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-The Project Gutenberg EBook of Estampas de viaje, by Luis G. Urbina
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this ebook.
-
-Title: Estampas de viaje
-
-Subtitle: España en los días de la guerra
-
-Author: Luis G. Urbina
-
-Release Date: October 31, 2020 [EBook #63587]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team
- at http://www.pgdp.net (This file was produced from images
- available at The Internet Archive)
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESTAMPAS DE VIAJE ***
-
-
-
-
- ESTAMPAS DE VIAJE
-
- ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA
-
-
-
-
- LUIS G. URBINA
-
- ESTAMPAS
- DE VIAJE
-
- ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA
-
- Creer-Crear.
-
- [colofón]
-
- BIBLIOTECA
- ARIEL
-
- EDITADA POR LA REVISTA HISPANO-AMERICANA
-
- «CERVANTES»
-
- Es propiedad de la
- BIBLIOTECA ARIEL
-
-
- _Este libro está dedicado a la memoria
- de_
-
- _Justo Sierra_
-
- _mi maestro, que amó a España y en
- ella murió._
-
- _Luis._
-
- 1920.
-
-
-
-
-INTRODUCCION
-
-_Al comenzar el año de 1916 pisé, por primera vez, tierra española._
-
-_Desde la orilla del Mediterráneo, todo yo me volví ojos para ver y
-corazón para sentir._
-
-_Vine como redactor corresponsal de_ El Heraldo de Cuba, _y para ese
-periódico escribí mis impresiones de viaje. Las escribí poniendo en
-ellas amorosa sinceridad_.
-
-_Así, tan de pronto, no era posible que penetrase yo en el alma de este
-pueblo, a pesar de las afinidades que tiene con el mío, y que en mí
-mismo percibí al entrar en el ambiente ibérico._
-
-_Mas las obscuras herencias que despertaron en mi espíritu, sirvieron de
-acicate a mi curiosidad y de orientación instintiva a mis
-observaciones._
-
-_Nada miré sin interés o sin emoción; y, aunque recién venido, acerqué
-cuanto pude, la oreja, al pecho enjoyado de España._
-
-_Formé este libro con algunas de las notas y apuntes que rápidamente fuí
-tomando entonces, en horas de angustia y asombro para la humanidad._
-
-_Después, este gran país, que seduce desde luego la vista con el
-espectáculo de sus costumbres y de su naturaleza, y aviva la imaginación
-y la estimula a las evocaciones ante sus viejas maravillas de arte, fué,
-poco a poco, revelándome cuanto encierra su seno de calladas y profundas
-virtudes._
-
-_Y la ilusión con que en él soñé, se ha convertido en la admiración y la
-devoción con que ahora lo quiero. Y tanto como me deslumbró la
-magnificencia de su pasado, me llena de fe el presentimiento de su
-porvenir._
-
-_En las páginas que siguen hay, seguramente, más de adivinación que de
-análisis._
-
-_Me queda el anhelo de lograr algún día--mejor poseído por el creciente
-encanto de esta tierra de sol y de leyenda--rendir a la raza, en verdad
-y en belleza, el filial tributo que le debo en nombre de mi patria
-americana, que al otro lado del Atlántico es como una dulce
-prolongación, como un fresco brote de esta España en cuyo suelo está
-germinando todavía una primavera de libertad._
-
- LUIS G. URBINA.
-
-Madrid, diciembre de 1919.
-
-
-
-
-ENTRE DOS BAHÍAS
-
-
-El contraste no pudo ser más sugestivo. Al partir de la Habana, durante
-un vivo y cálido atardecer, el mar de seda de la bahía mezclaba a su
-azul, bruñido por la luz del crepúsculo, súbitos y variados matices. Se
-mecía una onda, y en su seno encendíase, por un instante, un guiñapo de
-escarlata desteñida. Venía brincando una ola de curvas elegantes, y su
-vidrioso contorno empenachábase de espuma sonrosada. Alrededor de los
-remolcadores temblaba una franja de cambiantes. Las barcas, al pasar,
-dejaban en la corriente una larga raya de colores, como si fueran
-soltando serpentinas en la corriente.
-
-Y cuando el buque empezó a moverse, toda la ciudad, salpicada de chispas
-locas, se fué deshaciendo en una rosada penumbra. Las fachadas del
-_Malecón_, que parecían un suave dibujo en miniatura, se fundieron, poco
-a poco, y conforme iban estando más lejos, en una extensa mancha en la
-que sólo brillaban--latidos de claridad amarilla--puertas y ventanas.
-Después, en la franja obscura de la ribera, vimos, por mucho tiempo
-todavía, el índice negro del Morro, coronado por la movediza llama
-verde, que paseaba, en torno suyo, su ráfaga de tenue claridad. La bahía
-de la Habana acababa de despedirse del sol, deteniéndolo como una
-Julieta enamorada, y pidiéndole el último beso. Al mirarla, casi borrosa
-en la distancia, podría uno imaginarse, sin esfuerzo, que la vieja y
-deliciosa metrópoli cubana quedaba, trémula de emoción, como criolla
-apasionada, en el instante en que concluye la cita y desaparece el
-galán.
-
- * * * * *
-
-Hoy, cuatro días más tarde, desde la cubierta del veterano buque
-español, veo un cuadro distinto del tropical, de aquel que retengo en
-la memoria como el recuerdo de una cariñosa despedida. El frío es
-intenso, y los pasajeros, enfundados en sendos abrigos, al hablar, echan
-por la boca nubecillas de vapor plomizo. El mar está sucio y pesado el
-oleaje. La niebla, que desde ayer emboza los horizontes, se acerca más y
-se hace más densa. De ella sale, como si la atravesara con esfuerzo, un
-reflejo gris que melancoliza el ambiente. Una lluvia menuda cae sobre
-las aguas, y las enturbia al encarrujarlas en pequeñísimos rizos. Es una
-hora indecisa que no atinaríamos a definir si, recurriendo a las
-muestras de los relojes, no viésemos que señalan las diez y que, tras de
-una noche azul, nos encontramos a la mitad de la mañana nublada. El
-buque está frente a Nueva York. Todos los pasajeros, de bruces sobre las
-barandillas, quieren ver lo que se dibuja en aquellos telones de húmeda
-y maculada blancura. Algún viajero «snob» se ha echado a la cara los
-gemelos, en una actitud cómica de inglés de opereta. Ver la ciudad,
-distinguir los edificios, contemplar el panorama, es imposible. Pero
-divisar todo esto, sorprender, aquí una masa de bruma negra, allá un
-contorno borroso, y la sombra de un edificio, y el fantasma de una
-embarcación, ya es menos difícil. Sí; mirando atentamente, devorando con
-los ojos la niebla, horadándola con la imaginación, se va distinguiendo,
-imprecisamente, lo que se arrebuja y esconde en el horizonte. Primero es
-un islote, que antes que lleguemos a la ciudad nos sale al encuentro:
-entre árboles de humo verdinegro, caseríos rústicos de vaporosa
-inconsistencia, barcas que parecen hechas en el aire con las espirales
-de un cigarrillo; dos torpederos de sepia aguada, perfilados junto al
-montículo pastoso de una fortaleza. Y luego, en el amplio fondo,
-caprichosamente reclinadas, unas nubes sombrías, unas formas extrañas,
-dos, tres, cuatro erectos paralelepípedos, que dan el efecto de que son
-bandas negras, estandartes desteñidos que cuelgan de la altura del
-horizonte, mejor que formas que se levantan asentadas sobre la tierra.
-Son pedazos de montañas, acantilados, tajos y escarpaduras. Trazados al
-esfumino, tienen la vaguedad de las pantallas fotográficas. Yo adivino
-que allí enfrente está la ciudad; es más, lo sé; pero aquellas
-fantasmagorías no dejan de turbarme un poco.
-
---¿Qué es eso?--pregunto a un compañero que cerca de mí sonríe, como
-saludando a un conocido.
-
---Son los «rasca cielos»--me contesta--; mire usted;--y me va señalando
-los sitios con el índice--: allá está el «Singer Building»; allá el
-«Municipal Building»; el «Metropolitan», y el más alto y airoso, el
-«Woolvord»...
-
-Entonces, recuerdo los almanaques, los anuncios, los avisos murales, la
-inundación de pinturas, grabados, estampas que he visto durante mi vida
-por todas partes, en libros, en oficinas, en tiendas. Me divierto
-retocando, precisando, abriendo vanos, componiendo remates, labrando
-piedras, extendiendo colores, en una tarea imaginativa, en la cual
-colabora, confusamente, la memoria.
-
-Y por asociación, por semejanza, frente a aquel diorama de vidrio
-ahumado, me acuerdo de las ilustraciones en que la pluma de Hugo solía
-entretenerse, al margen de las cuartillas manuscritas, mientras el
-potente cerebro repujaba alguna imagen estupenda. Cuéntase que, a
-veces, en la nerviosidad con que la mano saltaba del tintero al papel,
-caía en la garrapateada página una gota de tinta. El poeta, en un
-maniático «dilettantismo», aprovechaba la ocasión, y de aquella gota
-negra, extendida en líneas, siluetas y trazos inverosímiles, iban
-saliendo portentosas sombras chinescas: el castillo medioeval de los
-Burgraves; un ejército en marcha; la cabeza de monstruo de Quasimodo;
-una carrera de titanes en fuga. Quedan todavía, en viejas ediciones, los
-caprichos tumultuosos de aquel dibujante, en quien la fantasía creadora
-pudo sustituir con ventaja a la técnica correcta.
-
-Algo de esa vaga exuberancia poseía, para mí, el espectáculo de la bahía
-neoyorquina. A través del encaje levísimo de la lluvia, la ciudad
-nebulosa, se me aparecía, en lo remoto, como un friso de cielo invernal
-en el último momento de un ocaso sin sol. Mi curiosidad se entremezclaba
-de melancolía. Mi espíritu encontraba un ambiente propicio para su
-desfallecimiento.
-
-Miraba yo, miraba, en una difusión de ideas, que reproducía en mi
-interior las nebulosidades del día. Y de pronto, en el borrado y último
-término, en una semiclaridad amarillenta que parecía brotar de abajo,
-como una humareda luminosa, fué dibujándose, más precisa cuanto más la
-miraba yo, una masa de sombra compacta que poco a poco diseñó en el
-fondo su contorno, con la habilidad de esos artistas callejeros que,
-recortando con tijeras papel negro, hacen retratos en siluetas, que
-pegan después sobre un naipe cualquiera. Y vi: las sobrias molduras de
-un pedestal basto; la línea culebreante de una veste griega; los trazos
-paralelos de un brazo en alto que remataba en un florón obscuro que
-rememoraba una antorcha; la curva cerrada de una cabeza que diademaban
-largas púas tenebrosas. Era una estatua, la colosal estatua de Bertoldi,
-erguida sobre las aguas incoloras, en la tristeza de una inmensidad de
-claro-obscuro.--La «Libertad iluminando el mundo»--pensé, repitiendo el
-nombre del célebre y artístico faro.
-
-Allí la vi en una hora de misterio, de bruma, de fría y rara vaguedad.
-Se diría que, como un nubarrón, estaba próxima a deshacerse al soplo de
-una cercana tormenta. Se diría que, dentro de su obscuridad, se
-acurrucaba el rayo insomne. Era un guardián de tiniebla, vigilando una
-ciudad de sombra.
-
-Y mientras llegábamos al muelle, me puse a tejer con neblina,
-perplejidad y sueño, un símbolo profético y pavoroso.
-
-
-
-
-EL DELIRIO DE «WALL STREET»
-
-
-Llegamos al sucio muelle, y entre ruido de cadenas, golpes de tabla,
-gritos de primitivo y batahola de marinería, nos preparamos a descansar
-un poco de las monótonas cien horas de mar en calma.
-
-Es domingo. Estoy en la orilla de la ciudad estupenda, descrita,
-admirada, cantada, glorificada, analizada por una legión de filósofos,
-de artistas, de poetas, de pensadores, de curiosos. A mí, que sólo veo
-desde el buque una fila de casas, muy altas, acribilladas de ventanas en
-hilera, me produce la impresión de que me hallo junto a una urbe
-extraña, monstruosa y vacía. De fuera no viene ningún rumor. No percibo
-un movimiento. Nadie asoma por las innúmeras ventanas. No se oye el eco
-de unos pasos. De un lado, los edificios están mudos; del otro, las
-lejanias, veladas. Arriba, la nublazón, inmóvil; abajo, la corriente,
-silenciosa. Únicamente las gentes del barco trajinan. Los pasajeros que
-no han salido, duermen. Cae la tarde, a telón lento, sin esfuerzo,
-simplemente, sin pugilatos de luz y sombra, porque, de antemano, lo gris
-es ya uno de los matices de lo negro; es la tiniebla empalidecida.
-
-Y en ella comienzan a clavarse las chispas eléctricas del alumbrado. Por
-detrás de los formidables muros de las construcciones fronteras al
-muelle, sube un vaho de claridad blanquecina, como polvo de luna. Es la
-iluminación de Nueva York. Dejo pasar dos horas, tres; me aburro sobre
-cubierta. Y, aunque me dicen que nada hay que ver en un domingo de
-población yanqui, me aventuro a pasear mi fastidio, siquiera sea por la
-parte baja de la ciudad. Salgo de la embarcación como un ratoncillo sale
-de su escondite, atisbando hacia todos lados. La calle del muelle,
-obstruida en una acera por montones de cajas y barriles, está desierta
-por la otra, y presenta cerradas las puertecillas con escalones de
-piedra, cerca de los barandales que señalan los sótanos. Veo un extenso
-cuadro simétrico y uniforme:--la simetría es quizás una característica
-de la estética de este pueblo--. Casas semejantes; casas iguales; no
-varían, a primera vista, más que los rótulos y sus leyendas en oro, en
-carmín, en azul. De trecho en trecho, los faroles públicos colocan su
-nota ocre en la pesada penumbra. A lo lejos, el puente de Brooklyn raya
-el aire con su formidable dibujo geométrico. Camino unos pasos, y una
-plaquilla de hierro en la punta de un poste, en el ángulo de una amplia
-vía, me señala una ruta: «Wall St».
-
-¡Ah! La arteria financiera; como si dijéramos: la aorta. Me encuentro en
-el corazón comercial. (¿Esta ciudad tendrá dos corazones a la manera de
-ciertos organismos anormales?)
-
-Siguen las casas negras, altas, medrosas. Anchas las aceras; grande y
-pulida la calzada. Mas aquí no existe la simetría arquitectónica. No
-distingo estilos, y, sin embargo, percibo variedades; formas entrantes y
-salientes; encristalados ventanales; columnas de pórtico romano;
-abigarramientos de piedra; grandiosidades sin majestad; imitaciones sin
-gusto. Estas fábricas macizas me producen un efecto de solidez
-improvisada. Se marca bien, a pesar de ello, el carácter de la obra. No
-son viviendas: son oficinas, despachos, bancos. Aquí y allá, la palabra
-«Lunch», se combina de distintos modos. Algún escaparate conserva
-iluminada su pequeña exposición de tabaco. Se comprende que todos estos
-_restaurants_ son otras tantas oficinas de comer de prisa, para seguir
-en la afanosa labor.
-
-Ahora, esta vía está solitaria como la calzada de un cementerio. Por muy
-corto tiempo ha desaparecido la agitación. Las cosas están en reposo;
-pero se nota que esperan la vuelta del torbellino humano. La arteria
-queda exangüe por unos cuantos momentos. Yo marcho por el embaldosado y
-soy el único sér con animación en esa profunda y agresiva soledad. Mi
-vieja murria se mezcla de curiosidad infantil. Héme aquí al pie de una
-estatua, de proporciones extraordinarias, que corta en dos mitades la
-escalinata de un templo corintio. A la media luz de la calle, reconozco
-la figura: es Wáshington. Y recurro a mi memoria para percatarme de que
-dentro del templo corintio está encerrada una buena parte del tesoro
-del Estado. Un Wáshington de granito, inquebrantable como el de carne,
-cuida la suma fabulosa, el oro, el papel moneda, lo que yo no puedo
-saber en mi breve escapatoria de colegial aventurero.
-
---Haces bien, Wáshington--le digo a la estatua--, cuida del tesoro
-monetario. ¡Ojalá que dentro del arca de sillares labrados, a cuyo
-frente estás, guardara tu pueblo otros tesoros espirituales que tal vez
-ande malgastando por el mundo!
-
-Y sucedió que, sugerido por mis propias meditaciones, moviéndome dentro
-del fondo de Rembrandt, de «Wall Street», tuve una pueril alucinación:
-
-Vi que, en el silencio solitario del sitio, de la angosta puerta de una
-de aquellas oficinas, salía con su traje talar, y su becoquín negro, un
-judío del siglo XIV: el cuerpo encorvado y temblón; la barba luenga y
-cana; los ojos de nictálope; la nariz de pico de halcón; las manos
-sarmentosas, saliendo, como hierbas secas, de la campana de las mangas.
-Lo reconocí inmediatamente. Era mi amigo Shylock. No me cabía duda. Y
-hasta creí ver relucir en uno de sus cerrados puños el cuchillo
-vengador. Iba, como siempre, en busca de la libra de carne del deudor.
-
-Pero su paso, inseguro y lento, le impedía alcanzar a la muchedumbre
-numerosísima, a el ejército obscuro que, apelotonándose por millares,
-corría delante de él. Shylock hacia estériles esfuerzos por llegar.
-¡Imposible! La carrera loca de la multitud era fantásticamente rápida.
-También a mí me estaba pasando una cosa imprevista. Yo volaba tras el
-judío y sus perseguidos, tal como suelo volar durante el sueño.
-Comprendí que Hermes me había prestado sus alas. Y ya no me importaba la
-altura sombría de las casas de Nueva York. Era agradable mi ingravidez.
-Todos volábamos en un vértigo jadeante. Abajo, en la llanura humana, se
-agitaban los brazos como espigas negras en el término de la noche.
-
-Y, de repente, a la espalda del gigantesco ángulo ojival--invertido
-embudo de tinta china--de la iglesia de «La Trinidad», fué subiendo un
-segmento de oro cegador; y subiendo, subiendo, milagrosamente, el
-circulo colosal llenó el espacio: ¡el sol!
-
-Sí; un sol nuevo, recién fundido acabado de troquelar, porque el astro,
-gloria del cielo, era nada menos que una áurea y gran moneda de veinte
-dólares... Y empezó a encender el día...
-
- * * * * *
-
-En el «angosto lecho» de mi camarote, me reía a solas, de mis
-intemperancias de visionario. Desde allí oí sonar las campanas de
-cristal de «La Trinidad». El silencio estaba haciéndose más hondo.
-
-
-
-
-UN MINUTO DE NUEVA YORK
-
-
-Conocí en mi tierra a un literato rico, sér extraordinario, no porque su
-riqueza fuese grande como la de un nabab, ni porque su literatura
-alcanzara las proporciones de un genio, sino porque, además de juntar en
-una pieza sola el cultivo de las letras y la abundancia del dinero--caso
-rarísimo en el ambiente novo-hispano--, tenía el hombre tales manías y
-extravagancias, que teórica y prácticamente se diferenciaba por completo
-del tipo común de los mortales. Ejercitaba su talento y sabiduría en la
-critica, y si sus doctrinas chocaban al buen sentido, por lo
-estrafalarias, no le iban a la zaga sus costumbres, por lo inusitadas y
-excéntricas. No era el suyo prurito de aparecer original, ni fingida
-locura para llamar la atención de los cándidos; era un real y positivo
-desequilibrio, un orgánico defecto espiritual que le retorcía los
-conceptos y le daba en oblicuo, casi siempre, la visión de la vida.
-
-Y entre las manías que lo caracterizaban, una de las más interesantes y
-divertidas, sin duda, era la de ajustar su existencia a un riguroso
-método, inventado por él, y para él, dizque modificando las supuestas
-leyes de la higiene, ciencia de la cual hablaba pestes el acaudalado
-hombre de letras, quien, por otra parte, era buen cristiano, excelente
-jefe de familia y cumplido caballero.
-
-Recuerdo--y lo cuento aquí para ejemplificar una impresión--que fuí a
-verle a su casa una mañana con el fin de averiguar algo que yo
-necesitaba saber sobre asuntos bibliográficos, porque--también hay que
-decirlo--era mi amigo un erudito, y no a la violeta como los satirizados
-por el neoclásico español.
-
-Hallé al literato en su biblioteca, garrapateando cuartillas sobre su
-mesa de trabajo, que más bien parecía, por lo cargada que estaba de
-libros y papeles polvorientos, una mesa revuelta. Interrumpió su labor,
-y nos pusimos a charlar. Así fueron resbalando las horas, hasta que
-llegó para él la de comer. Y digo para él, porque a las once y media en
-punto no había poder humano que evitase el que un viejo criado tendiese,
-sobre la propia mesa de trabajo, un fino mantel y pusiese allí los
-utensilios indispensables para el servicio del almuerzo. El cual daba
-principio de una manera imprevista por todo aquel que no estuviese en el
-secreto del ceremonial estrambótico. Primero, el literato, abstraído por
-completo de cuanto le rodeaba, extraía de uno de los bolsillos del
-chaleco un grueso reloj de oro, de dos tapas, que, previamente abierto,
-colocaba junto al plato vacío, sin apartar los ojos de la muestra, como
-hacían antaño los médicos que tomaban el pulso a los enfermos. Hecho
-esto, el criado, que de antemano habíase preparado, presentaba a su amo
-la fuente de la sopa. Servíase éste y comenzaba a engullir, llevándose a
-tientas la cuchara a la boca, puesto que las miradas las tenía clavadas,
-como un hipnotizado, en el minutero.
-
---Dos minutos de sopa--decía después le un rato--; basta.
-
-Sin interrupción alguna, iba el sirviente presentándole los manjares:
-
---Un minuto de pescado... Tres de carne... Cuatro de legumbre... Medio
-de dulce. Otro medio de fruta y, sin discrepancia, seis segundos de
-café. Un instante para limpiarse los labios con la servilleta, otro para
-mojarse los dedos en agua rosada puesta en tazón de cristal, y en un
-abrir y cerrar de ojos, el mozo levantaba el campo. Total: once minutos
-y dos segundos, contados con exactitud matemática, para cumplir con una
-de las indispensables necesidades impuestas por la Naturaleza a todo
-viviente.
-
- * * * * *
-
-Este modo de comer de mi amigo me viene a la memoria al anotar mis
-impresiones de Nueva York. Yo también me nutrí, es decir, quise
-nutrirme, en esta monstruosa yanquipolis, como el literato extravagante:
-
---Dos días de Nueva York, que es lo mismo que: una hora de Nueva York, y
-hasta que: un minuto de Nueva York. Eso he creído estar: cuarenta y ocho
-horas, que son un minuto, quizá menos, para ver una de las más
-prodigiosas ciudades de la civilización moderna.
-
-He contado ya cómo llegué en un domingo nebuloso, y la extrañeza que me
-produjo el enorme silencio de Wall Street, en mi nocturna y tímida
-excursión.
-
-El contraste del siguiente día fué perturbador. Asistí, con infantil
-curiosidad, al despertar de la urbe americana. Vi, primero, en los
-muelles, los grandes carromatos tirados por caballos gigantescos y
-pesados: diez, cien, mil, que rodaban, crujiendo, por la calzada de
-adoquines de piedra. Por el embanquetado frontero, pululaban faquines,
-obreros, marineros, en traje azul, o desarrapados; obscuros unos, de
-negrura de ébano; otros de un rubio, sucio, como pelambre de animal. No
-iban de prisa, y se diría que vagaban al acaso, como si no tuvieran
-ocupación. Por entre ellos se deslizaban tipos de cinematógrafo, seres
-de vicio y de miseria, de rostro abotagado, bombín cubierto de polvo,
-flux mugriento, zapatos de largas caminatas, de correrías nocturnas.
-Todas estas gentes entraban y salían de los «bar», cuyas puertas los
-vomitaban a montones, en incesante movimiento. Por entre ellos me
-deslicé hasta el ángulo desde donde se abría la amplia calle de los
-negocios. Otro espectáculo absolutamente diverso: una esquina, una
-línea, un punto, separan imperceptiblemente dos mundos que se rechazan,
-que se odian: el vicio y el trabajo, la inteligencia y la riqueza, la
-incuria y la pulcritud, la pereza y el aceleramiento. Hay que figurarse
-un hormiguero con locura ambulatoria. Aquí todas las personas,
-correctamente vestidas, van de prisa, tal como si temiesen no llegar a
-tiempo a la cita. Los transeuntes se cruzan y se entrecruzan, sin
-tocarse, apretados, pero no molestos, sin mirarse, sin estorbarse, cada
-uno con una preocupación clavada en la frente. Pasan los automóviles
-seguros de que no atropellarán a nadie, porque nadie hay que deje de
-saber andar en ese torbellino; hombres y mujeres corren, cuando así lo
-necesitan, y empujan sin miramiento, a quienes les puede impedir el
-libre y rápido ejercicio de las piernas. Las casas bancarias, son
-pueblos agitados; las oficinas, ciudades inquietas. Suben y bajan los
-ascensores con una piña humana, que momento a momento se renueva. Es el
-afán hecho vértigo; es la fiebre dinámica del anhelo. Los edificios, por
-sus puertas, arcos y columnatas, tragan y degluten multitudes. Por las
-ventanas de la «Bolsa», unos energúmenos mudos hacen señas ridículas,
-pero intencionadas, a la muchedumbre numerosa que invade la vía. Un poco
-más lejos, otra muchedumbre, detenida como un remanso en el oleaje de la
-rúa, escucha a un orador gritón de gesto furibundo. Es un «meeting»
-político.
-
-Y en aquel ruido compuesto de la suma de todos los ruidos posibles--el
-de la gente que anda, el de las voces que gritan, el del elevado que
-cruza sonando hierro, el de las sirenas de los autos--, en aquel ruido
-excitante que me perturba más y me causa más pavor que el silencio de la
-noche dominguera, me asalta, con mayor rudeza todavía, una sensación de
-calor. A la herida profunda uno de mis sentidos se une el asombro
-culminante de otro. Lo que acabo de ver me distrae un poco de lo que
-estoy oyendo. Y lo que veo es un gallardete muy grande, que desde la
-altura de un quinto o sexto piso, cuelga en medio de la calle,
-suspendido de un cordel que va de fachada a fachada. Conforme voy
-marchando, sigo con la vista las paralelas de piedra de la avenida y
-distingo, de trecho en trecho, los mismos gallardetes que ondean con
-leve y pesado balanceo. Todos tienen los colores de la bandera
-americana. Y esos son: llamativas y amplificadas banderas que, colgantes
-en medio de la calle, parecería que están ansiosas de dejar caer del
-lienzo blanco las barras rojas, para que se clavasen, como picas, en el
-pavimento y detuviesen así la indiferente batahola fenicia que anda por
-abajo persiguiendo un propósito material y concreto.
-
-¡Ah!, porque cada bandera tiene su leyenda que habla al ciudadano de
-patria: que le invita a defenderle; que le pide su contingente; que le
-exige una preparación. Las banderas tienen una voz heroica; forman un
-coro bélico, indican al pueblo que está quizá próxima la hora de la
-guerra.
-
-Y las banderas están ayudadas por carteles, por avisos, por «réclames»,
-por «affiches» que pregonan con breve elocuencia la necesidad de una
-aptitud militar frente a los posibles peligros de la humanidad en
-delirio homicida. Se anuncia para el próximo sábado una manifestación
-imperialista.
-
-Yo noto, sin embargo, que ninguno levanta la cara. Y me imagino que la
-manifestación resultará grandiosa, con todo lo que aquí se realiza; pero
-entusiasta, vibrante, conmovedora, tal vez no será.
-
-En mi neoyorkino minuto, volando en el carro del elevado, escurriéndome
-como por corriente profunda, por las perforaciones subterráneas;
-paseando, al caer de la tarde, por la «Quinta Avenida»; discurriendo por
-entre los árboles del «Parque Central», mirando tantas mujeres hermosas;
-oyendo el rumor de tantas charlas, en distintos idiomas; asombrándome de
-tanto lujo, de tanto «confort», de tanta vitalidad anhelante, de tanto
-esfuerzo económico acumulado; sintiéndome vivir en esta ciudad madre,
-inacabable, inagotable, de fealdades colosales, de bellezas
-deslumbradoras, de antros de crimen y de palacios de ciencia y de arte,
-tan brutal y tan exquisita, tan desproporcionada y monstruosa en unas
-partes y en otras tan refinada y sutil; devoradora de carne humana, como
-el Ogro de los cuentos; improvisadora como los genios legendarios, de la
-fortuna y del placer; concentradora y propugnadora de energías malsanas
-y de virtudes sublimes; en este minuto mío de atención, de revelación,
-de expectación, he presentido, he creído adivinar que el alma híbrida,
-poliédrica, formidable, de la metrópoli americana, no quiere la guerra,
-no la desea, no piensa en ella. Nueva York no parece imperialista. Y un
-amigo que iba a mi lado, respondió a mis observaciones:
-
---Eso es lo que piensas, no lo que ves, quizá. Vuelcas sobre la realidad
-tu mundo interior, y ajustas tus observaciones a tu prejuicio. ¿Qué
-sabes tú lo que hay detrás de cada uno de estos altísimos muros,
-simétrica y multiplicadamente agujereados, donde los grandes y los
-pequeños intereses rumian proyectos financieros? Este es un país de
-fuerza y de audacia: dos fundamentales elementos de la guerra. El
-nervio, que según la frase napoleónica es el oro, lo poseen. Su ambición
-es del tamaño de la ciudad. La idea que tienen de sí mismos es más
-elevada que el más empinado de sus edificios. La americanización del
-mundo necesita, tal vez, del esfuerzo heroico...
-
---Es verdad--replico--; pero alguna vez pienso que este gran pueblo no
-ha definido ni caracterizado todavía su espíritu nacional. No ha
-cristalizado su ideal. No lo ha unimismado en aspiraciones peculiares,
-en una fórmula suprema. Hay, es cierto, altivez y orgullo en este
-pueblo; pero a esa fanfarronería le falta penacho. Y luego, el
-hibridismo acomodaticio de estas gentes que han venido de los ocho
-puntos de la estrella a medrar, trayendo el desarrollo inusitado de sus
-energías, que, inútiles o improductivas, encuentran aquí un ambiente de
-aventura que las estimula sin cesar; la masa inmensa de aglomerado
-social que se ha adherido a la base étnica de estas colonias sajonas, y
-que sólo muy lentamente va perdiendo el recuerdo de la patria abandonada
-y el contacto moral de las distintas y originarias colectividades de que
-proviene; toda esta sociedad, que es una poderosa nación, la más fuerte
-acaso, con fuerza de juventud desarrollada en la gimnasia de la
-voluntad, no me parece aún una gran patria como esas que cruzan por la
-historia ensangrentadas y divinas, y que van al sacrificio gritando la
-fiera palabra de la raza...
-
---¡Bah!, lirismos tuyos. Esta nación irá también cuando le llegue su
-momento. Ahora está remisa y como amodorrada de egoísmo. Ríe, como un
-acaudalado burgués, en la sobremesa del banquete casero. Los negocios
-marchan; los cálculos han resultado exactos; las ganancias se
-multiplican. El banquero sonríe, entre un sorbo de champaña y una fumada
-de tabaco. Mas como eso no es la vida entera, la energía social habrá de
-buscar en lo futuro, y obligada por las contingencias, orientaciones
-nuevas.
-
---¿La guerra? Nueva York no quiere la guerra; yo lo veo, lo cual no
-quiere decir que los habitantes tengan sus simpatías y partidos. Ahí
-está la prensa que lo confirma...
-
---Pero Nueva York no es toda la Unión; es la ciudad cosmopolita y
-egoísta, que ha metodizado el trabajo con el fin de sacarle producto en
-beneficio del goce: acapara y derrocha; acumula y dilapida; es laboriosa
-y fastuosa; cruel y fascinante...
-
---Está bien; pero, mira: nadie levanta la cabeza para ver las banderas.
-Nadie se fija en los anuncios de la manifestación en pro del
-militarismo.
-
---No importa. La preparación será posiblemente difícil y lenta; pero yo
-creo que se llegará; se llegará...
-
-El automóvil nos llevaba por el extenso paseo de la ribera oeste, lleno
-de árboles, de estatuas y de monumentos, de palacios y de niños. La
-Nueva York infantil estaba allí, corriendo a vuelos de mariposa,
-gritando a trinos de pájaro, revolcándose en la alfombra de los pastos.
-Es el lado aristocrático y fino de la ciudad. Allí se extinguen los
-ruidos de hierro y la ensordecedora algarabía. Ni un tranvía. Lujosos
-trenes; máquinas de vuelo silencioso. Caía el sol. Las aguas del Hudson
-al alcance de la mano, tenían un color de violeta iluminoso.
-
-Y flotando en ellas, cerca de la orilla, envueltos en una fantástica y
-transparente neblina azul, vi tres enormes acorazados. Daban el aspecto
-de cetáceos blancos adormecidos sobre las ondas.
-
-Ya las casas que yo miraba tenían esbeltez. Ya los monumentos habían
-recobrado linea, proporción y eficacia. Ya imperaba la belleza sobre la
-monstruosidad. Ya no había nada «colosal»: el matiz chillón, el anuncio
-titánico, los diseños bárbaros se habían quedado allá, en el centro
-pululante y atormentador. La Naturaleza derramaba sus encantos sobre la
-hermosura creada por el hombre.
-
-Y entonces, el sitio, la hora, el paisaje, la ponderación
-arquitectónica, me devolvieron el sentido de mí mismo. Y tuve una
-instantánea noción de convencimiento; de presentimiento, mejor dicho.
-
-He aquí, me dije, dos fuerzas salvadoras: niños y acorazados. Y me lancé
-al ensueño de una humanidad nueva.
-
-Asì pasó, en la claridad de un relámpago, mi efímero minuto de Nueva
-York.
-
-
-
-
-EL PELIGRO DE LOS MONITORES Y LAS NOTICIAS DE A BORDO
-
-
-A la altura de los bancos de Terranova nos sorprende, por unas horas de
-la tarde, la niebla. El buque, cabeceando y crujiendo sobre la corriente
-tumultuosa, va como dentro de una nube cargada de lluvia. Todas las
-cosas han tomado un color plomizo: las toldillas, la vela, las jarcias,
-el casco. Cuanto veo parece falto de relieve y matiz; está en
-claro-obscuro. Me causa el efecto de un dibujo al lápiz. Muy pocos
-pasajeros se han atrevido a quedarse sobre cubierta, y esos,
-entrapajados y mudos, no caminan; se han apoltronado en bancas y sillas,
-y, por largo tiempo, como si temiesen moverse, conservan sus encogidas
-posturas. Algunas señoras, con el velo enredado a la cabeza y las manos
-metidas en los bolsillos de los abrigos, han formado corro sedente
-alrededor de un locuaz cincuentón que charla en voz alta. Varios
-caballeros de gorra encasquetada y enguantadas manos han formado también
-tertulia, y prolongan un parsimonioso palique. Con las capuchas del
-hábito, echadas sobre los cerquillos, tres frailes franciscanos,
-arrellanados en una banca, parecen dormitar. El tiempo corre con
-lentitud y monotonía. Dos marineros, para evitarnos las molestias del
-aire húmedo y frío, empiezan a echar la cortina de lona sobre la
-barandilla de cubierta. Son las cinco. Acaban de sonar los campanillazos
-anunciadores de la primera mesa. Se oyen carreras, voces y risas de
-chiquitines, que se apresuran, desde los pasillos interiores, a llegar
-hasta el comedor.
-
-Mientras, la niebla va amarilleándose como si cambiara su plomo
-ennegrecido en oro pálido. La luz del sol comienza a diafanizar la nube.
-Y, de repente, allá, ábrese un boquete por donde salta un chorro de
-claridad tibia. Y rápidamente la niebla queda deshecha en un fino y
-rubio vaho que, en torno del buque, se aleja hacia los horizontes. El
-mar, hace un instante negro y pesado, vuelve a mecerse en lentas olas de
-cristalino y obscuro azul. Nadie, sin embargo, se preocupa de todos
-estos pequeños incidentes del color y de la forma. Noto que el mar, en
-una larga travesía, produce aburrimiento en los viajeros. Al salir el
-buque del puerto, se ve el agua con admiración y simpatía; días más
-tarde con indiferencia; y ya en plena alta mar, cuando nos asalta el
-vago concepto de infinito, se ve con cierta secreta e inconfesada
-repugnancia, mezcla de hastío y rencor.
-
-Anhélase ver tierra, y, ya se distinga alguna vez, remotísima, o ya la
-finja un celaje lejano, hay, en el pasaje, una emoción que se revela en
-sonrisas y miradas alegres. Y si tierra no, al menos otro buque, otra
-embarcación que rompa la, para el montón, insufrible igualdad del «padre
-Océano». En un largo viaje marítimo puede uno convencerse de que hay muy
-pocos espíritus, no ya contemplativos, sino observadores, curiosos de la
-realidad siquiera. El cansancio viene pronto y es preciso curarse de él,
-aplicándose grandes dosis de frivolidad. Entonces no se escucha el rumor
-del mar, sino el de las conversaciones. La murmuración es más
-divertida, indudablemente.
-
-Y, no obstante esta frivolidad, este deseo de matar y olvidar el tiempo,
-se adivina en todos que sí existe una preocupación... dos, que no son,
-por cierto, estéticas ni filosóficas; nos preocupamos, como es natural,
-de nosotros, primero; en seguida, de los demás.
-
-Desde Nueva York nos dimos cuenta de que el buque cargaba materiales de
-guerra. El muelle de la Trasatlántica Española estaba repleto de cajas
-que, según se dijo, contenían municiones y armas. Noche y día
-funcionaban las grúas para meter, en las bodegas devoradoras, aquel
-peligroso cargamento.
-
-No dejaba de alarmar a los timoratos esta circunstancia. Los razonables
-pensaban que, si una nación, hasta ahora neutral, como España, necesita
-transportar pertrechos para sus soldados, no podía ni debía temerse un
-atropello de la vigilancia marítima de las naciones beligerantes. Todo
-ello estaría, de fijo, bien arreglado, para no exponernos a trágicos
-percances. Pero como es invencible el temor a lo imprevisto, y las
-diarias noticias acerca de hundimiento de barcos no son nada
-halagadoras, y la fantasía, además, hace novelas en colaboración con el
-miedo, había en el ambiente del trasatlántico una difusa sensación de
-malestar que se atemperaba con la idea general e imprecisa de lo
-irremediable. Ibamos, como dijo el clásico, «Ut fata trahun». Sentíamos
-una onda del misterio de la fatalidad antigua. ¡Quién sabe! A las
-perfidias de las ondas podían sumarse las de la guerra. Mas las pueriles
-observaciones terminaban y caían en la punta de pararrayos de un
-optimismo contagioso. El hombre, cuando se encuentra frente a lo
-desconocido, es optimista. No sabe lo que hay detrás de la sombra; pero
-algo bueno ha de ser. Y una orgullosa y terca esperanza lo desatemoriza
-y alienta. Alguien hubo que, para afirmar su confianza, se dirigió al
-capitán del barco y le hizo en voz baja una tímida pregunta, que los
-demás no escucharon, pero adivinaron.
-
-El capitán, fuerte y rudo viejo, habituado al peligro y a la franqueza,
-sonrió con cierto irónico desprecio, y contestó con esta grosería, que
-atenuaba la burla:
-
---¡No sea usted tonto!...
-
-Hasta el término del viaje, ninguno se atrevió ya a interrogarle de
-nuevo sobre el asunto.
-
-La preocupación para los demás se manifestaba colectivamente en la
-noche, después de la comida, cuando la cubierta era como la calzada de
-un paseo por la que iban y venían, en ejercicio higiénico, los
-pasajeros. Con frecuencia en esta conversación, y en esotra, y en
-aquélla, se deslizaba el tema universal: la guerra. Había aliadófilos y
-germanófilos, como es de rigor. Y unos y otros discutían y defendían sus
-preferencias. Pero en un buque, que obliga al hombre por algún tiempo a
-una forzada comunidad de juicio, las opiniones se expresan con menos
-violencia, se sostienen con más prudente brío. Los más exaltados
-refrenan sus ímpetus y fingen una moderación verdaderamente ejemplar. De
-modo es que aquel combate de opiniones contrarias, no se encendía en
-disputa bravía como en tierra sucede, sino que era el caballeresco
-asalto a florete, con peto y careta, en una sala de armas.
-
-Mas por la noche, a la entrada del salón, un marinero clavaba la tabla
-de noticias. Los polluelos que andan sueltos por el corral, acuden con
-prisa menor al llamado de la gallina madre que ha encontrado unos
-granitos de arroz y se los picotea, que la que mostraba los dos pasajes,
-el de primera y el de segunda, por acercarse a leer el pliego de los
-marconigramas. Apelotonábanse las gentes, y su avidez era tan ansiosa
-como la de los callejeros muchachos que rodean a los padrinos después de
-un bautizo a la salida de la parroquia. Los que no alcanzaban los
-primeros lugares, contentábanse con preguntar a los que podían leer de
-cerca:
-
---¿Qué hay?
-
-Nada había, casi nada: incidentes estratégicos en Verdun; algún pequeño
-barco echado a pique; ataques parciales en el frente italiano;
-movimientos rusos sin importancia.
-
-Era la desilusión de cada veinticuatro horas. Se deseaba, en aquella
-existencia aburridora de la travesía, sentir un choque brutal, una honda
-conmoción que sacudiese el espíritu. Y en aquel grupo de fastidiados se
-comprendía, de modo concreto y preciso, el deseo creciente de que
-concluya cuanto antes esta horrible angustia que parece interminable y
-que se ha vuelto desesperante. A veces se leían, en alta voz, las
-noticias redactadas muy lacónicamente, y vertidas del inglés, en un
-castellano indescifrable como una inscripción cuneiforme. Y después de
-la lectura y el comentario, quedaban la inquietud, la tristeza,
-que--a un relámpago de pasión, que pasaba, de repente, por la
-conciencia--transformábase en fe por la causa, en seguridad de triunfo,
-en exposición de razonamientos, en proyectos de proposiciones
-pacifistas, en cuento y recuento de ejércitos, en fabuloso cálculo de
-gastos, en nimios e infantiles juegos de imaginación, que, como las
-espirales hechas con el humo de un pitillo, se deshacen en el aire,
-apenas esbozados.
-
-El laconismo de las noticias parece traer aparejado otro elemento: la
-atenuación. Son breves, y, al mismo tiempo, suaves. Despojadas en la
-forma periodística, sin «cabezas» llamativas, sin amplificaciones
-circunstanciales, están, al mismo tiempo, escritas en forma irresoluta y
-vacilante: «Al Oeste o al Este del Mosa se está efectuando un ataque
-alemán, que «quizá» termine por ser rechazado...--«se asegura» que, en
-la frontera italiana, se contuvo la ofensiva austriaca--. «Es probable»
-que los rusos hayan avanzado... Nada fijo, nada imperativo ni
-afirmativo; una duda agridulce, una condicional precaución, prestan
-vaguedad a los radiogramas.» No quedan conformes los lectores nerviosos.
-Se dirigen a la oficina:
-
---¿Está ahí el primer «Marconi»?
-
---No.
-
---Pues el segundo...
-
---¿Qué desean ustedes?
-
-Y da principio la conquista de la verdad. Circunloquios, sugestiones,
-ruegos para saber cuál es la noticia cierta o entera. Porque las de la
-tabla estarán mutiladas o alteradas, ¿quién lo ignora?
-
-El segundo «Marconi», imperturbable, recibe el chaparrón verbal, y
-cuando se alarga, lo detiene en seco.
-
---¡Bah, hombre! Esas son las que recibimos. No hay otras. No se figure
-que las estoy inventando.
-
-Los que no conformes, se retiran; protestan entre dientes, y luego se
-desbandan para seguir el paseo de la digestión.
-
-Entretanto, la noche ha cerrado. El mar tiene una inquietud amenazadora.
-El buque se balancea rítmicamente. Brillan por todas partes, en las
-aguas, estrías luminosas. Algunas blancas estrellas parpadean en el
-horizonte, como ojos cansados. Hace frío y tristeza.
-
-En el salón canta, al piano, una tiple de zarzuela que va contentísima
-de regresar a España:
-
- Canta vagabundo
- tus pesares por el mundo,
- que tu canción quizá
- el aire llevará...
-
-Sentados en una banca, los frailes franciscanos han abierto sendos
-breviarios, y a la luz de un farol de la toldilla, calladamente leen...
-
-
-
-
-CÁDIZ
-
-
-A las siete de la mañana estábamos frente a Cádiz. El mar, azul y rosa,
-sin una arruga; terso y brillante, como de vidrio. Sobre él, en segundo
-término, la vieja ciudad, montón de caseríos blancos extendidos en una
-faja que moteaban las manchas verdes de los jardines.
-
-El sol espolvoreaba su polvillo radioso por encima de aquella blancura.
-La hermosura de la bahía nos emocionaba menos que la presencia de la
-tierra cercana. En el anterior anochecer habíamos visto fulgurar en
-lontananza, como un astro a ras de las aguas, el faro del Cabo de San
-Vicente; y por mucho tiempo clavamos ojos y pensamiento en el punto
-fúlgido que nos hacía guiños de lumbre.
-
---Aquí está ya la tierra--nos decía--: pronto volverás a verla.
-
-Y, en efecto, el faro cumplió su promesa; poco después de amanecer,
-Cádiz estaba allí. Atracó el buque en el muelle. Echaron los marineros
-la escala, descendimos, y con regocijo alborotador, semejante al de los
-muchachos que salen de la escuela, en varios grupos, los pasajeros
-echáronse a caminar, los más sin rumbo ni propósito, y los que debían
-quedarse allí, por ser el término del viaje, a buscar asilo y reposo.
-
-En terreno plano, las angostas y torcidas callejas de Cádiz impresionan
-por su aspecto limpio y sencillo. Las fachadas, de altos muros,
-empenumbran las vías estrechas; pero como domina el color blanco, la
-pintura clara, hay, a pesar de la ligera penumbra, alegría en el
-ambiente. Por lo general, no hay balcones, sino miradores de cristales
-cerrados. Es raro ver asomada en ellos a una persona. Figúrome que esta
-es una de las seculares costumbres, residuos, tal vez, del retraimiento
-oriental. Pero si no mujeres, flores sí suelen asomar por las casas;
-lindos tiestos de claveles que ponen su nota de rojo encendido en la
-apacible blancura de los muros. De cuando en cuando, plazas arboladas,
-por donde discurren, con provinciana lentitud, los vecinos; una anciana
-obesa, con la canasta al brazo; un sacerdote de capa y sotana, y peludo
-y acordonado sombrerillo; un joven de chaquetilla ceñida y sombrero
-cordobés; un señor con figura de oficinista pobre; un muchacho de blusa
-larga que vocea periódicos.
-
-Y es allí donde reside la alegría: en ese movimiento callejero; en esa
-gente que, sin precipitarse, va de aquí para allá; en esas morenas de
-andar garboso; en esos obscuros mantones; en esas peinetas que, bajo las
-mantillas trasparentes, muerden cabellos lustrosos; en esos grandes ojos
-que relucen; en esas provocativas bocas que sonríen; en esos rostros
-agitanados, por los cuales pasa a cada instante un relámpago de contento
-instintivo.
-
-Cádiz no es monumental; algún rincón moruno tiene interés; algún resto
-medioeval, un retablo, un pedazo de muralla, son evocadores; algo
-moderno: la estatua de Moret, la placa conmemorativa en la casa de
-Castelar... En su reducida picanoteca hay un Rubens primoroso y cinco o
-seis admirables Zurbarán; un Ribera magnífico. En su catedral, de
-estilo Renacimiento español, poco significativa, guárdanse algunas
-piezas de vieja orfebrería: vasos sagrados, puños de espada, cruces...
-
-Mas, si no es monumental, es plácida y está satisfecha de vivir así. Su
-alegría no llega al júbilo ruidoso; quédase en el sosegado
-contentamiento. Es comercial; pero, a primera vista, no parece
-emprendedora, ni se muestra poseída de la laboriosidad inquieta. Al
-verla, cree uno sospechar que esta urbecilla, de pulida claridad y
-dorada semipenumbra, vive, a su gusto, en el trabajo rutinario, que si
-no la enriquece, tampoco la afea ni desgasta. Es linda, y con eso le
-basta. El salado aliento del mar, al acariciarla, se impregna de aromas
-de clavel y de fragancias de manzanilla. Hasta el tráfico del puerto es
-pausado, con un dejo de arcaica parsimonia. Las barcas de los pescadores
-dormitan en la orilla como gaviotas fatigadas. Apenas si se distingue,
-entre las quebradas líneas de las casas, la chimenea de una fábrica.
-
-Como buen hispanoamericano, quise pasar por el edificio donde, en 1812,
-se efectuaron las memorables sesiones de las Cortes. Si unas losas de
-mármol, con nombres grabados en oro unos y otros en negro, no señalaran
-la casa, nadie pararía mientes en ella. Por lo que he contemplado en
-unas cuantas horas de vagabundeo--calles, plazas, palacios, templos--,
-no logro rehacer en mi fantasía a la Cádiz cartaginesa, ni a la
-medioeval, ni a la morisca; sería preciso, para ello, venir a estudiarla
-y a sorprender sus secretos. Lo que sí me imagino, lo que me reproduce
-el ambiente, es la Cádiz siglo diez u ocho; la de los casacones
-bordados, las rameadas chupas, las pelucas blancas, las procesiones
-suntuosas, los saraos deslumbrantes. De esa sí quedan rastros,
-reliquias, no apagadas visiones. El requiebro mismo que los españoles
-dirigen a esta ciudad es de época; la llaman: «la tacita de plata».
-
-Al terminar mi rápida visita, sentéme a descansar en una de las mesas
-que invaden la calle en el café que está frente al mar. Concurridísimo
-estaba el sitio. En todas las mesas se charlaba con insinuante gracia.
-Algunos chicos limpiabotas ofrecían sacar «mucho brillo» al calzado, por
-sólo diez céntimos. Serían las siete de la tarde. Un crepúsculo
-prolongado entintaba las velas de las barcas, los cascos de los buques,
-la superficie del agua en el mar; y en la tierra, las casas, los
-cristales de las ventanas, las copas de los árboles. Agata y violeta era
-el ocaso.
-
-Junto a mí, alrededor de una mesa cubierta de vasos de cerveza, tazas de
-café y cañas de manzanilla, hablaban unos jóvenes con la audacia de la
-inexperiencia. Se habían enzarzado germanófilos y aliadófilos en arduas
-disquisiciones. Apasionábanse ambos bandos. Temí, por un minuto, que la
-discusión degenerase en riña.
-
-Y no. De repente, uno de los oradores, comenzó a cantar «sotto voce»:
-
- Tus amores me han «matao»... ¡ay!
-
-La gemebunda canción, llena de aspiraciones lacrimosas, volvió la calma
-al grupo. Los bastones empezaron a marcar el compás. Y discretas
-palmadas subrayaron el ritmo del aire andaluz. La paz estaba hecha. Ya
-dijo el fabulista que la música domestica a las fieras.
-
-
-
-
-GIBRALTAR
-
-
-Salimos de Cádiz a las diez de una mañana tranquila. Cielo de azul
-intenso. Mar de plata verdosa. Y entre el cielo y el mar, cada vez más
-lejana, la ciudad andaluza, extendida y clara, blanca y risueña, nimbada
-por el sol en la línea rojiza de sus techos, en los cuadros de esmeralda
-de su parque, en las bordaduras de azulejos de sus cúpulas y
-torrecillas.
-
-Luego, sólo quedó una línea amarillenta, que se borró al fin, y se
-confundió en las remotas ondulaciones de la costa.
-
---Dentro de cinco horas--oí decir a un pasajero--estaremos en Gibraltar.
-Allí nos detendrán seguramente.
-
-Entonces, en el corrillo de los expertos, de los que viajan por
-necesidad o por agrado, comenzaron a surgir las confidencias y los
-«cuentos de mar». El que más me interesó fué el narrado por un
-mallorquín que había pasado el temido estrecho cinco meses antes. El
-vapor que lo conducía era un trasatlántico español, como éste en que
-íbamos ahora. Llevaba la ruta de América. Un barco de guerra inglés lo
-detuvo frente al Peñón. Tres oficiales vinieron en una lancha, subieron
-al trasatlántico, lo inspeccionaron, y de acuerdo con el capitán del
-buque mercante, pasaron minuciosa revista al pasaje. En él venían tres
-hombres que hablaban inglés y que se habían inscripto como
-norteamericanos. Sin embargo, durante la revista, fueron señalados por
-los oficiales británicos como alemanes.
-
---Estos son--exclamó uno, recordando quizá las señas dadas de antemano
-para que fuesen reconocidos.
-
-Se les condujo, vigilados, a sus camarotes. Allí, los sospechosos,
-presentaron sus pasaportes. Estaban perfectamente identificados; eran,
-en efecto, según sus documentos, ciudadanos de la Unión. Llevaban en
-regla sus papeles. Uno de ellos, no obstante, desde que fué detenido el
-barco, había bajado a su dormitorio, había extraído de un saco unos
-pliegos, los había roto y había entregado los pedazos a su compañero de
-camarote, el mallorquín precisamente, rogándole al mismo tiempo, con
-gran desasosiego, que los arrojase al mar como pudiese y sin ser visto.
-El mallorquín, compadecido, cumplió con el encargo, que no dejaba en
-aquellos momentos de ser peligroso.
-
-Los oficiales ingleses consultaron, por medio de radiogramas, qué debían
-hacer con aquellos hombres que, a pesar de coincidir con las señas y
-tener aspecto y acento teutones, estaban resguardados por pasaportes
-americanos. La consulta se resolvió después de cuatro horas de
-detención; los marinos del buque de guerra bajaron sin prisioneros, y el
-trasatlántico siguió su interrumpida marcha. No hubo ningún otro
-incidente hasta el arribo a Nueva York, donde el mallorquín se despedió
-de sus amigos, quienes, una vez en tierra, le confesaron que eran los
-alemanes a quienes buscaban los oficiales ingleses, y que, con mucho
-secreto, llegaban a cumplir una delicada y patriótica misión. Y el
-mallorquín mostraba el reloj que uno de ellos le había dejado como
-recuerdo.
-
-En torno de esta anécdota de actualidad, fueron saliendo otras más o
-menos verosímiles, que preparaban a los oyentes para las próximas
-contingencias.
-
---No va a ser grave lo que suceda--murmuró al lado mío un sujeto de
-anchas espaldas, peligroso, mirada franca y muy abierta, y rostro de
-piel atezada y curtida.
-
-Las palabras de este pasajero, pronunciadas con aplomo, inspiraron
-confianza. Me propuse saber quién era el que hablaba así, de modo tan
-diverso a los demás. Acerquéme a él y entablé conversación. Era el
-capitán de un barco que quedaba anclado en Cádiz. A Barcelona iba el
-capitán, llamado para asuntos de servicio, por su Compañía naviera.
-Tenía veintiséis años de navegar por el Mediterráneo. Lo conocía playa a
-playa, rompiente a rompiente, ola a ola.
-
-Y él me confirmó la noticia acerca de las molestias que podrían sufrirse
-durante el tránsito del Estrecho.
-
-Mientras tanto, el viejo y pesado buque corría cuanto le era posible,
-aprovechando los vientos. A eso de las dos de la tarde pasamos no lejos
-de Tarifa; se distinguía la muralla de piedras amarillas, la columna del
-faro y, medio borrada, sobre los áridos peñascales de la costa, la
-geometría rectangular del histórico pueblo. La falda de la montaña
-subía, pelada y ocre; de estribación en estribación, se alejaba y
-desvanecía en un fondo de acarminado violeta. Por frente a Tarifa
-alzábase también, surgida repentinamente de la raya del horizonte, la
-sinuosa franja azul de la ribera africana. Todo este pedazo de mar está
-lleno de historia. Recordarla es animar de sombras bélicas este cuadro
-grandioso.
-
-A las tres y media estábamos en el Estrecho. Como estaba previsto, un
-torpedero vigilante nos hizo señales para que detuviéramos el paso.
-Obedeció el trasatlántico, que llevaba izada la bandera de
-reconocimiento. Y asomados a la barandilla de cubierta, los pasajeros,
-curiosos e intranquilos, se pusieron a esperar. El torpedero se acercó:
-era una ligera embarcación pintada de plomo, y que, fuera de sus
-extremidades, apenas salía del nivel de las aguas. Se la veía, eso sí,
-armada y dispuesta. En su pequeñez, daba el aspecto de una formidable
-máquina de guerra. En conjunto, presentaba la forma de una gigantesca
-lanzadera. Cuando estaba a unos cuantos metros de distancia, salió de la
-cámara un hombre en mangas de camisa y con una bocina en la mano. La
-cual bocina se echó el hombre a la cara inmediatamente, y empezó a
-hablar, en español, con nuestro capitán que, con su correspondiente
-bocina, también estaba en el puente del trasatlántico.
-
---¿Adónde va?
-
---A Barcelona.
-
---¿Qué carga trae?
-
---General.
-
---¿Pasó por Nueva York?
-
---Sí.
-
---Espere en Gibraltar. Por favor.
-
-Nuestro buque, obediente, se encaminó a la bahía. Cuarenta minutos
-después fondeaba en ella. Pequeña es, pero está muy bien aprovechada por
-los ingleses: su amplio dique, su dársena. Detrás de los muros, echados,
-como protectores brazos de piedra sobre el mar, salían las torres y las
-chimeneas de los barcos de guerra resguardados ahí. Decíase que algunos
-de ellos estaban prisioneros. ¿Correríamos nosotros la misma suerte? En
-todo caso aquella visita resultaba interesante. No son hasta ahora
-muchos los que pueden jactarse de haberla hecho. Aquel lugar
-está--desde hace dos siglos, y no sin cierta mortificación para
-España--misteriosamente vigilado por la celosa Albión.
-
-Estábamos en la bahía, mirando a menos de media milla, todo un lado del
-célebre Peñón. El otro lado, el opuesto, es un cantil cortado a pico.
-Este no; es una ladera empinada, en cuya falda se agrupa la población y
-se tienden los cuarteles y demás departamentos militares. El Peñón, en
-masa, semeja vagamente una inmensa y monstruosa fiera asobinada en la
-puerta del Mediterráneo. La aguda cima es como la giba de un animal. Y
-la giba está erizada de púas horizontales; son cañones, que en la altura
-se perfilan como delgadas líneas negras. Casas, muchas, altas, horadadas
-por multitud de ventanas, apretadas unas contra otras y subiendo hasta
-donde pueden por el declive del promontorio. En la felpa de musgo,
-rasgada en diferentes partes por las rocas, se ven extrañas y preciosas
-rayas, en zig-zag, muros de cal y canto que parecen, de la cumbre abajo,
-dividir predios. Bajo el dorado vaho vespertino se diluye la obscura
-cuadrícula de las calles, rota, a veces, por el hueco verde de un
-jardín. Todo solitario y silencioso. Produce, vista desde el barco, el
-efecto de una ciudad abandonada. La creeríamos desierta si no fuera
-porque, de cuando en cuando, suenan apagados toques de clarín.
-
-Yo pienso en alta voz:
-
---¡Qué soledad!
-
-Y el capitán pasajero que mira junto a mí, responde a mis cavilaciones.
-
---Pues no; muy poblado está siempre esto de gente de mar, de soldados,
-de familias, todo inglés. Y tan poblado que, el Peñón entero, tiene
-extensas horadaciones para dar cabida a cuarteles, depósitos de armas,
-galerías...
-
-En los ojos ha de vérseme la duda, porque el capitán, que es un sobrio
-verbal, insiste.
-
---Sí, amigo. Fíjese usted--y señala--. Por allí.
-
---Es una enorme fortaleza--concluye--. Y como yo, vuelve a hundirse en
-la muda contemplación.
-
-El barco nuestro espera. Después de largo tiempo se desprende de la
-orilla un remolcador; llega a nosotros, y vemos subir por la escalera a
-un viejo oficial correctamente uniformado de azul, y a otro joven de
-grado <g>inferior</g>, con reluciente traje blanco. El sobrecargo sale a
-recibirlo. Suben a hablar con el capitán, bajan tras un breve rato con
-los «papeles del trasatlántico»; los lleva el oficial vestido de blanco;
-se vuelve a tierra en el remolcador.
-
-Nosotros vemos estos incidentes, aunque sonriendo, un tanto
-intranquilos. Pero la curiosidad nos distrae, y la naturaleza que nos
-rodea, es bellísima. Se está poniendo el sol de un modo solemne, como
-conviene a las circunstancias. Los contornos de la remota cordillera se
-destacan limpios, con entonaciones de zafir, en el moaré esplendoroso
-del Poniente, que se refleja, empalidecido, en un mar color de perla,
-inmóvil como un lago en calma. El espíritu se baña en la diafanidad
-rosada de la atmósfera. La naturaleza invita a la paz, pero los hombres
-no la ven, no la quieren.
-
-Alguien se fijó y preguntó:
-
---¿Qué es aquéllo?
-
-A lo lejos, brincaba sobre el haz de las aguas. Era un coleóptero negro,
-un enorme y saltador escarabajo. Su vuelo se hizo más rápido, más, y
-ascendió, y pasó zumbando sobre nosotros, y se hizo un punto obscuro en
-una nube del horizonte. Era un hidroplano que estaba cumpliendo con su
-misión de atisbo y espionaje.
-
-Las horas pasaban; cuatro, cinco, y los papeles no volvían. Habíamos
-bajado a comer y habíamos vuelto a cubierta. Una que otra ventana se
-encendía en Gibraltar, y palpitaba como una chispa en la sombra.
-
-A las ocho y media regresaba el remolcador con los oficiales y los
-papeles, y el buque, autorizado, tornaba a emprender la marcha
-interrumpida. Desde la orilla, de distancia en distancia, movíanse tres
-poderosos reflectores que arrojaban, siniestramente, su extensa ráfaga
-de plata deslumbrante sobre la tiniebla del cielo y del mar.
-
-Enfrente bailaban, como fuegos fatuos en la obscuridad, las luces de
-Ceuta.
-
-
-
-
-BARCELONA LA VIEJA
-
-I
-
-
-Lo sabíamos todos los viajeros, y, sin embargo, teníamos la impaciencia
-complicada de temor. Barcelona estaba allí, a diez millas del buque, y
-no nos era posible distinguirla. Y era que el horizonte se había
-adelantado hacia nosotros, espeso y negro, y rodeaba la embarcación que
-se había detenido en el seno de una nube. Un poco de luz lívida nos
-hería de soslayo, arriba; y, abajo, en el agua que alcanzábamos a ver,
-se iban formando embudos siniestros que crecían y giraban
-vertiginosamente. El trasatlántico, crujiendo, empezó a balancearse. Una
-lluvia torrencial vaciaba sobre él sus danaidescos toneles. De pronto,
-la lluvia se convirtió en pedrea y lapidó el barco con sus blancas
-esferillas. El viento se enfureció. El capitán, en el entrepuente,
-dirigía las maniobras. Una hora, dos de tempestad, con sus rayos y
-relámpagos correspondientes. Este era el telón que nos ocultaba la vista
-de Barcelona. Serían las seis de la tarde cuando se abrió un boquete,
-como una desgarradura, en la nube tormentosa, y por allí se precipitó
-una catarata de luz de sol. Inmediatamente se deshizo el temporal, se
-alejó la nublazón, se apaciguaron las aguas, el viento aplacó sus
-ferocidades, y el barco pudo continuar serenamente la marcha. Entonces
-comenzaron a perfilarse en la niebla azul y dorada los picos del
-Monserrat, como agujas góticas semidiluídas en los vahos opalinos de la
-tarde. Y cerca, avanzó su cono verdoso el Montjuich, el gigante Alcides
-de la oda de Mosén Jacinto:
-
- que perguardar sa filla del serd costat nascuda
- en serra transformantse s’hagués quedat aquí.
-
-A los pies de la vigilante montaña, la cinta roja del Llobregat, rendía
-su tributo al mar. Estábamos por fin, frente a Barcelona. Este era el
-término del viaje, y, al entrar en el puerto el «Antonio López», se
-halló con un cordón de gentes que lo esperaban a la orilla de los
-muelles. Deudos, amigos, conocidos, curiosos, tras los efusivos saludos,
-tenían a flor de labio la misma pregunta:
-
---¿Y qué se dice en los Estados Unidos de la guerra europea?
-
-Y así fué como caí en la cuenta del valor que dan por acá a Yanquilandia
-en el presente conflicto. Saben hasta dónde este país formidable influye
-en la actual situación del mundo. A cada momento cuando lo permite la
-sombría tragedia de Verdun, sobre la que están ávidamente puestos todos
-los ojos, las cabezas se vuelven hacia el lado de la remota América
-sajona. Hay también un enigma allí.
-
- * * * * *
-
-Un niño arroja un día una maraña de cabellos sobre un papel. Después,
-caprichosamente, va deshaciendo la maraña, hilo por aquí, hilo por allá,
-torcido éste, derecho aquél, y a un lado, tan abierta como se puede,
-abre una raya, recta, firme, que se prolonga hasta la terminación de la
-maraña. Pues bien: ese niño hace, sin quererlo, el plano de la vieja
-ciudad de Barcelona; tan intrincadas así son callejas y callejones, tan
-irregulares los lineamientos, tan quebrados y absurdos los perfiles y
-trazos. Pegada al mar y no obstante obscura, con sus altos muros de
-casas viejas, con las piedras milenarias y ennegrecidas de sus fachadas
-horadadas por los vanos asimétricamente colocados, con sus calzadas
-estrechas, por donde el transeunte va, en algunas partes, temeroso de
-abrir los brazos y tocar las paredes de las aceras, con su ambiente
-arcaico y feudal, Barcelona muestra los rastros perennes de las épocas y
-de las civilizaciones; torres romanas, palacios góticos, bóvedas
-ojivales, ventanas morunas, y conserva en su destartalamiento y vetustez
-un aire grave y noble que le da majestad y que nos inspira respeto. A
-ciertas horas, a la caída de la tarde, durante el obscurecer de uno de
-estos inacabables crepúsculos, o bien entrada ya la noche en la
-solemnidad del silencio, el viajero que pase por frente al ábside de la
-catedral, o visite el claustro de San Pablo, o se detenga en la cerrada
-Plaza del Rey, o simplemente vagabundee por este laberinto de calles
-angostas, tendrá que sentir un poco de extrañeza al ver cómo la
-indumentaria de los transeuntes, y la propia suya, no corresponden a la
-fuerza evocativa de los parajes. Hay un evidente anacronismo entre el
-vestido y las viviendas, entre las telas y los sillares, entre los
-hombres y las cosas. Borceguíes bordados, calzas de seda reluciente,
-ropillas de terciopelo enflecado de oro, banda heráldica, espada de puño
-repujado, gorra de pluma blanca sostenida por el joyel, como por una
-estrella cintillante; capa airosa y amplia, con ondulaciones de manto;
-arrogancia en el andar, donosura en el decir, firmeza en la mano
-enguantada, serenidad en el barbudo y serio rostro; así pasan, así
-debían pasar las gentes por debajo de este retablo, por junto a aquel
-contrafuerte, deslizándose por esotra historiada ventanilla, ascendiendo
-por aquella empinada escalinata. Rotos escudos de piedra ornan claves de
-puertas y pilones de fuente. Arcos pesados unen aquí y allá los muros de
-las casas fronteras. El hierro, fiel compañero de la piedra, se envejece
-con ella; muchos portones claveteados; allí el gancho de un farol,
-acullá la ménsula de una lámpara. Y el aire del mar, que ha atezado
-todo con su aliento salino.
-
-Mas estas fantasías pierden vigor y se deshacen ante la arrolladora
-visión de la realidad. Por las callejas medioevales pulula el moderno
-pueblo catalán, la anciana gorda y erguida de canasta al brazo y pañuelo
-en la cabeza; la mocetona sin manto, ceñuda como un sargento y rolliza
-como una mascota; el obrero ampliamente musculado, fuerte de ánimo y
-robusto de tórax; la empleadilla pulcra como una damisela, de corpiño
-albeante y lustroso peinado; tipos de una exuberancia y una energía
-extraordinarias; figuras bien plantadas y fuertes, llenas de confianza
-en sí mismas. En ellas, cualquier cosa denota energía: muévense con
-seguridad, miran con franqueza, hablan en alta voz.
-
-Y aquel núcleo viejo de la ciudad, por donde hormiguea un pueblo
-laborioso y vigoroso, por donde se abren tantas tiendas, por donde viven
-tantas gentes, por donde, para el artista, van y vienen los recuerdos,
-de claustro en claustro, de palacio en palacio, de playa en playa, de
-iglesia en iglesia; aquel barrio donde se levantan el gótico monumento
-de Santa María del Mar y las típicas torres de la Plaza Nueva; aquel
-viejo núcleo está incrustado, como una mancha negra multiplicadamente
-rayada de blanco, en el gran plano de paralelogramos regulares, de
-bloques alineados con admirable precisión, con ideal exactitud; son las
-manzanas, las calles, los paseos, los parques del Ensanche; la ciudad
-nueva, pulida, elegante, dilatada, por lo que la vieja tiene de exigua,
-valetudinaria, apretada y sombría.
-
-Pero yo he dicho que el niño que con una maraña y un papel trazara, sin
-querer, el plano de Barcelona la antigua, tendría que poner de un lado
-una raya firme y ancha. Y por esta raya, la que fué capital de
-Saletania, la Barcino legendaria, gusta de comunicarse con la hermosura
-del Ensanche. Y esta raya que se prolonga está formada por las hermosas
-«Ramblas». Hablemos en un rasgo de las «Ramblas».
-
-
-
-
-BARCELONA
-
-II
-
-LA EXTRAVAGANCIA DE LA PIEDRA
-
-
-Las calles, plazas y paseos de Barcelona la nueva, la del Ensanche, no
-llaman la atención tan sólo por sus dimensiones, por su arbolado, por la
-incesante multiplicidad de sus monumentos y estatuas. No; lo que en esta
-grande y flamante ciudad interesa más, llama los ojos y pica la
-curiosidad, son los edificios. El genio catalán se ha manifestado en la
-arquitectura atrevida, rara, que se le nota está descontenta de las
-formas creadas hasta aquí, y busca otras combinaciones, otras líneas,
-otra distribución y otro agrupamiento de las masas, algo que no sea ya
-la fachada inexpresiva, el vulgar estilo, la ciega obediencia a los
-modelos consagrados, la copia de una estampa.
-
-Crear, hacer belleza en el arte magnífico y sereno de la construcción,
-es de una dificultad aterradora. Pero aquí los arquitectos han sido
-audaces, y fiados en el vigor de su talento, han obligado a la piedra a
-la originalidad, y algunas veces a la extravagancia. Son inquietantes
-este modo de mezclar órdenes y estilos, esta persecución de la
-asimetría, esta extraña concepción de la forma, esta inarmonía lineal,
-estas bruscas apariciones de la ojiva en pleno muro del Renacimiento,
-estas reminiscencias románicas en el ornato muzárabe... La más
-caprichosa fantasía preside estos sueños de piedra. Todo se encuentra
-aquí: torres caladas, arcos que imitan la antigüedad, paredes de
-azulejos multicolores; una casa que parece una ermita; otra que finge
-una mezquita, y todo ello entonado pintorescamente en este aire de oro
-que no deja labrado sin relieve, color sin brillo, línea sin precisión.
-
-En este sentido, el famoso templo de la Sagrada Familia, sin concluir
-aún, y que es la obra gigantesca de un soñador tremendo, es lo que se
-llama la última palabra. Mirando el pórtico, entrecruzados los ojos para
-abarcar aquel conjunto estrambótico y simbólico, de ángeles, santos,
-reptiles, aves, fieras, gárgolas y monstruos, no colocados al capricho,
-sino en una deliberada e intencionada composición, y, sin embargo, en
-una especie de loco desorden; descifrando, queriendo descifrar, mejor
-dicho, desde las dos torres, que son dos colosales colmenas, hasta la
-base de las dos columnas fundamentales, que es una tortuga-atlas;
-sorprendiendo primores de detalle e incomprensibles complicaciones
-recuerda uno del modo más natural la frase del poeta e inmediatamente la
-aplica a la contemplación.--Esta es una pesadilla petrificada. Hay en el
-arquitecto catalán un irreducible, tal vez, en ocasiones, sumado a un
-delirante, pero indudablemente en cantidad y calidad mayores, hay un
-artista, un brioso y fuerte artista.
-
-El arte ha sido siempre distintivo de estas tierras heroicas. Allí está
-Barcelona la vieja, que frente a esta espléndida del «Ensanche» puede,
-entre el laberinto de callejuelas, alzar sus monumentos patinados por
-los siglos y venerados por la historia.
-
-Barcelona es la productora, por excelencia, de libros. Es un centro
-editorial de primera importancia. Hay que ver la cantidad de hojas
-volantes, de folletos, de revistas, derramadas a los cuatro vientos, en
-tan incesantes vuelos, que no parece sino que el aire mismo se vuelve, a
-ratos, papel impreso.
-
-Si los impresores trabajan, los albañiles no están ociosos. Aquí se
-hacen, sin cesar, libros y edificios. Aquí no se puede repetir la
-sentencia de Claudio Frollo: «Esto matará aquéllo.»
-
-
-
-
-BARCELONA SE DIVIERTE
-
-III
-
-
-No tengas miedo aquí, campesino bonachón y crédulo, de que a estas
-horas, las once de la noche, en alguna de estas encrucijadas, el alma en
-pena de Berenguer el Fratricida se nos aparezca y nos amedrente. Ya no
-hay fantasmas, no hay más que malhechores, como en toda gran capital.
-Esta es la tierra de los «timos», y es a los timadores a quienes debes
-temer, no a las sombras. ¿Ves conversar a la luz de aquel mechero
-verdoso a tres caballeros de bombín flamante y bien cortada americana?
-Uno, ¿lo ves cómo ha llevado la mano a la boca para detener en ella un
-fragante veguero, y en esa mano brilla el ojo resplandeciente de un
-diamante que alumbra, con ser tan pequeño, más que el farol de la calle?
-Lo puedes notar. También otro de ellos lleva clavada una estrella en el
-nudo de la corbata. Y el tercero muestra orgullosamente una cartera de
-piel adobada, que revienta de billetes de Banco. A éstos sí debes
-temerles, y no a endriagos y aparecidos. Pasemos lo más lejos posible.
-Porque pudieran muy bien acercarse a nosotros, entablar conversación y
-hacerse nuestros amigos; si eso sucediera, mira que podríamos caer en
-cualquiera de estos garlitos: el de la «herencia», el del «portugués»,
-el del «casamiento»; y tus ahorros, esos que llevas cosidos en el
-bolsillo de la chaqueta, y ni a Dios enseñas, pasarían a las manos de
-los timadores por un limpio acto de prestidigitación; te lo aseguro.
-
-Fuiste ya a oir en Novedades a la Compañía de María Guerrero, quien
-parece no sentirse vencida de la edad, como la espada de D. Francisco de
-Quevedo; ya te deleitaste con la música de _Maruxa_, y te divertiste con
-la vacuidad del género chico; ya te asomaste al teatro catalán, en una
-velada al aire libre, en las Arenas de Barcelona, donde tres o cuatro
-millares de obreros ocupan las gradas del extenso anfiteatro. Viste
-desarrollarse en el rústico tablado la fábula de Daudet, la famosa
-«Arlesiana», comentada y subrayada por la pintoresca y cordial música de
-Bizet. Hastiado estás del cinematógrafo y de sus dramas espeluznantes;
-no alcanzaste la temporada orfeónica, y te has contentado con visitar el
-palacio del célebre coro catalán, en cuya arquitectura, de gusto
-discutible y de indescriptible originalidad, hay una maravilla de arte:
-el grupo escultórico de Blay.
-
-Mas aún nos queda por conocer una de las diversiones típicas de
-Barcelona: los cafés cantantes. Sé lo que vas a decirme: el café
-cantante es una de las más viejas perversiones europeas y americanas.
-Pero es que aquí adquiere una peculiaridad que, por ahora, lo distingue
-de los otros, de los de París, de los de Madrid. Ya verás.
-
-Del monumento a Colón al llamado Paralelo, no hay más que un paso. Si se
-diera otro más se llegaría al Montjuich. Pero no es necesario. En esta
-amplísima calle, por donde incesantemente van y vienen tranvías, hay
-luces en las fachadas, anuncios eléctricos, focos de colores, llamativas
-iluminaciones que se extienden por ambos lados, hasta perderse en la
-obscuridad de la noche. Son los cafés cantantes unos diez, cien, quizá
-doscientos, muchos, que ofrecen la impresión de lo inacabable. Están
-funcionando todos desde las cinco o seis de la tarde. Su aspecto y su
-construcción nada tienen de particular: una sala de espectáculos, con
-sus bancas en fila, como en un teatro, y en cuyos respectivos respaldos
-una tabla pulida sirve de mesa a los concurrentes posteriores; una o dos
-series de palcos, llenos de mujeres livianas y de tenorios callejeros; y
-abajo y arriba, y por todas partes, desenfado licencioso. Este pueblo no
-se embriaga, de modo que la copa de cognac, o de anís o de Bacardí (como
-en La Habana impera el nombre y también el anuncio de luz), son un
-pretexto para tomar asiento. Hay más vasos de café que de vino o
-cerveza. Y más, muchos más que los vasos y que los concurrentes, hay
-cupletistas.
-
-Para cada teatrillo de estos, pasan, noche a noche, treinta o cuarenta
-mujeres, vestidas al capricho, semidesnudas las más, y otras, que muy
-poco tienen que hacer para desnudarse en el tabladillo iluminado «a
-giorno». Sedas, rasos, gasas, lentejuelas, que se agitan y deslumbran
-sobre las carnes pintadas de estas artistas ínfimas. Las hay catalanas,
-italianas, francesas y andaluzas. Las coplas pícaras, las canciones de
-moda que chorrean malicia, los retruécanos indecentes, las alusiones
-pornográficas, están acentuadas y completadas por el gesto y la música,
-que son de un naturalismo despampanante.
-
-La chulería madrileña y la gitanería sevillana triunfan en estos diarios
-concursos de la gracia malévola. Porque hay, indudablemente, gracia en
-la letra, en la música y en la interpretación de estos cantos, que,
-aunque caricaturescos, reproducen en su forma perversa, la vida popular.
-A veces, por entre los temas canallescamente amorosos, se desliza alguno
-de franco sabor romántico y de libre opinión política. Los hay también
-socialistas y dramáticos, rencorosos, apasionados, llenos de protestas y
-amenazas.
-
-Mal disfrazada y peor comprendida, cruza todas las noches por aquí la
-«rumba» cubana.
-
-El baile se entrevera con el canto. Las castañuelas, hábilmente tocadas
-por las bailarinas, marcan el ritmo sensual de jotas y sevillanas. Las
-muchachas se descoyuntan en violentas actitudes, que sirven muchas veces
-para obligar a las faldas a que dejen de cumplir con su deber. Son los
-mismos viejos bailes de que nos hablan las crónicas del siglo XVII: el
-«gateado», el «zapateado», el «escarramán», revividos de un modo
-singular, en una plástica vigorosa y nueva, en una visión modernista de
-lo más interesante y característico.
-
-En el tablado radiante, entran y salen mujeres provocativas, gordas como
-cacharros de vino, espigadas como caña de manzanilla; magras unas,
-amplias las otras, blancas y morenas, hermosas y feas, cada una con su
-desvergüenza, con su desenfado, con su tentación a luz de mirada y con
-su sonrisa a flor de labio. El quinteto de músicos, fatigado, ronronea
-abajo. Los mozos del café van y vienen con las charolas llenas de vasos.
-Y... en el salón, los espectadores, de cuando en cuando, juntan sus
-manos para producir un desmayado aplauso. El público de los cafés
-cantantes muestra más indiferencia que deseo, más hastío que
-sensualidad. No se embriaga con vino; pero tampoco con entusiasmo.
-
---¿A qué van entonces allí?--preguntas tú, campesino candoroso, que
-probablemente sientes delante de estas muchachas bailarinas lo que
-Herodes delante de Salomé.
-
---Pues a matar el tiempo, a atemperarse el fastidio, a encanallarse
-mejor que a divertirse, y a procurar encender en un grosero incentivo su
-fatigada imaginación.
-
-Claro que por aquí andan los rubicundos alemanes, los franceses de cara
-ingenua, las _cocottes_ de las Ramblas, y de seguro que también la
-andante apachería se habrá diseminado por los cafés cantantes del
-Paralelo y de la calle del Conde del Asalto. Son muchos y grandes estos
-teatros típicos, y todos ellos llaman con sus anuncios luminosos. Pero
-no son estas diversiones sólo para extranjeros pervertidos. El pueblo
-catalán asiste a ellas, y en ellas domina. Suyas son y han entrado en
-sus costumbres. Hay aquí una domadora de voluntades: la cupletista.
-
-A este barrio viene la espuma que forma el flujo y reflujo de la vida en
-plenitud, rica de ansias nuevas. En el Café Español, el de los obreros,
-vasto como una catedral, iluminado como un palacio, hay millares de
-mesas pequeñas, en torno de las cuales se aprietan las familias, la
-mujer, los hijos, los hermanos. Hay blusas azules, manos gruesas, pipas
-humeantes, francas risas y rumor de conversación por todas partes. Junto
-al enfermizo espectáculo, vive la reunión saludable; entre la maldad
-alborotadora, se abre paso la honradez tranquila.
-
-Pero, ¿qué te sucede, campesino? Te has detenido frente a un café
-cantante; entras en el vestíbulo, espías. Un ruido metálico, un
-_tín-tín_ argentino te llama la atención; te fijas hacia un lado. En el
-fondo, alrededor de una mesa de tapete verde, se inclina, en un
-espectante silencio, una multitud de hombres y mujeres. ¿Una sala de
-juego? Sí, precisamente eso. El café cantante es tal vez el pretexto. Y
-no hay, tal vez, uno que no tenga al lado, devoradora y pérfida, una
-mesa verde. Birján aprovecha las redes que Venus tiende a los cándidos.
-
-Así, al comenzar el verano, cerrado el Liceo, mudo el orfeón, desganada
-la zarzuela, con el pie en estribo la comedia, se divierte la ciudad
-laboriosa y monumental, que gusta de morder por la noche la agria
-manzana del pecado.
-
-
-
-
-EN BARCELONA
-
-I
-
-ALIADÓFILOS Y GERMANÓFILOS
-FIESTAS DE NIÑOS Y FLORES
-
-
-Mientras voy subiendo por la empinada calle que conduce al Parque Güell,
-me entretengo en oír conversaciones en español, que lo que es de las
-otras, de las catalanas, no percibo sino palabras sueltas. Leo el
-lemosín, pero no lo oigo; y en esta ciudad son escasos los momentos en
-que se habla castellano. Pero alguna vez, el hijo de esta tierra tiene
-que comunicarse con sus compatriotas, con el montañés, con el gallego,
-con el vasco, y entonces recurre al idioma común, no sin hacer para ello
-un visible esfuerzo, porque está siempre bien hallado su pensamiento con
-la expresión vernácula.
-
-Y, en esta tarde de domingo, somos muchos los que vamos al Parque Güell
-a ver una «fiesta de niños y flores». Naturalmente que los obreros,
-vestidos como cualquier burgués elegante, no faltan. Estas excursiones
-al campo son el recreo de los días de fiesta. El pueblo sale de la
-ciudad y se va a la montaña, como el «Zaratustra» de Nietzsche.
-
-Y entre los paseantes, los hay de distintas regiones de España. Por eso
-se oye el castellano, y por eso puedo entretenerme en escuchar algunas
-conversaciones. Todas son sobre la guerra, sobre el último combate naval
-del mar del Norte. Hay en esas conversaciones asombro, pero también
-pasión. Germanófilos y aliadófilos discuten con tibio acaloramiento, que
-denota que están enfrenados los ímpetus. En Barcelona, el germanofilismo
-es abundante. En los cafés, en los teatros, en las plazas, en los
-paseos, me he dado cuenta de esa abundancia. Sin embargo, los
-partidarios de los aliados no son pocos, y si pueden vencerles sus
-contrarios en cantidad, difícilmente en calidad pueden ganarles. He
-notado, y es esta una observación que no he podido comprobar, porque
-para eso necesitaría vivir aquí largo tiempo, he notado, repito, que, en
-general, las clases intelectuales son aquí decididamente aliadófilas, en
-tanto que las no intelectuales son decididamente germanófilas. Un
-comerciante, por ejemplo, se pone a conversar de la guerra con un
-doctor, y las tendencias contrarias aparecen a poco andar; el
-comerciante muestra sus simpatías, más fervorosas que reflexivas, por
-los imperios centrales; el doctor enseña su criterio, frecuentemente
-razonado y favorable a Francia, Inglaterra, Italia y Rusia.
-
-Y en esta vez, en esta tarde de domingo, he logrado recoger algunos
-juicios y reflexiones.
-
-Tres sujetos vienen junto a mí hablando de la guerra. Dos, son
-admiradores de Alemania, y uno, de Francia e Inglaterra. Se discute la
-entrada en Cartagena del submarino teutón. Y de repente, en medio de la
-caldeada conversación, cae un frío vocablo: neutralidad. Y el buen
-sentido de esta gente se pone de acuerdo en un punto esencial de la vida
-política española. Y aparecen las razones serenas, ponderadas, exactas,
-en favor de una noble y completa abstención de este país, en la locura
-infernal de la guerra. Es el papel que, según estos hombres, toca
-representar generosamente a España. Y por entre la malla de las
-lucubraciones, viene rodando, en vuelo alegre, la peseta, la favorecida
-precisamente por la actitud de prudencia y tacto de la nación española;
-la peseta, la que, como David a Goliat, ha vencido al «dólar».
-
-Escucho y sonrío. Recuerdo que estoy en la tierra de Cervantes, y que el
-buen Alonso Quijada concedía, de cuando en cuando, la razón a las
-irrefutables llanezas de Sancho.
-
-
-II
-
-FIESTA DE NIÑOS Y FLORES
-
-En uno de los primeros escalones de la montaña está el jardín. La
-entrada es majestuosa, como de peristilo helénico. Detrás de la galería
-de columnas, una inmensa planicie se extiende dentro de un círculo
-colosal de lustrosas bancas de porcelana. Arriba de la planicie, una
-balconada rústica. Y más arriba, la montaña, que sigue trepando,
-cubierta de manchas de hierba, de picos de roca, de felpa de musgo, de
-copas de árboles, de lindas casas blancas. Interminables hilos de gente
-suben y bajan por las escalerillas de piedra, se estacionan debajo del
-ramaje, se asoman por los balcones rústicos, escogen su sitio entre los
-musgos, se rompen, se atan, se desmenuzan, pintorescamente matizadas
-por los trajes claros y obscuros de las mujeres, por la invertida corola
-de las sombrillas, por las plumas y adornos de los sombreros femeninos.
-Es una invasión de colores sobre un fondo de verde fulgurante. La tarde
-está prodigiosamente diáfana.
-
-En pie, reclinado en el respaldo de porcelana de una banca, vuelto de
-espaldas a la montaña, miro tenderse, abajo, hasta el mar, la fastuosa
-urbe catalana. Es estupendo el panorama. Yo había podido disfrutar de él
-desde más arriba, desde el Tibidabo. Pero allá es más impreciso, por más
-lejano, y se ve como a través de un pálido y nacarino celaje. Aquí no;
-aquí se distinguen, como en un dibujo finamente trazado, los bloques
-rectangulares de las casas, la cuadrícula de las avenidas, las paralelas
-de árboles de los paseos, los polígonos de las plazas, las agujas, las
-colmenas, las chimeneas, la ciudad entera, que se derrama en suave
-declive, vastísima, hermosísima, hasta tropezar con la franja pulida, de
-azul luminoso, del Mediterráneo. El espectáculo asombra y conmueve.
-Produce un principio de éxtasis. Lo contemplamos y sentimos en los ojos
-humedad de lágrimas y recónditas y misteriosas ternuras en el corazón.
-
- * * * * *
-
-Mas es preciso asistir a la fiesta de los niños y de las flores, y
-volver, por lo mismo, la cara a la montaña.
-
-Ya están preparados los chicos. En seis o siete filas, uniformados, en
-trajecillos de campesino catalán, con su camisa albeante y su encendida
-barretina, esperan, en mutismo escolar, la indicación del maestro que,
-frente a ellos, los capitanea y dirige. A la altura de los balcones
-montañeses se corre de pronto una cortina colorada y aparece, hecho con
-flores amarillas y rojas, un escudo de grandes dimensiones. Es el
-símbolo sagrado de la patria. Los niños rompen a cantar. Cantan
-afinadamente, orfeones de frase simple, pero amplia y emotiva. Las
-vocecitas, que todavía conservan algo del trino angélico de los primeros
-balbuceos, se armonizan en un conjunto que tiene algo de coral
-religioso. Y hay que ver en aquellas caritas sonrosadas, la alegría de
-cantar.
-
-El orfeón infantil recibe un poderoso refuerzo de voces femeninas. Las
-chiquillas, como bandadas de mariposas blancas, llegan y se enfilan
-detrás de los muchachos. Recomienza el coro. Son centenares de niños los
-que cantan; millares son los que escuchan, en la planada alrededor de la
-montaña, en las bancas, en los prados, escondidos detrás de las ramas en
-flor, asomados a los balcones rústicos; por todos los lugares, en todas
-las clases, atentos a su fiesta, a la que ha venido media Barcelona a
-acompañarlos, a estimularlos, a aplaudirlos.
-
-A cada instante suenan, en efecto, los aplausos. Las ovaciones
-maternales se suceden. Las flores se deshacen sobre el orfeón, en lluvia
-de pétalos. Y después de los orfeones de los pequeños, vienen los de los
-grandes, los de los barbudos hombres, que tienen también la voz dulce y
-la mirada candorosa. Este pueblo se ha acostumbrado a reunirse para
-cantar, y sabe bien que así, sintiéndose cerca el corazón, se comprende
-y se unifica mejor el ideal colectivo.
-
-Y tras los orfeones viene el baile regional: la Sardana. Suena en la
-orquesta, bañándose en llanto, la flauta pastoril. El tambor agreste
-marca, sordamente, el ritmo. Los demás instrumentos--el violín, el
-clarín, el contrabajo--sirven para empastar y colorear los sonidos.
-
-Y se forma un primer círculo de muchachos y muchachas, una rueda de
-bailarines, unidos por las manos, como las coronas griegas. Y en esta
-actitud empieza, acompasado y tranquilo, el movimiento. Levantados, a la
-altura de la cabeza, brazos y manos, el cuerpo rígido, la mirada fija en
-el centro del círculo, los pies ejecutando una cadenciosa gimnasia,
-adelantándose el uno al otro, permanecen mozos y mozas, sin hablarse,
-sin mirarse casi, media hora, una hora, en una casta somnolencia que
-sigue el compás, monótono y tristón de la Sardana. Es un baile
-primitivo, arcádico, que huele a retama. No tiene un solo impulso de
-voluptuosidad; no enciende una sola chispa lasciva en estos ojos de
-veinte años. No es el pecado que se disfraza de regocijo; es la
-inocencia que siente la alegría de vivir...
-
-La tarde, contagiada de candor, entrecierra los ojos con una melancolía
-bucólica. Niños, flores, bailes campestres, himnos patrióticos, quedan
-envueltos en una semiobscuridad de ágata. La fiesta se va apagando,
-desvaneciendo, con una fatiga serena y pura, como la de un infante que
-se cansara de jugar.
-
-Y mientras, de vuelta, voy bajando por la empinada calle, en el silencio
-apacible de las cosas y el rumoroso bullicio de las gentes, pienso que
-esta es la verdadera Barcelona noble y honrada, que está empollando
-cuidadosamente sus destinos futuros; no la Barcelona del Paralelo, de
-los cafés cantantes, de la «cocotte» y del «apache», del timador y del
-tahur.
-
-La llaga no indica el envenenamiento del organismo. Es exclusivamente
-una enfermedad de la piel...
-
-
-
-
-EN MADRID
-
-I
-
-LA GUERRA Y LA POLÍTICA,
-EN LAS MESAS DE CAFÉ
-
-
-En verano, el famoso sol de España, hace de Madrid una caldera
-hirviente, que, como en la de las brujas de los cuentos, huele a carne
-humana. Porque este sol podrá ser menos claro que el de Cuba; pero, en
-este tiempo, no es menos ardoroso. Las mañanas queman, las tardes
-achicharran. Dícese que el principio del día es de una tibieza
-agradable. Es posible; pero muy pocos, de seguro, gozan, en pie y
-despiertos, de estas horas tibias.--El que no se levanta con el sol, no
-goza del día--dijo hace más de tres siglos un vecino de Madrid, el
-ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra. Probablemente, la
-sentencia lleva escondido un reproche, y aparejado un consejo.--¡No os
-levantéis tarde, perezosos!--parece decir el pensamiento a los
-habitantes de la villa y corte. Mas las gentes suelen no hacer caso de
-las observaciones de los genios, ni de los preceptos de la higiene,
-cuando ésta o aquéllos contrarían los gustos sociales.
-
-Y así es como los vecinos de Madrid, en su inmensa mayoría, siguen, a
-pesar del apotegma cervantino, levantándose tarde, sin disfrutar, por lo
-mismo, de las alegrías mañaneras. Pero no sucede eso sin ton ni son;
-largas explicaciones podrían darse para justificar la inveterada
-costumbre. Y la primera de todas ellas es, sin duda, la de que aquí las
-noches son deliciosas, oreadas por un vientecillo sutil, que se bebe
-como cualquiera de los mejores refrescos del Salón del Prado o de
-Telégrafos. Ya el alcalde Crespo se lo decía al capitán Don Lope de
-Figueroa, en solemne momento de la comedia calderoniana: que la
-recompensa que en Castilla tienen los días de agosto, son sus noches.
-
-El madrileño no quiere, y con razón, perder un instante de esos
-plácidos, azules, serenos, reconfortantes, durante los cuales la vida y
-la naturaleza se acarician como dos enamorados. Para sentir la fruición
-de la frescura nocturna, el pueblo de la metrópoli española comete el
-crimen de Lady Macbeth: mata al sueño. Y tomando al revés la
-prescripción del autor del _Quijote_, no se levanta con el día, sino que
-se acuesta, precisamente, cuando «la rosada aurora abre con sus dedos de
-nácar las cortinas del Oriente».
-
-A las diez de la noche, las casas están vacías, y los cafés, y los
-jardines, y los teatros, llenos. No es éste el Madrid elegante, ni el
-bien acomodado. Esos se han marchado a veranear, a las playas, a las
-montañas, a los campos, para evadirse a las divinas sofocaciones de la
-cortesana ciudad. Veranear entra en el programa de cualquier hijo de
-vecino... madrileño. Es más una necesidad social que higiénica. Hoy por
-hoy, el noble y el burgués, el comerciante y el empleadillo almibarado,
-han salido de aquí para poder escribir a sus amigos desde algún sitio
-conocido, participándoles que ellos son de las personas que veranean. Es
-de mal gusto dejarse ver por las calles de la villa durante los meses
-de julio y agosto. Se pierde el tono. Y hay quien asegura que también se
-pierde un poco la reputación.
-
-En Madrid no queda sino lo genuino, lo popular, lo pobre, lo inamovible.
-Deja la ciudad su aspecto de linajuda elegancia, sus palaciegas
-recepciones, sus fiestas rutilantes, sus regocijos deportivos, el
-magnífico y extranjero bullicio por hoteles y vías, el desfile
-interminable de sus blasonados carruajes, y queda cuanto de típico posee
-la risueña y fácil metrópoli: el Madrid de la alegría sin dinero, de la
-algazara sin causa, del chiste sin aliño, de la confianza sin
-reticencias; el Madrid zumbón, epigramático, dicharachero, henchido de
-frivolidad simpática y de adorable «quemeimportismo». En los barrios,
-aceras y calzadas son estrados. En el centro, la tertulia de los cafés
-se hace más animada e íntima.
-
-Como todo el mundo (a la tierra a que fueres, haz lo que vieres), yo he
-escogido mi café, y en él mi lugar. Es un sitio que me permite ver la
-procesión de muchachas que invade noche a noche la calle de Alcalá. La
-mujer madrileña es garbosa, graciosa, gallarda; mucha audacia en la
-mirada, mucha franqueza en la sonrisa; mucha acompasada agilidad en los
-movimientos. El matiz blanco domina en ellas, y hace contraste con el
-cabello y los ojos de negrura resplandeciente. Las dos extremidades
-ocupan y preocupan a la mujer madrileña: el peinado, que es una obra de
-arte, y el calzado, que muestra un cuidadoso atildamiento. Lo demás--la
-falda modesta o rica, el busto ceñido o suelto--sabe llevarlo la
-madrileña con sobria y natural arrogancia. Fuerte es y atractiva esta
-figura bien plantada de mujer española. Su juventud tiene fragancias y
-tersuras de flor. Lo penoso es que estos floridos y espigados veinte
-años naufraguen, rápidamente, en una deformadora onda de grasa. Esta
-tendencia a la obesidad es la enemiga de la belleza madrileña. Yo veo
-pasar a cada momento mujeres gordas, excesivas, rechinantes, cuya
-madurez se ha precipitado antes de tiempo, porque conservan todavía en
-sus facciones, en las pupilas, un fulgor juvenil.
-
-En jamona prematura no siempre desaparecen los rasgos de una angélica
-pubertad. Salud es la de este tipo, salud hermosa y pomposa; mas lo que
-gana la fortaleza, lo pierde la plástica.
-
-Viendo pasar tanto cuerpo grueso, tanto exuberante torso, me he
-preguntado si aquella multiplicada vastedad que, tan en breve modifica
-la belleza de las madrileñas, tendrá por causa la alimentación, el
-sedentarismo o la apatía. Un poco de esto le sucede también a la criolla
-cubana. ¿Por qué?
-
- * * * * *
-
-El café, que se enfría en las tazas sobre la mesilla rodeada de
-parroquianos, importa poco, es un pretexto; lo que importa de verdad, y
-es lo fundamental, es la conversación, la charla incesante, la
-palabrería, la intimidad, el intercambio verbal que no cesa, y que hace,
-no como el beso de Rostand, un ruido de abeja, sino un zumbido de
-colmenas locas. Son numerosos y varios los establecimientos que desde la
-Puerta del Sol se tienden y extienden a lo largo de la amplísima calle
-de Alcalá, ocupan la de Sevilla, siguen por la del Príncipe, dan vuelta
-por la plaza de Santa Ana; a pequeños saltos invaden la calle de
-Atocha, vuelven a la de Carretas, y corren, corren, por todos lados, en
-todas direcciones; se abren paso en los arbolados de los jardines,
-buscan refugio en el pórtico de los teatros, se alejan hacia los barrios
-bajos, llegan a la Moncloa, sientan sus reales en el Parque del Oeste...
-Si se viese a Madrid desde lo alto, a ojo de pájaro, se distinguiría una
-compacta y radiante Vía Láctea; las luces de sus cafés, de sus
-restaurantes, de sus tabernas. En ellos, a decir verdad, hay poco
-modernismo; al contrario, muchos conservan un aire arcaico, un
-abrumamiento de ancianidad que impresiona; bancas, espejos, candiles,
-gentes, parecen retrasados y se nos figuran, por un instante,
-evocaciones de épocas pasadas, reflejos románticos, fantasmagorías de
-antaño.
-
-Las conversaciones de café tienen frecuentemente dos temas esenciales:
-la política, la guerra. La conversación sobre política es generalmente
-turbia, apasionada, interesante e interesada. La facultad de la raza de
-expresar con inaprendida elocuencia, y de vestir con abundancia retórica
-la idea más insignificante, se muestra en estos paliques que, a ratos,
-toman las proporciones y las entonaciones de un debate parlamentario.
-Yo no creo que esto sea verdaderamente pensar en la política, sino
-verbalizar la política. El afán oratorio cubre y borra observaciones y
-reflexiones, y es a modo de corriente impetuosa que se desborda del
-cauce del juicio e inunda las comarcas de la razón. Estas agitadas
-inundaciones de los vocablos, ¿serán como las del Nilo, provechosas y
-fecundas? Pienso que podrían ser a condición de que, trayendo los
-deslaves de un alto ideal, bajaran a las llanuras periódicamente, no
-incesantemente, como suelen venir desde los cafés hasta las tribunas del
-Congreso.
-
-El hecho es que la política es un asunto inacabable para la mesa de un
-café, y que sólo tiene otro ideal que lo sobrepuje, y, por determinadas
-horas, lo venza: el asunto de la guerra. La guerra no presenta los
-matices variados de la política, no es sino de dos colores, de dos
-matices, de dos simpatías: germanos y aliados.
-
-Junto a mí, noche a noche, se instalan varios grupos discutidores de la
-guerra. Domina en ellos el germanofilismo, en cuanto al número, no en
-cuanto a la claridad de los conceptos. Durante esas charlas
-deshilachadas he oído disparates sociológicos y tácticos, geográficos y
-estratégicos, civiles y militares, podría decirse; pero a la vez he
-sentido la bravura, la fe con que cada individuo defiende su causa, como
-si se tratase de algo inmediato e íntimo, de importancia suprema para la
-vida personal. La pasión española es de una generosa tenacidad. Y es lo
-que el germanófilo de Madrid muestra por encima de cualquier
-razonamiento que se le oponga: la pasión. Yo noto que no es precisamente
-amor al alemán el que sostiene sus simpatías en esta guerra; es aversión
-al inglés. Un viejecillo, que es un vibrante manojo de nervios, ha
-dicho, golpeando con su mano sarmentosa la orilla de la mesa:
-
---...porque allí donde veo un inglés, veo a un enemigo.
-
-Los aliadófilos, aparentando mayor serenidad, enseñan más justeza de
-ideas, encadenamiento de coordinación más completos en sus juicios y
-observaciones, y cierta inclinación al trascendentalismo, que convierte
-sus razones en doctrinas de orden más elevado y humano. Un partidario
-de los aliados hacía la siguiente observación:
-
---Los españoles no podemos ni debemos admitir el concepto de Estado, en
-que se funda el imperio teutón. Un Estado, al que se debe obediencia
-ciega, que se adueña de todas las voluntades, sin ristricción, ni
-límite, que manda y dispone a su guisa del ciudadano, que constituye una
-suprema entidad moral que ha de regir, con arbitrio inapelable, la
-conciencia individual; que no permite la libertad ni el albedrío; un
-Estado que se cierra en dogmas, que se manifiesta en opresión, que se
-revela en fuerza tiránica; un Estado intangible, inviolable,
-irrefutable, como la divinidad, y que hace de la existencia humana un
-instrumento inespiritual, no puede ser nunca aspiración y propósito en
-nuestras almas, ni admiración en nuestros entusiasmos. Porque con ese
-sistema se logrará formar un pueblo disciplinado, rígido, homogéneo,
-como un bloque de granito; pero no un pueblo espontáneo, eficaz, libre,
-más grande que el otro, puesto que la libertad es el resumen de todos
-los fines del espíritu, de todas las ideas humanas, como dice un
-germano, Fleinrich Mann. La guerra actual es la lucha de estos dos
-contrarios esfuerzos. Nuestra historia nos impide estar de aquel lado,
-en la simpatía y en la aspiración.
-
-Lo difícil es percatarse del final de estas controversias, en las que,
-poco después del principio, hablan todos al mismo tiempo y en un
-creciente arrebato.
-
-De estos laberintos oratorios suelen subir los que tan desaforadamente
-despotrican, cuando, de improviso, cae sobre la mesa, llevado por
-alguien, en una pregunta, en una alusión, en una impresión rápida, el
-asunto ambiente, el popular, el que atrae, como llama a la mariposa, a
-todo madrileño bien nacido: la última corrida de toros.
-
-Allí sí que, bruscamente, se detiene la máquina política, sociológica,
-filosófica; y el problema de la guerra, sin empequeñecerse, como que se
-esfuma y desvanece a semejanza de un celaje, y la discusión, sin perder
-bríos ni ardores, tuerce el rumbo, y entra de lleno en el arte de la
-tauromaquia, en el que los madrileños sacan a luz su vieja y
-justificadamente célebre sabiduría. Los tecnicismos, las explicaciones,
-los análisis de las «suertes», el estudio de las habilidades,
-sustituyen con ventaja, por la expresión pintoresca e impregnada de
-gracejo, al comentario sano y vivaz, y a la elocuencia encopetada y
-tribunicia.
-
-Porque si en Barcelona la cupletista es reina, en Madrid el torero es
-dios. Un diestro, un maestro, como aquí se dice, es un ser glorioso por
-excelencia, y glorificado por costumbre. Donde él llega, cualquiera otra
-celebridad palidece; cualquier otro mérito es olvidado.
-
-La calle de Sevilla, la calle de los cafés de toreros, se ve a todas
-horas concurridísima de gente del pueblo, que se detiene a contemplar la
-figura de éste o aquél maestro, del cual las revistas hacen elogios
-hiperbólicos en prosa y verso, por la «faena monumental» y el exquisito
-premio de la oreja. Pero esto, señores, merece capítulo aparte.
-
-
-II
-
-LA HUELGA, LA GUERRA
-Y EL PUEBLO ESPAÑOL
-
-
-Cierta mañana, Madrid amaneció bajo la influencia de una nerviosa
-curiosidad. Desde las primeras horas del día, con todos los requisitos
-civiles y militares, habíase pegado en las esquinas de las calles, al
-lado de los anuncios de teatros y de los carteles de toros, el bando que
-declaraba la plaza y provincia de Madrid en estado de guerra.
-
-A pesar de lo caluroso de las horas, de la rabia cegadora del sol, la
-gente se apiñaba por todas partes para leer y quizás para desentrañar el
-enérgico documento firmado por el Capitán general, y que no mostraba,
-por cierto, ni más ni menos que los otros del mismo género, fijados,
-tiempo atrás y por circunstancias diversas, en los mismos lugares. A la
-cabeza de las apretadas líneas tipográficas, que contenían los artículos
-excepcionales, severos, distinguíase, desde lejos, el renglón de gruesos
-caracteres, cuya frase imperativa y seca tenía no sé qué arrogancia de
-voz militar: «Ordeno y mando.»
-
-De acuerdo con esa ley extrema, quedaban prohibidos los grupos numerosos
-en la vía pública; quedaba establecida la censura para la Prensa;
-quedaba asimismo establecida la pena de muerte para todo acto sospechoso
-de sedición, de desobediencia y de violencia. El bando imponía, si no la
-inacción civil, por lo menos la acción quebrantada y vigilada por la
-autoridad; y además, imponía también a la Prensa, si no el silencio
-absoluto, la expresión mutilada o moderada por la censura.
-
-¿Qué era, pues, lo que estaba pasando, para exigir de un pueblo tan
-inquieto y verboso por naturaleza, el sacrificio del reposo y del
-mutismo? Pues sucedía una cosa muy común en la existencia de los
-pueblos modernos: sucedía que se había declarado una huelga, y que ésta
-obligaba, más que el bando, y con mayor amplitud que él, a la brusca
-paralización, al detenimiento rápido de las comunicaciones en toda
-España. A este paro, anunciado ya con anticipación, se le llamó la
-huelga de los ferroviarios. La intención, como muy bien se comprende,
-era la de privar a la nación de este indispensable servicio, hasta que
-las Compañías ferrocarrileras accediesen a las exigencias de aumento de
-jornal y otras prerrogativas impuestas por los trabajadores y empleados.
-
-Venía la nube cargada de amenazas. El Gobierno, que vió el peligro, se
-dispuso a conjurarlo, y apeló a recursos comprobadamente eficaces. Mandó
-que soldados de los regimientos de ingenieros militares, hiciesen,
-íntegro, el servicio de todas las líneas, y cuidasen las estaciones;
-encarceló a los que creyó perniciosos agitadores; enseñó a los obreros
-los dientes, en un gesto de intimidación, y se propuso intervenir entre
-éstos y las Compañías para resolver el conflicto. La verdad es que el
-servicio, aunque irregular y defectuoso, no dejó de hacerse; que los
-militares tuvieron un buen comportamiento, y que, de ése modo, quedó
-bastante frustrada la huelga de los ferroviarios.
-
- * * * * *
-
-La gente que leyó el bando, que se percató de la censura, que notó las
-reticencias y dificultades de la Prensa para transmitir las noticias,
-comenzó, como sucede siempre, a tejer en el «canevá» de la imaginación,
-los arabescos de la hipérbole y el absurdo. En corrillos de café y
-paliques de restaurante, de mesa a mesa, corrían las más exageradas
-historias; hablábase de resistencias armadas, de luchas entre obreros y
-soldados, de muertos...
-
-Las conversaciones _sotto voce_, en estos casos, revisten un carácter
-alarmante que es de lo más entretenido. Es muy curioso oir cómo de boca
-en boca la exageración abulta y adorna los hechos, y con un grano de
-realidad hace una montaña de fantasía. Cada quién clava un nuevo
-incidente a los sucesos que se comentan. Estas charlas que he escuchado,
-con motivo de la huelga ferroviaria, son de lo más pintoresco y
-divertido que pueda darse. El español que narra episodios de interés
-general entra en competencia con las personas con quienes despotrica; y
-siente, a par de ellas, un estímulo de fantasear que lo lleva
-frecuentemente demasiado lejos. Trata de sobrepujarse, de causar una
-impresión cada vez más profunda, y que a él mismo lo agite con su propia
-palabra. El afán de elevar lo insignificante a la altura de lo
-extraordinario, lo excita como una bebida que lo embriagase.
-
-Esto, que suele ser tan característico de los países latinos, se acentúa
-en determinados momentos, cuando se presenta una cuestión de interés
-colectivo, un asunto de gravedad social. Entonces se deforma la
-fisonomía de la realidad para hacer de ella una apasionante y dramática
-caricatura. Entonces, el escepticismo y el pesimismo, con sus brochas
-sombrías, pintan los telones de la vida.
-
-En tales ocasiones, el español, que es un espontáneo orador, se complica
-de novelista, y su elocuencia corre parejas con su inventiva. Pone,
-además, una lógica sutil que de inferencia en inferencia, lo lleva a las
-más imprevistas conclusiones.
-
-Mas en todos estos castillos en el aire pone un aliento, una fuerza de
-corazón verdaderamente conmovedores. El español gusta de juzgarse con
-una acritud exagerada y molesta. Hincha sus defectos, niega sus
-virtudes, y ve en los extraños una superioridad que no existe tal vez.
-
-Pero esta actitud antiegoísta, este criterio falseado por excesivo, este
-«voto en contra», esta inclinación a mortificarse y herirse el amor
-propio, me parece que no son más que manifestaciones de un deseo
-nobilísimo de buscar precisamente en el excitante del golpe y el
-castigo, la reacción favorable y benéfica de una voluntad nacional, que,
-medio amodorrada y perezosa, debe recobrar, porque ha llegado el
-instante, su actividad y su energía. Algo del «flagelante» hay en este
-brusco procedimiento.
-
-El español siente acaso que han ido aflojándose en el espíritu de la
-raza los resortes del brío que en otro tiempo la empujaron en todas
-direcciones a difundirse en las más vastas y gallardas empresas. Una
-secular indiferencia, aun prolongando el orgullo, ha debilitado el
-aliento, ha enmohecido la acometividad. Siente también el español la
-necesidad biológica de renovarse, y para ello comprende que es preciso
-sacudir las rutinas, echar a andar las perezas y robustecerse en la
-metódica gimnasia de la voluntad. Urge a España colocarse cuanto antes
-en la línea de marcha.
-
-Sabe que el tiempo es premioso y rígido, y no puede ni quiere aguardar a
-nadie. Pasa y deja atrás a quien no se dispuso, de antemano, para seguir
-con él la ruta.
-
-Y no sólo los pensadores, los hombres nuevos, los intelectuales del
-«último barco», se preocupan en anunciar y tratar de resolver este
-apremiante problema; las clases, las agrupaciones, los individuos de la
-masa anónima, presienten un malestar que les engendra anhelos imprecisos
-de transformación.
-
-De ahí esa desdeñosa amplificación de los defectos, ese desprecio
-escéptico, ese acre reproche, esa manía de autovituperio que está en
-cualquier parte: en la calle, en el café, en el teatro, en la copla de
-actualidad, en el artículo de periódico. Es el golpe rítmico dado en el
-pecho del semiahogado para producirle nuevamente la respiración.
-
- * * * * *
-
-Yo observo, busco, me intereso en todos los incidentes y accidentes de
-la vida española. Una semana después de haberse iniciado la huelga de
-ferroviarios, la Prensa anunciaba con grandes «cabezas», en las primeras
-planas de sus diarios, la terminación del conflicto y el
-restablecimiento de la normalidad.
-
-Cesaron las hablillas, los cuentos y las noticias espeluznantes; pero
-todavía permaneció en estado de guerra la ciudad durante otra semana, y
-hasta el momento en que escribo esta impresión, el Madrid político sigue
-con la mordaza puesta; las Cortes continúan cerradas, y la censura
-vigila, línea a línea, los periódicos.
-
-No es extraño ver aún pedazos de columnas, y hasta columnas enteras, en
-blanco, en _El Liberal_, en _El Imparcial_, en _La Epoca_, en _La
-Correspondencia_. Hace pocos números se suprimió en _El Imparcial_ un
-artículo completo de Mariano de Cávia, y en el semanario _España_ fué
-mutilado el editorial de Luis de Araquistain, el cual artículo era un
-serio comentario sobre la huelga, y tenía una índole decididamente
-pacífica. Es quizá que el Gobierno temió la voz demasiado sonora y
-demasiado impetuosa de los imaginativos, de los romanceros del suceso.
-
-Estos noveladores habían propagado una noticia trascendental, y es a
-saber: que la huelga no obedecía a móviles nacionales y económicos
-puramente, sino que los obreros habían recibido de Alemania dinero para
-trastornar, con su paro, los negocios de España. La cuestión tenía,
-según ellos, doble fondo, y este doble fondo era la guerra europea.
-
-Para la gente sensata, la tal noticia no pasó de ser una patraña. El
-mismo presidente del Consejo la ridiculizó en unas declaraciones. La
-Prensa, sin embargo, no ha podido dar opiniones amplias acerca de los
-acontecimientos, y se ha contentado, por la fuerza de las
-circunstancias, con hacer frías observaciones llenas de un optimismo
-que, por tímido, parece poco sincero.
-
-Sólo Araquistain, escritor socialista de mucho empuje y firmeza, se
-atrevió a asegurar que el error de acallar la voz pública, la
-prohibición de no dejar a los obreros defenderse por medio de la
-publicidad, diéronle gravedad a la huelga, que tenía una actitud
-conciliatoria.
-
-Ello es que, aceptado en principio un arbitraje para dirimir las
-dificultades entre el capital y el trabajo, y pedido al Instituto de
-Reformas Sociales un laudo en esta controversia, la huelga, deshecha,
-tomó el buen camino de las conciliaciones. Tirios y troyanos están de
-acuerdo en que, en este conflicto, el conde de Romanones se ha manejado
-con inteligente perspicacia y afortunada habilidad política.
-
-Y no obstante...
-
- * * * * *
-
-No obstante, la censura ha continuado, y las Cortes permanecen con las
-puertas cerradas. Lo gracioso del caso es que, olvidada la huelga, ahora
-la censura se ejerce sobre las noticias de la guerra europea.
-
-Y esto da lugar a que los fantaseadores suelten las palomas mensajeras
-de la «noticia secreta y trascendental». Se dice que está siendo a
-España muy penoso sostener la neutralidad; que hay exigencias de parte
-de los beligerantes; que Portugal quiere pasar tropas por territorio
-español; que...
-
-El hilo de la hipótesis va trazando los más increíbles e intrincados
-dibujos, en los cuales se enreda el buen sentido, así como una mosca en
-una telaraña. Pero bueno es acordarse de la sentencia del filósofo: «hay
-en toda mentira un alma verdad».
-
-Y, efectivamente, por debajo de esta franca alegría madrileña, de esta
-despreocupada vida, de esta encantadora y aparente frivolidad, se diría
-que hay un molesto movimiento de inquietud que no parece exclusivo de la
-«ciudad alegre y confiada», sino que se extiende por España entera y, en
-algunas partes, se señala con un latido más enérgico.
-
-¿De dónde proviene esta indudable desazón? ¿Es la vecindad con el
-incendio de la guerra, y así, proviene del ambiente exterior, o es una
-palpitación de la entraña popular, e indica entonces una dolencia
-interna? ¿O se junta una causa a la otra y ambas producen este
-sintomático estado, perceptible a pesar del aspecto regocijado de la
-vida?
-
-Cierto es que no hay ningún pueblo de la tierra que no resienta en esta
-hora aflictiva del mundo, un doloroso asombro, un trastorno psíquico en
-el que se entremezclan el temor y la esperanza. El ángel negro recorre
-la cristalina esfera que, como dijo el romántico, «gira bañada de luz».
-
-Y en España, donde todo, de lejos, parece arcaico, desmoronado y
-monumental, como sus catedrales y sus claustros, hay una cosa viva,
-siempre nueva, firme siempre y que ha conservado entre los escombros de
-la gloria y los empolvados códices de sus gestas lejanas: la virtud de
-los laureles soñados, que son inmarcesibles, y la gracia inmortal del
-día, que es siempre niño cuando se asoma por Oriente. En España todo
-puede estar viejo, menos el pueblo.
-
-El español se equivoca cuando se juzga a sí mismo, y se cree pervertido,
-degenerado o enfermo.
-
-Nada de eso tiene. El es como un surco abierto que espera la mano del
-sembrador. No hay más que acercársele para sentir su vigor y su
-juventud.
-
-Ha conservado, a través de la historia, sus virtudes esenciales: su amor
-al trabajo y a la libertad. El pueblo de España no ha vivido todavía la
-plenitud de su existencia. Posee reservas virginales, y aguarda el
-instante señalado por el destino para su futuro resurgimiento.
-
-Clases superiores, instituciones, costumbres, pueden presentar, algunas
-veces, un aire de desfallecimiento mortal, una faz hipocrática. Mas
-abajo, muy abajo, sobre el terruño removido, junto a la máquina
-aceitada, dentro de las zumbadoras colmenas de los talleres y de las
-fábricas, está el verdadero pueblo sano, robusto, voluntarioso, que
-quiere ir de prisa y que irá adonde lo empujen su ambición y lo llama su
-ideal.
-
-¡Ah, su ideal, que comienza a perfilarse en lo futuro como una
-transformación, serena y nueva, de aquel que hace siglos estaba
-representado por la espada del Cid, la armadura del Gran Capitán, el
-ferreruelo de Felipe II y las naves de Hernán Cortés!...
-
-
-
-
-UNA PÁGINA DE NOVELA
-
-EL SUICIDIO DE FELIPE TRIGO
-
-
-Cerca de las nueve de la noche caminaba yo, con Paco Villaespesa, por la
-calle del Marqués de Cubas, cuando pasó junto a nosotros un hombre muy
-delgado y muy alto, vestido con un traje claro:
-
---Adiós, Felipe--dijo el poeta.
-
---Adiós, Paco--contestó el otro.
-
-Y Villaespesa, con su natural bondad, me preguntó:--¿Quieres que te lo
-presente? Es Felipe Trigo. Le he hablado de ti.
-
---Mira--le indiqué--. Vamos, primero, a ver a Gómez Carrillo. Y luego,
-mañana, si ahora no queda tiempo, buscaremos a Trigo.
-
-Yo tenía vivos deseos de presentarme cuanto antes a Gómez Carrillo, para
-saludarle y acompañarlo en aquel momento que yo creía penoso; acababan
-de denunciar una de sus crónicas de _El Liberal_; lo acusaban de ofensa
-a Alemania. Más tarde supe que aquello tenía resonancia, pero no
-importancia.
-
-A pocos pasos nos encontramos, en efecto, al famoso cronista, que venía
-acompañado de otro poeta, con el cual he fraternizado cordialmente:
-Manuel Machado. Entramos los cuatro en un café vecino, y nos pusimos a
-charlar. A las dos de la mañana nos despedimos, con la promesa de
-reanudar la conversación al anochecer siguiente.
-
-Hacia la una de la tarde vino Villaespesa a mi casa, me saludó, le noté
-vivamente agitado.
-
---Chico--me dijo con voz rápida y turbada--, vengo deshecho.
-
---¿Pues qué te sucede?
-
---¡Figúrate! Que se ha suicidado Felipe Trigo. Dos balazos en la cabeza;
-una hora de agonía terrible. En estos momentos ya debe de haber muerto.
-
-Y se sentó frente a mí, y se llevó una mano a los ojos. La verdad es
-que, aun sin haber tratado a Trigo, sin sentir admiración, ni siquiera
-inclinación por su literatura, sentí pena. El novelista se hallaba en la
-edad madura, próximo a la vejez, en el período de la energía mental, de
-la experiencia atesorada, de la producción sólida. Villaespesa me pidió
-que le acompañase a ver a la familia; accedí de buen grado; comimos
-juntos, le escuché al poeta la relación conmovedora de su íntima amistad
-con el autor de «La Bruta«, y a las cinco de la tarde tomamos, en la
-Puerta del Sol, el tranvía que había de conducirnos a la Ciudad Lineal.
-Por el camino fueron subiendo al carro otros amigos que iban con igual
-propósito que el nuestro.
-
-Las afueras de Madrid son de una aridez implacable. Mucho polvo, mucho
-sol, mucha tierra sedienta y cubierta por el roto tapiz de la hierba
-amarilla y reseca. Aquí y allá, por entre las motas verdes de algunos
-pequeños plantíos, indicios de que por allí hace el agua milagros. Casas
-diseminadas. Ventas. Y un cielo magnífico, de azul deslumbrante,
-encorvándose por el horizonte. El camino es largo, y es, además, el del
-cementerio, porque veo cómo, de trecho en trecho, nos vamos encontrando
-con carrozas fúnebres y filas de coches que las siguen. Yo pienso que
-esta es, decididamente, una tarde predestinada para la tristeza. Después
-de una hora de viaje en tranvía, nos encontramos en la Ciudad Lineal. Es
-ella un pueblecito melancólico, de una calle sola y extensa, en la que,
-por ambos lados, se levantan hoteles más o menos graciosos y elegantes.
-Los hay también feos y pobres. En medio de la ancha vía se alza una
-doble fila de árboles. El paraje es simpático, no alegre. Nosotros lo
-sentimos a propósito para nuestra desazón. Reflejamos en él nuestro
-estado de alma. Hemos pasado ya por frente a dos o tres hoteles
-silenciosos. Yo, sin preguntar, respetando el silencio de mis
-compañeros, me digo, al caminar:--Aquí.--No; aquí. Y no atino con la
-casa, del suicida. Está lejos; está más allá de diez o doce hotelitos
-que dejan presumir una comodidad burguesa. De repente, nos detenemos en
-una reja entreabierta. Allí sí es. Dos policías o dos soldados--no
-sabría decirlo--están en pie recogiendo las tarjetas, de los que llegan,
-e indícanles que la familia pide excusas por no poder recibirlos.
-Entramos. Un jardín y, en el fondo, un _chalet_ muy blanco, de
-enjabelgado que reluce al sol, y por cuyos muros trepan los caprichosos
-ramajes, de verde clarísimo, de las enredaderas. ¿Qué dijo Villaespesa a
-los hombres uniformados? No sé. El resultado fué que, a cuatro o cinco,
-nos dejaron libre la entrada. Subimos al _chalet_. Nadie salió a
-recibirnos. Amortiguando los pasos, de puntillas casi, penetramos,
-primero, en un pasillo estrecho, y, en seguida, en un saloncito, que
-estaba obscuro porque habían cerrado sus puertas y ventanas. La
-violencia del contraste entre la claridad de afuera y las sombras del
-interior, me hirió vivamente los ojos. Llegué deslumbrado, y muy poco a
-poco, fuí distinguiendo, fantasmales, a unas cuantas personas que
-hablaban en voz baja. Comencé a respirar y a sentir el ambiente de lo
-siniestro. Dejé que mis compañeros se dirigieran a sus amigos y
-conocidos, y, como siempre, busqué mi rincón de observador. Sonó en la
-pieza contigua la campanilla del teléfono, y un acento, en el que había
-temblor de sollozos, empezó a hablar para transmitir, por el aparato,
-los detalles de la noticia. Se comunicaba, probablemente, con la
-redacción de un periódico y dictaba, con largas y desgarradoras pausas,
-la carta de despedida de Felipe Trigo, breve, dolorosa, amorosa, en la
-que daba el último adiós a sus hijos, a su mujer, y en la que repetía,
-con ternura insistente, la palabra perdón. En el pesado silencio de
-aquella casa, este mensaje de la muerte, transmitido por una voz
-lacrimosa, lastimaba como si fuese un golpe en el corazón. La voz se
-calló, por fin, y después de un minuto salió de la pieza donde había
-sonado, un jovencillo pálido, nervioso, con la mirada distraída y la
-expresión del ensimismamiento que nos deja un grande e imprevisto
-suceso. Saludó, forzadamente, a los visitantes, y salió. Otro joven
-militar, a quien yo no había visto, lo siguió llamándolo:--¡Hermano!
-¡Hermano!
-
-Todos los circunstantes mirábamos, en muda contemplación, estas simples
-escenas, que impresionaban, no obstante, con el horror de la tragedia.
-
-Y mientras nosotros permanecíamos mudos abajo, arriba, en las
-habitaciones altas, se quejaban, gritaban, lloraban. Llantos y plañidos
-de mujer que intermitentemente se apagaban, alzábanse por largos
-intervalos. Eran súplicas, imprecaciones, oraciones, desesperaciones.
-Un vocativo, repetido sin cesar, me hurgaba el alma y la memoria, como
-gancho que me revolviese penas y recuerdos: «¡Papá!».
-
-La familia de Felipe Trigo se había refugiado allí de la indiscreta e
-inoportuna compañía de los extraños. Me sentí mortificado. Y acercándome
-a Villaespesa, le dije al oído:
-
---Me voy.
-
---No, aguarda un poco. Van a sacar el cadáver. Quiero acompañar a mi
-amigo hasta ese instante.
-
---¿Pues dónde está?
-
---Allí.
-
-Y Villaespesa me señaló una puerta cerrada, en el mismo primer piso
-donde estábamos. El gabinete de trabajo de Trigo. Allí estaba solo, el
-desventurado, sin blandones y sin plegarias, en el mismo lugar, en el
-mismo sillón donde se había quitado la existencia.
-
-A esa puerta llegaban--yo las vi bajar hechas un océano de lágrimas--las
-hijas del escritor, una hermosa y rubia criatura y una robusta y linda
-niña. Los hermanos las acompañaban.--¡Yo quiero verlo!--rogaban
-ellas--. Y, convenciéndolas, obligándolas, las alejaban de aquel lugar
-pavoroso. La puerta cerrada era una barrera infranqueable.
-
-Estos suplicios me hacian daño, y, para no asistir a ellos, me aconsejó
-mi egoísmo que saliese al jardín. Salí con otro literato que sentía y
-pensaba lo que yo. Una vez en el jardín los dos, él empezó a contarme la
-vida del célebre novelista:
-
---Este final no es imprevisto. Ya nos lo esperábamos. Felipe estaba
-enfermo, muy enfermo. Una profunda neurastenia lo agotaba. No podía
-escribir ya como antes. Veinte noches hacía que no probaba el sueño. El
-era médico, y sus síntomas le inquietaban. Presentía un próximo desastre
-mental. En su familia hubo alienados. El tenía miedo de la fatalidad
-hereditaria. Indudablemente que Felipe tenía un extraordinario talento,
-una imaginación resplandeciente, una agudísima percepción. Sus
-facultades de novelista fueron muy grandes. Su lenguaje carecía de
-pureza y de estilo. Con frecuencia se alejaba del buen gusto. Pero, en
-cambio, sabía ver muy bien, y reproducía con exactitud los ambientes y
-los personajes de segundo término. Los de primer término, no, porque, en
-general, sus mujeres, sus heroínas, son irreales, están hechas con
-materiales imaginativos y concebidas por la exaltación erótica, por el
-sueño sensual que atosigó de continuo la vida de Trigo. Y sus hombres,
-sus protagonistas, son él mismo, el autor con sus anhelos de aventura
-dannunziana. Porque Felipe no sólo escribía, sino que quería vivir sus
-novelas. Las vivía. Vistiendo la realidad, que solía ser inferior y
-grosera, con los atavíos de un fantástico refinamiento, el poeta--porque
-era un poeta, un soñador incansable--se forjaba la ilusión de las
-conquistas suntuosas, de los amores raros, de las citas misteriosas, de
-las altas comedias del placer y de la elegancia. Trigo era un
-fantaseador admirable e ingenuo. Era también un teorizante lleno de
-novedad. Temperamento exaltado, corazón generoso, gran cerebro; este
-literato fué, a pesar del mundo calenturiento que llevaba en el
-espíritu, un bondadoso jefe de familia, un excelente amigo y un cumplido
-caballero. Y no sufrió únicamente imaginarias tormentas, sino que,
-asímismo, las sufrió verdaderas.
-
-En Filipinas, lo acuchillaron los tagalos hasta abandonarlo por muerto
-en el campo de combate. ¿No le notó usted la cara atravesada por cuatro
-o cinco grandes cicatrices? Anduvo con su inquietud por todas partes. No
-se conformó con ser médico de provincia. Fué ambicioso de gloria,
-voluntad activa. Tarde reveló su vocación artística: al filo de los
-cuarenta años. El realismo de sus novelas no es siempre agradable.
-Disgusta la insistencia de su manía erótica. Eso, quizá, depende de la
-edad en que comenzó a escribir. En sus libros destapó la caja de sus
-deseos irrealizados. Pero hay obras suyas muy fuertes: _Jarrapellejos,
-El médico rural_...
-
- * * * * *
-
-Calló el literato. Habíamos visto que comenzaba a bajar la corta
-escalinata del chalet una camilla cubierta con un paño negro y cargada
-por dos mozos funerarios. Detrás, con la cabeza descubierta, venían los
-amigos y camaradas.
-
-Se oía sollozar, gritar, implorar dentro de la casa. El cadáver salió,
-no por la puerta principal, sino por una que había detrás del jardín.
-Figuróseme aquello una escapatoria, una fuga avergonzada, el
-remordimiento de dejar tanto dolor y tantas lágrimas. El crepúsculo era
-espléndido y simbólico; rojo, como la sangre; azul, como la esperanza.
-
-
-
-
-EL MADRID DEL GÉNERO CHICO
-
-VERBENAS Y TRADICIONES
-
-
-Noche de agosto; brava noche, de calor seco, asfixiante. Son las once. Y
-decir las once en verano, es decir aquí la hora del principio del
-bullicio, de la preparación de la fiesta. El Madrid verbenero se
-divierte de once a cinco.
-
-Por la calle Mayor pasan henchidos los tranvías, y se nota un frecuente
-ir y venir de coches alquilones que entran y salen por los arcos de la
-gran plaza. La gente que marcha a pie, va como en romería. Pasan mujeres
-garbosas, y, por distintas partes, pasan mantones historiados y
-floridos: uno blanco y otro azul y otro rojo; pasan, llevadas
-cuidadosamente, guitarras enlistonadas, y algunas van ensayando, _sotto
-voce_, rasgueos y pespunteados. La calle y la plaza, mal alumbradas por
-la luz verdosa de los faroles públicos, presentan, con su procesión
-popular, un aspecto un poco rembranesco, un cuadro nocturno en el que
-juegan, en violentas antítesis, la sombra y la claridad.
-
-Curioso y vagabundo, me dejo arrastrar por la multitud. De repente, me
-encuentro en la calle de Toledo. Ya estoy en el límite de la zona del
-regocijo. Desde la Plaza de la Cebada se extiende la batahola; luces,
-tinglados callejeros, papeles de colores, guirnaldas de claveles, ritmos
-de castañuelas, afinadas vibraciones de cuerdas, ecos de voces que
-cantan, hervor humano. Voy acercándome: puestos de almendras, tendidos
-de peladillas, pirámides de melones, mesas con platos de aceitunas y
-vasos de manzanilla; juguetes, alfarería, gritos de vendedores
-ambulantes; calles estrechas, por cuyas calzadas va la gente abriéndose
-paso con los codos; algazara, cuchicheo, rumores de colmena; sombreros
-de torero, gorras de _golfo_; peinados de chula, muchos ojos negros;
-muchos labios frescos; una rosa aquí y otra allá; una agudeza
-canallesca, un modismo de barrio; música por todos lados; ruido que
-ensordece; calor que sofoca.
-
-En una calle semiobscura, la amarilla y radiante mancha de una iglesia
-romántica y nueva, dentro de la cual se aprieta la gente por ver a la
-Virgen en el altar mayor, hecho una brasa rutilante. Distintos
-cobertizos se alzan en medio de la calle. Este cobertizo es salón de
-baile; dentro danzan las parejas en típicas posturas, suena incansable
-el organillo de manubrio, se pasea el bastonero enarbolando su largo
-palo, que es un tirso de listones; fuera, detenida por la frágil
-barandilla, la muchedumbre atenta mira el cuadro. Aquel cobertizo es
-improvisado restaurante, y en él familias enteras de la clase
-submedia--obreros, menestrales, cigarrerillas y gente de juerga,
-mozuelas y galancetes--, sentados en torno de las mesas, comen con
-incitador apetito. Grupos regionales, repartidos por los distintos
-lugares, cantan y bailan: unos a la andaluza, otros a la aragonesa, acá
-las sevillanas y acullá las jotas, en incesante y sugestiva monotonía.
-Los muros, viejos; los pavimentos, mal empedrados; los portales,
-obscuros; tabernas y cafés, brillantes y concurridísimos; un contento
-natural, ingenuo, que se respira en el aire (¡y eso que apenas se
-respira!); simple alegría de vivir de un pueblo que no ha perdido la
-salud espiritual. Esta es, pintada a brochazos, la célebre verbena de la
-Paloma.
-
-Me acordé de la que yo conservaba en la memoria, entre los trastos de la
-guardarropía y los viejos retratos de las tiples; me acordé del sainete
-de Ricardo de la Vega, musicado por Bretón. Y comparando la realidad con
-el artificio, hallé que éste tenía una vida tan intensa como aquélla, y
-que, sin literatura, sin subterfugio, sin arte casi, el poeta había
-trasladado un pedazo de verdad al escenario, arrancándolo de este
-ambiente alborotador del barrio madrileño. No parece una copia, sino el
-original mismo, que, sin perder detalles, queda reducido al espacio
-pequeño del tablado. Tan exacta es la identidad que, por momentos, me
-sentía formando parte de un coro zarzuelesco, y buscaba a mi lado la
-muchacha a quien cantarle aquello de:
-
- Como es la Virgen
- de la Paloma...
-
-Estaba yo en pleno _género chico_ de la vida. Y en cada viejo
-emperifollado distinguía al boticario calaverón; en cada bien plantada
-jamona reproducía la _Señá Rita_; en cada anciana obesa que bailaba
-sacudiendo las trémulas carnes recordaba a la _tía fingida_ de la morena
-y de la rubia. Muchas rubias y muchas morenas se paseaban allí, del
-brazo de sendos Julianes enamorados.
-
-Y es que las costumbres de este pueblo no necesitan aderezo para ir al
-teatro y renovarse en él por medio de pintorescas escenas, castizas
-agudezas, animados personajes, intencionados diálogos, música típica y
-chuscos episodios. Son estas las horas en que el pueblo de la villa vive
-para reir, para querer, para desbordar el entusiasmo y el alborozo, en
-la calle, en la plaza, al son del organillo y entre las agitaciones del
-tumulto.
-
-Los majos de don Ramón de la Cruz, los horteras de las _Escenas
-matritenses_, el _Castellano viejo_, de _Fígaro_, la _Fortunata_, el
-_Celipón_, las _Miaus_, de Pérez Galdós, y el cesante famélico, el
-valiente de barrio, el galán de vecindad, _La revoltosa_, la _Regina_,
-las _Mujeres_, en fin, y los hombres todos de Burgos, de Sinesio
-Delgado, de Arniches, de los dioses mayores y menores, del chiste
-escénico español, y de los antiguos costumbristas, y de los novelistas
-de genio, andan aquí barajados y revueltos, y se nos presentan para
-desaparecer, como por obra de fantasmagoría, entre el gentío de la
-verbena de la Paloma.
-
-Es vigoroso el carácter plástico y psíquico que conserva este pueblo.
-Una chula madrileña no cambiaría su mantón por el velo de Tannit. Un
-guapo mozo no se desanudaría del cuello el pañuelo de seda, para que, en
-su lugar, le colgaran un toisón de oro. Las modas han alterado el traje;
-pero no lo han acercado a cualquiera otra vestimenta extranjera; el
-pueblo, con un raro instinto de individualización, ha adoptado sus
-modelos y figurines, y ha peculiarizado sus imágenes.
-
-Al modernizar su apariencia, obligado con imperio por la necesidad,
-siempre se retrasa, y, principalmente en el atavío femenino, deja algo
-de arcaico, algún toque arqueológico: la peineta, la mantilla, la
-estirada media blanca, el zapato bajo.
-
-Las provincias, menos expuestas al contagio social, conservan mejor sus
-vestidos característicos: Andalucía, Aragón, Galicia.
-
-Pero este pueblo de Madrid, el de la chulapería andante, si ha retocado
-el indumento, ha persistido en la conservación de su alegría
-desenfadada, de su _quemeimportismo_, de su gracia a flor de labio, de
-sus fiestas seculares y de sus ruidosas verbenas.
-
-Pueblos firmes por dentro y por fuera, pueblos que persisten en
-peculiarizarse y no olvidan ni desdeñan sus antiguallas, por seguir
-formas de placer inadaptables al espíritu de la raza, tienen una larga
-vida nacional. El _misoneísmo_ colectivo, que, en ocasiones, perjudica y
-retrasa, en ocasiones también sirve y robustece, porque cultiva en la
-existencia popular el amor a la tradición y unifica en un sentido común
-el espíritu de las generaciones.
-
-Bueno es acabar con la inveterada rutina; pero malo destruir las viejas
-tradicionales costumbres. Es un error derribar a golpe de piqueta un
-edificio, un monumento, representativos para el arte y para la historia,
-y construir, en su lugar, o un monumento o un edificio nuevos.
-
-Y, sin ser monumentales, son tradicionales y representativas estas
-verbenas de Madrid, tan pintorescas, tan interesantes y típicas, desde
-la de San Antón, hasta la de la Virgen de la Paloma.
-
-
-
-
-MENDIGOS Y GUITARRAS.
-
-
-A las seis de la tarde, el sol madrileño ha empezado a perder su brío.
-Después de quemar, durante siete horas, la ciudad, y de fundirla en sus
-cálidos oros, se complace en acariciarla con suaves y matizados fulgores
-y le pide al viento su ayuda, el cual de buen grado la da, soplando
-tenuemente, y repartiendo así consoladora frescura.
-
-Madrid, entonces, entra en una repentina animación que no abandona ya
-sino hasta la vuelta del nuevo día. Repentinamente se pueblan: de niños,
-el Prado; de coches, la Castellana; de transeuntes, la Puerta del Sol y
-la Carrera de San Jerónimo; de parroquianos, los cafés; las calles
-centrales, de mujeres hermosas, y los árboles de los viejos jardines, de
-pájaros y gorjeos. Los tritones y delfines de las fuentes monumentales
-sueltan sus delgados y corvos chorros de plata irisada; el carro de
-cantera blanca de la Cibeles se sonroja con las luces del Poniente, y,
-en la misma línea, al otro extremo, los dientes del Arma de Neptuno
-clavan y retienen una última llamarada vespertina.
-
-Las ventanas y balcones de los edificios, las lanzas de las rejas, las
-columnatas y bordaduras de piedra de los palacios, los bronces de las
-estatuas, las farolas del alumbrado, todo relampaguea y resplandece. El
-Goya de la fachada del Museo de Pinturas parece sentado en un sillón de
-oro fulgido. A la vuelta, Velázquez, sobre su bajo pedestal, mira cómo
-relumbra en su mano la paleta obscura; San Isidro y Alfonso el Sabio, en
-la escalinata de la Biblioteca, perfilan, en la diafanidad del aire, el
-blanco mate de su granito; los negros leones del Congreso muestran la
-melena untada de amarillo solar. Aquí y allá, en las esquinas de los
-parques, los quioscos de refrescos son ascuas. En las frondas compactas
-del _Retiro_ hay escardillos de esmeralda.
-
-En esta hora, Madrid está hecho con cristales de color; cristal de roca,
-las fachadas; azogado cristal las fuentes y los estanques; cristal
-verde, los árboles; cristal de Baccarat, los mármoles...
-
-Hasta las piedras ennegrecidas de las casas seculares que, como ancianas
-coquetas, no logran ocultar la edad; las calles de antaño, angostas,
-tristonas, con sus altos muros, sus vanos exiguos, sus balconcillos, por
-donde asoma, de cuando en cuando, el penacho florido de un tiesto; hasta
-el Madrid secular y semidestartalado, sonríe, y su sonrisa ingenua y
-amable nos parece la de una boca desdentada. Los inclinados techos de
-teja mezclan ocre a sus rojos polvorientos.
-
-Y éstos, precisamente, son los momentos en que comienzan a salir y a
-recorrer la ciudad los mendigos, las gitanas, adivinadoras de la suerte,
-los ciegos de bordón y lazarillo, los músicos ambulantes, las cantadoras
-de coplas, los violines de prima gemebunda, las guitarras de rasgueo
-monótono, los acordeones de vocecilla aguda, el hampa española,
-pintoresca y pedigüeña, que va por esos mundos despertando la
-curiosidad, moviendo la compasión y recogiendo la calderilla en el
-consabido plato de estaño.
-
-Para el viajero, para el que por primera vez pisa estas históricas
-tierras, el desfile de la Corte de los Milagros tiene un vivísimo
-interés y constituye un singular entretenimiento. Nada más pintoresco,
-ni más típico, ni más evocador.
-
-En la banca de un paseo, en la silla de un café, en cualquier recodo, en
-cualquier ángulo, donde se quiera, no importa dónde, puede improvisarse
-un sitio de recreo y observación, que si la mano no es avara y el alma
-es piadosa, cuesta poco: algunas _perras chicas_ repartidas entre la
-miseria ambulante.
-
-La manera más común de pedir de estos pordioseros, es cantando algún
-airecillo en boga, tañendo algún instrumento de cuerda o soplando en
-alguna flauta de barro. Los hay que van solos, y los hay también que
-forman sociedad, y juntan y armonizan voces, instrumentos y ganancias.
-
-Va usted caminando y distraído por esas calles de Dios; oye usted el
-silbido licuado de un pito que caricaturiza un tema vulgar de
-zarzuelilla o de opereta; se acerca usted, y en el entrepaño que separa
-dos puertas, ve, recargado, a un viejo. Es una hermosa figura: largo el
-cabello, muy larga la canosa barba, noble y afilada la nariz, ancha la
-frente, alto y enflaquecido el cuerpo, que viste pobre, mal cepillado
-traje de americana; las manos están afanosamente ocupadas bajo la boca,
-en tapar y destapar los agujeros del flautín de arcilla, de donde sale
-torpemente modulado, un tema popular. Los ojos están cerrados. Y usted
-oye, ve, imagina, recuerda, hace una novela eléctrica, siente un impulso
-tierno y saca del propio bolsillo la moneda, esperada ya por la vieja
-mano, que repentinamente cambió de ocupación. Usted se aleja pensando en
-Homero, en Edipo, en el rey Lear. Bien dijo el célebre _ironista_ que la
-hermosura es una carta de recomendación que da la Naturaleza.
-
-Pero cátate que, mientras usted toma tranquilamente su asiento en la
-acera del café, llegan y se enfilan frente a usted cuatro singulares
-personajes: dos mujeres de edad indefinible y dos hombres de catadura
-sospechosa: sucios, andrajosos, descascarados. Ellas llevan cubierta la
-cabeza con sendos pañuelos de hierbas; ellos la llevan cubierta,
-asimismo, con sombreros o gorras de formas inverosímiles; ellas cantan,
-ellos acompañan el canto, uno con un violín y otro con un guitarrón. Las
-caras hacen gesticulaciones que parecen arrugamientos de trapo viejo.
-Este es ciego, tuerto aquel, y al de más allá le manan, y no ámbar, los
-ojos pitarrosos. Vienen coplas de amor, desengaño y tristeza; coplas
-españolas, de melancolía árabe, en las cuales llora, sintetizada, una
-pasión, ausencia, ingratitud, traición, olvido. Viene la canción
-alusiva, picaresca, oportuna, en la que cada palabra adquiere un sentido
-penetrante, y es como un grano de sal, como una caja de gracia
-maliciosa. Y vienen el vals vienes y la jota aragonesa, desafinados, con
-la letra cambiada, con la frase torcida, con el acompañamiento de moscón
-de la guitarra y los crispantes chirridos del violín; mas coplas,
-canciones, vals y jota traen desenfado y se llevan céntimos.
-
-Porque el platillo recorre las mesas, el salón, los rincones, las
-aceras, y de mano en mano de mozo en mozo, de transeunte en transeunte,
-pronto se le ve, si no henchido, visitado a lo menos, por los obscuros
-discos de las monedas de cobre.
-
-No se ha marchado aún esta compañía lírica, cuando llegando esta otra,
-de mayor o menor personal, de mejor o peor afinación, de diverso
-instrumental, de distinto repertorio, de orfeón sólo o de exclusivo
-género sinfónico; tres muchachas: una que canta en pie; otra, que,
-sentada, abre y cierra el acordeón, y la más chiquilla, que recoge las
-limosnas; un baturro de negro y corto pantalón, encintada pantorrilla,
-hilacha de manta al hombro y varejón en mano; dos hembras greñudas y
-tomadas de orín como las armas de Don Quijote; una pálida niña, de ojos
-abiertos por el hambre y por la desvergüenza; una anciana, hecha una
-_etcétera_ dentro de su manto raído; un mundo, en fin, el mundo de los
-desheredados, de los inútiles, de los mutilados; el mundo de la pereza y
-el vicio, de la incuria y del dolor; el fondo de la miseria, el
-sedimento de todo conglomerado social, que sube a la superficie en estas
-horas de alegría, y que burbujea y hace espuma, como si señalara
-venenosas fermentaciones. Hasta bien entrada la noche sigue pasando la
-_procesión histórica_, que plañe, grita, canta, implora, amolda una
-oración en un aire de _tango_, y habla de sus enfermedades y desdichas
-en tiempo de mazurka. Todo pintoresco, animado; todo sinceramente
-optimista; a tal punto, que en estos rápidos cuadros de género que han
-pintado tantos pintores españoles, la misericordia nos parece frívola,
-la que ya nos suena a _cante-jondo_, el dolor se nos figura falseado, y
-se nos antoja fingida la ceguera. Es que aquí la tristeza lleva
-cascabeles, y los mendigos cargan guitarra. Es que aquí la mendicidad
-tiene sus puntos y ribetes de juerga. Es que la despreocupación y la
-alegría de vivir están en la atmósfera.
-
- * * * * *
-
-¿Procesión histórica acabo de decir? Si, estas costumbres, esta
-mendicidad retozona, esta musiquería ambulante, esta hampa colorida, son
-antiguas, son seculares, están historiadas en los códices polvosos de
-los cantares de gesta, descritas en los libros de Don Juan Manuel,
-rimadas por Don Juan Ruiz, el fraile nocherniego del siglo XIV,
-contadas en la vida del Lazarillo de Tormes, y desgranadas en mil y tres
-fábulas, en las novelas de truhanes y pícaros. Estos mendigos de
-guitarra y violín, estas cantadoras de copla coreada y jaleada, estos
-flautistas de barba ermitañesca, son los mismos de hace ocho y siete y
-seis siglos, son una prolongación, un desprendimiento, un escurrimiento
-de las edades pretéritas, y constituyen una variante, una transformación
-de aquella andante juglería medioeval, que llevaba por todas partes, a
-los pueblos batalladores, una visión del ideal épico y una gota
-trovadoresca de ensueño y galantería.
-
-No piden a secas, cantan, tocan, llaman a las puertas del alma popular
-con los mástiles de sus mugrientas guitarras; piden una moneda de cobre
-a cambio de canciones y rasgueos. Esparcen a los cuatro vientos polvo de
-regocijo y de ilusión, a trueque de un poco de calderilla desgastada. Y
-como en los tiempos del _Mío Cid_, se conforman con un vaso de vino, y
-ahora con un terrón de azúcar, cuando no reciben dinero.
-
-Billeteros y pilluelos voceadores acompañan la sinfonía.
-
-
-
-
-LA ULTIMA VISITA
-
-DON JOSÉ ECHEGARAY
-
-
-Madrid, septiembre 15 de 1916.
-
-Los periódicos de ayer trajeron la noticia de la enfermedad de don José
-Echegaray. Unos, la daban alarmados; consolados, otros. Estos, decían:
-«Ya, por fortuna, ha pasado el peligro.» Aquéllos, temían que el caso
-fuese fatal, «dada la edad del ilustre paciente».
-
-Por la noche, las conversaciones de los cafés tuvieron su tema de
-actualidad: la muerte de don José Echegaray. Lo que la Prensa temía por
-la mañana, sucedió al atardecer. A las siete y minutos, y tras una breve
-y plácida agonía, dejó de existir el célebre hombre de letras.
-
-Hoy, todos los diarios de Madrid vienen cargados de homenajes a
-Echegaray: su retrato, sus rasgos biográficos, la lista de sus obras, el
-recuerdo de sus méritos, las anécdotas de su vida, las viejas fórmulas,
-en suma, de los honores póstumos.
-
-Ni la noticia de ayer ni la de hoy me sorprendieron. La de ayer no,
-porque desde hace seis u ocho días, un amigo mío me había dicho en tono
-de secreta confianza:
-
---Don José Echegaray está malo; tiene fiebre todas las noches; los
-médicos temen una infección, muy peligrosa a los ochenta y cuatro años
-de don José; la familia no quiere que se sepa esto, para evitar la
-avalancha de las visitas y la marea de la curiosidad pública.
-
-La noticia de hoy tampoco me ha sorprendido, porque casualmente oí
-hablar a un médico que, con otra persona, pasaba por la calle del
-Príncipe:
-
---Don José está agonizando en estos momentos.
-
-Desde que escuché la frase púseme a hilvanar recuerdos, a remendar la
-tela podrida de la memoria. Sin sorpresa, pero con tristeza, he pensado
-en esta natural y suave desaparición de un espíritu tan vigoroso y
-entero, que animaba, con energía de juventud robusta, una materia ya
-gastada, un organismo endeble y decrépito. La llama de la vida interior
-hacía crujir el resquebrajado vaso de la lámpara.
-
-Uno de los deseos que traje a España fué el de hacer una visita a
-Echegaray. Este hombre y este nombre, evocan en mí quién sabe cuántas
-visiones de lo pasado; reviven, imaginativamente, mis andanzas de
-cronista y crítico teatral, mis entusiasmos artísticos, mis frenéticas
-admiraciones de muchacho.
-
-Diez y seis años hace que mi maestro don Justo Sierra, de vuelta en
-México de su viaje a Europa, me dijo:
-
---Don José Echegaray ha leído los artículos de usted. Cree que en Méjico
-lo comprenden muy bien, y gusta de que sus obras sean estrenadas aquí.
-
-En efecto; poco tiempo después, María Guerrero y Fernando Díaz de
-Mendoza estrenaban, en una temporada brillante, _Malas herencias_ y, en
-otra época, _La escalinata de un trono_. Después de la del _Loco Dios_,
-estas ofrendas llenaron de agradecimiento al público de mi país. Eran
-los tiempos en que se había hecho de moda desdeñar a Echegaray en
-España y aplaudirlo y glorificarlo en América.
-
-Así, pues, nada de extraño tiene que buscase yo el modo de realizar mi
-deseo de visitar al anciano dramaturgo.
-
-La suerte me deparó la ocasión. Francisco A. de Icaza, que tiene gran
-prestigio en los círculos literarios y sociales, me habló un día de su
-amistad con don José. Aproveché entonces la oportunidad para indicarle
-mi propósito.
-
---Quisiera yo hacerle una visita--le dije.
-
---Está muy aislado me contestó Icaza--. No se deja ver de nadie. Todas
-las tardes suele pasear un rato, en coche, por la Castellana. Le
-acompañan personas de su familia, y no vuelve a salir, sino por las
-mañanas, a sus habituales ocupaciones. Sin embargo, voy a ver si puedo
-conseguir que te conceda una entrevista.
-
-Y el sábado de una de estas últimas semanas, el insigne y bondadoso
-amigo mío vino a prepararme:
-
---Mañana, domingo, iremos a visitar a don José. Nos espera a las cinco.
-Vendré por ti.
-
---Estaré listo. Te agradezco la eficacia. Y sonreí ante la promesa de
-una pequeña ilusión que iba a ser realizada.
-
- * * * * *
-
-Por el Madrid nuevo, a un lado de la Castellana, se prolonga, ancha,
-extensa, con su línea de arbolillos a la orilla de las aceras, la calle
-de Martínez Campos, una de las más hermosas de este flamante barrio
-recién urbanizado. Tapias limpias, fachadas de piedras labradas y
-cristales fulgentes.
-
-Por allí caminábamos el poeta Icaza y yo, al descender del tranvía, en
-una luminosa y tibia tarde de agosto. Mi amigo reconoció, en una
-esquina, el hotel de los Mendoza-Guerrero.
-
---El de Echegaray está inmediato a éste--me dijo--, junto al de los
-artistas. Vamos por aquí, por la calle de Zurbano.
-
-Y a pocos pasos nos detuvimos para sonar el timbre de una alta y cerrada
-puerta. A la criada que la entreabrió, le preguntamos:
-
---¿El señor Echegaray?
-
---No está en casa--nos respondió, mirando con esa fijeza agresiva con
-que se ve a los importunos.
-
-Pero nosotros no hicimos caso, y como si no hubiésemos oído, sacamos de
-nuestras carteras sendas tarjetas y se las entregamos a la sirviente,
-agregando:
-
---Diga usted al señor que somos las personas a quienes dió cita para
-esta hora.
-
-Ante esta actitud, la fámula, un poco turbada, tomó las tarjetas y subió
-por la escalinata del hotel. Bajo el vestíbulo quedamos esperando.
-Veíamos asomarse, a un lado, las plantas floridas de un jardín.
-
-La moza volvió:
-
---Que pasen ustedes.
-
-Y entramos en la casa del maestro. En la planta baja, en una vasta
-habitación, amurallada de libros, distinguimos los consabidos muebles de
-estrado; el grave sofá, como un ministro, en medio de los dos sillones
-acólitos. En el centro de la pieza, una elegante librería giratoria,
-sobre la cual, entre volúmenes y papeles, se alzaba encristalada una
-fotografía, de tamaño imperial, de María Guerrero. Una gran ventana,
-cuyos vidrios atravesaba la luz de la tarde, una luz discreta, teñida de
-verde, porque antes de llegar a la vidriera había tenido que filtrarse
-por el follaje de una trepadora. Allí esperamos unos minutos, al cabo de
-los cuales oímos el ruido suave de unos pasos, y, a poco, vimos aparecer
-la figurilla pequeña, encorvada y magra, de un viejecito. Mi propósito
-se había cumplido. Me encontraba yo frente al más portentoso creador y
-forjador de fábulas delirantes de la escena española.
-
-Don José se sentó en uno de los sillones, de espaldas a la ventana,
-junto a mí, que en un extremo del sofá no cesaba de contemplarle.
-
-Yo le conocía mucho por los retratos que tantas veces publicaron
-revistas y periódicos. Pero no; la cámara no alcanza a reproducir la
-expresión reveladora del espíritu, el ambiente psíquico que da animación
-y carácter a una fisonomía. A los lados del cráneo cónico, el ralo y
-apenas perceptible cerquillo de los cabellos blancos; muy amplia y de
-limpia y majestuosa curva, la frente, cruzada por un leve pentágrama de
-arrugas; bajo los lentes, apretados en el nacimiento de la nariz fina,
-los ojos infantiles, indagadores y risueños; de una extremidad de los
-lentes, cuelga la angosta cinta negra que desciende por la mejilla hasta
-enredarse alrededor del cuello; y, lo que tal vez da más carácter a la
-cabeza, el vellón de nieve de los bigotes espesos y la aguda perilla,
-que rodean una boca de labios delgados y entreabiertos. Inclinada hacia
-adelante y semienterrada en la estrecha caja de los hombros, aquella
-cabeza recuerda viejas ilustraciones de leyendas y libros de
-caballerías: un mago del Oriente, un hechicero medioeval... Bien le
-sentaría a este rostro, iluminado de misteriosa claridad, la caperuza de
-Merlín.
-
-Don José está vestido con traje de casa; abriga su flacucho cuerpecito
-con un saco afelpado y gris. Y en tanto que empieza a hablar, a
-hurtadillas le miro las manos, muy viejas ya, más que la cara, de piel
-rugosa y seca y deformados dedos, pero que conservan un enérgico gesto
-de fuerza. ¡Oh, excelsas manos laboriosas, que estuvieron ochenta años
-trazando sobre el papel figuras geométricas, signos algebráicos,
-palabras de ciencia, voces de filosofía, líricos y sonoros vocablos!
-
-La voz, la media voz de la conversación íntima, es insinuante y dulce.
-Quiere, por educación, agradar con entonaciones afectuosas. El gran
-hombre tiene miel en los labios y en el entendimiento. Dice cosas
-amables y buenas. Y lenta y naturalmente, va ampliando su ideas, hasta
-llevarlas desde las futilezas de la urbanidad hasta los horizontes de la
-cultura.
-
-Habla--es de rigor--de la guerra. Se duele de que por ella la ciencia
-haya tenido que suspender sus investigaciones. ¡Es asombroso el adelanto
-científico contemporáneo! Día por día se notaba...
-
-Y comienza don José a hacernos profundas y divertidas explicaciones de
-los nuevos descubrimientos. Cuanto le escuchamos con reverente atención,
-está lleno de sabiduría y de la amenidad: el cálculo para conocer la
-cantidad de átomos que cabe en un centímetro cúbico de aire; la
-descripción y la historia de los globos; el análisis y el funcionamiento
-de las máquinas aéreas; las conclusiones de la Física Matemática.
-
-Cae, en el serio palique, traído por espontáneas asociaciones, el
-recuerdo de los estudios científicos de Alemania. El sabio español los
-encomia con entusiasmo. Tiene una gran curiosidad, una alta y noble
-curiosidad por conocer los medios de que se valió el submarino
-_Deutschland_ para ir, bajo las aguas, de Bremen a Nueva York.
-
---¡Oh--exclama--, es una admirable hazaña científica!
-
-En este período de la charla, Echegaray ha llegado, no sólo a la
-confianza, sino al contento. El hombre de ciencia encuéntrase a gusto
-pensando, ante nosotros, en voz alta.
-
-Francisco A. de Icaza, a quien mucho estima don José, departe
-respetuosamente con el maestro. Yo guardo silencio y observo.
-
-Y agotado el tema científico, en una pausa oportuna, dirijo esta
-pregunta al polígrafo:
-
---¿Y las Memorias, señor? ¿No ha terminado usted sus Memorias?
-
---No--me contesta--; las dejé pendientes, porque la revista donde la
-escribía, _La España Moderna_, cesó de publicarse, y no volví a ocuparme
-más en el asunto.
-
---¡Qué lástima! ¡Tan interesantes, tan pintorescas, tan evocadoras! ¡Tan
-deseosos que estábamos todos por que llegase usted a contarnos las
-Memorias de su teatro!
-
---Cabalmente iba yo a empezar esa parte. Llegué a los tiempos de Don
-Amadeo. Ahí se quedarán las tales Memorias.
-
-Y por ese camino de las remembranzas y de las añoranzas, nos llevó el
-hilo caprichoso de la conversación a las impresiones de la niñez, a los
-más remotos recuerdos. Don José, entonces, en tono de confidencia
-familiar, accionando parsimoniosamente con la mano huesosa, y dejando
-vagar la mirada por el espacio, comenzó una narración tierna y sencilla,
-sin literatura, de una sugestiva sinceridad. Cuatro o cinco episodios de
-infancia, dos de los cuales fueron contados con velada y exquisita
-emotividad. Don José, muy niño, de tres o cuatro años, recuerda haber
-estado en pie cerca de su madre, pegado a ella y enfrente de un campo o
-de una casa, en alto, donde estaban pasando cosas que le daban miedo y
-le conmovían... ¿Qué era aquéllo? Mucho tiempo después, reflexionando
-sobre eso e interrogando a su madre, vino a caer en la cuenta: era el
-tablado de un teatro. Esa fué su primera impresión artística. Recuerda
-asímismo, en otra ocasión, un camino, un coche lleno de gente, en el que
-iban él y su madre.
-
-Una detención brusca, gritos de angustia, caras de susto; su madre
-sacando dinero de la bolsa de mano y rezando con extrema aflicción. ¿Qué
-edad tendría entonces el chiquitín? Dos o tres años. Y aquel suceso,
-¿qué era? Un asalto de bandidos.
-
-Don José sonríe, y tiene su sonrisa _pargoletta_ una ingenuidad
-candorosa.
-
---¡Es raro! ¡Es raro!--repite--. ¡Cómo pueden conservarse tan frescas y
-tan lejanas estas impresiones de una edad en que no despertamos aún a la
-vida!
-
-Mi curiosidad espera la ocasión para orientar la plática hacia los
-asuntos literarios, y apenas llega, la aprovecho:
-
---Señor, ¿no tiene usted nada inédito de teatro?
-
---Nada. Como autor dramático, he terminado. Buen espacio hace que no
-escribo literatura. Artículos de vulgarización científica, sí. Usted
-debe de saberlo. Llevo cincuenta años de colaborador quincenal de _El
-Diario de la Marina_, de la Habana, y en esa publicación desarrollo,
-por lo general, temas de ciencia.
-
---Sí, señor, lo sé. Y sé que tiene usted en ese bello país muchos
-lectores y muchos admiradores. Y sé, además, que el teatro de usted no
-muere en América: vive tan apasionante como siempre...
-
-Don José vuelve a sonreír; pero ahora ya es una sonrisa de inconfesada y
-profunda amargura. Algo doloroso, algo triste, pasa y nubla por un
-instante la lucidez del pensamiento. Mas pronto vuelven la apacible
-tranquilidad y la mansa expresión a aquel semblante de agorero. En el
-fondo, este carácter parece poseer, como fuerza suprema, una fría
-virilidad, que se sobrepone a los acontecimientos y domina los ímpetus
-de la fantasía y del temperamento. Don José, absolutamente sereno, se
-dirige a Icaza y lo interroga:
-
---¿Y la Academia? ¿Por qué no ha ido usted a la Academia?
-
-Icaza explica su ausencia accidental del docto Cuerpo, legislador del
-idioma, y yo, mientras tanto, recorro, con rapidez relampagueante los
-campos del recuerdo.
-
- * * * * *
-
-Estoy frente a un ingenio de España. La España actual tiene dos viejos
-que la honran y la glorifican: Echegaray y Galdós. Ninguno de la
-presente generación más alto que ellos. Han rendido su fruto, es verdad;
-pero hay todavía mucho que aprender y que admirar en esa labor extensa.
-Este don José, dramaturgo, es un eslabón de oro que unió la moral
-calderoniana al desenfreno desmelenado del romanticismo. Y así prolongó,
-exaltándola y agitándola, el alma española. Fué un creador de soberanos
-delirios; un forjador de seres hiperestesiados. Sus concepciones, vastas
-y desproporcionadas, tienen una existencia monstruosa por sublime. Sus
-personajes son, frecuentemente, no hombres de carne y hueso, sino entes
-metafísicos, figuras alegóricas, ánimas emblemáticas, símbolos de
-virtudes y de vicios. El bien en los dramas de Echegaray, asciende hasta
-lo seráfico; el mal desciende hasta lo demoníaco; cuanto él imagina,
-toma aspecto grandioso. Pocas veces es humano; muchas, superhumano.
-Puede falsear la vida hasta lo absurdo, pero la falsea para
-amplificarla, para purificarla de menguadas bajezas, para hacerla más
-comprensiva y noble. En su teatro usa y abusa de lo patético, de lo
-torturante, de lo inverosímilmente doloroso, de lo horriblemente
-trágico; pero todo ello para dejar en nuestro espíritu la marca
-imborrable de un ideal, del ideal, del sólo ideal de perfección humana,
-conquistado y realizado por el sacrificio y el martirio. La fatalidad
-griega no triunfa en las febriles fantasías de Echegaray; es, al
-contrario, vencida, a pesar del sufrimiento y de la muerte.
-
-Cuando el poeta abre las alas, ensaya vuelos aquilinos. Gusta de
-clavarse y hundirse en las nubes más remotas, más negras, más cargadas
-de rayos. Es formidable y arrebatado. Juega con el frenesí como un niño
-con un muñeco. Sabe apretar los corazones sin dañarlos, antes
-complaciéndoles en el sufrimiento. Mezcla el amor y el dolor; el mal y
-el bien; la vida y la muerte; las lágrimas y la sangre; la luz y la
-sombra, y, por contrastes, y antítesis, y violencias, logra expresar la
-belleza, haciéndonosla sentir inolvidablemente. Es, además, un lírico
-supremo. No pule la frase; no es un joyero: la esculpe; es un
-estatuario. Por todas partes siembra pensamientos; por aquí brilla una
-profunda sentencia; por allí cruza el ave matizada de una metáfora;
-clarea, en aquel parlamento, un símil raro; luce, de pronto, en esta
-cláusula, un apotegma filosófico. Siembra pensamiento; pero para que
-florezca, lo riega con linfas sentimentales. Es difícil hallar quien
-mejor sepa poner a flor de labio la ternura, la pasión enamorada, la
-súplica que ruega y acaricia, la palabra que confiesa el amor y suena a
-beso. Las mujeres de don José Echegaray, cuando son buenas, son
-angélicas; cuando son malas, su perversidad inspira más lástima que
-misericordia. Todo en ellas es conflicto amoroso. Algunas heroínas
-abren, de tiempo en tiempo, las alas, para que se vea que son querubes:
-Mariana, Teodora, Fuensanta, Adelina...
-
-Y este atormentador, en el momento que lo desea, es un seductor, y, en
-el instante que le place, un burlador. Hace caricaturas, un poco
-grotescas, pero muy sugestivas, de la imbecilidad social: el _clubman_
-frívolo, el galán de salón, el vejete egoísta, el falso sabio.
-
-Las facultades prodigiosas de este soñador se adaptan, con más amplitud,
-al teatro de época, el drama heroico y de reconstrucción. Es en él
-donde hizo maravillas. _En el seno de la muerte_, _Haroldo_, _Un milagro
-en Egipto_, _La esposa del vengador_, _La muerte en los labios_.
-
-En la comedia actual y de costumbres, rompe, con la pujanza de su
-esfuerzo, la realidad; pero, con la influencia irresistible de su poder
-genial, nos obliga a seguirlo a través de sus inverosimilitudes,
-incoherencias y descoyuntamientos ilógicos. Perdemos, bruscamente
-sugeridos, el sentido de la existencia positiva, y nos dejamos
-arrebatar, como por la tormentosa corriente de un río, por las
-peripecias de la acción excepcional, de la situación centelleante, que,
-siendo rayanas en lo imposible, no dejan, sin embargo, de ser humanas.
-
-El teatro de Echegaray es marcadamente romántico y genuino.
-Manifestación de una raza bravía, generosa, exaltada en el idealismo,
-enérgica en la acción, desbordante en el sentimiento, reproduce todos
-estos caracteres en un mundo imaginario, impulsivo y tremendo. Arte
-magno y conmovedor, que mueve multitudes y les arranca admiraciones.
-Arte desmesurado y radiante, en que, como en el de Miguel Angel, la
-Humanidad está representada y exteriorizada «en un sueño de energía
-salvaje y de grandeza».
-
- * * * * *
-
-Contuve mis rápidas meditaciones como un auriga sus corceles. Iba
-demasiado de prisa. Volví a la humilde verdad. Allí, junto a mí, flaco y
-encorvado, un viejecito sonreía y charlaba. Era un genio. Dentro de él
-bullía aún, lleno de soles, un universo.
-
-De pronto me acordé de una duda antigua, y, apenas pude hacerla, me
-dirigí a don José:
-
---Dígame usted, señor, aquel drama que estrenó en México María Guerrero
-y que se intitulaba _El preferido y los cenicientos_, ¿es de usted?
-¿Será de algún imitador de usted? Perdóneme la indiscreción. ¡Tengo
-tanta curiosidad de enterarme de eso! Yo escribí una crítica afirmando
-que usted era el autor, y no el argentino de que me hablaba con
-insistencia Fernando Díaz de Mendoza...
-
---Sí, recuerdo--me contestó cariñosamente el anciano--. En efecto, es
-mía la obra: lo último que hice para el teatro; de ahí en adelante,
-nada; me despedí para siempre... Desde entonces sigo con interés y
-placer mis estudios sobre Física Matemática. Jamás falto a mi cátedra.
-He escrito ya diez volúmenes acerca de esta materia, y aún tengo
-proyectos para otros tantos.
-
-Y con cierta ligereza, la que le permitían sus piernas, se levantó del
-sillón, fué a una de las piezas contiguas y volvió con un libro, que
-puso ante nuestros ojos. Soportábalo con una mano, y con la otra lo
-hojeaba. Nosotros veíamos pasar fórmulas de álgebra, figuras
-geométricas. Don José sabía muy bien que de nada le hubiese servido
-explicarnos su obra; comprendía que éramos profanos, y se contentó con
-la inocente satisfacción de enseñárnoslo. Después colocó el libro sobre
-el estante giratorio y se sentó. Había satisfecho nuestros deseos, había
-contestado a nuestras interrogaciones. Ahora le tocaba a él preguntar:
-
---¿Y América? ¿Y la situación de México? ¿Y Cuba?
-
-Escuchaba con gran atención nuestras respuestas; seguía curiosamente
-nuestras explicaciones; insistía, aclaraba, opinaba; mostraba una
-extraordinaria penetración en sus juicios, una sólida ilustración.
-Estaba informado de la sociología y de la política de los pueblos
-hispanoamericanos. Al verle tan atento y tan enterado, pensé que este
-hombre de tan varios conocimientos, podía repetir la célebre sentencia:
-«Lo que interesa a la Humanidad, me interesa a mí.»
-
-Habían pasado dos horas y no las habíamos sentido. Como quien despierta,
-tornamos a la noción del tiempo. La habitación comenzaba a ennegrecerse,
-y era cada vez más débil y mortecina la claridad de la ventana.
-
-Nos dirigimos una mirada de inteligencia Icaza y yo; nos pusimos en pie.
-Con respetuosa efusión, como el creyente que toca una reliquia, tomé la
-mano que me tendía el portentoso viejecito, y recuerdo que le dije:
-
---No olvidaré que la buena suerte me otorgó el don, pocas veces
-conseguido, de estrechar la mano de un inmortal.
-
---No--aclaró don José--; de un mortal... muy próximo a la muerte.
-
-Y salió a acompañarnos hasta el primer peldaño de la escalera. Todavía,
-al llegar al zaguán, volvimos la cabeza para saludarle. Y al verle por
-última vez, me pareció que aquel cuerpo encorvado y magro era de una
-engañosa debilidad y, como dijo el poeta, «tenía la fragilidad de las
-cosas aladas».
-
- * * * * *
-
-_Septiembre 16._
-
-A las tres de la tarde salgo a la calle. Madrid está de luto. Los
-balcones tienen cortinas negras. Las gentes van con rumbo a la
-Castellana. La curiosidad de la multitud--se siente--está complicada de
-pena y asombro. Las vías por donde ha de pasar el cortejo están
-henchidas de silencioso gentío. Apenas puedo llegar al paseo de
-Recoletos, y me detengo. Es imposible dar un paso más. La comitiva
-fúnebre viene: ministros, diputados, prelados, clérigos, académicos,
-uniformes, estandartes, insignias, soldados.
-
-El desfile es interminable. Es toda la España legendariamente fastuosa y
-coruscante. Suena una marcha funeral. Se oye a lo lejos, de cuando en
-cuando, un cañonazo. Desde mi sitio alcanzo a ver, en varios edificios,
-la bandera amarilla y roja, a media asta, aliquebrada y mustia. Hay sol
-y llueve un poco.
-
-Y yo, para mis adentros, mientras pasa el fastuoso ceremonial, a don
-José, al buen don José, al viejecito mago y genial que me recibió en la
-calle de Zurbano, le estoy diciendo las dulces palabras que le aprendí a
-uno de los personajes de sus comedias: «Duerme, niño de los cabellos
-blancos, que ya están haciéndote tu camita de tierra.»
-
-
-
-
-VALLE-INCLÁN
-
-
-Barcelona y Madrid son las catedrales de la literatura española. En cada
-una de ellas reside la diócesis de la crítica. Allí se consagra a los
-elegidos. Es preciso pasar por ahí para recibir las órdenes menores y
-mayores de las letras. Pero Barcelona tiene su especialidad regional: el
-lemosín.
-
-Madrid es la primera, la fundamental, la tradicional. El talento de
-provincia necesita, para ser conocido y estimado y para ampliar su
-esfera de acción, venir a Madrid. Porque en Madrid se equilatan y tasan
-las joyas del ingenio. Bien visto, un poeta provinciano apenas si para
-los distribuidores de gloria es algo más que un «ruiseñor americano».
-Necesita llegar y conquistar. Para unos, el camino es fácil, y la
-fortuna, mujer caprichosa, se muestra avasallada y rendida porque sí.
-Para otros, en cambio, es harto difícil y tortuoso el sendero, y
-esquiva y desdeñosa la suerte.
-
-Mas la ventaja estriba en que se puede cambiar de ruta y orientación: el
-teatro, la lírica, la novela, la crítica, el periodismo. Hay,
-naturalmente, en todo eso, un aspecto mercantil y otro artístico. Un
-autor dramático, injustamente silbado, da media vuelta, marcha y
-encuentra sitio en la redacción de un diario. Claro que las facultades
-son diversas, y cada uno de esos intelectuales requiere especialización
-y preparación. No es posible abarcar en un puño un conjunto de
-condiciones, tan disímiles, a veces, que lo que, por ejemplo, sirve para
-un género, es para otro absolutamente inservible y hasta perjudicial.
-
-Pero la necesidad ayuda a la acomodación, y se establece un eclecticismo
-típico que da a la vida literaria de la Villa y Corte variados y
-sugestivos aspectos. Es curioso contemplar aquí la lucha por la gloria,
-que se confunde y mezcla con frecuencia a la lucha por el pan, hasta
-constituir una sola lucha con identidad de valores en los propósitos: el
-pan es gloria; la gloria es pan.
-
-No es sólo en Madrid esta inquietud batalladora que nos hace cambiar de
-rumbo y aplicar los esfuerzos a empleos para los cuales no habíamos
-educado nuestras aptitudes; pero aquí las dificultades de la existencia
-personal del literato, obligan marcadamente, más tal vez que en otros
-países, a la desespecialización, a la difusión.
-
-El teatro es la grande y primera fuente de riqueza para el hombre de
-letras. Quien llega a él y obtiene buen éxito, ya tiene asegurada la
-vida, a condición de no dormirse sobre los laureles. El libro es menos
-productivo, naturalmente; mas aun con público restringido, si logra
-vender, sostiene al autor, y sólo en contadas ocasiones lo enriquece. El
-dramaturgo, al imprimir sus obras, participa de las ventajas que le dan
-el teatro y el libro. El periodismo, particularmente si es literario, no
-es, ni con mucho tan productivo como el teatro y el libro; pero es un
-«modus vivendi» que, a falta de recursos pecuniarios, ofrece los de la
-influencia y la popularidad que, en ciertos casos, prestan innegables
-servicios. Muchos son los que, rodando del teatro o del libro, caen en
-el periódico, y en él quedan, aunque siempre dispuestos a nuevas y
-audaces tentativas para triunfar en el tablado y en el volumen.
-
- * * * * *
-
-Con mi propósito de silencioso acercamiento a los hombres de letras, he
-tenido oportunidad de ver y oir en Madrid a algunos de los más
-encopetados y célebres.
-
-El verano suspende la vida social, los teatros se cierran, los palacios
-quedan abandonados, tristes los cafés, mudas las orquestas y
-transferidas las veladas del Ateneo. Medio mundo se va; pero el otro
-medio mundo permanece y sufre los rigores del día, a cambio de la
-impagable frescura de la mayor parte de las noches.
-
-Este es el tiempo de las fiestas al aire libre, de las Verbenas, de la
-opereta del «Magic Park», de las funciones del «Retiro», de las
-nocturnas corridas de toros, del contento callejero, que no quiere cesar
-hasta que lo sorprenda la luz del día.
-
-Por calles y plazas va, en sonora fiesta, la multitud; los chicos
-vocean, gritan los billeteros, rasguean sus apolilladas vihuelas los
-mendigos; los tranvías derraman gentío en la Puerta del Sol; los
-salones de los cafés están hechos un ascua. Pues, ¿qué hora es? Las tres
-de la madrugada. En esta ciudad parece que no duerme nadie.
-
-Y es que el medio mundo que en Madrid quedó, no es el más rico, sino el
-más bullanguero; el que gusta de las cenas y bailes de la Bombilla, de
-los mantones matizados, de la gracia oportuna, de la horchata de chufas
-y del suave viento de la noche.
-
-En el mundo que se fué están distinguidos artistas y poetas.
-
-Sin embargo, intentaré hacer el esbozo de uno que en Madrid permaneció
-hasta muy avanzado ya el Verano. Y así fué...
-
-
-II
-
-Una de estas noches prometedoras de frescura, iba yo por el principio de
-la calle de Alcalá, rumbo al «Retiro», cuando de una de las mesas que de
-los cafés se desbordan en tumultuoso desorden por las amplias aceras, vi
-levantarse a un hombre vestido de negro. El sombrero, de anchas y
-flojas alas; la barba no muy espesa, pero flúida y crecida sí, y casi en
-contacto con la barba, como disputando a ésta territorio, unos quevedos,
-dentro de cuyos grandes arillos de carey brillaban, con suavidad, los
-ojos obscuros; todos estos rasgos hiciéronme comprender que se trataba
-de un artista, probablemente de un pintor o de un escultor. La silueta
-nerviosa y delgada tenía mucho carácter. Mas lo que mejor le
-peculiarizaba era que, al andar, la manga izquierda de la americana
-flotaba vacía: a juzgar por los movimientos de la manga, faltaba el
-brazo desde un poco más abajo del hombro.
-
-De pronto, no pude sospecharlo; pero un instante después, noté que a mí
-venía la singular persona, la cual, desde lejos, pronunciaba en voz alta
-mi nombre; y, entonces, poniendo una rápida y profunda atención, hice un
-esfuerzo de memoria, extraje de ella una imagen, la comparé con la que
-estaba frente a mí, y estreché entre las mías la única mano que, con
-afable gesto, me tendía el barbudo y manco hombre. Y como un recuerdo, a
-semejanza de los pájaros, mete ruido al volar y despierta a otros
-muchos, al saludar al recién llegado, recitaba yo para mi coleto, el
-caricaturesco alejandrino de Rubén Darío:
-
-Este buen don Ramón de las barbas de chivo...
-
-Efectivamente, allí estaba, en cuerpo mutilado y alma noble, Ramón del
-Valle-Inclán, el «Marqués», autor famoso, caballero de juventud
-trashumante, hidalgo enamorado de las hazañas, soñador de viejas y
-tremendas fábulas, poeta raro y pulido, que revive en sus exquisitas
-canciones la gracia honda y sutil, el encanto fragante de las trovas
-antiguas.
-
-Más de veinte años hacía que en una calle de México nos habíamos dicho:
-«hasta luego», como quienes se despiden para tornar a verse a la
-siguiente mañana. Y el mañana ha sido muy largo, y, no obstante, Ramón
-del Valle-Inclán ha sabido llenarlo de gloria y de ventura.
-
---¿Qué hace usted por Madrid?
-
---Ya lo ve usted; vivir. Acabo de llegar...
-
---Pues yo también. Vengo de Francia; he estado en París, he visitado las
-trincheras. ¿Cuándo quiere usted que charlemos?
-
---Cuando usted quiera; mañana mismo, si es posible.
-
---Sí, mañana. ¿Dónde vive usted?
-
---En una vieja posada. Será mejor que me dé la dirección de su casa; iré
-a buscarle.
-
---Bueno; calle de Don Francisco de Rodas, número 3; lo espero a las
-cinco de la tarde.
-
---No faltaré. Buenas noches, Ramón.
-
- * * * * *
-
-En un barrio madrileño, muy bien saneado y cómodo, en el segundo piso de
-una casa nueva, blanca, bien distribuída, vive ahora el insigne narrador
-del «Romance de Lobos». Una vivienda luciente de limpieza. Llamo; abre
-la puerta la muchacha criada, vestida con pulcritud, risueña y fresca.
-Entro en la discreta penumbra de un angosto pasillo; después, levanta la
-criada un cortinón de rameada y vieja seda verde, y me invita a pasar.
-Es un saloncillo sobriamente amueblado: una mesa y una larga cómoda, de
-madera fina y adosados al muro blanco, en dos de los lados del
-cuadrilátero: frente a la mesa, apoyado también en el muro paralelo, un
-pequeño y sencillo sofá, acompañado, como de dos acólitos, de dos
-sillones braciabiertos; dos o tres sillas más por diversos rumbos. Sobre
-la cubierta de la cómoda, en marco de metal, el retrato de un militar.
-Curioseo la dedicatoria: es don Jaime. A muy poca altura de la mesa, un
-cuadro apaisado de medianas dimensiones representa a Ramón del
-Valle-Inclán, de poco más de medio cuerpo, en postura sedente. La figura
-se destaca a un lado, en primer término, sobre una cortina descogida que
-deja ver, al recogerse, un fondo de paisaje soñado, como los de los
-retratos italianos del Renacimiento. Hay un bien logrado intento de
-psicología en este retrato. El ambiente de la obra tiene no sé qué de
-arcaico que parece emanar de la figura misma, barbuda, seria,
-serenamente grave.
-
-Todo este interior está iluminado por la claridad albidorada de la tarde
-que entra, sin obstáculo alguno, por la ventana abierta, una ventana
-cuya amplitud ocupa el ancho de la pared. Sobre el sofá está colocado un
-hermoso óleo viejo, y a uno y otro lado de éste, otras pinturas y
-dibujos. Me siento a esperar. Respiro el tranquilo y silencioso ambiente
-de los «obreros de la palabra». Me acuerdo de que yo viví así no hace
-mucho tiempo. Pasan unos minutos; oigo el eco sonoro de unos pasos que
-se acercan; una mano, muy delicada, de largos dedos, levanta el cortinón
-de la puerta; es él.
-
-Es don Ramón del Valle-Inclán, pero un don Ramón más afectuoso, de una
-amabilidad tierna, que presta a la voz un acento mórbido, tenoril,
-ligeramente impregnado de feminidad. Tras el saludo cariñoso, nos
-sentamos, yo, en mi sillón, y él, en el vecino extremo del sofá. Puedo
-observar, a toda luz y atentamente, a mi amigo. Su cabeza pequeña, de
-forma céltica, deja ver apenas, en el pelo corto, uno que otro hilo
-blanco; el cutis del rostro se conserva juvenil y terso; luciente está
-el obscuro castaño de la barba. Sobre la nariz, irregular, aperillada,
-un poco plebeya, cabalgan los anteojos descomunales, y este adminículo,
-que yo no le conocía, me desconcierta la imagen que conservaba en la
-memoria; pero, en cambio, vuelvo a sentir la influencia de la mirada y
-de la sonrisa, que son verdaderamente deliciosas.
-
-Niños son los ojos, y niña la boca, y por ellos se exterioriza y derrama
-el candor ingénito y diamantino de las almas superiores. En la mirada y
-la sonrisa de Valle-Inclán se presiente la fuerza; pero se adivina la
-inocencia. Dicen que es maligno; no se le conoce; lo que se le conoce es
-lo apasionado, lo vivaz, lo nervioso. Dicen que es irónico; sí lo es, y
-bien se nota cómo el ingenio gusta de pasarse, con agilidad duendil, por
-los jardines del epigrama. Pero ser irónico no implica siempre ser
-malicioso. La ironía suele no ser más que una corola encendida del rosal
-de la gracia. Y la gracia es esencialmente amor y candor.
-
-Valle-Inclán es, tal vez, un ironista caprichoso, que juega
-gimnásticamente con la sutileza y el donaire. Se le juzga de otro modo,
-quizá porque pertenece a la generación de los iconoclastas, de aquellos
-jóvenes del «noventa y ocho» que se propusieron renovar las letras, y
-que, para tal empresa, comenzaron por ejercitar sus rebeldías derribando
-sistemáticamente los ídolos, minando y destruyendo las celebridades de
-entonces. La tarea tenía más de atrevimiento que de justicia, pero nada
-de extraño y muy poco de censurable. Los que llegan a la lucha, empiezan
-por despreciar y desprestigiar a los que, ya cansados, conservan un
-puesto que hace falta a los nuevos. Caen unos, levántanse otros, que, a
-su vez, serán derribados más tarde, y luego, apagadas las pasiones,
-viene la crítica, y, sin miramientos, da a cada quien lo que en rigor le
-pertenece.
-
-En un brevísimo instante pensé todo esto, mientras dábamos principio a
-una conversación deshilvanada, insubstancial, nutrida de incoherencias y
-preguntas vagas.
-
-Aproveché un corto silencio para preguntarle lo que yo estaba deseando
-desde el principio de la entrevista:
-
---¿Y qué impresiones tiene usted, Ramón, de su viaje a Francia?
-
---¡Oh!--me responde inmediatamente, y como adivinando mis intenciones--,
-estoy seguro del triunfo.
-
-Empieza a hablar, elevando un poco la entonación y haciendo intervenir,
-para subrayar la palabra, a la única mano, que gesticula sobria pero
-elocuentemente. Cuéntame, desde luego, su excursión al campo de batalla,
-a las trincheras. Yo conozco todo esto por descripciones literarias.
-
-No olvido los fuertes artículos nutridos de verdad del Dr. Ferrara. Y, a
-pesar de eso, la narración de Valle-Inclán, que no me cuenta nada nuevo,
-pone con mucha viveza la realidad frente a mis ojos. Es que estoy
-escuchando a un conversador pintoresco, muy rico de dicción, fácil y
-habilísimo en el manejo de las corrientes mentales para llevarlas por el
-cauce lógico, sin retenerlas ni estancarlas en los remansos de la
-digresión. El literato está acostumbrado a seguir sin desviaciones el
-curso principal de los sucesos. No se detiene en incidentes ni
-episodios, sino cuando cree que contribuyen a reforzar y a realzar la
-acción fundamental. Conoce los recursos para encender el interés, y los
-aplica con precisión y seguridad. Se diría que, aun conversando,
-proyecta de antemano su discurso como quien traza el plan de una novela.
-Lo que me seduce en la charla de Valle-Inclán, es la naturalidad. El
-pensamiento espontáneo, la palabra simple: no hay torceduras
-ideológicas ni contursiones sintácticas.
-
-Fluye el lenguaje claro y sonoro como agua de fuente montañesa. Mas, en
-esta misma sencillez, hay indudable elevación mental, sentimental y
-verbal. A ratos, la conversación toma aspecto áulico. Detrás del poeta
-comienza a perfilarse el profesor. Yo escucho con una atención escolar:
-Estoy divertidísimo. La vida de topo del soldado, su esfuerzo, su
-heroísmo, su alegría; los prodigiosos trabajos de defensa, los
-improvisados jardines, las tremendas máquinas de guerra, las calzadas
-polvorientas, los paisajes extraños, las descargas de fusilería, la
-imprevista visita de las granadas... Es como una película a colores la
-que estoy mirando.
-
-Ramón iba acompañado de un camarada y varios oficiales, por un camino,
-cerca de las trincheras, cuando, de pronto, vió que instantáneamente se
-cubría de polvo amarillento la espalda del compañero, y, a la vez, él se
-sintió bruscamente empujado por un golpe de aire, y, a pocos pasos,
-hacia atrás, distinguió un gran agujero repentinamente abierto en la
-tierra, un furioso remolino de arena, y un formidable estallido; era
-una granada. Valle-Inclán creyó sentir en la suela de la bota el roce de
-un casco. Un minuto de estupefacción. Se declara el aire. Los visitantes
-y los oficiales habían salido ilesos. Y Valle-Inclán, para darme una
-lección de «cosas», se pone en pie, va a la pieza vecina, y vuelve con
-un pesado tubo vacío: el casco de la granada. Me quedo como párvulo en
-«Kindergarden». Aquellas proezas del novelista me hacen el efecto de uno
-de los cuentos fantásticos del «Cofre de Sándalo». El escritor está
-junto a mí, con su sonrisa, ingenuo, y su mirada pura, y la expresión
-serena de su flaca y barbada faz. Entonces recuerdo...
-
-Recuerdo de Valle-Inclán, es un fantaseador extraordinario. Vive dentro
-de una gesta constante. ¿Abulta o deforma la verdad? ¿Es hiperbólico o
-decorador de la vida real? Yo pienso que, sencillamente, es un enamorado
-de lo maravilloso. Su exaltación imaginativa no es otra cosa que una
-resultante de sus generosas potencias espirituales, de su necesidad de
-establecer la acción hasta los límites del ensueño. En el fondo del
-hombre de letras se agitan los atávicos deseos del hombre de armas.
-Sabido es que este admirable fantaseador tiene empapada la memoria en
-filtros mágicos de aventuras y hazañas. Y se ve cómo, en efecto, el
-valor en él está a la altura del ingenio.
-
- * * * * *
-
-Mas lo que en Valle-Inclán seduce como narrador, interesa menos que lo
-que tiene de expositor. Reproduce con mucho calor y mucha variedad una
-acción, pero es indudablemente superior cuando desarrolla una teoría.
-Aquí su facundia, que se refrena, y su lenguaje que se afina y torna más
-lúcido y precioso, sírvenle de extraordinario modo para enlazar, en
-sólidas y bien trabadas concatenaciones lógicas, los aledaños aéreos de
-todo un sistema filosófico que, cual otra escala de Jacob, se tiende en
-lo infinito.
-
-Con su verba diáfana y su firme encadenamiento lógico, va el ilustre
-literato español desenvolviendo sus ideas sobre la guerra europea, con
-el cuidado con que un mercader de Oriente desenrollase un velo antiguo
-tejido con filamentos de luna. Me hace entrar en la nebulosa radiante y
-azul de una metafísica etérea. Háblame de las causas profundas de esta
-espantosa conflagración. Era una forzosa consecuencia, un camino que
-debía atravesar, en su peregrinación ascendente, el hombre, vértice, él
-mismo, de un ángulo inmenso y misterioso, cuyos dos lados son lo pasado
-y lo porvenir. La teoría de Valle-Inclán posee un atractivo fatalismo
-teológico.
-
-El escritor predice el triunfo próximo de Francia, de Inglaterra, de
-Italia. Y sus frases llanas y rítmicas adquieren sonoridades de
-versículo. Parecen salir de los delgados labios con un doble y profético
-sentido.
-
-Entonces Valle-Inclán no es sólo el narrador de leyendas, ni el
-expositor de teorías; es el orador, es más, es el predicador. La delgada
-figura toma lucimientos ascéticos. El rostro se ilumina con un rayo
-místico. Y da principio la hora de la belleza.
-
-Porque de las razones sociológicas y políticas, el estupendo conversador
-pasa, como por el puente aquel que en el cuento de Grim, estaba hecho
-con un cabello de hada, a las radiantes comarcas de la Estética. En
-ellas está mejor: las recorre como si fuesen su señorío. Habla de la
-expresión artística, de la forma del verbo, de las cognaciones étnicas
-en relación con los idiomas, y su discurso, cada vez más cristalino y
-tenue, viene como fulgor de estrella, del horizonte de la metafísica.
-Escucho, de la boca de Valle-Inclán, los mismos conceptos que más tarde
-había de leer en su último libro: «La Lámpara Maravillosa».
-
-«Las palabras son siempre una creación de las multitudes. Alumbran, en
-la hora en que se hacen necesarias, como verbos de amor y comunión entre
-los hombres.»
-
-«Las palabras son humildes como la vida. Pobres ánforas de barro,
-contienen la experiencia derivada de los afanes cotidianos, nunca lo
-inefable de las ilusiones eternas. El hombre que consigue romper alguna
-vez la cárcel de los sentidos, reviste las palabras de un nuevo
-significado, como de una túnica de luz.»
-
-«El secreto de las conciencias sólo puede revelarse en el milagro
-musical de las palabras. ¡Así el poeta, cuanto más obscuro, más
-divino!»
-
-Y Valle-Inclán, estimulado por su verba, que es una cadenilla de plata
-sonante, va afiligranando los períodos, cerrando con la gótica llave de
-oro del ritmo de las cláusulas y matizando sus locuciones con las flores
-vivas y luminosas de la metáfora. Mi entendimiento lo sigue como siguen
-los ojos, en el azul, el vuelo de los celajes. Y mientras él teoriza
-inefablemente, yo lo estudio y pretendo darme cuenta del poder de su
-fascinación. Domina, no únicamente por la energía y flexibilidad del
-pensamiento, sino también por el sonido de la palabra. La articula y la
-canta de una manera particular, y armoniza, con arte muy delicado, los
-conjuntos fonéticos. Es un excelente instrumentador de las voces. Y, a
-la finura de la idea, une la orquestación mozartiana de los vocablos.
-¿Un verbo-motor? Probablemente. Pero sobre todo un soberano artístico de
-la fonética.
-
-Yo había visto en Valle-Inclán al poeta, y luego, al batallador. El
-heredismo despertaba imaginativamente en el hombre de letras al hombre
-de armas. Y para completar los caracteres de la raza, salía ahora del
-fondo del «yo» integral, el hombre de altar y claustro, el dialéctico
-de habilidad asombrosa. El poeta, en cuyas prosas y rimas queda un
-velado rumor del Cancionero de Baena; el «Marqués», que recuerda en sus
-narraciones caballerescas las descomunales batallas del libro portugués,
-vertido por Montalvo; el fraile teólogo que, como San Bernardo, predica
-cruzadas y escribe tratados de la ciencia de Dios, juntos en un hombre
-como Valle-Inclán, hacen de éste un tipo representativo que, en su
-complejidad, muestra la imperecedera unidad de una raza.
-
-EL escritor, nervioso ya, en plena sobre-excitación, se ha puesto en pie
-y, hablando, se pasea a lo largo del saloncillo. El brazo derecho ha
-recogido, por la espalda, la vacía manga izquierda, y la manquera
-resulta así más visible. El brazo que falta ha sido cortado casi a
-cercén, y entonces la figura que se mueve en las primeras penumbras del
-atardecer, trae a la memoria, por asociaciones repentinas--materiales y
-psíquicas--, las viejas estatuas mutiladas de los santos de piedra que
-se yerguen en las hornacinas de las fachadas de los templos seculares.
-
-Ha caído la noche, entretanto. Valle-Inclán me invita a recorrer con él
-las calles de Madrid hasta la Puerta del Sol. Acepto y bajamos de su
-blanca y pulida casita. Vamos, callados ya, por el antiguo y adorable
-Madrid. Yo, en mi interior, reflexiono y comparo: ¡Cómo ha crecido este
-espíritu! ¡Qué grandes son las alas de esta «Aguila de blasón!» Mas ¡qué
-bien conservan su candorosa infancia los ojos y la sonrisa! Cuando habla
-nuevamente me va contando memorias, caras a su corazón, de Cuba, de
-México...
-
- * * * * *
-
-Hace pocos días, Valle-Inclán dió una conferencia en la Exposición de
-cuadros de Anglada. Obtuvo un ruidoso triunfo. Para premiar sus méritos,
-el Gobierno acaba de nombrarlo profesor de Estética en la Escuela de
-Bellas Artes, de Madrid. El autor de «Flor de Santidad» está ya donde
-debe estar: en la gloria, en la cátedra.
-
-
-
-
-ALREDEDOR DE LOS ASESINOS
-
-DON NILO Y PASOS LARGOS
-
-
-El delito pasional tiene en Madrid sus peculiares caracteres de raza: la
-disputa por la hembra, la riña de la calle, el desafío de taberna, la
-navaja insaciable. Todos los días los celos realizan sus dramas de
-arrabal, y los periódicos, con despectiva indiferencia, dan noticia de
-estos sucesos habituales sin adjetivarlos ni comentarlos. Son
-insignificantes notas de policía que se amontonan en el sitio fijo de
-una plana interior, entre las hazañas del ratero y el suicidio del
-amante desdeñado. Los pocos que quieren enterarse de esas curiosidades
-ya saben dónde van a encontrarlas.
-
-Pero ahora, durante muchos días, la crónica del crimen ha tomado por
-asalto la primera plana de todos los periódicos de España, y extendida,
-pormenorizada, ilustrada, compite con las noticias de guerra, a pesar
-del ruido de armas con que éstas se imponen en el campo del periodismo.
-
-El pueblo, sacudido como por un ataque nervioso, lee los «reportages»
-que pormenorizan y desmenuzan el delito de don Nilo Aurelio Sanz,
-miembro de la clase burguesa, agente de negocios, medio rábula, medio
-timador, listo para hallar trampas, salidas y vericuetos entre los
-artículos de los Códigos; audaz y laborioso, insinuante y maligno,
-dispuesto siempre a la caza de toda empresa turbia, maestro de hurto, e
-infatigable prestidigitador del engaño. La vida de don Nilo es la novela
-de un pícaro novisecular. Acosado por las deudas, impulsado por las
-necesidades, se ingenia día por día para encontrar recursos que lo
-salven de las situaciones apuradas. Y los halla en la mentira, en el
-enredo, en la intriga. Hoy vende abonos minerales que resultan ser
-puñados de tierra; ayer se proveyó de la subsistencia pleiteando con las
-Compañías de ferrocarriles; para mañana está preparando la emboscada de
-una comisión de compraventa. Es afable y diligente. Tiene apariencia
-bondadosa y franca. Posee el inestimable don de gentes.
-
-Y así fué como atrajo a un labrador septuagenario y honrado, quien de
-los campos de su provincia vino a Madrid. Quería el inocente y acomodado
-rústico comprar un molino. Don Nilo le hizo promesas, le dió confianza,
-sedujo la natural ambición de todo campesino, y, con un calculado y bien
-dispuesto plan diabólico, lo llevó una tarde a un hotelito alquilado
-previamente en las orillas de Madrid, lo invitó a beber y, aprovechando
-un momento, le descargó por la espalda tres o cuatro hachazos, que
-partieron el cráneo al infeliz Sr. Febrero, que ese era el nombre del
-labrador. Después, despojó al cadáver de dos mil pesetas y el reloj, y
-lo enterró en una de las piezas del hotel. Todo esto lo hizo ayudado de
-su hijo, un mozo de diez y ocho años. Y una vez hecho, salió
-tranquilamente a disfrutar de su vida burguesa y a permitirse el lujo de
-ir a veranear con su familia a un lejano y pintoresco pueblo.
-
-De allí lo trajo la policía que, singularmente activa y perspicaz,
-logró encontrar las huellas del crimen y desenterrar el cadáver del Sr.
-Febrero. Don Nilo, abrumado por las pruebas e impotente para lucir sus
-habilidades de embaucador, ha tenido que confesar:--¡Yo lo maté!--Y se
-disculpa débilmente atribuyendo a una riña el asesinato. Y más que
-disculparse él mismo, pretende disculpar a su hijo. No supo nada; no me
-ayudó en nada; es inocente. Este rasgo paternal muestra que don Nilo no
-es un tigre, sino un ser humano..., bastante inhumano, para premeditar
-el robo y la muerte de un viejo indefenso.
-
-El crimen es vulgar; con sus repugnantes lances y episodios, nos lo
-imaginamos como si viéramos una película barata. Pero, vulgar como es,
-llenó por más de dos semanas los periódicos y las conversaciones. ¿Por
-qué?
-
-Es que en este país, sobresaltado y pasional, son raros los crímenes en
-frío, metódicamente combinados, analizados, como este de don Nilo, y
-ejecutados por personas de la clase media, que lleven su inmoralidad
-hasta el punto de que un padre y un hijo colaboren en la preparación y
-representación de una comedia que termina con un cobarde y vil
-homicidio. Ni el amor, ni el odio, ni siquiera el deslumbramiento de la
-riqueza, la fascinación del oro, intervinieron en este sangriento
-cálculo. Una ambicioncilla insignificante, una torpe necesidad de cubrir
-con unos cuantos centenares de pesetas los agujeros de las deudas que
-impedían el paso de don Nilo: eso fué todo. El trabajo era grande y
-¡vive Dios! que estuvo bien llevado a término; pero la recompensa
-resultó miserable: cuatrocientos duros como pago de tanta fatiga, de
-tanto ingenio, de tanta audacia: escoger el sitio, la hora, engañar, dar
-hachazos, limpiar la sangre, enterrar al muerto...
-
-Nadie comprende cómo don Nilo y su hijo pudieron hacer eso por tan
-escaso dinero.
-
-Pero si profundizamos un poco en este crimen, que repugna y desorienta a
-la vez, hallaremos la clave, no sólo en la maldad hipócrita de los
-asesinos, sino tal vez en el modo de existir, de arrastrar la
-existencia; mejor dicho, de una parte numerosa de esta sociedad
-madrileña, la cual parte suele tener sucursales en las metrópolis de
-los países americanos. En Madrid hay un género abundante: el
-pauperismo. Y este se divide en diversas especies que van desde el
-mendigo de llaga pintada y ceguera fingida, hasta el noble arruinado que
-hace prodigios para sostener su categoría social. Entre esta gama se
-destaca, por su tono obscuro y tétrico, por su terrible malestar, por su
-escondida desgracia, una de las especies: la de los pobres de levita. Es
-impenetrable; es vergonzante; lucha por ocultar su indigencia comunal,
-obligada a gastar de lo superfluo sin haber probado de lo estricto.
-Vive, en el incesante problema de hoy, asustándose del fantasma del
-mañana. Cada día que llega plantea una cuestión de vida o muerte. Y urge
-resolverla de prisa, por medio de subterfugios y sutilezas. No es
-posible rebajarse hasta la limosna; no es posible tampoco vivir sin el
-pan, sin el techo... y sin la levita. El desequilibrio es incesante; es
-fuerza, para mantenerse en el alambre de la categoría, hacer prodigios
-acrobáticos. El escudero de «El Lazarillo de Tormes» es una muestra de
-la tortura del famélico que ha de mostrarse harto, del desnudo que ha de
-disfrazarse de vestido. Lo que esta clase sufre y lucha en Madrid ha
-sido narrado en dolorosas y admirables páginas por muchos artistas,
-entre ellos por el magno don Benito Pérez Galdós.
-
-Y de esta clase, de las chicas de elegancia chillante y cursi; de los
-chicos de traje de moda y corbata nueva; del padre de bastón y reloj
-dorado; de la madre de vestido de seda negra; de la familia en el cine,
-en el teatro, en el veraneo; de esta clase del martirio, del dolor y de
-la mentira, salió don Nilo a cometer sus fechorías. Y como en este
-combate sombrío del pan y la levita fué perdiendo el escrúpulo, la
-dignidad, la vergüenza; como los muebles, a los que por el trasiego de
-los años se les cae el barniz, se encontró al cabo del tiempo con que no
-sólo era un pillo, sino que podía ser un criminal. Y cometió la infamia,
-urgido y violentado por las terribles exigencias de una posición falsa.
-Apareció en él, el regresivo, el «nato», el precursor, con las
-malignidades y vivezas del civilizado; el lobo con las mañas del zorro.
-Nada de esto lo absuelve; pero, al menos, lo explica. El delito se
-afianza, como planta de raíces envenenadas, a la tierra que lo produjo.
-
-La sociedad siente asco por estos delincuentes desapasionados eximios
-que ponen, en un asesinato, el ingenio, la razón y la paciencia de
-ciertas gentes que se entretienen en descifrar charadas y logogrifos.
-
-En cambio, y como un contraste revelador, por la misma época que don
-Nilo en la Cárcel de Madrid, entró en la de Ronda--población
-andaluza--otro criminal perseguido: «Pasos Largos». Se presentó solo en
-una fonda, se entregó, vino la policía, lo recogió y lo condujo a la
-prisión. Al ser conducido en un coche, la multitud, que curiosamente lo
-seguía, lo aplaudió, es más, lo vitoreó.
-
-El crimen de «Pasos Largos» es de los que producen: en el hombre
-inferior, simpatía, y en el superior, interés y misericordia.
-
-«Pasos Largos» era un cazador furtivo. De eso vivía, esquivando a los
-guardias y jugando con ellos al escondite por bosques y caminos. Un día
-fué alcanzado por un guardia y azotado cruelmente. «Pasos Largos» juró
-vengarse y se vengó; quitó la vida a quien le había quitado el pellejo.
-Desde entonces huyó con doble motivo: por cazador y por asesino. Y
-siguió la existencia aventurera de los bandidos de novela, la del «Rey
-de Sierra Morena», la de los «Siete Niños de Ecija», la de tantos héroes
-de la fantasía popular. Fué un rebelde valeroso, desafiador de los
-peligros. Hasta que, fatigado, y quizá arrepentido, bajó un día, como
-Zaratustra, de la montaña y se puso él mismo en las manos de la
-justicia. Mientras corrieron tras él no le dieron alcance. Cuando él
-quiso, se ofreció voluntariamente.
-
-Este hombre, producto de una región romántica e imaginativa, ha entrado
-en su prisión como si entrara en su palacio de vuelta de una hazaña
-portentosa. Ya sabe él que aunque la ley lo castigue, el pueblo lo
-comprende y lo perdona. Ha escuchado un fallo rumoroso que debe de haber
-sonado en sus oídos como un himno de apoteosis. A «Pasos Largos» la
-Prensa lo ha tratado con cierta piadosa benevolencia.
-
-Los comentarios de Madrid afirman que entre don Nilo y «Pasos Largos» se
-abre un abismo. Puede ser; pero en el fondo de este abismo corre un
-manantial de sangre humana.
-
-
-
-
-LA FIESTA ROJA
-
-
-Yo creo que si en España se suprimiesen los toros, la revolución no se
-haría esperar. Porque aquí la vida no se concibe sin ellos; y el afán
-general y el anhelo particular no tendrían estímulo--¡qué digo
-estímulo!--ni objeto tendrían si las corridas fuesen suprimidas alguna
-vez, cosa que me parece tan difícil como prohibir el uso del vino. Cada
-pueblo de España, por más pobre que sea, tiene siempre su iglesia y su
-plaza de toros; todo lo demás puede faltarle; estas dos cosas no.
-
-En Madrid acaba de terminar la gran temporada; pero, de la misma manera
-que en otros «centros taurinos», siguen las «novilladas», que se
-repiten, según me cuentan, hasta que vuelve la temporada seria, y que,
-manteniendo vivo el fuego sagrado, entretienen la inquietud del público
-insaciable.
-
-Un día de toros en la metrópoli ibera, es como la poesía baudeleriana,
-de la cual dijo Hugo que traía un nuevo estremecimiento. Aunque sea de
-trabajo, no importa, es un día de fiesta. Hay agitación por todas
-partes, desde muchas horas antes de la corrida. La gente no puede
-contener su nerviosidad. Las conversaciones de los corrillos callejeros
-vuélvense augurios y presentimientos acerca del próximo espectáculo. Los
-rostros pasan iluminados por una flama de entusiasmo, se revenden y
-compran los billetes de entrada con un afán loco. Cada quien se prepara
-a recibir fuertes impresiones. Los nombres de los matadores en boga
-saltan en todos los labios. Se cruzan apuestas sobre quién de entre
-ellos va a quedar mejor. Los hombres opinan; las mujeres sonríen y ríen;
-gritan los arrapiezos; salúdanse los amigos desde lejos y se citan para
-ir juntos a la corrida; todo es algazara, bullicio, contento,
-fascinación, luz de sol y fragancia de claveles.
-
-A las cuatro de la tarde, la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol
-hasta la puerta de la Plaza, adquiere una animación alborotadora. Un
-rosario de tranvías henchido corre sin cesar; pasan, cargados,
-jardineras y coches de punto; vuelan los automóviles de caja lustrosa, y
-corren, con aspecto de cestas de flores y encajes, las «victorias»
-ligeras.
-
-Al llegar, de la redonda fábrica salen rumores de alterada marea. Al
-entrar, los ojos se deslumbran y sufren el doloroso encanto de la luz
-intensa. Hierve el oro del sol en más de la mitad de la plaza, y la
-sombra que proyecta la parte no soleada, pinta en la arena del redondel
-una media luna de negro acuoso. Los tendidos, cubiertos de gente,
-semejan una rampa compacta de sombreros cordobeses, de caras risueñas,
-de mantillas blancas, y aquí y allá, las móviles espigas de los brazos
-completan la ilusión de un campo sembrado de matizadas floraciones.
-Arriba de los barandales de las «lumbreras», cuelgan tapices y mantones,
-como lienzos salpicados al capricho, de chispeantes grumos de color.
-
-Ya ha dado principio la corrida. Los lidiadores, refulgentes de sedas y
-oros, van y vienen, azuzando y engañando al toro con el trapo rojizo,
-que el animal, corpulento y resoplante, embiste con generosa bravura.
-¡Ah, pero el sacrificio de los caballos, el asqueroso y brutal pisoteo
-de las entrañas de la pobre bestia vendada, que tiembla de miedo y
-obedece, sin embargo, al hombre que la guía; las contorsiones de dolor,
-las gesticulaciones de angustia, los sacudimientos de agonía, las
-horribles crueldades de los picadores y «monos sabios», que quieren
-aprovechar hasta el último momento de aquellas vidas inferiores,
-martirizadas en unos instantes que son para ellas como siglos de terror;
-aquellos grandes charcos de sangre, que brillan como espejos de púrpura;
-aquellos cadáveres rígidos que, empolvados y vacíos, enseñan en un
-«rictus» bronco y tremendo la doble fila de los dientes amarillentos!...
-
-Estos actos de fiereza inhumana bastarían para hacer odioso el
-espectáculo. Los defensores de él afirman que es este un modo peculiar y
-sugestivo de conservar el vigoroso ímpetu de la raza. Yo me figuro que
-lo que se conserva más que el ímpetu es, indudablemente, la barbarie, el
-instinto del mal, la ferocidad primitiva, que es lo que la civilización
-trata de modificar y destruir en la especie humana. Si la cultura no
-tiene por base y fundamento moral la piedad, si no ha de ahogar, o por
-lo menos ablandar en nosotros a la fiera, no sirve entonces la obra de
-la cultura, y a la postre resultará frustránea y vacua. No es el ideal
-hacer refinados, sino piadosos. Fuertes sí, pero para aprovechar las
-fuerzas en el bien, porque los hombres no han de ser fuertes nada más,
-han de ser buenos. Así pensaba yo, mientras...
-
-No conozco los incidentes ni las peripecias de una lidia. Los hombres
-bregan, el toro embiste, y he aquí que en el final de la lucha, cuando
-el matador, espada en mano, reta a la fiera, vi un relámpago de acero,
-una flámula roja por los aires, y en los cuernos del bruto un montón de
-seda y bordados de oro que voltejeaba. El matador había «sido cogido».
-Acudieron los compañeros, con sus capotes, a arrebatar su presa al toro;
-levantaron del suelo al herido; en silla de manos sacáronle los monos
-sabios a la enfermería. El público cesó de rugir. Una onda de pánico
-hizo el silencio en torno de la tragedia. Entonces, todo emocionado,
-dije a mi compañero:
-
---Esto se acabó; vámonos.
-
---No, no se acabará--me contestó mi amigo madrileño--. «Pacomio» a la
-enfermería. Nosotros a seguir mirando la lidia. Faltan cuatro toros y me
-dicen que hay dos de muy buena estampa. Y aún quedan matadores en el
-ruedo.
-
-Efectivamente, a poco, el público, repuesto, aplaudía la aparición de un
-toro arrogante y alto, que alzaba orgullosamente el coronado testuz.
-
- * * * * *
-
-Al salir de la plaza nos detuvimos en una taberna cercana a descansar.
-El espectáculo es de los que descoyuntan como una larga jornada. Cuando
-ya la tarde se iba obscureciendo y la calle de Alcalá tomaba su aspecto
-normal, vi pasar una procesión fúnebre: marchaba muy lentamente, a su
-cabeza, una camilla cubierta de mantas, y cargada por seis robustos
-mozos; toreros, amigos, periodistas y curiosos, la seguían. Así salió,
-aquella tarde, «Pacomio» de la plaza. Ocho días antes, así había salido
-también «Paco Madrid». A las primeras horas de la noche, los chiquillos
-voceaban la gravedad del matador.
-
-En la plaza de Canalejas, en los balcones de un diario, estuvo por
-varios días un boletín dando cuenta del estado del enfermo.
-
-Se acentuó la mejoría, y ya nadie hizo caso del suceso. No tenía
-significación. Además, vino a ponerlo en completo olvido el anuncio de
-que, en corrida especial, «Regaterín» iba a cortarse la coleta. Los
-diarios todos se ocuparon en hablar del asunto. Tratábase de un
-acontecimiento en la villa de Madrid. La Prensa publicó ilustraciones de
-primera plana. Hubo en el ruedo y en los tendidos lágrimas, abrazos y
-efusiones.
-
-Para quitarme un tanto la impresión desconcertante de un suceso que no
-me interesaba, me puse a leer con atención las noticias de la ocupación
-de Biut, los combates que las tropas sostuvieron en Africa con los moros
-rebeldes. Murieron allí, heroicamente, oficiales y soldados. El valor
-español tuvo una alta manifestación en el cumplimiento del deber. Los
-enviados especiales de la Prensa han hecho pequeños relatos de epopeya.
-
-Y, no obstante, se diría que esta noticia no ha causado la sensación, la
-emoción colectiva que yo me esperaba...
-
-
-
-
-LOS LITERATOS ESPAÑOLES Y LOS RUISEÑORES AMERICANOS
-
-IGLESIAS Y GUIMERÁ
-
-
-En Barcelona vi a dos hombres célebres en la literatura dramática:
-Iglesias, el autor de _Los Viejos_, y Guimerá, el poeta de _Tierra Baja_
-y _María Rosa_.
-
-Durante una representación de _La Artesiana_, de Daudet, en la Plaza de
-las Arenas, a la terminación de un acto, cuando los obreros--porque se
-trataba de una función popular--andaban de aquí para allá por los
-pasillos de la sala de espectáculos, improvisada en el vasto redondel,
-me picó la curiosidad un hombre escuálido y vestido con modestia, de
-larga y lacia cabellera, asomándose por bajo el fieltro negro y de
-anchas alas, y de rostro seco y huesoso, que hacía pensar en un Don
-Quijote con anteojos... La figura no era extravagante; era interesante,
-y más que eso, típica, original. Personificaba, como otras tantas
-españolas, un pueblo y una raza. Los ojos tenían extraordinario brillo;
-la cara, áspero gesto; el cuerpo, actitudes desmayadas.
-
---¿Quién es?--le pregunté al editor Ramón Araluce, que se hallaba a mi
-lado, y era mi directorio, mi «cicerone» y mi guía.
-
---Es Iglesias--me contestó Araluce--: tiene mucho prestigio, ¿quiere
-usted ser presentado con él?
-
---Ahora, no--respondí--. Ya encontraremos otra oportunidad.
-
-Y mientras estuve en Barcelona, la oportunidad no volvió a presentarse.
-
- * * * * *
-
-La verdad es que me he propuesto ver primero a los pueblos que a las
-gentes, a los grupos que a los individuos. Desde luego las ciudades en
-su aspecto total; en seguida, los ejemplares de humanidad selecta y
-representativa, en sus peculiaridades individuales. Además, experimento
-un raro placer en observar desde mi insignificancia; soy un anónimo; me
-llamo Don Nadie, y así no hay quien se fije en mí ni me haga caso, ni
-mucho menos se ponga en «actitud», como frente a los fotógrafos y
-periodistas. De este modo puedo ver más al natural, y sorprender cosas
-que quizá de otra manera se me ocultarían o pasarían inadvertidas para
-mí. Es cierto que no podré darme cuenta sino de lo exterior; pero es que
-en muchas ocasiones el secreto interior sale a la superficie y se
-revela, y en esos determinados momentos es un goce el ejercicio de la
-perspicacia.
-
-Luego, he podido comprender que los literatos españoles saben poco de la
-vida cultural de la América latina. Hispano-América sirve mucho a los
-libreros; a los autores de libros los tiene sin cuidado. El editor
-conoce al dedillo el estado económico, intelectual y político de
-cualquiera de nuestros países novicontinentales; como que el asunto le
-interesa sobremanera y es la base de sus cálculos; lo que se vende en
-América es para el editor peninsular, tanto o más importante que lo que
-se vende en España misma.
-
-El literato no piensa lo mismo, porque no tiene necesidad de ello. Se
-cree de una superioridad incontestable sobre los hombres de letras
-españolas en Ultramar. Se juzga quizá un conquistador mental, supuesto
-que su nombre y sus obras ejercen un dominio y son conocidas y muchas
-veces admiradas en Colombia, Venezuela, Chile, Perú, Argentina, Cuba,
-México...
-
-El concepto es falso, a todas luces; mas pienso que ha de llegar el día
-en que vaya siendo rectificado. Se necesita un esfuerzo de intercambio
-que cruce los límites utópicos de la confraternidad idealista y entre en
-el terreno positivo del comercio bibliográfico. Entonces se anotarán los
-errores de esta indiferencia, ya que no desdén, por la cultura de
-América.
-
-Y tal indiferencia no es obstinación, ni rencor, ni vanidad;
-encastillamiento, y, tal vez, un resto de orgullo metropolitano. Tan es
-así, que Rubén Darío, por ejemplo, dejó huellas hondas en la vida
-literaria de aquí, se le considera un maestro, un reformador, una gloria
-del arte, y se le cita y se habla de él con respeto y admiración. Santos
-Chocano alcanzó pronto celebridad y fama; Amado Nervo recibió un
-homenaje inolvidable. Pero no es eso; es el conjunto de una
-civilización, es el aspecto general de los fenómenos literarios los que
-darían a los españoles una noción clara de lo que son actualmente las
-letras de Hispano-América. Habría algo que decir y que decidir acerca de
-eso.
-
-Sobre los motivos indicados existe otro muy personal que me detiene en
-la línea obscura de mi honesta insignificancia. El bombo, el platillo y
-todos los instrumentos de ruido y compás, me han parecido siempre
-ridículos. La notoriedad hecha en párrafos de gacetilla es como una
-condecoración de oropel; quien se la pone, queriendo engañar a los
-demás, se engaña a sí mismo.
-
-En mi tierra andaba por esas calles de Dios un loco, que sobre los
-miserables harapos que cubrían su pecho, colgaba cintajos, medallas
-viejas, nuevas, de latón, cuentas de vidrio, cuanto veía brillar en la
-basura de los muladares. Con esto y con una caña corriente, que era su
-bastón de mando, iba haciendo gestos arrogantes y caricaturescas
-posturas. Se creía condecorado por reyes, papas, emperadores. A este
-megalómano le llamaban el General «Lobo Guerrero».
-
-Pues como él, he visto pasar a muchos impacientes de gloria. Hay muchos
-«Lobos Guerreros» de la literatura y del arte.
-
- * * * * *
-
-Por acá suelen descolgarse muchachos que atravesaron el Atlántico para
-recibir la consagración de manos de los pontífices de la poesía
-castellana. Esos muchachos visitan todas las redacciones, se presentan a
-todos los artistas y periodistas en boga, y en cada esquina espetan
-poemillas modernistas, insustanciales y verbosos. La burla española, la
-genuina y picante burla de este pueblo zumbón y malicioso, ha
-clasificado a esos versificadores inocentes, ansiosos de renombre; los
-llama «ruiseñores americanos». Yo no me he atrevido a entrar en el
-gremio; no quiero pasar por un ruiseñor americano. En mí sería tanto más
-extravagante cuanto que no podría disculpar mi torpeza atribuyéndola a
-locuras de juventud. Ya peino canas.
-
-Prefiero, como cualquier hijo de vecino, ir, venir, ver a mis anchas,
-sin miedo a la crítica, sin apercibimiento para la ironía, sin la
-obligada genuflexión, sin el elogio vulgar e insincero, sin necesidad,
-en fin, de que los literatos y yo perdamos naturalidad, ellos para
-producir la impresión y yo para recogerla.
-
-Por eso me excusé de ser presentado con Iglesias. Por eso todas las
-tardes, a la caída del sol, detenía yo unos minutos mi paseo por las
-ramblas, frente a un café situado en la esquina de la Plaza de Cataluña,
-y a través del vidrio de un escaparate me ponía a mirar a un anciano,
-silencioso, triste, de mirada incierta y como desconfiada, de frente
-cargada de recuerdos, de gesto desconsolado y amargo. Siempre lo vi
-solo; callado siempre; el cuerpo, en el que se adivina el quebranto de
-la fatiga recargado en el terciopelo rojo de una butaca mural; el
-espíritu en quién sabe qué vuelo lejano de memorias. Vida interior,
-ensimismamiento, envuelven y velan a este hombre cansado y melancólico.
-Es un grande y piadoso poeta a quien todos hemos aplaudido y admirado.
-Su nombre traspasó las fronteras de la patria. Es dramaturgo, y algunas
-de sus obras se presentan en Italia, en Francia, en Alemania. Una,
-«Tierra Baja», musicada por un teutón, se canta. La tristeza lo rodea;
-la gloria lo sigue. A su alrededor se ha hecho un silencio
-resplandeciente.
-
-Así es como, en Barcelona, miré a Guimerá, al famoso don Angel Guimerá,
-tarde por tarde.
-
-
-
-
-EN MADRID
-
-LA EXPOSICIÓN DE ANGLADA
-
-
-En los Jardines del «Buen Retiro», a un lado del bello e inacabado
-monumento de Alfonso XII, cuya corva columnata muerde en el extremo
-opuesto la orilla del lago plomizo, se alza una bonita construcción de
-estilo Renacimiento. A las cinco de la tarde, hora sofocante aún, voy
-subiendo por la escalinata de este palacio del Arte.
-
-Me siento espoleado por una extraordinaria curiosidad. La exposición de
-las obras del pintor Anglada es el tema del día en las conversaciones de
-los círculos culturales y en las columnas de crítica de los periódicos
-de Madrid.
-
-Llevo menos de un mes de vivir en esta deliciosa ciudad, «la ciudad
-alegre y confiada» de que nos habla Benavente en su última comedia, y
-cinco veces he visitado el famoso Museo del Prado, que es, entre todas
-las pinacotecas europeas, una de las que con mayor derecho aspira a los
-primeros lugares. La sala de los retratos, con sus Grecos, sus Sánchez
-Coello, sus Pantojas, sus Tiziano, sus Carreños, bastaría sólo ella para
-clavar años y años, vista y entendimiento en aquellos cuadros que
-parecen ventanas por donde se están asomando, siglos hace, reyes,
-caballeros, princesas, monjas, a quienes no miramos nada más nosotros,
-sino que nos miran ellos también, inmortalmente vivos, con el alma a
-flor de pupila, con el corazón latiendo bajo las sedas, los brocados y
-los terciopelos de los trajes. La sala de Goya retiene con el imperio de
-su mundo tragicómico, estupendo de realismo revolucionario, frenético de
-horror y empapado de sátira diabólica, donde reina en su inquietante
-desnudez la «Maja». La redonda sala de Velázquez es una catedral, de la
-que no quisiéramos salir nunca, embebidos en los milagros del genio. Y
-Rubens, el suntuoso, y Van Dick, el elegante, las doradas carnes de
-Tiziano, y los ambientes ascéticos de Zurbarán, y la gracia amable de
-Murillo, y todo el universo evocador encerrado en aquel maravilloso
-Museo, fuerzan en el espíritu a la contemplación incesante y lo sumergen
-en una onda de brillo total, donde sólo queda flotando la impresión
-conmovedora del color y la línea. Un día, quizá, me atreva yo a
-exteriorizar esa impresión en alguna próxima nota. Por ahora diré
-únicamente que mis cinco visitas al Prado despertaron mis viejas
-aficiones de impenitente y apasionado «dilettante».
-
- * * * * *
-
-La Exposición Anglada se ve muy concurrida tarde por tarde; artistas,
-mujeres, poetas, escritores, se aglomeran dentro del reducido recinto.
-Más de treinta y dos son las obras presentadas por este pintor catalán,
-que hizo en Francia sus trabajos y su celebridad, y que no había querido
-aparecer en España antes, tal vez, de haber consolidado su fama y su
-personalidad. Los periódicos madrileños, al anunciar esta exhibición,
-dijeron que se trataba de una de las dos columnas de la moderna pintura
-española: una de ellas, Zuloaga; la otra, Anglada.
-
-Después, la crítica periodística, sin escatimar el elogio hiperbólico,
-parece que vela con él cierta inconfesa reticencia; que se mueve, no
-obstante, por debajo de la malla deslumbradora del encomio. En cambio
-los técnicos, los conocedores del oficio, han manifestado una admiración
-que se acerca al éxtasis y que excluye toda censura. Anglada ha llegado
-al límite de lo posible. Pintando, nadie ha ido más allá.
-
-¿Y el público? ¡Ah! el público ve y oye. Cuando ve, se desconcierta;
-cuando oye, se previene. Y es que lo que ve, no guarda relación con lo
-que oye. La mirada profana no descubre el decantado prodigio de la
-pintura de Anglada, y aun dispuesto, como se encuentra el público, a
-dejarse sugestionar por la palabra, no lo consigue. Es que para ver las
-actuales manifestaciones del arte plástico parece necesitar una
-preparación, una educación que en otro tiempo no era indispensable, y
-que hoy hace del culto estético una capilla estrecha, una torre de
-marfil en la que caben nada más unos cuantos iniciados en los
-esotéricos misterios.
-
-Yo creo en lo que dicen los «técnicos». Hay, efectivamente, en los
-trabajos de Anglada una maestría insuperable para poner, combinar y
-armonizar el color y producir una brusca sensación de encanto por los
-atrevimientos y contrastes de los tonos. Cada cuadro es una sinfonía de
-raros acordes de matices, de ásperas disonancias, que causan, sin
-embargo, un delicioso placer visual y provocan la fascinación de lo
-original y exquisito. Los mantones bordados, los rasos joyantes, las
-telas transparentes, las flores aterciopeladas, salen de los lienzos, se
-nos muestran en un inverosímil naturalismo, nos producen el efecto de
-que estamos recorriendo un bazar de indumentaria magnífica, en el cual,
-el típico mantón español domina con sus notas polícromas, la variedad de
-los encajes y la seda. Y estos paños fastuosos que cuelgan de los muros,
-se destacan, brillan, caen en pliegues mates y en flecos desmayados, con
-un relieve imprevisto que nos engaña, al punto de darnos la ilusión de
-que no han sido pintados, sino de que están allí pegados y superpuestos
-en el lienzo. Nos acercamos, y delante de nuestros ojos están los grumos
-de pintura untados, como si la mano del artista hubiese ido, a capricho,
-exprimiendo sobre la tela los botecillos de la pintura. Mas el
-sortilegio persiste si volvemos a alejarnos un poco.
-
- * * * * *
-
-Y así vamos, de asombro en asombro, recorriendo los salones. En ellos,
-las figuras de mujer son las más frecuentes y atractivas. ¿Atractivas,
-por qué? No precisamente por su humanidad, por su vitalidad, por su
-espiritualidad, sino por sus trajes y sus actitudes, algunas de las
-cuales indican no sé qué forzada violencia, no sé qué rebuscado
-descoyuntamiento. Semejantes «poses» chocan, pero no carecen de
-sugestión. Hay en ellas cierta gracia artificial y morbosa. Pero no son
-seres producidos por la naturaleza; poseen una desdibujada vaguedad, una
-lejana expresión de vida, una indefinida rigidez de maniquí, que
-contrastan con el «verismo» indumentario. Indudablemente estas criaturas
-han sido sentidas por un enfermizo temperamento de sensualidad
-extravagante. Hay quien las ve inquietantes. Hay también quien las ve
-insignificantes.
-
-Anglada presenta composiciones de aliento, tales como «El tango de la
-Corona», «Los enamorados de Jaca», «Valencia», que son cuadros robustos,
-muy fuertes de colorido y de marcada extrañeza de pensamiento y
-sentimiento. Presenta también el pintor tres soberbios desnudos,
-magníficas «academias» de admirable claro-obscuro.
-
-Mas la impresión que persiste en nuestro recuerdo y que ha herido
-vigorosamente nuestra retina, es la de habernos recreado, no en la
-contemplación de pinturas, sino de esmaltes, de marfiles, de raras y
-brillantes cerámicas, de barnizados caolines, de satinadas traperías, de
-viejos tapices, encajes y flecos. No recordamos haber visto carne. No
-recordamos el alma de las figuras tan espléndidamente ataviadas. La
-producción de Anglada, en general, parece dar a la pintura, su carácter
-de auxiliar de arte meramente decorativa, y en éste o aquél trabajo, nos
-trae a la memoria el género inferior del «affiche».
-
-Mas, en manera alguna se trata de un débil, sino de un pletórico y
-extraño talento, cuyos caprichos pueden, en ocasiones, llegar a la
-extravagancia, pero sin hacerle perder sus pujantes cualidades.
-
- * * * * *
-
-Y si creo en los que dicen los «técnicos», no dejo de comprender, al
-mismo tiempo, que los profanos tienen razón. Todos esos modos de ver y
-de sentir la vida, todas esas insanias de metamorfosis y alteración de
-color y de forma, todas esas nuevas escuelas que nos obligan a la
-reeducación de los sentidos, a la preparación y al esfuerzo, alejan al
-Arte de su natural tendencia de expansión y propagación. El arte tiene
-que ser eminentemente popular. Tiene una gran misión social que cumplir,
-y cuanto más se aleje de ella y reduzca sus emociones a pequeños grupos
-de iniciados y sacerdotes, tanto más perderá de ideal y significación.
-Anglada es un insigne pintor que aquilatan y comprenden unos cuantos
-exquisitos.
-
-Y pensando en la sublime simplicidad de Velázquez y en la estupenda
-fantasía de Rubens, salí del Palacio artístico del «Buen Retiro».
-
---¡Qué luz tienen los cuadros de Anglada!--acababa yo de oir decir a los
-admiradores del pintor catalán.
-
-Y bajo aquella luz de tarde veraniega que se filtraba entre los ramajes
-y que diafanizaba las lejanías en un verde dorado y suave, me alejé
-diciendo para mí:
-
---¡Qué luz la de este cielo!
-
-
-
-
-EN TOLEDO
-
-UNA NOCHE TOLEDANA
-
-
-Por el ventanillo del tren en marcha miro el obscurecimiento del
-paisaje. Poco a poco van saliendo, blancas y tímidas, las estrellas. De
-pronto, la locomotora se ha detenido. Una voz plañidera grita:
-_¡Algodor! ¡Un minuto!_, luego seguimos caminando con rapidez. Yo sigo
-en mis silenciosas contemplaciones.
-
-Una larga y lívida franja, deshilvanándose en el azul sombrío del
-horizonte, sirve de fondo a un caprichoso dibujo en tinta china; diríase
-una mancha negra que, caída en una orla de seda violeta, se expandiese
-en múltiples y raros perfiles. En la sombra amarillenta de la llanura
-castellana, por la cual ha comenzado a palpitar una que otra centellita
-de candil rústico; esta fantasmagoría que se desvanece en el término
-remoto, me recuerda lecturas hace tiempo olvidadas: versos de poema
-románticos; descripciones de novelas por entregas.
-
-Lo que de niño me hicieron soñar los libros, he aquí que, en la madurez
-cansada de mi vida, me lo da la realidad para entretenerme como en
-aquellos días felices. La silueta negra sobre el friso semiapagado del
-crepúsculo, revuelve en mi cerebro lejanas memorias. Yo estuve allí
-muchas veces, muchas, mientras, a hurtadillas, en la banca de la
-escuela, o en algún rincón de mi casa, devoraban mis ojos los cuentos de
-milagrería que llenaron mi adolescencia de maravilla y pasmo.
-
-Ya nada veo más que sombra abajo y astros arriba. Y cuando menos lo
-pienso, el tren se detiene por última vez. _¡Toledo!_ Los pasajeros se
-ponen de pie y se apresuran a bajar. Me enfundo en el gabán, tomo la
-maletilla, y ¡andando! Entro en la estación; busco el carro de un hotel;
-subo con otros tres o cuatro viajeros, en la incómoda diligencia, y me
-preparo a continuar en mi divertida y muda contemplación. No quiero
-darlo a conocer, pero la verdad es que me siento, no sólo curioso, sino
-emocionado. Se me remueven, hervorosamente, las añoranzas. Suena el
-látigo del cochero: los animales de tiro emprenden su ruidoso trote. El
-coche se bambolea y cruje. Ya vamos atravesando el puente de Alcántara;
-una torre maciza, de gris aperlado por el fulgor de la noche, nos abre,
-al fin del puente, su puerta obscura y blasonada. Pasamos. El camino,
-angosto, va, cuesta arriba, haciendo curvas amplias. Hacia un lado, el
-de afuera, el pretil de piedra del principio; por el otro lado, el
-interior, pedazos de muralla, altos paredones, gruesas mamposterías, por
-los que, de trecho en trecho, sale el disco blanco de una pantalla, en
-cuyo centro brilla la ampolla de oro de un anacrónico foco eléctrico. A
-pesar del ruido de la diligencia, se oye la voz del río que corre
-invisible, en el fondo de la escarpadura. Abajo, en el campo, veo cómo
-se extiende el caserío, todo sembrado de luces inmóviles. A lo lejos se
-distingue que, ascendiendo nuevamente el suelo, forma el suave declive
-de una colina moteada de follajes obscuros. Del cielo, pálido y limpio,
-cae profusamente la lluvia de plata de la luna. Pasamos junto a otra
-puerta morisca, fileteada de luz en la gigantesca herradura de su clave,
-y más arriba, en los dientes de sus almenas. El coche sube por la
-calzada de recio empedrado. Mis ojos, incansables y asombrados, beben
-misterio. La sombra y las ruinas, la noche y los muros, diseñan en
-claro-obscuro, una fantástica decoración. Vuelvo la cabeza para darme
-cuenta del trecho recorrido, y alcanzo a ver todavía los arcos del
-Puente de Alcántara, y bajo ellos la cinta rutilante del río, y en un
-extremo, la masa de contornos precisos de un castillo. Lo reconozco; me
-acuerdo de las viejas láminas que me lo enseñaron; es la secular atalaya
-de San Servando, asilo de los Monjes de Cluny, morada de los Templarios.
-Flanqueamos un jardín solitario, que es un alto miradero que domina el
-panorama argentado. Penetramos por callejuelas torcidas y negras, muy
-escasamente alumbradas. En ellas entra la diligencia con la exactitud de
-una alhaja en su estuche, de una espada en su vaina. Si sacáramos una
-mano tocaríamos las casas. En una plazuela poligonal, que parece el
-hueco que dejó un prisma enorme, está el hotel. Allí, casi a tientas,
-bajamos a pedir hospedaje. El interior, bien iluminado, contrasta con la
-plaza tenebrosa. Escojo mi habitación con vista a un callejoncito, que
-es como un estrecho listón de terciopelo negro, en el que fulgura una
-sola lentejuela: la claridad ocre de un farol pavoroso.
-
- * * * * *
-
-He salido a pasear sin rumbo. Fuí primero en busca de luz. Cuando seguí
-por cinco o seis callejas, la hallé. Hallé la luz en los lugares que son
-comunes a todo pueblo moderno: en los escaparates de las tiendas, en los
-salones de los cafés, en los paseos, en la irregular y vasta plaza de
-Zocodover, en la calle principal por donde todavía iban y venían las
-señoritas toledanas.
-
-Quien ha vivido la existencia lugareña, monótona, uniforme, maliciosilla
-y cansona, con su amor platónico, su chisme del día, su rencor
-escondido, sus sanas y devotas costumbres, y su maledicencia susurrante,
-recordará todo eso si sale, como yo, a ver en Toledo, a las nueve de la
-noche, las tiendas de la calle del Comercio y los cafés de la plaza de
-Zocodover; la burguesa mediocridad provinciana en su simpático aspecto
-de sencilla tranquilidad.
-
-Me voy deteniendo, para matar el tiempo, frente a los cristales de los
-aparadores: ropa, zapatos, quincalla... Las mismas mercancías de
-cualquier parte, dispuestas de igual manera, para idénticas necesidades.
-Mas de aparador en aparador voy sorprendiendo peculiaridades que me
-obligan a pensar en el carácter de la ciudad que visito. Los escaparates
-de las tiendas son también reveladores para quien sabe estudiarlos y
-comprenderlos. Suelen mostrar lo que esconden las casas y callan las
-bocas. Enseñan las tendencias de las gentes que pasan, sus gustos, sus
-modos de vivir, sus cualidades y defectos. Ver mucho los aparadores,
-verlos con atención y con intención, en una ciudad que no se conoce, es
-prepararse a comprender la sociedad y sus costumbres.
-
-Y en estas viejas urbes que viven de su paso legendario, de su grandeza
-monumental y remota, de su celebridad fabulosa, de sus ruinas, el
-escaparate es, a veces, como un voceador de mercadería para el viajero;
-la leyenda, la grandeza, la fábula se abajan y entran en charlatanerías
-y falsificaciones de buhonero.
-
-Sí tiene Toledo aparadores característicos en su mejor y más concurrida
-vía: dos, cinco, diez, dominan sobre el conjunto de la vulgaridad. Allí
-están, dentro de su paralelógramo de cristal, cada uno de ellos es una
-exposición deslumbrante; éste es un anaquel de santos; el otro, un
-puesto de cacharros azules; el de más allá, una armería. Esculturillas y
-estampas sagradas aquí; adelante, cantarillos y vasos de loza de
-Talavera de la Reina, y por todas partes hojas de acero refulgente,
-espadas, puñales, navajas, con inscripciones y diseños repujados,
-damasquinados puños, cofrecitos y joyeros de ataujía primorosa, pequeñas
-ánforas, sobre cuyas formas pavonadas se entretejen los hilos de oro en
-dibujos intrincados y sutiles...
-
-Al contemplar estas chucherías encantadoras y estas blancas espadas y
-estos puñales de cubierta afiligranada, sentí el hechizo de la
-fantástica Toledo, goda, moruna, judaica; la Toledo de los romances
-viejos, de las crónicas misteriosas, de los orientales placeres, de las
-devotas austeridades, de los heroísmos asombrosos, de las tumultuosas
-tragedias, de las aventuras de retablo y encrucijada, de los amores de
-reja y desafío; de la Toledo de espada y de puñal, de ánfora y joyero,
-de vajilla de Talavera y de santas y policromas esculturas.
-
-Aquí, en los escaparates, aunque rebajada y modernizada, la encuentro.
-Pero quiero verla en el ambiente, revivirla en el recuerdo, vivirla en
-la imaginación y la evocación.
-
- * * * * *
-
-Estoy sentado en el zócalo de piedra que rodea el centro de la plaza de
-Zocodover. El reloj, que brilla como un ojo bilioso, en lo alto del arco
-de la Sangre, acaba de sonar, con sus campanas de voces juveniles, las
-once de la noche. En la plaza, ya casi sola, se levanta uno que otro
-árbol escueto. Bajo las portaladas vetustas siguen abiertos y vivamente
-alumbrados los cafés. En lo alto, dominándolo todo, se recorta la masa
-rectangular del Alcázar. Sus torres puntiagudas pican la plata sideral.
-
-Mi soledad comienza a estar llena de visiones: cuadros hechos con humo
-de colores se desenvuelven en la obscuridad de la memoria; tumulto de
-turbantes; vuelos de sedas; matices de alcatifas; el mercado arábigo;
-las zambras; los juegos de cañas y las lizas, y, llena de sombra y de
-relámpagos, la procesión de los autos de fe.
-
-Aquí pasaron todas esas cosas. Y como soy un libresco empedernido,
-comienzo a sacar papeles de la estantería de los recuerdos, y a
-hojearlos y a buscar los pasajes que podrían intensificar en aquel
-instante mi emoción y hacerme más sensible y exaltada la realidad.
-
-Después de media hora me levanto y, a impulsos de mi fantaseadora
-curiosidad, me decido a perderme en el laberinto y en el tentador
-silencio de la ciudad. Por las callejas, de áspero empedrado, que se
-entretejen confusamente, por los recodos y retorceduras, por las cuestas
-y descensos del suelo voy, entre la sombra, agujereada de cuando en
-cuando por los amarillentos farolillos, como si fuese por una ciudad
-vista en un sueño. Mis pasos tienen ecos que se reproducen en la
-distancia. Todas las casas están cerradas. Las paredes de las fachadas,
-altas, negras, medrosas. A la claridad parpadeante del alumbrado
-distingo, en un lienzo carcomido, en un muro de ladrillos rotos, a lo
-largo de las aceras, ya un arco románico, ya una puerta ojival, ya un
-ajimez calado, y una columna gótica, de capitel pesado, en la clave de
-un portalón descascarado, un borroso escudo, un bajo-relieve heráldico,
-una escena mística tallada en granito. Es más lo que adivino que lo que
-percibo, lo que infiero y sospecho que lo que miro. Sobre esta paz
-profunda cae el argento de las estrellas. Llego a una plazoleta; me
-siento en el pórtico de una iglesia, desde el cual puedo alcanzar una
-parte del panorama. Allá abajo se extiende la negrura plateada de la
-campiña, limitada por los collados que tapiza el espeso y obscuro
-follaje; ya no hay danza de luciérnagas en ella. Oigo el rumor del Tajo,
-invisible y adormilado. Vivo, por fin, una hora antigua, una hora
-pretérita, de poesía medioeval. Divago a mis anchas por entre recuerdos
-históricos y poemas y leyendas.
-
-¿Qué se han hecho la vida presente, la agitación actual, la inquietud
-activa de este minuto angustioso del mundo? ¿Dónde están las noticias
-de la guerra europea, el estremecimiento de la lucha universal, la
-preocupación de los problemas modernos, el miedo visionario, la
-esperanza nerviosa que me sacuden incesantemente el espíritu? Todo se ha
-desvanecido en esta ciudad fantasma, en esta noche feudal, en este
-laberinto de calles morunas y palacios castellanos, en esta plazoleta,
-en cuya tierra gris se alarga ridículamente mi sombra, junto a este
-paisaje misterioso que la luna envuelve y deslíe.
-
-Y, como en la oda de Fray Luis, me fingí que el río sacaba el pecho
-fuera, y empezaba a narrarme cuentos de hazañas, de encantamiento y de
-amor. Y el espectro de la intrépida Isabel, mujer de Fernando de Aragón,
-el astuto, cruza, paso a paso, rodeada de su séquito de damas y pajes,
-rumbo al claustro de San Juan de los Reyes. A distancia, recatado y
-severo, revestido con la armadura resplandeciente y sonante, sigue la
-comitiva, como presa de un penoso ensimismamiento, el prodigioso capitán
-don Gonzalo Fernández de Córdova, Condestable del reino de Nápoles,
-orgullo de la época, domador de la gloria. ¿Estará acaso enamorado el
-_Gran Capitán_? El Tajo, bajando la voz, interpreta, para mí, la crónica
-de don Hernando del Pulgar, y me aclara las alusiones obscenas de las
-Coplas de Mingo Revulgo.
-
- * * * * *
-
-¡Media noche! El sereno la grita; el reloj la canta. Después de rodeos y
-tanteos, como Dios me da a entender, vuelvo a mi hotel; entro en mi
-cuarto, abro el balcón, insaciado todavía de curiosidad e interés. El
-callejoncito, la cinta de tiniebla, conserva aún el resplandor de su
-lentejuela, de su farola agonizante. Pero ahora tiene una luz más, en la
-altura de un muro, frente a mi balcón, en una ventana abierta. De ella
-sale un sonido constante, rítmico y fino. Yo, atisbo el interior.
-Inclinada sobre una máquina de coser, una mujer trabaja. Desde donde
-estoy puedo ver un pedazo de la casa pobre: algunas sillas, el lecho,
-una cómoda, un cuadro. Sobre la mesa de la máquina, una lámpara. La
-cabeza inclinada de la mujer, no me permite ver el rostro. Mas un
-canturreo, a _bocca chiusa_, me hace pensar en la juventud, tal vez en
-la belleza, acaso en el amor y en la melancolía. Y, urgido por la
-existencia real, abandono los recuerdos de las gestas gloriosas, los
-desfiles suntuosos del Romancero, las arrogancias del Cid, la entrada
-del Rey Alfonso, y compongo con los últimos hilos de la fantasía--la
-Penélope eterna--un cuentecito becqueriano.
-
-La vida provinciana me revela sus tristezas de ahora.
-
-La muchacha y yo, frente a frente, sin conocernos, velamos. Toledo
-duerme profundamente en un silencio conmovedor.
-
-
-II
-
-SOL DE CASTILLA
-
-
-De codos en el carcomido antepecho, a la orilla del desfiladero, en cuyo
-fondo corre la pulida lámina del Tajo, gozo de la belleza y la frescura
-de la mañana. Bajo las brillazones del sol, los campos toledanos tienen
-una grave y serena alegría. Ancha la vega, silenciosa, cruzada y acotada
-por compactas arboledas, muestra una placidez majestuosa como de inmensa
-huerta conventual. Los olivares trepan por el collado frontero, en
-inmensas manchas verdinegras, por entre las cuales asoman su blancura
-reluciente las viejas casas de campo, que de lejos, por su pesada
-fábrica, por su apariencia claustral, causan la impresión de monasterios
-diseminados en el monte.
-
-Al pie del peñón abrupto en que se asienta la ciudad, sobre el ocre
-rojizo de la tierra, se agrupa pintorescamente el caserío del Arrabal y
-las Covachuelas. Y un puente arcaico levanta, atravesando el río, sus
-tres fuertes y sobrios arcos. En el confín se profundiza el azul
-ceniciento del horizonte.
-
-Pero el día avanza, y es preciso entrar en el corazón de Toledo para
-visitar sus tesoros. Desde Madrid preparé mis datos y me tracé un plan.
-Las muchas guías bibliográficas me ayudaron a necesitar lo menos posible
-de los _ciceroni_ locuaces y vulgares. Ocupé a uno de ellos, tan sólo
-para que me orientase, con prohibición absoluta de explicación y
-comentario. Penetro en la ciudad, que a estas horas, las diez de la
-mañana, parece no haber despertado todavía. En el aire de vetustez de
-estas calles estrechas, zigzagueantes, penumbrosas, apenas hay indicios
-de movimiento. Por un empinado callejón va, delante de mí, una mujer del
-pueblo, de pañuelo en el busto, falda corta y alta, medias azules y
-alpargatas plomizas. Después, la soledad; después, una beata anciana, y
-otro trecho solitario; y un sacerdote que haldea; y al cabo de mucho
-tiempo, en una plazolilla toda gris de polvo, un hombre arriando sus
-cargados borricos que andan soñolientos, cuellicaídos, moviendo sobre la
-frente el bordado adorno de la cabezada. Un rechinante carrito de
-verduras. Un militar de uniforme azul. Y nada más. Calles, plazas,
-tapias, todo hermosamente <g>ruinoso</g>; todo plácidamente mudo. La
-irregularidad y la variedad de líneas y masas en las fachadas, son de
-una irresistible fuerza evocadora. Una puerta de herradura, que tiene
-los ladrillos carcomidos, y parece una boca abierta que enseñara los
-dientes cariados. La columnilla de un lindo ajimez, cubierta de
-negruzcas mordeduras. Una saliente y tupida reja, con su tejado
-triangular y sus ménsulas de hierro mohoso. De cuando en cuando, una
-placa incompleta de azulejos desteñidos. De distancia en distancia, las
-fachadas destartaladas de una casa señorial, de un palacio con sus
-puertas cerradas, de las que cuelgan los historiados aldabones. Una
-fuente de brocal gastado, en torno de la cual unas cuantas mujeres
-calladas, han dejado, en el suelo, sus cántaros blancos. Una niña,
-sentada en la escalerilla de un postigo, tatarea. Remotísimamente, un
-organillo de Berbería, toca una canción madrileña. Y nada más. Las
-casas, que tienen abierto el portón, me dejan fisgar una celosa entrada
-moruna, con sus tableros policromados; un ángulo de patio con sus
-tiestos florecidos. Muy pocas figuras humanas, muy pocas voces. Toledo
-está vacío; Toledo está abandonado; Toledo es el cementerio de sus
-antiguos moradores.
-
-Es necesario llegar al centro para percatarse de que Toledo, aunque
-débilmente, vive. Por allí viene un grupo de canónigos; por allá cruza
-un gran automóvil atiborrado de oficiales; los vendedores ambulantes
-vocean; las tiendas se suceden y se aprietan en las vías de lento
-tránsito. En los salones del café hay varias mesas ocupadas. La gente
-marcha sin apresuramiento ni apreturas, en un escaso y pobre desfile.
-Mas todo este lienzo provinciano está aquí como prestado, como forzado.
-Es de un chocante anacronismo. Las piedras y las personas no se ponen de
-acuerdo. Las piedras ostentan fiereza y grandeza; las gentes, sencillez
-y apocamiento. La alegría de las piedras es fastuosa y suntuosa; la de
-las gentes es humilde y amanerada. Las piedras se han vestido de
-encajes y adornado con relabrados de orfebrería, o bien se atavían de
-hierro, embrazan escudos, soportan cascos y cargan bordaduras
-heráldicas; o bien se ahuecan para recibir santos de mármol; o llevan
-sobre los pulidos cerramientos retablos esculpidos. Las gentes carecen
-de elegancias presuntuosas, y visten provincianamente, sin excesos de
-lujo, sin ostentaciones vanidosas.
-
-Las piedras poseen una elocuencia oriental; saben historias, narran
-fábulas, conocen la poesía árabe, hablan latín y recitan versículos
-hebraicos. Las gentes parecen despreocupadas y hasta olvidadas de tanta
-sabiduría. Las piedras son viejas, están desmoronándose por todas
-partes, pero pregonan eviternidad. Las gentes dejan entrever su sello
-perecedero y caduco. Y es que las piedras viven; recuerdan tristezas,
-placeres, heroísmos, sacudimientos de libertad, esfuerzos de piedad. Y
-las gentes entre las piedras, viven también, aunque una existencia
-rebajada, callada y obscura, que se asemeja y acerca a la muerte. El
-alma, vigorosa y maravillosa, irradia de las piedras, y tímida y
-desmañada se esconde en las carnes...
-
- * * * * *
-
-En el corredor de la casa del Greco, sentado en la banca mural de
-ladrillos gastados, me recreo, mirando el jardín. No es grande, y las
-paredes que lo limitan son bajas. Desde él, en el sitio en que estoy, se
-ve ascender la ciudad; se ven las líneas de las casas subir, suavemente
-escalonadas, hasta recortar el horizonte diáfano. Es un espectáculo de
-época; es el siglo XVI que se pone delante de mí, en muros severos, de
-ventanas simétricamente dispuestas, con su fría austeridad de
-monasterio. El jardín está caprichosamente sembrado de plantas que
-florecen, y que, sin embargo, por su verde polvoroso, por su aspecto
-mustio, producen la impresión de que son tan viejas como el edificio.
-Una fuentecilla secular deja caer, desde la altura de su gastado pilón
-de piedra, su chorro cansado y turbio. El sol, en plenitud, sobredora
-este rincón, apacible y huraño.
-
-Los pilares leprosos del corredor, proyectan hacia dentro, y en
-oblicuo, una cinta de sombra. ¡Qué paz siente el espíritu, qué
-alejamiento, qué anonadamiento! ¡Ah, casa decrépita, senil palacio del
-avariento Samuel Levi y del refinado y diabólico Enrique de Villena,
-cómo se conoce que te habitaron hombres exquisitos, almas contemplativas
-y sutiles! El Greco te aderezó y te adaptó a su raro y admirable sentido
-estético. Albergaste un día la riqueza; escondiste en tus subterráneos
-el tesoro de Aladino; otro día encubriste la mágica sabiduría, y bajo tu
-techo abrió las alas, llamado por el cabalístico conjuro, el ángel
-Asrael; pero lo que vale en ti más que todo es haber tenido la gloria de
-abrigar los ensueños luminosos del Arte. Domenico Theotocopuli,
-descansando en este mismo lugar, concibió las visiones celestiales, el
-séquito de ángeles alargados y de figuras que parecen copiadas en
-cóncavos espejos. Tal vez aquí, en una hora como ésta, mientras, frente
-al caballete, untaba sobriamente en la paleta sus cuatro colores
-favoritos, hablaba de cosas ascéticas con su amigo el venerable maestro
-Fray Juan de Avila.
-
-Toledo entero está lleno de este espíritu enfermo de la divina locura
-del genio. Toledo es del Greco; nadie le puede disputar esta soberanía.
-Es su dominio, su feudo, su monumento.
-
-He visitado las iglesias, los palacios, las fortalezas, las ruinas, las
-mezquitas, las sinagogas; el portento de la Catedral, que sobrecoge como
-el misterio del _más allá_; el alcázar poblado de espectros
-esplendentes.
-
-El arte mudéjar, la arquitectura muzárabe, las maderas incrustadas de
-nácar, las techumbres sobrecargadas de marfil, han removido en mí el
-mundo fantástico de los recuerdos. Las joyas, de trémula pedrería; las
-vestiduras, de brocado magnífico; las capas magnas, de gemados diseños;
-los tapices, de colorido inmarcesible, me han herido los ojos con
-deslumbramientos de milagro. El sepulcro de don Alvaro de Luna, el
-sarcófago del Cardenal Mendoza, la espada de Alfonso VI, las insignias
-del Cardenal Cisneros, el San Francisco de Asís de Mena, limpiaron en mi
-fantasía el panorama de la historia. He soñado leyendas, he recitado
-romances, viendo templar una hoja de acero, junto a una vieja fragua, y
-contemplado, en su capilla silenciosa, al Cristo de la Vega.
-
-Mas cosa ninguna me ha tocado el corazón ni me ha producido emoción más
-honda que el rincón de la iglesia de Santo Tomé, donde viví, quién sabe
-cuántos siglos, en el breve tiempo en que logró mi alma alcanzar la
-elevación del éxtasis, ante el muro que sostiene el prodigio del
-Entierro del Conde de Orgaz.
-
- * * * * *
-
-Al concluir mi larga meditación en el jardín de la casa del Greco, del
-formidable inmortalizador de la España devota y caballeresca, enderecé
-mis pasos hacia el rumbo opuesto; atravesé la plaza del Zocodover; pasé
-por debajo del arco de la Sangre y me detuve frente a un caserón
-pringoso y obscuro, en cuyo patio se desgranaba, materialmente, un
-veterano coche de camino. Era la posada del Sevillano. Un forastero
-pobre, de aspecto hidalgo, de aguileño rostro, manco y gallardo, se
-hospedó en esta posada. Llamábase, el tal, Miguel de Cervantes
-Saavedra.
-
-Y cuéntase que en alguno de estos aposentos escribió una de las fábulas
-más hermosas y típicas de la lengua castellana. ¿Quién ha oído hablar
-por ahí de _La Ilustre Fregona_?...
-
-
-FIN
-
-[Illustration: BIBLIOTECA ARIEL]
-
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-
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-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
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-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
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-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
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-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
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-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
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-For additional contact information:
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
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-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
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- The Project Gutenberg eBook of Estampas de viaje, por Luis G. Urbina.
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-<pre style='margin-bottom:6em;'>The Project Gutenberg EBook of Estampas de viaje, by Luis G. Urbina
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-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this ebook.
-
-Title: Estampas de viaje
-
-Subtitle: España en los días de la guerra
-
-Author: Luis G. Urbina
-
-Release Date: October 31, 2020 [EBook #63587]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team
- at http://www.pgdp.net (This file was produced from images
- available at The Internet Archive)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ESTAMPAS DE VIAJE ***
-</pre><hr class="full" />
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-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="2"
-style="border:3px double gray;padding:1em;
-text-align:left;" class="smcap">
-<tr><td><a href="#INTRODUCCION">INTRODUCCION</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#ENTRE_DOS_BAHIAS">ENTRE DOS BAHÍAS</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#EL_DELIRIO_DE_WALL_STREET">EL DELIRIO DE «WALL STREET»</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#UN_MINUTO_DE_NUEVA_YORK">UN MINUTO DE NUEVA YORK</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#EL_PELIGRO_DE_LOS_MONITORES_Y_LAS_NOTICIAS_DE_A_BORDO">EL PELIGRO DE LOS MONITORES Y LAS NOTICIAS DE A BORDO</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#CADIZ">CÁDIZ</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#GIBRALTAR">GIBRALTAR</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#BARCELONA_LA_VIEJA">BARCELONA LA VIEJA</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#BARCELONA">BARCELONA</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#BARCELONA_SE_DIVIERTE">BARCELONA SE DIVIERTE</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#EN_BARCELONA">EN BARCELONA</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#EN_MADRID1">EN MADRID</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#UNA_PAGINA_DE_NOVELA">UNA PÁGINA DE NOVELA</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#EL_MADRID_DEL_GENERO_CHICO">EL MADRID DEL GÉNERO CHICO</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#MENDIGOS_Y_GUITARRAS">MENDIGOS Y GUITARRAS.</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#LA_ULTIMA_VISITA">LA ULTIMA VISITA</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#VALLE-INCLAN">VALLE-INCLÁN</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#ALREDEDOR_DE_LOS_ASESINOS">ALREDEDOR DE LOS ASESINOS</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#LA_FIESTA_ROJA">LA FIESTA ROJA</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#LOS_LITERATOS_ESPANOLES_Y_LOS_RUISENORES_AMERICANOS">LOS LITERATOS ESPAÑOLES Y LOS RUISEÑORES AMERICANOS</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#EN_MADRID2">EN MADRID</a></td></tr>
-<tr><td><a href="#EN_TOLEDO">EN TOLEDO</a></td></tr>
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_2" id="page_2">{2}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_3" id="page_3">{3}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="cb"><big>ESTAMPAS DE VIAJE</big><br />
-ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_4" id="page_4">{4}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_5" id="page_5">{5}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p class="cb">
-LUIS G. URBINA<br />
-</p>
-
-<h1>ESTAMPAS<br />
-DE VIAJE</h1>
-
-<p class="cb"><big>ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA<br />
-<br />
-<span style="margin-left: 50%;">Creer-Crear.</span><br />
-<br />
-<img src="images/colofon.jpg"
-width="175"
-alt="BIBLIOTECA
-ARIEL"
-/></big>
-<br />
-<br />
-
-EDITADA POR LA REVISTA HISPANO-AMERICANA<br />
-<br />
-<span class="pagenum"><a name="page_6" id="page_6">{6}</a></span>«CERVANTES»<br />
-<br />
-Es propiedad de la<br />
-BIBLIOTECA ARIEL<br />
-<span class="pagenum"><a name="page_7" id="page_7">{7}</a></span><br />
-<br />
-<i>Este libro está dedicado a la memoria<br />
-de</i><br />
-<br /><span class="huge">
-<i>Justo Sierra</i></span><br />
-<br />
-<i>mi maestro, que amó a España y en<br />
-ella murió.</i><br />
-<span style="margin-left: 30%;">
-<i>Luis.</i></span><br />
-<br /><span style="margin-right: 20%;">1920.</span></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_8" id="page_8">{8}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_9" id="page_9">{9}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_10" id="page_10">{10}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_11" id="page_11">{11}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="INTRODUCCION" id="INTRODUCCION"></a>INTRODUCCION</h2>
-
-<p><i>Al comenzar el año de 1916 pisé, por primera vez, tierra española.</i></p>
-
-<p><i>Desde la orilla del Mediterráneo, todo yo me volví ojos para ver y
-corazón para sentir.</i></p>
-
-<p><i>Vine como redactor corresponsal de</i> El Heraldo de Cuba, <i>y para ese
-periódico escribí mis impresiones de viaje. Las escribí poniendo en
-ellas amorosa sinceridad</i>.</p>
-
-<p><i>Así, tan de pronto, no era posible que penetrase yo en el alma de este
-pueblo, a pesar de las afinidades que tiene con el mío, y que en mí
-mismo percibí al entrar en el ambiente ibérico.</i></p>
-
-<p><i>Mas las obscuras herencias que despertaron en mi espíritu, sirvieron de
-acicate a mi curiosidad y de orientación instintiva a mis
-<span class="pagenum"><a name="page_12" id="page_12">{12}</a></span>observaciones.</i></p>
-
-<p><i>Nada miré sin interés o sin emoción; y, aunque recién venido, acerqué
-cuanto pude, la oreja, al pecho enjoyado de España.</i></p>
-
-<p><i>Formé este libro con algunas de las notas y apuntes que rápidamente fuí
-tomando entonces, en horas de angustia y asombro para la humanidad.</i></p>
-
-<p><i>Después, este gran país, que seduce desde luego la vista con el
-espectáculo de sus costumbres y de su naturaleza, y aviva la imaginación
-y la estimula a las evocaciones ante sus viejas maravillas de arte, fué,
-poco a poco, revelándome cuanto encierra su seno de calladas y profundas
-virtudes.</i></p>
-
-<p><i>Y la ilusión con que en él soñé, se ha convertido en la admiración y la
-devoción con que ahora lo quiero. Y tanto como me deslumbró la
-magnificencia de su pasado, me llena de fe el presentimiento de su
-porvenir.</i></p>
-
-<p><i>En las páginas que siguen hay, seguramente, más de adivinación que de
-análisis.</i></p>
-
-<p><i>Me queda el anhelo de lograr algún día&mdash;mejor poseído por el creciente
-<span class="pagenum"><a name="page_13" id="page_13">{13}</a></span>encanto de esta tierra de sol y de leyenda&mdash;rendir a la raza, en verdad
-y en belleza, el filial tributo que le debo en nombre de mi patria
-americana, que al otro lado del Atlántico es como una dulce
-prolongación, como un fresco brote de esta España en cuyo suelo está
-germinando todavía una primavera de libertad.</i></p>
-
-<p class="rt">
-<span class="smcap">Luis G. Urbina.</span><br />
-</p>
-
-<p>Madrid, diciembre de 1919.<span class="pagenum"><a name="page_15" id="page_15">{15}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_14" id="page_14">{14}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_16" id="page_16">{16}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_17" id="page_17">{17}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="ENTRE_DOS_BAHIAS" id="ENTRE_DOS_BAHIAS"></a>ENTRE DOS BAHÍAS</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span>L contraste no pudo ser más sugestivo. Al partir de la Habana, durante
-un vivo y cálido atardecer, el mar de seda de la bahía mezclaba a su
-azul, bruñido por la luz del crepúsculo, súbitos y variados matices. Se
-mecía una onda, y en su seno encendíase, por un instante, un guiñapo de
-escarlata desteñida. Venía brincando una ola de curvas elegantes, y su
-vidrioso contorno empenachábase de espuma sonrosada. Alrededor de los
-remolcadores temblaba una franja de cambiantes. Las barcas, al pasar,
-dejaban en la corriente una larga raya de colores, como si fueran
-soltando serpentinas en la corriente.</p>
-
-<p>Y cuando el buque empezó a moverse, toda la ciudad, salpicada de chispas
-locas,<span class="pagenum"><a name="page_18" id="page_18">{18}</a></span> se fué deshaciendo en una rosada penumbra. Las fachadas del
-<i>Malecón</i>, que parecían un suave dibujo en miniatura, se fundieron, poco
-a poco, y conforme iban estando más lejos, en una extensa mancha en la
-que sólo brillaban&mdash;latidos de claridad amarilla&mdash;puertas y ventanas.
-Después, en la franja obscura de la ribera, vimos, por mucho tiempo
-todavía, el índice negro del Morro, coronado por la movediza llama
-verde, que paseaba, en torno suyo, su ráfaga de tenue claridad. La bahía
-de la Habana acababa de despedirse del sol, deteniéndolo como una
-Julieta enamorada, y pidiéndole el último beso. Al mirarla, casi borrosa
-en la distancia, podría uno imaginarse, sin esfuerzo, que la vieja y
-deliciosa metrópoli cubana quedaba, trémula de emoción, como criolla
-apasionada, en el instante en que concluye la cita y desaparece el
-galán.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Hoy, cuatro días más tarde, desde la cubierta del veterano buque
-español, veo un<span class="pagenum"><a name="page_19" id="page_19">{19}</a></span> cuadro distinto del tropical, de aquel que retengo en
-la memoria como el recuerdo de una cariñosa despedida. El frío es
-intenso, y los pasajeros, enfundados en sendos abrigos, al hablar, echan
-por la boca nubecillas de vapor plomizo. El mar está sucio y pesado el
-oleaje. La niebla, que desde ayer emboza los horizontes, se acerca más y
-se hace más densa. De ella sale, como si la atravesara con esfuerzo, un
-reflejo gris que melancoliza el ambiente. Una lluvia menuda cae sobre
-las aguas, y las enturbia al encarrujarlas en pequeñísimos rizos. Es una
-hora indecisa que no atinaríamos a definir si, recurriendo a las
-muestras de los relojes, no viésemos que señalan las diez y que, tras de
-una noche azul, nos encontramos a la mitad de la mañana nublada. El
-buque está frente a Nueva York. Todos los pasajeros, de bruces sobre las
-barandillas, quieren ver lo que se dibuja en aquellos telones de húmeda
-y maculada blancura. Algún viajero «snob» se ha echado a la cara los
-gemelos, en una actitud cómica de inglés de opereta. Ver la ciudad,
-distinguir los edificios, contemplar el panorama, es imposible. Pero
-divisar todo esto, sorpren<span class="pagenum"><a name="page_20" id="page_20">{20}</a></span>der, aquí una masa de bruma negra, allá un
-contorno borroso, y la sombra de un edificio, y el fantasma de una
-embarcación, ya es menos difícil. Sí; mirando atentamente, devorando con
-los ojos la niebla, horadándola con la imaginación, se va distinguiendo,
-imprecisamente, lo que se arrebuja y esconde en el horizonte. Primero es
-un islote, que antes que lleguemos a la ciudad nos sale al encuentro:
-entre árboles de humo verdinegro, caseríos rústicos de vaporosa
-inconsistencia, barcas que parecen hechas en el aire con las espirales
-de un cigarrillo; dos torpederos de sepia aguada, perfilados junto al
-montículo pastoso de una fortaleza. Y luego, en el amplio fondo,
-caprichosamente reclinadas, unas nubes sombrías, unas formas extrañas,
-dos, tres, cuatro erectos paralelepípedos, que dan el efecto de que son
-bandas negras, estandartes desteñidos que cuelgan de la altura del
-horizonte, mejor que formas que se levantan asentadas sobre la tierra.
-Son pedazos de montañas, acantilados, tajos y escarpaduras. Trazados al
-esfumino, tienen la vaguedad de las pantallas fotográficas. Yo adivino
-que allí enfrente está la ciudad;<span class="pagenum"><a name="page_21" id="page_21">{21}</a></span> es más, lo sé; pero aquellas
-fantasmagorías no dejan de turbarme un poco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso?&mdash;pregunto a un compañero que cerca de mí sonríe, como
-saludando a un conocido.</p>
-
-<p>&mdash;Son los «rasca cielos»&mdash;me contesta&mdash;; mire usted;&mdash;y me va señalando
-los sitios con el índice&mdash;: allá está el «Singer Building»; allá el
-«Municipal Building»; el «Metropolitan», y el más alto y airoso, el
-«Woolvord»...</p>
-
-<p>Entonces, recuerdo los almanaques, los anuncios, los avisos murales, la
-inundación de pinturas, grabados, estampas que he visto durante mi vida
-por todas partes, en libros, en oficinas, en tiendas. Me divierto
-retocando, precisando, abriendo vanos, componiendo remates, labrando
-piedras, extendiendo colores, en una tarea imaginativa, en la cual
-colabora, confusamente, la memoria.</p>
-
-<p>Y por asociación, por semejanza, frente a aquel diorama de vidrio
-ahumado, me acuerdo de las ilustraciones en que la pluma de Hugo solía
-entretenerse, al margen de las cuartillas manuscritas, mientras el
-potente cerebro repujaba alguna imagen es<span class="pagenum"><a name="page_22" id="page_22">{22}</a></span>tupenda. Cuéntase que, a
-veces, en la nerviosidad con que la mano saltaba del tintero al papel,
-caía en la garrapateada página una gota de tinta. El poeta, en un
-maniático «dilettantismo», aprovechaba la ocasión, y de aquella gota
-negra, extendida en líneas, siluetas y trazos inverosímiles, iban
-saliendo portentosas sombras chinescas: el castillo medioeval de los
-Burgraves; un ejército en marcha; la cabeza de monstruo de Quasimodo;
-una carrera de titanes en fuga. Quedan todavía, en viejas ediciones, los
-caprichos tumultuosos de aquel dibujante, en quien la fantasía creadora
-pudo sustituir con ventaja a la técnica correcta.</p>
-
-<p>Algo de esa vaga exuberancia poseía, para mí, el espectáculo de la bahía
-neoyorquina. A través del encaje levísimo de la lluvia, la ciudad
-nebulosa, se me aparecía, en lo remoto, como un friso de cielo invernal
-en el último momento de un ocaso sin sol. Mi curiosidad se entremezclaba
-de melancolía. Mi espíritu encontraba un ambiente propicio para su
-desfallecimiento.</p>
-
-<p>Miraba yo, miraba, en una difusión de ideas, que reproducía en mi
-interior las nebulosidades del día. Y de pronto, en el<span class="pagenum"><a name="page_23" id="page_23">{23}</a></span> borrado y último
-término, en una semiclaridad amarillenta que parecía brotar de abajo,
-como una humareda luminosa, fué dibujándose, más precisa cuanto más la
-miraba yo, una masa de sombra compacta que poco a poco diseñó en el
-fondo su contorno, con la habilidad de esos artistas callejeros que,
-recortando con tijeras papel negro, hacen retratos en siluetas, que
-pegan después sobre un naipe cualquiera. Y vi: las sobrias molduras de
-un pedestal basto; la línea culebreante de una veste griega; los trazos
-paralelos de un brazo en alto que remataba en un florón obscuro que
-rememoraba una antorcha; la curva cerrada de una cabeza que diademaban
-largas púas tenebrosas. Era una estatua, la colosal estatua de Bertoldi,
-erguida sobre las aguas incoloras, en la tristeza de una inmensidad de
-claro-obscuro.&mdash;La «Libertad iluminando el mundo»&mdash;pensé, repitiendo el
-nombre del célebre y artístico faro.</p>
-
-<p>Allí la vi en una hora de misterio, de bruma, de fría y rara vaguedad.
-Se diría que, como un nubarrón, estaba próxima a deshacerse al soplo de
-una cercana tormenta. Se diría que, dentro de su obscuridad, se
-acu<span class="pagenum"><a name="page_24" id="page_24">{24}</a></span>rrucaba el rayo insomne. Era un guardián de tiniebla, vigilando una
-ciudad de sombra.</p>
-
-<p>Y mientras llegábamos al muelle, me puse a tejer con neblina,
-perplejidad y sueño, un símbolo profético y pavoroso.<span class="pagenum"><a name="page_25" id="page_25">{25}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_26" id="page_26">{26}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_27" id="page_27">{27}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="EL_DELIRIO_DE_WALL_STREET" id="EL_DELIRIO_DE_WALL_STREET"></a>EL DELIRIO DE «WALL STREET»</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span>LEGAMOS al sucio muelle, y entre ruido de cadenas, golpes de tabla,
-gritos de primitivo y batahola de marinería, nos preparamos a descansar
-un poco de las monótonas cien horas de mar en calma.</p>
-
-<p>Es domingo. Estoy en la orilla de la ciudad estupenda, descrita,
-admirada, cantada, glorificada, analizada por una legión de filósofos,
-de artistas, de poetas, de pensadores, de curiosos. A mí, que sólo veo
-desde el buque una fila de casas, muy altas, acribilladas de ventanas en
-hilera, me produce la impresión de que me hallo junto a una urbe
-extraña, monstruosa y vacía. De fuera no viene ningún rumor. No percibo
-un movimiento. Nadie asoma por las innúmeras ventanas. No se oye el eco
-de unos pasos. De un lado, los edificios están mudos; del<span class="pagenum"><a name="page_28" id="page_28">{28}</a></span> otro, las
-lejanias, veladas. Arriba, la nublazón, inmóvil; abajo, la corriente,
-silenciosa. Únicamente las gentes del barco trajinan. Los pasajeros que
-no han salido, duermen. Cae la tarde, a telón lento, sin esfuerzo,
-simplemente, sin pugilatos de luz y sombra, porque, de antemano, lo gris
-es ya uno de los matices de lo negro; es la tiniebla empalidecida.</p>
-
-<p>Y en ella comienzan a clavarse las chispas eléctricas del alumbrado. Por
-detrás de los formidables muros de las construcciones fronteras al
-muelle, sube un vaho de claridad blanquecina, como polvo de luna. Es la
-iluminación de Nueva York. Dejo pasar dos horas, tres; me aburro sobre
-cubierta. Y, aunque me dicen que nada hay que ver en un domingo de
-población yanqui, me aventuro a pasear mi fastidio, siquiera sea por la
-parte baja de la ciudad. Salgo de la embarcación como un ratoncillo sale
-de su escondite, atisbando hacia todos lados. La calle del muelle,
-obstruida en una acera por montones de cajas y barriles, está desierta
-por la otra, y presenta cerradas las puertecillas con escalones de
-piedra, cerca de los barandales que señalan los sótanos. Veo un<span class="pagenum"><a name="page_29" id="page_29">{29}</a></span> extenso
-cuadro simétrico y uniforme:&mdash;la simetría es quizás una característica
-de la estética de este pueblo&mdash;. Casas semejantes; casas iguales; no
-varían, a primera vista, más que los rótulos y sus leyendas en oro, en
-carmín, en azul. De trecho en trecho, los faroles públicos colocan su
-nota ocre en la pesada penumbra. A lo lejos, el puente de Brooklyn raya
-el aire con su formidable dibujo geométrico. Camino unos pasos, y una
-plaquilla de hierro en la punta de un poste, en el ángulo de una amplia
-vía, me señala una ruta: «Wall St».</p>
-
-<p>¡Ah! La arteria financiera; como si dijéramos: la aorta. Me encuentro en
-el corazón comercial. (¿Esta ciudad tendrá dos corazones a la manera de
-ciertos organismos anormales?)</p>
-
-<p>Siguen las casas negras, altas, medrosas. Anchas las aceras; grande y
-pulida la calzada. Mas aquí no existe la simetría arquitectónica. No
-distingo estilos, y, sin embargo, percibo variedades; formas entrantes y
-salientes; encristalados ventanales; columnas de pórtico romano;
-abigarramientos de piedra; grandiosidades sin majestad; imitaciones sin
-gusto. Estas fábricas maci<span class="pagenum"><a name="page_30" id="page_30">{30}</a></span>zas me producen un efecto de solidez
-improvisada. Se marca bien, a pesar de ello, el carácter de la obra. No
-son viviendas: son oficinas, despachos, bancos. Aquí y allá, la palabra
-«Lunch», se combina de distintos modos. Algún escaparate conserva
-iluminada su pequeña exposición de tabaco. Se comprende que todos estos
-<i>restaurants</i> son otras tantas oficinas de comer de prisa, para seguir
-en la afanosa labor.</p>
-
-<p>Ahora, esta vía está solitaria como la calzada de un cementerio. Por muy
-corto tiempo ha desaparecido la agitación. Las cosas están en reposo;
-pero se nota que esperan la vuelta del torbellino humano. La arteria
-queda exangüe por unos cuantos momentos. Yo marcho por el embaldosado y
-soy el único sér con animación en esa profunda y agresiva soledad. Mi
-vieja murria se mezcla de curiosidad infantil. Héme aquí al pie de una
-estatua, de proporciones extraordinarias, que corta en dos mitades la
-escalinata de un templo corintio. A la media luz de la calle, reconozco
-la figura: es Wáshington. Y recurro a mi memoria para percatarme de que
-dentro del templo corintio está encerrada una buena parte del<span class="pagenum"><a name="page_31" id="page_31">{31}</a></span> tesoro
-del Estado. Un Wáshington de granito, inquebrantable como el de carne,
-cuida la suma fabulosa, el oro, el papel moneda, lo que yo no puedo
-saber en mi breve escapatoria de colegial aventurero.</p>
-
-<p>&mdash;Haces bien, Wáshington&mdash;le digo a la estatua&mdash;, cuida del tesoro
-monetario. ¡Ojalá que dentro del arca de sillares labrados, a cuyo
-frente estás, guardara tu pueblo otros tesoros espirituales que tal vez
-ande malgastando por el mundo!</p>
-
-<p>Y sucedió que, sugerido por mis propias meditaciones, moviéndome dentro
-del fondo de Rembrandt, de «Wall Street», tuve una pueril alucinación:</p>
-
-<p>Vi que, en el silencio solitario del sitio, de la angosta puerta de una
-de aquellas oficinas, salía con su traje talar, y su becoquín negro, un
-judío del siglo XIV: el cuerpo encorvado y temblón; la barba luenga y
-cana; los ojos de nictálope; la nariz de pico de halcón; las manos
-sarmentosas, saliendo, como hierbas secas, de la campana de las mangas.
-Lo reconocí inmediatamente. Era mi amigo Shylock. No me cabía duda. Y
-hasta creí ver relucir en uno de sus cerrados puños el cuchillo
-vengador.<span class="pagenum"><a name="page_32" id="page_32">{32}</a></span> Iba, como siempre, en busca de la libra de carne del deudor.</p>
-
-<p>Pero su paso, inseguro y lento, le impedía alcanzar a la muchedumbre
-numerosísima, a el ejército obscuro que, apelotonándose por millares,
-corría delante de él. Shylock hacia estériles esfuerzos por llegar.
-¡Imposible! La carrera loca de la multitud era fantásticamente rápida.
-También a mí me estaba pasando una cosa imprevista. Yo volaba tras el
-judío y sus perseguidos, tal como suelo volar durante el sueño.
-Comprendí que Hermes me había prestado sus alas. Y ya no me importaba la
-altura sombría de las casas de Nueva York. Era agradable mi ingravidez.
-Todos volábamos en un vértigo jadeante. Abajo, en la llanura humana, se
-agitaban los brazos como espigas negras en el término de la noche.</p>
-
-<p>Y, de repente, a la espalda del gigantesco ángulo ojival&mdash;invertido
-embudo de tinta china&mdash;de la iglesia de «La Trinidad», fué subiendo un
-segmento de oro cegador; y subiendo, subiendo, milagrosamente, el
-circulo colosal llenó el espacio: ¡el sol!</p>
-
-<p>Sí; un sol nuevo, recién fundido acabado de troquelar, porque el astro,
-gloria del<span class="pagenum"><a name="page_33" id="page_33">{33}</a></span> cielo, era nada menos que una áurea y gran moneda de veinte
-dólares... Y empezó a encender el día...</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>En el «angosto lecho» de mi camarote, me reía a solas, de mis
-intemperancias de visionario. Desde allí oí sonar las campanas de
-cristal de «La Trinidad». El silencio estaba haciéndose más hondo.<span class="pagenum"><a name="page_35" id="page_35">{35}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_34" id="page_34">{34}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_36" id="page_36">{36}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_37" id="page_37">{37}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="UN_MINUTO_DE_NUEVA_YORK" id="UN_MINUTO_DE_NUEVA_YORK"></a>UN MINUTO DE NUEVA YORK</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">C</span>ONOCÍ en mi tierra a un literato rico, sér extraordinario, no porque su
-riqueza fuese grande como la de un nabab, ni porque su literatura
-alcanzara las proporciones de un genio, sino porque, además de juntar en
-una pieza sola el cultivo de las letras y la abundancia del dinero&mdash;caso
-rarísimo en el ambiente novo-hispano&mdash;, tenía el hombre tales manías y
-extravagancias, que teórica y prácticamente se diferenciaba por completo
-del tipo común de los mortales. Ejercitaba su talento y sabiduría en la
-critica, y si sus doctrinas chocaban al buen sentido, por lo
-estrafalarias, no le iban a la zaga sus costumbres, por lo inusitadas y
-excéntricas. No era el suyo prurito de aparecer original, ni fingida
-locura para llamar la atención de los<span class="pagenum"><a name="page_38" id="page_38">{38}</a></span> cándidos; era un real y positivo
-desequilibrio, un orgánico defecto espiritual que le retorcía los
-conceptos y le daba en oblicuo, casi siempre, la visión de la vida.</p>
-
-<p>Y entre las manías que lo caracterizaban, una de las más interesantes y
-divertidas, sin duda, era la de ajustar su existencia a un riguroso
-método, inventado por él, y para él, dizque modificando las supuestas
-leyes de la higiene, ciencia de la cual hablaba pestes el acaudalado
-hombre de letras, quien, por otra parte, era buen cristiano, excelente
-jefe de familia y cumplido caballero.</p>
-
-<p>Recuerdo&mdash;y lo cuento aquí para ejemplificar una impresión&mdash;que fuí a
-verle a su casa una mañana con el fin de averiguar algo que yo
-necesitaba saber sobre asuntos bibliográficos, porque&mdash;también hay que
-decirlo&mdash;era mi amigo un erudito, y no a la violeta como los satirizados
-por el neoclásico español.</p>
-
-<p>Hallé al literato en su biblioteca, garrapateando cuartillas sobre su
-mesa de trabajo, que más bien parecía, por lo cargada que estaba de
-libros y papeles polvorientos, una mesa revuelta. Interrumpió su<span class="pagenum"><a name="page_39" id="page_39">{39}</a></span> labor,
-y nos pusimos a charlar. Así fueron resbalando las horas, hasta que
-llegó para él la de comer. Y digo para él, porque a las once y media en
-punto no había poder humano que evitase el que un viejo criado tendiese,
-sobre la propia mesa de trabajo, un fino mantel y pusiese allí los
-utensilios indispensables para el servicio del almuerzo. El cual daba
-principio de una manera imprevista por todo aquel que no estuviese en el
-secreto del ceremonial estrambótico. Primero, el literato, abstraído por
-completo de cuanto le rodeaba, extraía de uno de los bolsillos del
-chaleco un grueso reloj de oro, de dos tapas, que, previamente abierto,
-colocaba junto al plato vacío, sin apartar los ojos de la muestra, como
-hacían antaño los médicos que tomaban el pulso a los enfermos. Hecho
-esto, el criado, que de antemano habíase preparado, presentaba a su amo
-la fuente de la sopa. Servíase éste y comenzaba a engullir, llevándose a
-tientas la cuchara a la boca, puesto que las miradas las tenía clavadas,
-como un hipnotizado, en el minutero.</p>
-
-<p>&mdash;Dos minutos de sopa&mdash;decía después le un rato&mdash;; basta.<span class="pagenum"><a name="page_40" id="page_40">{40}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Sin interrupción alguna, iba el sirviente presentándole los manjares:</p>
-
-<p>&mdash;Un minuto de pescado... Tres de carne... Cuatro de legumbre... Medio
-de dulce. Otro medio de fruta y, sin discrepancia, seis segundos de
-café. Un instante para limpiarse los labios con la servilleta, otro para
-mojarse los dedos en agua rosada puesta en tazón de cristal, y en un
-abrir y cerrar de ojos, el mozo levantaba el campo. Total: once minutos
-y dos segundos, contados con exactitud matemática, para cumplir con una
-de las indispensables necesidades impuestas por la Naturaleza a todo
-viviente.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Este modo de comer de mi amigo me viene a la memoria al anotar mis
-impresiones de Nueva York. Yo también me nutrí, es decir, quise
-nutrirme, en esta monstruosa yanquipolis, como el literato extravagante:</p>
-
-<p>&mdash;Dos días de Nueva York, que es lo mismo que: una hora de Nueva York, y
-hasta que: un minuto de Nueva York. Eso he creído estar: cuarenta y ocho
-horas, que son un minuto, quizá menos, para ver una<span class="pagenum"><a name="page_41" id="page_41">{41}</a></span> de las más
-prodigiosas ciudades de la civilización moderna.</p>
-
-<p>He contado ya cómo llegué en un domingo nebuloso, y la extrañeza que me
-produjo el enorme silencio de Wall Street, en mi nocturna y tímida
-excursión.</p>
-
-<p>El contraste del siguiente día fué perturbador. Asistí, con infantil
-curiosidad, al despertar de la urbe americana. Vi, primero, en los
-muelles, los grandes carromatos tirados por caballos gigantescos y
-pesados: diez, cien, mil, que rodaban, crujiendo, por la calzada de
-adoquines de piedra. Por el embanquetado frontero, pululaban faquines,
-obreros, marineros, en traje azul, o desarrapados; obscuros unos, de
-negrura de ébano; otros de un rubio, sucio, como pelambre de animal. No
-iban de prisa, y se diría que vagaban al acaso, como si no tuvieran
-ocupación. Por entre ellos se deslizaban tipos de cinematógrafo, seres
-de vicio y de miseria, de rostro abotagado, bombín cubierto de polvo,
-flux mugriento, zapatos de largas caminatas, de correrías nocturnas.
-Todas estas gentes entraban y salían de los «bar», cuyas puertas los
-vomitaban a montones, en incesante movi<span class="pagenum"><a name="page_42" id="page_42">{42}</a></span>miento. Por entre ellos me
-deslicé hasta el ángulo desde donde se abría la amplia calle de los
-negocios. Otro espectáculo absolutamente diverso: una esquina, una
-línea, un punto, separan imperceptiblemente dos mundos que se rechazan,
-que se odian: el vicio y el trabajo, la inteligencia y la riqueza, la
-incuria y la pulcritud, la pereza y el aceleramiento. Hay que figurarse
-un hormiguero con locura ambulatoria. Aquí todas las personas,
-correctamente vestidas, van de prisa, tal como si temiesen no llegar a
-tiempo a la cita. Los transeuntes se cruzan y se entrecruzan, sin
-tocarse, apretados, pero no molestos, sin mirarse, sin estorbarse, cada
-uno con una preocupación clavada en la frente. Pasan los automóviles
-seguros de que no atropellarán a nadie, porque nadie hay que deje de
-saber andar en ese torbellino; hombres y mujeres corren, cuando así lo
-necesitan, y empujan sin miramiento, a quienes les puede impedir el
-libre y rápido ejercicio de las piernas. Las casas bancarias, son
-pueblos agitados; las oficinas, ciudades inquietas. Suben y bajan los
-ascensores con una piña humana, que momento a momento se<span class="pagenum"><a name="page_43" id="page_43">{43}</a></span> renueva. Es el
-afán hecho vértigo; es la fiebre dinámica del anhelo. Los edificios, por
-sus puertas, arcos y columnatas, tragan y degluten multitudes. Por las
-ventanas de la «Bolsa», unos energúmenos mudos hacen señas ridículas,
-pero intencionadas, a la muchedumbre numerosa que invade la vía. Un poco
-más lejos, otra muchedumbre, detenida como un remanso en el oleaje de la
-rúa, escucha a un orador gritón de gesto furibundo. Es un «meeting»
-político.</p>
-
-<p>Y en aquel ruido compuesto de la suma de todos los ruidos posibles&mdash;el
-de la gente que anda, el de las voces que gritan, el del elevado que
-cruza sonando hierro, el de las sirenas de los autos&mdash;, en aquel ruido
-excitante que me perturba más y me causa más pavor que el silencio de la
-noche dominguera, me asalta, con mayor rudeza todavía, una sensación de
-calor. A la herida profunda uno de mis sentidos se une el asombro
-culminante de otro. Lo que acabo de ver me distrae un poco de lo que
-estoy oyendo. Y lo que veo es un gallardete muy grande, que desde la
-altura de un quinto o sexto piso, cuelga en medio de la calle,
-suspendido de un cordel que va de<span class="pagenum"><a name="page_44" id="page_44">{44}</a></span> fachada a fachada. Conforme voy
-marchando, sigo con la vista las paralelas de piedra de la avenida y
-distingo, de trecho en trecho, los mismos gallardetes que ondean con
-leve y pesado balanceo. Todos tienen los colores de la bandera
-americana. Y esos son: llamativas y amplificadas banderas que, colgantes
-en medio de la calle, parecería que están ansiosas de dejar caer del
-lienzo blanco las barras rojas, para que se clavasen, como picas, en el
-pavimento y detuviesen así la indiferente batahola fenicia que anda por
-abajo persiguiendo un propósito material y concreto.</p>
-
-<p>¡Ah!, porque cada bandera tiene su leyenda que habla al ciudadano de
-patria: que le invita a defenderle; que le pide su contingente; que le
-exige una preparación. Las banderas tienen una voz heroica; forman un
-coro bélico, indican al pueblo que está quizá próxima la hora de la
-guerra.</p>
-
-<p>Y las banderas están ayudadas por carteles, por avisos, por «réclames»,
-por «affiches» que pregonan con breve elocuencia la necesidad de una
-aptitud militar frente a los posibles peligros de la humanidad en
-delirio homicida. Se anuncia para el próxi<span class="pagenum"><a name="page_45" id="page_45">{45}</a></span>mo sábado una manifestación
-imperialista.</p>
-
-<p>Yo noto, sin embargo, que ninguno levanta la cara. Y me imagino que la
-manifestación resultará grandiosa, con todo lo que aquí se realiza; pero
-entusiasta, vibrante, conmovedora, tal vez no será.</p>
-
-<p>En mi neoyorkino minuto, volando en el carro del elevado, escurriéndome
-como por corriente profunda, por las perforaciones subterráneas;
-paseando, al caer de la tarde, por la «Quinta Avenida»; discurriendo por
-entre los árboles del «Parque Central», mirando tantas mujeres hermosas;
-oyendo el rumor de tantas charlas, en distintos idiomas; asombrándome de
-tanto lujo, de tanto «confort», de tanta vitalidad anhelante, de tanto
-esfuerzo económico acumulado; sintiéndome vivir en esta ciudad madre,
-inacabable, inagotable, de fealdades colosales, de bellezas
-deslumbradoras, de antros de crimen y de palacios de ciencia y de arte,
-tan brutal y tan exquisita, tan desproporcionada y monstruosa en unas
-partes y en otras tan refinada y sutil; devoradora de carne humana, como
-el Ogro de los cuentos; improvisadora como los genios legendarios, de la
-fortuna y del placer; concen<span class="pagenum"><a name="page_46" id="page_46">{46}</a></span>tradora y propugnadora de energías malsanas
-y de virtudes sublimes; en este minuto mío de atención, de revelación,
-de expectación, he presentido, he creído adivinar que el alma híbrida,
-poliédrica, formidable, de la metrópoli americana, no quiere la guerra,
-no la desea, no piensa en ella. Nueva York no parece imperialista. Y un
-amigo que iba a mi lado, respondió a mis observaciones:</p>
-
-<p>&mdash;Eso es lo que piensas, no lo que ves, quizá. Vuelcas sobre la realidad
-tu mundo interior, y ajustas tus observaciones a tu prejuicio. ¿Qué
-sabes tú lo que hay detrás de cada uno de estos altísimos muros,
-simétrica y multiplicadamente agujereados, donde los grandes y los
-pequeños intereses rumian proyectos financieros? Este es un país de
-fuerza y de audacia: dos fundamentales elementos de la guerra. El
-nervio, que según la frase napoleónica es el oro, lo poseen. Su ambición
-es del tamaño de la ciudad. La idea que tienen de sí mismos es más
-elevada que el más empinado de sus edificios. La americanización del
-mundo necesita, tal vez, del esfuerzo heroico...</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;replico&mdash;; pero alguna vez pienso que este gran pueblo no
-ha definido<span class="pagenum"><a name="page_47" id="page_47">{47}</a></span> ni caracterizado todavía su espíritu nacional. No ha
-cristalizado su ideal. No lo ha unimismado en aspiraciones peculiares,
-en una fórmula suprema. Hay, es cierto, altivez y orgullo en este
-pueblo; pero a esa fanfarronería le falta penacho. Y luego, el
-hibridismo acomodaticio de estas gentes que han venido de los ocho
-puntos de la estrella a medrar, trayendo el desarrollo inusitado de sus
-energías, que, inútiles o improductivas, encuentran aquí un ambiente de
-aventura que las estimula sin cesar; la masa inmensa de aglomerado
-social que se ha adherido a la base étnica de estas colonias sajonas, y
-que sólo muy lentamente va perdiendo el recuerdo de la patria abandonada
-y el contacto moral de las distintas y originarias colectividades de que
-proviene; toda esta sociedad, que es una poderosa nación, la más fuerte
-acaso, con fuerza de juventud desarrollada en la gimnasia de la
-voluntad, no me parece aún una gran patria como esas que cruzan por la
-historia ensangrentadas y divinas, y que van al sacrificio gritando la
-fiera palabra de la raza...</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!, lirismos tuyos. Esta nación irá también cuando le llegue su
-momento. Aho<span class="pagenum"><a name="page_48" id="page_48">{48}</a></span>ra está remisa y como amodorrada de egoísmo. Ríe, como un
-acaudalado burgués, en la sobremesa del banquete casero. Los negocios
-marchan; los cálculos han resultado exactos; las ganancias se
-multiplican. El banquero sonríe, entre un sorbo de champaña y una fumada
-de tabaco. Mas como eso no es la vida entera, la energía social habrá de
-buscar en lo futuro, y obligada por las contingencias, orientaciones
-nuevas.</p>
-
-<p>&mdash;¿La guerra? Nueva York no quiere la guerra; yo lo veo, lo cual no
-quiere decir que los habitantes tengan sus simpatías y partidos. Ahí
-está la prensa que lo confirma...</p>
-
-<p>&mdash;Pero Nueva York no es toda la Unión; es la ciudad cosmopolita y
-egoísta, que ha metodizado el trabajo con el fin de sacarle producto en
-beneficio del goce: acapara y derrocha; acumula y dilapida; es laboriosa
-y fastuosa; cruel y fascinante...</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; pero, mira: nadie levanta la cabeza para ver las banderas.
-Nadie se fija en los anuncios de la manifestación en pro del
-militarismo.</p>
-
-<p>&mdash;No importa. La preparación será posi<span class="pagenum"><a name="page_49" id="page_49">{49}</a></span>blemente difícil y lenta; pero yo
-creo que se llegará; se llegará...</p>
-
-<p>El automóvil nos llevaba por el extenso paseo de la ribera oeste, lleno
-de árboles, de estatuas y de monumentos, de palacios y de niños. La
-Nueva York infantil estaba allí, corriendo a vuelos de mariposa,
-gritando a trinos de pájaro, revolcándose en la alfombra de los pastos.
-Es el lado aristocrático y fino de la ciudad. Allí se extinguen los
-ruidos de hierro y la ensordecedora algarabía. Ni un tranvía. Lujosos
-trenes; máquinas de vuelo silencioso. Caía el sol. Las aguas del Hudson
-al alcance de la mano, tenían un color de violeta iluminoso.</p>
-
-<p>Y flotando en ellas, cerca de la orilla, envueltos en una fantástica y
-transparente neblina azul, vi tres enormes acorazados. Daban el aspecto
-de cetáceos blancos adormecidos sobre las ondas.</p>
-
-<p>Ya las casas que yo miraba tenían esbeltez. Ya los monumentos habían
-recobrado linea, proporción y eficacia. Ya imperaba la belleza sobre la
-monstruosidad. Ya no había nada «colosal»: el matiz chillón, el anuncio
-titánico, los diseños bárbaros se habían quedado allá, en el cen<span class="pagenum"><a name="page_50" id="page_50">{50}</a></span>tro
-pululante y atormentador. La Naturaleza derramaba sus encantos sobre la
-hermosura creada por el hombre.</p>
-
-<p>Y entonces, el sitio, la hora, el paisaje, la ponderación
-arquitectónica, me devolvieron el sentido de mí mismo. Y tuve una
-instantánea noción de convencimiento; de presentimiento, mejor dicho.</p>
-
-<p>He aquí, me dije, dos fuerzas salvadoras: niños y acorazados. Y me lancé
-al ensueño de una humanidad nueva.</p>
-
-<p>Asì pasó, en la claridad de un relámpago, mi efímero minuto de Nueva
-York.<span class="pagenum"><a name="page_51" id="page_51">{51}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_52" id="page_52">{52}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_53" id="page_53">{53}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="EL_PELIGRO_DE_LOS_MONITORES_Y_LAS_NOTICIAS_DE_A_BORDO" id="EL_PELIGRO_DE_LOS_MONITORES_Y_LAS_NOTICIAS_DE_A_BORDO"></a>EL PELIGRO DE LOS MONITORES Y LAS NOTICIAS DE A BORDO</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span> LA altura de los bancos de Terranova nos sorprende, por unas horas de
-la tarde, la niebla. El buque, cabeceando y crujiendo sobre la corriente
-tumultuosa, va como dentro de una nube cargada de lluvia. Todas las
-cosas han tomado un color plomizo: las toldillas, la vela, las jarcias,
-el casco. Cuanto veo parece falto de relieve y matiz; está en
-claro-obscuro. Me causa el efecto de un dibujo al lápiz. Muy pocos
-pasajeros se han atrevido a quedarse sobre cubierta, y esos,
-entrapajados y mudos, no caminan; se han apoltronado en bancas y sillas,
-y, por largo tiempo, como si temiesen moverse, conservan sus encogidas
-posturas. Algunas señoras, con el velo enredado a la cabeza y las manos
-metidas en<span class="pagenum"><a name="page_54" id="page_54">{54}</a></span> los bolsillos de los abrigos, han formado corro sedente
-alrededor de un locuaz cincuentón que charla en voz alta. Varios
-caballeros de gorra encasquetada y enguantadas manos han formado también
-tertulia, y prolongan un parsimonioso palique. Con las capuchas del
-hábito, echadas sobre los cerquillos, tres frailes franciscanos,
-arrellanados en una banca, parecen dormitar. El tiempo corre con
-lentitud y monotonía. Dos marineros, para evitarnos las molestias del
-aire húmedo y frío, empiezan a echar la cortina de lona sobre la
-barandilla de cubierta. Son las cinco. Acaban de sonar los campanillazos
-anunciadores de la primera mesa. Se oyen carreras, voces y risas de
-chiquitines, que se apresuran, desde los pasillos interiores, a llegar
-hasta el comedor.</p>
-
-<p>Mientras, la niebla va amarilleándose como si cambiara su plomo
-ennegrecido en oro pálido. La luz del sol comienza a diafanizar la nube.
-Y, de repente, allá, ábrese un boquete por donde salta un chorro de
-claridad tibia. Y rápidamente la niebla queda deshecha en un fino y
-rubio vaho que, en torno del buque, se aleja hacia los<span class="pagenum"><a name="page_55" id="page_55">{55}</a></span> horizontes. El
-mar, hace un instante negro y pesado, vuelve a mecerse en lentas olas de
-cristalino y obscuro azul. Nadie, sin embargo, se preocupa de todos
-estos pequeños incidentes del color y de la forma. Noto que el mar, en
-una larga travesía, produce aburrimiento en los viajeros. Al salir el
-buque del puerto, se ve el agua con admiración y simpatía; días más
-tarde con indiferencia; y ya en plena alta mar, cuando nos asalta el
-vago concepto de infinito, se ve con cierta secreta e inconfesada
-repugnancia, mezcla de hastío y rencor.</p>
-
-<p>Anhélase ver tierra, y, ya se distinga alguna vez, remotísima, o ya la
-finja un celaje lejano, hay, en el pasaje, una emoción que se revela en
-sonrisas y miradas alegres. Y si tierra no, al menos otro buque, otra
-embarcación que rompa la, para el montón, insufrible igualdad del «padre
-Océano». En un largo viaje marítimo puede uno convencerse de que hay muy
-pocos espíritus, no ya contemplativos, sino observadores, curiosos de la
-realidad siquiera. El cansancio viene pronto y es preciso curarse de él,
-aplicándose grandes dosis de frivolidad. Entonces no se escucha el rumor
-del mar,<span class="pagenum"><a name="page_56" id="page_56">{56}</a></span> sino el de las conversaciones. La murmuración es más
-divertida, indudablemente.</p>
-
-<p>Y, no obstante esta frivolidad, este deseo de matar y olvidar el tiempo,
-se adivina en todos que sí existe una preocupación... dos, que no son,
-por cierto, estéticas ni filosóficas; nos preocupamos, como es natural,
-de nosotros, primero; en seguida, de los demás.</p>
-
-<p>Desde Nueva York nos dimos cuenta de que el buque cargaba materiales de
-guerra. El muelle de la Trasatlántica Española estaba repleto de cajas
-que, según se dijo, contenían municiones y armas. Noche y día
-funcionaban las grúas para meter, en las bodegas devoradoras, aquel
-peligroso cargamento.</p>
-
-<p>No dejaba de alarmar a los timoratos esta circunstancia. Los razonables
-pensaban que, si una nación, hasta ahora neutral, como España, necesita
-transportar pertrechos para sus soldados, no podía ni debía temerse un
-atropello de la vigilancia marítima de las naciones beligerantes. Todo
-ello estaría, de fijo, bien arreglado, para no exponernos a trágicos
-percances. Pero como es invencible el temor a lo imprevis<span class="pagenum"><a name="page_57" id="page_57">{57}</a></span>to, y las
-diarias noticias acerca de hundimiento de barcos no son nada
-halagadoras, y la fantasía, además, hace novelas en colaboración con el
-miedo, había en el ambiente del trasatlántico una difusa sensación de
-malestar que se atemperaba con la idea general e imprecisa de lo
-irremediable. Ibamos, como dijo el clásico, «Ut fata trahun». Sentíamos
-una onda del misterio de la fatalidad antigua. ¡Quién sabe! A las
-perfidias de las ondas podían sumarse las de la guerra. Mas las pueriles
-observaciones terminaban y caían en la punta de pararrayos de un
-optimismo contagioso. El hombre, cuando se encuentra frente a lo
-desconocido, es optimista. No sabe lo que hay detrás de la sombra; pero
-algo bueno ha de ser. Y una orgullosa y terca esperanza lo desatemoriza
-y alienta. Alguien hubo que, para afirmar su confianza, se dirigió al
-capitán del barco y le hizo en voz baja una tímida pregunta, que los
-demás no escucharon, pero adivinaron.</p>
-
-<p>El capitán, fuerte y rudo viejo, habituado al peligro y a la franqueza,
-sonrió con cierto irónico desprecio, y contestó con esta grosería, que
-atenuaba la burla:<span class="pagenum"><a name="page_58" id="page_58">{58}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>&mdash;¡No sea usted tonto!...</p>
-
-<p>Hasta el término del viaje, ninguno se atrevió ya a interrogarle de
-nuevo sobre el asunto.</p>
-
-<p>La preocupación para los demás se manifestaba colectivamente en la
-noche, después de la comida, cuando la cubierta era como la calzada de
-un paseo por la que iban y venían, en ejercicio higiénico, los
-pasajeros. Con frecuencia en esta conversación, y en esotra, y en
-aquélla, se deslizaba el tema universal: la guerra. Había aliadófilos y
-germanófilos, como es de rigor. Y unos y otros discutían y defendían sus
-preferencias. Pero en un buque, que obliga al hombre por algún tiempo a
-una forzada comunidad de juicio, las opiniones se expresan con menos
-violencia, se sostienen con más prudente brío. Los más exaltados
-refrenan sus ímpetus y fingen una moderación verdaderamente ejemplar. De
-modo es que aquel combate de opiniones contrarias, no se encendía en
-disputa bravía como en tierra sucede, sino que era el caballeresco
-asalto a florete, con peto y careta, en una sala de armas.</p>
-
-<p>Mas por la noche, a la entrada del salón,<span class="pagenum"><a name="page_59" id="page_59">{59}</a></span> un marinero clavaba la tabla
-de noticias. Los polluelos que andan sueltos por el corral, acuden con
-prisa menor al llamado de la gallina madre que ha encontrado unos
-granitos de arroz y se los picotea, que la que mostraba los dos pasajes,
-el de primera y el de segunda, por acercarse a leer el pliego de los
-marconigramas. Apelotonábanse las gentes, y su avidez era tan ansiosa
-como la de los callejeros muchachos que rodean a los padrinos después de
-un bautizo a la salida de la parroquia. Los que no alcanzaban los
-primeros lugares, contentábanse con preguntar a los que podían leer de
-cerca:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?</p>
-
-<p>Nada había, casi nada: incidentes estratégicos en Verdun; algún pequeño
-barco echado a pique; ataques parciales en el frente italiano;
-movimientos rusos sin importancia.</p>
-
-<p>Era la desilusión de cada veinticuatro horas. Se deseaba, en aquella
-existencia aburridora de la travesía, sentir un choque brutal, una honda
-conmoción que sacudiese el espíritu. Y en aquel grupo de fastidiados se
-comprendía, de modo concreto<span class="pagenum"><a name="page_60" id="page_60">{60}</a></span> y preciso, el deseo creciente de que
-concluya cuanto antes esta horrible angustia que parece interminable y
-que se ha vuelto desesperante. A veces se leían, en alta voz, las
-noticias redactadas muy lacónicamente, y vertidas del inglés, en un
-castellano indescifrable como una inscripción cuneiforme. Y después de
-la lectura y el comentario, quedaban la inquietud, la tristeza, que&mdash;a
-un relámpago de pasión, que pasaba, de repente, por la
-conciencia&mdash;transformábase en fe por la causa, en seguridad de triunfo,
-en exposición de razonamientos, en proyectos de proposiciones
-pacifistas, en cuento y recuento de ejércitos, en fabuloso cálculo de
-gastos, en nimios e infantiles juegos de imaginación, que, como las
-espirales hechas con el humo de un pitillo, se deshacen en el aire,
-apenas esbozados.</p>
-
-<p>El laconismo de las noticias parece traer aparejado otro elemento: la
-atenuación. Son breves, y, al mismo tiempo, suaves. Despojadas en la
-forma periodística, sin «cabezas» llamativas, sin amplificaciones
-circunstanciales, están, al mismo tiempo, escritas en forma irresoluta y
-vacilante: «Al<span class="pagenum"><a name="page_61" id="page_61">{61}</a></span> Oeste o al Este del Mosa se está efectuando un ataque
-alemán, que «quizá» termine por ser rechazado...&mdash;«se asegura» que, en
-la frontera italiana, se contuvo la ofensiva austriaca&mdash;. «Es probable»
-que los rusos hayan avanzado... Nada fijo, nada imperativo ni
-afirmativo; una duda agridulce, una condicional precaución, prestan
-vaguedad a los radiogramas.» No quedan conformes los lectores nerviosos.
-Se dirigen a la oficina:</p>
-
-<p>&mdash;¿Está ahí el primer «Marconi»?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues el segundo...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué desean ustedes?</p>
-
-<p>Y da principio la conquista de la verdad. Circunloquios, sugestiones,
-ruegos para saber cuál es la noticia cierta o entera. Porque las de la
-tabla estarán mutiladas o alteradas, ¿quién lo ignora?</p>
-
-<p>El segundo «Marconi», imperturbable, recibe el chaparrón verbal, y
-cuando se alarga, lo detiene en seco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah, hombre! Esas son las que recibimos. No hay otras. No se figure
-que las estoy inventando.</p>
-
-<p>Los que no conformes, se retiran; protes<span class="pagenum"><a name="page_62" id="page_62">{62}</a></span>tan entre dientes, y luego se
-desbandan para seguir el paseo de la digestión.</p>
-
-<p>Entretanto, la noche ha cerrado. El mar tiene una inquietud amenazadora.
-El buque se balancea rítmicamente. Brillan por todas partes, en las
-aguas, estrías luminosas. Algunas blancas estrellas parpadean en el
-horizonte, como ojos cansados. Hace frío y tristeza.</p>
-
-<p>En el salón canta, al piano, una tiple de zarzuela que va contentísima
-de regresar a España:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">Canta vagabundo<br /></span>
-<span class="i0">tus pesares por el mundo,<br /></span>
-<span class="i0">que tu canción quizá<br /></span>
-<span class="i0">el aire llevará...<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Sentados en una banca, los frailes franciscanos han abierto sendos
-breviarios, y a la luz de un farol de la toldilla, calladamente leen...<span class="pagenum"><a name="page_63" id="page_63">{63}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_64" id="page_64">{64}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_65" id="page_65">{65}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="CADIZ" id="CADIZ"></a>CÁDIZ</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span> LAS siete de la mañana estábamos frente a Cádiz. El mar, azul y rosa,
-sin una arruga; terso y brillante, como de vidrio. Sobre él, en segundo
-término, la vieja ciudad, montón de caseríos blancos extendidos en una
-faja que moteaban las manchas verdes de los jardines.</p>
-
-<p>El sol espolvoreaba su polvillo radioso por encima de aquella blancura.
-La hermosura de la bahía nos emocionaba menos que la presencia de la
-tierra cercana. En el anterior anochecer habíamos visto fulgurar en
-lontananza, como un astro a ras de las aguas, el faro del Cabo de San
-Vicente; y por mucho tiempo clavamos ojos y pensamiento en el punto
-fúlgido que nos hacía guiños de lumbre.<span class="pagenum"><a name="page_66" id="page_66">{66}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>&mdash;Aquí está ya la tierra&mdash;nos decía&mdash;: pronto volverás a verla.</p>
-
-<p>Y, en efecto, el faro cumplió su promesa; poco después de amanecer,
-Cádiz estaba allí. Atracó el buque en el muelle. Echaron los marineros
-la escala, descendimos, y con regocijo alborotador, semejante al de los
-muchachos que salen de la escuela, en varios grupos, los pasajeros
-echáronse a caminar, los más sin rumbo ni propósito, y los que debían
-quedarse allí, por ser el término del viaje, a buscar asilo y reposo.</p>
-
-<p>En terreno plano, las angostas y torcidas callejas de Cádiz impresionan
-por su aspecto limpio y sencillo. Las fachadas, de altos muros,
-empenumbran las vías estrechas; pero como domina el color blanco, la
-pintura clara, hay, a pesar de la ligera penumbra, alegría en el
-ambiente. Por lo general, no hay balcones, sino miradores de cristales
-cerrados. Es raro ver asomada en ellos a una persona. Figúrome que esta
-es una de las seculares costumbres, residuos, tal vez, del retraimiento
-oriental. Pero si no mujeres, flores sí suelen asomar por las casas;
-lindos tiestos de claveles que ponen su nota de rojo encendido en la
-apacible blan<span class="pagenum"><a name="page_67" id="page_67">{67}</a></span>cura de los muros. De cuando en cuando, plazas arboladas,
-por donde discurren, con provinciana lentitud, los vecinos; una anciana
-obesa, con la canasta al brazo; un sacerdote de capa y sotana, y peludo
-y acordonado sombrerillo; un joven de chaquetilla ceñida y sombrero
-cordobés; un señor con figura de oficinista pobre; un muchacho de blusa
-larga que vocea periódicos.</p>
-
-<p>Y es allí donde reside la alegría: en ese movimiento callejero; en esa
-gente que, sin precipitarse, va de aquí para allá; en esas morenas de
-andar garboso; en esos obscuros mantones; en esas peinetas que, bajo las
-mantillas trasparentes, muerden cabellos lustrosos; en esos grandes ojos
-que relucen; en esas provocativas bocas que sonríen; en esos rostros
-agitanados, por los cuales pasa a cada instante un relámpago de contento
-instintivo.</p>
-
-<p>Cádiz no es monumental; algún rincón moruno tiene interés; algún resto
-medioeval, un retablo, un pedazo de muralla, son evocadores; algo
-moderno: la estatua de Moret, la placa conmemorativa en la casa de
-Castelar... En su reducida picanoteca hay un Rubens primoroso y cinco o
-seis<span class="pagenum"><a name="page_68" id="page_68">{68}</a></span> admirables Zurbarán; un Ribera magnífico. En su catedral, de
-estilo Renacimiento español, poco significativa, guárdanse algunas
-piezas de vieja orfebrería: vasos sagrados, puños de espada, cruces...</p>
-
-<p>Mas, si no es monumental, es plácida y está satisfecha de vivir así. Su
-alegría no llega al júbilo ruidoso; quédase en el sosegado
-contentamiento. Es comercial; pero, a primera vista, no parece
-emprendedora, ni se muestra poseída de la laboriosidad inquieta. Al
-verla, cree uno sospechar que esta urbecilla, de pulida claridad y
-dorada semipenumbra, vive, a su gusto, en el trabajo rutinario, que si
-no la enriquece, tampoco la afea ni desgasta. Es linda, y con eso le
-basta. El salado aliento del mar, al acariciarla, se impregna de aromas
-de clavel y de fragancias de manzanilla. Hasta el tráfico del puerto es
-pausado, con un dejo de arcaica parsimonia. Las barcas de los pescadores
-dormitan en la orilla como gaviotas fatigadas. Apenas si se distingue,
-entre las quebradas líneas de las casas, la chimenea de una fábrica.</p>
-
-<p>Como buen hispanoamericano, quise pasar por el edificio donde, en 1812,
-se efec<span class="pagenum"><a name="page_69" id="page_69">{69}</a></span>tuaron las memorables sesiones de las Cortes. Si unas losas de
-mármol, con nombres grabados en oro unos y otros en negro, no señalaran
-la casa, nadie pararía mientes en ella. Por lo que he contemplado en
-unas cuantas horas de vagabundeo&mdash;calles, plazas, palacios, templos&mdash;,
-no logro rehacer en mi fantasía a la Cádiz cartaginesa, ni a la
-medioeval, ni a la morisca; sería preciso, para ello, venir a estudiarla
-y a sorprender sus secretos. Lo que sí me imagino, lo que me reproduce
-el ambiente, es la Cádiz siglo diez u ocho; la de los casacones
-bordados, las rameadas chupas, las pelucas blancas, las procesiones
-suntuosas, los saraos deslumbrantes. De esa sí quedan rastros,
-reliquias, no apagadas visiones. El requiebro mismo que los españoles
-dirigen a esta ciudad es de época; la llaman: «la tacita de plata».</p>
-
-<p>Al terminar mi rápida visita, sentéme a descansar en una de las mesas
-que invaden la calle en el café que está frente al mar. Concurridísimo
-estaba el sitio. En todas las mesas se charlaba con insinuante gracia.
-Algunos chicos limpiabotas ofrecían sacar «mucho brillo» al calzado, por
-sólo<span class="pagenum"><a name="page_70" id="page_70">{70}</a></span> diez céntimos. Serían las siete de la tarde. Un crepúsculo
-prolongado entintaba las velas de las barcas, los cascos de los buques,
-la superficie del agua en el mar; y en la tierra, las casas, los
-cristales de las ventanas, las copas de los árboles. Agata y violeta era
-el ocaso.</p>
-
-<p>Junto a mí, alrededor de una mesa cubierta de vasos de cerveza, tazas de
-café y cañas de manzanilla, hablaban unos jóvenes con la audacia de la
-inexperiencia. Se habían enzarzado germanófilos y aliadófilos en arduas
-disquisiciones. Apasionábanse ambos bandos. Temí, por un minuto, que la
-discusión degenerase en riña.</p>
-
-<p>Y no. De repente, uno de los oradores, comenzó a cantar «sotto voce»:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">Tus amores me han «matao»... ¡ay!<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>La gemebunda canción, llena de aspiraciones lacrimosas, volvió la calma
-al grupo. Los bastones empezaron a marcar el compás. Y discretas
-palmadas subrayaron el ritmo del aire andaluz. La paz estaba hecha. Ya
-dijo el fabulista que la música domestica a las fieras.<span class="pagenum"><a name="page_71" id="page_71">{71}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_72" id="page_72">{72}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_73" id="page_73">{73}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="GIBRALTAR" id="GIBRALTAR"></a>GIBRALTAR</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">S</span>ALIMOS de Cádiz a las diez de una mañana tranquila. Cielo de azul
-intenso. Mar de plata verdosa. Y entre el cielo y el mar, cada vez más
-lejana, la ciudad andaluza, extendida y clara, blanca y risueña, nimbada
-por el sol en la línea rojiza de sus techos, en los cuadros de esmeralda
-de su parque, en las bordaduras de azulejos de sus cúpulas y
-torrecillas.</p>
-
-<p>Luego, sólo quedó una línea amarillenta, que se borró al fin, y se
-confundió en las remotas ondulaciones de la costa.</p>
-
-<p>&mdash;Dentro de cinco horas&mdash;oí decir a un pasajero&mdash;estaremos en Gibraltar.
-Allí nos detendrán seguramente.</p>
-
-<p>Entonces, en el corrillo de los expertos, de los que viajan por
-necesidad o por agra<span class="pagenum"><a name="page_74" id="page_74">{74}</a></span>do, comenzaron a surgir las confidencias y los
-«cuentos de mar». El que más me interesó fué el narrado por un
-mallorquín que había pasado el temido estrecho cinco meses antes. El
-vapor que lo conducía era un trasatlántico español, como éste en que
-íbamos ahora. Llevaba la ruta de América. Un barco de guerra inglés lo
-detuvo frente al Peñón. Tres oficiales vinieron en una lancha, subieron
-al trasatlántico, lo inspeccionaron, y de acuerdo con el capitán del
-buque mercante, pasaron minuciosa revista al pasaje. En él venían tres
-hombres que hablaban inglés y que se habían inscripto como
-norteamericanos. Sin embargo, durante la revista, fueron señalados por
-los oficiales británicos como alemanes.</p>
-
-<p>&mdash;Estos son&mdash;exclamó uno, recordando quizá las señas dadas de antemano
-para que fuesen reconocidos.</p>
-
-<p>Se les condujo, vigilados, a sus camarotes. Allí, los sospechosos,
-presentaron sus pasaportes. Estaban perfectamente identificados; eran,
-en efecto, según sus documentos, ciudadanos de la Unión. Llevaban en
-regla sus papeles. Uno de ellos, no obstante, desde que fué detenido el
-barco, ha<span class="pagenum"><a name="page_75" id="page_75">{75}</a></span>bía bajado a su dormitorio, había extraído de un saco unos
-pliegos, los había roto y había entregado los pedazos a su compañero de
-camarote, el mallorquín precisamente, rogándole al mismo tiempo, con
-gran desasosiego, que los arrojase al mar como pudiese y sin ser visto.
-El mallorquín, compadecido, cumplió con el encargo, que no dejaba en
-aquellos momentos de ser peligroso.</p>
-
-<p>Los oficiales ingleses consultaron, por medio de radiogramas, qué debían
-hacer con aquellos hombres que, a pesar de coincidir con las señas y
-tener aspecto y acento teutones, estaban resguardados por pasaportes
-americanos. La consulta se resolvió después de cuatro horas de
-detención; los marinos del buque de guerra bajaron sin prisioneros, y el
-trasatlántico siguió su interrumpida marcha. No hubo ningún otro
-incidente hasta el arribo a Nueva York, donde el mallorquín se despedió
-de sus amigos, quienes, una vez en tierra, le confesaron que eran los
-alemanes a quienes buscaban los oficiales ingleses, y que, con mucho
-secreto, llegaban a cumplir una delicada y patriótica misión. Y el
-mallorquín<span class="pagenum"><a name="page_76" id="page_76">{76}</a></span> mostraba el reloj que uno de ellos le había dejado como
-recuerdo.</p>
-
-<p>En torno de esta anécdota de actualidad, fueron saliendo otras más o
-menos verosímiles, que preparaban a los oyentes para las próximas
-contingencias.</p>
-
-<p>&mdash;No va a ser grave lo que suceda&mdash;murmuró al lado mío un sujeto de
-anchas espaldas, peligroso, mirada franca y muy abierta, y rostro de
-piel atezada y curtida.</p>
-
-<p>Las palabras de este pasajero, pronunciadas con aplomo, inspiraron
-confianza. Me propuse saber quién era el que hablaba así, de modo tan
-diverso a los demás. Acerquéme a él y entablé conversación. Era el
-capitán de un barco que quedaba anclado en Cádiz. A Barcelona iba el
-capitán, llamado para asuntos de servicio, por su Compañía naviera.
-Tenía veintiséis años de navegar por el Mediterráneo. Lo conocía playa a
-playa, rompiente a rompiente, ola a ola.</p>
-
-<p>Y él me confirmó la noticia acerca de las molestias que podrían sufrirse
-durante el tránsito del Estrecho.</p>
-
-<p>Mientras tanto, el viejo y pesado buque corría cuanto le era posible,
-aprovechando<span class="pagenum"><a name="page_77" id="page_77">{77}</a></span> los vientos. A eso de las dos de la tarde pasamos no lejos
-de Tarifa; se distinguía la muralla de piedras amarillas, la columna del
-faro y, medio borrada, sobre los áridos peñascales de la costa, la
-geometría rectangular del histórico pueblo. La falda de la montaña
-subía, pelada y ocre; de estribación en estribación, se alejaba y
-desvanecía en un fondo de acarminado violeta. Por frente a Tarifa
-alzábase también, surgida repentinamente de la raya del horizonte, la
-sinuosa franja azul de la ribera africana. Todo este pedazo de mar está
-lleno de historia. Recordarla es animar de sombras bélicas este cuadro
-grandioso.</p>
-
-<p>A las tres y media estábamos en el Estrecho. Como estaba previsto, un
-torpedero vigilante nos hizo señales para que detuviéramos el paso.
-Obedeció el trasatlántico, que llevaba izada la bandera de
-reconocimiento. Y asomados a la barandilla de cubierta, los pasajeros,
-curiosos e intranquilos, se pusieron a esperar. El torpedero se acercó:
-era una ligera embarcación pintada de plomo, y que, fuera de sus
-extremidades, apenas salía del nivel de las aguas. Se la veía, eso sí,
-armada y dispuesta. En<span class="pagenum"><a name="page_78" id="page_78">{78}</a></span> su pequeñez, daba el aspecto de una formidable
-máquina de guerra. En conjunto, presentaba la forma de una gigantesca
-lanzadera. Cuando estaba a unos cuantos metros de distancia, salió de la
-cámara un hombre en mangas de camisa y con una bocina en la mano. La
-cual bocina se echó el hombre a la cara inmediatamente, y empezó a
-hablar, en español, con nuestro capitán que, con su correspondiente
-bocina, también estaba en el puente del trasatlántico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde va?</p>
-
-<p>&mdash;A Barcelona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué carga trae?</p>
-
-<p>&mdash;General.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pasó por Nueva York?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Espere en Gibraltar. Por favor.</p>
-
-<p>Nuestro buque, obediente, se encaminó a la bahía. Cuarenta minutos
-después fondeaba en ella. Pequeña es, pero está muy bien aprovechada por
-los ingleses: su amplio dique, su dársena. Detrás de los muros, echados,
-como protectores brazos de piedra sobre el mar, salían las torres y las
-chimeneas de los barcos de guerra resguar<span class="pagenum"><a name="page_79" id="page_79">{79}</a></span>dados ahí. Decíase que algunos
-de ellos estaban prisioneros. ¿Correríamos nosotros la misma suerte? En
-todo caso aquella visita resultaba interesante. No son hasta ahora
-muchos los que pueden jactarse de haberla hecho. Aquel lugar está&mdash;desde
-hace dos siglos, y no sin cierta mortificación para
-España&mdash;misteriosamente vigilado por la celosa Albión.</p>
-
-<p>Estábamos en la bahía, mirando a menos de media milla, todo un lado del
-célebre Peñón. El otro lado, el opuesto, es un cantil cortado a pico.
-Este no; es una ladera empinada, en cuya falda se agrupa la población y
-se tienden los cuarteles y demás departamentos militares. El Peñón, en
-masa, semeja vagamente una inmensa y monstruosa fiera asobinada en la
-puerta del Mediterráneo. La aguda cima es como la giba de un animal. Y
-la giba está erizada de púas horizontales; son cañones, que en la altura
-se perfilan como delgadas líneas negras. Casas, muchas, altas, horadadas
-por multitud de ventanas, apretadas unas contra otras y subiendo hasta
-donde pueden por el declive del promontorio. En la felpa de musgo,
-rasgada en diferentes partes<span class="pagenum"><a name="page_80" id="page_80">{80}</a></span> por las rocas, se ven extrañas y preciosas
-rayas, en zig-zag, muros de cal y canto que parecen, de la cumbre abajo,
-dividir predios. Bajo el dorado vaho vespertino se diluye la obscura
-cuadrícula de las calles, rota, a veces, por el hueco verde de un
-jardín. Todo solitario y silencioso. Produce, vista desde el barco, el
-efecto de una ciudad abandonada. La creeríamos desierta si no fuera
-porque, de cuando en cuando, suenan apagados toques de clarín.</p>
-
-<p>Yo pienso en alta voz:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué soledad!</p>
-
-<p>Y el capitán pasajero que mira junto a mí, responde a mis cavilaciones.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no; muy poblado está siempre esto de gente de mar, de soldados,
-de familias, todo inglés. Y tan poblado que, el Peñón entero, tiene
-extensas horadaciones para dar cabida a cuarteles, depósitos de armas,
-galerías...</p>
-
-<p>En los ojos ha de vérseme la duda, porque el capitán, que es un sobrio
-verbal, insiste.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, amigo. Fíjese usted&mdash;y señala&mdash;. Por allí.</p>
-
-<p>&mdash;Es una enorme fortaleza&mdash;concluye&mdash;.<span class="pagenum"><a name="page_81" id="page_81">{81}</a></span> Y como yo, vuelve a hundirse en
-la muda contemplación.</p>
-
-<p>El barco nuestro espera. Después de largo tiempo se desprende de la
-orilla un remolcador; llega a nosotros, y vemos subir por la escalera a
-un viejo oficial correctamente uniformado de azul, y a otro joven de
-grado inferior, con reluciente traje blanco. El sobrecargo sale a
-recibirlo. Suben a hablar con el capitán, bajan tras un breve rato con
-los «papeles del trasatlántico»; los lleva el oficial vestido de blanco;
-se vuelve a tierra en el remolcador.</p>
-
-<p>Nosotros vemos estos incidentes, aunque sonriendo, un tanto
-intranquilos. Pero la curiosidad nos distrae, y la naturaleza que nos
-rodea, es bellísima. Se está poniendo el sol de un modo solemne, como
-conviene a las circunstancias. Los contornos de la remota cordillera se
-destacan limpios, con entonaciones de zafir, en el moaré esplendoroso
-del Poniente, que se refleja, empalidecido, en un mar color de perla,
-inmóvil como un lago en calma. El espíritu se baña en la diafanidad
-rosada de la atmósfera. La naturaleza invita a la paz, pero los hombres
-no la ven, no la quieren.<span class="pagenum"><a name="page_82" id="page_82">{82}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Alguien se fijó y preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es aquéllo?</p>
-
-<p>A lo lejos, brincaba sobre el haz de las aguas. Era un coleóptero negro,
-un enorme y saltador escarabajo. Su vuelo se hizo más rápido, más, y
-ascendió, y pasó zumbando sobre nosotros, y se hizo un punto obscuro en
-una nube del horizonte. Era un hidroplano que estaba cumpliendo con su
-misión de atisbo y espionaje.</p>
-
-<p>Las horas pasaban; cuatro, cinco, y los papeles no volvían. Habíamos
-bajado a comer y habíamos vuelto a cubierta. Una que otra ventana se
-encendía en Gibraltar, y palpitaba como una chispa en la sombra.</p>
-
-<p>A las ocho y media regresaba el remolcador con los oficiales y los
-papeles, y el buque, autorizado, tornaba a emprender la marcha
-interrumpida. Desde la orilla, de distancia en distancia, movíanse tres
-poderosos reflectores que arrojaban, siniestramente, su extensa ráfaga
-de plata deslumbrante sobre la tiniebla del cielo y del mar.</p>
-
-<p>Enfrente bailaban, como fuegos fatuos en la obscuridad, las luces de
-Ceuta.<span class="pagenum"><a name="page_83" id="page_83">{83}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_84" id="page_84">{84}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_85" id="page_85">{85}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="BARCELONA_LA_VIEJA" id="BARCELONA_LA_VIEJA"></a>BARCELONA LA VIEJA<br /><br />
-<small>I</small></h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span>O sabíamos todos los viajeros, y, sin embargo, teníamos la impaciencia
-complicada de temor. Barcelona estaba allí, a diez millas del buque, y
-no nos era posible distinguirla. Y era que el horizonte se había
-adelantado hacia nosotros, espeso y negro, y rodeaba la embarcación que
-se había detenido en el seno de una nube. Un poco de luz lívida nos
-hería de soslayo, arriba; y, abajo, en el agua que alcanzábamos a ver,
-se iban formando embudos siniestros que crecían y giraban
-vertiginosamente. El trasatlántico, crujiendo, empezó a balancearse. Una
-lluvia torrencial vaciaba sobre él sus danaidescos toneles. De pronto,
-la lluvia se convirtió en pedrea y lapidó el barco con sus blancas
-esferillas. El viento se enfureció. El capitán, en el entrepuente,<span class="pagenum"><a name="page_86" id="page_86">{86}</a></span>
-dirigía las maniobras. Una hora, dos de tempestad, con sus rayos y
-relámpagos correspondientes. Este era el telón que nos ocultaba la vista
-de Barcelona. Serían las seis de la tarde cuando se abrió un boquete,
-como una desgarradura, en la nube tormentosa, y por allí se precipitó
-una catarata de luz de sol. Inmediatamente se deshizo el temporal, se
-alejó la nublazón, se apaciguaron las aguas, el viento aplacó sus
-ferocidades, y el barco pudo continuar serenamente la marcha. Entonces
-comenzaron a perfilarse en la niebla azul y dorada los picos del
-Monserrat, como agujas góticas semidiluídas en los vahos opalinos de la
-tarde. Y cerca, avanzó su cono verdoso el Montjuich, el gigante Alcides
-de la oda de Mosén Jacinto:</p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">que perguardar sa filla del serd costat nascuda<br /></span>
-<span class="i0">en serra transformantse s’hagués quedat aquí.<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>A los pies de la vigilante montaña, la cinta roja del Llobregat, rendía
-su tributo al mar. Estábamos por fin, frente a Barcelona. Este era el
-término del viaje, y, al entrar en el puerto el «Antonio López»,<span class="pagenum"><a name="page_87" id="page_87">{87}</a></span> se
-halló con un cordón de gentes que lo esperaban a la orilla de los
-muelles. Deudos, amigos, conocidos, curiosos, tras los efusivos saludos,
-tenían a flor de labio la misma pregunta:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué se dice en los Estados Unidos de la guerra europea?</p>
-
-<p>Y así fué como caí en la cuenta del valor que dan por acá a Yanquilandia
-en el presente conflicto. Saben hasta dónde este país formidable influye
-en la actual situación del mundo. A cada momento cuando lo permite la
-sombría tragedia de Verdun, sobre la que están ávidamente puestos todos
-los ojos, las cabezas se vuelven hacia el lado de la remota América
-sajona. Hay también un enigma allí.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Un niño arroja un día una maraña de cabellos sobre un papel. Después,
-caprichosamente, va deshaciendo la maraña, hilo por aquí, hilo por allá,
-torcido éste, derecho aquél, y a un lado, tan abierta como se puede,
-abre una raya, recta, firme, que se prolonga hasta la terminación de la
-maraña. Pues bien: ese niño hace, sin quererlo, el<span class="pagenum"><a name="page_88" id="page_88">{88}</a></span> plano de la vieja
-ciudad de Barcelona; tan intrincadas así son callejas y callejones, tan
-irregulares los lineamientos, tan quebrados y absurdos los perfiles y
-trazos. Pegada al mar y no obstante obscura, con sus altos muros de
-casas viejas, con las piedras milenarias y ennegrecidas de sus fachadas
-horadadas por los vanos asimétricamente colocados, con sus calzadas
-estrechas, por donde el transeunte va, en algunas partes, temeroso de
-abrir los brazos y tocar las paredes de las aceras, con su ambiente
-arcaico y feudal, Barcelona muestra los rastros perennes de las épocas y
-de las civilizaciones; torres romanas, palacios góticos, bóvedas
-ojivales, ventanas morunas, y conserva en su destartalamiento y vetustez
-un aire grave y noble que le da majestad y que nos inspira respeto. A
-ciertas horas, a la caída de la tarde, durante el obscurecer de uno de
-estos inacabables crepúsculos, o bien entrada ya la noche en la
-solemnidad del silencio, el viajero que pase por frente al ábside de la
-catedral, o visite el claustro de San Pablo, o se detenga en la cerrada
-Plaza del Rey, o simplemente vagabundee por este laberinto de calles<span class="pagenum"><a name="page_89" id="page_89">{89}</a></span>
-angostas, tendrá que sentir un poco de extrañeza al ver cómo la
-indumentaria de los transeuntes, y la propia suya, no corresponden a la
-fuerza evocativa de los parajes. Hay un evidente anacronismo entre el
-vestido y las viviendas, entre las telas y los sillares, entre los
-hombres y las cosas. Borceguíes bordados, calzas de seda reluciente,
-ropillas de terciopelo enflecado de oro, banda heráldica, espada de puño
-repujado, gorra de pluma blanca sostenida por el joyel, como por una
-estrella cintillante; capa airosa y amplia, con ondulaciones de manto;
-arrogancia en el andar, donosura en el decir, firmeza en la mano
-enguantada, serenidad en el barbudo y serio rostro; así pasan, así
-debían pasar las gentes por debajo de este retablo, por junto a aquel
-contrafuerte, deslizándose por esotra historiada ventanilla, ascendiendo
-por aquella empinada escalinata. Rotos escudos de piedra ornan claves de
-puertas y pilones de fuente. Arcos pesados unen aquí y allá los muros de
-las casas fronteras. El hierro, fiel compañero de la piedra, se envejece
-con ella; muchos portones claveteados; allí el gancho de un farol,
-acullá la ménsula de<span class="pagenum"><a name="page_90" id="page_90">{90}</a></span> una lámpara. Y el aire del mar, que ha atezado
-todo con su aliento salino.</p>
-
-<p>Mas estas fantasías pierden vigor y se deshacen ante la arrolladora
-visión de la realidad. Por las callejas medioevales pulula el moderno
-pueblo catalán, la anciana gorda y erguida de canasta al brazo y pañuelo
-en la cabeza; la mocetona sin manto, ceñuda como un sargento y rolliza
-como una mascota; el obrero ampliamente musculado, fuerte de ánimo y
-robusto de tórax; la empleadilla pulcra como una damisela, de corpiño
-albeante y lustroso peinado; tipos de una exuberancia y una energía
-extraordinarias; figuras bien plantadas y fuertes, llenas de confianza
-en sí mismas. En ellas, cualquier cosa denota energía: muévense con
-seguridad, miran con franqueza, hablan en alta voz.</p>
-
-<p>Y aquel núcleo viejo de la ciudad, por donde hormiguea un pueblo
-laborioso y vigoroso, por donde se abren tantas tiendas, por donde viven
-tantas gentes, por donde, para el artista, van y vienen los recuerdos,
-de claustro en claustro, de palacio en palacio, de playa en playa, de
-iglesia en iglesia; aquel barrio donde se levantan el gótico<span class="pagenum"><a name="page_91" id="page_91">{91}</a></span> monumento
-de Santa María del Mar y las típicas torres de la Plaza Nueva; aquel
-viejo núcleo está incrustado, como una mancha negra multiplicadamente
-rayada de blanco, en el gran plano de paralelogramos regulares, de
-bloques alineados con admirable precisión, con ideal exactitud; son las
-manzanas, las calles, los paseos, los parques del Ensanche; la ciudad
-nueva, pulida, elegante, dilatada, por lo que la vieja tiene de exigua,
-valetudinaria, apretada y sombría.</p>
-
-<p>Pero yo he dicho que el niño que con una maraña y un papel trazara, sin
-querer, el plano de Barcelona la antigua, tendría que poner de un lado
-una raya firme y ancha. Y por esta raya, la que fué capital de
-Saletania, la Barcino legendaria, gusta de comunicarse con la hermosura
-del Ensanche. Y esta raya que se prolonga está formada por las hermosas
-«Ramblas». Hablemos en un rasgo de las «Ramblas».<span class="pagenum"><a name="page_93" id="page_93">{93}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_92" id="page_92">{92}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_94" id="page_94">{94}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_95" id="page_95">{95}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="BARCELONA" id="BARCELONA"></a>BARCELONA<br /><br />
-<small>II</small></h2>
-
-<p class="r">
-LA EXTRAVAGANCIA DE LA PIEDRA<br />
-</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">L</span>AS calles, plazas y paseos de Barcelona la nueva, la del Ensanche, no
-llaman la atención tan sólo por sus dimensiones, por su arbolado, por la
-incesante multiplicidad de sus monumentos y estatuas. No; lo que en esta
-grande y flamante ciudad interesa más, llama los ojos y pica la
-curiosidad, son los edificios. El genio catalán se ha manifestado en la
-arquitectura atrevida, rara, que se le nota está descontenta de las
-formas creadas hasta aquí, y busca otras combinaciones, otras líneas,
-otra distribución y<span class="pagenum"><a name="page_96" id="page_96">{96}</a></span> otro agrupamiento de las masas, algo que no sea ya
-la fachada inexpresiva, el vulgar estilo, la ciega obediencia a los
-modelos consagrados, la copia de una estampa.</p>
-
-<p>Crear, hacer belleza en el arte magnífico y sereno de la construcción,
-es de una dificultad aterradora. Pero aquí los arquitectos han sido
-audaces, y fiados en el vigor de su talento, han obligado a la piedra a
-la originalidad, y algunas veces a la extravagancia. Son inquietantes
-este modo de mezclar órdenes y estilos, esta persecución de la
-asimetría, esta extraña concepción de la forma, esta inarmonía lineal,
-estas bruscas apariciones de la ojiva en pleno muro del Renacimiento,
-estas reminiscencias románicas en el ornato muzárabe... La más
-caprichosa fantasía preside estos sueños de piedra. Todo se encuentra
-aquí: torres caladas, arcos que imitan la antigüedad, paredes de
-azulejos multicolores; una casa que parece una ermita; otra que finge
-una mezquita, y todo ello entonado pintorescamente en este aire de oro
-que no deja labrado sin relieve, color sin brillo, línea sin precisión.</p>
-
-<p>En este sentido, el famoso templo de la<span class="pagenum"><a name="page_97" id="page_97">{97}</a></span> Sagrada Familia, sin concluir
-aún, y que es la obra gigantesca de un soñador tremendo, es lo que se
-llama la última palabra. Mirando el pórtico, entrecruzados los ojos para
-abarcar aquel conjunto estrambótico y simbólico, de ángeles, santos,
-reptiles, aves, fieras, gárgolas y monstruos, no colocados al capricho,
-sino en una deliberada e intencionada composición, y, sin embargo, en
-una especie de loco desorden; descifrando, queriendo descifrar, mejor
-dicho, desde las dos torres, que son dos colosales colmenas, hasta la
-base de las dos columnas fundamentales, que es una tortuga-atlas;
-sorprendiendo primores de detalle e incomprensibles complicaciones
-recuerda uno del modo más natural la frase del poeta e inmediatamente la
-aplica a la contemplación.&mdash;Esta es una pesadilla petrificada. Hay en el
-arquitecto catalán un irreducible, tal vez, en ocasiones, sumado a un
-delirante, pero indudablemente en cantidad y calidad mayores, hay un
-artista, un brioso y fuerte artista.</p>
-
-<p>El arte ha sido siempre distintivo de estas tierras heroicas. Allí está
-Barcelona la vieja, que frente a esta espléndida del «En<span class="pagenum"><a name="page_98" id="page_98">{98}</a></span>sanche» puede,
-entre el laberinto de callejuelas, alzar sus monumentos patinados por
-los siglos y venerados por la historia.</p>
-
-<p>Barcelona es la productora, por excelencia, de libros. Es un centro
-editorial de primera importancia. Hay que ver la cantidad de hojas
-volantes, de folletos, de revistas, derramadas a los cuatro vientos, en
-tan incesantes vuelos, que no parece sino que el aire mismo se vuelve, a
-ratos, papel impreso.</p>
-
-<p>Si los impresores trabajan, los albañiles no están ociosos. Aquí se
-hacen, sin cesar, libros y edificios. Aquí no se puede repetir la
-sentencia de Claudio Frollo: «Esto matará aquéllo.»<span class="pagenum"><a name="page_99" id="page_99">{99}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_100" id="page_100">{100}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_101" id="page_101">{101}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="BARCELONA_SE_DIVIERTE" id="BARCELONA_SE_DIVIERTE"></a>BARCELONA SE DIVIERTE<br /><br />
-<small>III</small></h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">N</span>O tengas miedo aquí, campesino bonachón y crédulo, de que a estas
-horas, las once de la noche, en alguna de estas encrucijadas, el alma en
-pena de Berenguer el Fratricida se nos aparezca y nos amedrente. Ya no
-hay fantasmas, no hay más que malhechores, como en toda gran capital.
-Esta es la tierra de los «timos», y es a los timadores a quienes debes
-temer, no a las sombras. ¿Ves conversar a la luz de aquel mechero
-verdoso a tres caballeros de bombín flamante y bien cortada americana?
-Uno, ¿lo ves cómo ha llevado la mano a la boca para detener en ella<span class="pagenum"><a name="page_102" id="page_102">{102}</a></span> un
-fragante veguero, y en esa mano brilla el ojo resplandeciente de un
-diamante que alumbra, con ser tan pequeño, más que el farol de la calle?
-Lo puedes notar. También otro de ellos lleva clavada una estrella en el
-nudo de la corbata. Y el tercero muestra orgullosamente una cartera de
-piel adobada, que revienta de billetes de Banco. A éstos sí debes
-temerles, y no a endriagos y aparecidos. Pasemos lo más lejos posible.
-Porque pudieran muy bien acercarse a nosotros, entablar conversación y
-hacerse nuestros amigos; si eso sucediera, mira que podríamos caer en
-cualquiera de estos garlitos: el de la «herencia», el del «portugués»,
-el del «casamiento»; y tus ahorros, esos que llevas cosidos en el
-bolsillo de la chaqueta, y ni a Dios enseñas, pasarían a las manos de
-los timadores por un limpio acto de prestidigitación; te lo aseguro.</p>
-
-<p>Fuiste ya a oir en Novedades a la Compañía de María Guerrero, quien
-parece no sentirse vencida de la edad, como la espada de D. Francisco de
-Quevedo; ya te deleitaste con la música de <i>Maruxa</i>, y te divertiste con
-la vacuidad del género chico; ya te asomaste al teatro catalán, en una
-ve<span class="pagenum"><a name="page_103" id="page_103">{103}</a></span>lada al aire libre, en las Arenas de Barcelona, donde tres o cuatro
-millares de obreros ocupan las gradas del extenso anfiteatro. Viste
-desarrollarse en el rústico tablado la fábula de Daudet, la famosa
-«Arlesiana», comentada y subrayada por la pintoresca y cordial música de
-Bizet. Hastiado estás del cinematógrafo y de sus dramas espeluznantes;
-no alcanzaste la temporada orfeónica, y te has contentado con visitar el
-palacio del célebre coro catalán, en cuya arquitectura, de gusto
-discutible y de indescriptible originalidad, hay una maravilla de arte:
-el grupo escultórico de Blay.</p>
-
-<p>Mas aún nos queda por conocer una de las diversiones típicas de
-Barcelona: los cafés cantantes. Sé lo que vas a decirme: el café
-cantante es una de las más viejas perversiones europeas y americanas.
-Pero es que aquí adquiere una peculiaridad que, por ahora, lo distingue
-de los otros, de los de París, de los de Madrid. Ya verás.</p>
-
-<p>Del monumento a Colón al llamado Paralelo, no hay más que un paso. Si se
-diera otro más se llegaría al Montjuich. Pero no es necesario. En esta
-amplísima calle, por donde incesantemente van y vienen tran<span class="pagenum"><a name="page_104" id="page_104">{104}</a></span>vías, hay
-luces en las fachadas, anuncios eléctricos, focos de colores, llamativas
-iluminaciones que se extienden por ambos lados, hasta perderse en la
-obscuridad de la noche. Son los cafés cantantes unos diez, cien, quizá
-doscientos, muchos, que ofrecen la impresión de lo inacabable. Están
-funcionando todos desde las cinco o seis de la tarde. Su aspecto y su
-construcción nada tienen de particular: una sala de espectáculos, con
-sus bancas en fila, como en un teatro, y en cuyos respectivos respaldos
-una tabla pulida sirve de mesa a los concurrentes posteriores; una o dos
-series de palcos, llenos de mujeres livianas y de tenorios callejeros; y
-abajo y arriba, y por todas partes, desenfado licencioso. Este pueblo no
-se embriaga, de modo que la copa de cognac, o de anís o de Bacardí (como
-en La Habana impera el nombre y también el anuncio de luz), son un
-pretexto para tomar asiento. Hay más vasos de café que de vino o
-cerveza. Y más, muchos más que los vasos y que los concurrentes, hay
-cupletistas.</p>
-
-<p>Para cada teatrillo de estos, pasan, noche a noche, treinta o cuarenta
-mujeres, vesti<span class="pagenum"><a name="page_105" id="page_105">{105}</a></span>das al capricho, semidesnudas las más, y otras, que muy
-poco tienen que hacer para desnudarse en el tabladillo iluminado «a
-giorno». Sedas, rasos, gasas, lentejuelas, que se agitan y deslumbran
-sobre las carnes pintadas de estas artistas ínfimas. Las hay catalanas,
-italianas, francesas y andaluzas. Las coplas pícaras, las canciones de
-moda que chorrean malicia, los retruécanos indecentes, las alusiones
-pornográficas, están acentuadas y completadas por el gesto y la música,
-que son de un naturalismo despampanante.</p>
-
-<p>La chulería madrileña y la gitanería sevillana triunfan en estos diarios
-concursos de la gracia malévola. Porque hay, indudablemente, gracia en
-la letra, en la música y en la interpretación de estos cantos, que,
-aunque caricaturescos, reproducen en su forma perversa, la vida popular.
-A veces, por entre los temas canallescamente amorosos, se desliza alguno
-de franco sabor romántico y de libre opinión política. Los hay también
-socialistas y dramáticos, rencorosos, apasionados, llenos de protestas y
-amenazas.</p>
-
-<p>Mal disfrazada y peor comprendida, cru<span class="pagenum"><a name="page_106" id="page_106">{106}</a></span>za todas las noches por aquí la
-«rumba» cubana.</p>
-
-<p>El baile se entrevera con el canto. Las castañuelas, hábilmente tocadas
-por las bailarinas, marcan el ritmo sensual de jotas y sevillanas. Las
-muchachas se descoyuntan en violentas actitudes, que sirven muchas veces
-para obligar a las faldas a que dejen de cumplir con su deber. Son los
-mismos viejos bailes de que nos hablan las crónicas del siglo <small>XVII</small>: el
-«gateado», el «zapateado», el «escarramán», revividos de un modo
-singular, en una plástica vigorosa y nueva, en una visión modernista de
-lo más interesante y característico.</p>
-
-<p>En el tablado radiante, entran y salen mujeres provocativas, gordas como
-cacharros de vino, espigadas como caña de manzanilla; magras unas,
-amplias las otras, blancas y morenas, hermosas y feas, cada una con su
-desvergüenza, con su desenfado, con su tentación a luz de mirada y con
-su sonrisa a flor de labio. El quinteto de músicos, fatigado, ronronea
-abajo. Los mozos del café van y vienen con las charolas llenas de vasos.
-Y... en el salón, los espectadores, de cuando en cuando, juntan sus<span class="pagenum"><a name="page_107" id="page_107">{107}</a></span>
-manos para producir un desmayado aplauso. El público de los cafés
-cantantes muestra más indiferencia que deseo, más hastío que
-sensualidad. No se embriaga con vino; pero tampoco con entusiasmo.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué van entonces allí?&mdash;preguntas tú, campesino candoroso, que
-probablemente sientes delante de estas muchachas bailarinas lo que
-Herodes delante de Salomé.</p>
-
-<p>&mdash;Pues a matar el tiempo, a atemperarse el fastidio, a encanallarse
-mejor que a divertirse, y a procurar encender en un grosero incentivo su
-fatigada imaginación.</p>
-
-<p>Claro que por aquí andan los rubicundos alemanes, los franceses de cara
-ingenua, las <i>cocottes</i> de las Ramblas, y de seguro que también la
-andante apachería se habrá diseminado por los cafés cantantes del
-Paralelo y de la calle del Conde del Asalto. Son muchos y grandes estos
-teatros típicos, y todos ellos llaman con sus anuncios luminosos. Pero
-no son estas diversiones sólo para extranjeros pervertidos. El pueblo
-catalán asiste a ellas, y en ellas domina. Suyas son y han entrado en
-sus costumbres. Hay aquí una domadora de voluntades: la cupletista.<span class="pagenum"><a name="page_108" id="page_108">{108}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>A este barrio viene la espuma que forma el flujo y reflujo de la vida en
-plenitud, rica de ansias nuevas. En el Café Español, el de los obreros,
-vasto como una catedral, iluminado como un palacio, hay millares de
-mesas pequeñas, en torno de las cuales se aprietan las familias, la
-mujer, los hijos, los hermanos. Hay blusas azules, manos gruesas, pipas
-humeantes, francas risas y rumor de conversación por todas partes. Junto
-al enfermizo espectáculo, vive la reunión saludable; entre la maldad
-alborotadora, se abre paso la honradez tranquila.</p>
-
-<p>Pero, ¿qué te sucede, campesino? Te has detenido frente a un café
-cantante; entras en el vestíbulo, espías. Un ruido metálico, un
-<i>tín-tín</i> argentino te llama la atención; te fijas hacia un lado. En el
-fondo, alrededor de una mesa de tapete verde, se inclina, en un
-espectante silencio, una multitud de hombres y mujeres. ¿Una sala de
-juego? Sí, precisamente eso. El café cantante es tal vez el pretexto. Y
-no hay, tal vez, uno que no tenga al lado, devoradora y pérfida, una
-mesa verde. Birján aprovecha las redes que Venus tiende a los cándidos.</p>
-
-<p>Así, al comenzar el verano, cerrado el<span class="pagenum"><a name="page_109" id="page_109">{109}</a></span> Liceo, mudo el orfeón, desganada
-la zarzuela, con el pie en estribo la comedia, se divierte la ciudad
-laboriosa y monumental, que gusta de morder por la noche la agria
-manzana del pecado.<span class="pagenum"><a name="page_111" id="page_111">{111}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_110" id="page_110">{110}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_112" id="page_112">{112}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_113" id="page_113">{113}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="EN_BARCELONA" id="EN_BARCELONA"></a>EN BARCELONA<br /><br />
-<small>I</small></h2>
-
-<p class="r">
-ALIADÓFILOS Y GERMANÓFILOS<br />
-FIESTAS DE NIÑOS Y FLORES<br />
-</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">M</span>IENTRAS voy subiendo por la empinada calle que conduce al Parque Güell,
-me entretengo en oír conversaciones en español, que lo que es de las
-otras, de las catalanas, no percibo sino palabras sueltas. Leo el
-lemosín, pero no lo oigo; y en esta ciudad son escasos los momentos en
-que se habla castellano. Pero alguna vez, el hijo de esta tierra tiene
-que comunicarse con sus compatriotas, con el montañés, con el<span class="pagenum"><a name="page_114" id="page_114">{114}</a></span> gallego,
-con el vasco, y entonces recurre al idioma común, no sin hacer para ello
-un visible esfuerzo, porque está siempre bien hallado su pensamiento con
-la expresión vernácula.</p>
-
-<p>Y, en esta tarde de domingo, somos muchos los que vamos al Parque Güell
-a ver una «fiesta de niños y flores». Naturalmente que los obreros,
-vestidos como cualquier burgués elegante, no faltan. Estas excursiones
-al campo son el recreo de los días de fiesta. El pueblo sale de la
-ciudad y se va a la montaña, como el «Zaratustra» de Nietzsche.</p>
-
-<p>Y entre los paseantes, los hay de distintas regiones de España. Por eso
-se oye el castellano, y por eso puedo entretenerme en escuchar algunas
-conversaciones. Todas son sobre la guerra, sobre el último combate naval
-del mar del Norte. Hay en esas conversaciones asombro, pero también
-pasión. Germanófilos y aliadófilos discuten con tibio acaloramiento, que
-denota que están enfrenados los ímpetus. En Barcelona, el germanofilismo
-es abundante. En los cafés, en los teatros, en las plazas, en los
-paseos, me he dado cuenta de esa<span class="pagenum"><a name="page_115" id="page_115">{115}</a></span> abundancia. Sin embargo, los
-partidarios de los aliados no son pocos, y si pueden vencerles sus
-contrarios en cantidad, difícilmente en calidad pueden ganarles. He
-notado, y es esta una observación que no he podido comprobar, porque
-para eso necesitaría vivir aquí largo tiempo, he notado, repito, que, en
-general, las clases intelectuales son aquí decididamente aliadófilas, en
-tanto que las no intelectuales son decididamente germanófilas. Un
-comerciante, por ejemplo, se pone a conversar de la guerra con un
-doctor, y las tendencias contrarias aparecen a poco andar; el
-comerciante muestra sus simpatías, más fervorosas que reflexivas, por
-los imperios centrales; el doctor enseña su criterio, frecuentemente
-razonado y favorable a Francia, Inglaterra, Italia y Rusia.</p>
-
-<p>Y en esta vez, en esta tarde de domingo, he logrado recoger algunos
-juicios y reflexiones.</p>
-
-<p>Tres sujetos vienen junto a mí hablando de la guerra. Dos, son
-admiradores de Alemania, y uno, de Francia e Inglaterra. Se discute la
-entrada en Cartagena del submarino teutón. Y de repente, en medio de<span class="pagenum"><a name="page_116" id="page_116">{116}</a></span> la
-caldeada conversación, cae un frío vocablo: neutralidad. Y el buen
-sentido de esta gente se pone de acuerdo en un punto esencial de la vida
-política española. Y aparecen las razones serenas, ponderadas, exactas,
-en favor de una noble y completa abstención de este país, en la locura
-infernal de la guerra. Es el papel que, según estos hombres, toca
-representar generosamente a España. Y por entre la malla de las
-lucubraciones, viene rodando, en vuelo alegre, la peseta, la favorecida
-precisamente por la actitud de prudencia y tacto de la nación española;
-la peseta, la que, como David a Goliat, ha vencido al «dólar».</p>
-
-<p>Escucho y sonrío. Recuerdo que estoy en la tierra de Cervantes, y que el
-buen Alonso Quijada concedía, de cuando en cuando, la razón a las
-irrefutables llanezas de Sancho.<span class="pagenum"><a name="page_117" id="page_117">{117}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p class="r">FIESTA DE NIÑOS Y FLORES</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span>N uno de los primeros escalones de la montaña está el jardín. La
-entrada es majestuosa, como de peristilo helénico. Detrás de la galería
-de columnas, una inmensa planicie se extiende dentro de un círculo
-colosal de lustrosas bancas de porcelana. Arriba de la planicie, una
-balconada rústica. Y más arriba, la montaña, que sigue trepando,
-cubierta de manchas de hierba, de picos de roca, de felpa de musgo, de
-copas de árboles, de lindas casas blancas. Interminables hilos de gente
-suben y bajan por las escalerillas de piedra, se estacionan debajo del
-ramaje, se asoman por los balcones rústicos, escogen su sitio entre los
-musgos, se rompen, se atan, se<span class="pagenum"><a name="page_118" id="page_118">{118}</a></span> desmenuzan, pintorescamente matizadas
-por los trajes claros y obscuros de las mujeres, por la invertida corola
-de las sombrillas, por las plumas y adornos de los sombreros femeninos.
-Es una invasión de colores sobre un fondo de verde fulgurante. La tarde
-está prodigiosamente diáfana.</p>
-
-<p>En pie, reclinado en el respaldo de porcelana de una banca, vuelto de
-espaldas a la montaña, miro tenderse, abajo, hasta el mar, la fastuosa
-urbe catalana. Es estupendo el panorama. Yo había podido disfrutar de él
-desde más arriba, desde el Tibidabo. Pero allá es más impreciso, por más
-lejano, y se ve como a través de un pálido y nacarino celaje. Aquí no;
-aquí se distinguen, como en un dibujo finamente trazado, los bloques
-rectangulares de las casas, la cuadrícula de las avenidas, las paralelas
-de árboles de los paseos, los polígonos de las plazas, las agujas, las
-colmenas, las chimeneas, la ciudad entera, que se derrama en suave
-declive, vastísima, hermosísima, hasta tropezar con la franja pulida, de
-azul luminoso, del Mediterráneo. El espectáculo asombra y conmueve.
-Produce un principio de éxtasis. Lo contemplamos y senti<span class="pagenum"><a name="page_119" id="page_119">{119}</a></span>mos en los ojos
-humedad de lágrimas y recónditas y misteriosas ternuras en el corazón.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Mas es preciso asistir a la fiesta de los niños y de las flores, y
-volver, por lo mismo, la cara a la montaña.</p>
-
-<p>Ya están preparados los chicos. En seis o siete filas, uniformados, en
-trajecillos de campesino catalán, con su camisa albeante y su encendida
-barretina, esperan, en mutismo escolar, la indicación del maestro que,
-frente a ellos, los capitanea y dirige. A la altura de los balcones
-montañeses se corre de pronto una cortina colorada y aparece, hecho con
-flores amarillas y rojas, un escudo de grandes dimensiones. Es el
-símbolo sagrado de la patria. Los niños rompen a cantar. Cantan
-afinadamente, orfeones de frase simple, pero amplia y emotiva. Las
-vocecitas, que todavía conservan algo del trino angélico de los primeros
-balbuceos, se armonizan en un conjunto que tiene algo de coral
-religioso. Y hay que ver en aquellas caritas sonrosadas, la alegría de
-cantar.<span class="pagenum"><a name="page_120" id="page_120">{120}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>El orfeón infantil recibe un poderoso refuerzo de voces femeninas. Las
-chiquillas, como bandadas de mariposas blancas, llegan y se enfilan
-detrás de los muchachos. Recomienza el coro. Son centenares de niños los
-que cantan; millares son los que escuchan, en la planada alrededor de la
-montaña, en las bancas, en los prados, escondidos detrás de las ramas en
-flor, asomados a los balcones rústicos; por todos los lugares, en todas
-las clases, atentos a su fiesta, a la que ha venido media Barcelona a
-acompañarlos, a estimularlos, a aplaudirlos.</p>
-
-<p>A cada instante suenan, en efecto, los aplausos. Las ovaciones
-maternales se suceden. Las flores se deshacen sobre el orfeón, en lluvia
-de pétalos. Y después de los orfeones de los pequeños, vienen los de los
-grandes, los de los barbudos hombres, que tienen también la voz dulce y
-la mirada candorosa. Este pueblo se ha acostumbrado a reunirse para
-cantar, y sabe bien que así, sintiéndose cerca el corazón, se comprende
-y se unifica mejor el ideal colectivo.</p>
-
-<p>Y tras los orfeones viene el baile regio<span class="pagenum"><a name="page_121" id="page_121">{121}</a></span>nal: la Sardana. Suena en la
-orquesta, bañándose en llanto, la flauta pastoril. El tambor agreste
-marca, sordamente, el ritmo. Los demás instrumentos&mdash;el violín, el
-clarín, el contrabajo&mdash;sirven para empastar y colorear los sonidos.</p>
-
-<p>Y se forma un primer círculo de muchachos y muchachas, una rueda de
-bailarines, unidos por las manos, como las coronas griegas. Y en esta
-actitud empieza, acompasado y tranquilo, el movimiento. Levantados, a la
-altura de la cabeza, brazos y manos, el cuerpo rígido, la mirada fija en
-el centro del círculo, los pies ejecutando una cadenciosa gimnasia,
-adelantándose el uno al otro, permanecen mozos y mozas, sin hablarse,
-sin mirarse casi, media hora, una hora, en una casta somnolencia que
-sigue el compás, monótono y tristón de la Sardana. Es un baile
-primitivo, arcádico, que huele a retama. No tiene un solo impulso de
-voluptuosidad; no enciende una sola chispa lasciva en estos ojos de
-veinte años. No es el pecado que se disfraza de regocijo; es la
-inocencia que siente la alegría de vivir...</p>
-
-<p>La tarde, contagiada de candor, entre<span class="pagenum"><a name="page_122" id="page_122">{122}</a></span>cierra los ojos con una melancolía
-bucólica. Niños, flores, bailes campestres, himnos patrióticos, quedan
-envueltos en una semiobscuridad de ágata. La fiesta se va apagando,
-desvaneciendo, con una fatiga serena y pura, como la de un infante que
-se cansara de jugar.</p>
-
-<p>Y mientras, de vuelta, voy bajando por la empinada calle, en el silencio
-apacible de las cosas y el rumoroso bullicio de las gentes, pienso que
-esta es la verdadera Barcelona noble y honrada, que está empollando
-cuidadosamente sus destinos futuros; no la Barcelona del Paralelo, de
-los cafés cantantes, de la «cocotte» y del «apache», del timador y del
-tahur.</p>
-
-<p>La llaga no indica el envenenamiento del organismo. Es exclusivamente
-una enfermedad de la piel...<span class="pagenum"><a name="page_123" id="page_123">{123}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_124" id="page_124">{124}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_125" id="page_125">{125}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="EN_MADRID1" id="EN_MADRID1"></a>EN MADRID<br /><br />
-<small>I</small></h2>
-
-<p class="r">
-LA GUERRA Y LA POLÍTICA,<br />
-EN LAS MESAS DE CAFÉ<br />
-</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span>N verano, el famoso sol de España, hace de Madrid una caldera
-hirviente, que, como en la de las brujas de los cuentos, huele a carne
-humana. Porque este sol podrá ser menos claro que el de Cuba; pero, en
-este tiempo, no es menos ardoroso. Las mañanas queman, las tardes
-achicharran. Dícese que el principio del día es de una tibieza
-agradable. Es posible; pero muy pocos, de seguro, gozan, en pie y
-despiertos, de estas horas tibias.&mdash;El que no se levanta con el sol, no
-goza del día&mdash;dijo hace más de tres siglos un vecino de Madrid, el
-ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saa<span class="pagenum"><a name="page_126" id="page_126">{126}</a></span>vedra. Probablemente, la
-sentencia lleva escondido un reproche, y aparejado un consejo.&mdash;¡No os
-levantéis tarde, perezosos!&mdash;parece decir el pensamiento a los
-habitantes de la villa y corte. Mas las gentes suelen no hacer caso de
-las observaciones de los genios, ni de los preceptos de la higiene,
-cuando ésta o aquéllos contrarían los gustos sociales.</p>
-
-<p>Y así es como los vecinos de Madrid, en su inmensa mayoría, siguen, a
-pesar del apotegma cervantino, levantándose tarde, sin disfrutar, por lo
-mismo, de las alegrías mañaneras. Pero no sucede eso sin ton ni son;
-largas explicaciones podrían darse para justificar la inveterada
-costumbre. Y la primera de todas ellas es, sin duda, la de que aquí las
-noches son deliciosas, oreadas por un vientecillo sutil, que se bebe
-como cualquiera de los mejores refrescos del Salón del Prado o de
-Telégrafos. Ya el alcalde Crespo se lo decía al capitán Don Lope de
-Figueroa, en solemne momento de la comedia calderoniana: que la
-recompensa que en Castilla tienen los días de agosto, son sus noches.</p>
-
-<p>El madrileño no quiere, y con razón, per<span class="pagenum"><a name="page_127" id="page_127">{127}</a></span>der un instante de esos
-plácidos, azules, serenos, reconfortantes, durante los cuales la vida y
-la naturaleza se acarician como dos enamorados. Para sentir la fruición
-de la frescura nocturna, el pueblo de la metrópoli española comete el
-crimen de Lady Macbeth: mata al sueño. Y tomando al revés la
-prescripción del autor del <i>Quijote</i>, no se levanta con el día, sino que
-se acuesta, precisamente, cuando «la rosada aurora abre con sus dedos de
-nácar las cortinas del Oriente».</p>
-
-<p>A las diez de la noche, las casas están vacías, y los cafés, y los
-jardines, y los teatros, llenos. No es éste el Madrid elegante, ni el
-bien acomodado. Esos se han marchado a veranear, a las playas, a las
-montañas, a los campos, para evadirse a las divinas sofocaciones de la
-cortesana ciudad. Veranear entra en el programa de cualquier hijo de
-vecino... madrileño. Es más una necesidad social que higiénica. Hoy por
-hoy, el noble y el burgués, el comerciante y el empleadillo almibarado,
-han salido de aquí para poder escribir a sus amigos desde algún sitio
-conocido, participándoles que ellos son de las personas que veranean. Es
-de<span class="pagenum"><a name="page_128" id="page_128">{128}</a></span> mal gusto dejarse ver por las calles de la villa durante los meses
-de julio y agosto. Se pierde el tono. Y hay quien asegura que también se
-pierde un poco la reputación.</p>
-
-<p>En Madrid no queda sino lo genuino, lo popular, lo pobre, lo inamovible.
-Deja la ciudad su aspecto de linajuda elegancia, sus palaciegas
-recepciones, sus fiestas rutilantes, sus regocijos deportivos, el
-magnífico y extranjero bullicio por hoteles y vías, el desfile
-interminable de sus blasonados carruajes, y queda cuanto de típico posee
-la risueña y fácil metrópoli: el Madrid de la alegría sin dinero, de la
-algazara sin causa, del chiste sin aliño, de la confianza sin
-reticencias; el Madrid zumbón, epigramático, dicharachero, henchido de
-frivolidad simpática y de adorable «quemeimportismo». En los barrios,
-aceras y calzadas son estrados. En el centro, la tertulia de los cafés
-se hace más animada e íntima.</p>
-
-<p>Como todo el mundo (a la tierra a que fueres, haz lo que vieres), yo he
-escogido mi café, y en él mi lugar. Es un sitio que me permite ver la
-procesión de muchachas que invade noche a noche la calle de Alcalá. La
-mujer madrileña es garbosa, graciosa, ga<span class="pagenum"><a name="page_129" id="page_129">{129}</a></span>llarda; mucha audacia en la
-mirada, mucha franqueza en la sonrisa; mucha acompasada agilidad en los
-movimientos. El matiz blanco domina en ellas, y hace contraste con el
-cabello y los ojos de negrura resplandeciente. Las dos extremidades
-ocupan y preocupan a la mujer madrileña: el peinado, que es una obra de
-arte, y el calzado, que muestra un cuidadoso atildamiento. Lo demás&mdash;la
-falda modesta o rica, el busto ceñido o suelto&mdash;sabe llevarlo la
-madrileña con sobria y natural arrogancia. Fuerte es y atractiva esta
-figura bien plantada de mujer española. Su juventud tiene fragancias y
-tersuras de flor. Lo penoso es que estos floridos y espigados veinte
-años naufraguen, rápidamente, en una deformadora onda de grasa. Esta
-tendencia a la obesidad es la enemiga de la belleza madrileña. Yo veo
-pasar a cada momento mujeres gordas, excesivas, rechinantes, cuya
-madurez se ha precipitado antes de tiempo, porque conservan todavía en
-sus facciones, en las pupilas, un fulgor juvenil.</p>
-
-<p>En jamona prematura no siempre desaparecen los rasgos de una angélica
-pubertad. Salud es la de este tipo, salud hermosa y<span class="pagenum"><a name="page_130" id="page_130">{130}</a></span> pomposa; mas lo que
-gana la fortaleza, lo pierde la plástica.</p>
-
-<p>Viendo pasar tanto cuerpo grueso, tanto exuberante torso, me he
-preguntado si aquella multiplicada vastedad que, tan en breve modifica
-la belleza de las madrileñas, tendrá por causa la alimentación, el
-sedentarismo o la apatía. Un poco de esto le sucede también a la criolla
-cubana. ¿Por qué?</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>El café, que se enfría en las tazas sobre la mesilla rodeada de
-parroquianos, importa poco, es un pretexto; lo que importa de verdad, y
-es lo fundamental, es la conversación, la charla incesante, la
-palabrería, la intimidad, el intercambio verbal que no cesa, y que hace,
-no como el beso de Rostand, un ruido de abeja, sino un zumbido de
-colmenas locas. Son numerosos y varios los establecimientos que desde la
-Puerta del Sol se tienden y extienden a lo largo de la amplísima calle
-de Alcalá, ocupan la de Sevilla, siguen por la del Príncipe, dan vuelta
-por la plaza de Santa Ana; a pequeños saltos invaden la calle de
-Atocha,<span class="pagenum"><a name="page_131" id="page_131">{131}</a></span> vuelven a la de Carretas, y corren, corren, por todos lados, en
-todas direcciones; se abren paso en los arbolados de los jardines,
-buscan refugio en el pórtico de los teatros, se alejan hacia los barrios
-bajos, llegan a la Moncloa, sientan sus reales en el Parque del Oeste...
-Si se viese a Madrid desde lo alto, a ojo de pájaro, se distinguiría una
-compacta y radiante Vía Láctea; las luces de sus cafés, de sus
-restaurantes, de sus tabernas. En ellos, a decir verdad, hay poco
-modernismo; al contrario, muchos conservan un aire arcaico, un
-abrumamiento de ancianidad que impresiona; bancas, espejos, candiles,
-gentes, parecen retrasados y se nos figuran, por un instante,
-evocaciones de épocas pasadas, reflejos románticos, fantasmagorías de
-antaño.</p>
-
-<p>Las conversaciones de café tienen frecuentemente dos temas esenciales:
-la política, la guerra. La conversación sobre política es generalmente
-turbia, apasionada, interesante e interesada. La facultad de la raza de
-expresar con inaprendida elocuencia, y de vestir con abundancia retórica
-la idea más insignificante, se muestra en estos paliques que, a ratos,
-toman las proporcio<span class="pagenum"><a name="page_132" id="page_132">{132}</a></span>nes y las entonaciones de un debate parlamentario.
-Yo no creo que esto sea verdaderamente pensar en la política, sino
-verbalizar la política. El afán oratorio cubre y borra observaciones y
-reflexiones, y es a modo de corriente impetuosa que se desborda del
-cauce del juicio e inunda las comarcas de la razón. Estas agitadas
-inundaciones de los vocablos, ¿serán como las del Nilo, provechosas y
-fecundas? Pienso que podrían ser a condición de que, trayendo los
-deslaves de un alto ideal, bajaran a las llanuras periódicamente, no
-incesantemente, como suelen venir desde los cafés hasta las tribunas del
-Congreso.</p>
-
-<p>El hecho es que la política es un asunto inacabable para la mesa de un
-café, y que sólo tiene otro ideal que lo sobrepuje, y, por determinadas
-horas, lo venza: el asunto de la guerra. La guerra no presenta los
-matices variados de la política, no es sino de dos colores, de dos
-matices, de dos simpatías: germanos y aliados.</p>
-
-<p>Junto a mí, noche a noche, se instalan varios grupos discutidores de la
-guerra. Domina en ellos el germanofilismo, en cuanto al número, no en
-cuanto a la clari<span class="pagenum"><a name="page_133" id="page_133">{133}</a></span>dad de los conceptos. Durante esas charlas
-deshilachadas he oído disparates sociológicos y tácticos, geográficos y
-estratégicos, civiles y militares, podría decirse; pero a la vez he
-sentido la bravura, la fe con que cada individuo defiende su causa, como
-si se tratase de algo inmediato e íntimo, de importancia suprema para la
-vida personal. La pasión española es de una generosa tenacidad. Y es lo
-que el germanófilo de Madrid muestra por encima de cualquier
-razonamiento que se le oponga: la pasión. Yo noto que no es precisamente
-amor al alemán el que sostiene sus simpatías en esta guerra; es aversión
-al inglés. Un viejecillo, que es un vibrante manojo de nervios, ha
-dicho, golpeando con su mano sarmentosa la orilla de la mesa:</p>
-
-<p>&mdash;...porque allí donde veo un inglés, veo a un enemigo.</p>
-
-<p>Los aliadófilos, aparentando mayor serenidad, enseñan más justeza de
-ideas, encadenamiento de coordinación más completos en sus juicios y
-observaciones, y cierta inclinación al trascendentalismo, que convierte
-sus razones en doctrinas de orden más elevado y humano. Un partidario<span class="pagenum"><a name="page_134" id="page_134">{134}</a></span>
-de los aliados hacía la siguiente observación:</p>
-
-<p>&mdash;Los españoles no podemos ni debemos admitir el concepto de Estado, en
-que se funda el imperio teutón. Un Estado, al que se debe obediencia
-ciega, que se adueña de todas las voluntades, sin ristricción, ni
-límite, que manda y dispone a su guisa del ciudadano, que constituye una
-suprema entidad moral que ha de regir, con arbitrio inapelable, la
-conciencia individual; que no permite la libertad ni el albedrío; un
-Estado que se cierra en dogmas, que se manifiesta en opresión, que se
-revela en fuerza tiránica; un Estado intangible, inviolable,
-irrefutable, como la divinidad, y que hace de la existencia humana un
-instrumento inespiritual, no puede ser nunca aspiración y propósito en
-nuestras almas, ni admiración en nuestros entusiasmos. Porque con ese
-sistema se logrará formar un pueblo disciplinado, rígido, homogéneo,
-como un bloque de granito; pero no un pueblo espontáneo, eficaz, libre,
-más grande que el otro, puesto que la libertad es el resumen de todos
-los fines del espíritu, de todas las ideas humanas, como dice un
-germano, Fleinrich Mann.<span class="pagenum"><a name="page_135" id="page_135">{135}</a></span> La guerra actual es la lucha de estos dos
-contrarios esfuerzos. Nuestra historia nos impide estar de aquel lado,
-en la simpatía y en la aspiración.</p>
-
-<p>Lo difícil es percatarse del final de estas controversias, en las que,
-poco después del principio, hablan todos al mismo tiempo y en un
-creciente arrebato.</p>
-
-<p>De estos laberintos oratorios suelen subir los que tan desaforadamente
-despotrican, cuando, de improviso, cae sobre la mesa, llevado por
-alguien, en una pregunta, en una alusión, en una impresión rápida, el
-asunto ambiente, el popular, el que atrae, como llama a la mariposa, a
-todo madrileño bien nacido: la última corrida de toros.</p>
-
-<p>Allí sí que, bruscamente, se detiene la máquina política, sociológica,
-filosófica; y el problema de la guerra, sin empequeñecerse, como que se
-esfuma y desvanece a semejanza de un celaje, y la discusión, sin perder
-bríos ni ardores, tuerce el rumbo, y entra de lleno en el arte de la
-tauromaquia, en el que los madrileños sacan a luz su vieja y
-justificadamente célebre sabiduría. Los tecnicismos, las explicaciones,
-los aná<span class="pagenum"><a name="page_136" id="page_136">{136}</a></span>lisis de las «suertes», el estudio de las habilidades,
-sustituyen con ventaja, por la expresión pintoresca e impregnada de
-gracejo, al comentario sano y vivaz, y a la elocuencia encopetada y
-tribunicia.</p>
-
-<p>Porque si en Barcelona la cupletista es reina, en Madrid el torero es
-dios. Un diestro, un maestro, como aquí se dice, es un ser glorioso por
-excelencia, y glorificado por costumbre. Donde él llega, cualquiera otra
-celebridad palidece; cualquier otro mérito es olvidado.</p>
-
-<p>La calle de Sevilla, la calle de los cafés de toreros, se ve a todas
-horas concurridísima de gente del pueblo, que se detiene a contemplar la
-figura de éste o aquél maestro, del cual las revistas hacen elogios
-hiperbólicos en prosa y verso, por la «faena monumental» y el exquisito
-premio de la oreja. Pero esto, señores, merece capítulo aparte.<span class="pagenum"><a name="page_137" id="page_137">{137}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p class="r">
-LA HUELGA, LA GUERRA<br />
-Y EL PUEBLO ESPAÑOL<br />
-</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">C</span>IERTA mañana, Madrid amaneció bajo la influencia de una nerviosa
-curiosidad. Desde las primeras horas del día, con todos los requisitos
-civiles y militares, habíase pegado en las esquinas de las calles, al
-lado de los anuncios de teatros y de los carteles de toros, el bando que
-declaraba la plaza y provincia de Madrid en estado de guerra.</p>
-
-<p>A pesar de lo caluroso de las horas, de la rabia cegadora del sol, la
-gente se apiñaba por todas partes para leer y quizás para desentrañar el
-enérgico documento firmado por el Capitán general, y<span class="pagenum"><a name="page_138" id="page_138">{138}</a></span> que no mostraba,
-por cierto, ni más ni menos que los otros del mismo género, fijados,
-tiempo atrás y por circunstancias diversas, en los mismos lugares. A la
-cabeza de las apretadas líneas tipográficas, que contenían los artículos
-excepcionales, severos, distinguíase, desde lejos, el renglón de gruesos
-caracteres, cuya frase imperativa y seca tenía no sé qué arrogancia de
-voz militar: «Ordeno y mando.»</p>
-
-<p>De acuerdo con esa ley extrema, quedaban prohibidos los grupos numerosos
-en la vía pública; quedaba establecida la censura para la Prensa;
-quedaba asimismo establecida la pena de muerte para todo acto sospechoso
-de sedición, de desobediencia y de violencia. El bando imponía, si no la
-inacción civil, por lo menos la acción quebrantada y vigilada por la
-autoridad; y además, imponía también a la Prensa, si no el silencio
-absoluto, la expresión mutilada o moderada por la censura.</p>
-
-<p>¿Qué era, pues, lo que estaba pasando, para exigir de un pueblo tan
-inquieto y verboso por naturaleza, el sacrificio del reposo y del
-mutismo? Pues sucedía una cosa muy común en la existencia de los
-pueblos<span class="pagenum"><a name="page_139" id="page_139">{139}</a></span> modernos: sucedía que se había declarado una huelga, y que ésta
-obligaba, más que el bando, y con mayor amplitud que él, a la brusca
-paralización, al detenimiento rápido de las comunicaciones en toda
-España. A este paro, anunciado ya con anticipación, se le llamó la
-huelga de los ferroviarios. La intención, como muy bien se comprende,
-era la de privar a la nación de este indispensable servicio, hasta que
-las Compañías ferrocarrileras accediesen a las exigencias de aumento de
-jornal y otras prerrogativas impuestas por los trabajadores y empleados.</p>
-
-<p>Venía la nube cargada de amenazas. El Gobierno, que vió el peligro, se
-dispuso a conjurarlo, y apeló a recursos comprobadamente eficaces. Mandó
-que soldados de los regimientos de ingenieros militares, hiciesen,
-íntegro, el servicio de todas las líneas, y cuidasen las estaciones;
-encarceló a los que creyó perniciosos agitadores; enseñó a los obreros
-los dientes, en un gesto de intimidación, y se propuso intervenir entre
-éstos y las Compañías para resolver el conflicto. La verdad es que el
-servicio, aunque irregular y defectuoso, no dejó de hacerse; que los
-militares tuvieron un buen<span class="pagenum"><a name="page_140" id="page_140">{140}</a></span> comportamiento, y que, de ése modo, quedó
-bastante frustrada la huelga de los ferroviarios.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>La gente que leyó el bando, que se percató de la censura, que notó las
-reticencias y dificultades de la Prensa para transmitir las noticias,
-comenzó, como sucede siempre, a tejer en el «canevá» de la imaginación,
-los arabescos de la hipérbole y el absurdo. En corrillos de café y
-paliques de restaurante, de mesa a mesa, corrían las más exageradas
-historias; hablábase de resistencias armadas, de luchas entre obreros y
-soldados, de muertos...</p>
-
-<p>Las conversaciones <i>sotto voce</i>, en estos casos, revisten un carácter
-alarmante que es de lo más entretenido. Es muy curioso oir cómo de boca
-en boca la exageración abulta y adorna los hechos, y con un grano de
-realidad hace una montaña de fantasía. Cada quién clava un nuevo
-incidente a los sucesos que se comentan. Estas charlas que he escuchado,
-con motivo de la huelga ferroviaria, son de lo más pintoresco y
-divertido que pueda darse. El español que<span class="pagenum"><a name="page_141" id="page_141">{141}</a></span> narra episodios de interés
-general entra en competencia con las personas con quienes despotrica; y
-siente, a par de ellas, un estímulo de fantasear que lo lleva
-frecuentemente demasiado lejos. Trata de sobrepujarse, de causar una
-impresión cada vez más profunda, y que a él mismo lo agite con su propia
-palabra. El afán de elevar lo insignificante a la altura de lo
-extraordinario, lo excita como una bebida que lo embriagase.</p>
-
-<p>Esto, que suele ser tan característico de los países latinos, se acentúa
-en determinados momentos, cuando se presenta una cuestión de interés
-colectivo, un asunto de gravedad social. Entonces se deforma la
-fisonomía de la realidad para hacer de ella una apasionante y dramática
-caricatura. Entonces, el escepticismo y el pesimismo, con sus brochas
-sombrías, pintan los telones de la vida.</p>
-
-<p>En tales ocasiones, el español, que es un espontáneo orador, se complica
-de novelista, y su elocuencia corre parejas con su inventiva. Pone,
-además, una lógica sutil que de inferencia en inferencia, lo lleva a las
-más imprevistas conclusiones.<span class="pagenum"><a name="page_142" id="page_142">{142}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Mas en todos estos castillos en el aire pone un aliento, una fuerza de
-corazón verdaderamente conmovedores. El español gusta de juzgarse con
-una acritud exagerada y molesta. Hincha sus defectos, niega sus
-virtudes, y ve en los extraños una superioridad que no existe tal vez.</p>
-
-<p>Pero esta actitud antiegoísta, este criterio falseado por excesivo, este
-«voto en contra», esta inclinación a mortificarse y herirse el amor
-propio, me parece que no son más que manifestaciones de un deseo
-nobilísimo de buscar precisamente en el excitante del golpe y el
-castigo, la reacción favorable y benéfica de una voluntad nacional, que,
-medio amodorrada y perezosa, debe recobrar, porque ha llegado el
-instante, su actividad y su energía. Algo del «flagelante» hay en este
-brusco procedimiento.</p>
-
-<p>El español siente acaso que han ido aflojándose en el espíritu de la
-raza los resortes del brío que en otro tiempo la empujaron en todas
-direcciones a difundirse en las más vastas y gallardas empresas. Una
-secular indiferencia, aun prolongando el orgullo, ha debilitado el
-aliento, ha enmohe<span class="pagenum"><a name="page_143" id="page_143">{143}</a></span>cido la acometividad. Siente también el español la
-necesidad biológica de renovarse, y para ello comprende que es preciso
-sacudir las rutinas, echar a andar las perezas y robustecerse en la
-metódica gimnasia de la voluntad. Urge a España colocarse cuanto antes
-en la línea de marcha.</p>
-
-<p>Sabe que el tiempo es premioso y rígido, y no puede ni quiere aguardar a
-nadie. Pasa y deja atrás a quien no se dispuso, de antemano, para seguir
-con él la ruta.</p>
-
-<p>Y no sólo los pensadores, los hombres nuevos, los intelectuales del
-«último barco», se preocupan en anunciar y tratar de resolver este
-apremiante problema; las clases, las agrupaciones, los individuos de la
-masa anónima, presienten un malestar que les engendra anhelos imprecisos
-de transformación.</p>
-
-<p>De ahí esa desdeñosa amplificación de los defectos, ese desprecio
-escéptico, ese acre reproche, esa manía de autovituperio que está en
-cualquier parte: en la calle, en el café, en el teatro, en la copla de
-actualidad, en el artículo de periódico. Es el golpe rítmico dado en el
-pecho del semiaho<span class="pagenum"><a name="page_144" id="page_144">{144}</a></span>gado para producirle nuevamente la respiración.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Yo observo, busco, me intereso en todos los incidentes y accidentes de
-la vida española. Una semana después de haberse iniciado la huelga de
-ferroviarios, la Prensa anunciaba con grandes «cabezas», en las primeras
-planas de sus diarios, la terminación del conflicto y el
-restablecimiento de la normalidad.</p>
-
-<p>Cesaron las hablillas, los cuentos y las noticias espeluznantes; pero
-todavía permaneció en estado de guerra la ciudad durante otra semana, y
-hasta el momento en que escribo esta impresión, el Madrid político sigue
-con la mordaza puesta; las Cortes continúan cerradas, y la censura
-vigila, línea a línea, los periódicos.</p>
-
-<p>No es extraño ver aún pedazos de columnas, y hasta columnas enteras, en
-blanco, en <i>El Liberal</i>, en <i>El Imparcial</i>, en <i>La Epoca</i>, en <i>La
-Correspondencia</i>. Hace pocos números se suprimió en <i>El Imparcial</i> un
-artículo completo de Mariano de Cávia, y en el semanario <i>España</i> fué
-mutilado el edito<span class="pagenum"><a name="page_145" id="page_145">{145}</a></span>rial de Luis de Araquistain, el cual artículo era un
-serio comentario sobre la huelga, y tenía una índole decididamente
-pacífica. Es quizá que el Gobierno temió la voz demasiado sonora y
-demasiado impetuosa de los imaginativos, de los romanceros del suceso.</p>
-
-<p>Estos noveladores habían propagado una noticia trascendental, y es a
-saber: que la huelga no obedecía a móviles nacionales y económicos
-puramente, sino que los obreros habían recibido de Alemania dinero para
-trastornar, con su paro, los negocios de España. La cuestión tenía,
-según ellos, doble fondo, y este doble fondo era la guerra europea.</p>
-
-<p>Para la gente sensata, la tal noticia no pasó de ser una patraña. El
-mismo presidente del Consejo la ridiculizó en unas declaraciones. La
-Prensa, sin embargo, no ha podido dar opiniones amplias acerca de los
-acontecimientos, y se ha contentado, por la fuerza de las
-circunstancias, con hacer frías observaciones llenas de un optimismo
-que, por tímido, parece poco sincero.</p>
-
-<p>Sólo Araquistain, escritor socialista de mucho empuje y firmeza, se
-atrevió a ase<span class="pagenum"><a name="page_146" id="page_146">{146}</a></span>gurar que el error de acallar la voz pública, la
-prohibición de no dejar a los obreros defenderse por medio de la
-publicidad, diéronle gravedad a la huelga, que tenía una actitud
-conciliatoria.</p>
-
-<p>Ello es que, aceptado en principio un arbitraje para dirimir las
-dificultades entre el capital y el trabajo, y pedido al Instituto de
-Reformas Sociales un laudo en esta controversia, la huelga, deshecha,
-tomó el buen camino de las conciliaciones. Tirios y troyanos están de
-acuerdo en que, en este conflicto, el conde de Romanones se ha manejado
-con inteligente perspicacia y afortunada habilidad política.</p>
-
-<p>Y no obstante...</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>No obstante, la censura ha continuado, y las Cortes permanecen con las
-puertas cerradas. Lo gracioso del caso es que, olvidada la huelga, ahora
-la censura se ejerce sobre las noticias de la guerra europea.</p>
-
-<p>Y esto da lugar a que los fantaseadores suelten las palomas mensajeras
-de la «noticia secreta y trascendental». Se dice que<span class="pagenum"><a name="page_147" id="page_147">{147}</a></span> está siendo a
-España muy penoso sostener la neutralidad; que hay exigencias de parte
-de los beligerantes; que Portugal quiere pasar tropas por territorio
-español; que...</p>
-
-<p>El hilo de la hipótesis va trazando los más increíbles e intrincados
-dibujos, en los cuales se enreda el buen sentido, así como una mosca en
-una telaraña. Pero bueno es acordarse de la sentencia del filósofo: «hay
-en toda mentira un alma verdad».</p>
-
-<p>Y, efectivamente, por debajo de esta franca alegría madrileña, de esta
-despreocupada vida, de esta encantadora y aparente frivolidad, se diría
-que hay un molesto movimiento de inquietud que no parece exclusivo de la
-«ciudad alegre y confiada», sino que se extiende por España entera y, en
-algunas partes, se señala con un latido más enérgico.</p>
-
-<p>¿De dónde proviene esta indudable desazón? ¿Es la vecindad con el
-incendio de la guerra, y así, proviene del ambiente exterior, o es una
-palpitación de la entraña popular, e indica entonces una dolencia
-interna? ¿O se junta una causa a la otra y ambas producen este
-sintomático estado, per<span class="pagenum"><a name="page_148" id="page_148">{148}</a></span>ceptible a pesar del aspecto regocijado de la
-vida?</p>
-
-<p>Cierto es que no hay ningún pueblo de la tierra que no resienta en esta
-hora aflictiva del mundo, un doloroso asombro, un trastorno psíquico en
-el que se entremezclan el temor y la esperanza. El ángel negro recorre
-la cristalina esfera que, como dijo el romántico, «gira bañada de luz».</p>
-
-<p>Y en España, donde todo, de lejos, parece arcaico, desmoronado y
-monumental, como sus catedrales y sus claustros, hay una cosa viva,
-siempre nueva, firme siempre y que ha conservado entre los escombros de
-la gloria y los empolvados códices de sus gestas lejanas: la virtud de
-los laureles soñados, que son inmarcesibles, y la gracia inmortal del
-día, que es siempre niño cuando se asoma por Oriente. En España todo
-puede estar viejo, menos el pueblo.</p>
-
-<p>El español se equivoca cuando se juzga a sí mismo, y se cree pervertido,
-degenerado o enfermo.</p>
-
-<p>Nada de eso tiene. El es como un surco abierto que espera la mano del
-sembrador. No hay más que acercársele para sentir su vigor y su
-juventud.<span class="pagenum"><a name="page_149" id="page_149">{149}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Ha conservado, a través de la historia, sus virtudes esenciales: su amor
-al trabajo y a la libertad. El pueblo de España no ha vivido todavía la
-plenitud de su existencia. Posee reservas virginales, y aguarda el
-instante señalado por el destino para su futuro resurgimiento.</p>
-
-<p>Clases superiores, instituciones, costumbres, pueden presentar, algunas
-veces, un aire de desfallecimiento mortal, una faz hipocrática. Mas
-abajo, muy abajo, sobre el terruño removido, junto a la máquina
-aceitada, dentro de las zumbadoras colmenas de los talleres y de las
-fábricas, está el verdadero pueblo sano, robusto, voluntarioso, que
-quiere ir de prisa y que irá adonde lo empujen su ambición y lo llama su
-ideal.</p>
-
-<p>¡Ah, su ideal, que comienza a perfilarse en lo futuro como una
-transformación, serena y nueva, de aquel que hace siglos estaba
-representado por la espada del Cid, la armadura del Gran Capitán, el
-ferreruelo de Felipe II y las naves de Hernán Cortés!...<span class="pagenum"><a name="page_151" id="page_151">{151}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_150" id="page_150">{150}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_152" id="page_152">{152}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_153" id="page_153">{153}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="UNA_PAGINA_DE_NOVELA" id="UNA_PAGINA_DE_NOVELA"></a>UNA PÁGINA DE NOVELA</h2>
-
-<p class="r">
-EL SUICIDIO DE FELIPE TRIGO<br />
-</p>
-
-<p>Cerca de las nueve de la noche caminaba yo, con Paco Villaespesa, por la
-calle del Marqués de Cubas, cuando pasó junto a nosotros un hombre muy
-delgado y muy alto, vestido con un traje claro:</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, Felipe&mdash;dijo el poeta.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, Paco&mdash;contestó el otro.</p>
-
-<p>Y Villaespesa, con su natural bondad, me preguntó:&mdash;¿Quieres que te lo
-presente? Es Felipe Trigo. Le he hablado de ti.</p>
-
-<p>&mdash;Mira&mdash;le indiqué&mdash;. Vamos, primero, a ver a Gómez Carrillo. Y luego,
-mañana, si ahora no queda tiempo, buscaremos a Trigo.</p>
-
-<p>Yo tenía vivos deseos de presentarme cuanto antes a Gómez Carrillo, para
-salu<span class="pagenum"><a name="page_154" id="page_154">{154}</a></span>darle y acompañarlo en aquel momento que yo creía penoso; acababan
-de denunciar una de sus crónicas de <i>El Liberal</i>; lo acusaban de ofensa
-a Alemania. Más tarde supe que aquello tenía resonancia, pero no
-importancia.</p>
-
-<p>A pocos pasos nos encontramos, en efecto, al famoso cronista, que venía
-acompañado de otro poeta, con el cual he fraternizado cordialmente:
-Manuel Machado. Entramos los cuatro en un café vecino, y nos pusimos a
-charlar. A las dos de la mañana nos despedimos, con la promesa de
-reanudar la conversación al anochecer siguiente.</p>
-
-<p>Hacia la una de la tarde vino Villaespesa a mi casa, me saludó, le noté
-vivamente agitado.</p>
-
-<p>&mdash;Chico&mdash;me dijo con voz rápida y turbada&mdash;, vengo deshecho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué te sucede?</p>
-
-<p>&mdash;¡Figúrate! Que se ha suicidado Felipe Trigo. Dos balazos en la cabeza;
-una hora de agonía terrible. En estos momentos ya debe de haber muerto.</p>
-
-<p>Y se sentó frente a mí, y se llevó una mano a los ojos. La verdad es
-que, aun sin haber tratado a Trigo, sin sentir admira<span class="pagenum"><a name="page_155" id="page_155">{155}</a></span>ción, ni siquiera
-inclinación por su literatura, sentí pena. El novelista se hallaba en la
-edad madura, próximo a la vejez, en el período de la energía mental, de
-la experiencia atesorada, de la producción sólida. Villaespesa me pidió
-que le acompañase a ver a la familia; accedí de buen grado; comimos
-juntos, le escuché al poeta la relación conmovedora de su íntima amistad
-con el autor de «La Bruta«, y a las cinco de la tarde tomamos, en la
-Puerta del Sol, el tranvía que había de conducirnos a la Ciudad Lineal.
-Por el camino fueron subiendo al carro otros amigos que iban con igual
-propósito que el nuestro.</p>
-
-<p>Las afueras de Madrid son de una aridez implacable. Mucho polvo, mucho
-sol, mucha tierra sedienta y cubierta por el roto tapiz de la hierba
-amarilla y reseca. Aquí y allá, por entre las motas verdes de algunos
-pequeños plantíos, indicios de que por allí hace el agua milagros. Casas
-diseminadas. Ventas. Y un cielo magnífico, de azul deslumbrante,
-encorvándose por el horizonte. El camino es largo, y es, además, el del
-cementerio, porque veo cómo, de trecho en trecho, nos vamos encontrando
-con carro<span class="pagenum"><a name="page_156" id="page_156">{156}</a></span>zas fúnebres y filas de coches que las siguen. Yo pienso que
-esta es, decididamente, una tarde predestinada para la tristeza. Después
-de una hora de viaje en tranvía, nos encontramos en la Ciudad Lineal. Es
-ella un pueblecito melancólico, de una calle sola y extensa, en la que,
-por ambos lados, se levantan hoteles más o menos graciosos y elegantes.
-Los hay también feos y pobres. En medio de la ancha vía se alza una
-doble fila de árboles. El paraje es simpático, no alegre. Nosotros lo
-sentimos a propósito para nuestra desazón. Reflejamos en él nuestro
-estado de alma. Hemos pasado ya por frente a dos o tres hoteles
-silenciosos. Yo, sin preguntar, respetando el silencio de mis
-compañeros, me digo, al caminar:&mdash;Aquí.&mdash;No; aquí. Y no atino con la
-casa, del suicida. Está lejos; está más allá de diez o doce hotelitos
-que dejan presumir una comodidad burguesa. De repente, nos detenemos en
-una reja entreabierta. Allí sí es. Dos policías o dos soldados&mdash;no
-sabría decirlo&mdash;están en pie recogiendo las tarjetas, de los que llegan,
-e indícanles que la familia pide excusas por no poder recibirlos.
-Entramos. Un jardín y, en el fondo, un<span class="pagenum"><a name="page_157" id="page_157">{157}</a></span> <i>chalet</i> muy blanco, de
-enjabelgado que reluce al sol, y por cuyos muros trepan los caprichosos
-ramajes, de verde clarísimo, de las enredaderas. ¿Qué dijo Villaespesa a
-los hombres uniformados? No sé. El resultado fué que, a cuatro o cinco,
-nos dejaron libre la entrada. Subimos al <i>chalet</i>. Nadie salió a
-recibirnos. Amortiguando los pasos, de puntillas casi, penetramos,
-primero, en un pasillo estrecho, y, en seguida, en un saloncito, que
-estaba obscuro porque habían cerrado sus puertas y ventanas. La
-violencia del contraste entre la claridad de afuera y las sombras del
-interior, me hirió vivamente los ojos. Llegué deslumbrado, y muy poco a
-poco, fuí distinguiendo, fantasmales, a unas cuantas personas que
-hablaban en voz baja. Comencé a respirar y a sentir el ambiente de lo
-siniestro. Dejé que mis compañeros se dirigieran a sus amigos y
-conocidos, y, como siempre, busqué mi rincón de observador. Sonó en la
-pieza contigua la campanilla del teléfono, y un acento, en el que había
-temblor de sollozos, empezó a hablar para transmitir, por el aparato,
-los detalles de la noticia. Se comunicaba, probablemente, con la
-redacción de un perió<span class="pagenum"><a name="page_158" id="page_158">{158}</a></span>dico y dictaba, con largas y desgarradoras pausas,
-la carta de despedida de Felipe Trigo, breve, dolorosa, amorosa, en la
-que daba el último adiós a sus hijos, a su mujer, y en la que repetía,
-con ternura insistente, la palabra perdón. En el pesado silencio de
-aquella casa, este mensaje de la muerte, transmitido por una voz
-lacrimosa, lastimaba como si fuese un golpe en el corazón. La voz se
-calló, por fin, y después de un minuto salió de la pieza donde había
-sonado, un jovencillo pálido, nervioso, con la mirada distraída y la
-expresión del ensimismamiento que nos deja un grande e imprevisto
-suceso. Saludó, forzadamente, a los visitantes, y salió. Otro joven
-militar, a quien yo no había visto, lo siguió llamándolo:&mdash;¡Hermano!
-¡Hermano!</p>
-
-<p>Todos los circunstantes mirábamos, en muda contemplación, estas simples
-escenas, que impresionaban, no obstante, con el horror de la tragedia.</p>
-
-<p>Y mientras nosotros permanecíamos mudos abajo, arriba, en las
-habitaciones altas, se quejaban, gritaban, lloraban. Llantos y plañidos
-de mujer que intermitentemente se apagaban, alzábanse por largos
-interva<span class="pagenum"><a name="page_159" id="page_159">{159}</a></span>los. Eran súplicas, imprecaciones, oraciones, desesperaciones.
-Un vocativo, repetido sin cesar, me hurgaba el alma y la memoria, como
-gancho que me revolviese penas y recuerdos: «¡Papá!».</p>
-
-<p>La familia de Felipe Trigo se había refugiado allí de la indiscreta e
-inoportuna compañía de los extraños. Me sentí mortificado. Y acercándome
-a Villaespesa, le dije al oído:</p>
-
-<p>&mdash;Me voy.</p>
-
-<p>&mdash;No, aguarda un poco. Van a sacar el cadáver. Quiero acompañar a mi
-amigo hasta ese instante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues dónde está?</p>
-
-<p>&mdash;Allí.</p>
-
-<p>Y Villaespesa me señaló una puerta cerrada, en el mismo primer piso
-donde estábamos. El gabinete de trabajo de Trigo. Allí estaba solo, el
-desventurado, sin blandones y sin plegarias, en el mismo lugar, en el
-mismo sillón donde se había quitado la existencia.</p>
-
-<p>A esa puerta llegaban&mdash;yo las vi bajar hechas un océano de lágrimas&mdash;las
-hijas del escritor, una hermosa y rubia criatura y una robusta y linda
-niña. Los hermanos<span class="pagenum"><a name="page_160" id="page_160">{160}</a></span> las acompañaban.&mdash;¡Yo quiero verlo!&mdash;rogaban
-ellas&mdash;. Y, convenciéndolas, obligándolas, las alejaban de aquel lugar
-pavoroso. La puerta cerrada era una barrera infranqueable.</p>
-
-<p>Estos suplicios me hacian daño, y, para no asistir a ellos, me aconsejó
-mi egoísmo que saliese al jardín. Salí con otro literato que sentía y
-pensaba lo que yo. Una vez en el jardín los dos, él empezó a contarme la
-vida del célebre novelista:</p>
-
-<p>&mdash;Este final no es imprevisto. Ya nos lo esperábamos. Felipe estaba
-enfermo, muy enfermo. Una profunda neurastenia lo agotaba. No podía
-escribir ya como antes. Veinte noches hacía que no probaba el sueño. El
-era médico, y sus síntomas le inquietaban. Presentía un próximo desastre
-mental. En su familia hubo alienados. El tenía miedo de la fatalidad
-hereditaria. Indudablemente que Felipe tenía un extraordinario talento,
-una imaginación resplandeciente, una agudísima percepción. Sus
-facultades de novelista fueron muy grandes. Su lenguaje carecía de
-pureza y de estilo. Con frecuencia se alejaba del buen gusto. Pero, en
-cambio, sabía ver muy<span class="pagenum"><a name="page_161" id="page_161">{161}</a></span> bien, y reproducía con exactitud los ambientes y
-los personajes de segundo término. Los de primer término, no, porque, en
-general, sus mujeres, sus heroínas, son irreales, están hechas con
-materiales imaginativos y concebidas por la exaltación erótica, por el
-sueño sensual que atosigó de continuo la vida de Trigo. Y sus hombres,
-sus protagonistas, son él mismo, el autor con sus anhelos de aventura
-dannunziana. Porque Felipe no sólo escribía, sino que quería vivir sus
-novelas. Las vivía. Vistiendo la realidad, que solía ser inferior y
-grosera, con los atavíos de un fantástico refinamiento, el poeta&mdash;porque
-era un poeta, un soñador incansable&mdash;se forjaba la ilusión de las
-conquistas suntuosas, de los amores raros, de las citas misteriosas, de
-las altas comedias del placer y de la elegancia. Trigo era un
-fantaseador admirable e ingenuo. Era también un teorizante lleno de
-novedad. Temperamento exaltado, corazón generoso, gran cerebro; este
-literato fué, a pesar del mundo calenturiento que llevaba en el
-espíritu, un bondadoso jefe de familia, un excelente amigo y un cumplido
-caballero. Y no sufrió úni<span class="pagenum"><a name="page_162" id="page_162">{162}</a></span>camente imaginarias tormentas, sino que,
-asímismo, las sufrió verdaderas.</p>
-
-<p>En Filipinas, lo acuchillaron los tagalos hasta abandonarlo por muerto
-en el campo de combate. ¿No le notó usted la cara atravesada por cuatro
-o cinco grandes cicatrices? Anduvo con su inquietud por todas partes. No
-se conformó con ser médico de provincia. Fué ambicioso de gloria,
-voluntad activa. Tarde reveló su vocación artística: al filo de los
-cuarenta años. El realismo de sus novelas no es siempre agradable.
-Disgusta la insistencia de su manía erótica. Eso, quizá, depende de la
-edad en que comenzó a escribir. En sus libros destapó la caja de sus
-deseos irrealizados. Pero hay obras suyas muy fuertes: <i>Jarrapellejos,
-El médico rural</i>...</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Calló el literato. Habíamos visto que comenzaba a bajar la corta
-escalinata del chalet una camilla cubierta con un paño negro y cargada
-por dos mozos funerarios. Detrás, con la cabeza descubierta, venían los
-amigos y camaradas.<span class="pagenum"><a name="page_163" id="page_163">{163}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Se oía sollozar, gritar, implorar dentro de la casa. El cadáver salió,
-no por la puerta principal, sino por una que había detrás del jardín.
-Figuróseme aquello una escapatoria, una fuga avergonzada, el
-remordimiento de dejar tanto dolor y tantas lágrimas. El crepúsculo era
-espléndido y simbólico; rojo, como la sangre; azul, como la esperanza.<span class="pagenum"><a name="page_165" id="page_165">{165}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_164" id="page_164">{164}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_166" id="page_166">{166}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_167" id="page_167">{167}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="EL_MADRID_DEL_GENERO_CHICO" id="EL_MADRID_DEL_GENERO_CHICO"></a>EL MADRID DEL GÉNERO CHICO</h2>
-
-<p class="r">
-VERBENAS Y TRADICIONES<br />
-</p>
-
-<p>Noche de agosto; brava noche, de calor seco, asfixiante. Son las once. Y
-decir las once en verano, es decir aquí la hora del principio del
-bullicio, de la preparación de la fiesta. El Madrid verbenero se
-divierte de once a cinco.</p>
-
-<p>Por la calle Mayor pasan henchidos los tranvías, y se nota un frecuente
-ir y venir de coches alquilones que entran y salen por los arcos de la
-gran plaza. La gente que marcha a pie, va como en romería. Pasan mujeres
-garbosas, y, por distintas partes, pasan mantones historiados y
-floridos: uno blanco y otro azul y otro rojo; pasan, llevadas
-cuidadosamente, guitarras<span class="pagenum"><a name="page_168" id="page_168">{168}</a></span> enlistonadas, y algunas van ensayando, <i>sotto
-voce</i>, rasgueos y pespunteados. La calle y la plaza, mal alumbradas por
-la luz verdosa de los faroles públicos, presentan, con su procesión
-popular, un aspecto un poco rembranesco, un cuadro nocturno en el que
-juegan, en violentas antítesis, la sombra y la claridad.</p>
-
-<p>Curioso y vagabundo, me dejo arrastrar por la multitud. De repente, me
-encuentro en la calle de Toledo. Ya estoy en el límite de la zona del
-regocijo. Desde la Plaza de la Cebada se extiende la batahola; luces,
-tinglados callejeros, papeles de colores, guirnaldas de claveles, ritmos
-de castañuelas, afinadas vibraciones de cuerdas, ecos de voces que
-cantan, hervor humano. Voy acercándome: puestos de almendras, tendidos
-de peladillas, pirámides de melones, mesas con platos de aceitunas y
-vasos de manzanilla; juguetes, alfarería, gritos de vendedores
-ambulantes; calles estrechas, por cuyas calzadas va la gente abriéndose
-paso con los codos; algazara, cuchicheo, rumores de colmena; sombreros
-de torero, gorras de <i>golfo</i>; peinados de chula, muchos ojos negros;
-muchos labios fres<span class="pagenum"><a name="page_169" id="page_169">{169}</a></span>cos; una rosa aquí y otra allá; una agudeza
-canallesca, un modismo de barrio; música por todos lados; ruido que
-ensordece; calor que sofoca.</p>
-
-<p>En una calle semiobscura, la amarilla y radiante mancha de una iglesia
-romántica y nueva, dentro de la cual se aprieta la gente por ver a la
-Virgen en el altar mayor, hecho una brasa rutilante. Distintos
-cobertizos se alzan en medio de la calle. Este cobertizo es salón de
-baile; dentro danzan las parejas en típicas posturas, suena incansable
-el organillo de manubrio, se pasea el bastonero enarbolando su largo
-palo, que es un tirso de listones; fuera, detenida por la frágil
-barandilla, la muchedumbre atenta mira el cuadro. Aquel cobertizo es
-improvisado restaurante, y en él familias enteras de la clase
-submedia&mdash;obreros, menestrales, cigarrerillas y gente de juerga,
-mozuelas y galancetes&mdash;, sentados en torno de las mesas, comen con
-incitador apetito. Grupos regionales, repartidos por los distintos
-lugares, cantan y bailan: unos a la andaluza, otros a la aragonesa, acá
-las sevillanas y acullá las jotas, en incesante y sugestiva monotonía.
-Los<span class="pagenum"><a name="page_170" id="page_170">{170}</a></span> muros, viejos; los pavimentos, mal empedrados; los portales,
-obscuros; tabernas y cafés, brillantes y concurridísimos; un contento
-natural, ingenuo, que se respira en el aire (¡y eso que apenas se
-respira!); simple alegría de vivir de un pueblo que no ha perdido la
-salud espiritual. Esta es, pintada a brochazos, la célebre verbena de la
-Paloma.</p>
-
-<p>Me acordé de la que yo conservaba en la memoria, entre los trastos de la
-guardarropía y los viejos retratos de las tiples; me acordé del sainete
-de Ricardo de la Vega, musicado por Bretón. Y comparando la realidad con
-el artificio, hallé que éste tenía una vida tan intensa como aquélla, y
-que, sin literatura, sin subterfugio, sin arte casi, el poeta había
-trasladado un pedazo de verdad al escenario, arrancándolo de este
-ambiente alborotador del barrio madrileño. No parece una copia, sino el
-original mismo, que, sin perder detalles, queda reducido al espacio
-pequeño del tablado. Tan exacta es la identidad que, por momentos, me
-sentía formando parte de un coro zarzuelesco, y buscaba a mi lado la
-muchacha a quien cantarle aquello de:<span class="pagenum"><a name="page_171" id="page_171">{171}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="poetry">
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i0">Como es la Virgen<br /></span>
-<span class="i0">de la Paloma...<br /></span>
-</div></div>
-</div>
-
-<p>Estaba yo en pleno <i>género chico</i> de la vida. Y en cada viejo
-emperifollado distinguía al boticario calaverón; en cada bien plantada
-jamona reproducía la <i>Señá Rita</i>; en cada anciana obesa que bailaba
-sacudiendo las trémulas carnes recordaba a la <i>tía fingida</i> de la morena
-y de la rubia. Muchas rubias y muchas morenas se paseaban allí, del
-brazo de sendos Julianes enamorados.</p>
-
-<p>Y es que las costumbres de este pueblo no necesitan aderezo para ir al
-teatro y renovarse en él por medio de pintorescas escenas, castizas
-agudezas, animados personajes, intencionados diálogos, música típica y
-chuscos episodios. Son estas las horas en que el pueblo de la villa vive
-para reir, para querer, para desbordar el entusiasmo y el alborozo, en
-la calle, en la plaza, al son del organillo y entre las agitaciones del
-tumulto.</p>
-
-<p>Los majos de don Ramón de la Cruz, los horteras de las <i>Escenas
-matritenses</i>, el <i>Castellano viejo</i>, de <i>Fígaro</i>, la <i>Fortunata</i>, el
-<i>Ce<span class="pagenum"><a name="page_172" id="page_172">{172}</a></span>lipón</i>, las <i>Miaus</i>, de Pérez Galdós, y el cesante famélico, el
-valiente de barrio, el galán de vecindad, <i>La revoltosa</i>, la <i>Regina</i>,
-las <i>Mujeres</i>, en fin, y los hombres todos de Burgos, de Sinesio
-Delgado, de Arniches, de los dioses mayores y menores, del chiste
-escénico español, y de los antiguos costumbristas, y de los novelistas
-de genio, andan aquí barajados y revueltos, y se nos presentan para
-desaparecer, como por obra de fantasmagoría, entre el gentío de la
-verbena de la Paloma.</p>
-
-<p>Es vigoroso el carácter plástico y psíquico que conserva este pueblo.
-Una chula madrileña no cambiaría su mantón por el velo de Tannit. Un
-guapo mozo no se desanudaría del cuello el pañuelo de seda, para que, en
-su lugar, le colgaran un toisón de oro. Las modas han alterado el traje;
-pero no lo han acercado a cualquiera otra vestimenta extranjera; el
-pueblo, con un raro instinto de individualización, ha adoptado sus
-modelos y figurines, y ha peculiarizado sus imágenes.</p>
-
-<p>Al modernizar su apariencia, obligado con imperio por la necesidad,
-siempre se retrasa, y, principalmente en el atavío fe<span class="pagenum"><a name="page_173" id="page_173">{173}</a></span>menino, deja algo
-de arcaico, algún toque arqueológico: la peineta, la mantilla, la
-estirada media blanca, el zapato bajo.</p>
-
-<p>Las provincias, menos expuestas al contagio social, conservan mejor sus
-vestidos característicos: Andalucía, Aragón, Galicia.</p>
-
-<p>Pero este pueblo de Madrid, el de la chulapería andante, si ha retocado
-el indumento, ha persistido en la conservación de su alegría
-desenfadada, de su <i>quemeimportismo</i>, de su gracia a flor de labio, de
-sus fiestas seculares y de sus ruidosas verbenas.</p>
-
-<p>Pueblos firmes por dentro y por fuera, pueblos que persisten en
-peculiarizarse y no olvidan ni desdeñan sus antiguallas, por seguir
-formas de placer inadaptables al espíritu de la raza, tienen una larga
-vida nacional. El <i>misoneísmo</i> colectivo, que, en ocasiones, perjudica y
-retrasa, en ocasiones también sirve y robustece, porque cultiva en la
-existencia popular el amor a la tradición y unifica en un sentido común
-el espíritu de las generaciones.</p>
-
-<p>Bueno es acabar con la inveterada rutina; pero malo destruir las viejas
-tradicionales costumbres. Es un error derribar a<span class="pagenum"><a name="page_174" id="page_174">{174}</a></span> golpe de piqueta un
-edificio, un monumento, representativos para el arte y para la historia,
-y construir, en su lugar, o un monumento o un edificio nuevos.</p>
-
-<p>Y, sin ser monumentales, son tradicionales y representativas estas
-verbenas de Madrid, tan pintorescas, tan interesantes y típicas, desde
-la de San Antón, hasta la de la Virgen de la Paloma.<span class="pagenum"><a name="page_175" id="page_175">{175}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_176" id="page_176">{176}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_177" id="page_177">{177}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="MENDIGOS_Y_GUITARRAS" id="MENDIGOS_Y_GUITARRAS"></a>MENDIGOS Y GUITARRAS.</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">A</span> LAS seis de la tarde, el sol madrileño ha empezado a perder su brío.
-Después de quemar, durante siete horas, la ciudad, y de fundirla en sus
-cálidos oros, se complace en acariciarla con suaves y matizados fulgores
-y le pide al viento su ayuda, el cual de buen grado la da, soplando
-tenuemente, y repartiendo así consoladora frescura.</p>
-
-<p>Madrid, entonces, entra en una repentina animación que no abandona ya
-sino hasta la vuelta del nuevo día. Repentinamente se pueblan: de niños,
-el Prado; de coches, la Castellana; de transeuntes, la Puerta del Sol y
-la Carrera de San Jerónimo; de parroquianos, los cafés; las calles
-centrales, de mujeres hermosas, y los árboles de los viejos jardines, de
-pájaros y gorjeos. Los<span class="pagenum"><a name="page_178" id="page_178">{178}</a></span> tritones y delfines de las fuentes monumentales
-sueltan sus delgados y corvos chorros de plata irisada; el carro de
-cantera blanca de la Cibeles se sonroja con las luces del Poniente, y,
-en la misma línea, al otro extremo, los dientes del Arma de Neptuno
-clavan y retienen una última llamarada vespertina.</p>
-
-<p>Las ventanas y balcones de los edificios, las lanzas de las rejas, las
-columnatas y bordaduras de piedra de los palacios, los bronces de las
-estatuas, las farolas del alumbrado, todo relampaguea y resplandece. El
-Goya de la fachada del Museo de Pinturas parece sentado en un sillón de
-oro fulgido. A la vuelta, Velázquez, sobre su bajo pedestal, mira cómo
-relumbra en su mano la paleta obscura; San Isidro y Alfonso el Sabio, en
-la escalinata de la Biblioteca, perfilan, en la diafanidad del aire, el
-blanco mate de su granito; los negros leones del Congreso muestran la
-melena untada de amarillo solar. Aquí y allá, en las esquinas de los
-parques, los quioscos de refrescos son ascuas. En las frondas compactas
-del <i>Retiro</i> hay escardillos de esmeralda.<span class="pagenum"><a name="page_179" id="page_179">{179}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>En esta hora, Madrid está hecho con cristales de color; cristal de roca,
-las fachadas; azogado cristal las fuentes y los estanques; cristal
-verde, los árboles; cristal de Baccarat, los mármoles...</p>
-
-<p>Hasta las piedras ennegrecidas de las casas seculares que, como ancianas
-coquetas, no logran ocultar la edad; las calles de antaño, angostas,
-tristonas, con sus altos muros, sus vanos exiguos, sus balconcillos, por
-donde asoma, de cuando en cuando, el penacho florido de un tiesto; hasta
-el Madrid secular y semidestartalado, sonríe, y su sonrisa ingenua y
-amable nos parece la de una boca desdentada. Los inclinados techos de
-teja mezclan ocre a sus rojos polvorientos.</p>
-
-<p>Y éstos, precisamente, son los momentos en que comienzan a salir y a
-recorrer la ciudad los mendigos, las gitanas, adivinadoras de la suerte,
-los ciegos de bordón y lazarillo, los músicos ambulantes, las cantadoras
-de coplas, los violines de prima gemebunda, las guitarras de rasgueo
-monótono, los acordeones de vocecilla aguda, el hampa española,
-pintoresca y pedigüeña, que va por esos mundos despertando la
-cu<span class="pagenum"><a name="page_180" id="page_180">{180}</a></span>riosidad, moviendo la compasión y recogiendo la calderilla en el
-consabido plato de estaño.</p>
-
-<p>Para el viajero, para el que por primera vez pisa estas históricas
-tierras, el desfile de la Corte de los Milagros tiene un vivísimo
-interés y constituye un singular entretenimiento. Nada más pintoresco,
-ni más típico, ni más evocador.</p>
-
-<p>En la banca de un paseo, en la silla de un café, en cualquier recodo, en
-cualquier ángulo, donde se quiera, no importa dónde, puede improvisarse
-un sitio de recreo y observación, que si la mano no es avara y el alma
-es piadosa, cuesta poco: algunas <i>perras chicas</i> repartidas entre la
-miseria ambulante.</p>
-
-<p>La manera más común de pedir de estos pordioseros, es cantando algún
-airecillo en boga, tañendo algún instrumento de cuerda o soplando en
-alguna flauta de barro. Los hay que van solos, y los hay también que
-forman sociedad, y juntan y armonizan voces, instrumentos y ganancias.</p>
-
-<p>Va usted caminando y distraído por esas calles de Dios; oye usted el
-silbido licuado de un pito que caricaturiza un tema vulgar<span class="pagenum"><a name="page_181" id="page_181">{181}</a></span> de
-zarzuelilla o de opereta; se acerca usted, y en el entrepaño que separa
-dos puertas, ve, recargado, a un viejo. Es una hermosa figura: largo el
-cabello, muy larga la canosa barba, noble y afilada la nariz, ancha la
-frente, alto y enflaquecido el cuerpo, que viste pobre, mal cepillado
-traje de americana; las manos están afanosamente ocupadas bajo la boca,
-en tapar y destapar los agujeros del flautín de arcilla, de donde sale
-torpemente modulado, un tema popular. Los ojos están cerrados. Y usted
-oye, ve, imagina, recuerda, hace una novela eléctrica, siente un impulso
-tierno y saca del propio bolsillo la moneda, esperada ya por la vieja
-mano, que repentinamente cambió de ocupación. Usted se aleja pensando en
-Homero, en Edipo, en el rey Lear. Bien dijo el célebre <i>ironista</i> que la
-hermosura es una carta de recomendación que da la Naturaleza.</p>
-
-<p>Pero cátate que, mientras usted toma tranquilamente su asiento en la
-acera del café, llegan y se enfilan frente a usted cuatro singulares
-personajes: dos mujeres de edad indefinible y dos hombres de catadura
-sospechosa: sucios, andrajosos, descascarados.<span class="pagenum"><a name="page_182" id="page_182">{182}</a></span> Ellas llevan cubierta la
-cabeza con sendos pañuelos de hierbas; ellos la llevan cubierta,
-asimismo, con sombreros o gorras de formas inverosímiles; ellas cantan,
-ellos acompañan el canto, uno con un violín y otro con un guitarrón. Las
-caras hacen gesticulaciones que parecen arrugamientos de trapo viejo.
-Este es ciego, tuerto aquel, y al de más allá le manan, y no ámbar, los
-ojos pitarrosos. Vienen coplas de amor, desengaño y tristeza; coplas
-españolas, de melancolía árabe, en las cuales llora, sintetizada, una
-pasión, ausencia, ingratitud, traición, olvido. Viene la canción
-alusiva, picaresca, oportuna, en la que cada palabra adquiere un sentido
-penetrante, y es como un grano de sal, como una caja de gracia
-maliciosa. Y vienen el vals vienes y la jota aragonesa, desafinados, con
-la letra cambiada, con la frase torcida, con el acompañamiento de moscón
-de la guitarra y los crispantes chirridos del violín; mas coplas,
-canciones, vals y jota traen desenfado y se llevan céntimos.</p>
-
-<p>Porque el platillo recorre las mesas, el salón, los rincones, las
-aceras, y de mano en mano de mozo en mozo, de transeunte<span class="pagenum"><a name="page_183" id="page_183">{183}</a></span> en transeunte,
-pronto se le ve, si no henchido, visitado a lo menos, por los obscuros
-discos de las monedas de cobre.</p>
-
-<p>No se ha marchado aún esta compañía lírica, cuando llegando esta otra,
-de mayor o menor personal, de mejor o peor afinación, de diverso
-instrumental, de distinto repertorio, de orfeón sólo o de exclusivo
-género sinfónico; tres muchachas: una que canta en pie; otra, que,
-sentada, abre y cierra el acordeón, y la más chiquilla, que recoge las
-limosnas; un baturro de negro y corto pantalón, encintada pantorrilla,
-hilacha de manta al hombro y varejón en mano; dos hembras greñudas y
-tomadas de orín como las armas de Don Quijote; una pálida niña, de ojos
-abiertos por el hambre y por la desvergüenza; una anciana, hecha una
-<i>etcétera</i> dentro de su manto raído; un mundo, en fin, el mundo de los
-desheredados, de los inútiles, de los mutilados; el mundo de la pereza y
-el vicio, de la incuria y del dolor; el fondo de la miseria, el
-sedimento de todo conglomerado social, que sube a la superficie en estas
-horas de alegría, y que burbujea y hace espuma, como si señalara
-venenosas fermentaciones. Hasta<span class="pagenum"><a name="page_184" id="page_184">{184}</a></span> bien entrada la noche sigue pasando la
-<i>procesión histórica</i>, que plañe, grita, canta, implora, amolda una
-oración en un aire de <i>tango</i>, y habla de sus enfermedades y desdichas
-en tiempo de mazurka. Todo pintoresco, animado; todo sinceramente
-optimista; a tal punto, que en estos rápidos cuadros de género que han
-pintado tantos pintores españoles, la misericordia nos parece frívola,
-la que ya nos suena a <i>cante-jondo</i>, el dolor se nos figura falseado, y
-se nos antoja fingida la ceguera. Es que aquí la tristeza lleva
-cascabeles, y los mendigos cargan guitarra. Es que aquí la mendicidad
-tiene sus puntos y ribetes de juerga. Es que la despreocupación y la
-alegría de vivir están en la atmósfera.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>¿Procesión histórica acabo de decir? Si, estas costumbres, esta
-mendicidad retozona, esta musiquería ambulante, esta hampa colorida, son
-antiguas, son seculares, están historiadas en los códices polvosos de
-los cantares de gesta, descritas en los libros de Don Juan Manuel,
-rimadas por Don Juan<span class="pagenum"><a name="page_185" id="page_185">{185}</a></span> Ruiz, el fraile nocherniego del siglo <small>XIV</small>,
-contadas en la vida del Lazarillo de Tormes, y desgranadas en mil y tres
-fábulas, en las novelas de truhanes y pícaros. Estos mendigos de
-guitarra y violín, estas cantadoras de copla coreada y jaleada, estos
-flautistas de barba ermitañesca, son los mismos de hace ocho y siete y
-seis siglos, son una prolongación, un desprendimiento, un escurrimiento
-de las edades pretéritas, y constituyen una variante, una transformación
-de aquella andante juglería medioeval, que llevaba por todas partes, a
-los pueblos batalladores, una visión del ideal épico y una gota
-trovadoresca de ensueño y galantería.</p>
-
-<p>No piden a secas, cantan, tocan, llaman a las puertas del alma popular
-con los mástiles de sus mugrientas guitarras; piden una moneda de cobre
-a cambio de canciones y rasgueos. Esparcen a los cuatro vientos polvo de
-regocijo y de ilusión, a trueque de un poco de calderilla desgastada. Y
-como en los tiempos del <i>Mío Cid</i>, se conforman con un vaso de vino, y
-ahora con un terrón de azúcar, cuando no reciben dinero.</p>
-
-<p>Billeteros y pilluelos voceadores acompañan la sinfonía.<span class="pagenum"><a name="page_187" id="page_187">{187}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_186" id="page_186">{186}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_188" id="page_188">{188}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_189" id="page_189">{189}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="LA_ULTIMA_VISITA" id="LA_ULTIMA_VISITA"></a>LA ULTIMA VISITA</h2>
-
-<p class="c"><span class="smcap">Don José Echegaray</span></p>
-
-<p class="r">
-Madrid, septiembre 15 de 1916.<br />
-</p>
-
-<p>Los periódicos de ayer trajeron la noticia de la enfermedad de don José
-Echegaray. Unos, la daban alarmados; consolados, otros. Estos, decían:
-«Ya, por fortuna, ha pasado el peligro.» Aquéllos, temían que el caso
-fuese fatal, «dada la edad del ilustre paciente».</p>
-
-<p>Por la noche, las conversaciones de los cafés tuvieron su tema de
-actualidad: la muerte de don José Echegaray. Lo que la Prensa temía por
-la mañana, sucedió al atardecer. A las siete y minutos, y tras una breve
-y plácida agonía, dejó de existir el célebre hombre de letras.</p>
-
-<p>Hoy, todos los diarios de Madrid vienen<span class="pagenum"><a name="page_190" id="page_190">{190}</a></span> cargados de homenajes a
-Echegaray: su retrato, sus rasgos biográficos, la lista de sus obras, el
-recuerdo de sus méritos, las anécdotas de su vida, las viejas fórmulas,
-en suma, de los honores póstumos.</p>
-
-<p>Ni la noticia de ayer ni la de hoy me sorprendieron. La de ayer no,
-porque desde hace seis u ocho días, un amigo mío me había dicho en tono
-de secreta confianza:</p>
-
-<p>&mdash;Don José Echegaray está malo; tiene fiebre todas las noches; los
-médicos temen una infección, muy peligrosa a los ochenta y cuatro años
-de don José; la familia no quiere que se sepa esto, para evitar la
-avalancha de las visitas y la marea de la curiosidad pública.</p>
-
-<p>La noticia de hoy tampoco me ha sorprendido, porque casualmente oí
-hablar a un médico que, con otra persona, pasaba por la calle del
-Príncipe:</p>
-
-<p>&mdash;Don José está agonizando en estos momentos.</p>
-
-<p>Desde que escuché la frase púseme a hilvanar recuerdos, a remendar la
-tela podrida de la memoria. Sin sorpresa, pero con tristeza, he pensado
-en esta natural y suave desaparición de un espíritu tan vigoro<span class="pagenum"><a name="page_191" id="page_191">{191}</a></span>so y
-entero, que animaba, con energía de juventud robusta, una materia ya
-gastada, un organismo endeble y decrépito. La llama de la vida interior
-hacía crujir el resquebrajado vaso de la lámpara.</p>
-
-<p>Uno de los deseos que traje a España fué el de hacer una visita a
-Echegaray. Este hombre y este nombre, evocan en mí quién sabe cuántas
-visiones de lo pasado; reviven, imaginativamente, mis andanzas de
-cronista y crítico teatral, mis entusiasmos artísticos, mis frenéticas
-admiraciones de muchacho.</p>
-
-<p>Diez y seis años hace que mi maestro don Justo Sierra, de vuelta en
-México de su viaje a Europa, me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Don José Echegaray ha leído los artículos de usted. Cree que en Méjico
-lo comprenden muy bien, y gusta de que sus obras sean estrenadas aquí.</p>
-
-<p>En efecto; poco tiempo después, María Guerrero y Fernando Díaz de
-Mendoza estrenaban, en una temporada brillante, <i>Malas herencias</i> y, en
-otra época, <i>La escalinata de un trono</i>. Después de la del <i>Loco Dios</i>,
-estas ofrendas llenaron de agradecimiento al público de mi país. Eran
-los tiempos en<span class="pagenum"><a name="page_192" id="page_192">{192}</a></span> que se había hecho de moda desdeñar a Echegaray en
-España y aplaudirlo y glorificarlo en América.</p>
-
-<p>Así, pues, nada de extraño tiene que buscase yo el modo de realizar mi
-deseo de visitar al anciano dramaturgo.</p>
-
-<p>La suerte me deparó la ocasión. Francisco A. de Icaza, que tiene gran
-prestigio en los círculos literarios y sociales, me habló un día de su
-amistad con don José. Aproveché entonces la oportunidad para indicarle
-mi propósito.</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera yo hacerle una visita&mdash;le dije.</p>
-
-<p>&mdash;Está muy aislado me contestó Icaza&mdash;. No se deja ver de nadie. Todas
-las tardes suele pasear un rato, en coche, por la Castellana. Le
-acompañan personas de su familia, y no vuelve a salir, sino por las
-mañanas, a sus habituales ocupaciones. Sin embargo, voy a ver si puedo
-conseguir que te conceda una entrevista.</p>
-
-<p>Y el sábado de una de estas últimas semanas, el insigne y bondadoso
-amigo mío vino a prepararme:</p>
-
-<p>&mdash;Mañana, domingo, iremos a visitar a don José. Nos espera a las cinco.
-Vendré por ti.<span class="pagenum"><a name="page_193" id="page_193">{193}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>&mdash;Estaré listo. Te agradezco la eficacia. Y sonreí ante la promesa de
-una pequeña ilusión que iba a ser realizada.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Por el Madrid nuevo, a un lado de la Castellana, se prolonga, ancha,
-extensa, con su línea de arbolillos a la orilla de las aceras, la calle
-de Martínez Campos, una de las más hermosas de este flamante barrio
-recién urbanizado. Tapias limpias, fachadas de piedras labradas y
-cristales fulgentes.</p>
-
-<p>Por allí caminábamos el poeta Icaza y yo, al descender del tranvía, en
-una luminosa y tibia tarde de agosto. Mi amigo reconoció, en una
-esquina, el hotel de los Mendoza-Guerrero.</p>
-
-<p>&mdash;El de Echegaray está inmediato a éste&mdash;me dijo&mdash;, junto al de los
-artistas. Vamos por aquí, por la calle de Zurbano.</p>
-
-<p>Y a pocos pasos nos detuvimos para sonar el timbre de una alta y cerrada
-puerta. A la criada que la entreabrió, le preguntamos:</p>
-
-<p>&mdash;¿El señor Echegaray?</p>
-
-<p>&mdash;No está en casa&mdash;nos respondió, mi<span class="pagenum"><a name="page_194" id="page_194">{194}</a></span>rando con esa fijeza agresiva con
-que se ve a los importunos.</p>
-
-<p>Pero nosotros no hicimos caso, y como si no hubiésemos oído, sacamos de
-nuestras carteras sendas tarjetas y se las entregamos a la sirviente,
-agregando:</p>
-
-<p>&mdash;Diga usted al señor que somos las personas a quienes dió cita para
-esta hora.</p>
-
-<p>Ante esta actitud, la fámula, un poco turbada, tomó las tarjetas y subió
-por la escalinata del hotel. Bajo el vestíbulo quedamos esperando.
-Veíamos asomarse, a un lado, las plantas floridas de un jardín.</p>
-
-<p>La moza volvió:</p>
-
-<p>&mdash;Que pasen ustedes.</p>
-
-<p>Y entramos en la casa del maestro. En la planta baja, en una vasta
-habitación, amurallada de libros, distinguimos los consabidos muebles de
-estrado; el grave sofá, como un ministro, en medio de los dos sillones
-acólitos. En el centro de la pieza, una elegante librería giratoria,
-sobre la cual, entre volúmenes y papeles, se alzaba encristalada una
-fotografía, de tamaño imperial, de María Guerrero. Una gran ventana,
-cuyos vidrios atravesaba la luz de la tarde, una luz discreta, teñida de
-verde, porque antes<span class="pagenum"><a name="page_195" id="page_195">{195}</a></span> de llegar a la vidriera había tenido que filtrarse
-por el follaje de una trepadora. Allí esperamos unos minutos, al cabo de
-los cuales oímos el ruido suave de unos pasos, y, a poco, vimos aparecer
-la figurilla pequeña, encorvada y magra, de un viejecito. Mi propósito
-se había cumplido. Me encontraba yo frente al más portentoso creador y
-forjador de fábulas delirantes de la escena española.</p>
-
-<p>Don José se sentó en uno de los sillones, de espaldas a la ventana,
-junto a mí, que en un extremo del sofá no cesaba de contemplarle.</p>
-
-<p>Yo le conocía mucho por los retratos que tantas veces publicaron
-revistas y periódicos. Pero no; la cámara no alcanza a reproducir la
-expresión reveladora del espíritu, el ambiente psíquico que da animación
-y carácter a una fisonomía. A los lados del cráneo cónico, el ralo y
-apenas perceptible cerquillo de los cabellos blancos; muy amplia y de
-limpia y majestuosa curva, la frente, cruzada por un leve pentágrama de
-arrugas; bajo los lentes, apretados en el nacimiento de la nariz fina,
-los ojos infantiles, indagadores y risueños; de una extremidad de<span class="pagenum"><a name="page_196" id="page_196">{196}</a></span> los
-lentes, cuelga la angosta cinta negra que desciende por la mejilla hasta
-enredarse alrededor del cuello; y, lo que tal vez da más carácter a la
-cabeza, el vellón de nieve de los bigotes espesos y la aguda perilla,
-que rodean una boca de labios delgados y entreabiertos. Inclinada hacia
-adelante y semienterrada en la estrecha caja de los hombros, aquella
-cabeza recuerda viejas ilustraciones de leyendas y libros de
-caballerías: un mago del Oriente, un hechicero medioeval... Bien le
-sentaría a este rostro, iluminado de misteriosa claridad, la caperuza de
-Merlín.</p>
-
-<p>Don José está vestido con traje de casa; abriga su flacucho cuerpecito
-con un saco afelpado y gris. Y en tanto que empieza a hablar, a
-hurtadillas le miro las manos, muy viejas ya, más que la cara, de piel
-rugosa y seca y deformados dedos, pero que conservan un enérgico gesto
-de fuerza. ¡Oh, excelsas manos laboriosas, que estuvieron ochenta años
-trazando sobre el papel figuras geométricas, signos algebráicos,
-palabras de ciencia, voces de filosofía, líricos y sonoros vocablos!</p>
-
-<p>La voz, la media voz de la conversación<span class="pagenum"><a name="page_197" id="page_197">{197}</a></span> íntima, es insinuante y dulce.
-Quiere, por educación, agradar con entonaciones afectuosas. El gran
-hombre tiene miel en los labios y en el entendimiento. Dice cosas
-amables y buenas. Y lenta y naturalmente, va ampliando su ideas, hasta
-llevarlas desde las futilezas de la urbanidad hasta los horizontes de la
-cultura.</p>
-
-<p>Habla&mdash;es de rigor&mdash;de la guerra. Se duele de que por ella la ciencia
-haya tenido que suspender sus investigaciones. ¡Es asombroso el adelanto
-científico contemporáneo! Día por día se notaba...</p>
-
-<p>Y comienza don José a hacernos profundas y divertidas explicaciones de
-los nuevos descubrimientos. Cuanto le escuchamos con reverente atención,
-está lleno de sabiduría y de la amenidad: el cálculo para conocer la
-cantidad de átomos que cabe en un centímetro cúbico de aire; la
-descripción y la historia de los globos; el análisis y el funcionamiento
-de las máquinas aéreas; las conclusiones de la Física Matemática.</p>
-
-<p>Cae, en el serio palique, traído por espontáneas asociaciones, el
-recuerdo de los estudios científicos de Alemania. El sabio español los
-encomia con entusiasmo. Tiene<span class="pagenum"><a name="page_198" id="page_198">{198}</a></span> una gran curiosidad, una alta y noble
-curiosidad por conocer los medios de que se valió el submarino
-<i>Deutschland</i> para ir, bajo las aguas, de Bremen a Nueva York.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh&mdash;exclama&mdash;, es una admirable hazaña científica!</p>
-
-<p>En este período de la charla, Echegaray ha llegado, no sólo a la
-confianza, sino al contento. El hombre de ciencia encuéntrase a gusto
-pensando, ante nosotros, en voz alta.</p>
-
-<p>Francisco A. de Icaza, a quien mucho estima don José, departe
-respetuosamente con el maestro. Yo guardo silencio y observo.</p>
-
-<p>Y agotado el tema científico, en una pausa oportuna, dirijo esta
-pregunta al polígrafo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y las Memorias, señor? ¿No ha terminado usted sus Memorias?</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;me contesta&mdash;; las dejé pendientes, porque la revista donde la
-escribía, <i>La España Moderna</i>, cesó de publicarse, y no volví a ocuparme
-más en el asunto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué lástima! ¡Tan interesantes, tan pintorescas, tan evocadoras! ¡Tan
-deseosos que estábamos todos por que llegase us<span class="pagenum"><a name="page_199" id="page_199">{199}</a></span>ted a contarnos las
-Memorias de su teatro!</p>
-
-<p>&mdash;Cabalmente iba yo a empezar esa parte. Llegué a los tiempos de Don
-Amadeo. Ahí se quedarán las tales Memorias.</p>
-
-<p>Y por ese camino de las remembranzas y de las añoranzas, nos llevó el
-hilo caprichoso de la conversación a las impresiones de la niñez, a los
-más remotos recuerdos. Don José, entonces, en tono de confidencia
-familiar, accionando parsimoniosamente con la mano huesosa, y dejando
-vagar la mirada por el espacio, comenzó una narración tierna y sencilla,
-sin literatura, de una sugestiva sinceridad. Cuatro o cinco episodios de
-infancia, dos de los cuales fueron contados con velada y exquisita
-emotividad. Don José, muy niño, de tres o cuatro años, recuerda haber
-estado en pie cerca de su madre, pegado a ella y enfrente de un campo o
-de una casa, en alto, donde estaban pasando cosas que le daban miedo y
-le conmovían... ¿Qué era aquéllo? Mucho tiempo después, reflexionando
-sobre eso e interrogando a su madre, vino a caer en la cuenta: era el
-tablado de un teatro. Esa fué su primera impresión artística. Recuerda<span class="pagenum"><a name="page_200" id="page_200">{200}</a></span>
-asímismo, en otra ocasión, un camino, un coche lleno de gente, en el que
-iban él y su madre.</p>
-
-<p>Una detención brusca, gritos de angustia, caras de susto; su madre
-sacando dinero de la bolsa de mano y rezando con extrema aflicción. ¿Qué
-edad tendría entonces el chiquitín? Dos o tres años. Y aquel suceso,
-¿qué era? Un asalto de bandidos.</p>
-
-<p>Don José sonríe, y tiene su sonrisa <i>pargoletta</i> una ingenuidad
-candorosa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es raro! ¡Es raro!&mdash;repite&mdash;. ¡Cómo pueden conservarse tan frescas y
-tan lejanas estas impresiones de una edad en que no despertamos aún a la
-vida!</p>
-
-<p>Mi curiosidad espera la ocasión para orientar la plática hacia los
-asuntos literarios, y apenas llega, la aprovecho:</p>
-
-<p>&mdash;Señor, ¿no tiene usted nada inédito de teatro?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Como autor dramático, he terminado. Buen espacio hace que no
-escribo literatura. Artículos de vulgarización científica, sí. Usted
-debe de saberlo. Llevo cincuenta años de colaborador quincenal de <i>El
-Diario de la Marina</i>, de la Habana, y en<span class="pagenum"><a name="page_201" id="page_201">{201}</a></span> esa publicación desarrollo,
-por lo general, temas de ciencia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor, lo sé. Y sé que tiene usted en ese bello país muchos
-lectores y muchos admiradores. Y sé, además, que el teatro de usted no
-muere en América: vive tan apasionante como siempre...</p>
-
-<p>Don José vuelve a sonreír; pero ahora ya es una sonrisa de inconfesada y
-profunda amargura. Algo doloroso, algo triste, pasa y nubla por un
-instante la lucidez del pensamiento. Mas pronto vuelven la apacible
-tranquilidad y la mansa expresión a aquel semblante de agorero. En el
-fondo, este carácter parece poseer, como fuerza suprema, una fría
-virilidad, que se sobrepone a los acontecimientos y domina los ímpetus
-de la fantasía y del temperamento. Don José, absolutamente sereno, se
-dirige a Icaza y lo interroga:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la Academia? ¿Por qué no ha ido usted a la Academia?</p>
-
-<p>Icaza explica su ausencia accidental del docto Cuerpo, legislador del
-idioma, y yo, mientras tanto, recorro, con rapidez relampagueante los
-campos del recuerdo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_202" id="page_202">{202}</a></span>&nbsp; </p><p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Estoy frente a un ingenio de España. La España actual tiene dos viejos
-que la honran y la glorifican: Echegaray y Galdós. Ninguno de la
-presente generación más alto que ellos. Han rendido su fruto, es verdad;
-pero hay todavía mucho que aprender y que admirar en esa labor extensa.
-Este don José, dramaturgo, es un eslabón de oro que unió la moral
-calderoniana al desenfreno desmelenado del romanticismo. Y así prolongó,
-exaltándola y agitándola, el alma española. Fué un creador de soberanos
-delirios; un forjador de seres hiperestesiados. Sus concepciones, vastas
-y desproporcionadas, tienen una existencia monstruosa por sublime. Sus
-personajes son, frecuentemente, no hombres de carne y hueso, sino entes
-metafísicos, figuras alegóricas, ánimas emblemáticas, símbolos de
-virtudes y de vicios. El bien en los dramas de Echegaray, asciende hasta
-lo seráfico; el mal desciende hasta lo demoníaco; cuanto él imagina,
-toma aspecto grandioso. Pocas veces es humano; muchas, superhumano.
-Puede falsear la vida hasta lo absurdo, pero la falsea para
-amplificarla, para purificarla de menguadas bajezas, para hacerla<span class="pagenum"><a name="page_203" id="page_203">{203}</a></span> más
-comprensiva y noble. En su teatro usa y abusa de lo patético, de lo
-torturante, de lo inverosímilmente doloroso, de lo horriblemente
-trágico; pero todo ello para dejar en nuestro espíritu la marca
-imborrable de un ideal, del ideal, del sólo ideal de perfección humana,
-conquistado y realizado por el sacrificio y el martirio. La fatalidad
-griega no triunfa en las febriles fantasías de Echegaray; es, al
-contrario, vencida, a pesar del sufrimiento y de la muerte.</p>
-
-<p>Cuando el poeta abre las alas, ensaya vuelos aquilinos. Gusta de
-clavarse y hundirse en las nubes más remotas, más negras, más cargadas
-de rayos. Es formidable y arrebatado. Juega con el frenesí como un niño
-con un muñeco. Sabe apretar los corazones sin dañarlos, antes
-complaciéndoles en el sufrimiento. Mezcla el amor y el dolor; el mal y
-el bien; la vida y la muerte; las lágrimas y la sangre; la luz y la
-sombra, y, por contrastes, y antítesis, y violencias, logra expresar la
-belleza, haciéndonosla sentir inolvidablemente. Es, además, un lírico
-supremo. No pule la frase; no es un joyero: la esculpe; es un
-estatuario. Por todas partes siembra pensamientos; por<span class="pagenum"><a name="page_204" id="page_204">{204}</a></span> aquí brilla una
-profunda sentencia; por allí cruza el ave matizada de una metáfora;
-clarea, en aquel parlamento, un símil raro; luce, de pronto, en esta
-cláusula, un apotegma filosófico. Siembra pensamiento; pero para que
-florezca, lo riega con linfas sentimentales. Es difícil hallar quien
-mejor sepa poner a flor de labio la ternura, la pasión enamorada, la
-súplica que ruega y acaricia, la palabra que confiesa el amor y suena a
-beso. Las mujeres de don José Echegaray, cuando son buenas, son
-angélicas; cuando son malas, su perversidad inspira más lástima que
-misericordia. Todo en ellas es conflicto amoroso. Algunas heroínas
-abren, de tiempo en tiempo, las alas, para que se vea que son querubes:
-Mariana, Teodora, Fuensanta, Adelina...</p>
-
-<p>Y este atormentador, en el momento que lo desea, es un seductor, y, en
-el instante que le place, un burlador. Hace caricaturas, un poco
-grotescas, pero muy sugestivas, de la imbecilidad social: el <i>clubman</i>
-frívolo, el galán de salón, el vejete egoísta, el falso sabio.</p>
-
-<p>Las facultades prodigiosas de este soñador se adaptan, con más amplitud,
-al teatro<span class="pagenum"><a name="page_205" id="page_205">{205}</a></span> de época, el drama heroico y de reconstrucción. Es en él
-donde hizo maravillas. <i>En el seno de la muerte</i>, <i>Haroldo</i>, <i>Un milagro
-en Egipto</i>, <i>La esposa del vengador</i>, <i>La muerte en los labios</i>.</p>
-
-<p>En la comedia actual y de costumbres, rompe, con la pujanza de su
-esfuerzo, la realidad; pero, con la influencia irresistible de su poder
-genial, nos obliga a seguirlo a través de sus inverosimilitudes,
-incoherencias y descoyuntamientos ilógicos. Perdemos, bruscamente
-sugeridos, el sentido de la existencia positiva, y nos dejamos
-arrebatar, como por la tormentosa corriente de un río, por las
-peripecias de la acción excepcional, de la situación centelleante, que,
-siendo rayanas en lo imposible, no dejan, sin embargo, de ser humanas.</p>
-
-<p>El teatro de Echegaray es marcadamente romántico y genuino.
-Manifestación de una raza bravía, generosa, exaltada en el idealismo,
-enérgica en la acción, desbordante en el sentimiento, reproduce todos
-estos caracteres en un mundo imaginario, impulsivo y tremendo. Arte
-magno y conmovedor, que mueve multitudes y les arranca admiraciones.
-Arte desmesurado y radian<span class="pagenum"><a name="page_206" id="page_206">{206}</a></span>te, en que, como en el de Miguel Angel, la
-Humanidad está representada y exteriorizada «en un sueño de energía
-salvaje y de grandeza».</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Contuve mis rápidas meditaciones como un auriga sus corceles. Iba
-demasiado de prisa. Volví a la humilde verdad. Allí, junto a mí, flaco y
-encorvado, un viejecito sonreía y charlaba. Era un genio. Dentro de él
-bullía aún, lleno de soles, un universo.</p>
-
-<p>De pronto me acordé de una duda antigua, y, apenas pude hacerla, me
-dirigí a don José:</p>
-
-<p>&mdash;Dígame usted, señor, aquel drama que estrenó en México María Guerrero
-y que se intitulaba <i>El preferido y los cenicientos</i>, ¿es de usted?
-¿Será de algún imitador de usted? Perdóneme la indiscreción. ¡Tengo
-tanta curiosidad de enterarme de eso! Yo escribí una crítica afirmando
-que usted era el autor, y no el argentino de que me hablaba con
-insistencia Fernando Díaz de Mendoza...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, recuerdo&mdash;me contestó cariñosa<span class="pagenum"><a name="page_207" id="page_207">{207}</a></span>mente el anciano&mdash;. En efecto, es
-mía la obra: lo último que hice para el teatro; de ahí en adelante,
-nada; me despedí para siempre... Desde entonces sigo con interés y
-placer mis estudios sobre Física Matemática. Jamás falto a mi cátedra.
-He escrito ya diez volúmenes acerca de esta materia, y aún tengo
-proyectos para otros tantos.</p>
-
-<p>Y con cierta ligereza, la que le permitían sus piernas, se levantó del
-sillón, fué a una de las piezas contiguas y volvió con un libro, que
-puso ante nuestros ojos. Soportábalo con una mano, y con la otra lo
-hojeaba. Nosotros veíamos pasar fórmulas de álgebra, figuras
-geométricas. Don José sabía muy bien que de nada le hubiese servido
-explicarnos su obra; comprendía que éramos profanos, y se contentó con
-la inocente satisfacción de enseñárnoslo. Después colocó el libro sobre
-el estante giratorio y se sentó. Había satisfecho nuestros deseos, había
-contestado a nuestras interrogaciones. Ahora le tocaba a él preguntar:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y América? ¿Y la situación de México? ¿Y Cuba?</p>
-
-<p>Escuchaba con gran atención nuestras res<span class="pagenum"><a name="page_208" id="page_208">{208}</a></span>puestas; seguía curiosamente
-nuestras explicaciones; insistía, aclaraba, opinaba; mostraba una
-extraordinaria penetración en sus juicios, una sólida ilustración.
-Estaba informado de la sociología y de la política de los pueblos
-hispanoamericanos. Al verle tan atento y tan enterado, pensé que este
-hombre de tan varios conocimientos, podía repetir la célebre sentencia:
-«Lo que interesa a la Humanidad, me interesa a mí.»</p>
-
-<p>Habían pasado dos horas y no las habíamos sentido. Como quien despierta,
-tornamos a la noción del tiempo. La habitación comenzaba a ennegrecerse,
-y era cada vez más débil y mortecina la claridad de la ventana.</p>
-
-<p>Nos dirigimos una mirada de inteligencia Icaza y yo; nos pusimos en pie.
-Con respetuosa efusión, como el creyente que toca una reliquia, tomé la
-mano que me tendía el portentoso viejecito, y recuerdo que le dije:</p>
-
-<p>&mdash;No olvidaré que la buena suerte me otorgó el don, pocas veces
-conseguido, de estrechar la mano de un inmortal.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;aclaró don José&mdash;; de un mortal... muy próximo a la muerte.<span class="pagenum"><a name="page_209" id="page_209">{209}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Y salió a acompañarnos hasta el primer peldaño de la escalera. Todavía,
-al llegar al zaguán, volvimos la cabeza para saludarle. Y al verle por
-última vez, me pareció que aquel cuerpo encorvado y magro era de una
-engañosa debilidad y, como dijo el poeta, «tenía la fragilidad de las
-cosas aladas».</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p class="r">
-<i>Septiembre 16.</i><br />
-</p>
-
-<p>A las tres de la tarde salgo a la calle. Madrid está de luto. Los
-balcones tienen cortinas negras. Las gentes van con rumbo a la
-Castellana. La curiosidad de la multitud&mdash;se siente&mdash;está complicada de
-pena y asombro. Las vías por donde ha de pasar el cortejo están
-henchidas de silencioso gentío. Apenas puedo llegar al paseo de
-Recoletos, y me detengo. Es imposible dar un paso más. La comitiva
-fúnebre viene: ministros, diputados, prelados, clérigos, académicos,
-uniformes, estandartes, insignias, soldados.</p>
-
-<p>El desfile es interminable. Es toda la España legendariamente fastuosa y
-coruscante. Suena una marcha funeral. Se oye a lo<span class="pagenum"><a name="page_210" id="page_210">{210}</a></span> lejos, de cuando en
-cuando, un cañonazo. Desde mi sitio alcanzo a ver, en varios edificios,
-la bandera amarilla y roja, a media asta, aliquebrada y mustia. Hay sol
-y llueve un poco.</p>
-
-<p>Y yo, para mis adentros, mientras pasa el fastuoso ceremonial, a don
-José, al buen don José, al viejecito mago y genial que me recibió en la
-calle de Zurbano, le estoy diciendo las dulces palabras que le aprendí a
-uno de los personajes de sus comedias: «Duerme, niño de los cabellos
-blancos, que ya están haciéndote tu camita de tierra.»<span class="pagenum"><a name="page_211" id="page_211">{211}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_212" id="page_212">{212}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_213" id="page_213">{213}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="VALLE-INCLAN" id="VALLE-INCLAN"></a>VALLE-INCLÁN</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">B</span>ARCELONA y Madrid son las catedrales de la literatura española. En cada
-una de ellas reside la diócesis de la crítica. Allí se consagra a los
-elegidos. Es preciso pasar por ahí para recibir las órdenes menores y
-mayores de las letras. Pero Barcelona tiene su especialidad regional: el
-lemosín.</p>
-
-<p>Madrid es la primera, la fundamental, la tradicional. El talento de
-provincia necesita, para ser conocido y estimado y para ampliar su
-esfera de acción, venir a Madrid. Porque en Madrid se equilatan y tasan
-las joyas del ingenio. Bien visto, un poeta provinciano apenas si para
-los distribuidores de gloria es algo más que un «ruiseñor americano».
-Necesita llegar y conquistar. Para unos, el camino es fácil, y la
-fortuna, mujer caprichosa, se muestra avasallada y rendida porque sí.
-Para otros, en cambio, es<span class="pagenum"><a name="page_214" id="page_214">{214}</a></span> harto difícil y tortuoso el sendero, y
-esquiva y desdeñosa la suerte.</p>
-
-<p>Mas la ventaja estriba en que se puede cambiar de ruta y orientación: el
-teatro, la lírica, la novela, la crítica, el periodismo. Hay,
-naturalmente, en todo eso, un aspecto mercantil y otro artístico. Un
-autor dramático, injustamente silbado, da media vuelta, marcha y
-encuentra sitio en la redacción de un diario. Claro que las facultades
-son diversas, y cada uno de esos intelectuales requiere especialización
-y preparación. No es posible abarcar en un puño un conjunto de
-condiciones, tan disímiles, a veces, que lo que, por ejemplo, sirve para
-un género, es para otro absolutamente inservible y hasta perjudicial.</p>
-
-<p>Pero la necesidad ayuda a la acomodación, y se establece un eclecticismo
-típico que da a la vida literaria de la Villa y Corte variados y
-sugestivos aspectos. Es curioso contemplar aquí la lucha por la gloria,
-que se confunde y mezcla con frecuencia a la lucha por el pan, hasta
-constituir una sola lucha con identidad de valores en los propósitos: el
-pan es gloria; la gloria es pan.<span class="pagenum"><a name="page_215" id="page_215">{215}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>No es sólo en Madrid esta inquietud batalladora que nos hace cambiar de
-rumbo y aplicar los esfuerzos a empleos para los cuales no habíamos
-educado nuestras aptitudes; pero aquí las dificultades de la existencia
-personal del literato, obligan marcadamente, más tal vez que en otros
-países, a la desespecialización, a la difusión.</p>
-
-<p>El teatro es la grande y primera fuente de riqueza para el hombre de
-letras. Quien llega a él y obtiene buen éxito, ya tiene asegurada la
-vida, a condición de no dormirse sobre los laureles. El libro es menos
-productivo, naturalmente; mas aun con público restringido, si logra
-vender, sostiene al autor, y sólo en contadas ocasiones lo enriquece. El
-dramaturgo, al imprimir sus obras, participa de las ventajas que le dan
-el teatro y el libro. El periodismo, particularmente si es literario, no
-es, ni con mucho tan productivo como el teatro y el libro; pero es un
-«modus vivendi» que, a falta de recursos pecuniarios, ofrece los de la
-influencia y la popularidad que, en ciertos casos, prestan innegables
-servicios. Muchos son los que, rodando del teatro o del libro, caen en
-el periódico, y en él que<span class="pagenum"><a name="page_216" id="page_216">{216}</a></span>dan, aunque siempre dispuestos a nuevas y
-audaces tentativas para triunfar en el tablado y en el volumen.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Con mi propósito de silencioso acercamiento a los hombres de letras, he
-tenido oportunidad de ver y oir en Madrid a algunos de los más
-encopetados y célebres.</p>
-
-<p>El verano suspende la vida social, los teatros se cierran, los palacios
-quedan abandonados, tristes los cafés, mudas las orquestas y
-transferidas las veladas del Ateneo. Medio mundo se va; pero el otro
-medio mundo permanece y sufre los rigores del día, a cambio de la
-impagable frescura de la mayor parte de las noches.</p>
-
-<p>Este es el tiempo de las fiestas al aire libre, de las Verbenas, de la
-opereta del «Magic Park», de las funciones del «Retiro», de las
-nocturnas corridas de toros, del contento callejero, que no quiere cesar
-hasta que lo sorprenda la luz del día.</p>
-
-<p>Por calles y plazas va, en sonora fiesta, la multitud; los chicos
-vocean, gritan los billeteros, rasguean sus apolilladas vihuelas los
-mendigos; los tranvías derraman gen<span class="pagenum"><a name="page_217" id="page_217">{217}</a></span>tío en la Puerta del Sol; los
-salones de los cafés están hechos un ascua. Pues, ¿qué hora es? Las tres
-de la madrugada. En esta ciudad parece que no duerme nadie.</p>
-
-<p>Y es que el medio mundo que en Madrid quedó, no es el más rico, sino el
-más bullanguero; el que gusta de las cenas y bailes de la Bombilla, de
-los mantones matizados, de la gracia oportuna, de la horchata de chufas
-y del suave viento de la noche.</p>
-
-<p>En el mundo que se fué están distinguidos artistas y poetas.</p>
-
-<p>Sin embargo, intentaré hacer el esbozo de uno que en Madrid permaneció
-hasta muy avanzado ya el Verano. Y así fué...</p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p>Una de estas noches prometedoras de frescura, iba yo por el principio de
-la calle de Alcalá, rumbo al «Retiro», cuando de una de las mesas que de
-los cafés se desbordan en tumultuoso desorden por las amplias aceras, vi
-levantarse a un hombre vestido de negro. El sombrero, de anchas<span class="pagenum"><a name="page_218" id="page_218">{218}</a></span> y
-flojas alas; la barba no muy espesa, pero flúida y crecida sí, y casi en
-contacto con la barba, como disputando a ésta territorio, unos quevedos,
-dentro de cuyos grandes arillos de carey brillaban, con suavidad, los
-ojos obscuros; todos estos rasgos hiciéronme comprender que se trataba
-de un artista, probablemente de un pintor o de un escultor. La silueta
-nerviosa y delgada tenía mucho carácter. Mas lo que mejor le
-peculiarizaba era que, al andar, la manga izquierda de la americana
-flotaba vacía: a juzgar por los movimientos de la manga, faltaba el
-brazo desde un poco más abajo del hombro.</p>
-
-<p>De pronto, no pude sospecharlo; pero un instante después, noté que a mí
-venía la singular persona, la cual, desde lejos, pronunciaba en voz alta
-mi nombre; y, entonces, poniendo una rápida y profunda atención, hice un
-esfuerzo de memoria, extraje de ella una imagen, la comparé con la que
-estaba frente a mí, y estreché entre las mías la única mano que, con
-afable gesto, me tendía el barbudo y manco hombre. Y como un recuerdo, a
-semejanza de los pájaros, mete ruido al volar y despierta a<span class="pagenum"><a name="page_219" id="page_219">{219}</a></span> otros
-muchos, al saludar al recién llegado, recitaba yo para mi coleto, el
-caricaturesco alejandrino de Rubén Darío:</p>
-
-<p>Este buen don Ramón de las barbas de chivo...</p>
-
-<p>Efectivamente, allí estaba, en cuerpo mutilado y alma noble, Ramón del
-Valle-Inclán, el «Marqués», autor famoso, caballero de juventud
-trashumante, hidalgo enamorado de las hazañas, soñador de viejas y
-tremendas fábulas, poeta raro y pulido, que revive en sus exquisitas
-canciones la gracia honda y sutil, el encanto fragante de las trovas
-antiguas.</p>
-
-<p>Más de veinte años hacía que en una calle de México nos habíamos dicho:
-«hasta luego», como quienes se despiden para tornar a verse a la
-siguiente mañana. Y el mañana ha sido muy largo, y, no obstante, Ramón
-del Valle-Inclán ha sabido llenarlo de gloria y de ventura.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace usted por Madrid?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo ve usted; vivir. Acabo de llegar...</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo también. Vengo de Francia; he estado en París, he visitado las
-trincheras. ¿Cuándo quiere usted que charlemos?<span class="pagenum"><a name="page_220" id="page_220">{220}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>&mdash;Cuando usted quiera; mañana mismo, si es posible.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, mañana. ¿Dónde vive usted?</p>
-
-<p>&mdash;En una vieja posada. Será mejor que me dé la dirección de su casa; iré
-a buscarle.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; calle de Don Francisco de Rodas, número 3; lo espero a las
-cinco de la tarde.</p>
-
-<p>&mdash;No faltaré. Buenas noches, Ramón.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>En un barrio madrileño, muy bien saneado y cómodo, en el segundo piso de
-una casa nueva, blanca, bien distribuída, vive ahora el insigne narrador
-del «Romance de Lobos». Una vivienda luciente de limpieza. Llamo; abre
-la puerta la muchacha criada, vestida con pulcritud, risueña y fresca.
-Entro en la discreta penumbra de un angosto pasillo; después, levanta la
-criada un cortinón de rameada y vieja seda verde, y me invita a pasar.
-Es un saloncillo sobriamente amueblado: una mesa y una larga cómoda, de
-madera fina y adosados al muro blanco, en dos de los lados del
-cuadriláte<span class="pagenum"><a name="page_221" id="page_221">{221}</a></span>ro: frente a la mesa, apoyado también en el muro paralelo, un
-pequeño y sencillo sofá, acompañado, como de dos acólitos, de dos
-sillones braciabiertos; dos o tres sillas más por diversos rumbos. Sobre
-la cubierta de la cómoda, en marco de metal, el retrato de un militar.
-Curioseo la dedicatoria: es don Jaime. A muy poca altura de la mesa, un
-cuadro apaisado de medianas dimensiones representa a Ramón del
-Valle-Inclán, de poco más de medio cuerpo, en postura sedente. La figura
-se destaca a un lado, en primer término, sobre una cortina descogida que
-deja ver, al recogerse, un fondo de paisaje soñado, como los de los
-retratos italianos del Renacimiento. Hay un bien logrado intento de
-psicología en este retrato. El ambiente de la obra tiene no sé qué de
-arcaico que parece emanar de la figura misma, barbuda, seria,
-serenamente grave.</p>
-
-<p>Todo este interior está iluminado por la claridad albidorada de la tarde
-que entra, sin obstáculo alguno, por la ventana abierta, una ventana
-cuya amplitud ocupa el ancho de la pared. Sobre el sofá está colocado un
-hermoso óleo viejo, y a uno y otro<span class="pagenum"><a name="page_222" id="page_222">{222}</a></span> lado de éste, otras pinturas y
-dibujos. Me siento a esperar. Respiro el tranquilo y silencioso ambiente
-de los «obreros de la palabra». Me acuerdo de que yo viví así no hace
-mucho tiempo. Pasan unos minutos; oigo el eco sonoro de unos pasos que
-se acercan; una mano, muy delicada, de largos dedos, levanta el cortinón
-de la puerta; es él.</p>
-
-<p>Es don Ramón del Valle-Inclán, pero un don Ramón más afectuoso, de una
-amabilidad tierna, que presta a la voz un acento mórbido, tenoril,
-ligeramente impregnado de feminidad. Tras el saludo cariñoso, nos
-sentamos, yo, en mi sillón, y él, en el vecino extremo del sofá. Puedo
-observar, a toda luz y atentamente, a mi amigo. Su cabeza pequeña, de
-forma céltica, deja ver apenas, en el pelo corto, uno que otro hilo
-blanco; el cutis del rostro se conserva juvenil y terso; luciente está
-el obscuro castaño de la barba. Sobre la nariz, irregular, aperillada,
-un poco plebeya, cabalgan los anteojos descomunales, y este adminículo,
-que yo no le conocía, me desconcierta la imagen que conservaba en la
-memoria; pero, en cambio, vuelvo a sentir la influen<span class="pagenum"><a name="page_223" id="page_223">{223}</a></span>cia de la mirada y
-de la sonrisa, que son verdaderamente deliciosas.</p>
-
-<p>Niños son los ojos, y niña la boca, y por ellos se exterioriza y derrama
-el candor ingénito y diamantino de las almas superiores. En la mirada y
-la sonrisa de Valle-Inclán se presiente la fuerza; pero se adivina la
-inocencia. Dicen que es maligno; no se le conoce; lo que se le conoce es
-lo apasionado, lo vivaz, lo nervioso. Dicen que es irónico; sí lo es, y
-bien se nota cómo el ingenio gusta de pasarse, con agilidad duendil, por
-los jardines del epigrama. Pero ser irónico no implica siempre ser
-malicioso. La ironía suele no ser más que una corola encendida del rosal
-de la gracia. Y la gracia es esencialmente amor y candor.</p>
-
-<p>Valle-Inclán es, tal vez, un ironista caprichoso, que juega
-gimnásticamente con la sutileza y el donaire. Se le juzga de otro modo,
-quizá porque pertenece a la generación de los iconoclastas, de aquellos
-jóvenes del «noventa y ocho» que se propusieron renovar las letras, y
-que, para tal empresa, comenzaron por ejercitar sus rebeldías derribando
-sistemáticamente los ído<span class="pagenum"><a name="page_224" id="page_224">{224}</a></span>los, minando y destruyendo las celebridades de
-entonces. La tarea tenía más de atrevimiento que de justicia, pero nada
-de extraño y muy poco de censurable. Los que llegan a la lucha, empiezan
-por despreciar y desprestigiar a los que, ya cansados, conservan un
-puesto que hace falta a los nuevos. Caen unos, levántanse otros, que, a
-su vez, serán derribados más tarde, y luego, apagadas las pasiones,
-viene la crítica, y, sin miramientos, da a cada quien lo que en rigor le
-pertenece.</p>
-
-<p>En un brevísimo instante pensé todo esto, mientras dábamos principio a
-una conversación deshilvanada, insubstancial, nutrida de incoherencias y
-preguntas vagas.</p>
-
-<p>Aproveché un corto silencio para preguntarle lo que yo estaba deseando
-desde el principio de la entrevista:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué impresiones tiene usted, Ramón, de su viaje a Francia?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh!&mdash;me responde inmediatamente, y como adivinando mis intenciones&mdash;,
-estoy seguro del triunfo.</p>
-
-<p>Empieza a hablar, elevando un poco la entonación y haciendo intervenir,
-para subrayar la palabra, a la única mano,<span class="pagenum"><a name="page_225" id="page_225">{225}</a></span> que gesticula sobria pero
-elocuentemente. Cuéntame, desde luego, su excursión al campo de batalla,
-a las trincheras. Yo conozco todo esto por descripciones literarias.</p>
-
-<p>No olvido los fuertes artículos nutridos de verdad del Dr. Ferrara. Y, a
-pesar de eso, la narración de Valle-Inclán, que no me cuenta nada nuevo,
-pone con mucha viveza la realidad frente a mis ojos. Es que estoy
-escuchando a un conversador pintoresco, muy rico de dicción, fácil y
-habilísimo en el manejo de las corrientes mentales para llevarlas por el
-cauce lógico, sin retenerlas ni estancarlas en los remansos de la
-digresión. El literato está acostumbrado a seguir sin desviaciones el
-curso principal de los sucesos. No se detiene en incidentes ni
-episodios, sino cuando cree que contribuyen a reforzar y a realzar la
-acción fundamental. Conoce los recursos para encender el interés, y los
-aplica con precisión y seguridad. Se diría que, aun conversando,
-proyecta de antemano su discurso como quien traza el plan de una novela.
-Lo que me seduce en la charla de Valle-Inclán, es la naturalidad. El
-pensamiento espontáneo, la<span class="pagenum"><a name="page_226" id="page_226">{226}</a></span> palabra simple: no hay torceduras
-ideológicas ni contursiones sintácticas.</p>
-
-<p>Fluye el lenguaje claro y sonoro como agua de fuente montañesa. Mas, en
-esta misma sencillez, hay indudable elevación mental, sentimental y
-verbal. A ratos, la conversación toma aspecto áulico. Detrás del poeta
-comienza a perfilarse el profesor. Yo escucho con una atención escolar:
-Estoy divertidísimo. La vida de topo del soldado, su esfuerzo, su
-heroísmo, su alegría; los prodigiosos trabajos de defensa, los
-improvisados jardines, las tremendas máquinas de guerra, las calzadas
-polvorientas, los paisajes extraños, las descargas de fusilería, la
-imprevista visita de las granadas... Es como una película a colores la
-que estoy mirando.</p>
-
-<p>Ramón iba acompañado de un camarada y varios oficiales, por un camino,
-cerca de las trincheras, cuando, de pronto, vió que instantáneamente se
-cubría de polvo amarillento la espalda del compañero, y, a la vez, él se
-sintió bruscamente empujado por un golpe de aire, y, a pocos pasos,
-hacia atrás, distinguió un gran agujero repentinamente abierto en la
-tierra, un furioso<span class="pagenum"><a name="page_227" id="page_227">{227}</a></span> remolino de arena, y un formidable estallido; era
-una granada. Valle-Inclán creyó sentir en la suela de la bota el roce de
-un casco. Un minuto de estupefacción. Se declara el aire. Los visitantes
-y los oficiales habían salido ilesos. Y Valle-Inclán, para darme una
-lección de «cosas», se pone en pie, va a la pieza vecina, y vuelve con
-un pesado tubo vacío: el casco de la granada. Me quedo como párvulo en
-«Kindergarden». Aquellas proezas del novelista me hacen el efecto de uno
-de los cuentos fantásticos del «Cofre de Sándalo». El escritor está
-junto a mí, con su sonrisa, ingenuo, y su mirada pura, y la expresión
-serena de su flaca y barbada faz. Entonces recuerdo...</p>
-
-<p>Recuerdo de Valle-Inclán, es un fantaseador extraordinario. Vive dentro
-de una gesta constante. ¿Abulta o deforma la verdad? ¿Es hiperbólico o
-decorador de la vida real? Yo pienso que, sencillamente, es un enamorado
-de lo maravilloso. Su exaltación imaginativa no es otra cosa que una
-resultante de sus generosas potencias espirituales, de su necesidad de
-establecer la acción hasta los límites del ensueño. En el fondo del
-hombre de letras se agitan los<span class="pagenum"><a name="page_228" id="page_228">{228}</a></span> atávicos deseos del hombre de armas.
-Sabido es que este admirable fantaseador tiene empapada la memoria en
-filtros mágicos de aventuras y hazañas. Y se ve cómo, en efecto, el
-valor en él está a la altura del ingenio.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Mas lo que en Valle-Inclán seduce como narrador, interesa menos que lo
-que tiene de expositor. Reproduce con mucho calor y mucha variedad una
-acción, pero es indudablemente superior cuando desarrolla una teoría.
-Aquí su facundia, que se refrena, y su lenguaje que se afina y torna más
-lúcido y precioso, sírvenle de extraordinario modo para enlazar, en
-sólidas y bien trabadas concatenaciones lógicas, los aledaños aéreos de
-todo un sistema filosófico que, cual otra escala de Jacob, se tiende en
-lo infinito.</p>
-
-<p>Con su verba diáfana y su firme encadenamiento lógico, va el ilustre
-literato español desenvolviendo sus ideas sobre la guerra europea, con
-el cuidado con que un mercader de Oriente desenrollase un velo antiguo
-tejido con filamentos de luna. Me<span class="pagenum"><a name="page_229" id="page_229">{229}</a></span> hace entrar en la nebulosa radiante y
-azul de una metafísica etérea. Háblame de las causas profundas de esta
-espantosa conflagración. Era una forzosa consecuencia, un camino que
-debía atravesar, en su peregrinación ascendente, el hombre, vértice, él
-mismo, de un ángulo inmenso y misterioso, cuyos dos lados son lo pasado
-y lo porvenir. La teoría de Valle-Inclán posee un atractivo fatalismo
-teológico.</p>
-
-<p>El escritor predice el triunfo próximo de Francia, de Inglaterra, de
-Italia. Y sus frases llanas y rítmicas adquieren sonoridades de
-versículo. Parecen salir de los delgados labios con un doble y profético
-sentido.</p>
-
-<p>Entonces Valle-Inclán no es sólo el narrador de leyendas, ni el
-expositor de teorías; es el orador, es más, es el predicador. La delgada
-figura toma lucimientos ascéticos. El rostro se ilumina con un rayo
-místico. Y da principio la hora de la belleza.</p>
-
-<p>Porque de las razones sociológicas y políticas, el estupendo conversador
-pasa, como por el puente aquel que en el cuento de Grim, estaba hecho
-con un cabello de<span class="pagenum"><a name="page_230" id="page_230">{230}</a></span> hada, a las radiantes comarcas de la Estética. En
-ellas está mejor: las recorre como si fuesen su señorío. Habla de la
-expresión artística, de la forma del verbo, de las cognaciones étnicas
-en relación con los idiomas, y su discurso, cada vez más cristalino y
-tenue, viene como fulgor de estrella, del horizonte de la metafísica.
-Escucho, de la boca de Valle-Inclán, los mismos conceptos que más tarde
-había de leer en su último libro: «La Lámpara Maravillosa».</p>
-
-<p>«Las palabras son siempre una creación de las multitudes. Alumbran, en
-la hora en que se hacen necesarias, como verbos de amor y comunión entre
-los hombres.»</p>
-
-<p>«Las palabras son humildes como la vida. Pobres ánforas de barro,
-contienen la experiencia derivada de los afanes cotidianos, nunca lo
-inefable de las ilusiones eternas. El hombre que consigue romper alguna
-vez la cárcel de los sentidos, reviste las palabras de un nuevo
-significado, como de una túnica de luz.»</p>
-
-<p>«El secreto de las conciencias sólo puede revelarse en el milagro
-musical de las palabras. ¡Así el poeta, cuanto más obscuro, más
-divino!»<span class="pagenum"><a name="page_231" id="page_231">{231}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Y Valle-Inclán, estimulado por su verba, que es una cadenilla de plata
-sonante, va afiligranando los períodos, cerrando con la gótica llave de
-oro del ritmo de las cláusulas y matizando sus locuciones con las flores
-vivas y luminosas de la metáfora. Mi entendimiento lo sigue como siguen
-los ojos, en el azul, el vuelo de los celajes. Y mientras él teoriza
-inefablemente, yo lo estudio y pretendo darme cuenta del poder de su
-fascinación. Domina, no únicamente por la energía y flexibilidad del
-pensamiento, sino también por el sonido de la palabra. La articula y la
-canta de una manera particular, y armoniza, con arte muy delicado, los
-conjuntos fonéticos. Es un excelente instrumentador de las voces. Y, a
-la finura de la idea, une la orquestación mozartiana de los vocablos.
-¿Un verbo-motor? Probablemente. Pero sobre todo un soberano artístico de
-la fonética.</p>
-
-<p>Yo había visto en Valle-Inclán al poeta, y luego, al batallador. El
-heredismo despertaba imaginativamente en el hombre de letras al hombre
-de armas. Y para completar los caracteres de la raza, salía ahora del
-fondo del «yo» integral, el hombre de<span class="pagenum"><a name="page_232" id="page_232">{232}</a></span> altar y claustro, el dialéctico
-de habilidad asombrosa. El poeta, en cuyas prosas y rimas queda un
-velado rumor del Cancionero de Baena; el «Marqués», que recuerda en sus
-narraciones caballerescas las descomunales batallas del libro portugués,
-vertido por Montalvo; el fraile teólogo que, como San Bernardo, predica
-cruzadas y escribe tratados de la ciencia de Dios, juntos en un hombre
-como Valle-Inclán, hacen de éste un tipo representativo que, en su
-complejidad, muestra la imperecedera unidad de una raza.</p>
-
-<p>EL escritor, nervioso ya, en plena sobre-excitación, se ha puesto en pie
-y, hablando, se pasea a lo largo del saloncillo. El brazo derecho ha
-recogido, por la espalda, la vacía manga izquierda, y la manquera
-resulta así más visible. El brazo que falta ha sido cortado casi a
-cercén, y entonces la figura que se mueve en las primeras penumbras del
-atardecer, trae a la memoria, por asociaciones repentinas&mdash;materiales y
-psíquicas&mdash;, las viejas estatuas mutiladas de los santos de piedra que
-se yerguen en las hornacinas de las fachadas de los templos seculares.<span class="pagenum"><a name="page_233" id="page_233">{233}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Ha caído la noche, entretanto. Valle-Inclán me invita a recorrer con él
-las calles de Madrid hasta la Puerta del Sol. Acepto y bajamos de su
-blanca y pulida casita. Vamos, callados ya, por el antiguo y adorable
-Madrid. Yo, en mi interior, reflexiono y comparo: ¡Cómo ha crecido este
-espíritu! ¡Qué grandes son las alas de esta «Aguila de blasón!» Mas ¡qué
-bien conservan su candorosa infancia los ojos y la sonrisa! Cuando habla
-nuevamente me va contando memorias, caras a su corazón, de Cuba, de
-México...</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Hace pocos días, Valle-Inclán dió una conferencia en la Exposición de
-cuadros de Anglada. Obtuvo un ruidoso triunfo. Para premiar sus méritos,
-el Gobierno acaba de nombrarlo profesor de Estética en la Escuela de
-Bellas Artes, de Madrid. El autor de «Flor de Santidad» está ya donde
-debe estar: en la gloria, en la cátedra.<span class="pagenum"><a name="page_235" id="page_235">{235}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_234" id="page_234">{234}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_236" id="page_236">{236}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_237" id="page_237">{237}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="ALREDEDOR_DE_LOS_ASESINOS" id="ALREDEDOR_DE_LOS_ASESINOS"></a>ALREDEDOR DE LOS ASESINOS</h2>
-
-<p class="r">
-<span class="smcap">Don Nilo y Pasos Largos</span><br />
-</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span>L delito pasional tiene en Madrid sus peculiares caracteres de raza: la
-disputa por la hembra, la riña de la calle, el desafío de taberna, la
-navaja insaciable. Todos los días los celos realizan sus dramas de
-arrabal, y los periódicos, con despectiva indiferencia, dan noticia de
-estos sucesos habituales sin adjetivarlos ni comentarlos. Son
-insignificantes notas de policía que se amontonan en el sitio fijo de
-una plana interior, entre las hazañas del ratero y el suicidio del
-amante desdeñado. Los pocos que quieren enterarse de esas curiosidades
-ya saben dónde van a encontrarlas.</p>
-
-<p>Pero ahora, durante muchos días, la cró<span class="pagenum"><a name="page_238" id="page_238">{238}</a></span>nica del crimen ha tomado por
-asalto la primera plana de todos los periódicos de España, y extendida,
-pormenorizada, ilustrada, compite con las noticias de guerra, a pesar
-del ruido de armas con que éstas se imponen en el campo del periodismo.</p>
-
-<p>El pueblo, sacudido como por un ataque nervioso, lee los «reportages»
-que pormenorizan y desmenuzan el delito de don Nilo Aurelio Sanz,
-miembro de la clase burguesa, agente de negocios, medio rábula, medio
-timador, listo para hallar trampas, salidas y vericuetos entre los
-artículos de los Códigos; audaz y laborioso, insinuante y maligno,
-dispuesto siempre a la caza de toda empresa turbia, maestro de hurto, e
-infatigable prestidigitador del engaño. La vida de don Nilo es la novela
-de un pícaro novisecular. Acosado por las deudas, impulsado por las
-necesidades, se ingenia día por día para encontrar recursos que lo
-salven de las situaciones apuradas. Y los halla en la mentira, en el
-enredo, en la intriga. Hoy vende abonos minerales que resultan ser
-puñados de tierra; ayer se proveyó de la subsistencia pleiteando con las
-Compañías de ferrocarriles; para maña<span class="pagenum"><a name="page_239" id="page_239">{239}</a></span>na está preparando la emboscada de
-una comisión de compraventa. Es afable y diligente. Tiene apariencia
-bondadosa y franca. Posee el inestimable don de gentes.</p>
-
-<p>Y así fué como atrajo a un labrador septuagenario y honrado, quien de
-los campos de su provincia vino a Madrid. Quería el inocente y acomodado
-rústico comprar un molino. Don Nilo le hizo promesas, le dió confianza,
-sedujo la natural ambición de todo campesino, y, con un calculado y bien
-dispuesto plan diabólico, lo llevó una tarde a un hotelito alquilado
-previamente en las orillas de Madrid, lo invitó a beber y, aprovechando
-un momento, le descargó por la espalda tres o cuatro hachazos, que
-partieron el cráneo al infeliz Sr. Febrero, que ese era el nombre del
-labrador. Después, despojó al cadáver de dos mil pesetas y el reloj, y
-lo enterró en una de las piezas del hotel. Todo esto lo hizo ayudado de
-su hijo, un mozo de diez y ocho años. Y una vez hecho, salió
-tranquilamente a disfrutar de su vida burguesa y a permitirse el lujo de
-ir a veranear con su familia a un lejano y pintoresco pueblo.</p>
-
-<p>De allí lo trajo la policía que, singular<span class="pagenum"><a name="page_240" id="page_240">{240}</a></span>mente activa y perspicaz,
-logró encontrar las huellas del crimen y desenterrar el cadáver del Sr.
-Febrero. Don Nilo, abrumado por las pruebas e impotente para lucir sus
-habilidades de embaucador, ha tenido que confesar:&mdash;¡Yo lo maté!&mdash;Y se
-disculpa débilmente atribuyendo a una riña el asesinato. Y más que
-disculparse él mismo, pretende disculpar a su hijo. No supo nada; no me
-ayudó en nada; es inocente. Este rasgo paternal muestra que don Nilo no
-es un tigre, sino un ser humano..., bastante inhumano, para premeditar
-el robo y la muerte de un viejo indefenso.</p>
-
-<p>El crimen es vulgar; con sus repugnantes lances y episodios, nos lo
-imaginamos como si viéramos una película barata. Pero, vulgar como es,
-llenó por más de dos semanas los periódicos y las conversaciones. ¿Por
-qué?</p>
-
-<p>Es que en este país, sobresaltado y pasional, son raros los crímenes en
-frío, metódicamente combinados, analizados, como este de don Nilo, y
-ejecutados por personas de la clase media, que lleven su inmoralidad
-hasta el punto de que un padre y un hijo colaboren en la preparación y
-re<span class="pagenum"><a name="page_241" id="page_241">{241}</a></span>presentación de una comedia que termina con un cobarde y vil
-homicidio. Ni el amor, ni el odio, ni siquiera el deslumbramiento de la
-riqueza, la fascinación del oro, intervinieron en este sangriento
-cálculo. Una ambicioncilla insignificante, una torpe necesidad de cubrir
-con unos cuantos centenares de pesetas los agujeros de las deudas que
-impedían el paso de don Nilo: eso fué todo. El trabajo era grande y
-¡vive Dios! que estuvo bien llevado a término; pero la recompensa
-resultó miserable: cuatrocientos duros como pago de tanta fatiga, de
-tanto ingenio, de tanta audacia: escoger el sitio, la hora, engañar, dar
-hachazos, limpiar la sangre, enterrar al muerto...</p>
-
-<p>Nadie comprende cómo don Nilo y su hijo pudieron hacer eso por tan
-escaso dinero.</p>
-
-<p>Pero si profundizamos un poco en este crimen, que repugna y desorienta a
-la vez, hallaremos la clave, no sólo en la maldad hipócrita de los
-asesinos, sino tal vez en el modo de existir, de arrastrar la
-existencia; mejor dicho, de una parte numerosa de esta sociedad
-madrileña, la cual parte suele tener sucursales en las metrópolis de
-los<span class="pagenum"><a name="page_242" id="page_242">{242}</a></span> países americanos. En Madrid hay un género abundante: el
-pauperismo. Y este se divide en diversas especies que van desde el
-mendigo de llaga pintada y ceguera fingida, hasta el noble arruinado que
-hace prodigios para sostener su categoría social. Entre esta gama se
-destaca, por su tono obscuro y tétrico, por su terrible malestar, por su
-escondida desgracia, una de las especies: la de los pobres de levita. Es
-impenetrable; es vergonzante; lucha por ocultar su indigencia comunal,
-obligada a gastar de lo superfluo sin haber probado de lo estricto.
-Vive, en el incesante problema de hoy, asustándose del fantasma del
-mañana. Cada día que llega plantea una cuestión de vida o muerte. Y urge
-resolverla de prisa, por medio de subterfugios y sutilezas. No es
-posible rebajarse hasta la limosna; no es posible tampoco vivir sin el
-pan, sin el techo... y sin la levita. El desequilibrio es incesante; es
-fuerza, para mantenerse en el alambre de la categoría, hacer prodigios
-acrobáticos. El escudero de «El Lazarillo de Tormes» es una muestra de
-la tortura del famélico que ha de mostrarse harto, del desnudo que ha de
-disfrazarse de vestido.<span class="pagenum"><a name="page_243" id="page_243">{243}</a></span> Lo que esta clase sufre y lucha en Madrid ha
-sido narrado en dolorosas y admirables páginas por muchos artistas,
-entre ellos por el magno don Benito Pérez Galdós.</p>
-
-<p>Y de esta clase, de las chicas de elegancia chillante y cursi; de los
-chicos de traje de moda y corbata nueva; del padre de bastón y reloj
-dorado; de la madre de vestido de seda negra; de la familia en el cine,
-en el teatro, en el veraneo; de esta clase del martirio, del dolor y de
-la mentira, salió don Nilo a cometer sus fechorías. Y como en este
-combate sombrío del pan y la levita fué perdiendo el escrúpulo, la
-dignidad, la vergüenza; como los muebles, a los que por el trasiego de
-los años se les cae el barniz, se encontró al cabo del tiempo con que no
-sólo era un pillo, sino que podía ser un criminal. Y cometió la infamia,
-urgido y violentado por las terribles exigencias de una posición falsa.
-Apareció en él, el regresivo, el «nato», el precursor, con las
-malignidades y vivezas del civilizado; el lobo con las mañas del zorro.
-Nada de esto lo absuelve; pero, al menos, lo explica. El delito se
-afianza, como planta de raíces envenenadas, a la tierra que lo produjo.<span class="pagenum"><a name="page_244" id="page_244">{244}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>La sociedad siente asco por estos delincuentes desapasionados eximios
-que ponen, en un asesinato, el ingenio, la razón y la paciencia de
-ciertas gentes que se entretienen en descifrar charadas y logogrifos.</p>
-
-<p>En cambio, y como un contraste revelador, por la misma época que don
-Nilo en la Cárcel de Madrid, entró en la de Ronda&mdash;población
-andaluza&mdash;otro criminal perseguido: «Pasos Largos». Se presentó solo en
-una fonda, se entregó, vino la policía, lo recogió y lo condujo a la
-prisión. Al ser conducido en un coche, la multitud, que curiosamente lo
-seguía, lo aplaudió, es más, lo vitoreó.</p>
-
-<p>El crimen de «Pasos Largos» es de los que producen: en el hombre
-inferior, simpatía, y en el superior, interés y misericordia.</p>
-
-<p>«Pasos Largos» era un cazador furtivo. De eso vivía, esquivando a los
-guardias y jugando con ellos al escondite por bosques y caminos. Un día
-fué alcanzado por un guardia y azotado cruelmente. «Pasos Largos» juró
-vengarse y se vengó; quitó la vida a quien le había quitado el pellejo.
-Desde entonces huyó con doble motivo:<span class="pagenum"><a name="page_245" id="page_245">{245}</a></span> por cazador y por asesino. Y
-siguió la existencia aventurera de los bandidos de novela, la del «Rey
-de Sierra Morena», la de los «Siete Niños de Ecija», la de tantos héroes
-de la fantasía popular. Fué un rebelde valeroso, desafiador de los
-peligros. Hasta que, fatigado, y quizá arrepentido, bajó un día, como
-Zaratustra, de la montaña y se puso él mismo en las manos de la
-justicia. Mientras corrieron tras él no le dieron alcance. Cuando él
-quiso, se ofreció voluntariamente.</p>
-
-<p>Este hombre, producto de una región romántica e imaginativa, ha entrado
-en su prisión como si entrara en su palacio de vuelta de una hazaña
-portentosa. Ya sabe él que aunque la ley lo castigue, el pueblo lo
-comprende y lo perdona. Ha escuchado un fallo rumoroso que debe de haber
-sonado en sus oídos como un himno de apoteosis. A «Pasos Largos» la
-Prensa lo ha tratado con cierta piadosa benevolencia.</p>
-
-<p>Los comentarios de Madrid afirman que entre don Nilo y «Pasos Largos» se
-abre un abismo. Puede ser; pero en el fondo de este abismo corre un
-manantial de sangre humana.<span class="pagenum"><a name="page_247" id="page_247">{247}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_246" id="page_246">{246}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_248" id="page_248">{248}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_249" id="page_249">{249}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="LA_FIESTA_ROJA" id="LA_FIESTA_ROJA"></a>LA FIESTA ROJA</h2>
-
-<p class="nind"><span class="letra">Y</span>O creo que si en España se suprimiesen los toros, la revolución no se
-haría esperar. Porque aquí la vida no se concibe sin ellos; y el afán
-general y el anhelo particular no tendrían estímulo&mdash;¡qué digo
-estímulo!&mdash;ni objeto tendrían si las corridas fuesen suprimidas alguna
-vez, cosa que me parece tan difícil como prohibir el uso del vino. Cada
-pueblo de España, por más pobre que sea, tiene siempre su iglesia y su
-plaza de toros; todo lo demás puede faltarle; estas dos cosas no.</p>
-
-<p>En Madrid acaba de terminar la gran temporada; pero, de la misma manera
-que en otros «centros taurinos», siguen las «novilladas», que se
-repiten, según me cuentan, hasta que vuelve la temporada seria, y que,
-manteniendo vivo el fuego sagrado,<span class="pagenum"><a name="page_250" id="page_250">{250}</a></span> entretienen la inquietud del público
-insaciable.</p>
-
-<p>Un día de toros en la metrópoli ibera, es como la poesía baudeleriana,
-de la cual dijo Hugo que traía un nuevo estremecimiento. Aunque sea de
-trabajo, no importa, es un día de fiesta. Hay agitación por todas
-partes, desde muchas horas antes de la corrida. La gente no puede
-contener su nerviosidad. Las conversaciones de los corrillos callejeros
-vuélvense augurios y presentimientos acerca del próximo espectáculo. Los
-rostros pasan iluminados por una flama de entusiasmo, se revenden y
-compran los billetes de entrada con un afán loco. Cada quien se prepara
-a recibir fuertes impresiones. Los nombres de los matadores en boga
-saltan en todos los labios. Se cruzan apuestas sobre quién de entre
-ellos va a quedar mejor. Los hombres opinan; las mujeres sonríen y ríen;
-gritan los arrapiezos; salúdanse los amigos desde lejos y se citan para
-ir juntos a la corrida; todo es algazara, bullicio, contento,
-fascinación, luz de sol y fragancia de claveles.</p>
-
-<p>A las cuatro de la tarde, la calle de Al<span class="pagenum"><a name="page_251" id="page_251">{251}</a></span>calá, desde la Puerta del Sol
-hasta la puerta de la Plaza, adquiere una animación alborotadora. Un
-rosario de tranvías henchido corre sin cesar; pasan, cargados,
-jardineras y coches de punto; vuelan los automóviles de caja lustrosa, y
-corren, con aspecto de cestas de flores y encajes, las «victorias»
-ligeras.</p>
-
-<p>Al llegar, de la redonda fábrica salen rumores de alterada marea. Al
-entrar, los ojos se deslumbran y sufren el doloroso encanto de la luz
-intensa. Hierve el oro del sol en más de la mitad de la plaza, y la
-sombra que proyecta la parte no soleada, pinta en la arena del redondel
-una media luna de negro acuoso. Los tendidos, cubiertos de gente,
-semejan una rampa compacta de sombreros cordobeses, de caras risueñas,
-de mantillas blancas, y aquí y allá, las móviles espigas de los brazos
-completan la ilusión de un campo sembrado de matizadas floraciones.
-Arriba de los barandales de las «lumbreras», cuelgan tapices y mantones,
-como lienzos salpicados al capricho, de chispeantes grumos de color.</p>
-
-<p>Ya ha dado principio la corrida. Los lidiadores, refulgentes de sedas y
-oros, van<span class="pagenum"><a name="page_252" id="page_252">{252}</a></span> y vienen, azuzando y engañando al toro con el trapo rojizo,
-que el animal, corpulento y resoplante, embiste con generosa bravura.
-¡Ah, pero el sacrificio de los caballos, el asqueroso y brutal pisoteo
-de las entrañas de la pobre bestia vendada, que tiembla de miedo y
-obedece, sin embargo, al hombre que la guía; las contorsiones de dolor,
-las gesticulaciones de angustia, los sacudimientos de agonía, las
-horribles crueldades de los picadores y «monos sabios», que quieren
-aprovechar hasta el último momento de aquellas vidas inferiores,
-martirizadas en unos instantes que son para ellas como siglos de terror;
-aquellos grandes charcos de sangre, que brillan como espejos de púrpura;
-aquellos cadáveres rígidos que, empolvados y vacíos, enseñan en un
-«rictus» bronco y tremendo la doble fila de los dientes amarillentos!...</p>
-
-<p>Estos actos de fiereza inhumana bastarían para hacer odioso el
-espectáculo. Los defensores de él afirman que es este un modo peculiar y
-sugestivo de conservar el vigoroso ímpetu de la raza. Yo me figuro que
-lo que se conserva más que el ímpetu es, indudablemente, la barbarie, el
-instinto<span class="pagenum"><a name="page_253" id="page_253">{253}</a></span> del mal, la ferocidad primitiva, que es lo que la civilización
-trata de modificar y destruir en la especie humana. Si la cultura no
-tiene por base y fundamento moral la piedad, si no ha de ahogar, o por
-lo menos ablandar en nosotros a la fiera, no sirve entonces la obra de
-la cultura, y a la postre resultará frustránea y vacua. No es el ideal
-hacer refinados, sino piadosos. Fuertes sí, pero para aprovechar las
-fuerzas en el bien, porque los hombres no han de ser fuertes nada más,
-han de ser buenos. Así pensaba yo, mientras...</p>
-
-<p>No conozco los incidentes ni las peripecias de una lidia. Los hombres
-bregan, el toro embiste, y he aquí que en el final de la lucha, cuando
-el matador, espada en mano, reta a la fiera, vi un relámpago de acero,
-una flámula roja por los aires, y en los cuernos del bruto un montón de
-seda y bordados de oro que voltejeaba. El matador había «sido cogido».
-Acudieron los compañeros, con sus capotes, a arrebatar su presa al toro;
-levantaron del suelo al herido; en silla de manos sacáronle los monos
-sabios a la enfermería. El público cesó de rugir. Una onda de pánico
-hizo el silen<span class="pagenum"><a name="page_254" id="page_254">{254}</a></span>cio en torno de la tragedia. Entonces, todo emocionado,
-dije a mi compañero:</p>
-
-<p>&mdash;Esto se acabó; vámonos.</p>
-
-<p>&mdash;No, no se acabará&mdash;me contestó mi amigo madrileño&mdash;. «Pacomio» a la
-enfermería. Nosotros a seguir mirando la lidia. Faltan cuatro toros y me
-dicen que hay dos de muy buena estampa. Y aún quedan matadores en el
-ruedo.</p>
-
-<p>Efectivamente, a poco, el público, repuesto, aplaudía la aparición de un
-toro arrogante y alto, que alzaba orgullosamente el coronado testuz.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Al salir de la plaza nos detuvimos en una taberna cercana a descansar.
-El espectáculo es de los que descoyuntan como una larga jornada. Cuando
-ya la tarde se iba obscureciendo y la calle de Alcalá tomaba su aspecto
-normal, vi pasar una procesión fúnebre: marchaba muy lentamente, a su
-cabeza, una camilla cubierta de mantas, y cargada por seis robustos
-mozos; toreros, amigos, periodistas y curiosos, la seguían. Así salió,
-aquella tarde, «Pacomio» de la plaza. Ocho días antes, así había salido
-también<span class="pagenum"><a name="page_255" id="page_255">{255}</a></span> «Paco Madrid». A las primeras horas de la noche, los chiquillos
-voceaban la gravedad del matador.</p>
-
-<p>En la plaza de Canalejas, en los balcones de un diario, estuvo por
-varios días un boletín dando cuenta del estado del enfermo.</p>
-
-<p>Se acentuó la mejoría, y ya nadie hizo caso del suceso. No tenía
-significación. Además, vino a ponerlo en completo olvido el anuncio de
-que, en corrida especial, «Regaterín» iba a cortarse la coleta. Los
-diarios todos se ocuparon en hablar del asunto. Tratábase de un
-acontecimiento en la villa de Madrid. La Prensa publicó ilustraciones de
-primera plana. Hubo en el ruedo y en los tendidos lágrimas, abrazos y
-efusiones.</p>
-
-<p>Para quitarme un tanto la impresión desconcertante de un suceso que no
-me interesaba, me puse a leer con atención las noticias de la ocupación
-de Biut, los combates que las tropas sostuvieron en Africa con los moros
-rebeldes. Murieron allí, heroicamente, oficiales y soldados. El valor
-español tuvo una alta manifestación en el cumplimiento del deber. Los
-enviados es<span class="pagenum"><a name="page_256" id="page_256">{256}</a></span>peciales de la Prensa han hecho pequeños relatos de epopeya.</p>
-
-<p>Y, no obstante, se diría que esta noticia no ha causado la sensación, la
-emoción colectiva que yo me esperaba...<span class="pagenum"><a name="page_257" id="page_257">{257}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_258" id="page_258">{258}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_259" id="page_259">{259}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="LOS_LITERATOS_ESPANOLES_Y_LOS_RUISENORES_AMERICANOS" id="LOS_LITERATOS_ESPANOLES_Y_LOS_RUISENORES_AMERICANOS"></a>LOS LITERATOS ESPAÑOLES Y LOS RUISEÑORES AMERICANOS</h2>
-
-<p class="r">
-IGLESIAS Y GUIMERÁ<br />
-</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span>N Barcelona vi a dos hombres célebres en la literatura dramática:
-Iglesias, el autor de <i>Los Viejos</i>, y Guimerá, el poeta de <i>Tierra Baja</i>
-y <i>María Rosa</i>.</p>
-
-<p>Durante una representación de <i>La Artesiana</i>, de Daudet, en la Plaza de
-las Arenas, a la terminación de un acto, cuando los obreros&mdash;porque se
-trataba de una función popular&mdash;andaban de aquí para allá por los
-pasillos de la sala de espectáculos, improvisada en el vasto redondel,
-me picó la curiosidad un hombre escuálido y vestido con modestia, de
-larga y lacia cabellera, asomándose por bajo el fieltro negro y de
-anchas alas, y de rostro seco y huesoso, que<span class="pagenum"><a name="page_260" id="page_260">{260}</a></span> hacía pensar en un Don
-Quijote con anteojos... La figura no era extravagante; era interesante,
-y más que eso, típica, original. Personificaba, como otras tantas
-españolas, un pueblo y una raza. Los ojos tenían extraordinario brillo;
-la cara, áspero gesto; el cuerpo, actitudes desmayadas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?&mdash;le pregunté al editor Ramón Araluce, que se hallaba a mi
-lado, y era mi directorio, mi «cicerone» y mi guía.</p>
-
-<p>&mdash;Es Iglesias&mdash;me contestó Araluce&mdash;: tiene mucho prestigio, ¿quiere
-usted ser presentado con él?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, no&mdash;respondí&mdash;. Ya encontraremos otra oportunidad.</p>
-
-<p>Y mientras estuve en Barcelona, la oportunidad no volvió a presentarse.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>La verdad es que me he propuesto ver primero a los pueblos que a las
-gentes, a los grupos que a los individuos. Desde luego las ciudades en
-su aspecto total; en seguida, los ejemplares de humanidad selecta y
-representativa, en sus peculiaridades individuales. Además, experimento
-un raro placer en observar desde mi insignifican<span class="pagenum"><a name="page_261" id="page_261">{261}</a></span>cia; soy un anónimo; me
-llamo Don Nadie, y así no hay quien se fije en mí ni me haga caso, ni
-mucho menos se ponga en «actitud», como frente a los fotógrafos y
-periodistas. De este modo puedo ver más al natural, y sorprender cosas
-que quizá de otra manera se me ocultarían o pasarían inadvertidas para
-mí. Es cierto que no podré darme cuenta sino de lo exterior; pero es que
-en muchas ocasiones el secreto interior sale a la superficie y se
-revela, y en esos determinados momentos es un goce el ejercicio de la
-perspicacia.</p>
-
-<p>Luego, he podido comprender que los literatos españoles saben poco de la
-vida cultural de la América latina. Hispano-América sirve mucho a los
-libreros; a los autores de libros los tiene sin cuidado. El editor
-conoce al dedillo el estado económico, intelectual y político de
-cualquiera de nuestros países novicontinentales; como que el asunto le
-interesa sobremanera y es la base de sus cálculos; lo que se vende en
-América es para el editor peninsular, tanto o más importante que lo que
-se vende en España misma.</p>
-
-<p>El literato no piensa lo mismo, porque<span class="pagenum"><a name="page_262" id="page_262">{262}</a></span> no tiene necesidad de ello. Se
-cree de una superioridad incontestable sobre los hombres de letras
-españolas en Ultramar. Se juzga quizá un conquistador mental, supuesto
-que su nombre y sus obras ejercen un dominio y son conocidas y muchas
-veces admiradas en Colombia, Venezuela, Chile, Perú, Argentina, Cuba,
-México...</p>
-
-<p>El concepto es falso, a todas luces; mas pienso que ha de llegar el día
-en que vaya siendo rectificado. Se necesita un esfuerzo de intercambio
-que cruce los límites utópicos de la confraternidad idealista y entre en
-el terreno positivo del comercio bibliográfico. Entonces se anotarán los
-errores de esta indiferencia, ya que no desdén, por la cultura de
-América.</p>
-
-<p>Y tal indiferencia no es obstinación, ni rencor, ni vanidad;
-encastillamiento, y, tal vez, un resto de orgullo metropolitano. Tan es
-así, que Rubén Darío, por ejemplo, dejó huellas hondas en la vida
-literaria de aquí, se le considera un maestro, un reformador, una gloria
-del arte, y se le cita y se habla de él con respeto y admiración. Santos
-Chocano alcanzó pronto celebridad y fama; Amado Nervo recibió un
-homena<span class="pagenum"><a name="page_263" id="page_263">{263}</a></span>je inolvidable. Pero no es eso; es el conjunto de una
-civilización, es el aspecto general de los fenómenos literarios los que
-darían a los españoles una noción clara de lo que son actualmente las
-letras de Hispano-América. Habría algo que decir y que decidir acerca de
-eso.</p>
-
-<p>Sobre los motivos indicados existe otro muy personal que me detiene en
-la línea obscura de mi honesta insignificancia. El bombo, el platillo y
-todos los instrumentos de ruido y compás, me han parecido siempre
-ridículos. La notoriedad hecha en párrafos de gacetilla es como una
-condecoración de oropel; quien se la pone, queriendo engañar a los
-demás, se engaña a sí mismo.</p>
-
-<p>En mi tierra andaba por esas calles de Dios un loco, que sobre los
-miserables harapos que cubrían su pecho, colgaba cintajos, medallas
-viejas, nuevas, de latón, cuentas de vidrio, cuanto veía brillar en la
-basura de los muladares. Con esto y con una caña corriente, que era su
-bastón de mando, iba haciendo gestos arrogantes y caricaturescas
-posturas. Se creía condecorado por reyes, papas, emperadores. A este<span class="pagenum"><a name="page_264" id="page_264">{264}</a></span>
-megalómano le llamaban el General «Lobo Guerrero».</p>
-
-<p>Pues como él, he visto pasar a muchos impacientes de gloria. Hay muchos
-«Lobos Guerreros» de la literatura y del arte.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Por acá suelen descolgarse muchachos que atravesaron el Atlántico para
-recibir la consagración de manos de los pontífices de la poesía
-castellana. Esos muchachos visitan todas las redacciones, se presentan a
-todos los artistas y periodistas en boga, y en cada esquina espetan
-poemillas modernistas, insustanciales y verbosos. La burla española, la
-genuina y picante burla de este pueblo zumbón y malicioso, ha
-clasificado a esos versificadores inocentes, ansiosos de renombre; los
-llama «ruiseñores americanos». Yo no me he atrevido a entrar en el
-gremio; no quiero pasar por un ruiseñor americano. En mí sería tanto más
-extravagante cuanto que no podría disculpar mi torpeza atribuyéndola a
-locuras de juventud. Ya peino canas.</p>
-
-<p>Prefiero, como cualquier hijo de vecino, ir, venir, ver a mis anchas,
-sin miedo a la<span class="pagenum"><a name="page_265" id="page_265">{265}</a></span> crítica, sin apercibimiento para la ironía, sin la
-obligada genuflexión, sin el elogio vulgar e insincero, sin necesidad,
-en fin, de que los literatos y yo perdamos naturalidad, ellos para
-producir la impresión y yo para recogerla.</p>
-
-<p>Por eso me excusé de ser presentado con Iglesias. Por eso todas las
-tardes, a la caída del sol, detenía yo unos minutos mi paseo por las
-ramblas, frente a un café situado en la esquina de la Plaza de Cataluña,
-y a través del vidrio de un escaparate me ponía a mirar a un anciano,
-silencioso, triste, de mirada incierta y como desconfiada, de frente
-cargada de recuerdos, de gesto desconsolado y amargo. Siempre lo vi
-solo; callado siempre; el cuerpo, en el que se adivina el quebranto de
-la fatiga recargado en el terciopelo rojo de una butaca mural; el
-espíritu en quién sabe qué vuelo lejano de memorias. Vida interior,
-ensimismamiento, envuelven y velan a este hombre cansado y melancólico.
-Es un grande y piadoso poeta a quien todos hemos aplaudido y admirado.
-Su nombre traspasó las fronteras de la patria. Es dramaturgo, y algunas
-de sus obras se presentan en Italia, en<span class="pagenum"><a name="page_266" id="page_266">{266}</a></span> Francia, en Alemania. Una,
-«Tierra Baja», musicada por un teutón, se canta. La tristeza lo rodea;
-la gloria lo sigue. A su alrededor se ha hecho un silencio
-resplandeciente.</p>
-
-<p>Así es como, en Barcelona, miré a Guimerá, al famoso don Angel Guimerá,
-tarde por tarde.<span class="pagenum"><a name="page_267" id="page_267">{267}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_268" id="page_268">{268}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_269" id="page_269">{269}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h2><a name="EN_MADRID2" id="EN_MADRID2"></a>EN MADRID</h2>
-
-<p class="r">
-LA EXPOSICIÓN DE ANGLADA<br />
-</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">E</span>N los Jardines del «Buen Retiro», a un lado del bello e inacabado
-monumento de Alfonso XII, cuya corva columnata muerde en el extremo
-opuesto la orilla del lago plomizo, se alza una bonita construcción de
-estilo Renacimiento. A las cinco de la tarde, hora sofocante aún, voy
-subiendo por la escalinata de este palacio del Arte.</p>
-
-<p>Me siento espoleado por una extraordinaria curiosidad. La exposición de
-las obras del pintor Anglada es el tema del día en las conversaciones de
-los círculos culturales y en las columnas de crítica de los periódicos
-de Madrid.</p>
-
-<p>Llevo menos de un mes de vivir en esta deliciosa ciudad, «la ciudad
-alegre y con<span class="pagenum"><a name="page_270" id="page_270">{270}</a></span>fiada» de que nos habla Benavente en su última comedia, y
-cinco veces he visitado el famoso Museo del Prado, que es, entre todas
-las pinacotecas europeas, una de las que con mayor derecho aspira a los
-primeros lugares. La sala de los retratos, con sus Grecos, sus Sánchez
-Coello, sus Pantojas, sus Tiziano, sus Carreños, bastaría sólo ella para
-clavar años y años, vista y entendimiento en aquellos cuadros que
-parecen ventanas por donde se están asomando, siglos hace, reyes,
-caballeros, princesas, monjas, a quienes no miramos nada más nosotros,
-sino que nos miran ellos también, inmortalmente vivos, con el alma a
-flor de pupila, con el corazón latiendo bajo las sedas, los brocados y
-los terciopelos de los trajes. La sala de Goya retiene con el imperio de
-su mundo tragicómico, estupendo de realismo revolucionario, frenético de
-horror y empapado de sátira diabólica, donde reina en su inquietante
-desnudez la «Maja». La redonda sala de Velázquez es una catedral, de la
-que no quisiéramos salir nunca, embebidos en los milagros del genio. Y
-Rubens, el suntuoso, y Van Dick, el elegante, las doradas carnes de
-Tiziano,<span class="pagenum"><a name="page_271" id="page_271">{271}</a></span> y los ambientes ascéticos de Zurbarán, y la gracia amable de
-Murillo, y todo el universo evocador encerrado en aquel maravilloso
-Museo, fuerzan en el espíritu a la contemplación incesante y lo sumergen
-en una onda de brillo total, donde sólo queda flotando la impresión
-conmovedora del color y la línea. Un día, quizá, me atreva yo a
-exteriorizar esa impresión en alguna próxima nota. Por ahora diré
-únicamente que mis cinco visitas al Prado despertaron mis viejas
-aficiones de impenitente y apasionado «dilettante».</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>La Exposición Anglada se ve muy concurrida tarde por tarde; artistas,
-mujeres, poetas, escritores, se aglomeran dentro del reducido recinto.
-Más de treinta y dos son las obras presentadas por este pintor catalán,
-que hizo en Francia sus trabajos y su celebridad, y que no había querido
-aparecer en España antes, tal vez, de haber consolidado su fama y su
-personalidad. Los periódicos madrileños, al anunciar esta exhibición,
-dijeron que se trataba<span class="pagenum"><a name="page_272" id="page_272">{272}</a></span> de una de las dos columnas de la moderna pintura
-española: una de ellas, Zuloaga; la otra, Anglada.</p>
-
-<p>Después, la crítica periodística, sin escatimar el elogio hiperbólico,
-parece que vela con él cierta inconfesa reticencia; que se mueve, no
-obstante, por debajo de la malla deslumbradora del encomio. En cambio
-los técnicos, los conocedores del oficio, han manifestado una admiración
-que se acerca al éxtasis y que excluye toda censura. Anglada ha llegado
-al límite de lo posible. Pintando, nadie ha ido más allá.</p>
-
-<p>¿Y el público? ¡Ah! el público ve y oye. Cuando ve, se desconcierta;
-cuando oye, se previene. Y es que lo que ve, no guarda relación con lo
-que oye. La mirada profana no descubre el decantado prodigio de la
-pintura de Anglada, y aun dispuesto, como se encuentra el público, a
-dejarse sugestionar por la palabra, no lo consigue. Es que para ver las
-actuales manifestaciones del arte plástico parece necesitar una
-preparación, una educación que en otro tiempo no era indispensable, y
-que hoy hace del culto estético una capilla estrecha, una torre de
-marfil en la que caben nada más<span class="pagenum"><a name="page_273" id="page_273">{273}</a></span> unos cuantos iniciados en los
-esotéricos misterios.</p>
-
-<p>Yo creo en lo que dicen los «técnicos». Hay, efectivamente, en los
-trabajos de Anglada una maestría insuperable para poner, combinar y
-armonizar el color y producir una brusca sensación de encanto por los
-atrevimientos y contrastes de los tonos. Cada cuadro es una sinfonía de
-raros acordes de matices, de ásperas disonancias, que causan, sin
-embargo, un delicioso placer visual y provocan la fascinación de lo
-original y exquisito. Los mantones bordados, los rasos joyantes, las
-telas transparentes, las flores aterciopeladas, salen de los lienzos, se
-nos muestran en un inverosímil naturalismo, nos producen el efecto de
-que estamos recorriendo un bazar de indumentaria magnífica, en el cual,
-el típico mantón español domina con sus notas polícromas, la variedad de
-los encajes y la seda. Y estos paños fastuosos que cuelgan de los muros,
-se destacan, brillan, caen en pliegues mates y en flecos desmayados, con
-un relieve imprevisto que nos engaña, al punto de darnos la ilusión de
-que no han sido pintados, sino de que están allí pega<span class="pagenum"><a name="page_274" id="page_274">{274}</a></span>dos y superpuestos
-en el lienzo. Nos acercamos, y delante de nuestros ojos están los grumos
-de pintura untados, como si la mano del artista hubiese ido, a capricho,
-exprimiendo sobre la tela los botecillos de la pintura. Mas el
-sortilegio persiste si volvemos a alejarnos un poco.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Y así vamos, de asombro en asombro, recorriendo los salones. En ellos,
-las figuras de mujer son las más frecuentes y atractivas. ¿Atractivas,
-por qué? No precisamente por su humanidad, por su vitalidad, por su
-espiritualidad, sino por sus trajes y sus actitudes, algunas de las
-cuales indican no sé qué forzada violencia, no sé qué rebuscado
-descoyuntamiento. Semejantes «poses» chocan, pero no carecen de
-sugestión. Hay en ellas cierta gracia artificial y morbosa. Pero no son
-seres producidos por la naturaleza; poseen una desdibujada vaguedad, una
-lejana expresión de vida, una indefinida rigidez de maniquí, que
-contrastan con el «verismo» indumentario. Indudablemente estas criaturas
-han sido sentidas por un enfermizo tempera<span class="pagenum"><a name="page_275" id="page_275">{275}</a></span>mento de sensualidad
-extravagante. Hay quien las ve inquietantes. Hay también quien las ve
-insignificantes.</p>
-
-<p>Anglada presenta composiciones de aliento, tales como «El tango de la
-Corona», «Los enamorados de Jaca», «Valencia», que son cuadros robustos,
-muy fuertes de colorido y de marcada extrañeza de pensamiento y
-sentimiento. Presenta también el pintor tres soberbios desnudos,
-magníficas «academias» de admirable claro-obscuro.</p>
-
-<p>Mas la impresión que persiste en nuestro recuerdo y que ha herido
-vigorosamente nuestra retina, es la de habernos recreado, no en la
-contemplación de pinturas, sino de esmaltes, de marfiles, de raras y
-brillantes cerámicas, de barnizados caolines, de satinadas traperías, de
-viejos tapices, encajes y flecos. No recordamos haber visto carne. No
-recordamos el alma de las figuras tan espléndidamente ataviadas. La
-producción de Anglada, en general, parece dar a la pintura, su carácter
-de auxiliar de arte meramente decorativa, y en éste o aquél trabajo, nos
-trae a la memoria el género inferior del «affiche».<span class="pagenum"><a name="page_276" id="page_276">{276}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Mas, en manera alguna se trata de un débil, sino de un pletórico y
-extraño talento, cuyos caprichos pueden, en ocasiones, llegar a la
-extravagancia, pero sin hacerle perder sus pujantes cualidades.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Y si creo en los que dicen los «técnicos», no dejo de comprender, al
-mismo tiempo, que los profanos tienen razón. Todos esos modos de ver y
-de sentir la vida, todas esas insanias de metamorfosis y alteración de
-color y de forma, todas esas nuevas escuelas que nos obligan a la
-reeducación de los sentidos, a la preparación y al esfuerzo, alejan al
-Arte de su natural tendencia de expansión y propagación. El arte tiene
-que ser eminentemente popular. Tiene una gran misión social que cumplir,
-y cuanto más se aleje de ella y reduzca sus emociones a pequeños grupos
-de iniciados y sacerdotes, tanto más perderá de ideal y significación.
-Anglada es un insigne pintor que aquilatan y comprenden unos cuantos
-exquisitos.</p>
-
-<p>Y pensando en la sublime simplicidad de Velázquez y en la estupenda
-fantasía de Ru<span class="pagenum"><a name="page_277" id="page_277">{277}</a></span>bens, salí del Palacio artístico del «Buen Retiro».</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué luz tienen los cuadros de Anglada!&mdash;acababa yo de oir decir a los
-admiradores del pintor catalán.</p>
-
-<p>Y bajo aquella luz de tarde veraniega que se filtraba entre los ramajes
-y que diafanizaba las lejanías en un verde dorado y suave, me alejé
-diciendo para mí:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué luz la de este cielo!<span class="pagenum"><a name="page_279" id="page_279">{279}</a></span><span class="pagenum"><a name="page_278" id="page_278">{278}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_280" id="page_280">{280}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_281" id="page_281">{281}</a></span>&nbsp; </p>
-<h2><a name="EN_TOLEDO" id="EN_TOLEDO"></a>EN TOLEDO</h2>
-
-<p class="r">
-UNA NOCHE TOLEDANA<br />
-</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">P</span>OR el ventanillo del tren en marcha miro el obscurecimiento del
-paisaje. Poco a poco van saliendo, blancas y tímidas, las estrellas. De
-pronto, la locomotora se ha detenido. Una voz plañidera grita:
-<i>¡Algodor! ¡Un minuto!</i>, luego seguimos caminando con rapidez. Yo sigo
-en mis silenciosas contemplaciones.</p>
-
-<p>Una larga y lívida franja, deshilvanándose en el azul sombrío del
-horizonte, sirve de fondo a un caprichoso dibujo en tinta china; diríase
-una mancha negra que, caída en una orla de seda violeta, se expandiese
-en múltiples y raros perfiles. En la sombra amarillenta de la llanura
-castellana, por la cual ha comenzado a palpitar una que otra<span class="pagenum"><a name="page_282" id="page_282">{282}</a></span> centellita
-de candil rústico; esta fantasmagoría que se desvanece en el término
-remoto, me recuerda lecturas hace tiempo olvidadas: versos de poema
-románticos; descripciones de novelas por entregas.</p>
-
-<p>Lo que de niño me hicieron soñar los libros, he aquí que, en la madurez
-cansada de mi vida, me lo da la realidad para entretenerme como en
-aquellos días felices. La silueta negra sobre el friso semiapagado del
-crepúsculo, revuelve en mi cerebro lejanas memorias. Yo estuve allí
-muchas veces, muchas, mientras, a hurtadillas, en la banca de la
-escuela, o en algún rincón de mi casa, devoraban mis ojos los cuentos de
-milagrería que llenaron mi adolescencia de maravilla y pasmo.</p>
-
-<p>Ya nada veo más que sombra abajo y astros arriba. Y cuando menos lo
-pienso, el tren se detiene por última vez. <i>¡Toledo!</i> Los pasajeros se
-ponen de pie y se apresuran a bajar. Me enfundo en el gabán, tomo la
-maletilla, y ¡andando! Entro en la estación; busco el carro de un hotel;
-subo con otros tres o cuatro viajeros, en la incómoda diligencia, y me
-preparo a continuar en mi divertida y muda contemplación. No quiero<span class="pagenum"><a name="page_283" id="page_283">{283}</a></span>
-darlo a conocer, pero la verdad es que me siento, no sólo curioso, sino
-emocionado. Se me remueven, hervorosamente, las añoranzas. Suena el
-látigo del cochero: los animales de tiro emprenden su ruidoso trote. El
-coche se bambolea y cruje. Ya vamos atravesando el puente de Alcántara;
-una torre maciza, de gris aperlado por el fulgor de la noche, nos abre,
-al fin del puente, su puerta obscura y blasonada. Pasamos. El camino,
-angosto, va, cuesta arriba, haciendo curvas amplias. Hacia un lado, el
-de afuera, el pretil de piedra del principio; por el otro lado, el
-interior, pedazos de muralla, altos paredones, gruesas mamposterías, por
-los que, de trecho en trecho, sale el disco blanco de una pantalla, en
-cuyo centro brilla la ampolla de oro de un anacrónico foco eléctrico. A
-pesar del ruido de la diligencia, se oye la voz del río que corre
-invisible, en el fondo de la escarpadura. Abajo, en el campo, veo cómo
-se extiende el caserío, todo sembrado de luces inmóviles. A lo lejos se
-distingue que, ascendiendo nuevamente el suelo, forma el suave declive
-de una colina moteada de follajes obscuros. Del cielo, pálido y limpio,
-cae profu<span class="pagenum"><a name="page_284" id="page_284">{284}</a></span>samente la lluvia de plata de la luna. Pasamos junto a otra
-puerta morisca, fileteada de luz en la gigantesca herradura de su clave,
-y más arriba, en los dientes de sus almenas. El coche sube por la
-calzada de recio empedrado. Mis ojos, incansables y asombrados, beben
-misterio. La sombra y las ruinas, la noche y los muros, diseñan en
-claro-obscuro, una fantástica decoración. Vuelvo la cabeza para darme
-cuenta del trecho recorrido, y alcanzo a ver todavía los arcos del
-Puente de Alcántara, y bajo ellos la cinta rutilante del río, y en un
-extremo, la masa de contornos precisos de un castillo. Lo reconozco; me
-acuerdo de las viejas láminas que me lo enseñaron; es la secular atalaya
-de San Servando, asilo de los Monjes de Cluny, morada de los Templarios.
-Flanqueamos un jardín solitario, que es un alto miradero que domina el
-panorama argentado. Penetramos por callejuelas torcidas y negras, muy
-escasamente alumbradas. En ellas entra la diligencia con la exactitud de
-una alhaja en su estuche, de una espada en su vaina. Si sacáramos una
-mano tocaríamos las casas. En una plazuela poligonal, que parece el
-hueco que dejó<span class="pagenum"><a name="page_285" id="page_285">{285}</a></span> un prisma enorme, está el hotel. Allí, casi a tientas,
-bajamos a pedir hospedaje. El interior, bien iluminado, contrasta con la
-plaza tenebrosa. Escojo mi habitación con vista a un callejoncito, que
-es como un estrecho listón de terciopelo negro, en el que fulgura una
-sola lentejuela: la claridad ocre de un farol pavoroso.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>He salido a pasear sin rumbo. Fuí primero en busca de luz. Cuando seguí
-por cinco o seis callejas, la hallé. Hallé la luz en los lugares que son
-comunes a todo pueblo moderno: en los escaparates de las tiendas, en los
-salones de los cafés, en los paseos, en la irregular y vasta plaza de
-Zocodover, en la calle principal por donde todavía iban y venían las
-señoritas toledanas.</p>
-
-<p>Quien ha vivido la existencia lugareña, monótona, uniforme, maliciosilla
-y cansona, con su amor platónico, su chisme del día, su rencor
-escondido, sus sanas y devotas costumbres, y su maledicencia susurrante,
-recordará todo eso si sale, como yo, a ver en Toledo, a las nueve de la
-noche, las tiendas de la calle del Comercio y los<span class="pagenum"><a name="page_286" id="page_286">{286}</a></span> cafés de la plaza de
-Zocodover; la burguesa mediocridad provinciana en su simpático aspecto
-de sencilla tranquilidad.</p>
-
-<p>Me voy deteniendo, para matar el tiempo, frente a los cristales de los
-aparadores: ropa, zapatos, quincalla... Las mismas mercancías de
-cualquier parte, dispuestas de igual manera, para idénticas necesidades.
-Mas de aparador en aparador voy sorprendiendo peculiaridades que me
-obligan a pensar en el carácter de la ciudad que visito. Los escaparates
-de las tiendas son también reveladores para quien sabe estudiarlos y
-comprenderlos. Suelen mostrar lo que esconden las casas y callan las
-bocas. Enseñan las tendencias de las gentes que pasan, sus gustos, sus
-modos de vivir, sus cualidades y defectos. Ver mucho los aparadores,
-verlos con atención y con intención, en una ciudad que no se conoce, es
-prepararse a comprender la sociedad y sus costumbres.</p>
-
-<p>Y en estas viejas urbes que viven de su paso legendario, de su grandeza
-monumental y remota, de su celebridad fabulosa, de sus ruinas, el
-escaparate es, a veces, como un voceador de mercadería para el<span class="pagenum"><a name="page_287" id="page_287">{287}</a></span> viajero;
-la leyenda, la grandeza, la fábula se abajan y entran en charlatanerías
-y falsificaciones de buhonero.</p>
-
-<p>Sí tiene Toledo aparadores característicos en su mejor y más concurrida
-vía: dos, cinco, diez, dominan sobre el conjunto de la vulgaridad. Allí
-están, dentro de su paralelógramo de cristal, cada uno de ellos es una
-exposición deslumbrante; éste es un anaquel de santos; el otro, un
-puesto de cacharros azules; el de más allá, una armería. Esculturillas y
-estampas sagradas aquí; adelante, cantarillos y vasos de loza de
-Talavera de la Reina, y por todas partes hojas de acero refulgente,
-espadas, puñales, navajas, con inscripciones y diseños repujados,
-damasquinados puños, cofrecitos y joyeros de ataujía primorosa, pequeñas
-ánforas, sobre cuyas formas pavonadas se entretejen los hilos de oro en
-dibujos intrincados y sutiles...</p>
-
-<p>Al contemplar estas chucherías encantadoras y estas blancas espadas y
-estos puñales de cubierta afiligranada, sentí el hechizo de la
-fantástica Toledo, goda, moruna, judaica; la Toledo de los romances
-viejos, de las crónicas misteriosas, de los<span class="pagenum"><a name="page_288" id="page_288">{288}</a></span> orientales placeres, de las
-devotas austeridades, de los heroísmos asombrosos, de las tumultuosas
-tragedias, de las aventuras de retablo y encrucijada, de los amores de
-reja y desafío; de la Toledo de espada y de puñal, de ánfora y joyero,
-de vajilla de Talavera y de santas y policromas esculturas.</p>
-
-<p>Aquí, en los escaparates, aunque rebajada y modernizada, la encuentro.
-Pero quiero verla en el ambiente, revivirla en el recuerdo, vivirla en
-la imaginación y la evocación.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Estoy sentado en el zócalo de piedra que rodea el centro de la plaza de
-Zocodover. El reloj, que brilla como un ojo bilioso, en lo alto del arco
-de la Sangre, acaba de sonar, con sus campanas de voces juveniles, las
-once de la noche. En la plaza, ya casi sola, se levanta uno que otro
-árbol escueto. Bajo las portaladas vetustas siguen abiertos y vivamente
-alumbrados los cafés. En lo alto, dominándolo todo, se recorta la masa
-rectangular del Alcázar. Sus torres puntiagudas pican la plata sideral.</p>
-
-<p>Mi soledad comienza a estar llena de vi<span class="pagenum"><a name="page_289" id="page_289">{289}</a></span>siones: cuadros hechos con humo
-de colores se desenvuelven en la obscuridad de la memoria; tumulto de
-turbantes; vuelos de sedas; matices de alcatifas; el mercado arábigo;
-las zambras; los juegos de cañas y las lizas, y, llena de sombra y de
-relámpagos, la procesión de los autos de fe.</p>
-
-<p>Aquí pasaron todas esas cosas. Y como soy un libresco empedernido,
-comienzo a sacar papeles de la estantería de los recuerdos, y a
-hojearlos y a buscar los pasajes que podrían intensificar en aquel
-instante mi emoción y hacerme más sensible y exaltada la realidad.</p>
-
-<p>Después de media hora me levanto y, a impulsos de mi fantaseadora
-curiosidad, me decido a perderme en el laberinto y en el tentador
-silencio de la ciudad. Por las callejas, de áspero empedrado, que se
-entretejen confusamente, por los recodos y retorceduras, por las cuestas
-y descensos del suelo voy, entre la sombra, agujereada de cuando en
-cuando por los amarillentos farolillos, como si fuese por una ciudad
-vista en un sueño. Mis pasos tienen ecos que se reproducen en la
-distancia. Todas las casas están cerradas. Las paredes de las facha<span class="pagenum"><a name="page_290" id="page_290">{290}</a></span>das,
-altas, negras, medrosas. A la claridad parpadeante del alumbrado
-distingo, en un lienzo carcomido, en un muro de ladrillos rotos, a lo
-largo de las aceras, ya un arco románico, ya una puerta ojival, ya un
-ajimez calado, y una columna gótica, de capitel pesado, en la clave de
-un portalón descascarado, un borroso escudo, un bajo-relieve heráldico,
-una escena mística tallada en granito. Es más lo que adivino que lo que
-percibo, lo que infiero y sospecho que lo que miro. Sobre esta paz
-profunda cae el argento de las estrellas. Llego a una plazoleta; me
-siento en el pórtico de una iglesia, desde el cual puedo alcanzar una
-parte del panorama. Allá abajo se extiende la negrura plateada de la
-campiña, limitada por los collados que tapiza el espeso y obscuro
-follaje; ya no hay danza de luciérnagas en ella. Oigo el rumor del Tajo,
-invisible y adormilado. Vivo, por fin, una hora antigua, una hora
-pretérita, de poesía medioeval. Divago a mis anchas por entre recuerdos
-históricos y poemas y leyendas.</p>
-
-<p>¿Qué se han hecho la vida presente, la agitación actual, la inquietud
-activa de este<span class="pagenum"><a name="page_291" id="page_291">{291}</a></span> minuto angustioso del mundo? ¿Dónde están las noticias
-de la guerra europea, el estremecimiento de la lucha universal, la
-preocupación de los problemas modernos, el miedo visionario, la
-esperanza nerviosa que me sacuden incesantemente el espíritu? Todo se ha
-desvanecido en esta ciudad fantasma, en esta noche feudal, en este
-laberinto de calles morunas y palacios castellanos, en esta plazoleta,
-en cuya tierra gris se alarga ridículamente mi sombra, junto a este
-paisaje misterioso que la luna envuelve y deslíe.</p>
-
-<p>Y, como en la oda de Fray Luis, me fingí que el río sacaba el pecho
-fuera, y empezaba a narrarme cuentos de hazañas, de encantamiento y de
-amor. Y el espectro de la intrépida Isabel, mujer de Fernando de Aragón,
-el astuto, cruza, paso a paso, rodeada de su séquito de damas y pajes,
-rumbo al claustro de San Juan de los Reyes. A distancia, recatado y
-severo, revestido con la armadura resplandeciente y sonante, sigue la
-comitiva, como presa de un penoso ensimismamiento, el prodigioso capitán
-don Gonzalo Fernández de Córdova, Condestable del reino de Nápoles,
-orgullo de la épo<span class="pagenum"><a name="page_292" id="page_292">{292}</a></span>ca, domador de la gloria. ¿Estará acaso enamorado el
-<i>Gran Capitán</i>? El Tajo, bajando la voz, interpreta, para mí, la crónica
-de don Hernando del Pulgar, y me aclara las alusiones obscenas de las
-Coplas de Mingo Revulgo.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>¡Media noche! El sereno la grita; el reloj la canta. Después de rodeos y
-tanteos, como Dios me da a entender, vuelvo a mi hotel; entro en mi
-cuarto, abro el balcón, insaciado todavía de curiosidad e interés. El
-callejoncito, la cinta de tiniebla, conserva aún el resplandor de su
-lentejuela, de su farola agonizante. Pero ahora tiene una luz más, en la
-altura de un muro, frente a mi balcón, en una ventana abierta. De ella
-sale un sonido constante, rítmico y fino. Yo, atisbo el interior.
-Inclinada sobre una máquina de coser, una mujer trabaja. Desde donde
-estoy puedo ver un pedazo de la casa pobre: algunas sillas, el lecho,
-una cómoda, un cuadro. Sobre la mesa de la máquina, una lámpara. La
-cabeza inclinada de la mujer, no me permite ver el rostro. Mas un
-canturreo, a <i>bocca chiusa</i>, me hace pensar en la<span class="pagenum"><a name="page_293" id="page_293">{293}</a></span> juventud, tal vez en
-la belleza, acaso en el amor y en la melancolía. Y, urgido por la
-existencia real, abandono los recuerdos de las gestas gloriosas, los
-desfiles suntuosos del Romancero, las arrogancias del Cid, la entrada
-del Rey Alfonso, y compongo con los últimos hilos de la fantasía&mdash;la
-Penélope eterna&mdash;un cuentecito becqueriano.</p>
-
-<p>La vida provinciana me revela sus tristezas de ahora.</p>
-
-<p>La muchacha y yo, frente a frente, sin conocernos, velamos. Toledo
-duerme profundamente en un silencio conmovedor.<span class="pagenum"><a name="page_294" id="page_294">{294}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<h3>II</h3>
-
-<p class="r">
-SOL DE CASTILLA<br />
-</p>
-
-<p class="nind"><span class="letra">D</span>E codos en el carcomido antepecho, a la orilla del desfiladero, en cuyo
-fondo corre la pulida lámina del Tajo, gozo de la belleza y la frescura
-de la mañana. Bajo las brillazones del sol, los campos toledanos tienen
-una grave y serena alegría. Ancha la vega, silenciosa, cruzada y acotada
-por compactas arboledas, muestra una placidez majestuosa como de inmensa
-huerta conventual. Los olivares trepan por el collado frontero, en
-inmensas manchas verdinegras, por entre las cuales asoman su blancura
-reluciente las viejas casas de campo, que de lejos, por su pesada
-fábrica, por su apariencia claustral, causan la impresión de monasterios
-diseminados en el monte.</p>
-
-<p>Al pie del peñón abrupto en que se asien<span class="pagenum"><a name="page_295" id="page_295">{295}</a></span>ta la ciudad, sobre el ocre
-rojizo de la tierra, se agrupa pintorescamente el caserío del Arrabal y
-las Covachuelas. Y un puente arcaico levanta, atravesando el río, sus
-tres fuertes y sobrios arcos. En el confín se profundiza el azul
-ceniciento del horizonte.</p>
-
-<p>Pero el día avanza, y es preciso entrar en el corazón de Toledo para
-visitar sus tesoros. Desde Madrid preparé mis datos y me tracé un plan.
-Las muchas guías bibliográficas me ayudaron a necesitar lo menos posible
-de los <i>ciceroni</i> locuaces y vulgares. Ocupé a uno de ellos, tan sólo
-para que me orientase, con prohibición absoluta de explicación y
-comentario. Penetro en la ciudad, que a estas horas, las diez de la
-mañana, parece no haber despertado todavía. En el aire de vetustez de
-estas calles estrechas, zigzagueantes, penumbrosas, apenas hay indicios
-de movimiento. Por un empinado callejón va, delante de mí, una mujer del
-pueblo, de pañuelo en el busto, falda corta y alta, medias azules y
-alpargatas plomizas. Después, la soledad; después, una beata anciana, y
-otro trecho solitario; y un sacerdote que haldea; y al cabo de mucho<span class="pagenum"><a name="page_296" id="page_296">{296}</a></span>
-tiempo, en una plazolilla toda gris de polvo, un hombre arriando sus
-cargados borricos que andan soñolientos, cuellicaídos, moviendo sobre la
-frente el bordado adorno de la cabezada. Un rechinante carrito de
-verduras. Un militar de uniforme azul. Y nada más. Calles, plazas,
-tapias, todo hermosamente ruinoso; todo plácidamente mudo. La
-irregularidad y la variedad de líneas y masas en las fachadas, son de
-una irresistible fuerza evocadora. Una puerta de herradura, que tiene
-los ladrillos carcomidos, y parece una boca abierta que enseñara los
-dientes cariados. La columnilla de un lindo ajimez, cubierta de
-negruzcas mordeduras. Una saliente y tupida reja, con su tejado
-triangular y sus ménsulas de hierro mohoso. De cuando en cuando, una
-placa incompleta de azulejos desteñidos. De distancia en distancia, las
-fachadas destartaladas de una casa señorial, de un palacio con sus
-puertas cerradas, de las que cuelgan los historiados aldabones. Una
-fuente de brocal gastado, en torno de la cual unas cuantas mujeres
-calladas, han dejado, en el suelo, sus cántaros blancos. Una niña,
-sentada en la escalerilla de un postigo,<span class="pagenum"><a name="page_297" id="page_297">{297}</a></span> tatarea. Remotísimamente, un
-organillo de Berbería, toca una canción madrileña. Y nada más. Las
-casas, que tienen abierto el portón, me dejan fisgar una celosa entrada
-moruna, con sus tableros policromados; un ángulo de patio con sus
-tiestos florecidos. Muy pocas figuras humanas, muy pocas voces. Toledo
-está vacío; Toledo está abandonado; Toledo es el cementerio de sus
-antiguos moradores.</p>
-
-<p>Es necesario llegar al centro para percatarse de que Toledo, aunque
-débilmente, vive. Por allí viene un grupo de canónigos; por allá cruza
-un gran automóvil atiborrado de oficiales; los vendedores ambulantes
-vocean; las tiendas se suceden y se aprietan en las vías de lento
-tránsito. En los salones del café hay varias mesas ocupadas. La gente
-marcha sin apresuramiento ni apreturas, en un escaso y pobre desfile.
-Mas todo este lienzo provinciano está aquí como prestado, como forzado.
-Es de un chocante anacronismo. Las piedras y las personas no se ponen de
-acuerdo. Las piedras ostentan fiereza y grandeza; las gentes, sencillez
-y apocamiento. La alegría de las piedras es fastuosa y suntuosa; la de
-las<span class="pagenum"><a name="page_298" id="page_298">{298}</a></span> gentes es humilde y amanerada. Las piedras se han vestido de
-encajes y adornado con relabrados de orfebrería, o bien se atavían de
-hierro, embrazan escudos, soportan cascos y cargan bordaduras
-heráldicas; o bien se ahuecan para recibir santos de mármol; o llevan
-sobre los pulidos cerramientos retablos esculpidos. Las gentes carecen
-de elegancias presuntuosas, y visten provincianamente, sin excesos de
-lujo, sin ostentaciones vanidosas.</p>
-
-<p>Las piedras poseen una elocuencia oriental; saben historias, narran
-fábulas, conocen la poesía árabe, hablan latín y recitan versículos
-hebraicos. Las gentes parecen despreocupadas y hasta olvidadas de tanta
-sabiduría. Las piedras son viejas, están desmoronándose por todas
-partes, pero pregonan eviternidad. Las gentes dejan entrever su sello
-perecedero y caduco. Y es que las piedras viven; recuerdan tristezas,
-placeres, heroísmos, sacudimientos de libertad, esfuerzos de piedad. Y
-las gentes entre las piedras, viven también, aunque una existencia
-rebajada, callada y obscura, que se asemeja y acerca a la muerte. El
-alma, vigorosa y maravillosa, irradia de las<span class="pagenum"><a name="page_299" id="page_299">{299}</a></span> piedras, y tímida y
-desmañada se esconde en las carnes...</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>En el corredor de la casa del Greco, sentado en la banca mural de
-ladrillos gastados, me recreo, mirando el jardín. No es grande, y las
-paredes que lo limitan son bajas. Desde él, en el sitio en que estoy, se
-ve ascender la ciudad; se ven las líneas de las casas subir, suavemente
-escalonadas, hasta recortar el horizonte diáfano. Es un espectáculo de
-época; es el siglo <small>XVI</small> que se pone delante de mí, en muros severos, de
-ventanas simétricamente dispuestas, con su fría austeridad de
-monasterio. El jardín está caprichosamente sembrado de plantas que
-florecen, y que, sin embargo, por su verde polvoroso, por su aspecto
-mustio, producen la impresión de que son tan viejas como el edificio.
-Una fuentecilla secular deja caer, desde la altura de su gastado pilón
-de piedra, su chorro cansado y turbio. El sol, en plenitud, sobredora
-este rincón, apacible y huraño.</p>
-
-<p>Los pilares leprosos del corredor, proyec<span class="pagenum"><a name="page_300" id="page_300">{300}</a></span>tan hacia dentro, y en
-oblicuo, una cinta de sombra. ¡Qué paz siente el espíritu, qué
-alejamiento, qué anonadamiento! ¡Ah, casa decrépita, senil palacio del
-avariento Samuel Levi y del refinado y diabólico Enrique de Villena,
-cómo se conoce que te habitaron hombres exquisitos, almas contemplativas
-y sutiles! El Greco te aderezó y te adaptó a su raro y admirable sentido
-estético. Albergaste un día la riqueza; escondiste en tus subterráneos
-el tesoro de Aladino; otro día encubriste la mágica sabiduría, y bajo tu
-techo abrió las alas, llamado por el cabalístico conjuro, el ángel
-Asrael; pero lo que vale en ti más que todo es haber tenido la gloria de
-abrigar los ensueños luminosos del Arte. Domenico Theotocopuli,
-descansando en este mismo lugar, concibió las visiones celestiales, el
-séquito de ángeles alargados y de figuras que parecen copiadas en
-cóncavos espejos. Tal vez aquí, en una hora como ésta, mientras, frente
-al caballete, untaba sobriamente en la paleta sus cuatro colores
-favoritos, hablaba de cosas ascéticas con su amigo el venerable maestro
-Fray Juan de Avila.</p>
-
-<p>Toledo entero está lleno de este espíritu<span class="pagenum"><a name="page_301" id="page_301">{301}</a></span> enfermo de la divina locura
-del genio. Toledo es del Greco; nadie le puede disputar esta soberanía.
-Es su dominio, su feudo, su monumento.</p>
-
-<p>He visitado las iglesias, los palacios, las fortalezas, las ruinas, las
-mezquitas, las sinagogas; el portento de la Catedral, que sobrecoge como
-el misterio del <i>más allá</i>; el alcázar poblado de espectros
-esplendentes.</p>
-
-<p>El arte mudéjar, la arquitectura muzárabe, las maderas incrustadas de
-nácar, las techumbres sobrecargadas de marfil, han removido en mí el
-mundo fantástico de los recuerdos. Las joyas, de trémula pedrería; las
-vestiduras, de brocado magnífico; las capas magnas, de gemados diseños;
-los tapices, de colorido inmarcesible, me han herido los ojos con
-deslumbramientos de milagro. El sepulcro de don Alvaro de Luna, el
-sarcófago del Cardenal Mendoza, la espada de Alfonso VI, las insignias
-del Cardenal Cisneros, el San Francisco de Asís de Mena, limpiaron en mi
-fantasía el panorama de la historia. He soñado leyendas, he recitado
-romances, viendo templar una hoja de acero, junto a una vieja fra<span class="pagenum"><a name="page_302" id="page_302">{302}</a></span>gua, y
-contemplado, en su capilla silenciosa, al Cristo de la Vega.</p>
-
-<p>Mas cosa ninguna me ha tocado el corazón ni me ha producido emoción más
-honda que el rincón de la iglesia de Santo Tomé, donde viví, quién sabe
-cuántos siglos, en el breve tiempo en que logró mi alma alcanzar la
-elevación del éxtasis, ante el muro que sostiene el prodigio del
-Entierro del Conde de Orgaz.</p>
-
-<p class="astc">* * *</p>
-
-<p>Al concluir mi larga meditación en el jardín de la casa del Greco, del
-formidable inmortalizador de la España devota y caballeresca, enderecé
-mis pasos hacia el rumbo opuesto; atravesé la plaza del Zocodover; pasé
-por debajo del arco de la Sangre y me detuve frente a un caserón
-pringoso y obscuro, en cuyo patio se desgranaba, materialmente, un
-veterano coche de camino. Era la posada del Sevillano. Un forastero
-pobre, de aspecto hidalgo, de aguileño rostro, manco y gallardo, se
-hospedó en esta posada. Llamábase, el tal, Miguel de Cervantes
-Saavedra.<span class="pagenum"><a name="page_303" id="page_303">{303}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p>Y cuéntase que en alguno de estos aposentos escribió una de las fábulas
-más hermosas y típicas de la lengua castellana. ¿Quién ha oído hablar
-por ahí de <i>La Ilustre Fregona</i>?...</p>
-
-<p class="fint">FIN</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_304" id="page_304">{304}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_305" id="page_305">{305}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="page_306" id="page_306">{306}</a></span>&nbsp; </p>
-
-<div class="c">
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-</div>
-
-<hr class="full" />
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-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
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-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
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-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
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-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
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-state visit www.gutenberg.org/donate
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-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
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-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
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-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
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-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
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-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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