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Fernández Q. and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - - - - - - - - - LA CASA DE LOS CUERVOS - - - OBRAS DE HUGO WAST - - NOVELAS - - =Alegre.=--6.ª edición.--Librería Ollendorff, París - (en prensa). - - =Pequeñas Grandes Almas.=--Montaner y Simón, - Barcelona. - - =Flor de Durazno.=--5.ª edición.--Librería Ollendorff, - París. - - =Fuente Sellada.=--Librería Ollendorff, París. - - =Golondrina de Presidio.=--(Cuentos).--Biblioteca - Patria, Madrid. - - =Fantasías y Leyendas.=--(Cuentos).--Agotada. - - =La Casa de los Cuervos.=--Biblioteca del Ateneo Nacional. - Buenos Aires. - - - POESÍAS - - =Rimas de Amor.=--2.ª edición.--Fernando Fe, Madrid.--(Agotada). - - - VARIOS - - =¿A dónde nos lleva nuestro panteísmo de Estado?=--3.ª - edición. - - =El Enigma de la Vida.=--(Estudio biológico).--Librería - Alfa y Omega, Buenos Aires. - - =Un País mal administrado.=--(Estudio económico). - Arnoldo Moen y Hno., Bs. Aires.--(Agotada). - - - EN PREPARACIÓN - - =Las bases de la sociología.= - - =Un País mal administrado.=--2.ª edición. - - - - - - HUGO WAST - - LA CASA DE LOS CUERVOS - - PRIMER PREMIO - - EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL - - NUEVA EDICIÓN - - 6.° MILLAR - - BUENOS AIRES - Agencia General de Librería y Publicaciones - 1571--Rivadavia--1573 - - - - - ÍNDICE - - - PRIMERA PARTE - Pág. - - I.--Don Serafín Aldabas 9 - - II.--¡Una voce poco fa! 22 - - III.--La conspiración 34 - - IV.--La levita de Cullen 49 - - V.--En la tarde del baile 58 - - VI.--Una sombra en el hueco de la puerta 65 - - VII.--El indio José 76 - - VIII.--El baile de Montarón 95 - - IX.--El pañuelo rojo 113 - - X.--La noche trágica de Syra 128 - - XI.--La derrota 139 - - - SEGUNDA PARTE - - I.--¡Por el alma de los muertos! 161 - - II.--La mala nueva 174 - - III.--La mano suave 184 - - IV.--La yerra 194 - - V.--El secreto 208 - - VI.--Sobre las huellas de Insúa 224 - - - TERCERA PARTE - - - I.--En la casa de Bayo 245 - - II.--El aviso 259 - - III.--El incendio del garzal 267 - - IV.--Yo lo maté, pero voy a morir 293 - - V.--La batalla de los Cachos 304 - - - - - - PRIMERA PARTE - - - LA CASA DE LOS CUERVOS - - - - - I - - Don Serafín Aldabas - -En los días de sol, durante el húmedo invierno, aquellas casas viejas -toman su expresión evocadora y triste. - -Detrás de sus tapias roídas por el tiempo y coronadas a veces de -enredaderas, asoman las copas redondas de los naranjos, con su espeso -follaje y su fruta dorada. - -En la parte que el sol no calienta, el musgo extiende su terciopelo -verde, como un suave tapiz. Crecen los yuyos en las grietas de los -oscuros adobes manchados por la cal del antiguo revoque; se ve en un -muro el hueco de una alhacena con estantes de algarrobo, y sobre un -tejado, que en las noches de luna ya no se anima con el paseo de los -gatos, la ventana de una bohardilla y una chimenea, que ha tiempo no se -envuelve en el humo azulado y tibio del hogar. - -En los barrios centrales de Santa Fe, ese tipo de casa ha ido -desapareciendo, mas quedan vestigios de ellas en los barrios del Sur -y hasta hace poco manteníase intacta, en la calle que en los tiempos -de este relato llamaban "de la Matriz derecha", la casa en que durante -cuarenta años, don Serafín Aldabas enseñó a leer a los niños, que por -alguna razón no hallaban sitio en el colegio de los Jesuítas. - -Estaba en la acera del Sur, casi en la esquina de la plaza, vecindad -que aprovechaba don Serafín para oír la banda, que tocaba, jueves y -domingos, en invierno, a la hora precisa en que terminaba su clase. - -Cubierto el cráneo puntiagudo, mondo ya, con un casquete negro de -lustrina, enfundado en una estrecha levita, enjuto de carnes, los ojos -azules, fugitivos, las piernas flojas, las manos largas e inhábiles, -cuando no esgrimían el puntero o la palmeta, en la silueta obscura de -don Serafín, no había más detalle interesante que la gruesa cadena -de plata de su reloj, un hermoso reloj de oro, de una antigua marca -inglesa, toda la fortuna que trajo de su patria. - -Envolvíase severamente, aun en los días de calor, en una capa con forro -de terciopelo carmesí, y como a todo propósito, para salir de una duda, -para eludir una respuesta, para resolver un problema consultaba el -reloj, un buen tercio de la vida del maestro se pausaba en desabotonar -y abotonar su levita. - -Era de la Coruña, y sus traviesos discípulos que habían sorprendido -la imperceptible dificultad con que pronunciaba la o, llamábanle -"Curuña", mote al cual, después de treinta años, se iba acostumbrando. - -Llegado al país en los tiempos más sangrientos del gobierno de Rozas, -tímido como una polla, conservaba, no obstante, una extraordinaria -afición a la política que sólo concebía rodeada de misterios, de tal -modo que su imaginación enviciada transformaba las cosas más simples en -espeluznantes incidentes. - -Y en la Santa Fe del año 77, no necesitaba forzar la fantasía para -llenarse de sobresaltos, sin que, en verdad, como en los tiempos de -Rozas, corrieran peligro los vecinos madrugadores de tropezar en la -acera con el cuerpo de algún unitario degollado a cercén, mientras -por otra calle los mazorqueros paseaban un carro cargado de cabezas, -pregonando su siniestra mercancía como si fueran zapallos. - -Pero, aun sin llegar a esos extremos, la vida era angustiada por las -frecuentes revoluciones que se tramaban contra el Gobierno, para -derrocar a don Servando Bayo, y destruir la influencia omnipotente del -doctor Simón de Iriondo. - -En Santa Fe no era posible desinteresarse de la política: o se era -opositor, o se era gubernista. - -Sólo el mísero don Serafín Aldabas, no tenía derecho a ser ni lo uno -ni lo otro. Por su escuela habían pasado casi todos los jóvenes que -militaban en el partido liberal, y esto lo vinculaba con hondos afectos -a la causa de la revolución. - -Mas no le era permitido dejar traslucir sus inclinaciones, sin -riesgo para su escuela, que no vivía de las insignificantes cuotas, -impagas con frecuencia, de sus alumnos, sino de una subvención de -cuarenta pesos mensuales que le otorgaba el gobierno, y que algunas -indiscreciones habían puesto ya en peligro. - -Hacía un mes que funcionaban las clases, después de las vacaciones, -mediaba Abril, y todavía el humilde "Curuña" no había percibido un solo -peso del vencido semestre. - -Don Pablo Ferrer, el catalán dueño del almacén de la esquina en que -don Serafín se surtía, empezaba a torcerle el gesto, cuando concluida -la clase el maestro, envuelto en su capa que le prestaba un poco de -majestad, cruzaba la calle, hacia la plaza, persiguiendo la ocasión -de encontrarse con el gobernador Bayo, que a esa hora abandonaba su -despacho del Cabildo. - -La plaza era entonces, como hoy, de una manzana entera, pero -encuadrábanla construcciones más bajas, y eso parecía agrandarla. - -Al naciente tenía el colegio de los Jesuítas ocupando las dos terceras -partes de la cuadra, que completaban algunas casas de tejas. Al Sur, -alzábase el Cabildo, con su mole blanca y pesada, sus dos pisos con -recova de gruesos pilares y arco romano y su azotea resguardada por una -sencilla baranda de hierro. - -Todavía se ve en la esquina de San Gerónimo, una de las raras casas -de alto que había entonces, y que parecían ser indicio de riqueza, no -obstante sus paredones lisos, sin adornos ni pilastras, y el pobre -hueco de sus ventanales y de sus puertas pequeñas y su baranda de -hierro en el tejado. - -De las casas que formaban el costado del poniente, quedan muchas, con -algunos cambios que las modernizan sin embellecerlas, revoques de -portland, balcones y adornos del más abominable Luis XV. - -Ha desaparecido el local en que durante años funcionó el café del -Plata, lugar de cita de los opositores; pero subsiste al lado de la -construcción que hoy se levanta en lugar del célebre café, el vetusto -caserón que ocupara el Club del Orden, centro de aristocracia y de -conspiraciones. - -La Iglesia Matriz en el lado Norte de la plaza permanece tal cual era, -con sus dos torrecillas humildes y el enmohecido gallo de su veleta, -pero el resto de la cuadra ha sufrido un cambio profundo a excepción de -la casa que don Simón de Iriondo inauguró por aquellos años y que era -con sus dos pisos de galería a la calle y lo estudiado de sus líneas, -la más hermosa de la ciudad. - -Invariablemente, al dar las cinco de la tarde don Serafín Aldabas -suspendía la clase. Su magnífico reloj "Losada", según podía leerse en -la esfera, abierto sobre el pupitre, le señalaba la hora sin discrepar -un minuto en un año con el cuadrante solar del colegio de los Jesuítas. - -En el preciso momento cortaba la lección, aún cuando fuera en mitad de -una frase, poníase de pie, imitado por sus bulliciosos alumnos, que al -levantarse tumbaban los escaños y coreaba un "Ave María". - -Y después, mientras ellos se desparramaban por la plaza, espantando -a las pacíficas gallinas del vecindario, atraídas por el trébol que -crecía alrededor de la glorieta, don Serafín seguía el ancho camino -enarenado, con la secreta esperanza de encontrar al Gobernador, al -doctor Iriondo o a cualquiera de los hombres poderosos, para brindarles -un saludo y una sonrisa que prolongara la existencia de la subvención. - -Cuando veía acercarse a alguien, don Serafín procuraba imprimir a su -persona un andar solemne; mas su casquete de lustrina, sus largas -piernas deformadas por las rodilleras de sus pantalones, su capa en -lo más recio del verano, y sus pies juanetudos, le quitaban toda -solemnidad. - -No obstante, la gente le apreciaba, y retribuía su saludo con afecto, -aunque no tan ceremoniosamente como él habría querido; y era un triunfo -para él, cuando alguno se acercaba a preguntarle la hora. - -Su "Losada" era famoso en la ciudad, y aun el Gobernador solía rendirle -ese homenaje consultándole. - -Don Serafín, con el casquete en la mano, miraba el reloj y respondía: - ---Son las cinco y siete minutos y medio, excelentísimo Señor. - -Y luego agregaba, con la emoción de un desacato, a la suprema autoridad -que a un paso de él, le atendía de igual a igual: - ---¿Se podría saber qué hora es en el reloj de V. E.? - -El Gobernador, con un leve gesto de impaciencia, sacaba una antigua -saboneta de llave, y constataba alguna diferencia, que provocaba el -invariable comentario de don Serafín. - ---¡Si V. E. tuviera un "Losada"...! - -Cuando finalizó el sexto mes impago, como coincidiera con el término -de las vacaciones, durante las cuales don Serafín no había percibido -un ochavo de sus alumnos, se encontró en apuro tan grave que resolvió -confiar su cuita al Gobernador en la primera ocasión que tuviera el -honor de ser consultado por la hora. - -Pero fuese que el reloj de don Servando Bayo marchase mejor, o que su -propietario hubiera perdido su afición a la exactitud, el hecho es -que don Serafín irritaba sus juanetes dando vueltas innumerables a la -plaza, sin que el Gobernador se dignara hacer más que contestar sus -saludos. - -Y aun esos encuentros se hicieron raros. El Gobernador salía tarde -de su despacho, acompañado siempre por alguien, y sin detenerse -llegaba hasta su casa, a la vuelta del Cabildo, y se encerraba como si -tuviera un cúmulo de trabajo o la estadía en la calle se hubiera hecho -peligrosa. - -Solamente una vez, en aquellos primeros días de Abril se detuvo en la -plaza, y fué porque se encontró con don Simón de Iriondo, que lo tomó -del brazo y lo llevó por las callejas enarenadas del centro. - -Era jueves y la banda de policía tocaba un trozo del "Barbero de -Sevilla", música que en la vida sin pasiones de don Serafín, había -llegado a ser una pasión. - -Por eso, en cuanto sonaron los primeros compases de la sinfonía, se -acercó hasta el kiosco del centro, rodeado de acacias, sentóse en un -banco resecado por el sol, y se puso a escuchar, sin acordarse del -mundo. - -Las retretas en verano se hacían a la noche; pero ya en Abril, con -el tiempo fresco, se adoptaba el horario de la tarde. La gente -desacostumbrada, en los primeros días apenas concurría, por lo que en -esa ocasión, aparte de don Serafín y de algunos niños que jugaban en el -trebolar del centro, sólo se veía la pareja de personajes oficiales, el -Gobernador y el doctor de Iriondo, conversando frente a la casa de éste. - -La alta y elegante figura de Iriondo, contrastaba con la de Bayo, -hombre grueso y bajo. - -Don Simón vestía de levita, y en ese momento llevaba en la mano el -sombrero de copa gris, lo que permitía apreciar la extraordinaria -hermosura de aquella cabeza inteligente de caudillo, que tenía con el -cabello profuso, peinado hacia atrás, la elegancia violenta y a la vez -fácil de los gestos del león. - -Los dos, solos, estaban de pie bajo una acacia. Iriondo hablaba con -vehemencia pero en voz baja, y el Gobernador le escuchaba, rayando con -la contera del bastón la arena del suelo. - -En el aire tibio y como dorado de aquella tarde otoñal, se -desparramaban las notas animadas y profundas de "Una voce poco fa". - -Don Serafín bebía con fruición la música admirable, alejado mil leguas -de su escuela arruinada, de su semestre impago, de sus botines que -reclamaban la media suela, de sus pobres pantalones, cuyo decoro se -salvaba aún, gracias a la amplitud de la capa. - -Distraído así, no vió llegar hasta él a Bayo y a Iriondo, y sólo cuando -éste apoyó su mano firme sobre su hombro, advirtió su presencia. - ---¡Doctor Iriondo! ¡Excelentísimo señor Gobernador!--exclamó don -Serafín, alzándose del banco, con una profunda reverencia y echando -mano al reloj. - ---¿Qué hora es, don Serafín?--le interrogó Iriondo, complaciente con la -inofensiva manía del maestro. - ---Las cinco y cincuenta y siete minutos y algunos... - ---¡Don Serafín!--le interrumpió el Gobernador,--¿percibe siempre la -subvención de la escuela? - ---¡Ah, señor don Servando!--exclamó el mísero guardando su reloj con -mano trémula--mi escuela se muere de hambre... - ---¿Con maestro y todo?--insinuó risueñamente don Simón. - ---Hace seis meses, Excelentísimo Señor... - -Don Serafín vacilaba, porque era un cargo que iba a arrojar sobre el -gobierno. Mas Iriondo, que conocía el estado precario de las finanzas -no tuvo reparo en concluir la frase. - ---¿Seis meses que no le pagan? - ---Así es, doctor Iriondo; y cómo... - ---Mañana cobrará--dijo el Gobernador--Vaya a verme al despacho a las -ocho en punto. - ---Ah, Señor... - -Iba a explicar que a esa hora empezaba su clase, pero se calló. Daría -vacación, inventando algún pretexto; los alumnos le agradecerían y él -iría a cobrar. - -Mientras hablaban desarrollábanse los últimos compases de la música de -Rossini. Calló luego la banda y los músicos empezaron a enfundar sus -instrumentos para marcharse. - -Don Serafín reventaba de vanidad, viendo que todos miraban su compañía -con los dos hombres poderosos de la provincia. - -Iriondo saludaba a cada uno de los que pasaban frente a él, con -un gesto amable. El Gobernador golpeaba el suelo con el bastón. -Aquella nerviosidad, en él, hombre flemático, era señal de graves -preocupaciones. - -El director de la banda se acercó a saludarlos, pero Bayo no le -dispensó una acogida muy afectuosa y el pobre músico se fué, consolado -con el cordial apretón de manos de Iriondo. Don Serafín comenzaba a -sentirse intranquilo, ignorando si debía irse o quedarse. - -Anochecía rápidamente. Los niños que jugaban, habían desaparecido, con -lo que la plaza quedó silenciosa y desierta. - -Don Simón tomó del brazo al Gobernador, y dieron algunos pasos. Bayo -se volvió a don Serafín, el cual echó mano al reloj. - ---¿Hace mucho que no ve a Cullen? - -El maestro pensó un momento sin comprender. - ---A don Patricio Cullen--explicó Bayo. - ---¡Ah! Dos meses a lo menos, señor don Servando. - ---¿Y a Montarón? - ---Don Pedro Montarón estuvo ayer en mi casa--respondió con cierta -vanidad el maestro. - ---¿Fué de visita?--¿No le preguntó por...? - -Don Simón hizo un gesto que contuvo al Gobernador en mitad de la frase. -Se mordió los labios, y entonces Iriondo, poniendo la mano sobre el -hombro de don Serafín, le dijo con insinuante diplomacia: - ---La subvención de su escuela es de cien pesos ¿no? - ---¡Oh, qué esperanza! ¡Cuarenta pesos, no más! - ---¿No más? ¡Señor Gobernador! Este meritorio servidor de la provincia -no podrá vivir con eso... - ---Vaya mañana a verme--dijo Bayo--a las ocho en punto.--Y luego -agregó:--¿Tiene en su escuela algún niño pariente de Montarón? - ---No, señor Gobernador. Don Pedro Montarón fué a pedirme nuevas de mi -sobrino el capitán Insúa... - -No bien don Serafín oyó el sonido de su propia voz, pronunciando aquel -nombre, se le estrechó el corazón, porque recordó que Insúa y Montarón -constituían con don Patricio Cullen el eje de las revoluciones contra -el gobierno de Bayo y al revelarle a éste el objeto de la visita, -quizás estaba comprometiendo algún plan. - -No hablaron más y allí se separaron. - -En el crepúsculo escaso ya, don Serafín vió a Iriondo entrar en su -casa, llevando siempre del brazo al Gobernador. - -El se quedó sólo un momento, en la plaza, perseguido por el rumor de su -propia voz indiscreta. - -La luz de la lámpara recién encendida en el boliche de don Pablo -Ferrer, frente a la Matriz, hizo variar el rumbo de sus pensamientos. - -Ahora podría pasar, sin avergonzarse, por aquella esquina, porque le -iban a pagar la subvención y su desgraciada cuenta sería cancelada. - -Se encaminó a su casa, cruzó la calle acercándose al almacén, para que -Ferrer lo viera y si acaso, lo llamara. Mas cuando él pasó, el áspero -catalán estaba arreglando el tubo de su humosa lámpara, pendiente de -uno de los tirantes del techo, y no lo vió. - -Cruzó de nuevo el arroyo y entró en su escuela, empujando la puerta de -calle, asegurada por una gruesa piedra. - ---¡Rosarito, Rosarito!--gritó. - -Rosarito era su hija, toda la poesía de la vida del pobre hombre, y -todo lo que le había hecho amar el trabajo y soportar la miseria. - -Tenía diez y ocho años, y su sola presencia llenaba la casa. - -A la voz de su padre corrió la niña hasta el zaguán obscuro, y antes de -que él le hablara de su extraordinaria aventura, ella le dijo al oído -con voz trémula: - ---Está Francisco Insúa, papá, y no quiere que nadie lo sepa. - -Los remordimientos de Don Serafín recrudecieron y empezó a sospechar -que todo, desde las ausencias del Gobernador hasta la invitación a ir a -su despacho, tenía relación con la repentina llegada del capitán Insúa. - - - - -II - -Una voce poco fa! - - -La vida del maestro encerraba una novela que el mundo había olvidado. - -Muchos años antes, tantos que él mismo ya no quería contarlos, porque -su recuerdo se hacía más doloroso cuanto más lejano, él, joven, lleno -aún de las ilusiones que le habían hecho cruzar el mar, recién llegado -a Santa Fe, encontró un puesto de cajero y tenedor de libros en la casa -de comercio de don Agustín Insúa, uno de los estancieros más fuertes -del país. - -Insúa tenía muchos hijos, pero sólo una hija, la menor, que en el -tiempo en que don Serafín comenzó a hacer números en los grandes -libros de su padre, era una deliciosa chicuela de siete años, rubia y -de ojos azules, que más de una vez volcó el tintero sobre las páginas -que el tenedor de libros iba llenando con signos misteriosos para -ella. Él se encadenó a la casa obscura y triste en que su patrón vivía -enriqueciéndose, por aquel rayo de sol que entraba casi a la misma -hora, cuando su padre abandonaba el escritorio y quedaba el empleado -solo. - -Éste fingía no verla, para gozar mejor de la sorpresa que ella misma -simulaba, cuando sintiéndola detrás se volvía de pronto y la alzaba en -los brazos y la ponía encima del alto pupitre donde él trabajaba de pie. - -Allí se quedaba Rosarito--era su nombre--muy seria, esperando que su -amigo concluyera la tarea; y había que ver cómo volaba la pluma de ave -sobre el áspero papel de hilo de los libros, trazando esos viriles y -hermosos números españoles, hoy pasados de moda. - -Cuando era invierno hacía un intenso frío en la pieza de techo de paja, -paredes de adobe encalados y piso de ladrillos desnudos; mas el cajero -sentía que los ojos de la niña, siguiendo los movimientos de su mano -desde lo alto del pupitre, le caldeaban el corazón y le desentumecían -los dedos. - -Y cuando era verano, y la lóbrega estancia sofocaba como un horno, la -sola idea de que ella estaba allí, mirándolo siempre, aunque él no la -mirara, le refrescaba la frente y le aligeraba el monótono trabajo. - -Ella aguardaba seriecita y silenciosa, a que el cajero espolvoreara de -arenilla las páginas frescas, señal de que el trabajo había concluído, -y cerrara con estrépito aquellos libros enormes, que le daban la -ilusión de un saber inconmensurable en su gran amigo, y guardara su -reloj de oro, su hermoso reloj más seguro que el sol, según decían. - -Entonces él la bajaba del pupitre, la sentaba a su lado o en sus -rodillas y le contaba cuentos de reyes y de sultanes y de moros; y -acordándose de su pueblo, le hablaba de los pescadores que salen al -alba en sus barcas de velas abigarradas y vuelven al entrar la noche, -cuando alguna tormenta no los deja dormidos para siempre bajo las olas -del mar. - -Pasaron largos años, variando apenas los episodios de aquella amistad -que iba trocándose en amor silencioso y apacible. - -Don Agustín Insúa, viudo desde el nacimiento de su hija, absorto en sus -complicados negocios, no sospechó nunca el idilio que se iba tejiendo -en su propia casa, y cuando un día alguien le contó lo que pasaba, -montó en cólera y cayó como un huracán sobre el cajero y sobre la niña, -que era ya una linda joven de diez y ocho años. - -Ambos confesaron la verdad; el empleado fué despedido, por haber alzado -los ojos hasta la hija del patrón, y ella enviada a un colegio de -Buenos Aires, para que olvidara su locura. - -Ni él ni ella olvidaron, y cuando algunos años después volvió Rosarito, -mayor de edad y libre para disponer de su corazón y de su persona, -con una férrea voluntad que nadie habría sospechado bajo su grácil -hermosura, huyó de su casa y fué a pedir asilo a una tía, y se casó -con su fiel amigo, desafiando el rencor de toda la familia. - -Durante muchos meses el episodio fué en Santa Fe el asunto palpitante, -que se comentaba en todas las reuniones. - -El padre se vengó de la hija, traspasando sus bienes cuantiosos en -forma que a su muerte, que ocurrió poco después, los hijos lo tuvieran -todo y ella nada. - -Uno de sus hermanos, sin embargo, condolido de su situación, le donó la -casa en que don Serafín instaló su escuela, único medio de vida que le -quedó después de su aventura. - -Pero eran felices en su humildad, rayana en la miseria, y cuando tres -años después Rosarito murió al nacer su hija, el pobre maestro creyó -que el mundo se iba a quebrar y que él se hundiría en el espacio como -un pedazo de estrella. - -No ocurrió la catástrofe. Las gentes continuaron haciendo su vida -ordinaria; sus cuñados ni siquiera fueron al entierro, y él mismo -siguió viviendo una vida más obscura, envuelto en inofensivas manías -que amortiguaban su dolor, y odiando casi a la chicuela, que crecía -ignorante del mal que había hecho; hasta que un día, como un volcán que -renace, irrumpió en el corazón del maestro, que se hacía viejo, un amor -inmenso hacia la niña, que llevaba el nombre de su madre. - -No tenía de ella otro rasgo que los ojos azules, profundos como el -cielo en las noches de luna, y aquella amable seriedad que la hacía -estarse horas enteras mirando trabajar al maestro. - -La niña creció sola en el antiguo caserón de la escuela. Una mulata -fiel, hija de una esclava de los Insúa, sirvióles allí hasta que murió, -y enseñó a Rosarito a rezar y a ser dueña de casa, mientras su padre la -atiborraba con su ciencia, y después de las lecciones, le llenaba la -cabeza con los mismos cuentos de reyes y de sultanes y de pescadores, -que le conquistaron el amor de la madre. - -Cuando murió la criada, se resignaron a vivir solos, cargando Rosarito, -que tenía quince años, con todo el quehacer de la casa. - -El maestro daba sus clases en un largo salón, enladrillado, que tenía -una puerta a la calle, y un techo de madera labrada, como si toda la -riqueza de sus dueños, en los tiempos en que se construyó, hubiera -querido hacerse ver en las gruesas y profusas vigas de cedro, con -prodigiosos adornos a escoplo. - -Ya en los años de don Serafín, aquella casa más que secular, se -apreciaba como un tesoro, por los que a ojo calculaban el valor del -cedro empleado en sus techos. - -Y don Serafín en los días de hambre, llamaba a su hija y le mostraba -aquello: - ---¿Sabes? ¡si nosotros quisiéramos! - -Cuando la niña era pequeña, asistía a las clases y aprendía a la par -de los otros alumnos: cuando fué mayor, y quedaron solos, mientras su -padre repetía las lecciones, ella adentro trabajaba como un ama y como -una criada, en la cocina, en el lavadero, en el jardín. - -El patio era grande y cuadrado. En dos de sus lados había corredores -de teja, con pilares de algarrobo. En los otros dos, que daban al Sur -y al Oeste, solamente la tapia cubierta de plantas de diamela, que -se encaramaban hasta el borde, y en primavera se nevaban de flores -capitosas. - -En el centro del patio, crecían profusamente las plantas que entonces -se estilaban, cuidadas todas por la mano experta de la niña. - -Por una puertita falsa abierta en la tapia del Sur, pasábase a una -huerta contigua, llena de naranjos, en la que había además una -antiquísima higuera, maravillosa por su frondosidad, que había hecho -alrededor de su tronco, a causa de sus ramas perezosas, caídas hasta -el suelo y sostenidas por puntales, una enorme estancia, a donde sólo -se podía entrar por algunos boquetes, abiertos disimuladamente en el -ramaje. - -En la huerta se criaban las gallinas, que completaban la fortuna del -maestro. - -Rosarito amaba su jardín y su huerta, donde estaban todas sus -amistades. Las gentes parecían olvidadas de la novela del maestro, pero -continuaba pesando sobre ellos un inexplicable ostracismo, del que por -su parte no trató nunca de salir. - -Orgullosa por instinto de raza, lastimábala el poco aprecio que hacían -de su padre, cuyo apellido Aldabas, no tenía realmente la sonoridad -aristocrática del de su madre. - -Rara vez salía, como no fuera a la misa del alba, los domingos, y -algunos días en que estaba triste, y anhelaba un consuelo más alto que -el que podían darle las gentes, que apenas la conocían. Pasaba por la -plaza, para llegar al colegio de los Jesuítas, y en su ignorancia de -las modas, se vestía siempre como le enseñó la mulata que la criara, de -blanco y con un manto celeste. - -Algunas veces llevaba a la Virgen de los Milagros un ramo de flores -de su jardín, y cuando cruzaba por la calle, las gentes se volvían a -mirarla, porque era su figura como un sueño que pasa. - -Por eso prefería las horas en que las calles estaban solitarias y -cerradas las puertas. - -En la humildad de su vida también ella, que había heredado la ternura -de su madre, iba siguiendo la trama de un romance, desconocido de -todos, y cuya intriga le ponía en los ojos azules una pincelada de -ensueño, y en la frente pura una arruga leve, en que se adivinaba su -voluntad, templada para todas las batallas que podía reservarle el -destino. - -La tía lejana, en cuya casa halló refugio su madre, muerta hacía -tiempo, dejó un niño al cuidado del maestro. - -Francisco Insúa entró así en la casa de Rosarito, mayor que ella -bastantes años, de tal modo que cuando ella no era más que una -chicuela, él era ya un precoz hombrecito que jugaba a las revoluciones. - -Se criaron juntos en la escuela. Él la protegía como a una hermanita, -y los otros alumnos, que alguna vez se hubieran vengado en ella de las -penitencias del maestro, debieron respetarla porque Francisco Insúa -estaba siempre pronto a repartir puñetazos entre los que hubieran osado -tocar uno solo de los rebeldes cabellos castaños que llenaban de sombra -sus ojos inocentes. - -Pero Francisco debió abandonar la escuela de don Serafín, porque ni la -estéril gramática ni la complicada aritmética, las dos materias fuertes -de la institución, llegaron a interesarle nunca, y de la Historia -Sagrada, que se les hacía leer en la obra de Mazo, no sacó en limpio -más que una profunda admiración por los filisteos gigantes y por el -incontrastable Sansón. - -Lo hicieron ingresar entonces en el colegio de los Jesuítas, donde -no pudo estar tres años; disgustóle la férrea disciplina y se hizo -expulsar. - -Turbulento y fuerte, acaudillaba a todos los muchachos de su edad, -sometidos a él por la destreza insuperable con que boleaba patos y -chorlitos en las orillas del Salado, y por su bravura en las peleas y -aun por su descreimiento en las cosas que no se veían. - -Una noche hizo una apuesta, saltó las tapias del cementerio de San -Antonio y se fué a apedrear las lechuzas entre las cruces de los -sepulcros; y para más estupor de sus camaradas, se quedó a dormir en la -capilla, que habían dejado abierta. - -A la mañana siguiente llegó a casa del maestro, pálido pero sonriendo, -para disipar la angustia de Rosarito que había pasado la noche llorando -por él. - -Sólo a ella le confió la verdadera historia de aquella aventura, que le -había ganado para siempre la admiración de cuantos llegaron a saberla, -pero que dejó en su alma un germen de terror supersticioso. - ---"Ya ves--le dijo--yo no creo en las ánimas, pero anoche tuve miedo, -miedo de veras. La capilla estaba obscura, y para que entrara un poco -de luz cuando saliera la luna, dejé entornada la puerta y me eché a -dormir sobre la tarima del altar. Me despertó el ruido de la puerta -que se cerró de golpe, como si alguien la hubiera atropellado; pensé -que era el viento, pero cerca del techo había una claraboya y a la luz -de la luna, alta ya, se veían las ramas de un ciprés inmóvil. No era -el viento. Quise saber quién había entrado, pero no me animé; tuve -miedo de moverme, sin saber por qué. Me quedé quieto, sin respirar, -pareciéndome que algo andaba cerca de mí, no por el suelo como un -hombre, sino por el aire como un ave, o como un alma en pena, y que era -algo tan grande que llenaba la iglesia. Sentí un aletazo en la cara y -me quedé helado, la cabeza pegada en la tarima, cerrando los ojos para -no ver, pero conteniendo la respiración para oír mejor. Me pareció -entonces que "aquello" estaba allí, a mi cabecera y que respiraba como -un niño. No sé cuánto tiempo pasé de ese modo; oí las campanas de Santo -Domingo que tocaban antes del alba y abrí los ojos. La iglesia negra y -silenciosa, parecía atravesada por una espada de oro, y era un rayo de -luna. - -"Por la claraboya veíanse las ramas del ciprés, que empezaban a temblar -al viento de la mañana. Sintiendo siempre cerca de mí aquello que había -entrado a pasar la noche conmigo, me atreví a mirar y ví un cuervo -inmóvil como un adorno del altar, posado en una esquina, negro, de -cabeza pelada y de ojos brillantes que me miraban fijamente. Me paré -de un salto, pero él no se movió, y entonces ví una mano blanca, larga -como de una mujer, con un anillo en el dedo, que el cuervo tenía entre -las garras. Tuve miedo, porque no miraba su comida, me miraba a mí, -como si me hubiera penetrado el olor de cadáver que despedía la mano, y -el cuervo creyera que yo era el muerto." - -A los años, aquella aventura que él le confió, permanecía viva como un -relato reciente, en la memoria de Rosarito. - -Él le había dicho: ¿No contarás a nadie que tuve miedo? Y ella se lo -prometió y había cumplido. - -Francisco Insúa, heredero de una gran fortuna en campos y haciendas, -desde que fué hombre pasaba lo más del tiempo en sus estancias, bajando -rara vez a la ciudad, casi siempre con propósitos revolucionarios. - -Un gobernador amigo, caso extraordinario, pues era enemigo por sistema -de todos los gobiernos, agracióle con el cargo honorífico de capitán -de guardias nacionales, y con esa designación llegó a los tiempos -de Iriondo y de Bayo, que no conocieron adversario más perseverante -y activo, por lo cual, cada vez que llegaba a la ciudad, la policía -echaba detrás de él sus mejores pesquisantes, para seguirle los pasos. - -Una tarde--aquella tarde en que don Serafín tuvo la buena fortuna de -hallarse con el Gobernador y con Iriondo,--Rosarito, sola, en la gran -casa que empezaba a anegarse dulcemente en la sombra de la noche, -sentada sobre un poyo del jardín, en el centro del patio cuadrado, -escuchaba la música de la retreta, que llegaba a oleadas, mezclada con -el perfume otoñal de las magnolias, que se deshojaban a su vera. - -Sentía el alma entristecida por la soledad en que les dejara el hombre -que la quería como a una hermana y a quien ella amaba como a un novio. - -El día anterior estuvo don Pedro Montarón a pedir noticias de él, y eso -era señal para ella de que algo se tramaba. Llenábasele de angustia el -corazón, adivinando los riesgos de aquellas aventuras, pero alegrábala -el presentimiento de que él vendría. - -"Una voce poco fa", tocaba en la plaza la banda de policía, y las -frases vehementes de esa música, le daban la impresión de que si ella, -alguna vez no se decidía a confesarle su amor, él pasaría a su lado sin -sospecharlo. - -Sintió que la puerta de calle se abría, arrastrando la piedra que la -calzaba, y creyendo que fuera su padre, se quedó allí, persiguiendo su -ensueño, entre las sombras de la noche que habían ganado el jardín. - -Sólo vió que era Francisco Insúa, cuando él la apretó en sus brazos y -la besó en la frente. - ---¡Francisco! - -Él la hizo callar. - ---Que nadie sepa mi llegada. ¿Tu padre? ¿Está en la plaza? ¿Mi cuarto? - -En el caserón de la escuela había siempre lista para él una pieza, que -Rosarito cuidaba con incansable esperanza. - -Pero esa vez tenía otros designios. - ---Ahora no quiero dormir allí. Es necesario que si alguien viene y -entra de improviso, no sospeche mi presencia. Debo esconderme; dos o -tres días, nada más. Arriba, en la guardilla del techo, sobre las vigas -del cielorraso, estaré seguro y cómodo. - -Ella lo miraba hablar, penetrada de admiración y de ternura, y llena de -recelos. - -Cuando llegó don Serafín, ya el capitán Insúa tenía su escondrijo, -difícil de encontrar, y podía aguardar, sin peligro, la visita de los -que con él tramaban la revolución. - - - - -III - -La conspiración - - -Al toque de ánimas esa noche, la ciudad parecía desierta. - -En la calle de Comercio, que cruzaba los barrios más poblados, no se -veía un solo farol encendido. Durante el día se había estado anunciando -la tormenta, que a esa hora barría con impetuosas rachas de viento y de -lluvia el polvo del arroyo, que pronto fué un lodazal. - -Cuando el trueno callaba sentíase la voz lamentable de la campana de -San Francisco, obstinada en anunciar a las gentes que habían dado las -ocho y debían rezar por las almas de los muertos. - -Don Patricio Cullen, el jefe de los adversarios del gobierno, tenía su -casa en la calle principal, a poco más de dos cuadras de la plaza, y -no lejos de una esquina, donde esa noche, a la luz de los relámpagos, -podía advertirse la presencia de dos hombres, embozados en capas -obscuras, que desde hacía más de una hora desafiaban allí el vendaval y -la lluvia. - -Uno de ellos era don Braulio Jarque, jefe de policía, a quien el -gobernador Bayo encomendaba la seguridad de su gobierno; y el otro -era su secretario y cuñado, el joven teniente de milicias nacionales -Carmelo Borja. - -Jarque era español, amigo, casi camarada de don Serafín Aldabas, aunque -más joven y llegado al país muchos años después que él. - -Ocupado en la policía como escribiente en los tiempos de Iriondo, -eleváronle al rango de comisario, y de tal manera acreditó su sagacidad -en descubrir los planes revolucionarios y hacerlos abortar, la más -grave misión de la policía de aquel tiempo, que Bayo, en su gobierno, -lo hizo jefe, y los revolucionarios tuvieron que reconocer en él un -enemigo terrible, que por vías misteriosas se apoderaba de todos sus -secretos. - -Y así las revoluciones dejaron de ser calaveradas repentinas e -improvisadas, hechas sin plan y sin más propósito que mantener la -alarma entre los hombres de gobierno, y debieron transformarse, a -lo menos mientras Jarque estuviera en la policía, en un arte de -conspiración prolijo y difícil. - -Era el jefe un hombre frío y perseverante, de físico mezquino, calvo -a los cuarenta años, con una pierna más corta que le hacía rengar, -defecto que él procuraba disimular, porque era vanidoso, y comprendía -lo mal que sentaba a la majestad de su cargo. - -Hacía dos años que se había casado con Gabriela Borja, casamiento -inesperado, que no debía ser feliz, por cuanto él vivía en la ciudad, -mientras ella se quedaba al lado de su madre, viuda, en la antigua -estancia de los Borja, que llamaban "la casa de los cuervos", como a -ocho leguas al Nordeste de Santa Fe, sobre el arroyo de Leyes. - -Desde algunos meses atrás, Jarque, gracias a los espías que tenía -diseminados en las estancias de los opositores mismos, Cullen, -Montarón e Insúa, comprendía que se estaba urdiendo una revolución, -cuyo desenlace no parecía lejano, a juzgar por lo frecuente de ciertas -visitas sospechosas, y de algún movimiento de peonadas en las colonias -del Norte, Helvecia y California, donde los revolucionarios tenían una -gran popularidad entre los colonos extranjeros. - -Lo que desorientaba todos los cálculos era la inacción, aparente a -lo menos, del capitán Insúa, quien no se movía de su estancia, ni -demostraba preocuparse por la "yerra" de su hacienda, que se anunciaba -para dos o tres meses más tarde. - -Cuando Insúa marcaba los terneros de sus vacadas, cosa que hacía en -el otoño, era una fiesta de dos semanas para todos los criollos de -aquellos lugares, que acudían a prestar su ayuda, con el propósito de -participar en el interminable jolgorio de la faena; y había años que -los "tarjadores", que llevaban la cuenta de los animales marcados, -haciendo tarjas con el cuchillo en ramitas peladas, contaban al final -de la "yerra", diez mil rayas, que significaban diez mil terneros -puestos bajo la célebre marca de Insúa, un corazón partido por una -flecha. - -Aquellas fiestas en que llegaban a reunirse hasta doscientos peones, -solían servir de preludio a la revolución. Las conversaciones, el -relato de aventuras políticas, el licor repartido sin tasa, caña del -Paraguay, apenas rebajada con agua, encendían el entusiasmo opositor, y -sin más preparativos, se ponían en marcha a caballo, hacia la capital, -a la que entraban de noche, rumbo a la policía, mal armados, disparando -trabucazos al azar, siendo rechazados fácilmente y con escasas pérdidas. - -Cuando Jarque se hizo cargo de la policía, hiciéronse más raras -tales asonadas. Sabíase que el jefe no deseaba que se concluyeran -los movimientos revolucionarios, sin que él tuviera ocasión de hacer -un escarmiento. Creíasele capaz de fusilar sin proceso alguno a los -cabecillas que cayeran en sus manos, aunque eso hubiera de costarle -el cargo a él y el gobierno a los suyos; pero todos, hartos de la -intranquilidad en que vivían, cerraban los ojos y le dejaban hacer. - -Las revoluciones entraron así en un período de laboriosa preparación, -pues los opositores habían comprendido el riesgo de toda aventura -mientras aquel hombre estuviera contra ellos, y era preciso no jugar -ningún lance, sino con las mayores probabilidades de éxito. - -Hacían la revolución, como una función normal en su vida política, sin -grandes odios personales, por el sólo deseo de tumbar un gobierno, que -los mantenía a raya; y se resignaron a esperar hasta que se ofrecieran -las circunstancias propicias, que un día Jarque tuvo la sospecha de que -habían llegado. - -Don Pedro Montarón iba a dar un gran baile, celebrando el compromiso de -su hija Syra con el teniente Carmelo Borja, secretario de Jarque. - -Montarón era el Creso de los opositores, la bolsa abierta siempre para -costear las revoluciones. - -El jefe de policía sospechó que aquel baile podía ser un pretexto -para atraer a los hombres del gobierno, relacionados con él, y que -no obstante la diversidad de opiniones políticas, no se negarían a -asistir. Retenidos en la fiesta, podía el capitán Insúa con su gente -caer sobre la ciudad desprevenida, y aun hacer prisioneros a los -asistentes a ella. - -Sus sospechas se confirmaron cuando le hicieron saber que Montarón -había visitado al inofensivo don Serafín, y por el Gobernador supo el -objeto de aquella visita, indicadora de que en la ciudad se esperaba la -llegada de Insúa. - -Pero el joven revolucionario astuto y acostumbrado a aquellos lances, -logró entrar en Santa Fe, sin que lo advirtiera la policía de Jarque, -de modo que esa noche, mientras el jefe con su secretario, se -guarecían de la tormenta bajo el alero de aquella esquina que les -permitía observar la casa de don Patricio Cullen, estaban lejos de -sospechar que él ya estuviera en sitio seguro, aguardando precisamente -a Cullen y a Montarón con quienes debía planear los detalles de la -revolución para la noche del baile. - -Hacia el extremo de la galería del naciente, había en la escuela una -extensa pieza, cuyas puertas y ventanas daban al patio. Era el comedor, -el punto de cita, por estar lejos de la calle y próximo a la huerta, -para el caso de una sorpresa de la policía. - -Al toque de ánimas, esa noche, había concluído la cena frugal, y -don Serafín buscó su silla hamaca, en que solía dormitar después de -comer, la acercó a la puerta entornada, para mirar el patio, inundado -de lluvia, que chispeaba a la luz de los relámpagos, y se quedó -allí distraído mientras llegaba el sueño, persiguiendo las siluetas -esfumadas de sus antiguos recuerdos. - -Junto a la mesa--una mesa de algarrobo lustrado, con aletas que se -plegaban o se abrían para agrandarla--sentáronse Rosarito e Insúa, a -relatar la historia de los días pasados sin verse. - -Una lámpara con pantalla de cartón, fabricada por la niña, diseñaba un -disco luminoso en el centro de la mesa, acusando con fuertes contrastes -las facciones del joven, sus ojos grandes y obscuros, su tez pálida -tostada por el sol, su barba negra recortada al uso de entonces, su -pecho fuerte, sus manos poderosas, que de cuando en cuando se posaban -sobre la tabla, donde ella, que lo miraba con los ojos iluminados por -los pensamientos cariñosos, tenía puesta una de las suyas, que se -abandonaba confiada en la de él. - -Los ángulos de la pieza quedaban en la sombra. Dos escaños, arrimados -a la pared, a uno y otro lado, recordaban el tiempo en que don Serafín -tenía pupilos en su escuela, y mayor concurrencia a su mesa. Una -alhacena, en el fondo, cubierta con una cortinilla rosada, y una -rinconera con un vaso de flores, completaban el mueblaje de la pieza -enorme y fría, con sus paredes pintadas a la cal, y su cielorraso de -lienzo, que a cada racha de viento se alzaba como un pecho fatigado y -crujía como si fuera a rasgarse. - -A cada ruido Insúa intranquilo miraba a su alrededor, y Rosarito -sonreía. - ---Siempre es así--le decía. - -Y él continuaba el relato de su vida, que ella atendía con ansiedad, -buscando en los innumerables cuadros de aquel tiempo en que tanto -pensara en él, la huella de algún pensamiento que él le hubiera -dedicado enteramente. - -Montarón fué el primero en llegar a la cita. Entró al lóbrego caserón -de la escuela, no por la puerta de calle, sino por la huerta, cuyas -tapias escaló, porque daban a los fondos de su casa. - -Era un hombre de cincuenta años, bajito, regordete, pero ágil y -movedizo. Todo rasurado y muy pulcro, con los tupidos cabellos grises -cortados al rape, su fisonomía rubicunda, animada por una constante -sonrisa, tenía algo de eclesiástico. - -Era muy rico, y al revés de Insúa, no tenía una sola vaca, pero sí -mucho dinero contante, ganado en empresas bancarias. - -Uruguayo, radicado en Santa Fe desde largo tiempo atrás, se hallaba tan -vinculado a su suelo por sus negocios y sus amistades, que allí pensaba -morir. - -Al ruido que hizo sacudiéndose las botas y la capa embarrada, despertó -don Serafín, que se alzó de la silla alarmado, sacando su reloj. - ---¡Señor don Pedro!--dijo con profunda reverencia. - ---¡Señor don Serafín!--respondió estrechándole la mano, y entró al -comedor, desvaneciendo con su llegada la tela de ensueño que envolvía, -a los ojos cándidos de Rosarito, aquel cuadro familiar. - -Abrazó fuertemente a Insúa, arrastró uno de los escaños hasta la mesa, -negándose a aceptar ninguna de las sillas que le ofrecieron, y se sentó -buscando la sombra de la pantalla, para observar mejor. - -Su sonrisa maliciosa hizo ruborizar a Rosarito. - -Antes de que hablara ninguno de ellos, cohibidos como estaban por -diferentes sentimientos, un empujón dado a la puerta de la calle, cuya -piedra se arrastró sobre las losas del zaguán, les anunció la llegada -de un nuevo contertulio. - -Debía de ser don Patricio Cullen, por lo cual Insúa salió a recibirlo -y a trancar la puerta, que dejaron entornada, a fin de que el jefe de -los revolucionarios entrara sin llamar. - -Don Serafín, que no le esperaba, viéndole llegar sintió crecer su -alarma y tornó a mirar el reloj, con aquel gesto a que recurría en los -casos apurados. - -Adivinó qué podía significar aquella reunión y cuchicheó al oído de -Cullen: - ---¿Así pues, señor don Patricio, se trata de una revolución? - -Don Patricio le apretó la mano con una gran cordialidad y le respondió -sonriendo: - ---Si fuera así, mi amigo, ¿podríamos contar con usted? - ---¿Conmigo?--exclamó el maestro, retirando su silla del hueco de la -puerta, como si la palabra comprometedora de Cullen hubiera resonado en -toda la ciudad y él temiera la repentina irrupción de la policía. - ---Sí, don Serafín; necesitamos que usted nos dé la hora para que -todos nuestros relojes estén de acuerdo. El secreto del éxito en las -revoluciones está en que se produzcan en el momento preciso. - ---¡Ah, señor don Patricio!--respondió súbitamente interesado el -maestro--si ustedes tuvieran un "Losada"... - -El ex gobernador de Santa Fe había tomado asiento ya en la silla que le -ofreció Rosarito, junto a la de Insúa, la que ella ocupaba. - -Don Serafín en pie, aguardando una explicación que no vino, miraba con -nueva angustia el cuadro alarmante que alumbraba su pacífica lámpara. - -Era amigo de aquellos tres hombres reunidos para conspirar, sin duda, y -era como el padre de uno de ellos, y a pesar de eso y de su afición a -las intriguillas políticas, la cosa parecía más seria que de costumbre, -y la conspiración se realizaba allí, bajo el techo de su escuela, cuya -existencia estaba en mano del gobierno, que la subvencionaba. - ---¡Señores!--les dijo; pero la voz se le anudó en la garganta. - -Los tres lo miraron. - ---Usted nos dará la hora;--volvió a indicarle don Patricio, con amable -sonrisa,--hasta entonces sea sordo, ciego y mudo. - ---Mudo sobre todo, mi tío--añadió Insúa, haciendo luego una seña a -Rosarito para que los dejasen solos. - -El maestro salió suspirando y palpando su reloj, con una explicable -angustia, desde que acababan de manifestarle que en su preciosa máquina -estaba encerrado el minuto decisivo de la revolución. - ---¡Mi reloj, mi reloj!--exclamaba, siguiendo dócilmente a su hija, que -lo hizo acostarse. - ---¿Es seguro ese hombre?--preguntó Cullen cuando quedaron solos. - -La luz de la lámpara daba de lleno sobre la figura majestuosa de don -Patricio, y su barba castaña, abierta sobre el pecho adquiría tonos -dorados. - ---Completamente seguro--respondió Insúa--y su casa debe ser hoy el -punto de cita menos sospechoso. - -Montarón arrugó la nariz, con gesto de duda. - ---No tanto. Ayer me crucé en la puerta con uno de los pesquisas de -Jarque. Por lo que se hizo el indiferente al verme, sospecho que no -dejó de notar mi presencia en el sitio. Por eso he venido hoy como un -ladrón o como un enamorado, saltando las tapias, procedimiento que -aconsejaría a don Patricio, si viviera más cerca. - -Don Patricio sonrió; era muy grueso y lo que para aquel hombrecillo -rechoncho, pero ágil, resultaba un juego, para él habría sido lo más -difícil de la revolución. - ---La noche es a propósito para merodeos de esta clase--observó -Cullen.--Yo he podido salir sin que nadie me viera, porque en toda la -calle Comercio, embarrada y tenebrosa, no se hallaría alma viviente. -La luz de los relámpagos me guiaba, para no estrellarme contra las -rejas salientes de las ventanas, y para cruzar sin riesgos mayores los -fangales de cada esquina. - -Hablaba despacio, con voz suave, insinuando más que diciendo lo que -pensaba. Montarón le escuchaba con una sonrisa que podía seguir -siendo un gesto de duda; Insúa, grave y triste, como oprimido por un -presentimiento. - -Afuera, la lluvia, más intensa que a la hora de ánimas, seguía cantando -en los caños de teja, de donde caían chorros sonoros que corrían luego -por los albañales a engrosar el torrente de la calle. - -Un momento prestaron oído a los rumores que venían de afuera. Insúa -pensó en Rosarito, dormida quizás, y comenzó luego a explicar su plan -revolucionario. - -Tenía listos ciento veinte hombres, acampados a esas horas en los -sauzales del arroyo de Leyes; a la mañana se pondrían en marcha sobre -la ciudad, según las órdenes que les había dejado, y entrarían a la -oración. - -Tenían dos chalanas cargadas de leña, en que llegarían al puerto, -cruzando la laguna. Otros estaban ya en la ciudad, adonde habían -llegado en carros de colonos, tirados por buenos caballos, que les -servirían para montar, o habían entrado como peones de estancia, a -buscar provisiones. - ---¿Bien armados?--preguntó Montarón. - ---Estos no; tienen sus cuchillos, que pueden ser lanzas, atados en una -caña tacuara. - ---¿Y los otros? - ---Los que vienen en las chalanas son los suizos de Helvecia, armados -con carabinas y con rémingtons. Algunos criollos tienen trabucos. La -munición es escasa, pero no se necesitará mucha. - ---Así es--observó Cullen--el éxito está en sorprender a la policía. Si -no entramos en el primer asalto, la batalla está perdida, y no habrá -más que desbandarse y buscar refugio donde sea posible hallarlo. - -La luz de la lámpara le molestaba, por lo cual había buscado la sombra -y hablaba desde allí. Sólo Insúa permanecía al lado de la mesa y sus -ademanes y el brillo de sus ojos se armonizaban con todos los rasgos de -su lujosa juventud. - ---Y los que han llegado--interrogó--¿dónde están? - ---En la barraca de Fosco, a orillas del río, al Sud, que es donde -atracarán las chalanas, para estar más cerca de la policía. - -Hubo una pausa, en que los tres prestaron oído al rumor de la lluvia, -que de cuando en cuando se ahogaba en el fragor de un trueno. - ---Mi mayor confianza está en lo que hagamos en el baile--dijo Montarón, -bajando la voz--Iriondo y Bayo irán; Jarque ciertamente no faltará, y -como no estarán prevenidos, en cuanto suenen los primeros tiros en la -plaza podremos tomarlos como en una ratonera. - -Insúa no parecía participar de esa opinión. - ---Eso no es pelear--objetó--eso es entrampar a los hombres, como si -fueran ratones. Prefiero el ataque, lanza en ristre, al frente de mi -caballería... - ---Ellos son más y están mejor armados. - ---Nuestros hombres no pelean por la paga, como los de ellos; y esa es -una ventaja que compensa el número y la diferencia de las armas. - ---Tendremos que ir contra el batallón "7 de Abril", que es de línea, -capitán--observó Montarón. - ---Mejor; eso enardece. Lo que desmoraliza es pelear contra flojos que -se esconden o disparan. - -Tras un momento de silencio, Cullen, deseando armonizar las dos -opiniones, dijo acercándose a la luz: - ---Las dos cosas deben hacerse. Es necesario el asalto a la policía, -y al mismo tiempo la celada del baile. Una maniobra sin la otra nos -llevaría al fracaso, que ha sido siempre el término de nuestras -revoluciones. El capitán Insúa mandará el asalto; y nosotros, en el -baile, en cuanto suenen los primeros tiros, aprovechando la sorpresa -de los iriondistas, caeremos sobre ellos. Apresados Iriondo y Bayo, la -tropa del gobierno se rendirá. Hay entre ellos partidarios nuestros que -iniciarán el desbande. - -Hizo una pausa, esperando alguna observación, y como no la hubo, -prosiguió, con su voz suave y sus ademanes tranquilos: - ---Por otra parte, ni Bayo, ni Iriondo son niños. Es verdad que toda -nuestra mozada distinguida estará en el baile, y se pondrá a nuestro -lado, pero las cosas no se llevarán a cabo sin riesgos; porque supongo -que no serán esos dos los únicos iriondistas que habrá invitado usted a -su fiesta. - ---He invitado a todos los que significan algo--respondió Montarón--no -sé quienes irán, mas podemos contar con que no faltarán ni el ministro -Pizarro, ni el doctor Zavalla, y habrá que tenerlos en cuenta;--y -agregó haciendo uso de un término gauchesco--no son gente de arriar con -la mano. - -Insúa acabó por aceptar la importancia de aquella maniobra, que, en -verdad, podía ser más eficaz que las briosas acometidas de sus paisanos -a caballo, sembrando de muertos las calles de Santa Fe y huyendo una -hora después del ataque. - -Mediaba la noche y la lluvia había escampado, cuando los conspiradores, -después de precisar los detalles de su plan, disolvieron la reunión. - -Don Pedro Montarón escurrióse de nuevo hacia la huerta, y saltó la -tapia. Don Patricio Cullen, se envolvió en una capa obscura, con -vueltas de terciopelo, y salió franca y gallardamente a la calle, como -si nadie pudiera sospechar de él. - -Al cruzar la esquina de la Matriz, no vió entre los arcos del pórtico -una sombra cautelosa, que acechaba su paso. Era Jarque, quien no había -querido confiar a nadie la delicada misión de averiguar las andanzas -del jefe de los revolucionarios. - -Don Patricio llegó a su casa, tranquilizado por la misma siniestra -lobreguez de la ciudad dormida entre los barriales de sus calles sin -empedrado. - -Cuando Insúa apagó la lámpara y salió del comedor para llegar hasta -el escondrijo en que debía pasar la noche encontró en la galería a -Rosarito, cuyos ojos fieles radiaban en la sombra. - -Insúa le estrechó la mano y le dijo con voz baja una frase que a ella -la hizo estremecerse: - ---¡Has nacido para mujer de un revolucionario! - - - - -IV - -La levita de Cullen - - -Fué ese el primer día frío del otoño que empezaba a dorar el follaje -de los árboles caducos y las frutas de los naranjos entre el verde -lustroso de sus hojas persistentes, y alfombraba el suelo húmedo de las -huertas, con el manto amarillo de las hojas secas. - -La lluvia de la noche había lavado el cielo, y el sol se miraba -esplendoroso en los charcos de las calles, donde los niños, que no iban -a la escuela, chapoteaban el barro con los pies desnudos. - -A las ocho en punto, la puerta de la escuela de Don Serafín, estaba -sitiada por una banda turbulenta de escolares, sorprendidos por lo -extraordinario del caso. - -¿Qué podía haberle ocurrido al puntualísimo "Curuña", que no había -abierto a la hora precisa, como acostumbraba, para que esa fuera la -señal de arreglar los relojes del barrio? - -A las ocho y cuarto empezaron los chicuelos a armar una tormentosa -baraúnda, ante la puerta cerrada. - -Los de familias pudientes habían sacado esa mañana por primera vez -en el año, sus capas o sus abrigos de invierno, porque el pampero -que traía el frío de las nieves del Sur, daba la señal de cambiar de -ropa. Los más pobres, habrían tiritado bajo sus trajecitos de brin, -si la algazara y el movimiento no les hubiera hecho bullir la sangre. -Casi todos, en bolsas de tela, suspendidas de un bramante que les -cruzaba la espalda, llevaban sus librejos envejecidos por el manoseo de -algunas generaciones de escolares, que se los pasaban unos a otros, al -abandonar las aulas. - -Algunos revelaban su pobreza, no sólo en su traje inadecuado para la -estación, sino en el detalle sobrado elocuente de carecer de libros y -cuadernos, lo cual les obligaba a aprender en los Mazos rotosos que don -Serafín ponía a disposición de ellos en la clase. - -No eran los menos bulliciosos, empero. Todos, pobres y ricos, picados -por la curiosidad golpeaban la puerta gritando ansiosos por entrar -no al aula, donde se aburrían, sino al patio bajo cuyas anchurosas -galerías podrían jugar a la rayuela o las bolitas si es que "Curuña" -estaba enfermo o había muerto y se imponía la vacación. - -No estaba muerto el mísero, mas habría deseado estarlo, porque en ese -momento pasaba las angustias de un ajusticiado, bajo el ojo severo de -su amigo Jarque. - -Se levantó más temprano que de costumbre, y por lo menos una hora antes -de las ocho, estuvo dispuesto para acudir a la cita que le diera el -gobernador la noche antes. - -No era cosa mayor su traje, pero envuelto en su capa--regalo del -capitán Insúa--podía disimular la fementida levita y engañar al -espectador en cuanto a la integridad de los pantalones. - -Cuando empezó a trepar las escaleras del Cabildo, hacia el despacho -del gobernador, recordó su pecado de esa noche dando albergue a los -conspiradores y le temblaron las rodillas. - -Parecióle un calvario aquella ascensión y cuando llegó a la sala de -espera, donde aguardaban los postulantes, consultó su reloj para -comprobar la marcha de un péndulo que allí había. - -En este momento se le acercó Jarque y lo tomó del brazo y lo llevó -con alguna prisa, que llenó de pavor al maestro, ó la oficina de la -Jefatura de Policía, que formaba cuadro con el salón de espera, en una -de las alas del edificio. - -Entraron al despacho, una pieza grande y fría, con pobrísimos muebles, -una mesa de caoba y algunas sillas de estera. Jarque cerró la puerta, -aumentando la confusión del maestro, que todo trémulo, buscó asiento, -sin atreverse a despegar los labios ni a hacer más gesto que el de -consultar su reloj, el cual marcaba las ocho menos cuarto. - -Por fin, mientras el jefe acercaba otra silla, se animó a decirle con -cierta altivez que sonó bien en sus propios oídos: - ---Te advierto, Braulio, que tengo una cita con el señor Gobernador. - ---¿A qué hora? - ---A las ocho; y estaba haciendo tiempo... - -Jarque echó una despreciativa mirada sobre el reloj que don Serafín -tenía en la mano, y sentándosele al lado, le dijo con tono zumbón: - ---Tu reloj atrasa, muchacho. Hace un cuarto de hora que el gobernador -te esperaba; ahora, me ha encargado tu asunto, porque él atiende a -otros visitantes. - -Don Serafín se había puesto de pie, con el pelo encrespado por la -indignación. - ---¡El "Losada", señor jefe de policía, no atrasa nunca! - ---Entonces está parado--le respondió Jarque, haciéndolo sentar de nuevo. - -El maestro acercó al oído su maravillosa máquina, y constató con horror -que en efecto se había parado algunos minutos antes, falto de cuerda. - ---¡Ah, miserable!--exclamó golpeándose la frente.--He deshonrado -mi reloj. Por primera vez en treinta años, anoche por culpa de las -visitas, me acosté sin darle cuerda. - -Jarque sonreía. - ---¿Tuviste visitas, Serafín? ¿Haces tertulia ahora? ¿Estás por casar tu -hija? - -El maestro, que daba cuerda a su "Losada", se quedó frío al oír -aquello. Un poco más y en su turbación habría puesto al astuto jefe de -policía sobre la pista de la conspiración tramada en su casa. - -Jarque observó la ingrata impresión que causó su pregunta, y para no -espantar la caza, se puso a hablar del asunto que más interesaba a su -amigo. - ---Realmente--le iba diciendo--era una iniquidad que un hombre del -mérito de don Serafín Aldabas, que servía a la provincia con tanta -abnegación, educando a los futuros ciudadanos, pasara miserias por -negligencias del gobierno en cumplir sus promesas. - ---¿No es verdad?--exclamó encantado el maestro--es lo que digo; un -maestro es un servidor de la provincia. - -La misma subvención--seguíale diciendo el jefe--era irrisoria; ya el -Gobernador se lo había dicho. Debía dársele cuarenta pesos por lo menos. - ---¿Cuarenta pesos? Es lo que tengo ahora. - ---¿Sí? Bueno; eso mismo es poco; habría que ponerle cincuenta... - ---Cien me dijo ayer el señor Gobernador. - ---Bueno; cuanto más mejor; ya me encargaré de recordárselo. - ---Y sobre todo--insinuó dulcemente don Serafín--que me paguen los seis -meses que me adeudan. - ---¡Oh, por supuesto! - ---¿No sería posible hoy? - -El jefe sacudió la cabeza. - ---¿No hay fondos, quizás? ¿y la mitad... la tercera parte... un mes -siquiera? - -Jarque hacía señas de que no era posible. - ---Hay fondos--dijo--y la voluntad del Gobernador era mandar pagarte; -pero hoy mismo le han traído una denuncia que te compromete. - -Don Serafín sintió que las piernas le empezaban a temblar, y echó mano -del reloj. - -Jarque se puso a mirarlo y sus ojos astutos lo turbaron más. - ---Deja el reloj, Serafín; y si no quieres perderte dime la verdad: ¿a -qué fué don Patricio Cullen a tu casa anoche? - -El maestro se quedó lívido, pero decidido a morir antes que delatar a -sus amigos, contestó con un soplo de voz: - ---A visitarme... - ---Aprovechando la bondad de la noche... ¿eh? ¡Serafín!, ¡Serafín! - ---No; la noche era mala, muy mala, quizás la peor que he pasado en mi -vida... - ---Sí, lo creo; y esa visita a esa hora, y la turbación que muestras y -que dice estás mintiendo, han puesto en peligro la subvención de tu -escuela, y lo que es más grave, tu seguridad personal. ¿Por qué me -engañas? Don Patricio no fué a visitarte. - -Don Serafín tuvo entonces un rayo de luz. Se acordó de algunos rasgos -nobilísimos del carácter de Cullen, el cual disimulaba sus caridades -con tacto exquisito y se animó a echar una mentira salvadora. - ---¡Oh, Braulio! ¡Desconfías de mí! Sabrás, entonces, toda mi vergüenza: -Don Patricio fué a llevarme una levita. - ---¿Una levita?--exclamó Jarque sorprendido.--¿Para qué te fué a llevar -una levita? - ---¡Mira!--contestó don Serafín, poniéndose de pie, y dejando caer la -capa, con el gesto de Friné delante de sus jueces. - -Y Jarque pudo ver, en efecto, que su amigo tenía urgente necesidad de -una levita, porque la que llevaba no merecía tal nombre, pues a más -de los faldones que le faltaban, empleados en menesteres escolares, -carecía de forros y los bolsillos no habrían podido cumplir su misión -de tales. - -La capa de don Serafín guardaba celosamente aquel secreto y por eso, de -su levita ningún ojo extraño conocía más que las solapas. - -Jarque se echó a reír, ante la figura desguarnecida de su amigo, y éste -se puso rojo de cólera. - ---¿Lo ves? ¿Lo sabes ya? ¿Comprendes ahora todo el valor del obsequio, -y toda la nobleza de ese hombre, que no ha querido enviármelo con una -criada charlatana, sino que ha ido él mismo, en persona, en una noche -desagradable, a llevármelo, como una prueba de afecto? - -Se arrebozó de nuevo en la capa y se dejó caer sobre una silla. - ---¿Y por qué no te la has puesto? - -Don Serafín tartamudeó un instante: - ---Pues, porque--¡ahí verás!--no tenemos el mismo cuerpo, y Rosarito ha -debido encargarse de achicarla. - -Jarque pareció satisfecho y el maestro se quedó íntimamente halagado -por su destreza, que había despistado al astuto jefe de los polizontes, -y pensó que bajo su capa se ocultaba un fino espíritu revolucionario. - -Hablaron luego de otras cosas, y de pronto Jarque preguntó: - ---¿Siempre es tu hija tan bonita? - ---Es como antes. - ---¿Y siempre tan hacendosa?, ¡aquellas empanadas que ella hacía!... - -Rosarito tenía una habilidad muy celebrada entre sus relaciones para -confeccionar empanadas exquisitas, con que alguna vez obsequió a -Jarque, como a algunos otros personajes de la ciudad. - ---Cuando las haga--dijo el maestro--te haré mandar media docena. - ---Gracias; prefiero ir un día de estos a comerlas en tu propia mesa. - ---Cuando gustes, Braulio--respondió tristemente don Serafín, pensando -si su hija no habría perdido ya la habilidad, dado el tiempo que no se -hacían empanadas en su casa, por falta de recursos. - -El jefe se había quedado caviloso. - ---¿No sería posible hoy?--dijo. - -El maestro vaciló. ¿Cómo iba a costear el gasto? - ---Te seré franco, Braulio. Si hoy me pagaran, siquiera un mes, podría -surtirme de nuevo en el almacén, y habría en casa cómo hacer empanadas. -Si no... - -El jefe de policía no aguardó más. Escribió unas líneas, que metió en -un sobre y mandó con un ayudante a su destinatario, que don Serafín no -pudo saber quién era, pero que debía ser el ministro o el Gobernador -mismo, porque volvió al cabo de pocos minutos con otro sobre en que -venía el dinero de cinco de los meses atrasados, doscientos pesos. - -Deslumbrado por aquella fortuna, el maestro bajó tambaleando las -escaleras del Cabildo, atravesó la plaza a grandes zancadas, sin -cuidarse de su capa que flotaba a sus espaldas como dos alas abiertas, -permitiendo a los ojos profanos iniciarse en el secreto de aquella -levita misteriosa. - - - - -V - -En la tarde del baile - - -La imagen de Syra Montarón, a los veinte años, debe perdurar en la -memoria de los que la conocieron, como queda en los ojos la impresión -del sol, cuando se lo mira. - -En los países tropicales, el tipo de la hija de Montarón, es más común -que en las orillas del Paraná. Pero aun así, en la pequeña ciudad de -entonces, que los naranjos de las huertas sahumaban de azahar, con -sus calles desiertas y sus tapias oscuras, roídas por el musgo, y sus -siestas estivales, silenciosas y largas, y sus dos ríos y su gran -laguna, que la ceñían en un abrazo de frescura, Syra Montarón estaba -más en el marco apropiado para su belleza de reina mora, que la suave -hija del maestro, con su vestido blanco y su manto azul, como una -aparición. - -Durante cinco años había permanecido enclaustrada en un colegio de -Buenos Aires, saliendo solamente en los veranos, que pasaba en una -quinta próxima a la gran ciudad, en casa de sus abuelos; y cuando al -cumplir veinte años, volvió a Santa Fe, traía con las galas novedosas, -adquiridas allí, y que eran raras en las tiendas santafesinas, una -sabia coquetería de porteña. - -Su madre, una paraguaya melancólica, con quien Montarón se casó en uno -de sus viajes, pasábase los días en su dormitorio, que daba a la calle, -chupando naranjas y leyendo novelas. - -Syra tenía de ella la cabellera negra y abundante con reflejos de oro -a la cruda luz del sol, y la tez pálida, con un leve color de trigo en -la era. Pero sus ojos, negros también, no aparecían, como los de ella, -anegados en la penumbra de un alma perezosa; sino encendidos en la -llama de una voluntad imperiosa, que se adivinaba, asimismo, en su boca -algo grande, roja, de firme dibujo. - -La casa de Montarón en la calle del Cabildo, a media cuadra de la -plaza, era de dos pisos, recién construída con un lujo desusado -entonces, por el mismo arquitecto que edificó la de don Simón de -Iriondo, lo cual halagaba la vanidad del opulento banquero. - -Bajo los corredores que daban a la calle, enlosados de mármol, paseaban -los galanes. En los primeros tiempos de la llegada de Syra, fueron -muchos, hasta que ella los alejó con sus desdenes, que sólo uno de -ellos perdonó, porque estaba profundamente enamorado. - -Era Borja, el teniente de milicias, joven y gallardo, con su vistoso -uniforme, su chaqueta de paño azul, galoneada de oro, pantalón rojo con -franja dorada, su deslumbrante espadín que rozaba las paredes, con un -ruido metálico, que un día fué para Syra la señal de salir al balcón a -verle pasar. - -Y eso ocurrió en la pasada primavera, cuando en la plaza se vestían -las acacias de racimos blancos, cuyo perfume penetrante trastornaba el -corazón y la cabeza. Syra sintió llegar el amor, como un sol que nace, -y ella le confesó que lo amaba, y que había tardado en decírselo, para -probar su constancia. - -El opulento Montarón quería festejar el compromiso oficial de su hija -con una fiesta, que sería a la vez una hábil celada. - -En la tarde del baile, Syra llena de presentimientos que la -angustiaban, fué a casa de una vecina amiga, donde solía encontrarse -con su novio. - -Vestía de luto, por un duelo de familia, y el traje negro, que esa -noche dejaría de usar, ponía en su soberana figura una nota trágica, -que Carmelo Borja observó con frío en el alma. - -Se hallaban solos, en un patio de naranjos que la tarde llenaba de -sombras. La tierra vertía agua, por la lluvia reciente, y entraron -a una pieza, que tenía sobre el patio una ventana enrejada, en cuyo -dintel se sentaron, buscando las últimas luces del crepúsculo. - -Sin haberse hablado, habíanse trasmitido la indefinible pesadumbre que -embargaba sus almas. - -Syra conocía las opiniones políticas de su padre, y día por día -aguardaba el estallido de una revolución en que él o su novio, -combatiendo en filas opuestas, podían hallar la muerte. - -Montarón conservaba una relación lo más estrecha posible, dadas sus -ideas, con las familias de los hombres contra cuyo gobierno conspiraba, -y cuando su hija le anunció el noviazgo con el joven militar, -secretario de Jarque, ni por un momento vaciló en franquearle la -entrada de su hogar. - -Y en las tertulias frecuentes que se hacían los días de visita, -Montarón siempre dueño de casa y dueño de sí mismo, sabía ser -exquisito, aun con los adversarios que asistían a ellas, y en quienes -producía la impresión de que Jarque lo había curado de sus veleidades -revolucionarias, no dejando llegar a término ningún complot. - -Syra comprendía, empero, que su padre tramaba la caída de Bayo. -Continuos y misteriosos "chasques" o mensajeros, que llegaban de noche, -y entraban, sin llamar, por una puertecilla falsa, le daban a entender -que se aproximaba, quizás, el desenlace temido. - -Montarón disimulaba ante ella, no queriendo exponerse al evento de su -discreción de mujer enamorada. - -En la noche de la lluvia, Syra sorprendió a su padre llegando de la -huerta, con el traje embarrado, indicio elocuente de su excursión harto -sospechosa a esa hora y con ese tiempo, y como en los últimos días -habían aumentado las maniobras sospechosas, que la alarmaban, adivinó -que los sucesos estaban próximos, y se llenó de terror. - -En cualquier movimiento revolucionario, su novio, por su cargo, tenía -señalado un puesto de peligro. - -¿Cómo advertirle sin descubrir a su padre? - -Doña Celia, que pasaba su vida en la hamaca o en un sillón frente a una -ventana de la calle, anegada en su modorra habitual, no era capaz de -desahogarla del peso de aquellos temores. - -En la tarde del baile, vió a su padre alistar unas armas, y sintiéndose -morir, bajo la angustia, corrió a la casa vecina donde al entrar la -noche solía encontrarse con su novio. - -Cuando se halló frente a él, le faltó la voz, y se echó a llorar, -escondiendo la cara sobre el hombro de él. - -Borja también presentía los sucesos que se aproximaban. Jarque se -había apoderado de los hilos de la conjuración, y aunque ignoraba las -circunstancias en que se desarrollaría el episodio revolucionario, -comprendía que estaban envueltos en una intriga, que no podía tener más -que un sangriento desenlace. - -Aquel llanto de Syra, cuyo padre debía ser de los más comprometidos, -aumentó su zozobra, porque era evidente señal de que ella había -sorprendido algo que no podía confiarle. - ---¡Syra! ¡Syra!--le dijo--antes me hiciste sufrir con desdenes, y ahora -me haces sufrir con misterios, ocultándome lo que te apena. - ---Es cierto--dijo ella, apartándose y dejando de llorar.--Has sufrido, -porque no adivinaste que te quise desde el primer día en que te ví, -aunque no lo pareciera, porque fuí injusta y coqueta. Y ahora sufres, -porque tengo un secreto y no te lo puedo confiar. - -Sospechó él de qué se trataba, y no quiso hablar, por no obligarla a -traicionar a su padre. - -Ella continuó diciéndole: - ---Estoy llena de miedo. Yo no sé nada, me parece que he soñado lo que -he visto, porque ni siquiera puedo decir que he visto algo; y me parece -que todo se vuelve en contra de nosotros. Estamos a tres horas de la -fiesta, y me vengo a llorar... - -Él le acarició la cabeza que había vuelto a apoyar en su hombro, como -buscando un refugio que la salvara de las visiones que la acosaban. - ---Me da miedo la tarde, y me da miedo la noche que llega. Carmelo... -¿no temen nada, nada?... - ---¿Qué podríamos temer? Todo está tranquilo, a su fiesta irán amigos -y adversarios del gobierno, y será ésa una ocasión de acercarse, de -tratarse, quizás de hacer la paz que todos anhelan. - -Un rato habló así, tranquilizándola, y sintiendo que sus propias -razones le tranquilizaban a él mismo, haciéndole ver cuán vanos y -ridículos eran los recelos. - ---Esta noche, Syra, te pido que cantes los versos del doctor Goyena, -los que comienzan así: "Cuentan los sabios que la blanca luna..." - -Ella no lo había besado nunca, pero esa vez, dominando todo su pudor, -acercó su cara a la de él y lo besó apasionadamente, como si fuera a -partir para un largo viaje. - -Y salió huyendo de la casa, sin saludar a nadie, atravesando medrosa el -patio, en que la noche había caído como un crespón negro, envolviendo -los sombríos naranjos de amargo perfume. - - - - -VI - -Una sombra en el hueco de la puerta - - -Borja no ignoraba que el día anterior Jarque, su jefe, había tenido un -encuentro que podía ser un grave indicio. - -Por la mañana a eso de las nueve, don Serafín volvió a su escuela que -resonaba con la bulla de los niños, a los cuales Rosarito les había -franqueado la entrada para que jugasen en el recinto abrigado de las -galerías. - -Ella misma, después de llevar el desayuno a Insúa que se aburría en -la soledad de su escondrijo, bajó a jugar con ellos. El patio estaba -empapado por la lluvia, pero las galerías anchas, con su techo de -cañas, cubierto con largas pajas de las islas, y sostenido por sólidos -pilares de algarrobo, tenían un piso de tierra endurecida, donde los -chicuelos más hábiles podían dibujar sus complicados cuadros de rayuela. - -Rosarito se sentó en un rincón, donde la cocina formaba un reparo, en -el extremo del corredor, y los más pequeños corrieron a ella, para que -les contara aquellos cuentos que iluminaron la niñez de su madre. - -La niña era como un hada en el sombrío recinto de la escuela. - -Cuando en las horas de clase, por animar un poco a los alumnos, entraba -al salón, buscando un sitio vacío en los bancos, todos la reclamaban -para tenerla cerca, y aun cuando fuera la clase de gramática, si estaba -ella, y los niños podían ver sus ojos animadores y su boca juvenil que -sonreía, y su vestido alegre, en la pesada tristeza de las cosas viejas -que llenaban el aula, los minutos parecían tener alas y volar. - -El maestro no se inmutaba por la presencia radiante, y seguía llamando -al pizarrón, uno por uno, a los chicuelos, para que dieran la lección. - -Les entregaba un mezquino pedacito de tiza, y se calaba las gafas para -vigilar los garabatos que la trémula mano trazaba en el tablero. Y -cuando el niño se equivocaba, corría él con el desgarrado faldón de su -levita en la mano y borraba lo escrito. - ---¿Quién mató a César?--decía a modo de comentario invariable, y los -alumnos en coro gritaban: - ---¡Bruto! - -Don Serafín tenía una regla larga como un puntero, que manejaba -nerviosamente. Se quitaba su casquete de seda, porque el mucho hablar -le hacía sudar el cráneo; alzaba las gafas hasta la frente, donde -revoloteaban algunos mechoncitos grises, con aire más divertido que -el de los alumnos, y aquello era señal de que comenzaba la clase de -gramática. - -Llamaba a uno de los niños hasta su estrado; se envolvía cuidadosamente -en la capa, celoso del misterio de su levita, y preguntaba alzando la -regla y mirando al alumno con sus ojillos glaucos: - ---¿Cuántos son los acentos? - -El interrogado se quedaba pensativo, y don Serafín le insinuaba, -marcando cada palabra con un reglazo en el pupitre: - ---¡Tres! Agudo, grave y es... drú... julo. - -Cuando decía "drú" se iba a fondo, con la regla a guisa de florete -y pinchaba al niño en la barriga, con gran regocijo de la infantil -concurrencia. - -La lección de los acentos era, por su episodio, lo más ameno de la -gramática. - -Concluída la clase, los niños se ponían de pie y rezaban un avemaría, -que entonaba el maestro, y luego con sus libros y sus gorras en la -mano, salían en ruidoso tropel a la calle, dejando en el aire confinado -del salón el polvo de los rojos ladrillos, flotando en un rayo de sol, -que entraba a veces como una espada fulgurante. - -Si estaba Rosarito, la última mirada era para ella, que se quedaba con -el corazón estremecido, porque los amaba a todos. - -Cuando su padre volvió, la mañana en que fué al Cabildo, no era ya hora -de iniciar la clase, por lo cual despidieron a los niños que jugaban -en las galerías, cerraron la puerta de calle, y llamaron a Insúa, que -bajó de su buhardilla, contento como un prisionero libertado. - -A él y a Rosarito les relató don Serafín su conferencia con el jefe -de policía, detallando prolijamente la manera en que eludió toda -contestación comprometedora. - -Nunca había querido dejar adivinar de Insúa su pobreza rayana en la -miseria, mas tuvo esa vez que confesar el episodio de la levita, -mezclado con su pequeña aventura de esa mañana, y todo lo dijo -sonriente, enrojeciendo a veces de vergüenza, pero satisfecho de su -inesperada habilidad para burlar al fino sabueso del gobierno. - ---Hoy Jarque vendrá a comer tus empanadas, Rosarito, hija mía... - -La niña se alarmó oyendo aquello, porque sospechó que eso podría ser -un pretexto para una visita del jefe, pero no el verdadero motivo. Sin -duda quería comprobar lo dicho por su padre. - -Se vistió con su sencillo traje de salir, y se fué al boliche de don -Pablo Ferrer; pagó la cuenta, y se aprovisionó de lo que le hacía falta -para confeccionar sus empanadas; y luego corrió a casa de don Patricio -Cullen. - -Llena de confusión refirió al caudillo de los revolucionarios aquella -aventura de la levita, que la obligaba a pedir una, a fin de que Jarque -la hallara, en verdad arreglándola al cuerpo de su padre. Y fué tan -afortunada y hábil, que esa tarde, a la hora de la siesta, en que el -jefe de policía acudió a la escuela, pudo obsequiarle con empanadas -sacadas del horno, sirviéndoselas en una punta de la mesa del comedor y -atendiéndole ella desde la otra, donde a toda prisa descosía una levita -de don Patricio Cullen, para adaptarla al mezquino cuerpo de Aldabas, -cuya voz se oía explicando la lección de los acentos. - -Pero Jarque no se dejó engañar del todo. Los indicios que había -sorprendido de estar cerca la revolución eran tan evidentes, que -perdida una pista, buscaba otra, seguro de sorprender el complot. - -Se estuvo toda la tarde en la escuela, porque teniendo la certeza de -que la revolución no estallaría sin que Insúa llegara a la ciudad, -quería a toda costa saber si él estaba ya en Santa Fe o iba a llegar de -un momento a otro. - -Cuando anocheció, algo decepcionado se despidió del maestro, que había -concluído su clase y de su hija que seguía trabajando en la levita. Mas -se fué tranquilo, porque la ausencia de Insúa podía significar que la -revolución aún tardaría. - -No bien se hubo marchado bajó Insúa de su escondrijo, donde había -pasado cuatro mortales horas oliendo el cedro secular de las vigas del -techo; y como era necesario prevenir para esa misma noche al dueño de -la barraca donde se refugiarían los revolucionarios que llegaran por -el río, aprovechó para salir la obscuridad que reinaba, con el cielo -nublado, amenazando lluvia. - -La barraca de Fosco, al Sur de la ciudad, a pocos pasos del arroyo -Quillá, un brazo del río, era un vasto recinto cuadrado, con paredes -de tapia, detrás de las cuales se amontonaban cargamentos copiosos de -frutos del país, cueros, cerdas, huesos, lanas a la espera de un barco -que los llevara a Buenos Aires. - -El anterior dueño de la barraca se había arruinado, y un colono suizo -de Helvecia, que logró algunos años de buenas cosechas, se quedó con -ella y abandonó el campo. - -Era Fosco; vivía con su familia haciendo un modesto negocio que le -permitía tener influencia entre sus compatriotas, partidarios de Cullen -todos, y esperar el triunfo de la revolución, que estaba dispuesto a -ayudar, para tumbar el gobierno. - -En la obscuridad de la noche Insúa vió aparecer a lo lejos la masa -negra de la coposa arboleda que rodeaba la barraca, haciendo más -discreto el refugio. - -En esos lugares no había ya casas ni calles. Las carreteras, acolchadas -de tierra blanda, transformadas por la lluvia en profundos barrizales, -descendían la barranca hasta el desplayado del riacho. Cerca del agua, -que no se veía en la sombra, al borde mismo de la pequeña barranca, -crecía un aromito y a su sombra se alzaba una casucha de paja y de -barro, de algún barquero, que vivía allí a la vera de su barca. - -Ladraban los perros al áspero rumor de los árboles, que se mecían al -viento en la sombría y misteriosa quinta de Fosco. - -Insúa no pudo dejar de sentir un estremecimiento, como un aletazo del -miedo, al llegar a aquellos lugares en que podía hallar la muerte, si -Jarque daba con su pista. - -Marchaba a grandes trancos, hundiendo sus botas en el barro para no -perder tiempo en buscar senderos enjutos. Iba embozado en una capa, con -que en las calles del centro había disimulado su figura, para pasar sin -que le reconocieran. - -Desde el portón de fierro que servía de entrada a la barraca, cerrado a -esa hora, vió la casa blanqueando en la sombra, sin luz, como dormida. - -Llamó con las señales que sus dueños conocían. - -Fosco estaba advertido por el mismo don Patricio de la inminencia de -una revolución, a la que se disponía prestar su concurso, tanto más -apreciable, cuanto que la ubicación de la barraca debía esa vez hacerla -poco sospechosa. - -Generalmente los revolucionarios invadían la ciudad por el Norte, -viniendo de las estancias de Cullen o de Insúa, y era casi seguro que -el mayor empeño de la policía se pondría en vigilar el camino de Santa -Rosa, descuidando la barraca a orillas del río, excelente lugar de -desembarco, por la menor distancia a que de allí estaba el Cabildo, que -iban a atacar. - -A la señal de Insúa, un poderoso mastín de largas lanas se echó -sobre la puerta, que poco después abrió Fosco, acallando al perro y -recatándose aún, por si no eran los amigos que esperaba. - -De una numerosa familia, Fosco no conservaba consigo más que a su mujer -y a una hija, a quienes halló Insúa en la pieza del piso bajo de la -casa, cuando entró con el suizo por guía. - ---¡Señor capitán!--le dijeron al saludarle, y él notó en sus ojos la -misma luz de inteligencia con que le acogiera el dueño de casa. Era -gente fiel, dispuesta a servirle hasta la muerte. - -Fosco andaba cerca de los sesenta años, pero de recia musculatura, y -buen tirador, podía ser un buen soldado. - -En el comedor, al lado de la alhacena, veíase colgado un rémington, -enaceitado y limpio, señal del aprecio en que lo tenían. - -Insúa sonrió echándole una mirada significativa. - ---Señor capitán--le dijo Fosco.--En Helvecia éramos cien familias -suizas. Todos los hombres tiraban como yo, y todos estaban y están hoy -dispuestos a hacerse matar en la revolución. - -Insúa le apretó la mano, sin decirle palabra, y tomó asiento al lado de -la mesa, bajo la luz de la lámpara. Fosco y las dos mujeres permanecían -de pie. Sabían que en aquella intentona por derrocar al gobierno se -jugaban la libertad, la paz, la fortuna y quizás la vida, pero estaban -dispuestos. - -Como Insúa vacilaba en hablar, Fosco mandó a las mujeres que salieran -del cuarto, y una vez solos dijo: - ---Son fieles y discretas, pero es mejor que ignoren lo que ha de -ocurrir. - ---Así es--respondió Insúa.--Mañana vendrán nuestros amigos. Viajan en -chalanas cargadas de leña, por el río, y atracarán en la costa del -arroyo, a cien metros de aquí. Otros están llegando desde ayer, en -carros y a caballo, como si fueran gente de campo que viene a hacer -provisiones. Esta noche, llegarán los que faltan, y, sin duda, buscarán -albergue en la barraca, para estar al habla. Son los más seguros los -que así vienen, pero en las chalanas está el grueso de las fuerzas. Las -manda Alarcón que sabe hacer las cosas y el indio José... - ---¿José Golondrina?--preguntó vivamente Fosco. - ---Sí; ¿lo conoce? - ---Lo conozco; lo conocí en Helvecia--vaciló un momento y dijo:--Yo no -lo creía bueno para esto. - ---¿Por qué? - ---No sé, a la verdad no sé; pero nunca me ha parecido hombre de -confianza. - ---Es mi asistente hace años--observó Insúa. - ---Entonces debe ser bueno--contestó sin mucha convicción el colono. - -Insúa continuó dando instrucciones, para que todos obraran de acuerdo y -no se perdiera ni un minuto ni un hombre. Las revoluciones fracasaban -siempre por falta de organización, y con esa dura experiencia, habían -aprendido lo que valía el orden en toda batalla. - -Cuando no tuvo más que recomendar, volvió a la ciudad, donde se -encontraría con Cullen y Montarón. - -Veíanse algunos faroles encendidos en las esquinas, uno precisamente -en el ángulo que hacía cruz con la iglesia Matriz. Derramaba un fulgor -mezquino, que parecía más débil ante el gran cuadro sombrío de la -plaza, con sus negras acacias, que un viento suave mecía desgranando -sus hojas secas. - -Insúa tranquilo por la soledad de las calles, se atrevió a pasar -cerca del farol, y al llegar a la esquina de la escuela, se encontró -bruscamente con Jarque. - -Supo que era él, porque al moverse para no cruzarse en su camino, -observó que rengaba, mas tuvo la esperanza de que no lo hubiera -conocido, por lo que iba embozado en la capa, y para despistar sus -sospechas no se detuvo ante la puerta del maestro, sino que pasó de -largo, como si allí no viviera. - -Sintió que le seguía y apretó el paso, con la seguridad de -adelantársele y anduvo así, un cuarto de hora, haciendo recodos, y -cruzando calles; cuando supuso que el jefe de policía había abandonado -su persecución, regresó a la calle de la Matriz. - -El farol de la esquina se había apagado, y era extraño, porque el -viento apenas soplaba. - -Nada se veía en la calle lóbrega. El almacén de Ferrer estaba cerrado, -y todo el barrio, parecía dormido bajo los oscuros tejados a dos -aguas. En una guardilla, a lo lejos temblaba una luz. - -Llegó Insúa hasta la puerta de la escuela, y la empujó de golpe, y al -entrar vió que del hueco de una puerta casi contigua, salía un hombre, -que sin duda estuvo al acecho. - -Comprendió que Jarque en vez de seguirle a través de las calles, -sospechando quién era, lo había aguardado allí, para cerciorarse de -ello, y averiguar lo que tanto le interesaba. - -Era un episodio lamentable, porque obligaba a los revolucionarios a -variar sus planes. - - - - -VII - -El indio José - - -En los sauzales del arroyo de Leyes acamparon los hombres que mandaba -Juan Alarcón. - -Era la época de las lluvias y los campos bajos del litoral estaban -anegados. El Saladillo Dulce, riacho que allí cerca se juntaba con el -arroyo de Leyes, y que suele ver mermar su caudal de agua hasta secarse -enteramente, entonces tenía un ancho de media legua y avanzaba en -una turbia napa que el viento rizaba en olas pequeñas, fatigando las -plantas acuáticas que se alzaban del fondo y salían al sol, sirviendo -de guía a los que se aventuraban por el curso tortuoso y difícil. - -Insúa había ideado bien aquella invasión de la ciudad por el río. La -inundación había hecho huir a los escasos pobladores de las márgenes, -y la pequeña expedición que se embarcó en el Saladillo, a la altura de -Helvecia, de donde había llegado cruzando a caballo campos de Cullen, -hizo el viaje sin hallar a nadie. - -Navegaba en dos grandes lanchones de fondo plano que podían marchar en -dos cuartas de agua, y llevaban a popa del mayor una pequeña canoa para -explorar los bañados. - -En las isletas verdes y montuosas, que se alzaban como una ondulación -de aquellas tierras bajas, veíanse ranchos, de los cuales uno que otro -seguía habitado por míseros paisanos, que vivían en el agua, pescando -con espinel o cazando nutrias para trocar sus cueros en las pulperías -de tierra adentro por azúcar y yerba o tabaco. - -Al ver pasar los lanchones llenos de gente, acostumbrados como estaban -a las repetidas intentonas revolucionarias, y vecinos de los Cachos, -paraje donde los Cullen tenían una de sus estancias, habitual refugio -de los opositores, adivinaban el objeto de la expedición. - -Una de las lanchas llamábase "Mocoretá". - -Era la mayor, tenía un medio puente y a bordo cabían holgados 30 -hombres. Una trinquetilla que hinchaba el viento húmedo del Este la -hacía marchar. - -A popa un baqueano, conocedor de las inverosímiles revueltas del cauce, -llevaba el timón. A proa un mocetón flaco y ágil, con una larga caña -sondeaba la hondura, cantando rítmicamente con voz aniñada: - ---¡Cuatro cuartas! ¡cuatro largas! ¡cinco escasas! ¡cuatro a la marca! - -Algunas veces cruzaban un remanso y la punta de la caña no alcanzaba el -fondo: - ---¡No toca!--gritaba el sondeador, y todos respiraban satisfechos, -porque se alejaba el peligro de una varadura contra aquellas barrancas -de greda pegajosa, donde se adhería con fuerza la panza de la -embarcación, obligándoles a echarse al agua, para sacarla del mal paso -a fuerza de hombros. - -El viento era frío y arreaba gruesas y redondas nubes desde el mar -lejano, por lo cual el sol, brillando solo a ratos, no alcanzaba a -secarles las ropas mojadas, y así debían seguir el viaje, tiritando. - -La otra lancha se llamaba "La Avispa". En ella iba Alarcón, y navegaba -sin sondear, porque él conocía perfectamente el curso del Saladillo; -pero siendo menos marina, por sus perfiles pesados, era más lenta y -marchaba detrás, impulsada por una velita triangular a proa y por los -botadores, largas perchas que dos hombres afirmaban contra la costa o -contra el fondo del río, conforme a la hondura. - -En ambas lanchas, por orden de Alarcón se guardaba silencio. Solamente -se oía el grito agudo del sondeador en la primera y de cuando en cuando -la voz breve y ronca del indio José Golondrina que la mandaba. - -Pero cuando pasaban cerca de alguna de las isletas de la costa y -divisaban algún cazador de nutrias, inmóvil, en la orilla, afirmado en -su largo fusil, compañero inseparable de su soledad, o en la "fija", -especie de arpón terrible en su mano segura, no siempre los hombres, -aburridos de la inacción, acallaban un saludo o un comentario malicioso. - -Los cazadores de nutrias eran generalmente hombres enflaquecidos por la -vida miserable que llevaban viviendo en los esteros, consumidos por las -sabandijas, rudos y huraños, descalzos, vestidos con una camisa y una -manta o un pedazo de arpillera que les rodeaba las piernas. - -Y los de las lanchas, peones de estancia o colonos de Helvecia, mejor -alimentados y vestidos, reíanse de su miseria o de su flacura: - ---¡Lindo cebo para un chicharrón!--decía un gringuito joven, rubio, -de la colonia suiza, donde don Patricio encontraba sus más fieles -partidarios. - -Llamábase Moor; iba en la lancha "Mocoretá". - -A pesar de su juventud se le tenía en mucho porque manejaba el fusil -con una insuperable destreza. - -Alarcón lo reprendía cada vez que hacía reír a sus hombres a costa -de algún "nutriero". Después de todo, no era muy difícil que alguno -de éstos, picado por las bromas o simplemente deseoso de ganarse una -recompensa, saltara en su canoa, que podía navegar a través de los -esteros, cortando los campos inundados y llegara antes que ellos a -Santa Fe, con la denuncia de que los revolucionarios marchaban sobre la -ciudad. - -Tal peligro crecía a medida que se aproximaban a la laguna de Setúbal, -región más poblada, que se vigilaba con gran cuidado por la gente del -gobierno. - -Hacia mediodía el sol abrió y cambió el viento. Navegaban ya en -el curso profundo y encajonado del arroyo de Leyes, cuyas orillas -cubiertas de sauzales, solían servir de escondite a los gauchos -matreros, ladrones de haciendas, que huían de los policianos. - -Alarcón dió orden de atracar en una isleta de la margen izquierda y los -dos lanchones se arrimaron lentamente a la costa, cubierta de carrizas -verdes y de camalotes aguachentos que chupaban los sábalos. - -Siguiendo como hasta entonces en aquella marcha, y ayudados por la -correntada más fuerte del arroyo de Leyes, debían llegar al puerto de -la ciudad poco después de la oración, y eso era un peligro. - -Insúa había ordenado que no entraran antes de las once de la noche, -hora en que menguaba la vigilancia de la policía. - -Además era necesario cargar de leña las dos lanchas, en forma que -permitiera ir a los hombres a bordo, disimulando su presencia. Se -necesitaban para ello largas varas flexibles, y allí el tupido sauzal -ofrecía cargamento fácil de cortar, para toda una flota. - -Teniendo, pues, varias horas libres, antes de ponerse en marcha -nuevamente, los tripulantes saltaron a tierra, regocijados con la -perspectiva de poder encender fuego en el centro de la isleta y tomar -mate sin riesgo de llamar la atención de los policianos, si es que -merodeaban por allí. - -La presencia de las lanchas con tres o cuatro hacheros cargándolas, no -despertaría sospechas, porque el negocio de la leña ocupaba a muchos en -Santa Fe. - -Bajo la bóveda sombría que formaban los sauces, creciendo estrechados -unos por otros, el suelo estaba lodoso y cubierto de pastos de agua. - -Cuatro hombres, con sendas hachas, se pusieron a la obra. - -Los troncos delgados y rectos, vestidos de enredaderas floridas, a -pesar del otoño que llenaba la fronda de hojas doradas, caían sin ruido -sobre el húmedo colchón de pasto. - -De la tierra empapada subía un vaho penetrante y cálido, mezcla de -todos los olores de aquellas hierbas corrompidas por la humedad, y del -humus secular que tapizaba la isla con una capa fofa y negra. - -Hacia el interior, el suelo se alzaba y aparecía más árido y seco. - -Crecían allí los "curupíes" y los aromitos y algún algarrobo de áspero -tronco y vasta copa. - -Buscando sitio a propósito para encender el fuego, marchaban en grupo -Alarcón, José Golondrina y Moor, el joven suizo. Pronto hallaron lo -que deseaban: un espeso rodeo de árboles, donde había leña fuerte en -abundancia y podía hacerse una hoguera con ramas secas, que no dieran -humo. - ---Mi teniente--dijo Moor a Alarcón, así que la llama flameó alegremente -en el discreto reparo del boscaje--yo estoy gordo y tierno, y los -compañeros tienen hambre. Si me dejo estar aquí, mientras ellos -matean, me van a asar con cuero. Si me voy a rodar tierras, todavía -puedo dar con alguna ternera orejana que me libre y nos quite el hambre. - -Los paisanos en cuclillas, alrededor del fuego, unos, echados otros de -bruces sobre el musgo seco que alfombraba la tierra, y de pie los más, -tranquilos, esperando los sucesos, comentaron aquella salida con una -carcajada aprobatoria. - -Alarcón vaciló un momento. - -Había sido poco previsor y sus hombres estaban casi en ayunas, desde el -amanecer, hora en que les repartió un churrasco, la última ración de la -carne que le dieron en Helvecia. - -Iba a autorizar al suizo para que se rebuscase la ternera, entre las -haciendas numerosas que pastaban en los alrededores, cuando habló José -Golondrina, que había callado hasta entonces. - ---Mi teniente--dijo alzando apenas la voz, en cuclillas, según estaba -mirando al suelo, como si hablara para sí mismo--no hay necesidad de -carnear ajeno; si usté quiere, aquí cerca hay relaciones que pueden -darnos o vendernos una vaquilla. - ---¿Dónde? - ---A media legua al naciente, en la Casa de los Cuervos. - ---¿Conocés el paraje? - ---Sí, mi teniente. - ---¿Conocés a los dueños? - ---Sí, mi teniente. - ---Bueno, andá. - -El indio se levantó; era petizo, gordo, de tez amarilla, con tonos de -aceituna, pero de facciones extraordinariamente finas. - -Hablaba poco y era habitualmente esquivo a la compañía de los hombres. - -Fuerte, diestro, conocedor de todos los secretos recursos de las islas, -nadador como uno de los yacarés que poblaban las aguas fangosas de -aquellos riachos, Insúa lo consideraba elemento indispensable en sus -excursiones y le daba cierta jerarquía sobre todos, después de Alarcón. - -Y esto era motivo de un oculto rencor del indio hacia su amo, -considerándose pospuesto con injusticia, en la tropa revolucionaria. - -Disimulaba sus sentimientos bajo una untuosa sumisión, que no había -logrado engañar, sin embargo, el ojo experto de Alarcón, el cual -recelaba de la fidelidad de José Golondrina. - -Por eso, cuando lo vió alejarse hacia el centro de la isleta, buscando -un sendero para ir hacia donde él había dicho, lo llamó con un silbido. - ---Vamos los dos--le dijo. - ---Vamos,--contestó José Golondrina sin volver la cara. - -Y quedaron los hombres allí, mandados por Moor, que era el tercero, no -obstante su juventud, en la jerarquía establecida por Insúa. - -Y el fuego chisporroteaba alegremente, devorando las secas ramillas de -los aromitos, y haciendo brasas grandes y rojas con la madera fuerte de -los algarrobos. - -Tres pavas de hierro, negras de hollín, empezaban a cantar la alegre -canción del agua dispuesta para el mate, confortante y engañador para -los estómagos vacíos, y mientras eso ocurría, aquel muchachón que -sondeaba en la lancha la profundidad del río, y que era a la vez el -despensero, distribuía "los vicios"--azúcar y yerba--entre los que -habían de cebar el mate. - -Un pichel de ginebra, tasado por Alarcón, circulaba en la rueda, -despertando a su paso las conversaciones, chispeantes como la hoguera. - -Juan Alarcón marchaba al lado del indio chafando con su paso firme los -camalotes que cubrían la tierra en las hondonadas, señalando los sitios -hasta donde había llegado el agua de las crecientes. - -Era un mozo de treinta años, vestido con esmero, chambergo de alas -rectas y anchas, botas amarillas y cuidadas, tirador guarnecido de -monedas de plata y largo facón que le cruzaba la espalda, a más del -revólver que brillaba al alcance de la mano. - -Difícilmente se habría hallado un tipo de criollo más hermoso. Era -nativo de San José del Rincón, donde una mezcla ignorada de sangres, ha -producido una casta absolutamente especial de morenos de ojos azules y -facciones caucásicas. - -Alarcón era en los rodeos el más fuerte entre toda la peonada, y sus -brazos firmes como un palenque, y sus manos sólidas, como un torno, -bastaban para sujetar un novillo arisco, cogiéndolo por los cuernos y -clavándolo en la tierra sobre las cuatro pezuñas rígidas. - -Insúa que no toleraba superioridad en nadie, porque él también poseía -suma destreza para los trabajos del campo, y su vigor se comentaba aun -en los sitios donde no se le conocía sino por el relato de sus hazañas, -había concluído por resignarse a ser menos fuerte que aquel hermoso -gaucho de tez ligeramente tostada y de ojos profundamente azules. - -Se habían conocido de niños, en las andanzas de Insúa por el Rincón, -como años después Alarcón anduviera rodando de estancia en estancia, -buscando un patrón que supiera apreciar su trabajo en lo que valía, -el joven caudillo lo llevó a su lado y lo hizo su capataz en el -establecimiento y su teniente en las campañas revolucionarias. - -José Golondrina no podía olvidar que Alarcón le había privado a él -de esos mismos cargos, y tenía, para agravar sus enconos, motivos -especiales que venían de muy lejos. - -El padre de Insúa poseía una gran estancia en los quebrachales de -Calchaquí. - -Allí había nacido José Golondrina, hijo de una india criada al amparo -de las casas. - -Contábase que un cacique poderoso, jefe de una de las tribus más -grandes que hubo en aquellas regiones, perseguido por el ejército de -línea, se refugió en la estancia de Insúa, y al huir de nuevo cuando la -tropa se acercaba, dejó entre otras mujeres, a su hija, que encomendó -al amo, diciéndole que alguna vez volvería a buscarla de su Chaco -misterioso, donde criaría hermosos caballos para él. - -La indiecita llegó a ser una hermosa muchacha y no faltó quien dijera -que el niño que un día nació de ella, el indio José, mayor que -Francisco Insúa algunos años, era el hijo primogénito del dueño de -la estancia, y habría sido el heredero de toda aquella riqueza a no -cruzarse en su destino el niño blanco, de casta noble. - -Fuese que Insúa creyera realmente en aquel parentesco, que se había -hecho una leyenda, fuese que se hubiese acostumbrado a los servicios de -José Golondrina, éste permanecía siempre con él, mas no en la estancia -de Calchaquí, a donde no le había enviado desde niño, sino en la de la -costa, donde estaba el centro de sus recursos, y que era generalmente -el punto de cita de los revolucionarios en la campaña. - -Pero el indio conservaba en la memoria la impresión indeleble de los -paisajes de Calchaquí, y el recuerdo de aquel hermoso campo, cubierto -de bosques de veinte leguas cuadradas, donde podría albergarse toda -su tribu, que ahora vagaba errante por el Chaco, lo perseguía con -implacable tenacidad. - -Un día, siendo él niño, muerta ya su madre, una india vieja, de las -que quedaron en la estancia cuando el cacique huyó y que pasaba por -hechicera entre las gentes simples de aquellos lugares, le contó su -historia y le enseñó a malquerer al hijo del amo, a Francisco Insúa, a -quien allí no conocían aún, pero de cuya existencia en la ciudad lejana -se hablaba entre los peones. - -"Todos estos campos eran de la tribu antes de venir los cristianos--le -dijo la india, abarcando con un gesto el vasto quebrachal, donde tenía -su rancho, lejos de las otras casas.--El abuelo de tu abuelo, era -el cacique más poderoso del Chaco, y una vez puso, en contra de los -blancos, mil lanzas y ganó la batalla. - -"Y yo he visto en las estrellas, que este monte será otra vez de la -tribu, cuando muera ese niño que ha nacido en Santa Fe, y vuelva a ser -amo nuestro un hombre que sea hijo de los hijos del último cacique." - -En el espíritu taciturno de José Golondrina, aquella predicción -engendró una llama que le consumía. - -Callado, sumiso, bravo en todos los trabajos, se preparaba -pacientemente para los días que habían de venir. - -Lo que hubiera en él de sangre blanca estaba anegado en la ola -ancestral de sangre orgullosa de cacique, que le hacía sentirse indio -hasta la médula de los huesos, y encendía en su corazón la silenciosa -esperanza de ser algún día el redentor de su tribu. - -Insúa recelando quizás aquella ambición, nunca lo mandó a su estancia -de Calchaquí y como el volver a los campos donde pasó su sombría -niñez, era la secreta obsesión de José Golondrina, nunca quiso él, -por su parte, alejarse de la otra estancia, donde se fraguaban las -revoluciones que alguna vez podían servir a sus planes. - -Y así vió prepararse aquélla, en cuya aventura se encontraban lanzados -ya, y fué desde el primer momento el más activo de los colaboradores -del capitán sin lograr con ello deshacer totalmente las prevenciones de -Alarcón. - -Caminaba ahorra al lado de éste, hacia la Casa de los Cuervos, royendo -sus pensamientos, cuando el otro que marchaba en silencio, como si le -costara cambiar palabras con el indio, le dijo de pronto: - ---Me has dicho que conocías al capataz. - ---Sí, señor. - ---Yo soy de estos lugares, y sin embargo no lo conozco. - ---No es raro; murió ya el dueño; se vendió la estancia y cambiaron el -personal. - ---¿No era el finado Liborio Borja? - ---Sí, señor. - ---Y hoy, ¿quién es el dueño? - ---Será su viuda, que vive en la estancia... - -Se calló un momento, como si hubiera deseado no hablar más, pero -Alarcón lo interrogó: - ---¿No es de la viuda ya? - ---No, señor, la vendieron. - ---¿Sabés a quién la vendieron? - -El indio vaciló un momento. - ---A don Braulio Jarque--respondió luego. - ---Jarque... ¿Quién es Jarque?--preguntó Alarcón deteniéndose en medio -del campo, a tiempo que hacia el Este se dibujaban las copas sombrías -de unos grandes eucaliptus. - -José Golondrina agachó la cabeza y dijo no saber quién era Jarque, -aparte de lo dicho, y Alarcón volvió a ponerse en marcha, repitiendo -aquel nombre, seguro de haberlo oído en alguna parte. - -La Casa de los Cuervos estaba sobre una altura adonde no llegaban -las más altas crecientes, sobre la margen misma del arroyo de Leyes, -caudaloso y profundo, comunicándose con el Paraná, como un brazo de él -que era. - -La construcción era buena y antigua, dos alas de piezas bajas techadas -con firmes totoras, formando una escuadra con anchas galerías a uno -y otro lado, pintada toda de rosa, con puertas y ventanas verdes, y -poblado de naranjos el patio anchuroso, y todo el cuadro envuelto en un -bosque de eucaliptus, a través de cuyo espeso follaje apenas se veía la -casa como una mancha clara. - -En los últimos tiempos, la estancia había cambiado varias veces de -dueño, quedando siempre en la familia, y a la muerte de Liborio Borja, -ocurrida un año atrás, su viuda, para redimir las deudas que pesaban -sobre ella la vendió a Braulio Jarque, el marido de su hija Gabriela, -la cual vivía con ella. - -Como el nuevo propietario no manifestara afición a la vida campera, -encargóse doña Carmen de Borja de administrarla junto con la hacienda, -que pastaba en esos campos, y que era ahora toda su fortuna. - -Al llegar a la calle de eucaliptus, que se abría en dos hileras a un -costado de la casa y conducía hasta su entrada principal, Alarcón, -preocupado siempre por el nombre de Jarque, que alguna vez había oído, -se acordó de quién era. - -José Golondrina calmaba a los perros, que habían salido a ladrar a los -visitantes, y que se acallaron súbitamente al sentir su voz. - -Alarcón tuvo la sospecha de que el indio había querido adelantársele, -para hacer llevar a Jarque en la ciudad con algunos de los peones de la -estancia, la noticia de la expedición. - -Había salido el capataz y Alarcón miró a José, mas no advirtió que -parecieran reconocerse. - -El indio se hizo a un lado, sin hablar palabra, y el capataz saludó -a Alarcón que le pidió una ternera para carnear y dar de comer a su -gente, colonos y leñeros que iban a la ciudad a surtirse de víveres -diversos. - -Así habló, y agregó para evitar toda suspicacia en aquel paisano -reservado, que le atendía frunciendo el ceño: - ---Compraría una ternera, si no me pide caro. - -El capataz entró en las casas a consultar con el ama, cuya silueta se -vió aparecer un momento en la galería, y volvió con el permiso de -arrear el primer animal gordo que hallaran en el potrero. - -Montó a caballo y los guió hasta el sitio en que a esa hora debía -hallarse la mayor parte de la hacienda. - -Alarcón y su compañero caminaban a pie, detrás de él, que iba -enumerando las buenas condiciones de los campos aquellos, cuya tierra -negra daba unos pastos de engorde superior. - -Cuando encontraron lo que necesitaban, una vaquilla mansa, que se -dejó echar el lazo en los cuernos pulidos y negros, Alarcón pagó -sin regatear los quince pesos que le pidieron por ella y se juzgó -afortunado viendo que el capataz no insistía en acompañarles hasta la -costa. - ---Tengo que encerrar los terneros de las lecheras--dijo--y se despidió -allí mismo. - -Marcharon los dos, José tirando del lazo, arrastrando a veces al animal -que empezaba a rebelarse, y atrás Alarcón arreándolo con una varilla -y pensando que si el capataz hubiera llegado hasta la costa no habría -dejado de recelar de tanta gente reunida allí. - -Y aquella imprudencia que le había hecho cometer el indio, no le -pareció que fuera involuntaria. - -Mientras marchaban por un senderito en el tupido pastizal verde, que -alfombraba la altura desprovista allí de monte, vieron venir una majada -de ovejas que parecía vagar sin pastor y sin perros. - -José Golondrina mostró las ovejas a Alarcón. - ---La cuidan los cuervos--le dijo--y por eso es el nombre de la estancia. - -Y era así en efecto. - -Desde muchos años atrás en la propiedad de los Borja, dos cuervos -criados en las casas cuidaban la majada, con un maravilloso instinto, -que rayaba en leyenda. - -Por la mañana al salir el sol, en verano, y en invierno a la hora en -que el frío amenguaba, los dos cuervos, que dormían sobre un algarrobo -seco, frente a una de las ventanas de la casa, volaban hasta el -corral de las ovejas, y a aletazos y a picotones las hacían salir, -las conducían a través de los campos, en las lomas donde el pasto era -tierno y la tierra seca y al caer la tarde las obligaban a volver. - -Los tímidos animales, acostumbrados ya, obedecían a los cuervos como -habrían obedecido a un pastor, y de tal manera los dos pajarracos se -habían vinculado a la vida de la estancia, que ésta tomó su nombre de -ellos, y se rodeó de una fama misteriosa. - ---Son eternos--dijo el indio José--y cuentan los viejos que ellos saben -y anuncian las cosas tristes que han de ocurrir. - -La majada pasó cerca de los dos hombres que llevaban la vaca. - -Sobre una de las ovejas de adelante, prendidas sus garras sobre el -vellón iba uno de los cuervos y de igual modo el otro se dejaba llevar -por la que iba atrás de todas. - -Era risueño el caso, y no obstante Alarcón no sintió ganas de reír, -cuando los ojuelos de uno de los cuervos, como dos pequeños brillantes -negros se posaron sobre él. - -Atardecía rápidamente, y debieron apretar el paso para no extraviarse -en el sauzal, si los tomaba la noche antes de haber alcanzado las -barcas. - -En aquellos terrenos bajos no era fácil hallar los senderos, por donde -podían pasar sin hundirse en las aguas muertas de los bañados. - -Debían a más carnear la vaca y asar la carne en una hoguera y esa -operación preocupaba a Alarcón porque el fuego en la noche podía atraer -sobre ellos algunas de las partidas de policianos que solían recorrer -la laguna Setúbal y llegar hasta el arroyo de Leyes, a caballo unas -veces por la costa y otras en un vaporcito del puerto siguiendo el -curso del río. - -La noche caía rápidamente, porque en esa estación los días eran cortos. - -Llegaron al sauzal con las últimas luces del crepúsculo. - -Estaba silencioso y sólo se oía el ruido de los pájaros asustados que -levantaban el vuelo, atropellando las ramas. - ---Es raro--dijo Alarcón.--¿Nos habremos perdido? - -El indio lo miró y los ojos le brillaron en la sombra. - -Alarcón echó a correr hacia la orilla del río. No se veía a nadie. -Saltaba sobre los camalotes que cedían como un colchón bajo sus pies. -Extrañaba el silencio, porque estaba seguro de haber dejado a su gente -en esa dirección, y de no verla, por lo menos debía oír el ruido de las -hachas cortando la leña. - -Cuando llegó al borde de la isla, que lamía el riacho curvo y lento, -al sitio mismo donde fondearon las chalanas, lo que se conocía por -estar las carrizas pisoteadas y sembrada la tierra de varas de sauce -cortadas, soltó una maldición. - -Las lanchas habían desaparecido y sobre el agua, tersa como un cristal -negro, a esa hora, no se divisaba hacia ningún rumbo la mancha más -obscura, que en la noche,--que envolvía ya todas las cosas,--le hubiera -indicado la presencia de sus embarcaciones. - - - - -VIII - -El baile de Montarón - - -Temprano, en la noche del baile, se encendieron las guirnaldas de -faroles que corrían a lo largo de las cornisas, llenando la calle de -luz. - -En la casa de Montarón, el piso bajo estaba destinado a la familia. Se -subía a los salones del baile, situados arriba, por una ancha escalera -de caracol, adornada esa vez con flores y cubierta por un camino -rojo de tripe, hasta una galería interior cerrada con una mampara de -cristales. - -Allí se abrían las tres anchas puertas del deslumbrante salón, que -ocupaba todo el frente de la casa, y se doblaba en dos alas, a cada -extremo, constituídas por varios saloncitos suntuosos, dispuestos -para el ambigú los de la derecha, y los otros para la tertulia de las -señoras mayores o de los hombres que no gustaban de la danza. - -Las ventanas del corredor de la calle estaban cerradas, mas alcanzaba -a oírse la algazara de los curiosos agolpados abajo, en el pórtico, -sirvientes del barrio en su mayoría, que daban las buenas noches a cada -pareja que entraba. - -Poco a poco, a medida que se animaba la escena, fueron estrechando -el cerco, hasta bloquear totalmente la puerta del zaguán, con zócalo -de mármol blanco, que reflejaba la luz de un gran farol de bronce, -pendiente del techo. - -Hacia las nueve de la noche habían comenzado a llegar los invitados. - -Era lo más distinguido de la sociedad de Santa Fe. - -Las damas en cabeza, para lucir mejor los altos peinados; y con amplios -y crujientes vestidos de seda; escotadas las jóvenes y aun algunas que -habían dejado de serlo; y los hombres de frac y chistera, envueltos en -sus capas. - -Con una nerviosa solicitud, hacía Montarón los honores de la casa. - -Atravesaba pausadamente, con una dama del brazo, el vestíbulo iluminado -por los faroles chinescos colgados de las ramas de los naranjos, en el -patio inmenso como una huerta; subía la escalera, y después de cambiar -algunas palabras corteses arriba, en el gran salón, bajaba, saltando de -dos en dos los escalones. - -Su fisonomía habitualmente regocijada, tenía esa noche un sello visible -de preocupación, y el mismo empeño que ponía en disimular, había -chocado a Syra, la cual seguía a su padre, en todos sus movimientos, -con ojos angustiados. - -Rasurado prolijamente, pequeño, y rosado como un jovencito, su -fisonomía no era ciertamente la de un conspirador, y el mismo Jarque, -observándolo esa noche, no estaba seguro de que al rededor de aquella -movediza personilla pudiera tejerse una revolución. - -El jefe de policía llegó temprano, con su secretario, el teniente Borja. - -Montarón, que se sentía espiado por su hija, para desorientar sus -sospechas se puso a hablar con Jarque, mientras ella más tranquila -junto a su novio, paseaba de su brazo por el salón. - -La luz de las arañas de caireles, doraba su negra cabellera, recogida -en un peinado bajo y prendida sobre la nuca, con dos o tres alfileres -de brillantes. - -La inquietud de esa tarde, manteníala aún aturdida y apasionada, -fulgurantes los magníficos ojos, que habrían querido penetrar en las -almas para ver qué nefastos designios se ocultaban en ellas, que -pudieran hacer peligrar la vida del hombre que amaba, en cuyo brazo -firme se apoyaba su mano trémula. - -Borja sabía, que por falta de nuevos indicios, los recelos de Jarque -habían disminuído, y confiado en su sagacidad sólo pensaba en la gloria -de esa fiesta, en que Syra mostraba su amor a los ojos de todos los que -pudieran haber dudado. - -Festejábase su compromiso, y las amables visiones con que se llenaba -su espíritu, no daban lugar a las sombrías sospechas que su novia le -sugiriera esa tarde. - -Conocíanse todos los hombres que podían entrar en la revolución, por lo -cual, a cada nuevo concurrente que llegaba al salón, Borja, habituado -a su oficio, indagaba si era de los sospechosos, sin interrumpir, no -obstante su charla con Syra. - -Don Servando Bayo entró de los primeros con el doctor Pizarro, su -ministro. - -Llegó de rigurosa etiqueta, correcto y tranquilo, y Syra viéndolo se -sintió aliviada. - -Un momento después llegó Cullen, a quien seguía la mirada cautelosa -de Jarque, situado afuera del salón, en la galería de cristales, -conversando con Montarón, mas sin perder un solo gesto de los hombres -que le interesaba vigilar. - -La fisonomía despreocupada de Cullen, sus maneras afables, -distinguidas, su palabra suave, superficial y amena con las damas, -desorientaban toda sospecha. - -Acercóse a los novios y al cumplimentarlos su voz fué tan natural que -Borja sintió desvanecerse sus últimos recelos, y al apartarse de él, -buscando el refugio discreto de uno de los salones de las alas, donde -podía hacer sus confidencias a la niña, le dijo, aludiendo por primera -vez en el baile, a las alarmas que ella le confiara esa tarde: - ---Ya ves, Syra; si Cullen está aquí, siendo el jefe de los opositores, -es porque nada se prepara. ¿Estaría así, tan afable y tranquilo si -hubiera el peligro de una revolución? - -La mano de Syra temblaba. Alta, maravillosamente esbelta, vestida de -blanco, pálida por una emoción que, a pesar de esas buenas razones no -podía dominar, permanecía de pie al lado de él, que se había sentado en -un sillón invitándola. - -Él no pudo ver quién era el que entraba al salón, haciendo cesar el -rumor de las conversaciones, de tal modo que sólo se oía la música de -la orquesta en la galería de cristal; pero ella, atenta a los detalles -de la fiesta, sintió como un golpe en el corazón, pues lo que faltaba -para confirmar sus sospechas, era la presencia en la ciudad del capitán -Insúa, y era él, precisamente, el que acababa de entrar. - -Borja, a quien Jarque le había confiado el encuentro de la noche -anterior a la puerta de la escuela, se alzó del sillón, calmoso y -tranquilo, cuando Syra, con los labios apretados por la nueva emoción, -le dijo: - ---¡Insúa! ¡Allí está Insúa! ¡Oh, Dios mío! - -Hacía más de un año que Insúa no venía a la ciudad, y no obstante su -vida de hombre de campo, era en los salones un perfecto caballero que -llevaba con fácil elegancia el traje de etiqueta y dominaba todos los -secretos de la cortesía. - -Jarque al verle llegar sintió que se derrumbaba el laborioso edificio -de sus conjeturas, porque si Insúa estaba allí, vestido de frac; -si tenía a su lado a Montarón, que le contaba prolijamente cómo se -injertaban los rosales; si Cullen se pajeaba en el salón atendiendo a -las damas, todos con la más natural despreocupación, era porque el -temido complot sólo existía en su imaginación. - -Para no prolongar su actitud de vigilante, con un poco de despecho, -abandonó su sitio junto a la puerta de la galería y entró al salón. - -La orquesta, cuyos principales elementos había hecho venir Montarón de -Buenos Aires, empezaba a animar el ambiente con sus piezas de baile. - -Tocó lanceros y se formaron las parejas para sus elegantes y armoniosas -figuras. - -Syra y su novio ocuparon un sitio frente a Insúa, que parecía absorto -en decir gentilezas a su compañera en la danza. - ---Si debiéramos temer algo--murmuró Borja al oído de la hija de -Montarón--Insúa no estaría aquí. Es el brazo derecho de Cullen y el -verdadero jefe de todos los ataques de caballería. - -Syra tranquilizada por aquellas razones, miraba al arrogante caudillo, -que en las combinaciones de la danza, le daba la mano para acompañarla -en algunas figuras. - -Habría deseado saber, si ya no era para esa noche, para cuándo serían -los siniestros designios que se ocultaban en aquella altiva cabeza -juvenil y enérgica, que los saludaba con tanta gracia, al pasar por su -lado, a ella y a su novio. - -Insúa, desde que entró en el salón, comprendió que algunos ojos lo -vigilaban. - -En un rincón, Jarque sentado, parecía dormitar, pues según su -costumbre, entornaba los párpados. Insúa, no obstante esa disimulada -apariencia, sentía sobre él la mirada del jefe de policía. - -En otro lugar, Bayo, con Cullen y Montarón, atendía algunas damas -indiferentes al baile. - -Insúa miraba de cuando en cuando ese grupo. Iriondo no había llegado -aún, y su tardanza le tenía inquieto, pues podrían verse obligados -a modificar sus planes, si todas las cosas no pasaban como estaban -previstas. - -Su misma presencia en la fiesta, no era lo que habría convenido, mas -debió ir para despistar a Jarque, el cual, sin duda alguna, lo había -conocido la noche anterior cuando entró él a la escuela, de regreso de -la barraca de Fosco. - -Estando en la ciudad, más extraño habría sido no ir, que ir a casa de -Montarón, al que lo ligaba una antigua amistad. - -De acuerdo los tres principales conjurados, se fijó la hora de la -revolución. - -Insúa saldría del baile a las once, procurando no ser visto, y se -reuniría con su gente en la orilla del río, y desde allí invadiría la -ciudad, marchando sobre la policía. - -Antes de atacar, Insúa volvería a la sala de baile, para ayudar a sus -amigos a caer sobre Iriondo y Bayo, y los hombres del gobierno, no bien -sonaran los primeros tiros. Alarcón mandaría el asalto, y echaría un -pelotón de hombres sobre la casa de Montarón, para ayudarles. - -La trama del complot era simple; y a Insúa sólo le preocupaba la -ausencia de Iriondo, que por ser la verdadera cabeza del gobierno, -podía hacer abortar los planes no concurriendo a la fiesta. - -Pero terminados los primeros lanceros, a cosa de las diez, cuando los -caballeros agradecían a sus damas y las llevaban del brazo hasta los -sillones colocados a lo largo de las paredes, se produjo un repentino -silencio por la entrada de alguien. - -Era Iriondo; venía solo, circunstancia que no escapó a los -revolucionarios, pues era ese un gesto habitual de él, cuando -sospechaba que había peligro, y a fin de mostrar su valor personal o -su presencia de espíritu; Montarón, más solícito que nunca le salió al -encuentro, deshaciéndose en cumplimientos, que Iriondo acogía con una -reservada cortesía, gustando la impresión que causaba con su presencia. - -No era ya la actitud algo bravía de Insúa, lo que atraía las miradas: -era su manera superior de presentarse, natural y elegante, tranquilo -y serio, correspondiendo todos sus ademanes, a motivos exteriores, -sin que tuviera que sonreír ni saludar, para imponerse a los que lo -rodeaban. - -Más de un año hacía que Insúa no se encontraba con él, y al verle así, -tan dueño de sí mismo, adelantándose a saludarlo, a él que si no podía -vencerle estaba resuelto a matarlo, sintió conmovida la confianza que -hasta ese momento lo animaba. - -Montarón, inquieto y movedizo, exageraba visiblemente sus atenciones -descuidando a los otros visitantes y provocando, sin duda, mayores -sospechas en el jefe de policía, que se había vuelto a sentar en un -rincón solitario, después de saludar a Iriondo. - -Cullen, acostumbrado a aquellas emociones, disimulaba perfectamente -y en sus ademanes no se transparentaba nada que no fuese su finura -de hombre culto, capaz de alternar sin esfuerzo con sus propios -adversarios. - -Bayo parecía ignorarlo todo, atendiendo solamente lo que Pizarro le -relataba con animada mímica. - -Ocupaban los dos un pequeño sofá de nogal acolchado de damasco, y -sobre ellos caía la luz de un candelabro lleno de bujías, puesto a sus -espaldas sobre una consola. - -Tenían al frente, sobre otra consola igual, un gran espejo que les -permitía mirar todo el salón sin volver la cabeza. - -Iriondo con algunos amigos, se refugió en uno de los saloncitos, y su -ausencia calmó un tanto los nervios de Insúa, que volvió a mezclarse en -las danzas, con una ardiente fiebre de placer, como si la lucha cercana -en que podía morir, no le preocupase, o redoblara su entusiasmo por -gozar de aquellos fugitivos minutos. - -Montarón salió hasta la galería, por esquivar las pupilas de Jarque, -cuyos ojos semicerrados nadie sabía dónde miraban, aunque él en todo -momento sentía la impresión de que estudiaban cada uno de los gestos -que él hacía. - -La hora en que habían convenido que Insúa saliera, estaba próxima y no -se veía cómo podría abandonar el salón sin hacer notar su ausencia. - -El banquero empezaba a ponerse nervioso; desde la penumbra de la -galería vió a Cullen, en apariencia tranquilo, conversando con algunas -señoras, pero puesta la mano sobre el reloj, como si él también -sintiera la ansiedad de los minutos que volaban. - -Montarón vió pasar a su hija, radiante, del brazo del joven militar, y -empezó a torturarle un remordimiento, que durante el día lo acosara, y -que ahora despertaba de nuevo en su corazón angustiado. - -Habían convenido los revolucionarios que en gracia de aquel amor, cuya -fiesta servía a sus planes, pondrían empeño especial en ahorrar la vida -de Carmelo Borja, pero aun así comprendíase el gran peligro que debía -correr. - -Por encima de todas sus ambiciones, Montarón miraba a su hija, como -el motivo de todas ellas. Y ahora que la suerte estaba echada, y -pronunciada quizás, la sentencia de muerte de muchos de aquellos -brillantes militares que llenaban el salón, presentía el rencor de la -joven, perdurable y sangriento, cayendo sobre la cabeza de aquel que -atentara contra la vida de su novio. - -Conocía su temperamento ardoroso, capaz de madurar en silencio una -venganza y comprendía que él mismo no escaparía al encono de esa alma -apasionada, si por obra de él se desgarraban las ilusiones de aquella -hermosa noche de fiesta. - -Por un momento con el corazón oprimido, deseó el fracaso del complot. - -Se sintió viejo por el amor de su hija, a quien había vuelto a tener a -su lado, después de muchos años de ausencia, y estimó la paz de su vida -cerca de ella, en mucho más que sus inquietas ambiciones políticas. - -Miró el reloj y vió que sólo faltaban algunos minutos para las once. - -Iba a entrar al salón, cuando desde el lugar en que estaba oyó la voz -de Jarque, hablando a su hija. - ---Si usted canta "El Ciprés", yo le acompaño en el piano. - -El jefe de policía era apasionado por la música, y sus gustos, -en armonía con los de la época, le hacían preferir las canciones -románticas y tristes, que se cantaban como salmodias desgarradoras. - -Tocaba regularmente el piano, y entre todos los versos que había -oído cantar a Syra, con su espléndida voz, llena de sentimiento, -escogía siempre esa endecha lacrimosa del Ciprés, en cuya sombra se -transformaba el alma vengativa del amante muerto y olvidado. - -Syra recordó el pedido que esa tarde le hiciera su novio; eran hermosos -los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..." pero -gustábanle más los del "Ciprés", y esa noche sentíase llevada por -fuerzas misteriosas, a cantar su invencible tristeza. - -Montarón asistiendo a la escena, comprendió que si Jarque iba al piano, -Insúa aprovecharía su descuido para salir sin ser visto, y los sucesos -que un instante había deseado que no ocurrieran, sólo dependerían ya de -la mano de Dios. - -Vió levantarse al jefe y cruzar el salón con su desairada figura, y -por una reacción de su temperamento versátil, pensó que era mejor que -sucedieran las cosas que con tanta audacia habían preparado, para -derrocar el gobierno que execraban. - -Después de todo Borja era militar y sabría defenderse, y él mismo en su -casa, hallaría manera de salvarlo. - -Por encima del frac tocó disimuladamente su revólver. - -Estaba dispuesto a jugarse la vida para que la parte del programa -confiada a él, que era apresar a Bayo, se ejecutara con toda perfección. - -Allí cerca, en el patio sombreado por los naranjos, ocho o diez -paisanos, llegados la noche anterior, e introducidos por él mismo en la -casa sin que nadie los viera, aguardaban su señal, mezclados entre el -grupo denso de curiosos que había invadido el zaguán, y se derramaba ya -por las galerías. - -En cuanto sonaron las cuerdas del piano bajo los dedos de Jarque, Insúa -salió del salón. - -Envuelto en su capa, a fin de ocultar el frac, con un chambergo en -lugar del sombrero de copa, escurrióse hasta la huerta para salir por -la escuela de don Serafín, de modo que los policianos de Jarque, de -guardia frente a la casa de Montarón, no pudieron notar su escapada. - -Syra había empezado a cantar con una voz extraordinariamente conmovida: - - Si por mi tumba pasas un día - y amante evocas el alma mía, - verás un ave sobre un ciprés; - habla con ella, que mi alma es. - -De pie, al lado de Jarque, su admirable figura de blanco, con pequeño -escote, y al cuello un collar de perlas que parecían desgranar sobre -el hermoso pecho su oriente sedoso y viviente, Syra hacía temblar el -corazón de su novio. - -Y si aquella alma encarnada en el ave del ciprés no fuera la de ella -sino la de él, ¿cuál sería el destino de la hermosa joven que lo amaba? - -Si él moría, pensaba Borja, ella algún día, cuando lo hubiera olvidado -sería de otro. - -La idea de la muerte que evocaba en su canto se le hizo cruel como -nunca. Pensó que podían ser verdad los oscuros presentimientos de Syra. -Miró a su alrededor buscando a los jefes de la oposición, para ver si -alguien faltaba, y notó inmediatamente la ausencia de Insúa. - -Vió a Iriondo y a Bayo, en un grupo, conversando de cosas que parecían -absorber toda su atención, porque se habían retirado al fondo de uno de -los saloncitos. - -Syra seguía cantando y era tal la sugestión de su voz, que los -concurrentes se acercaban poco a poco al piano para no perder una nota -de la triste canción: - - Si tú me nombras, si tú me llamas, - Si allí repites que aún me amas,... - -Borja se imaginó a Insúa corriendo por las oscuras calles para reunir a -su gente. - -Aguzaba el oído y parecíale sentir el rumor de pasos de una patrulla, -ahogado por doliente música, en que temblaba el alma de su novia. - -Aproximóse a Jarque arrebatado por el espíritu romántico de los -fúnebres versos, y le tocó en el hombro. - -Jarque lo miró con mirada abstraída y sin pensamiento y siguió haciendo -correr sus dedos sobre el armonioso teclado. - -Por no alarmar a Syra, no se atrevió a insistir y aguardó angustiado el -final de la canción. - -Cuando la niña, con los ojos llenos de lágrimas se volvió hacia él, -después del último verso, el joven teniente le dijo: - ---Ahora, algo menos triste, los versos de Goyena: "Cuentan los sabios -que la blanca luna..." - -Jarque se había levantado, porque Syra iba a cantar acompañándose ella -misma. - -Cuando la vió sentarse en el pequeño taburete del piano, Borja -aprovechó la ocasión para hacer notar al jefe la ausencia de Insúa, -indicio grave, sin duda. - -Rápidamente Jarque resolvió lo que debían hacer. - ---Te vienes tú conmigo, sin decir palabra. - -Y así, mientras Syra comparaba sus miradas con la fuerza misteriosa de -la luna que mueve las aguas del mar, Jarque y su secretario, salían del -salón, se envolvían en sus capas y se echaban a la calle. - -En la esquina del Cabildo se acercó Jarque a dos de sus agentes de -policía, encargados de vigilar la casa de Montarón: estaban alerta y -fumaban para matar el tiempo. - ---¿No habéis visto a nadie? - ---No, señor jefe. - ---¿Nadie ha salido del baile? - ---Nadie, señor. - ---Sin embargo, hay una persona que no está allí. Os habréis dormido. - -Los serenos guardaron silencio. Uno de ellos dijo luego: - ---Por la puerta no ha salido nadie. Si alguien falta puede haberse -escondido en la casa misma o haber salido por los fondos. - -Borja que oía sin decir palabra, mirando hacia la plaza en cuya esquina -estaban, agarró de pronto el brazo de Jarque y le mostró un bulto que -cruzaba furtivamente por el lado opuesto, y que se destacaba entre -los troncos de los paraísos, sobre el fondo claro de una casa recién -blanqueada. - -Echaron a correr los dos, con la sospecha de que les interesaba detener -a aquel transeúnte trasnochador. - -Jarque sereno y valiente, sacó su revólver para llevarlo presto. -Borja a quien el espadín colgante al cinto le estorbaba al andar, lo -desprendió tomándolo en la mano, pronto a desnudarlo. - -De reojo observaba a Jarque, el cual marchaba ágilmente a su lado, -cojeando mucho, pero sin ruido, como si anduviera en puntas de pie. -Fruncía el ceño para ver mejor y estiraba el pescuezo, con una ansiedad -de lebrel que persigue su presa. - -Su instinto, más seguro que su vista, le hacía comprender que era Insúa -el bulto que al llegar ellos al centro de la plaza desapareció como si -lo hubiera tragado la tierra. - -Y era Insúa, en verdad, que había penetrado en la casa de don Serafín -Aldabas, salvando las tapias de la huerta por el mismo camino que solía -hacer Montarón. - -Ágil y fuerte como era, saltaba los obstáculos apoyándose en los puños, -sin mancharse apenas el frac. - -Tenía empeño en volver intacto a la sala del baile, para encargarse -él mismo de apresar a Iriondo, y era necesario que ninguna huella -sospechosa de aquella correría quedara en su traje. - -Al llegar al jardín de la escuela, en la sombra de la galería del Sur, -divisó la silueta gentil de Rosarito, que velaba a esa hora, sentada en -la silla hamaca de su padre, pensando o rezando. - ---¿Sos vos, Francisco?--le dijo la niña acercándosele;--habría tenido -miedo, si en estos días no me hubieras acostumbrado a tus misterios. - -La dulzura de aquella frase en que la niña se asociaba secretamente a -sus empresas, penetró en el corazón turbulento del revolucionario, que -se sintió inundado por una ola de afecto hacia la compañera de su niñez. - -Ésta volvía a hablar. Él le tomó una mano, fría por la emoción, entre -las dos suyas ardientes como si tuviera fiebre. - ---¿Ha concluído ya el baile? - ---No; si hubieras ido... - ---Esas cosas no son para mí--observó ella, y agregó, deseosa de entrar -en el secreto de aquella vida que amaba--¿por qué has salido? - -Insúa queriendo llevarse como un talismán que le diera suerte los votos -de la niña, le contestó al oído: - ---¡La revolución! Dentro de media hora, seremos dueños del Cabildo. -Piensa en nosotros, Rosarito... - -Ella, que sospechaba la existencia de la conspiración tembló, sin -embargo, como una copa de cristal sobre la que estalla un trueno. - ---¡Dios mío!--exclamó apretando con sus manos las del joven -revolucionario--¡Francisco, Francisco! ¿y si no volvieras más? - ---Volveré--respondió él, que tenía fe en su estrella. - -Rosarito se sintió ganada por la misma confianza que a él lo animaba, -pero pensó que su vida brillante se alejaría más, con el triunfo, de la -humilde existencia de ella. - -Feliz, no obstante, con las cosas que a él le regocijaban, le deseó la -victoria y como él sintiera en su mano la caricia tibia de una lágrima -de ella, que lloraba en la sombra, sin que pudiera ver sus ojos azules -anegados en llanto, saboreó de nuevo aquella ola de misteriosa dulzura -que lo acercaba a ella. - -Y para templar mejor su espíritu la tomó en los brazos, la apretó -contra su pecho vigoroso, y la besó en los labios, que sonrieron a -través de las lágrimas, sonrisa que tampoco él vió, y que fué en el -alma solitaria de la niña, como una estrella que se levanta. - - - - -IX - -El pañuelo rojo - - -La puerta de la escuela se cerró sin ruido tras aquel bulto negro, que -se perdió inmediatamente entre los paraísos de la plaza. - -La gente de Insúa aguardaba la señal del ataque en la barraca de Fosco. - -Las chalanas que mandaba Alarcón se habían atrasado, y un día entero se -las esperó con temor de que no llegaran a tiempo. - -Fosco veía en aquella tardanza maniobras de José Golondrina, cuya -lealtad desconfiaba; pero la verdad era otra. - -Cuando Alarcón y el indio José llegaron, arreando la vaca, a la orilla -del arroyo de Leyes, encontraron que las chalanas y la gente habían -desaparecido. - -Era de noche ya y las pesquisas para averiguar el rumbo que hubieran -tomado, se hacían imposibles en el tupido sauzal que les cerraba el -horizonte por todos lados. - -Alarcón, sin decir palabra, intentó treparse en uno de los sauces más -altos, para escudriñar el río, que de una gran anchura allí, y lleno de -curvas y de isletas montuosas, aparecía en la obscuridad como un charco -de agua quieta y negra. - -Lo detuvo la voz tranquila del indio que decía: - ---Aquí está el gringo Moor. - -De un salto Alarcón se echó al suelo, y el joven le informó en voz baja -como si temiera ser oído, lo que ocurrió durante su ausencia. - -Deseoso de arponear algunos sábalos, esa tarde para asarlos en la -hoguera encendida en el montecito de algarrobos, él con un compañero -conocedor de aquellos lugares, cruzaron el río en una de las canoas de -las chalanas, buscando un sitio donde el bañado de la otra orilla era -abundante en pescados. - -Llevaba la fija, arpón terrible con su hierro dentado y su mango de -caña tacuara, que Moor empezó a manejar, no bien llegaron al lado -opuesto, ensartando de un golpe recio los sábalos de estrecho lomo que -nadaban a flor de agua entre las altas hierbas acuáticas. - -Al cortar así las aguas playas del bañado, avanzaron de nuevo hasta el -río, curvo como una herradura, y a los rayos del sol que caía, vió Moor -a breve distancia, una lancha blanca fondeada contra el sauzal. - -Dióle un vuelco el corazón, y se aplanó sobre la canoa para no ser -visto, quedando oculto a medias entre las pajas que cubrían el bañado. - -La embarcación a la vista tenía una chimenea, y por ella conoció que -era la lancha a vapor con que el gobierno vigilaba el puerto y la -laguna y que a esa sazón remontaba los riachos para prevenir toda -intentona por allí. - -Por el humo que arrojaba la chimenea sospechó el joven suizo que estaba -lista para marchar, río arriba sin duda, y no esperó más para volver -adonde había dejado las chalanas. - -A impulso de las palas, que movían echados en el fondo de la canoa, -cruzó el bañado refulgente como una placa de oro a los rayos del sol -poniente. - -En pocos minutos llegó, y ordenó a su gente que se embarcara, y con -los largos botadores empezaron a contornear la costa de la isleta de -la Casa de los Cuervos, cuyos sauzales podían ofrecerle un refugio en -alguno de los profundos ramblones que se internaban en ella, como una -bahía. - -Y así fué; cuando la lancha del gobierno pasó siguiendo el cauce del -arroyo de Leyes frente al lugar en que habían estado fondeadas las dos -chalanas de los revolucionarios, ya éstos se hallaban escondidos en -un brazo del riacho, donde no podía entrar el vaporcito, por su mayor -calado, y como el crepúsculo empezaba a difuminar el paisaje, ninguno -de sus tripulantes advirtió la presencia de las embarcaciones. - -Alarcón apretó cordialmente la mano del bravo mocetón que los había -salvado de aquella sorpresa, aunque en el encuentro, defendiéndose con -sus hombres, habría podido vencer a los otros. - -Pero era arriesgar el éxito de la revolución, y valía más eludir todo -incidente, que pudiera anunciar su paso, antes de que estuviera sobre -la ciudad. - -El día estaba perdido, sin embargo; no era prudente echarse a navegar -teniendo próxima la rápida embarcación, que no tardaría en regresar, -porque una legua más arriba, no hallaría agua bastante para su calado. - -Era así preferible aguardar hasta la noche siguiente, en que con mucha -probabilidad habría cesado la infructuosa vigilancia del río, para -entrar en la ciudad una o dos horas antes del momento fijado para la -revolución. - -Y fué ese el motivo que dilató un día entero la llegada de las fuerzas -de Alarcón. A eso de las ocho de la noche, casi a la hora del baile, -fondeaban ambas chalanas en el extremo Sur de la calle de la Matriz -doblando, como se llamaba entonces a la calle de San Gerónimo. - -En la barraca de Fosco, adonde con infinitas precauciones fueron -refugiándose uno a uno los revolucionarios, se reunieron más de cien, -y aunque no todos bien armados, la aventura parecía tan bien dispuesta -que ninguno dudaba del triunfo. - -A las once de la noche debía Insúa ir en su busca, para dirigir el -ataque, pero la sospecha de que el complot no era ya un misterio para -los de la policía, hizo variar un tanto aquel plan. - -Insúa se limitaría a dar breves instrucciones a su gente reunida en la -barraca de Fosco; encargaría a Alarcón la dirección del ataque, y él -regresaría a la sala del baile, para ayudar a sus amigos a apresar a -Iriondo y a Bayo en cuanto sonaran los primeros tiros. - -Su presencia en la fiesta, mantendría a Jarque en la duda, sobre -aquellos sucesos que presentía. - -No todo ocurrió, sin embargo, como él lo pensara. - -Su breve demora en el patio de la escuela, despidiéndose de Rosarito, -dió tiempo a Jarque y a Borja para llegar a la plaza al mismo tiempo -que él. - -Alcanzó a ver, en la noche clara, la silueta de aquellos dos -hombres que aparecían en la calle de la esquina de Montarón, y para -despistarlos, si acaso tenían intenciones de seguirle, corrió por el -costado de la plaza, que daba sobre la casa de Iriondo, y dobló hacia -el norte por la calle del Comercio. - -Allí dió vuelta a la manzana, y siguió corriendo como una sombra -impalpable y silenciosa, unas cuantas cuadras hacia el poniente. - -De trecho en trecho se refugiaba en el hueco de algún portal o detrás -de alguna de esas ventanas salientes, en las casas de las gentes -acomodadas y miraba si alguien le seguía. - -Todo era silencio en la ciudad tenebrosa, dormida bajo el manto límpido -de un cielo sin estrellas. - -Un viento suave del Sur traía dispersas armonías de la sala del baile. -Volvió a correr, y cuando las casas de las aceras empezaban a ser más -raras y pobres, y comenzaban los yuyales y los cercos de ramas de los -suburbios, dobló hacia el Sur, siguiendo la franja sombría de un pencal. - -Los perros, que abundaban allí, ladraban a la luna que salía, -destiñendo el azul intenso del horizonte. - -Debían de ser las once y media, y en la barraca de Fosco seguramente le -aguardaban impacientes y listos para el combate. - -Fué a echar a correr, a la sombra de los tunales, cuando le pareció -sentir un ruido metálico, como de una espada que se golpea. - -Calle derecha, hacia el norte, alcanzó a ver de nuevo las mismas -dos siluetas de la plaza, y comprendió que eran vigilantes que lo -perseguían y habían dado ya con su pista. - -Como no podía correr sin exponerse a ser visto, se metió por entre el -pencal, defendiéndose con su capa de las espinas y aguardó que llegaran. - -Marchaban rápidamente, corriendo a trechos, y pasaron tan cerca del -sitio en que Insúa se había escondido, que los pudo conocer, al uno -porque rengaba al correr, y al otro, porque vió la contera de una -espada asomar por debajo de la capa. - ---¡El novio de Syra!--pensó el revolucionario, recordando con qué -empeño Montarón les rogó que ahorraran su vida, si acaso entraba él en -la lucha. - -Ese pensamiento le hizo vacilar, ante el proyecto que como un rayo de -luz se le presentaba en ese instante. Debía seguirles, sin dejarse -ver, y cuando estuvieran cerca de la barranca, saltar sobre ellos y -matarlos, privando así al gobierno de sus mejores servidores. - -No quiso pensar más, para evitar la compasión que podía nacer en su -alma, recordando la súplica de Montarón. Empuñó su revólver y cruzó de -nuevo por debajo de los espinosos cactus y salió a la calle. - -Las dos siluetas se perdían ya a lo lejos, entre las sombras de los -matorrales de la acera, donde crecían algunos corpulentos paraísos. - -Jarque y Borja, maravillados de la repentina desaparición de Insúa, se -habían echado a correr, cuando al desembocar una calleja apareció la -mole oscura y chata de la antigua barraca de Fosco. - -Jarque se detuvo y por primera vez se le ocurrió que ése podía ser el -escondrijo de los revolucionarios. - -¿Cómo no lo habían pensado antes, sabiendo que el ex-colono de Helvecia -vivía en un impenetrable misterio que les había hecho creer que era -alguna inofensiva manía del hombre viejo? - -Se detuvo, agitado por la carrera, a unos cien pasos de la entrada del -vetusto caserón. - ---¡Que me lleve el diablo si no se ha metido aquí!--dijo con fastidio y -entre dientes. - -Vaciló un momento entre avanzar o volverse, para traer un piquete -con que rodear la vasta construcción, que se veía allí, reposando -plácidamente bajo los rayos dorados de la luna que ascendía. - -Borja a su lado escudriñaba el caserío, por si algún indicio les -revelaba lo que querían saber. - -De pronto un terrible empellón lo tumbó en tierra, y sonó un tiro. El -fogonazo lo deslumbró, y cayó enredado en su larga capa, y el revólver -que empuñaba en la mano izquierda saltó a varios pasos de allí. Tenía -la espada en la derecha, y quiso incorporarse, a tiempo que Jarque, el -cual no parecía herido, gritaba haciendo fuego contra Insúa, que se -echaba sobre él. - ---¡Ah! ¡misera...!--exclamó, y la palabra se rompió entre sus dientes -apretados, y cayó herido en la frente por otro balazo cuyo estampido -ensordeció a Borja, quien, ciego de furor, arremetió con su espada. - -Insúa vió el relámpago del acero y saltó como un jaguar; pero la punta -penetró en el flotante paño de su capa, que se desprendió de sus -hombros y cayó cubriendo al cuerpo palpitante de Jarque. - ---Ríndase, no quiero matarlo--dijo con su voz breve y tranquila -apuntando a Borja, que arrancó su espada con violencia y se echó de -nuevo sobre su adversario. - -A la luz de la luna bañando la extensa planicie, en cuyo centro se -desarrollaba la sangrienta escena, veíase a Insúa de frac, la blanca -pechera, señalando el sitio en que debían herirle, y lleno de elegancia -el gesto de su mano que empuñaba el revólver apuntando al joven -teniente, que un momento se quedó paralizado ante aquella serenidad, -que parecía atarle los brazos. - -En la cercana barraca de Fosco, el rumor de la lucha en la hora -señalada para que estallara la revolución, despertó una extraordinaria -inquietud. - -Los cien hombres allí encerrados corrieron a sus armas; los jinetes -montaron en sus caballos asustados por el ruido y el movimiento y -Alarcón y Fosco fueron hasta el portón de madera de la entrada, que -tenía roído el borde de abajo, por donde el perro guardián sacaba el -hocico y ladraba. - -Abrieron cautelosamente y como a cien pasos alcanzaron a ver el fulgor -de la espada cortando el humo del segundo disparo. - -Alarcón reconoció a Insúa, comprendió que se batía y corrió, seguido de -un grupo de hombres. - -Oyó el jefe revolucionario el tropel de su gente que corría, llenando -la noche con el metálico rumor de las armas, y dijo a Borja, que había -saltado por sobre el cuerpo de Jarque para coger su revólver que -brillaba en tierra a dos pasos de allí. - ---No se mueva o lo mato--y añadió con dulzura, sin dejar de -apuntarle,--quiero que viva para su novia. - -El joven teniente sintió la penetrante ironía de aquella compasión. - ---¡Cobarde!--gritó--¡A él lo has muerto a traición y yo lo voy a -vengar!--y volvió a cargar con su espada sobre la blanca pechera que -atraía sus furiosas estocadas, que el revolucionario esquivaba con -ágiles movimientos. - -En un salto que dió Borja, asentó el pie sobre el revólver de Jarque, y -antes que Insúa previniera su acción, arrojó la espada y alzó el arma -del suelo. - -Insúa no pestañeó y de un balazo en el pecho lo echó por tierra. - ---¡Oh, Dios!--exclamó Borja, abriendo los brazos y cayendo de espaldas. -La capa, como una gran ala rota, quedó abierta debajo de su cuerpo. Era -de paño azul, pero por su forro de terciopelo rojo, parecía una gran -mancha de sangre, tiñendo el pasto verde que alfombraba la planicie. - -Alarcón y sus hombres llegaron en ese momento. Insúa con tristeza les -señaló el cuadro y les dijo: - ---No quería matarlo, pero él se empeñó. - -Cogió su revólver sin prisa, como si todo peligro hubiera pasado, y fué -a recoger su capa negra, echada como un manto fúnebre sobre el cuerpo -aún tibio de Jarque. La sacudió y se envolvió en ella. - -Dió sus órdenes precisas; la gente debía marcharse enseguida y atacar -el Cabildo. Un piquete debía al mismo tiempo invadir la casa de -Montarón, adonde él habría llegado ya, para ayudar a sus amigos. - -Y con esas palabras separáronse dejando sobre el campo verde los dos -cuerpos inmóviles que la luna envolvía en su luz impasible. - -Por la acera sombría de la calleja que trepaba la barranca, se adelantó -Insúa casi corriendo. - -Tan rápida fué la escena, que no le parecía verdad que en unos minutos -hubiera suprimido el mayor de los obstáculos con que tropezaban los -planes revolucionarios, aquella implacable vigilancia de Jarque, que -estuvo a punto de desbaratar todo el complot. - -Llegó a la esquina de la calle del Cabildo. - -Era menor el número de los curiosos agolpados a la entrada de la casa -de Montarón. El sueño y el frío de la noche, habían ahuyentado a -muchos, y los que aún quedaban, yacían dormidos contra los pilares o -en los rincones del zaguán, esperando que la fiesta concluyera, para -acompañar, algunos a sus amos, otros a quien quisiera aceptar sus -servicios, alumbrándoles el camino con un farolillo de aceite. - -Los dos vigilantes apostados en la entrada, cabeceaban rendidos de -cansancio y no vieron pasar a Insúa, que subió tranquilamente hasta la -sala de baile, llena de la enervante armonía de una vieja mazurca. - -En la galería de cristales, donde estaban los músicos, se despojó de su -capa, y fué a entrar al salón, cuando una mano vigorosa lo detuvo por -el brazo. - -No era un gesto afectuoso, ni era violento u hostil; mas Insúa se -volvió con ira para ver quién era. - -Hallóse con Iriondo, a cuyo lado debió pasar, pero a quien no había -visto. - -Mirábalo con aquella serena mirada que se imponía aun sobre los que por -primera vez se encontraban con él, y podían ignorar su prestigio y su -poder. - -Le soltó el brazo y le tomó de la mano que Insúa no se atrevió a -retirar, para no comprometer sus planes con alguna intempestiva -brusquedad. - ---Hay allí--le dijo Iriondo en voz baja, señalando el salón--una niña -que pregunta por su novio, que salió con usted. - -La mayor parte de los farolillos chinescos que iluminaban el patio y -la escalera se habían consumido, y aquel lugar en que estaban los dos -hombres, quedaba en la penumbra, fuera del cuadro luminoso de la puerta. - -Pero Insúa alcanzó a discernir en el gesto y en la mirada de Iriondo -una sagaz intención, y respondió exagerando la calma que empezaba a -perder: - ---Yo no he salido con ningún novio, doctor Iriondo. - ---¿Ha salido solo? - ---Solo. - ---Yo ando siempre así--observó el jefe de los gubernistas, abandonando -la mano de su adversario--sobre todo cuando me dicen que hay peligro en -andar solo. - -Pasó un breve momento de silencio. - -Insúa no encontraba respuesta que dar, temiendo siempre delatarse y -echaba de menos la serenidad con que pensaba y ordenaba sus ideas en -medio de una batalla. ¿Por qué, pues, no lograba dominar la impresión -que aquel hombre le causaba con sus frases intencionadas? - -Para librarse de la presencia de Iriondo que lo desconcertaba, fué a -entrar al salón, pero él lo detuvo de nuevo, con el mismo gesto sin -violencia, que no podía rechazar. - ---¿Va a entrar así? ¿No ve cómo está manchada su pechera? - -Insúa miró la alba pechera de su camisa y se puso pálido. - -Una gran mancha roja ocupaba toda la parte baja, donde se abotonaba el -chaleco. - -Se volvió bruscamente, evitando la luz, y dijo sacando del bolsillo un -pañuelo de seda color escarlata: - ---Llevaba aquí el pañuelo y al lavarme seguramente lo he mojado y se ha -desteñido... - -Había perdido completamente su calma y la voz le temblaba. - -Con ansia esperaba que sonara el primer tiro frente al Cabildo para -arrojarse contra aquel hombre más temible por su serenidad que por su -fuerza. - -Iriondo sonreía. - -En este momento apareció en la puerta del salón, por donde se veía el -cuadro brillante del baile, la magnífica figura de Syra. - ---¡Ah, Insúa!--exclamó al verle, acercándosele con un apasionado -interés, mientras él se acomodaba con mano trémula, el pañuelo rojo -sobre su manchada pechera.--¿No salió el teniente Borja con usted? - -Insúa se estremeció. Una inmensa angustia se pintaba en aquella -hermosa cara, y la voz temblaba como una imploración. - -Dominó violentamente sus nervios, se acercó a la joven que esperaba su -respuesta con una indescriptible ansiedad, y le ofreció el brazo, que -ella no aceptó, volviendo a preguntarle: - ---¿No salió con usted, capitán? ¿Verdad que no salió con usted? - -El estampido de una descarga apagó brutalmente la armonía de la -orquesta. - -Se produjo un remolino en la concurrencia del salón. Sin preocuparse de -su compañera que se había erguido al rumor de la lucha, y le increpaba -preguntándole por su novio, Insúa corrió a la galería para arrojarse -sobre Iriondo, mas éste previó su ataque, cerrándole el paso, y en un -ademán siempre mesurado y amistoso, con el brazo izquierdo lo tomó por -la cintura, lo llevó hacia afuera y tranquilamente le dijo: - ---Explíqueme qué es eso. - -Y como Insúa quisiera librarse de aquel abrazo, Iriondo con mucha -calma alzó su mano derecha en que tenía un revólver, se lo puso a dos -pulgadas de la frente, y le volvió a hablar con su palabra serena e -imperiosa: - ---Si se mueve, lo mato. - -A la primera descarga, sucedió un vivo tiroteo, y la calle oscura se -iluminó con la luz de los fogonazos, llenándose a la vez con el humo -acre de la pólvora. - -El tropel y la gritería de los que invadieron la casa, y el estrepitoso -tumulto que se alzó en el salón, cuyas puertas se cerraron con -violencia, dejando en la sombra la galería de cristales, de donde los -músicos huyeron, permitió a Insúa alejar de un manotón el revólver que -le amenazaba. - -Salió el tiro sin herirle y él con su gran fuerza, se zafó del terrible -brazo de Iriondo, mas al echarse atrás buscando su propio revólver en -momentos en que volaban hechos trizas los cristales de la galería, -invadida por una ola de gentes, revolucionarios y gubernistas, -mezclados con los soldados de Jarque que no distinguían a unos de -otros, constató que Iriondo se lo había sustraído al pasarle la mano -por la cintura. - ---¡Ah, traidor!--exclamó con impotente rabia, sintiéndose desarmado, y -como a una orden del jefe de los gubernistas, cuya alta figura dominaba -a todos, los soldados se echaron sobre Insúa, éste dió un empellón -a los que le cerraban el paso, y no pudiendo bajar por la escalera, -atropelló la puerta del salón, que se abrió con estrépito, cruzó el -recinto que era una colosal batahola de hombres que luchaban y damas -que parecían muertas sobre la alfombra, salió al balcón y encaramándose -hasta la balaustrada saltó hacia el tejado de la casa vecina, buscando -un sitio por donde echarse a tierra para tomar su puesto en el combate -contra el Cabildo. - - - - -X - -La noche trágica de Syra - - -A la primera descarga, Syra, intensamente pálida, con los ojos -dilatados por el terror, se llevó la mano al corazón, sintiendo una -gran angustia y se abatió sobre un sillón, llorando como un niño -castigado. ¡No había ya remedio!... - -Las demás mujeres, sorprendidas por la revolución, se agruparon en la -sala del ambigú, para escapar de las balas que empezaban a entrar por -las maderas del balcón, destrozando los cristales. Algunos hombres las -atendían, pocos, porque casi todos habían bajado al patio donde el -tumulto era indescriptible. - -En el salón, con sus muebles revueltos y sus puertas cerradas por -Montarón, sólo quedaban Cullen y Bayo, sentado éste, pálido y ceñudo, -comprendiéndolo todo, pero sin hacer un gesto que pudiera provocar una -violencia, y el otro de pie, a su lado, atento a los movimientos de su -prisionero. - -Por un resto de cortesía, Montarón no se acercaba a su huésped -traicionado. Iba hasta el grupo de las mujeres enloquecidas, preguntaba -por doña Celia, desmayada, miraba a su hija llorando, con la cara -escondida y volvía a la puerta que de afuera golpeaban de cuando en -cuando, sin lograr abrirla. - -Pensaba en la suerte de Iriondo, apresado seguramente por Insúa en la -galería de cristales. - -En la plaza, frente al Cabildo se batían los revolucionarios contra los -policianos que respondían con un vivo tiroteo. Una bala dió en la araña -del centro del salón y desprendió un manojo de caireles hechos trizas. - -Montarón miró a su hija, que al sentir el ruido de los cristales rotos -se puso de pie, y muda, dominando una desesperación que hacía dar -gritos a las otras mujeres, corrió a la puerta de la galería, en donde -resonaban de nuevo furiosos golpes. - -Su padre abrió los brazos para contenerla, pero ella lo rechazó con un -solo ademán que a él le heló la sangre en el corazón. - ---¡Hija mía!--exclamó él, y ella bruscamente como si aquel grito le -volviera el sentido y la esperanza, sintiendo una inmensa necesidad de -consuelo, se volvió a él y se echó llorando sobre su pecho. - -Él no habló, porque le acosaba el remordimiento de aquel dolor -silencioso en que había anegado a su hija. - -Nada sabía aún de lo que le habría pasado, mas tenía el presentimiento -de que la desgracia de ella iba a ser su desgracia. - -Fué en ese momento cuando se oyó que en la galería crecía el bullicio, -y se sintió desembocar una oleada de gente que Montarón creyó amigos -por lo que abrió la puerta del salón, apartando suavemente a su hija. - -Y esa maniobra salvó a Insúa, el cual, acosado por Iriondo, que había -sabido prevenir su asalto, y vencido por el número, cruzó como un -relámpago hacia el balcón, a donde Syra lo siguió mezclada entre los -hombres que le perseguían y segura de que él podría decirle dónde -estaba su novio. - -Pero al verle saltar la balaustrada y disparar por los tejados vecinos -hacia la plaza, iluminada por el fogonazo de las descargas quiso -seguirle, como si su esperanza huyera con él, mas alguien la contuvo y -entonces echó a correr, a través del salón, buscando la escalera del -patio sin detenerse a ver lo que ocurría a su padre y a Cullen rodeados -ya por gentes de la policía, que Iriondo mandaba con voz serena y -ademanes precisos. - -Un poco más pálido, el cabello más revuelto, la mirada más brillante, -eso era todo lo que en él se podía notar de extraordinario. Bayo a su -lado, puesto de pie ya, sin decir palabra, apoyaba esas órdenes con sus -gestos. - -Despeñándose casi por la escalera sembrada de flores desprendidas de -las guirnaldas, llegó Syra al zaguán, y como a nadie viera, salió a la -calle y corrió hacia la plaza, donde era la lucha. - -Veía las cosas nubladas por el humo acre de la pólvora que se le -agarraba a la garganta, y los fogonazos, que brillaban como entre una -neblina, apenas servían para guiarla, con su luz despiadada. Al llegar -a la esquina estuvo a punto de ser envuelta por un pelotón de hombres -que desfilaban a lo largo de las paredes guareciéndose de los tiros que -llovían de todas partes. - -Eran revolucionarios y marchaban sobre la casa de Montarón en auxilio -de los amigos. - -Uno de ellos se detuvo al ver a Syra. Fué un segundo no más, por -mirarle la cara. - ---¿El teniente Borja?--le preguntó ella juntando las manos. - -Y el revolucionario, que un rato antes había asistido a la rápida -escena que tuvo lugar a pocos pasos de la barraca de Fosco, le contestó -con una torpe sonrisa: - ---¡Allá quedó, niña! junto al río. - -Syra no vió el ademán en que le indicaba el Sur y echó a correr hacia -el Oeste buscando el río, a cuya orilla había ido por ese lado alguna -vez. - -Pasó de nuevo frente a su casa que los revolucionarios invadían, oyó -tiros y corrió con ansias, sin detenerse, hasta que dejó de sentir el -siniestro silbido de las balas, que había ido persiguiéndola en su -carrera como una pesadilla. - -Se detuvo un momento para organizar sus ideas. - -Parecíale, hundiendo los pies en el colchón de polvo de la calle que -marchaba en sueños, y que ella misma, vestida de blanco con la negra -cabellera desprendida y flotante, no era más que un fantasma. - -Oíanse las descargas en la plaza, y volviendo la cara podía ver el -relámpago que precedía a cada estampido. El silencio de la noche -agrandaba los lejanos rumores de la lucha. Y Syra sentía confusamente -al pasar, que puertas y ventanas se abrían y cerraban con cautela. - -Por aquella parte las casas eran más raras y las calles más estrechas -se dilataban hacia el Salado, bordeadas de pencales impenetrables, por -sus temibles espinas. - -Los canes alborotados por los tiros, aullaban con furia, y al rumor -de los pasos de Syra que volvía a correr se arrojaban contra ella sin -salir, no obstante, del cercado de pencas, medrosos también ellos en -aquella siniestra noche. - -La luna serena y majestuosa, prendida como un broche de oro en el -límpido cielo azul, alumbraba con indiferencia la ciudad poblada de -ruidos, y en la calleja estrecha, por donde Syra corría, sus rayos -prolongaban las sombras temerosas de las plantas que se extendían como -garras sobre la acongojada criatura. - -Había al final de la calle un gran ombú que cerraba el paso. Las -lluvias agrietaban allí el terreno y el árbol frondoso mostraba sus -gruesas raíces descarnadas y blancas, que a la luz de la luna parecían -brazos y piernas de muertos ya rígidos. - -Syra se detuvo mirando extraviada aquellas extrañas figuras. Pensó en -su novio:--"¡Allá quedó!"--le habían dicho--"junto al río". - ---¿Qué río? ¿Había un río por ese lado? ¿Cuándo llegaría? Si estaba -muerto tenía todo el tiempo que quisiera para esperarla. Si estaba vivo -y deseaba decirle algo, y si era posible curarle, restañar su sangre y -vendar sus heridas... ¡oh, Dios! ¿cuándo llegaría? - -Se apretó la cabeza con las manos, sintiendo como martillazos en las -sienes, el latido de sus arterias. - -Comenzaba a desvariar. A ratos pensaba que todo era un sueño, tan -brutal hallaba el cambio de escena. El salón brillante, la luz, la -alegría, la música, el amor; y luego la noche, con sus sombras y -rumores terribles, y aquella frase que sin duda había soñado: "¡Allá -quedó!" - -¿Qué significaba eso? ¿Era acaso una consigna dada al joven militar? -¿Estaba de guardia junto al río? ¿Y dónde era el río? - -Trepó la barranca. A la sombra del ombú crecían tupidas enredaderas, -entre cuyo matorral brillaban las luciérnagas. Las anchas ramas -cerraban el horizonte, pero subida ya sobre el borde, Syra vió el -campo, extendido como una tela limpia y tersa, hacia el río Salado, -cuyas aguas no alcanzaban a verse desde allí, pero que en las grandes -crecientes lo inundaban. - -De ese lado no había casas; algunas vacas rumiaban echadas en el pasto. - -Syra se puso a correr de nuevo, con más miedo al hallarse sola, -pareciéndole que detrás de ella corría la muerte, para llegar antes a -donde estaba su novio o para avisarle que era tarde ya y que en vano se -fatigaba. - -El campo desenvolvía ante ella el terciopelo de su suave y fresco -pastizal, sin una ondulación, pero sus ojos nada veían de lo que -buscaban. Y seguía corriendo, sin noción de los rumbos, torciendo su -camino hacia el Sur. - -De vez en cuando sentía que el suelo cedía bajo sus pies como una -húmeda esponja, y el frío le volvía un instante la sensación de la -realidad; se acercaba a los varillales, que crecían a la margen del -río, y donde, según los cuentos de su niñez, se guarecían los yacarés -en las horas de sol. - -Se apartaba horrorizada de aquellos lugares, y volvía a correr sobre el -paño verde del bañado, sintiendo el cansancio que parecía romperle los -muslos. - -¿A dónde iba? ¿Por qué la habían engañado haciéndola ir por aquel -desierto buscando su amor? - -Ya no se oían los tiros. La ciudad, cuyas casas blancas se dibujaban a -lo lejos entre las sombras de las calles, se había vuelto a dormir sin -duda; y ella estaba allí, perdida en medio del campo, sin más compañía -que la fría luz de la luna, que empezaba a nublarse y los estridentes -ladridos de los perros, que se enfurecían al verla correr como un -blanco fantasma. - -En su memoria fatigada se perdían los detalles de las cosas. Sólo sabía -que buscaba a su novio y debía hallarle muerto o vivo. Cuando caminaba -despacio, el zumbido suave de la brisa anunciadora del alba, le daba -la impresión pavorosa de un lamento, y por no oírlo y por llegar más -pronto a donde él estaba, llamándola sin duda, con la esperanza de que -llegara antes que la muerte, echaba a correr de nuevo. - ---Allá quedó, junto al río--le habían dicho riendo. - -Por fin el río que buscaba le cerró el paso. Era allí estrecho y -encajonado por una barranca no muy alta, vestida de césped húmedo bajo -el rocío de la noche. - -Era el arroyo del Quillá, que media legua más al Oeste se junta con el -Salado. - -A corta distancia, hacia la ciudad, se veía como un escalón una segunda -barranca, más alta y desnuda, donde se encaramaban las primeras -habitaciones, algunos ranchos, y más allá la masa oscura de la barraca -de Fosco, ceñida por sus tapias cubiertas de musgo, y por el bosque -sombrío de quietos naranjos y quejumbrosos eucaliptus. - -Syra vió pasar por delante de ella un grupo de hombres en marcha -precipitada hacia el río. No supo quiénes eran; habría deseado -preguntarles dónde se hallaba, pero antes que los alcanzara, ellos -habían saltado en una lancha y huían rumbo a la isla, que no tocaron, -sin embargo, siguiendo su costa corriente arriba. - -La niña se quedó un rato mirando la embarcación, que ya no era más que -una pincelada negra sobre el agua turbia que la corriente llenaba de -arrugas; la noche se tornó negra como un antro, nublada la luna por -algunas nubes tormentosas. - -A algunos pasos de allí vió una casucha de barro, por cuya puerta -apenas entornada se escapaba un hilo de luz. - -Fué una esperanza para la infeliz que empezaba a sentirse ganada por el -descorazonamiento. Llamó a la puerta, y como no le contestaran entró de -golpe. - -Un candil de sebo, puesto sobre el ángulo de una mesa alumbraba un -cuadro siniestro. - -Sobre una mísera cama yacía un hombre, rígido, con los ojos cerrados y -la boca crispada en un gesto de dolor, y el pecho desnudo y manchado de -sangre, que parecía negra como la tinta. - -Syra dió un grito. Una mujer que lloraba arrodillada a la cabecera de -la cama, alzó la cara y viéndola dijo con una voz dulce y doliente: - ---Me lo han muerto, niña. Era soldado y estaba de guardia en la plaza; -los revolucionarios lo han herido y ha tenido tiempo de llegar hasta -su rancho para morir junto a mí y a sus hijitos. ¿Por qué me lo han -muerto, niña? - -Una chiquela de cuatro años, silenciosa, con los ojos dilatados por -el miedo, sentada a los pies de la cama, miraba sin comprender la -terrible escena de su padre asesinando y semejante a una madre pequeña, -acallaba al hermanito que estaba sobre sus rodillas, gimiendo de rato -en rato, como si hasta él llegara la ola del dolor. - -Syra llorando se arrodilló junto a la viuda. - ---¡También a mí, también a mí!--decía en un sollozo que la sacudía -entera, y no podía concluir la frase.--Hace horas que lo busco, muerto -o vivo: "quedó junto al río", me han dicho riéndose y he corrido por la -orilla del río, buscándolo sin encontrarlo. - -La mujer se paró, tomó de la mano a Syra, salió hasta la puerta y le -dijo señalándole en el campo un punto más oscuro que las sombras. - ---¡Allá, allá! ¡Yo he visto dos hombres! Deben estar muertos a estas -horas. Allá fueron los primeros tiros... - -Y Syra corrió, mientras ella volvía adentro a seguir llorando su -prematura viudez. - -Por una desgarradura de las nubes, apareció el disco dorado de la luna -que bañó de claridad el campo verde, en el preciso momento en que Syra -llegaba hasta los cadáveres de Borja y de Jarque... - -Las gentes que moraban en las casuchas de barro y de paja de aquellos -barrios apartados, en aquella noche sangrienta no oyeron nada más -pavoroso que el alarido de horror de Syra, rasgando el silencio en que -había quedado la ciudad. - -Las mujeres se taparon la cara y los hombres se estremecieron, como si -la muerte misma les hubiera llamado por sus nombres, a la puerta de sus -casas. - -En la barraca de Fosco, de donde éste había huído en las chalanas -de los revolucionarios, que volvían derrotados, las dos mujeres que -quedaron solas temblaron toda la noche, oyendo, cerca de allí, el -lamento de Syra sobre el cuerpo rígido y yerto de su novio. - -Y cuando el alba fría se derramó sobre el pueblo disipando las -angustias de la noche, los que andaban en busca de la hija de Montarón, -dieron con ella, sentada, como si aún esperase algo, junto al cadáver -del teniente Borja. - -Los primeros rayos del sol iluminaban el cuadro. - -Syra al ver llegar aquella gente se incorporó, alta y hermosa, vestida -de blanco, el negro cabello suelto a la espalda, como una onda de dolor. - ---¡Allí está el que buscan!--les dijo señalando a Jarque, tendido de -costado, y como dormido entre los pliegues de su capa--¡éste es mío y -yo soy de él! ¡Ni lo toquen ni me toquen! - -Los que la buscaban, impresionados por el aire de tragedia que había en -todos sus gestos, se quedaron inmóviles, y ella al ver su estupor, se -echó a reír con una risa desgarradora. - ---¿Me creen loca? No, estoy cuerda y quiero vivir, por su memoria, para -vengarle y vengarme... no sólo del asesino, sino de los que pagaron al -asesino... - - - - -XI - -La derrota - - -Fué un salto magnífico. De la balaustrada de la galería que daba a la -calle, en la casa de Montarón, Insúa se arrojó sobre el tejado vecino. - -Sintió que una teja cedía bajo sus pies, pero era ágil como un jaguar y -salvó el obstáculo. El techo, a dos aguas, caía de una parte sobre la -calle, de la otra, sobre un patio interior, y cubierto de musgo como -estaba, e impregnado de rocío, hacía peligroso el andar. - -Los que corrieron detrás del revolucionario, detuviéronse sorprendidos. -Uno de ellos tenía una carabina y le apuntó. La distancia era corta y -la noche clara, por lo cual el tiro no podía errarse; pero Insúa había -previsto que le harían fuego, y salvando la cumbrera del techo, se puso -a correr hacia la esquina, guareciéndose en el alero inclinado que daba -hacia el patio. - -Ante aquella maniobra que imposibilitaba el tirarle, el hombre de la -carabina trepó a la balaustrada y desde ella saltó sobre el tejado, -para cazar el fugitivo como a un gato, persiguiéndolo por las azoteas. -Pero fuese que le estorbara el arma o que no tuviese la agilidad de -Insúa, resbaló sobre las tejas mojadas por el relente de la noche, y -soltando una maldición se estrelló en la calle. - -El revolucionario alcanzó a verlo y seguro de que se limitarían ya a -aguardarlo en la vereda del costado de la plaza, para atraparle cuando -quisiera bajarse por allí, buscó manera de escurrirse hasta el patio de -la casa en cuyo techo andaba. - -Era un boliche, cuya pieza principal daba a la esquina, con dos puertas -en ángulo recto, que se abrían una sobre la calle de la plaza, otra -sobre la calle del Cabildo, separadas por un parante de algarrobo -labrado. - -La gente del boliche, un matrimonio de catalanes sin hijos, tímidos -como liebres, pero acostumbrados ya a las revoluciones, que tenían por -teatro inevitable aquel barrio de la ciudad, al oír los primeros tiros, -habían atrancado sus puertas decididos a morir antes que abrir a nadie. - -Insúa pudo bajarse al patio solitario, donde un cuzquillo olvidado por -sus dueños, le ladró con furia al principio, y corrió luego a lamerle -las manos. - -A cada descarga, el jefe revolucionario sentía el vuelco de su corazón. -Ya las cosas se tornaban en favor del gobierno, fracasado el recurso de -la sorpresa con que contaban. Pero aun así, confiaba Insúa llegar a -tiempo a la plaza para arrojar sus hombres como una avalancha sobre el -Cabildo y entrar en él apoderándose del gobierno de la ciudad. - -Reconoció de una ojeada el patio donde había caído. - -Era cuadrado y pequeño, lleno de plantas, que en la sombra afectaban -formas fantásticas. Entre unas enredaderas descubrió una puertecilla -que sin duda abría paso a la huerta; la franqueó y atravesó corriendo -un tupido plantío de tártago, donde cacareaban las gallinas alarmadas. -Trepó sobre la tapia del fondo, que era muy ancha, y comprendió que -caminando sobre ella podría llegar hasta la huerta de la escuela, donde -recogería sus armas y se lanzaría a la plaza a ayudar a su gente. - -Agazapándose para no ser visto, corrió sobre el filo de la pared que se -desmoronaba al pasar él, y en pocos minutos llegó hasta la escuela. - -En un rincón del patio halló a don Serafín enloquecido de terror, -mientras su hija, en el zaguán, no se alejaba de la puerta, lista para -prestar auxilio a quien se lo pidiera, pensando en que podía ser él. - ---¡Hijo mío!--le gritó el anciano al verle llegar, abrazándose a -él--¿qué es lo que ocurre? - -Con algunas amables palabras le infundió confianza de que allí no podía -temer nada, y cambiando su incómodo traje de etiqueta por otro más -holgado, se envolvió en un poncho de vicuña, tomó sus armas y corrió -hacia la calle. - -En el zaguán se cruzó con la hija del maestro, que nada le dijo por no -demorarle, mas lo siguió con los ojos angustiados hasta que llegó a la -plaza. - -Allí le envolvió un tropel de gente en que reconoció a una parte de sus -hombres que empezaban a desorientarse ante la sangrienta resistencia de -los soldados del gobierno, que se batían sin peligro casi, parapetados -en el Cabildo, y bien provistos de armas de fuego con que mantenían a -raya a los asaltantes. - ---¡Muchachos!--gritóles Insúa, dándose a conocer.--¡Al Cabildo! ¡Viva -la revolución! - -Y su grito como un toque de clarín, vibrante en el intervalo de dos -descargas, reanimó el entusiasmo ya decaído de los revolucionarios, que -se agruparon a su alrededor haciendo frente de nuevo. - -Los gubernistas comprendieron por qué reaccionaron sus atacantes, y un -capitán que mandaba la tropa organizó un piquete y lo mandó a rodear -para tomar a los revolucionarios por la espalda. - -A la aparición de Insúa, sus hombres enardecidos de nuevo, se -tendieron a lo largo del costado sur de la plaza, parapetados detrás -de los árboles y arreció el fuego que hacían, mordiendo con rabia los -cartuchos de sus largos fusiles de chispa, con el áspero amargor de la -pólvora en la boca. - -Los hombres de a caballo, diezmados en un asalto infructuoso, se -agruparon alrededor de Insúa, detrás del quiosco, que les resguardaba -un tanto de las balas del Cabildo. - -Insúa tranquilamente les daba instrucciones, porque iban a atacar de -nuevo, lanza en ristre. Temblaban ya las astas en las manos nerviosas -y retiñían las espuelas de los jinetes, entusiasmados por aquella -voz serena, que apagado el trueno de una descarga, seguía explicando -la maniobra, cuando un tiro aislado que parecía venir de la casa de -Iriondo, le cortó la palabra. - -Estaba Insúa de pie teniendo su caballo de la rienda, porque el montar -él iba a ser señal del ataque. - -Se llevó la mano al hombro y dijo: - ---Estoy herido. - -No cayó, empero, mas sintió que se le nublaba la vista. - ---¡José, José Golondrina!--había gritado Alarcón al sentir el tiro de -aquella parte, con la sospecha de que él hubiera sido, pues acababa de -verlo correr hacia ese lado. - -El indio llegaba en este momento con la carabina en la mano. Alarcón se -echó sobre él. - ---¿Quién tiró? ¿Vos, miserable? - ---¡Allá, allá!--contestó el indio tranquilamente, señalando la esquina -norte de la plaza que daba sobre la calle del Comercio.--Viene un -piquete. - -Como una respuesta a tal advertencia, la tropa que venía a coparlos por -la espalda les abrió un fuego mortífero que desmontó a varios jinetes, -sembrando el espanto entre todos. Insúa tuvo apenas tiempo de subir -a caballo sostenido por uno de sus hombres. No podía saber si eran -muchos o pocos los que así atacaban, la revolución estaba perdida. - -Ya no debían atinar sino a salvarse de caer prisioneros para aguardar -tiempos mejores en que la suerte les acompañara. - -Gritó:--¡Alto el fuego! ¡Sálvense, muchachos!, ¡será para otra vez!--y -espoleó su caballo, que dió un salto al arrancar, agitándole violenta y -dolorosamente el brazo roto. - -Todos se desbandaron. Los de a pie corrieron hacia el río para -embarcarse en las chalanas y pasar a las islas antes que clarease el -día. Los de a caballo tomaron hacia el norte, buscando el camino de -Santa Rosa y de Helvecia, donde estaban sus hogares. - -Más de treinta quedaron tendidos sobre el pasto verde y suave de la -plaza, que el sol de esa mañana haría brillar manchado de sangre. - -La persecución de los fugitivos no pudo organizarse inmediatamente -porque los caballos de la policía no estaban listos. - -Insúa corrió entre un grupo de los suyos unas cuantas cuadras, pero fué -quedándose rezagado sin que lo observaran. - -Dolíale horriblemente la herida, lo que lo obligaba a ir constantemente -sosteniéndose el brazo, para que no se le moviera con el traqueteo de -la marcha. - -A los pocos minutos pensó que debía volver a la escuela, donde la hija -del maestro lo vendaría para que así pudiera huir. - -Volvió, en efecto, siguiendo las calles apartadas y solitarias. - -Rosarito había visto pasar el tropel de los fugitivos y comprendió que -la revolución estaba vencida. - -¿Quiénes eran los muertos? - -Helada de espanto, temerosa de saber la verdad, permanecía en el -hueco de la puerta sin moverse, acechando todos los ruidos que podían -darle un indicio de lo que ocurría, rezando por los que agonizaban y -temblando de que sus rezos pudieran acompañar el alma del hombre que -amaba, cuando sintió el sordo paso del caballo de Insúa, que llegó -hasta la puerta. - -Don Serafín clamaba por su hija desde el rincón en donde se refugió a -los primeros tiros. Pero Rosarito oyó la otra voz que la llamaba desde -la calle, y acudió a ella. - ---Todo se ha concluído--le dijo Insúa sencillamente--estoy herido, -¿querés vendarme? - ---¡Ay!--exclamó ella juntando las manos--¡madre mía del Rosario!--y -corrió adentro a buscar un gran pañuelo de seda que podría utilizar y -un frasco de árnica. - ---¡Rosarito! ¡Hija mía!--gemía el viejo. - ---Papá, ¡Francisco viene herido!--Perdió el miedo don Serafín con -aquella noticia y corrió a la puerta. Y allí los dos, a riesgo de -ser sorprendidos por la gente del gobierno, vendaron al jefe de los -revolucionarios que no aceptó quedarse en la escuela, refugio harto -sospechoso y huyó de nuevo, en su excelente caballo, dominando el -dolor de la herida y sintiendo a lo lejos temblar la tierra bajo los -cascos de la caballería del gobierno, que ya se había lanzado en su -persecución. - -Todavía era de noche, mas el alba no debía estar lejana. - -Insúa se encaminó hacia el Noroeste de la ciudad, dispuesto a desviarse -de la carretera que generalmente seguían para ir a Santa Rosa, y que a -esa hora debía estar ya ocupada por la policía. - -Quedaba aislado de sus compañeros, pero eso no le importaba; marcharía -solo, hasta que no pudiera más, y si acaso lo vencía el dolor o la -fiebre, antes de llegar a Santa Rosa, se refugiaría en la estancia -de Cullen cerca de los "Cachos" o se escondería en los impenetrables -sauzales del arroyo de Leyes, donde seguramente encontraría quien lo -ayudara, entre el paisanaje matrero que allí merodeaba. - -Llevaba el brazo firmemente vendado y sujeto por un cabestrillo al -cuerpo, lo que le permitía galopar, sin grandes sufrimientos y así -marchó largo rato, mecido por el andar acompasado de su buen caballo. - -Los terrones menudos y flojos del camino se quebraban bajo sus cascos -con un leve crujido, y reinaba un gran silencio, pues hasta los grillos -nocturnos habían callado, ante el alba que llegaba. - -Empezó a sufrir de sed, pero como había ya pasado el último rancho -de la ciudad, siguió galopando con la esperanza de encontrar alguna -vivienda a donde acudir. - -Clareaba ya el día, cuando entre el monte de algarrobos y ñandubays, a -la vera del camino, vió brillar el fogón de un rancho solitario. - -A aquella distancia de la ciudad, era arriesgado mostrarse a nadie, -pues denunciaba así el rumbo en que marchaba, pero la sed avivada -por un viento tibio del norte, que empezaba a soplar, causábale una -insoportable angustia, y se resolvió a pedir de beber, sin bajarse del -caballo. - -Al acercarse ladráronle los perros, y se asomó el dueño del rancho -que tomaba mate en rueda familiar, a la luz de un candil de sebo. Sin -mayores explicaciones, aquel paisano taciturno y cortés, fué por el -agua que Insúa le pidió, y sobre el caballo mismo inquietado por los -perros, bebió el revolucionario con ansia un agua salobre, pero fresca. - -Y siguió galopando a la luz del día que despertaba ya los maravillosos -rumores de la selva. - -Prestaba oído a todo ruido sospechoso, deteniéndose a veces, pero no -sentía más que el canto de los pájaros, más numerosos que nunca en el -otoño que reinaba, y de cuando en cuando el zumbido metálico de las -alas de una perdiz, que se levantaba a su paso. - -El viento norte se había acentuado, y comenzaba a apretar el calor. - -Insúa para librarse de los rayos del sol, comprendiendo que ya se había -alejado con exceso del camino de Santa Rosa, y que a esa hora las -patrullas del gobierno debían haberse replegado a la ciudad, se internó -en el monte. - -Era tupida la arboleda y los churquis espinosos que nacían al pie de -los ásperos ñandubays, le cerraban el paso a cada instante, obligándolo -a buscar los senderitos tortuosos abiertos por la hacienda, hacia los -comederos o las aguadas. - -Algunos toros salvajes mugían sintiéndole pasar; escarbaban la tierra -con rabia y echaban a andar desdeñosos, buscando no al hombre, sino al -rival, que de lejos contestaba a su grito de guerra. - -Las vacas inquietas y curiosas huían, deteniéndose a trechos y -volviendo la cabeza para mirar al fugitivo, a cuyos ojos el paisaje -aparecía cubierto por ese velo de ensueño con que la fiebre parece -envolver las cosas. - -Tenía sed, una sed terrible, que le hacía marchar con la cabeza baja, -la mirada avizora, buscando en el monte los charcos de agua fétida en -que se abrevaban las vacas. - -Pensaba en sus amigos de Santa Fe, presos sin duda, a esas horas y en -cierta manera deshonrados por la derrota. Sentía impulsos de correr, -lleno de saña contra el hombre invencible, que con un solo gesto había -hecho abortar aquella noche el complot urdido en su contra. - -La fiebre que le martillaba el cráneo, nacía más que de su herida, -del dolor y de la vergüenza de haber sido afrentado por él con tanta -gentileza. Sus amigos, al menos, no habían sufrido el latigazo de -aquella voz amable que le decía: - ---¿No vé cómo está manchada la pechera de su camisa? - -¡Ah! La sangre de los muertos por su mano se había vengado cruelmente -en su orgullo de jefe, derrotado por la sonrisa de un hombre: - ---"¿Va a entrar así al salón del baile?" - -Apretó los ijares de su caballo y se lanzó a la carrera por entre el -monte, como cuando en su estancia perseguía la hacienda para traerla -al rodeo. Las altas ramas extendidas como zarpas bajábanse a veces y -le obligaban a echarse sobre el cuello de su caballo, para no romperse -el cráneo contra ellas. Los matorrales, cuya ramazón flexible crujía -violentamente, cerrábanse tras él, tironeándole con sus mil uñas el -poncho que flotaba desgarrado a sus espaldas. - -El caballo tenía la boca ensangrentada y palpitantes los flancos y -empapados en sudor. - -Insúa corría, castigada su alma con los siniestros recuerdos de esa -noche, en que su mano había derramado sangre inocente, y en su carrera -desatinada sus ojos encendidos por la fiebre, hallaban perfiles -fantásticos y medrosos en todos los detalles del cuadro que le rodeaba. - -Sentía una sed tan terrible que una vez pasó la mano por el ijar -mojado en sudor de su caballo, y fué a beber. Pero era de un sabor -insoportable aquel líquido acre y tibio. ¿Dónde estaban los charcos en -que bebía la hacienda? - -Miró el sol, por entre las copas despeinadas de los algarrobos y torció -bruscamente hacia el Este. Quería llegar a la laguna de Setúbal, para -arrojarse con caballo y todo en su onda fresca y beber a sus anchas, -aunque allí lo hubieran de prender. - -Los revolucionarios, sin duda, habían tomado por el camino de San José -del Rincón. Para reunírseles, él debía seguir la costa, vadear el -Saladillo y la pequeña laguna de San Pedro, en la punta norte de la -de Setúbal, y alcanzar así el arroyo de Leyes, donde no era imposible -que se cruzara con alguna de sus chalanas, si Alarcón o cualquiera de -sus hombres se habían atrevido a huir por el río, camino que tenía sus -ventajas y sus riesgos. - -Galopó como una hora, torturado por la sed, que traía sobre él -infinitas alucinaciones, haciéndole creer en cada revuelta del bosque -en un charco fresco de agua; hasta que raleándose la arboleda, divisó a -lo lejos la cinta azul y plácida de la hermosa laguna. - -El caballo, sediento como el amo, relinchó olfateándola, y sus cascos -herrados llamearon al sol, sobre la llanura, que se desenvolvía como un -manto verde, a lo largo de la costa, cortada por el blanco perfil del -camino. - -Al cruzarlo, no vió Insúa, alucinado como iba por el agua azulada y -brillante, una nube de polvo que ascendía de la carretera, hacia la -parte del Sur, donde estaba la ciudad. - -Llegó hasta la barranca, no muy alta, y con grietas por donde bajaban -las haciendas, y entró en la laguna hasta que el agua llegó al pecho -del caballo. - -Se quitó el sombrero, lo llenó de agua y se puso a beber con una -inmensa fruición, sintiendo la frescura del líquido puro que le -aligeraba la sangre en las venas. - -El caballo bebía también interminablemente, haciendo sonar las coscojas -del freno y resoplando, a cada espumilla que la corriente le traía -hasta el hocico, cuando de pronto apareció sobre la barranca, cien -metros más atrás, un grupo de jinetes de rojas bombachas, con sables -que brillaban al sol, y carabinas que alzaban sobre sus cabezas, dando -alaridos de júbilo. - -Insúa miró y comprendió. Estaba perdido; eran los policianos del -gobierno, de cuyas manos no podía escapar, porque antes que él volviera -a trepar la barranca, ellos le cerrarían el paso. Pensó en hacerse -matar, pero la idea de que muerto él, el gobierno quedaría triunfante -y tranquilo para siempre, le encendió un áspero deseo de vivir para -vengar su derrota. - -Por un lado la laguna, que se extendía ante él como una inmensa tela -azul, ancha de leguas. Por el otro la barranca, las bombachas rojas, la -prisión o la muerte. - -Eligió la laguna, castigó a su caballo y se arrojó con la insensata -esperanza de llegar a la otra costa, cuyos verdes sauzales se divisaban -en lontananza. - -El caballo manoteó algunos pasos, perdiendo pie, y luego sin vacilar, -como si hubiera comprendido que era la salvación de los dos, se dejó -hundir hasta el pescuezo, y empezó a nadar, soplando, con las narices -a flor de agua, y los ojos fijos en la orilla lejana. Insúa tiró la -carabina, que hasta entonces llevara a bandolera, y el poncho que se -arrastraba sobre el agua, haciendo peso y con la mano derecha se agarró -a la crín flotante de su caballo. - -Era un tostado, morrudo, de cabeza descarnada y mirada inteligente. -Criado en la estancia de Insúa, había husmeado la querencia del otro -lado de la vasta laguna, y nadaba con fe en sus remos poderosos. - -Los policianos habían conocido a Insúa, por el poncho y el caballo, -y para no perder la extraordinaria fortuna que la casualidad les -deparaba, apartáronse de la barranca, se extendieron en una línea -prolongada, y cayeron bruscamente, al galope de sus caballos -enardecidos por sus gritos, sobre el sitio por donde había bajado Insúa -hasta el agua. Pero esos minutos perdidos en la maniobra, con que -quisieron impedir su fuga, permitieron al revolucionario alejarse un -buen trecho de la orilla. - -Los policianos que nunca imaginaron que se arrojaría a la laguna, al -ver apenas a flor de agua la cabeza del caballo y los hombros de él, -que se achicaba cuanto podía, le insultaron con rabia. - -Uno de ellos se echó a nado, pero su caballo no aquerenciado en la -otra costa, dió unos cuantos respingos, y se volvió. En vano su dueño -le golpeó el testuz con el cabo de su rebenque; aquella intentona sólo -sirvió para dar tiempo a que el fugitivo ganara unos cien metros más, y -sólo se divisaba ya como un punto negro sobre el agua que se quebraba -en trémulos reflejos a los rayos del sol. - -Entonces el jefe de la patrulla echó pie a tierra y le apuntó con su -carabina y tranquilamente, como si se tratara de tirar sobre un pájaro -o sobre un yacaré, levantó el gatillo. Inclinaba la cabeza sobre el -hombro derecho, para ver mejor, y se había echado atrás el kepí, cuya -visera verde tocaba con el caño reluciente del arma. Era hombre de gran -destreza en su manejo, pero el blanco movible que se alejaba siempre, -y la excitación de su pulso agitado por la violenta carrera de toda la -mañana, le hicieron errar el tiro. La bala se perdió a veinte pasos del -lugar donde se veía a Insúa, avanzando siempre hacia el centro de la -laguna. - -Volvió a tirar y fué lo mismo. - ---¡Pie a tierra!--gritó a sus hombres--¡y fuego sobre él! - -Los veinte soldados que formaban la patrulla, arrodillados al borde de -la barranca, empezaron a ametrallar al fugitivo. Las balas cada vez -picaban más cerca de él, porque la puntería se afinaba. De pronto se le -vió desaparecer, y sólo su caballo siguió nadando. - -Los hombres se incorporaron dando un grito. - ---¡Una bala en la cabeza! lo hemos muerto, y con las pupilas dilatadas, -siguieron el rastro que en el agua iba trazando el valiente corcel -del caudillo, que nadaba con la misma serenidad que si la otra orilla -hubiera estado a veinte metros. - -Insúa había desaparecido, y los hombres iban a montar ya, seguros de -haberle herido de muerte, cuando surgió de nuevo su cabeza, junto al -cuello del caballo. - ---¡Maldición!--rugió el jefe de la patrulla--¡se escondió para que no -le tiráramos! - -En ese minuto de expectativa, el revolucionario se había puesto fuera -del alcance de las carabinas. - -Siguiéronle mirando hasta que el punto negro se perdió en la lontananza -del agua, que agitaba el viento. Entonces todos montaron, y volvieron -riendas hacia la ciudad. - ---¡Se ahogará antes de llegar al medio de la laguna!--dijo uno de ellos -y todos creyeron así. - -Durante una hora, quizás, resistió el joven caudillo la sensación -violenta que le producía ir a merced de su caballo, con la mano -acalambrada en su larga crín. No podía valerse más que de la derecha, -porque la otra herida, era un miembro absolutamente inútil. - -La frescura del agua le había adormecido el dolor, pero se entumecía -poco a poco, y sentía que el sueño se apoderaba de todo el cuerpo, como -un veneno mortal. - -Si se dormía, estaba perdido. Se soltaría de su caballo y se iría al -fondo. Pensó que quizás ese término a sus padecimientos valía más que -la lucha por vivir; pero la prodigiosa energía que le hacía ser lo que -era le siguió sosteniendo. Llegó, sin embargo un momento, en que aun -luchando contra la terrible modorra que le invadía con el frío del -agua y la fiebre de la herida, dejó que sus ojos se cerraran, y toda -su fuerza fué impotente para abrirlos, porque se durmió, sintiendo al -principio que su mano seguía agarrada a la crín, y luego, que poco -a poco, suavemente, se dejaba invadir ella también por la deliciosa -sensación de abandonarse y descansar. - - * * * * * - -Cuando abrió los ojos creyó que soñaba. - -Una habitación cuadrada, de piso de ladrillo, de techo bajo, con -tirantes de palma enjalbegados, cubiertos de esas ásperas totoras de -los bañados, impenetrables a la lluvia. - -Una ventana ancha de vidrios pequeños, por donde mirábanse las copas de -unos altos eucaliptus, que el viento balanceaba. - -Y a un lado de la ventana, un algarrobo seco, del cual no se veía más -que una rama, estirada, como un brazo descarnado, cenicienta y pelada, -y sobre ella, inmóviles, como un símbolo de eternidad, dos enormes -pájaros negros cuyas plumas sin brillo les daban un fúnebre color de -crespón. - -Insúa, que observaba con los ojos muy abiertos, desde una cama blanda y -limpia, aquel cuadro que sin duda le pintaba la fiebre, sintió que la -sangre se le helaba en las venas. - -Siempre la vista de los cuervos, desde la noche que pasó en el -cementerio, obsesionado por los ojos de diamantes de aquel que veló -a su lado, devorando la mano de una muerta, le causaba una siniestra -impresión. - -Alguien lo habló. Se volvió para ver quién era y se halló con un -paisano de barba encanecida, que estaba allí a su cabecera, con el -sombrero puesto, en mangas de camisa, castigando las botas con la lonja -de un talero. - ---¿Qué significa esto? ¿Dónde estoy? - -Y el paisano le contestó con una hospitalaria sonrisa que dejó al -descubierto sus dientes amarillentos y fuertes: - ---En la estancia de doña Carmen de Borja... - ---¿Carmen de Borja?--repitió él. - ---Sí, y de la niña Gabriela... - ---¿Gabriela? - ---Gabriela Borja de Jarque... - ---¡Ah!--exclamó Insúa y volvió la cara a la pared, penetrado hasta la -médula de los huesos por el recuerdo de la noche de la revolución. - ---Por mal nombre--asentó el paisano--le llaman la Casa de los -Cuervos. - - - - -SEGUNDA PARTE - - - - -I - -¡Por el alma de los muertos! - - -La sombra de la barranca, donde estaba situada la Casa de los Cuervos, -prolongábase hasta el medio del riacho porque el sol se iba entrando. -Los altos eucaliptus, que llegaban hasta el borde mismo, pintaban sus -copas en el agua serena, que corría sin murmullo, royendo suavemente -la greda de la costa, o haciendo estremecer con su caricia las hierbas -acuáticas, en la otra banda donde el campo era bajo. - -El sol que trasponía ya el bosque, reflejaba un disco trémulo en la -faja del río, que pronto iba a llenarse de sombra, y Gabriela, sola en -su bote, que la había llevado corriente arriba, gracias a la vela, en -una de sus excursiones de ensueño, descendía aprovechando la corriente -y siguiendo por un capricho la línea indecisa que pintaban en el agua -las copas de los árboles, dormidos ante la vecindad de la noche. - -De vez en cuando, con un golpe de timón rectificaba la marcha del bote, -una de cuyas bordas se bañaba en el sol dorado de aquella tarde de -otoño. - -La embarcación era pequeña, fina de formas, pintada de blanco, y -llevaba su nombre a proa, en letras negras: "La Espuma". - -De lejos, realmente, atracada a la barranca en los días de marejada, -cuando el agua profunda del riacho se llenaba de espuma, el bote -parecía un copo más danzando en la resaca arrojada por el viento contra -la costa escarpada de la Casa de los Cuervos. - -"La Espuma" era la compañera de los sueños de Gabriela. - -Cuando se casó, dos años antes, con aquel español que compró el campo -de su padre, éste, que había de morir poco después, le preguntó qué -regalo de boda quería que le hiciera; y Gabriela, sabiendo que estaba -pobre, como que era una de las secretas razones que tuvo para casarse, -sin gran amor, para que su padre pudiera conservar el campo, no le -pidió joyas ni vestidos, le pidió un bote para pasear por el dédalo -de arroyos, bordeados de sauces, que hacían el encanto de aquellos -paisajes. - -Pasaban largas temporadas en la estancia y era el bote su gran -distracción. Lo conducía admirablemente. Tenía un par de remos finos -y ligeros, y una velita blanca, que se tendía en una curva quebrada -como el ala de una gaviota, y hacía volar el esquife con un apacible -chapoteo del agua, rota por la quilla. - -Cuando murió su padre, Gabriela hacía ya seis meses que estaba casada -con Jarque, a quien el gobierno acababa de nombrar jefe de policía. - -Sus ilusiones ajadas por las severas realidades de la vida, no le -pedían nada ya. Sólo deseaba acompañar a su madre, doña Carmen Liendo -de Borja, que se había establecido definitivamente en la Casa de los -Cuervos, para cuidar de los intereses que dejara su marido al morir, -bastante embrollados. - -Jarque le permitió irse con ella, y se quedó solo. En su vida práctica, -sin grandes pasiones, absorbido por las preocupaciones políticas, el -amor no ocupaba ningún lugar. Se había casado fríamente, llegado a la -mitad de la existencia, para no hacer solo la otra mitad, y de pronto -se encontraba con que el matrimonio era una impedimenta para seguir -las sutiles pesquisas antirevolucionarias en que estaba empeñado, las -cuales con frecuencia le tenían noches enteras fuera de su casa. - -De tarde en tarde, cuando sus tareas se lo permitían, hacía su viaje -a la Casa de los Cuervos, yendo casi siempre en la lancha a vapor del -gobierno. Visitaba a la familia, acompañado de Carmelo, su cuñado, a -quien había hecho secretario de policía; examinaba la marcha de las -cosas en la estancia, el estado del campo que era suyo, de las vacas, -que algún día serían de su mujer, y se volvía a la ciudad, satisfecho -de tener tan equilibradas todas sus pasiones. - -Gabriela tornaba a sus paseos en bote. Él le había regalado una hermosa -escopeta Lefaucheux, y de sus excursiones solía volver con el fondo de -la embarcación lleno de patos, cazados en los esteros, o de gallinetas -sorprendidas cuando se acercaban a la costa, que el bote rozaba al -pasar sin ruido, como un copo de espuma. - -Había en la estancia un muchachón de quince años, hijo adoptivo del -capataz, diestro en los trabajos del campo, sobre todo en las cosas del -río, pesca y manejo de embarcaciones. Él guiaba la canoa que tenían -para las necesidades de la casa. Iba al sauzal a traer leña, y a veces -hasta Santa Fe a buscar provisiones. - -Gabriela solía invitarlo a acompañarla, y él, alto, flaco y flexible -como una varilla, corría al bote, con una gran alegría, porque aquellos -paseos, siguiendo el canal profundo del arroyo de Leyes, o internándose -en los esteros, que desaguaban allí, eran su sueño dorado. La niña -tiraba bien, al vuelo o en tierra, y cuando la pieza caía, él como un -perro, iba en su busca, aun cuando tuviera que meterse en el agua hasta -la cintura. - -Cuando el tiempo era bueno, y soplaba viento favorable, se tendía la -vela, que hacía crujir el palo, y se daba entera libertad al bote, para -correr a sus anchas sobre el agua del riacho, turbia, con largas vetas -amarillas, hasta la laguna, que era para Gabriela como un mar. - -La joven se sentaba al timón, dejando que Jesús dormitara a proa o -espiara la caza. - -Parecía absorta en la maniobra, en el timón con que de trecho en -trecho, de un golpe, enderezaba el esquife; o en la escota de la -vela, tensa a veces, como una cuerda de guitarra, y otras floja e -indecisa, castigando como un látigo los maderos. Gabriela atendía todo, -pero su pensamiento vagaba en lejanas regiones, más allá del río, más -allá de la laguna, más allá del mar desconocido, a donde marchaban -inevitablemente, todas las gotas de todos los ríos, lo mismo de las -olas que se rompían contra la barranca, que las que ella acariciaba con -su mano pequeña, abandonada por encima de la borda. - -¡Todo iba al mar! y su pensamiento se confundía como una gaviota -perdida en el océano, persiguiendo la visión de aquellas cosas -sin sentido, que la dejaban triste, como si su vida actual no -correspondiera con sus ideales de antes. - -Gabriela tenía veinte años. El aire y el sol del campo, habían dado un -ligero color trigueño a su tez purísima, que irradiaba su juventud, -como el cristal de un vaso de luz. Y esa luminosidad de su cutis, -atenuaba el contraste que habrían producido en su tipo de morena, sus -ojos garzos, como la flor del lino, y sus cabellos castaños, casi -rubios, que al sol parecían vivientes culebras de oro. Esbelta y ágil, -viéndola remar, con sus brazos firmes, diseñando en el ademán la -curva llena del pecho, nadie la hubiera creído propicia para aquellas -fantasías que la llenaban de ensueños. - -Vestía de luto, por su padre, y en la barquilla blanca, que marchaba -la vela sonora al viento, sentada a la popa, con la mirada abstraída, -desinteresada de las cosas próximas, parecía la heroína de una -romántica leyenda. - -Su madre preguntábase a veces si aquel matrimonio repentino no había -tronchado sus ilusiones de niña, y si no estaba allí la raíz de la -indisimulable melancolía que envolvía como un velo aquella radiante -juventud. Mas era el yerno tan afable y caballeresco, y estaba la madre -tan lejos ya de la edad en que la fantasía es el motor del alma, que -desechaba el importuno pensamiento, y se quedaba tranquila dejando a su -hija entregada a sus excursiones, mientras ella cuidaba de la casa. - -Era una dama de aspecto severo, en su riguroso luto de viuda, que -enaltaba más su figura frágil, en apariencia, y austera como la de una -abadesa. - -Blanca, pálida, de ojos negros, perspicaces, que descifraban -perfectamente las intenciones de los que la trataban por negocios; -incansable para la menuda labor de ama de casa; madrugadora, siempre -alerta, desde la muerte de su marido, había concentrado todas las -potencias de su alma, en hacer progresar la fortuna que algún día sería -de sus hijos. - -Tenía por el varón, que era el mayor, una pasión que desbordaba en -todas sus palabras. - -Tres o cuatro días antes de esa tarde, había estado en la Casa de los -Cuervos. Fué con Jarque, al cual la dama notó preocupado por causas que -no decía. El joven, en cambio, entusiasmado por su nuevo galón que -lucía en la bocamanga de su vistosa chaqueta azul, y en su kepí, la -hacía parte de sus proyectos de grandeza y de sus ensueños de amor. - -¡Oh, sus sueños de amor! Doña Carmen tenía en el alma impresa la imagen -de Syra, a quien viera poco tiempo antes, cuando fué a la ciudad a -pedir su mano. - -Aquel compromiso que debía celebrarse con una gran fiesta, en casa de -Montarón, alegrábala por él, pero, sin que hubiera podido explicar la -íntima razón de sus recelos, tenía el corazón extrañamente oprimido -y todo, en su casa, en el campo, en el río, en el cielo, le traía la -evocación de los ojos de Syra, apasionados y tristes. - -Esa tarde--la tarde del baile--Gabriela llegó en su bote hasta la -barranca, poco antes de entrarse el sol. - -Venía sola por lo que ella misma tuvo que hacer la maniobra de amarrar -su embarcación al poste clavado en la costa con ese objeto. La barranca -no era alta, un metro y medio de tierra amarilla, contra la cual el -río golpeaba sus olas en los días de viento. El terreno subía aún -más al alejarse de la orilla, de tal modo que las casas edificadas a -cien pasos de distancia, estaban a una altura a donde no llegaban las -crecientes. - -El primitivo dueño de la Casa de los Cuervos, para sanear el ambiente, -había formado al rededor de ella, un bosque de eucaliptus, prolijamente -plantados en hileras. - -Los árboles eran enormes ya, y sus copas se besaban con un melancólico -rumor de hojas, en las noches serenas en que sólo soplaba la tenue -brisa de la laguna. - -Arrancaba desde el frente principal de las casas, una avenida de -eucaliptus, los más gruesos, porque fueron los plantados primeros, que -corrían paralelos al riacho. Aquella avenida, envuelta en los reflejos -dorados del sol que se entraba, parecía una vieja pintura. - -Al llegar a ella, Gabriela se detuvo amedrentada, arrimándose a uno de -los troncos, mondados por el otoño, que les arrancaba la corteza en -largos girones. En el fondo vió la alta figura enlutada de su madre, -que se alejaba, a pasos medidos, achicándose su silueta. Luego la vió -volver caminando suavemente, como si sus pies no tocaran la tierra, -alfombrada de las hojas secas, desprendidas por las copas sombrías que -se cruzaban en lo alto. - -Veía, como si lo viera por primera vez, las dos prolongadas hileras, -que se estrechaban a lo lejos, de los eucaliptus dormidos sobre el -fondo claro del cielo. La luz del crepúsculo suavizaba sus perfiles, -y ponía en sus troncos una pincelada de oro, que les comunicaba la -penetrante tristeza de los bosques muertos. - -Había en el ambiente una gran calma. Sólo se oía el grito de las vacas -lecheras que salían del corral, con sus terneros, que a la noche serían -recogidos en los chiqueros. - -Gabriela bebía con los ojos la hermosura del paisaje otoñal. Su madre -llegóse a ella, haciendo crujir levemente la alfombra de hojas secas. -Llevaba las manos blancas, de gran señora, metidas en las mangas de su -traje negro. - ---Vamos a rezar--le dijo. - -A la oración, en la Casa de los Cuervos, se rezaba el rosario, reunidos -amos y peones. - -Cada día la dama, que coreaba el rezo, decía al empezar por quién debía -de rogarse. - ---Por las almas del purgatorio. - ---Por los caminantes y navegantes. - ---Por los príncipes cristianos. - ---Por los parientes difuntos. - -Y esa vez, cuando todos estuvieron de rodillas, en la pieza que servía -de oratorio, cuyo testero ocupaban una infinidad de cuadros de santos, -presididos por un crucifijo de bronce y una gran estampa de la Virgen -del Carmen, así que se hubieron persignado, se oyó en el devoto -silencio, la voz de la dama que decía: - ---Recemos por el alma de los que hoy han de morir. - -Gabriela arrodillada al lado de su madre, sobre una alfombrita que -acolchaba los rojos ladrillos del piso, sintió un escalofrío al oír -aquello. Vió de nuevo el cuadro de los eucaliptus, tal como le había -impresionado. - -Ya la noche envolvía el campo, y en el silencio de los animales y -las cosas que se dormían, empezaba a oírse el susurro de las hojas, -estremecidas por la brisa que despertaba. - -La majada estaba ya en el corral. En el patio graznó uno de los -cuervos, señal de que volaban a pararse sobre el árbol seco en que -pasaban la noche. - -Don Goyo, el capataz, llegó en ese momento a rezar con todos el rosario. - -Era un hombre entrado en años, a juzgar por las barbas encanecidas. -Rezaba de pie, afirmado contra la pared, cerca de la puerta, por donde -a cada ruido echaba una ojeada al patio. De día usaba botas, como un -signo de la importancia de su cargo; y al anochecer, por economía, -se quedaba descalzo, la bombacha arremangada, con lo que su figura -corpulenta, no muy alta, perdía casi todo su prestigio. - -Contestaba al rezo con voz sonora. A su lado su mujer, ña Floriana, -pasado el primer misterio del rosario se sentaba a la turca, sobre el -suelo acolchado con su pollera. - -Más joven que el marido, más blanca también, tenía en sus facciones -endurecidas por el trabajo, rastros de antigua belleza. Rezaba -devotamente, y como la perseguían los bostezos, provocados según el -ama por la cola del diablo que se le entraba en la boca, cada vez que -bostezaba hacía sobre la boca abierta la señal de la cruz. - -No tenían hijos; el único que tuvieron, y que murió casi al nacer, -de haber vivido debía ser de la edad de Carmelo Borja, al cual ña -Floriana sirvió de nodriza. - -Por eso el joven teniente, secretario de Jarque, era para la mujer del -capataz como un hijo, que ella idolatraba y colmaba de mimos. - -Una chicuela excesivamente morocha, con el pelo encrespado, que se -moría de sueño, estaba acurrucada en un rincón. - -Tendría diez años, y servía a la mesa de los señores. - -Era toda la gente de la casa, sin contar a Jesús, que no acudió al -rosario, porque andaba afuera lidiando con los terneros. - -En la Casa de los Cuervos se acostaban temprano para estar listos al -alba. - -Esa noche, pasado el primer sueño, Gabriela se despertó sobresaltada. -Dormía en la misma pieza de su madre, por tenerle compañía, aunque -muchas veces la dama, andariega y misteriosa, se levantaba a deshora a -rezar, junto a la ventana, mirando al campo por los postigos abiertos, -en las noches frías, o en el corredor de la casa, en el buen tiempo, -mientras la niña temblaba de miedo sintiendo sus pasos y su voz que -salmodiaba. - -Al abrir los ojos vió, por la ancha ventana de cristales pequeños, -el campo bañado por la luna, cuya luz plateada blanqueaba como un -esqueleto, las ramas del árbol seco donde dormían los cuervos. - -Una sombra que vió moverse contra los cristales, le hizo incorporarse -en la cama. - ---¡Jesús, mamá!--exclamó, conociendo que era ella. - -Doña Carmen de Borja no le contestó; ni siquiera pareció haber oído. -Gabriela saltó del lecho y corrió hacia ella que con la frente pegada a -uno de los vidrios miraba al campo. - -La tocó en el hombro; no se movió. Le habló de nuevo y entonces ella le -dijo, señalando el árbol donde dormían los cuervos: - ---¡Mirá, Gabriela! - -La joven vió, con inmensa sorpresa, sobre la rama que se extendía -horizontalmente, las figuras encapuchadas y siniestras de tres cuervos. - -¿De dónde venía el tercero que jamás había rondado las casas? - -Gabriela pegó también su frente sobre el frío vidrio para mirar mejor, -ansiosa de que aquello que se le antojaba de mal augurio, fuese un -error de sus ojos. Pero la luna, con una infinita serenidad, hacía -la noche de una extraordinaria limpidez, y se veían hasta los más -delicados perfiles de las cosas cercanas. - -Había tres cuervos, y mientras los miraban, voló uno de ellos, que -revoloteó desorientado un momento, y atropelló la casa, haciendo -temblar con el áspero golpe de su ala los cristales de la ventana. - -Gabriela dió un grito y corrió al fondo de la pieza. - -Cuando volvió a mirar, el cuervo se había perdido ya detrás de la -cortina de eucaliptus. - ---Recemos, Gabriela--le dijo su madre.--Esta es la noche del baile en -Santa Fe, y yo he tenido siempre miedo de lo que en ella puede ocurrir. - -Y rezaron las dos, la madre con su voz profunda, que no temblaba, y -la niña toda temerosa, sintiendo afuera el rumor de las copas de los -eucaliptus que gemían al viento como almas en pena. - - - - -II - -La mala nueva - - -Al otro día el viento soplaba del Norte, llenando el bosque de rumores -de hojas caducas. La mañana era tibia y el cielo puro aún, por lo cual -Gabriela se decidió a realizar una excursión, que hacía mucho ansiaba, -llegar hasta la laguna. - -Esa noche se durmió tarde, después de la medrosa visión de los cuervos, -y cuando se despertó supo que su madre había salido a recorrer el -campo, en su cochecito de dos ruedas que manejaba ella misma. - -Llamó entonces a Jesús y lo mandó que preparara el bote, para ir lejos. - -Se vistió a prisa; metió en una canasta algunas provisiones, agitado ya -su espíritu por la perspectiva de la aventura que significaba para ella -aquel paseo, y con su escopeta al hombro, corrió al bote, cuya blanca -vela se agitaba alegremente a lo largo del mástil, acariciada por el -viento. - -En cuanto amarró la escota, y se hinchó el trapo, "La Espuma" partió -como una gaviota, navegando de costado porque el viento la tomaba de -babor. - -El arroyo de Leyes cambiaba bruscamente de rumbo frente a la Casa de -los Cuervos, de tal manera que corría durante un buen trecho de Oeste a -Este, para rectificar más adelante la curva, y llegar hasta la laguna -en un cajón derecho de Norte a Sur. - -Gabriela conocía bien el curso del riacho, y sabía acortar su camino, -atravesando las cañadas, y seguir por los ramblones con su bote ligero -y dócil al timón o al remo. - -Pero esa vez navegaba por el lecho del río, aprovechando todo el viento -que arrugaba su lomo hinchado por la creciente, que inundaba las islas -bajas y unía los esteros en un vasto mar de agua plomiza. - -La cortina de sauces, de fronda espesa, salpicada por las flores -blancas de las enredaderas que trepaban por sus largos troncos -desnudos, impedía ver más allá de la costa. - -Cuando alguna gallineta asomaba por encima de los camalotes o de las -altas carrizas verdes, que acolchaban la barranca, Gabriela abandonaba -el timón, se echaba la escopeta a la cara y hacía fuego, casi siempre -con éxito, aunque hubiera tirado al vuelo. - -Esa mañana, sin embargo, no le entusiasmaba la caza, que le hacía -perder tiempo. Quería aprovechar todos sus minutos para llegar lo más -lejos que pudiera. La boca de la laguna no estaba más que a tres -leguas, y su bote si el viento no caía, ayudado por la corriente, podía -hacerlas en dos horas. No pensaba en lo penoso que sería la vuelta río -arriba, y viento en contra quizás. - -Miraba pasar las costas verdes, animadas por la vida alegre de los -pajaritos que en ruidosas bandadas perseguían los insectos en los -carrizales, y aquella visión de alas llenábale el alma con la nebulosa -impresión de un sueño. - -En las curvas del río, contra la lengua de tierra que avanzaba, -formábase una pequeña rompiente, donde la correntada arrojaba las -ramillas y las hojas que traía de lejos, y las blondas de espumas -que vestían sus aguas turbias, batidas contra la costa gredosa, se -condensaban en copos espesos y amarillos, como la manteca, que el bote -cortaba con su proa. - -El viento no la acompañó hasta el fin. Cayó de golpe, y ella y Jesús -tuvieron que empuñar los remos, para ayudar a la mano invisible de la -corriente que llevaba el esquife a la deriva. - -Ya se veía el vasto manto azul de la hermosa laguna. A lo lejos, hacia -el poniente, albeaba al sol la cenefa de espuma de la costa, y se -divisaba detrás la pincelada roja de la barranca. - -Gabriela palmoteó de entusiasmo cuando el cajón del arroyo de Leyes se -abrió, de golpe casi, y el bote se encontró como desorientado, lejos de -los sauzales que guiaban su rumbo y sacudido por un oleaje más fuerte, -que batía sonoramente sus costados. - ---¡Niña Gabriela!--exclamó de pronto Jesús, que había parado de -remar.--¡Mire allá! - ---¿Qué hay? - ---¡Allá, hacia el medio! ¡Mire! un caballo que va cruzando la laguna. - -Gabriela soltó los remos y miró, haciendo pantalla de sus manos para -defender los ojos de la áspera luz que se reflejaba en el agua. - -Estaban como a trescientos metros del punto que llamaba la atención del -muchacho. Era un caballo sin duda; chispeaban las gotas que arrojaba -con sus resoplidos cada vez que una ola rompía sobre él. - ---Es extraño--pensó la joven que conocía el instinto de los -animales--¿cómo se ha atrevido a cruzar la laguna, habiendo paso por el -río? - -El bote corría hacia él, y como el caballo avanzaba, pronto se le pudo -observar mejor; parecía cansado; la orilla, de donde partiera estaba -lejos, apenas se veía, y ya no tenía más remedio que llegar hasta la -otra costa. - -De repente Jesús volvió a gritar: - ---¡Hay un hombre! mire, niña, ¡agarrado a la clina! - -Cuando el bote se acercó más, Gabriela con el corazón palpitante, gritó -al dueño del caballo, ofreciéndole pasarlo, y como él no respondiera, -pues parecía muerto o desmayado, aunque su mano crispada no soltaba -la clina, de unos cuantos golpes de remo se puso al lado. El caballo, -un momento pareció desorientarse; miró al bote blanco, sus dos -tripulantes, los remos que batían el agua, y perdió de vista la costa. -Volvió la cabeza, hacia el otro lado, y arrancó con más fuerza. - -Fué entonces cuando Insúa, aletargado por la frialdad del agua soltó la -crín y se hundió. - -Pero Jesús que espiaba la escena con una profunda ansiedad, arrojóse -del bote y nadando como un yacaré se zambulló en el mismo sitio en que -acababa de desaparecer el desconocido, y lo alcanzó a sacar. - ---¡Bravo, Jesús!--exclamó Gabriela estirándole un remo, de cuya punta -se agarró el muchacho, que resoplaba entre alegre y asustado de su -propia hazaña. - -Ni él, ni ella se habían preocupado de saber si el hombre vivía para -sacarle del agua, y cuando a costa de grandes esfuerzos, lograron -izarlo a bordo y vieron que caía como una masa inerte, y que estaba -frío, los dos se pusieron lívidos de espanto: - ---¡Está muerto! - -¡El horrible minuto que pasaron entonces al lado de aquel cadáver que -habían rescatado, con riesgo de irse a pique! - -Pero Jesús, que se había acercado a él, observó sus narices que -temblaban como si respirara. - ---¡Está vivo!--gritó--¡está desmayado! ¡mire, niña Gabriela, cómo -respira! - -Sacado del agua, que lo entumecía, renació la vida en aquel cuerpo -joven y robusto. - -Gabriela empuñó valientemente los remos. - ---¡Pronto, Jesús! yo voy a remar; dale friegas, ¡lo que tiene es que se -está muriendo de frío, y que ha perdido sangre! - -El bote no era más que un punto sobre la extensa planicie de agua, -agitada por el viento que empezaba ahora a soplar del Sureste, llenando -de nieblas el día. - -Gabriela quiso saber la hora, pero el sol se había nublado y el cielo -ceniciento parecía pegado al agua obscura, con largas vetas amarillas, -por la greda del fondo. - -Pasaban algunos camalotes que servían a la niña como punto de mira para -saber si avanzaban hacia la costa, que no se veía ya, borrada por la -neblina. - -Dejó los remos un momento y armó la vela, que podía ser útil. Jesús, -en tanto, con alguna torpeza, pero con un incansable vigor, hacía -reaccionar la sangre de los miembros ateridos de Insúa. Gabriela se -acordó de sus provisiones; tenía pan, queso y carne fría, pero más que -todo habría valido un trago de cognac o de vino; pero no había en su -canasta. - -Insúa permanecía sin sentido; respiraba bien, echado de espaldas sobre -el fondo del bote. Para friccionarlo mejor Jesús le abrió la camisa, y -su ancho, musculoso pecho, manchado de sangre, se alzaba a compás de la -respiración. - -La vela se hinchó, pero el viento era escaso, y la joven debió empuñar -de nuevo los remos, alejándose imperceptiblemente del centro de la -laguna. El caballo de Insúa había desaparecido entre la niebla. - -Una hora larga tardó Gabriela en llegar a la desembocadura del arroyo -de Leyes, remando contra la corriente. El sudor le pegaba rizos de -cabello en la frente, enrojecida por la fatiga. - ---¡Jesús, no puedo más!--dijo al fin, y entregó los remos al muchacho y -ella se sentó, rendida, en el banco donde estaba apoyada la cabeza de -Insúa, sobre el poncho mojado, una de cuyas puntas le cubría el pecho. - -Gabriela conocía pocas personas en Santa Fe, pero aquellas facciones -varoniles, aquella línea audaz, casi ofensiva del mentón, que la barba -negra acentuaba con fuerza, no le eran totalmente desconocidas. - -¿Quién era? ¿Quién podía ser? - -De repente se acordó, como si un rayo hubiera hecho una repentina luz -en su memoria. - ---¡Insúa, Insúa!--pensó, asociando el recuerdo de algunas -conversaciones oídas a su marido en la última visita. Y se le ocurrió -que si aquel hombre estaba allí, herido, recogido en forma tan extraña, -era porque en Santa Fe había estallado esa noche la revolución, que se -temía, y lo habían vencido. - -¡Oh, los muertos, las preces por los muertos, que esa noche rezaron en -la estancia y aquella siniestra visión nocturna de los tres cuervos -sobre el árbol seco, a la luz de la luna! ¿Fué un sueño? ¿Fué un -augurio? ¿Fué un episodio sin sentido? - -Una terrible congoja le llenó el alma. Desesperada miró la vela que -el húmedo viento del Sureste apenas hinchaba. Debían marchar así, -remontando la corriente del río a fuerza de remos. Tomó una larga -percha que solía servirles en los bañados para impulsar el bote, -cuando no podían remar por falta de agua, y trató de ayudar a Jesús, -apoyándola en el fondo del río. Pero allí era profundo y el botador se -hundió sin resultado. Se sentó de nuevo, resignada a esperar su turno, -una vez que Jesús se rindiera de fatiga. - ---¿Estás cansado, Jesús? - ---¡No, niña! - -Las márgenes verdes pasaban lentamente, pero como el agua corría con -más fuerza, la ilusión era de que el bote no avanzaba. - ---Dame los remos, Jesús. - ---No, niña; no estoy cansado. Dentro de un rato. - -Debían de ser las doce. Insúa, dormido o aletargado, continuaba -inmóvil, envuelto siempre en sus ropas mojadas, y haciendo ver que -estaba vivo por el rumor de su respiración. No estaban ni a la tercera -parte de la distancia a la Casa de los Cuervos cuando Jesús soltó los -remos. - ---¡No puedo más, niña!--dijo con tristeza. Y Gabriela de nuevo comenzó -a remar.--La terrible incertidumbre de lo que en Santa Fe podía haber -pasado, aquellos sucesos desconocidos de que aquel hombre desmayado -en el fondo de "La Espuma" podía tener la clave, le daban una -desesperación que se transmitía a sus remos. - ---Se va a cansar--le decía suavemente el muchacho, cuya frente morena -brillaba sudorosa. - -Y así hicieron toda la jornada. - -Había cerrado ya la noche cuando llegaron a la vuelta del río, donde -estaba la Casa de los Cuervos. Un farol sobre la barranca les indicó el -sitio donde debían atracar. La negrita Encarnación tenía la luz y dijo -a Gabriela cuando la proa del bote tocó el fondeadero: - ---Don Goyo y los peones salieron a buscarla, niña. La señora está -llorando. - -Gabriela saltó a tierra. - ---¡Qué hay!--preguntó a Floriana, que al rumor de las voces salió de -las casas. - ---¡Ah, niña Gabriela! ¿No sabe lo que ha sucedido?--y se echó en tierra -gimiendo como un perro castigado. - ---¡Qué hay, Floriana! ¿qué hay, Dios mío?--y como aquella masa humana, -tendida en el suelo no tenía voz, sino llantos y gritos, corrió hacia -las casas, sintiendo crecer la angustia que la había atormentado y a la -vez sostenido en su ruda jornada. - -Y fué su madre a la que halló en el dormitorio, sentada junto a la -ventana donde esa noche rezaron por el alma de los muertos, la que -le dió la noticia que dos mensajeros del gobernador Bayo acababan de -traerle. - -Su madre refería aquellas cosas horribles, sin el más leve temblor en -la voz. La pieza estaba obscura, pero Gabriela veía lucir sus ojos en -la profunda sombra. - -Cuando lo supo todo, habló ella entre sollozos, y contó su aventura, y -aún tuvo fuerzas para decir que el hombre que había salvado era el jefe -de esa revolución que enlutaba la casa. - ---¿Y ese hombre?--preguntó lentamente doña Carmen cuando Gabriela -terminó su relato--¿está en el bote? - ---Sí. - -Y se abatió en su silla, con la frente pegada en los vidrios de la -ventana que daba al campo, donde la niebla, como un tul, esfumaba los -contornos de las cosas. - - - - -III - -La mano suave - - -La arboleda tenebrosa que rodeaba la Casa de los Cuervos parecía en la -noche un inmenso crespón. - -Doña Carmen de Borja llegaba de la ciudad a donde había dado el último -adiós a los restos de su hijo, y donde le contaron lo que se sabía de -su muerte. - -Habían pasado tres días ya, y sus labios permanecían plegados; ni -una queja le arrancaba el dolor, ni una imprecación contra los que -troncharon aquella vida que era el sol de su vejez. - -Al llegar a las casas ladráronla los perros, sin conocerla. Bajóse -del caballo que montaba, con gran maestría, y entró al comedor, pieza -vasta, desnuda y sonora bajo los pasos. Allí estaba su hija que la -esperaba con la ansiedad de conocer detalles de la inmensa desgracia -caída sobre ellas. Pero la madre no habló, y la hija se encerró a -llorar en la nueva alcoba que ocupaba, por haber cedido al inesperado -huésped la mejor de la casa. - -En la cena, que fué silenciosa y lúgubre, oyéndose afuera el medroso -rumor del monte y del río, y en la cocina el llanto inacabable de -Floriana, doña Carmen interrogó a Gabriela por el herido. - ---Tuvo mucha fiebre, y pasó sin conocimiento el primer día. Le lavé la -herida con agua de cepacaballo, y Jesús lo veló por la noche. Ayer de -mañana ya conoció y el día fué bueno. A la tarde le volvió la fiebre -que no lo ha abandonado en todo el día de hoy. - ---Es un hombre fuerte--murmuró la dama--y es joven. Yo lo conocí -niño--y después de una pausa:--hay que seguir lavándolo con lo mismo. -¿Cómo es la herida? - -Gabriela describió el balazo de Insúa, a la altura del hombro izquierdo. - ---¿Tiene adentro la bala? - ---Son cosas que no sé--respondió Gabriela pensativa. - -Doña Carmen mandó llamar al capataz y le dijo: - ---Mañana de madrugada, irás a llamar al cura de San Pedro; sabe de -heridas, y creo que ha sido médico en su tierra. - -Había impuesto desde el primer momento la orden más severa de guardar -el secreto del herido que ocultaban en la casa, porque sin duda la -policía podía enterarse y perseguirlo, y todos desde el capataz a la -negrita Encarnación, estaban mudos respecto de aquella aventura. - -Don Julián del Monte, el cura de San Pedro, un malagueño alto, fornido, -atezado como un visir, de ojos negros y fogosos, que contrastaban con -la suavidad de sus palabras y las huellas visibles de una edad que -podía estar entre los cincuenta y los sesenta años, llegó a eso de las -ocho de la siguiente mañana. - -Montaba bien, la sotana arremangada, y se cubría la cabeza, que -blanqueaba ya, con un chambergo negro. - -Nadie conocía la historia de aquel andaluz, que sin desmentir su raza, -era reconcentrado y suave, por temperamento o por voluntad, como si -temiera el exceso de las palabras. - -Sabían de él que ejercía con celo de apóstol su ministerio de párroco, -en una zona extensísima; que amaba los niños, que montaba bien y cazaba -mejor, y eso bastaba para que viviera respetado. - -A la hora en que él llegó, Insúa estaba despierto, y había saludado con -una sonrisa dolorosa a Jesús, que a la cabecera de su cama cuidaba su -sueño, mandado por Gabriela. - -Dos días antes, un momento vió el enfermo a la joven, y le quedó una -dudosa impresión de vergüenza y de dulzura por estar en manos de ella. -Después, la fiebre que era altísima le privó del conocimiento, pero -esa mañana sintiéndose mejor preguntó por ella a tiempo que ella misma -entraba con el cura. - -Insúa quiso incorporarse, mas al esforzar el brazo izquierdo lanzó un -grito, se recostó de nuevo, cerrando los ojos. - ---El dolor es más fuerte que yo--murmuró sonriendo. - -El cura se le acercó y le estrechó la mano: - ---Yo lo conozco de nombre y de fama, señor capitán, y vengo a ver su -arañazo. - -Y con mano experta desató las vendas puestas por Gabriela, que -observaba silenciosa, desde los pies de la cama. - -La herida era grande, a la altura del hombro izquierdo; la bala había -roto la primera costilla y perforado el omóplato, pero sin fuerzas para -salir, estaba perdida entre la carne y el hueso, a la espalda. - -El brazo estaba sano, pero falto de apoyo oscilaba como si hubiera sido -lesionado también, y a cada movimiento que se le imprimía, la cara del -enfermo se crispaba de dolor, mientras sus ojos imploraban disculpas a -Gabriela, que iba alcanzando al cura las cosas que le pedía. - -De un tajo rápido con una navaja de barba, abrió la carne y extrajo la -bala. - ---Ahora se curará, señor capitán--dijo después de lavarle prolijamente -con infusiones de hierbas y vendarle bien. - -Insúa no respondió; la fiebre volvía a apoderarse de él y lo hacía -delirar. Durante varios días la temperatura, indicio de una grave -infección, fué muy alta, y lo tuvo amodorrado. - -El cura venía de mañana, quitaba las vendas, lavaba la herida, ayudado -siempre por Gabriela, y luego se marchaba, a caballo, hasta la orilla -del río, buscando el vado, que no era frente a las casas, sino más -lejos, en los sauzales. Allí Jesús lo esperaba con la canoa, porque -el río estaba crecido y no daba paso a pie; desensillaban el caballo, -que cruzaba a nado, llevado de la rienda, por don Julián desde la -embarcación, hasta la orilla opuesta donde él mismo ensillaba, y tomaba -al galope el camino de San Pedro. - -Doña Carmen nunca entraba al cuarto del enfermo. - -Enlutada como antes, pero con un pliegue más hondo de dolor, en la -comisura de los labios, atendía prolijamente todas las cosas que con -él se relacionaban, y sin nombrarlo jamás, parecía tenerle a toda hora -presente. - -Al caer la tarde reuníanse en el oratorio y rezaban el rosario. - -La dama hacía coro, y aplicaba siempre las preces por el alma de los -muertos en la revolución. No nombraba a su hijo, como si hubiera temido -que le faltara la voz. - -Floriana rezaba plañendo, hasta que una noche doña Carmen le dijo: - ---Yo soy su madre, y no me lamento así. - -La mujer guardó silencio desde entonces, pero rezaba arrebozada en su -manto, y su cabeza temblaba con los sollozos incontenibles. - -Un día Gabriela dijo en la mesa: - ---Hoy ha amanecido sin fiebre. - -La madre la miró; pareció que iba a hablar, pero no dijo nada. - ---Sin fiebre y con hambre--agregó sonriendo un poco Gabriela, -íntimamente halagada de aquella curación que en parte se debía a sus -cuidados. - -Y esa tarde, Insúa que dormía tranquilamente por primera vez, quizás, -desde que estaba enfermo, abrió los ojos sin sueño ya, y vió a corta -distancia de su cama, sentada en una mecedora, a Gabriela que leía, -velándole. - -No hizo ningún movimiento para que ella no alzara los ojos del libro, y -se puso a examinarla despacio, saboreando su hermosura, más conmovedora -en su luto y en la tristeza que envolvía la casa. Entregado a esa -contemplación lo sorprendió la mirada de ella, que al volver una -página, quiso espiar a su enfermo. Se puso encendida viendo que él la -observaba, quizás hacía un largo rato. - ---Hoy no ha venido don Julián;--le dijo, cerrando el libro--ayer lo -encontró ya bastante bien... - ---¿Don Julián? ¿Quién es don Julián, señorita?--dijo él avergonzado de -que siempre se le hablara de sus dolencias; y luego recordando:--¡ah, -el cura! lo he visto en medio de la fiebre, y no me acordaba. - ---Ha sido médico en su tierra y por eso lo llamamos. - ---Tiene buena mano, pero no es a él, sin duda, al que más debo... - ---¿A quién entonces?--interrogó ella involuntariamente. - ---A usted, señorita... - ---Señora,--corrigió ella suavemente. - ---¡Ah!--dijo él recordando lo que el primer día que se vió en la Casa -de los Cuervos, le refirió el capataz. - -Y se quedó callado, evocando los recuerdos de la noche de la -revolución, que no había tenido tiempo de ordenar en su cerebro -fatigado, y que ya le parecían lejanos como un sueño. - -Un pesado silencio se hizo entre los dos. Afuera balaban los terneros, -porque era la hora en que Floriana ordeñaba las lecheras. - -Gabriela para escapar de aquella situación, que sin saber por qué -recónditos motivos la hacía callar a ella al mismo tiempo que a él, se -acercó a la ventana, y luego dijo: - ---No sé si un vaso de leche al pie de la vaca, le sentaría bien. Voy a -preguntarle a mama--y salió. - -El rumor de sus faldas se había apagado, y él, no obstante lo sentía -aún, como un apacible zumbido de dulces abejas. - -Tenía vergüenza, una profunda vergüenza de que una mujer tan hermosa -hubiera sido su enfermera en los largos días de fiebre, en que no era -dueño de sí mismo. - -¿Se habría quejado? A cada gesto que hacía para cambiar de posición un -dolor intenso en el hombro le obligaba a apretar los labios para no -gritar, y de todas sus miserias, aquella le parecía la más vergonzosa. - -¿Qué idea habían de formarse de él, los que le oyeran quejarse como una -mujer o un niño? - -Un rato después vino Jesús, con un tibio y espumoso vaso de leche, que -el enfermo bebió con desgano, y sólo porque el muchacho le dijo: - ---Que lo tome todo, me encargó la niña Gabriela. - -Insúa se quedó solo, mirando declinar el día, y con el oído atento a -los rumores de afuera, en que a veces venía mezclada la voz de ella. -Cuando la sombra invadió la arboleda, y en la estancia del enfermo se -hizo la noche, vino Gabriela con una lámpara, que le hacía resplandecer -el rostro y lucir los ojos garzos. - ---Usted me mima--le dijo él, y ella contestó cualquier cosa y se fué -dejándolo con la esperanza de que volvería a sentarse a su lado. - -Mas no volvió: dos o tres veces la sintió hablar en la galería -contigua, o en la pieza de al lado, y fué todo. - -Jesús le trajo una taza de caldo que bebió a disgusto por complacerla -secretamente. Volvióle la fiebre y pensaba que en aquella casa era un -estorbo su presencia, por lo cual debía partir al alba. Se lo dijo así -al muchacho, que lo miró extrañado y llevó la nueva a su ama. - -Cuando ésta vino, después de cenar, Insúa tenía la mirada febriciente -y estaba intranquilo, deseoso de quejarse no de dolor, sino de su mala -suerte, que lo tenía allí, clavado en el lecho, molestando a personas -a quien no conocía. Algo dijo al ver a Gabriela y ella dulcemente le -replicó: - ---No se preocupe de ello, lo cuidamos con gusto y no es molestia. - -Y con su mano pequeña y suave le tomó el pulso, y le palpó la frente, -con lo que él se aquietó. - ---Tiene fiebre; le voy a lavar la herida; como me ha enseñado don -Julián. - -Aquietado súbitamente por el halago de aquella mano, Insúa se resignó a -que ella misma hiciese de enfermera, tratándolo como a un niño que no -puede valerse, y conociendo de cerca su miseria. - -Y mientras ella le aseaba la herida, que iba cerrando aunque -lentamente, él que apelaba a todo su vigor para no exhalar un quejido, -volvió a sentir la vergüenza de que delante de la joven en las otras -curaciones que no recordaba, pudiera haberse mostrado flojo. - -Pareció comprenderlo Gabriela, sin que él hablara, y al terminar le -dijo: - ---Es usted un hombre fuerte, señor capitán. Dice don Julián que su -herida es terriblemente dolorosa, y usted no se queja. - -Insúa saboreó sin contestar la dulzura de aquella palabra, y esa noche -se durmió tranquilo, como si ella velara a su lado, olvidado de todas -las cosas que hacían singularmente penosa su presencia en la Casa de -los Cuervos. - - - - -IV - -La yerra - - -¿Era eso el amor? - -Su corazón había dormido tantos años, que ella pudo creer que el -letargo sería eterno, y he aquí, que en las más inverosímiles -circunstancias, como en un cuento de niños se prendaba de un hombre. - -Había mandado ensillar temprano su caballo, para salir al campo a -vigilar ella misma el trabajo de la peonada que recogía la majada, -porque se iba a parar rodeo. Su madre, amaneció con una fuerte jaqueca, -y ella debía sustituirla. - -Sobre el caballo era ágil y su talle fino adquiría una suprema -elegancia, hija de una larga costumbre. - -Había tomado la rienda y estaba a punto de saltar, ayudada por Jesús, -cuando Insúa apareció en la galería. Se levantaba hacía una semana y -aunque conservaba el brazo encabestrillado, no parecía un convaleciente. - -Se le acercó y le dijo: - ---¿Por qué quiere seguir tratándome como enfermo? Si manda que me -ensillen un caballo, puedo serle útil en el campo. ¿No sabe que es mi -oficio? - -Gabriela, sin pensar más, deseosa de complacerle, mandó ensillarle un -caballo, y algunos minutos después, partían los dos, al galope, hacia -el campo. - -No vió la joven aparecer en el cuadro de la puerta que daba al camino, -la sombría figura de doña Carmen de Borja, que al verlos salir juntos, -sintió una llamarada de indignación subirle al rostro. - ---¡Oh, Dios mío!--clamó llevándose las manos a la cabeza. Reprimió, -sin embargo, su disgusto, y volvió a sus quehaceres, como si para ella -fuera Insúa el mismo hombre que era para todos, en la Casa de los -Cuervos, donde se había ganado las voluntades. - -El galope de los caballos sonaba acompasado. Gabriela cerraba los ojos, -dejándose llevar, y sentía llenársele el corazón de una gran dulzura. - -¿Era eso el amor? Insúa le había dicho al salir: - ---Ya no es prudente que siga en su casa. Hace tres semanas que soy su -huésped, y por mucho misterio que se quiera guardar, no tardará el -gobierno en saber dónde estoy. Dicen que me hace buscar. - ---En nuestra casa, señor capitán, no pensará nunca. - ---Pero lo harán pensar. Yo debo irme ya. He mandado un chasque a -Alarcón. No crea, Gabriela, que es mi gusto... ¿sabe? siento alejarme -de esta casa, que ha sido un puerto para mí. - ---Habíamos quedado--murmuró Gabriela--en que no se acordaría más de eso. - ---No lo digo porque a usted le deba la vida. No le gusta que lo -recuerde, y cumplo mi palabra. Pero es que le debo más que la vida... - ---¿Qué es?--preguntó involuntariamente la joven, notando que él se -había callado. - ---Le debo la primera ilusión, que me ha hecho comprender realmente el -valor de la vida, que también le debo... - -El corazón de ella latió con fuerza, agitado sin duda por la carrera -desenfrenada de los dos caballos, que sintiendo suave la brida, volaban -sobre el campo verde. - -Se quedaron en silencio. Cruzaban el monte, chafando la hierba -quebradiza por la helada de esa noche, que había quemado la punta -de los pastos y llenado de escarcha como azúcar en polvo, las ramas -escuetas de los algarrobos y ñandubays, que despertaban al sol de la -hermosa mañana. - -De la última lluvia, había aún charcos en las hondonadas del terreno, y -estaban cubiertos de un frágil cristal de hielo, que saltaba en agujas -lucientes, bajo el casco de los corceles. Insúa contuvo al suyo. - ---¿Le hace mal galopar?--preguntó Gabriela, siendo esa su primera -palabra, después de lo que él le dijera. - ---No, Gabriela; pero quisiera alargar estos minutos que estoy con -usted; y me parece que el galope los acorta. - -Hablaba lentamente, repitiendo las palabras cuando no se oían bien, y -había una vaga tristeza en el timbre de su voz. - -Por primera vez en su vida apasionada, sentía la nostalgia de la paz. -Era una sensación penetrante y desconocida para él, que le hacía desear -que el tiempo no corriera, como si las cosas que habían de venir -hubieran de ser fatalmente tristes. - -Su espíritu positivo se había dejado envolver en la niebla de misterio -que flotaba sobre la Casa de los Cuervos, y su voluntad parecía -enervada. A media noche solía despertarse, y por la ventana, veía -en la misma rama seca a los dos cuervos dormidos, y sentía el rumor -inacabable de los eucaliptus, desvelados con el viento de la noche. - -Y pensaba en Gabriela, cuya hermosura era la única nota luminosa del -cuadro. ¿Pero cómo podía amarla él, que tenía sus manos bañadas en la -sangre de aquellos dos hombres que cayeron los primeros en la noche de -la revolución? - -Cuando le asaltaba el horroroso recuerdo, quería huir de la casa, -y siempre era ella en una forma o en otra, con su halago o con sus -razones, la que lo disuadía de un propósito que, en verdad, debía -rechazar. - -El gobierno le perseguía. Al principio se le dió por muerto, y días -enteros recorrieron la laguna y el puerto algunas lanchas, buscando su -cadáver. Después nació la sospecha de que vivía, oculto en los sauzales -con los paisanos matreros. Algunas patrullas merodeaban por las islas, -y aun llegaron a la Casa de los Cuervos. Insúa oyó una tarde el ruido -de los sables en la galería, y la voz tranquila de doña Carmen de Borja -que respondía a los hombres, quitándoles toda sospecha de que allí -pudiera estar el que buscaban. - -Desde ese día llamóle más la atención la actitud de la dama para con -él. Ni una sola vez había entrado en su cuarto durante la gravedad. - -Y después, cuando él se levantó, y salió afuera y pudo asistir a la -mesa y a la oración, y se multiplicaron las ocasiones de encontrarse, -parecióle observar en ella un especial empeño en esquivarle. - -Insúa se estremecía pensando que pudiera haber penetrado el horrible -secreto que de noche le desvelaba y le sugería la fuga. Pero si la -madre sabía, ¿por qué ignoraba la hija? - ---He mandado un chasque a Alarcón--volvió a decirle Insúa, mientras -cruzaban al tranco un alto pajal, que escondía el cuerpo entero de sus -caballos;--es necesario que me vaya, para no comprometerles. Mi gente, -además... - -Gabriela lo miró; a su corazón que bebía la dulzura de aquellas -palabras, en que a través de las ideas indiferentes se traslucía el -amor, llegó la onda amarga de una sospecha que a menudo le asaltaba: -Insúa preparaba una nueva revolución. - -Las miradas de ambos se encontraron: él vió en sus ojos una llama leal -como un rayo de sol, y se dejó vencer por la confianza. - ---Mi gente me espera, porque quiere vengar la derrota. ¿Será discreta? -Me dicen que en Santa Fe nuestros amigos están libres, porque no ha -habido pruebas contra ellos, y aunque se les vigila no tardarán en -alzarse de nuevo contra el gobierno. Y yo, usted lo comprende, tengo -que acompañarles... - -Dejó de hablar porque en el rostro de ella, animado un momento por -aquella confidencia, que era una prueba de amor, se pintó una gran -tristeza. - ---¿Qué le pasa, Gabriela? - -Habían llegado a la orilla del pajonal, y ella castigó su caballo que -partió al galope, seguido por el de Insúa. - ---¡Nada! no me pasa nada--respondió sin mirarlo.--Usted no tiene otro -pensamiento que la revolución. ¿No sabe el daño que me hace? ¿Piensa -alguna vez en los muertos? - -Como una puñalada sintió Insúa aquella respuesta. - -¿Así, pues, ella sabía lo que sabría la madre? Y aquel secreto que le -roía el alma, prohibiéndole dejarse mecer por las ilusiones que nacían, -¿no era ya un secreto? - -¿Qué iba a hacer? ¿Por qué ella lo había dejado acercarse, -envolviéndole en su gracia que lo embriagó como un vino jamás gustado? - -Galopaban los dos por la orilla del monte. De cada uno de los charcos -en que se deshacía la escarcha, irradiaba el deslumbrante reflejo -del sol, que se quebraba en los cristales de hielo. El cielo, puro y -desteñido, sólo hacia el horizonte mostraba un grupo de nubecillas -apelotonadas como un montón de caracoles rosados. - -Gabriela, impresionada por la hermosura de la mañana, sentía su corazón -pronto a fundirse como aquellas agujas de escarcha. - -Insúa marchaba detrás de ella, y como los pájaros enmudecidos por el -frío, callaban ocultos en las isletas abrigadas del monte, cuando -se apagaba el ruido de los cascos de los caballos, por cruzar algún -terreno arenoso, se oía el apacible gemido de la brisa que oreaba las -pajas brillantes de rocío. - -Gabriela refrenó un tanto su aparente fuga, y se dejó alcanzar por -Insúa, que galopó un largo rato a su lado sin decirle palabra. Ella -temblaba porque parecía pesarle ahora lo que había dicho. - -Intrigada por el silencio de él, volvió la cara y lo miró, y casi -dió un grito, porque fué un rayo de luz, y ante sus facciones -descompuestas, tuvo la evidencia de lo que hacía tiempo flotaba en su -alma como una sospecha. - -No necesitó que él le dijera nada para comprenderlo todo. Lo hubiera -leído en un libro, y no lo habría visto tan claro como en cada uno de -los gestos que recordaba de él, y que ahora se aclaraban para ella, su -reserva, su miedo al delirio de la fiebre, que podía comprometerle, -su disgusto cada vez que se aludía a la noche de la revolución en que -murieron su marido y su hermano, a quienes él nunca nombraba, como si -tuviera horror a su memoria. - -Tenía la clave de todo, y quizá también de aquella inexplicable -esquivez de su madre, que huía de encontrarse con él. - -¡Ay, Dios! y ella lo había dejado entrar en su alma. - -Todos los cuadros del campo, los rincones del monte, donde la arboleda -era más tupida, las cañadas llenas de varillas, las azules lagunas en -que bebía la hacienda, las barrancas del río, vestidas de carrizas, los -sauzales de la margen, todo tenía para ella una sugestión poderosa, -porque durante años había vivido en su amistad sembrando en cada uno de -los pliegues de la naturaleza, un poco de sus sueños de niña. - -Había pasado aquella época, y la cruda realidad de su matrimonio sin -poesía y sin amor, había ajado aquellas impalpables ilusiones que la -envolvieran como un velo de luz. Sin saber cómo, de pronto, por un -golpe teatral, su destino cambiaba, y volvía a agitarse en ella la -misma esperanza, a cuyo calor nacieran las ilusiones de antaño. Y su -sueño se rompía cruelmente. ¿Cómo podía amar ella a aquel hombre que -tenía sus manos teñidas en una sangre que le pedía venganza?... - -Al volver una isleta del bosque, donde el camino doblaba bruscamente, -los dos, que seguían marchando juntos, sin cambiar una palabra, -entregados a sus pensamientos, halláronse con la punta de la hacienda -que venían arreando los peones. - -Ese día estaba señalado para la yerra. Doña Carmen de Borja marcaba -todas las crías del año, para que no se confundieran con las de las -estancias vecinas, en muchas de las cuales no se usaba marca ninguna. - -La hacienda de doña Carmen no era muy numerosa. No obstante, un año -con otro pasaban bajo el hierro enrojecido al fuego, cuatrocientos o -quinientos terneros, que servían para reponer los animales vendidos o -carneados en el año y para aumentar el capital primitivo. La operación -era una fiesta, en la que se daban cita desde meses atrás, los peones -del contorno para prestar su ayuda y comer y beber con la abundancia -que caracterizaba esas ruidosas jornadas. - -Reunían la vacada en un vasto corral, de palo a pique, un poste de -ñandubay clavado contra otro y otro, de tal modo que ni los perros -podían disparar, cuando quedaban dentro, y allí uno por uno iban -sacando los terneros, para marcarlos junto a la tranquera. - -Al ver la hacienda que desembocaba, Gabriela se detuvo; Insúa caminó -algunos pasos y se detuvo también; estaba irritado consigo mismo, con -su propio destino, que parecía burlarse de él. - -La joven esperó que llegara el capataz, para comunicarle el mensaje de -su madre, y después cuando hubo pasado toda la hacienda rodeada por los -peones, desfilando lentamente, envuelta en una nube de polvo que se -doraba al sol, siguieron los dos, al tranco, detrás de todos. - -Los mugidos de los toros coléricos, por ir mezclados con sus rivales, -el balido de los terneros, que se iban quedando a la trasera, -contestando a las madres que marchaban adelante, los gritos de los -peones, persiguiendo a los animales que se escapaban del montón, los -ladridos de los perros, jadeantes y embravecidos, apagaban las voces, y -les sirvió de pretexto para no hablar. - -Cuando llegaron a las casas no habían cruzado una palabra. - -Ya a la puerta del corral, en una fogata que encendiera Floriana, tres -marcas de hierro con un pequeño mango de hueso en el extremo de la -barra, se estaban calentando. - -Don Julián, convidado a la fiesta, acababa de llegar. Se había puesto -una sotana vieja, color tabaco en el pecho y en los codos. Quería -estar pronto para ayudar a los peones en su ruda faena. - ---Vamos a marcar terneros, no más, porque no hay hacienda grande -orejana--le dijo don Goyo, cuando el cura entusiasta le dió un vigoroso -apretón de manos. - ---Lo siento, porque tenía ganas de desherrumbrarme las coyunturas. - -Abrió los brazos poderosos, y su ancho pecho se dilató, absorbiendo una -gran bocanada de aire frío, cargado del viscoso relente de las islas, -que la brisa empezaba a barrer. - -Insúa que llegaba en ese instante, lo saludó sin bajarse del caballo, y -los dos se quedaron allí, mirando los preliminares de la operación. - -Antes de encerrar la hacienda en la ensenada--nombre que daban al -extenso corral--era necesario apartar las vacas ajenas, que llegaban -confundidas, para no marcar sus terneros como si fueran de la estancia. -Cada uno de los capataces de los campos colindantes, designaba los -animales que le pertenecían y los peones entraban dando gritos, en -el montón, para apartarlos de allí, arreando o pechándolos con el -encuentro de sus caballos. - -Insúa silencioso, con el ceño fruncido, pensando a ratos en otras -cosas, miraba la escena que no lograba interesarle. - -Las vacas desorientadas, remolineaban entrando de a pequeños grupos en -la ensenada. Había más de quince hombres, que corrían revoleando los -taleros, y gritando: ¡huajá! ¡huajá!, alarido de guerra que enardecía a -los perros. - -El capataz conversaba con el cura, vigilando la operación; de cuando -en cuando daba un grito, y espoleaba a su caballo, un tostado fogoso, -mojado en sudor, que volteaba un novillo de un pechazo. - -El espacio en que se paraba el rodeo era amplio, libre de árboles, -para que la gente pudiera correr sin riesgo, roída la hierba en el -sitio en que acostumbraba detenerse la hacienda, visible la tierra -negra, floja y lodosa, por el chapaleo de las pezuñas. El contorno era -verde, tapizado de pasto que la helada de esa noche había ennegrecido a -trechos. A poca distancia, la punta del bañado, cubierta de camalotes, -parecía continuar el campo terso y firme, pero cuando algún peón -siguiendo un animal fugado del rodeo, se metía hasta allí al galope, de -cada pata del caballo se alzaba un surtidor de agua, que semejaba un -chorro de plata a la luz del sol. - -En las violentas curvas que la faena obligaba a hacer, conforme el -capricho del animal que perseguían, los caballos en su impetuoso galope -se tendían como si fueran a caer de costado. - -En el aparte de la hacienda ajena, una de las vacas de doña Carmen de -Borja huyó dando botes, la cola alzada y tiesa, y dos hombres se fueron -tras ella, para volverla al corral. A la distancia en la llanura, sin -términos de comparación, sus siluetas comenzaron a achicarse. - -De pronto el animal fugitivo, fatigado quizás, se detuvo en seco, y uno -de los peones, sin tiempo para desviar su montura cayó como una tromba -sobre él, y rodaron por tierra. - ---¡Huajá!--gritaron desde el rodeo al verlo caer, y se oyó la -contestación del paisano que respondía de lejos, levantándose y -volviendo a montar: - ---¡No es nada, hermanos! ¡Siga la farra! - -Por las orillas del rodeo circulaba la yeguada, dando vueltas, oyéndose -apenas el ruido del cencerro de la yegua madrina que marchaba adelante, -y detrás de ella, desfilando una a una, toda la manada, los potrillos -al lado de las madres. - -Más allá era la serenidad de la naturaleza, que trabajaba en silencio -la vida de todos, bajo el toldo azul del cielo invernal. - -Insúa comparaba esa indiferencia de las cosas, en que durante tantos -años había vivido, dejándose penetrar por su belleza tranquila, con -la fiebre de la interna batalla a que de golpe lo había arrojado el -destino. - -¿Quién hubiera creído de él aquella repentina pasión que empezaba a -morderle como un can rabioso? - -¿Y ella? ¿No era ella la misma la verdadera culpable de que él se -sintiera irresistiblemente arrastrado por aquel amor que era como una -burla trágica a todas las nociones de honor que imponían y aceptaban -las gentes? - -La vió llegar al rodeo, acompañando a su madre, que le saludó con la -inexplicable esquivez de siempre, poniéndose a hablar con el capataz -sobre la yerra que iba a comenzar. - -Gabriela tenía los ojos lucientes, como si hubiera llorado, y en el -rostro llevaba la marca del horror, por lo que había adivinado. Insúa -esperó, la cabeza agachada, mirando al suelo, que parecía temblar con -el tropel de la hacienda. La joven llegó hasta él, y sencillamente le -dijo: - ---Ha llegado Alarcón. El que usted esperaba para irse. - -Y aquellas sencillas palabras, cayeron en su corazón como una -sentencia. Debía partir; ella se lo decía. - - - - -V - -El secreto - - -En la alta noche, doña Carmen de Borja, sintiendo quieta a su hija, que -dormía en su cuarto y que en un principio había aparecido intranquila, -se levantó sin ruido, fatigada de esa cama en que no podía conciliar el -sueño, y arrebozada en un manto, se llegó hasta el comedor. - -Las tinieblas que reinaban allí, el silencio temeroso de su soledad, -roto bruscamente por el crujido de las maderas de algún mueble, la -atmósfera impregnada aún con el vaho de la cena, todo le inspiró el -deseo de respirar el aire frío y puro de la galería. - -Corrió los pasadores de la puerta y salió. - -No había luna, pero las estrellas dejaban caer sobre la tierra el -discreto resplandor de su luz cenicienta, buscando entre el follaje de -los eucaliptus dormidos, alguna abertura para llegar hasta el suelo. - -Todo reposaba; en los árboles, los raros pájaros que desafiaban el -invierno; las bestias en el campo; las ovejas en el corral; los -perros, alerta el oído para sorprender los rumores sospechosos, que se -agrandaban con el vasto silencio, dormían amontonados, en la cocina; un -cuzquito lanudo, se había trepado sobre el fogón y roncaba suavemente, -con el hocico pegado a la ceniza tibia del rescoldo. - -Y en la rama de siempre dormían los cuervos que la dama no podía ver, -pues quedaban del otro lado de las casas. - -Aquella calma apaciguó sus pensamientos tumultuosos, y le trajo a la -memoria con más nitidez que en toda la velada la palabra del cura, a -quien esa tarde llamó al oratorio, para confiarle su tremenda angustia. - ---¡Padre!--le había dicho, arrodillada a los pies de él, que la -escuchaba sentado en un viejo sillón de cuero, la cabeza apoyada en la -mano.--¡Padre! Mi pobre Carmelo ha sido muerto por él; Jarque también, -y él, ahora, ama a Gabriela, que no puede saber nada de este horrible -secreto, que me pesa como una lápida. Yo habría querido equivocarme, -pero cada día estoy más segura de que ella también lo ama. ¿Por qué, él -que sabe cuál es su crimen, ha venido hasta aquí, y ha turbado la paz -de mi casa con ese amor que es otro crimen? - -Doña Carmen se puso a sollozar, y el cura, con su voz llena y viril, de -maestro que indica la senda, le dijo: - ---El amor puede adueñarse del hombre, sin que esté en su mano -libertarse. - ---Así es; también lo pienso yo,--respondió la dama. - ---¿Sabía él que aquí vivía la viuda de Jarque? - ---No, padre. Mi hija lo salvó, cuando se estaba ahogando y lo trajo -en su bote. Volvió al conocimiento estando ya en esta casa, y yo no -supe quién era el que así recibíamos como un huésped, digno de nuestra -caridad, sino cuando ya era tarde para cerrarle la puerta. Dos días -pasé en la ciudad, preguntando cómo fué la muerte de mi Carmelo; para -algunos era un misterio, pero no faltó quien me hiciera el relato. -Cuando volví a mi casa, el horror de cuidar a ese hombre que veía -ensangrentado con la sangre de mi hijo, me hizo egoísta y abandoné la -tarea a Gabriela, que lo ignoraba todo. Nunca pensé en lo que jamás -debí descuidar. Ella ha vivido triste, como una viuda, toda su vida; -ha presentido el amor, pero no lo ha gustado, porque su matrimonio -no llenaba su corazón. Y libre, por la muerte de su marido, aquel -hombre a quien había salvado, que era cortés y hermoso, que tenía el -prestigio de un soldado valiente, y que empezaba a amarla sin que yo lo -supiera, no podía menos de entrar en el alma de mi hija. Y así fué; yo -he comprendido que si él la quiere, sinceramente, como creo, ella está -embriagada por un amor que es lo que había soñado. - ---¿Y ella? ¿Ella... puede saber?--preguntó el cura con un ligero -temblor en la voz, porque recordó que esa mañana, en el rodeo, algo -extraordinario revelaban los gestos de Gabriela, cuando se acercó a -Insúa. - ---Ella no puede saber--respondió la madre;--si lo hubiera sabido en un -principio, no habría llegado a enamorarse de ese hombre. Y ésa es mi -culpa no habérselo dicho. El crimen es de él, que sabiéndolo se llegó -a ella y la amó. ¡Santo Dios! me tiembla el corazón y me parece oír, -cada vez que pienso en esto, que mi pobre Carmelo se lamenta de que así -hayamos vengado su sangre. - ---La venganza--murmuró el cura--es miseria nuestra. Las almas de los -muertos, que han visto a Dios, no pueden sentirla ni desearla. - ---Y ahora--prosiguió doña Carmen--me aflige el presentimiento de las -cosas que pueden ocurrir, si Gabriela, que está enamorada, llega a -saber qué abismo le separa de ese hombre. Yo soy su madre, y le debo -ahora una dicha que antes por motivos egoístas no le dí. Su padre -quiso casarla, ella consintió, porque era buena y sumisa; y yo, que -debía oponerme, pues conocía su alma, y sabía sus sueños, no me opuse, -y también consentí. Fué su desgracia, quizás por culpa mía. Ahora no -tengo valor para contrariar de nuevo sus ilusiones, y prefiero guardar -para mí el horrendo secreto, que conozco sin que nadie sospeche. - -Con sus manos finas y largas, se tapó el rostro descompuesto por el -dolor y murmuró sofocando el grito de venganza que se alzaba en ella: - ---¡Oh, mi Carmelo, mi Carmelo! - -Don Julián tenía, no obstante su aparente simplicidad, una larga -experiencia que le hacía discreto y sagaz en sus consejos, y humano -por encima de todo, en cuanto se lo permitían sus rígidos principios -religiosos y morales. - -Aquello que le confesaba la dama, no era todo misterio para él, que -había husmeado el secreto que pesaba sobre ella en su propia esquivez, -y en la sombría reserva de Insúa, cuando se comentaba la noche de la -revolución, en que lo hirieron. - -Conocía también los sueños de Gabriela, rotos por aquel matrimonio -sin amor, que fraguó su padre, y alguna vez había temido que la -desesperación entrara en el espíritu romántico de la joven, confinada -en el estrecho horizonte de la Casa de los Cuervos. - -Pensó también que Insúa no era en realidad un criminal, sino un -combatiente que se defiende o ataca, sin odio y sin más propósito que -la victoria para un ideal, y que habría sido injusto equiparar su culpa -a la de un hombre que hubiera muerto al marido para casarse con la -viuda. - ---¿Cómo llegaron a usted los detalles de la muerte de su hijo y de su -yerno? ¿Quién le contó? ¿Hay muchos que lo sepan?--interrogó el cura a -doña Carmen. - -Y ella entonces le hizo el relato. En la noche del entierro en casa de -una parienta, un indio se acercó a contarle con toda reserva lo que sus -ojos habían visto. Nadie más--le dijo--sabía nada de aquello, y nadie -debía saberlo, era el nombre del que había quitado la vida a Carmelo -Borja y a Braulio Jarque. - ---¿Y ese indio quién era, y qué interés tenía en decírselo a usted y en -callarlo a los otros? - ---Era uno de los revolucionarios, que en los primeros momentos había -pasado inadvertido, pero que deseaba ganarse mi voluntad para que -yo influyera ante el gobernador, mi pariente, si acaso llegaban a -prenderle. - -No quería huir, porque había desertado y los compañeros se vengarían; -conocía los secretos de la revolución; había presenciado la lucha de -Insúa, y estaba resuelto a callar, pero que el capitán no lo castigara -si algún día se sabía por él el horrendo secreto. - -La madre siguió acumulando los detalles del relato que el indio le -hiciera, mientras don Julián pesaba en su conciencia el bien y el -mal que podía haber en esconder a todos el secreto que el acaso o la -providencia ponía en sus manos, y dejar que las cosas siguieran sin -violencia su curso natural. - -Cuando la dama se alzó del reclinatorio en que había hecho aquella -confesión que revolvía todos sus dolores, su corazón estaba sometido a -lo que pudiera ser la voluntad de Dios. - -Pero esa noche la soledad o el silencio, que envolvía la casa dormida, -despertó de nuevo en ella la rebelión que la palabra del cura había -apagado. Escuchaba la voz de su hijo muerto, que clamaba por el crimen -que se iba a consumar, permitiendo aquel amor, y todo lo que en ella -había de humano se sublevaba sintiendo aquel lamento, que turbaba su -sueño. - -Se levantó, por eso, y buscó la calma de sus nervios paseándose en la -galería, donde la infinita quietud de la noche apenas turbada por el -rumor del agua del río, volvió la paz a su espíritu. - -Y mientras ella paseaba, temblando de frío, creyendo a su hija dormida, -ésta incorporada en su lecho, llena de espanto, veía por el postigo -abierto de la ventana pasar y repasar la sombra de su madre. - -La había sentido salir, y tuvo vergüenza de hablarla, porque también -su conciencia era como un mar agitado, en que luchaban el nuevo amor, -con todas las fuerzas de su vida naciente, y el sentimiento de aquella -venganza que ella debía ejercer para acallar la voz de los muertos. - -¡Oh, si su madre supiera--pensaba--que ella estaba a punto de doblarse -como una caña ante el huracán de la pasión! - -Y volvía a hostigarla aquella duda: - -¿Ignoraba su madre lo que ella adivinó esa mañana? Si ignoraba, ¿por -qué huía de su huésped como si le horrorizara su vista? Y si sabía, -¿por qué había callado, por qué no se llegó hasta ella, para detenerla -al borde de este amor que era un crimen? - -Con los ojos dilatados en la oscuridad, crispadas las manos sobre las -cobijas, estuvo un largo rato dudando si debía saltar de la cama, para -ir hacia su madre y pintarle su tortura. - -A esa misma hora, otro pensamiento hacía su misma dolorosa jornada. - -Insúa se había acostado temprano, con el pretexto de su partida que -sería al alba, pero en realidad por no encontrarse más con Gabriela, -cuyas palabras al anunciarle la llegada de Alarcón le quitaron toda -esperanza. - -Antes pensaba con pena en el momento en que abandonaría la Casa de los -Cuervos, para acompañar a sus amigos en la nueva campaña que se iba a -emprender. Y ahora, lo veía llegar como un alivio, y su partida era una -fuga, de aquellos lugares en que se había encendido la primera ilusión -de su vida. - -Se estremecía de horror ante la evidencia de que ella esa mañana leyó -en sus ojos la verdad que fué su pesadilla en sus horas de fiebre. -¿Cómo había llegado a comprender ella la maldición que pesaba sobre él? - -¿Pero había comprendido en efecto? ¿Sabía que era viuda por él, que no -tenía hermano por él? - -Revolvía en su memoria todos los detalles de ese día, y serenábase -como un lago su alma atormentada, recordando que esa noche, después de -la cena, al despedirse de Gabriela, mientras sus labios le temblaban, -balbuceando la despedida, ella lo envolvió en una profunda mirada -dolorida, que fué su primera confesión de amor. - -En la insomne noche, parecíale que los ojos luminosos dejaban caer -sobre él una apacible luz de perdón, porque habían comprendido que -era su destino, y no su voluntad, el que había tejido aquella intriga -siniestra. - -¡Ay! ¡pero a esa intriga debía ella su libertad de amarle! - -Alarcón hasta altas horas de la noche le estuvo relatando, en voz baja, -las circunstancias en que se preparaba la revolución. - -El gobierno estaba alerta como nunca, y deseoso de tomar represalias -que curasen de raíz aquella perpetua zozobra en que le obligaban a -vivir. - -Con la muerte inopinada de Jarque había perdido todas las pruebas -con que hubiera podido caer sobre los cabecillas. Ni contra Cullen, -ni contra Montarón, ni contra ninguno de los conjurados que en la -noche del baile debían apresar a Iriondo y a Bayo, se pudo probar -nada en concreto. Ellos mismos, al ver cómo Iriondo escapó de las -manos de Insúa, invirtiéndose los papeles y teniendo éste que huir, -permanecieron quietos, en una actitud que podía ser sospechosa para -los que poseían los hilos de la conjuración, pero que no tenía nada de -hostil contra los hombres del gobierno, que aguardaron en la casa de -Montarón, llena de tropa, el fin de la refriega que se libraba en la -plaza. - -La muerte de Jarque, el adversario más temible que tenían los -opositores, alentóles a vengar cuanto antes aquella derrota, y -sigilosamente, aleccionados por la experiencia de sucesos, en cuanto -recibieron noticias de que Insúa vivía, empezaron los preparativos de -la nueva revolución que había de terminar sangrientamente en la batalla -de los Cachos. - -Oyendo a Alarcón, Insúa podía medir el cambio profundo que en esos días -se había producido en él. Ya esas cosas parecíanle sin sentido. - -¿Qué le importaba a él quién gobernara, si el poder se le presentaba -como la más estéril de las vanidades? - -Pensaba en su drama interior, cuyo desenlace no podía prever y sentía -deseos de entrar en la acción, buscando en la lucha el reposo de su -corazón y de su conciencia atormentada. - -Cuando Alarcón se durmió, comparó la serenidad de aquel sueño, con -el suyo agitado por la fiebre de ese imposible amor. Y sin embargo, -los ojos de ella, que no podían haberle mentido, le habían hablado de -perdón. - -Faltaba mucho aún para el alba, cuando despertó a su compañero para que -fuera a ensillar los caballos, que habían dejado en el corral de las -vacas a fin de tenerlos cerca. - -Alarcón había dormido sobre un apero de montar, y comenzó sin ruido a -juntar las caronas, mientras Insúa se vestía, precipitadamente, sin -decir una palabra, dejando traslucir en sus gestos la impaciencia de -aquella partida, que era como una fuga en medio de la noche. - -Dominado por su propia voluntad imperiosa, ya no pensaba más que en sus -amigos, en su deber, en la lucha. - -Su pequeña maleta pronta, abrió la puerta que daba a la galería, y -salió antes que Alarcón. Encandilado por la luz de adentro, no vió la -sombra huraña de doña Carmen de Borja, que aún se paseaba por allí, -escabulléndose hacia el comedor. - -Llegó hasta el patio, cuya tierra endurecida, apenas mojaba el rocío, y -sintió en la avenida de los eucaliptus el áspero graznar de los gansos -que advertían su presencia. - -Hacía un frío intenso, mas no fué ese frío el que le hizo temblar, -corriéndole por la médula de los huesos. En la sombra siniestra de la -arboleda, a donde había llegado, ansioso de movimiento, percibió el -susurro de las alas de uno de los cuervos, que pasó rozando su cabeza. - -Supersticioso como era tuvo miedo, aunque en la nueva aventura no podía -jugarse más que la vida, que ya apenas le importaba. Para calmar sus -nervios, sintiendo pasos y creyendo que era Alarcón se echó a reír, -dispuesto a contarle el motivo de su pueril recelo. - -Se volvió, y oyó la voz de Gabriela que le hablaba en la sombra donde -apenas se veía su grácil figura. - ---¿Se vá? - ---¡Oh, Gabriela! ¿por qué ha venido?--respondió él, como un reproche, -estremecido de gratitud hasta el fondo de su alma. - ---No le había dicho adiós--dijo ella con dulzura--y era de mal augurio -dejarlo partir así, como si huyera de la casa. - -Insúa se le acercó y le tomó la pequeña mano temblorosa. - ---Es como una huída, en verdad... - ---¿Y por qué?--interrogó ella, vencida en su largo insomnio por el -amor, y resuelta a guardar su terrible secreto. Con tal que él no -supiera que ella sabía de aquel abismo de sangre que les separaba, ¿por -qué no había de amarlo? ¿Cómo podía él nunca sospechar que ella fingía? - -Él le contestaba: - ---¿Para qué había de quedarme? Ayer le dije que a usted le debía la -primera ilusión de mi vida. Ahora... - ---¿Ahora qué?--preguntó ella ansiosa, sintiendo que vacilaba y que -temblaban sus manos. - ---Ahora esa ilusión se ha desvanecido. Mi vida no tiene sentido ya; -usted misma ayer me lo dijo, anunciándome la llegada de Alarcón. "Ha -venido el que esperaba para irse". ¿No fué así? - ---Ayer sí, ayer fué así;--dijo con reprimida vehemencia la joven.--¡Hoy -no! ¡hoy no! ¿Por qué se ha de ir? - ---¿Y por qué había de quedarme? - -Y ella en un relámpago de voluntad, sintiendo que él no hablaría nunca, -desconfiando quizás de que ella hubiese penetrado su secreto: - ---¿Si yo se lo pidiera...? - ---¡Oh, Gabriela! - ---¿Se quedaría? - -De nuevo sintióse pasar el cuervo, echando sobre sus cabezas un viento -cargado de tufo salvaje. Pero ninguno de los dos tuvo miedo. - -Ella dijo simplemente: - ---Cuando vuelan los cuervos de noche es que alguien se acerca. - -Después hablaron, y la confesión del escondido amor brotó con fuerza, -como una llama que disipó en sus corazones el frío y la niebla de las -angustiosas horas pasadas. - -Cuando volvió Alarcón trayendo los caballos, Jesús había llegado con un -farol, y alumbraba el sitio. Empezaron a ensillar. Insúa hablaba con -Gabriela, en voz baja, mirando su rostro que la luz rojiza del farol -alumbraba como una de las estampas del oratorio. - -Graznaron otra vez los gansos, y el ladrido de los perros confirmó lo -que anunciara uno de los cuervos. Sintióse la voz de un hombre que -decía: - ---Manso, Batallón, Cuzco, ¡soy yo, ¡soy yo!--aplacando a los perros que -conociéndole dejaron de ladrar. - -Llegóse él hasta el grupo, y Gabriela dijo: - ---Es el ovejero. - -Era un viejito descarnado, pequeño, ágil aún, vestido miserablemente, -con una vieja chaqueta azul de militar y un cuero de oveja sujeto a la -cintura con una huasca. - -Saludó con voz apagada y acercándose al capataz, que en ese momento -aparecía, le contó en voz baja que esa noche había llegado al rancho -donde él vivía, a una legua de distancia, un hombre que parecía andaba -sobre el rastro del capitán Insúa. - ---¿Cómo es ese hombre?--preguntó Insúa oyendo aquello. - ---Aindiado, capitán; quizás indio de veras. - ---José Golondrina--murmuró Alarcón. - ---Entonces habrá que hacerle venir--dijo Insúa. - -Alarcón que cinchaba su caballo, dejó el correón y se volvió hacia el -capitán. - ---Será mejor que no sepa donde estamos. - -Lo dijo como para que Insúa no más lo oyera. - -El ovejero continuó: - ---Por lo que me ha parecido entender, no es de los revolucionarios, -más bien del gobierno. Entró en mi rancho, al anochecer; me pidió -carne y le dí media pierna de oveja. Me dijo que era poco y me compró -un costillar. Salió para el monte, diciendo que iba a ponerlo en las -alforjas. Yo creo que no era así, y que alguien, que no quería dejarse -ver, lo esperaba allí. Tal vez son varios los compañeros; el perro que -tengo ladró toda la noche, estando ya ese hombre en el rancho. Cuando -lo ví dormido, me salí, y aquí estoy avisándoles y para lo que gusten -mandarme. - -Hablaba despacio, con voz monótona, pero se adivinaba en sus ojos -chispeantes, a pesar de la calma de sus facciones, la sagacidad del -paisano, que lee las intenciones en la cara más impasible. - -Un momento Insúa había tenido la intención de quedarse en la Casa -de los Cuervos para ganar mejor aquella alma que se venía a él, y -averiguar si doña Carmen de Borja, huraña con él, se negaría a darle su -hija. Mas al oír hablar al ovejero comprendió que el gobierno estaba -sobre su pista, y que José Golondrina servía sus planes. Tenían, sin -duda, la consigna de llevarle vivo o muerto, y aunque habría sido su -gusto pelear contra la patrulla que sin duda acompañaba al indio, cedió -al pedido de Gabriela que mandaba ya en él, y resolvió huir, dejando -la promesa de volver y llevando la gran esperanza que ella había -encendido en su corazón. - -Y así, cuando estuvieron ensillados los caballos, besó la mano que -Gabriela le tendía, y con el capataz que había de guiarles hasta -el vado, en donde estaba la canoa para pasar el río, crecido aún, -partieron al galope, haciendo resonar en la noche la tierra endurecida -por la helada. - -Gabriela siguió con la mirada ansiosa las siluetas que pronto se -perdieron en la sombra. - -Estaba próxima el alba y ya los cuervos revoloteaban desde su árbol -al corral de las ovejas, que empezaban a balar, por el frío de la -madrugada, y al entrar en la galería, sintió Gabriela el susurro de las -alas de uno de ellos que pasaba rozando el muro. - - - - -VI - -Sobre las huellas de Insúa - - -A pie, cruzando por los atajos del monte, en la niebla precursora del -alba, llegó ñor Basilio, el ovejero, al rancho en que vivía solo, desde -hacía veinte años. - -De lejos vió la llama del hogar, encendido por su huésped de esa noche. -Cuando entró, hallólo sentado sobre la osamenta de una cabeza de vaca, -atizando el fuego que ardía sobre el suelo de tierra en medio del -rancho. En una "pava" de hierro, ennegrecida por el hollín, empezaba a -calentarse el agua para el mate. - ---¡Buenos días!--se dijeron sin mucha efusión. - -Ñor Basilio sacó de un rincón una especie de morral de cuero, donde -guardaba la yerba y el azúcar, tomó el mate, vaciado de la yerba -vieja, y empezó a cebar, tasando con escrúpulo, los ingredientes del -rico desayuno. Era sumamente pobre, cuidaba de la majada a un tanto -por ciento en las crías, y sólo cuando vendía la lana de la esquila, -hacíase de algún dinerillo para yerba y azúcar. Tabaco no compraba; -cultivábalo él mismo en un cuadrito rodeado de ramillas para librarlo -de algunas gallinas que a esa hora empezaban a esponjarse, ante el día -que llegaba, en una ramadita a la vera del rancho. - -José Golondrina, silencioso, sentado en la osamenta, miraba ir y venir -al ovejero que preparaba el mate. Lo vió ponerse en cluquillas al lado -del fuego, y coger la pava, que borbotaba con el hervor del agua, y -brindarle enseguida el primer mate. - ---¡Sírvase! - -El indio, callado siempre, sorbió el contenido del mate, y al devolver -la pequeña vasija, lustrada por los años de uso, dijo a ñor Basilio con -una leve intención: - ---Yo soy madrugador, pero usté me gana. - ---Así parece,--contestó el otro. - ---Esa sendita que se ve entre las pajas, ¿va a la Casa de los -Cuervos?--y señalaba una raya clara trazada en el pastizal. - ---¿Tiene viaje para allá?--interrogó el viejo. - -El indio movió la cabeza sin decir nada. - ---Si quiere lo acompaño para que no se pierda en el monte. - ---No he de perderme--respondió José Golondrina.--Yo soy baqueano de -estos campos, aunque hace años no vengo. - ---Nunca lo vide por aquí--observó el ovejero, dándole otro mate. - -El indio se puso de pie y salió del rancho. Afuera ya el alba iluminaba -el paisaje con su luz cenicienta. - -Una bandada de patos "siririses", pasó silbando por encima del rancho, -y José Golondrina se estremeció, porque era un buen cazador al vuelo. - ---Qué tiro se ha perdido--dijo; mas no oyó que ñor Basilio le -contestara nada. De cuando en cuando se miraban los dos, como si el uno -desconfiara del otro. Cuando se encontraba con los pequeños ojuelos -interrogadores del dueño del rancho, bajaba la cabeza, como si algo se -le hubiera caído. - ---Voy a ensillar--dijo, concluyendo el tercer mate, que tomó arrimado a -la puerta. - -En ese momento, sobre la nítida raya del horizonte, sobre la infinita -llanura de la isla de enfrente, apareció el disco rojo del sol, y el -inmenso paisaje pareció vibrar herido por su luz. - -El gallo cantó batiendo ruidosamente las alas, y escarbando la tierra -dura como una arcilla quemada, frente a la puerta del rancho. - -Ñor Basilio salió con el mate en la mano, para espiar las andanzas de -su huésped. Por lo que había oído esa noche, el personaje no era de -mucha confianza. - -Lo vió cruzar el pajonal, que ondulaba al sol, con reflejos plateados. -A lo lejos, a un tiro de fusil, en la orilla del monte, se veía el -caballo que dejara el indio, maneado y sin freno, para que paciera a su -gusto en la noche, alerta, relinchando al dueño que se le acercaba. - -José Golondrina lo enfrenó, quitóle la manea, y montó en pelo, para ir -hasta el rancho, en busca de su apero, que le sirvió de cama. Antes, -sin embargo, se internó en el monte, obscuro aún con la sombra alargada -de los árboles. - ---Va a avisar a los compañeros--pensó el viejo.--Este hombre anda en -malas andanzas. Que Dios lo ayude. - -Y se metió de nuevo en el rancho, satisfecho de haber llegado a -constatar que el indio no andaba solo. - -Media hora después, cuatro hombres a caballo, cruzaban el tupido -algarrobal, siguiendo un sendero abierto entre la hierba profusa, por -el paso de hacienda, en dirección a la Casa de los Cuervos. - -Uno de ellos, José Golondrina, marchaba adelante de los otros, -sirviéndoles de guía. - -Eran dos soldados, sin otro distintivo que la gorra, el sable y -carabina, y un alférez, jovencito y rubio, como un extranjero, embozado -en una capa de paño azul, con forro de bayeta roja, por debajo de cuyos -bordes aparecía la extremidad de la espada. - ---Dicen que es bonita la viuda de Jarque--díjole sonriendo uno de los -hombres que marchaba a su lado. - -El alférez, que venía pensando en ello, alzó la voz dirigiéndose a José -Golondrina, que apenas se volvió: - ---¿Quién la conoce? ¿Vos, indio? - ---No, mi alférez. - ---Es lástima; podrías darme datos. - -Siguieron al trote, distinguiéndose del ruido sordo de los cascos en la -hierba ennegrecida por la helada de la noche, el ruido de los sables -que se golpeaban. - -José Golondrina revolvía sus viejas memorias. Pensaba en su tribu, en -su obscuro destino, en su fortuna, si aquel hombre, que iban a buscar -moría. - -Había hablado con el gobernador Bayo en la ciudad, y sin confiarle el -motivo de su odio, habíase hecho el eje de la persecución del gobierno -contra Insúa, de cuya existencia tenían ya indicios seguros. - -En la noche de la revolución, él, que hiciera fuego sobre su jefe, -debió huir y refugiarse en la primera casa, cuyas tapias pudo saltar, -para escapar a la saña de los milicianos vencedores, que pasaban -sableando a los revolucionarios fugitivos. - -Aquella casa era de los parientes que dieron hospedaje a doña Carmen de -Borja, cuando llegó de la estancia para enterrar a su hijo, que allí -se veló. - -En el tumulto de la gente que acudió el primer día, pasó el indio -inadvertido, pero después lo apresaron, y entonces aprovechando la -circunstancia de conocer el secreto de la muerte de Carmelo Borja, por -lo que oyera la noche de la revolución, logró hablar con su madre, -y revelóselo, y en cambio de aquella revelación que había de ser la -pesadilla de la infeliz mujer, le pidió que hablara a Bayo en su -nombre, para que le dejaran libre. - -Cuatro días pasó en un calabozo, con las piernas en la barra de -grillos, solo, temblando de frío, cuando una mañana, el gobernador en -persona, llegó hasta su prisión deseoso de hablarle. - -Sabíase de la muerte de Insúa, mas no se había dado aún con su cadáver, -por lo cual, José Golondrina, que era desconfiado y astuto, tuvo la -sospecha de que había escapado vivo de sus perseguidores, para quienes -la noticia de que habían logrado concluir con el temido caudillo fué -ocasión de un premio. - ---No debe haber muerto--dijo el indio al Gobernador, que le escuchaba -de pie, junto a la barra de grillos.--Si el señor quiere, yo daré con -él. - ---Si está vivo--contestó Bayo.--¿Y si está muerto? - ---Daré lo mismo con su cuerpo. - -El aire sombrío e inteligente del preso, interesó a Bayo, que lo mandó -poner en libertad, y le encargó de la pesquisa. - -Con una patrulla recorrió José Golondrina el río, la laguna, los -sauzales de las islas, y llegó hasta la Casa de los Cuervos, cuando -Insúa estaba allí, luchando aún con la muerte. - -Doña Carmen de Borja habló con el indio, disipando su sospecha, y él -la creyó porque nunca habría imaginado que aquella mujer que tenía los -ojos enrojecidos de llorar a su hijo, escondiera en su misma casa al -matador. - -Algunos días después José Golondrina, de quien el gobernador Bayo no -estaba muy satisfecho, entró en la casa de Montarón, como peón para los -servicios pesados, partir leña, traer agua del río, cuidar la huerta. -Nadie sabía allí de dónde venía: contó una historia y le creyeron. - -Era sumiso y callado e inspiraba confianza, y él, poco a poco, -atisbando con astucia, se enteraba de algunos importantes secretos que -a nadie confiaba, mientras no llegara la hora. - -Don Patricio Cullen iba con escasa frecuencia, mas conocíase que la -relación era estrecha y cultivada entre Montarón y él. José Golondrina -más de una vez llevó mensajes de éste, que ahorraban una visita. - -A ninguno de los dos les había desengañado el fracaso. Por el -contrario, su pasión política se exacerbó ante la derrota, y -aprovechando las nuevas circunstancias, en que la muerte de Jarque -dejaba las cosas, no bien recibieron noticias de que Insúa vivía, -empezaron a tramar una nueva revolución. - -José Golondrina seguía de cerca la conjuración. Así tuvo noticias de -Insúa, aunque no llegó a saber cuál era su paradero. - -Y fué entonces cuando la astucia del indio le procuró el más eficaz de -sus colaboradores, para aquella empresa de odio que tramaba. - -Syra permanecía en casa de sus padres, aunque en los primeros días -huyera de ella. Mas no tenía trato con nadie. Aislada, voluntariamente, -en su cuarto, dejaba correr su vida en una sombría tristeza, llena de -rencor y guardando en su alma apasionada la memoria del muerto, cuya -sangre, en su traje de baile, que solía ponerse a solas, le pedía -venganza. - -El indio se enteró de la historia de la joven, y vió que podría hacerla -servir admirablemente sus planes, sin que lo advirtiera, y empezó a -rondar en su cercanía para que le tomara apego. - -Así estaban las cosas, cuando un día, Cullen en una visita a Montarón, -dejó escapar el nombre de la Casa de los Cuervos, en momentos en que se -acercaba el indio, que les servía el mate. Por el tono de la voz, por -la alarma que pareció causarles el que alguien hubiera oído aquello, -comprendió José Golondrina que doña Carmen de Borja le había engañado -cuando él fué a la Casa de los Cuervos en busca del capitán. - -Y resolvió ir otra vez. Salió esa noche de la casa de Montarón, sin ser -visto, y fué a ver a Bayo, y le prometió de nuevo dar con el paradero -del perseguido caudillo, el único de los jefes de la revolución contra -el cual podía hacerse un proceso que cortara para siempre en él la -vocación revolucionaria. - -Bayo, que vivía intranquilo, rodeado de enemigos, contra los cuales no -tenía pruebas, aceptó la propuesta del indio, y mandó con él aquellos -tres hombres que pasaron la noche en las cercanías del rancho de ñor -Basilio. - -El sendero que seguían por entre el monte llegó pronto al bañado, que -se extendía a mitad del camino entre el rancho del ovejero y la Casa de -los Cuervos. Cuando llegaron allí, se lanzaron al galope, el alférez y -sus dos hombres adelante, el indio José detrás, mirando con ojo experto -los campos y las haciendas que hallaban al paso. - -De pronto dió un grito. En el bañado, entre la caballada que pacía las -hierbas altas y frescas, nacidas en aquel suelo empapado, divisó el -caballo de Insúa, el mismo en que huyó la noche de la revolución, un -tostado magnífico, de largas clinas, descarnado y musculoso, que su -dueño al partir esa noche había dejado en la estancia a fin de tenerlo -cerca de la ciudad, para la próxima campaña. - -Creyó que era eso señal evidente de que el capitán estaba allí, y como -los hombres que galopaban adelante no se hubieran dado cuenta de su -exclamación, no dijo nada, y llegaron así a la Casa de los Cuervos. - -La irrupción de aquellos cuatro hombres armados en el patio de los -eucaliptus, provocó grande alarma. Ladraron violentamente los perros, -los sirvientes corrieron adentro, en busca del ama, que salió al rato, -cuando ya el alférez había echado pie a tierra ahuyentando los canes a -rebencazos, como dueño y señor de la morada. - -El gesto severo de doña Carmen de Borja le impuso mayor respeto. Habló, -no obstante, con altanería: - ---Veníamos en busca de Francisco Insúa. - ---Aquí no está--respondió secamente la dama. - ---El gobierno sabe que aquí se esconde. - ---Se equivoca el gobierno. - ---Tiene denuncias, señora. - ---Lo han engañado. - -Apareció Gabriela en ese momento, al lado de su madre, asustada ante -aquella violencia, por la suerte del hombre que amaba, y a quien podían -aún perseguir y alcanzar en el campo. - ---¡Mama! que registren, que pierdan tiempo--dijo hablando al oído a -doña Carmen. - -El alférez, al ver a Gabriela, había cambiado de actitud y se -aproximaba almibarado y lleno de disculpas: - ---Quizás sea así, señora; pero esas denuncias lo obligan a proceder en -esta forma, y yo no podría evitarlo. - -Había llegado hasta la galería, donde estaban ambas mujeres, de pie, -cuando José Golondrina, que estudiaba ávidamente la cara ansiosa de -Gabriela, se acercó bruscamente, y dijo con sonrisa maligna: - ---Mi alférez, diga usted que hemos visto el caballo del capitán -comiendo en el bañado. - -La joven juntó las manos llena de angustia, creyendo que Insúa se -hubiera detenido en el monte con algún propósito que no sospechaba, y -hubiera soltado su caballo. - -Pero el indio explicó, mirándola siempre con una mirada que le entraba -en el alma como una hoja fría: - ---El tostado malacara; lo acabo de ver yo, que lo conozco bien. - -El indio vió animarse las facciones de Gabriela, y pensó que aquella -hermosa mujer habría sido una reina digna para su tribu, si algún día -se cumplía la palabra de la adivina. - ---Mama, que registren--dijo Gabriela. - ---Vos, José Golondrina--observó duramente doña Carmen--ya has venido a -mi casa en busca de lo mismo: ¿qué hallaste? - ---Su merced disculpe--respondió el indio, bajando al suelo sus ojos -obscuros y maliciosos;--yo era mandado entonces y ahora. Me dicen que -busque y busco. - -Echó pie a tierra, sonándole el sable y las espuelas de anchas rodajas -de plata. Un poncho de lana gruesa le cubría, arrastrando los flecos. - -El alférez habría deseado quedar bien con aquella familia por merecer -de Gabriela una buena palabra que algún día le sirviera para tornar a -la casa. Pero aquel indio, mal dispuesto, podía perderle, y se resolvió -a ordenar el registro. - ---Es un nuevo agravio que se me hace--protestó doña Carmen de Borja--y -yo me quejaré a mi primo el Gobernador. - ---Él lo ha ordenado--observó el indio. - ---¡Miserable!--contestóle ella en secreto, de modo que sólo él la -oyera--yo te salvé de la barra, y es la segunda vez que asaltan mi -casa, por denuncias tuyas. - -El indio sonrió y pasó la puerta que le abrían para comenzar el -registro. - -En el cuarto, frente al árbol de los cuervos donde hasta el día -antes estuviera Insúa, halló a Gabriela, que huía del alférez cuyas -insinuantes miradas le sublevaban. - ---No lo hallarán--dijo la joven con ira--porque no está aquí. - -José Golondrina que registraba los rincones, se volvió a ella, y le -dijo espiando su actitud: - ---¡Mejor para él! - ---¿Por qué? Yo no lo conozco, pero sé que sabría defenderse, porque es -un hombre valiente. - ---Peor para él, entonces, porque tendríamos que matarle. - -Gabriela se inmutó. - ---Esa es la orden--dijo el indio observando aquella impresión. - ---¡Oh!--exclamó la joven intensamente pálida:--¿Es posible que se den -esas órdenes? - -José Golondrina sonrió y Gabriela comprendió, por la malevolencia de -su sonrisa, que había adivinado el secreto de su alma. Se quedaron -silenciosos un instante: ella sentía crecer la angustia de su corazón, -ante la mirada penetrante de aquel hombre, mas no se atrevía a -alejarse, por miedo de provocar su encono. Habría deseado, por el -contrario, hallar una palabra que aplacara su odio contra el hombre que -ella amaba. - ---¿Por qué lo persiguen?--se animó a decir. - -El indio no respondió, siguió sonriendo, con amarga ironía. - ---¿Le ha hecho a usted algún mal?--insistió la joven. - -Él contestó que no, moviendo la cabeza, y sonriendo siempre. - ---Entonces, ¿por qué lo odia y quiere matarle? - -El indio habló despacio, con indefinible tristeza en la voz: - ---¿Por qué si no lo conoce lo defiende? ¿No comprende que los hombres -que la sigan y la vean como yo, van a odiarlo a él, sólo porque usted -parece enamorada? - -Gabriela tembló. ¿Lo amaba tanto en verdad que ya hasta los ojos -extraños adivinaban su amor? - -José Golondrina se acercó a ella: - ---¿No ve, niña, que quien la vea la ha de querer y se ha de poner -celoso de que usted lo defienda? - -Había desaparecido de sus torvas facciones el gesto que hacía -desconfiar de él, y sólo se notaba la emoción con que decía algo que -era como una confesión de amor. - -Gabriela, que temía al indio, por Insúa más que por ella, aún -aterrorizada por aquella palabra, no quiso alejarse, y oyó al indio que -le dijo: - ---Es la tercera ocasión que me llego a esta casa, y no es la primera -vez que la veo. ¿No sabe, niña, que un hombre puede llegar a querer con -sólo una vez que encuentre a una mujer? - ---No hable así--respondióle Gabriela acercándose a la puerta;--le diré -al alférez que usted ha venido no a buscar a un revolucionario sino a -conquistar a una mujer. - -José Golondrina volvió a sonreír. - ---También él hubiera hecho lo mismo si la hubiera visto como yo -pidiendo perdón por un hombre que no es su marido... - ---¡Yo no he pedido perdón! - ---Ni su hermano... - ---Yo no he pedido perdón para él que es valiente--protestó Gabriela, -temiendo que el indio aludiendo a su marido y a su hermano, quisiera -hacerle saber que conocía quién les había dado muerte. Se sintieron -pasos en la pieza vecina. - -El indio se le acercó; ella fué a abrir la puerta; pero él con un gesto -la detuvo y le dijo: - ---No tenga miedo de mí. - ---No, no tengo,--respondió ella con orgullo--¡no tengo miedo de nadie! - ---Ni por usted ni por él... - -Oyó apenas la palabra, mas se inflamó la esperanza de que si ganaba el -corazón de aquel hombre, pudiera proteger mejor la vida de Insúa en -peligro. - ---Ni por él--repitió el indio mirándola fijamente, como si con la -respuesta que ella iba a dar con su palabra o con sus acciones, -pendiera toda su suerte. - -Y cuando ella, sin hablar, mostró en sus ojos cuánto le complacía -la seguridad que él le brindaba, y cuánto amaba al caudillo -revolucionario, el indio se echó a reír con amargura, como si al -adueñarse del secreto de ella, se esfumara su propia esperanza. Alargó -la mano obscura y nerviosa y la cogió con fuerza de un brazo. - -Ella gritó. Él cerró con violencia la puerta que ella abriera, y le -dijo al oído, quemándola con su aliento: - ---¡Está enamorada, enamorada de él! ¡Qué miseria! ¿No sabe que él...? - -Llena de miedo y de horror Gabriela se echó atrás a tiempo que se abría -la puerta y entraba don Julián, el cura, como un ventarrón atraído por -el grito de ella. - -Sonaron dos bofetadas. - ---¡Miserable!--rugió el cura. - -El indio, doblegado por aquel brazo hercúleo que se abatía sobre él, -soltó a Gabriela, y se incorporó, con el odio pintado en el rostro -cárdeno como un verdugón. - -Le temblaron los labios, descoloridos: no pudo hablar, y sólo cuando -salió de la pieza, logró dominar su cólera salvaje, y dijo sordamente -volviéndose al cura, que atendía a Gabriela, desmayada en el suelo: - ---¡Ah, la mala mujer! Yo seré la venganza de ellos, y ella será mi -esclava... Nadie le oyó; por toda la casa circulaban los soldados -registrando minuciosamente los últimos rincones para dar con el -caudillo. - -En el patio, doña Carmen de Borja contestaba con dureza las preguntas -del alférez. - -Un instante le azotó el alma el recuerdo de su hijo muerto por el -hombre sobre cuyos pasos podía ella poner a la justicia que lo -perseguía. Pero fué un aletazo negro, como el que en la noche -siniestra de la revolución, le anunció su desgracia. - -Cuando los soldados partieron desengañados, después de registrar la -casa, la silueta severa de la dama quedó un rato en el mismo sitio, -mirándolos alejarse. - ---¡Dios mío, qué horror!--exclamó entrándose.--¡Yo lo perdono y ella lo -ama! - - - - -TERCERA PARTE - - - - -I - -En la casa de Bayo - - -Jarque se había llevado a la tumba el peligroso secreto de don Serafín -Aldabas, en cuya escuela se reunían, los conjurados, para la revolución -de Marzo. Y a esa discreción, impuesta por la muerte, debió sin duda el -maestro, el que no se suprimiera la modesta pensión del gobierno, que -le hacía vivir. - -Pero los apuros del erario provincial agraváronse hacia mediados del -año 77, y de nuevo empezaron a acumularse los meses impagos, y a ver el -mísero don Serafín crecer su deuda en el boliche del catalán. - -Menos mal que a la vuelta de la escuela, en el Café del Plata, frente -a la plaza 25 de Mayo, tenía dos alumnas, a quienes daba lecciones a -domicilio: y si bien sus ganancias no eran gran cosa, su situación de -maestro otorgábale crédito en el negocio, lo que le permitía sacar -al fiado algunos comestibles, en los momentos de apuro, cuando su -Rosarito le sonreía, advirtiéndole que estaban obligados a vivir de -"mazamorra" hasta que Dios quisiera. - -Ocurría, sin embargo, un fenómeno, causa de hondas preocupaciones para -el inocente maestro de escuela. - -El Café del Plata era el nidal de los opositores. - -En el buen tiempo, su patio encuadrado por la galería de tejas, -sombreado por hermosos naranjos, que le daban más carácter nacional -que los malos cromos de la batalla de Caseros, con que su dueño había -adornado las paredes, congregaba a los enemigos del gobierno, que -buscaban en aquellas tertulias una ocasión de hablar mal contra los -hombres del Cabildo. - -La oposición al gobierno de don Servando Bayo, detrás del cual se -notaba la mano de hierro, enguantada de seda, del doctor Iriondo, -había agrupado a las familias más distinguidas de Santa Fe, en torno -de don Patricio Cullen, y aunque en el grupo figuraran muchos hombres -de convicciones católicas, predominaba una tendencia contraria, que -justificaba el nombre de "liberales", adoptado por ellos, en la lucha -política. - -El gobierno, por su parte, gozaba de grandes prestigios ante el pueblo, -donde se imponía la figura de Iriondo, seductora y enérgica. - -Don Serafín había observado que cuando sus angustias crecían, porque no -le pagaban la pensión, aumentaba su crédito en el Café del Plata. Más, -parecíale haber observado, también, que se agravaron grandemente las -dificultades que experimentaba para cobrar del gobierno, con su entrada -a la casa, aunque era notorio que no iba como conspirador. - -De donde para el maestro surgía un formidable problema: ¿aquéllos no me -pagan, porque éstos me ayudan, o me ayudan éstos porque aquéllos no me -pagan? - -Cada tarde al entrar al café, por la sala de la calle que cruzaba -con paso blando y presuroso, como para que si había algún espía -comprendiera que él no era un conspirador, proponíase el mismo -problema, miraba el reloj, buscando la respuesta, y volvía a guardarlo, -resignado a su confusión. - -Anclado así de proa y de popa, seguía viviendo mísera y apaciblemente, -sin otro horizonte que su escuela ni más ilusiones que sonreír a -Rosarito, cuyos ojos profundos y dulces jamás desmentían sus sonrisas. - -¡Ah, su hija! cómo había sabido acolchar su miseria para hacérsela -amable. Por ella vivía y para ella quería vivir, sin saber bien qué -podía hacer él para hacerla feliz. - -Un día estuvo a punto de penetrar el enigma de su alma inocente. - -Fué cuando se recibió en la ciudad la noticia de la muerte de Insúa. -¡Cómo lloró su niña! Al alba del día siguiente, la vió salir enlutada, -en dirección a la iglesia de los jesuítas, donde, según le contaron, -pasó una hora rezando ante el altar de la Virgen de los Milagros. - -Cuando volvió, ella le dijo: - ---Tata, no ha muerto; no es verdad que haya muerto. - ---¿Quién te lo ha dicho? - ---Nadie; lo sé yo, que no creeré en su muerte mientras no vea su cuerpo. - -Su padre movió la cabeza. - ---Todos lo dicen, sin embargo,--murmuró tristemente, deseoso de no -desengañarla ni de halagar su ilusión. - -Por escasa experiencia que tuviera del mundo, sospechó que su hija -estaba enamorada, y se llenó de pena, porque era justamente ese amor el -ideal que venía cultivando en el secreto de su corazón, como el único -medio de asegurar el porvenir de su hija. - -Y ahora lo veía hundirse, sin que él hubiera tenido tiempo ni -resolución de confiarlo a nadie. - -Diez días pasaron así, bajo la angustiosa incertidumbre. La convicción -de su hija le llegó a contagiar, y también él dudó de la muerte de su -sobrino, hasta que un día, un mensaje de él, con todo misterio, les -mostró que, en verdad, el corazón de Rosarito no había mentido. - -Más tarde se divulgó en la ciudad, por otros conductos, lo que ellos -sabían, que Insúa no había muerto. - -Hacia fines de Junio, salía una vez del Café del Plata, después de su -lección, cuando en la calle, de noche ya, por la brevedad de los días -de invierno, al arrebozarse en la capa, a fin de librarse del áspero -viento del Sur, alguien le tomó del brazo y le arrastró en dirección -opuesta a la de su casa. - -Lleno de sorpresa, no distinguió en un principio más que una alta -figura negra, pero conoció quién era en cuanto le habló, después de -alejarse un trecho del cuadro de luz que pintaba en la vereda el -mezquino farol del café. - ---¡Ilustrísimo doctor Zavalla! - ---No me ponga motes, don Serafín, no soy obispo. - ---¡Señor Canónigo! - ---¡No soy canónigo! - ---¡Señor...! - -Alto, gallardo, envuelto en un manteo con forro de seda, caminaba -a prisa, llevando del brazo al endeble maestro que se deshacía en -cortesías ante la inesperada muestra de afecto de uno de los hombres -más poderosos de la situación. - -Habían recrudecido extraordinariamente las alarmas revolucionarias, y -los hombres del gobierno comprendían que vivían sobre un volcán. - -Casi a diario llegaban al Cabildo denuncias de que se preparaba un -vasto complot. Don Patricio Cullen había abandonado repentinamente la -ciudad, dábasele como residente en su estancia "Los Algarrobos", donde -en medio de las colonias extranjeras, de reciente fundación, estaba el -foco de las fuerzas con que podía contar para todo movimiento. - -El gobierno sabía esto; mas lo desazonaba el absoluto misterio que -rodeaba el paradero de Insúa, el más bravo y audaz de los jefes -revolucionarios. - -Señalábase su presencia en su estancia del Norte, y cuando el gobierno -que lo perseguía para enjuiciarlo por la revolución de Marzo, destacaba -una partida en su busca, sabíase que había pasado como una exhalación a -Entre Ríos o rondaba cerca de Santa Fe, al habla con los opositores. - -Hacía un mes, sin embargo, que se le había perdido la pista. No se -tenía el más leve indicio de su paso. Ignorábase si estaba cerca o -lejos, lo cual preocupaba extraordinariamente a los gubernistas. Podía, -y eran sospechas vehementes de la policía, estar oculto en la misma -ciudad, en cuyo caso debía vivir con el arma al brazo, considerando -inminente la revolución. - -Todas las noches los consejeros del gobierno celebraban su reunión; en -la casa de Iriondo frente a la plaza, algunas veces, o en la casa del -gobernador Bayo, a la vuelta del Cabildo, y allí, con todo misterio, -se discutían y se pesaban las informaciones que llevaba el jefe de -policía, don Manuel Echagüe. - -Hacia la casa de Bayo, donde era la tertulia de esa noche, marchaba -presuroso don Manuel María Zavalla, embozado en su lujoso manteo, -debajo de cuyos pliegues elegantes no habría nadie extrañado que -apareciera la contera de una espada. - -Al cruzar la plaza, obscura y temerosa, mas no para un hombre de sus -arrestos, tuvo la inspiración de torcer su camino a fin de pasar por la -vereda misma del Café del Plata, llevado por la curiosidad de atisbar -algo y aun atraído por el peligro de algún incidente con cualquiera de -sus adversarios. - -Estaban la plaza y la calle solitarias, alumbradas por los cuatro -faroles de las esquinas, que parecían más bien espesar la obscuridad de -una noche sin estrellas. - -Al enfrentar al café, en cuyo interior sentíase el pacífico -chasquido de las bolas de billar, vió salir a don Serafín Aldabas, -cuyo parentesco y amistad con Insúa recordó al momento, haciéndole -interesante el inofensivo personaje. - -Lo tomó del brazo y le habló como si de tiempo atrás hubiera estado -buscando la ocasión de encontrarle. - ---Dicen las malas lenguas que es usted opositor, don Serafín. - -El maestro alzó los brazos, clamando al cielo. - -Su capa batida por el viento se arrancó de sus hombros y cayó hacia -abajo. Zavalla se echó a reír, porque le vino a la mente el recuerdo -de Friné, convenciendo a sus jueces de que era una calumnia la -acusación que le enrostraban. - -Ayudóle a arrebozarse de nuevo y siguió caminando a prisa, agarrado a -su brazo. - ---Si es mentira eso, como lo he creído siempre, y si no tiene apuro, -véngase conmigo por un minuto hasta lo del gobernador. Yo tengo que -hablarle del subsidio de su escuela... - ---¡Oh, señor don Manuel María! - ---Y de su hija Rosarito... ¿no es mi ahijada? - ---En efecto, señor don Manuel... - -Llegaban al ancho portal de la casa de Bayo. Subieron los tres -escalones de piedra, y Zavalla, guiando al maestro, entró sin llamar a -una de las piezas laterales del ancho zaguán, iluminado apenas por un -gran farol de hierro, pendiente del techo. - -La pieza estaba desierta. Zavalla se sentó en el sofá, arreglándose -los pliegues de su traje talar, y atrajo al maestro, cuidadosamente -arrebujado. - -Sobre una mesa redonda de mármol, con rojo pie de caoba, que estaba en -el centro, ardían cuatro velas de esperma en un candelabro de plata. - -En la pieza contigua sentíanse voces de hombre. Alguien que hablaba -acaloradamente con voz timbrada y varonil que parecía que pudiera oírse -desde la calle a través de las gruesas maderas de las puertas, al -notar la presencia del recién llegado se calló y se asomó hasta donde -acababan de buscar asiento Zavalla y don Serafín. - -Era el doctor Pizarro, el ministro de Bayo. - -Saludó muy sorprendido al nuevo visitante, y como Zavalla le hiciese -una seña para que los dejara solos, se volvió, mientras don Serafín de -pie formulaba sus salutaciones y sus excusas. Sintióse de nuevo su voz, -más discreta. Escuchábasele con profunda atención, pues siendo varios -los que allí estaban, sólo hablaba él, mas sus palabras no se percibían -desde el rincón donde el maestro dedicaba toda su atención a lo que le -iba diciendo Zavalla. - ---¿Andan bien sus negocios, don Serafín? Con seguridad que el gobierno -le adeuda algunos meses... - ---¡Doce!...--suspiró el pedagogo. - -Zavalla hizo un gesto de desaprobación. - ---No está bien eso; pero ya me lo explico: se dicen tan graves cosas de -usted... - -Hizo una pausa llena de intención, mirando en las pupilas a su -interlocutor, que maquinalmente sacó su reloj y se puso a darle cuerda. - ---¡Son calumnias, señor don Manuel!--exclamó con un hilo de voz.--Si no -fueran esas lecciones que doy en el Café del Plata, me habría muerto de -hambre ya. - ---Bueno, lo creo. Lo esencial es que esté vivo hasta ahora. Yo mismo -hablaré hoy con el gobernador, para que le paguen el atraso, y le -aumenten la subvención. - -Don Serafín se acordó de Jarque, y sonrió con amargura. Con que se la -pagaran sería bastante... - ---¿Me espera un minuto?--díjole de pronto Zavalla, como si acabara de -tener una inspiración. - -Se levantó, dejando sentado al maestro, y fué hacia la pieza vecina, -cuya puerta habían cerrado. - -Don Serafín miró su magnífico reloj. - ---¡Las siete! ¿qué dirá Rosarito de mi tardanza? - -Era tan medida la existencia de Don Serafín, que cinco minutos de -retraso en volver a su casa, alarmaban a la niña, la que sospechaba -toda clase de peligros pendientes sobre aquel hombre bueno y tímido -como un niño. - -Pasado un rato, Zavalla volvió agitando un papel, cuya escritura fresca -temía borronear. - ---Con esto, mañana, podrá cobrar sus doce meses atrasados. - -Don Serafín dió un salto. - ---¡Los doce meses!--exclamó, calculando que al día siguiente sería -poderoso, con aquellos atrasos cobrados de un golpe. - ---Sí, los doce... ¿Me he engañado? era difícil, porque el erario anda -flojo, pero hice valer un supremo argumento. - -El maestro enarcó las cejas, poniéndose de pie al lado de su -interlocutor que se agachó, murmurándole al oído: - ---Le dije que necesitaba plata para el casamiento. - ---¿El casamiento? ¿Qué casamiento? - -Zavalla lo miró con una benévola sonrisa. - ---¿A mí, que soy su padrino, me lo oculta? - ---¡No comprendo!--balbuceó don Serafín, echando mano al reloj, como en -todas sus sorpresas. - ---Pero, don Serafín, si ya hay muchos que lo saben, que Rosarito se -casa.. - ---¿Que Rosarito se casa?--interrogó en el colmo de la estupefacción el -maestro.--¿Con quién dicen que se casa? - ---Con Insúa, con Francisco Insúa, que ha venido a eso, a casarse... - -El maestro sonrió con tristeza, deshecha su ilusión. - ---No es verdad--dijo sacudiendo la cabeza.--Francisco no ha venido. - -Y entonces Zavalla, simulando una gran sorpresa, exclamó: - ---¿Que no ha venido Francisco? ¿Y entonces dónde está? - -Don Serafín recapacitó un segundo, bajo la mirada inquisidora de -Zavalla. - ---En lo de doña Carmen de Borja, respondió. - ---¿En la Casa de los Cuervos? Allí estuvo, pero ahora... - ---Ahora, ahora está allí. - -Cuando don Serafín, exultante de alegría, llegó un rato después a su -casa, donde Rosarito le aguardaba con angustia, y le contó la escena, -y le enseñó el papel que al día siguiente se trocaría en dinero y -le refirió lo del comentado noviazgo, ella que lo escuchaba pálida, -sospechando alguna intriga, juntó las manos: - ---¡Oh, tata! ¿por qué le dijo dónde estaba Francisco? - -Y sólo entonces comprendió el mísero don Serafín que había caído en una -hábil celada, revelando el secreto de que en ese momento dependía la -suerte de la revolución. - -Insúa, en verdad, había vuelto y hacía un mes que se mantenía oculto -en la Casa de los Cuervos. Eran contados y fieles los que sabían su -paradero, y como aquel sitio fuera registrado vanamente dos veces, el -gobernador, atendiendo a la protesta de su prima doña Carmen de Borja, -había resuelto que no se la molestase más, ya que era inútil. - -El caudillo, desde allí, al habla con los dos o tres que tenían los -hilos del complot, en Santa Fe, preparaba el estallido, que debía -producirse no bien don Patricio Cullen bajara del Norte, con sus -montoneros. - -Rosarito comprendió todo el alcance de la indiscreción de su padre. -Ella conocía la Casa de los Cuervos, pues el año antes, en las -vacaciones, Jarque los había llevado a los dos, por una breve -temporada. - -Sentóse junto a la mesa, sobre la cual ardía un humoso velón, cuya -vacilante luz dejaba en densa tiniebla los extremos de aquella pieza, -que aparecía más grande con la pobreza de sus muebles, y daba de lleno -sobre su rostro inteligente. - -Su padre la miraba arrepentido y ansioso, esperando la solución que -ella le sugiriera. - ---Tata--le dijo--si no se le avisa antes de mañana, lo habrán puesto -preso. Lo buscan para enjuiciarlo; además quieren tenerlo en seguro -para impedir la revolución. - -Don Serafín asintió con la cabeza y continuó callado. - ---Esta noche mismo yo me iré a la Casa de los Cuervos, y le avisaré -para que huya. - -Se paró, y su rostro quedó en la sombra, donde lucían sus ojos, como si -estuvieran iluminados por la sola luz de su alma. - ---¿Vas a ir?--gimió el maestro, que jamás se había separado de su hija. - ---Sí, tata. Tenemos que salvarlo, y sólo yo puedo ir hoy mismo. Algún -canoero me llevará. Antes del alba; saliendo ahora habré pasado la -laguna, y en dos o tres horas más estaremos en la Casa de los Cuervos. -Ningún piquete que no salga enseguida, podría adelantárseme. Si Dios -me ayuda así lo salvaremos. - -Don Serafín agachó la cabeza resignado. La niña se envolvió en su -manto y se fué a la barraca de Fosco donde podrían informarle sobre un -canoero de confianza. - -Al pasar frente a Santo Domingo, sonaba el toque de ánimas, y -aquellas campanadas lúgubres vibraron como si tocaran en su corazón, -anunciándole próximas desgracias. - -Se estremeció de terror, y para vencer su miedo, se santiguó y echó a -correr. - - - - -II - -El aviso - - -La tarde cayó como un velo ceniciento sobre el campo, cubierto de pajas -sobre el río dormido, sin una arruga entre las inmóviles carrizas, -sobre el alma de la niña, que se llenó de tristeza, viendo morir el -último día en que aún pudo guardar su ilusión. - -Esa mañana, al rayar el alba, había llegado, en efecto, a la Casa de -los Cuervos, rendida, porque para abreviar la jornada y llegar antes -que nadie, tuvo que ayudar al canoero. - -La travesía de la laguna habíanla hecho, siguiendo la costa, con un -buen viento que hinchaba alegremente la vela. - -De cuando en cuando el canoero, sentado en el taco de popa, daba un -golpe de pala para rectificar el rumbo de la embarcación. Ésta a veces -tocaba el fondo gredoso, porque no siempre el agua era profunda; a -veces la pala se hundía toda entera, y el canoero se quedaba tranquilo -por un rato. - -Rosarito al pie del mástil, arrebozada en un manto obscuro, temblando -de frío y de ansiedad, miraba la costa, como una faja negra, y la vasta -napa de agua agitada por el viento de la noche, que arrojaba sus olas -negras contra las bordas de la canoa. - -Cuando entraron en el arroyo de Leyes, la vela se desinfló. El viento -calmaba, y allí apenas se sentía, resguardado el lugar por los tupidos -sauzales de las orillas. - -El canoero dejó la pala y tomó el botador. - ---Usté, niña, si puede, ayúdeme con la pala, de proa. - -Fueron las primeras palabras que pronunció. Parecía haber hecho dormido -el viaje hasta entonces. Rosarito obedeció, sin darse cuenta de cuál -podía ser el servicio que prestaran sus fuerzas. Pero remó con brío, -desentumeciéndose con el ejercicio, sintiéndose luego jadeante, pero -decidida a remar hasta que hubiera llegado, para que aquel hombre no se -descorazonara en la extraña aventura. - -No le había preguntado por qué viajaba de noche y sola. En aquellos -tiempos de revoluciones, los hombres discretos no pretendían informarse -de las cosas que no les atañían, por raras que le pareciesen. - -Le pagaban bien y aunque era ruda la jornada, no tenía derecho de -quejarse, cuando aquella niña se mostraba infatigable y valiente. - -Bogaban cerca de la margen. Las altas hierbas acuáticas rozaban la -borda, con un ruido de papeles ajados, y llegaban a poner su caricia -húmeda y fría, por el rocío, en la mano de Rosarito, que se estremecía -a su contacto. - -La barca deslizábase dejando una estela en que se quebraba la luz -de las estrellas, que empezaban a dormirse en el cielo, ante la -cercanía del alba. El agua chapoteaba contra la costa gredosa, y aquel -ruido monótono, mezclado al concierto nocturno de los grillos y de -los camalotes podridos en el barro, iba anegando en somnolencia el -pensamiento de la niña. - -Dejó la pala y se sentó sobre el taco de proa. El manto que le cubría -la espalda, caía fuera de la borda, mojándose una punta. - ---Estoy cansada--dijo, como una disculpa. - ---Ya me parecía que así había de ser--contestó el canoero dando un -empellón más fuerte, como para mostrar que la canoa marchaba por él y -no por ella. - -Rosarito se adormeció temblando de frío, al dejar el violento ejercicio. - -Ya no tenía miedo, ni del hombre que le acompañaba, ni de la noche que -le envolvía, ni de las hierbas húmedas que le besaban la mano al pasar, -con el contacto viscoso de una víbora o de un sapo. Una gran ilusión -se levantaba en su corazón, como el lucero que en ese momento anunciaba -el alba... - -Cuando ella fuera hasta "él" y le dijera que había hecho aquel viaje -descabellado, sin pensar en peligro ninguno, por anunciarle que debía -huir, él, sin que ella hablara más, comprendería su amor y adivinaría -el temple de su carácter, que la hacía digna de ser la mujer de un -caudillo. - -¿Pero en verdad, comprendería él que ella lo amaba, que lo había amado -siempre? - -Sintió en los labios el beso de aquella noche triste, en que oyendo las -descargas de los soldados que se batían en la plaza, ella creyó morir. -¿Por qué la había besado antes de ir al combate si no era para decirle -que también él la amaba? - -Su ensueño duró hasta que llegaron a la Casa de los Cuervos, cuando la -ceniza de la escarcha brillaba sobre los campos a la luz de la aurora. - -El canoero, que conocía el lugar, dijo: - ---Aquí es. - -Y Rosarito se levantó de golpe, pensando que podía hallar a Insúa al -saltar a tierra. - -Todo el campo aparecía como sembrado de sal, y más que en el frío, -mostrábase el invierno en la ausencia de los pájaros, y en el gran -silencio que reinaba sobre la tierra despierta ya. - -Sólo en las casas sentíase el ruido que hacía un peón, martillando un -freno, que se había doblado; y en la isla de enfrente la algarabía -áspera de las gallinetas y de los chajás, que saludaban al nuevo sol -que empezaba a salir. - -Llegó el capataz, al oír ladrar los perros, y Rosarito preguntó por -Insúa, y tuvo que explicarle de qué se trataba, para que el desconfiado -campesino los hiciera pasar hasta el patio de los naranjos, donde ella -vió los cuervos, que daban nombre a la estancia. Los dos pajarracos, -posados en el suelo, devoraban su ración de la mañana, antes de salir -al campo de las ovejas. Al pasar Rosarito se levantaron, y ella sintió -el viento y el tufo que arrojaban sus alas. - -No pensó en nada triste, porque allí estaba Insúa, que la habló, -inmensamente sorprendido de verla. - ---¿Qué hay? - -Y ella le contó. Y él quiso ver entonces la canoa en que había venido, -y fueron los dos hasta la orilla del río, y bajaron la barranca. Ya no -estaba el canoero, que había ido hasta las casas con el capataz, pero -la pequeña embarcación, con la proa en tierra, parecía reposar de su -larga jornada, junto al bote de Gabriela que se balanceaba en el agua. - -Insúa comprendió la suma de valor y de destreza que había gastado -la niña en su aventura. Se volvió a ella, que estaba a su lado, -estremecida, esperando aquella palabra con que había venido soñando. - -Mas no la dijo. Le apretó la mano. - ---Gracias, Rosarito. Voy a salir enseguida, porque ellos no tardarán. - -Subieron hasta las casas, juntos los dos. Rosarito silenciosa y -desencantada; él contándole a grandes rasgos lo que podía decirse de -la revolución que preparaban, y que estaba fijada para algunos días -después. - -Recibida con afecto en la Casa de los Cuervos, la hija del maestro -empezó a comprender qué sortilegio había apresado aquella alma errante, -que ella perseguía con amor hacía tantos años. - -En pocos minutos se hicieron los preparativos de la fuga. Alarcón -ensilló los caballos y cuando todo estaba listo, Rosarito vió a Insúa -apartarse con Gabriela, siguiendo la calle de los eucaliptus, sombría -a pesar de los rayos oblicuos del sol que se filtraba por entre sus -troncos; y sus ojos se abrieron a la triste verdad. - -No pudo esconder sus lágrimas, cuando los vió venir. Pensó que él la -habría besado, como en aquella noche inolvidable en que él le robó un -beso para que le sirviera de talismán en la batalla. - ---¿Por qué lloras, Rosarito?--le preguntó él, subiendo a caballo.--No -hay peligro para mí; no se ha fundido la bala que ha de matarme... - ---¡Que Dios te bendiga!--le dijo, como una madre o como una hermana. - -Él partió al galope seguido de Alarcón. Gabriela se había entrado. La -silueta severa de doña Carmen de Borja, que un momento se pintara en -la galería, bañada de sol, desapareció como una sombra. - -Cumplida su misión Rosarito pensó volverse, mas no la dejaron, -haciéndola ver que si la gente del gobierno, que sin duda vigilaba -el río, la veía pasar en canoa, adivinaría que ella había sido la -mensajera, y expondría a su padre a persecuciones o venganzas. - -Haría mejor en aguardar dos o tres días antes de partir, y entonces se -iría en volanta, lo cual se prestaría a menos sospechas. - -Accedió, y esa tarde fué sola hasta la barranca, a despedir el canoero -que se volvía, y cuando él partió, ella se quedó mirando cómo se -entraba aquel sol que esa mañana vió salir, con una extrema ilusión. - -A lo lejos el monte quieto, iba espesando su faja sombría. El grito de -una lechuza, a la puerta de su cueva, rompía el gran silencio, apenas -turbado por el melancólico rumor del río. - -Sobre las nubes cobrizas de Occidente, el sol parecía un enorme sello -de lacre, que teñía el cielo con un reflejo cárdeno. - -Callaba el viento, que durante todo el día había silbado en los duros -espartillos del campo, pero a ratos la brisa del río, con un frío -aletazo, hacía temblar a la niña, que miraba las cosas, poniendo en -cada una un poco de su tristeza. - -Se echó a llorar, sentada en el bote de Gabriela, que parecía una -gaviota dormida. - -No sintió correr el tiempo. Cuando la fueron a llamar era de noche, y -en el árbol seco dormían ya los cuervos. - - - - -III - -El incendio del garzal - - -Aquella zona de la costa, que el río inunda cuando crece o que -las lluvias anegan, transformándola en un lago inmenso, de escasa -profundidad, debía ser el pasaje de las montoneras revolucionarias, y -el gobierno continuamente destacaba piquetes que la vigilaran. - -La tarea no era fácil. Saliéndose del camino de Helvecia, que cruzaba -por allí, el terreno era liso como un plato, sin monte, sino a lo -lejos, pero cubierto de pajales, tupidos y altos, donde se guarecía la -hacienda matrera, y donde podía esconderse perfectamente un hombre a -caballo. - -Acercarse a aquellas isletas sospechosas, con aire de ir a explorarlas, -era exponerse a recibir una bala de un enemigo invisible. - -A fines de Junio del año 77, los lugares que se inundaron por las -lluvias estaban secos, pues hacía tres meses que no llovía y se habían -transformado en un escondrijo admirable para el gauchaje alzado, que -merodeaba por aquellos lugares viviendo de rapiñas y pernoctando en los -pajales misteriosos, llenos de extraños rumores en los días de viento. - -Los mismos soldados del gobierno, en ciertas ocasiones aprovechaban el -fácil escondrijo, ya para hacer noche, ya para observar sin ser vistos, -a los viajeros que podían pasar por el camino. - -Y así fué como Insúa y Alarcón, que vadearon el río buscando el mejor -camino para la estancia de "Los Algarrobos", donde esperaban reunirse -con Cullen, estuvieron a punto de caer en poder de uno de los piquetes -que vigilaban las costas. - -Cuando la partida gubernista los vió pasar por el camino limpio, de -lejos reconoció al caudillo revolucionario, cuyo poncho blanco de -vicuña flotaba a sus espaldas como un albornoz. - ---¡Son ellos!--dijo el jefe.--¡Vamos, muchachos! - -Crujieron las pajas, tronchadas por los cascos de las cabalgaduras -y surgió sobre el camino la figura salvaje de los seis hombres que -componían la partida, vestidos a medias de militares y a medias de -gauchos. - -Insúa y su compañero, que se alejaban al trote, resguardados por un -pequeño monte de chañares, que en aquel sitio obligaba al camino a -hacer un recodo, sintieron el ruido a sus espaldas, y a través de los -árboles vieron la avalancha de hombres que se lanzaba sobre ellos. - -El pensamiento de echar pie a tierra y contener a balazos a los seis -policianos, fué el primer recurso que se le ofreció al revolucionario. -Pero sólo Alarcón tenía su carabina. Él llevaba su revólver, ineficaz -a esa distancia para un blanco tan movible como el que presentaban sus -adversarios, lanzados al galope. - -Además, todos ellos, armados de carabinas, habrían podido con más éxito -contestar su agresión. - ---¿Es bueno tu caballo?--preguntó a su compañero que montaba un zaino -obscuro. - ---Es de "Los Algarrobos"--contestó simplemente Alarcón, haciendo el -elogio, porque don Patricio Cullen tenía en su estancia una cría de -caballos muy acreditada. - ---Castigá entonces--díjole Insúa que montaba su famoso tostado. - -Y los dos, agachados sobre el cuello de sus cabalgaduras, empezaron una -carrera frenética que había de durar mientras los otros no cejaran en -su persecución. - -El montecito de chañares les salvó del tiroteo que los perseguidores -pudieron dirigirles al sorprenderlos a menos de medio tiro de -rémington; y cuando, más allá, el obstáculo desapareció, la distancia -había aumentado sensiblemente, dificultando la puntería. - -Pronto sintieron el silbido de las balas. - -Insúa se echó a reír, espoleando su caballo. - ---No está fundida la que me ha de matar--dijo repitiendo las palabras -que había dicho a Rosarito. - -Tenía fe en su estrella. Alarcón, sin embargo, serio y triste, le -respondió: - ---Toda la noche he sentido graznar a los cuervos. Dicen que eso anuncia -desgracia. - -Pronto dos de los perseguidores, mal montados, fueron quedándose -atrás. Se detuvieron, abandonando la partida, echaron pie a tierra y -hubieran comenzado el fuego en condiciones mejores, si sus propios -compañeros que corrían sobre la misma línea del camino, detrás de los -dos revolucionarios que huían a quinientos metros de distancia, no los -hubieran defendido cubriéndolos con sus cuerpos. - ---¡Que Dios los ayude!--dijo uno, dejando el fusil y poniéndose a -arreglar el apero de su caballo, que humeaba sudoroso.--Van bien -montados y no los alcanzaremos. - -La persecución duró algunos minutos más. Sobre el camino blanco -brillaba al sol una prolongada nube de polvo, que señalaba el paso de -los hombres. No había viento y quedaba flotando extenso rato a lo largo -de los pajales verdes. - -El jefe de la partida, sintiendo que su mismo caballo empezaba a -aflojar, y viendo cada vez más distantes a los dos fugitivos, soltó una -maldición y se detuvo. - ---¡Alto!--dijo--¡a esos no los alcanzan ni las balas! Llevan caballos -de la marca de Cullen. - ---O de la de Insúa--respondió uno de los soldados--el tostado del -capitán es de su estancia del norte. Yo lo conozco; tiene fama de ser -el mejor parejero de estos pagos... - -Durante algunos minutos, parados en el camino, siguieron con la vista -el pequeño grupo de los revolucionarios, que se iba achicando, hasta -que desapareció entre el polvo del camino y los pajales. - ---Los cuervos han mentido--dijo Insúa a Alarcón, conteniendo su -caballo, al notar que sus perseguidores habían renunciado a alcanzarlos. - ---Falta mucho para que se entre el sol--observó Alarcón.--Además, lo -que no sucede hoy, sucede mañana. - ---¿Estás con miedo? - ---No, mi capitán. - ---No hablés entonces de cosas tristes. - -Siguieron al tranco, refrenando sus corceles enardecidos por aquella -media hora de fuga frenética. - -Insúa pensaba que la partida que lo había sorprendido no debía ser la -única apostada en el camino de "Los Algarrobos", y que siguiéndolo -corrían el riesgo de tropezar con alguna otra de la cual no pudieran -evadirse con tanta fortuna. - -Los caballos hacia el mediodía necesitaban descansar. - -Estaban a la altura de Mocoretá, lugar aislado, entre el Saladillo -y los bañados de la costa del río San Javier. Llegándose hasta allí -podrían tomar un camino menos peligroso, a través del Campo del Medio, -tierra de amigos, que confinaba con la colonia Helvecia, donde Insúa -contaba con el mejor núcleo de gente para la revolución, los colonos -suizos, tiradores eximios, comprometidos a levantarse y a seguir a -Insúa, cuando don Patricio Cullen les diera la señal que aguardaban -hacía tiempo. - -Insúa y su compañero seguían a lo largo del Saladillo tortuoso, -cuya margen escarpada en aquella altura, estaba poblada de bosques -enmarañados, de algarrobos y ñandubays. Galopaban buscando "los -limpios", y en el profundo silencio que bajo la comba de los árboles -reinaba como un tácito gesto del invierno, no se oía, aparte de las -sordas pisadas de los caballos, más que el crujido de alguna rama -demasiado seca, desgajándose sobre la tierra cubierta de musgo. - -De pronto gritó una lechuza, y Alarcón, que sabía interpretar los mil -indicios del monte, se detuvo y dijo en voz baja: - ---Debe de haber algún rancho por aquí. - -Insúa asintió y comenzaron a marchar al tranco, prestando oído a cuanto -rumor sospechoso llegaba hasta ellos. - -La lechuza gritó de nuevo, y Alarcón echó pie a tierra, se acostó y -miró en la dirección de su grito por debajo de los árboles. - ---Hay un rancho--dijo--como a dos cuadras de aquí. - -Volvió a montar. El rancho quedaba entre ellos y el río. Si habían de -cruzar éste para llegar a Mocoretá, les era menester seguir la costa, -buscando un vado. - -Aquella habitación humana, que no conocían, se les hizo sospechosa. - ---Debe de ser de no ha mucho--murmuró Alarcón. - -Caminaron un trecho callados, y luego oyeron ladrar a los perros que -los habían sentido. - ---Pasemos de largo y al galope--dijo Insúa. - -Castigaron los caballos y cruzaron a cierta distancia del rancho, que -daba sobre la barranca, a breve trecho del río. En un corralito de -ramas vieron algunos caballos, pero ni una sola persona se asomó a la -puerta, por más que los perros les ladraron hasta que se perdieron de -nuevo entre el monte. - ---Es raro--pensaba Insúa--allí había alguien. ¿Por qué no ha salido? - -Un momento tuvo intención de volverse, sospechando que el rancho -pudiera servir de refugio a algún espía del gobierno, puesto allí en el -vado, por donde pasaban los que iban a Helvecia, a través del Campo del -Medio. - -Desechó tal idea, que le habría demorado, y se acercó a la costa, -buscando un paso, que les permitiera cruzar el cauce del riacho, sin -desensillar y montados. - -No fué difícil hallarlo. Vieron huellas de hacienda que había pasado, -y enderezaron por allí. Los caballos olían el agua resoplando; la -corriente era fuerte, pero escasa la profundidad, y así, minutos -después galopaban sobre la otra margen, tierras bajas, anegadas por el -río y por las lluvias y cubiertas de tacuruces, pequeños montículos de -tierra en que anidaban las hormigas, por temor al agua, y de ásperos -espartillos, en que el viento se arrastraba gimiendo. - -No había arboleda. La pradera desnuda, color de pizarra, se dilataba -hacia el Este en una vasta zona, en que la vista no hallaba lindes. -Hacia el Norte se divisaba una faja obscura y lejana; eran los montes -de Mocoretá, algarrobos enormes, con uno que otro fresco ñandubay, -abierto como un paraguas sobre un tronco recto y de ruda corteza. - -Faltaba mucho aún para que se entrara el sol, cuando llegaron a las -primeras filas de árboles. De allí el Campo del Medio no distaba más -de cuatro leguas, y habrían podido alcanzarlo antes de la noche. Pero -los caballos estaban cansados por el largo galope y convenía hacerlos -reposar algunas horas, a fin de tenerlos bien y llegar en la madrugada, -disponiendo de todo un día para hablar a la gente de esos contornos. - -Insúa conocía a un cuidador de haciendas, que tenía un "puesto" por -aquellos lugares de Mocoretá, y se dirigieron a su rancho. - -Ellos mismos, en ayunas aún, sentían ansia de tomar algunos mates, lo -que les sería suficiente, si no había otra cosa, pues en más de una -ocasión habían soportado largas abstinencias, sin otro alimento que -los cimarrones que les brindaban en las miserables chozas de aquellos -campos semidesiertos donde hallaban amigos o conocidos. - -Sobre lo más alto de la suave lomada, en que crecía el monte frondoso y -virgen, en un trozo de campo, limpiado con el hacha, estaba el "puesto" -del paisano cuidador de las haciendas de Mocoretá. - -Vivía con su corta familia, dos o tres personas, más aisladas del mundo -que él mismo, porque siquiera él, en los días de fiesta solía llegarse -a caballo hasta la colonia, donde había carreras o jugadas de taba. - -Un grimillón de perros, que le ayudaban a rejuntar las vacas, cuando -paraba rodeo, salieron al encuentro de los dos viajeros, y a sus -ladridos apareció el paisano en el patio de tierra dura, y luego su -mujer en el umbral de la puerta, con un chicuelo en brazos. - -La luna saldría tarde esa noche, e Insúa pasó las horas tomando mates -amargos que le cebaba Alarcón, esperando su salida, para marchar de -nuevo, mientras los caballos pastaban atados a un largo lazo, el -pasto fino, aún verde, que los árboles frondosos habían librado de las -heladas. - -El puestero tenía carne abundante de un novillo sacrificado días antes, -y así pudieron "churrasquear" al amor del fuego, encendido en mitad de -aquel rancho de paja. - -La noche llegó pronto, profunda, sin estrellas y ventosa, del lado del -Sur. Hacía frío, y se estaba bien en el interior de la choza, alumbrada -por un pábilo que ardía en un plato lleno de pellas de sebo. Mas cuando -contaban con un rato aún de reposo, sintieron ladrar los perros, señal -de que alguien llegaba, y poco después el rumor de algunos jinetes que -invadieron al galope el pequeño patio frente a la puerta cerrada. - -Oyóse ruido de armas. - -Insúa y Alarcón se miraron. El caudillo revolucionario vió que su -compañero, rápido y silencioso calzaba la puerta por dentro con un -mortero de algarrobo, y con el filoso facón, que le servía para cortar -la carne, se ponía a abrir un boquete cortando la paja atada en -"quinchos" con guascas, que formaban la pared del rancho, en el lado -opuesto a la entrada. - -El puestero contestaba en tanto a los que de afuera le hablaban. - ---¡Abra, amigo! - ---¿Quiénes son? - ---Hombres de bien; abra y no tema. - -Sentíase rumor de sables que se golpeaban. - ---Me ha pillado dormido--decía el paisano entretanto, comprendiendo que -un minuto que lograra detenerlos en la parte de afuera, sería bastante -para que sus dos huéspedes se escaparan. - -Después ya sabría él cómo arreglarse con los soldados. - -La mujer temblorosa permanecía en un rincón. Insúa ayudaba a Alarcón -que cortaba sin ruido los quinchos de paja. - -De afuera sacudieron la puerta, y se oyó una voz, más baja y melosa, -que decía: - ---Abra no más y no salga que hace frío. - ---José Golondrina--murmuró Alarcón al oído de su jefe. - -Y era él en efecto. Dos días antes había salido de Santa Fe con una -partida a la que servía de baqueano para batir las rutas y llevar -noticias de lo que pudieran observar. Habían pernoctado en el rancho, -construido expresamente sobre el vado, donde vivía un isleño que era -un espía, y se disponían a seguir por la margen del Saladillo hacia el -norte, cuando esa tarde vieron pasar a Insúa y a su ayudante. - -José Golondrina dijo al jefe de la partida: - ---Yo conozco estos pagos. Hay un "puesto" en Mocoretá, y allí han de -parar hasta que descansen los caballos que van sudados. La luna sale -tarde y no se han de ir antes que salga. - -Y el jefe, que conocía la astucia del indio, los dejó pasar sin -mostrarse y se preparó para caer sobre ellos cuando estuvieran -"mateando" en el rancho. - -Y ocurrió como lo habían previsto. - -Agolpados todos cerca de la puerta, aguardaron que el dueño les -abriese, seguros de coger a Insúa y a Alarcón en aquella ratonera. - -Mas la tardanza en ejecutar la operación tan simple de quitar la -tranca, disgustó al jefe de la partida, el cual sospechó algo. - ---¡Abra, canejo!--gritó impaciente; y sin esperar más, volvió su -caballo, poniéndolo de ancas contra la puerta, le pegó un sofrenón -brusco, y el animal dolorido dió tan formidable empellón, que las -maderas crujieron y la puerta cayó con marco y todo. - -Los cuatro hombres de la partida, se precipitaron al interior del -rancho, menos José el indio, que se quedó fuera mirando hacia el monte, -que en la densa obscuridad aparecía como una mancha de tinta. - -Vió cruzar dos hombres, y gritó: - ---No pierda tiempo, mi jefe; ya no están ahí; ¡allá van corriendo, para -ganar el monte! - -Un coro de maldiciones respondió, y un grito de dolor rasgó la noche. - -El jefe acababa de ver el ancho boquete abierto en los quinchos de la -pared, que el puestero había querido en vano disimular, arrojando un -apero. - -Comprendió que lo habían burlado. - -Era un paisano flaco, pequeño, con ojos crueles. - -Miró al puestero que temblaba de miedo, y rápido, como un gato del -monte cayó sobre él, y le enterró el facón en el vientre. - -La mujer dió un grito, y el pobre hombre cayó como un buey fulminado, -mientras la gente de la partida corría hacia el monte, donde se habían -refugiado ya Insúa y Alarcón. - -Éste llevaba su carabina, mas no convenía hacer frente. En la -obscuridad de la noche, no habría podido apuntar; lo mejor era buscar -los caballos que pastaban por allí, cortar los lazos y saltar sobre -ellos, que estaban ensillados, con las riendas al pescuezo. - -Cuando penetraron en la sombra del monte, oyeron el grito del indio -José, y luego sintieron el tropel de los soldados que corrían. - -Pero en pocos segundos habían saltado sobre sus caballos, y huían, como -dos centauros, tendidos sobre el cuello, a través del bosque, sufriendo -a cada instante el chicotazo de las ramas espinosas que no podían -esquivar. - -Detrás, como una avalancha, partieron sus cinco perseguidores. - -El monte, de grandes algarrobos seculares, era limpio de zarzas, y -podían huir sin grandes tropiezos. De cuando en cuando les disparaban -algún tiro cuya bala se perdía silbando, lejos de ellos. - -Y así corrieron, aumentando la distancia, por entre la densa arboleda, -sin riesgo de que pudieran rodearles, hasta que llegaron a un terreno -bajo, donde no había árboles, y que se extendía en un solo pastizal, -ilimitado, suave y fresco. - -La luna salía, llenando de luz el bañado, sobre el cual se dibujaban -nítidamente las siluetas de los dos fugitivos. - -Insúa temió que viéndoles les hicieran fuego, mas no ocurrió eso; sus -perseguidores, llegados a la vasta planicie, abriéronse en dos alas, -para rodearlos. - ---¡Maldición!--dijo Insúa, sintiendo que su caballo cansado, por la -carrera de todo el día, empezaba a aflojar. - ---¡No importa, mi capitán!--respondióle su compañero, que empezaba -también a quedarse atrás--si ganamos el garzal, no nos agarrarán en -toda la noche. - -Al frente, en la línea que seguían, a la luz de la luna, divisábase -el garzal, un inmenso pajonal, en cuyo centro, en una isleta casi -inaccesible de totoras, hierbas altas y fuertes como cañas, anidaban -millares de garzas, tuyangos y ocós, toda la fauna acuática de aquellas -regiones, con la seguridad de que hasta allí el hombre no era capaz de -llegar. - -Veíase que la intención de sus perseguidores era impedirles alcanzar -este refugio, porque las alas empezaban a cerrarse, y como iban bien -montados, con caballos frescos, no hubiera sido imposible que lograran -su intento, si los caballos de los dos revolucionarios no hubieran -hecho un supremo esfuerzo, ya en el linde del garzal, donde penetraron -a saltos, quebrando las altas totoras, resecas por el invierno. - -Alarcón marchaba adelante; Insúa le seguía, por la brecha que él -formaba aplastando las cañas. De cuando en cuando torcía bruscamente -el rumbo, de manera que no pudieran verlos desde afuera. La tupida -cortina de totoras se alzaba como un murallón. Ni aun de día habrían -podido seguirles con facilidad sus perseguidores, y a esa hora la tarea -resultaba imposible y expuesta, porque Alarcón, que conservaba su -carabina e Insúa su revólver, los habrían fusilado a mansalva, antes -que ellos pudieran verles. - -Por eso, cuando minutos después llegaron los soldados hasta el garzal, -detuviéronse indecisos. Había huellas que podían guiarles, pero ya -entre las cañas, altas de cuatro metros, tronchadas en diversas -direcciones por las haciendas que sabían refugiarse allí, no era -posible en la noche, hallar las verdaderas señales del paso de Insúa. - ---Hay que cuidar la parte del Este--dijo el indio José.--Por ese lado -han de salir, buscando el camino de Helvecia, a través del Campo del -Medio. - -Toda la partida, en efecto, continuó al galope, por la costa del -inmenso garzal, que parecía un mar de plata, a los rayos de la luna que -fundían todos los perfiles. - -De vez en cuando sentíase el vigilante grito de los chajás, que -adivinaban la presencia de los hombres. Algunas brujas, grandes aves -nocturnas, revoloteaban, manchando con sus sombras el cielo azul, -inundado de luz. - -Insúa y Alarcón avanzaban siempre hacia el centro del garzal. Cuando -llegaron a los escondidos lugares donde las aves acuáticas tenían -sus refugios, a cada paso que daban, encabritábanseles los caballos, -asustados, porque de entre sus patas se alzaban gritando los ocós y -las garzas, que dormían en sus nidos de cañas dobladas, cimentadas con -barro, a breve distancia del suelo. - -Un lodo pegajoso, indicio de que durante el verano y el otoño todo el -terreno estaba anegado, hacía más fatigosa la marcha. Los caballos -rendidos, se paraban. Dábanles un resuello, y con las espuelas -ensangrentadas ya, los obligaban a marchar, resoplando, medrosos, ante -aquellas sombras que surgían del suelo bruscamente, y aquel perpetuo -crujido de las cañas que estallaban al quebrarse. - -Así llegaron al centro, donde había una laguna, en que los patos -dormían en bandadas inmensas, que se alzaron con un ruido de granizo, -al sentir a los dos hombres. - -El sitio era limpio, alejado casi media legua de la orilla. No había -totoras, y la tierra cubierta de verdes canutillos, parecía un fresco -tapiz, mas los caballos se negaban a entrar, conociendo que debajo de -los pastos había un metro de agua. - -Entre las totoras de la orilla, donde el suelo era firme, aunque -barroso y húmedo, se quedaron los dos fugitivos, y echaron pie a tierra -para dejar descansar sus caballos. - ---Por esta noche no hay peligro--dijo Insúa, desensillando su caballo, -para soltarlo atado con el lazo que llevaba arrollado. - -Del lomo sudoroso de los animales se alzaba un vaho denso. El frío era -penetrante y parecía caer como una lluvia impalpable y helada, del -cielo limpio, barrido por el viento. - ---Se van a pasmar--dijo Alarcón, cortando un puñado de paja seca y -friccionando rudamente la piel humeante de su caballo. - -Insúa, silencioso, pensaba en cosas lejanas. La vida tenía ahora para -él más precio, y aún envuelto en la emoción de la lucha, sentía las -ligaduras que ataban su corazón a la Casa de los Cuervos. - ---¡Oh! ¡Gabriela, Gabriela!--pensó--¡qué profundamente has entrado en -mi alma! - -Alarcón dejó los caballos y se puso a construir una ancha cama, a la -manera de los nidos de las garzas, de totoras entretejidas y dobladas. -No bien estuvo dispuesta una, Insúa se tendió sobre ella con el aire de -un hombre rendido, y se envolvió en su blanco poncho de vicuña. - -Su compañero sonrió adivinando en qué pensaba el caudillo. - ---Yo haré la guardia, mi capitán--le dijo. - ---Hasta la media noche--respondió Insúa--a esa hora yo te relevaré. -Partiremos antes del alba. - -Pero antes de la hora, en el viento que empezaba a soplar con fuerza -del lado Sur, llegó una obscura cortina de humo, cálido y acre. - ---¡Mi capitán, mi capitán!--gritó Alarcón. - -Insúa saltó de su lecho de totoras. - ---Han incendiado el garzal. - -Los caballos empezaban a asustarse. Hacia el Sur sentíanse ya los -gritos de las aves sorprendidas por el fuego, pero aún no llegaba hasta -ellos el chisporroteo de la llama. - -La columna de humo envolvía el garzal, sin levantarse mucho, porque -arriba el viento la desgarraba, y sus blancas volutas, iluminadas por -la luna, se enredaban como banderas entre los haces de totoras. - -En un minuto estuvieron ensillados los dos caballos, que amujaban las -orejas y cavaban la tierra con sus cascos impacientes. - -Cuando Insúa iba a saltar, Alarcón dijo: - ---Mi capitán, no monte en el suyo, monte en el mío, y deme su poncho. -Así nos confundirán, y podremos escapar con facilidad. - -Insúa que fiaba en la sagacidad de su compañero, aceptó el cambio, y -subió en el otro caballo, mientras Alarcón saltaba sobre el tostado -famoso del caudillo. - -Entre las rachas de humo que se hacían más espesas, contornearon -la laguna del garzal, sobre la cual revoloteaban millares de aves, -graznando, encandiladas por el incendio, y entraron entre los totorales -de la opuesta orilla, azuzando a sus caballos, más acostumbrados ya a -romper las cañas con el pecho. - -De pronto dijo Insúa, deteniéndose: - ---Si han incendiado el garzal por la parte del Sur, deben cuidar el -Norte. - ---Así ha de ser--contestó Alarcón. - ---Entonces es preferible buscar camino al naciente. - ---Yo creo, mi capitán, que debemos separarnos. Usted hacia el Norte, yo -hacia el naciente, aunque ellos vigilen por allí. Si han incendiado el -Sur, el viento que es pampero, ha de haber hecho correr el fuego por -todo el poniente. - -Y así se apartaron, citándose para el camino de Helvecia. Al -despedirse, Alarcón estiró la mano a su jefe. - ---Adiós, mi capitán. Aunque me maten, no se olvide de mí. - -En la noche, entre el humo y el reflejo del incendio que llegaba ya, el -valiente revolucionario, con el poncho blanco flameando a sus espaldas, -agitado por el viento, parecía un caballero de leyenda. - -Insúa tuvo miedo al verle, tan fantástica era su figura en el cuadro -aquel, y tembló recordando sus presentimientos de esa mañana. - -Le apretó la mano con extraordinaria efusión y se separaron los dos, -Insúa hacia el Norte, Alarcón hacia el Este, donde quedaba el camino -del Campo del Medio. - -El jefe sentía el incendio a su izquierda, como si el viento, -remolineando, sin dirección fija, hubiera hecho correr la llama por -el contorno de esa parte del garzal, cuyas totoras resecas eran un -admirable pasto para el fuego. - -Corría más la llama que él, y eran como dos brazos de oro fundido -que le perseguían para estrecharlo antes de que saliera de entre los -totorales. - -Llegó a pensar que habría sido mejor buscar una salida hacia el -naciente, aun defendiéndose a tiros, porque por allí el incendio no -debía haber llegado todavía. - -El caballo espoleado con crueldad avanzaba dando botes. A veces caía, -resbalándose sobre las totoras, enredadas al rededor de un nido, en que -algunos polluelos estiraban sus largos pescuezos ansiosos. - -Insúa lo hostigaba, sintiendo en la espalda el aire abrasado, y el -pobre animal, lleno de pavor más que de bríos, soplaba con furia y se -alzaba temblando, para marchar rompiendo siempre aquella inmensa malla -de pajas crepitantes y lustrosas. - -Cuando llegó al borde del garzal, cerca ya del bañado, una racha de -viento desgarró la cortina de humo, que lo envolvía todo, y él pudo ver -hacia el naciente el incendio más pavoroso como si le hubieran dado -contrafuego. - -Tembló por su compañero. Fué a volver, en su auxilio, por la brecha que -él mismo había abierto, pero una inmensa columna de humo se alzó de -pronto, a un centenar de pasos, de donde él estaba, entre las totoras -que acababa de cruzar, anunciándole que todo aquello no era más que un -solo brasero. - -El cielo que se había cubierto de nubes, se enrojecía con vívidos -lamparones, que desgarraban la negrura de la noche con reflejos -sanguinolentos. Altas, muy altas, veíanse cruzar las garzas -encandiladas, y graznaban las gaviotas que habían acudido al -espectáculo. - -En el horizonte hacia el Este, pintábase ya la barra limpia, color de -oro, anunciadora de la mañana. - -Un minuto que perdiera, sería su muerte, pensó el revolucionario, -sintiendo los gritos de uno de los hombres, que de lejos a su -izquierda, le había visto a la luz del incendio, y se echaba a correr -sobre él. - -Espoleó su caballo, y empezó a cruzar el bañado, seco en ese tiempo, -pero difícil por la aspereza de la tierra que la hacienda había -hollado y cubierto de infinitas madejas de camalotes resistentes como -pequeños cordeles. - -Marchaba con honda pena, preocupado por la suerte de Alarcón, que podía -haberse visto envuelto en las llamas, sin camino de regreso hacia la -laguna del garzal, donde habría podido librarse del incendio. - -La luz se hizo, cuando llegó al linde del bañado con el monte, y los -cascos del caballo tocaron la anhelada tierra firme. - -Su perseguidor de la izquierda, lo saludó con un tiro cuya bala sintió -silbar, y vió entonces a la derecha el grupo de los soldados que se -echaban sobre él, a todo lo que daban sus caballos. - -Y empezó de nuevo la carrera, a través del monte, lleno de silencio y -de sombra, azotándose con las ramas espinosas que se alargaban sobre -él, como para detenerlo a traición, oyendo el resonante galope que le -perseguía como un trueno lejano, y el alarido de los perros, por donde -comprendía que iba menguando la distancia y que su caballo empezaba -a aflojar. Hasta que, de pronto, parecióle que todo se anegaba en el -silencio invernal del bosque, y volvió la cara no oyendo ya ni a los -perros ni a los hombres, y observó que habían desaparecido. - -Comprendió que engañados por el cambio de poncho y de caballo, que le -sugiriera Alarcón, creían haber perseguido a éste, y se volvían para -rodear en el garzal incendiado al jefe de los revolucionarios, seguros -ya de no dejarle escapar. - -Alarcón en tanto, quebrando la valla de totoras había marchado hacia el -Este de la lagunita donde pasaron la noche. - -Estaba seguro de que por esa parte se encontraría con los soldados, y -ese era su oculto propósito. Se haría perseguir, con su poncho blanco, -iluminado por el alba que clareaba ya, y daría tiempo a su jefe para -escapar. - -Mas he aquí que siguiendo su penoso camino, cuando se había internado -profundamente entre aquellos tupidos y recios pajales, una extensa -faja incendiada le cerró el camino con su vaho de infierno. El viento -era contrario a la llama, pero de vez en cuando algún remolino caía -sobre ella y mesándola en todas direcciones la hacía penetrar en rojas -lenguas a través de las cañas secas y sonoras. - -Buscó una salida y no hallándola, oblicuó hacia el norte, porque la -gran masa de fuego llegaba del sur, arrastrada por el pampero. Y -después de marchar un rato, un aletazo del viento arrojó sobre él una -obscura cenefa de llamas envueltas en el humo áspero de los pastos -verdes. - -Tenía que volver, y con paciencia, comprendiendo que debía esperar en -medio de la laguna que sus perseguidores cayeran sobre él cuando el -incendio hubiera devastado su inexpugnable refugio, volvió riendas y -empezó a desandar su jornada, siguiendo sus propias huellas. - -Y de nuevo la llama que había avanzado rodeando la laguna le cortó el -paso. - -Ni para el Norte, ni para el Sur; ni para la izquierda, ni para la -derecha. Todo estaba incendiado. Quiso cruzar la napa de fuego que -lo separaba de la laguna donde podía salvarse, y el caballo se le -encabritó y volviendo grupas empezó a patear las llamas que corrían -como millones de culebras de oro. - -Debía morir, y se resignó, con ese fatalismo criollo que se allana -mansamente al destino. - -Ya él lo había presentido, oyendo graznar a los cuervos, y aunque su -jefe no creía, él tenía ya la muerte en el alma. - -Había una isleta libre entre la mar de fuego que avanzaba por todos los -rumbos, se retiró al centro, y se puso a mirar con sus ojos azules, -serenos, la llama que llegaba en su busca. Las cañas se retorcían -gimiendo, y en la parte húmeda y verde que se hundía en la tierra, -estallaban cohetes que asustaban al caballo. - -Alarcón lo palmeó en el cuello para aquietarlo. Echó pie a tierra y se -puso a desensillar pensando que era una tristeza que se perdiera aquel -soberbio tostado que se había hecho tan famoso como su dueño. Quitóle -después el freno, lo enderezó hacia el Este, y le dió un lonjazo para -que tratara de salvarse huyendo a través del fuego. - -Pero fué en vano; el animal corrió hasta las llamas, tronchando las -totoras; y allí bruscamente, volvió el anca, y se puso a dar coces sin -alejarse del fuego que avanzaba sobre él. - -Alarcón agachó la cabeza para no verlo. Sentía los gritos de los -polluelos que se asaban en los nidos, y arriba, sobre su cabeza, la -protesta de miriadas de garzas blancas y gansos rosados, que volaban -sobre las nubes, asistiendo al incendio de su refugio y de su prole. - -Un rumor como si centenares de carros volaran sobre la llanura -producían las llamas mesadas por el viento, entre las altas cañas que -podían ocultar un hombre montado. - -El humo y el calor de horno que le envolvía empezaban a desvanecerle. -El fuego estaba a cincuenta pasos de él, y envolvía totalmente el sitio -en que su caballo moría pateando siempre al invisible enemigo. - -Comenzó a salirle sangre por la nariz, y como de pie no podía respirar, -miró por última vez el cielo, manchado de nubes ahumadas y el sol que -ascendía, haciendo huir la noche en el sombrío bosque, por donde a esa -hora galopaba su jefe, y se echó en tierra pegando la cara con el barro -fresco, que pudo hallar al pie de las totoras, envuelto en el poncho -blanco de Insúa. - - * * * * * - -Cuando al caer la tarde se extinguía el inmenso brasero del garzal que -había ardido todo el día, José Golondrina, que acechara ansiosamente -para impedir la fuga del que todos creían que se estaba quemando allí -adentro, montó a caballo, y se internó en la llanura cubierta de ceniza -y de matas ennegrecidas que se desmoronaban bajo las pisadas del -caballo. - -De algunos montículos, donde habían estado más tupidas las totoras, -surgían aún haces de chispas, que caían como un polvo de oro sobre el -rescoldo tibio. - -A tres cuadras de la laguna halló el cadáver del caballo de Insúa, y a -poco más allá, el cuerpo del que creyó su rival, con la cara sobre la -tierra blanca de cenizas, como dormido en el profundo silencio de la -tarde. - -Reconoció su poncho blanco de vicuña, quemado en parte, su lujoso -apero, sus armas, y echó pie a tierra, y con el taco de su bota pisó -el cuello del muerto, que envolvía la manta, sintiendo que la carne -calcinada se desmoronaba también como aquellos montículos de que estaba -sembrado el garzal. - -Y sus ojos pardos se llenaron de luces, que brillaron un momento, como -los haces de chispas que surgían de entre las matas encendidas aún, -cayendo como una lluvia de oro sobre el rescoldo tibio. - -Y pensó que ahora podía reinar sobre su tribu reconstituída por él. - - - - -IV - -Yo lo maté, pero voy a morir... - - -Días antes Syra, que rara vez salía desde la muerte de su novio, visitó -a las vecinas, en cuya casa solía verse con él. - -Empezaban a encenderse las luces cuando ella terminó su visita, y se -marchó. - -En la calle solitaria a esa hora, encontróse con una negra vieja, hija -de los esclavos de otros tiempos, limonera, que caminaba pegada a las -paredes, estirando una mano seca a los raros transeúntes. - -Conocíala Syra y la socorría en día fijo de la semana. - -La vieja se le acercó, y le dijo en voz baja: - ---¡Amita! me mandan a buscarla, si quiere ir, en interés del hombre que -llora. - ---¿Quién te manda? - ---José el indio. - ---¿Dónde está? - ---En el cementerio de San Antonio. - ---¿Qué quiere de mí? - ---No me lo ha dicho. - -Pensó Syra un momento, arrimada contra uno de los pilares de su casa, a -la cual había llegado, y tuvo el presentimiento de que la vieja esclava -decía la verdad, y que las misteriosas palabras con que había aludido a -su novio muerto, tenían realmente relación con la extraña cita. - -Observó si alguien más la había visto, y creyendo que no, se arrebozó -en su chal como una mora, descubriendo los ojos nada más, y siguió la -calle del Cabildo, hacia el Oeste, para doblar al Norte tres cuadras -más allá. - -El velo ceniciento que el crepúsculo había arrojado sobre la ciudad, se -iba oscureciendo como un denso crespón, y cuando Syra llegó frente a -las tapias del cementerio de San Antonio, cuya capilla abandonada, al -borde de la calle, en aquellos arrabales silenciosos, parecía llena de -las almas de los muertos, era casi de noche, y no vió la silueta del -indio, acurrucado contra la puerta. - ---Niña Syra--le dijo, y ella tembló ante aquella voz que parecía surgir -de la tierra. - -Él se paró y le murmuró al oído. - ---¿Siempre se acuerda de él? - -Syra lo miró, y vió sus ojos lucientes como los de un gato en la sombra. - ---¿Qué te importa? - ---¿Lo has olvidado, entonces? - ---¿Para eso me has llamado? - ---Sí, niña, para eso. Quería saber si después de muerto, iba a seguir -siendo agraviado. - ---¿Por quién? - ---Si su merced me manda, niña,--dijo con voz sumisa el indio,--yo le -diré; pero si lo ha olvidado ya, y no piensa vengarlo, no quiera saber -lo que iba a contarle. - -Chilló una lechuza bajo el alero de la capilla, y su grito glacial -entró en el alma de la joven como un escalofrío. ¿Qué podía ser aquello -que el indio le iba a contar? Ella sentía pasar los días cargados de -odio, porque en su corazón apasionado, no se aplacaba el amargo anhelo -de vengar aquella sangre que manchó su traje de baile y de novia. - ---¿Qué me vas a contar?--dijo simplemente--yo no lo he olvidado. - ---Pero en su casa sí--respondió el indio--en la Casa de los Cuervos, ya -ni su madre lo recuerda, y su hermana está para casarse con el que lo -mató. - -Dijo estas palabras en voz baja, no más fuertes que el susurro del -áspero ciprés que había al lado de la capilla, mas parecióle a Syra que -la voz retumbó como un trueno, y miró a su alrededor, por si alguien -había que pudiera escucharle. - -El camposanto, sembrado de cruces negras, parecía un vasto sudario -arrojado sobre millares de muertos que yacían juntos, marcando con sus -cuerpos el pequeño relieve de los túmulos blancos. - -Ni una luz se veía en ese barrio, de tapias roídas por el tiempo, y de -pencales verdes y espinosos, señalando el linde de las heredades. - -Llegada la noche, aquellos parajes siniestros, adonde Syra no había -temido acercarse, quedaban librados a los cuervos, a las lechuzas y a -los perros sin amo. - -Los perros ladraban en las noches de luna; las aves callaban, y el -enorme silencio pesaba allí durante horas, como una lámina de plomo, -hasta que al toque de ánimas, que llegaba de todas las torres de la -ciudad, graznaban las lechuzas y resonaba el eco en la sombría capilla, -cuya puerta solía abrir el viento. - ---¿No has mentido? - ---No, niña. - ---¿Vas a jurar? - ---Sí, por la tierra donde duerme mi madre--dijo él, y Syra creyó en su -palabra. - -Esa misma noche habló a Montarón, y le anunció que se iría a la Casa de -los Cuervos a pasar una temporada de campo. - -El repentino capricho pareció explicable y sus padres accedieron a -mandarla en una volanta, que salió dos días después, cuando ya Rosarito -estaba de vuelta y José Golondrina perseguía en el garzal a los dos -fugitivos. - -Syra llegó a la Casa de los Cuervos como una amiga, disimulando su -amargura, para saber mejor aquella terrible verdad que le habían -confiado. - -Doña Carmen de Borja, ante aquella joven enlutada, que compartía -su dolor, pero que la miraba con ojos extraños que buscaban su -pensamiento, sintió miedo, temiendo por el secreto de aquel perdón que -había dado a Insúa en el fondo de su alma y que nadie comprendería, si -llegaba a saberse todo lo que ella sabía de la muerte de su hijo. - -Y Gabriela tembló por su amor, como si en los ojos fulgurantes de Syra -hubiera leído una sentencia; y como si ella y su madre se hubieran -puesto de acuerdo, jamás nombraban al ausente en quien vivían pensando. - -No nombraban tampoco a los muertos, de quienes parecían haberse -olvidado todos en aquella casa, y cuyo recuerdo Syra había venido a -avivar, como una cicatriz que duele y se abre. - -A la siesta se reunían las tres mujeres en la galería bañada por el -dorado sol de invierno y dejaban correr el tiempo, sin despegar los -labios, como si sus pensamientos se hablaran en silencio. - -Los peones se acercaban a pedir órdenes a la dama, que solía -levantarse, dejando sola a Gabriela y a Syra. - -Gabriela sentía los ojos de la hija de Montarón clavados sobre ella. -Sugestionada por aquella persecución alzaba la frente, y la miraba. -Syra, enlutada como una viuda, le sonreía, sin hablarle, mas su sonrisa -no era amistosa. - -Cuando algún incidente imponía la conversación, los espíritus parecían -alejados y las palabras surgían sin cordialidad. - -A veces, sin motivo, se acercaba la mujer del capataz, que rondaba -aquellas escenas, como un perro fiel, husmeando la sangre del amo. - -Gabriela pensaba que ña Floriana había adivinado su secreto, porque -jamás mencionaba a Insúa, como si tal nombre le amargara los labios; y -si era así, la astucia de aquella mujer podría haber comprendido los -sombríos proyectos de Syra, que compartía con ella sola el deseo de -vengar a los muertos. - -Pasaban los días y aún Syra ignoraba si en verdad doña Carmen y su hija -conocían que el hombre que albergaran en su casa era el matador de -Carmelo y de Jarque. - -Pero de aquellas escenas de pesado silencio, surgía la terrible -sospecha de que ambas lo sabían y callaban para no romper el encanto -del amor que nacía. - -Una tarde llegó ñor Basilio el ovejero, y dijo a doña Carmen: - ---En el campo de Mocoretá han quemado vivo al capitán Insúa. Uno de los -que andaban en su busca de parte del gobierno ha dormido en mi rancho y -me lo ha contado. - -Doña Carmen guardó el secreto. Nadie habría podido sospechar la -tormenta de encontradas pasiones que se levantó en su alma, porque su -rostro permaneció inmutable. - -Un poco más de ternura hubo en sus ojos al mirar a su hija; y en el -pliegue de sus labios una fuerza mayor para imponer el silencio a las -expresiones de rencor satisfecho que querían desbordar. - -Pero esa noche todo cambió. A la hora de la cena sintieron llegar un -caballo, que se acercó entre el ladrar de los perros hasta el árbol en -que los cuervos dormían. - -Gabriela corrió a mirar y dijo: - ---¡Insúa! - -La madre fué a desengañarla, contándole la historia que le habían -referido, cuando entró el capataz y lo anunció, y luego el mismo -capitán, que llegó con aire de fiesta. - -Sin que nadie lo advirtiera, Syra corrió a su cuarto, cuya puerta daba -sobre el corredor y se encerró por no verle. - -Insúa se sentó a la mesa, y alejados los sirvientes, habló a la madre y -a la hija. - -Había mandado un chasque a don Julián, a fin de que esa misma noche -llegara a casa de doña Carmen y debía estar al caer. - -Era extraño lo que iba a decir, pero en su vida todo era así, extraño. - -Doña Carmen escuchaba en severo silencio, con los ojos posados sobre el -plato y las manos tiesas sobre el mantel. También en la vida de ella -todo era extraño. - -Insúa prosiguió: - ---Quiero llevarme, señora, el talismán que ha de darme suerte. La -revolución va a estallar en el plazo de tres días. Todo está pronto, y -yo vengo a casarme, para que el amor de mi esposa sea mi fortuna en la -batalla. - -Gabriela había dado un grito. Insúa se puso de pie y esperó la -respuesta. Doña Carmen bajó la cabeza asintiendo, mas no habló. - -Sintióse rumor en el patio y todos salieron de la galería. Era don -Julián que llegaba. - ---¿Será esta noche?--preguntó la dama a Insúa. - ---Sí, señora--contestó él, inclinándose. - -Doña Carmen llamó a la mujer del capataz y le dijo lo que había, a fin -de que preparase el oratorio donde debía de ser la ceremonia. - -En la obscuridad del patio no vió el gesto de horror con que la mujer -se apretó la cabeza. - -Insúa y Gabriela se paseaban en la galería del lado en que estaban los -cuervos. Uno de ellos, despierto, se espulgaba y sentían el áspero roce -de su pico en el negro plumaje. - -En el cuarto de los huéspedes doña Carmen atendía a don Julián. -El comedor había quedado a obscuras, y nadie vió por eso entrar a -Floriana, que se acercó hasta la pieza donde Syra se había refugiado y -la llamó suavemente. - -No le abrieron; quizá no oyeron la señal, que repitió dos veces, sin -resultado. La joven, sin embargo, no dormía; sentíanse sus pasos y el -rumor de su ropa. - -Floriana miró por el agujero de la llave, y a la luz escasa de la vela, -vió algo cuyo significado no comprendió. ¿Quién estaba allí? ¿Syra o -Gabriela? ¿Quién era la novia que había venido a buscar el capitán -Insúa? ¿Por qué si era Gabriela, Syra se vestía de blanco como si ella -fuese? - -Corrió al oratorio a concluir los preparativos de aquella fiesta que le -llenaba el alma de rencores y a poco sintió la voz de don Julián que -entraba con una maleta, en que traía un roquete, una estola y un libro. - -Y luego llegaron todos. Gabriela vestida de negro, tal como estaba; -Insúa como si terminada la ceremonia hubiera de partir al combate, doña -Carmen de Borja, pálida, como una muerta, plegados los labios para no -quejarse, y los peones, que habían de servir de testigos. - -Se cerró la puerta, para que el viento no apagara las velas que ardían -en dos candelabros iluminando crudamente la imagen de la Virgen rodeada -de flores, y la alta silueta del cura, que hojeaba el libro, para leer -las preces. - ---Falta la niña Syra--dijo Floriana. - -Doña Carmen hizo un gesto para que callara. Don Julián no la había -oído, y llamó a Insúa y a Gabriela, y comenzó a leer aquella augusta -alocución, que esa noche ponía un horror de tragedia en el corazón de -todos. - -De pronto sonó una carcajada en el patio, que a Insúa le heló la -sangre; se oyó el graznar del cuervo despertado por el ruido, y la -puerta del oratorio se abrió con violencia, y entró Syra, vestida de -blanco, semejante a una novia, hermosa como una aparición, con el -cabello suelto, como si no hubiera podido concluir su tocado, con la -frente iluminada, y los ojos ardientes, y la risa en la boca crispada. - -Apartó con fuerza a los que le cerraban el paso y corrió al altar y -tomó a Gabriela de un brazo, y le dijo mostrando una gran mancha de -sangre que tenía sobre el pecho, en el albo traje de baile: - ---¡Yo era su novia, y él lo mató! - -Y todos sintieron correr por sus venas el horror de haber comprendido, -sin que ella dijera más, lo que significaba aquella sangre, quién era -el muerto y quién era el matador. - -Se abrió de nuevo la puerta, y una racha fría de viento apagó las -luces, y sintióse en el gran silencio que se hizo el aletazo de un gran -pájaro que había entrado sin que nadie lo viera, y que pugnaba por -hallar la salida. - -Se oyó entonces la voz de Insúa: - ---¡Es cierto, es cierto! ¡Yo lo maté! - -Se le vió, en la sombra, acercarse a Gabriela que había caído desmayada -en brazos de su madre, no se oyó el ruido de su beso en la frente de -la joven, pero sí la voz de él más tranquila, hablando desde el umbral -de la puerta, como un adiós a la Casa de los Cuervos. - ---Yo lo maté, pero voy a morir. - -No hubo un gesto de nadie para responderle, ni se tendió una mano amiga -para detenerle. - -Salió; se oyó el graznar del cuervo, y luego el rumor del galope de un -caballo, que se alejaba por la calle sombría de los eucaliptus. - - - - -V - -La batalla de los Cachos - - -Una mañana, el catorce de Junio, Rosarito entró despavorida en el -salón donde su padre estaba dando clase, a una veintena de chiquillos -adormilados. - ---¡Tata!--dijo simplemente--¡la revolución!--a Francisco anoche lo han -muerto, según dicen. - -Y cayó arrodillada en el suelo, llorando y escondiéndose la cara entre -las manos, mientras los chicuelos aprovechaban el estupor causado en el -maestro por aquella noticia, para desbandarse y huir de la escuela. - -Desde tres días antes vivía la gente en Santa Fe aguardando la hora de -la revolución. Sabían, los que estaban en el secreto, que don Patricio -Cullen, desde "Los Algarrobos", bajaba con su gente hacia la ciudad, -sublevando las campañas con ardorosas proclamas. - -Sus montoneros a caballo, mal armados, no habrían podido resistir el -empuje de las fuerzas del gobierno, que contaba, como núcleo principal -de su defensa, con el histórico batallón "7 de Abril" al mando del -coronel Raimundo Oroño. Pero sabían que Francisco Insúa bajaba -simultáneamente a encontrarse con Cullen, al frente de los "Suizos", -colonos de Helvecia, y de más al Norte aún, de la Colonia Galense, -de Romang, de Alejandra, donde la causa de los revolucionarios había -reclutado sus mejores tropas. - -Aquellos extranjeros, tiradores de primer orden, bien armados con -fusiles de precisión, valían mucho más que las revueltas montoneras que -traía Cullen. - -La revolución debía estallar en la ciudad, no bien se supiera que -Cullen o Insúa llegaban, y hubo un momento en que su triunfo pareció -seguro a los dirigentes de la conspiración, porque el gobernador Bayo, -ignorante de todo, o confiado en exceso, habíase ausentado de la ciudad -para asistir a las fiestas que en esos días celebraban en el pueblo de -San Carlos. - -Montarón con un grupo de revolucionarios se encargó de apresarlo, pero -el gobernador tuvo aviso de que la muerte de Insúa que días antes -le comunicaran en secreto no era verdad, y que se le había visto en -Helvecia, moviendo su gente. - -Esto le obligó a regresar, frustrando el plan de Montarón; y como -se supiera que los revolucionarios avanzaban sobre Santa Fe, se -destacó una compañía del batallón "7 de Abril", para que marchara a su -encuentro, dejando el resto de la fuerza para cuidar la ciudad. - -Los soldados del gobierno debían procurar unirse con la gente que desde -San José del Rincón llevaba el coronel don Nazario Ocampo, fuerza de -caballería de línea, muy apreciable, no por su número, sino por su -calidad; y con las del coronel don Francisco Romero, que debía cruzar -desde Santa Rosa con quinientos hombres, bien armados, para cortar -la retirada de los revolucionarios, cuando bajasen a lo largo del -Saladillo. - -Ocurrió, sin embargo, que el 13 de Junio, al mediodía, el jefe de las -tropas del gobierno que marchaban hacia el Norte, recibió noticias -de que Insúa había llegado al paso de los "Cachos", y se preparaba a -vadear el Saladillo, buscando la margen derecha, para seguir el camino -a Santa Fe. - -El coronel Oroño, dudando de aquella nueva, mas deseando prevenir -el ataque si era verdad, destacó una compañía de veinte hombres a -caballo, al mando del alférez don Pedro Viñas, para que efectuara un -reconocimiento hasta el mencionado paso. - -Y allí, aquel día, al caer de la tarde, se inició la sangrienta batalla -de los "Cachos". - -Insúa bajaba, en efecto, con su gente. La margen izquierda que a causa -de las vueltas del Saladillo, quedaba al Norte, estaba anegada por un -repunte del riacho en los últimos días. - -Los altos pajales podían servirles para acercarse sin ser vistos, hasta -el paso que buscaban, donde había dos grandes canoas, en que podían -cruzar sin mojar sus ropas ni sus armas. - -No todos venían a caballo; algunos, los suizos en su mayor parte -marchaban a pie, alegremente con sus rifles al hombro, y sus -cartucheras a la cintura. - -Insúa triste, buscando la muerte más que la victoria, hacía su jornada -en silencio y sin odio. - -Cuando llegaron al vado, desde la otra orilla, que estaba a un tiro -de carabina, les hicieron una descarga. Era la gente del gobierno, -parapetada detrás de unas pilas de leña cortada, que algunos canoeros -habían amontonado y que servían de admirable trinchera. - -No era fácil saber el número de los enemigos, pero Insúa dió orden de -cruzar el río, y unos a caballo y otros en canoa empezaron la maniobra, -bajo el fuego de los soldados del "7 de Abril". - -Un grupo de suizos, rodilla en tierra desde los pajales, empezó un vivo -tiroteo, protegiendo a los suyos que cruzaban el río. - -El sol se iba entrando, pero el ojo experto de aquellos excelentes -rifleros, descubría detrás de los montones de leña al enemigo apenas -visible y empezaba a diezmarlo. De cuando en cuando se oía un grito: -un hombre se paraba, abría los brazos y caía y los tiradores reían. - -La primera canoa, llena de hombres, armados de rifles, al llegar a la -mitad del río se fué a pique acribillada a balazos por los del gobierno -que apuntaban a sus tablas. - -Y entonces se vió a Insúa, que en la otra orilla permanecía a caballo, -mandando la maniobra, con un soberbio desdén de la muerte que zumbaba -a sus oídos, echar pie a tierra y meterse en el agua empujando la otra -canoa. - -La llevó así hasta que el agua le dió al pecho, y de un poderoso envión -la arrojó hacia el medio, animando a su gente, con aquel absurdo valor -del hombre indiferente a las cosas que puedan ocurrir. - -Veíase claramente que los soldados del gobierno lo habían conocido, -no obstante la sombra crepuscular, y que tiraban sobre él, a cuyo -alrededor en el agua, picaban las balas salpicándole el rostro. - -Se volvió a la orilla y montó de nuevo en su caballo y esperó el -resultado de aquella maniobra. - -Ya algunos de los suyos,--lanceros que cruzaban a nado, a la par de sus -caballos,--empezaban a llegar a la opuesta orilla, y la segunda canoa -cargada de rifleros, había pasado de la mitad del río, cuando se vió -a los del gobierno aprovechar las sombras de la noche para dejar sus -barricadas, abandonando un puesto que no podían sostener. - -Cesó el fuego, mas con el último tiro, se vió a Insúa que abría los -brazos y caía del caballo, de bruces sobre una mata de chilcas. - -Cuando lo alzaron, sobre unas parihuelas, sonreía, como si hubiera -visto venir lo que anhelaba. - ---Sigan peleando, muchachos--les dijo. - -Cruzaron el río, y lo llevaron al rancho de un pescador, cercano a la -orilla, y lo dejaron allí, porque tuvieron noticia de que la gente -del gobierno acampaba en San Pedro, a cosa de tres leguas, y convenía -atacarla antes que recibiera los refuerzos que se esperaban de Santa -Rosa. - -Pero nada pudo hacerse esa noche, porque el enemigo, al llegar ellos -había abandonado también aquel punto, y cuando a la mañana siguiente -llegó Cullen con su tropa, se estrelló con las fuerzas del coronel -Romero, bien armadas, y no tuvo el apoyo de la caballería con que -contaba, ni de Insúa, del cual no halló quien le diera noticias. - -Pelearon rudamente, pero sus montoneros se desbandaron y él tuvo que -huir, por la orilla izquierda del Saladillo, con rumbo a Helvecia. - -Montaba un caballo tordillo, parejero, que no era de su estancia, y -cuyas condiciones no conocía. - -Perseguido de cerca, en los primeros momentos ganó larga distancia, -pero pronto conoció que el caballo se le cansaba. - -Su asistente, Juan Félix López, sin apartarse de él, le decía: - ---Castigue, don Patricio; castigue su caballo. - -El jefe de los revolucionarios, comprendiendo que su caballo estaba -rendido bajo su peso, respondía: - ---A mí me conocen y me quieren. Si caigo en manos de ellos, no tengo -que temer. Vos sí; vos debés huir. - -Llegaron así al monte, a la isleta de las Estacas, y allí Cullen -comprendió que su caballo no daría más y se detuvo. - -Una avalancha de gauchos del gobierno dando alaridos, se echó sobre él. - -Saltó del caballo uno de ellos; era José Golondrina, y lo tomó de la -rienda. - ---¡Bájese!--le dijo,--y como no obedeciera al instante, le tiró un -lanzazo y lo derribó. En el suelo, uno de los más abyectos secuaces -llamado el "Lechuza", lo tomó de la barba. - ---A mi padre--alcanzó a decirle don Patricio--lo degolló Rozas; no me -maten como a él. Mátenme a balazos. - -Pero "Lechuza" le cortó la cabeza, mientras la pequeña tropa de gauchos -y de indios se cebaba en su cuerpo cribándolo a lanzazos, lo mismo que -al de su compañero López. - -La muerte de Cullen produjo un inmenso estupor en la ciudad, donde ni -sus adversarios más encarnizados habían creído que pudiera llegarse a -ese extremo. - -Cuando se recibió la noticia, Rosarito, acompañada de su padre, había -salido ya en busca de Insúa, herido la víspera. - -La campaña tranquila se bañaba en el sol de la tarde, indiferente a -aquellas pasiones que manchaban su suelo. - -Don Serafín, acurrucado en un rincón, envuelto en su capa, iba contando -historias análogas a aquel episodio, que había visto en su vida. -Rosarito llevaba las riendas del tílbury en que viajaban al trote por -el solitario camino blanco. Ella no oía a su padre; pensaba en las -cosas tristes que rebalsaban en su alma, y tenía en los labios la -amargura de una queja. Pensaba que si él había muerto, lo hallaría -donde le habían dicho, velado por Gabriela; que si aún vivía, él no -volvería a besarla como en la noche de la revolución, porque su rival -estaría presente. - -Sabía que no había esperanza de salvarle. El que les llevó la noticia, -enviado por Insúa mismo, les había explicado cómo era la herida y cómo -ni el mismo Insúa pensaba vivir. - -Así como mandó avisarles a ellos, pensaba Rosarito que habría mandado -avisar a la Casa de los Cuervos, no lejana de allí. - -Mas cuando llegaron al paso de "Los Cachos", hallaron al caudillo -revolucionario muriendo solo en el ranchito abandonado. - -Estaba tendido en la tierra, sobre un apero, y tenía cerrados los ojos. -Como obscurecía ya, no conoció en la penumbra a los que llegaban, y -Rosarito, hincada a su lado, le dijo su nombre y le vió sonreír, y le -habló de su amor y de Dios, para endulzarle aquella hora suprema, y -él que en nada creía, sintió su alma iluminada por aquella verdad que -bajaba en tal momento sobre él, y lloró con grandes lágrimas cálidas. - ---¿La has llamado?--le preguntó Rosarito, y él hizo señas de que no, y -la miró con profunda ternura, como diciéndole que ella refundía en sí -sola todas las mujeres que podía amar: su madre, su hermana y su novia. - -Y ella comprendió, y cuando al siguiente día cerró él los ojos para -siempre, tranquilo como si hubiera hallado la verdad y el amor, ella -pensó que era su viuda, y lloró sobre su cuerpo frío, sintiendo en el -fondo de su dolor, la humilde alegría de saber que por fin él la había -comprendido. - - - * * * * * - - - Tip. y Enc. NUEVA ÉPOCA - San Martín 850--SANTA FE - - - HUGO WAST - La Casa de los Cuervos - - PRIMER PREMIO - EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL - - - NUEVA EDICIÓN - - - BUENOS AIRES - Agencia General de Librería y Publicaciones - 1571--Rivadavia--1573 - - - - - OBRAS DE HUGO WAST - - NOVELAS - - =Alegre.=--19.º millar.--Librería Ollendorff, París. - - =Pequeñas Grandes Almas.=--11.º millar.--Montaner - y Simón, Barcelona. - - =Flor de Durazno.=--27.º millar.--Librería Ollendorff, - París. - - =Fuente Sellada.=--17.º millar.--Librería Ollendorff, París. - - =Golondrina de Presidio.=--(Cuentos).--4.º millar.--Biblioteca - Patria, Madrid. - - =Fantasías y Leyendas.=--(Cuentos).--Agotada. - - =La Casa de los Cuervos.=--9.º millar.--Agencia - General de Librería, Buenos Aires. - - - POESÍAS - - =Rimas de Amor.=--2.ª edición.--Fernando Fe, Madrid.--(Agotada). - - - VARIOS - - =¿A dónde nos lleva nuestro panteísmo de Estado?=--3.ª - edición. - - =El Enigma de la Vida.=--(Estudio biológico).--Librería - Alfa y Omega, Buenos Aires. - - =Un País mal administrado.=--(Estudio económico).--Arnoldo - Moen y Hno., Bs. Aires.--(Agotada). - - - EN PREPARACIÓN - - =Las bases de la sociología.= - - =Un País mal administrado.=--2.ª edición. - - - * * * * * - - - NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - -Las palabras en negritas están indicadas con el =signo igual=. - -Algunas reglas de acentuación del castellano cuando esta obra fue -publicada por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se -realizó la transcripción. El criterio utilizado para llevar a cabo esta -transcripción ha sido el de respetar la ortografía original, salvo en -caso de errores evidentes de impresión y/o puntuación, los cuales han -sido corregidos. El Transcriptor también ha respetado ciertos modismos -empleados por el autor, que son típicos del castellano que se habla en -ciertas zonas de Argentina. - -El Transcriptor desea aclarar que el autor menciona en el texto un -personaje real de la historia argentina, Rosas, pero en el texto es -mencionado como Rozas. Se ha respetado la ortografía del original. - -El ÍNDICE en la obra original se encontraba al final del -libro. El Transcriptor decidió colocarla al principio de la obra. - - -La cubierta del libro ha sido modificada por el Transcriptor y ha sido -agregada al dominio público. - - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of La Casa de los Cuervos, by Hugo Wast - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA CASA DE LOS CUERVOS *** - -***** This file should be named 59631-8.txt or 59631-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/9/6/3/59631/ - -Produced by Andrés V. Galia, María C. Fernández Q. and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive -specific permission. If you do not charge anything for copies of this -eBook, complying with the rules is very easy. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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