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-The Project Gutenberg eBook of La batalla de los Arapiles, by Benito
-Pérez Galdós
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you
-will have to check the laws of the country where you are located before
-using this eBook.
-
-Title: La batalla de los Arapiles
-
-Author: Benito Pérez Galdós
-
-Release Date: April 12, 2022 [eBook #67817]
-
-Language: Spanish
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
- images generously made available by The Internet
- Archive/Canadian Libraries)
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BATALLA DE LOS
-ARAPILES ***
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han
- convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
-
- * Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos
- ortotipográficos.
-
-
-
-
-EPISODIOS NACIONALES
-
-LA BATALLA DE LOS ARAPILES
-
-
-
-
- Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
- furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.
-
-
-
-
- B. PÉREZ GALDÓS
- EPISODIOS NACIONALES
- PRIMERA SERIE
-
- LA BATALLA
- DE LOS
- ARAPILES
-
- 37.000
-
- [Ilustración]
-
- MADRID
- PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
- (Sucesores de Hernando)
- Arenal, 11
- 1907
-
-
-
-
- EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO
- IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
- Carrera de San Francisco, 4.
-
-
-
-
-LA BATALLA DE LOS ARAPILES
-
-I
-
-
-Las siguientes cartas, supliendo ventajosamente mi narración, me
-permitirán descansar un poco:
-
-
-«_Madrid, 14 de marzo._
-
-»Querido Gabriel: Si no has sido más afortunado que yo, lucidos estamos.
-De mis averiguaciones no resulta hasta ahora otra cosa que la triste
-certidumbre de que el comisario de policía no está ya en esta Corte, ni
-presta servicio a los franceses, ni a nadie, como no sea al demonio.
-Después de su excursión a Guadalajara, pidió licencia, abandonó
-luego su destino, y al presente nadie sabe de él. Quién le supone en
-Salamanca, su tierra natal; quién en Burgos o en Vitoria, y algunos
-aseguran que ha pasado a Francia, antiguo teatro de sus criminales
-aventuras. ¡Ay, hijo mío, para qué habrá hecho Dios el mundo tan
-grande, tan sumamente grande, que en él no es posible encontrar el
-bien que se pierde! Esta inmensidad de la creación solo favorece a los
-pillos, que siempre encuentran donde ocultar el fruto de sus rapiñas.
-
-»Mi situación aquí ha mejorado un poco. He capitulado, amigo mío; he
-escrito a mi tía contándole lo ocurrido en Cifuentes, y el jefe de
-mi ilustre familia me demuestra en su última carta que tiene lástima
-de mí. El administrador ha recibido orden de no dejarme morir de
-hambre. Gracias a esto y al buen surtido de mi antiguo guardarropas,
-no pedirá limosna la pobre condesa. He tratado de vender las alhajas,
-los encajes, los tapices y otras prendas no vinculadas; pero nadie las
-quiere comprar. En Madrid no hay una peseta, y cuando el pan está a
-catorce y dieciséis reales, figúrate quién tendrá humor para comprar
-joyas. Si esto sigue, llegará día en que tenga que cambiar todos mis
-diamantes por una gallina.
-
-»Para que comprendas cuán glorioso porvenir aguarda a mi histórica casa,
-uno de los astros más brillantes del cielo de esta gran monarquía, me
-bastará decirte que el pleito entre nuestra familia y la de Rumblar
-se ha entablado ya, y la Cancillería de Granada ha dado a luz con
-este motivo una montaña de papel sellado, que, si Dios no lo remedia,
-crecerá hasta lo sumo y nuestros nietos veranla con cimas más altas que
-las de la misma Sierra Nevada. La de Rumblar se engolfa con delicia
-en este mar de jurisprudencia. Me parece que la veo. Convertiría el
-linaje humano en jueces, escribas, alguaciles y roe-pandectas para que
-todo cuanto respira pudiese entender en su cuita.
-
-»El licenciado Lobo, que frecuentemente me visita con el doble objeto
-de ilustrarme en mi asunto y de pedirme una limosna (hoy en Madrid
-la piden los altos servidores del Estado), me ha dicho que en el tal
-pleito hay materia para un ratito, es decir, que no pasará un par de
-siglos mal contados sin que la Sala dé su sentencia o un auto para
-mejor proveer, que es el colmo de las delicias. Me asegura también
-el susodicho Lobo, que si nos obstinamos en transmitir a Inés los
-derechos mayorazguiles, es fácil que perdamos el litigio dentro de
-algunos meses, pues para perder no es preciso esperar siglos. Las
-informalidades que hubo en el reconocimiento, y la indiscreción de mi
-pobre tío, que ya bajó al sepulcro, ponen a nuestra heredera en muy
-mala situación para reclamar su mayorazgo. Nuestro papel se reduce
-hoy, según Lobo, a reclamar la no transmisión del mayorazgo a la casa
-de Rumblar, fundándonos en varias razones de _posesión civilísima_,
-_agnación rigurosa_, _masculinidad nuda_, _emineidad_, _saltuario_, con
-otras lindas palabras, que voy aprendiendo para recreo de mi triste
-soledad y entretenimiento de mis últimos días.
-
-»Mi tía dice que yo tengo la culpa de este desastre y cataclismo en que
-va a hundirse la más gloriosa casa que ha desafiado siglos y afrontado
-el desgaste del tiempo, sin criar hasta ahora ni una sola carcoma,
-y funda su anatema en mi oposición al proyectado himeneo de nuestro
-derecho con el derecho de los Rumblar. Verdaderamente, no carece de
-razón mi tía, y sin duda se me preparan en el Purgatorio acerbos
-tormentos por haber ocasionado con mi tenacidad este conflicto.
-
-»Esta carta te la envío a Sepúlveda. Creo que serán infructuosas tus
-pesquisas en todo el camino de Francia hasta Aranda. Procura ir a
-Zamora. Yo sigo aquí mis averiguaciones con ardor infatigable; y
-demostrando gran celo por la causa francesa, he adquirido relaciones
-con empleados de alta y baja estofa, principalmente de policía pública
-y secreta.
-
-»Si te unes a la división de Carlos España, avísamelo. Creo que conviene
-a tu carrera militar el abandonar a esos feroces guerrilleros; mas,
-por Dios, no pases al ejército de Extremadura. Creo que de ese lado no
-vendrá la luz que deseamos; sigue en Castilla mientras puedas, hijo
-mío, y no abandones mi santa empresa. Escríbeme con frecuencia. Tus
-cartas y el placer que me causa el contestarlas, son mi único consuelo.
-Me moriría si no llorara y si no te escribiera.»
-
-
-«_22 de marzo._
-
-»No puedes figurarte la miseria espantosa que reina en Madrid. Me
-han dicho que hoy está la fanega de trigo a 540 reales. Los ricos
-pueden vivir, aunque mal; pero los pobres se mueren por esas calles
-a centenares, sin que sea posible aliviar su hambre. Todos los
-arbitrios de la caridad son inútiles, y el dinero busca alimentos
-sin encontrarlos. Las gentes desvalidas se disputan con ferocidad un
-troncho de col, y las sobras de aquellos pocos que tienen todavía en
-su casa mesa con manteles. Es imposible salir a la calle, porque los
-espectáculos que se ofrecen a cada momento a la vista causan horror y
-desconfianza de la Providencia infinita. Vense a cada paso los mendigos
-hambrientos, arrojados en el arroyo, y en tal estado de demacración que
-parecen cadáveres en que quedó olvidado un resto de inútil y miserable
-vida. El lodo y la inmundicia de las calles y plazuelas les sirven de
-lecho, y no tienen voz sino para pedir un pan que nadie puede darles.
-
-»Si la policía se lo permitiera, maldecirían a los franceses, que tienen
-en sus almacenes copioso repuesto de galleta, mientras la nación se
-muere de hambre. Dicen que de agosto acá se han enterrado veinte
-mil cuerpos, y lo creo. Aquí se respira muerte; el silencio de los
-sepulcros reina en Platerías, San Felipe y la Puerta del Sol. Como han
-derribado tantos edificios, entre ellos Santiago, San Juan, San Miguel,
-San Martín, los Mostenses, Santa Ana, Santa Catalina, Santa Clara y
-bastantes casas de las inmediatas a Palacio, las muchas ruinas dan
-a Madrid el aspecto de una ciudad bombardeada. ¡Qué desolación, qué
-tristeza!
-
-»Los franceses se pasean alegres, satisfechos y rollizos por este
-cementerio, y su policía mortifica de un modo cruel a los vecinos
-pacíficos. No se permiten grupos en las calles, ni pararse a hablar,
-ni mirar las tiendas. A los tenderos se les aplica una multa de 200
-ducados si permiten que los curiosos se detengan en las puertas o
-vidrieras, de modo que a cada rato los pobres horteras tienen que salir
-a apalear a sus parroquianos con la vara de medir.
-
-»Ayer dispuso el Rey que hubiese corrida de toros para divertir al
-pueblo: ¡qué sarcasmo! Me han dicho que la plaza estaba desierta.
-Figúrome ver en el redondel a media docena de esqueletos vestidos con
-el traje bordado de plata y oro, y con más ganas de comerse al toro que
-de trastearlo. Asistió José, que de este modo piensa ganar la voluntad
-del pueblo de Madrid.
-
-»Dícese que se trata de reunir Cortes en Madrid, no sé si también para
-divertir al pueblo. Azanza, ministro de Su Majestad Bonaparciana, me
-dijo que así levantarían _un altar frente a otro altar_. Creo que el
-retablo de aquí no tendrá tantos devotos como el que dejamos en Cádiz.
-
-»Ahora dicen que Napoleón va a emprender una guerra contra el Emperador
-de todas las Rusias. Esto será favorable a España, porque sacarán
-tropas de la Península, o al menos no podrán reparar las bajas que
-continuamente sufren. Veo la causa francesa bastante mal parada, y he
-observado que los más discretos de entre ellos no se hacen ya ilusiones
-respecto al resultado final de esta guerra.
-
-»De nuestro asunto, ¿qué puedo decir que no sea triste y desconsolador?
-Nada, hijo mío, absolutamente nada. Mis indagaciones no dan resultado
-alguno; no he podido adquirir ni la más pequeña luz, ni el más ligero
-indicio. Sin embargo, confío en Dios y espero. Dirijo esta carta a
-Santa María de Nieva, que es lo más seguro.»
-
-
-«_1.º de abril._
-
-»Poco o nada tengo que añadir a mi carta de 22 de marzo. Continúo en la
-oscuridad, pero con fe. ¡Cuánta se necesita para permanecer en Madrid!
-Esto es un Purgatorio, por la miseria, la soledad, la tristeza, y un
-infierno por la corrupción, las violencias e inmoralidades de todo
-género que han introducido aquí los franceses. Yo no creo, como la
-mayoría de las gentes, que nuestras costumbres fueran perfectas antes
-de la invasión; pero entre aquel recatado y compungido modo de vivir,
-y esta desvergonzada licencia de hoy, es preferible a todas luces lo
-primero. La policía francesa es un instituto de cuya perversidad no se
-puede tener idea sino viviendo aquí y viendo la execrable acción de
-esta máquina puesta en las más viles manos.
-
-»Multitud de comisarios y agentes, escogidos entre la hez de la
-sociedad, se encargan de atrapar a los individuos que se les antoja
-y almacenarles en la Cárcel de Villa, sin forma de juicio, ni más
-guía que la arbitrariedad y la delación. El motivo aparente de
-estas tropelías es la _complicidad con los insurgentes_; pero los
-malvados de uno y otro bando se dan buena maña para utilizar la
-nueva Inquisición, que hará olvidar con sus gracias las lindezas de
-la pasada. Todo aquel que quiere deshacerse de una persona que le
-estorba, encuentra fácil medio para ello, y aun ha habido quien, no
-contentándose con ver emparedado a su enemigo, le ha hecho subir al
-cadalso. Se cuentan cosas horribles que me resisto a darles crédito,
-entre ellas la maldad de una señora de esta Corte, que, mal avenida con
-su esposo, le delató como insurgente y despacharon la causa en cosa
-de tres días, lo necesario para ir de la callejuela del Verdugo a la
-Plaza de la Cebada. También se habla de un tal Vázquez, que delató a
-su hermano mayor, y de un tal Escalera, que subió la del patíbulo por
-intrigas de su manceba.
-
-»Hay una _Junta criminal_ que inspira más horror que los jueces del
-infierno. Los hombres bajos que la forman condenan a muerte a los que
-leen los papeles de los insurgentes, a los _empecinados_ que aquí
-llaman _madripáparos_, y a todo ser sospechoso de relaciones con los
-_espías, ladrones, asesinos, bandoleros, cuatreros y... tahúres_, a
-quienes llamáis vosotros guerrilleros o soldados de la patria.
-
-»Una de las cosas más criticadas a los franceses, además de su infame
-policía, es la introducción de los bailes de máscaras. En esto hay
-exageración, porque antes que tales escandalosas reuniones fuesen
-instituidas en nuestro morigerado país, había intrigas y gran burla
-de vigilancia de padres y maridos. Yo creo que las caretas no han
-traído acá todos los pecados grandes y chicos que se les atribuyen.
-Pero la gente honesta y timorata brama contra tal novedad, y no se
-oye otra cosa sino que con los tapujos de las caras ya no hay tálamo
-nupcial seguro, ni casa honrada, ni padre que pueda responder del honor
-de sus hijas, ni doncella que conserve su espíritu libre y limpio de
-deshonestos pensamientos. Creo que no es justa esta enemiga contra
-las caretas, más cómodas aunque no más disimuladoras que los antiguos
-mantos, y tengo para mí que muchas personas hablan mal de las reuniones
-de máscaras, porque no las encuentran tan divertidas ni tan oscuritas
-como las verbenas de San Juan y San Pedro.
-
-»Pero la novedad que más indignada y fuera de sus casillas trae a esta
-buena gente, es un juego de azar llamado la _roleta_, donde parece
-baila el dinero que es un gusto. Los franceses son Barrabás para
-inventar cosas malas y pecaminosas. No respetan nada, ni aun las
-venerandas prácticas de la antigüedad, ni aun aquello que forma parte,
-desde remotísimas edades, de la ejemplar existencia nacional. Lo justo
-habría sido dejar que los padres y los hijos de familia se arruinaran
-con la baraja, siguiendo en esto sus patriarcales y jamás alteradas
-costumbres, y no introducir _roletas_ ni otros aparatos infernales.
-Pero los franceses dicen que la _roleta_ es un adelanto con respecto a
-los naipes, así como la guillotina es mejor que la horca, y la Policía
-mucho mejor que la Inquisición.
-
-»Lo peor de esto es que, según dicen, la tal endemoniada _roleta_, no
-solo es consentida por el Gobierno francés, sino de su propiedad, y
-para él son las pingües ganancias que deja. De este modo los franceses
-piensan embolsarse el poco dinero que han dejado en nuestras arcas.
-
-»No concluiré sin ponerte al corriente de un proyecto que tengo, y que,
-realizado, me parece ha de ser más eficaz para nuestro objeto que todas
-las averiguaciones y búsquedas hechas hasta ahora. El plan, hijo mío,
-consiste en interesar al mismo José en favor mío. Pienso ir a Palacio,
-donde seré recibida por el Sr. Botellas, el cual no desea otra cosa, y
-ve el cielo abierto cuando le anuncian que un Grande de España quiere
-visitarle. Hasta ahora he resistido todas las sugestiones de varios
-personajes amigos míos que se han empeñado en presentarme al Rey; pero
-pensándolo mejor, estoy decidida a ir a la Corte. En diciembre del
-8 traté a los dos Bonaparte, y las bondades que encontré en José me
-hacen esperar que no será inútil este paso que doy, aun a riesgo de
-comprometerme con una causa que considero perdida. Adiós: te informaré
-de todo.»
-
-
-«_22 de abril._
-
-»He estado en Palacio, hijo mío, y me he prosternado ante esa católica
-majestad de oropel, a quien sirven unos pocos españoles, moviéndose
-bulliciosamente para parecer muchos. Si yo dijera a cualquier habitante
-de Madrid que José I, conocido aquí por _el tuerto_, o por _Pepe
-Botellas_, es una persona amable, discreta, tolerante, de buenas
-costumbres, y que no desea más que el bien, me tendrían por loca, o
-quizás por vendida a los franceses.
-
-»Recibiome _Copas_ con gozo. El buen señor no puede ocultarlo, cuando
-alguna persona de categoría da, al visitarle, una especie de tácito
-asentimiento a su usurpación. Sin duda cree posible ser dueño de España
-conquistando uno a uno los corazones. Habrías de ver su diligencia y
-extremada dulzura en los cumplidos. Cierto que su etiqueta es menos
-severa y finchada que la de nuestros Reyes, sin perder por eso la
-dignidad, antes bien aumentándola. Habla hasta con familiaridad, se
-ríe, también se permite algunas gentilezas galantes con las damas, y a
-veces bromea con cierta causticidad muy fina, propia de los italianos.
-El acento extranjero es el único que afea su palabra. Confunde a menudo
-su lengua natal con la nuestra, y hay ocasiones en que son necesarios
-grandes esfuerzos para no reír.
-
-»Su figura no puede ser mejor. José vale mucho más que el barrilete
-de su hermano. Poco falta a su rostro grave y expresivo para ser
-perfecto. Viste comúnmente de negro, y el conjunto de su persona es muy
-agradable. No necesito decirte que cuanto hablan las gentes por ahí
-sobre sus turcas, es un arma inventada por el patriotismo para ayudar a
-la defensa nacional. José no es borracho. También se cuentan de él mil
-abominaciones referentes a vicios distintos del de la embriaguez; pero
-sin negarlos rotundamente, me resisto a darles crédito. En resumen,
-Botellas (nos hemos acostumbrado de tal manera a darle este nombre,
-que cuesta trabajo llamarle de otra manera) es un Rey bastante bueno, y
-al verle y tratarle, no se puede menos de deplorar que lo hayan traído,
-en vez del nacimiento y el derecho, la usurpación y la guerra.
-
-»Sus partidarios aquí son pocos; tan pocos, que se pueden contar. Esta
-dinastía no tiene más súbditos leales que los Ministros, y dos o tres
-personas colocadas por ellos en altos puestos. Estos españoles que le
-sirven parecen víctimas humilladas, y no tienen aquel aire triunfador
-y vanaglorioso que suelen tomar aquí los que por méritos propios o
-ajeno favor se elevan dos dedos sobre los demás. Viven o avergonzados
-o medrosos, sin duda porque prevén que el _Lord_ ha de dar al traste
-con todo esto. Algunos, sin embargo, se hacen ilusiones y dicen que
-tendremos Botellas, Azumbres y Copas por los siglos de los siglos.
-
-»No pertenece a estos Moratín, al cual encuentro más triste y más
-pusilánime que nunca. Ya no es secretario de la interpretación de
-lenguas, sino bibliotecario mayor, cargo que debe desempeñar a
-maravilla. Pero él no está contento; tiene miedo a todo, y más que
-a nada a los peligros de una segunda evacuación de la Corte por los
-franceses. Me ha dicho que el día en que cayese el poder intruso,
-no daría dos cuartos por su pellejo; pero creo que su hipocondría y
-pésimo humor, entenebreciendo su alma, le hacen ver enemigos en todas
-partes. Está enfermo y arruinado; mas trabaja algo, y ahora nos ha dado
-_La escuela de los maridos_, traducción del francés. Ni la he visto
-representar ni he podido leerla, porque mi espíritu no puede fijarse en
-nada de esto.
-
-»Moratín viene a verme a menudo con su amigo Estala, el cual es
-afrancesado rabioso, y ardiente como aquel lo es tímido y melancólico.
-Aquí no pueden ver a Estala, que publica artículos furibundos en _El
-Imparcial_, y hace poco escribió, aludiendo a España, que _los que
-nacen en un país de esclavitud no tienen patria sino en el sentido
-en que la tienen los rebaños destinados para nuestro consumo_. Por
-esto y otros atroces partos de su ingenio que publica la _Gaceta_, es
-aborrecido aún más que los franceses.
-
-»Máiquez sigue en el Príncipe; y como José ha señalado a su teatro
-20.000 reales mensuales para ayuda de costa, le tachan también de
-afrancesado. Ahora, según veo en el diario, dan alternativamente el
-_Orestes_, _La mayor piedad de Leopoldo el Grande_, y una mala comedia
-arreglada del alemán, y cuyo título es _Ocultar, de honor movido, al
-agresor el herido_.
-
-»El teatro está, según me dicen, vacío. La pobre Pepilla González, de
-quien no te habrás olvidado, se muere de miseria, porque no pudiendo
-representar, a causa de una enfermedad que ha contraído, está sin
-sueldo, abandonada de sus compañeros. Lo estaría de todo el mundo si
-yo no cuidase de enviarle todos los días lo muy preciso para que no
-expire. Pepilla, el venerable padre Salmón y mi confesor Castillo, son
-las únicas personas a quienes puedo favorecer, porque el estado de mi
-hacienda y la carestía de las subsistencias no me permiten más. Te
-asombrará saber que los opulentos padres de la Merced necesiten de
-limosnas para vivir; pero a tal situación ha llegado la indigencia
-pública en la Corte de España, que los más gordos se han puesto como
-alambres.
-
-»De intento he dejado para el fin de mi carta nuestro querido asunto,
-porque quiero sorprenderte. ¿No has adivinado en el tono de mi epístola
-que estoy menos triste que de ordinario? Pero nada te diré hasta que no
-tenga seguridad de no engañarte. Refrena tu impaciencia, hijo mío...
-Gracias a José, se me han suministrado algunos datos preciosos, y muy
-pronto, según acaba de decirme Azanza, este resplandor de la verdad
-será luz clara y completa. Adiós.»
-
-
-«_21 de mayo._
-
-»Albricias, querido amigo, hijo y servidor mío. Ya está descubierto
-el paradero de nuestro verdugo. ¡Benditos sean mil veces José y esa
-desconocida reina Julia, cuyo nombre invoqué para inclinarle en mi
-favor! Santorcaz no ha pasado todavía a Francia. Desde aquí, querido
-mío, considerándote en camino hacia occidente, puedo decirte como
-a los niños cuando juegan a la gallina ciega: «Que te quemas.» Sí,
-chiquillo: alarga la mano y cogerás al traidor. ¡Cuántas veces buscáis
-el sombrero y lo lleváis puesto! Aquello que consideramos más perdido
-está comúnmente más cerca. La idea de que esta carta no te encuentre ya
-en Piedrahita, me espanta. Pero Dios no puede sernos tan desfavorable,
-y tú recibirás este papel; inmediatamente marcharás hacia Plasencia,
-y valido de tu astucia, de tu valor, de tu ingenio o de todas estas
-cualidades juntas, penetrarás en la vivienda del pícaro para arrancarle
-la joya robada que lleva siempre consigo.
-
-»¡Cuánto trabajo ha costado averiguarlo! Ha tiempo que Santorcaz dejó
-el servicio. Su carácter, su orgullo, su extravagancia, le hacían
-insoportable a los mismos que le colocaron. Por algún tiempo fue
-tolerado en gracia de los buenos servicios que prestaba; mas se
-descubrió que pertenecía a la sociedad de los _filadelfos_, nacida
-en el ejército de Soult, y cuyo objeto era destronar al Emperador,
-proclamando la república. Quitáronle el destino poco después de
-habernos robado a Inés, y desde entonces ha vagado por la Península
-fundando logias. Estuvo en Valladolid, en Burgos, en Salamanca, en
-Oviedo; mas luego se perdió su rastro, y por algún tiempo se creyó que
-había entrado en Francia. Finalmente, la policía francesa (la peor
-cosa del mundo produce algo bueno) ha descubierto que está ahora en
-Plasencia, bastante enfermo y un tanto imposibilitado de trastornar
-a los pueblos con sus logias y cónclaves revolucionarios. ¡Qué
-indignidad! ¡Los perdidos, los tunantes, los mentirosos y falsarios
-quieren reformar el mundo!... Estoy colérica, amigo mío; estoy furiosa.
-
-»El que ha completado mis noticias sobre Santorcaz es un afrancesado no
-menos loco y trapisondista que él: José Marchena. ¿Le conoces? Uno
-que pasa aquí por clérigo relajado, una especie de abate que habla
-más francés que español, y más latín que francés, poeta, orador,
-hombre de facundia y de chiste, que se dice amigo de Madama Stael, y
-parece lo fue realmente de Marat, Robespierre, Legendre, Tallien y
-demás gentuza. Santorcaz y él vivieron juntos en París. Son hoy muy
-amigos; se escriben a menudo. Pero este Marchena es hombre de poca
-reserva, y contesta a todo lo que le preguntan. Por él sé que nuestro
-enemigo no goza de buena salud, que no vive sino en las poblaciones
-ocupadas por los franceses, y que cuando pasa de un punto a otro, se
-disfraza hábilmente para no ser conocido. ¡Y nosotros le creíamos en
-Francia! ¡Y yo te decía que no fueras al ejército de Extremadura! Ve,
-corre, no tardes un solo día. El ejército del _Lord_ debe andar por
-allí. Te escribiré al cuartel general de D. Carlos España. Contéstame
-pronto. ¿Irás donde te mando? ¿Encontrarás lo que buscamos? ¿Podrás
-devolvérmelo? Estoy sin alma.»
-
-
-
-
-II
-
-
-Cuando recibí esta carta, marchaba a unirme al ejército llamado
-de Extremadura; pero que no estaba en Extremadura, sino en Fuente
-Aguinaldo, territorio de Salamanca.
-
-En abril había yo dejado definitivamente la compañía de los
-guerrilleros para volver al ejército. Tocome servir a las órdenes
-de un mariscal de campo llamado Carlos Espagne, el que después fue
-conde de España, de fúnebre memoria en Cataluña. Hasta entonces aquel
-joven francés, alistado en nuestros ejércitos desde 1792, no tenía
-celebridad, a pesar de haberse distinguido en las acciones de Barca del
-Puerto, de Tamames, del Fresno y de Medina del Campo. Era un excelente
-militar, muy bravo y fuerte; pero de carácter variable y díscolo. Digno
-de admiración en los combates, movían a risa o a cólera sus rarezas
-cuando no había enemigos delante. Tenía una figura poco simpática, y
-su fisonomía, compuesta casi exclusivamente de una nariz de cotorra y
-de unos ojazos pardos bajo cejas angulosas, revueltas, movibles, y en
-las cuales cada pelo tenía la dirección que le parecía, revelaba un
-espíritu desconfiado y pasiones ardientes, ante las cuales el amigo y
-el subalterno debían ponerse en guardia.
-
-Muchas de sus acciones revelaban lamentable vaciedad en los aposentos
-cerebrales, y si no peleamos algunas veces contra molinos de viento,
-fue porque Dios nos tuvo de su mano; pero era frecuente tocar llamada
-en el silencio y soledad de la alta noche, salir precipitadamente de
-los alojamientos, buscar al enemigo que tan a deshora nos hacía romper
-el dulce sueño, y no encontrar más que al lunático España vociferando
-en medio del campo contra sus invisibles compatriotas.
-
-Mandaba este hombre una división perteneciente al ejército de que era
-comandante general D. Carlos O’Donnell. Habíasele unido por aquel
-tiempo la partida de D. Julián Sánchez, guerrillero muy afortunado en
-Castilla la Vieja, y se disponía a formar en las filas de Wellington,
-establecido en Fuente Aguinaldo, después de haber ganado a Badajoz a
-fines de marzo. Los franceses de Castilla la Vieja mandados por Marmont
-andaban muy desconcertados. Soult operaba en Andalucía sin atreverse a
-atacar al _Lord_, y este decidió avanzar resueltamente hacia Castilla.
-En resumen, la guerra no tomaba mal aspecto para nosotros; por el
-contrario, aparecía en evidente declinación la estrella imperial,
-después de los golpes sufridos en Ciudad-Rodrigo, Arroyomolinos y
-Badajoz.
-
-Yo había recibido el empleo de comandante en febrero de aquel mismo
-año. Por mi ventura mandé durante algún tiempo (pues también fui
-jefe de guerrillas) una partida que recorrió el país de Aranda, y
-luego las sierras de Covarrubias y la Demanda. A principios de marzo
-tenía la seguridad de que Santorcaz no estaba en aquel país. Alargué
-atrevidamente mis excursiones hasta Burgos, ocupada por los franceses;
-entré disfrazado en la plaza, y pude saber que el antiguo comisario
-de policía había residido allí meses antes. Bajando luego a Segovia,
-continué mis pesquisas; pero una orden superior me obligó a unirme a la
-división de D. Carlos España.
-
-Obedecí, y como en los mismos días recibiese la última carta de
-las que puntualmente he copiado, juzgué favor especial del cielo la
-disposición militar que me enviaba a Extremadura. Pero, como he dicho,
-Wellington, a quien debiera unirse D. Carlos España, había dejado ya
-las orillas del Tiétar. Nosotros debíamos salir de Piedrahita para
-unirnos a él en Fuente Aguinaldo o en Ciudad-Rodrigo. De aquí se podía
-ir fácilmente a Plasencia.
-
-Mientras con zozobra y desesperación revolvía en mi mente distintos
-proyectos, ocurrieron sucesos que no debo pasar en silencio.
-
-
-
-
-III
-
-
-Después de larguísima jornada durante la tarde y gran parte de una
-hermosísima noche de junio, España ordenó que descansásemos en
-Santibáñez de Valvaneda, pueblo que está sobre el camino de Béjar a
-Salamanca. Teníamos provisiones relativamente abundantes, dada la
-gran escasez de la época, y como reinaba en el ejército muy buena
-disposición a divertirse, allí era de ver la algazara y alegría del
-pueblo a media noche, cuando tomamos posesión de las casas, y con las
-casas, de los jergones y baterías de cocina.
-
-Tocome habitar en el mejor aposento de una casa con resabios de palacio
-y honores de mesón. Acomodó mi asistente para mí una hermosa cama, y
-no tengo inconveniente en decir que me acosté, sí, señores, sin que
-nada extraordinario ni con asomos de poesía me ocurriese en aquel acto
-vulgar de la vida. Y también es cierto, aunque igualmente prosaico, que
-me dormí, sin que el crepúsculo de mis sentidos me impresionase otra
-cosa que la histórica canción cantada a media voz por mi asistente en
-la estancia contigua:
-
- En el Carpio está Bernardo
- y el Moro en el Arapil.
- Como va el Tormes por medio,
- non se pueden combatir.
-
-Me dormí, y no se crea que ahora van a salir fantasmas, ni que los
-rotos artesanados o vetustas paredes de la histórica casa, antaño
-palacio y hoy venta, se moverán para dar entrada a un deforme vestiglo,
-ni mucho menos a una alta doncella de acabada hermosura que venga a
-suplicar me tome el trabajo de desencantarla o prestarle cualquier
-otro servicio, ora del dominio de la fábula, ora del de las bajas
-realidades. Ni esperen que dueña barbuda, ni enano enteco, ni fiero
-gigante vengan súbito a hacerme reverencias, y mandarme les siga por
-luengos y oscuros corredores que conducen a maravillosos subterráneos
-llenos de sepulturas o tesoros. Nada de esto hallarán en mi relato
-los que lo escuchan. Sepan tan solo que me dormí. Por largo tiempo,
-a pesar de la profundidad del sueño, no me abandonó la sensación del
-ruido que sonaba en la parte baja de la casa. Las pisadas de los
-caballos retumbaban en mi cerebro con eco lejano, produciendo vibración
-semejante a la de un hondo temblor de tierra. Pero estos rumores
-cesaron poco a poco, y al fin todo quedó en silencio. Mi espíritu se
-sumergió en esa esfera sin nombre, en que desaparece todo lo externo,
-absolutamente todo, y se queda él solo, recreándose en sí propio o
-jugando consigo mismo.
-
-Pero de repente, no sé a qué hora, ni después de cuántas horas de
-sueño, despertome una sensación singularísima, que no puedo descifrar,
-porque sin que fuese afectado ninguno de mis sentidos, me incorporé
-rápidamente diciendo: «¿Quién está aquí?»
-
-Ya despierto, grité a mi asistente:
-
---Tribaldos, levántate y enciende luz.
-
-Casi en el mismo instante en que esto decía, comprendí mi engaño.
-Estaba enteramente solo. No había ocurrido otra cosa sino que mi
-espíritu, en una de sus caprichosas travesuras (pues esto son
-indudablemente las fantasmagorías del sueño), había hecho el más
-común de todos, que consiste en fingirse dos, con ilusoria y mentida
-división, alterando por un instante su eternal unidad. Este misterioso
-_yo y tú_ suele presentarse también cuando estamos despiertos.
-
-Pero si en mi alcoba nada ocurría de extraño fuera de mí, como lo
-demostró al entrar en ella Tribaldos alumbrando y registrando, algo
-ocurría en los bajos del edificio, donde el grave silencio de la noche
-fue interrumpido por fuerte algazara de gente, coches y caballos.
-
---Mi comandante --dijo Tribaldos sacando el sable para dar tajos en el
-aire a un lado y otro--, esos pillos no quieren dejarnos dormir esta
-noche. ¡Afuera, tunantes! ¿Pensáis que os tengo miedo?
-
---¿Con quién hablas?
-
---Con los duendes, señor --repuso--. Han venido a divertirse con usía,
-después que jugaron conmigo. Uno me cogía por el pie derecho, otro por
-el izquierdo, y otro, más feo que Barrabás, atome una cuerda al cuello,
-y con este tren y el tirar por aquí y por allí, me llevaron volando a
-mi pueblo para que viese a Dorotea hablando con el sargento Moscardón.
-
---¿Pero crees tú en duendes?
-
---¡Pues no he de creer, si los he visto! Más paseos he dado con
-ellos que pelos tengo en la cabeza --repuso con acento de convicción
-profunda--. Esta casa está llena de sus señorías.
-
---Tribaldos, hazme el favor de no matar más mosquitos con tu sable.
-Deja los duendes, y baja a ver de qué proviene ese infernal ruido que
-se siente en el patio. Parece que han llegado viajeros; pero, según lo
-que alborotan, ni el mismo Sir Arturo Wellesley con todo su séquito
-traería más gente.
-
-Salió el mozo dejándome solo, y al poco rato le vi aparecer de nuevo,
-murmurando entre dientes frases amenazadoras, y con desapacible mohín
-en la fisonomía.
-
---¿Creerá mi comandante que son ingleses o príncipes viajantes los
-que de tal modo atruenan la casa? Pues son cómicos, señor; unos
-comiquillos que van a Salamanca para representar en las fiestas de San
-Juan. Lo menos conté ocho entre damas y galanes, y traen dos carros
-con lienzos pintados, trajes, coronas doradas, armaduras de cartón y
-mojigangas. Buena gente... El ventero les quiso echar a la calle; pero
-han sacado dinero, y su majestad el Sr. Chiporro, al ver lo amarillo,
-les tratará como a duques.
-
---¡Malditos sean los cómicos! Es la peor raza de bergantes que
-hormiguea en el mundo.
-
---Si yo fuera D. Carlos España --dijo mi asistente demostrándome
-los sentimientos benévolos de su corazón--, cogería a todos los de
-la compañía, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les
-arcabuceaba.
-
---Tanto no.
-
---Así dejarían de hacer picardías. Pedrezuela y su endemoniada mujer la
-María Pepa del Valle, cómicos eran. Había que ver con qué talento hacía
-él su papel de comisionado regio y ella el de la señora comisionada
-regia. De tal modo engañaron a la gente, que en todos los pueblos por
-donde corrían les creyeron, y en el Tomelloso, que es el mío y no es
-tierra de bobos, también.
-
---Ese Pedrezuela --dije, sintiendo que el sueño se apoderaba nuevamente
-de mí-- fue el que en varios pueblos de la margen del Tajo condenó a
-muerte a más de sesenta personas.
-
---El mismo que viste y calza --repuso--; pero ya las pagó todas juntas,
-porque cuando el general Castaños y yo fuimos a ayudar al _Lord_ en el
-bloqueo de Ciudad-Rodrigo, cogimos a Pedrezuela y a su mujercita y los
-fusilamos contra una tapia. Desde entonces, cuando veo un cómico, muevo
-el dedo buscando el gatillo.
-
-Tribaldos salió para volver un momento después.
-
---Me parece que se marchan ya --dije notando un ruido que anunciaba la
-partida.
-
---No, mi comandante --repuso riendo--: es que el sargento Panduro y
-el cabo Rocacha han pegado fuego al carro donde llevan los trebejos
-de representar. Oiga mi comandante chillar a los reyes, príncipes
-y senescales al ver cómo arden sus tronos, sus coronas y mantos de
-armiño. ¡Cáspita, cómo graznan las princesas y archipámpanas! Voy abajo
-a ver si esa canalla llora aquí tan bien como en el teatro... El jefe
-de la compañía da unos gritos... ¿Oye mi comandante?... Vuelvo abajo a
-verlos partir.
-
-Claramente oí aquella entre las demás voces irritadas, y lo más extraño
-es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me hizo
-estremecer. Yo conocía aquella voz.
-
-Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos
-extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres víctimas de una
-cruel burla de soldados, salían a toda prisa de la venta. Cuando yo
-salía, entró Tribaldos y me dijo:
-
---Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillería. Todo el
-patio está lleno con pedazos encendidos de los palacios de Varsovia, y
-con los yelmos de cartón, y la sotana encarnada del Dux de Venecia.
-
---¿Y por qué lado se han ido esos infelices?
-
---Hacia Grijuelo.
-
---Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sígueme al momento.
-
---Mi comandante, el general España quiere ver a usía ahora mismo. El
-ayudante de su excelencia ha traído el recado.
-
---El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con el
-general... Pero me he puesto el corbatín al revés... dame acá esa
-casaca, bruto... ¡Pues no me iba sin ella!
-
---El general espera a usía. De abajo se sienten las patadas y voces que
-da en su alojamiento.
-
-Al bajar a la plaza, ya los incómodos viajeros habían desaparecido. D.
-Carlos España me salió al encuentro diciéndome:
-
---Acabo de recibir un despacho del _Lord_ mandándome marchar hacia
-Sancti Spíritus... Arriba todo el mundo; tocar llamada.
-
-Y así concluyó un incidente que no debiera ser contado si no se
-relacionara con otros curiosísimos que se verán a continuación.
-
-
-
-
-IV
-
-
-Dejando el camino real a la derecha, nos dirigimos por una senda áspera
-y tortuosa para atravesar la sierra. Vino la aurora, vino el día, sin
-que en todo él ocurriese ningún suceso digno de ser marcado con piedra
-blanca, negra ni amarilla; mas en el siguiente tuve un encuentro que
-desde luego señalo como de los más felices de mi vida.
-
-Marchábamos perezosamente al mediodía sin cuidados ni precauciones,
-por la seguridad de que no encontraríamos franceses en tan agrestes
-parajes. Iban cantando los soldados, y los oficiales disertando en
-amena conversación sobre la campaña emprendida; dejábamos a los
-caballos seguir en su natural y pacífica andadura, sin espolearlos ni
-reprimirlos. El día era hermoso, y a más de hermoso algo caliente, por
-lo cual caía la llama del sol sobre nuestras espaldas, calentándolas
-más de lo necesario.
-
-Yo iba de vanguardia. Al llegar a la vista de San Esteban de la Sierra,
-pueblo pequeño, rodeado de frondosa verdura y grata sombra de árboles,
-a cuyo amparo habíamos resuelto sestear, sentí algazara en los primeros
-grupos de soldados que marchaban delante, rotas las filas y haciendo
-de las suyas con los aldeanos que se parecían en el camino.
-
---No es nada, mi comandante --me contestó Tribaldos, a quien pregunté
-la causa de tan escandalosa gritería--. Son Panduro y Rocacha que han
-topado con un fraile agustino, y más que agustino pedigüeño, y más que
-pedigüeño tunante, el cual no se apartó del camino cuando la tropa
-pasaba.
-
---¿Y qué le han hecho?
-
---Nada más que jugar a la pelota --respondió riendo--. Su paternidad
-llora y calla.
-
---Veo que Rocacha monta un asno y corre en él hacia el lugar.
-
---Es el asno de su paternidad, pues su paternidad trae un asno consigo
-cargado de nabos podridos.
-
---Que dejen en paz a ese pobre hombre, ¡por vida de!... --grité con
-ira--, y que siga su camino.
-
-Adelanteme y distinguí entre soldados, que de mil modos le
-mortificaban, a un bendito cogulla, vestido con el hábito agustino, y
-azorado y lloroso.
-
---¡Señor --decía mirando piadosamente al cielo y con las manos
-cruzadas--, que esto sea en descargo de mis culpas!
-
-Su hábito descolorido y lleno de agujeros cuadraba muy bien a la
-miserable catadura de un flaquísimo y amarillo rostro, donde el polvo,
-con lágrimas o sudores amasado, formaba costras parduzcas. Lejos
-de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los
-conventos urbanos, los mejores criaderos de gente que se han conocido,
-parecía anacoreta de los desiertos o mendigo de los campos. Cuando se
-vio menos hostigado, volvió a un lado y otro los ojos buscando a su
-desgraciado compañero de infortunio, y como le viese volver a escape
-y jadeando, oprimidos los ijares por el poderoso Rocacha, se apresuró
-a acudir a su encuentro. En tanto yo miraba al buen fraile, y cuando
-le vi volver, tirando ya del cordel de su asno reconquistado, no pude
-reprimir una exclamación de sorpresa. Aquella cara, que al pronto
-despertó vagos recuerdos en mi mente, reveló al fin su enigma, y a
-pesar de la edad transcurrida y de lo injuriada que estaba por años
-y penas, la reconocí como perteneciente a una persona con quien tuve
-amistad en otro tiempo.
-
---Sr. Juan de Dios --exclamé deteniendo mi caballo a punto que el
-fraile pasaba junto a mí--, ¿es usted o no el que veo dentro de esos
-hábitos y detrás de esa capa de polvo?
-
-El agustino me miró sobresaltado, y luego que por buen rato me
-contemplara, díjome así con melifluo acento:
-
---¿De dónde me conoce el señor general? Juan de Dios soy, en efecto.
-Doy gracias a su eminencia por haber mandado que me devolvieran el
-burro.
-
---¿Eminencia me llama usted?... --repuse--. Todavía no me han hecho
-cardenal.
-
---En mi turbación no sé lo que me digo. Si su alteza me da licencia me
-retiraré.
-
---Antes pruebe a ver si me conoce. ¿Mi cara ha variado tanto desde
-aquel tiempo en que estábamos juntos en casa de D. Mauro Requejo?
-
-Este nombre hizo estremecer al buen agustino, que fijó en mí sus ojos
-calenturientos, y más bien espantado que sorprendido, dijo:
-
---¿Será posible que el que tengo delante sea Gabriel? ¡Jesús mío! Señor
-general, ¿es usted Gabriel, el que en abril de 1808...? Lo recuerdo
-bien... Deme usted a besar sus pies... ¿Conque es Gabriel en persona?
-
---El mismo soy. ¡Cuánto me alegro de que nos hayamos encontrado! Usted
-hecho un frailito...
-
---Para servir a Dios y salvar mi alma. Hace tiempo que abracé esta
-vida tan trabajosa para el cuerpo como saludable para el alma. ¿Y tú,
-Gabriel?... ¿Y usted, Sr. D. Gabriel, se dedicó a la milicia? También
-es honrosa la vida de las armas, y Dios premia a los buenos soldados,
-algunos de los cuales santos han sido.
-
---A eso voy, padre, y usted parece que ya lo consiguió, porque su
-pobreza no miente, y su cara de mortificación me dice que ayuna los
-siete reviernes.
-
---Yo soy un humildísimo siervo de Dios --dijo bajando los ojos--, y
-hago lo poco que está en mi miserable poder. Ahora, señor general,
-experimento mucho gozo en ver a usted... y en reconocer al generoso
-mancebo que fue mi amigo; y con esto y su venia me retiro, pues este
-ejército va sierra adentro, y yo busco el camino real.
-
---No permito que nos separemos tan pronto, amigo mío. Usted está
-fatigado, y además no tiene cara de haber cumplido aquel precepto que
-manda empiece la caridad por uno mismo. En ese pueblo descansará el
-regimiento. Vamos a comer lo que haya, y usted me acompañará para que
-hablemos un poco, refrescando viejas memorias.
-
---Si el señor general me lo manda, obedeceré, porque mi destino es
-obedecer --dijo marchando junto a mí en dirección al pueblo.
-
---Veo que el asno tiene mejor pelaje que su dueño, y no se mortifica
-tanto con ayunos y vigilias. Le llevará a usted como una pluma, porque
-parece una pieza de buena andadura.
-
---Yo no monto nunca en él --me respondió sin alzar los ojos del
-suelo--. Voy siempre a pie.
-
---Eso es demasiado.
-
---Llevo conmigo este bondadoso animal para que me ayude a cargar las
-limosnas y los enfermos que recojo en los pueblos para llevarlos al
-hospital.
-
---¿Al hospital?
-
---Sí, señor. Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en
-Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios,
-hace doscientos y setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros
-estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios
-pueblos de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos las
-casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la
-nuestra, y vivimos de limosnas.
-
---¡Admirable vida, hermano! --dije bajando del caballo y encaminándome
-con otros oficiales y el bendito Juan a un bosquecillo que a la vera
-del pueblo estaba, donde, a la grata sombra de algunos corpulentos y
-frescos árboles, nos prepararon nuestros asistentes una frugal comida.
-
---Ate usted su burro en el tronco de un árbol, y acomódese sobre este
-césped junto a mí, para que demos al cuerpo alguna cosa, que todo no ha
-de ser para el alma.
-
---Haré compañía al Sr. D. Gabriel --dijo Juan de Dios humildemente
-luego que ató la cabalgadura--. Yo no como.
-
---¿Que no come? ¿Por ventura manda Dios que no se coma? ¿Y cómo ha de
-estar dispuesto a servir al prójimo un cuerpo vacío? Vamos, Sr. Juan de
-Dios, deje a un lado esa cortedad.
-
---Yo no como viandas aderezadas en cocina, ni nada caliente y compuesto
-que tenga olor a gastronomía.
-
---¿Llama gastronomía a este carnero fiambre y seco, a este pan más duro
-que roca?
-
---Yo no puedo probar eso --repuso sonriendo--. Me alimento tan solo con
-yerbas del campo y raíces silvestres.
-
---Hombre, lo admiro; pero francamente... Al menos beberá usted un
-trago. Es de Rueda.
-
---No bebo más que agua.
-
---¡Hombre... agua y yerbecitas del campo! Lindo comistrajo es ese. En
-fin, si de tal modo se salva uno...
-
---Ya hace tiempo que hice voto firmísimo de vivir de esa manera,
-y hasta hoy, D. Gabriel mío, aunque no limpio de pecados, tengo la
-satisfacción de no haber cometido el de faltar a mi voto una sola vez.
-
---Pues no insisto, amigo. No se vaya usted a condenar por culpa mía.
-La verdad es que tengo un hambre... Pobre Sr. Juan de Dios... ¡Quién
-había de decir que nos encontraríamos después de tantos años...! ¿No es
-verdad?
-
---Sí, señor.
-
---Yo creí que usted había pasado a mejor vida. Como desapareció...
-
---Entré en la Orden en enero del año 9. Acabé mis primeros ejercicios
-en marzo, y recibí las primeras órdenes el año último. Todavía no soy
-fraile profeso.
-
---¡Cuántas cosas han pasado desde que no nos vemos!
-
---¡Sí, señor, cuántas!
-
---Usted, retirado del mundo, vive de un modo beatífico sin penas ni
-alegrías, contento de su estado...
-
-Juan de Dios exhaló un suspiro profundísimo, y después bajó los ojos.
-Observándole bien, advertí las señales que en su extenuado rostro
-patentizaban no ser jactancia de beato aquello de las campestres
-yerbecitas y agua de los arroyos cristalinos. Bordeaba sus ojos un
-cerco violáceo muy intenso, que hacía más vivo el brillo de sus
-pupilas, y marcándosele los huesos de la cara bajo la estirada y
-amarillenta piel. Su expresión era la de las almas exaltadas por
-una piedad que igualmente hace sus efectos en el espíritu y en el
-sistema nervioso. Misticismo y enfermedad al mismo tiempo, es una
-devoción singular que ha llevado hermosísimas figuras al cielo de las
-grandezas humanas. Si en un principio creí ver en Juan de Dios un
-poco de artificio e hipocresía, muy luego convencime de lo contrario,
-y aquel santo varón, arrojado por las tempestades mundanas a la vida
-contemplativa y austera, vivía inflamado por un fervor tan ardiente
-como sincero. Se le veía quemarse; se observaba la combustión de
-aquel cuerpo, que poco a poco se convertía en ceniza, calcinado por
-la llama de la espiritual calentura; se veía que aquel hombre apenas
-a la tierra tocaba, apenas al mundo de los vivos, y que la miserable
-arcilla que aún mantenía el noble espíritu con endeble atadura, se iba
-descomponiendo y desmenuzándose grano a grano.
-
---Es admirable, amigo mío --le dije--, que haya llegado a tan lisonjero
-estado de santidad un hombre que no se vio libre ciertamente de las
-pasiones mundanas.
-
-La fisonomía de Fr. Juan de Dios contrájose con ligero temblor. Pero
-serenándose al punto su rostro, me dijo:
-
---¿No sabe usted qué ha sido de aquellos benditos señores de Requejo?
-Sentiría que les hubiese pasado alguna desgracia.
-
---No he vuelto a saber de ellos. Estarán cada vez más ricos, porque los
-pícaros hacen fortuna.
-
-El fraile no hizo gesto alguno de asentimiento.
-
---Pero Dios les habrá castigado al fin --continué-- por los martirios
-que hicieron padecer a aquella infeliz joven...
-
-Al decir esto, advertí que en las venas de aquel miserable cuerpo
-humano, que la tumba pedía para sí, quedaba todavía un resto de sangre.
-Bajo la piel de la cara se traslucieron por un instante las hinchadas
-venas azules, y un ligero tinte amoratado encendió la austera frente.
-No me hubiera sorprendido más ver una imagen de madera sonrojándose al
-contacto del beso de las devotas.
-
---Dios sabrá lo que tiene que hacer con los señores de Requejo por esa
-conducta --me contestó.
-
---Creo que no le será indiferente a usted saber el fin que ha tenido
-aquella desgraciada joven.
-
---¿Indiferente? No --repuso poniéndose como un cadáver.
-
---¡Oh! Las personas destinadas a padecer... --dije observando
-atentamente la impresión que en el santo producían mis palabras--.
-Aquella pobre joven tan buena, tan bonita, tan modesta...
-
---¿Qué?
-
---Ha muerto.
-
-Yo creí que Juan de Dios se conmovería al oír esto; pero con gran
-sorpresa vi su rostro resplandeciente de serenidad y beatitud. Mi
-asombro llegó a su colmo cuando, en tono de convicción profundísima,
-dijo:
-
---Ya lo sabía. Murió en el convento de Córdoba, donde la encerró su
-familia en junio de 1808.
-
---¿Y cómo sabe usted eso? --pregunté, respetando el engaño del pobre
-agustino.
-
---Nosotros tenemos visiones singulares. Dios permite que por un estado
-especial de nuestro espíritu, sepamos algunos hechos ocurridos en
-país lejano, sin que nadie nos los cuente. Inés murió. Yo la he visto
-repetidas veces en mis éxtasis, y es indudable que solo se nos presenta
-la imagen de las personas que han tenido la suerte de abandonar para
-siempre este ruin y miserable mundo.
-
---Así debe ser.
-
---Así es, aunque los torpes ojos del cuerpo crean otra cosa. ¡Ay!
-Los del alma son los que no se engañan nunca, porque hay siempre en
-ellos un rayo de eterna luz. La corporal vista es un órgano de quien
-dispone a su antojo el demonio para atormentarnos. Lo que vemos en ella
-es muchas veces ilusorio y fantástico. Yo, Sr. D. Gabriel, padezco
-tormentos muy horrorosos por las continuas pruebas a que sujeta mi
-espíritu el Señor de cielo y tierra, y por los pérfidos amaños del
-espíritu maligno, que, anhelando perderme, juega con mis débiles
-sentidos, y se burla de esta desgraciada criatura.
-
---Querido amigo, cuénteme usted lo que pasa. Yo también sirvo a veces
-de juguete y mofa a ese señor demonio, y puedo dar a usted algún buen
-consejo sobre el modo de vencerle y burlarse de él en vez de ser
-burlado.
-
-
-
-
-V
-
-
---Puesto que usted ha nombrado a una persona que tanta parte ha tenido
-en que yo abandonase el perverso siglo, y puesto que usted conoció
-entonces mis secretos, nada debo ocultarle. Cuando Dios me crió dispuso
-que padeciese, y he padecido como ningún otro mortal sobre la tierra.
-Antes de sentir en mi alma el rayo divino de la eterna gracia, que
-me alumbró el sendero de esta nueva vida, una pasión mundana me hizo
-desgraciado. Después que me abracé a la santa cruz para salvarme, las
-turbaciones, debilidades y agonías de mi espíritu han sido tales, que
-pienso es esto disposición de Dios para que conozca en vida infierno y
-purgatorio antes de subir a la morada de los justos... Amé a una mujer,
-mas con tanta exaltación, que mi naturaleza quedó en aquel trance
-trastornada. Cuando comprendí que todo había concluido, yo no tenía ya
-entendimiento, memoria ni voluntad. Era una máquina, señor oficial, una
-máquina estúpida: mis sentidos estaban muertos. Vivía en las tinieblas,
-pues nada veía, y en una especie de letargoso asombro. Varias veces he
-pensado después si, como aquel estupor mío, será el limbo a donde van
-los que apenas han nacido.
-
---Justo. Así debe ser.
-
---Cuando volví en mí, querido señor, formé el proyecto de hacerme
-fraile. Yo había concluido para el mundo. Me confesé con grandísimo
-fervor. El padre Busto aprobó con entusiasmo mi propósito de consagrar
-a la religión el resto de mis tristes días, y como yo manifestara deseo
-de entrar en la Orden más pobre y donde más trabajase el cuerpo y más
-apartada de mundanales atractivos estuviese el ánima, señalome esta
-regla de hermanos hospitalarios. ¡Ay!, mi alma recibió un consuelo
-inexplicable. Buscaba los sitios solitarios para meditar, y meditando
-sentía rodeada mi cabeza de celestial atmósfera. ¡Qué luz tan pura!
-¡Qué dulzura y suave silencio en el aire!
-
---¿Y después?
-
---¡Ay! Después empezaron nuevamente mis infortunios bajo otra forma.
-Dios decretó que yo padeciese y padeciendo estoy... Óigame usted un
-momento más. Comencé mis estudios y las prácticas religiosas para
-ingresar en la Orden. Recibiéronme una mañana en el convento, donde
-vestí el traje de lego. Di aquel día mis lecciones más contento que
-nunca; asistí como fámulo a los pobres de la enfermería, y por la
-tarde, tomando el segundo tomo de _Los nombres de Cristo_, por el
-maestro Fr. Luis de León, libro que me agradaba en extremo, fuime a
-la huerta, y en el sitio más secreto y callado de ella, entregué mi
-espíritu a las delicias de la lectura. No había acabado el capítulo
-hermosísimo que se titula _Descripción de la miseria humana y origen
-de su fragilidad_, cuando sentí un calofrío muy intenso en todo mi
-cuerpo, una gran turbación, una zozobra muy viva, pues toda la sangre
-agolpose en mi pecho, y experimenté una sensación que no puedo decir
-si era gozo profundísimo o dolor agudo. Una extraña figura, bulto o
-sombra, impresionó mi vista; miré, y la vi: era ella misma, sentada en
-el banco de piedra junto a mí.
-
---¿Quién?
-
---¿Necesito decir su nombre?
-
---Ya.
-
---El libro se me cayó de las manos; observé la asombrosa visión,
-pues visión era, y el mundano amor renació violentamente en mi pecho
-como la explosión de una mina. Quedé absorto, señor, mudo y entre
-suspendido y aterrado. Era ella misma, y me miraba con sus dulces
-ojos, trastornándome. Separábala de mí una distancia como de media
-vara; mas no hice movimiento alguno para acercarme a ella, porque el
-mismo estupor, la admiración que tal prodigio de belleza me producía,
-el mismo fuego amoroso que quemaba mi ser, teníanme arrobado y sin
-movimiento. Estaba vestida con riquísima túnica de una blanca y sutil
-tela, la cual, así como las nubes ocultan el sol sin esconderlo,
-ocultaba su hermoso cuerpo, antes empañándolo que cubriéndolo. Bajo
-la falda asomaba desnudo uno de sus delicados pies; sus cabellos,
-ensortijados con arte incomparable, le caían en hermosas guedejas a un
-lado y otro de la cara, entre sartas de orientales perlas, y en la mano
-derecha sostenía un pequeño ramillete de olorosas flores, cuya esencia
-llegaba hasta mí embriagándome el sentido.
-
---En verdad, Sr. Juan de Dios, que nunca he visto a la señorita Inés en
-semejante traje, no muy propio por cierto para pasear en jardines.
-
---¿Que había usted de verla, si aquella imagen no era forma corporal y
-tangible, sino una fábrica engañosa del demonio, que desde aquel día me
-escogió para víctima de sus abominables experimentos?
-
---¿Y la joven del pie desnudo y el ramo de flores, no dijo alguna
-palabrilla?
-
---Ni media, hermano.
-
---¿Y usted no le dijo nada, ni traspasó el espacio de media vara que
-había entre los dos?
-
---No podía hablar. Acerqueme, sí, a ella, y en el mismo momento
-desapareció.
-
---¡Qué picardía! Pero el demonio es así, amigo mío: ofrece y no da.
-
---Mucho tardé en reponerme de la horrible sensación que aquello dejó
-en mi alma. Al fin recogí el libro, y dirigí mis pensamientos a Dios.
-¡Ay, qué extraña sensación! Tan extraña es, que no puedo explicarla.
-Figuraos, querido señor, que mis pensamientos, al remontarse al cielo
-tomando forma material, fueran detenidos y rechazados por una mano
-poderosa. Esto ni más ni menos era lo que yo sentía. Quería pensar y no
-tenía espíritu más que para sentir. Por mi cuerpo corrían, a modo de
-relámpagos del movimiento, unas convulsiones ardientes... ¡Ay! no, no
-puedo de modo alguno explicar esto... En mi cuerpo chisporroteaba algo,
-cual mechas que se van apagando, y cuyas pavesas, mitad fuego, mitad
-ceniza, caen al suelo... Levanteme; quise entrar en la iglesia; pero...
-¿creerá usted que no podía? No, no podía. Alguien me tiraba de la cola
-del hábito hacia afuera. Corrí a la celda que me habían destinado, y
-arrojándome en el suelo, puse la frente sobre mis manos y mis manos
-sobre los ladrillos. Así estuve toda la noche orando y pidiendo a Dios
-que me librara de aquellas horribles tentaciones, diciéndole que yo no
-quería pecar, sino servirle; que yo quería ser bueno y puro y santo.
-
---¿Por qué no contó usted el caso a otros frailes experimentados en
-cosas de visiones y tentaciones?
-
---Así lo hice al punto. Consulté aquella misma tarde con el padre
-Rafael de los Ángeles, varón muy pío y que me mostraba gran cariño,
-el cual me dijo que no tuviese cuidado, pues para desnudar el
-entendimiento (así mismo lo dijo) de tales aprensiones imaginarias y
-naturales, bastaba una piedad constante, una mortificación infatigable
-y una humildad sin límites. Añadiome que él, en los primeros años de
-vida monástica, había experimentado iguales aprietos y compromisos;
-mas que al fin, con las rudas penitencias y lecturas místicas,
-había convencido al demonio de la inutilidad de sus esfuerzos para
-pervertirlo, con lo cual le dejó tranquilo. Aconsejóme que entrase en
-la vida activa de la Orden; que marchase en pos de las miserias y
-lástimas del mundo, recogiendo enfermos por los pueblos para traerlos a
-los hospitales; que vagase por los campos, haciendo corporal ejercicio
-y alimentándome con yerbas y raíces, para que el miserable y torpe
-cuerpo, privado de todo regalo, adquiriese la sequedad y rigidez que
-ahuyentan la concupiscencia. Encargome, además, que durmiese poco, y
-jamás sobre blanduras, sino más bien encima de duras rocas o picudas
-zarzas, siempre que pudiere; que asimismo me apartase de toda sociedad
-de amigos, esquivando coloquios sobre negocios mundanos, no mostrando
-afición a persona alguna, sino huyendo de todos para no pensar más que
-en la perfección de mi alma.
-
---Y haciéndolo así, ha conseguido usted...
-
---Así lo he hecho, hermano; mas poco o nada he conseguido. Cerca
-de tres años de mortificaciones, de ejercicios, de penitencias,
-de vigilias, de rigores, de dormir en campo raso y comer berraza
-y jaramagos crudos, si han fortalecido mi espíritu, librándome de
-aquellas vaguedades voluptuosas que al principio ponían al borde del
-precipicio mi santidad, no me han librado de los continuos asaltos del
-ángel infernal, que un día y otro, señor, en el campo y bajo techo, en
-la dulce oscuridad de la alta y triste noche, lo mismo que a la luz
-deslumbradora del sol, me pone ante los ojos la imagen de la persona
-que adoré en el siglo. ¡Ay! en aquel tiempo, cuando estábamos en la
-tienda, yo blasfemé, sí... me acuerdo que un día entré en la iglesia
-y, arrodillándome delante del Santísimo Sacramento, dije: «Señor,
-te aborreceré, te negaré, si no me la das, para que nuestras almas y
-nuestros cuerpos estén siempre unidos en la vida, en la sepultura y en
-la eternidad.» Dios me castiga por haberle amenazado.
-
---De modo que siempre...
-
---Sí, siempre, siempre la veo, unas veces en esta, otras en la otra
-forma, aunque por temporadas el demonio me permite descansar y no veo
-nada. Esta funesta desgracia mía me ha impedido hasta ahora recibir
-los últimos y más sublimes grados del sacramento del Orden, pues me
-creo indigno de que Dios baje a mis manos. ¡Es terrible sentirse uno
-con el corazón y el espíritu todo dispuesto a la santidad, y no poder
-conseguir el perfecto estado! Yo me desespero y lloro en silencio, al
-ver cuán felices son otros frailes de mi Orden, los cuales disfrutan,
-con la paz más pura, las delicias de visiones santas que son el más
-regalado manjar del espíritu. Unos, en sus meditaciones, ven ante sí
-la imagen de Cristo crucificado, mirándoles con ojos amorosísimos;
-otros se deleitan contemplando la celestial figura del Niño Dios; a
-otros les embelesa la presencia de Santa Catalina de Siena o Santa
-Rosa de Viterbo, cuya castísima imagen y compuestos ademanes incitan a
-la oración y a la austeridad; pero yo ¡desgraciado de mí! yo, pecador
-abominable que sentí quemadas mis entrañas por el mundano amor, y me
-alimenté con aquel rocío divino de la pasión, y empapé el alma en mil
-liviandades inspiradas por la fantasía, me he enfermado para siempre
-de impureza, me he derretido y moldeado en un desconocido crisol que me
-dejó para siempre en aquella ruin forma primera. No puedo ser santo,
-no puedo arrojar de mí esta segunda persona que me acompaña sin cesar.
-¡Oh, maldita lengua mía! Yo había dicho: «Quiero unirme a ella en la
-vida, en la sepultura y en la eternidad», y así está sucediendo.
-
-Fr. Juan de Dios bajó la cabeza y permaneció largo rato meditando.
-
-
-
-
-VI
-
-
---¿En qué nuevas formas se ha presentado? --le pregunté.
-
---Una mañana iba yo por el campo, y abrasado por la sed, busqué un
-arroyo en que apagarla. Al fin, bajo unos frondosos álamos que entre
-peñas negruzcas erguían sus viejos troncos, vi una corriente cristalina
-que convidaba a beber. Después que bebí senteme en una peña, y en el
-mismo instante cogiome la singular zozobra que me anuncia siempre
-la influencia del ángel del mal. A corta distancia de mí estaba una
-pastora; ella misma, señor, hermosa como los querubines.
-
---¿Y guardaba algún rebaño de vacas o carneros?
-
---No, señor: estaba sola, sentada como yo sobre una peña, y con los
-nevados pies dentro del agua, que movía ruidosamente haciendo saltar
-frías gotas, las cuales salpicando me mojaron el rostro. Había desatado
-los negros cabellos y se los peinaba. No puedo recordar bien todas
-las partes de su vestido; pero sí que no era un vestido que la vestía
-mucho. Mirábame sonriendo. Quise hablar y no pude. Di un paso hacia
-ella y desapareció.
-
---¿Y después?
-
---La volví a ver en distintos puntos. Yo me encontraba dentro de
-Ciudad-Rodrigo cuando la asaltó el _Lord_ en enero de este mismo año.
-Hallábame sirviendo en el hospital cuando comenzó el cerco, y entonces
-otros buenos padres y yo salimos a asistir a los muchos heridos
-franceses que caían en la muralla. Yo estaba aterrado, pues nunca había
-visto mortandad semejante, e invocaba sin cesar a la divina Madre de
-Nuestro Señor para que por su intercesión se amansase la furia de
-los anglo-portugueses. El día 18 el arrabal, donde yo estaba, diome
-idea de cómo es el Infierno. Deshacíase en mil pedazos el convento de
-San Francisco, donde íbamos colocando los heridos... Los franceses
-burlábanse de mí, y como a los frailes nos tenían mucha ojeriza por
-creernos autores de la resistencia que se les hace, me maltrataron
-de palabra y obra... ¡Ay! cuando entraron los aliados en la plaza,
-yo estaba herido, no por las balas de los sitiadores, sino por los
-golpes de los sitiados. Los ingleses, españoles y portugueses entraron
-por la brecha. Al oír aquel laberinto de imprecaciones victoriosas,
-pronunciadas en tres idiomas distintos, sentí gran espanto. Unos y
-otros se destrozaban como fieras... yo, exánime y moribundo, yacía en
-tierra en un charco de sangre y fango, y rodeado de cuerpos humanos.
-Abrasábame una sed rabiosa; una sed, querido señor mío, tan ardiente
-como si mis venas estuviesen llenas de fuego, y la boca, lengua y
-paladar fuesen, en vez de carne viva y húmeda, estopa inerte y seca.
-¡Qué tormento! Yo dije para mí: «Gracias a ti, Señor, que te has
-dignado llevarme a tu seno. Ha llegado la hora de mi muerte.» No había
-acabado de decirlo, mejor dicho de pensarlo, cuando sentí en mis labios
-el celeste contacto del agua fresca. Suspiré, y mi espíritu sacudió su
-fúnebre sopor. Abrí los ojos, y vi pegada a mis ardientes labios una
-blanca mano, en cuya palma ahuecada brillaba el cristalino licor tan
-fresco y puro como al manar de la rústica fuente.
-
---¿Y en qué traza venía entonces la señorita Inés?
-
---Venía de monja.
-
---¿Y las monjas daban de beber en el hueco de la mano?
-
---Aquella sí. Pintar a usted cuán hermosa estaba su cara entre las
-blancas tocas y cuán bien le sentaba la austeridad de la pobre estameña
-del traje, me sería imposible. Apenas la miré cuando voló de súbito,
-dejándome más sediento que antes.
-
---Una cosa me ocurre, Sr. Juan de Dios --dije condolido en extremo de
-la extraña enfermedad del desgraciado hospitalario--, y es que siendo
-esa persona un artificio del más malo, del más pícaro y desvergonzado
-espíritu creado por Dios, y habiendo ocasionado a usted tantos
-disgustos, congojas, mortales ansias y acalorados paroxismos, parecía
-natural que la tomase usted en aborrecimiento, y que viese en ella más
-bien una espantable y horrenda fealdad que ese portento de hermosura,
-que con tanto deleite encarece.
-
-Fr. Juan de Dios suspiró tristemente y me dijo:
-
---El Malo no presenta jamás a nuestros ojos cosas aborrecibles ni
-repugnantes, sino antes bien hermosas, odoríferas, gratas al paladar,
-al olfato, al tacto y al oído. Bien sabe él lo que se hace. Si ha leído
-usted la vida de la madre Santa Teresa de Jesús, habrá visto que alguna
-vez el demonio le pintó delante la imagen de Nuestro Señor Jesucristo
-para engañarla. Ella misma dice que el Malo es gran pintor, y añade que
-cuando vemos una imagen muy buena, aunque supiésemos la ha pintado un
-mal hombre, no dejaríamos de estimarla.
-
---Eso está muy bien dicho... Se me ocurre otra cosa. Si yo hubiera
-sido atormentado de esa ruin manera por el espíritu maligno, el cual,
-según voy viendo, es un redomado tunante, habría tratado de perseguir
-la imagen, de tocarla, de hablarle, para ver si efectivamente era vana
-ilusión o materia corpórea.
-
---Yo lo he hecho, querido señor y amigo mío --repuso el hospitalario
-con acento ya debilitado por el mucho hablar--, y nunca he podido
-poner mis manos sobre ella, habiendo conseguido tan solo una vez tocar
-el halda de su vestido. Puedo asegurar a usted que a la vista su figura
-se me ha representado siempre como una criatura humana con su natural
-espesor, corpulencia, y el brillo y la dulzura de los ojos, el dulce
-aliento de la boca, y la añadidura del vestido flotando al viento; en
-fin, todo en tal manera fabricado, que es imposible no creerla persona
-viva y como las demás de nuestra especie.
-
---¿Y siempre se presenta sola?
-
---No, señor, que algunas veces la he visto en compañía de otras
-muchachas, como, por ejemplo, en Sevilla el año pasado. Todas eran
-obra vana de la infernal industria, pues desaparecieron con ella como
-multitud de luces que se apagan de un solo soplo.
-
---¿Y siempre desaparecen así como luz que se apaga?
-
---No, señor, que a veces corre delante de mí, y la sigo, y se pierde
-entre la multitud, o avanza tanto en su camino que no puedo alcanzarla.
-Un día la vi en una soberbia cabalgadura que corría más que el viento,
-y ayer la vi en un carro.
-
---¿Que corría también como el viento?
-
---No, señor, pues apenas corría como un mal carro. La visión de ayer
-ofrece para mí una particularidad aterradora, y que me prueba cierta
-recrudescencia y gravedad del mal que padezco.
-
---¿Por qué?
-
---Porque ayer me habló.
-
---¿Cómo? --dije sonriendo, mas no asombrado del extremo a que llegaban
-las locuras de mi amigo--. ¿Habló al fin la señorita del pie desnudo,
-la pastorcita, la monja de Ciudad-Rodrigo?
-
---Sí, señor. Iba en un carro en compañía de unos cómicos que venían al
-parecer de Extremadura.
-
---¡En un carro!... ¡Con unos cómicos!... ¡De Extremadura!
-
---Sí, señor: veo que se asombra usted, y lo comprendo, porque el caso
-no es para menos. Delante iban algunos hombres a caballo; luego seguía
-un carro con dos mujeres, y después otro carro con decoraciones y
-trebejos de teatro, todos quemados y hechos pedazos.
-
---Hermano, usted se burla de mí --dije levantándome de súbito y
-volviéndome a sentar, impulsado por ardiente desasosiego.
-
---Cuando la vi, señor mío, experimenté aquel calofrío, aquella
-sensación entre placentera y dolorosa que acompaña a mis terribles
-crisis.
-
---¿Y cómo iba?
-
---Triste, arropada en un manto negro.
-
---¿Y la otra mujer?
-
---Engañosa imaginación también, sin duda, la acompañaba en silencio.
-
---¿Y los hombres que iban a caballo?
-
---Eran cinco, y uno de ellos vestía de juglar con calzón de tres
-colores y montera de picos. Disputaban, y otro de ellos, que parecía
-mandar a todos, era una persona de buena apostura y presencia, con
-barba picuda como la del demonio.
-
---¿No sintió usted olor de azufre?
-
---Nada de eso, señor. Aquellos hombres hablaban con animación, y
-nombraron a unos soldados que les habían quemado sus infernales
-cachivaches.
-
---Sospecho, querido hermano Juan --dije con turbación--, que ya no es
-usted solo el endemoniado, sino que yo lo estoy también, pues esos
-cómicos, y esas mujeres, y esos carros, y esos trastos escénicos son
-reales y efectivos, y aunque no los vi, sé que estuvieron en Santibáñez
-de Valvaneda. ¿Sería que alguna de las cómicas se le antojó a usted
-ser la misma persona de marras, sin que en esto hubiese la más ligera
-picardía por parte de la majestad infernal?
-
---Bien he dicho yo --continuó el fraile con candor-- que esta aparición
-de hoy es la más extraordinaria y asombrosa que he tenido en mi vida,
-pues en ella la demoniaca hechura ha presentado tales síntomas, señales
-y vislumbres de realidad, que al más licurgo y despreocupado engañaría.
-Esta es también la primera vez que la imagen querida, además de tomar
-cuerpo macizo de mujer, ha remedado la humana voz.
-
---¿Ha hablado?
-
---Sí, señor: ha hablado --afirmó el hospitalario con terror--. Su voz
-no es la misma que aún resuena en mis oídos, desde que la oí en casa
-de Requejo, así como su figura en el día de hoy me ha parecido más
-hermosa, más robusta, más completa y más formada. Tal como la vi en el
-convento, en el bosque, en la iglesia y en Ciudad-Rodrigo era casi una
-niña, y hoy...
-
---Pero si habló, ¿qué dijo?
-
---Yo me acerqué al carro, la miré, mirome ella también... Sus ojos
-eran rayos que me quemaban cuerpo y alma. Luego pareció asombrada,
-muy asombrada... ¡Ay! sus labios se movieron y pronunciaron mi propio
-nombre. «Sr. Juan de Dios --dijo--, ¿se ha hecho usted fraile?...» Que
-me moría en aquel mismo momento. Quise hablar y no pude. Ella hizo
-ademán de darme una limosna, y de pronto el hombre que parecía mandar
-a todos, como advirtiera mi presencia junto al carro de las cómicas,
-detuvo el caballo, y volviéndose me dijo con voz fiera: «Largo de
-aquí, holgazán pancista.» Ella dijo entonces: «Es un pobre mendicante
-que pide limosna.» El hombre alzó el palo para pegarme, y ella dijo:
-«Padre, no le hagas daño.»
-
---¿Está usted seguro de que dijo eso?
-
---Sí, seguro estoy; mas el infame, como criatura infernal que era,
-enemigo natural de Dios, llamome de nuevo holgazán, y recibí al mismo
-tiempo tal porrazo en la cabeza, que caí sin sentido.
-
---Sr. Juan de Dios --le dije después de reflexionar un poco sobre lo
-extraño de aquella aventura--, júreme usted que es verdad cuanto ha
-dicho, y que no es su ánimo burlarse de mí.
-
---¡Yo burlarme, señor oficial de mi alma! --exclamó el hospitalario,
-que estuvo a punto de llorar viendo que se ponía en duda su
-veracidad--. Cierto es lo que he dicho. Tan evidente es que hay demonio
-en el infierno, como que hay Dios en el cielo, pues infinito es en el
-mundo el número de casos de obsesión, y todos los días oímos contar
-nuevas tropelías y estupendas gatadas del mortificador del linaje
-humano.
-
---¿Y no puede usted precisar el sitio en que ocurrió eso del carro de
-comediantes?
-
---Pasado Santibáñez de Valvaneda, como a tres leguas. Iban a buen paso
-camino de Salamanca.
-
-El infeliz hospitalario no podía mentir, y en cuanto a la endemoniada
-catadura de las cosas y personas referidas, yo tenía mis razones para
-creer que entre los primeros y el último encuentro del fraile había
-alguna diferencia.
-
-De nuevo le insté para que tomase alguna cosa, y segunda vez se
-resistió a dar a su cuerpo regalo alguno. Ya nos disponíamos a marchar,
-cuando le vi palidecer, si es que cabía mayor grado de amarillez en su
-amojamada carne; le vi aterrado, con los ojos medio salidos del casco,
-el labio inferior trémulo, y toda su persona desasosegada. Miraba a
-un punto fijo detrás de mí, y como yo rápidamente me volviese y nada
-hallase que pudiera motivar aquel espanto, le pregunté la causa de sus
-terrores, y si allí entre tantos soldados se atrevía Satanás a hacer de
-las suyas.
-
---Ya se ha desvanecido --dijo con voz débil y dejando caer
-desmayadamente los brazos.
-
---¿Pues qué, otra vez ha estado aquí?
-
---Sí, en aquel grupo donde bailan los soldados... ¿Ve usted que hay
-allí unas mozas de San Esteban?
-
---Es cierto; pero o yo he olvidado la cara de la señora Inés, o no está
-entre ellas --repuse sin poder contener la risa--. Si estuviera, bien
-se le podían decir cuatro frescas por ponerse a bailar con los soldados.
-
---Pues dude usted de que ahora es de día, señor mío --afirmó no
-repuesto aún de la emoción--; pero no dude usted de que estaba allí.
-Veo que el demonio recrudece sus tentaciones y aumenta el rigor de sus
-ataques contra los reductos de mi fortaleza, y esto lo hace porque
-estoy pecando...
-
---¿Pecando ahora; pecando por hablar con un antiguo amigo?
-
---Sí, señor, pues pecar es entregar sin freno el espíritu a los
-deleites de la conversación con gente seglar. Además, he estado aquí
-descansando más de hora y media, cosa que en tres años no he hecho, y
-he gustado de la fresca sombra de estos árboles. ¡Alma mía --añadió con
-exaltado fervor--, arriba!... no duermas, vigila sin cesar al enemigo
-que te acecha, no te entregues al corruptor deleite de la amistad, ni
-desmayes un solo momento, ni pruebes las dulzuras del reposo. Alerta,
-alerta siempre.
-
---¿Se marcha usted ya? --dije al ver que desataba al buen jumento--.
-Vamos, no rechazará usted este pedazo de pan para el camino.
-
-Tomolo, y poniéndoselo en la boca al pacífico asno, que no estaba sin
-duda por cenobíticas abstinencias, cogió él para sí un puñado de yerba
-y la guardó en el seno.
-
-«O es un farsante --dije para mí--, o el más puro y candoroso beato que
-ciñe el cíngulo monacal.»
-
---Buenas tardes, Sr. D. Gabriel --dijo con humilde acento--. Me voy a
-Béjar para seguir mañana a Candelario, donde tenemos un hospital. ¿Y
-usted, a dónde marcha?
-
---¿Yo? A donde me lleven: tal vez a conquistar a Salamanca, que está en
-poder de Marmont.
-
---Adiós, hermano y querido señor mío --repuso--. Gracias, mil gracias
-por tantas bondades.
-
-Y tirando del ronzal, partió, con el burro tras sí. Cuando su enjuta
-figura negruzca se alejó al bajar un cerro, pareciome ver en él un
-cuerpo que melancólicamente buscaba su perdida sepultura sin poder
-encontrarla.
-
-
-
-
-VII
-
-
-Dos días después, más allá de Dios-le-guarde, un gran acontecimiento
-turbó la monotonía de nuestra marcha. Y fue que a eso de la madrugada,
-nuestras tropas avanzadas prorrumpieron en exclamaciones de júbilo;
-mandose formar, dando a las compañías el marcial concierto y la
-buena apariencia que han menester para presentarse ante un militar
-inteligente, y algunos acudieron por orden del general a cortar ramos
-a los vecinos carrascales para tejer no sé si coronas, cenefas o
-triunfales arcos. Al llegar al camino de Ciudad-Rodrigo, vimos que
-apareció falange numerosa de hombres vestidos de encarnado y caballeros
-en ligerísimos corceles, y verlos y exclamar todos en alegre concierto:
-«¡Viva el _Lord_!» fue todo uno.
-
---Es la caballería de Cotton, de la división del general Graham --dijo
-D. Carlos España--. Señores, cuidado no hagamos alguna gansada. Los
-ingleses son muy ceremoniosos, y se paran mucho en las formas. Si se
-coge bastante carrasca haremos un arquito de triunfo para que pase
-por él el vencedor de Ciudad-Rodrigo, y yo le echaré un discurso que
-traigo preparado, elogiando su pericia en el arte de la guerra y la
-Constitución de Cádiz, cosas ambas bonísimas, y a las cuales deberemos
-el triunfo al fin y a la postre.
-
---No es el señor _Lord_ muy amigo de la Constitución de Cádiz --dijo
-D. Julián Sánchez, que a derecha mano de D. Carlos estaba--; pero a
-nosotros, ¿qué nos va ni qué nos viene en esto? Derrotemos a Marmont y
-vivan todos los milores.
-
-Los jinetes rojos llegaron hasta nosotros, y su jefe, que hablaba
-español como Dios quería, cumplimentó a nuestro brigadier, diciéndole
-que Su Excelencia el señor Duque de Ciudad-Rodrigo no tardaría en
-llegar a Sancti Spíritus.
-
-Al punto comenzamos a levantar el arco con ramajes y palitroques a la
-entrada de dicho pueblo, y viérais allí que un dómine del país apareció
-trayendo unos al modo de tarjetones de lienzo con sendos letreros y
-versos que él mismo había sacado de su cabeza, y en las cuales piezas
-poéticas se encomiaban hasta más allá de los cuernos de la luna las
-virtudes del moderno Fabio, o sea el Sr. D. Arturo Wellesley, _Lord_
-Vizconde de Wellington de Talavera, Duque de Ciudad-Rodrigo, Grande de
-España y Par de Inglaterra.
-
-Iban llegando unos tras otros numerosos cuerpos de ejército, que se
-desparramaban por aquellos contornos ocupando los pueblos inmediatos,
-y al fin, entre los más brillantes soldados escoceses, ingleses y
-españoles, apareció una silla de postas, recibida con aclamaciones y
-vítores por las tropas situadas a un lado y otro del camino. Dentro
-de ella vi una nariz larga y roja, bajo la cual lucieron unos dientes
-blanquísimos. Con la rapidez de la marcha apenas pude distinguir otra
-cosa que lo indicado, y una sonrisa de benevolencia y cortesía que
-desde el fondo del carruaje saludó a las tropas.
-
-No debo pasar en silencio, aunque esto concuerda mal con la gravedad de
-la Historia, que al pasar el coche bajo el arco triunfal, como este no
-lo habían construido ingenieros ni artífices romanos, con la sacudida y
-golpe que recibiera de una de las ruedas, hizo como si quisiera venirse
-abajo, y al fin se vino, cayendo no pocas ramas y lienzos sobre la
-cabeza del dómine que tuviera parte tan importante en su malhadada
-fábrica. Como no hubo que lamentar desgracia alguna, celebrose con
-risas la extraña ruina. Los chicos apoderáronse al punto de los
-tarjetones, que eran como de tres cuartas de diámetro, y abriéndoles en
-el centro un agujero y metiendo por él la cabeza se pasearon delante de
-Wellington con aquella valona o flamenca golilla.
-
-Entre tanto, D. Carlos España desembuchaba su discurso delante del
-_Lord_, y luego que concluyera, presentose el dómine con el amenazador
-proyecto de hablar también. Consintiolo el general, que como persona
-finísima disimulaba su cansancio, y oyendo las pedanterías del orador,
-movía la cabeza, acompañando sus gestos de la especial sonrisa inglesa,
-que hace creer en la existencia de algún cordón intermandibular, del
-cual tiran para plegar la boca como si fuera una cortina.
-
---Mi comandante --me dijo con cara de júbilo mi asistente cuando me
-aparté de los generales para ocuparme del alojamiento--, ¿no ha visto
-usía el otro ejército que viene detrás?
-
---Serán los portugueses.
-
---¡Qué portugueses ni qué garambainas! Son mujeres, un ejército de
-mujeres. Esto se llama darse buena vida. Los ingleses, en vez de
-impedimenta, llevan la faldamenta. Así da gusto de hacer la guerra.
-
-Miré y vi veinte, ¿qué digo veinte? cuarenta y aun cincuenta carros,
-coches y vehículos de distintas formas, llenos todos de mujeres, unas
-al parecer de alta, otras de baja calidad, y de distinta belleza y
-edad, aunque por lo general, dicho sea esto imparcialmente, predominaba
-el género feo. Al punto que pararon los vehículos entre nubes de polvo,
-viérais descender con presteza a las señoras viajeras, y resonar una de
-las más discordes algarabías que pueden oírse. Por un lado chillaban
-ellas llamando a sus consortes, y ellos por otro penetraban en la
-femenil multitud gritando: _Anna_, _Fanny_, _Mathilda_, _Elisabeth_. En
-un instante formáronse alegres parejas, y un tumultuoso concierto de
-voces guturales y de inflexiones agudas y de articulaciones líquidas
-llenó los aires.
-
-Pero como la división aliada que acababa de llegar no podía pernoctar
-entera en aquel pueblo, una parte de ella siguió el camino adelante
-hacia Aldehuela de Yeltes. Tornaron a montar en sus carricoches muchas
-de las hembras, formando parte del convoy de víveres y municiones,
-y otras quedaron en Sancti Spíritus. El día pasó, ocupándonos todos
-en buscar el mejor alojamiento posible; pero como éramos tantos, al
-caer de la tarde no habíamos resuelto la cuestión. En cuanto a mí, me
-creía obligado a dormir en campo raso. Tribaldos me notificó que el
-dómine del lugar tenía sumo placer en cederme su habitación. Después
-de visitar a mi honrado patrono, salí a desempeñar varias obligaciones
-militares, y ya me retiraba a casa, cuando junto al camino sentí gritos
-y voces de alarma. Corrí a donde sonaban, y no era más sino que por
-el camino adelante venía un cochecillo, cuyo caballo le arrastraba
-dando tan terribles tumbos y saltos, que cada instante parecía iba
-a deshacerse en pedazos mil. Cuando con rapidez inmensa pasaba por
-delante de nosotros, un grito de mujer hirió mis oídos.
-
---En ese coche va una mujer, Tribaldos --grité a mi asistente que se
-había unido a mí.
-
---Es una inglesa, señor, que se quedó rezagada y detrás de las demás
-inglesas.
-
---¡Pobre mujer!... ¿Y no hay entre tantos hombres uno solo que se
-atreva a detener el caballo y salvar a esa desgraciada?... Parece que
-no va desbocado... Detiene el paso... Corramos allá.
-
---El coche se ha salido del camino --dijo Tribaldos con espanto--, y ha
-parado en un sitio muy peligroso.
-
-Al instante vi que el carricoche estaba a punto de despeñarse.
-Habiéndose enredado el caballo entre unas jaras, se había ido al suelo,
-quedando como reventado a consecuencia del fuerte choque que recibiera.
-Pero como la pendiente era grande, la gravedad lo atraía hacia lo hondo
-del barranco.
-
-Imposible que yo viera la situación terrible de la viajera infeliz sin
-acudir pronto a su socorro. Había caído el coche sin romperse; mas
-lo peligroso estaba en el sitio. Corrí allá solo; bajé tropezando a
-cada paso, despegando con mi planta piedrecillas que rodaban con ruido
-siniestro, y llegué al fin a donde se había detenido el vehículo. Una
-mujer lanzaba desde el interior lastimeras voces.
-
---Señora --grité--, allá voy. No tenga usted cuidado. No caerá al
-barranco.
-
-El caballo pataleaba en el suelo, pugnando por levantarse, y con sus
-movimientos de dolor y desesperación arrastraba el coche hacia el
-abismo. Un momento más y todo se perdía.
-
-Apoyeme en una enorme piedra fija, y con ambas manos detuve el coche
-que se inclinaba.
-
---Señora --grité con afán--, procure usted salir. Agárrese usted a mi
-cuello... sin miedo. Si salta usted en tierra, no hay que temer.
-
---No puedo, no puedo, caballero --exclamó con dolor.
-
---¿Se ha roto usted alguna pierna?
-
---No, caballero... veré si puedo salir.
-
---Un esfuerzo... Si tardamos un instante, los dos caeremos abajo.
-
-No puedo describir los prodigios de mecánica que ambos hicimos. Ello es
-que en casos tan apurados, el cuerpo humano, por maravilloso instinto,
-imprime a sus miembros una fuerza que no tiene en instantes ordinarios,
-y realiza una serie de admirables movimientos que después no pueden
-recordarse ni repetirse. Lo que sé es que como Dios me dio a entender,
-y no sin algún riesgo mío, saqué a la desconocida de aquel grave
-compromiso en que se encontraba, y logré al fin verla en tierra. Asido
-a las piedras la sostuve, y no hubo más remedio que llevarla en brazos
-al camino.
-
---Eh, Tribaldos, cobarde, holgazán --grité a mi asistente que había
-acudido en mi auxilio--, ayúdame a salir de aquí.
-
-Tribaldos y otros soldados, que no me habían prestado socorro hasta
-entonces, me ayudaron a salir; porque es condición de ciertas gentes no
-arrimarse al peligro que amenaza, sino al peligro vencido, lo cual es
-cómodo y de gran provecho en la vida.
-
-Una vez arriba, la desconocida dio algunos pasos.
-
---Caballero, os debo la vida --dijo recobrando el perdido color y el
-brillo de sus ojos.
-
-Era como de veintitrés años, alta y esbelta. Su airosa figura,
-su acento dulce, su hermoso rostro, aquel tratamiento de vos que
-ceremoniosa me daba, sin duda por poseer a medias el castellano, me
-hicieron honda y duradera impresión.
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Apoyose en mí, quiso dar algunos pasos; mas al punto sus piernas
-desmayadas se negaron a sostenerla. Sin decir nada la tomé en brazos, y
-dije a Tribaldos:
-
---Ayúdame; vamos a llevarla a nuestro alojamiento.
-
-Por fortuna este no estaba lejos, y bien pronto llegamos a él. En la
-puerta la inglesa movió la cabeza, abrió los ojos y me dijo:
-
---No quiero molestaros más, caballero. Podré subir sola. Dadme el brazo.
-
-En el mismo momento apareció presuroso y sofocado un oficial inglés,
-llamado Sir Tomás Parr, a quien yo había conocido en Cádiz, y enterado
-brevemente de la lamentable ocurrencia, habló con su compatriota en
-inglés.
-
---¿Pero habrá aquí una habitación _confortable_ para la señora? --me
-dijo después.
-
---Puede descansar en mi propia habitación --dijo el dómine, que había
-bajado oficiosamente al sentir el ruido.
-
---Bien --dijo el inglés--. Esta señorita se detuvo en Ciudad-Rodrigo
-más de lo necesario, y ha querido alcanzarnos. Su temeridad nos ha dado
-ya muchos disgustos. Subámosla. Haré venir al médico mayor del ejército.
-
---No quiero médicos --dijo la desconocida--. No tengo herida grave: una
-ligera contusión en la frente y otra en el brazo izquierdo.
-
-Esto lo decía subiendo apoyada en mi brazo. Al llegar arriba, dejose
-caer en un sillón que en la primera estancia había, y respiró con
-expansivo desahogo.
-
---A este caballero debo la vida --dijo señalándome--. Parece milagro.
-
---Mucho gusto tengo en ver a usted, mi querido Sr. Araceli --me dijo el
-inglés--. Desde el año pasado no nos habíamos visto. ¿Se acuerda usted
-de mí... en Cádiz?
-
---Me acuerdo perfectamente.
-
---Usted se embarcó con la expedición de Blake. No pudimos vernos porque
-usted se ocultó después del duelo en que dio la muerte a Lord Gray.
-
-La inglesa me miró con profundo interés y curiosidad.
-
---Este caballero... --murmuró.
-
---Es el mismo de quien os he hablado hace días... --contestó Parr.
-
---¡Si el libertino que ha hecho desgraciadas a tantas familias de
-Inglaterra y España, hubiese tropezado siempre con hombres como vos...!
-Según me han dicho, Lord Gray se atrevió a mirar a una persona que os
-amaba... La energía, la severidad y la nobleza de vuestra conducta son
-superiores a estos tiempos.
-
---Para conocer bien aquel suceso --dije yo, no ciertamente orgulloso de
-mi acción-- sería preciso que yo explicase algunos antecedentes...
-
---Puedo aseguraros que antes de conoceros, antes de que me prestaseis
-el servicio que acabo de recibir, sentía hacia vos una grande
-admiración.
-
-Dije entonces todo lo que la modestia y el buen parecer exigían.
-
---¿De modo que esta señora se alojará aquí? --me dijo Parr--. Donde yo
-estoy es imposible. Dormimos siete en una sola habitación.
-
---He dicho que le cederé la mía, la cual es digna del mismo Sir Arturo
---dijo Forfolleda, pues este era el nombre del dómine.
-
---Entonces estará bien aquí.
-
-Sir Tomás Parr habló largamente en inglés con la bella desconocida,
-y después se despidió. No dejaba de causarme sorpresa que sus
-compatriotas abandonasen a aquella hermosa mujer, que sin duda debía de
-tener esposo o hermanos en el ejército; pero dije para mí: «Será que
-las costumbres inglesas lo ordenan de este modo.»
-
-En tanto, la señora de Forfolleda (pues Forfolleda tenía señora) bizmó
-el brazo de la desconocida, y restañó la sangre de la rozadura que
-recibiera en la cabeza, con cuya operación dimos por concluidos los
-cuidados quirúrgicos, y pensamos en arreglar a la señora cuarto y cama
-en que pasar la noche.
-
-Un momento después, el precioso cuerpo de la dama inglesa descansaba
-sobre un lecho algo más blando que una roca, al cual tuve que
-conducirla en mis brazos, porque la acometió nuevamente aquel desmayo
-primero que la imposibilitaba toda acción corporal. Ella me dio las
-gracias en silencio volviendo hacia mí sus hermosos ojos azules,
-que dulcemente y con la encantadora vaguedad y extravío que sigue
-a los desmayos, se fijaron primero en mi persona y después en las
-paredes de la habitación. Más la miraba yo, y más hermosa me parecía
-a cada momento. No puedo dar idea de la extremada belleza de sus ojos
-azules. Todas las facciones de su rostro distinguíanse por la más pura
-corrección y finura. Los cabellos rubios hacían verosímil la imagen de
-las trenzas de oro tan usada por los poetas, y acompañaban la boca los
-más lindos y blancos dientes que pueden verse. Su cuerpo, atormentado
-bajo las ballenas de un apretado jubón, del cual pendían faldas de
-amazona, era delgadísimo; mas no carecía de las redondeces y elegantes
-contornos y desigualdades que distinguen a una mujer de un palo
-torneado.
-
---Gracias, caballero --me dijo con acento melancólico y usando siempre
-el vos--. Si no temiera molestaros, os suplicaría que me dieseis algún
-alimento.
-
---¿Quiere la señora un pedazo de pierna de carnero --dijo Forfolleda,
-que arreglaba los trastos de la habitación--, unas sopas de ajo,
-chocolate, o quizás un poco de salmorejo con guindilla? También tengo
-abadejo. Dicen que al Sr. D. Arturo le gusta mucho el abadejo.
-
---Gracias --repuso la inglesa con mal humor--, no puedo comer eso. Que
-me hagan un poco de té.
-
-Fui a la cocina, donde la señora de Forfolleda me dijo que allí no
-había té ni cosa que lo pareciese, añadiendo que si ella probara tan
-solo un buche de tal enjuagadero de tripas, arrojaría por la boca,
-juntamente con los hígados, la primer leche que mamó. Luego se puso
-a reprender a su esposo por admitir en la casa a herejes luteranos
-y calvinistas, cuales eran los ingleses; mas el dómine refutó
-victoriosamente el ataque, afirmando que, merced a la ayuda de los
-herejes calvinistas y luteranos, la católica España triunfaría de
-Napoleón, lo cual no significaba más sino que Dios se vale del mal para
-producir el bien.
-
---Vete a cualquier casa donde haya ingleses --dije a Tribaldos-- y trae
-té. ¿Sabes lo que es?
-
---Unas hojas arrugaditas y negras. Ya sé... todas las noches lo tomaba
-la mujer del capitán.
-
-Volví al lado de la inglesa, que me dijo no podía comer cosa alguna de
-nuestra cocina; y habiéndome pedido pan, se lo di mientras llegaba el
-anhelado té.
-
-Al poco rato entró Tribaldos trayendo una ancha taza que despedía un
-olor extraño.
-
---¿Qué es esto? --dijo la dama con espanto, cuando los vapores del
-condenado licor llegaron a su nariz.
-
---¿Qué menjurje has puesto aquí, maldito? --exclamé amenazando al
-aturdido mozo.
-
---Señor, no he puesto nada, nada más que las hojas arrugaditas, con
-un poco de canela y de clavo. La señora de Forfolleda dijo que así se
-hacía, y que lo había compuesto muchas veces para unos ingleses que
-fueron a Salamanca a ver la catedral vieja.
-
-La inglesa prorrumpió en risas.
-
---Señora, perdone usted a este animal, que no sabe lo que hace. Voy yo
-mismo a la cocina y beberá usted té.
-
-Poco después volví con mi obra, que debió satisfacer a la interesada,
-pues la aceptó con gozo.
-
---Ahora, señora mía, me retiraré, para que usted descanse --le dije--.
-Deme usted órdenes para mañana o para esta noche misma. Si quiere usted
-que avise a su esposo... o es que se halla en la división de Picton,
-que no está en este pueblo...
-
---Señor oficial --dijo solemnemente bebiendo su té--, yo no tengo
-esposo; yo soy soltera.
-
-Esto puso el límite a mi asombro, y vacilante al principio en mis
-ideas, no supe contestarle con medias palabras.
-
-«¡Buena pieza será esta que se ha colgado de mi brazo! --dije para
-mí--. Los franceses traen consigo mujeres de mala vida; pero de los
-ingleses no sabía que...»
-
---Soltera, sí --añadió con aplomo y apartando la taza de sus labios--.
-Os asombráis de ver una señorita como yo en un campo de batalla, en
-tierra extranjera y lejos, muy lejos de su familia y de su patria.
-Sabed que vine a España con mi hermano, oficial de ingenieros de la
-división de Hill, el cual hermano mío pereció en la sangrienta batalla
-de la Albuera. El dolor y la desesperación tuviéronme por algunos días
-enferma y en peligro de muerte; pero me reanimó la conciencia de los
-deberes que en aquel trance tenía que cumplir, y consagreme a buscar
-el cuerpo del pobre soldado para enviarle a Inglaterra al panteón de
-nuestra familia. En poco tiempo cumplí esta triste misión, y hallándome
-sola traté de volver a mi país. Pero al mismo tiempo me cautivaban de
-tal modo la historia, las tradiciones, las costumbres, la literatura,
-las artes, las ruinas, la música popular, los bailes, los trajes de
-esta nación tan grande en otro tiempo y otra vez grandísima en la época
-presente, que formé el proyecto de quedarme aquí para estudiarlo todo,
-y previa licencia de mis padres, así lo he hecho.
-
-«Sabe Dios qué casta de pájaro serás tú» --dije para mi capote; y
-luego, en voz alta, añadí sosteniendo fijamente la dulce mirada de sus
-ojos de cielo:
-
---¡Y los padres de usted consintieron, sin reparar en los continuos
-y graves peligros a que está expuesta una tierna doncella sola y sin
-amparo en país extranjero, en medio de un ejército! Señora, por amor de
-Dios...
-
---¡Ah, no conocéis sin duda que nosotras, las hijas de Inglaterra,
-estamos protegidas por las leyes de tal manera y con tanto rigor que
-ningún hombre se atreve a faltarnos al respeto!
-
---Sí, así dicen que pasa en Inglaterra. Y parece que allá salen las
-señoritas solas a paseo, y viajan solas o acompañadas de cualquier
-galancete.
-
---Aunque fuera su novio, no importa --dijo la inglesa.
-
---¡Pero estamos en España, señora, en España! Usted no sabe bien en qué
-país se ha metido.
-
---Pero sigo al ejército aliado y estoy al amparo de las leyes inglesas
---dijo sonriendo--. Caballero, faltad al pudor si os parece; intentad
-galantearme de una manera menos decorosa que la que empleáis para amar
-a esa Dulcinea que fue causa de la muerte de Gray, y Lord Wellington os
-mandará fusilar si no os casáis conmigo.
-
---Me casaría, señora.
-
---Caballero, veo que quizás sin malicia principiáis a faltar al
-comedimiento.
-
---Pues no me casaría, señora, no me casaría... Permítame usted que me
-retire.
-
---Podéis hacerlo --me dijo levantándose penosamente para cerrar por
-dentro la puerta--. Os agradeceré que mañana hagáis traer mi maleta.
-Felizmente no la traía conmigo. Está en el convoy.
-
---Se traerá la maleta. Buenas noches, señora.
-
-
-
-
-IX
-
-
-Fuera de la estancia sentí el ruido de los cerrojos que corría por
-dentro la hermosa inglesa, y me retiré a mi aposento, que era el rincón
-de un oscuro pasillo, donde Tribaldos me había arreglado un lecho con
-mantas y capotes. Tendime sobre aquellas durezas, y en buena parte de
-la noche no pude conciliar el sueño; de tal modo se había encajado
-dentro de mi cerebro la extraña señora inglesa, con su caída, sus
-desmayos, su té y su acabada hermosura. Pero al fin, rendido por el
-gran cansancio, me dormí sosegadamente. Por la mañana, díjome la señora
-de Forfolleda que la señorita rubia estaba mejor; que había pedido agua
-y té y pan, ofreciendo dinero abundante por cualquier servicio que se
-le prestara. Como manifestase deseos de entrar a saludarla, añadió la
-Forfolleda que no era conveniente, por estar la señorita arreglándose y
-componiéndose, a pesar de las heridas leves de su brazo.
-
-Al salir a mis quehaceres, que fueron muchísimos y me ocuparon casi
-todo el día, encontré a Sir Tomás Parr, a quien encargué lo de la
-maleta.
-
-Por la tarde, después del gran trabajo de aquel día que me hizo
-poner un tanto en olvido a la interesante dama, regresé a casa de
-Forfolleda, y vi a gran número de ingleses que entraban y salían, como
-diligentes amigos que iban a informarse de la salud de su compatriota.
-Entré a saludarla; la reducida estancia estaba llena de casacas
-rojas pertenecientes a otros tantos hombres rubios que hablaban con
-animación. La joven inglesa reía y bromeaba, y habíase puesto tan
-linda, sin cambiar de traje, que no parecía la misma persona demacrada,
-melancólica y nerviosa de la noche anterior. La contusión del brazo
-entorpecía algo sus graciosos movimientos.
-
-Después que nos saludamos y cambié con aquellos señores algunos fríos
-cumplidos, uno de ellos invitó a la señorita a dar un paseo; otro
-ponderó la hermosura de la apacible tarde, y no hubo quien no dijese
-una palabra para decidirla a dejar la triste alcoba. Ella, sin embargo,
-afirmó que no saldría hasta la siguiente mañana; y con estos diálogos y
-otros en que la graciosa joven no hacía maldito caso de su libertador,
-vino la noche, y con la noche luces dentro del cuarto, y tras las luces
-un par de teteras que trajeron los criados de los ingleses. Entonces se
-alegraron todos los semblantes, y empezó el trasiego con tanto ahinco,
-que el que menos se echó dentro un río del licor de la China, sin que
-ni un momento cesase la charla. Trajeron después botellas de vino de
-Jerez, que en un santiamén dejaron como cuerpos sin alma, porque toda
-ella pasó a fortificar las de aquellos claros varones; mas ninguno
-perdió su gravedad. Brindamos a la salud de Inglaterra, de España, y a
-eso de las nueve nos retiramos todos, despidiéndonos la hermosa ninfa
-con afabilidad, pero sin que ni con frase, ni gesto, ni mirada me
-distinguiese de los demás.
-
-Me retiraba a mi escondite cuando sentí que la desconocida echaba
-el cerrojo. Aquella noche me mortificó como en la anterior un tenaz
-desvelo; mas a punto de vencerlo estaba ya, cuando hízome saltar en el
-lecho el chirrido del cerrojo con que aseguraba su cuarto la consabida.
-Miré hacia la puerta, pues desde mi alcoba rincón se distinguía esta
-muy bien, y vi a la inglesa que salía, encaminándose a una galería o
-solana situada al otro confín del pasillo y de la casa. Como había
-dejado abierta la puerta, la luz de su cuarto iluminaba la casa lo
-suficiente para ver cuanto pasaba en ella.
-
-Llegó la inglesa a la destartalada galería, y abriendo una ventana que
-daba al campo se asomó. Como estaba vestido, fácil me fue levantarme
-en un momento y dirigirme hacia ella con paso quedo para no asustarla.
-Cuando estuve cerca volvió la cara, y con gran sorpresa mía, no se
-inmutó al verme. Antes bien con imperturbable tranquilidad me dijo:
-
---¿Andáis rondando por aquí?... Hace en aquel cuarto un calor
-insoportable.
-
---Lo mismo sucede en el mío, señora --dije--; cuando la he visto a
-usted pensaba salir al campo a respirar el aire fresco de la noche.
-
---Eso mismo pensaba yo también... La noche está hermosa... ¿y pensábais
-salir...?
-
---Sí, señora; pero si usted lo permite tendré el honor de acompañarla,
-y juntos disfrutaremos de este suave ambiente, del grato aroma de esos
-pinares...
-
---No... salid, bajad, iré yo también --dijo con viva resolución y mucha
-naturalidad.
-
-Entrando rápidamente en su cuarto, sacó una capa de forma extraña,
-y echándosela sobre los hombros, me suplicó que cuidadosamente la
-embozara por no tener aún agilidad en su brazo herido; y una vez que
-la envolví bien, salimos ambos, sin tomar ella mi brazo y como dos
-amigos que van a paseo. Por todas partes se oía rumor de soldados, y la
-claridad de la luna permitía ver los objetos y conocer las personas.
-
-Súbitamente y sin contestar a no sé qué vulgar frase pronunciada por
-mí, la inglesa me dijo:
-
---Ya sé que sois noble, caballero. ¿A qué familia pertenecéis? ¿A los
-Pachecos, a los Vargas, a los Enríquez, a los Acuñas, a los Toledos o a
-los Dávilas?
-
---A ninguna de esas, señora --le respondí ocultando con mi embozo la
-sonrisa que no pude contener--, sino a los Aracelis de Andalucía, que
-descienden, como usted no ignora, del mismo Hércules.
-
---¿De Hércules? No lo sabía ciertamente --repuso con naturalidad--.
-¿Hace mucho que estáis en campaña?
-
---Desde que empezó, señora.
-
---Sois valiente y generoso, sin duda --dijo mirándome fijamente al
-rostro--. Bien se conoce en vuestro semblante que lleváis en las venas
-la sangre de aquellos insignes caballeros, que han sido asombro y
-envidia de Europa por espacio de muchos siglos.
-
---Señora, usted me favorece demasiado.
-
---Decidme: ¿sabéis tirar las armas, domar un potro, derribar un toro,
-tañer la guitarra y componer versos?
-
---No puedo negar que un poco entendido soy en alguna, si no en todas
-esas habilidades.
-
-Después de pequeña pausa y deteniendo el paso, me preguntó bruscamente:
-
---¿Y estáis enamorado?
-
-Durante un rato no supe qué responder: tan extrañas me parecían
-aquellas palabras.
-
---¿Cómo no, siendo español, siendo joven y militar? --contesté decidido
-a llevar la conversación a donde la fantasía de mi incógnita amiga
-quisiera llevarla.
-
---Veo que os sorprende mi modo de hablaros --añadió ella--.
-Acostumbrado a no oír en boca de vuestras mojigatas compatriotas sino
-medias palabras, vulgaridades y frases de hipocresía, os sorprende esta
-libertad con que me expreso, estas extrañas preguntas que os dirijo...
-Quizás me juzguéis mal...
-
---¡Oh, no, señora!
-
---Pero mi honor no depende de vuestros pensamientos. Seríais un necio
-si creyérais que esto es otra cosa que una curiosidad de inglesa, casi
-diré de artista y de viajera. Las costumbres y los caracteres de este
-país son dignos de profundo estudio.
-
-«De modo que lo que quiere es estudiarme --dije entre dientes--.
-Resignémonos a ser libro de texto.»
-
---El hombre que ha dado muerte a Lord Gray, que ha realizado esa gran
-obra de justicia, que ha sido brazo de Dios y vengador de la moral
-ultrajada, excita mi curiosidad de un modo pasmoso... Me han hablado de
-vos con admiración, y contádome algunos hechos vuestros dignos de gran
-estima... Dispensad mi curiosidad, que escandalizaría a una española y
-que sin duda os escandaliza a vos... Habiendo matado a Gray por celos,
-claro que estábais enamorado. Y vuestra dama (esto de _vuestra dama_ me
-hizo reír de nuevo), ¿habita en algún castillo de estas cercanías, o en
-algún palacio andaluz? ¿Es noble como vos?...
-
-Al oír esto, comprendí que tenía que habérmelas con una imaginación
-exaltada y novelesca, y al punto apoderose de mí cierto espíritu de
-socarronería. No me inclinaba a burlarme de la inglesa, que a pesar de
-su sentimentalismo fuera de ocasión no era ridícula; pero mi carácter
-me inducía a seguir la broma, como si dijéramos, prestándome a los
-caprichos de aquella idealidad tan falsa como encantadora. Todos
-somos algo poetas, y es muy dulce embellecer la propia vida, y muy
-natural regocijarnos con este embellecimiento, aun sabiendo que la
-transformación es obra nuestra. Así es que con cierta exaltación
-novelesca también, mas no con completa seriedad, contesté a la damisela:
-
---Noble es, señora, y hermosísima y principal; pero ¿de qué me vale
-tener en ella un dechado de perfecciones, si un funesto destino la
-aleja constantemente de mí? ¿Qué pensará usted, señora, si le digo
-que hace tiempo cierto maligno encantador la tiene transfigurada en
-la persona de una vulgar comiquilla, que recorre los pueblos formando
-parte de una compañía de histriones de la legua?
-
-Esto era sin duda demasiado fuerte.
-
---Caballero --dijo la inglesa con estupor--, ¿pues qué, todavía hay
-encantamientos en España?
-
---Encantamientos, precisamente, no --dije tratando de abatir el
-vuelo--; pero hay artes del demonio, y si no artes del demonio,
-malicias y ardides de hombres perversos.
-
---Veo que leéis libros de caballerías.
-
---Pues ¿quién duda que son los más hermosos entre todos los que se han
-escrito? Ellos suspenden el ánimo, despiertan la sensibilidad, avivan
-el valor, infunden entusiasmo por las grandes acciones, engrandecen la
-gloria y achican el peligro en todos los momentos de la vida.
-
---¡Engrandecen la gloria y achican el peligro! --exclamó
-deteniéndose--. Si esto que habéis dicho es verdad, sois digno de haber
-nacido en otros tiempos... pero no he entendido bien eso de que vuestra
-dama está transformada en una comiquilla...
-
---Así es, señora. Si pudiera contar a usted todo lo que ha precedido a
-esta transformación, no dudo que usted me compadecería.
-
---¿Y dónde están la encantada y el encantador? Les doy estos nombres
-porque veo que creéis en encantamientos.
-
---Están en Salamanca.
-
---Como si estuvieran en el otro mundo. Salamanca está en poder de los
-franceses.
-
---Pero la tomaremos.
-
---Decís eso como si fuera lo más natural del mundo.
-
---Y lo es. No se ría usted de mi petulancia; pero si todo el ejército
-aliado desapareciera y me quedase solo...
-
---Iríais solo a la conquista de la ciudad, queréis decir.
-
---¡Ah, señora! --exclamé con énfasis--. Un hombre que ama no sabe lo
-que dice. Veo que es un desatino.
-
---Un desatino relativo --repuso--. Pero ahora comprendo que os estáis
-burlando de mí. Os habéis enamorado de una cómica y queréis hacerla
-pasar por gran señora.
-
---Cuando entremos en Salamanca podré convencer a usted de que no me
-burlo.
-
---No dudo que haya cómicos en el país, ni menos cómicas guapas --dijo
-riendo--. Hace dos días pasó por delante de mí una compañía que me
-recordó el carro de las Cortes de la Muerte. Iban allí siete u ocho
-histriones, y, en efecto, dijeron que iban a Salamanca.
-
---Llevaban dos o tres carros. En uno de ellos iban dos mujeres, una de
-ellas hermosísima. Venían de Plasencia.
-
---Me parece que sí.
-
---Y en otro carro llevaban lienzos pintados.
-
---Los habéis visto; pero no sabéis lo que yo sé. Cuando pasaron
-por delante de mí, sorprendiéndome por su extraño aspecto que me
-recordaba una de las más graciosas aventuras del _Libro_, un vecino de
-Puerto de Baños me dijo: «Esos no son cómicos, sino pícaros masones
-que se disfrazan así para pasar por entre los españoles, que les
-descuartizarían si les conocieran.»
-
---No me dice usted nada que yo no sepa --contesté--. Señora, ¿ha oído
-usted decir a Lord Wellington cuándo lanzará nuestros regimientos sobre
-Salamanca?
-
---Impaciente estáis... Quiero saber otra cosa. ¿Amáis a vuestra
-Dulcinea de una manera ideal y sublime, embelleciéndola con vuestro
-pensamiento aun más de lo que ella es en sí, atribuyéndole cuantas
-perfecciones pueden idearse y consagrándole todos los dulces
-transportes de un corazón siempre inflamado?
-
---Así, así mismo, señora --dije con entusiasmo que no era enteramente
-ficticio, y deseando ver a dónde iba a parar aquella misteriosa mujer,
-cuyo carácter comenzaba a penetrar--. Parece que lee usted en mi alma
-como en un libro.
-
-Después de oír esto, permaneció largo rato en silencio, y luego reanudó
-el diálogo con una brusca variación de ideas, que era la tercera en
-aquel extraño coloquio.
-
---Caballero, ¿tenéis madre? --me dijo.
-
---No, señora.
-
---¿Ni hermanas?
-
---Tampoco. Ni madre, ni padre, ni hermanos, ni pariente alguno.
-
---Veo que está muy mal parado el linaje de Hércules. De modo que
-estáis solo en el mundo --añadió con acento compasivo--. ¡Desgraciado
-caballero! ¿Y esa gran señora, cómica, o mujer masónica, os ama?
-
---Creo que sí.
-
---¿Habéis hecho por ella sacrificios, arrostrado peligros y vencido
-obstáculos?
-
---Muchísimos; pero son nada en comparación con lo que aún me resta por
-hacer.
-
---¿Qué?
-
---Una acción peligrosa, una locura; el último grado del atrevimiento.
-Espero morir o lograr mi objeto.
-
---¿Tenéis miedo a los peligros que os aguardan?
-
---Jamás lo he conocido --respondí con una fatuidad cuyo recuerdo me ha
-hecho reír muchas veces.
-
---Estad tranquilo, pues los aliados entrarán en Salamanca, y entonces
-fácilmente...
-
---Cuando entren los aliados, mi enemigo y su víctima habrán huido
-corriendo hacia Francia. Él no es tonto... Es preciso ir a Salamanca
-antes.
-
---¡Antes de tomarla! --exclamó con asombro.
-
---¿Por qué no?
-
---Caballero --dijo súbitamente deteniendo el paso--, veo que os estáis
-burlando de mí.
-
---¡Yo, señora! --contesté algo turbado.
-
---Sí: me ponéis ante los ojos una aventura caballeresca, que es pura
-invención y fábula: os pintáis a vos mismo como un carácter superior,
-como un alma de esas que se engrandecen con los peligros, y habéis
-adornado la ficción con hermosas figuras de Dulcinea, y encantadores,
-que no existen sino en vuestra imaginación.
-
---Señora mía, usted...
-
---Tened la bondad de acompañarme a mi alojamiento. El olor de esos
-pinares me marea.
-
---Como usted guste.
-
-Confieso, ¿por qué no confesarlo?, que me quedé algo corrido.
-
-La elegante inglesa no me dijo una palabra más en todo el camino;
-y cuando subimos a casa de Forfolleda y la conduje a su cuarto,
-que ya empezaba a figurárseme regio camarín tapizado de rasos y
-organdíes, metiose en su tugurio como un hada en su cueva, y dándome
-desabridamente las buenas noches, corrió los cerrojos de oro... o de
-hierro, y me quedé solo.
-
-
-
-
-X
-
-
-Acomodándome en mi lecho, hablé conmigo de esta manera:
-
-«¿La tal inglesa será una de esas mujeres de equívoca honradez que
-suelen seguir a los ejércitos? Las hay de diferentes especies; pero
-en realidad jamás vi en pos de los soldados de la patria ninguna tan
-hermosa, ni de porte tan noble y aristocrático. He oído que tras
-el ejército francés van pájaros de diverso plumaje. ¡Bah!... ¿pues
-no dicen que Massena ha tenido tan mala suerte en Portugal por la
-corrupción de sus oficiales y soldados, y aun por sus propios descuidos
-con ciertas amazonas muy emperifolladas que andaban en los campamentos
-tan a sus anchas como en París?...»
-
-Después, dando otra dirección a mis ideas, dije a punto que empezaba a
-embargarme el dulce entorpecimiento que precede al sueño:
-
-«Tal vez me equivoque. Después de haber conocido a Lord Gray, no debo
-poner en duda que las extravagancias y rarezas de la gente inglesa
-carecen de límite conocido. Tal vez mi compañera de alojamiento sea tan
-cabal, que la misma virginidad parezca a su lado una moza de partido,
-y yo estoy injuriándola. Mañana preguntaré a los oficiales ingleses
-que conozco... Como no sea una de esas naturalezas impresionables y
-acaloradas que nacen al acaso en el Norte, y que buscan, como las
-golondrinas, los climas templados; bajan, llenas de ansiedad, al
-mediodía, pidiendo luz, sol, pasiones, poesía, alimento del corazón y
-de la fantasía, que no siempre encuentran, o encuentran a medias, y van
-con febril deseo tras de la originalidad, tras las costumbres raras, y
-adoran los caracteres apasionados, aunque sean casi salvajes; la vida
-aventurera, la galantería caballeresca, las ruinas, las leyendas, la
-música popular y hasta las groserías de la plebe, siempre que sean
-graciosas.»
-
-Diciendo o pensando así, y enlazando con estos otros pensamientos que
-más hondamente me preocupaban, caí en profundísimo sueño reparador.
-Levanteme muy temprano a la mañana siguiente, y sin acordarme para nada
-de la hermosa inglesa, cual si la noche limpiara todas las telas de
-araña fabricadas y tendidas el día anterior dentro de mi cerebro, salí
-de mi alojamiento.
-
---Marchamos hacia San Muñoz --me dijo Figueroa, oficial portugués amigo
-mío que servía con el general Picton.
-
---¿Y el _Lord_?
-
---Va a partir no sé a dónde. La división de Graham está sobre Tamames.
-Nosotros vamos a formar el ala izquierda de la división de D. Carlos
-España y la partida de D. Julián Sánchez.
-
-Cuando nos dirigíamos juntos al alojamiento del general, pedile
-informes de la dama inglesa cuya figura y extraños modos he dado a
-conocer, y me contestó:
-
---Es Miss Fly; o lo que es lo mismo, Miss Mosquita, Mariposa, Pajarita
-o cosa así. Su nombre es Athenais. Tiene por padre a Lord Fly, uno de
-los señores más principales de la Gran Bretaña. Nos ha seguido desde la
-Albuera, pintando iglesias, castillos y ruinas en cierto librote que
-trae consigo, y escribiendo todo lo que pasa. El _Lord_ y los demás
-generales ingleses la consideran mucho, y si quieres saber lo que es
-bueno atrévete a faltar al respeto a la señorita Fly, que en inglés se
-dice _Flai_, pues ya sabes que en esa lengua se escriben las palabras
-de una manera y se pronuncian de otra, lo cual es un encanto para el
-que quiere aprenderla.
-
-Acto continuo referí a mi amigo las escenas de la noche anterior y
-el paseo que en la soledad de la noche dimos Fly y yo por aquellos
-contornos; lo que, oído por Figueroa, causó a este muchísima sorpresa.
-
---Es la primera vez --dijo-- que la rubita tiene tales familiaridades
-con un oficial español o portugués, pues hasta ahora a todos les miró
-con altanería...
-
---Yo la tuve por persona de costumbres un tanto libres.
-
---Así parece, porque anda sola, monta a caballo, entra y sale por medio
-del ejército, habla con todos, visita las posiciones de vanguardia
-antes de una batalla, y los hospitales de sangre después... A veces
-se aleja del ejército para recorrer sola los pueblos inmediatos,
-mayormente si hay en estos abadías, catedrales o castillos, y en sus
-ratos de ocio no hace más que leer romances.
-
-Hablando de este y de otros asuntos empleamos la mañana, y cerca del
-mediodía fuimos al alojamiento de Carlos España, el cual no estaba allí.
-
---España --nos dijo el guerrillero Sánchez-- está en el alojamiento del
-cuartel general.
-
---¿No marcha Lord Wellington?
-
---Parece que se queda aquí, y nosotros salimos para San Muñoz dentro
-de una hora.
-
---Vamos al alojamiento del Duque --dijo Figueroa--: allí sabremos
-noticias ciertas.
-
-Estaba Lord Wellington en la casa ayuntamiento, la única capaz
-y decorosa para tan insigne persona. Llenaban la plazoleta, el
-soportal, el vestíbulo y la escalera, multitud de oficiales de todas
-graduaciones, españoles, ingleses y lusitanos, que entraban, salían,
-formaban corrillos disputando y bromeando unos con otros en amistosa
-intimidad, cual si todos perteneciesen a una misma familia. Subimos
-Figueroa y yo, y después de aguardar más de hora y media en la
-antesala, salió España y nos dijo:
-
---El general en jefe pregunta si hay un oficial español que se atreva
-a entrar disfrazado en Salamanca para examinar los fuertes y las obras
-provisionales que ha hecho el enemigo en la muralla, y enterarse de
-si es grande o pequeña la guarnición, y abundantes o escasas las
-provisiones.
-
---Yo soy --dije resueltamente sin aguardar a que el general concluyese.
-
---¿Tú --dijo España con la desdeñosa familiaridad que usaba hablando
-con sus oficiales--, tú te atreves a emprender viaje tan arriesgado?
-Ten presente que es preciso ir y volver.
-
---Lo supongo.
-
---Es necesario atravesar las líneas enemigas, pues los franceses ocupan
-todas las aldeas del lado acá del Tormes.
-
---Se entra por donde se puede, mi general.
-
---Luego has de atravesar la muralla, los fuertes; has de penetrar en
-la ciudad, visitar los acantonamientos, sacar planos...
-
---Todo eso es para mí un juego, mi general. Entrar, salir, ver... una
-diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor Duque,
-diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea.
-
---Tú eres un atolondrado, y no sirves para el caso --repuso D.
-Carlos--. Buscaremos otro. No sabes una palabra de geometría ni de
-fortificación.
-
---Eso lo veremos --contesté sofocado.
-
---Y es preciso, es preciso ir --añadió mi jefe--. Aún no ha formado
-el Lord su plan de batalla. No sabe si asaltará a Salamanca o la
-bloqueará; no sabe si pasará el Tormes para perseguir a Marmont,
-dejando atrás a Salamanca, o si... ¿Dices que te atreves tú?
-
---¿Pues no he de atreverme? Me vestiré de charro, entraré en Salamanca
-vendiendo hortalizas o carbón. Veré los fuertes, la guarnición, las
-vituallas; sacaré un croquis, y me volveré al campamento... Mi general
---añadí con calor--, o me presenta vuecencia al Duque, o me presento yo
-solo.
-
---Vamos, vamos al momento --dijo España entrando conmigo en la sala.
-
-
-
-
-XI
-
-
-Junto a una gran mesa colocada en el centro, estaba el Duque de
-Ciudad-Rodrigo con otros tres generales examinando una carta del país,
-y tan profundamente atendían a las rayas, puntos y letras con que el
-geógrafo designara los accidentes del terreno, que no alzaron la cabeza
-para mirarnos. Hízome seña D. Carlos España de que debíamos esperar, y
-en tanto dirigí la vista a distintos puntos de la sala para examinar,
-siguiendo mi costumbre, el sitio en que me encontraba. Otros oficiales
-hablaban en voz baja retirados del centro, y entre ellos ¡oh sorpresa!
-vi a Miss Fly, que sostenía conversación animada con un coronel de
-artillería llamado Simpson.
-
-Por fin, Lord Wellington levantó los ojos del mapa y nos miró. Hice una
-amabilísima reverencia: entonces el inglés me miró más, observándome de
-pies a cabeza. También yo le observé a él a mis anchas, gozoso de tener
-ante mi vista a una persona tan amada entonces por todos los españoles,
-y que tanta admiración me inspiraba a mí. Era Wellesley bastante alto,
-de cabellos rubios y rostro encendido, aunque no por las causas a que
-el vulgo atribuye las inflamaciones epidérmicas de la gente británica.
-Ya se sabe que es proverbial en Inglaterra la afirmación de que el
-único grande hombre que no ha perdido jamás su dignidad después de los
-postres, es el vencedor de Tipoo Sayb y de Bonaparte.
-
-Representaba Wellington cuarenta y cinco años, y esta era su edad, la
-misma exactamente que Napoleón, pues ambos nacieron en 1769, el uno
-en mayo y el otro en agosto. El sol de la India y el de España habían
-alterado la blancura de su color sajón. Era la nariz, como antes he
-dicho, larga y un poco bermellonada; la frente, resguardada de los
-rayos del sol por el sombrero, conservaba su blancura, y era hermosa
-y serena como la de una estatua griega, revelando un pensamiento sin
-agitación y sin fiebre, una imaginación encadenada y gran facultad de
-ponderación y cálculo. Adornaba su cabeza un mechón de pelo o tupé
-que no usaban ciertamente las estatuas griegas; pero que no caía mal,
-sirviendo de vértice a una mollera inglesa. Los grandes ojos azules
-del general miraban con frialdad, posándose vagamente sobre el objeto
-observado, y observaban sin aparente interés. Era la voz sonora,
-acompasada, medida, sin cambiar de tono, sin exacerbaciones ni acentos
-duros, y el conjunto de su modo de expresarse, reunidos el gesto, la
-voz y los ojos, producía grata impresión de respeto y cariño.
-
-Su Excelencia me miró como he dicho, y entonces D. Carlos España dijo:
-
---Mi general, este joven desea desempeñar la comisión de que vuecencia
-me ha hablado hace poco. Yo respondo de su valor y de su lealtad; pero
-he intentado disuadirle de su empeño, porque no posee conocimientos
-facultativos.
-
-Aquello me avergonzó, principalmente por hallarme delante de Miss Fly,
-y porque, en efecto, yo no había estado en ninguna academia.
-
---Para esta comisión --dijo Wellington en castellano bastante
-correcto--, se necesitan ciertos conocimientos...
-
-Y fijó los ojos en el mapa. Yo miré a España, y España me miró a
-mí. Pero la vergüenza no me impidió tomar una resolución, y sin
-encomendarme a Dios ni al diablo, dije:
-
---Mi general, es cierto que no estudié en ninguna academia; pero una
-larga práctica de la guerra en batallas, y sobre todo en sitios, me ha
-dado tal vez los conocimientos que vuecencia exige para esta comisión.
-Sé levantar un plano.
-
-El Duque de Ciudad-Rodrigo, alzando de nuevo los ojos, habló así:
-
---En mi cuartel general hay multitud de oficiales facultativos; pero
-ningún inglés podría entrar en Salamanca, porque sería al instante
-descubierto por su rostro y por su lenguaje. Es preciso que vaya un
-español.
-
---Mi general --dijo con fatuidad España--, en mi división no faltan
-oficiales facultativos. He traído a este porque se empeñó en hacer
-alarde de su arrojo delante de vuecencia.
-
-Miré con indignación a D. Carlos, y luego exclamé con la mayor
-vehemencia:
-
---Mi general, aunque en esta empresa existan todos los peligros, todas
-las dificultades imaginables, yo entraré en Salamanca, y volveré con
-las noticias que vuecencia desea.
-
-Tranquila y sosegadamente Lord Wellington me preguntó:
-
---Señor oficial, ¿dónde empezó usted su vida militar?
-
---En Trafalgar --contesté.
-
-Cuando esta histórica y grandiosa palabra resonó en la sala en medio
-del general silencio, todas las cabezas de las personas allí presentes
-se movieron como si perteneciesen a un solo cuerpo, y todos los ojos
-fijáronse en mí con vivísimo interés.
-
---¿Entonces ha sido usted marino? --interrogó el Duque.
-
---Asistí al combate teniendo catorce años de edad. Yo era amigo de
-un oficial que iba en el _Trinidad_. La pérdida de la tripulación me
-obligó a tomar parte en la batalla.
-
---¿Y cuándo empezó usted a servir en la campaña contra los franceses?
-
---El 2 de mayo de 1808, mi general. Los franceses me fusilaron en la
-Moncloa. Salveme milagrosamente; pero en mi cuerpo han quedado escritos
-los horrores de aquel tremendo día.
-
---¿Y desde entonces se alistó usted?
-
---Alisteme en los regimientos de voluntarios de Andalucía, y estuve en
-la batalla de Bailén.
-
---¡También en la batalla de Bailén! --dijo Wellington con asombro.
-
---Sí, mi general: el 19 de julio de 1808. ¿Quiere vuecencia ver mi hoja
-de servicios, que comienza en dicha fecha?
-
---No, me basta --repuso Wellington--. ¿Y después?
-
---Volví a Madrid y tomé parte en la jornada del 3 de diciembre. Caí
-prisionero, y quisieron llevarme a Francia.
-
---¿Le llevaron a usted a Francia?
-
---No, mi general, porque me escapé en Lerma, y fui a parar a Zaragoza
-en tan buena ocasión, que alcancé el segundo sitio de aquella inmortal
-ciudad.
-
---¿Todo el sitio? --dijo Wellington con creciente interés hacia mi
-persona.
-
---Todo, desde el 19 de diciembre hasta el 12 de febrero de 1809. Puedo
-dar a vuecencia noticia circunstanciada de las diversas peripecias
-de aquel grande hecho de armas, gloria y orgullo de cuantos nos
-encontramos en él.
-
---¿Y a qué ejército pasó usted luego?
-
---Al del centro, y serví bastante tiempo a las órdenes del Duque del
-Parque. Estuve en la batalla de Tamames y en Extremadura.
-
---¿No se encontró usted en un nuevo asedio?
-
---En el de Cádiz, mi general. Defendí durante tres días el castillo de
-San Lorenzo de Puntales.
-
---¿Y luego formó usted parte de la expedición del general Blake a
-Valencia?
-
---Sí, mi general; pero me destinaron al segundo cuerpo, que mandaba
-O’Donnell, y durante cuatro meses serví a las órdenes del Empecinado
-en esa singular guerra de partidas en que tanto se aprende.
-
---¿También ha sido usted guerrillero? --dijo Wellington sonriendo--.
-Veo que ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así
-lo desea.
-
---Señor, lo deseo ardientemente.
-
-Todos los presentes seguían observándome, y Miss Fly con más atención
-que ninguno.
-
---Bien --añadió el héroe de Talavera, fijando alternativamente la
-vista en mí y en el mapa--. Tiene usted que hacer lo siguiente: se
-dirigirá usted hoy mismo disfrazado a Salamanca, dando un rodeo para
-entrar por Cabrerizos. Forzosamente ha de pasar usted por entre las
-tropas de Marmont, que vigilan los caminos de Ledesma y Toro. Hay
-muchas probabilidades de que sea usted arcabuceado por espía; pero Dios
-protege a los valientes, y quizás... quizás logre usted penetrar en la
-plaza. Una vez dentro, sacará usted un croquis de las fortificaciones,
-examinando con la mayor atención los conventos que han sido convertidos
-en fuertes, los edificios que han sido demolidos, la artillería que
-defiende los aproches de la ciudad, el estado de la muralla, las obras
-de tierra y fagina, todo absolutamente, sin olvidar las provisiones que
-tiene el enemigo en sus almacenes.
-
---Mi general --repuse--, comprendo bien lo que se desea, y espero
-contentar a vuecencia. ¿Cuándo debo partir?
-
---Ahora mismo. Estamos a doce leguas de Salamanca. Con la marcha que
-emprenderemos hoy, espero que pernoctemos en Castroverde, cerca ya
-del Valmuza. Pero adelántese usted a caballo, y pasado mañana martes
-podrá entrar en la ciudad. En todo el martes ha de desempeñar por
-completo esta comisión, saliendo el miércoles por la mañana para venir
-al cuartel general, que en dicho día estará seguramente en Bernuy. En
-Bernuy, pues, le aguardo a usted el miércoles a las doce en punto de la
-mañana. No acostumbro esperar.
-
---Corriente, mi general. El miércoles a las doce estaré en Bernuy de
-vuelta de mi expedición.
-
---Tome usted precauciones. Diríjase a la calzada de Ledesma, pero
-cuidando de marchar siempre fuera del arrecife. Disfrácese usted bien,
-pues los franceses dejan entrar a los aldeanos que llevan víveres a
-la plaza; y al levantar el croquis, evite en lo posible las miradas
-de la gente. Lleve usted armas, ocultándolas bien; no provoque a los
-enemigos; fínjase amigo de ellos; en una palabra, ponga usted en juego
-su ingenio, su valor, y todo el conocimiento de los hombres y de la
-guerra que ha adquirido en tantos años de activa vida militar. El
-_Mayor_ general del ejército entregará a usted la suma que necesite
-para la expedición.
-
---Mi general --dije--, ¿tiene vuecencia algo más que mandarme?
-
---Nada más --repuso sonriendo con benevolencia--, sino que adoro la
-puntualidad, y considero como origen del éxito en la guerra la exacta
-apreciación y distribución del tiempo.
-
---Eso quiere decir que si no estoy de vuelta el miércoles a las doce,
-desagradaré a vuecencia.
-
---Y mucho. En el tiempo marcado puede hacerse lo que encargo. Dos horas
-para sacar el croquis; dos para visitar los fuertes, ofreciendo en
-venta a los soldados algún artículo que necesiten; cuatro para recorrer
-toda la población y sacar nota de los edificios demolidos; dos para
-vencer obstáculos imprevistos; media para descansar. Son diez horas y
-media del martes por el día. La primera mitad de la noche para estudiar
-el espíritu de la ciudad, lo que piensan de esta campaña la guarnición
-y el vecindario; una hora para dormir, y lo restante para salir y
-ponerse fuera del alcance y de la vista del enemigo. No deteniéndose en
-ninguna parte, puede usted presentárseme en Bernuy a la hora convenida.
-
---A la orden de mi general --dije disponiéndome a salir.
-
-Lord Wellington, el hombre más grande de la Gran Bretaña, el rival
-de Bonaparte, la esperanza de Europa, el vencedor de Talavera, de la
-Albuera, de Arroyomolinos y de Ciudad-Rodrigo, levantose de su asiento,
-y con una grave cortesanía y cordialidad que inundó mi alma de orgullo
-y alegría, diome la mano, que estreché con gratitud entre las mías.
-
-Salí a disponer mi viaje.
-
-
-
-
-XII
-
-
-Hallábame una hora después en una casa de labradores ajustando el
-precio del vestido que había de ponerme, cuando sentí en el hombro
-un golpecito producido al parecer por un látigo que movían manos
-delicadas. Volvime, y Miss Fly, pues no era otra la que me azotaba,
-dijo:
-
---Caballero, hace una hora que os busco.
-
---Señora, los preparativos de mi viaje me han impedido ir a ponerme a
-las órdenes de usted.
-
-Miss Fly no oyó mis últimas palabras, porque toda su atención estaba
-fija en una aldeana que teníamos delante, la cual, por su parte,
-amamantando un tierno chiquillo, no quitaba los ojos de la inglesa.
-
---Señora --dijo esta--, ¿me podréis proporcionar un vestido como el que
-tenéis puesto?
-
-La aldeana no entendía el castellano corrompido de la inglesa, y
-mirábala absorta sin contestarle.
-
---Señorita Fly --dije--, ¿va usted a vestirse de aldeana?
-
---Sí --me respondió sonriendo con malicia--. Quiero ir con vos.
-
---¡Conmigo! --exclamé con la mayor sorpresa.
-
---Con vos, sí; quiero ir disfrazada con vos a Salamanca --añadió
-tranquilamente, sacando de su bolsillo algunas monedas para que la
-aldeana la entendiese mejor.
-
---Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca --dije--. ¿Ir
-conmigo a Salamanca, ir conmigo en esta expedición arriesgada y de la
-cual ignoro si saldré con vida?
-
---¿Y qué? ¿No puedo ir porque hay peligro? Caballero, ¿en qué os
-fundáis para creer que yo conozco el miedo?
-
---Es imposible, señora; es imposible que usted me acompañe --afirmé con
-resolución.
-
---Ciertamente no os creía grosero. Sois de los que rechazan todo
-aquello que sale de los límites ordinarios de la vida. ¿No comprendéis
-que una mujer tenga arrojo suficiente para afrontar el peligro, para
-prestar servicios difíciles a una causa santa?
-
---Al contrario, señora: comprendo que una mujer como usted es capaz
-de eminentes acciones, y en este momento Miss Fly me inspira sincero
-entusiasmo. Pero la comisión que llevo a Salamanca es muy delicada,
-exige que nadie vaya al lado mío, y menos una señora que no puede
-disfrazarse ocultando su lengua extranjera y noble porte.
-
---¿Que no puedo disfrazarme?
-
---Bueno, señora --dije sin poder contener la risa--. Principie usted
-por dejar su guardapiés de amazona, y póngase el manteo, es decir, una
-larga pieza de tela que se arrolla en el cuerpo, como la faja que ponen
-a los niños.
-
-Miss Fly miraba con estupor el extraño y pintoresco vestido de la
-aldeana.
-
---Luego --añadí--, desciña usted esas hermosas trenzas de oro,
-construyéndose en lo alto un moño del cual penderán cintas, y en las
-sienes dos rizos de rueda de carro con horquillas de plata. Cíñase
-usted después la jubona de terciopelo, y cubra en seguida sus hermosos
-hombros con la prenda más graciosa y difícil de llevar, cual es el
-dengue o rebociño.
-
-Athenais se ponía de mal humor, y contemplaba las singulares prendas
-que la charra iba sacando de un arcón.
-
---Y después de calzarse los zapatitos sobre media de seda calada, y
-ceñirse el picote negro bordado de lentejuelas, ponga usted la última
-piedra a tan bello edificio, con la mantilla de rocador prendida en los
-hombros.
-
-La señorita Mariposa me miró con indignación, comprendiendo la
-imposibilidad de disfrazarse de aldeana.
-
---Bien --afirmó mirándome con desdén--. Iré sin disfrazarme. En
-realidad no lo necesito, porque conozco al coronel Desmarets, que
-me dejará entrar. Le salvé la vida en la Albuera... Y no creáis, mi
-conocimiento con el coronel Desmarets puede seros útil...
-
---Señora --le dije poniéndome serio--, el honor que recibo y el placer
-que experimento al verme acompañado por usted, son tan grandes, que no
-sé cómo expresarlos. Pero no voy a una fiesta, señora: voy al peligro.
-Además, si este no asusta a una persona como usted, ¿nada significa el
-menoscabo que pueda recibir la opinión de una dama ilustre que viaja
-con hombre desconocido por vericuetos y andurriales?
-
---Menguada idea tenéis del honor, caballero --declaró con nobleza y
-altanería--. O vuestros hechos son mentira, o vuestros pensamientos
-están muy por debajo de ellos. Por Dios, no os arrastréis al nivel de
-la muchedumbre, porque conseguiréis que os aborrezca. Iré con vos a
-Salamanca.
-
-Y tomando el partido de no contestar a mis razonables observaciones,
-se dirigió al cuartel general, mientras yo tomaba el camino de mi
-alojamiento para trocarme de oficial del ejército en el más rústico
-charro que ha parecido en campos salmantinos. Con mi calzón estrecho
-de paño pardo, mis medias negras y zapatos de vaca, con mi chaleco
-cuadrado, mi jubón de haldetas en la cintura y cuchillada en la
-sangría, y el sombrero de alas anchas y cintas colgantes que encajé en
-mi cabeza, estaba que ni pintado. Completaron mi equipo por el momento
-una cartera que cosí dentro del jubón con lo necesario para trazar
-algunas líneas, y el alma de la expedición, o sea el dinero que puse en
-la bolsa interna del cinto.
-
-
-
-
-XIII
-
-
-«Ya está mi Sr. Araceli en campaña --me dije--. El miércoles a las doce
-de vuelta en Bernuy... ¡en buena me he metido!... Si la inglesa da en
-el hito de acompañarme, soy hombre perdido... Pero me opondré con toda
-energía, y como no entre en razón, denunciaré al general en jefe el
-capricho de su audaz paisana para que acorte los vuelos de esta sílfide
-andariega y voluntariosa.»
-
-No era tanta mi inmodestia que supusiese a Athenais movida
-exclusivamente de un antojo y afición a mi persona; pero aun creyéndome
-indigno de la solícita persecución de la hermosa dama, resolví poner
-en práctica un medio eficaz para librarme de aquel enojoso, aunque
-adorable y tentador estorbo, y fue que, bonitamente y sin decir nada
-a nadie, como D. Quijote en su primera salida, eché a correr fuera de
-Sancti Spíritus y delante de la vanguardia del ejército, que en aquel
-momento comenzaba a salir para San Muñoz.
-
-Pero juzgad, ¡oh señores míos! ¡cuál sería mi sorpresa cuando, a poco
-de haber salido espoleando mi cabalgadura, que en el andar allá se iba
-con Rocinante, sentí detrás un chirrido de ásperas ruedas y un galope
-de rocín y un crujir de látigo y unas voces extrañas de las que en
-todos los idiomas se emplean para animar a un bruto perezoso! Juzgad
-de mi sorpresa cuando me volví y vi a la misma Miss Fly dentro de un
-cochecillo indescriptible, no menos destartalado y viejo que aquel de
-la célebre catástrofe, guiándolo ella misma, acompañada de un rapazuelo
-de Sancti Spíritus.
-
-Al llegar junto a mí, la inglesa profería exclamaciones de triunfo. Su
-rostro, enardecido y risueño, era como el de quien ha ganado un premio
-en la carrera; sus ojos despedían la viva luz de un gozo sin límites;
-algunas mechas de sus cabellos de oro flotaban al viento, dándole el
-fantástico aspecto de no sé qué deidad voladora de esas que corren por
-los frisos de la arquitectura clásica, y su mano agitaba el látigo con
-tanta gallardía como un centauro su dardo mortífero. Si me fuera lícito
-emplear los palabras que no entiendo bien aplicadas a la figura humana,
-pero que son de uso común en las descripciones, diría que estaba
-_radiante_.
-
---Os he alcanzado --dijo con acento triunfal--. Si _Mistress_ Mitchell
-no me hubiera prestado su carricoche, habría venido sobre una cureña,
-Sr. Araceli.
-
-Y como nuevamente le expusiera yo los inconvenientes de su
-determinación, añadió:
-
---¡Qué placer tan grande experimento! Esta es la vida para mí:
-libertad, independencia, iniciativa, arrojo. Iremos a Salamanca...
-Sospecho que allí tendréis que hacer, además de la comisión de Lord
-Wellington... Pero no me importan vuestros asuntos. Caballero, sabed
-que os desprecio.
-
---¿Y qué hice yo para merecerlo? --dije poniendo mi cabalgadura al
-paso del caballo de tiro y aflojando la marcha, lo que ambas bestias
-agradecieron mucho.
-
---¿Qué? Llamar locura a este designio mío. No tienen otra palabra
-para expresar nuestra inclinación o las impresiones desconocidas, a
-los grandes objetos que entrevé el alma sin poder precisarlos, a las
-caprichosas formas con que nos seduce el acaso, a las dulces emociones
-producidas por el peligro previsto y el éxito deseado.
-
---Comprendo toda la grandeza del varonil espíritu de usted; pero
-¿qué puede encontrar en Salamanca digno del empleo de tan insignes
-facultades? Voy como espía, y el espionaje no tiene nada de sublime.
-
---¿Querréis hacerme creer --dijo con malicia-- que vais a Salamanca a
-la comisión de Lord Wellington?
-
---Seguramente.
-
---Un servicio a la patria no se solicita con tanto afán. Recordad lo
-que me dijisteis acerca de la persona a quien amáis, la cual está
-presa, encantada o endemoniada (así lo habéis dicho) en la ciudad a
-donde vamos.
-
-Una risa franca vino a mis labios; mas la contuve diciendo:
-
---Es verdad; pero quizás no tenga tiempo para ocuparme de mis propios
-asuntos.
-
---Al contrario --dijo con gracia suma--. No os ocuparéis de otra cosa.
-¿Se podrá saber, caballero Araceli, quién es cierta condesa que os
-escribe desde Madrid?
-
---¿Cómo sabe usted?... --pregunté con asombro.
-
---Porque poco antes de salir yo de la casa de Forfolleda, llegó un
-oficial con una carta que había recibido para vos. La miré, y vi unas
-armas con corona. Vuestro asistente dijo: «Ya tenemos otra cartita de
-mi señora la condesa.»
-
---¡Y yo salí sin recoger esa carta! --exclamé contrariado--. Vuelvo al
-instante a Sancti Spíritus.
-
-Pero Miss Fly me detuvo con un gesto encantador, diciendo con gracejo
-sin igual:
-
---No seáis impetuoso, joven soldado; tomad la carta.
-
-Y me la dio, y al punto la abrí y leí. En ella me decía simplemente,
-a más de algunas cosas dulces y lisonjeras, que por Marchena acababa
-de saber que nuestro enemigo se disponía a salir de Plasencia para
-Salamanca.
-
---Parece que os dan alguna noticia importante, según lo mucho que
-reflexionáis sobre ella --me dijo Athenais.
-
---No me dice nada que yo no sepa. La infeliz madre, agobiada por el
-dolor y la impaciencia, me apremia sin cesar para que le devuelva el
-bien que le han quitado.
-
---Esa carta es de la mamá de la encantada --dijo la señorita Mariposa
-con incredulidad--. Forjáis historias muy lindas, caballero; pero que
-no engañarán a personas discretas como yo.
-
-Recorrí la carta con la vista, y seguro de que no contenía cosa alguna
-que a los extraños debiera ocultarse, pues la misma condesa había
-hecho público el secreto de su desgraciada maternidad, la di a Miss
-Fly para que la leyese. Ella, con intensa curiosidad, la leyó en un
-momento; y repetidas veces alzó los ojos del papel para clavarlos en
-mí, acompañando su mirada de expresivas exclamaciones y preguntas.
-
---Yo conozco esta firma --dijo primero--. La condesa de ***. La vi y la
-traté en el Puerto de Santa María.
-
---En enero del año 10, señora.
-
---Justamente... Y dice que sois su ángel tutelar, que espera de vos su
-felicidad... que os deberá la vida... que cambiaría todos los timbres
-de su casa por vuestro valor, por la nobleza de vuestro corazón y la
-rectitud de vuestros altos sentimientos.
-
---¿Eso dice?... Pasé la vista sin fijarme más que en lo esencial.
-
---Y también que tiene completa confianza en vos, porque os cree capaz
-de salir bien en la gran empresa que traéis entre manos... Que Inés
-(¿conque se llama Inés?), a pesar de lo mucho que vale por su hermosura
-y por sus prendas, le parece poco galardón para vuestra constancia...
-
-Miss Fly me devolvió la carta. Inflamaba su rostro una dulce confusión,
-casi diré arrebatador entusiasmo. Su brillante fantasía, despertándose
-de súbito con briosa fuerza, agrandaba sin duda hasta límites fabulosos
-la aventura que delante tenía.
-
---¡Caballero! --exclamó sin ocultar el expansivo y grandioso
-arrobamiento de su alma poética--, esto es hermosísimo, tan hermoso
-que no parece real. Lo que yo sospechaba y ahora se me revela por
-completo, tiene tanta belleza como las mentiras de las novelas y
-romances. De modo que vos, al ir a Salamanca, vais a intentar...
-
---Lo imposible.
-
---Decid mejor dos imposibles --afirmó Athenais con exaltado acento--,
-porque la comisión de Wellington... ¡qué sublime paso, qué incomparable
-atrevimiento, Sr. Araceli! El Coronel Simpson decía hace poco que hay
-noventa y nueve probabilidades contra una de que seréis fusilado.
-
---Dios me protegerá, señora.
-
---Seguramente. Si no hubieran existido en el mundo hombres como vos, no
-habría historia, o sería muy fastidiosa. Dios os protegerá. Hacéis muy
-bien... apruebo vuestra conducta. Os ayudaré.
-
---¿Pero todavía insiste usted?
-
---¡Extraño suceso! --dijo sin hacer caso de mi pregunta--; ¡y cómo me
-seduce y cautiva! En España, solo en España podría encontrarse esto que
-enciende el corazón, despierta la fantasía, y da a la vida el aliciente
-de vivas pasiones que necesita. Una joven robada; un caballero leal
-que, despreciando toda clase de peligros, va en su busca y penetra con
-ánimo fuerte en una plaza enemiga, y aspira solo con el valor de su
-corazón y los ardides de su ingenio a arrancar el objeto amado de las
-bárbaras manos que la aprisionan... ¡Oh, qué aventura tan hermosa! ¡Qué
-romance tan lindo!
-
---¿Gustan a usted, señora, las aventuras y los romances?
-
---¿Que si me gustan? ¡Me encantan, me enamoran, me cautivan más que
-ninguna lectura de cuantas han inventado ingenios de la tierra!
---repuso con entusiasmo--. ¡Los romances! ¿Hay nada más hermoso,
-ni que con elocuencia más dulce y majestuosa hable a nuestra alma?
-Los he leído y los conozco todos: los moriscos, los históricos, los
-caballerescos, los amorosos, los devotos, los vulgares, los de cautivos
-y forzados, y los satíricos. Los leo con pasión; he traducido muchos al
-inglés en verso o prosa.
-
---¡Oh, señora mía e insigne maestra! --dije, afirmando para mí que la
-enfermedad moral de Miss Fly era una monomanía literaria--. ¡Cuánto
-deben a usted las letras españolas!
-
---Los leo con pasión --añadió sin hacerme caso--; pero, ¡ay!, los busco
-ansiosamente en la vida real y no puedo, ¡no puedo encontrarlos!
-
---Justo, porque esos tiempos pasaron, y ya no hay Lindarajas, ni
-Tarfes, ni Bravoneles, ni Melisendras --afirmé, reconociendo que me
-había equivocado en mi juicio anterior respecto a la enfermedad de la
-Pajarita--. ¿Pero de veras se ha empeñado usted en encontrar en la vida
-real los romances? Por ejemplo, aquellas moritas vestidas de verde que
-se asomaban a las rejas de plata para despedir a sus galanes cuando
-iban a la guerra, aquellos mancebos que salían al redondel con listón
-amarillo o morado, aquellos barbudos reyes de Jaén o Antequera que...
-
---Caballero --dijo con gravedad interrumpiéndome,--¿habéis leído los
-romances de Bernardo del Carpio?
-
---Señora --respondí turbado--, confieso mi ignorancia. No los conozco.
-Me parece que los he oído pregonar a los ciegos; pero nunca los compré.
-He descuidado mucho mi instrucción, Miss Fly.
-
---Pues yo los sé todos de memoria, desde
-
- En los reinos de León
- El quinto Alfonso reinaba;
- Hermosa hermana tenía,
- Doña Jimena se llama,
-
-hasta la muerte del héroe, donde hay aquello de
-
- Al pie de un túmulo negro
- Esta Bernardo del Carpio.
-
-¡Incomparable poesía! Después de la Iliada no se ha compuesto nada
-mejor. Pues bien. ¿No conocéis ni siquiera de oídas el romance en que
-_Bernardo liberta de los moros a su amada Estela y al Carpio que tenían
-cercado_?
-
---Eso ha de ser bonito.
-
---Parece que resucitan los tiempos --dijo Miss Fly con cierta vaguedad
-inexplicable, al modo de expresión profética en el semblante--; parece
-que salen de su sepultura los hombres, revistiendo forma antigua, o
-que el tiempo y el mundo dan un paso atrás para aliviar su tristeza,
-renovando por un momento las maravillas pasadas... La Naturaleza,
-aburrida de la vulgaridad presente, se viste con las galas de su
-juventud, como una vieja que no quiere serlo... retrocede la Historia,
-cansada de hacer tonterías, y con pueril entusiasmo hojea las páginas
-de su propio diario, y luego busca la espada en el cajón de los
-olvidados y sublimes juguetes... ¿pero no veis esto, Araceli, no lo
-veis?
-
---Señora, ¿qué quiere usted que vea?
-
---El romance de Bernardo y de la hermosa Estela, que por segunda vez...
-
-Al decir esto, el caballo que arrastraba, no sin trabajo, el carricoche
-de la poética Athenais, empezó a cojear, sin duda porque no podía
-reverdecer, como la Historia, las lozanas robusteces y agilidades de su
-juventud. Pero la inglesa no paró mientes en esto, y con gravedad suma
-continuó así:
-
---También tiene ahora aplicación el romance de D. Galván, que no está
-escrito, pero que puede recogerse de boca del pueblo, como lo he hecho
-yo. En él, sin embargo, D. Galván no hubiera podido sacar de la torre
-a la infanta sin el auxilio de una hada o dama desconocida que se le
-apareció...
-
-El caballo entonces, que ya no podía con su alma, tropezó, cayendo de
-rodillas.
-
---Mi estimable hada, aquí tiene usted la realidad de la vida --le
-dije--. Este caballo no puede seguir.
-
---¡Cómo! --exclamó con ira la inglesa--. Andará. Si no, enganchad el
-vuestro al carricoche, e iremos juntos aquí.
-
---Imposible, señora, imposible.
-
---¡Qué desolación! Bien decía Mistress Mitchell, que este animal no
-sirve para nada. A mí, sin embargo, me pareció digno del carro de
-Faetonte.
-
-Levantamos al animal, que dio algunos pasos, y volvió a caer al poco
-trecho.
-
---Imposible, imposible --exclamé--. Señora, me veo obligado, muy a
-pesar mío, a abandonar a usted.
-
---¡Abandonarme! --dijo la inglesa.
-
-En sus hermosos ojos brilló un rayo de aquella cólera augusta que los
-poetas atribuyen a las diosas de la antigüedad.
-
---Sí, señora: lo siento mucho. Va a anochecer. De aquí a Salamanca
-hay diez leguas; el miércoles a las doce tengo que estar de vuelta en
-Bernuy. No necesito decir más.
-
---Bien, caballero --dijo con temblor en los labios y acerba
-reconvención en la mirada--. Marchaos. No os necesito para nada.
-
---El deber no me permite detenerme ni una hora más --afirmé volviendo
-a montar en mi caballo, después que, ayudado por el aldeanillo,
-puse sobre sus cuatro patas al de Miss Fly--. El ejército aliado
-no tardará... ¡Ah! ya están aquí. En aquella loma aparecen las
-avanzadas... Las manda Simpson, su amigo de usted el coronel Simpson...
-Conque ya puede darme su licencia... No dirá usted, señora mía, que la
-dejo sola... Allí viene un jinete. Es Simpson en persona.
-
-Miss Fly miró hacia atrás con despecho y tristeza.
-
---Adiós, hermosa señora mía --grité picando espuelas--. No puedo
-detenerme. Si vivo, contaré a usted lo que me ocurra.
-
-Apresurado por mi deber, me alejé a todo escape.
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Marché aquella tarde y parte de la noche, y después de dormir unas
-cuantas horas en Castrejón, dejé allí el caballo, y habiendo adquirido
-gran cantidad de hortalizas, con más un asno flaquísimo y tristón,
-hice mi repuesto y emprendí la marcha por una senda que conducía
-directamente, según me indicaron, al camino de Vitigudino. Halleme
-en este al mediodía del lunes; mas una vez que lo reconocí, aparteme
-de él, tomando por atajos y vericuetos hasta llegar al Tormes, que
-pasé para coger al camino de Ledesma y lugar de Villamayor. Por
-varios aldeanos que encontré en un mesón jugando a la calva y a la
-rayuela, supe que los franceses no dejaban entrar a quien no llevase
-carta de seguridad dada por ellos mismos, y que aun así detenían a
-los vendedores en la plaza, sin dejarlos pasar adelante para que no
-pudiesen ver los fuertes.
-
---No me han quedado ganas de volver a Salamanca, muchacho --me dijo el
-charro fornido y obeso, que me dio tan lisonjeros informes después de
-convidarme a beber en la puerta del mesón--. Por milagro de Dios y de
-María Santísima está vivo el Sr. Baltasar Cipérez, o sea, yo mismo.
-
---¿Y por qué?
-
---Porque... verás. Ya sabes que han mandado vayan a trabajar a las
-fortificaciones todos los habitantes de estos pueblos. El lugar que no
-envía a su gente es castigado con saqueo, y a veces con degüello...
-Bien dicen que el diablo es sutil. La costumbre es que mientras los
-aldeanos trabajan, los soldados estén quietos hablando y fumando, y
-de trecho en trecho hay sargentos que, látigo en mano, están allí con
-mucho ojo abierto para ver el que se distrae o mira al cielo, o habla
-a su compañero... Bien dijo el otro, que el diablo no duerme y todo lo
-añasca... En cuanto se descuida uno tanto así... ¡plas!...
-
---Le toman la medida de las espaldas.
-
---Yo tengo mala sangre --añadió Cipérez-- y no creo haber nacido para
-esclavo. Soy aldeano rico, estoy acostumbrado a mandar, y no a que me
-den de latigazos. A perro viejo no hay tus, tus... Así es que cuando
-aquel Lucifer me...
-
---Si soy yo el azotado, allí mismo le tiendo.
-
---Yo cerré los ojos; yo no vi más que sangre; yo me metí entre todos,
-porque... ¡Baltasar Cipérez azotado por un francés!... Yo daba
-mojicones... quien no puede dar en el asno da en la albarda. En fin,
-allí nos machacamos las liendres durante un cuarto de hora... Mira las
-resultas.
-
-El rico aldeano, apartando la anguarina puesta del revés según uso del
-país, mostrome su brazo vendado y sostenido en un pañuelo al modo de
-cabestrillo.
-
---¿Y nada más? ¡Pues yo creí que le habían ahorcado a usted!
-
---No, tonto, no me ahorcaron. ¿De veras lo creías tú? Habríanlo hecho
-si no se hubiera puesto de parte mía un soldado francés, llamado
-Molichard, que es buen hombre y un tanto borracho. Como éramos amigos
-y habíamos bebido tantas copas juntos, se dio sus mañas, y sacándome
-del calabozo me puso en salvo, aunque no sano, en la puerta de Zamora.
-¡Pobre Molichard, tan borracho y tan bueno! Cipérez el rico no olvidará
-su generosa conducta.
-
---Sr. Cipérez --dije al leal salmantino--, yo voy a Salamanca y no
-tengo carta de seguridad. Si su merced me proporcionara una...
-
---¿Y a qué vas allá?
-
---A vender estas verduras --repuse mostrando mi pollino.
-
---Buen comercio. Te lo pagarán a peso de oro. ¿Llevas lo que ellos
-llaman _jericó_?
-
---¿Habichuelas? Sí. Son de Castrejón.
-
-El aldeano me miró con atención algo suspicaz.
-
---¿Sabes por dónde anda el ejército inglés? --me preguntó clavando en
-mí los ojos--. Por la uña se saca al león...
-
---Cerca está, Sr. Cipérez ¿Conque me da su merced la carta de
-seguridad?...
-
---Tú no eres lo que pareces --dijo con malicia el aldeano--. ¡Vivan
-los buenos patriotas y mueran los franceses, todos los franceses menos
-Molichard, a quien pondré sobre las niñas de mis ojos!
-
---Sea lo que quiera... ¿me da su merced la carta de seguridad?
-
---Baltasarillo --gritó Cipérez--, llégate aquí.
-
-Del grupo de los jugadores salió un joven como de veinte años,
-vivaracho y alegre.
-
---Es mi hijo --dijo el charro--. Es un acero... Baltasarillo, dame tu
-carta de seguridad.
-
---Entonces...
-
---No, no vayas mañana a Salamanca. Vuelve conmigo a Escuernavacas. ¿No
-dices que tu madre quedó muy triste?
-
---Madre tiene miedo a las moscas; pero yo no.
-
---¿Tú no?
-
---Por miedo de gorriones no se dejan de sembrar cañamones --replicó el
-mancebo--. Quiero ir a Salamanca.
-
---A casa, a casa. Te mandaré mañana con un regalito para el Sr.
-Molichard... Dame tu carta.
-
-El joven sacó su documento y entregómelo el padre diciendo:
-
---Con este papel te llamarás Baltasarillo Cipérez, natural de
-Escuernavacas, partido de Vitigudino. Las señas de los dos mancebos
-allá se van. El papel está en regla, y lo saqué yo mismo hace dos
-meses, la última vez que mi hijo estuvo en Salamanca con su hermana
-María, cuando la fiesta del rey Copas.
-
---Pagaré a su merced el servicio que me ha hecho --dije echando mano a
-la bolsa, cuando Baltasarito se apartó de mí.
-
---Cipérez el rico no toma dinero por un favor --dijo con nobleza--.
-Creo que sirves a la patria, ¿eh? Porque a pesar de ese pelaje... Tan
-bueno es como el Rey y el Papa el que no tiene capa... Todos somos
-unos. Yo también...
-
---¿Cómo recibirán estos pueblos al _Lord_ cuando se presente?
-
---¿Cómo le han de recibir?... ¿Le has visto? ¿Está cerca? --preguntó
-con entusiasmo.
-
---Si su merced quiere verle, pásese el miércoles por Bernuy.
-
---¡Bernuy! Estar en Bernuy es estar en Salamanca --exclamó con exaltado
-gozo--. El refrán dice: «Aquí caerá Sansón»; pero yo digo: «Aquí caerá
-Marmont y cuantos con él son.» ¿Has visto los estudiantes y los mozos
-de Villamayor?
-
---No he visto nada, señor.
-
---Tenemos armas --dijo con misterio--. Ténganos el pie al herrar y verá
-del que cojeamos... Cuando el _Lord_ nos vea...
-
-Y luego, llevándome aparte con toda reserva, añadió:
-
---Tú vas a Salamanca mandado por el _Lord_... ¿eh? como si lo viera...
-No haya miedo. El que tiene padre alcalde, seguro va a juicio. Bien,
-amigo... has de saber que en todos estos pueblos estamos preparados,
-aunque no lo parece. Hasta las mujeres saldrán a pelear... Los
-franceses quieren que les ayudemos; pero lo que has de dar al mur dalo
-al gato, y sacarte ha de cuidado. Yo serví algún tiempo con Julián
-Sánchez, y muchas veces entré en la ciudad como espía... Mal oficio...
-pero en manos está el pandero que lo saben bien tañer.
-
---Sr. Cipérez --dije--, ¡vivan los buenos patriotas!
-
---No esperamos más que ver al inglés para echarnos todos al campo con
-escopetas, hoces, picos, espadas y cuanto tenemos recogido y guardado.
-
---Y yo me voy a Salamanca. ¿Me dejarán trabajar en las fortificaciones?
-
---Peligrosillo es. ¿Y el látigo? Quien a mí me trasquiló, las tijeras
-le quedaron en la mano... Pero si ahora no trabajan los aldeanos en los
-fuertes.
-
---¿Pues quién?
-
---Los vecinos de la ciudad.
-
---¿Y los aldeanos?
-
---Los ahorcan si sospechan que son espías. Que ahorquen. Al freír de
-los huevos lo verán, y a cada puerco le llega su San Martín... Por mí
-nada temo ahora, porque en salvo está el que repica.
-
---Pero yo...
-
---Ánimo, joven... Dios está en el cielo... y con esto me voy
-hacia Valverdón, donde me esperan doscientos estudiantes y más de
-cuatrocientos aldeanos. ¡Viva la patria y Fernando VII! ¡Ah! por si te
-sirve de algo, puedes decir en Salamanca que vas a buscar hierro viejo
-para tu señor padre Cipérez el rico... Adiós...
-
---Adiós, generoso caballero.
-
---¿Caballero yo? Poco va de Pedro a Pedro... Aunque las calzo no las
-ensucio... Adiós, muchacho, buena suerte. ¿Sabes bien el camino? Por
-aquí adelante, siempre adelante. Encontrarás pronto a los franceses;
-pero siempre adelante, adelante siempre. Aunque mucho sabe la zorra,
-más sabe el que la toma.
-
-Nos despedimos el bravo Cipérez y yo dándonos fuertes apretones de
-manos, y seguí a buen paso mi camino.
-
-
-
-
-XV
-
-
-Detúveme a descansar en Cabrerizos ya muy alta la noche del lunes al
-martes, y al amanecer del día siguiente, cuando me disponía a hacer
-mi entrada triunfal en la ciudad, insigne maestra de España y de la
-civilización del mundo, los franceses, que hasta entonces no me habían
-incomodado, aparecieron en el camino. Era un destacamento de dragones
-que custodiaba cierto convoy enviado por Marmont desde Fuentesaúco.
-A pesar de que no había motivo para creer que aquellos señores se
-metieran conmigo, yo temía una desgracia; mas disimulé mi zozobra y
-recelo, arreando al pollino, y afectando divertir la tristeza del
-camino con cantares alegres.
-
-No me engañó el corazón, pues los invasores de la patria ¡que comidos
-de los lobos sean antes, ahora y después! sin intentar hacerme
-manifiesto daño, antes bien un beneficio aparente, contrariaron mi plan
-de un modo lastimoso.
-
---Hermosas hortalizas --dijo en francés un cabo, llevando su caballo al
-mismo paso que mi pollino.
-
-No dije nada, y ni siquiera le miré.
-
---¡Eh, imbécil! --gritó en lengua híbrida dándome con su sable en la
-espalda--, ¿llevas esas verduras a Salamanca?
-
---Sí, señor --respondí afectando toda la estupidez que me era posible.
-
-Un oficial detuvo el paso, y ordenó al cabo que comprase toda mi
-mercancía.
-
---Todo, lo compramos todo --dijo el cabo sacando un bolsillo de trapo
-mugriento--. _¿Combien?_
-
-Hice señas negativas con la cabeza.
-
---¿No llevas eso a Salamanca para venderlo?
-
---No, señor: es para un regalo.
-
---¡Al diablo con los regalos! Nosotros compramos todo, y así, gran
-imbécil, podrás volverte a tu pueblo.
-
-Comprendí que resistir a la venta era infundir sospechas, y les pedí
-un sentido por las verduras, cuya escasez era muy grande en aquella
-época y en aquel país. Mas enfurecido el soldado, amenazome con abrirme
-bonitamente en dos; subió luego el precio más de lo ofrecido, bajé yo
-un tantico, y nos ajustamos. Recibí el dinero, mi pollino se quedó
-sin carga, y yo sin motivo aparente para justificar mi entrada en la
-ciudad, porque a los que no iban con víveres les daban con la puerta
-en los hocicos. Seguí, sin embargo, hacia adelante, y el cabo me dijo:
-
---¡Eh, buen hombre! ¿No os volvéis a vuestro pueblo? No he visto mayor
-estúpido.
-
---Señor --repuse--, voy a cargar mi burro de hierro viejo.
-
---¿Tienes carta de seguridad?
-
---¿Pues no he de traerla? Cuando estuve en Salamanca hace dos meses,
-para ver las fiestas del Rey, me la dieron... Pero como ahora no llevo
-carga, puede que no me dejen entrar a recoger el hierro viejo. Si el
-señor cabo quiere que vaya con su merced para que diga cómo me compró
-las verduras... pues, y que voy por hierro viejo.
-
---Bueno, _saco de papel_: pon tu burro al paso de mi caballo y sígueme;
-mas no sé si te dejarán entrar, porque hay órdenes muy rigurosas para
-evitar el espionaje.
-
-Llegamos a la puerta de Zamora, y allí me detuvo con muy malos modos el
-centinela.
-
---Déjalo pasar --dijo mi cabo--; le he comprado las verduras y va a
-cargar de hierro su jumento.
-
-Mirome el cabo de guardia con recelo, y al ver retratada en mi
-semblante aquella beatífica estupidez propia de los aldeanos que han
-vivido largo tiempo en lo más intrincado de bosques y dehesas, dijo así:
-
---Estos palurdos son muy astutos. ¡Eh! _monsieur le badaud_. En esta
-semana hemos ahorcado a tres espías.
-
-Yo fingí no comprender, y él añadió:
-
---Puedes entrar si tienes carta de seguridad.
-
-Mostré el documento, y me dejaron pasar.
-
-Atravesé una calle larga, que era la de Zamora, y me condujo en
-derechura a una grande y hermosa plaza de soportales, ocupada a la
-sazón por gran gentío de vendedores. Busqué en las inmediaciones posada
-donde dejar mi burro para poder dedicarme con libertad al objeto de
-mi viaje, y cuando hube encontrado un mesón, que era el mejor de
-la ciudad, y acomodado en él con buen pienso de paja y cebada a mi
-pacífico compañero, salí a la calle. Era la de la Rúa, según me dijo
-una muchacha a quien pregunté. Mi afán era trasladarme al recinto
-murallado para recorrerlo todo. De pronto vi multitud de personas de
-diversas clases que marchaban en tropel, llevando cada cual al hombro
-azadón o pico. Escoltábanles soldados franceses, y no iban ciertamente
-muy a gusto aquellos señores.
-
---Son los habitantes de la ciudad que van a trabajar a las
-fortificaciones --dije para mí--. Los franceses les llevan a la fuerza.
-
-Aparteme a un lado por temor a que mi curiosidad infundiese sospechas,
-y andando sin rumbo ni conocimiento de las calles, llegué a un
-convento, por cuyas puertas entraban a la sazón algunas piezas de
-artillería. De repente sentí una pesada mano sobre mi hombro, y una voz
-que en mal castellano me decía:
-
---¿No tomáis una azada, holgazán? Venid conmigo a casa del comisario de
-policía.
-
---Yo soy forastero --repuse--; he venido con mi borriquito...
-
---Venid y se sabrá quién sois --continuó mirándome atentamente--. Si,
-_par exemple_, fueseis _espion_...
-
-Mi primer intento fue negarme a seguirle; pero hubiérame vendido
-la resistencia, y parecía más prudente ceder. Afectando la mayor
-humildad, seguí a mi extraño aprehensor, el cual era un soldado pequeño
-y vivaracho, ojinegro, morenito y oficioso, cuyo empaque y modos me
-hacían poquísima gracia. En el recodo que hacía una calle tortuosa y
-oscura, traté de burlarle, quedándome un instante atrás para poner
-los pies en polvorosa con mi habitual ligereza; mas como adivinara el
-menguado mis intenciones, asiome del brazo y socarronamente me dijo:
-
---¿Creéis que soy menos listo que vos? Adelante y no deis coces,
-porque os levanto la tapa de los sesos, señor patán. Ya no me queda
-duda que sois _espion_. Estábais observando la artillería de las
-monjas Bernardas. Estábais midiendo la muralla. Sabed que aquí hay
-unos funcionarios muy astutos que espían a los espías, y yo soy uno de
-ellos. ¿No habéis bailado nunca al extremo de una cuerda?
-
-Nuevamente sentí impulsos de librarme de aquel hombre por la violencia;
-mas por fortuna tuve tiempo de reflexionar, sofocando mi cólera y
-fiando mi salvación a la astucia y al disimulo. Llevome el endemoniado
-francesillo a un vasto edificio, en cuyo patio vi mucha tropa, y
-deteniéndose conmigo ante un grupo formado de cuatro robustos y
-poderosos militarotes de brillante uniforme, bigotazos retorcidos e
-imponente apostura, me señaló con expresión de triunfo.
-
---¿Qué traes, _Tourlourou_? --preguntó con fastidio el más viejo de
-todos.
-
---Un _crapaud_ pescado ahora mismo.
-
-Quiteme el sombrero, y con aire contrito y humildísimo hice varias
-reverencias a aquellos apreciables sujetos.
-
---¡Un _crapaud_! --repitió el viejo oficial, dirigiéndose a mí con
-fieros ojos--. ¿Quién sois?
-
---Señor --dije cruzando las manos--, ese señor soldado me ha tomado por
-un espía. Yo vengo de Escuernavacas a buscar hierro viejo; tengo mi
-burro en el mesón de una tal tía Fabiana, y me llamo Baltasar Cipérez,
-para lo que vuecencia guste mandar. Si quieren ahorcarme, ahórquenme...
---y luego, sollozando del modo más lastimoso y exhalando gritos de
-dolor que hubieran conmovido al mismísimo bronce, exclamé--: ¡Adiós,
-madre querida; adiós, padre de mi corazón: ya no veréis más a vuestro
-hijito; adiós, Escuernavacas de mi alma, adiós, adiós! Pero yo ¿qué he
-hecho; qué he hecho yo, señores?
-
-El oficial anciano dijo con calma imperturbable:
-
---Quitadme de delante este canalla. Sargento Molichard, sargento
-Molichard, mandad que le encierren en el calabozo. Después le
-interrogaremos. Ahora estoy muy ocupado. Voy a ver al _maréchal des
-logis_, porque se dice que esta tarde saldremos de Salamanca.
-
-Presentose otro francés alto como un poste, derecho como un huso,
-flaco y duro y flexible cual caña de Indias, de fisonomía curtida
-y burlona, ojos vivos, lacios y negros bigotes, manos y pies de
-descomunal magnitud. Cuando vi aquel pedazo de militar, de cuya
-osamenta pendía el uniforme como de una percha; cuando oí su nombre,
-una idea salvadora iluminó súbito mi cerebro, y pasando del pensamiento
-a la ejecución con la rapidez de la voluntad humana en casos de apuro,
-lancé una exclamación en que al mismo tiempo puse afectadamente
-sorpresa y júbilo; corrí hacia él, me abracé con vehemente ardor a sus
-rodillas, y llorando dije:
-
---¡Oh, Sr. Molichard de mi alma, Sr. Molichard, queridísimo y
-reverenciadísimo! Al fin le encuentro. ¡Y cuánto le he buscado sin que
-estos pícaros me dieran razón de su merced! Déjeme que le abrace, que
-bese sus rodillas, y que le reverencie y acate y venere... ¡Oh, Santa
-Virgen María, qué gozo tan grande!
-
---Creo que estáis loco, buen hombre --dijo el francés sacudiendo sus
-piernas.
-
---Pero ¿no me conoce usía? --añadí--. Pero ¿cómo me ha de conocer,
-si no me ha visto nunca? Deme esa mano que la bese, y viva mil años
-el buen Sr. Molichard, que salvó a mi buen padre de la muerte. Soy
-Baltasar Cipérez: mire mi carta de seguridad; soy hijo del tío
-Baltasar, a quien llaman Cipérez el rico, natural de Escuernavacas.
-Bendito sea el señor Molichard. Estoy en Salamanca porque hame mandado
-mi padre con un obsequio para su merced.
-
---¡Un obsequio! --exclamó el sargento con alborozado semblante.
-
---Sí, señor, un obsequio miserable, pues lo que usía ha hecho no lo
-pagará mi padre con los pobres frutos de su huerta.
-
---¡Verduras! ¿Y dónde están? --dijo Molichard volviendo en derredor los
-ojos.
-
---Me las quitó en el camino un cabo de dragones, cuyo nombre no sé;
-pero que debe de andar por aquí, y podrá dar testimonio de lo que digo.
-Pues poco le gustaron a fe. Regostose la vieja a los bledos, no dejó
-verdes ni secos.
-
---¡Oh, peste de dragones! --exclamó con furia el protector de mi
-padre--. Yo se las sacaré de las tripas.
-
---Me obligó a que se las vendiera --continué--; pero puedo dar a
-usía el dinero que me entregó: además, en el primer viaje que haga a
-Salamanca, traeré, no una, sino dos cargas para el Sr. Molichard. Mas
-no es el único obsequio que traigo a su merced. Mi padre no sabía qué
-hacer, porque quien da luego da dos veces; mi madre, que no ha venido
-en persona a ponerse a los pies de usía porque le están echando cintas
-nuevas a la mantilla, quería que padre echase la casa por la ventana
-para obsequiar a su protector, y cuando me puse en camino pensaron
-los dos que la verdura era regalo indigno de su agradecido corazón,
-liberalidad y mucha hacienda; por cuya razón diéronme tres doblones de
-oro para que en Salamanca comprase para usía un tercio de vino de la
-Nava, que aquí lo hay bueno, y el del pueblo revuelve los hígados.
-
---El Sr. Cipérez es hombre generoso --dijo el francés pavoneándose ante
-sus amigos, que no estaban menos absortos y gozosos que él.
-
---Lo primero que hice en Salamanca esta mañana fue contratar el tercio
-en el mesón de la tía Fabiana. Conque vamos por él...
-
---El vino de la tía Fabiana no puede ser mejor que el que hay en la
-taberna de la Zángana. Puedes comprarlo allí.
-
---Daré aína el dinero a su merced para que lo compre a su gusto. Bien
-dicen que al que Dios quiere bien, en casa le traen de comer. ¡Cuánto
-trabajo para encontrar al Sr. Molichard! Preguntaba a todo el mundo,
-sin que nadie me diera razón, hasta que este buen amigo me tomó por
-espía y trájome aquí... no hay mal que por bien no venga... ¡Al fin he
-tenido el gusto de abrazar al amigo de mi padre! ¡Qué casualidad! Ojos
-que se quieren bien, desde lejos se ven... Sr. Molichard, cuando me
-deje su merced en el calabozo, donde el oficial mandó que me pusieran,
-puede ir a escoger el vino que más le acomode. ¡Bendito sea Dios, que
-hizo rico a mi buen padre para poder pagar con largueza los beneficios!
-Mi padre quiere mucho al Sr. Molichard. Quien te da el hueso no quiere
-verte muerto.
-
---En lo de ensartar refranes --dijo Molichard--, se conoce la sangre
-del Sr. Cipérez.
-
---Si bien canta el cura, no le va en zaga el monaguillo.
-
-Molichard pareció indeciso, y después de consultar a sus compañeros con
-la vista y algún monosílabo que no entendí, me dijo:
-
---Yo bien quisiera no encerraros en el calabozo, porque, en verdad,
-cuando le obsequian a uno de parte del Sr. Cipérez... pero...
-
---No... no se apure por mí el Sr. Molichard --dije con la mayor
-naturalidad del mundo--. Ni quiero que por mí le riña el señor oficial.
-Al calabozo. Como estoy seguro de que el señor oficial y todos los
-oficiales del mundo se convencerán de que no soy malo...
-
---En el calabozo lo pasaríais mal, joven... --dijo el francés--.
-Veremos. Se le dirá al oficial que...
-
---El oficial no se acuerda ya de lo que mandó --afirmó Tourlourou,
-quien, por encantamiento, había olvidado sus rencores contra mí.
-
---¡Eh! Jean-Jean --gritó Molichard llamando a un compañero que cercano
-al lugar de la escena pasaba, y en cuya pomposa figura conocí al cabo
-de dragones que comprara mis verduras en el camino.
-
-Acercose Jean-Jean, por quien fui al punto reconocido.
-
---Buen amigo --le dije--, me parece que fue su merced quien me compró
-las verduras que traje para el señor. ¿No dije que eran para un regalo?
-
---A saber que eran para este _chauve souris_--dijo Jean-Jean--, no os
-hubiera dado un céntimo por ellas.
-
---Jean-Jean --gritó Molichard en francés--, ¿te gusta el vino de la
-Nava?
-
---Verlo no. ¿Dónde lo hay?
-
---Mira, Jean-Jean. Este joven me ha regalado un trago. Pero tenemos
-que ponerle a él en el calabozo...
-
---¡En el calabozo!
-
---Sí, _mon vieux_: le han tomado por espía sin serlo.
-
---Vámonos a la taberna los cuatro --dijo Tourlourou--, y luego el señor
-se quedará en su calabozo.
-
---Yo no quiero que por mí se indispongan sus mercedes con los
-jefes --dije con humildad y apocamiento--. Llévenme a la prisión,
-enciérrenme... Cada lobo en su senda y cada gallo en su muladar.
-
---¿Qué es eso de encerrar? --gritó Molichard en tono campechano
-y tocando las castañuelas con los dedos--. A casa de la Zángana,
-_messieurs_. Cipérez, nosotros respondemos de ti.
-
-
-
-
-XVI
-
-
---¿Y si se enfada el oficial? Yo no me muevo de aquí.
-
---Un francés, un soldado de Napoleón --dijo Tourlourou con gesto
-parecido al de Bonaparte, señalando las pirámides--, no bebe tranquilo
-mientras que su amigo español se muere de sed en una mazmorra. Bravo,
-Cipérez --añadió abrazándome--, sois el primero entre mis camaradas.
-Abracémonos... Bien, así... amigos hasta la muerte. Señores, ved
-juntos aquí _l’aigle de l’Empire et le lion de l’Espagne_.
-
-Francamente, a mí, león de España, me hacían poquísima gracia, como a
-aquella, los abrazos del águila del Imperio.
-
-Y con esto y otros excesos verbales de los tres servidores del gran
-Imperio, me sacaron fuera del cuartel y en procesión lleváronme a un
-ventorrillo cercano a las fortificaciones de San Vicente.
-
---Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de
-mi señor padre, yo pago todo el gasto --dije al entrar.
-
-En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean-Jean regalaron sus
-venerandos cuerpos con lo mejor que había en la bodega, y helos aquí
-que por grados perdían la serenidad, si bien el cabo de dragones
-parecía tener más resistencia alcohólica que sus ilustres compañeros de
-armas y de vino.
-
---¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? --me preguntó Molichard.
-
---Bastante para pasar --respondí con modestia.
-
---Llámanle Cipérez el rico.
-
---Cierto, y lo es... Veo que mi obsequio parece poco... Por ahí se
-empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina.
-
---No digo eso. ¡A la salud de _monsieurrrr_ Cipérez!
-
---Esto que hoy he traído, es porque como venía a mercar hierro viejo...
-Pero mi padre y mi madre y toda mi familia vendrán en procesión
-_solene_ con algo mejor. Sr. Molichard, mi hermana quiere conocer al
-Sr. Molichard...
-
---Es una linda muchacha, según decía Cipérez. ¡A la salud de María
-Cipérez!
-
---Muy guapa, parece un sol, y cuantos la ven la tienen por princesa.
-
---Y una buena dote... Si al fin irá uno a dejar su pellejo en España.
-Digamos como Luis XIV: «Ya no hay _Pirrineos_...» Bebed, Baltasarico.
-
---Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido,
-ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien
---dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez.
-
-Jean-Jean cantaba:
-
- _Le crocodile en partant pour la guerre_
- _Disait adieux à ses petits enfants._
-
- _Le malheureux_
- _Trainait sa queue_
- _Dans la poussière..._
-
-Tourlourou, después de remedar el gato y el perro, púsose de pie y con
-gesto majestuoso exclamó:
-
---Camaradas, desde lo alto de esta botella _quarrrrante siècles vous
-contemplent_.
-
-Yo dije a Molichard:
-
---Señor sargento, como no acostumbro a beber, me he mareado de tal
-modo... Voy a salir un momento a tomar el aire. ¿Ha escogido usted su
-vino de la Nava?
-
-Y sin esperar contestación pagué a la Zángana.
-
---Bien: vamos un momento afuera --repuso Molichard tomándome del brazo.
-
-Al salir encontreme en un sitio que no era plaza, ni patio, ni calle,
-sino más bien las tres cosas juntas. A un lado y otro veíanse altas
-paredes, unas a medio derribar, otras en pie todavía, sosteniendo
-los techos destrozados. Al través de estos se distinguía el interior
-abierto de los que fueron templos, cuyos altares habían quedado al aire
-libre; y la luz del día, iluminando de lleno las pinturas y dorados,
-daba a estos el aspecto de viejos objetos de prendería cuando los
-anticuarios de feria los amontonan en la calle. Soldados y paisanos
-trabajaban llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones,
-amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o
-reparando lo demolido con exceso. Vi todo esto, y acordándome de Lord
-Wellington, puse mi alma toda en los ojos. Yo hubiera querido abarcar
-de un solo golpe de vista lo que ante mí tenía y guardarlo en mi
-memoria, piedra por piedra, arma por arma, hombre por hombre.
-
---¿Qué es esto que hacen aquí, Sr. Molichard? --pregunté cándidamente.
-
---¡Fortificaciones, animal! --dijo el sargento, que después que se
-llenó el cuerpo con mi vino, había empezado a perderme el respeto.
-
---Ya, ya comprendo --repuse afectando penetración--. Para la guerra. ¿Y
-cómo llaman a este sitio?
-
---Este es el fuerte de San Vicente, y aquí había un convento de
-benedictinos, que fue derribado. Una guarida de mochuelos, mi amiguito.
-
---¿Y qué van a hacer aquí con tanto cañón? --pregunté estupefacto.
-
---Pues no eres poco bestia. ¿Qué se ha de hacer? Fuego.
-
---¡Fuego! --dije medrosamente--. ¿Y todos a la vez?
-
---Te pones pálido, cobarde.
-
---Uno, dos, tres, cuatro... allí traen otro. Son cinco. ¿Y esa tierra,
-mi sargento, para qué es?
-
---No he visto un animal semejante... ¿No ves que se están haciendo
-escarpa y contraescarpa?
-
---¿Y aquel otro caserón hecho pedazos que se ve más allá?
-
---Es el castillo árabe-romano. _¡Foudre et tonnerre!_ Eres un
-ignorante. Dame la mano, que San Cayetano me baila delante.
-
---¿San Cayetano?
-
---¿No lo ves, zopenco? Aquel convento grande que está a la derecha.
-También lo estamos fortificando.
-
---Esto es muy bonito, Sr. Molichard. Será gracioso ver esto cuando
-empiece el fuego. ¿Y aquellos paredones que están derribando?
-
---El colegio Trilingüe... _triquis lingüis_ en latín, esto es, _de
-tres lenguas_. Todavía no han acabado el camino cubierto que baja a la
-Alberca.
-
---Pero aquí han derribado calles enteras, Sr. Molichard --dije
-avanzando más y dándole el brazo para que no se cayese.
-
---Pues no parece sino que vienes del Limbo, _¡ventre de bœuf!_ ¿No ves
-que hemos echado al suelo la calle larga para poder esparcir los fuegos
-de San Vicente?...
-
---Y allí hay una plaza...
-
---Un baluarte.
-
---Dos, cuatro, seis, ocho cañones nada menos. Esto da miedo.
-
---Juguetes... los buenos son aquellos cuatro, los del revellín.
-
---Y por aquí va un foso...
-
---Desde la puerta hasta los Milagros, bruto.
-
---¿Y detrás?... Jesús, María y José, ¡qué miedo!
-
---Detrás del parapeto están los morteros.
-
---Vamos ahora por aquel lado.
-
---¿Por San Cayetano?... ¡Oh!... Veo que eres curioso, curiosito...
-_Saperlotte_. Te advierto que si sigues haciendo tales preguntas y
-mirando con esos ojos de buey... me harás creer que ciertamente eres
-espía... y, a la verdad, amiguito, sospecho...
-
-El sargento me miró con descaro y altanería. Llegó a la sazón
-Tourlourou en lastimoso estado, mal sostenido por Jean-Jean, que
-entonaba una canción guerrera.
-
---¡_Espion_, sí, _espion_! --dijo Tourlourou señalándome--. Sostengo
-que eres _espion_. ¡Al calabozo!
-
---Francamente, caballero Cipérez --dijo Molichard--, yo no quisiera
-faltar a la disciplina, ni que el jefe me pusiera en el nicho por ti.
-
---Tiene este mancebo --afirmó Jean-Jean sentándome la mano en el hombro
-con tanta fuerza que casi me aplastó-- cara de tunante.
-
---Desde que le vi sospeché algo malo --dijo Molichard--. No está uno
-seguro de nadie en esta maldita tierra de España. Salen espías de
-debajo de las piedras...
-
-Yo me encogí de hombros, fingiendo no entender nada.
-
---¿Pero no os dije que estaba observando el convento de Bernardas, cuya
-muralla se está aspillerando? --dijo Tourlourou.
-
-Comprendí que estaba perdido; pero esforceme en conservar la serenidad.
-De pronto entró en mi alma un rayo de esperanza al oír pronunciar a
-Jean-Jean las siguientes palabras en mal castellano:
-
---Sois unos bestias. Dejadme a mí al señor Cipérez, que es mi amigo.
-
-Pasó su brazo por encima de mi hombro con familiaridad cariñosa, aunque
-harto pesada.
-
---Volvámonos al cuartel --dijo Molichard--. Yo entro de guardia a las
-diez.
-
-Y asiéndome por el brazo añadió:
-
---¡_Peste, mille pestes_!... ¿Querías escapar?
-
---En el cuartel se le registrará --exclamó Tourlourou.
-
---Fuera de aquí, _goguenards_ --dijo con energía Jean-Jean--. El Sr.
-Cipérez es mi amigo, y le tomo bajo mi protección. Andad con mil
-demonios y dejádmelo aquí.
-
-Tourlourou reía; pero Molichard mirome con ojos fieros e insistió en
-llevarme consigo; mas aplicole mi improvisado protector tan fuerte
-porrazo en el hombro, que al fin resolvió marcharse con su compañero,
-ambos describiendo eses y otros signos ortográficos con sus desmayados
-cuerpos. He referido con alguna minuciosidad los hechos y dichos de
-aquellos bárbaros, cuya abominable figura no se borró en mucho tiempo
-de mi memoria. Al reproducir los primeros, no me he separado de la
-verdad en lo más mínimo. En cuanto a las palabras, imposible sería
-a la retentiva más prodigiosa conservarlas tal y como de aquellas
-embriagadas bocas salieron, en jerga horrible que no era español ni
-francés. Pongo en castellano la mayor parte, no omitiendo aquellas
-voces extranjeras que más impresas han quedado en mi memoria, y
-conservo el tratamiento de _vos_, que comúnmente nos daban los
-franceses poco conocedores de nuestro modo de hablar.
-
-¿La protección de Jean-Jean era desinteresada o significaba un nuevo
-peligro mayor que los anteriores? Ahora se verá, si tienen mis amigos
-paciencia para seguir oyendo el puntual relato de mis aventuras en
-Salamanca el día 16 de junio de 1812, las cuales, a no ser yo mismo
-protagonista y actor principal de todas ellas, las diputara por
-hechuras engañosas de la fantasía, o invenciones de novelador para
-entretener al vulgo.
-
-
-
-
-XVII
-
-
-El Sr. Jean-Jean me tomó el brazo, y llevándome adelante por entre
-aquellas tristes ruinas, díjome:
-
---Amigo Cipérez, he simpatizado con vos; nos pasearemos juntos...
-¿Cuándo pensáis dejar a Salamanca? Os juro que lo sentiré.
-
-Tan relamidas expresiones fueron funestísimo augurio para mí, y
-encomendé mi alma a Dios. En mi turbación, ni siquiera reparé en el
-aparato de guerra que a mi lado había, y olvideme ¡oh Jesús divino! de
-Lord Wellington, de Inglaterra y de España.
-
---Mucho me agrada su compañía --dije afectando valor--. Vamos a donde
-usted quiera.
-
-Sentí que el brazo del francés, cual máquina de hierro, apretaba
-fuertemente el mío. Aquel apretón quería decir: «No te me escaparás,
-no.» A medida que avanzábamos noté que era más escasa la gente, y
-que los sitios por donde lentamente discurríamos estaban cada vez
-más solitarios. Yo no llevaba más arma que una navaja. Jean-Jean,
-que era hombre robustísimo y de buena estatura, iba acompañado de un
-poderoso sable. Con rápida mirada observé hombre y arma para medirlos y
-compararlos con la fuerza que yo podía desplegar en caso de lucha.
-
---¿A dónde me lleva usted? --pregunté deteniéndome al fin, resuelto a
-todo.
-
---Seguid, mi buen amigo --dijo con burlesco semblante--. Nos pasearemos
-por la orilla del Tormes.
-
---Estoy algo cansado.
-
-Parose, y clavando sus ojuelos en mí, me dijo:
-
---¿No queréis seguir al que os ha librado de la horca?
-
-Con esa llama de intuición que súbitamente nos ilumina en momentos de
-peligro, con la perspicacia que adquirimos en la ocasión crítica en
-que la voluntad y el pensamiento tratan de sobreponerse con angustioso
-esfuerzo a obstáculos terribles, leí en la mirada de aquel hombre la
-idea que ocupaba su alma. Indudablemente Jean-Jean había conocido
-que yo llevaba conmigo mayor cantidad de dinero que la que mostré en
-la taberna, y ya me creyese espía, ya el verdadero Baltasar Cipérez,
-tentó mi caudal su codicia, y el fiero dragón ideó fáciles medios para
-apropiárselo. Aquel equívoco aspecto suyo, aquel solitario paraje
-por donde me conducía, indicaban su criminal proyecto, bien fuese
-este matarme para dar luego con mi cuerpo en el río, bien espoliarme,
-denunciándome después como espía.
-
-Por un instante sentí cobarde y vencida el alma, trémulo y frío el
-cuerpo: la sangre toda se agolpó a mi corazón, y vi la muerte, un fin
-horrible y oscuro, cuyo aspecto afligió mi alma más que mil muertes en
-el terrible y glorioso campo de batalla... Miré en derredor, y todo
-lo vi desierto y solo. Mi verdugo y yo éramos los únicos habitantes
-de aquel lugar triste, abandonado y desnudo. A nuestro lado ruinas
-deformes iluminadas por la claridad de un sol que me parecía espantoso;
-delante el triste río, donde el agua remansada y quieta no producía, al
-parecer, ni corriente ni ruido; más allá la verde orilla opuesta. No se
-oía ninguna voz humana, ni paso de hombre ni de bruto, ni más rumor que
-el canto de los pájaros que alegremente cruzaban el Tormes para huir de
-aquel sitio de desolación en busca de la frescura y verdor de la otra
-ribera. No podía pedir auxilio a nadie más que a Dios.
-
-Pero sentí de pronto la iluminación de una idea divina, divina, sí, que
-penetró en mi mente, lanzada como rayo invisible de la inmortal y alta
-fuente del pensamiento: sentí no sé qué dulces voces en mi oído, no sé
-qué halagüeñas palpitaciones en mi corazón, un brío inexplicable, una
-esperanza que me llenaba todo; y sentir esto, y pensarlo, y formar un
-plan, fue todo uno. He aquí cómo.
-
-Bruscamente y disimulando tanto mi recelo cual si fuera yo el criminal
-y él la víctima, detuve a Jean-Jean; tomé una actitud severa, resuelta
-y grave; le miré como se mira a cualquier miserable que va a prestarnos
-un servicio, y en tono muy altanero le dije:
-
---Sr. Jean-Jean: este sitio me parece muy a propósito para hablar a
-solas.
-
-El hombre se quedó lelo.
-
---Desde que le vi a usted, desde que le hablé, le tuve por hombre de
-entendimiento, de actividad, y esto precisamente, esto, es lo que yo
-necesito ahora.
-
-Vaciló un momento, y al fin estúpidamente me dijo:
-
---De modo que...
-
---No, no soy lo que parezco. Se puede engañar a esos imbéciles
-Tourlourou y Molichard; pero no a usted.
-
---Ya me lo figuraba --afirmó--. Sois espía.
-
---No. Extraño que un entendimiento como el tuyo haya incurrido en esa
-vulgaridad --dije tuteándole con desenfado--. Ya sabes que los espías
-son siempre rústicos labriegos que por dinero exponen su vida. Mírame
-bien. A pesar del vestido, ¿tengo cara y talle de labriego?
-
---No a fe mía. Sois un caballero.
-
---Sí: un caballero, un caballero, y tú también lo eres, pues la
-caballerosidad no está reñida con la pobreza.
-
---Ciertamente que no.
-
---¿Y has oído nombrar al Marqués de Ríoponce?
-
---No... sí... sí me parece que le he oído nombrar.
-
---Pues ese soy yo. ¿Podré vanagloriarme de haber encontrado en este
-día, aciago para mí, un hombre de buenos sentimientos que me sirva,
-y al cual demostraré mi gratitud recompensándole con lo que él mismo
-nunca ha podido soñar?... Porque tú como soldado eres pobre, ¿no es
-cierto?
-
---Pobre soy --dijo, no disimulando la avaricia que por las claras
-ventanas de sus ojos asomaba.
-
---Escasa es la cantidad que llevo sobre mí; pero para la empresa que
-hoy traigo entre manos he traído suma muy respetable, hábilmente
-encerrada dentro del pelote que rellena el aparejo de mi cabalgadura.
-
---¿Dónde dejasteis vuestro pollino?
-
-Me quería comer con los ojos.
-
---Eso se queda para después.
-
---Si sois espía, no contéis conmigo para nada, señor Marqués --dijo con
-cierta confusión--. No haré traición a mis banderas.
-
---Ya he dicho que no soy espía.
-
---_C’est drôle._ ¿Pues qué demonios os trae a Salamanca en ese traje,
-vendiendo verduras y haciéndoos pasar por un campesino de Escuernavacas?
-
---¿Qué me trae? Una aventura amorosa.
-
-Dije esto y lo anterior con tal acento de seguridad, tanto aplomo y
-dominio de mí mismo, que en los ojos del que había querido ser mi
-asesino observé, juntamente con la avaricia, la convicción.
-
---¡Una aventura amorosa! --dijo asaltado nuevamente por la duda,
-después de breve rato de meditación--. ¿Y por qué no habéis venido tal
-y como sois? ¿Para qué ocultaros así de toda Salamanca?
-
---¡Qué pregunta!... A fe que en ciertos momentos pareces un niño
-inocente. Si la aventura amorosa fuera de esas que se vienen a la mano
-por fáciles y comunes, tendrías razón; pero esta de que me ocupo es
-peligrosa, y tan difícil, que es indispensable ocultar por completo mi
-persona.
-
---¿Es que algún francés os ha quitado vuestra novia? --preguntó el
-dragón sonriendo por primera vez en aquel diálogo.
-
---Casi, casi... parece que vas acertando. Hay en Salamanca una persona
-que amo y a quien me llevaré conmigo, si puedo; otra que aborrezco y a
-quien mataré, si puedo.
-
---¿Y esa segunda persona es quizás alguno de nuestros queridos
-generales? --dijo con sequedad--. Señor Marqués, no contéis conmigo
-para nada.
-
---No: esa persona no es ningún general, ni siquiera es francés. Es un
-español.
-
---Pues si es español, _le diable m’emporte_... podéis tratarle todo lo
-mal que os agrade. Ningún francés os dirá una palabra.
-
---No, porque ese hombre es poderoso, y aunque español, ha tiempo que
-sirve la causa francesa. Es travieso como ninguno, y si me hubiera
-presentado aquí dando a conocer mi nombre habríame sido imposible
-evitar una persecución rápida y terrible, o quizás la muerte.
-
---En una palabra, señor mío --dijo con impaciencia--, ¿qué es lo que
-queréis que yo haga para serviros?
-
---Primero que no me denuncies, estúpido --respondí tratándole
-despóticamente para establecer mejor aún mi superioridad--; después,
-que me ayudes a buscar el domicilio de mi enemigo.
-
---¿No lo sabéis?
-
---No. Esta es la primera vez que vengo a Salamanca. Como vuestros
-groseros camaradas quisieron prenderme, no he tenido tiempo de nada.
-
---Ahora que nombráis a mis camaradas... --dijo Jean-Jean con mucho
-recelo--, me ocurre... Cuidado que hicisteis bien el papel de aldeano.
-No me he olvidado de los refranes. Si ahora también...
-
---¿Sospechas de mí? --grité con altanería.
-
---Nada de soberbia, señor Marquesito --repuso con insolencia--. Ved que
-puedo denunciaros.
-
---Si me denuncias, solo experimento la contrariedad de no poder llevar
-adelante mi proyecto; pero tú perderás lo que yo pudiera darte.
-
---No hay que reñir --dijo en tono benévolo--. Referidme en qué consiste
-esa aventura amorosa, pues hasta ahora no me habéis dicho más que
-vaguedades.
-
---Un miserable hijo de Salamanca, un perdido, un _sans culotte_ ha
-robado de la casa paterna a cierta gentil doncella, de la más alta
-nobleza de España, un ángel de belleza y de virtud...
-
---¡La ha robado!... Pues qué, ¿así se roban doncellas?
-
---La ha robado por satisfacer una venganza, que la venganza es el único
-goce de su alma perversa; por retener en su poder una prenda que le
-permita amenazar a la más honrada y preclara casa de Andalucía, como
-retienen los ladrones secuestradores la persona del rico, pidiendo a
-la familia la suma del rescate. Por largo tiempo ha sido inútil toda
-mi diligencia y la de los parientes de esa desgraciada joven para
-averiguar el lugar donde la esconde su fementido secuestrador; pero una
-casualidad, un suceso insignificante al parecer, pero que ha sido aviso
-de Dios, sin duda, me ha dado a conocer que ambos están en Salamanca.
-Él no habita sino las ciudades ocupadas por los franceses, porque teme
-la ira de sus paisanos, porque es un hombre maldito, traidor a su
-patria, irreligioso, cruel, un mal español y un mal hijo, Jean-Jean,
-que, devorado por impío rencor hacia la tierra en que nació, le hace
-todo el daño que puede. Su vida tenebrosa, como la de los topos,
-empléase en fundar y propagar sociedades de masonería, en sembrar
-discordias, en levantar del fondo de la sociedad la hez corrompida
-que duerme en ella, en arrojar la simiente de las turbaciones de los
-pueblos. Favorécenle ustedes, porque favorecen todo lo que divida,
-aniquile y desarme a los españoles. Él corre de pueblo en pueblo,
-ocultando en sus viajes nombre, calidad y ocupación, para no provocar
-la ira de los naturales, y cuando no puede viajar acompañado por tropas
-francesas, se oculta con los más indignos disfraces. Últimamente ha
-venido de Plasencia a Salamanca fingiéndose cómico, y su cuadrilla
-imitaba tan perfectamente a las compañías de la legua, que pocos en el
-tránsito sospecharon el engaño...
-
---Ya sé quién es --dijo súbitamente y sonriendo Jean-Jean--. Es
-Santorcaz.
-
---El mismo: D. Luis de Santorcaz.
-
---A quien algunos españoles tienen por brujo, encantador y nigromante.
-¿Y para entenderos con ese mal sujeto --añadió el francés-- os
-disfrazáis de ese modo? ¿Quién os ha dicho que Santorcaz es poderoso
-entre nosotros? Lo sería en Madrid, pero no aquí. Las autoridades le
-consienten, pero no le protegen. Hace tiempo que ha caído en desgracia.
-
---¿Le conoces bien?
-
---Pues ya: en Madrid éramos amigos. Le escolté cuando salió a Toledo
-a conferenciar con la Junta, y nos hemos reconocido después en
-Salamanca. Estuvo aquí hace tres meses, y después de una ausencia
-corta, ha vuelto... Caballero Marqués, o lo que seáis, para luchar
-contra semejante hombre no necesitáis llevar ese vestido burdo,
-ni disimular vuestra nobleza: podéis hacer con él lo que mejor os
-convenga, incluso matarle, sin que el Gobierno francés os estorbe.
-Oscuro, olvidado y no muy bienquisto, Santorcaz se consuela con la
-masonería, y en la logia de la calle de Tentenecios, unos cuantos
-perdidos españoles y franceses, lo peor sin duda de ambas naciones, se
-entretienen en exterminar al género humano, volviendo al mundo patas
-arriba, suprimiendo la aristocracia, y poniendo a los reyes una escoba
-en la mano para que barran las calles. Ya veis que esto es ridículo.
-Yo he ido varias veces allí en vez de ir al teatro, y en verdad que no
-debieran disfrazarse de cómicos, porque realmente lo son.
-
---Veo que eres un hombre de grandísimo talento.
-
---Lo que soy --dijo el soldado en tono de alarmante sospecha--, es un
-hombre que no se mama el dedo. ¿Cómo es posible que siendo vuestro
-único enemigo un hombre tan poco estimado, y siendo vos Marqués de
-tantas campanillas, necesitéis venir aquí vendiendo verdura y engañando
-a todo el pueblo, cual si no hubiérais de luchar con un intrigante
-de baja estofa, sino con todos nosotros, con nuestro poder, nuestra
-policía, y el mismo gobernador de la plaza, el general Thiebaut-Tibo?
-
-Jean-Jean razonaba lógicamente, y por breve rato no supe qué
-contestarle.
-
---_Connu, connu..._ Basta de farsas. Sois espía --agregó con acento
-brutal--. Si después de venir aquí como enemigo de la Francia, os
-burláis de mí, juro...
-
---Calma, calma, amigo Jean-Jean --dije procurando esquivar el gran
-peligro que me amenazaba, después que lo creí conjurado--. Ya te dije
-que una aventura amorosa... ¿No has reparado que Santorcaz lleva
-consigo una joven?...
-
---Sí, ¿y qué? Dicen que es su hija...
-
---¡Su hija! --exclamé afectando una cólera frenética--; ¿ese miserable
-se atreve a decir que es su hija?
-
---Así lo dicen, y en verdad que se le parece bastante --repuso con
-calma mi interlocutor.
-
---¡Oh! por Dios, amigo mío, por todos los santos, por lo que más ames
-en el mundo, llévame a casa de ese hombre, y si delante de mí se atreve
-a decir que Inés es su hija, le arrancaré la lengua.
-
---Lo que puedo aseguraros es que la he visto de paseo por la ciudad
-y sus alrededores dando el brazo a Santorcaz, que está muy enfermo, y
-la muchacha, muy linda por cierto, no tenía modos de estar descontenta
-al lado del masón, pues cariñosamente le conduce por las calles, y le
-hace mimos y monerías... Y ahora, _mon petit_, salís con que es vuestra
-novia, y una señora encantada o _princesse d’Araucanie_, según habéis
-dado a entender... Bueno, ¿y qué?
-
---Que he venido a Salamanca para apoderarme de ella y restituirla a su
-familia, empresa en la cual espero que me ayudarás.
-
---Si ha sido robada, ¿por qué esa familia, que es tan poderosa, no se
-ha quejado al rey José?
-
---Porque esa familia no quiere pedir nada al rey José. Eres más
-preguntón que un fiscal, y yo no puedo sufrirte más --grité sin poder
-contener mi impaciencia y enojo--. ¿Me sirves, sí o no?
-
-Jean-Jean, viendo mi actitud resuelta, vaciló un momento, y después me
-dijo:
-
---¿Qué tengo que hacer? ¿Llevaros a la calle del Cáliz, donde está la
-casa de Santorcaz; entrar, acogotarle y coger en brazos a la princesa
-encantada?
-
---Eso sería muy peligroso. Yo no puedo hacer eso sin ponerme antes
-de acuerdo con ella, para que prepare su evasión con prudencia y sin
-escándalo. ¿Puedes tú entrar en la casa?
-
---No muy fácilmente, porque el Sr. Santorcaz tiene costumbres de
-anacoreta, y no gusta de visitas; pero conozco a Ramoncilla, una de
-las dos criadas que le sirven, y podría introducirme en caso de gran
-interés.
-
---Pues bien: yo escribo dos palabras, haces que lleguen a manos de la
-señorita Inés, y una vez que esté prevenida...
-
---Ya os entiendo, tunante --dijo con malicia de zorro y burlándose de
-mí--. Queréis que me quite de vuestra presencia para escaparos.
-
---¿Todavía dudas de mi sinceridad? Atiende a lo que escribo con lápiz
-en este papel.
-
-Apoyando un pedazo de papel en la pared, escribí lo siguiente, que por
-encima de mi hombro leía Jean-Jean:
-
- «Confía en el portador de este escrito, que es un amigo mío y de tu
- mamá la condesa de ***, y al cual señalarás el sitio y hora en que
- puedo verte, pues habiendo venido a Salamanca decidido a salvarte, no
- saldré de aquí sin ti.--_Gabriel._»
-
---¿Nada más que esto? --dijo tomando el papel y observándolo con la
-atención profunda del anticuario que quiere descifrar una inscripción
-oscura.
-
---Concluyamos. Tú llevas ese papel; procura entregarlo a la señorita
-Inés, y si me traes en el dorso del mismo una sola letra suya, aunque
-sea trazada con la uña, te entregaré los seis doblones que llevo aquí,
-dejando para recompensar servicios de más importancia lo que guardé en
-el mesón.
-
---¡Sí, bonito negocio! --dijo el francés con desdén--. Yo voy a la
-calle del Cáliz, y en cuanto me aleje, vos, que no deseáis sino
-perderme de vista, echáis a correr, y...
-
---Iremos juntos y te esperaré en la puerta.
-
---Es lo mismo, porque si subo y os dejo fuera...
-
---¡Desconfías de mí, miserable! --exclamé inflamado por la indignación,
-que se mostró de un modo terrible en mi voz y en mi gesto.
-
---Sí, desconfío... En fin, voy a proponeros una cosa, que me dará
-garantía contra vos. Mientras voy a la calle del Cáliz, os dejaré
-encerrado en paraje muy seguro, del cual es imposible escapar. Cuando
-vuelva de mi comisión, os sacaré y me daréis el dinero.
-
-La ira se desbordaba en mí; mas viendo que era imposible escapar del
-poder de tan vil enemigo, acepté lo que se me proponía, reconociendo
-que entre morir y ser encerrado durante un espacio de tiempo que no
-podía ser largo; entre la denuncia como espía y una retención pasajera,
-la elección no era dudosa.
-
---Vamos --le dije con desprecio--, llévame a donde quieras.
-
-Sin hablar más, Jean-Jean marchó a mi lado y volvimos a penetrar en
-aquel laberinto de ruinas, de edificios medio demolidos y revueltos
-escombros donde empezaban las fortificaciones. Vimos primero alguna
-gente en nuestro camino, y después la multitud que iba y venía, y
-trabajaba en los parapetos, amontonando tierra y piedras, es decir,
-fabricando la guerra con los restos de la religión. Ambos, silenciosos,
-llegamos a un pórtico vasto, que parecía ser de convento o colegio, y
-nos dirigimos a un claustro, donde vi hasta dos docenas de soldados,
-que tendidos por el suelo jugaban y reían con bullicio, gente feliz
-en medio de aquella nacionalidad destruida, pobres jóvenes sencillos,
-ignorantes de las causas que les habían movido a convertir en polvo la
-obra de los siglos.
-
---Este es el convento de la Merced Calzada --me dijo Jean-Jean--. No se
-ha podido acabar de demoler porque había mucha faena por otro lado. En
-lo que queda nos acuartelamos doscientos hombres. ¡Buen alojamiento!
-Benditos sean los frailes. _¡Charles le temeraire!_ --gritó después
-llamando a uno de los soldados que estaban en el corro.
-
---¿Qué hay? --dijo adelantándose un soldado pequeño y gordinflón--. ¿A
-quién traes contigo?
-
---¿Dónde está mi primo?
-
---Por ahí anda. _¡Pied-de-mouton!_
-
-Presentose al poco rato un sargento bastante parecido a mi acompañante
-maldito, y este le dijo:
-
---_Pied-de-mouton_, dame la llave de la torre.
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Un instante después, Jean-Jean entraba conmigo en un aposento que no
-era ni oscuro ni húmedo, como suelen ser los destinados a encerrar
-prisioneros.
-
---Permitidme, _señor pequeño Marqués_ --me dijo con burlona cortesía--,
-que os encierre aquí mientras voy a la calle del Cáliz. Si me dais
-antes de partir los doblones prometidos, os dejaré libre.
-
---No --repuse con desprecio--. Para tener la recompensa sin el
-servicio, necesitas matarme, vil. Inténtalo y me defenderé como pueda.
-
---Pues quedaos aquí. No tardaré en volver.
-
-Marchose, cerrando por fuera la puerta, que era gruesísima. Al verme
-solo, toqué los muros, cuyo espesor de dos varas anunciaba una solidez
-de construcción a prueba de terremotos... ¡Triste situación la mía!
-Cerca del mediodía, y antes de que pudiera adquirir todos los datos que
-mi general deseaba, encontrábame prisionero, imposibilitado de recorrer
-solo y a mis anchas la población. Hablando en plata, Dios no me había
-favorecido gran cosa, y a tales horas, poco sabía yo y nada había hecho.
-
-Senteme fatigado; alcé la cabeza para explorar lo que había encima, y
-vi una escalera que, arrancando del suelo, seguía doblándose en los
-ángulos y arrollándose hasta perderse en alturas que no distinguía
-claramente mi vista. Los negros tramos de madera subían por el
-prisma interior, articulándose en las esquinas como una culebra con
-coyunturas, y las últimas vueltas perdíanse arriba en la alta región
-de las campanas. Una luz vivísima, entrando por las rasgadas ventanas
-sin vidrios, iluminaba aquel largo tubo vertical en cuya parte inferior
-me encontraba. Atracción poderosa llamábame hacia arriba, y subí
-corriendo. Más que subir, aquella veloz carrera mía fue como si me
-arrojara en un pozo vuelto del revés.
-
-Saltando los escalones de dos en dos, llegué a un piso donde varios
-aparatos destruidos me indicaron que allí había existido un reloj. Por
-fuera, una flecha negra que estuvo dando vueltas durante tres siglos,
-señalaba con irónica inmovilidad una hora que no había de correr
-más. Por todas partes pendían cuerdas; pero no había campanas. Era
-aquello el cadáver de una cristiana torre, mudo e inerte como todos
-los cadáveres. El reloj había cesado de latir marcando la oscilación
-de la vida, y las lenguas de bronce habían sido arrancadas de aquellas
-gargantas de tierra que por tanto tiempo clamaran en los espacios,
-saludando el alba naciente, ensalzando al Señor en sus grandes días,
-y pidiendo una oración para los muertos. Seguí subiendo, y en lo más
-alto, dos ventanas, dos enormes ojos miraban atónitos el vasto cielo y
-la ciudad y el país, como miran los espantados ojos de los muertos, sin
-brillo y sin luz. Al asomarme a aquellas cavidades, lancé un grito de
-júbilo.
-
-Debajo de mi vista se desarrollaba un mapa de gran parte de la ciudad y
-sus contornos, su río y su campiña.
-
-Un viento suave mugía en la bóveda de la torre solitaria, articulando
-en aquel cráneo vacío sílabas misteriosas. Figurábaseme que la mole se
-tambaleaba como una palmera, amenazando caer antes que las piquetas de
-los franceses la destruyeran piedra a piedra. A veces me parecía que
-se elevaba más, más todavía, y que la ciudad ilustre, la insigne _Roma
-la chica_, se desvanecía allá abajo, perdiéndose entre las brumas de la
-tierra. Vi otras torres, los tejados, las calles, la majestuosa masa
-de las dos catedrales, multitud de iglesias de diferentes formas, que
-habían tenido el privilegio de sobrevivir; innumerables ruinas, donde
-centenares de hombres, parecidos a hormigas que arrastran granos de
-trigo, corrían y se mezclaban; vi el Tormes, que se perdía en anchas
-curvas hacia poniente, dejando a su derecha la ciudad y faldeando los
-verdes campos del Zurguen por la otra orilla; vi las plataformas,
-las escarpas y contraescarpas, los revellines, las cortinas, las
-troneras, los cañones, los muros aspillerados, los parapetos hechos con
-columnatas de los templos, los espaldones amasados con el polvo y la
-tierra que fueron huesos y carne de venerables monjas y frailes; vi los
-cañones enfilados hacia afuera, los morteros, el foso, las zanjas, los
-sacos de tierra, los montones de balas, los parques al aire libre...
-¡Oh, Dios poderoso, me diste más de lo que yo pedía! Vagaba por la
-ciudad imposibilitado de cumplir con mi deber, amenazado de muerte,
-expuesto a mil peligros, vendido, perdido, condenado, sin poder ver,
-sin poder mirar, sin poder escuchar, sin poder adquirir idea exacta
-ni aun confusa de lo que me rodeaba, hasta que un brazo de piedra,
-recogiéndome de entre las ruinas del suelo, alzome en los aires para
-que todo lo viese.
-
---¡Bendito sea el Señor omnipotente y misericordioso! --exclamé--.
-Después de esto, no necesito más que ojos, y afortunadamente los tengo.
-
-La torre de la Merced tenía suficiente elevación para observar todo
-desde ella. Casi a sus pies estaba el Colegio del Rey; seguía San
-Cayetano; después, en dirección al ocaso, el Colegio mayor de Cuenca,
-y, por último, los Benitos; en la elevación de enfrente vi una masa de
-edificios arruinados, cuyos nombres no conocía, pero cuyas murallas se
-podían determinar perfectamente, con las piezas de artillería que las
-guarnecían. Volviéndome al lado opuesto, vi lo que llamaban Teso de San
-Nicolás, los Mostenses, el Monte Olivete, y entre estas posiciones y
-aquellas, el foso y los caminos cubiertos que bajaban al puente.
-
-Desde la puerta de San Vicente, donde estaba el revellín con los
-cuatro cañones giratorios de que habló Molichard, partía un foso que
-se enlazaba con los Milagros. En la parte anterior y superior del
-foso había una línea de aspilleras sostenida por fuerte estacada.
-Todo el edificio de San Vicente estaba aspillerado, y sus fuegos
-podían dirigirse al interior de la ciudad y al campo. San Cayetano
-era imponente. Demolido casi por completo, habían formado espacioso
-terraplén con baterías de todos calibres, y sus fuegos podían barrer la
-plazuela del Rey, el puente y la explanada del Hospicio.
-
-Aunque el recelo de que mi carcelero volviese pronto me obligó a
-trazar con mucha precipitación el dibujo que deseaba, este no salió
-mal, y en él representé imperfectamente, pero con mucha claridad, lo
-mucho y bueno que veía. Hícelo ocultándome tras el antepecho de la
-torre, y aunque la proyección geométrica dejaba algo que desear como
-obra de ciencia, no olvidé detalle alguno, indicando el número de
-cañones con precisión escrupulosa. Terminado mi trabajo, guardelo muy
-cuidadosamente, y bajé hasta la entrada de la torre. Echándome sobre
-el primer escalón, aguardé al Sr. Jean-Jean con intento de fingir que
-dormía cuando él llegase.
-
-Tardó bastante tiempo, poniéndome en cuidado y zozobra; mas al fin
-apareció, y le recibí haciendo como que me despertaba de largo y
-sabroso sueño. La expresión de su rostro pareciome de feliz augurio.
-Dios había empezado a protegerme, y hubiera sido crueldad divina torcer
-mi camino en aquella hora cuando tan fácil y transitable se presentaba
-delante de mí, llevándome derechamente a la buena fortuna.
-
---Podéis seguirme --dijo Jean-Jean--. He visto a vuestra adorada.
-
---¿Y qué? --pregunté con la mayor ansiedad.
-
---Me parece que os ama, señor Marqués --dijo en tono de lisonja y
-sonriendo con el servilismo propio de quien todo lo hace por dinero--.
-Cuando le di vuestro billete, se quedó más blanca que el papel en que
-lo escribisteis... El Sr. Santorcaz, que está muy enfermo, dormía.
-Yo llamé a Ramoncilla, le prometí un doblón si hacía venir a la niña
-delante de mí para darle el billete; pero ¡cosa imposible! La niña
-está encerrada, y el amo, cuando duerme, guarda la llave debajo de la
-almohada... Insistí, prometiendo dos doblones... Entró la muchacha,
-hizo señas, apareció por un ventanillo una hermosísima figura que
-alargó la mano... Subime a un tonel... no era bastante, y puse sobre
-el tonel una silla... ¡Oh, señor Marqués! Después de leer el papel, me
-dijo que fueseis al momento, y luego, como le indicase que necesitábais
-ver dos letras suyas para creerme, trazó con un pedazo de carbón
-esto que aquí veis... Si he ganado bien mis seis doblones --añadió
-lisonjeándome con una de esas cortesías que solo saben hacer los
-franceses--, vuecencia lo dirá.
-
-El pícaro había cambiado por completo en gesto y modales para conmigo.
-Tomé el papel y decía «_Ven al instante_», trazado en caracteres
-que reconocí al momento. Los garabatos con que los ángeles deben de
-escribir en el libro de ingresos del cielo el nombre de los elegidos,
-no me hubieran alegrado más.
-
-Sin hacerme repetir la súplica indirecta, pagué a Jean-Jean.
-
-Salimos a toda prisa de la torre, atalaya de mi espionaje, y luego del
-claustro y convento arruinado; enderezando nuestros pasos por calles y
-callejuelas, pasamos por delante de la Catedral, y luego nos internamos
-de nuevo por varias angostas vías, hasta que al fin parose Jean-Jean y
-dijo:
-
---Aquí es. Entremos despacito, aunque sin miedo, porque nadie nos
-estorba llegar hasta el patio. Ramoncilla nos dejará pasar. Después
-Dios dirá.
-
-Atravesamos el portal oscuro, y empujando una puerta divisamos un
-patio estrecho y húmedo, donde se nos apareció Ramoncilla, la cual
-gravemente hizo señas de que no metiésemos ruido, y luego inclinó su
-cabeza sobre la palma de la mano, para indicar sin duda que el señor
-seguía durmiendo. Avanzamos paso a paso, y Jean-Jean, sin abandonar su
-sonrisa de lisonja, señalome una estrecha ventana que se abría en uno
-de los muros del patio. Miré, pero nadie asomó por ella. Mi emoción era
-tan grande que me faltaba el aliento, y dirigía con extravío los ojos a
-todos lados como quien ve fantasmas.
-
-Sentí un ruido extraño, rumor como el de las alas de un insecto cuando
-surca el aire junto a nuestra cabeza, o el roce de una sutil tela con
-otra. Alcé la vista y la vi: vi a Inés en la ventana, sosteniendo la
-cortina con la mano izquierda, fijo en la boca el índice de la derecha
-para imponerme silencio. Su semblante expresaba un temor semejante al
-que nos sobrecoge cuando nos vemos al borde de un hondo precipicio sin
-poder detener ya la gravitación que nos empuja hacia él. Estaba pálida
-como la muerte, y el mirar de sus espantados ojos me volvía loco.
-
-Vi una escalera a mi derecha, y me precipité por ella; pero la criada y
-el francés dijéronme, más con signos que con palabras, que subiendo por
-allí no podía entrar. Moví los brazos ordenando a Inés que bajase; pero
-hizo ella signos negativos que me desesperaron más.
-
---¿Por dónde subo? --pregunté.
-
-La infeliz llevose ambas manos a la cabeza, lloró, y repitió su
-negativa. Luego parecía quererme decir que esperase.
-
---Subiré --dije al francés, buscando algún objeto que disminuyese la
-distancia.
-
-Pero Jean-Jean, oficioso y solícito, como quien ha recibido seis
-doblones, había ya rodado el tonel que en un ángulo del patio estaba y
-puéstolo bajo la ventana. Aquel auxilio era pequeño, pues aún faltaba
-gran trecho sin apoyo ni asidero alguno. Yo devoraba con los ojos la
-pared, o más que pared, inaccesible montaña, cuando Jean-Jean, rápido,
-diligente y risueño, subió al tonel señalándome sus robustos hombros.
-Comprender su idea y utilizarla fue obra del mismo momento, y trepando
-por aquella escalera de carne francesa, así con mis trémulas manos el
-antepecho de la ventana. Estaba arriba.
-
-
-
-
-XIX
-
-
-Encontreme frente a Inés, que me miraba, confundiendo en sus ojos la
-expresión de dos sentimientos muy distintos: la alegría y el terror.
-No se atrevía a hablarme; puso violentamente su mano en mi boca cuando
-quise articular la primera palabra; inundó de lágrimas ardientes mi
-pecho, y luego, indicándome con movimientos de inquietud que yo no
-podía estar allí, me dijo:
-
---¿Y mi madre?
-
---Buena... ¿qué digo buena?... medio muerta por tu ausencia... ven al
-instante... Estás en mi poder... ¿Lloras de alegría?
-
-La estreché con vehemente cariño en mis brazos, y repetí:
-
---¡Sígueme al momento... pobrecita!... Te ahogas aquí... ¡tanto tiempo
-buscándote!... ¡Huyamos, vida y corazón mío!
-
-La noticia de mi próxima muerte no me hubiera producido tanto dolor
-como las palabras de Inés cuando, temblando en mis brazos, me dijo:
-
---Márchate tú. Yo no.
-
-Separeme de ella, y la miré como se mira un misterio que espanta.
-
---¿Y mi madre? --repitió ella.
-
-Su voz débil y quejumbrosa apenas se oía. Resonaba tan solo en mi alma.
-
---Tu madre te aguarda. ¿Ves esta carta? Es suya.
-
-Arrebatándome la carta de las manos, la cubrió de besos y lágrimas,
-y se la guardó en el seno. Luego, con rapidez suma, se apartó de mí,
-señalándome con insistencia el patio.
-
-El espíritu que va consentido al cielo y encuentra en la puerta a San
-Pedro, que le dice: «Buen amigo, no es este vuestro destino: tomad por
-aquella senda de la izquierda»; ese espíritu que equivoca el camino,
-porque ha equivocado su suerte, no se quedará tan absorto como me
-quedé yo.
-
-En mi alma se confundían y luchaban también sentimientos diversos:
-primero una inmensa alegría, después la zozobra; mas sobre todos
-dominaron la rabia y el despecho, cuando vi que aquella criatura tan
-amada, a quien yo quería devolver la libertad, me despedía sin que se
-pudiera traslucir el motivo. ¡Era para volverse loco! ¡Encontrarla
-después de tantos afanes, entrever la posibilidad de sacarla de allí
-para devolverla a su angustiada madre, a la sociedad, a la vida;
-recobrar el perdido tesoro del corazón, tomarlo en la mano y sentir
-rechazada esta mano!...
-
---¡Ahora mismo vas a salir de aquí conmigo! --dije sin bajar la voz y
-estrechando tan inertemente su brazo que, a causa del dolor, no pudo
-reprimir un ligero grito.
-
-Arrojose a mis plantas, y tres veces, tres veces, señores, con acento
-que heló la sangre en mis venas, repitió:
-
---No puedo.
-
---¿No me mandaste que viniera? --dije, recordando el papel escrito con
-carbón.
-
-Tomó de una mesa un largo pliego escrito recientemente, y dándomelo, me
-dijo:
-
---Toma esa carta, vete y haz lo que te digo en ella. Te veré otro día
-por esta ventana.
-
---No quiero --grité, haciendo pedazos el papel--. No me voy sin ti.
-
-Me asomé por la ventana y vi que Jean-Jean y Ramoncilla habían
-desaparecido. Inés se arrodilló de nuevo ante mí.
-
---¡La llave, trae pronto la llave! --dije bruscamente--. Levántate del
-suelo... ¿oyes?
-
---No puedo salir --murmuró--. Vete al momento.
-
-Sus grandes ojos, abiertos con espanto, me expulsaban de la casa.
-
---¡Estás loca! --exclamé--. Dime «Muere», pero no digas «Vete...» Ese
-hombre te impide salir conmigo; tiene tanto poder sobre ti, que te hace
-olvidar a tu madre y a mí, que soy tu hermano, tu esposo; ¡a mí, que he
-recorrido media España buscándote, y cien veces he pedido a Dios que
-tomara mi vida en cambio de tu libertad!... ¿Te niegas a seguirme?...
-Dime dónde está ese verdugo, porque quiero matarle: no he venido más
-que a eso.
-
-Su turbación hizo expirar las palabras en mi garganta. Estrechó
-amorosamente mi mano y con voz angustiosa que apenas se oía, me dijo:
-
---Si me quieres todavía, márchate.
-
-Mi furor iba a estallar de nuevo con mayor violencia, cuando un acento
-lejano, un eco que llegaba hasta nosotros debilitado por la distancia,
-clamó repetidas veces:
-
---Inés, Inés.
-
-Una campanilla sonó al mismo tiempo con discorde vibración.
-
-Levantose ella despavorida; trató de componer su rostro y cabello
-secando las lágrimas de sus ojos; vino hacia mí poniendo en la mirada
-toda su alma para decirme que callase, que estuviese quieto, que la
-obedeciese retirándome, y partió velozmente por un largo pasadizo que
-se abría en el fondo de la habitación.
-
-Sin vacilar un instante, la seguí. En la oscuridad, servíanme de guía
-su forma blanca que se deslizaba entre las dos negras paredes, y el
-ruido de su vestido al rozar contra una y otra en la precipitada
-marcha. Entró en una habitación espaciosa y bien iluminada, en donde
-entré también. Era su dormitorio, y al primer golpe de vista advertí
-la agradable decencia y pulcritud de aquella estancia, amueblada con
-arte y esmero. El lecho, las sillas, la cómoda, las láminas, la fina
-estera de colores, los jarros de flores, el tocador, todo era bonito y
-escogido.
-
-Cuando puse mis pies en la alcoba, ella, que iba mucho más a prisa
-que yo, había pasado a otra pieza contigua por una puerta vidriera,
-cuya luz cubrían cortinas blancas de indiana con ramos azules. Allí
-me detuve y la vi avanzar hacia el fondo de una vasta estancia medio
-oscura, en cuyo recinto resonaba la voz de Santorcaz. El rencor me hizo
-reconocerle en la penumbra de la ancha cuadra, y distinguí la persona
-del miserable, doloridamente recostada en un sillón, con las piernas
-extendidas sobre un taburete y rodeado de almohadas y cojines.
-
-También pude ver que la forma blanca de Inés se acercaba al sillón:
-durante corto rato ambos bultos estuvieron confundidos y enlazados,
-y sentí el estallido de amorosos besos que imprimían los labios del
-hombre sobre las mejillas de la mujer.
-
---Abre, abre esas maderas, que está muy oscuro el cuarto --dijo
-Santorcaz-- y no puedo verte bien.
-
-Inés lo hizo así, y la copiosa y rica luz del mediodía iluminó la
-estancia. Mis ojos la escudriñaron en un segundo, observando todo,
-personajes y escena. A Santorcaz, con la barba crecida y casi
-enteramente blanca, el rostro amarillo, hundidos los ojos de fuego,
-surcada de arrugas la hermosa y vasta frente, huesosas las manos,
-fatigado el aliento, no le hubiera conocido otro que yo, porque
-tenía grabadas en la mente sus facciones con la claridad del rostro
-aborrecido. Estaba viejo, muy viejo. La pieza contenía armas puestas en
-bellas panoplias, algunos muebles antiguos de gastado entalle, muchos
-libros, diversos armarios, arcones, un lecho cuyo dosel sostenían
-torneadas columnas, y un ancho velador lleno de papeles en confusión
-revueltos.
-
-Inés se juntó al hombre a quien por su vejez prematura puedo llamar
-anciano.
-
---¿Por qué has tardado en venir? --dijo Santorcaz con acento dulce y
-cariñoso, que me causó gran sorpresa.
-
---Estaba leyendo aquel libro... aquel libro... ya sabes --dijo la
-muchacha con turbación.
-
-El anciano, tomando la mano de Inés, la llevó a sus labios con inefable
-amor.
-
---Cuando mis dolores --prosiguió-- me permiten algún reposo y duermo,
-hija mía, en el sueño me atormenta una pena angustiosa: me parece que
-te vas y me dejas solo, que te vas huyendo de mí. Quiero llamarte y
-no puedo proferir voz alguna; quiero levantarme para seguirte, y mi
-cuerpo, convertido en estatua de hierro, no me obedece...
-
-Callando un momento para reposar su habla fatigosa, prosiguió luego así:
-
---Hace un instante dormía con sueño indeciso. Me parecía que estaba
-despierto. Sentí voces en la habitación que da al patio; te vi
-dispuesta a huir; quise gritar; un peso horroroso, una montaña, oprimía
-mi pecho... todavía moja mi frente el sudor frío de aquella angustia...
-Al despertar, eché de ver que todo era una nueva repetición del mismo
-sueño que me atormenta todas las noches... Di, ¿me abandonarás?
-¿abandonarás a este pobre enfermo, a este hombre ayer joven, hoy
-anciano y casi moribundo, que te ha hecho algún daño, lo confieso, pero
-que te ama, te adora como no suelen amar los hombres a sus semejantes,
-sino como se adora a Dios o a los ángeles? ¿Me abandonarás, me dejarás
-solo?...
-
---No --dijo Inés.
-
-Aquel monosílabo apenas llegó hasta mí.
-
---¿Y me perdonas el mal que te he hecho, la libertad que te he quitado?
-¿Olvidas las grandezas vanas y falaces que has perdido por mí?...
-
---Sí --contestó la muchacha.
-
---Pero no me amarás nunca como yo te amo. La prevención, el horror
-que te inspiré en los primeros días, no podrá borrarse de tu corazón,
-y esto me desespera. Todos mis esfuerzos para complacerte, mi empeño
-en hacerte agradable esta vida, el bienestar tranquilo que te he
-proporcionado, todo es inútil... La odiosa imagen del ladrón no te
-dejará ver en mí la venerable faz del padre. ¿No estás aún convencida
-de que soy un hombre bueno, honrado, leal, cariñoso, y no un monstruo
-abominable, como creen algunos necios?
-
-Inés no contestó. La observé dirigiendo inquietas miradas a los vidrios
-tras los cuales yo me ocultaba.
-
---Si por algo temo la muerte es por ti --continuó el anciano--. ¡Oh! si
-pudiera llevarte conmigo sin quitarte la vida... Pero ¿quién asegura
-que moriré...? No, mi enfermedad no es mortal... Viviré muchos años
-a tu lado, mirándote y bendiciéndote, porque has llenado el vacío de
-mi existencia. ¡Bendito sea el _Ser Supremo_! Viviré, viviremos, hija
-mía: yo te prometo que serás feliz... ¿Pero no lo eres ahora? ¿Qué te
-falta...? ¿No me respondes...? Estás aterrada, te causo miedo...
-
-El anciano calló un momento, y durante breve rato no se oyó en la
-habitación más que el batir de las tenues alas de una mosca que se
-sacudía contra los cristales, engañada por la transparencia de estos.
-
---¡Dios mío! --exclamó él con amargura--. ¿Seré yo tan criminal
-como dicen? ¿Lo crees tú así? Dímelo con franqueza... ¿Me juzgas un
-malvado? Hay en mi vida hechos extraños, hija mía, ya lo sabes; pero
-todo se explica y se justifica en este mundo... ¿Qué razón hay para
-que te posea tu madre, que durante tanto tiempo te tuvo abandonada
-pudiendo recogerte, y no te posea yo, que te amo, por lo menos, tanto
-como ella? No, que te amo más, muchísimo más, porque en la condesa
-pudo siempre el orgullo más que la maternidad, y jamás te llamó hija.
-A su lado te tenía como un juguete precioso o fútil pasatiempo. Hija
-mía, la holgazanería, la corrupción y la vanidad de esos grandes, tan
-despreciables por su carácter, no tienen límites. Aborrece a esa gente;
-convéncete de la superioridad que tienes sobre ellos por la nobleza de
-tu alma; no les hagas el honor de ocupar tu entendimiento con una idea
-relativa a su vil orgullo. Haz tus alegrías con sus tormentos, y espera
-con deleite el día en que todos ellos caigan en el lodo. Apacienta tu
-fantasía con el espectáculo de reparación y justicia de esa gran caída
-que les espera, y acostúmbrate a no tener lástima de los explotadores
-del linaje humano, que han hecho todo lo posible para que el pueblo
-baile sobre sus cuerpos, después de muertos... ¿Pero estás llorando,
-Inés...? Siempre dices que no entiendes esto. No puedo borrar de tu
-alma el recuerdo de otros días...
-
-Inés no contestó nada.
-
---Ya... --dijo Santorcaz con amarga ironía, después de breve pausa--.
-La señorita no puede vivir sin carroza, sin palacio, sin lacayos,
-sin fiestas y sin pavonearse como las cortesanas corrompidas en los
-palacios de los reyes... Un hombre del _estado llano_ no puede dar esto
-a una señorita, y la señorita desprecia a su padre.
-
-La voz de Santorcaz tomó un acento duro y reprensivo.
-
---Quizás esperes volver allá... --añadió--. Quizás trames algún plan
-contra mí... ¡Ah, ingrata: si me abandonas, si tu corazón se deja
-sobornar por otros amores, si menosprecias el cariño inmenso, infinito,
-de este desgraciado...! Inés, dame la mano: ¿por qué lloras...? Vamos,
-vamos, basta de gazmoñerías... Las mujeres son mimosas y antojadizas...
-Vamos, hijita, ya sabes que no quiero lágrimas. Inés, quiero un rostro
-alegre, una conformidad tranquila, un ademán satisfecho...
-
-El anciano besó a su hija en la frente, y después dijo:
-
---Acerca una mesa, que quiero escribir.
-
-No pudiendo contenerme más, empujé las vidrieras para penetrar en la
-habitación.
-
-
-
-
-XX
-
-
---¡Un hombre, un ladrón! --exclamó Santorcaz.
-
---El ladrón eres tú --afirmé adelantando con resolución.
-
---¡Oh! Te conozco, te conozco... --gritó el anciano levantándose no sin
-trabajo de su asiento, y arrojando a un lado almohadas y cojines.
-
-Inés al verme lanzó un grito agudísimo, y abrazó a su padre diciendo:
-
---No le hagas daño; se marchará.
-
---Necio --gritó él--. ¿Qué buscas aquí? ¿Cómo has entrado?
-
---¿Qué busco? ¿Me lo preguntas, malvado? --exclamé poniendo todo mi
-rencor en mis palabras--. Vengo a quitarte lo que no es tuyo. No temas
-por tu miserable vida, porque no me ensañaré en ese infeliz cuerpo, a
-quien Dios ha dado el merecido infierno con anticipación; pero no me
-provoques ni detengas un momento más lo que no te pertenece, reptil,
-porque te aplasto.
-
-Al mirarme, los ojos de Santorcaz envenenaban y quemaban. ¡Tanta
-ponzoña y tanto fuego había en ellos!
-
---Te esperaba... --gritó--. Sirves a mis enemigos. Hijo del pueblo que
-comes las sobras de la mesa de los grandes, sabe que te desprecio.
-Enfermo e inválido estoy; mas no te temo. Tu vil condición y el
-embrutecimiento que da la servidumbre, te impulsarán a descargar sobre
-mí la infame mano con que cargas la litera de los nobles. Desprecio tus
-palabras. Tu lengua que adula a los poderosos e insulta a los débiles,
-solo sirve para barrer el polvo de los palacios. Insúltame o mátame;
-pero mi adorada hija, mi hija, que lleva en sus venas la sangre de un
-mártir del despotismo, no te seguirá fuera de aquí.
-
---Vamos --grité a Inés ordenándole imperiosamente que me siguiera, y
-despreciando aquel gárrulo estilo revolucionario que tan en boga estaba
-entonces entre afrancesados y masones--. Vamos fuera de aquí.
-
-Inés no se movía. Parecía la estatua de la indecisión. Santorcaz,
-gozoso de su triunfo, exclamó:
-
---¡Lacayo, lacayo! Di a tus indignos señores que no sirves para el caso.
-
-Al oír esto, una nube de sangre cubrió mis ojos; sentí llamas ardientes
-dentro de mi pecho, y abalanceme hacia aquel hombre. El rayo, al caer,
-debe sentir lo que yo sentí. Alargó su brazo para coger una pistola
-que en la cercana mesa había, y al dirigirla contra mi pecho, Inés
-se interpuso tan violentamente, que si dispara, hubiérala muerto sin
-remedio.
-
---¡No le mates, padre! --gritó.
-
-Aquel grito; el aspecto del anciano enfermo, que arrojó el arma lejos
-de sí, renunciando a defenderse, me sobrecogieron de tal modo, que
-quedé mudo, helado y sin movimiento.
-
---Dile que nos deje en paz --murmuró el enfermo abrazando a su hija--.
-Sé que conoces hace tiempo a ese desgraciado.
-
-La muchacha ocultó en el pecho del padre su rostro lleno de lágrimas.
-
---Joven sin corazón --me dijo Santorcaz con voz trémula--, márchate:
-no me inspiras ni odio ni afecto. Si mi hija quiere abandonarme y
-seguirte, llévatela.
-
-Clavó en su hija los ojos ardientes, apretando con su mano huesosa, no
-menos dura y fuerte que una garra, el brazo de la infeliz joven.
-
---¿Quieres huir de mi lado y marcharte con ese mancebo? --añadió
-soltándola y empujándola suavemente lejos de sí.
-
-Di algunos pasos hacia adelante para tomar la mano de Inés.
-
---Vamos --le dije--. Tu madre te espera. Estás libre, querida mía, y se
-acabaron para ti el encierro y los martirios de esta casa, que es un
-sepulcro habitado por un loco.
-
---No, no puedo salir --me dijo Inés corriendo al lado del anciano, que
-le echó los brazos al cuello y la besó con ternura.
-
---Bien, señora --dije con un despecho tal, que me sentí impulsado a no
-sé qué execrables violencias--. Saldré. Nunca más me verá usted; nunca
-más verá usted a su madre.
-
---Bien sabía yo que no eras capaz de la infamia de abandonarme
---exclamó el anciano llorando de júbilo.
-
-Inés me lanzó una mirada encendida y profunda, en la cual sus negras
-pupilas, al través de las lágrimas, dijéronme no sé qué misterios;
-manifestáronme no sé qué enigmáticos pensamientos que en la turbación
-de aquel instante no pude entender. Ella quiso sin duda decirme mucho;
-pero yo no comprendí nada. El despecho me ahogaba.
-
---Gabriel --dijo el anciano recobrando la serenidad--, aquí no haces
-falta. Ya has oído que te marches. Supongo que habrás traído escala
-de cuerda; mas para que bajes seguro, toma la llave que hay sobre esa
-mesa, abre la puerta que hay en el pasillo, y por la escalera que veas
-baja al patio. Te ruego que dejes la llave en la puerta.
-
-Viendo mi indecisión y perplejidad, añadió con punzante y cruel ironía:
-
---Si puedo serte útil en Salamanca, dímelo con franqueza. ¿Necesitas
-algo? Parece que no has comido hoy, pobrecito. Tu rostro indica
-vigilias, privaciones, trabajos, hambre... En la casa del hombre del
-_estado llano_ no falta un pedazo de pan para los pobres que vienen a
-la puerta. ¿Sucede lo mismo en casa de los nobles?
-
-Inés me miró con tanta compasión, que yo la sentí por ella, pues no se
-me ocultaba que padecía horriblemente.
-
---Gracias --respondí con sequedad--, no necesito nada. El pedazo de pan
-que he venido a buscar no ha caído en mi mano; pero volveré por él...
-Adiós.
-
-Y tomando la llave, salí bruscamente de la estancia, de la escalera,
-del patio, de la horrible casa; pero padre, hija, estancia, patio y
-casa, todo lo llevaba dentro de mí.
-
-
-
-
-XXI
-
-
-Cuando me encontré en la calle traté de reflexionar, para que la razón,
-enfriando mi sofocante ira, iluminara un poco mi entendimiento sobre
-aquel inesperado suceso; pero en mí no había más que pasión, una cólera
-salvaje que me hacía estúpido. Fuera ya de la escena, lejos ya de
-los personajes, traté de recordar palabra por palabra todo lo dicho
-allí; traté de recordar también la expresión de las fisonomías, para
-escudriñar antecedentes, indagar causas y secretos. Estos no pueden
-salir desde el fondo de las almas a la superficie de los apasionados
-discursos en un diálogo vivo entre personas que con ardor se aman o se
-odian.
-
-A veces sentía no haber estrangulado a aquel hombre envejecido por las
-pasiones; a veces sentía hacia él inexplicable compasión. La conducta
-de Inés, tan desfavorable para mi amor propio, infundíame a ratos
-una ira violenta, ira de amante despreciado, y a ratos un estupor
-secreto, con algo de la instintiva admiración que producen los grandes
-espectáculos de la Naturaleza cuando está uno cerca de ellos, cuando
-sabe uno que los va a ver, pero no los ha visto todavía.
-
-Mi cerebro estaba lleno con la anterior entrevista. Pasaba el tiempo,
-pasaba yo maquinalmente de un sitio a otro, y aún los tenía a los dos
-ante la vista: a ella afligida y espantada, queriendo ser buena conmigo
-y con su padre; a Santorcaz furioso, irónico, díscolo e insultante
-conmigo, tierno y amoroso con ella. Observando bien a Inés, ahondando
-en aquel dolor suyo y en aquella su dulce simpatía por la miseria
-humana, no había realmente nada de nuevo. En él, sí: mucho.
-
-Yo traía el pasado y lo ponía delante; registraba toda aquella parte
-de mi vida que tuviera relación con ambos personajes. Finalmente, hice
-respecto a mi propio pensar y sentir en aquella ocasión un raciocinio
-que iluminó un poco mi espíritu.
-
-«Largo tiempo, y hoy mismo al encontrarme frente a él --dije--, he
-considerado a ese hombre como un malvado, y no he considerado que es un
-padre.»
-
-Sin duda me había acostumbrado a ver aquel asunto desde un punto de
-vista que no era el más conveniente.
-
-Así pensando y sintiendo, con el cerebro lleno, el corazón henchido,
-proyectando en redor mío mi agitado interior, lo cual me hacía ver de
-un modo extraño lo que me rodeaba; sin vivir más que para mí mismo,
-olvidado en absoluto de lo que a Salamanca me llevara, discurrí por
-varias calles que no conocía.
-
-De improvisto ante mi cara apareció una cara. La vi con la indiferencia
-que inspira un figurón pintado, y tardé mucho tiempo en llegar
-al convencimiento de que yo conocía aquel rostro. En las grandes
-abstracciones del alma, el despertar es lento y va precedido de una
-serie de raciocinios en que aquella disputa con los sentidos sobre si
-reconoce o no lo que tiene delante. Yo razoné al fin, y dije para mí:
-
-«Conozco estos ojuelos de ratón que delante tengo.»
-
-Recobrando poco a poco mi facultad de percepción, hablé conmigo de este
-modo:
-
-«Yo he visto en alguna parte esta nariz insolente y esta boca infernal,
-que se abre hasta las orejas para reír con desvergüenza y descaro.»
-
-Dos manos pesadas cayeron sobre mis hombros.
-
---Déjame seguir, borracho --exclamé empujando al importuno, que no era
-otro que Tourlourou.
-
---_¡Satané farceur!_ --gritó Molichard, que acompañaba, por mi
-desgracia, al otro--. Venid al cuartel.
-
---_Drôle de pistolet_... venid --dijo Tourlourou riendo
-diabólicamente--. Caballero Cipérez, el coronel Desmarets os aguarda...
-
---_¡Ventre de biche!_... os escapasteis cuando ibais a ser encerrado.
-
---Y sacasteis la navaja para asesinarnos.
-
---_Monseigneur_ Cipérez, _vous serez coffré et niché_.
-
-Intenté defenderme de aquellos salvajes; pero me fue imposible, pues
-aunque borrachos, juntos tenían más fuerza que yo. Al mismo tiempo,
-como la escena en la casa de Santorcaz embargaba de un modo lastimoso
-mis facultades intelectuales, no me ocurrió ardid ni artificio alguno
-que me sacase de aquel nuevo conflicto, más grave sin duda que los
-vencidos anteriormente.
-
-Lleváronme, mejor dicho, arrastráronme hasta el cuartel donde por la
-mañana tuve el honor de conocer a Molichard, y en la puerta detúvose
-Tourlourou mirando al extremo de la calle.
-
---_Dame_... --chilló--, allí viene el coronel Desmarets.
-
-Cuando mis verdugos anunciaron la proximidad del coronel encargado
-de la policía de la ciudad, encomendé mi alma a Dios, seguro de que
-si por casualidad me registraban y hallaban sobre mí el plano de las
-fortificaciones, no tardaría un cuarto de hora en bailar al extremo
-de una cuerda, como ellos decían. Volví angustiado los ojos a todas
-partes, y pregunté:
-
---¿No está por ahí el Sr. Jean-Jean?
-
-Aunque el dragón no era un santo, le consideré como la única persona
-capaz de salvarme.
-
-El coronel Desmarets se acercaba por detrás de mí. Al volverme...
-¡oh, asombro de los asombros!... le vi dando el brazo a una dama,
-señores míos, a una dama que no era otra que la mismísima Miss Fly, la
-mismísima Athenais, la mismísima Pajarita.
-
-Quedeme absorto, y ella al punto saludome con una sonrisa vanagloriosa
-que indicaba su gran placer por la sorpresa que me causaba.
-
-Molichard y su vil compañero adelantáronse hacia el coronel, hombre
-grave y de más que mediana edad, y con todo el respeto que su
-embrutecedora embriaguez les permitiera, dijéronle que yo era espía de
-los ingleses.
-
---¡Insolentes! --exclamó con indignación y en francés Miss Fly--. ¿Os
-atrevéis a decir que mi criado es espía? Señor coronel, no hagáis caso
-de esos miserables a quienes rebosa el vino por los ojos. Este muchacho
-es el que ha traído mi equipaje y el que con vuestra ayuda he buscado
-inútilmente hasta ahora por la ciudad... Di, tonto, ¿dónde has puesto
-mi maleta?
-
---En el mesón de la Fabiana, señora --respondí con humildad.
-
---Acabáramos. Buen paseo he hecho dar al señor coronel, que me ha
-ayudado a buscarte... Dos horas recorriendo calles y plazas...
-
---No se ha perdido nada, señora --le dijo Desmarets con galantería--.
-Así habéis podido ver lo más notable de esta interesantísima ciudad.
-
---Sí; pero necesitaba sacar algunos objetos de mi maleta, y este
-idiota... Es idiota, señor coronel...
-
---Señora --dije señalando a mis dos crueles enemigos--, cuando iba en
-busca de Su Excelencia, estos borrachos me llevaron engañado a una
-taberna, bebieron a mi costa, y luego que me quedé sin un real, dijeron
-que yo era espía y querían ahorcarme.
-
-Miss Fly miró al coronel con enfado y soberbia, y Desmarets, que sin
-duda deseaba complacer a la bella amazona, recogió todo aquel femenino
-enojo para lanzarlo militarmente sobre los dos bravos franchutes, los
-cuales, al verse convertidos de acusadores en acusados, aparecieron más
-beodos que antes, y más incapaces de sostenerse sobre sus vacilantes
-piernas.
-
---¡Al cuartel, canalla! --gritó el jefe con ira--. Yo os arreglaré
-dentro de un rato.
-
-Molichard y Tourlourou, asidos del brazo, confusos y tan lastimosamente
-turbados en lo moral como en lo físico, entraron en el edificio dando
-traspiés y recriminándose el uno al otro.
-
---Os juro que castigaré a esos pícaros --dijo el bravo oficial--.
-Ahora, puesto que habéis encontrado vuestra maleta, os conduciré a
-vuestro alojamiento.
-
---Sí, lo agradeceré --dijo Miss Fly poniéndose en marcha y ordenándome
-que la siguiera.
-
---Y luego --añadió Desmarets--, daré una orden para que se os permita
-visitar el hospital. Tengo idea de que no ha quedado en él ningún
-oficial inglés. Los que había hace poco, sanaron y fueron canjeados por
-los franceses que estaban en Fuente Aguinaldo.
-
---¡Oh, Dios mío! ¡Entonces habrá muerto! --exclamó con afectada pena
-Miss Fly--. ¡Desgraciado joven! Era pariente de mi tío el Vizconde de
-Marley... ¿Pero no me acompañáis al hospital?
-
---Señora, me es imposible. Ya sabéis que Marmont ha dado orden para que
-salgamos hoy mismo de Salamanca.
-
---¿Evacuáis la ciudad?
-
---Así lo ha dispuesto el general. Estamos amenazados de un sitio
-riguroso. Carecemos de víveres, y como las fortificaciones que se han
-hecho son excelentes, dejamos aquí ochocientos hombres escogidos, que
-bastarán para defenderlas. Salimos hacia Toro para esperar a que nos
-envíen refuerzos del Norte o de Madrid.
-
---¿Y marcháis pronto?
-
---Dentro de una hora. Solo de una hora puedo disponer para serviros.
-
---Gracias... Siento que no podáis ayudarme o buscar a ese valiente
-joven, paisano mío, cuyo paradero se ignora y es causa de este mi
-intempestivo y molesto viaje a Salamanca. Fue herido y cayó prisionero
-en Arroyomolinos. Desde entonces no he sabido de él... Dijéronme que
-tal vez estaría en los hospitales franceses de esta ciudad.
-
---Os proporcionaré un salvoconducto para que visitéis el hospital, y
-con esto no necesitáis de mí.
-
---Mil gracias: creo que llegamos a mi alojamiento.
-
---En efecto, este es.
-
-Estábamos en la puerta del mesón de la Lechuga, distante no más
-de veinte pasos de aquel donde yo había dejado mi asno. Desmarets
-despidiose de Miss Fly, repitiendo sus cumplidos y caballerescos
-ofrecimientos.
-
---Ya veis --me dijo Athenais cuando subíamos a su aposento-- que
-hicisteis mal en no permitir que os acompañase. Sin duda habéis pasado
-mil contrariedades y conflictos. Yo, que conozco de antiguo al bravo
-Desmarets, os los hubiera evitado.
-
---Señora de Fly, todavía no he vuelto de mi asombro, y creo que lo
-que tengo delante no es la verídica y real imagen de la hermosa dama
-inglesa, sino una sombra engañosa que viene a aumentar las confusiones
-de este día. ¿Cómo ha venido usted a Salamanca? ¿cómo ha podido entrar
-en la ciudad? ¿cómo se las ha compuesto para que ese viejo relamido,
-ese Desmarets...?
-
---Todo eso que os parece raro, es lo más natural del mundo. ¡Venir a
-Salamanca! Existiendo el camino, ¿os causa sorpresa? Cuando con tanta
-grosería y vulgares sentimientos me abandonasteis, resolví venir sola.
-Yo soy así. Quería ver cómo os conducíais en la difícil comisión, y
-esperaba poder prestaros algún servicio, aunque por vuestra ingratitud
-no merecíais que me ocupara de vos.
-
---¡Oh! Mil gracias, señora. Al dejar a usted, lo hice por evitarle
-los peligros de esta expedición. Dios sabe cuánta pena me causaba
-sacrificar el placer y el honor de ser acompañado por usted.
-
---Pues bien, señor aldeano: al llegar a las puertas de la ciudad,
-acordeme del coronel Desmarets, a quien recogí del campo de batalla
-después de la Albuera, curando sus heridas y salvándole la vida;
-pregunté por él, salió a mi encuentro, y desde entonces no tuve
-dificultad alguna ni para entrar aquí ni para buscar alojamiento. Le
-dije que me traía el afán de saber el paradero de un oficial inglés,
-pariente mío, perdido en Arroyomolinos, y como deseaba encontraros,
-fingí que uno de los criados que traía conmigo, portador de mi maleta,
-había desaparecido en las puertas de la ciudad. Deseando complacerme,
-Desmarets me llevó a distintos puntos. ¡Dos horas paseando!... Estaba
-desesperada... Yo miraba a un lado y otro diciendo: «¿Dónde estará ese
-bestia?... Se habrá quedado lelo mirando los fuertes... es tan bobo...»
-
---¿Y el mozuelo que acompañaba a usted?
-
---Entró conmigo. ¿Os burlábais del carricoche de Mistress Mitchell? Es
-un gran vehículo, y tirado por el caballo que me dio Simpson, parecía
-el carro de Apolo... Veamos ahora, señor oficial, cómo habéis empleado
-el tiempo, y si se ha hecho algo que justifique la confianza del señor
-Duque.
-
---Señora, llevo sobre mí un plano de las fortificaciones, muy oculto...
-Además poseo innumerables noticias que han de ser muy útiles al general
-en jefe. He tenido mil contratiempos; pero al fin, en lo relativo a mi
-comisión militar, todo me va saliendo bien.
-
---¡Y lo habéis hecho sin mí! --dijo la Mariposa con despecho.
-
---¡Si tuviera tiempo de referir a usted las tragedias y comedias de
-que he sido actor en pocas horas!... pero estoy tan fatigado que hasta
-el habla me va faltando. Los sustos, las alegrías, las emociones, las
-cóleras de este día abatirían el ánimo más esforzado y el cuerpo más
-vigoroso, cuanto más el ánimo y cuerpo míos, que están el uno aturdido
-y apesadumbrado; el otro, tan vacío de toda sólida substancia, como
-quien no ha comido en diez y seis horas.
-
---En efecto, parecéis un muerto --dijo entrando en su habitación--. Os
-daré algo de comer.
-
---Felicísima idea --respondí--; y pues tan milagrosamente nos hemos
-juntado aquí, lo cual prueba la conformidad de nuestro destino,
-conviene que nos establezcamos bajo un mismo techo. Voy a traer mi
-burro, en cuyas alforjas dejé algo digno de comerse. Al instante
-vuelvo. Pida usted en tanto a la mesonera lo que haya... pero pronto,
-prontito...
-
-Corrí al mesón donde había dejado mi asno, y al entrar en la cuadra
-sentí la voz del mesonero muy enfrascada en disputas con otra que
-reconocí por la del venerable señor Jean-Jean.
-
---Muchacho --me dijo el mesonero al entrar--, este señor francés se
-quería llevar tu burro.
-
---¡Excelencia! --afirmó cortésmente, aunque muy turbado, Jean-Jean--,
-no me quería llevar la bestia... preguntaba por vos.
-
-Acordeme de la promesa hecha al dragón y del ánima de la albarda,
-invención mía para salir del paso.
-
---Jean-Jean --dije al francés--, todavía necesito de ti. Hoy salen los
-franceses, ¿no es verdad?
-
---Sí, señor; pero yo me quedo. Quedamos veinte dragones para escoltar
-al Gobernador.
-
---Me alegro --dije disponiéndome a llevar el burro conmigo--. Ahora,
-amigo Jean-Jean, necesito saber si el tal jefe de los masones se
-dispone a salir hoy también de Salamanca. Es lo más probable.
-
---Lo averiguaré, señor.
-
---Estoy en el mesón de al lado, ¿sabes?
-
---La _Lechuga_, sí.
-
---Allí te espero. Tenemos mucho que hacer hoy, amigo Jean-Jean.
-
---No deseo más que servir a Su Excelencia.
-
---Y yo pago bien a los que me sirven.
-
-
-
-
-XXII
-
-
-Miss Fly, pretextando que la criada del mesón no debía enterarse de
-lo que hablábamos, me sirvió la frugal comida ella misma, lo cual,
-si no era conforme a los cánones de la etiqueta inglesa, concordaba
-perfectamente con las circunstancias.
-
---Vuestra tristeza --dijo la inglesa-- me prueba que si en la comisión
-militar salisteis bien, no sucede lo mismo en lo demás que habéis
-emprendido.
-
---Así es, en efecto, señora --repuse--, y juro a usted que mi
-pesadumbre y desaliento son tales, que nunca he sentido cosa igual en
-ninguna ocasión de mi vida.
-
---¿No está vuestra princesa en Salamanca?
-
---Está, señora --repliqué--; pero de tal manera, que más valdría no
-estuviese aquí ni en cien leguas a la redonda. Porque ¿de qué vale
-hallarla si la encuentro...?
-
---Encantada --dijo la inglesa, interrumpiéndome, con picante
-jovialidad-- y convertida, como Dulcinea, en rústica y fea labradora
-la que era señora finísima.
-
---Allá se va una cosa con otra --dije--, porque si mi princesa no
-ha perdido nada de la gallardía de su presencia ni de la sin igual
-belleza de su rostro, en cambio ha sufrido en su alma transformación
-muy grande, porque no ha querido aceptar la libertad que yo le ofrecí,
-y prefiriendo la compañía de su bárbaro carcelero, me ha puesto
-bonitamente en la puerta de la calle.
-
---Eso tiene una explicación muy sencilla --me dijo la dama riendo con
-verdadero regocijo--, y es que vuestra archiduquesa prisionera ya no os
-ama. ¿No habéis pensado en el inconveniente de presentaros ante ella
-con ese vestido? El largo trato con su raptor le habrá inspirado amor
-hacia este. No os riais, caballero. Hay muchos casos de damas robadas
-por los bandidos de Italia y Bohemia, que han concluido por enamorarse
-locamente de sus secuestradores. Yo misma he conocido a una señorita
-inglesa que fue robada en las inmediaciones de Roma, y al poco tiempo
-era esposa del jefe de la partida. En España, donde hay ladrones tan
-poéticos, tan caballerescos, que casi son los únicos caballeros del
-país, ha de suceder lo mismo. Lo que me contáis, señor mío, no tiene
-nada de absurdo, y cuadra perfectamente con las ideas que he formado de
-este país.
-
---La grande imaginación de usted --le dije-- tal vez se equivoque al
-querer encontrar ciertas cosas fuera de los libros; pero de cualquier
-modo que sea, señora, lo que me pasa es bien triste... porque...
-
---Porque amáis más a vuestra niña, desde que ella adora a ese pachá de
-tres colas, a ese Fra Diávolo, en quien me figuro ver un grandísimo
-ladrón; pero hermoso como los más bellos tipos de Calabria y Andalucía,
-más valiente que el Cid, gran jinete, espadachín sublime, algo brujo,
-generoso con los pobres, cruel con los ricos y malvados, rico como el
-gran turco, y dueño de inmensas pedrerías que siempre le parecen pocas
-para su amada. También me lo figuro como Carlos Moor, el más poético e
-interesante de los salteadores de caminos.
-
---¡Oh, Miss Fly! veo que usted ha leído mucho. Mi enemigo no es tal
-como usted le pinta: es un viejo enfermo.
-
---Pues entonces, Sr. Araceli --dijo Athenais con disgusto--, no tratéis
-de engañarme juntando a esa joven como una persona principal, porque
-si se ha aficionado al trato de un estafermo, habrá sido por avaricia,
-cualidad propia de costureras, doncellas de labor, cómicas u otra gente
-menuda, a cuyas respetables clases creo desde ahora que pertenecerá esa
-tan decantada señora que adoráis.
-
---No he engañado a usted respecto a la elevación de su clase. Respecto
-a la afición que ha podido sentir hacia su secuestrador, no tiene nada
-de vituperable, porque es su padre.
-
---¡Su padre! --exclamó con asombro--. Eso sí que no estaba escrito en
-mis libros. ¿Y a un padre que retiene consigo a su hija, le llamáis
-ladrón? Eso sí que es extraño. No hay país como España para los sucesos
-raros y que en todo difieren de lo que es natural y corriente en los
-demás países. Explicadme eso, caballero.
-
---Usted cree que todos los lances de amor y de aventura han de pasar en
-el mundo conforme a lo que ha leído en las novelas, en los romances,
-en las obras de los grandes poetas y escritores, y no advierte que las
-cosas extrañas y dramáticas suelen verse antes en la vida real que en
-los libros, llenos de ficciones convencionales y que se reproducen unas
-a otras. Los poetas copian de sus predecesores, los cuales copiaron de
-otros más antiguos, y mientras fabrican este mundo vano, no advierten
-que la Naturaleza y la sociedad va creando a escondidas del público, y
-recatándolas de la imprenta, mil novedades que espantan o enamoran.
-
-Yo hacía esfuerzos de ingenio por sostener de algún modo un coloquio en
-que Miss Fly con su ardoroso sentimiento poético me llevaba ventaja, y
-a cada palabra mía su atrevida imaginación se inflamaba más, volando en
-pos de sucesos raros, desconocidos, novelescos, fuente de pasión y de
-idealismo. No puedo negar que Athenais me causaba sorpresa, porque yo,
-en mi ignorancia, no conocía el sentimentalismo que entonces estaba en
-moda entre la gente del Norte, invadiendo literatura y sociedad de un
-modo extraordinario.
-
---Referidme eso --me dijo con impaciencia.
-
-Sin temor de cometer una indiscreción, conté punto por punto a mi
-hermosa acompañante todo lo que el lector sabe. Oíame tan atentamente y
-con tales apariencias de agrado, que no omití ningún detalle. Algunas
-veces creí distinguir en ella señales más bien de entusiasmo varonil
-que de emoción femenina; y cuando puse punto final en mi relato,
-levantose, y con ademán resuelto y voz animosa, hablome así:
-
---¿Y vivís con esa calma, caballero, y referís esos dramas de vuestra
-vida como si fueran páginas de un libro que habéis leído la noche
-anterior? No sois español, no tenéis en las venas ese fuego sublime que
-impulsa al hombre a luchar con las imposibilidades. Os estáis ahí mano
-sobre mano contemplando a una inglesa, y no se os ocurre nada: no se os
-ocurre entrar en esa casa; arrancar a esa infeliz mujer del poder que
-la aprisiona; echar una cuerda al cuello de ese hombre para llevarle a
-una casa de locos; no se os ocurre comprar una espada vieja y batiros
-con medio mundo, si medio mundo se opone a vuestro deseo; romper las
-puertas de la casa; pegarle fuego, si es preciso; coger a la muchacha
-sin tratar de persuadirla a que os siga, y llevarla donde os parezca
-conveniente; matar a todos los alguaciles que os salgan al paso, y
-abriros camino por entre el ejército francés, si el ejército francés en
-masa se opone a que salgáis de Salamanca. Confieso que os creí capaz de
-esto.
-
---Señora --repliqué con ardor--, dígame usted en qué libro ha leído
-eso tan bonito que acaba de decirme. Quiero leerlo también, y después
-probaré si tales hazañas son posibles.
-
---¿En qué libro, menguado? --repuso con exaltación admirable--. En el
-libro de mi corazón, en el de mi fantasía, en el de mi alma. ¿Queréis
-que os enseñe algo más?
-
---Señora --afirmé confundido--, el alma de usted es superior a la mía.
-
---Vamos al instante a esa casa --dijo tomando un látigo, y
-disponiéndose a salir.
-
-Miré a Miss Fly con admiración; pero con una admiración no enteramente
-seria, quiero decir que algo se reía dentro de mí.
-
---¿A dónde, señora; a dónde quiere usted que vayamos?
-
---¡Y lo pregunta! --exclamó Athenais--. Caballero, si os hubiera creído
-capaz de hacerme esa pregunta que indica las indecisiones de vuestra
-alma, no hubiera venido a Salamanca.
-
---No: si comprendo perfectamente --respondí, no queriendo aparecer
-inferior a mi interlocutora--. Comprendo... vamos a... pues... a hacer
-una barbaridad, una que sea sonada... yo me atrevo a ello, y aun a
-cosas mayores.
-
---Entonces...
-
---Precisamente pensaba en eso. Yo no conozco el miedo.
-
---Ni los obstáculos, ni el peligro, ni nada. Así, así, caballero; así
-se responde --gritó con acalorado y sonoro acento.
-
-Su inflamado semblante, sus brillantes ojos, el timbre de su patética
-voz, ejercían extraño poder sobre mí, y despertaban no sé qué vagas
-sensaciones de grandeza, dormidas en el fondo de mi corazón, tan
-dormidas, que yo no creía que existiesen. Sin saber lo que hacía,
-levanteme de mi asiento, gritando con ella:
-
---¡Vamos, vamos allá!
-
---¿Estáis preparado?
-
---Ahora recuerdo que necesito una espada... vieja.
-
---O nueva... No será malo ver a Desmarets.
-
---Yo no necesito de nadie: me basto y me sobro --exclamé con brío y
-orgullo.
-
---Caballero --dijo ella con entusiasmo--, eso debiera decirlo yo para
-parecerme a Medea.
-
---Decía que no podemos contar con Desmarets --indiqué pensando un poco
-en lo positivo--, porque sale hoy de Salamanca.
-
-En aquel momento sentimos ruido en el exterior. Era el ejército
-francés que salía. Los tambores atronaban la calle. Apagaba luego sus
-retumbantes clamores el paso de los escuadrones de caballería, y, por
-último, el estrépito de las cureñas hacía retemblar las paredes cual si
-las conmoviera un terremoto. Durante largo tiempo estuvieron pasando
-tropas.
-
---Espero ser yo quien primero lleve a Lord Wellington la noticia de que
-los franceses han salido de Salamanca --dije en voz baja a Miss Fly,
-mirando el desfile desde nuestra ventana.
-
---Allí va Desmarets --repuso la inglesa fijando su vista en las tropas.
-
-En efecto, pasaba a caballo Desmarets al frente de su regimiento, y
-saludó a Miss Fly con galantería.
-
---Hemos perdido un protector en la ciudad --me dijo--; pero no importa:
-no lo necesitaremos.
-
-En este momento sonaron algunos golpecitos en la puerta; abrí, y se nos
-presentó el Sr. Jean-Jean, que, sombrero en mano, hizo varios arqueos y
-cortesías.
-
---Excelencia, la mesonera me dijo que estábais aquí, y he venido a
-deciros...
-
---¿Qué?
-
-Jean-Jean miró con recelo a Miss Fly; pero al punto le tranquilicé,
-diciéndole:
-
---Puedes hablar, amigo Jean-Jean.
-
---Pues venía a deciros --prosiguió el soldado-- que ese Sr. Santorcaz
-saldrá de la ciudad. Como Salamanca va a ser sitiada, huyen esta noche
-muchas familias, y el masón no será de los últimos, según me ha dicho
-Ramoncilla. Ha salido hace un momento de su casa, sin duda para buscar
-carros y caballerías.
-
---Entonces se nos va a escapar --dijo Miss Fly con viveza.
-
---No saldrán --repuso-- hasta después de media noche.
-
---Amigo Jean-Jean, quiero que me proporciones un sable y dos pistolas.
-
---Nada más fácil, Excelencia --contestó servilmente.
-
---Y además una capa... Luego que sea de noche prepararás el coche...
-
---No se encuentra ninguno en la ciudad.
-
---Abajo tenemos uno. Enganchas el caballo, que abajo está también, y
-lo llevas a la puerta más próxima a la calle del Cáliz.
-
---Que es la de Sancti Spíritus... Os advierto que Santorcaz ha vuelto
-a su casa: le he visto acompañado de sus cinco amigotes, cinco hombres
-terribles, que son capaces de cualquier cosa...
-
---¡Cinco hombres!...
-
---Que no permiten se juegue con ellos. Todas las noches se reúnen allí
-y están bien armados.
-
---¿Tienes algún amigo que quiera ganarse unos cuantos doblones, y que
-además sea valiente, sereno y discreto?
-
---Mi primo _Pied-de-mouton_ es bueno para el caso; pero está algo
-enfermo. No sé si _Charles le Temeraire_ querrá meterse en tales
-fregados: se lo diré.
-
---No necesitamos de vuestros amigos --dijo Miss Fly--. No queremos a
-nuestro lado gente soez. Iremos enteramente solos.
-
---Dentro de un momento tendréis las armas --afirmó Jean-Jean--. ¿Y no
-me decís nada de vuestro asno?
-
---Te lo regalaré con albarda y todo... mas no busques ya nada en ella.
-Lo que merezcas te lo daré cuando nos hallemos sin peligro fuera de las
-puertas de la ciudad.
-
-Jean-Jean me miró con expresión sospechosa; pero o renació pronto en su
-pecho la confianza, o supo disimular su recelo, y se marchó. Cuando de
-nuevo se me puso delante al anochecer y me trajo las armas, ordenele
-que me esperase en la calle del Cáliz, con lo cual dimos la inglesa
-y yo por terminados los preparativos de aquel estupendo y nunca visto
-suceso, que verá el lector en los siguientes capítulos.
-
-
-
-
-XXIII
-
-
-Al llegar a esta parte de mi historia, oblígame a detenerme cierta
-duda penosa que no puedo arrojar lejos de mí, aunque de mil maneras
-lo intento. Es el caso que a pesar de la fidelidad y veracidad de mi
-memoria, que tan puntualmente conserva los hechos más remotos, dudo si
-fui yo mismo quien acometió la temeridad en cuestión, apretado a ello
-por el poético y voluntarioso ascendiente de una hermosa mujer inglesa;
-o si, habiéndolo yo soñado, creí que lo hice, como muchas veces sucede
-en la vida, por no ser fácil deslindar lo soñado de lo real; o si en
-vez de ser mi propia persona la que a tales empeños se lanzara, fue
-otro yo quien supo interpretar los fogosos sentimientos y caballerescas
-ideas de la hechicera Athenais. Ello es que teniéndome por cuerdo
-hoy, como entonces, me cuesta trabajo determinarme a afirmar que fui
-yo propio el autor de tal locura, aunque todos los datos, todas las
-noticias y las tradiciones todas concuerdan en que no pudo ser otro.
-Ante la evidencia, inclino la frente y sigo contando.
-
-Vino, pues, la noche, envolviendo en sus sombras todo el ámbito de
-_Roma la chica_. Salimos Miss Fly y yo, y atravesando la Rúa, nos
-internamos por las oscuras y torcidas calles que nos debían llevar al
-lugar de nuestra misteriosa aventura. Bien pronto, ignorantes ambos
-de la topografía de la ciudad, nos perdimos y marchamos al acaso,
-procurando brujulearnos por los edificios que habíamos visto durante el
-día; mas con la oscuridad no distinguíamos bien la forma de aquellas
-moles que nos salían al paso. A lo mejor nos hallábamos detenidos por
-una pared gigantesca, cuya eminencia se perdía allá en los cielos;
-luego creeríase que la enorme masa se apartaba a un lado para dejarnos
-libre el paso de una calleja alumbrada a lo lejos por las lamparillas
-de la devoción, encendidas ante una imagen.
-
-Seguíamos adelante creyendo encontrar el camino buscado, y tropezábamos
-con un pórtico y una torre que en las sombras de la noche venían cada
-cual de distinto punto y se juntaban para ponérsenos delante. Al fin
-conocimos la catedral entre aquellas montañas de oscuridad que nos
-cercaban. Distinguimos perfectamente su vasta forma irregular, sus
-torres que empiezan en una edad del arte y acaban en otra, sus ojivas,
-sus cresterías, su cúpula redonda; y detrás del nuevo edificio, la
-catedral vieja, acurrucada junto a él como buscando abrigo. Quisimos
-orientarnos allí, y tomando la dirección que creímos más conveniente,
-bien pronto tropezamos con los pórticos gemelos de la Universidad,
-en cuyo frontispicio las grandes cabezas de los Reyes Católicos nos
-contemplaron con sus absortos ojos de piedra. Deslizándonos por un
-costado del vasto edificio, nos hallamos cercados de murallas por todas
-partes, sin encontrar salida.
-
---Esto es un laberinto, Miss Fly --dije no sin mal humor--; busquemos
-hacia la espalda de la catedral esa dichosa calle. Si no, pasaremos la
-noche andando y desandando calles.
-
---¿Os apuráis por eso? Cuanto más tarde, mejor.
-
---Señora, Lord Wellington me espera mañana a las doce en Bernuy. Me
-parece que he dicho bastante... Veremos si aparece algún transeúnte que
-nos indique el camino.
-
-Pero ningún alma viviente se veía por aquellos solitarios lugares.
-
---¡Qué hermosa ciudad! --dijo Miss Fly con arrobamiento
-contemplativo--. Todo aquí respira la grandeza de una edad ilustre y
-gloriosa. ¡Cuán excelsos, cuán poderosos no fueron los sentimientos
-que han necesitado tanta, tantísima piedra para manifestarse! ¿Para
-vos no dicen nada esas altas torres, esas largas ojivas, esos techos,
-esos gigantes que alzan sus manos hacia el cielo, esas dos catedrales:
-la una anciana y de rodillas, arrugada, inválida, agazapada contra
-el suelo y al arrimo de su hija; la otra flamante y en pie, hermosa,
-inmensa, lozana, respirando vida en su robusta mole? ¿Para vos no
-dicen nada esos cien colegios y conventos, obra de la ciencia y la
-piedad reunidas? ¿Y esos palacios de los grandes señores, esas paredes
-llenas de escudos y rejas, indicio de soberbia y precaución? ¡Dichosa
-edad aquella en que el alma ha encontrado siempre de qué alimentar
-su insaciable hambre! Para las almas religiosas, el monasterio; para
-las heroicas, la guerra; para las apasionadas, el amor, más hermoso
-cuanto más contrariado; para todas, la galantería, los grandes afectos,
-los sacrificios sublimes, las muertes gloriosas... La sociedad vive
-impulsada por una sola fuerza, la pasión... El cálculo no se ha
-inventado todavía. La pasión gobierna el mundo y en él pone su sello de
-fuego. El hombre lo atropella todo por la posesión del objeto amado, o
-muere luchando ante las puertas del hogar que se le cierran... Por una
-mujer se encienden guerras, y dos naciones se destrozan por un beso...
-La fuerza que aparentemente impera no es el empuje brutal de los
-modernos, sino un aliento poderoso, el resoplido de los dos pulmones de
-la sociedad, que son el honor y el amor.
-
---No vendría mal el discursito --murmuré--, si al fin encontráramos...
-
-Cuando esto decía habíamos perdido de vista la catedral, y nos
-internábamos por calles angostas y oscuras, buscando en vano la
-del Cáliz. Vimos una anciana que, apoyándose en un palo, marchaba
-lentamente arrimada a la pared, y le pregunté:
-
---Señora, ¿puede usted decirme dónde está la calle del Cáliz?
-
---¿Buscan la calle del Cáliz y están en ella? --repuso la vieja con
-desabrimiento--. ¿Van a la casa de los masones o a la logia de la calle
-de Tentenecios? Pues sigan adelante y no mortifiquen a una pobre vieja
-que no quiere nada con el demonio.
-
---¿Y la casa de los masones, cuál es, señora?
-
---Tiénela en la mano y pregunta... --contestó la anciana--. Ese
-portalón que está detrás de usted es la entrada de la vivienda de esos
-bribones; ahí es donde cometen sus feas herejías contra la religión;
-ahí donde hablan pestes de nuestros queridos reyes... ¡Malvados!
-¡Ay, con cuánto gusto iría a la Plaza Mayor para veros quemar! Dios
-querrá quitarnos de en medio a los franceses que tales suciedades
-consienten... Masones y franceses todos son unos: la pata derecha y la
-pata izquierda de Satanás.
-
-Marchose la vieja hablando consigo misma, y al quedarnos solos reconocí
-en el portalón, que cerca teníamos, la casa de Santorcaz.
-
---¡Cuántas veces habremos pasado por aquí sin conocer la casa! --dijo
-Miss Fly--. Si yo la hubiese visto una sola vez... pero parece que sois
-torpe, Araceli.
-
-La puerta era un antiquísimo arco bizantino, compuesto por seis u ocho
-curvas concéntricas, por donde corrían misteriosas formas vegetales,
-gastadas por el tiempo; cascabeles y entrelazadas cintas, y en la
-imposta unos diablillos, monos o no sé qué desvergonzados animales,
-que hacían cabriolas confundiendo sus piernecillas enjutas con los
-tallos de la hojarasca de piedra. Letras ininteligibles y que sin
-duda expresaban la época de la construcción, dejaban ver sus trazos
-grotescos y torcidos, como si un dedo vacilante las trazara al modo de
-conjuro. Estaba reforzada la puerta con garabatos de hierro tan mohosos
-como apolilladas y rotas las mal juntas tablas, y un grueso llamador
-en figura de culebrón enroscado pendía en el centro, aguardando una
-impaciente mano que lo moviese.
-
-Yo interrogué a Miss Fly con la mirada, y vi que acercaba su mano al
-aldabón.
-
---¿Ya, señora? --dije deteniendo su movimiento.
-
---¿Pues a qué esperáis?
-
---Conviene explorar primero al enemigo... La casa es sólida...
-Jean-Jean dijo que había dentro... ¿cuántos hombres?
-
---Cincuenta, si no recuerdo mal... pero aunque sean mil...
-
---Es verdad, aunque sea un millón.
-
-Vimos que se acercaba un hombre, y al punto reconocí a Jean-Jean.
-
---Vienen refuerzos, señora --dije--. Verá usted qué pronto despacho.
-
-Miss Fly, asiendo del aldabón, dio un golpe.
-
-Yo toqué mis armas, y al ver que no se me habían olvidado, no pude
-evitar un sentimiento, que no sé si era burla o admiración de mí
-mismo, porque a la verdad, señores, lo que yo iba a hacer, lo que yo
-intentaba en aquel momento, o era gran tontería, o una acción semejante
-a las perpetuadas en romances y libros de caballería. Yo recordaba
-haber leído en alguna parte que un desvalido amante llega bonitamente
-y sin más ayuda que el valor de su brazo, o la protección de tal o
-cual potencia nigromántica, a las puertas de un castillo donde el más
-barbudo y zafio moro o gigante de aquellos agrestes confines, tiene
-encerrada a la más delicada doncella, princesa o emperatriz que ha
-peinado hebras de oro y llorado líquidos diamantes; y el tal desvalido
-amante grita desde abajo: «Fiero arráez, o bárbaro sultán, vengo a
-arrancarte esa real persona que aprisionada guardas; y te conjuro que
-me la des al instante si no quieres que tu cuerpo sea partido en dos
-pedazos por esta mi espada; y no te rías ni me amenaces, porque aunque
-tuvieras más ejércitos que llevó el parto a la conquista de la Grecia,
-ni uno solo de los tuyos quedará vivo.»
-
-Así, señores, así, ni más o menos, era lo que yo iba a emprender.
-Cuando toqué las pistolas del cinto, y el tahalí de que pendía la
-tajante espada, y me eché el embozo a la capa, y el ala del ancho
-sombrero sobre la ceja, confieso que entre los sentimientos que
-luchaban en mi corazón, predominó la burla, y me reí en la oscuridad.
-Tenía yo un aire de personaje de valentías, guapezas y gatuperios,
-que habría puesto miedo en el ánimo más valeroso, cuando no mofa y
-risa; pero Miss Fly había leído sin duda las hazañas de D. Rodulfo
-de Pedrajas, de Pedro Cadenas, Lampuga, Gardoncha y Perotudo, y mi
-catadura le había de parecer más propia para enamorar que para reír.
-
-Viendo que no respondían, cogí el aldabón y repetí los golpes.
-
-Yo no medía la extensión del peligro que iba a afrontar, ni era posible
-reflexionar en ello, aunque habría bastado un destello de luz de mi
-razón para esclarecerme el horrible jaleo en que me iba a meter... Yo
-no pensaba en esto, porque sentía el inexplicable deleite que tiene
-para la juventud enamorada todo lo que es misterioso y desconocido,
-más bello y atractivo cuanto más peligroso; porque sentía dentro de mí
-un deseo de acometer cualquier brutalidad sin nombre, que pusiese mi
-fuerza y mi valor al servicio de la persona a quien más amaba en el
-mundo.
-
-No se olvide que aún me duraba el despecho y la sofocación de la
-mañana. El recuerdo de las escenas que antes he descrito, completaba mi
-ceguera; y realizar por la violencia lo que no pude conseguir por otro
-medio, era sin duda gran atractivo para mi excitado espíritu. En la
-calle me aguijoneaba la fantasía, y desde dentro me llamaba el corazón,
-toda mi vida pasada y cuanto pudiese soñar para el porvenir... ¿Quién
-no rompe una pared, aunque sea con la cabeza, cuando le impulsan a ello
-dos mujeres, una desde dentro y otra desde fuera?
-
-No debo negar que la hermosa inglesa había adquirido gran ascendiente
-sobre mí. No puedo expresar aquel dominio suyo y la esclavitud mía,
-sino empleando una palabra muy usada en las novelas, y que ignoro
-si indicará de un modo claro mi idea; pero no teniendo a mano otro
-vocablo, la emplearé. Miss Fly me fascinaba. Aquella grandeza de
-espíritu; aquel sentimiento alambicado y sin mezcla de egoísmo
-que había en sus palabras; aquel carácter que atesoraba, tras una
-extravagancia sin ejemplo, todo el material, digámoslo así, de las
-grandes acciones, hallaban secreta simpatía en un rincón de mi ser.
-Me reía de ella, y la admiraba; parecíanme disparates sus consejos,
-y los obedecía. Aquella inmensidad de su pensamiento tan distante de
-la realidad me seducía, y antes que confesarme cobarde para seguir el
-vuelo de su voluntad poderosa, hubiérame muerto de vergüenza.
-
-Repetí con más fuerza los golpes, y nada se oía en el interior de la
-casa. Oscuridad y silencio como el de los sepulcros reinaban en ella.
-El animalejo, lagarto o culebrón que figuraba la aldaba, alzó (al menos
-así parecía) su cabeza llena de herrumbre, y clavando en mí los verdes
-ojuelos, abrió la horrible boca para reírse.
-
---No quieren abrir --me dijo Jean-Jean--. Sin embargo, dentro están:
-los he visto entrar... Son los principales afrancesados que hay en
-la ciudad, más masones que el gran Copto y más ateos que Judas. Mala
-gente. Mi opinión, señor Marqués, es que os marchéis. El coche os
-aguarda en la puerta de Sancti Spíritus.
-
---¿Tienes miedo, Jean-Jean?
-
---Además, señor Marqués --continuó este--, debo advertiros que pronto
-ha de pasar por aquí la ronda... Vos y la señora tenéis todo el aspecto
-de gente sospechosa... Todavía hay quien cree que sois espía, y la
-señora también.
-
---¿Yo espía? --dijo Miss Fly con desprecio--. Soy una dama inglesa.
-
---Márchate tú, Jean-Jean, si tienes miedo.
-
---Hacéis una locura, caballero --repuso el dragón--. Esos hombres van a
-salir, y a todos nos molerán a palos.
-
-Creí sentir el ruido de las maderas de una ventanilla que se abría en
-lo alto, y grité:
-
---¡Ah de la casa! Abrid pronto.
-
---Es una locura, señor Marqués --dijo el dragón bruscamente--. Vámonos
-de aquí...
-
-Entonces noté en el semblante hosco y sombrío de Jean-Jean una
-alteración muy visible, que no era ciertamente la que produce el miedo.
-
---Repito que os dejo solo, señor Marqués... La ronda va a venir...
-Vamos hacia Sancti Spíritus, o no respondo de vos...
-
-Su insistencia y el empeño de llevarnos hacia las afueras de la ciudad,
-infundió en mí terrible sospecha.
-
-Miss Fly redobló los martillazos, diciendo:
-
---Será preciso echar la puerta abajo si no abren.
-
-Los garabatos de hierro que reforzaban la puerta se contrajeron,
-haciendo muecas horribles, signos burlescos, figurando no sé si
-extrañas sonrisas o mohínes, o visajes de misteriosos rostros.
-
-Yo empezaba a perder la paciencia y la serenidad. Jean-Jean me causaba
-inquietud y temí una alevosía, no por la sospecha de espionaje, como él
-había dicho, sino por la tentación de robarnos. El caso no era nuevo, y
-los soldados que guarnecían las poblaciones del pobre país conquistado
-cometían impunemente todo linaje de excesos. Además, la aventura iba
-tomando carácter grotesco, pues nadie respondía a nuestros golpes ni
-asomaba rostro humano en la alta reja.
-
---Sin duda no hay aquí rastro de gente. Los masones se han marchado, y
-ese tunante nos ha traído aquí para expoliarnos a sus anchas.
-
-De pronto vi que alguien aparecía en el recodo que hace la calle.
-Eran dos personas que se fijaron allí como en acecho. Dirigime hacia
-el dragón; pero este, sin esperar a que le hablase, nos abandonó
-súbitamente para unirse a los otros.
-
---Ese miserable nos ha vendido --exclamé rugiendo de cólera--. ¡Señora,
-estamos perdidos! No contábamos con la traición.
-
---¡La traición! --dijo confusa Miss Fly--. No puede ser.
-
-No tuvimos tiempo de razonar, porque los dos que nos observaban y
-Jean-Jean se nos vinieron encima.
-
---¿Qué hacéis aquí? --me preguntó uno de ellos, que era soldado de
-artillería sin distintivo alguno.
-
---No tengo que darte cuenta --respondí--. Deja libre la calle.
-
---¿Es esta la tarasca inglesa? --dijo el otro dirigiéndose a Miss Fly
-con insolencia.
-
---¡Tunante! --grité desenvainando--. Voy a enseñarte cómo se habla con
-las señoras.
-
---El Marquesito ha sacado el asador --dijo el primero--. Jóvenes, venid
-al cuerpo de guardia con nosotros, y vos, _milady sauterelle_ dad el
-brazo a _Charles le Temeraire_ para que os conduzca al palacio del
-cepo.
-
---Araceli --me dijo Miss Fly--, toma mi látigo y échalos de aquí.
-
---_Pied-de-mouton_, atraviésalo --vociferó el artillero.
-
-_Pied-de-mouton_, como sargento de dragones, iba armado de sable.
-_Carlos el Temerario_ era artillero y llevaba un machete corto, arma
-de escaso valor en aquella ocasión. En un momento rapidísimo, mientras
-Jean-Jean vacilaba entre dirigirse a la inglesa o a mí, acuchillé
-a _Pied-de-mouton_ con tan buena suerte, con tanto ímpetu y tanta
-seguridad, que le tendí en el suelo. Lanzando un ronco aullido, cayó
-bañado en sangre... Me arrimé a la pared para tener guardadas las
-espaldas, y aguardé a Jean-Jean, que, al ver la caída de su compañero,
-se apartó de Miss Fly, mientras Carlos el Temerario se inclinaba a
-reconocer el herido. Rápida como el pensamiento, Athenais se bajó a
-recoger el sable de este. Sin esperar a que Jean-Jean me atacase, y
-viéndole algo desconcertado, fuime sobre él; mas, sobrecogido, dio
-algunos pasos hacia atrás, bramando así:
-
---_¡Corne du diable! ¡Mille millions de bombardes!_... ¿Creéis que os
-tengo miedo?
-
-Diciéndolo, apretó a correr a lo largo de la calle, y más ligero que el
-viento le siguió Carlos. Ambos gritaban:
-
---¡A la guardia, a la guardia!
-
---Cerca hay un cuerpo de guardia, señora. Huyamos. Aquí dio fin el
-romance.
-
-Corrimos en dirección contraria a la que ellos tomaron; mas no habíamos
-andado siete pasos, cuando sentimos a lo lejos pisadas de gente,
-y distinguimos un pelotón de soldados que a toda prisa venía hacia
-nosotros.
-
---Nos cortan la retirada, señora --dije retrocediendo--. Vamos por otro
-lado.
-
-Buscamos una bocacalle que nos permitiera tomar otra dirección, y no la
-encontramos. La patrulla se acercaba. Corrimos al otro extremo, y sentí
-la voz de nuestros dos enemigos gritando siempre:
-
---¡A la guardia!...
-
---Nos cogerán --dijo Miss Fly con serenidad incomparable, que me
-inspiró aliento--. No importa. Entreguémonos.
-
-En aquel instante, como pasáramos junto al pórtico en cuyo aldabón
-habíamos martillado inútilmente, vi que la puerta se abría y asomaba
-por ella la cabeza de un curioso que, sin duda, no había podido dominar
-su anhelo de saber lo que resultaba de la pendencia... El cielo se
-abría delante de nosotros. La patrulla estaba cerca; pero como la calle
-describía un ángulo muy pronunciado, los soldados que la formaban no
-podían vernos. Empujé aquella puerta y al hombre que curiosamente y
-con irónica sonrisa en el rostro se asomaba; y aunque ni una ni otra
-quisieron ceder al principio, hice tanta fuerza, que bien pronto Miss
-Fly y yo nos encontramos dentro, y con presteza increíble corrí los
-pesados cerrojos.
-
-
-
-
-XXIV
-
-
---¿Qué hace usted? --preguntó con estupor un hombre a quien vi delante
-de mí y que alumbraba el angosto portal con su linterna.
-
---Salvarme y salvar a esta señora --respondí atendiendo a los pasos que
-un rato después de nuestra entrada sonaban en la calle, fuera de la
-puerta--. La patrulla se detiene...
-
---Ahora examina el cuerpo...
-
---No nos han visto entrar...
-
---Pero... o yo estoy tonto, o es Araceli el que tengo delante --dijo
-aquel hombre, el cual no era otro que Santorcaz.
-
---El mismo, Sr. D. Luis. Si su intento es denunciarme, puede hacerlo
-entregándome a la patrulla; pero ponga usted en lugar seguro a esta
-señora hasta que pueda salir libremente de Salamanca... Todavía están
-ahí --añadí con la mayor agitación--. ¡Cómo gruñen!... parece que
-recogen el cuerpo... ¿Estará muerto, o tan solo herido?...
-
---Se marchan --dijo Athenais--. No nos han visto entrar... Creerán que
-ha sido una pendencia entre soldados, y mientras aquellos pícaros no
-expliquen...
-
---Adelante, señores --dijo Santorcaz con petulancia--. El primer deber
-del hijo del pueblo es la hospitalidad, y su hogar recibe a cuantos
-han menester el amparo de sus semejantes. Señora, nada tema usted.
-
---¿Y quién os ha dicho que yo temo algo? --dijo con arrogancia Miss Fly.
-
---Araceli, ¿eres tú quien me echaba la puerta abajo hace un momento?
-
-Vacilé un instante en contestar, y ya tenía la palabra en la boca
-cuando Miss Fly se anticipó diciendo:
-
---Era yo.
-
-Santorcaz, después de hacer una cortesía a la dama inglesa, permaneció
-mudo y quieto esperando oír los motivos que había tenido la señora para
-llamar tan reciamente.
-
---¿Por qué me miráis con la boca abierta? --dijo bruscamente Miss
-Fly--. Seguid y alumbrad.
-
-Santorcaz me miró con asombro. ¿Quién le causaría más sorpresa, yo
-o ella? A mi vez, yo no podía menos de sentirla también, y grande,
-al ver que el jefe de los masones nos recibía con urbanidad. Subimos
-lentamente la escalera. Desde esta oíanse ruidosas voces de hombres
-en lo interior de la casa. Cuando llegamos a una habitación desnuda y
-oscura, que alumbró débilmente la linterna de Santorcaz, este nos dijo:
-
---¿Ahora podré saber qué buscan ustedes en mi casa?
-
---Hemos entrado aquí buscando refugio contra unos malvados que querían
-asesinarnos. Mi deseo es que oculte usted a esta señora si por acaso
-insistieran en perseguirla dentro de la casa.
-
---¿Y a ti? --me preguntó con sorna.
-
---Yo estimo mi vida --repuse--, y no quisiera caer en manos de
-Jean-Jean; pero nada pido a usted, y ahora mismo saldré a la calle, si
-me promete poner en seguridad a esta señora.
-
---Yo no abandono a los amigos --dijo Santorcaz con aquella sandunga
-y marrullería que le eran habituales--. La dama y su galán pueden
-respirar tranquilos. Nadie les molestará.
-
-Miss Fly se había sentado en un incómodo sillón de vaqueta, único
-mueble que en la destartalada estancia había, y sin atender a nuestro
-diálogo, miraba los dos o tres cuadros apolillados que pendían de las
-paredes, cuando entró la criada trayendo una luz.
-
---¿Es esta vuestra hija? --preguntó vivamente la inglesa clavando los
-ojos en la moza.
-
---Es Ramoncilla, mi criada --repuso Santorcaz.
-
---Deseo ardientemente ver a vuestra hija, caballero --dijo la
-inglesa--. Tiene fama de muy hermosa.
-
---Después de lo presente --dijo el masón con galantería--, no creo que
-haya otra más hermosa... Pero, volviendo a nuestro asunto, señora, si
-usted y su esposo desean...
-
---Este caballero no es mi esposo --afirmó Miss Fly sin mirar a
-Santorcaz.
-
---Bien: quise decir su amigo.
-
---No es tampoco mi amigo, es mi criado --dijo la dama con enojo--. Sois
-en verdad impertinente.
-
-Santorcaz me miró, y en su mirada conocí que no daba fe a la afirmación
-de la dama.
-
---Bien... ¿Usted y su criado piensan permanecer en Salamanca?...
-
---No: precisamente lo que queremos es salir sin que nadie nos moleste.
-No puedo realizar el objeto que me trajo a Salamanca, y me marcho.
-
---Pues a entrambos sacaré de la ciudad antes del día --dijo
-Santorcaz--, porque estoy preparándolo todo para salir a la madrugada.
-
---¿Y lleváis a vuestra hija? --preguntó con gran interés Miss Fly.
-
---Mi hija me ama tanto --respondió el masón con orgullo-- que nunca se
-separa de mí.
-
---¿Y a dónde vais ahora?
-
---A Francia. No pienso volver a poner los pies en España.
-
---Mal patriota sois.
-
---Señora... dígame usted su tratamiento para designarle con él. Aunque
-hijo del pueblo y defensor de la igualdad, sé respetar las jerarquías
-que establecieron la monarquía y la historia.
-
---Decidme simplemente _señora_, y basta.
-
---Bien: puesto que la señora quiere conocer a mi hija, se la voy a
-mostrar --dijo Santorcaz--. Dígnese la señora seguirme.
-
-Seguímosle, y nos llevó a una sala, compuesta con más decoro que la que
-dejábamos, e iluminada por un velón de cuatro mecheros. Ofreció el
-anciano un asiento a la inglesa, y desapareció luego, volviendo al poco
-rato con su hija de la mano. Cuando la infeliz me vio, quedose pálida
-como la muerte, y no pudo reprimir un grito de asombro que, por su
-intensidad, pareció de miedo.
-
---Hija mía, esta es la señora que acaba de llegar a casa pidiéndome
-hospitalidad para ella y para el mancebo que le acompaña.
-
-Creyérase que Inés veía fantasmas. Tan pronto miraba a Miss Fly como
-a mí, sin convencerse de que eran reales y tangibles las personas que
-tenía delante. Yo sonreía, tratando de disipar su confusión con el
-lenguaje de los ojos y las facciones; pero la pobre muchacha estaba
-cada vez más absorta.
-
---Sí que es hermosa --dijo Miss Fly con gravedad--. Pero no quitáis los
-ojos de este joven que me acompaña. Sin duda le encontráis parecido a
-otro que conocéis. Hija mía, es el mismo que pensáis, el mismo.
-
---Solo que este perillán --dijo Santorcaz sacudiéndome el brazo con
-familiaridad impertinente-- ha cambiado tanto... Cuando era oficial se
-le podía mirar; pero después que ha sido expulsado del ejército por su
-cobardía y mal comportamiento y puéstose a servir...
-
-Tan grosera burla no merecía que la contestase, y callé, dejando que
-Inés se confundiese más.
-
---Caballero --dijo Miss Fly con enojo volviéndose hacia Santorcaz--,
-si hubiera sabido que pensábais insultar a la persona que me acompaña,
-habría preferido quedarme en la calle. Dije que era mi criado; pero no
-es cierto. Este caballero es mi amigo.
-
---Su amigo --añadió D. Luis--. Justo, eso decía yo.
-
---Amigo leal y caballero intachable, a quien agradeceré toda la vida el
-servicio que me ha prestado esta noche exponiendo su vida por mí.
-
-Nueva confusión de Inés. Mudaba de color su alterado semblante a
-cada segundo, y todo se le volvía mirar a la inglesa y a mí, como si
-mirándonos, leyéndonos, devorándonos con la vista, pudiera aclarar el
-misterioso enigma que tenía delante.
-
-La venganza es un placer criminal, pero tan deleitoso, que en ciertas
-ocasiones es preciso ser santo o arcángel para sofocar esta partícula,
-para extinguir esta pavesa de infierno que existe en nuestro corazón.
-Así es que sintiendo yo en mí la quemadura de aquel diabólico fuego
-del alma que nos induce a mortificar alguna vez a las personas que más
-amamos, dije con gravedad:
-
---Señora mía, no merecen agradecimiento acciones comunes que son
-un deber para todas las personas de honor. Además, si se trata de
-agradecer, ¿qué podría decir yo, al recordar las atenciones que
-de usted he merecido en el cuartel general aliado, y antes de que
-viniésemos ambos a Salamanca?
-
-Miss Fly pareció muy regocijada de estas palabras mías, y en su mirada
-resplandeció una satisfacción que no se cuidaba de disimular. Inés
-observaba a la inglesa, queriendo leer en su rostro lo que no había
-dicho.
-
---Sr. Santorcaz --dijo la Mosquita después de una pausa--, ¿no pensáis
-casar a vuestra hija?
-
---Señora, mi hija parece hasta hoy muy contenta de su estado y de la
-compañía de su padre. Sin embargo, con el tiempo... No se casará con un
-noble ni con un militar, porque ella y yo aborrecemos a esos verdugos y
-carniceros del pueblo.
-
---Podemos darnos por ofendidos con lo que decís contra dos clases tan
-respetables --repuso con benevolencia Miss Fly--. Yo soy noble, y el
-señor es militar. Conque...
-
---He hablado en términos generales, señora. Por lo demás, mi hija no
-quiere casarse.
-
---Es imposible que siendo tan linda no tenga los pretendientes a
-millares --dijo Miss Fly mirándola--. ¿Será posible que esta hermosa
-niña no ame a nadie?
-
-Inés, en aquel instante, no podía disimular su enojo.
-
---Ni ama ni ha amado jamás a nadie --contestó oficiosamente su padre.
-
---Eso no, Sr. Santorcaz --dijo la inglesa--. No tratéis de engañarme,
-porque conozco de la cruz a la fecha la historia de vuestra adorada
-niña, hasta que os apoderasteis de ella en Cifuentes.
-
-Inés se puso roja como una cereza, y me miró no sé si con desprecio o
-con terror. Yo callaba, y midiendo por mi propia emoción la suya, decía
-para mí con la mayor inocencia: «La pobrecita será capaz de enfadarse.»
-
---Tonterías y mimos de la infancia --dijo Santorcaz, a quien había
-sabido muy mal lo que acababa de oír.
-
---Eso es --añadió la inglesa señalando sucesivamente a Inés y a
-mí--. Ambos son ya personas formales, y sus ideas, así como sus
-sentimientos, han tomado camino más derecho. No conozco el carácter y
-los pensamientos de vuestra encantadora hija; pero conozco el grande
-espíritu, el noble entendimiento del joven que nos escucha, y puedo
-aseguraros que leo en su alma como en un libro.
-
-Inés no cabía en sí misma. El alma se le salía por los ojos en forma
-de aflicción, de despecho, de no sé qué sentimiento poderoso, hasta
-entonces desconocido para ella.
-
---Hace algún tiempo --añadió la inglesa-- que nos une una noble, franca
-y pura amistad. Este caballero posee un espíritu elevado. Su corazón,
-superior a los sentimientos mezquinos de la vida ordinaria, arde en el
-deseo fogoso de una vida grandiosa, de lucha, de peligro, y no quiere
-asociar su existencia a la menguada medianía de un hogar pacífico, sino
-lanzarla a los tumultos de la guerra, de la sociedad, donde hallará
-pareja digna de su alma inmensa.
-
-No pude reprimir una sonrisa; pero nadie, felizmente, a no ser Inés que
-me observaba, advirtió mi indiscreción.
-
---¿Qué decís a esto? --preguntó Athenais a mi novia.
-
---Que me parece muy bien --contestó como Dios la dio a entender, entre
-atrevida y balbuciente--. Cuando se tiene un alma de tal inmensidad,
-parece propio afrontar los peligros de una patrulla, en vez de llamar a
-la primera puerta que se presenta.
-
---Ya comprenderá usted, señora --dijo don Luis--, que mi hija no es
-tonta.
-
---Sí; pero lo sois vos --contestó desabridamente Miss Fly.
-
-Y diciéndolo, en la casa retumbaron aldabonazos tan fuertes como los
-que nosotros habíamos dado poco antes.
-
---¡La patrulla! --exclamé.
-
---Sin duda --dijo Santorcaz--. Pero no haya temor. He prometido ocultar
-a ustedes. Si manda la patrulla Cerizy, que es amigo mío, no hay nada
-que temer. Inés, esconde a la señora en el cuarto de los libros, que yo
-archivaré a este sujeto en otro lado.
-
-Mientras Inés y Miss Fly desaparecieron por una puerta excusada, dejeme
-conducir por mi antiguo amigo, el cual me llevó a la habitación donde
-por la mañana le había visto, y en la cual estaban aquella noche y en
-aquella ocasión cinco hombres sentados alrededor de la ancha mesa. Vi
-sobre esta libros, botellas y papeles en desorden, y bien podía decirse
-que las tres clases de objetos ocupaban igualmente a todos. Leían,
-escribían y echaban buenos tragos, sin dejar de charlar y reír. Observé
-además que en la estancia había armas de todas clases.
-
---Otra vez te atruenan la casa a aldabonazos, papá Santorcaz --dijo al
-vernos entrar el más joven, animado y vivaracho de los presentes.
-
---Es la ronda --respondió el masón--. A ver dónde escondemos a este
-joven, Monsalud, ¿sabes quién manda la ronda esta noche?
-
---Cerizy --contestó el interpelado, que era un joven alto, flaco y
-moreno, bastante parecido a una araña.
-
---Entonces no hay cuidado --me dijo--. Puedes entrar en esta habitación
-y esconderte allí, por si acaso quiere subir a beber una copa.
-
-Escondido, mas no encerrado en la habitación que me designara,
-permanecí algún tiempo, el necesario para que Santorcaz bajase a la
-puerta, y por breves momentos conferenciase con los de la ronda, y para
-que el jefe de esta subiese a honrar las botellas que galantemente le
-ofrecían.
-
---Señores --dijo el oficial francés entrando con Santorcaz--, buenas
-noches... ¿Se trabaja? Buena vida es esta.
-
---Cerizy --replicó el llamado Monsalud llenando una copa--, a la salud
-de Francia y España reunidas.
-
---A la salud del gran imperio galo-hispano --dijo Cerizy alzando la
-copa--. A la salud de los buenos españoles.
-
---¿Qué noticias, amigo Cerizy? --preguntó otro de los presentes, viejo,
-ceñudo y feo.
-
---Que el Lord está cerca... pero nos defenderemos bien. ¿Han visto
-ustedes las fortificaciones?... Ellos no tienen artillería de sitio...
-El ejército aliado es un ejército _pour rire_...
-
---¡Pobrecitos!... --exclamó el viejo, cuyo nombre era Bartolomé
-Canencia--. ¡Cuando uno piensa que van a morir tantos hombres... que se
-va a derramar tanta sangre...!
-
---Señor filósofo --indicó el francés--, porque ellos lo quieren...
-Convenced a los españoles de que deben someterse...
-
---Descanse usted un momento, amigo Cerizy.
-
---No puedo detenerme... Han herido a un sargento de dragones en esta
-calle...
-
---Alguna disputa...
-
---No se sabe... los asesinos han huido... Dicen que son espías.
-
---¡Espías de los ingleses!... Salamanca está llena de espías.
-
---Han dicho que un español y una inglesa... o no sé si un inglés
-acompañado de una española... Pero no puedo detenerme. Se me mandó
-registrar las casas... Decidme, ¿no hay logia esta noche?
-
---¿Logia? Si nos marchamos...
-
---¿Se marchan? --dijo el francés--. Y yo que estaba concluyendo a toda
-prisa mi _Memoria sobre las distintas formas de la tiranía_.
-
---Léasela usted a sí propio --indicó el filósofo Canencia--. Lo
-mismo me pasará a mí con mi _Tratado de la libertad individual_ y mi
-traducción de Diderot.
-
---¿Y por qué es esa marcha?
-
---Porque los ingleses entrarán en Salamanca --dijo Santorcaz--, y no
-queremos que nos cojan aquí.
-
---Yo no daría dos cuartos por lo que me quedara de pescuezo, después de
-entrar los aliados --advirtió el más joven y más vivaracho de todos.
-
---Los ingleses no entrarán en Salamanca, señores --afirmó con
-petulancia el oficial.
-
-Santorcaz movió la cabeza con triste expresión dubitativa.
-
---Y pues echan ustedes a correr, desde que nos hallamos comprometidos,
-Sr. Santorcaz --añadió Cerizy con la misma petulancia y cierto tonillo
-reprensivo--, sepan que en el cuartel general de Marmont no estarán los
-masones tan seguros como aquí.
-
---¿Que no?
-
---No; porque no son del agrado del general en jefe, que nunca fue
-aficionado a sociedades secretas. Las ha tolerado, porque era preciso
-alentar a los españoles que no seguían la causa insurgente; pero ya
-sabe usted que Marmont es algo _bigot_.
-
---Sí...
-
---Pero lo que no sabe usted es que han venido órdenes apremiantes de
-Madrid para separar la causa francesa de todo lo que transcienda a
-masonería, ateísmo, irreligiosidad y filosofía.
-
---Lo esperaba, porque José es también algo...
-
---_Bigot_... Conque buen viaje y no fiarse mucho del general en jefe.
-
---Como no pienso parar hasta Francia, mi querido Sr. Cerizy... --dijo
-Santorcaz--, estoy sin cuidado.
-
---No se puede vivir en esta abominable nación --afirmó el viejo
-filósofo--. En París o en Burdeos publicaré mi _Tratado de la libertad
-individual_ y mi traducción de Diderot.
-
---Buenas noches, Sr. Santorcaz, señores todos.
-
---Buenas noches y buena suerte contra el Lord, Sr. Cerizy.
-
---Nos veremos en Francia --dijo el francés al retirarse--. ¡Qué lástima
-de logia!... Marchaba tan bien... Sr. Canencia, siento que no conozca
-usted mi _Memoria sobre las tiranías_.
-
-Cuando el jefe de la ronda bajaba la escalera, sacome de mi escondite
-Santorcaz, y presentándome a sus amigos, dijo con sorna:
-
---Señores, presento a ustedes un espía de los ingleses.
-
-No le contesté una palabra.
-
---Bien se conoce, amiguito... pero no reñiremos --añadió el masón
-ofreciéndome una silla y poniéndome delante una copa que llenó--. Bebe.
-
---Yo no bebo.
-
---Amigo Ciruelo --dijo D. Luis al más joven de los presentes--, te
-quedarás en Salamanca hasta mañana, porque en lugar tuyo va a salir
-este joven.
-
---Sí, eso es --objetó Ciruelo mirándome con enojo--. ¿Y si vienen los
-aliados y me ahorcan?... Yo no soy espía de los ingleses.
-
---¡Ingleses, franceses!... --exclamó el filósofo Canencia en tono
-sibilítico--. Hombres que se disputan el terreno, no las ideas...
-¿Qué me importa cambiar de tiranos? A los que como yo combaten por la
-filosofía, por los grandes principios de Voltaire y Rousseau, lo mismo
-les importa que reinen en España las casacas rojas o los capotes azules.
-
---¿Y usted qué piensa? --me dijo Monsalud observándome con
-curiosidad--. ¿Entrarán los aliados en Salamanca?
-
---Sí, señor, entraremos --contesté con aplomo.
-
---Entraremos... luego usted pertenece al ejército aliado.
-
---Al ejército aliado pertenezco.
-
---¿Y cómo está usted aquí? --me preguntó, con ademán y tono de la mayor
-fiereza, otro de los presentes, que era hombre más fuerte y robusto que
-un toro.
-
---Estoy aquí, porque he venido.
-
-Necesitaba hacer grandes esfuerzos para sofocar mi indignación.
-
---Este joven se burla de nosotros --dijo Ciruelo.
-
---Pues yo sostengo que los aliados no entrarán en Salamanca --añadió
-Monsalud--. No traen artillería de sitio.
-
---La traerán...
-
---Ignoran con qué clase de fortificaciones tienen que habérselas.
-
---El Duque de Ciudad-Rodrigo no ignora nada.
-
---Bueno, que entren --dijo Santorcaz--. Puesto que Marmont nos
-abandona...
-
---Lo que yo digo --indicó el filósofo--: casacas rojas o casacas
-azules... ¿qué más da?
-
---Pero es indigno que favorezcamos a los espías de Lord Wellington
---exclamó con ira el bárbaro Monsalud, levantándose de su asiento.
-
-Yo decía para mí: «¿No habrá en esta maldita casa un agujero por donde
-escapar solo con ella?»
-
---Siéntate y calla, Monsalud --dijo Santorcaz--. A mí me importa poco
-que _Narices_ entre o no en Salamanca. Pongo yo el pie en mi querida
-Francia... Aquí no se puede vivir.
-
---Si siguieran los franceses mi parecer --dijo el joven Ciruelo con la
-expresión propia de quien está seguro de manifestar una gran idea--,
-antes de entregar esta ciudad histórica a los aliados, la volarían.
-Basta poner seis quintales de pólvora en la Catedral, otros seis en la
-Universidad, igual dosis en los Estudios Menores, en la Compañía, en
-San Esteban, en Santo Tomás y en todos los grandes edificios... Vienen
-los aliados, ¿quieren entrar? ¡fuego! ¡Qué hermoso montón de ruinas!
-Así se consiguen dos objetos: acabar con ellos, y destruir uno de los
-más terribles testimonios de la tiranía, barbarie y fanatismo de esos
-ominosos tiempos, señores...
-
---Orador Ciruelo, tú harás revoluciones --dijo Canencia con majestuosa
-petulancia.
-
---Lo que yo afirmo --gruñó Monsalud-- es que, venzan o no los aliados,
-no me marcharé de España.
-
---Ni yo --mugió el toro.
-
---Prefiero volverme con los insurgentes --dijo el quinto personaje, que
-hasta entonces no había desplegado los bozales labios.
-
---Yo me voy para siempre de España --afirmó Santorcaz--. Veo mal parada
-aquí la causa francesa. Antes de dos años, Fernando VII volverá a
-Madrid.
-
---¡Locura, necedad!
-
---Si esta campaña termina mal para los franceses, como creo...
-
---¿Mal? ¿Por qué?
-
---Marmont no tiene fuerzas.
-
---Se las enviarán. Viene en su auxilio el rey José con tropas de
-Castilla la Nueva.
-
---Y la división Esteve, que está en Segovia.
-
---Y el ejército de Bonnet viene cerca ya.
-
---Y también Cafarelli, con el ejército del Norte.
-
---Todavía no han venido --dijo Santorcaz con tristeza--. Bien, si
-vienen esas tropas, y ponen los franceses toda la carne en el asador...
-
---Vencerán.
-
---¿Qué crees tú, Araceli?
-
---Que Marmont, Bonnet, Esteve, Cafarelli y el rey José no hallarán
-tierra por donde correr si tropiezan con los aliados --dije con gran
-aplomo.
-
---Lo veremos, caballero.
-
---Eso es, lo verán ustedes --repuse--. Lo veremos todos. ¿Saben ustedes
-bien lo que es el ejército aliado que ha tomado a Ciudad-Rodrigo y
-Badajoz? ¿Saben ustedes lo que son esos batallones portugueses y
-españoles, esa caballería inglesa?... Figúrense ustedes una fuerza
-inmensa, una disciplina admirable, un entusiasmo loco, y tendrán idea
-de esa ola que viene y que todo lo arrollará y destruirá a su paso.
-
-Los seis hombres me miraban absortos.
-
---Supongamos que los franceses son derrotados: ¿qué hará entonces el
-Emperador?
-
---Enviar más tropas.
-
---No puede ser. ¿Y la campaña de Rusia?
-
---Que va muy mal, según dicen --indiqué yo.
-
---No va sino muy bien, caballero --afirmó Monsalud, con gesto
-amenazador.
-
---Las últimas noticias --dijo el quinto personaje, que tenía facha de
-militar, y era hombre fuerte, membrudo, imponente, de mirar atravesado
-y antipática catadura-- son estas... Acabo de leerlas en el papel que
-nos han mandado de Madrid. El Emperador es esperado en Varsovia. El
-primer cuerpo va sobre Piegel; el mariscal Duque de Regio, que manda el
-segundo, está en Wehlan; el mariscal Duque de Elchingen, en Soldass; el
-Rey de Westphalia, en Varsovia...
-
---Eso está muy lejos y no nos importa nada --dijo Santorcaz con
-disgusto--. Por bien que salga el Emperador de esa campaña temeraria,
-no podrá en mucho tiempo mandar tropas a España... y parece que Soult
-anda muy apretado en Andalucía, y Suchet en Valencia.
-
---Todo lo ves negro --gritó con enojo Monsalud.
-
---Veo la guerra del color que tiene ahora... De modo que a Francia me
-voy, y salga el sol por Antequera.
-
---Triste cosa es vivir de esta manera --dijo el filósofo--. Somos
-ganado trashumante. Verdad es que no pasamos por punto alguno sin
-dejar la semilla del _Contrato social_, que germinará pronto poblando
-el suelo de verdaderos ciudadanos... Y es, además de triste, vergonzoso
-vernos obligados a pasar por cómicos de la legua.
-
---Yo no me vestiré más de payaso, aunque me aspen --declaró Monsalud.
-
---Y yo, antes de dejarme descuartizar por afrancesado, me volveré con
-los insurgentes --indicó el que tenía figura y corpulencia de salvaje
-toro.
-
---Nada perdemos con adoptar nuestro disfraz --dijo D. Luis--. Conque se
-vista uno y nos siga el carro lleno de trebejos, bastará para que no
-nos hagan daño en esos feroces pueblos... Conque en marcha, señores.
-Araceli, dame tus armas, porque nosotros no llevamos ninguna... En caso
-contrario, no me expondré a sacarte.
-
-Se las di, disimulando la rabia que llenaba mi alma, y al punto
-empezaron los preparativos de marcha. Unos corrían a cerrar sus breves
-maletas, más llenas de papeles que de ropas. Arregló Ramoncilla el
-equipaje de su amo, y no tardaron en atronar las casas los ruidos que
-caballerías y carros hacían en el patio. Cuando pasé a la habitación
-donde estaban Inés y Miss Fly, sorprendiome hallarlas en conversación
-tirada, aunque no cordial, al parecer, y en el semblante de la primera
-advertí un hechicero mohín irónico, mezclado de tristeza profunda.
-Yo ocultaba y reprimía en el fondo de mi pecho una tempestad de
-indignación, de zozobra. Aun allí, rodeado de tan diversa gente,
-miraba con angustia a todos los rincones, ansiando descubrir alguna
-brecha, algún resquicio por donde escapar solo con ella. Creíame capaz
-de las hazañas que soñaba el alto espíritu de Miss Fly.
-
-Pero no había medio humano de realizar mi pensamiento. Estaba en
-poder de Santorcaz, como si dijéramos, en poder del demonio. Traté de
-acercarme a Inés para hablarla a solas un momento, con esperanzas de
-hallar en ella un amoroso cómplice de mi deseo; pero Santorcaz con
-claro designio y Miss Fly quizás sin intención, me lo impidieron. Inés
-misma parecía tener empeño en no honrarme con una sola mirada de sus
-amantes ojos.
-
-Athenais, conservando su falda de amazona, se había transfigurado,
-escondiendo graciosamente su busto y hermosa cabeza bajo los pliegues
-de un manto español.
-
---¿Qué tal estoy así? --me dijo riendo, en un instante que estuvimos
-solos.
-
---Bien --contesté fríamente, preocupado con otra imagen que atraía los
-ojos de mi alma.
-
---¿Nada más que bien?
-
---Admirablemente. Está usted hermosísima.
-
---Vuestra novia, Sr. Araceli --dijo con expresión festiva y algo
-impertinente--, es bastante sencilla.
-
---Un poco, señora.
-
---Está buena para un pobre hombre... ¿Pero es cierto que amáis... a eso?
-
-«¡Oh! Dios de los cielos --dije para mí sin hacer caso de Miss Fly--,
-¿no habrá un medio de que yo escape solo con ella?»
-
-Iba la inglesa a repetir su pregunta, cuando Santorcaz nos llamó,
-dándonos prisa para que bajásemos. Él y sus amigos habían forrado sus
-personas en miserables vestidos.
-
---Las dos señoras, en el coche que guiará Juan --dijo D. Luis--. Tres
-a caballo, y los otros en el carro. Araceli, entra en el carro con
-Monsalud y Canencia.
-
---Padre, no vayas a caballo --dijo Inés--. Estás muy enfermo.
-
---¿Enfermo? Más fuerte que nunca... Vamos: en marcha... Es muy tarde.
-
-Distribuyéronse los viajeros conforme al programa, y pronto salimos, en
-burlesca procesión, de la casa y de la calle y de Salamanca. ¡Oh, Dios
-poderoso! Me parecía que había estado un siglo dentro de la ciudad.
-Cuando, sin hallar obstáculos en las calles ni en la muralla, me vi
-fuera de las temibles puertas, me pareció que tornaba a la vida.
-
-Según orden de Santorcaz, el cochecillo donde iban las dos damas
-marchaba delante; seguían los jinetes, y luego los carros, en uno de
-los cuales tocome subir con los dos interesantes personajes citados. Al
-verme en el campo libre, si se calmó mi desasosiego por los peligros
-que corría dentro de _Roma la chica_, sentí una aflicción vivísima por
-causas que se comprenderán fácilmente. Me era forzoso correr hacia
-el cuartel general, abandonando aquel extraño convoy donde iban los
-amores de toda mi vida, el alma de mi existencia, el tesoro perdido,
-encontrado y vuelto a perder, sin esperanza de nueva recuperación.
-Llevado, arrastrado yo mismo por aquella cuadrilla de demonios, ni aun
-me era posible seguirla, y el deber me obligaba a separarme en medio
-del camino. La desesperación se apoderó de mí, cuando mis ojos dejaron
-de ver en la oscuridad de la noche a las dos mujeres que marchaban
-delante. Salté al suelo, y corriendo con velocidad increíble, pues la
-hondísima pena parecía darme alas, grité con toda la fuerza de mis
-pulmones:
-
---¡Inés, Miss Fly!... aquí estoy... parad, parad...
-
-Santorcaz corrió al galope detrás de mí y me detuvo.
-
---Gabriel --gritó--, ya te he sacado de la ciudad, y ahora puedes
-marcharte dejándonos en paz. A mano derecha tienes el camino de
-Aldea-Tejada.
-
---¡Bandido! --exclamé con rabia--. ¿Crees que si no me hubieras quitado
-las armas me marcharía solo?
-
---¡Muy bravo estás!... Buen modo de pagar el beneficio que acabo de
-hacerte... Márchate de una vez. Te juro que si vuelves a ponerte
-delante de mí y te atreves a amenazarme, haré contigo lo que mereces.
-
---¡Malvado!... --grité abalanzándome al arzón de su cabalgadura y
-hundiendo mis dedos en sus flacos muslos--. ¡Sin armas estoy y podré
-dar cuenta de ti!
-
-El caballo se encabritó, arrojándome a cierta distancia.
-
---¡Dame lo que es mío, ladrón! --exclamé tornando hacia mi enemigo--.
-¿Crees que te temo? Baja de ese caballo... devuélveme mi espada y
-veremos.
-
-Santorcaz hizo un gesto de desprecio, y en el silencio de la noche oí
-el rumor de su irónica risa. El otro jinete, que era el semejante a un
-toro, se le unió incontinenti.
-
---O te marchas ahora mismo --dijo Don Luis--, o te tendemos en el
-camino.
-
---La señora inglesa ha de partir conmigo. Hazla detener --dije
-dominando la intensa cólera que a causa de mi evidente inferioridad me
-sofocaba.
-
---Esa dama irá a donde quiera.
-
---¡Miss Fly, Miss Fly! --grité ahuecando ambas manos junto a mi boca.
-
-Nadie me respondía, ni aun llegaba a mis oídos el rumor de las ruedas
-del coche. Corrí largo trecho al lado de los caballos, fatigado,
-jadeante, cubierto de sudor y con profunda agonía en el alma... Volví a
-gritar luego, diciendo:
-
---¡Inés, Inés! ¡Aguarda un instante... allá voy!
-
-Las fuerzas me faltaban. Los jinetes se dirigieron en disposición
-amenazadora hacia mí; pero un resto de energía física que aún
-conservaba, me permitió librarme de ellos, saltando fuera del camino.
-Pasaron adelante los caballos, y las carcajadas de Santorcaz y
-del hombre-toro resonaron en mis oídos como el graznar de pájaros
-carniceros que revoloteaban junto a mí, describiendo pavorosos
-círculos en torno a mi cabeza. Si mi cuerpo estaba desmayado y casi
-exánime, conservaba aún voz poderosa, y vociferé mientras creí que
-podía ser oído:
-
---¡Miserables!... ya caeréis en mi poder... ¡Eh, Santorcaz, no te
-descuides!... ¡allá iré yo!... ¡allá iré!
-
-Bien pronto se extinguió a lo lejos el ruido de herraduras y ruedas. Me
-quedé solo en el camino. Al considerar que Inés había estado en mi mano
-y que no me había sido posible apoderarme de ella, sentía impulsos de
-correr hacia adelante, creyendo que la rabia bastaría a hacer brotar de
-mi cuerpo las potentes alas del cóndor... En mi desesperada impotencia
-me arrojaba al suelo, mordía la tierra, y clamaba al cielo con alaridos
-que habrían aterrado a los transeúntes, si por aquella desolada llanura
-hubiese pasado en tal hora alma viviente... ¡Se me escapaba quizá para
-siempre! Registré el horizonte en derredor, y todo lo vi negro; pero
-las imágenes de los dos ejércitos pertenecientes a las dos naciones más
-poderosas del mundo se presentaron a mi agitada imaginación. ¡Por allí
-los franceses... por acá los ingleses! Un paso más, y el humo y los
-clamores de sangrienta batalla se elevarán hasta el cielo; un paso más,
-y temblará, con el peso de tanto cuerpo que cae, este suelo en que me
-sostengo.
-
---¡Oh, Dios de las batallas, guerra y exterminio es lo que deseo!
---exclamé--. Que no quede un solo hombre de aquí hasta Francia...
-Araceli, al cuartel real... Wellington te espera.
-
-Esta idea calmó un tanto mi exaltación, y me levanté del suelo en que
-yacía. Cuando di los primeros pasos experimenté esa suspensión del
-ánimo, ese asombro indefinible que sentimos en el momento de observar
-la falta o pérdida de un objeto que poco antes llevábamos.
-
---¿Y Miss Fly? --dije deteniéndome estupefacto--. No lo sé... adelante.
-
-
-
-
-XXV
-
-
-Seguro de que los franceses habían tomado la dirección de Toro, me
-encaminé yo hacia el mediodía buscando el Valmuza, riachuelo que corre
-a cuatro o cinco leguas de la capital. Marchaba a pie con toda la prisa
-que me permitían el mucho cansancio corporal y las fatigas del alma,
-y a las ocho de la mañana entré en Aldea-Tejada, después de vadear el
-Tormes y recorrer un terreno áspero y desigual desde Tejares. Unos
-aldeanos dijéronme antes de llegar allí que no había franceses en los
-alrededores ni en el pueblo, y en este oí decir que por Siete Carreras
-y Tornadizos se habían visto en la noche anterior muchísimos ingleses.
-
---Cerca están los míos --dije para mí; y tomando algo de lo necesario
-para sustentarme, seguí adelante.
-
-Nada me aconteció digno de notarse hasta Tornadizos, donde encontré
-la vanguardia inglesa y varias partidas de D. Julián Sánchez. Eran las
-diez de la mañana.
-
---Un caballo, señores, préstenme un caballo --les dije--. Si no,
-prepárense a oír al señor Duque... ¿Dónde está el cuartel general? Creo
-que en Bernuy. Un caballo pronto.
-
-Al fin me lo dieron, y lanzándolo a toda carrera primero por el camino,
-y después por trochas y veredas, a las doce menos cuarto estaba en el
-cuartel general. Vestí a toda prisa mi uniforme, informándome al mismo
-tiempo de la residencia de Lord Wellington para presentarme a él al
-instante.
-
---El Duque ha pasado por aquí hace un momento --me dijo Tribaldos--.
-Recorre el pueblo a pie.
-
-Un momento después encontré en la plaza al señor Duque, que volvía de
-su paseo. Conociome al punto, y acercándome a él le dije:
-
---Tengo el honor de manifestar a Vuecencia que he estado en Salamanca,
-y que traigo todos los datos y noticias que Vuecencia desea.
-
---¿Todos? --dijo Wellington sin hacer demostración alguna de
-benevolencia ni de desagrado.
-
---Todos, mi general.
-
---¿Están decididos a defenderse?
-
---El ejército francés ha evacuado ayer tarde la ciudad, dejando solo
-ochocientos hombres.
-
-Wellington miró al general portugués Troncoso, que a su lado venía. Sin
-comprender las palabras inglesas que se cruzaron, me pareció que el
-segundo afirmaba:
-
---Lo ha adivinado Vuecencia.
-
---Este es el plano de las fortificaciones que defienden el paso del
-puente --dije alargando el croquis que había sacado.
-
-Tomolo Wellington, y después de examinarlo con profundísima atención,
-preguntó:
-
---¿Está usted seguro de que hay piezas giratorias en el revellín y ocho
-piezas comunes en el baluarte?
-
---Las he contado, mi general. El dibujo será imperfecto; pero no hay en
-él una sola línea que no sea representación de una obra enemiga.
-
---¡Oh, oh! Un foso desde San Vicente al Milagro --exclamó con asombro.
-
---Y un parapeto en San Vicente.
-
---San Cayetano parece fortificación importante.
-
---Terrible, mi general.
-
---Y estas otras en la cabecera del puente...
-
---Que se unen a los fuertes por medio de estacadas en zig-zag.
-
---Está bien --dijo complacido, guardando el croquis--. Ha desempeñado
-usted su comisión satisfactoriamente a lo que parece.
-
---Estoy a las órdenes de mi general.
-
-Y luego, volviendo en derredor la perspicaz mirada, añadió:
-
---Me dijeron que Miss Fly cometió la temeridad de ir también a
-Salamanca a ver los edificios. No la veo.
-
---No ha vuelto --dijo un inglés de los de la comitiva.
-
-Interrogáronme todos con alarmantes miradas, y sentí cierto embarazo.
-Hubiera dado cualquier cosa porque la señorita Fly se presentase en
-aquel momento.
-
---¿Que no ha vuelto? --dijo el Duque con expresión de alarma y clavando
-en mí sus ojos--. ¿Dónde está?
-
---Mi general, no lo sé --respondí bastante contrariado--. Miss Fly no
-fue conmigo a Salamanca. Allí la encontré, y después... Nos separamos
-al salir de la ciudad, porque me era preciso estar en Bernuy antes de
-las doce.
-
---Está bien --dijo Lord Wellington como si creyese haber dado excesiva
-importancia a un asunto que en sí no la tenía--. Suba usted al instante
-a mi alojamiento para completar los informes que necesito.
-
-No había dado dos pasos, marchando humildemente a la cola de la
-comitiva del señor Duque, cuando detúvome un oficial inglés, algo
-viejo, pequeño de rostro, no menos encarnado que su uniforme, y
-cuya carilla arrugada y diminuta se distinguía por cierta vivacidad
-impertinente, de que eran signos principales una nariz picuda y unos
-espejuelos de oro. Acostumbrados los españoles a considerar ciertas
-formas personales como inherentes al oficio militar, nos causaban
-sorpresa y aun risa aquellos oficiales de Artillería y Estado Mayor,
-que parecían catedráticos, escribanos, vistas de aduanas o procuradores.
-
-Mirome el coronel Simpson, pues no era otro, con altanería; mirele
-yo a él del mismo modo, y una vez que nos hubimos mirado a sabor de
-entrambos, dijo él:
-
---Caballero, ¿dónde está Miss Fly?
-
---Caballero, ¿lo sé yo acaso? ¿Me ha constituido el Duque en custodio
-de esa hermosa mujer?
-
---Se esperaba que Miss Fly regresase con usted de su visita a los
-monumentos arquitectónicos de Salamanca.
-
---Pues no ha regresado, caballero Simpson. Yo tenía entendido que Miss
-Fly podía ir y venir y partir y tornar cuando mejor le conviniese.
-
---Así debiera ser y así lo ha hecho siempre --dijo el inglés--; pero
-estamos en una tierra donde los hombres no respetan a las señoras,
-y pudiera suceder que Athenais, a pesar de su alcurnia, no tuviese
-completa seguridad de ser respetada.
-
---Miss Fly es dueña de sus acciones --le contesté--. Respecto a su
-tardanza o extravío, ella sola podrá informar a usted cuando parezca.
-
-Era ciertamente gracioso exigirme la responsabilidad de los pasos malos
-o buenos de la antojadiza y volandera inglesa, cuando ella no conocía
-freno alguno a su libertad, ni tenía más salvaguardia de su honor que
-su honor mismo.
-
---Esas explicaciones no me satisfacen, caballero Araceli --me dijo
-Simpson dignándose dirigir sobre mí una mirada de enojo, que adquiría
-importancia al pasar por el cristal de sus espejuelos--. El insigne
-Lord Fly, conde de Chichester, me ha encargado que cuide de su hija...
-
---¡Cuidar de su hija! ¿Y usted lo ha hecho?... Cuando estuvo a punto
-de perecer en Sancti Spíritus, no le vi a su lado... ¡Cuidar de ella!
-¿De qué modo se cuida a las señoritas en Inglaterra? ¿Dejando que los
-españoles les ofrezcan alojamiento, que las acompañen a visitar abadías
-y castillos?
-
---Siempre han acompañado a esa señorita dignos caballeros que no
-abusaron de su confianza. No se temen debilidades de Miss Fly, que
-tiene el mejor de los guardianes en su propio decoro; se temen,
-caballero Araceli, las violencias, los crímenes que son comunes en las
-naturalezas apasionadas de esta tierra. En suma, no me satisfacen las
-explicaciones que usted ha dado.
-
---No tengo que añadir, respecto al paradero de Miss Fly, ni una palabra
-más a lo que ya tuve el honor de manifestar a Lord Wellington.
-
---Basta, caballero --repuso Simpson poniéndose como un pimiento--. Ya
-hablaremos de esto en ocasión más oportuna. He manifestado mis recelos
-a D. Carlos España, el cual me ha dicho que no era usted de fiar...
-Hasta la vista.
-
-Apartose de mí vivamente para unirse a la comitiva, que estaba muy
-distante, y dejome en verdad pensativo el venerable y estudioso
-oficial. Poco después D. Carlos España me decía riendo con aquella
-expansión franca y un tanto brutal que le era propia:
-
---Picarón redomado, ¿dónde demonios has metido a la amazona? ¿Qué
-has hecho de ella? Ya te tenía yo por buena alhaja. Cuando el coronel
-Simpson me dijo que estaba sobre ascuas, le contesté: «No tenga usted
-duda, amigo mío: los españoles miran a todas las mujeres como cosa
-propia.»
-
-Traté de convencer al general de mi inocencia en aquel delicado asunto;
-pero él reía, antes impulsado por móviles de alabanza que de vituperio,
-porque los españoles somos así. Luego le conté cómo habiendo necesitado
-del auxilio de los masones para salir de Salamanca, nos acompañamos
-de ellos hasta llegar a buen trecho de la ciudad; mas cuando indiqué
-que Miss Fly les había seguido, ni España ni ninguno de los que me
-escuchaban quisieron creerme.
-
-Cuando fui al alojamiento del general en jefe para informarle de mil
-particularidades que él quería conocer relativas a los conventos
-destruidos, a municiones, a víveres, al espíritu de la guarnición y del
-vecindario, hallé al Duque, con quien conferencié más de hora y media,
-tan frío, tan severo conmigo, que se me llenó el alma de tristeza.
-Recogía mis noticias, harto preciosas para el ejército aliado, sin
-darme claras y vehementes señales, cual yo esperaba, de que mi
-servicio fuese estimado, o como si, estimando el hecho, menospreciara
-la persona. Hizo elogios del croquis; pero me parecía advertir en él
-cierta desconfianza, y hasta la duda de que aquel minucioso dibujo
-fuese exacto.
-
-Consternado yo, mas lleno de respeto hacia aquel grave personaje, a
-quien todos los españoles considerábamos entonces poco menos que un
-Dios, no osé desplegar los labios en materia alguna distinta de las
-respuestas que tenía que dar; y cuando el héroe de Talavera me despidió
-con una cortesía rígida y fría como el movimiento de una estatua que
-se dobla por la cintura, salí lleno de confusiones y sobresaltos, mas
-también de ira, porque yo comprendía que alguna sospecha tan grave como
-injusta deslustraba mi buen concepto. ¡Después de tantos trabajos y
-fatigas por prestar servicio tan grande al ejército aliado, no se me
-trataba con mayor estima que a un vulgar y mercenario espía! ¡Yo no
-quería grados ni dinero en pago de mi servicio! Quería consideración,
-aprecio, y que el _Lord_ me llamase su amigo o que desde lo alto de
-su celebridad y de su genio dejase caer sobre mi pequeñez cualquier
-frase afectuosa y conmovedora, como la caricia que se hace al perro
-leal; pero nada de esto había logrado. Trayendo a mi memoria a un
-mismo tiempo y en tropel confuso las sofocaciones del día anterior, mi
-croquis, mis servicios, mis apuros, los horrendos peligros, y después
-la fisonomía severa y un tanto ceñuda de Lord Wellington, el despecho
-me inspiraba frases íntimas como la siguiente:
-
-«Quisiera que hubieses estado en poder de Jean-Jean y de Tourlourou,
-a ver si ponías esa cara... Una cosa es mandar desde la tienda de
-campaña, y otra obedecer en la muralla... Una cosa es la orden y otra
-el peligro... Expóngase uno cien veces a morir por un...»
-
-
-
-
-XXVI
-
-
-Esta y otras cosas peores que callo, decía yo aquella tarde cuando
-partimos hacia Salamanca, a cuyas inmediaciones llegamos antes de
-anochecido, alejándonos después de la ciudad para pasar el Tormes por
-los vados del Canto y San Martín. Por todas partes oía decir:
-
---Mañana atacaremos los fuertes.
-
-Yo, que los había visto, que los había examinado, conocía que esto no
-podía ser.
-
---¡Si creerán ustedes que esos fuertes son juguetes como los que
-hicieron en Madrid el 3 de diciembre! --decía yo a mis amigos, dándome
-cierta importancia--. ¡Si creerán ustedes que la artillería que los
-defiende es alguna batería de cocina!
-
-Y aquí encajaba descripciones ampulosas, que concluían siempre así:
-
---Cuando se han visto las cosas, cuando se las ha medido palmo a palmo,
-cuando se las ha puesto en dibujo con más o menos arte, es cuando puede
-formarse idea acabada de ellas.
-
---Di, ¿y a Miss Fly también la has visto, la has medido palmo a palmo,
-y la has puesto en dibujo con más o menos arte? --me preguntaban.
-
-Esto me volvía a mis melancolías y _saudades_ (hablando en portugués),
-ocasionadas por el disfavor de Lord Wellington, por el ningún motivo
-e injusticia de su frialdad y desabrimiento con un servidor leal y
-obediente soldado.
-
-Wellington mandó atacar los fuertes por mera conveniencia moral y
-por infundir aliento a los soldados, que no habían combatido desde
-Arroyomolinos. Harto conocía el señor Duque que aquellas obras formadas
-sobre las robustísimas paredes de los conventos no caerían sino ante
-un poderoso tren de batir, y al efecto hizo venir de Almeida piezas
-de gran calibre. Esperando, pues, el socorro, y simulando ataques,
-pasaron dos o tres días, en los cuales nada histórico ni particular
-ocurrió digno de ser contado, pues ni adquirió Lord Wellington nuevos
-títulos nobiliarios, ni pareció Miss Fly, ni tuve noticias del rumbo
-que tomaron los traviesos y mil veces malditos masones.
-
-De lo ocurrido entonces, únicamente merecen lugar, y por cierto muy
-preferente, en estas verídicas relaciones, las miradas que me echaba
-de vez en cuando el coronel Simpson y sus palabras agresivas, a que
-yo le contestaba siempre con las peores disposiciones del mundo. Y
-francamente, señores, yo estaba inquieto, casi tan inquieto como el
-sabio coronel Simpson, porque pasaban días y continuaba el eclipse de
-Miss Fly. Creí entender que se hacían averiguaciones minuciosas; creí
-entender ¡oh, cielos! que me amenazaba un severo interrogatorio, al
-cual seguirían rigurosas medidas penales contra mí; pero Dios, para
-salvarme sin duda de castigos que no merecía, permitió que el día 20
-muy de mañana apareciese en los cerros del Norte... no la romancesca e
-interesante inglesa, sino el Mariscal Marmont con 40.000 hombres.
-
-El mismo día en que se nos presentó el francés por el mismo camino
-de Toro, se suspendió el ataque de los fuertes, e hicimos varios
-movimientos para tomar posiciones si el enemigo nos provocaba a trabar
-batalla. Mas pronto se conoció que Marmont no tenía ganas de lanzar su
-ejército contra nosotros, siendo su intento, al aproximarse, distraer
-las fuerzas sitiadoras, y tal vez introducir algún socorro en los
-fuertes. Pero Wellington, aunque no se había recibido la artillería de
-Almeida, persistía con tenacidad sajona en apoderarse de San Vicente
-y de San Cayetano, los dos formidables conventos arreglados para
-castillos por una irrisión de la historia. ¡Me parecía estar viéndolos
-aún desde la torre de la Merced!
-
-La tenacidad, que a veces es en la guerra una virtud, también suele ser
-una falta, y el asalto de los conventos lo fue manifiestamente; cosa
-rara en Wellington, que no solía equivocarse... La división española se
-hallaba en Castellanos de los Moriscos observando al francés, que ya se
-corría a la derecha, ya a la izquierda, cuando nos dijeron que en el
-asalto infructuoso de San Cayetano habían perecido 120 ingleses y el
-general Rowes, distinguidísimo en el ejército aliado.
-
---Ahora se ve cómo también los grandes hombres cometen errores
---dije a mis amigos--. A cualquiera se le alcanzaba que San Vicente
-y San Cayetano no eran corrales de gallinas; pero respetemos las
-equivocaciones de los de arriba.
-
---¡Ya está! ¡Ya está ahí... albricias! ¡Ya la tenemos ahí! --exclamó D.
-Carlos España, que a la sazón, de improviso, se había presentado.
-
---¿Quién, Miss Fly? --pregunté con vivo gozo.
-
---La artillería, señores, la artillería gruesa que se mandó traer de
-Almeida. Ya ha llegado a Pericalbo; esta tarde estará en las paralelas,
-se montará mañana y veremos lo que valen esos fuertes que fueron
-conventos.
-
---¡Ah, bien venida sea!... creí que hablaba usted de Miss Fly, por cuya
-aparición daría las dos manos que tengo...
-
-Vino efectivamente, no Miss Fly, que acerca de esta ni alma viviente
-sabía palabra, sino la artillería de sitio, y Marmont, que lo adivinó,
-quiso pasar el río para distraer fuerzas a la izquierda del Tormes. Le
-vimos correrse a nuestra derecha, hacia Huerta, y al punto recibimos
-orden de ocupar a Aldealuenga. Como los franceses cruzaron el Tormes,
-lo pasó también el general Graham, y en vista de este movimiento,
-pusieron los pies en polvorosa. Marmont, que no tenía bastantes
-fuerzas, careciendo principalmente de caballería, no osaba empeñar
-ninguna acción formal.
-
-Por lo demás, ante la artillería de sitio, San Vicente y San Cayetano
-no ofrecieron gran resistencia. Los ingleses (y esto lo digo de
-referencia, pues nada vi) abrieron brecha el 27 e incendiaron con bala
-roja los almacenes de San Vicente. Pidieron capitulación los sitiados;
-mas Wellington, no queriendo admitir condiciones ventajosas para ellos,
-mandó asaltar la Merced y San Cayetano, escalando el uno y penetrando
-en el otro por las brechas. Quedó prisionera la guarnición.
-
-Este suceso colmó de alegría a todo el ejército, mayormente cuando
-vimos que Marmont se alejaba a buen paso hacia el Norte, ignorábamos
-si en dirección a Toro o a Tordesillas, porque nuestras descubiertas
-no pudieron determinarlo a causa de la oscuridad de la noche. Pero
-he aquí que pronto debíamos saberlo, porque la división española y
-las guerrillas de D. Julián Sánchez recibieron orden de dar caza a
-la retaguardia francesa, mientras todo el ejército aliado, una vez
-asegurada Salamanca, marchaba también hacia las líneas del Duero.
-
-Era la mañana del 28 de junio cuando nos encontrábamos cerca de
-Sanmorales, en el camino de Valladolid a Tordesillas. Según nos
-dijeron, la retaguardia enemiga y su impedimenta habían salido de
-dicho lugar pocas horas antes, llevándose, según la inveterada e
-infalible costumbre, todo cuanto pudieron haber a la mano. Pusiéronse
-al frente de la división el conde de España y D. Julián Sánchez con sus
-intrépidos guerrilleros, que conocían el país como la propia casa, y
-se mandó forzar la marcha para poder pescar algo del pesado convoy de
-los franchutes. Sin reparar las fuerzas después del largo caminar de
-la noche, corrió nuestra vanguardia hacia Babilafuente, mientras los
-demás rebuscábamos en Sanmorales lo que hubiese sobrado de la reciente
-limpia y rapiña del enemigo. Provistos al fin de algo confortativo,
-seguimos también hacia aquel punto, y al cabo de dos horas de penosa
-jornada, cuando calculábamos que nos faltarían apenas otras dos para
-llegar a Babilafuente, distinguimos este lugar en lontananza; mas no lo
-determinaba la perspectiva de las lejanas casas, ni ninguna alta torre
-ni castillete, ni menos colina o bosquecillo, sino una columna de negro
-y espeso humo que, partiendo de un punto del horizonte, subía y se
-enroscaba hasta confundirse con la blanca masa de las nubes.
-
---Los franceses han pegado fuego a Babilafuente --gritó un guerrillero.
-
---Apretar el paso... en marcha... ¡Pobre Babilafuente!
-
---Queman para detenernos... creen que nos estorba la tizne... ¡Adelante!
-
---Pero D. Carlos y Sánchez les deben haber alcanzado --dijo otro--.
-Parece que se oyen tiros.
-
---Adelante, amigos. ¿Cuánto podemos tardar en ponernos allá?
-
---Una hora y minutos.
-
-Viose luego otra negra columna de humo que salía de paraje más lejano,
-y que en las alturas del cielo parecía abrazarse con la primera.
-
---Es Villoria, que arde también --dijeron--; esos ladrones queman las
-trojes después de llevarse el trigo.
-
-Y más cerca divisamos las rojas llamas oscilando sobre las techumbres;
-y una multitud de mujeres despavoridas, ancianos y niños, corrían por
-los campos, huyendo con espanto de aquella maldición de los hombres,
-más terrible que las del cielo. Por lo que aquellos infelices nos
-pudieron decir entre lágrimas y gritos de angustia, supimos que los de
-España y Sánchez entraban a punto que salían los franceses después de
-incendiar el pueblo; que se habían cruzado algunos tiros entre unos y
-otros, pero sin consecuencias, porque los nuestros no se ocuparon más
-que de cortar el fuego.
-
-Estábamos como a doscientos pasos de las primeras casas de la
-infortunada aldea, cuando una figura extraña, hermosa, una agraciada
-obra de la fantasía, una gentil persona, tan distinta de las comunes
-imágenes terrestres como lo son de la vulgar vida las admirables
-creaciones de la poesía del Norte; una mujer ideal, llevada por
-arrogante y veloz caballo, pasó allá lejos ante la vista, semejante a
-los gallardos jinetes que cruzan por los rosados espacios de un sueño
-artístico, sin tocar la tierra, dando al viento cabellera y crin, y
-modificando, según los cambiantes de la luz, su majestuosa carrera.
-Era una figura de amazona, vestida no sé si de negro o de blanco, pero
-igual a aquellas mujeres galopantes con cuya postura y arranque ligero
-se representa al aire, al fuego, lo que vuela y lo que quema, y que
-corría en verdad, animando al corcel con varoniles exclamaciones.
-Iba la gentil persona fuera del camino, en dirección contraria a la
-nuestra, por un extenso llano cruzado de zanjas y charcos, que el
-corcel saltaba con airoso brío a la voluntad del jinete, que hembra y
-caballo parecían una sola persona. Tan pronto se alejaba como volvía
-la fantástica figura; pero a pesar de su carrera y de la distancia, al
-punto que la vi diome un vuelco el corazón, subióseme la sangre con
-violento golpe al cerebro, y temblé de sorpresa y alegría. ¿Necesito
-decir quién era?
-
-Lanzando mi caballo fuera del camino, grité:
-
---Miss Fly, señorita Mariposa... señora Pajarita, señora Mosquita...
-¡Carísima Athenais... Athenais!
-
-Pero la Pajarita no me oía y seguía corriendo; mejor dicho,
-revoloteando, yendo, viniendo, tornando a partir y a volver, y trazando
-sobre el suelo, y en la claridad del espacio, caprichosos círculos,
-ángulos, curvas y espirales.
-
---¡Miss Fly, Miss Fly!
-
-El viento impedía que mi voz llegase hasta ella. Avivé el paso, sin
-apartar los ojos de la hermosa aparición, la cual creeríase iba a
-desvanecerse cual caprichosa hechura de la luz o del viento... Pero
-no: era la misma Miss Fly, y buscaba una senda en aquella engañosa
-planicie, surcada por zanjas y charcos de inmóvil agua verdosa.
-
---¡Eh... señora Mosquita!... ¡que soy yo!... Por aquí... por este lado.
-
-
-
-
-XXVII
-
-
-Por último, llegué cerca de ella y oyó mi voz, y vio mi propia persona,
-lo cual hubo de causarle al parecer mucho gusto, y sacarla de su
-confusión y atolondramiento. Corrió hacia mí riendo y saludándome con
-exclamaciones de triunfo, y cuando la vi de cerca, no pude menos de
-advertir la diferencia que existe entre las imágenes transfiguradas y
-embellecidas por el pensamiento y la triste realidad, pues el corcel
-que montaba, por cierto a mujeriegas, la intrépida Athenais, distaba
-mucho de parecerse a aquel volador Pegaso que se me representaba
-poco antes; ni daba ella al viento la cabellera, cual llama de fuego
-simbolizando el pensamiento; ni su vestido negro tenía aquella
-diafanidad ondulante que creí distinguir primero; ni el cuartago,
-pues cuartago era, tenía más cerneja que media docena de mustios y
-amarillentos pelos; ni la misma Miss Fly estaba tan interesante como
-de ordinario, aunque sí hermosa, y por cierto bastante pálida, con las
-trenzas mal entretejidas por arte de los dedos, sin aquel concertado
-desgaire del peinado de las Musas, y finalmente, con el vestido en
-desorden antiarmónico a causa del polvo, y de las arrugas y jirones.
-
---Gracias a Dios que os encuentro --exclamó alargándome la mano--. D.
-Carlos España me dijo que estábais en la retaguardia.
-
-Mi gozo por verla sana y libre, lo cual equivalía a un testimonio
-precioso de mi honradez, me impulsó a intentar abrazarla en medio del
-campo, de caballo a caballo, y habría puesto, en ejecución mi atrevido
-pensamiento, si ella no lo impidiera un tanto suspensa y escandalizada.
-
---En buen compromiso me ha puesto usted --le dije.
-
---Me lo figuraba --respondió riendo--. Pero vos tenéis la culpa. ¿Por
-qué me dejasteis en poder de aquella gente?
-
---Yo no dejé a usted en poder de aquella gente, ¡malditos sean ellos
-mil veces!... Desapareció usted de mi vista, y el masón me impidió
-seguir. ¿Y nuestros compañeros de viaje?
-
---¿Preguntáis por la Inesita? La encontraréis en Babilafuente --dijo
-poniéndose seria.
-
---¿En ese pueblo? ¡Bondad divina!... Corramos allí... ¿Pero han
-padecido ustedes algún contratiempo? ¿Hanse visto en algún peligro?
-¿Las han mortificado esos bárbaros?
-
---No: me he aburrido y nada más. A la hora y media de salir de
-Salamanca tropezamos con los franceses, que echaron el guante a los
-masones diciendo que en Salamanca habían hecho el espionaje por cuenta
-de los aliados. Marmont tiene orden del Rey para no hacer causa común
-con esos pillos tan odiados en el país. Santorcaz se defendió; mas un
-oficial llamole farsante y embustero, y dispuso que todos los de la
-brillante comitiva quedásemos prisioneros. Gracias a Desmarets, me han
-tratado a mí con mucha consideración.
-
---¡Prisioneros!
-
---Sí: nos han tenido desde entonces en ese horrible Babilafuente,
-mientras el Lord tomaba a Salamanca. ¡Y yo que no he visto nada de
-esto! ¿Se rindieron los fuertes? ¡Qué gran servicio prestasteis con
-vuestra visita a Salamanca! ¿Qué os dijo milord?
-
---Sí, sí: hable usted a milord de mí... Contento está Su Excelencia de
-este leal servidor... Sepa Miss Fly que, lejos de agradar al Duque, me
-ha tomado entre ojos y se disponen a formarme consejo de guerra por
-delitos comunes.
-
---¿Por qué, amigo mío? ¿Qué habéis hecho?
-
---¿Qué he de hacer? Pues nada, señora Pajarita; nada más sino seducir
-a una honesta hija de la Gran Bretaña, llevármela conmigo a Salamanca,
-ultrajarla con no sé qué insigne desafuero, y después, para colmo de
-fiesta, abandonarla pícaramente, o esconderla, o matarla, pues sobre
-este punto, que es el lado negro de mi feroz delito, no se han puesto
-aún de acuerdo Lord Wellington y el coronel Simpson.
-
-Miss Fly rompió en risas tan francas, tan espontáneas y regocijadas,
-que yo también me reí. Ambos marchábamos a buen paso en dirección a
-Babilafuente.
-
---Lo que me contáis, Sr. Araceli --dijo, mientras se teñía su rostro
-de rubor hechicero--, es una linda historia. Tiempo hacía que no se me
-presentaba un acontecimiento tan dramático, ni tan bonito embrollo. Si
-la vida no tuviera estas novelas, ¡cuán fastidiosa sería!
-
---Usted disipará las dudas del general devolviéndome mi honor, mi
-honor, Miss Fly, pues de la pureza de sentimientos de usted, no creo
-que duden milord ni Sir Abraham Simpson. Yo soy el acusado, yo el
-ladrón, yo el ogro de cuentos infantiles, yo el gigantón de leyenda, yo
-el morazo de romance.
-
---¿Y no os ha desafiado Simpson? --preguntó, demostrándome cuánta
-complacencia producía en su alma aquel extraño asunto.
-
---Me ha mirado con altanería y díchome palabras que no le perdono.
-
---Le mataréis, o al menos le heriréis gravemente, como hicisteis con el
-desvergonzado e insolente Lord Gray --dijo con extraordinaria luz en la
-mirada--. Quiero que os batáis con alguien por causa mía. Vos acometéis
-las empresas más arriesgadas por la simpatía que tienen los grandes
-corazones con los grandes peligros; habéis dado pruebas de aquel valor
-profundo y sereno cuyo arranque parte de las raíces del alma. Un hombre
-de tales condiciones no permitirá que se ponga en duda su dignidad, y
-a los que duden de ella, les convencerá con la espada en un abrir y
-cerrar de ojos.
-
---La prueba más convincente, Athenais, ha de ser usted... Ahora
-pensemos en socorrer a esos infelices de Babilafuente. ¿Corre Inés
-algún peligro? ¡Loco de mí! ¡Y me estoy con esta calma! ¿Está buena?
-¿Corre algún peligro?
-
---No lo sé --repuso con indiferencia la inglesa--. La casa en que
-estaban empezó a arder.
-
---¡Y lo dice con esa tranquilidad!
-
---En cuanto se anunció la entrada de los españoles y me vi libre, salí
-en busca del jefe. D. Carlos España me recibió con agrado, y no tuvo
-inconveniente en cederme un caballo para volver al cuartel general.
-
---¿Santorcaz, Monsalud, Inés y demás compañía masónica habrán huido
-también?
-
---No todos. El gran capitán de esta masonería ambulante está postrado
-en el lecho desde hace tres días y no puede moverse. ¿Cómo queréis que
-huya?
-
---Eso es obra de Dios --dije con alegría y acelerando el paso--. Ahora
-no se me escapará. De grado o por fuerza arrancaremos a Inés de su lado
-y la enviaremos bien custodiada a Madrid.
-
---Falta que quiera separarse de su padre. Vuestra dama encantada es una
-joven de miras poco elevadas, de corazón pequeño; carece de imaginación
-y de... de arranque. No ve más que lo que tiene delante. Es lo que
-yo llamo un ave doméstica. No, Sr. Araceli, no pidáis a la gallina
-que vuele como el águila. La hablaréis el lenguaje de la pasión, y os
-contestará cacareando en su corral.
-
---Una gallina, señorita Athenais --le dije, entrando en el pueblo--, es
-un animal útil, cariñoso, amable, sensible, que ha nacido y vive para
-el sacrificio, pues da al hombre sus hijos, sus plumas y, finalmente,
-su vida; mientras que un águila... pero esto es horroroso, Miss Fly...
-arde el pueblo por los cuatro costados...
-
---Desde la llanura presenta Babilafuente un golpe de vista
-incomparable... Siento no haber traído mi álbum.
-
-Las frágiles casas se venían al suelo con estrépito. Los atribulados
-vecinos se lanzaban a la calle, arrastrando penosamente colchones,
-muebles, ropas, cuanto podían salvar del fuego, y en diversos puntos
-la multitud señalaba con espanto los escombros y maderos encendidos,
-indicando que allí debajo habían sucumbido algunos infelices. Por todas
-partes no se oían más que lamentos e imprecaciones; la voz de una
-madre preguntando por su hijo, o de los tiernos niños, desamparados y
-solos, que buscaban a sus padres. Muchos vecinos y algunos soldados y
-guerrilleros se ocupaban en sacar de las habitaciones a los que estaban
-amenazados de no poder salir, y era preciso romper rejas, derribar
-tabiques, deshacer puertas y ventanas para penetrar, desafiando las
-llamas, mientras otros se dedicaban a apagar el incendio; tarea
-difícil, porque el agua era escasa. En medio de la plaza, D. Carlos
-España daba órdenes para uno y otro objeto, descuidando por completo
-la persecución de los franceses, a quienes solamente se pudieron coger
-algunos carros. Gritaba el general desaforadamente, y su actitud y
-fisonomía eran de loco furioso.
-
-Miss Fly y yo echamos pie a tierra en la plaza, y lo primero que se
-ofreció a nuestra vista fue un infeliz a quien llevaban maniatado
-cuatro guerrilleros, empujándole cruelmente a ratos, o arrastrándole
-cuando se resistía a seguir. Una vez que lo pusieron ante la espantosa
-presencia de D. Carlos España, este, cerrando los puños y arqueando las
-negras y tempestuosas cejas, gritó de esta manera:
-
---¿Por qué me lo traen aquí?... ¡Fusilarle al momento! A estos canallas
-afrancesados que sirven al enemigo, se les aplasta cuando se les coge,
-y nada más.
-
-Observando las facciones de aquel hombre, reconocí al Sr. Monsalud.
-Antes de referir lo que hice entonces, diré en dos palabras por qué
-había venido a tan triste estado y funesta desventura. Sucedió que
-los pobres masones, igualmente malquistos con los franceses que
-salían y los españoles que entraban en Babilafuente, optaron, sin
-embargo, por aquellos, tratando de seguirles. Excepto Santorcaz,
-que yacía en deplorable estado, todos corrieron; pero tuvo tan
-mala suerte el travieso Monsalud, que al saltar una tapia buscando
-el camino de Villoria, le echaron el guante los guerrilleros; y
-como desgraciadamente le conocían por ciertas fechorías, ni santas
-ni masónicas, que cometiera en Béjar, al punto le destinaron al
-sacrificio, en expiación de las culpas de todos los masones y
-afrancesados de la Península.
-
---Mi general --dije al conde, abriéndome paso entre la muchedumbre de
-soldados y guerrilleros--, este desgraciado es bastante tuno, y no
-dudo que ha servido a nuestros enemigos; pero yo le debo un favor, que
-estimo tanto como la vida, porque sin su ayuda no hubiera podido salir
-de Salamanca.
-
---¿A qué viene ese sermón? --dijo con feroz impaciencia España.
-
---A pedir a Vuecencia que le perdone, conmutándole la pena de muerte
-por otra.
-
-El pobre Monsalud, que estaba ya medio muerto, se reanimó, y mirándome
-con vehemente expresión de gratitud, puso toda su alma en sus ojos.
-
---Ya vienes con boberías, ¡rayo de Dios! Araceli, te mandaré
-arrestar... --exclamó el conde haciendo extrañas gesticulaciones--. No
-se te puede resistir, joven entrometido... Quitadme de delante a ese
-sabandijo; fusiladle al momento... ¡Es preciso castigar a alguien!...
-¡a alguien!
-
-A pesar de esta viva crueldad, que a veces manifestaba de un modo
-imponente, España no había llegado aún a aquel grado de exaltación que
-años adelante hizo tan célebre como espantoso su nombre. Miró primero
-a la víctima, después a mí y a Miss Fly, y luego que hubo dado algún
-desahogo a su cólera con palabrotas y recriminaciones dirigidas a
-todos, dijo:
-
---Bueno: que no le fusilen. Que le den doscientos palos... pero
-doscientos palos bien dados... Muchachos, os lo entrego... Allí, detrás
-de la iglesia.
-
---¡Doscientos palos! --murmuró la víctima con dolor--. Prefiero que me
-den cuatro tiros. Así moriré de una vez.
-
-Entonces aumentó el barullo, y un guerrillero apareció diciendo:
-
---Arden todas las sementeras y las eras del lado de Villoria, y arde
-también Villoruela, y Riolobos, y Huerta.
-
-Desde la plaza, abierta al campo por un costado, se distinguía la
-horrible perspectiva. Llamas vagas surgían aquí y allí del seco suelo,
-corriendo por sobre las mieses cual cabellera movible, cuyas últimas
-guedejas negruzcas se perdían en el cielo. En los puntos lejanos, las
-columnas de humo eran en mayor número, y cada una indicaba la troj o
-panera que caía bajo la planta de fuego del ejército fugitivo. Nunca
-había yo visto desolación semejante. Los enemigos, al retirarse,
-quemaban, talaban, arrancando los tiernos árboles de las huertas,
-haciendo luminarias con la paja de las eras. Cada paso suyo aplastaba
-una cabaña, talaba una mies, y su rencoroso aliento de muerte destruía
-como la cólera de Dios. El rayo, el pedrisco, el simún, la lluvia y el
-terremoto, obrando de consuno, no habrían hecho tantos estragos en poco
-tiempo. Pero el rayo y el simoun, todas las iras del cielo juntas, ¿qué
-significan comparadas con el despecho de un ejército que se retira?
-Fiero animal herido, no tolera que nada viva detrás de sí.
-
-D. Carlos España tomó una determinación rápida.
-
---A Villoria, a Villoria sin descansar --gritó montando a caballo--.
-Sr. D. Julián Sánchez, a ver si les cogemos. Además hay que auxiliar
-también a esos otros pueblos.
-
-Las órdenes corrieron al momento, y parte de los guerrilleros con dos
-regimientos de línea se aprestaron a seguir a D. Carlos.
-
---Araceli --me dijo este--, quédate aquí aguardando mis órdenes. En
-caso de que lleguen hoy los ingleses, sigues hacia Villoria; pero entre
-tanto aquí... Apagar el fuego lo que se pueda; salvar la gente que se
-pueda, y si se encuentran víveres...
-
---Bien, mi general.
-
---Y a ese bribón que hemos cogido, cuidado como le perdones un solo
-palo. Doscientos cabalitos y bien aplicados. Adiós. Mucho orden, y...
-ni uno menos de doscientos.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-
-Cuando me vi dueño del pueblo y al frente de la tropa y guerrillas
-que trabajaban en él empecé a dictar órdenes con la mayor actividad.
-Excuso decir que la primera fue para librar a Monsalud del horrible
-tormento y descomunal castigo de los palos; mas cuando llegué al sitio
-de la lamentable escena, ya le habían aplicado veintitrés cataplasmas
-de fresno, con cuyos escozores estaba el infeliz a punto de entregar
-rabiando su alma al Señor. Suspendí el tormento, y aunque más parecía
-muerto que vivo, aseguráronme que no iría de aquella, por ser los
-masones gentes de siete vidas como los gatos.
-
-Miss Fly me indicó sin pérdida de tiempo la casa que servía de asilo
-a Santorcaz, una de las pocas que apenas habían sido tocadas por las
-llamas. Vociferaban a la puerta algunas mujeres y aldeanos, acompañados
-de dos o tres soldados, esforzándose las primeras en demostrar, con
-toda la elocuencia de su sexo, que allí dentro se guarecía el mayor
-pillo que desde muchos años se había visto en Babilafuente.
-
---El que llevaron a la plaza --decía una vieja--, es un santo del cielo
-comparado con este que aquí se esconde, el capitán general de todos
-esos luciferes.
-
---Como que hasta los mismos franceses les dan de lado. Diga usted, señá
-Frasquita, ¿por qué llaman masones a esta gente? A fe que no entiendo
-el _voquible_.
-
---Ni yo; pero basta saber que son muy malos, y que andan de compinche
-con los franceses para quitar la religión y cerrar las iglesias.
-
---Y los tales, cuando entran en un pueblo, apandan todas las doncellas
-que encuentran. Pues digo: también hay que tener cuidado con los niños,
-que se los roban para criarles a su antojo, que es en la fe de Majoma.
-
-Los soldados habían empezado a derribar la puerta, y las mujeres les
-animaban, por la mucha inquina que había en el pueblo contra los
-masones. Ya vimos lo que le pasó a Monsalud. Seguramente Santorcaz, con
-ser el pontífice máximo de la secta trashumante, no habría salido mejor
-librado si en aquella ocasión no hubiese llegado yo. Luego que la
-puerta cediera a los recios golpes y hachazos, ordené que nadie entrase
-por ella; dispuse que los soldados, custodiando la entrada, contuvieran
-y alejasen de allí a las mujeres chillonas y procaces, y subí. Atravesé
-dos o tres salas, cuyos muebles en desorden anunciaban la confusión de
-la huida. Todas las puertas estaban abiertas, y libremente pude avanzar
-de estancia en estancia hasta llegar a una pequeña y oscura, donde vi a
-Santorcaz y a Inés: él tendido en miserable lecho; ella al lado suyo,
-tan estrechamente abrazados los dos, que sus figuras se confundían en
-la penumbra de la sala. Padre e hija estaban aterrados, trémulos, como
-quien de un momento a otro espera la muerte, y se habían abrazado para
-aguardar juntos el trance terrible. Al conocerme, Inés dio un grito de
-alegría.
-
---Padre --exclamó--, no moriremos. Mira quién está aquí.
-
-Santorcaz fijó en mí los ojos, que lucían como dos ascuas en el
-cadavérico semblante, y con voz hueca, cuyo timbre heló mi sangre, dijo:
-
---¿Vienes por mí, Araceli? ¿Ese tigre carnicero que os manda te envía a
-buscarme porque los oficiales del matadero están ya sin trabajo?... Ya
-despacharon a Monsalud; ahora a mí...
-
---No matamos a nadie --respondí acercándome.
-
---No nos matarán --exclamó Inés derramando lágrimas de gozo--. Padre,
-cuando esos bárbaros daban golpes a la puerta; cuando esperábamos
-verles entrar armados de hachas, espadas, fusiles y guillotinas para
-cortarnos la cabeza, como dices que hacían en París, ¿no te dije que
-había creído escuchar la voz de Araceli? Le debemos la vida.
-
-El masón clavaba en mí sus ojos, mirándome cual si no estuviera seguro
-de que era yo. Su fisonomía estaba en extremo descompuesta: hundidos
-los ojos dentro de las cárdenas órbitas, crecida la barba, lustrosa y
-amarilla la frente. Parecía que habían pasado por él diez años desde
-las escenas de Salamanca.
-
---Nos perdonan la vida --dijo con desdén--. Nos perdonan la vida cuando
-me ven enfermo y achacoso, sin poder moverme de este lecho, donde me ha
-clavado mi enfermedad. El conde de España, ¿va a subir aquí?
-
---El conde de España se ha ido de Babilafuente.
-
-Cuando dije esto, el anciano respiró como si le quitaran de encima
-enorme peso. Incorporose ayudado por su hija, y sus facciones
-contraídas por el terror, se serenaron un poco.
-
---¿Se ha marchado ese verdugo... hacia Villoria?... Entonces
-escaparemos por... por... Y los ingleses, ¿dónde están?
-
---Si se trata de escapar, en todas partes hay quien lo impida. Se
-acabaron las correrías por los pueblos.
-
---De modo que estoy preso --exclamó con estupor--. ¡Soy prisionero
-tuyo, prisionero de...! ¡Me has cogido como se coge a un ratón en la
-trampa, y tengo que obedecerte y seguirte tal vez!
-
---Sí: preso hasta que yo quiera.
-
---Y harás de mí lo que se te antoje, como un chiquillo sin piedad que
-martiriza al león en su jaula, porque sabe que este no puede hacerle
-daño.
-
---Haré lo que debo, y ante todo...
-
-Santorcaz, al ver que fijé los ojos en su hija, estrechola de nuevo en
-sus brazos, gritando:
-
---No la separarás de mí, sino matándola, ruin y miserable verdugo...
-¿Así pagas el beneficio que en Salamanca te hice?... Manda a tus
-bárbaros soldados que nos fusilen; pero no nos separes.
-
-Miré a Inés, y vi en ella tanto cariño, tan franca adhesión al anciano,
-tanta verdad en sus demostraciones de afecto filial, que hube de cortar
-el vuelo a mi violenta determinación.
-
-«Aquí encuentro un sentimiento cuya existencia no sospechaba --dije
-para mí--; un sentimiento grande, inmenso, que se me revela de
-improviso, y que me espanta, me detiene y me hace retroceder. He creído
-caminar por sendero continuado y seguro, y he llegado a un punto en que
-el sendero acaba y empieza el mar. No puedo seguir... ¿Qué inmensidad
-es esta que ante mí tengo? Este hombre será un malvado; será carcelero
-de la infeliz niña; será un enemigo de la sociedad, un agitador, un
-loco que merece ser exterminado; pero aquí hay algo más. Entre estos
-dos seres, entre estas dos criaturas tan distintas, la una tan buena,
-la otra odiosa y odiada, existe un lazo que yo no debo ni puedo romper,
-porque es obra de Dios. ¿Qué haré?...»
-
-A estas reflexiones sucedieron otras de igual índole; mas no me
-llevaron a ninguna afirmación categórica respecto a mi conducta,
-y me expresé de este modo, que me pareció el más apropiado a las
-circunstancias:
-
---Si usted varía de conducta, podrá tal vez vivir cerca, cuando no al
-lado de su hija, y verla y tratarla.
-
---¡Variar de conducta!... ¿Y quién eres tú, mancebo ignorante,
-para decirme que varíe de conducta, y dónde has aprendido a juzgar
-mis acciones? Estás lleno de soberbia porque el despotismo te ha
-enmascarado con esa librea, y puesto esas charreteras que no sirven
-sino para marcar la jerarquía de los distintos opresores del pueblo...
-¡Qué sabes tú lo que es conducta, necio! Has oído hablar a los frailes
-y a D. Carlos España, y crees poseer toda la ciencia del mundo.
-
---Yo no poseo ciencia alguna --respondí exasperado--; ¿pero se puede
-consentir que criaturas inocentes, honradas, dignas por todos conceptos
-de mejor suerte, vivan con tales padres?
-
---Y a ti, extraño a ella, extraño a mí, ¿qué te importa ni qué te va en
-esto? --exclamó agitando sus brazos y golpeando con ellos las ropas del
-desordenado lecho.
-
---Sr. Santorcaz, acabemos. Dejo a usted en libertad para ir a donde
-mejor le plazca. Me comprometo a garantizarle la mayor seguridad hasta
-que se halle fuera del país que ocupa el ejército aliado. Pero esta
-joven es mi prisionera, y no irá sino a Madrid al lado de su madre.
-Si han nacido por fortuna en usted sentimientos tiernos que antes no
-conocía, yo aseguro que podrá ver a su hija en Madrid siempre que lo
-solicite.
-
-Al decir esto miré a Inés, que con extraordinario estupor dirigía los
-ojos a mí y a su padre alternativamente.
-
---Eres un loco --dijo D. Luis--. Mi hija y yo no nos separaremos.
-Háblale a ella de este asunto, y verás cómo se pone... En fin, Araceli,
-¿nos dejas escapar, sí o no?
-
---No puedo detenerme en discusiones. Ya he dicho cuanto tenía que
-decir. Entre tanto, quedarán en la casa, y nadie se atreverá a hacerles
-daño.
-
---¡Preso, cogido, Dios mío! --clamó Santorcaz antes afligido que
-colérico, y llorando de desesperación--. ¡Preso, cogido por esta
-soldadesca asalariada a quien detesto; preso antes de poder hacer nada
-de provecho, antes de descargar un par de buenos y seguros golpes!...
-¡Esto es espantoso! Soy un miserable... no sirvo para nada... lo he
-dejado todo para lo último... me he ocupado en tonterías... Lo grave,
-lo formal es destruir todo lo que se pueda, ya que seguramente nada
-existe aquí digno de conservarse.
-
---Tenga usted calma, que el estado de ese cuerpo no es a propósito para
-reformar el linaje humano.
-
---¿Crees que estoy débil, que no puedo levantarme? --gritó intentando
-incorporarse con esfuerzos dolorosos--. Todavía puedo hacer algo...
-esto pasará... no es nada... aún tengo pulso... ¡Ay! en lo sucesivo
-no perdonaré a nadie. Todo aquel que caiga bajo mi mano, perecerá sin
-remedio.
-
-Inés le ponía las manos en los hombros para obligarle a estarse quieto,
-y recogía la ropa de abrigo, que los movimientos del enfermo arrojaban
-a un lado y otro.
-
---¡Preso, cogido como un ratón! --prosiguió este--. Es para volverse
-loco... ¡Cuando había fundado treinta y cuatro logias, en que se
-afiliaba lo más selecto, lo más atrevido y lo más revoltoso, es
-decir, lo mejor y lo más malo de todo el país!... ¡Oh! ¡esos indignos
-franceses me han hecho traición! Les he servido, y este es el pago...
-Araceli, ¿dices que estoy preso, que me llevarán a la cárcel de
-Madrid, a Ceuta tal vez?... ¡Maldigo la infame librea del despotismo
-que vistes! ¡Ceuta!... Bueno: me escaparé como la otra vez... mi hija
-y yo nos escaparemos. Aún tengo agilidad, aliento, brío; todavía soy
-joven... ¡Caer en poder de estos verdugos con charreteras, cuando me
-creía libre para siempre y tocaba los resaltados de mi obra de tantos
-años!... Porque sí, no sois más que verdugos con charreteras, grados y
-falsos y postizos honores. ¡Mujeres de la tierra, parid hijos para que
-los nobles les azoten, para que los frailes les excomulguen, y para que
-estos sayones los maten!... ¡Bien lo he dicho siempre! La masonería no
-debe tener entrañas; debe ser cruel, fría, pesada, abrumadora, como
-el hacha del verdugo... ¿Quién dice que yo estoy enfermo, que yo soy
-débil, que me voy a morir, que no puedo levantarme más?... Es mentira,
-cien veces mentira... Me levantaré, y ¡ay del que se me ponga delante!
-Araceli, cuidado, cuidado, aprendiz de verdugo... Todavía...
-
-Siguió hablando algún tiempo más; pero le faltaba gradualmente el
-aliento, y las palabras se confundían y desfiguraban en sus labios.
-Al fin no oíamos sino mugidos entrecortados y guturales, que nada
-expresaban. Su respiración era fatigosa; había cerrado los ojos; pero
-los abría de cuando en cuando con la súbita agitación de la fiebre.
-Toqué sus manos y despedían fuego.
-
---Este hombre está muy malo --dije a Inés, que me miraba con
-perplejidad.
-
---Lo sé; pero en esta casa no hay nada, ni tenemos remedios, ni comida;
-en una palabra, nada.
-
-Llamando a mi asistente, que estaba en la calle, le di orden de que
-proporcionase a Inés cuanto fuese preciso y existiera en el lugar.
-
---Mi asistente no se separará de aquí mientras lo necesites --dije a mi
-amiga--. La puerta se cerrará. Puedes estar tranquila. En todo el día
-no saldremos de aquí. Adiós: me voy a la plaza; pero volveré pronto,
-porque tenemos que hablar, mucho que hablar.
-
-
-
-
-XXIX
-
-
-Al volver, la encontré sentada junto al lecho del enfermo, a quien
-fijamente miraba. Volviendo la cabeza, indicome con un signo que no
-debía hacer ruido. Levantose luego, acercó su rostro al de Santorcaz,
-y cerciorada de que permanecía en completo y bienhechor reposo, se
-dispuso a salir del cuarto. Juntos fuimos al inmediato, no cerrando
-sino a medias la puerta, para poder vigilar al desgraciado durmiente, y
-nos sentamos el uno frente al otro. Estábamos solos, casi solos.
-
---¿Has tenido nuevas noticias de mi madre? --me preguntó muy conmovida.
-
---No; pero pronto la veremos...
-
---¡Aquí, Dios mío! Tanta felicidad no es para mí.
-
---Le escribiré hoy diciendo que te he encontrado y que no te me
-escaparás. Le diré que venga al instante a Salamanca.
-
---¡Oh! Gabriel... haces precisamente lo mismo que yo deseaba, lo que
-deseaba hace tanto tiempo... Si hubieras sido prudente en Salamanca, y
-me hubieras oído antes de...
-
---Querida mía, tienes que explicarme muchas cosas que no he entendido
---le dije con amor.
-
---¿Y tú a mí? Tú sí que tienes necesidad de explicarte bien. Mientras
-no lo hagas, no esperes de mí una palabra, ni una sola.
-
---Hace seis meses que te busco, alma mía; seis meses de fatigas, de
-penas, de ansiedad, de desesperación... ¡Cuánto me hace trabajar Dios
-antes de concederme lo que me tiene destinado! ¡Cuánto he padecido por
-ti, cuánto he llorado por ti! Dios sabe que te he ganado bien.
-
---Y durante ese tiempo --preguntó con graciosa malicia--, ¿te ha
-acompañado esa señora inglesa, que te llama su caballero y que me ha
-vuelto loca a preguntas?
-
---¿A preguntas?
-
---Sí: quiere saberlo todo, y para cerrarle el pico he necesitado
-decirle cómo y cuándo nos conocimos. Lo que se refiere a mí le importa
-poco; tu vida es lo que le interesa: me ha mareado tanto deseando saber
-las locuras y sublimidades que has hecho por esta infeliz, que no he
-podido menos de divertirme a costa suya...
-
---Bien hecho, amada mía.
-
---¡Qué orgullosa es!... Se ríe de cuanto hablo, y, según ella, no abro
-la boca más que para decir vulgaridades. Pero la he castigado... Como
-insistiese en conocer tus empresas amorosas, le he dicho que después de
-Bailén quisieron robarme veinticinco hombres armados, y que tú solo les
-matastes a todos.
-
-Inés sonreía tristemente, y yo sofocaba la risa.
-
---También le dije que en El Pardo, para poder hablarme, te disfrazaste
-de duque, siendo tal el poder de la falsa vestimenta, que engañaste
-a toda la Corte y te presentaron al Emperador Napoleón, el cual se
-encerró contigo en su gabinete y te confió el plan de su campaña contra
-el Austria.
-
---Así te vengas tú --dije encantado de la malicia de mi pobre amiga--.
-Dame un abrazo, chiquilla, un abrazo o me muero.
-
---Así me vengo yo. También le dije que estando en Aranjuez pasabas el
-Tajo a nado todas las noches para verme; que en Córdoba entraste en
-el convento y maniataste a todas las monjas para robarme; que otra
-vez anduviste ochenta leguas a caballo para traerme una flor; que te
-batiste con seis generales franceses porque me habían mirado, con otras
-mil heroicidades, acometimientos y amorosas proezas que se me vinieron
-a la memoria a medida que ella me hacía preguntas. Eh, caballerito, no
-dirá usted que no cuido de su reputación... Te he puesto en los cuernos
-de la luna... Puedes creer que la inglesa estaba asombrada. Me oía con
-toda su hermosa boca abierta... ¿Qué crees? Te tiene por un Cid, y ella
-cuando menos se figura ser la misma Doña Jimena.
-
---¡Cómo te has burlado de ella! --exclamé acercando mi silla a la
-de Inés--. ¿Pero has tenido celos?... Dime si has tenido celos para
-estarme riendo tres días...
-
---Caballero Araceli --dijo arrugando graciosamente el ceño--, sí, los
-he tenido y los tengo...
-
---¡Celos de esa loca! --contesté riendo y el alma inundada de
-regocijo--. Inés de mi vida, dame un abrazo.
-
-Las lindas manecitas de la muchacha se sacudían delante de mí, y me
-azotaban el rostro al acercarme. Yo, pillándolas al vuelo, se las
-besaba.
-
---Inesilla, querida mía, dame un abrazo... o te como.
-
---Hambriento estás.
-
---Hambriento de quererte, esposa mía. ¿Te parece...? Seis meses amando
-a una sombra. ¿Y tú?...
-
-Yo no sabía qué decir. Estaba hondamente conmovido. Mi desgraciada
-amiga quiso disimular su emoción; pero no pudo atajar el torrente de
-lágrimas que pugnaba por salir de sus ojos.
-
---No te acuerdes de esa mujer, si no quieres que me enfade. ¿Es posible
-que tú, con la elevación de tu alma, con tu penetración admirable,
-hayas podido...?
-
---No, no lloro por eso, querido amigo mío --me dijo mirándome con
-profundo afecto--. Lloro... no sé por qué. Creo que de alegría.
-
---¡Oh! Si Miss Fly estuviera aquí, si nos viera juntos, si viera cómo
-nos amamos por bendición especial de Dios, si viera este cariño,
-superior a las contrariedades del mundo, comprendería cuánta diferencia
-hay de sus chispazos poéticos a esta fuente inagotable del corazón, a
-esta luz divina en que se gozan nuestras almas, y se gozarán por los
-siglos de los siglos.
-
---No me nombres a Miss Fly... Si en un momento me afligió el conocerla,
-ya no hago caso de ella... --dijo secando sus lágrimas--. Al principio,
-francamente... tuve dudas, más que dudas, celos; pero al tratarla de
-cerca se disiparon. Sin embargo, es muy hermosa, más hermosa que yo.
-
---Ya quisiera parecerse a ti. Es un marimacho.
-
---Es además muy rica, según ella misma dice. Es noble... Pero a pesar
-de todos sus méritos, Miss Fly me causaba risa, no sé por qué. Yo
-reflexionaba y decía: «Es imposible, Dios mío. No puede ser... Caerán
-sobre mí todas las desgracias menos esta...» ¡Oh! esta sí que no la
-hubiera soportado.
-
---¡Qué bien pensaste! Te reconozco, Inés. Reconozco tu grande alma.
-Duda de todo el mundo, duda de lo que ven tus ojos; pero no dudes de
-mí, que te adoro.
-
---Mi corazón se desborda... --exclamó oprimiéndose el seno con una
-mano que se escapó de entre las mías--. Hace tiempo que deseaba llorar
-así... delante de ti... ¡Bendito sea Dios que empieza a hacer caso de
-lo que le he dicho!
-
---Inés, yo también he tenido celos, queridita; celos de otra clase,
-pero más terribles que los tuyos.
-
---¿Por qué? --dijo mirándome con severidad.
-
---¡Pobre de mí!... Yo me acordaba de tu buena madre y decía mirándote:
-«Esta pícara ya no nos quiere.»
-
---¿Que no os quiero?
-
---Alma mía, ahora te pregunto como a los niños. ¿A quién quieres tú?
-
---A todos --contestó con resolución.
-
-Esta respuesta, tan concisa como elocuente, me dejó confuso.
-
---A todos --repitió--. Si no te creyera capaz de comprenderlo así,
-¡cuán poco valdrías a mis ojos!
-
---Inés, tú eres una criatura superior --afirmé con verdadero
-entusiasmo--. Tú tienes en tu alma mayor porción de aliento divino que
-los demás. Amas a tus enemigos, a tus más crueles enemigos.
-
---Amo a mi padre --dijo con entereza.
-
---Sí; pero tu padre...
-
---Vas a decir que es un malvado, y no es verdad. Tú no le conoces.
-
---Bien, amiga mía, creo lo que me dices; pero las circunstancias en que
-has ido a poder de ese hombre no son las más a propósito para que le
-tomaras gran cariño...
-
---Hablas de lo que no entiendes. Si yo te dijera una cosa...
-
---Espera... déjame acabar... Yo sé lo que vas a decir. Es que has
-encontrado en él, cuando menos lo esperabas, un noble y profundo cariño
-paternal.
-
---Sí; pero he encontrado algo más.
-
---¿Qué?
-
---La desgracia. Es el hombre más desdichado, más sin ventura que existe
-en el mundo.
-
---Es verdad: la nobleza de tu alma no tiene fin... pero dime:
-seguramente no hallarán eco en ella los sentimientos de odio ni el
-frenesí de este desgraciado.
-
---Yo espero reconciliarle --dijo sencillamente-- con los que odia,
-o aparenta odiar, pues su cólera ante ciertas personas no brota del
-corazón.
-
---¡Reconciliarle! --repetí con verdadero asombro--. ¡Oh! Inés: si tal
-hicieras; si tan grande objeto lograras tú con la sola fuerza de tu
-dulzura y de tu amor, te tendría por la más admirable persona de todo
-el mundo... Pero debe haber ocurrido entre ti y él mucho que ignoro,
-querida mía. Cuando te viste arrebatada por ese hombre de los brazos de
-tu madre enferma, ¿no sentiste...?
-
---Un horror, un espanto... no me recuerdes eso, amiguito, porque me
-estremezco toda... ¡Qué noche, qué agonía! Yo creí morir, y en verdad
-pedía la muerte... Aquellos hombres... todos me parecían negros,
-con el pelo erizado y las manos como garfios... aquellos hombres me
-encerraron en un coche. Encarecerte mi miedo, mis súplicas, aquel
-continuo llorar mío durante no sé cuántos días, sería imposible. Unas
-veces, desesperada y loca, les decía mil injurias; otras pedíales de
-rodillas mi libertad. Durante mucho tiempo me resistí a tomar alimento,
-y también traté de escaparme... Imposible, porque me guardaban muy
-bien... Después de algunos días de marcha, fuéronse todos, y él quedó
-solo conmigo en un lugar que llaman Cuéllar.
-
---¿Y te maltrató?
-
---Jamás: al principio me trataba con aspereza; pero luego, mientras
-más me ensoberbecía yo, mayor era su dulzura. En Cuéllar me dijo que
-nunca volvería a ver a mi madre, lo cual me causó tal desesperación y
-angustia, que aquella noche intenté arrojarme por la ventana al campo.
-El suicidio, que es tan gran pecado, no me aterraba... Trájome en
-seguida a Salamanca, y allí le oí repetir que jamás vería a mi madre.
-Entonces advertí que mis lágrimas le conmovían mucho... Un día, después
-que largo rato disputamos y vociferamos los dos, púsose de rodillas
-delante de mí, y besándome las manos me dijo que él no era un hombre
-malo.
-
---¿Y tú sospechabas algo de tu parentesco con él?
-
---Verás... Yo le respondí que le tenía por el más malo, el más
-abominable ser de toda la tierra, y entonces fue cuando me dijo que era
-mi padre... Esta revelación me dejó tan suspensa, tan asombrada, que
-por un instante perdí el sentido... Tomome en sus brazos, y durante
-largo rato me prodigó mil caricias... Yo no lo quería creer... En
-lo íntimo de mi alma acusé a Dios por haberme hecho nacer de aquel
-monstruo... Después, como advirtiese mi duda, mostrome un retrato de mi
-madre y algunas cartas que escogió entre muchas que tenía... Yo estaba
-medio muerta... aquello me parecía un sueño. En la angustia y turbación
-de tan dolorosa escena, fijé la vista en su rostro y un grito se escapó
-de mis labios.
-
---¿No le habías observado bien?
-
---Sí: yo había notado cierto incomprensible misterio en su fisonomía;
-pero hasta entonces no vi... no vi que su frente era mi frente, que
-sus ojos eran mis ojos. Aquella noche me fue imposible dormir: entrome
-una fiebre terrible, y me revolvía en el lecho, creyéndome rodeada
-de sombras o demonios que me atormentaban. Cuando abría los ojos, le
-hallaba sentado a mis pies, sin apartar de mí su mirada penetrante que
-me hacía temblar. Me incorporé y le dije: «¿Por qué aborrece usted a mi
-querida madre?» Besándome las manos me contestó: «Yo no la aborrezco;
-ella es la que me aborrece a mí. Por haberla amado, soy el más infeliz
-de los hombres; por haberla amado, soy este oscuro y despreciado
-satélite de los franceses que en mí ves; por haberla adorado, te causo
-espanto hoy en vez de amor.» Entonces yo le dije: «Grandes maldades
-habrá hecho usted con mi madre, para que ella le aborrezca.» No me
-contestó... Se esforzaba en calmar mi agitación, y desde aquella noche
-hasta el fin de la enfermedad que padecí, no se apartó de mi lado ni un
-momento. Cuanto puede inventarse para distraer a una criatura triste
-y enferma, él lo inventó: contábame historias, unas alegres, otras
-terribles, todas de su propia vida, y finalmente refiriome lo que más
-deseaba conocer de esta... Yo temblaba a cada palabra. Había empezado
-a inspirarme tanta compasión, que a ratos le suplicaba que callase y
-no dijese más. Poco a poco fui perdiéndole el miedo: me causaba cierto
-respeto; pero amarle... ¡eso imposible!... Yo no cesaba de afirmar que
-no podía vivir lejos de mi madre, y esto, si le enfurecía de pronto,
-era motivo después para que redoblase sus cariños y consideraciones
-conmigo. Su empeño era siempre convencerme de que nadie en el mundo me
-quería como él. Un día, impaciente y acongojada por el largo encierro,
-le hablé con mucha dureza; él se arrojó a mis pies, pidiome perdón del
-gran daño que me había causado, y lloró tanto, tanto...
-
---¿Ese hombre ha derramado una lágrima? --dije con sorpresa--. ¿Estás
-segura? Jamás lo hubiera creído.
-
---Tantas y tan amargas derramó, que me sentí, no ya compasiva,
-sino también enternecida. Mi corazón no nació para el odio: nació
-para responder a todos los sentimientos generosos, para perdonar y
-reconciliar. Tenía delante de mí a un hombre desgraciado, a mi propio
-padre, solo, desvalido, olvidado; recordaba algunas palabras oscuras
-y vagas de mi madre acerca de él, que me parecían un poco injustas.
-Lástima profunda oprimía mi pecho: la adoración, la loca idolatría
-que aquel infeliz sentía por mí, no podían serme indiferentes, no,
-de ningún modo, a pesar del daño recibido. Le dije entonces cuantas
-palabras de consuelo se me ocurrieron, y el pobrecito me las agradeció
-tanto, ¡tantísimo...! Por la primera vez en su vida era feliz.
-
---¡Ángel del cielo --exclamé con viva emoción--, no digas más! Te
-comprendo y te admiro.
-
---Suplicome entonces que le tratase con la mayor confianza; que le
-dijese _padre_ y _tú_ al uso de Francia, con lo cual experimentaría
-gran consuelo, y así lo hice. Ese hombre terrible que espanta a cuantos
-le oyen y no habla más que de exterminar y de destruir, temblaba como
-un niño al escuchar mi voz; y olvidado de la guillotina, de los nobles,
-y de lo que él llamaba el _estado llano_, estaba horas enteras en
-éxtasis delante de mí. Entonces formé mi proyecto, aunque no le dije
-nada, esperando que el dominio que ejercía sobre él llegase al último
-grado.
-
---¿Qué proyecto?
-
---Volver aquel cadáver a la vida; volverle al mundo, a la familia;
-desatar aquel corazón de la rueda en que sufría tormento; sacar del
-infierno aquel infeliz réprobo, y extirpar en su alma el odio que le
-consumía. Durante algún tiempo, no hablé de volver al lado de mi madre,
-ni me quejé de la larga y triste soledad, antes bien aparecía sumisa y
-aun contenta. Entonces emprendimos esos horribles viajes para fundar
-logias; empezó la compañía de esos hombres aborrecidos, y no pude
-disimular mi disgusto. Cuando hablábamos los dos a solas, él se reía
-de las prácticas masónicas, diciendo que eran simples y tontas, aunque
-necesarias para subyugar a los pueblos. Su odio a los nobles, a los
-frailes y a los reyes continuaba siempre muy vivo; pero al hablar de mi
-madre, la nombraba siempre con reserva y también con emoción. Esto era
-señal lisonjera, y un principio de conformidad con mi ardiente deseo.
-Yo se lo agradecí, y se lo pagué mostrándome más cariñosa con él; pero
-siempre reservada. Los repetidos viajes, las logias y los compañeros de
-masonería, me inspiraban repugnancia, hastío y miedo. No se lo oculté,
-y él me decía: «Esto acabará pronto. No conquistaré a los necios sino
-con esta farsa; y como los franceses se establezcan en España, verás la
-que armo...» «Padre --le decía yo--, no quiero que armes cosas malas
-ni que mates a nadie, ni que te vengues. La venganza y la crueldad son
-propias de almas bajas.» Él me ponderaba las injusticias y picardías
-que rigen a la sociedad de hoy, asegurando que es preciso volver
-todo del revés, para lo cual conviene empezar por destruirlo todo.
-¡Cuánto hemos hablado de esto! Por último, tales horrores han dejado
-de asustarme. Tengo la convicción de que mi pobre padre no es cruel ni
-sanguinario como parece...
-
---Así será, pues tú lo dices.
-
---Estábamos en Valladolid, cuando cayó enfermo, muy enfermo. Un afamado
-médico de aquella ciudad me dijo que no viviría mucho tiempo. Él, sin
-embargo, siempre que experimentaba algún alivio, se creía restablecido
-por completo. En uno de sus más graves ataques, hallándonos en
-Salamanca, me dijo: «Te robé, hija mía, para hacerte instrumento de la
-horrible cólera que me enardece. Pero Dios, que no consiente sin duda
-la perdición de mi alma, me ha llenado de un profundo y celeste amor
-que antes no conocía. Has sido para mí el ángel de la guarda, la imagen
-viva de la bondad divina, y no solo me has consolado, sino que me has
-convertido. Bendita seas mil veces por esta savia nueva que has dado a
-mi triste vida. Pero he cometido un crimen: tú no me perteneces; entré
-como un ladrón en el huerto ajeno, y robé esta flor... No, no puedo
-retenerte ni un momento más al lado mío contra tu gusto.» El infeliz
-me decía esto con tanta sinceridad, que me sentí inclinada a amarle
-más. Luego siguió diciéndome: «Si tienes compasión de mí; si tu alma
-generosa se resiste a dejarme en esta soledad, enfermo y aborrecido,
-acompáñame y asísteme; pero que sea por voluntad tuya y no por
-violencia mía. Déjame que te bese mil veces, y márchate después si no
-quieres estar a mi lado.» No le contesté de otro modo que abrazándole
-con todas mis fuerzas y llorando con él. ¿Qué podía, qué debía hacer?
-
---Quedarte.
-
---Aquella era la ocasión más propia para confiarle mis deseos. Después
-de repetir que no le abandonaría, díjele que debía reconciliarse con
-mi madre. Recibió al principio muy mal la advertencia; mas tanto rogué
-y supliqué, que al fin consintió en escribir una carta. Empecela yo,
-y como en ella pusiera no recuerdo qué palabras pidiendo perdón,
-enfureciose mucho, y dijo: «¿Pedir perdón, pedirle perdón? Antes
-morir.» Por último, quitando y poniendo frases, di fin a la epístola;
-mas al día siguiente le vi bastante cambiado en sus disposiciones
-conciliadoras; y ¿qué creerás, amigo mío?... Pues rompió la carta,
-diciéndome: «Más adelante la escribiremos, más adelante. Aguardemos un
-poco.» Esperé con santa resignación; y hallándonos en Plasencia, hice
-una nueva tentativa. Él mismo escribió la carta, empleando en ella no
-menos de cuatro horas; y ya la íbamos a enviar a su destino, cuando
-uno de esos aborrecidos hombres que le acompañan entró diciéndole que
-la policía francesa le buscaba y le perseguía por gestiones de una
-alta señora de Madrid. ¡Ay, Gabriel! Cuando tal supo, renovose en
-él la cólera y amenazó a todo el género humano. No necesito decirte
-que ni enviamos la carta, ni habló más del asunto en algunos días.
-Pero yo insistía en mi propósito. Al volver a Salamanca le manifesté
-la necesidad de la reconciliación: enfadose conmigo; díjele que me
-marcharía a Madrid: abrazome, lloró, gimió, arrojose a mis pies como
-un insensato, y al fin, hijo, al fin escribimos la tercera carta: la
-escribí yo misma. Por último, mi adorada madre iba a saber noticias de
-su pobre hija. ¡Ay! aquella noche mi padre y yo charlamos alegremente;
-hicimos dulces proyectos; maldijimos juntos a todos los masones de la
-tierra, a las revoluciones y a las guillotinas habidas y por haber;
-nos regocijamos con supuestas felicidades que habían de venir; nos
-contamos el uno al otro todas las penas de nuestra pasada vida... pero
-al siguiente día...
-
---Me presenté yo... ¿no es eso?
-
---Eso es... Ya conoces su carácter... Cuando te vio y conoció que
-ibas enviado por mi madre, cuando le injuriaste... Su ira era tan
-fuerte aquel día, que me causó miedo. «Ahí lo tienes --decía--: yo
-me dispongo a ser bueno con ella, y ella envía contra mí la policía
-francesa para mortificarme y un ladrón para privarme de tu compañía.
-Ya lo ves: es implacable... A Francia, nos iremos a Francia; vendrás
-conmigo. Esa mujer acabó para mí y yo para ella...» Lo demás lo sabes
-tú y no necesito decírtelo. ¡Esta mañana creímos morir aquí! ¡Cuánto he
-padecido en este horrible Babilafuente viéndole enfermo, tan enfermo,
-que no se restablecerá más; viéndonos amenazados por el populacho, que
-quería entrar para despedazarnos!... Y todo ¿por qué? Por la masonería,
-por esas simplezas y mojigangas que a nada conducen.
-
---A algo conducen, querida mía, y la semilla que tu padre y otros han
-sembrado, darán algún día su fruto. Sabe Dios cuál será.
-
---Pero él no es ateo, como otros, ni se burla de Dios. Verdad que
-suele nombrarle de un modo extraño, así como el _Ser Supremo_, o cosa
-parecida.
-
---Llámese Dios o Ser Supremo --exclamé volviendo a aprisionar entre
-mis manos las de mi adorada amiga--, ello es que ha hecho obras
-acabadas y perfectas, y una de ellas eres tú, que me confundes, que me
-empequeñeces y anonadas más cuanto más te trato y te hablo y te miro.
-
---Eres tonto de veras; pues ¿qué he hecho que no sea natural?
---preguntome sonriendo.
-
---Para los ángeles es natural existir sin mancha, inspirar las buenas
-acciones, ensalzar a Dios, llevar al cielo las criaturas, difundir el
-bien por el mundo pecador. ¿Que qué has hecho? Has hecho lo que yo no
-esperaba ni adivinaba, aunque siempre te tuve por la misma bondad; has
-amado a ese infeliz, al más infeliz de los hombres, y este prodigio que
-ahora, después de hecho, me parece tan natural, antes me parecía una
-aberración y un imposible. Tú tienes el instinto de lo divino, y yo
-no; tú realizas con la sencillez propia de Dios las más grandes cosas,
-y a mí no me corresponde otro papel que el de admirarlas después de
-realizadas, asombrándome de mi estupidez por no haberlas comprendido...
-¡Inesilla, tú no me quieres, tú no puedes quererme!
-
---¿Por qué dices eso? --preguntó con candor.
-
---Porque es imposible que me quieras, porque yo no te merezco.
-
-Al decir esto, estaba tan convencido de mi inferioridad, que ni
-siquiera intenté abrazarla, cuando, cruzando ella las defensoras manos,
-parecía dejarme el campo libre para aquel exceso amoroso.
-
---De veras, parece que eres tonto.
-
---Pero, pues tu corazón no sabe sino amar, si no sabe otra cosa, aunque
-de mil modos le enseñe el mundo lo contrario, algo habrá para mí en un
-rinconcito.
-
---¿Un rinconcito...? ¿De qué tamaño?
-
---¡Qué feliz soy! Pero te digo la verdad, quisiera ser desgraciado.
-
-No me contestó sino riéndose, burlándose de mí con un descaro...
-
---Quiero ser desgraciado para que me ames como has amado a tu padre,
-para que te desvivas por mí, para que te vuelvas loca por mí, para
-que... ¿Pero te ríes, todavía te ríes? ¿Acaso estoy diciendo tonterías?
-
---Más grandes que esta casa.
-
---Pero, hija, si estoy aturdido. Dime tú, que todo lo sabes, si hay
-alguna manera extraordinaria de querer, una manera nueva, inaudita...
-
---Así, así siempre, basta... Ni es preciso tampoco que seas
-desgraciado. No, dejémonos de desgracias, que bastantes hemos tenido.
-Pidamos a Dios que no haya más batallas en que puedas morir.
-
---¡Yo quiero morir! --exclamé sintiendo que el puro y extremado afecto
-llevaba mi mente a mil raras sutilezas y tiquismiquis, y mi corazón a
-incomprensibles y quizás ridículos antojos.
-
---¡Morir! --exclamó ella con tristeza--. ¿Y a qué viene ahora eso? ¿Se
-puede saber, señor mío querido?
-
---Morir quiero para verte llorar por mí... pero en verdad, esto es
-absurdo, porque si muriera, ¿cómo podría verte? Dime que me amas,
-dímelo.
-
---Esto sí que está bueno. Al cabo de la vejez...
-
---Si nunca me lo has dicho... Puede que quieras sostener que me lo has
-dicho.
-
---¿Que no? --dijo con jovialidad encantadora--. Pues no.
-
-No sé qué más iba a decir ella; pero indudablemente pensó decir algo,
-más dulce para mí que las palabras de los ángeles, cuando sonó en la
-estancia una ronca voz.
-
---No, no te vas, paloma, sin abrazar a tu marido --exclamé estrujando
-aquel lindo cuerpo, que se escapó de mis brazos para volar al lado del
-enfermo.
-
-
-
-
-XXX
-
-
-Acerqueme a la puerta de la triste alcoba. Santorcaz no me veía, porque
-su atención estaba fatigada y torpe a causa del mal, y la estancia
-medio a oscuras.
-
---Alguien anda por ahí --dijo el masón, besando las manos de su hija--.
-Me pareció sentir la voz de ese tunante de Gabriel.
-
---Padre, no hables mal de los que nos han hecho un beneficio; no
-tientes a Dios, no le provoques.
-
---Yo también le he hecho beneficios, y ya ves cómo me paga:
-prendiéndome.
-
---Araceli es un buen muchacho.
-
---¡Sabe Dios lo que harán conmigo esos verdugos! --exclamó el infeliz
-dando un suspiro--. Esto se acabó, hija mía.
-
---Se acabaron, sí, las locuras, los viajes, las logias, que solo sirven
-para hacer daño --afirmó Inés abrazando a su padre--. Pero subsistirá
-el amor de tu hija, y la esperanza de que viviremos todos, todos
-felices y tranquilos.
-
---Tú vives de dulces esperanzas --dijo--; yo de tristes o funestos
-recuerdos. Para ti se abre la vida; para mí, lo contrario. Ha sido tan
-horrible, que ya deseo se cierre esa puerta negra y sombría, dejándome
-fuera de una vez... Hablas de esperanzas: ¿y si estos déspotas me
-sepultan en una cárcel, si me envían a morir a cualquiera de esos
-muladares del África...?
-
---No te llevarán; respondo de que no te llevarán, padrito.
-
---Pero cualquiera que sea mi suerte, será muy triste, niña de mi
-alma... Viviré encerrado; y tú... ¿tú qué vas a hacer? Te verás
-obligada a abandonarme... Pues qué, ¿vas a encerrarte en un calabozo?
-
---Sí: me encerraré contigo. Donde tú estés, allí estaré yo --replicó la
-muchacha con cariño--. No me separaré de ti; no te abandonaré jamás, ni
-iré... no: no iré a ninguna parte donde tú no puedas ir también.
-
-No oí voz alguna, sino los sollozos del pobre enfermo.
-
---Pero, en cambio, padrito --continuó ella en tono de amonestación
-afectuosa--, es preciso que seas bueno, que no tengas malos
-pensamientos, que no odies a nadie, que no hables de matar gente,
-pues Dios tiene buena mano para hacerlo; que desistas de todas
-esas majaderías que te han trastornado la cabeza, y no pierdas la
-tranquilidad y la salud porque haya un rey de más o de menos en el
-mundo; ni hagas caso de los frailes ni de los nobles, los cuales,
-padre querido, no se van a suprimir y a aniquilarse porque tú lo
-desees, ni porque así lo quiera el mal humor del señor Canencia, del
-Sr. Monsalud y del Sr. Ciruelo... He aquí tres que hablan mal de los
-nobles, de los poderosos y de los reyes, porque, hasta ahora, ningún
-rey ni ningún señor han pensado en arrojarles un pedazo de pan para que
-callen, y otro para que griten en favor suyo... ¿Conque serás bueno?
-¿Harás lo que te digo? ¿Olvidarás esas majaderías?... ¿Me querrás mucho
-a mí y a todos los que me aman?
-
-Diciendo esto, arreglaba las ropas del lecho, acomodaba en las
-almohadas la venerable y hermosa cabeza de Santorcaz, destruía los
-dobleces y durezas que pudieran incomodarle, todo con tanto cariño,
-solicitud, bondad y dulzura, que yo estaba encantado de lo que veía.
-Santorcaz callaba y suspiraba, dejándose tratar como un chico. Allí la
-hija parecía, más que hija, una tierna madre, que se finge enojada con
-el precioso niño porque no quiere tomar las medicinas.
-
---Me convertirás en un chiquillo, querida --dijo el enfermo--. Estoy
-conmovido... quiero llorar. Pon tu mano sobre mi frente para que no se
-me escape esa luz divina que tengo dentro del cerebro... pon tu mano
-sobre mi corazón y aprieta. Me duele de tanto sentir. ¿Has dicho que no
-te separarás de mí?
-
---No: no me separaré.
-
---¿Y si me llevan a Ceuta?
-
---Iré contigo.
-
---¡Irás conmigo!
-
---Pero es preciso ser bueno y humilde.
-
---¿Bueno? ¿Tú lo dudas? Te adoro, hija mía. Dime que soy bueno; dime
-que no soy un malvado, y te lo agradeceré más que si me vinieras
-a llamar de parte del _Ser Sup_... de parte de Dios, decimos los
-cristianos. Si tú me dices que soy un hombre bueno, que no soy malo,
-tendré por embusteros a los que se empeñan en llamarme malvado.
-
---¿Quién duda que eres bueno? Para mí al menos.
-
---Pero a ti te he hecho algún daño.
-
---Te lo perdono, porque me amas, y sobre todo porque me sacrificas tus
-pasiones, porque consientes que sea yo la destinada a quitarte esas
-espinas que desde hace tanto tiempo tienes clavadas en el corazón.
-
---¡Y cómo punzan! --exclamó con profunda pena el infeliz masón--. Sí:
-quítamelas, quítamelas todas con tus manos de ángel; quítalas una a
-una, y esas llagas sangrientas se restañarán por sí... ¿De modo que yo
-soy bueno?
-
---Bueno, sí: yo lo diré así a quien crea lo contrario, y espero que
-se convencerán cuando yo lo diga. Pues no faltaba más... La verdad es
-lo primero. Ya verás cuánto te van a querer todos, y qué buenas cosas
-dirán de ti. Has padecido: yo les contaré todo lo que has padecido.
-
---Ven --murmuró Santorcaz con voz balbuciente, alargando los brazos
-para coger en sus manos trémulas la cabeza de su hija--. Trae acá esa
-preciosa cabeza que adoro. No es una cabeza de mujer, es de ángel. Por
-tus ojos mira Dios a la tierra y a los hombres, satisfecho de su obra.
-
-El anciano cubrió de besos la hermosa frente, y yo por mi parte no
-ocultaré que deseaba hacer otro tanto. En aquel momento di algunos
-pasos y Santorcaz me vio. Advertí súbita mudanza en la expresión de su
-semblante, y me miró con disgusto.
-
---Es Gabriel, nuestro amigo, que nos defiende y nos protege --dijo
-Inés--. ¿Por qué te asustas?
-
---Mi carcelero... --murmuró Santorcaz con tristeza--. Me había olvidado
-de que estoy preso.
-
---No soy carcelero, sino amigo --afirmé adelantándome.
-
---Sr. Araceli --continuó él con voz grave--, ¿a dónde me llevan? ¡Oh,
-miserable de mí! Malo es caer en las garras de los satélites del
-despotismo... no, no, hija mía, no he dicho nada; quise decir que los
-soldados... no puedo negar que odio un poquillo a los soldados, porque
-sin ellos, ya ves, sin ellos no podrían los reyes... ¡malditos sean los
-reyes!... no, no, a mí no me importa que haya reyes, hija mía: allá se
-entiendan. Solo que... francamente, no puedo menos de aborrecer un poco
-a ese muchacho que quiso separarte de mí. Ya se ve, le mandaban sus
-amos... estos militares son gente servil que los grandes emplean para
-oprimir a los hijos del pueblo... No le puedo ver, ni tú tampoco, ¿es
-verdad?
-
---No solo le puedo ver, sino que le estimo mucho.
-
---Pues que entre... Araceli... también yo te estimé en otro tiempo.
-Inés dice que eres un buen muchacho... Será preciso creerlo... Puesto
-que ella te estima, ¿sabes lo que yo haría? Exceptuarte a ti solo,
-a ti solito; ponerte a un lado, y a todos los demás enviarlos a la
-guillot... no, no he dicho nada... Si otros la quieren levantar,
-háganlo en buen hora; yo no haré más que ver y aplaudir... no, no, no
-aplaudiré tampoco: váyanse al diablo las guillotinas.
-
---Padre --dijo Inés--, da la mano a Araceli, que se marchará a sus
-quehaceres, y ruégale que vuelva a vernos después. ¡Ay! dicen que va a
-darse una batalla: ¿no sientes que le suceda alguna desgracia?
-
---Sí, seguramente --dijo Santorcaz estrechándome la mano--. ¡Pobre
-joven! La batalla será muy sangrienta, y lo más probable es que muera
-en ella.
-
---¿Qué dices, padre? --preguntó Inés con terror.
-
---La mejor batalla del mundo, hija mía, será aquella en que perezcan
-todos, todos los soldados de los dos ejércitos contendientes.
-
---¡Pero él no, él no! Me estás asustando.
-
---Bueno, bueno, que viva él... que viva Araceli. Joven, mi hija te
-estima, y yo... yo también... también te estimo. Así es que Dios hará
-muy bien en conservar tu preciosa vida. Pero no servirás más a los
-verdugos del linaje humano, a los opresores del pueblo, a los que
-engordan con la sangre del pueblo, a los pícaros frailes y...
-
---¡Jesús! estás hablando como Canencia, ni más ni menos.
-
---No he dicho nada; pero este Araceli... a quien estimo... nos
-aborrece, querida mía; quiere separarnos: es agente y servidor de una
-persona...
-
---A quien estimas también, padre.
-
---De una persona... --continuó el masón, poniéndose tan pálido que
-parecía cadáver.
-
---A quien amas, padre --añadió la muchacha rodeando con sus brazos la
-cabeza del pobre enfermo--; a quien pedirás perdón... por...
-
-El rostro de Santorcaz encendiose de repente con fuerte congestión; sus
-ojos despidieron rayo muy vivo, incorporose en el lecho y, estirando
-los brazos y cerrando los puños y frunciendo el terrible ceño, gritó:
-
---¡Yo!... pedirle perdón... pedirle perdón yo... ¡Jamás, jamás!
-
-Diciendo esto, cayó en el lecho como cuerpo del que súbitamente y con
-espanto huye la vida.
-
-Inés y yo acudimos a socorrerle. Balbucía frases ardorosas... llamaba a
-Inés creyéndola ausente; la miraba con extravío; me despedía con gritos
-y amenazas, y, finalmente, se tranquilizó cayendo en pesado sopor.
-
---Otra vez será --me dijo Inés con los ojos llenos de lágrimas--. No
-desconfío. Haz lo que dijimos. Escríbele esta tarde mismo.
-
---Le escribiré, y vendrá en seguida a Salamanca. Prepárate a marchar
-allá con tu enfermo.
-
-
-
-
-XXXI
-
-
-Haciendo mucho ruido, llamándome a voces y azotando con su látigo las
-puertas y los muebles, entró en la casa Miss Fly. Recibila en la sala,
-y al verme sonrió con gracia incomparable, no exenta en verdad de
-coquetería. Llamó mi atención ver que se había acicalado y compuesto,
-cosa verdaderamente extraña en aquel lugar y ocasión. Su rostro
-resplandecía de belleza y frescura. Habíase peinado cual si tuviese a
-mano los más delicados enseres de tocador, y el vestido, limpio ya de
-polvo y lodo, disimulaba sus desgarrones y arrugas no sé por qué arte
-singular, solo revelado a las mujeres. ¿Por qué no decirlo? Detesto
-las gazmoñerías y melindres. Sí, lo diré: Athenais estaba encantadora,
-hechicera, lindísima.
-
-Como le manifestase mi sorpresa por aquella restauración de su
-interesante persona, me dijo:
-
---Caballero Araceli, después que vuestros soldados han apagado el
-incendio, quedó un poco de agua para mí. En casa de unos aldeanos me
-proporcionaron lo preciso para peinarme... Pero, señor comandante,
-¿así cumplís con vuestros deberes? ¿No estaríais mejor al frente de
-vuestras tropas? Hace un rato que ha llegado Leith con su división, y
-pregunta por vos...
-
-Al saber la noticia, no quise detenerme. Despedime de Inés, y después
-de asegurar bien la entrada de la casa y de encomendar a Tribaldos
-que cuidase a los dos prisioneros, bajé a la plaza, donde Miss Fly se
-separó de mí sin motivo aparente. Empezaban a llegar tropas inglesas.
-El general Leith, a quien indiqué que España me había mandado perseguir
-a los franceses, me ordenó que esperase hasta la noche.
-
---Es imposible perseguir a los franceses de cerca --dijo--. Van muy
-adelantados, y nos será difícil hacerles daño. Nuestras tropas están
-cansadas.
-
-Quedeme allí, no sin gozo, y dispuse lo necesario para que Santorcaz y
-su hija fuesen trasladados a Salamanca. Felizmente regresaba aquella
-tarde, para quedar allí de guarnición, Buenaventura Figueroa, mi más
-íntimo y querido amigo, y le di instrucciones prolijas sobre lo que
-debía de hacer con mis prisioneros en la ciudad y durante el viaje.
-Verificose este por la noche en un convoy que se envió a _Roma la
-chica_: no sin trabajo logré un carromato de regular comodidad, en
-cuyo interior acomodé a padre e hija, acompañados de Tribaldos y de
-buen repuesto de víveres para el viaje. Quise darles también dinero;
-mas rehusolo Inés, y a la verdad no lo necesitaban, porque el Sr.
-Santorcaz (no sé si lo he dicho), que un año antes heredara íntegro su
-patrimonio, poseía regular hacienda, sobrada para su modesto traer.
-
-Di también a Inés instrucciones para que contribuyese a impedir
-nuevas salidas de su infeliz padre al campo de Montiel de las
-masónicas aventuras, y ella prometiome con inequívoca seguridad que
-le encarcelaría convenientemente sin mortificarle; con lo cual, muy
-apenados, nos despedimos los dos: yo por aquella nueva separación,
-cuyos límites no sabía, y ella por presentimientos del peligro a que
-expuesto quedaba en la terrible campaña emprendida. En esto, y en
-escribir a la condesa lo que el lector supone, entretuve gran parte de
-las últimas horas del día.
-
-Partimos al amanecer del siguiente, persiguiendo a los franceses,
-que no pararon hasta pasar el Duero por Tordesillas, extendiéndose
-hasta Simancas. Allí reforzó Marmont su ejército con la división de
-Bonnet, y nosotros le aguardamos en la orilla izquierda, vigilando sus
-movimientos. La cuestión era saber por qué sitio quería el francés
-pasar el río, para venir al encuentro del ejército aliado, cuyo cuartel
-general estaba en La Seca.
-
-No quería Marmont, como es fácil suponer, darnos gusto, y sin
-avisarnos, cosa muy natural también, partió de improviso hacia Toro...
-¡En marcha todo el mundo hacia la izquierda, ingleses, españoles,
-lusitanos; en marcha otra vez hacia el Guareña y hacia los perversos
-pueblos de Babilafuente y Villoria!
-
---¡Y a esto llaman hacer la guerra! --decía uno--. Por el mucho
-ejercicio que hacen, tienen tan buenas piernas los ingleses. Ahora
-resultará que Marmont no acepta tampoco la batalla en el Guareña, y le
-buscaremos en el Pisuerga, en el Adaja, o tal vez en el Manzanares, o
-en el Abroñigal a las puertas de Madrid.
-
-Tan solo resultó que después de dos semanas de marchas y contramarchas,
-nos encontramos otra vez en las inmediaciones de Salamanca. Pero lo más
-gracioso fue cuando bailamos el minueto, como decíamos los españoles,
-pues aconteció que ambos ejércitos marcharon todo un día paralelamente,
-ellos sobre la izquierda, nosotros sobre la derecha, viéndonos muy bien
-a distancia de medio tiro de cañón y sin gastar un cartucho. Esto pasó
-no muy lejos de Salamanca; y cuando nos detuvimos en San Cristóbal,
-allí eran de ver las burlas motivadas por la tal maniobra y marcha
-estratégica, que los chuscos calificaban de contradanza.
-
-Desde San Cristóbal quise ir a Salamanca; pero me fue imposible, porque
-no se concedían licencias largas ni cortas. Tuve, sin embargo, el
-gusto de saber que nada singular había ocurrido en la casa de la calle
-del Cáliz durante mi ausencia y las marchas y minuetos del ejército
-aliado... En cuanto a Miss Fly (me apresuro a nombrarla porque oigo
-una misma pregunta en los labios de cuantos me escuchan), me había
-honrado no pocas veces con su encantadora palabra durante los viajes
-a Tordesillas, a la Nava y al Guareña; pero siempre en cortas y muy
-disimuladas entrevistas, cual si existiese algún desconocido estorbo,
-algún impedimento misterioso de su antes ilimitada libertad. En
-estas breves entrevistas advertía siempre en ella sin igual dulzura
-y melancólico abandono, y además una admiración injustificada hacia
-mí y hacia todas mis acciones, aunque fuesen de las más comunes e
-insignificantes.
-
-Por lo demás, si las entrevistas pecaban de cortas, eran
-frecuentísimas. No hacíamos alto en punto alguno, sin que se me
-presentase Athenais, cual mi propia sombra, y recatadamente me hablase,
-diciéndome por lo general cosas alambicadas y sutiles, cuando no
-melifluas y apasionadas. La más refinada cortesía y un excelente humor
-de bromas inspiraban mis contestaciones. Regalábame a cada momento mil
-monerías, golosinas o cachivaches de poco valor, que adquiría en los
-diversos pueblos de la carrera.
-
-Entre tanto (suplico a mis oyentes se fijen bien en esto, porque sirve
-de lamentable antecedente a uno de los principales contratiempos de mi
-vida), yo notaba que no se había disipado entre mis compañeros ingleses
-y españoles la infundada sospecha que el viaje de Athenais a Salamanca
-despertara. En suma, la Pajarita había vuelto al cuartel general, y mi
-buena opinión y fama de caballerosidad continuaban tan problemáticas
-como el día que aparecí en Bernuy. En dos ocasiones en que tuve el
-alto honor de hablar con el señor duque, experimenté mortal pena,
-hallándole, no solo desdeñoso, sino en extremo austero y desapacible
-conmigo. Los espejuelos del coronel Simpson despedían rayos olímpicos
-contra mí, y en general cuantas personas conocía en las filas inglesas
-demostraban de diversos modos poca o ninguna afición a mi honrada
-persona.
-
---Sr. Araceli, Sr. Araceli --me dijo Athenais presentándose de
-improviso ante mí el 21 de julio, cuando acabábamos de ocupar el cerro
-comúnmente llamado Arapil Chico--, venid a mi lado. Simpson no ha
-salido aún de Salamanca. ¿Os ha pasado algo desde ayer que no nos hemos
-visto?
-
---Nada, señora, no me ha pasado nada. ¿Y a usted?
-
---A mí, sí; pero ya os lo contaré más adelante. ¿Por qué me miráis
-de ese modo?... Vos también dais en creer, como los demás, que estoy
-triste, que estoy pálida, que he cambiado mucho...
-
---En efecto, Miss Fly: se me figura que esa cara no es la misma.
-
---No me siento bien --dijo con sonrisa graciosa--. No sé lo que
-tengo... ¡Ah! ¿no sabéis? Dicen que va a darse una gran batalla.
-
---No lo dudo. Los franceses están hacia Cavarrasa. ¿Cuándo será?
-
---Mañana... Parece que os alegráis --dijo mostrando un temor femenino
-que me sorprendió, conociendo como conocía su varonil arrojo.
-
---Y usted también se alegrará, señora. Un alma como la de usted, para
-sostenerse a su propia altura, necesita estos espectáculos grandiosos,
-el inmenso peligro seguido de la colosal gloria. Nos batiremos, señora,
-nos batiremos con el Imperio, con el enemigo común, como dicen en
-Inglaterra, y le derrotaremos.
-
-Athenais no me contestó, como esperaba, con ningún arrebato de
-entusiasmo, y la poesía de los romances parecía haberse replegado con
-timidez y vergüenza quizás en lo más escondido de su alma.
-
---Será una gran batalla y ganaremos --dijo con abatimiento--; pero...
-morirá mucha gente. ¿No os ocurre que podéis morir vos?
-
---¿Yo?... ¿y qué importa? ¿Qué importa la vida de un miserable soldado,
-con tal que quede triunfante la bandera?
-
---Es verdad; pero no debéis exponeros... --dijo con cierta emoción--.
-Dicen que la división española no se batirá.
-
---Señora, no conozco a usted; no es usted Miss Fly.
-
---Voy creyendo lo que decís --afirmó clavando en mí los dulces ojos
-azules--; voy creyendo que no soy yo Miss Fly... Oíd bien, Araceli,
-lo que voy a deciros. Si no entráis en fuego mañana, como espero,
-avisádmelo... Adiós, adiós.
-
---Pero aguarde usted un momento, Miss Fly --dije procurando detenerla.
-
---No, no puedo. Sois muy indiscreto... Si supiérais lo que dicen...
-Adiós, adiós.
-
-Dando algunos pasos hacia ella, la llamé repetidas veces; mas en el
-mismo instante vi un coche o silla de postas que se paraba delante de
-mí en mitad del camino; vi que por la portezuela aparecía una cara, una
-mano, un brazo... ¡Si era la condesa!... ¡Dios poderoso, qué inmensa
-alegría! Era la condesa que detenía su coche delante de mí, que me
-buscaba con la vista, que me llamaba con un lindo gesto, que iba a
-decir sin duda dulcísimas cosas. Corrí hacia ella loco de alegría.
-
-
-
-
-XXXII
-
-
-Antes de referir lo que hablamos, conviene que diga algo del lugar y
-momento en que tales hechos pasaban, porque una cosa y otra interesan
-igualmente a la historia y a la relación de los sucesos de mi vida que
-voy refiriendo. El 21 por la tarde pasamos el Tormes, los unos por el
-puente de Salamanca, los otros por los vados inmediatos. Los franceses,
-según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de
-Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de
-Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea, cuya
-izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el
-Arapil Chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa
-con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo,
-punto el más avanzado de la línea anglo hispano-portuguesa.
-
-En la falda del Arapil Chico, y al borde del camino, fue donde se me
-apareció Athenais, que volvía a caballo de Cavarrasa, y pocos instantes
-después la señora condesa, mi adorada protectora y amiga. Corrí hacia
-ella, como he dicho, y con la más viva emoción besé sus hermosas manos,
-que aún asomaban por la portezuela. El inmenso gozo que experimenté
-apenas me dejó articular otras voces que las de «Madre y señora mía»,
-voces en que mi alma, con espontaneidad y confianza sumas, esperaba
-iguales manifestaciones cariñosas de parte de ella. Mas, con amargura y
-asombro, advertí en los ojos de la condesa desdén, enojo, ira, ¡qué sé
-yo!... una severidad inexplicable que me dejó absorto y helado.
-
---¿Y mi hija? --preguntó con sequedad.
-
---En Salamanca, señora --repuse--. No podría usted llegar más a tiempo.
-Tribaldos, mi asistente, acompañará a usted. Ha sido casualidad que nos
-hayamos encontrado aquí.
-
---Ya sabía que estabas en este sitio que llaman el Arapil Chico
---me dijo con el mismo tono severo, sin una sonrisa, sin una mirada
-cariñosa, sin un apretón de manos--. En Cavarrasa de Abajo, donde me
-detuve un instante, encontré a Sir Thomas Parr, el cual me dijo dónde
-estabas, con otras cosas acerca de tu conducta, que me han causado
-tanto asombro como indignación.
-
---¡Acerca de mi conducta, señora! --exclamé con dolor tan vivo como
-si una hoja de acero penetrara en mi corazón--. Yo creía que en mi
-conducta no había nada que pudiera desagradar a usted.
-
---Conocí en Cádiz a Sir Thomas Parr, y es un caballero incapaz de
-mentir --añadió ella con indecible resplandor de ira en los ojos, que
-tanta ternura habían tenido en otro tiempo para mí--. Has seducido
-a una joven inglesa; has cometido una iniquidad, una violencia, una
-acción villana.
-
---¡Yo, señora, yo!... ¿Este hombre honrado que ha dado tantas pruebas
-de su lealtad?... ¿Este hombre ha hecho tales maldades?
-
---Todos lo dicen... No me lo ha dicho solo Sir Thomas Parr, sino otros
-muchos: me lo dirá también Wellesley.
-
---Pues si Wellesley lo afirmara --repliqué con desesperación--; si
-Wellesley lo afirmara, yo le diría...
-
---Que miente...
-
---No: el primer caballero de Inglaterra, el primer general de Europa,
-no puede mentir; es imposible que el Duque diga semejante cosa.
-
---Hay hechos que no pueden disimularse --añadió con pena--, que no
-pueden desfigurarse. Dicen que la persona agraviada se dispone a pedir
-que se te obligue al cumplimiento de las leyes inglesas sobre el
-matrimonio.
-
-Al oír esto, una hilaridad expansiva y una terrible indignación
-cruzaron sus diversos efectos en mi alma, como dos rayos que se
-encuentran al caer sobre un mismo objeto, y por un instante se lo
-disputan. Me reí y estuve a punto de llorar de rabia.
-
---Señora, me han calumniado. Es falso, es mentira que yo... --grité
-introduciendo por la portezuela del coche, primero la cabeza y después
-medio cuerpo--. Me volveré loco si usted, si esta persona a quien
-respeto y adoro, a quien no podré jamás engañar, da valor a tan infame
-calumnia.
-
---¿Conque es calumnia?... --dijo con verdadero dolor--. Jamás lo
-hubiera creído en ti... Vivimos para ver cosas horribles... Pero dime,
-¿veré a mi hija en seguida?
-
---Repito que es falso. Señora, me está usted matando; me impulsará
-usted a extremos de locura, de desesperación.
-
---¿Nadie me estorbará que la recoja, que la lleve conmigo? --preguntó
-con afán y sin hacer caso del frenesí que me dominaba--. Que venga
-tu asistente. No puedo detenerme. ¿No decías en tu carta que todo
-estaba arreglado? ¿Ha muerto ese verdugo? ¿Está mi hija sola?... ¿Me
-espera?... ¿Puedo llevármela?... Responde.
-
---No sé, señora; no sé nada; no me pregunte usted nada --dije
-confundido y absorto--. Desde el momento en que usted duda de mí...
-
---Y mucho... ¿En quién puede tenerse confianza?... Déjame seguir... Tú
-ya no eres el mismo para mí.
-
---¡Señora, señora, no me diga usted eso, porque me muero! --exclamé con
-inmensa aflicción.
-
---Bueno: si eres inocente, tiempo tienes de probármelo.
-
---No... no... Mañana se da una gran batalla. Puedo morir. Moriré
-irritado y me condenaré... ¡Mañana! ¡Sabe Dios dónde estaré mañana!
-Usted va a Salamanca, verá y hablará a su hija; entre las dos fraguarán
-una red de sospechas y falsos supuestos, donde se enmarañe para siempre
-la memoria del infeliz soldado, que agonizará quizás dentro de algunas
-horas en este mismo sitio donde nos encontramos. Es posible que no nos
-veamos más... Estamos en un campo de batalla. ¿Distingue usted aquellos
-encinares que hay hacia abajo? Pues allí detrás están los franceses.
-¡Cuarenta y siete mil hombres, señora! Mañana este sitio estará
-cubierto de cadáveres. Dirija usted la vista por estos contornos.
-¿Ve usted esa juventud de tres naciones? ¿Cuántos de estos tendrán
-vida mañana? Me creo destinado a perecer, a perecer rabiando, porque
-precipitará y amargará mi muerte la idea de haber perdido el amor da
-las dos personas a quienes he consagrado mi vida.
-
-Mis palabras, ardientes como la voz de la verdad, hicieron algún efecto
-en la condesa, y la observé suspensa y conmovida. Tendió la vista por
-el campo, ocupado por tanta tropa, y luego cubriose el rostro con las
-manos, dejándose caer en el fondo del coche.
-
---¡Qué horror! --dijo--. ¡Una batalla! ¿No tienes miedo?
-
---Más miedo tengo a la calumnia.
-
---Si pruebas tu inocencia, creeré que he recobrado un hijo perdido.
-
---Sí, sí, lo recobrará usted --afirmé--. ¿Pero no basta que yo lo diga,
-no basta mi palabra?... ¿Nos conocemos de ayer? ¡Oh! Si a Inés se le
-dijera lo que a usted han dicho, no lo creería. Su alma generosa me
-habría absuelto sin oírme.
-
-Una voz gritó:
-
---¡Ese coche, adelante o atrás!
-
---Adiós --dijo la condesa--, me echan de aquí.
-
---Adiós, señora --respondí con profunda tristeza--. Por si no nos vemos
-más, nunca más, sepa usted que en el último día de mi vida conservo,
-como un tesoro, los sentimientos de que he hecho gala en todos los
-instantes de mi vida ante usted y ante otra persona que a entrambos
-nos es muy cara. Agradezco a usted, hoy como ayer, el amor que me ha
-mostrado, la confianza que ha puesto en mí, la dignidad que me ha
-infundido, la elevación que ha dado a mi conciencia... No quiero dejar
-deudas... Si no nos vemos más...
-
-El coche partió, obligado a ello por una batería, a la cual era forzoso
-ceder el paso. Cuando dejé de ver a la condesa, llevaba ella el pañuelo
-a los ojos para ocultar sus lágrimas.
-
-Sofocado y aturdido por la pena angustiosa que llenaba mi alma, no
-reparé que el cuartel general venía por el camino adelante en dirección
-al Arapil Chico. El Duque y los de su comitiva echaron pie a tierra en
-la falda del cerro, dirigiendo sus miradas hacia Cavarrasa de Arriba.
-Llamó el Lord a los oficiales del regimiento de Ibernia, uno de los
-establecidos allí, y habiéndome presentado yo el primero, me dijo:
-
---¡Ah! Es usted el caballero Araceli...
-
---El mismo, mi general --contesté--, y si Vuecencia me permite en esta
-ocasión hablar de un asunto particular, le suplicaré que haga luz sin
-pérdida de tiempo sobre las calumnias que pesan sobre mí después de mi
-viaje a Salamanca. No puedo soportar que se me juzgue con ligereza, por
-las hablillas de gente malévola.
-
-Lord Wellington, ocupado sin duda con asunto más grave, apenas me
-hizo caso. Después de registrar rápidamente todo el horizonte con su
-anteojo, me dijo casi sin mirarme:
-
---Sr. Araceli, solo puedo contestar a usted que estoy decidido a que la
-Gran Bretaña sea respetada.
-
-Como yo no había dejado nunca de respetar a la Gran Bretaña, ni a
-las demás potencias europeas, aquel concepto, que encerraba sin duda
-una amenaza, me desconcertó un poco. Los oficiales generales que
-rodeaban al Duque, trabaron con él coloquio muy importante sobre el
-plan de batalla. Pareciéronme entonces inoportunas y aun ridículas mis
-reclamaciones, por lo cual, un poco turbado, contesté de este modo:
-
---¡La Gran Bretaña! No deseo otra cosa que morir por ella.
-
---Brigadier Pack --dijo vivamente Wellington a uno de los que le
-acompañaban--, en la ayudantía del 23 de línea, que está vacante, ponga
-usted a este joven español, que desea morir por la Gran Bretaña.
-
---Por la gloria y honor de la Gran Bretaña --repetí.
-
-El brigadier Pack me honró con una mirada de protectora simpatía.
-
---La desesperación --me dijo luego Wellington--, no es la principal
-fuente del valor; pero me alegraré de ver mañana al Sr. de Araceli
-en la cumbre del Arapil Grande. Señor D. José Olawlor --añadió
-dirigiéndose a su íntimo amigo, que le acompañaba--, creo que los
-franceses se están disponiendo para adelantársenos mañana a ocupar el
-Arapil Grande.
-
-El Duque manifestó cierta inquietud, y por largo tiempo su anteojo
-exploró los lejanos encinares y cerros hacia Levante. Poco se veía ya,
-porque vino la noche. Los cuerpos de ejército seguían moviéndose para
-ocupar las posiciones dispuestas por el general en jefe, y me separé de
-mis compañeros de Ibernia y de la división española.
-
---Nosotros --me dijo España--, vamos al lugar de Torres, en la extrema
-derecha de la línea, más bien para observar al enemigo que para
-atacarle. ¡Plan admirable! El general Picton y el portugués d’Urban
-parece que están encargados de guardar el paso del Tormes, de modo que
-la situación de los franceses no puede ser más desventajosa. No falta
-más que ocupar el Arapil Grande.
-
---De eso se trata, mi general. La brigada Pack, a la cual desde hace un
-momento pertenezco, amanecerá mañana con la ayuda de Dios en la ermita
-de Santa María de la Peña, y después... Así lo exige el honor de la
-Gran Bretaña.
-
---Adiós, mi querido Araceli; pórtate bien.
-
---Adiós, mi querido general. Saludo a mis compañeros desde la cumbre
-del Arapil Grande.
-
-
-
-
-XXXIII
-
-
-¡El Arapil Grande! Era la mayor de aquellas dos esfinges de tierra,
-levantadas la una frente a la otra, mirándose y mirándonos. Entre las
-dos debía desarrollarse al día siguiente uno de los más sangrientos
-dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron
-por última vez las trompas épicas del Imperio. A un lado y otro del
-lugar llamado de Arapiles se elevaban los dos célebres cerros, pequeño
-el uno, grande el otro. El primero nos pertenecía; el segundo no
-pertenecía a nadie en la noche del 21. No pertenecía a nadie por lo
-mismo que era la presa más codiciada; y el leopardo de un lado y el
-águila del otro le miraban con anhelo, deseando tomarlo y temiendo
-tomarlo. Cada cual temía encontrarse allí al contrario en el momento de
-poner la planta sobre la preciosa altura.
-
-A la derecha del Arapil Grande, y más cerca de nuestra línea, estaba
-Huerta, y a la izquierda, en punto avanzado, formando el vértice de
-la cuña, Cavarrasa de Arriba. El de Abajo, mucho más distante, y a
-espaldas del Gran Arapil, estaba en poder de los franceses.
-
-La noche era como de julio, serena y clara. Acampó la brigada Pack en
-un llano, para aguardar el día. Como no se permitía encender lumbre,
-los pobrecitos ingleses tuvieron que comer carne fría; pero las
-mujeres, que en esto eran auxiliares poderosos de la milicia británica,
-traían de Aldea-Tejada y aun de Salamanca fiambres muy bien aderezados,
-que con el ron abundante devolvieron el alma a aquellos desmadejados
-cuerpos. Las mujeres (y no bajaban de veinte las que vi en la brigada)
-departían con sus esposos cariñosamente, y según pude entender, rezaban
-o se fortalecían el espíritu con recuerdos de la Verde Erin y de la
-bella Escocia. Gran martirio era para los _highlanders_ que no se les
-consintiera en aquel sitio tocar la gaita entonando las melancólicas
-canciones de su país; y formaban animados corrillos, en los cuales
-me metí bonitamente, para tener el extraño placer de oírles sin
-entenderles. Érame en extremo agradable ver la conformidad y alegría
-de aquella gente, transportada tan lejos de su patria, sostenida en
-su deber y conducida al sacrificio por la fe de la patria misma...
-Yo escuchaba con delicia sus palabras, y aun entendiendo muy poco de
-ellas, creí comprender el espíritu de las ardientes conversaciones. Un
-escocés fornido, alto, hermoso, de cabellos rubios como el oro y de
-mejillas sonrosadas como una doncella, levantose al ver que me acercaba
-al corrillo, y en chapurrado lenguaje, mitad español, mitad portugués,
-me dijo:
-
---Señor oficial español, dignaos honrarnos aceptando este pedazo de
-carne y este vaso de ron, y brindemos a la salud de España y de la
-vieja Escocia.
-
---¡A la salud del Rey Jorge III! --exclamé aceptando sin vacilar el
-obsequio de aquellos valientes.
-
-Sonoros _hurras_ me contestaron.
-
---El hombre muere y las naciones viven --dijo dirigiéndose a mí otro
-escocés que llevaba bajo el brazo el enorme pellejo henchido de una
-zampoña--. ¡_Hurra_ por Inglaterra! ¡Qué importa morir! Un grano de
-arena que el viento lleva de aquí para allá, no significa nada en la
-superficie del mundo. Dios nos está mirando, amigos, por los bellos
-ojos de la madre Inglaterra.
-
-No pude menos de abrazar al generoso escocés, que me estrechó contra su
-pecho, diciendo:
-
---¡Viva España!
-
---¡Viva Lord Wellington! --grité yo.
-
-Las mujeres lloraban, charlando por lo bajo. Su lenguaje,
-incomprensible para mí, me pareció un coro de pájaros picoteando
-alrededor del nido.
-
-Los escoceses se distinguían por el pintoresco traje de cuadros rojos
-y negros, la pierna desnuda, las hermosas cabezas ossiánicas cubiertas
-con el sombrero de piel, y el cinto adornado con la guedeja que parecía
-cabellera, arrancada del cráneo del vencedor en las salvajes guerras
-septentrionales. Mezclábanse con ellos los ingleses, cuyas casacas
-rojas les hacían muy visibles a pesar de la oscuridad. Los oficiales,
-envueltos en capas blancas y cubiertos con los sombreritos picudos y
-emplumados, nada airosos por cierto, semejaban pájaros zancudos de
-anchas alas y movible cresta.
-
-Con las primeras luces del día, la brigada se puso en marcha hacia el
-Arapil Grande. A medida que nos acercábamos, más nos convencíamos de
-que los franceses se nos habían anticipado, por hallarse en mejores
-condiciones para el movimiento, a causa de la proximidad de su línea.
-El brigadier distribuyó sus fuerzas, y las guerrillas se desplegaron.
-Los ojos de todos fijábanse en la ermita situada como a la mitad
-del cerro, y en las pocas casas dispersas, únicos edificios que
-interrumpían a larguísimos trechos la soledad y desnudez del paisaje.
-
-Subieron algunas columnas sin tropiezo alguno, y llegábamos como a 100
-varas de Santa María de la Peña, cuando la ondulación del terreno,
-descendiendo a nuestros ojos a medida que adelantábamos, nos dejó ver,
-primero una línea de cabezas, luego una línea de bustos, después los
-cuerpos enteros. Eran los franceses. El sol naciente, que aparecía a
-espaldas de nuestros enemigos, nos deslumbraba, siendo causa de que los
-viésemos imperfectamente. Un murmullo lejano llegó a nuestros oídos, y
-del lado acá también los escoceses profirieron algunas palabras: no fue
-preciso más para que brotase la chispa eléctrica. Rompiose el fuego.
-Las guerrillas lo sostenían, mientras algunos corrieron a ocupar la
-ermita.
-
-Precedía a esta un patio, semejante a un cementerio. Entraron en él
-los ingleses; pero los imperiales, que se habían colado por el ábside,
-dominaron pronto lo principal del edificio con los anexos posteriores;
-así es que aún no habían forzado la puerta los nuestros, cuando ya les
-hacían fuego desde la espadaña de las campanas y desde la claraboya
-abierta sobre el pórtico.
-
-El brigadier Pack, uno de los hombres más valientes, más serenos y más
-caballerosos que he conocido, arengó a los _highlanders_. El coronel
-que mandaba el 3.º de cazadores, arengó a los suyos, y todos arengaron,
-en suma, incluso yo, que les hablé en español el lenguaje más apropiado
-a las circunstancias. Tengo la seguridad de que me entendieron.
-
-El 23 de línea no había entrado en el patio, sino que flanqueaba la
-ermita por su izquierda, observando si venían más fuerzas francesas.
-En caso contrario, la partida era nuestra, por la sencilla razón de
-que éramos más hasta entonces. Pero no tardó en aparecer otra columna
-enemiga. Esperarla, darle respiro, es decir, aparentar, siquiera fuese
-por un momento, que se la temía, habría sido renunciar de antemano a
-toda ventaja.
-
---¡A ellos! --grité a mi coronel.
-
---_¡All right!_ --exclamó este.
-
-Y el 23 de línea cayó como una avalancha sobre la columna francesa.
-Trabose un vivo combate cuerpo a cuerpo; vacilaron un poco nuestros
-ingleses, porque el empuje de los enemigos era terrible en el primer
-momento; pero tornando a cargar con aquella constancia imperturbable
-que, si no es el heroísmo mismo, es lo que más se le parece, toda
-la ventaja estuvo pronto de nuestra parte. Retiráronse en desorden
-los imperiales, o mejor dicho, variaron de táctica, dispersándose
-en pequeños grupos, mientras les venían refuerzos. Habíamos tenido
-pérdidas casi iguales en uno y otro lado, y bastantes cuerpos yacían
-en el suelo; pero aquello no era nada todavía: un juego de chicos, un
-prefacio inocente que casi hacía reír.
-
-Nuestra desventaja real consistía en que ignorábamos la fuerza que
-podían enviar los franceses contra nosotros. Veíamos enfrente el espeso
-bosque de Cavarrasa, y nadie sabía lo que se ocultaba bajo aquel
-manto de verdura. ¿Serán muchos, serán pocos? Cuando la intuición,
-la inspiración o el genio zahorí de los grandes capitanes no sabe
-contestar a estas preguntas, la ciencia militar está muy expuesta a
-resultar vana y estéril como jerga de pedantes. Mirábamos al bosque,
-y el oscuro ramaje de las encinas no nos decía nada. No sabíamos leer
-en aquella verdinegra superficie, que ofrecía misteriosos cambiantes
-de color y de luz, fajas movibles y oscilantes signos en su vasta
-extensión. Era una masa enorme de verdura, un monstruo chato y horrible
-que se aplanaba en la tierra con la cabeza gacha y las alas extendidas,
-empollando quizás bajo ellas innumerables guerreros.
-
-Al ver en retirada la segunda columna francesa, mandó Pack redoblar la
-tentativa contra la ermita, y los _highlanders_ intentaron asaltarla
-por distintos puntos, lo cual hubiera sido fácil si al sonar los
-primeros tiros no ocurriese del lado del bosque algo de particular.
-Creeríase que el monstruo se movía; que alzaba una de las alas; que
-echaba de sí un enjambre de homúnculos, los cuales distinguíanse allá
-lejos al costado de la madre, pequeños como hormigas. Luego iban
-creciendo, íbanse acercando... de pigmeos tornábanse en gigantes;
-lucían sus cascos; sus espadas semejaban rayos flamígeros; subían en
-ademán amenazador columna tras columna, hombre tras hombre.
-
-El coronel me miró y nos miramos los jefes todos sin decirnos nada.
-Con la presteza del buen táctico, Pack, sin abandonar el asedio de la
-ermita, nos mandó más gente y esperamos tranquilos. El bosque seguía
-vomitando gente.
-
---Es preciso combatir a la defensiva --dijo el coronel.
-
---A la defensiva, sí. ¡Viva Inglaterra!
-
---¡Viva el Emperador! --repitieron los ecos allá lejos.
-
---¡Ingleses, la Inglaterra os mira!
-
-El clamor que antes nos contestara de lejos diciendo: ¡viva el
-Emperador! resonó con más fuerza. El animal se acercaba y su feroz
-bramido infundía zozobra.
-
-
-
-
-XXXIV
-
-
-Ocupáronse al instante unas casas viejas y unos tejares que había
-como a sesenta varas a un lado y otro de la ermita, estableciéndose
-imaginaria línea defensiva, cuyo único apoyo material era una depresión
-del terreno, una especie de zanja sin profundidad que parecía marcar
-el linde entre dos heredades. Si yo hubiera mandado toda la fuerza
-del brigadier Pack, habría intentado jugar el todo por el todo y
-desconcertar al enemigo antes que embistiera; pero los ingleses
-no hacían nunca estas locuras, que salen bien una vez y veinte se
-malogran. Por el contrario, Pack dispuso sus fuerzas a la defensiva;
-con ojo admirable y rápido se hizo cargo de todos los accidentes del
-terreno, de las suaves ondulaciones del cerro por aquella parte, del
-peñón aislado, del árbol solitario, de la tapia ruinosa, y todo lo
-aprovechó.
-
-Llegaron los franceses. Nos miraban desde lejos con recelo, nos olían,
-nos escuchaban.
-
-¿Habéis visto a la cigüeña alargar el cuello a un lado y otro, de tal
-modo que no se sabe si mira o si oye, sostenerse en un pie, alzando el
-otro con intento de no fijarlo en tierra hasta no hallar suelo seguro?
-Pues así se acercaban los franceses. Entre nosotros, algunos reían.
-
-No puedo dar idea del silencio que reinaba en las filas en aquel
-momento. ¿Eran soldados en acecho o monjes en oración?... Pero
-instantáneamente la cigüeña puso los dos pies en tierra. Estaba en
-terreno firme. Sonaron mil tiros a la vez, y se nos vino encima una
-oleada humana compuesta de bayonetas, de gritos, de patadas, de
-ferocidades sin nombre.
-
---¡Fuego! ¡muerte! ¡sangre! ¡canallas! --tales son las palabras
-con que puedo indicar, por lo poco que entendía, aquella algazara
-de la indignación inglesa, que mugía en torno mío; un concierto de
-articulaciones guturales, un graznido al mismo tiempo discorde y
-sublime como de mil celestiales loros y cotorras charlando a la vez.
-
-Yo había visto cosas admirables en soldados españoles y franceses,
-tratándose de atacar; pero no había visto nada comparable a los
-ingleses tratando de resistir. Yo no había visto que las columnas
-se dejaran acuchillar. El viejo tronco inerte no recibe con tanta
-paciencia el golpe de la segur que lo corta, como aquellos hombres
-la bayoneta que los destrozaba. Repetidas veces rechazaron a los
-franceses, haciéndoles correr mucho más allá de la ermita. Había gente
-para todo: para morir resistiendo, y para matar empujando. Por momentos
-parecía que les rechazábamos definitivamente; pero el bosque, sacando
-de debajo de su plumaje nuevas empolladuras de gente, nos ponía en
-desventaja numérica, pues si bien del Arapil Chico venían a ayudarnos
-algunas compañías, no eran en número suficiente.
-
-La mortandad era grande por un lado y por otro, más por el nuestro,
-y a tanto llegó, que nos vimos en gran apuro para retirar los muchos
-muertos y heridos que imposibilitaban los movimientos. El combate
-se suspendía y se trababa en cortos intervalos. No retrocedíamos ni
-una línea; pero tampoco avanzábamos, y habíamos abandonado el patio
-de la ermita por ser imposible sostenerse allí. Las casas de labor y
-tejares sí eran nuestros, y no parecían los _highlanders_ dispuestos
-a dejárselos quitar; pero esta serie de ventajas y desventajas que
-equilibraba las dos potencias enemigas; este contrapeso sostenido a
-fuerza de arrojo, no podía durar mucho. Que los franceses enviasen
-gente; que, por el contrario, las enviase Lord Wellington, y la
-cuestión había de decidirse pronto; que la enviasen los dos al mismo
-tiempo, y entonces... solo Dios sabía el resultado.
-
-El brigadier Pack me llamó, diciéndome:
-
---Corred al cuartel general y decid al Lord lo que pasa.
-
-Monté a caballo, y a todo escape me dirigí al cuartel general. Cuando
-bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército aliado,
-distinguí muy bien las masas del ejército francés moviéndose sin cesar;
-pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba aún ni un
-solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada escena
-del Arapil Grande; en aquello que parecía un detalle insignificante,
-un capricho del genio militar que a la sazón meditaba la gran batalla.
-
-Cuando pasé junto a los diversos cuerpos de la línea aliada, llamó
-mi atención verles quietos y tranquilos esperando órdenes mano sobre
-mano. No había batalla; es más, no parecía que iba a haber batalla,
-sino simulacro. Pero los jefes, todos en pie sobre las elevaciones
-del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas,
-observaban, ayudados de sus anteojos, la peripecia del Arapil Grande,
-junto a la ermita.
-
---¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? --me
-preguntaba yo lleno de confusiones.
-
-Era que ni Wellington ni Marmont querían aparentar gran deseo de ocupar
-el Arapil Grande, por lo mismo que uno y otro consideraban aquella
-posición como la clave de la batalla. Marmont fingía movimientos
-diversos para desconcertar a Wellington; amenazaba correr hacia el
-Tormes para que el ojo imperturbable del capitán inglés se apartase del
-Arapil; luego afectaba retirarse como si no quisiera librar batalla,
-y en tanto Wellington, quieto, inmutable, sereno, atento, vigilante,
-permanecía en su puesto observando las evoluciones del francés, y
-sostenía con poderosa mano las mil riendas de aquel ejército que quería
-lanzarse antes de tiempo.
-
-Marmont quería engañar a Wellington; pero Wellington no solo quería
-engañar, sino que estaba engañando a Marmont. Este se movía para
-desconcertar a su enemigo, y el inglés, atento a las correrías del
-otro, espiaba la más ligera falta del francés para caerle encima.
-Al mismo tiempo, afectaba no hacer caso del Arapil Grande, y colocó
-bastantes tropas en la derecha del Tormes para hacer creer que allí
-quería poner todo el interés de la batalla. En tanto, tenía dispuestas
-fuerzas enormes para un caso de apuro en el gran cerro. Pero ese caso
-de apuro, según él, no había llegado todavía, ni llegaría mientras
-hubiera carne viva en Santa María de la Peña. Eran las diez de la
-mañana, y fuera de la breve acción que he descrito, los dos ejércitos
-no habían disparado un tiro.
-
-Cuando atravesé las filas, muchos jefes, apostados en distintos puntos,
-me dirigían preguntas a que era imposible contestar; y cuando llegué
-al cuartel general, vi a Wellington a caballo, rodeado de multitud de
-generales.
-
-Antes de acercarme a él, ya había dicho yo expresivamente con el gesto,
-con la mirada:
-
---No se puede.
-
---¡Qué no se puede! --exclamó con calma imperturbable, después que
-verbalmente le manifesté lo que pasaba allá.
-
---Dominar el Arapil Grande.
-
---Yo no he mandado a Pack que dominara el Arapil Grande, porque es
-imposible --replicó--. Los franceses están muy cerca, y desde ayer
-tienen hechos mil preparativos para disputarnos esa posición, aunque lo
-disimulan.
-
---Entonces...
-
---Yo no he mandado a Pack que dominase por completo el cerro, sino que
-impidiese a los franceses que se establecieran allí definitivamente.
-¿Se establecerán? ¿No existen ya el 23 de línea, ni el 3.º de
-cazadores, ni el 7.º de _highlanders_?
-
---Existen... un poco todavía, mi general.
-
---Con las fuerzas que han ido después basta para el objeto, que es
-resistir, nada más que resistir. Basta con que ni un francés pise la
-vertiente que cae hacia acá. Si no se puede dominar la ermita, no creo
-que falte gente para entretener al enemigo unas cuantas horas.
-
---En efecto, mi general --dije--. Por muy a prisa que se muera,
-ochocientos cuerpos dan mucho de sí. Se puede conservar hasta el
-mediodía lo que poseemos.
-
-Cuando esto decía, atendiendo más a las lejanas líneas enemigas que a
-mí, observé en él un movimiento súbito; volviose al general Álava que
-estaba a su lado, y dijo:
-
---Esto cambia de repente. Los franceses extienden demasiado su línea.
-Su derecha quiere envolverme...
-
-Una formidable masa de franceses se extendía hacia el Tormes, dejando
-un claro bastante notable entre ella y Cavarrasa. Era necesario ser
-ciego para no comprender que por aquel claro, por aquella juntura iba a
-introducir su terrible espada hasta la empuñadura el genio del ejército
-aliado.
-
-
-
-
-XXXV
-
-
-El cuartel general retrocedió, diéronse órdenes, corrieron los
-oficiales de un lado para otro, resonó un murmullo elocuente en
-todo el ejército, avanzaron los cañones, piafaron los caballos.
-Sin esperar más, corrí al Arapil para anunciar que todo cambiaba.
-Veíanse oscilar las líneas de los regimientos, y los reflejos de las
-bayonetas figuraban movibles ondas luminosas; los cuerpos de ejército
-se estremecían conmovidos por las palpitaciones íntimas de ese miedo
-singular que precede siempre al heroísmo. La respiración y la emoción
-de tantos hombres daba a la atmósfera no sé qué extraño calor. El aire
-ardiente y pesado no bastaba para todos.
-
-Las órdenes transmitidas con rapidez inmensa llevaban en sí el
-pensamiento del general en jefe. Todos lo adivinamos en virtud de
-la extraña solidaridad que en momentos dados se establece entre la
-voluntad y los miembros, entre el cerebro que piensa y las manos que
-ejecutan. El plan era precipitar el centro contra el claro de la línea
-enemiga, y al mismo tiempo arrojar sobre el Arapil Grande toda la
-fuerza de la derecha, que hasta entonces había permanecido en el llano
-en actitud expectativa.
-
-Hallábame cerca del lugar de partida cuando un estrépito horrible hirió
-mis oídos. Era la artillería de la izquierda enemiga, que tronaba
-contra el gran cerro. Le atacaba con empuje colosal. Nuestra derecha,
-compuesta de valientes cuerpos de ejércitos, subía en el mismo instante
-a sacar de su aprieto a los incomparables _highlanders_, 23 de línea y
-3.º de ligeros, cuyas proezas he descrito.
-
-Pasé por entre la quinta división, al mando del general Leith, que
-desde el pueblo de los Arapiles marchaba al cerro; pasé por entre la
-tercera división, mandada por el mayor general Packenham, la caballería
-del general d’Urban y los dragones del décimocuarto regimiento, que
-iban en cuatro columnas a envolver la izquierda del enemigo en la
-famosa altura; y vi desde lejos la brigada del general Bradford, la
-de Cole y la caballería de Stapleton Cotton, que marchaban en otra
-dirección contra el centro enemigo; distinguí asimismo a lo lejos a mis
-compañeros de la división española formando parte de la reserva mandada
-por Hope.
-
-La ermita antes nombrada no coronaba el Arapil Grande, pues había
-alturas mucho mayores. Era en realidad aquella eminencia irregular y
-escalonada, y si desde lejos no lo parecía, al aventurarse en ella
-hallábanse grandes depresiones del terreno, ondulaciones, pendientes,
-ora suaves, ora ásperas, y suelo de tierra ligeramente pedregoso.
-
-Los franceses, desde el momento en que creyeron oportuno no disimular
-su pensamiento, aparecieron por distintos puntos y ocuparon la parte
-más alta y sitios eminentes, amenazando de todos ellos las escasas
-fuerzas que operaban allí desde por la mañana. La primera división que
-rompió el fuego contra el enemigo fue la de Packenham, que intentó
-subir y subió por la vertiente que cae al pueblo. Sostúvole la
-caballería portuguesa de Urban; pero sus progresos no fueron grandes,
-porque los franceses, que acababan de salir del bosque, habían tomado
-posiciones en lo más alto, y aunque la pendiente era suave, dábales
-bastante ventaja.
-
-Cuando llegué a las inmediaciones de la ermita, el brigadier Pack no
-había perdido una línea de sus anteriores posiciones; pero sus bravos
-regimientos estaban reducidos a menos de la mitad. El general Leith
-acababa de llegar con la quinta división, y el aspecto de las cosas
-había cambiado completamente, porque si el enemigo enviaba numerosas
-fuerzas a la cumbre del cerro, nosotros no le íbamos en zaga en número
-ni en bravura.
-
-Pero no había tiempo que perder. Era preciso arrojar hombres y más
-hombres sobre aquel montón de tierra, despreciando los fuegos de la
-artillería francesa, que nos cañoneaba desde el bosque, aunque sin
-hacernos gran daño. Era preciso echar a los franceses de Santa María
-de la Peña, y después seguir subiendo, subiendo hasta plantar los
-pabellones ingleses en lo más alto del Arapil Grande.
-
---El refuerzo ha venido casi antes que la contestación --dije al
-brigadier Pack--. ¿Qué debo hacer?
-
---Tomar el mando del 23 de línea, que ha quedado sin jefes. ¡Arriba,
-siempre arriba! Ya veo lo que tenemos que hacer. Sostenernos aquí,
-atraer el mayor número posible de tropas enemigas, para que Cole y
-Bradford no hallen gran resistencia en el centro. Esta es la llave de
-la batalla. ¡Arriba, siempre arriba!
-
-Los franceses parecían no dar ya gran importancia a Santa María de la
-Peña, y coronaron la altura. Las columnas, escalonadas con gran arte,
-nos esperaban a pie firme. Allí no había posibilidad de destrozarlas
-con la caballería, ni de hacerles gran daño con los cañones, situados
-a mucha distancia. Era preciso subir a pecho descubierto y echarles de
-allí, como Dios nos diera a entender. El problema era difícil, la tarea
-inmensa, el peligro horrible.
-
-Tocó al 23 de línea la gloria de avanzar el primero contra las
-inmóviles columnas francesas que ocupaban la altura. ¡Espantoso
-momento! La escalera, señores, era terrible, y en cada uno de sus
-fúnebres peldaños, el soldado se admiraba de encontrarse con vida. Si
-en vez de subir, bajase, aquella sería la escalera del Infierno. Y,
-sin embargo, las tropas de Pack y de Leith subían. ¿Cómo? No lo sé. En
-virtud de un prodigio inexplicable. Aquellos ingleses no se parecían a
-los hombres que yo había visto. Se les mandaba una cosa, un absurdo, un
-imposible, y lo hacían, o al menos lo intentaban.
-
-Al referir lo que allí pasó, no me es posible precisar los movimientos
-de cada batallón, ni las órdenes de cada jefe, ni lo que cada cual
-hacía dentro de su esfera. La imaginación conserva con caracteres
-indelebles y pavorosos lo principal; pero lo accesorio, no; y
-lo principal era entonces que subíamos empujados por una fuerza
-irresistible, por no sé qué manos poderosas que se agarraban a nuestra
-espalda. Veíamos la muerte delante, arriba; pero la propia muerte nos
-atraía. ¡Oh! Quien no ha subido nunca más que las escaleras de su casa,
-no comprenderá esto.
-
-Como el terreno era desigual, había sitios en que la pendiente
-desaparecía. En aquellos escalones se trababan combates parciales de
-un encarnizamiento y ferocidad inauditos. Los valientes del mediodía,
-que conocen rara vez el heroísmo pasivo de dejarse matar antes que
-descomponer las filas separándose de ellas, no comprenderán aquella
-locura imperturbable a que nos conducía la desesperación convertida
-en virtud. Fácil es a la alta cumbre desprenderse y precipitarse,
-aumentando su velocidad con el movimiento, y caer sobre el llano y
-arrollarlo e invadirlo; pero nosotros éramos el llano, empeñado en
-subir a la cumbre, y deseoso de aplastarla, y hundirla, y abollarla.
-En la guerra, como en la naturaleza, la altura domina y triunfa; es la
-superioridad material, y una forma simbólica de la victoria, porque la
-victoria es realmente algo que, con flamígera velocidad, baja rodando
-y atropellando, hendiendo y destruyendo. El que está arriba tiene la
-fuerza material y moral, y, por consiguiente, el pensamiento de la
-lucha, que puede dirigir a su antojo. Como la cabeza en el cuerpo
-humano, dispone de los sentidos y de la idea... Nosotros éramos pobres
-fuerzas rastreras que, arañando el suelo, estábamos a merced de los de
-arriba, y, sin embargo, queríamos destronarlos. Figuraos que los pies
-se empeñaran en arrojar la cabeza de los hombros para ponerse encima
-ellos; ¡estúpidos, que no saben más que andar!
-
-Los primeros escalones no ofrecieron gran dificultad. Moría mucha
-gente; pero se subía. Después ya fue distinto. Creeríase que los
-franceses nos permitían el ascenso a fin de cogernos luego más a mano.
-Las disposiciones de Pack para que sufriésemos lo menos posible, eran
-admirables. Inútil es decir que todos los jefes habían dejado sus
-caballos; y unos detrás, otros a la cabeza de las líneas, llevaban, por
-decirlo así, de la mano a los obedientes soldados. Un orden preciso en
-medio de las muertes, un paso seguro, un aplomo sin igual regimentando
-la maniobra, impedían que los estragos fuesen excesivos. Con las armas
-modernas, aquel hecho hubiera sido imposible.
-
-Era indispensable aprovechar los intervalos en que el enemigo cargaba
-los fusiles, para correr nosotros a la bayoneta. Teníamos en contra
-nuestra el cansancio, pues si en algunos sitios la inclinación era poco
-más que rampa, en otros era regular cuesta. Los franceses, reposados,
-satisfechos y seguros de su posición, nos abrasaban a fuego certero y
-nos recibían a bayoneta limpia. A veces, una columna nuestra lograba,
-con su constancia abrumadora, abrirse paso por encima de los cadáveres
-de los enemigos; mas para esto se necesitaba duplicar y triplicar
-los empujes, duplicar y triplicar los muertos, y el resultado no
-correspondía a la inmensidad del esfuerzo.
-
-¡Qué espantosa ascensión! Cuando se empeñaban en algún descanso
-combates parciales, las voces, el tumulto, el hervidero de aquellos
-cráteres no son comparables a nada de cuanto la cólera de los hombres
-ha inventado para remedar la ferocidad de las bestias. Entre mil
-muertes, se conquistaba el terreno palmo a palmo; y una vez que se le
-dominaba, se sostenía con encarnizamiento el pedazo de tierra necesario
-para poner los pies. Inglaterra no cedía el espacio en que fijaba
-las suelas de sus zapatos; y para quitárselo y vencer aquel prodigio
-de constancia, era preciso a los franceses desplegar todo su arrojo,
-favorecido por la altura. Aun así no lograban echar a los británicos
-por la pendiente abajo. ¡Ay del que rodase primero! Conociendo el
-peligro inmenso de un pasajero desmayo, de un retroceso, de una mirada
-atrás, los pies de aquellos hombres echaban raíces. Aun después de
-muertas, parecía que sus largas piernas se enclavaban en el suelo hasta
-las rodillas, como jalones que debían marcar eternamente la conquista
-del poderoso genio de Inglaterra.
-
-Mas al fin llegó un momento terrible; un momento en que las columnas
-subían y morían; en que la mucha gente que se lanzaba por aquel
-talud, destrozada, abrasada, diezmada, sintiéndose mermar a cada paso,
-entendió que sus fuerzas no traían gran ventaja. Tras las columnas
-francesas arrolladas, aparecían otras. Como en el espantoso bosque de
-Macbeth, en la cresta del Grande Arapil cada rama era un hombre. Nos
-acercábamos a la cumbre, y aquel cráter superior vomitaba soldados.
-Se ignoraba de dónde podía salir tanta gente, y era que la meseta del
-cerro tenía cabida para un ejército. Llegó, pues, un instante en que
-los ingleses vieron venir sobre ellos la cima del cerro mismo, una
-monstruosidad horrenda que esgrimía mil bayonetas y apuntaba con miles
-de cañones de fusil. El pánico se apoderó de todos, no aquel pánico
-nervioso que obliga a correr, sino una angustia soberana y grave que
-quita toda esperanza, dando resignación. Era imposible, de todo punto
-imposible, seguir subiendo.
-
-Pero bajar era el punto difícil. Nada más fácil si se dejaban
-acuchillar por los franceses, resignándose a rodar sobre la tierra
-vivos o muertos. Una retirada en declive paso a paso y dando al enemigo
-cada palmo de terreno con tanta parsimonia como se le quitó, es el
-colmo de la dificultad. Pack bramaba de ira, y la sangre agolpada en la
-carnaza encendida de su rostro parecía querer brotar por cada poro.
-Era hombre que tenía alma para plantarse solo en la cumbre del cerro.
-Daba órdenes con ronca voz; pero sus órdenes no se oían ya: esgrimía la
-espada acuchillando al cielo, porque el cielo tenía sin duda la culpa
-de que los ingleses no pudiesen continuar adelante.
-
-Había llegado la ocasión de que muriese estoicamente uno para
-resguardar con su cuerpo al que daba un paso atrás. De este modo se
-salvaba la mitad de la carne. Una mala retirada arroja en las brasas
-todo cuanto hay en el asador. Las columnas se escalonaban con arte
-admirable; el fuego era más vivo, y cada vez que descendía de lo alto
-desgajándose uno de aquellos pesados aludes, creeríase que todo había
-concluido; pero la confusión momentánea desaparecía al instante, las
-masas inglesas aparecían de nuevo compactas y formidables, y la muerte
-tenía que contentarse con la mitad. Así se fue cediendo lentamente
-parte del terreno, hasta que los imperiales dejaron de atacarnos.
-Habían llegado a un punto en que el cañón inglés les molestaba mucho, y
-además los progresos de Packenham por el flanco del Grande Arapil les
-inquietaba bastante. Reconcentráronse y aguardaron.
-
-En tanto, por otro lado ocurrían sucesos admirables y gloriosos. Todo
-iba bien en todas partes menos en nuestro malhadado cerro. El general
-Cole destrozaba el centro francés. La caballería de Stapleton Cotton,
-penetrando por entre las descompuestas filas, daba una de las cargas
-más brillantes, más sublimes y al mismo tiempo más horrorosas que
-pueden verse. Desde la posición a que nos retiramos, no avergonzados,
-pero sí humillados, distinguíamos a lo lejos aquella admirable función
-que nos causaba envidia. Las columnas de dragones, las falanges de
-caballos, los más ligeros, los más vivos, los más guerreros que pueden
-verse, penetraban como inmensas culebras por entre la infantería
-francesa. Los golpes de los sables ofrecían a la vista un salpicar
-perenne de pequeños rayos, menuda lluvia de acero que destrozaba
-pechos, aniquilaba gente, atropellaba y deshacía como el huracán. Los
-gritos de los jinetes, el brillo de sus cascos, el relinchar de los
-corceles que regocijaban en aquella fiesta sangrienta sus brutales e
-imperfectas almas, ofrecían espectáculo aterrador. Indiferentes, como
-es natural, a las desdichas del enemigo, los corazones guerreros se
-endiosaban con aquel espectáculo. La confianza huye de los combates,
-deidad asustada y llorosa, conducida por el miedo; no queda más que la
-ira guerrera, que nada perdona, y el bárbaro instinto de la fuerza, que
-por misterioso enigma del espíritu se convierte en virtud admirable.
-
-Los escuadrones de Stapleton Cotton, como he dicho, realizaban el
-gran prodigio de aquella batalla. En vano los franceses alcanzaban
-algunas ventajas por otro lado; en vano habían logrado apoderarse de
-algunas casas del pueblo de Arapiles. Creyendo que poseer la aldea
-era importante, tomaron briosamente los primeros edificios y los
-defendieron con bravura. Se agarraban a las paredes de tierra y se
-pegaban a ella, como los moluscos a la piedra; se dejaban espachurrar
-contra las tapias antes que abandonarlas, barridos por la metralla
-inglesa. Precisamente cuando los franceses creían obtener gran ventaja
-poseyendo el pueblo, y cuando nosotros descendíamos del Arapil Grande,
-fue cuando la caballería de Cotton penetró como un gran puñal en el
-corazón del ejército imperial; viose el gran cuerpo partido en dos,
-crujiendo y estallando al violento roce de la poderosa cuña. Todo cedía
-ante ella: fuerza, previsión, pericia, valor, arrojo, porque era una
-potencia admirable, una unidad abrumadora, compuesta de miles de piezas
-que obraban armónicamente sin que una sola discrepara. Las miles de
-corazas daban idea del _testudo_ romano; pero aquella inmensa tortuga
-con conchas de acero tenía la ligereza del reptil, y millares de patas
-y millares de bocas para gritar y morder. Sus dentelladas ensanchaban
-el agujero en que se había metido; todo caía ante ella. Gimieron con
-espanto los batallones enemigos. Corrió Marmont a poner orden, y
-una bala de cañón le quitó el brazo derecho. Corrió luego Bonnet a
-sustituirle, y cayó también. Ferey, Thomières y Desgraviers, generales
-ilustres, perecieron con millares de soldados.
-
-En la falda de nuestro cerro se había suspendido el fuego. Un oficial
-que había caído junto a mí al verificar el descenso, era transportado
-por dos soldados. Le vi al pasar, y él, casi moribundo, me llamó
-con una seña. Era Sir Thomas Parr. Puesto en el suelo, el cirujano,
-examinando su pecho destrozado, dio a entender que aquello no tenía
-remedio. Otros oficiales ingleses, la mayor parte heridos también, le
-rodeaban. El pobre Parr volvió hacia mí los ojos, en que se extinguían
-lentamente los últimos resplandores de la vida, y con voz débil me
-habló así:
-
---Me han dicho antes de la batalla que tenéis resentimiento contra mí y
-que os disponíais a pedirme satisfacción por no sé qué agravios.
-
---Amigo --exclamé conmovido--, en esta ocasión no puede quedar en mi
-pecho ni rastro de cólera. Lo perdono y lo olvido todo. La calumnia de
-que usted se ha hecho eco, seguramente sin malicia, no puede dañar a mi
-honor: es una ligereza de esas que todos cometemos.
-
---¿Quién no comete alguna, caballero Araceli? --dijo con voz grave--.
-Reconoced, sin embargo, que no he podido ofenderos. Muero sin la
-zozobra de ser odiado... ¿Decís que os calumnié? ¿Os referís al caso de
-Miss Fly? ¿Y a eso llamáis calumnia? Yo he repetido lo que oí.
-
---¿Miss Fly?
-
---Como se dice que forzosamente os casaréis con ella, nada tengo que
-echaros en cara. ¿Reconocéis que no os he ofendido?
-
---Lo reconozco --respondí sin saber lo que respondía.
-
-Parr, volviéndose a sus compatriotas, dijo:
-
---Parece que perdemos la batalla.
-
---La batalla se ganará --le respondieron.
-
-Sacó su reloj y lo entregó a uno de los presentes.
-
---¡Que la Inglaterra sepa que muero por ella! ¡Que no se olvide mi
-nombre!... --murmuró con voz que se iba apagando por grados.
-
-Nombró a su mujer, a sus hijos; pronunció algunas palabras cariñosas,
-estrechando la mano de sus amigos.
-
---La batalla se ganará... ¡Muero por Inglaterra!... --dijo cerrando los
-ojos.
-
-Leves movimientos y ligeras oscilaciones de sus labios fueron las
-últimas señales de la vida en el cuerpo de aquel valiente y generoso
-soldado. Un momento después se añadía un número a la cifra espantosa de
-los muertos que se había tragado el Arapil Grande.
-
-
-
-
-XXXVI
-
-
-La tremenda carga de Stapleton Cotton había variado la situación de
-las cosas. Leith se apareció de nuevo entre nosotros, acompañado del
-brigadier Spry. En sus semblantes, en sus gestos, lo mismo que en las
-vociferaciones de Pack, comprendí que se preparaba un nuevo ataque
-al cerro. La situación del enemigo era ya mucho menos favorable que
-anteriormente, porque las ventajas obtenidas en nuestro centro con el
-avance de la caballería y los progresos del general Cole modificaban
-completamente el aspecto de la batalla. Packenham, después de
-rechazarles del pueblo, les apretaba bastante por la falda oriental
-del cerro, de modo que estaban expuestos a sufrir las consecuencias
-de un movimiento envolvente. Pero tenían poderosa fuerza en la vasta
-colina, y además retirada segura por los montes de Cavarrasa. La
-brigada de Spry, que antes maniobrara en las inmediaciones del pueblo,
-corriose a la derecha para apoyar a Packenham. La división de Leith, la
-brigada de Pack con el 23 de línea, el 3.º y 5.º de ligeros, entraron
-de nuevo en fuego.
-
-Los franceses, reconcentrándose en sus posiciones de la ermita
-para arriba, esperaban con imponente actitud. Sonó el tiroteo por
-diversos puntos; las columnas marcharon en silencio. Ya conocíamos
-el terreno, el enemigo y los tropiezos de aquella ascensión. Como
-antes, los franceses parecían dispuestos a dejarnos que avanzáramos,
-para recibirnos a lo mejor con una lluvia de balas; pero no fue así,
-porque de súbito desgajáronse con ímpetu amenazador sobre Packenham
-y sobre Leith, atacando con tanto coraje, que era preciso ser inglés
-para resistirlo. Las columnas de uno y otro lado habían perdido su
-alineación, y formadas de irregulares y deformes grupos ofrecían
-frentes erizados de picos, si se me permite expresarlo así, los cuales
-se engastaban unos en otros. Los dos ejércitos se clavaban mutuamente
-las uñas, desgarrándose. Arroyos de sangre surcaban el suelo. Los
-cuerpos que caían eran a veces el principal obstáculo para avanzar; a
-ratos se interrumpían aquellos al modo de abrazos de muerte, y cada
-cual se retiraba un poco hacia atrás a fin de cobrar nueva fuerza para
-una nueva embestida. Observábamos los claros del suelo ensangrentado
-y lleno de cadáveres, y lejos de desmayar ante aquel espectáculo
-terrible, reproducíamos con doble furia los mismos choques. Cubierto
-de sangre, que ignoraba si había salido de mis propias venas o de las
-de otro, yo me lanzaba a los mismos delirios que veía en los demás,
-olvidado de todo, sintiendo (y esto es evidente) como una segunda, o
-mejor dicho, una nueva alma que no existía más que para regocijarse en
-aquellas ferocidades sin nombre; una nueva alma, sí, en cuyas potencias
-irritadas se borraba toda memoria de lo pasado, toda idea extraña
-al frenesí en que estaba metida. Bramaba como los _highlanders_, y
-¡cosa extraordinaria! en aquella ocasión yo hablaba inglés. Ni antes
-ni después supe una palabra de ese lenguaje; pero es lo cierto que
-cuanto aullé en la batalla me lo entendían los ingleses, y a mi vez les
-entendía yo.
-
-El poderoso esfuerzo de los escoceses desconcertó un poco las líneas
-imperiales, precisamente en el instante en que llegó a nuestro campo
-la división de Clinton, que hasta entonces había estado en la reserva.
-Tropas frescas y sin cansancio entraron en acción, y desde aquel
-momento vimos que las horribles filas de franceses se mantuvieron
-inactivas, aunque firmes. Poco después las vimos replegarse, sin
-dejar de hacer un fuego muy vivo. A pesar de esto, los ingleses no se
-lanzaban sobre ellos. Corrió algún tiempo más, y entonces observamos
-que las tropas que ocupaban lo alto del cerro lo abandonaban
-lentamente, resguardados por el frente, que seguía haciendo fuego.
-
-No sé si dieron órdenes para ello: lo que sé es que súbitamente los
-regimientos ingleses, que en distintos puntos ocupaban la pendiente,
-avanzaron hacia arriba con calma, sin precipitación. La cumbre del
-Grande Arapil era una extensión irregular y vasta, compuesta de otros
-pequeños cerros y vallecitos. Inmenso número de soldados cabían en
-ella; pero venía la noche, el centro del ejército enemigo estaba
-derrotado, su izquierda hacia el Tormes también, de modo que les era
-imposible defender la disputada altura. Francia empezaba a retirarse y
-la batalla estaba ganada.
-
-Sin embargo, no era fácil acuchillar, como algunos hubieran querido,
-a los franceses que aún ocupaban varias alturas, porque se defendían
-con aliento y sabían cubrir la retirada. Por nuestro lado fue donde
-más daño se les hizo. Mucho se trabajó para romper sus filas,
-para quebrantar y deshacer aquella muralla que protegía la huida
-de los demás hacia el bosque; pero al principio no fue fácil. El
-espectáculo de las considerables fuerzas que se retiraban casi ilesas
-y tranquilamente, nos impulsó a cargar con más brío sobre ellas, y al
-cabo, tanto se golpeó y machacó en la infortunada línea francesa, que
-la vimos agrietarse, romperse, desmenuzarse, y en sus innúmeros claros
-penetraron el puño y la garra del vencedor para no dejar nada con vida.
-¡Terrible hora aquella en que un ejército vencido tiene que organizar
-su fuga ante la amenazadora e implacable saña del vencedor, que si huye
-le destroza, y si se queda le destroza también!
-
-Caía la tarde; iba oscureciéndose lentamente el paisaje. Los
-desparramados grupos del ejército enemigo, rayas fugaces que
-serpenteaban en el suelo a lo lejos, se desvanecían absorbidos por la
-tierra y los bosques, entre la triste música de los roncos tambores.
-Estos y la algazara cercana y el ruido del cañón, que aún cantaba las
-últimas lúgubres estrofas del poema, producían un estrépito loco que
-desvanecía el cerebro. No era posible escuchar ni la voz del amigo,
-gritando en nuestro oído. Había llegado el momento en que todo lo
-dicen las facciones y los gestos, y era inútil dar órdenes, porque
-no se entendían. El soldado veía llegada la ocasión de las proezas
-individuales, para lo cual no se necesita de los jefes, y todo estaba
-ya reducido a ver quién mataba más enemigos en fuga, quién cogía más
-prisioneros, quién podía echar la zarpa a un general, quién lograba
-poner la mano en una de aquellas veneradas águilas que se habían
-pavoneado orgullosas por toda Europa, desde Berlín hasta Lisboa.
-
-El rugido que atronó los espacios cuando el vencedor, lleno de ira y
-sediento de venganza, se precipitó sobre el vencido para ahogarle,
-no es susceptible de descripción. Quien no ha oído retumbar el rayo
-en el seno de las tempestades de los hombres, ignorará siempre lo
-que son tales escenas. Ciegos y locos, sin ver el peligro ni la
-muerte, sin oír más que el zumbar del torbellino, nos arrojábamos
-dentro de aquel volcán de rabia. Nos confundíamos con ellos: unos eran
-desarmados, otros tendían a sus pies al atrevido que intentaba cogerles
-prisioneros; cuál moría matando, cuál se dejaba atrapar estoicamente.
-Muchos ingleses eran sacrificados en el último pataleo de la bestia
-herida y desesperada; se acuchillaban sin piedad: miles de manos
-repartían la muerte en todas direcciones, y vencidos y vencedores caían
-juntos revueltos y enlazados, confundiendo la abrasada sangre.
-
-No hay en la historia odio comparable al de ingleses y franceses en
-aquella época. Güelfos y gibelinos, cartagineses y romanos, árabes
-y españoles, se perdonaban alguna vez; pero Inglaterra y Francia en
-tiempo del Imperio se aborrecían como Satanás. La envidia simultánea
-de estos dos pueblos, de los cuales uno dominaba los mares del globo
-y otro las tierras, estallaba en los campos de batalla de un modo
-horrible. Desde Talavera hasta Waterloo, los duelos de estos dos
-rivales tendieron en tierra un millón de cuerpos. En los Arapiles,
-una de sus más encarnizadas reyertas, llegaron ambos al colmo de la
-ferocidad.
-
-Para coger prisioneros, se destrozaba todo lo que se podía en la vida
-del enemigo. Con unos cuantos portugueses e ingleses, me interné tal
-vez más de lo conveniente en el seno de la desconcertada y fugitiva
-infantería enemiga. Por todos lados presenciaba luchas insanas, y oía
-los vocablos más insultantes de aquellas dos lenguas que peleaban
-con sus injurias como los hombres con las armas. El torbellino, la
-espiral me llevaba consigo, ignorante yo de lo que hacía; el alma
-no conservaba más conocimiento de sí misma que un anhelo vivísimo
-de matar algo. En aquella confusión de gritos, de brazos alzados,
-de semblantes infernales, de ojos desfigurados por la pasión, vi un
-águila dorada puesta en la punta de un palo, donde se enrollaba inmundo
-trapo, una arpillera sin color, cual si con ella se hubieran fregado
-todos los platos de la mesa de todos los reyes europeos. Devoré con
-los ojos aquel harapo, que, en una de las oscilaciones de la turba,
-fue desplegado por el viento y mostró una N que había sido de oro y
-se dibujaba sobre tres fajas cuyo matiz era un pastel de tierra, de
-sangre, de lodo y de polvo. Todo el ejército de Bonaparte se había
-limpiado el sudor de mil combates con aquel pañuelo agujereado que ya
-no tenía forma ni color.
-
-Yo vi aquel glorioso signo de guerra a una distancia como de cinco
-varas. Yo no sé lo que pasó; yo no sé si la bandera vino hasta mí, o si
-yo corrí hacia la bandera. Si creyese en milagros, creería que mi brazo
-derecho se alargó cinco varas, porque, sin saber cómo, yo agarré el
-palo de la bandera y lo así tan fuertemente, que mi mano se pegó a él y
-lo sacudió y quiso arrancarlo de donde estaba. Tales momentos no caben
-dentro de la apreciación de los sentidos. Yo me vi rodeado de gente:
-caían, rodaban, unos muriendo, otros defendiéndose. Hice esfuerzos
-para arrancar el asta, y una voz gritó en francés:
-
---Tómala.
-
-En el mismo segundo una pistola se disparó sobre mí. Una bayoneta
-penetró en mi carne; no supe por dónde, pero sí que penetró. Ante
-mí había una figura lívida, un rostro cubierto de sangre, unos ojos
-que despedían fuego, unas garras que hacían presa en el asta de la
-bandera, y una boca contraída que parecía iba a comerse águila, trapo
-y asta, y a comerme también a mí. Decir cuánto odié a aquel monstruo,
-me es imposible: nos miramos un rato y luego forcejeamos. El cayó de
-rodillas: una de sus piernas no era pierna, sino un pedazo de carne.
-Pugné por arrancar de sus manos la insignia. Alguien vino en auxilio
-mío, y alguien le ayudó a él. Me hirieron de nuevo, me encendí en ira
-más salvaje aún, y estreché a la bestia apretándola contra el suelo
-con mis rodillas. Con ambas manos agarraba ambas cosas, el palo de la
-bandera y la espada. Pero esto no podía durar así, y mi mano derecha
-se quedó solo con la espada. Creí perder la bandera; pero el acero
-empujado por mí se hundía más cada vez en una blandura inexplicable, y
-un hilo de sangre vino derecho a mi rostro como una aguja. La bandera
-quedó en mi poder; pero de aquel cuerpo que se revolvía bajo el mío
-surgieron al modo de antenas, garras, o no sé qué tentáculo rabioso y
-pegajoso, y una boca se precipitó sobre mí clavando sus agudos dientes
-en mi brazo con tanta fuerza, que lancé un grito de dolor.
-
-Caí abrazado y constreñido por aquel dragón, pues dragón me parecía.
-Me sentí apretado por él, y rodamos por no sé qué declives de tierra,
-entre mil cuerpos, los unos muertos e inertes, los otros vivos y que
-corrían. Yo no vi más: solo sentí que en aquel rodar veloz llevaba
-el águila fuertemente cogida entre mis brazos. La boca terrible del
-monstruo apretaba cada vez más mi brazo, y me llevaba consigo, los dos
-envueltos, confundidos, el uno sobre el otro y contra el otro, bajo mil
-patas que nos pisaban; entre la tierra que nos cegaba los ojos; entre
-una oscuridad tenebrosa; entre un zumbido tan grande, como si todo
-el mundo fuese un solo abejón; sin conciencia de lo que era arriba y
-abajo; con todos los síntomas confusos y vagos de haberme convertido en
-constelación, en una como criatura circunvoladora, en la cual todos los
-miembros, todas las entrañas, toda la carne y sangre y nervios dieran
-vueltas infinitas y vertiginosas alrededor del ardiente cerebro.
-
-Yo no sé cuánto tiempo estuve rodando: debió de ser poco; pero a mí me
-pareció algo al modo de siglos. Yo no sé cuándo paré; lo que sé es que
-el monstruo no dejaba de formar conmigo una sola persona, ni su feroz
-boca de morderme... Por último, no se contentaba con comerme el brazo,
-sino que, al parecer, hundía su envenenado diente en mi corazón. Lo que
-también sé es que el águila seguía sobre mi pecho: yo la sentía. Sentía
-el asta cual si la tuviera clavada en mis entrañas. Mi pensamiento se
-hacía cargo de todo con extravío y delirio, porque él mismo era una
-luz ardiente que caía no sé de dónde, y en la inapreciable velocidad
-de su carrera describía una raya de fuego, una línea sin fin, que...
-tampoco sé a dónde iba. ¡Tormento mayor no lo experimenté jamás! Este
-se acabó cuando perdí toda noción de existencia. La batalla de los
-Arapiles concluyó, al menos para mí.
-
-
-
-
-XXXVII
-
-
-Dejadme descansar un instante, y luego contestaré a las preguntas
-que se me dirigen. Yo no recobré el sentido en un momento, sino que
-fui entrando poco a poco en la misteriosa claridad del conocer; fui
-renaciendo poco a poco, con percepciones vagas; fui recobrando el
-uso de algunos sentidos, y había dentro de mí una especie de aurora,
-pero muy lenta, sumamente lenta y penosa. Me dolía la nueva vida; me
-mortificaba como mortifica al ciego la luz que en mucho tiempo no ha
-visto. Pero todo era turbación. Veía algunos objetos, y no sabía lo que
-eran; oía voces, y tampoco sabía lo que eran. Parecía haber perdido
-completamente la memoria.
-
-Yo estaba en un sitio (porque indudablemente era un sitio del globo
-terráqueo); yo veía formas en torno a mí, pero no sabía que las
-paredes fueran paredes, ni que el techo fuese techo; oía los lamentos,
-pero desconocía aquellas vibraciones quejumbrosas que lastimaban mi
-oído. Delante, muy cerca, frente por frente a mí, vi una cara. Al
-verla, mi espíritu hizo un esfuerzo para apreciar la forma visible;
-pero no pudo. Yo no sabía qué cara era aquella: lo ignoraba, como se
-ignora lo que piensa otro. Pero la cara tenía dos ojos hermosísimos
-que me miraban amorosamente. Todo esto se determinaba en mí por
-sentimiento, porque ¿entender?... no entendía nada. Así es que, por
-sentimiento, adiviné en la persona que tenía delante una como tendencia
-compasiva, tierna y cariñosa hacia mí.
-
-Pero lo más extraño es que aquel cariño, que pendía sobre mí,
-protegiéndome como un Ángel de la Guarda, tenía también voz, y la voz
-vibró en los espacios, agitando todas las partículas del aire, y con
-las partículas del aire, todos los átomos de mi ser, desde el centro
-del corazón hasta la punta del cabello. Oí la voz que decía:
-
---Estáis vivo, estáis vivo... y estaréis también sano.
-
-El hermoso semblante se puso tan alegre, que yo también me alegré.
-
---¿Me conocéis? --dijo la voz.
-
-No debí de contestar nada, porque la voz repitió la pregunta. Mi
-sensibilidad era tan grande, que cada palabra, cual hoja acerada, me
-atravesaba el pecho. El dolor, la debilidad, me vencieron de nuevo, sin
-duda porque había hecho esfuerzos de atención superiores a mi estado,
-y recaí en el desvanecimiento. Cerrando los ojos, dejé de oír la voz.
-Entonces experimenté una molestia material. Un objeto extraño rozaba
-mi frente, cayéndome sobre los ojos. Como si el ángel protector lo
-adivinara, al punto noté que me quitaban aquel estorbo. Era mi cabello
-en desorden que me caía sobre la frente y las cejas. Sentí una tibia
-suavidad cariñosa, que debía de ser una mano, la cual desembarazó mi
-frente del contacto enojoso.
-
-Poco después (continuaba con los ojos cerrados) me pareció que por
-encima de mi cabeza revoloteaba una mariposa, y que después de trazar
-varias curvas y giros, en señal de indecisión, se posaba sobre mi
-frente. Sentí sus dos alas abatidas sobra mi piel; pero las alas eran
-calientes, pesadas y carnosas: estuvieron largo rato impresas en mí, y
-luego se levantaron, produciendo cierto rumor, un suave estallido que
-me hizo abrir los ojos.
-
-Si rápidamente los abrí, más rápidamente huyó el alado insecto. Pero la
-misma cara de antes estaba tan cerca de la mía, tan cerca, que su calor
-me molestaba un poco. Había en ella cierto rubor. Al verla, mi espíritu
-hizo un esfuerzo, un gran esfuerzo, y se dijo: «¿Qué rostro es este?
-Creo que conozco este rostro.»
-
-Pero no habiendo resuelto el problema, se resignó a la ignorancia. La
-voz sonó entonces de nuevo, diciendo con acento patético:
-
---¡Vivid, vivid por Dios!... ¿Me conocéis? ¿Qué tal os sentís? No
-tenéis heridas graves... habéis contraído un ataque cerebral; pero
-la fiebre ha cedido... Viviréis, viviréis sin remedio, porque yo lo
-quiero... Si la voluntad humana no resucitara los muertos, ¿de qué
-serviría?
-
-En el fondo, allá en el fondo de mi ser, no sé qué facultad, saliendo
-entumecida de profundo sopor, emitió misteriosas voces de asentimiento.
-
---¿No me veis? --continuó ella (repito que yo no sabía quién era)--.
-¿Por qué no me habláis? ¿Estáis enfadado conmigo? Imposible, porque no
-os he ofendido... Si no os vi, si no os hablé con más frecuencia en los
-últimos días, fue porque no me lo permitían. Ha faltado poco para que
-me enviasen a mi país dentro de una jaula... Pero no me pueden impedir
-que cuide a los heridos, y estoy aquí velando por vos... ¡Cuánto he
-penado esperando a que abrieseis los ojos!
-
-Sentí mi mano estrechada con fuerza. El rostro se apartó de mí.
-
---¿Tenéis sed? --dijo la voz.
-
-Quise contestar con la lengua; pero el don de la palabra me era negado
-todavía. De algún modo, no obstante, me expliqué afirmativamente,
-porque el ángel tutelar aplicó una taza a mis labios. Aquello me
-produjo un bienestar inmenso. Cuando bebía, apareció otra figura
-delante de mí. Tampoco sabía precisamente quién era; pero dentro, muy
-dentro de mí, bullía inquieta una chispa de memoria, esforzándose en
-explicarme con su indeciso resplandor el enigma de aquel otro ser
-flaco, escuálido, huesoso, triste, de cuyo esqueleto pendía negro traje
-talar semejante a una mortaja. Cruzando sus manos, me miró con lástima
-profunda. La mujer dijo entonces:
-
---Hermano, podéis retiraros a cuidar de los otros heridos y enfermos.
-Yo le velaré esta noche.
-
-De dentro de aquella funda negra que envolvía los huesos vivos de un
-hombre, salió otra voz que dijo:
-
---¡Pobre Sr. D. Gabriel de Araceli! ¡En qué estado tan lastimoso se
-halla!
-
-Al oír esto, mi espíritu experimentó un gran alborozo. Se regocijó, se
-conmovió todo, como debió conmoverse el de Colón al descubrir el Nuevo
-Mundo. Gozándose en su gran conquista, pensó mi espíritu así: «¿Conque
-yo me llamo Gabriel Araceli?... Luego yo soy uno que se halló en la
-batalla de Trafalgar y en el 2 de mayo... Luego yo soy aquel que...»
-
-Este esfuerzo, el mayor de los que hasta entonces había hecho, me
-postró de nuevo. Sentime aletargado. Se extinguía la claridad; venía la
-noche. Luz rojiza, procedente de triste farol, iluminaba aquel hueco
-donde yo estaba. El hombre había desaparecido, y solo quedó la hermosa
-mujer. Por largo rato estuvo mirándome sin decirme cosa alguna. Su
-imagen muda, triste y fija delante de mí, cual si estuviese pintada
-en un lienzo, fue borrándose y desvaneciéndose a medida que yo me
-sumergía de nuevo en aquella noche oscura de mi alma, de cuyo seno sin
-fondo poco antes saliera. Dormí no sé cuánto tiempo, y al volver en mi
-acuerdo, había ganado poco en la claridad de mis facultades. El estupor
-seguía, aunque no tan denso. El deshielo iba muy despacio.
-
-Mi protectora angelical no se había apartado de mí, y después de darme
-a beber una substancia que me causara gran alivio y reanimación,
-acomodó mi cabeza en la almohada, y me dijo:
-
---¿Os sentís mejor?
-
-Un soplo corrió de mi cerebro a mis labios, que articularon:
-
---Sí.
-
---Ya se conoce --añadió la voz--. Vuestra cara es otra. Creo que va
-desapareciendo la fiebre.
-
-Contesté segunda vez que sí. En la estupidez que me dominaba, no sabía
-decir otra cosa, y me deleitaba el usar constantemente el único tesoro
-adquirido hasta entonces en los inmensos dominios de la palabra. El sí
-es vocabulario completo de los idiotas. Para contestar a todo que sí,
-para dar asentimiento a cuanto existe, no es necesario raciocinio ni
-comparación, ni juicio siquiera. Otro ha hecho antes el trabajo. En
-cambio, para decir no es preciso oponer un razonamiento nuevo al de
-aquel que pregunta, y esto exige cierto grado de inteligencia. Como yo
-me encontraba en los albores del raciocinio, contestar negativamente
-habría sido un portento de genio, de precocidad, de inspiración.
-
---Esta noche habéis dormido muy tranquilo --dijo la voz de mi
-enfermera--. Pronto estaréis bien. Dadme vuestras manos, que están algo
-frías: os las calentaré.
-
-Cuando lo hacía, un rayo pasó por mi mente, pero tan débil, tan rápido,
-que no era todavía certeza, sino un presentimiento, una esperanza de
-conocer, un aviso precursor. En mi cerebro se desembrollaba la madeja;
-pero tan despacio, tan despacio...
-
---Me debéis la vida... --continuó la voz perteneciente a la persona
-cuyas manos apretaban y calentaban las mías--, me debéis la vida.
-
-La madeja de mi cerebro agitó sus hilos: tal esfuerzo hacía para
-desenredarlos, que estuvo a punto de romperlos.
-
---En vuestro delirio --prosiguió-- se os han escapado palabras muy
-lisonjeras para mí. El alma, cuando se ve libre del imperio de la
-razón, se presenta desnuda y sin mordaza: enseña todas sus bellezas, y
-dice todo lo que sabe. Así la vuestra no me ha ocultado nada... ¿Por
-qué me miráis con esos ojos fijos, negros y tristes como noches? Si con
-ellos me suplicáis que lo diga, lo diré, aunque atropelle la ley de las
-conveniencias. Sabed que os amo.
-
-La madeja entonces tiró tan fuertemente de sus hilos, que se iba a
-romper, se rompía sin remedio.
-
---No necesitaría decíroslo, porque ya lo sabéis --continuó después de
-larga pausa--. Lo que no sabéis es que os amaba antes de conoceros...
-Yo tenía una hermana gemela más hermosa y más pura que los ángeles.
-Apuesto a que no sabéis nada de esto... Pues bien: un libertino la
-engañó, la sedujo, la robó a Dios y a su familia, y mi pobrecita, mi
-adorada, mi idolatrada Lillian, tuvo un momento de desesperación y
-se dio a sí propia la muerte. El mayor de mis hermanos persiguió al
-malvado, autor de nuestra vergüenza: ambos fueron una noche a orillas
-del mar, se batieron, y mi pobre Carlos cayó para no levantarse más.
-Poco después mi madre, trastornada por el dolor, se fue desprendiendo
-de la tierra, y en una mañana del mes de mayo nos dijo adiós y huyó al
-cielo. Seguramente nada sabíais de esto.
-
-Continuaba siendo idiota, y contesté que sí.
-
---Después de estos acontecimientos, sobre la haz de la tierra existía
-un hombre más aborrecido que Satanás. Para mí su solo nombre era una
-execración. Le odiaba de tal modo, que si le viera arrepentido y
-caminando al cielo, mis labios no hubieran pronunciado para él una
-palabra de perdón. Figurándomele cadáver, le pisoteaba...
-
-La madeja daba unas vueltas, unos giros, y hacía tales enredos y
-embrollos, que me dolía el cerebro vivamente. Allí había un hilo
-tirante y rígido, el cual, doliéndome más que los demás, me hizo decir:
-
---Soy Araceli, el mismo que se halló en Trafalgar, y naufragó en el
-_Rayo_ y vivió en Cádiz... En Cádiz hay una taberna, de que es amo el
-Sr. Poenco.
-
---Un día --prosiguió--, hallándome en España, a donde vine siguiendo a
-mi segundo hermano, dijéronme que aquel hombre había sido muerto por
-otro en duelo de honor. Pregunté con tanto anhelo, con tan profunda
-curiosidad el nombre del vencedor, que casi lo supe antes que lo
-revelaran. Me dijeron vuestro nombre; me refirieron algunos pormenores
-del caso, y desde aquel momento, ¿por qué ocultarlo?, os adoré.
-
-Mi espíritu hizo inexplicables equilibrios sobre dos imágenes
-grotescas; y puestos en una balanza dos figurones llamados Poenco y
-D. Pedro del Congosto, el uno subía mientras el otro bajaba. En aquel
-instante debí decir algo más substancioso que los primitivos _síes_,
-porque ella (yo continuaba ignorando quién era) puso la mano sobre mi
-frente, y habló así:
-
---Me adivinabais sin duda, me veíais desde lejos con los ojos del
-corazón. Yo os busqué durante muchos meses. Tanto tardasteis en
-parecer, que llegué a creeros desprovisto de existencia real. Yo leía
-romances, y todos a vos los aplicaba. Érais el Cid, Bernardo del
-Carpio, Zaide, Abenámar, Celindos, Lanzarote del Lago, Fernán González
-y Pedro Ansúrez... Tomábais cuerpo en mi fantasía, y yo cuidaba de
-haceros crecer en ella; pero mis ojos registraban la tierra y no
-podían encontraros. Cuando os encontré, me pareció que os achicabais;
-pero os vi subir de pronto y tocar el altísimo punto de talla con
-que yo os había medido. Hasta entonces, cuantos hombres traté, o se
-burlaban de mí o no me comprendían. Vos tan solo me mirasteis cara a
-cara y afrontasteis las excelsas temeridades de mi pensamiento sin
-asustaros. Os vi espontáneamente inclinado a la realización de acciones
-no comunes. Asocieme a ellas, quise llevaros más adelante todavía, y
-me seguisteis ciegamente. Vuestra alma y la mía se dieron la mano y
-tocaron su frente la una con la otra, para convencerse de que eran las
-dos de un mismo tamaño. La luz de entrambos se confundía en una sola.
-
-Al oír esto, la madeja de mi conocimiento se revolvió de un modo
-extraordinario. Los hilos entraban y salían los unos por entre los
-otros, y culebreaban para separarse y ponerse en orden. Ya aparecían en
-grupos de distintos colores, y aunque harto enmarañados todavía, muchos
-de ellos, si no todos, parecían haber encontrado su puesto.
-
---Vos amábais a otra --prosiguió aquella, que empezaba ya a no serme
-desconocida--. La vi y la observé. Quise tratarla por algún tiempo, y
-la traté y la conocí; la hallé tan indigna de vos, que desde luego me
-consideré vencedora. Es imposible que me equivoque.
-
-Al oír esto, el corazón mío, que hasta entonces había permanecido
-quieto y mudo, dormido como un niño en su cuna, empezó a dar unos
-saltitos tan vivarachos y a llamarme con una vocecita tan dulce, que
-realmente me hacía daño. Dentro de mí se fue levantando no sé si diré
-un vapor, una onda que fue primero tibia y después ardiente, la cual
-me subía desde el fondo a la superficie del ser, despertando a su paso
-todo lo que dormía; una oleada invasora, dominante, que poseía el don
-de la palabra, y al ascender por mí iba diciendo: «Arriba, arriba todo.»
-
---¿Qué tenéis? --continuó aquella mujer--. Estáis agitado. Vuestro
-rostro se enciende... ahora palidece... ¿Vais a llorar? Yo también
-lloro. La salud vuelve a vuestro cuerpo, como la sensibilidad a vuestra
-noble alma. ¿Será posible que os haya conmovido la revelación que he
-hecho? No juzguéis mi atrevimiento con criterio vulgar, creyendo que
-falto al decoro, a las conveniencias y al pudor diciendo a un hombre
-que le amo. Yo, al mismo tiempo, soy pura como los ángeles y libre como
-el aire. Los necios que me rodean podrán calumniarme y calumniaros;
-pero no mancharán mi honra, como no la mancha un amor ideal y celeste
-al pasar del pensamiento a la palabra. Si durante mucho tiempo he
-disimulado y aparentado huir de vos, no ha sido por temor a los tontos,
-sino por provecho de entrambos. Cuando os he visto casi muerto, cuando
-os he recogido en mis brazos del campo de batalla, cuando os traje aquí
-y os atendí y os cuidé, tratando de devolveros la vida, tenía gran pena
-de que murieseis ignorando mi secreto.
-
-El estupor mío tocaba a su fin. Pensamiento y corazón recobraban su
-prístino ser; pero la palabra tardaba, ¡vaya si tardaba!...
-
---Dios me ha escuchado --añadió ella--. No solo podéis oírme, sino que
-vivís, y podréis hablarme y contestarme. Decidme que me amáis, y si
-morís después, siempre me quedará algo vuestro.
-
-Una figura celestial, tan celestial que no parecía de este mundo, se
-entró dentro de mí, agasajándose y plegándose toda para que no hubiese
-en mi interior un solo hueco que no estuviese lleno con ella.
-
---No me contestáis una sola palabra --dijo la voz de mi enfermera--.
-Ni siquiera me miráis. ¿Por qué cerráis los ojos?... ¿Así se contesta,
-caballero?... Sabed que no solo tengo dudas, sino también celos. ¿Os
-habré desagradado en lo que últimamente he hecho? No os lo ocultaré,
-porque jamás he mentido. Mi lengua nació para la verdad... ¿Ignoráis
-tal vez que vuestra princesa encantada y el bribón de su padre estaban
-en Salamanca? Quién los trajo, es cosa que ignoro. El desgraciado masón
-anhelaba la libertad y se la he dado con el mayor gusto, consiguiendo
-del general un salvoconducto para que saliese de aquí y pudiese
-atravesar toda España sin ser molestado.
-
-Al oír esto, razón, memoria, sentimientos, palabra, todo volvió súbito
-a mí con violencia, con ímpetu, con estrépito, como una catarata
-despeñándose de las alturas del cielo. Di un grito, me incorporé en el
-lecho, agité los brazos, arrojé lejos de mí con instintiva brutalidad
-la hermosa figura que tenía delante, y prorrumpí en exclamaciones de
-ira. Miré a la dama y la nombré, porque ya la había conocido.
-
-
-
-
-XXXVIII
-
-
-El hospitalario que antes vi, entró al oír mis gritos, y ambos
-procuraron calmarme.
-
---Otra vez le empieza el delirio --dijo Juan de Dios.
-
---Yo he sido causa de esta alteración --dijo Miss Fly muy afligida.
-
-Mi propia debilidad me rindió, y caí en el lecho, sofocado por la
-indignación que sordamente se reconcentraba en mí, no encontrando ni
-voz suficiente ni fuerzas para expresarse fuera.
-
---El pobre Sr. Araceli --dijo Juan de Dios con sentimiento piadoso-- se
-volverá loco como yo. El demonio ha puesto su mano en él.
-
---Callad, hermano, y no digáis tonterías --dijo Miss Fly cubriendo mis
-brazos con la manta y limpiando el sudor de mi frente--. ¿Qué habláis
-ahí de demonios?
-
---Sé lo que me digo --añadió el agustino, mirándome con profunda
-lástima--. El pobre D. Gabriel está bajo una influencia maléfica... Lo
-he visto, lo he visto.
-
-Diciendo esto, destacaba de su puño cerrado dos dedos flacos y
-puntiagudos, y con ellos se señalaba los ojos.
-
---Marchad fuera a cuidar de los otros enfermos --dijo Miss Fly
-jovialmente-- y no vengáis a fastidiarnos con vuestras necedades.
-
-Fuese Juan de Dios y nos quedamos de nuevo solos Athenais y yo.
-Hallándome ya en posesión completa de mi pensamiento, le hablé así:
-
---Señora, repítame usted lo que hace poco ha dicho. No entendí bien.
-Creo que ni mis sentidos ni mi razón están serenos. Estoy delirando,
-como ha dicho aquel buen hombre.
-
---Os he hablado largo rato --dijo Miss Fly con cierta turbación.
-
---Señora, no puedo apreciar sino de un modo muy confuso lo que he visto
-y oído esta noche... Efectivamente, he visto delante de mí una figura
-hermosa y consoladora; he oído palabras... no sé qué palabras. En mi
-cerebro se confunden el eco de voces ajenas y el son misterioso de
-otras que yo mismo habré pronunciado... No distingo bien lo real de lo
-verdadero; durante algún tiempo he visto los objetos y los semblantes
-sin conocerlos.
-
---¡Sin conocerlos!
-
---He oído palabras. Algunas las recuerdo, otras no.
-
---Tratad de repetir lo substancial de lo mucho que os he dicho
---murmuró Athenais, pálida y grave--. Y si no habéis entendido bien, os
-lo repetiré.
-
---En verdad no puedo repetir nada. Hay dentro de mí una confusión
-espantosa... He creído ver delante de mí a una persona cuya
-representación ideal no me abandona jamás en mis sueños; una figura que
-quiero y respeto, porque la creo lo más perfecto que ha puesto Dios
-sobre la tierra... He creído oír no sé qué palabras dulces y claras,
-mezcladas con otras que no comprendía... He creído escuchar, tan pronto
-una música del cielo, tan pronto el fragor de cien tempestades que
-bramaban dentro de mi corazón... Nada puedo precisar... al fin he visto
-claramente a usted, la he conocido...
-
---¿Y me habéis oído claramente también? --preguntó acercando su rostro
-al mío--. Ya sé que no debe darse conversación a los enfermos. Os habré
-molestado. Pero es lo cierto que yo esperaba con ansia que pudierais
-oírme. Si por desgracia muriérais...
-
---De lo que oí, señora, solo recuerdo claramente que había usted puesto
-en libertad a una persona a quien yo aprisioné.
-
---¿Y esto os disgusta? --preguntó la Mosquita con terror.
-
---No solo me disgusta, sino que me contraría mucho, pero mucho --afirmé
-con inquietud, sacudiendo las ropas del lecho para sacar los brazos.
-
-Athenais gimió. Después de breve pausa, mirome con fijeza y orgullo, y
-dijo:
-
---Caballero Araceli, ¿tanto coraje, es porque se os ha escapado el ave
-encantada de la calle del Cáliz?
-
---Por eso, por eso es --repetí.
-
---¿Y seguramente la amáis?...
-
---La adoro, la he adorado toda mi vida. Ha tiempo que mi existencia
-y la suya están tan enlazadas como si fueran una sola. Mis alegrías
-son sus alegrías, y sus penas son mis penas. ¿En dónde está? Si ha
-desaparecido otra vez, señora Athenais de mi alma, juro a usted que
-todos los romances de Bernardo, del Cid, de Lanzarote y de Celindos, me
-parecerían pocos para buscarla.
-
-Athenais estaba lastimosamente desfigurada. Diríase que era ella el
-enfermo y yo el enfermero. Largo rato la vi como sosteniendo no sé qué
-horrible lucha consigo misma. Volvía el rostro para que no viese yo su
-emoción; me miraba después con ira violentísima que se trocaba, sin
-quererlo ella misma, en inexplicable dulzura, hasta que, levantándose
-con ademán de majestuosa soberbia, me dijo:
-
---Caballero Araceli, adiós.
-
---¿Se va usted? --dije con tristeza y tomando su mano, que ella
-separó vivamente de la mía--. Me quedaré solo... Merezco que usted me
-desprecie, porque he vuelto a la vida, y mi primera palabra no ha sido
-para dar las gracias a esta amiga cariñosa, a esta alma caritativa
-que me recogió sin duda del campo de batalla, que me ha curado y
-asistido... ¡Señora, señora mía! La vida que usted ha ganado a la
-muerte, vería con gusto el momento en que tuviera que volverse a perder
-por usted.
-
---Palabras hermosas, caballero Araceli --me dijo con acento solemne,
-sin acercarse a mí, mirándome pálida y triste y seria desde lejos,
-como una sibila sentenciosa que pronunciase las revelaciones de mi
-destino--. Palabras hermosas; pero no tanto que encubran la vulgaridad
-de vuestra alma vacía. Yo aparto esa hojarasca y no encuentro nada.
-Estáis compuesto de grandeza y pequeñez.
-
---Como todo, como todo lo creado, señora.
-
---No, no --añadió con viveza--. Yo conozco algo que no es así; yo
-conozco algo donde todo es grande. Habéis hecho en vuestra vida y aun
-en estos mismos días cosas admirables. Pero el mismo pensamiento que
-concibió la muerte de Lord Gray, lo entregáis a una vulgar y prosaica
-ama de casa como un papel en blanco para que escriba las cuentas de
-la lavandera. Vuestro corazón, que tan bien sabe sentir en algunos
-momentos, no os sirve para nada y lo entregáis a las costureras para
-que hagan de él un cojincillo en que clavar sus alfileres. Caballero
-Araceli, me fastidio aquí.
-
---¡Señora, señora, por Dios, no me deje usted! Estoy muy enfermo
-todavía.
-
---¿Acaso no tengo yo rango más alto que el de enfermera? Soy muy
-orgullosa, caballero. El hermano hospitalario os cuidará.
-
---Usted bromea, apreciable amiga, encantadora Athenais; usted se burla
-del verdadero afecto, de la admiración que me ha inspirado. Siéntese
-usted a mi lado; hablaremos de cosas diversas: de la batalla; del pobre
-Sir Thomas Parr, a quien vi morir.
-
---Todavía creo que valgo para algo más que para dar conversación a los
-ociosos y a los aburridos --me contestó con desdén--. Caballero, me
-tratáis con una familiaridad que me causa sorpresa.
-
---¡Oh! Recordaremos las proezas inauditas que hemos realizado juntos.
-¿Se acuerda usted de Jean-Jean?
-
---En verdad, sois impertinente. Bastante os he asistido; bastantes
-horas he pasado junto a vos. Mientras delirábais, me he reído, oyendo
-las necedades y graciosos absurdos que continuamente decíais; pero ya
-estáis en vuestro sano juicio, y de nuevo sois tonto.
-
---Pues bien, señora: deliraré, deliraré, y diré todas las majaderías
-que usted quiera, con tal que me acompañe --exclamé jovialmente--. No
-quiero que usted se marche enojada conmigo.
-
-Miss Fly se apoyó en la pared para no caer. Advertí que la expresión
-de su rostro pasaba de una furia insensata a una emoción profunda.
-Sus ojos se inundaron de lágrimas, y como si no le pareciese que
-sus manos las ocultaban bien, corrió rápidamente hacia afuera. Su
-intención primera fue sin duda salir; mas se quedó junto a la puerta
-y en sitio donde difícilmente la veía. Con todo, bastaron a revelarme
-su presencia, ignoro si los suspiros que creí oír, o la sombra que
-se proyectaba en la pared y subía hasta el techo. Lo que sí no tiene
-duda alguna para mí, es que después de estar largo tiempo sumergido
-en tristes cavilaciones, me sentí con sueño, y lentamente caí en uno
-profundísimo que duró hasta por la mañana. ¿Debo decir que cuando me
-hallaba próximo a perder completamente el uso de los sentidos, se
-repitieron los fenómenos extraños que habían acompañado mi penoso
-regreso a la vida? ¿Debo decir que me pareció ver volar encima y
-alrededor de mi cabeza un insecto alado, que después vino a posar sobre
-mi frente sus dos alas blandas, pesadas y ardientes?
-
-Esto no era más que repetición de lo que antes había soñado. El
-fenómeno más raro, entre todos los de aquella rarísima noche, vino
-después, poniendo digno remate a mis confusiones; y fue, señores
-míos, que no desvanecida aún mi confusión por aquello de la Pajarita,
-advertí que se cernía sobre mi frente una cosa negra, larga, no muy
-grande, aunque me era muy difícil precisar su tamaño, el cual objeto,
-o animalucho, tenía dos largas piernas y dos picudas alas, que abría y
-cerraba alternativamente; todo negro, áspero, rígido, y extremadamente
-feo. Aquel horrible crustáceo se replegaba, y entonces parecía un puñal
-negro; después abría sus patas y sus alas, y era como un escorpión.
-Lentamente bajaba acercándose a mí, y cuando tocó mi frente, sentí frío
-en todo mi cuerpo. Agitose mucho; meneó las horribles extremidades
-repetidas veces, emitiendo un chillido estridente, seco, áspero, que
-estremecía los nervios, y después huyó.
-
-
-
-
-XXXIX
-
-
-Tras un sueño tan largo como profundo, desperté en pleno día
-notablemente mejorado. La hermosa claridad del sol me produjo bienestar
-inmenso, y además del alivio corporal, experimentaba cierto apacible
-reposo del alma. Me recreaba en mi salud como un fatuo en su hermosura.
-
-A mi lado estaban dos hombres, el hospitalario y un médico militar,
-que después de reconocerme, hizo alegres pronósticos acerca de mi
-enfermedad, y me mandó que comiese algo suculento si encontraba almas
-caritativas que me lo proporcionasen. Marchose a cortar no sé cuántas
-piernas, y el hermano, luego que nos quedamos solos, se sentó junto a
-mí, y compungidamente me dijo:
-
---Siga usted los consejos de un pobre penitente, Sr. D. Gabriel, y en
-vez de cuidarse del alimento del cuerpo, atienda al del alma, que harto
-lo ha menester.
-
---¿Pues qué, Sr. Juan de Dios, acaso voy a morir? --le dije, recelando
-que quisiera ensayar en mí el sistema de las silvestres yerbecillas.
-
---Para vivir como usted vive --afirmó el fraile con acento lúgubre--,
-vale más mil veces la muerte. Yo al menos la preferiría.
-
---No entiendo.
-
---Sr. Araceli, Sr. Araceli --exclamó, no ya inquieto, sino con
-verdadera alarma--, piense usted en Dios; llame usted a Dios en su
-ayuda; elimine usted de su pensamiento toda idea mundana; abstráigase
-usted... Para conseguirlo, recemos, amigo mío; recemos fervorosamente
-por espacio de cuatro, cinco o seis horas, sin distraernos un momento,
-y nos veremos libres del inmenso, del horrible peligro que nos amenaza.
-
---Pero este hombre me va a matar --dije con miedo--. Me manda el médico
-que coma, y ahora resulta que necesito una ración de seis horas de
-rezo. Hermanuco, por amor de Dios, tráigame una gallina, un pavo, un
-carnero, un buey.
-
---¡Perdido, irremisiblemente perdido...! --exclamó con aflicción
-suma, elevando los ojos al cielo y cruzando las manos--. ¡Comer,
-comer! Regalar el cuerpo con incitativos manjares cuando el alma está
-amenazada. Amenazada, Sr. Araceli... Vuelva usted en sí... Recemos
-juntos, nada más que seis horas, sin un instante de distracción... con
-el pensamiento clavado en lo alto... De esta manera, el pérfido se
-ahuyentará, vacilará al menos antes de poner su infernal mano en un
-alma inocente, la encontrará atada al cielo con las santas cadenas de
-la oración, y quizás renuncie a sus execrables propósitos.
-
---Hermano Juan de Dios, quíteseme de delante, o no sé lo que haré. Si
-usted es loco de atar, yo por fortuna no lo soy, y quiero alimentarme.
-
---Por piedad, por todos los santos, por la salvación de su alma, amado
-hermano mío, modérese usted, refrene esos livianos apetitos, ponga
-cien cadenas a la concupiscencia del mascar, pues por la puerta de la
-gastronomía entran todos los melindres pecaminosos.
-
-Le miré entre colérico y risueño, porque su austeridad, que había
-empezado a ser grotesca, me enfadaba, y al mismo tiempo me divertía.
-No, no me es posible pintarle tal como era, tal como le vi en aquel
-momento. Para reproducir en el lienzo la extraña figura de aquel
-hombre, a quien los ayunos y la exaltación de la fantasía llevaran a
-estado tan lastimoso, no bastaría el pincel de Zurbarán, no: sería
-preciso revolver la paleta del gran Velázquez para buscar allí algo de
-lo que sirvió para la hechura de sus inmortales bobos.
-
-Me reí de él, diciéndole:
-
---Tráigame usted de comer, y después rezaremos.
-
-Por única contestación, el hospitalario se arrodilló, y sacando un
-libro de rezos, me dijo:
-
---Repita usted lo que yo vaya leyendo.
-
---¡Que me mata este hombre, que me mata! ¡Favor! --grité encolerizado.
-
-Juan de Dios se levantó, y poniendo su mano sobre mi pecho, espantado y
-tembloroso, me habló así:
-
---¡Que viene! ¡que va a venir!
-
---¿Quién? --pregunté cansado de aquella farsa.
-
---¿Quién ha de ser, desgraciado, quién ha de ser? --dijo en voz baja y
-con abatimiento--. ¿Quién ha de ser sino el torpe enemigo del linaje
-humano, el negro rey que gobierna el imperio de las tinieblas como Dios
-el de la luz; aquel que odia la santidad y tiende mil lazos a la virtud
-para que se enrede? ¿Quién ha de ser sino la inmunda bestia que posee
-el arte de mudarse y embellecerse, tomando la figura y traje que más
-fácilmente seducen al descuidado pecador? ¿Quién ha de ser? ¡Extraña
-pregunta por cierto! ¡Me asombro de la inocente calma con que usted me
-habla, hallándose, como se halla, en el mismo estado que yo!
-
-Mis carcajadas atronaban la estancia.
-
---Me alegraré en extremo de que venga --le dije--. ¿Cómo sabe usted que
-va a venir?
-
---Porque ya ha estado, pobrecito; porque ya ha puesto sus aleves manos
-sobre usted en señal de posesión y dominio, porque dijo que iba a
-volver.
-
---Eso me alegra sobremanera. ¿Y cuándo he tenido el honor de tal
-visita? No he visto nada.
-
---¡Cómo había usted de verlo si dormía, desgraciado! --exclamó con
-lástima--. ¡Dormir, dormir! he aquí el gran peligro. Él aprovecha las
-ocasiones en que el alma está suelta y haciendo travesuras, libre de
-la vigilancia de la oración. Por eso yo no duermo nunca; por eso velo
-constantemente.
-
---¿Vino mientras yo dormía?
-
---Sí: anoche... ¡horrible momento! La señora inglesa que tan bien ha
-cuidado a usted había salido. Yo estaba solo y me distraje un poco
-en mis rezos. Sin saber cómo, había dejado volar el pensamiento por
-espacios voluptuosos y sonrosados... ¡pecador indigno, mil veces
-indigno!... Yo había puesto el libro sobre mis rodillas, y cerrado los
-ojos, y dejádome aletargar en sabroso desvanecimiento, cuya vaporosa
-niebla y blando calor recreaban mi cuerpo y mi espíritu...
-
---Y entonces, cuando mi bendito hermanuco se regocijaba con tales
-liviandades, abriose la tierra, salió una llama de azufre...
-
---No se abrió la tierra, sino la puerta, y apareció... ¡Ay! apareció en
-aquella forma celestial, robada a las criaturas de la más alta esfera
-angélica; apareció cual siempre le ven mis pecadores ojos.
-
---Hermano, hermano, soy feliz y sentiría que estuviera usted cuerdo.
-
---Apareció, como he dicho, y su vista me convirtió en estatua. Otra de
-igual catadura le acompañaba, también en forma mujeril, representando
-más edad que la primera, la tan aborrecida como adorada, que es el
-terror de mis noches y el espanto de mis días, y el abismo que se traga
-mi alma.
-
---Pues le aseguro a usted que adoro a esos demonios, Sr. Juan de Dios,
-y ahora mismo voy a mandarles un recadito con usted.
-
---¿Conmigo? ¡Infeliz precito! Ya vendrán por usted, y se lo llevarán
-con sus satánicas artes.
-
---Quiero saber qué hicieron, qué dijeron.
-
---Dijeron: «Aquí nos han asegurado que está.» Y luego sus ojos, que
-todo lo ven en la lobreguez de la horrenda noche, vieron el miserable
-cuerpo, y se abalanzaron hacia él con aullidos que parecían sollozos
-tiernísimos, con lamentos que parecían la dulce armonía del amor
-materno, llorando junto a la cuna del niño moribundo.
-
---¡Y yo dormido como un poste! ¡Padre Juan, es usted un imbécil, un
-majadero! ¿Por qué no me despertó?
-
---Usted deliraba aún; las dos, ¡ay!, aquellas dos apariencias
-hermosísimas, y tan acabadas y perfectas que solo yo, con los
-perspicuos ojos del alma, podía adivinar bajo su deslumbradora
-estructura la mano del infernal artífice; las dos mujeres, digo,
-derramaron sobre el pecho y la frente de usted demoniacas chispas, con
-tan ingeniosa alquimia desfiguradas, que parecían lágrimas de ternura.
-Pusieron sus labios de fuego en las manos de usted como si las besaran,
-le arreglaron las ropas del lecho, y después...
-
---¿Y después?
-
---Y después, buscáronme con los ojos como para preguntarme algo; mas
-yo, más muerto que vivo, habíame escondido bajo aquella mesa y temblaba
-allí y me moría. Sr. D. Gabriel, me moría queriendo rezar y sin poder
-rezar, queriendo dejar de ver aquel espectáculo y viéndolo siempre...
-Por fin, resolvieron marcharse... ya eran dueños del alma de usted y no
-necesitaban más.
-
---Se fueron, pues.
-
---Se fueron diciendo que iban a pedir licencia a no sé quién para
-trasladar a usted a otro punto mejor... al Infierno cuando menos. De
-esta manera desapareció de entre los vivos un hermano hospitalario que
-era gran pecador: se lo llevaron una mañana enterito, y sin dejar una
-sola pieza de su corporal estructura.
-
---¿Y después?... Estoy muy alegre, hermano Juan.
-
---Después vino esa señora a quien llaman _Doña Flay_, la cual es una
-criatura angelical, que le quiere a usted mucho. Usted empezó a salir
-de aquel marasmo o trastorno en que le dejaron las embajadoras del
-negro averno: la señora inglesa habló largamente con usted, y yo, que
-me puse a escuchar tras la puerta, oí que le decía mil cositas tiernas,
-melosas y hechiceras.
-
---¿Y después?
-
---Y después usted se puso furioso y entré yo, y la inglesa me mandó
-salir, y a lo que entendí, mi D. Gabriel se durmió. La inglesa entraba
-y salía, sin cesar de llorar.
-
---¿Y nada más?
-
---Algo más hay, sí, sin duda lo más terrible y espantoso, porque el
-atormentador del linaje humano, aquel que, según un santo Padre, tiene
-por cómplice de su infame industria a la mujer, la cual es hornillo
-de sus alquimias, y fundamento de sus feas hechuras; aquel que me
-atormenta y quiere perderme, entró de nuevo en la misma duplicada forma
-de mujer linda...
-
---Y yo, ¿dormía también?
-
---Dormía usted con sueño tranquilo y reposado. La señora inglesa estaba
-junto a aquella mesa envolviendo no sé qué cosa en un papel. Entraron
-ellas... no expiré en aquel momento por milagro de Dios... se acercaron
-a usted, y vuelta a los aullidos que parecían llantos, y a los signos
-quirománticos semejantes a caricias blandas y amorosas.
-
---¿Y no dijeron nada? ¿No dijeron nada a Miss Fly ni a usted?
-
---Sí --continuó después de tomar aliento, porque la fatiga de su
-oprimido pecho apenas le permitía hablar--: dijeron que ya tenían la
-licencia, y que iban a buscar una litera para trasladar a usted a un
-sitio que no nombraron... Pero lo más extraño es que al oír esto la
-señora inglesa, que no estaba menos absorta, ni menos suspendida,
-ni menos espantada que yo, debió de conocer que las tan aparatosas
-beldades eran obra de aquel que llevó a Jesús a la cima de la montaña
-y a la cúspide de la ciudad; y sobrecogida como yo, lanzó un grito
-agudísimo, precipitándose fuera de la habitación. Seguila y ambos
-corrimos largo trecho, hasta que ella puso fin a su atropellada
-carrera, y apoyando la cabeza contra una pared, allí fue el verter
-lágrimas, el exhalar hondos suspiros y el proferir palabras vehementes,
-con las cuales pedía a Dios misericordia. Una hora después volví,
-despertó usted y nada más. Solo falta que recemos, como antes dije,
-porque solo la oración y la vigilancia del espíritu ahuyentan al Malo,
-así como el pérfido sueño, las regaladas comidas y las conversaciones
-mundanas le llaman.
-
-Juan de Dios no dijo más; trémulo y lívido, ponía su atención en
-extraños ruidos que sonaban fuera.
-
---¡Aquí, aquí estoy, Inesilla... señora condesa! --grité reconociendo
-las dulces voces que desde mi lecho oía--. Aquí estoy vivo y sano y
-contento, y queriéndolas a las dos más que a mi vida.
-
-¡Ay! Entraron ambas y desoladas corrieron hacia mí. Una me abrazó por
-un costado y otra por otro. Casi me desvanecí de alegría cuando las dos
-adoradas cabezas oprimían mi pecho.
-
-Juan de Dios huyó de un salto, de un vuelo, o no sé cómo.
-
-Quise hablar, y la emoción me lo impedía. Ellas lloraban y no decían
-nada tampoco. Al fin, Inés levantó los ojos sobre mi frente y la
-observó con curiosidad y atención.
-
---¿Qué me miras? --le dije--. ¿Estoy tan desfigurado que no me conoces?
-
---No es eso.
-
-La condesa miró también.
-
---Es que noto que te falta algo --dijo Inés sonriendo.
-
-Me llevé la mano a la frente, y, en efecto, algo me faltaba.
-
---¿Dónde han ido a parar los dos largos mechones de pelo que tenías
-aquí?
-
-Al decir esto, con sus deditos tocaba mi cabeza.
-
---Pues no sé... tal vez en la batalla...
-
-Las dos se rieron.
-
---Queridas mías, recuerdo haber visto en sueños encima de mi cabeza
-un animalejo frío y negro, y ahora comprendo lo que era aquello: unas
-tijeras. Tengo aquí sobre la sien una rozadura... ¿la ven ustedes?...
-Esos pelos me molestaban, y aquí del cirujano. Es hombre entendido que
-no olvida el más mínimo detalle.
-
-Tantas preguntas tenía que hacer, que no sabía por cuál empezar.
-
---¿Y en qué paró esa batalla? --dije--. ¿Dónde está Lord Wellington?
-
---La batalla paró en lo que paran todas: en que se acabó cuando se
-cansaron de matarse --me respondió una de ellas, no sé cuál.
-
---Pero los franceses se retiraban cuando yo caí.
-
---Tanto se retiraron --dijo la condesa-- que todavía están corriendo.
-Wellington les va a los alcances. No tengas cuidado por eso, que ya lo
-harán bien sin ti... Veremos si te dan algún grado por haber cogido el
-águila.
-
---¿Conque yo cogí un águila...?
-
---Un águila toda dorada, con las alas abiertas y el pico roto, puesta
-sobre un palo, y con rayos en las garras: la he visto --dijo Inés con
-satisfacción, extendiéndose en pomposas descripciones de la insignia
-imperial.
-
---Te encontraron --añadió la condesa-- entre muchos muertos y heridos,
-abrazado con el cadáver de un abanderado francés, el cual te mordía el
-brazo.
-
-Era la parte de mi cuerpo que más me dolía.
-
---Te hemos buscado desde el 22 --dijo Inés--, y hasta anoche todo ha
-sido correr y más correr sin resultado alguno. Creímos que habías
-muerto. Fui a la zanja grande, donde están enterrados los pobres
-cuerpos. Había tantos, tantos, que no los pude ver todos... Aquello
-parecía una maldición de Dios. Si cuando tal vi hubiera tenido en mi
-mano el águila que cogiste, la habría echado también en la zanja, y
-luego tierra, mucha tierra encima.
-
---Bien, Inesilla: nadie mejor que tú dice las mayores verdades de un
-modo más sencillo. La gloria militar y los muertos de las batallas
-debieran enterrarse en una misma fosa... En fin, adoradas mías, vivo
-estoy para quererlas muchísimo, y para casarme con la una, previo el
-consentimiento de la otra.
-
-La condesa frunció ligeramente el ceño, e Inés me miró el cabello.
-La felicidad que inundaba mi alma se desbordó en francas risas y
-expresiones gozosas, a que Inés habría contestado de algún modo, si la
-seriedad de su madre se lo hubiera permitido.
-
---Saquemos ahora de aquí a ese bergante --dijo la condesa--, y después
-se verá. Debemos dar gracias a esa señora inglesa que te recogió en el
-campo de batalla y que te ha cuidado tan bien, según nos han dicho.
-Sé quién es y la hemos visto. La conocí en el Puerto... Por cierto,
-caballerito, que tenemos que hablar tú y yo.
-
---¿No está por aquí? ¡Athenais, Athenais!... Se empeñará en no venir
-cuando la necesitamos. Me alegro infinito de que se conozcan ustedes.
-Creo que este conocimiento me ahorra un disgusto. Miss Fly es persona
-leal y generosa. ¡Sr. Juan de Dios!... Ese no vendrá aunque le
-ahorquen. Ha dado en decir que son ustedes el demonio.
-
---¿Ese bendito hospitalario? --indicó la condesa--. El médico nos dijo
-que se había ya escapado dos veces de la casa de locos... Vamos a ver
-cómo te arreglamos en la camilla. Llamaremos a otro enfermero.
-
-Cuando salió la condesa, dije a Inés:
-
---No me has dicho nada de aquella persona...
-
---Ya lo sabrás todo --me contestó, sin oponerse a que la comiese a
-besos las manos--. Ven pronto a casa... prueba a levantarte.
-
---No puedo, hijita, estoy muy débil. Ese hospitalario de mil demonios
-se propuso hoy matarme de hambre. El agustino empeñado en que no había
-de comer, y Miss Fly volviéndome loco con sus habladurías...
-
---¡Oh! --dijo Inés con encantadora expresión de amenaza--. ¿Esa
-inglesa ha de estar contigo en todas partes?... Tengo una sospecha,
-una sospecha terrible, y si fuera cierto... ¿Seré yo demasiado buena,
-demasiado confiada e inocente, y tú un grandísimo tunante?
-
-Miró de nuevo mi frente, no ya con inquietud, sino con verdadera alarma.
-
---¡Inesilla de mi corazón! --exclamé--. ¡Si tienes sospechas, yo las
-disiparé! ¿Dudas de mí? Eso no puede ser. No ha sucedido nunca, y no
-sucederá ahora. ¿Puedo yo dudar de ti? ¿Puede quebrantarse la fe de
-esta religión mutua en que ha mucho tiempo vivimos y entrañablemente
-nos adoramos?
-
---Así ha sido hasta aquí; pero ahora... tú me ocultas algo... mi
-madre ha pronunciado al descuido algunas palabras... No, Gabriel, no
-me engañes. Dímelo, dímelo pronto. Miss Fly te recogió del campo de
-batalla. Ella lo ha negado; pero es verdad. Nos lo han dicho.
-
---¡Engañarte yo!... Eso sí que es gracioso. Aunque fuese malo y
-quisiera engañarte, no podría... Pero te debo decir la verdad, toda la
-verdad, mujer mía, y empiezo desde este momento... ¿Por qué me miras la
-frente?
-
---Porque... porque... --dijo pálida, grave y amenazadora--, porque ese
-mechón de pela te lo ha quitado Miss Fly. Yo lo adivino.
-
---Pues sí, ella misma ha sido --contesté con serenidad imperturbable.
-
---¡Ella misma!... ¡Y lo confiesa! --exclama entre suspensa y aterrada.
-
-Sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo no sabía qué decirle. Pero la
-verdad salía en onda impetuosa de mi corazón a mis labios. Mentir,
-fingir, tergiversar, disimular, era indigno de mí y de ella.
-Incorporándome con dificultad, le dije:
-
---Yo te contaré muchas cosas que te sorprenderán, querida mía. Demos
-tú y yo las gracias a esa generosa mujer que me recogió de entre los
-muertos en el Arapil Grande, para que no te quedases viuda.
-
---En marcha, vamos --dijo la condesa, entrando de súbito e
-interrumpiéndome--. En esta litera irás bien.
-
-
-
-
-XL
-
-
-La casa de la calle del Cáliz, a donde por dos veces he transportado
-a mis oyentes, y a cuyo recinto de nuevo me han de seguir, si quieren
-saber el fin de esta puntual historia, era la habitación patrimonial
-de Santorcaz, que la había heredado de su padre un año antes, con
-algunas tierras productivas. Componíase el tal caserón de dos o tres
-edificios diversos en tamaño y estructura, que compró, unió y comunicó
-entre sí el Sr. Juan de Santorcaz, aldeano enriquecido a principios del
-siglo pasado. Faltaba a aquella vivienda elegancia y belleza, pero no
-solidez, ni magnitud, ni comodidades, aunque algunas piezas se hallaban
-demasiado distantes unas de otras, y era excesiva la longitud de los
-corredores, así como el número de escalones que al discurrir de una
-parte a otra se encontraban.
-
-En los aposentos donde anteriormente les vimos, estaba Santorcaz con
-su hija el 22 de julio durante la batalla. Esta última circunstancia
-hará comprender a mis oyentes que no presencié lo que voy a contar;
-mas si lo cuento de referencia, si lo pongo en el lugar de los hechos
-presenciados por mí, es porque doy tanta fe a la palabra de quien me
-los contó, como a mis propios ojos y oídos; y así, téngase esto por
-verídico y real.
-
-Estaban, pues, según he dicho, el infortunado D. Luis y su hija en la
-sala: lamentábase ella de que existieran guerras, y maldecía él su
-triste estado de salud, que no le permitía presenciar el espectáculo
-de aquel día, cuando sonó con terrible estruendo la famosa aldaba
-del culebrón, y al poco rato, el único criado que los servía y el
-militar que los guardaba, anunciaron a los solitarios dueños que una
-señora quería entrar. Como Miss Fly había estado allí algunos días
-antes ofreciendo al masón un salvoconducto para salir de Salamanca
-y de España, alegrósele a aquel el alma y dio orden de que al punto
-dejasen pasar e internarse hasta su presencia a la generosa visitante.
-Transcurridos algunos minutos, entró en la sala la condesa.
-
-Santorcaz rugió como la fiera herida cuando no puede defenderse. Largo
-rato estuvieron abrazadas madre e hija, confundiendo sus lágrimas, y
-tan olvidadas del resto de la creación, cual si ellas solas existieran
-en el mundo. Vueltas al fin en su acuerdo, la madre, observando con
-terror a aquel hombre rabioso y sombrío, que clavaba los ojos en el
-suelo, como si quisiera con la sola fuerza de su mirada abrir un
-agujero en que meterse, quiso llevar a su hija consigo, y dijo palabras
-muy parecidas a las que yo pronuncié en circunstancias semejantes.
-
-Los que vieron mi sorpresa, juzguen cuál sería la de Amaranta cuando
-Inés se separó de ella, y hecha un mar de lágrimas corrió con los
-brazos abiertos hacia el anciano, en ademán cariñoso. Absorta miró
-tan increíble movimiento la condesa. Santorcaz, cuando su hija estuvo
-próxima, volvió el rostro y alargó los brazos para rechazarla.
-
---Vete de aquí --dijo--, no quiero verte, no te conozco.
-
---¡Loco! --gritó la muchacha con dolor--. Si dices otra vez que me
-marche, me marcharé.
-
-Revolvió Santorcaz los fieros ojos de un lado a otro de la estancia,
-miró con igual rencor a la condesa y a su hija, y temblando de cólera
-repitió:
-
---Vete, vete: te he dicho que te vayas. No quiero verte más. Sal de
-esta casa con esa mujer, y no vuelvas.
-
---Padre --dijo Inés sin dar gran importancia al frenesí del anciano--.
-¿No me has dicho que esta casa es mía? ¿No me has entregado las llaves?
-Pues voy a acomodar esta señora en una habitación de las de la calle,
-porque hoy es imposible que encuentre posada, y mañana las dos nos
-iremos, dejándote tranquilo.
-
-Tomando un manojo de llaves y repiqueteando con él, no sin cierta
-intención zumbona, Inés salió de la estancia seguida de Amaranta, que
-nada comprendía de aquella tragicomedia.
-
-Luego que se quedó solo, Santorcaz dio algunos paseos por la
-habitación, recorriéndola en giros y vueltas sin fin, cual macho de
-noria. Su fisonomía expresaba todo cuanto puede expresar la fisonomía
-humana, desde la saña más terrible a la emoción más tierna. Tomó
-después un libro, pero lo arrojó en el suelo a los pocos minutos. Cogió
-luego una pluma, y después de rasguñar el papel breve rato, la destrozó
-y la pisoteó. Levantose, y con pasos vacilantes e inseguro ademán,
-dirigiose a la puerta vidriera; penetró en la estancia próxima, donde
-había un tocador de mujer y un lecho blanco. De rodillas en el suelo,
-hizo de cama reclinatorio, y apoyando el rostro sobre ella, estuvo
-llorando todo el día.
-
-Si Santorcaz hubiera tenido un oído agudo y finísimo, como el de
-algunas especies ornitológicas, habría percibido el rumor de tenues
-pasos en el corredor cercano; si Santorcaz hubiera poseído la doble
-vista, que es un absurdo para la fisiología, pero que no lo parecería
-si se llegaran a conocer los misteriosos órganos del espíritu, habría
-visto que no estaba enteramente solo; que una figura celestial batía
-sus alas en las inmediaciones de la triste alcoba; que sin tocar
-el suelo con su ligero paso, venía y se acercaba, y aplicaba con
-gracioso gesto su linda cabeza a la puerta para escuchar, y luego
-introducía un rayo de sus ojos por un resquicio para observar lo que
-dentro pasaba; y como si lo que veía y oía la contentase, iluminaba
-aquellos sombríos espacios con una sonrisa, y se marchaba para volver
-al poco rato y atender lo mismo. Pero el pobre masón no veía nada de
-esto. Aquella tarde, un ordenanza inglés le trajo un salvoconducto
-para salir de Salamanca; pero el masón lo rompió. La condesa e Inés,
-excepto en los intervalos en que esta salía, hablaban por los codos
-en las habitaciones de la calle. Figuraos la tarea de dos lenguas de
-mujer, que quieren decir en un día todo lo que han callado en un año.
-Hablaban sin cesar, pasando de un asunto a otro, sin agotar ninguno,
-experimentando emociones diversas, siempre sorprendidas, siempre
-conmovidas, quitándose una a otra la palabra, refiriendo, ponderando,
-encareciendo, comentando, afirmando y negando.
-
-Esto pasaba el 22 de julio. De vez en cuando las interrumpía zumbido
-lejano, estremecimiento sordo de la tierra y del aire. Era la voz de
-los cañones de Inglaterra y Francia, que estaban batiéndose donde todos
-sabemos. Las dos mujeres cruzaban las manos, elevando los ojos al
-cielo... Los cañonazos se repetían con más frecuencia. Por la tarde,
-era un mugido incesante como el del océano tempestuoso. En madre e
-hija pudo tanto el terror, que se callaron: es cuanto hay que decir.
-Pensaban en la cantidad de hombres que se tragaría en cada una de sus
-sacudidas el mar irritado, que bramaba a lo lejos.
-
-Llegó la noche, y los cañonazos cesaron. Muy tarde entró Tribaldos en
-la casa. El pobre muchacho estaba consternado, y, aunque se la echaba
-de valiente, derramó algunas lágrimas.
-
---¿A dónde vas? --preguntó con inquietud la madre a la hija, viendo que
-esta se ponía el manto sin decir para qué.
-
---Al Arapil --contestó Inés, entregando otro manto a la condesa, que se
-lo puso también sin decir nada.
-
-Visitó Inés por breves momentos al anciano, y salió de la casa y de la
-ciudad, acompañada de su madre y del fiel Tribaldos. Inmenso gentío de
-curiosos llenaba el camino. La batalla había sido horrenda, y querían
-ver las sobras todos los que no pudieron ver el festín. Anduvieron
-largo tiempo, toda la noche, hacia arriba y hacia abajo, y de acá para
-allá, sin encontrar lo que buscaban, ni quien razón les diera de ello.
-Cerca del día vieron a Miss Fly, que regresaba del campo de batalla
-delante de una camilla bien arreglada y cubierta, donde traían a un
-hombre, que fue encontrado en el Arapil Grande, lleno de heridas, sin
-conocimiento, y con una horrible mordida en el brazo.
-
-Acercáronse Inés, la condesa y Tribaldos a Miss Fly para hacerle
-preguntas; pero esta, impaciente por seguir, les contestó:
-
---No sé una palabra. Dejadme continuar. Llevo en esta camilla al pobre
-Sir Thomas Parr, que está herido de gravedad.
-
-Siguieron ellas y Tribaldos, y recorrieron el campo de batalla, que
-la luz del naciente día les permitió ver en todo su horror; vieron
-los cuerpos tendidos y revueltos, conservando en sus fisonomías la
-expresión de rabia y espanto con que los sorprendiera la muerte.
-Miles de ojos sin brillo y sin luz, como los ojos de las estatuas
-de mármol, miraban al cielo sin verlo. Las manos se agarrotaban en
-los fusiles y en las empuñaduras de los sables, como si fueran a
-alzarse para disparar y acuchillar de nuevo. Los caballos alzaban sus
-patas tiesas, y mostraban los blancos dientes con lúgubre sonrisa.
-Las dos desconsoladas mujeres vieron todo esto, y examinaron los
-cuerpos uno a uno; vieron los charcos, las zanjas, los surcos hechos
-por las ruedas, y los hoyos que tantos millares de pies abrieran en
-el bailoteo de la lucha; vieron las flores del campo machacadas, y
-las mariposas que alzaban el vuelo con sus alas, teñidas de sangre.
-Regresaron a Salamanca; volvieron por la noche al campo de batalla, no
-ya conmovidas, sino desesperadas; rezaban por el camino; preguntaban a
-todos los vivos, y también a los muertos.
-
-Por último, después de repetidos viajes y exploraciones dentro y fuera
-de la ciudad, en los cuales emplearon tres días, con ligeros intervalos
-de residencia y descanso en la casa de la calle del Cáliz, encontraron
-lo que buscaban en el hospital de sangre, improvisado en la Merced. Lo
-hallaron separado de los demás, en una habitación solitaria y en poder
-de un pobre fraile demente. Hicieron diligencia cerca de la autoridad
-militar, y, por último, consiguieron poder llevarle, es decir, llevarme
-consigo.
-
-
-
-
-XLI
-
-
-Acomodáronme en una estancia clara y bonita y en un buen lecho, que
-atropelladamente dispusieron para mí. Me dieron de comer, lo cual
-agradecí con toda mi alma, y empecé a encontrarme muy bien. Lo que
-más contribuía a precipitar mi restablecimiento, era la alegría
-inexplicable que llenaba mi alma. Síntoma externo de este gozo era una
-jovialidad expansiva, que me impulsaba a reír por cualquier frívolo
-motivo.
-
-La noche de mi entrada en la casa, mientras la condesa escribía cartas
-a todo ser viviente, en la sala inmediata Inés me daba de cenar.
-
-Nos hallábamos solos, y le conté toda, absolutamente toda la casi
-increíble novela de Miss Fly, sin omitir nada que me perjudicase
-o me engrandeciese a los ojos de mi interlocutora. Oyome esta con
-atención profunda, mas no sin tristeza; y cuando concluí, diríase que
-mi constante amiga había perdido el uso de la palabra. No sé en qué
-vagas perplejidades se quedó suspenso y flotante su grande ánimo. En
-su fisonomía observé el enojo luchando con la compasión, el orgullo
-tal vez en pugna con la hilaridad. Pero no decía nada, y sus grandes
-ojos se cebaban en mí. Por mi parte, mientras más duraba su abstracción
-contemplativa, más inclinado me sentía yo a burlarme de las nubes que
-oscurecían mi cielo.
-
---¿Es posible que pienses todavía en eso? --le dije.
-
---Espero que me enseñes el mechón rubio con que te han pagado el
-negro... Buena pieza, ¿piensas que me casaré contigo, con un perdido,
-con un bribón?... Te cuidaremos, y luego que estés bueno, te marcharás
-con tu adorada inglesa. Ninguna falta me haces.
-
-Quería ponerse seria, y casi casi lo lograba.
-
---No me marcharé, no --le dije--, porque te quiero más que a las
-niñas de mis ojos; me has enamorado, porque eres una criatura de
-otros tiempos, porque vuestra alma, señora (me gusta tratar de vos a
-las personas), da la mano a la mía y ambas suben a las alturas donde
-jamás llegan la vulgaridad y bajeza de los nacidos. Por vos, señora,
-seré Bernardo del Carpio, el Cid y Lanzarote del Lago; acometeré las
-empresas más absurdas; mataré a medio mundo, y me comeré al otro medio.
-
---Si piensas embobarme con tales tonterías... --dijo sin querer reírse,
-pero riendo.
-
---Señora --exclamé con dramático acento--, vos sois el imán de mi
-existencia, la única pareja digna de mi alma; adoro las águilas que
-vuelan mirando cara a cara al sol, y no las gallinas que solo saben
-poner huevos, criar pollos, cacarear en los corrales, y morir por
-el hombre. Llevadme, llevadme con vos, señora, a los espacios de
-las grandes emociones y a las excelsitudes del pensamiento. Si me
-abandonáis, yo os lloraré en las ruinas; si me amáis, seré vuestro
-esclavo, y conquistaré diez reinos para poneros uno en cada dedo de las
-manos.
-
---Calla, calla, tonto, farsante --dijo Inés, defendiéndose como podía
-contra la hilaridad que la ahogaba.
-
---¡Ah, señora y dueño mío! --proseguí yo reforzando mi entonación--.
-Me rechazáis. Vuestro corazón es indigno del mío. Yo lo creí templado
-en el fuego de la pasión, y es un pedazo de carne fofa y blanda. Os
-lo pedía yo para unirlo al mío, y vos le arrojáis a los soldados para
-que claven en él sus bayonetas. Sois indigna de mí, señora. Os digo
-estas sublimidades, y en vez de oírme, os estáis cosiendo todo el
-día; tembláis cuando voy a la guerra; no pensáis más que en vuestros
-chiquillos, en vez de pensar en mi gloria, y os ocupáis en hacer
-guisotes y platos diversos para darme de comer; yo no como, señora: en
-la región donde yo habito no se come... De veras sois tonta: os habéis
-empeñado en amarme con cariño dulce y tranquilo, propio de costureras,
-boticarios, sargentos, covachuelistas y sastres de portal. ¡Oh! amadme
-con exaltación, con frenesí, con delirio, como amaba Bernardo del
-Carpio a Doña Estela; cantad las hazañas de los héroes que son norte
-y faro de mi vida, y poneos delante de mí cual figura histórica, sin
-cuidaros de que mi ropa esté hecha pedazos, mi mesa sin comida y mis
-hijos desnudos. ¿Qué veo? ¿Os reís? ¡Miseria humana! ¡Yo me muero por
-vos, y os reís! ¡Yo peno, y vos os regocijáis! ¡Yo enflaquezco, y vos
-os presentáis a mí fresca, alegre y gordita!
-
-Inés lloraba de risa, pero de una manera tan franca y natural, que
-todo el enojo se iba desvaneciendo en aquellas chispas de alegría. Mi
-corazón se entendió con el suyo, como los hermanos que por un momento
-riñen para quererse más.
-
---Os abandono, porque amáis a otro, a una criatura vulgar y
-antipoética, señora --continué mirando su frente y haciendo con mis
-dedos movimiento semejante al abrir y cerrar de unas tijeras--; pero
-quiero llevarme un recuerdo vuestro, y así os corto ese mechón que os
-cuelga sobra la frente.
-
-Diciéndolo, cogí la preciosa cabeza y le di mil besos.
-
---Que me lastimas, bárbaro --gritó sin cesar de reír.
-
-Acudió la condesa, que en la cercana habitación estaba, y al verla,
-Inés, más roja que una amapola, le dijo:
-
---Es Gabriel, que las echa de gracioso.
-
---No hagáis ruido, que estoy escribiendo. Todavía me faltan muchas
-cartas, pues tengo que escribir a Wellington, a Graham, a Castaños, a
-Cabarrús, a Azanza, a Soult, a O’Donnell y al Rey José.
-
-Mi adorada suegra tenía la manía de las cartas. Escribía a todo el
-mundo, y de todos lograba respuesta. Su colección epistolar era un
-riquísimo archivo histórico, del cual sacaré algún día no pocas
-preciosidades.
-
-Al día siguiente, mi suegra fue a visitar a Miss Fly, a quien, como
-he dicho, había tratado en el Puerto y reconocido últimamente en
-Salamanca. Athenais pagó la visita a la condesa en el mismo día. Vino
-elegantemente vestida, deslumbradora de hermosura y de gracia. Servíale
-de caballero el coronel Simpson, siempre encarnadito, vivaracho,
-acicalado y compuesto como un figurín, y siempre honrando todos los
-objetos y personas con la cuádruple mirada de dos ojos y dos vidrios
-que jamás descansaban en su investigadora observación. Yo me había
-levantado; en pie asistí sin moverme a la visita, que no fue larga,
-aunque sí digna de ocupar el penúltimo lugar en esta verídica historia.
-
---¿De modo que parte usted definitivamente para Inglaterra? --dijo la
-condesa.
-
---Sí, señora --repuso Athenais, que no se dignaba mirarme--: estoy
-cansada de la guerra y de España, y deseo abrazar a mi padre y
-hermanas. Si alguna vez vuelvo a España, tendré el gusto de visitaros.
-
---Antes quizás tenga yo el de escribir a usted --dijo mi suegra
-acordándose de que había papel y plumas en el mundo--. Por falta de
-tiempo no he escrito ya a Lord Byron, a quien conocí en Cádiz. No
-llevará usted malos recuerdos de España.
-
---Muy buenos. Me he divertido mucho en este extraño país; he estudiado
-las costumbres, he hecho muchos dibujos de los trajes y gran número de
-paisajes en lápiz y acuarela. Espero que mi álbum llame la atención.
-
---También llevará usted memoria de las tristes escenas de la guerra
---dijo Amaranta con emoción.
-
---Los franceses nada respetan --indicó Miss Fly con la indiferencia que
-se emplea en las visitas para hablar del tiempo.
-
---En su retirada --afirmó Simpson-- han destruido todos los pueblos de
-la ribera del Tormes. No nos perdonan que les hayamos matado cinco mil
-hombres y cogido siete mil prisioneros con dos águilas, seis banderas
-y once cañones... ¡Grandiosa e importante batalla! No puedo menos de
-felicitar al Sr. de Araceli --añadió haciéndome el honor de dirigirse a
-mí-- por su buen comportamiento durante la acción. El brigadier Pack y
-el honorable general Leith han hecho delante de mí grandes elogios de
-usted. Me consta que su excelencia el gran Wellington no ignora nada de
-lo que tanto os favorece.
-
---En ese caso --dije--, tal vez se disipe la prevención que Su
-Excelencia tenía contra mí por motivos que nunca pude saber.
-
-Athenais se puso pálida; mas dominándose al instante, no solo se
-atrevió a fijar en mí sus lindos ojos de cielo, sino que se rio y de
-muy buena gana, según parecía.
-
---Este caballero --contestó con jovialidad asombrosa por lo bien
-fingida-- ha tenido la desgracia y la fortuna de pasar por mi amante
-a los ojos de los ociosos del campamento. En España, el honor de las
-damas está a merced de cualquier malicioso.
-
---¡Pero cómo! ¿Es posible, señora? --exclamé fingiéndome sorprendido,
-y además de sorprendido, encolerizado--. ¿Es posible que por aquel
-felicísimo encuentro nuestro...? No sabía nada ciertamente. ¡Y se han
-atrevido a calumniar a usted!... ¡Qué horror!
-
---Y poco ha faltado para que me supusieran casada con vos --añadió
-apartando los ojos de mí, contra lo que las conveniencias del diálogo
-exigían--. Me ha servido de gran diversión, porque, a la verdad, aunque
-os tengo por persona estimable...
-
---No tanto que pudiera merecer el honor... --añadí completando la
-frase--. Eso es claro como el agua.
-
---Todo provino de que alguien nos vio juntos en la ciudad, cuando
-para salvaros de aquellos infames soldados, pasasteis por mi criado
-durante unas cuantas horas --dijo Athenais, coqueteando y haciendo
-monerías--. Ahora falta saber si por vanidad juvenil fuisteis vos mismo
-quien se atrevió a propalar rumores tan ridículos acerca de una noble
-dama inglesa, que jamás ha pensado enamorarse en España, y menos de un
-hombre como vos.
-
---¡Yo, señora! El coronel Simpson es testigo de lo que pensaba yo sobre
-el particular.
-
---Los rumores --dijo el simpático Abraham-- partieron de la oficialidad
-inglesa, y empezaron a circular cuando Araceli volvió de Salamanca y
-Athenais no.
-
---Y vos, mi querido Sir Abraham Simpson --dijo Miss Fly con cierto
-enojo--, disteis circulación a las groserías que corrían acerca de mí.
-
---Permitidme decir, mi querida Athenais --indicó Simpson en español--,
-que vuestra conducta ha sido algo extraña en este asunto. Sois
-orgullosa... lo sé... creíais rebajaros solo ocupándoos del asunto...
-Lo cierto es que oíais todo, y callábais. Vuestra tristeza, vuestro
-silencio hacían creer...
-
---Me parece que no conocéis bien los hechos --dijo Athenais empezando a
-ruborizarse.
-
---Todos hablaban del asunto; el mismo Wellington se ocupó de él. Os
-interrogaron con delicadeza, y contestasteis de un modo vago. Se dijo
-que pensábais pedir el cumplimiento de las leyes inglesas sobre el
-matrimonio. Calumnia, pura calumnia; pero ello es que lo decían y vos
-no lo negábais... yo mismo os llamé la atención sobre tan grave asunto,
-y callasteis...
-
---Conocéis mal los hechos --repitió Athenais más ruborizada--, y además
-sois muy indiscreto.
-
---Es que, según mi opinión --dijo Simpson--, llevasteis la delicadeza
-hasta un extremo lamentable, mi querida Athenais... Os sentíais
-ultrajada solo por la idea de que creyeran... pues... una mujer de
-vuestra clase... No quiero ofender al señor; pero... es absurdo,
-monstruoso. La Inglaterra, señora, se hubiera estremecido en sus
-cimientos de granito.
-
---¡Sí, en sus cimientos de granito! --repetí yo--. ¡Qué hubiera sido de
-la Gran Bretaña!... Es cosa que espanta.
-
-Miss Fly me dirigió una mirada terrible.
-
---En fin --dijo la condesa--, los rumores circularon... yo misma los
-oí... Pero la cosa no vale nada, si la Gran Bretaña se mantiene sin
-mancilla...
-
-Miss Fly se levantó.
-
---Señora --le dije con el mayor respeto--, sentiría que usted dejase
-a España sin que yo pudiese manifestarle la profundísima gratitud que
-siento...
-
---¿Por qué, caballero? --preguntó llevando el pañuelo a su agraciada
-boca.
-
---Por su bondad, por su caridad. Mientras viva, señora, bendeciré a
-la persona que me recogió del campo de batalla con otros infelices
-compañeros.
-
---Estáis en gran error --exclamó riendo--. Yo no he pensado en tal
-cosa. Vos, sin duda, lo deseábais. Recogí a varios, sí; pero no a
-vos. Os han engañado. Me visteis en la Merced recorriendo las salas y
-dormitorios... No quiero que me atribuyan el mérito de obras que no me
-pertenecen.
-
---Entonces, señora, permítame usted que le dé las gracias por... No,
-lo que quiero decir es que ruego a usted no me guarde rencor por haber
-sido causa, aunque inocente, de esos ridículos rumores...
-
---¡Oh, oh!... No hago caso de semejante necedad. Soy muy superior a
-tales miserias... ¡La calumnia! ¿Acaso me importa algo?... ¡Vuestra
-persona! ¿Significa algo para mí? Sois vanidoso y petulante.
-
-Miss Fly hacía esfuerzos extraordinarios por conservar en su semblante
-aquella calma inglesa que sirve de modelo a la majestuosa impasibilidad
-de la escultura. Miraba a los cristales, a los viejos cuadros, al
-suelo, a Inés, a todos, a todos menos a mí.
-
---Entonces, señora --añadí--, puesto que ningún daño ha padecido usted
-por causa mía...
-
---Ninguno, absolutamente ninguno. Os hacéis demasiado honor, caballero
-Araceli, y solo con pedirme excusas por la vil calumnia, solo con
-asociar vuestra persona a la mía, estáis faltando al comedimiento, sí,
-faltando a la consideración que debe inspirar en todo lo habitado una
-hija de la Gran Bretaña.
-
---Perdón, señora, mil veces perdón. Solo me resta decir a usted que
-deseo ser su humildísimo servidor y criado, aquí y en todas partes y en
-todas las ocasiones de mi vida. ¿También así falto al comedimiento?
-
---También... pero, en fin, admito vuestros homenajes. Gracias, gracias
---dijo con altivez--. Adiós.
-
-Al fin de la visita, aunque repetidas veces se empeñó en reír, no pudo
-conseguirlo sino a medias. Sus manos temblaban, destrozando las puntas
-del chal amarillo. Despidiose cariñosamente de la condesa, y con mucha
-ceremonia de Inés y de mí.
-
---¿Y no será usted tan buena que nos escriba alguna vez para enterarnos
-de su salud? --le dije.
-
---¿Os importa algo?
-
---¡Mucho, muchísimo! --respondí con vehemencia y sinceridad profunda.
-
---¡Escribiros! Para eso necesitaría acordarme de vos. Soy muy
-desmemoriada, señor de Araceli.
-
---Yo, mientras viva, no olvidaré la generosidad de usted, Athenais. Me
-cuesta mucho trabajo olvidar.
-
---Pues a mí no --dijo mirándome por última vez.
-
-Y en aquella mirada postrera que sus ojos me echaron, puso tanto
-orgullo, tanta soberbia, tanta irritación, que sentí verdadera pena. Al
-fin salió de la sala. La palidez de su rostro y la furia de su alma la
-hacían terrible y majestuosamente bella.
-
-Pocos momentos después, aquel hermoso insecto de mil colores, que por
-unos días revoloteara en caprichosos círculos y juegos alrededor de mí,
-había desaparecido para siempre.
-
-Muchas personas que anteriormente me han oído contar esto, sostienen
-que jamás ha existido Miss Fly; que toda esta parte de mi historia es
-una invención mía para recrearme a mí propio y entretener a los demás;
-pero ¿no debe creerse ciegamente la palabra de un hombre honrado?
-
-Por ventura, quien de tanta rectitud dio pruebas, ¿será capaz ahora
-de oscurecer su reputación con ficciones absurdas, con fábricas de la
-imaginación que no tengan por base y fundamento a la misma verdad, hija
-de Dios?
-
-Poco después de que los dos ingleses nos dejaron solos, la condesa dijo
-a Inés:
-
---Hija mía, ¿tienes inconveniente en casarte con Gabriel?
-
---No, ninguno --repuso ella con tanto aplomo, que me dejó sorprendido.
-
-Con inefable afecto besé su hermosa mano, que tenía entre las mías.
-
---¿Está tranquila y satisfecha tu alma, hija mía?
-
---Tranquila y satisfecha --repuso--. ¡Pobrecita Miss Fly!
-
-Ambos nos miramos. Un cielo lleno de luz divina y de inexplicable
-música de ángeles flotaba entre uno y otro semblante... Si es posible
-ver a Dios, yo le veía, yo.
-
---¡Qué hermoso es vivir! --exclamé--. ¡Qué bien hizo Dios en criarnos a
-los dos, a los tres! ¿Hay felicidad comparable a la mía? ¿Pero esto qué
-es, es vivir o es morir?
-
-Al oír esto la condesa, que había corrido a abrazarnos, se apartó de
-nosotros. Fijó los ojos en el suelo con tristeza. Inés y yo pensamos al
-propio tiempo en lo mismo, y sentimos la misma pena, una lástima íntima
-y honda que turbaba nuestra dicha.
-
---¿Qué tal está hoy? --preguntó Amaranta.
-
---Muy mal --repuso Inés--. Solo vive su espíritu.
-
-Amaranta dio un suspiro y nos abrazó de nuevo.
-
---Levántate --me dijo Inés--. Vamos los dos allá. Hace ya hora y media
-que no me ha visto, y estará muy taciturno.
-
-Aunque extenuado y débil, me levanté y la seguí apoyado en su brazo.
-
---Haré la última tentativa, y venceré --dijo cerca ya de la guarida del
-masón--. Le he observado muy bien todo el día, y el pobrecito no desea
-ya sino rendirse.
-
-
-
-
-XLII
-
-
-Al entrar en la solitaria y triste estancia, vimos a Santorcaz
-apoltronado en el sillón y leyendo atentamente un libro. Alzó la
-vista para mirarnos. Inés, poniendo la mano en su hombro, le dijo con
-cariñoso gracejo:
-
---Padre, ¿sabes que me caso?
-
---¿Te casas? --dijo con asombro el anciano soltando el libro y
-devorándonos con los ojos--. ¡Tú!...
-
---Sí --continuó Inés en el mismo tono--. Me caso con este pícaro
-Gabriel, con un opresor del pueblo, con un verdugo de la humanidad, con
-un satélite del despotismo.
-
-Santorcaz quiso hablar, pero la emoción entorpeció su lengua. Quiso
-reír; quiso después ponerse serio y aun colérico; mas su semblante no
-podía expresar más que turbación, vacilación y desasosiego.
-
---Y como mi marido tendrá que servir a los reyes, porque ese es su
-oficio --prosiguió Inés--, me veré obligada, querido padre, a reñir
-contigo. Ahora me ha dado por la nobleza; quiero ir a la corte, tener
-palacio, coches y muchos y muy lujosos criados... Yo soy así.
-
---Bromea usted, señora Doña Inesita --dijo Santorcaz en tono agridulce,
-recobrando al fin el uso de la palabra--. ¿No hay más que casarse con
-el primero que llega?
-
---Hace tiempo que le conozco, bien lo sabes --dijo ella riendo--.
-Muchas veces te lo he dicho... Ahora, padre, tú te quedarás aquí
-con Juan y Ramoncilla, y yo me voy a Madrid con mi marido. Te
-entretendrás en fundar una gran logia y en leer libros de revoluciones
-y guillotinas, para que acabes de volverte loco, como D. Quijote, con
-los de caballerías.
-
-Diciendo esto, abrazó al anciano y se dejó besar por él.
-
---¡Adiós, adiós! --repitió ella--. Puesto que no nos hemos de ver más,
-despidámonos bien.
-
---Picarona --dijo él, estrechándola amorosamente contra su pecho y
-sentándola sobre sus rodillas--. ¿Piensas que te voy a dejar marchar?
-
---¿Y piensas que yo voy a esperar a que tú me dejes salir? Padre, ¿te
-has vuelto tonto? ¿Has olvidado a la persona que ha estado en casa y
-que tiene tanto poder?... ¿No sabes que estás preso?... ¿Crees que no
-hay justicia, ni leyes, ni corregidores? Atrévete a respirar...
-
-El masón apartó de sí a la muchacha; trató de levantarse; mas
-impidiéronselo sus doloridas piernas, y golpeando los brazos del
-sillón, habló así:
-
---¡Pues no faltaba más... marcharte tú y dejarme!... Araceli --añadió
-dirigiéndose a mí con bondad--, ya que mi hija tiene la debilidad de
-quererte, te permito que seas su marido; pero tú y ella os quedaréis
-conmigo.
-
---¡A buena parte vas con súplicas! --dijo Inés riendo--. A fe que
-mi marido hace buenas migas con los masones. Él y yo detestamos el
-populacho y adoramos a reyes y frailes.
-
---Bueno, me quedaré --dijo Santorcaz con ligera inflexión de broma en
-su tono--. Me moriré aquí. Ya sabes cómo está mi salud, hija mía: vivo
-de milagro. En estos días que has estado enojada conmigo, yo sentía que
-la vida se me iba por momentos, como un vaso que se vacía. ¡Ay! queda
-tan poco, que ya veo, ya estoy viendo el fondo negro.
-
---Todo se arreglará --dije yo acercando mi asiento al del enfermo--.
-Nos llevaremos con nosotros al enemigo de los reyes.
-
---Eso es, eso... Gabriel ha hablado con tanto talento como Voltaire
---dijo el masón con repentino brío--. Me llevaréis con vosotros... No
-tengo inconveniente, la verdad...
-
---Bueno, le llevaremos --dijo Inés abrazando a su padre--, le
-llevaremos a Madrid, donde tenemos una casa muy grande, grandísima, y
-en la cual estaremos muy anchos, porque mi madre se va con todos sus
-criados a vivir a Andalucía para no volver más.
-
---¡Para no volver más! --dijo el enfermo con turbación--. ¿Quién te lo
-ha dicho?
-
---Ella misma. Se separa de mí mientras tú vivas.
-
---¡Mientras yo viva!... Ya lo ves. Por eso conocerás la inmensidad de
-su aborrecimiento.
-
---Al contrario, padre --dijo Inés con dulzura--: se marcha porque tú
-no la puedes ver, y para dejarme en libertad de que te cuide y esté
-contigo en tu enfermedad. Lo que te decía hace poco de abandonarte y
-marcharme sola con mi marido, era una broma.
-
-En los párpados del anciano asomaban algunas lágrimas que él hubiera
-deseado poder contener.
-
---Lo creo; pero eso de que tu madre se separe de ti por concederme el
-inestimable beneficio de tu compañía, me parece una farsa.
-
---¿No lo crees?
-
---No: ¿a que no se atreve a venir aquí y a decirlo delante de mí?
-
---Eso quisieras tú, padrito. ¿Cómo ha de venir a decirte eso, ni
-ninguna otra cosa, cuando se ha marchado?
-
---¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! --exclamó Santorcaz con un
-desconsuelo tan profundo, que por largo rato quedó estupefacto.
-
---¿Pues no lo sabes? ¿No sentiste la voz de unos señores ingleses? Esos
-la acompañan hasta Madrid, de donde partirá para Andalucía.
-
-El dominio de aquella hermosa y excelente criatura sobre su padre,
-era tan grande, que Santorcaz pareció creerlo tal como ella lo decía.
-Clavaba los ojos en el suelo, y lentamente se acariciaba la barba.
-
---Búscala por toda la casa --prosiguió Inés--. A fe que tendría gusto
-la señora en vivir dentro de esta jaula de locos.
-
---¡Se ha marchado! --repitió sombríamente Santorcaz, hablando consigo
-mismo.
-
---Y no me costó poco quedarme --añadió ella, haciendo con manos y
-rostro encantadoras monerías--. Su deseo era llevarme consigo. Allá
-le dijo no sé quién... nada se puede tener oculto... que yo te había
-tomado gran cariño. Solo por esta razón venía dispuesta a perdonarte,
-a reconciliarse contigo... Esto era lo más natural, pues tú la habías
-amado mucho, y ella te había amado a ti... Pero tú estás loco... la
-recibiste como se recibe a un enemigo... te pusiste furioso... te
-negaste a ser bueno con ella. Me has hecho pasar unos ratos que no te
-perdono.
-
-Las lágrimas corrieron hilo a hilo por la cara de Santorcaz.
-
---Mi deber era huir de esta casa aborrecida; huir con ella,
-abandonándote a las perversidades y rencores de tu corazón --dijo
-Inés, que reunía a la santidad de los ángeles cierta astucia de
-diplomático--. Pero me acordé de que estabas enfermo y postrado; se lo
-dije...
-
-El masón miró a su hija, preguntándole con los ojos cuanto es posible
-preguntar.
-
---Se lo dije, sí --prosiguió ella--; y como esa señora tiene un corazón
-bueno, generoso y amante; como nunca, nunca ha deseado el mal ajeno, ni
-ha vivido del odio; como sabe perdonar las ofensas y hacer bien a los
-que la aborrecen... ¡ay! no lo creerás ni lo comprenderás, porque un
-corazón de hierro como el tuyo no puede comprender esto.
-
---Sí lo creo, lo comprendo --dijo Santorcaz secando sus lágrimas.
-
---Pues bien: ella misma convino en que no me separase de ti, para
-consolarte y fortalecerte en tus últimos días; y como ella y tú no
-podéis estar juntos en un mismo sitio, determinó retirarse. Acordamos
-que me case con el verdugo de la humanidad, y que Gabriel y yo te
-llevemos a vivir con nosotros...
-
---¿Y se marchó?... ¿pero se marchó? --preguntó Santorcaz con un resto
-de esperanza.
-
---Y se marchó, sí, señor. Venía dispuesta a reconciliarse contigo,
-a quererte como yo te quiero. Ha llorado mucho la pobrecita, al ver
-que después de tantos años, después de tantas desgracias como le han
-ocurrido por ti, después de tanto daño como le has hecho, aún te
-niegas a pronunciar una palabra cristiana, a borrar con un momento de
-generosidad todas las culpas de tu vida, a descargar tu conciencia
-y también la suya del peso de un resentimiento insoportable. Se ha
-marchado perdonándote. Dios se encargará de juzgarte a ti, cuando en el
-momento del Juicio le presentes, como únicos méritos de tu existencia,
-ese corazón insensible y perverso, o mejor dicho, ese nido de culebras,
-a las cuales has criado, a las cuales echas de comer todos los días,
-para que crezcan y vivan siempre, y te muerdan aquí y en la eternidad
-de la otra vida.
-
-El anciano se revolvía con angustia en su sillón; el llanto había
-cesado de afluir de sus ojos; tenía el rostro encendido, las manos
-crispadas, echada la cabeza hacia atrás, y entrecortaba su aliento una
-sofocación fatigosa.
-
---Padre --exclamó Inés echándole los brazos al cuello--, sé bueno,
-sé generoso y te querré más todavía. Ya sabes mi deseo: prepárate a
-cumplirlo, y mi madre volverá. Yo la llamaré y volverá.
-
-Los músculos de Santorcaz se tendieron, poniéndose rígidos; cerró
-los ojos, inclinó la cabeza, y su aspecto fue el de un cadáver. En
-aquel mismo instante abriose la puerta y penetró la condesa, pálida,
-llorosa. Andando lentamente, adelantó hasta llegar al lado del enfermo,
-que seguía inerte, mudo, y en apariencia sin vida. Alarmados todos,
-acudimos a él, y con ayuda de Juan y Ramoncilla le acostamos en su
-lecho; al instante hicimos venir al médico que ordinariamente le
-asistía.
-
-Inés y la condesa le observaban atentamente, y fijaban sus ojos en
-el semblante demacrado, pero siempre hermoso, del desgraciado masón.
-Miraban con espanto aquella sima, aterradas de lo que en su profundidad
-había, sin comprenderlo bien.
-
-El médico, luego que le examinara, anunció su próximo fin, añadiendo
-que se maravillaba de que alargase tanto su vida, pues el día anterior
-casi le diputó por muerto, aunque ocultó a Inés el fatal pronóstico.
-Cerca ya de la noche, un hondo suspiro nos anunció que recobraba de
-nuevo el conocimiento; abrió los ojos, y revolviéndolos con espanto por
-todo el recinto de la estancia, fijolos en la condesa, cuyo semblante
-iluminaba la triste luz.
-
---¡Otra vez estás aquí! --exclamó con voz torpe y expresión de hastío y
-cólera--. ¿Otra vez aquí? ¡Mujer, sabe que te aborrezco! ¡La cárcel, el
-destierro, el patíbulo... todo te ha parecido poco para perseguirme...!
-¿Por qué vienes a turbar mi felicidad? Vete. ¿Por qué agarras a mi hija
-con esa mano amarilla como la de la muerte? ¿Por qué me miras con esos
-ojos plateados que parecen rayos de luna?
-
---Padre, no hables así, que me das miedo --gritó Inés abrazándole,
-llenos los ojos de lágrimas.
-
-La condesa no decía nada, y lloraba también.
-
-Santorcaz, después de aquella crisis de su espíritu, cayó en nuevo
-sopor profundísimo, y cerca de la madrugada recobró el conocimiento con
-un despertar sereno y sosegado. Su mirar era tranquilo, su voz clara y
-entera, cuando dijo:
-
---Inés, niña mía, ángel querido, ¿estás aquí?
-
---Aquí estoy, padre --respondió ella acudiendo cariñosamente a su
-lado--. ¿No me ves?
-
-Inés tembló al observar que los ojos de su padre se fijaban en los de
-la condesa.
-
---¡Ah! --dijo Santorcaz sonriendo ligeramente--. Está ahí... la veo...
-viene hacia acá... ¿Pero por qué no habla?
-
-La condesa había dado algunos pasos hacia el lecho; pero permanecía
-muda.
-
---¿Por qué no habla? --repitió el enfermo.
-
---Porque te tiene miedo --dijo Inés--, como te lo tengo yo, y no se
-atreve la pobrecita a decirte nada. Tú tampoco le dices nada.
-
---¿Que no? --indicó el masón con asombro--. Hace dos horas que estoy
-dirigiéndole la palabra... tengo la boca seca de tanto hablar, y no me
-contesta. ¡Ay! --añadió con dolor y volviendo el rostro--, es demasiado
-cruel con este infeliz.
-
---¿La quieres mucho, padre? --preguntó Inés tan conmovida, que apenas
-entendimos sus palabras.
-
---¡Oh, mucho, muchísimo! --exclamó el enfermo oprimiéndose el corazón.
-
---Por eso desde que la has visto --continuó la muchacha--, la has
-pedido perdón por los ligeros perjuicios que sin querer le has causado.
-Todos te hemos oído y hemos alabado a Dios por tu buen comportamiento.
-
---¿Me habéis oído?... --dijo él con asombro, mirándonos a todos--. ¿Me
-has oído tú... me ha oído ella... me ha oído también Araceli? Lo había
-dicho bajo, muy bajito, para que solo Dios me oyera, y lo ignorara todo
-ser nacido.
-
-Amaranta, tomando la mano de Santorcaz dijo:
-
---Hace mucho, mucho tiempo que deseaba perdonarte: hubiéralo hecho en
-cualquiera ocasión, si, desde que Inés vino a mi poder, te hubieras
-presentado a mí como amigo... Yo también he tenido resentimientos; pero
-la desgracia me ha enseñado pronto a sofocarlos...
-
-Lágrimas abundantes cortaron su voz.
-
---Y yo --dijo Santorcaz con voz apacible y ademán sereno--. Yo, que voy
-a morir, no sé lo que pasa en mi corazón. Él nació para amar. Él mismo
-no sabe si ha amado o aborrecido toda su vida.
-
-Después de estas palabras, todos callaron por breve rato. Las almas de
-aquellos tres individuos tan unidos por la Naturaleza y tan separados
-por las tempestades del mundo, se sumergían, por decirlo así, en lo
-profundo de una meditación religiosa y solemne sobre su respectiva
-situación. Inés fue la primera que rompió el grave silencio, diciendo:
-
---Bien se conoce, querido padre, que eres un hombre bueno, honrado,
-generoso. Si has tenido fama de lo contrario, es porque te han
-calumniado. Pero nosotras, nosotras dos, y también Araceli, te
-conocemos bien. Por eso te amamos tanto.
-
---Sí --respondió el masón, como responde el moribundo a las preguntas
-del confesor.
-
---Si has hecho algunas cosas malas --continuó Inés--, es decir, que
-parecen malas, ha sido por broma... Esto lo comprendo perfectamente.
-Por ejemplo: cuando te perseguían... apuesto a que la persecución no
-era ni la mitad de lo que tú te figurabas... pero, en fin, sea lo que
-quiera. Lo cierto es que te enfadaste, y con muchísima razón, porque tú
-estabas enamorado, querías ser bueno... Pero hay familias orgullosas...
-Es preciso también considerar que una familia noble debe tener cierto
-punto... Dios primero y el mundo después no han querido que todos sean
-iguales.
-
---Pero se ven castigos, o si no castigos, justicias providenciales en
-la tierra --dijo Santorcaz bruscamente mirando a Amaranta--. Señora
-condesa, hoy mismo ha consentido usted que su hija única y noble
-heredera se case con un chico de las playas de la Caleta. ¡Bravo
-abolengo, por cierto!
-
---Mejor sería --repuso la condesa-- decir con un joven honrado, digno,
-generoso, de mérito verdadero y de porvenir.
-
---¡Oh! señora mía, eso mismo era yo hace veinte años --afirmó Santorcaz
-con tristeza.
-
-Después cerró los ojos, como para apartar de sí imágenes dolorosas.
-
---Es verdad --dijo Inés entre broma y veras--; pero tú te entregaste
-a la desesperación, padre querido; tú no tuviste la fortaleza de
-ánimo de este opresor de los pueblos; tú no luchaste como él contra
-la adversidad, ni conquistaste escalón por escalón un puesto honroso
-en el mundo; tú te dejaste vencer por la desgracia, corriste a París,
-te uniste a los pícaros revolucionarios que entonces se divertían en
-matar gente. Agraviados ellos como tú y tú como ellos, todos creíais
-que cortando cabezas ajenas ganábais alguna cosa y valían más los que
-se quedaran con ella sobre los hombros... Viniste luego a España con
-el corazón lleno de venganza. Tú querías que nos divirtiéramos aquí
-con lo que se divertían allá: la gente no ha querido darte gusto, y te
-entretuviste con las mojigangas y gansadas de los masones, que según
-ellos dicen, hacen mucho, y según yo veo, no hacen nada.
-
---Sí --murmuró el anciano.
-
---Al mismo tiempo procurabas hacer daño a la persona que más
-debías amar... Yo sé que si ella no te hubiera despreciado como te
-despreciaba, tú habrías sido bueno, muy bueno, y te habrías desvivido
-por ella...
-
---Sí, sí --repitió él.
-
---Esto es claro: Dios consiente tales cosas. A veces dos personas
-buenas parece que se ponen de acuerdo para hacer maldades, sin caer en
-la cuenta de que, diciéndose cuatro palabras, concluirían por abrazarse
-y quererse mucho.
-
---Sí, sí.
-
---Y no me queda duda --continuó Inés derramando sin cesar aquel
-torrente de generosidad sobre el alma del pobre enfermo--, no queda
-duda de que te apoderaste de mí, porque me querías mucho y deseabas que
-te acompañara.
-
-Santorcaz no afirmó ni negó nada.
-
---Lo cual me place mucho --prosiguió ella--. Has sido para mí un padre
-cariñoso. Declaro que eres el mejor de los hombres, que me has amado,
-que eres digno de ser respetado y querido, como te quiero y te respeto
-yo, dando el ejemplo a todos los que están presentes.
-
-El revolucionario miro a su hija con inefable expresión de
-agradecimiento. La religión no hubiera ganado mejor un alma.
-
---Muero --dijo con voz conmovida D. Luis, alargando la mano derecha a
-Amaranta y la izquierda a su hija-- sin saber cómo me recibirá Dios.
-Me presentaré con mi carga de culpas y con mi carga de desgracias,
-tan grandes la una y la otra, que ignoro cuál será de más peso... Mi
-pecho ha respirado venganza y aborrecimiento por mucho tiempo... he
-creído demasiado en las justicias de la tierra; he desconfiado de la
-Providencia; he querido conquistar con el terror y la fuerza lo que
-a mi entender me pertenecía; he tenido más fe en la maldad que en la
-virtud de los hombres; he visto en Dios una superioridad irritada y
-tiránica, empeñada en proteger las desigualdades del mundo; he carecido
-por completo de humildad; he sido soberbio como Satán, y me he burlado
-del Paraíso a que no podía llegar; he hecho daño, conservando en el
-fondo de mi alma cierto interés inexplicable por la persona ofendida;
-he corrido tras el placer de la venganza, como corre en el desierto
-el sediento tras un agua imaginaria; he vivido en perpetua cólera,
-despedazándome el corazón con mis propias uñas. Mi espíritu no ha
-conocido el reposo hasta que traje a mi lado un ángel de paz que
-me consoló con su dulzura, cuando yo la mortificaba con mi cólera.
-Hasta entonces no supe que existían las dos virtudes consoladoras del
-corazón; la caridad y la paciencia. Que las dos llenen mi alma; que
-cierre mis ojos y me lleven delante de Dios.
-
-Diciendo esto, se desvaneció poco a poco. Parecía dormido. Las dos
-mujeres, arrodilladas a un lado y otro, no se movían. Creí que había
-muerto; pero acercándome, observé su respiración tranquila. Retireme
-a la sala inmediata, e Inés me siguió poco después. Entre los dos
-convinimos en llamar al Prior de Agustinos, varón venerable, que había
-sido amigo muy querido del padre de Santorcaz. El buen fraile no tardó
-en venir.
-
- * * * * *
-
-Por la mañana, después de la piadosa ceremonia espiritual, Santorcaz
-nos rogó que le dejásemos solo con la condesa. Largo rato hablaron a
-solas los dos; mas como de pronto sintiéramos ruido, entramos y vimos
-a Amaranta de rodillas al pie del lecho, y a él incorporado, inquieto,
-con todos los síntomas de un delirio atormentador. Con sus extraviados
-ojos miraba a todos lados, sin vernos, atento solo a los objetos
-imaginados con que su espíritu poblaba la oscura estancia.
-
---Ya me voy --decía--, ya me voy... ¡adiós! es de día... No tiembles...
-esos pasos que se sienten son los de tu padre, que viene con un
-ejército de lacayos armados para matarme... No me encontrarán... Saldré
-por la ventana del torreón... ¡Cielo santo! han quitado la escala...
-me arrojaré aunque muera... Dices bien: mi cuerpo, encontrado al
-pie de estos muros, será tu vergüenza y la deshonra de esta casa...
-¿Esperaré? ¿No quieres que aguarde?... Ya están ahí: tu padre golpea
-la puerta y te llama... Adiós: me arrojé al campo... También allá
-abajo hay criados con palos, escopetas. Dios nos abandona porque somos
-criminales. Me ocurre una idea feliz. Estás salvada... escóndete
-allí... pasa a tu alcoba. Déjame recoger estos vasos de valor, estos
-candelabros de plata. Los llevaré conmigo, y procuraré escurrirme con
-mi tesoro robado por la cornisa del torreón hasta llegar al techo de
-las cuadras. Adiós... saldré; abre la puerta y grita: _¡al ladrón, al
-ladrón!_ Conocerán tu deshonra Dios y tu padre si quieres revelársela;
-pero no esa turba soez. Vieron entrar un hombre; pero ignoran quién
-es y a lo que vino. Alma mía, ten valor; haz bien tu papel. Grita:
-_¡al ladrón, al ladrón!_... Adiós... Ya salgo, me escurro por estas
-piedras resbaladizas y verdosas... Aún no me han visto los de abajo.
-Es preciso que me vean. ¡Oh! Ya me ven los miserables con mi carga de
-preciosidades, y todos gritan: _¡al ladrón, al ladrón!_ ¡Qué inmensa
-alegría siento! Nadie sabrá nada, vida y corazón mío; nadie sabrá nada,
-nada...
-
-Cayó hacia atrás, estremeciéndose ligeramente, y su alma hundiose en el
-piélago sin fondo y sin orillas. Inés y yo nos acercamos con religioso
-respeto al exánime cuerpo. En nuestro estupor y emoción creímos
-sentir el rumor de las negras aguas eternas, agitándose al impulso de
-aquel ser que en ellas había caído; pero lo que oíamos era la agitada
-respiración de la condesa, que lloraba con amargura, sin atreverse a
-alzar su frente pecadora.
-
-
-
-
-XLIII
-
-
-Los que quieran saber cómo y cuándo me casé, con otras particularidades
-tan preciosas como ignoradas acerca de mi casi inalterable tranquilidad
-durante tantos años, lean, si para ello tienen paciencia, lo que otras
-lenguas menos cansadas que la mía narrarán en lo sucesivo. Yo pongo
-aquí punto final, con no poco gusto de mis fatigados oyentes, y gran
-placer mío por haber llegado a la más alta ocasión de mi vida, cual
-fue el suceso de mis bodas, primer fundamento de los sesenta años de
-tranquilidad que he disfrutado, haciendo todo el bien posible, amado
-de los míos y bien quisto de los extraños. Dios me ha dado lo que da a
-todos cuando lo piden buscándolo, y lo buscan sin dejar de pedirlo. Soy
-hombre práctico en la vida y religioso en mi conciencia. La vida fue mi
-escuela, y la desgracia mi maestra. Todo lo aprendí y todo lo tuve.
-
-Si queréis que os diga algo más (aunque otros se encargarán de sacarme
-nuevamente a plaza, a pesar de mi amor a la oscuridad), sabed que una
-serie de circunstancias, difíciles de enumerar por su muchedumbre y
-complicación, hicieron que no tomase parte en el resto de la guerra;
-pero lo más extraño es que desde mi alejamiento del servicio empecé a
-ascender de tal modo, que aquello era una bendición.
-
-Habiendo recobrado el aprecio y la consideración de Lord Wellington,
-recibí de este hombre insigne pruebas de afecto cordial; y tanto
-me atendió y agasajó en Madrid que he vivido siempre profundamente
-agradecido a sus bondades. Uno de los días más felices de mi vida fue
-aquel en que supimos que el Duque de Ciudad-Rodrigo había ganado la
-batalla de Waterloo.
-
-Obtuve poco después de los Arapiles el grado de teniente coronel. Pero
-mi suegra, con el talismán de su jamás interrumpida correspondencia, me
-hizo coronel, luego brigadier, y aún no me había repuesto del susto,
-cuando una mañana me encontré hecho general.
-
---Basta --exclamé con indignación, después de leer mi hoja de
-servicios--. Si no pongo remedio, serán capaces de hacerme capitán
-general sin mérito alguno.
-
-Y pedí mi retiro.
-
-Mi suegra seguía escribiendo para aumentar por diversos modos nuestro
-bienestar, y con esto y un trabajo incesante, y el orden admirable que
-mi mujer estableció en mi casa (porque mi mujer tenía la manía del
-orden, como mi suegra la de las cartas), adquirí lo que llamaban los
-antiguos _aurea mediocritas_; viví y vivo con holgura, casi fui y soy
-rico, tuve y tengo un ejército brillante de descendientes entre hijos,
-nietos y biznietos.
-
-Adiós, mis queridos amigos. No me atrevo a deciros que me imitéis,
-pues sería inmodestia; pero si sois jóvenes; si os halláis postergados
-por la fortuna; si encontráis ante vuestros ojos montañas escarpadas,
-inaccesibles alturas, y no tenéis escalas ni cuerdas, pero sí manos
-vigorosas; si os halláis imposibilitados para realizar en el mundo los
-generosos impulsos del pensamiento y las leyes del corazón, acordaos de
-Gabriel Araceli, que nació sin nada y lo tuvo todo.
-
-
-Febrero-marzo de 1875.
-
-
-FIN DE «LA BATALLA DE LOS ARAPILES»
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BATALLA DE LOS
-ARAPILES ***
-
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- La batalla de los Arapiles, by Benito Pérez Galdós&mdash;A Project Gutenberg eBook
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-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<p style='text-align:center; font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>La batalla de los Arapiles</span>, by Benito Pérez Galdós</p>
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
-most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
-of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
-at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you
-are not located in the United States, you will have to check the laws of the
-country where you are located before using this eBook.
-</div>
-</div>
-
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>La batalla de los Arapiles</span></p>
-<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Benito Pérez Galdós</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: April 12, 2022 [eBook #67817]</p>
-<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p>
- <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries)</p>
-<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>LA BATALLA DE LOS ARAPILES</span> ***</div>
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <h1 class="faux">La batalla de los Arapiles</h1>
-</div>
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
- <ul>
- <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li>
-
- <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con
- las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li>
-
- <li>Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos
- ortotipográficos.</li>
- </ul>
-</div>
-
-
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- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img class="thin"
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-</div>
-
-
-<div class="tit pt6">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p>
- <p class="lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <hr class="tir" />
- <p class="fs130 lh150 ws1">LA BATALLA DE LOS ARAPILES</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-<div class="chapter pt6">
- <div class="legal">
- <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda
- hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que
- no lleven el sello del autor.</p>
- </div>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="tit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p>
- <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p>
- <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p>
- <p class="lh150 ws1">PRIMERA SERIE</p>
- <hr class="fil" />
-
- <p class="fs200 lh150 g0 ws1 mt05">LA BATALLA</p>
- <p class="smaller lh150 ws1 mt05">DE LOS</p>
- <p class="fs350 lh150 g1">ARAPILES</p>
-
- <hr class="tir" />
- <p class="fs110 negr g1 ws1 mt15">37.000</p>
-
- <div class="figcenter mt3">
- <img src="images/logo.jpg"
- style="width: 6.5em; height: auto;"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="lh150 negr g1 mt3">MADRID</p>
- <p class="fs90 lh150 g2 ws2">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p>
- <p class="fs75 lh150 g1 ws1">(Sucesores de Hernando)</p>
- <p class="fs90 lh150 g2 ws2">Arenal, 11</p>
- <p class="lh150 negr g0">1907</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p>
- <p class="smaller lh150 centra ws2">EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO</p>
- <p class="centra lh150 asc ws1">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p>
- <p class="fs80 lh200 centra ws1">Carrera de San Francisco, 4.</p>
-</div>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p>
- <p class="centra ws1 fs130">LA BATALLA DE LOS ARAPILES</p>
- <hr class="tir" />
- <h2 class="nobreak">I</h2>
-</div>
-
-<p>Las siguientes cartas, supliendo ventajosamente mi narración, me
-permitirán descansar un poco:</p>
-
-
-<p class="fecha">«<i>Madrid, 14 de marzo.</i></p>
-
-<p>»Querido Gabriel: Si no has sido más afortunado que yo, lucidos
-estamos. De mis averiguaciones no resulta hasta ahora otra cosa que
-la triste certidumbre de que el comisario de policía no está ya en
-esta Corte, ni presta servicio a los franceses, ni a nadie, como no
-sea al demonio. Después de su excursión a Guadalajara, pidió licencia,
-abandonó luego su destino, y al presente nadie sabe de él. Quién le
-supone en Salamanca, su tierra natal; quién en Burgos o en Vitoria,
-y algunos aseguran que ha pasado a Francia, antiguo teatro de sus
-criminales aventuras. ¡Ay, hijo mío, para <span class="pagenum"
-id="Page_6">p. 6</span>qué habrá hecho Dios el mundo tan grande, tan
-sumamente grande, que en él no es posible encontrar el bien que se
-pierde! Esta inmensidad de la creación solo favorece a los pillos, que
-siempre encuentran donde ocultar el fruto de sus rapiñas.</p>
-
-<p>»Mi situación aquí ha mejorado un poco. He capitulado, amigo mío;
-he escrito a mi tía contándole lo ocurrido en Cifuentes, y el jefe de
-mi ilustre familia me demuestra en su última carta que tiene lástima
-de mí. El administrador ha recibido orden de no dejarme morir de
-hambre. Gracias a esto y al buen surtido de mi antiguo guardarropas,
-no pedirá limosna la pobre condesa. He tratado de vender las alhajas,
-los encajes, los tapices y otras prendas no vinculadas; pero nadie las
-quiere comprar. En Madrid no hay una peseta, y cuando el pan está a
-catorce y dieciséis reales, figúrate quién tendrá humor para comprar
-joyas. Si esto sigue, llegará día en que tenga que cambiar todos mis
-diamantes por una gallina.</p>
-
-<p>»Para que comprendas cuán glorioso porvenir aguarda a mi histórica
-casa, uno de los astros más brillantes del cielo de esta gran
-monarquía, me bastará decirte que el pleito entre nuestra familia y
-la de Rumblar se ha entablado ya, y la Cancillería de Granada ha dado
-a luz con este motivo una montaña de papel sellado, que, si Dios no
-lo remedia, crecerá hasta lo sumo y nuestros nietos veranla con cimas
-más altas que las de la misma Sierra Nevada. La de Rumblar se engolfa
-con delicia en este mar de jurisprudencia. Me parece que la veo.
-Convertiría <span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span>el linaje
-humano en jueces, escribas, alguaciles y roe-pandectas para que todo
-cuanto respira pudiese entender en su cuita.</p>
-
-<p>»El licenciado Lobo, que frecuentemente me visita con el doble
-objeto de ilustrarme en mi asunto y de pedirme una limosna (hoy en
-Madrid la piden los altos servidores del Estado), me ha dicho que en
-el tal pleito hay materia para un ratito, es decir, que no pasará
-un par de siglos mal contados sin que la Sala dé su sentencia o un
-auto para mejor proveer, que es el colmo de las delicias. Me asegura
-también el susodicho Lobo, que si nos obstinamos en transmitir a Inés
-los derechos mayorazguiles, es fácil que perdamos el litigio dentro
-de algunos meses, pues para perder no es preciso esperar siglos. Las
-informalidades que hubo en el reconocimiento, y la indiscreción de mi
-pobre tío, que ya bajó al sepulcro, ponen a nuestra heredera en muy
-mala situación para reclamar su mayorazgo. Nuestro papel se reduce
-hoy, según Lobo, a reclamar la no transmisión del mayorazgo a la casa
-de Rumblar, fundándonos en varias razones de <i>posesión civilísima</i>,
-<i>agnación rigurosa</i>, <i>masculinidad nuda</i>, <i>emineidad</i>, <i>saltuario</i>, con
-otras lindas palabras, que voy aprendiendo para recreo de mi triste
-soledad y entretenimiento de mis últimos días.</p>
-
-<p>»Mi tía dice que yo tengo la culpa de este desastre y cataclismo
-en que va a hundirse la más gloriosa casa que ha desafiado siglos y
-afrontado el desgaste del tiempo, sin criar hasta ahora ni una sola
-carcoma, y funda su anatema en mi oposición<span class="pagenum"
-id="Page_8">p. 8</span> al proyectado himeneo de nuestro derecho con
-el derecho de los Rumblar. Verdaderamente, no carece de razón mi tía,
-y sin duda se me preparan en el Purgatorio acerbos tormentos por haber
-ocasionado con mi tenacidad este conflicto.</p>
-
-<p>»Esta carta te la envío a Sepúlveda. Creo que serán infructuosas
-tus pesquisas en todo el camino de Francia hasta Aranda. Procura ir
-a Zamora. Yo sigo aquí mis averiguaciones con ardor infatigable; y
-demostrando gran celo por la causa francesa, he adquirido relaciones
-con empleados de alta y baja estofa, principalmente de policía pública
-y secreta.</p>
-
-<p>»Si te unes a la división de Carlos España, avísamelo. Creo que
-conviene a tu carrera militar el abandonar a esos feroces guerrilleros;
-mas, por Dios, no pases al ejército de Extremadura. Creo que de ese
-lado no vendrá la luz que deseamos; sigue en Castilla mientras puedas,
-hijo mío, y no abandones mi santa empresa. Escríbeme con frecuencia.
-Tus cartas y el placer que me causa el contestarlas, son mi único
-consuelo. Me moriría si no llorara y si no te escribiera.»</p>
-
-
-<p class="fecha">«<i>22 de marzo.</i></p>
-
-<p>»No puedes figurarte la miseria espantosa que reina en Madrid. Me
-han dicho que hoy está la fanega de trigo a 540 reales. Los ricos
-pueden vivir, aunque mal; pero los pobres se mueren por esas calles a
-centenares, sin que sea posible aliviar su hambre. Todos los arbitrios
-de la caridad son inútiles,<span class="pagenum" id="Page_9">p.
-9</span> y el dinero busca alimentos sin encontrarlos. Las gentes
-desvalidas se disputan con ferocidad un troncho de col, y las sobras
-de aquellos pocos que tienen todavía en su casa mesa con manteles. Es
-imposible salir a la calle, porque los espectáculos que se ofrecen a
-cada momento a la vista causan horror y desconfianza de la Providencia
-infinita. Vense a cada paso los mendigos hambrientos, arrojados en
-el arroyo, y en tal estado de demacración que parecen cadáveres en
-que quedó olvidado un resto de inútil y miserable vida. El lodo y la
-inmundicia de las calles y plazuelas les sirven de lecho, y no tienen
-voz sino para pedir un pan que nadie puede darles.</p>
-
-<p>»Si la policía se lo permitiera, maldecirían a los franceses, que
-tienen en sus almacenes copioso repuesto de galleta, mientras la nación
-se muere de hambre. Dicen que de agosto acá se han enterrado veinte
-mil cuerpos, y lo creo. Aquí se respira muerte; el silencio de los
-sepulcros reina en Platerías, San Felipe y la Puerta del Sol. Como han
-derribado tantos edificios, entre ellos Santiago, San Juan, San Miguel,
-San Martín, los Mostenses, Santa Ana, Santa Catalina, Santa Clara y
-bastantes casas de las inmediatas a Palacio, las muchas ruinas dan
-a Madrid el aspecto de una ciudad bombardeada. ¡Qué desolación, qué
-tristeza!</p>
-
-<p>»Los franceses se pasean alegres, satisfechos y rollizos por este
-cementerio, y su policía mortifica de un modo cruel a los vecinos
-pacíficos. No se permiten grupos en las calles, ni pararse a hablar, ni
-mirar las tiendas. A los tenderos<span class="pagenum" id="Page_10">p.
-10</span> se les aplica una multa de 200 ducados si permiten que los
-curiosos se detengan en las puertas o vidrieras, de modo que a cada
-rato los pobres horteras tienen que salir a apalear a sus parroquianos
-con la vara de medir.</p>
-
-<p>»Ayer dispuso el Rey que hubiese corrida de toros para divertir
-al pueblo: ¡qué sarcasmo! Me han dicho que la plaza estaba desierta.
-Figúrome ver en el redondel a media docena de esqueletos vestidos con
-el traje bordado de plata y oro, y con más ganas de comerse al toro que
-de trastearlo. Asistió José, que de este modo piensa ganar la voluntad
-del pueblo de Madrid.</p>
-
-<p>»Dícese que se trata de reunir Cortes en Madrid, no sé si también
-para divertir al pueblo. Azanza, ministro de Su Majestad Bonaparciana,
-me dijo que así levantarían <i>un altar frente a otro altar</i>. Creo que
-el retablo de aquí no tendrá tantos devotos como el que dejamos en
-Cádiz.</p>
-
-<p>»Ahora dicen que Napoleón va a emprender una guerra contra el
-Emperador de todas las Rusias. Esto será favorable a España, porque
-sacarán tropas de la Península, o al menos no podrán reparar las bajas
-que continuamente sufren. Veo la causa francesa bastante mal parada,
-y he observado que los más discretos de entre ellos no se hacen ya
-ilusiones respecto al resultado final de esta guerra.</p>
-
-<p>»De nuestro asunto, ¿qué puedo decir que no sea triste y
-desconsolador? Nada, hijo mío, absolutamente nada. Mis indagaciones
-no dan resultado alguno; no <span class="pagenum" id="Page_11">p.
-11</span>he podido adquirir ni la más pequeña luz, ni el más ligero
-indicio. Sin embargo, confío en Dios y espero. Dirijo esta carta a
-Santa María de Nieva, que es lo más seguro.»</p>
-
-
-<p class="fecha">«<i>1.º de abril.</i></p>
-
-<p>»Poco o nada tengo que añadir a mi carta de 22 de marzo. Continúo
-en la oscuridad, pero con fe. ¡Cuánta se necesita para permanecer en
-Madrid! Esto es un Purgatorio, por la miseria, la soledad, la tristeza,
-y un infierno por la corrupción, las violencias e inmoralidades de todo
-género que han introducido aquí los franceses. Yo no creo, como la
-mayoría de las gentes, que nuestras costumbres fueran perfectas antes
-de la invasión; pero entre aquel recatado y compungido modo de vivir,
-y esta desvergonzada licencia de hoy, es preferible a todas luces lo
-primero. La policía francesa es un instituto de cuya perversidad no se
-puede tener idea sino viviendo aquí y viendo la execrable acción de
-esta máquina puesta en las más viles manos.</p>
-
-<p>»Multitud de comisarios y agentes, escogidos entre la hez de la
-sociedad, se encargan de atrapar a los individuos que se les antoja
-y almacenarles en la Cárcel de Villa, sin forma de juicio, ni más
-guía que la arbitrariedad y la delación. El motivo aparente de estas
-tropelías es la <i>complicidad con los insurgentes</i>; pero los
-malvados de uno y otro bando se dan buena maña para utilizar la nueva
-Inquisición, que hará olvidar con sus gracias las lindezas de<span
-class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> la pasada. Todo aquel que
-quiere deshacerse de una persona que le estorba, encuentra fácil medio
-para ello, y aun ha habido quien, no contentándose con ver emparedado
-a su enemigo, le ha hecho subir al cadalso. Se cuentan cosas horribles
-que me resisto a darles crédito, entre ellas la maldad de una señora de
-esta Corte, que, mal avenida con su esposo, le delató como insurgente y
-despacharon la causa en cosa de tres días, lo necesario para ir de la
-callejuela del Verdugo a la Plaza de la Cebada. También se habla de un
-tal Vázquez, que delató a su hermano mayor, y de un tal Escalera, que
-subió la del patíbulo por intrigas de su manceba.</p>
-
-<p>»Hay una <i>Junta criminal</i> que inspira más horror que los jueces
-del infierno. Los hombres bajos que la forman condenan a muerte a los
-que leen los papeles de los insurgentes, a los <i>empecinados</i> que
-aquí llaman <i>madripáparos</i>, y a todo ser sospechoso de relaciones
-con los <i>espías, ladrones, asesinos, bandoleros, cuatreros y...
-tahúres</i>, a quienes llamáis vosotros guerrilleros o soldados de la
-patria.</p>
-
-<p>»Una de las cosas más criticadas a los franceses, además de su
-infame policía, es la introducción de los bailes de máscaras. En esto
-hay exageración, porque antes que tales escandalosas reuniones fuesen
-instituidas en nuestro morigerado país, había intrigas y gran burla
-de vigilancia de padres y maridos. Yo creo que las caretas no han
-traído acá todos los pecados grandes y chicos que se les atribuyen.
-Pero la gente honesta y timorata brama contra tal novedad, y no
-se<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> oye otra cosa sino
-que con los tapujos de las caras ya no hay tálamo nupcial seguro, ni
-casa honrada, ni padre que pueda responder del honor de sus hijas,
-ni doncella que conserve su espíritu libre y limpio de deshonestos
-pensamientos. Creo que no es justa esta enemiga contra las caretas, más
-cómodas aunque no más disimuladoras que los antiguos mantos, y tengo
-para mí que muchas personas hablan mal de las reuniones de máscaras,
-porque no las encuentran tan divertidas ni tan oscuritas como las
-verbenas de San Juan y San Pedro.</p>
-
-<p>»Pero la novedad que más indignada y fuera de sus casillas trae a
-esta buena gente, es un juego de azar llamado la <i>roleta</i>, donde
-parece baila el dinero que es un gusto. Los franceses son Barrabás
-para inventar cosas malas y pecaminosas. No respetan nada, ni aun
-las venerandas prácticas de la antigüedad, ni aun aquello que forma
-parte, desde remotísimas edades, de la ejemplar existencia nacional.
-Lo justo habría sido dejar que los padres y los hijos de familia se
-arruinaran con la baraja, siguiendo en esto sus patriarcales y jamás
-alteradas costumbres, y no introducir <i>roletas</i> ni otros aparatos
-infernales. Pero los franceses dicen que la <i>roleta</i> es un
-adelanto con respecto a los naipes, así como la guillotina es mejor que
-la horca, y la Policía mucho mejor que la Inquisición.</p>
-
-<p>»Lo peor de esto es que, según dicen, la tal endemoniada
-<i>roleta</i>, no solo es consentida por el Gobierno francés, sino
-de su propiedad, y para él son las pingües ganancias que deja. De
-este modo los franceses piensan embolsarse el poco dinero<span
-class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span> que han dejado en nuestras
-arcas.</p>
-
-<p>»No concluiré sin ponerte al corriente de un proyecto que tengo,
-y que, realizado, me parece ha de ser más eficaz para nuestro objeto
-que todas las averiguaciones y búsquedas hechas hasta ahora. El plan,
-hijo mío, consiste en interesar al mismo José en favor mío. Pienso ir
-a Palacio, donde seré recibida por el Sr. Botellas, el cual no desea
-otra cosa, y ve el cielo abierto cuando le anuncian que un Grande de
-España quiere visitarle. Hasta ahora he resistido todas las sugestiones
-de varios personajes amigos míos que se han empeñado en presentarme
-al Rey; pero pensándolo mejor, estoy decidida a ir a la Corte. En
-diciembre del 8 traté a los dos Bonaparte, y las bondades que encontré
-en José me hacen esperar que no será inútil este paso que doy, aun a
-riesgo de comprometerme con una causa que considero perdida. Adiós: te
-informaré de todo.»</p>
-
-
-<p class="fecha">«<i>22 de abril.</i></p>
-
-<p>»He estado en Palacio, hijo mío, y me he prosternado ante esa
-católica majestad de oropel, a quien sirven unos pocos españoles,
-moviéndose bulliciosamente para parecer muchos. Si yo dijera a
-cualquier habitante de Madrid que José I, conocido aquí por <i>el
-tuerto</i>, o por <i>Pepe Botellas</i>, es una persona amable,
-discreta, tolerante, de buenas costumbres, y que no desea más que el
-bien, me tendrían por loca, o quizás por vendida a los franceses.</p>
-
-<p>»Recibiome <i>Copas</i> con gozo. El buen señor no puede ocultarlo,
-cuando alguna persona de categoría da,<span class="pagenum"
-id="Page_15">p. 15</span> al visitarle, una especie de tácito
-asentimiento a su usurpación. Sin duda cree posible ser dueño de España
-conquistando uno a uno los corazones. Habrías de ver su diligencia y
-extremada dulzura en los cumplidos. Cierto que su etiqueta es menos
-severa y finchada que la de nuestros Reyes, sin perder por eso la
-dignidad, antes bien aumentándola. Habla hasta con familiaridad, se
-ríe, también se permite algunas gentilezas galantes con las damas, y a
-veces bromea con cierta causticidad muy fina, propia de los italianos.
-El acento extranjero es el único que afea su palabra. Confunde a menudo
-su lengua natal con la nuestra, y hay ocasiones en que son necesarios
-grandes esfuerzos para no reír.</p>
-
-<p>»Su figura no puede ser mejor. José vale mucho más que el barrilete
-de su hermano. Poco falta a su rostro grave y expresivo para ser
-perfecto. Viste comúnmente de negro, y el conjunto de su persona es muy
-agradable. No necesito decirte que cuanto hablan las gentes por ahí
-sobre sus turcas, es un arma inventada por el patriotismo para ayudar a
-la defensa nacional. José no es borracho. También se cuentan de él mil
-abominaciones referentes a vicios distintos del de la embriaguez; pero
-sin negarlos rotundamente, me resisto a darles crédito. En resumen,
-Botellas (nos hemos acostumbrado de tal manera a darle este nombre, que
-cuesta trabajo llamarle de otra manera) es un Rey bastante bueno, y al
-verle y tratarle, no se puede menos de deplorar que lo hayan traído, en
-vez del nacimiento y el derecho, la usurpación y la guerra.</p>
-
-<p>»Sus<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> partidarios
-aquí son pocos; tan pocos, que se pueden contar. Esta dinastía no tiene
-más súbditos leales que los Ministros, y dos o tres personas colocadas
-por ellos en altos puestos. Estos españoles que le sirven parecen
-víctimas humilladas, y no tienen aquel aire triunfador y vanaglorioso
-que suelen tomar aquí los que por méritos propios o ajeno favor se
-elevan dos dedos sobre los demás. Viven o avergonzados o medrosos, sin
-duda porque prevén que el <i>Lord</i> ha de dar al traste con todo
-esto. Algunos, sin embargo, se hacen ilusiones y dicen que tendremos
-Botellas, Azumbres y Copas por los siglos de los siglos.</p>
-
-<p>»No pertenece a estos Moratín, al cual encuentro más triste y
-más pusilánime que nunca. Ya no es secretario de la interpretación
-de lenguas, sino bibliotecario mayor, cargo que debe desempeñar a
-maravilla. Pero él no está contento; tiene miedo a todo, y más que
-a nada a los peligros de una segunda evacuación de la Corte por los
-franceses. Me ha dicho que el día en que cayese el poder intruso, no
-daría dos cuartos por su pellejo; pero creo que su hipocondría y pésimo
-humor, entenebreciendo su alma, le hacen ver enemigos en todas partes.
-Está enfermo y arruinado; mas trabaja algo, y ahora nos ha dado <i>La
-escuela de los maridos</i>, traducción del francés. Ni la he visto
-representar ni he podido leerla, porque mi espíritu no puede fijarse en
-nada de esto.</p>
-
-<p>»Moratín viene a verme a menudo con su amigo Estala, el cual es
-afrancesado rabioso, y ardiente como aquel lo es tímido y melancólico.
-Aquí no pueden<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> ver a
-Estala, que publica artículos furibundos en <i>El Imparcial</i>, y hace
-poco escribió, aludiendo a España, que <i>los que nacen en un país de
-esclavitud no tienen patria sino en el sentido en que la tienen los
-rebaños destinados para nuestro consumo</i>. Por esto y otros atroces
-partos de su ingenio que publica la <i>Gaceta</i>, es aborrecido aún
-más que los franceses.</p>
-
-<p>»Máiquez sigue en el Príncipe; y como José ha señalado a su teatro
-20.000 reales mensuales para ayuda de costa, le tachan también de
-afrancesado. Ahora, según veo en el diario, dan alternativamente el
-<i>Orestes</i>, <i>La mayor piedad de Leopoldo el Grande</i>, y una
-mala comedia arreglada del alemán, y cuyo título es <i>Ocultar, de
-honor movido, al agresor el herido</i>.</p>
-
-<p>»El teatro está, según me dicen, vacío. La pobre Pepilla González,
-de quien no te habrás olvidado, se muere de miseria, porque no pudiendo
-representar, a causa de una enfermedad que ha contraído, está sin
-sueldo, abandonada de sus compañeros. Lo estaría de todo el mundo si
-yo no cuidase de enviarle todos los días lo muy preciso para que no
-expire. Pepilla, el venerable padre Salmón y mi confesor Castillo,
-son las únicas personas a quienes puedo favorecer, porque el estado
-de mi hacienda y la carestía de las subsistencias no me permiten más.
-Te asombrará saber que los opulentos padres de la Merced necesiten de
-limosnas para vivir; pero a tal situación ha llegado la indigencia
-pública en la Corte de España, que los más gordos se han puesto como
-alambres.</p>
-
-<p>»De intento he dejado para el fin de mi carta nuestro<span
-class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> querido asunto, porque quiero
-sorprenderte. ¿No has adivinado en el tono de mi epístola que estoy
-menos triste que de ordinario? Pero nada te diré hasta que no tenga
-seguridad de no engañarte. Refrena tu impaciencia, hijo mío... Gracias
-a José, se me han suministrado algunos datos preciosos, y muy pronto,
-según acaba de decirme Azanza, este resplandor de la verdad será luz
-clara y completa. Adiós.»</p>
-
-
-<p class="fecha">«<i>21 de mayo.</i></p>
-
-<p>»Albricias, querido amigo, hijo y servidor mío. Ya está descubierto
-el paradero de nuestro verdugo. ¡Benditos sean mil veces José y esa
-desconocida reina Julia, cuyo nombre invoqué para inclinarle en mi
-favor! Santorcaz no ha pasado todavía a Francia. Desde aquí, querido
-mío, considerándote en camino hacia occidente, puedo decirte como
-a los niños cuando juegan a la gallina ciega: «Que te quemas.» Sí,
-chiquillo: alarga la mano y cogerás al traidor. ¡Cuántas veces buscáis
-el sombrero y lo lleváis puesto! Aquello que consideramos más perdido
-está comúnmente más cerca. La idea de que esta carta no te encuentre ya
-en Piedrahita, me espanta. Pero Dios no puede sernos tan desfavorable,
-y tú recibirás este papel; inmediatamente marcharás hacia Plasencia,
-y valido de tu astucia, de tu valor, de tu ingenio o de todas estas
-cualidades juntas, penetrarás en la vivienda del pícaro para arrancarle
-la joya robada que lleva siempre consigo.</p>
-
-<p>»¡Cuánto <span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span>trabajo
-ha costado averiguarlo! Ha tiempo que Santorcaz dejó el servicio. Su
-carácter, su orgullo, su extravagancia, le hacían insoportable a los
-mismos que le colocaron. Por algún tiempo fue tolerado en gracia de
-los buenos servicios que prestaba; mas se descubrió que pertenecía a
-la sociedad de los <i>filadelfos</i>, nacida en el ejército de Soult,
-y cuyo objeto era destronar al Emperador, proclamando la república.
-Quitáronle el destino poco después de habernos robado a Inés, y
-desde entonces ha vagado por la Península fundando logias. Estuvo en
-Valladolid, en Burgos, en Salamanca, en Oviedo; mas luego se perdió
-su rastro, y por algún tiempo se creyó que había entrado en Francia.
-Finalmente, la policía francesa (la peor cosa del mundo produce algo
-bueno) ha descubierto que está ahora en Plasencia, bastante enfermo
-y un tanto imposibilitado de trastornar a los pueblos con sus logias
-y cónclaves revolucionarios. ¡Qué indignidad! ¡Los perdidos, los
-tunantes, los mentirosos y falsarios quieren reformar el mundo!...
-Estoy colérica, amigo mío; estoy furiosa.</p>
-
-<p>»El que ha completado mis noticias sobre Santorcaz es un afrancesado
-no menos loco y trapisondista que él: José Marchena. ¿Le conoces? Uno
-que pasa aquí por clérigo relajado, una especie de abate que habla más
-francés que español, y más latín que francés, poeta, orador, hombre de
-facundia y de chiste, que se dice amigo de Madama Stael, y parece lo
-fue realmente de Marat, Robespierre, Legendre, Tallien y demás gentuza.
-Santorcaz y él vivieron juntos en París. Son hoy muy amigos; se<span
-class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> escriben a menudo. Pero
-este Marchena es hombre de poca reserva, y contesta a todo lo que le
-preguntan. Por él sé que nuestro enemigo no goza de buena salud, que no
-vive sino en las poblaciones ocupadas por los franceses, y que cuando
-pasa de un punto a otro, se disfraza hábilmente para no ser conocido.
-¡Y nosotros le creíamos en Francia! ¡Y yo te decía que no fueras al
-ejército de Extremadura! Ve, corre, no tardes un solo día. El ejército
-del <i>Lord</i> debe andar por allí. Te escribiré al cuartel general de
-D. Carlos España. Contéstame pronto. ¿Irás donde te mando? ¿Encontrarás
-lo que buscamos? ¿Podrás devolvérmelo? Estoy sin alma.»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch2">
- <h2 class="nobreak g0">II</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando recibí esta carta, marchaba a unirme al ejército llamado
-de Extremadura; pero que no estaba en Extremadura, sino en Fuente
-Aguinaldo, territorio de Salamanca.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>En abril había yo
-dejado definitivamente la compañía de los guerrilleros para volver
-al ejército. Tocome servir a las órdenes de un mariscal de campo
-llamado Carlos Espagne, el que después fue conde de España, de fúnebre
-memoria en Cataluña. Hasta entonces aquel joven francés, alistado en
-nuestros ejércitos desde 1792, no tenía celebridad, a pesar de haberse
-distinguido en las acciones de Barca del Puerto, de Tamames, del
-Fresno y de Medina del Campo. Era un excelente militar, muy bravo y
-fuerte; pero de carácter variable y díscolo. Digno de admiración en los
-combates, movían a risa o a cólera sus rarezas cuando no había enemigos
-delante. Tenía una figura poco simpática, y su fisonomía, compuesta
-casi exclusivamente de una nariz de cotorra y de unos ojazos pardos
-bajo cejas angulosas, revueltas, movibles, y en las cuales cada pelo
-tenía la dirección que le parecía, revelaba un espíritu desconfiado y
-pasiones ardientes, ante las cuales el amigo y el subalterno debían
-ponerse en guardia.</p>
-
-<p>Muchas de sus acciones revelaban lamentable vaciedad en los
-aposentos cerebrales, y si no peleamos algunas veces contra molinos
-de viento, fue porque Dios nos tuvo de su mano; pero era frecuente
-tocar llamada en el silencio y soledad de la alta noche, salir
-precipitadamente de los alojamientos, buscar al enemigo que tan a
-deshora nos hacía romper el dulce sueño, y no encontrar más que al
-lunático España vociferando en medio del campo contra sus invisibles
-compatriotas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>Mandaba este hombre
-una división perteneciente al ejército de que era comandante general
-D. Carlos O’Donnell. Habíasele unido por aquel tiempo la partida de
-D. Julián Sánchez, guerrillero muy afortunado en Castilla la Vieja,
-y se disponía a formar en las filas de Wellington, establecido en
-Fuente Aguinaldo, después de haber ganado a Badajoz a fines de marzo.
-Los franceses de Castilla la Vieja mandados por Marmont andaban muy
-desconcertados. Soult operaba en Andalucía sin atreverse a atacar al
-<i>Lord</i>, y este decidió avanzar resueltamente hacia Castilla.
-En resumen, la guerra no tomaba mal aspecto para nosotros; por el
-contrario, aparecía en evidente declinación la estrella imperial,
-después de los golpes sufridos en Ciudad-Rodrigo, Arroyomolinos y
-Badajoz.</p>
-
-<p>Yo había recibido el empleo de comandante en febrero de aquel
-mismo año. Por mi ventura mandé durante algún tiempo (pues también
-fui jefe de guerrillas) una partida que recorrió el país de Aranda, y
-luego las sierras de Covarrubias y la Demanda. A principios de marzo
-tenía la seguridad de que Santorcaz no estaba en aquel país. Alargué
-atrevidamente mis excursiones hasta Burgos, ocupada por los franceses;
-entré disfrazado en la plaza, y pude saber que el antiguo comisario
-de policía había residido allí meses antes. Bajando luego a Segovia,
-continué mis pesquisas; pero una orden superior me obligó a unirme a la
-división de D. Carlos España.</p>
-
-<p>Obedecí, y como en los mismos días recibiese<span class="pagenum"
-id="Page_23">p. 23</span> la última carta de las que puntualmente he
-copiado, juzgué favor especial del cielo la disposición militar que
-me enviaba a Extremadura. Pero, como he dicho, Wellington, a quien
-debiera unirse D. Carlos España, había dejado ya las orillas del
-Tiétar. Nosotros debíamos salir de Piedrahita para unirnos a él en
-Fuente Aguinaldo o en Ciudad-Rodrigo. De aquí se podía ir fácilmente a
-Plasencia.</p>
-
-<p>Mientras con zozobra y desesperación revolvía en mi mente distintos
-proyectos, ocurrieron sucesos que no debo pasar en silencio.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch3">
- <h2 class="nobreak g0">III</h2>
-</div>
-
-<p>Después de larguísima jornada durante la tarde y gran parte de
-una hermosísima noche de junio, España ordenó que descansásemos en
-Santibáñez de Valvaneda, pueblo que está sobre el camino de Béjar a
-Salamanca. Teníamos provisiones relativamente abundantes, dada la
-gran escasez de la época, y como reinaba en el ejército muy buena
-disposición a divertirse, allí era de ver la algazara y alegría del
-pueblo a media noche, cuando tomamos posesión de las casas, y con las
-casas, de los jergones y baterías de cocina.</p>
-
-<p>Tocome habitar en el mejor aposento de una casa con resabios de
-palacio y honores de<span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span>
-mesón. Acomodó mi asistente para mí una hermosa cama, y no tengo
-inconveniente en decir que me acosté, sí, señores, sin que nada
-extraordinario ni con asomos de poesía me ocurriese en aquel acto
-vulgar de la vida. Y también es cierto, aunque igualmente prosaico, que
-me dormí, sin que el crepúsculo de mis sentidos me impresionase otra
-cosa que la histórica canción cantada a media voz por mi asistente en
-la estancia contigua:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">En el Carpio está Bernardo</div>
- <div class="verse indent0">y el Moro en el Arapil.</div>
- <div class="verse indent0">Como va el Tormes por medio,</div>
- <div class="verse indent0">non se pueden combatir.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Me dormí, y no se crea que ahora van a salir fantasmas, ni que los
-rotos artesanados o vetustas paredes de la histórica casa, antaño
-palacio y hoy venta, se moverán para dar entrada a un deforme vestiglo,
-ni mucho menos a una alta doncella de acabada hermosura que venga a
-suplicar me tome el trabajo de desencantarla o prestarle cualquier
-otro servicio, ora del dominio de la fábula, ora del de las bajas
-realidades. Ni esperen que dueña barbuda, ni enano enteco, ni fiero
-gigante vengan súbito a hacerme reverencias, y mandarme les siga por
-luengos y oscuros corredores que conducen a maravillosos subterráneos
-llenos de sepulturas o tesoros. Nada de esto hallarán en mi relato los
-que lo escuchan. Sepan tan solo que me dormí. Por largo tiempo, a pesar
-de la profundidad del sueño, no me abandonó la sensación del ruido que
-sonaba en la parte baja de la<span class="pagenum" id="Page_25">p.
-25</span> casa. Las pisadas de los caballos retumbaban en mi cerebro
-con eco lejano, produciendo vibración semejante a la de un hondo
-temblor de tierra. Pero estos rumores cesaron poco a poco, y al fin
-todo quedó en silencio. Mi espíritu se sumergió en esa esfera sin
-nombre, en que desaparece todo lo externo, absolutamente todo, y se
-queda él solo, recreándose en sí propio o jugando consigo mismo.</p>
-
-<p>Pero de repente, no sé a qué hora, ni después de cuántas horas de
-sueño, despertome una sensación singularísima, que no puedo descifrar,
-porque sin que fuese afectado ninguno de mis sentidos, me incorporé
-rápidamente diciendo: «¿Quién está aquí?»</p>
-
-<p>Ya despierto, grité a mi asistente:</p>
-
-<p>—Tribaldos, levántate y enciende luz.</p>
-
-<p>Casi en el mismo instante en que esto decía, comprendí mi engaño.
-Estaba enteramente solo. No había ocurrido otra cosa sino que mi
-espíritu, en una de sus caprichosas travesuras (pues esto son
-indudablemente las fantasmagorías del sueño), había hecho el más
-común de todos, que consiste en fingirse dos, con ilusoria y mentida
-división, alterando por un instante su eternal unidad. Este misterioso
-<i>yo y tú</i> suele presentarse también cuando estamos despiertos.</p>
-
-<p>Pero si en mi alcoba nada ocurría de extraño fuera de mí, como lo
-demostró al entrar en ella Tribaldos alumbrando y registrando, algo
-ocurría en los bajos del edificio, donde el grave silencio de la noche
-fue interrumpido por fuerte algazara de gente, coches y caballos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>—Mi comandante —dijo
-Tribaldos sacando el sable para dar tajos en el aire a un lado y otro—,
-esos pillos no quieren dejarnos dormir esta noche. ¡Afuera, tunantes!
-¿Pensáis que os tengo miedo?</p>
-
-<p>—¿Con quién hablas?</p>
-
-<p>—Con los duendes, señor —repuso—. Han venido a divertirse con usía,
-después que jugaron conmigo. Uno me cogía por el pie derecho, otro
-por el izquierdo, y otro, más feo que Barrabás, atome una cuerda al
-cuello, y con este tren y el tirar por aquí y por allí, me llevaron
-volando a mi pueblo para que viese a Dorotea hablando con el sargento
-Moscardón.</p>
-
-<p>—¿Pero crees tú en duendes?</p>
-
-<p>—¡Pues no he de creer, si los he visto! Más paseos he dado con
-ellos que pelos tengo en la cabeza —repuso con acento de convicción
-profunda—. Esta casa está llena de sus señorías.</p>
-
-<p>—Tribaldos, hazme el favor de no matar más mosquitos con tu sable.
-Deja los duendes, y baja a ver de qué proviene ese infernal ruido que
-se siente en el patio. Parece que han llegado viajeros; pero, según lo
-que alborotan, ni el mismo Sir Arturo Wellesley con todo su séquito
-traería más gente.</p>
-
-<p>Salió el mozo dejándome solo, y al poco rato le vi aparecer de
-nuevo, murmurando entre dientes frases amenazadoras, y con desapacible
-mohín en la fisonomía.</p>
-
-<p>—¿Creerá mi comandante que son ingleses o príncipes viajantes
-los que de tal modo atruenan<span class="pagenum" id="Page_27">p.
-27</span> la casa? Pues son cómicos, señor; unos comiquillos que van a
-Salamanca para representar en las fiestas de San Juan. Lo menos conté
-ocho entre damas y galanes, y traen dos carros con lienzos pintados,
-trajes, coronas doradas, armaduras de cartón y mojigangas. Buena
-gente... El ventero les quiso echar a la calle; pero han sacado dinero,
-y su majestad el Sr. Chiporro, al ver lo amarillo, les tratará como a
-duques.</p>
-
-<p>—¡Malditos sean los cómicos! Es la peor raza de bergantes que
-hormiguea en el mundo.</p>
-
-<p>—Si yo fuera D. Carlos España —dijo mi asistente demostrándome
-los sentimientos benévolos de su corazón—, cogería a todos los de
-la compañía, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les
-arcabuceaba.</p>
-
-<p>—Tanto no.</p>
-
-<p>—Así dejarían de hacer picardías. Pedrezuela y su endemoniada
-mujer la María Pepa del Valle, cómicos eran. Había que ver con qué
-talento hacía él su papel de comisionado regio y ella el de la señora
-comisionada regia. De tal modo engañaron a la gente, que en todos los
-pueblos por donde corrían les creyeron, y en el Tomelloso, que es el
-mío y no es tierra de bobos, también.</p>
-
-<p>—Ese Pedrezuela —dije, sintiendo que el sueño se apoderaba
-nuevamente de mí— fue el que en varios pueblos de la margen del Tajo
-condenó a muerte a más de sesenta personas.</p>
-
-<p>—El mismo que viste y calza —repuso—; pero ya las pagó todas juntas,
-porque cuando<span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span> el
-general Castaños y yo fuimos a ayudar al <i>Lord</i> en el bloqueo de
-Ciudad-Rodrigo, cogimos a Pedrezuela y a su mujercita y los fusilamos
-contra una tapia. Desde entonces, cuando veo un cómico, muevo el dedo
-buscando el gatillo.</p>
-
-<p>Tribaldos salió para volver un momento después.</p>
-
-<p>—Me parece que se marchan ya —dije notando un ruido que anunciaba la
-partida.</p>
-
-<p>—No, mi comandante —repuso riendo—: es que el sargento Panduro y
-el cabo Rocacha han pegado fuego al carro donde llevan los trebejos
-de representar. Oiga mi comandante chillar a los reyes, príncipes
-y senescales al ver cómo arden sus tronos, sus coronas y mantos de
-armiño. ¡Cáspita, cómo graznan las princesas y archipámpanas! Voy abajo
-a ver si esa canalla llora aquí tan bien como en el teatro... El jefe
-de la compañía da unos gritos... ¿Oye mi comandante?... Vuelvo abajo a
-verlos partir.</p>
-
-<p>Claramente oí aquella entre las demás voces irritadas, y lo más
-extraño es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me
-hizo estremecer. Yo conocía aquella voz.</p>
-
-<p>Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos
-extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres víctimas de una
-cruel burla de soldados, salían a toda prisa de la venta. Cuando yo
-salía, entró Tribaldos y me dijo:</p>
-
-<p>—Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillería. Todo el
-patio está lleno<span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> con
-pedazos encendidos de los palacios de Varsovia, y con los yelmos de
-cartón, y la sotana encarnada del Dux de Venecia.</p>
-
-<p>—¿Y por qué lado se han ido esos infelices?</p>
-
-<p>—Hacia Grijuelo.</p>
-
-<p>—Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sígueme al momento.</p>
-
-<p>—Mi comandante, el general España quiere ver a usía ahora mismo. El
-ayudante de su excelencia ha traído el recado.</p>
-
-<p>—El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con
-el general... Pero me he puesto el corbatín al revés... dame acá esa
-casaca, bruto... ¡Pues no me iba sin ella!</p>
-
-<p>—El general espera a usía. De abajo se sienten las patadas y voces
-que da en su alojamiento.</p>
-
-<p>Al bajar a la plaza, ya los incómodos viajeros habían desaparecido.
-D. Carlos España me salió al encuentro diciéndome:</p>
-
-<p>—Acabo de recibir un despacho del <i>Lord</i> mandándome marchar
-hacia Sancti Spíritus... Arriba todo el mundo; tocar llamada.</p>
-
-<p>Y así concluyó un incidente que no debiera ser contado si no se
-relacionara con otros curiosísimos que se verán a continuación.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">IV</h2>
-</div>
-
-<p>Dejando el camino real a la derecha, nos dirigimos por una senda
-áspera y tortuosa para atravesar la sierra. Vino la aurora, vino el
-día, sin que en todo él ocurriese ningún suceso digno de ser marcado
-con piedra blanca, negra ni amarilla; mas en el siguiente tuve un
-encuentro que desde luego señalo como de los más felices de mi vida.</p>
-
-<p>Marchábamos perezosamente al mediodía sin cuidados ni precauciones,
-por la seguridad de que no encontraríamos franceses en tan agrestes
-parajes. Iban cantando los soldados, y los oficiales disertando en
-amena conversación sobre la campaña emprendida; dejábamos a los
-caballos seguir en su natural y pacífica andadura, sin espolearlos ni
-reprimirlos. El día era hermoso, y a más de hermoso algo caliente, por
-lo cual caía la llama del sol sobre nuestras espaldas, calentándolas
-más de lo necesario.</p>
-
-<p>Yo iba de vanguardia. Al llegar a la vista de San Esteban de la
-Sierra, pueblo pequeño, rodeado de frondosa verdura y grata sombra de
-árboles, a cuyo amparo habíamos resuelto sestear, sentí algazara en
-los primeros grupos de soldados que marchaban delante, rotas las<span
-class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> filas y haciendo de las suyas
-con los aldeanos que se parecían en el camino.</p>
-
-<p>—No es nada, mi comandante —me contestó Tribaldos, a quien pregunté
-la causa de tan escandalosa gritería—. Son Panduro y Rocacha que han
-topado con un fraile agustino, y más que agustino pedigüeño, y más que
-pedigüeño tunante, el cual no se apartó del camino cuando la tropa
-pasaba.</p>
-
-<p>—¿Y qué le han hecho?</p>
-
-<p>—Nada más que jugar a la pelota —respondió riendo—. Su paternidad
-llora y calla.</p>
-
-<p>—Veo que Rocacha monta un asno y corre en él hacia el lugar.</p>
-
-<p>—Es el asno de su paternidad, pues su paternidad trae un asno
-consigo cargado de nabos podridos.</p>
-
-<p>—Que dejen en paz a ese pobre hombre, ¡por vida de!... —grité con
-ira—, y que siga su camino.</p>
-
-<p>Adelanteme y distinguí entre soldados, que de mil modos le
-mortificaban, a un bendito cogulla, vestido con el hábito agustino, y
-azorado y lloroso.</p>
-
-<p>—¡Señor —decía mirando piadosamente al cielo y con las manos
-cruzadas—, que esto sea en descargo de mis culpas!</p>
-
-<p>Su hábito descolorido y lleno de agujeros cuadraba muy bien a la
-miserable catadura de un flaquísimo y amarillo rostro, donde el polvo,
-con lágrimas o sudores amasado, formaba costras parduzcas. Lejos
-de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los
-conventos urbanos, los mejores<span class="pagenum" id="Page_32">p.
-32</span> criaderos de gente que se han conocido, parecía anacoreta de
-los desiertos o mendigo de los campos. Cuando se vio menos hostigado,
-volvió a un lado y otro los ojos buscando a su desgraciado compañero de
-infortunio, y como le viese volver a escape y jadeando, oprimidos los
-ijares por el poderoso Rocacha, se apresuró a acudir a su encuentro.
-En tanto yo miraba al buen fraile, y cuando le vi volver, tirando ya
-del cordel de su asno reconquistado, no pude reprimir una exclamación
-de sorpresa. Aquella cara, que al pronto despertó vagos recuerdos en
-mi mente, reveló al fin su enigma, y a pesar de la edad transcurrida
-y de lo injuriada que estaba por años y penas, la reconocí como
-perteneciente a una persona con quien tuve amistad en otro tiempo.</p>
-
-<p>—Sr. Juan de Dios —exclamé deteniendo mi caballo a punto que el
-fraile pasaba junto a mí—, ¿es usted o no el que veo dentro de esos
-hábitos y detrás de esa capa de polvo?</p>
-
-<p>El agustino me miró sobresaltado, y luego que por buen rato me
-contemplara, díjome así con melifluo acento:</p>
-
-<p>—¿De dónde me conoce el señor general? Juan de Dios soy, en efecto.
-Doy gracias a su eminencia por haber mandado que me devolvieran el
-burro.</p>
-
-<p>—¿Eminencia me llama usted?... —repuse—. Todavía no me han hecho
-cardenal.</p>
-
-<p>—En mi turbación no sé lo que me digo. Si su alteza me da licencia
-me retiraré.</p>
-
-<p>—Antes pruebe a ver si me conoce. ¿Mi cara ha variado tanto desde
-aquel tiempo en<span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> que
-estábamos juntos en casa de D. Mauro Requejo?</p>
-
-<p>Este nombre hizo estremecer al buen agustino, que fijó en mí sus
-ojos calenturientos, y más bien espantado que sorprendido, dijo:</p>
-
-<p>—¿Será posible que el que tengo delante sea Gabriel? ¡Jesús mío!
-Señor general, ¿es usted Gabriel, el que en abril de 1808...? Lo
-recuerdo bien... Deme usted a besar sus pies... ¿Conque es Gabriel en
-persona?</p>
-
-<p>—El mismo soy. ¡Cuánto me alegro de que nos hayamos encontrado!
-Usted hecho un frailito...</p>
-
-<p>—Para servir a Dios y salvar mi alma. Hace tiempo que abracé esta
-vida tan trabajosa para el cuerpo como saludable para el alma. ¿Y tú,
-Gabriel?... ¿Y usted, Sr. D. Gabriel, se dedicó a la milicia? También
-es honrosa la vida de las armas, y Dios premia a los buenos soldados,
-algunos de los cuales santos han sido.</p>
-
-<p>—A eso voy, padre, y usted parece que ya lo consiguió, porque su
-pobreza no miente, y su cara de mortificación me dice que ayuna los
-siete reviernes.</p>
-
-<p>—Yo soy un humildísimo siervo de Dios —dijo bajando los ojos—, y
-hago lo poco que está en mi miserable poder. Ahora, señor general,
-experimento mucho gozo en ver a usted... y en reconocer al generoso
-mancebo que fue mi amigo; y con esto y su venia me retiro, pues este
-ejército va sierra adentro, y yo busco el camino real.</p>
-
-<p>—No permito que nos separemos tan pronto, amigo mío. Usted está
-fatigado, y además<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span>
-no tiene cara de haber cumplido aquel precepto que manda empiece la
-caridad por uno mismo. En ese pueblo descansará el regimiento. Vamos
-a comer lo que haya, y usted me acompañará para que hablemos un poco,
-refrescando viejas memorias.</p>
-
-<p>—Si el señor general me lo manda, obedeceré, porque mi destino es
-obedecer —dijo marchando junto a mí en dirección al pueblo.</p>
-
-<p>—Veo que el asno tiene mejor pelaje que su dueño, y no se mortifica
-tanto con ayunos y vigilias. Le llevará a usted como una pluma, porque
-parece una pieza de buena andadura.</p>
-
-<p>—Yo no monto nunca en él —me respondió sin alzar los ojos del
-suelo—. Voy siempre a pie.</p>
-
-<p>—Eso es demasiado.</p>
-
-<p>—Llevo conmigo este bondadoso animal para que me ayude a cargar las
-limosnas y los enfermos que recojo en los pueblos para llevarlos al
-hospital.</p>
-
-<p>—¿Al hospital?</p>
-
-<p>—Sí, señor. Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en
-Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios,
-hace doscientos y setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros
-estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios
-pueblos de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos las
-casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la
-nuestra, y vivimos de limosnas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>—¡Admirable vida,
-hermano! —dije bajando del caballo y encaminándome con otros oficiales
-y el bendito Juan a un bosquecillo que a la vera del pueblo estaba,
-donde, a la grata sombra de algunos corpulentos y frescos árboles, nos
-prepararon nuestros asistentes una frugal comida.</p>
-
-<p>—Ate usted su burro en el tronco de un árbol, y acomódese sobre este
-césped junto a mí, para que demos al cuerpo alguna cosa, que todo no ha
-de ser para el alma.</p>
-
-<p>—Haré compañía al Sr. D. Gabriel —dijo Juan de Dios humildemente
-luego que ató la cabalgadura—. Yo no como.</p>
-
-<p>—¿Que no come? ¿Por ventura manda Dios que no se coma? ¿Y cómo ha de
-estar dispuesto a servir al prójimo un cuerpo vacío? Vamos, Sr. Juan de
-Dios, deje a un lado esa cortedad.</p>
-
-<p>—Yo no como viandas aderezadas en cocina, ni nada caliente y
-compuesto que tenga olor a gastronomía.</p>
-
-<p>—¿Llama gastronomía a este carnero fiambre y seco, a este pan más
-duro que roca?</p>
-
-<p>—Yo no puedo probar eso —repuso sonriendo—. Me alimento tan solo con
-yerbas del campo y raíces silvestres.</p>
-
-<p>—Hombre, lo admiro; pero francamente... Al menos beberá usted un
-trago. Es de Rueda.</p>
-
-<p>—No bebo más que agua.</p>
-
-<p>—¡Hombre... agua y yerbecitas del campo! Lindo comistrajo es ese. En
-fin, si de tal modo se salva uno...</p>
-
-<p>—Ya hace tiempo que hice voto firmísimo<span class="pagenum"
-id="Page_36">p. 36</span> de vivir de esa manera, y hasta hoy, D.
-Gabriel mío, aunque no limpio de pecados, tengo la satisfacción de no
-haber cometido el de faltar a mi voto una sola vez.</p>
-
-<p>—Pues no insisto, amigo. No se vaya usted a condenar por culpa mía.
-La verdad es que tengo un hambre... Pobre Sr. Juan de Dios... ¡Quién
-había de decir que nos encontraríamos después de tantos años...! ¿No es
-verdad?</p>
-
-<p>—Sí, señor.</p>
-
-<p>—Yo creí que usted había pasado a mejor vida. Como desapareció...</p>
-
-<p>—Entré en la Orden en enero del año 9. Acabé mis primeros ejercicios
-en marzo, y recibí las primeras órdenes el año último. Todavía no soy
-fraile profeso.</p>
-
-<p>—¡Cuántas cosas han pasado desde que no nos vemos!</p>
-
-<p>—¡Sí, señor, cuántas!</p>
-
-<p>—Usted, retirado del mundo, vive de un modo beatífico sin penas ni
-alegrías, contento de su estado...</p>
-
-<p>Juan de Dios exhaló un suspiro profundísimo, y después bajó los
-ojos. Observándole bien, advertí las señales que en su extenuado rostro
-patentizaban no ser jactancia de beato aquello de las campestres
-yerbecitas y agua de los arroyos cristalinos. Bordeaba sus ojos un
-cerco violáceo muy intenso, que hacía más vivo el brillo de sus
-pupilas, y marcándosele los huesos de la cara bajo la estirada y
-amarillenta piel. Su expresión era la de las almas exaltadas por una
-piedad que igualmente hace sus efectos en el espíritu y en el sistema
-nervioso. Misticismo<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span>
-y enfermedad al mismo tiempo, es una devoción singular que ha llevado
-hermosísimas figuras al cielo de las grandezas humanas. Si en un
-principio creí ver en Juan de Dios un poco de artificio e hipocresía,
-muy luego convencime de lo contrario, y aquel santo varón, arrojado
-por las tempestades mundanas a la vida contemplativa y austera, vivía
-inflamado por un fervor tan ardiente como sincero. Se le veía quemarse;
-se observaba la combustión de aquel cuerpo, que poco a poco se
-convertía en ceniza, calcinado por la llama de la espiritual calentura;
-se veía que aquel hombre apenas a la tierra tocaba, apenas al mundo
-de los vivos, y que la miserable arcilla que aún mantenía el noble
-espíritu con endeble atadura, se iba descomponiendo y desmenuzándose
-grano a grano.</p>
-
-<p>—Es admirable, amigo mío —le dije—, que haya llegado a tan lisonjero
-estado de santidad un hombre que no se vio libre ciertamente de las
-pasiones mundanas.</p>
-
-<p>La fisonomía de Fr. Juan de Dios contrájose con ligero temblor. Pero
-serenándose al punto su rostro, me dijo:</p>
-
-<p>—¿No sabe usted qué ha sido de aquellos benditos señores de Requejo?
-Sentiría que les hubiese pasado alguna desgracia.</p>
-
-<p>—No he vuelto a saber de ellos. Estarán cada vez más ricos, porque
-los pícaros hacen fortuna.</p>
-
-<p>El fraile no hizo gesto alguno de asentimiento.</p>
-
-<p>—Pero Dios les habrá castigado al fin —continué— por<span
-class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> los martirios que hicieron
-padecer a aquella infeliz joven...</p>
-
-<p>Al decir esto, advertí que en las venas de aquel miserable cuerpo
-humano, que la tumba pedía para sí, quedaba todavía un resto de sangre.
-Bajo la piel de la cara se traslucieron por un instante las hinchadas
-venas azules, y un ligero tinte amoratado encendió la austera frente.
-No me hubiera sorprendido más ver una imagen de madera sonrojándose al
-contacto del beso de las devotas.</p>
-
-<p>—Dios sabrá lo que tiene que hacer con los señores de Requejo por
-esa conducta —me contestó.</p>
-
-<p>—Creo que no le será indiferente a usted saber el fin que ha tenido
-aquella desgraciada joven.</p>
-
-<p>—¿Indiferente? No —repuso poniéndose como un cadáver.</p>
-
-<p>—¡Oh! Las personas destinadas a padecer... —dije observando
-atentamente la impresión que en el santo producían mis palabras—.
-Aquella pobre joven tan buena, tan bonita, tan modesta...</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Ha muerto.</p>
-
-<p>Yo creí que Juan de Dios se conmovería al oír esto; pero con gran
-sorpresa vi su rostro resplandeciente de serenidad y beatitud. Mi
-asombro llegó a su colmo cuando, en tono de convicción profundísima,
-dijo:</p>
-
-<p>—Ya lo sabía. Murió en el convento de Córdoba, donde la encerró su
-familia en junio de 1808.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>—¿Y cómo sabe usted
-eso? —pregunté, respetando el engaño del pobre agustino.</p>
-
-<p>—Nosotros tenemos visiones singulares. Dios permite que por un
-estado especial de nuestro espíritu, sepamos algunos hechos ocurridos
-en país lejano, sin que nadie nos los cuente. Inés murió. Yo la he
-visto repetidas veces en mis éxtasis, y es indudable que solo se
-nos presenta la imagen de las personas que han tenido la suerte de
-abandonar para siempre este ruin y miserable mundo.</p>
-
-<p>—Así debe ser.</p>
-
-<p>—Así es, aunque los torpes ojos del cuerpo crean otra cosa. ¡Ay!
-Los del alma son los que no se engañan nunca, porque hay siempre en
-ellos un rayo de eterna luz. La corporal vista es un órgano de quien
-dispone a su antojo el demonio para atormentarnos. Lo que vemos en ella
-es muchas veces ilusorio y fantástico. Yo, Sr. D. Gabriel, padezco
-tormentos muy horrorosos por las continuas pruebas a que sujeta mi
-espíritu el Señor de cielo y tierra, y por los pérfidos amaños del
-espíritu maligno, que, anhelando perderme, juega con mis débiles
-sentidos, y se burla de esta desgraciada criatura.</p>
-
-<p>—Querido amigo, cuénteme usted lo que pasa. Yo también sirvo a
-veces de juguete y mofa a ese señor demonio, y puedo dar a usted algún
-buen consejo sobre el modo de vencerle y burlarse de él en vez de ser
-burlado.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span></p>
- <h2 class="nobreak">V</h2>
-</div>
-
-<p>—Puesto que usted ha nombrado a una persona que tanta parte ha
-tenido en que yo abandonase el perverso siglo, y puesto que usted
-conoció entonces mis secretos, nada debo ocultarle. Cuando Dios me crió
-dispuso que padeciese, y he padecido como ningún otro mortal sobre la
-tierra. Antes de sentir en mi alma el rayo divino de la eterna gracia,
-que me alumbró el sendero de esta nueva vida, una pasión mundana me
-hizo desgraciado. Después que me abracé a la santa cruz para salvarme,
-las turbaciones, debilidades y agonías de mi espíritu han sido tales,
-que pienso es esto disposición de Dios para que conozca en vida
-infierno y purgatorio antes de subir a la morada de los justos... Amé a
-una mujer, mas con tanta exaltación, que mi naturaleza quedó en aquel
-trance trastornada. Cuando comprendí que todo había concluido, yo no
-tenía ya entendimiento, memoria ni voluntad. Era una máquina, señor
-oficial, una máquina estúpida: mis sentidos estaban muertos. Vivía en
-las tinieblas, pues nada veía, y en una especie de letargoso asombro.
-Varias veces he pensado después si, como aquel estupor mío, será el
-limbo a donde van los que apenas han nacido.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span>—Justo. Así debe
-ser.</p>
-
-<p>—Cuando volví en mí, querido señor, formé el proyecto de hacerme
-fraile. Yo había concluido para el mundo. Me confesé con grandísimo
-fervor. El padre Busto aprobó con entusiasmo mi propósito de consagrar
-a la religión el resto de mis tristes días, y como yo manifestara
-deseo de entrar en la Orden más pobre y donde más trabajase el cuerpo
-y más apartada de mundanales atractivos estuviese el ánima, señalome
-esta regla de hermanos hospitalarios. ¡Ay!, mi alma recibió un consuelo
-inexplicable. Buscaba los sitios solitarios para meditar, y meditando
-sentía rodeada mi cabeza de celestial atmósfera. ¡Qué luz tan pura!
-¡Qué dulzura y suave silencio en el aire!</p>
-
-<p>—¿Y después?</p>
-
-<p>—¡Ay! Después empezaron nuevamente mis infortunios bajo otra forma.
-Dios decretó que yo padeciese y padeciendo estoy... Óigame usted un
-momento más. Comencé mis estudios y las prácticas religiosas para
-ingresar en la Orden. Recibiéronme una mañana en el convento, donde
-vestí el traje de lego. Di aquel día mis lecciones más contento que
-nunca; asistí como fámulo a los pobres de la enfermería, y por la
-tarde, tomando el segundo tomo de <i>Los nombres de Cristo</i>, por
-el maestro Fr. Luis de León, libro que me agradaba en extremo, fuime
-a la huerta, y en el sitio más secreto y callado de ella, entregué mi
-espíritu a las delicias de la lectura. No había acabado el capítulo
-hermosísimo que se titula <i>Descripción de la miseria humana y
-origen de su fragilidad</i>,<span class="pagenum" id="Page_42">p.
-42</span> cuando sentí un calofrío muy intenso en todo mi cuerpo, una
-gran turbación, una zozobra muy viva, pues toda la sangre agolpose
-en mi pecho, y experimenté una sensación que no puedo decir si era
-gozo profundísimo o dolor agudo. Una extraña figura, bulto o sombra,
-impresionó mi vista; miré, y la vi: era ella misma, sentada en el banco
-de piedra junto a mí.</p>
-
-<p>—¿Quién?</p>
-
-<p>—¿Necesito decir su nombre?</p>
-
-<p>—Ya.</p>
-
-<p>—El libro se me cayó de las manos; observé la asombrosa visión,
-pues visión era, y el mundano amor renació violentamente en mi pecho
-como la explosión de una mina. Quedé absorto, señor, mudo y entre
-suspendido y aterrado. Era ella misma, y me miraba con sus dulces
-ojos, trastornándome. Separábala de mí una distancia como de media
-vara; mas no hice movimiento alguno para acercarme a ella, porque el
-mismo estupor, la admiración que tal prodigio de belleza me producía,
-el mismo fuego amoroso que quemaba mi ser, teníanme arrobado y sin
-movimiento. Estaba vestida con riquísima túnica de una blanca y sutil
-tela, la cual, así como las nubes ocultan el sol sin esconderlo,
-ocultaba su hermoso cuerpo, antes empañándolo que cubriéndolo. Bajo
-la falda asomaba desnudo uno de sus delicados pies; sus cabellos,
-ensortijados con arte incomparable, le caían en hermosas guedejas a un
-lado y otro de la cara, entre sartas de orientales perlas, y en la mano
-derecha sostenía un<span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span>
-pequeño ramillete de olorosas flores, cuya esencia llegaba hasta mí
-embriagándome el sentido.</p>
-
-<p>—En verdad, Sr. Juan de Dios, que nunca he visto a la señorita
-Inés en semejante traje, no muy propio por cierto para pasear en
-jardines.</p>
-
-<p>—¿Que había usted de verla, si aquella imagen no era forma corporal
-y tangible, sino una fábrica engañosa del demonio, que desde aquel día
-me escogió para víctima de sus abominables experimentos?</p>
-
-<p>—¿Y la joven del pie desnudo y el ramo de flores, no dijo alguna
-palabrilla?</p>
-
-<p>—Ni media, hermano.</p>
-
-<p>—¿Y usted no le dijo nada, ni traspasó el espacio de media vara que
-había entre los dos?</p>
-
-<p>—No podía hablar. Acerqueme, sí, a ella, y en el mismo momento
-desapareció.</p>
-
-<p>—¡Qué picardía! Pero el demonio es así, amigo mío: ofrece y no
-da.</p>
-
-<p>—Mucho tardé en reponerme de la horrible sensación que aquello dejó
-en mi alma. Al fin recogí el libro, y dirigí mis pensamientos a Dios.
-¡Ay, qué extraña sensación! Tan extraña es, que no puedo explicarla.
-Figuraos, querido señor, que mis pensamientos, al remontarse al cielo
-tomando forma material, fueran detenidos y rechazados por una mano
-poderosa. Esto ni más ni menos era lo que yo sentía. Quería pensar y
-no tenía espíritu más que para sentir. Por mi cuerpo corrían, a modo
-de relámpagos del movimiento, unas convulsiones<span class="pagenum"
-id="Page_44">p. 44</span> ardientes... ¡Ay! no, no puedo de modo alguno
-explicar esto... En mi cuerpo chisporroteaba algo, cual mechas que
-se van apagando, y cuyas pavesas, mitad fuego, mitad ceniza, caen al
-suelo... Levanteme; quise entrar en la iglesia; pero... ¿creerá usted
-que no podía? No, no podía. Alguien me tiraba de la cola del hábito
-hacia afuera. Corrí a la celda que me habían destinado, y arrojándome
-en el suelo, puse la frente sobre mis manos y mis manos sobre los
-ladrillos. Así estuve toda la noche orando y pidiendo a Dios que me
-librara de aquellas horribles tentaciones, diciéndole que yo no quería
-pecar, sino servirle; que yo quería ser bueno y puro y santo.</p>
-
-<p>—¿Por qué no contó usted el caso a otros frailes experimentados en
-cosas de visiones y tentaciones?</p>
-
-<p>—Así lo hice al punto. Consulté aquella misma tarde con el padre
-Rafael de los Ángeles, varón muy pío y que me mostraba gran cariño,
-el cual me dijo que no tuviese cuidado, pues para desnudar el
-entendimiento (así mismo lo dijo) de tales aprensiones imaginarias y
-naturales, bastaba una piedad constante, una mortificación infatigable
-y una humildad sin límites. Añadiome que él, en los primeros años de
-vida monástica, había experimentado iguales aprietos y compromisos;
-mas que al fin, con las rudas penitencias y lecturas místicas,
-había convencido al demonio de la inutilidad de sus esfuerzos para
-pervertirlo, con lo cual le dejó tranquilo. Aconsejóme que entrase en
-la vida activa de la Orden; que<span class="pagenum" id="Page_45">p.
-45</span> marchase en pos de las miserias y lástimas del mundo,
-recogiendo enfermos por los pueblos para traerlos a los hospitales;
-que vagase por los campos, haciendo corporal ejercicio y alimentándome
-con yerbas y raíces, para que el miserable y torpe cuerpo, privado
-de todo regalo, adquiriese la sequedad y rigidez que ahuyentan la
-concupiscencia. Encargome, además, que durmiese poco, y jamás sobre
-blanduras, sino más bien encima de duras rocas o picudas zarzas,
-siempre que pudiere; que asimismo me apartase de toda sociedad de
-amigos, esquivando coloquios sobre negocios mundanos, no mostrando
-afición a persona alguna, sino huyendo de todos para no pensar más que
-en la perfección de mi alma.</p>
-
-<p>—Y haciéndolo así, ha conseguido usted...</p>
-
-<p>—Así lo he hecho, hermano; mas poco o nada he conseguido. Cerca
-de tres años de mortificaciones, de ejercicios, de penitencias,
-de vigilias, de rigores, de dormir en campo raso y comer berraza
-y jaramagos crudos, si han fortalecido mi espíritu, librándome de
-aquellas vaguedades voluptuosas que al principio ponían al borde del
-precipicio mi santidad, no me han librado de los continuos asaltos del
-ángel infernal, que un día y otro, señor, en el campo y bajo techo, en
-la dulce oscuridad de la alta y triste noche, lo mismo que a la luz
-deslumbradora del sol, me pone ante los ojos la imagen de la persona
-que adoré en el siglo. ¡Ay! en aquel tiempo, cuando estábamos en la
-tienda, yo blasfemé, sí... me acuerdo que un día entré en la iglesia y,
-arrodillándome<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> delante
-del Santísimo Sacramento, dije: «Señor, te aborreceré, te negaré, si
-no me la das, para que nuestras almas y nuestros cuerpos estén siempre
-unidos en la vida, en la sepultura y en la eternidad.» Dios me castiga
-por haberle amenazado.</p>
-
-<p>—De modo que siempre...</p>
-
-<p>—Sí, siempre, siempre la veo, unas veces en esta, otras en la otra
-forma, aunque por temporadas el demonio me permite descansar y no veo
-nada. Esta funesta desgracia mía me ha impedido hasta ahora recibir
-los últimos y más sublimes grados del sacramento del Orden, pues me
-creo indigno de que Dios baje a mis manos. ¡Es terrible sentirse uno
-con el corazón y el espíritu todo dispuesto a la santidad, y no poder
-conseguir el perfecto estado! Yo me desespero y lloro en silencio, al
-ver cuán felices son otros frailes de mi Orden, los cuales disfrutan,
-con la paz más pura, las delicias de visiones santas que son el más
-regalado manjar del espíritu. Unos, en sus meditaciones, ven ante sí
-la imagen de Cristo crucificado, mirándoles con ojos amorosísimos;
-otros se deleitan contemplando la celestial figura del Niño Dios; a
-otros les embelesa la presencia de Santa Catalina de Siena o Santa
-Rosa de Viterbo, cuya castísima imagen y compuestos ademanes incitan a
-la oración y a la austeridad; pero yo ¡desgraciado de mí! yo, pecador
-abominable que sentí quemadas mis entrañas por el mundano amor, y me
-alimenté con aquel rocío divino de la pasión, y empapé el alma en
-mil liviandades inspiradas por la fantasía,<span class="pagenum"
-id="Page_47">p. 47</span> me he enfermado para siempre de impureza,
-me he derretido y moldeado en un desconocido crisol que me dejó para
-siempre en aquella ruin forma primera. No puedo ser santo, no puedo
-arrojar de mí esta segunda persona que me acompaña sin cesar. ¡Oh,
-maldita lengua mía! Yo había dicho: «Quiero unirme a ella en la vida,
-en la sepultura y en la eternidad», y así está sucediendo.</p>
-
-<p>Fr. Juan de Dios bajó la cabeza y permaneció largo rato
-meditando.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch6">
- <h2 class="nobreak g0">VI</h2>
-</div>
-
-<p>—¿En qué nuevas formas se ha presentado? —le pregunté.</p>
-
-<p>—Una mañana iba yo por el campo, y abrasado por la sed, busqué un
-arroyo en que apagarla. Al fin, bajo unos frondosos álamos que entre
-peñas negruzcas erguían sus viejos troncos, vi una corriente cristalina
-que convidaba a beber. Después que bebí senteme en una peña, y en el
-mismo instante cogiome la singular zozobra que me anuncia siempre
-la influencia del ángel del mal. A corta distancia de mí estaba una
-pastora; ella misma, señor, hermosa como los querubines.</p>
-
-<p>—¿Y guardaba algún rebaño de vacas o carneros?</p>
-
-<p>—No, señor: estaba sola, sentada como yo<span class="pagenum"
-id="Page_48">p. 48</span> sobre una peña, y con los nevados pies
-dentro del agua, que movía ruidosamente haciendo saltar frías gotas,
-las cuales salpicando me mojaron el rostro. Había desatado los negros
-cabellos y se los peinaba. No puedo recordar bien todas las partes
-de su vestido; pero sí que no era un vestido que la vestía mucho.
-Mirábame sonriendo. Quise hablar y no pude. Di un paso hacia ella y
-desapareció.</p>
-
-<p>—¿Y después?</p>
-
-<p>—La volví a ver en distintos puntos. Yo me encontraba dentro de
-Ciudad-Rodrigo cuando la asaltó el <i>Lord</i> en enero de este mismo
-año. Hallábame sirviendo en el hospital cuando comenzó el cerco, y
-entonces otros buenos padres y yo salimos a asistir a los muchos
-heridos franceses que caían en la muralla. Yo estaba aterrado, pues
-nunca había visto mortandad semejante, e invocaba sin cesar a la divina
-Madre de Nuestro Señor para que por su intercesión se amansase la furia
-de los anglo-portugueses. El día 18 el arrabal, donde yo estaba, diome
-idea de cómo es el Infierno. Deshacíase en mil pedazos el convento de
-San Francisco, donde íbamos colocando los heridos... Los franceses
-burlábanse de mí, y como a los frailes nos tenían mucha ojeriza por
-creernos autores de la resistencia que se les hace, me maltrataron de
-palabra y obra... ¡Ay! cuando entraron los aliados en la plaza, yo
-estaba herido, no por las balas de los sitiadores, sino por los golpes
-de los sitiados. Los ingleses, españoles y portugueses entraron por
-la brecha. Al oír aquel laberinto de imprecaciones victoriosas,<span
-class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> pronunciadas en tres
-idiomas distintos, sentí gran espanto. Unos y otros se destrozaban
-como fieras... yo, exánime y moribundo, yacía en tierra en un charco
-de sangre y fango, y rodeado de cuerpos humanos. Abrasábame una sed
-rabiosa; una sed, querido señor mío, tan ardiente como si mis venas
-estuviesen llenas de fuego, y la boca, lengua y paladar fuesen, en vez
-de carne viva y húmeda, estopa inerte y seca. ¡Qué tormento! Yo dije
-para mí: «Gracias a ti, Señor, que te has dignado llevarme a tu seno.
-Ha llegado la hora de mi muerte.» No había acabado de decirlo, mejor
-dicho de pensarlo, cuando sentí en mis labios el celeste contacto del
-agua fresca. Suspiré, y mi espíritu sacudió su fúnebre sopor. Abrí los
-ojos, y vi pegada a mis ardientes labios una blanca mano, en cuya palma
-ahuecada brillaba el cristalino licor tan fresco y puro como al manar
-de la rústica fuente.</p>
-
-<p>—¿Y en qué traza venía entonces la señorita Inés?</p>
-
-<p>—Venía de monja.</p>
-
-<p>—¿Y las monjas daban de beber en el hueco de la mano?</p>
-
-<p>—Aquella sí. Pintar a usted cuán hermosa estaba su cara entre las
-blancas tocas y cuán bien le sentaba la austeridad de la pobre estameña
-del traje, me sería imposible. Apenas la miré cuando voló de súbito,
-dejándome más sediento que antes.</p>
-
-<p>—Una cosa me ocurre, Sr. Juan de Dios —dije condolido en extremo de
-la extraña enfermedad del desgraciado hospitalario—, y es que<span
-class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> siendo esa persona un
-artificio del más malo, del más pícaro y desvergonzado espíritu creado
-por Dios, y habiendo ocasionado a usted tantos disgustos, congojas,
-mortales ansias y acalorados paroxismos, parecía natural que la tomase
-usted en aborrecimiento, y que viese en ella más bien una espantable y
-horrenda fealdad que ese portento de hermosura, que con tanto deleite
-encarece.</p>
-
-<p>Fr. Juan de Dios suspiró tristemente y me dijo:</p>
-
-<p>—El Malo no presenta jamás a nuestros ojos cosas aborrecibles ni
-repugnantes, sino antes bien hermosas, odoríferas, gratas al paladar,
-al olfato, al tacto y al oído. Bien sabe él lo que se hace. Si ha leído
-usted la vida de la madre Santa Teresa de Jesús, habrá visto que alguna
-vez el demonio le pintó delante la imagen de Nuestro Señor Jesucristo
-para engañarla. Ella misma dice que el Malo es gran pintor, y añade que
-cuando vemos una imagen muy buena, aunque supiésemos la ha pintado un
-mal hombre, no dejaríamos de estimarla.</p>
-
-<p>—Eso está muy bien dicho... Se me ocurre otra cosa. Si yo hubiera
-sido atormentado de esa ruin manera por el espíritu maligno, el cual,
-según voy viendo, es un redomado tunante, habría tratado de perseguir
-la imagen, de tocarla, de hablarle, para ver si efectivamente era vana
-ilusión o materia corpórea.</p>
-
-<p>—Yo lo he hecho, querido señor y amigo mío —repuso el hospitalario
-con acento ya<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span>
-debilitado por el mucho hablar—, y nunca he podido poner mis manos
-sobre ella, habiendo conseguido tan solo una vez tocar el halda de
-su vestido. Puedo asegurar a usted que a la vista su figura se me ha
-representado siempre como una criatura humana con su natural espesor,
-corpulencia, y el brillo y la dulzura de los ojos, el dulce aliento de
-la boca, y la añadidura del vestido flotando al viento; en fin, todo en
-tal manera fabricado, que es imposible no creerla persona viva y como
-las demás de nuestra especie.</p>
-
-<p>—¿Y siempre se presenta sola?</p>
-
-<p>—No, señor, que algunas veces la he visto en compañía de otras
-muchachas, como, por ejemplo, en Sevilla el año pasado. Todas eran
-obra vana de la infernal industria, pues desaparecieron con ella como
-multitud de luces que se apagan de un solo soplo.</p>
-
-<p>—¿Y siempre desaparecen así como luz que se apaga?</p>
-
-<p>—No, señor, que a veces corre delante de mí, y la sigo, y se pierde
-entre la multitud, o avanza tanto en su camino que no puedo alcanzarla.
-Un día la vi en una soberbia cabalgadura que corría más que el viento,
-y ayer la vi en un carro.</p>
-
-<p>—¿Que corría también como el viento?</p>
-
-<p>—No, señor, pues apenas corría como un mal carro. La visión de ayer
-ofrece para mí una particularidad aterradora, y que me prueba cierta
-recrudescencia y gravedad del mal que padezco.</p>
-
-<p>—¿Por qué?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>—Porque ayer me
-habló.</p>
-
-<p>—¿Cómo? —dije sonriendo, mas no asombrado del extremo a que llegaban
-las locuras de mi amigo—. ¿Habló al fin la señorita del pie desnudo, la
-pastorcita, la monja de Ciudad-Rodrigo?</p>
-
-<p>—Sí, señor. Iba en un carro en compañía de unos cómicos que venían
-al parecer de Extremadura.</p>
-
-<p>—¡En un carro!... ¡Con unos cómicos!... ¡De Extremadura!</p>
-
-<p>—Sí, señor: veo que se asombra usted, y lo comprendo, porque el
-caso no es para menos. Delante iban algunos hombres a caballo; luego
-seguía un carro con dos mujeres, y después otro carro con decoraciones
-y trebejos de teatro, todos quemados y hechos pedazos.</p>
-
-<p>—Hermano, usted se burla de mí —dije levantándome de súbito y
-volviéndome a sentar, impulsado por ardiente desasosiego.</p>
-
-<p>—Cuando la vi, señor mío, experimenté aquel calofrío, aquella
-sensación entre placentera y dolorosa que acompaña a mis terribles
-crisis.</p>
-
-<p>—¿Y cómo iba?</p>
-
-<p>—Triste, arropada en un manto negro.</p>
-
-<p>—¿Y la otra mujer?</p>
-
-<p>—Engañosa imaginación también, sin duda, la acompañaba en
-silencio.</p>
-
-<p>—¿Y los hombres que iban a caballo?</p>
-
-<p>—Eran cinco, y uno de ellos vestía de juglar con calzón de tres
-colores y montera de picos. Disputaban, y otro de ellos, que parecía
-mandar a todos, era una persona de buena<span class="pagenum"
-id="Page_53">p. 53</span> apostura y presencia, con barba picuda como
-la del demonio.</p>
-
-<p>—¿No sintió usted olor de azufre?</p>
-
-<p>—Nada de eso, señor. Aquellos hombres hablaban con animación,
-y nombraron a unos soldados que les habían quemado sus infernales
-cachivaches.</p>
-
-<p>—Sospecho, querido hermano Juan —dije con turbación—, que ya no es
-usted solo el endemoniado, sino que yo lo estoy también, pues esos
-cómicos, y esas mujeres, y esos carros, y esos trastos escénicos son
-reales y efectivos, y aunque no los vi, sé que estuvieron en Santibáñez
-de Valvaneda. ¿Sería que alguna de las cómicas se le antojó a usted
-ser la misma persona de marras, sin que en esto hubiese la más ligera
-picardía por parte de la majestad infernal?</p>
-
-<p>—Bien he dicho yo —continuó el fraile con candor— que esta aparición
-de hoy es la más extraordinaria y asombrosa que he tenido en mi vida,
-pues en ella la demoniaca hechura ha presentado tales síntomas, señales
-y vislumbres de realidad, que al más licurgo y despreocupado engañaría.
-Esta es también la primera vez que la imagen querida, además de tomar
-cuerpo macizo de mujer, ha remedado la humana voz.</p>
-
-<p>—¿Ha hablado?</p>
-
-<p>—Sí, señor: ha hablado —afirmó el hospitalario con terror—. Su
-voz no es la misma que aún resuena en mis oídos, desde que la oí en
-casa de Requejo, así como su figura en el día de hoy me ha parecido
-más hermosa, más robusta,<span class="pagenum" id="Page_54">p.
-54</span> más completa y más formada. Tal como la vi en el convento,
-en el bosque, en la iglesia y en Ciudad-Rodrigo era casi una niña, y
-hoy...</p>
-
-<p>—Pero si habló, ¿qué dijo?</p>
-
-<p>—Yo me acerqué al carro, la miré, mirome ella también... Sus ojos
-eran rayos que me quemaban cuerpo y alma. Luego pareció asombrada,
-muy asombrada... ¡Ay! sus labios se movieron y pronunciaron mi propio
-nombre. «Sr. Juan de Dios —dijo—, ¿se ha hecho usted fraile?...» Que me
-moría en aquel mismo momento. Quise hablar y no pude. Ella hizo ademán
-de darme una limosna, y de pronto el hombre que parecía mandar a todos,
-como advirtiera mi presencia junto al carro de las cómicas, detuvo el
-caballo, y volviéndose me dijo con voz fiera: «Largo de aquí, holgazán
-pancista.» Ella dijo entonces: «Es un pobre mendicante que pide
-limosna.» El hombre alzó el palo para pegarme, y ella dijo: «Padre, no
-le hagas daño.»</p>
-
-<p>—¿Está usted seguro de que dijo eso?</p>
-
-<p>—Sí, seguro estoy; mas el infame, como criatura infernal que era,
-enemigo natural de Dios, llamome de nuevo holgazán, y recibí al mismo
-tiempo tal porrazo en la cabeza, que caí sin sentido.</p>
-
-<p>—Sr. Juan de Dios —le dije después de reflexionar un poco sobre lo
-extraño de aquella aventura—, júreme usted que es verdad cuanto ha
-dicho, y que no es su ánimo burlarse de mí.</p>
-
-<p>—¡Yo burlarme, señor oficial de mi alma!<span class="pagenum"
-id="Page_55">p. 55</span> —exclamó el hospitalario, que estuvo a punto
-de llorar viendo que se ponía en duda su veracidad—. Cierto es lo que
-he dicho. Tan evidente es que hay demonio en el infierno, como que hay
-Dios en el cielo, pues infinito es en el mundo el número de casos de
-obsesión, y todos los días oímos contar nuevas tropelías y estupendas
-gatadas del mortificador del linaje humano.</p>
-
-<p>—¿Y no puede usted precisar el sitio en que ocurrió eso del carro de
-comediantes?</p>
-
-<p>—Pasado Santibáñez de Valvaneda, como a tres leguas. Iban a buen
-paso camino de Salamanca.</p>
-
-<p>El infeliz hospitalario no podía mentir, y en cuanto a la
-endemoniada catadura de las cosas y personas referidas, yo tenía mis
-razones para creer que entre los primeros y el último encuentro del
-fraile había alguna diferencia.</p>
-
-<p>De nuevo le insté para que tomase alguna cosa, y segunda vez se
-resistió a dar a su cuerpo regalo alguno. Ya nos disponíamos a marchar,
-cuando le vi palidecer, si es que cabía mayor grado de amarillez en su
-amojamada carne; le vi aterrado, con los ojos medio salidos del casco,
-el labio inferior trémulo, y toda su persona desasosegada. Miraba a
-un punto fijo detrás de mí, y como yo rápidamente me volviese y nada
-hallase que pudiera motivar aquel espanto, le pregunté la causa de sus
-terrores, y si allí entre tantos soldados se atrevía Satanás a hacer de
-las suyas.</p>
-
-<p>—Ya se ha desvanecido —dijo con voz débil y dejando caer
-desmayadamente los brazos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span>—¿Pues qué, otra vez
-ha estado aquí?</p>
-
-<p>—Sí, en aquel grupo donde bailan los soldados... ¿Ve usted que hay
-allí unas mozas de San Esteban?</p>
-
-<p>—Es cierto; pero o yo he olvidado la cara de la señora Inés, o no
-está entre ellas —repuse sin poder contener la risa—. Si estuviera,
-bien se le podían decir cuatro frescas por ponerse a bailar con los
-soldados.</p>
-
-<p>—Pues dude usted de que ahora es de día, señor mío —afirmó no
-repuesto aún de la emoción—; pero no dude usted de que estaba allí.
-Veo que el demonio recrudece sus tentaciones y aumenta el rigor de sus
-ataques contra los reductos de mi fortaleza, y esto lo hace porque
-estoy pecando...</p>
-
-<p>—¿Pecando ahora; pecando por hablar con un antiguo amigo?</p>
-
-<p>—Sí, señor, pues pecar es entregar sin freno el espíritu a los
-deleites de la conversación con gente seglar. Además, he estado aquí
-descansando más de hora y media, cosa que en tres años no he hecho, y
-he gustado de la fresca sombra de estos árboles. ¡Alma mía —añadió con
-exaltado fervor—, arriba!... no duermas, vigila sin cesar al enemigo
-que te acecha, no te entregues al corruptor deleite de la amistad, ni
-desmayes un solo momento, ni pruebes las dulzuras del reposo. Alerta,
-alerta siempre.</p>
-
-<p>—¿Se marcha usted ya? —dije al ver que desataba al buen jumento—.
-Vamos, no rechazará usted este pedazo de pan para el camino.</p>
-
-<p>Tomolo, y poniéndoselo en la boca al pacífico<span class="pagenum"
-id="Page_57">p. 57</span> asno, que no estaba sin duda por cenobíticas
-abstinencias, cogió él para sí un puñado de yerba y la guardó en el
-seno.</p>
-
-<p>«O es un farsante —dije para mí—, o el más puro y candoroso beato
-que ciñe el cíngulo monacal.»</p>
-
-<p>—Buenas tardes, Sr. D. Gabriel —dijo con humilde acento—. Me voy a
-Béjar para seguir mañana a Candelario, donde tenemos un hospital. ¿Y
-usted, a dónde marcha?</p>
-
-<p>—¿Yo? A donde me lleven: tal vez a conquistar a Salamanca, que está
-en poder de Marmont.</p>
-
-<p>—Adiós, hermano y querido señor mío —repuso—. Gracias, mil gracias
-por tantas bondades.</p>
-
-<p>Y tirando del ronzal, partió, con el burro tras sí. Cuando su enjuta
-figura negruzca se alejó al bajar un cerro, pareciome ver en él un
-cuerpo que melancólicamente buscaba su perdida sepultura sin poder
-encontrarla.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch7">
- <h2 class="nobreak g0">VII</h2>
-</div>
-
-<p>Dos días después, más allá de Dios-le-guarde, un gran acontecimiento
-turbó la monotonía de nuestra marcha. Y fue que a eso de la madrugada,
-nuestras tropas avanzadas prorrumpieron en exclamaciones de júbilo;
-mandose formar, dando a las compañías<span class="pagenum"
-id="Page_58">p. 58</span> el marcial concierto y la buena apariencia
-que han menester para presentarse ante un militar inteligente, y
-algunos acudieron por orden del general a cortar ramos a los vecinos
-carrascales para tejer no sé si coronas, cenefas o triunfales arcos. Al
-llegar al camino de Ciudad-Rodrigo, vimos que apareció falange numerosa
-de hombres vestidos de encarnado y caballeros en ligerísimos corceles,
-y verlos y exclamar todos en alegre concierto: «¡Viva el <i>Lord</i>!»
-fue todo uno.</p>
-
-<p>—Es la caballería de Cotton, de la división del general Graham
-—dijo D. Carlos España—. Señores, cuidado no hagamos alguna gansada.
-Los ingleses son muy ceremoniosos, y se paran mucho en las formas. Si
-se coge bastante carrasca haremos un arquito de triunfo para que pase
-por él el vencedor de Ciudad-Rodrigo, y yo le echaré un discurso que
-traigo preparado, elogiando su pericia en el arte de la guerra y la
-Constitución de Cádiz, cosas ambas bonísimas, y a las cuales deberemos
-el triunfo al fin y a la postre.</p>
-
-<p>—No es el señor <i>Lord</i> muy amigo de la Constitución de Cádiz
-—dijo D. Julián Sánchez, que a derecha mano de D. Carlos estaba—; pero
-a nosotros, ¿qué nos va ni qué nos viene en esto? Derrotemos a Marmont
-y vivan todos los milores.</p>
-
-<p>Los jinetes rojos llegaron hasta nosotros, y su jefe, que hablaba
-español como Dios quería, cumplimentó a nuestro brigadier, diciéndole
-que Su Excelencia el señor Duque de Ciudad-Rodrigo no tardaría en
-llegar a Sancti Spíritus.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>Al punto comenzamos
-a levantar el arco con ramajes y palitroques a la entrada de dicho
-pueblo, y viérais allí que un dómine del país apareció trayendo unos
-al modo de tarjetones de lienzo con sendos letreros y versos que él
-mismo había sacado de su cabeza, y en las cuales piezas poéticas se
-encomiaban hasta más allá de los cuernos de la luna las virtudes del
-moderno Fabio, o sea el Sr. D. Arturo Wellesley, <i>Lord</i> Vizconde
-de Wellington de Talavera, Duque de Ciudad-Rodrigo, Grande de España y
-Par de Inglaterra.</p>
-
-<p>Iban llegando unos tras otros numerosos cuerpos de ejército, que se
-desparramaban por aquellos contornos ocupando los pueblos inmediatos,
-y al fin, entre los más brillantes soldados escoceses, ingleses y
-españoles, apareció una silla de postas, recibida con aclamaciones y
-vítores por las tropas situadas a un lado y otro del camino. Dentro
-de ella vi una nariz larga y roja, bajo la cual lucieron unos dientes
-blanquísimos. Con la rapidez de la marcha apenas pude distinguir otra
-cosa que lo indicado, y una sonrisa de benevolencia y cortesía que
-desde el fondo del carruaje saludó a las tropas.</p>
-
-<p>No debo pasar en silencio, aunque esto concuerda mal con la gravedad
-de la Historia, que al pasar el coche bajo el arco triunfal, como
-este no lo habían construido ingenieros ni artífices romanos, con la
-sacudida y golpe que recibiera de una de las ruedas, hizo como si
-quisiera venirse abajo, y al fin se vino, cayendo no pocas ramas y
-lienzos sobre la cabeza<span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span>
-del dómine que tuviera parte tan importante en su malhadada fábrica.
-Como no hubo que lamentar desgracia alguna, celebrose con risas la
-extraña ruina. Los chicos apoderáronse al punto de los tarjetones, que
-eran como de tres cuartas de diámetro, y abriéndoles en el centro un
-agujero y metiendo por él la cabeza se pasearon delante de Wellington
-con aquella valona o flamenca golilla.</p>
-
-<p>Entre tanto, D. Carlos España desembuchaba su discurso delante
-del <i>Lord</i>, y luego que concluyera, presentose el dómine con el
-amenazador proyecto de hablar también. Consintiolo el general, que como
-persona finísima disimulaba su cansancio, y oyendo las pedanterías
-del orador, movía la cabeza, acompañando sus gestos de la especial
-sonrisa inglesa, que hace creer en la existencia de algún cordón
-intermandibular, del cual tiran para plegar la boca como si fuera una
-cortina.</p>
-
-<p>—Mi comandante —me dijo con cara de júbilo mi asistente cuando me
-aparté de los generales para ocuparme del alojamiento—, ¿no ha visto
-usía el otro ejército que viene detrás?</p>
-
-<p>—Serán los portugueses.</p>
-
-<p>—¡Qué portugueses ni qué garambainas! Son mujeres, un ejército
-de mujeres. Esto se llama darse buena vida. Los ingleses, en vez de
-impedimenta, llevan la faldamenta. Así da gusto de hacer la guerra.</p>
-
-<p>Miré y vi veinte, ¿qué digo veinte? cuarenta y aun cincuenta carros,
-coches y vehículos de distintas formas, llenos todos de mujeres, unas
-al parecer de alta, otras de baja calidad,<span class="pagenum"
-id="Page_61">p. 61</span> y de distinta belleza y edad, aunque por lo
-general, dicho sea esto imparcialmente, predominaba el género feo. Al
-punto que pararon los vehículos entre nubes de polvo, viérais descender
-con presteza a las señoras viajeras, y resonar una de las más discordes
-algarabías que pueden oírse. Por un lado chillaban ellas llamando a sus
-consortes, y ellos por otro penetraban en la femenil multitud gritando:
-<i>Anna</i>, <i>Fanny</i>, <i>Mathilda</i>, <i>Elisabeth</i>. En un
-instante formáronse alegres parejas, y un tumultuoso concierto de voces
-guturales y de inflexiones agudas y de articulaciones líquidas llenó
-los aires.</p>
-
-<p>Pero como la división aliada que acababa de llegar no podía
-pernoctar entera en aquel pueblo, una parte de ella siguió el
-camino adelante hacia Aldehuela de Yeltes. Tornaron a montar en sus
-carricoches muchas de las hembras, formando parte del convoy de víveres
-y municiones, y otras quedaron en Sancti Spíritus. El día pasó,
-ocupándonos todos en buscar el mejor alojamiento posible; pero como
-éramos tantos, al caer de la tarde no habíamos resuelto la cuestión.
-En cuanto a mí, me creía obligado a dormir en campo raso. Tribaldos
-me notificó que el dómine del lugar tenía sumo placer en cederme su
-habitación. Después de visitar a mi honrado patrono, salí a desempeñar
-varias obligaciones militares, y ya me retiraba a casa, cuando junto al
-camino sentí gritos y voces de alarma. Corrí a donde sonaban, y no era
-más sino que por el camino adelante venía un cochecillo, cuyo caballo
-le arrastraba dando<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> tan
-terribles tumbos y saltos, que cada instante parecía iba a deshacerse
-en pedazos mil. Cuando con rapidez inmensa pasaba por delante de
-nosotros, un grito de mujer hirió mis oídos.</p>
-
-<p>—En ese coche va una mujer, Tribaldos —grité a mi asistente que se
-había unido a mí.</p>
-
-<p>—Es una inglesa, señor, que se quedó rezagada y detrás de las demás
-inglesas.</p>
-
-<p>—¡Pobre mujer!... ¿Y no hay entre tantos hombres uno solo que se
-atreva a detener el caballo y salvar a esa desgraciada?... Parece que
-no va desbocado... Detiene el paso... Corramos allá.</p>
-
-<p>—El coche se ha salido del camino —dijo Tribaldos con espanto—, y ha
-parado en un sitio muy peligroso.</p>
-
-<p>Al instante vi que el carricoche estaba a punto de despeñarse.
-Habiéndose enredado el caballo entre unas jaras, se había ido al suelo,
-quedando como reventado a consecuencia del fuerte choque que recibiera.
-Pero como la pendiente era grande, la gravedad lo atraía hacia lo hondo
-del barranco.</p>
-
-<p>Imposible que yo viera la situación terrible de la viajera infeliz
-sin acudir pronto a su socorro. Había caído el coche sin romperse; mas
-lo peligroso estaba en el sitio. Corrí allá solo; bajé tropezando a
-cada paso, despegando con mi planta piedrecillas que rodaban con ruido
-siniestro, y llegué al fin a donde se había detenido el vehículo. Una
-mujer lanzaba desde el interior lastimeras voces.</p>
-
-<p>—Señora —grité—, allá voy. No tenga usted cuidado. No caerá al
-barranco.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span>El caballo pataleaba
-en el suelo, pugnando por levantarse, y con sus movimientos de dolor
-y desesperación arrastraba el coche hacia el abismo. Un momento más y
-todo se perdía.</p>
-
-<p>Apoyeme en una enorme piedra fija, y con ambas manos detuve el coche
-que se inclinaba.</p>
-
-<p>—Señora —grité con afán—, procure usted salir. Agárrese usted a mi
-cuello... sin miedo. Si salta usted en tierra, no hay que temer.</p>
-
-<p>—No puedo, no puedo, caballero —exclamó con dolor.</p>
-
-<p>—¿Se ha roto usted alguna pierna?</p>
-
-<p>—No, caballero... veré si puedo salir.</p>
-
-<p>—Un esfuerzo... Si tardamos un instante, los dos caeremos abajo.</p>
-
-<p>No puedo describir los prodigios de mecánica que ambos hicimos.
-Ello es que en casos tan apurados, el cuerpo humano, por maravilloso
-instinto, imprime a sus miembros una fuerza que no tiene en instantes
-ordinarios, y realiza una serie de admirables movimientos que después
-no pueden recordarse ni repetirse. Lo que sé es que como Dios me dio a
-entender, y no sin algún riesgo mío, saqué a la desconocida de aquel
-grave compromiso en que se encontraba, y logré al fin verla en tierra.
-Asido a las piedras la sostuve, y no hubo más remedio que llevarla en
-brazos al camino.</p>
-
-<p>—Eh, Tribaldos, cobarde, holgazán —grité a mi asistente que había
-acudido en mi auxilio—, ayúdame a salir de aquí.</p>
-
-<p>Tribaldos y otros soldados, que no me habían<span class="pagenum"
-id="Page_64">p. 64</span> prestado socorro hasta entonces, me ayudaron
-a salir; porque es condición de ciertas gentes no arrimarse al peligro
-que amenaza, sino al peligro vencido, lo cual es cómodo y de gran
-provecho en la vida.</p>
-
-<p>Una vez arriba, la desconocida dio algunos pasos.</p>
-
-<p>—Caballero, os debo la vida —dijo recobrando el perdido color y el
-brillo de sus ojos.</p>
-
-<p>Era como de veintitrés años, alta y esbelta. Su airosa figura,
-su acento dulce, su hermoso rostro, aquel tratamiento de vos que
-ceremoniosa me daba, sin duda por poseer a medias el castellano, me
-hicieron honda y duradera impresión.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch8">
- <h2 class="nobreak g0">VIII</h2>
-</div>
-
-<p>Apoyose en mí, quiso dar algunos pasos; mas al punto sus piernas
-desmayadas se negaron a sostenerla. Sin decir nada la tomé en brazos, y
-dije a Tribaldos:</p>
-
-<p>—Ayúdame; vamos a llevarla a nuestro alojamiento.</p>
-
-<p>Por fortuna este no estaba lejos, y bien pronto llegamos a él. En la
-puerta la inglesa movió la cabeza, abrió los ojos y me dijo:</p>
-
-<p>—No quiero molestaros más, caballero. Podré subir sola. Dadme el
-brazo.</p>
-
-<p>En el mismo momento apareció presuroso<span class="pagenum"
-id="Page_65">p. 65</span> y sofocado un oficial inglés, llamado Sir
-Tomás Parr, a quien yo había conocido en Cádiz, y enterado brevemente
-de la lamentable ocurrencia, habló con su compatriota en inglés.</p>
-
-<p>—¿Pero habrá aquí una habitación <i>confortable</i> para la señora?
-—me dijo después.</p>
-
-<p>—Puede descansar en mi propia habitación —dijo el dómine, que había
-bajado oficiosamente al sentir el ruido.</p>
-
-<p>—Bien —dijo el inglés—. Esta señorita se detuvo en Ciudad-Rodrigo
-más de lo necesario, y ha querido alcanzarnos. Su temeridad nos ha
-dado ya muchos disgustos. Subámosla. Haré venir al médico mayor del
-ejército.</p>
-
-<p>—No quiero médicos —dijo la desconocida—. No tengo herida grave: una
-ligera contusión en la frente y otra en el brazo izquierdo.</p>
-
-<p>Esto lo decía subiendo apoyada en mi brazo. Al llegar arriba, dejose
-caer en un sillón que en la primera estancia había, y respiró con
-expansivo desahogo.</p>
-
-<p>—A este caballero debo la vida —dijo señalándome—. Parece
-milagro.</p>
-
-<p>—Mucho gusto tengo en ver a usted, mi querido Sr. Araceli —me dijo
-el inglés—. Desde el año pasado no nos habíamos visto. ¿Se acuerda
-usted de mí... en Cádiz?</p>
-
-<p>—Me acuerdo perfectamente.</p>
-
-<p>—Usted se embarcó con la expedición de Blake. No pudimos vernos
-porque usted se ocultó después del duelo en que dio la muerte a Lord
-Gray.</p>
-
-<p>La inglesa me miró con profundo interés y curiosidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span>—Este caballero...
-—murmuró.</p>
-
-<p>—Es el mismo de quien os he hablado hace días... —contestó Parr.</p>
-
-<p>—¡Si el libertino que ha hecho desgraciadas a tantas familias de
-Inglaterra y España, hubiese tropezado siempre con hombres como vos...!
-Según me han dicho, Lord Gray se atrevió a mirar a una persona que os
-amaba... La energía, la severidad y la nobleza de vuestra conducta son
-superiores a estos tiempos.</p>
-
-<p>—Para conocer bien aquel suceso —dije yo, no ciertamente orgulloso
-de mi acción— sería preciso que yo explicase algunos antecedentes...</p>
-
-<p>—Puedo aseguraros que antes de conoceros, antes de que me prestaseis
-el servicio que acabo de recibir, sentía hacia vos una grande
-admiración.</p>
-
-<p>Dije entonces todo lo que la modestia y el buen parecer exigían.</p>
-
-<p>—¿De modo que esta señora se alojará aquí? —me dijo Parr—. Donde yo
-estoy es imposible. Dormimos siete en una sola habitación.</p>
-
-<p>—He dicho que le cederé la mía, la cual es digna del mismo Sir
-Arturo —dijo Forfolleda, pues este era el nombre del dómine.</p>
-
-<p>—Entonces estará bien aquí.</p>
-
-<p>Sir Tomás Parr habló largamente en inglés con la bella desconocida,
-y después se despidió. No dejaba de causarme sorpresa que sus
-compatriotas abandonasen a aquella hermosa mujer, que sin duda debía de
-tener esposo o<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> hermanos
-en el ejército; pero dije para mí: «Será que las costumbres inglesas lo
-ordenan de este modo.»</p>
-
-<p>En tanto, la señora de Forfolleda (pues Forfolleda tenía señora)
-bizmó el brazo de la desconocida, y restañó la sangre de la rozadura
-que recibiera en la cabeza, con cuya operación dimos por concluidos los
-cuidados quirúrgicos, y pensamos en arreglar a la señora cuarto y cama
-en que pasar la noche.</p>
-
-<p>Un momento después, el precioso cuerpo de la dama inglesa descansaba
-sobre un lecho algo más blando que una roca, al cual tuve que
-conducirla en mis brazos, porque la acometió nuevamente aquel desmayo
-primero que la imposibilitaba toda acción corporal. Ella me dio las
-gracias en silencio volviendo hacia mí sus hermosos ojos azules,
-que dulcemente y con la encantadora vaguedad y extravío que sigue
-a los desmayos, se fijaron primero en mi persona y después en las
-paredes de la habitación. Más la miraba yo, y más hermosa me parecía
-a cada momento. No puedo dar idea de la extremada belleza de sus ojos
-azules. Todas las facciones de su rostro distinguíanse por la más
-pura corrección y finura. Los cabellos rubios hacían verosímil la
-imagen de las trenzas de oro tan usada por los poetas, y acompañaban
-la boca los más lindos y blancos dientes que pueden verse. Su cuerpo,
-atormentado bajo las ballenas de un apretado jubón, del cual pendían
-faldas de amazona, era delgadísimo; mas no carecía de las redondeces y
-elegantes contornos<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> y
-desigualdades que distinguen a una mujer de un palo torneado.</p>
-
-<p>—Gracias, caballero —me dijo con acento melancólico y usando siempre
-el vos—. Si no temiera molestaros, os suplicaría que me dieseis algún
-alimento.</p>
-
-<p>—¿Quiere la señora un pedazo de pierna de carnero —dijo Forfolleda,
-que arreglaba los trastos de la habitación—, unas sopas de ajo,
-chocolate, o quizás un poco de salmorejo con guindilla? También tengo
-abadejo. Dicen que al Sr. D. Arturo le gusta mucho el abadejo.</p>
-
-<p>—Gracias —repuso la inglesa con mal humor—, no puedo comer eso. Que
-me hagan un poco de té.</p>
-
-<p>Fui a la cocina, donde la señora de Forfolleda me dijo que allí
-no había té ni cosa que lo pareciese, añadiendo que si ella probara
-tan solo un buche de tal enjuagadero de tripas, arrojaría por la
-boca, juntamente con los hígados, la primer leche que mamó. Luego
-se puso a reprender a su esposo por admitir en la casa a herejes
-luteranos y calvinistas, cuales eran los ingleses; mas el dómine
-refutó victoriosamente el ataque, afirmando que, merced a la ayuda de
-los herejes calvinistas y luteranos, la católica España triunfaría de
-Napoleón, lo cual no significaba más sino que Dios se vale del mal para
-producir el bien.</p>
-
-<p>—Vete a cualquier casa donde haya ingleses —dije a Tribaldos— y trae
-té. ¿Sabes lo que es?</p>
-
-<p>—Unas hojas arrugaditas y negras. Ya sé... todas las noches lo
-tomaba la mujer del capitán.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>Volví al lado de la
-inglesa, que me dijo no podía comer cosa alguna de nuestra cocina; y
-habiéndome pedido pan, se lo di mientras llegaba el anhelado té.</p>
-
-<p>Al poco rato entró Tribaldos trayendo una ancha taza que despedía un
-olor extraño.</p>
-
-<p>—¿Qué es esto? —dijo la dama con espanto, cuando los vapores del
-condenado licor llegaron a su nariz.</p>
-
-<p>—¿Qué menjurje has puesto aquí, maldito? —exclamé amenazando al
-aturdido mozo.</p>
-
-<p>—Señor, no he puesto nada, nada más que las hojas arrugaditas, con
-un poco de canela y de clavo. La señora de Forfolleda dijo que así se
-hacía, y que lo había compuesto muchas veces para unos ingleses que
-fueron a Salamanca a ver la catedral vieja.</p>
-
-<p>La inglesa prorrumpió en risas.</p>
-
-<p>—Señora, perdone usted a este animal, que no sabe lo que hace. Voy
-yo mismo a la cocina y beberá usted té.</p>
-
-<p>Poco después volví con mi obra, que debió satisfacer a la
-interesada, pues la aceptó con gozo.</p>
-
-<p>—Ahora, señora mía, me retiraré, para que usted descanse —le dije—.
-Deme usted órdenes para mañana o para esta noche misma. Si quiere usted
-que avise a su esposo... o es que se halla en la división de Picton,
-que no está en este pueblo...</p>
-
-<p>—Señor oficial —dijo solemnemente bebiendo su té—, yo no tengo
-esposo; yo soy soltera.</p>
-
-<p>Esto puso el límite a mi asombro, y vacilante<span class="pagenum"
-id="Page_70">p. 70</span> al principio en mis ideas, no supe
-contestarle con medias palabras.</p>
-
-<p>«¡Buena pieza será esta que se ha colgado de mi brazo! —dije para
-mí—. Los franceses traen consigo mujeres de mala vida; pero de los
-ingleses no sabía que...»</p>
-
-<p>—Soltera, sí —añadió con aplomo y apartando la taza de sus labios—.
-Os asombráis de ver una señorita como yo en un campo de batalla, en
-tierra extranjera y lejos, muy lejos de su familia y de su patria.
-Sabed que vine a España con mi hermano, oficial de ingenieros de la
-división de Hill, el cual hermano mío pereció en la sangrienta batalla
-de la Albuera. El dolor y la desesperación tuviéronme por algunos días
-enferma y en peligro de muerte; pero me reanimó la conciencia de los
-deberes que en aquel trance tenía que cumplir, y consagreme a buscar
-el cuerpo del pobre soldado para enviarle a Inglaterra al panteón de
-nuestra familia. En poco tiempo cumplí esta triste misión, y hallándome
-sola traté de volver a mi país. Pero al mismo tiempo me cautivaban de
-tal modo la historia, las tradiciones, las costumbres, la literatura,
-las artes, las ruinas, la música popular, los bailes, los trajes de
-esta nación tan grande en otro tiempo y otra vez grandísima en la época
-presente, que formé el proyecto de quedarme aquí para estudiarlo todo,
-y previa licencia de mis padres, así lo he hecho.</p>
-
-<p>«Sabe Dios qué casta de pájaro serás tú» —dije para mi capote; y
-luego, en voz alta, añadí sosteniendo fijamente la dulce mirada<span
-class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> de sus ojos de cielo:</p>
-
-<p>—¡Y los padres de usted consintieron, sin reparar en los continuos
-y graves peligros a que está expuesta una tierna doncella sola y sin
-amparo en país extranjero, en medio de un ejército! Señora, por amor de
-Dios...</p>
-
-<p>—¡Ah, no conocéis sin duda que nosotras, las hijas de Inglaterra,
-estamos protegidas por las leyes de tal manera y con tanto rigor que
-ningún hombre se atreve a faltarnos al respeto!</p>
-
-<p>—Sí, así dicen que pasa en Inglaterra. Y parece que allá salen las
-señoritas solas a paseo, y viajan solas o acompañadas de cualquier
-galancete.</p>
-
-<p>—Aunque fuera su novio, no importa —dijo la inglesa.</p>
-
-<p>—¡Pero estamos en España, señora, en España! Usted no sabe bien en
-qué país se ha metido.</p>
-
-<p>—Pero sigo al ejército aliado y estoy al amparo de las leyes
-inglesas —dijo sonriendo—. Caballero, faltad al pudor si os parece;
-intentad galantearme de una manera menos decorosa que la que empleáis
-para amar a esa Dulcinea que fue causa de la muerte de Gray, y Lord
-Wellington os mandará fusilar si no os casáis conmigo.</p>
-
-<p>—Me casaría, señora.</p>
-
-<p>—Caballero, veo que quizás sin malicia principiáis a faltar al
-comedimiento.</p>
-
-<p>—Pues no me casaría, señora, no me casaría... Permítame usted que me
-retire.</p>
-
-<p>—Podéis hacerlo —me dijo levantándose penosamente<span
-class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> para cerrar por dentro la
-puerta—. Os agradeceré que mañana hagáis traer mi maleta. Felizmente no
-la traía conmigo. Está en el convoy.</p>
-
-<p>—Se traerá la maleta. Buenas noches, señora.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch9">
- <h2 class="nobreak g0">IX</h2>
-</div>
-
-<p>Fuera de la estancia sentí el ruido de los cerrojos que corría por
-dentro la hermosa inglesa, y me retiré a mi aposento, que era el rincón
-de un oscuro pasillo, donde Tribaldos me había arreglado un lecho con
-mantas y capotes. Tendime sobre aquellas durezas, y en buena parte de
-la noche no pude conciliar el sueño; de tal modo se había encajado
-dentro de mi cerebro la extraña señora inglesa, con su caída, sus
-desmayos, su té y su acabada hermosura. Pero al fin, rendido por el
-gran cansancio, me dormí sosegadamente. Por la mañana, díjome la señora
-de Forfolleda que la señorita rubia estaba mejor; que había pedido agua
-y té y pan, ofreciendo dinero abundante por cualquier servicio que se
-le prestara. Como manifestase deseos de entrar a saludarla, añadió la
-Forfolleda que no era conveniente, por estar la señorita arreglándose y
-componiéndose, a pesar de las heridas leves de su brazo.</p>
-
-<p>Al salir a mis quehaceres, que fueron muchísimos<span
-class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span> y me ocuparon casi todo el
-día, encontré a Sir Tomás Parr, a quien encargué lo de la maleta.</p>
-
-<p>Por la tarde, después del gran trabajo de aquel día que me hizo
-poner un tanto en olvido a la interesante dama, regresé a casa de
-Forfolleda, y vi a gran número de ingleses que entraban y salían, como
-diligentes amigos que iban a informarse de la salud de su compatriota.
-Entré a saludarla; la reducida estancia estaba llena de casacas
-rojas pertenecientes a otros tantos hombres rubios que hablaban con
-animación. La joven inglesa reía y bromeaba, y habíase puesto tan
-linda, sin cambiar de traje, que no parecía la misma persona demacrada,
-melancólica y nerviosa de la noche anterior. La contusión del brazo
-entorpecía algo sus graciosos movimientos.</p>
-
-<p>Después que nos saludamos y cambié con aquellos señores algunos
-fríos cumplidos, uno de ellos invitó a la señorita a dar un paseo; otro
-ponderó la hermosura de la apacible tarde, y no hubo quien no dijese
-una palabra para decidirla a dejar la triste alcoba. Ella, sin embargo,
-afirmó que no saldría hasta la siguiente mañana; y con estos diálogos y
-otros en que la graciosa joven no hacía maldito caso de su libertador,
-vino la noche, y con la noche luces dentro del cuarto, y tras las luces
-un par de teteras que trajeron los criados de los ingleses. Entonces se
-alegraron todos los semblantes, y empezó el trasiego con tanto ahinco,
-que el que menos se echó dentro un río del licor de la China, sin que
-ni un momento cesase<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> la
-charla. Trajeron después botellas de vino de Jerez, que en un santiamén
-dejaron como cuerpos sin alma, porque toda ella pasó a fortificar las
-de aquellos claros varones; mas ninguno perdió su gravedad. Brindamos a
-la salud de Inglaterra, de España, y a eso de las nueve nos retiramos
-todos, despidiéndonos la hermosa ninfa con afabilidad, pero sin que ni
-con frase, ni gesto, ni mirada me distinguiese de los demás.</p>
-
-<p>Me retiraba a mi escondite cuando sentí que la desconocida echaba
-el cerrojo. Aquella noche me mortificó como en la anterior un tenaz
-desvelo; mas a punto de vencerlo estaba ya, cuando hízome saltar en el
-lecho el chirrido del cerrojo con que aseguraba su cuarto la consabida.
-Miré hacia la puerta, pues desde mi alcoba rincón se distinguía esta
-muy bien, y vi a la inglesa que salía, encaminándose a una galería o
-solana situada al otro confín del pasillo y de la casa. Como había
-dejado abierta la puerta, la luz de su cuarto iluminaba la casa lo
-suficiente para ver cuanto pasaba en ella.</p>
-
-<p>Llegó la inglesa a la destartalada galería, y abriendo una ventana
-que daba al campo se asomó. Como estaba vestido, fácil me fue
-levantarme en un momento y dirigirme hacia ella con paso quedo para no
-asustarla. Cuando estuve cerca volvió la cara, y con gran sorpresa mía,
-no se inmutó al verme. Antes bien con imperturbable tranquilidad me
-dijo:</p>
-
-<p>—¿Andáis rondando por aquí?... Hace en aquel cuarto un calor
-insoportable.</p>
-
-<p>—Lo mismo sucede en el mío, señora —dije—; cuando<span
-class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> la he visto a usted pensaba
-salir al campo a respirar el aire fresco de la noche.</p>
-
-<p>—Eso mismo pensaba yo también... La noche está hermosa... ¿y
-pensábais salir...?</p>
-
-<p>—Sí, señora; pero si usted lo permite tendré el honor de
-acompañarla, y juntos disfrutaremos de este suave ambiente, del grato
-aroma de esos pinares...</p>
-
-<p>—No... salid, bajad, iré yo también —dijo con viva resolución y
-mucha naturalidad.</p>
-
-<p>Entrando rápidamente en su cuarto, sacó una capa de forma extraña,
-y echándosela sobre los hombros, me suplicó que cuidadosamente la
-embozara por no tener aún agilidad en su brazo herido; y una vez que
-la envolví bien, salimos ambos, sin tomar ella mi brazo y como dos
-amigos que van a paseo. Por todas partes se oía rumor de soldados, y la
-claridad de la luna permitía ver los objetos y conocer las personas.</p>
-
-<p>Súbitamente y sin contestar a no sé qué vulgar frase pronunciada por
-mí, la inglesa me dijo:</p>
-
-<p>—Ya sé que sois noble, caballero. ¿A qué familia pertenecéis? ¿A los
-Pachecos, a los Vargas, a los Enríquez, a los Acuñas, a los Toledos o a
-los Dávilas?</p>
-
-<p>—A ninguna de esas, señora —le respondí ocultando con mi embozo la
-sonrisa que no pude contener—, sino a los Aracelis de Andalucía, que
-descienden, como usted no ignora, del mismo Hércules.</p>
-
-<p>—¿De Hércules? No lo sabía ciertamente —repuso<span class="pagenum"
-id="Page_76">p. 76</span> con naturalidad—. ¿Hace mucho que estáis en
-campaña?</p>
-
-<p>—Desde que empezó, señora.</p>
-
-<p>—Sois valiente y generoso, sin duda —dijo mirándome fijamente al
-rostro—. Bien se conoce en vuestro semblante que lleváis en las venas
-la sangre de aquellos insignes caballeros, que han sido asombro y
-envidia de Europa por espacio de muchos siglos.</p>
-
-<p>—Señora, usted me favorece demasiado.</p>
-
-<p>—Decidme: ¿sabéis tirar las armas, domar un potro, derribar un toro,
-tañer la guitarra y componer versos?</p>
-
-<p>—No puedo negar que un poco entendido soy en alguna, si no en todas
-esas habilidades.</p>
-
-<p>Después de pequeña pausa y deteniendo el paso, me preguntó
-bruscamente:</p>
-
-<p>—¿Y estáis enamorado?</p>
-
-<p>Durante un rato no supe qué responder: tan extrañas me parecían
-aquellas palabras.</p>
-
-<p>—¿Cómo no, siendo español, siendo joven y militar? —contesté
-decidido a llevar la conversación a donde la fantasía de mi incógnita
-amiga quisiera llevarla.</p>
-
-<p>—Veo que os sorprende mi modo de hablaros —añadió ella—.
-Acostumbrado a no oír en boca de vuestras mojigatas compatriotas sino
-medias palabras, vulgaridades y frases de hipocresía, os sorprende esta
-libertad con que me expreso, estas extrañas preguntas que os dirijo...
-Quizás me juzguéis mal...</p>
-
-<p>—¡Oh, no, señora!</p>
-
-<p>—Pero mi honor no depende de vuestros pensamientos. Seríais un necio
-si creyérais que<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> esto
-es otra cosa que una curiosidad de inglesa, casi diré de artista y de
-viajera. Las costumbres y los caracteres de este país son dignos de
-profundo estudio.</p>
-
-<p>«De modo que lo que quiere es estudiarme —dije entre dientes—.
-Resignémonos a ser libro de texto.»</p>
-
-<p>—El hombre que ha dado muerte a Lord Gray, que ha realizado esa gran
-obra de justicia, que ha sido brazo de Dios y vengador de la moral
-ultrajada, excita mi curiosidad de un modo pasmoso... Me han hablado de
-vos con admiración, y contádome algunos hechos vuestros dignos de gran
-estima... Dispensad mi curiosidad, que escandalizaría a una española
-y que sin duda os escandaliza a vos... Habiendo matado a Gray por
-celos, claro que estábais enamorado. Y vuestra dama (esto de <i>vuestra
-dama</i> me hizo reír de nuevo), ¿habita en algún castillo de estas
-cercanías, o en algún palacio andaluz? ¿Es noble como vos?...</p>
-
-<p>Al oír esto, comprendí que tenía que habérmelas con una imaginación
-exaltada y novelesca, y al punto apoderose de mí cierto espíritu de
-socarronería. No me inclinaba a burlarme de la inglesa, que a pesar de
-su sentimentalismo fuera de ocasión no era ridícula; pero mi carácter
-me inducía a seguir la broma, como si dijéramos, prestándome a los
-caprichos de aquella idealidad tan falsa como encantadora. Todos
-somos algo poetas, y es muy dulce embellecer la propia vida, y muy
-natural regocijarnos con este embellecimiento, aun sabiendo que la
-transformación es obra<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span>
-nuestra. Así es que con cierta exaltación novelesca también, mas no con
-completa seriedad, contesté a la damisela:</p>
-
-<p>—Noble es, señora, y hermosísima y principal; pero ¿de qué me vale
-tener en ella un dechado de perfecciones, si un funesto destino la
-aleja constantemente de mí? ¿Qué pensará usted, señora, si le digo
-que hace tiempo cierto maligno encantador la tiene transfigurada en
-la persona de una vulgar comiquilla, que recorre los pueblos formando
-parte de una compañía de histriones de la legua?</p>
-
-<p>Esto era sin duda demasiado fuerte.</p>
-
-<p>—Caballero —dijo la inglesa con estupor—, ¿pues qué, todavía hay
-encantamientos en España?</p>
-
-<p>—Encantamientos, precisamente, no —dije tratando de abatir el
-vuelo—; pero hay artes del demonio, y si no artes del demonio, malicias
-y ardides de hombres perversos.</p>
-
-<p>—Veo que leéis libros de caballerías.</p>
-
-<p>—Pues ¿quién duda que son los más hermosos entre todos los que se
-han escrito? Ellos suspenden el ánimo, despiertan la sensibilidad,
-avivan el valor, infunden entusiasmo por las grandes acciones,
-engrandecen la gloria y achican el peligro en todos los momentos de la
-vida.</p>
-
-<p>—¡Engrandecen la gloria y achican el peligro! —exclamó
-deteniéndose—. Si esto que habéis dicho es verdad, sois digno de haber
-nacido en otros tiempos... pero no he entendido bien eso de que vuestra
-dama está transformada en una comiquilla...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span>—Así es, señora. Si
-pudiera contar a usted todo lo que ha precedido a esta transformación,
-no dudo que usted me compadecería.</p>
-
-<p>—¿Y dónde están la encantada y el encantador? Les doy estos nombres
-porque veo que creéis en encantamientos.</p>
-
-<p>—Están en Salamanca.</p>
-
-<p>—Como si estuvieran en el otro mundo. Salamanca está en poder de los
-franceses.</p>
-
-<p>—Pero la tomaremos.</p>
-
-<p>—Decís eso como si fuera lo más natural del mundo.</p>
-
-<p>—Y lo es. No se ría usted de mi petulancia; pero si todo el ejército
-aliado desapareciera y me quedase solo...</p>
-
-<p>—Iríais solo a la conquista de la ciudad, queréis decir.</p>
-
-<p>—¡Ah, señora! —exclamé con énfasis—. Un hombre que ama no sabe lo
-que dice. Veo que es un desatino.</p>
-
-<p>—Un desatino relativo —repuso—. Pero ahora comprendo que os estáis
-burlando de mí. Os habéis enamorado de una cómica y queréis hacerla
-pasar por gran señora.</p>
-
-<p>—Cuando entremos en Salamanca podré convencer a usted de que no me
-burlo.</p>
-
-<p>—No dudo que haya cómicos en el país, ni menos cómicas guapas —dijo
-riendo—. Hace dos días pasó por delante de mí una compañía que me
-recordó el carro de las Cortes de la Muerte. Iban allí siete u ocho
-histriones, y, en efecto, dijeron que iban a Salamanca.</p>
-
-<p>—Llevaban dos o tres carros. En uno de<span class="pagenum"
-id="Page_80">p. 80</span> ellos iban dos mujeres, una de ellas
-hermosísima. Venían de Plasencia.</p>
-
-<p>—Me parece que sí.</p>
-
-<p>—Y en otro carro llevaban lienzos pintados.</p>
-
-<p>—Los habéis visto; pero no sabéis lo que yo sé. Cuando pasaron por
-delante de mí, sorprendiéndome por su extraño aspecto que me recordaba
-una de las más graciosas aventuras del <i>Libro</i>, un vecino de
-Puerto de Baños me dijo: «Esos no son cómicos, sino pícaros masones
-que se disfrazan así para pasar por entre los españoles, que les
-descuartizarían si les conocieran.»</p>
-
-<p>—No me dice usted nada que yo no sepa —contesté—. Señora, ¿ha oído
-usted decir a Lord Wellington cuándo lanzará nuestros regimientos sobre
-Salamanca?</p>
-
-<p>—Impaciente estáis... Quiero saber otra cosa. ¿Amáis a vuestra
-Dulcinea de una manera ideal y sublime, embelleciéndola con vuestro
-pensamiento aun más de lo que ella es en sí, atribuyéndole cuantas
-perfecciones pueden idearse y consagrándole todos los dulces
-transportes de un corazón siempre inflamado?</p>
-
-<p>—Así, así mismo, señora —dije con entusiasmo que no era enteramente
-ficticio, y deseando ver a dónde iba a parar aquella misteriosa mujer,
-cuyo carácter comenzaba a penetrar—. Parece que lee usted en mi alma
-como en un libro.</p>
-
-<p>Después de oír esto, permaneció largo rato en silencio, y luego
-reanudó el diálogo con una brusca variación de ideas, que era la
-tercera en aquel extraño coloquio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span>—Caballero, ¿tenéis
-madre? —me dijo.</p>
-
-<p>—No, señora.</p>
-
-<p>—¿Ni hermanas?</p>
-
-<p>—Tampoco. Ni madre, ni padre, ni hermanos, ni pariente alguno.</p>
-
-<p>—Veo que está muy mal parado el linaje de Hércules. De modo que
-estáis solo en el mundo —añadió con acento compasivo—. ¡Desgraciado
-caballero! ¿Y esa gran señora, cómica, o mujer masónica, os ama?</p>
-
-<p>—Creo que sí.</p>
-
-<p>—¿Habéis hecho por ella sacrificios, arrostrado peligros y vencido
-obstáculos?</p>
-
-<p>—Muchísimos; pero son nada en comparación con lo que aún me resta
-por hacer.</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—Una acción peligrosa, una locura; el último grado del atrevimiento.
-Espero morir o lograr mi objeto.</p>
-
-<p>—¿Tenéis miedo a los peligros que os aguardan?</p>
-
-<p>—Jamás lo he conocido —respondí con una fatuidad cuyo recuerdo me ha
-hecho reír muchas veces.</p>
-
-<p>—Estad tranquilo, pues los aliados entrarán en Salamanca, y entonces
-fácilmente...</p>
-
-<p>—Cuando entren los aliados, mi enemigo y su víctima habrán huido
-corriendo hacia Francia. Él no es tonto... Es preciso ir a Salamanca
-antes.</p>
-
-<p>—¡Antes de tomarla! —exclamó con asombro.</p>
-
-<p>—¿Por qué no?</p>
-
-<p>—Caballero —dijo súbitamente deteniendo<span class="pagenum"
-id="Page_82">p. 82</span> el paso—, veo que os estáis burlando de
-mí.</p>
-
-<p>—¡Yo, señora! —contesté algo turbado.</p>
-
-<p>—Sí: me ponéis ante los ojos una aventura caballeresca, que es pura
-invención y fábula: os pintáis a vos mismo como un carácter superior,
-como un alma de esas que se engrandecen con los peligros, y habéis
-adornado la ficción con hermosas figuras de Dulcinea, y encantadores,
-que no existen sino en vuestra imaginación.</p>
-
-<p>—Señora mía, usted...</p>
-
-<p>—Tened la bondad de acompañarme a mi alojamiento. El olor de esos
-pinares me marea.</p>
-
-<p>—Como usted guste.</p>
-
-<p>Confieso, ¿por qué no confesarlo?, que me quedé algo corrido.</p>
-
-<p>La elegante inglesa no me dijo una palabra más en todo el camino;
-y cuando subimos a casa de Forfolleda y la conduje a su cuarto,
-que ya empezaba a figurárseme regio camarín tapizado de rasos y
-organdíes, metiose en su tugurio como un hada en su cueva, y dándome
-desabridamente las buenas noches, corrió los cerrojos de oro... o de
-hierro, y me quedé solo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch10">
- <h2 class="nobreak">X</h2>
-</div>
-
-<p>Acomodándome en mi lecho, hablé conmigo de esta manera:</p>
-
-<p>«¿La tal inglesa será una de esas mujeres<span class="pagenum"
-id="Page_83">p. 83</span> de equívoca honradez que suelen seguir a los
-ejércitos? Las hay de diferentes especies; pero en realidad jamás vi en
-pos de los soldados de la patria ninguna tan hermosa, ni de porte tan
-noble y aristocrático. He oído que tras el ejército francés van pájaros
-de diverso plumaje. ¡Bah!... ¿pues no dicen que Massena ha tenido tan
-mala suerte en Portugal por la corrupción de sus oficiales y soldados,
-y aun por sus propios descuidos con ciertas amazonas muy emperifolladas
-que andaban en los campamentos tan a sus anchas como en París?...»</p>
-
-<p>Después, dando otra dirección a mis ideas, dije a punto que empezaba
-a embargarme el dulce entorpecimiento que precede al sueño:</p>
-
-<p>«Tal vez me equivoque. Después de haber conocido a Lord Gray, no
-debo poner en duda que las extravagancias y rarezas de la gente inglesa
-carecen de límite conocido. Tal vez mi compañera de alojamiento sea tan
-cabal, que la misma virginidad parezca a su lado una moza de partido,
-y yo estoy injuriándola. Mañana preguntaré a los oficiales ingleses
-que conozco... Como no sea una de esas naturalezas impresionables y
-acaloradas que nacen al acaso en el Norte, y que buscan, como las
-golondrinas, los climas templados; bajan, llenas de ansiedad, al
-mediodía, pidiendo luz, sol, pasiones, poesía, alimento del corazón y
-de la fantasía, que no siempre encuentran, o encuentran a medias, y van
-con febril deseo tras de la originalidad, tras las costumbres raras,
-y adoran los caracteres apasionados, aunque sean casi salvajes; la
-vida aventurera, la galantería<span class="pagenum" id="Page_84">p.
-84</span> caballeresca, las ruinas, las leyendas, la música popular y
-hasta las groserías de la plebe, siempre que sean graciosas.»</p>
-
-<p>Diciendo o pensando así, y enlazando con estos otros pensamientos
-que más hondamente me preocupaban, caí en profundísimo sueño reparador.
-Levanteme muy temprano a la mañana siguiente, y sin acordarme para nada
-de la hermosa inglesa, cual si la noche limpiara todas las telas de
-araña fabricadas y tendidas el día anterior dentro de mi cerebro, salí
-de mi alojamiento.</p>
-
-<p>—Marchamos hacia San Muñoz —me dijo Figueroa, oficial portugués
-amigo mío que servía con el general Picton.</p>
-
-<p>—¿Y el <i>Lord</i>?</p>
-
-<p>—Va a partir no sé a dónde. La división de Graham está sobre
-Tamames. Nosotros vamos a formar el ala izquierda de la división de D.
-Carlos España y la partida de D. Julián Sánchez.</p>
-
-<p>Cuando nos dirigíamos juntos al alojamiento del general, pedile
-informes de la dama inglesa cuya figura y extraños modos he dado a
-conocer, y me contestó:</p>
-
-<p>—Es Miss Fly; o lo que es lo mismo, Miss Mosquita, Mariposa,
-Pajarita o cosa así. Su nombre es Athenais. Tiene por padre a Lord
-Fly, uno de los señores más principales de la Gran Bretaña. Nos ha
-seguido desde la Albuera, pintando iglesias, castillos y ruinas en
-cierto librote que trae consigo, y escribiendo todo lo que pasa. El
-<i>Lord</i> y los demás generales ingleses la consideran mucho, y si
-quieres<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> saber lo que
-es bueno atrévete a faltar al respeto a la señorita Fly, que en inglés
-se dice <i>Flai</i>, pues ya sabes que en esa lengua se escriben las
-palabras de una manera y se pronuncian de otra, lo cual es un encanto
-para el que quiere aprenderla.</p>
-
-<p>Acto continuo referí a mi amigo las escenas de la noche anterior
-y el paseo que en la soledad de la noche dimos Fly y yo por aquellos
-contornos; lo que, oído por Figueroa, causó a este muchísima
-sorpresa.</p>
-
-<p>—Es la primera vez —dijo— que la rubita tiene tales familiaridades
-con un oficial español o portugués, pues hasta ahora a todos les miró
-con altanería...</p>
-
-<p>—Yo la tuve por persona de costumbres un tanto libres.</p>
-
-<p>—Así parece, porque anda sola, monta a caballo, entra y sale
-por medio del ejército, habla con todos, visita las posiciones de
-vanguardia antes de una batalla, y los hospitales de sangre después...
-A veces se aleja del ejército para recorrer sola los pueblos
-inmediatos, mayormente si hay en estos abadías, catedrales o castillos,
-y en sus ratos de ocio no hace más que leer romances.</p>
-
-<p>Hablando de este y de otros asuntos empleamos la mañana, y cerca
-del mediodía fuimos al alojamiento de Carlos España, el cual no estaba
-allí.</p>
-
-<p>—España —nos dijo el guerrillero Sánchez— está en el alojamiento del
-cuartel general.</p>
-
-<p>—¿No marcha Lord Wellington?</p>
-
-<p>—Parece que se queda aquí, y nosotros salimos<span class="pagenum"
-id="Page_86">p. 86</span> para San Muñoz dentro de una hora.</p>
-
-<p>—Vamos al alojamiento del Duque —dijo Figueroa—: allí sabremos
-noticias ciertas.</p>
-
-<p>Estaba Lord Wellington en la casa ayuntamiento, la única capaz
-y decorosa para tan insigne persona. Llenaban la plazoleta, el
-soportal, el vestíbulo y la escalera, multitud de oficiales de todas
-graduaciones, españoles, ingleses y lusitanos, que entraban, salían,
-formaban corrillos disputando y bromeando unos con otros en amistosa
-intimidad, cual si todos perteneciesen a una misma familia. Subimos
-Figueroa y yo, y después de aguardar más de hora y media en la
-antesala, salió España y nos dijo:</p>
-
-<p>—El General en Jefe pregunta si hay un oficial español que se atreva
-a entrar disfrazado en Salamanca para examinar los fuertes y las obras
-provisionales que ha hecho el enemigo en la muralla, y enterarse de
-si es grande o pequeña la guarnición, y abundantes o escasas las
-provisiones.</p>
-
-<p>—Yo soy —dije resueltamente sin aguardar a que el general
-concluyese.</p>
-
-<p>—¿Tú —dijo España con la desdeñosa familiaridad que usaba hablando
-con sus oficiales—, tú te atreves a emprender viaje tan arriesgado? Ten
-presente que es preciso ir y volver.</p>
-
-<p>—Lo supongo.</p>
-
-<p>—Es necesario atravesar las líneas enemigas, pues los franceses
-ocupan todas las aldeas del lado acá del Tormes.</p>
-
-<p>—Se entra por donde se puede, mi general.</p>
-
-<p>—Luego has de atravesar la muralla, los<span class="pagenum"
-id="Page_87">p. 87</span> fuertes; has de penetrar en la ciudad,
-visitar los acantonamientos, sacar planos...</p>
-
-<p>—Todo eso es para mí un juego, mi general. Entrar, salir, ver... una
-diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor Duque,
-diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea.</p>
-
-<p>—Tú eres un atolondrado, y no sirves para el caso —repuso D.
-Carlos—. Buscaremos otro. No sabes una palabra de geometría ni de
-fortificación.</p>
-
-<p>—Eso lo veremos —contesté sofocado.</p>
-
-<p>—Y es preciso, es preciso ir —añadió mi Jefe—. Aún no ha formado
-el Lord su plan de batalla. No sabe si asaltará a Salamanca o la
-bloqueará; no sabe si pasará el Tormes para perseguir a Marmont,
-dejando atrás a Salamanca, o si... ¿Dices que te atreves tú?</p>
-
-<p>—¿Pues no he de atreverme? Me vestiré de charro, entraré en
-Salamanca vendiendo hortalizas o carbón. Veré los fuertes, la
-guarnición, las vituallas; sacaré un croquis, y me volveré al
-campamento... Mi general —añadí con calor—, o me presenta vuecencia al
-Duque, o me presento yo solo.</p>
-
-<p>—Vamos, vamos al momento —dijo España entrando conmigo en la
-sala.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch11">
- <p><span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XI</h2>
-</div>
-
-<p>Junto a una gran mesa colocada en el centro, estaba el Duque de
-Ciudad-Rodrigo con otros tres generales examinando una carta del país,
-y tan profundamente atendían a las rayas, puntos y letras con que el
-geógrafo designara los accidentes del terreno, que no alzaron la cabeza
-para mirarnos. Hízome seña D. Carlos España de que debíamos esperar, y
-en tanto dirigí la vista a distintos puntos de la sala para examinar,
-siguiendo mi costumbre, el sitio en que me encontraba. Otros oficiales
-hablaban en voz baja retirados del centro, y entre ellos ¡oh sorpresa!
-vi a Miss Fly, que sostenía conversación animada con un coronel de
-artillería llamado Simpson.</p>
-
-<p>Por fin, Lord Wellington levantó los ojos del mapa y nos miró.
-Hice una amabilísima reverencia: entonces el inglés me miró más,
-observándome de pies a cabeza. También yo le observé a él a mis
-anchas, gozoso de tener ante mi vista a una persona tan amada entonces
-por todos los españoles, y que tanta admiración me inspiraba a mí.
-Era Wellesley bastante alto, de cabellos rubios y rostro encendido,
-aunque no por las causas a que el vulgo atribuye las inflamaciones
-epidérmicas de la gente británica. Ya se sabe que es proverbial<span
-class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> en Inglaterra la afirmación
-de que el único grande hombre que no ha perdido jamás su dignidad
-después de los postres, es el vencedor de Tipoo Sayb y de Bonaparte.</p>
-
-<p>Representaba Wellington cuarenta y cinco años, y esta era su edad,
-la misma exactamente que Napoleón, pues ambos nacieron en 1769, el uno
-en mayo y el otro en agosto. El sol de la India y el de España habían
-alterado la blancura de su color sajón. Era la nariz, como antes he
-dicho, larga y un poco bermellonada; la frente, resguardada de los
-rayos del sol por el sombrero, conservaba su blancura, y era hermosa
-y serena como la de una estatua griega, revelando un pensamiento sin
-agitación y sin fiebre, una imaginación encadenada y gran facultad de
-ponderación y cálculo. Adornaba su cabeza un mechón de pelo o tupé
-que no usaban ciertamente las estatuas griegas; pero que no caía mal,
-sirviendo de vértice a una mollera inglesa. Los grandes ojos azules
-del general miraban con frialdad, posándose vagamente sobre el objeto
-observado, y observaban sin aparente interés. Era la voz sonora,
-acompasada, medida, sin cambiar de tono, sin exacerbaciones ni acentos
-duros, y el conjunto de su modo de expresarse, reunidos el gesto, la
-voz y los ojos, producía grata impresión de respeto y cariño.</p>
-
-<p>Su Excelencia me miró como he dicho, y entonces D. Carlos España
-dijo:</p>
-
-<p>—Mi general, este joven desea desempeñar la comisión de que
-vuecencia me ha hablado hace poco. Yo respondo de su valor y de
-su<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> lealtad; pero he
-intentado disuadirle de su empeño, porque no posee conocimientos
-facultativos.</p>
-
-<p>Aquello me avergonzó, principalmente por hallarme delante de Miss
-Fly, y porque, en efecto, yo no había estado en ninguna academia.</p>
-
-<p>—Para esta comisión —dijo Wellington en castellano bastante
-correcto—, se necesitan ciertos conocimientos...</p>
-
-<p>Y fijó los ojos en el mapa. Yo miré a España, y España me miró
-a mí. Pero la vergüenza no me impidió tomar una resolución, y sin
-encomendarme a Dios ni al diablo, dije:</p>
-
-<p>—Mi general, es cierto que no estudié en ninguna academia; pero una
-larga práctica de la guerra en batallas, y sobre todo en sitios, me ha
-dado tal vez los conocimientos que vuecencia exige para esta comisión.
-Sé levantar un plano.</p>
-
-<p>El Duque de Ciudad-Rodrigo, alzando de nuevo los ojos, habló así:</p>
-
-<p>—En mi cuartel general hay multitud de oficiales facultativos; pero
-ningún inglés podría entrar en Salamanca, porque sería al instante
-descubierto por su rostro y por su lenguaje. Es preciso que vaya un
-español.</p>
-
-<p>—Mi general —dijo con fatuidad España—, en mi división no faltan
-oficiales facultativos. He traído a este porque se empeñó en hacer
-alarde de su arrojo delante de vuecencia.</p>
-
-<p>Miré con indignación a D. Carlos, y luego exclamé con la mayor
-vehemencia:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>—Mi general, aunque
-en esta empresa existan todos los peligros, todas las dificultades
-imaginables, yo entraré en Salamanca, y volveré con las noticias que
-vuecencia desea.</p>
-
-<p>Tranquila y sosegadamente Lord Wellington me preguntó:</p>
-
-<p>—Señor oficial, ¿dónde empezó usted su vida militar?</p>
-
-<p>—En Trafalgar —contesté.</p>
-
-<p>Cuando esta histórica y grandiosa palabra resonó en la sala en medio
-del general silencio, todas las cabezas de las personas allí presentes
-se movieron como si perteneciesen a un solo cuerpo, y todos los ojos
-fijáronse en mí con vivísimo interés.</p>
-
-<p>—¿Entonces ha sido usted marino? —interrogó el Duque.</p>
-
-<p>—Asistí al combate teniendo catorce años de edad. Yo era amigo de un
-oficial que iba en el <i>Trinidad</i>. La pérdida de la tripulación me
-obligó a tomar parte en la batalla.</p>
-
-<p>—¿Y cuándo empezó usted a servir en la campaña contra los
-franceses?</p>
-
-<p>—El 2 de mayo de 1808, mi general. Los franceses me fusilaron en la
-Moncloa. Salveme milagrosamente; pero en mi cuerpo han quedado escritos
-los horrores de aquel tremendo día.</p>
-
-<p>—¿Y desde entonces se alistó usted?</p>
-
-<p>—Alisteme en los regimientos de voluntarios de Andalucía, y estuve
-en la batalla de Bailén.</p>
-
-<p>—¡También en la batalla de Bailén! —dijo Wellington con asombro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span>—Sí, mi general: el
-19 de julio de 1808. ¿Quiere vuecencia ver mi hoja de servicios, que
-comienza en dicha fecha?</p>
-
-<p>—No, me basta —repuso Wellington—. ¿Y después?</p>
-
-<p>—Volví a Madrid y tomé parte en la jornada del 3 de diciembre. Caí
-prisionero, y quisieron llevarme a Francia.</p>
-
-<p>—¿Le llevaron a usted a Francia?</p>
-
-<p>—No, mi general, porque me escapé en Lerma, y fui a parar a Zaragoza
-en tan buena ocasión, que alcancé el segundo sitio de aquella inmortal
-ciudad.</p>
-
-<p>—¿Todo el sitio? —dijo Wellington con creciente interés hacia mi
-persona.</p>
-
-<p>—Todo, desde el 19 de diciembre hasta el 12 de febrero de 1809.
-Puedo dar a vuecencia noticia circunstanciada de las diversas
-peripecias de aquel grande hecho de armas, gloria y orgullo de cuantos
-nos encontramos en él.</p>
-
-<p>—¿Y a qué ejército pasó usted luego?</p>
-
-<p>—Al del centro, y serví bastante tiempo a las órdenes del Duque del
-Parque. Estuve en la batalla de Tamames y en Extremadura.</p>
-
-<p>—¿No se encontró usted en un nuevo asedio?</p>
-
-<p>—En el de Cádiz, mi general. Defendí durante tres días el castillo
-de San Lorenzo de Puntales.</p>
-
-<p>—¿Y luego formó usted parte de la expedición del general Blake a
-Valencia?</p>
-
-<p>—Sí, mi general; pero me destinaron al segundo cuerpo, que mandaba
-O’Donnell, y durante cuatro meses serví a las órdenes del<span
-class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> Empecinado en esa singular
-guerra de partidas en que tanto se aprende.</p>
-
-<p>—¿También ha sido usted guerrillero? —dijo Wellington sonriendo—.
-Veo que ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así
-lo desea.</p>
-
-<p>—Señor, lo deseo ardientemente.</p>
-
-<p>Todos los presentes seguían observándome, y Miss Fly con más
-atención que ninguno.</p>
-
-<p>—Bien —añadió el héroe de Talavera, fijando alternativamente la
-vista en mí y en el mapa—. Tiene usted que hacer lo siguiente: se
-dirigirá usted hoy mismo disfrazado a Salamanca, dando un rodeo para
-entrar por Cabrerizos. Forzosamente ha de pasar usted por entre las
-tropas de Marmont, que vigilan los caminos de Ledesma y Toro. Hay
-muchas probabilidades de que sea usted arcabuceado por espía; pero Dios
-protege a los valientes, y quizás... quizás logre usted penetrar en la
-plaza. Una vez dentro, sacará usted un croquis de las fortificaciones,
-examinando con la mayor atención los conventos que han sido convertidos
-en fuertes, los edificios que han sido demolidos, la artillería que
-defiende los aproches de la ciudad, el estado de la muralla, las obras
-de tierra y fagina, todo absolutamente, sin olvidar las provisiones que
-tiene el enemigo en sus almacenes.</p>
-
-<p>—Mi general —repuse—, comprendo bien lo que se desea, y espero
-contentar a vuecencia. ¿Cuándo debo partir?</p>
-
-<p>—Ahora mismo. Estamos a doce leguas de Salamanca. Con la marcha que
-emprenderemos<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> hoy,
-espero que pernoctemos en Castroverde, cerca ya del Valmuza. Pero
-adelántese usted a caballo, y pasado mañana martes podrá entrar en la
-ciudad. En todo el martes ha de desempeñar por completo esta comisión,
-saliendo el miércoles por la mañana para venir al cuartel general, que
-en dicho día estará seguramente en Bernuy. En Bernuy, pues, le aguardo
-a usted el miércoles a las doce en punto de la mañana. No acostumbro
-esperar.</p>
-
-<p>—Corriente, mi general. El miércoles a las doce estaré en Bernuy de
-vuelta de mi expedición.</p>
-
-<p>—Tome usted precauciones. Diríjase a la calzada de Ledesma, pero
-cuidando de marchar siempre fuera del arrecife. Disfrácese usted bien,
-pues los franceses dejan entrar a los aldeanos que llevan víveres a
-la plaza; y al levantar el croquis, evite en lo posible las miradas
-de la gente. Lleve usted armas, ocultándolas bien; no provoque a los
-enemigos; fínjase amigo de ellos; en una palabra, ponga usted en
-juego su ingenio, su valor, y todo el conocimiento de los hombres y
-de la guerra que ha adquirido en tantos años de activa vida militar.
-El <i>Mayor</i> general del ejército entregará a usted la suma que
-necesite para la expedición.</p>
-
-<p>—Mi general —dije—, ¿tiene vuecencia algo más que mandarme?</p>
-
-<p>—Nada más —repuso sonriendo con benevolencia—, sino que adoro la
-puntualidad, y considero como origen del éxito en la guerra la exacta
-apreciación y distribución del tiempo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>—Eso quiere decir
-que si no estoy de vuelta el miércoles a las doce, desagradaré a
-vuecencia.</p>
-
-<p>—Y mucho. En el tiempo marcado puede hacerse lo que encargo. Dos
-horas para sacar el croquis; dos para visitar los fuertes, ofreciendo
-en venta a los soldados algún artículo que necesiten; cuatro para
-recorrer toda la población y sacar nota de los edificios demolidos;
-dos para vencer obstáculos imprevistos; media para descansar. Son diez
-horas y media del martes por el día. La primera mitad de la noche para
-estudiar el espíritu de la ciudad, lo que piensan de esta campaña
-la guarnición y el vecindario; una hora para dormir, y lo restante
-para salir y ponerse fuera del alcance y de la vista del enemigo. No
-deteniéndose en ninguna parte, puede usted presentárseme en Bernuy a la
-hora convenida.</p>
-
-<p>—A la orden de mi general —dije disponiéndome a salir.</p>
-
-<p>Lord Wellington, el hombre más grande de la Gran Bretaña, el rival
-de Bonaparte, la esperanza de Europa, el vencedor de Talavera, de la
-Albuera, de Arroyomolinos y de Ciudad-Rodrigo, levantose de su asiento,
-y con una grave cortesanía y cordialidad que inundó mi alma de orgullo
-y alegría, diome la mano, que estreché con gratitud entre las mías.</p>
-
-<p>Salí a disponer mi viaje.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch12">
- <p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XII</h2>
-</div>
-
-<p>Hallábame una hora después en una casa de labradores ajustando el
-precio del vestido que había de ponerme, cuando sentí en el hombro
-un golpecito producido al parecer por un látigo que movían manos
-delicadas. Volvime, y Miss Fly, pues no era otra la que me azotaba,
-dijo:</p>
-
-<p>—Caballero, hace una hora que os busco.</p>
-
-<p>—Señora, los preparativos de mi viaje me han impedido ir a ponerme a
-las órdenes de usted.</p>
-
-<p>Miss Fly no oyó mis últimas palabras, porque toda su atención estaba
-fija en una aldeana que teníamos delante, la cual, por su parte,
-amamantando un tierno chiquillo, no quitaba los ojos de la inglesa.</p>
-
-<p>—Señora —dijo esta—, ¿me podréis proporcionar un vestido como el que
-tenéis puesto?</p>
-
-<p>La aldeana no entendía el castellano corrompido de la inglesa, y
-mirábala absorta sin contestarle.</p>
-
-<p>—Señorita Fly —dije—, ¿va usted a vestirse de aldeana?</p>
-
-<p>—Sí —me respondió sonriendo con malicia—. Quiero ir con vos.</p>
-
-<p>—¡Conmigo! —exclamé con la mayor sorpresa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>—Con vos, sí; quiero
-ir disfrazada con vos a Salamanca —añadió tranquilamente, sacando de su
-bolsillo algunas monedas para que la aldeana la entendiese mejor.</p>
-
-<p>—Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca —dije—. ¿Ir
-conmigo a Salamanca, ir conmigo en esta expedición arriesgada y de la
-cual ignoro si saldré con vida?</p>
-
-<p>—¿Y qué? ¿No puedo ir porque hay peligro? Caballero, ¿en qué os
-fundáis para creer que yo conozco el miedo?</p>
-
-<p>—Es imposible, señora; es imposible que usted me acompañe —afirmé
-con resolución.</p>
-
-<p>—Ciertamente no os creía grosero. Sois de los que rechazan todo
-aquello que sale de los límites ordinarios de la vida. ¿No comprendéis
-que una mujer tenga arrojo suficiente para afrontar el peligro, para
-prestar servicios difíciles a una causa santa?</p>
-
-<p>—Al contrario, señora: comprendo que una mujer como usted es capaz
-de eminentes acciones, y en este momento Miss Fly me inspira sincero
-entusiasmo. Pero la comisión que llevo a Salamanca es muy delicada,
-exige que nadie vaya al lado mío, y menos una señora que no puede
-disfrazarse ocultando su lengua extranjera y noble porte.</p>
-
-<p>—¿Que no puedo disfrazarme?</p>
-
-<p>—Bueno, señora —dije sin poder contener la risa—. Principie usted
-por dejar su guardapiés de amazona, y póngase el manteo, es decir, una
-larga pieza de tela que se arrolla en el cuerpo, como la faja que ponen
-a los niños.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>Miss Fly miraba con
-estupor el extraño y pintoresco vestido de la aldeana.</p>
-
-<p>—Luego —añadí—, desciña usted esas hermosas trenzas de oro,
-construyéndose en lo alto un moño del cual penderán cintas, y en las
-sienes dos rizos de rueda de carro con horquillas de plata. Cíñase
-usted después la jubona de terciopelo, y cubra en seguida sus hermosos
-hombros con la prenda más graciosa y difícil de llevar, cual es el
-dengue o rebociño.</p>
-
-<p>Athenais se ponía de mal humor, y contemplaba las singulares prendas
-que la charra iba sacando de un arcón.</p>
-
-<p>—Y después de calzarse los zapatitos sobre media de seda calada, y
-ceñirse el picote negro bordado de lentejuelas, ponga usted la última
-piedra a tan bello edificio, con la mantilla de rocador prendida en los
-hombros.</p>
-
-<p>La señorita Mariposa me miró con indignación, comprendiendo la
-imposibilidad de disfrazarse de aldeana.</p>
-
-<p>—Bien —afirmó mirándome con desdén—. Iré sin disfrazarme. En
-realidad no lo necesito, porque conozco al coronel Desmarets, que
-me dejará entrar. Le salvé la vida en la Albuera... Y no creáis, mi
-conocimiento con el coronel Desmarets puede seros útil...</p>
-
-<p>—Señora —le dije poniéndome serio—, el honor que recibo y el placer
-que experimento al verme acompañado por usted, son tan grandes, que no
-sé cómo expresarlos. Pero no voy a una fiesta, señora: voy al peligro.
-Además, si este no asusta a una persona como usted, ¿nada significa
-el menoscabo que pueda recibir<span class="pagenum" id="Page_99">p.
-99</span> la opinión de una dama ilustre que viaja con hombre
-desconocido por vericuetos y andurriales?</p>
-
-<p>—Menguada idea tenéis del honor, caballero —declaró con nobleza y
-altanería—. O vuestros hechos son mentira, o vuestros pensamientos
-están muy por debajo de ellos. Por Dios, no os arrastréis al nivel de
-la muchedumbre, porque conseguiréis que os aborrezca. Iré con vos a
-Salamanca.</p>
-
-<p>Y tomando el partido de no contestar a mis razonables observaciones,
-se dirigió al cuartel general, mientras yo tomaba el camino de mi
-alojamiento para trocarme de oficial del ejército en el más rústico
-charro que ha parecido en campos salmantinos. Con mi calzón estrecho
-de paño pardo, mis medias negras y zapatos de vaca, con mi chaleco
-cuadrado, mi jubón de haldetas en la cintura y cuchillada en la
-sangría, y el sombrero de alas anchas y cintas colgantes que encajé en
-mi cabeza, estaba que ni pintado. Completaron mi equipo por el momento
-una cartera que cosí dentro del jubón con lo necesario para trazar
-algunas líneas, y el alma de la expedición, o sea el dinero que puse en
-la bolsa interna del cinto.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch13">
- <p><span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XIII</h2>
-</div>
-
-<p>«Ya está mi Sr. Araceli en campaña —me dije—. El miércoles a las
-doce de vuelta en Bernuy... ¡en buena me he metido!... Si la inglesa
-da en el hito de acompañarme, soy hombre perdido... Pero me opondré
-con toda energía, y como no entre en razón, denunciaré al General en
-Jefe el capricho de su audaz paisana para que acorte los vuelos de esta
-sílfide andariega y voluntariosa.»</p>
-
-<p>No era tanta mi inmodestia que supusiese a Athenais movida
-exclusivamente de un antojo y afición a mi persona; pero aun creyéndome
-indigno de la solícita persecución de la hermosa dama, resolví poner
-en práctica un medio eficaz para librarme de aquel enojoso, aunque
-adorable y tentador estorbo, y fue que, bonitamente y sin decir nada
-a nadie, como D. Quijote en su primera salida, eché a correr fuera de
-Sancti Spíritus y delante de la vanguardia del ejército, que en aquel
-momento comenzaba a salir para San Muñoz.</p>
-
-<p>Pero juzgad, ¡oh señores míos! ¡cuál sería mi sorpresa cuando, a
-poco de haber salido espoleando mi cabalgadura, que en el andar allá
-se iba con Rocinante, sentí detrás un chirrido de ásperas ruedas y
-un galope de rocín y un crujir de látigo y unas voces extrañas de
-las<span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> que en todos
-los idiomas se emplean para animar a un bruto perezoso! Juzgad de
-mi sorpresa cuando me volví y vi a la misma Miss Fly dentro de un
-cochecillo indescriptible, no menos destartalado y viejo que aquel de
-la célebre catástrofe, guiándolo ella misma, acompañada de un rapazuelo
-de Sancti Spíritus.</p>
-
-<p>Al llegar junto a mí, la inglesa profería exclamaciones de triunfo.
-Su rostro, enardecido y risueño, era como el de quien ha ganado un
-premio en la carrera; sus ojos despedían la viva luz de un gozo sin
-límites; algunas mechas de sus cabellos de oro flotaban al viento,
-dándole el fantástico aspecto de no sé qué deidad voladora de esas que
-corren por los frisos de la arquitectura clásica, y su mano agitaba el
-látigo con tanta gallardía como un centauro su dardo mortífero. Si me
-fuera lícito emplear los palabras que no entiendo bien aplicadas a la
-figura humana, pero que son de uso común en las descripciones, diría
-que estaba <i>radiante</i>.</p>
-
-<p>—Os he alcanzado —dijo con acento triunfal—. Si <i>Mistress</i>
-Mitchell no me hubiera prestado su carricoche, habría venido sobre una
-cureña, Sr. Araceli.</p>
-
-<p>Y como nuevamente le expusiera yo los inconvenientes de su
-determinación, añadió:</p>
-
-<p>—¡Qué placer tan grande experimento! Esta es la vida para mí:
-libertad, independencia, iniciativa, arrojo. Iremos a Salamanca...
-Sospecho que allí tendréis que hacer, además de la comisión de Lord
-Wellington... Pero no me importan vuestros asuntos. Caballero, sabed
-que os desprecio.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span>—¿Y qué hice yo
-para merecerlo? —dije poniendo mi cabalgadura al paso del caballo de
-tiro y aflojando la marcha, lo que ambas bestias agradecieron mucho.</p>
-
-<p>—¿Qué? Llamar locura a este designio mío. No tienen otra palabra
-para expresar nuestra inclinación o las impresiones desconocidas, a
-los grandes objetos que entrevé el alma sin poder precisarlos, a las
-caprichosas formas con que nos seduce el acaso, a las dulces emociones
-producidas por el peligro previsto y el éxito deseado.</p>
-
-<p>—Comprendo toda la grandeza del varonil espíritu de usted; pero
-¿qué puede encontrar en Salamanca digno del empleo de tan insignes
-facultades? Voy como espía, y el espionaje no tiene nada de sublime.</p>
-
-<p>—¿Querréis hacerme creer —dijo con malicia— que vais a Salamanca a
-la comisión de Lord Wellington?</p>
-
-<p>—Seguramente.</p>
-
-<p>—Un servicio a la patria no se solicita con tanto afán. Recordad
-lo que me dijisteis acerca de la persona a quien amáis, la cual está
-presa, encantada o endemoniada (así lo habéis dicho) en la ciudad a
-donde vamos.</p>
-
-<p>Una risa franca vino a mis labios; mas la contuve diciendo:</p>
-
-<p>—Es verdad; pero quizás no tenga tiempo para ocuparme de mis propios
-asuntos.</p>
-
-<p>—Al contrario —dijo con gracia suma—. No os ocuparéis de otra cosa.
-¿Se podrá saber, caballero Araceli, quién es cierta condesa que os
-escribe desde Madrid?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span>—¿Cómo sabe
-usted?... —pregunté con asombro.</p>
-
-<p>—Porque poco antes de salir yo de la casa de Forfolleda, llegó un
-oficial con una carta que había recibido para vos. La miré, y vi unas
-armas con corona. Vuestro asistente dijo: «Ya tenemos otra cartita de
-mi señora la condesa.»</p>
-
-<p>—¡Y yo salí sin recoger esa carta! —exclamé contrariado—. Vuelvo al
-instante a Sancti Spíritus.</p>
-
-<p>Pero Miss Fly me detuvo con un gesto encantador, diciendo con
-gracejo sin igual:</p>
-
-<p>—No seáis impetuoso, joven soldado; tomad la carta.</p>
-
-<p>Y me la dio, y al punto la abrí y leí. En ella me decía simplemente,
-a más de algunas cosas dulces y lisonjeras, que por Marchena acababa
-de saber que nuestro enemigo se disponía a salir de Plasencia para
-Salamanca.</p>
-
-<p>—Parece que os dan alguna noticia importante, según lo mucho que
-reflexionáis sobre ella —me dijo Athenais.</p>
-
-<p>—No me dice nada que yo no sepa. La infeliz madre, agobiada por el
-dolor y la impaciencia, me apremia sin cesar para que le devuelva el
-bien que le han quitado.</p>
-
-<p>—Esa carta es de la mamá de la encantada —dijo la señorita Mariposa
-con incredulidad—. Forjáis historias muy lindas, caballero; pero que no
-engañarán a personas discretas como yo.</p>
-
-<p>Recorrí la carta con la vista, y seguro de que no contenía
-cosa alguna que a los extraños debiera ocultarse, pues la misma
-condesa<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> había hecho
-público el secreto de su desgraciada maternidad, la di a Miss Fly para
-que la leyese. Ella, con intensa curiosidad, la leyó en un momento;
-y repetidas veces alzó los ojos del papel para clavarlos en mí,
-acompañando su mirada de expresivas exclamaciones y preguntas.</p>
-
-<p>—Yo conozco esta firma —dijo primero—. La condesa de ***. La vi y la
-traté en el Puerto de Santa María.</p>
-
-<p>—En enero del año 10, señora.</p>
-
-<p>—Justamente... Y dice que sois su ángel tutelar, que espera de
-vos su felicidad... que os deberá la vida... que cambiaría todos los
-timbres de su casa por vuestro valor, por la nobleza de vuestro corazón
-y la rectitud de vuestros altos sentimientos.</p>
-
-<p>—¿Eso dice?... Pasé la vista sin fijarme más que en lo esencial.</p>
-
-<p>—Y también que tiene completa confianza en vos, porque os cree
-capaz de salir bien en la gran empresa que traéis entre manos... Que
-Inés (¿conque se llama Inés?), a pesar de lo mucho que vale por su
-hermosura y por sus prendas, le parece poco galardón para vuestra
-constancia...</p>
-
-<p>Miss Fly me devolvió la carta. Inflamaba su rostro una dulce
-confusión, casi diré arrebatador entusiasmo. Su brillante fantasía,
-despertándose de súbito con briosa fuerza, agrandaba sin duda hasta
-límites fabulosos la aventura que delante tenía.</p>
-
-<p>—¡Caballero! —exclamó sin ocultar el expansivo y grandioso
-arrobamiento de su alma<span class="pagenum" id="Page_105">p.
-105</span> poética—, esto es hermosísimo, tan hermoso que no parece
-real. Lo que yo sospechaba y ahora se me revela por completo, tiene
-tanta belleza como las mentiras de las novelas y romances. De modo que
-vos, al ir a Salamanca, vais a intentar...</p>
-
-<p>—Lo imposible.</p>
-
-<p>—Decid mejor dos imposibles —afirmó Athenais con exaltado acento—,
-porque la comisión de Wellington... ¡qué sublime paso, qué incomparable
-atrevimiento, Sr. Araceli! El Coronel Simpson decía hace poco que hay
-noventa y nueve probabilidades contra una de que seréis fusilado.</p>
-
-<p>—Dios me protegerá, señora.</p>
-
-<p>—Seguramente. Si no hubieran existido en el mundo hombres como vos,
-no habría historia, o sería muy fastidiosa. Dios os protegerá. Hacéis
-muy bien... apruebo vuestra conducta. Os ayudaré.</p>
-
-<p>—¿Pero todavía insiste usted?</p>
-
-<p>—¡Extraño suceso! —dijo sin hacer caso de mi pregunta—; ¡y cómo me
-seduce y cautiva! En España, solo en España podría encontrarse esto que
-enciende el corazón, despierta la fantasía, y da a la vida el aliciente
-de vivas pasiones que necesita. Una joven robada; un caballero leal
-que, despreciando toda clase de peligros, va en su busca y penetra con
-ánimo fuerte en una plaza enemiga, y aspira solo con el valor de su
-corazón y los ardides de su ingenio a arrancar el objeto amado de las
-bárbaras manos que la aprisionan... ¡Oh, qué aventura tan hermosa! ¡Qué
-romance tan lindo!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>—¿Gustan a usted,
-señora, las aventuras y los romances?</p>
-
-<p>—¿Que si me gustan? ¡Me encantan, me enamoran, me cautivan más que
-ninguna lectura de cuantas han inventado ingenios de la tierra! —repuso
-con entusiasmo—. ¡Los romances! ¿Hay nada más hermoso, ni que con
-elocuencia más dulce y majestuosa hable a nuestra alma? Los he leído y
-los conozco todos: los moriscos, los históricos, los caballerescos, los
-amorosos, los devotos, los vulgares, los de cautivos y forzados, y los
-satíricos. Los leo con pasión; he traducido muchos al inglés en verso o
-prosa.</p>
-
-<p>—¡Oh, señora mía e insigne maestra! —dije, afirmando para mí que
-la enfermedad moral de Miss Fly era una monomanía literaria—. ¡Cuánto
-deben a usted las letras españolas!</p>
-
-<p>—Los leo con pasión —añadió sin hacerme caso—; pero, ¡ay!, los busco
-ansiosamente en la vida real y no puedo, ¡no puedo encontrarlos!</p>
-
-<p>—Justo, porque esos tiempos pasaron, y ya no hay Lindarajas, ni
-Tarfes, ni Bravoneles, ni Melisendras —afirmé, reconociendo que me
-había equivocado en mi juicio anterior respecto a la enfermedad de
-la Pajarita—. ¿Pero de veras se ha empeñado usted en encontrar en la
-vida real los romances? Por ejemplo, aquellas moritas vestidas de
-verde que se asomaban a las rejas de plata para despedir a sus galanes
-cuando iban a la guerra, aquellos mancebos que salían al redondel con
-listón amarillo o morado, aquellos barbudos reyes de Jaén o Antequera
-que...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span>—Caballero —dijo
-con gravedad interrumpiéndome,—¿habéis leído los romances de Bernardo
-del Carpio?</p>
-
-<p>—Señora —respondí turbado—, confieso mi ignorancia. No los conozco.
-Me parece que los he oído pregonar a los ciegos; pero nunca los compré.
-He descuidado mucho mi instrucción, Miss Fly.</p>
-
-<p>—Pues yo los sé todos de memoria, desde</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">En los reinos de León</div>
- <div class="verse indent0">El quinto Alfonso reinaba;</div>
- <div class="verse indent0">Hermosa hermana tenía,</div>
- <div class="verse indent0">Doña Jimena se llama,</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="ti0">hasta la muerte del héroe, donde hay aquello de</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent2">Al pie de un túmulo negro</div>
- <div class="verse indent0">Esta Bernardo del Carpio.</div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p class="ti0">¡Incomparable poesía! Después de la Iliada no se ha
-compuesto nada mejor. Pues bien. ¿No conocéis ni siquiera de oídas el
-romance en que <i>Bernardo liberta de los moros a su amada Estela y al
-Carpio que tenían cercado</i>?</p>
-
-<p>—Eso ha de ser bonito.</p>
-
-<p>—Parece que resucitan los tiempos —dijo Miss Fly con cierta vaguedad
-inexplicable, al modo de expresión profética en el semblante—; parece
-que salen de su sepultura los hombres, revistiendo forma antigua, o
-que el tiempo y el mundo dan un paso atrás para aliviar su tristeza,
-renovando por un momento<span class="pagenum" id="Page_108">p.
-108</span> las maravillas pasadas... La Naturaleza, aburrida de la
-vulgaridad presente, se viste con las galas de su juventud, como una
-vieja que no quiere serlo... retrocede la Historia, cansada de hacer
-tonterías, y con pueril entusiasmo hojea las páginas de su propio
-diario, y luego busca la espada en el cajón de los olvidados y sublimes
-juguetes... ¿pero no veis esto, Araceli, no lo veis?</p>
-
-<p>—Señora, ¿qué quiere usted que vea?</p>
-
-<p>—El romance de Bernardo y de la hermosa Estela, que por segunda
-vez...</p>
-
-<p>Al decir esto, el caballo que arrastraba, no sin trabajo, el
-carricoche de la poética Athenais, empezó a cojear, sin duda porque no
-podía reverdecer, como la Historia, las lozanas robusteces y agilidades
-de su juventud. Pero la inglesa no paró mientes en esto, y con gravedad
-suma continuó así:</p>
-
-<p>—También tiene ahora aplicación el romance de D. Galván, que no está
-escrito, pero que puede recogerse de boca del pueblo, como lo he hecho
-yo. En él, sin embargo, D. Galván no hubiera podido sacar de la torre
-a la infanta sin el auxilio de una hada o dama desconocida que se le
-apareció...</p>
-
-<p>El caballo entonces, que ya no podía con su alma, tropezó, cayendo
-de rodillas.</p>
-
-<p>—Mi estimable hada, aquí tiene usted la realidad de la vida —le
-dije—. Este caballo no puede seguir.</p>
-
-<p>—¡Cómo! —exclamó con ira la inglesa—. Andará. Si no, enganchad el
-vuestro al carricoche, e iremos juntos aquí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>—Imposible, señora,
-imposible.</p>
-
-<p>—¡Qué desolación! Bien decía Mistress Mitchell, que este animal
-no sirve para nada. A mí, sin embargo, me pareció digno del carro de
-Faetonte.</p>
-
-<p>Levantamos al animal, que dio algunos pasos, y volvió a caer al poco
-trecho.</p>
-
-<p>—Imposible, imposible —exclamé—. Señora, me veo obligado, muy a
-pesar mío, a abandonar a usted.</p>
-
-<p>—¡Abandonarme! —dijo la inglesa.</p>
-
-<p>En sus hermosos ojos brilló un rayo de aquella cólera augusta que
-los poetas atribuyen a las diosas de la antigüedad.</p>
-
-<p>—Sí, señora: lo siento mucho. Va a anochecer. De aquí a Salamanca
-hay diez leguas; el miércoles a las doce tengo que estar de vuelta en
-Bernuy. No necesito decir más.</p>
-
-<p>—Bien, caballero —dijo con temblor en los labios y acerba
-reconvención en la mirada—. Marchaos. No os necesito para nada.</p>
-
-<p>—El deber no me permite detenerme ni una hora más —afirmé volviendo
-a montar en mi caballo, después que, ayudado por el aldeanillo,
-puse sobre sus cuatro patas al de Miss Fly—. El ejército aliado
-no tardará... ¡Ah! ya están aquí. En aquella loma aparecen las
-avanzadas... Las manda Simpson, su amigo de usted el coronel Simpson...
-Conque ya puede darme su licencia... No dirá usted, señora mía, que la
-dejo sola... Allí viene un jinete. Es Simpson en persona.</p>
-
-<p>Miss Fly miró hacia atrás con despecho y tristeza.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span>—Adiós, hermosa
-señora mía —grité picando espuelas—. No puedo detenerme. Si vivo,
-contaré a usted lo que me ocurra.</p>
-
-<p>Apresurado por mi deber, me alejé a todo escape.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch14">
- <h2 class="nobreak g0">XIV</h2>
-</div>
-
-<p>Marché aquella tarde y parte de la noche, y después de dormir
-unas cuantas horas en Castrejón, dejé allí el caballo, y habiendo
-adquirido gran cantidad de hortalizas, con más un asno flaquísimo
-y tristón, hice mi repuesto y emprendí la marcha por una senda que
-conducía directamente, según me indicaron, al camino de Vitigudino.
-Halleme en este al mediodía del lunes; mas una vez que lo reconocí,
-aparteme de él, tomando por atajos y vericuetos hasta llegar al Tormes,
-que pasé para coger al camino de Ledesma y lugar de Villamayor. Por
-varios aldeanos que encontré en un mesón jugando a la calva y a la
-rayuela, supe que los franceses no dejaban entrar a quien no llevase
-carta de seguridad dada por ellos mismos, y que aun así detenían a
-los vendedores en la plaza, sin dejarlos pasar adelante para que no
-pudiesen ver los fuertes.</p>
-
-<p>—No me han quedado ganas de volver a Salamanca, muchacho —me dijo
-el charro fornido y obeso, que me dio tan lisonjeros informes<span
-class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> después de convidarme a
-beber en la puerta del mesón—. Por milagro de Dios y de María Santísima
-está vivo el Sr. Baltasar Cipérez, o sea, yo mismo.</p>
-
-<p>—¿Y por qué?</p>
-
-<p>—Porque... verás. Ya sabes que han mandado vayan a trabajar a las
-fortificaciones todos los habitantes de estos pueblos. El lugar que no
-envía a su gente es castigado con saqueo, y a veces con degüello...
-Bien dicen que el diablo es sutil. La costumbre es que mientras los
-aldeanos trabajan, los soldados estén quietos hablando y fumando, y
-de trecho en trecho hay sargentos que, látigo en mano, están allí con
-mucho ojo abierto para ver el que se distrae o mira al cielo, o habla
-a su compañero... Bien dijo el otro, que el diablo no duerme y todo lo
-añasca... En cuanto se descuida uno tanto así... ¡plas!...</p>
-
-<p>—Le toman la medida de las espaldas.</p>
-
-<p>—Yo tengo mala sangre —añadió Cipérez— y no creo haber nacido para
-esclavo. Soy aldeano rico, estoy acostumbrado a mandar, y no a que me
-den de latigazos. A perro viejo no hay tus, tus... Así es que cuando
-aquel Lucifer me...</p>
-
-<p>—Si soy yo el azotado, allí mismo le tiendo.</p>
-
-<p>—Yo cerré los ojos; yo no vi más que sangre; yo me metí entre
-todos, porque... ¡Baltasar Cipérez azotado por un francés!... Yo daba
-mojicones... quien no puede dar en el asno da en la albarda. En fin,
-allí nos machacamos las liendres durante un cuarto de hora... Mira las
-resultas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>El rico aldeano,
-apartando la anguarina puesta del revés según uso del país, mostrome su
-brazo vendado y sostenido en un pañuelo al modo de cabestrillo.</p>
-
-<p>—¿Y nada más? ¡Pues yo creí que le habían ahorcado a usted!</p>
-
-<p>—No, tonto, no me ahorcaron. ¿De veras lo creías tú? Habríanlo
-hecho si no se hubiera puesto de parte mía un soldado francés, llamado
-Molichard, que es buen hombre y un tanto borracho. Como éramos amigos
-y habíamos bebido tantas copas juntos, se dio sus mañas, y sacándome
-del calabozo me puso en salvo, aunque no sano, en la puerta de Zamora.
-¡Pobre Molichard, tan borracho y tan bueno! Cipérez el rico no olvidará
-su generosa conducta.</p>
-
-<p>—Sr. Cipérez —dije al leal salmantino—, yo voy a Salamanca y no
-tengo carta de seguridad. Si su merced me proporcionara una...</p>
-
-<p>—¿Y a qué vas allá?</p>
-
-<p>—A vender estas verduras —repuse mostrando mi pollino.</p>
-
-<p>—Buen comercio. Te lo pagarán a peso de oro. ¿Llevas lo que ellos
-llaman <i>jericó</i>?</p>
-
-<p>—¿Habichuelas? Sí. Son de Castrejón.</p>
-
-<p>El aldeano me miró con atención algo suspicaz.</p>
-
-<p>—¿Sabes por dónde anda el ejército inglés? —me preguntó clavando en
-mí los ojos—. Por la uña se saca al león...</p>
-
-<p>—Cerca está, Sr. Cipérez ¿Conque me da su merced la carta de
-seguridad?...</p>
-
-<p>—Tú no eres lo que pareces —dijo con malicia<span class="pagenum"
-id="Page_113">p. 113</span> el aldeano—. ¡Vivan los buenos patriotas
-y mueran los franceses, todos los franceses menos Molichard, a quien
-pondré sobre las niñas de mis ojos!</p>
-
-<p>—Sea lo que quiera... ¿me da su merced la carta de seguridad?</p>
-
-<p>—Baltasarillo —gritó Cipérez—, llégate aquí.</p>
-
-<p>Del grupo de los jugadores salió un joven como de veinte años,
-vivaracho y alegre.</p>
-
-<p>—Es mi hijo —dijo el charro—. Es un acero... Baltasarillo, dame tu
-carta de seguridad.</p>
-
-<p>—Entonces...</p>
-
-<p>—No, no vayas mañana a Salamanca. Vuelve conmigo a Escuernavacas.
-¿No dices que tu madre quedó muy triste?</p>
-
-<p>—Madre tiene miedo a las moscas; pero yo no.</p>
-
-<p>—¿Tú no?</p>
-
-<p>—Por miedo de gorriones no se dejan de sembrar cañamones —replicó el
-mancebo—. Quiero ir a Salamanca.</p>
-
-<p>—A casa, a casa. Te mandaré mañana con un regalito para el Sr.
-Molichard... Dame tu carta.</p>
-
-<p>El joven sacó su documento y entregómelo el padre diciendo:</p>
-
-<p>—Con este papel te llamarás Baltasarillo Cipérez, natural de
-Escuernavacas, partido de Vitigudino. Las señas de los dos mancebos
-allá se van. El papel está en regla, y lo saqué yo mismo hace dos
-meses, la última vez que mi hijo estuvo en Salamanca con su hermana
-María, cuando la fiesta del rey Copas.</p>
-
-<p>—Pagaré a su merced el servicio que me ha<span class="pagenum"
-id="Page_114">p. 114</span> hecho —dije echando mano a la bolsa, cuando
-Baltasarito se apartó de mí.</p>
-
-<p>—Cipérez el rico no toma dinero por un favor —dijo con nobleza—.
-Creo que sirves a la patria, ¿eh? Porque a pesar de ese pelaje... Tan
-bueno es como el Rey y el Papa el que no tiene capa... Todos somos
-unos. Yo también...</p>
-
-<p>—¿Cómo recibirán estos pueblos al <i>Lord</i> cuando se presente?</p>
-
-<p>—¿Cómo le han de recibir?... ¿Le has visto? ¿Está cerca? —preguntó
-con entusiasmo.</p>
-
-<p>—Si su merced quiere verle, pásese el miércoles por Bernuy.</p>
-
-<p>—¡Bernuy! Estar en Bernuy es estar en Salamanca —exclamó con
-exaltado gozo—. El refrán dice: «Aquí caerá Sansón»; pero yo digo:
-«Aquí caerá Marmont y cuantos con él son.» ¿Has visto los estudiantes y
-los mozos de Villamayor?</p>
-
-<p>—No he visto nada, señor.</p>
-
-<p>—Tenemos armas —dijo con misterio—. Ténganos el pie al herrar y verá
-del que cojeamos... Cuando el <i>Lord</i> nos vea...</p>
-
-<p>Y luego, llevándome aparte con toda reserva, añadió:</p>
-
-<p>—Tú vas a Salamanca mandado por el <i>Lord</i>... ¿eh? como si
-lo viera... No haya miedo. El que tiene padre alcalde, seguro va a
-juicio. Bien, amigo... has de saber que en todos estos pueblos estamos
-preparados, aunque no lo parece. Hasta las mujeres saldrán a pelear...
-Los franceses quieren que les ayudemos; pero lo que has de dar al
-mur dalo al gato, y sacarte ha de cuidado. Yo serví algún tiempo con
-Julián Sánchez, y muchas veces entré en la ciudad<span class="pagenum"
-id="Page_115">p. 115</span> como espía... Mal oficio... pero en manos
-está el pandero que lo saben bien tañer.</p>
-
-<p>—Sr. Cipérez —dije—, ¡vivan los buenos patriotas!</p>
-
-<p>—No esperamos más que ver al inglés para echarnos todos al campo
-con escopetas, hoces, picos, espadas y cuanto tenemos recogido y
-guardado.</p>
-
-<p>—Y yo me voy a Salamanca. ¿Me dejarán trabajar en las
-fortificaciones?</p>
-
-<p>—Peligrosillo es. ¿Y el látigo? Quien a mí me trasquiló, las tijeras
-le quedaron en la mano... Pero si ahora no trabajan los aldeanos en los
-fuertes.</p>
-
-<p>—¿Pues quién?</p>
-
-<p>—Los vecinos de la ciudad.</p>
-
-<p>—¿Y los aldeanos?</p>
-
-<p>—Los ahorcan si sospechan que son espías. Que ahorquen. Al freír de
-los huevos lo verán, y a cada puerco le llega su San Martín... Por mí
-nada temo ahora, porque en salvo está el que repica.</p>
-
-<p>—Pero yo...</p>
-
-<p>—Ánimo, joven... Dios está en el cielo... y con esto me voy
-hacia Valverdón, donde me esperan doscientos estudiantes y más de
-cuatrocientos aldeanos. ¡Viva la patria y Fernando VII! ¡Ah! por si te
-sirve de algo, puedes decir en Salamanca que vas a buscar hierro viejo
-para tu señor padre Cipérez el rico... Adiós...</p>
-
-<p>—Adiós, generoso caballero.</p>
-
-<p>—¿Caballero yo? Poco va de Pedro a Pedro... Aunque las calzo no las
-ensucio... Adiós,<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span>
-muchacho, buena suerte. ¿Sabes bien el camino? Por aquí adelante,
-siempre adelante. Encontrarás pronto a los franceses; pero siempre
-adelante, adelante siempre. Aunque mucho sabe la zorra, más sabe el que
-la toma.</p>
-
-<p>Nos despedimos el bravo Cipérez y yo dándonos fuertes apretones de
-manos, y seguí a buen paso mi camino.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch15">
- <h2 class="nobreak g0">XV</h2>
-</div>
-
-<p>Detúveme a descansar en Cabrerizos ya muy alta la noche del lunes
-al martes, y al amanecer del día siguiente, cuando me disponía a hacer
-mi entrada triunfal en la ciudad, insigne maestra de España y de la
-civilización del mundo, los franceses, que hasta entonces no me habían
-incomodado, aparecieron en el camino. Era un destacamento de dragones
-que custodiaba cierto convoy enviado por Marmont desde Fuentesaúco.
-A pesar de que no había motivo para creer que aquellos señores se
-metieran conmigo, yo temía una desgracia; mas disimulé mi zozobra y
-recelo, arreando al pollino, y afectando divertir la tristeza del
-camino con cantares alegres.</p>
-
-<p>No me engañó el corazón, pues los invasores de la patria ¡que
-comidos de los lobos sean antes, ahora y después! sin intentar
-hacerme<span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> manifiesto
-daño, antes bien un beneficio aparente, contrariaron mi plan de un modo
-lastimoso.</p>
-
-<p>—Hermosas hortalizas —dijo en francés un cabo, llevando su caballo
-al mismo paso que mi pollino.</p>
-
-<p>No dije nada, y ni siquiera le miré.</p>
-
-<p>—¡Eh, imbécil! —gritó en lengua híbrida dándome con su sable en la
-espalda—, ¿llevas esas verduras a Salamanca?</p>
-
-<p>—Sí, señor —respondí afectando toda la estupidez que me era
-posible.</p>
-
-<p>Un oficial detuvo el paso, y ordenó al cabo que comprase toda mi
-mercancía.</p>
-
-<p>—Todo, lo compramos todo —dijo el cabo sacando un bolsillo de trapo
-mugriento—. <i>¿Combien?</i></p>
-
-<p>Hice señas negativas con la cabeza.</p>
-
-<p>—¿No llevas eso a Salamanca para venderlo?</p>
-
-<p>—No, señor: es para un regalo.</p>
-
-<p>—¡Al diablo con los regalos! Nosotros compramos todo, y así, gran
-imbécil, podrás volverte a tu pueblo.</p>
-
-<p>Comprendí que resistir a la venta era infundir sospechas, y les pedí
-un sentido por las verduras, cuya escasez era muy grande en aquella
-época y en aquel país. Mas enfurecido el soldado, amenazome con abrirme
-bonitamente en dos; subió luego el precio más de lo ofrecido, bajé yo
-un tantico, y nos ajustamos. Recibí el dinero, mi pollino se quedó
-sin carga, y yo sin motivo aparente para justificar mi entrada en la
-ciudad, porque a los que no<span class="pagenum" id="Page_118">p.
-118</span> iban con víveres les daban con la puerta en los hocicos.
-Seguí, sin embargo, hacia adelante, y el cabo me dijo:</p>
-
-<p>—¡Eh, buen hombre! ¿No os volvéis a vuestro pueblo? No he visto
-mayor estúpido.</p>
-
-<p>—Señor —repuse—, voy a cargar mi burro de hierro viejo.</p>
-
-<p>—¿Tienes carta de seguridad?</p>
-
-<p>—¿Pues no he de traerla? Cuando estuve en Salamanca hace dos meses,
-para ver las fiestas del Rey, me la dieron... Pero como ahora no llevo
-carga, puede que no me dejen entrar a recoger el hierro viejo. Si el
-señor cabo quiere que vaya con su merced para que diga cómo me compró
-las verduras... pues, y que voy por hierro viejo.</p>
-
-<p>—Bueno, <i>saco de papel</i>: pon tu burro al paso de mi caballo
-y sígueme; mas no sé si te dejarán entrar, porque hay órdenes muy
-rigurosas para evitar el espionaje.</p>
-
-<p>Llegamos a la puerta de Zamora, y allí me detuvo con muy malos modos
-el centinela.</p>
-
-<p>—Déjalo pasar —dijo mi cabo—; le he comprado las verduras y va a
-cargar de hierro su jumento.</p>
-
-<p>Mirome el cabo de guardia con recelo, y al ver retratada en mi
-semblante aquella beatífica estupidez propia de los aldeanos que han
-vivido largo tiempo en lo más intrincado de bosques y dehesas, dijo
-así:</p>
-
-<p>—Estos palurdos son muy astutos. ¡Eh! <i>monsieur le badaud</i>. En
-esta semana hemos ahorcado a tres espías.</p>
-
-<p>Yo fingí no comprender, y él añadió:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>—Puedes entrar si
-tienes carta de seguridad.</p>
-
-<p>Mostré el documento, y me dejaron pasar.</p>
-
-<p>Atravesé una calle larga, que era la de Zamora, y me condujo en
-derechura a una grande y hermosa plaza de soportales, ocupada a la
-sazón por gran gentío de vendedores. Busqué en las inmediaciones posada
-donde dejar mi burro para poder dedicarme con libertad al objeto de
-mi viaje, y cuando hube encontrado un mesón, que era el mejor de
-la ciudad, y acomodado en él con buen pienso de paja y cebada a mi
-pacífico compañero, salí a la calle. Era la de la Rúa, según me dijo
-una muchacha a quien pregunté. Mi afán era trasladarme al recinto
-murallado para recorrerlo todo. De pronto vi multitud de personas de
-diversas clases que marchaban en tropel, llevando cada cual al hombro
-azadón o pico. Escoltábanles soldados franceses, y no iban ciertamente
-muy a gusto aquellos señores.</p>
-
-<p>—Son los habitantes de la ciudad que van a trabajar a las
-fortificaciones —dije para mí—. Los franceses les llevan a la
-fuerza.</p>
-
-<p>Aparteme a un lado por temor a que mi curiosidad infundiese
-sospechas, y andando sin rumbo ni conocimiento de las calles, llegué a
-un convento, por cuyas puertas entraban a la sazón algunas piezas de
-artillería. De repente sentí una pesada mano sobre mi hombro, y una voz
-que en mal castellano me decía:</p>
-
-<p>—¿No tomáis una azada, holgazán? Venid conmigo a casa del comisario
-de policía.</p>
-
-<p>—Yo soy forastero —repuse—; he venido con mi borriquito...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>—Venid y se sabrá
-quién sois —continuó mirándome atentamente—. Si, <i>par exemple</i>,
-fueseis <i>espion</i>...</p>
-
-<p>Mi primer intento fue negarme a seguirle; pero hubiérame vendido
-la resistencia, y parecía más prudente ceder. Afectando la mayor
-humildad, seguí a mi extraño aprehensor, el cual era un soldado pequeño
-y vivaracho, ojinegro, morenito y oficioso, cuyo empaque y modos me
-hacían poquísima gracia. En el recodo que hacía una calle tortuosa y
-oscura, traté de burlarle, quedándome un instante atrás para poner
-los pies en polvorosa con mi habitual ligereza; mas como adivinara el
-menguado mis intenciones, asiome del brazo y socarronamente me dijo:</p>
-
-<p>—¿Creéis que soy menos listo que vos? Adelante y no deis coces,
-porque os levanto la tapa de los sesos, señor patán. Ya no me queda
-duda que sois <i>espion</i>. Estábais observando la artillería de las
-monjas Bernardas. Estábais midiendo la muralla. Sabed que aquí hay
-unos funcionarios muy astutos que espían a los espías, y yo soy uno de
-ellos. ¿No habéis bailado nunca al extremo de una cuerda?</p>
-
-<p>Nuevamente sentí impulsos de librarme de aquel hombre por la
-violencia; mas por fortuna tuve tiempo de reflexionar, sofocando mi
-cólera y fiando mi salvación a la astucia y al disimulo. Llevome
-el endemoniado francesillo a un vasto edificio, en cuyo patio vi
-mucha tropa, y deteniéndose conmigo ante un grupo formado de cuatro
-robustos y poderosos militarotes de brillante uniforme, bigotazos
-retorcidos<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> e
-imponente apostura, me señaló con expresión de triunfo.</p>
-
-<p>—¿Qué traes, <i>Tourlourou</i>? —preguntó con fastidio el más viejo
-de todos.</p>
-
-<p>—Un <i>crapaud</i> pescado ahora mismo.</p>
-
-<p>Quiteme el sombrero, y con aire contrito y humildísimo hice varias
-reverencias a aquellos apreciables sujetos.</p>
-
-<p>—¡Un <i>crapaud</i>! —repitió el viejo oficial, dirigiéndose a mí
-con fieros ojos—. ¿Quién sois?</p>
-
-<p>—Señor —dije cruzando las manos—, ese señor soldado me ha tomado por
-un espía. Yo vengo de Escuernavacas a buscar hierro viejo; tengo mi
-burro en el mesón de una tal tía Fabiana, y me llamo Baltasar Cipérez,
-para lo que vuecencia guste mandar. Si quieren ahorcarme, ahórquenme...
-—y luego, sollozando del modo más lastimoso y exhalando gritos de dolor
-que hubieran conmovido al mismísimo bronce, exclamé—: ¡Adiós, madre
-querida; adiós, padre de mi corazón: ya no veréis más a vuestro hijito;
-adiós, Escuernavacas de mi alma, adiós, adiós! Pero yo ¿qué he hecho;
-qué he hecho yo, señores?</p>
-
-<p>El oficial anciano dijo con calma imperturbable:</p>
-
-<p>—Quitadme de delante este canalla. Sargento Molichard, sargento
-Molichard, mandad que le encierren en el calabozo. Después le
-interrogaremos. Ahora estoy muy ocupado. Voy a ver al <i>maréchal des
-logis</i>, porque se dice que esta tarde saldremos de Salamanca.</p>
-
-<p>Presentose otro francés alto como un poste,<span class="pagenum"
-id="Page_122">p. 122</span> derecho como un huso, flaco y duro y
-flexible cual caña de Indias, de fisonomía curtida y burlona, ojos
-vivos, lacios y negros bigotes, manos y pies de descomunal magnitud.
-Cuando vi aquel pedazo de militar, de cuya osamenta pendía el uniforme
-como de una percha; cuando oí su nombre, una idea salvadora iluminó
-súbito mi cerebro, y pasando del pensamiento a la ejecución con la
-rapidez de la voluntad humana en casos de apuro, lancé una exclamación
-en que al mismo tiempo puse afectadamente sorpresa y júbilo; corrí
-hacia él, me abracé con vehemente ardor a sus rodillas, y llorando
-dije:</p>
-
-<p>—¡Oh, Sr. Molichard de mi alma, Sr. Molichard, queridísimo y
-reverenciadísimo! Al fin le encuentro. ¡Y cuánto le he buscado sin que
-estos pícaros me dieran razón de su merced! Déjeme que le abrace, que
-bese sus rodillas, y que le reverencie y acate y venere... ¡Oh, Santa
-Virgen María, qué gozo tan grande!</p>
-
-<p>—Creo que estáis loco, buen hombre —dijo el francés sacudiendo sus
-piernas.</p>
-
-<p>—Pero ¿no me conoce usía? —añadí—. Pero ¿cómo me ha de conocer,
-si no me ha visto nunca? Deme esa mano que la bese, y viva mil años
-el buen Sr. Molichard, que salvó a mi buen padre de la muerte. Soy
-Baltasar Cipérez: mire mi carta de seguridad; soy hijo del tío
-Baltasar, a quien llaman Cipérez el rico, natural de Escuernavacas.
-Bendito sea el señor Molichard. Estoy en Salamanca porque hame mandado
-mi padre con un obsequio para su merced.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>—¡Un obsequio!
-—exclamó el sargento con alborozado semblante.</p>
-
-<p>—Sí, señor, un obsequio miserable, pues lo que usía ha hecho no lo
-pagará mi padre con los pobres frutos de su huerta.</p>
-
-<p>—¡Verduras! ¿Y dónde están? —dijo Molichard volviendo en derredor
-los ojos.</p>
-
-<p>—Me las quitó en el camino un cabo de dragones, cuyo nombre no sé;
-pero que debe de andar por aquí, y podrá dar testimonio de lo que digo.
-Pues poco le gustaron a fe. Regostose la vieja a los bledos, no dejó
-verdes ni secos.</p>
-
-<p>—¡Oh, peste de dragones! —exclamó con furia el protector de mi
-padre—. Yo se las sacaré de las tripas.</p>
-
-<p>—Me obligó a que se las vendiera —continué—; pero puedo dar a
-usía el dinero que me entregó: además, en el primer viaje que haga a
-Salamanca, traeré, no una, sino dos cargas para el Sr. Molichard. Mas
-no es el único obsequio que traigo a su merced. Mi padre no sabía qué
-hacer, porque quien da luego da dos veces; mi madre, que no ha venido
-en persona a ponerse a los pies de usía porque le están echando cintas
-nuevas a la mantilla, quería que padre echase la casa por la ventana
-para obsequiar a su protector, y cuando me puse en camino pensaron
-los dos que la verdura era regalo indigno de su agradecido corazón,
-liberalidad y mucha hacienda; por cuya razón diéronme tres doblones de
-oro para que en Salamanca comprase para usía un tercio de vino de la
-Nava, que aquí lo hay bueno, y el del pueblo revuelve los hígados.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span>—El Sr. Cipérez es
-hombre generoso —dijo el francés pavoneándose ante sus amigos, que no
-estaban menos absortos y gozosos que él.</p>
-
-<p>—Lo primero que hice en Salamanca esta mañana fue contratar el
-tercio en el mesón de la tía Fabiana. Conque vamos por él...</p>
-
-<p>—El vino de la tía Fabiana no puede ser mejor que el que hay en la
-taberna de la Zángana. Puedes comprarlo allí.</p>
-
-<p>—Daré aína el dinero a su merced para que lo compre a su gusto. Bien
-dicen que al que Dios quiere bien, en casa le traen de comer. ¡Cuánto
-trabajo para encontrar al Sr. Molichard! Preguntaba a todo el mundo,
-sin que nadie me diera razón, hasta que este buen amigo me tomó por
-espía y trájome aquí... no hay mal que por bien no venga... ¡Al fin he
-tenido el gusto de abrazar al amigo de mi padre! ¡Qué casualidad! Ojos
-que se quieren bien, desde lejos se ven... Sr. Molichard, cuando me
-deje su merced en el calabozo, donde el oficial mandó que me pusieran,
-puede ir a escoger el vino que más le acomode. ¡Bendito sea Dios, que
-hizo rico a mi buen padre para poder pagar con largueza los beneficios!
-Mi padre quiere mucho al Sr. Molichard. Quien te da el hueso no quiere
-verte muerto.</p>
-
-<p>—En lo de ensartar refranes —dijo Molichard—, se conoce la sangre
-del Sr. Cipérez.</p>
-
-<p>—Si bien canta el cura, no le va en zaga el monaguillo.</p>
-
-<p>Molichard pareció indeciso, y después de consultar a sus compañeros
-con la vista y algún monosílabo que no entendí, me dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>—Yo bien quisiera
-no encerraros en el calabozo, porque, en verdad, cuando le obsequian a
-uno de parte del Sr. Cipérez... pero...</p>
-
-<p>—No... no se apure por mí el Sr. Molichard —dije con la mayor
-naturalidad del mundo—. Ni quiero que por mí le riña el señor oficial.
-Al calabozo. Como estoy seguro de que el señor oficial y todos los
-oficiales del mundo se convencerán de que no soy malo...</p>
-
-<p>—En el calabozo lo pasaríais mal, joven... —dijo el francés—.
-Veremos. Se le dirá al oficial que...</p>
-
-<p>—El oficial no se acuerda ya de lo que mandó —afirmó Tourlourou,
-quien, por encantamiento, había olvidado sus rencores contra mí.</p>
-
-<p>—¡Eh! Jean-Jean —gritó Molichard llamando a un compañero que cercano
-al lugar de la escena pasaba, y en cuya pomposa figura conocí al cabo
-de dragones que comprara mis verduras en el camino.</p>
-
-<p>Acercose Jean-Jean, por quien fui al punto reconocido.</p>
-
-<p>—Buen amigo —le dije—, me parece que fue su merced quien me compró
-las verduras que traje para el señor. ¿No dije que eran para un
-regalo?</p>
-
-<p>—A saber que eran para este <i>chauve souris</i>—dijo Jean-Jean—, no
-os hubiera dado un céntimo por ellas.</p>
-
-<p>—Jean-Jean —gritó Molichard en francés—, ¿te gusta el vino de la
-Nava?</p>
-
-<p>—Verlo no. ¿Dónde lo hay?</p>
-
-<p>—Mira, Jean-Jean. Este joven me ha regalado<span class="pagenum"
-id="Page_126">p. 126</span> un trago. Pero tenemos que ponerle a él en
-el calabozo...</p>
-
-<p>—¡En el calabozo!</p>
-
-<p>—Sí, <i>mon vieux</i>: le han tomado por espía sin serlo.</p>
-
-<p>—Vámonos a la taberna los cuatro —dijo Tourlourou—, y luego el señor
-se quedará en su calabozo.</p>
-
-<p>—Yo no quiero que por mí se indispongan sus mercedes con los
-jefes —dije con humildad y apocamiento—. Llévenme a la prisión,
-enciérrenme... Cada lobo en su senda y cada gallo en su muladar.</p>
-
-<p>—¿Qué es eso de encerrar? —gritó Molichard en tono campechano
-y tocando las castañuelas con los dedos—. A casa de la Zángana,
-<i>messieurs</i>. Cipérez, nosotros respondemos de ti.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch16">
- <h2 class="nobreak g0">XVI</h2>
-</div>
-
-<p>—¿Y si se enfada el oficial? Yo no me muevo
-de aquí.</p>
-
-<p>—Un francés, un soldado de Napoleón —dijo Tourlourou con gesto
-parecido al de Bonaparte, señalando las pirámides—, no bebe tranquilo
-mientras que su amigo español se muere de sed en una mazmorra. Bravo,
-Cipérez —añadió abrazándome—, sois el primero entre mis camaradas.
-Abracémonos... Bien,<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span>
-así... amigos hasta la muerte. Señores, ved juntos aquí <i>l’aigle de
-l’Empire et le lion de l’Espagne</i>.</p>
-
-<p>Francamente, a mí, león de España, me hacían poquísima gracia, como
-a aquella, los abrazos del águila del Imperio.</p>
-
-<p>Y con esto y otros excesos verbales de los tres servidores del gran
-Imperio, me sacaron fuera del cuartel y en procesión lleváronme a un
-ventorrillo cercano a las fortificaciones de San Vicente.</p>
-
-<p>—Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de
-mi señor padre, yo pago todo el gasto —dije al entrar.</p>
-
-<p>En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean-Jean regalaron sus
-venerandos cuerpos con lo mejor que había en la bodega, y helos aquí
-que por grados perdían la serenidad, si bien el cabo de dragones
-parecía tener más resistencia alcohólica que sus ilustres compañeros de
-armas y de vino.</p>
-
-<p>—¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? —me preguntó Molichard.</p>
-
-<p>—Bastante para pasar —respondí con modestia.</p>
-
-<p>—Llámanle Cipérez el rico.</p>
-
-<p>—Cierto, y lo es... Veo que mi obsequio parece poco... Por ahí se
-empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina.</p>
-
-<p>—No digo eso. ¡A la salud de <i>monsieurrrr</i> Cipérez!</p>
-
-<p>—Esto que hoy he traído, es porque como venía a mercar hierro
-viejo... Pero mi padre y mi madre y toda mi familia vendrán en
-procesión<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span>
-<i>solene</i> con algo mejor. Sr. Molichard, mi hermana quiere conocer
-al Sr. Molichard...</p>
-
-<p>—Es una linda muchacha, según decía Cipérez. ¡A la salud de María
-Cipérez!</p>
-
-<p>—Muy guapa, parece un sol, y cuantos la ven la tienen por
-princesa.</p>
-
-<p>—Y una buena dote... Si al fin irá uno a dejar su pellejo en
-España. Digamos como Luis XIV: «Ya no hay <i>Pirrineos</i>...» Bebed,
-Baltasarico.</p>
-
-<p>—Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido,
-ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien
-—dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez.</p>
-
-<p>Jean-Jean cantaba:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry">
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent0"><i>Le crocodile en partant pour la guerre</i></div>
- <div class="verse indent0"><i>Disait adieux à ses petits enfants.</i></div>
- </div>
- <div class="stanza">
- <div class="verse indent8"><i>Le malheureux</i></div>
- <div class="verse indent8"><i>Trainait sa queue</i></div>
- <div class="verse indent8"><i>Dans la poussière...</i></div>
- </div>
-</div>
-</div>
-
-<p>Tourlourou, después de remedar el gato y el perro, púsose de pie y
-con gesto majestuoso exclamó:</p>
-
-<p>—Camaradas, desde lo alto de esta botella <i>quarrrrante siècles
-vous contemplent</i>.</p>
-
-<p>Yo dije a Molichard:</p>
-
-<p>—Señor sargento, como no acostumbro a beber, me he mareado de tal
-modo... Voy a salir un momento a tomar el aire. ¿Ha escogido usted su
-vino de la Nava?</p>
-
-<p>Y sin esperar contestación pagué a la Zángana.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span>—Bien: vamos un
-momento afuera —repuso Molichard tomándome del brazo.</p>
-
-<p>Al salir encontreme en un sitio que no era plaza, ni patio, ni
-calle, sino más bien las tres cosas juntas. A un lado y otro veíanse
-altas paredes, unas a medio derribar, otras en pie todavía, sosteniendo
-los techos destrozados. Al través de estos se distinguía el interior
-abierto de los que fueron templos, cuyos altares habían quedado al aire
-libre; y la luz del día, iluminando de lleno las pinturas y dorados,
-daba a estos el aspecto de viejos objetos de prendería cuando los
-anticuarios de feria los amontonan en la calle. Soldados y paisanos
-trabajaban llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones,
-amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o
-reparando lo demolido con exceso. Vi todo esto, y acordándome de Lord
-Wellington, puse mi alma toda en los ojos. Yo hubiera querido abarcar
-de un solo golpe de vista lo que ante mí tenía y guardarlo en mi
-memoria, piedra por piedra, arma por arma, hombre por hombre.</p>
-
-<p>—¿Qué es esto que hacen aquí, Sr. Molichard? —pregunté
-cándidamente.</p>
-
-<p>—¡Fortificaciones, animal! —dijo el sargento, que después que se
-llenó el cuerpo con mi vino, había empezado a perderme el respeto.</p>
-
-<p>—Ya, ya comprendo —repuse afectando penetración—. Para la guerra. ¿Y
-cómo llaman a este sitio?</p>
-
-<p>—Este es el fuerte de San Vicente, y aquí había un convento de
-benedictinos, que fue<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span>
-derribado. Una guarida de mochuelos, mi amiguito.</p>
-
-<p>—¿Y qué van a hacer aquí con tanto cañón? —pregunté estupefacto.</p>
-
-<p>—Pues no eres poco bestia. ¿Qué se ha de hacer? Fuego.</p>
-
-<p>—¡Fuego! —dije medrosamente—. ¿Y todos a la vez?</p>
-
-<p>—Te pones pálido, cobarde.</p>
-
-<p>—Uno, dos, tres, cuatro... allí traen otro. Son cinco. ¿Y esa
-tierra, mi sargento, para qué es?</p>
-
-<p>—No he visto un animal semejante... ¿No ves que se están haciendo
-escarpa y contraescarpa?</p>
-
-<p>—¿Y aquel otro caserón hecho pedazos que se ve más allá?</p>
-
-<p>—Es el castillo árabe-romano. <i>¡Foudre et tonnerre!</i> Eres un
-ignorante. Dame la mano, que San Cayetano me baila delante.</p>
-
-<p>—¿San Cayetano?</p>
-
-<p>—¿No lo ves, zopenco? Aquel convento grande que está a la derecha.
-También lo estamos fortificando.</p>
-
-<p>—Esto es muy bonito, Sr. Molichard. Será gracioso ver esto cuando
-empiece el fuego. ¿Y aquellos paredones que están derribando?</p>
-
-<p>—El colegio Trilingüe... <i>triquis lingüis</i> en latín, esto es,
-<i>de tres lenguas</i>. Todavía no han acabado el camino cubierto que
-baja a la Alberca.</p>
-
-<p>—Pero aquí han derribado calles enteras, Sr. Molichard —dije
-avanzando más y dándole el brazo para que no se cayese.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>—Pues no parece
-sino que vienes del Limbo, <i>¡ventre de bœuf!</i> ¿No ves que hemos
-echado al suelo la calle larga para poder esparcir los fuegos de San
-Vicente?...</p>
-
-<p>—Y allí hay una plaza...</p>
-
-<p>—Un baluarte.</p>
-
-<p>—Dos, cuatro, seis, ocho cañones nada menos. Esto da miedo.</p>
-
-<p>—Juguetes... los buenos son aquellos cuatro, los del revellín.</p>
-
-<p>—Y por aquí va un foso...</p>
-
-<p>—Desde la puerta hasta los Milagros, bruto.</p>
-
-<p>—¿Y detrás?... Jesús, María y José, ¡qué miedo!</p>
-
-<p>—Detrás del parapeto están los morteros.</p>
-
-<p>—Vamos ahora por aquel lado.</p>
-
-<p>—¿Por San Cayetano?... ¡Oh!... Veo que eres curioso, curiosito...
-<i>Saperlotte</i>. Te advierto que si sigues haciendo tales preguntas
-y mirando con esos ojos de buey... me harás creer que ciertamente eres
-espía... y, a la verdad, amiguito, sospecho...</p>
-
-<p>El sargento me miró con descaro y altanería. Llegó a la sazón
-Tourlourou en lastimoso estado, mal sostenido por Jean-Jean, que
-entonaba una canción guerrera.</p>
-
-<p>—¡<i>Espion</i>, sí, <i>espion</i>! —dijo Tourlourou señalándome—.
-Sostengo que eres <i>espion</i>. ¡Al calabozo!</p>
-
-<p>—Francamente, caballero Cipérez —dijo Molichard—, yo no quisiera
-faltar a la disciplina, ni que el jefe me pusiera en el nicho por
-ti.</p>
-
-<p>—Tiene este mancebo —afirmó Jean-Jean sentándome la mano en el
-hombro con tanta<span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span>
-fuerza que casi me aplastó— cara de tunante.</p>
-
-<p>—Desde que le vi sospeché algo malo —dijo Molichard—. No está uno
-seguro de nadie en esta maldita tierra de España. Salen espías de
-debajo de las piedras...</p>
-
-<p>Yo me encogí de hombros, fingiendo no entender nada.</p>
-
-<p>—¿Pero no os dije que estaba observando el convento de Bernardas,
-cuya muralla se está aspillerando? —dijo Tourlourou.</p>
-
-<p>Comprendí que estaba perdido; pero esforceme en conservar la
-serenidad. De pronto entró en mi alma un rayo de esperanza al oír
-pronunciar a Jean-Jean las siguientes palabras en mal castellano:</p>
-
-<p>—Sois unos bestias. Dejadme a mí al señor Cipérez, que es mi
-amigo.</p>
-
-<p>Pasó su brazo por encima de mi hombro con familiaridad cariñosa,
-aunque harto pesada.</p>
-
-<p>—Volvámonos al cuartel —dijo Molichard—. Yo entro de guardia a las
-diez.</p>
-
-<p>Y asiéndome por el brazo añadió:</p>
-
-<p>—¡<i>Peste, mille pestes</i>!... ¿Querías escapar?</p>
-
-<p>—En el cuartel se le registrará —exclamó Tourlourou.</p>
-
-<p>—Fuera de aquí, <i>goguenards</i> —dijo con energía Jean-Jean—. El
-Sr. Cipérez es mi amigo, y le tomo bajo mi protección. Andad con mil
-demonios y dejádmelo aquí.</p>
-
-<p>Tourlourou reía; pero Molichard mirome con ojos fieros e insistió
-en llevarme consigo; mas aplicole mi improvisado protector tan fuerte
-porrazo en el hombro, que al fin resolvió marcharse con su compañero,
-ambos describiendo<span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span>
-eses y otros signos ortográficos con sus desmayados cuerpos. He
-referido con alguna minuciosidad los hechos y dichos de aquellos
-bárbaros, cuya abominable figura no se borró en mucho tiempo de mi
-memoria. Al reproducir los primeros, no me he separado de la verdad en
-lo más mínimo. En cuanto a las palabras, imposible sería a la retentiva
-más prodigiosa conservarlas tal y como de aquellas embriagadas bocas
-salieron, en jerga horrible que no era español ni francés. Pongo en
-castellano la mayor parte, no omitiendo aquellas voces extranjeras que
-más impresas han quedado en mi memoria, y conservo el tratamiento de
-<i>vos</i>, que comúnmente nos daban los franceses poco conocedores de
-nuestro modo de hablar.</p>
-
-<p>¿La protección de Jean-Jean era desinteresada o significaba un
-nuevo peligro mayor que los anteriores? Ahora se verá, si tienen mis
-amigos paciencia para seguir oyendo el puntual relato de mis aventuras
-en Salamanca el día 16 de junio de 1812, las cuales, a no ser yo
-mismo protagonista y actor principal de todas ellas, las diputara por
-hechuras engañosas de la fantasía, o invenciones de novelador para
-entretener al vulgo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch17">
- <p><span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XVII</h2>
-</div>
-
-<p>El Sr. Jean-Jean me tomó el brazo, y llevándome adelante por entre
-aquellas tristes ruinas, díjome:</p>
-
-<p>—Amigo Cipérez, he simpatizado con vos; nos pasearemos juntos...
-¿Cuándo pensáis dejar a Salamanca? Os juro que lo sentiré.</p>
-
-<p>Tan relamidas expresiones fueron funestísimo augurio para mí, y
-encomendé mi alma a Dios. En mi turbación, ni siquiera reparé en el
-aparato de guerra que a mi lado había, y olvideme ¡oh Jesús divino! de
-Lord Wellington, de Inglaterra y de España.</p>
-
-<p>—Mucho me agrada su compañía —dije afectando valor—. Vamos a donde
-usted quiera.</p>
-
-<p>Sentí que el brazo del francés, cual máquina de hierro, apretaba
-fuertemente el mío. Aquel apretón quería decir: «No te me escaparás,
-no.» A medida que avanzábamos noté que era más escasa la gente, y
-que los sitios por donde lentamente discurríamos estaban cada vez
-más solitarios. Yo no llevaba más arma que una navaja. Jean-Jean,
-que era hombre robustísimo y de buena estatura, iba acompañado de un
-poderoso sable. Con rápida mirada observé hombre y arma para medirlos y
-compararlos con la fuerza que yo podía desplegar en caso de lucha.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>—¿A dónde me lleva
-usted? —pregunté deteniéndome al fin, resuelto a todo.</p>
-
-<p>—Seguid, mi buen amigo —dijo con burlesco semblante—. Nos pasearemos
-por la orilla del Tormes.</p>
-
-<p>—Estoy algo cansado.</p>
-
-<p>Parose, y clavando sus ojuelos en mí, me dijo:</p>
-
-<p>—¿No queréis seguir al que os ha librado de la horca?</p>
-
-<p>Con esa llama de intuición que súbitamente nos ilumina en momentos
-de peligro, con la perspicacia que adquirimos en la ocasión crítica en
-que la voluntad y el pensamiento tratan de sobreponerse con angustioso
-esfuerzo a obstáculos terribles, leí en la mirada de aquel hombre la
-idea que ocupaba su alma. Indudablemente Jean-Jean había conocido
-que yo llevaba conmigo mayor cantidad de dinero que la que mostré en
-la taberna, y ya me creyese espía, ya el verdadero Baltasar Cipérez,
-tentó mi caudal su codicia, y el fiero dragón ideó fáciles medios para
-apropiárselo. Aquel equívoco aspecto suyo, aquel solitario paraje
-por donde me conducía, indicaban su criminal proyecto, bien fuese
-este matarme para dar luego con mi cuerpo en el río, bien espoliarme,
-denunciándome después como espía.</p>
-
-<p>Por un instante sentí cobarde y vencida el alma, trémulo y frío el
-cuerpo: la sangre toda se agolpó a mi corazón, y vi la muerte, un fin
-horrible y oscuro, cuyo aspecto afligió mi alma más que mil muertes en
-el terrible y glorioso campo de batalla... Miré en derredor, y<span
-class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span> todo lo vi desierto y solo.
-Mi verdugo y yo éramos los únicos habitantes de aquel lugar triste,
-abandonado y desnudo. A nuestro lado ruinas deformes iluminadas por la
-claridad de un sol que me parecía espantoso; delante el triste río,
-donde el agua remansada y quieta no producía, al parecer, ni corriente
-ni ruido; más allá la verde orilla opuesta. No se oía ninguna voz
-humana, ni paso de hombre ni de bruto, ni más rumor que el canto de los
-pájaros que alegremente cruzaban el Tormes para huir de aquel sitio de
-desolación en busca de la frescura y verdor de la otra ribera. No podía
-pedir auxilio a nadie más que a Dios.</p>
-
-<p>Pero sentí de pronto la iluminación de una idea divina, divina, sí,
-que penetró en mi mente, lanzada como rayo invisible de la inmortal y
-alta fuente del pensamiento: sentí no sé qué dulces voces en mi oído,
-no sé qué halagüeñas palpitaciones en mi corazón, un brío inexplicable,
-una esperanza que me llenaba todo; y sentir esto, y pensarlo, y formar
-un plan, fue todo uno. He aquí cómo.</p>
-
-<p>Bruscamente y disimulando tanto mi recelo cual si fuera yo el
-criminal y él la víctima, detuve a Jean-Jean; tomé una actitud severa,
-resuelta y grave; le miré como se mira a cualquier miserable que va a
-prestarnos un servicio, y en tono muy altanero le dije:</p>
-
-<p>—Sr. Jean-Jean: este sitio me parece muy a propósito para hablar a
-solas.</p>
-
-<p>El hombre se quedó lelo.</p>
-
-<p>—Desde que le vi a usted, desde que le hablé, le tuve por hombre de
-entendimiento, de<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span>
-actividad, y esto precisamente, esto, es lo que yo necesito ahora.</p>
-
-<p>Vaciló un momento, y al fin estúpidamente me dijo:</p>
-
-<p>—De modo que...</p>
-
-<p>—No, no soy lo que parezco. Se puede engañar a esos imbéciles
-Tourlourou y Molichard; pero no a usted.</p>
-
-<p>—Ya me lo figuraba —afirmó—. Sois espía.</p>
-
-<p>—No. Extraño que un entendimiento como el tuyo haya incurrido en esa
-vulgaridad —dije tuteándole con desenfado—. Ya sabes que los espías son
-siempre rústicos labriegos que por dinero exponen su vida. Mírame bien.
-A pesar del vestido, ¿tengo cara y talle de labriego?</p>
-
-<p>—No a fe mía. Sois un caballero.</p>
-
-<p>—Sí: un caballero, un caballero, y tú también lo eres, pues la
-caballerosidad no está reñida con la pobreza.</p>
-
-<p>—Ciertamente que no.</p>
-
-<p>—¿Y has oído nombrar al Marqués de Ríoponce?</p>
-
-<p>—No... sí... sí me parece que le he oído nombrar.</p>
-
-<p>—Pues ese soy yo. ¿Podré vanagloriarme de haber encontrado en este
-día, aciago para mí, un hombre de buenos sentimientos que me sirva,
-y al cual demostraré mi gratitud recompensándole con lo que él mismo
-nunca ha podido soñar?... Porque tú como soldado eres pobre, ¿no es
-cierto?</p>
-
-<p>—Pobre soy —dijo, no disimulando la avaricia que por las claras
-ventanas de sus ojos asomaba.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span>—Escasa es la
-cantidad que llevo sobre mí; pero para la empresa que hoy traigo entre
-manos he traído suma muy respetable, hábilmente encerrada dentro del
-pelote que rellena el aparejo de mi cabalgadura.</p>
-
-<p>—¿Dónde dejasteis vuestro pollino?</p>
-
-<p>Me quería comer con los ojos.</p>
-
-<p>—Eso se queda para después.</p>
-
-<p>—Si sois espía, no contéis conmigo para nada, señor Marqués —dijo
-con cierta confusión—. No haré traición a mis banderas.</p>
-
-<p>—Ya he dicho que no soy espía.</p>
-
-<p>—<i>C’est drôle.</i> ¿Pues qué demonios os trae a Salamanca en
-ese traje, vendiendo verduras y haciéndoos pasar por un campesino de
-Escuernavacas?</p>
-
-<p>—¿Qué me trae? Una aventura amorosa.</p>
-
-<p>Dije esto y lo anterior con tal acento de seguridad, tanto aplomo
-y dominio de mí mismo, que en los ojos del que había querido ser mi
-asesino observé, juntamente con la avaricia, la convicción.</p>
-
-<p>—¡Una aventura amorosa! —dijo asaltado nuevamente por la duda,
-después de breve rato de meditación—. ¿Y por qué no habéis venido tal y
-como sois? ¿Para qué ocultaros así de toda Salamanca?</p>
-
-<p>—¡Qué pregunta!... A fe que en ciertos momentos pareces un niño
-inocente. Si la aventura amorosa fuera de esas que se vienen a la mano
-por fáciles y comunes, tendrías razón; pero esta de que me ocupo es
-peligrosa, y tan difícil, que es indispensable ocultar por completo mi
-persona.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>—¿Es que algún
-francés os ha quitado vuestra novia? —preguntó el dragón sonriendo por
-primera vez en aquel diálogo.</p>
-
-<p>—Casi, casi... parece que vas acertando. Hay en Salamanca una
-persona que amo y a quien me llevaré conmigo, si puedo; otra que
-aborrezco y a quien mataré, si puedo.</p>
-
-<p>—¿Y esa segunda persona es quizás alguno de nuestros queridos
-generales? —dijo con sequedad—. Señor Marqués, no contéis conmigo para
-nada.</p>
-
-<p>—No: esa persona no es ningún general, ni siquiera es francés. Es un
-español.</p>
-
-<p>—Pues si es español, <i>le diable m’emporte</i>... podéis tratarle
-todo lo mal que os agrade. Ningún francés os dirá una palabra.</p>
-
-<p>—No, porque ese hombre es poderoso, y aunque español, ha tiempo que
-sirve la causa francesa. Es travieso como ninguno, y si me hubiera
-presentado aquí dando a conocer mi nombre habríame sido imposible
-evitar una persecución rápida y terrible, o quizás la muerte.</p>
-
-<p>—En una palabra, señor mío —dijo con impaciencia—, ¿qué es lo que
-queréis que yo haga para serviros?</p>
-
-<p>—Primero que no me denuncies, estúpido —respondí tratándole
-despóticamente para establecer mejor aún mi superioridad—; después, que
-me ayudes a buscar el domicilio de mi enemigo.</p>
-
-<p>—¿No lo sabéis?</p>
-
-<p>—No. Esta es la primera vez que vengo a Salamanca. Como vuestros
-groseros camaradas<span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span>
-quisieron prenderme, no he tenido tiempo de nada.</p>
-
-<p>—Ahora que nombráis a mis camaradas... —dijo Jean-Jean con mucho
-recelo—, me ocurre... Cuidado que hicisteis bien el papel de aldeano.
-No me he olvidado de los refranes. Si ahora también...</p>
-
-<p>—¿Sospechas de mí? —grité con altanería.</p>
-
-<p>—Nada de soberbia, señor Marquesito —repuso con insolencia—. Ved que
-puedo denunciaros.</p>
-
-<p>—Si me denuncias, solo experimento la contrariedad de no poder
-llevar adelante mi proyecto; pero tú perderás lo que yo pudiera
-darte.</p>
-
-<p>—No hay que reñir —dijo en tono benévolo—. Referidme en qué consiste
-esa aventura amorosa, pues hasta ahora no me habéis dicho más que
-vaguedades.</p>
-
-<p>—Un miserable hijo de Salamanca, un perdido, un <i>sans culotte</i>
-ha robado de la casa paterna a cierta gentil doncella, de la más alta
-nobleza de España, un ángel de belleza y de virtud...</p>
-
-<p>—¡La ha robado!... Pues qué, ¿así se roban doncellas?</p>
-
-<p>—La ha robado por satisfacer una venganza, que la venganza es el
-único goce de su alma perversa; por retener en su poder una prenda que
-le permita amenazar a la más honrada y preclara casa de Andalucía, como
-retienen los ladrones secuestradores la persona del rico, pidiendo
-a la familia la suma del rescate. Por largo tiempo ha sido inútil
-toda mi diligencia y la de los parientes de esa desgraciada<span
-class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> joven para averiguar el
-lugar donde la esconde su fementido secuestrador; pero una casualidad,
-un suceso insignificante al parecer, pero que ha sido aviso de Dios,
-sin duda, me ha dado a conocer que ambos están en Salamanca. Él no
-habita sino las ciudades ocupadas por los franceses, porque teme la
-ira de sus paisanos, porque es un hombre maldito, traidor a su patria,
-irreligioso, cruel, un mal español y un mal hijo, Jean-Jean, que,
-devorado por impío rencor hacia la tierra en que nació, le hace todo el
-daño que puede. Su vida tenebrosa, como la de los topos, empléase en
-fundar y propagar sociedades de masonería, en sembrar discordias, en
-levantar del fondo de la sociedad la hez corrompida que duerme en ella,
-en arrojar la simiente de las turbaciones de los pueblos. Favorécenle
-ustedes, porque favorecen todo lo que divida, aniquile y desarme a
-los españoles. Él corre de pueblo en pueblo, ocultando en sus viajes
-nombre, calidad y ocupación, para no provocar la ira de los naturales,
-y cuando no puede viajar acompañado por tropas francesas, se oculta
-con los más indignos disfraces. Últimamente ha venido de Plasencia a
-Salamanca fingiéndose cómico, y su cuadrilla imitaba tan perfectamente
-a las compañías de la legua, que pocos en el tránsito sospecharon el
-engaño...</p>
-
-<p>—Ya sé quién es —dijo súbitamente y sonriendo Jean-Jean—. Es
-Santorcaz.</p>
-
-<p>—El mismo: D. Luis de Santorcaz.</p>
-
-<p>—A quien algunos españoles tienen por brujo, encantador y
-nigromante. ¿Y para entenderos<span class="pagenum" id="Page_142">p.
-142</span> con ese mal sujeto —añadió el francés— os disfrazáis de ese
-modo? ¿Quién os ha dicho que Santorcaz es poderoso entre nosotros? Lo
-sería en Madrid, pero no aquí. Las autoridades le consienten, pero no
-le protegen. Hace tiempo que ha caído en desgracia.</p>
-
-<p>—¿Le conoces bien?</p>
-
-<p>—Pues ya: en Madrid éramos amigos. Le escolté cuando salió a
-Toledo a conferenciar con la Junta, y nos hemos reconocido después
-en Salamanca. Estuvo aquí hace tres meses, y después de una ausencia
-corta, ha vuelto... Caballero Marqués, o lo que seáis, para luchar
-contra semejante hombre no necesitáis llevar ese vestido burdo,
-ni disimular vuestra nobleza: podéis hacer con él lo que mejor os
-convenga, incluso matarle, sin que el Gobierno francés os estorbe.
-Oscuro, olvidado y no muy bienquisto, Santorcaz se consuela con la
-masonería, y en la logia de la calle de Tentenecios, unos cuantos
-perdidos españoles y franceses, lo peor sin duda de ambas naciones, se
-entretienen en exterminar al género humano, volviendo al mundo patas
-arriba, suprimiendo la aristocracia, y poniendo a los reyes una escoba
-en la mano para que barran las calles. Ya veis que esto es ridículo.
-Yo he ido varias veces allí en vez de ir al teatro, y en verdad que no
-debieran disfrazarse de cómicos, porque realmente lo son.</p>
-
-<p>—Veo que eres un hombre de grandísimo talento.</p>
-
-<p>—Lo que soy —dijo el soldado en tono de alarmante sospecha—, es un
-hombre que no<span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> se
-mama el dedo. ¿Cómo es posible que siendo vuestro único enemigo un
-hombre tan poco estimado, y siendo vos Marqués de tantas campanillas,
-necesitéis venir aquí vendiendo verdura y engañando a todo el pueblo,
-cual si no hubiérais de luchar con un intrigante de baja estofa, sino
-con todos nosotros, con nuestro poder, nuestra policía, y el mismo
-gobernador de la plaza, el general Thiebaut-Tibo?</p>
-
-<p>Jean-Jean razonaba lógicamente, y por breve rato no supe qué
-contestarle.</p>
-
-<p>—<i>Connu, connu...</i> Basta de farsas. Sois espía —agregó con
-acento brutal—. Si después de venir aquí como enemigo de la Francia, os
-burláis de mí, juro...</p>
-
-<p>—Calma, calma, amigo Jean-Jean —dije procurando esquivar el gran
-peligro que me amenazaba, después que lo creí conjurado—. Ya te dije
-que una aventura amorosa... ¿No has reparado que Santorcaz lleva
-consigo una joven?...</p>
-
-<p>—Sí, ¿y qué? Dicen que es su hija...</p>
-
-<p>—¡Su hija! —exclamé afectando una cólera frenética—; ¿ese miserable
-se atreve a decir que es su hija?</p>
-
-<p>—Así lo dicen, y en verdad que se le parece bastante —repuso con
-calma mi interlocutor.</p>
-
-<p>—¡Oh! por Dios, amigo mío, por todos los santos, por lo que más ames
-en el mundo, llévame a casa de ese hombre, y si delante de mí se atreve
-a decir que Inés es su hija, le arrancaré la lengua.</p>
-
-<p>—Lo que puedo aseguraros es que la he<span class="pagenum"
-id="Page_144">p. 144</span> visto de paseo por la ciudad y sus
-alrededores dando el brazo a Santorcaz, que está muy enfermo, y la
-muchacha, muy linda por cierto, no tenía modos de estar descontenta al
-lado del masón, pues cariñosamente le conduce por las calles, y le hace
-mimos y monerías... Y ahora, <i>mon petit</i>, salís con que es vuestra
-novia, y una señora encantada o <i>princesse d’Araucanie</i>, según
-habéis dado a entender... Bueno, ¿y qué?</p>
-
-<p>—Que he venido a Salamanca para apoderarme de ella y restituirla a
-su familia, empresa en la cual espero que me ayudarás.</p>
-
-<p>—Si ha sido robada, ¿por qué esa familia, que es tan poderosa, no se
-ha quejado al rey José?</p>
-
-<p>—Porque esa familia no quiere pedir nada al rey José. Eres más
-preguntón que un fiscal, y yo no puedo sufrirte más —grité sin poder
-contener mi impaciencia y enojo—. ¿Me sirves, sí o no?</p>
-
-<p>Jean-Jean, viendo mi actitud resuelta, vaciló un momento, y después
-me dijo:</p>
-
-<p>—¿Qué tengo que hacer? ¿Llevaros a la calle del Cáliz, donde está la
-casa de Santorcaz; entrar, acogotarle y coger en brazos a la princesa
-encantada?</p>
-
-<p>—Eso sería muy peligroso. Yo no puedo hacer eso sin ponerme antes
-de acuerdo con ella, para que prepare su evasión con prudencia y sin
-escándalo. ¿Puedes tú entrar en la casa?</p>
-
-<p>—No muy fácilmente, porque el Sr. Santorcaz tiene costumbres de
-anacoreta, y no<span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> gusta
-de visitas; pero conozco a Ramoncilla, una de las dos criadas que le
-sirven, y podría introducirme en caso de gran interés.</p>
-
-<p>—Pues bien: yo escribo dos palabras, haces que lleguen a manos de la
-señorita Inés, y una vez que esté prevenida...</p>
-
-<p>—Ya os entiendo, tunante —dijo con malicia de zorro y burlándose de
-mí—. Queréis que me quite de vuestra presencia para escaparos.</p>
-
-<p>—¿Todavía dudas de mi sinceridad? Atiende a lo que escribo con lápiz
-en este papel.</p>
-
-<p>Apoyando un pedazo de papel en la pared, escribí lo siguiente, que
-por encima de mi hombro leía Jean-Jean:</p>
-
-<blockquote>
-
- <p>«Confía en el portador de este escrito, que es un amigo mío y de
- tu mamá la condesa de ***, y al cual señalarás el sitio y hora en que
- puedo verte, pues habiendo venido a Salamanca decidido a salvarte, no
- saldré de aquí sin ti.—<i>Gabriel.</i>»</p>
-
-</blockquote>
-
-<p>—¿Nada más que esto? —dijo tomando el papel y observándolo con la
-atención profunda del anticuario que quiere descifrar una inscripción
-oscura.</p>
-
-<p>—Concluyamos. Tú llevas ese papel; procura entregarlo a la señorita
-Inés, y si me traes en el dorso del mismo una sola letra suya, aunque
-sea trazada con la uña, te entregaré los seis doblones que llevo aquí,
-dejando para recompensar servicios de más importancia lo que guardé en
-el mesón.</p>
-
-<p>—¡Sí, bonito negocio! —dijo el francés con desdén—. Yo voy a la
-calle del Cáliz, y en<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span>
-cuanto me aleje, vos, que no deseáis sino perderme de vista, echáis a
-correr, y...</p>
-
-<p>—Iremos juntos y te esperaré en la puerta.</p>
-
-<p>—Es lo mismo, porque si subo y os dejo fuera...</p>
-
-<p>—¡Desconfías de mí, miserable! —exclamé inflamado por la
-indignación, que se mostró de un modo terrible en mi voz y en mi
-gesto.</p>
-
-<p>—Sí, desconfío... En fin, voy a proponeros una cosa, que me dará
-garantía contra vos. Mientras voy a la calle del Cáliz, os dejaré
-encerrado en paraje muy seguro, del cual es imposible escapar. Cuando
-vuelva de mi comisión, os sacaré y me daréis el dinero.</p>
-
-<p>La ira se desbordaba en mí; mas viendo que era imposible escapar del
-poder de tan vil enemigo, acepté lo que se me proponía, reconociendo
-que entre morir y ser encerrado durante un espacio de tiempo que no
-podía ser largo; entre la denuncia como espía y una retención pasajera,
-la elección no era dudosa.</p>
-
-<p>—Vamos —le dije con desprecio—, llévame a donde quieras.</p>
-
-<p>Sin hablar más, Jean-Jean marchó a mi lado y volvimos a penetrar en
-aquel laberinto de ruinas, de edificios medio demolidos y revueltos
-escombros donde empezaban las fortificaciones. Vimos primero alguna
-gente en nuestro camino, y después la multitud que iba y venía, y
-trabajaba en los parapetos, amontonando tierra y piedras, es decir,
-fabricando la guerra con los restos de la religión. Ambos, silenciosos,
-llegamos a un pórtico vasto, que parecía ser de convento o colegio, y
-nos dirigimos<span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span> a un
-claustro, donde vi hasta dos docenas de soldados, que tendidos por el
-suelo jugaban y reían con bullicio, gente feliz en medio de aquella
-nacionalidad destruida, pobres jóvenes sencillos, ignorantes de las
-causas que les habían movido a convertir en polvo la obra de los
-siglos.</p>
-
-<p>—Este es el convento de la Merced Calzada —me dijo Jean-Jean—. No se
-ha podido acabar de demoler porque había mucha faena por otro lado. En
-lo que queda nos acuartelamos doscientos hombres. ¡Buen alojamiento!
-Benditos sean los frailes. <i>¡Charles le temeraire!</i> —gritó después
-llamando a uno de los soldados que estaban en el corro.</p>
-
-<p>—¿Qué hay? —dijo adelantándose un soldado pequeño y gordinflón—. ¿A
-quién traes contigo?</p>
-
-<p>—¿Dónde está mi primo?</p>
-
-<p>—Por ahí anda. <i>¡Pied-de-mouton!</i></p>
-
-<p>Presentose al poco rato un sargento bastante parecido a mi
-acompañante maldito, y este le dijo:</p>
-
-<p>—<i>Pied-de-mouton</i>, dame la llave de la torre.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch18">
- <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2>
-</div>
-
-<p>Un instante después, Jean-Jean entraba conmigo en un aposento que
-no era ni oscuro ni húmedo, como suelen ser los destinados a encerrar
-prisioneros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span>—Permitidme,
-<i>señor pequeño Marqués</i> —me dijo con burlona cortesía—, que os
-encierre aquí mientras voy a la calle del Cáliz. Si me dais antes de
-partir los doblones prometidos, os dejaré libre.</p>
-
-<p>—No —repuse con desprecio—. Para tener la recompensa sin el
-servicio, necesitas matarme, vil. Inténtalo y me defenderé como
-pueda.</p>
-
-<p>—Pues quedaos aquí. No tardaré en volver.</p>
-
-<p>Marchose, cerrando por fuera la puerta, que era gruesísima. Al verme
-solo, toqué los muros, cuyo espesor de dos varas anunciaba una solidez
-de construcción a prueba de terremotos... ¡Triste situación la mía!
-Cerca del mediodía, y antes de que pudiera adquirir todos los datos que
-mi general deseaba, encontrábame prisionero, imposibilitado de recorrer
-solo y a mis anchas la población. Hablando en plata, Dios no me había
-favorecido gran cosa, y a tales horas, poco sabía yo y nada había
-hecho.</p>
-
-<p>Senteme fatigado; alcé la cabeza para explorar lo que había encima,
-y vi una escalera que, arrancando del suelo, seguía doblándose en los
-ángulos y arrollándose hasta perderse en alturas que no distinguía
-claramente mi vista. Los negros tramos de madera subían por el
-prisma interior, articulándose en las esquinas como una culebra con
-coyunturas, y las últimas vueltas perdíanse arriba en la alta región
-de las campanas. Una luz vivísima, entrando por las rasgadas ventanas
-sin vidrios, iluminaba aquel largo tubo vertical en cuya parte inferior
-me encontraba. Atracción poderosa llamábame<span class="pagenum"
-id="Page_149">p. 149</span> hacia arriba, y subí corriendo. Más que
-subir, aquella veloz carrera mía fue como si me arrojara en un pozo
-vuelto del revés.</p>
-
-<p>Saltando los escalones de dos en dos, llegué a un piso donde varios
-aparatos destruidos me indicaron que allí había existido un reloj. Por
-fuera, una flecha negra que estuvo dando vueltas durante tres siglos,
-señalaba con irónica inmovilidad una hora que no había de correr
-más. Por todas partes pendían cuerdas; pero no había campanas. Era
-aquello el cadáver de una cristiana torre, mudo e inerte como todos
-los cadáveres. El reloj había cesado de latir marcando la oscilación
-de la vida, y las lenguas de bronce habían sido arrancadas de aquellas
-gargantas de tierra que por tanto tiempo clamaran en los espacios,
-saludando el alba naciente, ensalzando al Señor en sus grandes días,
-y pidiendo una oración para los muertos. Seguí subiendo, y en lo más
-alto, dos ventanas, dos enormes ojos miraban atónitos el vasto cielo y
-la ciudad y el país, como miran los espantados ojos de los muertos, sin
-brillo y sin luz. Al asomarme a aquellas cavidades, lancé un grito de
-júbilo.</p>
-
-<p>Debajo de mi vista se desarrollaba un mapa de gran parte de la
-ciudad y sus contornos, su río y su campiña.</p>
-
-<p>Un viento suave mugía en la bóveda de la torre solitaria,
-articulando en aquel cráneo vacío sílabas misteriosas. Figurábaseme que
-la mole se tambaleaba como una palmera, amenazando caer antes que las
-piquetas de los franceses la destruyeran piedra a piedra. A veces<span
-class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> me parecía que se elevaba
-más, más todavía, y que la ciudad ilustre, la insigne <i>Roma la
-chica</i>, se desvanecía allá abajo, perdiéndose entre las brumas de la
-tierra. Vi otras torres, los tejados, las calles, la majestuosa masa
-de las dos catedrales, multitud de iglesias de diferentes formas, que
-habían tenido el privilegio de sobrevivir; innumerables ruinas, donde
-centenares de hombres, parecidos a hormigas que arrastran granos de
-trigo, corrían y se mezclaban; vi el Tormes, que se perdía en anchas
-curvas hacia poniente, dejando a su derecha la ciudad y faldeando los
-verdes campos del Zurguen por la otra orilla; vi las plataformas,
-las escarpas y contraescarpas, los revellines, las cortinas, las
-troneras, los cañones, los muros aspillerados, los parapetos hechos con
-columnatas de los templos, los espaldones amasados con el polvo y la
-tierra que fueron huesos y carne de venerables monjas y frailes; vi los
-cañones enfilados hacia afuera, los morteros, el foso, las zanjas, los
-sacos de tierra, los montones de balas, los parques al aire libre...
-¡Oh, Dios poderoso, me diste más de lo que yo pedía! Vagaba por la
-ciudad imposibilitado de cumplir con mi deber, amenazado de muerte,
-expuesto a mil peligros, vendido, perdido, condenado, sin poder ver,
-sin poder mirar, sin poder escuchar, sin poder adquirir idea exacta
-ni aun confusa de lo que me rodeaba, hasta que un brazo de piedra,
-recogiéndome de entre las ruinas del suelo, alzome en los aires para
-que todo lo viese.</p>
-
-<p>—¡Bendito sea el Señor omnipotente y misericordioso! —exclamé—.
-Después<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> de esto, no
-necesito más que ojos, y afortunadamente los tengo.</p>
-
-<p>La torre de la Merced tenía suficiente elevación para observar todo
-desde ella. Casi a sus pies estaba el Colegio del Rey; seguía San
-Cayetano; después, en dirección al ocaso, el Colegio mayor de Cuenca,
-y, por último, los Benitos; en la elevación de enfrente vi una masa de
-edificios arruinados, cuyos nombres no conocía, pero cuyas murallas se
-podían determinar perfectamente, con las piezas de artillería que las
-guarnecían. Volviéndome al lado opuesto, vi lo que llamaban Teso de San
-Nicolás, los Mostenses, el Monte Olivete, y entre estas posiciones y
-aquellas, el foso y los caminos cubiertos que bajaban al puente.</p>
-
-<p>Desde la puerta de San Vicente, donde estaba el revellín con los
-cuatro cañones giratorios de que habló Molichard, partía un foso que
-se enlazaba con los Milagros. En la parte anterior y superior del
-foso había una línea de aspilleras sostenida por fuerte estacada.
-Todo el edificio de San Vicente estaba aspillerado, y sus fuegos
-podían dirigirse al interior de la ciudad y al campo. San Cayetano
-era imponente. Demolido casi por completo, habían formado espacioso
-terraplén con baterías de todos calibres, y sus fuegos podían barrer la
-plazuela del Rey, el puente y la explanada del Hospicio.</p>
-
-<p>Aunque el recelo de que mi carcelero volviese pronto me obligó a
-trazar con mucha precipitación el dibujo que deseaba, este no<span
-class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> salió mal, y en él
-representé imperfectamente, pero con mucha claridad, lo mucho y bueno
-que veía. Hícelo ocultándome tras el antepecho de la torre, y aunque
-la proyección geométrica dejaba algo que desear como obra de ciencia,
-no olvidé detalle alguno, indicando el número de cañones con precisión
-escrupulosa. Terminado mi trabajo, guardelo muy cuidadosamente, y
-bajé hasta la entrada de la torre. Echándome sobre el primer escalón,
-aguardé al Sr. Jean-Jean con intento de fingir que dormía cuando él
-llegase.</p>
-
-<p>Tardó bastante tiempo, poniéndome en cuidado y zozobra; mas al
-fin apareció, y le recibí haciendo como que me despertaba de largo y
-sabroso sueño. La expresión de su rostro pareciome de feliz augurio.
-Dios había empezado a protegerme, y hubiera sido crueldad divina torcer
-mi camino en aquella hora cuando tan fácil y transitable se presentaba
-delante de mí, llevándome derechamente a la buena fortuna.</p>
-
-<p>—Podéis seguirme —dijo Jean-Jean—. He visto a vuestra adorada.</p>
-
-<p>—¿Y qué? —pregunté con la mayor ansiedad.</p>
-
-<p>—Me parece que os ama, señor Marqués —dijo en tono de lisonja y
-sonriendo con el servilismo propio de quien todo lo hace por dinero—.
-Cuando le di vuestro billete, se quedó más blanca que el papel en que
-lo escribisteis... El Sr. Santorcaz, que está muy enfermo, dormía.
-Yo llamé a Ramoncilla, le prometí un doblón si hacía venir a la niña
-delante<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> de mí para
-darle el billete; pero ¡cosa imposible! La niña está encerrada, y el
-amo, cuando duerme, guarda la llave debajo de la almohada... Insistí,
-prometiendo dos doblones... Entró la muchacha, hizo señas, apareció por
-un ventanillo una hermosísima figura que alargó la mano... Subime a un
-tonel... no era bastante, y puse sobre el tonel una silla... ¡Oh, señor
-Marqués! Después de leer el papel, me dijo que fueseis al momento, y
-luego, como le indicase que necesitábais ver dos letras suyas para
-creerme, trazó con un pedazo de carbón esto que aquí veis... Si he
-ganado bien mis seis doblones —añadió lisonjeándome con una de esas
-cortesías que solo saben hacer los franceses—, vuecencia lo dirá.</p>
-
-<p>El pícaro había cambiado por completo en gesto y modales para
-conmigo. Tomé el papel y decía «<i>Ven al instante</i>», trazado en
-caracteres que reconocí al momento. Los garabatos con que los ángeles
-deben de escribir en el libro de ingresos del cielo el nombre de los
-elegidos, no me hubieran alegrado más.</p>
-
-<p>Sin hacerme repetir la súplica indirecta, pagué a Jean-Jean.</p>
-
-<p>Salimos a toda prisa de la torre, atalaya de mi espionaje, y luego
-del claustro y convento arruinado; enderezando nuestros pasos por
-calles y callejuelas, pasamos por delante de la Catedral, y luego nos
-internamos de nuevo por varias angostas vías, hasta que al fin parose
-Jean-Jean y dijo:</p>
-
-<p>—Aquí es. Entremos despacito, aunque sin miedo, porque nadie nos
-estorba llegar hasta<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span>
-el patio. Ramoncilla nos dejará pasar. Después Dios dirá.</p>
-
-<p>Atravesamos el portal oscuro, y empujando una puerta divisamos un
-patio estrecho y húmedo, donde se nos apareció Ramoncilla, la cual
-gravemente hizo señas de que no metiésemos ruido, y luego inclinó su
-cabeza sobre la palma de la mano, para indicar sin duda que el señor
-seguía durmiendo. Avanzamos paso a paso, y Jean-Jean, sin abandonar su
-sonrisa de lisonja, señalome una estrecha ventana que se abría en uno
-de los muros del patio. Miré, pero nadie asomó por ella. Mi emoción era
-tan grande que me faltaba el aliento, y dirigía con extravío los ojos a
-todos lados como quien ve fantasmas.</p>
-
-<p>Sentí un ruido extraño, rumor como el de las alas de un insecto
-cuando surca el aire junto a nuestra cabeza, o el roce de una sutil
-tela con otra. Alcé la vista y la vi: vi a Inés en la ventana,
-sosteniendo la cortina con la mano izquierda, fijo en la boca el índice
-de la derecha para imponerme silencio. Su semblante expresaba un temor
-semejante al que nos sobrecoge cuando nos vemos al borde de un hondo
-precipicio sin poder detener ya la gravitación que nos empuja hacia
-él. Estaba pálida como la muerte, y el mirar de sus espantados ojos me
-volvía loco.</p>
-
-<p>Vi una escalera a mi derecha, y me precipité por ella; pero la
-criada y el francés dijéronme, más con signos que con palabras, que
-subiendo por allí no podía entrar. Moví los brazos ordenando a Inés que
-bajase; pero hizo<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span>
-ella signos negativos que me desesperaron más.</p>
-
-<p>—¿Por dónde subo? —pregunté.</p>
-
-<p>La infeliz llevose ambas manos a la cabeza, lloró, y repitió su
-negativa. Luego parecía quererme decir que esperase.</p>
-
-<p>—Subiré —dije al francés, buscando algún objeto que disminuyese la
-distancia.</p>
-
-<p>Pero Jean-Jean, oficioso y solícito, como quien ha recibido seis
-doblones, había ya rodado el tonel que en un ángulo del patio estaba y
-puéstolo bajo la ventana. Aquel auxilio era pequeño, pues aún faltaba
-gran trecho sin apoyo ni asidero alguno. Yo devoraba con los ojos la
-pared, o más que pared, inaccesible montaña, cuando Jean-Jean, rápido,
-diligente y risueño, subió al tonel señalándome sus robustos hombros.
-Comprender su idea y utilizarla fue obra del mismo momento, y trepando
-por aquella escalera de carne francesa, así con mis trémulas manos el
-antepecho de la ventana. Estaba arriba.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch19">
- <h2 class="nobreak g0">XIX</h2>
-</div>
-
-<p>Encontreme frente a Inés, que me miraba, confundiendo en sus ojos la
-expresión de dos sentimientos muy distintos: la alegría y el terror.
-No se atrevía a hablarme; puso violentamente su mano en mi boca
-cuando quise articular la primera palabra; inundó de lágrimas<span
-class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> ardientes mi pecho, y
-luego, indicándome con movimientos de inquietud que yo no podía estar
-allí, me dijo:</p>
-
-<p>—¿Y mi madre?</p>
-
-<p>—Buena... ¿qué digo buena?... medio muerta por tu ausencia... ven al
-instante... Estás en mi poder... ¿Lloras de alegría?</p>
-
-<p>La estreché con vehemente cariño en mis brazos, y repetí:</p>
-
-<p>—¡Sígueme al momento... pobrecita!... Te ahogas aquí... ¡tanto
-tiempo buscándote!... ¡Huyamos, vida y corazón mío!</p>
-
-<p>La noticia de mi próxima muerte no me hubiera producido tanto dolor
-como las palabras de Inés cuando, temblando en mis brazos, me dijo:</p>
-
-<p>—Márchate tú. Yo no.</p>
-
-<p>Separeme de ella, y la miré como se mira un misterio que espanta.</p>
-
-<p>—¿Y mi madre? —repitió ella.</p>
-
-<p>Su voz débil y quejumbrosa apenas se oía. Resonaba tan solo en mi
-alma.</p>
-
-<p>—Tu madre te aguarda. ¿Ves esta carta? Es suya.</p>
-
-<p>Arrebatándome la carta de las manos, la cubrió de besos y lágrimas,
-y se la guardó en el seno. Luego, con rapidez suma, se apartó de mí,
-señalándome con insistencia el patio.</p>
-
-<p>El espíritu que va consentido al cielo y encuentra en la puerta
-a San Pedro, que le dice: «Buen amigo, no es este vuestro destino:
-tomad por aquella senda de la izquierda»; ese espíritu que equivoca el
-camino, porque ha equivocado<span class="pagenum" id="Page_157">p.
-157</span> su suerte, no se quedará tan absorto como me quedé yo.</p>
-
-<p>En mi alma se confundían y luchaban también sentimientos diversos:
-primero una inmensa alegría, después la zozobra; mas sobre todos
-dominaron la rabia y el despecho, cuando vi que aquella criatura tan
-amada, a quien yo quería devolver la libertad, me despedía sin que se
-pudiera traslucir el motivo. ¡Era para volverse loco! ¡Encontrarla
-después de tantos afanes, entrever la posibilidad de sacarla de allí
-para devolverla a su angustiada madre, a la sociedad, a la vida;
-recobrar el perdido tesoro del corazón, tomarlo en la mano y sentir
-rechazada esta mano!...</p>
-
-<p>—¡Ahora mismo vas a salir de aquí conmigo! —dije sin bajar la voz y
-estrechando tan inertemente su brazo que, a causa del dolor, no pudo
-reprimir un ligero grito.</p>
-
-<p>Arrojose a mis plantas, y tres veces, tres veces, señores, con
-acento que heló la sangre en mis venas, repitió:</p>
-
-<p>—No puedo.</p>
-
-<p>—¿No me mandaste que viniera? —dije, recordando el papel escrito con
-carbón.</p>
-
-<p>Tomó de una mesa un largo pliego escrito recientemente, y dándomelo,
-me dijo:</p>
-
-<p>—Toma esa carta, vete y haz lo que te digo en ella. Te veré otro día
-por esta ventana.</p>
-
-<p>—No quiero —grité, haciendo pedazos el papel—. No me voy sin ti.</p>
-
-<p>Me asomé por la ventana y vi que Jean-Jean y Ramoncilla habían
-desaparecido. Inés se arrodilló de nuevo ante mí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span>—¡La llave, trae
-pronto la llave! —dije bruscamente—. Levántate del suelo... ¿oyes?</p>
-
-<p>—No puedo salir —murmuró—. Vete al momento.</p>
-
-<p>Sus grandes ojos, abiertos con espanto, me expulsaban de la casa.</p>
-
-<p>—¡Estás loca! —exclamé—. Dime «Muere», pero no digas «Vete...» Ese
-hombre te impide salir conmigo; tiene tanto poder sobre ti, que te hace
-olvidar a tu madre y a mí, que soy tu hermano, tu esposo; ¡a mí, que he
-recorrido media España buscándote, y cien veces he pedido a Dios que
-tomara mi vida en cambio de tu libertad!... ¿Te niegas a seguirme?...
-Dime dónde está ese verdugo, porque quiero matarle: no he venido más
-que a eso.</p>
-
-<p>Su turbación hizo expirar las palabras en mi garganta. Estrechó
-amorosamente mi mano y con voz angustiosa que apenas se oía, me
-dijo:</p>
-
-<p>—Si me quieres todavía, márchate.</p>
-
-<p>Mi furor iba a estallar de nuevo con mayor violencia, cuando un
-acento lejano, un eco que llegaba hasta nosotros debilitado por la
-distancia, clamó repetidas veces:</p>
-
-<p>—Inés, Inés.</p>
-
-<p>Una campanilla sonó al mismo tiempo con discorde vibración.</p>
-
-<p>Levantose ella despavorida; trató de componer su rostro y cabello
-secando las lágrimas de sus ojos; vino hacia mí poniendo en la mirada
-toda su alma para decirme que callase, que estuviese quieto, que
-la obedeciese retirándome, y partió velozmente por un largo<span
-class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span> pasadizo que se abría en el
-fondo de la habitación.</p>
-
-<p>Sin vacilar un instante, la seguí. En la oscuridad, servíanme de
-guía su forma blanca que se deslizaba entre las dos negras paredes, y
-el ruido de su vestido al rozar contra una y otra en la precipitada
-marcha. Entró en una habitación espaciosa y bien iluminada, en donde
-entré también. Era su dormitorio, y al primer golpe de vista advertí
-la agradable decencia y pulcritud de aquella estancia, amueblada con
-arte y esmero. El lecho, las sillas, la cómoda, las láminas, la fina
-estera de colores, los jarros de flores, el tocador, todo era bonito y
-escogido.</p>
-
-<p>Cuando puse mis pies en la alcoba, ella, que iba mucho más a prisa
-que yo, había pasado a otra pieza contigua por una puerta vidriera,
-cuya luz cubrían cortinas blancas de indiana con ramos azules. Allí
-me detuve y la vi avanzar hacia el fondo de una vasta estancia medio
-oscura, en cuyo recinto resonaba la voz de Santorcaz. El rencor me hizo
-reconocerle en la penumbra de la ancha cuadra, y distinguí la persona
-del miserable, doloridamente recostada en un sillón, con las piernas
-extendidas sobre un taburete y rodeado de almohadas y cojines.</p>
-
-<p>También pude ver que la forma blanca de Inés se acercaba al sillón:
-durante corto rato ambos bultos estuvieron confundidos y enlazados,
-y sentí el estallido de amorosos besos que imprimían los labios del
-hombre sobre las mejillas de la mujer.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>—Abre, abre esas
-maderas, que está muy oscuro el cuarto —dijo Santorcaz— y no puedo
-verte bien.</p>
-
-<p>Inés lo hizo así, y la copiosa y rica luz del mediodía iluminó
-la estancia. Mis ojos la escudriñaron en un segundo, observando
-todo, personajes y escena. A Santorcaz, con la barba crecida y casi
-enteramente blanca, el rostro amarillo, hundidos los ojos de fuego,
-surcada de arrugas la hermosa y vasta frente, huesosas las manos,
-fatigado el aliento, no le hubiera conocido otro que yo, porque
-tenía grabadas en la mente sus facciones con la claridad del rostro
-aborrecido. Estaba viejo, muy viejo. La pieza contenía armas puestas en
-bellas panoplias, algunos muebles antiguos de gastado entalle, muchos
-libros, diversos armarios, arcones, un lecho cuyo dosel sostenían
-torneadas columnas, y un ancho velador lleno de papeles en confusión
-revueltos.</p>
-
-<p>Inés se juntó al hombre a quien por su vejez prematura puedo llamar
-anciano.</p>
-
-<p>—¿Por qué has tardado en venir? —dijo Santorcaz con acento dulce y
-cariñoso, que me causó gran sorpresa.</p>
-
-<p>—Estaba leyendo aquel libro... aquel libro... ya sabes —dijo la
-muchacha con turbación.</p>
-
-<p>El anciano, tomando la mano de Inés, la llevó a sus labios con
-inefable amor.</p>
-
-<p>—Cuando mis dolores —prosiguió— me permiten algún reposo y duermo,
-hija mía, en el sueño me atormenta una pena angustiosa: me parece que
-te vas y me dejas solo, que te<span class="pagenum" id="Page_161">p.
-161</span> vas huyendo de mí. Quiero llamarte y no puedo proferir voz
-alguna; quiero levantarme para seguirte, y mi cuerpo, convertido en
-estatua de hierro, no me obedece...</p>
-
-<p>Callando un momento para reposar su habla fatigosa, prosiguió luego
-así:</p>
-
-<p>—Hace un instante dormía con sueño indeciso. Me parecía que estaba
-despierto. Sentí voces en la habitación que da al patio; te vi
-dispuesta a huir; quise gritar; un peso horroroso, una montaña, oprimía
-mi pecho... todavía moja mi frente el sudor frío de aquella angustia...
-Al despertar, eché de ver que todo era una nueva repetición del mismo
-sueño que me atormenta todas las noches... Di, ¿me abandonarás?
-¿abandonarás a este pobre enfermo, a este hombre ayer joven, hoy
-anciano y casi moribundo, que te ha hecho algún daño, lo confieso, pero
-que te ama, te adora como no suelen amar los hombres a sus semejantes,
-sino como se adora a Dios o a los ángeles? ¿Me abandonarás, me dejarás
-solo?...</p>
-
-<p>—No —dijo Inés.</p>
-
-<p>Aquel monosílabo apenas llegó hasta mí.</p>
-
-<p>—¿Y me perdonas el mal que te he hecho, la libertad que te he
-quitado? ¿Olvidas las grandezas vanas y falaces que has perdido por
-mí?...</p>
-
-<p>—Sí —contestó la muchacha.</p>
-
-<p>—Pero no me amarás nunca como yo te amo. La prevención, el horror
-que te inspiré en los primeros días, no podrá borrarse de tu corazón,
-y esto me desespera. Todos mis esfuerzos para complacerte, mi empeño
-en hacerte<span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span> agradable
-esta vida, el bienestar tranquilo que te he proporcionado, todo es
-inútil... La odiosa imagen del ladrón no te dejará ver en mí la
-venerable faz del padre. ¿No estás aún convencida de que soy un hombre
-bueno, honrado, leal, cariñoso, y no un monstruo abominable, como creen
-algunos necios?</p>
-
-<p>Inés no contestó. La observé dirigiendo inquietas miradas a los
-vidrios tras los cuales yo me ocultaba.</p>
-
-<p>—Si por algo temo la muerte es por ti —continuó el anciano—. ¡Oh! si
-pudiera llevarte conmigo sin quitarte la vida... Pero ¿quién asegura
-que moriré...? No, mi enfermedad no es mortal... Viviré muchos años a
-tu lado, mirándote y bendiciéndote, porque has llenado el vacío de mi
-existencia. ¡Bendito sea el <i>Ser Supremo</i>! Viviré, viviremos, hija
-mía: yo te prometo que serás feliz... ¿Pero no lo eres ahora? ¿Qué te
-falta...? ¿No me respondes...? Estás aterrada, te causo miedo...</p>
-
-<p>El anciano calló un momento, y durante breve rato no se oyó en
-la habitación más que el batir de las tenues alas de una mosca que
-se sacudía contra los cristales, engañada por la transparencia de
-estos.</p>
-
-<p>—¡Dios mío! —exclamó él con amargura—. ¿Seré yo tan criminal
-como dicen? ¿Lo crees tú así? Dímelo con franqueza... ¿Me juzgas
-un malvado? Hay en mi vida hechos extraños, hija mía, ya lo sabes;
-pero todo se explica y se justifica en este mundo... ¿Qué razón hay
-para que te posea tu madre, que durante tanto<span class="pagenum"
-id="Page_163">p. 163</span> tiempo te tuvo abandonada pudiendo
-recogerte, y no te posea yo, que te amo, por lo menos, tanto como
-ella? No, que te amo más, muchísimo más, porque en la condesa pudo
-siempre el orgullo más que la maternidad, y jamás te llamó hija. A
-su lado te tenía como un juguete precioso o fútil pasatiempo. Hija
-mía, la holgazanería, la corrupción y la vanidad de esos grandes, tan
-despreciables por su carácter, no tienen límites. Aborrece a esa gente;
-convéncete de la superioridad que tienes sobre ellos por la nobleza de
-tu alma; no les hagas el honor de ocupar tu entendimiento con una idea
-relativa a su vil orgullo. Haz tus alegrías con sus tormentos, y espera
-con deleite el día en que todos ellos caigan en el lodo. Apacienta tu
-fantasía con el espectáculo de reparación y justicia de esa gran caída
-que les espera, y acostúmbrate a no tener lástima de los explotadores
-del linaje humano, que han hecho todo lo posible para que el pueblo
-baile sobre sus cuerpos, después de muertos... ¿Pero estás llorando,
-Inés...? Siempre dices que no entiendes esto. No puedo borrar de tu
-alma el recuerdo de otros días...</p>
-
-<p>Inés no contestó nada.</p>
-
-<p>—Ya... —dijo Santorcaz con amarga ironía, después de breve pausa—.
-La señorita no puede vivir sin carroza, sin palacio, sin lacayos,
-sin fiestas y sin pavonearse como las cortesanas corrompidas en los
-palacios de los reyes... Un hombre del <i>estado llano</i> no puede dar
-esto a una señorita, y la señorita desprecia a su padre.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>La voz de Santorcaz
-tomó un acento duro y reprensivo.</p>
-
-<p>—Quizás esperes volver allá... —añadió—. Quizás trames algún plan
-contra mí... ¡Ah, ingrata: si me abandonas, si tu corazón se deja
-sobornar por otros amores, si menosprecias el cariño inmenso, infinito,
-de este desgraciado...! Inés, dame la mano: ¿por qué lloras...? Vamos,
-vamos, basta de gazmoñerías... Las mujeres son mimosas y antojadizas...
-Vamos, hijita, ya sabes que no quiero lágrimas. Inés, quiero un rostro
-alegre, una conformidad tranquila, un ademán satisfecho...</p>
-
-<p>El anciano besó a su hija en la frente, y después dijo:</p>
-
-<p>—Acerca una mesa, que quiero escribir.</p>
-
-<p>No pudiendo contenerme más, empujé las vidrieras para penetrar en la
-habitación.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch20">
- <h2 class="nobreak g0">XX</h2>
-</div>
-
-<p>—¡Un hombre, un ladrón! —exclamó Santorcaz.</p>
-
-<p>—El ladrón eres tú —afirmé adelantando con resolución.</p>
-
-<p>—¡Oh! Te conozco, te conozco... —gritó el anciano levantándose
-no sin trabajo de su asiento, y arrojando a un lado almohadas y
-cojines.</p>
-
-<p>Inés al verme lanzó un grito agudísimo, y abrazó a su padre
-diciendo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span>—No le hagas daño;
-se marchará.</p>
-
-<p>—Necio —gritó él—. ¿Qué buscas aquí? ¿Cómo has entrado?</p>
-
-<p>—¿Qué busco? ¿Me lo preguntas, malvado? —exclamé poniendo todo mi
-rencor en mis palabras—. Vengo a quitarte lo que no es tuyo. No temas
-por tu miserable vida, porque no me ensañaré en ese infeliz cuerpo, a
-quien Dios ha dado el merecido infierno con anticipación; pero no me
-provoques ni detengas un momento más lo que no te pertenece, reptil,
-porque te aplasto.</p>
-
-<p>Al mirarme, los ojos de Santorcaz envenenaban y quemaban. ¡Tanta
-ponzoña y tanto fuego había en ellos!</p>
-
-<p>—Te esperaba... —gritó—. Sirves a mis enemigos. Hijo del pueblo que
-comes las sobras de la mesa de los grandes, sabe que te desprecio.
-Enfermo e inválido estoy; mas no te temo. Tu vil condición y el
-embrutecimiento que da la servidumbre, te impulsarán a descargar sobre
-mí la infame mano con que cargas la litera de los nobles. Desprecio tus
-palabras. Tu lengua que adula a los poderosos e insulta a los débiles,
-solo sirve para barrer el polvo de los palacios. Insúltame o mátame;
-pero mi adorada hija, mi hija, que lleva en sus venas la sangre de un
-mártir del despotismo, no te seguirá fuera de aquí.</p>
-
-<p>—Vamos —grité a Inés ordenándole imperiosamente que me siguiera, y
-despreciando aquel gárrulo estilo revolucionario que tan en boga estaba
-entonces entre afrancesados y masones—. Vamos fuera de aquí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>Inés no se movía.
-Parecía la estatua de la indecisión. Santorcaz, gozoso de su triunfo,
-exclamó:</p>
-
-<p>—¡Lacayo, lacayo! Di a tus indignos señores que no sirves para el
-caso.</p>
-
-<p>Al oír esto, una nube de sangre cubrió mis ojos; sentí llamas
-ardientes dentro de mi pecho, y abalanceme hacia aquel hombre. El rayo,
-al caer, debe sentir lo que yo sentí. Alargó su brazo para coger una
-pistola que en la cercana mesa había, y al dirigirla contra mi pecho,
-Inés se interpuso tan violentamente, que si dispara, hubiérala muerto
-sin remedio.</p>
-
-<p>—¡No le mates, padre! —gritó.</p>
-
-<p>Aquel grito; el aspecto del anciano enfermo, que arrojó el arma
-lejos de sí, renunciando a defenderse, me sobrecogieron de tal modo,
-que quedé mudo, helado y sin movimiento.</p>
-
-<p>—Dile que nos deje en paz —murmuró el enfermo abrazando a su hija—.
-Sé que conoces hace tiempo a ese desgraciado.</p>
-
-<p>La muchacha ocultó en el pecho del padre su rostro lleno de
-lágrimas.</p>
-
-<p>—Joven sin corazón —me dijo Santorcaz con voz trémula—, márchate:
-no me inspiras ni odio ni afecto. Si mi hija quiere abandonarme y
-seguirte, llévatela.</p>
-
-<p>Clavó en su hija los ojos ardientes, apretando con su mano huesosa,
-no menos dura y fuerte que una garra, el brazo de la infeliz joven.</p>
-
-<p>—¿Quieres huir de mi lado y marcharte con ese mancebo? —añadió
-soltándola y empujándola suavemente lejos de sí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span>Di algunos pasos
-hacia adelante para tomar la mano de Inés.</p>
-
-<p>—Vamos —le dije—. Tu madre te espera. Estás libre, querida mía, y se
-acabaron para ti el encierro y los martirios de esta casa, que es un
-sepulcro habitado por un loco.</p>
-
-<p>—No, no puedo salir —me dijo Inés corriendo al lado del anciano, que
-le echó los brazos al cuello y la besó con ternura.</p>
-
-<p>—Bien, señora —dije con un despecho tal, que me sentí impulsado a no
-sé qué execrables violencias—. Saldré. Nunca más me verá usted; nunca
-más verá usted a su madre.</p>
-
-<p>—Bien sabía yo que no eras capaz de la infamia de abandonarme
-—exclamó el anciano llorando de júbilo.</p>
-
-<p>Inés me lanzó una mirada encendida y profunda, en la cual sus negras
-pupilas, al través de las lágrimas, dijéronme no sé qué misterios;
-manifestáronme no sé qué enigmáticos pensamientos que en la turbación
-de aquel instante no pude entender. Ella quiso sin duda decirme mucho;
-pero yo no comprendí nada. El despecho me ahogaba.</p>
-
-<p>—Gabriel —dijo el anciano recobrando la serenidad—, aquí no haces
-falta. Ya has oído que te marches. Supongo que habrás traído escala
-de cuerda; mas para que bajes seguro, toma la llave que hay sobre esa
-mesa, abre la puerta que hay en el pasillo, y por la escalera que veas
-baja al patio. Te ruego que dejes la llave en la puerta.</p>
-
-<p>Viendo mi indecisión y perplejidad, añadió con punzante y cruel
-ironía:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>—Si puedo serte
-útil en Salamanca, dímelo con franqueza. ¿Necesitas algo? Parece que
-no has comido hoy, pobrecito. Tu rostro indica vigilias, privaciones,
-trabajos, hambre... En la casa del hombre del <i>estado llano</i> no
-falta un pedazo de pan para los pobres que vienen a la puerta. ¿Sucede
-lo mismo en casa de los nobles?</p>
-
-<p>Inés me miró con tanta compasión, que yo la sentí por ella, pues no
-se me ocultaba que padecía horriblemente.</p>
-
-<p>—Gracias —respondí con sequedad—, no necesito nada. El pedazo de pan
-que he venido a buscar no ha caído en mi mano; pero volveré por él...
-Adiós.</p>
-
-<p>Y tomando la llave, salí bruscamente de la estancia, de la escalera,
-del patio, de la horrible casa; pero padre, hija, estancia, patio y
-casa, todo lo llevaba dentro de mí.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch21">
- <h2 class="nobreak g0">XXI</h2>
-</div>
-
-<p>Cuando me encontré en la calle traté de reflexionar, para que la
-razón, enfriando mi sofocante ira, iluminara un poco mi entendimiento
-sobre aquel inesperado suceso; pero en mí no había más que pasión, una
-cólera salvaje que me hacía estúpido. Fuera ya de la escena, lejos
-ya de los personajes, traté de<span class="pagenum" id="Page_169">p.
-169</span> recordar palabra por palabra todo lo dicho allí; traté
-de recordar también la expresión de las fisonomías, para escudriñar
-antecedentes, indagar causas y secretos. Estos no pueden salir desde el
-fondo de las almas a la superficie de los apasionados discursos en un
-diálogo vivo entre personas que con ardor se aman o se odian.</p>
-
-<p>A veces sentía no haber estrangulado a aquel hombre envejecido
-por las pasiones; a veces sentía hacia él inexplicable compasión. La
-conducta de Inés, tan desfavorable para mi amor propio, infundíame a
-ratos una ira violenta, ira de amante despreciado, y a ratos un estupor
-secreto, con algo de la instintiva admiración que producen los grandes
-espectáculos de la Naturaleza cuando está uno cerca de ellos, cuando
-sabe uno que los va a ver, pero no los ha visto todavía.</p>
-
-<p>Mi cerebro estaba lleno con la anterior entrevista. Pasaba el
-tiempo, pasaba yo maquinalmente de un sitio a otro, y aún los tenía
-a los dos ante la vista: a ella afligida y espantada, queriendo ser
-buena conmigo y con su padre; a Santorcaz furioso, irónico, díscolo e
-insultante conmigo, tierno y amoroso con ella. Observando bien a Inés,
-ahondando en aquel dolor suyo y en aquella su dulce simpatía por la
-miseria humana, no había realmente nada de nuevo. En él, sí: mucho.</p>
-
-<p>Yo traía el pasado y lo ponía delante; registraba toda aquella parte
-de mi vida que tuviera relación con ambos personajes. Finalmente,
-hice respecto a mi propio pensar y sentir<span class="pagenum"
-id="Page_170">p. 170</span> en aquella ocasión un raciocinio que
-iluminó un poco mi espíritu.</p>
-
-<p>«Largo tiempo, y hoy mismo al encontrarme frente a él —dije—, he
-considerado a ese hombre como un malvado, y no he considerado que es un
-padre.»</p>
-
-<p>Sin duda me había acostumbrado a ver aquel asunto desde un punto de
-vista que no era el más conveniente.</p>
-
-<p>Así pensando y sintiendo, con el cerebro lleno, el corazón henchido,
-proyectando en redor mío mi agitado interior, lo cual me hacía ver de
-un modo extraño lo que me rodeaba; sin vivir más que para mí mismo,
-olvidado en absoluto de lo que a Salamanca me llevara, discurrí por
-varias calles que no conocía.</p>
-
-<p>De improvisto ante mi cara apareció una cara. La vi con la
-indiferencia que inspira un figurón pintado, y tardé mucho tiempo en
-llegar al convencimiento de que yo conocía aquel rostro. En las grandes
-abstracciones del alma, el despertar es lento y va precedido de una
-serie de raciocinios en que aquella disputa con los sentidos sobre
-si reconoce o no lo que tiene delante. Yo razoné al fin, y dije para
-mí:</p>
-
-<p>«Conozco estos ojuelos de ratón que delante tengo.»</p>
-
-<p>Recobrando poco a poco mi facultad de percepción, hablé conmigo de
-este modo:</p>
-
-<p>«Yo he visto en alguna parte esta nariz insolente y esta boca
-infernal, que se abre hasta las orejas para reír con desvergüenza y
-descaro.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>Dos manos pesadas
-cayeron sobre mis hombros.</p>
-
-<p>—Déjame seguir, borracho —exclamé empujando al importuno, que no era
-otro que Tourlourou.</p>
-
-<p>—<i>¡Satané farceur!</i> —gritó Molichard, que acompañaba, por mi
-desgracia, al otro—. Venid al cuartel.</p>
-
-<p>—<i>Drôle de pistolet</i>... venid —dijo Tourlourou riendo
-diabólicamente—. Caballero Cipérez, el coronel Desmarets os
-aguarda...</p>
-
-<p>—<i>¡Ventre de biche!</i>... os escapasteis cuando ibais a ser
-encerrado.</p>
-
-<p>—Y sacasteis la navaja para asesinarnos.</p>
-
-<p>—<i>Monseigneur</i> Cipérez, <i>vous serez coffré et niché</i>.</p>
-
-<p>Intenté defenderme de aquellos salvajes; pero me fue imposible, pues
-aunque borrachos, juntos tenían más fuerza que yo. Al mismo tiempo,
-como la escena en la casa de Santorcaz embargaba de un modo lastimoso
-mis facultades intelectuales, no me ocurrió ardid ni artificio alguno
-que me sacase de aquel nuevo conflicto, más grave sin duda que los
-vencidos anteriormente.</p>
-
-<p>Lleváronme, mejor dicho, arrastráronme hasta el cuartel donde por la
-mañana tuve el honor de conocer a Molichard, y en la puerta detúvose
-Tourlourou mirando al extremo de la calle.</p>
-
-<p>—<i>Dame</i>... —chilló—, allí viene el coronel Desmarets.</p>
-
-<p>Cuando mis verdugos anunciaron la proximidad del coronel encargado
-de la policía<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> de la
-ciudad, encomendé mi alma a Dios, seguro de que si por casualidad me
-registraban y hallaban sobre mí el plano de las fortificaciones, no
-tardaría un cuarto de hora en bailar al extremo de una cuerda, como
-ellos decían. Volví angustiado los ojos a todas partes, y pregunté:</p>
-
-<p>—¿No está por ahí el Sr. Jean-Jean?</p>
-
-<p>Aunque el dragón no era un santo, le consideré como la única persona
-capaz de salvarme.</p>
-
-<p>El coronel Desmarets se acercaba por detrás de mí. Al volverme...
-¡oh, asombro de los asombros!... le vi dando el brazo a una dama,
-señores míos, a una dama que no era otra que la mismísima Miss Fly, la
-mismísima Athenais, la mismísima Pajarita.</p>
-
-<p>Quedeme absorto, y ella al punto saludome con una sonrisa
-vanagloriosa que indicaba su gran placer por la sorpresa que me
-causaba.</p>
-
-<p>Molichard y su vil compañero adelantáronse hacia el coronel,
-hombre grave y de más que mediana edad, y con todo el respeto que su
-embrutecedora embriaguez les permitiera, dijéronle que yo era espía de
-los ingleses.</p>
-
-<p>—¡Insolentes! —exclamó con indignación y en francés Miss Fly—. ¿Os
-atrevéis a decir que mi criado es espía? Señor coronel, no hagáis
-caso de esos miserables a quienes rebosa el vino por los ojos. Este
-muchacho es el que ha traído mi equipaje y el que con vuestra ayuda he
-buscado inútilmente hasta ahora<span class="pagenum" id="Page_173">p.
-173</span> por la ciudad... Di, tonto, ¿dónde has puesto mi maleta?</p>
-
-<p>—En el mesón de la Fabiana, señora —respondí con humildad.</p>
-
-<p>—Acabáramos. Buen paseo he hecho dar al señor coronel, que me ha
-ayudado a buscarte... Dos horas recorriendo calles y plazas...</p>
-
-<p>—No se ha perdido nada, señora —le dijo Desmarets con galantería—.
-Así habéis podido ver lo más notable de esta interesantísima ciudad.</p>
-
-<p>—Sí; pero necesitaba sacar algunos objetos de mi maleta, y este
-idiota... Es idiota, señor coronel...</p>
-
-<p>—Señora —dije señalando a mis dos crueles enemigos—, cuando iba en
-busca de Su Excelencia, estos borrachos me llevaron engañado a una
-taberna, bebieron a mi costa, y luego que me quedé sin un real, dijeron
-que yo era espía y querían ahorcarme.</p>
-
-<p>Miss Fly miró al coronel con enfado y soberbia, y Desmarets, que sin
-duda deseaba complacer a la bella amazona, recogió todo aquel femenino
-enojo para lanzarlo militarmente sobre los dos bravos franchutes, los
-cuales, al verse convertidos de acusadores en acusados, aparecieron más
-beodos que antes, y más incapaces de sostenerse sobre sus vacilantes
-piernas.</p>
-
-<p>—¡Al cuartel, canalla! —gritó el jefe con ira—. Yo os arreglaré
-dentro de un rato.</p>
-
-<p>Molichard y Tourlourou, asidos del brazo, confusos y tan
-lastimosamente turbados en<span class="pagenum" id="Page_174">p.
-174</span> lo moral como en lo físico, entraron en el edificio dando
-traspiés y recriminándose el uno al otro.</p>
-
-<p>—Os juro que castigaré a esos pícaros —dijo el bravo oficial—.
-Ahora, puesto que habéis encontrado vuestra maleta, os conduciré a
-vuestro alojamiento.</p>
-
-<p>—Sí, lo agradeceré —dijo Miss Fly poniéndose en marcha y ordenándome
-que la siguiera.</p>
-
-<p>—Y luego —añadió Desmarets—, daré una orden para que se os permita
-visitar el hospital. Tengo idea de que no ha quedado en él ningún
-oficial inglés. Los que había hace poco, sanaron y fueron canjeados por
-los franceses que estaban en Fuente Aguinaldo.</p>
-
-<p>—¡Oh, Dios mío! ¡Entonces habrá muerto! —exclamó con afectada pena
-Miss Fly—. ¡Desgraciado joven! Era pariente de mi tío el Vizconde de
-Marley... ¿Pero no me acompañáis al hospital?</p>
-
-<p>—Señora, me es imposible. Ya sabéis que Marmont ha dado orden para
-que salgamos hoy mismo de Salamanca.</p>
-
-<p>—¿Evacuáis la ciudad?</p>
-
-<p>—Así lo ha dispuesto el general. Estamos amenazados de un sitio
-riguroso. Carecemos de víveres, y como las fortificaciones que se han
-hecho son excelentes, dejamos aquí ochocientos hombres escogidos, que
-bastarán para defenderlas. Salimos hacia Toro para esperar a que nos
-envíen refuerzos del Norte o de Madrid.</p>
-
-<p>—¿Y marcháis pronto?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>—Dentro de una
-hora. Solo de una hora puedo disponer para serviros.</p>
-
-<p>—Gracias... Siento que no podáis ayudarme o buscar a ese valiente
-joven, paisano mío, cuyo paradero se ignora y es causa de este mi
-intempestivo y molesto viaje a Salamanca. Fue herido y cayó prisionero
-en Arroyomolinos. Desde entonces no he sabido de él... Dijéronme que
-tal vez estaría en los hospitales franceses de esta ciudad.</p>
-
-<p>—Os proporcionaré un salvoconducto para que visitéis el hospital, y
-con esto no necesitáis de mí.</p>
-
-<p>—Mil gracias: creo que llegamos a mi alojamiento.</p>
-
-<p>—En efecto, este es.</p>
-
-<p>Estábamos en la puerta del mesón de la Lechuga, distante no más
-de veinte pasos de aquel donde yo había dejado mi asno. Desmarets
-despidiose de Miss Fly, repitiendo sus cumplidos y caballerescos
-ofrecimientos.</p>
-
-<p>—Ya veis —me dijo Athenais cuando subíamos a su aposento— que
-hicisteis mal en no permitir que os acompañase. Sin duda habéis pasado
-mil contrariedades y conflictos. Yo, que conozco de antiguo al bravo
-Desmarets, os los hubiera evitado.</p>
-
-<p>—Señora de Fly, todavía no he vuelto de mi asombro, y creo que
-lo que tengo delante no es la verídica y real imagen de la hermosa
-dama inglesa, sino una sombra engañosa que viene a aumentar las
-confusiones de este día. ¿Cómo ha venido usted a Salamanca? ¿cómo
-ha podido entrar en la ciudad? ¿cómo se las<span class="pagenum"
-id="Page_176">p. 176</span> ha compuesto para que ese viejo relamido,
-ese Desmarets...?</p>
-
-<p>—Todo eso que os parece raro, es lo más natural del mundo. ¡Venir a
-Salamanca! Existiendo el camino, ¿os causa sorpresa? Cuando con tanta
-grosería y vulgares sentimientos me abandonasteis, resolví venir sola.
-Yo soy así. Quería ver cómo os conducíais en la difícil comisión, y
-esperaba poder prestaros algún servicio, aunque por vuestra ingratitud
-no merecíais que me ocupara de vos.</p>
-
-<p>—¡Oh! Mil gracias, señora. Al dejar a usted, lo hice por evitarle
-los peligros de esta expedición. Dios sabe cuánta pena me causaba
-sacrificar el placer y el honor de ser acompañado por usted.</p>
-
-<p>—Pues bien, señor aldeano: al llegar a las puertas de la ciudad,
-acordeme del coronel Desmarets, a quien recogí del campo de batalla
-después de la Albuera, curando sus heridas y salvándole la vida;
-pregunté por él, salió a mi encuentro, y desde entonces no tuve
-dificultad alguna ni para entrar aquí ni para buscar alojamiento. Le
-dije que me traía el afán de saber el paradero de un oficial inglés,
-pariente mío, perdido en Arroyomolinos, y como deseaba encontraros,
-fingí que uno de los criados que traía conmigo, portador de mi maleta,
-había desaparecido en las puertas de la ciudad. Deseando complacerme,
-Desmarets me llevó a distintos puntos. ¡Dos horas paseando!... Estaba
-desesperada... Yo miraba a un lado y otro diciendo: «¿Dónde<span
-class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span> estará ese bestia?... Se
-habrá quedado lelo mirando los fuertes... es tan bobo...»</p>
-
-<p>—¿Y el mozuelo que acompañaba a usted?</p>
-
-<p>—Entró conmigo. ¿Os burlábais del carricoche de Mistress Mitchell?
-Es un gran vehículo, y tirado por el caballo que me dio Simpson,
-parecía el carro de Apolo... Veamos ahora, señor oficial, cómo habéis
-empleado el tiempo, y si se ha hecho algo que justifique la confianza
-del señor Duque.</p>
-
-<p>—Señora, llevo sobre mí un plano de las fortificaciones, muy
-oculto... Además poseo innumerables noticias que han de ser muy útiles
-al General en Jefe. He tenido mil contratiempos; pero al fin, en lo
-relativo a mi comisión militar, todo me va saliendo bien.</p>
-
-<p>—¡Y lo habéis hecho sin mí! —dijo la Mariposa con despecho.</p>
-
-<p>—¡Si tuviera tiempo de referir a usted las tragedias y comedias de
-que he sido actor en pocas horas!... pero estoy tan fatigado que hasta
-el habla me va faltando. Los sustos, las alegrías, las emociones, las
-cóleras de este día abatirían el ánimo más esforzado y el cuerpo más
-vigoroso, cuanto más el ánimo y cuerpo míos, que están el uno aturdido
-y apesadumbrado; el otro, tan vacío de toda sólida substancia, como
-quien no ha comido en diez y seis horas.</p>
-
-<p>—En efecto, parecéis un muerto —dijo entrando en su habitación—. Os
-daré algo de comer.</p>
-
-<p>—Felicísima idea —respondí—; y pues tan milagrosamente nos hemos
-juntado aquí, lo<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span>
-cual prueba la conformidad de nuestro destino, conviene que nos
-establezcamos bajo un mismo techo. Voy a traer mi burro, en cuyas
-alforjas dejé algo digno de comerse. Al instante vuelvo. Pida usted en
-tanto a la mesonera lo que haya... pero pronto, prontito...</p>
-
-<p>Corrí al mesón donde había dejado mi asno, y al entrar en la cuadra
-sentí la voz del mesonero muy enfrascada en disputas con otra que
-reconocí por la del venerable señor Jean-Jean.</p>
-
-<p>—Muchacho —me dijo el mesonero al entrar—, este señor francés se
-quería llevar tu burro.</p>
-
-<p>—¡Excelencia! —afirmó cortésmente, aunque muy turbado, Jean-Jean—,
-no me quería llevar la bestia... preguntaba por vos.</p>
-
-<p>Acordeme de la promesa hecha al dragón y del ánima de la albarda,
-invención mía para salir del paso.</p>
-
-<p>—Jean-Jean —dije al francés—, todavía necesito de ti. Hoy salen los
-franceses, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>—Sí, señor; pero yo me quedo. Quedamos veinte dragones para escoltar
-al Gobernador.</p>
-
-<p>—Me alegro —dije disponiéndome a llevar el burro conmigo—. Ahora,
-amigo Jean-Jean, necesito saber si el tal jefe de los masones se
-dispone a salir hoy también de Salamanca. Es lo más probable.</p>
-
-<p>—Lo averiguaré, señor.</p>
-
-<p>—Estoy en el mesón de al lado, ¿sabes?</p>
-
-<p>—La <i>Lechuga</i>, sí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span>—Allí te espero.
-Tenemos mucho que hacer hoy, amigo Jean-Jean.</p>
-
-<p>—No deseo más que servir a Su Excelencia.</p>
-
-<p>—Y yo pago bien a los que me sirven.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch22">
- <h2 class="nobreak g0">XXII</h2>
-</div>
-
-<p>Miss Fly, pretextando que la criada del mesón no debía enterarse
-de lo que hablábamos, me sirvió la frugal comida ella misma, lo cual,
-si no era conforme a los cánones de la etiqueta inglesa, concordaba
-perfectamente con las circunstancias.</p>
-
-<p>—Vuestra tristeza —dijo la inglesa— me prueba que si en la comisión
-militar salisteis bien, no sucede lo mismo en lo demás que habéis
-emprendido.</p>
-
-<p>—Así es, en efecto, señora —repuse—, y juro a usted que mi
-pesadumbre y desaliento son tales, que nunca he sentido cosa igual en
-ninguna ocasión de mi vida.</p>
-
-<p>—¿No está vuestra princesa en Salamanca?</p>
-
-<p>—Está, señora —repliqué—; pero de tal manera, que más valdría no
-estuviese aquí ni en cien leguas a la redonda. Porque ¿de qué vale
-hallarla si la encuentro...?</p>
-
-<p>—Encantada —dijo la inglesa, interrumpiéndome, con picante
-jovialidad— y convertida,<span class="pagenum" id="Page_180">p.
-180</span> como Dulcinea, en rústica y fea labradora la que era señora
-finísima.</p>
-
-<p>—Allá se va una cosa con otra —dije—, porque si mi princesa no
-ha perdido nada de la gallardía de su presencia ni de la sin igual
-belleza de su rostro, en cambio ha sufrido en su alma transformación
-muy grande, porque no ha querido aceptar la libertad que yo le ofrecí,
-y prefiriendo la compañía de su bárbaro carcelero, me ha puesto
-bonitamente en la puerta de la calle.</p>
-
-<p>—Eso tiene una explicación muy sencilla —me dijo la dama riendo con
-verdadero regocijo—, y es que vuestra archiduquesa prisionera ya no os
-ama. ¿No habéis pensado en el inconveniente de presentaros ante ella
-con ese vestido? El largo trato con su raptor le habrá inspirado amor
-hacia este. No os riais, caballero. Hay muchos casos de damas robadas
-por los bandidos de Italia y Bohemia, que han concluido por enamorarse
-locamente de sus secuestradores. Yo misma he conocido a una señorita
-inglesa que fue robada en las inmediaciones de Roma, y al poco tiempo
-era esposa del jefe de la partida. En España, donde hay ladrones tan
-poéticos, tan caballerescos, que casi son los únicos caballeros del
-país, ha de suceder lo mismo. Lo que me contáis, señor mío, no tiene
-nada de absurdo, y cuadra perfectamente con las ideas que he formado de
-este país.</p>
-
-<p>—La grande imaginación de usted —le dije— tal vez se equivoque
-al querer encontrar ciertas cosas fuera de los libros; pero de
-cualquier<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> modo que
-sea, señora, lo que me pasa es bien triste... porque...</p>
-
-<p>—Porque amáis más a vuestra niña, desde que ella adora a ese pachá
-de tres colas, a ese Fra Diávolo, en quien me figuro ver un grandísimo
-ladrón; pero hermoso como los más bellos tipos de Calabria y Andalucía,
-más valiente que el Cid, gran jinete, espadachín sublime, algo brujo,
-generoso con los pobres, cruel con los ricos y malvados, rico como el
-gran turco, y dueño de inmensas pedrerías que siempre le parecen pocas
-para su amada. También me lo figuro como Carlos Moor, el más poético e
-interesante de los salteadores de caminos.</p>
-
-<p>—¡Oh, Miss Fly! veo que usted ha leído mucho. Mi enemigo no es tal
-como usted le pinta: es un viejo enfermo.</p>
-
-<p>—Pues entonces, Sr. Araceli —dijo Athenais con disgusto—, no tratéis
-de engañarme juntando a esa joven como una persona principal, porque
-si se ha aficionado al trato de un estafermo, habrá sido por avaricia,
-cualidad propia de costureras, doncellas de labor, cómicas u otra gente
-menuda, a cuyas respetables clases creo desde ahora que pertenecerá esa
-tan decantada señora que adoráis.</p>
-
-<p>—No he engañado a usted respecto a la elevación de su clase.
-Respecto a la afición que ha podido sentir hacia su secuestrador, no
-tiene nada de vituperable, porque es su padre.</p>
-
-<p>—¡Su padre! —exclamó con asombro—. Eso sí que no estaba escrito en
-mis libros. ¿Y a<span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> un
-padre que retiene consigo a su hija, le llamáis ladrón? Eso sí que
-es extraño. No hay país como España para los sucesos raros y que en
-todo difieren de lo que es natural y corriente en los demás países.
-Explicadme eso, caballero.</p>
-
-<p>—Usted cree que todos los lances de amor y de aventura han de pasar
-en el mundo conforme a lo que ha leído en las novelas, en los romances,
-en las obras de los grandes poetas y escritores, y no advierte que las
-cosas extrañas y dramáticas suelen verse antes en la vida real que en
-los libros, llenos de ficciones convencionales y que se reproducen unas
-a otras. Los poetas copian de sus predecesores, los cuales copiaron de
-otros más antiguos, y mientras fabrican este mundo vano, no advierten
-que la Naturaleza y la sociedad va creando a escondidas del público, y
-recatándolas de la imprenta, mil novedades que espantan o enamoran.</p>
-
-<p>Yo hacía esfuerzos de ingenio por sostener de algún modo un coloquio
-en que Miss Fly con su ardoroso sentimiento poético me llevaba ventaja,
-y a cada palabra mía su atrevida imaginación se inflamaba más, volando
-en pos de sucesos raros, desconocidos, novelescos, fuente de pasión y
-de idealismo. No puedo negar que Athenais me causaba sorpresa, porque
-yo, en mi ignorancia, no conocía el sentimentalismo que entonces estaba
-en moda entre la gente del Norte, invadiendo literatura y sociedad de
-un modo extraordinario.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span>—Referidme eso —me
-dijo con impaciencia.</p>
-
-<p>Sin temor de cometer una indiscreción, conté punto por punto a mi
-hermosa acompañante todo lo que el lector sabe. Oíame tan atentamente y
-con tales apariencias de agrado, que no omití ningún detalle. Algunas
-veces creí distinguir en ella señales más bien de entusiasmo varonil
-que de emoción femenina; y cuando puse punto final en mi relato,
-levantose, y con ademán resuelto y voz animosa, hablome así:</p>
-
-<p>—¿Y vivís con esa calma, caballero, y referís esos dramas de vuestra
-vida como si fueran páginas de un libro que habéis leído la noche
-anterior? No sois español, no tenéis en las venas ese fuego sublime que
-impulsa al hombre a luchar con las imposibilidades. Os estáis ahí mano
-sobre mano contemplando a una inglesa, y no se os ocurre nada: no se os
-ocurre entrar en esa casa; arrancar a esa infeliz mujer del poder que
-la aprisiona; echar una cuerda al cuello de ese hombre para llevarle a
-una casa de locos; no se os ocurre comprar una espada vieja y batiros
-con medio mundo, si medio mundo se opone a vuestro deseo; romper las
-puertas de la casa; pegarle fuego, si es preciso; coger a la muchacha
-sin tratar de persuadirla a que os siga, y llevarla donde os parezca
-conveniente; matar a todos los alguaciles que os salgan al paso, y
-abriros camino por entre el ejército francés, si el ejército francés en
-masa se opone a que salgáis de Salamanca. Confieso que os creí capaz de
-esto.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span>—Señora —repliqué
-con ardor—, dígame usted en qué libro ha leído eso tan bonito que acaba
-de decirme. Quiero leerlo también, y después probaré si tales hazañas
-son posibles.</p>
-
-<p>—¿En qué libro, menguado? —repuso con exaltación admirable—. En el
-libro de mi corazón, en el de mi fantasía, en el de mi alma. ¿Queréis
-que os enseñe algo más?</p>
-
-<p>—Señora —afirmé confundido—, el alma de usted es superior a la
-mía.</p>
-
-<p>—Vamos al instante a esa casa —dijo tomando un látigo, y
-disponiéndose a salir.</p>
-
-<p>Miré a Miss Fly con admiración; pero con una admiración no
-enteramente seria, quiero decir que algo se reía dentro de mí.</p>
-
-<p>—¿A dónde, señora; a dónde quiere usted que vayamos?</p>
-
-<p>—¡Y lo pregunta! —exclamó Athenais—. Caballero, si os hubiera creído
-capaz de hacerme esa pregunta que indica las indecisiones de vuestra
-alma, no hubiera venido a Salamanca.</p>
-
-<p>—No: si comprendo perfectamente —respondí, no queriendo aparecer
-inferior a mi interlocutora—. Comprendo... vamos a... pues... a hacer
-una barbaridad, una que sea sonada... yo me atrevo a ello, y aun a
-cosas mayores.</p>
-
-<p>—Entonces...</p>
-
-<p>—Precisamente pensaba en eso. Yo no conozco el miedo.</p>
-
-<p>—Ni los obstáculos, ni el peligro, ni nada. Así, así, caballero; así
-se responde —gritó con acalorado y sonoro acento.</p>
-
-<p>Su inflamado semblante, sus brillantes ojos, el timbre de su
-patética voz, ejercían extraño<span class="pagenum" id="Page_185">p.
-185</span> poder sobre mí, y despertaban no sé qué vagas sensaciones de
-grandeza, dormidas en el fondo de mi corazón, tan dormidas, que yo no
-creía que existiesen. Sin saber lo que hacía, levanteme de mi asiento,
-gritando con ella:</p>
-
-<p>—¡Vamos, vamos allá!</p>
-
-<p>—¿Estáis preparado?</p>
-
-<p>—Ahora recuerdo que necesito una espada... vieja.</p>
-
-<p>—O nueva... No será malo ver a Desmarets.</p>
-
-<p>—Yo no necesito de nadie: me basto y me sobro —exclamé con brío y
-orgullo.</p>
-
-<p>—Caballero —dijo ella con entusiasmo—, eso debiera decirlo yo para
-parecerme a Medea.</p>
-
-<p>—Decía que no podemos contar con Desmarets —indiqué pensando un poco
-en lo positivo—, porque sale hoy de Salamanca.</p>
-
-<p>En aquel momento sentimos ruido en el exterior. Era el ejército
-francés que salía. Los tambores atronaban la calle. Apagaba luego sus
-retumbantes clamores el paso de los escuadrones de caballería, y, por
-último, el estrépito de las cureñas hacía retemblar las paredes cual si
-las conmoviera un terremoto. Durante largo tiempo estuvieron pasando
-tropas.</p>
-
-<p>—Espero ser yo quien primero lleve a Lord Wellington la noticia de
-que los franceses han salido de Salamanca —dije en voz baja a Miss Fly,
-mirando el desfile desde nuestra ventana.</p>
-
-<p>—Allí va Desmarets —repuso la inglesa fijando su vista en las
-tropas.</p>
-
-<p>En efecto, pasaba a caballo Desmarets al<span class="pagenum"
-id="Page_186">p. 186</span> frente de su regimiento, y saludó a Miss
-Fly con galantería.</p>
-
-<p>—Hemos perdido un protector en la ciudad —me dijo—; pero no importa:
-no lo necesitaremos.</p>
-
-<p>En este momento sonaron algunos golpecitos en la puerta; abrí, y
-se nos presentó el Sr. Jean-Jean, que, sombrero en mano, hizo varios
-arqueos y cortesías.</p>
-
-<p>—Excelencia, la mesonera me dijo que estábais aquí, y he venido a
-deciros...</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>Jean-Jean miró con recelo a Miss Fly; pero al punto le tranquilicé,
-diciéndole:</p>
-
-<p>—Puedes hablar, amigo Jean-Jean.</p>
-
-<p>—Pues venía a deciros —prosiguió el soldado— que ese Sr. Santorcaz
-saldrá de la ciudad. Como Salamanca va a ser sitiada, huyen esta noche
-muchas familias, y el masón no será de los últimos, según me ha dicho
-Ramoncilla. Ha salido hace un momento de su casa, sin duda para buscar
-carros y caballerías.</p>
-
-<p>—Entonces se nos va a escapar —dijo Miss Fly con viveza.</p>
-
-<p>—No saldrán —repuso— hasta después de media noche.</p>
-
-<p>—Amigo Jean-Jean, quiero que me proporciones un sable y dos
-pistolas.</p>
-
-<p>—Nada más fácil, Excelencia —contestó servilmente.</p>
-
-<p>—Y además una capa... Luego que sea de noche prepararás el
-coche...</p>
-
-<p>—No se encuentra ninguno en la ciudad.</p>
-
-<p>—Abajo tenemos uno. Enganchas el caballo,<span class="pagenum"
-id="Page_187">p. 187</span> que abajo está también, y lo llevas a la
-puerta más próxima a la calle del Cáliz.</p>
-
-<p>—Que es la de Sancti Spíritus... Os advierto que Santorcaz ha vuelto
-a su casa: le he visto acompañado de sus cinco amigotes, cinco hombres
-terribles, que son capaces de cualquier cosa...</p>
-
-<p>—¡Cinco hombres!...</p>
-
-<p>—Que no permiten se juegue con ellos. Todas las noches se reúnen
-allí y están bien armados.</p>
-
-<p>—¿Tienes algún amigo que quiera ganarse unos cuantos doblones, y que
-además sea valiente, sereno y discreto?</p>
-
-<p>—Mi primo <i>Pied-de-mouton</i> es bueno para el caso; pero está
-algo enfermo. No sé si <i>Charles le Temeraire</i> querrá meterse en
-tales fregados: se lo diré.</p>
-
-<p>—No necesitamos de vuestros amigos —dijo Miss Fly—. No queremos a
-nuestro lado gente soez. Iremos enteramente solos.</p>
-
-<p>—Dentro de un momento tendréis las armas —afirmó Jean-Jean—. ¿Y no
-me decís nada de vuestro asno?</p>
-
-<p>—Te lo regalaré con albarda y todo... mas no busques ya nada en
-ella. Lo que merezcas te lo daré cuando nos hallemos sin peligro fuera
-de las puertas de la ciudad.</p>
-
-<p>Jean-Jean me miró con expresión sospechosa; pero o renació pronto en
-su pecho la confianza, o supo disimular su recelo, y se marchó. Cuando
-de nuevo se me puso delante al anochecer y me trajo las armas, ordenele
-que me esperase en la calle del Cáliz, con<span class="pagenum"
-id="Page_188">p. 188</span> lo cual dimos la inglesa y yo por
-terminados los preparativos de aquel estupendo y nunca visto suceso,
-que verá el lector en los siguientes capítulos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch23">
- <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2>
-</div>
-
-<p>Al llegar a esta parte de mi historia, oblígame a detenerme cierta
-duda penosa que no puedo arrojar lejos de mí, aunque de mil maneras
-lo intento. Es el caso que a pesar de la fidelidad y veracidad de mi
-memoria, que tan puntualmente conserva los hechos más remotos, dudo si
-fui yo mismo quien acometió la temeridad en cuestión, apretado a ello
-por el poético y voluntarioso ascendiente de una hermosa mujer inglesa;
-o si, habiéndolo yo soñado, creí que lo hice, como muchas veces sucede
-en la vida, por no ser fácil deslindar lo soñado de lo real; o si en
-vez de ser mi propia persona la que a tales empeños se lanzara, fue
-otro yo quien supo interpretar los fogosos sentimientos y caballerescas
-ideas de la hechicera Athenais. Ello es que teniéndome por cuerdo
-hoy, como entonces, me cuesta trabajo determinarme a afirmar que fui
-yo propio el autor de tal locura, aunque todos los datos, todas las
-noticias y las tradiciones todas concuerdan en que no pudo ser otro.
-Ante la evidencia, inclino la frente y sigo contando.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span>Vino, pues,
-la noche, envolviendo en sus sombras todo el ámbito de <i>Roma la
-chica</i>. Salimos Miss Fly y yo, y atravesando la Rúa, nos internamos
-por las oscuras y torcidas calles que nos debían llevar al lugar de
-nuestra misteriosa aventura. Bien pronto, ignorantes ambos de la
-topografía de la ciudad, nos perdimos y marchamos al acaso, procurando
-brujulearnos por los edificios que habíamos visto durante el día; mas
-con la oscuridad no distinguíamos bien la forma de aquellas moles
-que nos salían al paso. A lo mejor nos hallábamos detenidos por una
-pared gigantesca, cuya eminencia se perdía allá en los cielos; luego
-creeríase que la enorme masa se apartaba a un lado para dejarnos libre
-el paso de una calleja alumbrada a lo lejos por las lamparillas de la
-devoción, encendidas ante una imagen.</p>
-
-<p>Seguíamos adelante creyendo encontrar el camino buscado, y
-tropezábamos con un pórtico y una torre que en las sombras de la noche
-venían cada cual de distinto punto y se juntaban para ponérsenos
-delante. Al fin conocimos la catedral entre aquellas montañas de
-oscuridad que nos cercaban. Distinguimos perfectamente su vasta forma
-irregular, sus torres que empiezan en una edad del arte y acaban
-en otra, sus ojivas, sus cresterías, su cúpula redonda; y detrás
-del nuevo edificio, la catedral vieja, acurrucada junto a él como
-buscando abrigo. Quisimos orientarnos allí, y tomando la dirección
-que creímos más conveniente, bien pronto tropezamos con los pórticos
-gemelos de la Universidad, en cuyo frontispicio<span class="pagenum"
-id="Page_190">p. 190</span> las grandes cabezas de los Reyes Católicos
-nos contemplaron con sus absortos ojos de piedra. Deslizándonos por un
-costado del vasto edificio, nos hallamos cercados de murallas por todas
-partes, sin encontrar salida.</p>
-
-<p>—Esto es un laberinto, Miss Fly —dije no sin mal humor—; busquemos
-hacia la espalda de la catedral esa dichosa calle. Si no, pasaremos la
-noche andando y desandando calles.</p>
-
-<p>—¿Os apuráis por eso? Cuanto más tarde, mejor.</p>
-
-<p>—Señora, Lord Wellington me espera mañana a las doce en Bernuy. Me
-parece que he dicho bastante... Veremos si aparece algún transeúnte que
-nos indique el camino.</p>
-
-<p>Pero ningún alma viviente se veía por aquellos solitarios
-lugares.</p>
-
-<p>—¡Qué hermosa ciudad! —dijo Miss Fly con arrobamiento
-contemplativo—. Todo aquí respira la grandeza de una edad ilustre y
-gloriosa. ¡Cuán excelsos, cuán poderosos no fueron los sentimientos
-que han necesitado tanta, tantísima piedra para manifestarse! ¿Para
-vos no dicen nada esas altas torres, esas largas ojivas, esos techos,
-esos gigantes que alzan sus manos hacia el cielo, esas dos catedrales:
-la una anciana y de rodillas, arrugada, inválida, agazapada contra
-el suelo y al arrimo de su hija; la otra flamante y en pie, hermosa,
-inmensa, lozana, respirando vida en su robusta mole? ¿Para vos no dicen
-nada esos cien colegios y conventos, obra de la ciencia y la piedad
-reunidas? ¿Y esos palacios de los grandes señores, esas paredes llenas
-de escudos y rejas, indicio<span class="pagenum" id="Page_191">p.
-191</span> de soberbia y precaución? ¡Dichosa edad aquella en que el
-alma ha encontrado siempre de qué alimentar su insaciable hambre! Para
-las almas religiosas, el monasterio; para las heroicas, la guerra;
-para las apasionadas, el amor, más hermoso cuanto más contrariado;
-para todas, la galantería, los grandes afectos, los sacrificios
-sublimes, las muertes gloriosas... La sociedad vive impulsada por una
-sola fuerza, la pasión... El cálculo no se ha inventado todavía. La
-pasión gobierna el mundo y en él pone su sello de fuego. El hombre lo
-atropella todo por la posesión del objeto amado, o muere luchando ante
-las puertas del hogar que se le cierran... Por una mujer se encienden
-guerras, y dos naciones se destrozan por un beso... La fuerza que
-aparentemente impera no es el empuje brutal de los modernos, sino un
-aliento poderoso, el resoplido de los dos pulmones de la sociedad, que
-son el honor y el amor.</p>
-
-<p>—No vendría mal el discursito —murmuré—, si al fin
-encontráramos...</p>
-
-<p>Cuando esto decía habíamos perdido de vista la catedral, y nos
-internábamos por calles angostas y oscuras, buscando en vano la
-del Cáliz. Vimos una anciana que, apoyándose en un palo, marchaba
-lentamente arrimada a la pared, y le pregunté:</p>
-
-<p>—Señora, ¿puede usted decirme dónde está la calle del Cáliz?</p>
-
-<p>—¿Buscan la calle del Cáliz y están en ella? —repuso la vieja con
-desabrimiento—. ¿Van a la casa de los masones o a la logia de la
-calle de Tentenecios? Pues sigan adelante y no<span class="pagenum"
-id="Page_192">p. 192</span> mortifiquen a una pobre vieja que no quiere
-nada con el demonio.</p>
-
-<p>—¿Y la casa de los masones, cuál es, señora?</p>
-
-<p>—Tiénela en la mano y pregunta... —contestó la anciana—. Ese
-portalón que está detrás de usted es la entrada de la vivienda de esos
-bribones; ahí es donde cometen sus feas herejías contra la religión;
-ahí donde hablan pestes de nuestros queridos reyes... ¡Malvados!
-¡Ay, con cuánto gusto iría a la Plaza Mayor para veros quemar! Dios
-querrá quitarnos de en medio a los franceses que tales suciedades
-consienten... Masones y franceses todos son unos: la pata derecha y la
-pata izquierda de Satanás.</p>
-
-<p>Marchose la vieja hablando consigo misma, y al quedarnos solos
-reconocí en el portalón, que cerca teníamos, la casa de Santorcaz.</p>
-
-<p>—¡Cuántas veces habremos pasado por aquí sin conocer la casa! —dijo
-Miss Fly—. Si yo la hubiese visto una sola vez... pero parece que sois
-torpe, Araceli.</p>
-
-<p>La puerta era un antiquísimo arco bizantino, compuesto por seis
-u ocho curvas concéntricas, por donde corrían misteriosas formas
-vegetales, gastadas por el tiempo; cascabeles y entrelazadas cintas,
-y en la imposta unos diablillos, monos o no sé qué desvergonzados
-animales, que hacían cabriolas confundiendo sus piernecillas enjutas
-con los tallos de la hojarasca de piedra. Letras ininteligibles y
-que sin duda expresaban la época de la construcción, dejaban ver sus
-trazos grotescos y torcidos,<span class="pagenum" id="Page_193">p.
-193</span> como si un dedo vacilante las trazara al modo de conjuro.
-Estaba reforzada la puerta con garabatos de hierro tan mohosos como
-apolilladas y rotas las mal juntas tablas, y un grueso llamador en
-figura de culebrón enroscado pendía en el centro, aguardando una
-impaciente mano que lo moviese.</p>
-
-<p>Yo interrogué a Miss Fly con la mirada, y vi que acercaba su mano al
-aldabón.</p>
-
-<p>—¿Ya, señora? —dije deteniendo su movimiento.</p>
-
-<p>—¿Pues a qué esperáis?</p>
-
-<p>—Conviene explorar primero al enemigo... La casa es sólida...
-Jean-Jean dijo que había dentro... ¿cuántos hombres?</p>
-
-<p>—Cincuenta, si no recuerdo mal... pero aunque sean mil...</p>
-
-<p>—Es verdad, aunque sea un millón.</p>
-
-<p>Vimos que se acercaba un hombre, y al punto reconocí a Jean-Jean.</p>
-
-<p>—Vienen refuerzos, señora —dije—. Verá usted qué pronto despacho.</p>
-
-<p>Miss Fly, asiendo del aldabón, dio un golpe.</p>
-
-<p>Yo toqué mis armas, y al ver que no se me habían olvidado, no pude
-evitar un sentimiento, que no sé si era burla o admiración de mí
-mismo, porque a la verdad, señores, lo que yo iba a hacer, lo que yo
-intentaba en aquel momento, o era gran tontería, o una acción semejante
-a las perpetuadas en romances y libros de caballería. Yo recordaba
-haber leído en alguna parte que un desvalido amante llega bonitamente
-y sin más ayuda que el valor de su brazo, o la protección de tal
-o cual potencia<span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span>
-nigromántica, a las puertas de un castillo donde el más barbudo y
-zafio moro o gigante de aquellos agrestes confines, tiene encerrada a
-la más delicada doncella, princesa o emperatriz que ha peinado hebras
-de oro y llorado líquidos diamantes; y el tal desvalido amante grita
-desde abajo: «Fiero arráez, o bárbaro sultán, vengo a arrancarte esa
-real persona que aprisionada guardas; y te conjuro que me la des al
-instante si no quieres que tu cuerpo sea partido en dos pedazos por
-esta mi espada; y no te rías ni me amenaces, porque aunque tuvieras más
-ejércitos que llevó el parto a la conquista de la Grecia, ni uno solo
-de los tuyos quedará vivo.»</p>
-
-<p>Así, señores, así, ni más o menos, era lo que yo iba a emprender.
-Cuando toqué las pistolas del cinto, y el tahalí de que pendía la
-tajante espada, y me eché el embozo a la capa, y el ala del ancho
-sombrero sobre la ceja, confieso que entre los sentimientos que
-luchaban en mi corazón, predominó la burla, y me reí en la oscuridad.
-Tenía yo un aire de personaje de valentías, guapezas y gatuperios,
-que habría puesto miedo en el ánimo más valeroso, cuando no mofa y
-risa; pero Miss Fly había leído sin duda las hazañas de D. Rodulfo
-de Pedrajas, de Pedro Cadenas, Lampuga, Gardoncha y Perotudo, y mi
-catadura le había de parecer más propia para enamorar que para reír.</p>
-
-<p>Viendo que no respondían, cogí el aldabón y repetí los golpes.</p>
-
-<p>Yo no medía la extensión del peligro que iba a afrontar, ni
-era posible reflexionar en<span class="pagenum" id="Page_195">p.
-195</span> ello, aunque habría bastado un destello de luz de mi razón
-para esclarecerme el horrible jaleo en que me iba a meter... Yo no
-pensaba en esto, porque sentía el inexplicable deleite que tiene para
-la juventud enamorada todo lo que es misterioso y desconocido, más
-bello y atractivo cuanto más peligroso; porque sentía dentro de mí
-un deseo de acometer cualquier brutalidad sin nombre, que pusiese mi
-fuerza y mi valor al servicio de la persona a quien más amaba en el
-mundo.</p>
-
-<p>No se olvide que aún me duraba el despecho y la sofocación de la
-mañana. El recuerdo de las escenas que antes he descrito, completaba mi
-ceguera; y realizar por la violencia lo que no pude conseguir por otro
-medio, era sin duda gran atractivo para mi excitado espíritu. En la
-calle me aguijoneaba la fantasía, y desde dentro me llamaba el corazón,
-toda mi vida pasada y cuanto pudiese soñar para el porvenir... ¿Quién
-no rompe una pared, aunque sea con la cabeza, cuando le impulsan a ello
-dos mujeres, una desde dentro y otra desde fuera?</p>
-
-<p>No debo negar que la hermosa inglesa había adquirido gran
-ascendiente sobre mí. No puedo expresar aquel dominio suyo y la
-esclavitud mía, sino empleando una palabra muy usada en las novelas,
-y que ignoro si indicará de un modo claro mi idea; pero no teniendo a
-mano otro vocablo, la emplearé. Miss Fly me fascinaba. Aquella grandeza
-de espíritu; aquel sentimiento alambicado y sin mezcla de egoísmo
-que había en sus palabras; aquel carácter que atesoraba, tras una
-extravagancia sin<span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span>
-ejemplo, todo el material, digámoslo así, de las grandes acciones,
-hallaban secreta simpatía en un rincón de mi ser. Me reía de ella, y la
-admiraba; parecíanme disparates sus consejos, y los obedecía. Aquella
-inmensidad de su pensamiento tan distante de la realidad me seducía,
-y antes que confesarme cobarde para seguir el vuelo de su voluntad
-poderosa, hubiérame muerto de vergüenza.</p>
-
-<p>Repetí con más fuerza los golpes, y nada se oía en el interior de la
-casa. Oscuridad y silencio como el de los sepulcros reinaban en ella.
-El animalejo, lagarto o culebrón que figuraba la aldaba, alzó (al menos
-así parecía) su cabeza llena de herrumbre, y clavando en mí los verdes
-ojuelos, abrió la horrible boca para reírse.</p>
-
-<p>—No quieren abrir —me dijo Jean-Jean—. Sin embargo, dentro están:
-los he visto entrar... Son los principales afrancesados que hay en
-la ciudad, más masones que el gran Copto y más ateos que Judas. Mala
-gente. Mi opinión, señor Marqués, es que os marchéis. El coche os
-aguarda en la puerta de Sancti Spíritus.</p>
-
-<p>—¿Tienes miedo, Jean-Jean?</p>
-
-<p>—Además, señor Marqués —continuó este—, debo advertiros que pronto
-ha de pasar por aquí la ronda... Vos y la señora tenéis todo el aspecto
-de gente sospechosa... Todavía hay quien cree que sois espía, y la
-señora también.</p>
-
-<p>—¿Yo espía? —dijo Miss Fly con desprecio—. Soy una dama inglesa.</p>
-
-<p>—Márchate tú, Jean-Jean, si tienes miedo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span>—Hacéis una locura,
-caballero —repuso el dragón—. Esos hombres van a salir, y a todos nos
-molerán a palos.</p>
-
-<p>Creí sentir el ruido de las maderas de una ventanilla que se abría
-en lo alto, y grité:</p>
-
-<p>—¡Ah de la casa! Abrid pronto.</p>
-
-<p>—Es una locura, señor Marqués —dijo el dragón bruscamente—. Vámonos
-de aquí...</p>
-
-<p>Entonces noté en el semblante hosco y sombrío de Jean-Jean una
-alteración muy visible, que no era ciertamente la que produce el
-miedo.</p>
-
-<p>—Repito que os dejo solo, señor Marqués... La ronda va a venir...
-Vamos hacia Sancti Spíritus, o no respondo de vos...</p>
-
-<p>Su insistencia y el empeño de llevarnos hacia las afueras de la
-ciudad, infundió en mí terrible sospecha.</p>
-
-<p>Miss Fly redobló los martillazos, diciendo:</p>
-
-<p>—Será preciso echar la puerta abajo si no abren.</p>
-
-<p>Los garabatos de hierro que reforzaban la puerta se contrajeron,
-haciendo muecas horribles, signos burlescos, figurando no sé si
-extrañas sonrisas o mohínes, o visajes de misteriosos rostros.</p>
-
-<p>Yo empezaba a perder la paciencia y la serenidad. Jean-Jean me
-causaba inquietud y temí una alevosía, no por la sospecha de espionaje,
-como él había dicho, sino por la tentación de robarnos. El caso no era
-nuevo, y los soldados que guarnecían las poblaciones del pobre país
-conquistado cometían impunemente todo linaje de excesos. Además, la
-aventura<span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> iba tomando
-carácter grotesco, pues nadie respondía a nuestros golpes ni asomaba
-rostro humano en la alta reja.</p>
-
-<p>—Sin duda no hay aquí rastro de gente. Los masones se han marchado,
-y ese tunante nos ha traído aquí para expoliarnos a sus anchas.</p>
-
-<p>De pronto vi que alguien aparecía en el recodo que hace la calle.
-Eran dos personas que se fijaron allí como en acecho. Dirigime hacia
-el dragón; pero este, sin esperar a que le hablase, nos abandonó
-súbitamente para unirse a los otros.</p>
-
-<p>—Ese miserable nos ha vendido —exclamé rugiendo de cólera—. ¡Señora,
-estamos perdidos! No contábamos con la traición.</p>
-
-<p>—¡La traición! —dijo confusa Miss Fly—. No puede ser.</p>
-
-<p>No tuvimos tiempo de razonar, porque los dos que nos observaban y
-Jean-Jean se nos vinieron encima.</p>
-
-<p>—¿Qué hacéis aquí? —me preguntó uno de ellos, que era soldado de
-artillería sin distintivo alguno.</p>
-
-<p>—No tengo que darte cuenta —respondí—. Deja libre la calle.</p>
-
-<p>—¿Es esta la tarasca inglesa? —dijo el otro dirigiéndose a Miss Fly
-con insolencia.</p>
-
-<p>—¡Tunante! —grité desenvainando—. Voy a enseñarte cómo se habla con
-las señoras.</p>
-
-<p>—El Marquesito ha sacado el asador —dijo el primero—. Jóvenes, venid
-al cuerpo de guardia con nosotros, y vos, <i>milady sauterelle</i> dad
-el brazo a <i>Charles le Temeraire</i> para que os conduzca al palacio
-del cepo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>—Araceli —me dijo
-Miss Fly—, toma mi látigo y échalos de aquí.</p>
-
-<p>—<i>Pied-de-mouton</i>, atraviésalo —vociferó el artillero.</p>
-
-<p><i>Pied-de-mouton</i>, como sargento de dragones, iba armado
-de sable. <i>Carlos el Temerario</i> era artillero y llevaba un
-machete corto, arma de escaso valor en aquella ocasión. En un momento
-rapidísimo, mientras Jean-Jean vacilaba entre dirigirse a la inglesa
-o a mí, acuchillé a <i>Pied-de-mouton</i> con tan buena suerte, con
-tanto ímpetu y tanta seguridad, que le tendí en el suelo. Lanzando un
-ronco aullido, cayó bañado en sangre... Me arrimé a la pared para tener
-guardadas las espaldas, y aguardé a Jean-Jean, que, al ver la caída de
-su compañero, se apartó de Miss Fly, mientras Carlos el Temerario se
-inclinaba a reconocer el herido. Rápida como el pensamiento, Athenais
-se bajó a recoger el sable de este. Sin esperar a que Jean-Jean
-me atacase, y viéndole algo desconcertado, fuime sobre él; mas,
-sobrecogido, dio algunos pasos hacia atrás, bramando así:</p>
-
-<p>—<i>¡Corne du diable! ¡Mille millions de bombardes!</i>... ¿Creéis
-que os tengo miedo?</p>
-
-<p>Diciéndolo, apretó a correr a lo largo de la calle, y más ligero que
-el viento le siguió Carlos. Ambos gritaban:</p>
-
-<p>—¡A la guardia, a la guardia!</p>
-
-<p>—Cerca hay un cuerpo de guardia, señora. Huyamos. Aquí dio fin el
-romance.</p>
-
-<p>Corrimos en dirección contraria a la que ellos tomaron; mas no
-habíamos andado siete<span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span>
-pasos, cuando sentimos a lo lejos pisadas de gente, y distinguimos un
-pelotón de soldados que a toda prisa venía hacia nosotros.</p>
-
-<p>—Nos cortan la retirada, señora —dije retrocediendo—. Vamos por otro
-lado.</p>
-
-<p>Buscamos una bocacalle que nos permitiera tomar otra dirección, y no
-la encontramos. La patrulla se acercaba. Corrimos al otro extremo, y
-sentí la voz de nuestros dos enemigos gritando siempre:</p>
-
-<p>—¡A la guardia!...</p>
-
-<p>—Nos cogerán —dijo Miss Fly con serenidad incomparable, que me
-inspiró aliento—. No importa. Entreguémonos.</p>
-
-<p>En aquel instante, como pasáramos junto al pórtico en cuyo aldabón
-habíamos martillado inútilmente, vi que la puerta se abría y asomaba
-por ella la cabeza de un curioso que, sin duda, no había podido dominar
-su anhelo de saber lo que resultaba de la pendencia... El cielo se
-abría delante de nosotros. La patrulla estaba cerca; pero como la calle
-describía un ángulo muy pronunciado, los soldados que la formaban no
-podían vernos. Empujé aquella puerta y al hombre que curiosamente y
-con irónica sonrisa en el rostro se asomaba; y aunque ni una ni otra
-quisieron ceder al principio, hice tanta fuerza, que bien pronto Miss
-Fly y yo nos encontramos dentro, y con presteza increíble corrí los
-pesados cerrojos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch24">
- <p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2>
-</div>
-
-<p>—¿Qué hace usted? —preguntó con estupor un hombre a quien vi delante
-de mí y que alumbraba el angosto portal con su linterna.</p>
-
-<p>—Salvarme y salvar a esta señora —respondí atendiendo a los pasos
-que un rato después de nuestra entrada sonaban en la calle, fuera de la
-puerta—. La patrulla se detiene...</p>
-
-<p>—Ahora examina el cuerpo...</p>
-
-<p>—No nos han visto entrar...</p>
-
-<p>—Pero... o yo estoy tonto, o es Araceli el que tengo delante —dijo
-aquel hombre, el cual no era otro que Santorcaz.</p>
-
-<p>—El mismo, Sr. D. Luis. Si su intento es denunciarme, puede hacerlo
-entregándome a la patrulla; pero ponga usted en lugar seguro a esta
-señora hasta que pueda salir libremente de Salamanca... Todavía están
-ahí —añadí con la mayor agitación—. ¡Cómo gruñen!... parece que recogen
-el cuerpo... ¿Estará muerto, o tan solo herido?...</p>
-
-<p>—Se marchan —dijo Athenais—. No nos han visto entrar... Creerán que
-ha sido una pendencia entre soldados, y mientras aquellos pícaros no
-expliquen...</p>
-
-<p>—Adelante, señores —dijo Santorcaz con petulancia—. El primer deber
-del hijo del pueblo es la hospitalidad, y su hogar recibe a<span
-class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> cuantos han menester el
-amparo de sus semejantes. Señora, nada tema usted.</p>
-
-<p>—¿Y quién os ha dicho que yo temo algo? —dijo con arrogancia Miss
-Fly.</p>
-
-<p>—Araceli, ¿eres tú quien me echaba la puerta abajo hace un
-momento?</p>
-
-<p>Vacilé un instante en contestar, y ya tenía la palabra en la boca
-cuando Miss Fly se anticipó diciendo:</p>
-
-<p>—Era yo.</p>
-
-<p>Santorcaz, después de hacer una cortesía a la dama inglesa,
-permaneció mudo y quieto esperando oír los motivos que había tenido la
-señora para llamar tan reciamente.</p>
-
-<p>—¿Por qué me miráis con la boca abierta? —dijo bruscamente Miss
-Fly—. Seguid y alumbrad.</p>
-
-<p>Santorcaz me miró con asombro. ¿Quién le causaría más sorpresa, yo
-o ella? A mi vez, yo no podía menos de sentirla también, y grande,
-al ver que el jefe de los masones nos recibía con urbanidad. Subimos
-lentamente la escalera. Desde esta oíanse ruidosas voces de hombres
-en lo interior de la casa. Cuando llegamos a una habitación desnuda
-y oscura, que alumbró débilmente la linterna de Santorcaz, este nos
-dijo:</p>
-
-<p>—¿Ahora podré saber qué buscan ustedes en mi casa?</p>
-
-<p>—Hemos entrado aquí buscando refugio contra unos malvados que
-querían asesinarnos. Mi deseo es que oculte usted a esta señora si por
-acaso insistieran en perseguirla dentro de la casa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span>—¿Y a ti? —me
-preguntó con sorna.</p>
-
-<p>—Yo estimo mi vida —repuse—, y no quisiera caer en manos de
-Jean-Jean; pero nada pido a usted, y ahora mismo saldré a la calle, si
-me promete poner en seguridad a esta señora.</p>
-
-<p>—Yo no abandono a los amigos —dijo Santorcaz con aquella sandunga y
-marrullería que le eran habituales—. La dama y su galán pueden respirar
-tranquilos. Nadie les molestará.</p>
-
-<p>Miss Fly se había sentado en un incómodo sillón de vaqueta, único
-mueble que en la destartalada estancia había, y sin atender a nuestro
-diálogo, miraba los dos o tres cuadros apolillados que pendían de las
-paredes, cuando entró la criada trayendo una luz.</p>
-
-<p>—¿Es esta vuestra hija? —preguntó vivamente la inglesa clavando los
-ojos en la moza.</p>
-
-<p>—Es Ramoncilla, mi criada —repuso Santorcaz.</p>
-
-<p>—Deseo ardientemente ver a vuestra hija, caballero —dijo la
-inglesa—. Tiene fama de muy hermosa.</p>
-
-<p>—Después de lo presente —dijo el masón con galantería—, no creo que
-haya otra más hermosa... Pero, volviendo a nuestro asunto, señora, si
-usted y su esposo desean...</p>
-
-<p>—Este caballero no es mi esposo —afirmó Miss Fly sin mirar a
-Santorcaz.</p>
-
-<p>—Bien: quise decir su amigo.</p>
-
-<p>—No es tampoco mi amigo, es mi criado —dijo la dama con enojo—. Sois
-en verdad impertinente.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>Santorcaz me miró,
-y en su mirada conocí que no daba fe a la afirmación de la dama.</p>
-
-<p>—Bien... ¿Usted y su criado piensan permanecer en Salamanca?...</p>
-
-<p>—No: precisamente lo que queremos es salir sin que nadie nos
-moleste. No puedo realizar el objeto que me trajo a Salamanca, y me
-marcho.</p>
-
-<p>—Pues a entrambos sacaré de la ciudad antes del día —dijo
-Santorcaz—, porque estoy preparándolo todo para salir a la
-madrugada.</p>
-
-<p>—¿Y lleváis a vuestra hija? —preguntó con gran interés Miss Fly.</p>
-
-<p>—Mi hija me ama tanto —respondió el masón con orgullo— que nunca se
-separa de mí.</p>
-
-<p>—¿Y a dónde vais ahora?</p>
-
-<p>—A Francia. No pienso volver a poner los pies en España.</p>
-
-<p>—Mal patriota sois.</p>
-
-<p>—Señora... dígame usted su tratamiento para designarle con él.
-Aunque hijo del pueblo y defensor de la igualdad, sé respetar las
-jerarquías que establecieron la monarquía y la historia.</p>
-
-<p>—Decidme simplemente <i>señora</i>, y basta.</p>
-
-<p>—Bien: puesto que la señora quiere conocer a mi hija, se la voy a
-mostrar —dijo Santorcaz—. Dígnese la señora seguirme.</p>
-
-<p>Seguímosle, y nos llevó a una sala, compuesta con más decoro que
-la que dejábamos, e iluminada por un velón de cuatro mecheros.<span
-class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> Ofreció el anciano un
-asiento a la inglesa, y desapareció luego, volviendo al poco rato con
-su hija de la mano. Cuando la infeliz me vio, quedose pálida como la
-muerte, y no pudo reprimir un grito de asombro que, por su intensidad,
-pareció de miedo.</p>
-
-<p>—Hija mía, esta es la señora que acaba de llegar a casa pidiéndome
-hospitalidad para ella y para el mancebo que le acompaña.</p>
-
-<p>Creyérase que Inés veía fantasmas. Tan pronto miraba a Miss Fly
-como a mí, sin convencerse de que eran reales y tangibles las personas
-que tenía delante. Yo sonreía, tratando de disipar su confusión con el
-lenguaje de los ojos y las facciones; pero la pobre muchacha estaba
-cada vez más absorta.</p>
-
-<p>—Sí que es hermosa —dijo Miss Fly con gravedad—. Pero no quitáis los
-ojos de este joven que me acompaña. Sin duda le encontráis parecido a
-otro que conocéis. Hija mía, es el mismo que pensáis, el mismo.</p>
-
-<p>—Solo que este perillán —dijo Santorcaz sacudiéndome el brazo con
-familiaridad impertinente— ha cambiado tanto... Cuando era oficial se
-le podía mirar; pero después que ha sido expulsado del ejército por su
-cobardía y mal comportamiento y puéstose a servir...</p>
-
-<p>Tan grosera burla no merecía que la contestase, y callé, dejando que
-Inés se confundiese más.</p>
-
-<p>—Caballero —dijo Miss Fly con enojo volviéndose hacia Santorcaz—,
-si hubiera sabido que pensábais insultar a la persona que me acompaña,
-habría preferido quedarme en la<span class="pagenum" id="Page_206">p.
-206</span> calle. Dije que era mi criado; pero no es cierto. Este
-caballero es mi amigo.</p>
-
-<p>—Su amigo —añadió D. Luis—. Justo, eso decía yo.</p>
-
-<p>—Amigo leal y caballero intachable, a quien agradeceré toda la vida
-el servicio que me ha prestado esta noche exponiendo su vida por mí.</p>
-
-<p>Nueva confusión de Inés. Mudaba de color su alterado semblante a
-cada segundo, y todo se le volvía mirar a la inglesa y a mí, como si
-mirándonos, leyéndonos, devorándonos con la vista, pudiera aclarar el
-misterioso enigma que tenía delante.</p>
-
-<p>La venganza es un placer criminal, pero tan deleitoso, que en
-ciertas ocasiones es preciso ser santo o arcángel para sofocar esta
-partícula, para extinguir esta pavesa de infierno que existe en nuestro
-corazón. Así es que sintiendo yo en mí la quemadura de aquel diabólico
-fuego del alma que nos induce a mortificar alguna vez a las personas
-que más amamos, dije con gravedad:</p>
-
-<p>—Señora mía, no merecen agradecimiento acciones comunes que son
-un deber para todas las personas de honor. Además, si se trata de
-agradecer, ¿qué podría decir yo, al recordar las atenciones que
-de usted he merecido en el cuartel general aliado, y antes de que
-viniésemos ambos a Salamanca?</p>
-
-<p>Miss Fly pareció muy regocijada de estas palabras mías, y en su
-mirada resplandeció una satisfacción que no se cuidaba de disimular.
-Inés observaba a la inglesa, queriendo leer en su rostro lo que no
-había dicho.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>—Sr. Santorcaz
-—dijo la Mosquita después de una pausa—, ¿no pensáis casar a vuestra
-hija?</p>
-
-<p>—Señora, mi hija parece hasta hoy muy contenta de su estado y de la
-compañía de su padre. Sin embargo, con el tiempo... No se casará con un
-noble ni con un militar, porque ella y yo aborrecemos a esos verdugos y
-carniceros del pueblo.</p>
-
-<p>—Podemos darnos por ofendidos con lo que decís contra dos clases
-tan respetables —repuso con benevolencia Miss Fly—. Yo soy noble, y el
-señor es militar. Conque...</p>
-
-<p>—He hablado en términos generales, señora. Por lo demás, mi hija no
-quiere casarse.</p>
-
-<p>—Es imposible que siendo tan linda no tenga los pretendientes a
-millares —dijo Miss Fly mirándola—. ¿Será posible que esta hermosa niña
-no ame a nadie?</p>
-
-<p>Inés, en aquel instante, no podía disimular su enojo.</p>
-
-<p>—Ni ama ni ha amado jamás a nadie —contestó oficiosamente su
-padre.</p>
-
-<p>—Eso no, Sr. Santorcaz —dijo la inglesa—. No tratéis de engañarme,
-porque conozco de la cruz a la fecha la historia de vuestra adorada
-niña, hasta que os apoderasteis de ella en Cifuentes.</p>
-
-<p>Inés se puso roja como una cereza, y me miró no sé si con desprecio
-o con terror. Yo callaba, y midiendo por mi propia emoción la suya,
-decía para mí con la mayor inocencia: «La pobrecita será capaz de
-enfadarse.»</p>
-
-<p>—Tonterías y mimos de la infancia —dijo<span class="pagenum"
-id="Page_208">p. 208</span> Santorcaz, a quien había sabido muy mal lo
-que acababa de oír.</p>
-
-<p>—Eso es —añadió la inglesa señalando sucesivamente a Inés y a
-mí—. Ambos son ya personas formales, y sus ideas, así como sus
-sentimientos, han tomado camino más derecho. No conozco el carácter y
-los pensamientos de vuestra encantadora hija; pero conozco el grande
-espíritu, el noble entendimiento del joven que nos escucha, y puedo
-aseguraros que leo en su alma como en un libro.</p>
-
-<p>Inés no cabía en sí misma. El alma se le salía por los ojos en forma
-de aflicción, de despecho, de no sé qué sentimiento poderoso, hasta
-entonces desconocido para ella.</p>
-
-<p>—Hace algún tiempo —añadió la inglesa— que nos une una noble, franca
-y pura amistad. Este caballero posee un espíritu elevado. Su corazón,
-superior a los sentimientos mezquinos de la vida ordinaria, arde en el
-deseo fogoso de una vida grandiosa, de lucha, de peligro, y no quiere
-asociar su existencia a la menguada medianía de un hogar pacífico, sino
-lanzarla a los tumultos de la guerra, de la sociedad, donde hallará
-pareja digna de su alma inmensa.</p>
-
-<p>No pude reprimir una sonrisa; pero nadie, felizmente, a no ser Inés
-que me observaba, advirtió mi indiscreción.</p>
-
-<p>—¿Qué decís a esto? —preguntó Athenais a mi novia.</p>
-
-<p>—Que me parece muy bien —contestó como Dios la dio a entender,
-entre atrevida y balbuciente—. Cuando se tiene un alma de tal
-inmensidad,<span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> parece
-propio afrontar los peligros de una patrulla, en vez de llamar a la
-primera puerta que se presenta.</p>
-
-<p>—Ya comprenderá usted, señora —dijo don Luis—, que mi hija no es
-tonta.</p>
-
-<p>—Sí; pero lo sois vos —contestó desabridamente Miss Fly.</p>
-
-<p>Y diciéndolo, en la casa retumbaron aldabonazos tan fuertes como los
-que nosotros habíamos dado poco antes.</p>
-
-<p>—¡La patrulla! —exclamé.</p>
-
-<p>—Sin duda —dijo Santorcaz—. Pero no haya temor. He prometido ocultar
-a ustedes. Si manda la patrulla Cerizy, que es amigo mío, no hay nada
-que temer. Inés, esconde a la señora en el cuarto de los libros, que yo
-archivaré a este sujeto en otro lado.</p>
-
-<p>Mientras Inés y Miss Fly desaparecieron por una puerta excusada,
-dejeme conducir por mi antiguo amigo, el cual me llevó a la habitación
-donde por la mañana le había visto, y en la cual estaban aquella noche
-y en aquella ocasión cinco hombres sentados alrededor de la ancha mesa.
-Vi sobre esta libros, botellas y papeles en desorden, y bien podía
-decirse que las tres clases de objetos ocupaban igualmente a todos.
-Leían, escribían y echaban buenos tragos, sin dejar de charlar y reír.
-Observé además que en la estancia había armas de todas clases.</p>
-
-<p>—Otra vez te atruenan la casa a aldabonazos, papá Santorcaz —dijo al
-vernos entrar el más joven, animado y vivaracho de los presentes.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>—Es la ronda
-—respondió el masón—. A ver dónde escondemos a este joven, Monsalud,
-¿sabes quién manda la ronda esta noche?</p>
-
-<p>—Cerizy —contestó el interpelado, que era un joven alto, flaco y
-moreno, bastante parecido a una araña.</p>
-
-<p>—Entonces no hay cuidado —me dijo—. Puedes entrar en esta habitación
-y esconderte allí, por si acaso quiere subir a beber una copa.</p>
-
-<p>Escondido, mas no encerrado en la habitación que me designara,
-permanecí algún tiempo, el necesario para que Santorcaz bajase a la
-puerta, y por breves momentos conferenciase con los de la ronda, y para
-que el jefe de esta subiese a honrar las botellas que galantemente le
-ofrecían.</p>
-
-<p>—Señores —dijo el oficial francés entrando con Santorcaz—, buenas
-noches... ¿Se trabaja? Buena vida es esta.</p>
-
-<p>—Cerizy —replicó el llamado Monsalud llenando una copa—, a la salud
-de Francia y España reunidas.</p>
-
-<p>—A la salud del gran imperio galo-hispano —dijo Cerizy alzando la
-copa—. A la salud de los buenos españoles.</p>
-
-<p>—¿Qué noticias, amigo Cerizy? —preguntó otro de los presentes,
-viejo, ceñudo y feo.</p>
-
-<p>—Que el Lord está cerca... pero nos defenderemos bien. ¿Han visto
-ustedes las fortificaciones?... Ellos no tienen artillería de sitio...
-El ejército aliado es un ejército <i>pour rire</i>...</p>
-
-<p>—¡Pobrecitos!... —exclamó el viejo, cuyo<span class="pagenum"
-id="Page_211">p. 211</span> nombre era Bartolomé Canencia—. ¡Cuando uno
-piensa que van a morir tantos hombres... que se va a derramar tanta
-sangre...!</p>
-
-<p>—Señor filósofo —indicó el francés—, porque ellos lo quieren...
-Convenced a los españoles de que deben someterse...</p>
-
-<p>—Descanse usted un momento, amigo Cerizy.</p>
-
-<p>—No puedo detenerme... Han herido a un sargento de dragones en esta
-calle...</p>
-
-<p>—Alguna disputa...</p>
-
-<p>—No se sabe... los asesinos han huido... Dicen que son espías.</p>
-
-<p>—¡Espías de los ingleses!... Salamanca está llena de espías.</p>
-
-<p>—Han dicho que un español y una inglesa... o no sé si un inglés
-acompañado de una española... Pero no puedo detenerme. Se me mandó
-registrar las casas... Decidme, ¿no hay logia esta noche?</p>
-
-<p>—¿Logia? Si nos marchamos...</p>
-
-<p>—¿Se marchan? —dijo el francés—. Y yo que estaba concluyendo a toda
-prisa mi <i>Memoria sobre las distintas formas de la tiranía</i>.</p>
-
-<p>—Léasela usted a sí propio —indicó el filósofo Canencia—. Lo mismo
-me pasará a mí con mi <i>Tratado de la libertad individual</i> y mi
-traducción de Diderot.</p>
-
-<p>—¿Y por qué es esa marcha?</p>
-
-<p>—Porque los ingleses entrarán en Salamanca —dijo Santorcaz—, y no
-queremos que nos cojan aquí.</p>
-
-<p>—Yo no daría dos cuartos por lo que me quedara de pescuezo, después
-de entrar los<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> aliados
-—advirtió el más joven y más vivaracho de todos.</p>
-
-<p>—Los ingleses no entrarán en Salamanca, señores —afirmó con
-petulancia el oficial.</p>
-
-<p>Santorcaz movió la cabeza con triste expresión dubitativa.</p>
-
-<p>—Y pues echan ustedes a correr, desde que nos hallamos
-comprometidos, Sr. Santorcaz —añadió Cerizy con la misma petulancia y
-cierto tonillo reprensivo—, sepan que en el cuartel general de Marmont
-no estarán los masones tan seguros como aquí.</p>
-
-<p>—¿Que no?</p>
-
-<p>—No; porque no son del agrado del General en Jefe, que nunca fue
-aficionado a sociedades secretas. Las ha tolerado, porque era preciso
-alentar a los españoles que no seguían la causa insurgente; pero ya
-sabe usted que Marmont es algo <i>bigot</i>.</p>
-
-<p>—Sí...</p>
-
-<p>—Pero lo que no sabe usted es que han venido órdenes apremiantes
-de Madrid para separar la causa francesa de todo lo que transcienda a
-masonería, ateísmo, irreligiosidad y filosofía.</p>
-
-<p>—Lo esperaba, porque José es también algo...</p>
-
-<p>—<i>Bigot</i>... Conque buen viaje y no fiarse mucho del General en
-Jefe.</p>
-
-<p>—Como no pienso parar hasta Francia, mi querido Sr. Cerizy... —dijo
-Santorcaz—, estoy sin cuidado.</p>
-
-<p>—No se puede vivir en esta abominable nación —afirmó el viejo
-filósofo—. En París o en<span class="pagenum" id="Page_213">p.
-213</span> Burdeos publicaré mi <i>Tratado de la libertad
-individual</i> y mi traducción de Diderot.</p>
-
-<p>—Buenas noches, Sr. Santorcaz, señores todos.</p>
-
-<p>—Buenas noches y buena suerte contra el Lord, Sr. Cerizy.</p>
-
-<p>—Nos veremos en Francia —dijo el francés al retirarse—. ¡Qué lástima
-de logia!... Marchaba tan bien... Sr. Canencia, siento que no conozca
-usted mi <i>Memoria sobre las tiranías</i>.</p>
-
-<p>Cuando el jefe de la ronda bajaba la escalera, sacome de mi
-escondite Santorcaz, y presentándome a sus amigos, dijo con sorna:</p>
-
-<p>—Señores, presento a ustedes un espía de los ingleses.</p>
-
-<p>No le contesté una palabra.</p>
-
-<p>—Bien se conoce, amiguito... pero no reñiremos —añadió el masón
-ofreciéndome una silla y poniéndome delante una copa que llenó—.
-Bebe.</p>
-
-<p>—Yo no bebo.</p>
-
-<p>—Amigo Ciruelo —dijo D. Luis al más joven de los presentes—, te
-quedarás en Salamanca hasta mañana, porque en lugar tuyo va a salir
-este joven.</p>
-
-<p>—Sí, eso es —objetó Ciruelo mirándome con enojo—. ¿Y si vienen los
-aliados y me ahorcan?... Yo no soy espía de los ingleses.</p>
-
-<p>—¡Ingleses, franceses!... —exclamó el filósofo Canencia en tono
-sibilítico—. Hombres que se disputan el terreno, no las ideas...
-¿Qué me importa cambiar de tiranos? A los que como yo combaten por
-la filosofía, por los grandes<span class="pagenum" id="Page_214">p.
-214</span> principios de Voltaire y Rousseau, lo mismo les importa que
-reinen en España las casacas rojas o los capotes azules.</p>
-
-<p>—¿Y usted qué piensa? —me dijo Monsalud observándome con
-curiosidad—. ¿Entrarán los aliados en Salamanca?</p>
-
-<p>—Sí, señor, entraremos —contesté con aplomo.</p>
-
-<p>—Entraremos... luego usted pertenece al ejército aliado.</p>
-
-<p>—Al ejército aliado pertenezco.</p>
-
-<p>—¿Y cómo está usted aquí? —me preguntó, con ademán y tono de la
-mayor fiereza, otro de los presentes, que era hombre más fuerte y
-robusto que un toro.</p>
-
-<p>—Estoy aquí, porque he venido.</p>
-
-<p>Necesitaba hacer grandes esfuerzos para sofocar mi indignación.</p>
-
-<p>—Este joven se burla de nosotros —dijo Ciruelo.</p>
-
-<p>—Pues yo sostengo que los aliados no entrarán en Salamanca —añadió
-Monsalud—. No traen artillería de sitio.</p>
-
-<p>—La traerán...</p>
-
-<p>—Ignoran con qué clase de fortificaciones tienen que habérselas.</p>
-
-<p>—El Duque de Ciudad-Rodrigo no ignora nada.</p>
-
-<p>—Bueno, que entren —dijo Santorcaz—. Puesto que Marmont nos
-abandona...</p>
-
-<p>—Lo que yo digo —indicó el filósofo—: casacas rojas o casacas
-azules... ¿qué más da?</p>
-
-<p>—Pero es indigno que favorezcamos a los espías de Lord Wellington
-—exclamó con ira el<span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span>
-bárbaro Monsalud, levantándose de su asiento.</p>
-
-<p>Yo decía para mí: «¿No habrá en esta maldita casa un agujero por
-donde escapar solo con ella?»</p>
-
-<p>—Siéntate y calla, Monsalud —dijo Santorcaz—. A mí me importa poco
-que <i>Narices</i> entre o no en Salamanca. Pongo yo el pie en mi
-querida Francia... Aquí no se puede vivir.</p>
-
-<p>—Si siguieran los franceses mi parecer —dijo el joven Ciruelo con
-la expresión propia de quien está seguro de manifestar una gran idea—,
-antes de entregar esta ciudad histórica a los aliados, la volarían.
-Basta poner seis quintales de pólvora en la Catedral, otros seis en la
-Universidad, igual dosis en los Estudios Menores, en la Compañía, en
-San Esteban, en Santo Tomás y en todos los grandes edificios... Vienen
-los aliados, ¿quieren entrar? ¡fuego! ¡Qué hermoso montón de ruinas!
-Así se consiguen dos objetos: acabar con ellos, y destruir uno de los
-más terribles testimonios de la tiranía, barbarie y fanatismo de esos
-ominosos tiempos, señores...</p>
-
-<p>—Orador Ciruelo, tú harás revoluciones —dijo Canencia con majestuosa
-petulancia.</p>
-
-<p>—Lo que yo afirmo —gruñó Monsalud— es que, venzan o no los aliados,
-no me marcharé de España.</p>
-
-<p>—Ni yo —mugió el toro.</p>
-
-<p>—Prefiero volverme con los insurgentes —dijo el quinto personaje,
-que hasta entonces no había desplegado los bozales labios.</p>
-
-<p>—Yo me voy para siempre de España —afirmó Santorcaz—. Veo mal
-parada aquí la<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span> causa
-francesa. Antes de dos años, Fernando VII volverá a Madrid.</p>
-
-<p>—¡Locura, necedad!</p>
-
-<p>—Si esta campaña termina mal para los franceses, como creo...</p>
-
-<p>—¿Mal? ¿Por qué?</p>
-
-<p>—Marmont no tiene fuerzas.</p>
-
-<p>—Se las enviarán. Viene en su auxilio el rey José con tropas de
-Castilla la Nueva.</p>
-
-<p>—Y la división Esteve, que está en Segovia.</p>
-
-<p>—Y el ejército de Bonnet viene cerca ya.</p>
-
-<p>—Y también Cafarelli, con el ejército del Norte.</p>
-
-<p>—Todavía no han venido —dijo Santorcaz con tristeza—. Bien,
-si vienen esas tropas, y ponen los franceses toda la carne en el
-asador...</p>
-
-<p>—Vencerán.</p>
-
-<p>—¿Qué crees tú, Araceli?</p>
-
-<p>—Que Marmont, Bonnet, Esteve, Cafarelli y el rey José no hallarán
-tierra por donde correr si tropiezan con los aliados —dije con gran
-aplomo.</p>
-
-<p>—Lo veremos, caballero.</p>
-
-<p>—Eso es, lo verán ustedes —repuse—. Lo veremos todos. ¿Saben ustedes
-bien lo que es el ejército aliado que ha tomado a Ciudad-Rodrigo y
-Badajoz? ¿Saben ustedes lo que son esos batallones portugueses y
-españoles, esa caballería inglesa?... Figúrense ustedes una fuerza
-inmensa, una disciplina admirable, un entusiasmo loco, y tendrán idea
-de esa ola que viene y que todo lo arrollará y destruirá a su paso.</p>
-
-<p>Los seis hombres me miraban absortos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span>—Supongamos que los
-franceses son derrotados: ¿qué hará entonces el Emperador?</p>
-
-<p>—Enviar más tropas.</p>
-
-<p>—No puede ser. ¿Y la campaña de Rusia?</p>
-
-<p>—Que va muy mal, según dicen —indiqué yo.</p>
-
-<p>—No va sino muy bien, caballero —afirmó Monsalud, con gesto
-amenazador.</p>
-
-<p>—Las últimas noticias —dijo el quinto personaje, que tenía facha de
-militar, y era hombre fuerte, membrudo, imponente, de mirar atravesado
-y antipática catadura— son estas... Acabo de leerlas en el papel que
-nos han mandado de Madrid. El Emperador es esperado en Varsovia. El
-primer cuerpo va sobre Piegel; el mariscal Duque de Regio, que manda el
-segundo, está en Wehlan; el mariscal Duque de Elchingen, en Soldass; el
-Rey de Westphalia, en Varsovia...</p>
-
-<p>—Eso está muy lejos y no nos importa nada —dijo Santorcaz con
-disgusto—. Por bien que salga el Emperador de esa campaña temeraria, no
-podrá en mucho tiempo mandar tropas a España... y parece que Soult anda
-muy apretado en Andalucía, y Suchet en Valencia.</p>
-
-<p>—Todo lo ves negro —gritó con enojo Monsalud.</p>
-
-<p>—Veo la guerra del color que tiene ahora... De modo que a Francia me
-voy, y salga el sol por Antequera.</p>
-
-<p>—Triste cosa es vivir de esta manera —dijo el filósofo—. Somos
-ganado trashumante. Verdad es que no pasamos por punto alguno sin<span
-class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span> dejar la semilla del
-<i>Contrato social</i>, que germinará pronto poblando el suelo de
-verdaderos ciudadanos... Y es, además de triste, vergonzoso vernos
-obligados a pasar por cómicos de la legua.</p>
-
-<p>—Yo no me vestiré más de payaso, aunque me aspen —declaró
-Monsalud.</p>
-
-<p>—Y yo, antes de dejarme descuartizar por afrancesado, me volveré con
-los insurgentes —indicó el que tenía figura y corpulencia de salvaje
-toro.</p>
-
-<p>—Nada perdemos con adoptar nuestro disfraz —dijo D. Luis—. Conque se
-vista uno y nos siga el carro lleno de trebejos, bastará para que no
-nos hagan daño en esos feroces pueblos... Conque en marcha, señores.
-Araceli, dame tus armas, porque nosotros no llevamos ninguna... En caso
-contrario, no me expondré a sacarte.</p>
-
-<p>Se las di, disimulando la rabia que llenaba mi alma, y al punto
-empezaron los preparativos de marcha. Unos corrían a cerrar sus breves
-maletas, más llenas de papeles que de ropas. Arregló Ramoncilla el
-equipaje de su amo, y no tardaron en atronar las casas los ruidos que
-caballerías y carros hacían en el patio. Cuando pasé a la habitación
-donde estaban Inés y Miss Fly, sorprendiome hallarlas en conversación
-tirada, aunque no cordial, al parecer, y en el semblante de la primera
-advertí un hechicero mohín irónico, mezclado de tristeza profunda.
-Yo ocultaba y reprimía en el fondo de mi pecho una tempestad de
-indignación, de zozobra. Aun allí, rodeado de<span class="pagenum"
-id="Page_219">p. 219</span> tan diversa gente, miraba con angustia a
-todos los rincones, ansiando descubrir alguna brecha, algún resquicio
-por donde escapar solo con ella. Creíame capaz de las hazañas que
-soñaba el alto espíritu de Miss Fly.</p>
-
-<p>Pero no había medio humano de realizar mi pensamiento. Estaba en
-poder de Santorcaz, como si dijéramos, en poder del demonio. Traté de
-acercarme a Inés para hablarla a solas un momento, con esperanzas de
-hallar en ella un amoroso cómplice de mi deseo; pero Santorcaz con
-claro designio y Miss Fly quizás sin intención, me lo impidieron. Inés
-misma parecía tener empeño en no honrarme con una sola mirada de sus
-amantes ojos.</p>
-
-<p>Athenais, conservando su falda de amazona, se había transfigurado,
-escondiendo graciosamente su busto y hermosa cabeza bajo los pliegues
-de un manto español.</p>
-
-<p>—¿Qué tal estoy así? —me dijo riendo, en un instante que estuvimos
-solos.</p>
-
-<p>—Bien —contesté fríamente, preocupado con otra imagen que atraía los
-ojos de mi alma.</p>
-
-<p>—¿Nada más que bien?</p>
-
-<p>—Admirablemente. Está usted hermosísima.</p>
-
-<p>—Vuestra novia, Sr. Araceli —dijo con expresión festiva y algo
-impertinente—, es bastante sencilla.</p>
-
-<p>—Un poco, señora.</p>
-
-<p>—Está buena para un pobre hombre... ¿Pero es cierto que amáis... a
-eso?</p>
-
-<p>«¡Oh! Dios de los cielos —dije para mí sin<span class="pagenum"
-id="Page_220">p. 220</span> hacer caso de Miss Fly—, ¿no habrá un medio
-de que yo escape solo con ella?»</p>
-
-<p>Iba la inglesa a repetir su pregunta, cuando Santorcaz nos llamó,
-dándonos prisa para que bajásemos. Él y sus amigos habían forrado sus
-personas en miserables vestidos.</p>
-
-<p>—Las dos señoras, en el coche que guiará Juan —dijo D. Luis—. Tres
-a caballo, y los otros en el carro. Araceli, entra en el carro con
-Monsalud y Canencia.</p>
-
-<p>—Padre, no vayas a caballo —dijo Inés—. Estás muy enfermo.</p>
-
-<p>—¿Enfermo? Más fuerte que nunca... Vamos: en marcha... Es muy
-tarde.</p>
-
-<p>Distribuyéronse los viajeros conforme al programa, y pronto salimos,
-en burlesca procesión, de la casa y de la calle y de Salamanca. ¡Oh,
-Dios poderoso! Me parecía que había estado un siglo dentro de la
-ciudad. Cuando, sin hallar obstáculos en las calles ni en la muralla,
-me vi fuera de las temibles puertas, me pareció que tornaba a la
-vida.</p>
-
-<p>Según orden de Santorcaz, el cochecillo donde iban las dos damas
-marchaba delante; seguían los jinetes, y luego los carros, en uno
-de los cuales tocome subir con los dos interesantes personajes
-citados. Al verme en el campo libre, si se calmó mi desasosiego por
-los peligros que corría dentro de <i>Roma la chica</i>, sentí una
-aflicción vivísima por causas que se comprenderán fácilmente. Me era
-forzoso correr hacia el cuartel general, abandonando aquel extraño
-convoy donde iban los amores de toda mi vida, el alma de mi existencia,
-el<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> tesoro perdido,
-encontrado y vuelto a perder, sin esperanza de nueva recuperación.
-Llevado, arrastrado yo mismo por aquella cuadrilla de demonios, ni aun
-me era posible seguirla, y el deber me obligaba a separarme en medio
-del camino. La desesperación se apoderó de mí, cuando mis ojos dejaron
-de ver en la oscuridad de la noche a las dos mujeres que marchaban
-delante. Salté al suelo, y corriendo con velocidad increíble, pues la
-hondísima pena parecía darme alas, grité con toda la fuerza de mis
-pulmones:</p>
-
-<p>—¡Inés, Miss Fly!... aquí estoy... parad, parad...</p>
-
-<p>Santorcaz corrió al galope detrás de mí y me detuvo.</p>
-
-<p>—Gabriel —gritó—, ya te he sacado de la ciudad, y ahora puedes
-marcharte dejándonos en paz. A mano derecha tienes el camino de
-Aldea-Tejada.</p>
-
-<p>—¡Bandido! —exclamé con rabia—. ¿Crees que si no me hubieras quitado
-las armas me marcharía solo?</p>
-
-<p>—¡Muy bravo estás!... Buen modo de pagar el beneficio que acabo
-de hacerte... Márchate de una vez. Te juro que si vuelves a ponerte
-delante de mí y te atreves a amenazarme, haré contigo lo que
-mereces.</p>
-
-<p>—¡Malvado!... —grité abalanzándome al arzón de su cabalgadura y
-hundiendo mis dedos en sus flacos muslos—. ¡Sin armas estoy y podré dar
-cuenta de ti!</p>
-
-<p>El caballo se encabritó, arrojándome a cierta distancia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span>—¡Dame lo que es
-mío, ladrón! —exclamé tornando hacia mi enemigo—. ¿Crees que te temo?
-Baja de ese caballo... devuélveme mi espada y veremos.</p>
-
-<p>Santorcaz hizo un gesto de desprecio, y en el silencio de la noche
-oí el rumor de su irónica risa. El otro jinete, que era el semejante a
-un toro, se le unió incontinenti.</p>
-
-<p>—O te marchas ahora mismo —dijo Don Luis—, o te tendemos en el
-camino.</p>
-
-<p>—La señora inglesa ha de partir conmigo. Hazla detener —dije
-dominando la intensa cólera que a causa de mi evidente inferioridad me
-sofocaba.</p>
-
-<p>—Esa dama irá a donde quiera.</p>
-
-<p>—¡Miss Fly, Miss Fly! —grité ahuecando ambas manos junto a mi
-boca.</p>
-
-<p>Nadie me respondía, ni aun llegaba a mis oídos el rumor de las
-ruedas del coche. Corrí largo trecho al lado de los caballos, fatigado,
-jadeante, cubierto de sudor y con profunda agonía en el alma... Volví a
-gritar luego, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Inés, Inés! ¡Aguarda un instante... allá voy!</p>
-
-<p>Las fuerzas me faltaban. Los jinetes se dirigieron en disposición
-amenazadora hacia mí; pero un resto de energía física que aún
-conservaba, me permitió librarme de ellos, saltando fuera del camino.
-Pasaron adelante los caballos, y las carcajadas de Santorcaz y
-del hombre-toro resonaron en mis oídos como el graznar de pájaros
-carniceros que revoloteaban junto a mí, describiendo pavorosos
-círculos<span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> en torno a
-mi cabeza. Si mi cuerpo estaba desmayado y casi exánime, conservaba aún
-voz poderosa, y vociferé mientras creí que podía ser oído:</p>
-
-<p>—¡Miserables!... ya caeréis en mi poder... ¡Eh, Santorcaz, no te
-descuides!... ¡allá iré yo!... ¡allá iré!</p>
-
-<p>Bien pronto se extinguió a lo lejos el ruido de herraduras y ruedas.
-Me quedé solo en el camino. Al considerar que Inés había estado en mi
-mano y que no me había sido posible apoderarme de ella, sentía impulsos
-de correr hacia adelante, creyendo que la rabia bastaría a hacer
-brotar de mi cuerpo las potentes alas del cóndor... En mi desesperada
-impotencia me arrojaba al suelo, mordía la tierra, y clamaba al cielo
-con alaridos que habrían aterrado a los transeúntes, si por aquella
-desolada llanura hubiese pasado en tal hora alma viviente... ¡Se me
-escapaba quizá para siempre! Registré el horizonte en derredor, y todo
-lo vi negro; pero las imágenes de los dos ejércitos pertenecientes a
-las dos naciones más poderosas del mundo se presentaron a mi agitada
-imaginación. ¡Por allí los franceses... por acá los ingleses! Un paso
-más, y el humo y los clamores de sangrienta batalla se elevarán hasta
-el cielo; un paso más, y temblará, con el peso de tanto cuerpo que cae,
-este suelo en que me sostengo.</p>
-
-<p>—¡Oh, Dios de las batallas, guerra y exterminio es lo que deseo!
-—exclamé—. Que no quede un solo hombre de aquí hasta Francia...
-Araceli, al cuartel real... Wellington te espera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>Esta idea calmó un
-tanto mi exaltación, y me levanté del suelo en que yacía. Cuando di
-los primeros pasos experimenté esa suspensión del ánimo, ese asombro
-indefinible que sentimos en el momento de observar la falta o pérdida
-de un objeto que poco antes llevábamos.</p>
-
-<p>—¿Y Miss Fly? —dije deteniéndome estupefacto—. No lo sé...
-adelante.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch25">
- <h2 class="nobreak g0">XXV</h2>
-</div>
-
-<p>Seguro de que los franceses habían tomado la dirección de Toro,
-me encaminé yo hacia el mediodía buscando el Valmuza, riachuelo que
-corre a cuatro o cinco leguas de la capital. Marchaba a pie con toda
-la prisa que me permitían el mucho cansancio corporal y las fatigas
-del alma, y a las ocho de la mañana entré en Aldea-Tejada, después de
-vadear el Tormes y recorrer un terreno áspero y desigual desde Tejares.
-Unos aldeanos dijéronme antes de llegar allí que no había franceses
-en los alrededores ni en el pueblo, y en este oí decir que por Siete
-Carreras y Tornadizos se habían visto en la noche anterior muchísimos
-ingleses.</p>
-
-<p>—Cerca están los míos —dije para mí; y tomando algo de lo necesario
-para sustentarme, seguí adelante.</p>
-
-<p>Nada me aconteció digno de notarse hasta<span class="pagenum"
-id="Page_225">p. 225</span> Tornadizos, donde encontré la vanguardia
-inglesa y varias partidas de D. Julián Sánchez. Eran las diez de la
-mañana.</p>
-
-<p>—Un caballo, señores, préstenme un caballo —les dije—. Si no,
-prepárense a oír al señor Duque... ¿Dónde está el cuartel general? Creo
-que en Bernuy. Un caballo pronto.</p>
-
-<p>Al fin me lo dieron, y lanzándolo a toda carrera primero por el
-camino, y después por trochas y veredas, a las doce menos cuarto estaba
-en el cuartel general. Vestí a toda prisa mi uniforme, informándome al
-mismo tiempo de la residencia de Lord Wellington para presentarme a él
-al instante.</p>
-
-<p>—El Duque ha pasado por aquí hace un momento —me dijo Tribaldos—.
-Recorre el pueblo a pie.</p>
-
-<p>Un momento después encontré en la plaza al señor Duque, que volvía
-de su paseo. Conociome al punto, y acercándome a él le dije:</p>
-
-<p>—Tengo el honor de manifestar a Vuecencia que he estado en
-Salamanca, y que traigo todos los datos y noticias que Vuecencia
-desea.</p>
-
-<p>—¿Todos? —dijo Wellington sin hacer demostración alguna de
-benevolencia ni de desagrado.</p>
-
-<p>—Todos, mi general.</p>
-
-<p>—¿Están decididos a defenderse?</p>
-
-<p>—El ejército francés ha evacuado ayer tarde la ciudad, dejando solo
-ochocientos hombres.</p>
-
-<p>Wellington miró al general portugués Troncoso, que a su lado
-venía. Sin comprender las<span class="pagenum" id="Page_226">p.
-226</span> palabras inglesas que se cruzaron, me pareció que el segundo
-afirmaba:</p>
-
-<p>—Lo ha adivinado Vuecencia.</p>
-
-<p>—Este es el plano de las fortificaciones que defienden el paso del
-puente —dije alargando el croquis que había sacado.</p>
-
-<p>Tomolo Wellington, y después de examinarlo con profundísima
-atención, preguntó:</p>
-
-<p>—¿Está usted seguro de que hay piezas giratorias en el revellín y
-ocho piezas comunes en el baluarte?</p>
-
-<p>—Las he contado, mi general. El dibujo será imperfecto; pero no hay
-en él una sola línea que no sea representación de una obra enemiga.</p>
-
-<p>—¡Oh, oh! Un foso desde San Vicente al Milagro —exclamó con
-asombro.</p>
-
-<p>—Y un parapeto en San Vicente.</p>
-
-<p>—San Cayetano parece fortificación importante.</p>
-
-<p>—Terrible, mi general.</p>
-
-<p>—Y estas otras en la cabecera del puente...</p>
-
-<p>—Que se unen a los fuertes por medio de estacadas en zig-zag.</p>
-
-<p>—Está bien —dijo complacido, guardando el croquis—. Ha desempeñado
-usted su comisión satisfactoriamente a lo que parece.</p>
-
-<p>—Estoy a las órdenes de mi general.</p>
-
-<p>Y luego, volviendo en derredor la perspicaz mirada, añadió:</p>
-
-<p>—Me dijeron que Miss Fly cometió la temeridad de ir también a
-Salamanca a ver los edificios. No la veo.</p>
-
-<p>—No ha vuelto —dijo un inglés de los de la comitiva.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span>Interrogáronme
-todos con alarmantes miradas, y sentí cierto embarazo. Hubiera
-dado cualquier cosa porque la señorita Fly se presentase en aquel
-momento.</p>
-
-<p>—¿Que no ha vuelto? —dijo el Duque con expresión de alarma y
-clavando en mí sus ojos—. ¿Dónde está?</p>
-
-<p>—Mi general, no lo sé —respondí bastante contrariado—. Miss Fly no
-fue conmigo a Salamanca. Allí la encontré, y después... Nos separamos
-al salir de la ciudad, porque me era preciso estar en Bernuy antes de
-las doce.</p>
-
-<p>—Está bien —dijo Lord Wellington como si creyese haber dado excesiva
-importancia a un asunto que en sí no la tenía—. Suba usted al instante
-a mi alojamiento para completar los informes que necesito.</p>
-
-<p>No había dado dos pasos, marchando humildemente a la cola de la
-comitiva del señor Duque, cuando detúvome un oficial inglés, algo
-viejo, pequeño de rostro, no menos encarnado que su uniforme, y
-cuya carilla arrugada y diminuta se distinguía por cierta vivacidad
-impertinente, de que eran signos principales una nariz picuda y unos
-espejuelos de oro. Acostumbrados los españoles a considerar ciertas
-formas personales como inherentes al oficio militar, nos causaban
-sorpresa y aun risa aquellos oficiales de Artillería y Estado
-Mayor, que parecían catedráticos, escribanos, vistas de aduanas o
-procuradores.</p>
-
-<p>Mirome el coronel Simpson, pues no era otro, con altanería; mirele
-yo a él del mismo<span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span>
-modo, y una vez que nos hubimos mirado a sabor de entrambos, dijo
-él:</p>
-
-<p>—Caballero, ¿dónde está Miss Fly?</p>
-
-<p>—Caballero, ¿lo sé yo acaso? ¿Me ha constituido el Duque en custodio
-de esa hermosa mujer?</p>
-
-<p>—Se esperaba que Miss Fly regresase con usted de su visita a los
-monumentos arquitectónicos de Salamanca.</p>
-
-<p>—Pues no ha regresado, caballero Simpson. Yo tenía entendido
-que Miss Fly podía ir y venir y partir y tornar cuando mejor le
-conviniese.</p>
-
-<p>—Así debiera ser y así lo ha hecho siempre —dijo el inglés—; pero
-estamos en una tierra donde los hombres no respetan a las señoras,
-y pudiera suceder que Athenais, a pesar de su alcurnia, no tuviese
-completa seguridad de ser respetada.</p>
-
-<p>—Miss Fly es dueña de sus acciones —le contesté—. Respecto a
-su tardanza o extravío, ella sola podrá informar a usted cuando
-parezca.</p>
-
-<p>Era ciertamente gracioso exigirme la responsabilidad de los pasos
-malos o buenos de la antojadiza y volandera inglesa, cuando ella no
-conocía freno alguno a su libertad, ni tenía más salvaguardia de su
-honor que su honor mismo.</p>
-
-<p>—Esas explicaciones no me satisfacen, caballero Araceli —me dijo
-Simpson dignándose dirigir sobre mí una mirada de enojo, que adquiría
-importancia al pasar por el cristal de sus espejuelos—. El insigne
-Lord Fly, conde<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> de
-Chichester, me ha encargado que cuide de su hija...</p>
-
-<p>—¡Cuidar de su hija! ¿Y usted lo ha hecho?... Cuando estuvo a punto
-de perecer en Sancti Spíritus, no le vi a su lado... ¡Cuidar de ella!
-¿De qué modo se cuida a las señoritas en Inglaterra? ¿Dejando que los
-españoles les ofrezcan alojamiento, que las acompañen a visitar abadías
-y castillos?</p>
-
-<p>—Siempre han acompañado a esa señorita dignos caballeros que no
-abusaron de su confianza. No se temen debilidades de Miss Fly, que
-tiene el mejor de los guardianes en su propio decoro; se temen,
-caballero Araceli, las violencias, los crímenes que son comunes en las
-naturalezas apasionadas de esta tierra. En suma, no me satisfacen las
-explicaciones que usted ha dado.</p>
-
-<p>—No tengo que añadir, respecto al paradero de Miss Fly, ni
-una palabra más a lo que ya tuve el honor de manifestar a Lord
-Wellington.</p>
-
-<p>—Basta, caballero —repuso Simpson poniéndose como un pimiento—. Ya
-hablaremos de esto en ocasión más oportuna. He manifestado mis recelos
-a D. Carlos España, el cual me ha dicho que no era usted de fiar...
-Hasta la vista.</p>
-
-<p>Apartose de mí vivamente para unirse a la comitiva, que estaba
-muy distante, y dejome en verdad pensativo el venerable y estudioso
-oficial. Poco después D. Carlos España me decía riendo con aquella
-expansión franca y un tanto brutal que le era propia:</p>
-
-<p>—Picarón redomado, ¿dónde demonios has<span class="pagenum"
-id="Page_230">p. 230</span> metido a la amazona? ¿Qué has hecho de
-ella? Ya te tenía yo por buena alhaja. Cuando el coronel Simpson me
-dijo que estaba sobre ascuas, le contesté: «No tenga usted duda, amigo
-mío: los españoles miran a todas las mujeres como cosa propia.»</p>
-
-<p>Traté de convencer al general de mi inocencia en aquel delicado
-asunto; pero él reía, antes impulsado por móviles de alabanza que de
-vituperio, porque los españoles somos así. Luego le conté cómo habiendo
-necesitado del auxilio de los masones para salir de Salamanca, nos
-acompañamos de ellos hasta llegar a buen trecho de la ciudad; mas
-cuando indiqué que Miss Fly les había seguido, ni España ni ninguno de
-los que me escuchaban quisieron creerme.</p>
-
-<p>Cuando fui al alojamiento del general en jefe para informarle de
-mil particularidades que él quería conocer relativas a los conventos
-destruidos, a municiones, a víveres, al espíritu de la guarnición y del
-vecindario, hallé al Duque, con quien conferencié más de hora y media,
-tan frío, tan severo conmigo, que se me llenó el alma de tristeza.
-Recogía mis noticias, harto preciosas para el ejército aliado, sin
-darme claras y vehementes señales, cual yo esperaba, de que mi
-servicio fuese estimado, o como si, estimando el hecho, menospreciara
-la persona. Hizo elogios del croquis; pero me parecía advertir en él
-cierta desconfianza, y hasta la duda de que aquel minucioso dibujo
-fuese exacto.</p>
-
-<p>Consternado yo, mas lleno de respeto hacia<span class="pagenum"
-id="Page_231">p. 231</span> aquel grave personaje, a quien todos los
-españoles considerábamos entonces poco menos que un Dios, no osé
-desplegar los labios en materia alguna distinta de las respuestas
-que tenía que dar; y cuando el héroe de Talavera me despidió con una
-cortesía rígida y fría como el movimiento de una estatua que se dobla
-por la cintura, salí lleno de confusiones y sobresaltos, mas también de
-ira, porque yo comprendía que alguna sospecha tan grave como injusta
-deslustraba mi buen concepto. ¡Después de tantos trabajos y fatigas por
-prestar servicio tan grande al ejército aliado, no se me trataba con
-mayor estima que a un vulgar y mercenario espía! ¡Yo no quería grados
-ni dinero en pago de mi servicio! Quería consideración, aprecio, y que
-el <i>Lord</i> me llamase su amigo o que desde lo alto de su celebridad
-y de su genio dejase caer sobre mi pequeñez cualquier frase afectuosa
-y conmovedora, como la caricia que se hace al perro leal; pero nada de
-esto había logrado. Trayendo a mi memoria a un mismo tiempo y en tropel
-confuso las sofocaciones del día anterior, mi croquis, mis servicios,
-mis apuros, los horrendos peligros, y después la fisonomía severa y
-un tanto ceñuda de Lord Wellington, el despecho me inspiraba frases
-íntimas como la siguiente:</p>
-
-<p>«Quisiera que hubieses estado en poder de Jean-Jean y de Tourlourou,
-a ver si ponías esa cara... Una cosa es mandar desde la tienda de
-campaña, y otra obedecer en la muralla... Una cosa es la orden y otra
-el peligro... Expóngase uno cien veces a morir por un...»</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch26">
- <p><span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2>
-</div>
-
-<p>Esta y otras cosas peores que callo, decía yo aquella tarde cuando
-partimos hacia Salamanca, a cuyas inmediaciones llegamos antes de
-anochecido, alejándonos después de la ciudad para pasar el Tormes por
-los vados del Canto y San Martín. Por todas partes oía decir:</p>
-
-<p>—Mañana atacaremos los fuertes.</p>
-
-<p>Yo, que los había visto, que los había examinado, conocía que esto
-no podía ser.</p>
-
-<p>—¡Si creerán ustedes que esos fuertes son juguetes como los que
-hicieron en Madrid el 3 de diciembre! —decía yo a mis amigos, dándome
-cierta importancia—. ¡Si creerán ustedes que la artillería que los
-defiende es alguna batería de cocina!</p>
-
-<p>Y aquí encajaba descripciones ampulosas, que concluían siempre
-así:</p>
-
-<p>—Cuando se han visto las cosas, cuando se las ha medido palmo a
-palmo, cuando se las ha puesto en dibujo con más o menos arte, es
-cuando puede formarse idea acabada de ellas.</p>
-
-<p>—Di, ¿y a Miss Fly también la has visto, la has medido palmo
-a palmo, y la has puesto en dibujo con más o menos arte? —me
-preguntaban.</p>
-
-<p>Esto me volvía a mis melancolías y <i>saudades</i><span
-class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> (hablando en portugués),
-ocasionadas por el disfavor de Lord Wellington, por el ningún motivo
-e injusticia de su frialdad y desabrimiento con un servidor leal y
-obediente soldado.</p>
-
-<p>Wellington mandó atacar los fuertes por mera conveniencia moral y
-por infundir aliento a los soldados, que no habían combatido desde
-Arroyomolinos. Harto conocía el señor Duque que aquellas obras formadas
-sobre las robustísimas paredes de los conventos no caerían sino ante
-un poderoso tren de batir, y al efecto hizo venir de Almeida piezas
-de gran calibre. Esperando, pues, el socorro, y simulando ataques,
-pasaron dos o tres días, en los cuales nada histórico ni particular
-ocurrió digno de ser contado, pues ni adquirió Lord Wellington nuevos
-títulos nobiliarios, ni pareció Miss Fly, ni tuve noticias del rumbo
-que tomaron los traviesos y mil veces malditos masones.</p>
-
-<p>De lo ocurrido entonces, únicamente merecen lugar, y por cierto muy
-preferente, en estas verídicas relaciones, las miradas que me echaba
-de vez en cuando el coronel Simpson y sus palabras agresivas, a que
-yo le contestaba siempre con las peores disposiciones del mundo. Y
-francamente, señores, yo estaba inquieto, casi tan inquieto como el
-sabio coronel Simpson, porque pasaban días y continuaba el eclipse
-de Miss Fly. Creí entender que se hacían averiguaciones minuciosas;
-creí entender ¡oh, cielos! que me amenazaba un severo interrogatorio,
-al cual seguirían rigurosas<span class="pagenum" id="Page_234">p.
-234</span> medidas penales contra mí; pero Dios, para salvarme sin
-duda de castigos que no merecía, permitió que el día 20 muy de mañana
-apareciese en los cerros del Norte... no la romancesca e interesante
-inglesa, sino el Mariscal Marmont con 40.000 hombres.</p>
-
-<p>El mismo día en que se nos presentó el francés por el mismo camino
-de Toro, se suspendió el ataque de los fuertes, e hicimos varios
-movimientos para tomar posiciones si el enemigo nos provocaba a trabar
-batalla. Mas pronto se conoció que Marmont no tenía ganas de lanzar su
-ejército contra nosotros, siendo su intento, al aproximarse, distraer
-las fuerzas sitiadoras, y tal vez introducir algún socorro en los
-fuertes. Pero Wellington, aunque no se había recibido la artillería de
-Almeida, persistía con tenacidad sajona en apoderarse de San Vicente
-y de San Cayetano, los dos formidables conventos arreglados para
-castillos por una irrisión de la historia. ¡Me parecía estar viéndolos
-aún desde la torre de la Merced!</p>
-
-<p>La tenacidad, que a veces es en la guerra una virtud, también suele
-ser una falta, y el asalto de los conventos lo fue manifiestamente;
-cosa rara en Wellington, que no solía equivocarse... La división
-española se hallaba en Castellanos de los Moriscos observando al
-francés, que ya se corría a la derecha, ya a la izquierda, cuando nos
-dijeron que en el asalto infructuoso de San Cayetano habían perecido
-120 ingleses y el general Rowes, distinguidísimo en el ejército
-aliado.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>—Ahora se ve cómo
-también los grandes hombres cometen errores —dije a mis amigos—. A
-cualquiera se le alcanzaba que San Vicente y San Cayetano no eran
-corrales de gallinas; pero respetemos las equivocaciones de los de
-arriba.</p>
-
-<p>—¡Ya está! ¡Ya está ahí... albricias! ¡Ya la tenemos ahí! —exclamó
-D. Carlos España, que a la sazón, de improviso, se había presentado.</p>
-
-<p>—¿Quién, Miss Fly? —pregunté con vivo gozo.</p>
-
-<p>—La artillería, señores, la artillería gruesa que se mandó traer de
-Almeida. Ya ha llegado a Pericalbo; esta tarde estará en las paralelas,
-se montará mañana y veremos lo que valen esos fuertes que fueron
-conventos.</p>
-
-<p>—¡Ah, bien venida sea!... creí que hablaba usted de Miss Fly, por
-cuya aparición daría las dos manos que tengo...</p>
-
-<p>Vino efectivamente, no Miss Fly, que acerca de esta ni alma viviente
-sabía palabra, sino la artillería de sitio, y Marmont, que lo adivinó,
-quiso pasar el río para distraer fuerzas a la izquierda del Tormes. Le
-vimos correrse a nuestra derecha, hacia Huerta, y al punto recibimos
-orden de ocupar a Aldealuenga. Como los franceses cruzaron el Tormes,
-lo pasó también el general Graham, y en vista de este movimiento,
-pusieron los pies en polvorosa. Marmont, que no tenía bastantes
-fuerzas, careciendo principalmente de caballería, no osaba empeñar
-ninguna acción formal.</p>
-
-<p>Por lo demás, ante la artillería de sitio, San Vicente y San
-Cayetano no ofrecieron gran resistencia.<span class="pagenum"
-id="Page_236">p. 236</span> Los ingleses (y esto lo digo de referencia,
-pues nada vi) abrieron brecha el 27 e incendiaron con bala roja los
-almacenes de San Vicente. Pidieron capitulación los sitiados; mas
-Wellington, no queriendo admitir condiciones ventajosas para ellos,
-mandó asaltar la Merced y San Cayetano, escalando el uno y penetrando
-en el otro por las brechas. Quedó prisionera la guarnición.</p>
-
-<p>Este suceso colmó de alegría a todo el ejército, mayormente cuando
-vimos que Marmont se alejaba a buen paso hacia el Norte, ignorábamos
-si en dirección a Toro o a Tordesillas, porque nuestras descubiertas
-no pudieron determinarlo a causa de la oscuridad de la noche. Pero
-he aquí que pronto debíamos saberlo, porque la división española y
-las guerrillas de D. Julián Sánchez recibieron orden de dar caza a
-la retaguardia francesa, mientras todo el ejército aliado, una vez
-asegurada Salamanca, marchaba también hacia las líneas del Duero.</p>
-
-<p>Era la mañana del 28 de junio cuando nos encontrábamos cerca de
-Sanmorales, en el camino de Valladolid a Tordesillas. Según nos
-dijeron, la retaguardia enemiga y su impedimenta habían salido de
-dicho lugar pocas horas antes, llevándose, según la inveterada e
-infalible costumbre, todo cuanto pudieron haber a la mano. Pusiéronse
-al frente de la división el conde de España y D. Julián Sánchez con
-sus intrépidos guerrilleros, que conocían el país como la propia casa,
-y se mandó forzar la marcha para poder pescar<span class="pagenum"
-id="Page_237">p. 237</span> algo del pesado convoy de los franchutes.
-Sin reparar las fuerzas después del largo caminar de la noche,
-corrió nuestra vanguardia hacia Babilafuente, mientras los demás
-rebuscábamos en Sanmorales lo que hubiese sobrado de la reciente
-limpia y rapiña del enemigo. Provistos al fin de algo confortativo,
-seguimos también hacia aquel punto, y al cabo de dos horas de penosa
-jornada, cuando calculábamos que nos faltarían apenas otras dos para
-llegar a Babilafuente, distinguimos este lugar en lontananza; mas no lo
-determinaba la perspectiva de las lejanas casas, ni ninguna alta torre
-ni castillete, ni menos colina o bosquecillo, sino una columna de negro
-y espeso humo que, partiendo de un punto del horizonte, subía y se
-enroscaba hasta confundirse con la blanca masa de las nubes.</p>
-
-<p>—Los franceses han pegado fuego a Babilafuente —gritó un
-guerrillero.</p>
-
-<p>—Apretar el paso... en marcha... ¡Pobre Babilafuente!</p>
-
-<p>—Queman para detenernos... creen que nos estorba la tizne...
-¡Adelante!</p>
-
-<p>—Pero D. Carlos y Sánchez les deben haber alcanzado —dijo otro—.
-Parece que se oyen tiros.</p>
-
-<p>—Adelante, amigos. ¿Cuánto podemos tardar en ponernos allá?</p>
-
-<p>—Una hora y minutos.</p>
-
-<p>Viose luego otra negra columna de humo que salía de paraje más
-lejano, y que en las alturas del cielo parecía abrazarse con la
-primera.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span>—Es Villoria, que
-arde también —dijeron—; esos ladrones queman las trojes después de
-llevarse el trigo.</p>
-
-<p>Y más cerca divisamos las rojas llamas oscilando sobre las
-techumbres; y una multitud de mujeres despavoridas, ancianos y niños,
-corrían por los campos, huyendo con espanto de aquella maldición de los
-hombres, más terrible que las del cielo. Por lo que aquellos infelices
-nos pudieron decir entre lágrimas y gritos de angustia, supimos que los
-de España y Sánchez entraban a punto que salían los franceses después
-de incendiar el pueblo; que se habían cruzado algunos tiros entre unos
-y otros, pero sin consecuencias, porque los nuestros no se ocuparon más
-que de cortar el fuego.</p>
-
-<p>Estábamos como a doscientos pasos de las primeras casas de la
-infortunada aldea, cuando una figura extraña, hermosa, una agraciada
-obra de la fantasía, una gentil persona, tan distinta de las comunes
-imágenes terrestres como lo son de la vulgar vida las admirables
-creaciones de la poesía del Norte; una mujer ideal, llevada por
-arrogante y veloz caballo, pasó allá lejos ante la vista, semejante a
-los gallardos jinetes que cruzan por los rosados espacios de un sueño
-artístico, sin tocar la tierra, dando al viento cabellera y crin, y
-modificando, según los cambiantes de la luz, su majestuosa carrera.
-Era una figura de amazona, vestida no sé si de negro o de blanco,
-pero igual a aquellas mujeres galopantes con cuya postura y arranque
-ligero se representa al aire, al fuego, lo que vuela y lo que<span
-class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> quema, y que corría en
-verdad, animando al corcel con varoniles exclamaciones. Iba la gentil
-persona fuera del camino, en dirección contraria a la nuestra, por un
-extenso llano cruzado de zanjas y charcos, que el corcel saltaba con
-airoso brío a la voluntad del jinete, que hembra y caballo parecían una
-sola persona. Tan pronto se alejaba como volvía la fantástica figura;
-pero a pesar de su carrera y de la distancia, al punto que la vi
-diome un vuelco el corazón, subióseme la sangre con violento golpe al
-cerebro, y temblé de sorpresa y alegría. ¿Necesito decir quién era?</p>
-
-<p>Lanzando mi caballo fuera del camino, grité:</p>
-
-<p>—Miss Fly, señorita Mariposa... señora Pajarita, señora Mosquita...
-¡Carísima Athenais... Athenais!</p>
-
-<p>Pero la Pajarita no me oía y seguía corriendo; mejor dicho,
-revoloteando, yendo, viniendo, tornando a partir y a volver, y trazando
-sobre el suelo, y en la claridad del espacio, caprichosos círculos,
-ángulos, curvas y espirales.</p>
-
-<p>—¡Miss Fly, Miss Fly!</p>
-
-<p>El viento impedía que mi voz llegase hasta ella. Avivé el paso,
-sin apartar los ojos de la hermosa aparición, la cual creeríase iba a
-desvanecerse cual caprichosa hechura de la luz o del viento... Pero
-no: era la misma Miss Fly, y buscaba una senda en aquella engañosa
-planicie, surcada por zanjas y charcos de inmóvil agua verdosa.</p>
-
-<p>—¡Eh... señora Mosquita!... ¡que soy yo!... Por aquí... por este
-lado.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch27">
- <p><span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2>
-</div>
-
-<p>Por último, llegué cerca de ella y oyó mi voz, y vio mi propia
-persona, lo cual hubo de causarle al parecer mucho gusto, y sacarla de
-su confusión y atolondramiento. Corrió hacia mí riendo y saludándome
-con exclamaciones de triunfo, y cuando la vi de cerca, no pude menos
-de advertir la diferencia que existe entre las imágenes transfiguradas
-y embellecidas por el pensamiento y la triste realidad, pues el corcel
-que montaba, por cierto a mujeriegas, la intrépida Athenais, distaba
-mucho de parecerse a aquel volador Pegaso que se me representaba
-poco antes; ni daba ella al viento la cabellera, cual llama de fuego
-simbolizando el pensamiento; ni su vestido negro tenía aquella
-diafanidad ondulante que creí distinguir primero; ni el cuartago,
-pues cuartago era, tenía más cerneja que media docena de mustios y
-amarillentos pelos; ni la misma Miss Fly estaba tan interesante como
-de ordinario, aunque sí hermosa, y por cierto bastante pálida, con las
-trenzas mal entretejidas por arte de los dedos, sin aquel concertado
-desgaire del peinado de las Musas, y finalmente, con el vestido en
-desorden antiarmónico a causa del polvo, y de las arrugas y jirones.</p>
-
-<p>—Gracias a Dios que os encuentro —exclamó<span class="pagenum"
-id="Page_241">p. 241</span> alargándome la mano—. D. Carlos España me
-dijo que estábais en la retaguardia.</p>
-
-<p>Mi gozo por verla sana y libre, lo cual equivalía a un testimonio
-precioso de mi honradez, me impulsó a intentar abrazarla en medio
-del campo, de caballo a caballo, y habría puesto, en ejecución mi
-atrevido pensamiento, si ella no lo impidiera un tanto suspensa y
-escandalizada.</p>
-
-<p>—En buen compromiso me ha puesto usted —le dije.</p>
-
-<p>—Me lo figuraba —respondió riendo—. Pero vos tenéis la culpa. ¿Por
-qué me dejasteis en poder de aquella gente?</p>
-
-<p>—Yo no dejé a usted en poder de aquella gente, ¡malditos sean ellos
-mil veces!... Desapareció usted de mi vista, y el masón me impidió
-seguir. ¿Y nuestros compañeros de viaje?</p>
-
-<p>—¿Preguntáis por la Inesita? La encontraréis en Babilafuente —dijo
-poniéndose seria.</p>
-
-<p>—¿En ese pueblo? ¡Bondad divina!... Corramos allí... ¿Pero han
-padecido ustedes algún contratiempo? ¿Hanse visto en algún peligro?
-¿Las han mortificado esos bárbaros?</p>
-
-<p>—No: me he aburrido y nada más. A la hora y media de salir de
-Salamanca tropezamos con los franceses, que echaron el guante a los
-masones diciendo que en Salamanca habían hecho el espionaje por cuenta
-de los aliados. Marmont tiene orden del Rey para no hacer causa común
-con esos pillos tan odiados en el país. Santorcaz se defendió; mas un
-oficial llamole farsante y embustero, y dispuso que todos los de la
-brillante comitiva quedásemos<span class="pagenum" id="Page_242">p.
-242</span> prisioneros. Gracias a Desmarets, me han tratado a mí con
-mucha consideración.</p>
-
-<p>—¡Prisioneros!</p>
-
-<p>—Sí: nos han tenido desde entonces en ese horrible Babilafuente,
-mientras el Lord tomaba a Salamanca. ¡Y yo que no he visto nada de
-esto! ¿Se rindieron los fuertes? ¡Qué gran servicio prestasteis con
-vuestra visita a Salamanca! ¿Qué os dijo milord?</p>
-
-<p>—Sí, sí: hable usted a milord de mí... Contento está Su Excelencia
-de este leal servidor... Sepa Miss Fly que, lejos de agradar al Duque,
-me ha tomado entre ojos y se disponen a formarme consejo de guerra por
-delitos comunes.</p>
-
-<p>—¿Por qué, amigo mío? ¿Qué habéis hecho?</p>
-
-<p>—¿Qué he de hacer? Pues nada, señora Pajarita; nada más sino seducir
-a una honesta hija de la Gran Bretaña, llevármela conmigo a Salamanca,
-ultrajarla con no sé qué insigne desafuero, y después, para colmo de
-fiesta, abandonarla pícaramente, o esconderla, o matarla, pues sobre
-este punto, que es el lado negro de mi feroz delito, no se han puesto
-aún de acuerdo Lord Wellington y el coronel Simpson.</p>
-
-<p>Miss Fly rompió en risas tan francas, tan espontáneas y regocijadas,
-que yo también me reí. Ambos marchábamos a buen paso en dirección a
-Babilafuente.</p>
-
-<p>—Lo que me contáis, Sr. Araceli —dijo, mientras se teñía su rostro
-de rubor hechicero—, es una linda historia. Tiempo hacía que no se me
-presentaba un acontecimiento tan<span class="pagenum" id="Page_243">p.
-243</span> dramático, ni tan bonito embrollo. Si la vida no tuviera
-estas novelas, ¡cuán fastidiosa sería!</p>
-
-<p>—Usted disipará las dudas del general devolviéndome mi honor, mi
-honor, Miss Fly, pues de la pureza de sentimientos de usted, no creo
-que duden milord ni Sir Abraham Simpson. Yo soy el acusado, yo el
-ladrón, yo el ogro de cuentos infantiles, yo el gigantón de leyenda, yo
-el morazo de romance.</p>
-
-<p>—¿Y no os ha desafiado Simpson? —preguntó, demostrándome cuánta
-complacencia producía en su alma aquel extraño asunto.</p>
-
-<p>—Me ha mirado con altanería y díchome palabras que no le perdono.</p>
-
-<p>—Le mataréis, o al menos le heriréis gravemente, como hicisteis con
-el desvergonzado e insolente Lord Gray —dijo con extraordinaria luz
-en la mirada—. Quiero que os batáis con alguien por causa mía. Vos
-acometéis las empresas más arriesgadas por la simpatía que tienen los
-grandes corazones con los grandes peligros; habéis dado pruebas de
-aquel valor profundo y sereno cuyo arranque parte de las raíces del
-alma. Un hombre de tales condiciones no permitirá que se ponga en duda
-su dignidad, y a los que duden de ella, les convencerá con la espada en
-un abrir y cerrar de ojos.</p>
-
-<p>—La prueba más convincente, Athenais, ha de ser usted... Ahora
-pensemos en socorrer a esos infelices de Babilafuente. ¿Corre Inés
-algún peligro? ¡Loco de mí! ¡Y me estoy con esta calma! ¿Está buena?
-¿Corre algún peligro?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>—No lo sé —repuso
-con indiferencia la inglesa—. La casa en que estaban empezó a arder.</p>
-
-<p>—¡Y lo dice con esa tranquilidad!</p>
-
-<p>—En cuanto se anunció la entrada de los españoles y me vi libre,
-salí en busca del jefe. D. Carlos España me recibió con agrado, y
-no tuvo inconveniente en cederme un caballo para volver al cuartel
-general.</p>
-
-<p>—¿Santorcaz, Monsalud, Inés y demás compañía masónica habrán huido
-también?</p>
-
-<p>—No todos. El gran capitán de esta masonería ambulante está postrado
-en el lecho desde hace tres días y no puede moverse. ¿Cómo queréis que
-huya?</p>
-
-<p>—Eso es obra de Dios —dije con alegría y acelerando el paso—. Ahora
-no se me escapará. De grado o por fuerza arrancaremos a Inés de su lado
-y la enviaremos bien custodiada a Madrid.</p>
-
-<p>—Falta que quiera separarse de su padre. Vuestra dama encantada
-es una joven de miras poco elevadas, de corazón pequeño; carece de
-imaginación y de... de arranque. No ve más que lo que tiene delante.
-Es lo que yo llamo un ave doméstica. No, Sr. Araceli, no pidáis a
-la gallina que vuele como el águila. La hablaréis el lenguaje de la
-pasión, y os contestará cacareando en su corral.</p>
-
-<p>—Una gallina, señorita Athenais —le dije, entrando en el pueblo—, es
-un animal útil, cariñoso, amable, sensible, que ha nacido y vive para
-el sacrificio, pues da al hombre sus hijos, sus plumas y, finalmente,
-su vida; mientras<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> que
-un águila... pero esto es horroroso, Miss Fly... arde el pueblo por los
-cuatro costados...</p>
-
-<p>—Desde la llanura presenta Babilafuente un golpe de vista
-incomparable... Siento no haber traído mi álbum.</p>
-
-<p>Las frágiles casas se venían al suelo con estrépito. Los atribulados
-vecinos se lanzaban a la calle, arrastrando penosamente colchones,
-muebles, ropas, cuanto podían salvar del fuego, y en diversos puntos
-la multitud señalaba con espanto los escombros y maderos encendidos,
-indicando que allí debajo habían sucumbido algunos infelices. Por todas
-partes no se oían más que lamentos e imprecaciones; la voz de una
-madre preguntando por su hijo, o de los tiernos niños, desamparados y
-solos, que buscaban a sus padres. Muchos vecinos y algunos soldados y
-guerrilleros se ocupaban en sacar de las habitaciones a los que estaban
-amenazados de no poder salir, y era preciso romper rejas, derribar
-tabiques, deshacer puertas y ventanas para penetrar, desafiando las
-llamas, mientras otros se dedicaban a apagar el incendio; tarea
-difícil, porque el agua era escasa. En medio de la plaza, D. Carlos
-España daba órdenes para uno y otro objeto, descuidando por completo
-la persecución de los franceses, a quienes solamente se pudieron coger
-algunos carros. Gritaba el general desaforadamente, y su actitud y
-fisonomía eran de loco furioso.</p>
-
-<p>Miss Fly y yo echamos pie a tierra en la plaza, y lo primero que se
-ofreció a nuestra vista fue un infeliz a quien llevaban maniatado<span
-class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> cuatro guerrilleros,
-empujándole cruelmente a ratos, o arrastrándole cuando se resistía
-a seguir. Una vez que lo pusieron ante la espantosa presencia de D.
-Carlos España, este, cerrando los puños y arqueando las negras y
-tempestuosas cejas, gritó de esta manera:</p>
-
-<p>—¿Por qué me lo traen aquí?... ¡Fusilarle al momento! A estos
-canallas afrancesados que sirven al enemigo, se les aplasta cuando se
-les coge, y nada más.</p>
-
-<p>Observando las facciones de aquel hombre, reconocí al Sr. Monsalud.
-Antes de referir lo que hice entonces, diré en dos palabras por qué
-había venido a tan triste estado y funesta desventura. Sucedió que
-los pobres masones, igualmente malquistos con los franceses que
-salían y los españoles que entraban en Babilafuente, optaron, sin
-embargo, por aquellos, tratando de seguirles. Excepto Santorcaz,
-que yacía en deplorable estado, todos corrieron; pero tuvo tan
-mala suerte el travieso Monsalud, que al saltar una tapia buscando
-el camino de Villoria, le echaron el guante los guerrilleros; y
-como desgraciadamente le conocían por ciertas fechorías, ni santas
-ni masónicas, que cometiera en Béjar, al punto le destinaron al
-sacrificio, en expiación de las culpas de todos los masones y
-afrancesados de la Península.</p>
-
-<p>—Mi general —dije al conde, abriéndome paso entre la muchedumbre
-de soldados y guerrilleros—, este desgraciado es bastante tuno, y no
-dudo que ha servido a nuestros enemigos; pero yo le debo un favor, que
-estimo<span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> tanto como la
-vida, porque sin su ayuda no hubiera podido salir de Salamanca.</p>
-
-<p>—¿A qué viene ese sermón? —dijo con feroz impaciencia España.</p>
-
-<p>—A pedir a Vuecencia que le perdone, conmutándole la pena de muerte
-por otra.</p>
-
-<p>El pobre Monsalud, que estaba ya medio muerto, se reanimó, y
-mirándome con vehemente expresión de gratitud, puso toda su alma en sus
-ojos.</p>
-
-<p>—Ya vienes con boberías, ¡rayo de Dios! Araceli, te mandaré
-arrestar... —exclamó el conde haciendo extrañas gesticulaciones—. No
-se te puede resistir, joven entrometido... Quitadme de delante a ese
-sabandijo; fusiladle al momento... ¡Es preciso castigar a alguien!...
-¡a alguien!</p>
-
-<p>A pesar de esta viva crueldad, que a veces manifestaba de un modo
-imponente, España no había llegado aún a aquel grado de exaltación que
-años adelante hizo tan célebre como espantoso su nombre. Miró primero
-a la víctima, después a mí y a Miss Fly, y luego que hubo dado algún
-desahogo a su cólera con palabrotas y recriminaciones dirigidas a
-todos, dijo:</p>
-
-<p>—Bueno: que no le fusilen. Que le den doscientos palos... pero
-doscientos palos bien dados... Muchachos, os lo entrego... Allí, detrás
-de la iglesia.</p>
-
-<p>—¡Doscientos palos! —murmuró la víctima con dolor—. Prefiero que me
-den cuatro tiros. Así moriré de una vez.</p>
-
-<p>Entonces aumentó el barullo, y un guerrillero apareció diciendo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span>—Arden todas las
-sementeras y las eras del lado de Villoria, y arde también Villoruela,
-y Riolobos, y Huerta.</p>
-
-<p>Desde la plaza, abierta al campo por un costado, se distinguía la
-horrible perspectiva. Llamas vagas surgían aquí y allí del seco suelo,
-corriendo por sobre las mieses cual cabellera movible, cuyas últimas
-guedejas negruzcas se perdían en el cielo. En los puntos lejanos, las
-columnas de humo eran en mayor número, y cada una indicaba la troj o
-panera que caía bajo la planta de fuego del ejército fugitivo. Nunca
-había yo visto desolación semejante. Los enemigos, al retirarse,
-quemaban, talaban, arrancando los tiernos árboles de las huertas,
-haciendo luminarias con la paja de las eras. Cada paso suyo aplastaba
-una cabaña, talaba una mies, y su rencoroso aliento de muerte destruía
-como la cólera de Dios. El rayo, el pedrisco, el simún, la lluvia y el
-terremoto, obrando de consuno, no habrían hecho tantos estragos en poco
-tiempo. Pero el rayo y el simoun, todas las iras del cielo juntas, ¿qué
-significan comparadas con el despecho de un ejército que se retira?
-Fiero animal herido, no tolera que nada viva detrás de sí.</p>
-
-<p>D. Carlos España tomó una determinación rápida.</p>
-
-<p>—A Villoria, a Villoria sin descansar —gritó montando a caballo—.
-Sr. D. Julián Sánchez, a ver si les cogemos. Además hay que auxiliar
-también a esos otros pueblos.</p>
-
-<p>Las órdenes corrieron al momento, y parte<span class="pagenum"
-id="Page_249">p. 249</span> de los guerrilleros con dos regimientos de
-línea se aprestaron a seguir a D. Carlos.</p>
-
-<p>—Araceli —me dijo este—, quédate aquí aguardando mis órdenes. En
-caso de que lleguen hoy los ingleses, sigues hacia Villoria; pero entre
-tanto aquí... Apagar el fuego lo que se pueda; salvar la gente que se
-pueda, y si se encuentran víveres...</p>
-
-<p>—Bien, mi general.</p>
-
-<p>—Y a ese bribón que hemos cogido, cuidado como le perdones un solo
-palo. Doscientos cabalitos y bien aplicados. Adiós. Mucho orden, y...
-ni uno menos de doscientos.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch28">
- <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2>
-</div>
-
-
-<p>Cuando me vi dueño del pueblo y al frente de la tropa y guerrillas
-que trabajaban en él empecé a dictar órdenes con la mayor actividad.
-Excuso decir que la primera fue para librar a Monsalud del horrible
-tormento y descomunal castigo de los palos; mas cuando llegué al sitio
-de la lamentable escena, ya le habían aplicado veintitrés cataplasmas
-de fresno, con cuyos escozores estaba el infeliz a punto de entregar
-rabiando su alma al Señor. Suspendí el tormento, y aunque más parecía
-muerto que vivo, aseguráronme que no iría de aquella, por ser los
-masones gentes de siete vidas como los gatos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>Miss Fly me
-indicó sin pérdida de tiempo la casa que servía de asilo a Santorcaz,
-una de las pocas que apenas habían sido tocadas por las llamas.
-Vociferaban a la puerta algunas mujeres y aldeanos, acompañados de dos
-o tres soldados, esforzándose las primeras en demostrar, con toda la
-elocuencia de su sexo, que allí dentro se guarecía el mayor pillo que
-desde muchos años se había visto en Babilafuente.</p>
-
-<p>—El que llevaron a la plaza —decía una vieja—, es un santo del cielo
-comparado con este que aquí se esconde, el capitán general de todos
-esos luciferes.</p>
-
-<p>—Como que hasta los mismos franceses les dan de lado. Diga usted,
-señá Frasquita, ¿por qué llaman masones a esta gente? A fe que no
-entiendo el <i>voquible</i>.</p>
-
-<p>—Ni yo; pero basta saber que son muy malos, y que andan de compinche
-con los franceses para quitar la religión y cerrar las iglesias.</p>
-
-<p>—Y los tales, cuando entran en un pueblo, apandan todas las
-doncellas que encuentran. Pues digo: también hay que tener cuidado con
-los niños, que se los roban para criarles a su antojo, que es en la fe
-de Majoma.</p>
-
-<p>Los soldados habían empezado a derribar la puerta, y las mujeres
-les animaban, por la mucha inquina que había en el pueblo contra los
-masones. Ya vimos lo que le pasó a Monsalud. Seguramente Santorcaz,
-con ser el pontífice máximo de la secta trashumante, no habría salido
-mejor librado si en aquella<span class="pagenum" id="Page_251">p.
-251</span> ocasión no hubiese llegado yo. Luego que la puerta cediera
-a los recios golpes y hachazos, ordené que nadie entrase por ella;
-dispuse que los soldados, custodiando la entrada, contuvieran y
-alejasen de allí a las mujeres chillonas y procaces, y subí. Atravesé
-dos o tres salas, cuyos muebles en desorden anunciaban la confusión de
-la huida. Todas las puertas estaban abiertas, y libremente pude avanzar
-de estancia en estancia hasta llegar a una pequeña y oscura, donde vi a
-Santorcaz y a Inés: él tendido en miserable lecho; ella al lado suyo,
-tan estrechamente abrazados los dos, que sus figuras se confundían en
-la penumbra de la sala. Padre e hija estaban aterrados, trémulos, como
-quien de un momento a otro espera la muerte, y se habían abrazado para
-aguardar juntos el trance terrible. Al conocerme, Inés dio un grito de
-alegría.</p>
-
-<p>—Padre —exclamó—, no moriremos. Mira quién está aquí.</p>
-
-<p>Santorcaz fijó en mí los ojos, que lucían como dos ascuas en el
-cadavérico semblante, y con voz hueca, cuyo timbre heló mi sangre,
-dijo:</p>
-
-<p>—¿Vienes por mí, Araceli? ¿Ese tigre carnicero que os manda te envía
-a buscarme porque los oficiales del matadero están ya sin trabajo?...
-Ya despacharon a Monsalud; ahora a mí...</p>
-
-<p>—No matamos a nadie —respondí acercándome.</p>
-
-<p>—No nos matarán —exclamó Inés derramando lágrimas de gozo—. Padre,
-cuando<span class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> esos bárbaros
-daban golpes a la puerta; cuando esperábamos verles entrar armados de
-hachas, espadas, fusiles y guillotinas para cortarnos la cabeza, como
-dices que hacían en París, ¿no te dije que había creído escuchar la voz
-de Araceli? Le debemos la vida.</p>
-
-<p>El masón clavaba en mí sus ojos, mirándome cual si no estuviera
-seguro de que era yo. Su fisonomía estaba en extremo descompuesta:
-hundidos los ojos dentro de las cárdenas órbitas, crecida la barba,
-lustrosa y amarilla la frente. Parecía que habían pasado por él diez
-años desde las escenas de Salamanca.</p>
-
-<p>—Nos perdonan la vida —dijo con desdén—. Nos perdonan la vida cuando
-me ven enfermo y achacoso, sin poder moverme de este lecho, donde me ha
-clavado mi enfermedad. El conde de España, ¿va a subir aquí?</p>
-
-<p>—El conde de España se ha ido de Babilafuente.</p>
-
-<p>Cuando dije esto, el anciano respiró como si le quitaran de
-encima enorme peso. Incorporose ayudado por su hija, y sus facciones
-contraídas por el terror, se serenaron un poco.</p>
-
-<p>—¿Se ha marchado ese verdugo... hacia Villoria?... Entonces
-escaparemos por... por... Y los ingleses, ¿dónde están?</p>
-
-<p>—Si se trata de escapar, en todas partes hay quien lo impida. Se
-acabaron las correrías por los pueblos.</p>
-
-<p>—De modo que estoy preso —exclamó con estupor—. ¡Soy prisionero
-tuyo, prisionero de...! ¡Me has cogido como se coge a un ratón<span
-class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> en la trampa, y tengo que
-obedecerte y seguirte tal vez!</p>
-
-<p>—Sí: preso hasta que yo quiera.</p>
-
-<p>—Y harás de mí lo que se te antoje, como un chiquillo sin piedad que
-martiriza al león en su jaula, porque sabe que este no puede hacerle
-daño.</p>
-
-<p>—Haré lo que debo, y ante todo...</p>
-
-<p>Santorcaz, al ver que fijé los ojos en su hija, estrechola de nuevo
-en sus brazos, gritando:</p>
-
-<p>—No la separarás de mí, sino matándola, ruin y miserable verdugo...
-¿Así pagas el beneficio que en Salamanca te hice?... Manda a tus
-bárbaros soldados que nos fusilen; pero no nos separes.</p>
-
-<p>Miré a Inés, y vi en ella tanto cariño, tan franca adhesión al
-anciano, tanta verdad en sus demostraciones de afecto filial, que hube
-de cortar el vuelo a mi violenta determinación.</p>
-
-<p>«Aquí encuentro un sentimiento cuya existencia no sospechaba
-—dije para mí—; un sentimiento grande, inmenso, que se me revela de
-improviso, y que me espanta, me detiene y me hace retroceder. He creído
-caminar por sendero continuado y seguro, y he llegado a un punto en que
-el sendero acaba y empieza el mar. No puedo seguir... ¿Qué inmensidad
-es esta que ante mí tengo? Este hombre será un malvado; será carcelero
-de la infeliz niña; será un enemigo de la sociedad, un agitador,
-un loco que merece ser exterminado; pero aquí hay algo más. Entre
-estos dos seres, entre estas dos criaturas tan distintas, la una tan
-buena,<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> la otra odiosa
-y odiada, existe un lazo que yo no debo ni puedo romper, porque es obra
-de Dios. ¿Qué haré?...»</p>
-
-<p>A estas reflexiones sucedieron otras de igual índole; mas no me
-llevaron a ninguna afirmación categórica respecto a mi conducta,
-y me expresé de este modo, que me pareció el más apropiado a las
-circunstancias:</p>
-
-<p>—Si usted varía de conducta, podrá tal vez vivir cerca, cuando no al
-lado de su hija, y verla y tratarla.</p>
-
-<p>—¡Variar de conducta!... ¿Y quién eres tú, mancebo ignorante,
-para decirme que varíe de conducta, y dónde has aprendido a juzgar
-mis acciones? Estás lleno de soberbia porque el despotismo te ha
-enmascarado con esa librea, y puesto esas charreteras que no sirven
-sino para marcar la jerarquía de los distintos opresores del pueblo...
-¡Qué sabes tú lo que es conducta, necio! Has oído hablar a los frailes
-y a D. Carlos España, y crees poseer toda la ciencia del mundo.</p>
-
-<p>—Yo no poseo ciencia alguna —respondí exasperado—; ¿pero se puede
-consentir que criaturas inocentes, honradas, dignas por todos conceptos
-de mejor suerte, vivan con tales padres?</p>
-
-<p>—Y a ti, extraño a ella, extraño a mí, ¿qué te importa ni qué te va
-en esto? —exclamó agitando sus brazos y golpeando con ellos las ropas
-del desordenado lecho.</p>
-
-<p>—Sr. Santorcaz, acabemos. Dejo a usted en libertad para ir a donde
-mejor le plazca. Me comprometo a garantizarle la mayor seguridad<span
-class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> hasta que se halle
-fuera del país que ocupa el ejército aliado. Pero esta joven es mi
-prisionera, y no irá sino a Madrid al lado de su madre. Si han nacido
-por fortuna en usted sentimientos tiernos que antes no conocía, yo
-aseguro que podrá ver a su hija en Madrid siempre que lo solicite.</p>
-
-<p>Al decir esto miré a Inés, que con extraordinario estupor dirigía
-los ojos a mí y a su padre alternativamente.</p>
-
-<p>—Eres un loco —dijo D. Luis—. Mi hija y yo no nos separaremos.
-Háblale a ella de este asunto, y verás cómo se pone... En fin, Araceli,
-¿nos dejas escapar, sí o no?</p>
-
-<p>—No puedo detenerme en discusiones. Ya he dicho cuanto tenía que
-decir. Entre tanto, quedarán en la casa, y nadie se atreverá a hacerles
-daño.</p>
-
-<p>—¡Preso, cogido, Dios mío! —clamó Santorcaz antes afligido que
-colérico, y llorando de desesperación—. ¡Preso, cogido por esta
-soldadesca asalariada a quien detesto; preso antes de poder hacer nada
-de provecho, antes de descargar un par de buenos y seguros golpes!...
-¡Esto es espantoso! Soy un miserable... no sirvo para nada... lo he
-dejado todo para lo último... me he ocupado en tonterías... Lo grave,
-lo formal es destruir todo lo que se pueda, ya que seguramente nada
-existe aquí digno de conservarse.</p>
-
-<p>—Tenga usted calma, que el estado de ese cuerpo no es a propósito
-para reformar el linaje humano.</p>
-
-<p>—¿Crees que estoy débil, que no puedo levantarme? —gritó<span
-class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span> intentando incorporarse con
-esfuerzos dolorosos—. Todavía puedo hacer algo... esto pasará... no es
-nada... aún tengo pulso... ¡Ay! en lo sucesivo no perdonaré a nadie.
-Todo aquel que caiga bajo mi mano, perecerá sin remedio.</p>
-
-<p>Inés le ponía las manos en los hombros para obligarle a estarse
-quieto, y recogía la ropa de abrigo, que los movimientos del enfermo
-arrojaban a un lado y otro.</p>
-
-<p>—¡Preso, cogido como un ratón! —prosiguió este—. Es para volverse
-loco... ¡Cuando había fundado treinta y cuatro logias, en que se
-afiliaba lo más selecto, lo más atrevido y lo más revoltoso, es
-decir, lo mejor y lo más malo de todo el país!... ¡Oh! ¡esos indignos
-franceses me han hecho traición! Les he servido, y este es el pago...
-Araceli, ¿dices que estoy preso, que me llevarán a la cárcel de
-Madrid, a Ceuta tal vez?... ¡Maldigo la infame librea del despotismo
-que vistes! ¡Ceuta!... Bueno: me escaparé como la otra vez... mi hija
-y yo nos escaparemos. Aún tengo agilidad, aliento, brío; todavía soy
-joven... ¡Caer en poder de estos verdugos con charreteras, cuando me
-creía libre para siempre y tocaba los resaltados de mi obra de tantos
-años!... Porque sí, no sois más que verdugos con charreteras, grados y
-falsos y postizos honores. ¡Mujeres de la tierra, parid hijos para que
-los nobles les azoten, para que los frailes les excomulguen, y para que
-estos sayones los maten!... ¡Bien lo he dicho siempre! La masonería no
-debe tener entrañas; debe ser cruel, fría, pesada, abrumadora, como el
-hacha del<span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> verdugo...
-¿Quién dice que yo estoy enfermo, que yo soy débil, que me voy a morir,
-que no puedo levantarme más?... Es mentira, cien veces mentira...
-Me levantaré, y ¡ay del que se me ponga delante! Araceli, cuidado,
-cuidado, aprendiz de verdugo... Todavía...</p>
-
-<p>Siguió hablando algún tiempo más; pero le faltaba gradualmente el
-aliento, y las palabras se confundían y desfiguraban en sus labios.
-Al fin no oíamos sino mugidos entrecortados y guturales, que nada
-expresaban. Su respiración era fatigosa; había cerrado los ojos; pero
-los abría de cuando en cuando con la súbita agitación de la fiebre.
-Toqué sus manos y despedían fuego.</p>
-
-<p>—Este hombre está muy malo —dije a Inés, que me miraba con
-perplejidad.</p>
-
-<p>—Lo sé; pero en esta casa no hay nada, ni tenemos remedios, ni
-comida; en una palabra, nada.</p>
-
-<p>Llamando a mi asistente, que estaba en la calle, le di orden de que
-proporcionase a Inés cuanto fuese preciso y existiera en el lugar.</p>
-
-<p>—Mi asistente no se separará de aquí mientras lo necesites —dije a
-mi amiga—. La puerta se cerrará. Puedes estar tranquila. En todo el día
-no saldremos de aquí. Adiós: me voy a la plaza; pero volveré pronto,
-porque tenemos que hablar, mucho que hablar.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch29">
- <p><span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2>
-</div>
-
-<p>Al volver, la encontré sentada junto al lecho del enfermo, a quien
-fijamente miraba. Volviendo la cabeza, indicome con un signo que no
-debía hacer ruido. Levantose luego, acercó su rostro al de Santorcaz,
-y cerciorada de que permanecía en completo y bienhechor reposo, se
-dispuso a salir del cuarto. Juntos fuimos al inmediato, no cerrando
-sino a medias la puerta, para poder vigilar al desgraciado durmiente, y
-nos sentamos el uno frente al otro. Estábamos solos, casi solos.</p>
-
-<p>—¿Has tenido nuevas noticias de mi madre? —me preguntó muy
-conmovida.</p>
-
-<p>—No; pero pronto la veremos...</p>
-
-<p>—¡Aquí, Dios mío! Tanta felicidad no es para mí.</p>
-
-<p>—Le escribiré hoy diciendo que te he encontrado y que no te me
-escaparás. Le diré que venga al instante a Salamanca.</p>
-
-<p>—¡Oh! Gabriel... haces precisamente lo mismo que yo deseaba, lo que
-deseaba hace tanto tiempo... Si hubieras sido prudente en Salamanca, y
-me hubieras oído antes de...</p>
-
-<p>—Querida mía, tienes que explicarme muchas cosas que no he entendido
-—le dije con amor.</p>
-
-<p>—¿Y tú a mí? Tú sí que tienes necesidad<span class="pagenum"
-id="Page_259">p. 259</span> de explicarte bien. Mientras no lo hagas,
-no esperes de mí una palabra, ni una sola.</p>
-
-<p>—Hace seis meses que te busco, alma mía; seis meses de fatigas, de
-penas, de ansiedad, de desesperación... ¡Cuánto me hace trabajar Dios
-antes de concederme lo que me tiene destinado! ¡Cuánto he padecido por
-ti, cuánto he llorado por ti! Dios sabe que te he ganado bien.</p>
-
-<p>—Y durante ese tiempo —preguntó con graciosa malicia—, ¿te ha
-acompañado esa señora inglesa, que te llama su caballero y que me ha
-vuelto loca a preguntas?</p>
-
-<p>—¿A preguntas?</p>
-
-<p>—Sí: quiere saberlo todo, y para cerrarle el pico he necesitado
-decirle cómo y cuándo nos conocimos. Lo que se refiere a mí le importa
-poco; tu vida es lo que le interesa: me ha mareado tanto deseando saber
-las locuras y sublimidades que has hecho por esta infeliz, que no he
-podido menos de divertirme a costa suya...</p>
-
-<p>—Bien hecho, amada mía.</p>
-
-<p>—¡Qué orgullosa es!... Se ríe de cuanto hablo, y, según ella, no
-abro la boca más que para decir vulgaridades. Pero la he castigado...
-Como insistiese en conocer tus empresas amorosas, le he dicho que
-después de Bailén quisieron robarme veinticinco hombres armados, y que
-tú solo les matastes a todos.</p>
-
-<p>Inés sonreía tristemente, y yo sofocaba la risa.</p>
-
-<p>—También le dije que en El Pardo, para<span class="pagenum"
-id="Page_260">p. 260</span> poder hablarme, te disfrazaste de duque,
-siendo tal el poder de la falsa vestimenta, que engañaste a toda la
-Corte y te presentaron al Emperador Napoleón, el cual se encerró
-contigo en su gabinete y te confió el plan de su campaña contra el
-Austria.</p>
-
-<p>—Así te vengas tú —dije encantado de la malicia de mi pobre amiga—.
-Dame un abrazo, chiquilla, un abrazo o me muero.</p>
-
-<p>—Así me vengo yo. También le dije que estando en Aranjuez pasabas
-el Tajo a nado todas las noches para verme; que en Córdoba entraste
-en el convento y maniataste a todas las monjas para robarme; que otra
-vez anduviste ochenta leguas a caballo para traerme una flor; que te
-batiste con seis generales franceses porque me habían mirado, con otras
-mil heroicidades, acometimientos y amorosas proezas que se me vinieron
-a la memoria a medida que ella me hacía preguntas. Eh, caballerito, no
-dirá usted que no cuido de su reputación... Te he puesto en los cuernos
-de la luna... Puedes creer que la inglesa estaba asombrada. Me oía con
-toda su hermosa boca abierta... ¿Qué crees? Te tiene por un Cid, y ella
-cuando menos se figura ser la misma Doña Jimena.</p>
-
-<p>—¡Cómo te has burlado de ella! —exclamé acercando mi silla a la de
-Inés—. ¿Pero has tenido celos?... Dime si has tenido celos para estarme
-riendo tres días...</p>
-
-<p>—Caballero Araceli —dijo arrugando graciosamente el ceño—, sí, los
-he tenido y los tengo...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span>—¡Celos de esa
-loca! —contesté riendo y el alma inundada de regocijo—. Inés de mi
-vida, dame un abrazo.</p>
-
-<p>Las lindas manecitas de la muchacha se sacudían delante de mí, y
-me azotaban el rostro al acercarme. Yo, pillándolas al vuelo, se las
-besaba.</p>
-
-<p>—Inesilla, querida mía, dame un abrazo... o te como.</p>
-
-<p>—Hambriento estás.</p>
-
-<p>—Hambriento de quererte, esposa mía. ¿Te parece...? Seis meses
-amando a una sombra. ¿Y tú?...</p>
-
-<p>Yo no sabía qué decir. Estaba hondamente conmovido. Mi desgraciada
-amiga quiso disimular su emoción; pero no pudo atajar el torrente de
-lágrimas que pugnaba por salir de sus ojos.</p>
-
-<p>—No te acuerdes de esa mujer, si no quieres que me enfade. ¿Es
-posible que tú, con la elevación de tu alma, con tu penetración
-admirable, hayas podido...?</p>
-
-<p>—No, no lloro por eso, querido amigo mío —me dijo mirándome con
-profundo afecto—. Lloro... no sé por qué. Creo que de alegría.</p>
-
-<p>—¡Oh! Si Miss Fly estuviera aquí, si nos viera juntos, si viera
-cómo nos amamos por bendición especial de Dios, si viera este cariño,
-superior a las contrariedades del mundo, comprendería cuánta diferencia
-hay de sus chispazos poéticos a esta fuente inagotable del corazón, a
-esta luz divina en que se gozan nuestras almas, y se gozarán por los
-siglos de los siglos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span>—No me nombres a
-Miss Fly... Si en un momento me afligió el conocerla, ya no hago caso
-de ella... —dijo secando sus lágrimas—. Al principio, francamente...
-tuve dudas, más que dudas, celos; pero al tratarla de cerca se
-disiparon. Sin embargo, es muy hermosa, más hermosa que yo.</p>
-
-<p>—Ya quisiera parecerse a ti. Es un marimacho.</p>
-
-<p>—Es además muy rica, según ella misma dice. Es noble... Pero a pesar
-de todos sus méritos, Miss Fly me causaba risa, no sé por qué. Yo
-reflexionaba y decía: «Es imposible, Dios mío. No puede ser... Caerán
-sobre mí todas las desgracias menos esta...» ¡Oh! esta sí que no la
-hubiera soportado.</p>
-
-<p>—¡Qué bien pensaste! Te reconozco, Inés. Reconozco tu grande alma.
-Duda de todo el mundo, duda de lo que ven tus ojos; pero no dudes de
-mí, que te adoro.</p>
-
-<p>—Mi corazón se desborda... —exclamó oprimiéndose el seno con una
-mano que se escapó de entre las mías—. Hace tiempo que deseaba llorar
-así... delante de ti... ¡Bendito sea Dios que empieza a hacer caso de
-lo que le he dicho!</p>
-
-<p>—Inés, yo también he tenido celos, queridita; celos de otra clase,
-pero más terribles que los tuyos.</p>
-
-<p>—¿Por qué? —dijo mirándome con severidad.</p>
-
-<p>—¡Pobre de mí!... Yo me acordaba de tu buena madre y decía
-mirándote: «Esta pícara ya no nos quiere.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>—¿Que no os
-quiero?</p>
-
-<p>—Alma mía, ahora te pregunto como a los niños. ¿A quién quieres
-tú?</p>
-
-<p>—A todos —contestó con resolución.</p>
-
-<p>Esta respuesta, tan concisa como elocuente, me dejó confuso.</p>
-
-<p>—A todos —repitió—. Si no te creyera capaz de comprenderlo así,
-¡cuán poco valdrías a mis ojos!</p>
-
-<p>—Inés, tú eres una criatura superior —afirmé con verdadero
-entusiasmo—. Tú tienes en tu alma mayor porción de aliento divino que
-los demás. Amas a tus enemigos, a tus más crueles enemigos.</p>
-
-<p>—Amo a mi padre —dijo con entereza.</p>
-
-<p>—Sí; pero tu padre...</p>
-
-<p>—Vas a decir que es un malvado, y no es verdad. Tú no le conoces.</p>
-
-<p>—Bien, amiga mía, creo lo que me dices; pero las circunstancias en
-que has ido a poder de ese hombre no son las más a propósito para que
-le tomaras gran cariño...</p>
-
-<p>—Hablas de lo que no entiendes. Si yo te dijera una cosa...</p>
-
-<p>—Espera... déjame acabar... Yo sé lo que vas a decir. Es que has
-encontrado en él, cuando menos lo esperabas, un noble y profundo cariño
-paternal.</p>
-
-<p>—Sí; pero he encontrado algo más.</p>
-
-<p>—¿Qué?</p>
-
-<p>—La desgracia. Es el hombre más desdichado, más sin ventura que
-existe en el mundo.</p>
-
-<p>—Es verdad: la nobleza de tu alma no tiene<span class="pagenum"
-id="Page_264">p. 264</span> fin... pero dime: seguramente no
-hallarán eco en ella los sentimientos de odio ni el frenesí de este
-desgraciado.</p>
-
-<p>—Yo espero reconciliarle —dijo sencillamente— con los que odia,
-o aparenta odiar, pues su cólera ante ciertas personas no brota del
-corazón.</p>
-
-<p>—¡Reconciliarle! —repetí con verdadero asombro—. ¡Oh! Inés: si tal
-hicieras; si tan grande objeto lograras tú con la sola fuerza de tu
-dulzura y de tu amor, te tendría por la más admirable persona de todo
-el mundo... Pero debe haber ocurrido entre ti y él mucho que ignoro,
-querida mía. Cuando te viste arrebatada por ese hombre de los brazos de
-tu madre enferma, ¿no sentiste...?</p>
-
-<p>—Un horror, un espanto... no me recuerdes eso, amiguito, porque me
-estremezco toda... ¡Qué noche, qué agonía! Yo creí morir, y en verdad
-pedía la muerte... Aquellos hombres... todos me parecían negros,
-con el pelo erizado y las manos como garfios... aquellos hombres me
-encerraron en un coche. Encarecerte mi miedo, mis súplicas, aquel
-continuo llorar mío durante no sé cuántos días, sería imposible. Unas
-veces, desesperada y loca, les decía mil injurias; otras pedíales de
-rodillas mi libertad. Durante mucho tiempo me resistí a tomar alimento,
-y también traté de escaparme... Imposible, porque me guardaban muy
-bien... Después de algunos días de marcha, fuéronse todos, y él quedó
-solo conmigo en un lugar que llaman Cuéllar.</p>
-
-<p>—¿Y te maltrató?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span>—Jamás: al
-principio me trataba con aspereza; pero luego, mientras más me
-ensoberbecía yo, mayor era su dulzura. En Cuéllar me dijo que nunca
-volvería a ver a mi madre, lo cual me causó tal desesperación y
-angustia, que aquella noche intenté arrojarme por la ventana al campo.
-El suicidio, que es tan gran pecado, no me aterraba... Trájome en
-seguida a Salamanca, y allí le oí repetir que jamás vería a mi madre.
-Entonces advertí que mis lágrimas le conmovían mucho... Un día, después
-que largo rato disputamos y vociferamos los dos, púsose de rodillas
-delante de mí, y besándome las manos me dijo que él no era un hombre
-malo.</p>
-
-<p>—¿Y tú sospechabas algo de tu parentesco con él?</p>
-
-<p>—Verás... Yo le respondí que le tenía por el más malo, el más
-abominable ser de toda la tierra, y entonces fue cuando me dijo que era
-mi padre... Esta revelación me dejó tan suspensa, tan asombrada, que
-por un instante perdí el sentido... Tomome en sus brazos, y durante
-largo rato me prodigó mil caricias... Yo no lo quería creer... En
-lo íntimo de mi alma acusé a Dios por haberme hecho nacer de aquel
-monstruo... Después, como advirtiese mi duda, mostrome un retrato de mi
-madre y algunas cartas que escogió entre muchas que tenía... Yo estaba
-medio muerta... aquello me parecía un sueño. En la angustia y turbación
-de tan dolorosa escena, fijé la vista en su rostro y un grito se escapó
-de mis labios.</p>
-
-<p>—¿No le habías observado bien?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span>—Sí: yo había
-notado cierto incomprensible misterio en su fisonomía; pero hasta
-entonces no vi... no vi que su frente era mi frente, que sus ojos eran
-mis ojos. Aquella noche me fue imposible dormir: entrome una fiebre
-terrible, y me revolvía en el lecho, creyéndome rodeada de sombras
-o demonios que me atormentaban. Cuando abría los ojos, le hallaba
-sentado a mis pies, sin apartar de mí su mirada penetrante que me hacía
-temblar. Me incorporé y le dije: «¿Por qué aborrece usted a mi querida
-madre?» Besándome las manos me contestó: «Yo no la aborrezco; ella es
-la que me aborrece a mí. Por haberla amado, soy el más infeliz de los
-hombres; por haberla amado, soy este oscuro y despreciado satélite de
-los franceses que en mí ves; por haberla adorado, te causo espanto hoy
-en vez de amor.» Entonces yo le dije: «Grandes maldades habrá hecho
-usted con mi madre, para que ella le aborrezca.» No me contestó... Se
-esforzaba en calmar mi agitación, y desde aquella noche hasta el fin de
-la enfermedad que padecí, no se apartó de mi lado ni un momento. Cuanto
-puede inventarse para distraer a una criatura triste y enferma, él lo
-inventó: contábame historias, unas alegres, otras terribles, todas
-de su propia vida, y finalmente refiriome lo que más deseaba conocer
-de esta... Yo temblaba a cada palabra. Había empezado a inspirarme
-tanta compasión, que a ratos le suplicaba que callase y no dijese más.
-Poco a poco fui perdiéndole el miedo: me causaba cierto respeto; pero
-amarle... ¡eso imposible!...<span class="pagenum" id="Page_267">p.
-267</span> Yo no cesaba de afirmar que no podía vivir lejos de mi
-madre, y esto, si le enfurecía de pronto, era motivo después para
-que redoblase sus cariños y consideraciones conmigo. Su empeño era
-siempre convencerme de que nadie en el mundo me quería como él. Un
-día, impaciente y acongojada por el largo encierro, le hablé con mucha
-dureza; él se arrojó a mis pies, pidiome perdón del gran daño que me
-había causado, y lloró tanto, tanto...</p>
-
-<p>—¿Ese hombre ha derramado una lágrima? —dije con sorpresa—. ¿Estás
-segura? Jamás lo hubiera creído.</p>
-
-<p>—Tantas y tan amargas derramó, que me sentí, no ya compasiva,
-sino también enternecida. Mi corazón no nació para el odio: nació
-para responder a todos los sentimientos generosos, para perdonar y
-reconciliar. Tenía delante de mí a un hombre desgraciado, a mi propio
-padre, solo, desvalido, olvidado; recordaba algunas palabras oscuras
-y vagas de mi madre acerca de él, que me parecían un poco injustas.
-Lástima profunda oprimía mi pecho: la adoración, la loca idolatría
-que aquel infeliz sentía por mí, no podían serme indiferentes, no,
-de ningún modo, a pesar del daño recibido. Le dije entonces cuantas
-palabras de consuelo se me ocurrieron, y el pobrecito me las agradeció
-tanto, ¡tantísimo...! Por la primera vez en su vida era feliz.</p>
-
-<p>—¡Ángel del cielo —exclamé con viva emoción—, no digas más! Te
-comprendo y te admiro.</p>
-
-<p>—Suplicome entonces que le tratase con la<span class="pagenum"
-id="Page_268">p. 268</span> mayor confianza; que le dijese <i>padre</i>
-y <i>tú</i> al uso de Francia, con lo cual experimentaría gran
-consuelo, y así lo hice. Ese hombre terrible que espanta a cuantos le
-oyen y no habla más que de exterminar y de destruir, temblaba como un
-niño al escuchar mi voz; y olvidado de la guillotina, de los nobles, y
-de lo que él llamaba el <i>estado llano</i>, estaba horas enteras en
-éxtasis delante de mí. Entonces formé mi proyecto, aunque no le dije
-nada, esperando que el dominio que ejercía sobre él llegase al último
-grado.</p>
-
-<p>—¿Qué proyecto?</p>
-
-<p>—Volver aquel cadáver a la vida; volverle al mundo, a la familia;
-desatar aquel corazón de la rueda en que sufría tormento; sacar del
-infierno aquel infeliz réprobo, y extirpar en su alma el odio que le
-consumía. Durante algún tiempo, no hablé de volver al lado de mi madre,
-ni me quejé de la larga y triste soledad, antes bien aparecía sumisa y
-aun contenta. Entonces emprendimos esos horribles viajes para fundar
-logias; empezó la compañía de esos hombres aborrecidos, y no pude
-disimular mi disgusto. Cuando hablábamos los dos a solas, él se reía
-de las prácticas masónicas, diciendo que eran simples y tontas, aunque
-necesarias para subyugar a los pueblos. Su odio a los nobles, a los
-frailes y a los reyes continuaba siempre muy vivo; pero al hablar de mi
-madre, la nombraba siempre con reserva y también con emoción. Esto era
-señal lisonjera, y un principio de conformidad con mi ardiente deseo.
-Yo se<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span> lo agradecí, y
-se lo pagué mostrándome más cariñosa con él; pero siempre reservada.
-Los repetidos viajes, las logias y los compañeros de masonería, me
-inspiraban repugnancia, hastío y miedo. No se lo oculté, y él me decía:
-«Esto acabará pronto. No conquistaré a los necios sino con esta farsa;
-y como los franceses se establezcan en España, verás la que armo...»
-«Padre —le decía yo—, no quiero que armes cosas malas ni que mates a
-nadie, ni que te vengues. La venganza y la crueldad son propias de
-almas bajas.» Él me ponderaba las injusticias y picardías que rigen a
-la sociedad de hoy, asegurando que es preciso volver todo del revés,
-para lo cual conviene empezar por destruirlo todo. ¡Cuánto hemos
-hablado de esto! Por último, tales horrores han dejado de asustarme.
-Tengo la convicción de que mi pobre padre no es cruel ni sanguinario
-como parece...</p>
-
-<p>—Así será, pues tú lo dices.</p>
-
-<p>—Estábamos en Valladolid, cuando cayó enfermo, muy enfermo.
-Un afamado médico de aquella ciudad me dijo que no viviría mucho
-tiempo. Él, sin embargo, siempre que experimentaba algún alivio, se
-creía restablecido por completo. En uno de sus más graves ataques,
-hallándonos en Salamanca, me dijo: «Te robé, hija mía, para hacerte
-instrumento de la horrible cólera que me enardece. Pero Dios, que
-no consiente sin duda la perdición de mi alma, me ha llenado de un
-profundo y celeste amor que antes no conocía. Has sido para mí el ángel
-de la guarda, la imagen viva<span class="pagenum" id="Page_270">p.
-270</span> de la bondad divina, y no solo me has consolado, sino que
-me has convertido. Bendita seas mil veces por esta savia nueva que has
-dado a mi triste vida. Pero he cometido un crimen: tú no me perteneces;
-entré como un ladrón en el huerto ajeno, y robé esta flor... No, no
-puedo retenerte ni un momento más al lado mío contra tu gusto.» El
-infeliz me decía esto con tanta sinceridad, que me sentí inclinada
-a amarle más. Luego siguió diciéndome: «Si tienes compasión de mí;
-si tu alma generosa se resiste a dejarme en esta soledad, enfermo y
-aborrecido, acompáñame y asísteme; pero que sea por voluntad tuya y no
-por violencia mía. Déjame que te bese mil veces, y márchate después
-si no quieres estar a mi lado.» No le contesté de otro modo que
-abrazándole con todas mis fuerzas y llorando con él. ¿Qué podía, qué
-debía hacer?</p>
-
-<p>—Quedarte.</p>
-
-<p>—Aquella era la ocasión más propia para confiarle mis deseos.
-Después de repetir que no le abandonaría, díjele que debía
-reconciliarse con mi madre. Recibió al principio muy mal la
-advertencia; mas tanto rogué y supliqué, que al fin consintió en
-escribir una carta. Empecela yo, y como en ella pusiera no recuerdo qué
-palabras pidiendo perdón, enfureciose mucho, y dijo: «¿Pedir perdón,
-pedirle perdón? Antes morir.» Por último, quitando y poniendo frases,
-di fin a la epístola; mas al día siguiente le vi bastante cambiado en
-sus disposiciones conciliadoras; y ¿qué creerás, amigo mío?... Pues
-rompió la carta, diciéndome:<span class="pagenum" id="Page_271">p.
-271</span> «Más adelante la escribiremos, más adelante. Aguardemos un
-poco.» Esperé con santa resignación; y hallándonos en Plasencia, hice
-una nueva tentativa. Él mismo escribió la carta, empleando en ella no
-menos de cuatro horas; y ya la íbamos a enviar a su destino, cuando
-uno de esos aborrecidos hombres que le acompañan entró diciéndole que
-la policía francesa le buscaba y le perseguía por gestiones de una
-alta señora de Madrid. ¡Ay, Gabriel! Cuando tal supo, renovose en
-él la cólera y amenazó a todo el género humano. No necesito decirte
-que ni enviamos la carta, ni habló más del asunto en algunos días.
-Pero yo insistía en mi propósito. Al volver a Salamanca le manifesté
-la necesidad de la reconciliación: enfadose conmigo; díjele que me
-marcharía a Madrid: abrazome, lloró, gimió, arrojose a mis pies como
-un insensato, y al fin, hijo, al fin escribimos la tercera carta: la
-escribí yo misma. Por último, mi adorada madre iba a saber noticias de
-su pobre hija. ¡Ay! aquella noche mi padre y yo charlamos alegremente;
-hicimos dulces proyectos; maldijimos juntos a todos los masones de la
-tierra, a las revoluciones y a las guillotinas habidas y por haber;
-nos regocijamos con supuestas felicidades que habían de venir; nos
-contamos el uno al otro todas las penas de nuestra pasada vida... pero
-al siguiente día...</p>
-
-<p>—Me presenté yo... ¿no es eso?</p>
-
-<p>—Eso es... Ya conoces su carácter... Cuando te vio y conoció que
-ibas enviado por mi madre, cuando le injuriaste... Su ira era tan<span
-class="pagenum" id="Page_272">p. 272</span> fuerte aquel día, que me
-causó miedo. «Ahí lo tienes —decía—: yo me dispongo a ser bueno con
-ella, y ella envía contra mí la policía francesa para mortificarme y
-un ladrón para privarme de tu compañía. Ya lo ves: es implacable... A
-Francia, nos iremos a Francia; vendrás conmigo. Esa mujer acabó para
-mí y yo para ella...» Lo demás lo sabes tú y no necesito decírtelo.
-¡Esta mañana creímos morir aquí! ¡Cuánto he padecido en este horrible
-Babilafuente viéndole enfermo, tan enfermo, que no se restablecerá
-más; viéndonos amenazados por el populacho, que quería entrar para
-despedazarnos!... Y todo ¿por qué? Por la masonería, por esas simplezas
-y mojigangas que a nada conducen.</p>
-
-<p>—A algo conducen, querida mía, y la semilla que tu padre y otros han
-sembrado, darán algún día su fruto. Sabe Dios cuál será.</p>
-
-<p>—Pero él no es ateo, como otros, ni se burla de Dios. Verdad que
-suele nombrarle de un modo extraño, así como el <i>Ser Supremo</i>, o
-cosa parecida.</p>
-
-<p>—Llámese Dios o Ser Supremo —exclamé volviendo a aprisionar entre
-mis manos las de mi adorada amiga—, ello es que ha hecho obras
-acabadas y perfectas, y una de ellas eres tú, que me confundes, que
-me empequeñeces y anonadas más cuanto más te trato y te hablo y te
-miro.</p>
-
-<p>—Eres tonto de veras; pues ¿qué he hecho que no sea natural?
-—preguntome sonriendo.</p>
-
-<p>—Para los ángeles es natural existir sin mancha, inspirar las
-buenas acciones, ensalzar<span class="pagenum" id="Page_273">p.
-273</span> a Dios, llevar al cielo las criaturas, difundir el bien por
-el mundo pecador. ¿Que qué has hecho? Has hecho lo que yo no esperaba
-ni adivinaba, aunque siempre te tuve por la misma bondad; has amado
-a ese infeliz, al más infeliz de los hombres, y este prodigio que
-ahora, después de hecho, me parece tan natural, antes me parecía una
-aberración y un imposible. Tú tienes el instinto de lo divino, y yo
-no; tú realizas con la sencillez propia de Dios las más grandes cosas,
-y a mí no me corresponde otro papel que el de admirarlas después de
-realizadas, asombrándome de mi estupidez por no haberlas comprendido...
-¡Inesilla, tú no me quieres, tú no puedes quererme!</p>
-
-<p>—¿Por qué dices eso? —preguntó con candor.</p>
-
-<p>—Porque es imposible que me quieras, porque yo no te merezco.</p>
-
-<p>Al decir esto, estaba tan convencido de mi inferioridad, que ni
-siquiera intenté abrazarla, cuando, cruzando ella las defensoras manos,
-parecía dejarme el campo libre para aquel exceso amoroso.</p>
-
-<p>—De veras, parece que eres tonto.</p>
-
-<p>—Pero, pues tu corazón no sabe sino amar, si no sabe otra cosa,
-aunque de mil modos le enseñe el mundo lo contrario, algo habrá para mí
-en un rinconcito.</p>
-
-<p>—¿Un rinconcito...? ¿De qué tamaño?</p>
-
-<p>—¡Qué feliz soy! Pero te digo la verdad, quisiera ser
-desgraciado.</p>
-
-<p>No me contestó sino riéndose, burlándose de mí con un descaro...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_274">p. 274</span>—Quiero ser
-desgraciado para que me ames como has amado a tu padre, para que te
-desvivas por mí, para que te vuelvas loca por mí, para que... ¿Pero te
-ríes, todavía te ríes? ¿Acaso estoy diciendo tonterías?</p>
-
-<p>—Más grandes que esta casa.</p>
-
-<p>—Pero, hija, si estoy aturdido. Dime tú, que todo lo sabes,
-si hay alguna manera extraordinaria de querer, una manera nueva,
-inaudita...</p>
-
-<p>—Así, así siempre, basta... Ni es preciso tampoco que seas
-desgraciado. No, dejémonos de desgracias, que bastantes hemos tenido.
-Pidamos a Dios que no haya más batallas en que puedas morir.</p>
-
-<p>—¡Yo quiero morir! —exclamé sintiendo que el puro y extremado afecto
-llevaba mi mente a mil raras sutilezas y tiquismiquis, y mi corazón a
-incomprensibles y quizás ridículos antojos.</p>
-
-<p>—¡Morir! —exclamó ella con tristeza—. ¿Y a qué viene ahora eso? ¿Se
-puede saber, señor mío querido?</p>
-
-<p>—Morir quiero para verte llorar por mí... pero en verdad, esto es
-absurdo, porque si muriera, ¿cómo podría verte? Dime que me amas,
-dímelo.</p>
-
-<p>—Esto sí que está bueno. Al cabo de la vejez...</p>
-
-<p>—Si nunca me lo has dicho... Puede que quieras sostener que me lo
-has dicho.</p>
-
-<p>—¿Que no? —dijo con jovialidad encantadora—. Pues no.</p>
-
-<p>No sé qué más iba a decir ella; pero indudablemente<span
-class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span> pensó decir algo, más dulce
-para mí que las palabras de los ángeles, cuando sonó en la estancia una
-ronca voz.</p>
-
-<p>—No, no te vas, paloma, sin abrazar a tu marido —exclamé estrujando
-aquel lindo cuerpo, que se escapó de mis brazos para volar al lado del
-enfermo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch30">
- <h2 class="nobreak g0">XXX</h2>
-</div>
-
-<p>Acerqueme a la puerta de la triste alcoba. Santorcaz no me veía,
-porque su atención estaba fatigada y torpe a causa del mal, y la
-estancia medio a oscuras.</p>
-
-<p>—Alguien anda por ahí —dijo el masón, besando las manos de su hija—.
-Me pareció sentir la voz de ese tunante de Gabriel.</p>
-
-<p>—Padre, no hables mal de los que nos han hecho un beneficio; no
-tientes a Dios, no le provoques.</p>
-
-<p>—Yo también le he hecho beneficios, y ya ves cómo me paga:
-prendiéndome.</p>
-
-<p>—Araceli es un buen muchacho.</p>
-
-<p>—¡Sabe Dios lo que harán conmigo esos verdugos! —exclamó el infeliz
-dando un suspiro—. Esto se acabó, hija mía.</p>
-
-<p>—Se acabaron, sí, las locuras, los viajes, las logias, que solo
-sirven para hacer daño —afirmó Inés abrazando a su padre—. Pero
-subsistirá el amor de tu hija, y la esperanza<span class="pagenum"
-id="Page_276">p. 276</span> de que viviremos todos, todos felices y
-tranquilos.</p>
-
-<p>—Tú vives de dulces esperanzas —dijo—; yo de tristes o funestos
-recuerdos. Para ti se abre la vida; para mí, lo contrario. Ha sido tan
-horrible, que ya deseo se cierre esa puerta negra y sombría, dejándome
-fuera de una vez... Hablas de esperanzas: ¿y si estos déspotas me
-sepultan en una cárcel, si me envían a morir a cualquiera de esos
-muladares del África...?</p>
-
-<p>—No te llevarán; respondo de que no te llevarán, padrito.</p>
-
-<p>—Pero cualquiera que sea mi suerte, será muy triste, niña de
-mi alma... Viviré encerrado; y tú... ¿tú qué vas a hacer? Te
-verás obligada a abandonarme... Pues qué, ¿vas a encerrarte en un
-calabozo?</p>
-
-<p>—Sí: me encerraré contigo. Donde tú estés, allí estaré yo —replicó
-la muchacha con cariño—. No me separaré de ti; no te abandonaré jamás,
-ni iré... no: no iré a ninguna parte donde tú no puedas ir también.</p>
-
-<p>No oí voz alguna, sino los sollozos del pobre enfermo.</p>
-
-<p>—Pero, en cambio, padrito —continuó ella en tono de amonestación
-afectuosa—, es preciso que seas bueno, que no tengas malos
-pensamientos, que no odies a nadie, que no hables de matar gente,
-pues Dios tiene buena mano para hacerlo; que desistas de todas
-esas majaderías que te han trastornado la cabeza, y no pierdas la
-tranquilidad y la salud porque haya un rey de más o de menos en el
-mundo;<span class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span> ni hagas caso
-de los frailes ni de los nobles, los cuales, padre querido, no se van a
-suprimir y a aniquilarse porque tú lo desees, ni porque así lo quiera
-el mal humor del señor Canencia, del Sr. Monsalud y del Sr. Ciruelo...
-He aquí tres que hablan mal de los nobles, de los poderosos y de los
-reyes, porque, hasta ahora, ningún rey ni ningún señor han pensado en
-arrojarles un pedazo de pan para que callen, y otro para que griten en
-favor suyo... ¿Conque serás bueno? ¿Harás lo que te digo? ¿Olvidarás
-esas majaderías?... ¿Me querrás mucho a mí y a todos los que me
-aman?</p>
-
-<p>Diciendo esto, arreglaba las ropas del lecho, acomodaba en las
-almohadas la venerable y hermosa cabeza de Santorcaz, destruía los
-dobleces y durezas que pudieran incomodarle, todo con tanto cariño,
-solicitud, bondad y dulzura, que yo estaba encantado de lo que veía.
-Santorcaz callaba y suspiraba, dejándose tratar como un chico. Allí la
-hija parecía, más que hija, una tierna madre, que se finge enojada con
-el precioso niño porque no quiere tomar las medicinas.</p>
-
-<p>—Me convertirás en un chiquillo, querida —dijo el enfermo—. Estoy
-conmovido... quiero llorar. Pon tu mano sobre mi frente para que no se
-me escape esa luz divina que tengo dentro del cerebro... pon tu mano
-sobre mi corazón y aprieta. Me duele de tanto sentir. ¿Has dicho que no
-te separarás de mí?</p>
-
-<p>—No: no me separaré.</p>
-
-<p>—¿Y si me llevan a Ceuta?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span>—Iré contigo.</p>
-
-<p>—¡Irás conmigo!</p>
-
-<p>—Pero es preciso ser bueno y humilde.</p>
-
-<p>—¿Bueno? ¿Tú lo dudas? Te adoro, hija mía. Dime que soy bueno; dime
-que no soy un malvado, y te lo agradeceré más que si me vinieras a
-llamar de parte del <i>Ser Sup</i>... de parte de Dios, decimos los
-cristianos. Si tú me dices que soy un hombre bueno, que no soy malo,
-tendré por embusteros a los que se empeñan en llamarme malvado.</p>
-
-<p>—¿Quién duda que eres bueno? Para mí al menos.</p>
-
-<p>—Pero a ti te he hecho algún daño.</p>
-
-<p>—Te lo perdono, porque me amas, y sobre todo porque me sacrificas
-tus pasiones, porque consientes que sea yo la destinada a quitarte esas
-espinas que desde hace tanto tiempo tienes clavadas en el corazón.</p>
-
-<p>—¡Y cómo punzan! —exclamó con profunda pena el infeliz masón—. Sí:
-quítamelas, quítamelas todas con tus manos de ángel; quítalas una a
-una, y esas llagas sangrientas se restañarán por sí... ¿De modo que yo
-soy bueno?</p>
-
-<p>—Bueno, sí: yo lo diré así a quien crea lo contrario, y espero que
-se convencerán cuando yo lo diga. Pues no faltaba más... La verdad es
-lo primero. Ya verás cuánto te van a querer todos, y qué buenas cosas
-dirán de ti. Has padecido: yo les contaré todo lo que has padecido.</p>
-
-<p>—Ven —murmuró Santorcaz con voz balbuciente, alargando los brazos
-para coger en sus manos trémulas la cabeza de su hija—. Trae<span
-class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> acá esa preciosa cabeza que
-adoro. No es una cabeza de mujer, es de ángel. Por tus ojos mira Dios a
-la tierra y a los hombres, satisfecho de su obra.</p>
-
-<p>El anciano cubrió de besos la hermosa frente, y yo por mi parte no
-ocultaré que deseaba hacer otro tanto. En aquel momento di algunos
-pasos y Santorcaz me vio. Advertí súbita mudanza en la expresión de su
-semblante, y me miró con disgusto.</p>
-
-<p>—Es Gabriel, nuestro amigo, que nos defiende y nos protege —dijo
-Inés—. ¿Por qué te asustas?</p>
-
-<p>—Mi carcelero... —murmuró Santorcaz con tristeza—. Me había olvidado
-de que estoy preso.</p>
-
-<p>—No soy carcelero, sino amigo —afirmé adelantándome.</p>
-
-<p>—Sr. Araceli —continuó él con voz grave—, ¿a dónde me llevan? ¡Oh,
-miserable de mí! Malo es caer en las garras de los satélites del
-despotismo... no, no, hija mía, no he dicho nada; quise decir que los
-soldados... no puedo negar que odio un poquillo a los soldados, porque
-sin ellos, ya ves, sin ellos no podrían los reyes... ¡malditos sean los
-reyes!... no, no, a mí no me importa que haya reyes, hija mía: allá se
-entiendan. Solo que... francamente, no puedo menos de aborrecer un poco
-a ese muchacho que quiso separarte de mí. Ya se ve, le mandaban sus
-amos... estos militares son gente servil que los grandes emplean para
-oprimir a los hijos del pueblo... No le puedo ver, ni tú tampoco, ¿es
-verdad?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span>—No solo le puedo
-ver, sino que le estimo mucho.</p>
-
-<p>—Pues que entre... Araceli... también yo te estimé en otro tiempo.
-Inés dice que eres un buen muchacho... Será preciso creerlo... Puesto
-que ella te estima, ¿sabes lo que yo haría? Exceptuarte a ti solo,
-a ti solito; ponerte a un lado, y a todos los demás enviarlos a la
-guillot... no, no he dicho nada... Si otros la quieren levantar,
-háganlo en buen hora; yo no haré más que ver y aplaudir... no, no, no
-aplaudiré tampoco: váyanse al diablo las guillotinas.</p>
-
-<p>—Padre —dijo Inés—, da la mano a Araceli, que se marchará a sus
-quehaceres, y ruégale que vuelva a vernos después. ¡Ay! dicen que va a
-darse una batalla: ¿no sientes que le suceda alguna desgracia?</p>
-
-<p>—Sí, seguramente —dijo Santorcaz estrechándome la mano—. ¡Pobre
-joven! La batalla será muy sangrienta, y lo más probable es que muera
-en ella.</p>
-
-<p>—¿Qué dices, padre? —preguntó Inés con terror.</p>
-
-<p>—La mejor batalla del mundo, hija mía, será aquella en que perezcan
-todos, todos los soldados de los dos ejércitos contendientes.</p>
-
-<p>—¡Pero él no, él no! Me estás asustando.</p>
-
-<p>—Bueno, bueno, que viva él... que viva Araceli. Joven, mi hija te
-estima, y yo... yo también... también te estimo. Así es que Dios hará
-muy bien en conservar tu preciosa vida. Pero no servirás más a los
-verdugos del linaje humano, a los opresores del pueblo, a los que<span
-class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> engordan con la sangre del
-pueblo, a los pícaros frailes y...</p>
-
-<p>—¡Jesús! estás hablando como Canencia, ni más ni menos.</p>
-
-<p>—No he dicho nada; pero este Araceli... a quien estimo... nos
-aborrece, querida mía; quiere separarnos: es agente y servidor de una
-persona...</p>
-
-<p>—A quien estimas también, padre.</p>
-
-<p>—De una persona... —continuó el masón, poniéndose tan pálido que
-parecía cadáver.</p>
-
-<p>—A quien amas, padre —añadió la muchacha rodeando con sus brazos la
-cabeza del pobre enfermo—; a quien pedirás perdón... por...</p>
-
-<p>El rostro de Santorcaz encendiose de repente con fuerte congestión;
-sus ojos despidieron rayo muy vivo, incorporose en el lecho y,
-estirando los brazos y cerrando los puños y frunciendo el terrible
-ceño, gritó:</p>
-
-<p>—¡Yo!... pedirle perdón... pedirle perdón yo... ¡Jamás, jamás!</p>
-
-<p>Diciendo esto, cayó en el lecho como cuerpo del que súbitamente y
-con espanto huye la vida.</p>
-
-<p>Inés y yo acudimos a socorrerle. Balbucía frases ardorosas...
-llamaba a Inés creyéndola ausente; la miraba con extravío; me despedía
-con gritos y amenazas, y, finalmente, se tranquilizó cayendo en pesado
-sopor.</p>
-
-<p>—Otra vez será —me dijo Inés con los ojos llenos de lágrimas—. No
-desconfío. Haz lo que dijimos. Escríbele esta tarde mismo.</p>
-
-<p>—Le escribiré, y vendrá en seguida a Salamanca. Prepárate a marchar
-allá con tu enfermo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch31">
- <p><span class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXI</h2>
-</div>
-
-<p>Haciendo mucho ruido, llamándome a voces y azotando con su látigo
-las puertas y los muebles, entró en la casa Miss Fly. Recibila en la
-sala, y al verme sonrió con gracia incomparable, no exenta en verdad de
-coquetería. Llamó mi atención ver que se había acicalado y compuesto,
-cosa verdaderamente extraña en aquel lugar y ocasión. Su rostro
-resplandecía de belleza y frescura. Habíase peinado cual si tuviese a
-mano los más delicados enseres de tocador, y el vestido, limpio ya de
-polvo y lodo, disimulaba sus desgarrones y arrugas no sé por qué arte
-singular, solo revelado a las mujeres. ¿Por qué no decirlo? Detesto
-las gazmoñerías y melindres. Sí, lo diré: Athenais estaba encantadora,
-hechicera, lindísima.</p>
-
-<p>Como le manifestase mi sorpresa por aquella restauración de su
-interesante persona, me dijo:</p>
-
-<p>—Caballero Araceli, después que vuestros soldados han apagado el
-incendio, quedó un poco de agua para mí. En casa de unos aldeanos me
-proporcionaron lo preciso para peinarme... Pero, señor comandante, ¿así
-cumplís con vuestros deberes? ¿No estaríais mejor<span class="pagenum"
-id="Page_283">p. 283</span> al frente de vuestras tropas? Hace un rato
-que ha llegado Leith con su división, y pregunta por vos...</p>
-
-<p>Al saber la noticia, no quise detenerme. Despedime de Inés, y
-después de asegurar bien la entrada de la casa y de encomendar a
-Tribaldos que cuidase a los dos prisioneros, bajé a la plaza, donde
-Miss Fly se separó de mí sin motivo aparente. Empezaban a llegar tropas
-inglesas. El general Leith, a quien indiqué que España me había mandado
-perseguir a los franceses, me ordenó que esperase hasta la noche.</p>
-
-<p>—Es imposible perseguir a los franceses de cerca —dijo—. Van muy
-adelantados, y nos será difícil hacerles daño. Nuestras tropas están
-cansadas.</p>
-
-<p>Quedeme allí, no sin gozo, y dispuse lo necesario para que Santorcaz
-y su hija fuesen trasladados a Salamanca. Felizmente regresaba aquella
-tarde, para quedar allí de guarnición, Buenaventura Figueroa, mi
-más íntimo y querido amigo, y le di instrucciones prolijas sobre
-lo que debía de hacer con mis prisioneros en la ciudad y durante
-el viaje. Verificose este por la noche en un convoy que se envió a
-<i>Roma la chica</i>: no sin trabajo logré un carromato de regular
-comodidad, en cuyo interior acomodé a padre e hija, acompañados de
-Tribaldos y de buen repuesto de víveres para el viaje. Quise darles
-también dinero; mas rehusolo Inés, y a la verdad no lo necesitaban,
-porque el Sr. Santorcaz (no sé si lo he dicho), que un año antes
-heredara íntegro<span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span> su
-patrimonio, poseía regular hacienda, sobrada para su modesto traer.</p>
-
-<p>Di también a Inés instrucciones para que contribuyese a impedir
-nuevas salidas de su infeliz padre al campo de Montiel de las
-masónicas aventuras, y ella prometiome con inequívoca seguridad que
-le encarcelaría convenientemente sin mortificarle; con lo cual, muy
-apenados, nos despedimos los dos: yo por aquella nueva separación,
-cuyos límites no sabía, y ella por presentimientos del peligro a que
-expuesto quedaba en la terrible campaña emprendida. En esto, y en
-escribir a la condesa lo que el lector supone, entretuve gran parte de
-las últimas horas del día.</p>
-
-<p>Partimos al amanecer del siguiente, persiguiendo a los franceses,
-que no pararon hasta pasar el Duero por Tordesillas, extendiéndose
-hasta Simancas. Allí reforzó Marmont su ejército con la división de
-Bonnet, y nosotros le aguardamos en la orilla izquierda, vigilando sus
-movimientos. La cuestión era saber por qué sitio quería el francés
-pasar el río, para venir al encuentro del ejército aliado, cuyo cuartel
-general estaba en La Seca.</p>
-
-<p>No quería Marmont, como es fácil suponer, darnos gusto, y sin
-avisarnos, cosa muy natural también, partió de improviso hacia Toro...
-¡En marcha todo el mundo hacia la izquierda, ingleses, españoles,
-lusitanos; en marcha otra vez hacia el Guareña y hacia los perversos
-pueblos de Babilafuente y Villoria!</p>
-
-<p>—¡Y a esto llaman hacer la guerra! —decía<span class="pagenum"
-id="Page_285">p. 285</span> uno—. Por el mucho ejercicio que hacen,
-tienen tan buenas piernas los ingleses. Ahora resultará que Marmont
-no acepta tampoco la batalla en el Guareña, y le buscaremos en el
-Pisuerga, en el Adaja, o tal vez en el Manzanares, o en el Abroñigal a
-las puertas de Madrid.</p>
-
-<p>Tan solo resultó que después de dos semanas de marchas y
-contramarchas, nos encontramos otra vez en las inmediaciones de
-Salamanca. Pero lo más gracioso fue cuando bailamos el minueto, como
-decíamos los españoles, pues aconteció que ambos ejércitos marcharon
-todo un día paralelamente, ellos sobre la izquierda, nosotros sobre la
-derecha, viéndonos muy bien a distancia de medio tiro de cañón y sin
-gastar un cartucho. Esto pasó no muy lejos de Salamanca; y cuando nos
-detuvimos en San Cristóbal, allí eran de ver las burlas motivadas por
-la tal maniobra y marcha estratégica, que los chuscos calificaban de
-contradanza.</p>
-
-<p>Desde San Cristóbal quise ir a Salamanca; pero me fue imposible,
-porque no se concedían licencias largas ni cortas. Tuve, sin embargo,
-el gusto de saber que nada singular había ocurrido en la casa de la
-calle del Cáliz durante mi ausencia y las marchas y minuetos del
-ejército aliado... En cuanto a Miss Fly (me apresuro a nombrarla porque
-oigo una misma pregunta en los labios de cuantos me escuchan), me había
-honrado no pocas veces con su encantadora palabra durante los viajes
-a Tordesillas, a la Nava y al Guareña; pero<span class="pagenum"
-id="Page_286">p. 286</span> siempre en cortas y muy disimuladas
-entrevistas, cual si existiese algún desconocido estorbo, algún
-impedimento misterioso de su antes ilimitada libertad. En estas breves
-entrevistas advertía siempre en ella sin igual dulzura y melancólico
-abandono, y además una admiración injustificada hacia mí y hacia todas
-mis acciones, aunque fuesen de las más comunes e insignificantes.</p>
-
-<p>Por lo demás, si las entrevistas pecaban de cortas, eran
-frecuentísimas. No hacíamos alto en punto alguno, sin que se me
-presentase Athenais, cual mi propia sombra, y recatadamente me hablase,
-diciéndome por lo general cosas alambicadas y sutiles, cuando no
-melifluas y apasionadas. La más refinada cortesía y un excelente humor
-de bromas inspiraban mis contestaciones. Regalábame a cada momento mil
-monerías, golosinas o cachivaches de poco valor, que adquiría en los
-diversos pueblos de la carrera.</p>
-
-<p>Entre tanto (suplico a mis oyentes se fijen bien en esto, porque
-sirve de lamentable antecedente a uno de los principales contratiempos
-de mi vida), yo notaba que no se había disipado entre mis compañeros
-ingleses y españoles la infundada sospecha que el viaje de Athenais
-a Salamanca despertara. En suma, la Pajarita había vuelto al cuartel
-general, y mi buena opinión y fama de caballerosidad continuaban tan
-problemáticas como el día que aparecí en Bernuy. En dos ocasiones en
-que tuve el alto honor de hablar con el señor duque, experimenté mortal
-pena, hallándole,<span class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span>
-no solo desdeñoso, sino en extremo austero y desapacible conmigo. Los
-espejuelos del coronel Simpson despedían rayos olímpicos contra mí, y
-en general cuantas personas conocía en las filas inglesas demostraban
-de diversos modos poca o ninguna afición a mi honrada persona.</p>
-
-<p>—Sr. Araceli, Sr. Araceli —me dijo Athenais presentándose de
-improviso ante mí el 21 de julio, cuando acabábamos de ocupar el cerro
-comúnmente llamado Arapil Chico—, venid a mi lado. Simpson no ha salido
-aún de Salamanca. ¿Os ha pasado algo desde ayer que no nos hemos
-visto?</p>
-
-<p>—Nada, señora, no me ha pasado nada. ¿Y a usted?</p>
-
-<p>—A mí, sí; pero ya os lo contaré más adelante. ¿Por qué me miráis
-de ese modo?... Vos también dais en creer, como los demás, que estoy
-triste, que estoy pálida, que he cambiado mucho...</p>
-
-<p>—En efecto, Miss Fly: se me figura que esa cara no es la misma.</p>
-
-<p>—No me siento bien —dijo con sonrisa graciosa—. No sé lo que
-tengo... ¡Ah! ¿no sabéis? Dicen que va a darse una gran batalla.</p>
-
-<p>—No lo dudo. Los franceses están hacia Cavarrasa. ¿Cuándo será?</p>
-
-<p>—Mañana... Parece que os alegráis —dijo mostrando un temor femenino
-que me sorprendió, conociendo como conocía su varonil arrojo.</p>
-
-<p>—Y usted también se alegrará, señora. Un alma como la de usted,
-para sostenerse a su<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span>
-propia altura, necesita estos espectáculos grandiosos, el inmenso
-peligro seguido de la colosal gloria. Nos batiremos, señora, nos
-batiremos con el Imperio, con el enemigo común, como dicen en
-Inglaterra, y le derrotaremos.</p>
-
-<p>Athenais no me contestó, como esperaba, con ningún arrebato de
-entusiasmo, y la poesía de los romances parecía haberse replegado con
-timidez y vergüenza quizás en lo más escondido de su alma.</p>
-
-<p>—Será una gran batalla y ganaremos —dijo con abatimiento—; pero...
-morirá mucha gente. ¿No os ocurre que podéis morir vos?</p>
-
-<p>—¿Yo?... ¿y qué importa? ¿Qué importa la vida de un miserable
-soldado, con tal que quede triunfante la bandera?</p>
-
-<p>—Es verdad; pero no debéis exponeros... —dijo con cierta emoción—.
-Dicen que la división española no se batirá.</p>
-
-<p>—Señora, no conozco a usted; no es usted Miss Fly.</p>
-
-<p>—Voy creyendo lo que decís —afirmó clavando en mí los dulces ojos
-azules—; voy creyendo que no soy yo Miss Fly... Oíd bien, Araceli,
-lo que voy a deciros. Si no entráis en fuego mañana, como espero,
-avisádmelo... Adiós, adiós.</p>
-
-<p>—Pero aguarde usted un momento, Miss Fly —dije procurando
-detenerla.</p>
-
-<p>—No, no puedo. Sois muy indiscreto... Si supiérais lo que dicen...
-Adiós, adiós.</p>
-
-<p>Dando algunos pasos hacia ella, la llamé repetidas veces; mas
-en el mismo instante vi un coche o silla de postas que se paraba
-delante<span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span> de mí en
-mitad del camino; vi que por la portezuela aparecía una cara, una mano,
-un brazo... ¡Si era la condesa!... ¡Dios poderoso, qué inmensa alegría!
-Era la condesa que detenía su coche delante de mí, que me buscaba con
-la vista, que me llamaba con un lindo gesto, que iba a decir sin duda
-dulcísimas cosas. Corrí hacia ella loco de alegría.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch32">
- <h2 class="nobreak g0">XXXII</h2>
-</div>
-
-<p>Antes de referir lo que hablamos, conviene que diga algo del lugar y
-momento en que tales hechos pasaban, porque una cosa y otra interesan
-igualmente a la historia y a la relación de los sucesos de mi vida que
-voy refiriendo. El 21 por la tarde pasamos el Tormes, los unos por el
-puente de Salamanca, los otros por los vados inmediatos. Los franceses,
-según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de
-Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de
-Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea, cuya
-izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el
-Arapil Chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa
-con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo,
-punto el más avanzado de la línea anglo hispano-portuguesa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span>En la falda
-del Arapil Chico, y al borde del camino, fue donde se me apareció
-Athenais, que volvía a caballo de Cavarrasa, y pocos instantes después
-la señora condesa, mi adorada protectora y amiga. Corrí hacia ella,
-como he dicho, y con la más viva emoción besé sus hermosas manos,
-que aún asomaban por la portezuela. El inmenso gozo que experimenté
-apenas me dejó articular otras voces que las de «Madre y señora mía»,
-voces en que mi alma, con espontaneidad y confianza sumas, esperaba
-iguales manifestaciones cariñosas de parte de ella. Mas, con amargura y
-asombro, advertí en los ojos de la condesa desdén, enojo, ira, ¡qué sé
-yo!... una severidad inexplicable que me dejó absorto y helado.</p>
-
-<p>—¿Y mi hija? —preguntó con sequedad.</p>
-
-<p>—En Salamanca, señora —repuse—. No podría usted llegar más a tiempo.
-Tribaldos, mi asistente, acompañará a usted. Ha sido casualidad que nos
-hayamos encontrado aquí.</p>
-
-<p>—Ya sabía que estabas en este sitio que llaman el Arapil Chico
-—me dijo con el mismo tono severo, sin una sonrisa, sin una mirada
-cariñosa, sin un apretón de manos—. En Cavarrasa de Abajo, donde me
-detuve un instante, encontré a Sir Thomas Parr, el cual me dijo dónde
-estabas, con otras cosas acerca de tu conducta, que me han causado
-tanto asombro como indignación.</p>
-
-<p>—¡Acerca de mi conducta, señora! —exclamé con dolor tan vivo como
-si una hoja de acero penetrara en mi corazón—. Yo creía que<span
-class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span> en mi conducta no había
-nada que pudiera desagradar a usted.</p>
-
-<p>—Conocí en Cádiz a Sir Thomas Parr, y es un caballero incapaz de
-mentir —añadió ella con indecible resplandor de ira en los ojos, que
-tanta ternura habían tenido en otro tiempo para mí—. Has seducido a una
-joven inglesa; has cometido una iniquidad, una violencia, una acción
-villana.</p>
-
-<p>—¡Yo, señora, yo!... ¿Este hombre honrado que ha dado tantas pruebas
-de su lealtad?... ¿Este hombre ha hecho tales maldades?</p>
-
-<p>—Todos lo dicen... No me lo ha dicho solo Sir Thomas Parr, sino
-otros muchos: me lo dirá también Wellesley.</p>
-
-<p>—Pues si Wellesley lo afirmara —repliqué con desesperación—; si
-Wellesley lo afirmara, yo le diría...</p>
-
-<p>—Que miente...</p>
-
-<p>—No: el primer caballero de Inglaterra, el primer general de Europa,
-no puede mentir; es imposible que el Duque diga semejante cosa.</p>
-
-<p>—Hay hechos que no pueden disimularse —añadió con pena—, que no
-pueden desfigurarse. Dicen que la persona agraviada se dispone a pedir
-que se te obligue al cumplimiento de las leyes inglesas sobre el
-matrimonio.</p>
-
-<p>Al oír esto, una hilaridad expansiva y una terrible indignación
-cruzaron sus diversos efectos en mi alma, como dos rayos que se
-encuentran al caer sobre un mismo objeto, y por un instante se lo
-disputan. Me reí y estuve a punto de llorar de rabia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_292">p. 292</span>—Señora, me han
-calumniado. Es falso, es mentira que yo... —grité introduciendo por la
-portezuela del coche, primero la cabeza y después medio cuerpo—. Me
-volveré loco si usted, si esta persona a quien respeto y adoro, a quien
-no podré jamás engañar, da valor a tan infame calumnia.</p>
-
-<p>—¿Conque es calumnia?... —dijo con verdadero dolor—. Jamás lo
-hubiera creído en ti... Vivimos para ver cosas horribles... Pero dime,
-¿veré a mi hija en seguida?</p>
-
-<p>—Repito que es falso. Señora, me está usted matando; me impulsará
-usted a extremos de locura, de desesperación.</p>
-
-<p>—¿Nadie me estorbará que la recoja, que la lleve conmigo? —preguntó
-con afán y sin hacer caso del frenesí que me dominaba—. Que venga
-tu asistente. No puedo detenerme. ¿No decías en tu carta que todo
-estaba arreglado? ¿Ha muerto ese verdugo? ¿Está mi hija sola?... ¿Me
-espera?... ¿Puedo llevármela?... Responde.</p>
-
-<p>—No sé, señora; no sé nada; no me pregunte usted nada —dije
-confundido y absorto—. Desde el momento en que usted duda de mí...</p>
-
-<p>—Y mucho... ¿En quién puede tenerse confianza?... Déjame seguir...
-Tú ya no eres el mismo para mí.</p>
-
-<p>—¡Señora, señora, no me diga usted eso, porque me muero! —exclamé
-con inmensa aflicción.</p>
-
-<p>—Bueno: si eres inocente, tiempo tienes de probármelo.</p>
-
-<p>—No... no... Mañana se da una gran batalla.<span class="pagenum"
-id="Page_293">p. 293</span> Puedo morir. Moriré irritado y me
-condenaré... ¡Mañana! ¡Sabe Dios dónde estaré mañana! Usted va a
-Salamanca, verá y hablará a su hija; entre las dos fraguarán una red
-de sospechas y falsos supuestos, donde se enmarañe para siempre la
-memoria del infeliz soldado, que agonizará quizás dentro de algunas
-horas en este mismo sitio donde nos encontramos. Es posible que no nos
-veamos más... Estamos en un campo de batalla. ¿Distingue usted aquellos
-encinares que hay hacia abajo? Pues allí detrás están los franceses.
-¡Cuarenta y siete mil hombres, señora! Mañana este sitio estará
-cubierto de cadáveres. Dirija usted la vista por estos contornos.
-¿Ve usted esa juventud de tres naciones? ¿Cuántos de estos tendrán
-vida mañana? Me creo destinado a perecer, a perecer rabiando, porque
-precipitará y amargará mi muerte la idea de haber perdido el amor da
-las dos personas a quienes he consagrado mi vida.</p>
-
-<p>Mis palabras, ardientes como la voz de la verdad, hicieron algún
-efecto en la condesa, y la observé suspensa y conmovida. Tendió la
-vista por el campo, ocupado por tanta tropa, y luego cubriose el rostro
-con las manos, dejándose caer en el fondo del coche.</p>
-
-<p>—¡Qué horror! —dijo—. ¡Una batalla! ¿No tienes miedo?</p>
-
-<p>—Más miedo tengo a la calumnia.</p>
-
-<p>—Si pruebas tu inocencia, creeré que he recobrado un hijo
-perdido.</p>
-
-<p>—Sí, sí, lo recobrará usted —afirmé—. ¿Pero no basta que yo lo
-diga, no basta mi palabra?...<span class="pagenum" id="Page_294">p.
-294</span> ¿Nos conocemos de ayer? ¡Oh! Si a Inés se le dijera lo que a
-usted han dicho, no lo creería. Su alma generosa me habría absuelto sin
-oírme.</p>
-
-<p>Una voz gritó:</p>
-
-<p>—¡Ese coche, adelante o atrás!</p>
-
-<p>—Adiós —dijo la condesa—, me echan de aquí.</p>
-
-<p>—Adiós, señora —respondí con profunda tristeza—. Por si no nos vemos
-más, nunca más, sepa usted que en el último día de mi vida conservo,
-como un tesoro, los sentimientos de que he hecho gala en todos los
-instantes de mi vida ante usted y ante otra persona que a entrambos
-nos es muy cara. Agradezco a usted, hoy como ayer, el amor que me ha
-mostrado, la confianza que ha puesto en mí, la dignidad que me ha
-infundido, la elevación que ha dado a mi conciencia... No quiero dejar
-deudas... Si no nos vemos más...</p>
-
-<p>El coche partió, obligado a ello por una batería, a la cual era
-forzoso ceder el paso. Cuando dejé de ver a la condesa, llevaba ella el
-pañuelo a los ojos para ocultar sus lágrimas.</p>
-
-<p>Sofocado y aturdido por la pena angustiosa que llenaba mi alma, no
-reparé que el cuartel general venía por el camino adelante en dirección
-al Arapil Chico. El Duque y los de su comitiva echaron pie a tierra en
-la falda del cerro, dirigiendo sus miradas hacia Cavarrasa de Arriba.
-Llamó el Lord a los oficiales del regimiento de Ibernia, uno de los
-establecidos allí, y habiéndome presentado yo el primero, me dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span>—¡Ah! Es usted el
-caballero Araceli...</p>
-
-<p>—El mismo, mi general —contesté—, y si Vuecencia me permite en esta
-ocasión hablar de un asunto particular, le suplicaré que haga luz sin
-pérdida de tiempo sobre las calumnias que pesan sobre mí después de mi
-viaje a Salamanca. No puedo soportar que se me juzgue con ligereza, por
-las hablillas de gente malévola.</p>
-
-<p>Lord Wellington, ocupado sin duda con asunto más grave, apenas me
-hizo caso. Después de registrar rápidamente todo el horizonte con su
-anteojo, me dijo casi sin mirarme:</p>
-
-<p>—Sr. Araceli, solo puedo contestar a usted que estoy decidido a que
-la Gran Bretaña sea respetada.</p>
-
-<p>Como yo no había dejado nunca de respetar a la Gran Bretaña, ni
-a las demás potencias europeas, aquel concepto, que encerraba sin
-duda una amenaza, me desconcertó un poco. Los oficiales generales que
-rodeaban al Duque, trabaron con él coloquio muy importante sobre el
-plan de batalla. Pareciéronme entonces inoportunas y aun ridículas mis
-reclamaciones, por lo cual, un poco turbado, contesté de este modo:</p>
-
-<p>—¡La Gran Bretaña! No deseo otra cosa que morir por ella.</p>
-
-<p>—Brigadier Pack —dijo vivamente Wellington a uno de los que le
-acompañaban—, en la ayudantía del 23 de línea, que está vacante, ponga
-usted a este joven español, que desea morir por la Gran Bretaña.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_296">p. 296</span>—Por la gloria y
-honor de la Gran Bretaña —repetí.</p>
-
-<p>El brigadier Pack me honró con una mirada de protectora simpatía.</p>
-
-<p>—La desesperación —me dijo luego Wellington—, no es la principal
-fuente del valor; pero me alegraré de ver mañana al Sr. de Araceli en
-la cumbre del Arapil Grande. Señor D. José Olawlor —añadió dirigiéndose
-a su íntimo amigo, que le acompañaba—, creo que los franceses se están
-disponiendo para adelantársenos mañana a ocupar el Arapil Grande.</p>
-
-<p>El Duque manifestó cierta inquietud, y por largo tiempo su anteojo
-exploró los lejanos encinares y cerros hacia Levante. Poco se veía ya,
-porque vino la noche. Los cuerpos de ejército seguían moviéndose para
-ocupar las posiciones dispuestas por el General en Jefe, y me separé de
-mis compañeros de Ibernia y de la división española.</p>
-
-<p>—Nosotros —me dijo España—, vamos al lugar de Torres, en la extrema
-derecha de la línea, más bien para observar al enemigo que para
-atacarle. ¡Plan admirable! El general Picton y el portugués d’Urban
-parece que están encargados de guardar el paso del Tormes, de modo que
-la situación de los franceses no puede ser más desventajosa. No falta
-más que ocupar el Arapil Grande.</p>
-
-<p>—De eso se trata, mi general. La brigada Pack, a la cual desde
-hace un momento pertenezco, amanecerá mañana con la ayuda de Dios
-en la ermita de Santa María de la Peña,<span class="pagenum"
-id="Page_297">p. 297</span> y después... Así lo exige el honor de la
-Gran Bretaña.</p>
-
-<p>—Adiós, mi querido Araceli; pórtate bien.</p>
-
-<p>—Adiós, mi querido general. Saludo a mis compañeros desde la cumbre
-del Arapil Grande.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch33">
- <h2 class="nobreak g0">XXXIII</h2>
-</div>
-
-<p>¡El Arapil Grande! Era la mayor de aquellas dos esfinges de tierra,
-levantadas la una frente a la otra, mirándose y mirándonos. Entre las
-dos debía desarrollarse al día siguiente uno de los más sangrientos
-dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron
-por última vez las trompas épicas del Imperio. A un lado y otro del
-lugar llamado de Arapiles se elevaban los dos célebres cerros, pequeño
-el uno, grande el otro. El primero nos pertenecía; el segundo no
-pertenecía a nadie en la noche del 21. No pertenecía a nadie por lo
-mismo que era la presa más codiciada; y el leopardo de un lado y el
-águila del otro le miraban con anhelo, deseando tomarlo y temiendo
-tomarlo. Cada cual temía encontrarse allí al contrario en el momento de
-poner la planta sobre la preciosa altura.</p>
-
-<p>A la derecha del Arapil Grande, y más cerca de nuestra línea, estaba
-Huerta, y a la izquierda, en punto avanzado, formando el vértice<span
-class="pagenum" id="Page_298">p. 298</span> de la cuña, Cavarrasa de
-Arriba. El de Abajo, mucho más distante, y a espaldas del Gran Arapil,
-estaba en poder de los franceses.</p>
-
-<p>La noche era como de julio, serena y clara. Acampó la brigada
-Pack en un llano, para aguardar el día. Como no se permitía encender
-lumbre, los pobrecitos ingleses tuvieron que comer carne fría; pero las
-mujeres, que en esto eran auxiliares poderosos de la milicia británica,
-traían de Aldea-Tejada y aun de Salamanca fiambres muy bien aderezados,
-que con el ron abundante devolvieron el alma a aquellos desmadejados
-cuerpos. Las mujeres (y no bajaban de veinte las que vi en la brigada)
-departían con sus esposos cariñosamente, y según pude entender,
-rezaban o se fortalecían el espíritu con recuerdos de la Verde Erin
-y de la bella Escocia. Gran martirio era para los <i>highlanders</i>
-que no se les consintiera en aquel sitio tocar la gaita entonando las
-melancólicas canciones de su país; y formaban animados corrillos,
-en los cuales me metí bonitamente, para tener el extraño placer de
-oírles sin entenderles. Érame en extremo agradable ver la conformidad
-y alegría de aquella gente, transportada tan lejos de su patria,
-sostenida en su deber y conducida al sacrificio por la fe de la patria
-misma... Yo escuchaba con delicia sus palabras, y aun entendiendo
-muy poco de ellas, creí comprender el espíritu de las ardientes
-conversaciones. Un escocés fornido, alto, hermoso, de cabellos rubios
-como el oro y de mejillas sonrosadas como una doncella, levantose
-al ver que me acercaba al corrillo, y en<span class="pagenum"
-id="Page_299">p. 299</span> chapurrado lenguaje, mitad español, mitad
-portugués, me dijo:</p>
-
-<p>—Señor oficial español, dignaos honrarnos aceptando este pedazo de
-carne y este vaso de ron, y brindemos a la salud de España y de la
-vieja Escocia.</p>
-
-<p>—¡A la salud del Rey Jorge III! —exclamé aceptando sin vacilar el
-obsequio de aquellos valientes.</p>
-
-<p>Sonoros <i>hurras</i> me contestaron.</p>
-
-<p>—El hombre muere y las naciones viven —dijo dirigiéndose a mí otro
-escocés que llevaba bajo el brazo el enorme pellejo henchido de una
-zampoña—. ¡<i>Hurra</i> por Inglaterra! ¡Qué importa morir! Un grano
-de arena que el viento lleva de aquí para allá, no significa nada en
-la superficie del mundo. Dios nos está mirando, amigos, por los bellos
-ojos de la madre Inglaterra.</p>
-
-<p>No pude menos de abrazar al generoso escocés, que me estrechó contra
-su pecho, diciendo:</p>
-
-<p>—¡Viva España!</p>
-
-<p>—¡Viva Lord Wellington! —grité yo.</p>
-
-<p>Las mujeres lloraban, charlando por lo bajo. Su lenguaje,
-incomprensible para mí, me pareció un coro de pájaros picoteando
-alrededor del nido.</p>
-
-<p>Los escoceses se distinguían por el pintoresco traje de cuadros
-rojos y negros, la pierna desnuda, las hermosas cabezas ossiánicas
-cubiertas con el sombrero de piel, y el cinto adornado con la guedeja
-que parecía cabellera, arrancada del cráneo del vencedor en las
-salvajes<span class="pagenum" id="Page_300">p. 300</span> guerras
-septentrionales. Mezclábanse con ellos los ingleses, cuyas casacas
-rojas les hacían muy visibles a pesar de la oscuridad. Los oficiales,
-envueltos en capas blancas y cubiertos con los sombreritos picudos y
-emplumados, nada airosos por cierto, semejaban pájaros zancudos de
-anchas alas y movible cresta.</p>
-
-<p>Con las primeras luces del día, la brigada se puso en marcha hacia
-el Arapil Grande. A medida que nos acercábamos, más nos convencíamos
-de que los franceses se nos habían anticipado, por hallarse en
-mejores condiciones para el movimiento, a causa de la proximidad de
-su línea. El brigadier distribuyó sus fuerzas, y las guerrillas se
-desplegaron. Los ojos de todos fijábanse en la ermita situada como a
-la mitad del cerro, y en las pocas casas dispersas, únicos edificios
-que interrumpían a larguísimos trechos la soledad y desnudez del
-paisaje.</p>
-
-<p>Subieron algunas columnas sin tropiezo alguno, y llegábamos como a
-100 varas de Santa María de la Peña, cuando la ondulación del terreno,
-descendiendo a nuestros ojos a medida que adelantábamos, nos dejó ver,
-primero una línea de cabezas, luego una línea de bustos, después los
-cuerpos enteros. Eran los franceses. El sol naciente, que aparecía a
-espaldas de nuestros enemigos, nos deslumbraba, siendo causa de que los
-viésemos imperfectamente. Un murmullo lejano llegó a nuestros oídos, y
-del lado acá también los escoceses profirieron algunas palabras: no fue
-preciso más para que<span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span>
-brotase la chispa eléctrica. Rompiose el fuego. Las guerrillas lo
-sostenían, mientras algunos corrieron a ocupar la ermita.</p>
-
-<p>Precedía a esta un patio, semejante a un cementerio. Entraron en él
-los ingleses; pero los imperiales, que se habían colado por el ábside,
-dominaron pronto lo principal del edificio con los anexos posteriores;
-así es que aún no habían forzado la puerta los nuestros, cuando ya les
-hacían fuego desde la espadaña de las campanas y desde la claraboya
-abierta sobre el pórtico.</p>
-
-<p>El brigadier Pack, uno de los hombres más valientes, más serenos y
-más caballerosos que he conocido, arengó a los <i>highlanders</i>. El
-coronel que mandaba el 3.º de cazadores, arengó a los suyos, y todos
-arengaron, en suma, incluso yo, que les hablé en español el lenguaje
-más apropiado a las circunstancias. Tengo la seguridad de que me
-entendieron.</p>
-
-<p>El 23 de línea no había entrado en el patio, sino que flanqueaba la
-ermita por su izquierda, observando si venían más fuerzas francesas.
-En caso contrario, la partida era nuestra, por la sencilla razón de
-que éramos más hasta entonces. Pero no tardó en aparecer otra columna
-enemiga. Esperarla, darle respiro, es decir, aparentar, siquiera fuese
-por un momento, que se la temía, habría sido renunciar de antemano a
-toda ventaja.</p>
-
-<p>—¡A ellos! —grité a mi coronel.</p>
-
-<p>—<i>¡All right!</i> —exclamó este.</p>
-
-<p>Y el 23 de línea cayó como una avalancha sobre la columna francesa.
-Trabose un vivo<span class="pagenum" id="Page_302">p. 302</span>
-combate cuerpo a cuerpo; vacilaron un poco nuestros ingleses, porque el
-empuje de los enemigos era terrible en el primer momento; pero tornando
-a cargar con aquella constancia imperturbable que, si no es el heroísmo
-mismo, es lo que más se le parece, toda la ventaja estuvo pronto de
-nuestra parte. Retiráronse en desorden los imperiales, o mejor dicho,
-variaron de táctica, dispersándose en pequeños grupos, mientras les
-venían refuerzos. Habíamos tenido pérdidas casi iguales en uno y otro
-lado, y bastantes cuerpos yacían en el suelo; pero aquello no era
-nada todavía: un juego de chicos, un prefacio inocente que casi hacía
-reír.</p>
-
-<p>Nuestra desventaja real consistía en que ignorábamos la fuerza
-que podían enviar los franceses contra nosotros. Veíamos enfrente el
-espeso bosque de Cavarrasa, y nadie sabía lo que se ocultaba bajo aquel
-manto de verdura. ¿Serán muchos, serán pocos? Cuando la intuición,
-la inspiración o el genio zahorí de los grandes capitanes no sabe
-contestar a estas preguntas, la ciencia militar está muy expuesta a
-resultar vana y estéril como jerga de pedantes. Mirábamos al bosque,
-y el oscuro ramaje de las encinas no nos decía nada. No sabíamos leer
-en aquella verdinegra superficie, que ofrecía misteriosos cambiantes
-de color y de luz, fajas movibles y oscilantes signos en su vasta
-extensión. Era una masa enorme de verdura, un monstruo chato y horrible
-que se aplanaba en la tierra con la cabeza gacha y las alas extendidas,
-empollando quizás bajo ellas innumerables guerreros.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_303">p. 303</span>Al ver en retirada
-la segunda columna francesa, mandó Pack redoblar la tentativa contra
-la ermita, y los <i>highlanders</i> intentaron asaltarla por distintos
-puntos, lo cual hubiera sido fácil si al sonar los primeros tiros no
-ocurriese del lado del bosque algo de particular. Creeríase que el
-monstruo se movía; que alzaba una de las alas; que echaba de sí un
-enjambre de homúnculos, los cuales distinguíanse allá lejos al costado
-de la madre, pequeños como hormigas. Luego iban creciendo, íbanse
-acercando... de pigmeos tornábanse en gigantes; lucían sus cascos; sus
-espadas semejaban rayos flamígeros; subían en ademán amenazador columna
-tras columna, hombre tras hombre.</p>
-
-<p>El coronel me miró y nos miramos los jefes todos sin decirnos nada.
-Con la presteza del buen táctico, Pack, sin abandonar el asedio de la
-ermita, nos mandó más gente y esperamos tranquilos. El bosque seguía
-vomitando gente.</p>
-
-<p>—Es preciso combatir a la defensiva —dijo el coronel.</p>
-
-<p>—A la defensiva, sí. ¡Viva Inglaterra!</p>
-
-<p>—¡Viva el Emperador! —repitieron los ecos allá lejos.</p>
-
-<p>—¡Ingleses, la Inglaterra os mira!</p>
-
-<p>El clamor que antes nos contestara de lejos diciendo: ¡viva el
-Emperador! resonó con más fuerza. El animal se acercaba y su feroz
-bramido infundía zozobra.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch34">
- <p><span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXIV</h2>
-</div>
-
-<p>Ocupáronse al instante unas casas viejas y unos tejares que había
-como a sesenta varas a un lado y otro de la ermita, estableciéndose
-imaginaria línea defensiva, cuyo único apoyo material era una depresión
-del terreno, una especie de zanja sin profundidad que parecía marcar
-el linde entre dos heredades. Si yo hubiera mandado toda la fuerza
-del brigadier Pack, habría intentado jugar el todo por el todo y
-desconcertar al enemigo antes que embistiera; pero los ingleses
-no hacían nunca estas locuras, que salen bien una vez y veinte se
-malogran. Por el contrario, Pack dispuso sus fuerzas a la defensiva;
-con ojo admirable y rápido se hizo cargo de todos los accidentes del
-terreno, de las suaves ondulaciones del cerro por aquella parte, del
-peñón aislado, del árbol solitario, de la tapia ruinosa, y todo lo
-aprovechó.</p>
-
-<p>Llegaron los franceses. Nos miraban desde lejos con recelo, nos
-olían, nos escuchaban.</p>
-
-<p>¿Habéis visto a la cigüeña alargar el cuello a un lado y otro, de
-tal modo que no se sabe si mira o si oye, sostenerse en un pie, alzando
-el otro con intento de no fijarlo en tierra hasta no hallar suelo
-seguro? Pues así<span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span> se
-acercaban los franceses. Entre nosotros, algunos reían.</p>
-
-<p>No puedo dar idea del silencio que reinaba en las filas en aquel
-momento. ¿Eran soldados en acecho o monjes en oración?... Pero
-instantáneamente la cigüeña puso los dos pies en tierra. Estaba en
-terreno firme. Sonaron mil tiros a la vez, y se nos vino encima una
-oleada humana compuesta de bayonetas, de gritos, de patadas, de
-ferocidades sin nombre.</p>
-
-<p>—¡Fuego! ¡muerte! ¡sangre! ¡canallas! —tales son las palabras
-con que puedo indicar, por lo poco que entendía, aquella algazara
-de la indignación inglesa, que mugía en torno mío; un concierto de
-articulaciones guturales, un graznido al mismo tiempo discorde y
-sublime como de mil celestiales loros y cotorras charlando a la vez.</p>
-
-<p>Yo había visto cosas admirables en soldados españoles y franceses,
-tratándose de atacar; pero no había visto nada comparable a los
-ingleses tratando de resistir. Yo no había visto que las columnas
-se dejaran acuchillar. El viejo tronco inerte no recibe con tanta
-paciencia el golpe de la segur que lo corta, como aquellos hombres
-la bayoneta que los destrozaba. Repetidas veces rechazaron a los
-franceses, haciéndoles correr mucho más allá de la ermita. Había gente
-para todo: para morir resistiendo, y para matar empujando. Por momentos
-parecía que les rechazábamos definitivamente; pero el bosque, sacando
-de debajo de su plumaje nuevas empolladuras de gente, nos ponía en
-desventaja numérica, pues si<span class="pagenum" id="Page_306">p.
-306</span> bien del Arapil Chico venían a ayudarnos algunas compañías,
-no eran en número suficiente.</p>
-
-<p>La mortandad era grande por un lado y por otro, más por el nuestro,
-y a tanto llegó, que nos vimos en gran apuro para retirar los muchos
-muertos y heridos que imposibilitaban los movimientos. El combate se
-suspendía y se trababa en cortos intervalos. No retrocedíamos ni una
-línea; pero tampoco avanzábamos, y habíamos abandonado el patio de la
-ermita por ser imposible sostenerse allí. Las casas de labor y tejares
-sí eran nuestros, y no parecían los <i>highlanders</i> dispuestos
-a dejárselos quitar; pero esta serie de ventajas y desventajas que
-equilibraba las dos potencias enemigas; este contrapeso sostenido a
-fuerza de arrojo, no podía durar mucho. Que los franceses enviasen
-gente; que, por el contrario, las enviase Lord Wellington, y la
-cuestión había de decidirse pronto; que la enviasen los dos al mismo
-tiempo, y entonces... solo Dios sabía el resultado.</p>
-
-<p>El brigadier Pack me llamó, diciéndome:</p>
-
-<p>—Corred al cuartel general y decid al Lord lo que pasa.</p>
-
-<p>Monté a caballo, y a todo escape me dirigí al cuartel general.
-Cuando bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército
-aliado, distinguí muy bien las masas del ejército francés moviéndose
-sin cesar; pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba
-aún ni un solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada
-escena del Arapil Grande;<span class="pagenum" id="Page_307">p.
-307</span> en aquello que parecía un detalle insignificante, un
-capricho del genio militar que a la sazón meditaba la gran batalla.</p>
-
-<p>Cuando pasé junto a los diversos cuerpos de la línea aliada, llamó
-mi atención verles quietos y tranquilos esperando órdenes mano sobre
-mano. No había batalla; es más, no parecía que iba a haber batalla,
-sino simulacro. Pero los jefes, todos en pie sobre las elevaciones
-del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas,
-observaban, ayudados de sus anteojos, la peripecia del Arapil Grande,
-junto a la ermita.</p>
-
-<p>—¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? —me
-preguntaba yo lleno de confusiones.</p>
-
-<p>Era que ni Wellington ni Marmont querían aparentar gran deseo de
-ocupar el Arapil Grande, por lo mismo que uno y otro consideraban
-aquella posición como la clave de la batalla. Marmont fingía
-movimientos diversos para desconcertar a Wellington; amenazaba correr
-hacia el Tormes para que el ojo imperturbable del capitán inglés se
-apartase del Arapil; luego afectaba retirarse como si no quisiera
-librar batalla, y en tanto Wellington, quieto, inmutable, sereno,
-atento, vigilante, permanecía en su puesto observando las evoluciones
-del francés, y sostenía con poderosa mano las mil riendas de aquel
-ejército que quería lanzarse antes de tiempo.</p>
-
-<p>Marmont quería engañar a Wellington; pero Wellington no solo quería
-engañar, sino que estaba engañando a Marmont. Este se movía<span
-class="pagenum" id="Page_308">p. 308</span> para desconcertar a su
-enemigo, y el inglés, atento a las correrías del otro, espiaba la
-más ligera falta del francés para caerle encima. Al mismo tiempo,
-afectaba no hacer caso del Arapil Grande, y colocó bastantes tropas
-en la derecha del Tormes para hacer creer que allí quería poner todo
-el interés de la batalla. En tanto, tenía dispuestas fuerzas enormes
-para un caso de apuro en el gran cerro. Pero ese caso de apuro, según
-él, no había llegado todavía, ni llegaría mientras hubiera carne viva
-en Santa María de la Peña. Eran las diez de la mañana, y fuera de la
-breve acción que he descrito, los dos ejércitos no habían disparado un
-tiro.</p>
-
-<p>Cuando atravesé las filas, muchos jefes, apostados en distintos
-puntos, me dirigían preguntas a que era imposible contestar; y cuando
-llegué al cuartel general, vi a Wellington a caballo, rodeado de
-multitud de generales.</p>
-
-<p>Antes de acercarme a él, ya había dicho yo expresivamente con el
-gesto, con la mirada:</p>
-
-<p>—No se puede.</p>
-
-<p>—¡Qué no se puede! —exclamó con calma imperturbable, después que
-verbalmente le manifesté lo que pasaba allá.</p>
-
-<p>—Dominar el Arapil Grande.</p>
-
-<p>—Yo no he mandado a Pack que dominara el Arapil Grande, porque
-es imposible —replicó—. Los franceses están muy cerca, y desde ayer
-tienen hechos mil preparativos para disputarnos esa posición, aunque lo
-disimulan.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span>—Entonces...</p>
-
-<p>—Yo no he mandado a Pack que dominase por completo el cerro,
-sino que impidiese a los franceses que se establecieran allí
-definitivamente. ¿Se establecerán? ¿No existen ya el 23 de línea, ni el
-3.º de cazadores, ni el 7.º de <i>highlanders</i>?</p>
-
-<p>—Existen... un poco todavía, mi general.</p>
-
-<p>—Con las fuerzas que han ido después basta para el objeto, que es
-resistir, nada más que resistir. Basta con que ni un francés pise la
-vertiente que cae hacia acá. Si no se puede dominar la ermita, no creo
-que falte gente para entretener al enemigo unas cuantas horas.</p>
-
-<p>—En efecto, mi general —dije—. Por muy a prisa que se muera,
-ochocientos cuerpos dan mucho de sí. Se puede conservar hasta el
-mediodía lo que poseemos.</p>
-
-<p>Cuando esto decía, atendiendo más a las lejanas líneas enemigas que
-a mí, observé en él un movimiento súbito; volviose al general Álava que
-estaba a su lado, y dijo:</p>
-
-<p>—Esto cambia de repente. Los franceses extienden demasiado su línea.
-Su derecha quiere envolverme...</p>
-
-<p>Una formidable masa de franceses se extendía hacia el Tormes,
-dejando un claro bastante notable entre ella y Cavarrasa. Era necesario
-ser ciego para no comprender que por aquel claro, por aquella juntura
-iba a introducir su terrible espada hasta la empuñadura el genio del
-ejército aliado.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch35">
- <p><span class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXV</h2>
-</div>
-
-<p>El cuartel general retrocedió, diéronse órdenes, corrieron los
-oficiales de un lado para otro, resonó un murmullo elocuente en
-todo el ejército, avanzaron los cañones, piafaron los caballos.
-Sin esperar más, corrí al Arapil para anunciar que todo cambiaba.
-Veíanse oscilar las líneas de los regimientos, y los reflejos de las
-bayonetas figuraban movibles ondas luminosas; los cuerpos de ejército
-se estremecían conmovidos por las palpitaciones íntimas de ese miedo
-singular que precede siempre al heroísmo. La respiración y la emoción
-de tantos hombres daba a la atmósfera no sé qué extraño calor. El aire
-ardiente y pesado no bastaba para todos.</p>
-
-<p>Las órdenes transmitidas con rapidez inmensa llevaban en sí el
-pensamiento del General en Jefe. Todos lo adivinamos en virtud de
-la extraña solidaridad que en momentos dados se establece entre la
-voluntad y los miembros, entre el cerebro que piensa y las manos que
-ejecutan. El plan era precipitar el centro contra el claro de la línea
-enemiga, y al mismo tiempo arrojar sobre el Arapil Grande toda la
-fuerza de la derecha, que hasta entonces había permanecido en el llano
-en actitud expectativa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span>Hallábame cerca del
-lugar de partida cuando un estrépito horrible hirió mis oídos. Era la
-artillería de la izquierda enemiga, que tronaba contra el gran cerro.
-Le atacaba con empuje colosal. Nuestra derecha, compuesta de valientes
-cuerpos de ejércitos, subía en el mismo instante a sacar de su aprieto
-a los incomparables <i>highlanders</i>, 23 de línea y 3.º de ligeros,
-cuyas proezas he descrito.</p>
-
-<p>Pasé por entre la quinta división, al mando del general Leith, que
-desde el pueblo de los Arapiles marchaba al cerro; pasé por entre la
-tercera división, mandada por el mayor general Packenham, la caballería
-del general d’Urban y los dragones del décimocuarto regimiento, que
-iban en cuatro columnas a envolver la izquierda del enemigo en la
-famosa altura; y vi desde lejos la brigada del general Bradford, la
-de Cole y la caballería de Stapleton Cotton, que marchaban en otra
-dirección contra el centro enemigo; distinguí asimismo a lo lejos a mis
-compañeros de la división española formando parte de la reserva mandada
-por Hope.</p>
-
-<p>La ermita antes nombrada no coronaba el Arapil Grande, pues había
-alturas mucho mayores. Era en realidad aquella eminencia irregular y
-escalonada, y si desde lejos no lo parecía, al aventurarse en ella
-hallábanse grandes depresiones del terreno, ondulaciones, pendientes,
-ora suaves, ora ásperas, y suelo de tierra ligeramente pedregoso.</p>
-
-<p>Los franceses, desde el momento en que creyeron oportuno no
-disimular su pensamiento, aparecieron por distintos puntos y
-ocuparon<span class="pagenum" id="Page_312">p. 312</span> la parte más
-alta y sitios eminentes, amenazando de todos ellos las escasas fuerzas
-que operaban allí desde por la mañana. La primera división que rompió
-el fuego contra el enemigo fue la de Packenham, que intentó subir y
-subió por la vertiente que cae al pueblo. Sostúvole la caballería
-portuguesa de Urban; pero sus progresos no fueron grandes, porque los
-franceses, que acababan de salir del bosque, habían tomado posiciones
-en lo más alto, y aunque la pendiente era suave, dábales bastante
-ventaja.</p>
-
-<p>Cuando llegué a las inmediaciones de la ermita, el brigadier Pack no
-había perdido una línea de sus anteriores posiciones; pero sus bravos
-regimientos estaban reducidos a menos de la mitad. El general Leith
-acababa de llegar con la quinta división, y el aspecto de las cosas
-había cambiado completamente, porque si el enemigo enviaba numerosas
-fuerzas a la cumbre del cerro, nosotros no le íbamos en zaga en número
-ni en bravura.</p>
-
-<p>Pero no había tiempo que perder. Era preciso arrojar hombres y más
-hombres sobre aquel montón de tierra, despreciando los fuegos de la
-artillería francesa, que nos cañoneaba desde el bosque, aunque sin
-hacernos gran daño. Era preciso echar a los franceses de Santa María
-de la Peña, y después seguir subiendo, subiendo hasta plantar los
-pabellones ingleses en lo más alto del Arapil Grande.</p>
-
-<p>—El refuerzo ha venido casi antes que la contestación —dije al
-brigadier Pack—. ¿Qué debo hacer?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_313">p. 313</span>—Tomar el mando
-del 23 de línea, que ha quedado sin jefes. ¡Arriba, siempre arriba! Ya
-veo lo que tenemos que hacer. Sostenernos aquí, atraer el mayor número
-posible de tropas enemigas, para que Cole y Bradford no hallen gran
-resistencia en el centro. Esta es la llave de la batalla. ¡Arriba,
-siempre arriba!</p>
-
-<p>Los franceses parecían no dar ya gran importancia a Santa María
-de la Peña, y coronaron la altura. Las columnas, escalonadas con
-gran arte, nos esperaban a pie firme. Allí no había posibilidad
-de destrozarlas con la caballería, ni de hacerles gran daño con
-los cañones, situados a mucha distancia. Era preciso subir a pecho
-descubierto y echarles de allí, como Dios nos diera a entender. El
-problema era difícil, la tarea inmensa, el peligro horrible.</p>
-
-<p>Tocó al 23 de línea la gloria de avanzar el primero contra las
-inmóviles columnas francesas que ocupaban la altura. ¡Espantoso
-momento! La escalera, señores, era terrible, y en cada uno de sus
-fúnebres peldaños, el soldado se admiraba de encontrarse con vida. Si
-en vez de subir, bajase, aquella sería la escalera del Infierno. Y,
-sin embargo, las tropas de Pack y de Leith subían. ¿Cómo? No lo sé. En
-virtud de un prodigio inexplicable. Aquellos ingleses no se parecían a
-los hombres que yo había visto. Se les mandaba una cosa, un absurdo, un
-imposible, y lo hacían, o al menos lo intentaban.</p>
-
-<p>Al referir lo que allí pasó, no me es posible precisar los
-movimientos de cada batallón, ni<span class="pagenum" id="Page_314">p.
-314</span> las órdenes de cada jefe, ni lo que cada cual hacía dentro
-de su esfera. La imaginación conserva con caracteres indelebles y
-pavorosos lo principal; pero lo accesorio, no; y lo principal era
-entonces que subíamos empujados por una fuerza irresistible, por no
-sé qué manos poderosas que se agarraban a nuestra espalda. Veíamos la
-muerte delante, arriba; pero la propia muerte nos atraía. ¡Oh! Quien
-no ha subido nunca más que las escaleras de su casa, no comprenderá
-esto.</p>
-
-<p>Como el terreno era desigual, había sitios en que la pendiente
-desaparecía. En aquellos escalones se trababan combates parciales de
-un encarnizamiento y ferocidad inauditos. Los valientes del mediodía,
-que conocen rara vez el heroísmo pasivo de dejarse matar antes que
-descomponer las filas separándose de ellas, no comprenderán aquella
-locura imperturbable a que nos conducía la desesperación convertida
-en virtud. Fácil es a la alta cumbre desprenderse y precipitarse,
-aumentando su velocidad con el movimiento, y caer sobre el llano y
-arrollarlo e invadirlo; pero nosotros éramos el llano, empeñado en
-subir a la cumbre, y deseoso de aplastarla, y hundirla, y abollarla.
-En la guerra, como en la naturaleza, la altura domina y triunfa; es la
-superioridad material, y una forma simbólica de la victoria, porque la
-victoria es realmente algo que, con flamígera velocidad, baja rodando
-y atropellando, hendiendo y destruyendo. El que está arriba tiene la
-fuerza material y moral, y, por consiguiente, el pensamiento de la
-lucha, que puede<span class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span>
-dirigir a su antojo. Como la cabeza en el cuerpo humano, dispone de los
-sentidos y de la idea... Nosotros éramos pobres fuerzas rastreras que,
-arañando el suelo, estábamos a merced de los de arriba, y, sin embargo,
-queríamos destronarlos. Figuraos que los pies se empeñaran en arrojar
-la cabeza de los hombros para ponerse encima ellos; ¡estúpidos, que no
-saben más que andar!</p>
-
-<p>Los primeros escalones no ofrecieron gran dificultad. Moría mucha
-gente; pero se subía. Después ya fue distinto. Creeríase que los
-franceses nos permitían el ascenso a fin de cogernos luego más a mano.
-Las disposiciones de Pack para que sufriésemos lo menos posible, eran
-admirables. Inútil es decir que todos los jefes habían dejado sus
-caballos; y unos detrás, otros a la cabeza de las líneas, llevaban, por
-decirlo así, de la mano a los obedientes soldados. Un orden preciso en
-medio de las muertes, un paso seguro, un aplomo sin igual regimentando
-la maniobra, impedían que los estragos fuesen excesivos. Con las armas
-modernas, aquel hecho hubiera sido imposible.</p>
-
-<p>Era indispensable aprovechar los intervalos en que el enemigo
-cargaba los fusiles, para correr nosotros a la bayoneta. Teníamos en
-contra nuestra el cansancio, pues si en algunos sitios la inclinación
-era poco más que rampa, en otros era regular cuesta. Los franceses,
-reposados, satisfechos y seguros de su posición, nos abrasaban a fuego
-certero y nos recibían a bayoneta limpia. A veces, una columna<span
-class="pagenum" id="Page_316">p. 316</span> nuestra lograba, con su
-constancia abrumadora, abrirse paso por encima de los cadáveres de los
-enemigos; mas para esto se necesitaba duplicar y triplicar los empujes,
-duplicar y triplicar los muertos, y el resultado no correspondía a la
-inmensidad del esfuerzo.</p>
-
-<p>¡Qué espantosa ascensión! Cuando se empeñaban en algún descanso
-combates parciales, las voces, el tumulto, el hervidero de aquellos
-cráteres no son comparables a nada de cuanto la cólera de los hombres
-ha inventado para remedar la ferocidad de las bestias. Entre mil
-muertes, se conquistaba el terreno palmo a palmo; y una vez que se le
-dominaba, se sostenía con encarnizamiento el pedazo de tierra necesario
-para poner los pies. Inglaterra no cedía el espacio en que fijaba
-las suelas de sus zapatos; y para quitárselo y vencer aquel prodigio
-de constancia, era preciso a los franceses desplegar todo su arrojo,
-favorecido por la altura. Aun así no lograban echar a los británicos
-por la pendiente abajo. ¡Ay del que rodase primero! Conociendo el
-peligro inmenso de un pasajero desmayo, de un retroceso, de una mirada
-atrás, los pies de aquellos hombres echaban raíces. Aun después de
-muertas, parecía que sus largas piernas se enclavaban en el suelo hasta
-las rodillas, como jalones que debían marcar eternamente la conquista
-del poderoso genio de Inglaterra.</p>
-
-<p>Mas al fin llegó un momento terrible; un momento en que las columnas
-subían y morían;<span class="pagenum" id="Page_317">p. 317</span>
-en que la mucha gente que se lanzaba por aquel talud, destrozada,
-abrasada, diezmada, sintiéndose mermar a cada paso, entendió que sus
-fuerzas no traían gran ventaja. Tras las columnas francesas arrolladas,
-aparecían otras. Como en el espantoso bosque de Macbeth, en la cresta
-del Grande Arapil cada rama era un hombre. Nos acercábamos a la cumbre,
-y aquel cráter superior vomitaba soldados. Se ignoraba de dónde podía
-salir tanta gente, y era que la meseta del cerro tenía cabida para un
-ejército. Llegó, pues, un instante en que los ingleses vieron venir
-sobre ellos la cima del cerro mismo, una monstruosidad horrenda que
-esgrimía mil bayonetas y apuntaba con miles de cañones de fusil. El
-pánico se apoderó de todos, no aquel pánico nervioso que obliga a
-correr, sino una angustia soberana y grave que quita toda esperanza,
-dando resignación. Era imposible, de todo punto imposible, seguir
-subiendo.</p>
-
-<p>Pero bajar era el punto difícil. Nada más fácil si se dejaban
-acuchillar por los franceses, resignándose a rodar sobre la tierra
-vivos o muertos. Una retirada en declive paso a paso y dando al enemigo
-cada palmo de terreno con tanta parsimonia como se le quitó, es el
-colmo de la dificultad. Pack bramaba de ira, y la sangre agolpada en
-la carnaza encendida de su rostro parecía querer brotar por cada
-poro. Era hombre que tenía alma para plantarse solo en la cumbre del
-cerro. Daba órdenes con ronca voz; pero sus órdenes no se oían ya:
-esgrimía la espada acuchillando al cielo, porque<span class="pagenum"
-id="Page_318">p. 318</span> el cielo tenía sin duda la culpa de que los
-ingleses no pudiesen continuar adelante.</p>
-
-<p>Había llegado la ocasión de que muriese estoicamente uno para
-resguardar con su cuerpo al que daba un paso atrás. De este modo se
-salvaba la mitad de la carne. Una mala retirada arroja en las brasas
-todo cuanto hay en el asador. Las columnas se escalonaban con arte
-admirable; el fuego era más vivo, y cada vez que descendía de lo alto
-desgajándose uno de aquellos pesados aludes, creeríase que todo había
-concluido; pero la confusión momentánea desaparecía al instante, las
-masas inglesas aparecían de nuevo compactas y formidables, y la muerte
-tenía que contentarse con la mitad. Así se fue cediendo lentamente
-parte del terreno, hasta que los imperiales dejaron de atacarnos.
-Habían llegado a un punto en que el cañón inglés les molestaba mucho, y
-además los progresos de Packenham por el flanco del Grande Arapil les
-inquietaba bastante. Reconcentráronse y aguardaron.</p>
-
-<p>En tanto, por otro lado ocurrían sucesos admirables y gloriosos.
-Todo iba bien en todas partes menos en nuestro malhadado cerro. El
-general Cole destrozaba el centro francés. La caballería de Stapleton
-Cotton, penetrando por entre las descompuestas filas, daba una
-de las cargas más brillantes, más sublimes y al mismo tiempo más
-horrorosas que pueden verse. Desde la posición a que nos retiramos,
-no avergonzados, pero sí humillados, distinguíamos a lo lejos aquella
-admirable función que nos causaba envidia. Las<span class="pagenum"
-id="Page_319">p. 319</span> columnas de dragones, las falanges de
-caballos, los más ligeros, los más vivos, los más guerreros que pueden
-verse, penetraban como inmensas culebras por entre la infantería
-francesa. Los golpes de los sables ofrecían a la vista un salpicar
-perenne de pequeños rayos, menuda lluvia de acero que destrozaba
-pechos, aniquilaba gente, atropellaba y deshacía como el huracán. Los
-gritos de los jinetes, el brillo de sus cascos, el relinchar de los
-corceles que regocijaban en aquella fiesta sangrienta sus brutales e
-imperfectas almas, ofrecían espectáculo aterrador. Indiferentes, como
-es natural, a las desdichas del enemigo, los corazones guerreros se
-endiosaban con aquel espectáculo. La confianza huye de los combates,
-deidad asustada y llorosa, conducida por el miedo; no queda más que la
-ira guerrera, que nada perdona, y el bárbaro instinto de la fuerza, que
-por misterioso enigma del espíritu se convierte en virtud admirable.</p>
-
-<p>Los escuadrones de Stapleton Cotton, como he dicho, realizaban el
-gran prodigio de aquella batalla. En vano los franceses alcanzaban
-algunas ventajas por otro lado; en vano habían logrado apoderarse de
-algunas casas del pueblo de Arapiles. Creyendo que poseer la aldea
-era importante, tomaron briosamente los primeros edificios y los
-defendieron con bravura. Se agarraban a las paredes de tierra y se
-pegaban a ella, como los moluscos a la piedra; se dejaban espachurrar
-contra las tapias antes que abandonarlas, barridos por la metralla
-inglesa. Precisamente cuando los<span class="pagenum" id="Page_320">p.
-320</span> franceses creían obtener gran ventaja poseyendo el pueblo,
-y cuando nosotros descendíamos del Arapil Grande, fue cuando la
-caballería de Cotton penetró como un gran puñal en el corazón del
-ejército imperial; viose el gran cuerpo partido en dos, crujiendo y
-estallando al violento roce de la poderosa cuña. Todo cedía ante ella:
-fuerza, previsión, pericia, valor, arrojo, porque era una potencia
-admirable, una unidad abrumadora, compuesta de miles de piezas que
-obraban armónicamente sin que una sola discrepara. Las miles de corazas
-daban idea del <i>testudo</i> romano; pero aquella inmensa tortuga con
-conchas de acero tenía la ligereza del reptil, y millares de patas y
-millares de bocas para gritar y morder. Sus dentelladas ensanchaban
-el agujero en que se había metido; todo caía ante ella. Gimieron con
-espanto los batallones enemigos. Corrió Marmont a poner orden, y
-una bala de cañón le quitó el brazo derecho. Corrió luego Bonnet a
-sustituirle, y cayó también. Ferey, Thomières y Desgraviers, generales
-ilustres, perecieron con millares de soldados.</p>
-
-<p>En la falda de nuestro cerro se había suspendido el fuego. Un
-oficial que había caído junto a mí al verificar el descenso, era
-transportado por dos soldados. Le vi al pasar, y él, casi moribundo,
-me llamó con una seña. Era Sir Thomas Parr. Puesto en el suelo, el
-cirujano, examinando su pecho destrozado, dio a entender que aquello no
-tenía remedio. Otros oficiales ingleses, la mayor parte heridos<span
-class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span> también, le rodeaban. El
-pobre Parr volvió hacia mí los ojos, en que se extinguían lentamente
-los últimos resplandores de la vida, y con voz débil me habló así:</p>
-
-<p>—Me han dicho antes de la batalla que tenéis resentimiento contra mí
-y que os disponíais a pedirme satisfacción por no sé qué agravios.</p>
-
-<p>—Amigo —exclamé conmovido—, en esta ocasión no puede quedar en mi
-pecho ni rastro de cólera. Lo perdono y lo olvido todo. La calumnia de
-que usted se ha hecho eco, seguramente sin malicia, no puede dañar a mi
-honor: es una ligereza de esas que todos cometemos.</p>
-
-<p>—¿Quién no comete alguna, caballero Araceli? —dijo con voz grave—.
-Reconoced, sin embargo, que no he podido ofenderos. Muero sin la
-zozobra de ser odiado... ¿Decís que os calumnié? ¿Os referís al caso de
-Miss Fly? ¿Y a eso llamáis calumnia? Yo he repetido lo que oí.</p>
-
-<p>—¿Miss Fly?</p>
-
-<p>—Como se dice que forzosamente os casaréis con ella, nada tengo que
-echaros en cara. ¿Reconocéis que no os he ofendido?</p>
-
-<p>—Lo reconozco —respondí sin saber lo que respondía.</p>
-
-<p>Parr, volviéndose a sus compatriotas, dijo:</p>
-
-<p>—Parece que perdemos la batalla.</p>
-
-<p>—La batalla se ganará —le respondieron.</p>
-
-<p>Sacó su reloj y lo entregó a uno de los presentes.</p>
-
-<p>—¡Que la Inglaterra sepa que muero por<span class="pagenum"
-id="Page_322">p. 322</span> ella! ¡Que no se olvide mi nombre!...
-—murmuró con voz que se iba apagando por grados.</p>
-
-<p>Nombró a su mujer, a sus hijos; pronunció algunas palabras
-cariñosas, estrechando la mano de sus amigos.</p>
-
-<p>—La batalla se ganará... ¡Muero por Inglaterra!... —dijo cerrando
-los ojos.</p>
-
-<p>Leves movimientos y ligeras oscilaciones de sus labios fueron las
-últimas señales de la vida en el cuerpo de aquel valiente y generoso
-soldado. Un momento después se añadía un número a la cifra espantosa de
-los muertos que se había tragado el Arapil Grande.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch36">
- <h2 class="nobreak g0">XXXVI</h2>
-</div>
-
-<p>La tremenda carga de Stapleton Cotton había variado la situación
-de las cosas. Leith se apareció de nuevo entre nosotros, acompañado
-del brigadier Spry. En sus semblantes, en sus gestos, lo mismo que
-en las vociferaciones de Pack, comprendí que se preparaba un nuevo
-ataque al cerro. La situación del enemigo era ya mucho menos favorable
-que anteriormente, porque las ventajas obtenidas en nuestro centro
-con el avance de la caballería y los progresos del general Cole
-modificaban completamente el aspecto de la batalla. Packenham, después
-de rechazarles del pueblo, les apretaba bastante por la falda oriental
-del<span class="pagenum" id="Page_323">p. 323</span> cerro, de modo
-que estaban expuestos a sufrir las consecuencias de un movimiento
-envolvente. Pero tenían poderosa fuerza en la vasta colina, y además
-retirada segura por los montes de Cavarrasa. La brigada de Spry, que
-antes maniobrara en las inmediaciones del pueblo, corriose a la derecha
-para apoyar a Packenham. La división de Leith, la brigada de Pack con
-el 23 de línea, el 3.º y 5.º de ligeros, entraron de nuevo en fuego.</p>
-
-<p>Los franceses, reconcentrándose en sus posiciones de la ermita
-para arriba, esperaban con imponente actitud. Sonó el tiroteo por
-diversos puntos; las columnas marcharon en silencio. Ya conocíamos
-el terreno, el enemigo y los tropiezos de aquella ascensión. Como
-antes, los franceses parecían dispuestos a dejarnos que avanzáramos,
-para recibirnos a lo mejor con una lluvia de balas; pero no fue así,
-porque de súbito desgajáronse con ímpetu amenazador sobre Packenham
-y sobre Leith, atacando con tanto coraje, que era preciso ser inglés
-para resistirlo. Las columnas de uno y otro lado habían perdido su
-alineación, y formadas de irregulares y deformes grupos ofrecían
-frentes erizados de picos, si se me permite expresarlo así, los cuales
-se engastaban unos en otros. Los dos ejércitos se clavaban mutuamente
-las uñas, desgarrándose. Arroyos de sangre surcaban el suelo. Los
-cuerpos que caían eran a veces el principal obstáculo para avanzar; a
-ratos se interrumpían aquellos al modo de abrazos de muerte, y cada
-cual se retiraba un poco hacia atrás a fin de cobrar nueva<span
-class="pagenum" id="Page_324">p. 324</span> fuerza para una nueva
-embestida. Observábamos los claros del suelo ensangrentado y lleno
-de cadáveres, y lejos de desmayar ante aquel espectáculo terrible,
-reproducíamos con doble furia los mismos choques. Cubierto de sangre,
-que ignoraba si había salido de mis propias venas o de las de otro,
-yo me lanzaba a los mismos delirios que veía en los demás, olvidado
-de todo, sintiendo (y esto es evidente) como una segunda, o mejor
-dicho, una nueva alma que no existía más que para regocijarse en
-aquellas ferocidades sin nombre; una nueva alma, sí, en cuyas potencias
-irritadas se borraba toda memoria de lo pasado, toda idea extraña al
-frenesí en que estaba metida. Bramaba como los <i>highlanders</i>, y
-¡cosa extraordinaria! en aquella ocasión yo hablaba inglés. Ni antes
-ni después supe una palabra de ese lenguaje; pero es lo cierto que
-cuanto aullé en la batalla me lo entendían los ingleses, y a mi vez les
-entendía yo.</p>
-
-<p>El poderoso esfuerzo de los escoceses desconcertó un poco las
-líneas imperiales, precisamente en el instante en que llegó a nuestro
-campo la división de Clinton, que hasta entonces había estado en la
-reserva. Tropas frescas y sin cansancio entraron en acción, y desde
-aquel momento vimos que las horribles filas de franceses se mantuvieron
-inactivas, aunque firmes. Poco después las vimos replegarse, sin
-dejar de hacer un fuego muy vivo. A pesar de esto, los ingleses no se
-lanzaban sobre ellos. Corrió algún tiempo más, y entonces observamos
-que las tropas que ocupaban<span class="pagenum" id="Page_325">p.
-325</span> lo alto del cerro lo abandonaban lentamente, resguardados
-por el frente, que seguía haciendo fuego.</p>
-
-<p>No sé si dieron órdenes para ello: lo que sé es que súbitamente los
-regimientos ingleses, que en distintos puntos ocupaban la pendiente,
-avanzaron hacia arriba con calma, sin precipitación. La cumbre del
-Grande Arapil era una extensión irregular y vasta, compuesta de otros
-pequeños cerros y vallecitos. Inmenso número de soldados cabían en
-ella; pero venía la noche, el centro del ejército enemigo estaba
-derrotado, su izquierda hacia el Tormes también, de modo que les era
-imposible defender la disputada altura. Francia empezaba a retirarse y
-la batalla estaba ganada.</p>
-
-<p>Sin embargo, no era fácil acuchillar, como algunos hubieran
-querido, a los franceses que aún ocupaban varias alturas, porque se
-defendían con aliento y sabían cubrir la retirada. Por nuestro lado
-fue donde más daño se les hizo. Mucho se trabajó para romper sus
-filas, para quebrantar y deshacer aquella muralla que protegía la
-huida de los demás hacia el bosque; pero al principio no fue fácil. El
-espectáculo de las considerables fuerzas que se retiraban casi ilesas
-y tranquilamente, nos impulsó a cargar con más brío sobre ellas, y al
-cabo, tanto se golpeó y machacó en la infortunada línea francesa, que
-la vimos agrietarse, romperse, desmenuzarse, y en sus innúmeros claros
-penetraron el puño y la garra del vencedor para no dejar nada con vida.
-¡Terrible hora aquella en que un ejército vencido<span class="pagenum"
-id="Page_326">p. 326</span> tiene que organizar su fuga ante la
-amenazadora e implacable saña del vencedor, que si huye le destroza, y
-si se queda le destroza también!</p>
-
-<p>Caía la tarde; iba oscureciéndose lentamente el paisaje. Los
-desparramados grupos del ejército enemigo, rayas fugaces que
-serpenteaban en el suelo a lo lejos, se desvanecían absorbidos por la
-tierra y los bosques, entre la triste música de los roncos tambores.
-Estos y la algazara cercana y el ruido del cañón, que aún cantaba las
-últimas lúgubres estrofas del poema, producían un estrépito loco que
-desvanecía el cerebro. No era posible escuchar ni la voz del amigo,
-gritando en nuestro oído. Había llegado el momento en que todo lo
-dicen las facciones y los gestos, y era inútil dar órdenes, porque
-no se entendían. El soldado veía llegada la ocasión de las proezas
-individuales, para lo cual no se necesita de los jefes, y todo estaba
-ya reducido a ver quién mataba más enemigos en fuga, quién cogía más
-prisioneros, quién podía echar la zarpa a un general, quién lograba
-poner la mano en una de aquellas veneradas águilas que se habían
-pavoneado orgullosas por toda Europa, desde Berlín hasta Lisboa.</p>
-
-<p>El rugido que atronó los espacios cuando el vencedor, lleno de ira
-y sediento de venganza, se precipitó sobre el vencido para ahogarle,
-no es susceptible de descripción. Quien no ha oído retumbar el rayo en
-el seno de las tempestades de los hombres, ignorará siempre lo que son
-tales escenas. Ciegos y locos,<span class="pagenum" id="Page_327">p.
-327</span> sin ver el peligro ni la muerte, sin oír más que el zumbar
-del torbellino, nos arrojábamos dentro de aquel volcán de rabia. Nos
-confundíamos con ellos: unos eran desarmados, otros tendían a sus pies
-al atrevido que intentaba cogerles prisioneros; cuál moría matando,
-cuál se dejaba atrapar estoicamente. Muchos ingleses eran sacrificados
-en el último pataleo de la bestia herida y desesperada; se acuchillaban
-sin piedad: miles de manos repartían la muerte en todas direcciones, y
-vencidos y vencedores caían juntos revueltos y enlazados, confundiendo
-la abrasada sangre.</p>
-
-<p>No hay en la historia odio comparable al de ingleses y franceses
-en aquella época. Güelfos y gibelinos, cartagineses y romanos, árabes
-y españoles, se perdonaban alguna vez; pero Inglaterra y Francia en
-tiempo del Imperio se aborrecían como Satanás. La envidia simultánea
-de estos dos pueblos, de los cuales uno dominaba los mares del globo
-y otro las tierras, estallaba en los campos de batalla de un modo
-horrible. Desde Talavera hasta Waterloo, los duelos de estos dos
-rivales tendieron en tierra un millón de cuerpos. En los Arapiles,
-una de sus más encarnizadas reyertas, llegaron ambos al colmo de la
-ferocidad.</p>
-
-<p>Para coger prisioneros, se destrozaba todo lo que se podía en la
-vida del enemigo. Con unos cuantos portugueses e ingleses, me interné
-tal vez más de lo conveniente en el seno de la desconcertada y fugitiva
-infantería enemiga. Por todos lados presenciaba luchas insanas, y oía
-los vocablos más insultantes de<span class="pagenum" id="Page_328">p.
-328</span> aquellas dos lenguas que peleaban con sus injurias como los
-hombres con las armas. El torbellino, la espiral me llevaba consigo,
-ignorante yo de lo que hacía; el alma no conservaba más conocimiento
-de sí misma que un anhelo vivísimo de matar algo. En aquella confusión
-de gritos, de brazos alzados, de semblantes infernales, de ojos
-desfigurados por la pasión, vi un águila dorada puesta en la punta de
-un palo, donde se enrollaba inmundo trapo, una arpillera sin color,
-cual si con ella se hubieran fregado todos los platos de la mesa de
-todos los reyes europeos. Devoré con los ojos aquel harapo, que, en
-una de las oscilaciones de la turba, fue desplegado por el viento y
-mostró una N que había sido de oro y se dibujaba sobre tres fajas cuyo
-matiz era un pastel de tierra, de sangre, de lodo y de polvo. Todo el
-ejército de Bonaparte se había limpiado el sudor de mil combates con
-aquel pañuelo agujereado que ya no tenía forma ni color.</p>
-
-<p>Yo vi aquel glorioso signo de guerra a una distancia como de cinco
-varas. Yo no sé lo que pasó; yo no sé si la bandera vino hasta mí, o
-si yo corrí hacia la bandera. Si creyese en milagros, creería que mi
-brazo derecho se alargó cinco varas, porque, sin saber cómo, yo agarré
-el palo de la bandera y lo así tan fuertemente, que mi mano se pegó
-a él y lo sacudió y quiso arrancarlo de donde estaba. Tales momentos
-no caben dentro de la apreciación de los sentidos. Yo me vi rodeado
-de gente: caían, rodaban, unos muriendo, otros defendiéndose.<span
-class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span> Hice esfuerzos para
-arrancar el asta, y una voz gritó en francés:</p>
-
-<p>—Tómala.</p>
-
-<p>En el mismo segundo una pistola se disparó sobre mí. Una bayoneta
-penetró en mi carne; no supe por dónde, pero sí que penetró. Ante
-mí había una figura lívida, un rostro cubierto de sangre, unos ojos
-que despedían fuego, unas garras que hacían presa en el asta de la
-bandera, y una boca contraída que parecía iba a comerse águila, trapo
-y asta, y a comerme también a mí. Decir cuánto odié a aquel monstruo,
-me es imposible: nos miramos un rato y luego forcejeamos. El cayó de
-rodillas: una de sus piernas no era pierna, sino un pedazo de carne.
-Pugné por arrancar de sus manos la insignia. Alguien vino en auxilio
-mío, y alguien le ayudó a él. Me hirieron de nuevo, me encendí en ira
-más salvaje aún, y estreché a la bestia apretándola contra el suelo
-con mis rodillas. Con ambas manos agarraba ambas cosas, el palo de la
-bandera y la espada. Pero esto no podía durar así, y mi mano derecha
-se quedó solo con la espada. Creí perder la bandera; pero el acero
-empujado por mí se hundía más cada vez en una blandura inexplicable, y
-un hilo de sangre vino derecho a mi rostro como una aguja. La bandera
-quedó en mi poder; pero de aquel cuerpo que se revolvía bajo el mío
-surgieron al modo de antenas, garras, o no sé qué tentáculo rabioso y
-pegajoso, y una boca se precipitó sobre mí clavando sus agudos dientes
-en mi brazo con tanta fuerza, que lancé un grito de dolor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_330">p. 330</span>Caí abrazado y
-constreñido por aquel dragón, pues dragón me parecía. Me sentí apretado
-por él, y rodamos por no sé qué declives de tierra, entre mil cuerpos,
-los unos muertos e inertes, los otros vivos y que corrían. Yo no vi
-más: solo sentí que en aquel rodar veloz llevaba el águila fuertemente
-cogida entre mis brazos. La boca terrible del monstruo apretaba cada
-vez más mi brazo, y me llevaba consigo, los dos envueltos, confundidos,
-el uno sobre el otro y contra el otro, bajo mil patas que nos pisaban;
-entre la tierra que nos cegaba los ojos; entre una oscuridad tenebrosa;
-entre un zumbido tan grande, como si todo el mundo fuese un solo
-abejón; sin conciencia de lo que era arriba y abajo; con todos los
-síntomas confusos y vagos de haberme convertido en constelación, en una
-como criatura circunvoladora, en la cual todos los miembros, todas las
-entrañas, toda la carne y sangre y nervios dieran vueltas infinitas y
-vertiginosas alrededor del ardiente cerebro.</p>
-
-<p>Yo no sé cuánto tiempo estuve rodando: debió de ser poco; pero a
-mí me pareció algo al modo de siglos. Yo no sé cuándo paré; lo que
-sé es que el monstruo no dejaba de formar conmigo una sola persona,
-ni su feroz boca de morderme... Por último, no se contentaba con
-comerme el brazo, sino que, al parecer, hundía su envenenado diente
-en mi corazón. Lo que también sé es que el águila seguía sobre mi
-pecho: yo la sentía. Sentía el asta cual si la tuviera clavada en mis
-entrañas. Mi pensamiento se hacía cargo de todo<span class="pagenum"
-id="Page_331">p. 331</span> con extravío y delirio, porque él mismo
-era una luz ardiente que caía no sé de dónde, y en la inapreciable
-velocidad de su carrera describía una raya de fuego, una línea sin fin,
-que... tampoco sé a dónde iba. ¡Tormento mayor no lo experimenté jamás!
-Este se acabó cuando perdí toda noción de existencia. La batalla de los
-Arapiles concluyó, al menos para mí.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch37">
- <h2 class="nobreak g0">XXXVII</h2>
-</div>
-
-<p>Dejadme descansar un instante, y luego contestaré a las preguntas
-que se me dirigen. Yo no recobré el sentido en un momento, sino que
-fui entrando poco a poco en la misteriosa claridad del conocer; fui
-renaciendo poco a poco, con percepciones vagas; fui recobrando el
-uso de algunos sentidos, y había dentro de mí una especie de aurora,
-pero muy lenta, sumamente lenta y penosa. Me dolía la nueva vida; me
-mortificaba como mortifica al ciego la luz que en mucho tiempo no ha
-visto. Pero todo era turbación. Veía algunos objetos, y no sabía lo que
-eran; oía voces, y tampoco sabía lo que eran. Parecía haber perdido
-completamente la memoria.</p>
-
-<p>Yo estaba en un sitio (porque indudablemente era un sitio del globo
-terráqueo); yo veía formas en torno a mí, pero no sabía que<span
-class="pagenum" id="Page_332">p. 332</span> las paredes fueran paredes,
-ni que el techo fuese techo; oía los lamentos, pero desconocía aquellas
-vibraciones quejumbrosas que lastimaban mi oído. Delante, muy cerca,
-frente por frente a mí, vi una cara. Al verla, mi espíritu hizo un
-esfuerzo para apreciar la forma visible; pero no pudo. Yo no sabía qué
-cara era aquella: lo ignoraba, como se ignora lo que piensa otro. Pero
-la cara tenía dos ojos hermosísimos que me miraban amorosamente. Todo
-esto se determinaba en mí por sentimiento, porque ¿entender?... no
-entendía nada. Así es que, por sentimiento, adiviné en la persona que
-tenía delante una como tendencia compasiva, tierna y cariñosa hacia
-mí.</p>
-
-<p>Pero lo más extraño es que aquel cariño, que pendía sobre mí,
-protegiéndome como un Ángel de la Guarda, tenía también voz, y la voz
-vibró en los espacios, agitando todas las partículas del aire, y con
-las partículas del aire, todos los átomos de mi ser, desde el centro
-del corazón hasta la punta del cabello. Oí la voz que decía:</p>
-
-<p>—Estáis vivo, estáis vivo... y estaréis también sano.</p>
-
-<p>El hermoso semblante se puso tan alegre, que yo también me
-alegré.</p>
-
-<p>—¿Me conocéis? —dijo la voz.</p>
-
-<p>No debí de contestar nada, porque la voz repitió la pregunta. Mi
-sensibilidad era tan grande, que cada palabra, cual hoja acerada, me
-atravesaba el pecho. El dolor, la debilidad, me vencieron de nuevo,
-sin duda porque<span class="pagenum" id="Page_333">p. 333</span>
-había hecho esfuerzos de atención superiores a mi estado, y recaí en
-el desvanecimiento. Cerrando los ojos, dejé de oír la voz. Entonces
-experimenté una molestia material. Un objeto extraño rozaba mi frente,
-cayéndome sobre los ojos. Como si el ángel protector lo adivinara, al
-punto noté que me quitaban aquel estorbo. Era mi cabello en desorden
-que me caía sobre la frente y las cejas. Sentí una tibia suavidad
-cariñosa, que debía de ser una mano, la cual desembarazó mi frente del
-contacto enojoso.</p>
-
-<p>Poco después (continuaba con los ojos cerrados) me pareció que por
-encima de mi cabeza revoloteaba una mariposa, y que después de trazar
-varias curvas y giros, en señal de indecisión, se posaba sobre mi
-frente. Sentí sus dos alas abatidas sobra mi piel; pero las alas eran
-calientes, pesadas y carnosas: estuvieron largo rato impresas en mí, y
-luego se levantaron, produciendo cierto rumor, un suave estallido que
-me hizo abrir los ojos.</p>
-
-<p>Si rápidamente los abrí, más rápidamente huyó el alado insecto. Pero
-la misma cara de antes estaba tan cerca de la mía, tan cerca, que su
-calor me molestaba un poco. Había en ella cierto rubor. Al verla, mi
-espíritu hizo un esfuerzo, un gran esfuerzo, y se dijo: «¿Qué rostro es
-este? Creo que conozco este rostro.»</p>
-
-<p>Pero no habiendo resuelto el problema, se resignó a la ignorancia.
-La voz sonó entonces de nuevo, diciendo con acento patético:</p>
-
-<p>—¡Vivid, vivid por Dios!... ¿Me conocéis?<span class="pagenum"
-id="Page_334">p. 334</span> ¿Qué tal os sentís? No tenéis heridas
-graves... habéis contraído un ataque cerebral; pero la fiebre ha
-cedido... Viviréis, viviréis sin remedio, porque yo lo quiero... Si la
-voluntad humana no resucitara los muertos, ¿de qué serviría?</p>
-
-<p>En el fondo, allá en el fondo de mi ser, no sé qué facultad,
-saliendo entumecida de profundo sopor, emitió misteriosas voces de
-asentimiento.</p>
-
-<p>—¿No me veis? —continuó ella (repito que yo no sabía quién era)—.
-¿Por qué no me habláis? ¿Estáis enfadado conmigo? Imposible, porque no
-os he ofendido... Si no os vi, si no os hablé con más frecuencia en los
-últimos días, fue porque no me lo permitían. Ha faltado poco para que
-me enviasen a mi país dentro de una jaula... Pero no me pueden impedir
-que cuide a los heridos, y estoy aquí velando por vos... ¡Cuánto he
-penado esperando a que abrieseis los ojos!</p>
-
-<p>Sentí mi mano estrechada con fuerza. El rostro se apartó de mí.</p>
-
-<p>—¿Tenéis sed? —dijo la voz.</p>
-
-<p>Quise contestar con la lengua; pero el don de la palabra me
-era negado todavía. De algún modo, no obstante, me expliqué
-afirmativamente, porque el ángel tutelar aplicó una taza a mis labios.
-Aquello me produjo un bienestar inmenso. Cuando bebía, apareció otra
-figura delante de mí. Tampoco sabía precisamente quién era; pero
-dentro, muy dentro de mí, bullía inquieta una chispa de memoria,
-esforzándose en explicarme con su indeciso<span class="pagenum"
-id="Page_335">p. 335</span> resplandor el enigma de aquel otro ser
-flaco, escuálido, huesoso, triste, de cuyo esqueleto pendía negro traje
-talar semejante a una mortaja. Cruzando sus manos, me miró con lástima
-profunda. La mujer dijo entonces:</p>
-
-<p>—Hermano, podéis retiraros a cuidar de los otros heridos y enfermos.
-Yo le velaré esta noche.</p>
-
-<p>De dentro de aquella funda negra que envolvía los huesos vivos de un
-hombre, salió otra voz que dijo:</p>
-
-<p>—¡Pobre Sr. D. Gabriel de Araceli! ¡En qué estado tan lastimoso se
-halla!</p>
-
-<p>Al oír esto, mi espíritu experimentó un gran alborozo. Se regocijó,
-se conmovió todo, como debió conmoverse el de Colón al descubrir el
-Nuevo Mundo. Gozándose en su gran conquista, pensó mi espíritu así:
-«¿Conque yo me llamo Gabriel Araceli?... Luego yo soy uno que se halló
-en la batalla de Trafalgar y en el 2 de mayo... Luego yo soy aquel
-que...»</p>
-
-<p>Este esfuerzo, el mayor de los que hasta entonces había hecho, me
-postró de nuevo. Sentime aletargado. Se extinguía la claridad; venía la
-noche. Luz rojiza, procedente de triste farol, iluminaba aquel hueco
-donde yo estaba. El hombre había desaparecido, y solo quedó la hermosa
-mujer. Por largo rato estuvo mirándome sin decirme cosa alguna. Su
-imagen muda, triste y fija delante de mí, cual si estuviese pintada
-en un lienzo, fue borrándose y desvaneciéndose a medida que yo me
-sumergía de nuevo en aquella noche oscura de mi<span class="pagenum"
-id="Page_336">p. 336</span> alma, de cuyo seno sin fondo poco antes
-saliera. Dormí no sé cuánto tiempo, y al volver en mi acuerdo, había
-ganado poco en la claridad de mis facultades. El estupor seguía, aunque
-no tan denso. El deshielo iba muy despacio.</p>
-
-<p>Mi protectora angelical no se había apartado de mí, y después de
-darme a beber una substancia que me causara gran alivio y reanimación,
-acomodó mi cabeza en la almohada, y me dijo:</p>
-
-<p>—¿Os sentís mejor?</p>
-
-<p>Un soplo corrió de mi cerebro a mis labios, que articularon:</p>
-
-<p>—Sí.</p>
-
-<p>—Ya se conoce —añadió la voz—. Vuestra cara es otra. Creo que va
-desapareciendo la fiebre.</p>
-
-<p>Contesté segunda vez que sí. En la estupidez que me dominaba, no
-sabía decir otra cosa, y me deleitaba el usar constantemente el único
-tesoro adquirido hasta entonces en los inmensos dominios de la palabra.
-El sí es vocabulario completo de los idiotas. Para contestar a todo que
-sí, para dar asentimiento a cuanto existe, no es necesario raciocinio
-ni comparación, ni juicio siquiera. Otro ha hecho antes el trabajo. En
-cambio, para decir no es preciso oponer un razonamiento nuevo al de
-aquel que pregunta, y esto exige cierto grado de inteligencia. Como yo
-me encontraba en los albores del raciocinio, contestar negativamente
-habría sido un portento de genio, de precocidad, de inspiración.</p>
-
-<p>—Esta noche habéis dormido muy tranquilo —dijo<span class="pagenum"
-id="Page_337">p. 337</span> la voz de mi enfermera—. Pronto estaréis
-bien. Dadme vuestras manos, que están algo frías: os las calentaré.</p>
-
-<p>Cuando lo hacía, un rayo pasó por mi mente, pero tan débil,
-tan rápido, que no era todavía certeza, sino un presentimiento,
-una esperanza de conocer, un aviso precursor. En mi cerebro se
-desembrollaba la madeja; pero tan despacio, tan despacio...</p>
-
-<p>—Me debéis la vida... —continuó la voz perteneciente a la persona
-cuyas manos apretaban y calentaban las mías—, me debéis la vida.</p>
-
-<p>La madeja de mi cerebro agitó sus hilos: tal esfuerzo hacía para
-desenredarlos, que estuvo a punto de romperlos.</p>
-
-<p>—En vuestro delirio —prosiguió— se os han escapado palabras muy
-lisonjeras para mí. El alma, cuando se ve libre del imperio de la
-razón, se presenta desnuda y sin mordaza: enseña todas sus bellezas, y
-dice todo lo que sabe. Así la vuestra no me ha ocultado nada... ¿Por
-qué me miráis con esos ojos fijos, negros y tristes como noches? Si con
-ellos me suplicáis que lo diga, lo diré, aunque atropelle la ley de las
-conveniencias. Sabed que os amo.</p>
-
-<p>La madeja entonces tiró tan fuertemente de sus hilos, que se iba a
-romper, se rompía sin remedio.</p>
-
-<p>—No necesitaría decíroslo, porque ya lo sabéis —continuó después de
-larga pausa—. Lo que no sabéis es que os amaba antes de conoceros...
-Yo tenía una hermana gemela más hermosa y más pura que los ángeles.
-Apuesto<span class="pagenum" id="Page_338">p. 338</span> a que no
-sabéis nada de esto... Pues bien: un libertino la engañó, la sedujo, la
-robó a Dios y a su familia, y mi pobrecita, mi adorada, mi idolatrada
-Lillian, tuvo un momento de desesperación y se dio a sí propia la
-muerte. El mayor de mis hermanos persiguió al malvado, autor de nuestra
-vergüenza: ambos fueron una noche a orillas del mar, se batieron, y
-mi pobre Carlos cayó para no levantarse más. Poco después mi madre,
-trastornada por el dolor, se fue desprendiendo de la tierra, y en una
-mañana del mes de mayo nos dijo adiós y huyó al cielo. Seguramente nada
-sabíais de esto.</p>
-
-<p>Continuaba siendo idiota, y contesté que sí.</p>
-
-<p>—Después de estos acontecimientos, sobre la haz de la tierra existía
-un hombre más aborrecido que Satanás. Para mí su solo nombre era una
-execración. Le odiaba de tal modo, que si le viera arrepentido y
-caminando al cielo, mis labios no hubieran pronunciado para él una
-palabra de perdón. Figurándomele cadáver, le pisoteaba...</p>
-
-<p>La madeja daba unas vueltas, unos giros, y hacía tales enredos
-y embrollos, que me dolía el cerebro vivamente. Allí había un hilo
-tirante y rígido, el cual, doliéndome más que los demás, me hizo
-decir:</p>
-
-<p>—Soy Araceli, el mismo que se halló en Trafalgar, y naufragó en el
-<i>Rayo</i> y vivió en Cádiz... En Cádiz hay una taberna, de que es amo
-el Sr. Poenco.</p>
-
-<p>—Un día —prosiguió—, hallándome en España, a donde vine siguiendo a
-mi segundo<span class="pagenum" id="Page_339">p. 339</span> hermano,
-dijéronme que aquel hombre había sido muerto por otro en duelo de
-honor. Pregunté con tanto anhelo, con tan profunda curiosidad el nombre
-del vencedor, que casi lo supe antes que lo revelaran. Me dijeron
-vuestro nombre; me refirieron algunos pormenores del caso, y desde
-aquel momento, ¿por qué ocultarlo?, os adoré.</p>
-
-<p>Mi espíritu hizo inexplicables equilibrios sobre dos imágenes
-grotescas; y puestos en una balanza dos figurones llamados Poenco
-y D. Pedro del Congosto, el uno subía mientras el otro bajaba. En
-aquel instante debí decir algo más substancioso que los primitivos
-<i>síes</i>, porque ella (yo continuaba ignorando quién era) puso la
-mano sobre mi frente, y habló así:</p>
-
-<p>—Me adivinabais sin duda, me veíais desde lejos con los ojos del
-corazón. Yo os busqué durante muchos meses. Tanto tardasteis en
-parecer, que llegué a creeros desprovisto de existencia real. Yo leía
-romances, y todos a vos los aplicaba. Érais el Cid, Bernardo del
-Carpio, Zaide, Abenámar, Celindos, Lanzarote del Lago, Fernán González
-y Pedro Ansúrez... Tomábais cuerpo en mi fantasía, y yo cuidaba de
-haceros crecer en ella; pero mis ojos registraban la tierra y no
-podían encontraros. Cuando os encontré, me pareció que os achicabais;
-pero os vi subir de pronto y tocar el altísimo punto de talla con
-que yo os había medido. Hasta entonces, cuantos hombres traté, o se
-burlaban de mí o no me comprendían. Vos tan solo me mirasteis cara
-a<span class="pagenum" id="Page_340">p. 340</span> cara y afrontasteis
-las excelsas temeridades de mi pensamiento sin asustaros. Os vi
-espontáneamente inclinado a la realización de acciones no comunes.
-Asocieme a ellas, quise llevaros más adelante todavía, y me seguisteis
-ciegamente. Vuestra alma y la mía se dieron la mano y tocaron su frente
-la una con la otra, para convencerse de que eran las dos de un mismo
-tamaño. La luz de entrambos se confundía en una sola.</p>
-
-<p>Al oír esto, la madeja de mi conocimiento se revolvió de un modo
-extraordinario. Los hilos entraban y salían los unos por entre los
-otros, y culebreaban para separarse y ponerse en orden. Ya aparecían en
-grupos de distintos colores, y aunque harto enmarañados todavía, muchos
-de ellos, si no todos, parecían haber encontrado su puesto.</p>
-
-<p>—Vos amábais a otra —prosiguió aquella, que empezaba ya a no serme
-desconocida—. La vi y la observé. Quise tratarla por algún tiempo, y
-la traté y la conocí; la hallé tan indigna de vos, que desde luego me
-consideré vencedora. Es imposible que me equivoque.</p>
-
-<p>Al oír esto, el corazón mío, que hasta entonces había permanecido
-quieto y mudo, dormido como un niño en su cuna, empezó a dar unos
-saltitos tan vivarachos y a llamarme con una vocecita tan dulce, que
-realmente me hacía daño. Dentro de mí se fue levantando no sé si diré
-un vapor, una onda que fue primero tibia y después ardiente, la cual
-me subía desde el fondo a la superficie del ser, despertando a su
-paso todo lo que dormía; una oleada invasora,<span class="pagenum"
-id="Page_341">p. 341</span> dominante, que poseía el don de la palabra,
-y al ascender por mí iba diciendo: «Arriba, arriba todo.»</p>
-
-<p>—¿Qué tenéis? —continuó aquella mujer—. Estáis agitado. Vuestro
-rostro se enciende... ahora palidece... ¿Vais a llorar? Yo también
-lloro. La salud vuelve a vuestro cuerpo, como la sensibilidad a vuestra
-noble alma. ¿Será posible que os haya conmovido la revelación que he
-hecho? No juzguéis mi atrevimiento con criterio vulgar, creyendo que
-falto al decoro, a las conveniencias y al pudor diciendo a un hombre
-que le amo. Yo, al mismo tiempo, soy pura como los ángeles y libre como
-el aire. Los necios que me rodean podrán calumniarme y calumniaros;
-pero no mancharán mi honra, como no la mancha un amor ideal y celeste
-al pasar del pensamiento a la palabra. Si durante mucho tiempo he
-disimulado y aparentado huir de vos, no ha sido por temor a los tontos,
-sino por provecho de entrambos. Cuando os he visto casi muerto, cuando
-os he recogido en mis brazos del campo de batalla, cuando os traje aquí
-y os atendí y os cuidé, tratando de devolveros la vida, tenía gran pena
-de que murieseis ignorando mi secreto.</p>
-
-<p>El estupor mío tocaba a su fin. Pensamiento y corazón recobraban su
-prístino ser; pero la palabra tardaba, ¡vaya si tardaba!...</p>
-
-<p>—Dios me ha escuchado —añadió ella—. No solo podéis oírme, sino que
-vivís, y podréis hablarme y contestarme. Decidme que me amáis, y si
-morís después, siempre me quedará algo vuestro.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_342">p. 342</span>Una figura
-celestial, tan celestial que no parecía de este mundo, se entró dentro
-de mí, agasajándose y plegándose toda para que no hubiese en mi
-interior un solo hueco que no estuviese lleno con ella.</p>
-
-<p>—No me contestáis una sola palabra —dijo la voz de mi enfermera—.
-Ni siquiera me miráis. ¿Por qué cerráis los ojos?... ¿Así se contesta,
-caballero?... Sabed que no solo tengo dudas, sino también celos. ¿Os
-habré desagradado en lo que últimamente he hecho? No os lo ocultaré,
-porque jamás he mentido. Mi lengua nació para la verdad... ¿Ignoráis
-tal vez que vuestra princesa encantada y el bribón de su padre estaban
-en Salamanca? Quién los trajo, es cosa que ignoro. El desgraciado masón
-anhelaba la libertad y se la he dado con el mayor gusto, consiguiendo
-del general un salvoconducto para que saliese de aquí y pudiese
-atravesar toda España sin ser molestado.</p>
-
-<p>Al oír esto, razón, memoria, sentimientos, palabra, todo volvió
-súbito a mí con violencia, con ímpetu, con estrépito, como una catarata
-despeñándose de las alturas del cielo. Di un grito, me incorporé en el
-lecho, agité los brazos, arrojé lejos de mí con instintiva brutalidad
-la hermosa figura que tenía delante, y prorrumpí en exclamaciones de
-ira. Miré a la dama y la nombré, porque ya la había conocido.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch38">
- <p><span class="pagenum" id="Page_343">p. 343</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXVIII</h2>
-</div>
-
-<p>El hospitalario que antes vi, entró al oír mis gritos, y ambos
-procuraron calmarme.</p>
-
-<p>—Otra vez le empieza el delirio —dijo Juan de Dios.</p>
-
-<p>—Yo he sido causa de esta alteración —dijo Miss Fly muy afligida.</p>
-
-<p>Mi propia debilidad me rindió, y caí en el lecho, sofocado por la
-indignación que sordamente se reconcentraba en mí, no encontrando ni
-voz suficiente ni fuerzas para expresarse fuera.</p>
-
-<p>—El pobre Sr. Araceli —dijo Juan de Dios con sentimiento piadoso— se
-volverá loco como yo. El demonio ha puesto su mano en él.</p>
-
-<p>—Callad, hermano, y no digáis tonterías —dijo Miss Fly cubriendo mis
-brazos con la manta y limpiando el sudor de mi frente—. ¿Qué habláis
-ahí de demonios?</p>
-
-<p>—Sé lo que me digo —añadió el agustino, mirándome con profunda
-lástima—. El pobre D. Gabriel está bajo una influencia maléfica... Lo
-he visto, lo he visto.</p>
-
-<p>Diciendo esto, destacaba de su puño cerrado dos dedos flacos y
-puntiagudos, y con ellos se señalaba los ojos.</p>
-
-<p>—Marchad fuera a cuidar de los otros enfermos —dijo<span
-class="pagenum" id="Page_344">p. 344</span> Miss Fly jovialmente— y no
-vengáis a fastidiarnos con vuestras necedades.</p>
-
-<p>Fuese Juan de Dios y nos quedamos de nuevo solos Athenais y yo.
-Hallándome ya en posesión completa de mi pensamiento, le hablé así:</p>
-
-<p>—Señora, repítame usted lo que hace poco ha dicho. No entendí bien.
-Creo que ni mis sentidos ni mi razón están serenos. Estoy delirando,
-como ha dicho aquel buen hombre.</p>
-
-<p>—Os he hablado largo rato —dijo Miss Fly con cierta turbación.</p>
-
-<p>—Señora, no puedo apreciar sino de un modo muy confuso lo que he
-visto y oído esta noche... Efectivamente, he visto delante de mí una
-figura hermosa y consoladora; he oído palabras... no sé qué palabras.
-En mi cerebro se confunden el eco de voces ajenas y el son misterioso
-de otras que yo mismo habré pronunciado... No distingo bien lo real
-de lo verdadero; durante algún tiempo he visto los objetos y los
-semblantes sin conocerlos.</p>
-
-<p>—¡Sin conocerlos!</p>
-
-<p>—He oído palabras. Algunas las recuerdo, otras no.</p>
-
-<p>—Tratad de repetir lo substancial de lo mucho que os he dicho
-—murmuró Athenais, pálida y grave—. Y si no habéis entendido bien, os
-lo repetiré.</p>
-
-<p>—En verdad no puedo repetir nada. Hay dentro de mí una confusión
-espantosa... He creído ver delante de mí a una persona cuya
-representación ideal no me abandona jamás en mis sueños; una figura que
-quiero y respeto,<span class="pagenum" id="Page_345">p. 345</span>
-porque la creo lo más perfecto que ha puesto Dios sobre la tierra... He
-creído oír no sé qué palabras dulces y claras, mezcladas con otras que
-no comprendía... He creído escuchar, tan pronto una música del cielo,
-tan pronto el fragor de cien tempestades que bramaban dentro de mi
-corazón... Nada puedo precisar... al fin he visto claramente a usted,
-la he conocido...</p>
-
-<p>—¿Y me habéis oído claramente también? —preguntó acercando su rostro
-al mío—. Ya sé que no debe darse conversación a los enfermos. Os habré
-molestado. Pero es lo cierto que yo esperaba con ansia que pudierais
-oírme. Si por desgracia muriérais...</p>
-
-<p>—De lo que oí, señora, solo recuerdo claramente que había usted
-puesto en libertad a una persona a quien yo aprisioné.</p>
-
-<p>—¿Y esto os disgusta? —preguntó la Mosquita con terror.</p>
-
-<p>—No solo me disgusta, sino que me contraría mucho, pero mucho
-—afirmé con inquietud, sacudiendo las ropas del lecho para sacar los
-brazos.</p>
-
-<p>Athenais gimió. Después de breve pausa, mirome con fijeza y orgullo,
-y dijo:</p>
-
-<p>—Caballero Araceli, ¿tanto coraje, es porque se os ha escapado el
-ave encantada de la calle del Cáliz?</p>
-
-<p>—Por eso, por eso es —repetí.</p>
-
-<p>—¿Y seguramente la amáis?...</p>
-
-<p>—La adoro, la he adorado toda mi vida. Ha tiempo que mi existencia
-y la suya están tan enlazadas como si fueran una sola. Mis<span
-class="pagenum" id="Page_346">p. 346</span> alegrías son sus alegrías,
-y sus penas son mis penas. ¿En dónde está? Si ha desaparecido otra vez,
-señora Athenais de mi alma, juro a usted que todos los romances de
-Bernardo, del Cid, de Lanzarote y de Celindos, me parecerían pocos para
-buscarla.</p>
-
-<p>Athenais estaba lastimosamente desfigurada. Diríase que era ella el
-enfermo y yo el enfermero. Largo rato la vi como sosteniendo no sé qué
-horrible lucha consigo misma. Volvía el rostro para que no viese yo su
-emoción; me miraba después con ira violentísima que se trocaba, sin
-quererlo ella misma, en inexplicable dulzura, hasta que, levantándose
-con ademán de majestuosa soberbia, me dijo:</p>
-
-<p>—Caballero Araceli, adiós.</p>
-
-<p>—¿Se va usted? —dije con tristeza y tomando su mano, que ella
-separó vivamente de la mía—. Me quedaré solo... Merezco que usted me
-desprecie, porque he vuelto a la vida, y mi primera palabra no ha sido
-para dar las gracias a esta amiga cariñosa, a esta alma caritativa
-que me recogió sin duda del campo de batalla, que me ha curado y
-asistido... ¡Señora, señora mía! La vida que usted ha ganado a la
-muerte, vería con gusto el momento en que tuviera que volverse a perder
-por usted.</p>
-
-<p>—Palabras hermosas, caballero Araceli —me dijo con acento solemne,
-sin acercarse a mí, mirándome pálida y triste y seria desde lejos, como
-una sibila sentenciosa que pronunciase las revelaciones de mi destino—.
-Palabras hermosas; pero no tanto que encubran la vulgaridad de vuestra
-alma vacía. Yo<span class="pagenum" id="Page_347">p. 347</span> aparto
-esa hojarasca y no encuentro nada. Estáis compuesto de grandeza y
-pequeñez.</p>
-
-<p>—Como todo, como todo lo creado, señora.</p>
-
-<p>—No, no —añadió con viveza—. Yo conozco algo que no es así; yo
-conozco algo donde todo es grande. Habéis hecho en vuestra vida y aun
-en estos mismos días cosas admirables. Pero el mismo pensamiento que
-concibió la muerte de Lord Gray, lo entregáis a una vulgar y prosaica
-ama de casa como un papel en blanco para que escriba las cuentas de
-la lavandera. Vuestro corazón, que tan bien sabe sentir en algunos
-momentos, no os sirve para nada y lo entregáis a las costureras para
-que hagan de él un cojincillo en que clavar sus alfileres. Caballero
-Araceli, me fastidio aquí.</p>
-
-<p>—¡Señora, señora, por Dios, no me deje usted! Estoy muy enfermo
-todavía.</p>
-
-<p>—¿Acaso no tengo yo rango más alto que el de enfermera? Soy muy
-orgullosa, caballero. El hermano hospitalario os cuidará.</p>
-
-<p>—Usted bromea, apreciable amiga, encantadora Athenais; usted se
-burla del verdadero afecto, de la admiración que me ha inspirado.
-Siéntese usted a mi lado; hablaremos de cosas diversas: de la batalla;
-del pobre Sir Thomas Parr, a quien vi morir.</p>
-
-<p>—Todavía creo que valgo para algo más que para dar conversación a
-los ociosos y a los aburridos —me contestó con desdén—. Caballero, me
-tratáis con una familiaridad que me causa sorpresa.</p>
-
-<p>—¡Oh! Recordaremos las proezas inauditas<span class="pagenum"
-id="Page_348">p. 348</span> que hemos realizado juntos. ¿Se acuerda
-usted de Jean-Jean?</p>
-
-<p>—En verdad, sois impertinente. Bastante os he asistido; bastantes
-horas he pasado junto a vos. Mientras delirábais, me he reído, oyendo
-las necedades y graciosos absurdos que continuamente decíais; pero ya
-estáis en vuestro sano juicio, y de nuevo sois tonto.</p>
-
-<p>—Pues bien, señora: deliraré, deliraré, y diré todas las majaderías
-que usted quiera, con tal que me acompañe —exclamé jovialmente—. No
-quiero que usted se marche enojada conmigo.</p>
-
-<p>Miss Fly se apoyó en la pared para no caer. Advertí que la expresión
-de su rostro pasaba de una furia insensata a una emoción profunda.
-Sus ojos se inundaron de lágrimas, y como si no le pareciese que
-sus manos las ocultaban bien, corrió rápidamente hacia afuera. Su
-intención primera fue sin duda salir; mas se quedó junto a la puerta
-y en sitio donde difícilmente la veía. Con todo, bastaron a revelarme
-su presencia, ignoro si los suspiros que creí oír, o la sombra que
-se proyectaba en la pared y subía hasta el techo. Lo que sí no tiene
-duda alguna para mí, es que después de estar largo tiempo sumergido
-en tristes cavilaciones, me sentí con sueño, y lentamente caí en uno
-profundísimo que duró hasta por la mañana. ¿Debo decir que cuando me
-hallaba próximo a perder completamente el uso de los sentidos, se
-repitieron los fenómenos extraños que habían acompañado mi penoso
-regreso a la vida? ¿Debo decir que me pareció<span class="pagenum"
-id="Page_349">p. 349</span> ver volar encima y alrededor de mi cabeza
-un insecto alado, que después vino a posar sobre mi frente sus dos alas
-blandas, pesadas y ardientes?</p>
-
-<p>Esto no era más que repetición de lo que antes había soñado. El
-fenómeno más raro, entre todos los de aquella rarísima noche, vino
-después, poniendo digno remate a mis confusiones; y fue, señores
-míos, que no desvanecida aún mi confusión por aquello de la Pajarita,
-advertí que se cernía sobre mi frente una cosa negra, larga, no muy
-grande, aunque me era muy difícil precisar su tamaño, el cual objeto,
-o animalucho, tenía dos largas piernas y dos picudas alas, que abría y
-cerraba alternativamente; todo negro, áspero, rígido, y extremadamente
-feo. Aquel horrible crustáceo se replegaba, y entonces parecía un puñal
-negro; después abría sus patas y sus alas, y era como un escorpión.
-Lentamente bajaba acercándose a mí, y cuando tocó mi frente, sentí frío
-en todo mi cuerpo. Agitose mucho; meneó las horribles extremidades
-repetidas veces, emitiendo un chillido estridente, seco, áspero, que
-estremecía los nervios, y después huyó.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch39">
- <p><span class="pagenum" id="Page_350">p. 350</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XXXIX</h2>
-</div>
-
-<p>Tras un sueño tan largo como profundo, desperté en pleno día
-notablemente mejorado. La hermosa claridad del sol me produjo
-bienestar inmenso, y además del alivio corporal, experimentaba cierto
-apacible reposo del alma. Me recreaba en mi salud como un fatuo en su
-hermosura.</p>
-
-<p>A mi lado estaban dos hombres, el hospitalario y un médico militar,
-que después de reconocerme, hizo alegres pronósticos acerca de mi
-enfermedad, y me mandó que comiese algo suculento si encontraba almas
-caritativas que me lo proporcionasen. Marchose a cortar no sé cuántas
-piernas, y el hermano, luego que nos quedamos solos, se sentó junto a
-mí, y compungidamente me dijo:</p>
-
-<p>—Siga usted los consejos de un pobre penitente, Sr. D. Gabriel, y en
-vez de cuidarse del alimento del cuerpo, atienda al del alma, que harto
-lo ha menester.</p>
-
-<p>—¿Pues qué, Sr. Juan de Dios, acaso voy a morir? —le dije, recelando
-que quisiera ensayar en mí el sistema de las silvestres yerbecillas.</p>
-
-<p>—Para vivir como usted vive —afirmó el fraile con acento lúgubre—,
-vale más mil<span class="pagenum" id="Page_351">p. 351</span> veces la
-muerte. Yo al menos la preferiría.</p>
-
-<p>—No entiendo.</p>
-
-<p>—Sr. Araceli, Sr. Araceli —exclamó, no ya inquieto, sino con
-verdadera alarma—, piense usted en Dios; llame usted a Dios en su
-ayuda; elimine usted de su pensamiento toda idea mundana; abstráigase
-usted... Para conseguirlo, recemos, amigo mío; recemos fervorosamente
-por espacio de cuatro, cinco o seis horas, sin distraernos un momento,
-y nos veremos libres del inmenso, del horrible peligro que nos
-amenaza.</p>
-
-<p>—Pero este hombre me va a matar —dije con miedo—. Me manda el médico
-que coma, y ahora resulta que necesito una ración de seis horas de
-rezo. Hermanuco, por amor de Dios, tráigame una gallina, un pavo, un
-carnero, un buey.</p>
-
-<p>—¡Perdido, irremisiblemente perdido...! —exclamó con aflicción
-suma, elevando los ojos al cielo y cruzando las manos—. ¡Comer,
-comer! Regalar el cuerpo con incitativos manjares cuando el alma está
-amenazada. Amenazada, Sr. Araceli... Vuelva usted en sí... Recemos
-juntos, nada más que seis horas, sin un instante de distracción... con
-el pensamiento clavado en lo alto... De esta manera, el pérfido se
-ahuyentará, vacilará al menos antes de poner su infernal mano en un
-alma inocente, la encontrará atada al cielo con las santas cadenas de
-la oración, y quizás renuncie a sus execrables propósitos.</p>
-
-<p>—Hermano Juan de Dios, quíteseme de delante, o no sé lo que haré.
-Si usted es loco<span class="pagenum" id="Page_352">p. 352</span> de
-atar, yo por fortuna no lo soy, y quiero alimentarme.</p>
-
-<p>—Por piedad, por todos los santos, por la salvación de su alma,
-amado hermano mío, modérese usted, refrene esos livianos apetitos,
-ponga cien cadenas a la concupiscencia del mascar, pues por la puerta
-de la gastronomía entran todos los melindres pecaminosos.</p>
-
-<p>Le miré entre colérico y risueño, porque su austeridad, que había
-empezado a ser grotesca, me enfadaba, y al mismo tiempo me divertía.
-No, no me es posible pintarle tal como era, tal como le vi en aquel
-momento. Para reproducir en el lienzo la extraña figura de aquel
-hombre, a quien los ayunos y la exaltación de la fantasía llevaran a
-estado tan lastimoso, no bastaría el pincel de Zurbarán, no: sería
-preciso revolver la paleta del gran Velázquez para buscar allí algo de
-lo que sirvió para la hechura de sus inmortales bobos.</p>
-
-<p>Me reí de él, diciéndole:</p>
-
-<p>—Tráigame usted de comer, y después rezaremos.</p>
-
-<p>Por única contestación, el hospitalario se arrodilló, y sacando un
-libro de rezos, me dijo:</p>
-
-<p>—Repita usted lo que yo vaya leyendo.</p>
-
-<p>—¡Que me mata este hombre, que me mata! ¡Favor! —grité
-encolerizado.</p>
-
-<p>Juan de Dios se levantó, y poniendo su mano sobre mi pecho,
-espantado y tembloroso, me habló así:</p>
-
-<p>—¡Que viene! ¡que va a venir!</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_353">p. 353</span>—¿Quién? —pregunté
-cansado de aquella farsa.</p>
-
-<p>—¿Quién ha de ser, desgraciado, quién ha de ser? —dijo en voz baja
-y con abatimiento—. ¿Quién ha de ser sino el torpe enemigo del linaje
-humano, el negro rey que gobierna el imperio de las tinieblas como Dios
-el de la luz; aquel que odia la santidad y tiende mil lazos a la virtud
-para que se enrede? ¿Quién ha de ser sino la inmunda bestia que posee
-el arte de mudarse y embellecerse, tomando la figura y traje que más
-fácilmente seducen al descuidado pecador? ¿Quién ha de ser? ¡Extraña
-pregunta por cierto! ¡Me asombro de la inocente calma con que usted me
-habla, hallándose, como se halla, en el mismo estado que yo!</p>
-
-<p>Mis carcajadas atronaban la estancia.</p>
-
-<p>—Me alegraré en extremo de que venga —le dije—. ¿Cómo sabe usted que
-va a venir?</p>
-
-<p>—Porque ya ha estado, pobrecito; porque ya ha puesto sus aleves
-manos sobre usted en señal de posesión y dominio, porque dijo que iba a
-volver.</p>
-
-<p>—Eso me alegra sobremanera. ¿Y cuándo he tenido el honor de tal
-visita? No he visto nada.</p>
-
-<p>—¡Cómo había usted de verlo si dormía, desgraciado! —exclamó con
-lástima—. ¡Dormir, dormir! he aquí el gran peligro. Él aprovecha las
-ocasiones en que el alma está suelta y haciendo travesuras, libre de
-la vigilancia de la oración. Por eso yo no duermo nunca; por eso velo
-constantemente.</p>
-
-<p>—¿Vino mientras yo dormía?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_354">p. 354</span>—Sí: anoche...
-¡horrible momento! La señora inglesa que tan bien ha cuidado a usted
-había salido. Yo estaba solo y me distraje un poco en mis rezos. Sin
-saber cómo, había dejado volar el pensamiento por espacios voluptuosos
-y sonrosados... ¡pecador indigno, mil veces indigno!... Yo había puesto
-el libro sobre mis rodillas, y cerrado los ojos, y dejádome aletargar
-en sabroso desvanecimiento, cuya vaporosa niebla y blando calor
-recreaban mi cuerpo y mi espíritu...</p>
-
-<p>—Y entonces, cuando mi bendito hermanuco se regocijaba con tales
-liviandades, abriose la tierra, salió una llama de azufre...</p>
-
-<p>—No se abrió la tierra, sino la puerta, y apareció... ¡Ay! apareció
-en aquella forma celestial, robada a las criaturas de la más alta
-esfera angélica; apareció cual siempre le ven mis pecadores ojos.</p>
-
-<p>—Hermano, hermano, soy feliz y sentiría que estuviera usted
-cuerdo.</p>
-
-<p>—Apareció, como he dicho, y su vista me convirtió en estatua.
-Otra de igual catadura le acompañaba, también en forma mujeril,
-representando más edad que la primera, la tan aborrecida como adorada,
-que es el terror de mis noches y el espanto de mis días, y el abismo
-que se traga mi alma.</p>
-
-<p>—Pues le aseguro a usted que adoro a esos demonios, Sr. Juan de
-Dios, y ahora mismo voy a mandarles un recadito con usted.</p>
-
-<p>—¿Conmigo? ¡Infeliz precito! Ya vendrán por usted, y se lo llevarán
-con sus satánicas artes.</p>
-
-<p>—Quiero saber qué hicieron, qué dijeron.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_355">p. 355</span>—Dijeron: «Aquí
-nos han asegurado que está.» Y luego sus ojos, que todo lo ven en
-la lobreguez de la horrenda noche, vieron el miserable cuerpo, y se
-abalanzaron hacia él con aullidos que parecían sollozos tiernísimos,
-con lamentos que parecían la dulce armonía del amor materno, llorando
-junto a la cuna del niño moribundo.</p>
-
-<p>—¡Y yo dormido como un poste! ¡Padre Juan, es usted un imbécil, un
-majadero! ¿Por qué no me despertó?</p>
-
-<p>—Usted deliraba aún; las dos, ¡ay!, aquellas dos apariencias
-hermosísimas, y tan acabadas y perfectas que solo yo, con los
-perspicuos ojos del alma, podía adivinar bajo su deslumbradora
-estructura la mano del infernal artífice; las dos mujeres, digo,
-derramaron sobre el pecho y la frente de usted demoniacas chispas, con
-tan ingeniosa alquimia desfiguradas, que parecían lágrimas de ternura.
-Pusieron sus labios de fuego en las manos de usted como si las besaran,
-le arreglaron las ropas del lecho, y después...</p>
-
-<p>—¿Y después?</p>
-
-<p>—Y después, buscáronme con los ojos como para preguntarme algo; mas
-yo, más muerto que vivo, habíame escondido bajo aquella mesa y temblaba
-allí y me moría. Sr. D. Gabriel, me moría queriendo rezar y sin poder
-rezar, queriendo dejar de ver aquel espectáculo y viéndolo siempre...
-Por fin, resolvieron marcharse... ya eran dueños del alma de usted y no
-necesitaban más.</p>
-
-<p>—Se fueron, pues.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_356">p. 356</span>—Se fueron diciendo
-que iban a pedir licencia a no sé quién para trasladar a usted a otro
-punto mejor... al Infierno cuando menos. De esta manera desapareció de
-entre los vivos un hermano hospitalario que era gran pecador: se lo
-llevaron una mañana enterito, y sin dejar una sola pieza de su corporal
-estructura.</p>
-
-<p>—¿Y después?... Estoy muy alegre, hermano Juan.</p>
-
-<p>—Después vino esa señora a quien llaman <i>Doña Flay</i>, la cual
-es una criatura angelical, que le quiere a usted mucho. Usted empezó a
-salir de aquel marasmo o trastorno en que le dejaron las embajadoras
-del negro averno: la señora inglesa habló largamente con usted, y yo,
-que me puse a escuchar tras la puerta, oí que le decía mil cositas
-tiernas, melosas y hechiceras.</p>
-
-<p>—¿Y después?</p>
-
-<p>—Y después usted se puso furioso y entré yo, y la inglesa me mandó
-salir, y a lo que entendí, mi D. Gabriel se durmió. La inglesa entraba
-y salía, sin cesar de llorar.</p>
-
-<p>—¿Y nada más?</p>
-
-<p>—Algo más hay, sí, sin duda lo más terrible y espantoso, porque el
-atormentador del linaje humano, aquel que, según un santo Padre, tiene
-por cómplice de su infame industria a la mujer, la cual es hornillo
-de sus alquimias, y fundamento de sus feas hechuras; aquel que me
-atormenta y quiere perderme, entró de nuevo en la misma duplicada forma
-de mujer linda...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_357">p. 357</span>—Y yo, ¿dormía
-también?</p>
-
-<p>—Dormía usted con sueño tranquilo y reposado. La señora inglesa
-estaba junto a aquella mesa envolviendo no sé qué cosa en un papel.
-Entraron ellas... no expiré en aquel momento por milagro de Dios... se
-acercaron a usted, y vuelta a los aullidos que parecían llantos, y a
-los signos quirománticos semejantes a caricias blandas y amorosas.</p>
-
-<p>—¿Y no dijeron nada? ¿No dijeron nada a Miss Fly ni a usted?</p>
-
-<p>—Sí —continuó después de tomar aliento, porque la fatiga de su
-oprimido pecho apenas le permitía hablar—: dijeron que ya tenían la
-licencia, y que iban a buscar una litera para trasladar a usted a un
-sitio que no nombraron... Pero lo más extraño es que al oír esto la
-señora inglesa, que no estaba menos absorta, ni menos suspendida,
-ni menos espantada que yo, debió de conocer que las tan aparatosas
-beldades eran obra de aquel que llevó a Jesús a la cima de la montaña
-y a la cúspide de la ciudad; y sobrecogida como yo, lanzó un grito
-agudísimo, precipitándose fuera de la habitación. Seguila y ambos
-corrimos largo trecho, hasta que ella puso fin a su atropellada
-carrera, y apoyando la cabeza contra una pared, allí fue el verter
-lágrimas, el exhalar hondos suspiros y el proferir palabras vehementes,
-con las cuales pedía a Dios misericordia. Una hora después volví,
-despertó usted y nada más. Solo falta que recemos, como antes dije,
-porque solo la oración y la vigilancia del espíritu ahuyentan al Malo,
-así como el pérfido sueño,<span class="pagenum" id="Page_358">p.
-358</span> las regaladas comidas y las conversaciones mundanas le
-llaman.</p>
-
-<p>Juan de Dios no dijo más; trémulo y lívido, ponía su atención en
-extraños ruidos que sonaban fuera.</p>
-
-<p>—¡Aquí, aquí estoy, Inesilla... señora condesa! —grité reconociendo
-las dulces voces que desde mi lecho oía—. Aquí estoy vivo y sano y
-contento, y queriéndolas a las dos más que a mi vida.</p>
-
-<p>¡Ay! Entraron ambas y desoladas corrieron hacia mí. Una me abrazó
-por un costado y otra por otro. Casi me desvanecí de alegría cuando las
-dos adoradas cabezas oprimían mi pecho.</p>
-
-<p>Juan de Dios huyó de un salto, de un vuelo, o no sé cómo.</p>
-
-<p>Quise hablar, y la emoción me lo impedía. Ellas lloraban y no decían
-nada tampoco. Al fin, Inés levantó los ojos sobre mi frente y la
-observó con curiosidad y atención.</p>
-
-<p>—¿Qué me miras? —le dije—. ¿Estoy tan desfigurado que no me
-conoces?</p>
-
-<p>—No es eso.</p>
-
-<p>La condesa miró también.</p>
-
-<p>—Es que noto que te falta algo —dijo Inés sonriendo.</p>
-
-<p>Me llevé la mano a la frente, y, en efecto, algo me faltaba.</p>
-
-<p>—¿Dónde han ido a parar los dos largos mechones de pelo que tenías
-aquí?</p>
-
-<p>Al decir esto, con sus deditos tocaba mi cabeza.</p>
-
-<p>—Pues no sé... tal vez en la batalla...</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_359">p. 359</span>Las dos se
-rieron.</p>
-
-<p>—Queridas mías, recuerdo haber visto en sueños encima de mi cabeza
-un animalejo frío y negro, y ahora comprendo lo que era aquello: unas
-tijeras. Tengo aquí sobre la sien una rozadura... ¿la ven ustedes?...
-Esos pelos me molestaban, y aquí del cirujano. Es hombre entendido que
-no olvida el más mínimo detalle.</p>
-
-<p>Tantas preguntas tenía que hacer, que no sabía por cuál empezar.</p>
-
-<p>—¿Y en qué paró esa batalla? —dije—. ¿Dónde está Lord Wellington?</p>
-
-<p>—La batalla paró en lo que paran todas: en que se acabó cuando se
-cansaron de matarse —me respondió una de ellas, no sé cuál.</p>
-
-<p>—Pero los franceses se retiraban cuando yo caí.</p>
-
-<p>—Tanto se retiraron —dijo la condesa— que todavía están corriendo.
-Wellington les va a los alcances. No tengas cuidado por eso, que ya lo
-harán bien sin ti... Veremos si te dan algún grado por haber cogido el
-águila.</p>
-
-<p>—¿Conque yo cogí un águila...?</p>
-
-<p>—Un águila toda dorada, con las alas abiertas y el pico roto, puesta
-sobre un palo, y con rayos en las garras: la he visto —dijo Inés con
-satisfacción, extendiéndose en pomposas descripciones de la insignia
-imperial.</p>
-
-<p>—Te encontraron —añadió la condesa— entre muchos muertos y heridos,
-abrazado con el cadáver de un abanderado francés, el cual te mordía el
-brazo.</p>
-
-<p>Era la parte de mi cuerpo que más me dolía.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_360">p. 360</span>—Te hemos buscado
-desde el 22 —dijo Inés—, y hasta anoche todo ha sido correr y más
-correr sin resultado alguno. Creímos que habías muerto. Fui a la zanja
-grande, donde están enterrados los pobres cuerpos. Había tantos,
-tantos, que no los pude ver todos... Aquello parecía una maldición de
-Dios. Si cuando tal vi hubiera tenido en mi mano el águila que cogiste,
-la habría echado también en la zanja, y luego tierra, mucha tierra
-encima.</p>
-
-<p>—Bien, Inesilla: nadie mejor que tú dice las mayores verdades de
-un modo más sencillo. La gloria militar y los muertos de las batallas
-debieran enterrarse en una misma fosa... En fin, adoradas mías, vivo
-estoy para quererlas muchísimo, y para casarme con la una, previo el
-consentimiento de la otra.</p>
-
-<p>La condesa frunció ligeramente el ceño, e Inés me miró el cabello.
-La felicidad que inundaba mi alma se desbordó en francas risas y
-expresiones gozosas, a que Inés habría contestado de algún modo, si la
-seriedad de su madre se lo hubiera permitido.</p>
-
-<p>—Saquemos ahora de aquí a ese bergante —dijo la condesa—, y después
-se verá. Debemos dar gracias a esa señora inglesa que te recogió en el
-campo de batalla y que te ha cuidado tan bien, según nos han dicho.
-Sé quién es y la hemos visto. La conocí en el Puerto... Por cierto,
-caballerito, que tenemos que hablar tú y yo.</p>
-
-<p>—¿No está por aquí? ¡Athenais, Athenais!... Se empeñará en no
-venir cuando la<span class="pagenum" id="Page_361">p. 361</span>
-necesitamos. Me alegro infinito de que se conozcan ustedes. Creo que
-este conocimiento me ahorra un disgusto. Miss Fly es persona leal y
-generosa. ¡Sr. Juan de Dios!... Ese no vendrá aunque le ahorquen. Ha
-dado en decir que son ustedes el demonio.</p>
-
-<p>—¿Ese bendito hospitalario? —indicó la condesa—. El médico nos dijo
-que se había ya escapado dos veces de la casa de locos... Vamos a ver
-cómo te arreglamos en la camilla. Llamaremos a otro enfermero.</p>
-
-<p>Cuando salió la condesa, dije a Inés:</p>
-
-<p>—No me has dicho nada de aquella persona...</p>
-
-<p>—Ya lo sabrás todo —me contestó, sin oponerse a que la comiese a
-besos las manos—. Ven pronto a casa... prueba a levantarte.</p>
-
-<p>—No puedo, hijita, estoy muy débil. Ese hospitalario de mil demonios
-se propuso hoy matarme de hambre. El agustino empeñado en que no había
-de comer, y Miss Fly volviéndome loco con sus habladurías...</p>
-
-<p>—¡Oh! —dijo Inés con encantadora expresión de amenaza—. ¿Esa
-inglesa ha de estar contigo en todas partes?... Tengo una sospecha,
-una sospecha terrible, y si fuera cierto... ¿Seré yo demasiado buena,
-demasiado confiada e inocente, y tú un grandísimo tunante?</p>
-
-<p>Miró de nuevo mi frente, no ya con inquietud, sino con verdadera
-alarma.</p>
-
-<p>—¡Inesilla de mi corazón! —exclamé—. ¡Si tienes sospechas, yo
-las disiparé! ¿Dudas de mí? Eso no puede ser. No ha sucedido nunca,
-y no sucederá ahora. ¿Puedo yo dudar de ti?<span class="pagenum"
-id="Page_362">p. 362</span> ¿Puede quebrantarse la fe de esta religión
-mutua en que ha mucho tiempo vivimos y entrañablemente nos adoramos?</p>
-
-<p>—Así ha sido hasta aquí; pero ahora... tú me ocultas algo... mi
-madre ha pronunciado al descuido algunas palabras... No, Gabriel, no
-me engañes. Dímelo, dímelo pronto. Miss Fly te recogió del campo de
-batalla. Ella lo ha negado; pero es verdad. Nos lo han dicho.</p>
-
-<p>—¡Engañarte yo!... Eso sí que es gracioso. Aunque fuese malo y
-quisiera engañarte, no podría... Pero te debo decir la verdad, toda la
-verdad, mujer mía, y empiezo desde este momento... ¿Por qué me miras la
-frente?</p>
-
-<p>—Porque... porque... —dijo pálida, grave y amenazadora—, porque ese
-mechón de pela te lo ha quitado Miss Fly. Yo lo adivino.</p>
-
-<p>—Pues sí, ella misma ha sido —contesté con serenidad
-imperturbable.</p>
-
-<p>—¡Ella misma!... ¡Y lo confiesa! —exclama entre suspensa y
-aterrada.</p>
-
-<p>Sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo no sabía qué decirle. Pero
-la verdad salía en onda impetuosa de mi corazón a mis labios.
-Mentir, fingir, tergiversar, disimular, era indigno de mí y de ella.
-Incorporándome con dificultad, le dije:</p>
-
-<p>—Yo te contaré muchas cosas que te sorprenderán, querida mía. Demos
-tú y yo las gracias a esa generosa mujer que me recogió de entre los
-muertos en el Arapil Grande, para que no te quedases viuda.</p>
-
-<p>—En marcha, vamos —dijo la condesa, entrando de súbito e
-interrumpiéndome—. En esta litera irás bien.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch40">
- <p><span class="pagenum" id="Page_363">p. 363</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XL</h2>
-</div>
-
-<p>La casa de la calle del Cáliz, a donde por dos veces he transportado
-a mis oyentes, y a cuyo recinto de nuevo me han de seguir, si quieren
-saber el fin de esta puntual historia, era la habitación patrimonial
-de Santorcaz, que la había heredado de su padre un año antes, con
-algunas tierras productivas. Componíase el tal caserón de dos o tres
-edificios diversos en tamaño y estructura, que compró, unió y comunicó
-entre sí el Sr. Juan de Santorcaz, aldeano enriquecido a principios del
-siglo pasado. Faltaba a aquella vivienda elegancia y belleza, pero no
-solidez, ni magnitud, ni comodidades, aunque algunas piezas se hallaban
-demasiado distantes unas de otras, y era excesiva la longitud de los
-corredores, así como el número de escalones que al discurrir de una
-parte a otra se encontraban.</p>
-
-<p>En los aposentos donde anteriormente les vimos, estaba Santorcaz con
-su hija el 22 de julio durante la batalla. Esta última circunstancia
-hará comprender a mis oyentes que no presencié lo que voy a contar;
-mas si lo cuento de referencia, si lo pongo en el lugar de los hechos
-presenciados por mí, es porque doy tanta fe a la palabra de quien me
-los contó,<span class="pagenum" id="Page_364">p. 364</span> como a mis
-propios ojos y oídos; y así, téngase esto por verídico y real.</p>
-
-<p>Estaban, pues, según he dicho, el infortunado D. Luis y su hija en
-la sala: lamentábase ella de que existieran guerras, y maldecía él su
-triste estado de salud, que no le permitía presenciar el espectáculo
-de aquel día, cuando sonó con terrible estruendo la famosa aldaba
-del culebrón, y al poco rato, el único criado que los servía y el
-militar que los guardaba, anunciaron a los solitarios dueños que una
-señora quería entrar. Como Miss Fly había estado allí algunos días
-antes ofreciendo al masón un salvoconducto para salir de Salamanca
-y de España, alegrósele a aquel el alma y dio orden de que al punto
-dejasen pasar e internarse hasta su presencia a la generosa visitante.
-Transcurridos algunos minutos, entró en la sala la condesa.</p>
-
-<p>Santorcaz rugió como la fiera herida cuando no puede defenderse.
-Largo rato estuvieron abrazadas madre e hija, confundiendo sus
-lágrimas, y tan olvidadas del resto de la creación, cual si ellas
-solas existieran en el mundo. Vueltas al fin en su acuerdo, la madre,
-observando con terror a aquel hombre rabioso y sombrío, que clavaba
-los ojos en el suelo, como si quisiera con la sola fuerza de su mirada
-abrir un agujero en que meterse, quiso llevar a su hija consigo, y
-dijo palabras muy parecidas a las que yo pronuncié en circunstancias
-semejantes.</p>
-
-<p>Los que vieron mi sorpresa, juzguen cuál sería la de Amaranta cuando
-Inés se separó de<span class="pagenum" id="Page_365">p. 365</span>
-ella, y hecha un mar de lágrimas corrió con los brazos abiertos hacia
-el anciano, en ademán cariñoso. Absorta miró tan increíble movimiento
-la condesa. Santorcaz, cuando su hija estuvo próxima, volvió el rostro
-y alargó los brazos para rechazarla.</p>
-
-<p>—Vete de aquí —dijo—, no quiero verte, no te conozco.</p>
-
-<p>—¡Loco! —gritó la muchacha con dolor—. Si dices otra vez que me
-marche, me marcharé.</p>
-
-<p>Revolvió Santorcaz los fieros ojos de un lado a otro de la estancia,
-miró con igual rencor a la condesa y a su hija, y temblando de cólera
-repitió:</p>
-
-<p>—Vete, vete: te he dicho que te vayas. No quiero verte más. Sal de
-esta casa con esa mujer, y no vuelvas.</p>
-
-<p>—Padre —dijo Inés sin dar gran importancia al frenesí del anciano—.
-¿No me has dicho que esta casa es mía? ¿No me has entregado las llaves?
-Pues voy a acomodar esta señora en una habitación de las de la calle,
-porque hoy es imposible que encuentre posada, y mañana las dos nos
-iremos, dejándote tranquilo.</p>
-
-<p>Tomando un manojo de llaves y repiqueteando con él, no sin cierta
-intención zumbona, Inés salió de la estancia seguida de Amaranta, que
-nada comprendía de aquella tragicomedia.</p>
-
-<p>Luego que se quedó solo, Santorcaz dio algunos paseos por la
-habitación, recorriéndola en giros y vueltas sin fin, cual macho de
-noria. Su fisonomía expresaba todo cuanto puede<span class="pagenum"
-id="Page_366">p. 366</span> expresar la fisonomía humana, desde la
-saña más terrible a la emoción más tierna. Tomó después un libro, pero
-lo arrojó en el suelo a los pocos minutos. Cogió luego una pluma, y
-después de rasguñar el papel breve rato, la destrozó y la pisoteó.
-Levantose, y con pasos vacilantes e inseguro ademán, dirigiose a la
-puerta vidriera; penetró en la estancia próxima, donde había un tocador
-de mujer y un lecho blanco. De rodillas en el suelo, hizo de cama
-reclinatorio, y apoyando el rostro sobre ella, estuvo llorando todo el
-día.</p>
-
-<p>Si Santorcaz hubiera tenido un oído agudo y finísimo, como el de
-algunas especies ornitológicas, habría percibido el rumor de tenues
-pasos en el corredor cercano; si Santorcaz hubiera poseído la doble
-vista, que es un absurdo para la fisiología, pero que no lo parecería
-si se llegaran a conocer los misteriosos órganos del espíritu, habría
-visto que no estaba enteramente solo; que una figura celestial batía
-sus alas en las inmediaciones de la triste alcoba; que sin tocar el
-suelo con su ligero paso, venía y se acercaba, y aplicaba con gracioso
-gesto su linda cabeza a la puerta para escuchar, y luego introducía un
-rayo de sus ojos por un resquicio para observar lo que dentro pasaba;
-y como si lo que veía y oía la contentase, iluminaba aquellos sombríos
-espacios con una sonrisa, y se marchaba para volver al poco rato y
-atender lo mismo. Pero el pobre masón no veía nada de esto. Aquella
-tarde, un ordenanza inglés le trajo un salvoconducto para salir de
-Salamanca;<span class="pagenum" id="Page_367">p. 367</span> pero el
-masón lo rompió. La condesa e Inés, excepto en los intervalos en que
-esta salía, hablaban por los codos en las habitaciones de la calle.
-Figuraos la tarea de dos lenguas de mujer, que quieren decir en un día
-todo lo que han callado en un año. Hablaban sin cesar, pasando de un
-asunto a otro, sin agotar ninguno, experimentando emociones diversas,
-siempre sorprendidas, siempre conmovidas, quitándose una a otra la
-palabra, refiriendo, ponderando, encareciendo, comentando, afirmando y
-negando.</p>
-
-<p>Esto pasaba el 22 de julio. De vez en cuando las interrumpía zumbido
-lejano, estremecimiento sordo de la tierra y del aire. Era la voz de
-los cañones de Inglaterra y Francia, que estaban batiéndose donde todos
-sabemos. Las dos mujeres cruzaban las manos, elevando los ojos al
-cielo... Los cañonazos se repetían con más frecuencia. Por la tarde,
-era un mugido incesante como el del océano tempestuoso. En madre e
-hija pudo tanto el terror, que se callaron: es cuanto hay que decir.
-Pensaban en la cantidad de hombres que se tragaría en cada una de sus
-sacudidas el mar irritado, que bramaba a lo lejos.</p>
-
-<p>Llegó la noche, y los cañonazos cesaron. Muy tarde entró Tribaldos
-en la casa. El pobre muchacho estaba consternado, y, aunque se la
-echaba de valiente, derramó algunas lágrimas.</p>
-
-<p>—¿A dónde vas? —preguntó con inquietud la madre a la hija, viendo
-que esta se ponía el manto sin decir para qué.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_368">p. 368</span>—Al Arapil
-—contestó Inés, entregando otro manto a la condesa, que se lo puso
-también sin decir nada.</p>
-
-<p>Visitó Inés por breves momentos al anciano, y salió de la casa y
-de la ciudad, acompañada de su madre y del fiel Tribaldos. Inmenso
-gentío de curiosos llenaba el camino. La batalla había sido horrenda,
-y querían ver las sobras todos los que no pudieron ver el festín.
-Anduvieron largo tiempo, toda la noche, hacia arriba y hacia abajo, y
-de acá para allá, sin encontrar lo que buscaban, ni quien razón les
-diera de ello. Cerca del día vieron a Miss Fly, que regresaba del campo
-de batalla delante de una camilla bien arreglada y cubierta, donde
-traían a un hombre, que fue encontrado en el Arapil Grande, lleno de
-heridas, sin conocimiento, y con una horrible mordida en el brazo.</p>
-
-<p>Acercáronse Inés, la condesa y Tribaldos a Miss Fly para hacerle
-preguntas; pero esta, impaciente por seguir, les contestó:</p>
-
-<p>—No sé una palabra. Dejadme continuar. Llevo en esta camilla al
-pobre Sir Thomas Parr, que está herido de gravedad.</p>
-
-<p>Siguieron ellas y Tribaldos, y recorrieron el campo de batalla, que
-la luz del naciente día les permitió ver en todo su horror; vieron
-los cuerpos tendidos y revueltos, conservando en sus fisonomías la
-expresión de rabia y espanto con que los sorprendiera la muerte.
-Miles de ojos sin brillo y sin luz, como los ojos de las estatuas de
-mármol, miraban al cielo sin verlo. Las manos se agarrotaban en los
-fusiles<span class="pagenum" id="Page_369">p. 369</span> y en las
-empuñaduras de los sables, como si fueran a alzarse para disparar y
-acuchillar de nuevo. Los caballos alzaban sus patas tiesas, y mostraban
-los blancos dientes con lúgubre sonrisa. Las dos desconsoladas mujeres
-vieron todo esto, y examinaron los cuerpos uno a uno; vieron los
-charcos, las zanjas, los surcos hechos por las ruedas, y los hoyos que
-tantos millares de pies abrieran en el bailoteo de la lucha; vieron
-las flores del campo machacadas, y las mariposas que alzaban el vuelo
-con sus alas, teñidas de sangre. Regresaron a Salamanca; volvieron por
-la noche al campo de batalla, no ya conmovidas, sino desesperadas;
-rezaban por el camino; preguntaban a todos los vivos, y también a los
-muertos.</p>
-
-<p>Por último, después de repetidos viajes y exploraciones dentro y
-fuera de la ciudad, en los cuales emplearon tres días, con ligeros
-intervalos de residencia y descanso en la casa de la calle del Cáliz,
-encontraron lo que buscaban en el hospital de sangre, improvisado en la
-Merced. Lo hallaron separado de los demás, en una habitación solitaria
-y en poder de un pobre fraile demente. Hicieron diligencia cerca de
-la autoridad militar, y, por último, consiguieron poder llevarle, es
-decir, llevarme consigo.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch41">
- <p><span class="pagenum" id="Page_370">p. 370</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XLI</h2>
-</div>
-
-<p>Acomodáronme en una estancia clara y bonita y en un buen lecho,
-que atropelladamente dispusieron para mí. Me dieron de comer, lo
-cual agradecí con toda mi alma, y empecé a encontrarme muy bien. Lo
-que más contribuía a precipitar mi restablecimiento, era la alegría
-inexplicable que llenaba mi alma. Síntoma externo de este gozo era una
-jovialidad expansiva, que me impulsaba a reír por cualquier frívolo
-motivo.</p>
-
-<p>La noche de mi entrada en la casa, mientras la condesa escribía
-cartas a todo ser viviente, en la sala inmediata Inés me daba de
-cenar.</p>
-
-<p>Nos hallábamos solos, y le conté toda, absolutamente toda la casi
-increíble novela de Miss Fly, sin omitir nada que me perjudicase
-o me engrandeciese a los ojos de mi interlocutora. Oyome esta con
-atención profunda, mas no sin tristeza; y cuando concluí, diríase
-que mi constante amiga había perdido el uso de la palabra. No sé
-en qué vagas perplejidades se quedó suspenso y flotante su grande
-ánimo. En su fisonomía observé el enojo luchando con la compasión, el
-orgullo tal vez en pugna con la hilaridad. Pero no decía nada,<span
-class="pagenum" id="Page_371">p. 371</span> y sus grandes ojos se
-cebaban en mí. Por mi parte, mientras más duraba su abstracción
-contemplativa, más inclinado me sentía yo a burlarme de las nubes que
-oscurecían mi cielo.</p>
-
-<p>—¿Es posible que pienses todavía en eso? —le dije.</p>
-
-<p>—Espero que me enseñes el mechón rubio con que te han pagado el
-negro... Buena pieza, ¿piensas que me casaré contigo, con un perdido,
-con un bribón?... Te cuidaremos, y luego que estés bueno, te marcharás
-con tu adorada inglesa. Ninguna falta me haces.</p>
-
-<p>Quería ponerse seria, y casi casi lo lograba.</p>
-
-<p>—No me marcharé, no —le dije—, porque te quiero más que a las
-niñas de mis ojos; me has enamorado, porque eres una criatura de
-otros tiempos, porque vuestra alma, señora (me gusta tratar de vos a
-las personas), da la mano a la mía y ambas suben a las alturas donde
-jamás llegan la vulgaridad y bajeza de los nacidos. Por vos, señora,
-seré Bernardo del Carpio, el Cid y Lanzarote del Lago; acometeré las
-empresas más absurdas; mataré a medio mundo, y me comeré al otro
-medio.</p>
-
-<p>—Si piensas embobarme con tales tonterías... —dijo sin querer
-reírse, pero riendo.</p>
-
-<p>—Señora —exclamé con dramático acento—, vos sois el imán de mi
-existencia, la única pareja digna de mi alma; adoro las águilas que
-vuelan mirando cara a cara al sol, y no las gallinas que solo saben
-poner huevos, criar pollos, cacarear en los corrales, y morir por el
-hombre. Llevadme, llevadme con vos, señora,<span class="pagenum"
-id="Page_372">p. 372</span> a los espacios de las grandes emociones y
-a las excelsitudes del pensamiento. Si me abandonáis, yo os lloraré
-en las ruinas; si me amáis, seré vuestro esclavo, y conquistaré diez
-reinos para poneros uno en cada dedo de las manos.</p>
-
-<p>—Calla, calla, tonto, farsante —dijo Inés, defendiéndose como podía
-contra la hilaridad que la ahogaba.</p>
-
-<p>—¡Ah, señora y dueño mío! —proseguí yo reforzando mi entonación—.
-Me rechazáis. Vuestro corazón es indigno del mío. Yo lo creí templado
-en el fuego de la pasión, y es un pedazo de carne fofa y blanda. Os
-lo pedía yo para unirlo al mío, y vos le arrojáis a los soldados para
-que claven en él sus bayonetas. Sois indigna de mí, señora. Os digo
-estas sublimidades, y en vez de oírme, os estáis cosiendo todo el
-día; tembláis cuando voy a la guerra; no pensáis más que en vuestros
-chiquillos, en vez de pensar en mi gloria, y os ocupáis en hacer
-guisotes y platos diversos para darme de comer; yo no como, señora:
-en la región donde yo habito no se come... De veras sois tonta: os
-habéis empeñado en amarme con cariño dulce y tranquilo, propio de
-costureras, boticarios, sargentos, covachuelistas y sastres de portal.
-¡Oh! amadme con exaltación, con frenesí, con delirio, como amaba
-Bernardo del Carpio a Doña Estela; cantad las hazañas de los héroes
-que son norte y faro de mi vida, y poneos delante de mí cual figura
-histórica, sin cuidaros de que mi ropa esté hecha pedazos, mi mesa sin
-comida y mis hijos desnudos. ¿Qué veo? ¿Os reís? ¡Miseria humana!<span
-class="pagenum" id="Page_373">p. 373</span> ¡Yo me muero por vos, y
-os reís! ¡Yo peno, y vos os regocijáis! ¡Yo enflaquezco, y vos os
-presentáis a mí fresca, alegre y gordita!</p>
-
-<p>Inés lloraba de risa, pero de una manera tan franca y natural, que
-todo el enojo se iba desvaneciendo en aquellas chispas de alegría. Mi
-corazón se entendió con el suyo, como los hermanos que por un momento
-riñen para quererse más.</p>
-
-<p>—Os abandono, porque amáis a otro, a una criatura vulgar y
-antipoética, señora —continué mirando su frente y haciendo con mis
-dedos movimiento semejante al abrir y cerrar de unas tijeras—; pero
-quiero llevarme un recuerdo vuestro, y así os corto ese mechón que os
-cuelga sobra la frente.</p>
-
-<p>Diciéndolo, cogí la preciosa cabeza y le di mil besos.</p>
-
-<p>—Que me lastimas, bárbaro —gritó sin cesar de reír.</p>
-
-<p>Acudió la condesa, que en la cercana habitación estaba, y al verla,
-Inés, más roja que una amapola, le dijo:</p>
-
-<p>—Es Gabriel, que las echa de gracioso.</p>
-
-<p>—No hagáis ruido, que estoy escribiendo. Todavía me faltan muchas
-cartas, pues tengo que escribir a Wellington, a Graham, a Castaños, a
-Cabarrús, a Azanza, a Soult, a O’Donnell y al Rey José.</p>
-
-<p>Mi adorada suegra tenía la manía de las cartas. Escribía a todo
-el mundo, y de todos lograba respuesta. Su colección epistolar era
-un riquísimo archivo histórico, del cual sacaré algún día no pocas
-preciosidades.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_374">p. 374</span>Al día siguiente,
-mi suegra fue a visitar a Miss Fly, a quien, como he dicho, había
-tratado en el Puerto y reconocido últimamente en Salamanca. Athenais
-pagó la visita a la condesa en el mismo día. Vino elegantemente
-vestida, deslumbradora de hermosura y de gracia. Servíale de caballero
-el coronel Simpson, siempre encarnadito, vivaracho, acicalado y
-compuesto como un figurín, y siempre honrando todos los objetos y
-personas con la cuádruple mirada de dos ojos y dos vidrios que jamás
-descansaban en su investigadora observación. Yo me había levantado; en
-pie asistí sin moverme a la visita, que no fue larga, aunque sí digna
-de ocupar el penúltimo lugar en esta verídica historia.</p>
-
-<p>—¿De modo que parte usted definitivamente para Inglaterra? —dijo la
-condesa.</p>
-
-<p>—Sí, señora —repuso Athenais, que no se dignaba mirarme—: estoy
-cansada de la guerra y de España, y deseo abrazar a mi padre
-y hermanas. Si alguna vez vuelvo a España, tendré el gusto de
-visitaros.</p>
-
-<p>—Antes quizás tenga yo el de escribir a usted —dijo mi suegra
-acordándose de que había papel y plumas en el mundo—. Por falta de
-tiempo no he escrito ya a Lord Byron, a quien conocí en Cádiz. No
-llevará usted malos recuerdos de España.</p>
-
-<p>—Muy buenos. Me he divertido mucho en este extraño país; he
-estudiado las costumbres, he hecho muchos dibujos de los trajes y gran
-número de paisajes en lápiz y acuarela. Espero que mi álbum llame la
-atención.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_375">p. 375</span>—También llevará
-usted memoria de las tristes escenas de la guerra —dijo Amaranta con
-emoción.</p>
-
-<p>—Los franceses nada respetan —indicó Miss Fly con la indiferencia
-que se emplea en las visitas para hablar del tiempo.</p>
-
-<p>—En su retirada —afirmó Simpson— han destruido todos los pueblos de
-la ribera del Tormes. No nos perdonan que les hayamos matado cinco mil
-hombres y cogido siete mil prisioneros con dos águilas, seis banderas
-y once cañones... ¡Grandiosa e importante batalla! No puedo menos de
-felicitar al Sr. de Araceli —añadió haciéndome el honor de dirigirse a
-mí— por su buen comportamiento durante la acción. El brigadier Pack y
-el honorable general Leith han hecho delante de mí grandes elogios de
-usted. Me consta que su excelencia el gran Wellington no ignora nada de
-lo que tanto os favorece.</p>
-
-<p>—En ese caso —dije—, tal vez se disipe la prevención que Su
-Excelencia tenía contra mí por motivos que nunca pude saber.</p>
-
-<p>Athenais se puso pálida; mas dominándose al instante, no solo se
-atrevió a fijar en mí sus lindos ojos de cielo, sino que se rio y de
-muy buena gana, según parecía.</p>
-
-<p>—Este caballero —contestó con jovialidad asombrosa por lo bien
-fingida— ha tenido la desgracia y la fortuna de pasar por mi amante
-a los ojos de los ociosos del campamento. En España, el honor de las
-damas está a merced de cualquier malicioso.</p>
-
-<p>—¡Pero cómo! ¿Es posible, señora? —exclamé<span class="pagenum"
-id="Page_376">p. 376</span> fingiéndome sorprendido, y además de
-sorprendido, encolerizado—. ¿Es posible que por aquel felicísimo
-encuentro nuestro...? No sabía nada ciertamente. ¡Y se han atrevido a
-calumniar a usted!... ¡Qué horror!</p>
-
-<p>—Y poco ha faltado para que me supusieran casada con vos —añadió
-apartando los ojos de mí, contra lo que las conveniencias del diálogo
-exigían—. Me ha servido de gran diversión, porque, a la verdad, aunque
-os tengo por persona estimable...</p>
-
-<p>—No tanto que pudiera merecer el honor... —añadí completando la
-frase—. Eso es claro como el agua.</p>
-
-<p>—Todo provino de que alguien nos vio juntos en la ciudad, cuando
-para salvaros de aquellos infames soldados, pasasteis por mi criado
-durante unas cuantas horas —dijo Athenais, coqueteando y haciendo
-monerías—. Ahora falta saber si por vanidad juvenil fuisteis vos mismo
-quien se atrevió a propalar rumores tan ridículos acerca de una noble
-dama inglesa, que jamás ha pensado enamorarse en España, y menos de un
-hombre como vos.</p>
-
-<p>—¡Yo, señora! El coronel Simpson es testigo de lo que pensaba yo
-sobre el particular.</p>
-
-<p>—Los rumores —dijo el simpático Abraham— partieron de la oficialidad
-inglesa, y empezaron a circular cuando Araceli volvió de Salamanca y
-Athenais no.</p>
-
-<p>—Y vos, mi querido Sir Abraham Simpson —dijo Miss Fly con cierto
-enojo—, disteis circulación a las groserías que corrían acerca de
-mí.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_377">p. 377</span>—Permitidme decir,
-mi querida Athenais —indicó Simpson en español—, que vuestra conducta
-ha sido algo extraña en este asunto. Sois orgullosa... lo sé... creíais
-rebajaros solo ocupándoos del asunto... Lo cierto es que oíais todo, y
-callábais. Vuestra tristeza, vuestro silencio hacían creer...</p>
-
-<p>—Me parece que no conocéis bien los hechos —dijo Athenais empezando
-a ruborizarse.</p>
-
-<p>—Todos hablaban del asunto; el mismo Wellington se ocupó de él. Os
-interrogaron con delicadeza, y contestasteis de un modo vago. Se dijo
-que pensábais pedir el cumplimiento de las leyes inglesas sobre el
-matrimonio. Calumnia, pura calumnia; pero ello es que lo decían y vos
-no lo negábais... yo mismo os llamé la atención sobre tan grave asunto,
-y callasteis...</p>
-
-<p>—Conocéis mal los hechos —repitió Athenais más ruborizada—, y además
-sois muy indiscreto.</p>
-
-<p>—Es que, según mi opinión —dijo Simpson—, llevasteis la delicadeza
-hasta un extremo lamentable, mi querida Athenais... Os sentíais
-ultrajada solo por la idea de que creyeran... pues... una mujer de
-vuestra clase... No quiero ofender al señor; pero... es absurdo,
-monstruoso. La Inglaterra, señora, se hubiera estremecido en sus
-cimientos de granito.</p>
-
-<p>—¡Sí, en sus cimientos de granito! —repetí yo—. ¡Qué hubiera sido de
-la Gran Bretaña!... Es cosa que espanta.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_378">p. 378</span>Miss Fly me dirigió
-una mirada terrible.</p>
-
-<p>—En fin —dijo la condesa—, los rumores circularon... yo misma los
-oí... Pero la cosa no vale nada, si la Gran Bretaña se mantiene sin
-mancilla...</p>
-
-<p>Miss Fly se levantó.</p>
-
-<p>—Señora —le dije con el mayor respeto—, sentiría que usted dejase
-a España sin que yo pudiese manifestarle la profundísima gratitud que
-siento...</p>
-
-<p>—¿Por qué, caballero? —preguntó llevando el pañuelo a su agraciada
-boca.</p>
-
-<p>—Por su bondad, por su caridad. Mientras viva, señora, bendeciré
-a la persona que me recogió del campo de batalla con otros infelices
-compañeros.</p>
-
-<p>—Estáis en gran error —exclamó riendo—. Yo no he pensado en tal
-cosa. Vos, sin duda, lo deseábais. Recogí a varios, sí; pero no a
-vos. Os han engañado. Me visteis en la Merced recorriendo las salas y
-dormitorios... No quiero que me atribuyan el mérito de obras que no me
-pertenecen.</p>
-
-<p>—Entonces, señora, permítame usted que le dé las gracias por... No,
-lo que quiero decir es que ruego a usted no me guarde rencor por haber
-sido causa, aunque inocente, de esos ridículos rumores...</p>
-
-<p>—¡Oh, oh!... No hago caso de semejante necedad. Soy muy superior a
-tales miserias... ¡La calumnia! ¿Acaso me importa algo?... ¡Vuestra
-persona! ¿Significa algo para mí? Sois vanidoso y petulante.</p>
-
-<p>Miss Fly hacía esfuerzos extraordinarios<span class="pagenum"
-id="Page_379">p. 379</span> por conservar en su semblante aquella
-calma inglesa que sirve de modelo a la majestuosa impasibilidad de la
-escultura. Miraba a los cristales, a los viejos cuadros, al suelo, a
-Inés, a todos, a todos menos a mí.</p>
-
-<p>—Entonces, señora —añadí—, puesto que ningún daño ha padecido usted
-por causa mía...</p>
-
-<p>—Ninguno, absolutamente ninguno. Os hacéis demasiado honor,
-caballero Araceli, y solo con pedirme excusas por la vil calumnia, solo
-con asociar vuestra persona a la mía, estáis faltando al comedimiento,
-sí, faltando a la consideración que debe inspirar en todo lo habitado
-una hija de la Gran Bretaña.</p>
-
-<p>—Perdón, señora, mil veces perdón. Solo me resta decir a usted que
-deseo ser su humildísimo servidor y criado, aquí y en todas partes y en
-todas las ocasiones de mi vida. ¿También así falto al comedimiento?</p>
-
-<p>—También... pero, en fin, admito vuestros homenajes. Gracias,
-gracias —dijo con altivez—. Adiós.</p>
-
-<p>Al fin de la visita, aunque repetidas veces se empeñó en reír, no
-pudo conseguirlo sino a medias. Sus manos temblaban, destrozando las
-puntas del chal amarillo. Despidiose cariñosamente de la condesa, y con
-mucha ceremonia de Inés y de mí.</p>
-
-<p>—¿Y no será usted tan buena que nos escriba alguna vez para
-enterarnos de su salud? —le dije.</p>
-
-<p>—¿Os importa algo?</p>
-
-<p>—¡Mucho, muchísimo! —respondí con vehemencia y sinceridad
-profunda.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_380">p. 380</span>—¡Escribiros!
-Para eso necesitaría acordarme de vos. Soy muy desmemoriada, señor de
-Araceli.</p>
-
-<p>—Yo, mientras viva, no olvidaré la generosidad de usted, Athenais.
-Me cuesta mucho trabajo olvidar.</p>
-
-<p>—Pues a mí no —dijo mirándome por última vez.</p>
-
-<p>Y en aquella mirada postrera que sus ojos me echaron, puso tanto
-orgullo, tanta soberbia, tanta irritación, que sentí verdadera pena. Al
-fin salió de la sala. La palidez de su rostro y la furia de su alma la
-hacían terrible y majestuosamente bella.</p>
-
-<p>Pocos momentos después, aquel hermoso insecto de mil colores, que
-por unos días revoloteara en caprichosos círculos y juegos alrededor de
-mí, había desaparecido para siempre.</p>
-
-<p>Muchas personas que anteriormente me han oído contar esto, sostienen
-que jamás ha existido Miss Fly; que toda esta parte de mi historia es
-una invención mía para recrearme a mí propio y entretener a los demás;
-pero ¿no debe creerse ciegamente la palabra de un hombre honrado?</p>
-
-<p>Por ventura, quien de tanta rectitud dio pruebas, ¿será capaz ahora
-de oscurecer su reputación con ficciones absurdas, con fábricas de la
-imaginación que no tengan por base y fundamento a la misma verdad, hija
-de Dios?</p>
-
-<p>Poco después de que los dos ingleses nos dejaron solos, la condesa
-dijo a Inés:</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_381">p. 381</span>—Hija mía, ¿tienes
-inconveniente en casarte con Gabriel?</p>
-
-<p>—No, ninguno —repuso ella con tanto aplomo, que me dejó
-sorprendido.</p>
-
-<p>Con inefable afecto besé su hermosa mano, que tenía entre las
-mías.</p>
-
-<p>—¿Está tranquila y satisfecha tu alma, hija mía?</p>
-
-<p>—Tranquila y satisfecha —repuso—. ¡Pobrecita Miss Fly!</p>
-
-<p>Ambos nos miramos. Un cielo lleno de luz divina y de inexplicable
-música de ángeles flotaba entre uno y otro semblante... Si es posible
-ver a Dios, yo le veía, yo.</p>
-
-<p>—¡Qué hermoso es vivir! —exclamé—. ¡Qué bien hizo Dios en criarnos a
-los dos, a los tres! ¿Hay felicidad comparable a la mía? ¿Pero esto qué
-es, es vivir o es morir?</p>
-
-<p>Al oír esto la condesa, que había corrido a abrazarnos, se apartó de
-nosotros. Fijó los ojos en el suelo con tristeza. Inés y yo pensamos al
-propio tiempo en lo mismo, y sentimos la misma pena, una lástima íntima
-y honda que turbaba nuestra dicha.</p>
-
-<p>—¿Qué tal está hoy? —preguntó Amaranta.</p>
-
-<p>—Muy mal —repuso Inés—. Solo vive su espíritu.</p>
-
-<p>Amaranta dio un suspiro y nos abrazó de nuevo.</p>
-
-<p>—Levántate —me dijo Inés—. Vamos los dos allá. Hace ya hora y media
-que no me ha visto, y estará muy taciturno.</p>
-
-<p>Aunque extenuado y débil, me levanté y la seguí apoyado en su
-brazo.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_382">p. 382</span>—Haré la última
-tentativa, y venceré —dijo cerca ya de la guarida del masón—. Le
-he observado muy bien todo el día, y el pobrecito no desea ya sino
-rendirse.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch42">
- <h2 class="nobreak g0">XLII</h2>
-</div>
-
-<p>Al entrar en la solitaria y triste estancia, vimos a Santorcaz
-apoltronado en el sillón y leyendo atentamente un libro. Alzó la
-vista para mirarnos. Inés, poniendo la mano en su hombro, le dijo con
-cariñoso gracejo:</p>
-
-<p>—Padre, ¿sabes que me caso?</p>
-
-<p>—¿Te casas? —dijo con asombro el anciano soltando el libro y
-devorándonos con los ojos—. ¡Tú!...</p>
-
-<p>—Sí —continuó Inés en el mismo tono—. Me caso con este pícaro
-Gabriel, con un opresor del pueblo, con un verdugo de la humanidad, con
-un satélite del despotismo.</p>
-
-<p>Santorcaz quiso hablar, pero la emoción entorpeció su lengua. Quiso
-reír; quiso después ponerse serio y aun colérico; mas su semblante no
-podía expresar más que turbación, vacilación y desasosiego.</p>
-
-<p>—Y como mi marido tendrá que servir a los reyes, porque ese es su
-oficio —prosiguió Inés—, me veré obligada, querido padre, a reñir
-contigo. Ahora me ha dado por la nobleza;<span class="pagenum"
-id="Page_383">p. 383</span> quiero ir a la corte, tener palacio, coches
-y muchos y muy lujosos criados... Yo soy así.</p>
-
-<p>—Bromea usted, señora Doña Inesita —dijo Santorcaz en tono
-agridulce, recobrando al fin el uso de la palabra—. ¿No hay más que
-casarse con el primero que llega?</p>
-
-<p>—Hace tiempo que le conozco, bien lo sabes —dijo ella riendo—.
-Muchas veces te lo he dicho... Ahora, padre, tú te quedarás aquí
-con Juan y Ramoncilla, y yo me voy a Madrid con mi marido. Te
-entretendrás en fundar una gran logia y en leer libros de revoluciones
-y guillotinas, para que acabes de volverte loco, como D. Quijote, con
-los de caballerías.</p>
-
-<p>Diciendo esto, abrazó al anciano y se dejó besar por él.</p>
-
-<p>—¡Adiós, adiós! —repitió ella—. Puesto que no nos hemos de ver más,
-despidámonos bien.</p>
-
-<p>—Picarona —dijo él, estrechándola amorosamente contra su pecho y
-sentándola sobre sus rodillas—. ¿Piensas que te voy a dejar marchar?</p>
-
-<p>—¿Y piensas que yo voy a esperar a que tú me dejes salir? Padre, ¿te
-has vuelto tonto? ¿Has olvidado a la persona que ha estado en casa y
-que tiene tanto poder?... ¿No sabes que estás preso?... ¿Crees que no
-hay justicia, ni leyes, ni corregidores? Atrévete a respirar...</p>
-
-<p>El masón apartó de sí a la muchacha; trató de levantarse; mas
-impidiéronselo sus doloridas<span class="pagenum" id="Page_384">p.
-384</span> piernas, y golpeando los brazos del sillón, habló así:</p>
-
-<p>—¡Pues no faltaba más... marcharte tú y dejarme!... Araceli —añadió
-dirigiéndose a mí con bondad—, ya que mi hija tiene la debilidad de
-quererte, te permito que seas su marido; pero tú y ella os quedaréis
-conmigo.</p>
-
-<p>—¡A buena parte vas con súplicas! —dijo Inés riendo—. A fe que
-mi marido hace buenas migas con los masones. Él y yo detestamos el
-populacho y adoramos a reyes y frailes.</p>
-
-<p>—Bueno, me quedaré —dijo Santorcaz con ligera inflexión de broma en
-su tono—. Me moriré aquí. Ya sabes cómo está mi salud, hija mía: vivo
-de milagro. En estos días que has estado enojada conmigo, yo sentía que
-la vida se me iba por momentos, como un vaso que se vacía. ¡Ay! queda
-tan poco, que ya veo, ya estoy viendo el fondo negro.</p>
-
-<p>—Todo se arreglará —dije yo acercando mi asiento al del enfermo—.
-Nos llevaremos con nosotros al enemigo de los reyes.</p>
-
-<p>—Eso es, eso... Gabriel ha hablado con tanto talento como Voltaire
-—dijo el masón con repentino brío—. Me llevaréis con vosotros... No
-tengo inconveniente, la verdad...</p>
-
-<p>—Bueno, le llevaremos —dijo Inés abrazando a su padre—, le
-llevaremos a Madrid, donde tenemos una casa muy grande, grandísima, y
-en la cual estaremos muy anchos, porque mi madre se va con todos sus
-criados a vivir a Andalucía para no volver más.</p>
-
-<p>—¡Para no volver más! —dijo el enfermo con turbación—. ¿Quién te lo
-ha dicho?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_385">p. 385</span>—Ella misma. Se
-separa de mí mientras tú vivas.</p>
-
-<p>—¡Mientras yo viva!... Ya lo ves. Por eso conocerás la inmensidad de
-su aborrecimiento.</p>
-
-<p>—Al contrario, padre —dijo Inés con dulzura—: se marcha porque tú
-no la puedes ver, y para dejarme en libertad de que te cuide y esté
-contigo en tu enfermedad. Lo que te decía hace poco de abandonarte y
-marcharme sola con mi marido, era una broma.</p>
-
-<p>En los párpados del anciano asomaban algunas lágrimas que él hubiera
-deseado poder contener.</p>
-
-<p>—Lo creo; pero eso de que tu madre se separe de ti por concederme el
-inestimable beneficio de tu compañía, me parece una farsa.</p>
-
-<p>—¿No lo crees?</p>
-
-<p>—No: ¿a que no se atreve a venir aquí y a decirlo delante de mí?</p>
-
-<p>—Eso quisieras tú, padrito. ¿Cómo ha de venir a decirte eso, ni
-ninguna otra cosa, cuando se ha marchado?</p>
-
-<p>—¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! —exclamó Santorcaz con un
-desconsuelo tan profundo, que por largo rato quedó estupefacto.</p>
-
-<p>—¿Pues no lo sabes? ¿No sentiste la voz de unos señores ingleses?
-Esos la acompañan hasta Madrid, de donde partirá para Andalucía.</p>
-
-<p>El dominio de aquella hermosa y excelente criatura sobre su padre,
-era tan grande, que Santorcaz pareció creerlo tal como ella lo decía.
-Clavaba los ojos en el suelo, y lentamente se acariciaba la barba.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_386">p. 386</span>—Búscala por toda
-la casa —prosiguió Inés—. A fe que tendría gusto la señora en vivir
-dentro de esta jaula de locos.</p>
-
-<p>—¡Se ha marchado! —repitió sombríamente Santorcaz, hablando consigo
-mismo.</p>
-
-<p>—Y no me costó poco quedarme —añadió ella, haciendo con manos y
-rostro encantadoras monerías—. Su deseo era llevarme consigo. Allá
-le dijo no sé quién... nada se puede tener oculto... que yo te había
-tomado gran cariño. Solo por esta razón venía dispuesta a perdonarte,
-a reconciliarse contigo... Esto era lo más natural, pues tú la habías
-amado mucho, y ella te había amado a ti... Pero tú estás loco... la
-recibiste como se recibe a un enemigo... te pusiste furioso... te
-negaste a ser bueno con ella. Me has hecho pasar unos ratos que no te
-perdono.</p>
-
-<p>Las lágrimas corrieron hilo a hilo por la cara de Santorcaz.</p>
-
-<p>—Mi deber era huir de esta casa aborrecida; huir con ella,
-abandonándote a las perversidades y rencores de tu corazón —dijo Inés,
-que reunía a la santidad de los ángeles cierta astucia de diplomático—.
-Pero me acordé de que estabas enfermo y postrado; se lo dije...</p>
-
-<p>El masón miró a su hija, preguntándole con los ojos cuanto es
-posible preguntar.</p>
-
-<p>—Se lo dije, sí —prosiguió ella—; y como esa señora tiene un corazón
-bueno, generoso y amante; como nunca, nunca ha deseado el mal ajeno,
-ni ha vivido del odio; como sabe perdonar las ofensas y hacer bien a
-los que la aborrecen... ¡ay! no lo creerás ni lo comprenderás,<span
-class="pagenum" id="Page_387">p. 387</span> porque un corazón de hierro
-como el tuyo no puede comprender esto.</p>
-
-<p>—Sí lo creo, lo comprendo —dijo Santorcaz secando sus lágrimas.</p>
-
-<p>—Pues bien: ella misma convino en que no me separase de ti, para
-consolarte y fortalecerte en tus últimos días; y como ella y tú no
-podéis estar juntos en un mismo sitio, determinó retirarse. Acordamos
-que me case con el verdugo de la humanidad, y que Gabriel y yo te
-llevemos a vivir con nosotros...</p>
-
-<p>—¿Y se marchó?... ¿pero se marchó? —preguntó Santorcaz con un resto
-de esperanza.</p>
-
-<p>—Y se marchó, sí, señor. Venía dispuesta a reconciliarse contigo,
-a quererte como yo te quiero. Ha llorado mucho la pobrecita, al ver
-que después de tantos años, después de tantas desgracias como le han
-ocurrido por ti, después de tanto daño como le has hecho, aún te
-niegas a pronunciar una palabra cristiana, a borrar con un momento de
-generosidad todas las culpas de tu vida, a descargar tu conciencia
-y también la suya del peso de un resentimiento insoportable. Se ha
-marchado perdonándote. Dios se encargará de juzgarte a ti, cuando en el
-momento del Juicio le presentes, como únicos méritos de tu existencia,
-ese corazón insensible y perverso, o mejor dicho, ese nido de culebras,
-a las cuales has criado, a las cuales echas de comer todos los días,
-para que crezcan y vivan siempre, y te muerdan aquí y en la eternidad
-de la otra vida.</p>
-
-<p>El anciano se revolvía con angustia en su sillón; el llanto había
-cesado de afluir de sus<span class="pagenum" id="Page_388">p.
-388</span> ojos; tenía el rostro encendido, las manos crispadas,
-echada la cabeza hacia atrás, y entrecortaba su aliento una sofocación
-fatigosa.</p>
-
-<p>—Padre —exclamó Inés echándole los brazos al cuello—, sé bueno,
-sé generoso y te querré más todavía. Ya sabes mi deseo: prepárate a
-cumplirlo, y mi madre volverá. Yo la llamaré y volverá.</p>
-
-<p>Los músculos de Santorcaz se tendieron, poniéndose rígidos; cerró
-los ojos, inclinó la cabeza, y su aspecto fue el de un cadáver. En
-aquel mismo instante abriose la puerta y penetró la condesa, pálida,
-llorosa. Andando lentamente, adelantó hasta llegar al lado del enfermo,
-que seguía inerte, mudo, y en apariencia sin vida. Alarmados todos,
-acudimos a él, y con ayuda de Juan y Ramoncilla le acostamos en su
-lecho; al instante hicimos venir al médico que ordinariamente le
-asistía.</p>
-
-<p>Inés y la condesa le observaban atentamente, y fijaban sus ojos en
-el semblante demacrado, pero siempre hermoso, del desgraciado masón.
-Miraban con espanto aquella sima, aterradas de lo que en su profundidad
-había, sin comprenderlo bien.</p>
-
-<p>El médico, luego que le examinara, anunció su próximo fin, añadiendo
-que se maravillaba de que alargase tanto su vida, pues el día anterior
-casi le diputó por muerto, aunque ocultó a Inés el fatal pronóstico.
-Cerca ya de la noche, un hondo suspiro nos anunció que recobraba de
-nuevo el conocimiento; abrió los ojos, y revolviéndolos con espanto
-por todo el recinto de la estancia, fijolos en la condesa,<span
-class="pagenum" id="Page_389">p. 389</span> cuyo semblante iluminaba la
-triste luz.</p>
-
-<p>—¡Otra vez estás aquí! —exclamó con voz torpe y expresión de
-hastío y cólera—. ¿Otra vez aquí? ¡Mujer, sabe que te aborrezco! ¡La
-cárcel, el destierro, el patíbulo... todo te ha parecido poco para
-perseguirme...! ¿Por qué vienes a turbar mi felicidad? Vete. ¿Por qué
-agarras a mi hija con esa mano amarilla como la de la muerte? ¿Por qué
-me miras con esos ojos plateados que parecen rayos de luna?</p>
-
-<p>—Padre, no hables así, que me das miedo —gritó Inés abrazándole,
-llenos los ojos de lágrimas.</p>
-
-<p>La condesa no decía nada, y lloraba también.</p>
-
-<p>Santorcaz, después de aquella crisis de su espíritu, cayó en nuevo
-sopor profundísimo, y cerca de la madrugada recobró el conocimiento con
-un despertar sereno y sosegado. Su mirar era tranquilo, su voz clara y
-entera, cuando dijo:</p>
-
-<p>—Inés, niña mía, ángel querido, ¿estás aquí?</p>
-
-<p>—Aquí estoy, padre —respondió ella acudiendo cariñosamente a su
-lado—. ¿No me ves?</p>
-
-<p>Inés tembló al observar que los ojos de su padre se fijaban en los
-de la condesa.</p>
-
-<p>—¡Ah! —dijo Santorcaz sonriendo ligeramente—. Está ahí... la veo...
-viene hacia acá... ¿Pero por qué no habla?</p>
-
-<p>La condesa había dado algunos pasos hacia el lecho; pero permanecía
-muda.</p>
-
-<p>—¿Por qué no habla? —repitió el enfermo.</p>
-
-<p>—Porque te tiene miedo —dijo Inés—, como<span class="pagenum"
-id="Page_390">p. 390</span> te lo tengo yo, y no se atreve la pobrecita
-a decirte nada. Tú tampoco le dices nada.</p>
-
-<p>—¿Que no? —indicó el masón con asombro—. Hace dos horas que estoy
-dirigiéndole la palabra... tengo la boca seca de tanto hablar, y no me
-contesta. ¡Ay! —añadió con dolor y volviendo el rostro—, es demasiado
-cruel con este infeliz.</p>
-
-<p>—¿La quieres mucho, padre? —preguntó Inés tan conmovida, que apenas
-entendimos sus palabras.</p>
-
-<p>—¡Oh, mucho, muchísimo! —exclamó el enfermo oprimiéndose el
-corazón.</p>
-
-<p>—Por eso desde que la has visto —continuó la muchacha—, la has
-pedido perdón por los ligeros perjuicios que sin querer le has
-causado. Todos te hemos oído y hemos alabado a Dios por tu buen
-comportamiento.</p>
-
-<p>—¿Me habéis oído?... —dijo él con asombro, mirándonos a todos—. ¿Me
-has oído tú... me ha oído ella... me ha oído también Araceli? Lo había
-dicho bajo, muy bajito, para que solo Dios me oyera, y lo ignorara todo
-ser nacido.</p>
-
-<p>Amaranta, tomando la mano de Santorcaz dijo:</p>
-
-<p>—Hace mucho, mucho tiempo que deseaba perdonarte: hubiéralo hecho
-en cualquiera ocasión, si, desde que Inés vino a mi poder, te hubieras
-presentado a mí como amigo... Yo también he tenido resentimientos; pero
-la desgracia me ha enseñado pronto a sofocarlos...</p>
-
-<p>Lágrimas abundantes cortaron su voz.</p>
-
-<p>—Y yo —dijo Santorcaz con voz apacible y ademán sereno—. Yo, que voy
-a morir, no<span class="pagenum" id="Page_391">p. 391</span> sé lo que
-pasa en mi corazón. Él nació para amar. Él mismo no sabe si ha amado o
-aborrecido toda su vida.</p>
-
-<p>Después de estas palabras, todos callaron por breve rato. Las
-almas de aquellos tres individuos tan unidos por la Naturaleza y tan
-separados por las tempestades del mundo, se sumergían, por decirlo
-así, en lo profundo de una meditación religiosa y solemne sobre su
-respectiva situación. Inés fue la primera que rompió el grave silencio,
-diciendo:</p>
-
-<p>—Bien se conoce, querido padre, que eres un hombre bueno,
-honrado, generoso. Si has tenido fama de lo contrario, es porque te
-han calumniado. Pero nosotras, nosotras dos, y también Araceli, te
-conocemos bien. Por eso te amamos tanto.</p>
-
-<p>—Sí —respondió el masón, como responde el moribundo a las preguntas
-del confesor.</p>
-
-<p>—Si has hecho algunas cosas malas —continuó Inés—, es decir, que
-parecen malas, ha sido por broma... Esto lo comprendo perfectamente.
-Por ejemplo: cuando te perseguían... apuesto a que la persecución no
-era ni la mitad de lo que tú te figurabas... pero, en fin, sea lo que
-quiera. Lo cierto es que te enfadaste, y con muchísima razón, porque tú
-estabas enamorado, querías ser bueno... Pero hay familias orgullosas...
-Es preciso también considerar que una familia noble debe tener cierto
-punto... Dios primero y el mundo después no han querido que todos sean
-iguales.</p>
-
-<p>—Pero se ven castigos, o si no castigos, justicias providenciales
-en la tierra —dijo<span class="pagenum" id="Page_392">p. 392</span>
-Santorcaz bruscamente mirando a Amaranta—. Señora condesa, hoy mismo
-ha consentido usted que su hija única y noble heredera se case con un
-chico de las playas de la Caleta. ¡Bravo abolengo, por cierto!</p>
-
-<p>—Mejor sería —repuso la condesa— decir con un joven honrado, digno,
-generoso, de mérito verdadero y de porvenir.</p>
-
-<p>—¡Oh! señora mía, eso mismo era yo hace veinte años —afirmó
-Santorcaz con tristeza.</p>
-
-<p>Después cerró los ojos, como para apartar de sí imágenes
-dolorosas.</p>
-
-<p>—Es verdad —dijo Inés entre broma y veras—; pero tú te entregaste
-a la desesperación, padre querido; tú no tuviste la fortaleza de
-ánimo de este opresor de los pueblos; tú no luchaste como él contra
-la adversidad, ni conquistaste escalón por escalón un puesto honroso
-en el mundo; tú te dejaste vencer por la desgracia, corriste a París,
-te uniste a los pícaros revolucionarios que entonces se divertían en
-matar gente. Agraviados ellos como tú y tú como ellos, todos creíais
-que cortando cabezas ajenas ganábais alguna cosa y valían más los que
-se quedaran con ella sobre los hombros... Viniste luego a España con
-el corazón lleno de venganza. Tú querías que nos divirtiéramos aquí
-con lo que se divertían allá: la gente no ha querido darte gusto, y te
-entretuviste con las mojigangas y gansadas de los masones, que según
-ellos dicen, hacen mucho, y según yo veo, no hacen nada.</p>
-
-<p>—Sí —murmuró el anciano.</p>
-
-<p>—Al mismo tiempo procurabas hacer daño<span class="pagenum"
-id="Page_393">p. 393</span> a la persona que más debías amar... Yo sé
-que si ella no te hubiera despreciado como te despreciaba, tú habrías
-sido bueno, muy bueno, y te habrías desvivido por ella...</p>
-
-<p>—Sí, sí —repitió él.</p>
-
-<p>—Esto es claro: Dios consiente tales cosas. A veces dos personas
-buenas parece que se ponen de acuerdo para hacer maldades, sin caer en
-la cuenta de que, diciéndose cuatro palabras, concluirían por abrazarse
-y quererse mucho.</p>
-
-<p>—Sí, sí.</p>
-
-<p>—Y no me queda duda —continuó Inés derramando sin cesar aquel
-torrente de generosidad sobre el alma del pobre enfermo—, no queda duda
-de que te apoderaste de mí, porque me querías mucho y deseabas que te
-acompañara.</p>
-
-<p>Santorcaz no afirmó ni negó nada.</p>
-
-<p>—Lo cual me place mucho —prosiguió ella—. Has sido para mí un padre
-cariñoso. Declaro que eres el mejor de los hombres, que me has amado,
-que eres digno de ser respetado y querido, como te quiero y te respeto
-yo, dando el ejemplo a todos los que están presentes.</p>
-
-<p>El revolucionario miro a su hija con inefable expresión de
-agradecimiento. La religión no hubiera ganado mejor un alma.</p>
-
-<p>—Muero —dijo con voz conmovida D. Luis, alargando la mano derecha
-a Amaranta y la izquierda a su hija— sin saber cómo me recibirá Dios.
-Me presentaré con mi carga de culpas y con mi carga de desgracias,
-tan<span class="pagenum" id="Page_394">p. 394</span> grandes la una
-y la otra, que ignoro cuál será de más peso... Mi pecho ha respirado
-venganza y aborrecimiento por mucho tiempo... he creído demasiado
-en las justicias de la tierra; he desconfiado de la Providencia; he
-querido conquistar con el terror y la fuerza lo que a mi entender
-me pertenecía; he tenido más fe en la maldad que en la virtud de
-los hombres; he visto en Dios una superioridad irritada y tiránica,
-empeñada en proteger las desigualdades del mundo; he carecido por
-completo de humildad; he sido soberbio como Satán, y me he burlado
-del Paraíso a que no podía llegar; he hecho daño, conservando en el
-fondo de mi alma cierto interés inexplicable por la persona ofendida;
-he corrido tras el placer de la venganza, como corre en el desierto
-el sediento tras un agua imaginaria; he vivido en perpetua cólera,
-despedazándome el corazón con mis propias uñas. Mi espíritu no ha
-conocido el reposo hasta que traje a mi lado un ángel de paz que
-me consoló con su dulzura, cuando yo la mortificaba con mi cólera.
-Hasta entonces no supe que existían las dos virtudes consoladoras del
-corazón; la caridad y la paciencia. Que las dos llenen mi alma; que
-cierre mis ojos y me lleven delante de Dios.</p>
-
-<p>Diciendo esto, se desvaneció poco a poco. Parecía dormido. Las dos
-mujeres, arrodilladas a un lado y otro, no se movían. Creí que había
-muerto; pero acercándome, observé su respiración tranquila. Retireme
-a la sala inmediata, e Inés me siguió poco después. Entre<span
-class="pagenum" id="Page_395">p. 395</span> los dos convinimos en
-llamar al Prior de Agustinos, varón venerable, que había sido amigo muy
-querido del padre de Santorcaz. El buen fraile no tardó en venir.</p>
-
-
-<p class="mt2">Por la mañana, después de la piadosa ceremonia
-espiritual, Santorcaz nos rogó que le dejásemos solo con la condesa.
-Largo rato hablaron a solas los dos; mas como de pronto sintiéramos
-ruido, entramos y vimos a Amaranta de rodillas al pie del lecho, y
-a él incorporado, inquieto, con todos los síntomas de un delirio
-atormentador. Con sus extraviados ojos miraba a todos lados, sin
-vernos, atento solo a los objetos imaginados con que su espíritu
-poblaba la oscura estancia.</p>
-
-<p>—Ya me voy —decía—, ya me voy... ¡adiós! es de día... No tiembles...
-esos pasos que se sienten son los de tu padre, que viene con un
-ejército de lacayos armados para matarme... No me encontrarán... Saldré
-por la ventana del torreón... ¡Cielo santo! han quitado la escala... me
-arrojaré aunque muera... Dices bien: mi cuerpo, encontrado al pie de
-estos muros, será tu vergüenza y la deshonra de esta casa... ¿Esperaré?
-¿No quieres que aguarde?... Ya están ahí: tu padre golpea la puerta y
-te llama... Adiós: me arrojé al campo... También allá abajo hay criados
-con palos, escopetas. Dios nos abandona porque somos criminales. Me
-ocurre una idea feliz. Estás salvada... escóndete allí... pasa a tu
-alcoba. Déjame recoger estos vasos de valor, estos candelabros de
-plata. Los llevaré conmigo, y procuraré escurrirme con mi tesoro<span
-class="pagenum" id="Page_396">p. 396</span> robado por la cornisa del
-torreón hasta llegar al techo de las cuadras. Adiós... saldré; abre la
-puerta y grita: <i>¡al ladrón, al ladrón!</i> Conocerán tu deshonra
-Dios y tu padre si quieres revelársela; pero no esa turba soez. Vieron
-entrar un hombre; pero ignoran quién es y a lo que vino. Alma mía,
-ten valor; haz bien tu papel. Grita: <i>¡al ladrón, al ladrón!</i>...
-Adiós... Ya salgo, me escurro por estas piedras resbaladizas y
-verdosas... Aún no me han visto los de abajo. Es preciso que me vean.
-¡Oh! Ya me ven los miserables con mi carga de preciosidades, y todos
-gritan: <i>¡al ladrón, al ladrón!</i> ¡Qué inmensa alegría siento!
-Nadie sabrá nada, vida y corazón mío; nadie sabrá nada, nada...</p>
-
-<p>Cayó hacia atrás, estremeciéndose ligeramente, y su alma hundiose
-en el piélago sin fondo y sin orillas. Inés y yo nos acercamos con
-religioso respeto al exánime cuerpo. En nuestro estupor y emoción
-creímos sentir el rumor de las negras aguas eternas, agitándose al
-impulso de aquel ser que en ellas había caído; pero lo que oíamos era
-la agitada respiración de la condesa, que lloraba con amargura, sin
-atreverse a alzar su frente pecadora.</p>
-
-<hr class="chap x-ebookmaker-drop" />
-
-
-<div class="chapter pt3" id="Ch43">
- <p><span class="pagenum" id="Page_397">p. 397</span></p>
- <h2 class="nobreak g0">XLIII</h2>
-</div>
-
-<p>Los que quieran saber cómo y cuándo me casé, con otras
-particularidades tan preciosas como ignoradas acerca de mi casi
-inalterable tranquilidad durante tantos años, lean, si para ello tienen
-paciencia, lo que otras lenguas menos cansadas que la mía narrarán
-en lo sucesivo. Yo pongo aquí punto final, con no poco gusto de mis
-fatigados oyentes, y gran placer mío por haber llegado a la más alta
-ocasión de mi vida, cual fue el suceso de mis bodas, primer fundamento
-de los sesenta años de tranquilidad que he disfrutado, haciendo todo
-el bien posible, amado de los míos y bien quisto de los extraños. Dios
-me ha dado lo que da a todos cuando lo piden buscándolo, y lo buscan
-sin dejar de pedirlo. Soy hombre práctico en la vida y religioso en mi
-conciencia. La vida fue mi escuela, y la desgracia mi maestra. Todo lo
-aprendí y todo lo tuve.</p>
-
-<p>Si queréis que os diga algo más (aunque otros se encargarán de
-sacarme nuevamente a plaza, a pesar de mi amor a la oscuridad),
-sabed que una serie de circunstancias, difíciles de enumerar por su
-muchedumbre y complicación, hicieron que no tomase parte en el<span
-class="pagenum" id="Page_398">p. 398</span> resto de la guerra; pero lo
-más extraño es que desde mi alejamiento del servicio empecé a ascender
-de tal modo, que aquello era una bendición.</p>
-
-<p>Habiendo recobrado el aprecio y la consideración de Lord Wellington,
-recibí de este hombre insigne pruebas de afecto cordial; y tanto
-me atendió y agasajó en Madrid que he vivido siempre profundamente
-agradecido a sus bondades. Uno de los días más felices de mi vida fue
-aquel en que supimos que el Duque de Ciudad-Rodrigo había ganado la
-batalla de Waterloo.</p>
-
-<p>Obtuve poco después de los Arapiles el grado de teniente
-coronel. Pero mi suegra, con el talismán de su jamás interrumpida
-correspondencia, me hizo coronel, luego brigadier, y aún no me había
-repuesto del susto, cuando una mañana me encontré hecho general.</p>
-
-<p>—Basta —exclamé con indignación, después de leer mi hoja de
-servicios—. Si no pongo remedio, serán capaces de hacerme capitán
-general sin mérito alguno.</p>
-
-<p>Y pedí mi retiro.</p>
-
-<p>Mi suegra seguía escribiendo para aumentar por diversos modos
-nuestro bienestar, y con esto y un trabajo incesante, y el orden
-admirable que mi mujer estableció en mi casa (porque mi mujer tenía
-la manía del orden, como mi suegra la de las cartas), adquirí lo
-que llamaban los antiguos <i>aurea mediocritas</i>; viví y vivo con
-holgura, casi fui y soy rico, tuve y tengo un ejército brillante de
-descendientes entre hijos, nietos y biznietos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_399">p. 399</span>Adiós, mis queridos
-amigos. No me atrevo a deciros que me imitéis, pues sería inmodestia;
-pero si sois jóvenes; si os halláis postergados por la fortuna; si
-encontráis ante vuestros ojos montañas escarpadas, inaccesibles
-alturas, y no tenéis escalas ni cuerdas, pero sí manos vigorosas; si
-os halláis imposibilitados para realizar en el mundo los generosos
-impulsos del pensamiento y las leyes del corazón, acordaos de Gabriel
-Araceli, que nació sin nada y lo tuvo todo.</p>
-
-
-<p class="smaller mt2">Febrero-marzo de 1875.</p>
-
-
-<p class="fin">FIN DE «LA BATALLA DE LOS ARAPILES»</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<hr class="full" />
-
-<div lang='en' xml:lang='en'>
-<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>LA BATALLA DE LOS ARAPILES</span> ***</div>
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-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg&#8482;
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
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-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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-goals and ensuring that the Project Gutenberg&#8482; collection will
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg&#8482; and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org.
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation&#8217;s EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state&#8217;s laws.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation&#8217;s business office is located at 809 North 1500 West,
-Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up
-to date contact information can be found at the Foundation&#8217;s website
-and official page at www.gutenberg.org/contact
-</div>
-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; depends upon and cannot survive without widespread
-public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine-readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state
-visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Please check the Project Gutenberg web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
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-
-<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'>
-Section 5. General Information About Project Gutenberg&#8482; electronic works
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg&#8482; concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg&#8482; eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-</div>
-
-<div style='display:block; margin:1em 0'>
-Project Gutenberg&#8482; eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
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-facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>.
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