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-The Project Gutenberg EBook of La Casa de los Cuervos, by Hugo Wast
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
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-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
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-
-Title: La Casa de los Cuervos
-
-Author: Hugo Wast
-
-Release Date: May 30, 2019 [EBook #59631]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA CASA DE LOS CUERVOS ***
-
-
-
-
-Produced by Andrés V. Galia, María C. Fernández Q. and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive)
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- LA CASA DE LOS CUERVOS
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-
- OBRAS DE HUGO WAST
-
- NOVELAS
-
- =Alegre.=--6.ª edición.--Librería Ollendorff, París
- (en prensa).
-
- =Pequeñas Grandes Almas.=--Montaner y Simón,
- Barcelona.
-
- =Flor de Durazno.=--5.ª edición.--Librería Ollendorff,
- París.
-
- =Fuente Sellada.=--Librería Ollendorff, París.
-
- =Golondrina de Presidio.=--(Cuentos).--Biblioteca
- Patria, Madrid.
-
- =Fantasías y Leyendas.=--(Cuentos).--Agotada.
-
- =La Casa de los Cuervos.=--Biblioteca del Ateneo Nacional.
- Buenos Aires.
-
-
- POESÍAS
-
- =Rimas de Amor.=--2.ª edición.--Fernando Fe, Madrid.--(Agotada).
-
-
- VARIOS
-
- =¿A dónde nos lleva nuestro panteísmo de Estado?=--3.ª
- edición.
-
- =El Enigma de la Vida.=--(Estudio biológico).--Librería
- Alfa y Omega, Buenos Aires.
-
- =Un País mal administrado.=--(Estudio económico).
- Arnoldo Moen y Hno., Bs. Aires.--(Agotada).
-
-
- EN PREPARACIÓN
-
- =Las bases de la sociología.=
-
- =Un País mal administrado.=--2.ª edición.
-
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-
- HUGO WAST
-
- LA CASA DE LOS CUERVOS
-
- PRIMER PREMIO
-
- EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL
-
- NUEVA EDICIÓN
-
- 6.° MILLAR
-
- BUENOS AIRES
- Agencia General de Librería y Publicaciones
- 1571--Rivadavia--1573
-
-
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-
- ÍNDICE
-
-
- PRIMERA PARTE
- Pág.
-
- I.--Don Serafín Aldabas 9
-
- II.--¡Una voce poco fa! 22
-
- III.--La conspiración 34
-
- IV.--La levita de Cullen 49
-
- V.--En la tarde del baile 58
-
- VI.--Una sombra en el hueco de la puerta 65
-
- VII.--El indio José 76
-
- VIII.--El baile de Montarón 95
-
- IX.--El pañuelo rojo 113
-
- X.--La noche trágica de Syra 128
-
- XI.--La derrota 139
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- I.--¡Por el alma de los muertos! 161
-
- II.--La mala nueva 174
-
- III.--La mano suave 184
-
- IV.--La yerra 194
-
- V.--El secreto 208
-
- VI.--Sobre las huellas de Insúa 224
-
-
- TERCERA PARTE
-
-
- I.--En la casa de Bayo 245
-
- II.--El aviso 259
-
- III.--El incendio del garzal 267
-
- IV.--Yo lo maté, pero voy a morir 293
-
- V.--La batalla de los Cachos 304
-
-
-
-
-
- PRIMERA PARTE
-
-
- LA CASA DE LOS CUERVOS
-
-
-
-
- I
-
- Don Serafín Aldabas
-
-En los días de sol, durante el húmedo invierno, aquellas casas viejas
-toman su expresión evocadora y triste.
-
-Detrás de sus tapias roídas por el tiempo y coronadas a veces de
-enredaderas, asoman las copas redondas de los naranjos, con su espeso
-follaje y su fruta dorada.
-
-En la parte que el sol no calienta, el musgo extiende su terciopelo
-verde, como un suave tapiz. Crecen los yuyos en las grietas de los
-oscuros adobes manchados por la cal del antiguo revoque; se ve en un
-muro el hueco de una alhacena con estantes de algarrobo, y sobre un
-tejado, que en las noches de luna ya no se anima con el paseo de los
-gatos, la ventana de una bohardilla y una chimenea, que ha tiempo no se
-envuelve en el humo azulado y tibio del hogar.
-
-En los barrios centrales de Santa Fe, ese tipo de casa ha ido
-desapareciendo, mas quedan vestigios de ellas en los barrios del Sur
-y hasta hace poco manteníase intacta, en la calle que en los tiempos
-de este relato llamaban "de la Matriz derecha", la casa en que durante
-cuarenta años, don Serafín Aldabas enseñó a leer a los niños, que por
-alguna razón no hallaban sitio en el colegio de los Jesuítas.
-
-Estaba en la acera del Sur, casi en la esquina de la plaza, vecindad
-que aprovechaba don Serafín para oír la banda, que tocaba, jueves y
-domingos, en invierno, a la hora precisa en que terminaba su clase.
-
-Cubierto el cráneo puntiagudo, mondo ya, con un casquete negro de
-lustrina, enfundado en una estrecha levita, enjuto de carnes, los ojos
-azules, fugitivos, las piernas flojas, las manos largas e inhábiles,
-cuando no esgrimían el puntero o la palmeta, en la silueta obscura de
-don Serafín, no había más detalle interesante que la gruesa cadena
-de plata de su reloj, un hermoso reloj de oro, de una antigua marca
-inglesa, toda la fortuna que trajo de su patria.
-
-Envolvíase severamente, aun en los días de calor, en una capa con forro
-de terciopelo carmesí, y como a todo propósito, para salir de una duda,
-para eludir una respuesta, para resolver un problema consultaba el
-reloj, un buen tercio de la vida del maestro se pausaba en desabotonar
-y abotonar su levita.
-
-Era de la Coruña, y sus traviesos discípulos que habían sorprendido
-la imperceptible dificultad con que pronunciaba la o, llamábanle
-"Curuña", mote al cual, después de treinta años, se iba acostumbrando.
-
-Llegado al país en los tiempos más sangrientos del gobierno de Rozas,
-tímido como una polla, conservaba, no obstante, una extraordinaria
-afición a la política que sólo concebía rodeada de misterios, de tal
-modo que su imaginación enviciada transformaba las cosas más simples en
-espeluznantes incidentes.
-
-Y en la Santa Fe del año 77, no necesitaba forzar la fantasía para
-llenarse de sobresaltos, sin que, en verdad, como en los tiempos de
-Rozas, corrieran peligro los vecinos madrugadores de tropezar en la
-acera con el cuerpo de algún unitario degollado a cercén, mientras
-por otra calle los mazorqueros paseaban un carro cargado de cabezas,
-pregonando su siniestra mercancía como si fueran zapallos.
-
-Pero, aun sin llegar a esos extremos, la vida era angustiada por las
-frecuentes revoluciones que se tramaban contra el Gobierno, para
-derrocar a don Servando Bayo, y destruir la influencia omnipotente del
-doctor Simón de Iriondo.
-
-En Santa Fe no era posible desinteresarse de la política: o se era
-opositor, o se era gubernista.
-
-Sólo el mísero don Serafín Aldabas, no tenía derecho a ser ni lo uno
-ni lo otro. Por su escuela habían pasado casi todos los jóvenes que
-militaban en el partido liberal, y esto lo vinculaba con hondos afectos
-a la causa de la revolución.
-
-Mas no le era permitido dejar traslucir sus inclinaciones, sin
-riesgo para su escuela, que no vivía de las insignificantes cuotas,
-impagas con frecuencia, de sus alumnos, sino de una subvención de
-cuarenta pesos mensuales que le otorgaba el gobierno, y que algunas
-indiscreciones habían puesto ya en peligro.
-
-Hacía un mes que funcionaban las clases, después de las vacaciones,
-mediaba Abril, y todavía el humilde "Curuña" no había percibido un solo
-peso del vencido semestre.
-
-Don Pablo Ferrer, el catalán dueño del almacén de la esquina en que
-don Serafín se surtía, empezaba a torcerle el gesto, cuando concluida
-la clase el maestro, envuelto en su capa que le prestaba un poco de
-majestad, cruzaba la calle, hacia la plaza, persiguiendo la ocasión
-de encontrarse con el gobernador Bayo, que a esa hora abandonaba su
-despacho del Cabildo.
-
-La plaza era entonces, como hoy, de una manzana entera, pero
-encuadrábanla construcciones más bajas, y eso parecía agrandarla.
-
-Al naciente tenía el colegio de los Jesuítas ocupando las dos terceras
-partes de la cuadra, que completaban algunas casas de tejas. Al Sur,
-alzábase el Cabildo, con su mole blanca y pesada, sus dos pisos con
-recova de gruesos pilares y arco romano y su azotea resguardada por una
-sencilla baranda de hierro.
-
-Todavía se ve en la esquina de San Gerónimo, una de las raras casas
-de alto que había entonces, y que parecían ser indicio de riqueza, no
-obstante sus paredones lisos, sin adornos ni pilastras, y el pobre
-hueco de sus ventanales y de sus puertas pequeñas y su baranda de
-hierro en el tejado.
-
-De las casas que formaban el costado del poniente, quedan muchas, con
-algunos cambios que las modernizan sin embellecerlas, revoques de
-portland, balcones y adornos del más abominable Luis XV.
-
-Ha desaparecido el local en que durante años funcionó el café del
-Plata, lugar de cita de los opositores; pero subsiste al lado de la
-construcción que hoy se levanta en lugar del célebre café, el vetusto
-caserón que ocupara el Club del Orden, centro de aristocracia y de
-conspiraciones.
-
-La Iglesia Matriz en el lado Norte de la plaza permanece tal cual era,
-con sus dos torrecillas humildes y el enmohecido gallo de su veleta,
-pero el resto de la cuadra ha sufrido un cambio profundo a excepción de
-la casa que don Simón de Iriondo inauguró por aquellos años y que era
-con sus dos pisos de galería a la calle y lo estudiado de sus líneas,
-la más hermosa de la ciudad.
-
-Invariablemente, al dar las cinco de la tarde don Serafín Aldabas
-suspendía la clase. Su magnífico reloj "Losada", según podía leerse en
-la esfera, abierto sobre el pupitre, le señalaba la hora sin discrepar
-un minuto en un año con el cuadrante solar del colegio de los Jesuítas.
-
-En el preciso momento cortaba la lección, aún cuando fuera en mitad de
-una frase, poníase de pie, imitado por sus bulliciosos alumnos, que al
-levantarse tumbaban los escaños y coreaba un "Ave María".
-
-Y después, mientras ellos se desparramaban por la plaza, espantando
-a las pacíficas gallinas del vecindario, atraídas por el trébol que
-crecía alrededor de la glorieta, don Serafín seguía el ancho camino
-enarenado, con la secreta esperanza de encontrar al Gobernador, al
-doctor Iriondo o a cualquiera de los hombres poderosos, para brindarles
-un saludo y una sonrisa que prolongara la existencia de la subvención.
-
-Cuando veía acercarse a alguien, don Serafín procuraba imprimir a su
-persona un andar solemne; mas su casquete de lustrina, sus largas
-piernas deformadas por las rodilleras de sus pantalones, su capa en
-lo más recio del verano, y sus pies juanetudos, le quitaban toda
-solemnidad.
-
-No obstante, la gente le apreciaba, y retribuía su saludo con afecto,
-aunque no tan ceremoniosamente como él habría querido; y era un triunfo
-para él, cuando alguno se acercaba a preguntarle la hora.
-
-Su "Losada" era famoso en la ciudad, y aun el Gobernador solía rendirle
-ese homenaje consultándole.
-
-Don Serafín, con el casquete en la mano, miraba el reloj y respondía:
-
---Son las cinco y siete minutos y medio, excelentísimo Señor.
-
-Y luego agregaba, con la emoción de un desacato, a la suprema autoridad
-que a un paso de él, le atendía de igual a igual:
-
---¿Se podría saber qué hora es en el reloj de V. E.?
-
-El Gobernador, con un leve gesto de impaciencia, sacaba una antigua
-saboneta de llave, y constataba alguna diferencia, que provocaba el
-invariable comentario de don Serafín.
-
---¡Si V. E. tuviera un "Losada"...!
-
-Cuando finalizó el sexto mes impago, como coincidiera con el término
-de las vacaciones, durante las cuales don Serafín no había percibido
-un ochavo de sus alumnos, se encontró en apuro tan grave que resolvió
-confiar su cuita al Gobernador en la primera ocasión que tuviera el
-honor de ser consultado por la hora.
-
-Pero fuese que el reloj de don Servando Bayo marchase mejor, o que su
-propietario hubiera perdido su afición a la exactitud, el hecho es
-que don Serafín irritaba sus juanetes dando vueltas innumerables a la
-plaza, sin que el Gobernador se dignara hacer más que contestar sus
-saludos.
-
-Y aun esos encuentros se hicieron raros. El Gobernador salía tarde
-de su despacho, acompañado siempre por alguien, y sin detenerse
-llegaba hasta su casa, a la vuelta del Cabildo, y se encerraba como si
-tuviera un cúmulo de trabajo o la estadía en la calle se hubiera hecho
-peligrosa.
-
-Solamente una vez, en aquellos primeros días de Abril se detuvo en la
-plaza, y fué porque se encontró con don Simón de Iriondo, que lo tomó
-del brazo y lo llevó por las callejas enarenadas del centro.
-
-Era jueves y la banda de policía tocaba un trozo del "Barbero de
-Sevilla", música que en la vida sin pasiones de don Serafín, había
-llegado a ser una pasión.
-
-Por eso, en cuanto sonaron los primeros compases de la sinfonía, se
-acercó hasta el kiosco del centro, rodeado de acacias, sentóse en un
-banco resecado por el sol, y se puso a escuchar, sin acordarse del
-mundo.
-
-Las retretas en verano se hacían a la noche; pero ya en Abril, con
-el tiempo fresco, se adoptaba el horario de la tarde. La gente
-desacostumbrada, en los primeros días apenas concurría, por lo que en
-esa ocasión, aparte de don Serafín y de algunos niños que jugaban en el
-trebolar del centro, sólo se veía la pareja de personajes oficiales, el
-Gobernador y el doctor de Iriondo, conversando frente a la casa de éste.
-
-La alta y elegante figura de Iriondo, contrastaba con la de Bayo,
-hombre grueso y bajo.
-
-Don Simón vestía de levita, y en ese momento llevaba en la mano el
-sombrero de copa gris, lo que permitía apreciar la extraordinaria
-hermosura de aquella cabeza inteligente de caudillo, que tenía con el
-cabello profuso, peinado hacia atrás, la elegancia violenta y a la vez
-fácil de los gestos del león.
-
-Los dos, solos, estaban de pie bajo una acacia. Iriondo hablaba con
-vehemencia pero en voz baja, y el Gobernador le escuchaba, rayando con
-la contera del bastón la arena del suelo.
-
-En el aire tibio y como dorado de aquella tarde otoñal, se
-desparramaban las notas animadas y profundas de "Una voce poco fa".
-
-Don Serafín bebía con fruición la música admirable, alejado mil leguas
-de su escuela arruinada, de su semestre impago, de sus botines que
-reclamaban la media suela, de sus pobres pantalones, cuyo decoro se
-salvaba aún, gracias a la amplitud de la capa.
-
-Distraído así, no vió llegar hasta él a Bayo y a Iriondo, y sólo cuando
-éste apoyó su mano firme sobre su hombro, advirtió su presencia.
-
---¡Doctor Iriondo! ¡Excelentísimo señor Gobernador!--exclamó don
-Serafín, alzándose del banco, con una profunda reverencia y echando
-mano al reloj.
-
---¿Qué hora es, don Serafín?--le interrogó Iriondo, complaciente con la
-inofensiva manía del maestro.
-
---Las cinco y cincuenta y siete minutos y algunos...
-
---¡Don Serafín!--le interrumpió el Gobernador,--¿percibe siempre la
-subvención de la escuela?
-
---¡Ah, señor don Servando!--exclamó el mísero guardando su reloj con
-mano trémula--mi escuela se muere de hambre...
-
---¿Con maestro y todo?--insinuó risueñamente don Simón.
-
---Hace seis meses, Excelentísimo Señor...
-
-Don Serafín vacilaba, porque era un cargo que iba a arrojar sobre el
-gobierno. Mas Iriondo, que conocía el estado precario de las finanzas
-no tuvo reparo en concluir la frase.
-
---¿Seis meses que no le pagan?
-
---Así es, doctor Iriondo; y cómo...
-
---Mañana cobrará--dijo el Gobernador--Vaya a verme al despacho a las
-ocho en punto.
-
---Ah, Señor...
-
-Iba a explicar que a esa hora empezaba su clase, pero se calló. Daría
-vacación, inventando algún pretexto; los alumnos le agradecerían y él
-iría a cobrar.
-
-Mientras hablaban desarrollábanse los últimos compases de la música de
-Rossini. Calló luego la banda y los músicos empezaron a enfundar sus
-instrumentos para marcharse.
-
-Don Serafín reventaba de vanidad, viendo que todos miraban su compañía
-con los dos hombres poderosos de la provincia.
-
-Iriondo saludaba a cada uno de los que pasaban frente a él, con
-un gesto amable. El Gobernador golpeaba el suelo con el bastón.
-Aquella nerviosidad, en él, hombre flemático, era señal de graves
-preocupaciones.
-
-El director de la banda se acercó a saludarlos, pero Bayo no le
-dispensó una acogida muy afectuosa y el pobre músico se fué, consolado
-con el cordial apretón de manos de Iriondo. Don Serafín comenzaba a
-sentirse intranquilo, ignorando si debía irse o quedarse.
-
-Anochecía rápidamente. Los niños que jugaban, habían desaparecido, con
-lo que la plaza quedó silenciosa y desierta.
-
-Don Simón tomó del brazo al Gobernador, y dieron algunos pasos. Bayo
-se volvió a don Serafín, el cual echó mano al reloj.
-
---¿Hace mucho que no ve a Cullen?
-
-El maestro pensó un momento sin comprender.
-
---A don Patricio Cullen--explicó Bayo.
-
---¡Ah! Dos meses a lo menos, señor don Servando.
-
---¿Y a Montarón?
-
---Don Pedro Montarón estuvo ayer en mi casa--respondió con cierta
-vanidad el maestro.
-
---¿Fué de visita?--¿No le preguntó por...?
-
-Don Simón hizo un gesto que contuvo al Gobernador en mitad de la frase.
-Se mordió los labios, y entonces Iriondo, poniendo la mano sobre el
-hombro de don Serafín, le dijo con insinuante diplomacia:
-
---La subvención de su escuela es de cien pesos ¿no?
-
---¡Oh, qué esperanza! ¡Cuarenta pesos, no más!
-
---¿No más? ¡Señor Gobernador! Este meritorio servidor de la provincia
-no podrá vivir con eso...
-
---Vaya mañana a verme--dijo Bayo--a las ocho en punto.--Y luego
-agregó:--¿Tiene en su escuela algún niño pariente de Montarón?
-
---No, señor Gobernador. Don Pedro Montarón fué a pedirme nuevas de mi
-sobrino el capitán Insúa...
-
-No bien don Serafín oyó el sonido de su propia voz, pronunciando aquel
-nombre, se le estrechó el corazón, porque recordó que Insúa y Montarón
-constituían con don Patricio Cullen el eje de las revoluciones contra
-el gobierno de Bayo y al revelarle a éste el objeto de la visita,
-quizás estaba comprometiendo algún plan.
-
-No hablaron más y allí se separaron.
-
-En el crepúsculo escaso ya, don Serafín vió a Iriondo entrar en su
-casa, llevando siempre del brazo al Gobernador.
-
-El se quedó sólo un momento, en la plaza, perseguido por el rumor de su
-propia voz indiscreta.
-
-La luz de la lámpara recién encendida en el boliche de don Pablo
-Ferrer, frente a la Matriz, hizo variar el rumbo de sus pensamientos.
-
-Ahora podría pasar, sin avergonzarse, por aquella esquina, porque le
-iban a pagar la subvención y su desgraciada cuenta sería cancelada.
-
-Se encaminó a su casa, cruzó la calle acercándose al almacén, para que
-Ferrer lo viera y si acaso, lo llamara. Mas cuando él pasó, el áspero
-catalán estaba arreglando el tubo de su humosa lámpara, pendiente de
-uno de los tirantes del techo, y no lo vió.
-
-Cruzó de nuevo el arroyo y entró en su escuela, empujando la puerta de
-calle, asegurada por una gruesa piedra.
-
---¡Rosarito, Rosarito!--gritó.
-
-Rosarito era su hija, toda la poesía de la vida del pobre hombre, y
-todo lo que le había hecho amar el trabajo y soportar la miseria.
-
-Tenía diez y ocho años, y su sola presencia llenaba la casa.
-
-A la voz de su padre corrió la niña hasta el zaguán obscuro, y antes de
-que él le hablara de su extraordinaria aventura, ella le dijo al oído
-con voz trémula:
-
---Está Francisco Insúa, papá, y no quiere que nadie lo sepa.
-
-Los remordimientos de Don Serafín recrudecieron y empezó a sospechar
-que todo, desde las ausencias del Gobernador hasta la invitación a ir a
-su despacho, tenía relación con la repentina llegada del capitán Insúa.
-
-
-
-
-II
-
-Una voce poco fa!
-
-
-La vida del maestro encerraba una novela que el mundo había olvidado.
-
-Muchos años antes, tantos que él mismo ya no quería contarlos, porque
-su recuerdo se hacía más doloroso cuanto más lejano, él, joven, lleno
-aún de las ilusiones que le habían hecho cruzar el mar, recién llegado
-a Santa Fe, encontró un puesto de cajero y tenedor de libros en la casa
-de comercio de don Agustín Insúa, uno de los estancieros más fuertes
-del país.
-
-Insúa tenía muchos hijos, pero sólo una hija, la menor, que en el
-tiempo en que don Serafín comenzó a hacer números en los grandes
-libros de su padre, era una deliciosa chicuela de siete años, rubia y
-de ojos azules, que más de una vez volcó el tintero sobre las páginas
-que el tenedor de libros iba llenando con signos misteriosos para
-ella. Él se encadenó a la casa obscura y triste en que su patrón vivía
-enriqueciéndose, por aquel rayo de sol que entraba casi a la misma
-hora, cuando su padre abandonaba el escritorio y quedaba el empleado
-solo.
-
-Éste fingía no verla, para gozar mejor de la sorpresa que ella misma
-simulaba, cuando sintiéndola detrás se volvía de pronto y la alzaba en
-los brazos y la ponía encima del alto pupitre donde él trabajaba de pie.
-
-Allí se quedaba Rosarito--era su nombre--muy seria, esperando que su
-amigo concluyera la tarea; y había que ver cómo volaba la pluma de ave
-sobre el áspero papel de hilo de los libros, trazando esos viriles y
-hermosos números españoles, hoy pasados de moda.
-
-Cuando era invierno hacía un intenso frío en la pieza de techo de paja,
-paredes de adobe encalados y piso de ladrillos desnudos; mas el cajero
-sentía que los ojos de la niña, siguiendo los movimientos de su mano
-desde lo alto del pupitre, le caldeaban el corazón y le desentumecían
-los dedos.
-
-Y cuando era verano, y la lóbrega estancia sofocaba como un horno, la
-sola idea de que ella estaba allí, mirándolo siempre, aunque él no la
-mirara, le refrescaba la frente y le aligeraba el monótono trabajo.
-
-Ella aguardaba seriecita y silenciosa, a que el cajero espolvoreara de
-arenilla las páginas frescas, señal de que el trabajo había concluído,
-y cerrara con estrépito aquellos libros enormes, que le daban la
-ilusión de un saber inconmensurable en su gran amigo, y guardara su
-reloj de oro, su hermoso reloj más seguro que el sol, según decían.
-
-Entonces él la bajaba del pupitre, la sentaba a su lado o en sus
-rodillas y le contaba cuentos de reyes y de sultanes y de moros; y
-acordándose de su pueblo, le hablaba de los pescadores que salen al
-alba en sus barcas de velas abigarradas y vuelven al entrar la noche,
-cuando alguna tormenta no los deja dormidos para siempre bajo las olas
-del mar.
-
-Pasaron largos años, variando apenas los episodios de aquella amistad
-que iba trocándose en amor silencioso y apacible.
-
-Don Agustín Insúa, viudo desde el nacimiento de su hija, absorto en sus
-complicados negocios, no sospechó nunca el idilio que se iba tejiendo
-en su propia casa, y cuando un día alguien le contó lo que pasaba,
-montó en cólera y cayó como un huracán sobre el cajero y sobre la niña,
-que era ya una linda joven de diez y ocho años.
-
-Ambos confesaron la verdad; el empleado fué despedido, por haber alzado
-los ojos hasta la hija del patrón, y ella enviada a un colegio de
-Buenos Aires, para que olvidara su locura.
-
-Ni él ni ella olvidaron, y cuando algunos años después volvió Rosarito,
-mayor de edad y libre para disponer de su corazón y de su persona,
-con una férrea voluntad que nadie habría sospechado bajo su grácil
-hermosura, huyó de su casa y fué a pedir asilo a una tía, y se casó
-con su fiel amigo, desafiando el rencor de toda la familia.
-
-Durante muchos meses el episodio fué en Santa Fe el asunto palpitante,
-que se comentaba en todas las reuniones.
-
-El padre se vengó de la hija, traspasando sus bienes cuantiosos en
-forma que a su muerte, que ocurrió poco después, los hijos lo tuvieran
-todo y ella nada.
-
-Uno de sus hermanos, sin embargo, condolido de su situación, le donó la
-casa en que don Serafín instaló su escuela, único medio de vida que le
-quedó después de su aventura.
-
-Pero eran felices en su humildad, rayana en la miseria, y cuando tres
-años después Rosarito murió al nacer su hija, el pobre maestro creyó
-que el mundo se iba a quebrar y que él se hundiría en el espacio como
-un pedazo de estrella.
-
-No ocurrió la catástrofe. Las gentes continuaron haciendo su vida
-ordinaria; sus cuñados ni siquiera fueron al entierro, y él mismo
-siguió viviendo una vida más obscura, envuelto en inofensivas manías
-que amortiguaban su dolor, y odiando casi a la chicuela, que crecía
-ignorante del mal que había hecho; hasta que un día, como un volcán que
-renace, irrumpió en el corazón del maestro, que se hacía viejo, un amor
-inmenso hacia la niña, que llevaba el nombre de su madre.
-
-No tenía de ella otro rasgo que los ojos azules, profundos como el
-cielo en las noches de luna, y aquella amable seriedad que la hacía
-estarse horas enteras mirando trabajar al maestro.
-
-La niña creció sola en el antiguo caserón de la escuela. Una mulata
-fiel, hija de una esclava de los Insúa, sirvióles allí hasta que murió,
-y enseñó a Rosarito a rezar y a ser dueña de casa, mientras su padre la
-atiborraba con su ciencia, y después de las lecciones, le llenaba la
-cabeza con los mismos cuentos de reyes y de sultanes y de pescadores,
-que le conquistaron el amor de la madre.
-
-Cuando murió la criada, se resignaron a vivir solos, cargando Rosarito,
-que tenía quince años, con todo el quehacer de la casa.
-
-El maestro daba sus clases en un largo salón, enladrillado, que tenía
-una puerta a la calle, y un techo de madera labrada, como si toda la
-riqueza de sus dueños, en los tiempos en que se construyó, hubiera
-querido hacerse ver en las gruesas y profusas vigas de cedro, con
-prodigiosos adornos a escoplo.
-
-Ya en los años de don Serafín, aquella casa más que secular, se
-apreciaba como un tesoro, por los que a ojo calculaban el valor del
-cedro empleado en sus techos.
-
-Y don Serafín en los días de hambre, llamaba a su hija y le mostraba
-aquello:
-
---¿Sabes? ¡si nosotros quisiéramos!
-
-Cuando la niña era pequeña, asistía a las clases y aprendía a la par
-de los otros alumnos: cuando fué mayor, y quedaron solos, mientras su
-padre repetía las lecciones, ella adentro trabajaba como un ama y como
-una criada, en la cocina, en el lavadero, en el jardín.
-
-El patio era grande y cuadrado. En dos de sus lados había corredores
-de teja, con pilares de algarrobo. En los otros dos, que daban al Sur
-y al Oeste, solamente la tapia cubierta de plantas de diamela, que
-se encaramaban hasta el borde, y en primavera se nevaban de flores
-capitosas.
-
-En el centro del patio, crecían profusamente las plantas que entonces
-se estilaban, cuidadas todas por la mano experta de la niña.
-
-Por una puertita falsa abierta en la tapia del Sur, pasábase a una
-huerta contigua, llena de naranjos, en la que había además una
-antiquísima higuera, maravillosa por su frondosidad, que había hecho
-alrededor de su tronco, a causa de sus ramas perezosas, caídas hasta
-el suelo y sostenidas por puntales, una enorme estancia, a donde sólo
-se podía entrar por algunos boquetes, abiertos disimuladamente en el
-ramaje.
-
-En la huerta se criaban las gallinas, que completaban la fortuna del
-maestro.
-
-Rosarito amaba su jardín y su huerta, donde estaban todas sus
-amistades. Las gentes parecían olvidadas de la novela del maestro, pero
-continuaba pesando sobre ellos un inexplicable ostracismo, del que por
-su parte no trató nunca de salir.
-
-Orgullosa por instinto de raza, lastimábala el poco aprecio que hacían
-de su padre, cuyo apellido Aldabas, no tenía realmente la sonoridad
-aristocrática del de su madre.
-
-Rara vez salía, como no fuera a la misa del alba, los domingos, y
-algunos días en que estaba triste, y anhelaba un consuelo más alto que
-el que podían darle las gentes, que apenas la conocían. Pasaba por la
-plaza, para llegar al colegio de los Jesuítas, y en su ignorancia de
-las modas, se vestía siempre como le enseñó la mulata que la criara, de
-blanco y con un manto celeste.
-
-Algunas veces llevaba a la Virgen de los Milagros un ramo de flores
-de su jardín, y cuando cruzaba por la calle, las gentes se volvían a
-mirarla, porque era su figura como un sueño que pasa.
-
-Por eso prefería las horas en que las calles estaban solitarias y
-cerradas las puertas.
-
-En la humildad de su vida también ella, que había heredado la ternura
-de su madre, iba siguiendo la trama de un romance, desconocido de
-todos, y cuya intriga le ponía en los ojos azules una pincelada de
-ensueño, y en la frente pura una arruga leve, en que se adivinaba su
-voluntad, templada para todas las batallas que podía reservarle el
-destino.
-
-La tía lejana, en cuya casa halló refugio su madre, muerta hacía
-tiempo, dejó un niño al cuidado del maestro.
-
-Francisco Insúa entró así en la casa de Rosarito, mayor que ella
-bastantes años, de tal modo que cuando ella no era más que una
-chicuela, él era ya un precoz hombrecito que jugaba a las revoluciones.
-
-Se criaron juntos en la escuela. Él la protegía como a una hermanita,
-y los otros alumnos, que alguna vez se hubieran vengado en ella de las
-penitencias del maestro, debieron respetarla porque Francisco Insúa
-estaba siempre pronto a repartir puñetazos entre los que hubieran osado
-tocar uno solo de los rebeldes cabellos castaños que llenaban de sombra
-sus ojos inocentes.
-
-Pero Francisco debió abandonar la escuela de don Serafín, porque ni la
-estéril gramática ni la complicada aritmética, las dos materias fuertes
-de la institución, llegaron a interesarle nunca, y de la Historia
-Sagrada, que se les hacía leer en la obra de Mazo, no sacó en limpio
-más que una profunda admiración por los filisteos gigantes y por el
-incontrastable Sansón.
-
-Lo hicieron ingresar entonces en el colegio de los Jesuítas, donde
-no pudo estar tres años; disgustóle la férrea disciplina y se hizo
-expulsar.
-
-Turbulento y fuerte, acaudillaba a todos los muchachos de su edad,
-sometidos a él por la destreza insuperable con que boleaba patos y
-chorlitos en las orillas del Salado, y por su bravura en las peleas y
-aun por su descreimiento en las cosas que no se veían.
-
-Una noche hizo una apuesta, saltó las tapias del cementerio de San
-Antonio y se fué a apedrear las lechuzas entre las cruces de los
-sepulcros; y para más estupor de sus camaradas, se quedó a dormir en la
-capilla, que habían dejado abierta.
-
-A la mañana siguiente llegó a casa del maestro, pálido pero sonriendo,
-para disipar la angustia de Rosarito que había pasado la noche llorando
-por él.
-
-Sólo a ella le confió la verdadera historia de aquella aventura, que le
-había ganado para siempre la admiración de cuantos llegaron a saberla,
-pero que dejó en su alma un germen de terror supersticioso.
-
---"Ya ves--le dijo--yo no creo en las ánimas, pero anoche tuve miedo,
-miedo de veras. La capilla estaba obscura, y para que entrara un poco
-de luz cuando saliera la luna, dejé entornada la puerta y me eché a
-dormir sobre la tarima del altar. Me despertó el ruido de la puerta
-que se cerró de golpe, como si alguien la hubiera atropellado; pensé
-que era el viento, pero cerca del techo había una claraboya y a la luz
-de la luna, alta ya, se veían las ramas de un ciprés inmóvil. No era
-el viento. Quise saber quién había entrado, pero no me animé; tuve
-miedo de moverme, sin saber por qué. Me quedé quieto, sin respirar,
-pareciéndome que algo andaba cerca de mí, no por el suelo como un
-hombre, sino por el aire como un ave, o como un alma en pena, y que era
-algo tan grande que llenaba la iglesia. Sentí un aletazo en la cara y
-me quedé helado, la cabeza pegada en la tarima, cerrando los ojos para
-no ver, pero conteniendo la respiración para oír mejor. Me pareció
-entonces que "aquello" estaba allí, a mi cabecera y que respiraba como
-un niño. No sé cuánto tiempo pasé de ese modo; oí las campanas de Santo
-Domingo que tocaban antes del alba y abrí los ojos. La iglesia negra y
-silenciosa, parecía atravesada por una espada de oro, y era un rayo de
-luna.
-
-"Por la claraboya veíanse las ramas del ciprés, que empezaban a temblar
-al viento de la mañana. Sintiendo siempre cerca de mí aquello que había
-entrado a pasar la noche conmigo, me atreví a mirar y ví un cuervo
-inmóvil como un adorno del altar, posado en una esquina, negro, de
-cabeza pelada y de ojos brillantes que me miraban fijamente. Me paré
-de un salto, pero él no se movió, y entonces ví una mano blanca, larga
-como de una mujer, con un anillo en el dedo, que el cuervo tenía entre
-las garras. Tuve miedo, porque no miraba su comida, me miraba a mí,
-como si me hubiera penetrado el olor de cadáver que despedía la mano, y
-el cuervo creyera que yo era el muerto."
-
-A los años, aquella aventura que él le confió, permanecía viva como un
-relato reciente, en la memoria de Rosarito.
-
-Él le había dicho: ¿No contarás a nadie que tuve miedo? Y ella se lo
-prometió y había cumplido.
-
-Francisco Insúa, heredero de una gran fortuna en campos y haciendas,
-desde que fué hombre pasaba lo más del tiempo en sus estancias, bajando
-rara vez a la ciudad, casi siempre con propósitos revolucionarios.
-
-Un gobernador amigo, caso extraordinario, pues era enemigo por sistema
-de todos los gobiernos, agracióle con el cargo honorífico de capitán
-de guardias nacionales, y con esa designación llegó a los tiempos
-de Iriondo y de Bayo, que no conocieron adversario más perseverante
-y activo, por lo cual, cada vez que llegaba a la ciudad, la policía
-echaba detrás de él sus mejores pesquisantes, para seguirle los pasos.
-
-Una tarde--aquella tarde en que don Serafín tuvo la buena fortuna de
-hallarse con el Gobernador y con Iriondo,--Rosarito, sola, en la gran
-casa que empezaba a anegarse dulcemente en la sombra de la noche,
-sentada sobre un poyo del jardín, en el centro del patio cuadrado,
-escuchaba la música de la retreta, que llegaba a oleadas, mezclada con
-el perfume otoñal de las magnolias, que se deshojaban a su vera.
-
-Sentía el alma entristecida por la soledad en que les dejara el hombre
-que la quería como a una hermana y a quien ella amaba como a un novio.
-
-El día anterior estuvo don Pedro Montarón a pedir noticias de él, y eso
-era señal para ella de que algo se tramaba. Llenábasele de angustia el
-corazón, adivinando los riesgos de aquellas aventuras, pero alegrábala
-el presentimiento de que él vendría.
-
-"Una voce poco fa", tocaba en la plaza la banda de policía, y las
-frases vehementes de esa música, le daban la impresión de que si ella,
-alguna vez no se decidía a confesarle su amor, él pasaría a su lado sin
-sospecharlo.
-
-Sintió que la puerta de calle se abría, arrastrando la piedra que la
-calzaba, y creyendo que fuera su padre, se quedó allí, persiguiendo su
-ensueño, entre las sombras de la noche que habían ganado el jardín.
-
-Sólo vió que era Francisco Insúa, cuando él la apretó en sus brazos y
-la besó en la frente.
-
---¡Francisco!
-
-Él la hizo callar.
-
---Que nadie sepa mi llegada. ¿Tu padre? ¿Está en la plaza? ¿Mi cuarto?
-
-En el caserón de la escuela había siempre lista para él una pieza, que
-Rosarito cuidaba con incansable esperanza.
-
-Pero esa vez tenía otros designios.
-
---Ahora no quiero dormir allí. Es necesario que si alguien viene y
-entra de improviso, no sospeche mi presencia. Debo esconderme; dos o
-tres días, nada más. Arriba, en la guardilla del techo, sobre las vigas
-del cielorraso, estaré seguro y cómodo.
-
-Ella lo miraba hablar, penetrada de admiración y de ternura, y llena de
-recelos.
-
-Cuando llegó don Serafín, ya el capitán Insúa tenía su escondrijo,
-difícil de encontrar, y podía aguardar, sin peligro, la visita de los
-que con él tramaban la revolución.
-
-
-
-
-III
-
-La conspiración
-
-
-Al toque de ánimas esa noche, la ciudad parecía desierta.
-
-En la calle de Comercio, que cruzaba los barrios más poblados, no se
-veía un solo farol encendido. Durante el día se había estado anunciando
-la tormenta, que a esa hora barría con impetuosas rachas de viento y de
-lluvia el polvo del arroyo, que pronto fué un lodazal.
-
-Cuando el trueno callaba sentíase la voz lamentable de la campana de
-San Francisco, obstinada en anunciar a las gentes que habían dado las
-ocho y debían rezar por las almas de los muertos.
-
-Don Patricio Cullen, el jefe de los adversarios del gobierno, tenía su
-casa en la calle principal, a poco más de dos cuadras de la plaza, y
-no lejos de una esquina, donde esa noche, a la luz de los relámpagos,
-podía advertirse la presencia de dos hombres, embozados en capas
-obscuras, que desde hacía más de una hora desafiaban allí el vendaval y
-la lluvia.
-
-Uno de ellos era don Braulio Jarque, jefe de policía, a quien el
-gobernador Bayo encomendaba la seguridad de su gobierno; y el otro
-era su secretario y cuñado, el joven teniente de milicias nacionales
-Carmelo Borja.
-
-Jarque era español, amigo, casi camarada de don Serafín Aldabas, aunque
-más joven y llegado al país muchos años después que él.
-
-Ocupado en la policía como escribiente en los tiempos de Iriondo,
-eleváronle al rango de comisario, y de tal manera acreditó su sagacidad
-en descubrir los planes revolucionarios y hacerlos abortar, la más
-grave misión de la policía de aquel tiempo, que Bayo, en su gobierno,
-lo hizo jefe, y los revolucionarios tuvieron que reconocer en él un
-enemigo terrible, que por vías misteriosas se apoderaba de todos sus
-secretos.
-
-Y así las revoluciones dejaron de ser calaveradas repentinas e
-improvisadas, hechas sin plan y sin más propósito que mantener la
-alarma entre los hombres de gobierno, y debieron transformarse, a
-lo menos mientras Jarque estuviera en la policía, en un arte de
-conspiración prolijo y difícil.
-
-Era el jefe un hombre frío y perseverante, de físico mezquino, calvo
-a los cuarenta años, con una pierna más corta que le hacía rengar,
-defecto que él procuraba disimular, porque era vanidoso, y comprendía
-lo mal que sentaba a la majestad de su cargo.
-
-Hacía dos años que se había casado con Gabriela Borja, casamiento
-inesperado, que no debía ser feliz, por cuanto él vivía en la ciudad,
-mientras ella se quedaba al lado de su madre, viuda, en la antigua
-estancia de los Borja, que llamaban "la casa de los cuervos", como a
-ocho leguas al Nordeste de Santa Fe, sobre el arroyo de Leyes.
-
-Desde algunos meses atrás, Jarque, gracias a los espías que tenía
-diseminados en las estancias de los opositores mismos, Cullen,
-Montarón e Insúa, comprendía que se estaba urdiendo una revolución,
-cuyo desenlace no parecía lejano, a juzgar por lo frecuente de ciertas
-visitas sospechosas, y de algún movimiento de peonadas en las colonias
-del Norte, Helvecia y California, donde los revolucionarios tenían una
-gran popularidad entre los colonos extranjeros.
-
-Lo que desorientaba todos los cálculos era la inacción, aparente a
-lo menos, del capitán Insúa, quien no se movía de su estancia, ni
-demostraba preocuparse por la "yerra" de su hacienda, que se anunciaba
-para dos o tres meses más tarde.
-
-Cuando Insúa marcaba los terneros de sus vacadas, cosa que hacía en
-el otoño, era una fiesta de dos semanas para todos los criollos de
-aquellos lugares, que acudían a prestar su ayuda, con el propósito de
-participar en el interminable jolgorio de la faena; y había años que
-los "tarjadores", que llevaban la cuenta de los animales marcados,
-haciendo tarjas con el cuchillo en ramitas peladas, contaban al final
-de la "yerra", diez mil rayas, que significaban diez mil terneros
-puestos bajo la célebre marca de Insúa, un corazón partido por una
-flecha.
-
-Aquellas fiestas en que llegaban a reunirse hasta doscientos peones,
-solían servir de preludio a la revolución. Las conversaciones, el
-relato de aventuras políticas, el licor repartido sin tasa, caña del
-Paraguay, apenas rebajada con agua, encendían el entusiasmo opositor, y
-sin más preparativos, se ponían en marcha a caballo, hacia la capital,
-a la que entraban de noche, rumbo a la policía, mal armados, disparando
-trabucazos al azar, siendo rechazados fácilmente y con escasas pérdidas.
-
-Cuando Jarque se hizo cargo de la policía, hiciéronse más raras
-tales asonadas. Sabíase que el jefe no deseaba que se concluyeran
-los movimientos revolucionarios, sin que él tuviera ocasión de hacer
-un escarmiento. Creíasele capaz de fusilar sin proceso alguno a los
-cabecillas que cayeran en sus manos, aunque eso hubiera de costarle
-el cargo a él y el gobierno a los suyos; pero todos, hartos de la
-intranquilidad en que vivían, cerraban los ojos y le dejaban hacer.
-
-Las revoluciones entraron así en un período de laboriosa preparación,
-pues los opositores habían comprendido el riesgo de toda aventura
-mientras aquel hombre estuviera contra ellos, y era preciso no jugar
-ningún lance, sino con las mayores probabilidades de éxito.
-
-Hacían la revolución, como una función normal en su vida política, sin
-grandes odios personales, por el sólo deseo de tumbar un gobierno, que
-los mantenía a raya; y se resignaron a esperar hasta que se ofrecieran
-las circunstancias propicias, que un día Jarque tuvo la sospecha de que
-habían llegado.
-
-Don Pedro Montarón iba a dar un gran baile, celebrando el compromiso de
-su hija Syra con el teniente Carmelo Borja, secretario de Jarque.
-
-Montarón era el Creso de los opositores, la bolsa abierta siempre para
-costear las revoluciones.
-
-El jefe de policía sospechó que aquel baile podía ser un pretexto
-para atraer a los hombres del gobierno, relacionados con él, y que
-no obstante la diversidad de opiniones políticas, no se negarían a
-asistir. Retenidos en la fiesta, podía el capitán Insúa con su gente
-caer sobre la ciudad desprevenida, y aun hacer prisioneros a los
-asistentes a ella.
-
-Sus sospechas se confirmaron cuando le hicieron saber que Montarón
-había visitado al inofensivo don Serafín, y por el Gobernador supo el
-objeto de aquella visita, indicadora de que en la ciudad se esperaba la
-llegada de Insúa.
-
-Pero el joven revolucionario astuto y acostumbrado a aquellos lances,
-logró entrar en Santa Fe, sin que lo advirtiera la policía de Jarque,
-de modo que esa noche, mientras el jefe con su secretario, se
-guarecían de la tormenta bajo el alero de aquella esquina que les
-permitía observar la casa de don Patricio Cullen, estaban lejos de
-sospechar que él ya estuviera en sitio seguro, aguardando precisamente
-a Cullen y a Montarón con quienes debía planear los detalles de la
-revolución para la noche del baile.
-
-Hacia el extremo de la galería del naciente, había en la escuela una
-extensa pieza, cuyas puertas y ventanas daban al patio. Era el comedor,
-el punto de cita, por estar lejos de la calle y próximo a la huerta,
-para el caso de una sorpresa de la policía.
-
-Al toque de ánimas, esa noche, había concluído la cena frugal, y
-don Serafín buscó su silla hamaca, en que solía dormitar después de
-comer, la acercó a la puerta entornada, para mirar el patio, inundado
-de lluvia, que chispeaba a la luz de los relámpagos, y se quedó
-allí distraído mientras llegaba el sueño, persiguiendo las siluetas
-esfumadas de sus antiguos recuerdos.
-
-Junto a la mesa--una mesa de algarrobo lustrado, con aletas que se
-plegaban o se abrían para agrandarla--sentáronse Rosarito e Insúa, a
-relatar la historia de los días pasados sin verse.
-
-Una lámpara con pantalla de cartón, fabricada por la niña, diseñaba un
-disco luminoso en el centro de la mesa, acusando con fuertes contrastes
-las facciones del joven, sus ojos grandes y obscuros, su tez pálida
-tostada por el sol, su barba negra recortada al uso de entonces, su
-pecho fuerte, sus manos poderosas, que de cuando en cuando se posaban
-sobre la tabla, donde ella, que lo miraba con los ojos iluminados por
-los pensamientos cariñosos, tenía puesta una de las suyas, que se
-abandonaba confiada en la de él.
-
-Los ángulos de la pieza quedaban en la sombra. Dos escaños, arrimados
-a la pared, a uno y otro lado, recordaban el tiempo en que don Serafín
-tenía pupilos en su escuela, y mayor concurrencia a su mesa. Una
-alhacena, en el fondo, cubierta con una cortinilla rosada, y una
-rinconera con un vaso de flores, completaban el mueblaje de la pieza
-enorme y fría, con sus paredes pintadas a la cal, y su cielorraso de
-lienzo, que a cada racha de viento se alzaba como un pecho fatigado y
-crujía como si fuera a rasgarse.
-
-A cada ruido Insúa intranquilo miraba a su alrededor, y Rosarito
-sonreía.
-
---Siempre es así--le decía.
-
-Y él continuaba el relato de su vida, que ella atendía con ansiedad,
-buscando en los innumerables cuadros de aquel tiempo en que tanto
-pensara en él, la huella de algún pensamiento que él le hubiera
-dedicado enteramente.
-
-Montarón fué el primero en llegar a la cita. Entró al lóbrego caserón
-de la escuela, no por la puerta de calle, sino por la huerta, cuyas
-tapias escaló, porque daban a los fondos de su casa.
-
-Era un hombre de cincuenta años, bajito, regordete, pero ágil y
-movedizo. Todo rasurado y muy pulcro, con los tupidos cabellos grises
-cortados al rape, su fisonomía rubicunda, animada por una constante
-sonrisa, tenía algo de eclesiástico.
-
-Era muy rico, y al revés de Insúa, no tenía una sola vaca, pero sí
-mucho dinero contante, ganado en empresas bancarias.
-
-Uruguayo, radicado en Santa Fe desde largo tiempo atrás, se hallaba tan
-vinculado a su suelo por sus negocios y sus amistades, que allí pensaba
-morir.
-
-Al ruido que hizo sacudiéndose las botas y la capa embarrada, despertó
-don Serafín, que se alzó de la silla alarmado, sacando su reloj.
-
---¡Señor don Pedro!--dijo con profunda reverencia.
-
---¡Señor don Serafín!--respondió estrechándole la mano, y entró al
-comedor, desvaneciendo con su llegada la tela de ensueño que envolvía,
-a los ojos cándidos de Rosarito, aquel cuadro familiar.
-
-Abrazó fuertemente a Insúa, arrastró uno de los escaños hasta la mesa,
-negándose a aceptar ninguna de las sillas que le ofrecieron, y se sentó
-buscando la sombra de la pantalla, para observar mejor.
-
-Su sonrisa maliciosa hizo ruborizar a Rosarito.
-
-Antes de que hablara ninguno de ellos, cohibidos como estaban por
-diferentes sentimientos, un empujón dado a la puerta de la calle, cuya
-piedra se arrastró sobre las losas del zaguán, les anunció la llegada
-de un nuevo contertulio.
-
-Debía de ser don Patricio Cullen, por lo cual Insúa salió a recibirlo
-y a trancar la puerta, que dejaron entornada, a fin de que el jefe de
-los revolucionarios entrara sin llamar.
-
-Don Serafín, que no le esperaba, viéndole llegar sintió crecer su
-alarma y tornó a mirar el reloj, con aquel gesto a que recurría en los
-casos apurados.
-
-Adivinó qué podía significar aquella reunión y cuchicheó al oído de
-Cullen:
-
---¿Así pues, señor don Patricio, se trata de una revolución?
-
-Don Patricio le apretó la mano con una gran cordialidad y le respondió
-sonriendo:
-
---Si fuera así, mi amigo, ¿podríamos contar con usted?
-
---¿Conmigo?--exclamó el maestro, retirando su silla del hueco de la
-puerta, como si la palabra comprometedora de Cullen hubiera resonado en
-toda la ciudad y él temiera la repentina irrupción de la policía.
-
---Sí, don Serafín; necesitamos que usted nos dé la hora para que
-todos nuestros relojes estén de acuerdo. El secreto del éxito en las
-revoluciones está en que se produzcan en el momento preciso.
-
---¡Ah, señor don Patricio!--respondió súbitamente interesado el
-maestro--si ustedes tuvieran un "Losada"...
-
-El ex gobernador de Santa Fe había tomado asiento ya en la silla que le
-ofreció Rosarito, junto a la de Insúa, la que ella ocupaba.
-
-Don Serafín en pie, aguardando una explicación que no vino, miraba con
-nueva angustia el cuadro alarmante que alumbraba su pacífica lámpara.
-
-Era amigo de aquellos tres hombres reunidos para conspirar, sin duda, y
-era como el padre de uno de ellos, y a pesar de eso y de su afición a
-las intriguillas políticas, la cosa parecía más seria que de costumbre,
-y la conspiración se realizaba allí, bajo el techo de su escuela, cuya
-existencia estaba en mano del gobierno, que la subvencionaba.
-
---¡Señores!--les dijo; pero la voz se le anudó en la garganta.
-
-Los tres lo miraron.
-
---Usted nos dará la hora;--volvió a indicarle don Patricio, con amable
-sonrisa,--hasta entonces sea sordo, ciego y mudo.
-
---Mudo sobre todo, mi tío--añadió Insúa, haciendo luego una seña a
-Rosarito para que los dejasen solos.
-
-El maestro salió suspirando y palpando su reloj, con una explicable
-angustia, desde que acababan de manifestarle que en su preciosa máquina
-estaba encerrado el minuto decisivo de la revolución.
-
---¡Mi reloj, mi reloj!--exclamaba, siguiendo dócilmente a su hija, que
-lo hizo acostarse.
-
---¿Es seguro ese hombre?--preguntó Cullen cuando quedaron solos.
-
-La luz de la lámpara daba de lleno sobre la figura majestuosa de don
-Patricio, y su barba castaña, abierta sobre el pecho adquiría tonos
-dorados.
-
---Completamente seguro--respondió Insúa--y su casa debe ser hoy el
-punto de cita menos sospechoso.
-
-Montarón arrugó la nariz, con gesto de duda.
-
---No tanto. Ayer me crucé en la puerta con uno de los pesquisas de
-Jarque. Por lo que se hizo el indiferente al verme, sospecho que no
-dejó de notar mi presencia en el sitio. Por eso he venido hoy como un
-ladrón o como un enamorado, saltando las tapias, procedimiento que
-aconsejaría a don Patricio, si viviera más cerca.
-
-Don Patricio sonrió; era muy grueso y lo que para aquel hombrecillo
-rechoncho, pero ágil, resultaba un juego, para él habría sido lo más
-difícil de la revolución.
-
---La noche es a propósito para merodeos de esta clase--observó
-Cullen.--Yo he podido salir sin que nadie me viera, porque en toda la
-calle Comercio, embarrada y tenebrosa, no se hallaría alma viviente.
-La luz de los relámpagos me guiaba, para no estrellarme contra las
-rejas salientes de las ventanas, y para cruzar sin riesgos mayores los
-fangales de cada esquina.
-
-Hablaba despacio, con voz suave, insinuando más que diciendo lo que
-pensaba. Montarón le escuchaba con una sonrisa que podía seguir
-siendo un gesto de duda; Insúa, grave y triste, como oprimido por un
-presentimiento.
-
-Afuera, la lluvia, más intensa que a la hora de ánimas, seguía cantando
-en los caños de teja, de donde caían chorros sonoros que corrían luego
-por los albañales a engrosar el torrente de la calle.
-
-Un momento prestaron oído a los rumores que venían de afuera. Insúa
-pensó en Rosarito, dormida quizás, y comenzó luego a explicar su plan
-revolucionario.
-
-Tenía listos ciento veinte hombres, acampados a esas horas en los
-sauzales del arroyo de Leyes; a la mañana se pondrían en marcha sobre
-la ciudad, según las órdenes que les había dejado, y entrarían a la
-oración.
-
-Tenían dos chalanas cargadas de leña, en que llegarían al puerto,
-cruzando la laguna. Otros estaban ya en la ciudad, adonde habían
-llegado en carros de colonos, tirados por buenos caballos, que les
-servirían para montar, o habían entrado como peones de estancia, a
-buscar provisiones.
-
---¿Bien armados?--preguntó Montarón.
-
---Estos no; tienen sus cuchillos, que pueden ser lanzas, atados en una
-caña tacuara.
-
---¿Y los otros?
-
---Los que vienen en las chalanas son los suizos de Helvecia, armados
-con carabinas y con rémingtons. Algunos criollos tienen trabucos. La
-munición es escasa, pero no se necesitará mucha.
-
---Así es--observó Cullen--el éxito está en sorprender a la policía. Si
-no entramos en el primer asalto, la batalla está perdida, y no habrá
-más que desbandarse y buscar refugio donde sea posible hallarlo.
-
-La luz de la lámpara le molestaba, por lo cual había buscado la sombra
-y hablaba desde allí. Sólo Insúa permanecía al lado de la mesa y sus
-ademanes y el brillo de sus ojos se armonizaban con todos los rasgos de
-su lujosa juventud.
-
---Y los que han llegado--interrogó--¿dónde están?
-
---En la barraca de Fosco, a orillas del río, al Sud, que es donde
-atracarán las chalanas, para estar más cerca de la policía.
-
-Hubo una pausa, en que los tres prestaron oído al rumor de la lluvia,
-que de cuando en cuando se ahogaba en el fragor de un trueno.
-
---Mi mayor confianza está en lo que hagamos en el baile--dijo Montarón,
-bajando la voz--Iriondo y Bayo irán; Jarque ciertamente no faltará, y
-como no estarán prevenidos, en cuanto suenen los primeros tiros en la
-plaza podremos tomarlos como en una ratonera.
-
-Insúa no parecía participar de esa opinión.
-
---Eso no es pelear--objetó--eso es entrampar a los hombres, como si
-fueran ratones. Prefiero el ataque, lanza en ristre, al frente de mi
-caballería...
-
---Ellos son más y están mejor armados.
-
---Nuestros hombres no pelean por la paga, como los de ellos; y esa es
-una ventaja que compensa el número y la diferencia de las armas.
-
---Tendremos que ir contra el batallón "7 de Abril", que es de línea,
-capitán--observó Montarón.
-
---Mejor; eso enardece. Lo que desmoraliza es pelear contra flojos que
-se esconden o disparan.
-
-Tras un momento de silencio, Cullen, deseando armonizar las dos
-opiniones, dijo acercándose a la luz:
-
---Las dos cosas deben hacerse. Es necesario el asalto a la policía,
-y al mismo tiempo la celada del baile. Una maniobra sin la otra nos
-llevaría al fracaso, que ha sido siempre el término de nuestras
-revoluciones. El capitán Insúa mandará el asalto; y nosotros, en el
-baile, en cuanto suenen los primeros tiros, aprovechando la sorpresa
-de los iriondistas, caeremos sobre ellos. Apresados Iriondo y Bayo, la
-tropa del gobierno se rendirá. Hay entre ellos partidarios nuestros que
-iniciarán el desbande.
-
-Hizo una pausa, esperando alguna observación, y como no la hubo,
-prosiguió, con su voz suave y sus ademanes tranquilos:
-
---Por otra parte, ni Bayo, ni Iriondo son niños. Es verdad que toda
-nuestra mozada distinguida estará en el baile, y se pondrá a nuestro
-lado, pero las cosas no se llevarán a cabo sin riesgos; porque supongo
-que no serán esos dos los únicos iriondistas que habrá invitado usted a
-su fiesta.
-
---He invitado a todos los que significan algo--respondió Montarón--no
-sé quienes irán, mas podemos contar con que no faltarán ni el ministro
-Pizarro, ni el doctor Zavalla, y habrá que tenerlos en cuenta;--y
-agregó haciendo uso de un término gauchesco--no son gente de arriar con
-la mano.
-
-Insúa acabó por aceptar la importancia de aquella maniobra, que, en
-verdad, podía ser más eficaz que las briosas acometidas de sus paisanos
-a caballo, sembrando de muertos las calles de Santa Fe y huyendo una
-hora después del ataque.
-
-Mediaba la noche y la lluvia había escampado, cuando los conspiradores,
-después de precisar los detalles de su plan, disolvieron la reunión.
-
-Don Pedro Montarón escurrióse de nuevo hacia la huerta, y saltó la
-tapia. Don Patricio Cullen, se envolvió en una capa obscura, con
-vueltas de terciopelo, y salió franca y gallardamente a la calle, como
-si nadie pudiera sospechar de él.
-
-Al cruzar la esquina de la Matriz, no vió entre los arcos del pórtico
-una sombra cautelosa, que acechaba su paso. Era Jarque, quien no había
-querido confiar a nadie la delicada misión de averiguar las andanzas
-del jefe de los revolucionarios.
-
-Don Patricio llegó a su casa, tranquilizado por la misma siniestra
-lobreguez de la ciudad dormida entre los barriales de sus calles sin
-empedrado.
-
-Cuando Insúa apagó la lámpara y salió del comedor para llegar hasta
-el escondrijo en que debía pasar la noche encontró en la galería a
-Rosarito, cuyos ojos fieles radiaban en la sombra.
-
-Insúa le estrechó la mano y le dijo con voz baja una frase que a ella
-la hizo estremecerse:
-
---¡Has nacido para mujer de un revolucionario!
-
-
-
-
-IV
-
-La levita de Cullen
-
-
-Fué ese el primer día frío del otoño que empezaba a dorar el follaje
-de los árboles caducos y las frutas de los naranjos entre el verde
-lustroso de sus hojas persistentes, y alfombraba el suelo húmedo de las
-huertas, con el manto amarillo de las hojas secas.
-
-La lluvia de la noche había lavado el cielo, y el sol se miraba
-esplendoroso en los charcos de las calles, donde los niños, que no iban
-a la escuela, chapoteaban el barro con los pies desnudos.
-
-A las ocho en punto, la puerta de la escuela de Don Serafín, estaba
-sitiada por una banda turbulenta de escolares, sorprendidos por lo
-extraordinario del caso.
-
-¿Qué podía haberle ocurrido al puntualísimo "Curuña", que no había
-abierto a la hora precisa, como acostumbraba, para que esa fuera la
-señal de arreglar los relojes del barrio?
-
-A las ocho y cuarto empezaron los chicuelos a armar una tormentosa
-baraúnda, ante la puerta cerrada.
-
-Los de familias pudientes habían sacado esa mañana por primera vez
-en el año, sus capas o sus abrigos de invierno, porque el pampero
-que traía el frío de las nieves del Sur, daba la señal de cambiar de
-ropa. Los más pobres, habrían tiritado bajo sus trajecitos de brin,
-si la algazara y el movimiento no les hubiera hecho bullir la sangre.
-Casi todos, en bolsas de tela, suspendidas de un bramante que les
-cruzaba la espalda, llevaban sus librejos envejecidos por el manoseo de
-algunas generaciones de escolares, que se los pasaban unos a otros, al
-abandonar las aulas.
-
-Algunos revelaban su pobreza, no sólo en su traje inadecuado para la
-estación, sino en el detalle sobrado elocuente de carecer de libros y
-cuadernos, lo cual les obligaba a aprender en los Mazos rotosos que don
-Serafín ponía a disposición de ellos en la clase.
-
-No eran los menos bulliciosos, empero. Todos, pobres y ricos, picados
-por la curiosidad golpeaban la puerta gritando ansiosos por entrar
-no al aula, donde se aburrían, sino al patio bajo cuyas anchurosas
-galerías podrían jugar a la rayuela o las bolitas si es que "Curuña"
-estaba enfermo o había muerto y se imponía la vacación.
-
-No estaba muerto el mísero, mas habría deseado estarlo, porque en ese
-momento pasaba las angustias de un ajusticiado, bajo el ojo severo de
-su amigo Jarque.
-
-Se levantó más temprano que de costumbre, y por lo menos una hora antes
-de las ocho, estuvo dispuesto para acudir a la cita que le diera el
-gobernador la noche antes.
-
-No era cosa mayor su traje, pero envuelto en su capa--regalo del
-capitán Insúa--podía disimular la fementida levita y engañar al
-espectador en cuanto a la integridad de los pantalones.
-
-Cuando empezó a trepar las escaleras del Cabildo, hacia el despacho
-del gobernador, recordó su pecado de esa noche dando albergue a los
-conspiradores y le temblaron las rodillas.
-
-Parecióle un calvario aquella ascensión y cuando llegó a la sala de
-espera, donde aguardaban los postulantes, consultó su reloj para
-comprobar la marcha de un péndulo que allí había.
-
-En este momento se le acercó Jarque y lo tomó del brazo y lo llevó
-con alguna prisa, que llenó de pavor al maestro, ó la oficina de la
-Jefatura de Policía, que formaba cuadro con el salón de espera, en una
-de las alas del edificio.
-
-Entraron al despacho, una pieza grande y fría, con pobrísimos muebles,
-una mesa de caoba y algunas sillas de estera. Jarque cerró la puerta,
-aumentando la confusión del maestro, que todo trémulo, buscó asiento,
-sin atreverse a despegar los labios ni a hacer más gesto que el de
-consultar su reloj, el cual marcaba las ocho menos cuarto.
-
-Por fin, mientras el jefe acercaba otra silla, se animó a decirle con
-cierta altivez que sonó bien en sus propios oídos:
-
---Te advierto, Braulio, que tengo una cita con el señor Gobernador.
-
---¿A qué hora?
-
---A las ocho; y estaba haciendo tiempo...
-
-Jarque echó una despreciativa mirada sobre el reloj que don Serafín
-tenía en la mano, y sentándosele al lado, le dijo con tono zumbón:
-
---Tu reloj atrasa, muchacho. Hace un cuarto de hora que el gobernador
-te esperaba; ahora, me ha encargado tu asunto, porque él atiende a
-otros visitantes.
-
-Don Serafín se había puesto de pie, con el pelo encrespado por la
-indignación.
-
---¡El "Losada", señor jefe de policía, no atrasa nunca!
-
---Entonces está parado--le respondió Jarque, haciéndolo sentar de nuevo.
-
-El maestro acercó al oído su maravillosa máquina, y constató con horror
-que en efecto se había parado algunos minutos antes, falto de cuerda.
-
---¡Ah, miserable!--exclamó golpeándose la frente.--He deshonrado
-mi reloj. Por primera vez en treinta años, anoche por culpa de las
-visitas, me acosté sin darle cuerda.
-
-Jarque sonreía.
-
---¿Tuviste visitas, Serafín? ¿Haces tertulia ahora? ¿Estás por casar tu
-hija?
-
-El maestro, que daba cuerda a su "Losada", se quedó frío al oír
-aquello. Un poco más y en su turbación habría puesto al astuto jefe de
-policía sobre la pista de la conspiración tramada en su casa.
-
-Jarque observó la ingrata impresión que causó su pregunta, y para no
-espantar la caza, se puso a hablar del asunto que más interesaba a su
-amigo.
-
---Realmente--le iba diciendo--era una iniquidad que un hombre del
-mérito de don Serafín Aldabas, que servía a la provincia con tanta
-abnegación, educando a los futuros ciudadanos, pasara miserias por
-negligencias del gobierno en cumplir sus promesas.
-
---¿No es verdad?--exclamó encantado el maestro--es lo que digo; un
-maestro es un servidor de la provincia.
-
-La misma subvención--seguíale diciendo el jefe--era irrisoria; ya el
-Gobernador se lo había dicho. Debía dársele cuarenta pesos por lo menos.
-
---¿Cuarenta pesos? Es lo que tengo ahora.
-
---¿Sí? Bueno; eso mismo es poco; habría que ponerle cincuenta...
-
---Cien me dijo ayer el señor Gobernador.
-
---Bueno; cuanto más mejor; ya me encargaré de recordárselo.
-
---Y sobre todo--insinuó dulcemente don Serafín--que me paguen los seis
-meses que me adeudan.
-
---¡Oh, por supuesto!
-
---¿No sería posible hoy?
-
-El jefe sacudió la cabeza.
-
---¿No hay fondos, quizás? ¿y la mitad... la tercera parte... un mes
-siquiera?
-
-Jarque hacía señas de que no era posible.
-
---Hay fondos--dijo--y la voluntad del Gobernador era mandar pagarte;
-pero hoy mismo le han traído una denuncia que te compromete.
-
-Don Serafín sintió que las piernas le empezaban a temblar, y echó mano
-del reloj.
-
-Jarque se puso a mirarlo y sus ojos astutos lo turbaron más.
-
---Deja el reloj, Serafín; y si no quieres perderte dime la verdad: ¿a
-qué fué don Patricio Cullen a tu casa anoche?
-
-El maestro se quedó lívido, pero decidido a morir antes que delatar a
-sus amigos, contestó con un soplo de voz:
-
---A visitarme...
-
---Aprovechando la bondad de la noche... ¿eh? ¡Serafín!, ¡Serafín!
-
---No; la noche era mala, muy mala, quizás la peor que he pasado en mi
-vida...
-
---Sí, lo creo; y esa visita a esa hora, y la turbación que muestras y
-que dice estás mintiendo, han puesto en peligro la subvención de tu
-escuela, y lo que es más grave, tu seguridad personal. ¿Por qué me
-engañas? Don Patricio no fué a visitarte.
-
-Don Serafín tuvo entonces un rayo de luz. Se acordó de algunos rasgos
-nobilísimos del carácter de Cullen, el cual disimulaba sus caridades
-con tacto exquisito y se animó a echar una mentira salvadora.
-
---¡Oh, Braulio! ¡Desconfías de mí! Sabrás, entonces, toda mi vergüenza:
-Don Patricio fué a llevarme una levita.
-
---¿Una levita?--exclamó Jarque sorprendido.--¿Para qué te fué a llevar
-una levita?
-
---¡Mira!--contestó don Serafín, poniéndose de pie, y dejando caer la
-capa, con el gesto de Friné delante de sus jueces.
-
-Y Jarque pudo ver, en efecto, que su amigo tenía urgente necesidad de
-una levita, porque la que llevaba no merecía tal nombre, pues a más
-de los faldones que le faltaban, empleados en menesteres escolares,
-carecía de forros y los bolsillos no habrían podido cumplir su misión
-de tales.
-
-La capa de don Serafín guardaba celosamente aquel secreto y por eso, de
-su levita ningún ojo extraño conocía más que las solapas.
-
-Jarque se echó a reír, ante la figura desguarnecida de su amigo, y éste
-se puso rojo de cólera.
-
---¿Lo ves? ¿Lo sabes ya? ¿Comprendes ahora todo el valor del obsequio,
-y toda la nobleza de ese hombre, que no ha querido enviármelo con una
-criada charlatana, sino que ha ido él mismo, en persona, en una noche
-desagradable, a llevármelo, como una prueba de afecto?
-
-Se arrebozó de nuevo en la capa y se dejó caer sobre una silla.
-
---¿Y por qué no te la has puesto?
-
-Don Serafín tartamudeó un instante:
-
---Pues, porque--¡ahí verás!--no tenemos el mismo cuerpo, y Rosarito ha
-debido encargarse de achicarla.
-
-Jarque pareció satisfecho y el maestro se quedó íntimamente halagado
-por su destreza, que había despistado al astuto jefe de los polizontes,
-y pensó que bajo su capa se ocultaba un fino espíritu revolucionario.
-
-Hablaron luego de otras cosas, y de pronto Jarque preguntó:
-
---¿Siempre es tu hija tan bonita?
-
---Es como antes.
-
---¿Y siempre tan hacendosa?, ¡aquellas empanadas que ella hacía!...
-
-Rosarito tenía una habilidad muy celebrada entre sus relaciones para
-confeccionar empanadas exquisitas, con que alguna vez obsequió a
-Jarque, como a algunos otros personajes de la ciudad.
-
---Cuando las haga--dijo el maestro--te haré mandar media docena.
-
---Gracias; prefiero ir un día de estos a comerlas en tu propia mesa.
-
---Cuando gustes, Braulio--respondió tristemente don Serafín, pensando
-si su hija no habría perdido ya la habilidad, dado el tiempo que no se
-hacían empanadas en su casa, por falta de recursos.
-
-El jefe se había quedado caviloso.
-
---¿No sería posible hoy?--dijo.
-
-El maestro vaciló. ¿Cómo iba a costear el gasto?
-
---Te seré franco, Braulio. Si hoy me pagaran, siquiera un mes, podría
-surtirme de nuevo en el almacén, y habría en casa cómo hacer empanadas.
-Si no...
-
-El jefe de policía no aguardó más. Escribió unas líneas, que metió en
-un sobre y mandó con un ayudante a su destinatario, que don Serafín no
-pudo saber quién era, pero que debía ser el ministro o el Gobernador
-mismo, porque volvió al cabo de pocos minutos con otro sobre en que
-venía el dinero de cinco de los meses atrasados, doscientos pesos.
-
-Deslumbrado por aquella fortuna, el maestro bajó tambaleando las
-escaleras del Cabildo, atravesó la plaza a grandes zancadas, sin
-cuidarse de su capa que flotaba a sus espaldas como dos alas abiertas,
-permitiendo a los ojos profanos iniciarse en el secreto de aquella
-levita misteriosa.
-
-
-
-
-V
-
-En la tarde del baile
-
-
-La imagen de Syra Montarón, a los veinte años, debe perdurar en la
-memoria de los que la conocieron, como queda en los ojos la impresión
-del sol, cuando se lo mira.
-
-En los países tropicales, el tipo de la hija de Montarón, es más común
-que en las orillas del Paraná. Pero aun así, en la pequeña ciudad de
-entonces, que los naranjos de las huertas sahumaban de azahar, con
-sus calles desiertas y sus tapias oscuras, roídas por el musgo, y sus
-siestas estivales, silenciosas y largas, y sus dos ríos y su gran
-laguna, que la ceñían en un abrazo de frescura, Syra Montarón estaba
-más en el marco apropiado para su belleza de reina mora, que la suave
-hija del maestro, con su vestido blanco y su manto azul, como una
-aparición.
-
-Durante cinco años había permanecido enclaustrada en un colegio de
-Buenos Aires, saliendo solamente en los veranos, que pasaba en una
-quinta próxima a la gran ciudad, en casa de sus abuelos; y cuando al
-cumplir veinte años, volvió a Santa Fe, traía con las galas novedosas,
-adquiridas allí, y que eran raras en las tiendas santafesinas, una
-sabia coquetería de porteña.
-
-Su madre, una paraguaya melancólica, con quien Montarón se casó en uno
-de sus viajes, pasábase los días en su dormitorio, que daba a la calle,
-chupando naranjas y leyendo novelas.
-
-Syra tenía de ella la cabellera negra y abundante con reflejos de oro
-a la cruda luz del sol, y la tez pálida, con un leve color de trigo en
-la era. Pero sus ojos, negros también, no aparecían, como los de ella,
-anegados en la penumbra de un alma perezosa; sino encendidos en la
-llama de una voluntad imperiosa, que se adivinaba, asimismo, en su boca
-algo grande, roja, de firme dibujo.
-
-La casa de Montarón en la calle del Cabildo, a media cuadra de la
-plaza, era de dos pisos, recién construída con un lujo desusado
-entonces, por el mismo arquitecto que edificó la de don Simón de
-Iriondo, lo cual halagaba la vanidad del opulento banquero.
-
-Bajo los corredores que daban a la calle, enlosados de mármol, paseaban
-los galanes. En los primeros tiempos de la llegada de Syra, fueron
-muchos, hasta que ella los alejó con sus desdenes, que sólo uno de
-ellos perdonó, porque estaba profundamente enamorado.
-
-Era Borja, el teniente de milicias, joven y gallardo, con su vistoso
-uniforme, su chaqueta de paño azul, galoneada de oro, pantalón rojo con
-franja dorada, su deslumbrante espadín que rozaba las paredes, con un
-ruido metálico, que un día fué para Syra la señal de salir al balcón a
-verle pasar.
-
-Y eso ocurrió en la pasada primavera, cuando en la plaza se vestían
-las acacias de racimos blancos, cuyo perfume penetrante trastornaba el
-corazón y la cabeza. Syra sintió llegar el amor, como un sol que nace,
-y ella le confesó que lo amaba, y que había tardado en decírselo, para
-probar su constancia.
-
-El opulento Montarón quería festejar el compromiso oficial de su hija
-con una fiesta, que sería a la vez una hábil celada.
-
-En la tarde del baile, Syra llena de presentimientos que la
-angustiaban, fué a casa de una vecina amiga, donde solía encontrarse
-con su novio.
-
-Vestía de luto, por un duelo de familia, y el traje negro, que esa
-noche dejaría de usar, ponía en su soberana figura una nota trágica,
-que Carmelo Borja observó con frío en el alma.
-
-Se hallaban solos, en un patio de naranjos que la tarde llenaba de
-sombras. La tierra vertía agua, por la lluvia reciente, y entraron
-a una pieza, que tenía sobre el patio una ventana enrejada, en cuyo
-dintel se sentaron, buscando las últimas luces del crepúsculo.
-
-Sin haberse hablado, habíanse trasmitido la indefinible pesadumbre que
-embargaba sus almas.
-
-Syra conocía las opiniones políticas de su padre, y día por día
-aguardaba el estallido de una revolución en que él o su novio,
-combatiendo en filas opuestas, podían hallar la muerte.
-
-Montarón conservaba una relación lo más estrecha posible, dadas sus
-ideas, con las familias de los hombres contra cuyo gobierno conspiraba,
-y cuando su hija le anunció el noviazgo con el joven militar,
-secretario de Jarque, ni por un momento vaciló en franquearle la
-entrada de su hogar.
-
-Y en las tertulias frecuentes que se hacían los días de visita,
-Montarón siempre dueño de casa y dueño de sí mismo, sabía ser
-exquisito, aun con los adversarios que asistían a ellas, y en quienes
-producía la impresión de que Jarque lo había curado de sus veleidades
-revolucionarias, no dejando llegar a término ningún complot.
-
-Syra comprendía, empero, que su padre tramaba la caída de Bayo.
-Continuos y misteriosos "chasques" o mensajeros, que llegaban de noche,
-y entraban, sin llamar, por una puertecilla falsa, le daban a entender
-que se aproximaba, quizás, el desenlace temido.
-
-Montarón disimulaba ante ella, no queriendo exponerse al evento de su
-discreción de mujer enamorada.
-
-En la noche de la lluvia, Syra sorprendió a su padre llegando de la
-huerta, con el traje embarrado, indicio elocuente de su excursión harto
-sospechosa a esa hora y con ese tiempo, y como en los últimos días
-habían aumentado las maniobras sospechosas, que la alarmaban, adivinó
-que los sucesos estaban próximos, y se llenó de terror.
-
-En cualquier movimiento revolucionario, su novio, por su cargo, tenía
-señalado un puesto de peligro.
-
-¿Cómo advertirle sin descubrir a su padre?
-
-Doña Celia, que pasaba su vida en la hamaca o en un sillón frente a una
-ventana de la calle, anegada en su modorra habitual, no era capaz de
-desahogarla del peso de aquellos temores.
-
-En la tarde del baile, vió a su padre alistar unas armas, y sintiéndose
-morir, bajo la angustia, corrió a la casa vecina donde al entrar la
-noche solía encontrarse con su novio.
-
-Cuando se halló frente a él, le faltó la voz, y se echó a llorar,
-escondiendo la cara sobre el hombro de él.
-
-Borja también presentía los sucesos que se aproximaban. Jarque se
-había apoderado de los hilos de la conjuración, y aunque ignoraba las
-circunstancias en que se desarrollaría el episodio revolucionario,
-comprendía que estaban envueltos en una intriga, que no podía tener más
-que un sangriento desenlace.
-
-Aquel llanto de Syra, cuyo padre debía ser de los más comprometidos,
-aumentó su zozobra, porque era evidente señal de que ella había
-sorprendido algo que no podía confiarle.
-
---¡Syra! ¡Syra!--le dijo--antes me hiciste sufrir con desdenes, y ahora
-me haces sufrir con misterios, ocultándome lo que te apena.
-
---Es cierto--dijo ella, apartándose y dejando de llorar.--Has sufrido,
-porque no adivinaste que te quise desde el primer día en que te ví,
-aunque no lo pareciera, porque fuí injusta y coqueta. Y ahora sufres,
-porque tengo un secreto y no te lo puedo confiar.
-
-Sospechó él de qué se trataba, y no quiso hablar, por no obligarla a
-traicionar a su padre.
-
-Ella continuó diciéndole:
-
---Estoy llena de miedo. Yo no sé nada, me parece que he soñado lo que
-he visto, porque ni siquiera puedo decir que he visto algo; y me parece
-que todo se vuelve en contra de nosotros. Estamos a tres horas de la
-fiesta, y me vengo a llorar...
-
-Él le acarició la cabeza que había vuelto a apoyar en su hombro, como
-buscando un refugio que la salvara de las visiones que la acosaban.
-
---Me da miedo la tarde, y me da miedo la noche que llega. Carmelo...
-¿no temen nada, nada?...
-
---¿Qué podríamos temer? Todo está tranquilo, a su fiesta irán amigos
-y adversarios del gobierno, y será ésa una ocasión de acercarse, de
-tratarse, quizás de hacer la paz que todos anhelan.
-
-Un rato habló así, tranquilizándola, y sintiendo que sus propias
-razones le tranquilizaban a él mismo, haciéndole ver cuán vanos y
-ridículos eran los recelos.
-
---Esta noche, Syra, te pido que cantes los versos del doctor Goyena,
-los que comienzan así: "Cuentan los sabios que la blanca luna..."
-
-Ella no lo había besado nunca, pero esa vez, dominando todo su pudor,
-acercó su cara a la de él y lo besó apasionadamente, como si fuera a
-partir para un largo viaje.
-
-Y salió huyendo de la casa, sin saludar a nadie, atravesando medrosa el
-patio, en que la noche había caído como un crespón negro, envolviendo
-los sombríos naranjos de amargo perfume.
-
-
-
-
-VI
-
-Una sombra en el hueco de la puerta
-
-
-Borja no ignoraba que el día anterior Jarque, su jefe, había tenido un
-encuentro que podía ser un grave indicio.
-
-Por la mañana a eso de las nueve, don Serafín volvió a su escuela que
-resonaba con la bulla de los niños, a los cuales Rosarito les había
-franqueado la entrada para que jugasen en el recinto abrigado de las
-galerías.
-
-Ella misma, después de llevar el desayuno a Insúa que se aburría en
-la soledad de su escondrijo, bajó a jugar con ellos. El patio estaba
-empapado por la lluvia, pero las galerías anchas, con su techo de
-cañas, cubierto con largas pajas de las islas, y sostenido por sólidos
-pilares de algarrobo, tenían un piso de tierra endurecida, donde los
-chicuelos más hábiles podían dibujar sus complicados cuadros de rayuela.
-
-Rosarito se sentó en un rincón, donde la cocina formaba un reparo, en
-el extremo del corredor, y los más pequeños corrieron a ella, para que
-les contara aquellos cuentos que iluminaron la niñez de su madre.
-
-La niña era como un hada en el sombrío recinto de la escuela.
-
-Cuando en las horas de clase, por animar un poco a los alumnos, entraba
-al salón, buscando un sitio vacío en los bancos, todos la reclamaban
-para tenerla cerca, y aun cuando fuera la clase de gramática, si estaba
-ella, y los niños podían ver sus ojos animadores y su boca juvenil que
-sonreía, y su vestido alegre, en la pesada tristeza de las cosas viejas
-que llenaban el aula, los minutos parecían tener alas y volar.
-
-El maestro no se inmutaba por la presencia radiante, y seguía llamando
-al pizarrón, uno por uno, a los chicuelos, para que dieran la lección.
-
-Les entregaba un mezquino pedacito de tiza, y se calaba las gafas para
-vigilar los garabatos que la trémula mano trazaba en el tablero. Y
-cuando el niño se equivocaba, corría él con el desgarrado faldón de su
-levita en la mano y borraba lo escrito.
-
---¿Quién mató a César?--decía a modo de comentario invariable, y los
-alumnos en coro gritaban:
-
---¡Bruto!
-
-Don Serafín tenía una regla larga como un puntero, que manejaba
-nerviosamente. Se quitaba su casquete de seda, porque el mucho hablar
-le hacía sudar el cráneo; alzaba las gafas hasta la frente, donde
-revoloteaban algunos mechoncitos grises, con aire más divertido que
-el de los alumnos, y aquello era señal de que comenzaba la clase de
-gramática.
-
-Llamaba a uno de los niños hasta su estrado; se envolvía cuidadosamente
-en la capa, celoso del misterio de su levita, y preguntaba alzando la
-regla y mirando al alumno con sus ojillos glaucos:
-
---¿Cuántos son los acentos?
-
-El interrogado se quedaba pensativo, y don Serafín le insinuaba,
-marcando cada palabra con un reglazo en el pupitre:
-
---¡Tres! Agudo, grave y es... drú... julo.
-
-Cuando decía "drú" se iba a fondo, con la regla a guisa de florete
-y pinchaba al niño en la barriga, con gran regocijo de la infantil
-concurrencia.
-
-La lección de los acentos era, por su episodio, lo más ameno de la
-gramática.
-
-Concluída la clase, los niños se ponían de pie y rezaban un avemaría,
-que entonaba el maestro, y luego con sus libros y sus gorras en la
-mano, salían en ruidoso tropel a la calle, dejando en el aire confinado
-del salón el polvo de los rojos ladrillos, flotando en un rayo de sol,
-que entraba a veces como una espada fulgurante.
-
-Si estaba Rosarito, la última mirada era para ella, que se quedaba con
-el corazón estremecido, porque los amaba a todos.
-
-Cuando su padre volvió, la mañana en que fué al Cabildo, no era ya hora
-de iniciar la clase, por lo cual despidieron a los niños que jugaban
-en las galerías, cerraron la puerta de calle, y llamaron a Insúa, que
-bajó de su buhardilla, contento como un prisionero libertado.
-
-A él y a Rosarito les relató don Serafín su conferencia con el jefe
-de policía, detallando prolijamente la manera en que eludió toda
-contestación comprometedora.
-
-Nunca había querido dejar adivinar de Insúa su pobreza rayana en la
-miseria, mas tuvo esa vez que confesar el episodio de la levita,
-mezclado con su pequeña aventura de esa mañana, y todo lo dijo
-sonriente, enrojeciendo a veces de vergüenza, pero satisfecho de su
-inesperada habilidad para burlar al fino sabueso del gobierno.
-
---Hoy Jarque vendrá a comer tus empanadas, Rosarito, hija mía...
-
-La niña se alarmó oyendo aquello, porque sospechó que eso podría ser
-un pretexto para una visita del jefe, pero no el verdadero motivo. Sin
-duda quería comprobar lo dicho por su padre.
-
-Se vistió con su sencillo traje de salir, y se fué al boliche de don
-Pablo Ferrer; pagó la cuenta, y se aprovisionó de lo que le hacía falta
-para confeccionar sus empanadas; y luego corrió a casa de don Patricio
-Cullen.
-
-Llena de confusión refirió al caudillo de los revolucionarios aquella
-aventura de la levita, que la obligaba a pedir una, a fin de que Jarque
-la hallara, en verdad arreglándola al cuerpo de su padre. Y fué tan
-afortunada y hábil, que esa tarde, a la hora de la siesta, en que el
-jefe de policía acudió a la escuela, pudo obsequiarle con empanadas
-sacadas del horno, sirviéndoselas en una punta de la mesa del comedor y
-atendiéndole ella desde la otra, donde a toda prisa descosía una levita
-de don Patricio Cullen, para adaptarla al mezquino cuerpo de Aldabas,
-cuya voz se oía explicando la lección de los acentos.
-
-Pero Jarque no se dejó engañar del todo. Los indicios que había
-sorprendido de estar cerca la revolución eran tan evidentes, que
-perdida una pista, buscaba otra, seguro de sorprender el complot.
-
-Se estuvo toda la tarde en la escuela, porque teniendo la certeza de
-que la revolución no estallaría sin que Insúa llegara a la ciudad,
-quería a toda costa saber si él estaba ya en Santa Fe o iba a llegar de
-un momento a otro.
-
-Cuando anocheció, algo decepcionado se despidió del maestro, que había
-concluído su clase y de su hija que seguía trabajando en la levita. Mas
-se fué tranquilo, porque la ausencia de Insúa podía significar que la
-revolución aún tardaría.
-
-No bien se hubo marchado bajó Insúa de su escondrijo, donde había
-pasado cuatro mortales horas oliendo el cedro secular de las vigas del
-techo; y como era necesario prevenir para esa misma noche al dueño de
-la barraca donde se refugiarían los revolucionarios que llegaran por
-el río, aprovechó para salir la obscuridad que reinaba, con el cielo
-nublado, amenazando lluvia.
-
-La barraca de Fosco, al Sur de la ciudad, a pocos pasos del arroyo
-Quillá, un brazo del río, era un vasto recinto cuadrado, con paredes
-de tapia, detrás de las cuales se amontonaban cargamentos copiosos de
-frutos del país, cueros, cerdas, huesos, lanas a la espera de un barco
-que los llevara a Buenos Aires.
-
-El anterior dueño de la barraca se había arruinado, y un colono suizo
-de Helvecia, que logró algunos años de buenas cosechas, se quedó con
-ella y abandonó el campo.
-
-Era Fosco; vivía con su familia haciendo un modesto negocio que le
-permitía tener influencia entre sus compatriotas, partidarios de Cullen
-todos, y esperar el triunfo de la revolución, que estaba dispuesto a
-ayudar, para tumbar el gobierno.
-
-En la obscuridad de la noche Insúa vió aparecer a lo lejos la masa
-negra de la coposa arboleda que rodeaba la barraca, haciendo más
-discreto el refugio.
-
-En esos lugares no había ya casas ni calles. Las carreteras, acolchadas
-de tierra blanda, transformadas por la lluvia en profundos barrizales,
-descendían la barranca hasta el desplayado del riacho. Cerca del agua,
-que no se veía en la sombra, al borde mismo de la pequeña barranca,
-crecía un aromito y a su sombra se alzaba una casucha de paja y de
-barro, de algún barquero, que vivía allí a la vera de su barca.
-
-Ladraban los perros al áspero rumor de los árboles, que se mecían al
-viento en la sombría y misteriosa quinta de Fosco.
-
-Insúa no pudo dejar de sentir un estremecimiento, como un aletazo del
-miedo, al llegar a aquellos lugares en que podía hallar la muerte, si
-Jarque daba con su pista.
-
-Marchaba a grandes trancos, hundiendo sus botas en el barro para no
-perder tiempo en buscar senderos enjutos. Iba embozado en una capa, con
-que en las calles del centro había disimulado su figura, para pasar sin
-que le reconocieran.
-
-Desde el portón de fierro que servía de entrada a la barraca, cerrado a
-esa hora, vió la casa blanqueando en la sombra, sin luz, como dormida.
-
-Llamó con las señales que sus dueños conocían.
-
-Fosco estaba advertido por el mismo don Patricio de la inminencia de
-una revolución, a la que se disponía prestar su concurso, tanto más
-apreciable, cuanto que la ubicación de la barraca debía esa vez hacerla
-poco sospechosa.
-
-Generalmente los revolucionarios invadían la ciudad por el Norte,
-viniendo de las estancias de Cullen o de Insúa, y era casi seguro que
-el mayor empeño de la policía se pondría en vigilar el camino de Santa
-Rosa, descuidando la barraca a orillas del río, excelente lugar de
-desembarco, por la menor distancia a que de allí estaba el Cabildo, que
-iban a atacar.
-
-A la señal de Insúa, un poderoso mastín de largas lanas se echó
-sobre la puerta, que poco después abrió Fosco, acallando al perro y
-recatándose aún, por si no eran los amigos que esperaba.
-
-De una numerosa familia, Fosco no conservaba consigo más que a su mujer
-y a una hija, a quienes halló Insúa en la pieza del piso bajo de la
-casa, cuando entró con el suizo por guía.
-
---¡Señor capitán!--le dijeron al saludarle, y él notó en sus ojos la
-misma luz de inteligencia con que le acogiera el dueño de casa. Era
-gente fiel, dispuesta a servirle hasta la muerte.
-
-Fosco andaba cerca de los sesenta años, pero de recia musculatura, y
-buen tirador, podía ser un buen soldado.
-
-En el comedor, al lado de la alhacena, veíase colgado un rémington,
-enaceitado y limpio, señal del aprecio en que lo tenían.
-
-Insúa sonrió echándole una mirada significativa.
-
---Señor capitán--le dijo Fosco.--En Helvecia éramos cien familias
-suizas. Todos los hombres tiraban como yo, y todos estaban y están hoy
-dispuestos a hacerse matar en la revolución.
-
-Insúa le apretó la mano, sin decirle palabra, y tomó asiento al lado de
-la mesa, bajo la luz de la lámpara. Fosco y las dos mujeres permanecían
-de pie. Sabían que en aquella intentona por derrocar al gobierno se
-jugaban la libertad, la paz, la fortuna y quizás la vida, pero estaban
-dispuestos.
-
-Como Insúa vacilaba en hablar, Fosco mandó a las mujeres que salieran
-del cuarto, y una vez solos dijo:
-
---Son fieles y discretas, pero es mejor que ignoren lo que ha de
-ocurrir.
-
---Así es--respondió Insúa.--Mañana vendrán nuestros amigos. Viajan en
-chalanas cargadas de leña, por el río, y atracarán en la costa del
-arroyo, a cien metros de aquí. Otros están llegando desde ayer, en
-carros y a caballo, como si fueran gente de campo que viene a hacer
-provisiones. Esta noche, llegarán los que faltan, y, sin duda, buscarán
-albergue en la barraca, para estar al habla. Son los más seguros los
-que así vienen, pero en las chalanas está el grueso de las fuerzas. Las
-manda Alarcón que sabe hacer las cosas y el indio José...
-
---¿José Golondrina?--preguntó vivamente Fosco.
-
---Sí; ¿lo conoce?
-
---Lo conozco; lo conocí en Helvecia--vaciló un momento y dijo:--Yo no
-lo creía bueno para esto.
-
---¿Por qué?
-
---No sé, a la verdad no sé; pero nunca me ha parecido hombre de
-confianza.
-
---Es mi asistente hace años--observó Insúa.
-
---Entonces debe ser bueno--contestó sin mucha convicción el colono.
-
-Insúa continuó dando instrucciones, para que todos obraran de acuerdo y
-no se perdiera ni un minuto ni un hombre. Las revoluciones fracasaban
-siempre por falta de organización, y con esa dura experiencia, habían
-aprendido lo que valía el orden en toda batalla.
-
-Cuando no tuvo más que recomendar, volvió a la ciudad, donde se
-encontraría con Cullen y Montarón.
-
-Veíanse algunos faroles encendidos en las esquinas, uno precisamente
-en el ángulo que hacía cruz con la iglesia Matriz. Derramaba un fulgor
-mezquino, que parecía más débil ante el gran cuadro sombrío de la
-plaza, con sus negras acacias, que un viento suave mecía desgranando
-sus hojas secas.
-
-Insúa tranquilo por la soledad de las calles, se atrevió a pasar
-cerca del farol, y al llegar a la esquina de la escuela, se encontró
-bruscamente con Jarque.
-
-Supo que era él, porque al moverse para no cruzarse en su camino,
-observó que rengaba, mas tuvo la esperanza de que no lo hubiera
-conocido, por lo que iba embozado en la capa, y para despistar sus
-sospechas no se detuvo ante la puerta del maestro, sino que pasó de
-largo, como si allí no viviera.
-
-Sintió que le seguía y apretó el paso, con la seguridad de
-adelantársele y anduvo así, un cuarto de hora, haciendo recodos, y
-cruzando calles; cuando supuso que el jefe de policía había abandonado
-su persecución, regresó a la calle de la Matriz.
-
-El farol de la esquina se había apagado, y era extraño, porque el
-viento apenas soplaba.
-
-Nada se veía en la calle lóbrega. El almacén de Ferrer estaba cerrado,
-y todo el barrio, parecía dormido bajo los oscuros tejados a dos
-aguas. En una guardilla, a lo lejos temblaba una luz.
-
-Llegó Insúa hasta la puerta de la escuela, y la empujó de golpe, y al
-entrar vió que del hueco de una puerta casi contigua, salía un hombre,
-que sin duda estuvo al acecho.
-
-Comprendió que Jarque en vez de seguirle a través de las calles,
-sospechando quién era, lo había aguardado allí, para cerciorarse de
-ello, y averiguar lo que tanto le interesaba.
-
-Era un episodio lamentable, porque obligaba a los revolucionarios a
-variar sus planes.
-
-
-
-
-VII
-
-El indio José
-
-
-En los sauzales del arroyo de Leyes acamparon los hombres que mandaba
-Juan Alarcón.
-
-Era la época de las lluvias y los campos bajos del litoral estaban
-anegados. El Saladillo Dulce, riacho que allí cerca se juntaba con el
-arroyo de Leyes, y que suele ver mermar su caudal de agua hasta secarse
-enteramente, entonces tenía un ancho de media legua y avanzaba en
-una turbia napa que el viento rizaba en olas pequeñas, fatigando las
-plantas acuáticas que se alzaban del fondo y salían al sol, sirviendo
-de guía a los que se aventuraban por el curso tortuoso y difícil.
-
-Insúa había ideado bien aquella invasión de la ciudad por el río. La
-inundación había hecho huir a los escasos pobladores de las márgenes,
-y la pequeña expedición que se embarcó en el Saladillo, a la altura de
-Helvecia, de donde había llegado cruzando a caballo campos de Cullen,
-hizo el viaje sin hallar a nadie.
-
-Navegaba en dos grandes lanchones de fondo plano que podían marchar en
-dos cuartas de agua, y llevaban a popa del mayor una pequeña canoa para
-explorar los bañados.
-
-En las isletas verdes y montuosas, que se alzaban como una ondulación
-de aquellas tierras bajas, veíanse ranchos, de los cuales uno que otro
-seguía habitado por míseros paisanos, que vivían en el agua, pescando
-con espinel o cazando nutrias para trocar sus cueros en las pulperías
-de tierra adentro por azúcar y yerba o tabaco.
-
-Al ver pasar los lanchones llenos de gente, acostumbrados como estaban
-a las repetidas intentonas revolucionarias, y vecinos de los Cachos,
-paraje donde los Cullen tenían una de sus estancias, habitual refugio
-de los opositores, adivinaban el objeto de la expedición.
-
-Una de las lanchas llamábase "Mocoretá".
-
-Era la mayor, tenía un medio puente y a bordo cabían holgados 30
-hombres. Una trinquetilla que hinchaba el viento húmedo del Este la
-hacía marchar.
-
-A popa un baqueano, conocedor de las inverosímiles revueltas del cauce,
-llevaba el timón. A proa un mocetón flaco y ágil, con una larga caña
-sondeaba la hondura, cantando rítmicamente con voz aniñada:
-
---¡Cuatro cuartas! ¡cuatro largas! ¡cinco escasas! ¡cuatro a la marca!
-
-Algunas veces cruzaban un remanso y la punta de la caña no alcanzaba el
-fondo:
-
---¡No toca!--gritaba el sondeador, y todos respiraban satisfechos,
-porque se alejaba el peligro de una varadura contra aquellas barrancas
-de greda pegajosa, donde se adhería con fuerza la panza de la
-embarcación, obligándoles a echarse al agua, para sacarla del mal paso
-a fuerza de hombros.
-
-El viento era frío y arreaba gruesas y redondas nubes desde el mar
-lejano, por lo cual el sol, brillando solo a ratos, no alcanzaba a
-secarles las ropas mojadas, y así debían seguir el viaje, tiritando.
-
-La otra lancha se llamaba "La Avispa". En ella iba Alarcón, y navegaba
-sin sondear, porque él conocía perfectamente el curso del Saladillo;
-pero siendo menos marina, por sus perfiles pesados, era más lenta y
-marchaba detrás, impulsada por una velita triangular a proa y por los
-botadores, largas perchas que dos hombres afirmaban contra la costa o
-contra el fondo del río, conforme a la hondura.
-
-En ambas lanchas, por orden de Alarcón se guardaba silencio. Solamente
-se oía el grito agudo del sondeador en la primera y de cuando en cuando
-la voz breve y ronca del indio José Golondrina que la mandaba.
-
-Pero cuando pasaban cerca de alguna de las isletas de la costa y
-divisaban algún cazador de nutrias, inmóvil, en la orilla, afirmado en
-su largo fusil, compañero inseparable de su soledad, o en la "fija",
-especie de arpón terrible en su mano segura, no siempre los hombres,
-aburridos de la inacción, acallaban un saludo o un comentario malicioso.
-
-Los cazadores de nutrias eran generalmente hombres enflaquecidos por la
-vida miserable que llevaban viviendo en los esteros, consumidos por las
-sabandijas, rudos y huraños, descalzos, vestidos con una camisa y una
-manta o un pedazo de arpillera que les rodeaba las piernas.
-
-Y los de las lanchas, peones de estancia o colonos de Helvecia, mejor
-alimentados y vestidos, reíanse de su miseria o de su flacura:
-
---¡Lindo cebo para un chicharrón!--decía un gringuito joven, rubio,
-de la colonia suiza, donde don Patricio encontraba sus más fieles
-partidarios.
-
-Llamábase Moor; iba en la lancha "Mocoretá".
-
-A pesar de su juventud se le tenía en mucho porque manejaba el fusil
-con una insuperable destreza.
-
-Alarcón lo reprendía cada vez que hacía reír a sus hombres a costa
-de algún "nutriero". Después de todo, no era muy difícil que alguno
-de éstos, picado por las bromas o simplemente deseoso de ganarse una
-recompensa, saltara en su canoa, que podía navegar a través de los
-esteros, cortando los campos inundados y llegara antes que ellos a
-Santa Fe, con la denuncia de que los revolucionarios marchaban sobre la
-ciudad.
-
-Tal peligro crecía a medida que se aproximaban a la laguna de Setúbal,
-región más poblada, que se vigilaba con gran cuidado por la gente del
-gobierno.
-
-Hacia mediodía el sol abrió y cambió el viento. Navegaban ya en
-el curso profundo y encajonado del arroyo de Leyes, cuyas orillas
-cubiertas de sauzales, solían servir de escondite a los gauchos
-matreros, ladrones de haciendas, que huían de los policianos.
-
-Alarcón dió orden de atracar en una isleta de la margen izquierda y los
-dos lanchones se arrimaron lentamente a la costa, cubierta de carrizas
-verdes y de camalotes aguachentos que chupaban los sábalos.
-
-Siguiendo como hasta entonces en aquella marcha, y ayudados por la
-correntada más fuerte del arroyo de Leyes, debían llegar al puerto de
-la ciudad poco después de la oración, y eso era un peligro.
-
-Insúa había ordenado que no entraran antes de las once de la noche,
-hora en que menguaba la vigilancia de la policía.
-
-Además era necesario cargar de leña las dos lanchas, en forma que
-permitiera ir a los hombres a bordo, disimulando su presencia. Se
-necesitaban para ello largas varas flexibles, y allí el tupido sauzal
-ofrecía cargamento fácil de cortar, para toda una flota.
-
-Teniendo, pues, varias horas libres, antes de ponerse en marcha
-nuevamente, los tripulantes saltaron a tierra, regocijados con la
-perspectiva de poder encender fuego en el centro de la isleta y tomar
-mate sin riesgo de llamar la atención de los policianos, si es que
-merodeaban por allí.
-
-La presencia de las lanchas con tres o cuatro hacheros cargándolas, no
-despertaría sospechas, porque el negocio de la leña ocupaba a muchos en
-Santa Fe.
-
-Bajo la bóveda sombría que formaban los sauces, creciendo estrechados
-unos por otros, el suelo estaba lodoso y cubierto de pastos de agua.
-
-Cuatro hombres, con sendas hachas, se pusieron a la obra.
-
-Los troncos delgados y rectos, vestidos de enredaderas floridas, a
-pesar del otoño que llenaba la fronda de hojas doradas, caían sin ruido
-sobre el húmedo colchón de pasto.
-
-De la tierra empapada subía un vaho penetrante y cálido, mezcla de
-todos los olores de aquellas hierbas corrompidas por la humedad, y del
-humus secular que tapizaba la isla con una capa fofa y negra.
-
-Hacia el interior, el suelo se alzaba y aparecía más árido y seco.
-
-Crecían allí los "curupíes" y los aromitos y algún algarrobo de áspero
-tronco y vasta copa.
-
-Buscando sitio a propósito para encender el fuego, marchaban en grupo
-Alarcón, José Golondrina y Moor, el joven suizo. Pronto hallaron lo
-que deseaban: un espeso rodeo de árboles, donde había leña fuerte en
-abundancia y podía hacerse una hoguera con ramas secas, que no dieran
-humo.
-
---Mi teniente--dijo Moor a Alarcón, así que la llama flameó alegremente
-en el discreto reparo del boscaje--yo estoy gordo y tierno, y los
-compañeros tienen hambre. Si me dejo estar aquí, mientras ellos
-matean, me van a asar con cuero. Si me voy a rodar tierras, todavía
-puedo dar con alguna ternera orejana que me libre y nos quite el hambre.
-
-Los paisanos en cuclillas, alrededor del fuego, unos, echados otros de
-bruces sobre el musgo seco que alfombraba la tierra, y de pie los más,
-tranquilos, esperando los sucesos, comentaron aquella salida con una
-carcajada aprobatoria.
-
-Alarcón vaciló un momento.
-
-Había sido poco previsor y sus hombres estaban casi en ayunas, desde el
-amanecer, hora en que les repartió un churrasco, la última ración de la
-carne que le dieron en Helvecia.
-
-Iba a autorizar al suizo para que se rebuscase la ternera, entre las
-haciendas numerosas que pastaban en los alrededores, cuando habló José
-Golondrina, que había callado hasta entonces.
-
---Mi teniente--dijo alzando apenas la voz, en cuclillas, según estaba
-mirando al suelo, como si hablara para sí mismo--no hay necesidad de
-carnear ajeno; si usté quiere, aquí cerca hay relaciones que pueden
-darnos o vendernos una vaquilla.
-
---¿Dónde?
-
---A media legua al naciente, en la Casa de los Cuervos.
-
---¿Conocés el paraje?
-
---Sí, mi teniente.
-
---¿Conocés a los dueños?
-
---Sí, mi teniente.
-
---Bueno, andá.
-
-El indio se levantó; era petizo, gordo, de tez amarilla, con tonos de
-aceituna, pero de facciones extraordinariamente finas.
-
-Hablaba poco y era habitualmente esquivo a la compañía de los hombres.
-
-Fuerte, diestro, conocedor de todos los secretos recursos de las islas,
-nadador como uno de los yacarés que poblaban las aguas fangosas de
-aquellos riachos, Insúa lo consideraba elemento indispensable en sus
-excursiones y le daba cierta jerarquía sobre todos, después de Alarcón.
-
-Y esto era motivo de un oculto rencor del indio hacia su amo,
-considerándose pospuesto con injusticia, en la tropa revolucionaria.
-
-Disimulaba sus sentimientos bajo una untuosa sumisión, que no había
-logrado engañar, sin embargo, el ojo experto de Alarcón, el cual
-recelaba de la fidelidad de José Golondrina.
-
-Por eso, cuando lo vió alejarse hacia el centro de la isleta, buscando
-un sendero para ir hacia donde él había dicho, lo llamó con un silbido.
-
---Vamos los dos--le dijo.
-
---Vamos,--contestó José Golondrina sin volver la cara.
-
-Y quedaron los hombres allí, mandados por Moor, que era el tercero, no
-obstante su juventud, en la jerarquía establecida por Insúa.
-
-Y el fuego chisporroteaba alegremente, devorando las secas ramillas de
-los aromitos, y haciendo brasas grandes y rojas con la madera fuerte de
-los algarrobos.
-
-Tres pavas de hierro, negras de hollín, empezaban a cantar la alegre
-canción del agua dispuesta para el mate, confortante y engañador para
-los estómagos vacíos, y mientras eso ocurría, aquel muchachón que
-sondeaba en la lancha la profundidad del río, y que era a la vez el
-despensero, distribuía "los vicios"--azúcar y yerba--entre los que
-habían de cebar el mate.
-
-Un pichel de ginebra, tasado por Alarcón, circulaba en la rueda,
-despertando a su paso las conversaciones, chispeantes como la hoguera.
-
-Juan Alarcón marchaba al lado del indio chafando con su paso firme los
-camalotes que cubrían la tierra en las hondonadas, señalando los sitios
-hasta donde había llegado el agua de las crecientes.
-
-Era un mozo de treinta años, vestido con esmero, chambergo de alas
-rectas y anchas, botas amarillas y cuidadas, tirador guarnecido de
-monedas de plata y largo facón que le cruzaba la espalda, a más del
-revólver que brillaba al alcance de la mano.
-
-Difícilmente se habría hallado un tipo de criollo más hermoso. Era
-nativo de San José del Rincón, donde una mezcla ignorada de sangres, ha
-producido una casta absolutamente especial de morenos de ojos azules y
-facciones caucásicas.
-
-Alarcón era en los rodeos el más fuerte entre toda la peonada, y sus
-brazos firmes como un palenque, y sus manos sólidas, como un torno,
-bastaban para sujetar un novillo arisco, cogiéndolo por los cuernos y
-clavándolo en la tierra sobre las cuatro pezuñas rígidas.
-
-Insúa que no toleraba superioridad en nadie, porque él también poseía
-suma destreza para los trabajos del campo, y su vigor se comentaba aun
-en los sitios donde no se le conocía sino por el relato de sus hazañas,
-había concluído por resignarse a ser menos fuerte que aquel hermoso
-gaucho de tez ligeramente tostada y de ojos profundamente azules.
-
-Se habían conocido de niños, en las andanzas de Insúa por el Rincón,
-como años después Alarcón anduviera rodando de estancia en estancia,
-buscando un patrón que supiera apreciar su trabajo en lo que valía,
-el joven caudillo lo llevó a su lado y lo hizo su capataz en el
-establecimiento y su teniente en las campañas revolucionarias.
-
-José Golondrina no podía olvidar que Alarcón le había privado a él
-de esos mismos cargos, y tenía, para agravar sus enconos, motivos
-especiales que venían de muy lejos.
-
-El padre de Insúa poseía una gran estancia en los quebrachales de
-Calchaquí.
-
-Allí había nacido José Golondrina, hijo de una india criada al amparo
-de las casas.
-
-Contábase que un cacique poderoso, jefe de una de las tribus más
-grandes que hubo en aquellas regiones, perseguido por el ejército de
-línea, se refugió en la estancia de Insúa, y al huir de nuevo cuando la
-tropa se acercaba, dejó entre otras mujeres, a su hija, que encomendó
-al amo, diciéndole que alguna vez volvería a buscarla de su Chaco
-misterioso, donde criaría hermosos caballos para él.
-
-La indiecita llegó a ser una hermosa muchacha y no faltó quien dijera
-que el niño que un día nació de ella, el indio José, mayor que
-Francisco Insúa algunos años, era el hijo primogénito del dueño de
-la estancia, y habría sido el heredero de toda aquella riqueza a no
-cruzarse en su destino el niño blanco, de casta noble.
-
-Fuese que Insúa creyera realmente en aquel parentesco, que se había
-hecho una leyenda, fuese que se hubiese acostumbrado a los servicios de
-José Golondrina, éste permanecía siempre con él, mas no en la estancia
-de Calchaquí, a donde no le había enviado desde niño, sino en la de la
-costa, donde estaba el centro de sus recursos, y que era generalmente
-el punto de cita de los revolucionarios en la campaña.
-
-Pero el indio conservaba en la memoria la impresión indeleble de los
-paisajes de Calchaquí, y el recuerdo de aquel hermoso campo, cubierto
-de bosques de veinte leguas cuadradas, donde podría albergarse toda
-su tribu, que ahora vagaba errante por el Chaco, lo perseguía con
-implacable tenacidad.
-
-Un día, siendo él niño, muerta ya su madre, una india vieja, de las
-que quedaron en la estancia cuando el cacique huyó y que pasaba por
-hechicera entre las gentes simples de aquellos lugares, le contó su
-historia y le enseñó a malquerer al hijo del amo, a Francisco Insúa, a
-quien allí no conocían aún, pero de cuya existencia en la ciudad lejana
-se hablaba entre los peones.
-
-"Todos estos campos eran de la tribu antes de venir los cristianos--le
-dijo la india, abarcando con un gesto el vasto quebrachal, donde tenía
-su rancho, lejos de las otras casas.--El abuelo de tu abuelo, era
-el cacique más poderoso del Chaco, y una vez puso, en contra de los
-blancos, mil lanzas y ganó la batalla.
-
-"Y yo he visto en las estrellas, que este monte será otra vez de la
-tribu, cuando muera ese niño que ha nacido en Santa Fe, y vuelva a ser
-amo nuestro un hombre que sea hijo de los hijos del último cacique."
-
-En el espíritu taciturno de José Golondrina, aquella predicción
-engendró una llama que le consumía.
-
-Callado, sumiso, bravo en todos los trabajos, se preparaba
-pacientemente para los días que habían de venir.
-
-Lo que hubiera en él de sangre blanca estaba anegado en la ola
-ancestral de sangre orgullosa de cacique, que le hacía sentirse indio
-hasta la médula de los huesos, y encendía en su corazón la silenciosa
-esperanza de ser algún día el redentor de su tribu.
-
-Insúa recelando quizás aquella ambición, nunca lo mandó a su estancia
-de Calchaquí y como el volver a los campos donde pasó su sombría
-niñez, era la secreta obsesión de José Golondrina, nunca quiso él,
-por su parte, alejarse de la otra estancia, donde se fraguaban las
-revoluciones que alguna vez podían servir a sus planes.
-
-Y así vió prepararse aquélla, en cuya aventura se encontraban lanzados
-ya, y fué desde el primer momento el más activo de los colaboradores
-del capitán sin lograr con ello deshacer totalmente las prevenciones de
-Alarcón.
-
-Caminaba ahorra al lado de éste, hacia la Casa de los Cuervos, royendo
-sus pensamientos, cuando el otro que marchaba en silencio, como si le
-costara cambiar palabras con el indio, le dijo de pronto:
-
---Me has dicho que conocías al capataz.
-
---Sí, señor.
-
---Yo soy de estos lugares, y sin embargo no lo conozco.
-
---No es raro; murió ya el dueño; se vendió la estancia y cambiaron el
-personal.
-
---¿No era el finado Liborio Borja?
-
---Sí, señor.
-
---Y hoy, ¿quién es el dueño?
-
---Será su viuda, que vive en la estancia...
-
-Se calló un momento, como si hubiera deseado no hablar más, pero
-Alarcón lo interrogó:
-
---¿No es de la viuda ya?
-
---No, señor, la vendieron.
-
---¿Sabés a quién la vendieron?
-
-El indio vaciló un momento.
-
---A don Braulio Jarque--respondió luego.
-
---Jarque... ¿Quién es Jarque?--preguntó Alarcón deteniéndose en medio
-del campo, a tiempo que hacia el Este se dibujaban las copas sombrías
-de unos grandes eucaliptus.
-
-José Golondrina agachó la cabeza y dijo no saber quién era Jarque,
-aparte de lo dicho, y Alarcón volvió a ponerse en marcha, repitiendo
-aquel nombre, seguro de haberlo oído en alguna parte.
-
-La Casa de los Cuervos estaba sobre una altura adonde no llegaban
-las más altas crecientes, sobre la margen misma del arroyo de Leyes,
-caudaloso y profundo, comunicándose con el Paraná, como un brazo de él
-que era.
-
-La construcción era buena y antigua, dos alas de piezas bajas techadas
-con firmes totoras, formando una escuadra con anchas galerías a uno
-y otro lado, pintada toda de rosa, con puertas y ventanas verdes, y
-poblado de naranjos el patio anchuroso, y todo el cuadro envuelto en un
-bosque de eucaliptus, a través de cuyo espeso follaje apenas se veía la
-casa como una mancha clara.
-
-En los últimos tiempos, la estancia había cambiado varias veces de
-dueño, quedando siempre en la familia, y a la muerte de Liborio Borja,
-ocurrida un año atrás, su viuda, para redimir las deudas que pesaban
-sobre ella la vendió a Braulio Jarque, el marido de su hija Gabriela,
-la cual vivía con ella.
-
-Como el nuevo propietario no manifestara afición a la vida campera,
-encargóse doña Carmen de Borja de administrarla junto con la hacienda,
-que pastaba en esos campos, y que era ahora toda su fortuna.
-
-Al llegar a la calle de eucaliptus, que se abría en dos hileras a un
-costado de la casa y conducía hasta su entrada principal, Alarcón,
-preocupado siempre por el nombre de Jarque, que alguna vez había oído,
-se acordó de quién era.
-
-José Golondrina calmaba a los perros, que habían salido a ladrar a los
-visitantes, y que se acallaron súbitamente al sentir su voz.
-
-Alarcón tuvo la sospecha de que el indio había querido adelantársele,
-para hacer llevar a Jarque en la ciudad con algunos de los peones de la
-estancia, la noticia de la expedición.
-
-Había salido el capataz y Alarcón miró a José, mas no advirtió que
-parecieran reconocerse.
-
-El indio se hizo a un lado, sin hablar palabra, y el capataz saludó
-a Alarcón que le pidió una ternera para carnear y dar de comer a su
-gente, colonos y leñeros que iban a la ciudad a surtirse de víveres
-diversos.
-
-Así habló, y agregó para evitar toda suspicacia en aquel paisano
-reservado, que le atendía frunciendo el ceño:
-
---Compraría una ternera, si no me pide caro.
-
-El capataz entró en las casas a consultar con el ama, cuya silueta se
-vió aparecer un momento en la galería, y volvió con el permiso de
-arrear el primer animal gordo que hallaran en el potrero.
-
-Montó a caballo y los guió hasta el sitio en que a esa hora debía
-hallarse la mayor parte de la hacienda.
-
-Alarcón y su compañero caminaban a pie, detrás de él, que iba
-enumerando las buenas condiciones de los campos aquellos, cuya tierra
-negra daba unos pastos de engorde superior.
-
-Cuando encontraron lo que necesitaban, una vaquilla mansa, que se
-dejó echar el lazo en los cuernos pulidos y negros, Alarcón pagó
-sin regatear los quince pesos que le pidieron por ella y se juzgó
-afortunado viendo que el capataz no insistía en acompañarles hasta la
-costa.
-
---Tengo que encerrar los terneros de las lecheras--dijo--y se despidió
-allí mismo.
-
-Marcharon los dos, José tirando del lazo, arrastrando a veces al animal
-que empezaba a rebelarse, y atrás Alarcón arreándolo con una varilla
-y pensando que si el capataz hubiera llegado hasta la costa no habría
-dejado de recelar de tanta gente reunida allí.
-
-Y aquella imprudencia que le había hecho cometer el indio, no le
-pareció que fuera involuntaria.
-
-Mientras marchaban por un senderito en el tupido pastizal verde, que
-alfombraba la altura desprovista allí de monte, vieron venir una majada
-de ovejas que parecía vagar sin pastor y sin perros.
-
-José Golondrina mostró las ovejas a Alarcón.
-
---La cuidan los cuervos--le dijo--y por eso es el nombre de la estancia.
-
-Y era así en efecto.
-
-Desde muchos años atrás en la propiedad de los Borja, dos cuervos
-criados en las casas cuidaban la majada, con un maravilloso instinto,
-que rayaba en leyenda.
-
-Por la mañana al salir el sol, en verano, y en invierno a la hora en
-que el frío amenguaba, los dos cuervos, que dormían sobre un algarrobo
-seco, frente a una de las ventanas de la casa, volaban hasta el
-corral de las ovejas, y a aletazos y a picotones las hacían salir,
-las conducían a través de los campos, en las lomas donde el pasto era
-tierno y la tierra seca y al caer la tarde las obligaban a volver.
-
-Los tímidos animales, acostumbrados ya, obedecían a los cuervos como
-habrían obedecido a un pastor, y de tal manera los dos pajarracos se
-habían vinculado a la vida de la estancia, que ésta tomó su nombre de
-ellos, y se rodeó de una fama misteriosa.
-
---Son eternos--dijo el indio José--y cuentan los viejos que ellos saben
-y anuncian las cosas tristes que han de ocurrir.
-
-La majada pasó cerca de los dos hombres que llevaban la vaca.
-
-Sobre una de las ovejas de adelante, prendidas sus garras sobre el
-vellón iba uno de los cuervos y de igual modo el otro se dejaba llevar
-por la que iba atrás de todas.
-
-Era risueño el caso, y no obstante Alarcón no sintió ganas de reír,
-cuando los ojuelos de uno de los cuervos, como dos pequeños brillantes
-negros se posaron sobre él.
-
-Atardecía rápidamente, y debieron apretar el paso para no extraviarse
-en el sauzal, si los tomaba la noche antes de haber alcanzado las
-barcas.
-
-En aquellos terrenos bajos no era fácil hallar los senderos, por donde
-podían pasar sin hundirse en las aguas muertas de los bañados.
-
-Debían a más carnear la vaca y asar la carne en una hoguera y esa
-operación preocupaba a Alarcón porque el fuego en la noche podía atraer
-sobre ellos algunas de las partidas de policianos que solían recorrer
-la laguna Setúbal y llegar hasta el arroyo de Leyes, a caballo unas
-veces por la costa y otras en un vaporcito del puerto siguiendo el
-curso del río.
-
-La noche caía rápidamente, porque en esa estación los días eran cortos.
-
-Llegaron al sauzal con las últimas luces del crepúsculo.
-
-Estaba silencioso y sólo se oía el ruido de los pájaros asustados que
-levantaban el vuelo, atropellando las ramas.
-
---Es raro--dijo Alarcón.--¿Nos habremos perdido?
-
-El indio lo miró y los ojos le brillaron en la sombra.
-
-Alarcón echó a correr hacia la orilla del río. No se veía a nadie.
-Saltaba sobre los camalotes que cedían como un colchón bajo sus pies.
-Extrañaba el silencio, porque estaba seguro de haber dejado a su gente
-en esa dirección, y de no verla, por lo menos debía oír el ruido de las
-hachas cortando la leña.
-
-Cuando llegó al borde de la isla, que lamía el riacho curvo y lento,
-al sitio mismo donde fondearon las chalanas, lo que se conocía por
-estar las carrizas pisoteadas y sembrada la tierra de varas de sauce
-cortadas, soltó una maldición.
-
-Las lanchas habían desaparecido y sobre el agua, tersa como un cristal
-negro, a esa hora, no se divisaba hacia ningún rumbo la mancha más
-obscura, que en la noche,--que envolvía ya todas las cosas,--le hubiera
-indicado la presencia de sus embarcaciones.
-
-
-
-
-VIII
-
-El baile de Montarón
-
-
-Temprano, en la noche del baile, se encendieron las guirnaldas de
-faroles que corrían a lo largo de las cornisas, llenando la calle de
-luz.
-
-En la casa de Montarón, el piso bajo estaba destinado a la familia. Se
-subía a los salones del baile, situados arriba, por una ancha escalera
-de caracol, adornada esa vez con flores y cubierta por un camino
-rojo de tripe, hasta una galería interior cerrada con una mampara de
-cristales.
-
-Allí se abrían las tres anchas puertas del deslumbrante salón, que
-ocupaba todo el frente de la casa, y se doblaba en dos alas, a cada
-extremo, constituídas por varios saloncitos suntuosos, dispuestos
-para el ambigú los de la derecha, y los otros para la tertulia de las
-señoras mayores o de los hombres que no gustaban de la danza.
-
-Las ventanas del corredor de la calle estaban cerradas, mas alcanzaba
-a oírse la algazara de los curiosos agolpados abajo, en el pórtico,
-sirvientes del barrio en su mayoría, que daban las buenas noches a cada
-pareja que entraba.
-
-Poco a poco, a medida que se animaba la escena, fueron estrechando
-el cerco, hasta bloquear totalmente la puerta del zaguán, con zócalo
-de mármol blanco, que reflejaba la luz de un gran farol de bronce,
-pendiente del techo.
-
-Hacia las nueve de la noche habían comenzado a llegar los invitados.
-
-Era lo más distinguido de la sociedad de Santa Fe.
-
-Las damas en cabeza, para lucir mejor los altos peinados; y con amplios
-y crujientes vestidos de seda; escotadas las jóvenes y aun algunas que
-habían dejado de serlo; y los hombres de frac y chistera, envueltos en
-sus capas.
-
-Con una nerviosa solicitud, hacía Montarón los honores de la casa.
-
-Atravesaba pausadamente, con una dama del brazo, el vestíbulo iluminado
-por los faroles chinescos colgados de las ramas de los naranjos, en el
-patio inmenso como una huerta; subía la escalera, y después de cambiar
-algunas palabras corteses arriba, en el gran salón, bajaba, saltando de
-dos en dos los escalones.
-
-Su fisonomía habitualmente regocijada, tenía esa noche un sello visible
-de preocupación, y el mismo empeño que ponía en disimular, había
-chocado a Syra, la cual seguía a su padre, en todos sus movimientos,
-con ojos angustiados.
-
-Rasurado prolijamente, pequeño, y rosado como un jovencito, su
-fisonomía no era ciertamente la de un conspirador, y el mismo Jarque,
-observándolo esa noche, no estaba seguro de que al rededor de aquella
-movediza personilla pudiera tejerse una revolución.
-
-El jefe de policía llegó temprano, con su secretario, el teniente Borja.
-
-Montarón, que se sentía espiado por su hija, para desorientar sus
-sospechas se puso a hablar con Jarque, mientras ella más tranquila
-junto a su novio, paseaba de su brazo por el salón.
-
-La luz de las arañas de caireles, doraba su negra cabellera, recogida
-en un peinado bajo y prendida sobre la nuca, con dos o tres alfileres
-de brillantes.
-
-La inquietud de esa tarde, manteníala aún aturdida y apasionada,
-fulgurantes los magníficos ojos, que habrían querido penetrar en las
-almas para ver qué nefastos designios se ocultaban en ellas, que
-pudieran hacer peligrar la vida del hombre que amaba, en cuyo brazo
-firme se apoyaba su mano trémula.
-
-Borja sabía, que por falta de nuevos indicios, los recelos de Jarque
-habían disminuído, y confiado en su sagacidad sólo pensaba en la gloria
-de esa fiesta, en que Syra mostraba su amor a los ojos de todos los que
-pudieran haber dudado.
-
-Festejábase su compromiso, y las amables visiones con que se llenaba
-su espíritu, no daban lugar a las sombrías sospechas que su novia le
-sugiriera esa tarde.
-
-Conocíanse todos los hombres que podían entrar en la revolución, por lo
-cual, a cada nuevo concurrente que llegaba al salón, Borja, habituado
-a su oficio, indagaba si era de los sospechosos, sin interrumpir, no
-obstante su charla con Syra.
-
-Don Servando Bayo entró de los primeros con el doctor Pizarro, su
-ministro.
-
-Llegó de rigurosa etiqueta, correcto y tranquilo, y Syra viéndolo se
-sintió aliviada.
-
-Un momento después llegó Cullen, a quien seguía la mirada cautelosa
-de Jarque, situado afuera del salón, en la galería de cristales,
-conversando con Montarón, mas sin perder un solo gesto de los hombres
-que le interesaba vigilar.
-
-La fisonomía despreocupada de Cullen, sus maneras afables,
-distinguidas, su palabra suave, superficial y amena con las damas,
-desorientaban toda sospecha.
-
-Acercóse a los novios y al cumplimentarlos su voz fué tan natural que
-Borja sintió desvanecerse sus últimos recelos, y al apartarse de él,
-buscando el refugio discreto de uno de los salones de las alas, donde
-podía hacer sus confidencias a la niña, le dijo, aludiendo por primera
-vez en el baile, a las alarmas que ella le confiara esa tarde:
-
---Ya ves, Syra; si Cullen está aquí, siendo el jefe de los opositores,
-es porque nada se prepara. ¿Estaría así, tan afable y tranquilo si
-hubiera el peligro de una revolución?
-
-La mano de Syra temblaba. Alta, maravillosamente esbelta, vestida de
-blanco, pálida por una emoción que, a pesar de esas buenas razones no
-podía dominar, permanecía de pie al lado de él, que se había sentado en
-un sillón invitándola.
-
-Él no pudo ver quién era el que entraba al salón, haciendo cesar el
-rumor de las conversaciones, de tal modo que sólo se oía la música de
-la orquesta en la galería de cristal; pero ella, atenta a los detalles
-de la fiesta, sintió como un golpe en el corazón, pues lo que faltaba
-para confirmar sus sospechas, era la presencia en la ciudad del capitán
-Insúa, y era él, precisamente, el que acababa de entrar.
-
-Borja, a quien Jarque le había confiado el encuentro de la noche
-anterior a la puerta de la escuela, se alzó del sillón, calmoso y
-tranquilo, cuando Syra, con los labios apretados por la nueva emoción,
-le dijo:
-
---¡Insúa! ¡Allí está Insúa! ¡Oh, Dios mío!
-
-Hacía más de un año que Insúa no venía a la ciudad, y no obstante su
-vida de hombre de campo, era en los salones un perfecto caballero que
-llevaba con fácil elegancia el traje de etiqueta y dominaba todos los
-secretos de la cortesía.
-
-Jarque al verle llegar sintió que se derrumbaba el laborioso edificio
-de sus conjeturas, porque si Insúa estaba allí, vestido de frac;
-si tenía a su lado a Montarón, que le contaba prolijamente cómo se
-injertaban los rosales; si Cullen se pajeaba en el salón atendiendo a
-las damas, todos con la más natural despreocupación, era porque el
-temido complot sólo existía en su imaginación.
-
-Para no prolongar su actitud de vigilante, con un poco de despecho,
-abandonó su sitio junto a la puerta de la galería y entró al salón.
-
-La orquesta, cuyos principales elementos había hecho venir Montarón de
-Buenos Aires, empezaba a animar el ambiente con sus piezas de baile.
-
-Tocó lanceros y se formaron las parejas para sus elegantes y armoniosas
-figuras.
-
-Syra y su novio ocuparon un sitio frente a Insúa, que parecía absorto
-en decir gentilezas a su compañera en la danza.
-
---Si debiéramos temer algo--murmuró Borja al oído de la hija de
-Montarón--Insúa no estaría aquí. Es el brazo derecho de Cullen y el
-verdadero jefe de todos los ataques de caballería.
-
-Syra tranquilizada por aquellas razones, miraba al arrogante caudillo,
-que en las combinaciones de la danza, le daba la mano para acompañarla
-en algunas figuras.
-
-Habría deseado saber, si ya no era para esa noche, para cuándo serían
-los siniestros designios que se ocultaban en aquella altiva cabeza
-juvenil y enérgica, que los saludaba con tanta gracia, al pasar por su
-lado, a ella y a su novio.
-
-Insúa, desde que entró en el salón, comprendió que algunos ojos lo
-vigilaban.
-
-En un rincón, Jarque sentado, parecía dormitar, pues según su
-costumbre, entornaba los párpados. Insúa, no obstante esa disimulada
-apariencia, sentía sobre él la mirada del jefe de policía.
-
-En otro lugar, Bayo, con Cullen y Montarón, atendía algunas damas
-indiferentes al baile.
-
-Insúa miraba de cuando en cuando ese grupo. Iriondo no había llegado
-aún, y su tardanza le tenía inquieto, pues podrían verse obligados
-a modificar sus planes, si todas las cosas no pasaban como estaban
-previstas.
-
-Su misma presencia en la fiesta, no era lo que habría convenido, mas
-debió ir para despistar a Jarque, el cual, sin duda alguna, lo había
-conocido la noche anterior cuando entró él a la escuela, de regreso de
-la barraca de Fosco.
-
-Estando en la ciudad, más extraño habría sido no ir, que ir a casa de
-Montarón, al que lo ligaba una antigua amistad.
-
-De acuerdo los tres principales conjurados, se fijó la hora de la
-revolución.
-
-Insúa saldría del baile a las once, procurando no ser visto, y se
-reuniría con su gente en la orilla del río, y desde allí invadiría la
-ciudad, marchando sobre la policía.
-
-Antes de atacar, Insúa volvería a la sala de baile, para ayudar a sus
-amigos a caer sobre Iriondo y Bayo, y los hombres del gobierno, no bien
-sonaran los primeros tiros. Alarcón mandaría el asalto, y echaría un
-pelotón de hombres sobre la casa de Montarón, para ayudarles.
-
-La trama del complot era simple; y a Insúa sólo le preocupaba la
-ausencia de Iriondo, que por ser la verdadera cabeza del gobierno,
-podía hacer abortar los planes no concurriendo a la fiesta.
-
-Pero terminados los primeros lanceros, a cosa de las diez, cuando los
-caballeros agradecían a sus damas y las llevaban del brazo hasta los
-sillones colocados a lo largo de las paredes, se produjo un repentino
-silencio por la entrada de alguien.
-
-Era Iriondo; venía solo, circunstancia que no escapó a los
-revolucionarios, pues era ese un gesto habitual de él, cuando
-sospechaba que había peligro, y a fin de mostrar su valor personal o
-su presencia de espíritu; Montarón, más solícito que nunca le salió al
-encuentro, deshaciéndose en cumplimientos, que Iriondo acogía con una
-reservada cortesía, gustando la impresión que causaba con su presencia.
-
-No era ya la actitud algo bravía de Insúa, lo que atraía las miradas:
-era su manera superior de presentarse, natural y elegante, tranquilo
-y serio, correspondiendo todos sus ademanes, a motivos exteriores,
-sin que tuviera que sonreír ni saludar, para imponerse a los que lo
-rodeaban.
-
-Más de un año hacía que Insúa no se encontraba con él, y al verle así,
-tan dueño de sí mismo, adelantándose a saludarlo, a él que si no podía
-vencerle estaba resuelto a matarlo, sintió conmovida la confianza que
-hasta ese momento lo animaba.
-
-Montarón, inquieto y movedizo, exageraba visiblemente sus atenciones
-descuidando a los otros visitantes y provocando, sin duda, mayores
-sospechas en el jefe de policía, que se había vuelto a sentar en un
-rincón solitario, después de saludar a Iriondo.
-
-Cullen, acostumbrado a aquellas emociones, disimulaba perfectamente
-y en sus ademanes no se transparentaba nada que no fuese su finura
-de hombre culto, capaz de alternar sin esfuerzo con sus propios
-adversarios.
-
-Bayo parecía ignorarlo todo, atendiendo solamente lo que Pizarro le
-relataba con animada mímica.
-
-Ocupaban los dos un pequeño sofá de nogal acolchado de damasco, y
-sobre ellos caía la luz de un candelabro lleno de bujías, puesto a sus
-espaldas sobre una consola.
-
-Tenían al frente, sobre otra consola igual, un gran espejo que les
-permitía mirar todo el salón sin volver la cabeza.
-
-Iriondo con algunos amigos, se refugió en uno de los saloncitos, y su
-ausencia calmó un tanto los nervios de Insúa, que volvió a mezclarse en
-las danzas, con una ardiente fiebre de placer, como si la lucha cercana
-en que podía morir, no le preocupase, o redoblara su entusiasmo por
-gozar de aquellos fugitivos minutos.
-
-Montarón salió hasta la galería, por esquivar las pupilas de Jarque,
-cuyos ojos semicerrados nadie sabía dónde miraban, aunque él en todo
-momento sentía la impresión de que estudiaban cada uno de los gestos
-que él hacía.
-
-La hora en que habían convenido que Insúa saliera, estaba próxima y no
-se veía cómo podría abandonar el salón sin hacer notar su ausencia.
-
-El banquero empezaba a ponerse nervioso; desde la penumbra de la
-galería vió a Cullen, en apariencia tranquilo, conversando con algunas
-señoras, pero puesta la mano sobre el reloj, como si él también
-sintiera la ansiedad de los minutos que volaban.
-
-Montarón vió pasar a su hija, radiante, del brazo del joven militar, y
-empezó a torturarle un remordimiento, que durante el día lo acosara, y
-que ahora despertaba de nuevo en su corazón angustiado.
-
-Habían convenido los revolucionarios que en gracia de aquel amor, cuya
-fiesta servía a sus planes, pondrían empeño especial en ahorrar la vida
-de Carmelo Borja, pero aun así comprendíase el gran peligro que debía
-correr.
-
-Por encima de todas sus ambiciones, Montarón miraba a su hija, como
-el motivo de todas ellas. Y ahora que la suerte estaba echada, y
-pronunciada quizás, la sentencia de muerte de muchos de aquellos
-brillantes militares que llenaban el salón, presentía el rencor de la
-joven, perdurable y sangriento, cayendo sobre la cabeza de aquel que
-atentara contra la vida de su novio.
-
-Conocía su temperamento ardoroso, capaz de madurar en silencio una
-venganza y comprendía que él mismo no escaparía al encono de esa alma
-apasionada, si por obra de él se desgarraban las ilusiones de aquella
-hermosa noche de fiesta.
-
-Por un momento con el corazón oprimido, deseó el fracaso del complot.
-
-Se sintió viejo por el amor de su hija, a quien había vuelto a tener a
-su lado, después de muchos años de ausencia, y estimó la paz de su vida
-cerca de ella, en mucho más que sus inquietas ambiciones políticas.
-
-Miró el reloj y vió que sólo faltaban algunos minutos para las once.
-
-Iba a entrar al salón, cuando desde el lugar en que estaba oyó la voz
-de Jarque, hablando a su hija.
-
---Si usted canta "El Ciprés", yo le acompaño en el piano.
-
-El jefe de policía era apasionado por la música, y sus gustos,
-en armonía con los de la época, le hacían preferir las canciones
-románticas y tristes, que se cantaban como salmodias desgarradoras.
-
-Tocaba regularmente el piano, y entre todos los versos que había
-oído cantar a Syra, con su espléndida voz, llena de sentimiento,
-escogía siempre esa endecha lacrimosa del Ciprés, en cuya sombra se
-transformaba el alma vengativa del amante muerto y olvidado.
-
-Syra recordó el pedido que esa tarde le hiciera su novio; eran hermosos
-los versos de Goyena: "Cuentan los sabios que la blanca luna..." pero
-gustábanle más los del "Ciprés", y esa noche sentíase llevada por
-fuerzas misteriosas, a cantar su invencible tristeza.
-
-Montarón asistiendo a la escena, comprendió que si Jarque iba al piano,
-Insúa aprovecharía su descuido para salir sin ser visto, y los sucesos
-que un instante había deseado que no ocurrieran, sólo dependerían ya de
-la mano de Dios.
-
-Vió levantarse al jefe y cruzar el salón con su desairada figura, y
-por una reacción de su temperamento versátil, pensó que era mejor que
-sucedieran las cosas que con tanta audacia habían preparado, para
-derrocar el gobierno que execraban.
-
-Después de todo Borja era militar y sabría defenderse, y él mismo en su
-casa, hallaría manera de salvarlo.
-
-Por encima del frac tocó disimuladamente su revólver.
-
-Estaba dispuesto a jugarse la vida para que la parte del programa
-confiada a él, que era apresar a Bayo, se ejecutara con toda perfección.
-
-Allí cerca, en el patio sombreado por los naranjos, ocho o diez
-paisanos, llegados la noche anterior, e introducidos por él mismo en la
-casa sin que nadie los viera, aguardaban su señal, mezclados entre el
-grupo denso de curiosos que había invadido el zaguán, y se derramaba ya
-por las galerías.
-
-En cuanto sonaron las cuerdas del piano bajo los dedos de Jarque, Insúa
-salió del salón.
-
-Envuelto en su capa, a fin de ocultar el frac, con un chambergo en
-lugar del sombrero de copa, escurrióse hasta la huerta para salir por
-la escuela de don Serafín, de modo que los policianos de Jarque, de
-guardia frente a la casa de Montarón, no pudieron notar su escapada.
-
-Syra había empezado a cantar con una voz extraordinariamente conmovida:
-
- Si por mi tumba pasas un día
- y amante evocas el alma mía,
- verás un ave sobre un ciprés;
- habla con ella, que mi alma es.
-
-De pie, al lado de Jarque, su admirable figura de blanco, con pequeño
-escote, y al cuello un collar de perlas que parecían desgranar sobre
-el hermoso pecho su oriente sedoso y viviente, Syra hacía temblar el
-corazón de su novio.
-
-Y si aquella alma encarnada en el ave del ciprés no fuera la de ella
-sino la de él, ¿cuál sería el destino de la hermosa joven que lo amaba?
-
-Si él moría, pensaba Borja, ella algún día, cuando lo hubiera olvidado
-sería de otro.
-
-La idea de la muerte que evocaba en su canto se le hizo cruel como
-nunca. Pensó que podían ser verdad los oscuros presentimientos de Syra.
-Miró a su alrededor buscando a los jefes de la oposición, para ver si
-alguien faltaba, y notó inmediatamente la ausencia de Insúa.
-
-Vió a Iriondo y a Bayo, en un grupo, conversando de cosas que parecían
-absorber toda su atención, porque se habían retirado al fondo de uno de
-los saloncitos.
-
-Syra seguía cantando y era tal la sugestión de su voz, que los
-concurrentes se acercaban poco a poco al piano para no perder una nota
-de la triste canción:
-
- Si tú me nombras, si tú me llamas,
- Si allí repites que aún me amas,...
-
-Borja se imaginó a Insúa corriendo por las oscuras calles para reunir a
-su gente.
-
-Aguzaba el oído y parecíale sentir el rumor de pasos de una patrulla,
-ahogado por doliente música, en que temblaba el alma de su novia.
-
-Aproximóse a Jarque arrebatado por el espíritu romántico de los
-fúnebres versos, y le tocó en el hombro.
-
-Jarque lo miró con mirada abstraída y sin pensamiento y siguió haciendo
-correr sus dedos sobre el armonioso teclado.
-
-Por no alarmar a Syra, no se atrevió a insistir y aguardó angustiado el
-final de la canción.
-
-Cuando la niña, con los ojos llenos de lágrimas se volvió hacia él,
-después del último verso, el joven teniente le dijo:
-
---Ahora, algo menos triste, los versos de Goyena: "Cuentan los sabios
-que la blanca luna..."
-
-Jarque se había levantado, porque Syra iba a cantar acompañándose ella
-misma.
-
-Cuando la vió sentarse en el pequeño taburete del piano, Borja
-aprovechó la ocasión para hacer notar al jefe la ausencia de Insúa,
-indicio grave, sin duda.
-
-Rápidamente Jarque resolvió lo que debían hacer.
-
---Te vienes tú conmigo, sin decir palabra.
-
-Y así, mientras Syra comparaba sus miradas con la fuerza misteriosa de
-la luna que mueve las aguas del mar, Jarque y su secretario, salían del
-salón, se envolvían en sus capas y se echaban a la calle.
-
-En la esquina del Cabildo se acercó Jarque a dos de sus agentes de
-policía, encargados de vigilar la casa de Montarón: estaban alerta y
-fumaban para matar el tiempo.
-
---¿No habéis visto a nadie?
-
---No, señor jefe.
-
---¿Nadie ha salido del baile?
-
---Nadie, señor.
-
---Sin embargo, hay una persona que no está allí. Os habréis dormido.
-
-Los serenos guardaron silencio. Uno de ellos dijo luego:
-
---Por la puerta no ha salido nadie. Si alguien falta puede haberse
-escondido en la casa misma o haber salido por los fondos.
-
-Borja que oía sin decir palabra, mirando hacia la plaza en cuya esquina
-estaban, agarró de pronto el brazo de Jarque y le mostró un bulto que
-cruzaba furtivamente por el lado opuesto, y que se destacaba entre
-los troncos de los paraísos, sobre el fondo claro de una casa recién
-blanqueada.
-
-Echaron a correr los dos, con la sospecha de que les interesaba detener
-a aquel transeúnte trasnochador.
-
-Jarque sereno y valiente, sacó su revólver para llevarlo presto.
-Borja a quien el espadín colgante al cinto le estorbaba al andar, lo
-desprendió tomándolo en la mano, pronto a desnudarlo.
-
-De reojo observaba a Jarque, el cual marchaba ágilmente a su lado,
-cojeando mucho, pero sin ruido, como si anduviera en puntas de pie.
-Fruncía el ceño para ver mejor y estiraba el pescuezo, con una ansiedad
-de lebrel que persigue su presa.
-
-Su instinto, más seguro que su vista, le hacía comprender que era Insúa
-el bulto que al llegar ellos al centro de la plaza desapareció como si
-lo hubiera tragado la tierra.
-
-Y era Insúa, en verdad, que había penetrado en la casa de don Serafín
-Aldabas, salvando las tapias de la huerta por el mismo camino que solía
-hacer Montarón.
-
-Ágil y fuerte como era, saltaba los obstáculos apoyándose en los puños,
-sin mancharse apenas el frac.
-
-Tenía empeño en volver intacto a la sala del baile, para encargarse
-él mismo de apresar a Iriondo, y era necesario que ninguna huella
-sospechosa de aquella correría quedara en su traje.
-
-Al llegar al jardín de la escuela, en la sombra de la galería del Sur,
-divisó la silueta gentil de Rosarito, que velaba a esa hora, sentada en
-la silla hamaca de su padre, pensando o rezando.
-
---¿Sos vos, Francisco?--le dijo la niña acercándosele;--habría tenido
-miedo, si en estos días no me hubieras acostumbrado a tus misterios.
-
-La dulzura de aquella frase en que la niña se asociaba secretamente a
-sus empresas, penetró en el corazón turbulento del revolucionario, que
-se sintió inundado por una ola de afecto hacia la compañera de su niñez.
-
-Ésta volvía a hablar. Él le tomó una mano, fría por la emoción, entre
-las dos suyas ardientes como si tuviera fiebre.
-
---¿Ha concluído ya el baile?
-
---No; si hubieras ido...
-
---Esas cosas no son para mí--observó ella, y agregó, deseosa de entrar
-en el secreto de aquella vida que amaba--¿por qué has salido?
-
-Insúa queriendo llevarse como un talismán que le diera suerte los votos
-de la niña, le contestó al oído:
-
---¡La revolución! Dentro de media hora, seremos dueños del Cabildo.
-Piensa en nosotros, Rosarito...
-
-Ella, que sospechaba la existencia de la conspiración tembló, sin
-embargo, como una copa de cristal sobre la que estalla un trueno.
-
---¡Dios mío!--exclamó apretando con sus manos las del joven
-revolucionario--¡Francisco, Francisco! ¿y si no volvieras más?
-
---Volveré--respondió él, que tenía fe en su estrella.
-
-Rosarito se sintió ganada por la misma confianza que a él lo animaba,
-pero pensó que su vida brillante se alejaría más, con el triunfo, de la
-humilde existencia de ella.
-
-Feliz, no obstante, con las cosas que a él le regocijaban, le deseó la
-victoria y como él sintiera en su mano la caricia tibia de una lágrima
-de ella, que lloraba en la sombra, sin que pudiera ver sus ojos azules
-anegados en llanto, saboreó de nuevo aquella ola de misteriosa dulzura
-que lo acercaba a ella.
-
-Y para templar mejor su espíritu la tomó en los brazos, la apretó
-contra su pecho vigoroso, y la besó en los labios, que sonrieron a
-través de las lágrimas, sonrisa que tampoco él vió, y que fué en el
-alma solitaria de la niña, como una estrella que se levanta.
-
-
-
-
-IX
-
-El pañuelo rojo
-
-
-La puerta de la escuela se cerró sin ruido tras aquel bulto negro, que
-se perdió inmediatamente entre los paraísos de la plaza.
-
-La gente de Insúa aguardaba la señal del ataque en la barraca de Fosco.
-
-Las chalanas que mandaba Alarcón se habían atrasado, y un día entero se
-las esperó con temor de que no llegaran a tiempo.
-
-Fosco veía en aquella tardanza maniobras de José Golondrina, cuya
-lealtad desconfiaba; pero la verdad era otra.
-
-Cuando Alarcón y el indio José llegaron, arreando la vaca, a la orilla
-del arroyo de Leyes, encontraron que las chalanas y la gente habían
-desaparecido.
-
-Era de noche ya y las pesquisas para averiguar el rumbo que hubieran
-tomado, se hacían imposibles en el tupido sauzal que les cerraba el
-horizonte por todos lados.
-
-Alarcón, sin decir palabra, intentó treparse en uno de los sauces más
-altos, para escudriñar el río, que de una gran anchura allí, y lleno de
-curvas y de isletas montuosas, aparecía en la obscuridad como un charco
-de agua quieta y negra.
-
-Lo detuvo la voz tranquila del indio que decía:
-
---Aquí está el gringo Moor.
-
-De un salto Alarcón se echó al suelo, y el joven le informó en voz baja
-como si temiera ser oído, lo que ocurrió durante su ausencia.
-
-Deseoso de arponear algunos sábalos, esa tarde para asarlos en la
-hoguera encendida en el montecito de algarrobos, él con un compañero
-conocedor de aquellos lugares, cruzaron el río en una de las canoas de
-las chalanas, buscando un sitio donde el bañado de la otra orilla era
-abundante en pescados.
-
-Llevaba la fija, arpón terrible con su hierro dentado y su mango de
-caña tacuara, que Moor empezó a manejar, no bien llegaron al lado
-opuesto, ensartando de un golpe recio los sábalos de estrecho lomo que
-nadaban a flor de agua entre las altas hierbas acuáticas.
-
-Al cortar así las aguas playas del bañado, avanzaron de nuevo hasta el
-río, curvo como una herradura, y a los rayos del sol que caía, vió Moor
-a breve distancia, una lancha blanca fondeada contra el sauzal.
-
-Dióle un vuelco el corazón, y se aplanó sobre la canoa para no ser
-visto, quedando oculto a medias entre las pajas que cubrían el bañado.
-
-La embarcación a la vista tenía una chimenea, y por ella conoció que
-era la lancha a vapor con que el gobierno vigilaba el puerto y la
-laguna y que a esa sazón remontaba los riachos para prevenir toda
-intentona por allí.
-
-Por el humo que arrojaba la chimenea sospechó el joven suizo que estaba
-lista para marchar, río arriba sin duda, y no esperó más para volver
-adonde había dejado las chalanas.
-
-A impulso de las palas, que movían echados en el fondo de la canoa,
-cruzó el bañado refulgente como una placa de oro a los rayos del sol
-poniente.
-
-En pocos minutos llegó, y ordenó a su gente que se embarcara, y con
-los largos botadores empezaron a contornear la costa de la isleta de
-la Casa de los Cuervos, cuyos sauzales podían ofrecerle un refugio en
-alguno de los profundos ramblones que se internaban en ella, como una
-bahía.
-
-Y así fué; cuando la lancha del gobierno pasó siguiendo el cauce del
-arroyo de Leyes frente al lugar en que habían estado fondeadas las dos
-chalanas de los revolucionarios, ya éstos se hallaban escondidos en
-un brazo del riacho, donde no podía entrar el vaporcito, por su mayor
-calado, y como el crepúsculo empezaba a difuminar el paisaje, ninguno
-de sus tripulantes advirtió la presencia de las embarcaciones.
-
-Alarcón apretó cordialmente la mano del bravo mocetón que los había
-salvado de aquella sorpresa, aunque en el encuentro, defendiéndose con
-sus hombres, habría podido vencer a los otros.
-
-Pero era arriesgar el éxito de la revolución, y valía más eludir todo
-incidente, que pudiera anunciar su paso, antes de que estuviera sobre
-la ciudad.
-
-El día estaba perdido, sin embargo; no era prudente echarse a navegar
-teniendo próxima la rápida embarcación, que no tardaría en regresar,
-porque una legua más arriba, no hallaría agua bastante para su calado.
-
-Era así preferible aguardar hasta la noche siguiente, en que con mucha
-probabilidad habría cesado la infructuosa vigilancia del río, para
-entrar en la ciudad una o dos horas antes del momento fijado para la
-revolución.
-
-Y fué ese el motivo que dilató un día entero la llegada de las fuerzas
-de Alarcón. A eso de las ocho de la noche, casi a la hora del baile,
-fondeaban ambas chalanas en el extremo Sur de la calle de la Matriz
-doblando, como se llamaba entonces a la calle de San Gerónimo.
-
-En la barraca de Fosco, adonde con infinitas precauciones fueron
-refugiándose uno a uno los revolucionarios, se reunieron más de cien,
-y aunque no todos bien armados, la aventura parecía tan bien dispuesta
-que ninguno dudaba del triunfo.
-
-A las once de la noche debía Insúa ir en su busca, para dirigir el
-ataque, pero la sospecha de que el complot no era ya un misterio para
-los de la policía, hizo variar un tanto aquel plan.
-
-Insúa se limitaría a dar breves instrucciones a su gente reunida en la
-barraca de Fosco; encargaría a Alarcón la dirección del ataque, y él
-regresaría a la sala del baile, para ayudar a sus amigos a apresar a
-Iriondo y a Bayo en cuanto sonaran los primeros tiros.
-
-Su presencia en la fiesta, mantendría a Jarque en la duda, sobre
-aquellos sucesos que presentía.
-
-No todo ocurrió, sin embargo, como él lo pensara.
-
-Su breve demora en el patio de la escuela, despidiéndose de Rosarito,
-dió tiempo a Jarque y a Borja para llegar a la plaza al mismo tiempo
-que él.
-
-Alcanzó a ver, en la noche clara, la silueta de aquellos dos
-hombres que aparecían en la calle de la esquina de Montarón, y para
-despistarlos, si acaso tenían intenciones de seguirle, corrió por el
-costado de la plaza, que daba sobre la casa de Iriondo, y dobló hacia
-el norte por la calle del Comercio.
-
-Allí dió vuelta a la manzana, y siguió corriendo como una sombra
-impalpable y silenciosa, unas cuantas cuadras hacia el poniente.
-
-De trecho en trecho se refugiaba en el hueco de algún portal o detrás
-de alguna de esas ventanas salientes, en las casas de las gentes
-acomodadas y miraba si alguien le seguía.
-
-Todo era silencio en la ciudad tenebrosa, dormida bajo el manto límpido
-de un cielo sin estrellas.
-
-Un viento suave del Sur traía dispersas armonías de la sala del baile.
-Volvió a correr, y cuando las casas de las aceras empezaban a ser más
-raras y pobres, y comenzaban los yuyales y los cercos de ramas de los
-suburbios, dobló hacia el Sur, siguiendo la franja sombría de un pencal.
-
-Los perros, que abundaban allí, ladraban a la luna que salía,
-destiñendo el azul intenso del horizonte.
-
-Debían de ser las once y media, y en la barraca de Fosco seguramente le
-aguardaban impacientes y listos para el combate.
-
-Fué a echar a correr, a la sombra de los tunales, cuando le pareció
-sentir un ruido metálico, como de una espada que se golpea.
-
-Calle derecha, hacia el norte, alcanzó a ver de nuevo las mismas
-dos siluetas de la plaza, y comprendió que eran vigilantes que lo
-perseguían y habían dado ya con su pista.
-
-Como no podía correr sin exponerse a ser visto, se metió por entre el
-pencal, defendiéndose con su capa de las espinas y aguardó que llegaran.
-
-Marchaban rápidamente, corriendo a trechos, y pasaron tan cerca del
-sitio en que Insúa se había escondido, que los pudo conocer, al uno
-porque rengaba al correr, y al otro, porque vió la contera de una
-espada asomar por debajo de la capa.
-
---¡El novio de Syra!--pensó el revolucionario, recordando con qué
-empeño Montarón les rogó que ahorraran su vida, si acaso entraba él en
-la lucha.
-
-Ese pensamiento le hizo vacilar, ante el proyecto que como un rayo de
-luz se le presentaba en ese instante. Debía seguirles, sin dejarse
-ver, y cuando estuvieran cerca de la barranca, saltar sobre ellos y
-matarlos, privando así al gobierno de sus mejores servidores.
-
-No quiso pensar más, para evitar la compasión que podía nacer en su
-alma, recordando la súplica de Montarón. Empuñó su revólver y cruzó de
-nuevo por debajo de los espinosos cactus y salió a la calle.
-
-Las dos siluetas se perdían ya a lo lejos, entre las sombras de los
-matorrales de la acera, donde crecían algunos corpulentos paraísos.
-
-Jarque y Borja, maravillados de la repentina desaparición de Insúa, se
-habían echado a correr, cuando al desembocar una calleja apareció la
-mole oscura y chata de la antigua barraca de Fosco.
-
-Jarque se detuvo y por primera vez se le ocurrió que ése podía ser el
-escondrijo de los revolucionarios.
-
-¿Cómo no lo habían pensado antes, sabiendo que el ex-colono de Helvecia
-vivía en un impenetrable misterio que les había hecho creer que era
-alguna inofensiva manía del hombre viejo?
-
-Se detuvo, agitado por la carrera, a unos cien pasos de la entrada del
-vetusto caserón.
-
---¡Que me lleve el diablo si no se ha metido aquí!--dijo con fastidio y
-entre dientes.
-
-Vaciló un momento entre avanzar o volverse, para traer un piquete
-con que rodear la vasta construcción, que se veía allí, reposando
-plácidamente bajo los rayos dorados de la luna que ascendía.
-
-Borja a su lado escudriñaba el caserío, por si algún indicio les
-revelaba lo que querían saber.
-
-De pronto un terrible empellón lo tumbó en tierra, y sonó un tiro. El
-fogonazo lo deslumbró, y cayó enredado en su larga capa, y el revólver
-que empuñaba en la mano izquierda saltó a varios pasos de allí. Tenía
-la espada en la derecha, y quiso incorporarse, a tiempo que Jarque, el
-cual no parecía herido, gritaba haciendo fuego contra Insúa, que se
-echaba sobre él.
-
---¡Ah! ¡misera...!--exclamó, y la palabra se rompió entre sus dientes
-apretados, y cayó herido en la frente por otro balazo cuyo estampido
-ensordeció a Borja, quien, ciego de furor, arremetió con su espada.
-
-Insúa vió el relámpago del acero y saltó como un jaguar; pero la punta
-penetró en el flotante paño de su capa, que se desprendió de sus
-hombros y cayó cubriendo al cuerpo palpitante de Jarque.
-
---Ríndase, no quiero matarlo--dijo con su voz breve y tranquila
-apuntando a Borja, que arrancó su espada con violencia y se echó de
-nuevo sobre su adversario.
-
-A la luz de la luna bañando la extensa planicie, en cuyo centro se
-desarrollaba la sangrienta escena, veíase a Insúa de frac, la blanca
-pechera, señalando el sitio en que debían herirle, y lleno de elegancia
-el gesto de su mano que empuñaba el revólver apuntando al joven
-teniente, que un momento se quedó paralizado ante aquella serenidad,
-que parecía atarle los brazos.
-
-En la cercana barraca de Fosco, el rumor de la lucha en la hora
-señalada para que estallara la revolución, despertó una extraordinaria
-inquietud.
-
-Los cien hombres allí encerrados corrieron a sus armas; los jinetes
-montaron en sus caballos asustados por el ruido y el movimiento y
-Alarcón y Fosco fueron hasta el portón de madera de la entrada, que
-tenía roído el borde de abajo, por donde el perro guardián sacaba el
-hocico y ladraba.
-
-Abrieron cautelosamente y como a cien pasos alcanzaron a ver el fulgor
-de la espada cortando el humo del segundo disparo.
-
-Alarcón reconoció a Insúa, comprendió que se batía y corrió, seguido de
-un grupo de hombres.
-
-Oyó el jefe revolucionario el tropel de su gente que corría, llenando
-la noche con el metálico rumor de las armas, y dijo a Borja, que había
-saltado por sobre el cuerpo de Jarque para coger su revólver que
-brillaba en tierra a dos pasos de allí.
-
---No se mueva o lo mato--y añadió con dulzura, sin dejar de
-apuntarle,--quiero que viva para su novia.
-
-El joven teniente sintió la penetrante ironía de aquella compasión.
-
---¡Cobarde!--gritó--¡A él lo has muerto a traición y yo lo voy a
-vengar!--y volvió a cargar con su espada sobre la blanca pechera que
-atraía sus furiosas estocadas, que el revolucionario esquivaba con
-ágiles movimientos.
-
-En un salto que dió Borja, asentó el pie sobre el revólver de Jarque, y
-antes que Insúa previniera su acción, arrojó la espada y alzó el arma
-del suelo.
-
-Insúa no pestañeó y de un balazo en el pecho lo echó por tierra.
-
---¡Oh, Dios!--exclamó Borja, abriendo los brazos y cayendo de espaldas.
-La capa, como una gran ala rota, quedó abierta debajo de su cuerpo. Era
-de paño azul, pero por su forro de terciopelo rojo, parecía una gran
-mancha de sangre, tiñendo el pasto verde que alfombraba la planicie.
-
-Alarcón y sus hombres llegaron en ese momento. Insúa con tristeza les
-señaló el cuadro y les dijo:
-
---No quería matarlo, pero él se empeñó.
-
-Cogió su revólver sin prisa, como si todo peligro hubiera pasado, y fué
-a recoger su capa negra, echada como un manto fúnebre sobre el cuerpo
-aún tibio de Jarque. La sacudió y se envolvió en ella.
-
-Dió sus órdenes precisas; la gente debía marcharse enseguida y atacar
-el Cabildo. Un piquete debía al mismo tiempo invadir la casa de
-Montarón, adonde él habría llegado ya, para ayudar a sus amigos.
-
-Y con esas palabras separáronse dejando sobre el campo verde los dos
-cuerpos inmóviles que la luna envolvía en su luz impasible.
-
-Por la acera sombría de la calleja que trepaba la barranca, se adelantó
-Insúa casi corriendo.
-
-Tan rápida fué la escena, que no le parecía verdad que en unos minutos
-hubiera suprimido el mayor de los obstáculos con que tropezaban los
-planes revolucionarios, aquella implacable vigilancia de Jarque, que
-estuvo a punto de desbaratar todo el complot.
-
-Llegó a la esquina de la calle del Cabildo.
-
-Era menor el número de los curiosos agolpados a la entrada de la casa
-de Montarón. El sueño y el frío de la noche, habían ahuyentado a
-muchos, y los que aún quedaban, yacían dormidos contra los pilares o
-en los rincones del zaguán, esperando que la fiesta concluyera, para
-acompañar, algunos a sus amos, otros a quien quisiera aceptar sus
-servicios, alumbrándoles el camino con un farolillo de aceite.
-
-Los dos vigilantes apostados en la entrada, cabeceaban rendidos de
-cansancio y no vieron pasar a Insúa, que subió tranquilamente hasta la
-sala de baile, llena de la enervante armonía de una vieja mazurca.
-
-En la galería de cristales, donde estaban los músicos, se despojó de su
-capa, y fué a entrar al salón, cuando una mano vigorosa lo detuvo por
-el brazo.
-
-No era un gesto afectuoso, ni era violento u hostil; mas Insúa se
-volvió con ira para ver quién era.
-
-Hallóse con Iriondo, a cuyo lado debió pasar, pero a quien no había
-visto.
-
-Mirábalo con aquella serena mirada que se imponía aun sobre los que por
-primera vez se encontraban con él, y podían ignorar su prestigio y su
-poder.
-
-Le soltó el brazo y le tomó de la mano que Insúa no se atrevió a
-retirar, para no comprometer sus planes con alguna intempestiva
-brusquedad.
-
---Hay allí--le dijo Iriondo en voz baja, señalando el salón--una niña
-que pregunta por su novio, que salió con usted.
-
-La mayor parte de los farolillos chinescos que iluminaban el patio y
-la escalera se habían consumido, y aquel lugar en que estaban los dos
-hombres, quedaba en la penumbra, fuera del cuadro luminoso de la puerta.
-
-Pero Insúa alcanzó a discernir en el gesto y en la mirada de Iriondo
-una sagaz intención, y respondió exagerando la calma que empezaba a
-perder:
-
---Yo no he salido con ningún novio, doctor Iriondo.
-
---¿Ha salido solo?
-
---Solo.
-
---Yo ando siempre así--observó el jefe de los gubernistas, abandonando
-la mano de su adversario--sobre todo cuando me dicen que hay peligro en
-andar solo.
-
-Pasó un breve momento de silencio.
-
-Insúa no encontraba respuesta que dar, temiendo siempre delatarse y
-echaba de menos la serenidad con que pensaba y ordenaba sus ideas en
-medio de una batalla. ¿Por qué, pues, no lograba dominar la impresión
-que aquel hombre le causaba con sus frases intencionadas?
-
-Para librarse de la presencia de Iriondo que lo desconcertaba, fué a
-entrar al salón, pero él lo detuvo de nuevo, con el mismo gesto sin
-violencia, que no podía rechazar.
-
---¿Va a entrar así? ¿No ve cómo está manchada su pechera?
-
-Insúa miró la alba pechera de su camisa y se puso pálido.
-
-Una gran mancha roja ocupaba toda la parte baja, donde se abotonaba el
-chaleco.
-
-Se volvió bruscamente, evitando la luz, y dijo sacando del bolsillo un
-pañuelo de seda color escarlata:
-
---Llevaba aquí el pañuelo y al lavarme seguramente lo he mojado y se ha
-desteñido...
-
-Había perdido completamente su calma y la voz le temblaba.
-
-Con ansia esperaba que sonara el primer tiro frente al Cabildo para
-arrojarse contra aquel hombre más temible por su serenidad que por su
-fuerza.
-
-Iriondo sonreía.
-
-En este momento apareció en la puerta del salón, por donde se veía el
-cuadro brillante del baile, la magnífica figura de Syra.
-
---¡Ah, Insúa!--exclamó al verle, acercándosele con un apasionado
-interés, mientras él se acomodaba con mano trémula, el pañuelo rojo
-sobre su manchada pechera.--¿No salió el teniente Borja con usted?
-
-Insúa se estremeció. Una inmensa angustia se pintaba en aquella
-hermosa cara, y la voz temblaba como una imploración.
-
-Dominó violentamente sus nervios, se acercó a la joven que esperaba su
-respuesta con una indescriptible ansiedad, y le ofreció el brazo, que
-ella no aceptó, volviendo a preguntarle:
-
---¿No salió con usted, capitán? ¿Verdad que no salió con usted?
-
-El estampido de una descarga apagó brutalmente la armonía de la
-orquesta.
-
-Se produjo un remolino en la concurrencia del salón. Sin preocuparse de
-su compañera que se había erguido al rumor de la lucha, y le increpaba
-preguntándole por su novio, Insúa corrió a la galería para arrojarse
-sobre Iriondo, mas éste previó su ataque, cerrándole el paso, y en un
-ademán siempre mesurado y amistoso, con el brazo izquierdo lo tomó por
-la cintura, lo llevó hacia afuera y tranquilamente le dijo:
-
---Explíqueme qué es eso.
-
-Y como Insúa quisiera librarse de aquel abrazo, Iriondo con mucha
-calma alzó su mano derecha en que tenía un revólver, se lo puso a dos
-pulgadas de la frente, y le volvió a hablar con su palabra serena e
-imperiosa:
-
---Si se mueve, lo mato.
-
-A la primera descarga, sucedió un vivo tiroteo, y la calle oscura se
-iluminó con la luz de los fogonazos, llenándose a la vez con el humo
-acre de la pólvora.
-
-El tropel y la gritería de los que invadieron la casa, y el estrepitoso
-tumulto que se alzó en el salón, cuyas puertas se cerraron con
-violencia, dejando en la sombra la galería de cristales, de donde los
-músicos huyeron, permitió a Insúa alejar de un manotón el revólver que
-le amenazaba.
-
-Salió el tiro sin herirle y él con su gran fuerza, se zafó del terrible
-brazo de Iriondo, mas al echarse atrás buscando su propio revólver en
-momentos en que volaban hechos trizas los cristales de la galería,
-invadida por una ola de gentes, revolucionarios y gubernistas,
-mezclados con los soldados de Jarque que no distinguían a unos de
-otros, constató que Iriondo se lo había sustraído al pasarle la mano
-por la cintura.
-
---¡Ah, traidor!--exclamó con impotente rabia, sintiéndose desarmado, y
-como a una orden del jefe de los gubernistas, cuya alta figura dominaba
-a todos, los soldados se echaron sobre Insúa, éste dió un empellón
-a los que le cerraban el paso, y no pudiendo bajar por la escalera,
-atropelló la puerta del salón, que se abrió con estrépito, cruzó el
-recinto que era una colosal batahola de hombres que luchaban y damas
-que parecían muertas sobre la alfombra, salió al balcón y encaramándose
-hasta la balaustrada saltó hacia el tejado de la casa vecina, buscando
-un sitio por donde echarse a tierra para tomar su puesto en el combate
-contra el Cabildo.
-
-
-
-
-X
-
-La noche trágica de Syra
-
-
-A la primera descarga, Syra, intensamente pálida, con los ojos
-dilatados por el terror, se llevó la mano al corazón, sintiendo una
-gran angustia y se abatió sobre un sillón, llorando como un niño
-castigado. ¡No había ya remedio!...
-
-Las demás mujeres, sorprendidas por la revolución, se agruparon en la
-sala del ambigú, para escapar de las balas que empezaban a entrar por
-las maderas del balcón, destrozando los cristales. Algunos hombres las
-atendían, pocos, porque casi todos habían bajado al patio donde el
-tumulto era indescriptible.
-
-En el salón, con sus muebles revueltos y sus puertas cerradas por
-Montarón, sólo quedaban Cullen y Bayo, sentado éste, pálido y ceñudo,
-comprendiéndolo todo, pero sin hacer un gesto que pudiera provocar una
-violencia, y el otro de pie, a su lado, atento a los movimientos de su
-prisionero.
-
-Por un resto de cortesía, Montarón no se acercaba a su huésped
-traicionado. Iba hasta el grupo de las mujeres enloquecidas, preguntaba
-por doña Celia, desmayada, miraba a su hija llorando, con la cara
-escondida y volvía a la puerta que de afuera golpeaban de cuando en
-cuando, sin lograr abrirla.
-
-Pensaba en la suerte de Iriondo, apresado seguramente por Insúa en la
-galería de cristales.
-
-En la plaza, frente al Cabildo se batían los revolucionarios contra los
-policianos que respondían con un vivo tiroteo. Una bala dió en la araña
-del centro del salón y desprendió un manojo de caireles hechos trizas.
-
-Montarón miró a su hija, que al sentir el ruido de los cristales rotos
-se puso de pie, y muda, dominando una desesperación que hacía dar
-gritos a las otras mujeres, corrió a la puerta de la galería, en donde
-resonaban de nuevo furiosos golpes.
-
-Su padre abrió los brazos para contenerla, pero ella lo rechazó con un
-solo ademán que a él le heló la sangre en el corazón.
-
---¡Hija mía!--exclamó él, y ella bruscamente como si aquel grito le
-volviera el sentido y la esperanza, sintiendo una inmensa necesidad de
-consuelo, se volvió a él y se echó llorando sobre su pecho.
-
-Él no habló, porque le acosaba el remordimiento de aquel dolor
-silencioso en que había anegado a su hija.
-
-Nada sabía aún de lo que le habría pasado, mas tenía el presentimiento
-de que la desgracia de ella iba a ser su desgracia.
-
-Fué en ese momento cuando se oyó que en la galería crecía el bullicio,
-y se sintió desembocar una oleada de gente que Montarón creyó amigos
-por lo que abrió la puerta del salón, apartando suavemente a su hija.
-
-Y esa maniobra salvó a Insúa, el cual, acosado por Iriondo, que había
-sabido prevenir su asalto, y vencido por el número, cruzó como un
-relámpago hacia el balcón, a donde Syra lo siguió mezclada entre los
-hombres que le perseguían y segura de que él podría decirle dónde
-estaba su novio.
-
-Pero al verle saltar la balaustrada y disparar por los tejados vecinos
-hacia la plaza, iluminada por el fogonazo de las descargas quiso
-seguirle, como si su esperanza huyera con él, mas alguien la contuvo y
-entonces echó a correr, a través del salón, buscando la escalera del
-patio sin detenerse a ver lo que ocurría a su padre y a Cullen rodeados
-ya por gentes de la policía, que Iriondo mandaba con voz serena y
-ademanes precisos.
-
-Un poco más pálido, el cabello más revuelto, la mirada más brillante,
-eso era todo lo que en él se podía notar de extraordinario. Bayo a su
-lado, puesto de pie ya, sin decir palabra, apoyaba esas órdenes con sus
-gestos.
-
-Despeñándose casi por la escalera sembrada de flores desprendidas de
-las guirnaldas, llegó Syra al zaguán, y como a nadie viera, salió a la
-calle y corrió hacia la plaza, donde era la lucha.
-
-Veía las cosas nubladas por el humo acre de la pólvora que se le
-agarraba a la garganta, y los fogonazos, que brillaban como entre una
-neblina, apenas servían para guiarla, con su luz despiadada. Al llegar
-a la esquina estuvo a punto de ser envuelta por un pelotón de hombres
-que desfilaban a lo largo de las paredes guareciéndose de los tiros que
-llovían de todas partes.
-
-Eran revolucionarios y marchaban sobre la casa de Montarón en auxilio
-de los amigos.
-
-Uno de ellos se detuvo al ver a Syra. Fué un segundo no más, por
-mirarle la cara.
-
---¿El teniente Borja?--le preguntó ella juntando las manos.
-
-Y el revolucionario, que un rato antes había asistido a la rápida
-escena que tuvo lugar a pocos pasos de la barraca de Fosco, le contestó
-con una torpe sonrisa:
-
---¡Allá quedó, niña! junto al río.
-
-Syra no vió el ademán en que le indicaba el Sur y echó a correr hacia
-el Oeste buscando el río, a cuya orilla había ido por ese lado alguna
-vez.
-
-Pasó de nuevo frente a su casa que los revolucionarios invadían, oyó
-tiros y corrió con ansias, sin detenerse, hasta que dejó de sentir el
-siniestro silbido de las balas, que había ido persiguiéndola en su
-carrera como una pesadilla.
-
-Se detuvo un momento para organizar sus ideas.
-
-Parecíale, hundiendo los pies en el colchón de polvo de la calle que
-marchaba en sueños, y que ella misma, vestida de blanco con la negra
-cabellera desprendida y flotante, no era más que un fantasma.
-
-Oíanse las descargas en la plaza, y volviendo la cara podía ver el
-relámpago que precedía a cada estampido. El silencio de la noche
-agrandaba los lejanos rumores de la lucha. Y Syra sentía confusamente
-al pasar, que puertas y ventanas se abrían y cerraban con cautela.
-
-Por aquella parte las casas eran más raras y las calles más estrechas
-se dilataban hacia el Salado, bordeadas de pencales impenetrables, por
-sus temibles espinas.
-
-Los canes alborotados por los tiros, aullaban con furia, y al rumor
-de los pasos de Syra que volvía a correr se arrojaban contra ella sin
-salir, no obstante, del cercado de pencas, medrosos también ellos en
-aquella siniestra noche.
-
-La luna serena y majestuosa, prendida como un broche de oro en el
-límpido cielo azul, alumbraba con indiferencia la ciudad poblada de
-ruidos, y en la calleja estrecha, por donde Syra corría, sus rayos
-prolongaban las sombras temerosas de las plantas que se extendían como
-garras sobre la acongojada criatura.
-
-Había al final de la calle un gran ombú que cerraba el paso. Las
-lluvias agrietaban allí el terreno y el árbol frondoso mostraba sus
-gruesas raíces descarnadas y blancas, que a la luz de la luna parecían
-brazos y piernas de muertos ya rígidos.
-
-Syra se detuvo mirando extraviada aquellas extrañas figuras. Pensó en
-su novio:--"¡Allá quedó!"--le habían dicho--"junto al río".
-
---¿Qué río? ¿Había un río por ese lado? ¿Cuándo llegaría? Si estaba
-muerto tenía todo el tiempo que quisiera para esperarla. Si estaba vivo
-y deseaba decirle algo, y si era posible curarle, restañar su sangre y
-vendar sus heridas... ¡oh, Dios! ¿cuándo llegaría?
-
-Se apretó la cabeza con las manos, sintiendo como martillazos en las
-sienes, el latido de sus arterias.
-
-Comenzaba a desvariar. A ratos pensaba que todo era un sueño, tan
-brutal hallaba el cambio de escena. El salón brillante, la luz, la
-alegría, la música, el amor; y luego la noche, con sus sombras y
-rumores terribles, y aquella frase que sin duda había soñado: "¡Allá
-quedó!"
-
-¿Qué significaba eso? ¿Era acaso una consigna dada al joven militar?
-¿Estaba de guardia junto al río? ¿Y dónde era el río?
-
-Trepó la barranca. A la sombra del ombú crecían tupidas enredaderas,
-entre cuyo matorral brillaban las luciérnagas. Las anchas ramas
-cerraban el horizonte, pero subida ya sobre el borde, Syra vió el
-campo, extendido como una tela limpia y tersa, hacia el río Salado,
-cuyas aguas no alcanzaban a verse desde allí, pero que en las grandes
-crecientes lo inundaban.
-
-De ese lado no había casas; algunas vacas rumiaban echadas en el pasto.
-
-Syra se puso a correr de nuevo, con más miedo al hallarse sola,
-pareciéndole que detrás de ella corría la muerte, para llegar antes a
-donde estaba su novio o para avisarle que era tarde ya y que en vano se
-fatigaba.
-
-El campo desenvolvía ante ella el terciopelo de su suave y fresco
-pastizal, sin una ondulación, pero sus ojos nada veían de lo que
-buscaban. Y seguía corriendo, sin noción de los rumbos, torciendo su
-camino hacia el Sur.
-
-De vez en cuando sentía que el suelo cedía bajo sus pies como una
-húmeda esponja, y el frío le volvía un instante la sensación de la
-realidad; se acercaba a los varillales, que crecían a la margen del
-río, y donde, según los cuentos de su niñez, se guarecían los yacarés
-en las horas de sol.
-
-Se apartaba horrorizada de aquellos lugares, y volvía a correr sobre el
-paño verde del bañado, sintiendo el cansancio que parecía romperle los
-muslos.
-
-¿A dónde iba? ¿Por qué la habían engañado haciéndola ir por aquel
-desierto buscando su amor?
-
-Ya no se oían los tiros. La ciudad, cuyas casas blancas se dibujaban a
-lo lejos entre las sombras de las calles, se había vuelto a dormir sin
-duda; y ella estaba allí, perdida en medio del campo, sin más compañía
-que la fría luz de la luna, que empezaba a nublarse y los estridentes
-ladridos de los perros, que se enfurecían al verla correr como un
-blanco fantasma.
-
-En su memoria fatigada se perdían los detalles de las cosas. Sólo sabía
-que buscaba a su novio y debía hallarle muerto o vivo. Cuando caminaba
-despacio, el zumbido suave de la brisa anunciadora del alba, le daba
-la impresión pavorosa de un lamento, y por no oírlo y por llegar más
-pronto a donde él estaba, llamándola sin duda, con la esperanza de que
-llegara antes que la muerte, echaba a correr de nuevo.
-
---Allá quedó, junto al río--le habían dicho riendo.
-
-Por fin el río que buscaba le cerró el paso. Era allí estrecho y
-encajonado por una barranca no muy alta, vestida de césped húmedo bajo
-el rocío de la noche.
-
-Era el arroyo del Quillá, que media legua más al Oeste se junta con el
-Salado.
-
-A corta distancia, hacia la ciudad, se veía como un escalón una segunda
-barranca, más alta y desnuda, donde se encaramaban las primeras
-habitaciones, algunos ranchos, y más allá la masa oscura de la barraca
-de Fosco, ceñida por sus tapias cubiertas de musgo, y por el bosque
-sombrío de quietos naranjos y quejumbrosos eucaliptus.
-
-Syra vió pasar por delante de ella un grupo de hombres en marcha
-precipitada hacia el río. No supo quiénes eran; habría deseado
-preguntarles dónde se hallaba, pero antes que los alcanzara, ellos
-habían saltado en una lancha y huían rumbo a la isla, que no tocaron,
-sin embargo, siguiendo su costa corriente arriba.
-
-La niña se quedó un rato mirando la embarcación, que ya no era más que
-una pincelada negra sobre el agua turbia que la corriente llenaba de
-arrugas; la noche se tornó negra como un antro, nublada la luna por
-algunas nubes tormentosas.
-
-A algunos pasos de allí vió una casucha de barro, por cuya puerta
-apenas entornada se escapaba un hilo de luz.
-
-Fué una esperanza para la infeliz que empezaba a sentirse ganada por el
-descorazonamiento. Llamó a la puerta, y como no le contestaran entró de
-golpe.
-
-Un candil de sebo, puesto sobre el ángulo de una mesa alumbraba un
-cuadro siniestro.
-
-Sobre una mísera cama yacía un hombre, rígido, con los ojos cerrados y
-la boca crispada en un gesto de dolor, y el pecho desnudo y manchado de
-sangre, que parecía negra como la tinta.
-
-Syra dió un grito. Una mujer que lloraba arrodillada a la cabecera de
-la cama, alzó la cara y viéndola dijo con una voz dulce y doliente:
-
---Me lo han muerto, niña. Era soldado y estaba de guardia en la plaza;
-los revolucionarios lo han herido y ha tenido tiempo de llegar hasta
-su rancho para morir junto a mí y a sus hijitos. ¿Por qué me lo han
-muerto, niña?
-
-Una chiquela de cuatro años, silenciosa, con los ojos dilatados por
-el miedo, sentada a los pies de la cama, miraba sin comprender la
-terrible escena de su padre asesinando y semejante a una madre pequeña,
-acallaba al hermanito que estaba sobre sus rodillas, gimiendo de rato
-en rato, como si hasta él llegara la ola del dolor.
-
-Syra llorando se arrodilló junto a la viuda.
-
---¡También a mí, también a mí!--decía en un sollozo que la sacudía
-entera, y no podía concluir la frase.--Hace horas que lo busco, muerto
-o vivo: "quedó junto al río", me han dicho riéndose y he corrido por la
-orilla del río, buscándolo sin encontrarlo.
-
-La mujer se paró, tomó de la mano a Syra, salió hasta la puerta y le
-dijo señalándole en el campo un punto más oscuro que las sombras.
-
---¡Allá, allá! ¡Yo he visto dos hombres! Deben estar muertos a estas
-horas. Allá fueron los primeros tiros...
-
-Y Syra corrió, mientras ella volvía adentro a seguir llorando su
-prematura viudez.
-
-Por una desgarradura de las nubes, apareció el disco dorado de la luna
-que bañó de claridad el campo verde, en el preciso momento en que Syra
-llegaba hasta los cadáveres de Borja y de Jarque...
-
-Las gentes que moraban en las casuchas de barro y de paja de aquellos
-barrios apartados, en aquella noche sangrienta no oyeron nada más
-pavoroso que el alarido de horror de Syra, rasgando el silencio en que
-había quedado la ciudad.
-
-Las mujeres se taparon la cara y los hombres se estremecieron, como si
-la muerte misma les hubiera llamado por sus nombres, a la puerta de sus
-casas.
-
-En la barraca de Fosco, de donde éste había huído en las chalanas
-de los revolucionarios, que volvían derrotados, las dos mujeres que
-quedaron solas temblaron toda la noche, oyendo, cerca de allí, el
-lamento de Syra sobre el cuerpo rígido y yerto de su novio.
-
-Y cuando el alba fría se derramó sobre el pueblo disipando las
-angustias de la noche, los que andaban en busca de la hija de Montarón,
-dieron con ella, sentada, como si aún esperase algo, junto al cadáver
-del teniente Borja.
-
-Los primeros rayos del sol iluminaban el cuadro.
-
-Syra al ver llegar aquella gente se incorporó, alta y hermosa, vestida
-de blanco, el negro cabello suelto a la espalda, como una onda de dolor.
-
---¡Allí está el que buscan!--les dijo señalando a Jarque, tendido de
-costado, y como dormido entre los pliegues de su capa--¡éste es mío y
-yo soy de él! ¡Ni lo toquen ni me toquen!
-
-Los que la buscaban, impresionados por el aire de tragedia que había en
-todos sus gestos, se quedaron inmóviles, y ella al ver su estupor, se
-echó a reír con una risa desgarradora.
-
---¿Me creen loca? No, estoy cuerda y quiero vivir, por su memoria, para
-vengarle y vengarme... no sólo del asesino, sino de los que pagaron al
-asesino...
-
-
-
-
-XI
-
-La derrota
-
-
-Fué un salto magnífico. De la balaustrada de la galería que daba a la
-calle, en la casa de Montarón, Insúa se arrojó sobre el tejado vecino.
-
-Sintió que una teja cedía bajo sus pies, pero era ágil como un jaguar y
-salvó el obstáculo. El techo, a dos aguas, caía de una parte sobre la
-calle, de la otra, sobre un patio interior, y cubierto de musgo como
-estaba, e impregnado de rocío, hacía peligroso el andar.
-
-Los que corrieron detrás del revolucionario, detuviéronse sorprendidos.
-Uno de ellos tenía una carabina y le apuntó. La distancia era corta y
-la noche clara, por lo cual el tiro no podía errarse; pero Insúa había
-previsto que le harían fuego, y salvando la cumbrera del techo, se puso
-a correr hacia la esquina, guareciéndose en el alero inclinado que daba
-hacia el patio.
-
-Ante aquella maniobra que imposibilitaba el tirarle, el hombre de la
-carabina trepó a la balaustrada y desde ella saltó sobre el tejado,
-para cazar el fugitivo como a un gato, persiguiéndolo por las azoteas.
-Pero fuese que le estorbara el arma o que no tuviese la agilidad de
-Insúa, resbaló sobre las tejas mojadas por el relente de la noche, y
-soltando una maldición se estrelló en la calle.
-
-El revolucionario alcanzó a verlo y seguro de que se limitarían ya a
-aguardarlo en la vereda del costado de la plaza, para atraparle cuando
-quisiera bajarse por allí, buscó manera de escurrirse hasta el patio de
-la casa en cuyo techo andaba.
-
-Era un boliche, cuya pieza principal daba a la esquina, con dos puertas
-en ángulo recto, que se abrían una sobre la calle de la plaza, otra
-sobre la calle del Cabildo, separadas por un parante de algarrobo
-labrado.
-
-La gente del boliche, un matrimonio de catalanes sin hijos, tímidos
-como liebres, pero acostumbrados ya a las revoluciones, que tenían por
-teatro inevitable aquel barrio de la ciudad, al oír los primeros tiros,
-habían atrancado sus puertas decididos a morir antes que abrir a nadie.
-
-Insúa pudo bajarse al patio solitario, donde un cuzquillo olvidado por
-sus dueños, le ladró con furia al principio, y corrió luego a lamerle
-las manos.
-
-A cada descarga, el jefe revolucionario sentía el vuelco de su corazón.
-Ya las cosas se tornaban en favor del gobierno, fracasado el recurso de
-la sorpresa con que contaban. Pero aun así, confiaba Insúa llegar a
-tiempo a la plaza para arrojar sus hombres como una avalancha sobre el
-Cabildo y entrar en él apoderándose del gobierno de la ciudad.
-
-Reconoció de una ojeada el patio donde había caído.
-
-Era cuadrado y pequeño, lleno de plantas, que en la sombra afectaban
-formas fantásticas. Entre unas enredaderas descubrió una puertecilla
-que sin duda abría paso a la huerta; la franqueó y atravesó corriendo
-un tupido plantío de tártago, donde cacareaban las gallinas alarmadas.
-Trepó sobre la tapia del fondo, que era muy ancha, y comprendió que
-caminando sobre ella podría llegar hasta la huerta de la escuela, donde
-recogería sus armas y se lanzaría a la plaza a ayudar a su gente.
-
-Agazapándose para no ser visto, corrió sobre el filo de la pared que se
-desmoronaba al pasar él, y en pocos minutos llegó hasta la escuela.
-
-En un rincón del patio halló a don Serafín enloquecido de terror,
-mientras su hija, en el zaguán, no se alejaba de la puerta, lista para
-prestar auxilio a quien se lo pidiera, pensando en que podía ser él.
-
---¡Hijo mío!--le gritó el anciano al verle llegar, abrazándose a
-él--¿qué es lo que ocurre?
-
-Con algunas amables palabras le infundió confianza de que allí no podía
-temer nada, y cambiando su incómodo traje de etiqueta por otro más
-holgado, se envolvió en un poncho de vicuña, tomó sus armas y corrió
-hacia la calle.
-
-En el zaguán se cruzó con la hija del maestro, que nada le dijo por no
-demorarle, mas lo siguió con los ojos angustiados hasta que llegó a la
-plaza.
-
-Allí le envolvió un tropel de gente en que reconoció a una parte de sus
-hombres que empezaban a desorientarse ante la sangrienta resistencia de
-los soldados del gobierno, que se batían sin peligro casi, parapetados
-en el Cabildo, y bien provistos de armas de fuego con que mantenían a
-raya a los asaltantes.
-
---¡Muchachos!--gritóles Insúa, dándose a conocer.--¡Al Cabildo! ¡Viva
-la revolución!
-
-Y su grito como un toque de clarín, vibrante en el intervalo de dos
-descargas, reanimó el entusiasmo ya decaído de los revolucionarios, que
-se agruparon a su alrededor haciendo frente de nuevo.
-
-Los gubernistas comprendieron por qué reaccionaron sus atacantes, y un
-capitán que mandaba la tropa organizó un piquete y lo mandó a rodear
-para tomar a los revolucionarios por la espalda.
-
-A la aparición de Insúa, sus hombres enardecidos de nuevo, se
-tendieron a lo largo del costado sur de la plaza, parapetados detrás
-de los árboles y arreció el fuego que hacían, mordiendo con rabia los
-cartuchos de sus largos fusiles de chispa, con el áspero amargor de la
-pólvora en la boca.
-
-Los hombres de a caballo, diezmados en un asalto infructuoso, se
-agruparon alrededor de Insúa, detrás del quiosco, que les resguardaba
-un tanto de las balas del Cabildo.
-
-Insúa tranquilamente les daba instrucciones, porque iban a atacar de
-nuevo, lanza en ristre. Temblaban ya las astas en las manos nerviosas
-y retiñían las espuelas de los jinetes, entusiasmados por aquella
-voz serena, que apagado el trueno de una descarga, seguía explicando
-la maniobra, cuando un tiro aislado que parecía venir de la casa de
-Iriondo, le cortó la palabra.
-
-Estaba Insúa de pie teniendo su caballo de la rienda, porque el montar
-él iba a ser señal del ataque.
-
-Se llevó la mano al hombro y dijo:
-
---Estoy herido.
-
-No cayó, empero, mas sintió que se le nublaba la vista.
-
---¡José, José Golondrina!--había gritado Alarcón al sentir el tiro de
-aquella parte, con la sospecha de que él hubiera sido, pues acababa de
-verlo correr hacia ese lado.
-
-El indio llegaba en este momento con la carabina en la mano. Alarcón se
-echó sobre él.
-
---¿Quién tiró? ¿Vos, miserable?
-
---¡Allá, allá!--contestó el indio tranquilamente, señalando la esquina
-norte de la plaza que daba sobre la calle del Comercio.--Viene un
-piquete.
-
-Como una respuesta a tal advertencia, la tropa que venía a coparlos por
-la espalda les abrió un fuego mortífero que desmontó a varios jinetes,
-sembrando el espanto entre todos. Insúa tuvo apenas tiempo de subir
-a caballo sostenido por uno de sus hombres. No podía saber si eran
-muchos o pocos los que así atacaban, la revolución estaba perdida.
-
-Ya no debían atinar sino a salvarse de caer prisioneros para aguardar
-tiempos mejores en que la suerte les acompañara.
-
-Gritó:--¡Alto el fuego! ¡Sálvense, muchachos!, ¡será para otra vez!--y
-espoleó su caballo, que dió un salto al arrancar, agitándole violenta y
-dolorosamente el brazo roto.
-
-Todos se desbandaron. Los de a pie corrieron hacia el río para
-embarcarse en las chalanas y pasar a las islas antes que clarease el
-día. Los de a caballo tomaron hacia el norte, buscando el camino de
-Santa Rosa y de Helvecia, donde estaban sus hogares.
-
-Más de treinta quedaron tendidos sobre el pasto verde y suave de la
-plaza, que el sol de esa mañana haría brillar manchado de sangre.
-
-La persecución de los fugitivos no pudo organizarse inmediatamente
-porque los caballos de la policía no estaban listos.
-
-Insúa corrió entre un grupo de los suyos unas cuantas cuadras, pero fué
-quedándose rezagado sin que lo observaran.
-
-Dolíale horriblemente la herida, lo que lo obligaba a ir constantemente
-sosteniéndose el brazo, para que no se le moviera con el traqueteo de
-la marcha.
-
-A los pocos minutos pensó que debía volver a la escuela, donde la hija
-del maestro lo vendaría para que así pudiera huir.
-
-Volvió, en efecto, siguiendo las calles apartadas y solitarias.
-
-Rosarito había visto pasar el tropel de los fugitivos y comprendió que
-la revolución estaba vencida.
-
-¿Quiénes eran los muertos?
-
-Helada de espanto, temerosa de saber la verdad, permanecía en el
-hueco de la puerta sin moverse, acechando todos los ruidos que podían
-darle un indicio de lo que ocurría, rezando por los que agonizaban y
-temblando de que sus rezos pudieran acompañar el alma del hombre que
-amaba, cuando sintió el sordo paso del caballo de Insúa, que llegó
-hasta la puerta.
-
-Don Serafín clamaba por su hija desde el rincón en donde se refugió a
-los primeros tiros. Pero Rosarito oyó la otra voz que la llamaba desde
-la calle, y acudió a ella.
-
---Todo se ha concluído--le dijo Insúa sencillamente--estoy herido,
-¿querés vendarme?
-
---¡Ay!--exclamó ella juntando las manos--¡madre mía del Rosario!--y
-corrió adentro a buscar un gran pañuelo de seda que podría utilizar y
-un frasco de árnica.
-
---¡Rosarito! ¡Hija mía!--gemía el viejo.
-
---Papá, ¡Francisco viene herido!--Perdió el miedo don Serafín con
-aquella noticia y corrió a la puerta. Y allí los dos, a riesgo de
-ser sorprendidos por la gente del gobierno, vendaron al jefe de los
-revolucionarios que no aceptó quedarse en la escuela, refugio harto
-sospechoso y huyó de nuevo, en su excelente caballo, dominando el
-dolor de la herida y sintiendo a lo lejos temblar la tierra bajo los
-cascos de la caballería del gobierno, que ya se había lanzado en su
-persecución.
-
-Todavía era de noche, mas el alba no debía estar lejana.
-
-Insúa se encaminó hacia el Noroeste de la ciudad, dispuesto a desviarse
-de la carretera que generalmente seguían para ir a Santa Rosa, y que a
-esa hora debía estar ya ocupada por la policía.
-
-Quedaba aislado de sus compañeros, pero eso no le importaba; marcharía
-solo, hasta que no pudiera más, y si acaso lo vencía el dolor o la
-fiebre, antes de llegar a Santa Rosa, se refugiaría en la estancia
-de Cullen cerca de los "Cachos" o se escondería en los impenetrables
-sauzales del arroyo de Leyes, donde seguramente encontraría quien lo
-ayudara, entre el paisanaje matrero que allí merodeaba.
-
-Llevaba el brazo firmemente vendado y sujeto por un cabestrillo al
-cuerpo, lo que le permitía galopar, sin grandes sufrimientos y así
-marchó largo rato, mecido por el andar acompasado de su buen caballo.
-
-Los terrones menudos y flojos del camino se quebraban bajo sus cascos
-con un leve crujido, y reinaba un gran silencio, pues hasta los grillos
-nocturnos habían callado, ante el alba que llegaba.
-
-Empezó a sufrir de sed, pero como había ya pasado el último rancho
-de la ciudad, siguió galopando con la esperanza de encontrar alguna
-vivienda a donde acudir.
-
-Clareaba ya el día, cuando entre el monte de algarrobos y ñandubays, a
-la vera del camino, vió brillar el fogón de un rancho solitario.
-
-A aquella distancia de la ciudad, era arriesgado mostrarse a nadie,
-pues denunciaba así el rumbo en que marchaba, pero la sed avivada
-por un viento tibio del norte, que empezaba a soplar, causábale una
-insoportable angustia, y se resolvió a pedir de beber, sin bajarse del
-caballo.
-
-Al acercarse ladráronle los perros, y se asomó el dueño del rancho
-que tomaba mate en rueda familiar, a la luz de un candil de sebo. Sin
-mayores explicaciones, aquel paisano taciturno y cortés, fué por el
-agua que Insúa le pidió, y sobre el caballo mismo inquietado por los
-perros, bebió el revolucionario con ansia un agua salobre, pero fresca.
-
-Y siguió galopando a la luz del día que despertaba ya los maravillosos
-rumores de la selva.
-
-Prestaba oído a todo ruido sospechoso, deteniéndose a veces, pero no
-sentía más que el canto de los pájaros, más numerosos que nunca en el
-otoño que reinaba, y de cuando en cuando el zumbido metálico de las
-alas de una perdiz, que se levantaba a su paso.
-
-El viento norte se había acentuado, y comenzaba a apretar el calor.
-
-Insúa para librarse de los rayos del sol, comprendiendo que ya se había
-alejado con exceso del camino de Santa Rosa, y que a esa hora las
-patrullas del gobierno debían haberse replegado a la ciudad, se internó
-en el monte.
-
-Era tupida la arboleda y los churquis espinosos que nacían al pie de
-los ásperos ñandubays, le cerraban el paso a cada instante, obligándolo
-a buscar los senderitos tortuosos abiertos por la hacienda, hacia los
-comederos o las aguadas.
-
-Algunos toros salvajes mugían sintiéndole pasar; escarbaban la tierra
-con rabia y echaban a andar desdeñosos, buscando no al hombre, sino al
-rival, que de lejos contestaba a su grito de guerra.
-
-Las vacas inquietas y curiosas huían, deteniéndose a trechos y
-volviendo la cabeza para mirar al fugitivo, a cuyos ojos el paisaje
-aparecía cubierto por ese velo de ensueño con que la fiebre parece
-envolver las cosas.
-
-Tenía sed, una sed terrible, que le hacía marchar con la cabeza baja,
-la mirada avizora, buscando en el monte los charcos de agua fétida en
-que se abrevaban las vacas.
-
-Pensaba en sus amigos de Santa Fe, presos sin duda, a esas horas y en
-cierta manera deshonrados por la derrota. Sentía impulsos de correr,
-lleno de saña contra el hombre invencible, que con un solo gesto había
-hecho abortar aquella noche el complot urdido en su contra.
-
-La fiebre que le martillaba el cráneo, nacía más que de su herida,
-del dolor y de la vergüenza de haber sido afrentado por él con tanta
-gentileza. Sus amigos, al menos, no habían sufrido el latigazo de
-aquella voz amable que le decía:
-
---¿No vé cómo está manchada la pechera de su camisa?
-
-¡Ah! La sangre de los muertos por su mano se había vengado cruelmente
-en su orgullo de jefe, derrotado por la sonrisa de un hombre:
-
---"¿Va a entrar así al salón del baile?"
-
-Apretó los ijares de su caballo y se lanzó a la carrera por entre el
-monte, como cuando en su estancia perseguía la hacienda para traerla
-al rodeo. Las altas ramas extendidas como zarpas bajábanse a veces y
-le obligaban a echarse sobre el cuello de su caballo, para no romperse
-el cráneo contra ellas. Los matorrales, cuya ramazón flexible crujía
-violentamente, cerrábanse tras él, tironeándole con sus mil uñas el
-poncho que flotaba desgarrado a sus espaldas.
-
-El caballo tenía la boca ensangrentada y palpitantes los flancos y
-empapados en sudor.
-
-Insúa corría, castigada su alma con los siniestros recuerdos de esa
-noche, en que su mano había derramado sangre inocente, y en su carrera
-desatinada sus ojos encendidos por la fiebre, hallaban perfiles
-fantásticos y medrosos en todos los detalles del cuadro que le rodeaba.
-
-Sentía una sed tan terrible que una vez pasó la mano por el ijar
-mojado en sudor de su caballo, y fué a beber. Pero era de un sabor
-insoportable aquel líquido acre y tibio. ¿Dónde estaban los charcos en
-que bebía la hacienda?
-
-Miró el sol, por entre las copas despeinadas de los algarrobos y torció
-bruscamente hacia el Este. Quería llegar a la laguna de Setúbal, para
-arrojarse con caballo y todo en su onda fresca y beber a sus anchas,
-aunque allí lo hubieran de prender.
-
-Los revolucionarios, sin duda, habían tomado por el camino de San José
-del Rincón. Para reunírseles, él debía seguir la costa, vadear el
-Saladillo y la pequeña laguna de San Pedro, en la punta norte de la
-de Setúbal, y alcanzar así el arroyo de Leyes, donde no era imposible
-que se cruzara con alguna de sus chalanas, si Alarcón o cualquiera de
-sus hombres se habían atrevido a huir por el río, camino que tenía sus
-ventajas y sus riesgos.
-
-Galopó como una hora, torturado por la sed, que traía sobre él
-infinitas alucinaciones, haciéndole creer en cada revuelta del bosque
-en un charco fresco de agua; hasta que raleándose la arboleda, divisó a
-lo lejos la cinta azul y plácida de la hermosa laguna.
-
-El caballo, sediento como el amo, relinchó olfateándola, y sus cascos
-herrados llamearon al sol, sobre la llanura, que se desenvolvía como un
-manto verde, a lo largo de la costa, cortada por el blanco perfil del
-camino.
-
-Al cruzarlo, no vió Insúa, alucinado como iba por el agua azulada y
-brillante, una nube de polvo que ascendía de la carretera, hacia la
-parte del Sur, donde estaba la ciudad.
-
-Llegó hasta la barranca, no muy alta, y con grietas por donde bajaban
-las haciendas, y entró en la laguna hasta que el agua llegó al pecho
-del caballo.
-
-Se quitó el sombrero, lo llenó de agua y se puso a beber con una
-inmensa fruición, sintiendo la frescura del líquido puro que le
-aligeraba la sangre en las venas.
-
-El caballo bebía también interminablemente, haciendo sonar las coscojas
-del freno y resoplando, a cada espumilla que la corriente le traía
-hasta el hocico, cuando de pronto apareció sobre la barranca, cien
-metros más atrás, un grupo de jinetes de rojas bombachas, con sables
-que brillaban al sol, y carabinas que alzaban sobre sus cabezas, dando
-alaridos de júbilo.
-
-Insúa miró y comprendió. Estaba perdido; eran los policianos del
-gobierno, de cuyas manos no podía escapar, porque antes que él volviera
-a trepar la barranca, ellos le cerrarían el paso. Pensó en hacerse
-matar, pero la idea de que muerto él, el gobierno quedaría triunfante
-y tranquilo para siempre, le encendió un áspero deseo de vivir para
-vengar su derrota.
-
-Por un lado la laguna, que se extendía ante él como una inmensa tela
-azul, ancha de leguas. Por el otro la barranca, las bombachas rojas, la
-prisión o la muerte.
-
-Eligió la laguna, castigó a su caballo y se arrojó con la insensata
-esperanza de llegar a la otra costa, cuyos verdes sauzales se divisaban
-en lontananza.
-
-El caballo manoteó algunos pasos, perdiendo pie, y luego sin vacilar,
-como si hubiera comprendido que era la salvación de los dos, se dejó
-hundir hasta el pescuezo, y empezó a nadar, soplando, con las narices
-a flor de agua, y los ojos fijos en la orilla lejana. Insúa tiró la
-carabina, que hasta entonces llevara a bandolera, y el poncho que se
-arrastraba sobre el agua, haciendo peso y con la mano derecha se agarró
-a la crín flotante de su caballo.
-
-Era un tostado, morrudo, de cabeza descarnada y mirada inteligente.
-Criado en la estancia de Insúa, había husmeado la querencia del otro
-lado de la vasta laguna, y nadaba con fe en sus remos poderosos.
-
-Los policianos habían conocido a Insúa, por el poncho y el caballo,
-y para no perder la extraordinaria fortuna que la casualidad les
-deparaba, apartáronse de la barranca, se extendieron en una línea
-prolongada, y cayeron bruscamente, al galope de sus caballos
-enardecidos por sus gritos, sobre el sitio por donde había bajado Insúa
-hasta el agua. Pero esos minutos perdidos en la maniobra, con que
-quisieron impedir su fuga, permitieron al revolucionario alejarse un
-buen trecho de la orilla.
-
-Los policianos que nunca imaginaron que se arrojaría a la laguna, al
-ver apenas a flor de agua la cabeza del caballo y los hombros de él,
-que se achicaba cuanto podía, le insultaron con rabia.
-
-Uno de ellos se echó a nado, pero su caballo no aquerenciado en la
-otra costa, dió unos cuantos respingos, y se volvió. En vano su dueño
-le golpeó el testuz con el cabo de su rebenque; aquella intentona sólo
-sirvió para dar tiempo a que el fugitivo ganara unos cien metros más, y
-sólo se divisaba ya como un punto negro sobre el agua que se quebraba
-en trémulos reflejos a los rayos del sol.
-
-Entonces el jefe de la patrulla echó pie a tierra y le apuntó con su
-carabina y tranquilamente, como si se tratara de tirar sobre un pájaro
-o sobre un yacaré, levantó el gatillo. Inclinaba la cabeza sobre el
-hombro derecho, para ver mejor, y se había echado atrás el kepí, cuya
-visera verde tocaba con el caño reluciente del arma. Era hombre de gran
-destreza en su manejo, pero el blanco movible que se alejaba siempre,
-y la excitación de su pulso agitado por la violenta carrera de toda la
-mañana, le hicieron errar el tiro. La bala se perdió a veinte pasos del
-lugar donde se veía a Insúa, avanzando siempre hacia el centro de la
-laguna.
-
-Volvió a tirar y fué lo mismo.
-
---¡Pie a tierra!--gritó a sus hombres--¡y fuego sobre él!
-
-Los veinte soldados que formaban la patrulla, arrodillados al borde de
-la barranca, empezaron a ametrallar al fugitivo. Las balas cada vez
-picaban más cerca de él, porque la puntería se afinaba. De pronto se le
-vió desaparecer, y sólo su caballo siguió nadando.
-
-Los hombres se incorporaron dando un grito.
-
---¡Una bala en la cabeza! lo hemos muerto, y con las pupilas dilatadas,
-siguieron el rastro que en el agua iba trazando el valiente corcel
-del caudillo, que nadaba con la misma serenidad que si la otra orilla
-hubiera estado a veinte metros.
-
-Insúa había desaparecido, y los hombres iban a montar ya, seguros de
-haberle herido de muerte, cuando surgió de nuevo su cabeza, junto al
-cuello del caballo.
-
---¡Maldición!--rugió el jefe de la patrulla--¡se escondió para que no
-le tiráramos!
-
-En ese minuto de expectativa, el revolucionario se había puesto fuera
-del alcance de las carabinas.
-
-Siguiéronle mirando hasta que el punto negro se perdió en la lontananza
-del agua, que agitaba el viento. Entonces todos montaron, y volvieron
-riendas hacia la ciudad.
-
---¡Se ahogará antes de llegar al medio de la laguna!--dijo uno de ellos
-y todos creyeron así.
-
-Durante una hora, quizás, resistió el joven caudillo la sensación
-violenta que le producía ir a merced de su caballo, con la mano
-acalambrada en su larga crín. No podía valerse más que de la derecha,
-porque la otra herida, era un miembro absolutamente inútil.
-
-La frescura del agua le había adormecido el dolor, pero se entumecía
-poco a poco, y sentía que el sueño se apoderaba de todo el cuerpo, como
-un veneno mortal.
-
-Si se dormía, estaba perdido. Se soltaría de su caballo y se iría al
-fondo. Pensó que quizás ese término a sus padecimientos valía más que
-la lucha por vivir; pero la prodigiosa energía que le hacía ser lo que
-era le siguió sosteniendo. Llegó, sin embargo un momento, en que aun
-luchando contra la terrible modorra que le invadía con el frío del
-agua y la fiebre de la herida, dejó que sus ojos se cerraran, y toda
-su fuerza fué impotente para abrirlos, porque se durmió, sintiendo al
-principio que su mano seguía agarrada a la crín, y luego, que poco
-a poco, suavemente, se dejaba invadir ella también por la deliciosa
-sensación de abandonarse y descansar.
-
- * * * * *
-
-Cuando abrió los ojos creyó que soñaba.
-
-Una habitación cuadrada, de piso de ladrillo, de techo bajo, con
-tirantes de palma enjalbegados, cubiertos de esas ásperas totoras de
-los bañados, impenetrables a la lluvia.
-
-Una ventana ancha de vidrios pequeños, por donde mirábanse las copas de
-unos altos eucaliptus, que el viento balanceaba.
-
-Y a un lado de la ventana, un algarrobo seco, del cual no se veía más
-que una rama, estirada, como un brazo descarnado, cenicienta y pelada,
-y sobre ella, inmóviles, como un símbolo de eternidad, dos enormes
-pájaros negros cuyas plumas sin brillo les daban un fúnebre color de
-crespón.
-
-Insúa, que observaba con los ojos muy abiertos, desde una cama blanda y
-limpia, aquel cuadro que sin duda le pintaba la fiebre, sintió que la
-sangre se le helaba en las venas.
-
-Siempre la vista de los cuervos, desde la noche que pasó en el
-cementerio, obsesionado por los ojos de diamantes de aquel que veló
-a su lado, devorando la mano de una muerta, le causaba una siniestra
-impresión.
-
-Alguien lo habló. Se volvió para ver quién era y se halló con un
-paisano de barba encanecida, que estaba allí a su cabecera, con el
-sombrero puesto, en mangas de camisa, castigando las botas con la lonja
-de un talero.
-
---¿Qué significa esto? ¿Dónde estoy?
-
-Y el paisano le contestó con una hospitalaria sonrisa que dejó al
-descubierto sus dientes amarillentos y fuertes:
-
---En la estancia de doña Carmen de Borja...
-
---¿Carmen de Borja?--repitió él.
-
---Sí, y de la niña Gabriela...
-
---¿Gabriela?
-
---Gabriela Borja de Jarque...
-
---¡Ah!--exclamó Insúa y volvió la cara a la pared, penetrado hasta la
-médula de los huesos por el recuerdo de la noche de la revolución.
-
---Por mal nombre--asentó el paisano--le llaman la Casa de los
-Cuervos.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-
-
-
-I
-
-¡Por el alma de los muertos!
-
-
-La sombra de la barranca, donde estaba situada la Casa de los Cuervos,
-prolongábase hasta el medio del riacho porque el sol se iba entrando.
-Los altos eucaliptus, que llegaban hasta el borde mismo, pintaban sus
-copas en el agua serena, que corría sin murmullo, royendo suavemente
-la greda de la costa, o haciendo estremecer con su caricia las hierbas
-acuáticas, en la otra banda donde el campo era bajo.
-
-El sol que trasponía ya el bosque, reflejaba un disco trémulo en la
-faja del río, que pronto iba a llenarse de sombra, y Gabriela, sola en
-su bote, que la había llevado corriente arriba, gracias a la vela, en
-una de sus excursiones de ensueño, descendía aprovechando la corriente
-y siguiendo por un capricho la línea indecisa que pintaban en el agua
-las copas de los árboles, dormidos ante la vecindad de la noche.
-
-De vez en cuando, con un golpe de timón rectificaba la marcha del bote,
-una de cuyas bordas se bañaba en el sol dorado de aquella tarde de
-otoño.
-
-La embarcación era pequeña, fina de formas, pintada de blanco, y
-llevaba su nombre a proa, en letras negras: "La Espuma".
-
-De lejos, realmente, atracada a la barranca en los días de marejada,
-cuando el agua profunda del riacho se llenaba de espuma, el bote
-parecía un copo más danzando en la resaca arrojada por el viento contra
-la costa escarpada de la Casa de los Cuervos.
-
-"La Espuma" era la compañera de los sueños de Gabriela.
-
-Cuando se casó, dos años antes, con aquel español que compró el campo
-de su padre, éste, que había de morir poco después, le preguntó qué
-regalo de boda quería que le hiciera; y Gabriela, sabiendo que estaba
-pobre, como que era una de las secretas razones que tuvo para casarse,
-sin gran amor, para que su padre pudiera conservar el campo, no le
-pidió joyas ni vestidos, le pidió un bote para pasear por el dédalo
-de arroyos, bordeados de sauces, que hacían el encanto de aquellos
-paisajes.
-
-Pasaban largas temporadas en la estancia y era el bote su gran
-distracción. Lo conducía admirablemente. Tenía un par de remos finos
-y ligeros, y una velita blanca, que se tendía en una curva quebrada
-como el ala de una gaviota, y hacía volar el esquife con un apacible
-chapoteo del agua, rota por la quilla.
-
-Cuando murió su padre, Gabriela hacía ya seis meses que estaba casada
-con Jarque, a quien el gobierno acababa de nombrar jefe de policía.
-
-Sus ilusiones ajadas por las severas realidades de la vida, no le
-pedían nada ya. Sólo deseaba acompañar a su madre, doña Carmen Liendo
-de Borja, que se había establecido definitivamente en la Casa de los
-Cuervos, para cuidar de los intereses que dejara su marido al morir,
-bastante embrollados.
-
-Jarque le permitió irse con ella, y se quedó solo. En su vida práctica,
-sin grandes pasiones, absorbido por las preocupaciones políticas, el
-amor no ocupaba ningún lugar. Se había casado fríamente, llegado a la
-mitad de la existencia, para no hacer solo la otra mitad, y de pronto
-se encontraba con que el matrimonio era una impedimenta para seguir
-las sutiles pesquisas antirevolucionarias en que estaba empeñado, las
-cuales con frecuencia le tenían noches enteras fuera de su casa.
-
-De tarde en tarde, cuando sus tareas se lo permitían, hacía su viaje
-a la Casa de los Cuervos, yendo casi siempre en la lancha a vapor del
-gobierno. Visitaba a la familia, acompañado de Carmelo, su cuñado, a
-quien había hecho secretario de policía; examinaba la marcha de las
-cosas en la estancia, el estado del campo que era suyo, de las vacas,
-que algún día serían de su mujer, y se volvía a la ciudad, satisfecho
-de tener tan equilibradas todas sus pasiones.
-
-Gabriela tornaba a sus paseos en bote. Él le había regalado una hermosa
-escopeta Lefaucheux, y de sus excursiones solía volver con el fondo de
-la embarcación lleno de patos, cazados en los esteros, o de gallinetas
-sorprendidas cuando se acercaban a la costa, que el bote rozaba al
-pasar sin ruido, como un copo de espuma.
-
-Había en la estancia un muchachón de quince años, hijo adoptivo del
-capataz, diestro en los trabajos del campo, sobre todo en las cosas del
-río, pesca y manejo de embarcaciones. Él guiaba la canoa que tenían
-para las necesidades de la casa. Iba al sauzal a traer leña, y a veces
-hasta Santa Fe a buscar provisiones.
-
-Gabriela solía invitarlo a acompañarla, y él, alto, flaco y flexible
-como una varilla, corría al bote, con una gran alegría, porque aquellos
-paseos, siguiendo el canal profundo del arroyo de Leyes, o internándose
-en los esteros, que desaguaban allí, eran su sueño dorado. La niña
-tiraba bien, al vuelo o en tierra, y cuando la pieza caía, él como un
-perro, iba en su busca, aun cuando tuviera que meterse en el agua hasta
-la cintura.
-
-Cuando el tiempo era bueno, y soplaba viento favorable, se tendía la
-vela, que hacía crujir el palo, y se daba entera libertad al bote, para
-correr a sus anchas sobre el agua del riacho, turbia, con largas vetas
-amarillas, hasta la laguna, que era para Gabriela como un mar.
-
-La joven se sentaba al timón, dejando que Jesús dormitara a proa o
-espiara la caza.
-
-Parecía absorta en la maniobra, en el timón con que de trecho en
-trecho, de un golpe, enderezaba el esquife; o en la escota de la
-vela, tensa a veces, como una cuerda de guitarra, y otras floja e
-indecisa, castigando como un látigo los maderos. Gabriela atendía todo,
-pero su pensamiento vagaba en lejanas regiones, más allá del río, más
-allá de la laguna, más allá del mar desconocido, a donde marchaban
-inevitablemente, todas las gotas de todos los ríos, lo mismo de las
-olas que se rompían contra la barranca, que las que ella acariciaba con
-su mano pequeña, abandonada por encima de la borda.
-
-¡Todo iba al mar! y su pensamiento se confundía como una gaviota
-perdida en el océano, persiguiendo la visión de aquellas cosas
-sin sentido, que la dejaban triste, como si su vida actual no
-correspondiera con sus ideales de antes.
-
-Gabriela tenía veinte años. El aire y el sol del campo, habían dado un
-ligero color trigueño a su tez purísima, que irradiaba su juventud,
-como el cristal de un vaso de luz. Y esa luminosidad de su cutis,
-atenuaba el contraste que habrían producido en su tipo de morena, sus
-ojos garzos, como la flor del lino, y sus cabellos castaños, casi
-rubios, que al sol parecían vivientes culebras de oro. Esbelta y ágil,
-viéndola remar, con sus brazos firmes, diseñando en el ademán la
-curva llena del pecho, nadie la hubiera creído propicia para aquellas
-fantasías que la llenaban de ensueños.
-
-Vestía de luto, por su padre, y en la barquilla blanca, que marchaba
-la vela sonora al viento, sentada a la popa, con la mirada abstraída,
-desinteresada de las cosas próximas, parecía la heroína de una
-romántica leyenda.
-
-Su madre preguntábase a veces si aquel matrimonio repentino no había
-tronchado sus ilusiones de niña, y si no estaba allí la raíz de la
-indisimulable melancolía que envolvía como un velo aquella radiante
-juventud. Mas era el yerno tan afable y caballeresco, y estaba la madre
-tan lejos ya de la edad en que la fantasía es el motor del alma, que
-desechaba el importuno pensamiento, y se quedaba tranquila dejando a su
-hija entregada a sus excursiones, mientras ella cuidaba de la casa.
-
-Era una dama de aspecto severo, en su riguroso luto de viuda, que
-enaltaba más su figura frágil, en apariencia, y austera como la de una
-abadesa.
-
-Blanca, pálida, de ojos negros, perspicaces, que descifraban
-perfectamente las intenciones de los que la trataban por negocios;
-incansable para la menuda labor de ama de casa; madrugadora, siempre
-alerta, desde la muerte de su marido, había concentrado todas las
-potencias de su alma, en hacer progresar la fortuna que algún día sería
-de sus hijos.
-
-Tenía por el varón, que era el mayor, una pasión que desbordaba en
-todas sus palabras.
-
-Tres o cuatro días antes de esa tarde, había estado en la Casa de los
-Cuervos. Fué con Jarque, al cual la dama notó preocupado por causas que
-no decía. El joven, en cambio, entusiasmado por su nuevo galón que
-lucía en la bocamanga de su vistosa chaqueta azul, y en su kepí, la
-hacía parte de sus proyectos de grandeza y de sus ensueños de amor.
-
-¡Oh, sus sueños de amor! Doña Carmen tenía en el alma impresa la imagen
-de Syra, a quien viera poco tiempo antes, cuando fué a la ciudad a
-pedir su mano.
-
-Aquel compromiso que debía celebrarse con una gran fiesta, en casa de
-Montarón, alegrábala por él, pero, sin que hubiera podido explicar la
-íntima razón de sus recelos, tenía el corazón extrañamente oprimido
-y todo, en su casa, en el campo, en el río, en el cielo, le traía la
-evocación de los ojos de Syra, apasionados y tristes.
-
-Esa tarde--la tarde del baile--Gabriela llegó en su bote hasta la
-barranca, poco antes de entrarse el sol.
-
-Venía sola por lo que ella misma tuvo que hacer la maniobra de amarrar
-su embarcación al poste clavado en la costa con ese objeto. La barranca
-no era alta, un metro y medio de tierra amarilla, contra la cual el
-río golpeaba sus olas en los días de viento. El terreno subía aún
-más al alejarse de la orilla, de tal modo que las casas edificadas a
-cien pasos de distancia, estaban a una altura a donde no llegaban las
-crecientes.
-
-El primitivo dueño de la Casa de los Cuervos, para sanear el ambiente,
-había formado al rededor de ella, un bosque de eucaliptus, prolijamente
-plantados en hileras.
-
-Los árboles eran enormes ya, y sus copas se besaban con un melancólico
-rumor de hojas, en las noches serenas en que sólo soplaba la tenue
-brisa de la laguna.
-
-Arrancaba desde el frente principal de las casas, una avenida de
-eucaliptus, los más gruesos, porque fueron los plantados primeros, que
-corrían paralelos al riacho. Aquella avenida, envuelta en los reflejos
-dorados del sol que se entraba, parecía una vieja pintura.
-
-Al llegar a ella, Gabriela se detuvo amedrentada, arrimándose a uno de
-los troncos, mondados por el otoño, que les arrancaba la corteza en
-largos girones. En el fondo vió la alta figura enlutada de su madre,
-que se alejaba, a pasos medidos, achicándose su silueta. Luego la vió
-volver caminando suavemente, como si sus pies no tocaran la tierra,
-alfombrada de las hojas secas, desprendidas por las copas sombrías que
-se cruzaban en lo alto.
-
-Veía, como si lo viera por primera vez, las dos prolongadas hileras,
-que se estrechaban a lo lejos, de los eucaliptus dormidos sobre el
-fondo claro del cielo. La luz del crepúsculo suavizaba sus perfiles,
-y ponía en sus troncos una pincelada de oro, que les comunicaba la
-penetrante tristeza de los bosques muertos.
-
-Había en el ambiente una gran calma. Sólo se oía el grito de las vacas
-lecheras que salían del corral, con sus terneros, que a la noche serían
-recogidos en los chiqueros.
-
-Gabriela bebía con los ojos la hermosura del paisaje otoñal. Su madre
-llegóse a ella, haciendo crujir levemente la alfombra de hojas secas.
-Llevaba las manos blancas, de gran señora, metidas en las mangas de su
-traje negro.
-
---Vamos a rezar--le dijo.
-
-A la oración, en la Casa de los Cuervos, se rezaba el rosario, reunidos
-amos y peones.
-
-Cada día la dama, que coreaba el rezo, decía al empezar por quién debía
-de rogarse.
-
---Por las almas del purgatorio.
-
---Por los caminantes y navegantes.
-
---Por los príncipes cristianos.
-
---Por los parientes difuntos.
-
-Y esa vez, cuando todos estuvieron de rodillas, en la pieza que servía
-de oratorio, cuyo testero ocupaban una infinidad de cuadros de santos,
-presididos por un crucifijo de bronce y una gran estampa de la Virgen
-del Carmen, así que se hubieron persignado, se oyó en el devoto
-silencio, la voz de la dama que decía:
-
---Recemos por el alma de los que hoy han de morir.
-
-Gabriela arrodillada al lado de su madre, sobre una alfombrita que
-acolchaba los rojos ladrillos del piso, sintió un escalofrío al oír
-aquello. Vió de nuevo el cuadro de los eucaliptus, tal como le había
-impresionado.
-
-Ya la noche envolvía el campo, y en el silencio de los animales y
-las cosas que se dormían, empezaba a oírse el susurro de las hojas,
-estremecidas por la brisa que despertaba.
-
-La majada estaba ya en el corral. En el patio graznó uno de los
-cuervos, señal de que volaban a pararse sobre el árbol seco en que
-pasaban la noche.
-
-Don Goyo, el capataz, llegó en ese momento a rezar con todos el rosario.
-
-Era un hombre entrado en años, a juzgar por las barbas encanecidas.
-Rezaba de pie, afirmado contra la pared, cerca de la puerta, por donde
-a cada ruido echaba una ojeada al patio. De día usaba botas, como un
-signo de la importancia de su cargo; y al anochecer, por economía,
-se quedaba descalzo, la bombacha arremangada, con lo que su figura
-corpulenta, no muy alta, perdía casi todo su prestigio.
-
-Contestaba al rezo con voz sonora. A su lado su mujer, ña Floriana,
-pasado el primer misterio del rosario se sentaba a la turca, sobre el
-suelo acolchado con su pollera.
-
-Más joven que el marido, más blanca también, tenía en sus facciones
-endurecidas por el trabajo, rastros de antigua belleza. Rezaba
-devotamente, y como la perseguían los bostezos, provocados según el
-ama por la cola del diablo que se le entraba en la boca, cada vez que
-bostezaba hacía sobre la boca abierta la señal de la cruz.
-
-No tenían hijos; el único que tuvieron, y que murió casi al nacer,
-de haber vivido debía ser de la edad de Carmelo Borja, al cual ña
-Floriana sirvió de nodriza.
-
-Por eso el joven teniente, secretario de Jarque, era para la mujer del
-capataz como un hijo, que ella idolatraba y colmaba de mimos.
-
-Una chicuela excesivamente morocha, con el pelo encrespado, que se
-moría de sueño, estaba acurrucada en un rincón.
-
-Tendría diez años, y servía a la mesa de los señores.
-
-Era toda la gente de la casa, sin contar a Jesús, que no acudió al
-rosario, porque andaba afuera lidiando con los terneros.
-
-En la Casa de los Cuervos se acostaban temprano para estar listos al
-alba.
-
-Esa noche, pasado el primer sueño, Gabriela se despertó sobresaltada.
-Dormía en la misma pieza de su madre, por tenerle compañía, aunque
-muchas veces la dama, andariega y misteriosa, se levantaba a deshora a
-rezar, junto a la ventana, mirando al campo por los postigos abiertos,
-en las noches frías, o en el corredor de la casa, en el buen tiempo,
-mientras la niña temblaba de miedo sintiendo sus pasos y su voz que
-salmodiaba.
-
-Al abrir los ojos vió, por la ancha ventana de cristales pequeños,
-el campo bañado por la luna, cuya luz plateada blanqueaba como un
-esqueleto, las ramas del árbol seco donde dormían los cuervos.
-
-Una sombra que vió moverse contra los cristales, le hizo incorporarse
-en la cama.
-
---¡Jesús, mamá!--exclamó, conociendo que era ella.
-
-Doña Carmen de Borja no le contestó; ni siquiera pareció haber oído.
-Gabriela saltó del lecho y corrió hacia ella que con la frente pegada a
-uno de los vidrios miraba al campo.
-
-La tocó en el hombro; no se movió. Le habló de nuevo y entonces ella le
-dijo, señalando el árbol donde dormían los cuervos:
-
---¡Mirá, Gabriela!
-
-La joven vió, con inmensa sorpresa, sobre la rama que se extendía
-horizontalmente, las figuras encapuchadas y siniestras de tres cuervos.
-
-¿De dónde venía el tercero que jamás había rondado las casas?
-
-Gabriela pegó también su frente sobre el frío vidrio para mirar mejor,
-ansiosa de que aquello que se le antojaba de mal augurio, fuese un
-error de sus ojos. Pero la luna, con una infinita serenidad, hacía
-la noche de una extraordinaria limpidez, y se veían hasta los más
-delicados perfiles de las cosas cercanas.
-
-Había tres cuervos, y mientras los miraban, voló uno de ellos, que
-revoloteó desorientado un momento, y atropelló la casa, haciendo
-temblar con el áspero golpe de su ala los cristales de la ventana.
-
-Gabriela dió un grito y corrió al fondo de la pieza.
-
-Cuando volvió a mirar, el cuervo se había perdido ya detrás de la
-cortina de eucaliptus.
-
---Recemos, Gabriela--le dijo su madre.--Esta es la noche del baile en
-Santa Fe, y yo he tenido siempre miedo de lo que en ella puede ocurrir.
-
-Y rezaron las dos, la madre con su voz profunda, que no temblaba, y
-la niña toda temerosa, sintiendo afuera el rumor de las copas de los
-eucaliptus que gemían al viento como almas en pena.
-
-
-
-
-II
-
-La mala nueva
-
-
-Al otro día el viento soplaba del Norte, llenando el bosque de rumores
-de hojas caducas. La mañana era tibia y el cielo puro aún, por lo cual
-Gabriela se decidió a realizar una excursión, que hacía mucho ansiaba,
-llegar hasta la laguna.
-
-Esa noche se durmió tarde, después de la medrosa visión de los cuervos,
-y cuando se despertó supo que su madre había salido a recorrer el
-campo, en su cochecito de dos ruedas que manejaba ella misma.
-
-Llamó entonces a Jesús y lo mandó que preparara el bote, para ir lejos.
-
-Se vistió a prisa; metió en una canasta algunas provisiones, agitado ya
-su espíritu por la perspectiva de la aventura que significaba para ella
-aquel paseo, y con su escopeta al hombro, corrió al bote, cuya blanca
-vela se agitaba alegremente a lo largo del mástil, acariciada por el
-viento.
-
-En cuanto amarró la escota, y se hinchó el trapo, "La Espuma" partió
-como una gaviota, navegando de costado porque el viento la tomaba de
-babor.
-
-El arroyo de Leyes cambiaba bruscamente de rumbo frente a la Casa de
-los Cuervos, de tal manera que corría durante un buen trecho de Oeste a
-Este, para rectificar más adelante la curva, y llegar hasta la laguna
-en un cajón derecho de Norte a Sur.
-
-Gabriela conocía bien el curso del riacho, y sabía acortar su camino,
-atravesando las cañadas, y seguir por los ramblones con su bote ligero
-y dócil al timón o al remo.
-
-Pero esa vez navegaba por el lecho del río, aprovechando todo el viento
-que arrugaba su lomo hinchado por la creciente, que inundaba las islas
-bajas y unía los esteros en un vasto mar de agua plomiza.
-
-La cortina de sauces, de fronda espesa, salpicada por las flores
-blancas de las enredaderas que trepaban por sus largos troncos
-desnudos, impedía ver más allá de la costa.
-
-Cuando alguna gallineta asomaba por encima de los camalotes o de las
-altas carrizas verdes, que acolchaban la barranca, Gabriela abandonaba
-el timón, se echaba la escopeta a la cara y hacía fuego, casi siempre
-con éxito, aunque hubiera tirado al vuelo.
-
-Esa mañana, sin embargo, no le entusiasmaba la caza, que le hacía
-perder tiempo. Quería aprovechar todos sus minutos para llegar lo más
-lejos que pudiera. La boca de la laguna no estaba más que a tres
-leguas, y su bote si el viento no caía, ayudado por la corriente, podía
-hacerlas en dos horas. No pensaba en lo penoso que sería la vuelta río
-arriba, y viento en contra quizás.
-
-Miraba pasar las costas verdes, animadas por la vida alegre de los
-pajaritos que en ruidosas bandadas perseguían los insectos en los
-carrizales, y aquella visión de alas llenábale el alma con la nebulosa
-impresión de un sueño.
-
-En las curvas del río, contra la lengua de tierra que avanzaba,
-formábase una pequeña rompiente, donde la correntada arrojaba las
-ramillas y las hojas que traía de lejos, y las blondas de espumas
-que vestían sus aguas turbias, batidas contra la costa gredosa, se
-condensaban en copos espesos y amarillos, como la manteca, que el bote
-cortaba con su proa.
-
-El viento no la acompañó hasta el fin. Cayó de golpe, y ella y Jesús
-tuvieron que empuñar los remos, para ayudar a la mano invisible de la
-corriente que llevaba el esquife a la deriva.
-
-Ya se veía el vasto manto azul de la hermosa laguna. A lo lejos, hacia
-el poniente, albeaba al sol la cenefa de espuma de la costa, y se
-divisaba detrás la pincelada roja de la barranca.
-
-Gabriela palmoteó de entusiasmo cuando el cajón del arroyo de Leyes se
-abrió, de golpe casi, y el bote se encontró como desorientado, lejos de
-los sauzales que guiaban su rumbo y sacudido por un oleaje más fuerte,
-que batía sonoramente sus costados.
-
---¡Niña Gabriela!--exclamó de pronto Jesús, que había parado de
-remar.--¡Mire allá!
-
---¿Qué hay?
-
---¡Allá, hacia el medio! ¡Mire! un caballo que va cruzando la laguna.
-
-Gabriela soltó los remos y miró, haciendo pantalla de sus manos para
-defender los ojos de la áspera luz que se reflejaba en el agua.
-
-Estaban como a trescientos metros del punto que llamaba la atención del
-muchacho. Era un caballo sin duda; chispeaban las gotas que arrojaba
-con sus resoplidos cada vez que una ola rompía sobre él.
-
---Es extraño--pensó la joven que conocía el instinto de los
-animales--¿cómo se ha atrevido a cruzar la laguna, habiendo paso por el
-río?
-
-El bote corría hacia él, y como el caballo avanzaba, pronto se le pudo
-observar mejor; parecía cansado; la orilla, de donde partiera estaba
-lejos, apenas se veía, y ya no tenía más remedio que llegar hasta la
-otra costa.
-
-De repente Jesús volvió a gritar:
-
---¡Hay un hombre! mire, niña, ¡agarrado a la clina!
-
-Cuando el bote se acercó más, Gabriela con el corazón palpitante, gritó
-al dueño del caballo, ofreciéndole pasarlo, y como él no respondiera,
-pues parecía muerto o desmayado, aunque su mano crispada no soltaba
-la clina, de unos cuantos golpes de remo se puso al lado. El caballo,
-un momento pareció desorientarse; miró al bote blanco, sus dos
-tripulantes, los remos que batían el agua, y perdió de vista la costa.
-Volvió la cabeza, hacia el otro lado, y arrancó con más fuerza.
-
-Fué entonces cuando Insúa, aletargado por la frialdad del agua soltó la
-crín y se hundió.
-
-Pero Jesús que espiaba la escena con una profunda ansiedad, arrojóse
-del bote y nadando como un yacaré se zambulló en el mismo sitio en que
-acababa de desaparecer el desconocido, y lo alcanzó a sacar.
-
---¡Bravo, Jesús!--exclamó Gabriela estirándole un remo, de cuya punta
-se agarró el muchacho, que resoplaba entre alegre y asustado de su
-propia hazaña.
-
-Ni él, ni ella se habían preocupado de saber si el hombre vivía para
-sacarle del agua, y cuando a costa de grandes esfuerzos, lograron
-izarlo a bordo y vieron que caía como una masa inerte, y que estaba
-frío, los dos se pusieron lívidos de espanto:
-
---¡Está muerto!
-
-¡El horrible minuto que pasaron entonces al lado de aquel cadáver que
-habían rescatado, con riesgo de irse a pique!
-
-Pero Jesús, que se había acercado a él, observó sus narices que
-temblaban como si respirara.
-
---¡Está vivo!--gritó--¡está desmayado! ¡mire, niña Gabriela, cómo
-respira!
-
-Sacado del agua, que lo entumecía, renació la vida en aquel cuerpo
-joven y robusto.
-
-Gabriela empuñó valientemente los remos.
-
---¡Pronto, Jesús! yo voy a remar; dale friegas, ¡lo que tiene es que se
-está muriendo de frío, y que ha perdido sangre!
-
-El bote no era más que un punto sobre la extensa planicie de agua,
-agitada por el viento que empezaba ahora a soplar del Sureste, llenando
-de nieblas el día.
-
-Gabriela quiso saber la hora, pero el sol se había nublado y el cielo
-ceniciento parecía pegado al agua obscura, con largas vetas amarillas,
-por la greda del fondo.
-
-Pasaban algunos camalotes que servían a la niña como punto de mira para
-saber si avanzaban hacia la costa, que no se veía ya, borrada por la
-neblina.
-
-Dejó los remos un momento y armó la vela, que podía ser útil. Jesús,
-en tanto, con alguna torpeza, pero con un incansable vigor, hacía
-reaccionar la sangre de los miembros ateridos de Insúa. Gabriela se
-acordó de sus provisiones; tenía pan, queso y carne fría, pero más que
-todo habría valido un trago de cognac o de vino; pero no había en su
-canasta.
-
-Insúa permanecía sin sentido; respiraba bien, echado de espaldas sobre
-el fondo del bote. Para friccionarlo mejor Jesús le abrió la camisa, y
-su ancho, musculoso pecho, manchado de sangre, se alzaba a compás de la
-respiración.
-
-La vela se hinchó, pero el viento era escaso, y la joven debió empuñar
-de nuevo los remos, alejándose imperceptiblemente del centro de la
-laguna. El caballo de Insúa había desaparecido entre la niebla.
-
-Una hora larga tardó Gabriela en llegar a la desembocadura del arroyo
-de Leyes, remando contra la corriente. El sudor le pegaba rizos de
-cabello en la frente, enrojecida por la fatiga.
-
---¡Jesús, no puedo más!--dijo al fin, y entregó los remos al muchacho y
-ella se sentó, rendida, en el banco donde estaba apoyada la cabeza de
-Insúa, sobre el poncho mojado, una de cuyas puntas le cubría el pecho.
-
-Gabriela conocía pocas personas en Santa Fe, pero aquellas facciones
-varoniles, aquella línea audaz, casi ofensiva del mentón, que la barba
-negra acentuaba con fuerza, no le eran totalmente desconocidas.
-
-¿Quién era? ¿Quién podía ser?
-
-De repente se acordó, como si un rayo hubiera hecho una repentina luz
-en su memoria.
-
---¡Insúa, Insúa!--pensó, asociando el recuerdo de algunas
-conversaciones oídas a su marido en la última visita. Y se le ocurrió
-que si aquel hombre estaba allí, herido, recogido en forma tan extraña,
-era porque en Santa Fe había estallado esa noche la revolución, que se
-temía, y lo habían vencido.
-
-¡Oh, los muertos, las preces por los muertos, que esa noche rezaron en
-la estancia y aquella siniestra visión nocturna de los tres cuervos
-sobre el árbol seco, a la luz de la luna! ¿Fué un sueño? ¿Fué un
-augurio? ¿Fué un episodio sin sentido?
-
-Una terrible congoja le llenó el alma. Desesperada miró la vela que
-el húmedo viento del Sureste apenas hinchaba. Debían marchar así,
-remontando la corriente del río a fuerza de remos. Tomó una larga
-percha que solía servirles en los bañados para impulsar el bote,
-cuando no podían remar por falta de agua, y trató de ayudar a Jesús,
-apoyándola en el fondo del río. Pero allí era profundo y el botador se
-hundió sin resultado. Se sentó de nuevo, resignada a esperar su turno,
-una vez que Jesús se rindiera de fatiga.
-
---¿Estás cansado, Jesús?
-
---¡No, niña!
-
-Las márgenes verdes pasaban lentamente, pero como el agua corría con
-más fuerza, la ilusión era de que el bote no avanzaba.
-
---Dame los remos, Jesús.
-
---No, niña; no estoy cansado. Dentro de un rato.
-
-Debían de ser las doce. Insúa, dormido o aletargado, continuaba
-inmóvil, envuelto siempre en sus ropas mojadas, y haciendo ver que
-estaba vivo por el rumor de su respiración. No estaban ni a la tercera
-parte de la distancia a la Casa de los Cuervos cuando Jesús soltó los
-remos.
-
---¡No puedo más, niña!--dijo con tristeza. Y Gabriela de nuevo comenzó
-a remar.--La terrible incertidumbre de lo que en Santa Fe podía haber
-pasado, aquellos sucesos desconocidos de que aquel hombre desmayado
-en el fondo de "La Espuma" podía tener la clave, le daban una
-desesperación que se transmitía a sus remos.
-
---Se va a cansar--le decía suavemente el muchacho, cuya frente morena
-brillaba sudorosa.
-
-Y así hicieron toda la jornada.
-
-Había cerrado ya la noche cuando llegaron a la vuelta del río, donde
-estaba la Casa de los Cuervos. Un farol sobre la barranca les indicó el
-sitio donde debían atracar. La negrita Encarnación tenía la luz y dijo
-a Gabriela cuando la proa del bote tocó el fondeadero:
-
---Don Goyo y los peones salieron a buscarla, niña. La señora está
-llorando.
-
-Gabriela saltó a tierra.
-
---¡Qué hay!--preguntó a Floriana, que al rumor de las voces salió de
-las casas.
-
---¡Ah, niña Gabriela! ¿No sabe lo que ha sucedido?--y se echó en tierra
-gimiendo como un perro castigado.
-
---¡Qué hay, Floriana! ¿qué hay, Dios mío?--y como aquella masa humana,
-tendida en el suelo no tenía voz, sino llantos y gritos, corrió hacia
-las casas, sintiendo crecer la angustia que la había atormentado y a la
-vez sostenido en su ruda jornada.
-
-Y fué su madre a la que halló en el dormitorio, sentada junto a la
-ventana donde esa noche rezaron por el alma de los muertos, la que
-le dió la noticia que dos mensajeros del gobernador Bayo acababan de
-traerle.
-
-Su madre refería aquellas cosas horribles, sin el más leve temblor en
-la voz. La pieza estaba obscura, pero Gabriela veía lucir sus ojos en
-la profunda sombra.
-
-Cuando lo supo todo, habló ella entre sollozos, y contó su aventura, y
-aún tuvo fuerzas para decir que el hombre que había salvado era el jefe
-de esa revolución que enlutaba la casa.
-
---¿Y ese hombre?--preguntó lentamente doña Carmen cuando Gabriela
-terminó su relato--¿está en el bote?
-
---Sí.
-
-Y se abatió en su silla, con la frente pegada en los vidrios de la
-ventana que daba al campo, donde la niebla, como un tul, esfumaba los
-contornos de las cosas.
-
-
-
-
-III
-
-La mano suave
-
-
-La arboleda tenebrosa que rodeaba la Casa de los Cuervos parecía en la
-noche un inmenso crespón.
-
-Doña Carmen de Borja llegaba de la ciudad a donde había dado el último
-adiós a los restos de su hijo, y donde le contaron lo que se sabía de
-su muerte.
-
-Habían pasado tres días ya, y sus labios permanecían plegados; ni
-una queja le arrancaba el dolor, ni una imprecación contra los que
-troncharon aquella vida que era el sol de su vejez.
-
-Al llegar a las casas ladráronla los perros, sin conocerla. Bajóse
-del caballo que montaba, con gran maestría, y entró al comedor, pieza
-vasta, desnuda y sonora bajo los pasos. Allí estaba su hija que la
-esperaba con la ansiedad de conocer detalles de la inmensa desgracia
-caída sobre ellas. Pero la madre no habló, y la hija se encerró a
-llorar en la nueva alcoba que ocupaba, por haber cedido al inesperado
-huésped la mejor de la casa.
-
-En la cena, que fué silenciosa y lúgubre, oyéndose afuera el medroso
-rumor del monte y del río, y en la cocina el llanto inacabable de
-Floriana, doña Carmen interrogó a Gabriela por el herido.
-
---Tuvo mucha fiebre, y pasó sin conocimiento el primer día. Le lavé la
-herida con agua de cepacaballo, y Jesús lo veló por la noche. Ayer de
-mañana ya conoció y el día fué bueno. A la tarde le volvió la fiebre
-que no lo ha abandonado en todo el día de hoy.
-
---Es un hombre fuerte--murmuró la dama--y es joven. Yo lo conocí
-niño--y después de una pausa:--hay que seguir lavándolo con lo mismo.
-¿Cómo es la herida?
-
-Gabriela describió el balazo de Insúa, a la altura del hombro izquierdo.
-
---¿Tiene adentro la bala?
-
---Son cosas que no sé--respondió Gabriela pensativa.
-
-Doña Carmen mandó llamar al capataz y le dijo:
-
---Mañana de madrugada, irás a llamar al cura de San Pedro; sabe de
-heridas, y creo que ha sido médico en su tierra.
-
-Había impuesto desde el primer momento la orden más severa de guardar
-el secreto del herido que ocultaban en la casa, porque sin duda la
-policía podía enterarse y perseguirlo, y todos desde el capataz a la
-negrita Encarnación, estaban mudos respecto de aquella aventura.
-
-Don Julián del Monte, el cura de San Pedro, un malagueño alto, fornido,
-atezado como un visir, de ojos negros y fogosos, que contrastaban con
-la suavidad de sus palabras y las huellas visibles de una edad que
-podía estar entre los cincuenta y los sesenta años, llegó a eso de las
-ocho de la siguiente mañana.
-
-Montaba bien, la sotana arremangada, y se cubría la cabeza, que
-blanqueaba ya, con un chambergo negro.
-
-Nadie conocía la historia de aquel andaluz, que sin desmentir su raza,
-era reconcentrado y suave, por temperamento o por voluntad, como si
-temiera el exceso de las palabras.
-
-Sabían de él que ejercía con celo de apóstol su ministerio de párroco,
-en una zona extensísima; que amaba los niños, que montaba bien y cazaba
-mejor, y eso bastaba para que viviera respetado.
-
-A la hora en que él llegó, Insúa estaba despierto, y había saludado con
-una sonrisa dolorosa a Jesús, que a la cabecera de su cama cuidaba su
-sueño, mandado por Gabriela.
-
-Dos días antes, un momento vió el enfermo a la joven, y le quedó una
-dudosa impresión de vergüenza y de dulzura por estar en manos de ella.
-Después, la fiebre que era altísima le privó del conocimiento, pero
-esa mañana sintiéndose mejor preguntó por ella a tiempo que ella misma
-entraba con el cura.
-
-Insúa quiso incorporarse, mas al esforzar el brazo izquierdo lanzó un
-grito, se recostó de nuevo, cerrando los ojos.
-
---El dolor es más fuerte que yo--murmuró sonriendo.
-
-El cura se le acercó y le estrechó la mano:
-
---Yo lo conozco de nombre y de fama, señor capitán, y vengo a ver su
-arañazo.
-
-Y con mano experta desató las vendas puestas por Gabriela, que
-observaba silenciosa, desde los pies de la cama.
-
-La herida era grande, a la altura del hombro izquierdo; la bala había
-roto la primera costilla y perforado el omóplato, pero sin fuerzas para
-salir, estaba perdida entre la carne y el hueso, a la espalda.
-
-El brazo estaba sano, pero falto de apoyo oscilaba como si hubiera sido
-lesionado también, y a cada movimiento que se le imprimía, la cara del
-enfermo se crispaba de dolor, mientras sus ojos imploraban disculpas a
-Gabriela, que iba alcanzando al cura las cosas que le pedía.
-
-De un tajo rápido con una navaja de barba, abrió la carne y extrajo la
-bala.
-
---Ahora se curará, señor capitán--dijo después de lavarle prolijamente
-con infusiones de hierbas y vendarle bien.
-
-Insúa no respondió; la fiebre volvía a apoderarse de él y lo hacía
-delirar. Durante varios días la temperatura, indicio de una grave
-infección, fué muy alta, y lo tuvo amodorrado.
-
-El cura venía de mañana, quitaba las vendas, lavaba la herida, ayudado
-siempre por Gabriela, y luego se marchaba, a caballo, hasta la orilla
-del río, buscando el vado, que no era frente a las casas, sino más
-lejos, en los sauzales. Allí Jesús lo esperaba con la canoa, porque
-el río estaba crecido y no daba paso a pie; desensillaban el caballo,
-que cruzaba a nado, llevado de la rienda, por don Julián desde la
-embarcación, hasta la orilla opuesta donde él mismo ensillaba, y tomaba
-al galope el camino de San Pedro.
-
-Doña Carmen nunca entraba al cuarto del enfermo.
-
-Enlutada como antes, pero con un pliegue más hondo de dolor, en la
-comisura de los labios, atendía prolijamente todas las cosas que con
-él se relacionaban, y sin nombrarlo jamás, parecía tenerle a toda hora
-presente.
-
-Al caer la tarde reuníanse en el oratorio y rezaban el rosario.
-
-La dama hacía coro, y aplicaba siempre las preces por el alma de los
-muertos en la revolución. No nombraba a su hijo, como si hubiera temido
-que le faltara la voz.
-
-Floriana rezaba plañendo, hasta que una noche doña Carmen le dijo:
-
---Yo soy su madre, y no me lamento así.
-
-La mujer guardó silencio desde entonces, pero rezaba arrebozada en su
-manto, y su cabeza temblaba con los sollozos incontenibles.
-
-Un día Gabriela dijo en la mesa:
-
---Hoy ha amanecido sin fiebre.
-
-La madre la miró; pareció que iba a hablar, pero no dijo nada.
-
---Sin fiebre y con hambre--agregó sonriendo un poco Gabriela,
-íntimamente halagada de aquella curación que en parte se debía a sus
-cuidados.
-
-Y esa tarde, Insúa que dormía tranquilamente por primera vez, quizás,
-desde que estaba enfermo, abrió los ojos sin sueño ya, y vió a corta
-distancia de su cama, sentada en una mecedora, a Gabriela que leía,
-velándole.
-
-No hizo ningún movimiento para que ella no alzara los ojos del libro, y
-se puso a examinarla despacio, saboreando su hermosura, más conmovedora
-en su luto y en la tristeza que envolvía la casa. Entregado a esa
-contemplación lo sorprendió la mirada de ella, que al volver una
-página, quiso espiar a su enfermo. Se puso encendida viendo que él la
-observaba, quizás hacía un largo rato.
-
---Hoy no ha venido don Julián;--le dijo, cerrando el libro--ayer lo
-encontró ya bastante bien...
-
---¿Don Julián? ¿Quién es don Julián, señorita?--dijo él avergonzado de
-que siempre se le hablara de sus dolencias; y luego recordando:--¡ah,
-el cura! lo he visto en medio de la fiebre, y no me acordaba.
-
---Ha sido médico en su tierra y por eso lo llamamos.
-
---Tiene buena mano, pero no es a él, sin duda, al que más debo...
-
---¿A quién entonces?--interrogó ella involuntariamente.
-
---A usted, señorita...
-
---Señora,--corrigió ella suavemente.
-
---¡Ah!--dijo él recordando lo que el primer día que se vió en la Casa
-de los Cuervos, le refirió el capataz.
-
-Y se quedó callado, evocando los recuerdos de la noche de la
-revolución, que no había tenido tiempo de ordenar en su cerebro
-fatigado, y que ya le parecían lejanos como un sueño.
-
-Un pesado silencio se hizo entre los dos. Afuera balaban los terneros,
-porque era la hora en que Floriana ordeñaba las lecheras.
-
-Gabriela para escapar de aquella situación, que sin saber por qué
-recónditos motivos la hacía callar a ella al mismo tiempo que a él, se
-acercó a la ventana, y luego dijo:
-
---No sé si un vaso de leche al pie de la vaca, le sentaría bien. Voy a
-preguntarle a mama--y salió.
-
-El rumor de sus faldas se había apagado, y él, no obstante lo sentía
-aún, como un apacible zumbido de dulces abejas.
-
-Tenía vergüenza, una profunda vergüenza de que una mujer tan hermosa
-hubiera sido su enfermera en los largos días de fiebre, en que no era
-dueño de sí mismo.
-
-¿Se habría quejado? A cada gesto que hacía para cambiar de posición un
-dolor intenso en el hombro le obligaba a apretar los labios para no
-gritar, y de todas sus miserias, aquella le parecía la más vergonzosa.
-
-¿Qué idea habían de formarse de él, los que le oyeran quejarse como una
-mujer o un niño?
-
-Un rato después vino Jesús, con un tibio y espumoso vaso de leche, que
-el enfermo bebió con desgano, y sólo porque el muchacho le dijo:
-
---Que lo tome todo, me encargó la niña Gabriela.
-
-Insúa se quedó solo, mirando declinar el día, y con el oído atento a
-los rumores de afuera, en que a veces venía mezclada la voz de ella.
-Cuando la sombra invadió la arboleda, y en la estancia del enfermo se
-hizo la noche, vino Gabriela con una lámpara, que le hacía resplandecer
-el rostro y lucir los ojos garzos.
-
---Usted me mima--le dijo él, y ella contestó cualquier cosa y se fué
-dejándolo con la esperanza de que volvería a sentarse a su lado.
-
-Mas no volvió: dos o tres veces la sintió hablar en la galería
-contigua, o en la pieza de al lado, y fué todo.
-
-Jesús le trajo una taza de caldo que bebió a disgusto por complacerla
-secretamente. Volvióle la fiebre y pensaba que en aquella casa era un
-estorbo su presencia, por lo cual debía partir al alba. Se lo dijo así
-al muchacho, que lo miró extrañado y llevó la nueva a su ama.
-
-Cuando ésta vino, después de cenar, Insúa tenía la mirada febriciente
-y estaba intranquilo, deseoso de quejarse no de dolor, sino de su mala
-suerte, que lo tenía allí, clavado en el lecho, molestando a personas
-a quien no conocía. Algo dijo al ver a Gabriela y ella dulcemente le
-replicó:
-
---No se preocupe de ello, lo cuidamos con gusto y no es molestia.
-
-Y con su mano pequeña y suave le tomó el pulso, y le palpó la frente,
-con lo que él se aquietó.
-
---Tiene fiebre; le voy a lavar la herida; como me ha enseñado don
-Julián.
-
-Aquietado súbitamente por el halago de aquella mano, Insúa se resignó a
-que ella misma hiciese de enfermera, tratándolo como a un niño que no
-puede valerse, y conociendo de cerca su miseria.
-
-Y mientras ella le aseaba la herida, que iba cerrando aunque
-lentamente, él que apelaba a todo su vigor para no exhalar un quejido,
-volvió a sentir la vergüenza de que delante de la joven en las otras
-curaciones que no recordaba, pudiera haberse mostrado flojo.
-
-Pareció comprenderlo Gabriela, sin que él hablara, y al terminar le
-dijo:
-
---Es usted un hombre fuerte, señor capitán. Dice don Julián que su
-herida es terriblemente dolorosa, y usted no se queja.
-
-Insúa saboreó sin contestar la dulzura de aquella palabra, y esa noche
-se durmió tranquilo, como si ella velara a su lado, olvidado de todas
-las cosas que hacían singularmente penosa su presencia en la Casa de
-los Cuervos.
-
-
-
-
-IV
-
-La yerra
-
-
-¿Era eso el amor?
-
-Su corazón había dormido tantos años, que ella pudo creer que el
-letargo sería eterno, y he aquí, que en las más inverosímiles
-circunstancias, como en un cuento de niños se prendaba de un hombre.
-
-Había mandado ensillar temprano su caballo, para salir al campo a
-vigilar ella misma el trabajo de la peonada que recogía la majada,
-porque se iba a parar rodeo. Su madre, amaneció con una fuerte jaqueca,
-y ella debía sustituirla.
-
-Sobre el caballo era ágil y su talle fino adquiría una suprema
-elegancia, hija de una larga costumbre.
-
-Había tomado la rienda y estaba a punto de saltar, ayudada por Jesús,
-cuando Insúa apareció en la galería. Se levantaba hacía una semana y
-aunque conservaba el brazo encabestrillado, no parecía un convaleciente.
-
-Se le acercó y le dijo:
-
---¿Por qué quiere seguir tratándome como enfermo? Si manda que me
-ensillen un caballo, puedo serle útil en el campo. ¿No sabe que es mi
-oficio?
-
-Gabriela, sin pensar más, deseosa de complacerle, mandó ensillarle un
-caballo, y algunos minutos después, partían los dos, al galope, hacia
-el campo.
-
-No vió la joven aparecer en el cuadro de la puerta que daba al camino,
-la sombría figura de doña Carmen de Borja, que al verlos salir juntos,
-sintió una llamarada de indignación subirle al rostro.
-
---¡Oh, Dios mío!--clamó llevándose las manos a la cabeza. Reprimió,
-sin embargo, su disgusto, y volvió a sus quehaceres, como si para ella
-fuera Insúa el mismo hombre que era para todos, en la Casa de los
-Cuervos, donde se había ganado las voluntades.
-
-El galope de los caballos sonaba acompasado. Gabriela cerraba los ojos,
-dejándose llevar, y sentía llenársele el corazón de una gran dulzura.
-
-¿Era eso el amor? Insúa le había dicho al salir:
-
---Ya no es prudente que siga en su casa. Hace tres semanas que soy su
-huésped, y por mucho misterio que se quiera guardar, no tardará el
-gobierno en saber dónde estoy. Dicen que me hace buscar.
-
---En nuestra casa, señor capitán, no pensará nunca.
-
---Pero lo harán pensar. Yo debo irme ya. He mandado un chasque a
-Alarcón. No crea, Gabriela, que es mi gusto... ¿sabe? siento alejarme
-de esta casa, que ha sido un puerto para mí.
-
---Habíamos quedado--murmuró Gabriela--en que no se acordaría más de eso.
-
---No lo digo porque a usted le deba la vida. No le gusta que lo
-recuerde, y cumplo mi palabra. Pero es que le debo más que la vida...
-
---¿Qué es?--preguntó involuntariamente la joven, notando que él se
-había callado.
-
---Le debo la primera ilusión, que me ha hecho comprender realmente el
-valor de la vida, que también le debo...
-
-El corazón de ella latió con fuerza, agitado sin duda por la carrera
-desenfrenada de los dos caballos, que sintiendo suave la brida, volaban
-sobre el campo verde.
-
-Se quedaron en silencio. Cruzaban el monte, chafando la hierba
-quebradiza por la helada de esa noche, que había quemado la punta
-de los pastos y llenado de escarcha como azúcar en polvo, las ramas
-escuetas de los algarrobos y ñandubays, que despertaban al sol de la
-hermosa mañana.
-
-De la última lluvia, había aún charcos en las hondonadas del terreno, y
-estaban cubiertos de un frágil cristal de hielo, que saltaba en agujas
-lucientes, bajo el casco de los corceles. Insúa contuvo al suyo.
-
---¿Le hace mal galopar?--preguntó Gabriela, siendo esa su primera
-palabra, después de lo que él le dijera.
-
---No, Gabriela; pero quisiera alargar estos minutos que estoy con
-usted; y me parece que el galope los acorta.
-
-Hablaba lentamente, repitiendo las palabras cuando no se oían bien, y
-había una vaga tristeza en el timbre de su voz.
-
-Por primera vez en su vida apasionada, sentía la nostalgia de la paz.
-Era una sensación penetrante y desconocida para él, que le hacía desear
-que el tiempo no corriera, como si las cosas que habían de venir
-hubieran de ser fatalmente tristes.
-
-Su espíritu positivo se había dejado envolver en la niebla de misterio
-que flotaba sobre la Casa de los Cuervos, y su voluntad parecía
-enervada. A media noche solía despertarse, y por la ventana, veía
-en la misma rama seca a los dos cuervos dormidos, y sentía el rumor
-inacabable de los eucaliptus, desvelados con el viento de la noche.
-
-Y pensaba en Gabriela, cuya hermosura era la única nota luminosa del
-cuadro. ¿Pero cómo podía amarla él, que tenía sus manos bañadas en la
-sangre de aquellos dos hombres que cayeron los primeros en la noche de
-la revolución?
-
-Cuando le asaltaba el horroroso recuerdo, quería huir de la casa,
-y siempre era ella en una forma o en otra, con su halago o con sus
-razones, la que lo disuadía de un propósito que, en verdad, debía
-rechazar.
-
-El gobierno le perseguía. Al principio se le dió por muerto, y días
-enteros recorrieron la laguna y el puerto algunas lanchas, buscando su
-cadáver. Después nació la sospecha de que vivía, oculto en los sauzales
-con los paisanos matreros. Algunas patrullas merodeaban por las islas,
-y aun llegaron a la Casa de los Cuervos. Insúa oyó una tarde el ruido
-de los sables en la galería, y la voz tranquila de doña Carmen de Borja
-que respondía a los hombres, quitándoles toda sospecha de que allí
-pudiera estar el que buscaban.
-
-Desde ese día llamóle más la atención la actitud de la dama para con
-él. Ni una sola vez había entrado en su cuarto durante la gravedad.
-
-Y después, cuando él se levantó, y salió afuera y pudo asistir a la
-mesa y a la oración, y se multiplicaron las ocasiones de encontrarse,
-parecióle observar en ella un especial empeño en esquivarle.
-
-Insúa se estremecía pensando que pudiera haber penetrado el horrible
-secreto que de noche le desvelaba y le sugería la fuga. Pero si la
-madre sabía, ¿por qué ignoraba la hija?
-
---He mandado un chasque a Alarcón--volvió a decirle Insúa, mientras
-cruzaban al tranco un alto pajal, que escondía el cuerpo entero de sus
-caballos;--es necesario que me vaya, para no comprometerles. Mi gente,
-además...
-
-Gabriela lo miró; a su corazón que bebía la dulzura de aquellas
-palabras, en que a través de las ideas indiferentes se traslucía el
-amor, llegó la onda amarga de una sospecha que a menudo le asaltaba:
-Insúa preparaba una nueva revolución.
-
-Las miradas de ambos se encontraron: él vió en sus ojos una llama leal
-como un rayo de sol, y se dejó vencer por la confianza.
-
---Mi gente me espera, porque quiere vengar la derrota. ¿Será discreta?
-Me dicen que en Santa Fe nuestros amigos están libres, porque no ha
-habido pruebas contra ellos, y aunque se les vigila no tardarán en
-alzarse de nuevo contra el gobierno. Y yo, usted lo comprende, tengo
-que acompañarles...
-
-Dejó de hablar porque en el rostro de ella, animado un momento por
-aquella confidencia, que era una prueba de amor, se pintó una gran
-tristeza.
-
---¿Qué le pasa, Gabriela?
-
-Habían llegado a la orilla del pajonal, y ella castigó su caballo que
-partió al galope, seguido por el de Insúa.
-
---¡Nada! no me pasa nada--respondió sin mirarlo.--Usted no tiene otro
-pensamiento que la revolución. ¿No sabe el daño que me hace? ¿Piensa
-alguna vez en los muertos?
-
-Como una puñalada sintió Insúa aquella respuesta.
-
-¿Así, pues, ella sabía lo que sabría la madre? Y aquel secreto que le
-roía el alma, prohibiéndole dejarse mecer por las ilusiones que nacían,
-¿no era ya un secreto?
-
-¿Qué iba a hacer? ¿Por qué ella lo había dejado acercarse,
-envolviéndole en su gracia que lo embriagó como un vino jamás gustado?
-
-Galopaban los dos por la orilla del monte. De cada uno de los charcos
-en que se deshacía la escarcha, irradiaba el deslumbrante reflejo
-del sol, que se quebraba en los cristales de hielo. El cielo, puro y
-desteñido, sólo hacia el horizonte mostraba un grupo de nubecillas
-apelotonadas como un montón de caracoles rosados.
-
-Gabriela, impresionada por la hermosura de la mañana, sentía su corazón
-pronto a fundirse como aquellas agujas de escarcha.
-
-Insúa marchaba detrás de ella, y como los pájaros enmudecidos por el
-frío, callaban ocultos en las isletas abrigadas del monte, cuando
-se apagaba el ruido de los cascos de los caballos, por cruzar algún
-terreno arenoso, se oía el apacible gemido de la brisa que oreaba las
-pajas brillantes de rocío.
-
-Gabriela refrenó un tanto su aparente fuga, y se dejó alcanzar por
-Insúa, que galopó un largo rato a su lado sin decirle palabra. Ella
-temblaba porque parecía pesarle ahora lo que había dicho.
-
-Intrigada por el silencio de él, volvió la cara y lo miró, y casi
-dió un grito, porque fué un rayo de luz, y ante sus facciones
-descompuestas, tuvo la evidencia de lo que hacía tiempo flotaba en su
-alma como una sospecha.
-
-No necesitó que él le dijera nada para comprenderlo todo. Lo hubiera
-leído en un libro, y no lo habría visto tan claro como en cada uno de
-los gestos que recordaba de él, y que ahora se aclaraban para ella, su
-reserva, su miedo al delirio de la fiebre, que podía comprometerle,
-su disgusto cada vez que se aludía a la noche de la revolución en que
-murieron su marido y su hermano, a quienes él nunca nombraba, como si
-tuviera horror a su memoria.
-
-Tenía la clave de todo, y quizá también de aquella inexplicable
-esquivez de su madre, que huía de encontrarse con él.
-
-¡Ay, Dios! y ella lo había dejado entrar en su alma.
-
-Todos los cuadros del campo, los rincones del monte, donde la arboleda
-era más tupida, las cañadas llenas de varillas, las azules lagunas en
-que bebía la hacienda, las barrancas del río, vestidas de carrizas, los
-sauzales de la margen, todo tenía para ella una sugestión poderosa,
-porque durante años había vivido en su amistad sembrando en cada uno de
-los pliegues de la naturaleza, un poco de sus sueños de niña.
-
-Había pasado aquella época, y la cruda realidad de su matrimonio sin
-poesía y sin amor, había ajado aquellas impalpables ilusiones que la
-envolvieran como un velo de luz. Sin saber cómo, de pronto, por un
-golpe teatral, su destino cambiaba, y volvía a agitarse en ella la
-misma esperanza, a cuyo calor nacieran las ilusiones de antaño. Y su
-sueño se rompía cruelmente. ¿Cómo podía amar ella a aquel hombre que
-tenía sus manos teñidas en una sangre que le pedía venganza?...
-
-Al volver una isleta del bosque, donde el camino doblaba bruscamente,
-los dos, que seguían marchando juntos, sin cambiar una palabra,
-entregados a sus pensamientos, halláronse con la punta de la hacienda
-que venían arreando los peones.
-
-Ese día estaba señalado para la yerra. Doña Carmen de Borja marcaba
-todas las crías del año, para que no se confundieran con las de las
-estancias vecinas, en muchas de las cuales no se usaba marca ninguna.
-
-La hacienda de doña Carmen no era muy numerosa. No obstante, un año
-con otro pasaban bajo el hierro enrojecido al fuego, cuatrocientos o
-quinientos terneros, que servían para reponer los animales vendidos o
-carneados en el año y para aumentar el capital primitivo. La operación
-era una fiesta, en la que se daban cita desde meses atrás, los peones
-del contorno para prestar su ayuda y comer y beber con la abundancia
-que caracterizaba esas ruidosas jornadas.
-
-Reunían la vacada en un vasto corral, de palo a pique, un poste de
-ñandubay clavado contra otro y otro, de tal modo que ni los perros
-podían disparar, cuando quedaban dentro, y allí uno por uno iban
-sacando los terneros, para marcarlos junto a la tranquera.
-
-Al ver la hacienda que desembocaba, Gabriela se detuvo; Insúa caminó
-algunos pasos y se detuvo también; estaba irritado consigo mismo, con
-su propio destino, que parecía burlarse de él.
-
-La joven esperó que llegara el capataz, para comunicarle el mensaje de
-su madre, y después cuando hubo pasado toda la hacienda rodeada por los
-peones, desfilando lentamente, envuelta en una nube de polvo que se
-doraba al sol, siguieron los dos, al tranco, detrás de todos.
-
-Los mugidos de los toros coléricos, por ir mezclados con sus rivales,
-el balido de los terneros, que se iban quedando a la trasera,
-contestando a las madres que marchaban adelante, los gritos de los
-peones, persiguiendo a los animales que se escapaban del montón, los
-ladridos de los perros, jadeantes y embravecidos, apagaban las voces, y
-les sirvió de pretexto para no hablar.
-
-Cuando llegaron a las casas no habían cruzado una palabra.
-
-Ya a la puerta del corral, en una fogata que encendiera Floriana, tres
-marcas de hierro con un pequeño mango de hueso en el extremo de la
-barra, se estaban calentando.
-
-Don Julián, convidado a la fiesta, acababa de llegar. Se había puesto
-una sotana vieja, color tabaco en el pecho y en los codos. Quería
-estar pronto para ayudar a los peones en su ruda faena.
-
---Vamos a marcar terneros, no más, porque no hay hacienda grande
-orejana--le dijo don Goyo, cuando el cura entusiasta le dió un vigoroso
-apretón de manos.
-
---Lo siento, porque tenía ganas de desherrumbrarme las coyunturas.
-
-Abrió los brazos poderosos, y su ancho pecho se dilató, absorbiendo una
-gran bocanada de aire frío, cargado del viscoso relente de las islas,
-que la brisa empezaba a barrer.
-
-Insúa que llegaba en ese instante, lo saludó sin bajarse del caballo, y
-los dos se quedaron allí, mirando los preliminares de la operación.
-
-Antes de encerrar la hacienda en la ensenada--nombre que daban al
-extenso corral--era necesario apartar las vacas ajenas, que llegaban
-confundidas, para no marcar sus terneros como si fueran de la estancia.
-Cada uno de los capataces de los campos colindantes, designaba los
-animales que le pertenecían y los peones entraban dando gritos, en
-el montón, para apartarlos de allí, arreando o pechándolos con el
-encuentro de sus caballos.
-
-Insúa silencioso, con el ceño fruncido, pensando a ratos en otras
-cosas, miraba la escena que no lograba interesarle.
-
-Las vacas desorientadas, remolineaban entrando de a pequeños grupos en
-la ensenada. Había más de quince hombres, que corrían revoleando los
-taleros, y gritando: ¡huajá! ¡huajá!, alarido de guerra que enardecía a
-los perros.
-
-El capataz conversaba con el cura, vigilando la operación; de cuando
-en cuando daba un grito, y espoleaba a su caballo, un tostado fogoso,
-mojado en sudor, que volteaba un novillo de un pechazo.
-
-El espacio en que se paraba el rodeo era amplio, libre de árboles,
-para que la gente pudiera correr sin riesgo, roída la hierba en el
-sitio en que acostumbraba detenerse la hacienda, visible la tierra
-negra, floja y lodosa, por el chapaleo de las pezuñas. El contorno era
-verde, tapizado de pasto que la helada de esa noche había ennegrecido a
-trechos. A poca distancia, la punta del bañado, cubierta de camalotes,
-parecía continuar el campo terso y firme, pero cuando algún peón
-siguiendo un animal fugado del rodeo, se metía hasta allí al galope, de
-cada pata del caballo se alzaba un surtidor de agua, que semejaba un
-chorro de plata a la luz del sol.
-
-En las violentas curvas que la faena obligaba a hacer, conforme el
-capricho del animal que perseguían, los caballos en su impetuoso galope
-se tendían como si fueran a caer de costado.
-
-En el aparte de la hacienda ajena, una de las vacas de doña Carmen de
-Borja huyó dando botes, la cola alzada y tiesa, y dos hombres se fueron
-tras ella, para volverla al corral. A la distancia en la llanura, sin
-términos de comparación, sus siluetas comenzaron a achicarse.
-
-De pronto el animal fugitivo, fatigado quizás, se detuvo en seco, y uno
-de los peones, sin tiempo para desviar su montura cayó como una tromba
-sobre él, y rodaron por tierra.
-
---¡Huajá!--gritaron desde el rodeo al verlo caer, y se oyó la
-contestación del paisano que respondía de lejos, levantándose y
-volviendo a montar:
-
---¡No es nada, hermanos! ¡Siga la farra!
-
-Por las orillas del rodeo circulaba la yeguada, dando vueltas, oyéndose
-apenas el ruido del cencerro de la yegua madrina que marchaba adelante,
-y detrás de ella, desfilando una a una, toda la manada, los potrillos
-al lado de las madres.
-
-Más allá era la serenidad de la naturaleza, que trabajaba en silencio
-la vida de todos, bajo el toldo azul del cielo invernal.
-
-Insúa comparaba esa indiferencia de las cosas, en que durante tantos
-años había vivido, dejándose penetrar por su belleza tranquila, con
-la fiebre de la interna batalla a que de golpe lo había arrojado el
-destino.
-
-¿Quién hubiera creído de él aquella repentina pasión que empezaba a
-morderle como un can rabioso?
-
-¿Y ella? ¿No era ella la misma la verdadera culpable de que él se
-sintiera irresistiblemente arrastrado por aquel amor que era como una
-burla trágica a todas las nociones de honor que imponían y aceptaban
-las gentes?
-
-La vió llegar al rodeo, acompañando a su madre, que le saludó con la
-inexplicable esquivez de siempre, poniéndose a hablar con el capataz
-sobre la yerra que iba a comenzar.
-
-Gabriela tenía los ojos lucientes, como si hubiera llorado, y en el
-rostro llevaba la marca del horror, por lo que había adivinado. Insúa
-esperó, la cabeza agachada, mirando al suelo, que parecía temblar con
-el tropel de la hacienda. La joven llegó hasta él, y sencillamente le
-dijo:
-
---Ha llegado Alarcón. El que usted esperaba para irse.
-
-Y aquellas sencillas palabras, cayeron en su corazón como una
-sentencia. Debía partir; ella se lo decía.
-
-
-
-
-V
-
-El secreto
-
-
-En la alta noche, doña Carmen de Borja, sintiendo quieta a su hija, que
-dormía en su cuarto y que en un principio había aparecido intranquila,
-se levantó sin ruido, fatigada de esa cama en que no podía conciliar el
-sueño, y arrebozada en un manto, se llegó hasta el comedor.
-
-Las tinieblas que reinaban allí, el silencio temeroso de su soledad,
-roto bruscamente por el crujido de las maderas de algún mueble, la
-atmósfera impregnada aún con el vaho de la cena, todo le inspiró el
-deseo de respirar el aire frío y puro de la galería.
-
-Corrió los pasadores de la puerta y salió.
-
-No había luna, pero las estrellas dejaban caer sobre la tierra el
-discreto resplandor de su luz cenicienta, buscando entre el follaje de
-los eucaliptus dormidos, alguna abertura para llegar hasta el suelo.
-
-Todo reposaba; en los árboles, los raros pájaros que desafiaban el
-invierno; las bestias en el campo; las ovejas en el corral; los
-perros, alerta el oído para sorprender los rumores sospechosos, que se
-agrandaban con el vasto silencio, dormían amontonados, en la cocina; un
-cuzquito lanudo, se había trepado sobre el fogón y roncaba suavemente,
-con el hocico pegado a la ceniza tibia del rescoldo.
-
-Y en la rama de siempre dormían los cuervos que la dama no podía ver,
-pues quedaban del otro lado de las casas.
-
-Aquella calma apaciguó sus pensamientos tumultuosos, y le trajo a la
-memoria con más nitidez que en toda la velada la palabra del cura, a
-quien esa tarde llamó al oratorio, para confiarle su tremenda angustia.
-
---¡Padre!--le había dicho, arrodillada a los pies de él, que la
-escuchaba sentado en un viejo sillón de cuero, la cabeza apoyada en la
-mano.--¡Padre! Mi pobre Carmelo ha sido muerto por él; Jarque también,
-y él, ahora, ama a Gabriela, que no puede saber nada de este horrible
-secreto, que me pesa como una lápida. Yo habría querido equivocarme,
-pero cada día estoy más segura de que ella también lo ama. ¿Por qué, él
-que sabe cuál es su crimen, ha venido hasta aquí, y ha turbado la paz
-de mi casa con ese amor que es otro crimen?
-
-Doña Carmen se puso a sollozar, y el cura, con su voz llena y viril, de
-maestro que indica la senda, le dijo:
-
---El amor puede adueñarse del hombre, sin que esté en su mano
-libertarse.
-
---Así es; también lo pienso yo,--respondió la dama.
-
---¿Sabía él que aquí vivía la viuda de Jarque?
-
---No, padre. Mi hija lo salvó, cuando se estaba ahogando y lo trajo
-en su bote. Volvió al conocimiento estando ya en esta casa, y yo no
-supe quién era el que así recibíamos como un huésped, digno de nuestra
-caridad, sino cuando ya era tarde para cerrarle la puerta. Dos días
-pasé en la ciudad, preguntando cómo fué la muerte de mi Carmelo; para
-algunos era un misterio, pero no faltó quien me hiciera el relato.
-Cuando volví a mi casa, el horror de cuidar a ese hombre que veía
-ensangrentado con la sangre de mi hijo, me hizo egoísta y abandoné la
-tarea a Gabriela, que lo ignoraba todo. Nunca pensé en lo que jamás
-debí descuidar. Ella ha vivido triste, como una viuda, toda su vida;
-ha presentido el amor, pero no lo ha gustado, porque su matrimonio
-no llenaba su corazón. Y libre, por la muerte de su marido, aquel
-hombre a quien había salvado, que era cortés y hermoso, que tenía el
-prestigio de un soldado valiente, y que empezaba a amarla sin que yo lo
-supiera, no podía menos de entrar en el alma de mi hija. Y así fué; yo
-he comprendido que si él la quiere, sinceramente, como creo, ella está
-embriagada por un amor que es lo que había soñado.
-
---¿Y ella? ¿Ella... puede saber?--preguntó el cura con un ligero
-temblor en la voz, porque recordó que esa mañana, en el rodeo, algo
-extraordinario revelaban los gestos de Gabriela, cuando se acercó a
-Insúa.
-
---Ella no puede saber--respondió la madre;--si lo hubiera sabido en un
-principio, no habría llegado a enamorarse de ese hombre. Y ésa es mi
-culpa no habérselo dicho. El crimen es de él, que sabiéndolo se llegó
-a ella y la amó. ¡Santo Dios! me tiembla el corazón y me parece oír,
-cada vez que pienso en esto, que mi pobre Carmelo se lamenta de que así
-hayamos vengado su sangre.
-
---La venganza--murmuró el cura--es miseria nuestra. Las almas de los
-muertos, que han visto a Dios, no pueden sentirla ni desearla.
-
---Y ahora--prosiguió doña Carmen--me aflige el presentimiento de las
-cosas que pueden ocurrir, si Gabriela, que está enamorada, llega a
-saber qué abismo le separa de ese hombre. Yo soy su madre, y le debo
-ahora una dicha que antes por motivos egoístas no le dí. Su padre
-quiso casarla, ella consintió, porque era buena y sumisa; y yo, que
-debía oponerme, pues conocía su alma, y sabía sus sueños, no me opuse,
-y también consentí. Fué su desgracia, quizás por culpa mía. Ahora no
-tengo valor para contrariar de nuevo sus ilusiones, y prefiero guardar
-para mí el horrendo secreto, que conozco sin que nadie sospeche.
-
-Con sus manos finas y largas, se tapó el rostro descompuesto por el
-dolor y murmuró sofocando el grito de venganza que se alzaba en ella:
-
---¡Oh, mi Carmelo, mi Carmelo!
-
-Don Julián tenía, no obstante su aparente simplicidad, una larga
-experiencia que le hacía discreto y sagaz en sus consejos, y humano
-por encima de todo, en cuanto se lo permitían sus rígidos principios
-religiosos y morales.
-
-Aquello que le confesaba la dama, no era todo misterio para él, que
-había husmeado el secreto que pesaba sobre ella en su propia esquivez,
-y en la sombría reserva de Insúa, cuando se comentaba la noche de la
-revolución, en que lo hirieron.
-
-Conocía también los sueños de Gabriela, rotos por aquel matrimonio
-sin amor, que fraguó su padre, y alguna vez había temido que la
-desesperación entrara en el espíritu romántico de la joven, confinada
-en el estrecho horizonte de la Casa de los Cuervos.
-
-Pensó también que Insúa no era en realidad un criminal, sino un
-combatiente que se defiende o ataca, sin odio y sin más propósito que
-la victoria para un ideal, y que habría sido injusto equiparar su culpa
-a la de un hombre que hubiera muerto al marido para casarse con la
-viuda.
-
---¿Cómo llegaron a usted los detalles de la muerte de su hijo y de su
-yerno? ¿Quién le contó? ¿Hay muchos que lo sepan?--interrogó el cura a
-doña Carmen.
-
-Y ella entonces le hizo el relato. En la noche del entierro en casa de
-una parienta, un indio se acercó a contarle con toda reserva lo que sus
-ojos habían visto. Nadie más--le dijo--sabía nada de aquello, y nadie
-debía saberlo, era el nombre del que había quitado la vida a Carmelo
-Borja y a Braulio Jarque.
-
---¿Y ese indio quién era, y qué interés tenía en decírselo a usted y en
-callarlo a los otros?
-
---Era uno de los revolucionarios, que en los primeros momentos había
-pasado inadvertido, pero que deseaba ganarse mi voluntad para que
-yo influyera ante el gobernador, mi pariente, si acaso llegaban a
-prenderle.
-
-No quería huir, porque había desertado y los compañeros se vengarían;
-conocía los secretos de la revolución; había presenciado la lucha de
-Insúa, y estaba resuelto a callar, pero que el capitán no lo castigara
-si algún día se sabía por él el horrendo secreto.
-
-La madre siguió acumulando los detalles del relato que el indio le
-hiciera, mientras don Julián pesaba en su conciencia el bien y el
-mal que podía haber en esconder a todos el secreto que el acaso o la
-providencia ponía en sus manos, y dejar que las cosas siguieran sin
-violencia su curso natural.
-
-Cuando la dama se alzó del reclinatorio en que había hecho aquella
-confesión que revolvía todos sus dolores, su corazón estaba sometido a
-lo que pudiera ser la voluntad de Dios.
-
-Pero esa noche la soledad o el silencio, que envolvía la casa dormida,
-despertó de nuevo en ella la rebelión que la palabra del cura había
-apagado. Escuchaba la voz de su hijo muerto, que clamaba por el crimen
-que se iba a consumar, permitiendo aquel amor, y todo lo que en ella
-había de humano se sublevaba sintiendo aquel lamento, que turbaba su
-sueño.
-
-Se levantó, por eso, y buscó la calma de sus nervios paseándose en la
-galería, donde la infinita quietud de la noche apenas turbada por el
-rumor del agua del río, volvió la paz a su espíritu.
-
-Y mientras ella paseaba, temblando de frío, creyendo a su hija dormida,
-ésta incorporada en su lecho, llena de espanto, veía por el postigo
-abierto de la ventana pasar y repasar la sombra de su madre.
-
-La había sentido salir, y tuvo vergüenza de hablarla, porque también
-su conciencia era como un mar agitado, en que luchaban el nuevo amor,
-con todas las fuerzas de su vida naciente, y el sentimiento de aquella
-venganza que ella debía ejercer para acallar la voz de los muertos.
-
-¡Oh, si su madre supiera--pensaba--que ella estaba a punto de doblarse
-como una caña ante el huracán de la pasión!
-
-Y volvía a hostigarla aquella duda:
-
-¿Ignoraba su madre lo que ella adivinó esa mañana? Si ignoraba, ¿por
-qué huía de su huésped como si le horrorizara su vista? Y si sabía,
-¿por qué había callado, por qué no se llegó hasta ella, para detenerla
-al borde de este amor que era un crimen?
-
-Con los ojos dilatados en la oscuridad, crispadas las manos sobre las
-cobijas, estuvo un largo rato dudando si debía saltar de la cama, para
-ir hacia su madre y pintarle su tortura.
-
-A esa misma hora, otro pensamiento hacía su misma dolorosa jornada.
-
-Insúa se había acostado temprano, con el pretexto de su partida que
-sería al alba, pero en realidad por no encontrarse más con Gabriela,
-cuyas palabras al anunciarle la llegada de Alarcón le quitaron toda
-esperanza.
-
-Antes pensaba con pena en el momento en que abandonaría la Casa de los
-Cuervos, para acompañar a sus amigos en la nueva campaña que se iba a
-emprender. Y ahora, lo veía llegar como un alivio, y su partida era una
-fuga, de aquellos lugares en que se había encendido la primera ilusión
-de su vida.
-
-Se estremecía de horror ante la evidencia de que ella esa mañana leyó
-en sus ojos la verdad que fué su pesadilla en sus horas de fiebre.
-¿Cómo había llegado a comprender ella la maldición que pesaba sobre él?
-
-¿Pero había comprendido en efecto? ¿Sabía que era viuda por él, que no
-tenía hermano por él?
-
-Revolvía en su memoria todos los detalles de ese día, y serenábase
-como un lago su alma atormentada, recordando que esa noche, después de
-la cena, al despedirse de Gabriela, mientras sus labios le temblaban,
-balbuceando la despedida, ella lo envolvió en una profunda mirada
-dolorida, que fué su primera confesión de amor.
-
-En la insomne noche, parecíale que los ojos luminosos dejaban caer
-sobre él una apacible luz de perdón, porque habían comprendido que
-era su destino, y no su voluntad, el que había tejido aquella intriga
-siniestra.
-
-¡Ay! ¡pero a esa intriga debía ella su libertad de amarle!
-
-Alarcón hasta altas horas de la noche le estuvo relatando, en voz baja,
-las circunstancias en que se preparaba la revolución.
-
-El gobierno estaba alerta como nunca, y deseoso de tomar represalias
-que curasen de raíz aquella perpetua zozobra en que le obligaban a
-vivir.
-
-Con la muerte inopinada de Jarque había perdido todas las pruebas
-con que hubiera podido caer sobre los cabecillas. Ni contra Cullen,
-ni contra Montarón, ni contra ninguno de los conjurados que en la
-noche del baile debían apresar a Iriondo y a Bayo, se pudo probar
-nada en concreto. Ellos mismos, al ver cómo Iriondo escapó de las
-manos de Insúa, invirtiéndose los papeles y teniendo éste que huir,
-permanecieron quietos, en una actitud que podía ser sospechosa para
-los que poseían los hilos de la conjuración, pero que no tenía nada de
-hostil contra los hombres del gobierno, que aguardaron en la casa de
-Montarón, llena de tropa, el fin de la refriega que se libraba en la
-plaza.
-
-La muerte de Jarque, el adversario más temible que tenían los
-opositores, alentóles a vengar cuanto antes aquella derrota, y
-sigilosamente, aleccionados por la experiencia de sucesos, en cuanto
-recibieron noticias de que Insúa vivía, empezaron los preparativos de
-la nueva revolución que había de terminar sangrientamente en la batalla
-de los Cachos.
-
-Oyendo a Alarcón, Insúa podía medir el cambio profundo que en esos días
-se había producido en él. Ya esas cosas parecíanle sin sentido.
-
-¿Qué le importaba a él quién gobernara, si el poder se le presentaba
-como la más estéril de las vanidades?
-
-Pensaba en su drama interior, cuyo desenlace no podía prever y sentía
-deseos de entrar en la acción, buscando en la lucha el reposo de su
-corazón y de su conciencia atormentada.
-
-Cuando Alarcón se durmió, comparó la serenidad de aquel sueño, con
-el suyo agitado por la fiebre de ese imposible amor. Y sin embargo,
-los ojos de ella, que no podían haberle mentido, le habían hablado de
-perdón.
-
-Faltaba mucho aún para el alba, cuando despertó a su compañero para que
-fuera a ensillar los caballos, que habían dejado en el corral de las
-vacas a fin de tenerlos cerca.
-
-Alarcón había dormido sobre un apero de montar, y comenzó sin ruido a
-juntar las caronas, mientras Insúa se vestía, precipitadamente, sin
-decir una palabra, dejando traslucir en sus gestos la impaciencia de
-aquella partida, que era como una fuga en medio de la noche.
-
-Dominado por su propia voluntad imperiosa, ya no pensaba más que en sus
-amigos, en su deber, en la lucha.
-
-Su pequeña maleta pronta, abrió la puerta que daba a la galería, y
-salió antes que Alarcón. Encandilado por la luz de adentro, no vió la
-sombra huraña de doña Carmen de Borja, que aún se paseaba por allí,
-escabulléndose hacia el comedor.
-
-Llegó hasta el patio, cuya tierra endurecida, apenas mojaba el rocío, y
-sintió en la avenida de los eucaliptus el áspero graznar de los gansos
-que advertían su presencia.
-
-Hacía un frío intenso, mas no fué ese frío el que le hizo temblar,
-corriéndole por la médula de los huesos. En la sombra siniestra de la
-arboleda, a donde había llegado, ansioso de movimiento, percibió el
-susurro de las alas de uno de los cuervos, que pasó rozando su cabeza.
-
-Supersticioso como era tuvo miedo, aunque en la nueva aventura no podía
-jugarse más que la vida, que ya apenas le importaba. Para calmar sus
-nervios, sintiendo pasos y creyendo que era Alarcón se echó a reír,
-dispuesto a contarle el motivo de su pueril recelo.
-
-Se volvió, y oyó la voz de Gabriela que le hablaba en la sombra donde
-apenas se veía su grácil figura.
-
---¿Se vá?
-
---¡Oh, Gabriela! ¿por qué ha venido?--respondió él, como un reproche,
-estremecido de gratitud hasta el fondo de su alma.
-
---No le había dicho adiós--dijo ella con dulzura--y era de mal augurio
-dejarlo partir así, como si huyera de la casa.
-
-Insúa se le acercó y le tomó la pequeña mano temblorosa.
-
---Es como una huída, en verdad...
-
---¿Y por qué?--interrogó ella, vencida en su largo insomnio por el
-amor, y resuelta a guardar su terrible secreto. Con tal que él no
-supiera que ella sabía de aquel abismo de sangre que les separaba, ¿por
-qué no había de amarlo? ¿Cómo podía él nunca sospechar que ella fingía?
-
-Él le contestaba:
-
---¿Para qué había de quedarme? Ayer le dije que a usted le debía la
-primera ilusión de mi vida. Ahora...
-
---¿Ahora qué?--preguntó ella ansiosa, sintiendo que vacilaba y que
-temblaban sus manos.
-
---Ahora esa ilusión se ha desvanecido. Mi vida no tiene sentido ya;
-usted misma ayer me lo dijo, anunciándome la llegada de Alarcón. "Ha
-venido el que esperaba para irse". ¿No fué así?
-
---Ayer sí, ayer fué así;--dijo con reprimida vehemencia la joven.--¡Hoy
-no! ¡hoy no! ¿Por qué se ha de ir?
-
---¿Y por qué había de quedarme?
-
-Y ella en un relámpago de voluntad, sintiendo que él no hablaría nunca,
-desconfiando quizás de que ella hubiese penetrado su secreto:
-
---¿Si yo se lo pidiera...?
-
---¡Oh, Gabriela!
-
---¿Se quedaría?
-
-De nuevo sintióse pasar el cuervo, echando sobre sus cabezas un viento
-cargado de tufo salvaje. Pero ninguno de los dos tuvo miedo.
-
-Ella dijo simplemente:
-
---Cuando vuelan los cuervos de noche es que alguien se acerca.
-
-Después hablaron, y la confesión del escondido amor brotó con fuerza,
-como una llama que disipó en sus corazones el frío y la niebla de las
-angustiosas horas pasadas.
-
-Cuando volvió Alarcón trayendo los caballos, Jesús había llegado con un
-farol, y alumbraba el sitio. Empezaron a ensillar. Insúa hablaba con
-Gabriela, en voz baja, mirando su rostro que la luz rojiza del farol
-alumbraba como una de las estampas del oratorio.
-
-Graznaron otra vez los gansos, y el ladrido de los perros confirmó lo
-que anunciara uno de los cuervos. Sintióse la voz de un hombre que
-decía:
-
---Manso, Batallón, Cuzco, ¡soy yo, ¡soy yo!--aplacando a los perros que
-conociéndole dejaron de ladrar.
-
-Llegóse él hasta el grupo, y Gabriela dijo:
-
---Es el ovejero.
-
-Era un viejito descarnado, pequeño, ágil aún, vestido miserablemente,
-con una vieja chaqueta azul de militar y un cuero de oveja sujeto a la
-cintura con una huasca.
-
-Saludó con voz apagada y acercándose al capataz, que en ese momento
-aparecía, le contó en voz baja que esa noche había llegado al rancho
-donde él vivía, a una legua de distancia, un hombre que parecía andaba
-sobre el rastro del capitán Insúa.
-
---¿Cómo es ese hombre?--preguntó Insúa oyendo aquello.
-
---Aindiado, capitán; quizás indio de veras.
-
---José Golondrina--murmuró Alarcón.
-
---Entonces habrá que hacerle venir--dijo Insúa.
-
-Alarcón que cinchaba su caballo, dejó el correón y se volvió hacia el
-capitán.
-
---Será mejor que no sepa donde estamos.
-
-Lo dijo como para que Insúa no más lo oyera.
-
-El ovejero continuó:
-
---Por lo que me ha parecido entender, no es de los revolucionarios,
-más bien del gobierno. Entró en mi rancho, al anochecer; me pidió
-carne y le dí media pierna de oveja. Me dijo que era poco y me compró
-un costillar. Salió para el monte, diciendo que iba a ponerlo en las
-alforjas. Yo creo que no era así, y que alguien, que no quería dejarse
-ver, lo esperaba allí. Tal vez son varios los compañeros; el perro que
-tengo ladró toda la noche, estando ya ese hombre en el rancho. Cuando
-lo ví dormido, me salí, y aquí estoy avisándoles y para lo que gusten
-mandarme.
-
-Hablaba despacio, con voz monótona, pero se adivinaba en sus ojos
-chispeantes, a pesar de la calma de sus facciones, la sagacidad del
-paisano, que lee las intenciones en la cara más impasible.
-
-Un momento Insúa había tenido la intención de quedarse en la Casa
-de los Cuervos para ganar mejor aquella alma que se venía a él, y
-averiguar si doña Carmen de Borja, huraña con él, se negaría a darle su
-hija. Mas al oír hablar al ovejero comprendió que el gobierno estaba
-sobre su pista, y que José Golondrina servía sus planes. Tenían, sin
-duda, la consigna de llevarle vivo o muerto, y aunque habría sido su
-gusto pelear contra la patrulla que sin duda acompañaba al indio, cedió
-al pedido de Gabriela que mandaba ya en él, y resolvió huir, dejando
-la promesa de volver y llevando la gran esperanza que ella había
-encendido en su corazón.
-
-Y así, cuando estuvieron ensillados los caballos, besó la mano que
-Gabriela le tendía, y con el capataz que había de guiarles hasta
-el vado, en donde estaba la canoa para pasar el río, crecido aún,
-partieron al galope, haciendo resonar en la noche la tierra endurecida
-por la helada.
-
-Gabriela siguió con la mirada ansiosa las siluetas que pronto se
-perdieron en la sombra.
-
-Estaba próxima el alba y ya los cuervos revoloteaban desde su árbol
-al corral de las ovejas, que empezaban a balar, por el frío de la
-madrugada, y al entrar en la galería, sintió Gabriela el susurro de las
-alas de uno de ellos que pasaba rozando el muro.
-
-
-
-
-VI
-
-Sobre las huellas de Insúa
-
-
-A pie, cruzando por los atajos del monte, en la niebla precursora del
-alba, llegó ñor Basilio, el ovejero, al rancho en que vivía solo, desde
-hacía veinte años.
-
-De lejos vió la llama del hogar, encendido por su huésped de esa noche.
-Cuando entró, hallólo sentado sobre la osamenta de una cabeza de vaca,
-atizando el fuego que ardía sobre el suelo de tierra en medio del
-rancho. En una "pava" de hierro, ennegrecida por el hollín, empezaba a
-calentarse el agua para el mate.
-
---¡Buenos días!--se dijeron sin mucha efusión.
-
-Ñor Basilio sacó de un rincón una especie de morral de cuero, donde
-guardaba la yerba y el azúcar, tomó el mate, vaciado de la yerba
-vieja, y empezó a cebar, tasando con escrúpulo, los ingredientes del
-rico desayuno. Era sumamente pobre, cuidaba de la majada a un tanto
-por ciento en las crías, y sólo cuando vendía la lana de la esquila,
-hacíase de algún dinerillo para yerba y azúcar. Tabaco no compraba;
-cultivábalo él mismo en un cuadrito rodeado de ramillas para librarlo
-de algunas gallinas que a esa hora empezaban a esponjarse, ante el día
-que llegaba, en una ramadita a la vera del rancho.
-
-José Golondrina, silencioso, sentado en la osamenta, miraba ir y venir
-al ovejero que preparaba el mate. Lo vió ponerse en cluquillas al lado
-del fuego, y coger la pava, que borbotaba con el hervor del agua, y
-brindarle enseguida el primer mate.
-
---¡Sírvase!
-
-El indio, callado siempre, sorbió el contenido del mate, y al devolver
-la pequeña vasija, lustrada por los años de uso, dijo a ñor Basilio con
-una leve intención:
-
---Yo soy madrugador, pero usté me gana.
-
---Así parece,--contestó el otro.
-
---Esa sendita que se ve entre las pajas, ¿va a la Casa de los
-Cuervos?--y señalaba una raya clara trazada en el pastizal.
-
---¿Tiene viaje para allá?--interrogó el viejo.
-
-El indio movió la cabeza sin decir nada.
-
---Si quiere lo acompaño para que no se pierda en el monte.
-
---No he de perderme--respondió José Golondrina.--Yo soy baqueano de
-estos campos, aunque hace años no vengo.
-
---Nunca lo vide por aquí--observó el ovejero, dándole otro mate.
-
-El indio se puso de pie y salió del rancho. Afuera ya el alba iluminaba
-el paisaje con su luz cenicienta.
-
-Una bandada de patos "siririses", pasó silbando por encima del rancho,
-y José Golondrina se estremeció, porque era un buen cazador al vuelo.
-
---Qué tiro se ha perdido--dijo; mas no oyó que ñor Basilio le
-contestara nada. De cuando en cuando se miraban los dos, como si el uno
-desconfiara del otro. Cuando se encontraba con los pequeños ojuelos
-interrogadores del dueño del rancho, bajaba la cabeza, como si algo se
-le hubiera caído.
-
---Voy a ensillar--dijo, concluyendo el tercer mate, que tomó arrimado a
-la puerta.
-
-En ese momento, sobre la nítida raya del horizonte, sobre la infinita
-llanura de la isla de enfrente, apareció el disco rojo del sol, y el
-inmenso paisaje pareció vibrar herido por su luz.
-
-El gallo cantó batiendo ruidosamente las alas, y escarbando la tierra
-dura como una arcilla quemada, frente a la puerta del rancho.
-
-Ñor Basilio salió con el mate en la mano, para espiar las andanzas de
-su huésped. Por lo que había oído esa noche, el personaje no era de
-mucha confianza.
-
-Lo vió cruzar el pajonal, que ondulaba al sol, con reflejos plateados.
-A lo lejos, a un tiro de fusil, en la orilla del monte, se veía el
-caballo que dejara el indio, maneado y sin freno, para que paciera a su
-gusto en la noche, alerta, relinchando al dueño que se le acercaba.
-
-José Golondrina lo enfrenó, quitóle la manea, y montó en pelo, para ir
-hasta el rancho, en busca de su apero, que le sirvió de cama. Antes,
-sin embargo, se internó en el monte, obscuro aún con la sombra alargada
-de los árboles.
-
---Va a avisar a los compañeros--pensó el viejo.--Este hombre anda en
-malas andanzas. Que Dios lo ayude.
-
-Y se metió de nuevo en el rancho, satisfecho de haber llegado a
-constatar que el indio no andaba solo.
-
-Media hora después, cuatro hombres a caballo, cruzaban el tupido
-algarrobal, siguiendo un sendero abierto entre la hierba profusa, por
-el paso de hacienda, en dirección a la Casa de los Cuervos.
-
-Uno de ellos, José Golondrina, marchaba adelante de los otros,
-sirviéndoles de guía.
-
-Eran dos soldados, sin otro distintivo que la gorra, el sable y
-carabina, y un alférez, jovencito y rubio, como un extranjero, embozado
-en una capa de paño azul, con forro de bayeta roja, por debajo de cuyos
-bordes aparecía la extremidad de la espada.
-
---Dicen que es bonita la viuda de Jarque--díjole sonriendo uno de los
-hombres que marchaba a su lado.
-
-El alférez, que venía pensando en ello, alzó la voz dirigiéndose a José
-Golondrina, que apenas se volvió:
-
---¿Quién la conoce? ¿Vos, indio?
-
---No, mi alférez.
-
---Es lástima; podrías darme datos.
-
-Siguieron al trote, distinguiéndose del ruido sordo de los cascos en la
-hierba ennegrecida por la helada de la noche, el ruido de los sables
-que se golpeaban.
-
-José Golondrina revolvía sus viejas memorias. Pensaba en su tribu, en
-su obscuro destino, en su fortuna, si aquel hombre, que iban a buscar
-moría.
-
-Había hablado con el gobernador Bayo en la ciudad, y sin confiarle el
-motivo de su odio, habíase hecho el eje de la persecución del gobierno
-contra Insúa, de cuya existencia tenían ya indicios seguros.
-
-En la noche de la revolución, él, que hiciera fuego sobre su jefe,
-debió huir y refugiarse en la primera casa, cuyas tapias pudo saltar,
-para escapar a la saña de los milicianos vencedores, que pasaban
-sableando a los revolucionarios fugitivos.
-
-Aquella casa era de los parientes que dieron hospedaje a doña Carmen de
-Borja, cuando llegó de la estancia para enterrar a su hijo, que allí
-se veló.
-
-En el tumulto de la gente que acudió el primer día, pasó el indio
-inadvertido, pero después lo apresaron, y entonces aprovechando la
-circunstancia de conocer el secreto de la muerte de Carmelo Borja, por
-lo que oyera la noche de la revolución, logró hablar con su madre,
-y revelóselo, y en cambio de aquella revelación que había de ser la
-pesadilla de la infeliz mujer, le pidió que hablara a Bayo en su
-nombre, para que le dejaran libre.
-
-Cuatro días pasó en un calabozo, con las piernas en la barra de
-grillos, solo, temblando de frío, cuando una mañana, el gobernador en
-persona, llegó hasta su prisión deseoso de hablarle.
-
-Sabíase de la muerte de Insúa, mas no se había dado aún con su cadáver,
-por lo cual, José Golondrina, que era desconfiado y astuto, tuvo la
-sospecha de que había escapado vivo de sus perseguidores, para quienes
-la noticia de que habían logrado concluir con el temido caudillo fué
-ocasión de un premio.
-
---No debe haber muerto--dijo el indio al Gobernador, que le escuchaba
-de pie, junto a la barra de grillos.--Si el señor quiere, yo daré con
-él.
-
---Si está vivo--contestó Bayo.--¿Y si está muerto?
-
---Daré lo mismo con su cuerpo.
-
-El aire sombrío e inteligente del preso, interesó a Bayo, que lo mandó
-poner en libertad, y le encargó de la pesquisa.
-
-Con una patrulla recorrió José Golondrina el río, la laguna, los
-sauzales de las islas, y llegó hasta la Casa de los Cuervos, cuando
-Insúa estaba allí, luchando aún con la muerte.
-
-Doña Carmen de Borja habló con el indio, disipando su sospecha, y él
-la creyó porque nunca habría imaginado que aquella mujer que tenía los
-ojos enrojecidos de llorar a su hijo, escondiera en su misma casa al
-matador.
-
-Algunos días después José Golondrina, de quien el gobernador Bayo no
-estaba muy satisfecho, entró en la casa de Montarón, como peón para los
-servicios pesados, partir leña, traer agua del río, cuidar la huerta.
-Nadie sabía allí de dónde venía: contó una historia y le creyeron.
-
-Era sumiso y callado e inspiraba confianza, y él, poco a poco,
-atisbando con astucia, se enteraba de algunos importantes secretos que
-a nadie confiaba, mientras no llegara la hora.
-
-Don Patricio Cullen iba con escasa frecuencia, mas conocíase que la
-relación era estrecha y cultivada entre Montarón y él. José Golondrina
-más de una vez llevó mensajes de éste, que ahorraban una visita.
-
-A ninguno de los dos les había desengañado el fracaso. Por el
-contrario, su pasión política se exacerbó ante la derrota, y
-aprovechando las nuevas circunstancias, en que la muerte de Jarque
-dejaba las cosas, no bien recibieron noticias de que Insúa vivía,
-empezaron a tramar una nueva revolución.
-
-José Golondrina seguía de cerca la conjuración. Así tuvo noticias de
-Insúa, aunque no llegó a saber cuál era su paradero.
-
-Y fué entonces cuando la astucia del indio le procuró el más eficaz de
-sus colaboradores, para aquella empresa de odio que tramaba.
-
-Syra permanecía en casa de sus padres, aunque en los primeros días
-huyera de ella. Mas no tenía trato con nadie. Aislada, voluntariamente,
-en su cuarto, dejaba correr su vida en una sombría tristeza, llena de
-rencor y guardando en su alma apasionada la memoria del muerto, cuya
-sangre, en su traje de baile, que solía ponerse a solas, le pedía
-venganza.
-
-El indio se enteró de la historia de la joven, y vió que podría hacerla
-servir admirablemente sus planes, sin que lo advirtiera, y empezó a
-rondar en su cercanía para que le tomara apego.
-
-Así estaban las cosas, cuando un día, Cullen en una visita a Montarón,
-dejó escapar el nombre de la Casa de los Cuervos, en momentos en que se
-acercaba el indio, que les servía el mate. Por el tono de la voz, por
-la alarma que pareció causarles el que alguien hubiera oído aquello,
-comprendió José Golondrina que doña Carmen de Borja le había engañado
-cuando él fué a la Casa de los Cuervos en busca del capitán.
-
-Y resolvió ir otra vez. Salió esa noche de la casa de Montarón, sin ser
-visto, y fué a ver a Bayo, y le prometió de nuevo dar con el paradero
-del perseguido caudillo, el único de los jefes de la revolución contra
-el cual podía hacerse un proceso que cortara para siempre en él la
-vocación revolucionaria.
-
-Bayo, que vivía intranquilo, rodeado de enemigos, contra los cuales no
-tenía pruebas, aceptó la propuesta del indio, y mandó con él aquellos
-tres hombres que pasaron la noche en las cercanías del rancho de ñor
-Basilio.
-
-El sendero que seguían por entre el monte llegó pronto al bañado, que
-se extendía a mitad del camino entre el rancho del ovejero y la Casa de
-los Cuervos. Cuando llegaron allí, se lanzaron al galope, el alférez y
-sus dos hombres adelante, el indio José detrás, mirando con ojo experto
-los campos y las haciendas que hallaban al paso.
-
-De pronto dió un grito. En el bañado, entre la caballada que pacía las
-hierbas altas y frescas, nacidas en aquel suelo empapado, divisó el
-caballo de Insúa, el mismo en que huyó la noche de la revolución, un
-tostado magnífico, de largas clinas, descarnado y musculoso, que su
-dueño al partir esa noche había dejado en la estancia a fin de tenerlo
-cerca de la ciudad, para la próxima campaña.
-
-Creyó que era eso señal evidente de que el capitán estaba allí, y como
-los hombres que galopaban adelante no se hubieran dado cuenta de su
-exclamación, no dijo nada, y llegaron así a la Casa de los Cuervos.
-
-La irrupción de aquellos cuatro hombres armados en el patio de los
-eucaliptus, provocó grande alarma. Ladraron violentamente los perros,
-los sirvientes corrieron adentro, en busca del ama, que salió al rato,
-cuando ya el alférez había echado pie a tierra ahuyentando los canes a
-rebencazos, como dueño y señor de la morada.
-
-El gesto severo de doña Carmen de Borja le impuso mayor respeto. Habló,
-no obstante, con altanería:
-
---Veníamos en busca de Francisco Insúa.
-
---Aquí no está--respondió secamente la dama.
-
---El gobierno sabe que aquí se esconde.
-
---Se equivoca el gobierno.
-
---Tiene denuncias, señora.
-
---Lo han engañado.
-
-Apareció Gabriela en ese momento, al lado de su madre, asustada ante
-aquella violencia, por la suerte del hombre que amaba, y a quien podían
-aún perseguir y alcanzar en el campo.
-
---¡Mama! que registren, que pierdan tiempo--dijo hablando al oído a
-doña Carmen.
-
-El alférez, al ver a Gabriela, había cambiado de actitud y se
-aproximaba almibarado y lleno de disculpas:
-
---Quizás sea así, señora; pero esas denuncias lo obligan a proceder en
-esta forma, y yo no podría evitarlo.
-
-Había llegado hasta la galería, donde estaban ambas mujeres, de pie,
-cuando José Golondrina, que estudiaba ávidamente la cara ansiosa de
-Gabriela, se acercó bruscamente, y dijo con sonrisa maligna:
-
---Mi alférez, diga usted que hemos visto el caballo del capitán
-comiendo en el bañado.
-
-La joven juntó las manos llena de angustia, creyendo que Insúa se
-hubiera detenido en el monte con algún propósito que no sospechaba, y
-hubiera soltado su caballo.
-
-Pero el indio explicó, mirándola siempre con una mirada que le entraba
-en el alma como una hoja fría:
-
---El tostado malacara; lo acabo de ver yo, que lo conozco bien.
-
-El indio vió animarse las facciones de Gabriela, y pensó que aquella
-hermosa mujer habría sido una reina digna para su tribu, si algún día
-se cumplía la palabra de la adivina.
-
---Mama, que registren--dijo Gabriela.
-
---Vos, José Golondrina--observó duramente doña Carmen--ya has venido a
-mi casa en busca de lo mismo: ¿qué hallaste?
-
---Su merced disculpe--respondió el indio, bajando al suelo sus ojos
-obscuros y maliciosos;--yo era mandado entonces y ahora. Me dicen que
-busque y busco.
-
-Echó pie a tierra, sonándole el sable y las espuelas de anchas rodajas
-de plata. Un poncho de lana gruesa le cubría, arrastrando los flecos.
-
-El alférez habría deseado quedar bien con aquella familia por merecer
-de Gabriela una buena palabra que algún día le sirviera para tornar a
-la casa. Pero aquel indio, mal dispuesto, podía perderle, y se resolvió
-a ordenar el registro.
-
---Es un nuevo agravio que se me hace--protestó doña Carmen de Borja--y
-yo me quejaré a mi primo el Gobernador.
-
---Él lo ha ordenado--observó el indio.
-
---¡Miserable!--contestóle ella en secreto, de modo que sólo él la
-oyera--yo te salvé de la barra, y es la segunda vez que asaltan mi
-casa, por denuncias tuyas.
-
-El indio sonrió y pasó la puerta que le abrían para comenzar el
-registro.
-
-En el cuarto, frente al árbol de los cuervos donde hasta el día
-antes estuviera Insúa, halló a Gabriela, que huía del alférez cuyas
-insinuantes miradas le sublevaban.
-
---No lo hallarán--dijo la joven con ira--porque no está aquí.
-
-José Golondrina que registraba los rincones, se volvió a ella, y le
-dijo espiando su actitud:
-
---¡Mejor para él!
-
---¿Por qué? Yo no lo conozco, pero sé que sabría defenderse, porque es
-un hombre valiente.
-
---Peor para él, entonces, porque tendríamos que matarle.
-
-Gabriela se inmutó.
-
---Esa es la orden--dijo el indio observando aquella impresión.
-
---¡Oh!--exclamó la joven intensamente pálida:--¿Es posible que se den
-esas órdenes?
-
-José Golondrina sonrió y Gabriela comprendió, por la malevolencia de
-su sonrisa, que había adivinado el secreto de su alma. Se quedaron
-silenciosos un instante: ella sentía crecer la angustia de su corazón,
-ante la mirada penetrante de aquel hombre, mas no se atrevía a
-alejarse, por miedo de provocar su encono. Habría deseado, por el
-contrario, hallar una palabra que aplacara su odio contra el hombre que
-ella amaba.
-
---¿Por qué lo persiguen?--se animó a decir.
-
-El indio no respondió, siguió sonriendo, con amarga ironía.
-
---¿Le ha hecho a usted algún mal?--insistió la joven.
-
-Él contestó que no, moviendo la cabeza, y sonriendo siempre.
-
---Entonces, ¿por qué lo odia y quiere matarle?
-
-El indio habló despacio, con indefinible tristeza en la voz:
-
---¿Por qué si no lo conoce lo defiende? ¿No comprende que los hombres
-que la sigan y la vean como yo, van a odiarlo a él, sólo porque usted
-parece enamorada?
-
-Gabriela tembló. ¿Lo amaba tanto en verdad que ya hasta los ojos
-extraños adivinaban su amor?
-
-José Golondrina se acercó a ella:
-
---¿No ve, niña, que quien la vea la ha de querer y se ha de poner
-celoso de que usted lo defienda?
-
-Había desaparecido de sus torvas facciones el gesto que hacía
-desconfiar de él, y sólo se notaba la emoción con que decía algo que
-era como una confesión de amor.
-
-Gabriela, que temía al indio, por Insúa más que por ella, aún
-aterrorizada por aquella palabra, no quiso alejarse, y oyó al indio que
-le dijo:
-
---Es la tercera ocasión que me llego a esta casa, y no es la primera
-vez que la veo. ¿No sabe, niña, que un hombre puede llegar a querer con
-sólo una vez que encuentre a una mujer?
-
---No hable así--respondióle Gabriela acercándose a la puerta;--le diré
-al alférez que usted ha venido no a buscar a un revolucionario sino a
-conquistar a una mujer.
-
-José Golondrina volvió a sonreír.
-
---También él hubiera hecho lo mismo si la hubiera visto como yo
-pidiendo perdón por un hombre que no es su marido...
-
---¡Yo no he pedido perdón!
-
---Ni su hermano...
-
---Yo no he pedido perdón para él que es valiente--protestó Gabriela,
-temiendo que el indio aludiendo a su marido y a su hermano, quisiera
-hacerle saber que conocía quién les había dado muerte. Se sintieron
-pasos en la pieza vecina.
-
-El indio se le acercó; ella fué a abrir la puerta; pero él con un gesto
-la detuvo y le dijo:
-
---No tenga miedo de mí.
-
---No, no tengo,--respondió ella con orgullo--¡no tengo miedo de nadie!
-
---Ni por usted ni por él...
-
-Oyó apenas la palabra, mas se inflamó la esperanza de que si ganaba el
-corazón de aquel hombre, pudiera proteger mejor la vida de Insúa en
-peligro.
-
---Ni por él--repitió el indio mirándola fijamente, como si con la
-respuesta que ella iba a dar con su palabra o con sus acciones,
-pendiera toda su suerte.
-
-Y cuando ella, sin hablar, mostró en sus ojos cuánto le complacía
-la seguridad que él le brindaba, y cuánto amaba al caudillo
-revolucionario, el indio se echó a reír con amargura, como si al
-adueñarse del secreto de ella, se esfumara su propia esperanza. Alargó
-la mano obscura y nerviosa y la cogió con fuerza de un brazo.
-
-Ella gritó. Él cerró con violencia la puerta que ella abriera, y le
-dijo al oído, quemándola con su aliento:
-
---¡Está enamorada, enamorada de él! ¡Qué miseria! ¿No sabe que él...?
-
-Llena de miedo y de horror Gabriela se echó atrás a tiempo que se abría
-la puerta y entraba don Julián, el cura, como un ventarrón atraído por
-el grito de ella.
-
-Sonaron dos bofetadas.
-
---¡Miserable!--rugió el cura.
-
-El indio, doblegado por aquel brazo hercúleo que se abatía sobre él,
-soltó a Gabriela, y se incorporó, con el odio pintado en el rostro
-cárdeno como un verdugón.
-
-Le temblaron los labios, descoloridos: no pudo hablar, y sólo cuando
-salió de la pieza, logró dominar su cólera salvaje, y dijo sordamente
-volviéndose al cura, que atendía a Gabriela, desmayada en el suelo:
-
---¡Ah, la mala mujer! Yo seré la venganza de ellos, y ella será mi
-esclava... Nadie le oyó; por toda la casa circulaban los soldados
-registrando minuciosamente los últimos rincones para dar con el
-caudillo.
-
-En el patio, doña Carmen de Borja contestaba con dureza las preguntas
-del alférez.
-
-Un instante le azotó el alma el recuerdo de su hijo muerto por el
-hombre sobre cuyos pasos podía ella poner a la justicia que lo
-perseguía. Pero fué un aletazo negro, como el que en la noche
-siniestra de la revolución, le anunció su desgracia.
-
-Cuando los soldados partieron desengañados, después de registrar la
-casa, la silueta severa de la dama quedó un rato en el mismo sitio,
-mirándolos alejarse.
-
---¡Dios mío, qué horror!--exclamó entrándose.--¡Yo lo perdono y ella lo
-ama!
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-
-
-
-I
-
-En la casa de Bayo
-
-
-Jarque se había llevado a la tumba el peligroso secreto de don Serafín
-Aldabas, en cuya escuela se reunían, los conjurados, para la revolución
-de Marzo. Y a esa discreción, impuesta por la muerte, debió sin duda el
-maestro, el que no se suprimiera la modesta pensión del gobierno, que
-le hacía vivir.
-
-Pero los apuros del erario provincial agraváronse hacia mediados del
-año 77, y de nuevo empezaron a acumularse los meses impagos, y a ver el
-mísero don Serafín crecer su deuda en el boliche del catalán.
-
-Menos mal que a la vuelta de la escuela, en el Café del Plata, frente
-a la plaza 25 de Mayo, tenía dos alumnas, a quienes daba lecciones a
-domicilio: y si bien sus ganancias no eran gran cosa, su situación de
-maestro otorgábale crédito en el negocio, lo que le permitía sacar
-al fiado algunos comestibles, en los momentos de apuro, cuando su
-Rosarito le sonreía, advirtiéndole que estaban obligados a vivir de
-"mazamorra" hasta que Dios quisiera.
-
-Ocurría, sin embargo, un fenómeno, causa de hondas preocupaciones para
-el inocente maestro de escuela.
-
-El Café del Plata era el nidal de los opositores.
-
-En el buen tiempo, su patio encuadrado por la galería de tejas,
-sombreado por hermosos naranjos, que le daban más carácter nacional
-que los malos cromos de la batalla de Caseros, con que su dueño había
-adornado las paredes, congregaba a los enemigos del gobierno, que
-buscaban en aquellas tertulias una ocasión de hablar mal contra los
-hombres del Cabildo.
-
-La oposición al gobierno de don Servando Bayo, detrás del cual se
-notaba la mano de hierro, enguantada de seda, del doctor Iriondo,
-había agrupado a las familias más distinguidas de Santa Fe, en torno
-de don Patricio Cullen, y aunque en el grupo figuraran muchos hombres
-de convicciones católicas, predominaba una tendencia contraria, que
-justificaba el nombre de "liberales", adoptado por ellos, en la lucha
-política.
-
-El gobierno, por su parte, gozaba de grandes prestigios ante el pueblo,
-donde se imponía la figura de Iriondo, seductora y enérgica.
-
-Don Serafín había observado que cuando sus angustias crecían, porque no
-le pagaban la pensión, aumentaba su crédito en el Café del Plata. Más,
-parecíale haber observado, también, que se agravaron grandemente las
-dificultades que experimentaba para cobrar del gobierno, con su entrada
-a la casa, aunque era notorio que no iba como conspirador.
-
-De donde para el maestro surgía un formidable problema: ¿aquéllos no me
-pagan, porque éstos me ayudan, o me ayudan éstos porque aquéllos no me
-pagan?
-
-Cada tarde al entrar al café, por la sala de la calle que cruzaba
-con paso blando y presuroso, como para que si había algún espía
-comprendiera que él no era un conspirador, proponíase el mismo
-problema, miraba el reloj, buscando la respuesta, y volvía a guardarlo,
-resignado a su confusión.
-
-Anclado así de proa y de popa, seguía viviendo mísera y apaciblemente,
-sin otro horizonte que su escuela ni más ilusiones que sonreír a
-Rosarito, cuyos ojos profundos y dulces jamás desmentían sus sonrisas.
-
-¡Ah, su hija! cómo había sabido acolchar su miseria para hacérsela
-amable. Por ella vivía y para ella quería vivir, sin saber bien qué
-podía hacer él para hacerla feliz.
-
-Un día estuvo a punto de penetrar el enigma de su alma inocente.
-
-Fué cuando se recibió en la ciudad la noticia de la muerte de Insúa.
-¡Cómo lloró su niña! Al alba del día siguiente, la vió salir enlutada,
-en dirección a la iglesia de los jesuítas, donde, según le contaron,
-pasó una hora rezando ante el altar de la Virgen de los Milagros.
-
-Cuando volvió, ella le dijo:
-
---Tata, no ha muerto; no es verdad que haya muerto.
-
---¿Quién te lo ha dicho?
-
---Nadie; lo sé yo, que no creeré en su muerte mientras no vea su cuerpo.
-
-Su padre movió la cabeza.
-
---Todos lo dicen, sin embargo,--murmuró tristemente, deseoso de no
-desengañarla ni de halagar su ilusión.
-
-Por escasa experiencia que tuviera del mundo, sospechó que su hija
-estaba enamorada, y se llenó de pena, porque era justamente ese amor el
-ideal que venía cultivando en el secreto de su corazón, como el único
-medio de asegurar el porvenir de su hija.
-
-Y ahora lo veía hundirse, sin que él hubiera tenido tiempo ni
-resolución de confiarlo a nadie.
-
-Diez días pasaron así, bajo la angustiosa incertidumbre. La convicción
-de su hija le llegó a contagiar, y también él dudó de la muerte de su
-sobrino, hasta que un día, un mensaje de él, con todo misterio, les
-mostró que, en verdad, el corazón de Rosarito no había mentido.
-
-Más tarde se divulgó en la ciudad, por otros conductos, lo que ellos
-sabían, que Insúa no había muerto.
-
-Hacia fines de Junio, salía una vez del Café del Plata, después de su
-lección, cuando en la calle, de noche ya, por la brevedad de los días
-de invierno, al arrebozarse en la capa, a fin de librarse del áspero
-viento del Sur, alguien le tomó del brazo y le arrastró en dirección
-opuesta a la de su casa.
-
-Lleno de sorpresa, no distinguió en un principio más que una alta
-figura negra, pero conoció quién era en cuanto le habló, después de
-alejarse un trecho del cuadro de luz que pintaba en la vereda el
-mezquino farol del café.
-
---¡Ilustrísimo doctor Zavalla!
-
---No me ponga motes, don Serafín, no soy obispo.
-
---¡Señor Canónigo!
-
---¡No soy canónigo!
-
---¡Señor...!
-
-Alto, gallardo, envuelto en un manteo con forro de seda, caminaba
-a prisa, llevando del brazo al endeble maestro que se deshacía en
-cortesías ante la inesperada muestra de afecto de uno de los hombres
-más poderosos de la situación.
-
-Habían recrudecido extraordinariamente las alarmas revolucionarias, y
-los hombres del gobierno comprendían que vivían sobre un volcán.
-
-Casi a diario llegaban al Cabildo denuncias de que se preparaba un
-vasto complot. Don Patricio Cullen había abandonado repentinamente la
-ciudad, dábasele como residente en su estancia "Los Algarrobos", donde
-en medio de las colonias extranjeras, de reciente fundación, estaba el
-foco de las fuerzas con que podía contar para todo movimiento.
-
-El gobierno sabía esto; mas lo desazonaba el absoluto misterio que
-rodeaba el paradero de Insúa, el más bravo y audaz de los jefes
-revolucionarios.
-
-Señalábase su presencia en su estancia del Norte, y cuando el gobierno
-que lo perseguía para enjuiciarlo por la revolución de Marzo, destacaba
-una partida en su busca, sabíase que había pasado como una exhalación a
-Entre Ríos o rondaba cerca de Santa Fe, al habla con los opositores.
-
-Hacía un mes, sin embargo, que se le había perdido la pista. No se
-tenía el más leve indicio de su paso. Ignorábase si estaba cerca o
-lejos, lo cual preocupaba extraordinariamente a los gubernistas. Podía,
-y eran sospechas vehementes de la policía, estar oculto en la misma
-ciudad, en cuyo caso debía vivir con el arma al brazo, considerando
-inminente la revolución.
-
-Todas las noches los consejeros del gobierno celebraban su reunión; en
-la casa de Iriondo frente a la plaza, algunas veces, o en la casa del
-gobernador Bayo, a la vuelta del Cabildo, y allí, con todo misterio,
-se discutían y se pesaban las informaciones que llevaba el jefe de
-policía, don Manuel Echagüe.
-
-Hacia la casa de Bayo, donde era la tertulia de esa noche, marchaba
-presuroso don Manuel María Zavalla, embozado en su lujoso manteo,
-debajo de cuyos pliegues elegantes no habría nadie extrañado que
-apareciera la contera de una espada.
-
-Al cruzar la plaza, obscura y temerosa, mas no para un hombre de sus
-arrestos, tuvo la inspiración de torcer su camino a fin de pasar por la
-vereda misma del Café del Plata, llevado por la curiosidad de atisbar
-algo y aun atraído por el peligro de algún incidente con cualquiera de
-sus adversarios.
-
-Estaban la plaza y la calle solitarias, alumbradas por los cuatro
-faroles de las esquinas, que parecían más bien espesar la obscuridad de
-una noche sin estrellas.
-
-Al enfrentar al café, en cuyo interior sentíase el pacífico
-chasquido de las bolas de billar, vió salir a don Serafín Aldabas,
-cuyo parentesco y amistad con Insúa recordó al momento, haciéndole
-interesante el inofensivo personaje.
-
-Lo tomó del brazo y le habló como si de tiempo atrás hubiera estado
-buscando la ocasión de encontrarle.
-
---Dicen las malas lenguas que es usted opositor, don Serafín.
-
-El maestro alzó los brazos, clamando al cielo.
-
-Su capa batida por el viento se arrancó de sus hombros y cayó hacia
-abajo. Zavalla se echó a reír, porque le vino a la mente el recuerdo
-de Friné, convenciendo a sus jueces de que era una calumnia la
-acusación que le enrostraban.
-
-Ayudóle a arrebozarse de nuevo y siguió caminando a prisa, agarrado a
-su brazo.
-
---Si es mentira eso, como lo he creído siempre, y si no tiene apuro,
-véngase conmigo por un minuto hasta lo del gobernador. Yo tengo que
-hablarle del subsidio de su escuela...
-
---¡Oh, señor don Manuel María!
-
---Y de su hija Rosarito... ¿no es mi ahijada?
-
---En efecto, señor don Manuel...
-
-Llegaban al ancho portal de la casa de Bayo. Subieron los tres
-escalones de piedra, y Zavalla, guiando al maestro, entró sin llamar a
-una de las piezas laterales del ancho zaguán, iluminado apenas por un
-gran farol de hierro, pendiente del techo.
-
-La pieza estaba desierta. Zavalla se sentó en el sofá, arreglándose
-los pliegues de su traje talar, y atrajo al maestro, cuidadosamente
-arrebujado.
-
-Sobre una mesa redonda de mármol, con rojo pie de caoba, que estaba en
-el centro, ardían cuatro velas de esperma en un candelabro de plata.
-
-En la pieza contigua sentíanse voces de hombre. Alguien que hablaba
-acaloradamente con voz timbrada y varonil que parecía que pudiera oírse
-desde la calle a través de las gruesas maderas de las puertas, al
-notar la presencia del recién llegado se calló y se asomó hasta donde
-acababan de buscar asiento Zavalla y don Serafín.
-
-Era el doctor Pizarro, el ministro de Bayo.
-
-Saludó muy sorprendido al nuevo visitante, y como Zavalla le hiciese
-una seña para que los dejara solos, se volvió, mientras don Serafín de
-pie formulaba sus salutaciones y sus excusas. Sintióse de nuevo su voz,
-más discreta. Escuchábasele con profunda atención, pues siendo varios
-los que allí estaban, sólo hablaba él, mas sus palabras no se percibían
-desde el rincón donde el maestro dedicaba toda su atención a lo que le
-iba diciendo Zavalla.
-
---¿Andan bien sus negocios, don Serafín? Con seguridad que el gobierno
-le adeuda algunos meses...
-
---¡Doce!...--suspiró el pedagogo.
-
-Zavalla hizo un gesto de desaprobación.
-
---No está bien eso; pero ya me lo explico: se dicen tan graves cosas de
-usted...
-
-Hizo una pausa llena de intención, mirando en las pupilas a su
-interlocutor, que maquinalmente sacó su reloj y se puso a darle cuerda.
-
---¡Son calumnias, señor don Manuel!--exclamó con un hilo de voz.--Si no
-fueran esas lecciones que doy en el Café del Plata, me habría muerto de
-hambre ya.
-
---Bueno, lo creo. Lo esencial es que esté vivo hasta ahora. Yo mismo
-hablaré hoy con el gobernador, para que le paguen el atraso, y le
-aumenten la subvención.
-
-Don Serafín se acordó de Jarque, y sonrió con amargura. Con que se la
-pagaran sería bastante...
-
---¿Me espera un minuto?--díjole de pronto Zavalla, como si acabara de
-tener una inspiración.
-
-Se levantó, dejando sentado al maestro, y fué hacia la pieza vecina,
-cuya puerta habían cerrado.
-
-Don Serafín miró su magnífico reloj.
-
---¡Las siete! ¿qué dirá Rosarito de mi tardanza?
-
-Era tan medida la existencia de Don Serafín, que cinco minutos de
-retraso en volver a su casa, alarmaban a la niña, la que sospechaba
-toda clase de peligros pendientes sobre aquel hombre bueno y tímido
-como un niño.
-
-Pasado un rato, Zavalla volvió agitando un papel, cuya escritura fresca
-temía borronear.
-
---Con esto, mañana, podrá cobrar sus doce meses atrasados.
-
-Don Serafín dió un salto.
-
---¡Los doce meses!--exclamó, calculando que al día siguiente sería
-poderoso, con aquellos atrasos cobrados de un golpe.
-
---Sí, los doce... ¿Me he engañado? era difícil, porque el erario anda
-flojo, pero hice valer un supremo argumento.
-
-El maestro enarcó las cejas, poniéndose de pie al lado de su
-interlocutor que se agachó, murmurándole al oído:
-
---Le dije que necesitaba plata para el casamiento.
-
---¿El casamiento? ¿Qué casamiento?
-
-Zavalla lo miró con una benévola sonrisa.
-
---¿A mí, que soy su padrino, me lo oculta?
-
---¡No comprendo!--balbuceó don Serafín, echando mano al reloj, como en
-todas sus sorpresas.
-
---Pero, don Serafín, si ya hay muchos que lo saben, que Rosarito se
-casa..
-
---¿Que Rosarito se casa?--interrogó en el colmo de la estupefacción el
-maestro.--¿Con quién dicen que se casa?
-
---Con Insúa, con Francisco Insúa, que ha venido a eso, a casarse...
-
-El maestro sonrió con tristeza, deshecha su ilusión.
-
---No es verdad--dijo sacudiendo la cabeza.--Francisco no ha venido.
-
-Y entonces Zavalla, simulando una gran sorpresa, exclamó:
-
---¿Que no ha venido Francisco? ¿Y entonces dónde está?
-
-Don Serafín recapacitó un segundo, bajo la mirada inquisidora de
-Zavalla.
-
---En lo de doña Carmen de Borja, respondió.
-
---¿En la Casa de los Cuervos? Allí estuvo, pero ahora...
-
---Ahora, ahora está allí.
-
-Cuando don Serafín, exultante de alegría, llegó un rato después a su
-casa, donde Rosarito le aguardaba con angustia, y le contó la escena,
-y le enseñó el papel que al día siguiente se trocaría en dinero y
-le refirió lo del comentado noviazgo, ella que lo escuchaba pálida,
-sospechando alguna intriga, juntó las manos:
-
---¡Oh, tata! ¿por qué le dijo dónde estaba Francisco?
-
-Y sólo entonces comprendió el mísero don Serafín que había caído en una
-hábil celada, revelando el secreto de que en ese momento dependía la
-suerte de la revolución.
-
-Insúa, en verdad, había vuelto y hacía un mes que se mantenía oculto
-en la Casa de los Cuervos. Eran contados y fieles los que sabían su
-paradero, y como aquel sitio fuera registrado vanamente dos veces, el
-gobernador, atendiendo a la protesta de su prima doña Carmen de Borja,
-había resuelto que no se la molestase más, ya que era inútil.
-
-El caudillo, desde allí, al habla con los dos o tres que tenían los
-hilos del complot, en Santa Fe, preparaba el estallido, que debía
-producirse no bien don Patricio Cullen bajara del Norte, con sus
-montoneros.
-
-Rosarito comprendió todo el alcance de la indiscreción de su padre.
-Ella conocía la Casa de los Cuervos, pues el año antes, en las
-vacaciones, Jarque los había llevado a los dos, por una breve
-temporada.
-
-Sentóse junto a la mesa, sobre la cual ardía un humoso velón, cuya
-vacilante luz dejaba en densa tiniebla los extremos de aquella pieza,
-que aparecía más grande con la pobreza de sus muebles, y daba de lleno
-sobre su rostro inteligente.
-
-Su padre la miraba arrepentido y ansioso, esperando la solución que
-ella le sugiriera.
-
---Tata--le dijo--si no se le avisa antes de mañana, lo habrán puesto
-preso. Lo buscan para enjuiciarlo; además quieren tenerlo en seguro
-para impedir la revolución.
-
-Don Serafín asintió con la cabeza y continuó callado.
-
---Esta noche mismo yo me iré a la Casa de los Cuervos, y le avisaré
-para que huya.
-
-Se paró, y su rostro quedó en la sombra, donde lucían sus ojos, como si
-estuvieran iluminados por la sola luz de su alma.
-
---¿Vas a ir?--gimió el maestro, que jamás se había separado de su hija.
-
---Sí, tata. Tenemos que salvarlo, y sólo yo puedo ir hoy mismo. Algún
-canoero me llevará. Antes del alba; saliendo ahora habré pasado la
-laguna, y en dos o tres horas más estaremos en la Casa de los Cuervos.
-Ningún piquete que no salga enseguida, podría adelantárseme. Si Dios
-me ayuda así lo salvaremos.
-
-Don Serafín agachó la cabeza resignado. La niña se envolvió en su
-manto y se fué a la barraca de Fosco donde podrían informarle sobre un
-canoero de confianza.
-
-Al pasar frente a Santo Domingo, sonaba el toque de ánimas, y
-aquellas campanadas lúgubres vibraron como si tocaran en su corazón,
-anunciándole próximas desgracias.
-
-Se estremeció de terror, y para vencer su miedo, se santiguó y echó a
-correr.
-
-
-
-
-II
-
-El aviso
-
-
-La tarde cayó como un velo ceniciento sobre el campo, cubierto de pajas
-sobre el río dormido, sin una arruga entre las inmóviles carrizas,
-sobre el alma de la niña, que se llenó de tristeza, viendo morir el
-último día en que aún pudo guardar su ilusión.
-
-Esa mañana, al rayar el alba, había llegado, en efecto, a la Casa de
-los Cuervos, rendida, porque para abreviar la jornada y llegar antes
-que nadie, tuvo que ayudar al canoero.
-
-La travesía de la laguna habíanla hecho, siguiendo la costa, con un
-buen viento que hinchaba alegremente la vela.
-
-De cuando en cuando el canoero, sentado en el taco de popa, daba un
-golpe de pala para rectificar el rumbo de la embarcación. Ésta a veces
-tocaba el fondo gredoso, porque no siempre el agua era profunda; a
-veces la pala se hundía toda entera, y el canoero se quedaba tranquilo
-por un rato.
-
-Rosarito al pie del mástil, arrebozada en un manto obscuro, temblando
-de frío y de ansiedad, miraba la costa, como una faja negra, y la vasta
-napa de agua agitada por el viento de la noche, que arrojaba sus olas
-negras contra las bordas de la canoa.
-
-Cuando entraron en el arroyo de Leyes, la vela se desinfló. El viento
-calmaba, y allí apenas se sentía, resguardado el lugar por los tupidos
-sauzales de las orillas.
-
-El canoero dejó la pala y tomó el botador.
-
---Usté, niña, si puede, ayúdeme con la pala, de proa.
-
-Fueron las primeras palabras que pronunció. Parecía haber hecho dormido
-el viaje hasta entonces. Rosarito obedeció, sin darse cuenta de cuál
-podía ser el servicio que prestaran sus fuerzas. Pero remó con brío,
-desentumeciéndose con el ejercicio, sintiéndose luego jadeante, pero
-decidida a remar hasta que hubiera llegado, para que aquel hombre no se
-descorazonara en la extraña aventura.
-
-No le había preguntado por qué viajaba de noche y sola. En aquellos
-tiempos de revoluciones, los hombres discretos no pretendían informarse
-de las cosas que no les atañían, por raras que le pareciesen.
-
-Le pagaban bien y aunque era ruda la jornada, no tenía derecho de
-quejarse, cuando aquella niña se mostraba infatigable y valiente.
-
-Bogaban cerca de la margen. Las altas hierbas acuáticas rozaban la
-borda, con un ruido de papeles ajados, y llegaban a poner su caricia
-húmeda y fría, por el rocío, en la mano de Rosarito, que se estremecía
-a su contacto.
-
-La barca deslizábase dejando una estela en que se quebraba la luz
-de las estrellas, que empezaban a dormirse en el cielo, ante la
-cercanía del alba. El agua chapoteaba contra la costa gredosa, y aquel
-ruido monótono, mezclado al concierto nocturno de los grillos y de
-los camalotes podridos en el barro, iba anegando en somnolencia el
-pensamiento de la niña.
-
-Dejó la pala y se sentó sobre el taco de proa. El manto que le cubría
-la espalda, caía fuera de la borda, mojándose una punta.
-
---Estoy cansada--dijo, como una disculpa.
-
---Ya me parecía que así había de ser--contestó el canoero dando un
-empellón más fuerte, como para mostrar que la canoa marchaba por él y
-no por ella.
-
-Rosarito se adormeció temblando de frío, al dejar el violento ejercicio.
-
-Ya no tenía miedo, ni del hombre que le acompañaba, ni de la noche que
-le envolvía, ni de las hierbas húmedas que le besaban la mano al pasar,
-con el contacto viscoso de una víbora o de un sapo. Una gran ilusión
-se levantaba en su corazón, como el lucero que en ese momento anunciaba
-el alba...
-
-Cuando ella fuera hasta "él" y le dijera que había hecho aquel viaje
-descabellado, sin pensar en peligro ninguno, por anunciarle que debía
-huir, él, sin que ella hablara más, comprendería su amor y adivinaría
-el temple de su carácter, que la hacía digna de ser la mujer de un
-caudillo.
-
-¿Pero en verdad, comprendería él que ella lo amaba, que lo había amado
-siempre?
-
-Sintió en los labios el beso de aquella noche triste, en que oyendo las
-descargas de los soldados que se batían en la plaza, ella creyó morir.
-¿Por qué la había besado antes de ir al combate si no era para decirle
-que también él la amaba?
-
-Su ensueño duró hasta que llegaron a la Casa de los Cuervos, cuando la
-ceniza de la escarcha brillaba sobre los campos a la luz de la aurora.
-
-El canoero, que conocía el lugar, dijo:
-
---Aquí es.
-
-Y Rosarito se levantó de golpe, pensando que podía hallar a Insúa al
-saltar a tierra.
-
-Todo el campo aparecía como sembrado de sal, y más que en el frío,
-mostrábase el invierno en la ausencia de los pájaros, y en el gran
-silencio que reinaba sobre la tierra despierta ya.
-
-Sólo en las casas sentíase el ruido que hacía un peón, martillando un
-freno, que se había doblado; y en la isla de enfrente la algarabía
-áspera de las gallinetas y de los chajás, que saludaban al nuevo sol
-que empezaba a salir.
-
-Llegó el capataz, al oír ladrar los perros, y Rosarito preguntó por
-Insúa, y tuvo que explicarle de qué se trataba, para que el desconfiado
-campesino los hiciera pasar hasta el patio de los naranjos, donde ella
-vió los cuervos, que daban nombre a la estancia. Los dos pajarracos,
-posados en el suelo, devoraban su ración de la mañana, antes de salir
-al campo de las ovejas. Al pasar Rosarito se levantaron, y ella sintió
-el viento y el tufo que arrojaban sus alas.
-
-No pensó en nada triste, porque allí estaba Insúa, que la habló,
-inmensamente sorprendido de verla.
-
---¿Qué hay?
-
-Y ella le contó. Y él quiso ver entonces la canoa en que había venido,
-y fueron los dos hasta la orilla del río, y bajaron la barranca. Ya no
-estaba el canoero, que había ido hasta las casas con el capataz, pero
-la pequeña embarcación, con la proa en tierra, parecía reposar de su
-larga jornada, junto al bote de Gabriela que se balanceaba en el agua.
-
-Insúa comprendió la suma de valor y de destreza que había gastado
-la niña en su aventura. Se volvió a ella, que estaba a su lado,
-estremecida, esperando aquella palabra con que había venido soñando.
-
-Mas no la dijo. Le apretó la mano.
-
---Gracias, Rosarito. Voy a salir enseguida, porque ellos no tardarán.
-
-Subieron hasta las casas, juntos los dos. Rosarito silenciosa y
-desencantada; él contándole a grandes rasgos lo que podía decirse de
-la revolución que preparaban, y que estaba fijada para algunos días
-después.
-
-Recibida con afecto en la Casa de los Cuervos, la hija del maestro
-empezó a comprender qué sortilegio había apresado aquella alma errante,
-que ella perseguía con amor hacía tantos años.
-
-En pocos minutos se hicieron los preparativos de la fuga. Alarcón
-ensilló los caballos y cuando todo estaba listo, Rosarito vió a Insúa
-apartarse con Gabriela, siguiendo la calle de los eucaliptus, sombría
-a pesar de los rayos oblicuos del sol que se filtraba por entre sus
-troncos; y sus ojos se abrieron a la triste verdad.
-
-No pudo esconder sus lágrimas, cuando los vió venir. Pensó que él la
-habría besado, como en aquella noche inolvidable en que él le robó un
-beso para que le sirviera de talismán en la batalla.
-
---¿Por qué lloras, Rosarito?--le preguntó él, subiendo a caballo.--No
-hay peligro para mí; no se ha fundido la bala que ha de matarme...
-
---¡Que Dios te bendiga!--le dijo, como una madre o como una hermana.
-
-Él partió al galope seguido de Alarcón. Gabriela se había entrado. La
-silueta severa de doña Carmen de Borja, que un momento se pintara en
-la galería, bañada de sol, desapareció como una sombra.
-
-Cumplida su misión Rosarito pensó volverse, mas no la dejaron,
-haciéndola ver que si la gente del gobierno, que sin duda vigilaba
-el río, la veía pasar en canoa, adivinaría que ella había sido la
-mensajera, y expondría a su padre a persecuciones o venganzas.
-
-Haría mejor en aguardar dos o tres días antes de partir, y entonces se
-iría en volanta, lo cual se prestaría a menos sospechas.
-
-Accedió, y esa tarde fué sola hasta la barranca, a despedir el canoero
-que se volvía, y cuando él partió, ella se quedó mirando cómo se
-entraba aquel sol que esa mañana vió salir, con una extrema ilusión.
-
-A lo lejos el monte quieto, iba espesando su faja sombría. El grito de
-una lechuza, a la puerta de su cueva, rompía el gran silencio, apenas
-turbado por el melancólico rumor del río.
-
-Sobre las nubes cobrizas de Occidente, el sol parecía un enorme sello
-de lacre, que teñía el cielo con un reflejo cárdeno.
-
-Callaba el viento, que durante todo el día había silbado en los duros
-espartillos del campo, pero a ratos la brisa del río, con un frío
-aletazo, hacía temblar a la niña, que miraba las cosas, poniendo en
-cada una un poco de su tristeza.
-
-Se echó a llorar, sentada en el bote de Gabriela, que parecía una
-gaviota dormida.
-
-No sintió correr el tiempo. Cuando la fueron a llamar era de noche, y
-en el árbol seco dormían ya los cuervos.
-
-
-
-
-III
-
-El incendio del garzal
-
-
-Aquella zona de la costa, que el río inunda cuando crece o que
-las lluvias anegan, transformándola en un lago inmenso, de escasa
-profundidad, debía ser el pasaje de las montoneras revolucionarias, y
-el gobierno continuamente destacaba piquetes que la vigilaran.
-
-La tarea no era fácil. Saliéndose del camino de Helvecia, que cruzaba
-por allí, el terreno era liso como un plato, sin monte, sino a lo
-lejos, pero cubierto de pajales, tupidos y altos, donde se guarecía la
-hacienda matrera, y donde podía esconderse perfectamente un hombre a
-caballo.
-
-Acercarse a aquellas isletas sospechosas, con aire de ir a explorarlas,
-era exponerse a recibir una bala de un enemigo invisible.
-
-A fines de Junio del año 77, los lugares que se inundaron por las
-lluvias estaban secos, pues hacía tres meses que no llovía y se habían
-transformado en un escondrijo admirable para el gauchaje alzado, que
-merodeaba por aquellos lugares viviendo de rapiñas y pernoctando en los
-pajales misteriosos, llenos de extraños rumores en los días de viento.
-
-Los mismos soldados del gobierno, en ciertas ocasiones aprovechaban el
-fácil escondrijo, ya para hacer noche, ya para observar sin ser vistos,
-a los viajeros que podían pasar por el camino.
-
-Y así fué como Insúa y Alarcón, que vadearon el río buscando el mejor
-camino para la estancia de "Los Algarrobos", donde esperaban reunirse
-con Cullen, estuvieron a punto de caer en poder de uno de los piquetes
-que vigilaban las costas.
-
-Cuando la partida gubernista los vió pasar por el camino limpio, de
-lejos reconoció al caudillo revolucionario, cuyo poncho blanco de
-vicuña flotaba a sus espaldas como un albornoz.
-
---¡Son ellos!--dijo el jefe.--¡Vamos, muchachos!
-
-Crujieron las pajas, tronchadas por los cascos de las cabalgaduras
-y surgió sobre el camino la figura salvaje de los seis hombres que
-componían la partida, vestidos a medias de militares y a medias de
-gauchos.
-
-Insúa y su compañero, que se alejaban al trote, resguardados por un
-pequeño monte de chañares, que en aquel sitio obligaba al camino a
-hacer un recodo, sintieron el ruido a sus espaldas, y a través de los
-árboles vieron la avalancha de hombres que se lanzaba sobre ellos.
-
-El pensamiento de echar pie a tierra y contener a balazos a los seis
-policianos, fué el primer recurso que se le ofreció al revolucionario.
-Pero sólo Alarcón tenía su carabina. Él llevaba su revólver, ineficaz
-a esa distancia para un blanco tan movible como el que presentaban sus
-adversarios, lanzados al galope.
-
-Además, todos ellos, armados de carabinas, habrían podido con más éxito
-contestar su agresión.
-
---¿Es bueno tu caballo?--preguntó a su compañero que montaba un zaino
-obscuro.
-
---Es de "Los Algarrobos"--contestó simplemente Alarcón, haciendo el
-elogio, porque don Patricio Cullen tenía en su estancia una cría de
-caballos muy acreditada.
-
---Castigá entonces--díjole Insúa que montaba su famoso tostado.
-
-Y los dos, agachados sobre el cuello de sus cabalgaduras, empezaron una
-carrera frenética que había de durar mientras los otros no cejaran en
-su persecución.
-
-El montecito de chañares les salvó del tiroteo que los perseguidores
-pudieron dirigirles al sorprenderlos a menos de medio tiro de
-rémington; y cuando, más allá, el obstáculo desapareció, la distancia
-había aumentado sensiblemente, dificultando la puntería.
-
-Pronto sintieron el silbido de las balas.
-
-Insúa se echó a reír, espoleando su caballo.
-
---No está fundida la que me ha de matar--dijo repitiendo las palabras
-que había dicho a Rosarito.
-
-Tenía fe en su estrella. Alarcón, sin embargo, serio y triste, le
-respondió:
-
---Toda la noche he sentido graznar a los cuervos. Dicen que eso anuncia
-desgracia.
-
-Pronto dos de los perseguidores, mal montados, fueron quedándose
-atrás. Se detuvieron, abandonando la partida, echaron pie a tierra y
-hubieran comenzado el fuego en condiciones mejores, si sus propios
-compañeros que corrían sobre la misma línea del camino, detrás de los
-dos revolucionarios que huían a quinientos metros de distancia, no los
-hubieran defendido cubriéndolos con sus cuerpos.
-
---¡Que Dios los ayude!--dijo uno, dejando el fusil y poniéndose a
-arreglar el apero de su caballo, que humeaba sudoroso.--Van bien
-montados y no los alcanzaremos.
-
-La persecución duró algunos minutos más. Sobre el camino blanco
-brillaba al sol una prolongada nube de polvo, que señalaba el paso de
-los hombres. No había viento y quedaba flotando extenso rato a lo largo
-de los pajales verdes.
-
-El jefe de la partida, sintiendo que su mismo caballo empezaba a
-aflojar, y viendo cada vez más distantes a los dos fugitivos, soltó una
-maldición y se detuvo.
-
---¡Alto!--dijo--¡a esos no los alcanzan ni las balas! Llevan caballos
-de la marca de Cullen.
-
---O de la de Insúa--respondió uno de los soldados--el tostado del
-capitán es de su estancia del norte. Yo lo conozco; tiene fama de ser
-el mejor parejero de estos pagos...
-
-Durante algunos minutos, parados en el camino, siguieron con la vista
-el pequeño grupo de los revolucionarios, que se iba achicando, hasta
-que desapareció entre el polvo del camino y los pajales.
-
---Los cuervos han mentido--dijo Insúa a Alarcón, conteniendo su
-caballo, al notar que sus perseguidores habían renunciado a alcanzarlos.
-
---Falta mucho para que se entre el sol--observó Alarcón.--Además, lo
-que no sucede hoy, sucede mañana.
-
---¿Estás con miedo?
-
---No, mi capitán.
-
---No hablés entonces de cosas tristes.
-
-Siguieron al tranco, refrenando sus corceles enardecidos por aquella
-media hora de fuga frenética.
-
-Insúa pensaba que la partida que lo había sorprendido no debía ser la
-única apostada en el camino de "Los Algarrobos", y que siguiéndolo
-corrían el riesgo de tropezar con alguna otra de la cual no pudieran
-evadirse con tanta fortuna.
-
-Los caballos hacia el mediodía necesitaban descansar.
-
-Estaban a la altura de Mocoretá, lugar aislado, entre el Saladillo
-y los bañados de la costa del río San Javier. Llegándose hasta allí
-podrían tomar un camino menos peligroso, a través del Campo del Medio,
-tierra de amigos, que confinaba con la colonia Helvecia, donde Insúa
-contaba con el mejor núcleo de gente para la revolución, los colonos
-suizos, tiradores eximios, comprometidos a levantarse y a seguir a
-Insúa, cuando don Patricio Cullen les diera la señal que aguardaban
-hacía tiempo.
-
-Insúa y su compañero seguían a lo largo del Saladillo tortuoso,
-cuya margen escarpada en aquella altura, estaba poblada de bosques
-enmarañados, de algarrobos y ñandubays. Galopaban buscando "los
-limpios", y en el profundo silencio que bajo la comba de los árboles
-reinaba como un tácito gesto del invierno, no se oía, aparte de las
-sordas pisadas de los caballos, más que el crujido de alguna rama
-demasiado seca, desgajándose sobre la tierra cubierta de musgo.
-
-De pronto gritó una lechuza, y Alarcón, que sabía interpretar los mil
-indicios del monte, se detuvo y dijo en voz baja:
-
---Debe de haber algún rancho por aquí.
-
-Insúa asintió y comenzaron a marchar al tranco, prestando oído a cuanto
-rumor sospechoso llegaba hasta ellos.
-
-La lechuza gritó de nuevo, y Alarcón echó pie a tierra, se acostó y
-miró en la dirección de su grito por debajo de los árboles.
-
---Hay un rancho--dijo--como a dos cuadras de aquí.
-
-Volvió a montar. El rancho quedaba entre ellos y el río. Si habían de
-cruzar éste para llegar a Mocoretá, les era menester seguir la costa,
-buscando un vado.
-
-Aquella habitación humana, que no conocían, se les hizo sospechosa.
-
---Debe de ser de no ha mucho--murmuró Alarcón.
-
-Caminaron un trecho callados, y luego oyeron ladrar a los perros que
-los habían sentido.
-
---Pasemos de largo y al galope--dijo Insúa.
-
-Castigaron los caballos y cruzaron a cierta distancia del rancho, que
-daba sobre la barranca, a breve trecho del río. En un corralito de
-ramas vieron algunos caballos, pero ni una sola persona se asomó a la
-puerta, por más que los perros les ladraron hasta que se perdieron de
-nuevo entre el monte.
-
---Es raro--pensaba Insúa--allí había alguien. ¿Por qué no ha salido?
-
-Un momento tuvo intención de volverse, sospechando que el rancho
-pudiera servir de refugio a algún espía del gobierno, puesto allí en el
-vado, por donde pasaban los que iban a Helvecia, a través del Campo del
-Medio.
-
-Desechó tal idea, que le habría demorado, y se acercó a la costa,
-buscando un paso, que les permitiera cruzar el cauce del riacho, sin
-desensillar y montados.
-
-No fué difícil hallarlo. Vieron huellas de hacienda que había pasado,
-y enderezaron por allí. Los caballos olían el agua resoplando; la
-corriente era fuerte, pero escasa la profundidad, y así, minutos
-después galopaban sobre la otra margen, tierras bajas, anegadas por el
-río y por las lluvias y cubiertas de tacuruces, pequeños montículos de
-tierra en que anidaban las hormigas, por temor al agua, y de ásperos
-espartillos, en que el viento se arrastraba gimiendo.
-
-No había arboleda. La pradera desnuda, color de pizarra, se dilataba
-hacia el Este en una vasta zona, en que la vista no hallaba lindes.
-Hacia el Norte se divisaba una faja obscura y lejana; eran los montes
-de Mocoretá, algarrobos enormes, con uno que otro fresco ñandubay,
-abierto como un paraguas sobre un tronco recto y de ruda corteza.
-
-Faltaba mucho aún para que se entrara el sol, cuando llegaron a las
-primeras filas de árboles. De allí el Campo del Medio no distaba más
-de cuatro leguas, y habrían podido alcanzarlo antes de la noche. Pero
-los caballos estaban cansados por el largo galope y convenía hacerlos
-reposar algunas horas, a fin de tenerlos bien y llegar en la madrugada,
-disponiendo de todo un día para hablar a la gente de esos contornos.
-
-Insúa conocía a un cuidador de haciendas, que tenía un "puesto" por
-aquellos lugares de Mocoretá, y se dirigieron a su rancho.
-
-Ellos mismos, en ayunas aún, sentían ansia de tomar algunos mates, lo
-que les sería suficiente, si no había otra cosa, pues en más de una
-ocasión habían soportado largas abstinencias, sin otro alimento que
-los cimarrones que les brindaban en las miserables chozas de aquellos
-campos semidesiertos donde hallaban amigos o conocidos.
-
-Sobre lo más alto de la suave lomada, en que crecía el monte frondoso y
-virgen, en un trozo de campo, limpiado con el hacha, estaba el "puesto"
-del paisano cuidador de las haciendas de Mocoretá.
-
-Vivía con su corta familia, dos o tres personas, más aisladas del mundo
-que él mismo, porque siquiera él, en los días de fiesta solía llegarse
-a caballo hasta la colonia, donde había carreras o jugadas de taba.
-
-Un grimillón de perros, que le ayudaban a rejuntar las vacas, cuando
-paraba rodeo, salieron al encuentro de los dos viajeros, y a sus
-ladridos apareció el paisano en el patio de tierra dura, y luego su
-mujer en el umbral de la puerta, con un chicuelo en brazos.
-
-La luna saldría tarde esa noche, e Insúa pasó las horas tomando mates
-amargos que le cebaba Alarcón, esperando su salida, para marchar de
-nuevo, mientras los caballos pastaban atados a un largo lazo, el
-pasto fino, aún verde, que los árboles frondosos habían librado de las
-heladas.
-
-El puestero tenía carne abundante de un novillo sacrificado días antes,
-y así pudieron "churrasquear" al amor del fuego, encendido en mitad de
-aquel rancho de paja.
-
-La noche llegó pronto, profunda, sin estrellas y ventosa, del lado del
-Sur. Hacía frío, y se estaba bien en el interior de la choza, alumbrada
-por un pábilo que ardía en un plato lleno de pellas de sebo. Mas cuando
-contaban con un rato aún de reposo, sintieron ladrar los perros, señal
-de que alguien llegaba, y poco después el rumor de algunos jinetes que
-invadieron al galope el pequeño patio frente a la puerta cerrada.
-
-Oyóse ruido de armas.
-
-Insúa y Alarcón se miraron. El caudillo revolucionario vió que su
-compañero, rápido y silencioso calzaba la puerta por dentro con un
-mortero de algarrobo, y con el filoso facón, que le servía para cortar
-la carne, se ponía a abrir un boquete cortando la paja atada en
-"quinchos" con guascas, que formaban la pared del rancho, en el lado
-opuesto a la entrada.
-
-El puestero contestaba en tanto a los que de afuera le hablaban.
-
---¡Abra, amigo!
-
---¿Quiénes son?
-
---Hombres de bien; abra y no tema.
-
-Sentíase rumor de sables que se golpeaban.
-
---Me ha pillado dormido--decía el paisano entretanto, comprendiendo que
-un minuto que lograra detenerlos en la parte de afuera, sería bastante
-para que sus dos huéspedes se escaparan.
-
-Después ya sabría él cómo arreglarse con los soldados.
-
-La mujer temblorosa permanecía en un rincón. Insúa ayudaba a Alarcón
-que cortaba sin ruido los quinchos de paja.
-
-De afuera sacudieron la puerta, y se oyó una voz, más baja y melosa,
-que decía:
-
---Abra no más y no salga que hace frío.
-
---José Golondrina--murmuró Alarcón al oído de su jefe.
-
-Y era él en efecto. Dos días antes había salido de Santa Fe con una
-partida a la que servía de baqueano para batir las rutas y llevar
-noticias de lo que pudieran observar. Habían pernoctado en el rancho,
-construido expresamente sobre el vado, donde vivía un isleño que era
-un espía, y se disponían a seguir por la margen del Saladillo hacia el
-norte, cuando esa tarde vieron pasar a Insúa y a su ayudante.
-
-José Golondrina dijo al jefe de la partida:
-
---Yo conozco estos pagos. Hay un "puesto" en Mocoretá, y allí han de
-parar hasta que descansen los caballos que van sudados. La luna sale
-tarde y no se han de ir antes que salga.
-
-Y el jefe, que conocía la astucia del indio, los dejó pasar sin
-mostrarse y se preparó para caer sobre ellos cuando estuvieran
-"mateando" en el rancho.
-
-Y ocurrió como lo habían previsto.
-
-Agolpados todos cerca de la puerta, aguardaron que el dueño les
-abriese, seguros de coger a Insúa y a Alarcón en aquella ratonera.
-
-Mas la tardanza en ejecutar la operación tan simple de quitar la
-tranca, disgustó al jefe de la partida, el cual sospechó algo.
-
---¡Abra, canejo!--gritó impaciente; y sin esperar más, volvió su
-caballo, poniéndolo de ancas contra la puerta, le pegó un sofrenón
-brusco, y el animal dolorido dió tan formidable empellón, que las
-maderas crujieron y la puerta cayó con marco y todo.
-
-Los cuatro hombres de la partida, se precipitaron al interior del
-rancho, menos José el indio, que se quedó fuera mirando hacia el monte,
-que en la densa obscuridad aparecía como una mancha de tinta.
-
-Vió cruzar dos hombres, y gritó:
-
---No pierda tiempo, mi jefe; ya no están ahí; ¡allá van corriendo, para
-ganar el monte!
-
-Un coro de maldiciones respondió, y un grito de dolor rasgó la noche.
-
-El jefe acababa de ver el ancho boquete abierto en los quinchos de la
-pared, que el puestero había querido en vano disimular, arrojando un
-apero.
-
-Comprendió que lo habían burlado.
-
-Era un paisano flaco, pequeño, con ojos crueles.
-
-Miró al puestero que temblaba de miedo, y rápido, como un gato del
-monte cayó sobre él, y le enterró el facón en el vientre.
-
-La mujer dió un grito, y el pobre hombre cayó como un buey fulminado,
-mientras la gente de la partida corría hacia el monte, donde se habían
-refugiado ya Insúa y Alarcón.
-
-Éste llevaba su carabina, mas no convenía hacer frente. En la
-obscuridad de la noche, no habría podido apuntar; lo mejor era buscar
-los caballos que pastaban por allí, cortar los lazos y saltar sobre
-ellos, que estaban ensillados, con las riendas al pescuezo.
-
-Cuando penetraron en la sombra del monte, oyeron el grito del indio
-José, y luego sintieron el tropel de los soldados que corrían.
-
-Pero en pocos segundos habían saltado sobre sus caballos, y huían, como
-dos centauros, tendidos sobre el cuello, a través del bosque, sufriendo
-a cada instante el chicotazo de las ramas espinosas que no podían
-esquivar.
-
-Detrás, como una avalancha, partieron sus cinco perseguidores.
-
-El monte, de grandes algarrobos seculares, era limpio de zarzas, y
-podían huir sin grandes tropiezos. De cuando en cuando les disparaban
-algún tiro cuya bala se perdía silbando, lejos de ellos.
-
-Y así corrieron, aumentando la distancia, por entre la densa arboleda,
-sin riesgo de que pudieran rodearles, hasta que llegaron a un terreno
-bajo, donde no había árboles, y que se extendía en un solo pastizal,
-ilimitado, suave y fresco.
-
-La luna salía, llenando de luz el bañado, sobre el cual se dibujaban
-nítidamente las siluetas de los dos fugitivos.
-
-Insúa temió que viéndoles les hicieran fuego, mas no ocurrió eso; sus
-perseguidores, llegados a la vasta planicie, abriéronse en dos alas,
-para rodearlos.
-
---¡Maldición!--dijo Insúa, sintiendo que su caballo cansado, por la
-carrera de todo el día, empezaba a aflojar.
-
---¡No importa, mi capitán!--respondióle su compañero, que empezaba
-también a quedarse atrás--si ganamos el garzal, no nos agarrarán en
-toda la noche.
-
-Al frente, en la línea que seguían, a la luz de la luna, divisábase
-el garzal, un inmenso pajonal, en cuyo centro, en una isleta casi
-inaccesible de totoras, hierbas altas y fuertes como cañas, anidaban
-millares de garzas, tuyangos y ocós, toda la fauna acuática de aquellas
-regiones, con la seguridad de que hasta allí el hombre no era capaz de
-llegar.
-
-Veíase que la intención de sus perseguidores era impedirles alcanzar
-este refugio, porque las alas empezaban a cerrarse, y como iban bien
-montados, con caballos frescos, no hubiera sido imposible que lograran
-su intento, si los caballos de los dos revolucionarios no hubieran
-hecho un supremo esfuerzo, ya en el linde del garzal, donde penetraron
-a saltos, quebrando las altas totoras, resecas por el invierno.
-
-Alarcón marchaba adelante; Insúa le seguía, por la brecha que él
-formaba aplastando las cañas. De cuando en cuando torcía bruscamente
-el rumbo, de manera que no pudieran verlos desde afuera. La tupida
-cortina de totoras se alzaba como un murallón. Ni aun de día habrían
-podido seguirles con facilidad sus perseguidores, y a esa hora la tarea
-resultaba imposible y expuesta, porque Alarcón, que conservaba su
-carabina e Insúa su revólver, los habrían fusilado a mansalva, antes
-que ellos pudieran verles.
-
-Por eso, cuando minutos después llegaron los soldados hasta el garzal,
-detuviéronse indecisos. Había huellas que podían guiarles, pero ya
-entre las cañas, altas de cuatro metros, tronchadas en diversas
-direcciones por las haciendas que sabían refugiarse allí, no era
-posible en la noche, hallar las verdaderas señales del paso de Insúa.
-
---Hay que cuidar la parte del Este--dijo el indio José.--Por ese lado
-han de salir, buscando el camino de Helvecia, a través del Campo del
-Medio.
-
-Toda la partida, en efecto, continuó al galope, por la costa del
-inmenso garzal, que parecía un mar de plata, a los rayos de la luna que
-fundían todos los perfiles.
-
-De vez en cuando sentíase el vigilante grito de los chajás, que
-adivinaban la presencia de los hombres. Algunas brujas, grandes aves
-nocturnas, revoloteaban, manchando con sus sombras el cielo azul,
-inundado de luz.
-
-Insúa y Alarcón avanzaban siempre hacia el centro del garzal. Cuando
-llegaron a los escondidos lugares donde las aves acuáticas tenían
-sus refugios, a cada paso que daban, encabritábanseles los caballos,
-asustados, porque de entre sus patas se alzaban gritando los ocós y
-las garzas, que dormían en sus nidos de cañas dobladas, cimentadas con
-barro, a breve distancia del suelo.
-
-Un lodo pegajoso, indicio de que durante el verano y el otoño todo el
-terreno estaba anegado, hacía más fatigosa la marcha. Los caballos
-rendidos, se paraban. Dábanles un resuello, y con las espuelas
-ensangrentadas ya, los obligaban a marchar, resoplando, medrosos, ante
-aquellas sombras que surgían del suelo bruscamente, y aquel perpetuo
-crujido de las cañas que estallaban al quebrarse.
-
-Así llegaron al centro, donde había una laguna, en que los patos
-dormían en bandadas inmensas, que se alzaron con un ruido de granizo,
-al sentir a los dos hombres.
-
-El sitio era limpio, alejado casi media legua de la orilla. No había
-totoras, y la tierra cubierta de verdes canutillos, parecía un fresco
-tapiz, mas los caballos se negaban a entrar, conociendo que debajo de
-los pastos había un metro de agua.
-
-Entre las totoras de la orilla, donde el suelo era firme, aunque
-barroso y húmedo, se quedaron los dos fugitivos, y echaron pie a tierra
-para dejar descansar sus caballos.
-
---Por esta noche no hay peligro--dijo Insúa, desensillando su caballo,
-para soltarlo atado con el lazo que llevaba arrollado.
-
-Del lomo sudoroso de los animales se alzaba un vaho denso. El frío era
-penetrante y parecía caer como una lluvia impalpable y helada, del
-cielo limpio, barrido por el viento.
-
---Se van a pasmar--dijo Alarcón, cortando un puñado de paja seca y
-friccionando rudamente la piel humeante de su caballo.
-
-Insúa, silencioso, pensaba en cosas lejanas. La vida tenía ahora para
-él más precio, y aún envuelto en la emoción de la lucha, sentía las
-ligaduras que ataban su corazón a la Casa de los Cuervos.
-
---¡Oh! ¡Gabriela, Gabriela!--pensó--¡qué profundamente has entrado en
-mi alma!
-
-Alarcón dejó los caballos y se puso a construir una ancha cama, a la
-manera de los nidos de las garzas, de totoras entretejidas y dobladas.
-No bien estuvo dispuesta una, Insúa se tendió sobre ella con el aire de
-un hombre rendido, y se envolvió en su blanco poncho de vicuña.
-
-Su compañero sonrió adivinando en qué pensaba el caudillo.
-
---Yo haré la guardia, mi capitán--le dijo.
-
---Hasta la media noche--respondió Insúa--a esa hora yo te relevaré.
-Partiremos antes del alba.
-
-Pero antes de la hora, en el viento que empezaba a soplar con fuerza
-del lado Sur, llegó una obscura cortina de humo, cálido y acre.
-
---¡Mi capitán, mi capitán!--gritó Alarcón.
-
-Insúa saltó de su lecho de totoras.
-
---Han incendiado el garzal.
-
-Los caballos empezaban a asustarse. Hacia el Sur sentíanse ya los
-gritos de las aves sorprendidas por el fuego, pero aún no llegaba hasta
-ellos el chisporroteo de la llama.
-
-La columna de humo envolvía el garzal, sin levantarse mucho, porque
-arriba el viento la desgarraba, y sus blancas volutas, iluminadas por
-la luna, se enredaban como banderas entre los haces de totoras.
-
-En un minuto estuvieron ensillados los dos caballos, que amujaban las
-orejas y cavaban la tierra con sus cascos impacientes.
-
-Cuando Insúa iba a saltar, Alarcón dijo:
-
---Mi capitán, no monte en el suyo, monte en el mío, y deme su poncho.
-Así nos confundirán, y podremos escapar con facilidad.
-
-Insúa que fiaba en la sagacidad de su compañero, aceptó el cambio, y
-subió en el otro caballo, mientras Alarcón saltaba sobre el tostado
-famoso del caudillo.
-
-Entre las rachas de humo que se hacían más espesas, contornearon
-la laguna del garzal, sobre la cual revoloteaban millares de aves,
-graznando, encandiladas por el incendio, y entraron entre los totorales
-de la opuesta orilla, azuzando a sus caballos, más acostumbrados ya a
-romper las cañas con el pecho.
-
-De pronto dijo Insúa, deteniéndose:
-
---Si han incendiado el garzal por la parte del Sur, deben cuidar el
-Norte.
-
---Así ha de ser--contestó Alarcón.
-
---Entonces es preferible buscar camino al naciente.
-
---Yo creo, mi capitán, que debemos separarnos. Usted hacia el Norte, yo
-hacia el naciente, aunque ellos vigilen por allí. Si han incendiado el
-Sur, el viento que es pampero, ha de haber hecho correr el fuego por
-todo el poniente.
-
-Y así se apartaron, citándose para el camino de Helvecia. Al
-despedirse, Alarcón estiró la mano a su jefe.
-
---Adiós, mi capitán. Aunque me maten, no se olvide de mí.
-
-En la noche, entre el humo y el reflejo del incendio que llegaba ya, el
-valiente revolucionario, con el poncho blanco flameando a sus espaldas,
-agitado por el viento, parecía un caballero de leyenda.
-
-Insúa tuvo miedo al verle, tan fantástica era su figura en el cuadro
-aquel, y tembló recordando sus presentimientos de esa mañana.
-
-Le apretó la mano con extraordinaria efusión y se separaron los dos,
-Insúa hacia el Norte, Alarcón hacia el Este, donde quedaba el camino
-del Campo del Medio.
-
-El jefe sentía el incendio a su izquierda, como si el viento,
-remolineando, sin dirección fija, hubiera hecho correr la llama por
-el contorno de esa parte del garzal, cuyas totoras resecas eran un
-admirable pasto para el fuego.
-
-Corría más la llama que él, y eran como dos brazos de oro fundido
-que le perseguían para estrecharlo antes de que saliera de entre los
-totorales.
-
-Llegó a pensar que habría sido mejor buscar una salida hacia el
-naciente, aun defendiéndose a tiros, porque por allí el incendio no
-debía haber llegado todavía.
-
-El caballo espoleado con crueldad avanzaba dando botes. A veces caía,
-resbalándose sobre las totoras, enredadas al rededor de un nido, en que
-algunos polluelos estiraban sus largos pescuezos ansiosos.
-
-Insúa lo hostigaba, sintiendo en la espalda el aire abrasado, y el
-pobre animal, lleno de pavor más que de bríos, soplaba con furia y se
-alzaba temblando, para marchar rompiendo siempre aquella inmensa malla
-de pajas crepitantes y lustrosas.
-
-Cuando llegó al borde del garzal, cerca ya del bañado, una racha de
-viento desgarró la cortina de humo, que lo envolvía todo, y él pudo ver
-hacia el naciente el incendio más pavoroso como si le hubieran dado
-contrafuego.
-
-Tembló por su compañero. Fué a volver, en su auxilio, por la brecha que
-él mismo había abierto, pero una inmensa columna de humo se alzó de
-pronto, a un centenar de pasos, de donde él estaba, entre las totoras
-que acababa de cruzar, anunciándole que todo aquello no era más que un
-solo brasero.
-
-El cielo que se había cubierto de nubes, se enrojecía con vívidos
-lamparones, que desgarraban la negrura de la noche con reflejos
-sanguinolentos. Altas, muy altas, veíanse cruzar las garzas
-encandiladas, y graznaban las gaviotas que habían acudido al
-espectáculo.
-
-En el horizonte hacia el Este, pintábase ya la barra limpia, color de
-oro, anunciadora de la mañana.
-
-Un minuto que perdiera, sería su muerte, pensó el revolucionario,
-sintiendo los gritos de uno de los hombres, que de lejos a su
-izquierda, le había visto a la luz del incendio, y se echaba a correr
-sobre él.
-
-Espoleó su caballo, y empezó a cruzar el bañado, seco en ese tiempo,
-pero difícil por la aspereza de la tierra que la hacienda había
-hollado y cubierto de infinitas madejas de camalotes resistentes como
-pequeños cordeles.
-
-Marchaba con honda pena, preocupado por la suerte de Alarcón, que podía
-haberse visto envuelto en las llamas, sin camino de regreso hacia la
-laguna del garzal, donde habría podido librarse del incendio.
-
-La luz se hizo, cuando llegó al linde del bañado con el monte, y los
-cascos del caballo tocaron la anhelada tierra firme.
-
-Su perseguidor de la izquierda, lo saludó con un tiro cuya bala sintió
-silbar, y vió entonces a la derecha el grupo de los soldados que se
-echaban sobre él, a todo lo que daban sus caballos.
-
-Y empezó de nuevo la carrera, a través del monte, lleno de silencio y
-de sombra, azotándose con las ramas espinosas que se alargaban sobre
-él, como para detenerlo a traición, oyendo el resonante galope que le
-perseguía como un trueno lejano, y el alarido de los perros, por donde
-comprendía que iba menguando la distancia y que su caballo empezaba
-a aflojar. Hasta que, de pronto, parecióle que todo se anegaba en el
-silencio invernal del bosque, y volvió la cara no oyendo ya ni a los
-perros ni a los hombres, y observó que habían desaparecido.
-
-Comprendió que engañados por el cambio de poncho y de caballo, que le
-sugiriera Alarcón, creían haber perseguido a éste, y se volvían para
-rodear en el garzal incendiado al jefe de los revolucionarios, seguros
-ya de no dejarle escapar.
-
-Alarcón en tanto, quebrando la valla de totoras había marchado hacia el
-Este de la lagunita donde pasaron la noche.
-
-Estaba seguro de que por esa parte se encontraría con los soldados, y
-ese era su oculto propósito. Se haría perseguir, con su poncho blanco,
-iluminado por el alba que clareaba ya, y daría tiempo a su jefe para
-escapar.
-
-Mas he aquí que siguiendo su penoso camino, cuando se había internado
-profundamente entre aquellos tupidos y recios pajales, una extensa
-faja incendiada le cerró el camino con su vaho de infierno. El viento
-era contrario a la llama, pero de vez en cuando algún remolino caía
-sobre ella y mesándola en todas direcciones la hacía penetrar en rojas
-lenguas a través de las cañas secas y sonoras.
-
-Buscó una salida y no hallándola, oblicuó hacia el norte, porque la
-gran masa de fuego llegaba del sur, arrastrada por el pampero. Y
-después de marchar un rato, un aletazo del viento arrojó sobre él una
-obscura cenefa de llamas envueltas en el humo áspero de los pastos
-verdes.
-
-Tenía que volver, y con paciencia, comprendiendo que debía esperar en
-medio de la laguna que sus perseguidores cayeran sobre él cuando el
-incendio hubiera devastado su inexpugnable refugio, volvió riendas y
-empezó a desandar su jornada, siguiendo sus propias huellas.
-
-Y de nuevo la llama que había avanzado rodeando la laguna le cortó el
-paso.
-
-Ni para el Norte, ni para el Sur; ni para la izquierda, ni para la
-derecha. Todo estaba incendiado. Quiso cruzar la napa de fuego que
-lo separaba de la laguna donde podía salvarse, y el caballo se le
-encabritó y volviendo grupas empezó a patear las llamas que corrían
-como millones de culebras de oro.
-
-Debía morir, y se resignó, con ese fatalismo criollo que se allana
-mansamente al destino.
-
-Ya él lo había presentido, oyendo graznar a los cuervos, y aunque su
-jefe no creía, él tenía ya la muerte en el alma.
-
-Había una isleta libre entre la mar de fuego que avanzaba por todos los
-rumbos, se retiró al centro, y se puso a mirar con sus ojos azules,
-serenos, la llama que llegaba en su busca. Las cañas se retorcían
-gimiendo, y en la parte húmeda y verde que se hundía en la tierra,
-estallaban cohetes que asustaban al caballo.
-
-Alarcón lo palmeó en el cuello para aquietarlo. Echó pie a tierra y se
-puso a desensillar pensando que era una tristeza que se perdiera aquel
-soberbio tostado que se había hecho tan famoso como su dueño. Quitóle
-después el freno, lo enderezó hacia el Este, y le dió un lonjazo para
-que tratara de salvarse huyendo a través del fuego.
-
-Pero fué en vano; el animal corrió hasta las llamas, tronchando las
-totoras; y allí bruscamente, volvió el anca, y se puso a dar coces sin
-alejarse del fuego que avanzaba sobre él.
-
-Alarcón agachó la cabeza para no verlo. Sentía los gritos de los
-polluelos que se asaban en los nidos, y arriba, sobre su cabeza, la
-protesta de miriadas de garzas blancas y gansos rosados, que volaban
-sobre las nubes, asistiendo al incendio de su refugio y de su prole.
-
-Un rumor como si centenares de carros volaran sobre la llanura
-producían las llamas mesadas por el viento, entre las altas cañas que
-podían ocultar un hombre montado.
-
-El humo y el calor de horno que le envolvía empezaban a desvanecerle.
-El fuego estaba a cincuenta pasos de él, y envolvía totalmente el sitio
-en que su caballo moría pateando siempre al invisible enemigo.
-
-Comenzó a salirle sangre por la nariz, y como de pie no podía respirar,
-miró por última vez el cielo, manchado de nubes ahumadas y el sol que
-ascendía, haciendo huir la noche en el sombrío bosque, por donde a esa
-hora galopaba su jefe, y se echó en tierra pegando la cara con el barro
-fresco, que pudo hallar al pie de las totoras, envuelto en el poncho
-blanco de Insúa.
-
- * * * * *
-
-Cuando al caer la tarde se extinguía el inmenso brasero del garzal que
-había ardido todo el día, José Golondrina, que acechara ansiosamente
-para impedir la fuga del que todos creían que se estaba quemando allí
-adentro, montó a caballo, y se internó en la llanura cubierta de ceniza
-y de matas ennegrecidas que se desmoronaban bajo las pisadas del
-caballo.
-
-De algunos montículos, donde habían estado más tupidas las totoras,
-surgían aún haces de chispas, que caían como un polvo de oro sobre el
-rescoldo tibio.
-
-A tres cuadras de la laguna halló el cadáver del caballo de Insúa, y a
-poco más allá, el cuerpo del que creyó su rival, con la cara sobre la
-tierra blanca de cenizas, como dormido en el profundo silencio de la
-tarde.
-
-Reconoció su poncho blanco de vicuña, quemado en parte, su lujoso
-apero, sus armas, y echó pie a tierra, y con el taco de su bota pisó
-el cuello del muerto, que envolvía la manta, sintiendo que la carne
-calcinada se desmoronaba también como aquellos montículos de que estaba
-sembrado el garzal.
-
-Y sus ojos pardos se llenaron de luces, que brillaron un momento, como
-los haces de chispas que surgían de entre las matas encendidas aún,
-cayendo como una lluvia de oro sobre el rescoldo tibio.
-
-Y pensó que ahora podía reinar sobre su tribu reconstituída por él.
-
-
-
-
-IV
-
-Yo lo maté, pero voy a morir...
-
-
-Días antes Syra, que rara vez salía desde la muerte de su novio, visitó
-a las vecinas, en cuya casa solía verse con él.
-
-Empezaban a encenderse las luces cuando ella terminó su visita, y se
-marchó.
-
-En la calle solitaria a esa hora, encontróse con una negra vieja, hija
-de los esclavos de otros tiempos, limonera, que caminaba pegada a las
-paredes, estirando una mano seca a los raros transeúntes.
-
-Conocíala Syra y la socorría en día fijo de la semana.
-
-La vieja se le acercó, y le dijo en voz baja:
-
---¡Amita! me mandan a buscarla, si quiere ir, en interés del hombre que
-llora.
-
---¿Quién te manda?
-
---José el indio.
-
---¿Dónde está?
-
---En el cementerio de San Antonio.
-
---¿Qué quiere de mí?
-
---No me lo ha dicho.
-
-Pensó Syra un momento, arrimada contra uno de los pilares de su casa, a
-la cual había llegado, y tuvo el presentimiento de que la vieja esclava
-decía la verdad, y que las misteriosas palabras con que había aludido a
-su novio muerto, tenían realmente relación con la extraña cita.
-
-Observó si alguien más la había visto, y creyendo que no, se arrebozó
-en su chal como una mora, descubriendo los ojos nada más, y siguió la
-calle del Cabildo, hacia el Oeste, para doblar al Norte tres cuadras
-más allá.
-
-El velo ceniciento que el crepúsculo había arrojado sobre la ciudad, se
-iba oscureciendo como un denso crespón, y cuando Syra llegó frente a
-las tapias del cementerio de San Antonio, cuya capilla abandonada, al
-borde de la calle, en aquellos arrabales silenciosos, parecía llena de
-las almas de los muertos, era casi de noche, y no vió la silueta del
-indio, acurrucado contra la puerta.
-
---Niña Syra--le dijo, y ella tembló ante aquella voz que parecía surgir
-de la tierra.
-
-Él se paró y le murmuró al oído.
-
---¿Siempre se acuerda de él?
-
-Syra lo miró, y vió sus ojos lucientes como los de un gato en la sombra.
-
---¿Qué te importa?
-
---¿Lo has olvidado, entonces?
-
---¿Para eso me has llamado?
-
---Sí, niña, para eso. Quería saber si después de muerto, iba a seguir
-siendo agraviado.
-
---¿Por quién?
-
---Si su merced me manda, niña,--dijo con voz sumisa el indio,--yo le
-diré; pero si lo ha olvidado ya, y no piensa vengarlo, no quiera saber
-lo que iba a contarle.
-
-Chilló una lechuza bajo el alero de la capilla, y su grito glacial
-entró en el alma de la joven como un escalofrío. ¿Qué podía ser aquello
-que el indio le iba a contar? Ella sentía pasar los días cargados de
-odio, porque en su corazón apasionado, no se aplacaba el amargo anhelo
-de vengar aquella sangre que manchó su traje de baile y de novia.
-
---¿Qué me vas a contar?--dijo simplemente--yo no lo he olvidado.
-
---Pero en su casa sí--respondió el indio--en la Casa de los Cuervos, ya
-ni su madre lo recuerda, y su hermana está para casarse con el que lo
-mató.
-
-Dijo estas palabras en voz baja, no más fuertes que el susurro del
-áspero ciprés que había al lado de la capilla, mas parecióle a Syra que
-la voz retumbó como un trueno, y miró a su alrededor, por si alguien
-había que pudiera escucharle.
-
-El camposanto, sembrado de cruces negras, parecía un vasto sudario
-arrojado sobre millares de muertos que yacían juntos, marcando con sus
-cuerpos el pequeño relieve de los túmulos blancos.
-
-Ni una luz se veía en ese barrio, de tapias roídas por el tiempo, y de
-pencales verdes y espinosos, señalando el linde de las heredades.
-
-Llegada la noche, aquellos parajes siniestros, adonde Syra no había
-temido acercarse, quedaban librados a los cuervos, a las lechuzas y a
-los perros sin amo.
-
-Los perros ladraban en las noches de luna; las aves callaban, y el
-enorme silencio pesaba allí durante horas, como una lámina de plomo,
-hasta que al toque de ánimas, que llegaba de todas las torres de la
-ciudad, graznaban las lechuzas y resonaba el eco en la sombría capilla,
-cuya puerta solía abrir el viento.
-
---¿No has mentido?
-
---No, niña.
-
---¿Vas a jurar?
-
---Sí, por la tierra donde duerme mi madre--dijo él, y Syra creyó en su
-palabra.
-
-Esa misma noche habló a Montarón, y le anunció que se iría a la Casa de
-los Cuervos a pasar una temporada de campo.
-
-El repentino capricho pareció explicable y sus padres accedieron a
-mandarla en una volanta, que salió dos días después, cuando ya Rosarito
-estaba de vuelta y José Golondrina perseguía en el garzal a los dos
-fugitivos.
-
-Syra llegó a la Casa de los Cuervos como una amiga, disimulando su
-amargura, para saber mejor aquella terrible verdad que le habían
-confiado.
-
-Doña Carmen de Borja, ante aquella joven enlutada, que compartía
-su dolor, pero que la miraba con ojos extraños que buscaban su
-pensamiento, sintió miedo, temiendo por el secreto de aquel perdón que
-había dado a Insúa en el fondo de su alma y que nadie comprendería, si
-llegaba a saberse todo lo que ella sabía de la muerte de su hijo.
-
-Y Gabriela tembló por su amor, como si en los ojos fulgurantes de Syra
-hubiera leído una sentencia; y como si ella y su madre se hubieran
-puesto de acuerdo, jamás nombraban al ausente en quien vivían pensando.
-
-No nombraban tampoco a los muertos, de quienes parecían haberse
-olvidado todos en aquella casa, y cuyo recuerdo Syra había venido a
-avivar, como una cicatriz que duele y se abre.
-
-A la siesta se reunían las tres mujeres en la galería bañada por el
-dorado sol de invierno y dejaban correr el tiempo, sin despegar los
-labios, como si sus pensamientos se hablaran en silencio.
-
-Los peones se acercaban a pedir órdenes a la dama, que solía
-levantarse, dejando sola a Gabriela y a Syra.
-
-Gabriela sentía los ojos de la hija de Montarón clavados sobre ella.
-Sugestionada por aquella persecución alzaba la frente, y la miraba.
-Syra, enlutada como una viuda, le sonreía, sin hablarle, mas su sonrisa
-no era amistosa.
-
-Cuando algún incidente imponía la conversación, los espíritus parecían
-alejados y las palabras surgían sin cordialidad.
-
-A veces, sin motivo, se acercaba la mujer del capataz, que rondaba
-aquellas escenas, como un perro fiel, husmeando la sangre del amo.
-
-Gabriela pensaba que ña Floriana había adivinado su secreto, porque
-jamás mencionaba a Insúa, como si tal nombre le amargara los labios; y
-si era así, la astucia de aquella mujer podría haber comprendido los
-sombríos proyectos de Syra, que compartía con ella sola el deseo de
-vengar a los muertos.
-
-Pasaban los días y aún Syra ignoraba si en verdad doña Carmen y su hija
-conocían que el hombre que albergaran en su casa era el matador de
-Carmelo y de Jarque.
-
-Pero de aquellas escenas de pesado silencio, surgía la terrible
-sospecha de que ambas lo sabían y callaban para no romper el encanto
-del amor que nacía.
-
-Una tarde llegó ñor Basilio el ovejero, y dijo a doña Carmen:
-
---En el campo de Mocoretá han quemado vivo al capitán Insúa. Uno de los
-que andaban en su busca de parte del gobierno ha dormido en mi rancho y
-me lo ha contado.
-
-Doña Carmen guardó el secreto. Nadie habría podido sospechar la
-tormenta de encontradas pasiones que se levantó en su alma, porque su
-rostro permaneció inmutable.
-
-Un poco más de ternura hubo en sus ojos al mirar a su hija; y en el
-pliegue de sus labios una fuerza mayor para imponer el silencio a las
-expresiones de rencor satisfecho que querían desbordar.
-
-Pero esa noche todo cambió. A la hora de la cena sintieron llegar un
-caballo, que se acercó entre el ladrar de los perros hasta el árbol en
-que los cuervos dormían.
-
-Gabriela corrió a mirar y dijo:
-
---¡Insúa!
-
-La madre fué a desengañarla, contándole la historia que le habían
-referido, cuando entró el capataz y lo anunció, y luego el mismo
-capitán, que llegó con aire de fiesta.
-
-Sin que nadie lo advirtiera, Syra corrió a su cuarto, cuya puerta daba
-sobre el corredor y se encerró por no verle.
-
-Insúa se sentó a la mesa, y alejados los sirvientes, habló a la madre y
-a la hija.
-
-Había mandado un chasque a don Julián, a fin de que esa misma noche
-llegara a casa de doña Carmen y debía estar al caer.
-
-Era extraño lo que iba a decir, pero en su vida todo era así, extraño.
-
-Doña Carmen escuchaba en severo silencio, con los ojos posados sobre el
-plato y las manos tiesas sobre el mantel. También en la vida de ella
-todo era extraño.
-
-Insúa prosiguió:
-
---Quiero llevarme, señora, el talismán que ha de darme suerte. La
-revolución va a estallar en el plazo de tres días. Todo está pronto, y
-yo vengo a casarme, para que el amor de mi esposa sea mi fortuna en la
-batalla.
-
-Gabriela había dado un grito. Insúa se puso de pie y esperó la
-respuesta. Doña Carmen bajó la cabeza asintiendo, mas no habló.
-
-Sintióse rumor en el patio y todos salieron de la galería. Era don
-Julián que llegaba.
-
---¿Será esta noche?--preguntó la dama a Insúa.
-
---Sí, señora--contestó él, inclinándose.
-
-Doña Carmen llamó a la mujer del capataz y le dijo lo que había, a fin
-de que preparase el oratorio donde debía de ser la ceremonia.
-
-En la obscuridad del patio no vió el gesto de horror con que la mujer
-se apretó la cabeza.
-
-Insúa y Gabriela se paseaban en la galería del lado en que estaban los
-cuervos. Uno de ellos, despierto, se espulgaba y sentían el áspero roce
-de su pico en el negro plumaje.
-
-En el cuarto de los huéspedes doña Carmen atendía a don Julián.
-El comedor había quedado a obscuras, y nadie vió por eso entrar a
-Floriana, que se acercó hasta la pieza donde Syra se había refugiado y
-la llamó suavemente.
-
-No le abrieron; quizá no oyeron la señal, que repitió dos veces, sin
-resultado. La joven, sin embargo, no dormía; sentíanse sus pasos y el
-rumor de su ropa.
-
-Floriana miró por el agujero de la llave, y a la luz escasa de la vela,
-vió algo cuyo significado no comprendió. ¿Quién estaba allí? ¿Syra o
-Gabriela? ¿Quién era la novia que había venido a buscar el capitán
-Insúa? ¿Por qué si era Gabriela, Syra se vestía de blanco como si ella
-fuese?
-
-Corrió al oratorio a concluir los preparativos de aquella fiesta que le
-llenaba el alma de rencores y a poco sintió la voz de don Julián que
-entraba con una maleta, en que traía un roquete, una estola y un libro.
-
-Y luego llegaron todos. Gabriela vestida de negro, tal como estaba;
-Insúa como si terminada la ceremonia hubiera de partir al combate, doña
-Carmen de Borja, pálida, como una muerta, plegados los labios para no
-quejarse, y los peones, que habían de servir de testigos.
-
-Se cerró la puerta, para que el viento no apagara las velas que ardían
-en dos candelabros iluminando crudamente la imagen de la Virgen rodeada
-de flores, y la alta silueta del cura, que hojeaba el libro, para leer
-las preces.
-
---Falta la niña Syra--dijo Floriana.
-
-Doña Carmen hizo un gesto para que callara. Don Julián no la había
-oído, y llamó a Insúa y a Gabriela, y comenzó a leer aquella augusta
-alocución, que esa noche ponía un horror de tragedia en el corazón de
-todos.
-
-De pronto sonó una carcajada en el patio, que a Insúa le heló la
-sangre; se oyó el graznar del cuervo despertado por el ruido, y la
-puerta del oratorio se abrió con violencia, y entró Syra, vestida de
-blanco, semejante a una novia, hermosa como una aparición, con el
-cabello suelto, como si no hubiera podido concluir su tocado, con la
-frente iluminada, y los ojos ardientes, y la risa en la boca crispada.
-
-Apartó con fuerza a los que le cerraban el paso y corrió al altar y
-tomó a Gabriela de un brazo, y le dijo mostrando una gran mancha de
-sangre que tenía sobre el pecho, en el albo traje de baile:
-
---¡Yo era su novia, y él lo mató!
-
-Y todos sintieron correr por sus venas el horror de haber comprendido,
-sin que ella dijera más, lo que significaba aquella sangre, quién era
-el muerto y quién era el matador.
-
-Se abrió de nuevo la puerta, y una racha fría de viento apagó las
-luces, y sintióse en el gran silencio que se hizo el aletazo de un gran
-pájaro que había entrado sin que nadie lo viera, y que pugnaba por
-hallar la salida.
-
-Se oyó entonces la voz de Insúa:
-
---¡Es cierto, es cierto! ¡Yo lo maté!
-
-Se le vió, en la sombra, acercarse a Gabriela que había caído desmayada
-en brazos de su madre, no se oyó el ruido de su beso en la frente de
-la joven, pero sí la voz de él más tranquila, hablando desde el umbral
-de la puerta, como un adiós a la Casa de los Cuervos.
-
---Yo lo maté, pero voy a morir.
-
-No hubo un gesto de nadie para responderle, ni se tendió una mano amiga
-para detenerle.
-
-Salió; se oyó el graznar del cuervo, y luego el rumor del galope de un
-caballo, que se alejaba por la calle sombría de los eucaliptus.
-
-
-
-
-V
-
-La batalla de los Cachos
-
-
-Una mañana, el catorce de Junio, Rosarito entró despavorida en el
-salón donde su padre estaba dando clase, a una veintena de chiquillos
-adormilados.
-
---¡Tata!--dijo simplemente--¡la revolución!--a Francisco anoche lo han
-muerto, según dicen.
-
-Y cayó arrodillada en el suelo, llorando y escondiéndose la cara entre
-las manos, mientras los chicuelos aprovechaban el estupor causado en el
-maestro por aquella noticia, para desbandarse y huir de la escuela.
-
-Desde tres días antes vivía la gente en Santa Fe aguardando la hora de
-la revolución. Sabían, los que estaban en el secreto, que don Patricio
-Cullen, desde "Los Algarrobos", bajaba con su gente hacia la ciudad,
-sublevando las campañas con ardorosas proclamas.
-
-Sus montoneros a caballo, mal armados, no habrían podido resistir el
-empuje de las fuerzas del gobierno, que contaba, como núcleo principal
-de su defensa, con el histórico batallón "7 de Abril" al mando del
-coronel Raimundo Oroño. Pero sabían que Francisco Insúa bajaba
-simultáneamente a encontrarse con Cullen, al frente de los "Suizos",
-colonos de Helvecia, y de más al Norte aún, de la Colonia Galense,
-de Romang, de Alejandra, donde la causa de los revolucionarios había
-reclutado sus mejores tropas.
-
-Aquellos extranjeros, tiradores de primer orden, bien armados con
-fusiles de precisión, valían mucho más que las revueltas montoneras que
-traía Cullen.
-
-La revolución debía estallar en la ciudad, no bien se supiera que
-Cullen o Insúa llegaban, y hubo un momento en que su triunfo pareció
-seguro a los dirigentes de la conspiración, porque el gobernador Bayo,
-ignorante de todo, o confiado en exceso, habíase ausentado de la ciudad
-para asistir a las fiestas que en esos días celebraban en el pueblo de
-San Carlos.
-
-Montarón con un grupo de revolucionarios se encargó de apresarlo, pero
-el gobernador tuvo aviso de que la muerte de Insúa que días antes
-le comunicaran en secreto no era verdad, y que se le había visto en
-Helvecia, moviendo su gente.
-
-Esto le obligó a regresar, frustrando el plan de Montarón; y como
-se supiera que los revolucionarios avanzaban sobre Santa Fe, se
-destacó una compañía del batallón "7 de Abril", para que marchara a su
-encuentro, dejando el resto de la fuerza para cuidar la ciudad.
-
-Los soldados del gobierno debían procurar unirse con la gente que desde
-San José del Rincón llevaba el coronel don Nazario Ocampo, fuerza de
-caballería de línea, muy apreciable, no por su número, sino por su
-calidad; y con las del coronel don Francisco Romero, que debía cruzar
-desde Santa Rosa con quinientos hombres, bien armados, para cortar
-la retirada de los revolucionarios, cuando bajasen a lo largo del
-Saladillo.
-
-Ocurrió, sin embargo, que el 13 de Junio, al mediodía, el jefe de las
-tropas del gobierno que marchaban hacia el Norte, recibió noticias
-de que Insúa había llegado al paso de los "Cachos", y se preparaba a
-vadear el Saladillo, buscando la margen derecha, para seguir el camino
-a Santa Fe.
-
-El coronel Oroño, dudando de aquella nueva, mas deseando prevenir
-el ataque si era verdad, destacó una compañía de veinte hombres a
-caballo, al mando del alférez don Pedro Viñas, para que efectuara un
-reconocimiento hasta el mencionado paso.
-
-Y allí, aquel día, al caer de la tarde, se inició la sangrienta batalla
-de los "Cachos".
-
-Insúa bajaba, en efecto, con su gente. La margen izquierda que a causa
-de las vueltas del Saladillo, quedaba al Norte, estaba anegada por un
-repunte del riacho en los últimos días.
-
-Los altos pajales podían servirles para acercarse sin ser vistos, hasta
-el paso que buscaban, donde había dos grandes canoas, en que podían
-cruzar sin mojar sus ropas ni sus armas.
-
-No todos venían a caballo; algunos, los suizos en su mayor parte
-marchaban a pie, alegremente con sus rifles al hombro, y sus
-cartucheras a la cintura.
-
-Insúa triste, buscando la muerte más que la victoria, hacía su jornada
-en silencio y sin odio.
-
-Cuando llegaron al vado, desde la otra orilla, que estaba a un tiro
-de carabina, les hicieron una descarga. Era la gente del gobierno,
-parapetada detrás de unas pilas de leña cortada, que algunos canoeros
-habían amontonado y que servían de admirable trinchera.
-
-No era fácil saber el número de los enemigos, pero Insúa dió orden de
-cruzar el río, y unos a caballo y otros en canoa empezaron la maniobra,
-bajo el fuego de los soldados del "7 de Abril".
-
-Un grupo de suizos, rodilla en tierra desde los pajales, empezó un vivo
-tiroteo, protegiendo a los suyos que cruzaban el río.
-
-El sol se iba entrando, pero el ojo experto de aquellos excelentes
-rifleros, descubría detrás de los montones de leña al enemigo apenas
-visible y empezaba a diezmarlo. De cuando en cuando se oía un grito:
-un hombre se paraba, abría los brazos y caía y los tiradores reían.
-
-La primera canoa, llena de hombres, armados de rifles, al llegar a la
-mitad del río se fué a pique acribillada a balazos por los del gobierno
-que apuntaban a sus tablas.
-
-Y entonces se vió a Insúa, que en la otra orilla permanecía a caballo,
-mandando la maniobra, con un soberbio desdén de la muerte que zumbaba
-a sus oídos, echar pie a tierra y meterse en el agua empujando la otra
-canoa.
-
-La llevó así hasta que el agua le dió al pecho, y de un poderoso envión
-la arrojó hacia el medio, animando a su gente, con aquel absurdo valor
-del hombre indiferente a las cosas que puedan ocurrir.
-
-Veíase claramente que los soldados del gobierno lo habían conocido,
-no obstante la sombra crepuscular, y que tiraban sobre él, a cuyo
-alrededor en el agua, picaban las balas salpicándole el rostro.
-
-Se volvió a la orilla y montó de nuevo en su caballo y esperó el
-resultado de aquella maniobra.
-
-Ya algunos de los suyos,--lanceros que cruzaban a nado, a la par de sus
-caballos,--empezaban a llegar a la opuesta orilla, y la segunda canoa
-cargada de rifleros, había pasado de la mitad del río, cuando se vió
-a los del gobierno aprovechar las sombras de la noche para dejar sus
-barricadas, abandonando un puesto que no podían sostener.
-
-Cesó el fuego, mas con el último tiro, se vió a Insúa que abría los
-brazos y caía del caballo, de bruces sobre una mata de chilcas.
-
-Cuando lo alzaron, sobre unas parihuelas, sonreía, como si hubiera
-visto venir lo que anhelaba.
-
---Sigan peleando, muchachos--les dijo.
-
-Cruzaron el río, y lo llevaron al rancho de un pescador, cercano a la
-orilla, y lo dejaron allí, porque tuvieron noticia de que la gente
-del gobierno acampaba en San Pedro, a cosa de tres leguas, y convenía
-atacarla antes que recibiera los refuerzos que se esperaban de Santa
-Rosa.
-
-Pero nada pudo hacerse esa noche, porque el enemigo, al llegar ellos
-había abandonado también aquel punto, y cuando a la mañana siguiente
-llegó Cullen con su tropa, se estrelló con las fuerzas del coronel
-Romero, bien armadas, y no tuvo el apoyo de la caballería con que
-contaba, ni de Insúa, del cual no halló quien le diera noticias.
-
-Pelearon rudamente, pero sus montoneros se desbandaron y él tuvo que
-huir, por la orilla izquierda del Saladillo, con rumbo a Helvecia.
-
-Montaba un caballo tordillo, parejero, que no era de su estancia, y
-cuyas condiciones no conocía.
-
-Perseguido de cerca, en los primeros momentos ganó larga distancia,
-pero pronto conoció que el caballo se le cansaba.
-
-Su asistente, Juan Félix López, sin apartarse de él, le decía:
-
---Castigue, don Patricio; castigue su caballo.
-
-El jefe de los revolucionarios, comprendiendo que su caballo estaba
-rendido bajo su peso, respondía:
-
---A mí me conocen y me quieren. Si caigo en manos de ellos, no tengo
-que temer. Vos sí; vos debés huir.
-
-Llegaron así al monte, a la isleta de las Estacas, y allí Cullen
-comprendió que su caballo no daría más y se detuvo.
-
-Una avalancha de gauchos del gobierno dando alaridos, se echó sobre él.
-
-Saltó del caballo uno de ellos; era José Golondrina, y lo tomó de la
-rienda.
-
---¡Bájese!--le dijo,--y como no obedeciera al instante, le tiró un
-lanzazo y lo derribó. En el suelo, uno de los más abyectos secuaces
-llamado el "Lechuza", lo tomó de la barba.
-
---A mi padre--alcanzó a decirle don Patricio--lo degolló Rozas; no me
-maten como a él. Mátenme a balazos.
-
-Pero "Lechuza" le cortó la cabeza, mientras la pequeña tropa de gauchos
-y de indios se cebaba en su cuerpo cribándolo a lanzazos, lo mismo que
-al de su compañero López.
-
-La muerte de Cullen produjo un inmenso estupor en la ciudad, donde ni
-sus adversarios más encarnizados habían creído que pudiera llegarse a
-ese extremo.
-
-Cuando se recibió la noticia, Rosarito, acompañada de su padre, había
-salido ya en busca de Insúa, herido la víspera.
-
-La campaña tranquila se bañaba en el sol de la tarde, indiferente a
-aquellas pasiones que manchaban su suelo.
-
-Don Serafín, acurrucado en un rincón, envuelto en su capa, iba contando
-historias análogas a aquel episodio, que había visto en su vida.
-Rosarito llevaba las riendas del tílbury en que viajaban al trote por
-el solitario camino blanco. Ella no oía a su padre; pensaba en las
-cosas tristes que rebalsaban en su alma, y tenía en los labios la
-amargura de una queja. Pensaba que si él había muerto, lo hallaría
-donde le habían dicho, velado por Gabriela; que si aún vivía, él no
-volvería a besarla como en la noche de la revolución, porque su rival
-estaría presente.
-
-Sabía que no había esperanza de salvarle. El que les llevó la noticia,
-enviado por Insúa mismo, les había explicado cómo era la herida y cómo
-ni el mismo Insúa pensaba vivir.
-
-Así como mandó avisarles a ellos, pensaba Rosarito que habría mandado
-avisar a la Casa de los Cuervos, no lejana de allí.
-
-Mas cuando llegaron al paso de "Los Cachos", hallaron al caudillo
-revolucionario muriendo solo en el ranchito abandonado.
-
-Estaba tendido en la tierra, sobre un apero, y tenía cerrados los ojos.
-Como obscurecía ya, no conoció en la penumbra a los que llegaban, y
-Rosarito, hincada a su lado, le dijo su nombre y le vió sonreír, y le
-habló de su amor y de Dios, para endulzarle aquella hora suprema, y
-él que en nada creía, sintió su alma iluminada por aquella verdad que
-bajaba en tal momento sobre él, y lloró con grandes lágrimas cálidas.
-
---¿La has llamado?--le preguntó Rosarito, y él hizo señas de que no, y
-la miró con profunda ternura, como diciéndole que ella refundía en sí
-sola todas las mujeres que podía amar: su madre, su hermana y su novia.
-
-Y ella comprendió, y cuando al siguiente día cerró él los ojos para
-siempre, tranquilo como si hubiera hallado la verdad y el amor, ella
-pensó que era su viuda, y lloró sobre su cuerpo frío, sintiendo en el
-fondo de su dolor, la humilde alegría de saber que por fin él la había
-comprendido.
-
-
- * * * * *
-
-
- Tip. y Enc. NUEVA ÉPOCA
- San Martín 850--SANTA FE
-
-
- HUGO WAST
- La Casa de los Cuervos
-
- PRIMER PREMIO
- EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL
-
-
- NUEVA EDICIÓN
-
-
- BUENOS AIRES
- Agencia General de Librería y Publicaciones
- 1571--Rivadavia--1573
-
-
-
-
- OBRAS DE HUGO WAST
-
- NOVELAS
-
- =Alegre.=--19.º millar.--Librería Ollendorff, París.
-
- =Pequeñas Grandes Almas.=--11.º millar.--Montaner
- y Simón, Barcelona.
-
- =Flor de Durazno.=--27.º millar.--Librería Ollendorff,
- París.
-
- =Fuente Sellada.=--17.º millar.--Librería Ollendorff, París.
-
- =Golondrina de Presidio.=--(Cuentos).--4.º millar.--Biblioteca
- Patria, Madrid.
-
- =Fantasías y Leyendas.=--(Cuentos).--Agotada.
-
- =La Casa de los Cuervos.=--9.º millar.--Agencia
- General de Librería, Buenos Aires.
-
-
- POESÍAS
-
- =Rimas de Amor.=--2.ª edición.--Fernando Fe, Madrid.--(Agotada).
-
-
- VARIOS
-
- =¿A dónde nos lleva nuestro panteísmo de Estado?=--3.ª
- edición.
-
- =El Enigma de la Vida.=--(Estudio biológico).--Librería
- Alfa y Omega, Buenos Aires.
-
- =Un País mal administrado.=--(Estudio económico).--Arnoldo
- Moen y Hno., Bs. Aires.--(Agotada).
-
-
- EN PREPARACIÓN
-
- =Las bases de la sociología.=
-
- =Un País mal administrado.=--2.ª edición.
-
-
- * * * * *
-
-
- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-Las palabras en negritas están indicadas con el =signo igual=.
-
-Algunas reglas de acentuación del castellano cuando esta obra fue
-publicada por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se
-realizó la transcripción. El criterio utilizado para llevar a cabo esta
-transcripción ha sido el de respetar la ortografía original, salvo en
-caso de errores evidentes de impresión y/o puntuación, los cuales han
-sido corregidos. El Transcriptor también ha respetado ciertos modismos
-empleados por el autor, que son típicos del castellano que se habla en
-ciertas zonas de Argentina.
-
-El Transcriptor desea aclarar que el autor menciona en el texto un
-personaje real de la historia argentina, Rosas, pero en el texto es
-mencionado como Rozas. Se ha respetado la ortografía del original.
-
-El ÍNDICE en la obra original se encontraba al final del
-libro. El Transcriptor decidió colocarla al principio de la obra.
-
-
-La cubierta del libro ha sido modificada por el Transcriptor y ha sido
-agregada al dominio público.
-
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of La Casa de los Cuervos, by Hugo Wast
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA CASA DE LOS CUERVOS ***
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