos o tres beatas que edifican el mundo en público y hacen una
-vida muy diferente en casa. Al principio no me conoció; tanto, que me
-vi obligado a decirle: «¿Cómo así, señora Bárbara? ¿Es posible que
-ya desconozcáis a uno de vuestros antiguos amigos y vuestro humilde
-servidor Ambrosio?» «¡Por vida mía, amigo Lamela--respondió Bárbara--,
-que jamás podía soñar el verte vestido con ese traje! ¿Por qué diablos
-de aventuras has venido a parar en ermitaño?» «Eso es cosa larga--le
-respondí--, y ahora no puedo detenerme a contárosla; pero mañana a la
-noche volveré y satisfaré vuestra curiosidad. También vendrá conmigo
-mi compañero, el hermano Juan.» «¿Qué hermano Juan?--replicó ella--.
-¿Aquel viejo y buen ermitaño que vive en una ermita cerca de esta
-ciudad? ¡Tú no sabes lo que te dices, pues se asegura que tiene más de
-cien años!» «Es verdad--le respondí--que en otro tiempo tuvo esa edad,
-pero de pocos días a esta parte se ha remozado tanto que no soy yo más
-mozo que él.» «Pues bien--respondió Bárbara--, siendo así, que venga
-contigo. Sin duda que en eso se oculta algún misterio.»
-
-»No dejamos de ir al día siguiente, luego que fué noche, a casa de
-aquellas santurronas, que para recibirnos mejor nos tenían prevenida
-una gran cena. Así que entramos en su casa nos quitamos las barbas
-postizas y el hábito eremítico, y sin ceremonia nos presentamos a estas
-princesas tales cuales éramos; y ellas, por no parecer menos francas
-que nosotros, nos mostraron de cuánto son capaces las falsas devotas
-cuando arriman a un lado las gazmoñerías de la aparente devoción.
-Pasamos casi toda la noche a la mesa y no nos retiramos a nuestra gruta
-hasta poco antes de amanecer. Repetimos presto la visita, o por mejor
-decir seguimos el mismo método por espacio de tres meses, y gastamos
-con aquellas ninfas más de los dos tercios de nuestro caudal; pero
-cierto celoso lo ha descubierto todo, dando parte a la justicia, la
-cual debía hoy ir a la ermita a echarnos mano. Ayer, mientras Ambrosio
-hacía su demanda en Cuenca, una de las beatas le entregó un billete,
-diciéndole: «Una amiga mía me escribe esta carta, que iba a enviaros
-con un propio. Muéstresela al hermano Juan y tomen sus medidas en
-informándose de su contenido.» Este es, señores, aquel mismo billete
-que Lamela me entregó ayer en vuestra presencia y el que nos obligó a
-abandonar tan precipitadamente nuestra solitaria habitación.»
-
-
-
-
- CAPITULO II
-
-De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus oyentes y de la
-aventura que les sucedió al querer salir del bosque.
-
-
-Luego que acabó don Rafael de contar su historia, que me pareció
-algo larga, don Alfonso le dijo por cortesía que verdaderamente le
-había divertido mucho. Después de este cumplido, tomó la palabra el
-señor Lamela, y volviéndose al compañero de sus hazañas le dijo:
-«Don Rafael, el sol está ya para ponerse y me parece del caso que
-tratemos del partido que hemos de tomar.» «Dices bien--respondió su
-camarada--; es menester pensar a dónde hemos de ir.» «Yo--continuó
-Lamela--soy de parecer que, sin perder tiempo, nos pongamos en camino y
-procuremos llegar esta noche a Requena, para entrar mañana en el reino
-de Valencia, donde pondremos en movimiento los registros de nuestra
-industria. Siento acá dentro de mi corazón no sé qué presagio de que
-daremos golpes magistrales.» Don Rafael, que sobre estos asuntos tenía
-gran fe en sus pronósticos infalibles, accedió luego a su opinión.
-Don Alfonso y yo, como nos habíamos puesto en manos de aquellos dos
-hombres de bien, esperamos sin hablar palabra el resultado de aquella
-conferencia.
-
-Resolvióse, pues, que tomásemos la vuelta de Requena, y nos
-dispusimos todos para ello. Hicimos una comida como la de la mañana
-y después cargamos el caballo con la bota de vino y lo restante de
-las provisiones. Sobreviniendo la noche, de cuya lobreguez teníamos
-necesidad para caminar seguros, quisimos salir del bosque; pero aun no
-habíamos andado cien pasos cuando descubrimos por entre los árboles
-una luz que nos dió mucho en que pensar. «¿Qué significa aquella
-luz?--preguntó don Rafael--. ¿Serán acaso los corchetes de la justicia
-de Cuenca despachados en seguimiento nuestro, y que creyéndonos en este
-bosque nos vendrán a buscar en él?» «No lo pienso--dijo Ambrosio--;
-antes bien, serán algunos pasajeros que, por haberles cogido la noche,
-se habrán refugiado aquí hasta que amanezca. Pero en todo caso, porque
-puedo engañarme, quiero yo ir a reconocerlos; mientras tanto quedaos
-los tres en este sitio, que vuelvo en un momento.» Diciendo esto, se
-fué acercando poco a poco a donde se dejaba ver la luz, que no estaba
-muy distante. Fué desviando con mucho tiento las ramas y matorrales que
-le impedían el paso, y al mismo tiempo mirando con toda la atención que
-a su parecer merecía el caso: vió, sentados sobre la hierba y alrededor
-de una vela colocada sobre un montoncito de tierra, a cuatro hombres,
-que acababan de comer una empanada y de agotar una gran bota de vino.
-A pocos pasos de distancia descubrió a un hombre y a una mujer atados
-a dos árboles, y algo más allá un coche de camino con mulas ricamente
-enjaezadas. Desde luego sospechó que los cuatro hombres que estaban
-sentados debían de ser ladrones, y por la conversación que les oyó
-acabó de conocer que no había sido temeraria su sospecha. Disputaban
-los cuatro salteadores sobre de quién había de ser la dama que había
-caído en sus manos y trataban de sortearla. Enterado plenamente, Lamela
-volvió a donde estábamos y nos informó menudamente de todo lo que había
-visto y oído.
-
-«Señores--dijo entonces don Alfonso--, la mujer y el hombre que tienen
-atados a los árboles los ladrones quizá serán una señora y un caballero
-de distinción. ¿Y hemos de sufrir nosotros que sirvan de víctimas a
-la barbarie y a la brutalidad de unos malhechores? Creedme, señores,
-echémonos sobre estos bandidos y mueran todos a nuestras manos.»
-«Consiento en ello--dijo D. Rafael--; yo estoy tan pronto a hacer una
-buena acción como una mala.» Ambrosio, por su parte, protestó que sólo
-deseaba concurrir a una empresa tan loable, de la cual preveía que
-seríamos bien recompensados, según su modo de pensar. «Y aun me atrevo
-a decir--añadió--que en esta ocasión el peligro no me amedrenta y que
-ningún caballero andante se manifestó nunca más pronto al servicio de
-las damas.» Pero si se han de decir las cosas sin faltar a la verdad,
-el riesgo no era grande, porque habiéndonos dicho Lamela que las armas
-de los ladrones estaban todas amontonadas en un sitio a diez o doce
-pasos de ellos, no nos fué muy difícil ejecutar nuestra resolución.
-Atamos, pues, a un árbol el caballo y nos fuimos acercando con
-silencio y a paso lento a los ladrones. Acalorados éstos con el vino,
-hablaban todos, metiendo un ruido confuso que favorecía mucho el golpe
-de la sorpresa. Apoderámonos de sus armas antes de que nos viesen,
-y disparándolas sobre ellos a boca de jarro, todos cuatro quedaron
-tendidos sobre el suelo.
-
-Durante esta expedición se apagó la luz y nos quedamos en la
-obscuridad; sin embargo de esto, acudimos inmediatamente a desatar
-el hombre y la mujer, que estaban tan poseídos de terror que no
-tuvieron aliento para darnos las gracias por el bien que acabábamos
-de hacerles. Verdad es que ignoraban aún si debían mirarnos como a
-bienhechores o como a nuevos bandidos, que los habían librado de los
-otros quizá para tratarlos peor. Pero nosotros procuramos sosegarlos
-asegurándoles que los íbamos a conducir a una venta que, según decía
-Ambrosio, no distaba mas que media legua de allí, donde podrían tomar
-las precauciones necesarias para llegar con seguridad a donde se
-dirigían. Después de que los hubimos animado, los metimos en su coche y
-los sacamos fuera del bosque, tirando nosotros las mulas por el freno.
-Nuestros anacoretas fueron en seguida a visitar las faltriqueras de
-los vencidos; después fuimos a desatar el caballo de don Alfonso, y nos
-apoderamos también de los que eran de los ladrones, que estaban atados
-a varios árboles junto al campo de batalla. Montados en unos y llevados
-otros del diestro, seguimos al hermano Antonio, que había montado en
-una mula del coche, haciendo de cochero para conducirlo a la venta, y
-tardamos dos horas en llegar a ella, aunque el señor Lamela nos había
-dicho que no estaba muy apartada del bosque.
-
-Llamamos a la puerta con fuertes golpes, porque toda la gente de
-la casa estaba ya acostada. Levantáronse y vistiéronse de prisa el
-ventero y la ventera, que no mostraron el menor enfado de que los
-hubiesen despertado a lo mejor del sueño cuando vieron una comitiva
-que prometía hacer mucho más gasto en su casa del que efectivamente
-hizo. En un momento encendieron luces por toda la venta. Don Alfonso y
-el ilustre hijo de Lucinda dieron la mano a la señora y al caballero
-para ayudarlos a bajar del coche, sirviéndoles como de gentileshombres
-hasta el cuarto a donde los condujo el ventero. Allí se hicieron mil
-recíprocos cumplimientos, y quedamos muy admirados cuando llegamos a
-saber que los personajes a quienes acabábamos de libertar eran el conde
-de Polán y su hija Serafina. Pero ¿quién podrá describir el asombro de
-esta señora y de D. Alfonso cuando se conocieron? El conde no reparó en
-este pasaje, porque estaba distraído en otras cosas. Púsose a contarnos
-menudamente el modo como les habían asaltado los ladrones y se habían
-apoderado de su hija y de él después de haber muerto al postillón,
-a un paje y a un ayuda de cámara. Acabó diciendo que nos estaba
-infinitamente agradecido, y que si queríamos ir a Toledo, donde estaría
-de vuelta dentro de un mes, nos daría pruebas que bastasen a hacernos
-conocer si era ingrato o reconocido.
-
-A la hija de aquel señor no se le olvidó darnos también mil gracias por
-su dichosa libertad; y habiendo juzgado don Rafael y yo que gustaría
-don Alfonso de que le facilitásemos el medio de hablar un rato a solas
-con aquella viuda joven, lo dispusimos prontamente entreteniendo al
-conde de Polán. «Serafina--le dijo don Alfonso en voz muy baja--, ya
-no me quejaré de la desgraciada suerte que me obliga a vivir como un
-hombre desterrado de la sociedad civil, habiendo tenido la fortuna de
-contribuir al importante servicio que se os ha hecho.» «Pues qué--le
-respondió ella suspirando--, ¿sois vos el que me habéis salvado la vida
-y el honor? ¿Sois vos a quien mi padre y yo somos tan deudores? ¡Ah don
-Alfonso! ¡Por qué fuisteis vos quien dió muerte a mi hermano!» No le
-dijo más; pero él comprendió bastante, por sus palabras y por el tono
-en que las dijo, que si amaba con extremo a Serafina no era menos amado
-de ella.
-
-
- LIBRO SEXTO
-
-
-
-
- CAPITULO PRIMERO
-
-De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros después que se separaron
-del conde de Polán; del importante proyecto que formó Ambrosio y cómo
-se ejecutó.
-
-
-Después de haber pasado el conde de Polán la mitad de la noche en
-darnos gracias y asegurarnos que podíamos contar con su eterno
-agradecimiento, llamó al ventero, para consultar con él de qué modo
-llegaría con seguridad a Turis, adonde tenía ánimo de ir. Dejamos
-que tomase sobre esto sus medidas, y nosotros salimos de la venta,
-siguiendo el camino que Lamela quiso escoger.
-
-Al cabo de dos horas de marcha nos amaneció ya cerca de Campillo.
-Llegamos prontamente a las montañas que hay entre aquella villa y
-Requena, y allí pasamos el día en descansar y en contar nuestro caudal,
-que se había aumentado mucho con el dinero que habíamos cogido a los
-ladrones, en cuyas faltriqueras se encontraron más de trescientos
-doblones en diferentes monedas. Al entrar de la noche nos volvimos a
-poner en camino, y el día siguiente al amanecer entramos en el reino de
-Valencia. Retirámonos al primer bosque que encontramos, emboscámonos
-en él y llegamos a un sitio por donde corría un arroyuelo de agua
-cristalina que iba lentamente a juntarse con las del Guadalaviar. La
-sombra con que nos convidaban los árboles y la abundante hierba que el
-campo ofrecía para los caballos nos hubieran determinado a hacer alto
-en aquel paraje, aun cuando no estuviéramos ya resueltos a descansar
-algunas horas en él.
-
-Apeámonos, pues, y hacíamos ánimo de pasar allí aquel día alegremente;
-pero cuando fuimos a almorzar nos hallamos con poquísimos víveres.
-Empezaba a faltarnos el pan y nuestra bota se había convertido en
-un cuerpo sin alma. «Señores--dijo entonces Ambrosio--, sin Ceres y
-sin Baco a ninguno agrada el sitio más delicioso. Soy de parecer que
-renovemos nuestras provisiones, y así, marcho a este fin a Chelva, que
-es una linda villa, distante de aquí solas dos leguas, y tardaré poco
-en tan corto viaje.» Dicho esto, cargó en el caballo la bota y las
-alforjas, montó, y partió del bosque a tan buen paso que nos prometimos
-sería muy pronta su vuelta; mas, sin embargo, no volvió tan presto como
-lo esperábamos. Era ya mucho más del mediodía cuando vimos a nuestro
-proveedor, cuya tardanza comenzaba a damos cuidado. Engañó alegremente
-nuestro sobresalto con las muchas cosas de que venía provisto. No
-sólo traía la bota llena de exquisito vino y atestadas las alforjas
-de carnes asadas, sino que reparamos un gran fardo acomodado a las
-ancas del caballo, que se llevó nuestra atención. Conociólo Ambrosio,
-y nos dijo sonriéndose: «Apuesto yo a don Rafael y a todos los más
-diestros del mundo que no son capaces de adivinar por qué ni para qué
-he comprado todo este envoltorio de ropa.» Diciendo esto, lo desató él
-mismo para que viéramos por menor lo que encerraba. Mostrónos un manteo
-negro y una sotana del mismo color, dos chupas y dos pares de calzones,
-un tintero de cuerno, con su salvadera y cañón para meter las plumas,
-una mano de papel fino, un sello grande y un candado, juntamente
-con una barreta de lacre verde. «¡Pardiez, señor Ambrosio--exclamó
-zumbándose D. Rafael luego que vió todas aquellas baratijas--, que
-habéis empleado bien el dinero! ¿Qué diablos piensas hacer de todos
-esos cachivaches?» «Un uso admirable--respondió Lamela--. Todas estas
-cosas no me han costado sino diez doblones, y estoy persuadido de que
-nos han de valer más de quinientos. Contad seguramente con ellos. No
-soy hombre que me cargo de géneros inútiles. Y para haceros ver que no
-he comprado a tontas y a locas, voy a daros parte de un proyecto que he
-formado, un proyecto que sin disputa es de los más ingeniosos que puede
-concebir el entendimiento humano. Vais a oírlo, y estoy seguro que
-quedaréis atónitos al saberlo. ¡Estadme atentos! Después de haber hecho
-mi provisión de pan, me entré en una pastelería y mandé que me asasen
-seis perdices, otras tantas pollas e igual número de gazapos. Mientras
-todo esto se estaba asando, entró en la pastelería un hombre encendido
-en cólera, quejándose agriamente de la injuria que le había hecho un
-mercader del pueblo, y le dijo al pastelero: «¡Por Santiago Apóstol,
-que Samuel Simón es el mercader más ruin que hay en todo Chelva! Acaba
-de afrentarme públicamente en su tienda, pues no me ha querido fiar el
-grandísimo ladrón seis varas de paño, sabiendo como sabe que soy un
-artesano que cumplo bien y que a ninguno he quedado jamás a deber un
-cuarto. ¿No os admiráis de semejante bruto? El fía sin reparo a los
-caballeros, cuando sabe por experiencia que de muchos de ellos no ha
-de cobrar ni un ochavo, y no quiere fiar a un vecino honrado que está
-seguro de que le ha de pagar hasta el último maravedí. ¡Qué manía!
-¡Maldito judío! ¡Ojalá le engañen! ¡Puede ser que se me cumpla algún
-día este deseo y no faltarán mercaderes que me acompañen en él.» Oyendo
-yo hablar de este modo a aquel pobre menestral, que dijo además otras
-muchas cosas, de repente me asaltó el deseo de vengarle y de hacer una
-pesada burla al señor Samuel Simón. «Amigo--pregunté a aquel hombre--,
-¿no me diréis qué carácter tiene ese mercader?» «El peor que se puede
-discurrir--me respondió con enfado--. Es un desenfrenado usurero,
-aunque en su exterior aparenta ser un hombre virtuoso; es un judío que
-se volvió católico, pero en el fondo de su alma es todavía tan judío
-como Pilatos, porque se asegura haber abjurado por interés.» No perdí
-palabra de todo lo que me dijo el irritado menestral, y luego que
-salí de la pastelería procuré informarme de la casa de Samuel Simón.
-Enseñómela un hombre. Paréme a ver su tienda, examinéla toda, y mi
-imaginación, siempre pronta a favorecerme, me sugiere un enredo que
-abrazo con presteza, pareciéndome digno del criado del señor Gil Blas.
-Fuíme derecho a una ropería y compré los vestidos que veis; uno, para
-hacer el papel de comisario del Santo Oficio; otro, para representar
-el de secretario, y el tercero, para fingir el de alguacil. Ved ahí,
-señores, lo que hice y lo que fué la causa de mi tardanza.»
-
-«¡Ah querido Ambrosio--interrumpió D. Rafael arrebatado de gozo--, y
-qué admirable idea! ¡Qué plan tan asombroso! ¡Envidio tu sutilísima
-invención! ¡Daría yo los mayores enredos de mi vida por que se me
-hubiese ofrecido éste tan ingenioso! ¡Sí, amigo Lamela--prosiguió--,
-penetro bien todo el fondo, todo el valor de tu delicado pensamiento, y
-no debes poner duda en que el éxito será dichoso! Sólo has menester dos
-buenos actores que no echen a perder una comedia tan bien imaginada;
-pero estos actores los tienes a mano. Tú tienes un aspecto devoto
-y harás muy bien de comisario del Santo Oficio; yo representaré el
-secretario y el señor Gil Blas, si gusta, hará de alguacil. Ya están
-repartidos los papeles; mañana representaremos la comedia, y yo
-respondo del buen éxito, a menos que sobrevenga alguno de aquellos
-lances imprevistos que dan en tierra con los designios más bien
-combinados.»
-
-Por lo que a mí toca, sólo comprendí en confuso el proyecto que
-D. Rafael alabó tanto; pero durante la cena me lo explicaron, y
-verdaderamente me pareció ingenioso. Después que hubimos despachado
-gran parte de la provisión y hecho a la bota copiosas sangrías,
-nos tendimos sobre la hierba y tardamos poco en dormirnos. Pero no
-fué largo nuestro sueño, porque una hora después le interrumpió el
-despiadado Ambrosio gritando antes del día: «_¡En pie! ¡En pie!_ ¡Los
-que traen entre manos grandes empresas que ejecutar no han de ser
-perezosos!» «¡Maldito sea el señor comisario--le dijo D. Rafael entre
-despierto y dormido--, y lo que su señoría ha madrugado! ¡En verdad que
-el judiazo de Samuel Simón dará a todos los diablos tanta vigilancia!»
-«Convengo en ello--respondió Lamela--, y os diré de más a más--añadió
-riéndose--que esta noche soñé que yo le estaba arrancando pelos de
-la barba. ¿Y este sueño, señor secretario, no es de muy mal agüero
-para el desdichado Samuel?» Con estas y otras mil cuchufletas que se
-dijeron nos pusimos todos de muy buen humor. Almorzamos alegremente
-y luego nos dispusimos para representar cada uno su papel. Ambrosio
-se echó a cuestas las hopalandas, de manera que tenía toda la traza
-de un verdadero comisario. Don Rafael y yo nos vestimos de modo que
-parecíamos perfectamente un secretario y un alguacil. Empleamos
-bastante tiempo en disfrazarnos y en ensayar lo que habíamos de
-hacer; tanto, que eran ya más de las dos de la tarde cuando salimos
-del bosque para encaminamos a Chelva. Es verdad que ninguna cosa nos
-apuraba; antes bien, era del caso no dejarnos ver en el lugar hasta
-algo entrada la noche. Por lo mismo, caminamos poco a poco, y aun
-tuvimos que detenernos casi a las puertas del pueblo, dando tiempo a
-que obscureciese enteramente.
-
-Cuando nos pareció tiempo, dejamos los caballos en aquel sitio, a cargo
-de D. Alfonso, que se alegró mucho de no tener que hacer otro papel.
-Don Rafael, Ambrosio y yo nos fuimos en derechura a la puerta de Samuel
-Simón. El mismo salió a abrirla, y quedó extrañamente sorprendido de
-ver en su casa aquellas tres figuras; pero lo quedó mucho más luego
-que Lamela, que llevaba la palabra, le dijo en tono imperioso: «Señor
-Samuel, de parte del Santo Oficio, cuyo indigno comisario soy, os
-ordeno que en este mismo momento me entreguéis la llave de vuestro
-despacho. Quiero ver si hallo en él con que justificar las delaciones y
-acusaciones que se nos han presentado contra vos.»
-
-El mercader, a quien habían turbado estas palabras, retrocedió dos
-pasos, y lejos de sospechar en nosotros alguna superchería, creyó de
-buena fe que algún enemigo oculto le había delatado al Santo Oficio,
-o también es muy posible que, no reconociéndose él mismo por muy buen
-católico, temiese haber dado motivo para alguna secreta información.
-Sea lo que fuere, nunca vi hombre más confuso. Obedeció sin resistencia
-y con todo el respeto que corresponde a un hombre que teme a la
-Inquisición. El mismo nos abrió su despacho, y al entrar le dijo
-Ambrosio: «Señor Samuel, a lo menos recibís con sumisión las órdenes
-del Santo Oficio; pero--añadió--retiraos a otro cuarto y dejadme
-practicar libremente mi empleo.» Samuel no fué menos obediente a esta
-segunda orden que lo había sido a la primera; retiróse a su tienda, y
-nosotros tres entramos en su despacho, donde sin pérdida de tiempo nos
-pusimos a buscar el dinero, que nos costó poco trabajo y menos tiempo
-encontrar, porque estaba en un cofre abierto, donde había más del que
-podíamos llevar. Consistía en gran número de talegos puestos unos sobre
-otros y todo en moneda de plata. Nosotros hubiéramos querido más que
-fuese en oro; pero no pudiendo ya ser esto, nos fué forzoso hacer de
-la necesidad virtud. Llenamos bien los bolsillos, las faltriqueras,
-el hueco de los calzones y, en fin, todo aquello donde lo podíamos
-encajar, de suerte que todos íbamos cargados con un peso exorbitante,
-sin que ninguno lo pudiese conocer, gracias a la destreza de Ambrosio y
-de don Rafael, que me hicieron ver con esto que no hay en el mundo cosa
-mejor que saber bien cada uno el arte que profesa.
-
-Salimos del cuarto después de haber hecho nuestro negocio, y, por una
-razón que es fácil de adivinar, el señor comisario sacó su candado,
-que quiso echar por su misma mano a la puerta; plantóle el sello y
-luego dijo a Simón: «Maese Samuel, de parte del Tribunal os prohibo que
-lleguéis a este candado, ni tampoco a este sello, que debéis respetar,
-pues que es el sello del Santo Oficio. Mañana volveré a esta misma
-hora a quitarlo y a daros órdenes.» Hecho esto, mandó abrir la puerta
-de la calle, por la cual fuimos todos desfilando alegremente; y cuando
-hubimos andado como unos cincuenta pasos, comenzamos a caminar con tal
-ligereza que apenas tocábamos con el pie en tierra, sin embargo de
-la pesada carga que llevábamos. Salimos presto fuera de la villa, y,
-volviendo a montar en nuestros caballos, tomamos el camino de Segorbe,
-dando gracias por tan feliz suceso al dios Mercurio.
-
-
-
-
- CAPITULO II
-
-De la resolución que tomaron don Alfonso y Gil Blas después de esta
-aventura.
-
-
-Anduvimos toda la noche, según nuestra loable costumbre, y al amanecer
-nos hallamos a la vista de una miserable aldea distante dos leguas de
-Segorbe. Como todos estábamos cansados, nos desviamos con gusto del
-camino real para llegar hasta unos sauces que descubrimos al pie de una
-colina a cosa de unos mil o mil doscientos pasos de la aldea, en la
-cual no nos pareció conveniente detenernos. Vimos que aquellos árboles
-hacían una apacible sombra y que les bañaba el pie un arroyuelo.
-Agradónos lo delicioso del sitio, y resolviendo pasar en él lo restante
-del día, nos apeamos, quitamos los frenos a los caballos para que
-pudiesen pacer, nos echamos sobre la verde hierba, y después de haber
-reposado un poco acabamos de desocupar las alforjas y la bota. Luego
-que hubimos almorzado opíparamente, nos pusimos a contar el dinero
-que habíamos robado a Samuel Simón, y hallamos que ascendía a tres
-mil ducados, con cuya cantidad y el caudal que ya teníamos podíamos
-alabarnos de poseer un mediano capital.
-
-Viendo que se habían acabado nuestras provisiones y era menester pensar
-en hacer otras, Ambrosio y don Rafael, que ya se habían quitado los
-disfraces, dijeron que querían tomarse este trabajo, porque el suceso
-de Chelva les había avivado el gusto de las aventuras y tenían gana de
-ir a Segorbe a ver si se les presentaba alguna ocasión de emprender
-otra nueva hazaña. «Vosotros--dijo el hijo de Lucinda--no tenéis mas
-que esperarnos a la sombra de estos sauces, que pronto estaremos de
-vuelta.» «Señor don Rafael--respondí yo sonriéndome--, no sea que la
-ida de ustedes sea como la del humo; temo que si una vez se van tarde
-nos juntaremos.» «Esa sospecha--replicó Ambrosio--es muy ofensiva
-a nuestro honor y no merecíamos que nos hicieseis tan poca merced.
-Es verdad que en parte os disculpo de la desconfianza que tenéis de
-nosotros acordándoos de lo que hicimos en Valladolid y de creer que
-no haríamos más escrúpulo de abandonaros que a los compañeros que
-dejamos en aquella ciudad. Sin embargo, os engañáis enormemente.
-Aquellos camaradas a quienes vendimos eran de un perverso carácter y
-ya no podíamos aguantar más su compañía. Es menester hacer justicia
-a los de nuestra profesión, diciendo que no hay gremio alguno en la
-vida civil en que el interés dé menos motivo a la división; pero
-cuando no son conformes las inclinaciones, puede alterarse la unión,
-como en todos los demás gremios humanos. Por tanto, señor Gil Blas,
-suplico a usted y al señor don Alfonso que tengan más confianza en
-nosotros y que tranquilicen su espíritu tocante al deseo que don
-Rafael y yo tenemos de ir a Segorbe.» «Es muy fácil--dijo entonces el
-hijo de Lucinda--librarlos de todo motivo de inquietud en este punto:
-basta para eso dejarlos dueños del caudal, que es la mejor fianza
-que tendrán en sus manos de nuestra vuelta. Ya ve usted, señor Gil
-Blas, que esto se llama ir derechos al punto de la dificultad. Ambos
-quedaréis así resguardados, sin que Ambrosio ni yo tengamos sospechas
-de que os ausentéis con tan rica fianza. En vista de una prueba tan
-convincente de nuestra buena fe, ¿tendréis todavía dificultad en
-fiaros de nosotros?» «No por cierto--respondí yo--; y así, podéis
-ahora hacer todo lo que os pareciere.» Partieron inmediatamente con
-la bota y las alforjas, dejándome a la sombra de los sauces con don
-Alfonso, el cual me dijo luego que se fueron: «Señor Gil Blas, quiero
-abriros enteramente mi pecho. Me estoy continuamente acusando de la
-condescendencia que tuve en venir hasta aquí con esos bribones. No
-os puedo decir cuántos millares de veces me he arrepentido ya de
-ello. Ayer noche, mientras me quedé guardando los caballos, hice mil
-reflexiones que me despedazaban el corazón. Consideré que era muy ajeno
-de un joven que nació con honra vivir con unos hombres tan viciosos
-como Rafael y Lamela; que si por desgracia--como muy fácilmente puede
-suceder--llegase a ser tal algún día el resultado de una de estas
-maldades que cayésemos en manos de la justicia, sufriré la vergüenza de
-verme castigado con ellos como ladrón y quizá con una muerte afrentosa.
-No puedo apartar ni un solo instante de mi imaginación estas funestas
-ideas, y así, os confieso que estoy resuelto a separarme para siempre
-de su compañía, por no ser cómplice en los delitos que cometan. Tengo
-por cierto--añadió--que no desaprobaréis este pensamiento.» «Cierto
-es que no--le respondí--. Aunque usted me vió ayer hacer el papel de
-alguacil en la comedia de Samuel Simón, no por eso crea que semejantes
-piezas son de mi gusto. El Cielo me es testigo de que mientras estaba
-representando tan distinguido papel me dije a mí mismo: ¡A fe, amigo
-Gil Blas, que si la justicia viniera ahora a echarte la mano, sin duda
-merecerías bien el salario que te tocase! Así que, señor don Alfonso,
-no estoy más dispuesto que usted a continuar en tan mala compañía, y
-de muy buena gana le acompañaré, si es que me lo permite, a cualquier
-parte que vaya. Cuando vuelvan estos señores les suplicaremos que se
-haga el repartimiento del dinero, y mañana muy temprano, o esta misma
-noche, nos despediremos de ellos para siempre.»
-
-Aprobó mi proposición el amante de la bella Serafina y me dijo: «Iremos
-a Valencia y nos embarcaremos para Italia, donde podremos entrar al
-servicio de la República de Venecia. ¿No vale más seguir la carrera de
-las armas que continuar la vida vil y criminal que traemos? En aquélla
-podemos traer buen porte con el dinero que nos haya tocado. No deja
-de remorderme la conciencia el servirme de un bien tan mal adquirido;
-pero además de que la necesidad me obliga a ello, protesto resarcir a
-Samuel Simón el daño luego que tenga la menor fortuna en la guerra.»
-Aseguré a don Alfonso que yo tenía la misma intención, y quedamos
-de acuerdo en que el día siguiente al amanecer nos separaríamos de
-nuestros camaradas. No dimos lugar a la tentación de aprovecharnos de
-su ausencia, esto es, huir al momento con el dinero: la confianza que
-habían hecho de nosotros dejándonos dueños de él ni aun nos permitió
-que nos pasase semejante ruindad por el pensamiento, aunque la burla
-que me hicieron en la posada de caballeros de Valladolid disculpase en
-cierto modo este robo.
-
-A la caída de la tarde volvieron de Segorbe Ambrosio y don Rafael. La
-primera cosa que nos dijeron fué que habían hecho un viaje muy feliz
-y que dejaban echados los cimientos de una aventura que, según todas
-las señales, sería sin comparación de mucho más producto que la del
-día anterior. Comenzó a explicamos el plan el hijo de Lucinda, pero
-don Alfonso le atajó diciéndole cortésmente que él estaba resuelto
-a separarse de la compañía, y yo por mi parte les declaré hallarme
-en la misma resolución. Por más que hicieron para movernos a que
-prosiguiésemos acompañándolos en sus expediciones no les fué posible
-conseguirlo. La mañana siguiente nos despedimos de ellos, después de
-haber repartido por iguales partes el dinero, y los dos tomamos el
-camino de Valencia.
-
-
-
-
- CAPITULO III
-
-Cómo don Alfonso se halla en el colmo de su alegría y la aventura por
-la cual se vió de repente Gil Blas en un estado dichoso.
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-Caminamos felizmente hasta Buñol, donde, por desgracia, fué preciso
-detenernos. Sintióse malo don Alfonso. Dióle una calentura tan ardiente
-que le creí en el mayor riesgo. Quiso la fortuna que no hubiese médico
-en el lugar y salimos a poca costa de aquel susto, pues sólo nos
-costó el miedo. Al tercer día se halló el enfermo enteramente limpio
-de calentura, a lo que no contribuyó poco mi cuidadosa asistencia.
-Mostróse muy agradecido a lo que había hecho por él, y como era
-recíproca la inclinación del uno al otro, nos juramos una eterna
-amistad.
-
-Proseguimos nuestro viaje, firmes siempre en la resolución de
-embarcamos para Italia a la primera ocasión que se ofreciera así que
-llegásemos a Valencia; pero el Cielo, que nos preparaba una suerte
-feliz, dispuso las cosas de otro modo. Vimos a la puerta de una hermosa
-quinta que había en el camino mucha gente aldeana de ambos sexos que
-bailaban formando corro. Acercámonos a ver la fiesta, y D. Alfonso,
-que estaba muy ajeno de hallar el objeto que se le presentó, se quedó
-sorprendido de ver entre los circunstantes al barón de Steinbach. Este,
-que también reconoció a D. Alfonso, corrió luego hacia él con los
-brazos abiertos, y todo arrebatado de gozo exclamó: «¡Ah querido don
-Alfonso! ¡Vos aquí! ¡Qué agradable encuentro! ¡Cuando por todas partes
-os andan buscando, una feliz casualidad os ha puesto delante de mis
-ojos!»
-
-Apeóse al instante mi compañero y fué precipitado a dar mil abrazos
-al barón, cuya alegría me pareció excesiva. «¡Ven, hijo mío--le
-dijo el buen viejo--; presto sabrás quién eres y mejorarás mucho de
-fortuna!» Diciendo esto, le condujo a la habitación, adonde yo también
-fuí, habiéndome apeado y atado a un árbol los caballos. El primero
-a quien encontramos fué al dueño de la misma quinta, que mostraba
-ser de edad de cincuenta años y tenía bellísimo aspecto. «¡Señor--le
-dijo el barón de Steinbach presentando a don Alfonso--, aquí tenéis
-a vuestro hijo!» A estas palabras, don César de Leiva, que así se
-llamaba aquel caballero, echó los brazos al cuello a don Alfonso y
-le dijo llorando de gozo: «¡Reconoce, hijo mío, al padre que te dió
-el ser! Si te he dejado ignorar tanto tiempo quién eres, cree que ha
-sido a costa de hacerme a mí mismo una cruel violencia. Mil veces he
-suspirado de pena, pero no podía proceder de otra manera. Caséme con
-tu madre llevado sólo de amor, porque su nacimiento era muy inferior
-al mío; vivía yo bajo la autoridad de un padre de genio duro, que me
-redujo a tener secreto un matrimonio contraído sin su consentimiento.
-El barón de Steinbach era el único depositario de mi confianza, y de
-acuerdo conmigo se encargó de criarte. En fin, ya no vive mi padre y
-puedo manifestar al mundo que tú eres mi único heredero. No es esto lo
-más--añadió--: pienso casarte con una señora cuya nobleza es igual a la
-mía.» «¡Señor--le interrumpió D. Alfonso--, no me hagáis pagar sobrado
-cara la dicha que me anunciáis! ¿No puedo saber que tengo el honor de
-ser hijo vuestro sin que esta noticia venga acompañada de otra que
-necesariamente me ha de hacer desgraciado? ¡Ah señor, no queráis ser
-más cruel conmigo que lo fué vuestro padre con vos! Si éste no aprobó
-vuestros amores, a lo menos tampoco os obligó a recibir una esposa
-escogida por él.» «Hijo mío--respondió D. César--, ni yo pretendo
-tampoco tiranizar tus deseos; todo lo que exijo de tu sumisión es que
-tengas la condescendencia de ver a la que te tengo destinada, antes de
-resolverte a tomar otro partido. Aunque es hermosa y tu enlace con ella
-muy ventajoso para ti, no por eso te haré violencia para que la tomes
-por esposa. No está lejos: hállase actualmente en esta misma casa. Ven,
-y confesarás que no hay un objeto más amable.» Diciendo esto, condujo
-a don Alfonso a un magnífico cuarto, adonde los acompañamos el barón de
-Steinbach y yo.
-
-Estaban en él el conde de Polán con sus dos hijas, Serafina y Julia,
-con don Fernando de Leiva, su yerno, el cual era sobrino de don César,
-y con otras muchas señoras y caballeros. Don Fernando, que, según se ha
-dicho, había sacado a Julia de su casa, acababa de casarse con ella,
-y con motivo de la boda habían concurrido a aquella celebridad los
-aldeanos de los contornos. Luego que se dejó ver don Alfonso y que su
-padre le presentó a toda la concurrencia, se levantó el conde de Polán
-y corrió exhalado a abrazarle, diciendo a gritos: «¡Sea bien venido mi
-libertador! Don Alfonso--prosiguió el conde--, reconoce lo que puede
-la virtud en las almas generosas. Si tú quitaste la vida a mi hijo,
-también salvaste la mía. Desde este mismo punto te hago el sacrificio
-de mi resentimiento y te declaro dueño de Serafina, cuyo honor libraste
-también. Este es el desempeño de la obligación en que me constituyó tu
-valor y tu generosidad.» El hijo de don César correspondió con las más
-vivas expresiones de agradecimiento al cumplido que le hacía el conde
-de Polán, no siendo fácil discernir cuál de los dos afectos disputaba
-la preferencia en su agitado corazón, si el gozo de haber descubierto
-su distinguido nacimiento o la dicha tan cercana de lograr por esposa a
-Serafina. Con efecto, pocos días después se celebró el matrimonio, con
-el mayor regocijo y aplauso de los contrayentes y de toda la parentela.
-
-Como yo había sido uno de los que acudieron a libertar al conde de
-Polán, éste me conoció y me dijo que mi fortuna corría de su cuenta.
-Yo le di muchas gracias por su generosidad y no quise separarme de D.
-Alfonso, el cual me hizo mayordomo de su casa, honrándome con toda su
-confianza. Luego que se casó, no pudiendo olvidar el daño que se había
-hecho a Samuel Simón, me envió a llevar a este comerciante todo el
-dinero que le habíamos robado, esto es, a hacer una restitución, lo
-cual en un mayordomo se llama empezar el oficio por donde debía acabar.
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- LIBRO SÉPTIMO
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- CAPITULO PRIMERO
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- De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza Séfora.
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-Fuí, pues, a Chelva, a llevar al buen Simón los tres mil ducados que
-le habíamos robado. Confieso francamente que en el camino me dieron
-tentaciones de quedarme con ellos, para dar con tan buenos auspicios
-principio a mi mayordomía, lo que podía hacer sin riesgo, bastando para
-ello viajar cinco o seis días y volverme como si hubiera cumplido con
-el encargo. Don Alfonso y su padre me tenían en muy buen concepto para
-sospechar de mi fidelidad; todo me favorecía. Sin embargo, resistí a la
-tentación, y la vencí como hombre de honor, lo que no es poco loable
-en un mozo que se había acompañado con grandes pícaros. Yo aseguro que
-muchos de los que sólo tratan con hombres de bien son en este punto
-menos escrupulosos, y si no díganlo aquellos depositarios que sin
-peligro de perder su fama pueden apropiarse lo que se les ha confiado.
-
-Hecha la restitución, que no esperaba el mercader, volví a la quinta
-de Leiva, en donde ya no estaba el conde de Polán, que con Julia y don
-Fernando habían marchado a Toledo. Hallé a mi nuevo amo más prendado
-que nunca de su Serafina; a ésta, cada día más enamorada de su esposo,
-y a don César, contentísimo de tener consigo a ambos. Dediquéme a ganar
-la voluntad de este amoroso padre y lo conseguí. Me hicieron mayordomo
-de la casa. Todo lo gobernaba: recibía el dinero de los arrendadores,
-corría con el gasto y tenía una autoridad despótica sobre los criados;
-pero, lejos de imitar la conducta ordinaria de los de mi empleo, nunca
-abusé de mi poder. No despedía a los que me disgustaban ni exigía de
-los demás una ciega subordinación. Si acudían a don César o a su hijo
-pidiendo alguna gracia, lejos de estorbarlo, hablaba en su favor.
-Por otra parte, la estimación que continuamente me mostraban mis
-amos avivaba mi celo en servirlos, sin atender a otra cosa que a sus
-intereses. Administré con manos muy limpias y fuí un mayordomo de los
-pocos que hay.
-
-Cuando estaba más contento con mi suerte, envidioso el amor de lo
-bien que me trataba la fortuna, quiso que a él también tuviese que
-agradecerle, y para eso encendió en el corazón de la señora Lorenza
-Séfora, criada primera de Serafina, una violenta inclinación al
-señor mayordomo. Si he de hablar con la fidelidad de historiador, mi
-enamorada había cumplido los cincuenta, pero la frescura de su tez, su
-rostro agradable y dos hermosos ojos, que sabía manejar con destreza,
-podían hacer pasar por afortunada mi conquista. La hubiera yo deseado
-de un poco más color, porque estaba muy descolorida, pero esto lo
-atribuí a la austeridad del celibato.
-
-Usó mucho tiempo del atractivo de sus miradas cariñosas; mas yo, en
-lugar de corresponder a ellas, aparentaba no conocer sus designios; me
-tuvo por novato en el amor y no le desagradó mi cortedad. Juzgó era
-inútil el lenguaje de los ojos con un muchacho a quien creía menos
-instruído de lo que estaba, y así, en su primera conversación se me
-declaró en términos formales, a fin de que no lo dudase. Se manejó
-como mujer práctica, hizo como que se turbaba, y después de haberme
-dicho a su satisfacción cuanto quiso, se tapó la cara para persuadirme
-que se avergonzaba de haberme manifestado su flaqueza. Fué preciso
-rendirme; mostréme muy afecto a sus cariños, no tanto por amor como
-por vanidad. Hice el apasionado y aun afecté quererla con tal ardor
-que se vió precisada a reñirme; pero esto fué con tanta blandura que
-cuando me encargaba procurase contenerme no parecía disgustada de
-mi atrevimiento. Hubiera llegado a más el caso si Séfora no hubiera
-temido que hiciese mal juicio de su virtud concediéndome tan fácil
-la victoria. De esta suerte nos separamos hasta otra conversación,
-persuadida ella de que su aparente resistencia la haría pasar en mi
-concepto por un modelo de recato, y yo con la dulce esperanza de ver
-bien pronto el fin de esta aventura.
-
-Tal era el feliz estado en que me hallaba, cuando un lacayo de don
-César vino a aguar mi contento con una mala nueva. Era éste uno de
-aquellos criados que se dedican a saber cuanto pasa en el interior
-de las casas. Como continuamente me hacía la corte y todos los días
-me traía alguna noticia, me dijo una mañana que acababa de hacer un
-gracioso descubrimiento, que me comunicaría en confianza, pero con la
-condición de guardar secreto, por ser cosa de la dama Lorenza Séfora,
-cuyo enojo temía. Fué tanta la curiosidad en que me puso, que le
-ofrecí el mayor sigilo; procuré no manifestar que en ello tenía el
-más leve interés, preguntándole con frialdad qué descubrimiento era
-aquel de que me hablaba con tanta reserva. «Es--me dijo--que la señora
-Lorenza introduce de oculto en su cuarto todas las noches al cirujano
-del lugar, que es un mozo bien plantado, y el bellaco se está bien
-sosegado con ella. Doy de barato--prosiguió con tono socarrón--que esta
-acción sea muy inocente; pero usted convendrá en que un mozo que entra
-misteriosamente en el cuarto de una soltera da motivo para que no se
-juzgue bien de su conducta.»
-
-Esta noticia me desazonó tanto como si estuviera enamorado de veras.
-Procuré ocultar mi inquietud y aun me esforcé hasta celebrar con risa
-una nueva que me atravesaba el alma; pero luego que estuve solo me
-desquité echando mil bravatas, diciendo dos mil desatinos y me puse a
-discurrir el partido que podría tomar. Ya despreciaba a Lorenza y me
-proponía abandonarla sin dignarme oír sus descargos, y ya, creyendo
-era punto mío escarmentar al cirujano, pensaba desafiarle. Prevaleció
-esta última determinación. Escondíme al anochecer, y, en efecto, le
-vi entrar en el cuarto de mi dueña de un modo sospechoso. Sólo esto
-faltaba para encender mi ira, que acaso sin este incidente se hubiera
-mitigado. Salí de la casa y me aposté junto al camino por donde el
-galán debía marcharse. Le esperaba a pie firme y cada momento avivaba
-otro tanto el deseo que tenía de llegar con él a las manos. En fin,
-dejóse ver mi enemigo; salíle al encuentro con aire de matón; pero yo
-no sé cómo diablos sucedió que me hallé repentinamente sobrecogido de
-un terror pánico como un héroe de Homero, parado en medio de mi camino
-y tan turbado como Paris cuando se presentó a combatir con Menelao.
-Púseme a mirar a mi hombre, que me pareció robusto y vigoroso y su
-espada desmesuradamente larga. Todo ello hacía en mí su efecto; pero
-fuese la negra honrilla u otra causa, aunque estaba viendo el peligro
-con unos ojos que lo hacían todavía mayor, a pesar de mi miedo, que
-me aguijoneaba para que me volviese, tuve aliento para desenvainar mi
-tizona e irme derecho al cirujano.
-
-Sorprendióle mi acción. «¿Qué es esto, señor Gil Blas?--exclamó--.
-¿Qué significan esas demostraciones de caballero andante? ¿Usted sin
-duda tiene gana de chancearse?» «¡No, señor barbero--le respondí--,
-no! ¡Es cosa muy seria! Quiero saber si es usted tan valiente como
-galán. ¡No crea usted que le hayan de dejar gozar tranquilamente las
-finezas de la dama que acaba de ver en casa!» «¡Por San Cosme--repuso
-el cirujano dando una gran carcajada de risa--, que es buen chasco!
-¡Las apariencias, vive diez, son harto engañosas!» Por estas palabras
-presumí que tenía tanta gana de quimera como yo, lo que me hizo ser más
-audaz. «¡A otro perro con ese hueso!--le repliqué--. ¡A otro con esa,
-amigo mío! ¡Yo no soy hombre a quien satisface la simple negativa!»
-«Ya veo--prosiguió--que me será preciso hablar claro para evitar la
-desgracia que nos puede suceder a vos o a mí. Voy, pues, a revelaros
-un secreto, no obstante que los de nuestra profesión deben ser muy
-callados. Si la dama Lorenza me admite con cautela en su aposento es
-porque los criados no sepan su enfermedad. Todas las noches voy a
-curarle un cáncer inveterado que tiene en la espalda. Vea usted el
-fundamento de las visitas que tanto le inquietan. Tranquilícese de
-aquí en adelante sobre este particular; pero si no está satisfecho con
-esta declaración y quiere absolutamente que riñamos, dígalo y manos
-a la obra, pues no soy hombre que huiré el cuerpo.» Habiendo dicho
-estas palabras, sacó su montante, cuya vista me horrorizó, y se puso
-en defensa con un aire que nada bueno me anunciaba. «¡Basta!--le dije,
-envainando mi espada--. Yo no soy tan bárbaro que no ceda a la razón.
-Por lo que usted me ha dicho, veo que no es mi enemigo. ¡Abracémonos!»
-Mis palabras le dieron a entender que yo no era tan temible como
-le parecí al principio; envainó con risa la espada, me abrazó y nos
-separamos los mayores amigos del mundo.
-
-Desde este momento, Séfora se presentaba a mi imaginación como la cosa
-más desagradable. Evité todas las ocasiones que me proporcionaba de
-hablarle a solas, y mi cuidado y estudio en huir de ella le hicieron
-conocer mi interior. Admirada de una mudanza tan grande, quiso saber la
-causa, y habiendo encontrado al fin el medio de hablarme a solas, me
-dijo: «Señor mayordomo, dígame usted, si gusta, el por qué evita hasta
-mis miradas y por qué en lugar de buscar, como otras veces, proporción
-de hablarme, se extraña tanto de mí. Es verdad que yo di los primeros
-pasos, pero usted me correspondió. Acuérdese, si no lo lleva a mal,
-de la conversación que tuvimos solos; entonces era usted todo fuego y
-ahora no es mas que un hielo. ¿Qué significa esta mudanza?» La pregunta
-era muy delicada para un hombre sincero, y, a la verdad, me quedé muy
-perplejo. No tengo presente lo que respondí; solamente me acuerdo que
-le disgustó infinito. Séfora parecía un cordero por su semblante afable
-y modesto, pero cuando se encolerizaba era una tigre. «¡Creía--me dijo
-echándome una mirada llena de despecho y rabia--, creía honrar mucho
-a un hombrecillo como él manifestándole un afecto que caballeros y
-personas muy nobles harían gran vanidad de haber merecido! ¡Me está
-muy bien empleado por haberme bajado indignamente hasta un miserable
-aventurero!»
-
-Si hubiera parado en esto, hubiera salido yo del paso a poca costa;
-pero su lengua furiosa me dijo mil apodos a cual peor. Bien conozco
-que debí recibirlos a sangre fría y reflexionar que despreciando el
-triunfo de una virtud que yo había tentado cometía un delito que las
-mujeres no perdonan jamás. Un hombre sensato, en mi lugar, se hubiera
-reído de estas injurias; pero yo era tan vivo que no podía sufrirlas
-y perdí la paciencia. «Señora--le dije--, a nadie despreciemos: si
-esos caballeros de quienes usted habla le hubiesen visto las espaldas,
-aseguro que su curiosidad no hubiera pasado adelante.» Apenas hube
-disparado esta saeta, cuando la enfurecida dueña me pegó la más grande
-bofetada que jamás ha dado mujer colérica. Para no recibir otra y
-evitar la granizada de golpes que hubieran caído sobre mí, tomé la
-puerta con la mayor ligereza. Di mil gracias al Cielo de verme fuera
-de este mal paso, imaginando que nada tenía que temer, pues la dama
-se había vengado, y me parecía que por su propia estimación debía
-callar este lance. En efecto, pasaron quince días sin saber nada de
-ella, y principiaba a olvidarla, cuando supe que estaba mala. Confieso
-que tuve la flaqueza de afligirme. Me dió lástima, imaginando que, no
-pudiendo esta desgraciada amante vencer un amor tan mal pagado, se
-habría rendido a su dolor. Me consideraba yo la principal causa de su
-enfermedad, y ya que no podía amarla, a lo menos la compadecía. Pero
-¡cuánto me engañaba! Su ternura, convertida en odio, no pensaba mas que
-en perderme.
-
-Estando una mañana con don Alfonso, noté que se hallaba triste y
-pensativo; preguntéle con respeto qué tenía. «Tengo pesadumbre--me
-dijo--de ver a Serafina tan débil, ingrata e injusta. Tú te
-admiras--añadió, observando mi suspensión--; pues cree que es muy
-cierto lo que te digo. No sé por qué motivo te has hecho tan odioso
-a Lorenza su criada, que dice es infalible su muerte si no sales
-prontamente de casa. Como Serafina te ama, no debes dudar que habrá
-resistido a los impulsos de este aborrecimiento, con los cuales no
-puede condescender sin ser desagradecida e injusta; pero al fin es
-mujer, y ama con extremo a Séfora, que la ha criado. La quiere como si
-fuera su madre y creería ser causa de su muerte si no le daba gusto.
-Por lo que hace a mí, aunque quiero tanto a Serafina, no pienso del
-mismo modo y no consentiré te apartes de mí aunque pereciesen todas
-las dueñas de España, pues te miro no como a un criado, sino como a
-hermano.»
-
-Luego que acabó de hablar don Alfonso, le dije: «Señor, yo he nacido
-para ser juguete de la fortuna. Pensaba que cesaría de perseguirme en
-vuestra casa, en donde todo me prometía una vida feliz y tranquila;
-pero al fin me es preciso dejarla, aunque con ella pierda mi mayor
-gusto.» «¡No, no!--exclamó el generoso hijo de don César--. ¡Déjame,
-yo convenceré a Serafina! ¡No se ha de decir que te hemos sacrificado
-al capricho de una dueña! ¡Demasiado la contemplamos en otras cosas!»
-«Pero, señor--repliqué--, irritaréis más a Serafina si la resistís.
-Más bien quiero retirarme que exponerme, permaneciendo en casa, a
-causar desazón entre dos esposos tan perfectos; si esta desgracia
-sucediese, jamás hallaría yo consuelo.» Don Alfonso me prohibió tomar
-este partido, y le vi tan resuelto, que Lorenza no hubiera logrado su
-intento si yo no hubiese permanecido en mi propósito. Es verdad que,
-picado de la venganza de la dueña, tuve mis impulsos de cantar de plano
-y descubrirla; pero luego me compadecía, considerando que si revelaba
-su flaqueza hería mortalmente a una infeliz de cuya desgracia era yo la
-causa y a quien dos males irremediables echaban al hoyo. Juzgué, pues,
-que en conciencia debía restablecer el sosiego en la casa saliéndome de
-ella, pues que era un hombre que ocasionaba tanto daño. Hícelo así al
-día siguiente antes de amanecer, sin despedirme de mis amos, temiendo
-que su cariño estorbase mi partida, y sólo dejé en mi cuarto una cuenta
-puntual de mi administración.
-
-
-
-
- CAPITULO II
-
-De lo que le sucedió a Gil Blas después de dejar la casa de Leiva y de
-las felices consecuencias que tuvo el mal suceso de sus amores.
-
-
-Yo tenía un buen caballo y llevaba en mi maleta doscientos doblones,
-procedentes la mayor parte de lo que me tocó de los bandoleros que
-matamos y de los mil ducados que robamos a Samuel Simón, porque
-don Alfonso había restituído generosamente toda la cantidad,
-cediéndome la parte que me había tocado. Así, mirando mi caudal por
-esta circunstancia como ya legítimo, gozaba de él sin escrúpulo de
-conciencia. En una edad como la que yo entonces tenía se confía mucho
-en el propio mérito, y fuera de esto, con mi dinero nada creía debía
-temer en adelante. Por otra parte, Toledo me ofrecía un agradable
-asilo, y no dudaba que el conde de Polán tendría mucho gusto en recibir
-en su casa a uno de sus libertadores. Pero este recurso debía ser
-cuando todo corriese turbio, y antes de valerme de él quise gastar
-parte de mi dinero en correr los reinos de Murcia y Granada, que
-deseaba ver con particularidad. Con este intento tomé el camino de
-Almansa, de donde, prosiguiendo mi viaje, fuí de pueblo en pueblo hasta
-la ciudad de Granada, sin que me sucediese contratiempo alguno. Parecía
-que la fortuna, satisfecha ya de tantos chascos como me había jugado,
-quería en fin dejarme en paz; pero esta traidora me preparaba otros
-muchos, como se verá en adelante.
-
-Uno de los primeros sujetos que encontré en las calles de Granada fué
-el señor don Fernando de Leiva, yerno, como don Alfonso, del conde
-de Polán. Ambos quedamos sorprendidos de vernos en Granada. «¿Qué es
-esto, Gil Blas?--me dijo--. ¿Tú en Granada? ¿Qué es lo que aquí te
-trae?» «Señor--le dije--, si usted se admira de verme en este país,
-con mucha más razón se maravillará cuando sepa la causa que me ha
-obligado a dejar la casa del señor don César y su hijo.» En seguida le
-conté cuanto me había pasado con Séfora, sin callarle nada. Causóle
-gran risa el lance, y ya sosegado, me dijo seriamente: «Amigo, voy
-a tomar por mi cuenta este negocio. Escribiré a mi cuñada...» «¡No,
-no, señor!--interrumpí--. ¡Suplico a usted no haga tal cosa! No he
-salido de la casa de Leiva para volver a ella. Si usted gusta, puede
-emplear de otro modo el favor que le debo. Ruego a usted que si alguno
-de sus amigos necesita un secretario o un mayordomo me presente y
-recomiende, que doy a usted palabra de no desairar su informe.» «Con
-mucho gusto--respondió--. Mi venida a Granada ha sido a visitar a una
-tía mía, ya anciana, que está enferma, y todavía pasarán tres semanas
-antes que me vuelva a mi quinta de Lorque, en donde ha quedado Julia.
-En aquella casa vivo--prosiguió, señalándome una suntuosa que estaba a
-cien pasos de nosotros--; venme a ver pasados algunos días, que quizá
-te habré ya buscado un acomodo.»
-
-Efectivamente, la primera vez que nos vimos me dijo: «El señor
-arzobispo de Granada, mi pariente y amigo, que es un grande escritor,
-necesita de un hombre instruído y de buena letra para poner en limpio
-sus obras. Ha compuesto, y todos los días compone, homilías que predica
-con mucho aplauso. Como te contemplo a propósito para el caso, te he
-recomendado y me ha prometido admitirte. Vé y preséntate de mi parte;
-por el modo con que te reciba conocerás el buen informe que le he
-dado.»
-
-La conveniencia me pareció tal como la podía desear, y así, habiéndome
-compuesto lo mejor que pude, fuí una mañana a presentarme a este
-prelado. Si yo hubiera de imitar a los autores de novelas, haría
-aquí una descripción pomposa del palacio arzobispal de Granada, me
-extendería sobre la estructura del edificio, celebraría la riqueza de
-sus muebles, hablaría de sus estatuas y pinturas y no dejaría de contar
-al lector la menor de todas las historias que en ella se representan;
-pero me contentaré con decir que iguala en magnificencia al palacio de
-nuestros reyes.
-
-Vi en las antesalas una muchedumbre de eclesiásticos y seglares, la
-mayor parte familiares de Su Ilustrísima, limosneros, gentileshombres,
-escuderos o ayudas de cámara. Los vestidos de los seglares eran
-costosos; tanto, que más parecían de señores que de criados. Se
-mostraban altivos y hacían el papel de hombres de importancia. Al
-ver su afectación, no pude menos de reírme y burlarme interiormente
-de ellos. «¡Pardiez--me decía entre mí--, estas gentes tienen la
-fortuna de no sentir el yugo de la servidumbre, porque al fin, si lo
-sintieran, me parece que debían ostentar menos altanería!» Acerquéme
-a un personaje grave y grueso que estaba a la puerta de la cámara del
-arzobispo para abrirla y cerrarla cuando era necesario, y le pregunté
-con mucha cortesía si podría hablar a Su Ilustrísima. «Espérese
-usted--me dijo secamente--, que Su Ilustrísima va a salir a oír misa
-y al paso le oirá a usted.» No respondí palabra. Arméme de paciencia
-e hice por trabar conversación con algunos de los sirvientes, pero
-aquellos señores no se dignaron contestarme, sino que se entretuvieron
-en examinarme de pies a cabeza, y después, mirándose unos a otros, se
-sonrieron con orgullo de la libertad que había tenido de mezclarme en
-su conversación.
-
-Confieso que me quedé del todo corrido al verme tratado así por unos
-criados. Todavía no había vuelto de mi confusión cuando se abrió la
-puerta del estudio y salió el arzobispo. Inmediatamente guardaron todos
-un profundo silencio; dejaron sus modales insolentes y mostraron un
-semblante respetuoso delante de su amo. Tendría el prelado unos sesenta
-y nueve años y casi se semejaba a mi tío Gil Pérez, el canónigo; es
-decir, que era pequeño y grueso, y además muy patiestevado, y tan calvo
-que sólo tenía un mechón de pelo hacia el cogote, por lo cual llevaba
-embutida la cabeza en una papalina que le cubría las orejas. Con todo,
-noté en él un aire de caballero, sin duda porque yo sabía que lo era.
-La gente común miramos a los grandes con una cierta preocupación, que
-por lo regular les presta un aspecto de señorío que la Naturaleza les
-ha negado. Luego que me vió, el arzobispo se vino a mí y me preguntó
-con mucha dulzura qué era lo que se me ofrecía. Le dije era el
-recomendado del señor don Fernando de Leiva. «¡Ah!--exclamó--. ¿Eres
-tú el que me ha alabado tanto? ¡Ya estás recibido! ¡Me alegro de tan
-buen hallazgo! Quédate desde luego en casa.» Dichas estas palabras,
-se apoyó sobre dos escuderos, y habiendo oído a algunos eclesiásticos
-que llegaron a hablarle, salió de la sala. Apenas estaba fuera, cuando
-vinieron a saludarme los mismos que poco antes habían despreciado mi
-conversación; me rodean, me agasajan y muestran la mayor alegría de
-verme comensal del arzobispo. Habían oído lo que me había dicho mi amo
-y deseaban con ansia saber qué empleo debía tener cerca de Su Señoría
-Ilustrísima; pero para vengarme del desprecio que me habían hecho, tuve
-la malicia de no satisfacer su curiosidad.
-
-No tardó mucho en volver Su Señoría Ilustrísima, y me hizo entrar en
-su estudio para hablarme a solas. Yo pensé bien que su intención era
-tantear mis talentos, por lo que me atrincheré y preparé para medir
-todas mis palabras. Principió haciéndome algunas preguntas sobre las
-Humanidades. Tuve la fortuna de no responder mal y hacerle ver que
-conocía bastante los autores griegos y latinos. Examinóme después de
-dialéctica, y cabalmente aquí era en donde yo le esperaba. Encontróme
-bien cimentado en ella y me dijo con cierta admiración: «Se conoce
-que has tenido buena educación. Veamos ahora tu letra.» Saqué de la
-faltriquera una muestra que había llevado expresamente para este caso,
-la que no desagradó a mi prelado. «Me alegro de que tengas tan buena
-forma--exclamó--, y todavía más de que tengas tan buen entendimiento.
-Daré las gracias a mi sobrino don Fernando porque me ha proporcionado
-un joven tan de provecho. ¡A la verdad, que me ha hecho un buen
-presente!»
-
-Interrumpió nuestra conversación la llegada de algunos caballeros
-granadinos que iban a comer con Su Ilustrísima. Dejélos y me retiré a
-donde estaban los familiares, quienes me colmaron de cumplimientos y
-obsequios. Comí con ellos, y si mientras la comida procuraron observar
-mis acciones, yo no examiné menos las suyas. ¡Qué modestia guardaban
-los eclesiásticos! Todos me parecieron unos santos; tanto era el
-respeto que me había infundido el palacio arzobispal. No me pasó por la
-imaginación que aquello podría ser gazmoñería, como si fuera imposible
-que ésta se hallase en casa de los príncipes de la Iglesia.
-
-Me tocó sentarme al lado de un antiguo ayuda de cámara, llamado
-Melchor de la Ronda, quien tenía cuidado de servirme buenos bocados.
-Viendo su atención, procuré yo tenerla con él, y mi política le agradó
-mucho. «Señor caballero--me dijo en voz baja luego que acabamos de
-comer--, quisiera hablar con usted a solas.» Y diciendo esto, me llevó
-a un sitio de palacio en donde nadie podía oírnos y allí me tuvo
-este razonamiento: «Hijo mío, desde el instante que te vi te cobré
-inclinación, de cuya verdad voy a darte una prueba confiándote un
-secreto que te será de gran utilidad. Estás en una casa en donde se
-confunden los verdaderos virtuosos con los falsos. Para conocer este
-terreno necesitabas infinito tiempo, y voy a excusarte un estudio tan
-largo y desagradable pintándote los genios de unos y de otros, lo que
-podrá servirte de gobierno. No será malo--prosiguió--dar principio
-por Su Ilustrísima. Es un prelado muy piadoso, ocupado continuamente
-en edificar al pueblo y en encaminarle a la virtud con admirables
-sermones morales, que él mismo compone. Veinte años hace que dejó la
-corte para dedicarse enteramente a conducir su rebaño; es un sabio y
-un grande orador, que tiene puesto su conato en predicar, y el pueblo
-le oye con mucho gusto. Tal vez tendrá en esto su poco de vanidad;
-pero además de que no toca a los hombres el penetrar los corazones,
-no pareciera bien que me pusiese yo a escudriñar los defectos de una
-persona cuyo pan como. Si me fuera permitido reprender alguna cosa
-en mi amo, vituperaría su severidad, porque castiga con demasiado
-rigor las flaquezas de los eclesiásticos, cuando debiera mirarlas
-con piedad. Sobre todo, persigue sin misericordia a los que, fiados
-en su inocencia, piensan justificarse jurídicamente desatendiendo su
-autoridad. Tiene también otro defecto, que es común a muchas personas
-grandes: aunque ama a sus criados, atiende poco a sus servicios;
-los dejará envejecer en su casa sin pensar en proporcionarles algún
-acomodo. Si alguna vez los gratifica, es porque hay quien tiene la
-bondad de hablar por ellos, pues por lo que hace a Su Ilustrísima,
-jamás se acordaría de hacerles el menor bien.»
-
-Esto me dijo de su amo el ayuda de cámara, y siguió dándome razón del
-carácter de los eclesiásticos con quienes habíamos comido. Me los
-retrató muy al contrario de lo que aparentaban; es verdad que no me
-dijo que eran gentes infames, pero sí bastante malos sacerdotes. No
-obstante, exceptuó a algunos cuya virtud alabó mucho. Con esta lección
-aprendí el modo de portarme con estos señores, y aquella misma noche,
-en la cena, me revestí como ellos de un exterior compuesto. No es de
-admirar se hallen tantos hipócritas, cuando nada cuesta el serlo.
-
-
-
-
- CAPITULO III
-
-Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo de Granada y el conducto
-de sus gracias.
-
-
-Mientras la siesta, había yo sacado de la posada mi maleta y caballo
-y vuelto después a cenar a palacio, en donde me pusieron un cuarto
-decente con muy buena cama. El día siguiente me hizo llamar Su
-Ilustrísima muy de mañana para darme a copiar una homilía, encargándome
-mucho lo hiciera con toda la exactitud posible. Ejecutélo así, sin
-omitir acento, punto ni coma, de lo que manifestó el prelado un gran
-placer mezclado de sorpresa. Luego que recorrió todas las hojas de
-mi copia, exclamó admirado: «¡Eterno Dios! ¿Puede darse una cosa más
-correcta? Eres muy buen copiante por ser perfecto gramático. Háblame
-con satisfacción, amigo mío: ¿has encontrado al escribir alguna cosa
-que te haya chocado? ¿Algún descuido en el estilo o algún término
-impropio? Es muy fácil se me haya escapado algo de esto en el calor de
-la composición.» «¡Oh, señor--respondí modestamente--, no tengo tanta
-instrucción que pueda meterme a crítico! Y aun cuando la tuviera, estoy
-cierto de que las obras de Su Ilustrísima no caerían bajo mi censura.»
-Sonrióse con mi respuesta y nada me replicó, pero en medio de toda su
-piedad se traslucía que amaba con pasión sus escritos.
-
-Acabé de granjear su amistad con esta adulación. Cada día me quería
-más; tanto, que don Fernando, que visitaba frecuentemente a mi amo, me
-aseguró había de tal modo ganado su voluntad que podía dar por hecha mi
-fortuna. Mi amo mismo lo confirmó poco tiempo después con la ocasión
-siguiente. Habiendo relatado con vehemencia una tarde en su estudio
-delante de mí una homilía que había de predicar en la catedral al otro
-día, no se contentó con preguntarme en general qué me había parecido,
-sino que me obligó a decirle los pasajes que más habían llamado mi
-atención, y tuve la fortuna de citarle aquellos de que él estaba
-más satisfecho y que eran sus favoritos; esto me hizo pasar en el
-concepto de Su Ilustrísima por un conocedor delicado de las verdaderas
-bellezas de una obra. «¡Eso es--exclamó--lo que se llama tener gusto
-y finura! ¡Sí, querido, te aseguro que no es tu oído oreja de asno!»
-En fin, quedó tan contento de mí que me dijo con mucha expresión: «Gil
-Blas, no tengas ya cuidado, que tu fortuna corre de mi cuenta, y te
-proporcionaré una que te sea agradable. Yo te estimo, y en prueba de
-ello quiero que seas mi confidente.»
-
-Al oír estas palabras, me eché a los pies de Su Ilustrísima, penetrado
-de reconocimiento. Abracé gustosamente sus piernas torcidas y creíme
-ya un hombre que estaba en camino de llegar a ser rico. «Sí, hijo
-mío--prosiguió el arzobispo, cuyo discurso había interrumpido mi
-acción--, quiero hacerte depositario de mis más ocultos pensamientos.
-Escucha atentamente lo que voy a decirte. Tengo gusto en predicar, y el
-Señor bendice mis homilías, porque mueven a los pecadores, les hacen
-volver en sí y recurrir a la penitencia. Tengo la satisfacción de ver a
-un avaro, atemorizado con las imágenes que presento a su codicia, abrir
-sus tesoros y distribuirlos con mano pródiga; a un lascivo, huir de sus
-torpezas; a los ambiciosos, retirarse a las ermitas, y hacer constante
-y firme en sus obligaciones a una esposa a quien hacía titubear un
-amante seductor. Estas conversiones, que son frecuentes, deberían
-por sí solas excitarme al trabajo. Pero te confieso mi flaqueza:
-todavía me mueve otro premio, premio de que la delicadeza de mi virtud
-me reprende inútilmente; éste es el aprecio que hace el público de
-las obras bien acabadas. La gloria de pasar por un orador consumado
-tiene para mí muchos atractivos. Hoy pasan mis obras por enérgicas y
-sublimes, pero no querría caer en las faltas de los buenos escritores
-que escriben muchos años, y sí conservar toda mi reputación. En este
-supuesto, mi amado Gil Blas--continuó el prelado--, exijo una cosa de
-tu celo: cuando adviertas que mi pluma envejece, cuando notes que mi
-estilo declina, no dejes de avisármelo. En este punto no me fío de mí
-mismo, porque el amor propio podría cegarme. Esta observación necesita
-de un entendimiento imparcial, y así, elijo el tuyo, que contemplo a
-propósito, y desde luego abrazaré tu dictamen.» «Señor--le dije--, Su
-Ilustrísima está todavía muy distante de ese tiempo, a Dios gracias;
-además de que un ingenio como el de Su Ilustrísima se conservará
-más bien que los de otro temple, o para hablar con propiedad, Su
-Ilustrísima será siempre el mismo. Yo miro a Su Ilustrísima como un
-segundo cardenal Jiménez, cuyo superior talento parecía recibir nuevas
-fuerzas de los años en lugar de debilitarse con ellos.» «¡Déjate de
-alabanzas, amigo mío!--respondió mi amo--. Yo sé que puedo declinar
-de un momento a otro; en la edad en que me hallo, ya se empiezan a
-sentir los achaques, y los males del cuerpo alteran el entendimiento.
-De nuevo te lo encargo, Gil Blas: no te detengas un momento en avisarme
-luego que adviertas que mi cabeza se debilita. No temas hablarme con
-franqueza y sinceridad, porque tu aviso será para mí una prueba del
-amor que me tienes. Por otra parte, va en ello tu interés, pues si,
-por desgracia tuya, supiese que se decía en la ciudad que mis sermones
-habían decaído de su ordinaria elevación y que podía ya dar de mano a
-mis tareas, perderías no sólo mi afecto, sino el acomodo que te tengo
-prometido. Te hablo con claridad: esto sacarías de tu necio silencio.»
-
-Aquí acabó la exhortación de mi amo, para oír mi respuesta, que
-se redujo a prometerle cuanto deseaba. Desde aquel punto, nada
-tuvo secreto para mí y vine a ser su privado. Todos los familiares
-envidiaban mi suerte, menos el prudente Melchor de la Ronda. Era de
-ver cómo trataban los gentileshombres y escuderos al confidente de
-Su Ilustrísima; no se afrentaban de humillarse por tenerme contento;
-sus bajezas me hacían dudar que fuesen españoles. Aunque conocía que
-los guiaba el interés, y nunca me engañaron sus lisonjas, no dejé
-por eso de servirlos. Mis buenos oficios movieron a Su Ilustrísima a
-proporcionarles empleos. A uno le hizo dar una compañía y le puso en
-estado de lucir en el ejército; a otro envió a Méjico con un grande
-destino, y no olvidando a mi amigo Melchor, logré para él una buena
-gratificación. Esto me hizo conocer que si el prelado de su propio
-motivo no daba, a lo menos rara vez negaba lo que se le pedía.
-
-Pero me parece que debo referir con más extensión lo que hice por
-un eclesiástico. Un día nuestro mayordomo me presentó un licenciado
-llamado Luis García, hombre todavía mozo y de buena presencia, y
-me dijo: «Señor Gil Blas, este honrado eclesiástico es uno de mis
-mayores amigos. Ha sido capellán de unas monjas, pero su virtud no
-ha podido librarse de malas lenguas. Le han desacreditado tanto con
-Su Ilustrísima que le ha suspendido, y no quiere escuchar ninguna
-solicitud a favor suyo. Nos hemos valido de lo principal de Granada,
-pero nuestro amo es inflexible.» «Señores--les dije--, este negocio se
-ha gobernado mal y hubiera sido mejor no haber empeñado a nadie; por
-hacerle bien al señor licenciado, le han hecho mucho daño. Yo conozco
-a Su Ilustrísima y sé que las súplicas y recomendaciones no hacen mas
-que agravar en su idea la culpa de un eclesiástico. No ha mucho que
-le oí decir a él mismo que a cuantas más personas empeña en su favor
-un eclesiástico que está irregular, tanto más aumenta el escándalo y
-tanto más severo es para con él.» «¡Malo es eso!--dijo el mayordomo--.
-Y mi amigo se vería muy apurado si no tuviera tan buena letra; pero,
-por fortuna, escribe primorosamente, y con esta habilidad se ingenia
-para mantenerse.» Tuve la curiosidad de ver si la letra que se me
-celebraba era mejor que la mía. El licenciado me manifestó una muestra
-que traía prevenida, la cual me admiró, pues me parecía una de las que
-dan los maestros de escuela. Mientras miraba tan bella forma de letra
-me ocurrió una idea, y pedí a García me dejase el papel, diciéndole que
-acaso le sería útil; que no podía decirle más por entonces, pero que al
-otro día hablaríamos largamente. El licenciado, a quien el mayordomo
-había, según presumo, celebrado mi ingenio, se retiró tan satisfecho
-como si ya le hubiesen restituído a sus funciones.
-
-A la verdad, yo deseaba servirle, y desde aquel día trabajó en ello
-del modo que voy a decir. Estando solo con el arzobispo, le enseñé la
-letra de García, que le gustó infinito, y aprovechándome entonces de la
-ocasión, le dije: «Señor, una vez que Su Ilustrísima no quiere imprimir
-sus homilías, a lo menos desearía yo que se escribiesen de esta letra.»
-
-El prelado me respondió: «Aunque me agrada la tuya, te confieso que no
-me disgustaría tener copiadas mis obras de esta mano.» «No se necesita
-más--proseguí--que el consentimiento de Vuestra Ilustrísima. El que
-tiene esta habilidad es un licenciado conocido mío, y se alegrará
-tanto más de servir a Su Ilustrísima cuanto que por este medio podrá
-esperar de su bondad se sirva sacarle del miserable estado en que por
-desgracia se halla.» «¿Cómo se llama este licenciado?», me preguntó.
-«Luis García--le dije--, y está lleno de amargura por haber caído en
-la desgracia de Su Ilustrísima.» «Ese García--interrumpió--, si no me
-engaño, ha sido capellán de un convento de monjas y ha incurrido en las
-censuras eclesiásticas. Todavía me acuerdo de los memoriales que me
-han dado contra él. Sus costumbres no son muy buenas.» «Señor--dije--,
-no pretendo justificarle, pero sé que tiene enemigos y asegura que sus
-acusadores han tirado más a hacerle daño que a decir la verdad.» «Bien
-puede ser--replicó el arzobispo--, porque en el mundo hay ánimos muy
-perversos; pero aun suponiendo que su conducta no haya sido siempre
-irreprensible, acaso se habrá arrepentido, y, sobre todo, a gran pecado
-gran misericordia. Tráeme ese licenciado, a quien desde luego levanto
-las censuras.»
-
-He aquí cómo los hombres más rígidos templan su severidad cuando media
-el interés propio. El arzobispo concedió sin dificultad a la vana
-complacencia de ver sus obras bien escritas lo que había negado a los
-más poderosos empeños. Al instante di esta noticia al mayordomo, quien
-sin pérdida de tiempo la participó a su amigo García. Al día siguiente
-vino a darme las gracias correspondientes al favor conseguido. Le
-presenté a mi amo, quien, contentándose con una ligera reprensión,
-le dió algunas homilías para que las pusiera en limpio. García lo
-desempeñó tan perfectamente que Su Ilustrísima le restableció en su
-ministerio y aun le dió el curato de Gabia, lugar grande inmediato
-a Granada, lo que prueba muy bien que los beneficios no siempre se
-confieren a la virtud.
-
-
-
-
- CAPITULO IV
-
-Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del lance crítico en que
-se halla Gil Blas y del modo con que salió de él.
-
-
-Mientras yo me ocupaba en servir de este modo a unos y a otros, don
-Fernando de Leiva se disponía para dejar a Granada. Visité a este
-señor antes de su partida para darle de nuevo gracias por el excelente
-acomodo que me había proporcionado. Viéndome tan gustoso, me dijo: «Mi
-amado Gil Blas, me alegro mucho que estés tan satisfecho de mi tío el
-arzobispo.» «Estoy contentísimo--le respondí--con este gran prelado,
-y debo estarlo porque, además de ser un señor muy amable, nunca
-podré agradecer bastante los favores que le merezco. Pero todo esto
-necesitaba para consolarme de la separación del señor don César y de su
-hijo.» «No creo que ellos la hayan sentido menos--dijo don Fernando--,
-pero puede ser que no os hayáis separado para siempre y que la fortuna
-vuelva a reuniros algún día.» Estas palabras me enternecieron de modo
-que no pude menos de suspirar. Entonces conocí que mi amor a don
-Alfonso era tanto que hubiera dejado con gusto al arzobispo y cuanto
-podía esperar de su privanza por volverme a la casa de Leiva, siempre
-que se hubiera quitado el obstáculo que me había alejado de ella, don
-Fernando advirtió mi ternura, y le agradó tanto que me abrazó, diciendo
-que toda su familia se interesaría siempre en mi bienestar.
-
-A los dos meses de haberse marchado este caballero, y cuando me veía
-yo más favorecido, tuvimos un gran susto en palacio. Acometióle al
-arzobispo una apoplejía, pero se acudió con tan prontos y eficaces
-remedios que sanó a muy pocos días, aunque quedó algo tocado de la
-cabeza. Al primer sermón que compuso, bien lo eché de ver; pero no
-hallando bastante perceptible la diferencia que había entre éste y los
-antecedentes para inferir que el orador empezaba a decaer, aguardé a
-que predicase otro para decidir. Hízolo y no fué menester esperar más:
-el buen prelado unas veces se rozaba y repetía; otras, se remontaba
-hasta las nubes o se abatía hasta el suelo. En fin, su oración fué
-difusa: una arenga de catedrático cansado o un sermón de misión sin
-concierto.
-
-No fuí yo solo quien lo notó, sino que casi todos los que le oyeron,
-como si les hubieran pagado para que lo examinasen, se decían al oído:
-«¡Este sermón huele a apoplejía!» «¡Vamos, señor censor y árbitro
-de las homilías--me dije a mí mismo--, prepárese usted para hacer
-su oficio! Ya ve usted que Su Ilustrísima declina; usted está en
-obligación de advertírselo, no sólo como depositario de sus confianzas,
-sino también por temor de que alguno de sus enemigos se os anticipe. Si
-llegara este caso, sabe usted muy bien sus consecuencias: sería usted
-borrado de su testamento, en el cual sin duda le tiene señalado una
-manda mejor que la biblioteca del licenciado Cedillo.»
-
-A estas reflexiones seguían otras enteramente contrarias, porque me
-parecía muy expuesto dar un aviso tan desagradable, que yo juzgaba
-no recibiría con gusto un autor encaprichado por sus obras. Luego,
-desechando esta idea, miraba como imposible que desaprobase mi libertad
-habiéndomelo inculcado con tanto empeño. Añádase a esto que yo pensaba
-decírselo con maña y hacerle tragar suavemente la píldora. En fin,
-persuadiéndome que arriesgaba más en callar que en hablar, me determiné
-a romper el silencio.
-
-Sólo una cosa me inquietaba, y era no saber cómo sacar la conversación.
-Por fortuna, el orador mismo me sacó de este cuidado preguntándome
-qué se decía de él en el público y si había gustado su último sermón.
-Respondí que sus homilías siempre admiraban, pero que, a mi parecer,
-la última no había movido tanto al auditorio como las antecedentes.
-¿Cómo es eso, amigo?--respondió sobresaltado--. ¿Habrá encontrado
-algún Aristarco?» «No, señor ilustrísimo--le dije--, no son obras
-las de Su Ilustrísima que haya quien se atreva a censurarlas; antes
-todos las celebran. Pero como Su Ilustrísima me tiene mandado que
-le hable con franqueza y con sinceridad, me tomaré la licencia de
-decir que el último sermón no me parece tener la solidez de los
-precedentes. ¿Piensa Su Ilustrísima de otro modo?» A estas palabras
-mudó de color mi amo y con una sonrisa forzada me dijo: «Señor Gil
-Blas, ¿conque esta composición no es del agrado de usted?» «No digo
-eso, señor ilustrísimo--interrumpí todo turbado--; es excelente,
-aunque un poco inferior a las otras obras de Su Ilustrísima.» «¡Ya
-entiendo!--replicó--. Te parece que voy bajando, ¿no es eso? ¡Acorta
-de razones! Tú crees que ya es tiempo de que piense en retirarme.»
-«Jamás--le contesté--hubiera yo hablado a Su Ilustrísima con tanta
-claridad si expresamente no me lo hubiera mandado, y pues en esto
-no hago mas que obedecer a Su Ilustrísima, le suplico rendidamente
-no lleve a mal mi atrevimiento.» «¡No permita Dios--interrumpió
-precipitadamente--, no permita Dios que os reprenda tal cosa! En eso
-sería yo muy injusto. No me desagrada el que me digas tu dictamen, sino
-que me desagrada tu dictamen mismo. Yo me engañé extremadamente en
-haberme sometido a tu limitada capacidad.»
-
-Aunque estaba tan turbado, procuré buscar los medios de enmendar lo
-hecho; pero es imposible sosegar a un autor irritado, y más si está
-acostumbrado a no escuchar sino alabanzas. «No hablemos más del asunto,
-hijo mío--me dijo--. Tú eres todavía muy niño para distinguir lo
-verdadero de lo falso. Has de saber que en mi vida he compuesto mejor
-homilía que la que tiene la desgracia de no merecer tu aprobación.
-Gracias al Cielo, mi entendimiento nada ha perdido todavía de su vigor.
-En adelante yo elegiré mejores confidentes; quiero otros más capaces
-de decidir que tú. ¡Anda--prosiguió, empujándome para que saliera de
-su estudio--y díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda
-bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas, me alegraré logre
-usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!»
-
-
-
-
- CAPITULO V
-
-Partido que tomó Gil Blas después que le despidió el arzobispo; su
-casual encuentro con el licenciado García y cómo le manifestó éste su
-agradecimiento.
-
-
-Salí del estudio maldiciendo el capricho o, por mejor decir, la
-flaqueza del arzobispo, y todavía más irritado contra él que afligido
-de haber perdido su favor. Y aun dudé por algún tiempo si iría a tomar
-mis cien ducados; pero después de haberlo reflexionado bien, no quise
-tener la tontería de perderlos. Conocí que esta gratificación no me
-privaría del derecho de poner en ridículo a mi buen prelado, lo que me
-proponía hacer siempre que se hablase en mi presencia de sus homilías.
-
-Fuí, pues, a pedir al tesorero cien ducados, sin decirle una sola
-palabra de lo que acababa de pasar entre mi amo y yo. Después me
-despedí para siempre de Melchor de la Ronda, quien me quería tanto
-que no pudo dejar de sentir mucho mi desgracia. Observé que mientras
-le daba cuenta de lo sucedido su rostro manifestaba sentimiento. No
-obstante el respeto que debía al arzobispo, no pudo menos de vituperar
-su conducta; pero como en mi enojo juré que el prelado me las había
-de pagar y que a su costa había yo de divertir a toda la ciudad, el
-prudente Melchor me dijo: «Créeme, amado Gil Blas, pásate tu pena y
-calla. Los hombres plebeyos deben respetar siempre a las personas
-distinguidas, por más motivo que tengan para quejarse de ellas.
-Confieso que hay señores muy groseros que no merecen atención alguna,
-pero al fin pueden hacer daño y es preciso temerlos.»
-
-Agradecí al antiguo ayuda de cámara su buen consejo y le prometí
-aprovecharme de él. Después de esto me dijo: «Si vas a Madrid, procura
-ver a José Navarro, mi sobrino, que es jefe de la repostería del
-señor don Baltasar de Zúñiga, y me atrevo a decirte que es un mozo
-digno de tu amistad. Es franco, vivo, servicial y amigo de hacer bien
-sin interés. Yo quisiera que fuerais amigos.» Le respondí que no
-dejaría de verle luego que llegase a Madrid, adonde pensaba volver.
-Salí inmediatamente del palacio arzobispal, con ánimo de no poner
-más en él los pies. Tal vez hubiera marchado al instante a Toledo si
-hubiese conservado mi caballo; pero le había vendido en el tiempo de
-mi fortuna, creyendo que ya no le necesitaría. Resolví tomar un cuarto
-amueblado, formando mi plan de permanecer todavía un mes en Granada y
-de irme en seguida a casa del conde de Polán.
-
-Como se acercaba la hora de comer, pregunté a mi huéspeda si habría
-por allí cerca alguna hostería, y me respondió que a dos pasos de su
-casa había una excelente, en donde daban bien de comer y a la cual
-concurrían muchas gentes de forma. Hice que me la enseñasen y fuí
-inmediatamente a ella. Entré en una gran sala, bastante parecida a
-un refectorio. Había sentadas a una mesa larga, cubierta con unos
-manteles sucios, unas diez o doce personas, que estaban en conversación
-al mismo tiempo que iban despachando su pitanza. Trajéronme la mía, que
-en otra ocasión sin duda me habría hecho sentir la mesa que acababa de
-perder; pero como estaba entonces tan picado contra el arzobispo, la
-frugalidad de mi hostería me parecía preferible a la abundancia de su
-palacio. Vituperaba la variedad y multitud de manjares que se sirven
-en semejantes mesas, y discurriendo como pudiera hacerlo siendo médico
-en Valladolid, decía: «¡Desgraciados los que se hallan frecuentemente
-en mesas tan nocivas, en las que es preciso estar siempre sujetando el
-apetito para no cargar demasiado el estómago! Por poco que se coma, ¿no
-se come siempre bastante?» Mi mal humor me hacía alabar los aforismos
-que antes había despreciado.
-
-Cuando iba rematando mi ración, sin temer pasar los límites de la
-templanza, entró en la sala el licenciado Luis García, aquel capellán
-de monjas que logró el curato de Gabia del modo que dejo referido. Al
-instante que me vió vino a saludarme precipitadamente, como un hombre
-arrebatado de alegría; me abrazó y me vi precisado a aguantar un nuevo
-y muy largo cumplimiento con que me dió gracias por el bien que le
-había hecho, moliéndome con demostraciones de reconocimiento. Sentóse
-a mi lado diciendo: «¡Oh! ¡Vive Dios, mi amado bienhechor, que, pues
-he tenido la fortuna de encontraros, no nos hemos de despedir sin
-beber un trago! Pero como no vale nada el vino de esta posada, si
-usted gusta, en acabando de comer iremos a cierta parte en donde he
-de regalar a usted con una botella de vino más seco de Lucena y un
-exquisito moscatel de Fuencarral. Por esta vez es preciso correr un
-gallo; suplico a usted que no me niegue este gusto. ¡Que no tenga yo
-la fortuna de ver a usted a lo menos por algunos días en mi curato de
-Gabia! Allí obsequiaría a usted como a un Mecenas generoso, a quien
-debo las comodidades y la tranquilidad de la vida que gozo.»
-
-Mientras me hablaba le trajeron su ración. Empezó a comer, pero
-sin cesar de decirme de cuando en cuando alguna lisonja. En uno de
-estos intervalos, con motivo de haberme preguntado por su amigo el
-mayordomo, le manifestó sin misterio mi salida de la casa arzobispal
-y le conté hasta las menores circunstancias de mi desgracia, lo que
-escuchó con mucha atención. A vista de tanto como acababa de decirme,
-¿quién no hubiera creído oírle, lleno de un sentimiento producido por
-la gratitud, declamar contra el arzobispo? Pues no lo hizo así; antes
-al contrario, bajó la cabeza, estuvo frío y pensativo hasta que acabó
-de comer, sin hablar más palabra, y después, levantándose de la mesa
-aceleradamente, me saludó con frialdad y se fué. Este ingrato, viendo
-que ya no podía yo serle útil, ni aun quiso tomarse la molestia de
-ocultarme su indiferencia. Me reí de su ingratitud, y mirándole con
-todo el desprecio que merecía, le dije bien alto para que me oyese:
-«¡Hola! ¡Hola! ¡Prudente capellán de monjas, vaya usted a refrescar
-ese exquisito vino de Lucena con que me ha convidado!»
-
-
-
-
- CAPITULO VI
-
-Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de Granada; de la
-admiración que le causó el ver a una actriz y de lo que le pasó con
-ella.
-
-
-Todavía no había salido García de la sala cuando entraron dos
-caballeros muy bien portados, que vinieron a sentarse junto a mí.
-Principiaron a hablar de los cómicos de la compañía de Granada y de una
-comedia nueva que se representaba entonces. De su conversación inferí
-que aquella pieza era muy aplaudida y dióme deseo de verla aquella
-misma tarde. Como casi siempre había estado en el palacio, en donde
-estaba anatematizada esta clase de recreo, no había visto comedia
-alguna desde que vivía en Granada y toda mi diversión se había reducido
-a las homilías.
-
-Luego que fué hora me marché al teatro, en donde hallé un gran
-concurso. Oí alrededor de mí diferentes conversaciones sobre la pieza
-antes que se empezase y observé que todos se metían a dar su voto
-sobre ella, declarándose unos en pro, otros en contra. Decían a mi
-derecha: «¿Se ha visto jamás una obra mejor escrita?» Y a mi izquierda
-exclamaban: «¡Qué estilo tan miserable!» En verdad, se debe convenir
-en que si abundan los malos autores, abundan más los peores críticos.
-Cuando pienso en los disgustos que los poetas dramáticos tienen que
-sufrir, me admiro de que haya algunos tan atrevidos que hagan frente
-a la ignorancia del vulgo y a la censura peligrosa de los sabios
-superficiales, que corrompen algunas veces el juicio del público.
-
-En fin, el gracioso se presentó para dar principio a la escena; por
-todas partes sonó un palmoteo general, lo que me dió a conocer que
-era uno de aquellos actores consentidos a quienes el vulgo todo se lo
-disimula. Efectivamente, este cómico no decía palabra ni hacía gesto
-que no le atrajesen aplausos; y como se le manifestaba demasiado el
-gusto con que se le veía, por eso abusaba de él, pues noté que algunas
-veces se propasaba tanto sobre la escena que era necesaria toda la
-aceptación con que se le oía para que no perdiese su reputación. Si en
-lugar de aplaudirle le hubieran silbado, frecuentemente se le hubiera
-hecho justicia.
-
-Palmotearon también del mismo modo a otros comediantes, pero
-particularmente a una actriz que hacía el papel de graciosa. Miréla
-con cuidado y me faltan términos para expresar la sorpresa con que
-reconocí en ella a Laura, a mi querida Laura, a quien suponía todavía
-en Madrid al lado de Arsenia. No podía dudar que fuese ella, porque su
-estatura, sus facciones y su metal de voz, todo me aseguraba que yo no
-me equivocaba. Sin embargo, como si desconfiara de mis ojos y de mis
-oídos, pregunté su nombre a un caballero que estaba a mi lado. «Pues
-¿de qué tierra viene usted?--me dijo--. Sin duda usted acaba de llegar,
-cuando no conoce a la hermosa Estela.»
-
-La semejanza era demasiado perfecta para que pudiese equivocarme y
-desde luego comprendí bien que Laura, al mudar de estado, había también
-mudado de nombre; y deseoso de saber noticias de ella--porque el
-público jamás ignora las de los cómicos--me informé del mismo sujeto
-si esta Estela tenía algún cortejo de importancia. Respondióme que un
-gran señor portugués, llamado el marqués de Marialba, que dos meses
-había se hallaba en Granada, era quien gastaba mucho con ella. Más me
-hubiera dicho a no haber temido cansarle con mis preguntas. Pensé más
-en la noticia que este caballero acababa de darme que en la comedia; y
-si al salir alguno me hubiese preguntado el asunto de ella, no hubiera
-sabido qué decirle. Todo el tiempo se me fué en pensar en Laura y
-Estela y me determiné a visitarla en su casa al otro día. No dejaba de
-inquietarme el cómo me recibiría. Tenía fundamento para pensar que no
-le diese gusto mi visita en el estado tan brillante en que se hallaba,
-y aun de presumir que una cómica de tanto nombre fingiese no conocerme,
-por vengarse de un hombre del cual tenía, ciertamente, motivos de
-estar sentida; pero nada de esto me desanimó. Después de una cena
-ligera--pues en mi posada no se hacían de otra clase--me retiré a mi
-cuarto, con mucha impaciencia de hallarme ya en el día siguiente.
-
-Dormí poco y me levanté al amanecer; mas pareciéndome que la dama
-de un gran señor no se dejaría ver tan de mañana, antes de ir a su
-casa gasté tres o cuatro horas en componerme, afeitarme, peinarme y
-perfumarme, porque quería presentarme a ella en tal aparato que no se
-avergonzase de verme. Salí a cosa de las diez, pregunté en la casa de
-comedias dónde vivía y pasé a la suya. Vivía en un cuarto principal de
-una casa grande. Abrióme la puerta una criada, a quien le dije pasase
-recado de que un joven deseaba hablar a la señora Estela. Entró con él
-e inmediatamente oí que su ama gritó: «¿Quién es ese joven? ¿Qué me
-quiere? ¡Que entre!»
-
-Discurrí haber llegado en mala ocasión, pues estaría su portugués con
-ella al tocador, y que para hacerle creer no era mujer que recibía
-recados sospechosos alzaba tanto el grito. Dicho y hecho: estaba allí
-el marqués de Marialba, que pasaba con ella casi todas las mañanas. Por
-tanto, esperaba yo un mal recibimiento, cuando aquella actriz original,
-viéndome entrar, se arrojó a mí con los brazos abiertos, exclamando
-como fuera de sí: «¡Ay hermano mío! ¿Eres tú?» Diciendo esto, me abrazó
-muchas veces, y volviéndose después hacia el portugués, le dijo:
-«Señor, perdonad si en vuestra presencia cedo a los impulsos de la
-sangre. Después de tres años de ausencia, no puedo volver a ver a un
-hermano a quien amo tiernamente sin darle pruebas de mi afecto. Díme,
-pues, mi amado Gil Blas--continuó, dirigiéndose a mí--, díme algo de
-nuestra familia. ¿Cómo ha quedado?»
-
-Estas palabras me turbaron por el pronto; pero inmediatamente penetré
-la intención de Laura, y, apoyando su artificio, le respondí con un
-tono propio de la escena que ambos íbamos a representar: «Nuestros
-padres están buenos, gracias a Dios, querida hermana.» «Tú te
-maravillarás de verme cómica en Granada--interrumpió--; pero no me
-condenes sin oírme. Bien sabes que hace tres años mi padre creyó
-establecerme ventajosamente casándome con el capitán don Antonio
-Coello, quien me llevó desde Asturias a Madrid, su patria. A los seis
-meses de estar en ella le sucedió un lance de honor, ocasionado de su
-genio violento, y mató a un caballero que me había mostrado alguna
-atención. Era el muerto de familia muy ilustre y de mucho valimiento.
-Mi marido, que ninguno tenía, se salvó huyendo a Cataluña, con todo
-cuanto encontró en casa de dinero y piedras preciosas. Embarcóse en
-Barcelona, pasó a Italia, se alistó bajo las banderas de los venecianos
-y al fin perdió la vida en la Morea, en una batalla contra los turcos.
-En este tiempo fué confiscada una posesión que era el único bien que
-poseíamos, y vine a quedar reducida a unas asistencias escasísimas.
-¿Y qué partido podía tomar en situación tan crítica? Una viuda joven
-y de honor se halla en mucho compromiso; yo carecía de medios para
-restituirme a Asturias. ¿Y qué haría allí? El solo consuelo que hubiera
-recibido de mi familia hubiera sido compadecerse de mi desgracia.
-Por otra parte, yo había recibido muy buena educación para resolverme
-a abrazar una vida licenciosa. ¿Pues qué arbitrio me quedaba? El de
-hacerme cómica para conservar mi reputación.»
-
-Al oír a Laura finalizar así su novela, fué tal el impulso de risa que
-me dió que apenas pude reprimirme; pero al fin lo conseguí y le dije
-con mucha gravedad: «Hermana mía, apruebo tu proceder y me alegro mucho
-de encontrarte en Granada tan honradamente establecida.»
-
-El marqués de Marialba, que no había perdido una palabra de nuestra
-conversación, tomó al pie de la letra todos los enredos que le dió la
-gana de ensartar a la viuda de don Antonio. También se mezcló en la
-conversación, preguntándome si tenía algún empleo en Granada o en otra
-parte. Dudé un momento si mentiría, pero me pareció no había necesidad
-de ello y le dije lo cierto, contándole punto por punto cómo había
-entrado en casa del arzobispo y cómo había salido, lo que divirtió
-infinito al señor portugués. Es verdad que, a pesar de lo que había
-prometido a Melchor, me divertí un poco a costa del arzobispo. Lo más
-gracioso fué que, imaginando Laura que ésta era una novela como la
-suya, daba unas carcajadas que hubiera excusado a haber sabido que era
-realidad.
-
-Después de haber acabado mi relación, que concluí hablando del cuarto
-que había tomado alquilado, avisaron para comer. Quise al momento
-retirarme para ir a comer a mi hostería, pero Laura me detuvo. «¿En
-qué piensas, hermano mío?--me dijo--. Has de quedarte a comer conmigo.
-Tampoco consentiré estés más tiempo en una posada. Mi intención es que
-vivas y comas en mi casa, y así, haz traer tu equipaje hoy mismo, que
-aquí hay una cama para ti.»
-
-El señor portugués, a quien tal vez no agradaba esta hospitalidad, dijo
-a Laura: «No, Estela; no tienes aquí comodidad para recibir a nadie.
-Tu hermano--añadió--me parece un buen mozo, y con la recomendación de
-ser cosa tan tuya me intereso por él. Quiero tomarle a mi servicio;
-será a quien más quiera de mis secretarios y le haré depositario de mis
-confianzas. Que no deje ir de desde esta noche a dormir a casa y yo
-mandaré le pongan un cuarto. Le señalo cuatrocientos ducados de sueldo,
-y si en adelante tengo motivo, como lo espero, para estar contento de
-él, le pondré en estado de consolarse de haber sido demasiado sincero
-con su arzobispo.»
-
-A las gracias que di por esto al marqués añadió Laura otras más
-expresivas. «¡No hablemos más de ello!--interrumpió el marqués--.
-¡Es negocio concluído!» Al acabar estas palabras, se despidió de su
-princesa de teatro y se marchó. Laura me hizo pasar al momento a un
-cuarto retirado, en donde, viéndose sola conmigo, dijo: «¡Hubiera
-reventado si hubiese contenido más tiempo la risa!» Y dejándose caer
-en un sillón y apretándose los ijares empezó a reír como una loca. Yo
-no pude menos de hacer lo mismo; y cuando nos hubimos cansado, me
-dijo: «Confiesa, Gil Blas, que acabamos de representar una graciosa
-comedia; pero yo no esperaba tuviese tan buen fin. Mi ánimo solamente
-era proporcionarte la mesa y cuarto en casa, y para ofrecértelo con
-decoro fingí que eras mi hermano. Me alegro que la casualidad te haya
-facilitado tan buen acomodo. El marqués de Marialba es un caballero
-muy generoso, que hará por ti aún más de lo que ha prometido. Otra que
-yo--continuó ella--acaso no hubiera recibido con tan buen semblante
-a un hombre que deja sus amigos sin despedirse de ellos; pero soy de
-aquellas chicas de buena pasta que vuelven a ver siempre con agrado al
-picarillo a quien amaron.»
-
-Confesé de buena fe mi desatención y le pedí me la perdonase, después
-de lo cual me llevó a un comedor muy aseado. Nos sentamos a la mesa,
-y como teníamos de testigos una doncella y un lacayo, nos tratamos
-de hermanos. Luego que acabamos de comer volvimos al mismo cuarto en
-donde habíamos estado en conversación, y allí mi incomparable Laura,
-entregándose a su alegría natural, me pidió cuenta de lo que me
-había sucedido desde nuestra última visita. Hícele de ello una fiel
-narración, y cuando hube satisfecho su curiosidad, ella contentó la mía
-relatándome su historia en estos términos.
-
-
-
-
- CAPITULO VII
-
- Historia de Laura.
-
-
-«Voy a contarte lo más compendiosamente que pueda por qué casualidad
-abracé la profesión cómica. Después que tan honradamente me dejaste,
-sucedieron grandes acontecimientos. Mi ama Arsenia, más de cansada que
-de disgustada del mundo, abjuró el teatro y me llevó consigo a una
-hermosa hacienda que acababa de comprar cerca de Zamora con monedas
-extranjeras. Bien presto hicimos conocimientos en esta ciudad, a la que
-íbamos con frecuencia y en donde nos deteníamos uno o dos días.
-
-»En uno de estos viajecillos, don Félix Maldonado, hijo único del
-corregidor, me vió casualmente y le caí en gracia. Buscó ocasión de
-hablarme a solas, y, por no ocultarte nada, yo contribuí algo para
-hacérsela hallar. Este caballero no tenía veinte años; era hermoso como
-un sol; su persona, muy bien formada, y encantaba más todavía con sus
-modales amables y generosos que con su cara. Me ofreció con tan buena
-voluntad y tanta instancia un grueso brillante que llevaba en el dedo,
-que no pude menos de admitirle. Estaba muy gustosa y vana con un galán
-tan amable; pero ¡qué mal hacen las mozuelas ordinarias en prendarse
-de los hijos de familia cuyos padres tienen autoridad! El corregidor,
-que era el más severo de los de su clase, advertido de nuestro
-trato, procuró evitar con presteza sus resultas. Me hizo prender por
-una cuadrilla de esbirros, que a pesar de mis gritos me llevaron al
-hospicio de la Caridad.
-
-»Allí, sin más forma de proceso, la superiora me hizo despojar de mi
-anillo y vestidos y poner un largo saco de sarga ceniciento, ceñido por
-la cintura con una ancha correa negra de cuero, de la que pendía un
-rosario de cuentas gordas, que me llegaba hasta los talones. Después
-me llevaron a una sala, en donde encontré un fraile viejo, de no sé
-qué Orden, que principió a exhortarme a la penitencia, del mismo modo,
-poco más o menos, que la señora Leonarda te exhortó a ti a la paciencia
-en el sótano. Me dijo debía estar muy agradecida a las personas que me
-mandaban encerrar allí, pues que me hacían un gran beneficio sacándome
-de los lazos del demonio, en los cuales estaba infelizmente enredada.
-Te confieso francamente mi ingratitud: muy lejos de ser agradecida a
-los que me habían hecho este favor, les echaba mil maldiciones.
-
-»Ocho días pasé sin hallar consuelo, pero a los nueve--porque yo
-contaba hasta los minutos--mi suerte pareció querer mudar de aspecto.
-Al atravesar un patio pequeño encontré al mayordomo de la casa, que
-todo lo mandaba y hasta la superiora le obedecía. No daba las cuentas
-de su administración sino al corregidor, de quien únicamente dependía y
-que tenía una entera confianza en él. Figúrate un hombre alto, pálido,
-descarnado y de buena catadura, propia para modelo de una pintura
-del Buen Ladrón. Parecía que ni aun miraba a las hermanas. Cara
-tan hipócrita no la habrás visto, aunque hayas estado en el palacio
-arzobispal.
-
-»Encontré, pues--continuó ella--, al señor Zendono, que me detuvo
-diciéndome: «¡Consuélate, hija mía, estoy compadecido de tus
-desgracias!» Nada más me dijo y continuó su camino, dejando a mi
-arbitrio hacer los comentarios que quisiese sobre un texto tan
-lacónico. Como yo le tenía por un hombre de bien, me imaginaba
-fácilmente que se había tomado el trabajo de examinar la causa de
-mi encierro y que, no hallándome bastante culpable para merecer que
-se me tratara tan indignamente, quería empeñarse en mi favor con el
-corregidor. Pero conocía mal al vizcaíno; sus intenciones eran otras.
-Había proyectado en su mente hacer un viaje, del que me dió parte
-algunos días después. «Amada Laura mía--me dijo--, es tanto lo que
-siento tus trabajos, que he resuelto poner fin a ellos. No ignoro
-que esto es querer perderme, pero ya no soy mío ni puedo vivir mas
-que para ti. La situación en que te veo me atraviesa el alma, y así,
-intento sacarte mañana de tu encierro y llevarte yo mismo a Madrid,
-sacrificándolo todo al placer de ser tu libertador.» Poco me faltó para
-morir de gozo al oír a Zendono, el cual, juzgando por mis extremos que
-lo que yo más deseaba era escaparme, tuvo al día siguiente la osadía
-de robarme a vista de todos, del modo que voy a contar. Dijo a la
-superiora que tenía orden para llevarme a presencia del corregidor,
-que se hallaba en una casa de recreo a dos leguas de la ciudad, y me
-hizo con todo descaro subir con él en una silla de posta, tirada por
-dos buenas mulas que había comprado para el caso. No llevábamos con
-nosotros mas que un criado, que conducía la silla y que era enteramente
-de la confianza del mayordomo. Comenzamos a caminar, no como yo creía,
-hacia Madrid, sino hacia las fronteras de Portugal, adonde llegamos
-en menos tiempo del que necesitaba el corregidor de Zamora para saber
-nuestra fuga y despachar en nuestro seguimiento sus galgos. Antes de
-entrar en Braganza, el vizcaíno me hizo poner un vestido de hombre,
-que llevaba prevenido, y contándome ya por suya me dijo en la hostería
-donde nos alojamos: «Bella Laura, no tomes a mal que te haya traído a
-Portugal. El corregidor de Zamora nos hará buscar en nuestra patria
-como a dos criminales a quienes la España no debe dar ningún asilo;
-pero--añadió él--podemos ponernos a cubierto de su resentimiento
-en este reino tan extraño, aunque en el día esté sujeto al dominio
-español; a lo menos, estaremos aquí más seguros que en nuestro país.
-Déjate, pues, persuadir, ángel mío; sigue a un hombre que te adora.
-Vamos a vivir a Coimbra; allí pasaremos sin temor nuestros días en
-medio de unos pacíficos placeres.»
-
-»Una propuesta tan eficaz me hizo ver que trataba con un caballero a
-quien no gustaba servir de conductor a las princesas por la gloria de
-la caballería. Comprendí que contaba mucho con mi agradecimiento y aun
-más con mi miseria. Sin embargo, aunque estos dos motivos me hablaban
-en su favor, me negué resueltamente a lo que me proponía. Es verdad que
-por mi parte tenía dos razones poderosas para mostrarme tan reservada,
-pues no era de mi gusto ni le creía rico. Pero cuando, volviendo a
-estrecharme, ofreció ante todas cosas casarse conmigo y me hizo ver
-palpablemente que su administración le había suministrado caudal para
-mucho tiempo, no lo oculto: comencé a escucharle. Me deslumbró el oro y
-la pedrería que me enseñó, y entonces experimenté que el interés sabe
-hacer transformaciones tan bien como el amor. Mi vizcaíno fué poco a
-poco haciéndose otro hombre a mis ojos: su cuerpo alto y seco se me
-representó de una estatura fina y delicada; su palidez, una blancura
-hermosa, y hasta su aspecto hipócrita me mereció un nombre favorable.
-Entonces acepté sin repugnancia su mano a presencia del Cielo, a quien
-tomó por testigo de nuestra unión. Después de esto ya no tuvo que
-experimentar ninguna contradicción por mi parte, y, siguiendo nuestro
-camino, muy presto Coimbra recibió dentro de sus muros a un nuevo
-matrimonio.
-
-»Mi marido me compró muy buenos vestidos de mujer y me regaló muchos
-diamantes, entre los cuales conocí el de don Félix Maldonado. No
-necesité más para adivinar de dónde venían todas las piezas preciosas
-que yo había visto, y para persuadirme de que no me había casado
-con un rígido observador del séptimo artículo del Decálogo; pero
-considerándome como la causa primera de sus juegos de manos, se los
-perdonaba. Una mujer disculpa hasta las malas acciones que hace cometer
-su hermosura, y a no ser esto, ¡qué mal hombre me hubiera parecido!
-
-»Dos o tres meses pasé con él bastante gustosa, porque me hacía mil
-cariños y parecía amarme tiernamente. Sin embargo, las pruebas de
-amistad que me daba no eran mas que falsas apariencias. El bribón me
-engañaba y me preparaba el trato que toda soltera seducida por un
-hombre infame debe esperar de él. Un día, a mi vuelta de misa, no
-encontré en la casa mas que las paredes. Los muebles y hasta mis ropas
-habían desaparecido. Zendono y su fiel criado habían tomado tan bien
-sus medidas que en menos de una hora se había ejecutado completamente
-el despojo de mi casa, de modo que con el solo vestido que llevaba
-puesto y la sortija de don Félix, que por fortuna tenía en el dedo,
-me vi como otra Ariadna abandonada de un ingrato. Pero te aseguro que
-no me entretuve en hacer elegías sobre mi infortunio; antes bien, di
-gracias al Cielo por haberme librado de un perverso que no podía menos
-de caer tarde o temprano en manos de la justicia. Miré el tiempo que
-habíamos pasado juntos como un tiempo perdido, que yo no tardaría en
-reparar. Si hubiera querido permanecer en Portugal y entrar al servicio
-de alguna señora ilustre, las habría tenido de sobra; pero ya fuese el
-amor que tenía a mi país, o ya fuese arrastrada por la fuerza de mi
-estrella, que me preparaba allí mejor suerte, sólo pensé en volver a
-España. Vendí el diamante a un joyero, que me dió su importe en monedas
-de oro, y salí con una señora española, ya anciana, que iba a Sevilla
-en una silla volante.
-
-»Esta señora, llamada Dorotea, venía de ver a una parienta suya que
-vivía en Coimbra, y se volvía a Sevilla, en donde tenía su casa.
-Congeniamos ambas de tal modo que desde la primera jornada trabamos
-amistad, la que se estrechó tanto en el camino que cuando llegamos a
-Sevilla no me permitió alojar sino en su casa. No tuve motivo para
-arrepentirme de haber hecho semejante conocimiento, pues no he visto
-jamás mujer de mejor carácter. Todavía se descubría en sus facciones
-y en la viveza de sus ojos que en su mocedad habría hecho puntear a
-sus rejas bastantes guitarras, y por eso sin duda había tenido muchos
-maridos nobles y vivía honradamente con lo que le dejaron.
-
-»Entre otras excelentes prendas, tenía la de ser muy compasiva con las
-doncellas desgraciadas. Cuando le conté mis infortunios, tomó con tanto
-ardor mi causa que llenó de maldiciones a Zendono. «¡Ah perros!--dijo
-en un tono que parecía haber encontrado en su viaje algún mayordomo--.
-¡Miserables! ¡En el mundo hay bribones que, como éste, se deleitan
-en engañar a las mujeres! Lo que me consuela, querida hija mía, es
-que, según tu relación, no estás ligada con el pérfido vizcaíno. Si
-tu casamiento con él es bastante bueno para servirte de disculpa, en
-recompensa es bastante malo para permitirte contraer otro mejor cuando
-halles ocasión para ello.»
-
-»Todos los días salía con Dorotea para ir a la iglesia o a visitar a
-alguna amiga, que es el medio seguro de encontrar prontamente alguna
-aventura. Me atraje las miradas de muchos caballeros, entre los cuales
-algunos quisieron tentar el vado. Hablaron por segunda mano a mi
-vieja patrona, pero los unos no tenían con qué soportar los gastos de
-un menaje y los restantes todavía eran unos babosos, lo que bastaba
-para quitarme la gana de escucharlos, sabiendo por mi experiencia
-las consecuencias de ello. Un día nos ocurrió ir a ver representar
-los cómicos de Sevilla, que habían anunciado en los carteles la
-representación de la comedia famosa _El embajador de sí mismo_,
-compuesta por Lope de Vega Carpio.
-
-»Entre las actrices que se presentaron en el teatro vi a una de mis
-antiguas amigas, a Fenicia, aquella moza gorda, pero muy alegre, que
-te acordarás era criada de Florimunda y con quien cenaste algunas
-veces en casa de Arsenia. Sabía yo muy bien que Fenicia hacía más de
-dos años que no estaba en Madrid, pero ignoraba que fuese cómica. Era
-tal la impaciencia que tenía de abrazarla que me pareció larguísima
-la pieza. Quizá tenían también la culpa los que la representaban, que
-no lo hacían ni tan bien ni tan mal que me divirtieran, porque te
-confieso que, como soy tan risueña, un cómico perfectamente ridículo
-no me divierte menos que uno excelente. En fin, llegado el esperado
-momento, es decir, el fin de la famosa comedia, fuimos mi viuda y yo al
-vestuario, en donde vimos a Fenicia, que hacía la desdeñosa escuchando
-con melindres el dulce gorjeo de un tierno pajarito que al parecer se
-había dejado coger con la liga de su declamación. Luego que me vió se
-despidió de él cortésmente, vino a mí con los brazos abiertos y me dió
-todas las muestras de amistad imaginables. Por mi parte, la abracé con
-el mayor agrado. Mutuamente nos manifestamos el placer que teníamos en
-volvemos a ver; pero no permitiéndonos el tiempo ni el sitio meternos
-en una larga conversación, dejamos para el día inmediato el hablar en
-su casa más extensamente.
-
-»El gusto de hablar es una de las pasiones más vivas de las mujeres
-y particularmente la mía. No pude pegar los ojos en toda la noche:
-tal era el deseo que tenía de verme con Fenicia y hacerle preguntas
-sobre preguntas. Dios sabe si fuí perezosa para levantarme e ir a
-donde me había dicho que vivía. Estaba alojada con toda la compañía en
-un gran mesón. Una criada que encontré al entrar, y a quien supliqué
-me condujese al cuarto de Fenicia, me hizo subir a un corredor, a lo
-largo del cual había diez o doce cuartos pequeños, separados solamente
-por unos tabiques de madera y ocupados por la cuadrilla alegre. Mi
-conductora tocó a una puerta, la cual abrió Fenicia, cuya lengua
-rabiaba tanto como la mía por hablar. Apenas nos tomamos el tiempo de
-sentarnos, nos pusimos en disposición de parlar sin cesar. Teníamos que
-preguntarnos sobre tantas cosas que se atropellaban las preguntas y
-las respuestas de un modo extraordinario.
-
-»Después de haber contado mutuamente nuestras aventuras, e instruidas
-del actual estado de nuestros asuntos, me preguntó Fenicia qué
-partido quería tomar. «Porque al fin--me dijo--es preciso hacer
-alguna cosa, no estando bien visto en una persona de tu edad el ser
-inútil a la sociedad.» Respondíle que había resuelto, hasta encontrar
-mejor fortuna, colocarme con alguna señorita distinguida. «¡Quítate
-allá!--exclamó mi amiga--. ¡No pienses en ello! ¿Es posible, amiga
-mía, que aun no te hayas cansado de servir? ¿No te has fastidiado de
-estar sujeta a la voluntad de otros, respetar sus caprichos, oír que te
-regañan y, en una palabra, ser esclava? ¿Por qué no abrazas, como yo,
-la vida de cómica? Ninguna cosa es más conveniente para las personas de
-talento que carecen de posibles y de lucida cuna. Es un estado medio
-entre la nobleza y la plebe; una condición libre y desembarazada de
-las etiquetas más incómodas de la vida civil. Nuestras rentas nos las
-paga en moneda contante el público, que es el poseedor de sus fondos.
-En una palabra, siempre vivimos alegres y gastamos nuestro dinero del
-mismo modo que lo ganamos. El teatro--prosiguió--favorece sobre todo
-a las mujeres. Todavía me salen los colores al rostro siempre que me
-acuerdo de que cuando servía a Florimunda no oía sino a los criados de
-la compañía del Príncipe y que ningún hombre de suposición me miraba
-a la cara. ¿De qué nacía esto? De que yo no hacía allí papel; por
-buena que sea una pintura, no se celebra si no se expone a la vista
-pública. Pero después que me puse en chapines, esto es, que parecí en
-las tablas, ¡qué mudanza! Traigo al retortero a los mejores mozos de
-los pueblos por donde pasamos. Una cómica tiene cierto atractivo en su
-oficio. Si es discreta--quiero decir, que no favorece mas que a un solo
-amante--, esto le hace un honor distinguido, se celebra su moderación;
-y cuando muda de galán la miran como a una verdadera viuda que se
-vuelve a casar. Y aun a una viuda se la mira con desprecio si contrae
-terceras nupcias, porque no parece sino que esto hiere la delicadeza
-de los hombres, al paso que una dama parece hacerse más apreciable a
-medida que aumenta el número de sus favorecidos, pues todavía, después
-de haber tenido cien cortejos, es un manjar apetitoso.» «¿A quién
-cuentas eso?--interrumpí yo al llegar aquí--. ¿Piensas tú que ignoro
-esas ventajas? Las he considerado muchas veces, y, hablándote sin
-ningún disimulo, te digo que lisonjean sobrado a una muchacha de mi
-genio. Conozco en mí mucha inclinación a la vida cómica, pero esto no
-basta, pues se requiere talento y yo no tengo ninguno. Algunas veces
-me he puesto a recitar relaciones de comedia delante de Arsenia y no
-ha quedado satisfecha de mí, lo que me ha hecho no gustar del arte.»
-«No es extraño que le hayas disgustado--replicó Fenicia--. ¿Ignoras
-que esas grandes actrices son por lo común envidiosas? A pesar de su
-vanidad, temen se les presenten personas que las desluzcan. En fin,
-yo, sobre este asunto, no me atendría solamente al voto de Arsenia; su
-decisión no ha sido sincera. Dígote sin lisonja que has nacido para el
-teatro. Tienes naturalidad, acción despejada y muy graciosa, un metal
-de voz suave, buen pecho y, sobre todo, un buen palmito de cara. ¡Ah
-picaruela, a cuántos encantarás si te haces comedianta!»
-
-»A esto añadió otras expresiones seductoras, y me hizo declamar algunos
-versos para convencerme a mí misma de la excelente disposición que
-tenía para el teatro, y habiéndome oído fueron mayores sus elogios,
-hasta decirme que me aventajaba a todas las actrices de Madrid. En
-vista de esto, no debía ya dudar de mi mérito ni dejar de acusar a
-Arsenia de envidiosa y de mala fe. Me fué preciso convenir en que mi
-persona valía mucho. Fenicia me hizo repetir los mismos versos delante
-de dos cómicos que entraron en aquella sazón, los que se quedaron
-pasmados; y cuando volvieron de su admiración fué para colmarme de
-alabanzas. Hablando seriamente, te aseguro que aunque los tres hubieran
-ido a porfía sobre quién me había de elogiar más, no hubieran empleado
-más hipérboles. Mi modestia tuvo poco que padecer con tantos elogios.
-Principié a creer que valía algo y heme aquí resuelta a abrazar la
-profesión cómica.
-
-»No hablemos más, querida mía--dije a Fenicia--. Está hecho; quiero
-seguir tu consejo y entrar en la compañía si no hay inconveniente.»
-A esto, mi amiga, arrebatada toda de gozo, me abrazó, y sus
-dos compañeros no manifestaron menos alegría que ella al ver mi
-determinación. Quedamos en que al día siguiente por la mañana iría
-al teatro y repetiría delante de toda la compañía el mismo ensayo.
-Si en casa de Fenicia adquirí una opinión ventajosa, todavía fué más
-favorable la de los comediantes después que recité en su presencia sólo
-unos veinte versos, y así, me recibieron muy gustosos en la compañía.
-Desde entonces puse mi atención sólo en el modo con que había de salir
-la primera vez en las tablas. Para que fuese con más lucimiento, gasté
-todo el dinero que me quedaba de la sortija, y si no me presenté
-con ostentación, a lo menos hallé el arte de suplir la falta de
-magnificencia con un gusto delicado. Presentéme, en fin, por la primera
-vez en la escena. ¡Qué palmadas! ¡Qué aplausos! No faltaré, amigo mío,
-a la modestia si te digo que arrebaté la atención de los espectadores.
-Era preciso haber presenciado la celebridad que adquirí en Sevilla
-para creerla. Fuí el objeto de todas las conversaciones de la ciudad,
-la que por tres semanas acudió a bandadas a la comedia, de modo que
-la compañía, con esta novedad, atrajo al público, que ya empezaba a
-desampararla. Me presenté de un modo que hechicé a todos, lo que fué
-publicar que me vendía al que más diera. Una infinidad de sujetos
-de todas edades y condiciones vinieron a ofrecerme sus obsequios y
-facultades. Por mi gusto hubiera escogido al más joven y bonito; pero
-nosotras solamente debemos mirar al interés y a la ambición cuando se
-trata de tomar una amistad. Esta es regla del teatro, por cuya razón
-mereció la preferencia don Ambrosio de Nisaña, hombre ya viejo y de muy
-rara figura, pero rico, generoso y uno de los señores más poderosos de
-Andalucía. Es verdad que le costó caro. Tomó para mí una hermosa casa,
-la adornó magníficamente, me buscó un buen cocinero, dos lacayos, una
-doncella, y me señaló para el gasto mil ducados mensuales. Añade a esto
-ricos vestidos y muchas joyas. Arsenia nunca llegó a un estado tan
-brillante.
-
-»¡Qué mudanza en mi fortuna! Ni aun yo podía comprenderla ni me conocía
-a mí misma; por lo que no me espanto de que haya tantas que se olviden
-prontamente de la nada y miseria de donde las sacó el capricho de algún
-poderoso. Te confieso ingenuamente que los aplausos del público, las
-expresiones lisonjeras que oía por todas partes y la pasión de don
-Ambrosio me infundieron una vanidad que llegó hasta la extravagancia.
-Miré mi habilidad como un título de nobleza y tomé el aire de señora.
-Ya escaseaba tanto las miradas cariñosas cuanto las había prodigado
-antes, de suerte que me puse en el pie de no hacer caso sino de duques,
-condes y marqueses.
-
-»El señor de Nisaña, con algunos de sus amigos, venía todas las noches
-a cenar a casa; yo por mi parte procuraba juntar las cómicas más
-divertidas y pasábamos la mayor parte de la noche en beber y reír.
-Una vida tan agradable me acomodaba mucho, pero no duró mas que seis
-meses. Si los señores no tuvieran la facilidad de cansarse, serían
-más amables. Don Ambrosio me dejó por una maja granadina que acababa
-de llegar a Sevilla, con muchas gracias y el talento suficiente para
-hacerlas valer. Mi aflicción no duró mas que veinticuatro horas, porque
-inmediatamente ocupó su lugar un caballero de veintidós años, llamado
-don Luis de Alcacer, tan bello mozo que pocos podían comparársele. Con
-razón me preguntarás por qué elegí a un señor tan joven sabiendo que el
-trato con esta clase de gentes es peligroso, y yo te diré que don Luis
-ni tenía padre ni madre y que ya disponía de su hacienda. Además, que
-este trato sólo deben temerlo las criadas y las miserables aventureras.
-Las mujeres de nuestra profesión son personas de título; nunca
-somos responsables de los efectos que producen nuestros atractivos.
-¡Desgraciadas las familias a cuyos herederos hemos desplumado!
-
-»Nos apasionamos tan extremadamente uno de otro Alcacer y yo que dudo
-haya habido jamás amor como el nuestro. Nos amábamos con tanto ardor
-que no parecía sino que estábamos hechizados. Los que sabían nuestra
-pasión nos creían los amantes más dichosos del mundo, y tal vez éramos
-los más infelices. Don Luis era amable por su rostro, pero tan celoso
-que me atormentaba a cada instante con injustos recelos. Por más que
-yo procurase no mirar a hombre alguno para acomodarme a su flaqueza,
-su ingeniosa desconfianza hallaba delitos con que inutilizaba mi
-cuidado. Si estaba en la escena, le parecía que mientras representaba
-miraba al descuido cariñosamente a algún joven y me llenaba de
-reconvenciones. En una palabra, nuestras más tiernas conversaciones
-estaban siempre mezcladas de quejas. No pudimos aguantar más; a ambos
-nos faltó la paciencia y nos separamos amigablemente. ¿Creerás tú
-que el último día de nuestra amistad fué el más gustoso que habíamos
-tenido hasta entonces? Igualmente fatigados los dos de los males que
-habíamos padecido, nos despedimos con la mayor alegría, semejantes a
-dos miserables cautivos que recobran su libertad después de una dura
-esclavitud.
-
-»Desde entonces he procurado precaverme del amor y no quiero más
-amistad que turbe mi reposo. No sienta bien en nosotras suspirar como
-las demás mujeres ni debemos abrigar en nuestro pecho una pasión cuyas
-ridiculeces hacemos ver al público.
-
-»Entre tanto mi fama iba alcanzando más vuelo, publicando por todas
-partes que yo era una actriz inimitable. Tanta nombradía movió a los
-comediantes de Granada a que me escribiesen convidándome con una
-plaza en su compañía; y para hacerme ver que la propuesta no era
-despreciable, me enviaron una razón del importe de sus últimas entradas
-y de sus caudales, por lo cual, pareciéndome un partido ventajoso, lo
-acepté, aunque en lo íntimo de mi corazón sentía dejar a Fenicia y a
-Dorotea, a quienes amaba tanto cuanto una mujer es capaz de amar a
-otra. A la primera la dejé en Sevilla ocupada en derretir la vajilla
-de un platerillo que por vanidad quería tener por cortejo a una
-comedianta. Se me ha olvidado decirte que al hacerme cómica mudé por
-capricho el nombre de Laura en el de Estela, y con éste salí para
-Granada.
-
-»Allí principié mi ejercicio con tanta felicidad como en Sevilla e
-inmediatamente me vi rodeada de amantes; pero como no quería favorecer
-sino a quien diese buenas señales, me porté con tal reserva que pude
-ofuscarlos. Sin embargo, temiendo pagar la pena de una conducta que de
-nada servía y que no me era natural, pensaba declararme a favor de un
-oidor joven, de nacimiento plebeyo, quien, por razón de su empleo, de
-una buena mesa y de arrastrar coche, hacía el papel de señor, cuando vi
-por primera vez al marqués de Marialba. El señor portugués, que viaja
-en España por mera curiosidad, al pasar por Granada se detuvo. Fué a
-la comedia y aquel día no representé yo. Miró con mucha atención a las
-actrices que se presentaron, halló una que le gustó y desde el día
-siguiente empezó a tratar con ella. Estaba ya para convenirse cuando
-me presenté yo en el teatro. Mi presencia y mis monadas volvieron
-prontamente la veleta. Ya mi portugués no pensó mas que en mí, y, a
-decir verdad, como yo no ignoraba que mi compañera había agradado a
-este señor, procuré desbancarla, y tuve la fortuna de conseguirlo. Bien
-sé que ella me ha aborrecido, pero esto poco importa. Debiera saber que
-entre las mujeres es natural esta ambición y que las más íntimas amigas
-no hacen escrúpulo de ella.»
-
-
-
-
- CAPITULO VIII
-
-Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cómicos de Granada y de la
-persona a quien reconoció en el vestuario.
-
-
-En el punto mismo que Laura acababa de contar su historia llegó una
-comedianta vieja, vecina suya, que venía a sacarla para ir a la
-comedia. Esta venerable heroína de teatro hubiera sido primorosa para
-hacer el papel de la diosa Cotis. Mi hermana no dejó de presentar
-su hermano a esta figura añeja, y sobre ello mediaron grandes
-cumplimientos de ambas partes.
-
-Las dejé solas, diciendo a la viuda del mayordomo que iría a buscarla
-al teatro luego que hubiera hecho llevar mi ropa a casa del marqués,
-que ella me enseñó. Fuí inmediatamente al cuarto que tenía alquilado,
-pagué a mi huéspeda, di a un mozo mi maleta y fuí con él a una gran
-posada, en donde estaba alojado mi amo. Encontré a la puerta a su
-mayordomo, que me preguntó si era yo el hermano de la señora Estela.
-Respondí que sí, y me dijo: «Pues sea usted muy bien venido, caballero.
-El marqués de Marialba, de quien tengo honra de ser mayordomo, me ha
-mandado os reciba con todo agasajo. Se le ha preparado a usted un
-cuarto; si usted gusta, yo se lo enseñaré.» Me subió a lo último de la
-casa y me introdujo en un aposento tan pequeño que sólo cabía una cama
-muy estrecha, un armario y dos sillas; tal era mi habitación. «Usted
-no estará aquí muy a sus anchuras--me dijo mi conductor--; pero en
-recompensa prometo a usted que en Lisboa estará soberbiamente alojado.»
-Metí mi maleta en el armario, del cual me llevé la llave, y pregunté
-a qué hora se cenaba. Me respondieron que el señor cenaba comúnmente
-fuera y que daba a cada criado un tanto al mes para su mantenimiento.
-Hice algunas otras preguntas y conocí que los criados del marqués eran
-unos holgazanes afortunados. Al cabo de una breve conversación dejé al
-mayordomo y fuí a buscar a Laura, entretenido agradablemente con los
-presagios de mi nuevo acomodo.
-
-Luego que llegué a la puerta de la casa de comedias y dije que era
-hermano de Estela, todo se me franqueó. ¡Hubierais visto las centinelas
-hacerme paso a porfía, como si yo fuera uno de los principales
-personajes de Granada! Todos los dependientes del teatro que encontré
-en el tránsito me hicieron profundas reverencias. Pero lo que yo
-quisiera poder pintar bien al lector es el recibimiento que, con
-una seriedad cómica, me hicieron en el vestuario, en donde encontré
-toda la compañía vestida ya y pronta a principiar. Los comediantes y
-comediantas, a quienes Laura me presentó, se agolparon hacia mí. Los
-hombres me confundieron a abrazos, y las mujeres en seguida, aplicando
-sus rostros pintados al mío, lo llenaron de arrebol y blanquete.
-Ninguno quería ser el último a cumplimentarme y todos se pusieron a
-hablarme a un tiempo. No bastaba yo a responderles; pero mi hermana
-vino a mi socorro, y como tenía ejercitada la lengua, cumplió con todos
-por mí.
-
-No pararon los cumplimientos en los actores y actrices; fué preciso
-aguantar los del tramoyista, violinistas, apuntador, despabilador y
-sotadespabilador; en fin, de todos los dependientes del teatro, que
-al rumor de mi llegada vinieron corriendo a examinar mi persona. No
-parecía sino que estas gentes eran todas de la Inclusa, que jamás
-habían visto hermanos.
-
-Entre tanto empezó la comedia. Algunos caballeros que estaban en el
-vestuario se retiraron a tomar sus asientos, y yo, como de casa,
-continué en conversación con los actores que no representaban. Entre
-éstos había uno a quien llamaron, y oí le nombraban Melchor. Este
-nombre me chocó, y habiendo mirado atentamente al sujeto a quien se le
-daba, me pareció haberle visto en alguna parte. Al fin me acordé de él
-y vi que era Melchor Zapata, aquel pobre cómico de la legua que, como
-dije en el libro segundo de mi historia, estaba mojando mendrugos de
-pan en una fuente.
-
-Al instante le llamé aparte y le dije: «Si no me engaño, usted es el
-señor Melchor, con quien tuve la honra de almorzar un día a la orilla
-de una clara fuente entre Valladolid y Segovia. Iba yo con un mancebo
-de barbero, juntamos algunas provisiones que llevábamos con las de
-usted y compusimos entre los tres una comida escasa que se sazonó con
-mil conversaciones agradables.» Zapata se quedó como pensativo algunos
-instantes y después me respondió: «Usted me habla de una cosa de que
-sin dificultad hago memoria. Entonces venía de Madrid, en donde había
-salido para prueba en aquel teatro, y me volvía a Zamora. También
-me acuerdo que mis negocios andaban de mala data.» «Y yo, por esas
-señas--le dije--, vengo en conocimiento de que usted llevaba un jubón
-forrado de carteles de comedias. Tampoco he olvidado que usted se
-quejaba en aquel tiempo de que tenía una mujer muy honesta.» «¡Oh! ¡Por
-esa parte ya no me quejo!--dijo Zapata con precipitación--. ¡Vive diez
-que la buena mujer se ha enmendado en esto, y así, mi jubón va mejor
-forrado!»
-
-Al ir a darle la enhorabuena de tan feliz mudanza tuvo precisión de
-dejarme para salir a la escena. Con el deseo de conocer a su mujer,
-me acerqué a un comediante y le supliqué me la mostrase, lo que hizo
-diciendo: «Véala usted, esa es Narcisa, la más linda de nuestras damas
-después de la hermana de usted.» Juzgué que esta actriz debía de ser
-aquella a quien se había aficionado el marqués de Marialba antes de
-haber visto a su Estela, y mi conjetura no salió errada. Acabada la
-comedia, acompañé a Laura a su casa, en donde vi muchos cocineros que
-estaban disponiendo una gran cena. «Aquí puedes cenar», me dijo ella.
-«Nada menos que eso--le respondí--: el marqués querrá quizá estar solo
-contigo.» «No--respondió ella--; ahora vendrá con dos amigos suyos y
-uno de nuestros compañeros, y si tú quieres, serás la sexta persona.
-Bien sabes que en casa de las cómicas los secretarios tienen privilegio
-de comer con sus amos.» «Es verdad--le dije--, pero todavía no es
-tiempo de contarme entre los secretarios favoritos; para obtener este
-cargo honorífico debo antes emplearme en alguna comisión de confianza.»
-Diciendo esto, dejé a Laura y fuí a mi hostería, donde hice ánimo de
-comer todos los días, porque mi amo no tenía casa.
-
-
-
-
- CAPITULO IX
-
-Del hombre extraordinario con quien Gil Blas cenó aquella noche y de lo
-que pasó entre ellos.
-
-
-Advertí que en un rincón de la sala estaba cenando solo un fraile
-viejo vestido de paño pardo, y por curiosidad me senté enfrente de él.
-Saludéle con mucha urbanidad y él no se mostró menos cortés que yo.
-Trajéronme mi pitanza, que principié a despachar con buenas ganas, y
-mientras comía sin decir una palabra miraba frecuentemente a este raro
-personaje y siempre le hallé puestos los ojos en mí. Cansado de su afán
-en mirarme, le hablé en estos términos: «Padre, ¿nos habremos visto tal
-vez en otra parte fuera de aquí? Usted me está observando como a un
-hombre que no le es enteramente desconocido.»
-
-Respondióme con mucha gravedad: «Si os miro con esta atención sólo
-es para admirar la singular variedad de aventuras que están grabadas
-en las rayas de vuestro rostro.» «A lo que veo--le dije con un aire
-burlón--, vuestra reverencia sabe la metoposcopia.» «Bien podría
-lisonjearme de poseerla--dijo el fraile--y de haber pronosticado cosas
-que el tiempo no ha desmentido. No sé menos la quiromancia, y me
-atrevo a decir que mis oráculos son infalibles cuando he comparado la
-inspección de la mano con la del rostro.»
-
-Aunque aquel viejo tenía todo el aspecto de hombre sabio, me pareció
-tan loco que no pude dejar de reírme en su cara; pero en lugar de
-ofenderse de mi descortesía se sonrió de ella, y después de haber
-paseado su vista por la sala y asegurádose de que nadie nos oía,
-continuó hablando de esta manera: «No me espanto de veros opuesto
-a estas dos ciencias, que en el día se tienen por frívolas; el
-largo y penoso estudio que requieren desanima a todos los sabios,
-que, despechados de no haberlas podido adquirir, las abandonan
-y desacreditan. Por lo que hace a mí, no me ha acobardado la
-obscuridad en que están envueltas ni tampoco las dificultades que
-se suceden sin cesar en la indagación de los secretos químicos y
-en el arte maravilloso de transmutar los metales en oro. Pero no
-presumo--prosiguió, habiendo tomado nuevo aliento--que hablo con un
-joven que conceptúe de sueños mis pensamientos. Una leve prueba de
-mi habilidad os dispondrá a juzgar más favorablemente de mí que todo
-cuanto pudiera deciros.» Dicho esto, sacó del bolsillo un frasquillo
-lleno de un licor encarnado y prosiguió diciendo: «Vea usted aquí
-un elixir que he compuesto esta mañana del zumo de ciertas plantas
-destiladas por alambique; porque, a imitación de Demócrito, he empleado
-casi toda mi vida en descubrir las propiedades de los simples y de
-los minerales. Usted va a experimentar su virtud. El vino que estamos
-bebiendo es muy malo: pues va a ser exquisito.» Al mismo tiempo echó
-dos gotas de su elixir en mi botella, que volvieron mi vino más
-delicioso que los mejores que se beben en España.
-
-Todo lo maravilloso sorprende, y una vez preocupada la imaginación, el
-juicio se extravía. Pasmado de ver un secreto tan bueno, y persuadido
-de que era menester ser poco menos que diablo para haberlo hallado,
-exclamé lleno de admiración: «¡Oh padre mío, suplico a usted me
-perdone si antes le he tenido por un viejo loco! Ahora le hago a
-usted justicia; no necesito ver más para estar convencido de que si
-quisiera podría hacer en un instante un tejo de oro de una barra de
-hierro. ¡Qué dichoso fuera yo si poseyera esa admirable ciencia!»
-«¡El Cielo os libre de tenerla jamás!--interrumpió el viejo dando un
-profundo suspiro--. ¡Tú no sabes, hijo mío, lo que deseas! En lugar de
-envidiarme, tenme más bien lástima de haber tomado tanto trabajo para
-hacerme infeliz. Siempre vivo inquieto; temo ser descubierto y que una
-prisión perpetua sea el premio de todos mis afanes. Con este temor paso
-una vida errante, disfrazado unas veces de clérigo o de fraile, otras
-de caballero o paisano. ¿Y te parece que será ventajoso el saber hacer
-oro a ese precio? Y las riquezas, ¿no son un verdadero suplicio para
-aquellos que no las disfrutan con quietud?» «Ese discurso me parece muy
-sensato--dije entonces al filósofo--. Nada iguala al gusto de vivir con
-sosiego; usted me hace mirar con desprecio la piedra filosofal. Yo os
-estimaría que me vaticinaseis lo que me ha de acontecer.» «De muy buena
-gana, hijo mío--me respondió--. Ya he observado vuestra fisonomía;
-mostrad vuestra mano.» Presentésela con una confianza que no me hará
-honor en el ánimo de algunos lectores que en mi lugar acaso habrían
-hecho otro tanto. La examinó muy atentamente y al momento exclamó:
-«¡Ah, y qué de tránsitos de la aflicción a la alegría y de la alegría
-a la aflicción! ¡Qué serie azarosa de desgracias y de prosperidades!
-Mas ya habéis experimentado una gran parte de estas alternativas de la
-fortuna y no os restan más desgracias que probar; un señor os dará un
-buen destino que no estará sujeto a mutaciones.»
-
-Después de haberme afirmado que podía estar seguro de su pronóstico, se
-despidió de mí, saliendo de la hostería, donde quedé muy pensativo de
-lo que acababa de oír.
-
-No dudaba yo que fuese el marqués de Marialba el tal señor, y, por
-consiguiente, nada me parecía más posible que el cumplimiento del
-vaticinio. Pero cuando yo no hubiese visto la menor apariencia de ello,
-no me hubiera impedido eso dar al fraile entero crédito: tanta era la
-autoridad que por su elixir había cobrado en mi ánimo.
-
-Por mi parte, para acelerar la felicidad que me había predicho,
-determiné servir al marqués con más afecto que lo había hecho a ninguno
-de los otros amos. Con esta resolución, me retiró a nuestra posada con
-una alegría imponderable, cual nunca sacó una mujer de casa de las
-decidoras de la buenaventura.
-
-
-
-
- CAPITULO X
-
-De la comisión que el marqués de Marialba dió a Gil Blas y cómo la
-desempeñó este fiel secretario.
-
-
-Todavía no había vuelto el marqués de casa de su comedianta; pero
-en su aposento encontré a los ayudas de cámara, que jugaban a los
-naipes esperando su venida. Me introduje con ellos y nos entretuvimos
-alegremente hasta las dos de la madrugada, en que llegó nuestro amo.
-Sorprendióse un poco al verme y me dijo con una afabilidad que daba a
-entender volvía contento de su visita: «Gil Blas, ¿por qué no te has
-acostado?» Yo le respondí que quería saber antes si tenía alguna cosa
-que mandarme. «Puede ser--dijo--te encargue por la mañana un asunto y
-entonces te daré mis órdenes. Vé a descansar y sabe que te dispenso
-de esperarme, pues me bastan los ayudas de cámara.» Después de esta
-advertencia, que no dejó de agradarme, pues me excusaba la sujeción,
-que algunas veces hubiera llevado con disgusto, dejé al marqués en
-su cuarto y me retiré a mi buhardilla. Me acosté; pero, no pudiendo
-dormir, seguí el consejo de Pitágoras, de traer a la memoria por la
-noche lo que hemos hecho en el día, para aplaudir nuestras buenas
-acciones o vituperar las malas.
-
-Mi conciencia no estaba tan limpia que dejase de remorderme haber
-apoyado la mentira de Laura. Por más que yo me decía para disculparme
-de que no había podido decentemente desmentir a una muchacha que no
-había tenido otra mira que la de mi bien y que en algún modo me había
-visto en la precisión de ser cómplice de su engaño, poco satisfecho de
-esta excusa, yo mismo me respondía que no debía llevar tan adelante el
-embuste y que era demasiado descaro el querer vivir con un señor cuya
-confianza pagaba tan mal. En fin, después de un severo examen, convine
-en que, si no era un bribón, me faltaba poco.
-
-Pasando de aquí a las consecuencias, reflexioné que aventuraba mucho en
-engañar a un hombre de distinción, quien por mis pecados acaso tardaría
-poco en descubrir el enredo. Una reflexión tan juiciosa aterró algún
-tanto mi espíritu; pero bien presto desvanecieron mi temor las ideas
-del contento y del interés. Por otra parte, la profecía del hombre
-del elixir hubiera bastado para tranquilizarme; y así, me entregué
-a imágenes muy risueñas. Me puse a hacer cuentas de aritmética y a
-calcular para conmigo mismo la suma a que ascenderían mis salarios
-al cabo de diez años de servicio. A esto añadí las gratificaciones
-que recibiría de mi amo; y midiéndolas por su carácter liberal, o más
-bien según mis deseos, tenía una intemperancia de imaginación, si
-puede hablarse de este modo, que no ponía límites a mi fortuna. Tanta
-felicidad me concilió poco a poco el sueño y me quedé dormido haciendo
-castillos en el aire.
-
-Por la mañana me levanté a cosa de las nueve para ir a recibir las
-órdenes de mi amo, pero al abrir mi puerta para salir me admiré de
-verle venir en bata y gorro. Estaba solo, y me dijo: «Gil Blas, al
-despedirme anoche de tu hermana le ofrecí pasar a su casa esta mañana;
-pero un negocio de importancia no me permite cumplirlo. Vé y díle de
-mi parte cuánto siento este contratiempo y asegúrale que aún cenaré
-esta noche con ella. No es esto lo más--añadió, entregándome una bolsa
-con una cajita de zapa guarnecida de piedras--: llévale mi retrato y
-toma para ti esta bolsa, en donde van cincuenta doblones, que te doy
-en prueba de la amistad que ya te he cobrado.» Con una mano tomé el
-retrato y con la otra la bolsa, de mí tan poco merecida. Fuí corriendo
-al momento a casa de Laura, diciendo en medio del exceso de alegría que
-me enajenaba: «¡Bueno! ¡Bueno! ¡La predicción se verifica visiblemente!
-¡Qué fortuna es ser hermano de una buena moza que admite galanteos! ¡Es
-lástima que no haya en esto tanta honra como provecho y utilidad!»
-
-Laura, contra la costumbre de las personas de su profesión, solía
-madrugar. Halléla al tocador, en donde, esperando a su portugués,
-añadía a su hermosura natural todos los atractivos auxiliares que el
-arte podía prestarle. «Amable Estela--le dije al entrar--, imán de
-los extranjeros, ya puedo comer con mi amo, pues me ha honrado con un
-encargo que me da esta prerrogativa, el cual vengo a evacuar. Dice que
-no puede tener el gusto de verte esta mañana, como lo había pensado;
-pero para consolarte de esto cenará esta noche contigo. Y te envía su
-retrato, con lo que me parece quedarás algo más consolada.»
-
-Entreguéla la caja, que, con el vivo resplandor de los brillantes de
-que estaba guarnecida, alegró infinito su vista. Abrióla, y habiéndola
-cerrado después de haber considerado la pintura por mero cumplimiento,
-volvió a mirar las piedras. Celebró su hermosura y me dijo con sonrisa:
-«Ve aquí unas copias que las damas de teatro estiman mucho más que los
-originales.» Díjele en seguida que el generoso portugués, al darme el
-retrato, me había regalado cincuenta doblones. «Me alegro infinito--me
-dijo ella--. Este señor principia por donde aún raras veces acaban
-otros.» «A ti es, mi querida--respondí yo--, a quien debo este regalo,
-que el marqués me hizo a causa de fraternidad.» «Yo quisiera--dijo
-ella--te hiciera otros como ese todos los días. ¡No puedo ponderarte
-cuánto te amo! Desde el instante en que te vi te amé tan estrechamente
-que el tiempo no ha podido romper esta unión. Cuando te eché de menos
-en Madrid, no perdí las esperanzas de recobrarte, y ayer al verte te
-recibí como a un hombre que volvía a su centro. En una palabra, amigo
-mío, el Cielo nos ha destinado el uno para el otro. Tú serás mi marido,
-pero antes es preciso enriquecemos. La prudencia exige que comencemos
-por aquí. Todavía quiero tener tres o cuatro cortejos para ponerte en
-una situación aventajada.»
-
-Díle cortésmente las gracias por el trabajo que quería tomarse por mí e
-insensiblemente nos fuimos metiendo en una conversación que duró hasta
-el mediodía. Entonces me retiré para ir a dar cuenta a mi amo del modo
-con que había sido recibido su regalo. Aunque Laura no me había dado
-sus instrucciones sobre este punto, compuse en el camino una buena
-arenga para cumplimentarle de su parte; pero fué tiempo perdido, porque
-cuando llegué a la posada me dijeron que el marqués acababa de salir; y
-estaba decretado que no volvería a verle más, como puede leerse en el
-capítulo siguiente.
-
-
-
-
- CAPITULO XI
-
-De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él.
-
-
-Fuíme a mi posada, en donde encontré dos sujetos, con quienes comí y
-con cuya gustosa conversación me entretuve en la mesa hasta la hora de
-la comedia, que nos separamos, ellos para ir a sus quehaceres y yo para
-tomar el camino del teatro. Advierto de paso que yo tenía motivo para
-estar de buen humor, porque la alegría había reinado en la conversación
-que acababa de tener con estos caballeros, mostrándoseme además
-propicia la fortuna; pero con todo, sentía una tristeza que no estaba
-en mi mano desechar. A vista de esto, no se diga que no se presienten
-las desgracias que nos amenazan.
-
-Al entrar en el vestuario se acercó a mí Melchor Zapata y me dijo en
-voz baja que le siguiera. Me llevó a un sitio excusado y me dijo lo
-siguiente: «Señor mío, miro como un deber dar a usted un aviso muy
-importante. Usted no ignora que el marqués de Marialba se enamoró
-primero de Narcisa, mi esposa, y aun había elegido día para venir
-a picar en mi cebo, cuando la artificiosa Estela halló medio de
-desconcertar la partida y de traer a su casa a este señor portugués.
-Bien conoce usted que una cómica no pierde tan buena presa sin
-despecho. Mi mujer está muy resentida de esto; nada es capaz de omitir
-para vengarse, y, por desgracia de usted, se le presenta para ello
-una ocasión favorable. Ayer, si usted hace memoria, todos nuestros
-dependientes acudieron a verle. El sotadespabilador dijo a algunas
-personas de la compañía que conocía a usted y que de ningún modo era
-hermano de Estela. Esta noticia--añadió Melchor--ha llegado a oídos de
-Narcisa, que no ha dejado de preguntársela al que la ha dado, y éste
-se la ha repetido. Dice conoció a usted de criado de Arsenia, cuando
-Estela, bajo el nombre de Laura, la servía en Madrid. Mi esposa,
-contentísima con este descubrimiento, se lo participará al marqués de
-Marialba, que ha de venir esta tarde a la comedia. Camine usted en esta
-inteligencia, y si no es en realidad hermano de Estela, le aconsejo,
-como amigo, y por nuestro antiguo conocimiento, que se ponga en salvo.
-Narcisa, que no busca mas que una víctima, me ha permitido se lo
-advierta a usted para que evite con una pronta fuga cualquier accidente
-funesto.»
-
-Me hubiera sido inútil saber más. Di gracias por este aviso al
-histrión, que conoció muy bien por mi sobresalto que yo no estaba en
-el caso de desmentir al sotadespabilador. Como realmente no tenía
-intención de llevar hasta este punto la desvergüenza, ni aun fuí a
-despedirme de Laura, temiendo no quisiese obligarme a que siguiera
-el enredo. Bien sabía yo que ella era buena comedianta para salir
-con facilidad de este berenjenal; pero yo no veía mas que un castigo
-infalible que me amenazaba y no estaba tan enamorado que quisiese
-burlarme de él. Determiné, pues, poner tierra por medio, cargando con
-mis dioses penates, es decir, con mi ropa, y en un abrir y cerrar de
-ojos me desaparecí del coliseo, y en un momento hice sacar y trasladar
-mi maleta a la posada de un arriero que al día siguiente, a las tres
-de la mañana, debía salir para Toledo. Hubiera deseado estar ya con el
-conde de Polán, cuya casa me parecía el único asilo que había seguro
-para mí; pero no hallándome aún en ella, no podía pensar sin inquietud
-en el tiempo que me restaba que pasar en una ciudad en donde temía me
-buscasen aquella misma noche.
-
-No dejé de ir a cenar a mi hostería, a pesar de estar tan zozobroso
-como un deudor que sabe andan en seguimiento suyo los alguaciles; pero
-no creo que la cena hizo en mi estómago un excelente quilo. Miserable
-juguete del miedo, miraba con cuidado a todas las personas que entraban
-en la sala y temblaba como un azogado siempre que por mi desgracia eran
-algunas de mala catadura, cosa que no es rara en tales parajes. Después
-de haber cenado en medio de continuos sobresaltos, me levanté de la
-mesa y me volví a la posada del ordinario, en donde me eché sobre paja
-fresca hasta la hora de marchar.
-
-Puedo asegurar que durante este tiempo ejercité bien mi paciencia. Mil
-tristes pensamientos vinieron a asaltarme; si algún instante me quedaba
-traspuesto, soñaba que veía furioso al marqués, lastimando a golpes el
-hermoso rostro de Laura y haciendo pedazos cuanto había en su casa, o
-ya que le oía mandar a sus criados que me matasen a palos. Despertaba
-despavorido, y siendo tan gustoso despertar después de haber soñado
-cosas funestas, para mí era esto más cruel que el mismo sueño.
-
-Por fortuna, me sacó de esta angustia el arriero viniendo a avisarme
-que estaban prontas las mulas. Inmediatamente me levanté, y, gracias
-al Cielo, me puse en camino curado radicalmente de Laura y de la
-quiromancia. Conforme nos íbamos alejando de Granada iba mi espíritu
-recobrando su serenidad. Empecé a trabar conversación con el arriero,
-el cual me contó algunas historias divertidas que me hicieron reír y
-fuí perdiendo insensiblemente mi temor. Dormí con sosiego en Ubeda,
-donde hicimos noche a la primera jornada, y a la cuarta llegamos a
-Toledo. Mi primer cuidado fué preguntar por la casa del conde de Polán,
-y persuadido de que no consentiría me alojase en otra, fuí allá. Pero
-yo había hecho la cuenta sin la huéspeda, pues no encontré en ella mas
-que al portero, quien me dijo que su amo había salido el día antes para
-la quinta de Leiva, de donde le habían escrito que Serafina estaba
-enferma de peligro.
-
-Yo no había contado con la ausencia del conde, que disminuyó el
-gusto que tenía de estar en Toledo y fué causa de que tomase otra
-determinación. Viéndome tan cerca de Madrid, me resolví a ir allá,
-discurriendo que en la corte podría hacer fortuna, pues, según había
-oído decir, no era necesario en ella tener un talento superior para
-adelantar. Al día siguiente me aproveché de un caballo de retorno,
-que me llevó a esta capital de la España, adonde la buena suerte me
-conducía para que hiciese papeles más brillantes que los que hasta
-entonces me había hecho representar.
-
-
-
-
- CAPITULO XII
-
-Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, en donde adquiere
-conocimiento con el capitán Chinchilla; qué clase de hombre era este
-oficial y qué negocio le había llevado a Madrid.
-
-
-Así que llegué a Madrid establecí mi habitación en una posada de
-caballeros, en donde, entre otras personas, vivía un capitán viejo,
-que desde lo último de Castilla la Nueva había venido a la corte a
-pretender una pensión que creía tener bien merecida. Llamábase don
-Aníbal de Chinchilla. No sin espanto le vi la primera vez; era un
-hombre de sesenta años, de una estatura gigantesca y sumamente flaco.
-Tenía unos bigotes poblados, que subían, retorciéndose por los dos
-lados, hasta las sienes; además de que le faltaba un brazo y una
-pierna, llevaba tapado un ojo con un gran parche de tafetán verde, y
-casi todo su rostro estaba lleno de cicatrices. En lo demás era como
-otro cualquiera. No carecía de entendimiento y aun menos de gravedad.
-En cuanto a sus costumbres, era muy rígido y se preciaba sobre todo de
-ser delicado en punto de honor.
-
-A las dos o tres conversaciones que tuvimos, me honró con su confianza
-y supe todos sus asuntos. Me contó en qué ocasiones se había dejado un
-ojo en Nápoles, un brazo en Lombardía y una pierna en los Países Bajos.
-Admiré, en las relaciones que me hizo de las batallas y sitios, el que
-no se le escapase ninguna fanfarronada ni palabra en alabanza suya,
-siendo así que sin dificultad le hubiera perdonado el que alabase la
-mitad del cuerpo que le quedaba, en recompensa de la otra que había
-perdido. Los oficiales que vuelven sanos y salvos de la guerra no son
-siempre tan modestos.
-
-Me dijo que sobre todo sentía a par de su alma haber disipado una
-considerable hacienda en sus campañas, de suerte que no le habían
-quedado mas que cien ducados de renta, con lo que apenas tenía
-para aliñar sus bigotes, pagar su alojamiento y dar a copiar sus
-memoriales. «Porque, en fin, señor caballero--añadió encogiéndose de
-hombros--, todos los días, a Dios gracias, los presento, sin que se
-haga el más mínimo caso de ellos. Si usted lo presenciara, no diría
-sino que apostábamos el ministro y yo sobre cuál había de cansarse
-antes, si yo en darlos o él en recibirlos. También tengo la honra de
-presentárselos al mismo rey, pero tan lindo es Pedro como su amo; y
-entre estas y esotras la casa de Chinchilla se arruina por falta de
-reparo.» «No pierda usted las esperanzas--dije al capitán--. Usted
-sabe que las cosas de palacio van despacio. Acaso estará usted hoy en
-vísperas de ver premiados con usura todos sus penosos servicios.» «No
-debo lisonjearme con esa esperanza--respondió D. Aníbal--; aun no hace
-tres días que hablé a uno de los secretarios del ministro, y si he de
-dar crédito a sus palabras, es preciso prestar paciencia.» «¿Y qué
-le dijo a usted, señor oficial?--le respondí--. ¿Tal vez el estado
-en que usted se halla no le parece digno de recompensa?» «Usted lo
-verá--respondió Chinchilla--. Este secretario me ha dicho claramente:
-«Señor hidalgo, no pondere usted tanto su celo y su fidelidad, porque
-en haberse expuesto a los peligros por su patria no ha hecho usted mas
-que cumplir con su obligación. La gloria que resulta de las acciones
-heroicas es suficiente paga y debe bastar, principalmente a un español.
-Desengáñese usted si mira como deuda la gratificación que solicita:
-en caso de que se os conceda esta gracia, la deberéis únicamente a
-la bondad del rey, que se contempla deudor a los vasallos que han
-servido bien al Estado.» Infiera usted de ahí--siguió el capitán--lo
-que podré esperar, y que al cabo habré de volverme como he venido.»
-Naturalmente nos interesamos por un hombre honrado cuando se le ve
-padecer. Le exhorté a que se mantuviera firme, me ofrecí a ponerle de
-balde en limpio sus memoriales y llegué hasta ofrecerle mi bolsillo,
-suplicándole que tomase lo que quisiera de él. Pero no era de aquellos
-que en semejantes ocasiones no necesitan de muchos ruegos; antes bien,
-se mostró muy pundonoroso y me dió las gracias. Después de esto me dijo
-que, por no cansar a nadie, se había acostumbrado poco a poco a vivir
-con tanta sobriedad que el menor alimento bastaba para su subsistencia,
-lo que era muy cierto. No se mantenía de otra cosa que de cebollas
-y ajos, y así, estaba en los huesos. Para que nadie viese sus malas
-comidas, se encerraba en su cuarto a la hora de ellas. No obstante,
-a fuerza de súplicas conseguí que cenásemos y comiésemos juntos. Y
-engañando su vanidad con una compasión ingeniosa, hice que me trajesen
-mucha más comida y bebida de la que yo necesitaba. Instéle a comer y
-beber, lo que rehusó al principio con mil ceremonias; pero al fin cedió
-a mis instancias, y tomando insensiblemente más confianza, él mismo me
-ayudaba a dejar limpio mi plato y desocupada mi botella.
-
-Luego que hubo bebido cuatro o cinco tragos y recuperado su estómago
-con un buen alimento, me dijo en tono alegre: «En verdad, señor
-Gil Blas, que sois muy seductor, pues hacéis de mí lo que queréis.
-Tenéis un modo tan atractivo que desvanece hasta el temor de abusar
-de vuestra generosidad.» Me pareció que mi capitán había ya perdido
-tanto la cortedad que si en aquel instante le hubiera ofrecido dinero
-no lo hubiera rehusado. No quise hacer la prueba y me contenté con
-hacerle mi comensal y tomarme el trabajo, no solamente de escribirle
-los memoriales, sino de ayudarle a componerlos. Con el ejercicio de
-copiar homilías, había aprendido a variar de frases y aun llegado a ser
-medio autor. El viejo oficial, por su parte, se preciaba de poner bien
-un papel, de modo que, trabajando los dos a competencia, componíamos
-trozos de elocuencia dignos de los más célebres catedráticos de
-Salamanca. Pero por más que agotásemos nuestro entendimiento en sembrar
-flores de retórica en estos memoriales todo era, como se suele decir,
-sembrar en la arena. Aunque más ponderásemos los méritos de don
-Aníbal, la Corte ningún aprecio hacía de ellos, lo que no excitaba a
-este inválido a elogiar a los oficiales que se arruinan en la guerra;
-antes bien, maldecía con su mal humor a su estrella y daba al diablo a
-Nápoles, Lombardía y los Países Bajos.
-
-Para mayor mortificación suya aconteció que habiendo cierto día
-recitado en presencia del rey un soneto sobre el nacimiento de una
-infanta un poeta presentado por el duque de Alba, se le concedió
-delante de sus barbas una pensión de quinientos ducados. Creo que el
-mutilado capitán se habría vuelto loco si no hubiera yo cuidado de
-consolarle. Viéndole fuera de sí, le dije: «¿Qué es lo que usted tiene?
-Nada de esto debía usted extrañar. ¿No están de tiempo inmemorial
-los poetas en posesión de hacer a los príncipes tributarios de las
-musas? No hay testa coronada que no tenga pensionado a alguno de estos
-señores; y, hablando aquí entre nosotros, las pensiones dadas a los
-poetas transmiten a la posteridad la noticia de la liberalidad de los
-reyes, cuando las otras en nada contribuyen a su fama póstuma. ¿Cuántas
-recompensas no dió Augusto? ¿Cuántas pensiones concedió de que no
-tenemos noticia? Pero la posteridad más remota sabrá como nosotros que
-Virgilio recibió de este emperador más de doscientos mil escudos de
-gratificación.»
-
-Por más que dijese a don Aníbal, no pudo digerir el fruto del soneto,
-que se le había sentado en el estómago, y así, resolvió abandonarlo
-todo, no obstante que quiso envidar el resto presentando un memorial
-al duque de Lerma. Para este efecto fuimos los dos a casa del primer
-ministro. Allí encontramos a un joven, quien, después de haber saludado
-al capitán, le dijo con cariño: «Mi amado y antiguo amo, ¿es posible
-que yo vea a usted aquí? ¿Qué negocio le trae a casa de su excelencia?
-Si necesita de alguna persona de valimiento, no deje usted de mandarme;
-yo le ofrezco mis facultades.» «Perico--dijo el oficial--, pues qué,
-¿tienes algún empleo bueno en la casa?» «A lo menos--respondió el
-joven--es bastante para servir a un hidalgo como usted.» «Siendo
-así--prosiguió, sonriéndose, el capitán--, recurro a tu protección.»
-«Desde luego se la concedo a usted--repitió Perico--. Dígame usted su
-asunto y prometo sacar raja del primer ministro.»
-
-No bien habíamos enterado de él a este joven tan lleno de buen deseo,
-cuando preguntó dónde vivía don Aníbal. Nos dió palabra de que el día
-siguiente se vería con nosotros y se despidió, sin decirnos lo que
-quería hacer ni aun si era o no criado del duque de Lerma. La agudeza
-del tal Perico excitó mi curiosidad y quise saber quién era. «Es--me
-dijo el capitán--un muchacho que me servía algunos años hace y que,
-habiéndome visto en la indigencia, me dejó por buscar mejor acomodo.
-No se lo tomé a mal, porque, como se suele decir, por mejoría mi casa
-dejaría. Es un lagarto que no carece de talento e intrigante como
-todos los diablos; pero a pesar de toda su habilidad no me fío mucho
-del celo que acaba de manifestarme.» «Puede ser--le dije--que no os
-sea inútil. Si, por ejemplo, es criado de alguno de los principales
-dependientes del duque, podrá servir a usted de mucho, pues no ignora
-que en casa de los grandes todo se hace por partido y cábala; que éstos
-tienen en su servidumbre favoritos que los gobiernan y éstos igualmente
-son gobernados por sus criados.»
-
-A la mañana siguiente vino Perico a nuestra posada y nos dijo:
-«Señores, si ayer no declaré los medios que tenía para servir al
-capitán Chinchilla fué porque no estábamos en paraje propio para
-explicarlos; fuera de que quería tentar el vado antes de franquearme
-con ustedes. Sepan, pues, que yo soy el lacayo de confianza del señor
-don Rodrigo Calderón, primer secretario del duque de Lerma. Mi amo,
-que es muy enamorado, va casi todas las noches a cenar con un ruiseñor
-de Aragón que tiene enjaulado en el barrio de Palacio. Es una muchacha
-muy bonita, de Albarracín, discreta y que canta con primor, y por esto
-le llaman la señora Sirena. Como todas las mañanas le llevo un billete
-amoroso, vengo ahora de verla, y le he propuesto que haga pasar al
-señor don Aníbal por tío suyo y que con este engaño empeñe a su galán
-a protegerle. Ha venido gustosa en ello, porque, además de tal cual
-provecho que juzga le puede resultar, le es de mucha satisfacción el
-que la tengan por sobrina de un hidalgo valiente.»
-
-El señor Chinchilla puso mal gesto y mostró repugnancia a hacerse
-cómplice de una falsedad, y todavía más a permitir que una aventurera
-le deshonrase diciendo ser parienta suya; lo que sentía no solamente
-por sí, sino porque creía que esta ignominia retrocedía a sus abuelos.
-Tanta delicadeza chocó a Perico, pareciéndole inoportuna. «¿Se burla
-usted?--exclamó--. ¡Vea usted aquí lo que son los hidalgos de aldea,
-en quienes todo se reduce a una vanidad ridícula! ¿No se admira
-usted--prosiguió, dirigiéndose a mí--de esta escrupulosidad? ¡Voto a
-bríos! ¡En la corte no se debe parar en esas delicadezas! ¡Venga la
-fortuna del modo que quiera, que no hay que perderla!»
-
-Sostuve el parecer de Perico, y ambos arengamos tanto al capitán que, a
-pesar suyo, le hicimos se fingiese tío de Sirena. Dado este paso, que
-no costó poco trabajo, hicimos entre los tres un nuevo memorial para
-el ministro, que después de revisto, aumentado y corregido lo puse en
-limpio, y Perico se lo llevó a la aragonesa, la que aquella misma tarde
-se lo recomendó al señor Calderón, hablándole con tal empeño que este
-secretario, creyéndola verdaderamente sobrina del capitán, ofreció
-apoyarlo. El efecto de esta trama lo vimos a pocos días. Perico volvió
-con aire victorioso a nuestra posada. «¡Buenas nuevas tenemos!--dijo a
-Chinchilla--. El rey hará una distribución de encomiendas, beneficios y
-pensiones en las que no será usted olvidado, y así se me ha encargado
-os lo asegure; pero al mismo tiempo se me ha prevenido pregunte a
-usted qué hace ánimo de regalar a Sirena. Por lo que respecta a mí,
-digo que nada quiero, porque prefiero a todo el oro del mundo el gusto
-de haber contribuído a mejorar la fortuna de mi amo antiguo. Pero no
-es lo mismo nuestra ninfa de Albarracín. Es algo interesada cuando se
-trata de servir al prójimo; tiene esa pequeña falta; y siendo capaz
-de tomar dinero de su mismo padre, vea usted si rehusará el de un tío
-postizo.» «Diga cuánto quiere--dijo don Aníbal--. Si quiere todos los
-años la tercera parte de la pensión que me han de dar, se la prometo,
-y me parece que es bastante dádiva, aun cuando se tratara de todas las
-rentas de Su Majestad Católica.» «Yo, por mí, me fiaría de la palabra
-de usted--replicó el mensajero de don Rodrigo--, pues sé que no faltará
-a ella; pero se trata con una niña naturalmente muy desconfiada. Por
-otra parte, ella apetecerá mucho más que usted le dé una vez por todas
-las dos terceras partes con anticipación y en dinero contante.» ¿De
-dónde diablos quiere ella que yo lo saque?--interrumpió ásperamente el
-oficial--. ¡Ella debe creerme algún contador mayor! Sin duda que tú
-no la has enterado de mi situación.» «Perdone usted--repuso Perico--.
-Sabe muy bien que usted está más miserable que Job; no puede ignorarlo
-después de lo que le tengo dicho; pero pierda usted cuidado, que
-tengo arbitrios para todo. Conozco a un pícaro oidor, ya viejo, que
-se contenta con prestar su dinero al diez por ciento. Usted le hará
-ante escribano cesión de la pensión del primer año en paga de igual
-suma que recibirá usted, deducido el interés. En orden a la fianza, el
-prestamista se dará por satisfecho con vuestra casa de Chinchilla, tal
-como esté, por lo que sobre este punto no tendrán ustedes disputa.»
-
-El capitán aseguró que siempre que lograse la fortuna de participar
-de las gracias que habían de concederse el día siguiente aceptaría
-estas condiciones. En efecto, se verificó que le diesen una pensión de
-trescientos doblones sobre una encomienda. Así que supo la noticia, dió
-cuantas seguridades se le pidieron, arregló sus asuntos y se volvió a
-su país, con algunos doblones que le habían quedado.
-
-
-
-
- CAPITULO XIII
-
-Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la
-grande alegría que de ello recibieron. A dónde fueron los dos, y de la
-curiosa conversación que tuvieron.
-
-
-Me había acostumbrado a ir todas las mañanas a palacio, en donde pasaba
-dos o tres horas enteras en ver entrar y salir a los grandes, quienes
-allí me parecían desnudos de aquel resplandor que en otras partes los
-rodea.
-
-Un día que me paseaba contoneándome por aquellas galerías, haciendo,
-como otros muchos, un papel bastante ridículo, vi a Fabricio, a quien
-había dejado en Valladolid sirviendo a un administrador del hospital.
-Lo que me admiró en extremo fué verle hablar familiarmente con el
-duque de Medinasidonia y el marqués de Santa Cruz. A mi parecer, estos
-dos señores gustaban de oírle; además de esto, él iba vestido como un
-caballero. «¿Si me engañaré?--me decía a mí mismo--. ¿Será aquél el
-hijo del barbero Núñez? Puede que sea algún joven cortesano que se le
-parezca.» No tardé mucho en salir de la duda. Idos los señores, me
-acerqué a Fabricio, que, conociéndome inmediatamente, me agarró de
-la mano y, después de haberme hecho atravesar con él por medio del
-gentío para salir de las galerías, me dijo, abrazándome: «¡Mi amado
-Gil Blas, mucho me alegro verte! ¿Qué haces en Madrid? ¿Estás todavía
-sirviendo? ¿Tienes algún empleo en la corte? ¿En qué estado tienes tus
-asuntos? Dame cuenta de todo lo que te ha sucedido después de tu salida
-precipitada de Valladolid.» «Muchas cosas me preguntas a un tiempo--le
-respondí--, y el lugar donde estamos no es a propósito para contar
-aventuras.» «Tienes razón--me dijo--; mejor estaremos en mi casa. Vente
-conmigo, que no está lejos de aquí. Estoy independiente, alojado en
-buen paraje y con muy buenos muebles; vivo contento y soy feliz, pues
-que creo serlo.»
-
-Acepté el partido y acompañé a Fabricio, quien me detuvo al llegar
-a una casa de bella fachada, en la que me dijo vivía. Atravesamos
-un patio, que tenía por un lado una gran escalera que conducía a
-unos aposentos soberbios y por el otro una subida tan obscura como
-estrecha, por donde fuimos a la vivienda que me había ponderado, la
-cual se reducía a una sala, de la que mi ingenioso amigo había hecho
-cuatro, separadas con tablas de pino, sirviendo la primera de antesala
-a la segunda, en donde dormía, la tercera de despacho y la última
-de cocina. La sala y antesala estaban adornadas de mapas y papeles
-de conclusiones de filosofía, y los trastos que correspondían a la
-colgadura consistían en una gran cama de brocado estropeada, unas
-sillas viejas de sarga amarilla, guarnecidas con una franja de seda
-de Granada del mismo color; una mesa con pies dorados, cubierta de un
-cordobán que parecía haber sido encarnado y ribeteado con una franja
-de oro falso, que se había vuelto negro con el tiempo, y un armario
-de ébano adornado de figuras esculpidas groseramente. En su despacho
-tenía por escritorio una mesita, y su biblioteca se componía de algunos
-libros y muchos legajos de papeles, que tenía en tablas puestas unas
-sobre otras a lo largo de la pared. La cocina, que no deslucía a lo
-demás, contenía vidriado y otros utensilios necesarios.
-
-Fabricio, después de haberme dado tiempo de mirar bien su habitación,
-me dijo: «¿Qué juicio formas de mi equipaje y de mi vivienda? ¿No te
-ha encantado verla?» «¡A fe mía que sí!--le respondí sonriéndome--.
-Debes de hacer bien tu negocio en Madrid para estar tan bien provisto.
-Sin duda tienes algún buen empleo.» «¡El Cielo me guarde de eso!--me
-replicó--. El partido que he tomado es superior a todos los empleos.
-Un sujeto de distinción, de quien es esta casa, me ha dejado una sala,
-de la que he hecho cuatro piezas, que he alhajado como ves; a mí
-nada me falta y sólo me ocupo en lo que me agrada.» «Háblame con más
-claridad--le dije--, porque avivas mi deseo de saber lo que haces.»
-«Pues bien--me dijo--, voy a complacerte. Me he metido a ser autor, me
-he dedicado a la literatura, escribo en verso y prosa y hago a pluma
-y a pelo.» «¡Tú favorito de Apolo!--exclamé riéndome--. Eso es lo que
-jamás hubiera adivinado; menos me sorprendería verte dedicado a otra
-cualquiera cosa. ¿Y qué atractivo has podido hallar en la profesión de
-poeta? Porque me parece que a semejantes gentes las desprecian en la
-vida civil y que no son las más ricas.» «¡Oh, quítate allá!--replicó--.
-Eso es bueno para aquellos miserables autores cuyas obras son el
-desecho de los libreros y de los cómicos. ¿Será de extrañar que no
-se estimen semejantes escritores? Pero los buenos, amigo mío, están
-en el mundo en otro concepto y yo puedo decir sin vanidad que soy
-de este número.» «No lo dudo--le dije--. Tú eres un mozo de gran
-talento, y así, tus composiciones no pueden ser malas. Pero lo único
-que deseo saber, y me parece digno de mi curiosidad, es cómo te ha
-dado la manía de escribir.» «Tu admiración es fundada--dijo Núñez--.
-Estaba tan contento con mi suerte en casa del señor Manuel Ordóñez,
-que no deseaba otra; pero haciéndose mi ingenio superior poco a poco,
-como el de Plauto, a la servidumbre, compuse una comedia, que hice
-representar a unos cómicos que estaban en Valladolid. Aunque no valía
-un pito, fué muy aplaudida, de lo que inferí que el público era una
-vaca mansa de leche que fácilmente se dejaba ordeñar. Esta reflexión
-y la locura de componer nuevas piezas me hicieron dejar el hospital.
-El amor a la poesía me quitó el de las riquezas, y para adquirir buen
-gusto determiné venir a Madrid, como a centro de los ingenios. Me
-despedí del administrador, que, como me amaba tanto, sintió bastante
-mi resolución, y me dijo: «Fabricio, ¿por qué quieres dejarme? ¿Acaso
-te habré dado, sin pensarlo, algún motivo de disgusto?» «No, señor--le
-respondí--, usted es el mejor de todos los amos y estoy muy agradecido
-a sus favores; pero bien sabe que cada uno debe seguir su estrella. Me
-contemplo nacido para eternizar mi nombre con obras de ingenio.» «¡Qué
-locura!--me replicó aquel buen amo--. Ya estás connaturalizado con
-el hospital y eres la cantera de donde se sacan los mayordomos y aun
-los administradores. Si quieres dejar lo sólido para pasar el tiempo
-en fruslerías, el mal es para ti, hijo mío.» Viendo el administrador
-cuán inútilmente combatía mi designio, me pagó mi salario y, en
-reconocimiento de mis servicios, me dió de guantes cincuenta ducados;
-de modo que con esto y lo que había podido juntar en las pequeñas
-comisiones que se habían encargado a mi integridad me vi en estado de
-presentarme decentemente en Madrid, lo que no dejé de hacer, aunque los
-escritores de nuestra nación no cuidan mucho del aseo. Inmediatamente
-hice conocimiento con Lope de Vega Carpio, Miguel de Cervantes Saavedra
-y los demás célebres autores; pero, con preferencia a estos dos grandes
-hombres, elegí para preceptor mío a un joven bachiller cordobés, al
-incomparable D. Luis de Góngora, el ingenio más brillante que jamás
-produjo España, el cual no quiere que sus obras se impriman mientras
-viva y se contenta con leérselas a sus amigos. Lo que hay de particular
-es que la Naturaleza le ha dotado del raro talento de manejar con
-acierto todo género de poesías; sobresale principalmente en las
-composiciones satíricas, que son su fuerte. No es, como Lucilio, un
-torrente turbio que arrastra consigo mucho cieno, sino el Tajo, cuyas
-aguas puras corren sobre arenas de oro.» «Tan buena pintura me haces
-de ese bachiller--le dije a Fabricio--que no dudo que una persona de
-tanto mérito tenga muchos envidiosos.» «Todos los autores--respondió
-él--, tanto buenos como malos, le muerden; unos dicen que le gusta el
-estilo hinchado, los conceptillos, las metáforas y las transposiciones.
-Sus versos--dice otro--se parecen en lo obscuro a los que cantaban en
-sus procesiones los sacerdotes salios, y que nadie entendía. También
-hay quien le censura de que tan presto hace sonetos o romances y tan
-presto comedias, décimas y villancicos, como si locamente se hubiera
-propuesto deslucir a los mejores escritores en todo género de poesía.
-Pero todas estas saetas de la envidia se embotan dando contra una musa
-apreciada de grandes y pequeños. Tal es el maestro con quien hice mi
-aprendizaje, y me atrevo a decir sin vanidad que le imito; habiéndome
-bebido de tal modo su espíritu, que ya compongo trozos sublimes que no
-los juzgaría indignos de sí. A ejemplo suyo, voy a vender mi mercancía
-a las casas de los grandes, en las cuales soy muy bien recibido y en
-donde hallo gentes que no son muy descontentadizas. Es verdad que mi
-modo de recitar es halagüeño, lo que no daña a mis composiciones. En
-fin, muchos señores me estiman, y, sobre todo, vivo con el duque de
-Medinasidonia, como Horacio vivía con Mecenas. He aquí de qué modo me
-he transformado en autor; nada más tengo que contarte; a ti te toca
-ahora cantar tus victorias.»
-
-Entonces tomé la palabra y, suprimiendo todo aquello que me pareció
-no ser del caso, le hice la relación que me pedía, después de la cual
-se trató de comer, y sacó de su armario de ébano servilletas, pan,
-un pedazo de lomo de carnero asado, una botella de vino exquisito, y
-nos sentamos a la mesa con aquella alegría propia de dos amigos que
-vuelven a encontrarse después de una larga separación. «Ya ves--me
-dijo--mi vida, libre e independiente. Si quisiera seguir el ejemplo de
-mis compañeros, iría a comer todos los días en casa de las personas
-distinguidas; pero además de que el amor al trabajo me retiene de
-ordinario en casa, soy un nuevo Arístipo, pues tan contento estoy con
-el trato de gentes como con el retiro, con la abundancia como con la
-frugalidad.»
-
-Nos supo tan bien el vino que fué menester sacar otra botella del
-armario. De sobremesa le di a entender tendría gusto en ver algunas
-de sus producciones, y al instante buscó entre sus papeles un soneto,
-que me leyó con énfasis; pero, a pesar del sainete de la lectura, me
-pareció tan obscuro que nada pude comprender. Conociólo y me dijo:
-«Este soneto no te ha parecido muy claro, ¿no es así?» Le confesé que
-hubiera querido algo más de claridad; echóse a reír de mí y prosiguió:
-«Lo mejor que tiene este soneto, amigo mío, es el no ser inteligible.
-Los sonetos, las odas y las demás obras que piden sublimidad no quieren
-estilo sencillo y natural; antes bien, en la obscuridad consiste todo
-su mérito. Conque el poeta crea entenderlo, es bastante.» «Tú te burlas
-de mí--interrumpí yo--. Todas las poesías, sean de la naturaleza que
-fueren, piden juicio y claridad; y si tu incomparable Góngora no
-escribe con más claridad que tú, te confieso que decae mucho en mi
-opinión; es un poeta que, cuando más, no puede engañar sino a su siglo.
-Veamos ahora tu prosa.»
-
-Enseñóme un prólogo que me dijo pensaba poner al frente de una
-colección de comedias que estaba imprimiendo, y me preguntó qué me
-había parecido. «No me gusta más tu prosa--le dije--que tus versos.
-El soneto es una algarabía; en el prólogo hay expresiones demasiado
-estudiadas, palabras que el público no conoce, frases enredosas, y, en
-una palabra, tu estilo es muy extravagante y muy ajeno de los libros
-de nuestros buenos y antiguos autores.» «¡Pobre ignorante!--exclamó
-Fabricio--. ¿No sabes tú que todo escritor en prosa que aspira hoy a la
-reputación de pluma delicada afecta esta singularidad de estilo, estas
-expresiones equívocas que tanto chocan? Nos hemos aunado cinco o seis
-novadores animosos, que hemos emprendido mudar el idioma de blanco en
-negro, y con la ayuda de Dios lo hemos de conseguir, a pesar de Lope de
-Vega, de Solís, de Cervantes y de todos los demás ingenios que critican
-nuestros nuevos modos de hablar. Tenemos de nuestra parte gran número
-de sujetos distinguidos, y hasta teólogos contamos en nuestro partido.
-Sobre todo--continuó--, nuestro designio es loable, y, fuera de
-preocupaciones, nosotros somos más apreciables que aquellos escritores
-sencillos que se explican en el lenguaje común de los hombres. No
-sé por qué merecen el aprecio de tantas gentes honradas. Eso sería
-bueno en Atenas y en Roma, en donde todos se confundían, por lo que
-Sócrates dijo a Alcibíades que el pueblo era un maestro excelente de
-la lengua; pero en Madrid es otra cosa. Aquí tenemos estilo bueno y
-malo, y los cortesanos se explican de un modo diferente que el pueblo.
-En fin, desengáñate que nuestro nuevo estilo supera al de nuestros
-antagonistas. Quiero probarte la diferencia que hay de la gallardía
-de nuestra dicción a la bajeza de la suya. Ellos dirían, por ejemplo,
-llanamente: _los intermedios hermosean una comedia_. Y nosotros, con
-más gracia, decimos: _los intermedios hacen hermosura en una comedia_.
-Observa bien este _hacer hermosura_. ¿Percibes tú toda la brillantez,
-la delicadeza y gracia que esto contiene?»
-
-Habiendo interrumpido a mi novador con una carcajada, le dije: «¡Vete
-al diablo, Fabricio, con tu lenguaje culto! ¡Tú eres un estrafalario!»
-«Y tú, con tu estilo natural--repuso él--, eres un gran bestia.
-¡Vé--prosiguió, aplicándome aquellas palabras del arzobispo de
-Granada--: _Díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda
-bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas! ¡Me alegraré logre
-usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!_» Repetí mis
-carcajadas al oír esta pulla, y Fabricio, sin perder nada de su buen
-humor, me perdonó el desacato con que había hablado de sus escritos.
-Después de habernos bebido la segunda botella, nos levantamos de la
-mesa tan amigos como antes. Salimos con ánimo de ir a pasearnos al
-Prado, pero al pasar por delante de un café nos dió gana de entrar.
-
-A esta casa concurrían regularmente gentes de forma. Vi en dos salas
-diferentes a algunos caballeros que se divertían de varios modos. En la
-una jugaban a los naipes y al ajedrez, y en la otra había diez o doce
-que estaban muy atentos escuchando la disputa de dos argumentantes. No
-tuvimos necesidad de acercarnos para oír que el asunto de la contienda
-era un punto de Metafísica; porque era tal el calor y vehemencia con
-que hablaban que no parecían sino dos energúmenos. Yo pienso que si
-se les hubiera aplicado el anillo de Eleázaro se hubieran visto salir
-demonios de sus narices. «¡Válgame Dios!--dije a mi compañero--. ¡Qué
-fogosidad! ¡Qué pulmones! ¡No parece sino que aquellos disputadores
-habían nacido para pregoneros! ¡La mayor parte de los hombres yerran
-su vocación!» «Así es la verdad--respondió--. Estas gentes descienden,
-al parecer, de Novio, aquel banquero romano cuya voz sobresalía por
-entre el ruido de los carreteros; pero lo que más me disgusta de sus
-altercaciones es que atolondran los oídos infructuosamente.» Dejamos a
-estos metafísicos gritadores, y con esto se me desvaneció el dolor de
-cabeza que me habían causado. Nos fuimos a un rincón de otra sala, y
-habiendo bebido algunas copas de vino generoso, principiamos a examinar
-a los que entraban y salían. Como Núñez los conocía casi a todos, dijo:
-«¡Por vida mía, que la disputa de nuestros filósofos lleva traza de
-no acabarse en gran rato! Pero a bien que llega tropa de refresco:
-estos tres que entran van a tomar parte en la disputa. Pero ¿ves esos
-dos sujetos originales que salen? Pues la personilla morena, seca y
-cuyos cabellos lacios y largos le caen en partes iguales por detrás y
-delante se llama don Julián de Villanuño. Es un togado nuevo que la
-echa del elegante. El otro día fuimos un amigo y yo a comer con él
-y le sorprendimos en una ocupación muy singular: se divertía en su
-estudio tirando y haciendo traer por un gran lebrel los legajos de un
-pleito que está defendiendo, los que su perro desgarraba a grandes
-dentelladas. El licenciado que le acompaña, aquel cara de tomate, se
-llama don Querubín Tonto, es canónigo de la iglesia de Toledo y el
-hombre más negado del mundo. No obstante, al ver su aire placentero, la
-viveza de sus ojos, su risa fingida y maliciosa, le tendrán por sabio y
-de gran perspicacia. Cuando se lee en su presencia alguna obra delicada
-y profunda pone la mayor atención, como si penetrara su asunto, pero
-maldita la cosa que entiende. Este fué uno de los convidados en casa
-del togado, en donde se dijeron mil chistes y agudezas, sin que a mi
-don Querubín se le oyese el metal de la voz; pero, en recompensa, los
-gestos y demostraciones con que aplaudía nuestros chistes daban una
-aprobación superior al mérito de nuestras gracias.»
-
-«¿Conoces--dije a Núñez--a aquellos dos desgreñados que están de codos
-sobre una mesa en el rincón, hablando tan bajo y de cerca que parece
-que se besan?» «No--me respondió--, no los he visto en mi vida; pero,
-según todas las apariencias, serán políticos de café que murmuran del
-Gobierno. ¿Ves a ese caballerete galán que, silbando, se pasea por
-la sala, sosteniéndose ya sobre un pie y ya sobre otro? Pues es don
-Agustín Moreto, poeta mozo que muestra gran talento, pero a quien los
-aduladores y los ignorantes le han llenado los cascos de vanidad.
-Aquel a quien se acerca es uno de sus compañeros, que compone versos
-prosaicos o prosa en rimas y a quien también sopla la musa. Todavía
-hay más autores--prosiguió, señalándome dos hombres que entraban con
-espada--. ¡No parece sino que se han citado para venir a pasar revista
-delante de ti! Ve allí a don Bernardo Deslenguado y a don Sebastián
-de Villaviciosa. El primero es un sujeto de mala índole, un autor que
-parece ha nacido bajo el signo de Saturno, un mortal maléfico, que se
-complace en aborrecer a todo el mundo y a quien nadie ama. Por lo que
-hace a don Sebastián, es un mozo de buena fe, autor muy concienzudo.
-Poco hace que dió al teatro una comedia, que ha gustado en extremo,
-y por no abusar más tiempo de la estimación del público la ha hecho
-imprimir.»
-
-El caritativo discípulo de Góngora se preparaba para continuar
-explicándome las diferentes figuras del cuadro variable que teníamos
-a la vista, cuando vino a interrumpirle un gentilhombre del duque de
-Medinasidonia diciéndole: «Señor don Fabricio, vengo en busca de usted
-para decirle que el duque mi señor quisiera hablarle y espera a usted
-en su casa.» Sabiendo Núñez que para satisfacer el deseo de un gran
-señor no hay prisa que baste, me dejó al momento por ir a ver lo que
-le quería su Mecenas, y yo quedé muy admirado de haber oído tratarle
-de _don_ y de mirarle así convertido en noble, a pesar de ser su padre
-maese Crisóstomo el barbero.
-
-
-
-
- CAPITULO XIV
-
-Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde Galiano, título de Sicilia.
-
-
-El gran deseo de ver a Fabricio me llevó bien de mañana a su casa.
-«¡Buenos días--le dije al entrar--, señor don Fabricio, flor y nata de
-la nobleza asturiana!» Al oírme se echó a reír. «¿Conque has notado--me
-dijo--que me han tratado de don?» «Sí, caballero mío--le respondí--,
-y permíteme te diga que ayer, cuando me contaste tu transformación,
-te olvidaste de lo mejor.» «Ciertamente--respondió--; pero en verdad
-que si he tomado este dictado de honor no es tanto por satisfacer
-mi vanidad como por acomodarme a la de los otros. Tú conoces a los
-españoles; maldito el caso que hacen de un hombre honrado si tiene
-la desgracia de ser pobre o plebeyo; y aun te diré que veo tantas
-gentes--¡y Dios sabe qué clase de gentes!--que hacen les llamen don
-Francisco, don Gabriel, don Pedro o don como tú quieras llamarle, que
-es preciso confesar que la Nobleza es una cosa muy común y que un
-plebeyo que tiene mérito la honra cuando quiere agregarse a ella. Pero
-mudemos de conversación--añadió--. Anoche, durante la cena en casa del
-duque de Medinasidonia, en donde, entre otros convidados, se hallaba
-el conde Galiano, título de Sicilia, se tocó la conversación sobre los
-ridículos efectos del amor propio. Yo me alegró de hallar ocasión de
-divertir a la concurrencia sobre el mismo punto y le conté la historia
-de las homilías. Puedes imaginar cuánto reirían y qué apodos no se
-darían a tu arzobispo. Lo que no te ha venido mal, porque se han
-compadecido de ti, y después de haberme hecho el conde Galiano muchas
-preguntas acerca de tu persona, a las cuales puedes creer respondí como
-debía, me encargó que te presente a él, y para este fin iba ahora mismo
-a buscarte. Según parece, quiere nombrarte por uno de sus secretarios,
-y te aconsejo no desprecies este partido. En casa de este señor te
-hallarás perfectamente; es rico y hace en Madrid un gasto de embajador.
-Dicen ha venido a la corte a tratar con el duque de Lerma sobre ciertas
-haciendas de la Corona que este ministro piensa enajenar en Sicilia.
-En fin, el conde, aunque siciliano, parece generoso, lleno de rectitud
-y de ingenuidad. No puedes hacer mejor cosa que acomodarte con este
-señor, porque probablemente es el que debe hacerte rico, según lo que
-te pronosticaron en Granada.»
-
-«Había resuelto--dije a Núñez--pasearme y divertirme algún tiempo antes
-de ponerme a servir; pero me hablas del conde siciliano de un modo
-que me hace mudar de intenciones. ¡Ya quisiera estar con él!» «Pronto
-estarás--me dijo--, o yo me engaño mucho.» Entonces salimos ambos para
-ir a ver al conde, que ocupaba la casa de D. Sancho de Avila, su amigo,
-quien estaba entonces en una hacienda de campo.
-
-Encontramos en el patio muchos pajes y lacayos con libreas primorosas,
-y en la antesala muchos escuderos, gentileshombres y otros criados.
-Si los vestidos eran magníficos, los rostros eran tan extravagantes
-que se me figuraron una manada de monos vestidos a la española. Puede
-afirmarse que hay caras de hombres y mujeres a las que el arte no puede
-dar hermosura.
-
-Habiendo D. Fabricio hecho pasar recado, fué admitido inmediatamente
-en la sala, adonde le seguí. Estaba el conde en bata, sentado en un
-sofá y tomando chocolate. Le saludamos con demostraciones del más
-profundo respeto, y él nos correspondió inclinando la cabeza y con un
-aspecto tan afable que le cobré grande inclinación; efecto admirable y
-ordinario que causa comúnmente en nosotros la favorable acogida de los
-grandes. Preciso es que nos reciban muy mal para que nos desagraden.
-
-Después que tomó el chocolate se divirtió algún tiempo en juguetear
-con un gran mono, al que llamaba _Cupido_. Ignoro por qué pusieron
-el nombre de este dios a aquel animal, a no ser que fuese por causa
-de su malicia, porque en otra cosa absolutamente no le parecía; pero
-tal cual era, su amo tenía puesto todo su cariño en él, y estaba tan
-prendado de sus gracias que no le soltaba de sus brazos. Aunque nos
-divertían poco los brincos del mono, aparentamos que nos hechizaban, lo
-que complació mucho al siciliano, quien suspendió el gusto que tenía
-en aquel pasatiempo para decirme: «En mano de usted estará, amigo mío,
-ser uno de mis secretarios. Si le conviene a usted el partido, le daré
-doscientos doblones al año; basta que don Fabricio sea quien presente
-a usted y responda de su conducta.» «Sí, señor--exclamó Núñez--. Soy
-más arrogante que Platón, que no se atrevió a salir por fiador de un
-amigo suyo que enviaba a Dionisio el tirano; pero no temo merecer
-reconvenciones.»
-
-Agradecí con una reverencia al poeta de Asturias su fina arrogancia,
-y después, dirigiéndome al amo, le aseguré de mi celo y fidelidad.
-Apenas vió aquel señor que yo aceptaba su propuesta, hizo llamar a
-su mayordomo, a quien habló en secreto, y en seguida me dijo: «Gil
-Blas, luego te diré en lo que pienso emplearte; entre tanto vé con
-mi mayordomo, que ya le he dado orden de lo que ha de hacer de ti.»
-Obedecí, dejando a Fabricio con el conde y _Cupido_.
-
-El mayordomo, que era un mesinés de los más diestros, me llevó a su
-cuarto, llenándome de cumplimientos. Hizo llamar al sastre de la casa
-y le mandó hacerme prontamente un vestido de igual magnificencia que
-los de los criados mayores. El sastre me tomó la medida y se retiró.
-«En cuanto a vuestra habitación--me dijo el mesinés--, os he destinado
-una que os gustará. Ahora bien--prosiguió--: ¿os habéis desayunado?»
-Respondíle que no. «¡Qué pobre mozo sois!--me dijo--. ¿Por qué no
-habláis? Estáis en una casa en donde no hay mas que decir lo que se
-quiere para tenerlo. Venid conmigo, que voy a llevaros a un paraje en
-donde, a Dios gracias, nada falta.»
-
-Dicho esto, me hizo bajar a la despensa, en la que hallamos al
-repostero, que era un napolitano que valía tanto como el mesinés, de
-modo que pudiera decirse de ambos que eran a cual peor. Este honrado
-hombre estaba con cinco o seis amigos suyos atracándose de jamón,
-lenguas de vaca y otras carnes saladas que les hacían menudear los
-tragos. Entramos en el corro y ayudamos a apurar los mejores vinos del
-señor conde. Mientras esto pasaba en la repostería, se representaba la
-misma comedia en la cocina, en donde el cocinero también obsequiaba
-a tres o cuatro conocidos suyos, quienes no bebían menos vino que
-nosotros y se hartaban de empanadas de perdices y conejos. Hasta los
-marmitones se regalaban con lo que podían pescar. Yo pensé estar en el
-puerto de Arrebatacapas y en una casa entregada al pillaje; pero cuanto
-estaba viendo era nada en comparación de lo que no veía.
-
-
-
-
- CAPITULO XV
-
-De los empleos que el conde Galiano dió en su casa a Gil Blas.
-
-
-Habiendo salido a hacer llevar el equipaje a mi nueva habitación,
-encontré a la vuelta al conde en la mesa con muchos señores y el poeta
-Núñez, que con aire desembarazado se hacía servir como uno de tantos y
-se mezclaba en la conversación. Al mismo tiempo observé que no decía
-palabra que no cayese en gracia a los circunstantes. ¡Viva el talento!
-¡El que lo tiene puede hacer cuantos papeles quiera!
-
-Por lo que a mí toca, comí con los criados mayores, que fueron servidos
-con corta diferencia como el amo. Acabada la comida, me retiré a mi
-cuarto, en donde, reflexionando sobre mi condición, me dije a mí mismo:
-«Ahora bien, Gil Blas: ya estás sirviendo a un conde siciliano cuyo
-carácter no conoces. Si se ha de juzgar por las apariencias, estarás
-en su casa como el pez en el agua; pero de nada se puede estar seguro,
-y la malignidad de tu estrella te ha hecho ver muy de ordinario que
-no debes fiarte de ella. Además de esto, ignoras el destino que
-quiere darte. Ya tiene secretarios y mayordomo. ¿En qué querrá que tú
-le sirvas? Siempre querrá que lleves el caduceo, es decir, que seas
-su confidente secreto. ¡Pues sea enhorabuena! No se podría entrar
-bajo mejor pie en casa de un señor para andar mucho en poco tiempo.
-Sirviendo empleos más honrosos se camina lentamente, y aun con eso no
-siempre se consigue el fin.»
-
-En medio de estas bellas reflexiones vino un lacayo a decirme que
-todos los caballeros que habían comido en casa se habían marchado y
-que su señoría me llamaba. Fuí volando a su aposento, en donde le
-encontré echado en un sofá para dormir la siesta y con su mono al
-lado. «Acércate, Gil Blas--me dijo--; toma una silla y escúchame.»
-Obedecíle y me habló en estos términos: «Me ha dicho don Fabricio
-que, entre otras buenas cualidades, tienes la de amar a tus amos y que
-eres un mozo de mucha integridad. Estas dos cosas me han determinado
-a recibirte para mi servicio. Necesito un criado que me tenga afecto,
-cuide de mis intereses y ponga todo su conato en conservar mis bienes.
-Es verdad que soy rico, pero mis gastos exceden todos los años a mis
-rentas. ¿Y por qué? Porque me roban, porque me saquean y vivo en mi
-casa como en un monte lleno de ladrones. Sospecho que mi mayordomo y mi
-repostero caminan de acuerdo, y si no me engaño, ve aquí más de lo que
-se necesita para arruinarme enteramente. Me dirás que si los contemplo
-bribones por qué no los despido; pero ¿en dónde hallaré otros que sean
-formados de mejor barro? Es preciso contentarme con hacer que vigile
-sobre ellos una persona encargada de inspeccionar su conducta. A ti,
-Gil Blas, he elegido para el desempeño de esta comisión. Si la evacuas
-bien, ten por cierto que no servirás a un ingrato. Cuidaré de emplearte
-muy ventajosamente en Sicilia.»
-
-Después de haberme hablado de esta manera me despidió, y aquella misma
-noche, delante de todos los criados, fuí proclamado por superintendente
-de la casa. Por el pronto no fué muy sensible esta novedad al mesinés
-y al napolitano, porque yo les parecía un picarillo fácil de ganar y
-contaban con que partiendo conmigo la torta tendrían libertad para
-continuar su rumbo; pero al día siguiente se hallaron muy chasqueados
-cuando les manifesté que yo era enemigo de toda malversación. Pedí
-al mayordomo un estado de las provisiones, visité el depósito de los
-vinos, registré lo que había en la repostería, quiero decir, la vajilla
-y mantelería, y después los exhorté a mirar por el caudal del amo, a
-usar de economía en el gasto, y acabé mi exhortación con asegurarles
-que daría cuenta a su señoría de cuanto malo viese hacer en su casa.
-
-No me contenté con esto, sino que quise tener un espía para averiguar
-si había alguna inteligencia entre ellos, y a este fin me valí de un
-marmitón que, engolosinado con mis promesas, dijo que no podía haber
-escogido otro más a propósito que él para saber lo que pasaba en casa;
-que el mayordomo y el repostero estaban aunados y cada uno hurtaba por
-su parte; que todos los días enviaban fuera la mitad de las provisiones
-que se compraban para el gasto de la casa; que el napolitano mantenía
-a una dama que vivía enfrente del colegio de Santo Tomás y el mesinés
-a otra en la Puerta del Sol; que estos dos caballeros hacían llevar
-todas las mañanas a casa de sus ninfas toda especie de provisiones; que
-el cocinero por su parte regalaba muy buenos platos a una viuda que
-conocía en la vecindad, y que, en agradecimiento de los servicios que
-hacía a los otros dos, disponía como ellos de los vinos del depósito.
-Finalmente, que estos tres criados eran la causa del gasto tan enorme
-que se hacía en casa del señor conde. «Si usted no me cree--añadió el
-marmitón--, tómese el trabajo de estar mañana por la mañana, a eso
-de las siete, cerca del Colegio de Santo Tomás, y me verá cargado con
-un esportón, que le hará ver que no miento.» «Según eso--le dije--,
-¿eres el mandadero de esos galanes proveedores?» «Yo soy--respondió--el
-que sirvo al repostero, y uno de mis camaradas hace los recados del
-mayordomo.»
-
-Esta noticia me pareció digna de averiguarse. El día siguiente tuve la
-curiosidad de ir cerca del colegio de Santo Tomás a la hora señalada.
-No tuve que aguardar mucho a mi espía, pues bien pronto le vi llegar
-con un gran esportón lleno de carne, aves y caza. Conté las piezas y
-las apunté en mi libro de memoria, que fuí a mostrar al amo, después de
-haber dicho al marmitón que cumpliese como de ordinario su encargo.
-
-El señor siciliano, que era de un carácter muy vivo, quiso en el
-primer impulso despedir al napolitano y al mesinés; pero, después
-de haberlo pensado, se contentó con despedir al último, cuya plaza
-recayó en mí, por lo que mi empleo de superintendente quedó suprimido
-poco después de su creación, y confieso con franqueza que no me pesó.
-Hablando con propiedad, éste no era mas que un empleo honorífico de
-espía, un destino que nada tenía de sólido, siendo así que llegando
-a ser mayordomo tenía a mi disposición la caja del dinero, que es lo
-principal. Un mayordomo es el criado de más suposición en casa de
-un señor, y son tantos los gajes anejos a la mayordomía que podría
-enriquecerse sin faltar a la hombría de bien.
-
-El bellaco del napolitano no dejó por eso sus malas mañas, y
-advirtiendo que yo tenía un celo riguroso y que así no dejaba de
-registrar todas las mañanas las provisiones que compraba, no las
-extraviaba; pero el tunante continuó haciendo traer cada día la misma
-cantidad. Con esta trampa, aumentando el provecho que sacaba de lo
-sobrante de la mesa, que de derecho le pertenecía, halló medio de
-enviar la carne cocida a su queridita, ya que no podía cruda. Aquel
-diablo nada perdía y el conde nada había adelantado con tener en su
-casa al fénix de los mayordomos. La excesiva abundancia que vi reinar
-en las comidas me hizo adivinar este nuevo ardid, e inmediatamente
-puse en ello remedio, despojándolas de todo lo superfluo, lo que, sin
-embargo, hice con tanta prudencia que no se notaba ninguna escasez.
-Nadie hubiera dicho sino que continuaba siempre la misma profusión, y,
-sin embargo, no dejé de disminuir con esta economía considerablemente
-el gasto, que era lo que el amo deseaba; quería ahorrar sin parecer
-menos espléndido, de suerte que su avaricia se sujetaba a su
-ostentación.
-
-No pararon aquí mis providencias, porque también reformé otro abuso.
-Viendo que el vino iba por la posta, sospeché que había también trampa
-por este lado. Efectivamente: si, por ejemplo, había doce a la mesa
-de su señoría, se bebían cincuenta, y algunas veces hasta sesenta
-botellas, lo que no podía menos de causarme admiración. Consulté sobre
-esto a mi oráculo, es decir, a mi marmitón, con quien yo tenía algunas
-conversaciones secretas, en las que me contaba con toda fidelidad lo
-que se decía y hacía en la cocina, en donde nadie se recelaba de él.
-Me dijo que el desperdicio de que yo me quejaba procedía de una nueva
-liga que se había formado entre el repostero, el cocinero y los lacayos
-que servían el vino a la mesa, que éstos se llevaban las botellas medio
-llenas y las distribuían después entre los confederados. Reñí a los
-lacayos y les amenacé con echarlos a la calle si volvían a reincidir,
-y esto bastó para que se enmendasen. Tenía gran cuidado de informar a
-mi amo de las menores cosas que hacía en su beneficio, con lo que me
-llenaba de alabanzas y cada día me cobraba más afecto. Por mi parte,
-recompensé al marmitón que me hacía tan buenos oficios, haciéndole
-ayudante de cocina. De este modo va ascendiendo un criado fiel en las
-casas principales.
-
-El napolitano rabiaba de ver que siempre andaba tras de él, y lo que
-sentía más vivamente era el tener que aguantar mis reparos siempre
-que me daba las cuentas, porque para quitarle el motivo de sisar me
-tomé la molestia de ir a los mercados e informarme del precio de los
-géneros, de suerte que le esperaba con esta prevención. Y como él no
-dejaba de querer remachar el clavo, yo le rechazaba vigorosamente, bien
-persuadido de que me maldeciría cien veces al día; pero la causa de
-sus maldiciones me quitaba todo temor de que se cumpliesen. No sé cómo
-podía resistir a mis pesquisas ni cómo continuaba sirviendo al señor
-siciliano; sin duda que él, a pesar de todo esto, hacía su agosto.
-
-Contaba a Fabricio, a quien veía algunas veces, mis inauditas proezas
-económicas; pero le hallaba más propenso a vituperar mi conducta que
-a aprobarla. «¡Quiera Dios--me dijo un día--que al cabo y al postre
-sea bien recompensado tu desinterés! Pero, hablando aquí para los dos,
-creo que saldrías más bien librado si no te estrellases tanto con el
-repostero.» «Pues qué--le respondí--, ¿este ladrón ha de tener la
-osadía de poner en la cuenta del gasto diez doblones por un pescado
-que no costó más que cuatro? ¿Y quieres tú que yo pase esta partida?»
-«¿Y por qué no?--replicó serenamente--. Que te dé la mitad del aumento
-y hará las cosas en forma. A fe mía, amigo--continuó, meneando la
-cabeza--, que no te sabes gobernar. Tú, a la verdad, echas a perder
-las cosas, y tienes traza de servir mucho tiempo, pues no te chupas el
-dedo teniéndolo en la miel. Has de saber que la fortuna es semejante
-a aquellas damiselas vivas y veleidosas a quienes no pueden sujetar
-los galanes tímidos.» Reíme de las expresiones de Núñez, que por su
-parte hizo otro tanto, y quiso persuadirme que aquello había sido
-sólo una chanza: se avergonzaba de haberme dado inútilmente un mal
-consejo. Continué siempre en el firme propósito de ser fiel y celoso,
-atreviéndome a asegurar que en cuatro meses con mi economía ahorré a mi
-amo por lo menos tres mil ducados.
-
-
-
-
- CAPITULO XVI
-
-Del accidente que acometió al mono del conde Galiano y de la pena que
-causó a este señor. Cómo Gil Blas cayó enfermo y cuáles fueron las
-resultas de su enfermedad.
-
-
-El sosiego que reinaba en la casa le turbó extrañamente un suceso que
-al lector le parecerá una bagatela, pero que, no obstante, llegó a ser
-muy serio para los criados, y sobre todo para mí. _Cupido_, aquel mono
-de que he hablado, aquel animal tan querido del amo, al saltar un día
-de una ventana a otra tomó tan mal sus medidas que cayó al patio y se
-dislocó una pata. Apenas supo el conde esta desgracia, cuando empezó
-a dar gritos como una mujer, y en el exceso de su sentimiento echó la
-culpa a sus criados, sin excepción, y faltó poco para que los echara
-a todos a la calle. No obstante, limitó su indignación a maldecir
-nuestro descuido y darnos mil epítetos con palabras descomedidas.
-Inmediatamente hizo llamar a los cirujanos más hábiles de Madrid en
-fracturas y dislocaciones de huesos. Reconocieron la pata del herido,
-repusieron el hueso en su lugar y la vendaron; pero por más que
-asegurasen no ser cosa de cuidado, no pudieron conseguir que mi amo no
-retuviese a uno de ellos para que permaneciera al lado del animal hasta
-su perfecta curación.
-
-Haría mal si pasara en silencio las penas e inquietudes que tuvo el
-señor siciliano durante este tiempo. ¿Se creerá que no se apartaba en
-todo el día de su _Cupido_? Estaba presente cuando le curaban y de
-noche se levantaba dos o tres veces a verle. Lo más penoso era que
-con precisión habían de estar todos los criados, y principalmente
-yo, siempre levantados, para acudir pronto a lo que se necesitara en
-servicio del mono. En una palabra, no hubo en la casa un instante de
-reposo hasta que la maldita bestia, curada de su caída, volvió a sus
-saltos y volteretas ordinarias. A vista de esto, bien podemos dar
-crédito a la narración de Suetonio cuando dice que Calígula amaba tanto
-a su caballo que le puso una casa ricamente alhajada, con criados para
-servirle, y que también quería hacerle cónsul. Mi amo no estaba menos
-enamorado de su mono, y con gusto le hubiera nombrado corregidor.
-
-Por desgracia mía, yo me distinguí más que todos los criados en
-complacer al amo, y trabajé tanto en cuidar de su _Cupido_ que caí
-enfermo. Me dió una fuerte calentura, que se agravó de modo que perdí
-el sentido. Ignoro lo que hicieron conmigo en los quince días que
-estuve a la muerte, y solamente sé que mi mocedad luchó tanto con la
-calentura, y tal vez contra los remedios que me dieron, que al fin
-recobré el conocimiento. El primer uso que hice de él fué observar que
-estaba en un cuarto diferente del mío. Quise saber por qué, y se lo
-pregunté a una vieja que me asistía; pero me respondió que no hablara,
-porque el médico lo había prohibido expresamente. Cuando estamos
-buenos, ordinariamente nos burlamos de estos doctores; pero en estando
-malos nos sometemos con docilidad a sus preceptos.
-
-Aunque más desease hablar con mi asistenta, tomé la determinación
-de callar; y estaba pensando en esto a tiempo que entraron dos como
-elegantes muy desembarazados, con vestidos de terciopelo y ricas
-camisolas guarnecidas de encaje. Me imaginé que eran algunos señores
-amigos de mi amo, que por atención a él me venían a ver, y en esta
-inteligencia hice un esfuerzo para incorporarme, y por política me
-quité el gorro; pero mi asistenta me volvió a tender a la larga,
-diciéndome que aquellos señores eran el médico y el boticario que me
-asistían.
-
-El doctor se acercó a mí, me tomó el pulso, miróme atentamente el
-rostro, y habiendo observado todas las señales de una próxima curación,
-se revistió de un aspecto victorioso, como si hubiese puesto mucho de
-suyo, y dijo que sólo faltaba tomase una purga para acabar su obra,
-y que en vista de esto bien podía alabarse de haber hecho una buena
-curación. Después de haber hablado de esta suerte dictó al boticario
-una receta, mirándose al mismo tiempo a un espejo, atusándose el pelo
-y haciendo tales gestos que no pude dejar de reírme a pesar del estado
-en que me hallaba. Hízome una cortesía y se marchó, pensando más en su
-cara que en las drogas que había recetado.
-
-Luego que salió, el boticario, que sin duda no fué a mi casa en vano,
-se preparó para ejecutar lo que se puede discurrir. Fuese porque
-temiese que la vieja no se daría buena maña, o sea por hacer valer más
-el género, quiso operar por sí mismo; pero, a pesar de su destreza,
-apenas me había disparado la carga cuando, sin saber cómo, la rechacé
-sobre el manipulante, poniéndole el vestido de terciopelo como de
-perlas. Tuvo este accidente por adehala del oficio. Tomó una toalla, se
-limpió sin decir palabra y se fué, bien resuelto a hacerme pagar lo que
-le llevase el quitamanchas, a quien sin duda tuvo precisión de enviar
-su vestido.
-
-A la mañana siguiente volvió, vestido más llanamente, aunque nada tenía
-que aventurar ya, y me trajo la purga que el doctor había recetado el
-día antes. Yo me sentía por momentos mejor; pero, fuera de eso, había
-cobrado tanta aversión desde el día anterior a los médicos y boticarios
-que maldecía hasta las Universidades en donde a estos señores se les da
-la facultad de matar hombres sin riesgo. Con esta disposición, declaré,
-enfadado, que no quería más remedios y que fueran a los diablos
-Hipócrates y sus secuaces. El boticario, a quien maldita de Dios la
-cosa se le daba de que yo diera el destino que quisiera a su medicina
-con tal que se la pagase, la dejó sobre la mesa y se retiró sin decirme
-una palabra.
-
-Inmediatamente hice arrojar por la ventana aquel maldito brebaje,
-contra el cual había formado tal aprensión que habría creído beber
-veneno si lo hubiera tomado. A esta desobediencia añadí otras:
-rompí el silencio y dije con entereza a la que me cuidaba que lo que
-positivamente quería era me diese noticias de mi amo. La vieja, que
-temía excitar en mí una alteración peligrosa si me respondía, o, por el
-contrario, que si dejaba de satisfacerme irritaría mi mal, se detuvo un
-poco; pero la insté con tal empeño que al fin me respondió: «Caballero,
-usted no tiene más amo que a usted mismo. El conde Galiano se ha vuelto
-a Sicilia.»
-
-Me parecía increíble lo que oía; pero nada era más cierto. Este señor,
-desde el segundo día de mi enfermedad, temiendo que muriese en su casa,
-tuvo la bondad de hacerme trasladar, con lo poco que tenía, a una
-posada, en donde me dejó abandonado sin más ni más a la Providencia
-y al cuidado de una asistenta. En este tiempo tuvo orden de la Corte
-para restituirse a Sicilia, y se marchó tan aceleradamente que no pudo
-pensar en mí, ya fuese porque me contaba con los muertos o ya porque
-las personas de distinción suelen padecer estas faltas de memoria.
-
-Mi asistenta fué la que me lo contó todo, y me dijo que ella era
-la que había buscado médico y boticario para que no muriese sin su
-asistencia. Estas bellas noticias me hicieron caer en un profundo
-desvarío. ¡Adiós mi establecimiento ventajoso en Sicilia! ¡Adiós mis
-más dulces esperanzas! «Cuando os suceda alguna desgracia--dice un
-Papa--, examinaos bien y encontraréis que siempre habéis tenido alguna
-parte de culpa.» Con perdón de este Santo Padre, no puedo descubrir en
-qué hubiese yo contribuído a mi fatalidad en aquella ocasión.
-
-Cuando vi desvanecidas las lisonjeras fantasmas de que me había llenado
-la cabeza, lo primero que me ocupó el pensamiento fué mi maleta, que
-hice traer a mi cama para registrarla. Al verla abierta, suspiré. «¡Ay
-mi amada maleta--exclamé--, único consuelo mío! ¡A lo que veo, has
-estado a merced de manos ajenas!» «¡No, no, señor Gil Blas--me dijo
-entonces la vieja--; crea usted que nada le han robado! He guardado su
-maleta lo mismo que mi honra.»
-
-Encontré el vestido que llevaba cuando entré a servir al conde, pero
-busqué en vano el que me mandó hacer el mesinés. Mi amo no había
-tenido por conveniente dejármelo o alguno se lo había apropiado. Todo
-lo restante de mi ajuar estaba allí, y también una bolsa grande de
-cuero donde tenía mi dinero. Lo conté dos veces, porque a la primera,
-no hallando mas que cincuenta doblones, no creí quedasen tan pocos de
-doscientos sesenta que dejé en ella antes de mi enfermedad. «¿Qué es
-esto, buena mujer?--dije a mi asistenta--. Mi caudal se ha disminuído
-mucho.» «Nadie ha llegado a él--respondió la vieja--, y he gastado lo
-menos que me ha sido posible; pero las enfermedades cuestan mucho;
-es necesario estar siempre dando dinero. Vea usted--añadió la buena
-económica sacando de la faltriquera un legajo de papeles--, vea usted
-una cuenta del gasto, tan cabal como el oro y que os hará ver que no he
-malgastado un ochavo.»
-
-Recorrí la cuenta, que bien tendría sus quince o veinte hojas. ¡Dios
-misericordioso, qué de aves se habían comprado mientras yo estuve
-sin sentido! Solamente en caldos ascendería la suma por lo menos a
-doce doblones. Las otras partidas eran correspondientes a ésta. No es
-decible lo que había gastado en carbón, en luz, en agua, en escobas,
-etc. Sin embargo, por muy llena que estuviese su lista, el total
-llegaba apenas a treinta doblones, y, por consiguiente, debían quedar
-todavía doscientos treinta. Díjeselo; pero la vieja, con un aire de
-sencillez, empezó a poner por testigos a todos los santos de que en
-la bolsa no había mas que ochenta doblones cuando el mayordomo del
-conde le había entregado mi maleta. «¿Qué dice usted, buena mujer?--le
-interrumpí con precipitación--. ¿Fué el mayordomo quien dió a usted mi
-ropa?» «El fué realmente--me respondió--; por más señas, que al dármela
-me dijo: «Tome usted, buena mujer; cuando el señor Gil Blas esté frito
-en aceite no deje usted de obsequiarle con un buen entierro. En esta
-maleta hay con qué hacerle las honras.»
-
-«¡Ah maldito napolitano!--exclamé entonces--. ¡Ya no necesito saber en
-dónde para el dinero que me falta! ¡Tú lo has llevado, para desquitarte
-de lo que te he impedido hurtases!» Después de esta invectiva, di
-gracias al Cielo de que el bribón no hubiese cargado con todo. No
-obstante, aunque yo tenía motivo para imputarle el hurto, no dejé de
-discurrir que acaso podía haberlo hecho mi asistenta. Mis sospechas tan
-presto recaían sobre el uno como sobre el otro, mas para mí siempre
-era lo mismo. Nada dije a la vieja, ni tampoco quise altercar sobre las
-partidas de su larga cuenta, porque nada hubiera adelantado: es preciso
-que cada uno haga su oficio. Mi resentimiento se redujo a pagarla y
-despedirla de allí a tres días.
-
-Me imagino que al salir de mi casa fué a avisar al boticario de que yo
-la había despedido y me hallaba ya restablecido y fuerte para poder
-tomar las de Villadiego sin pagarle, porque le vi venir de allí a poco
-que apenas podía echar el aliento. Dióme su cuenta, en la que venían
-los supuestos remedios que me había suministrado cuando estaba yo sin
-sentido, puestos con unos nombres que no entendí, aunque había sido
-médico. Esta se podía llamar propiamente cuenta de boticario, y así,
-cuando llegó el caso de la paga, altercamos bastante, pretendiendo yo
-que rebajase la mitad y él porfiando que no bajaría un maravedí: pero
-haciéndose cargo al fin el boticario de que las había con un mozo que
-en el día podía marcharse de Madrid, tomó a bien contentarse con lo
-que le ofrecía, es decir, con tres partes más de lo que valían sus
-medicinas, por no exponerse a perderlo todo. Con mucho sentimiento
-mío le aflojé el dinero, con lo que se retiró, bien vengado de la
-desazoncilla que le causé el día de la lavativa.
-
-El médico llegó casi al punto, porque estos animales van siempre uno
-tras otro. Le satisfice el importe de sus visitas, que habían sido
-frecuentes, y se marchó contento. Mas, para acreditarme que había
-ganado bien su dinero, antes de retirarse me refirió por menor las
-mortales consecuencias que había precavido en mi enfermedad, lo cual
-hizo en términos muy elegantes y con un aspecto agradable; pero nada
-comprendí de cuanto dijo. Luego que salí de él me juzgué ya libre de
-todos los familiares de las Parcas; pero me engañaba, porque vino
-también un cirujano, a quien en mi vida había visto. Saludóme muy
-cortésmente y manifestó mucho gusto de hallarme fuera del peligro
-en que me había visto, atribuyendo este beneficio--decía él--a dos
-copiosas sangrías que me había hecho y a unas ventosas que había tenido
-la honra de aplicarme. Esta pluma quedaba que arrancarme todavía; me
-fué preciso asimismo pagar al cirujano. Con tantas evacuaciones se
-quedó tan flaco mi bolsillo que se podía decir era un cuerpo aniquilado
-y que ni aun le quedaba el húmedo radical.
-
-Al verme otra vez abismado en tan miserable situación, empecé a
-desanimarme. En casa de mis últimos amos me había aficionado de
-suerte a las comodidades de la vida que no podía ya, como en otro
-tiempo, considerar la indigencia del modo que un filósofo cínico. A
-la verdad, no debía entristecerme, teniendo repetidas experiencias de
-que la fortuna apenas me derribaba cuando me volvía a levantar; antes
-hubiera debido mirar mi infeliz estado como una ocasión de inmediata
-prosperidad.
-
-
-FIN DEL TOMO SEGUNDO
-
-
-
-
- ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO
-
-
- _Páginas._
-
-
- LIBRO CUARTO
-
- CAPÍTULO I.--No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres
- de los comediantes, se sale de casa de Arsenia y halla mejor
- conveniencia. 5
-
- CAPÍTULO II.--Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la
- conversación que con él tuvo. 13
-
- CAPÍTULO III.--De la gran mutación que sobrevino en casa de
- don Vicente y de la extraña determinación que el amor hizo
- tomar a la bella Aurora. 18
-
- CAPÍTULO IV.--El casamiento por venganza. (Novela). 26
-
- CAPÍTULO V.--De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que
- llegó a Salamanca. 64
-
- CAPÍTULO VI.--De qué ardides se valió Aurora para que la amase
- don Luis Pacheco. 78
-
- CAPÍTULO VII.--Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a
- don Gonzalo Pacheco. 89
-
- CAPÍTULO VIII.--Carácter de la marquesa de Chaves, y personas
- que ordinariamente la visitaban. 104
-
- CAPÍTULO IX.--Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la
- marquesa de Chaves y cuál fué su paradero. 110
-
- CAPÍTULO X.--Historia de don Alfonso y de la bella Serafina. 117
-
- CAPÍTULO XI.--Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil
- Blas que se hallaba entre amigos. 136
-
-
- LIBRO QUINTO
-
- CAPÍTULO I.--Historia de don Rafael. 143
-
- CAPÍTULO II.--De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus
- oyentes y de la aventura que les sucedió al querer salir del
- bosque. 235
-
-
- LIBRO SEXTO
-
- CAPÍTULO I.--De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros
- después que se separaron del conde de Polán; del importante
- proyecto que formó Ambrosio y cómo se ejecutó. 241
-
- CAPÍTULO II.--De la resolución que tomaron don Alfonso y Gil
- Blas después de esta aventura. 249
-
- CAPÍTULO III.--Cómo don Alfonso se halla en el colmo de su
- alegría y la aventura por la cual se vió de repente Gil Blas
- en un estado dichoso. 254
-
-
- LIBRO SÉPTIMO
-
- CAPÍTULO I.--De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza
- Séfora. 259
-
- CAPÍTULO II.--De lo que le sucedió a Gil Blas después de
- dejar la casa de Leiva y de las felices consecuencias que tuvo
- el mal suceso de sus amores. 268
-
- CAPÍTULO III.--Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo
- de Granada y el conducto de sus gracias. 276
-
- CAPÍTULO IV.--Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del
- lance crítico en que se halla Gil Blas y del modo con que
- salió de él. 283
-
- CAPÍTULO V.--Partido que tomó Gil Blas después que le despidió
- el arzobispo; su casual encuentro con el licenciado García y
- cómo le manifestó éste su agradecimiento. 288
-
- CAPÍTULO VI.--Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de
- Granada; de la admiración que le causó el ver a una actriz y
- de lo que le pasó con ella. 292
-
- CAPÍTULO VII.--Historia de Laura. 300
-
- CAPÍTULO VIII.--Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los
- cómicos de Granada y de la persona a quien reconoció en el
- vestuario. 317
-
- CAPÍTULO IX.--Del hombre extraordinario con quien Gil Blas
- cenó aquella noche y de lo que pasó entre ellos. 321
-
- CAPÍTULO X.--De la comisión que el marqués de Marialba dió a
- Gil Blas y cómo la desempeñó este fiel secretario. 325
-
- CAPÍTULO XI.--De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un
- golpe mortal para él. 329
-
- CAPÍTULO XII.--Gil Blas se aloja en una posada de caballeros,
- en donde adquiere conocimiento con el capitán Chinchilla; qué
- clase de hombre era este oficial y qué negocio le había
- llevado a Madrid. 334
-
- CAPÍTULO XIII.--Encuentra Gil Blas en la corte a su querido
- amigo Fabricio, y de la grande alegría que de ello recibieron.
- A dónde fueron los dos, y de la curiosa conversación que
- tuvieron. 343
-
- CAPÍTULO XIV.--Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde
- Galiano, título de Sicilia. 356
-
- CAPÍTULO XV.--De los empleos que el conde Galiano dió en su
- casa a Gil Blas. 360
-
- CAPÍTULO XVI.--Del accidente que acometió al mono del conde
- Galiano y de la pena que causó a este señor. Cómo Gil Blas
- cayó enfermo y cuáles fueron las resultas de su enfermedad. 368
-
-
-
-
- OBRAS DE J. H. FABRE
-
- EDITADAS POR CALPE
-
-
-Cinco volúmenes en 8.º, de unas 300 páginas cada uno.
-
-LA VIDA Y COSTUMBRES MARAVILLOSAS DE LOS INSECTOS APARECEN EN ESTAS
-OBRAS NARRADAS CON AMENIDAD ENCANTADORA
-
-
- TITULO DE CADA VOLUMEN
-
-=Maravillas del instinto en los insectos=, con grabados y 16 láminas
-fuera de texto, según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color.
-En rústica, 5 pesetas; en tela, 7.
-
-=Costumbres de los insectos=, con grabados y 16 láminas fuera de texto,
-según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5
-pesetas; en tela, 7.
-
-=La vida de los insectos=, con grabados y 11 láminas fuera de texto,
-según fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5
-pesetas; en tela, 7.
-
-=Los destructores.= Lecturas acerca de los animales perjudiciales
-a la agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según
-fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
-en tela, 7.
-
-=Los auxiliares.= Lecturas acerca de los animales útiles a la
-agricultura, con grabados y 16 láminas fuera de texto, según
-fotografías de P. H. Fabre, y portada en color. En rústica, 5 pesetas;
-en tela, 7.
-
-
-
-
- COLECCIÓN CONTEMPORÁNEA
-
-
- Los mejores novelistas modernos
-
-Obras escogidas entre los más selecto de la producción literaria de
-nuestros días y publicadas por CALPE:
-
-
-Marcelo Proust.--=Por el camino de Swan.=--Dos tomos. Cada uno,
-encuadernado, 6 pesetas; en rústica, 5.
-
-Miguel de Unamuno.--=Tres novelas ejemplares y un
-prólogo.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3.
-
-Tomás Mann.--=La muerte en Venecia, y Tristán.=--Encuadernado, 6
-pesetas; en rústica, 5.
-
-Antón Chejov.--=El jardín de los cerezos, y Cuentos.=--Encuadernado, 6
-pesetas; en rústica, 5.
-
-Leonardo Coimbra.--=La Alegría, el Dolor y la Gracia.=--Encuadernado, 6
-pesetas; en rústica, 5.
-
-Enrique Mann.--=Las diosas.=--Tomo I.--=Diana.= Encuadernado, 6
-pesetas; en rústica, 5.
-
-Ana Vivanti.--=Los devoradores.=--Dos tomos. Cada uno, encuadernado,
-5,50 pesetas; en rústica, 4,50.
-
-Juan Giraudoux.--=La escuela de los indiferentes.=--Encuadernado, 5,50
-pesetas; en rústica, 4,50.
-
-Alejandro Arnoux.--=El cabaret.=--Encuadernado, 5,50 pesetas; en
-rústica, 4,50.
-
-Escipión Sighele.--=Eva moderna.=--Encuadernado, 6 pesetas; en rústica,
-5.
-
- --=La mujer y el amor.=--Encuadernado, 5 pesetas; en rústica, 4.
-
-Tomás Hardy.--=La bien amada.=--Encuadernado, 5 pesetas; en rústica, 4.
-
-Francis Jammes.--=Rosario al sol.=--Encuadernado, 5 pesetas; en
-rústica, 4.
-
-Emilio Clermont.--=Laura.=--Encuadernado, 5 pesetas; en rústica, 4.
-
-Israel Zangwill.--=Los hijos del Ghetto.=--Dos tomos. Cada uno,
-encuadernado, 5 pesetas; en rústica, 4.
-
-Valery-Larbaud.--=Fermina Márquez.=--Encuadernado, 4,50 pesetas; en
-rústica, 3,50.
-
-Eugenio d'Ors.--=Oceanografía del tedio, e Historias de Las
-Esparragueras.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3.
-
-Arturo Schnitzler.--=Anatol, y "A la cacatúa verde".=--Encuadernado, 4
-pesetas; en rústica, 3.
-
-Raul Brandâo.--=La farsa.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3.
-
-Lafcadio Hearn.--=El romance de la Vía Láctea.=--Encuadernado, 4
-pesetas; en rústica, 3.
-
- --=Kwaidan.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3.
-
-Julián Benda.--=La ordenación.=--Encuadernado, 4 pesetas; en rústica, 3.
-
-Jeromo y Juan Tharaud.--=Un reino de Dios.=--Encuadernado, 4 pesetas;
-en rústica, 3.
-
-
- LOS GRANDES VIAJES
- MODERNOS
-
- OBRAS PUBLICADAS POR CALPE:
-
-
-Ansorge: =Bajo el sol africano.= Un tomo de 432 páginas, con 123
-grabados, 14 láminas fuera de texto y portada a varios colores, 20
-pesetas.
-
-Charcot: =El «Pourquoi-pas?» en el Antártico.= Un tomo de 478 páginas,
-con 121 grabados, 43 láminas y tres mapas, cubiertas a varios colores,
-20 pesetas.
-
-Sverdrup: =Cuatro años en los hielos del Polo.= Dos tomos, con 908
-páginas, 35 láminas, 104 grabados y cinco mapas en colores. Cada tomo,
-20 pesetas.
-
-Haviland: =De la «taiga» y de la «tundra».= (La vida en el Bajo
-Yenisei.) Un volumen de 320 páginas, con numerosos grabados, 15 pesetas.
-
-Alexander: =Del Níger al Nilo.= Dos tomos. El tomo I consta de 436
-páginas, con 27 láminas y 99 figuras. El tomo II tiene 460 páginas, con
-24 láminas, 98 figuras y un mapa. Cada tomo, 20 pesetas.
-
-Orjan Olsen: =Los soyotos. Nómadas pastores de renos.= Un volumen de
-240 páginas, con 49 figuras, 8 láminas y un mapa, 14 pesetas.
-
-
- EN PRENSA
-
-Algot Lange: =El Bajo Amazonas=.
-
-Erland Nordenskjold: =Exploraciones y aventuras en la América del Sur=.
-
-Sven Hedin: =Transhimalaya=.
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Historia de Gil Blas de Santillana
-(Vol 2 de 3), by Alain-René Lesage
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GIL BLAS DE SANTILLANA, VOL 2 ***
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-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
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-electronic works. See paragraph 1.E below.
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-
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-from people in all walks of life.
-
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-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
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-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
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-
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
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-
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-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
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-
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-
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-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
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-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
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-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
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-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
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