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If you are not located in the United States, you -will have to check the laws of the country where you are located before -using this eBook. - -Title: La batalla de los Arapiles - -Author: Benito Pérez Galdós - -Release Date: April 12, 2022 [eBook #67817] - -Language: Spanish - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from - images generously made available by The Internet - Archive/Canadian Libraries) - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BATALLA DE LOS -ARAPILES *** - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han - convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. - - * Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos - ortotipográficos. - - - - -EPISODIOS NACIONALES - -LA BATALLA DE LOS ARAPILES - - - - - Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán - furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor. - - - - - B. PÉREZ GALDÓS - EPISODIOS NACIONALES - PRIMERA SERIE - - LA BATALLA - DE LOS - ARAPILES - - 37.000 - - [Ilustración] - - MADRID - PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA - (Sucesores de Hernando) - Arenal, 11 - 1907 - - - - - EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO - IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. - Carrera de San Francisco, 4. - - - - -LA BATALLA DE LOS ARAPILES - -I - - -Las siguientes cartas, supliendo ventajosamente mi narración, me -permitirán descansar un poco: - - -«_Madrid, 14 de marzo._ - -»Querido Gabriel: Si no has sido más afortunado que yo, lucidos estamos. -De mis averiguaciones no resulta hasta ahora otra cosa que la triste -certidumbre de que el comisario de policía no está ya en esta Corte, ni -presta servicio a los franceses, ni a nadie, como no sea al demonio. -Después de su excursión a Guadalajara, pidió licencia, abandonó -luego su destino, y al presente nadie sabe de él. Quién le supone en -Salamanca, su tierra natal; quién en Burgos o en Vitoria, y algunos -aseguran que ha pasado a Francia, antiguo teatro de sus criminales -aventuras. ¡Ay, hijo mío, para qué habrá hecho Dios el mundo tan -grande, tan sumamente grande, que en él no es posible encontrar el -bien que se pierde! Esta inmensidad de la creación solo favorece a los -pillos, que siempre encuentran donde ocultar el fruto de sus rapiñas. - -»Mi situación aquí ha mejorado un poco. He capitulado, amigo mío; he -escrito a mi tía contándole lo ocurrido en Cifuentes, y el jefe de -mi ilustre familia me demuestra en su última carta que tiene lástima -de mí. El administrador ha recibido orden de no dejarme morir de -hambre. Gracias a esto y al buen surtido de mi antiguo guardarropas, -no pedirá limosna la pobre condesa. He tratado de vender las alhajas, -los encajes, los tapices y otras prendas no vinculadas; pero nadie las -quiere comprar. En Madrid no hay una peseta, y cuando el pan está a -catorce y dieciséis reales, figúrate quién tendrá humor para comprar -joyas. Si esto sigue, llegará día en que tenga que cambiar todos mis -diamantes por una gallina. - -»Para que comprendas cuán glorioso porvenir aguarda a mi histórica casa, -uno de los astros más brillantes del cielo de esta gran monarquía, me -bastará decirte que el pleito entre nuestra familia y la de Rumblar -se ha entablado ya, y la Cancillería de Granada ha dado a luz con -este motivo una montaña de papel sellado, que, si Dios no lo remedia, -crecerá hasta lo sumo y nuestros nietos veranla con cimas más altas que -las de la misma Sierra Nevada. La de Rumblar se engolfa con delicia -en este mar de jurisprudencia. Me parece que la veo. Convertiría el -linaje humano en jueces, escribas, alguaciles y roe-pandectas para que -todo cuanto respira pudiese entender en su cuita. - -»El licenciado Lobo, que frecuentemente me visita con el doble objeto -de ilustrarme en mi asunto y de pedirme una limosna (hoy en Madrid -la piden los altos servidores del Estado), me ha dicho que en el tal -pleito hay materia para un ratito, es decir, que no pasará un par de -siglos mal contados sin que la Sala dé su sentencia o un auto para -mejor proveer, que es el colmo de las delicias. Me asegura también -el susodicho Lobo, que si nos obstinamos en transmitir a Inés los -derechos mayorazguiles, es fácil que perdamos el litigio dentro de -algunos meses, pues para perder no es preciso esperar siglos. Las -informalidades que hubo en el reconocimiento, y la indiscreción de mi -pobre tío, que ya bajó al sepulcro, ponen a nuestra heredera en muy -mala situación para reclamar su mayorazgo. Nuestro papel se reduce -hoy, según Lobo, a reclamar la no transmisión del mayorazgo a la casa -de Rumblar, fundándonos en varias razones de _posesión civilísima_, -_agnación rigurosa_, _masculinidad nuda_, _emineidad_, _saltuario_, con -otras lindas palabras, que voy aprendiendo para recreo de mi triste -soledad y entretenimiento de mis últimos días. - -»Mi tía dice que yo tengo la culpa de este desastre y cataclismo en que -va a hundirse la más gloriosa casa que ha desafiado siglos y afrontado -el desgaste del tiempo, sin criar hasta ahora ni una sola carcoma, -y funda su anatema en mi oposición al proyectado himeneo de nuestro -derecho con el derecho de los Rumblar. Verdaderamente, no carece de -razón mi tía, y sin duda se me preparan en el Purgatorio acerbos -tormentos por haber ocasionado con mi tenacidad este conflicto. - -»Esta carta te la envío a Sepúlveda. Creo que serán infructuosas tus -pesquisas en todo el camino de Francia hasta Aranda. Procura ir a -Zamora. Yo sigo aquí mis averiguaciones con ardor infatigable; y -demostrando gran celo por la causa francesa, he adquirido relaciones -con empleados de alta y baja estofa, principalmente de policía pública -y secreta. - -»Si te unes a la división de Carlos España, avísamelo. Creo que conviene -a tu carrera militar el abandonar a esos feroces guerrilleros; mas, -por Dios, no pases al ejército de Extremadura. Creo que de ese lado no -vendrá la luz que deseamos; sigue en Castilla mientras puedas, hijo -mío, y no abandones mi santa empresa. Escríbeme con frecuencia. Tus -cartas y el placer que me causa el contestarlas, son mi único consuelo. -Me moriría si no llorara y si no te escribiera.» - - -«_22 de marzo._ - -»No puedes figurarte la miseria espantosa que reina en Madrid. Me -han dicho que hoy está la fanega de trigo a 540 reales. Los ricos -pueden vivir, aunque mal; pero los pobres se mueren por esas calles -a centenares, sin que sea posible aliviar su hambre. Todos los -arbitrios de la caridad son inútiles, y el dinero busca alimentos -sin encontrarlos. Las gentes desvalidas se disputan con ferocidad un -troncho de col, y las sobras de aquellos pocos que tienen todavía en -su casa mesa con manteles. Es imposible salir a la calle, porque los -espectáculos que se ofrecen a cada momento a la vista causan horror y -desconfianza de la Providencia infinita. Vense a cada paso los mendigos -hambrientos, arrojados en el arroyo, y en tal estado de demacración que -parecen cadáveres en que quedó olvidado un resto de inútil y miserable -vida. El lodo y la inmundicia de las calles y plazuelas les sirven de -lecho, y no tienen voz sino para pedir un pan que nadie puede darles. - -»Si la policía se lo permitiera, maldecirían a los franceses, que tienen -en sus almacenes copioso repuesto de galleta, mientras la nación se -muere de hambre. Dicen que de agosto acá se han enterrado veinte -mil cuerpos, y lo creo. Aquí se respira muerte; el silencio de los -sepulcros reina en Platerías, San Felipe y la Puerta del Sol. Como han -derribado tantos edificios, entre ellos Santiago, San Juan, San Miguel, -San Martín, los Mostenses, Santa Ana, Santa Catalina, Santa Clara y -bastantes casas de las inmediatas a Palacio, las muchas ruinas dan -a Madrid el aspecto de una ciudad bombardeada. ¡Qué desolación, qué -tristeza! - -»Los franceses se pasean alegres, satisfechos y rollizos por este -cementerio, y su policía mortifica de un modo cruel a los vecinos -pacíficos. No se permiten grupos en las calles, ni pararse a hablar, -ni mirar las tiendas. A los tenderos se les aplica una multa de 200 -ducados si permiten que los curiosos se detengan en las puertas o -vidrieras, de modo que a cada rato los pobres horteras tienen que salir -a apalear a sus parroquianos con la vara de medir. - -»Ayer dispuso el Rey que hubiese corrida de toros para divertir al -pueblo: ¡qué sarcasmo! Me han dicho que la plaza estaba desierta. -Figúrome ver en el redondel a media docena de esqueletos vestidos con -el traje bordado de plata y oro, y con más ganas de comerse al toro que -de trastearlo. Asistió José, que de este modo piensa ganar la voluntad -del pueblo de Madrid. - -»Dícese que se trata de reunir Cortes en Madrid, no sé si también para -divertir al pueblo. Azanza, ministro de Su Majestad Bonaparciana, me -dijo que así levantarían _un altar frente a otro altar_. Creo que el -retablo de aquí no tendrá tantos devotos como el que dejamos en Cádiz. - -»Ahora dicen que Napoleón va a emprender una guerra contra el Emperador -de todas las Rusias. Esto será favorable a España, porque sacarán -tropas de la Península, o al menos no podrán reparar las bajas que -continuamente sufren. Veo la causa francesa bastante mal parada, y he -observado que los más discretos de entre ellos no se hacen ya ilusiones -respecto al resultado final de esta guerra. - -»De nuestro asunto, ¿qué puedo decir que no sea triste y desconsolador? -Nada, hijo mío, absolutamente nada. Mis indagaciones no dan resultado -alguno; no he podido adquirir ni la más pequeña luz, ni el más ligero -indicio. Sin embargo, confío en Dios y espero. Dirijo esta carta a -Santa María de Nieva, que es lo más seguro.» - - -«_1.º de abril._ - -»Poco o nada tengo que añadir a mi carta de 22 de marzo. Continúo en la -oscuridad, pero con fe. ¡Cuánta se necesita para permanecer en Madrid! -Esto es un Purgatorio, por la miseria, la soledad, la tristeza, y un -infierno por la corrupción, las violencias e inmoralidades de todo -género que han introducido aquí los franceses. Yo no creo, como la -mayoría de las gentes, que nuestras costumbres fueran perfectas antes -de la invasión; pero entre aquel recatado y compungido modo de vivir, -y esta desvergonzada licencia de hoy, es preferible a todas luces lo -primero. La policía francesa es un instituto de cuya perversidad no se -puede tener idea sino viviendo aquí y viendo la execrable acción de -esta máquina puesta en las más viles manos. - -»Multitud de comisarios y agentes, escogidos entre la hez de la -sociedad, se encargan de atrapar a los individuos que se les antoja -y almacenarles en la Cárcel de Villa, sin forma de juicio, ni más -guía que la arbitrariedad y la delación. El motivo aparente de -estas tropelías es la _complicidad con los insurgentes_; pero los -malvados de uno y otro bando se dan buena maña para utilizar la -nueva Inquisición, que hará olvidar con sus gracias las lindezas de -la pasada. Todo aquel que quiere deshacerse de una persona que le -estorba, encuentra fácil medio para ello, y aun ha habido quien, no -contentándose con ver emparedado a su enemigo, le ha hecho subir al -cadalso. Se cuentan cosas horribles que me resisto a darles crédito, -entre ellas la maldad de una señora de esta Corte, que, mal avenida con -su esposo, le delató como insurgente y despacharon la causa en cosa -de tres días, lo necesario para ir de la callejuela del Verdugo a la -Plaza de la Cebada. También se habla de un tal Vázquez, que delató a -su hermano mayor, y de un tal Escalera, que subió la del patíbulo por -intrigas de su manceba. - -»Hay una _Junta criminal_ que inspira más horror que los jueces del -infierno. Los hombres bajos que la forman condenan a muerte a los que -leen los papeles de los insurgentes, a los _empecinados_ que aquí -llaman _madripáparos_, y a todo ser sospechoso de relaciones con los -_espías, ladrones, asesinos, bandoleros, cuatreros y... tahúres_, a -quienes llamáis vosotros guerrilleros o soldados de la patria. - -»Una de las cosas más criticadas a los franceses, además de su infame -policía, es la introducción de los bailes de máscaras. En esto hay -exageración, porque antes que tales escandalosas reuniones fuesen -instituidas en nuestro morigerado país, había intrigas y gran burla -de vigilancia de padres y maridos. Yo creo que las caretas no han -traído acá todos los pecados grandes y chicos que se les atribuyen. -Pero la gente honesta y timorata brama contra tal novedad, y no se -oye otra cosa sino que con los tapujos de las caras ya no hay tálamo -nupcial seguro, ni casa honrada, ni padre que pueda responder del honor -de sus hijas, ni doncella que conserve su espíritu libre y limpio de -deshonestos pensamientos. Creo que no es justa esta enemiga contra -las caretas, más cómodas aunque no más disimuladoras que los antiguos -mantos, y tengo para mí que muchas personas hablan mal de las reuniones -de máscaras, porque no las encuentran tan divertidas ni tan oscuritas -como las verbenas de San Juan y San Pedro. - -»Pero la novedad que más indignada y fuera de sus casillas trae a esta -buena gente, es un juego de azar llamado la _roleta_, donde parece -baila el dinero que es un gusto. Los franceses son Barrabás para -inventar cosas malas y pecaminosas. No respetan nada, ni aun las -venerandas prácticas de la antigüedad, ni aun aquello que forma parte, -desde remotísimas edades, de la ejemplar existencia nacional. Lo justo -habría sido dejar que los padres y los hijos de familia se arruinaran -con la baraja, siguiendo en esto sus patriarcales y jamás alteradas -costumbres, y no introducir _roletas_ ni otros aparatos infernales. -Pero los franceses dicen que la _roleta_ es un adelanto con respecto a -los naipes, así como la guillotina es mejor que la horca, y la Policía -mucho mejor que la Inquisición. - -»Lo peor de esto es que, según dicen, la tal endemoniada _roleta_, no -solo es consentida por el Gobierno francés, sino de su propiedad, y -para él son las pingües ganancias que deja. De este modo los franceses -piensan embolsarse el poco dinero que han dejado en nuestras arcas. - -»No concluiré sin ponerte al corriente de un proyecto que tengo, y que, -realizado, me parece ha de ser más eficaz para nuestro objeto que todas -las averiguaciones y búsquedas hechas hasta ahora. El plan, hijo mío, -consiste en interesar al mismo José en favor mío. Pienso ir a Palacio, -donde seré recibida por el Sr. Botellas, el cual no desea otra cosa, y -ve el cielo abierto cuando le anuncian que un Grande de España quiere -visitarle. Hasta ahora he resistido todas las sugestiones de varios -personajes amigos míos que se han empeñado en presentarme al Rey; pero -pensándolo mejor, estoy decidida a ir a la Corte. En diciembre del -8 traté a los dos Bonaparte, y las bondades que encontré en José me -hacen esperar que no será inútil este paso que doy, aun a riesgo de -comprometerme con una causa que considero perdida. Adiós: te informaré -de todo.» - - -«_22 de abril._ - -»He estado en Palacio, hijo mío, y me he prosternado ante esa católica -majestad de oropel, a quien sirven unos pocos españoles, moviéndose -bulliciosamente para parecer muchos. Si yo dijera a cualquier habitante -de Madrid que José I, conocido aquí por _el tuerto_, o por _Pepe -Botellas_, es una persona amable, discreta, tolerante, de buenas -costumbres, y que no desea más que el bien, me tendrían por loca, o -quizás por vendida a los franceses. - -»Recibiome _Copas_ con gozo. El buen señor no puede ocultarlo, cuando -alguna persona de categoría da, al visitarle, una especie de tácito -asentimiento a su usurpación. Sin duda cree posible ser dueño de España -conquistando uno a uno los corazones. Habrías de ver su diligencia y -extremada dulzura en los cumplidos. Cierto que su etiqueta es menos -severa y finchada que la de nuestros Reyes, sin perder por eso la -dignidad, antes bien aumentándola. Habla hasta con familiaridad, se -ríe, también se permite algunas gentilezas galantes con las damas, y a -veces bromea con cierta causticidad muy fina, propia de los italianos. -El acento extranjero es el único que afea su palabra. Confunde a menudo -su lengua natal con la nuestra, y hay ocasiones en que son necesarios -grandes esfuerzos para no reír. - -»Su figura no puede ser mejor. José vale mucho más que el barrilete -de su hermano. Poco falta a su rostro grave y expresivo para ser -perfecto. Viste comúnmente de negro, y el conjunto de su persona es muy -agradable. No necesito decirte que cuanto hablan las gentes por ahí -sobre sus turcas, es un arma inventada por el patriotismo para ayudar a -la defensa nacional. José no es borracho. También se cuentan de él mil -abominaciones referentes a vicios distintos del de la embriaguez; pero -sin negarlos rotundamente, me resisto a darles crédito. En resumen, -Botellas (nos hemos acostumbrado de tal manera a darle este nombre, -que cuesta trabajo llamarle de otra manera) es un Rey bastante bueno, y -al verle y tratarle, no se puede menos de deplorar que lo hayan traído, -en vez del nacimiento y el derecho, la usurpación y la guerra. - -»Sus partidarios aquí son pocos; tan pocos, que se pueden contar. Esta -dinastía no tiene más súbditos leales que los Ministros, y dos o tres -personas colocadas por ellos en altos puestos. Estos españoles que le -sirven parecen víctimas humilladas, y no tienen aquel aire triunfador -y vanaglorioso que suelen tomar aquí los que por méritos propios o -ajeno favor se elevan dos dedos sobre los demás. Viven o avergonzados -o medrosos, sin duda porque prevén que el _Lord_ ha de dar al traste -con todo esto. Algunos, sin embargo, se hacen ilusiones y dicen que -tendremos Botellas, Azumbres y Copas por los siglos de los siglos. - -»No pertenece a estos Moratín, al cual encuentro más triste y más -pusilánime que nunca. Ya no es secretario de la interpretación de -lenguas, sino bibliotecario mayor, cargo que debe desempeñar a -maravilla. Pero él no está contento; tiene miedo a todo, y más que -a nada a los peligros de una segunda evacuación de la Corte por los -franceses. Me ha dicho que el día en que cayese el poder intruso, -no daría dos cuartos por su pellejo; pero creo que su hipocondría y -pésimo humor, entenebreciendo su alma, le hacen ver enemigos en todas -partes. Está enfermo y arruinado; mas trabaja algo, y ahora nos ha dado -_La escuela de los maridos_, traducción del francés. Ni la he visto -representar ni he podido leerla, porque mi espíritu no puede fijarse en -nada de esto. - -»Moratín viene a verme a menudo con su amigo Estala, el cual es -afrancesado rabioso, y ardiente como aquel lo es tímido y melancólico. -Aquí no pueden ver a Estala, que publica artículos furibundos en _El -Imparcial_, y hace poco escribió, aludiendo a España, que _los que -nacen en un país de esclavitud no tienen patria sino en el sentido -en que la tienen los rebaños destinados para nuestro consumo_. Por -esto y otros atroces partos de su ingenio que publica la _Gaceta_, es -aborrecido aún más que los franceses. - -»Máiquez sigue en el Príncipe; y como José ha señalado a su teatro -20.000 reales mensuales para ayuda de costa, le tachan también de -afrancesado. Ahora, según veo en el diario, dan alternativamente el -_Orestes_, _La mayor piedad de Leopoldo el Grande_, y una mala comedia -arreglada del alemán, y cuyo título es _Ocultar, de honor movido, al -agresor el herido_. - -»El teatro está, según me dicen, vacío. La pobre Pepilla González, de -quien no te habrás olvidado, se muere de miseria, porque no pudiendo -representar, a causa de una enfermedad que ha contraído, está sin -sueldo, abandonada de sus compañeros. Lo estaría de todo el mundo si -yo no cuidase de enviarle todos los días lo muy preciso para que no -expire. Pepilla, el venerable padre Salmón y mi confesor Castillo, son -las únicas personas a quienes puedo favorecer, porque el estado de mi -hacienda y la carestía de las subsistencias no me permiten más. Te -asombrará saber que los opulentos padres de la Merced necesiten de -limosnas para vivir; pero a tal situación ha llegado la indigencia -pública en la Corte de España, que los más gordos se han puesto como -alambres. - -»De intento he dejado para el fin de mi carta nuestro querido asunto, -porque quiero sorprenderte. ¿No has adivinado en el tono de mi epístola -que estoy menos triste que de ordinario? Pero nada te diré hasta que no -tenga seguridad de no engañarte. Refrena tu impaciencia, hijo mío... -Gracias a José, se me han suministrado algunos datos preciosos, y muy -pronto, según acaba de decirme Azanza, este resplandor de la verdad -será luz clara y completa. Adiós.» - - -«_21 de mayo._ - -»Albricias, querido amigo, hijo y servidor mío. Ya está descubierto -el paradero de nuestro verdugo. ¡Benditos sean mil veces José y esa -desconocida reina Julia, cuyo nombre invoqué para inclinarle en mi -favor! Santorcaz no ha pasado todavía a Francia. Desde aquí, querido -mío, considerándote en camino hacia occidente, puedo decirte como -a los niños cuando juegan a la gallina ciega: «Que te quemas.» Sí, -chiquillo: alarga la mano y cogerás al traidor. ¡Cuántas veces buscáis -el sombrero y lo lleváis puesto! Aquello que consideramos más perdido -está comúnmente más cerca. La idea de que esta carta no te encuentre ya -en Piedrahita, me espanta. Pero Dios no puede sernos tan desfavorable, -y tú recibirás este papel; inmediatamente marcharás hacia Plasencia, -y valido de tu astucia, de tu valor, de tu ingenio o de todas estas -cualidades juntas, penetrarás en la vivienda del pícaro para arrancarle -la joya robada que lleva siempre consigo. - -»¡Cuánto trabajo ha costado averiguarlo! Ha tiempo que Santorcaz dejó -el servicio. Su carácter, su orgullo, su extravagancia, le hacían -insoportable a los mismos que le colocaron. Por algún tiempo fue -tolerado en gracia de los buenos servicios que prestaba; mas se -descubrió que pertenecía a la sociedad de los _filadelfos_, nacida -en el ejército de Soult, y cuyo objeto era destronar al Emperador, -proclamando la república. Quitáronle el destino poco después de -habernos robado a Inés, y desde entonces ha vagado por la Península -fundando logias. Estuvo en Valladolid, en Burgos, en Salamanca, en -Oviedo; mas luego se perdió su rastro, y por algún tiempo se creyó que -había entrado en Francia. Finalmente, la policía francesa (la peor -cosa del mundo produce algo bueno) ha descubierto que está ahora en -Plasencia, bastante enfermo y un tanto imposibilitado de trastornar -a los pueblos con sus logias y cónclaves revolucionarios. ¡Qué -indignidad! ¡Los perdidos, los tunantes, los mentirosos y falsarios -quieren reformar el mundo!... Estoy colérica, amigo mío; estoy furiosa. - -»El que ha completado mis noticias sobre Santorcaz es un afrancesado no -menos loco y trapisondista que él: José Marchena. ¿Le conoces? Uno -que pasa aquí por clérigo relajado, una especie de abate que habla -más francés que español, y más latín que francés, poeta, orador, -hombre de facundia y de chiste, que se dice amigo de Madama Stael, y -parece lo fue realmente de Marat, Robespierre, Legendre, Tallien y -demás gentuza. Santorcaz y él vivieron juntos en París. Son hoy muy -amigos; se escriben a menudo. Pero este Marchena es hombre de poca -reserva, y contesta a todo lo que le preguntan. Por él sé que nuestro -enemigo no goza de buena salud, que no vive sino en las poblaciones -ocupadas por los franceses, y que cuando pasa de un punto a otro, se -disfraza hábilmente para no ser conocido. ¡Y nosotros le creíamos en -Francia! ¡Y yo te decía que no fueras al ejército de Extremadura! Ve, -corre, no tardes un solo día. El ejército del _Lord_ debe andar por -allí. Te escribiré al cuartel general de D. Carlos España. Contéstame -pronto. ¿Irás donde te mando? ¿Encontrarás lo que buscamos? ¿Podrás -devolvérmelo? Estoy sin alma.» - - - - -II - - -Cuando recibí esta carta, marchaba a unirme al ejército llamado -de Extremadura; pero que no estaba en Extremadura, sino en Fuente -Aguinaldo, territorio de Salamanca. - -En abril había yo dejado definitivamente la compañía de los -guerrilleros para volver al ejército. Tocome servir a las órdenes -de un mariscal de campo llamado Carlos Espagne, el que después fue -conde de España, de fúnebre memoria en Cataluña. Hasta entonces aquel -joven francés, alistado en nuestros ejércitos desde 1792, no tenía -celebridad, a pesar de haberse distinguido en las acciones de Barca del -Puerto, de Tamames, del Fresno y de Medina del Campo. Era un excelente -militar, muy bravo y fuerte; pero de carácter variable y díscolo. Digno -de admiración en los combates, movían a risa o a cólera sus rarezas -cuando no había enemigos delante. Tenía una figura poco simpática, y -su fisonomía, compuesta casi exclusivamente de una nariz de cotorra y -de unos ojazos pardos bajo cejas angulosas, revueltas, movibles, y en -las cuales cada pelo tenía la dirección que le parecía, revelaba un -espíritu desconfiado y pasiones ardientes, ante las cuales el amigo y -el subalterno debían ponerse en guardia. - -Muchas de sus acciones revelaban lamentable vaciedad en los aposentos -cerebrales, y si no peleamos algunas veces contra molinos de viento, -fue porque Dios nos tuvo de su mano; pero era frecuente tocar llamada -en el silencio y soledad de la alta noche, salir precipitadamente de -los alojamientos, buscar al enemigo que tan a deshora nos hacía romper -el dulce sueño, y no encontrar más que al lunático España vociferando -en medio del campo contra sus invisibles compatriotas. - -Mandaba este hombre una división perteneciente al ejército de que era -comandante general D. Carlos O’Donnell. Habíasele unido por aquel -tiempo la partida de D. Julián Sánchez, guerrillero muy afortunado en -Castilla la Vieja, y se disponía a formar en las filas de Wellington, -establecido en Fuente Aguinaldo, después de haber ganado a Badajoz a -fines de marzo. Los franceses de Castilla la Vieja mandados por Marmont -andaban muy desconcertados. Soult operaba en Andalucía sin atreverse a -atacar al _Lord_, y este decidió avanzar resueltamente hacia Castilla. -En resumen, la guerra no tomaba mal aspecto para nosotros; por el -contrario, aparecía en evidente declinación la estrella imperial, -después de los golpes sufridos en Ciudad-Rodrigo, Arroyomolinos y -Badajoz. - -Yo había recibido el empleo de comandante en febrero de aquel mismo -año. Por mi ventura mandé durante algún tiempo (pues también fui -jefe de guerrillas) una partida que recorrió el país de Aranda, y -luego las sierras de Covarrubias y la Demanda. A principios de marzo -tenía la seguridad de que Santorcaz no estaba en aquel país. Alargué -atrevidamente mis excursiones hasta Burgos, ocupada por los franceses; -entré disfrazado en la plaza, y pude saber que el antiguo comisario -de policía había residido allí meses antes. Bajando luego a Segovia, -continué mis pesquisas; pero una orden superior me obligó a unirme a la -división de D. Carlos España. - -Obedecí, y como en los mismos días recibiese la última carta de -las que puntualmente he copiado, juzgué favor especial del cielo la -disposición militar que me enviaba a Extremadura. Pero, como he dicho, -Wellington, a quien debiera unirse D. Carlos España, había dejado ya -las orillas del Tiétar. Nosotros debíamos salir de Piedrahita para -unirnos a él en Fuente Aguinaldo o en Ciudad-Rodrigo. De aquí se podía -ir fácilmente a Plasencia. - -Mientras con zozobra y desesperación revolvía en mi mente distintos -proyectos, ocurrieron sucesos que no debo pasar en silencio. - - - - -III - - -Después de larguísima jornada durante la tarde y gran parte de una -hermosísima noche de junio, España ordenó que descansásemos en -Santibáñez de Valvaneda, pueblo que está sobre el camino de Béjar a -Salamanca. Teníamos provisiones relativamente abundantes, dada la -gran escasez de la época, y como reinaba en el ejército muy buena -disposición a divertirse, allí era de ver la algazara y alegría del -pueblo a media noche, cuando tomamos posesión de las casas, y con las -casas, de los jergones y baterías de cocina. - -Tocome habitar en el mejor aposento de una casa con resabios de palacio -y honores de mesón. Acomodó mi asistente para mí una hermosa cama, y -no tengo inconveniente en decir que me acosté, sí, señores, sin que -nada extraordinario ni con asomos de poesía me ocurriese en aquel acto -vulgar de la vida. Y también es cierto, aunque igualmente prosaico, que -me dormí, sin que el crepúsculo de mis sentidos me impresionase otra -cosa que la histórica canción cantada a media voz por mi asistente en -la estancia contigua: - - En el Carpio está Bernardo - y el Moro en el Arapil. - Como va el Tormes por medio, - non se pueden combatir. - -Me dormí, y no se crea que ahora van a salir fantasmas, ni que los -rotos artesanados o vetustas paredes de la histórica casa, antaño -palacio y hoy venta, se moverán para dar entrada a un deforme vestiglo, -ni mucho menos a una alta doncella de acabada hermosura que venga a -suplicar me tome el trabajo de desencantarla o prestarle cualquier -otro servicio, ora del dominio de la fábula, ora del de las bajas -realidades. Ni esperen que dueña barbuda, ni enano enteco, ni fiero -gigante vengan súbito a hacerme reverencias, y mandarme les siga por -luengos y oscuros corredores que conducen a maravillosos subterráneos -llenos de sepulturas o tesoros. Nada de esto hallarán en mi relato -los que lo escuchan. Sepan tan solo que me dormí. Por largo tiempo, -a pesar de la profundidad del sueño, no me abandonó la sensación del -ruido que sonaba en la parte baja de la casa. Las pisadas de los -caballos retumbaban en mi cerebro con eco lejano, produciendo vibración -semejante a la de un hondo temblor de tierra. Pero estos rumores -cesaron poco a poco, y al fin todo quedó en silencio. Mi espíritu se -sumergió en esa esfera sin nombre, en que desaparece todo lo externo, -absolutamente todo, y se queda él solo, recreándose en sí propio o -jugando consigo mismo. - -Pero de repente, no sé a qué hora, ni después de cuántas horas de -sueño, despertome una sensación singularísima, que no puedo descifrar, -porque sin que fuese afectado ninguno de mis sentidos, me incorporé -rápidamente diciendo: «¿Quién está aquí?» - -Ya despierto, grité a mi asistente: - ---Tribaldos, levántate y enciende luz. - -Casi en el mismo instante en que esto decía, comprendí mi engaño. -Estaba enteramente solo. No había ocurrido otra cosa sino que mi -espíritu, en una de sus caprichosas travesuras (pues esto son -indudablemente las fantasmagorías del sueño), había hecho el más -común de todos, que consiste en fingirse dos, con ilusoria y mentida -división, alterando por un instante su eternal unidad. Este misterioso -_yo y tú_ suele presentarse también cuando estamos despiertos. - -Pero si en mi alcoba nada ocurría de extraño fuera de mí, como lo -demostró al entrar en ella Tribaldos alumbrando y registrando, algo -ocurría en los bajos del edificio, donde el grave silencio de la noche -fue interrumpido por fuerte algazara de gente, coches y caballos. - ---Mi comandante --dijo Tribaldos sacando el sable para dar tajos en el -aire a un lado y otro--, esos pillos no quieren dejarnos dormir esta -noche. ¡Afuera, tunantes! ¿Pensáis que os tengo miedo? - ---¿Con quién hablas? - ---Con los duendes, señor --repuso--. Han venido a divertirse con usía, -después que jugaron conmigo. Uno me cogía por el pie derecho, otro por -el izquierdo, y otro, más feo que Barrabás, atome una cuerda al cuello, -y con este tren y el tirar por aquí y por allí, me llevaron volando a -mi pueblo para que viese a Dorotea hablando con el sargento Moscardón. - ---¿Pero crees tú en duendes? - ---¡Pues no he de creer, si los he visto! Más paseos he dado con -ellos que pelos tengo en la cabeza --repuso con acento de convicción -profunda--. Esta casa está llena de sus señorías. - ---Tribaldos, hazme el favor de no matar más mosquitos con tu sable. -Deja los duendes, y baja a ver de qué proviene ese infernal ruido que -se siente en el patio. Parece que han llegado viajeros; pero, según lo -que alborotan, ni el mismo Sir Arturo Wellesley con todo su séquito -traería más gente. - -Salió el mozo dejándome solo, y al poco rato le vi aparecer de nuevo, -murmurando entre dientes frases amenazadoras, y con desapacible mohín -en la fisonomía. - ---¿Creerá mi comandante que son ingleses o príncipes viajantes los -que de tal modo atruenan la casa? Pues son cómicos, señor; unos -comiquillos que van a Salamanca para representar en las fiestas de San -Juan. Lo menos conté ocho entre damas y galanes, y traen dos carros -con lienzos pintados, trajes, coronas doradas, armaduras de cartón y -mojigangas. Buena gente... El ventero les quiso echar a la calle; pero -han sacado dinero, y su majestad el Sr. Chiporro, al ver lo amarillo, -les tratará como a duques. - ---¡Malditos sean los cómicos! Es la peor raza de bergantes que -hormiguea en el mundo. - ---Si yo fuera D. Carlos España --dijo mi asistente demostrándome -los sentimientos benévolos de su corazón--, cogería a todos los de -la compañía, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les -arcabuceaba. - ---Tanto no. - ---Así dejarían de hacer picardías. Pedrezuela y su endemoniada mujer la -María Pepa del Valle, cómicos eran. Había que ver con qué talento hacía -él su papel de comisionado regio y ella el de la señora comisionada -regia. De tal modo engañaron a la gente, que en todos los pueblos por -donde corrían les creyeron, y en el Tomelloso, que es el mío y no es -tierra de bobos, también. - ---Ese Pedrezuela --dije, sintiendo que el sueño se apoderaba nuevamente -de mí-- fue el que en varios pueblos de la margen del Tajo condenó a -muerte a más de sesenta personas. - ---El mismo que viste y calza --repuso--; pero ya las pagó todas juntas, -porque cuando el general Castaños y yo fuimos a ayudar al _Lord_ en el -bloqueo de Ciudad-Rodrigo, cogimos a Pedrezuela y a su mujercita y los -fusilamos contra una tapia. Desde entonces, cuando veo un cómico, muevo -el dedo buscando el gatillo. - -Tribaldos salió para volver un momento después. - ---Me parece que se marchan ya --dije notando un ruido que anunciaba la -partida. - ---No, mi comandante --repuso riendo--: es que el sargento Panduro y -el cabo Rocacha han pegado fuego al carro donde llevan los trebejos -de representar. Oiga mi comandante chillar a los reyes, príncipes -y senescales al ver cómo arden sus tronos, sus coronas y mantos de -armiño. ¡Cáspita, cómo graznan las princesas y archipámpanas! Voy abajo -a ver si esa canalla llora aquí tan bien como en el teatro... El jefe -de la compañía da unos gritos... ¿Oye mi comandante?... Vuelvo abajo a -verlos partir. - -Claramente oí aquella entre las demás voces irritadas, y lo más extraño -es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me hizo -estremecer. Yo conocía aquella voz. - -Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos -extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres víctimas de una -cruel burla de soldados, salían a toda prisa de la venta. Cuando yo -salía, entró Tribaldos y me dijo: - ---Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillería. Todo el -patio está lleno con pedazos encendidos de los palacios de Varsovia, y -con los yelmos de cartón, y la sotana encarnada del Dux de Venecia. - ---¿Y por qué lado se han ido esos infelices? - ---Hacia Grijuelo. - ---Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sígueme al momento. - ---Mi comandante, el general España quiere ver a usía ahora mismo. El -ayudante de su excelencia ha traído el recado. - ---El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con el -general... Pero me he puesto el corbatín al revés... dame acá esa -casaca, bruto... ¡Pues no me iba sin ella! - ---El general espera a usía. De abajo se sienten las patadas y voces que -da en su alojamiento. - -Al bajar a la plaza, ya los incómodos viajeros habían desaparecido. D. -Carlos España me salió al encuentro diciéndome: - ---Acabo de recibir un despacho del _Lord_ mandándome marchar hacia -Sancti Spíritus... Arriba todo el mundo; tocar llamada. - -Y así concluyó un incidente que no debiera ser contado si no se -relacionara con otros curiosísimos que se verán a continuación. - - - - -IV - - -Dejando el camino real a la derecha, nos dirigimos por una senda áspera -y tortuosa para atravesar la sierra. Vino la aurora, vino el día, sin -que en todo él ocurriese ningún suceso digno de ser marcado con piedra -blanca, negra ni amarilla; mas en el siguiente tuve un encuentro que -desde luego señalo como de los más felices de mi vida. - -Marchábamos perezosamente al mediodía sin cuidados ni precauciones, -por la seguridad de que no encontraríamos franceses en tan agrestes -parajes. Iban cantando los soldados, y los oficiales disertando en -amena conversación sobre la campaña emprendida; dejábamos a los -caballos seguir en su natural y pacífica andadura, sin espolearlos ni -reprimirlos. El día era hermoso, y a más de hermoso algo caliente, por -lo cual caía la llama del sol sobre nuestras espaldas, calentándolas -más de lo necesario. - -Yo iba de vanguardia. Al llegar a la vista de San Esteban de la Sierra, -pueblo pequeño, rodeado de frondosa verdura y grata sombra de árboles, -a cuyo amparo habíamos resuelto sestear, sentí algazara en los primeros -grupos de soldados que marchaban delante, rotas las filas y haciendo -de las suyas con los aldeanos que se parecían en el camino. - ---No es nada, mi comandante --me contestó Tribaldos, a quien pregunté -la causa de tan escandalosa gritería--. Son Panduro y Rocacha que han -topado con un fraile agustino, y más que agustino pedigüeño, y más que -pedigüeño tunante, el cual no se apartó del camino cuando la tropa -pasaba. - ---¿Y qué le han hecho? - ---Nada más que jugar a la pelota --respondió riendo--. Su paternidad -llora y calla. - ---Veo que Rocacha monta un asno y corre en él hacia el lugar. - ---Es el asno de su paternidad, pues su paternidad trae un asno consigo -cargado de nabos podridos. - ---Que dejen en paz a ese pobre hombre, ¡por vida de!... --grité con -ira--, y que siga su camino. - -Adelanteme y distinguí entre soldados, que de mil modos le -mortificaban, a un bendito cogulla, vestido con el hábito agustino, y -azorado y lloroso. - ---¡Señor --decía mirando piadosamente al cielo y con las manos -cruzadas--, que esto sea en descargo de mis culpas! - -Su hábito descolorido y lleno de agujeros cuadraba muy bien a la -miserable catadura de un flaquísimo y amarillo rostro, donde el polvo, -con lágrimas o sudores amasado, formaba costras parduzcas. Lejos -de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los -conventos urbanos, los mejores criaderos de gente que se han conocido, -parecía anacoreta de los desiertos o mendigo de los campos. Cuando se -vio menos hostigado, volvió a un lado y otro los ojos buscando a su -desgraciado compañero de infortunio, y como le viese volver a escape -y jadeando, oprimidos los ijares por el poderoso Rocacha, se apresuró -a acudir a su encuentro. En tanto yo miraba al buen fraile, y cuando -le vi volver, tirando ya del cordel de su asno reconquistado, no pude -reprimir una exclamación de sorpresa. Aquella cara, que al pronto -despertó vagos recuerdos en mi mente, reveló al fin su enigma, y a -pesar de la edad transcurrida y de lo injuriada que estaba por años -y penas, la reconocí como perteneciente a una persona con quien tuve -amistad en otro tiempo. - ---Sr. Juan de Dios --exclamé deteniendo mi caballo a punto que el -fraile pasaba junto a mí--, ¿es usted o no el que veo dentro de esos -hábitos y detrás de esa capa de polvo? - -El agustino me miró sobresaltado, y luego que por buen rato me -contemplara, díjome así con melifluo acento: - ---¿De dónde me conoce el señor general? Juan de Dios soy, en efecto. -Doy gracias a su eminencia por haber mandado que me devolvieran el -burro. - ---¿Eminencia me llama usted?... --repuse--. Todavía no me han hecho -cardenal. - ---En mi turbación no sé lo que me digo. Si su alteza me da licencia me -retiraré. - ---Antes pruebe a ver si me conoce. ¿Mi cara ha variado tanto desde -aquel tiempo en que estábamos juntos en casa de D. Mauro Requejo? - -Este nombre hizo estremecer al buen agustino, que fijó en mí sus ojos -calenturientos, y más bien espantado que sorprendido, dijo: - ---¿Será posible que el que tengo delante sea Gabriel? ¡Jesús mío! Señor -general, ¿es usted Gabriel, el que en abril de 1808...? Lo recuerdo -bien... Deme usted a besar sus pies... ¿Conque es Gabriel en persona? - ---El mismo soy. ¡Cuánto me alegro de que nos hayamos encontrado! Usted -hecho un frailito... - ---Para servir a Dios y salvar mi alma. Hace tiempo que abracé esta -vida tan trabajosa para el cuerpo como saludable para el alma. ¿Y tú, -Gabriel?... ¿Y usted, Sr. D. Gabriel, se dedicó a la milicia? También -es honrosa la vida de las armas, y Dios premia a los buenos soldados, -algunos de los cuales santos han sido. - ---A eso voy, padre, y usted parece que ya lo consiguió, porque su -pobreza no miente, y su cara de mortificación me dice que ayuna los -siete reviernes. - ---Yo soy un humildísimo siervo de Dios --dijo bajando los ojos--, y -hago lo poco que está en mi miserable poder. Ahora, señor general, -experimento mucho gozo en ver a usted... y en reconocer al generoso -mancebo que fue mi amigo; y con esto y su venia me retiro, pues este -ejército va sierra adentro, y yo busco el camino real. - ---No permito que nos separemos tan pronto, amigo mío. Usted está -fatigado, y además no tiene cara de haber cumplido aquel precepto que -manda empiece la caridad por uno mismo. En ese pueblo descansará el -regimiento. Vamos a comer lo que haya, y usted me acompañará para que -hablemos un poco, refrescando viejas memorias. - ---Si el señor general me lo manda, obedeceré, porque mi destino es -obedecer --dijo marchando junto a mí en dirección al pueblo. - ---Veo que el asno tiene mejor pelaje que su dueño, y no se mortifica -tanto con ayunos y vigilias. Le llevará a usted como una pluma, porque -parece una pieza de buena andadura. - ---Yo no monto nunca en él --me respondió sin alzar los ojos del -suelo--. Voy siempre a pie. - ---Eso es demasiado. - ---Llevo conmigo este bondadoso animal para que me ayude a cargar las -limosnas y los enfermos que recojo en los pueblos para llevarlos al -hospital. - ---¿Al hospital? - ---Sí, señor. Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en -Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios, -hace doscientos y setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros -estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios -pueblos de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos las -casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la -nuestra, y vivimos de limosnas. - ---¡Admirable vida, hermano! --dije bajando del caballo y encaminándome -con otros oficiales y el bendito Juan a un bosquecillo que a la vera -del pueblo estaba, donde, a la grata sombra de algunos corpulentos y -frescos árboles, nos prepararon nuestros asistentes una frugal comida. - ---Ate usted su burro en el tronco de un árbol, y acomódese sobre este -césped junto a mí, para que demos al cuerpo alguna cosa, que todo no ha -de ser para el alma. - ---Haré compañía al Sr. D. Gabriel --dijo Juan de Dios humildemente -luego que ató la cabalgadura--. Yo no como. - ---¿Que no come? ¿Por ventura manda Dios que no se coma? ¿Y cómo ha de -estar dispuesto a servir al prójimo un cuerpo vacío? Vamos, Sr. Juan de -Dios, deje a un lado esa cortedad. - ---Yo no como viandas aderezadas en cocina, ni nada caliente y compuesto -que tenga olor a gastronomía. - ---¿Llama gastronomía a este carnero fiambre y seco, a este pan más duro -que roca? - ---Yo no puedo probar eso --repuso sonriendo--. Me alimento tan solo con -yerbas del campo y raíces silvestres. - ---Hombre, lo admiro; pero francamente... Al menos beberá usted un -trago. Es de Rueda. - ---No bebo más que agua. - ---¡Hombre... agua y yerbecitas del campo! Lindo comistrajo es ese. En -fin, si de tal modo se salva uno... - ---Ya hace tiempo que hice voto firmísimo de vivir de esa manera, -y hasta hoy, D. Gabriel mío, aunque no limpio de pecados, tengo la -satisfacción de no haber cometido el de faltar a mi voto una sola vez. - ---Pues no insisto, amigo. No se vaya usted a condenar por culpa mía. -La verdad es que tengo un hambre... Pobre Sr. Juan de Dios... ¡Quién -había de decir que nos encontraríamos después de tantos años...! ¿No es -verdad? - ---Sí, señor. - ---Yo creí que usted había pasado a mejor vida. Como desapareció... - ---Entré en la Orden en enero del año 9. Acabé mis primeros ejercicios -en marzo, y recibí las primeras órdenes el año último. Todavía no soy -fraile profeso. - ---¡Cuántas cosas han pasado desde que no nos vemos! - ---¡Sí, señor, cuántas! - ---Usted, retirado del mundo, vive de un modo beatífico sin penas ni -alegrías, contento de su estado... - -Juan de Dios exhaló un suspiro profundísimo, y después bajó los ojos. -Observándole bien, advertí las señales que en su extenuado rostro -patentizaban no ser jactancia de beato aquello de las campestres -yerbecitas y agua de los arroyos cristalinos. Bordeaba sus ojos un -cerco violáceo muy intenso, que hacía más vivo el brillo de sus -pupilas, y marcándosele los huesos de la cara bajo la estirada y -amarillenta piel. Su expresión era la de las almas exaltadas por -una piedad que igualmente hace sus efectos en el espíritu y en el -sistema nervioso. Misticismo y enfermedad al mismo tiempo, es una -devoción singular que ha llevado hermosísimas figuras al cielo de las -grandezas humanas. Si en un principio creí ver en Juan de Dios un -poco de artificio e hipocresía, muy luego convencime de lo contrario, -y aquel santo varón, arrojado por las tempestades mundanas a la vida -contemplativa y austera, vivía inflamado por un fervor tan ardiente -como sincero. Se le veía quemarse; se observaba la combustión de -aquel cuerpo, que poco a poco se convertía en ceniza, calcinado por -la llama de la espiritual calentura; se veía que aquel hombre apenas -a la tierra tocaba, apenas al mundo de los vivos, y que la miserable -arcilla que aún mantenía el noble espíritu con endeble atadura, se iba -descomponiendo y desmenuzándose grano a grano. - ---Es admirable, amigo mío --le dije--, que haya llegado a tan lisonjero -estado de santidad un hombre que no se vio libre ciertamente de las -pasiones mundanas. - -La fisonomía de Fr. Juan de Dios contrájose con ligero temblor. Pero -serenándose al punto su rostro, me dijo: - ---¿No sabe usted qué ha sido de aquellos benditos señores de Requejo? -Sentiría que les hubiese pasado alguna desgracia. - ---No he vuelto a saber de ellos. Estarán cada vez más ricos, porque los -pícaros hacen fortuna. - -El fraile no hizo gesto alguno de asentimiento. - ---Pero Dios les habrá castigado al fin --continué-- por los martirios -que hicieron padecer a aquella infeliz joven... - -Al decir esto, advertí que en las venas de aquel miserable cuerpo -humano, que la tumba pedía para sí, quedaba todavía un resto de sangre. -Bajo la piel de la cara se traslucieron por un instante las hinchadas -venas azules, y un ligero tinte amoratado encendió la austera frente. -No me hubiera sorprendido más ver una imagen de madera sonrojándose al -contacto del beso de las devotas. - ---Dios sabrá lo que tiene que hacer con los señores de Requejo por esa -conducta --me contestó. - ---Creo que no le será indiferente a usted saber el fin que ha tenido -aquella desgraciada joven. - ---¿Indiferente? No --repuso poniéndose como un cadáver. - ---¡Oh! Las personas destinadas a padecer... --dije observando -atentamente la impresión que en el santo producían mis palabras--. -Aquella pobre joven tan buena, tan bonita, tan modesta... - ---¿Qué? - ---Ha muerto. - -Yo creí que Juan de Dios se conmovería al oír esto; pero con gran -sorpresa vi su rostro resplandeciente de serenidad y beatitud. Mi -asombro llegó a su colmo cuando, en tono de convicción profundísima, -dijo: - ---Ya lo sabía. Murió en el convento de Córdoba, donde la encerró su -familia en junio de 1808. - ---¿Y cómo sabe usted eso? --pregunté, respetando el engaño del pobre -agustino. - ---Nosotros tenemos visiones singulares. Dios permite que por un estado -especial de nuestro espíritu, sepamos algunos hechos ocurridos en -país lejano, sin que nadie nos los cuente. Inés murió. Yo la he visto -repetidas veces en mis éxtasis, y es indudable que solo se nos presenta -la imagen de las personas que han tenido la suerte de abandonar para -siempre este ruin y miserable mundo. - ---Así debe ser. - ---Así es, aunque los torpes ojos del cuerpo crean otra cosa. ¡Ay! -Los del alma son los que no se engañan nunca, porque hay siempre en -ellos un rayo de eterna luz. La corporal vista es un órgano de quien -dispone a su antojo el demonio para atormentarnos. Lo que vemos en ella -es muchas veces ilusorio y fantástico. Yo, Sr. D. Gabriel, padezco -tormentos muy horrorosos por las continuas pruebas a que sujeta mi -espíritu el Señor de cielo y tierra, y por los pérfidos amaños del -espíritu maligno, que, anhelando perderme, juega con mis débiles -sentidos, y se burla de esta desgraciada criatura. - ---Querido amigo, cuénteme usted lo que pasa. Yo también sirvo a veces -de juguete y mofa a ese señor demonio, y puedo dar a usted algún buen -consejo sobre el modo de vencerle y burlarse de él en vez de ser -burlado. - - - - -V - - ---Puesto que usted ha nombrado a una persona que tanta parte ha tenido -en que yo abandonase el perverso siglo, y puesto que usted conoció -entonces mis secretos, nada debo ocultarle. Cuando Dios me crió dispuso -que padeciese, y he padecido como ningún otro mortal sobre la tierra. -Antes de sentir en mi alma el rayo divino de la eterna gracia, que -me alumbró el sendero de esta nueva vida, una pasión mundana me hizo -desgraciado. Después que me abracé a la santa cruz para salvarme, las -turbaciones, debilidades y agonías de mi espíritu han sido tales, que -pienso es esto disposición de Dios para que conozca en vida infierno y -purgatorio antes de subir a la morada de los justos... Amé a una mujer, -mas con tanta exaltación, que mi naturaleza quedó en aquel trance -trastornada. Cuando comprendí que todo había concluido, yo no tenía ya -entendimiento, memoria ni voluntad. Era una máquina, señor oficial, una -máquina estúpida: mis sentidos estaban muertos. Vivía en las tinieblas, -pues nada veía, y en una especie de letargoso asombro. Varias veces he -pensado después si, como aquel estupor mío, será el limbo a donde van -los que apenas han nacido. - ---Justo. Así debe ser. - ---Cuando volví en mí, querido señor, formé el proyecto de hacerme -fraile. Yo había concluido para el mundo. Me confesé con grandísimo -fervor. El padre Busto aprobó con entusiasmo mi propósito de consagrar -a la religión el resto de mis tristes días, y como yo manifestara deseo -de entrar en la Orden más pobre y donde más trabajase el cuerpo y más -apartada de mundanales atractivos estuviese el ánima, señalome esta -regla de hermanos hospitalarios. ¡Ay!, mi alma recibió un consuelo -inexplicable. Buscaba los sitios solitarios para meditar, y meditando -sentía rodeada mi cabeza de celestial atmósfera. ¡Qué luz tan pura! -¡Qué dulzura y suave silencio en el aire! - ---¿Y después? - ---¡Ay! Después empezaron nuevamente mis infortunios bajo otra forma. -Dios decretó que yo padeciese y padeciendo estoy... Óigame usted un -momento más. Comencé mis estudios y las prácticas religiosas para -ingresar en la Orden. Recibiéronme una mañana en el convento, donde -vestí el traje de lego. Di aquel día mis lecciones más contento que -nunca; asistí como fámulo a los pobres de la enfermería, y por la -tarde, tomando el segundo tomo de _Los nombres de Cristo_, por el -maestro Fr. Luis de León, libro que me agradaba en extremo, fuime a -la huerta, y en el sitio más secreto y callado de ella, entregué mi -espíritu a las delicias de la lectura. No había acabado el capítulo -hermosísimo que se titula _Descripción de la miseria humana y origen -de su fragilidad_, cuando sentí un calofrío muy intenso en todo mi -cuerpo, una gran turbación, una zozobra muy viva, pues toda la sangre -agolpose en mi pecho, y experimenté una sensación que no puedo decir -si era gozo profundísimo o dolor agudo. Una extraña figura, bulto o -sombra, impresionó mi vista; miré, y la vi: era ella misma, sentada en -el banco de piedra junto a mí. - ---¿Quién? - ---¿Necesito decir su nombre? - ---Ya. - ---El libro se me cayó de las manos; observé la asombrosa visión, -pues visión era, y el mundano amor renació violentamente en mi pecho -como la explosión de una mina. Quedé absorto, señor, mudo y entre -suspendido y aterrado. Era ella misma, y me miraba con sus dulces -ojos, trastornándome. Separábala de mí una distancia como de media -vara; mas no hice movimiento alguno para acercarme a ella, porque el -mismo estupor, la admiración que tal prodigio de belleza me producía, -el mismo fuego amoroso que quemaba mi ser, teníanme arrobado y sin -movimiento. Estaba vestida con riquísima túnica de una blanca y sutil -tela, la cual, así como las nubes ocultan el sol sin esconderlo, -ocultaba su hermoso cuerpo, antes empañándolo que cubriéndolo. Bajo -la falda asomaba desnudo uno de sus delicados pies; sus cabellos, -ensortijados con arte incomparable, le caían en hermosas guedejas a un -lado y otro de la cara, entre sartas de orientales perlas, y en la mano -derecha sostenía un pequeño ramillete de olorosas flores, cuya esencia -llegaba hasta mí embriagándome el sentido. - ---En verdad, Sr. Juan de Dios, que nunca he visto a la señorita Inés en -semejante traje, no muy propio por cierto para pasear en jardines. - ---¿Que había usted de verla, si aquella imagen no era forma corporal y -tangible, sino una fábrica engañosa del demonio, que desde aquel día me -escogió para víctima de sus abominables experimentos? - ---¿Y la joven del pie desnudo y el ramo de flores, no dijo alguna -palabrilla? - ---Ni media, hermano. - ---¿Y usted no le dijo nada, ni traspasó el espacio de media vara que -había entre los dos? - ---No podía hablar. Acerqueme, sí, a ella, y en el mismo momento -desapareció. - ---¡Qué picardía! Pero el demonio es así, amigo mío: ofrece y no da. - ---Mucho tardé en reponerme de la horrible sensación que aquello dejó -en mi alma. Al fin recogí el libro, y dirigí mis pensamientos a Dios. -¡Ay, qué extraña sensación! Tan extraña es, que no puedo explicarla. -Figuraos, querido señor, que mis pensamientos, al remontarse al cielo -tomando forma material, fueran detenidos y rechazados por una mano -poderosa. Esto ni más ni menos era lo que yo sentía. Quería pensar y no -tenía espíritu más que para sentir. Por mi cuerpo corrían, a modo de -relámpagos del movimiento, unas convulsiones ardientes... ¡Ay! no, no -puedo de modo alguno explicar esto... En mi cuerpo chisporroteaba algo, -cual mechas que se van apagando, y cuyas pavesas, mitad fuego, mitad -ceniza, caen al suelo... Levanteme; quise entrar en la iglesia; pero... -¿creerá usted que no podía? No, no podía. Alguien me tiraba de la cola -del hábito hacia afuera. Corrí a la celda que me habían destinado, y -arrojándome en el suelo, puse la frente sobre mis manos y mis manos -sobre los ladrillos. Así estuve toda la noche orando y pidiendo a Dios -que me librara de aquellas horribles tentaciones, diciéndole que yo no -quería pecar, sino servirle; que yo quería ser bueno y puro y santo. - ---¿Por qué no contó usted el caso a otros frailes experimentados en -cosas de visiones y tentaciones? - ---Así lo hice al punto. Consulté aquella misma tarde con el padre -Rafael de los Ángeles, varón muy pío y que me mostraba gran cariño, -el cual me dijo que no tuviese cuidado, pues para desnudar el -entendimiento (así mismo lo dijo) de tales aprensiones imaginarias y -naturales, bastaba una piedad constante, una mortificación infatigable -y una humildad sin límites. Añadiome que él, en los primeros años de -vida monástica, había experimentado iguales aprietos y compromisos; -mas que al fin, con las rudas penitencias y lecturas místicas, -había convencido al demonio de la inutilidad de sus esfuerzos para -pervertirlo, con lo cual le dejó tranquilo. Aconsejóme que entrase en -la vida activa de la Orden; que marchase en pos de las miserias y -lástimas del mundo, recogiendo enfermos por los pueblos para traerlos a -los hospitales; que vagase por los campos, haciendo corporal ejercicio -y alimentándome con yerbas y raíces, para que el miserable y torpe -cuerpo, privado de todo regalo, adquiriese la sequedad y rigidez que -ahuyentan la concupiscencia. Encargome, además, que durmiese poco, y -jamás sobre blanduras, sino más bien encima de duras rocas o picudas -zarzas, siempre que pudiere; que asimismo me apartase de toda sociedad -de amigos, esquivando coloquios sobre negocios mundanos, no mostrando -afición a persona alguna, sino huyendo de todos para no pensar más que -en la perfección de mi alma. - ---Y haciéndolo así, ha conseguido usted... - ---Así lo he hecho, hermano; mas poco o nada he conseguido. Cerca -de tres años de mortificaciones, de ejercicios, de penitencias, -de vigilias, de rigores, de dormir en campo raso y comer berraza -y jaramagos crudos, si han fortalecido mi espíritu, librándome de -aquellas vaguedades voluptuosas que al principio ponían al borde del -precipicio mi santidad, no me han librado de los continuos asaltos del -ángel infernal, que un día y otro, señor, en el campo y bajo techo, en -la dulce oscuridad de la alta y triste noche, lo mismo que a la luz -deslumbradora del sol, me pone ante los ojos la imagen de la persona -que adoré en el siglo. ¡Ay! en aquel tiempo, cuando estábamos en la -tienda, yo blasfemé, sí... me acuerdo que un día entré en la iglesia -y, arrodillándome delante del Santísimo Sacramento, dije: «Señor, -te aborreceré, te negaré, si no me la das, para que nuestras almas y -nuestros cuerpos estén siempre unidos en la vida, en la sepultura y en -la eternidad.» Dios me castiga por haberle amenazado. - ---De modo que siempre... - ---Sí, siempre, siempre la veo, unas veces en esta, otras en la otra -forma, aunque por temporadas el demonio me permite descansar y no veo -nada. Esta funesta desgracia mía me ha impedido hasta ahora recibir -los últimos y más sublimes grados del sacramento del Orden, pues me -creo indigno de que Dios baje a mis manos. ¡Es terrible sentirse uno -con el corazón y el espíritu todo dispuesto a la santidad, y no poder -conseguir el perfecto estado! Yo me desespero y lloro en silencio, al -ver cuán felices son otros frailes de mi Orden, los cuales disfrutan, -con la paz más pura, las delicias de visiones santas que son el más -regalado manjar del espíritu. Unos, en sus meditaciones, ven ante sí -la imagen de Cristo crucificado, mirándoles con ojos amorosísimos; -otros se deleitan contemplando la celestial figura del Niño Dios; a -otros les embelesa la presencia de Santa Catalina de Siena o Santa -Rosa de Viterbo, cuya castísima imagen y compuestos ademanes incitan a -la oración y a la austeridad; pero yo ¡desgraciado de mí! yo, pecador -abominable que sentí quemadas mis entrañas por el mundano amor, y me -alimenté con aquel rocío divino de la pasión, y empapé el alma en mil -liviandades inspiradas por la fantasía, me he enfermado para siempre -de impureza, me he derretido y moldeado en un desconocido crisol que me -dejó para siempre en aquella ruin forma primera. No puedo ser santo, -no puedo arrojar de mí esta segunda persona que me acompaña sin cesar. -¡Oh, maldita lengua mía! Yo había dicho: «Quiero unirme a ella en la -vida, en la sepultura y en la eternidad», y así está sucediendo. - -Fr. Juan de Dios bajó la cabeza y permaneció largo rato meditando. - - - - -VI - - ---¿En qué nuevas formas se ha presentado? --le pregunté. - ---Una mañana iba yo por el campo, y abrasado por la sed, busqué un -arroyo en que apagarla. Al fin, bajo unos frondosos álamos que entre -peñas negruzcas erguían sus viejos troncos, vi una corriente cristalina -que convidaba a beber. Después que bebí senteme en una peña, y en el -mismo instante cogiome la singular zozobra que me anuncia siempre -la influencia del ángel del mal. A corta distancia de mí estaba una -pastora; ella misma, señor, hermosa como los querubines. - ---¿Y guardaba algún rebaño de vacas o carneros? - ---No, señor: estaba sola, sentada como yo sobre una peña, y con los -nevados pies dentro del agua, que movía ruidosamente haciendo saltar -frías gotas, las cuales salpicando me mojaron el rostro. Había desatado -los negros cabellos y se los peinaba. No puedo recordar bien todas -las partes de su vestido; pero sí que no era un vestido que la vestía -mucho. Mirábame sonriendo. Quise hablar y no pude. Di un paso hacia -ella y desapareció. - ---¿Y después? - ---La volví a ver en distintos puntos. Yo me encontraba dentro de -Ciudad-Rodrigo cuando la asaltó el _Lord_ en enero de este mismo año. -Hallábame sirviendo en el hospital cuando comenzó el cerco, y entonces -otros buenos padres y yo salimos a asistir a los muchos heridos -franceses que caían en la muralla. Yo estaba aterrado, pues nunca había -visto mortandad semejante, e invocaba sin cesar a la divina Madre de -Nuestro Señor para que por su intercesión se amansase la furia de -los anglo-portugueses. El día 18 el arrabal, donde yo estaba, diome -idea de cómo es el Infierno. Deshacíase en mil pedazos el convento de -San Francisco, donde íbamos colocando los heridos... Los franceses -burlábanse de mí, y como a los frailes nos tenían mucha ojeriza por -creernos autores de la resistencia que se les hace, me maltrataron -de palabra y obra... ¡Ay! cuando entraron los aliados en la plaza, -yo estaba herido, no por las balas de los sitiadores, sino por los -golpes de los sitiados. Los ingleses, españoles y portugueses entraron -por la brecha. Al oír aquel laberinto de imprecaciones victoriosas, -pronunciadas en tres idiomas distintos, sentí gran espanto. Unos y -otros se destrozaban como fieras... yo, exánime y moribundo, yacía en -tierra en un charco de sangre y fango, y rodeado de cuerpos humanos. -Abrasábame una sed rabiosa; una sed, querido señor mío, tan ardiente -como si mis venas estuviesen llenas de fuego, y la boca, lengua y -paladar fuesen, en vez de carne viva y húmeda, estopa inerte y seca. -¡Qué tormento! Yo dije para mí: «Gracias a ti, Señor, que te has -dignado llevarme a tu seno. Ha llegado la hora de mi muerte.» No había -acabado de decirlo, mejor dicho de pensarlo, cuando sentí en mis labios -el celeste contacto del agua fresca. Suspiré, y mi espíritu sacudió su -fúnebre sopor. Abrí los ojos, y vi pegada a mis ardientes labios una -blanca mano, en cuya palma ahuecada brillaba el cristalino licor tan -fresco y puro como al manar de la rústica fuente. - ---¿Y en qué traza venía entonces la señorita Inés? - ---Venía de monja. - ---¿Y las monjas daban de beber en el hueco de la mano? - ---Aquella sí. Pintar a usted cuán hermosa estaba su cara entre las -blancas tocas y cuán bien le sentaba la austeridad de la pobre estameña -del traje, me sería imposible. Apenas la miré cuando voló de súbito, -dejándome más sediento que antes. - ---Una cosa me ocurre, Sr. Juan de Dios --dije condolido en extremo de -la extraña enfermedad del desgraciado hospitalario--, y es que siendo -esa persona un artificio del más malo, del más pícaro y desvergonzado -espíritu creado por Dios, y habiendo ocasionado a usted tantos -disgustos, congojas, mortales ansias y acalorados paroxismos, parecía -natural que la tomase usted en aborrecimiento, y que viese en ella más -bien una espantable y horrenda fealdad que ese portento de hermosura, -que con tanto deleite encarece. - -Fr. Juan de Dios suspiró tristemente y me dijo: - ---El Malo no presenta jamás a nuestros ojos cosas aborrecibles ni -repugnantes, sino antes bien hermosas, odoríferas, gratas al paladar, -al olfato, al tacto y al oído. Bien sabe él lo que se hace. Si ha leído -usted la vida de la madre Santa Teresa de Jesús, habrá visto que alguna -vez el demonio le pintó delante la imagen de Nuestro Señor Jesucristo -para engañarla. Ella misma dice que el Malo es gran pintor, y añade que -cuando vemos una imagen muy buena, aunque supiésemos la ha pintado un -mal hombre, no dejaríamos de estimarla. - ---Eso está muy bien dicho... Se me ocurre otra cosa. Si yo hubiera -sido atormentado de esa ruin manera por el espíritu maligno, el cual, -según voy viendo, es un redomado tunante, habría tratado de perseguir -la imagen, de tocarla, de hablarle, para ver si efectivamente era vana -ilusión o materia corpórea. - ---Yo lo he hecho, querido señor y amigo mío --repuso el hospitalario -con acento ya debilitado por el mucho hablar--, y nunca he podido -poner mis manos sobre ella, habiendo conseguido tan solo una vez tocar -el halda de su vestido. Puedo asegurar a usted que a la vista su figura -se me ha representado siempre como una criatura humana con su natural -espesor, corpulencia, y el brillo y la dulzura de los ojos, el dulce -aliento de la boca, y la añadidura del vestido flotando al viento; en -fin, todo en tal manera fabricado, que es imposible no creerla persona -viva y como las demás de nuestra especie. - ---¿Y siempre se presenta sola? - ---No, señor, que algunas veces la he visto en compañía de otras -muchachas, como, por ejemplo, en Sevilla el año pasado. Todas eran -obra vana de la infernal industria, pues desaparecieron con ella como -multitud de luces que se apagan de un solo soplo. - ---¿Y siempre desaparecen así como luz que se apaga? - ---No, señor, que a veces corre delante de mí, y la sigo, y se pierde -entre la multitud, o avanza tanto en su camino que no puedo alcanzarla. -Un día la vi en una soberbia cabalgadura que corría más que el viento, -y ayer la vi en un carro. - ---¿Que corría también como el viento? - ---No, señor, pues apenas corría como un mal carro. La visión de ayer -ofrece para mí una particularidad aterradora, y que me prueba cierta -recrudescencia y gravedad del mal que padezco. - ---¿Por qué? - ---Porque ayer me habló. - ---¿Cómo? --dije sonriendo, mas no asombrado del extremo a que llegaban -las locuras de mi amigo--. ¿Habló al fin la señorita del pie desnudo, -la pastorcita, la monja de Ciudad-Rodrigo? - ---Sí, señor. Iba en un carro en compañía de unos cómicos que venían al -parecer de Extremadura. - ---¡En un carro!... ¡Con unos cómicos!... ¡De Extremadura! - ---Sí, señor: veo que se asombra usted, y lo comprendo, porque el caso -no es para menos. Delante iban algunos hombres a caballo; luego seguía -un carro con dos mujeres, y después otro carro con decoraciones y -trebejos de teatro, todos quemados y hechos pedazos. - ---Hermano, usted se burla de mí --dije levantándome de súbito y -volviéndome a sentar, impulsado por ardiente desasosiego. - ---Cuando la vi, señor mío, experimenté aquel calofrío, aquella -sensación entre placentera y dolorosa que acompaña a mis terribles -crisis. - ---¿Y cómo iba? - ---Triste, arropada en un manto negro. - ---¿Y la otra mujer? - ---Engañosa imaginación también, sin duda, la acompañaba en silencio. - ---¿Y los hombres que iban a caballo? - ---Eran cinco, y uno de ellos vestía de juglar con calzón de tres -colores y montera de picos. Disputaban, y otro de ellos, que parecía -mandar a todos, era una persona de buena apostura y presencia, con -barba picuda como la del demonio. - ---¿No sintió usted olor de azufre? - ---Nada de eso, señor. Aquellos hombres hablaban con animación, y -nombraron a unos soldados que les habían quemado sus infernales -cachivaches. - ---Sospecho, querido hermano Juan --dije con turbación--, que ya no es -usted solo el endemoniado, sino que yo lo estoy también, pues esos -cómicos, y esas mujeres, y esos carros, y esos trastos escénicos son -reales y efectivos, y aunque no los vi, sé que estuvieron en Santibáñez -de Valvaneda. ¿Sería que alguna de las cómicas se le antojó a usted -ser la misma persona de marras, sin que en esto hubiese la más ligera -picardía por parte de la majestad infernal? - ---Bien he dicho yo --continuó el fraile con candor-- que esta aparición -de hoy es la más extraordinaria y asombrosa que he tenido en mi vida, -pues en ella la demoniaca hechura ha presentado tales síntomas, señales -y vislumbres de realidad, que al más licurgo y despreocupado engañaría. -Esta es también la primera vez que la imagen querida, además de tomar -cuerpo macizo de mujer, ha remedado la humana voz. - ---¿Ha hablado? - ---Sí, señor: ha hablado --afirmó el hospitalario con terror--. Su voz -no es la misma que aún resuena en mis oídos, desde que la oí en casa -de Requejo, así como su figura en el día de hoy me ha parecido más -hermosa, más robusta, más completa y más formada. Tal como la vi en el -convento, en el bosque, en la iglesia y en Ciudad-Rodrigo era casi una -niña, y hoy... - ---Pero si habló, ¿qué dijo? - ---Yo me acerqué al carro, la miré, mirome ella también... Sus ojos -eran rayos que me quemaban cuerpo y alma. Luego pareció asombrada, -muy asombrada... ¡Ay! sus labios se movieron y pronunciaron mi propio -nombre. «Sr. Juan de Dios --dijo--, ¿se ha hecho usted fraile?...» Que -me moría en aquel mismo momento. Quise hablar y no pude. Ella hizo -ademán de darme una limosna, y de pronto el hombre que parecía mandar -a todos, como advirtiera mi presencia junto al carro de las cómicas, -detuvo el caballo, y volviéndose me dijo con voz fiera: «Largo de -aquí, holgazán pancista.» Ella dijo entonces: «Es un pobre mendicante -que pide limosna.» El hombre alzó el palo para pegarme, y ella dijo: -«Padre, no le hagas daño.» - ---¿Está usted seguro de que dijo eso? - ---Sí, seguro estoy; mas el infame, como criatura infernal que era, -enemigo natural de Dios, llamome de nuevo holgazán, y recibí al mismo -tiempo tal porrazo en la cabeza, que caí sin sentido. - ---Sr. Juan de Dios --le dije después de reflexionar un poco sobre lo -extraño de aquella aventura--, júreme usted que es verdad cuanto ha -dicho, y que no es su ánimo burlarse de mí. - ---¡Yo burlarme, señor oficial de mi alma! --exclamó el hospitalario, -que estuvo a punto de llorar viendo que se ponía en duda su -veracidad--. Cierto es lo que he dicho. Tan evidente es que hay demonio -en el infierno, como que hay Dios en el cielo, pues infinito es en el -mundo el número de casos de obsesión, y todos los días oímos contar -nuevas tropelías y estupendas gatadas del mortificador del linaje -humano. - ---¿Y no puede usted precisar el sitio en que ocurrió eso del carro de -comediantes? - ---Pasado Santibáñez de Valvaneda, como a tres leguas. Iban a buen paso -camino de Salamanca. - -El infeliz hospitalario no podía mentir, y en cuanto a la endemoniada -catadura de las cosas y personas referidas, yo tenía mis razones para -creer que entre los primeros y el último encuentro del fraile había -alguna diferencia. - -De nuevo le insté para que tomase alguna cosa, y segunda vez se -resistió a dar a su cuerpo regalo alguno. Ya nos disponíamos a marchar, -cuando le vi palidecer, si es que cabía mayor grado de amarillez en su -amojamada carne; le vi aterrado, con los ojos medio salidos del casco, -el labio inferior trémulo, y toda su persona desasosegada. Miraba a -un punto fijo detrás de mí, y como yo rápidamente me volviese y nada -hallase que pudiera motivar aquel espanto, le pregunté la causa de sus -terrores, y si allí entre tantos soldados se atrevía Satanás a hacer de -las suyas. - ---Ya se ha desvanecido --dijo con voz débil y dejando caer -desmayadamente los brazos. - ---¿Pues qué, otra vez ha estado aquí? - ---Sí, en aquel grupo donde bailan los soldados... ¿Ve usted que hay -allí unas mozas de San Esteban? - ---Es cierto; pero o yo he olvidado la cara de la señora Inés, o no está -entre ellas --repuse sin poder contener la risa--. Si estuviera, bien -se le podían decir cuatro frescas por ponerse a bailar con los soldados. - ---Pues dude usted de que ahora es de día, señor mío --afirmó no -repuesto aún de la emoción--; pero no dude usted de que estaba allí. -Veo que el demonio recrudece sus tentaciones y aumenta el rigor de sus -ataques contra los reductos de mi fortaleza, y esto lo hace porque -estoy pecando... - ---¿Pecando ahora; pecando por hablar con un antiguo amigo? - ---Sí, señor, pues pecar es entregar sin freno el espíritu a los -deleites de la conversación con gente seglar. Además, he estado aquí -descansando más de hora y media, cosa que en tres años no he hecho, y -he gustado de la fresca sombra de estos árboles. ¡Alma mía --añadió con -exaltado fervor--, arriba!... no duermas, vigila sin cesar al enemigo -que te acecha, no te entregues al corruptor deleite de la amistad, ni -desmayes un solo momento, ni pruebes las dulzuras del reposo. Alerta, -alerta siempre. - ---¿Se marcha usted ya? --dije al ver que desataba al buen jumento--. -Vamos, no rechazará usted este pedazo de pan para el camino. - -Tomolo, y poniéndoselo en la boca al pacífico asno, que no estaba sin -duda por cenobíticas abstinencias, cogió él para sí un puñado de yerba -y la guardó en el seno. - -«O es un farsante --dije para mí--, o el más puro y candoroso beato que -ciñe el cíngulo monacal.» - ---Buenas tardes, Sr. D. Gabriel --dijo con humilde acento--. Me voy a -Béjar para seguir mañana a Candelario, donde tenemos un hospital. ¿Y -usted, a dónde marcha? - ---¿Yo? A donde me lleven: tal vez a conquistar a Salamanca, que está en -poder de Marmont. - ---Adiós, hermano y querido señor mío --repuso--. Gracias, mil gracias -por tantas bondades. - -Y tirando del ronzal, partió, con el burro tras sí. Cuando su enjuta -figura negruzca se alejó al bajar un cerro, pareciome ver en él un -cuerpo que melancólicamente buscaba su perdida sepultura sin poder -encontrarla. - - - - -VII - - -Dos días después, más allá de Dios-le-guarde, un gran acontecimiento -turbó la monotonía de nuestra marcha. Y fue que a eso de la madrugada, -nuestras tropas avanzadas prorrumpieron en exclamaciones de júbilo; -mandose formar, dando a las compañías el marcial concierto y la -buena apariencia que han menester para presentarse ante un militar -inteligente, y algunos acudieron por orden del general a cortar ramos -a los vecinos carrascales para tejer no sé si coronas, cenefas o -triunfales arcos. Al llegar al camino de Ciudad-Rodrigo, vimos que -apareció falange numerosa de hombres vestidos de encarnado y caballeros -en ligerísimos corceles, y verlos y exclamar todos en alegre concierto: -«¡Viva el _Lord_!» fue todo uno. - ---Es la caballería de Cotton, de la división del general Graham --dijo -D. Carlos España--. Señores, cuidado no hagamos alguna gansada. Los -ingleses son muy ceremoniosos, y se paran mucho en las formas. Si se -coge bastante carrasca haremos un arquito de triunfo para que pase -por él el vencedor de Ciudad-Rodrigo, y yo le echaré un discurso que -traigo preparado, elogiando su pericia en el arte de la guerra y la -Constitución de Cádiz, cosas ambas bonísimas, y a las cuales deberemos -el triunfo al fin y a la postre. - ---No es el señor _Lord_ muy amigo de la Constitución de Cádiz --dijo -D. Julián Sánchez, que a derecha mano de D. Carlos estaba--; pero a -nosotros, ¿qué nos va ni qué nos viene en esto? Derrotemos a Marmont y -vivan todos los milores. - -Los jinetes rojos llegaron hasta nosotros, y su jefe, que hablaba -español como Dios quería, cumplimentó a nuestro brigadier, diciéndole -que Su Excelencia el señor Duque de Ciudad-Rodrigo no tardaría en -llegar a Sancti Spíritus. - -Al punto comenzamos a levantar el arco con ramajes y palitroques a la -entrada de dicho pueblo, y viérais allí que un dómine del país apareció -trayendo unos al modo de tarjetones de lienzo con sendos letreros y -versos que él mismo había sacado de su cabeza, y en las cuales piezas -poéticas se encomiaban hasta más allá de los cuernos de la luna las -virtudes del moderno Fabio, o sea el Sr. D. Arturo Wellesley, _Lord_ -Vizconde de Wellington de Talavera, Duque de Ciudad-Rodrigo, Grande de -España y Par de Inglaterra. - -Iban llegando unos tras otros numerosos cuerpos de ejército, que se -desparramaban por aquellos contornos ocupando los pueblos inmediatos, -y al fin, entre los más brillantes soldados escoceses, ingleses y -españoles, apareció una silla de postas, recibida con aclamaciones y -vítores por las tropas situadas a un lado y otro del camino. Dentro -de ella vi una nariz larga y roja, bajo la cual lucieron unos dientes -blanquísimos. Con la rapidez de la marcha apenas pude distinguir otra -cosa que lo indicado, y una sonrisa de benevolencia y cortesía que -desde el fondo del carruaje saludó a las tropas. - -No debo pasar en silencio, aunque esto concuerda mal con la gravedad de -la Historia, que al pasar el coche bajo el arco triunfal, como este no -lo habían construido ingenieros ni artífices romanos, con la sacudida y -golpe que recibiera de una de las ruedas, hizo como si quisiera venirse -abajo, y al fin se vino, cayendo no pocas ramas y lienzos sobre la -cabeza del dómine que tuviera parte tan importante en su malhadada -fábrica. Como no hubo que lamentar desgracia alguna, celebrose con -risas la extraña ruina. Los chicos apoderáronse al punto de los -tarjetones, que eran como de tres cuartas de diámetro, y abriéndoles en -el centro un agujero y metiendo por él la cabeza se pasearon delante de -Wellington con aquella valona o flamenca golilla. - -Entre tanto, D. Carlos España desembuchaba su discurso delante del -_Lord_, y luego que concluyera, presentose el dómine con el amenazador -proyecto de hablar también. Consintiolo el general, que como persona -finísima disimulaba su cansancio, y oyendo las pedanterías del orador, -movía la cabeza, acompañando sus gestos de la especial sonrisa inglesa, -que hace creer en la existencia de algún cordón intermandibular, del -cual tiran para plegar la boca como si fuera una cortina. - ---Mi comandante --me dijo con cara de júbilo mi asistente cuando me -aparté de los generales para ocuparme del alojamiento--, ¿no ha visto -usía el otro ejército que viene detrás? - ---Serán los portugueses. - ---¡Qué portugueses ni qué garambainas! Son mujeres, un ejército de -mujeres. Esto se llama darse buena vida. Los ingleses, en vez de -impedimenta, llevan la faldamenta. Así da gusto de hacer la guerra. - -Miré y vi veinte, ¿qué digo veinte? cuarenta y aun cincuenta carros, -coches y vehículos de distintas formas, llenos todos de mujeres, unas -al parecer de alta, otras de baja calidad, y de distinta belleza y -edad, aunque por lo general, dicho sea esto imparcialmente, predominaba -el género feo. Al punto que pararon los vehículos entre nubes de polvo, -viérais descender con presteza a las señoras viajeras, y resonar una de -las más discordes algarabías que pueden oírse. Por un lado chillaban -ellas llamando a sus consortes, y ellos por otro penetraban en la -femenil multitud gritando: _Anna_, _Fanny_, _Mathilda_, _Elisabeth_. En -un instante formáronse alegres parejas, y un tumultuoso concierto de -voces guturales y de inflexiones agudas y de articulaciones líquidas -llenó los aires. - -Pero como la división aliada que acababa de llegar no podía pernoctar -entera en aquel pueblo, una parte de ella siguió el camino adelante -hacia Aldehuela de Yeltes. Tornaron a montar en sus carricoches muchas -de las hembras, formando parte del convoy de víveres y municiones, -y otras quedaron en Sancti Spíritus. El día pasó, ocupándonos todos -en buscar el mejor alojamiento posible; pero como éramos tantos, al -caer de la tarde no habíamos resuelto la cuestión. En cuanto a mí, me -creía obligado a dormir en campo raso. Tribaldos me notificó que el -dómine del lugar tenía sumo placer en cederme su habitación. Después -de visitar a mi honrado patrono, salí a desempeñar varias obligaciones -militares, y ya me retiraba a casa, cuando junto al camino sentí gritos -y voces de alarma. Corrí a donde sonaban, y no era más sino que por -el camino adelante venía un cochecillo, cuyo caballo le arrastraba -dando tan terribles tumbos y saltos, que cada instante parecía iba -a deshacerse en pedazos mil. Cuando con rapidez inmensa pasaba por -delante de nosotros, un grito de mujer hirió mis oídos. - ---En ese coche va una mujer, Tribaldos --grité a mi asistente que se -había unido a mí. - ---Es una inglesa, señor, que se quedó rezagada y detrás de las demás -inglesas. - ---¡Pobre mujer!... ¿Y no hay entre tantos hombres uno solo que se -atreva a detener el caballo y salvar a esa desgraciada?... Parece que -no va desbocado... Detiene el paso... Corramos allá. - ---El coche se ha salido del camino --dijo Tribaldos con espanto--, y ha -parado en un sitio muy peligroso. - -Al instante vi que el carricoche estaba a punto de despeñarse. -Habiéndose enredado el caballo entre unas jaras, se había ido al suelo, -quedando como reventado a consecuencia del fuerte choque que recibiera. -Pero como la pendiente era grande, la gravedad lo atraía hacia lo hondo -del barranco. - -Imposible que yo viera la situación terrible de la viajera infeliz sin -acudir pronto a su socorro. Había caído el coche sin romperse; mas -lo peligroso estaba en el sitio. Corrí allá solo; bajé tropezando a -cada paso, despegando con mi planta piedrecillas que rodaban con ruido -siniestro, y llegué al fin a donde se había detenido el vehículo. Una -mujer lanzaba desde el interior lastimeras voces. - ---Señora --grité--, allá voy. No tenga usted cuidado. No caerá al -barranco. - -El caballo pataleaba en el suelo, pugnando por levantarse, y con sus -movimientos de dolor y desesperación arrastraba el coche hacia el -abismo. Un momento más y todo se perdía. - -Apoyeme en una enorme piedra fija, y con ambas manos detuve el coche -que se inclinaba. - ---Señora --grité con afán--, procure usted salir. Agárrese usted a mi -cuello... sin miedo. Si salta usted en tierra, no hay que temer. - ---No puedo, no puedo, caballero --exclamó con dolor. - ---¿Se ha roto usted alguna pierna? - ---No, caballero... veré si puedo salir. - ---Un esfuerzo... Si tardamos un instante, los dos caeremos abajo. - -No puedo describir los prodigios de mecánica que ambos hicimos. Ello es -que en casos tan apurados, el cuerpo humano, por maravilloso instinto, -imprime a sus miembros una fuerza que no tiene en instantes ordinarios, -y realiza una serie de admirables movimientos que después no pueden -recordarse ni repetirse. Lo que sé es que como Dios me dio a entender, -y no sin algún riesgo mío, saqué a la desconocida de aquel grave -compromiso en que se encontraba, y logré al fin verla en tierra. Asido -a las piedras la sostuve, y no hubo más remedio que llevarla en brazos -al camino. - ---Eh, Tribaldos, cobarde, holgazán --grité a mi asistente que había -acudido en mi auxilio--, ayúdame a salir de aquí. - -Tribaldos y otros soldados, que no me habían prestado socorro hasta -entonces, me ayudaron a salir; porque es condición de ciertas gentes no -arrimarse al peligro que amenaza, sino al peligro vencido, lo cual es -cómodo y de gran provecho en la vida. - -Una vez arriba, la desconocida dio algunos pasos. - ---Caballero, os debo la vida --dijo recobrando el perdido color y el -brillo de sus ojos. - -Era como de veintitrés años, alta y esbelta. Su airosa figura, -su acento dulce, su hermoso rostro, aquel tratamiento de vos que -ceremoniosa me daba, sin duda por poseer a medias el castellano, me -hicieron honda y duradera impresión. - - - - -VIII - - -Apoyose en mí, quiso dar algunos pasos; mas al punto sus piernas -desmayadas se negaron a sostenerla. Sin decir nada la tomé en brazos, y -dije a Tribaldos: - ---Ayúdame; vamos a llevarla a nuestro alojamiento. - -Por fortuna este no estaba lejos, y bien pronto llegamos a él. En la -puerta la inglesa movió la cabeza, abrió los ojos y me dijo: - ---No quiero molestaros más, caballero. Podré subir sola. Dadme el brazo. - -En el mismo momento apareció presuroso y sofocado un oficial inglés, -llamado Sir Tomás Parr, a quien yo había conocido en Cádiz, y enterado -brevemente de la lamentable ocurrencia, habló con su compatriota en -inglés. - ---¿Pero habrá aquí una habitación _confortable_ para la señora? --me -dijo después. - ---Puede descansar en mi propia habitación --dijo el dómine, que había -bajado oficiosamente al sentir el ruido. - ---Bien --dijo el inglés--. Esta señorita se detuvo en Ciudad-Rodrigo -más de lo necesario, y ha querido alcanzarnos. Su temeridad nos ha dado -ya muchos disgustos. Subámosla. Haré venir al médico mayor del ejército. - ---No quiero médicos --dijo la desconocida--. No tengo herida grave: una -ligera contusión en la frente y otra en el brazo izquierdo. - -Esto lo decía subiendo apoyada en mi brazo. Al llegar arriba, dejose -caer en un sillón que en la primera estancia había, y respiró con -expansivo desahogo. - ---A este caballero debo la vida --dijo señalándome--. Parece milagro. - ---Mucho gusto tengo en ver a usted, mi querido Sr. Araceli --me dijo el -inglés--. Desde el año pasado no nos habíamos visto. ¿Se acuerda usted -de mí... en Cádiz? - ---Me acuerdo perfectamente. - ---Usted se embarcó con la expedición de Blake. No pudimos vernos porque -usted se ocultó después del duelo en que dio la muerte a Lord Gray. - -La inglesa me miró con profundo interés y curiosidad. - ---Este caballero... --murmuró. - ---Es el mismo de quien os he hablado hace días... --contestó Parr. - ---¡Si el libertino que ha hecho desgraciadas a tantas familias de -Inglaterra y España, hubiese tropezado siempre con hombres como vos...! -Según me han dicho, Lord Gray se atrevió a mirar a una persona que os -amaba... La energía, la severidad y la nobleza de vuestra conducta son -superiores a estos tiempos. - ---Para conocer bien aquel suceso --dije yo, no ciertamente orgulloso de -mi acción-- sería preciso que yo explicase algunos antecedentes... - ---Puedo aseguraros que antes de conoceros, antes de que me prestaseis -el servicio que acabo de recibir, sentía hacia vos una grande -admiración. - -Dije entonces todo lo que la modestia y el buen parecer exigían. - ---¿De modo que esta señora se alojará aquí? --me dijo Parr--. Donde yo -estoy es imposible. Dormimos siete en una sola habitación. - ---He dicho que le cederé la mía, la cual es digna del mismo Sir Arturo ---dijo Forfolleda, pues este era el nombre del dómine. - ---Entonces estará bien aquí. - -Sir Tomás Parr habló largamente en inglés con la bella desconocida, -y después se despidió. No dejaba de causarme sorpresa que sus -compatriotas abandonasen a aquella hermosa mujer, que sin duda debía de -tener esposo o hermanos en el ejército; pero dije para mí: «Será que -las costumbres inglesas lo ordenan de este modo.» - -En tanto, la señora de Forfolleda (pues Forfolleda tenía señora) bizmó -el brazo de la desconocida, y restañó la sangre de la rozadura que -recibiera en la cabeza, con cuya operación dimos por concluidos los -cuidados quirúrgicos, y pensamos en arreglar a la señora cuarto y cama -en que pasar la noche. - -Un momento después, el precioso cuerpo de la dama inglesa descansaba -sobre un lecho algo más blando que una roca, al cual tuve que -conducirla en mis brazos, porque la acometió nuevamente aquel desmayo -primero que la imposibilitaba toda acción corporal. Ella me dio las -gracias en silencio volviendo hacia mí sus hermosos ojos azules, -que dulcemente y con la encantadora vaguedad y extravío que sigue -a los desmayos, se fijaron primero en mi persona y después en las -paredes de la habitación. Más la miraba yo, y más hermosa me parecía -a cada momento. No puedo dar idea de la extremada belleza de sus ojos -azules. Todas las facciones de su rostro distinguíanse por la más pura -corrección y finura. Los cabellos rubios hacían verosímil la imagen de -las trenzas de oro tan usada por los poetas, y acompañaban la boca los -más lindos y blancos dientes que pueden verse. Su cuerpo, atormentado -bajo las ballenas de un apretado jubón, del cual pendían faldas de -amazona, era delgadísimo; mas no carecía de las redondeces y elegantes -contornos y desigualdades que distinguen a una mujer de un palo -torneado. - ---Gracias, caballero --me dijo con acento melancólico y usando siempre -el vos--. Si no temiera molestaros, os suplicaría que me dieseis algún -alimento. - ---¿Quiere la señora un pedazo de pierna de carnero --dijo Forfolleda, -que arreglaba los trastos de la habitación--, unas sopas de ajo, -chocolate, o quizás un poco de salmorejo con guindilla? También tengo -abadejo. Dicen que al Sr. D. Arturo le gusta mucho el abadejo. - ---Gracias --repuso la inglesa con mal humor--, no puedo comer eso. Que -me hagan un poco de té. - -Fui a la cocina, donde la señora de Forfolleda me dijo que allí no -había té ni cosa que lo pareciese, añadiendo que si ella probara tan -solo un buche de tal enjuagadero de tripas, arrojaría por la boca, -juntamente con los hígados, la primer leche que mamó. Luego se puso -a reprender a su esposo por admitir en la casa a herejes luteranos -y calvinistas, cuales eran los ingleses; mas el dómine refutó -victoriosamente el ataque, afirmando que, merced a la ayuda de los -herejes calvinistas y luteranos, la católica España triunfaría de -Napoleón, lo cual no significaba más sino que Dios se vale del mal para -producir el bien. - ---Vete a cualquier casa donde haya ingleses --dije a Tribaldos-- y trae -té. ¿Sabes lo que es? - ---Unas hojas arrugaditas y negras. Ya sé... todas las noches lo tomaba -la mujer del capitán. - -Volví al lado de la inglesa, que me dijo no podía comer cosa alguna de -nuestra cocina; y habiéndome pedido pan, se lo di mientras llegaba el -anhelado té. - -Al poco rato entró Tribaldos trayendo una ancha taza que despedía un -olor extraño. - ---¿Qué es esto? --dijo la dama con espanto, cuando los vapores del -condenado licor llegaron a su nariz. - ---¿Qué menjurje has puesto aquí, maldito? --exclamé amenazando al -aturdido mozo. - ---Señor, no he puesto nada, nada más que las hojas arrugaditas, con -un poco de canela y de clavo. La señora de Forfolleda dijo que así se -hacía, y que lo había compuesto muchas veces para unos ingleses que -fueron a Salamanca a ver la catedral vieja. - -La inglesa prorrumpió en risas. - ---Señora, perdone usted a este animal, que no sabe lo que hace. Voy yo -mismo a la cocina y beberá usted té. - -Poco después volví con mi obra, que debió satisfacer a la interesada, -pues la aceptó con gozo. - ---Ahora, señora mía, me retiraré, para que usted descanse --le dije--. -Deme usted órdenes para mañana o para esta noche misma. Si quiere usted -que avise a su esposo... o es que se halla en la división de Picton, -que no está en este pueblo... - ---Señor oficial --dijo solemnemente bebiendo su té--, yo no tengo -esposo; yo soy soltera. - -Esto puso el límite a mi asombro, y vacilante al principio en mis -ideas, no supe contestarle con medias palabras. - -«¡Buena pieza será esta que se ha colgado de mi brazo! --dije para -mí--. Los franceses traen consigo mujeres de mala vida; pero de los -ingleses no sabía que...» - ---Soltera, sí --añadió con aplomo y apartando la taza de sus labios--. -Os asombráis de ver una señorita como yo en un campo de batalla, en -tierra extranjera y lejos, muy lejos de su familia y de su patria. -Sabed que vine a España con mi hermano, oficial de ingenieros de la -división de Hill, el cual hermano mío pereció en la sangrienta batalla -de la Albuera. El dolor y la desesperación tuviéronme por algunos días -enferma y en peligro de muerte; pero me reanimó la conciencia de los -deberes que en aquel trance tenía que cumplir, y consagreme a buscar -el cuerpo del pobre soldado para enviarle a Inglaterra al panteón de -nuestra familia. En poco tiempo cumplí esta triste misión, y hallándome -sola traté de volver a mi país. Pero al mismo tiempo me cautivaban de -tal modo la historia, las tradiciones, las costumbres, la literatura, -las artes, las ruinas, la música popular, los bailes, los trajes de -esta nación tan grande en otro tiempo y otra vez grandísima en la época -presente, que formé el proyecto de quedarme aquí para estudiarlo todo, -y previa licencia de mis padres, así lo he hecho. - -«Sabe Dios qué casta de pájaro serás tú» --dije para mi capote; y -luego, en voz alta, añadí sosteniendo fijamente la dulce mirada de sus -ojos de cielo: - ---¡Y los padres de usted consintieron, sin reparar en los continuos -y graves peligros a que está expuesta una tierna doncella sola y sin -amparo en país extranjero, en medio de un ejército! Señora, por amor de -Dios... - ---¡Ah, no conocéis sin duda que nosotras, las hijas de Inglaterra, -estamos protegidas por las leyes de tal manera y con tanto rigor que -ningún hombre se atreve a faltarnos al respeto! - ---Sí, así dicen que pasa en Inglaterra. Y parece que allá salen las -señoritas solas a paseo, y viajan solas o acompañadas de cualquier -galancete. - ---Aunque fuera su novio, no importa --dijo la inglesa. - ---¡Pero estamos en España, señora, en España! Usted no sabe bien en qué -país se ha metido. - ---Pero sigo al ejército aliado y estoy al amparo de las leyes inglesas ---dijo sonriendo--. Caballero, faltad al pudor si os parece; intentad -galantearme de una manera menos decorosa que la que empleáis para amar -a esa Dulcinea que fue causa de la muerte de Gray, y Lord Wellington os -mandará fusilar si no os casáis conmigo. - ---Me casaría, señora. - ---Caballero, veo que quizás sin malicia principiáis a faltar al -comedimiento. - ---Pues no me casaría, señora, no me casaría... Permítame usted que me -retire. - ---Podéis hacerlo --me dijo levantándose penosamente para cerrar por -dentro la puerta--. Os agradeceré que mañana hagáis traer mi maleta. -Felizmente no la traía conmigo. Está en el convoy. - ---Se traerá la maleta. Buenas noches, señora. - - - - -IX - - -Fuera de la estancia sentí el ruido de los cerrojos que corría por -dentro la hermosa inglesa, y me retiré a mi aposento, que era el rincón -de un oscuro pasillo, donde Tribaldos me había arreglado un lecho con -mantas y capotes. Tendime sobre aquellas durezas, y en buena parte de -la noche no pude conciliar el sueño; de tal modo se había encajado -dentro de mi cerebro la extraña señora inglesa, con su caída, sus -desmayos, su té y su acabada hermosura. Pero al fin, rendido por el -gran cansancio, me dormí sosegadamente. Por la mañana, díjome la señora -de Forfolleda que la señorita rubia estaba mejor; que había pedido agua -y té y pan, ofreciendo dinero abundante por cualquier servicio que se -le prestara. Como manifestase deseos de entrar a saludarla, añadió la -Forfolleda que no era conveniente, por estar la señorita arreglándose y -componiéndose, a pesar de las heridas leves de su brazo. - -Al salir a mis quehaceres, que fueron muchísimos y me ocuparon casi -todo el día, encontré a Sir Tomás Parr, a quien encargué lo de la -maleta. - -Por la tarde, después del gran trabajo de aquel día que me hizo -poner un tanto en olvido a la interesante dama, regresé a casa de -Forfolleda, y vi a gran número de ingleses que entraban y salían, como -diligentes amigos que iban a informarse de la salud de su compatriota. -Entré a saludarla; la reducida estancia estaba llena de casacas -rojas pertenecientes a otros tantos hombres rubios que hablaban con -animación. La joven inglesa reía y bromeaba, y habíase puesto tan -linda, sin cambiar de traje, que no parecía la misma persona demacrada, -melancólica y nerviosa de la noche anterior. La contusión del brazo -entorpecía algo sus graciosos movimientos. - -Después que nos saludamos y cambié con aquellos señores algunos fríos -cumplidos, uno de ellos invitó a la señorita a dar un paseo; otro -ponderó la hermosura de la apacible tarde, y no hubo quien no dijese -una palabra para decidirla a dejar la triste alcoba. Ella, sin embargo, -afirmó que no saldría hasta la siguiente mañana; y con estos diálogos y -otros en que la graciosa joven no hacía maldito caso de su libertador, -vino la noche, y con la noche luces dentro del cuarto, y tras las luces -un par de teteras que trajeron los criados de los ingleses. Entonces se -alegraron todos los semblantes, y empezó el trasiego con tanto ahinco, -que el que menos se echó dentro un río del licor de la China, sin que -ni un momento cesase la charla. Trajeron después botellas de vino de -Jerez, que en un santiamén dejaron como cuerpos sin alma, porque toda -ella pasó a fortificar las de aquellos claros varones; mas ninguno -perdió su gravedad. Brindamos a la salud de Inglaterra, de España, y a -eso de las nueve nos retiramos todos, despidiéndonos la hermosa ninfa -con afabilidad, pero sin que ni con frase, ni gesto, ni mirada me -distinguiese de los demás. - -Me retiraba a mi escondite cuando sentí que la desconocida echaba -el cerrojo. Aquella noche me mortificó como en la anterior un tenaz -desvelo; mas a punto de vencerlo estaba ya, cuando hízome saltar en el -lecho el chirrido del cerrojo con que aseguraba su cuarto la consabida. -Miré hacia la puerta, pues desde mi alcoba rincón se distinguía esta -muy bien, y vi a la inglesa que salía, encaminándose a una galería o -solana situada al otro confín del pasillo y de la casa. Como había -dejado abierta la puerta, la luz de su cuarto iluminaba la casa lo -suficiente para ver cuanto pasaba en ella. - -Llegó la inglesa a la destartalada galería, y abriendo una ventana que -daba al campo se asomó. Como estaba vestido, fácil me fue levantarme -en un momento y dirigirme hacia ella con paso quedo para no asustarla. -Cuando estuve cerca volvió la cara, y con gran sorpresa mía, no se -inmutó al verme. Antes bien con imperturbable tranquilidad me dijo: - ---¿Andáis rondando por aquí?... Hace en aquel cuarto un calor -insoportable. - ---Lo mismo sucede en el mío, señora --dije--; cuando la he visto a -usted pensaba salir al campo a respirar el aire fresco de la noche. - ---Eso mismo pensaba yo también... La noche está hermosa... ¿y pensábais -salir...? - ---Sí, señora; pero si usted lo permite tendré el honor de acompañarla, -y juntos disfrutaremos de este suave ambiente, del grato aroma de esos -pinares... - ---No... salid, bajad, iré yo también --dijo con viva resolución y mucha -naturalidad. - -Entrando rápidamente en su cuarto, sacó una capa de forma extraña, -y echándosela sobre los hombros, me suplicó que cuidadosamente la -embozara por no tener aún agilidad en su brazo herido; y una vez que -la envolví bien, salimos ambos, sin tomar ella mi brazo y como dos -amigos que van a paseo. Por todas partes se oía rumor de soldados, y la -claridad de la luna permitía ver los objetos y conocer las personas. - -Súbitamente y sin contestar a no sé qué vulgar frase pronunciada por -mí, la inglesa me dijo: - ---Ya sé que sois noble, caballero. ¿A qué familia pertenecéis? ¿A los -Pachecos, a los Vargas, a los Enríquez, a los Acuñas, a los Toledos o a -los Dávilas? - ---A ninguna de esas, señora --le respondí ocultando con mi embozo la -sonrisa que no pude contener--, sino a los Aracelis de Andalucía, que -descienden, como usted no ignora, del mismo Hércules. - ---¿De Hércules? No lo sabía ciertamente --repuso con naturalidad--. -¿Hace mucho que estáis en campaña? - ---Desde que empezó, señora. - ---Sois valiente y generoso, sin duda --dijo mirándome fijamente al -rostro--. Bien se conoce en vuestro semblante que lleváis en las venas -la sangre de aquellos insignes caballeros, que han sido asombro y -envidia de Europa por espacio de muchos siglos. - ---Señora, usted me favorece demasiado. - ---Decidme: ¿sabéis tirar las armas, domar un potro, derribar un toro, -tañer la guitarra y componer versos? - ---No puedo negar que un poco entendido soy en alguna, si no en todas -esas habilidades. - -Después de pequeña pausa y deteniendo el paso, me preguntó bruscamente: - ---¿Y estáis enamorado? - -Durante un rato no supe qué responder: tan extrañas me parecían -aquellas palabras. - ---¿Cómo no, siendo español, siendo joven y militar? --contesté decidido -a llevar la conversación a donde la fantasía de mi incógnita amiga -quisiera llevarla. - ---Veo que os sorprende mi modo de hablaros --añadió ella--. -Acostumbrado a no oír en boca de vuestras mojigatas compatriotas sino -medias palabras, vulgaridades y frases de hipocresía, os sorprende esta -libertad con que me expreso, estas extrañas preguntas que os dirijo... -Quizás me juzguéis mal... - ---¡Oh, no, señora! - ---Pero mi honor no depende de vuestros pensamientos. Seríais un necio -si creyérais que esto es otra cosa que una curiosidad de inglesa, casi -diré de artista y de viajera. Las costumbres y los caracteres de este -país son dignos de profundo estudio. - -«De modo que lo que quiere es estudiarme --dije entre dientes--. -Resignémonos a ser libro de texto.» - ---El hombre que ha dado muerte a Lord Gray, que ha realizado esa gran -obra de justicia, que ha sido brazo de Dios y vengador de la moral -ultrajada, excita mi curiosidad de un modo pasmoso... Me han hablado de -vos con admiración, y contádome algunos hechos vuestros dignos de gran -estima... Dispensad mi curiosidad, que escandalizaría a una española y -que sin duda os escandaliza a vos... Habiendo matado a Gray por celos, -claro que estábais enamorado. Y vuestra dama (esto de _vuestra dama_ me -hizo reír de nuevo), ¿habita en algún castillo de estas cercanías, o en -algún palacio andaluz? ¿Es noble como vos?... - -Al oír esto, comprendí que tenía que habérmelas con una imaginación -exaltada y novelesca, y al punto apoderose de mí cierto espíritu de -socarronería. No me inclinaba a burlarme de la inglesa, que a pesar de -su sentimentalismo fuera de ocasión no era ridícula; pero mi carácter -me inducía a seguir la broma, como si dijéramos, prestándome a los -caprichos de aquella idealidad tan falsa como encantadora. Todos -somos algo poetas, y es muy dulce embellecer la propia vida, y muy -natural regocijarnos con este embellecimiento, aun sabiendo que la -transformación es obra nuestra. Así es que con cierta exaltación -novelesca también, mas no con completa seriedad, contesté a la damisela: - ---Noble es, señora, y hermosísima y principal; pero ¿de qué me vale -tener en ella un dechado de perfecciones, si un funesto destino la -aleja constantemente de mí? ¿Qué pensará usted, señora, si le digo -que hace tiempo cierto maligno encantador la tiene transfigurada en -la persona de una vulgar comiquilla, que recorre los pueblos formando -parte de una compañía de histriones de la legua? - -Esto era sin duda demasiado fuerte. - ---Caballero --dijo la inglesa con estupor--, ¿pues qué, todavía hay -encantamientos en España? - ---Encantamientos, precisamente, no --dije tratando de abatir el -vuelo--; pero hay artes del demonio, y si no artes del demonio, -malicias y ardides de hombres perversos. - ---Veo que leéis libros de caballerías. - ---Pues ¿quién duda que son los más hermosos entre todos los que se han -escrito? Ellos suspenden el ánimo, despiertan la sensibilidad, avivan -el valor, infunden entusiasmo por las grandes acciones, engrandecen la -gloria y achican el peligro en todos los momentos de la vida. - ---¡Engrandecen la gloria y achican el peligro! --exclamó -deteniéndose--. Si esto que habéis dicho es verdad, sois digno de haber -nacido en otros tiempos... pero no he entendido bien eso de que vuestra -dama está transformada en una comiquilla... - ---Así es, señora. Si pudiera contar a usted todo lo que ha precedido a -esta transformación, no dudo que usted me compadecería. - ---¿Y dónde están la encantada y el encantador? Les doy estos nombres -porque veo que creéis en encantamientos. - ---Están en Salamanca. - ---Como si estuvieran en el otro mundo. Salamanca está en poder de los -franceses. - ---Pero la tomaremos. - ---Decís eso como si fuera lo más natural del mundo. - ---Y lo es. No se ría usted de mi petulancia; pero si todo el ejército -aliado desapareciera y me quedase solo... - ---Iríais solo a la conquista de la ciudad, queréis decir. - ---¡Ah, señora! --exclamé con énfasis--. Un hombre que ama no sabe lo -que dice. Veo que es un desatino. - ---Un desatino relativo --repuso--. Pero ahora comprendo que os estáis -burlando de mí. Os habéis enamorado de una cómica y queréis hacerla -pasar por gran señora. - ---Cuando entremos en Salamanca podré convencer a usted de que no me -burlo. - ---No dudo que haya cómicos en el país, ni menos cómicas guapas --dijo -riendo--. Hace dos días pasó por delante de mí una compañía que me -recordó el carro de las Cortes de la Muerte. Iban allí siete u ocho -histriones, y, en efecto, dijeron que iban a Salamanca. - ---Llevaban dos o tres carros. En uno de ellos iban dos mujeres, una de -ellas hermosísima. Venían de Plasencia. - ---Me parece que sí. - ---Y en otro carro llevaban lienzos pintados. - ---Los habéis visto; pero no sabéis lo que yo sé. Cuando pasaron -por delante de mí, sorprendiéndome por su extraño aspecto que me -recordaba una de las más graciosas aventuras del _Libro_, un vecino de -Puerto de Baños me dijo: «Esos no son cómicos, sino pícaros masones -que se disfrazan así para pasar por entre los españoles, que les -descuartizarían si les conocieran.» - ---No me dice usted nada que yo no sepa --contesté--. Señora, ¿ha oído -usted decir a Lord Wellington cuándo lanzará nuestros regimientos sobre -Salamanca? - ---Impaciente estáis... Quiero saber otra cosa. ¿Amáis a vuestra -Dulcinea de una manera ideal y sublime, embelleciéndola con vuestro -pensamiento aun más de lo que ella es en sí, atribuyéndole cuantas -perfecciones pueden idearse y consagrándole todos los dulces -transportes de un corazón siempre inflamado? - ---Así, así mismo, señora --dije con entusiasmo que no era enteramente -ficticio, y deseando ver a dónde iba a parar aquella misteriosa mujer, -cuyo carácter comenzaba a penetrar--. Parece que lee usted en mi alma -como en un libro. - -Después de oír esto, permaneció largo rato en silencio, y luego reanudó -el diálogo con una brusca variación de ideas, que era la tercera en -aquel extraño coloquio. - ---Caballero, ¿tenéis madre? --me dijo. - ---No, señora. - ---¿Ni hermanas? - ---Tampoco. Ni madre, ni padre, ni hermanos, ni pariente alguno. - ---Veo que está muy mal parado el linaje de Hércules. De modo que -estáis solo en el mundo --añadió con acento compasivo--. ¡Desgraciado -caballero! ¿Y esa gran señora, cómica, o mujer masónica, os ama? - ---Creo que sí. - ---¿Habéis hecho por ella sacrificios, arrostrado peligros y vencido -obstáculos? - ---Muchísimos; pero son nada en comparación con lo que aún me resta por -hacer. - ---¿Qué? - ---Una acción peligrosa, una locura; el último grado del atrevimiento. -Espero morir o lograr mi objeto. - ---¿Tenéis miedo a los peligros que os aguardan? - ---Jamás lo he conocido --respondí con una fatuidad cuyo recuerdo me ha -hecho reír muchas veces. - ---Estad tranquilo, pues los aliados entrarán en Salamanca, y entonces -fácilmente... - ---Cuando entren los aliados, mi enemigo y su víctima habrán huido -corriendo hacia Francia. Él no es tonto... Es preciso ir a Salamanca -antes. - ---¡Antes de tomarla! --exclamó con asombro. - ---¿Por qué no? - ---Caballero --dijo súbitamente deteniendo el paso--, veo que os estáis -burlando de mí. - ---¡Yo, señora! --contesté algo turbado. - ---Sí: me ponéis ante los ojos una aventura caballeresca, que es pura -invención y fábula: os pintáis a vos mismo como un carácter superior, -como un alma de esas que se engrandecen con los peligros, y habéis -adornado la ficción con hermosas figuras de Dulcinea, y encantadores, -que no existen sino en vuestra imaginación. - ---Señora mía, usted... - ---Tened la bondad de acompañarme a mi alojamiento. El olor de esos -pinares me marea. - ---Como usted guste. - -Confieso, ¿por qué no confesarlo?, que me quedé algo corrido. - -La elegante inglesa no me dijo una palabra más en todo el camino; -y cuando subimos a casa de Forfolleda y la conduje a su cuarto, -que ya empezaba a figurárseme regio camarín tapizado de rasos y -organdíes, metiose en su tugurio como un hada en su cueva, y dándome -desabridamente las buenas noches, corrió los cerrojos de oro... o de -hierro, y me quedé solo. - - - - -X - - -Acomodándome en mi lecho, hablé conmigo de esta manera: - -«¿La tal inglesa será una de esas mujeres de equívoca honradez que -suelen seguir a los ejércitos? Las hay de diferentes especies; pero -en realidad jamás vi en pos de los soldados de la patria ninguna tan -hermosa, ni de porte tan noble y aristocrático. He oído que tras -el ejército francés van pájaros de diverso plumaje. ¡Bah!... ¿pues -no dicen que Massena ha tenido tan mala suerte en Portugal por la -corrupción de sus oficiales y soldados, y aun por sus propios descuidos -con ciertas amazonas muy emperifolladas que andaban en los campamentos -tan a sus anchas como en París?...» - -Después, dando otra dirección a mis ideas, dije a punto que empezaba a -embargarme el dulce entorpecimiento que precede al sueño: - -«Tal vez me equivoque. Después de haber conocido a Lord Gray, no debo -poner en duda que las extravagancias y rarezas de la gente inglesa -carecen de límite conocido. Tal vez mi compañera de alojamiento sea tan -cabal, que la misma virginidad parezca a su lado una moza de partido, -y yo estoy injuriándola. Mañana preguntaré a los oficiales ingleses -que conozco... Como no sea una de esas naturalezas impresionables y -acaloradas que nacen al acaso en el Norte, y que buscan, como las -golondrinas, los climas templados; bajan, llenas de ansiedad, al -mediodía, pidiendo luz, sol, pasiones, poesía, alimento del corazón y -de la fantasía, que no siempre encuentran, o encuentran a medias, y van -con febril deseo tras de la originalidad, tras las costumbres raras, y -adoran los caracteres apasionados, aunque sean casi salvajes; la vida -aventurera, la galantería caballeresca, las ruinas, las leyendas, la -música popular y hasta las groserías de la plebe, siempre que sean -graciosas.» - -Diciendo o pensando así, y enlazando con estos otros pensamientos que -más hondamente me preocupaban, caí en profundísimo sueño reparador. -Levanteme muy temprano a la mañana siguiente, y sin acordarme para nada -de la hermosa inglesa, cual si la noche limpiara todas las telas de -araña fabricadas y tendidas el día anterior dentro de mi cerebro, salí -de mi alojamiento. - ---Marchamos hacia San Muñoz --me dijo Figueroa, oficial portugués amigo -mío que servía con el general Picton. - ---¿Y el _Lord_? - ---Va a partir no sé a dónde. La división de Graham está sobre Tamames. -Nosotros vamos a formar el ala izquierda de la división de D. Carlos -España y la partida de D. Julián Sánchez. - -Cuando nos dirigíamos juntos al alojamiento del general, pedile -informes de la dama inglesa cuya figura y extraños modos he dado a -conocer, y me contestó: - ---Es Miss Fly; o lo que es lo mismo, Miss Mosquita, Mariposa, Pajarita -o cosa así. Su nombre es Athenais. Tiene por padre a Lord Fly, uno de -los señores más principales de la Gran Bretaña. Nos ha seguido desde la -Albuera, pintando iglesias, castillos y ruinas en cierto librote que -trae consigo, y escribiendo todo lo que pasa. El _Lord_ y los demás -generales ingleses la consideran mucho, y si quieres saber lo que es -bueno atrévete a faltar al respeto a la señorita Fly, que en inglés se -dice _Flai_, pues ya sabes que en esa lengua se escriben las palabras -de una manera y se pronuncian de otra, lo cual es un encanto para el -que quiere aprenderla. - -Acto continuo referí a mi amigo las escenas de la noche anterior y -el paseo que en la soledad de la noche dimos Fly y yo por aquellos -contornos; lo que, oído por Figueroa, causó a este muchísima sorpresa. - ---Es la primera vez --dijo-- que la rubita tiene tales familiaridades -con un oficial español o portugués, pues hasta ahora a todos les miró -con altanería... - ---Yo la tuve por persona de costumbres un tanto libres. - ---Así parece, porque anda sola, monta a caballo, entra y sale por medio -del ejército, habla con todos, visita las posiciones de vanguardia -antes de una batalla, y los hospitales de sangre después... A veces -se aleja del ejército para recorrer sola los pueblos inmediatos, -mayormente si hay en estos abadías, catedrales o castillos, y en sus -ratos de ocio no hace más que leer romances. - -Hablando de este y de otros asuntos empleamos la mañana, y cerca del -mediodía fuimos al alojamiento de Carlos España, el cual no estaba allí. - ---España --nos dijo el guerrillero Sánchez-- está en el alojamiento del -cuartel general. - ---¿No marcha Lord Wellington? - ---Parece que se queda aquí, y nosotros salimos para San Muñoz dentro -de una hora. - ---Vamos al alojamiento del Duque --dijo Figueroa--: allí sabremos -noticias ciertas. - -Estaba Lord Wellington en la casa ayuntamiento, la única capaz -y decorosa para tan insigne persona. Llenaban la plazoleta, el -soportal, el vestíbulo y la escalera, multitud de oficiales de todas -graduaciones, españoles, ingleses y lusitanos, que entraban, salían, -formaban corrillos disputando y bromeando unos con otros en amistosa -intimidad, cual si todos perteneciesen a una misma familia. Subimos -Figueroa y yo, y después de aguardar más de hora y media en la -antesala, salió España y nos dijo: - ---El general en jefe pregunta si hay un oficial español que se atreva -a entrar disfrazado en Salamanca para examinar los fuertes y las obras -provisionales que ha hecho el enemigo en la muralla, y enterarse de -si es grande o pequeña la guarnición, y abundantes o escasas las -provisiones. - ---Yo soy --dije resueltamente sin aguardar a que el general concluyese. - ---¿Tú --dijo España con la desdeñosa familiaridad que usaba hablando -con sus oficiales--, tú te atreves a emprender viaje tan arriesgado? -Ten presente que es preciso ir y volver. - ---Lo supongo. - ---Es necesario atravesar las líneas enemigas, pues los franceses ocupan -todas las aldeas del lado acá del Tormes. - ---Se entra por donde se puede, mi general. - ---Luego has de atravesar la muralla, los fuertes; has de penetrar en -la ciudad, visitar los acantonamientos, sacar planos... - ---Todo eso es para mí un juego, mi general. Entrar, salir, ver... una -diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor Duque, -diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea. - ---Tú eres un atolondrado, y no sirves para el caso --repuso D. -Carlos--. Buscaremos otro. No sabes una palabra de geometría ni de -fortificación. - ---Eso lo veremos --contesté sofocado. - ---Y es preciso, es preciso ir --añadió mi jefe--. Aún no ha formado -el Lord su plan de batalla. No sabe si asaltará a Salamanca o la -bloqueará; no sabe si pasará el Tormes para perseguir a Marmont, -dejando atrás a Salamanca, o si... ¿Dices que te atreves tú? - ---¿Pues no he de atreverme? Me vestiré de charro, entraré en Salamanca -vendiendo hortalizas o carbón. Veré los fuertes, la guarnición, las -vituallas; sacaré un croquis, y me volveré al campamento... Mi general ---añadí con calor--, o me presenta vuecencia al Duque, o me presento yo -solo. - ---Vamos, vamos al momento --dijo España entrando conmigo en la sala. - - - - -XI - - -Junto a una gran mesa colocada en el centro, estaba el Duque de -Ciudad-Rodrigo con otros tres generales examinando una carta del país, -y tan profundamente atendían a las rayas, puntos y letras con que el -geógrafo designara los accidentes del terreno, que no alzaron la cabeza -para mirarnos. Hízome seña D. Carlos España de que debíamos esperar, y -en tanto dirigí la vista a distintos puntos de la sala para examinar, -siguiendo mi costumbre, el sitio en que me encontraba. Otros oficiales -hablaban en voz baja retirados del centro, y entre ellos ¡oh sorpresa! -vi a Miss Fly, que sostenía conversación animada con un coronel de -artillería llamado Simpson. - -Por fin, Lord Wellington levantó los ojos del mapa y nos miró. Hice una -amabilísima reverencia: entonces el inglés me miró más, observándome de -pies a cabeza. También yo le observé a él a mis anchas, gozoso de tener -ante mi vista a una persona tan amada entonces por todos los españoles, -y que tanta admiración me inspiraba a mí. Era Wellesley bastante alto, -de cabellos rubios y rostro encendido, aunque no por las causas a que -el vulgo atribuye las inflamaciones epidérmicas de la gente británica. -Ya se sabe que es proverbial en Inglaterra la afirmación de que el -único grande hombre que no ha perdido jamás su dignidad después de los -postres, es el vencedor de Tipoo Sayb y de Bonaparte. - -Representaba Wellington cuarenta y cinco años, y esta era su edad, la -misma exactamente que Napoleón, pues ambos nacieron en 1769, el uno -en mayo y el otro en agosto. El sol de la India y el de España habían -alterado la blancura de su color sajón. Era la nariz, como antes he -dicho, larga y un poco bermellonada; la frente, resguardada de los -rayos del sol por el sombrero, conservaba su blancura, y era hermosa -y serena como la de una estatua griega, revelando un pensamiento sin -agitación y sin fiebre, una imaginación encadenada y gran facultad de -ponderación y cálculo. Adornaba su cabeza un mechón de pelo o tupé -que no usaban ciertamente las estatuas griegas; pero que no caía mal, -sirviendo de vértice a una mollera inglesa. Los grandes ojos azules -del general miraban con frialdad, posándose vagamente sobre el objeto -observado, y observaban sin aparente interés. Era la voz sonora, -acompasada, medida, sin cambiar de tono, sin exacerbaciones ni acentos -duros, y el conjunto de su modo de expresarse, reunidos el gesto, la -voz y los ojos, producía grata impresión de respeto y cariño. - -Su Excelencia me miró como he dicho, y entonces D. Carlos España dijo: - ---Mi general, este joven desea desempeñar la comisión de que vuecencia -me ha hablado hace poco. Yo respondo de su valor y de su lealtad; pero -he intentado disuadirle de su empeño, porque no posee conocimientos -facultativos. - -Aquello me avergonzó, principalmente por hallarme delante de Miss Fly, -y porque, en efecto, yo no había estado en ninguna academia. - ---Para esta comisión --dijo Wellington en castellano bastante -correcto--, se necesitan ciertos conocimientos... - -Y fijó los ojos en el mapa. Yo miré a España, y España me miró a -mí. Pero la vergüenza no me impidió tomar una resolución, y sin -encomendarme a Dios ni al diablo, dije: - ---Mi general, es cierto que no estudié en ninguna academia; pero una -larga práctica de la guerra en batallas, y sobre todo en sitios, me ha -dado tal vez los conocimientos que vuecencia exige para esta comisión. -Sé levantar un plano. - -El Duque de Ciudad-Rodrigo, alzando de nuevo los ojos, habló así: - ---En mi cuartel general hay multitud de oficiales facultativos; pero -ningún inglés podría entrar en Salamanca, porque sería al instante -descubierto por su rostro y por su lenguaje. Es preciso que vaya un -español. - ---Mi general --dijo con fatuidad España--, en mi división no faltan -oficiales facultativos. He traído a este porque se empeñó en hacer -alarde de su arrojo delante de vuecencia. - -Miré con indignación a D. Carlos, y luego exclamé con la mayor -vehemencia: - ---Mi general, aunque en esta empresa existan todos los peligros, todas -las dificultades imaginables, yo entraré en Salamanca, y volveré con -las noticias que vuecencia desea. - -Tranquila y sosegadamente Lord Wellington me preguntó: - ---Señor oficial, ¿dónde empezó usted su vida militar? - ---En Trafalgar --contesté. - -Cuando esta histórica y grandiosa palabra resonó en la sala en medio -del general silencio, todas las cabezas de las personas allí presentes -se movieron como si perteneciesen a un solo cuerpo, y todos los ojos -fijáronse en mí con vivísimo interés. - ---¿Entonces ha sido usted marino? --interrogó el Duque. - ---Asistí al combate teniendo catorce años de edad. Yo era amigo de -un oficial que iba en el _Trinidad_. La pérdida de la tripulación me -obligó a tomar parte en la batalla. - ---¿Y cuándo empezó usted a servir en la campaña contra los franceses? - ---El 2 de mayo de 1808, mi general. Los franceses me fusilaron en la -Moncloa. Salveme milagrosamente; pero en mi cuerpo han quedado escritos -los horrores de aquel tremendo día. - ---¿Y desde entonces se alistó usted? - ---Alisteme en los regimientos de voluntarios de Andalucía, y estuve en -la batalla de Bailén. - ---¡También en la batalla de Bailén! --dijo Wellington con asombro. - ---Sí, mi general: el 19 de julio de 1808. ¿Quiere vuecencia ver mi hoja -de servicios, que comienza en dicha fecha? - ---No, me basta --repuso Wellington--. ¿Y después? - ---Volví a Madrid y tomé parte en la jornada del 3 de diciembre. Caí -prisionero, y quisieron llevarme a Francia. - ---¿Le llevaron a usted a Francia? - ---No, mi general, porque me escapé en Lerma, y fui a parar a Zaragoza -en tan buena ocasión, que alcancé el segundo sitio de aquella inmortal -ciudad. - ---¿Todo el sitio? --dijo Wellington con creciente interés hacia mi -persona. - ---Todo, desde el 19 de diciembre hasta el 12 de febrero de 1809. Puedo -dar a vuecencia noticia circunstanciada de las diversas peripecias -de aquel grande hecho de armas, gloria y orgullo de cuantos nos -encontramos en él. - ---¿Y a qué ejército pasó usted luego? - ---Al del centro, y serví bastante tiempo a las órdenes del Duque del -Parque. Estuve en la batalla de Tamames y en Extremadura. - ---¿No se encontró usted en un nuevo asedio? - ---En el de Cádiz, mi general. Defendí durante tres días el castillo de -San Lorenzo de Puntales. - ---¿Y luego formó usted parte de la expedición del general Blake a -Valencia? - ---Sí, mi general; pero me destinaron al segundo cuerpo, que mandaba -O’Donnell, y durante cuatro meses serví a las órdenes del Empecinado -en esa singular guerra de partidas en que tanto se aprende. - ---¿También ha sido usted guerrillero? --dijo Wellington sonriendo--. -Veo que ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así -lo desea. - ---Señor, lo deseo ardientemente. - -Todos los presentes seguían observándome, y Miss Fly con más atención -que ninguno. - ---Bien --añadió el héroe de Talavera, fijando alternativamente la -vista en mí y en el mapa--. Tiene usted que hacer lo siguiente: se -dirigirá usted hoy mismo disfrazado a Salamanca, dando un rodeo para -entrar por Cabrerizos. Forzosamente ha de pasar usted por entre las -tropas de Marmont, que vigilan los caminos de Ledesma y Toro. Hay -muchas probabilidades de que sea usted arcabuceado por espía; pero Dios -protege a los valientes, y quizás... quizás logre usted penetrar en la -plaza. Una vez dentro, sacará usted un croquis de las fortificaciones, -examinando con la mayor atención los conventos que han sido convertidos -en fuertes, los edificios que han sido demolidos, la artillería que -defiende los aproches de la ciudad, el estado de la muralla, las obras -de tierra y fagina, todo absolutamente, sin olvidar las provisiones que -tiene el enemigo en sus almacenes. - ---Mi general --repuse--, comprendo bien lo que se desea, y espero -contentar a vuecencia. ¿Cuándo debo partir? - ---Ahora mismo. Estamos a doce leguas de Salamanca. Con la marcha que -emprenderemos hoy, espero que pernoctemos en Castroverde, cerca ya -del Valmuza. Pero adelántese usted a caballo, y pasado mañana martes -podrá entrar en la ciudad. En todo el martes ha de desempeñar por -completo esta comisión, saliendo el miércoles por la mañana para venir -al cuartel general, que en dicho día estará seguramente en Bernuy. En -Bernuy, pues, le aguardo a usted el miércoles a las doce en punto de la -mañana. No acostumbro esperar. - ---Corriente, mi general. El miércoles a las doce estaré en Bernuy de -vuelta de mi expedición. - ---Tome usted precauciones. Diríjase a la calzada de Ledesma, pero -cuidando de marchar siempre fuera del arrecife. Disfrácese usted bien, -pues los franceses dejan entrar a los aldeanos que llevan víveres a -la plaza; y al levantar el croquis, evite en lo posible las miradas -de la gente. Lleve usted armas, ocultándolas bien; no provoque a los -enemigos; fínjase amigo de ellos; en una palabra, ponga usted en juego -su ingenio, su valor, y todo el conocimiento de los hombres y de la -guerra que ha adquirido en tantos años de activa vida militar. El -_Mayor_ general del ejército entregará a usted la suma que necesite -para la expedición. - ---Mi general --dije--, ¿tiene vuecencia algo más que mandarme? - ---Nada más --repuso sonriendo con benevolencia--, sino que adoro la -puntualidad, y considero como origen del éxito en la guerra la exacta -apreciación y distribución del tiempo. - ---Eso quiere decir que si no estoy de vuelta el miércoles a las doce, -desagradaré a vuecencia. - ---Y mucho. En el tiempo marcado puede hacerse lo que encargo. Dos horas -para sacar el croquis; dos para visitar los fuertes, ofreciendo en -venta a los soldados algún artículo que necesiten; cuatro para recorrer -toda la población y sacar nota de los edificios demolidos; dos para -vencer obstáculos imprevistos; media para descansar. Son diez horas y -media del martes por el día. La primera mitad de la noche para estudiar -el espíritu de la ciudad, lo que piensan de esta campaña la guarnición -y el vecindario; una hora para dormir, y lo restante para salir y -ponerse fuera del alcance y de la vista del enemigo. No deteniéndose en -ninguna parte, puede usted presentárseme en Bernuy a la hora convenida. - ---A la orden de mi general --dije disponiéndome a salir. - -Lord Wellington, el hombre más grande de la Gran Bretaña, el rival -de Bonaparte, la esperanza de Europa, el vencedor de Talavera, de la -Albuera, de Arroyomolinos y de Ciudad-Rodrigo, levantose de su asiento, -y con una grave cortesanía y cordialidad que inundó mi alma de orgullo -y alegría, diome la mano, que estreché con gratitud entre las mías. - -Salí a disponer mi viaje. - - - - -XII - - -Hallábame una hora después en una casa de labradores ajustando el -precio del vestido que había de ponerme, cuando sentí en el hombro -un golpecito producido al parecer por un látigo que movían manos -delicadas. Volvime, y Miss Fly, pues no era otra la que me azotaba, -dijo: - ---Caballero, hace una hora que os busco. - ---Señora, los preparativos de mi viaje me han impedido ir a ponerme a -las órdenes de usted. - -Miss Fly no oyó mis últimas palabras, porque toda su atención estaba -fija en una aldeana que teníamos delante, la cual, por su parte, -amamantando un tierno chiquillo, no quitaba los ojos de la inglesa. - ---Señora --dijo esta--, ¿me podréis proporcionar un vestido como el que -tenéis puesto? - -La aldeana no entendía el castellano corrompido de la inglesa, y -mirábala absorta sin contestarle. - ---Señorita Fly --dije--, ¿va usted a vestirse de aldeana? - ---Sí --me respondió sonriendo con malicia--. Quiero ir con vos. - ---¡Conmigo! --exclamé con la mayor sorpresa. - ---Con vos, sí; quiero ir disfrazada con vos a Salamanca --añadió -tranquilamente, sacando de su bolsillo algunas monedas para que la -aldeana la entendiese mejor. - ---Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca --dije--. ¿Ir -conmigo a Salamanca, ir conmigo en esta expedición arriesgada y de la -cual ignoro si saldré con vida? - ---¿Y qué? ¿No puedo ir porque hay peligro? Caballero, ¿en qué os -fundáis para creer que yo conozco el miedo? - ---Es imposible, señora; es imposible que usted me acompañe --afirmé con -resolución. - ---Ciertamente no os creía grosero. Sois de los que rechazan todo -aquello que sale de los límites ordinarios de la vida. ¿No comprendéis -que una mujer tenga arrojo suficiente para afrontar el peligro, para -prestar servicios difíciles a una causa santa? - ---Al contrario, señora: comprendo que una mujer como usted es capaz -de eminentes acciones, y en este momento Miss Fly me inspira sincero -entusiasmo. Pero la comisión que llevo a Salamanca es muy delicada, -exige que nadie vaya al lado mío, y menos una señora que no puede -disfrazarse ocultando su lengua extranjera y noble porte. - ---¿Que no puedo disfrazarme? - ---Bueno, señora --dije sin poder contener la risa--. Principie usted -por dejar su guardapiés de amazona, y póngase el manteo, es decir, una -larga pieza de tela que se arrolla en el cuerpo, como la faja que ponen -a los niños. - -Miss Fly miraba con estupor el extraño y pintoresco vestido de la -aldeana. - ---Luego --añadí--, desciña usted esas hermosas trenzas de oro, -construyéndose en lo alto un moño del cual penderán cintas, y en las -sienes dos rizos de rueda de carro con horquillas de plata. Cíñase -usted después la jubona de terciopelo, y cubra en seguida sus hermosos -hombros con la prenda más graciosa y difícil de llevar, cual es el -dengue o rebociño. - -Athenais se ponía de mal humor, y contemplaba las singulares prendas -que la charra iba sacando de un arcón. - ---Y después de calzarse los zapatitos sobre media de seda calada, y -ceñirse el picote negro bordado de lentejuelas, ponga usted la última -piedra a tan bello edificio, con la mantilla de rocador prendida en los -hombros. - -La señorita Mariposa me miró con indignación, comprendiendo la -imposibilidad de disfrazarse de aldeana. - ---Bien --afirmó mirándome con desdén--. Iré sin disfrazarme. En -realidad no lo necesito, porque conozco al coronel Desmarets, que -me dejará entrar. Le salvé la vida en la Albuera... Y no creáis, mi -conocimiento con el coronel Desmarets puede seros útil... - ---Señora --le dije poniéndome serio--, el honor que recibo y el placer -que experimento al verme acompañado por usted, son tan grandes, que no -sé cómo expresarlos. Pero no voy a una fiesta, señora: voy al peligro. -Además, si este no asusta a una persona como usted, ¿nada significa el -menoscabo que pueda recibir la opinión de una dama ilustre que viaja -con hombre desconocido por vericuetos y andurriales? - ---Menguada idea tenéis del honor, caballero --declaró con nobleza y -altanería--. O vuestros hechos son mentira, o vuestros pensamientos -están muy por debajo de ellos. Por Dios, no os arrastréis al nivel de -la muchedumbre, porque conseguiréis que os aborrezca. Iré con vos a -Salamanca. - -Y tomando el partido de no contestar a mis razonables observaciones, -se dirigió al cuartel general, mientras yo tomaba el camino de mi -alojamiento para trocarme de oficial del ejército en el más rústico -charro que ha parecido en campos salmantinos. Con mi calzón estrecho -de paño pardo, mis medias negras y zapatos de vaca, con mi chaleco -cuadrado, mi jubón de haldetas en la cintura y cuchillada en la -sangría, y el sombrero de alas anchas y cintas colgantes que encajé en -mi cabeza, estaba que ni pintado. Completaron mi equipo por el momento -una cartera que cosí dentro del jubón con lo necesario para trazar -algunas líneas, y el alma de la expedición, o sea el dinero que puse en -la bolsa interna del cinto. - - - - -XIII - - -«Ya está mi Sr. Araceli en campaña --me dije--. El miércoles a las doce -de vuelta en Bernuy... ¡en buena me he metido!... Si la inglesa da en -el hito de acompañarme, soy hombre perdido... Pero me opondré con toda -energía, y como no entre en razón, denunciaré al general en jefe el -capricho de su audaz paisana para que acorte los vuelos de esta sílfide -andariega y voluntariosa.» - -No era tanta mi inmodestia que supusiese a Athenais movida -exclusivamente de un antojo y afición a mi persona; pero aun creyéndome -indigno de la solícita persecución de la hermosa dama, resolví poner -en práctica un medio eficaz para librarme de aquel enojoso, aunque -adorable y tentador estorbo, y fue que, bonitamente y sin decir nada -a nadie, como D. Quijote en su primera salida, eché a correr fuera de -Sancti Spíritus y delante de la vanguardia del ejército, que en aquel -momento comenzaba a salir para San Muñoz. - -Pero juzgad, ¡oh señores míos! ¡cuál sería mi sorpresa cuando, a poco -de haber salido espoleando mi cabalgadura, que en el andar allá se iba -con Rocinante, sentí detrás un chirrido de ásperas ruedas y un galope -de rocín y un crujir de látigo y unas voces extrañas de las que en -todos los idiomas se emplean para animar a un bruto perezoso! Juzgad -de mi sorpresa cuando me volví y vi a la misma Miss Fly dentro de un -cochecillo indescriptible, no menos destartalado y viejo que aquel de -la célebre catástrofe, guiándolo ella misma, acompañada de un rapazuelo -de Sancti Spíritus. - -Al llegar junto a mí, la inglesa profería exclamaciones de triunfo. Su -rostro, enardecido y risueño, era como el de quien ha ganado un premio -en la carrera; sus ojos despedían la viva luz de un gozo sin límites; -algunas mechas de sus cabellos de oro flotaban al viento, dándole el -fantástico aspecto de no sé qué deidad voladora de esas que corren por -los frisos de la arquitectura clásica, y su mano agitaba el látigo con -tanta gallardía como un centauro su dardo mortífero. Si me fuera lícito -emplear los palabras que no entiendo bien aplicadas a la figura humana, -pero que son de uso común en las descripciones, diría que estaba -_radiante_. - ---Os he alcanzado --dijo con acento triunfal--. Si _Mistress_ Mitchell -no me hubiera prestado su carricoche, habría venido sobre una cureña, -Sr. Araceli. - -Y como nuevamente le expusiera yo los inconvenientes de su -determinación, añadió: - ---¡Qué placer tan grande experimento! Esta es la vida para mí: -libertad, independencia, iniciativa, arrojo. Iremos a Salamanca... -Sospecho que allí tendréis que hacer, además de la comisión de Lord -Wellington... Pero no me importan vuestros asuntos. Caballero, sabed -que os desprecio. - ---¿Y qué hice yo para merecerlo? --dije poniendo mi cabalgadura al -paso del caballo de tiro y aflojando la marcha, lo que ambas bestias -agradecieron mucho. - ---¿Qué? Llamar locura a este designio mío. No tienen otra palabra -para expresar nuestra inclinación o las impresiones desconocidas, a -los grandes objetos que entrevé el alma sin poder precisarlos, a las -caprichosas formas con que nos seduce el acaso, a las dulces emociones -producidas por el peligro previsto y el éxito deseado. - ---Comprendo toda la grandeza del varonil espíritu de usted; pero -¿qué puede encontrar en Salamanca digno del empleo de tan insignes -facultades? Voy como espía, y el espionaje no tiene nada de sublime. - ---¿Querréis hacerme creer --dijo con malicia-- que vais a Salamanca a -la comisión de Lord Wellington? - ---Seguramente. - ---Un servicio a la patria no se solicita con tanto afán. Recordad lo -que me dijisteis acerca de la persona a quien amáis, la cual está -presa, encantada o endemoniada (así lo habéis dicho) en la ciudad a -donde vamos. - -Una risa franca vino a mis labios; mas la contuve diciendo: - ---Es verdad; pero quizás no tenga tiempo para ocuparme de mis propios -asuntos. - ---Al contrario --dijo con gracia suma--. No os ocuparéis de otra cosa. -¿Se podrá saber, caballero Araceli, quién es cierta condesa que os -escribe desde Madrid? - ---¿Cómo sabe usted?... --pregunté con asombro. - ---Porque poco antes de salir yo de la casa de Forfolleda, llegó un -oficial con una carta que había recibido para vos. La miré, y vi unas -armas con corona. Vuestro asistente dijo: «Ya tenemos otra cartita de -mi señora la condesa.» - ---¡Y yo salí sin recoger esa carta! --exclamé contrariado--. Vuelvo al -instante a Sancti Spíritus. - -Pero Miss Fly me detuvo con un gesto encantador, diciendo con gracejo -sin igual: - ---No seáis impetuoso, joven soldado; tomad la carta. - -Y me la dio, y al punto la abrí y leí. En ella me decía simplemente, -a más de algunas cosas dulces y lisonjeras, que por Marchena acababa -de saber que nuestro enemigo se disponía a salir de Plasencia para -Salamanca. - ---Parece que os dan alguna noticia importante, según lo mucho que -reflexionáis sobre ella --me dijo Athenais. - ---No me dice nada que yo no sepa. La infeliz madre, agobiada por el -dolor y la impaciencia, me apremia sin cesar para que le devuelva el -bien que le han quitado. - ---Esa carta es de la mamá de la encantada --dijo la señorita Mariposa -con incredulidad--. Forjáis historias muy lindas, caballero; pero que -no engañarán a personas discretas como yo. - -Recorrí la carta con la vista, y seguro de que no contenía cosa alguna -que a los extraños debiera ocultarse, pues la misma condesa había -hecho público el secreto de su desgraciada maternidad, la di a Miss -Fly para que la leyese. Ella, con intensa curiosidad, la leyó en un -momento; y repetidas veces alzó los ojos del papel para clavarlos en -mí, acompañando su mirada de expresivas exclamaciones y preguntas. - ---Yo conozco esta firma --dijo primero--. La condesa de ***. La vi y la -traté en el Puerto de Santa María. - ---En enero del año 10, señora. - ---Justamente... Y dice que sois su ángel tutelar, que espera de vos su -felicidad... que os deberá la vida... que cambiaría todos los timbres -de su casa por vuestro valor, por la nobleza de vuestro corazón y la -rectitud de vuestros altos sentimientos. - ---¿Eso dice?... Pasé la vista sin fijarme más que en lo esencial. - ---Y también que tiene completa confianza en vos, porque os cree capaz -de salir bien en la gran empresa que traéis entre manos... Que Inés -(¿conque se llama Inés?), a pesar de lo mucho que vale por su hermosura -y por sus prendas, le parece poco galardón para vuestra constancia... - -Miss Fly me devolvió la carta. Inflamaba su rostro una dulce confusión, -casi diré arrebatador entusiasmo. Su brillante fantasía, despertándose -de súbito con briosa fuerza, agrandaba sin duda hasta límites fabulosos -la aventura que delante tenía. - ---¡Caballero! --exclamó sin ocultar el expansivo y grandioso -arrobamiento de su alma poética--, esto es hermosísimo, tan hermoso -que no parece real. Lo que yo sospechaba y ahora se me revela por -completo, tiene tanta belleza como las mentiras de las novelas y -romances. De modo que vos, al ir a Salamanca, vais a intentar... - ---Lo imposible. - ---Decid mejor dos imposibles --afirmó Athenais con exaltado acento--, -porque la comisión de Wellington... ¡qué sublime paso, qué incomparable -atrevimiento, Sr. Araceli! El Coronel Simpson decía hace poco que hay -noventa y nueve probabilidades contra una de que seréis fusilado. - ---Dios me protegerá, señora. - ---Seguramente. Si no hubieran existido en el mundo hombres como vos, no -habría historia, o sería muy fastidiosa. Dios os protegerá. Hacéis muy -bien... apruebo vuestra conducta. Os ayudaré. - ---¿Pero todavía insiste usted? - ---¡Extraño suceso! --dijo sin hacer caso de mi pregunta--; ¡y cómo me -seduce y cautiva! En España, solo en España podría encontrarse esto que -enciende el corazón, despierta la fantasía, y da a la vida el aliciente -de vivas pasiones que necesita. Una joven robada; un caballero leal -que, despreciando toda clase de peligros, va en su busca y penetra con -ánimo fuerte en una plaza enemiga, y aspira solo con el valor de su -corazón y los ardides de su ingenio a arrancar el objeto amado de las -bárbaras manos que la aprisionan... ¡Oh, qué aventura tan hermosa! ¡Qué -romance tan lindo! - ---¿Gustan a usted, señora, las aventuras y los romances? - ---¿Que si me gustan? ¡Me encantan, me enamoran, me cautivan más que -ninguna lectura de cuantas han inventado ingenios de la tierra! ---repuso con entusiasmo--. ¡Los romances! ¿Hay nada más hermoso, -ni que con elocuencia más dulce y majestuosa hable a nuestra alma? -Los he leído y los conozco todos: los moriscos, los históricos, los -caballerescos, los amorosos, los devotos, los vulgares, los de cautivos -y forzados, y los satíricos. Los leo con pasión; he traducido muchos al -inglés en verso o prosa. - ---¡Oh, señora mía e insigne maestra! --dije, afirmando para mí que la -enfermedad moral de Miss Fly era una monomanía literaria--. ¡Cuánto -deben a usted las letras españolas! - ---Los leo con pasión --añadió sin hacerme caso--; pero, ¡ay!, los busco -ansiosamente en la vida real y no puedo, ¡no puedo encontrarlos! - ---Justo, porque esos tiempos pasaron, y ya no hay Lindarajas, ni -Tarfes, ni Bravoneles, ni Melisendras --afirmé, reconociendo que me -había equivocado en mi juicio anterior respecto a la enfermedad de la -Pajarita--. ¿Pero de veras se ha empeñado usted en encontrar en la vida -real los romances? Por ejemplo, aquellas moritas vestidas de verde que -se asomaban a las rejas de plata para despedir a sus galanes cuando -iban a la guerra, aquellos mancebos que salían al redondel con listón -amarillo o morado, aquellos barbudos reyes de Jaén o Antequera que... - ---Caballero --dijo con gravedad interrumpiéndome,--¿habéis leído los -romances de Bernardo del Carpio? - ---Señora --respondí turbado--, confieso mi ignorancia. No los conozco. -Me parece que los he oído pregonar a los ciegos; pero nunca los compré. -He descuidado mucho mi instrucción, Miss Fly. - ---Pues yo los sé todos de memoria, desde - - En los reinos de León - El quinto Alfonso reinaba; - Hermosa hermana tenía, - Doña Jimena se llama, - -hasta la muerte del héroe, donde hay aquello de - - Al pie de un túmulo negro - Esta Bernardo del Carpio. - -¡Incomparable poesía! Después de la Iliada no se ha compuesto nada -mejor. Pues bien. ¿No conocéis ni siquiera de oídas el romance en que -_Bernardo liberta de los moros a su amada Estela y al Carpio que tenían -cercado_? - ---Eso ha de ser bonito. - ---Parece que resucitan los tiempos --dijo Miss Fly con cierta vaguedad -inexplicable, al modo de expresión profética en el semblante--; parece -que salen de su sepultura los hombres, revistiendo forma antigua, o -que el tiempo y el mundo dan un paso atrás para aliviar su tristeza, -renovando por un momento las maravillas pasadas... La Naturaleza, -aburrida de la vulgaridad presente, se viste con las galas de su -juventud, como una vieja que no quiere serlo... retrocede la Historia, -cansada de hacer tonterías, y con pueril entusiasmo hojea las páginas -de su propio diario, y luego busca la espada en el cajón de los -olvidados y sublimes juguetes... ¿pero no veis esto, Araceli, no lo -veis? - ---Señora, ¿qué quiere usted que vea? - ---El romance de Bernardo y de la hermosa Estela, que por segunda vez... - -Al decir esto, el caballo que arrastraba, no sin trabajo, el carricoche -de la poética Athenais, empezó a cojear, sin duda porque no podía -reverdecer, como la Historia, las lozanas robusteces y agilidades de su -juventud. Pero la inglesa no paró mientes en esto, y con gravedad suma -continuó así: - ---También tiene ahora aplicación el romance de D. Galván, que no está -escrito, pero que puede recogerse de boca del pueblo, como lo he hecho -yo. En él, sin embargo, D. Galván no hubiera podido sacar de la torre -a la infanta sin el auxilio de una hada o dama desconocida que se le -apareció... - -El caballo entonces, que ya no podía con su alma, tropezó, cayendo de -rodillas. - ---Mi estimable hada, aquí tiene usted la realidad de la vida --le -dije--. Este caballo no puede seguir. - ---¡Cómo! --exclamó con ira la inglesa--. Andará. Si no, enganchad el -vuestro al carricoche, e iremos juntos aquí. - ---Imposible, señora, imposible. - ---¡Qué desolación! Bien decía Mistress Mitchell, que este animal no -sirve para nada. A mí, sin embargo, me pareció digno del carro de -Faetonte. - -Levantamos al animal, que dio algunos pasos, y volvió a caer al poco -trecho. - ---Imposible, imposible --exclamé--. Señora, me veo obligado, muy a -pesar mío, a abandonar a usted. - ---¡Abandonarme! --dijo la inglesa. - -En sus hermosos ojos brilló un rayo de aquella cólera augusta que los -poetas atribuyen a las diosas de la antigüedad. - ---Sí, señora: lo siento mucho. Va a anochecer. De aquí a Salamanca -hay diez leguas; el miércoles a las doce tengo que estar de vuelta en -Bernuy. No necesito decir más. - ---Bien, caballero --dijo con temblor en los labios y acerba -reconvención en la mirada--. Marchaos. No os necesito para nada. - ---El deber no me permite detenerme ni una hora más --afirmé volviendo -a montar en mi caballo, después que, ayudado por el aldeanillo, -puse sobre sus cuatro patas al de Miss Fly--. El ejército aliado -no tardará... ¡Ah! ya están aquí. En aquella loma aparecen las -avanzadas... Las manda Simpson, su amigo de usted el coronel Simpson... -Conque ya puede darme su licencia... No dirá usted, señora mía, que la -dejo sola... Allí viene un jinete. Es Simpson en persona. - -Miss Fly miró hacia atrás con despecho y tristeza. - ---Adiós, hermosa señora mía --grité picando espuelas--. No puedo -detenerme. Si vivo, contaré a usted lo que me ocurra. - -Apresurado por mi deber, me alejé a todo escape. - - - - -XIV - - -Marché aquella tarde y parte de la noche, y después de dormir unas -cuantas horas en Castrejón, dejé allí el caballo, y habiendo adquirido -gran cantidad de hortalizas, con más un asno flaquísimo y tristón, -hice mi repuesto y emprendí la marcha por una senda que conducía -directamente, según me indicaron, al camino de Vitigudino. Halleme -en este al mediodía del lunes; mas una vez que lo reconocí, aparteme -de él, tomando por atajos y vericuetos hasta llegar al Tormes, que -pasé para coger al camino de Ledesma y lugar de Villamayor. Por -varios aldeanos que encontré en un mesón jugando a la calva y a la -rayuela, supe que los franceses no dejaban entrar a quien no llevase -carta de seguridad dada por ellos mismos, y que aun así detenían a -los vendedores en la plaza, sin dejarlos pasar adelante para que no -pudiesen ver los fuertes. - ---No me han quedado ganas de volver a Salamanca, muchacho --me dijo el -charro fornido y obeso, que me dio tan lisonjeros informes después de -convidarme a beber en la puerta del mesón--. Por milagro de Dios y de -María Santísima está vivo el Sr. Baltasar Cipérez, o sea, yo mismo. - ---¿Y por qué? - ---Porque... verás. Ya sabes que han mandado vayan a trabajar a las -fortificaciones todos los habitantes de estos pueblos. El lugar que no -envía a su gente es castigado con saqueo, y a veces con degüello... -Bien dicen que el diablo es sutil. La costumbre es que mientras los -aldeanos trabajan, los soldados estén quietos hablando y fumando, y -de trecho en trecho hay sargentos que, látigo en mano, están allí con -mucho ojo abierto para ver el que se distrae o mira al cielo, o habla -a su compañero... Bien dijo el otro, que el diablo no duerme y todo lo -añasca... En cuanto se descuida uno tanto así... ¡plas!... - ---Le toman la medida de las espaldas. - ---Yo tengo mala sangre --añadió Cipérez-- y no creo haber nacido para -esclavo. Soy aldeano rico, estoy acostumbrado a mandar, y no a que me -den de latigazos. A perro viejo no hay tus, tus... Así es que cuando -aquel Lucifer me... - ---Si soy yo el azotado, allí mismo le tiendo. - ---Yo cerré los ojos; yo no vi más que sangre; yo me metí entre todos, -porque... ¡Baltasar Cipérez azotado por un francés!... Yo daba -mojicones... quien no puede dar en el asno da en la albarda. En fin, -allí nos machacamos las liendres durante un cuarto de hora... Mira las -resultas. - -El rico aldeano, apartando la anguarina puesta del revés según uso del -país, mostrome su brazo vendado y sostenido en un pañuelo al modo de -cabestrillo. - ---¿Y nada más? ¡Pues yo creí que le habían ahorcado a usted! - ---No, tonto, no me ahorcaron. ¿De veras lo creías tú? Habríanlo hecho -si no se hubiera puesto de parte mía un soldado francés, llamado -Molichard, que es buen hombre y un tanto borracho. Como éramos amigos -y habíamos bebido tantas copas juntos, se dio sus mañas, y sacándome -del calabozo me puso en salvo, aunque no sano, en la puerta de Zamora. -¡Pobre Molichard, tan borracho y tan bueno! Cipérez el rico no olvidará -su generosa conducta. - ---Sr. Cipérez --dije al leal salmantino--, yo voy a Salamanca y no -tengo carta de seguridad. Si su merced me proporcionara una... - ---¿Y a qué vas allá? - ---A vender estas verduras --repuse mostrando mi pollino. - ---Buen comercio. Te lo pagarán a peso de oro. ¿Llevas lo que ellos -llaman _jericó_? - ---¿Habichuelas? Sí. Son de Castrejón. - -El aldeano me miró con atención algo suspicaz. - ---¿Sabes por dónde anda el ejército inglés? --me preguntó clavando en -mí los ojos--. Por la uña se saca al león... - ---Cerca está, Sr. Cipérez ¿Conque me da su merced la carta de -seguridad?... - ---Tú no eres lo que pareces --dijo con malicia el aldeano--. ¡Vivan -los buenos patriotas y mueran los franceses, todos los franceses menos -Molichard, a quien pondré sobre las niñas de mis ojos! - ---Sea lo que quiera... ¿me da su merced la carta de seguridad? - ---Baltasarillo --gritó Cipérez--, llégate aquí. - -Del grupo de los jugadores salió un joven como de veinte años, -vivaracho y alegre. - ---Es mi hijo --dijo el charro--. Es un acero... Baltasarillo, dame tu -carta de seguridad. - ---Entonces... - ---No, no vayas mañana a Salamanca. Vuelve conmigo a Escuernavacas. ¿No -dices que tu madre quedó muy triste? - ---Madre tiene miedo a las moscas; pero yo no. - ---¿Tú no? - ---Por miedo de gorriones no se dejan de sembrar cañamones --replicó el -mancebo--. Quiero ir a Salamanca. - ---A casa, a casa. Te mandaré mañana con un regalito para el Sr. -Molichard... Dame tu carta. - -El joven sacó su documento y entregómelo el padre diciendo: - ---Con este papel te llamarás Baltasarillo Cipérez, natural de -Escuernavacas, partido de Vitigudino. Las señas de los dos mancebos -allá se van. El papel está en regla, y lo saqué yo mismo hace dos -meses, la última vez que mi hijo estuvo en Salamanca con su hermana -María, cuando la fiesta del rey Copas. - ---Pagaré a su merced el servicio que me ha hecho --dije echando mano a -la bolsa, cuando Baltasarito se apartó de mí. - ---Cipérez el rico no toma dinero por un favor --dijo con nobleza--. -Creo que sirves a la patria, ¿eh? Porque a pesar de ese pelaje... Tan -bueno es como el Rey y el Papa el que no tiene capa... Todos somos -unos. Yo también... - ---¿Cómo recibirán estos pueblos al _Lord_ cuando se presente? - ---¿Cómo le han de recibir?... ¿Le has visto? ¿Está cerca? --preguntó -con entusiasmo. - ---Si su merced quiere verle, pásese el miércoles por Bernuy. - ---¡Bernuy! Estar en Bernuy es estar en Salamanca --exclamó con exaltado -gozo--. El refrán dice: «Aquí caerá Sansón»; pero yo digo: «Aquí caerá -Marmont y cuantos con él son.» ¿Has visto los estudiantes y los mozos -de Villamayor? - ---No he visto nada, señor. - ---Tenemos armas --dijo con misterio--. Ténganos el pie al herrar y verá -del que cojeamos... Cuando el _Lord_ nos vea... - -Y luego, llevándome aparte con toda reserva, añadió: - ---Tú vas a Salamanca mandado por el _Lord_... ¿eh? como si lo viera... -No haya miedo. El que tiene padre alcalde, seguro va a juicio. Bien, -amigo... has de saber que en todos estos pueblos estamos preparados, -aunque no lo parece. Hasta las mujeres saldrán a pelear... Los -franceses quieren que les ayudemos; pero lo que has de dar al mur dalo -al gato, y sacarte ha de cuidado. Yo serví algún tiempo con Julián -Sánchez, y muchas veces entré en la ciudad como espía... Mal oficio... -pero en manos está el pandero que lo saben bien tañer. - ---Sr. Cipérez --dije--, ¡vivan los buenos patriotas! - ---No esperamos más que ver al inglés para echarnos todos al campo con -escopetas, hoces, picos, espadas y cuanto tenemos recogido y guardado. - ---Y yo me voy a Salamanca. ¿Me dejarán trabajar en las fortificaciones? - ---Peligrosillo es. ¿Y el látigo? Quien a mí me trasquiló, las tijeras -le quedaron en la mano... Pero si ahora no trabajan los aldeanos en los -fuertes. - ---¿Pues quién? - ---Los vecinos de la ciudad. - ---¿Y los aldeanos? - ---Los ahorcan si sospechan que son espías. Que ahorquen. Al freír de -los huevos lo verán, y a cada puerco le llega su San Martín... Por mí -nada temo ahora, porque en salvo está el que repica. - ---Pero yo... - ---Ánimo, joven... Dios está en el cielo... y con esto me voy -hacia Valverdón, donde me esperan doscientos estudiantes y más de -cuatrocientos aldeanos. ¡Viva la patria y Fernando VII! ¡Ah! por si te -sirve de algo, puedes decir en Salamanca que vas a buscar hierro viejo -para tu señor padre Cipérez el rico... Adiós... - ---Adiós, generoso caballero. - ---¿Caballero yo? Poco va de Pedro a Pedro... Aunque las calzo no las -ensucio... Adiós, muchacho, buena suerte. ¿Sabes bien el camino? Por -aquí adelante, siempre adelante. Encontrarás pronto a los franceses; -pero siempre adelante, adelante siempre. Aunque mucho sabe la zorra, -más sabe el que la toma. - -Nos despedimos el bravo Cipérez y yo dándonos fuertes apretones de -manos, y seguí a buen paso mi camino. - - - - -XV - - -Detúveme a descansar en Cabrerizos ya muy alta la noche del lunes al -martes, y al amanecer del día siguiente, cuando me disponía a hacer -mi entrada triunfal en la ciudad, insigne maestra de España y de la -civilización del mundo, los franceses, que hasta entonces no me habían -incomodado, aparecieron en el camino. Era un destacamento de dragones -que custodiaba cierto convoy enviado por Marmont desde Fuentesaúco. -A pesar de que no había motivo para creer que aquellos señores se -metieran conmigo, yo temía una desgracia; mas disimulé mi zozobra y -recelo, arreando al pollino, y afectando divertir la tristeza del -camino con cantares alegres. - -No me engañó el corazón, pues los invasores de la patria ¡que comidos -de los lobos sean antes, ahora y después! sin intentar hacerme -manifiesto daño, antes bien un beneficio aparente, contrariaron mi plan -de un modo lastimoso. - ---Hermosas hortalizas --dijo en francés un cabo, llevando su caballo al -mismo paso que mi pollino. - -No dije nada, y ni siquiera le miré. - ---¡Eh, imbécil! --gritó en lengua híbrida dándome con su sable en la -espalda--, ¿llevas esas verduras a Salamanca? - ---Sí, señor --respondí afectando toda la estupidez que me era posible. - -Un oficial detuvo el paso, y ordenó al cabo que comprase toda mi -mercancía. - ---Todo, lo compramos todo --dijo el cabo sacando un bolsillo de trapo -mugriento--. _¿Combien?_ - -Hice señas negativas con la cabeza. - ---¿No llevas eso a Salamanca para venderlo? - ---No, señor: es para un regalo. - ---¡Al diablo con los regalos! Nosotros compramos todo, y así, gran -imbécil, podrás volverte a tu pueblo. - -Comprendí que resistir a la venta era infundir sospechas, y les pedí -un sentido por las verduras, cuya escasez era muy grande en aquella -época y en aquel país. Mas enfurecido el soldado, amenazome con abrirme -bonitamente en dos; subió luego el precio más de lo ofrecido, bajé yo -un tantico, y nos ajustamos. Recibí el dinero, mi pollino se quedó -sin carga, y yo sin motivo aparente para justificar mi entrada en la -ciudad, porque a los que no iban con víveres les daban con la puerta -en los hocicos. Seguí, sin embargo, hacia adelante, y el cabo me dijo: - ---¡Eh, buen hombre! ¿No os volvéis a vuestro pueblo? No he visto mayor -estúpido. - ---Señor --repuse--, voy a cargar mi burro de hierro viejo. - ---¿Tienes carta de seguridad? - ---¿Pues no he de traerla? Cuando estuve en Salamanca hace dos meses, -para ver las fiestas del Rey, me la dieron... Pero como ahora no llevo -carga, puede que no me dejen entrar a recoger el hierro viejo. Si el -señor cabo quiere que vaya con su merced para que diga cómo me compró -las verduras... pues, y que voy por hierro viejo. - ---Bueno, _saco de papel_: pon tu burro al paso de mi caballo y sígueme; -mas no sé si te dejarán entrar, porque hay órdenes muy rigurosas para -evitar el espionaje. - -Llegamos a la puerta de Zamora, y allí me detuvo con muy malos modos el -centinela. - ---Déjalo pasar --dijo mi cabo--; le he comprado las verduras y va a -cargar de hierro su jumento. - -Mirome el cabo de guardia con recelo, y al ver retratada en mi -semblante aquella beatífica estupidez propia de los aldeanos que han -vivido largo tiempo en lo más intrincado de bosques y dehesas, dijo así: - ---Estos palurdos son muy astutos. ¡Eh! _monsieur le badaud_. En esta -semana hemos ahorcado a tres espías. - -Yo fingí no comprender, y él añadió: - ---Puedes entrar si tienes carta de seguridad. - -Mostré el documento, y me dejaron pasar. - -Atravesé una calle larga, que era la de Zamora, y me condujo en -derechura a una grande y hermosa plaza de soportales, ocupada a la -sazón por gran gentío de vendedores. Busqué en las inmediaciones posada -donde dejar mi burro para poder dedicarme con libertad al objeto de -mi viaje, y cuando hube encontrado un mesón, que era el mejor de -la ciudad, y acomodado en él con buen pienso de paja y cebada a mi -pacífico compañero, salí a la calle. Era la de la Rúa, según me dijo -una muchacha a quien pregunté. Mi afán era trasladarme al recinto -murallado para recorrerlo todo. De pronto vi multitud de personas de -diversas clases que marchaban en tropel, llevando cada cual al hombro -azadón o pico. Escoltábanles soldados franceses, y no iban ciertamente -muy a gusto aquellos señores. - ---Son los habitantes de la ciudad que van a trabajar a las -fortificaciones --dije para mí--. Los franceses les llevan a la fuerza. - -Aparteme a un lado por temor a que mi curiosidad infundiese sospechas, -y andando sin rumbo ni conocimiento de las calles, llegué a un -convento, por cuyas puertas entraban a la sazón algunas piezas de -artillería. De repente sentí una pesada mano sobre mi hombro, y una voz -que en mal castellano me decía: - ---¿No tomáis una azada, holgazán? Venid conmigo a casa del comisario de -policía. - ---Yo soy forastero --repuse--; he venido con mi borriquito... - ---Venid y se sabrá quién sois --continuó mirándome atentamente--. Si, -_par exemple_, fueseis _espion_... - -Mi primer intento fue negarme a seguirle; pero hubiérame vendido -la resistencia, y parecía más prudente ceder. Afectando la mayor -humildad, seguí a mi extraño aprehensor, el cual era un soldado pequeño -y vivaracho, ojinegro, morenito y oficioso, cuyo empaque y modos me -hacían poquísima gracia. En el recodo que hacía una calle tortuosa y -oscura, traté de burlarle, quedándome un instante atrás para poner -los pies en polvorosa con mi habitual ligereza; mas como adivinara el -menguado mis intenciones, asiome del brazo y socarronamente me dijo: - ---¿Creéis que soy menos listo que vos? Adelante y no deis coces, -porque os levanto la tapa de los sesos, señor patán. Ya no me queda -duda que sois _espion_. Estábais observando la artillería de las -monjas Bernardas. Estábais midiendo la muralla. Sabed que aquí hay -unos funcionarios muy astutos que espían a los espías, y yo soy uno de -ellos. ¿No habéis bailado nunca al extremo de una cuerda? - -Nuevamente sentí impulsos de librarme de aquel hombre por la violencia; -mas por fortuna tuve tiempo de reflexionar, sofocando mi cólera y -fiando mi salvación a la astucia y al disimulo. Llevome el endemoniado -francesillo a un vasto edificio, en cuyo patio vi mucha tropa, y -deteniéndose conmigo ante un grupo formado de cuatro robustos y -poderosos militarotes de brillante uniforme, bigotazos retorcidos e -imponente apostura, me señaló con expresión de triunfo. - ---¿Qué traes, _Tourlourou_? --preguntó con fastidio el más viejo de -todos. - ---Un _crapaud_ pescado ahora mismo. - -Quiteme el sombrero, y con aire contrito y humildísimo hice varias -reverencias a aquellos apreciables sujetos. - ---¡Un _crapaud_! --repitió el viejo oficial, dirigiéndose a mí con -fieros ojos--. ¿Quién sois? - ---Señor --dije cruzando las manos--, ese señor soldado me ha tomado por -un espía. Yo vengo de Escuernavacas a buscar hierro viejo; tengo mi -burro en el mesón de una tal tía Fabiana, y me llamo Baltasar Cipérez, -para lo que vuecencia guste mandar. Si quieren ahorcarme, ahórquenme... ---y luego, sollozando del modo más lastimoso y exhalando gritos de -dolor que hubieran conmovido al mismísimo bronce, exclamé--: ¡Adiós, -madre querida; adiós, padre de mi corazón: ya no veréis más a vuestro -hijito; adiós, Escuernavacas de mi alma, adiós, adiós! Pero yo ¿qué he -hecho; qué he hecho yo, señores? - -El oficial anciano dijo con calma imperturbable: - ---Quitadme de delante este canalla. Sargento Molichard, sargento -Molichard, mandad que le encierren en el calabozo. Después le -interrogaremos. Ahora estoy muy ocupado. Voy a ver al _maréchal des -logis_, porque se dice que esta tarde saldremos de Salamanca. - -Presentose otro francés alto como un poste, derecho como un huso, -flaco y duro y flexible cual caña de Indias, de fisonomía curtida -y burlona, ojos vivos, lacios y negros bigotes, manos y pies de -descomunal magnitud. Cuando vi aquel pedazo de militar, de cuya -osamenta pendía el uniforme como de una percha; cuando oí su nombre, -una idea salvadora iluminó súbito mi cerebro, y pasando del pensamiento -a la ejecución con la rapidez de la voluntad humana en casos de apuro, -lancé una exclamación en que al mismo tiempo puse afectadamente -sorpresa y júbilo; corrí hacia él, me abracé con vehemente ardor a sus -rodillas, y llorando dije: - ---¡Oh, Sr. Molichard de mi alma, Sr. Molichard, queridísimo y -reverenciadísimo! Al fin le encuentro. ¡Y cuánto le he buscado sin que -estos pícaros me dieran razón de su merced! Déjeme que le abrace, que -bese sus rodillas, y que le reverencie y acate y venere... ¡Oh, Santa -Virgen María, qué gozo tan grande! - ---Creo que estáis loco, buen hombre --dijo el francés sacudiendo sus -piernas. - ---Pero ¿no me conoce usía? --añadí--. Pero ¿cómo me ha de conocer, -si no me ha visto nunca? Deme esa mano que la bese, y viva mil años -el buen Sr. Molichard, que salvó a mi buen padre de la muerte. Soy -Baltasar Cipérez: mire mi carta de seguridad; soy hijo del tío -Baltasar, a quien llaman Cipérez el rico, natural de Escuernavacas. -Bendito sea el señor Molichard. Estoy en Salamanca porque hame mandado -mi padre con un obsequio para su merced. - ---¡Un obsequio! --exclamó el sargento con alborozado semblante. - ---Sí, señor, un obsequio miserable, pues lo que usía ha hecho no lo -pagará mi padre con los pobres frutos de su huerta. - ---¡Verduras! ¿Y dónde están? --dijo Molichard volviendo en derredor los -ojos. - ---Me las quitó en el camino un cabo de dragones, cuyo nombre no sé; -pero que debe de andar por aquí, y podrá dar testimonio de lo que digo. -Pues poco le gustaron a fe. Regostose la vieja a los bledos, no dejó -verdes ni secos. - ---¡Oh, peste de dragones! --exclamó con furia el protector de mi -padre--. Yo se las sacaré de las tripas. - ---Me obligó a que se las vendiera --continué--; pero puedo dar a -usía el dinero que me entregó: además, en el primer viaje que haga a -Salamanca, traeré, no una, sino dos cargas para el Sr. Molichard. Mas -no es el único obsequio que traigo a su merced. Mi padre no sabía qué -hacer, porque quien da luego da dos veces; mi madre, que no ha venido -en persona a ponerse a los pies de usía porque le están echando cintas -nuevas a la mantilla, quería que padre echase la casa por la ventana -para obsequiar a su protector, y cuando me puse en camino pensaron -los dos que la verdura era regalo indigno de su agradecido corazón, -liberalidad y mucha hacienda; por cuya razón diéronme tres doblones de -oro para que en Salamanca comprase para usía un tercio de vino de la -Nava, que aquí lo hay bueno, y el del pueblo revuelve los hígados. - ---El Sr. Cipérez es hombre generoso --dijo el francés pavoneándose ante -sus amigos, que no estaban menos absortos y gozosos que él. - ---Lo primero que hice en Salamanca esta mañana fue contratar el tercio -en el mesón de la tía Fabiana. Conque vamos por él... - ---El vino de la tía Fabiana no puede ser mejor que el que hay en la -taberna de la Zángana. Puedes comprarlo allí. - ---Daré aína el dinero a su merced para que lo compre a su gusto. Bien -dicen que al que Dios quiere bien, en casa le traen de comer. ¡Cuánto -trabajo para encontrar al Sr. Molichard! Preguntaba a todo el mundo, -sin que nadie me diera razón, hasta que este buen amigo me tomó por -espía y trájome aquí... no hay mal que por bien no venga... ¡Al fin he -tenido el gusto de abrazar al amigo de mi padre! ¡Qué casualidad! Ojos -que se quieren bien, desde lejos se ven... Sr. Molichard, cuando me -deje su merced en el calabozo, donde el oficial mandó que me pusieran, -puede ir a escoger el vino que más le acomode. ¡Bendito sea Dios, que -hizo rico a mi buen padre para poder pagar con largueza los beneficios! -Mi padre quiere mucho al Sr. Molichard. Quien te da el hueso no quiere -verte muerto. - ---En lo de ensartar refranes --dijo Molichard--, se conoce la sangre -del Sr. Cipérez. - ---Si bien canta el cura, no le va en zaga el monaguillo. - -Molichard pareció indeciso, y después de consultar a sus compañeros con -la vista y algún monosílabo que no entendí, me dijo: - ---Yo bien quisiera no encerraros en el calabozo, porque, en verdad, -cuando le obsequian a uno de parte del Sr. Cipérez... pero... - ---No... no se apure por mí el Sr. Molichard --dije con la mayor -naturalidad del mundo--. Ni quiero que por mí le riña el señor oficial. -Al calabozo. Como estoy seguro de que el señor oficial y todos los -oficiales del mundo se convencerán de que no soy malo... - ---En el calabozo lo pasaríais mal, joven... --dijo el francés--. -Veremos. Se le dirá al oficial que... - ---El oficial no se acuerda ya de lo que mandó --afirmó Tourlourou, -quien, por encantamiento, había olvidado sus rencores contra mí. - ---¡Eh! Jean-Jean --gritó Molichard llamando a un compañero que cercano -al lugar de la escena pasaba, y en cuya pomposa figura conocí al cabo -de dragones que comprara mis verduras en el camino. - -Acercose Jean-Jean, por quien fui al punto reconocido. - ---Buen amigo --le dije--, me parece que fue su merced quien me compró -las verduras que traje para el señor. ¿No dije que eran para un regalo? - ---A saber que eran para este _chauve souris_--dijo Jean-Jean--, no os -hubiera dado un céntimo por ellas. - ---Jean-Jean --gritó Molichard en francés--, ¿te gusta el vino de la -Nava? - ---Verlo no. ¿Dónde lo hay? - ---Mira, Jean-Jean. Este joven me ha regalado un trago. Pero tenemos -que ponerle a él en el calabozo... - ---¡En el calabozo! - ---Sí, _mon vieux_: le han tomado por espía sin serlo. - ---Vámonos a la taberna los cuatro --dijo Tourlourou--, y luego el señor -se quedará en su calabozo. - ---Yo no quiero que por mí se indispongan sus mercedes con los -jefes --dije con humildad y apocamiento--. Llévenme a la prisión, -enciérrenme... Cada lobo en su senda y cada gallo en su muladar. - ---¿Qué es eso de encerrar? --gritó Molichard en tono campechano -y tocando las castañuelas con los dedos--. A casa de la Zángana, -_messieurs_. Cipérez, nosotros respondemos de ti. - - - - -XVI - - ---¿Y si se enfada el oficial? Yo no me muevo de aquí. - ---Un francés, un soldado de Napoleón --dijo Tourlourou con gesto -parecido al de Bonaparte, señalando las pirámides--, no bebe tranquilo -mientras que su amigo español se muere de sed en una mazmorra. Bravo, -Cipérez --añadió abrazándome--, sois el primero entre mis camaradas. -Abracémonos... Bien, así... amigos hasta la muerte. Señores, ved -juntos aquí _l’aigle de l’Empire et le lion de l’Espagne_. - -Francamente, a mí, león de España, me hacían poquísima gracia, como a -aquella, los abrazos del águila del Imperio. - -Y con esto y otros excesos verbales de los tres servidores del gran -Imperio, me sacaron fuera del cuartel y en procesión lleváronme a un -ventorrillo cercano a las fortificaciones de San Vicente. - ---Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de -mi señor padre, yo pago todo el gasto --dije al entrar. - -En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean-Jean regalaron sus -venerandos cuerpos con lo mejor que había en la bodega, y helos aquí -que por grados perdían la serenidad, si bien el cabo de dragones -parecía tener más resistencia alcohólica que sus ilustres compañeros de -armas y de vino. - ---¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? --me preguntó Molichard. - ---Bastante para pasar --respondí con modestia. - ---Llámanle Cipérez el rico. - ---Cierto, y lo es... Veo que mi obsequio parece poco... Por ahí se -empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina. - ---No digo eso. ¡A la salud de _monsieurrrr_ Cipérez! - ---Esto que hoy he traído, es porque como venía a mercar hierro viejo... -Pero mi padre y mi madre y toda mi familia vendrán en procesión -_solene_ con algo mejor. Sr. Molichard, mi hermana quiere conocer al -Sr. Molichard... - ---Es una linda muchacha, según decía Cipérez. ¡A la salud de María -Cipérez! - ---Muy guapa, parece un sol, y cuantos la ven la tienen por princesa. - ---Y una buena dote... Si al fin irá uno a dejar su pellejo en España. -Digamos como Luis XIV: «Ya no hay _Pirrineos_...» Bebed, Baltasarico. - ---Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido, -ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien ---dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez. - -Jean-Jean cantaba: - - _Le crocodile en partant pour la guerre_ - _Disait adieux à ses petits enfants._ - - _Le malheureux_ - _Trainait sa queue_ - _Dans la poussière..._ - -Tourlourou, después de remedar el gato y el perro, púsose de pie y con -gesto majestuoso exclamó: - ---Camaradas, desde lo alto de esta botella _quarrrrante siècles vous -contemplent_. - -Yo dije a Molichard: - ---Señor sargento, como no acostumbro a beber, me he mareado de tal -modo... Voy a salir un momento a tomar el aire. ¿Ha escogido usted su -vino de la Nava? - -Y sin esperar contestación pagué a la Zángana. - ---Bien: vamos un momento afuera --repuso Molichard tomándome del brazo. - -Al salir encontreme en un sitio que no era plaza, ni patio, ni calle, -sino más bien las tres cosas juntas. A un lado y otro veíanse altas -paredes, unas a medio derribar, otras en pie todavía, sosteniendo -los techos destrozados. Al través de estos se distinguía el interior -abierto de los que fueron templos, cuyos altares habían quedado al aire -libre; y la luz del día, iluminando de lleno las pinturas y dorados, -daba a estos el aspecto de viejos objetos de prendería cuando los -anticuarios de feria los amontonan en la calle. Soldados y paisanos -trabajaban llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones, -amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o -reparando lo demolido con exceso. Vi todo esto, y acordándome de Lord -Wellington, puse mi alma toda en los ojos. Yo hubiera querido abarcar -de un solo golpe de vista lo que ante mí tenía y guardarlo en mi -memoria, piedra por piedra, arma por arma, hombre por hombre. - ---¿Qué es esto que hacen aquí, Sr. Molichard? --pregunté cándidamente. - ---¡Fortificaciones, animal! --dijo el sargento, que después que se -llenó el cuerpo con mi vino, había empezado a perderme el respeto. - ---Ya, ya comprendo --repuse afectando penetración--. Para la guerra. ¿Y -cómo llaman a este sitio? - ---Este es el fuerte de San Vicente, y aquí había un convento de -benedictinos, que fue derribado. Una guarida de mochuelos, mi amiguito. - ---¿Y qué van a hacer aquí con tanto cañón? --pregunté estupefacto. - ---Pues no eres poco bestia. ¿Qué se ha de hacer? Fuego. - ---¡Fuego! --dije medrosamente--. ¿Y todos a la vez? - ---Te pones pálido, cobarde. - ---Uno, dos, tres, cuatro... allí traen otro. Son cinco. ¿Y esa tierra, -mi sargento, para qué es? - ---No he visto un animal semejante... ¿No ves que se están haciendo -escarpa y contraescarpa? - ---¿Y aquel otro caserón hecho pedazos que se ve más allá? - ---Es el castillo árabe-romano. _¡Foudre et tonnerre!_ Eres un -ignorante. Dame la mano, que San Cayetano me baila delante. - ---¿San Cayetano? - ---¿No lo ves, zopenco? Aquel convento grande que está a la derecha. -También lo estamos fortificando. - ---Esto es muy bonito, Sr. Molichard. Será gracioso ver esto cuando -empiece el fuego. ¿Y aquellos paredones que están derribando? - ---El colegio Trilingüe... _triquis lingüis_ en latín, esto es, _de -tres lenguas_. Todavía no han acabado el camino cubierto que baja a la -Alberca. - ---Pero aquí han derribado calles enteras, Sr. Molichard --dije -avanzando más y dándole el brazo para que no se cayese. - ---Pues no parece sino que vienes del Limbo, _¡ventre de bœuf!_ ¿No ves -que hemos echado al suelo la calle larga para poder esparcir los fuegos -de San Vicente?... - ---Y allí hay una plaza... - ---Un baluarte. - ---Dos, cuatro, seis, ocho cañones nada menos. Esto da miedo. - ---Juguetes... los buenos son aquellos cuatro, los del revellín. - ---Y por aquí va un foso... - ---Desde la puerta hasta los Milagros, bruto. - ---¿Y detrás?... Jesús, María y José, ¡qué miedo! - ---Detrás del parapeto están los morteros. - ---Vamos ahora por aquel lado. - ---¿Por San Cayetano?... ¡Oh!... Veo que eres curioso, curiosito... -_Saperlotte_. Te advierto que si sigues haciendo tales preguntas y -mirando con esos ojos de buey... me harás creer que ciertamente eres -espía... y, a la verdad, amiguito, sospecho... - -El sargento me miró con descaro y altanería. Llegó a la sazón -Tourlourou en lastimoso estado, mal sostenido por Jean-Jean, que -entonaba una canción guerrera. - ---¡_Espion_, sí, _espion_! --dijo Tourlourou señalándome--. Sostengo -que eres _espion_. ¡Al calabozo! - ---Francamente, caballero Cipérez --dijo Molichard--, yo no quisiera -faltar a la disciplina, ni que el jefe me pusiera en el nicho por ti. - ---Tiene este mancebo --afirmó Jean-Jean sentándome la mano en el hombro -con tanta fuerza que casi me aplastó-- cara de tunante. - ---Desde que le vi sospeché algo malo --dijo Molichard--. No está uno -seguro de nadie en esta maldita tierra de España. Salen espías de -debajo de las piedras... - -Yo me encogí de hombros, fingiendo no entender nada. - ---¿Pero no os dije que estaba observando el convento de Bernardas, cuya -muralla se está aspillerando? --dijo Tourlourou. - -Comprendí que estaba perdido; pero esforceme en conservar la serenidad. -De pronto entró en mi alma un rayo de esperanza al oír pronunciar a -Jean-Jean las siguientes palabras en mal castellano: - ---Sois unos bestias. Dejadme a mí al señor Cipérez, que es mi amigo. - -Pasó su brazo por encima de mi hombro con familiaridad cariñosa, aunque -harto pesada. - ---Volvámonos al cuartel --dijo Molichard--. Yo entro de guardia a las -diez. - -Y asiéndome por el brazo añadió: - ---¡_Peste, mille pestes_!... ¿Querías escapar? - ---En el cuartel se le registrará --exclamó Tourlourou. - ---Fuera de aquí, _goguenards_ --dijo con energía Jean-Jean--. El Sr. -Cipérez es mi amigo, y le tomo bajo mi protección. Andad con mil -demonios y dejádmelo aquí. - -Tourlourou reía; pero Molichard mirome con ojos fieros e insistió en -llevarme consigo; mas aplicole mi improvisado protector tan fuerte -porrazo en el hombro, que al fin resolvió marcharse con su compañero, -ambos describiendo eses y otros signos ortográficos con sus desmayados -cuerpos. He referido con alguna minuciosidad los hechos y dichos de -aquellos bárbaros, cuya abominable figura no se borró en mucho tiempo -de mi memoria. Al reproducir los primeros, no me he separado de la -verdad en lo más mínimo. En cuanto a las palabras, imposible sería -a la retentiva más prodigiosa conservarlas tal y como de aquellas -embriagadas bocas salieron, en jerga horrible que no era español ni -francés. Pongo en castellano la mayor parte, no omitiendo aquellas -voces extranjeras que más impresas han quedado en mi memoria, y -conservo el tratamiento de _vos_, que comúnmente nos daban los -franceses poco conocedores de nuestro modo de hablar. - -¿La protección de Jean-Jean era desinteresada o significaba un nuevo -peligro mayor que los anteriores? Ahora se verá, si tienen mis amigos -paciencia para seguir oyendo el puntual relato de mis aventuras en -Salamanca el día 16 de junio de 1812, las cuales, a no ser yo mismo -protagonista y actor principal de todas ellas, las diputara por -hechuras engañosas de la fantasía, o invenciones de novelador para -entretener al vulgo. - - - - -XVII - - -El Sr. Jean-Jean me tomó el brazo, y llevándome adelante por entre -aquellas tristes ruinas, díjome: - ---Amigo Cipérez, he simpatizado con vos; nos pasearemos juntos... -¿Cuándo pensáis dejar a Salamanca? Os juro que lo sentiré. - -Tan relamidas expresiones fueron funestísimo augurio para mí, y -encomendé mi alma a Dios. En mi turbación, ni siquiera reparé en el -aparato de guerra que a mi lado había, y olvideme ¡oh Jesús divino! de -Lord Wellington, de Inglaterra y de España. - ---Mucho me agrada su compañía --dije afectando valor--. Vamos a donde -usted quiera. - -Sentí que el brazo del francés, cual máquina de hierro, apretaba -fuertemente el mío. Aquel apretón quería decir: «No te me escaparás, -no.» A medida que avanzábamos noté que era más escasa la gente, y -que los sitios por donde lentamente discurríamos estaban cada vez -más solitarios. Yo no llevaba más arma que una navaja. Jean-Jean, -que era hombre robustísimo y de buena estatura, iba acompañado de un -poderoso sable. Con rápida mirada observé hombre y arma para medirlos y -compararlos con la fuerza que yo podía desplegar en caso de lucha. - ---¿A dónde me lleva usted? --pregunté deteniéndome al fin, resuelto a -todo. - ---Seguid, mi buen amigo --dijo con burlesco semblante--. Nos pasearemos -por la orilla del Tormes. - ---Estoy algo cansado. - -Parose, y clavando sus ojuelos en mí, me dijo: - ---¿No queréis seguir al que os ha librado de la horca? - -Con esa llama de intuición que súbitamente nos ilumina en momentos de -peligro, con la perspicacia que adquirimos en la ocasión crítica en -que la voluntad y el pensamiento tratan de sobreponerse con angustioso -esfuerzo a obstáculos terribles, leí en la mirada de aquel hombre la -idea que ocupaba su alma. Indudablemente Jean-Jean había conocido -que yo llevaba conmigo mayor cantidad de dinero que la que mostré en -la taberna, y ya me creyese espía, ya el verdadero Baltasar Cipérez, -tentó mi caudal su codicia, y el fiero dragón ideó fáciles medios para -apropiárselo. Aquel equívoco aspecto suyo, aquel solitario paraje -por donde me conducía, indicaban su criminal proyecto, bien fuese -este matarme para dar luego con mi cuerpo en el río, bien espoliarme, -denunciándome después como espía. - -Por un instante sentí cobarde y vencida el alma, trémulo y frío el -cuerpo: la sangre toda se agolpó a mi corazón, y vi la muerte, un fin -horrible y oscuro, cuyo aspecto afligió mi alma más que mil muertes en -el terrible y glorioso campo de batalla... Miré en derredor, y todo -lo vi desierto y solo. Mi verdugo y yo éramos los únicos habitantes -de aquel lugar triste, abandonado y desnudo. A nuestro lado ruinas -deformes iluminadas por la claridad de un sol que me parecía espantoso; -delante el triste río, donde el agua remansada y quieta no producía, al -parecer, ni corriente ni ruido; más allá la verde orilla opuesta. No se -oía ninguna voz humana, ni paso de hombre ni de bruto, ni más rumor que -el canto de los pájaros que alegremente cruzaban el Tormes para huir de -aquel sitio de desolación en busca de la frescura y verdor de la otra -ribera. No podía pedir auxilio a nadie más que a Dios. - -Pero sentí de pronto la iluminación de una idea divina, divina, sí, que -penetró en mi mente, lanzada como rayo invisible de la inmortal y alta -fuente del pensamiento: sentí no sé qué dulces voces en mi oído, no sé -qué halagüeñas palpitaciones en mi corazón, un brío inexplicable, una -esperanza que me llenaba todo; y sentir esto, y pensarlo, y formar un -plan, fue todo uno. He aquí cómo. - -Bruscamente y disimulando tanto mi recelo cual si fuera yo el criminal -y él la víctima, detuve a Jean-Jean; tomé una actitud severa, resuelta -y grave; le miré como se mira a cualquier miserable que va a prestarnos -un servicio, y en tono muy altanero le dije: - ---Sr. Jean-Jean: este sitio me parece muy a propósito para hablar a -solas. - -El hombre se quedó lelo. - ---Desde que le vi a usted, desde que le hablé, le tuve por hombre de -entendimiento, de actividad, y esto precisamente, esto, es lo que yo -necesito ahora. - -Vaciló un momento, y al fin estúpidamente me dijo: - ---De modo que... - ---No, no soy lo que parezco. Se puede engañar a esos imbéciles -Tourlourou y Molichard; pero no a usted. - ---Ya me lo figuraba --afirmó--. Sois espía. - ---No. Extraño que un entendimiento como el tuyo haya incurrido en esa -vulgaridad --dije tuteándole con desenfado--. Ya sabes que los espías -son siempre rústicos labriegos que por dinero exponen su vida. Mírame -bien. A pesar del vestido, ¿tengo cara y talle de labriego? - ---No a fe mía. Sois un caballero. - ---Sí: un caballero, un caballero, y tú también lo eres, pues la -caballerosidad no está reñida con la pobreza. - ---Ciertamente que no. - ---¿Y has oído nombrar al Marqués de Ríoponce? - ---No... sí... sí me parece que le he oído nombrar. - ---Pues ese soy yo. ¿Podré vanagloriarme de haber encontrado en este -día, aciago para mí, un hombre de buenos sentimientos que me sirva, -y al cual demostraré mi gratitud recompensándole con lo que él mismo -nunca ha podido soñar?... Porque tú como soldado eres pobre, ¿no es -cierto? - ---Pobre soy --dijo, no disimulando la avaricia que por las claras -ventanas de sus ojos asomaba. - ---Escasa es la cantidad que llevo sobre mí; pero para la empresa que -hoy traigo entre manos he traído suma muy respetable, hábilmente -encerrada dentro del pelote que rellena el aparejo de mi cabalgadura. - ---¿Dónde dejasteis vuestro pollino? - -Me quería comer con los ojos. - ---Eso se queda para después. - ---Si sois espía, no contéis conmigo para nada, señor Marqués --dijo con -cierta confusión--. No haré traición a mis banderas. - ---Ya he dicho que no soy espía. - ---_C’est drôle._ ¿Pues qué demonios os trae a Salamanca en ese traje, -vendiendo verduras y haciéndoos pasar por un campesino de Escuernavacas? - ---¿Qué me trae? Una aventura amorosa. - -Dije esto y lo anterior con tal acento de seguridad, tanto aplomo y -dominio de mí mismo, que en los ojos del que había querido ser mi -asesino observé, juntamente con la avaricia, la convicción. - ---¡Una aventura amorosa! --dijo asaltado nuevamente por la duda, -después de breve rato de meditación--. ¿Y por qué no habéis venido tal -y como sois? ¿Para qué ocultaros así de toda Salamanca? - ---¡Qué pregunta!... A fe que en ciertos momentos pareces un niño -inocente. Si la aventura amorosa fuera de esas que se vienen a la mano -por fáciles y comunes, tendrías razón; pero esta de que me ocupo es -peligrosa, y tan difícil, que es indispensable ocultar por completo mi -persona. - ---¿Es que algún francés os ha quitado vuestra novia? --preguntó el -dragón sonriendo por primera vez en aquel diálogo. - ---Casi, casi... parece que vas acertando. Hay en Salamanca una persona -que amo y a quien me llevaré conmigo, si puedo; otra que aborrezco y a -quien mataré, si puedo. - ---¿Y esa segunda persona es quizás alguno de nuestros queridos -generales? --dijo con sequedad--. Señor Marqués, no contéis conmigo -para nada. - ---No: esa persona no es ningún general, ni siquiera es francés. Es un -español. - ---Pues si es español, _le diable m’emporte_... podéis tratarle todo lo -mal que os agrade. Ningún francés os dirá una palabra. - ---No, porque ese hombre es poderoso, y aunque español, ha tiempo que -sirve la causa francesa. Es travieso como ninguno, y si me hubiera -presentado aquí dando a conocer mi nombre habríame sido imposible -evitar una persecución rápida y terrible, o quizás la muerte. - ---En una palabra, señor mío --dijo con impaciencia--, ¿qué es lo que -queréis que yo haga para serviros? - ---Primero que no me denuncies, estúpido --respondí tratándole -despóticamente para establecer mejor aún mi superioridad--; después, -que me ayudes a buscar el domicilio de mi enemigo. - ---¿No lo sabéis? - ---No. Esta es la primera vez que vengo a Salamanca. Como vuestros -groseros camaradas quisieron prenderme, no he tenido tiempo de nada. - ---Ahora que nombráis a mis camaradas... --dijo Jean-Jean con mucho -recelo--, me ocurre... Cuidado que hicisteis bien el papel de aldeano. -No me he olvidado de los refranes. Si ahora también... - ---¿Sospechas de mí? --grité con altanería. - ---Nada de soberbia, señor Marquesito --repuso con insolencia--. Ved que -puedo denunciaros. - ---Si me denuncias, solo experimento la contrariedad de no poder llevar -adelante mi proyecto; pero tú perderás lo que yo pudiera darte. - ---No hay que reñir --dijo en tono benévolo--. Referidme en qué consiste -esa aventura amorosa, pues hasta ahora no me habéis dicho más que -vaguedades. - ---Un miserable hijo de Salamanca, un perdido, un _sans culotte_ ha -robado de la casa paterna a cierta gentil doncella, de la más alta -nobleza de España, un ángel de belleza y de virtud... - ---¡La ha robado!... Pues qué, ¿así se roban doncellas? - ---La ha robado por satisfacer una venganza, que la venganza es el único -goce de su alma perversa; por retener en su poder una prenda que le -permita amenazar a la más honrada y preclara casa de Andalucía, como -retienen los ladrones secuestradores la persona del rico, pidiendo a -la familia la suma del rescate. Por largo tiempo ha sido inútil toda -mi diligencia y la de los parientes de esa desgraciada joven para -averiguar el lugar donde la esconde su fementido secuestrador; pero una -casualidad, un suceso insignificante al parecer, pero que ha sido aviso -de Dios, sin duda, me ha dado a conocer que ambos están en Salamanca. -Él no habita sino las ciudades ocupadas por los franceses, porque teme -la ira de sus paisanos, porque es un hombre maldito, traidor a su -patria, irreligioso, cruel, un mal español y un mal hijo, Jean-Jean, -que, devorado por impío rencor hacia la tierra en que nació, le hace -todo el daño que puede. Su vida tenebrosa, como la de los topos, -empléase en fundar y propagar sociedades de masonería, en sembrar -discordias, en levantar del fondo de la sociedad la hez corrompida -que duerme en ella, en arrojar la simiente de las turbaciones de los -pueblos. Favorécenle ustedes, porque favorecen todo lo que divida, -aniquile y desarme a los españoles. Él corre de pueblo en pueblo, -ocultando en sus viajes nombre, calidad y ocupación, para no provocar -la ira de los naturales, y cuando no puede viajar acompañado por tropas -francesas, se oculta con los más indignos disfraces. Últimamente ha -venido de Plasencia a Salamanca fingiéndose cómico, y su cuadrilla -imitaba tan perfectamente a las compañías de la legua, que pocos en el -tránsito sospecharon el engaño... - ---Ya sé quién es --dijo súbitamente y sonriendo Jean-Jean--. Es -Santorcaz. - ---El mismo: D. Luis de Santorcaz. - ---A quien algunos españoles tienen por brujo, encantador y nigromante. -¿Y para entenderos con ese mal sujeto --añadió el francés-- os -disfrazáis de ese modo? ¿Quién os ha dicho que Santorcaz es poderoso -entre nosotros? Lo sería en Madrid, pero no aquí. Las autoridades le -consienten, pero no le protegen. Hace tiempo que ha caído en desgracia. - ---¿Le conoces bien? - ---Pues ya: en Madrid éramos amigos. Le escolté cuando salió a Toledo -a conferenciar con la Junta, y nos hemos reconocido después en -Salamanca. Estuvo aquí hace tres meses, y después de una ausencia -corta, ha vuelto... Caballero Marqués, o lo que seáis, para luchar -contra semejante hombre no necesitáis llevar ese vestido burdo, -ni disimular vuestra nobleza: podéis hacer con él lo que mejor os -convenga, incluso matarle, sin que el Gobierno francés os estorbe. -Oscuro, olvidado y no muy bienquisto, Santorcaz se consuela con la -masonería, y en la logia de la calle de Tentenecios, unos cuantos -perdidos españoles y franceses, lo peor sin duda de ambas naciones, se -entretienen en exterminar al género humano, volviendo al mundo patas -arriba, suprimiendo la aristocracia, y poniendo a los reyes una escoba -en la mano para que barran las calles. Ya veis que esto es ridículo. -Yo he ido varias veces allí en vez de ir al teatro, y en verdad que no -debieran disfrazarse de cómicos, porque realmente lo son. - ---Veo que eres un hombre de grandísimo talento. - ---Lo que soy --dijo el soldado en tono de alarmante sospecha--, es un -hombre que no se mama el dedo. ¿Cómo es posible que siendo vuestro -único enemigo un hombre tan poco estimado, y siendo vos Marqués de -tantas campanillas, necesitéis venir aquí vendiendo verdura y engañando -a todo el pueblo, cual si no hubiérais de luchar con un intrigante -de baja estofa, sino con todos nosotros, con nuestro poder, nuestra -policía, y el mismo gobernador de la plaza, el general Thiebaut-Tibo? - -Jean-Jean razonaba lógicamente, y por breve rato no supe qué -contestarle. - ---_Connu, connu..._ Basta de farsas. Sois espía --agregó con acento -brutal--. Si después de venir aquí como enemigo de la Francia, os -burláis de mí, juro... - ---Calma, calma, amigo Jean-Jean --dije procurando esquivar el gran -peligro que me amenazaba, después que lo creí conjurado--. Ya te dije -que una aventura amorosa... ¿No has reparado que Santorcaz lleva -consigo una joven?... - ---Sí, ¿y qué? Dicen que es su hija... - ---¡Su hija! --exclamé afectando una cólera frenética--; ¿ese miserable -se atreve a decir que es su hija? - ---Así lo dicen, y en verdad que se le parece bastante --repuso con -calma mi interlocutor. - ---¡Oh! por Dios, amigo mío, por todos los santos, por lo que más ames -en el mundo, llévame a casa de ese hombre, y si delante de mí se atreve -a decir que Inés es su hija, le arrancaré la lengua. - ---Lo que puedo aseguraros es que la he visto de paseo por la ciudad -y sus alrededores dando el brazo a Santorcaz, que está muy enfermo, y -la muchacha, muy linda por cierto, no tenía modos de estar descontenta -al lado del masón, pues cariñosamente le conduce por las calles, y le -hace mimos y monerías... Y ahora, _mon petit_, salís con que es vuestra -novia, y una señora encantada o _princesse d’Araucanie_, según habéis -dado a entender... Bueno, ¿y qué? - ---Que he venido a Salamanca para apoderarme de ella y restituirla a su -familia, empresa en la cual espero que me ayudarás. - ---Si ha sido robada, ¿por qué esa familia, que es tan poderosa, no se -ha quejado al rey José? - ---Porque esa familia no quiere pedir nada al rey José. Eres más -preguntón que un fiscal, y yo no puedo sufrirte más --grité sin poder -contener mi impaciencia y enojo--. ¿Me sirves, sí o no? - -Jean-Jean, viendo mi actitud resuelta, vaciló un momento, y después me -dijo: - ---¿Qué tengo que hacer? ¿Llevaros a la calle del Cáliz, donde está la -casa de Santorcaz; entrar, acogotarle y coger en brazos a la princesa -encantada? - ---Eso sería muy peligroso. Yo no puedo hacer eso sin ponerme antes -de acuerdo con ella, para que prepare su evasión con prudencia y sin -escándalo. ¿Puedes tú entrar en la casa? - ---No muy fácilmente, porque el Sr. Santorcaz tiene costumbres de -anacoreta, y no gusta de visitas; pero conozco a Ramoncilla, una de -las dos criadas que le sirven, y podría introducirme en caso de gran -interés. - ---Pues bien: yo escribo dos palabras, haces que lleguen a manos de la -señorita Inés, y una vez que esté prevenida... - ---Ya os entiendo, tunante --dijo con malicia de zorro y burlándose de -mí--. Queréis que me quite de vuestra presencia para escaparos. - ---¿Todavía dudas de mi sinceridad? Atiende a lo que escribo con lápiz -en este papel. - -Apoyando un pedazo de papel en la pared, escribí lo siguiente, que por -encima de mi hombro leía Jean-Jean: - - «Confía en el portador de este escrito, que es un amigo mío y de tu - mamá la condesa de ***, y al cual señalarás el sitio y hora en que - puedo verte, pues habiendo venido a Salamanca decidido a salvarte, no - saldré de aquí sin ti.--_Gabriel._» - ---¿Nada más que esto? --dijo tomando el papel y observándolo con la -atención profunda del anticuario que quiere descifrar una inscripción -oscura. - ---Concluyamos. Tú llevas ese papel; procura entregarlo a la señorita -Inés, y si me traes en el dorso del mismo una sola letra suya, aunque -sea trazada con la uña, te entregaré los seis doblones que llevo aquí, -dejando para recompensar servicios de más importancia lo que guardé en -el mesón. - ---¡Sí, bonito negocio! --dijo el francés con desdén--. Yo voy a la -calle del Cáliz, y en cuanto me aleje, vos, que no deseáis sino -perderme de vista, echáis a correr, y... - ---Iremos juntos y te esperaré en la puerta. - ---Es lo mismo, porque si subo y os dejo fuera... - ---¡Desconfías de mí, miserable! --exclamé inflamado por la indignación, -que se mostró de un modo terrible en mi voz y en mi gesto. - ---Sí, desconfío... En fin, voy a proponeros una cosa, que me dará -garantía contra vos. Mientras voy a la calle del Cáliz, os dejaré -encerrado en paraje muy seguro, del cual es imposible escapar. Cuando -vuelva de mi comisión, os sacaré y me daréis el dinero. - -La ira se desbordaba en mí; mas viendo que era imposible escapar del -poder de tan vil enemigo, acepté lo que se me proponía, reconociendo -que entre morir y ser encerrado durante un espacio de tiempo que no -podía ser largo; entre la denuncia como espía y una retención pasajera, -la elección no era dudosa. - ---Vamos --le dije con desprecio--, llévame a donde quieras. - -Sin hablar más, Jean-Jean marchó a mi lado y volvimos a penetrar en -aquel laberinto de ruinas, de edificios medio demolidos y revueltos -escombros donde empezaban las fortificaciones. Vimos primero alguna -gente en nuestro camino, y después la multitud que iba y venía, y -trabajaba en los parapetos, amontonando tierra y piedras, es decir, -fabricando la guerra con los restos de la religión. Ambos, silenciosos, -llegamos a un pórtico vasto, que parecía ser de convento o colegio, y -nos dirigimos a un claustro, donde vi hasta dos docenas de soldados, -que tendidos por el suelo jugaban y reían con bullicio, gente feliz -en medio de aquella nacionalidad destruida, pobres jóvenes sencillos, -ignorantes de las causas que les habían movido a convertir en polvo la -obra de los siglos. - ---Este es el convento de la Merced Calzada --me dijo Jean-Jean--. No se -ha podido acabar de demoler porque había mucha faena por otro lado. En -lo que queda nos acuartelamos doscientos hombres. ¡Buen alojamiento! -Benditos sean los frailes. _¡Charles le temeraire!_ --gritó después -llamando a uno de los soldados que estaban en el corro. - ---¿Qué hay? --dijo adelantándose un soldado pequeño y gordinflón--. ¿A -quién traes contigo? - ---¿Dónde está mi primo? - ---Por ahí anda. _¡Pied-de-mouton!_ - -Presentose al poco rato un sargento bastante parecido a mi acompañante -maldito, y este le dijo: - ---_Pied-de-mouton_, dame la llave de la torre. - - - - -XVIII - - -Un instante después, Jean-Jean entraba conmigo en un aposento que no -era ni oscuro ni húmedo, como suelen ser los destinados a encerrar -prisioneros. - ---Permitidme, _señor pequeño Marqués_ --me dijo con burlona cortesía--, -que os encierre aquí mientras voy a la calle del Cáliz. Si me dais -antes de partir los doblones prometidos, os dejaré libre. - ---No --repuse con desprecio--. Para tener la recompensa sin el -servicio, necesitas matarme, vil. Inténtalo y me defenderé como pueda. - ---Pues quedaos aquí. No tardaré en volver. - -Marchose, cerrando por fuera la puerta, que era gruesísima. Al verme -solo, toqué los muros, cuyo espesor de dos varas anunciaba una solidez -de construcción a prueba de terremotos... ¡Triste situación la mía! -Cerca del mediodía, y antes de que pudiera adquirir todos los datos que -mi general deseaba, encontrábame prisionero, imposibilitado de recorrer -solo y a mis anchas la población. Hablando en plata, Dios no me había -favorecido gran cosa, y a tales horas, poco sabía yo y nada había hecho. - -Senteme fatigado; alcé la cabeza para explorar lo que había encima, y -vi una escalera que, arrancando del suelo, seguía doblándose en los -ángulos y arrollándose hasta perderse en alturas que no distinguía -claramente mi vista. Los negros tramos de madera subían por el -prisma interior, articulándose en las esquinas como una culebra con -coyunturas, y las últimas vueltas perdíanse arriba en la alta región -de las campanas. Una luz vivísima, entrando por las rasgadas ventanas -sin vidrios, iluminaba aquel largo tubo vertical en cuya parte inferior -me encontraba. Atracción poderosa llamábame hacia arriba, y subí -corriendo. Más que subir, aquella veloz carrera mía fue como si me -arrojara en un pozo vuelto del revés. - -Saltando los escalones de dos en dos, llegué a un piso donde varios -aparatos destruidos me indicaron que allí había existido un reloj. Por -fuera, una flecha negra que estuvo dando vueltas durante tres siglos, -señalaba con irónica inmovilidad una hora que no había de correr -más. Por todas partes pendían cuerdas; pero no había campanas. Era -aquello el cadáver de una cristiana torre, mudo e inerte como todos -los cadáveres. El reloj había cesado de latir marcando la oscilación -de la vida, y las lenguas de bronce habían sido arrancadas de aquellas -gargantas de tierra que por tanto tiempo clamaran en los espacios, -saludando el alba naciente, ensalzando al Señor en sus grandes días, -y pidiendo una oración para los muertos. Seguí subiendo, y en lo más -alto, dos ventanas, dos enormes ojos miraban atónitos el vasto cielo y -la ciudad y el país, como miran los espantados ojos de los muertos, sin -brillo y sin luz. Al asomarme a aquellas cavidades, lancé un grito de -júbilo. - -Debajo de mi vista se desarrollaba un mapa de gran parte de la ciudad y -sus contornos, su río y su campiña. - -Un viento suave mugía en la bóveda de la torre solitaria, articulando -en aquel cráneo vacío sílabas misteriosas. Figurábaseme que la mole se -tambaleaba como una palmera, amenazando caer antes que las piquetas de -los franceses la destruyeran piedra a piedra. A veces me parecía que -se elevaba más, más todavía, y que la ciudad ilustre, la insigne _Roma -la chica_, se desvanecía allá abajo, perdiéndose entre las brumas de la -tierra. Vi otras torres, los tejados, las calles, la majestuosa masa -de las dos catedrales, multitud de iglesias de diferentes formas, que -habían tenido el privilegio de sobrevivir; innumerables ruinas, donde -centenares de hombres, parecidos a hormigas que arrastran granos de -trigo, corrían y se mezclaban; vi el Tormes, que se perdía en anchas -curvas hacia poniente, dejando a su derecha la ciudad y faldeando los -verdes campos del Zurguen por la otra orilla; vi las plataformas, -las escarpas y contraescarpas, los revellines, las cortinas, las -troneras, los cañones, los muros aspillerados, los parapetos hechos con -columnatas de los templos, los espaldones amasados con el polvo y la -tierra que fueron huesos y carne de venerables monjas y frailes; vi los -cañones enfilados hacia afuera, los morteros, el foso, las zanjas, los -sacos de tierra, los montones de balas, los parques al aire libre... -¡Oh, Dios poderoso, me diste más de lo que yo pedía! Vagaba por la -ciudad imposibilitado de cumplir con mi deber, amenazado de muerte, -expuesto a mil peligros, vendido, perdido, condenado, sin poder ver, -sin poder mirar, sin poder escuchar, sin poder adquirir idea exacta -ni aun confusa de lo que me rodeaba, hasta que un brazo de piedra, -recogiéndome de entre las ruinas del suelo, alzome en los aires para -que todo lo viese. - ---¡Bendito sea el Señor omnipotente y misericordioso! --exclamé--. -Después de esto, no necesito más que ojos, y afortunadamente los tengo. - -La torre de la Merced tenía suficiente elevación para observar todo -desde ella. Casi a sus pies estaba el Colegio del Rey; seguía San -Cayetano; después, en dirección al ocaso, el Colegio mayor de Cuenca, -y, por último, los Benitos; en la elevación de enfrente vi una masa de -edificios arruinados, cuyos nombres no conocía, pero cuyas murallas se -podían determinar perfectamente, con las piezas de artillería que las -guarnecían. Volviéndome al lado opuesto, vi lo que llamaban Teso de San -Nicolás, los Mostenses, el Monte Olivete, y entre estas posiciones y -aquellas, el foso y los caminos cubiertos que bajaban al puente. - -Desde la puerta de San Vicente, donde estaba el revellín con los -cuatro cañones giratorios de que habló Molichard, partía un foso que -se enlazaba con los Milagros. En la parte anterior y superior del -foso había una línea de aspilleras sostenida por fuerte estacada. -Todo el edificio de San Vicente estaba aspillerado, y sus fuegos -podían dirigirse al interior de la ciudad y al campo. San Cayetano -era imponente. Demolido casi por completo, habían formado espacioso -terraplén con baterías de todos calibres, y sus fuegos podían barrer la -plazuela del Rey, el puente y la explanada del Hospicio. - -Aunque el recelo de que mi carcelero volviese pronto me obligó a -trazar con mucha precipitación el dibujo que deseaba, este no salió -mal, y en él representé imperfectamente, pero con mucha claridad, lo -mucho y bueno que veía. Hícelo ocultándome tras el antepecho de la -torre, y aunque la proyección geométrica dejaba algo que desear como -obra de ciencia, no olvidé detalle alguno, indicando el número de -cañones con precisión escrupulosa. Terminado mi trabajo, guardelo muy -cuidadosamente, y bajé hasta la entrada de la torre. Echándome sobre -el primer escalón, aguardé al Sr. Jean-Jean con intento de fingir que -dormía cuando él llegase. - -Tardó bastante tiempo, poniéndome en cuidado y zozobra; mas al fin -apareció, y le recibí haciendo como que me despertaba de largo y -sabroso sueño. La expresión de su rostro pareciome de feliz augurio. -Dios había empezado a protegerme, y hubiera sido crueldad divina torcer -mi camino en aquella hora cuando tan fácil y transitable se presentaba -delante de mí, llevándome derechamente a la buena fortuna. - ---Podéis seguirme --dijo Jean-Jean--. He visto a vuestra adorada. - ---¿Y qué? --pregunté con la mayor ansiedad. - ---Me parece que os ama, señor Marqués --dijo en tono de lisonja y -sonriendo con el servilismo propio de quien todo lo hace por dinero--. -Cuando le di vuestro billete, se quedó más blanca que el papel en que -lo escribisteis... El Sr. Santorcaz, que está muy enfermo, dormía. -Yo llamé a Ramoncilla, le prometí un doblón si hacía venir a la niña -delante de mí para darle el billete; pero ¡cosa imposible! La niña -está encerrada, y el amo, cuando duerme, guarda la llave debajo de la -almohada... Insistí, prometiendo dos doblones... Entró la muchacha, -hizo señas, apareció por un ventanillo una hermosísima figura que -alargó la mano... Subime a un tonel... no era bastante, y puse sobre -el tonel una silla... ¡Oh, señor Marqués! Después de leer el papel, me -dijo que fueseis al momento, y luego, como le indicase que necesitábais -ver dos letras suyas para creerme, trazó con un pedazo de carbón -esto que aquí veis... Si he ganado bien mis seis doblones --añadió -lisonjeándome con una de esas cortesías que solo saben hacer los -franceses--, vuecencia lo dirá. - -El pícaro había cambiado por completo en gesto y modales para conmigo. -Tomé el papel y decía «_Ven al instante_», trazado en caracteres -que reconocí al momento. Los garabatos con que los ángeles deben de -escribir en el libro de ingresos del cielo el nombre de los elegidos, -no me hubieran alegrado más. - -Sin hacerme repetir la súplica indirecta, pagué a Jean-Jean. - -Salimos a toda prisa de la torre, atalaya de mi espionaje, y luego del -claustro y convento arruinado; enderezando nuestros pasos por calles y -callejuelas, pasamos por delante de la Catedral, y luego nos internamos -de nuevo por varias angostas vías, hasta que al fin parose Jean-Jean y -dijo: - ---Aquí es. Entremos despacito, aunque sin miedo, porque nadie nos -estorba llegar hasta el patio. Ramoncilla nos dejará pasar. Después -Dios dirá. - -Atravesamos el portal oscuro, y empujando una puerta divisamos un -patio estrecho y húmedo, donde se nos apareció Ramoncilla, la cual -gravemente hizo señas de que no metiésemos ruido, y luego inclinó su -cabeza sobre la palma de la mano, para indicar sin duda que el señor -seguía durmiendo. Avanzamos paso a paso, y Jean-Jean, sin abandonar su -sonrisa de lisonja, señalome una estrecha ventana que se abría en uno -de los muros del patio. Miré, pero nadie asomó por ella. Mi emoción era -tan grande que me faltaba el aliento, y dirigía con extravío los ojos a -todos lados como quien ve fantasmas. - -Sentí un ruido extraño, rumor como el de las alas de un insecto cuando -surca el aire junto a nuestra cabeza, o el roce de una sutil tela con -otra. Alcé la vista y la vi: vi a Inés en la ventana, sosteniendo la -cortina con la mano izquierda, fijo en la boca el índice de la derecha -para imponerme silencio. Su semblante expresaba un temor semejante al -que nos sobrecoge cuando nos vemos al borde de un hondo precipicio sin -poder detener ya la gravitación que nos empuja hacia él. Estaba pálida -como la muerte, y el mirar de sus espantados ojos me volvía loco. - -Vi una escalera a mi derecha, y me precipité por ella; pero la criada y -el francés dijéronme, más con signos que con palabras, que subiendo por -allí no podía entrar. Moví los brazos ordenando a Inés que bajase; pero -hizo ella signos negativos que me desesperaron más. - ---¿Por dónde subo? --pregunté. - -La infeliz llevose ambas manos a la cabeza, lloró, y repitió su -negativa. Luego parecía quererme decir que esperase. - ---Subiré --dije al francés, buscando algún objeto que disminuyese la -distancia. - -Pero Jean-Jean, oficioso y solícito, como quien ha recibido seis -doblones, había ya rodado el tonel que en un ángulo del patio estaba y -puéstolo bajo la ventana. Aquel auxilio era pequeño, pues aún faltaba -gran trecho sin apoyo ni asidero alguno. Yo devoraba con los ojos la -pared, o más que pared, inaccesible montaña, cuando Jean-Jean, rápido, -diligente y risueño, subió al tonel señalándome sus robustos hombros. -Comprender su idea y utilizarla fue obra del mismo momento, y trepando -por aquella escalera de carne francesa, así con mis trémulas manos el -antepecho de la ventana. Estaba arriba. - - - - -XIX - - -Encontreme frente a Inés, que me miraba, confundiendo en sus ojos la -expresión de dos sentimientos muy distintos: la alegría y el terror. -No se atrevía a hablarme; puso violentamente su mano en mi boca cuando -quise articular la primera palabra; inundó de lágrimas ardientes mi -pecho, y luego, indicándome con movimientos de inquietud que yo no -podía estar allí, me dijo: - ---¿Y mi madre? - ---Buena... ¿qué digo buena?... medio muerta por tu ausencia... ven al -instante... Estás en mi poder... ¿Lloras de alegría? - -La estreché con vehemente cariño en mis brazos, y repetí: - ---¡Sígueme al momento... pobrecita!... Te ahogas aquí... ¡tanto tiempo -buscándote!... ¡Huyamos, vida y corazón mío! - -La noticia de mi próxima muerte no me hubiera producido tanto dolor -como las palabras de Inés cuando, temblando en mis brazos, me dijo: - ---Márchate tú. Yo no. - -Separeme de ella, y la miré como se mira un misterio que espanta. - ---¿Y mi madre? --repitió ella. - -Su voz débil y quejumbrosa apenas se oía. Resonaba tan solo en mi alma. - ---Tu madre te aguarda. ¿Ves esta carta? Es suya. - -Arrebatándome la carta de las manos, la cubrió de besos y lágrimas, -y se la guardó en el seno. Luego, con rapidez suma, se apartó de mí, -señalándome con insistencia el patio. - -El espíritu que va consentido al cielo y encuentra en la puerta a San -Pedro, que le dice: «Buen amigo, no es este vuestro destino: tomad por -aquella senda de la izquierda»; ese espíritu que equivoca el camino, -porque ha equivocado su suerte, no se quedará tan absorto como me -quedé yo. - -En mi alma se confundían y luchaban también sentimientos diversos: -primero una inmensa alegría, después la zozobra; mas sobre todos -dominaron la rabia y el despecho, cuando vi que aquella criatura tan -amada, a quien yo quería devolver la libertad, me despedía sin que se -pudiera traslucir el motivo. ¡Era para volverse loco! ¡Encontrarla -después de tantos afanes, entrever la posibilidad de sacarla de allí -para devolverla a su angustiada madre, a la sociedad, a la vida; -recobrar el perdido tesoro del corazón, tomarlo en la mano y sentir -rechazada esta mano!... - ---¡Ahora mismo vas a salir de aquí conmigo! --dije sin bajar la voz y -estrechando tan inertemente su brazo que, a causa del dolor, no pudo -reprimir un ligero grito. - -Arrojose a mis plantas, y tres veces, tres veces, señores, con acento -que heló la sangre en mis venas, repitió: - ---No puedo. - ---¿No me mandaste que viniera? --dije, recordando el papel escrito con -carbón. - -Tomó de una mesa un largo pliego escrito recientemente, y dándomelo, me -dijo: - ---Toma esa carta, vete y haz lo que te digo en ella. Te veré otro día -por esta ventana. - ---No quiero --grité, haciendo pedazos el papel--. No me voy sin ti. - -Me asomé por la ventana y vi que Jean-Jean y Ramoncilla habían -desaparecido. Inés se arrodilló de nuevo ante mí. - ---¡La llave, trae pronto la llave! --dije bruscamente--. Levántate del -suelo... ¿oyes? - ---No puedo salir --murmuró--. Vete al momento. - -Sus grandes ojos, abiertos con espanto, me expulsaban de la casa. - ---¡Estás loca! --exclamé--. Dime «Muere», pero no digas «Vete...» Ese -hombre te impide salir conmigo; tiene tanto poder sobre ti, que te hace -olvidar a tu madre y a mí, que soy tu hermano, tu esposo; ¡a mí, que he -recorrido media España buscándote, y cien veces he pedido a Dios que -tomara mi vida en cambio de tu libertad!... ¿Te niegas a seguirme?... -Dime dónde está ese verdugo, porque quiero matarle: no he venido más -que a eso. - -Su turbación hizo expirar las palabras en mi garganta. Estrechó -amorosamente mi mano y con voz angustiosa que apenas se oía, me dijo: - ---Si me quieres todavía, márchate. - -Mi furor iba a estallar de nuevo con mayor violencia, cuando un acento -lejano, un eco que llegaba hasta nosotros debilitado por la distancia, -clamó repetidas veces: - ---Inés, Inés. - -Una campanilla sonó al mismo tiempo con discorde vibración. - -Levantose ella despavorida; trató de componer su rostro y cabello -secando las lágrimas de sus ojos; vino hacia mí poniendo en la mirada -toda su alma para decirme que callase, que estuviese quieto, que la -obedeciese retirándome, y partió velozmente por un largo pasadizo que -se abría en el fondo de la habitación. - -Sin vacilar un instante, la seguí. En la oscuridad, servíanme de guía -su forma blanca que se deslizaba entre las dos negras paredes, y el -ruido de su vestido al rozar contra una y otra en la precipitada -marcha. Entró en una habitación espaciosa y bien iluminada, en donde -entré también. Era su dormitorio, y al primer golpe de vista advertí -la agradable decencia y pulcritud de aquella estancia, amueblada con -arte y esmero. El lecho, las sillas, la cómoda, las láminas, la fina -estera de colores, los jarros de flores, el tocador, todo era bonito y -escogido. - -Cuando puse mis pies en la alcoba, ella, que iba mucho más a prisa -que yo, había pasado a otra pieza contigua por una puerta vidriera, -cuya luz cubrían cortinas blancas de indiana con ramos azules. Allí -me detuve y la vi avanzar hacia el fondo de una vasta estancia medio -oscura, en cuyo recinto resonaba la voz de Santorcaz. El rencor me hizo -reconocerle en la penumbra de la ancha cuadra, y distinguí la persona -del miserable, doloridamente recostada en un sillón, con las piernas -extendidas sobre un taburete y rodeado de almohadas y cojines. - -También pude ver que la forma blanca de Inés se acercaba al sillón: -durante corto rato ambos bultos estuvieron confundidos y enlazados, -y sentí el estallido de amorosos besos que imprimían los labios del -hombre sobre las mejillas de la mujer. - ---Abre, abre esas maderas, que está muy oscuro el cuarto --dijo -Santorcaz-- y no puedo verte bien. - -Inés lo hizo así, y la copiosa y rica luz del mediodía iluminó la -estancia. Mis ojos la escudriñaron en un segundo, observando todo, -personajes y escena. A Santorcaz, con la barba crecida y casi -enteramente blanca, el rostro amarillo, hundidos los ojos de fuego, -surcada de arrugas la hermosa y vasta frente, huesosas las manos, -fatigado el aliento, no le hubiera conocido otro que yo, porque -tenía grabadas en la mente sus facciones con la claridad del rostro -aborrecido. Estaba viejo, muy viejo. La pieza contenía armas puestas en -bellas panoplias, algunos muebles antiguos de gastado entalle, muchos -libros, diversos armarios, arcones, un lecho cuyo dosel sostenían -torneadas columnas, y un ancho velador lleno de papeles en confusión -revueltos. - -Inés se juntó al hombre a quien por su vejez prematura puedo llamar -anciano. - ---¿Por qué has tardado en venir? --dijo Santorcaz con acento dulce y -cariñoso, que me causó gran sorpresa. - ---Estaba leyendo aquel libro... aquel libro... ya sabes --dijo la -muchacha con turbación. - -El anciano, tomando la mano de Inés, la llevó a sus labios con inefable -amor. - ---Cuando mis dolores --prosiguió-- me permiten algún reposo y duermo, -hija mía, en el sueño me atormenta una pena angustiosa: me parece que -te vas y me dejas solo, que te vas huyendo de mí. Quiero llamarte y -no puedo proferir voz alguna; quiero levantarme para seguirte, y mi -cuerpo, convertido en estatua de hierro, no me obedece... - -Callando un momento para reposar su habla fatigosa, prosiguió luego así: - ---Hace un instante dormía con sueño indeciso. Me parecía que estaba -despierto. Sentí voces en la habitación que da al patio; te vi -dispuesta a huir; quise gritar; un peso horroroso, una montaña, oprimía -mi pecho... todavía moja mi frente el sudor frío de aquella angustia... -Al despertar, eché de ver que todo era una nueva repetición del mismo -sueño que me atormenta todas las noches... Di, ¿me abandonarás? -¿abandonarás a este pobre enfermo, a este hombre ayer joven, hoy -anciano y casi moribundo, que te ha hecho algún daño, lo confieso, pero -que te ama, te adora como no suelen amar los hombres a sus semejantes, -sino como se adora a Dios o a los ángeles? ¿Me abandonarás, me dejarás -solo?... - ---No --dijo Inés. - -Aquel monosílabo apenas llegó hasta mí. - ---¿Y me perdonas el mal que te he hecho, la libertad que te he quitado? -¿Olvidas las grandezas vanas y falaces que has perdido por mí?... - ---Sí --contestó la muchacha. - ---Pero no me amarás nunca como yo te amo. La prevención, el horror -que te inspiré en los primeros días, no podrá borrarse de tu corazón, -y esto me desespera. Todos mis esfuerzos para complacerte, mi empeño -en hacerte agradable esta vida, el bienestar tranquilo que te he -proporcionado, todo es inútil... La odiosa imagen del ladrón no te -dejará ver en mí la venerable faz del padre. ¿No estás aún convencida -de que soy un hombre bueno, honrado, leal, cariñoso, y no un monstruo -abominable, como creen algunos necios? - -Inés no contestó. La observé dirigiendo inquietas miradas a los vidrios -tras los cuales yo me ocultaba. - ---Si por algo temo la muerte es por ti --continuó el anciano--. ¡Oh! si -pudiera llevarte conmigo sin quitarte la vida... Pero ¿quién asegura -que moriré...? No, mi enfermedad no es mortal... Viviré muchos años -a tu lado, mirándote y bendiciéndote, porque has llenado el vacío de -mi existencia. ¡Bendito sea el _Ser Supremo_! Viviré, viviremos, hija -mía: yo te prometo que serás feliz... ¿Pero no lo eres ahora? ¿Qué te -falta...? ¿No me respondes...? Estás aterrada, te causo miedo... - -El anciano calló un momento, y durante breve rato no se oyó en la -habitación más que el batir de las tenues alas de una mosca que se -sacudía contra los cristales, engañada por la transparencia de estos. - ---¡Dios mío! --exclamó él con amargura--. ¿Seré yo tan criminal -como dicen? ¿Lo crees tú así? Dímelo con franqueza... ¿Me juzgas un -malvado? Hay en mi vida hechos extraños, hija mía, ya lo sabes; pero -todo se explica y se justifica en este mundo... ¿Qué razón hay para -que te posea tu madre, que durante tanto tiempo te tuvo abandonada -pudiendo recogerte, y no te posea yo, que te amo, por lo menos, tanto -como ella? No, que te amo más, muchísimo más, porque en la condesa -pudo siempre el orgullo más que la maternidad, y jamás te llamó hija. -A su lado te tenía como un juguete precioso o fútil pasatiempo. Hija -mía, la holgazanería, la corrupción y la vanidad de esos grandes, tan -despreciables por su carácter, no tienen límites. Aborrece a esa gente; -convéncete de la superioridad que tienes sobre ellos por la nobleza de -tu alma; no les hagas el honor de ocupar tu entendimiento con una idea -relativa a su vil orgullo. Haz tus alegrías con sus tormentos, y espera -con deleite el día en que todos ellos caigan en el lodo. Apacienta tu -fantasía con el espectáculo de reparación y justicia de esa gran caída -que les espera, y acostúmbrate a no tener lástima de los explotadores -del linaje humano, que han hecho todo lo posible para que el pueblo -baile sobre sus cuerpos, después de muertos... ¿Pero estás llorando, -Inés...? Siempre dices que no entiendes esto. No puedo borrar de tu -alma el recuerdo de otros días... - -Inés no contestó nada. - ---Ya... --dijo Santorcaz con amarga ironía, después de breve pausa--. -La señorita no puede vivir sin carroza, sin palacio, sin lacayos, -sin fiestas y sin pavonearse como las cortesanas corrompidas en los -palacios de los reyes... Un hombre del _estado llano_ no puede dar esto -a una señorita, y la señorita desprecia a su padre. - -La voz de Santorcaz tomó un acento duro y reprensivo. - ---Quizás esperes volver allá... --añadió--. Quizás trames algún plan -contra mí... ¡Ah, ingrata: si me abandonas, si tu corazón se deja -sobornar por otros amores, si menosprecias el cariño inmenso, infinito, -de este desgraciado...! Inés, dame la mano: ¿por qué lloras...? Vamos, -vamos, basta de gazmoñerías... Las mujeres son mimosas y antojadizas... -Vamos, hijita, ya sabes que no quiero lágrimas. Inés, quiero un rostro -alegre, una conformidad tranquila, un ademán satisfecho... - -El anciano besó a su hija en la frente, y después dijo: - ---Acerca una mesa, que quiero escribir. - -No pudiendo contenerme más, empujé las vidrieras para penetrar en la -habitación. - - - - -XX - - ---¡Un hombre, un ladrón! --exclamó Santorcaz. - ---El ladrón eres tú --afirmé adelantando con resolución. - ---¡Oh! Te conozco, te conozco... --gritó el anciano levantándose no sin -trabajo de su asiento, y arrojando a un lado almohadas y cojines. - -Inés al verme lanzó un grito agudísimo, y abrazó a su padre diciendo: - ---No le hagas daño; se marchará. - ---Necio --gritó él--. ¿Qué buscas aquí? ¿Cómo has entrado? - ---¿Qué busco? ¿Me lo preguntas, malvado? --exclamé poniendo todo mi -rencor en mis palabras--. Vengo a quitarte lo que no es tuyo. No temas -por tu miserable vida, porque no me ensañaré en ese infeliz cuerpo, a -quien Dios ha dado el merecido infierno con anticipación; pero no me -provoques ni detengas un momento más lo que no te pertenece, reptil, -porque te aplasto. - -Al mirarme, los ojos de Santorcaz envenenaban y quemaban. ¡Tanta -ponzoña y tanto fuego había en ellos! - ---Te esperaba... --gritó--. Sirves a mis enemigos. Hijo del pueblo que -comes las sobras de la mesa de los grandes, sabe que te desprecio. -Enfermo e inválido estoy; mas no te temo. Tu vil condición y el -embrutecimiento que da la servidumbre, te impulsarán a descargar sobre -mí la infame mano con que cargas la litera de los nobles. Desprecio tus -palabras. Tu lengua que adula a los poderosos e insulta a los débiles, -solo sirve para barrer el polvo de los palacios. Insúltame o mátame; -pero mi adorada hija, mi hija, que lleva en sus venas la sangre de un -mártir del despotismo, no te seguirá fuera de aquí. - ---Vamos --grité a Inés ordenándole imperiosamente que me siguiera, y -despreciando aquel gárrulo estilo revolucionario que tan en boga estaba -entonces entre afrancesados y masones--. Vamos fuera de aquí. - -Inés no se movía. Parecía la estatua de la indecisión. Santorcaz, -gozoso de su triunfo, exclamó: - ---¡Lacayo, lacayo! Di a tus indignos señores que no sirves para el caso. - -Al oír esto, una nube de sangre cubrió mis ojos; sentí llamas ardientes -dentro de mi pecho, y abalanceme hacia aquel hombre. El rayo, al caer, -debe sentir lo que yo sentí. Alargó su brazo para coger una pistola -que en la cercana mesa había, y al dirigirla contra mi pecho, Inés -se interpuso tan violentamente, que si dispara, hubiérala muerto sin -remedio. - ---¡No le mates, padre! --gritó. - -Aquel grito; el aspecto del anciano enfermo, que arrojó el arma lejos -de sí, renunciando a defenderse, me sobrecogieron de tal modo, que -quedé mudo, helado y sin movimiento. - ---Dile que nos deje en paz --murmuró el enfermo abrazando a su hija--. -Sé que conoces hace tiempo a ese desgraciado. - -La muchacha ocultó en el pecho del padre su rostro lleno de lágrimas. - ---Joven sin corazón --me dijo Santorcaz con voz trémula--, márchate: -no me inspiras ni odio ni afecto. Si mi hija quiere abandonarme y -seguirte, llévatela. - -Clavó en su hija los ojos ardientes, apretando con su mano huesosa, no -menos dura y fuerte que una garra, el brazo de la infeliz joven. - ---¿Quieres huir de mi lado y marcharte con ese mancebo? --añadió -soltándola y empujándola suavemente lejos de sí. - -Di algunos pasos hacia adelante para tomar la mano de Inés. - ---Vamos --le dije--. Tu madre te espera. Estás libre, querida mía, y se -acabaron para ti el encierro y los martirios de esta casa, que es un -sepulcro habitado por un loco. - ---No, no puedo salir --me dijo Inés corriendo al lado del anciano, que -le echó los brazos al cuello y la besó con ternura. - ---Bien, señora --dije con un despecho tal, que me sentí impulsado a no -sé qué execrables violencias--. Saldré. Nunca más me verá usted; nunca -más verá usted a su madre. - ---Bien sabía yo que no eras capaz de la infamia de abandonarme ---exclamó el anciano llorando de júbilo. - -Inés me lanzó una mirada encendida y profunda, en la cual sus negras -pupilas, al través de las lágrimas, dijéronme no sé qué misterios; -manifestáronme no sé qué enigmáticos pensamientos que en la turbación -de aquel instante no pude entender. Ella quiso sin duda decirme mucho; -pero yo no comprendí nada. El despecho me ahogaba. - ---Gabriel --dijo el anciano recobrando la serenidad--, aquí no haces -falta. Ya has oído que te marches. Supongo que habrás traído escala -de cuerda; mas para que bajes seguro, toma la llave que hay sobre esa -mesa, abre la puerta que hay en el pasillo, y por la escalera que veas -baja al patio. Te ruego que dejes la llave en la puerta. - -Viendo mi indecisión y perplejidad, añadió con punzante y cruel ironía: - ---Si puedo serte útil en Salamanca, dímelo con franqueza. ¿Necesitas -algo? Parece que no has comido hoy, pobrecito. Tu rostro indica -vigilias, privaciones, trabajos, hambre... En la casa del hombre del -_estado llano_ no falta un pedazo de pan para los pobres que vienen a -la puerta. ¿Sucede lo mismo en casa de los nobles? - -Inés me miró con tanta compasión, que yo la sentí por ella, pues no se -me ocultaba que padecía horriblemente. - ---Gracias --respondí con sequedad--, no necesito nada. El pedazo de pan -que he venido a buscar no ha caído en mi mano; pero volveré por él... -Adiós. - -Y tomando la llave, salí bruscamente de la estancia, de la escalera, -del patio, de la horrible casa; pero padre, hija, estancia, patio y -casa, todo lo llevaba dentro de mí. - - - - -XXI - - -Cuando me encontré en la calle traté de reflexionar, para que la razón, -enfriando mi sofocante ira, iluminara un poco mi entendimiento sobre -aquel inesperado suceso; pero en mí no había más que pasión, una cólera -salvaje que me hacía estúpido. Fuera ya de la escena, lejos ya de -los personajes, traté de recordar palabra por palabra todo lo dicho -allí; traté de recordar también la expresión de las fisonomías, para -escudriñar antecedentes, indagar causas y secretos. Estos no pueden -salir desde el fondo de las almas a la superficie de los apasionados -discursos en un diálogo vivo entre personas que con ardor se aman o se -odian. - -A veces sentía no haber estrangulado a aquel hombre envejecido por las -pasiones; a veces sentía hacia él inexplicable compasión. La conducta -de Inés, tan desfavorable para mi amor propio, infundíame a ratos -una ira violenta, ira de amante despreciado, y a ratos un estupor -secreto, con algo de la instintiva admiración que producen los grandes -espectáculos de la Naturaleza cuando está uno cerca de ellos, cuando -sabe uno que los va a ver, pero no los ha visto todavía. - -Mi cerebro estaba lleno con la anterior entrevista. Pasaba el tiempo, -pasaba yo maquinalmente de un sitio a otro, y aún los tenía a los dos -ante la vista: a ella afligida y espantada, queriendo ser buena conmigo -y con su padre; a Santorcaz furioso, irónico, díscolo e insultante -conmigo, tierno y amoroso con ella. Observando bien a Inés, ahondando -en aquel dolor suyo y en aquella su dulce simpatía por la miseria -humana, no había realmente nada de nuevo. En él, sí: mucho. - -Yo traía el pasado y lo ponía delante; registraba toda aquella parte -de mi vida que tuviera relación con ambos personajes. Finalmente, hice -respecto a mi propio pensar y sentir en aquella ocasión un raciocinio -que iluminó un poco mi espíritu. - -«Largo tiempo, y hoy mismo al encontrarme frente a él --dije--, he -considerado a ese hombre como un malvado, y no he considerado que es un -padre.» - -Sin duda me había acostumbrado a ver aquel asunto desde un punto de -vista que no era el más conveniente. - -Así pensando y sintiendo, con el cerebro lleno, el corazón henchido, -proyectando en redor mío mi agitado interior, lo cual me hacía ver de -un modo extraño lo que me rodeaba; sin vivir más que para mí mismo, -olvidado en absoluto de lo que a Salamanca me llevara, discurrí por -varias calles que no conocía. - -De improvisto ante mi cara apareció una cara. La vi con la indiferencia -que inspira un figurón pintado, y tardé mucho tiempo en llegar -al convencimiento de que yo conocía aquel rostro. En las grandes -abstracciones del alma, el despertar es lento y va precedido de una -serie de raciocinios en que aquella disputa con los sentidos sobre si -reconoce o no lo que tiene delante. Yo razoné al fin, y dije para mí: - -«Conozco estos ojuelos de ratón que delante tengo.» - -Recobrando poco a poco mi facultad de percepción, hablé conmigo de este -modo: - -«Yo he visto en alguna parte esta nariz insolente y esta boca infernal, -que se abre hasta las orejas para reír con desvergüenza y descaro.» - -Dos manos pesadas cayeron sobre mis hombros. - ---Déjame seguir, borracho --exclamé empujando al importuno, que no era -otro que Tourlourou. - ---_¡Satané farceur!_ --gritó Molichard, que acompañaba, por mi -desgracia, al otro--. Venid al cuartel. - ---_Drôle de pistolet_... venid --dijo Tourlourou riendo -diabólicamente--. Caballero Cipérez, el coronel Desmarets os aguarda... - ---_¡Ventre de biche!_... os escapasteis cuando ibais a ser encerrado. - ---Y sacasteis la navaja para asesinarnos. - ---_Monseigneur_ Cipérez, _vous serez coffré et niché_. - -Intenté defenderme de aquellos salvajes; pero me fue imposible, pues -aunque borrachos, juntos tenían más fuerza que yo. Al mismo tiempo, -como la escena en la casa de Santorcaz embargaba de un modo lastimoso -mis facultades intelectuales, no me ocurrió ardid ni artificio alguno -que me sacase de aquel nuevo conflicto, más grave sin duda que los -vencidos anteriormente. - -Lleváronme, mejor dicho, arrastráronme hasta el cuartel donde por la -mañana tuve el honor de conocer a Molichard, y en la puerta detúvose -Tourlourou mirando al extremo de la calle. - ---_Dame_... --chilló--, allí viene el coronel Desmarets. - -Cuando mis verdugos anunciaron la proximidad del coronel encargado -de la policía de la ciudad, encomendé mi alma a Dios, seguro de que -si por casualidad me registraban y hallaban sobre mí el plano de las -fortificaciones, no tardaría un cuarto de hora en bailar al extremo -de una cuerda, como ellos decían. Volví angustiado los ojos a todas -partes, y pregunté: - ---¿No está por ahí el Sr. Jean-Jean? - -Aunque el dragón no era un santo, le consideré como la única persona -capaz de salvarme. - -El coronel Desmarets se acercaba por detrás de mí. Al volverme... -¡oh, asombro de los asombros!... le vi dando el brazo a una dama, -señores míos, a una dama que no era otra que la mismísima Miss Fly, la -mismísima Athenais, la mismísima Pajarita. - -Quedeme absorto, y ella al punto saludome con una sonrisa vanagloriosa -que indicaba su gran placer por la sorpresa que me causaba. - -Molichard y su vil compañero adelantáronse hacia el coronel, hombre -grave y de más que mediana edad, y con todo el respeto que su -embrutecedora embriaguez les permitiera, dijéronle que yo era espía de -los ingleses. - ---¡Insolentes! --exclamó con indignación y en francés Miss Fly--. ¿Os -atrevéis a decir que mi criado es espía? Señor coronel, no hagáis caso -de esos miserables a quienes rebosa el vino por los ojos. Este muchacho -es el que ha traído mi equipaje y el que con vuestra ayuda he buscado -inútilmente hasta ahora por la ciudad... Di, tonto, ¿dónde has puesto -mi maleta? - ---En el mesón de la Fabiana, señora --respondí con humildad. - ---Acabáramos. Buen paseo he hecho dar al señor coronel, que me ha -ayudado a buscarte... Dos horas recorriendo calles y plazas... - ---No se ha perdido nada, señora --le dijo Desmarets con galantería--. -Así habéis podido ver lo más notable de esta interesantísima ciudad. - ---Sí; pero necesitaba sacar algunos objetos de mi maleta, y este -idiota... Es idiota, señor coronel... - ---Señora --dije señalando a mis dos crueles enemigos--, cuando iba en -busca de Su Excelencia, estos borrachos me llevaron engañado a una -taberna, bebieron a mi costa, y luego que me quedé sin un real, dijeron -que yo era espía y querían ahorcarme. - -Miss Fly miró al coronel con enfado y soberbia, y Desmarets, que sin -duda deseaba complacer a la bella amazona, recogió todo aquel femenino -enojo para lanzarlo militarmente sobre los dos bravos franchutes, los -cuales, al verse convertidos de acusadores en acusados, aparecieron más -beodos que antes, y más incapaces de sostenerse sobre sus vacilantes -piernas. - ---¡Al cuartel, canalla! --gritó el jefe con ira--. Yo os arreglaré -dentro de un rato. - -Molichard y Tourlourou, asidos del brazo, confusos y tan lastimosamente -turbados en lo moral como en lo físico, entraron en el edificio dando -traspiés y recriminándose el uno al otro. - ---Os juro que castigaré a esos pícaros --dijo el bravo oficial--. -Ahora, puesto que habéis encontrado vuestra maleta, os conduciré a -vuestro alojamiento. - ---Sí, lo agradeceré --dijo Miss Fly poniéndose en marcha y ordenándome -que la siguiera. - ---Y luego --añadió Desmarets--, daré una orden para que se os permita -visitar el hospital. Tengo idea de que no ha quedado en él ningún -oficial inglés. Los que había hace poco, sanaron y fueron canjeados por -los franceses que estaban en Fuente Aguinaldo. - ---¡Oh, Dios mío! ¡Entonces habrá muerto! --exclamó con afectada pena -Miss Fly--. ¡Desgraciado joven! Era pariente de mi tío el Vizconde de -Marley... ¿Pero no me acompañáis al hospital? - ---Señora, me es imposible. Ya sabéis que Marmont ha dado orden para que -salgamos hoy mismo de Salamanca. - ---¿Evacuáis la ciudad? - ---Así lo ha dispuesto el general. Estamos amenazados de un sitio -riguroso. Carecemos de víveres, y como las fortificaciones que se han -hecho son excelentes, dejamos aquí ochocientos hombres escogidos, que -bastarán para defenderlas. Salimos hacia Toro para esperar a que nos -envíen refuerzos del Norte o de Madrid. - ---¿Y marcháis pronto? - ---Dentro de una hora. Solo de una hora puedo disponer para serviros. - ---Gracias... Siento que no podáis ayudarme o buscar a ese valiente -joven, paisano mío, cuyo paradero se ignora y es causa de este mi -intempestivo y molesto viaje a Salamanca. Fue herido y cayó prisionero -en Arroyomolinos. Desde entonces no he sabido de él... Dijéronme que -tal vez estaría en los hospitales franceses de esta ciudad. - ---Os proporcionaré un salvoconducto para que visitéis el hospital, y -con esto no necesitáis de mí. - ---Mil gracias: creo que llegamos a mi alojamiento. - ---En efecto, este es. - -Estábamos en la puerta del mesón de la Lechuga, distante no más -de veinte pasos de aquel donde yo había dejado mi asno. Desmarets -despidiose de Miss Fly, repitiendo sus cumplidos y caballerescos -ofrecimientos. - ---Ya veis --me dijo Athenais cuando subíamos a su aposento-- que -hicisteis mal en no permitir que os acompañase. Sin duda habéis pasado -mil contrariedades y conflictos. Yo, que conozco de antiguo al bravo -Desmarets, os los hubiera evitado. - ---Señora de Fly, todavía no he vuelto de mi asombro, y creo que lo -que tengo delante no es la verídica y real imagen de la hermosa dama -inglesa, sino una sombra engañosa que viene a aumentar las confusiones -de este día. ¿Cómo ha venido usted a Salamanca? ¿cómo ha podido entrar -en la ciudad? ¿cómo se las ha compuesto para que ese viejo relamido, -ese Desmarets...? - ---Todo eso que os parece raro, es lo más natural del mundo. ¡Venir a -Salamanca! Existiendo el camino, ¿os causa sorpresa? Cuando con tanta -grosería y vulgares sentimientos me abandonasteis, resolví venir sola. -Yo soy así. Quería ver cómo os conducíais en la difícil comisión, y -esperaba poder prestaros algún servicio, aunque por vuestra ingratitud -no merecíais que me ocupara de vos. - ---¡Oh! Mil gracias, señora. Al dejar a usted, lo hice por evitarle -los peligros de esta expedición. Dios sabe cuánta pena me causaba -sacrificar el placer y el honor de ser acompañado por usted. - ---Pues bien, señor aldeano: al llegar a las puertas de la ciudad, -acordeme del coronel Desmarets, a quien recogí del campo de batalla -después de la Albuera, curando sus heridas y salvándole la vida; -pregunté por él, salió a mi encuentro, y desde entonces no tuve -dificultad alguna ni para entrar aquí ni para buscar alojamiento. Le -dije que me traía el afán de saber el paradero de un oficial inglés, -pariente mío, perdido en Arroyomolinos, y como deseaba encontraros, -fingí que uno de los criados que traía conmigo, portador de mi maleta, -había desaparecido en las puertas de la ciudad. Deseando complacerme, -Desmarets me llevó a distintos puntos. ¡Dos horas paseando!... Estaba -desesperada... Yo miraba a un lado y otro diciendo: «¿Dónde estará ese -bestia?... Se habrá quedado lelo mirando los fuertes... es tan bobo...» - ---¿Y el mozuelo que acompañaba a usted? - ---Entró conmigo. ¿Os burlábais del carricoche de Mistress Mitchell? Es -un gran vehículo, y tirado por el caballo que me dio Simpson, parecía -el carro de Apolo... Veamos ahora, señor oficial, cómo habéis empleado -el tiempo, y si se ha hecho algo que justifique la confianza del señor -Duque. - ---Señora, llevo sobre mí un plano de las fortificaciones, muy oculto... -Además poseo innumerables noticias que han de ser muy útiles al general -en jefe. He tenido mil contratiempos; pero al fin, en lo relativo a mi -comisión militar, todo me va saliendo bien. - ---¡Y lo habéis hecho sin mí! --dijo la Mariposa con despecho. - ---¡Si tuviera tiempo de referir a usted las tragedias y comedias de -que he sido actor en pocas horas!... pero estoy tan fatigado que hasta -el habla me va faltando. Los sustos, las alegrías, las emociones, las -cóleras de este día abatirían el ánimo más esforzado y el cuerpo más -vigoroso, cuanto más el ánimo y cuerpo míos, que están el uno aturdido -y apesadumbrado; el otro, tan vacío de toda sólida substancia, como -quien no ha comido en diez y seis horas. - ---En efecto, parecéis un muerto --dijo entrando en su habitación--. Os -daré algo de comer. - ---Felicísima idea --respondí--; y pues tan milagrosamente nos hemos -juntado aquí, lo cual prueba la conformidad de nuestro destino, -conviene que nos establezcamos bajo un mismo techo. Voy a traer mi -burro, en cuyas alforjas dejé algo digno de comerse. Al instante -vuelvo. Pida usted en tanto a la mesonera lo que haya... pero pronto, -prontito... - -Corrí al mesón donde había dejado mi asno, y al entrar en la cuadra -sentí la voz del mesonero muy enfrascada en disputas con otra que -reconocí por la del venerable señor Jean-Jean. - ---Muchacho --me dijo el mesonero al entrar--, este señor francés se -quería llevar tu burro. - ---¡Excelencia! --afirmó cortésmente, aunque muy turbado, Jean-Jean--, -no me quería llevar la bestia... preguntaba por vos. - -Acordeme de la promesa hecha al dragón y del ánima de la albarda, -invención mía para salir del paso. - ---Jean-Jean --dije al francés--, todavía necesito de ti. Hoy salen los -franceses, ¿no es verdad? - ---Sí, señor; pero yo me quedo. Quedamos veinte dragones para escoltar -al Gobernador. - ---Me alegro --dije disponiéndome a llevar el burro conmigo--. Ahora, -amigo Jean-Jean, necesito saber si el tal jefe de los masones se -dispone a salir hoy también de Salamanca. Es lo más probable. - ---Lo averiguaré, señor. - ---Estoy en el mesón de al lado, ¿sabes? - ---La _Lechuga_, sí. - ---Allí te espero. Tenemos mucho que hacer hoy, amigo Jean-Jean. - ---No deseo más que servir a Su Excelencia. - ---Y yo pago bien a los que me sirven. - - - - -XXII - - -Miss Fly, pretextando que la criada del mesón no debía enterarse de -lo que hablábamos, me sirvió la frugal comida ella misma, lo cual, -si no era conforme a los cánones de la etiqueta inglesa, concordaba -perfectamente con las circunstancias. - ---Vuestra tristeza --dijo la inglesa-- me prueba que si en la comisión -militar salisteis bien, no sucede lo mismo en lo demás que habéis -emprendido. - ---Así es, en efecto, señora --repuse--, y juro a usted que mi -pesadumbre y desaliento son tales, que nunca he sentido cosa igual en -ninguna ocasión de mi vida. - ---¿No está vuestra princesa en Salamanca? - ---Está, señora --repliqué--; pero de tal manera, que más valdría no -estuviese aquí ni en cien leguas a la redonda. Porque ¿de qué vale -hallarla si la encuentro...? - ---Encantada --dijo la inglesa, interrumpiéndome, con picante -jovialidad-- y convertida, como Dulcinea, en rústica y fea labradora -la que era señora finísima. - ---Allá se va una cosa con otra --dije--, porque si mi princesa no -ha perdido nada de la gallardía de su presencia ni de la sin igual -belleza de su rostro, en cambio ha sufrido en su alma transformación -muy grande, porque no ha querido aceptar la libertad que yo le ofrecí, -y prefiriendo la compañía de su bárbaro carcelero, me ha puesto -bonitamente en la puerta de la calle. - ---Eso tiene una explicación muy sencilla --me dijo la dama riendo con -verdadero regocijo--, y es que vuestra archiduquesa prisionera ya no os -ama. ¿No habéis pensado en el inconveniente de presentaros ante ella -con ese vestido? El largo trato con su raptor le habrá inspirado amor -hacia este. No os riais, caballero. Hay muchos casos de damas robadas -por los bandidos de Italia y Bohemia, que han concluido por enamorarse -locamente de sus secuestradores. Yo misma he conocido a una señorita -inglesa que fue robada en las inmediaciones de Roma, y al poco tiempo -era esposa del jefe de la partida. En España, donde hay ladrones tan -poéticos, tan caballerescos, que casi son los únicos caballeros del -país, ha de suceder lo mismo. Lo que me contáis, señor mío, no tiene -nada de absurdo, y cuadra perfectamente con las ideas que he formado de -este país. - ---La grande imaginación de usted --le dije-- tal vez se equivoque al -querer encontrar ciertas cosas fuera de los libros; pero de cualquier -modo que sea, señora, lo que me pasa es bien triste... porque... - ---Porque amáis más a vuestra niña, desde que ella adora a ese pachá de -tres colas, a ese Fra Diávolo, en quien me figuro ver un grandísimo -ladrón; pero hermoso como los más bellos tipos de Calabria y Andalucía, -más valiente que el Cid, gran jinete, espadachín sublime, algo brujo, -generoso con los pobres, cruel con los ricos y malvados, rico como el -gran turco, y dueño de inmensas pedrerías que siempre le parecen pocas -para su amada. También me lo figuro como Carlos Moor, el más poético e -interesante de los salteadores de caminos. - ---¡Oh, Miss Fly! veo que usted ha leído mucho. Mi enemigo no es tal -como usted le pinta: es un viejo enfermo. - ---Pues entonces, Sr. Araceli --dijo Athenais con disgusto--, no tratéis -de engañarme juntando a esa joven como una persona principal, porque -si se ha aficionado al trato de un estafermo, habrá sido por avaricia, -cualidad propia de costureras, doncellas de labor, cómicas u otra gente -menuda, a cuyas respetables clases creo desde ahora que pertenecerá esa -tan decantada señora que adoráis. - ---No he engañado a usted respecto a la elevación de su clase. Respecto -a la afición que ha podido sentir hacia su secuestrador, no tiene nada -de vituperable, porque es su padre. - ---¡Su padre! --exclamó con asombro--. Eso sí que no estaba escrito en -mis libros. ¿Y a un padre que retiene consigo a su hija, le llamáis -ladrón? Eso sí que es extraño. No hay país como España para los sucesos -raros y que en todo difieren de lo que es natural y corriente en los -demás países. Explicadme eso, caballero. - ---Usted cree que todos los lances de amor y de aventura han de pasar en -el mundo conforme a lo que ha leído en las novelas, en los romances, -en las obras de los grandes poetas y escritores, y no advierte que las -cosas extrañas y dramáticas suelen verse antes en la vida real que en -los libros, llenos de ficciones convencionales y que se reproducen unas -a otras. Los poetas copian de sus predecesores, los cuales copiaron de -otros más antiguos, y mientras fabrican este mundo vano, no advierten -que la Naturaleza y la sociedad va creando a escondidas del público, y -recatándolas de la imprenta, mil novedades que espantan o enamoran. - -Yo hacía esfuerzos de ingenio por sostener de algún modo un coloquio en -que Miss Fly con su ardoroso sentimiento poético me llevaba ventaja, y -a cada palabra mía su atrevida imaginación se inflamaba más, volando en -pos de sucesos raros, desconocidos, novelescos, fuente de pasión y de -idealismo. No puedo negar que Athenais me causaba sorpresa, porque yo, -en mi ignorancia, no conocía el sentimentalismo que entonces estaba en -moda entre la gente del Norte, invadiendo literatura y sociedad de un -modo extraordinario. - ---Referidme eso --me dijo con impaciencia. - -Sin temor de cometer una indiscreción, conté punto por punto a mi -hermosa acompañante todo lo que el lector sabe. Oíame tan atentamente y -con tales apariencias de agrado, que no omití ningún detalle. Algunas -veces creí distinguir en ella señales más bien de entusiasmo varonil -que de emoción femenina; y cuando puse punto final en mi relato, -levantose, y con ademán resuelto y voz animosa, hablome así: - ---¿Y vivís con esa calma, caballero, y referís esos dramas de vuestra -vida como si fueran páginas de un libro que habéis leído la noche -anterior? No sois español, no tenéis en las venas ese fuego sublime que -impulsa al hombre a luchar con las imposibilidades. Os estáis ahí mano -sobre mano contemplando a una inglesa, y no se os ocurre nada: no se os -ocurre entrar en esa casa; arrancar a esa infeliz mujer del poder que -la aprisiona; echar una cuerda al cuello de ese hombre para llevarle a -una casa de locos; no se os ocurre comprar una espada vieja y batiros -con medio mundo, si medio mundo se opone a vuestro deseo; romper las -puertas de la casa; pegarle fuego, si es preciso; coger a la muchacha -sin tratar de persuadirla a que os siga, y llevarla donde os parezca -conveniente; matar a todos los alguaciles que os salgan al paso, y -abriros camino por entre el ejército francés, si el ejército francés en -masa se opone a que salgáis de Salamanca. Confieso que os creí capaz de -esto. - ---Señora --repliqué con ardor--, dígame usted en qué libro ha leído -eso tan bonito que acaba de decirme. Quiero leerlo también, y después -probaré si tales hazañas son posibles. - ---¿En qué libro, menguado? --repuso con exaltación admirable--. En el -libro de mi corazón, en el de mi fantasía, en el de mi alma. ¿Queréis -que os enseñe algo más? - ---Señora --afirmé confundido--, el alma de usted es superior a la mía. - ---Vamos al instante a esa casa --dijo tomando un látigo, y -disponiéndose a salir. - -Miré a Miss Fly con admiración; pero con una admiración no enteramente -seria, quiero decir que algo se reía dentro de mí. - ---¿A dónde, señora; a dónde quiere usted que vayamos? - ---¡Y lo pregunta! --exclamó Athenais--. Caballero, si os hubiera creído -capaz de hacerme esa pregunta que indica las indecisiones de vuestra -alma, no hubiera venido a Salamanca. - ---No: si comprendo perfectamente --respondí, no queriendo aparecer -inferior a mi interlocutora--. Comprendo... vamos a... pues... a hacer -una barbaridad, una que sea sonada... yo me atrevo a ello, y aun a -cosas mayores. - ---Entonces... - ---Precisamente pensaba en eso. Yo no conozco el miedo. - ---Ni los obstáculos, ni el peligro, ni nada. Así, así, caballero; así -se responde --gritó con acalorado y sonoro acento. - -Su inflamado semblante, sus brillantes ojos, el timbre de su patética -voz, ejercían extraño poder sobre mí, y despertaban no sé qué vagas -sensaciones de grandeza, dormidas en el fondo de mi corazón, tan -dormidas, que yo no creía que existiesen. Sin saber lo que hacía, -levanteme de mi asiento, gritando con ella: - ---¡Vamos, vamos allá! - ---¿Estáis preparado? - ---Ahora recuerdo que necesito una espada... vieja. - ---O nueva... No será malo ver a Desmarets. - ---Yo no necesito de nadie: me basto y me sobro --exclamé con brío y -orgullo. - ---Caballero --dijo ella con entusiasmo--, eso debiera decirlo yo para -parecerme a Medea. - ---Decía que no podemos contar con Desmarets --indiqué pensando un poco -en lo positivo--, porque sale hoy de Salamanca. - -En aquel momento sentimos ruido en el exterior. Era el ejército -francés que salía. Los tambores atronaban la calle. Apagaba luego sus -retumbantes clamores el paso de los escuadrones de caballería, y, por -último, el estrépito de las cureñas hacía retemblar las paredes cual si -las conmoviera un terremoto. Durante largo tiempo estuvieron pasando -tropas. - ---Espero ser yo quien primero lleve a Lord Wellington la noticia de que -los franceses han salido de Salamanca --dije en voz baja a Miss Fly, -mirando el desfile desde nuestra ventana. - ---Allí va Desmarets --repuso la inglesa fijando su vista en las tropas. - -En efecto, pasaba a caballo Desmarets al frente de su regimiento, y -saludó a Miss Fly con galantería. - ---Hemos perdido un protector en la ciudad --me dijo--; pero no importa: -no lo necesitaremos. - -En este momento sonaron algunos golpecitos en la puerta; abrí, y se nos -presentó el Sr. Jean-Jean, que, sombrero en mano, hizo varios arqueos y -cortesías. - ---Excelencia, la mesonera me dijo que estábais aquí, y he venido a -deciros... - ---¿Qué? - -Jean-Jean miró con recelo a Miss Fly; pero al punto le tranquilicé, -diciéndole: - ---Puedes hablar, amigo Jean-Jean. - ---Pues venía a deciros --prosiguió el soldado-- que ese Sr. Santorcaz -saldrá de la ciudad. Como Salamanca va a ser sitiada, huyen esta noche -muchas familias, y el masón no será de los últimos, según me ha dicho -Ramoncilla. Ha salido hace un momento de su casa, sin duda para buscar -carros y caballerías. - ---Entonces se nos va a escapar --dijo Miss Fly con viveza. - ---No saldrán --repuso-- hasta después de media noche. - ---Amigo Jean-Jean, quiero que me proporciones un sable y dos pistolas. - ---Nada más fácil, Excelencia --contestó servilmente. - ---Y además una capa... Luego que sea de noche prepararás el coche... - ---No se encuentra ninguno en la ciudad. - ---Abajo tenemos uno. Enganchas el caballo, que abajo está también, y -lo llevas a la puerta más próxima a la calle del Cáliz. - ---Que es la de Sancti Spíritus... Os advierto que Santorcaz ha vuelto -a su casa: le he visto acompañado de sus cinco amigotes, cinco hombres -terribles, que son capaces de cualquier cosa... - ---¡Cinco hombres!... - ---Que no permiten se juegue con ellos. Todas las noches se reúnen allí -y están bien armados. - ---¿Tienes algún amigo que quiera ganarse unos cuantos doblones, y que -además sea valiente, sereno y discreto? - ---Mi primo _Pied-de-mouton_ es bueno para el caso; pero está algo -enfermo. No sé si _Charles le Temeraire_ querrá meterse en tales -fregados: se lo diré. - ---No necesitamos de vuestros amigos --dijo Miss Fly--. No queremos a -nuestro lado gente soez. Iremos enteramente solos. - ---Dentro de un momento tendréis las armas --afirmó Jean-Jean--. ¿Y no -me decís nada de vuestro asno? - ---Te lo regalaré con albarda y todo... mas no busques ya nada en ella. -Lo que merezcas te lo daré cuando nos hallemos sin peligro fuera de las -puertas de la ciudad. - -Jean-Jean me miró con expresión sospechosa; pero o renació pronto en su -pecho la confianza, o supo disimular su recelo, y se marchó. Cuando de -nuevo se me puso delante al anochecer y me trajo las armas, ordenele -que me esperase en la calle del Cáliz, con lo cual dimos la inglesa -y yo por terminados los preparativos de aquel estupendo y nunca visto -suceso, que verá el lector en los siguientes capítulos. - - - - -XXIII - - -Al llegar a esta parte de mi historia, oblígame a detenerme cierta -duda penosa que no puedo arrojar lejos de mí, aunque de mil maneras -lo intento. Es el caso que a pesar de la fidelidad y veracidad de mi -memoria, que tan puntualmente conserva los hechos más remotos, dudo si -fui yo mismo quien acometió la temeridad en cuestión, apretado a ello -por el poético y voluntarioso ascendiente de una hermosa mujer inglesa; -o si, habiéndolo yo soñado, creí que lo hice, como muchas veces sucede -en la vida, por no ser fácil deslindar lo soñado de lo real; o si en -vez de ser mi propia persona la que a tales empeños se lanzara, fue -otro yo quien supo interpretar los fogosos sentimientos y caballerescas -ideas de la hechicera Athenais. Ello es que teniéndome por cuerdo -hoy, como entonces, me cuesta trabajo determinarme a afirmar que fui -yo propio el autor de tal locura, aunque todos los datos, todas las -noticias y las tradiciones todas concuerdan en que no pudo ser otro. -Ante la evidencia, inclino la frente y sigo contando. - -Vino, pues, la noche, envolviendo en sus sombras todo el ámbito de -_Roma la chica_. Salimos Miss Fly y yo, y atravesando la Rúa, nos -internamos por las oscuras y torcidas calles que nos debían llevar al -lugar de nuestra misteriosa aventura. Bien pronto, ignorantes ambos -de la topografía de la ciudad, nos perdimos y marchamos al acaso, -procurando brujulearnos por los edificios que habíamos visto durante el -día; mas con la oscuridad no distinguíamos bien la forma de aquellas -moles que nos salían al paso. A lo mejor nos hallábamos detenidos por -una pared gigantesca, cuya eminencia se perdía allá en los cielos; -luego creeríase que la enorme masa se apartaba a un lado para dejarnos -libre el paso de una calleja alumbrada a lo lejos por las lamparillas -de la devoción, encendidas ante una imagen. - -Seguíamos adelante creyendo encontrar el camino buscado, y tropezábamos -con un pórtico y una torre que en las sombras de la noche venían cada -cual de distinto punto y se juntaban para ponérsenos delante. Al fin -conocimos la catedral entre aquellas montañas de oscuridad que nos -cercaban. Distinguimos perfectamente su vasta forma irregular, sus -torres que empiezan en una edad del arte y acaban en otra, sus ojivas, -sus cresterías, su cúpula redonda; y detrás del nuevo edificio, la -catedral vieja, acurrucada junto a él como buscando abrigo. Quisimos -orientarnos allí, y tomando la dirección que creímos más conveniente, -bien pronto tropezamos con los pórticos gemelos de la Universidad, -en cuyo frontispicio las grandes cabezas de los Reyes Católicos nos -contemplaron con sus absortos ojos de piedra. Deslizándonos por un -costado del vasto edificio, nos hallamos cercados de murallas por todas -partes, sin encontrar salida. - ---Esto es un laberinto, Miss Fly --dije no sin mal humor--; busquemos -hacia la espalda de la catedral esa dichosa calle. Si no, pasaremos la -noche andando y desandando calles. - ---¿Os apuráis por eso? Cuanto más tarde, mejor. - ---Señora, Lord Wellington me espera mañana a las doce en Bernuy. Me -parece que he dicho bastante... Veremos si aparece algún transeúnte que -nos indique el camino. - -Pero ningún alma viviente se veía por aquellos solitarios lugares. - ---¡Qué hermosa ciudad! --dijo Miss Fly con arrobamiento -contemplativo--. Todo aquí respira la grandeza de una edad ilustre y -gloriosa. ¡Cuán excelsos, cuán poderosos no fueron los sentimientos -que han necesitado tanta, tantísima piedra para manifestarse! ¿Para -vos no dicen nada esas altas torres, esas largas ojivas, esos techos, -esos gigantes que alzan sus manos hacia el cielo, esas dos catedrales: -la una anciana y de rodillas, arrugada, inválida, agazapada contra -el suelo y al arrimo de su hija; la otra flamante y en pie, hermosa, -inmensa, lozana, respirando vida en su robusta mole? ¿Para vos no -dicen nada esos cien colegios y conventos, obra de la ciencia y la -piedad reunidas? ¿Y esos palacios de los grandes señores, esas paredes -llenas de escudos y rejas, indicio de soberbia y precaución? ¡Dichosa -edad aquella en que el alma ha encontrado siempre de qué alimentar -su insaciable hambre! Para las almas religiosas, el monasterio; para -las heroicas, la guerra; para las apasionadas, el amor, más hermoso -cuanto más contrariado; para todas, la galantería, los grandes afectos, -los sacrificios sublimes, las muertes gloriosas... La sociedad vive -impulsada por una sola fuerza, la pasión... El cálculo no se ha -inventado todavía. La pasión gobierna el mundo y en él pone su sello de -fuego. El hombre lo atropella todo por la posesión del objeto amado, o -muere luchando ante las puertas del hogar que se le cierran... Por una -mujer se encienden guerras, y dos naciones se destrozan por un beso... -La fuerza que aparentemente impera no es el empuje brutal de los -modernos, sino un aliento poderoso, el resoplido de los dos pulmones de -la sociedad, que son el honor y el amor. - ---No vendría mal el discursito --murmuré--, si al fin encontráramos... - -Cuando esto decía habíamos perdido de vista la catedral, y nos -internábamos por calles angostas y oscuras, buscando en vano la -del Cáliz. Vimos una anciana que, apoyándose en un palo, marchaba -lentamente arrimada a la pared, y le pregunté: - ---Señora, ¿puede usted decirme dónde está la calle del Cáliz? - ---¿Buscan la calle del Cáliz y están en ella? --repuso la vieja con -desabrimiento--. ¿Van a la casa de los masones o a la logia de la calle -de Tentenecios? Pues sigan adelante y no mortifiquen a una pobre vieja -que no quiere nada con el demonio. - ---¿Y la casa de los masones, cuál es, señora? - ---Tiénela en la mano y pregunta... --contestó la anciana--. Ese -portalón que está detrás de usted es la entrada de la vivienda de esos -bribones; ahí es donde cometen sus feas herejías contra la religión; -ahí donde hablan pestes de nuestros queridos reyes... ¡Malvados! -¡Ay, con cuánto gusto iría a la Plaza Mayor para veros quemar! Dios -querrá quitarnos de en medio a los franceses que tales suciedades -consienten... Masones y franceses todos son unos: la pata derecha y la -pata izquierda de Satanás. - -Marchose la vieja hablando consigo misma, y al quedarnos solos reconocí -en el portalón, que cerca teníamos, la casa de Santorcaz. - ---¡Cuántas veces habremos pasado por aquí sin conocer la casa! --dijo -Miss Fly--. Si yo la hubiese visto una sola vez... pero parece que sois -torpe, Araceli. - -La puerta era un antiquísimo arco bizantino, compuesto por seis u ocho -curvas concéntricas, por donde corrían misteriosas formas vegetales, -gastadas por el tiempo; cascabeles y entrelazadas cintas, y en la -imposta unos diablillos, monos o no sé qué desvergonzados animales, -que hacían cabriolas confundiendo sus piernecillas enjutas con los -tallos de la hojarasca de piedra. Letras ininteligibles y que sin -duda expresaban la época de la construcción, dejaban ver sus trazos -grotescos y torcidos, como si un dedo vacilante las trazara al modo de -conjuro. Estaba reforzada la puerta con garabatos de hierro tan mohosos -como apolilladas y rotas las mal juntas tablas, y un grueso llamador -en figura de culebrón enroscado pendía en el centro, aguardando una -impaciente mano que lo moviese. - -Yo interrogué a Miss Fly con la mirada, y vi que acercaba su mano al -aldabón. - ---¿Ya, señora? --dije deteniendo su movimiento. - ---¿Pues a qué esperáis? - ---Conviene explorar primero al enemigo... La casa es sólida... -Jean-Jean dijo que había dentro... ¿cuántos hombres? - ---Cincuenta, si no recuerdo mal... pero aunque sean mil... - ---Es verdad, aunque sea un millón. - -Vimos que se acercaba un hombre, y al punto reconocí a Jean-Jean. - ---Vienen refuerzos, señora --dije--. Verá usted qué pronto despacho. - -Miss Fly, asiendo del aldabón, dio un golpe. - -Yo toqué mis armas, y al ver que no se me habían olvidado, no pude -evitar un sentimiento, que no sé si era burla o admiración de mí -mismo, porque a la verdad, señores, lo que yo iba a hacer, lo que yo -intentaba en aquel momento, o era gran tontería, o una acción semejante -a las perpetuadas en romances y libros de caballería. Yo recordaba -haber leído en alguna parte que un desvalido amante llega bonitamente -y sin más ayuda que el valor de su brazo, o la protección de tal o -cual potencia nigromántica, a las puertas de un castillo donde el más -barbudo y zafio moro o gigante de aquellos agrestes confines, tiene -encerrada a la más delicada doncella, princesa o emperatriz que ha -peinado hebras de oro y llorado líquidos diamantes; y el tal desvalido -amante grita desde abajo: «Fiero arráez, o bárbaro sultán, vengo a -arrancarte esa real persona que aprisionada guardas; y te conjuro que -me la des al instante si no quieres que tu cuerpo sea partido en dos -pedazos por esta mi espada; y no te rías ni me amenaces, porque aunque -tuvieras más ejércitos que llevó el parto a la conquista de la Grecia, -ni uno solo de los tuyos quedará vivo.» - -Así, señores, así, ni más o menos, era lo que yo iba a emprender. -Cuando toqué las pistolas del cinto, y el tahalí de que pendía la -tajante espada, y me eché el embozo a la capa, y el ala del ancho -sombrero sobre la ceja, confieso que entre los sentimientos que -luchaban en mi corazón, predominó la burla, y me reí en la oscuridad. -Tenía yo un aire de personaje de valentías, guapezas y gatuperios, -que habría puesto miedo en el ánimo más valeroso, cuando no mofa y -risa; pero Miss Fly había leído sin duda las hazañas de D. Rodulfo -de Pedrajas, de Pedro Cadenas, Lampuga, Gardoncha y Perotudo, y mi -catadura le había de parecer más propia para enamorar que para reír. - -Viendo que no respondían, cogí el aldabón y repetí los golpes. - -Yo no medía la extensión del peligro que iba a afrontar, ni era posible -reflexionar en ello, aunque habría bastado un destello de luz de mi -razón para esclarecerme el horrible jaleo en que me iba a meter... Yo -no pensaba en esto, porque sentía el inexplicable deleite que tiene -para la juventud enamorada todo lo que es misterioso y desconocido, -más bello y atractivo cuanto más peligroso; porque sentía dentro de mí -un deseo de acometer cualquier brutalidad sin nombre, que pusiese mi -fuerza y mi valor al servicio de la persona a quien más amaba en el -mundo. - -No se olvide que aún me duraba el despecho y la sofocación de la -mañana. El recuerdo de las escenas que antes he descrito, completaba mi -ceguera; y realizar por la violencia lo que no pude conseguir por otro -medio, era sin duda gran atractivo para mi excitado espíritu. En la -calle me aguijoneaba la fantasía, y desde dentro me llamaba el corazón, -toda mi vida pasada y cuanto pudiese soñar para el porvenir... ¿Quién -no rompe una pared, aunque sea con la cabeza, cuando le impulsan a ello -dos mujeres, una desde dentro y otra desde fuera? - -No debo negar que la hermosa inglesa había adquirido gran ascendiente -sobre mí. No puedo expresar aquel dominio suyo y la esclavitud mía, -sino empleando una palabra muy usada en las novelas, y que ignoro -si indicará de un modo claro mi idea; pero no teniendo a mano otro -vocablo, la emplearé. Miss Fly me fascinaba. Aquella grandeza de -espíritu; aquel sentimiento alambicado y sin mezcla de egoísmo -que había en sus palabras; aquel carácter que atesoraba, tras una -extravagancia sin ejemplo, todo el material, digámoslo así, de las -grandes acciones, hallaban secreta simpatía en un rincón de mi ser. -Me reía de ella, y la admiraba; parecíanme disparates sus consejos, -y los obedecía. Aquella inmensidad de su pensamiento tan distante de -la realidad me seducía, y antes que confesarme cobarde para seguir el -vuelo de su voluntad poderosa, hubiérame muerto de vergüenza. - -Repetí con más fuerza los golpes, y nada se oía en el interior de la -casa. Oscuridad y silencio como el de los sepulcros reinaban en ella. -El animalejo, lagarto o culebrón que figuraba la aldaba, alzó (al menos -así parecía) su cabeza llena de herrumbre, y clavando en mí los verdes -ojuelos, abrió la horrible boca para reírse. - ---No quieren abrir --me dijo Jean-Jean--. Sin embargo, dentro están: -los he visto entrar... Son los principales afrancesados que hay en -la ciudad, más masones que el gran Copto y más ateos que Judas. Mala -gente. Mi opinión, señor Marqués, es que os marchéis. El coche os -aguarda en la puerta de Sancti Spíritus. - ---¿Tienes miedo, Jean-Jean? - ---Además, señor Marqués --continuó este--, debo advertiros que pronto -ha de pasar por aquí la ronda... Vos y la señora tenéis todo el aspecto -de gente sospechosa... Todavía hay quien cree que sois espía, y la -señora también. - ---¿Yo espía? --dijo Miss Fly con desprecio--. Soy una dama inglesa. - ---Márchate tú, Jean-Jean, si tienes miedo. - ---Hacéis una locura, caballero --repuso el dragón--. Esos hombres van a -salir, y a todos nos molerán a palos. - -Creí sentir el ruido de las maderas de una ventanilla que se abría en -lo alto, y grité: - ---¡Ah de la casa! Abrid pronto. - ---Es una locura, señor Marqués --dijo el dragón bruscamente--. Vámonos -de aquí... - -Entonces noté en el semblante hosco y sombrío de Jean-Jean una -alteración muy visible, que no era ciertamente la que produce el miedo. - ---Repito que os dejo solo, señor Marqués... La ronda va a venir... -Vamos hacia Sancti Spíritus, o no respondo de vos... - -Su insistencia y el empeño de llevarnos hacia las afueras de la ciudad, -infundió en mí terrible sospecha. - -Miss Fly redobló los martillazos, diciendo: - ---Será preciso echar la puerta abajo si no abren. - -Los garabatos de hierro que reforzaban la puerta se contrajeron, -haciendo muecas horribles, signos burlescos, figurando no sé si -extrañas sonrisas o mohínes, o visajes de misteriosos rostros. - -Yo empezaba a perder la paciencia y la serenidad. Jean-Jean me causaba -inquietud y temí una alevosía, no por la sospecha de espionaje, como él -había dicho, sino por la tentación de robarnos. El caso no era nuevo, y -los soldados que guarnecían las poblaciones del pobre país conquistado -cometían impunemente todo linaje de excesos. Además, la aventura iba -tomando carácter grotesco, pues nadie respondía a nuestros golpes ni -asomaba rostro humano en la alta reja. - ---Sin duda no hay aquí rastro de gente. Los masones se han marchado, y -ese tunante nos ha traído aquí para expoliarnos a sus anchas. - -De pronto vi que alguien aparecía en el recodo que hace la calle. -Eran dos personas que se fijaron allí como en acecho. Dirigime hacia -el dragón; pero este, sin esperar a que le hablase, nos abandonó -súbitamente para unirse a los otros. - ---Ese miserable nos ha vendido --exclamé rugiendo de cólera--. ¡Señora, -estamos perdidos! No contábamos con la traición. - ---¡La traición! --dijo confusa Miss Fly--. No puede ser. - -No tuvimos tiempo de razonar, porque los dos que nos observaban y -Jean-Jean se nos vinieron encima. - ---¿Qué hacéis aquí? --me preguntó uno de ellos, que era soldado de -artillería sin distintivo alguno. - ---No tengo que darte cuenta --respondí--. Deja libre la calle. - ---¿Es esta la tarasca inglesa? --dijo el otro dirigiéndose a Miss Fly -con insolencia. - ---¡Tunante! --grité desenvainando--. Voy a enseñarte cómo se habla con -las señoras. - ---El Marquesito ha sacado el asador --dijo el primero--. Jóvenes, venid -al cuerpo de guardia con nosotros, y vos, _milady sauterelle_ dad el -brazo a _Charles le Temeraire_ para que os conduzca al palacio del -cepo. - ---Araceli --me dijo Miss Fly--, toma mi látigo y échalos de aquí. - ---_Pied-de-mouton_, atraviésalo --vociferó el artillero. - -_Pied-de-mouton_, como sargento de dragones, iba armado de sable. -_Carlos el Temerario_ era artillero y llevaba un machete corto, arma -de escaso valor en aquella ocasión. En un momento rapidísimo, mientras -Jean-Jean vacilaba entre dirigirse a la inglesa o a mí, acuchillé -a _Pied-de-mouton_ con tan buena suerte, con tanto ímpetu y tanta -seguridad, que le tendí en el suelo. Lanzando un ronco aullido, cayó -bañado en sangre... Me arrimé a la pared para tener guardadas las -espaldas, y aguardé a Jean-Jean, que, al ver la caída de su compañero, -se apartó de Miss Fly, mientras Carlos el Temerario se inclinaba a -reconocer el herido. Rápida como el pensamiento, Athenais se bajó a -recoger el sable de este. Sin esperar a que Jean-Jean me atacase, y -viéndole algo desconcertado, fuime sobre él; mas, sobrecogido, dio -algunos pasos hacia atrás, bramando así: - ---_¡Corne du diable! ¡Mille millions de bombardes!_... ¿Creéis que os -tengo miedo? - -Diciéndolo, apretó a correr a lo largo de la calle, y más ligero que el -viento le siguió Carlos. Ambos gritaban: - ---¡A la guardia, a la guardia! - ---Cerca hay un cuerpo de guardia, señora. Huyamos. Aquí dio fin el -romance. - -Corrimos en dirección contraria a la que ellos tomaron; mas no habíamos -andado siete pasos, cuando sentimos a lo lejos pisadas de gente, -y distinguimos un pelotón de soldados que a toda prisa venía hacia -nosotros. - ---Nos cortan la retirada, señora --dije retrocediendo--. Vamos por otro -lado. - -Buscamos una bocacalle que nos permitiera tomar otra dirección, y no la -encontramos. La patrulla se acercaba. Corrimos al otro extremo, y sentí -la voz de nuestros dos enemigos gritando siempre: - ---¡A la guardia!... - ---Nos cogerán --dijo Miss Fly con serenidad incomparable, que me -inspiró aliento--. No importa. Entreguémonos. - -En aquel instante, como pasáramos junto al pórtico en cuyo aldabón -habíamos martillado inútilmente, vi que la puerta se abría y asomaba -por ella la cabeza de un curioso que, sin duda, no había podido dominar -su anhelo de saber lo que resultaba de la pendencia... El cielo se -abría delante de nosotros. La patrulla estaba cerca; pero como la calle -describía un ángulo muy pronunciado, los soldados que la formaban no -podían vernos. Empujé aquella puerta y al hombre que curiosamente y -con irónica sonrisa en el rostro se asomaba; y aunque ni una ni otra -quisieron ceder al principio, hice tanta fuerza, que bien pronto Miss -Fly y yo nos encontramos dentro, y con presteza increíble corrí los -pesados cerrojos. - - - - -XXIV - - ---¿Qué hace usted? --preguntó con estupor un hombre a quien vi delante -de mí y que alumbraba el angosto portal con su linterna. - ---Salvarme y salvar a esta señora --respondí atendiendo a los pasos que -un rato después de nuestra entrada sonaban en la calle, fuera de la -puerta--. La patrulla se detiene... - ---Ahora examina el cuerpo... - ---No nos han visto entrar... - ---Pero... o yo estoy tonto, o es Araceli el que tengo delante --dijo -aquel hombre, el cual no era otro que Santorcaz. - ---El mismo, Sr. D. Luis. Si su intento es denunciarme, puede hacerlo -entregándome a la patrulla; pero ponga usted en lugar seguro a esta -señora hasta que pueda salir libremente de Salamanca... Todavía están -ahí --añadí con la mayor agitación--. ¡Cómo gruñen!... parece que -recogen el cuerpo... ¿Estará muerto, o tan solo herido?... - ---Se marchan --dijo Athenais--. No nos han visto entrar... Creerán que -ha sido una pendencia entre soldados, y mientras aquellos pícaros no -expliquen... - ---Adelante, señores --dijo Santorcaz con petulancia--. El primer deber -del hijo del pueblo es la hospitalidad, y su hogar recibe a cuantos -han menester el amparo de sus semejantes. Señora, nada tema usted. - ---¿Y quién os ha dicho que yo temo algo? --dijo con arrogancia Miss Fly. - ---Araceli, ¿eres tú quien me echaba la puerta abajo hace un momento? - -Vacilé un instante en contestar, y ya tenía la palabra en la boca -cuando Miss Fly se anticipó diciendo: - ---Era yo. - -Santorcaz, después de hacer una cortesía a la dama inglesa, permaneció -mudo y quieto esperando oír los motivos que había tenido la señora para -llamar tan reciamente. - ---¿Por qué me miráis con la boca abierta? --dijo bruscamente Miss -Fly--. Seguid y alumbrad. - -Santorcaz me miró con asombro. ¿Quién le causaría más sorpresa, yo -o ella? A mi vez, yo no podía menos de sentirla también, y grande, -al ver que el jefe de los masones nos recibía con urbanidad. Subimos -lentamente la escalera. Desde esta oíanse ruidosas voces de hombres -en lo interior de la casa. Cuando llegamos a una habitación desnuda y -oscura, que alumbró débilmente la linterna de Santorcaz, este nos dijo: - ---¿Ahora podré saber qué buscan ustedes en mi casa? - ---Hemos entrado aquí buscando refugio contra unos malvados que querían -asesinarnos. Mi deseo es que oculte usted a esta señora si por acaso -insistieran en perseguirla dentro de la casa. - ---¿Y a ti? --me preguntó con sorna. - ---Yo estimo mi vida --repuse--, y no quisiera caer en manos de -Jean-Jean; pero nada pido a usted, y ahora mismo saldré a la calle, si -me promete poner en seguridad a esta señora. - ---Yo no abandono a los amigos --dijo Santorcaz con aquella sandunga -y marrullería que le eran habituales--. La dama y su galán pueden -respirar tranquilos. Nadie les molestará. - -Miss Fly se había sentado en un incómodo sillón de vaqueta, único -mueble que en la destartalada estancia había, y sin atender a nuestro -diálogo, miraba los dos o tres cuadros apolillados que pendían de las -paredes, cuando entró la criada trayendo una luz. - ---¿Es esta vuestra hija? --preguntó vivamente la inglesa clavando los -ojos en la moza. - ---Es Ramoncilla, mi criada --repuso Santorcaz. - ---Deseo ardientemente ver a vuestra hija, caballero --dijo la -inglesa--. Tiene fama de muy hermosa. - ---Después de lo presente --dijo el masón con galantería--, no creo que -haya otra más hermosa... Pero, volviendo a nuestro asunto, señora, si -usted y su esposo desean... - ---Este caballero no es mi esposo --afirmó Miss Fly sin mirar a -Santorcaz. - ---Bien: quise decir su amigo. - ---No es tampoco mi amigo, es mi criado --dijo la dama con enojo--. Sois -en verdad impertinente. - -Santorcaz me miró, y en su mirada conocí que no daba fe a la afirmación -de la dama. - ---Bien... ¿Usted y su criado piensan permanecer en Salamanca?... - ---No: precisamente lo que queremos es salir sin que nadie nos moleste. -No puedo realizar el objeto que me trajo a Salamanca, y me marcho. - ---Pues a entrambos sacaré de la ciudad antes del día --dijo -Santorcaz--, porque estoy preparándolo todo para salir a la madrugada. - ---¿Y lleváis a vuestra hija? --preguntó con gran interés Miss Fly. - ---Mi hija me ama tanto --respondió el masón con orgullo-- que nunca se -separa de mí. - ---¿Y a dónde vais ahora? - ---A Francia. No pienso volver a poner los pies en España. - ---Mal patriota sois. - ---Señora... dígame usted su tratamiento para designarle con él. Aunque -hijo del pueblo y defensor de la igualdad, sé respetar las jerarquías -que establecieron la monarquía y la historia. - ---Decidme simplemente _señora_, y basta. - ---Bien: puesto que la señora quiere conocer a mi hija, se la voy a -mostrar --dijo Santorcaz--. Dígnese la señora seguirme. - -Seguímosle, y nos llevó a una sala, compuesta con más decoro que la que -dejábamos, e iluminada por un velón de cuatro mecheros. Ofreció el -anciano un asiento a la inglesa, y desapareció luego, volviendo al poco -rato con su hija de la mano. Cuando la infeliz me vio, quedose pálida -como la muerte, y no pudo reprimir un grito de asombro que, por su -intensidad, pareció de miedo. - ---Hija mía, esta es la señora que acaba de llegar a casa pidiéndome -hospitalidad para ella y para el mancebo que le acompaña. - -Creyérase que Inés veía fantasmas. Tan pronto miraba a Miss Fly como -a mí, sin convencerse de que eran reales y tangibles las personas que -tenía delante. Yo sonreía, tratando de disipar su confusión con el -lenguaje de los ojos y las facciones; pero la pobre muchacha estaba -cada vez más absorta. - ---Sí que es hermosa --dijo Miss Fly con gravedad--. Pero no quitáis los -ojos de este joven que me acompaña. Sin duda le encontráis parecido a -otro que conocéis. Hija mía, es el mismo que pensáis, el mismo. - ---Solo que este perillán --dijo Santorcaz sacudiéndome el brazo con -familiaridad impertinente-- ha cambiado tanto... Cuando era oficial se -le podía mirar; pero después que ha sido expulsado del ejército por su -cobardía y mal comportamiento y puéstose a servir... - -Tan grosera burla no merecía que la contestase, y callé, dejando que -Inés se confundiese más. - ---Caballero --dijo Miss Fly con enojo volviéndose hacia Santorcaz--, -si hubiera sabido que pensábais insultar a la persona que me acompaña, -habría preferido quedarme en la calle. Dije que era mi criado; pero no -es cierto. Este caballero es mi amigo. - ---Su amigo --añadió D. Luis--. Justo, eso decía yo. - ---Amigo leal y caballero intachable, a quien agradeceré toda la vida el -servicio que me ha prestado esta noche exponiendo su vida por mí. - -Nueva confusión de Inés. Mudaba de color su alterado semblante a -cada segundo, y todo se le volvía mirar a la inglesa y a mí, como si -mirándonos, leyéndonos, devorándonos con la vista, pudiera aclarar el -misterioso enigma que tenía delante. - -La venganza es un placer criminal, pero tan deleitoso, que en ciertas -ocasiones es preciso ser santo o arcángel para sofocar esta partícula, -para extinguir esta pavesa de infierno que existe en nuestro corazón. -Así es que sintiendo yo en mí la quemadura de aquel diabólico fuego -del alma que nos induce a mortificar alguna vez a las personas que más -amamos, dije con gravedad: - ---Señora mía, no merecen agradecimiento acciones comunes que son -un deber para todas las personas de honor. Además, si se trata de -agradecer, ¿qué podría decir yo, al recordar las atenciones que -de usted he merecido en el cuartel general aliado, y antes de que -viniésemos ambos a Salamanca? - -Miss Fly pareció muy regocijada de estas palabras mías, y en su mirada -resplandeció una satisfacción que no se cuidaba de disimular. Inés -observaba a la inglesa, queriendo leer en su rostro lo que no había -dicho. - ---Sr. Santorcaz --dijo la Mosquita después de una pausa--, ¿no pensáis -casar a vuestra hija? - ---Señora, mi hija parece hasta hoy muy contenta de su estado y de la -compañía de su padre. Sin embargo, con el tiempo... No se casará con un -noble ni con un militar, porque ella y yo aborrecemos a esos verdugos y -carniceros del pueblo. - ---Podemos darnos por ofendidos con lo que decís contra dos clases tan -respetables --repuso con benevolencia Miss Fly--. Yo soy noble, y el -señor es militar. Conque... - ---He hablado en términos generales, señora. Por lo demás, mi hija no -quiere casarse. - ---Es imposible que siendo tan linda no tenga los pretendientes a -millares --dijo Miss Fly mirándola--. ¿Será posible que esta hermosa -niña no ame a nadie? - -Inés, en aquel instante, no podía disimular su enojo. - ---Ni ama ni ha amado jamás a nadie --contestó oficiosamente su padre. - ---Eso no, Sr. Santorcaz --dijo la inglesa--. No tratéis de engañarme, -porque conozco de la cruz a la fecha la historia de vuestra adorada -niña, hasta que os apoderasteis de ella en Cifuentes. - -Inés se puso roja como una cereza, y me miró no sé si con desprecio o -con terror. Yo callaba, y midiendo por mi propia emoción la suya, decía -para mí con la mayor inocencia: «La pobrecita será capaz de enfadarse.» - ---Tonterías y mimos de la infancia --dijo Santorcaz, a quien había -sabido muy mal lo que acababa de oír. - ---Eso es --añadió la inglesa señalando sucesivamente a Inés y a -mí--. Ambos son ya personas formales, y sus ideas, así como sus -sentimientos, han tomado camino más derecho. No conozco el carácter y -los pensamientos de vuestra encantadora hija; pero conozco el grande -espíritu, el noble entendimiento del joven que nos escucha, y puedo -aseguraros que leo en su alma como en un libro. - -Inés no cabía en sí misma. El alma se le salía por los ojos en forma -de aflicción, de despecho, de no sé qué sentimiento poderoso, hasta -entonces desconocido para ella. - ---Hace algún tiempo --añadió la inglesa-- que nos une una noble, franca -y pura amistad. Este caballero posee un espíritu elevado. Su corazón, -superior a los sentimientos mezquinos de la vida ordinaria, arde en el -deseo fogoso de una vida grandiosa, de lucha, de peligro, y no quiere -asociar su existencia a la menguada medianía de un hogar pacífico, sino -lanzarla a los tumultos de la guerra, de la sociedad, donde hallará -pareja digna de su alma inmensa. - -No pude reprimir una sonrisa; pero nadie, felizmente, a no ser Inés que -me observaba, advirtió mi indiscreción. - ---¿Qué decís a esto? --preguntó Athenais a mi novia. - ---Que me parece muy bien --contestó como Dios la dio a entender, entre -atrevida y balbuciente--. Cuando se tiene un alma de tal inmensidad, -parece propio afrontar los peligros de una patrulla, en vez de llamar a -la primera puerta que se presenta. - ---Ya comprenderá usted, señora --dijo don Luis--, que mi hija no es -tonta. - ---Sí; pero lo sois vos --contestó desabridamente Miss Fly. - -Y diciéndolo, en la casa retumbaron aldabonazos tan fuertes como los -que nosotros habíamos dado poco antes. - ---¡La patrulla! --exclamé. - ---Sin duda --dijo Santorcaz--. Pero no haya temor. He prometido ocultar -a ustedes. Si manda la patrulla Cerizy, que es amigo mío, no hay nada -que temer. Inés, esconde a la señora en el cuarto de los libros, que yo -archivaré a este sujeto en otro lado. - -Mientras Inés y Miss Fly desaparecieron por una puerta excusada, dejeme -conducir por mi antiguo amigo, el cual me llevó a la habitación donde -por la mañana le había visto, y en la cual estaban aquella noche y en -aquella ocasión cinco hombres sentados alrededor de la ancha mesa. Vi -sobre esta libros, botellas y papeles en desorden, y bien podía decirse -que las tres clases de objetos ocupaban igualmente a todos. Leían, -escribían y echaban buenos tragos, sin dejar de charlar y reír. Observé -además que en la estancia había armas de todas clases. - ---Otra vez te atruenan la casa a aldabonazos, papá Santorcaz --dijo al -vernos entrar el más joven, animado y vivaracho de los presentes. - ---Es la ronda --respondió el masón--. A ver dónde escondemos a este -joven, Monsalud, ¿sabes quién manda la ronda esta noche? - ---Cerizy --contestó el interpelado, que era un joven alto, flaco y -moreno, bastante parecido a una araña. - ---Entonces no hay cuidado --me dijo--. Puedes entrar en esta habitación -y esconderte allí, por si acaso quiere subir a beber una copa. - -Escondido, mas no encerrado en la habitación que me designara, -permanecí algún tiempo, el necesario para que Santorcaz bajase a la -puerta, y por breves momentos conferenciase con los de la ronda, y para -que el jefe de esta subiese a honrar las botellas que galantemente le -ofrecían. - ---Señores --dijo el oficial francés entrando con Santorcaz--, buenas -noches... ¿Se trabaja? Buena vida es esta. - ---Cerizy --replicó el llamado Monsalud llenando una copa--, a la salud -de Francia y España reunidas. - ---A la salud del gran imperio galo-hispano --dijo Cerizy alzando la -copa--. A la salud de los buenos españoles. - ---¿Qué noticias, amigo Cerizy? --preguntó otro de los presentes, viejo, -ceñudo y feo. - ---Que el Lord está cerca... pero nos defenderemos bien. ¿Han visto -ustedes las fortificaciones?... Ellos no tienen artillería de sitio... -El ejército aliado es un ejército _pour rire_... - ---¡Pobrecitos!... --exclamó el viejo, cuyo nombre era Bartolomé -Canencia--. ¡Cuando uno piensa que van a morir tantos hombres... que se -va a derramar tanta sangre...! - ---Señor filósofo --indicó el francés--, porque ellos lo quieren... -Convenced a los españoles de que deben someterse... - ---Descanse usted un momento, amigo Cerizy. - ---No puedo detenerme... Han herido a un sargento de dragones en esta -calle... - ---Alguna disputa... - ---No se sabe... los asesinos han huido... Dicen que son espías. - ---¡Espías de los ingleses!... Salamanca está llena de espías. - ---Han dicho que un español y una inglesa... o no sé si un inglés -acompañado de una española... Pero no puedo detenerme. Se me mandó -registrar las casas... Decidme, ¿no hay logia esta noche? - ---¿Logia? Si nos marchamos... - ---¿Se marchan? --dijo el francés--. Y yo que estaba concluyendo a toda -prisa mi _Memoria sobre las distintas formas de la tiranía_. - ---Léasela usted a sí propio --indicó el filósofo Canencia--. Lo -mismo me pasará a mí con mi _Tratado de la libertad individual_ y mi -traducción de Diderot. - ---¿Y por qué es esa marcha? - ---Porque los ingleses entrarán en Salamanca --dijo Santorcaz--, y no -queremos que nos cojan aquí. - ---Yo no daría dos cuartos por lo que me quedara de pescuezo, después de -entrar los aliados --advirtió el más joven y más vivaracho de todos. - ---Los ingleses no entrarán en Salamanca, señores --afirmó con -petulancia el oficial. - -Santorcaz movió la cabeza con triste expresión dubitativa. - ---Y pues echan ustedes a correr, desde que nos hallamos comprometidos, -Sr. Santorcaz --añadió Cerizy con la misma petulancia y cierto tonillo -reprensivo--, sepan que en el cuartel general de Marmont no estarán los -masones tan seguros como aquí. - ---¿Que no? - ---No; porque no son del agrado del general en jefe, que nunca fue -aficionado a sociedades secretas. Las ha tolerado, porque era preciso -alentar a los españoles que no seguían la causa insurgente; pero ya -sabe usted que Marmont es algo _bigot_. - ---Sí... - ---Pero lo que no sabe usted es que han venido órdenes apremiantes de -Madrid para separar la causa francesa de todo lo que transcienda a -masonería, ateísmo, irreligiosidad y filosofía. - ---Lo esperaba, porque José es también algo... - ---_Bigot_... Conque buen viaje y no fiarse mucho del general en jefe. - ---Como no pienso parar hasta Francia, mi querido Sr. Cerizy... --dijo -Santorcaz--, estoy sin cuidado. - ---No se puede vivir en esta abominable nación --afirmó el viejo -filósofo--. En París o en Burdeos publicaré mi _Tratado de la libertad -individual_ y mi traducción de Diderot. - ---Buenas noches, Sr. Santorcaz, señores todos. - ---Buenas noches y buena suerte contra el Lord, Sr. Cerizy. - ---Nos veremos en Francia --dijo el francés al retirarse--. ¡Qué lástima -de logia!... Marchaba tan bien... Sr. Canencia, siento que no conozca -usted mi _Memoria sobre las tiranías_. - -Cuando el jefe de la ronda bajaba la escalera, sacome de mi escondite -Santorcaz, y presentándome a sus amigos, dijo con sorna: - ---Señores, presento a ustedes un espía de los ingleses. - -No le contesté una palabra. - ---Bien se conoce, amiguito... pero no reñiremos --añadió el masón -ofreciéndome una silla y poniéndome delante una copa que llenó--. Bebe. - ---Yo no bebo. - ---Amigo Ciruelo --dijo D. Luis al más joven de los presentes--, te -quedarás en Salamanca hasta mañana, porque en lugar tuyo va a salir -este joven. - ---Sí, eso es --objetó Ciruelo mirándome con enojo--. ¿Y si vienen los -aliados y me ahorcan?... Yo no soy espía de los ingleses. - ---¡Ingleses, franceses!... --exclamó el filósofo Canencia en tono -sibilítico--. Hombres que se disputan el terreno, no las ideas... -¿Qué me importa cambiar de tiranos? A los que como yo combaten por la -filosofía, por los grandes principios de Voltaire y Rousseau, lo mismo -les importa que reinen en España las casacas rojas o los capotes azules. - ---¿Y usted qué piensa? --me dijo Monsalud observándome con -curiosidad--. ¿Entrarán los aliados en Salamanca? - ---Sí, señor, entraremos --contesté con aplomo. - ---Entraremos... luego usted pertenece al ejército aliado. - ---Al ejército aliado pertenezco. - ---¿Y cómo está usted aquí? --me preguntó, con ademán y tono de la mayor -fiereza, otro de los presentes, que era hombre más fuerte y robusto que -un toro. - ---Estoy aquí, porque he venido. - -Necesitaba hacer grandes esfuerzos para sofocar mi indignación. - ---Este joven se burla de nosotros --dijo Ciruelo. - ---Pues yo sostengo que los aliados no entrarán en Salamanca --añadió -Monsalud--. No traen artillería de sitio. - ---La traerán... - ---Ignoran con qué clase de fortificaciones tienen que habérselas. - ---El Duque de Ciudad-Rodrigo no ignora nada. - ---Bueno, que entren --dijo Santorcaz--. Puesto que Marmont nos -abandona... - ---Lo que yo digo --indicó el filósofo--: casacas rojas o casacas -azules... ¿qué más da? - ---Pero es indigno que favorezcamos a los espías de Lord Wellington ---exclamó con ira el bárbaro Monsalud, levantándose de su asiento. - -Yo decía para mí: «¿No habrá en esta maldita casa un agujero por donde -escapar solo con ella?» - ---Siéntate y calla, Monsalud --dijo Santorcaz--. A mí me importa poco -que _Narices_ entre o no en Salamanca. Pongo yo el pie en mi querida -Francia... Aquí no se puede vivir. - ---Si siguieran los franceses mi parecer --dijo el joven Ciruelo con la -expresión propia de quien está seguro de manifestar una gran idea--, -antes de entregar esta ciudad histórica a los aliados, la volarían. -Basta poner seis quintales de pólvora en la Catedral, otros seis en la -Universidad, igual dosis en los Estudios Menores, en la Compañía, en -San Esteban, en Santo Tomás y en todos los grandes edificios... Vienen -los aliados, ¿quieren entrar? ¡fuego! ¡Qué hermoso montón de ruinas! -Así se consiguen dos objetos: acabar con ellos, y destruir uno de los -más terribles testimonios de la tiranía, barbarie y fanatismo de esos -ominosos tiempos, señores... - ---Orador Ciruelo, tú harás revoluciones --dijo Canencia con majestuosa -petulancia. - ---Lo que yo afirmo --gruñó Monsalud-- es que, venzan o no los aliados, -no me marcharé de España. - ---Ni yo --mugió el toro. - ---Prefiero volverme con los insurgentes --dijo el quinto personaje, que -hasta entonces no había desplegado los bozales labios. - ---Yo me voy para siempre de España --afirmó Santorcaz--. Veo mal parada -aquí la causa francesa. Antes de dos años, Fernando VII volverá a -Madrid. - ---¡Locura, necedad! - ---Si esta campaña termina mal para los franceses, como creo... - ---¿Mal? ¿Por qué? - ---Marmont no tiene fuerzas. - ---Se las enviarán. Viene en su auxilio el rey José con tropas de -Castilla la Nueva. - ---Y la división Esteve, que está en Segovia. - ---Y el ejército de Bonnet viene cerca ya. - ---Y también Cafarelli, con el ejército del Norte. - ---Todavía no han venido --dijo Santorcaz con tristeza--. Bien, si -vienen esas tropas, y ponen los franceses toda la carne en el asador... - ---Vencerán. - ---¿Qué crees tú, Araceli? - ---Que Marmont, Bonnet, Esteve, Cafarelli y el rey José no hallarán -tierra por donde correr si tropiezan con los aliados --dije con gran -aplomo. - ---Lo veremos, caballero. - ---Eso es, lo verán ustedes --repuse--. Lo veremos todos. ¿Saben ustedes -bien lo que es el ejército aliado que ha tomado a Ciudad-Rodrigo y -Badajoz? ¿Saben ustedes lo que son esos batallones portugueses y -españoles, esa caballería inglesa?... Figúrense ustedes una fuerza -inmensa, una disciplina admirable, un entusiasmo loco, y tendrán idea -de esa ola que viene y que todo lo arrollará y destruirá a su paso. - -Los seis hombres me miraban absortos. - ---Supongamos que los franceses son derrotados: ¿qué hará entonces el -Emperador? - ---Enviar más tropas. - ---No puede ser. ¿Y la campaña de Rusia? - ---Que va muy mal, según dicen --indiqué yo. - ---No va sino muy bien, caballero --afirmó Monsalud, con gesto -amenazador. - ---Las últimas noticias --dijo el quinto personaje, que tenía facha de -militar, y era hombre fuerte, membrudo, imponente, de mirar atravesado -y antipática catadura-- son estas... Acabo de leerlas en el papel que -nos han mandado de Madrid. El Emperador es esperado en Varsovia. El -primer cuerpo va sobre Piegel; el mariscal Duque de Regio, que manda el -segundo, está en Wehlan; el mariscal Duque de Elchingen, en Soldass; el -Rey de Westphalia, en Varsovia... - ---Eso está muy lejos y no nos importa nada --dijo Santorcaz con -disgusto--. Por bien que salga el Emperador de esa campaña temeraria, -no podrá en mucho tiempo mandar tropas a España... y parece que Soult -anda muy apretado en Andalucía, y Suchet en Valencia. - ---Todo lo ves negro --gritó con enojo Monsalud. - ---Veo la guerra del color que tiene ahora... De modo que a Francia me -voy, y salga el sol por Antequera. - ---Triste cosa es vivir de esta manera --dijo el filósofo--. Somos -ganado trashumante. Verdad es que no pasamos por punto alguno sin -dejar la semilla del _Contrato social_, que germinará pronto poblando -el suelo de verdaderos ciudadanos... Y es, además de triste, vergonzoso -vernos obligados a pasar por cómicos de la legua. - ---Yo no me vestiré más de payaso, aunque me aspen --declaró Monsalud. - ---Y yo, antes de dejarme descuartizar por afrancesado, me volveré con -los insurgentes --indicó el que tenía figura y corpulencia de salvaje -toro. - ---Nada perdemos con adoptar nuestro disfraz --dijo D. Luis--. Conque se -vista uno y nos siga el carro lleno de trebejos, bastará para que no -nos hagan daño en esos feroces pueblos... Conque en marcha, señores. -Araceli, dame tus armas, porque nosotros no llevamos ninguna... En caso -contrario, no me expondré a sacarte. - -Se las di, disimulando la rabia que llenaba mi alma, y al punto -empezaron los preparativos de marcha. Unos corrían a cerrar sus breves -maletas, más llenas de papeles que de ropas. Arregló Ramoncilla el -equipaje de su amo, y no tardaron en atronar las casas los ruidos que -caballerías y carros hacían en el patio. Cuando pasé a la habitación -donde estaban Inés y Miss Fly, sorprendiome hallarlas en conversación -tirada, aunque no cordial, al parecer, y en el semblante de la primera -advertí un hechicero mohín irónico, mezclado de tristeza profunda. -Yo ocultaba y reprimía en el fondo de mi pecho una tempestad de -indignación, de zozobra. Aun allí, rodeado de tan diversa gente, -miraba con angustia a todos los rincones, ansiando descubrir alguna -brecha, algún resquicio por donde escapar solo con ella. Creíame capaz -de las hazañas que soñaba el alto espíritu de Miss Fly. - -Pero no había medio humano de realizar mi pensamiento. Estaba en -poder de Santorcaz, como si dijéramos, en poder del demonio. Traté de -acercarme a Inés para hablarla a solas un momento, con esperanzas de -hallar en ella un amoroso cómplice de mi deseo; pero Santorcaz con -claro designio y Miss Fly quizás sin intención, me lo impidieron. Inés -misma parecía tener empeño en no honrarme con una sola mirada de sus -amantes ojos. - -Athenais, conservando su falda de amazona, se había transfigurado, -escondiendo graciosamente su busto y hermosa cabeza bajo los pliegues -de un manto español. - ---¿Qué tal estoy así? --me dijo riendo, en un instante que estuvimos -solos. - ---Bien --contesté fríamente, preocupado con otra imagen que atraía los -ojos de mi alma. - ---¿Nada más que bien? - ---Admirablemente. Está usted hermosísima. - ---Vuestra novia, Sr. Araceli --dijo con expresión festiva y algo -impertinente--, es bastante sencilla. - ---Un poco, señora. - ---Está buena para un pobre hombre... ¿Pero es cierto que amáis... a eso? - -«¡Oh! Dios de los cielos --dije para mí sin hacer caso de Miss Fly--, -¿no habrá un medio de que yo escape solo con ella?» - -Iba la inglesa a repetir su pregunta, cuando Santorcaz nos llamó, -dándonos prisa para que bajásemos. Él y sus amigos habían forrado sus -personas en miserables vestidos. - ---Las dos señoras, en el coche que guiará Juan --dijo D. Luis--. Tres -a caballo, y los otros en el carro. Araceli, entra en el carro con -Monsalud y Canencia. - ---Padre, no vayas a caballo --dijo Inés--. Estás muy enfermo. - ---¿Enfermo? Más fuerte que nunca... Vamos: en marcha... Es muy tarde. - -Distribuyéronse los viajeros conforme al programa, y pronto salimos, en -burlesca procesión, de la casa y de la calle y de Salamanca. ¡Oh, Dios -poderoso! Me parecía que había estado un siglo dentro de la ciudad. -Cuando, sin hallar obstáculos en las calles ni en la muralla, me vi -fuera de las temibles puertas, me pareció que tornaba a la vida. - -Según orden de Santorcaz, el cochecillo donde iban las dos damas -marchaba delante; seguían los jinetes, y luego los carros, en uno de -los cuales tocome subir con los dos interesantes personajes citados. Al -verme en el campo libre, si se calmó mi desasosiego por los peligros -que corría dentro de _Roma la chica_, sentí una aflicción vivísima por -causas que se comprenderán fácilmente. Me era forzoso correr hacia -el cuartel general, abandonando aquel extraño convoy donde iban los -amores de toda mi vida, el alma de mi existencia, el tesoro perdido, -encontrado y vuelto a perder, sin esperanza de nueva recuperación. -Llevado, arrastrado yo mismo por aquella cuadrilla de demonios, ni aun -me era posible seguirla, y el deber me obligaba a separarme en medio -del camino. La desesperación se apoderó de mí, cuando mis ojos dejaron -de ver en la oscuridad de la noche a las dos mujeres que marchaban -delante. Salté al suelo, y corriendo con velocidad increíble, pues la -hondísima pena parecía darme alas, grité con toda la fuerza de mis -pulmones: - ---¡Inés, Miss Fly!... aquí estoy... parad, parad... - -Santorcaz corrió al galope detrás de mí y me detuvo. - ---Gabriel --gritó--, ya te he sacado de la ciudad, y ahora puedes -marcharte dejándonos en paz. A mano derecha tienes el camino de -Aldea-Tejada. - ---¡Bandido! --exclamé con rabia--. ¿Crees que si no me hubieras quitado -las armas me marcharía solo? - ---¡Muy bravo estás!... Buen modo de pagar el beneficio que acabo de -hacerte... Márchate de una vez. Te juro que si vuelves a ponerte -delante de mí y te atreves a amenazarme, haré contigo lo que mereces. - ---¡Malvado!... --grité abalanzándome al arzón de su cabalgadura y -hundiendo mis dedos en sus flacos muslos--. ¡Sin armas estoy y podré -dar cuenta de ti! - -El caballo se encabritó, arrojándome a cierta distancia. - ---¡Dame lo que es mío, ladrón! --exclamé tornando hacia mi enemigo--. -¿Crees que te temo? Baja de ese caballo... devuélveme mi espada y -veremos. - -Santorcaz hizo un gesto de desprecio, y en el silencio de la noche oí -el rumor de su irónica risa. El otro jinete, que era el semejante a un -toro, se le unió incontinenti. - ---O te marchas ahora mismo --dijo Don Luis--, o te tendemos en el -camino. - ---La señora inglesa ha de partir conmigo. Hazla detener --dije -dominando la intensa cólera que a causa de mi evidente inferioridad me -sofocaba. - ---Esa dama irá a donde quiera. - ---¡Miss Fly, Miss Fly! --grité ahuecando ambas manos junto a mi boca. - -Nadie me respondía, ni aun llegaba a mis oídos el rumor de las ruedas -del coche. Corrí largo trecho al lado de los caballos, fatigado, -jadeante, cubierto de sudor y con profunda agonía en el alma... Volví a -gritar luego, diciendo: - ---¡Inés, Inés! ¡Aguarda un instante... allá voy! - -Las fuerzas me faltaban. Los jinetes se dirigieron en disposición -amenazadora hacia mí; pero un resto de energía física que aún -conservaba, me permitió librarme de ellos, saltando fuera del camino. -Pasaron adelante los caballos, y las carcajadas de Santorcaz y -del hombre-toro resonaron en mis oídos como el graznar de pájaros -carniceros que revoloteaban junto a mí, describiendo pavorosos -círculos en torno a mi cabeza. Si mi cuerpo estaba desmayado y casi -exánime, conservaba aún voz poderosa, y vociferé mientras creí que -podía ser oído: - ---¡Miserables!... ya caeréis en mi poder... ¡Eh, Santorcaz, no te -descuides!... ¡allá iré yo!... ¡allá iré! - -Bien pronto se extinguió a lo lejos el ruido de herraduras y ruedas. Me -quedé solo en el camino. Al considerar que Inés había estado en mi mano -y que no me había sido posible apoderarme de ella, sentía impulsos de -correr hacia adelante, creyendo que la rabia bastaría a hacer brotar de -mi cuerpo las potentes alas del cóndor... En mi desesperada impotencia -me arrojaba al suelo, mordía la tierra, y clamaba al cielo con alaridos -que habrían aterrado a los transeúntes, si por aquella desolada llanura -hubiese pasado en tal hora alma viviente... ¡Se me escapaba quizá para -siempre! Registré el horizonte en derredor, y todo lo vi negro; pero -las imágenes de los dos ejércitos pertenecientes a las dos naciones más -poderosas del mundo se presentaron a mi agitada imaginación. ¡Por allí -los franceses... por acá los ingleses! Un paso más, y el humo y los -clamores de sangrienta batalla se elevarán hasta el cielo; un paso más, -y temblará, con el peso de tanto cuerpo que cae, este suelo en que me -sostengo. - ---¡Oh, Dios de las batallas, guerra y exterminio es lo que deseo! ---exclamé--. Que no quede un solo hombre de aquí hasta Francia... -Araceli, al cuartel real... Wellington te espera. - -Esta idea calmó un tanto mi exaltación, y me levanté del suelo en que -yacía. Cuando di los primeros pasos experimenté esa suspensión del -ánimo, ese asombro indefinible que sentimos en el momento de observar -la falta o pérdida de un objeto que poco antes llevábamos. - ---¿Y Miss Fly? --dije deteniéndome estupefacto--. No lo sé... adelante. - - - - -XXV - - -Seguro de que los franceses habían tomado la dirección de Toro, me -encaminé yo hacia el mediodía buscando el Valmuza, riachuelo que corre -a cuatro o cinco leguas de la capital. Marchaba a pie con toda la prisa -que me permitían el mucho cansancio corporal y las fatigas del alma, -y a las ocho de la mañana entré en Aldea-Tejada, después de vadear el -Tormes y recorrer un terreno áspero y desigual desde Tejares. Unos -aldeanos dijéronme antes de llegar allí que no había franceses en los -alrededores ni en el pueblo, y en este oí decir que por Siete Carreras -y Tornadizos se habían visto en la noche anterior muchísimos ingleses. - ---Cerca están los míos --dije para mí; y tomando algo de lo necesario -para sustentarme, seguí adelante. - -Nada me aconteció digno de notarse hasta Tornadizos, donde encontré -la vanguardia inglesa y varias partidas de D. Julián Sánchez. Eran las -diez de la mañana. - ---Un caballo, señores, préstenme un caballo --les dije--. Si no, -prepárense a oír al señor Duque... ¿Dónde está el cuartel general? Creo -que en Bernuy. Un caballo pronto. - -Al fin me lo dieron, y lanzándolo a toda carrera primero por el camino, -y después por trochas y veredas, a las doce menos cuarto estaba en el -cuartel general. Vestí a toda prisa mi uniforme, informándome al mismo -tiempo de la residencia de Lord Wellington para presentarme a él al -instante. - ---El Duque ha pasado por aquí hace un momento --me dijo Tribaldos--. -Recorre el pueblo a pie. - -Un momento después encontré en la plaza al señor Duque, que volvía de -su paseo. Conociome al punto, y acercándome a él le dije: - ---Tengo el honor de manifestar a Vuecencia que he estado en Salamanca, -y que traigo todos los datos y noticias que Vuecencia desea. - ---¿Todos? --dijo Wellington sin hacer demostración alguna de -benevolencia ni de desagrado. - ---Todos, mi general. - ---¿Están decididos a defenderse? - ---El ejército francés ha evacuado ayer tarde la ciudad, dejando solo -ochocientos hombres. - -Wellington miró al general portugués Troncoso, que a su lado venía. Sin -comprender las palabras inglesas que se cruzaron, me pareció que el -segundo afirmaba: - ---Lo ha adivinado Vuecencia. - ---Este es el plano de las fortificaciones que defienden el paso del -puente --dije alargando el croquis que había sacado. - -Tomolo Wellington, y después de examinarlo con profundísima atención, -preguntó: - ---¿Está usted seguro de que hay piezas giratorias en el revellín y ocho -piezas comunes en el baluarte? - ---Las he contado, mi general. El dibujo será imperfecto; pero no hay en -él una sola línea que no sea representación de una obra enemiga. - ---¡Oh, oh! Un foso desde San Vicente al Milagro --exclamó con asombro. - ---Y un parapeto en San Vicente. - ---San Cayetano parece fortificación importante. - ---Terrible, mi general. - ---Y estas otras en la cabecera del puente... - ---Que se unen a los fuertes por medio de estacadas en zig-zag. - ---Está bien --dijo complacido, guardando el croquis--. Ha desempeñado -usted su comisión satisfactoriamente a lo que parece. - ---Estoy a las órdenes de mi general. - -Y luego, volviendo en derredor la perspicaz mirada, añadió: - ---Me dijeron que Miss Fly cometió la temeridad de ir también a -Salamanca a ver los edificios. No la veo. - ---No ha vuelto --dijo un inglés de los de la comitiva. - -Interrogáronme todos con alarmantes miradas, y sentí cierto embarazo. -Hubiera dado cualquier cosa porque la señorita Fly se presentase en -aquel momento. - ---¿Que no ha vuelto? --dijo el Duque con expresión de alarma y clavando -en mí sus ojos--. ¿Dónde está? - ---Mi general, no lo sé --respondí bastante contrariado--. Miss Fly no -fue conmigo a Salamanca. Allí la encontré, y después... Nos separamos -al salir de la ciudad, porque me era preciso estar en Bernuy antes de -las doce. - ---Está bien --dijo Lord Wellington como si creyese haber dado excesiva -importancia a un asunto que en sí no la tenía--. Suba usted al instante -a mi alojamiento para completar los informes que necesito. - -No había dado dos pasos, marchando humildemente a la cola de la -comitiva del señor Duque, cuando detúvome un oficial inglés, algo -viejo, pequeño de rostro, no menos encarnado que su uniforme, y -cuya carilla arrugada y diminuta se distinguía por cierta vivacidad -impertinente, de que eran signos principales una nariz picuda y unos -espejuelos de oro. Acostumbrados los españoles a considerar ciertas -formas personales como inherentes al oficio militar, nos causaban -sorpresa y aun risa aquellos oficiales de Artillería y Estado Mayor, -que parecían catedráticos, escribanos, vistas de aduanas o procuradores. - -Mirome el coronel Simpson, pues no era otro, con altanería; mirele -yo a él del mismo modo, y una vez que nos hubimos mirado a sabor de -entrambos, dijo él: - ---Caballero, ¿dónde está Miss Fly? - ---Caballero, ¿lo sé yo acaso? ¿Me ha constituido el Duque en custodio -de esa hermosa mujer? - ---Se esperaba que Miss Fly regresase con usted de su visita a los -monumentos arquitectónicos de Salamanca. - ---Pues no ha regresado, caballero Simpson. Yo tenía entendido que Miss -Fly podía ir y venir y partir y tornar cuando mejor le conviniese. - ---Así debiera ser y así lo ha hecho siempre --dijo el inglés--; pero -estamos en una tierra donde los hombres no respetan a las señoras, -y pudiera suceder que Athenais, a pesar de su alcurnia, no tuviese -completa seguridad de ser respetada. - ---Miss Fly es dueña de sus acciones --le contesté--. Respecto a su -tardanza o extravío, ella sola podrá informar a usted cuando parezca. - -Era ciertamente gracioso exigirme la responsabilidad de los pasos malos -o buenos de la antojadiza y volandera inglesa, cuando ella no conocía -freno alguno a su libertad, ni tenía más salvaguardia de su honor que -su honor mismo. - ---Esas explicaciones no me satisfacen, caballero Araceli --me dijo -Simpson dignándose dirigir sobre mí una mirada de enojo, que adquiría -importancia al pasar por el cristal de sus espejuelos--. El insigne -Lord Fly, conde de Chichester, me ha encargado que cuide de su hija... - ---¡Cuidar de su hija! ¿Y usted lo ha hecho?... Cuando estuvo a punto -de perecer en Sancti Spíritus, no le vi a su lado... ¡Cuidar de ella! -¿De qué modo se cuida a las señoritas en Inglaterra? ¿Dejando que los -españoles les ofrezcan alojamiento, que las acompañen a visitar abadías -y castillos? - ---Siempre han acompañado a esa señorita dignos caballeros que no -abusaron de su confianza. No se temen debilidades de Miss Fly, que -tiene el mejor de los guardianes en su propio decoro; se temen, -caballero Araceli, las violencias, los crímenes que son comunes en las -naturalezas apasionadas de esta tierra. En suma, no me satisfacen las -explicaciones que usted ha dado. - ---No tengo que añadir, respecto al paradero de Miss Fly, ni una palabra -más a lo que ya tuve el honor de manifestar a Lord Wellington. - ---Basta, caballero --repuso Simpson poniéndose como un pimiento--. Ya -hablaremos de esto en ocasión más oportuna. He manifestado mis recelos -a D. Carlos España, el cual me ha dicho que no era usted de fiar... -Hasta la vista. - -Apartose de mí vivamente para unirse a la comitiva, que estaba muy -distante, y dejome en verdad pensativo el venerable y estudioso -oficial. Poco después D. Carlos España me decía riendo con aquella -expansión franca y un tanto brutal que le era propia: - ---Picarón redomado, ¿dónde demonios has metido a la amazona? ¿Qué -has hecho de ella? Ya te tenía yo por buena alhaja. Cuando el coronel -Simpson me dijo que estaba sobre ascuas, le contesté: «No tenga usted -duda, amigo mío: los españoles miran a todas las mujeres como cosa -propia.» - -Traté de convencer al general de mi inocencia en aquel delicado asunto; -pero él reía, antes impulsado por móviles de alabanza que de vituperio, -porque los españoles somos así. Luego le conté cómo habiendo necesitado -del auxilio de los masones para salir de Salamanca, nos acompañamos -de ellos hasta llegar a buen trecho de la ciudad; mas cuando indiqué -que Miss Fly les había seguido, ni España ni ninguno de los que me -escuchaban quisieron creerme. - -Cuando fui al alojamiento del general en jefe para informarle de mil -particularidades que él quería conocer relativas a los conventos -destruidos, a municiones, a víveres, al espíritu de la guarnición y del -vecindario, hallé al Duque, con quien conferencié más de hora y media, -tan frío, tan severo conmigo, que se me llenó el alma de tristeza. -Recogía mis noticias, harto preciosas para el ejército aliado, sin -darme claras y vehementes señales, cual yo esperaba, de que mi -servicio fuese estimado, o como si, estimando el hecho, menospreciara -la persona. Hizo elogios del croquis; pero me parecía advertir en él -cierta desconfianza, y hasta la duda de que aquel minucioso dibujo -fuese exacto. - -Consternado yo, mas lleno de respeto hacia aquel grave personaje, a -quien todos los españoles considerábamos entonces poco menos que un -Dios, no osé desplegar los labios en materia alguna distinta de las -respuestas que tenía que dar; y cuando el héroe de Talavera me despidió -con una cortesía rígida y fría como el movimiento de una estatua que -se dobla por la cintura, salí lleno de confusiones y sobresaltos, mas -también de ira, porque yo comprendía que alguna sospecha tan grave como -injusta deslustraba mi buen concepto. ¡Después de tantos trabajos y -fatigas por prestar servicio tan grande al ejército aliado, no se me -trataba con mayor estima que a un vulgar y mercenario espía! ¡Yo no -quería grados ni dinero en pago de mi servicio! Quería consideración, -aprecio, y que el _Lord_ me llamase su amigo o que desde lo alto de -su celebridad y de su genio dejase caer sobre mi pequeñez cualquier -frase afectuosa y conmovedora, como la caricia que se hace al perro -leal; pero nada de esto había logrado. Trayendo a mi memoria a un -mismo tiempo y en tropel confuso las sofocaciones del día anterior, mi -croquis, mis servicios, mis apuros, los horrendos peligros, y después -la fisonomía severa y un tanto ceñuda de Lord Wellington, el despecho -me inspiraba frases íntimas como la siguiente: - -«Quisiera que hubieses estado en poder de Jean-Jean y de Tourlourou, -a ver si ponías esa cara... Una cosa es mandar desde la tienda de -campaña, y otra obedecer en la muralla... Una cosa es la orden y otra -el peligro... Expóngase uno cien veces a morir por un...» - - - - -XXVI - - -Esta y otras cosas peores que callo, decía yo aquella tarde cuando -partimos hacia Salamanca, a cuyas inmediaciones llegamos antes de -anochecido, alejándonos después de la ciudad para pasar el Tormes por -los vados del Canto y San Martín. Por todas partes oía decir: - ---Mañana atacaremos los fuertes. - -Yo, que los había visto, que los había examinado, conocía que esto no -podía ser. - ---¡Si creerán ustedes que esos fuertes son juguetes como los que -hicieron en Madrid el 3 de diciembre! --decía yo a mis amigos, dándome -cierta importancia--. ¡Si creerán ustedes que la artillería que los -defiende es alguna batería de cocina! - -Y aquí encajaba descripciones ampulosas, que concluían siempre así: - ---Cuando se han visto las cosas, cuando se las ha medido palmo a palmo, -cuando se las ha puesto en dibujo con más o menos arte, es cuando puede -formarse idea acabada de ellas. - ---Di, ¿y a Miss Fly también la has visto, la has medido palmo a palmo, -y la has puesto en dibujo con más o menos arte? --me preguntaban. - -Esto me volvía a mis melancolías y _saudades_ (hablando en portugués), -ocasionadas por el disfavor de Lord Wellington, por el ningún motivo -e injusticia de su frialdad y desabrimiento con un servidor leal y -obediente soldado. - -Wellington mandó atacar los fuertes por mera conveniencia moral y -por infundir aliento a los soldados, que no habían combatido desde -Arroyomolinos. Harto conocía el señor Duque que aquellas obras formadas -sobre las robustísimas paredes de los conventos no caerían sino ante -un poderoso tren de batir, y al efecto hizo venir de Almeida piezas -de gran calibre. Esperando, pues, el socorro, y simulando ataques, -pasaron dos o tres días, en los cuales nada histórico ni particular -ocurrió digno de ser contado, pues ni adquirió Lord Wellington nuevos -títulos nobiliarios, ni pareció Miss Fly, ni tuve noticias del rumbo -que tomaron los traviesos y mil veces malditos masones. - -De lo ocurrido entonces, únicamente merecen lugar, y por cierto muy -preferente, en estas verídicas relaciones, las miradas que me echaba -de vez en cuando el coronel Simpson y sus palabras agresivas, a que -yo le contestaba siempre con las peores disposiciones del mundo. Y -francamente, señores, yo estaba inquieto, casi tan inquieto como el -sabio coronel Simpson, porque pasaban días y continuaba el eclipse de -Miss Fly. Creí entender que se hacían averiguaciones minuciosas; creí -entender ¡oh, cielos! que me amenazaba un severo interrogatorio, al -cual seguirían rigurosas medidas penales contra mí; pero Dios, para -salvarme sin duda de castigos que no merecía, permitió que el día 20 -muy de mañana apareciese en los cerros del Norte... no la romancesca e -interesante inglesa, sino el Mariscal Marmont con 40.000 hombres. - -El mismo día en que se nos presentó el francés por el mismo camino -de Toro, se suspendió el ataque de los fuertes, e hicimos varios -movimientos para tomar posiciones si el enemigo nos provocaba a trabar -batalla. Mas pronto se conoció que Marmont no tenía ganas de lanzar su -ejército contra nosotros, siendo su intento, al aproximarse, distraer -las fuerzas sitiadoras, y tal vez introducir algún socorro en los -fuertes. Pero Wellington, aunque no se había recibido la artillería de -Almeida, persistía con tenacidad sajona en apoderarse de San Vicente -y de San Cayetano, los dos formidables conventos arreglados para -castillos por una irrisión de la historia. ¡Me parecía estar viéndolos -aún desde la torre de la Merced! - -La tenacidad, que a veces es en la guerra una virtud, también suele ser -una falta, y el asalto de los conventos lo fue manifiestamente; cosa -rara en Wellington, que no solía equivocarse... La división española se -hallaba en Castellanos de los Moriscos observando al francés, que ya se -corría a la derecha, ya a la izquierda, cuando nos dijeron que en el -asalto infructuoso de San Cayetano habían perecido 120 ingleses y el -general Rowes, distinguidísimo en el ejército aliado. - ---Ahora se ve cómo también los grandes hombres cometen errores ---dije a mis amigos--. A cualquiera se le alcanzaba que San Vicente -y San Cayetano no eran corrales de gallinas; pero respetemos las -equivocaciones de los de arriba. - ---¡Ya está! ¡Ya está ahí... albricias! ¡Ya la tenemos ahí! --exclamó D. -Carlos España, que a la sazón, de improviso, se había presentado. - ---¿Quién, Miss Fly? --pregunté con vivo gozo. - ---La artillería, señores, la artillería gruesa que se mandó traer de -Almeida. Ya ha llegado a Pericalbo; esta tarde estará en las paralelas, -se montará mañana y veremos lo que valen esos fuertes que fueron -conventos. - ---¡Ah, bien venida sea!... creí que hablaba usted de Miss Fly, por cuya -aparición daría las dos manos que tengo... - -Vino efectivamente, no Miss Fly, que acerca de esta ni alma viviente -sabía palabra, sino la artillería de sitio, y Marmont, que lo adivinó, -quiso pasar el río para distraer fuerzas a la izquierda del Tormes. Le -vimos correrse a nuestra derecha, hacia Huerta, y al punto recibimos -orden de ocupar a Aldealuenga. Como los franceses cruzaron el Tormes, -lo pasó también el general Graham, y en vista de este movimiento, -pusieron los pies en polvorosa. Marmont, que no tenía bastantes -fuerzas, careciendo principalmente de caballería, no osaba empeñar -ninguna acción formal. - -Por lo demás, ante la artillería de sitio, San Vicente y San Cayetano -no ofrecieron gran resistencia. Los ingleses (y esto lo digo de -referencia, pues nada vi) abrieron brecha el 27 e incendiaron con bala -roja los almacenes de San Vicente. Pidieron capitulación los sitiados; -mas Wellington, no queriendo admitir condiciones ventajosas para ellos, -mandó asaltar la Merced y San Cayetano, escalando el uno y penetrando -en el otro por las brechas. Quedó prisionera la guarnición. - -Este suceso colmó de alegría a todo el ejército, mayormente cuando -vimos que Marmont se alejaba a buen paso hacia el Norte, ignorábamos -si en dirección a Toro o a Tordesillas, porque nuestras descubiertas -no pudieron determinarlo a causa de la oscuridad de la noche. Pero -he aquí que pronto debíamos saberlo, porque la división española y -las guerrillas de D. Julián Sánchez recibieron orden de dar caza a -la retaguardia francesa, mientras todo el ejército aliado, una vez -asegurada Salamanca, marchaba también hacia las líneas del Duero. - -Era la mañana del 28 de junio cuando nos encontrábamos cerca de -Sanmorales, en el camino de Valladolid a Tordesillas. Según nos -dijeron, la retaguardia enemiga y su impedimenta habían salido de -dicho lugar pocas horas antes, llevándose, según la inveterada e -infalible costumbre, todo cuanto pudieron haber a la mano. Pusiéronse -al frente de la división el conde de España y D. Julián Sánchez con sus -intrépidos guerrilleros, que conocían el país como la propia casa, y -se mandó forzar la marcha para poder pescar algo del pesado convoy de -los franchutes. Sin reparar las fuerzas después del largo caminar de -la noche, corrió nuestra vanguardia hacia Babilafuente, mientras los -demás rebuscábamos en Sanmorales lo que hubiese sobrado de la reciente -limpia y rapiña del enemigo. Provistos al fin de algo confortativo, -seguimos también hacia aquel punto, y al cabo de dos horas de penosa -jornada, cuando calculábamos que nos faltarían apenas otras dos para -llegar a Babilafuente, distinguimos este lugar en lontananza; mas no lo -determinaba la perspectiva de las lejanas casas, ni ninguna alta torre -ni castillete, ni menos colina o bosquecillo, sino una columna de negro -y espeso humo que, partiendo de un punto del horizonte, subía y se -enroscaba hasta confundirse con la blanca masa de las nubes. - ---Los franceses han pegado fuego a Babilafuente --gritó un guerrillero. - ---Apretar el paso... en marcha... ¡Pobre Babilafuente! - ---Queman para detenernos... creen que nos estorba la tizne... ¡Adelante! - ---Pero D. Carlos y Sánchez les deben haber alcanzado --dijo otro--. -Parece que se oyen tiros. - ---Adelante, amigos. ¿Cuánto podemos tardar en ponernos allá? - ---Una hora y minutos. - -Viose luego otra negra columna de humo que salía de paraje más lejano, -y que en las alturas del cielo parecía abrazarse con la primera. - ---Es Villoria, que arde también --dijeron--; esos ladrones queman las -trojes después de llevarse el trigo. - -Y más cerca divisamos las rojas llamas oscilando sobre las techumbres; -y una multitud de mujeres despavoridas, ancianos y niños, corrían por -los campos, huyendo con espanto de aquella maldición de los hombres, -más terrible que las del cielo. Por lo que aquellos infelices nos -pudieron decir entre lágrimas y gritos de angustia, supimos que los de -España y Sánchez entraban a punto que salían los franceses después de -incendiar el pueblo; que se habían cruzado algunos tiros entre unos y -otros, pero sin consecuencias, porque los nuestros no se ocuparon más -que de cortar el fuego. - -Estábamos como a doscientos pasos de las primeras casas de la -infortunada aldea, cuando una figura extraña, hermosa, una agraciada -obra de la fantasía, una gentil persona, tan distinta de las comunes -imágenes terrestres como lo son de la vulgar vida las admirables -creaciones de la poesía del Norte; una mujer ideal, llevada por -arrogante y veloz caballo, pasó allá lejos ante la vista, semejante a -los gallardos jinetes que cruzan por los rosados espacios de un sueño -artístico, sin tocar la tierra, dando al viento cabellera y crin, y -modificando, según los cambiantes de la luz, su majestuosa carrera. -Era una figura de amazona, vestida no sé si de negro o de blanco, pero -igual a aquellas mujeres galopantes con cuya postura y arranque ligero -se representa al aire, al fuego, lo que vuela y lo que quema, y que -corría en verdad, animando al corcel con varoniles exclamaciones. -Iba la gentil persona fuera del camino, en dirección contraria a la -nuestra, por un extenso llano cruzado de zanjas y charcos, que el -corcel saltaba con airoso brío a la voluntad del jinete, que hembra y -caballo parecían una sola persona. Tan pronto se alejaba como volvía -la fantástica figura; pero a pesar de su carrera y de la distancia, al -punto que la vi diome un vuelco el corazón, subióseme la sangre con -violento golpe al cerebro, y temblé de sorpresa y alegría. ¿Necesito -decir quién era? - -Lanzando mi caballo fuera del camino, grité: - ---Miss Fly, señorita Mariposa... señora Pajarita, señora Mosquita... -¡Carísima Athenais... Athenais! - -Pero la Pajarita no me oía y seguía corriendo; mejor dicho, -revoloteando, yendo, viniendo, tornando a partir y a volver, y trazando -sobre el suelo, y en la claridad del espacio, caprichosos círculos, -ángulos, curvas y espirales. - ---¡Miss Fly, Miss Fly! - -El viento impedía que mi voz llegase hasta ella. Avivé el paso, sin -apartar los ojos de la hermosa aparición, la cual creeríase iba a -desvanecerse cual caprichosa hechura de la luz o del viento... Pero -no: era la misma Miss Fly, y buscaba una senda en aquella engañosa -planicie, surcada por zanjas y charcos de inmóvil agua verdosa. - ---¡Eh... señora Mosquita!... ¡que soy yo!... Por aquí... por este lado. - - - - -XXVII - - -Por último, llegué cerca de ella y oyó mi voz, y vio mi propia persona, -lo cual hubo de causarle al parecer mucho gusto, y sacarla de su -confusión y atolondramiento. Corrió hacia mí riendo y saludándome con -exclamaciones de triunfo, y cuando la vi de cerca, no pude menos de -advertir la diferencia que existe entre las imágenes transfiguradas y -embellecidas por el pensamiento y la triste realidad, pues el corcel -que montaba, por cierto a mujeriegas, la intrépida Athenais, distaba -mucho de parecerse a aquel volador Pegaso que se me representaba -poco antes; ni daba ella al viento la cabellera, cual llama de fuego -simbolizando el pensamiento; ni su vestido negro tenía aquella -diafanidad ondulante que creí distinguir primero; ni el cuartago, -pues cuartago era, tenía más cerneja que media docena de mustios y -amarillentos pelos; ni la misma Miss Fly estaba tan interesante como -de ordinario, aunque sí hermosa, y por cierto bastante pálida, con las -trenzas mal entretejidas por arte de los dedos, sin aquel concertado -desgaire del peinado de las Musas, y finalmente, con el vestido en -desorden antiarmónico a causa del polvo, y de las arrugas y jirones. - ---Gracias a Dios que os encuentro --exclamó alargándome la mano--. D. -Carlos España me dijo que estábais en la retaguardia. - -Mi gozo por verla sana y libre, lo cual equivalía a un testimonio -precioso de mi honradez, me impulsó a intentar abrazarla en medio del -campo, de caballo a caballo, y habría puesto, en ejecución mi atrevido -pensamiento, si ella no lo impidiera un tanto suspensa y escandalizada. - ---En buen compromiso me ha puesto usted --le dije. - ---Me lo figuraba --respondió riendo--. Pero vos tenéis la culpa. ¿Por -qué me dejasteis en poder de aquella gente? - ---Yo no dejé a usted en poder de aquella gente, ¡malditos sean ellos -mil veces!... Desapareció usted de mi vista, y el masón me impidió -seguir. ¿Y nuestros compañeros de viaje? - ---¿Preguntáis por la Inesita? La encontraréis en Babilafuente --dijo -poniéndose seria. - ---¿En ese pueblo? ¡Bondad divina!... Corramos allí... ¿Pero han -padecido ustedes algún contratiempo? ¿Hanse visto en algún peligro? -¿Las han mortificado esos bárbaros? - ---No: me he aburrido y nada más. A la hora y media de salir de -Salamanca tropezamos con los franceses, que echaron el guante a los -masones diciendo que en Salamanca habían hecho el espionaje por cuenta -de los aliados. Marmont tiene orden del Rey para no hacer causa común -con esos pillos tan odiados en el país. Santorcaz se defendió; mas un -oficial llamole farsante y embustero, y dispuso que todos los de la -brillante comitiva quedásemos prisioneros. Gracias a Desmarets, me han -tratado a mí con mucha consideración. - ---¡Prisioneros! - ---Sí: nos han tenido desde entonces en ese horrible Babilafuente, -mientras el Lord tomaba a Salamanca. ¡Y yo que no he visto nada de -esto! ¿Se rindieron los fuertes? ¡Qué gran servicio prestasteis con -vuestra visita a Salamanca! ¿Qué os dijo milord? - ---Sí, sí: hable usted a milord de mí... Contento está Su Excelencia de -este leal servidor... Sepa Miss Fly que, lejos de agradar al Duque, me -ha tomado entre ojos y se disponen a formarme consejo de guerra por -delitos comunes. - ---¿Por qué, amigo mío? ¿Qué habéis hecho? - ---¿Qué he de hacer? Pues nada, señora Pajarita; nada más sino seducir -a una honesta hija de la Gran Bretaña, llevármela conmigo a Salamanca, -ultrajarla con no sé qué insigne desafuero, y después, para colmo de -fiesta, abandonarla pícaramente, o esconderla, o matarla, pues sobre -este punto, que es el lado negro de mi feroz delito, no se han puesto -aún de acuerdo Lord Wellington y el coronel Simpson. - -Miss Fly rompió en risas tan francas, tan espontáneas y regocijadas, -que yo también me reí. Ambos marchábamos a buen paso en dirección a -Babilafuente. - ---Lo que me contáis, Sr. Araceli --dijo, mientras se teñía su rostro -de rubor hechicero--, es una linda historia. Tiempo hacía que no se me -presentaba un acontecimiento tan dramático, ni tan bonito embrollo. Si -la vida no tuviera estas novelas, ¡cuán fastidiosa sería! - ---Usted disipará las dudas del general devolviéndome mi honor, mi -honor, Miss Fly, pues de la pureza de sentimientos de usted, no creo -que duden milord ni Sir Abraham Simpson. Yo soy el acusado, yo el -ladrón, yo el ogro de cuentos infantiles, yo el gigantón de leyenda, yo -el morazo de romance. - ---¿Y no os ha desafiado Simpson? --preguntó, demostrándome cuánta -complacencia producía en su alma aquel extraño asunto. - ---Me ha mirado con altanería y díchome palabras que no le perdono. - ---Le mataréis, o al menos le heriréis gravemente, como hicisteis con el -desvergonzado e insolente Lord Gray --dijo con extraordinaria luz en la -mirada--. Quiero que os batáis con alguien por causa mía. Vos acometéis -las empresas más arriesgadas por la simpatía que tienen los grandes -corazones con los grandes peligros; habéis dado pruebas de aquel valor -profundo y sereno cuyo arranque parte de las raíces del alma. Un hombre -de tales condiciones no permitirá que se ponga en duda su dignidad, y -a los que duden de ella, les convencerá con la espada en un abrir y -cerrar de ojos. - ---La prueba más convincente, Athenais, ha de ser usted... Ahora -pensemos en socorrer a esos infelices de Babilafuente. ¿Corre Inés -algún peligro? ¡Loco de mí! ¡Y me estoy con esta calma! ¿Está buena? -¿Corre algún peligro? - ---No lo sé --repuso con indiferencia la inglesa--. La casa en que -estaban empezó a arder. - ---¡Y lo dice con esa tranquilidad! - ---En cuanto se anunció la entrada de los españoles y me vi libre, salí -en busca del jefe. D. Carlos España me recibió con agrado, y no tuvo -inconveniente en cederme un caballo para volver al cuartel general. - ---¿Santorcaz, Monsalud, Inés y demás compañía masónica habrán huido -también? - ---No todos. El gran capitán de esta masonería ambulante está postrado -en el lecho desde hace tres días y no puede moverse. ¿Cómo queréis que -huya? - ---Eso es obra de Dios --dije con alegría y acelerando el paso--. Ahora -no se me escapará. De grado o por fuerza arrancaremos a Inés de su lado -y la enviaremos bien custodiada a Madrid. - ---Falta que quiera separarse de su padre. Vuestra dama encantada es una -joven de miras poco elevadas, de corazón pequeño; carece de imaginación -y de... de arranque. No ve más que lo que tiene delante. Es lo que -yo llamo un ave doméstica. No, Sr. Araceli, no pidáis a la gallina -que vuele como el águila. La hablaréis el lenguaje de la pasión, y os -contestará cacareando en su corral. - ---Una gallina, señorita Athenais --le dije, entrando en el pueblo--, es -un animal útil, cariñoso, amable, sensible, que ha nacido y vive para -el sacrificio, pues da al hombre sus hijos, sus plumas y, finalmente, -su vida; mientras que un águila... pero esto es horroroso, Miss Fly... -arde el pueblo por los cuatro costados... - ---Desde la llanura presenta Babilafuente un golpe de vista -incomparable... Siento no haber traído mi álbum. - -Las frágiles casas se venían al suelo con estrépito. Los atribulados -vecinos se lanzaban a la calle, arrastrando penosamente colchones, -muebles, ropas, cuanto podían salvar del fuego, y en diversos puntos -la multitud señalaba con espanto los escombros y maderos encendidos, -indicando que allí debajo habían sucumbido algunos infelices. Por todas -partes no se oían más que lamentos e imprecaciones; la voz de una -madre preguntando por su hijo, o de los tiernos niños, desamparados y -solos, que buscaban a sus padres. Muchos vecinos y algunos soldados y -guerrilleros se ocupaban en sacar de las habitaciones a los que estaban -amenazados de no poder salir, y era preciso romper rejas, derribar -tabiques, deshacer puertas y ventanas para penetrar, desafiando las -llamas, mientras otros se dedicaban a apagar el incendio; tarea -difícil, porque el agua era escasa. En medio de la plaza, D. Carlos -España daba órdenes para uno y otro objeto, descuidando por completo -la persecución de los franceses, a quienes solamente se pudieron coger -algunos carros. Gritaba el general desaforadamente, y su actitud y -fisonomía eran de loco furioso. - -Miss Fly y yo echamos pie a tierra en la plaza, y lo primero que se -ofreció a nuestra vista fue un infeliz a quien llevaban maniatado -cuatro guerrilleros, empujándole cruelmente a ratos, o arrastrándole -cuando se resistía a seguir. Una vez que lo pusieron ante la espantosa -presencia de D. Carlos España, este, cerrando los puños y arqueando las -negras y tempestuosas cejas, gritó de esta manera: - ---¿Por qué me lo traen aquí?... ¡Fusilarle al momento! A estos canallas -afrancesados que sirven al enemigo, se les aplasta cuando se les coge, -y nada más. - -Observando las facciones de aquel hombre, reconocí al Sr. Monsalud. -Antes de referir lo que hice entonces, diré en dos palabras por qué -había venido a tan triste estado y funesta desventura. Sucedió que -los pobres masones, igualmente malquistos con los franceses que -salían y los españoles que entraban en Babilafuente, optaron, sin -embargo, por aquellos, tratando de seguirles. Excepto Santorcaz, -que yacía en deplorable estado, todos corrieron; pero tuvo tan -mala suerte el travieso Monsalud, que al saltar una tapia buscando -el camino de Villoria, le echaron el guante los guerrilleros; y -como desgraciadamente le conocían por ciertas fechorías, ni santas -ni masónicas, que cometiera en Béjar, al punto le destinaron al -sacrificio, en expiación de las culpas de todos los masones y -afrancesados de la Península. - ---Mi general --dije al conde, abriéndome paso entre la muchedumbre de -soldados y guerrilleros--, este desgraciado es bastante tuno, y no -dudo que ha servido a nuestros enemigos; pero yo le debo un favor, que -estimo tanto como la vida, porque sin su ayuda no hubiera podido salir -de Salamanca. - ---¿A qué viene ese sermón? --dijo con feroz impaciencia España. - ---A pedir a Vuecencia que le perdone, conmutándole la pena de muerte -por otra. - -El pobre Monsalud, que estaba ya medio muerto, se reanimó, y mirándome -con vehemente expresión de gratitud, puso toda su alma en sus ojos. - ---Ya vienes con boberías, ¡rayo de Dios! Araceli, te mandaré -arrestar... --exclamó el conde haciendo extrañas gesticulaciones--. No -se te puede resistir, joven entrometido... Quitadme de delante a ese -sabandijo; fusiladle al momento... ¡Es preciso castigar a alguien!... -¡a alguien! - -A pesar de esta viva crueldad, que a veces manifestaba de un modo -imponente, España no había llegado aún a aquel grado de exaltación que -años adelante hizo tan célebre como espantoso su nombre. Miró primero -a la víctima, después a mí y a Miss Fly, y luego que hubo dado algún -desahogo a su cólera con palabrotas y recriminaciones dirigidas a -todos, dijo: - ---Bueno: que no le fusilen. Que le den doscientos palos... pero -doscientos palos bien dados... Muchachos, os lo entrego... Allí, detrás -de la iglesia. - ---¡Doscientos palos! --murmuró la víctima con dolor--. Prefiero que me -den cuatro tiros. Así moriré de una vez. - -Entonces aumentó el barullo, y un guerrillero apareció diciendo: - ---Arden todas las sementeras y las eras del lado de Villoria, y arde -también Villoruela, y Riolobos, y Huerta. - -Desde la plaza, abierta al campo por un costado, se distinguía la -horrible perspectiva. Llamas vagas surgían aquí y allí del seco suelo, -corriendo por sobre las mieses cual cabellera movible, cuyas últimas -guedejas negruzcas se perdían en el cielo. En los puntos lejanos, las -columnas de humo eran en mayor número, y cada una indicaba la troj o -panera que caía bajo la planta de fuego del ejército fugitivo. Nunca -había yo visto desolación semejante. Los enemigos, al retirarse, -quemaban, talaban, arrancando los tiernos árboles de las huertas, -haciendo luminarias con la paja de las eras. Cada paso suyo aplastaba -una cabaña, talaba una mies, y su rencoroso aliento de muerte destruía -como la cólera de Dios. El rayo, el pedrisco, el simún, la lluvia y el -terremoto, obrando de consuno, no habrían hecho tantos estragos en poco -tiempo. Pero el rayo y el simoun, todas las iras del cielo juntas, ¿qué -significan comparadas con el despecho de un ejército que se retira? -Fiero animal herido, no tolera que nada viva detrás de sí. - -D. Carlos España tomó una determinación rápida. - ---A Villoria, a Villoria sin descansar --gritó montando a caballo--. -Sr. D. Julián Sánchez, a ver si les cogemos. Además hay que auxiliar -también a esos otros pueblos. - -Las órdenes corrieron al momento, y parte de los guerrilleros con dos -regimientos de línea se aprestaron a seguir a D. Carlos. - ---Araceli --me dijo este--, quédate aquí aguardando mis órdenes. En -caso de que lleguen hoy los ingleses, sigues hacia Villoria; pero entre -tanto aquí... Apagar el fuego lo que se pueda; salvar la gente que se -pueda, y si se encuentran víveres... - ---Bien, mi general. - ---Y a ese bribón que hemos cogido, cuidado como le perdones un solo -palo. Doscientos cabalitos y bien aplicados. Adiós. Mucho orden, y... -ni uno menos de doscientos. - - - - -XXVIII - - -Cuando me vi dueño del pueblo y al frente de la tropa y guerrillas -que trabajaban en él empecé a dictar órdenes con la mayor actividad. -Excuso decir que la primera fue para librar a Monsalud del horrible -tormento y descomunal castigo de los palos; mas cuando llegué al sitio -de la lamentable escena, ya le habían aplicado veintitrés cataplasmas -de fresno, con cuyos escozores estaba el infeliz a punto de entregar -rabiando su alma al Señor. Suspendí el tormento, y aunque más parecía -muerto que vivo, aseguráronme que no iría de aquella, por ser los -masones gentes de siete vidas como los gatos. - -Miss Fly me indicó sin pérdida de tiempo la casa que servía de asilo -a Santorcaz, una de las pocas que apenas habían sido tocadas por las -llamas. Vociferaban a la puerta algunas mujeres y aldeanos, acompañados -de dos o tres soldados, esforzándose las primeras en demostrar, con -toda la elocuencia de su sexo, que allí dentro se guarecía el mayor -pillo que desde muchos años se había visto en Babilafuente. - ---El que llevaron a la plaza --decía una vieja--, es un santo del cielo -comparado con este que aquí se esconde, el capitán general de todos -esos luciferes. - ---Como que hasta los mismos franceses les dan de lado. Diga usted, señá -Frasquita, ¿por qué llaman masones a esta gente? A fe que no entiendo -el _voquible_. - ---Ni yo; pero basta saber que son muy malos, y que andan de compinche -con los franceses para quitar la religión y cerrar las iglesias. - ---Y los tales, cuando entran en un pueblo, apandan todas las doncellas -que encuentran. Pues digo: también hay que tener cuidado con los niños, -que se los roban para criarles a su antojo, que es en la fe de Majoma. - -Los soldados habían empezado a derribar la puerta, y las mujeres les -animaban, por la mucha inquina que había en el pueblo contra los -masones. Ya vimos lo que le pasó a Monsalud. Seguramente Santorcaz, con -ser el pontífice máximo de la secta trashumante, no habría salido mejor -librado si en aquella ocasión no hubiese llegado yo. Luego que la -puerta cediera a los recios golpes y hachazos, ordené que nadie entrase -por ella; dispuse que los soldados, custodiando la entrada, contuvieran -y alejasen de allí a las mujeres chillonas y procaces, y subí. Atravesé -dos o tres salas, cuyos muebles en desorden anunciaban la confusión de -la huida. Todas las puertas estaban abiertas, y libremente pude avanzar -de estancia en estancia hasta llegar a una pequeña y oscura, donde vi a -Santorcaz y a Inés: él tendido en miserable lecho; ella al lado suyo, -tan estrechamente abrazados los dos, que sus figuras se confundían en -la penumbra de la sala. Padre e hija estaban aterrados, trémulos, como -quien de un momento a otro espera la muerte, y se habían abrazado para -aguardar juntos el trance terrible. Al conocerme, Inés dio un grito de -alegría. - ---Padre --exclamó--, no moriremos. Mira quién está aquí. - -Santorcaz fijó en mí los ojos, que lucían como dos ascuas en el -cadavérico semblante, y con voz hueca, cuyo timbre heló mi sangre, dijo: - ---¿Vienes por mí, Araceli? ¿Ese tigre carnicero que os manda te envía a -buscarme porque los oficiales del matadero están ya sin trabajo?... Ya -despacharon a Monsalud; ahora a mí... - ---No matamos a nadie --respondí acercándome. - ---No nos matarán --exclamó Inés derramando lágrimas de gozo--. Padre, -cuando esos bárbaros daban golpes a la puerta; cuando esperábamos -verles entrar armados de hachas, espadas, fusiles y guillotinas para -cortarnos la cabeza, como dices que hacían en París, ¿no te dije que -había creído escuchar la voz de Araceli? Le debemos la vida. - -El masón clavaba en mí sus ojos, mirándome cual si no estuviera seguro -de que era yo. Su fisonomía estaba en extremo descompuesta: hundidos -los ojos dentro de las cárdenas órbitas, crecida la barba, lustrosa y -amarilla la frente. Parecía que habían pasado por él diez años desde -las escenas de Salamanca. - ---Nos perdonan la vida --dijo con desdén--. Nos perdonan la vida cuando -me ven enfermo y achacoso, sin poder moverme de este lecho, donde me ha -clavado mi enfermedad. El conde de España, ¿va a subir aquí? - ---El conde de España se ha ido de Babilafuente. - -Cuando dije esto, el anciano respiró como si le quitaran de encima -enorme peso. Incorporose ayudado por su hija, y sus facciones -contraídas por el terror, se serenaron un poco. - ---¿Se ha marchado ese verdugo... hacia Villoria?... Entonces -escaparemos por... por... Y los ingleses, ¿dónde están? - ---Si se trata de escapar, en todas partes hay quien lo impida. Se -acabaron las correrías por los pueblos. - ---De modo que estoy preso --exclamó con estupor--. ¡Soy prisionero -tuyo, prisionero de...! ¡Me has cogido como se coge a un ratón en la -trampa, y tengo que obedecerte y seguirte tal vez! - ---Sí: preso hasta que yo quiera. - ---Y harás de mí lo que se te antoje, como un chiquillo sin piedad que -martiriza al león en su jaula, porque sabe que este no puede hacerle -daño. - ---Haré lo que debo, y ante todo... - -Santorcaz, al ver que fijé los ojos en su hija, estrechola de nuevo en -sus brazos, gritando: - ---No la separarás de mí, sino matándola, ruin y miserable verdugo... -¿Así pagas el beneficio que en Salamanca te hice?... Manda a tus -bárbaros soldados que nos fusilen; pero no nos separes. - -Miré a Inés, y vi en ella tanto cariño, tan franca adhesión al anciano, -tanta verdad en sus demostraciones de afecto filial, que hube de cortar -el vuelo a mi violenta determinación. - -«Aquí encuentro un sentimiento cuya existencia no sospechaba --dije -para mí--; un sentimiento grande, inmenso, que se me revela de -improviso, y que me espanta, me detiene y me hace retroceder. He creído -caminar por sendero continuado y seguro, y he llegado a un punto en que -el sendero acaba y empieza el mar. No puedo seguir... ¿Qué inmensidad -es esta que ante mí tengo? Este hombre será un malvado; será carcelero -de la infeliz niña; será un enemigo de la sociedad, un agitador, un -loco que merece ser exterminado; pero aquí hay algo más. Entre estos -dos seres, entre estas dos criaturas tan distintas, la una tan buena, -la otra odiosa y odiada, existe un lazo que yo no debo ni puedo romper, -porque es obra de Dios. ¿Qué haré?...» - -A estas reflexiones sucedieron otras de igual índole; mas no me -llevaron a ninguna afirmación categórica respecto a mi conducta, -y me expresé de este modo, que me pareció el más apropiado a las -circunstancias: - ---Si usted varía de conducta, podrá tal vez vivir cerca, cuando no al -lado de su hija, y verla y tratarla. - ---¡Variar de conducta!... ¿Y quién eres tú, mancebo ignorante, -para decirme que varíe de conducta, y dónde has aprendido a juzgar -mis acciones? Estás lleno de soberbia porque el despotismo te ha -enmascarado con esa librea, y puesto esas charreteras que no sirven -sino para marcar la jerarquía de los distintos opresores del pueblo... -¡Qué sabes tú lo que es conducta, necio! Has oído hablar a los frailes -y a D. Carlos España, y crees poseer toda la ciencia del mundo. - ---Yo no poseo ciencia alguna --respondí exasperado--; ¿pero se puede -consentir que criaturas inocentes, honradas, dignas por todos conceptos -de mejor suerte, vivan con tales padres? - ---Y a ti, extraño a ella, extraño a mí, ¿qué te importa ni qué te va en -esto? --exclamó agitando sus brazos y golpeando con ellos las ropas del -desordenado lecho. - ---Sr. Santorcaz, acabemos. Dejo a usted en libertad para ir a donde -mejor le plazca. Me comprometo a garantizarle la mayor seguridad hasta -que se halle fuera del país que ocupa el ejército aliado. Pero esta -joven es mi prisionera, y no irá sino a Madrid al lado de su madre. -Si han nacido por fortuna en usted sentimientos tiernos que antes no -conocía, yo aseguro que podrá ver a su hija en Madrid siempre que lo -solicite. - -Al decir esto miré a Inés, que con extraordinario estupor dirigía los -ojos a mí y a su padre alternativamente. - ---Eres un loco --dijo D. Luis--. Mi hija y yo no nos separaremos. -Háblale a ella de este asunto, y verás cómo se pone... En fin, Araceli, -¿nos dejas escapar, sí o no? - ---No puedo detenerme en discusiones. Ya he dicho cuanto tenía que -decir. Entre tanto, quedarán en la casa, y nadie se atreverá a hacerles -daño. - ---¡Preso, cogido, Dios mío! --clamó Santorcaz antes afligido que -colérico, y llorando de desesperación--. ¡Preso, cogido por esta -soldadesca asalariada a quien detesto; preso antes de poder hacer nada -de provecho, antes de descargar un par de buenos y seguros golpes!... -¡Esto es espantoso! Soy un miserable... no sirvo para nada... lo he -dejado todo para lo último... me he ocupado en tonterías... Lo grave, -lo formal es destruir todo lo que se pueda, ya que seguramente nada -existe aquí digno de conservarse. - ---Tenga usted calma, que el estado de ese cuerpo no es a propósito para -reformar el linaje humano. - ---¿Crees que estoy débil, que no puedo levantarme? --gritó intentando -incorporarse con esfuerzos dolorosos--. Todavía puedo hacer algo... -esto pasará... no es nada... aún tengo pulso... ¡Ay! en lo sucesivo -no perdonaré a nadie. Todo aquel que caiga bajo mi mano, perecerá sin -remedio. - -Inés le ponía las manos en los hombros para obligarle a estarse quieto, -y recogía la ropa de abrigo, que los movimientos del enfermo arrojaban -a un lado y otro. - ---¡Preso, cogido como un ratón! --prosiguió este--. Es para volverse -loco... ¡Cuando había fundado treinta y cuatro logias, en que se -afiliaba lo más selecto, lo más atrevido y lo más revoltoso, es -decir, lo mejor y lo más malo de todo el país!... ¡Oh! ¡esos indignos -franceses me han hecho traición! Les he servido, y este es el pago... -Araceli, ¿dices que estoy preso, que me llevarán a la cárcel de -Madrid, a Ceuta tal vez?... ¡Maldigo la infame librea del despotismo -que vistes! ¡Ceuta!... Bueno: me escaparé como la otra vez... mi hija -y yo nos escaparemos. Aún tengo agilidad, aliento, brío; todavía soy -joven... ¡Caer en poder de estos verdugos con charreteras, cuando me -creía libre para siempre y tocaba los resaltados de mi obra de tantos -años!... Porque sí, no sois más que verdugos con charreteras, grados y -falsos y postizos honores. ¡Mujeres de la tierra, parid hijos para que -los nobles les azoten, para que los frailes les excomulguen, y para que -estos sayones los maten!... ¡Bien lo he dicho siempre! La masonería no -debe tener entrañas; debe ser cruel, fría, pesada, abrumadora, como -el hacha del verdugo... ¿Quién dice que yo estoy enfermo, que yo soy -débil, que me voy a morir, que no puedo levantarme más?... Es mentira, -cien veces mentira... Me levantaré, y ¡ay del que se me ponga delante! -Araceli, cuidado, cuidado, aprendiz de verdugo... Todavía... - -Siguió hablando algún tiempo más; pero le faltaba gradualmente el -aliento, y las palabras se confundían y desfiguraban en sus labios. -Al fin no oíamos sino mugidos entrecortados y guturales, que nada -expresaban. Su respiración era fatigosa; había cerrado los ojos; pero -los abría de cuando en cuando con la súbita agitación de la fiebre. -Toqué sus manos y despedían fuego. - ---Este hombre está muy malo --dije a Inés, que me miraba con -perplejidad. - ---Lo sé; pero en esta casa no hay nada, ni tenemos remedios, ni comida; -en una palabra, nada. - -Llamando a mi asistente, que estaba en la calle, le di orden de que -proporcionase a Inés cuanto fuese preciso y existiera en el lugar. - ---Mi asistente no se separará de aquí mientras lo necesites --dije a mi -amiga--. La puerta se cerrará. Puedes estar tranquila. En todo el día -no saldremos de aquí. Adiós: me voy a la plaza; pero volveré pronto, -porque tenemos que hablar, mucho que hablar. - - - - -XXIX - - -Al volver, la encontré sentada junto al lecho del enfermo, a quien -fijamente miraba. Volviendo la cabeza, indicome con un signo que no -debía hacer ruido. Levantose luego, acercó su rostro al de Santorcaz, -y cerciorada de que permanecía en completo y bienhechor reposo, se -dispuso a salir del cuarto. Juntos fuimos al inmediato, no cerrando -sino a medias la puerta, para poder vigilar al desgraciado durmiente, y -nos sentamos el uno frente al otro. Estábamos solos, casi solos. - ---¿Has tenido nuevas noticias de mi madre? --me preguntó muy conmovida. - ---No; pero pronto la veremos... - ---¡Aquí, Dios mío! Tanta felicidad no es para mí. - ---Le escribiré hoy diciendo que te he encontrado y que no te me -escaparás. Le diré que venga al instante a Salamanca. - ---¡Oh! Gabriel... haces precisamente lo mismo que yo deseaba, lo que -deseaba hace tanto tiempo... Si hubieras sido prudente en Salamanca, y -me hubieras oído antes de... - ---Querida mía, tienes que explicarme muchas cosas que no he entendido ---le dije con amor. - ---¿Y tú a mí? Tú sí que tienes necesidad de explicarte bien. Mientras -no lo hagas, no esperes de mí una palabra, ni una sola. - ---Hace seis meses que te busco, alma mía; seis meses de fatigas, de -penas, de ansiedad, de desesperación... ¡Cuánto me hace trabajar Dios -antes de concederme lo que me tiene destinado! ¡Cuánto he padecido por -ti, cuánto he llorado por ti! Dios sabe que te he ganado bien. - ---Y durante ese tiempo --preguntó con graciosa malicia--, ¿te ha -acompañado esa señora inglesa, que te llama su caballero y que me ha -vuelto loca a preguntas? - ---¿A preguntas? - ---Sí: quiere saberlo todo, y para cerrarle el pico he necesitado -decirle cómo y cuándo nos conocimos. Lo que se refiere a mí le importa -poco; tu vida es lo que le interesa: me ha mareado tanto deseando saber -las locuras y sublimidades que has hecho por esta infeliz, que no he -podido menos de divertirme a costa suya... - ---Bien hecho, amada mía. - ---¡Qué orgullosa es!... Se ríe de cuanto hablo, y, según ella, no abro -la boca más que para decir vulgaridades. Pero la he castigado... Como -insistiese en conocer tus empresas amorosas, le he dicho que después de -Bailén quisieron robarme veinticinco hombres armados, y que tú solo les -matastes a todos. - -Inés sonreía tristemente, y yo sofocaba la risa. - ---También le dije que en El Pardo, para poder hablarme, te disfrazaste -de duque, siendo tal el poder de la falsa vestimenta, que engañaste -a toda la Corte y te presentaron al Emperador Napoleón, el cual se -encerró contigo en su gabinete y te confió el plan de su campaña contra -el Austria. - ---Así te vengas tú --dije encantado de la malicia de mi pobre amiga--. -Dame un abrazo, chiquilla, un abrazo o me muero. - ---Así me vengo yo. También le dije que estando en Aranjuez pasabas el -Tajo a nado todas las noches para verme; que en Córdoba entraste en -el convento y maniataste a todas las monjas para robarme; que otra -vez anduviste ochenta leguas a caballo para traerme una flor; que te -batiste con seis generales franceses porque me habían mirado, con otras -mil heroicidades, acometimientos y amorosas proezas que se me vinieron -a la memoria a medida que ella me hacía preguntas. Eh, caballerito, no -dirá usted que no cuido de su reputación... Te he puesto en los cuernos -de la luna... Puedes creer que la inglesa estaba asombrada. Me oía con -toda su hermosa boca abierta... ¿Qué crees? Te tiene por un Cid, y ella -cuando menos se figura ser la misma Doña Jimena. - ---¡Cómo te has burlado de ella! --exclamé acercando mi silla a la -de Inés--. ¿Pero has tenido celos?... Dime si has tenido celos para -estarme riendo tres días... - ---Caballero Araceli --dijo arrugando graciosamente el ceño--, sí, los -he tenido y los tengo... - ---¡Celos de esa loca! --contesté riendo y el alma inundada de -regocijo--. Inés de mi vida, dame un abrazo. - -Las lindas manecitas de la muchacha se sacudían delante de mí, y me -azotaban el rostro al acercarme. Yo, pillándolas al vuelo, se las -besaba. - ---Inesilla, querida mía, dame un abrazo... o te como. - ---Hambriento estás. - ---Hambriento de quererte, esposa mía. ¿Te parece...? Seis meses amando -a una sombra. ¿Y tú?... - -Yo no sabía qué decir. Estaba hondamente conmovido. Mi desgraciada -amiga quiso disimular su emoción; pero no pudo atajar el torrente de -lágrimas que pugnaba por salir de sus ojos. - ---No te acuerdes de esa mujer, si no quieres que me enfade. ¿Es posible -que tú, con la elevación de tu alma, con tu penetración admirable, -hayas podido...? - ---No, no lloro por eso, querido amigo mío --me dijo mirándome con -profundo afecto--. Lloro... no sé por qué. Creo que de alegría. - ---¡Oh! Si Miss Fly estuviera aquí, si nos viera juntos, si viera cómo -nos amamos por bendición especial de Dios, si viera este cariño, -superior a las contrariedades del mundo, comprendería cuánta diferencia -hay de sus chispazos poéticos a esta fuente inagotable del corazón, a -esta luz divina en que se gozan nuestras almas, y se gozarán por los -siglos de los siglos. - ---No me nombres a Miss Fly... Si en un momento me afligió el conocerla, -ya no hago caso de ella... --dijo secando sus lágrimas--. Al principio, -francamente... tuve dudas, más que dudas, celos; pero al tratarla de -cerca se disiparon. Sin embargo, es muy hermosa, más hermosa que yo. - ---Ya quisiera parecerse a ti. Es un marimacho. - ---Es además muy rica, según ella misma dice. Es noble... Pero a pesar -de todos sus méritos, Miss Fly me causaba risa, no sé por qué. Yo -reflexionaba y decía: «Es imposible, Dios mío. No puede ser... Caerán -sobre mí todas las desgracias menos esta...» ¡Oh! esta sí que no la -hubiera soportado. - ---¡Qué bien pensaste! Te reconozco, Inés. Reconozco tu grande alma. -Duda de todo el mundo, duda de lo que ven tus ojos; pero no dudes de -mí, que te adoro. - ---Mi corazón se desborda... --exclamó oprimiéndose el seno con una -mano que se escapó de entre las mías--. Hace tiempo que deseaba llorar -así... delante de ti... ¡Bendito sea Dios que empieza a hacer caso de -lo que le he dicho! - ---Inés, yo también he tenido celos, queridita; celos de otra clase, -pero más terribles que los tuyos. - ---¿Por qué? --dijo mirándome con severidad. - ---¡Pobre de mí!... Yo me acordaba de tu buena madre y decía mirándote: -«Esta pícara ya no nos quiere.» - ---¿Que no os quiero? - ---Alma mía, ahora te pregunto como a los niños. ¿A quién quieres tú? - ---A todos --contestó con resolución. - -Esta respuesta, tan concisa como elocuente, me dejó confuso. - ---A todos --repitió--. Si no te creyera capaz de comprenderlo así, -¡cuán poco valdrías a mis ojos! - ---Inés, tú eres una criatura superior --afirmé con verdadero -entusiasmo--. Tú tienes en tu alma mayor porción de aliento divino que -los demás. Amas a tus enemigos, a tus más crueles enemigos. - ---Amo a mi padre --dijo con entereza. - ---Sí; pero tu padre... - ---Vas a decir que es un malvado, y no es verdad. Tú no le conoces. - ---Bien, amiga mía, creo lo que me dices; pero las circunstancias en que -has ido a poder de ese hombre no son las más a propósito para que le -tomaras gran cariño... - ---Hablas de lo que no entiendes. Si yo te dijera una cosa... - ---Espera... déjame acabar... Yo sé lo que vas a decir. Es que has -encontrado en él, cuando menos lo esperabas, un noble y profundo cariño -paternal. - ---Sí; pero he encontrado algo más. - ---¿Qué? - ---La desgracia. Es el hombre más desdichado, más sin ventura que existe -en el mundo. - ---Es verdad: la nobleza de tu alma no tiene fin... pero dime: -seguramente no hallarán eco en ella los sentimientos de odio ni el -frenesí de este desgraciado. - ---Yo espero reconciliarle --dijo sencillamente-- con los que odia, -o aparenta odiar, pues su cólera ante ciertas personas no brota del -corazón. - ---¡Reconciliarle! --repetí con verdadero asombro--. ¡Oh! Inés: si tal -hicieras; si tan grande objeto lograras tú con la sola fuerza de tu -dulzura y de tu amor, te tendría por la más admirable persona de todo -el mundo... Pero debe haber ocurrido entre ti y él mucho que ignoro, -querida mía. Cuando te viste arrebatada por ese hombre de los brazos de -tu madre enferma, ¿no sentiste...? - ---Un horror, un espanto... no me recuerdes eso, amiguito, porque me -estremezco toda... ¡Qué noche, qué agonía! Yo creí morir, y en verdad -pedía la muerte... Aquellos hombres... todos me parecían negros, -con el pelo erizado y las manos como garfios... aquellos hombres me -encerraron en un coche. Encarecerte mi miedo, mis súplicas, aquel -continuo llorar mío durante no sé cuántos días, sería imposible. Unas -veces, desesperada y loca, les decía mil injurias; otras pedíales de -rodillas mi libertad. Durante mucho tiempo me resistí a tomar alimento, -y también traté de escaparme... Imposible, porque me guardaban muy -bien... Después de algunos días de marcha, fuéronse todos, y él quedó -solo conmigo en un lugar que llaman Cuéllar. - ---¿Y te maltrató? - ---Jamás: al principio me trataba con aspereza; pero luego, mientras -más me ensoberbecía yo, mayor era su dulzura. En Cuéllar me dijo que -nunca volvería a ver a mi madre, lo cual me causó tal desesperación y -angustia, que aquella noche intenté arrojarme por la ventana al campo. -El suicidio, que es tan gran pecado, no me aterraba... Trájome en -seguida a Salamanca, y allí le oí repetir que jamás vería a mi madre. -Entonces advertí que mis lágrimas le conmovían mucho... Un día, después -que largo rato disputamos y vociferamos los dos, púsose de rodillas -delante de mí, y besándome las manos me dijo que él no era un hombre -malo. - ---¿Y tú sospechabas algo de tu parentesco con él? - ---Verás... Yo le respondí que le tenía por el más malo, el más -abominable ser de toda la tierra, y entonces fue cuando me dijo que era -mi padre... Esta revelación me dejó tan suspensa, tan asombrada, que -por un instante perdí el sentido... Tomome en sus brazos, y durante -largo rato me prodigó mil caricias... Yo no lo quería creer... En -lo íntimo de mi alma acusé a Dios por haberme hecho nacer de aquel -monstruo... Después, como advirtiese mi duda, mostrome un retrato de mi -madre y algunas cartas que escogió entre muchas que tenía... Yo estaba -medio muerta... aquello me parecía un sueño. En la angustia y turbación -de tan dolorosa escena, fijé la vista en su rostro y un grito se escapó -de mis labios. - ---¿No le habías observado bien? - ---Sí: yo había notado cierto incomprensible misterio en su fisonomía; -pero hasta entonces no vi... no vi que su frente era mi frente, que -sus ojos eran mis ojos. Aquella noche me fue imposible dormir: entrome -una fiebre terrible, y me revolvía en el lecho, creyéndome rodeada -de sombras o demonios que me atormentaban. Cuando abría los ojos, le -hallaba sentado a mis pies, sin apartar de mí su mirada penetrante que -me hacía temblar. Me incorporé y le dije: «¿Por qué aborrece usted a mi -querida madre?» Besándome las manos me contestó: «Yo no la aborrezco; -ella es la que me aborrece a mí. Por haberla amado, soy el más infeliz -de los hombres; por haberla amado, soy este oscuro y despreciado -satélite de los franceses que en mí ves; por haberla adorado, te causo -espanto hoy en vez de amor.» Entonces yo le dije: «Grandes maldades -habrá hecho usted con mi madre, para que ella le aborrezca.» No me -contestó... Se esforzaba en calmar mi agitación, y desde aquella noche -hasta el fin de la enfermedad que padecí, no se apartó de mi lado ni un -momento. Cuanto puede inventarse para distraer a una criatura triste -y enferma, él lo inventó: contábame historias, unas alegres, otras -terribles, todas de su propia vida, y finalmente refiriome lo que más -deseaba conocer de esta... Yo temblaba a cada palabra. Había empezado -a inspirarme tanta compasión, que a ratos le suplicaba que callase y -no dijese más. Poco a poco fui perdiéndole el miedo: me causaba cierto -respeto; pero amarle... ¡eso imposible!... Yo no cesaba de afirmar que -no podía vivir lejos de mi madre, y esto, si le enfurecía de pronto, -era motivo después para que redoblase sus cariños y consideraciones -conmigo. Su empeño era siempre convencerme de que nadie en el mundo me -quería como él. Un día, impaciente y acongojada por el largo encierro, -le hablé con mucha dureza; él se arrojó a mis pies, pidiome perdón del -gran daño que me había causado, y lloró tanto, tanto... - ---¿Ese hombre ha derramado una lágrima? --dije con sorpresa--. ¿Estás -segura? Jamás lo hubiera creído. - ---Tantas y tan amargas derramó, que me sentí, no ya compasiva, -sino también enternecida. Mi corazón no nació para el odio: nació -para responder a todos los sentimientos generosos, para perdonar y -reconciliar. Tenía delante de mí a un hombre desgraciado, a mi propio -padre, solo, desvalido, olvidado; recordaba algunas palabras oscuras -y vagas de mi madre acerca de él, que me parecían un poco injustas. -Lástima profunda oprimía mi pecho: la adoración, la loca idolatría -que aquel infeliz sentía por mí, no podían serme indiferentes, no, -de ningún modo, a pesar del daño recibido. Le dije entonces cuantas -palabras de consuelo se me ocurrieron, y el pobrecito me las agradeció -tanto, ¡tantísimo...! Por la primera vez en su vida era feliz. - ---¡Ángel del cielo --exclamé con viva emoción--, no digas más! Te -comprendo y te admiro. - ---Suplicome entonces que le tratase con la mayor confianza; que le -dijese _padre_ y _tú_ al uso de Francia, con lo cual experimentaría -gran consuelo, y así lo hice. Ese hombre terrible que espanta a cuantos -le oyen y no habla más que de exterminar y de destruir, temblaba como -un niño al escuchar mi voz; y olvidado de la guillotina, de los nobles, -y de lo que él llamaba el _estado llano_, estaba horas enteras en -éxtasis delante de mí. Entonces formé mi proyecto, aunque no le dije -nada, esperando que el dominio que ejercía sobre él llegase al último -grado. - ---¿Qué proyecto? - ---Volver aquel cadáver a la vida; volverle al mundo, a la familia; -desatar aquel corazón de la rueda en que sufría tormento; sacar del -infierno aquel infeliz réprobo, y extirpar en su alma el odio que le -consumía. Durante algún tiempo, no hablé de volver al lado de mi madre, -ni me quejé de la larga y triste soledad, antes bien aparecía sumisa y -aun contenta. Entonces emprendimos esos horribles viajes para fundar -logias; empezó la compañía de esos hombres aborrecidos, y no pude -disimular mi disgusto. Cuando hablábamos los dos a solas, él se reía -de las prácticas masónicas, diciendo que eran simples y tontas, aunque -necesarias para subyugar a los pueblos. Su odio a los nobles, a los -frailes y a los reyes continuaba siempre muy vivo; pero al hablar de mi -madre, la nombraba siempre con reserva y también con emoción. Esto era -señal lisonjera, y un principio de conformidad con mi ardiente deseo. -Yo se lo agradecí, y se lo pagué mostrándome más cariñosa con él; pero -siempre reservada. Los repetidos viajes, las logias y los compañeros de -masonería, me inspiraban repugnancia, hastío y miedo. No se lo oculté, -y él me decía: «Esto acabará pronto. No conquistaré a los necios sino -con esta farsa; y como los franceses se establezcan en España, verás la -que armo...» «Padre --le decía yo--, no quiero que armes cosas malas -ni que mates a nadie, ni que te vengues. La venganza y la crueldad son -propias de almas bajas.» Él me ponderaba las injusticias y picardías -que rigen a la sociedad de hoy, asegurando que es preciso volver -todo del revés, para lo cual conviene empezar por destruirlo todo. -¡Cuánto hemos hablado de esto! Por último, tales horrores han dejado -de asustarme. Tengo la convicción de que mi pobre padre no es cruel ni -sanguinario como parece... - ---Así será, pues tú lo dices. - ---Estábamos en Valladolid, cuando cayó enfermo, muy enfermo. Un afamado -médico de aquella ciudad me dijo que no viviría mucho tiempo. Él, sin -embargo, siempre que experimentaba algún alivio, se creía restablecido -por completo. En uno de sus más graves ataques, hallándonos en -Salamanca, me dijo: «Te robé, hija mía, para hacerte instrumento de la -horrible cólera que me enardece. Pero Dios, que no consiente sin duda -la perdición de mi alma, me ha llenado de un profundo y celeste amor -que antes no conocía. Has sido para mí el ángel de la guarda, la imagen -viva de la bondad divina, y no solo me has consolado, sino que me has -convertido. Bendita seas mil veces por esta savia nueva que has dado a -mi triste vida. Pero he cometido un crimen: tú no me perteneces; entré -como un ladrón en el huerto ajeno, y robé esta flor... No, no puedo -retenerte ni un momento más al lado mío contra tu gusto.» El infeliz -me decía esto con tanta sinceridad, que me sentí inclinada a amarle -más. Luego siguió diciéndome: «Si tienes compasión de mí; si tu alma -generosa se resiste a dejarme en esta soledad, enfermo y aborrecido, -acompáñame y asísteme; pero que sea por voluntad tuya y no por -violencia mía. Déjame que te bese mil veces, y márchate después si no -quieres estar a mi lado.» No le contesté de otro modo que abrazándole -con todas mis fuerzas y llorando con él. ¿Qué podía, qué debía hacer? - ---Quedarte. - ---Aquella era la ocasión más propia para confiarle mis deseos. Después -de repetir que no le abandonaría, díjele que debía reconciliarse con -mi madre. Recibió al principio muy mal la advertencia; mas tanto rogué -y supliqué, que al fin consintió en escribir una carta. Empecela yo, -y como en ella pusiera no recuerdo qué palabras pidiendo perdón, -enfureciose mucho, y dijo: «¿Pedir perdón, pedirle perdón? Antes -morir.» Por último, quitando y poniendo frases, di fin a la epístola; -mas al día siguiente le vi bastante cambiado en sus disposiciones -conciliadoras; y ¿qué creerás, amigo mío?... Pues rompió la carta, -diciéndome: «Más adelante la escribiremos, más adelante. Aguardemos un -poco.» Esperé con santa resignación; y hallándonos en Plasencia, hice -una nueva tentativa. Él mismo escribió la carta, empleando en ella no -menos de cuatro horas; y ya la íbamos a enviar a su destino, cuando -uno de esos aborrecidos hombres que le acompañan entró diciéndole que -la policía francesa le buscaba y le perseguía por gestiones de una -alta señora de Madrid. ¡Ay, Gabriel! Cuando tal supo, renovose en -él la cólera y amenazó a todo el género humano. No necesito decirte -que ni enviamos la carta, ni habló más del asunto en algunos días. -Pero yo insistía en mi propósito. Al volver a Salamanca le manifesté -la necesidad de la reconciliación: enfadose conmigo; díjele que me -marcharía a Madrid: abrazome, lloró, gimió, arrojose a mis pies como -un insensato, y al fin, hijo, al fin escribimos la tercera carta: la -escribí yo misma. Por último, mi adorada madre iba a saber noticias de -su pobre hija. ¡Ay! aquella noche mi padre y yo charlamos alegremente; -hicimos dulces proyectos; maldijimos juntos a todos los masones de la -tierra, a las revoluciones y a las guillotinas habidas y por haber; -nos regocijamos con supuestas felicidades que habían de venir; nos -contamos el uno al otro todas las penas de nuestra pasada vida... pero -al siguiente día... - ---Me presenté yo... ¿no es eso? - ---Eso es... Ya conoces su carácter... Cuando te vio y conoció que -ibas enviado por mi madre, cuando le injuriaste... Su ira era tan -fuerte aquel día, que me causó miedo. «Ahí lo tienes --decía--: yo -me dispongo a ser bueno con ella, y ella envía contra mí la policía -francesa para mortificarme y un ladrón para privarme de tu compañía. -Ya lo ves: es implacable... A Francia, nos iremos a Francia; vendrás -conmigo. Esa mujer acabó para mí y yo para ella...» Lo demás lo sabes -tú y no necesito decírtelo. ¡Esta mañana creímos morir aquí! ¡Cuánto he -padecido en este horrible Babilafuente viéndole enfermo, tan enfermo, -que no se restablecerá más; viéndonos amenazados por el populacho, que -quería entrar para despedazarnos!... Y todo ¿por qué? Por la masonería, -por esas simplezas y mojigangas que a nada conducen. - ---A algo conducen, querida mía, y la semilla que tu padre y otros han -sembrado, darán algún día su fruto. Sabe Dios cuál será. - ---Pero él no es ateo, como otros, ni se burla de Dios. Verdad que -suele nombrarle de un modo extraño, así como el _Ser Supremo_, o cosa -parecida. - ---Llámese Dios o Ser Supremo --exclamé volviendo a aprisionar entre -mis manos las de mi adorada amiga--, ello es que ha hecho obras -acabadas y perfectas, y una de ellas eres tú, que me confundes, que me -empequeñeces y anonadas más cuanto más te trato y te hablo y te miro. - ---Eres tonto de veras; pues ¿qué he hecho que no sea natural? ---preguntome sonriendo. - ---Para los ángeles es natural existir sin mancha, inspirar las buenas -acciones, ensalzar a Dios, llevar al cielo las criaturas, difundir el -bien por el mundo pecador. ¿Que qué has hecho? Has hecho lo que yo no -esperaba ni adivinaba, aunque siempre te tuve por la misma bondad; has -amado a ese infeliz, al más infeliz de los hombres, y este prodigio que -ahora, después de hecho, me parece tan natural, antes me parecía una -aberración y un imposible. Tú tienes el instinto de lo divino, y yo -no; tú realizas con la sencillez propia de Dios las más grandes cosas, -y a mí no me corresponde otro papel que el de admirarlas después de -realizadas, asombrándome de mi estupidez por no haberlas comprendido... -¡Inesilla, tú no me quieres, tú no puedes quererme! - ---¿Por qué dices eso? --preguntó con candor. - ---Porque es imposible que me quieras, porque yo no te merezco. - -Al decir esto, estaba tan convencido de mi inferioridad, que ni -siquiera intenté abrazarla, cuando, cruzando ella las defensoras manos, -parecía dejarme el campo libre para aquel exceso amoroso. - ---De veras, parece que eres tonto. - ---Pero, pues tu corazón no sabe sino amar, si no sabe otra cosa, aunque -de mil modos le enseñe el mundo lo contrario, algo habrá para mí en un -rinconcito. - ---¿Un rinconcito...? ¿De qué tamaño? - ---¡Qué feliz soy! Pero te digo la verdad, quisiera ser desgraciado. - -No me contestó sino riéndose, burlándose de mí con un descaro... - ---Quiero ser desgraciado para que me ames como has amado a tu padre, -para que te desvivas por mí, para que te vuelvas loca por mí, para -que... ¿Pero te ríes, todavía te ríes? ¿Acaso estoy diciendo tonterías? - ---Más grandes que esta casa. - ---Pero, hija, si estoy aturdido. Dime tú, que todo lo sabes, si hay -alguna manera extraordinaria de querer, una manera nueva, inaudita... - ---Así, así siempre, basta... Ni es preciso tampoco que seas -desgraciado. No, dejémonos de desgracias, que bastantes hemos tenido. -Pidamos a Dios que no haya más batallas en que puedas morir. - ---¡Yo quiero morir! --exclamé sintiendo que el puro y extremado afecto -llevaba mi mente a mil raras sutilezas y tiquismiquis, y mi corazón a -incomprensibles y quizás ridículos antojos. - ---¡Morir! --exclamó ella con tristeza--. ¿Y a qué viene ahora eso? ¿Se -puede saber, señor mío querido? - ---Morir quiero para verte llorar por mí... pero en verdad, esto es -absurdo, porque si muriera, ¿cómo podría verte? Dime que me amas, -dímelo. - ---Esto sí que está bueno. Al cabo de la vejez... - ---Si nunca me lo has dicho... Puede que quieras sostener que me lo has -dicho. - ---¿Que no? --dijo con jovialidad encantadora--. Pues no. - -No sé qué más iba a decir ella; pero indudablemente pensó decir algo, -más dulce para mí que las palabras de los ángeles, cuando sonó en la -estancia una ronca voz. - ---No, no te vas, paloma, sin abrazar a tu marido --exclamé estrujando -aquel lindo cuerpo, que se escapó de mis brazos para volar al lado del -enfermo. - - - - -XXX - - -Acerqueme a la puerta de la triste alcoba. Santorcaz no me veía, porque -su atención estaba fatigada y torpe a causa del mal, y la estancia -medio a oscuras. - ---Alguien anda por ahí --dijo el masón, besando las manos de su hija--. -Me pareció sentir la voz de ese tunante de Gabriel. - ---Padre, no hables mal de los que nos han hecho un beneficio; no -tientes a Dios, no le provoques. - ---Yo también le he hecho beneficios, y ya ves cómo me paga: -prendiéndome. - ---Araceli es un buen muchacho. - ---¡Sabe Dios lo que harán conmigo esos verdugos! --exclamó el infeliz -dando un suspiro--. Esto se acabó, hija mía. - ---Se acabaron, sí, las locuras, los viajes, las logias, que solo sirven -para hacer daño --afirmó Inés abrazando a su padre--. Pero subsistirá -el amor de tu hija, y la esperanza de que viviremos todos, todos -felices y tranquilos. - ---Tú vives de dulces esperanzas --dijo--; yo de tristes o funestos -recuerdos. Para ti se abre la vida; para mí, lo contrario. Ha sido tan -horrible, que ya deseo se cierre esa puerta negra y sombría, dejándome -fuera de una vez... Hablas de esperanzas: ¿y si estos déspotas me -sepultan en una cárcel, si me envían a morir a cualquiera de esos -muladares del África...? - ---No te llevarán; respondo de que no te llevarán, padrito. - ---Pero cualquiera que sea mi suerte, será muy triste, niña de mi -alma... Viviré encerrado; y tú... ¿tú qué vas a hacer? Te verás -obligada a abandonarme... Pues qué, ¿vas a encerrarte en un calabozo? - ---Sí: me encerraré contigo. Donde tú estés, allí estaré yo --replicó la -muchacha con cariño--. No me separaré de ti; no te abandonaré jamás, ni -iré... no: no iré a ninguna parte donde tú no puedas ir también. - -No oí voz alguna, sino los sollozos del pobre enfermo. - ---Pero, en cambio, padrito --continuó ella en tono de amonestación -afectuosa--, es preciso que seas bueno, que no tengas malos -pensamientos, que no odies a nadie, que no hables de matar gente, -pues Dios tiene buena mano para hacerlo; que desistas de todas -esas majaderías que te han trastornado la cabeza, y no pierdas la -tranquilidad y la salud porque haya un rey de más o de menos en el -mundo; ni hagas caso de los frailes ni de los nobles, los cuales, -padre querido, no se van a suprimir y a aniquilarse porque tú lo -desees, ni porque así lo quiera el mal humor del señor Canencia, del -Sr. Monsalud y del Sr. Ciruelo... He aquí tres que hablan mal de los -nobles, de los poderosos y de los reyes, porque, hasta ahora, ningún -rey ni ningún señor han pensado en arrojarles un pedazo de pan para que -callen, y otro para que griten en favor suyo... ¿Conque serás bueno? -¿Harás lo que te digo? ¿Olvidarás esas majaderías?... ¿Me querrás mucho -a mí y a todos los que me aman? - -Diciendo esto, arreglaba las ropas del lecho, acomodaba en las -almohadas la venerable y hermosa cabeza de Santorcaz, destruía los -dobleces y durezas que pudieran incomodarle, todo con tanto cariño, -solicitud, bondad y dulzura, que yo estaba encantado de lo que veía. -Santorcaz callaba y suspiraba, dejándose tratar como un chico. Allí la -hija parecía, más que hija, una tierna madre, que se finge enojada con -el precioso niño porque no quiere tomar las medicinas. - ---Me convertirás en un chiquillo, querida --dijo el enfermo--. Estoy -conmovido... quiero llorar. Pon tu mano sobre mi frente para que no se -me escape esa luz divina que tengo dentro del cerebro... pon tu mano -sobre mi corazón y aprieta. Me duele de tanto sentir. ¿Has dicho que no -te separarás de mí? - ---No: no me separaré. - ---¿Y si me llevan a Ceuta? - ---Iré contigo. - ---¡Irás conmigo! - ---Pero es preciso ser bueno y humilde. - ---¿Bueno? ¿Tú lo dudas? Te adoro, hija mía. Dime que soy bueno; dime -que no soy un malvado, y te lo agradeceré más que si me vinieras -a llamar de parte del _Ser Sup_... de parte de Dios, decimos los -cristianos. Si tú me dices que soy un hombre bueno, que no soy malo, -tendré por embusteros a los que se empeñan en llamarme malvado. - ---¿Quién duda que eres bueno? Para mí al menos. - ---Pero a ti te he hecho algún daño. - ---Te lo perdono, porque me amas, y sobre todo porque me sacrificas tus -pasiones, porque consientes que sea yo la destinada a quitarte esas -espinas que desde hace tanto tiempo tienes clavadas en el corazón. - ---¡Y cómo punzan! --exclamó con profunda pena el infeliz masón--. Sí: -quítamelas, quítamelas todas con tus manos de ángel; quítalas una a -una, y esas llagas sangrientas se restañarán por sí... ¿De modo que yo -soy bueno? - ---Bueno, sí: yo lo diré así a quien crea lo contrario, y espero que -se convencerán cuando yo lo diga. Pues no faltaba más... La verdad es -lo primero. Ya verás cuánto te van a querer todos, y qué buenas cosas -dirán de ti. Has padecido: yo les contaré todo lo que has padecido. - ---Ven --murmuró Santorcaz con voz balbuciente, alargando los brazos -para coger en sus manos trémulas la cabeza de su hija--. Trae acá esa -preciosa cabeza que adoro. No es una cabeza de mujer, es de ángel. Por -tus ojos mira Dios a la tierra y a los hombres, satisfecho de su obra. - -El anciano cubrió de besos la hermosa frente, y yo por mi parte no -ocultaré que deseaba hacer otro tanto. En aquel momento di algunos -pasos y Santorcaz me vio. Advertí súbita mudanza en la expresión de su -semblante, y me miró con disgusto. - ---Es Gabriel, nuestro amigo, que nos defiende y nos protege --dijo -Inés--. ¿Por qué te asustas? - ---Mi carcelero... --murmuró Santorcaz con tristeza--. Me había olvidado -de que estoy preso. - ---No soy carcelero, sino amigo --afirmé adelantándome. - ---Sr. Araceli --continuó él con voz grave--, ¿a dónde me llevan? ¡Oh, -miserable de mí! Malo es caer en las garras de los satélites del -despotismo... no, no, hija mía, no he dicho nada; quise decir que los -soldados... no puedo negar que odio un poquillo a los soldados, porque -sin ellos, ya ves, sin ellos no podrían los reyes... ¡malditos sean los -reyes!... no, no, a mí no me importa que haya reyes, hija mía: allá se -entiendan. Solo que... francamente, no puedo menos de aborrecer un poco -a ese muchacho que quiso separarte de mí. Ya se ve, le mandaban sus -amos... estos militares son gente servil que los grandes emplean para -oprimir a los hijos del pueblo... No le puedo ver, ni tú tampoco, ¿es -verdad? - ---No solo le puedo ver, sino que le estimo mucho. - ---Pues que entre... Araceli... también yo te estimé en otro tiempo. -Inés dice que eres un buen muchacho... Será preciso creerlo... Puesto -que ella te estima, ¿sabes lo que yo haría? Exceptuarte a ti solo, -a ti solito; ponerte a un lado, y a todos los demás enviarlos a la -guillot... no, no he dicho nada... Si otros la quieren levantar, -háganlo en buen hora; yo no haré más que ver y aplaudir... no, no, no -aplaudiré tampoco: váyanse al diablo las guillotinas. - ---Padre --dijo Inés--, da la mano a Araceli, que se marchará a sus -quehaceres, y ruégale que vuelva a vernos después. ¡Ay! dicen que va a -darse una batalla: ¿no sientes que le suceda alguna desgracia? - ---Sí, seguramente --dijo Santorcaz estrechándome la mano--. ¡Pobre -joven! La batalla será muy sangrienta, y lo más probable es que muera -en ella. - ---¿Qué dices, padre? --preguntó Inés con terror. - ---La mejor batalla del mundo, hija mía, será aquella en que perezcan -todos, todos los soldados de los dos ejércitos contendientes. - ---¡Pero él no, él no! Me estás asustando. - ---Bueno, bueno, que viva él... que viva Araceli. Joven, mi hija te -estima, y yo... yo también... también te estimo. Así es que Dios hará -muy bien en conservar tu preciosa vida. Pero no servirás más a los -verdugos del linaje humano, a los opresores del pueblo, a los que -engordan con la sangre del pueblo, a los pícaros frailes y... - ---¡Jesús! estás hablando como Canencia, ni más ni menos. - ---No he dicho nada; pero este Araceli... a quien estimo... nos -aborrece, querida mía; quiere separarnos: es agente y servidor de una -persona... - ---A quien estimas también, padre. - ---De una persona... --continuó el masón, poniéndose tan pálido que -parecía cadáver. - ---A quien amas, padre --añadió la muchacha rodeando con sus brazos la -cabeza del pobre enfermo--; a quien pedirás perdón... por... - -El rostro de Santorcaz encendiose de repente con fuerte congestión; sus -ojos despidieron rayo muy vivo, incorporose en el lecho y, estirando -los brazos y cerrando los puños y frunciendo el terrible ceño, gritó: - ---¡Yo!... pedirle perdón... pedirle perdón yo... ¡Jamás, jamás! - -Diciendo esto, cayó en el lecho como cuerpo del que súbitamente y con -espanto huye la vida. - -Inés y yo acudimos a socorrerle. Balbucía frases ardorosas... llamaba a -Inés creyéndola ausente; la miraba con extravío; me despedía con gritos -y amenazas, y, finalmente, se tranquilizó cayendo en pesado sopor. - ---Otra vez será --me dijo Inés con los ojos llenos de lágrimas--. No -desconfío. Haz lo que dijimos. Escríbele esta tarde mismo. - ---Le escribiré, y vendrá en seguida a Salamanca. Prepárate a marchar -allá con tu enfermo. - - - - -XXXI - - -Haciendo mucho ruido, llamándome a voces y azotando con su látigo las -puertas y los muebles, entró en la casa Miss Fly. Recibila en la sala, -y al verme sonrió con gracia incomparable, no exenta en verdad de -coquetería. Llamó mi atención ver que se había acicalado y compuesto, -cosa verdaderamente extraña en aquel lugar y ocasión. Su rostro -resplandecía de belleza y frescura. Habíase peinado cual si tuviese a -mano los más delicados enseres de tocador, y el vestido, limpio ya de -polvo y lodo, disimulaba sus desgarrones y arrugas no sé por qué arte -singular, solo revelado a las mujeres. ¿Por qué no decirlo? Detesto -las gazmoñerías y melindres. Sí, lo diré: Athenais estaba encantadora, -hechicera, lindísima. - -Como le manifestase mi sorpresa por aquella restauración de su -interesante persona, me dijo: - ---Caballero Araceli, después que vuestros soldados han apagado el -incendio, quedó un poco de agua para mí. En casa de unos aldeanos me -proporcionaron lo preciso para peinarme... Pero, señor comandante, -¿así cumplís con vuestros deberes? ¿No estaríais mejor al frente de -vuestras tropas? Hace un rato que ha llegado Leith con su división, y -pregunta por vos... - -Al saber la noticia, no quise detenerme. Despedime de Inés, y después -de asegurar bien la entrada de la casa y de encomendar a Tribaldos -que cuidase a los dos prisioneros, bajé a la plaza, donde Miss Fly se -separó de mí sin motivo aparente. Empezaban a llegar tropas inglesas. -El general Leith, a quien indiqué que España me había mandado perseguir -a los franceses, me ordenó que esperase hasta la noche. - ---Es imposible perseguir a los franceses de cerca --dijo--. Van muy -adelantados, y nos será difícil hacerles daño. Nuestras tropas están -cansadas. - -Quedeme allí, no sin gozo, y dispuse lo necesario para que Santorcaz y -su hija fuesen trasladados a Salamanca. Felizmente regresaba aquella -tarde, para quedar allí de guarnición, Buenaventura Figueroa, mi más -íntimo y querido amigo, y le di instrucciones prolijas sobre lo que -debía de hacer con mis prisioneros en la ciudad y durante el viaje. -Verificose este por la noche en un convoy que se envió a _Roma la -chica_: no sin trabajo logré un carromato de regular comodidad, en -cuyo interior acomodé a padre e hija, acompañados de Tribaldos y de -buen repuesto de víveres para el viaje. Quise darles también dinero; -mas rehusolo Inés, y a la verdad no lo necesitaban, porque el Sr. -Santorcaz (no sé si lo he dicho), que un año antes heredara íntegro su -patrimonio, poseía regular hacienda, sobrada para su modesto traer. - -Di también a Inés instrucciones para que contribuyese a impedir -nuevas salidas de su infeliz padre al campo de Montiel de las -masónicas aventuras, y ella prometiome con inequívoca seguridad que -le encarcelaría convenientemente sin mortificarle; con lo cual, muy -apenados, nos despedimos los dos: yo por aquella nueva separación, -cuyos límites no sabía, y ella por presentimientos del peligro a que -expuesto quedaba en la terrible campaña emprendida. En esto, y en -escribir a la condesa lo que el lector supone, entretuve gran parte de -las últimas horas del día. - -Partimos al amanecer del siguiente, persiguiendo a los franceses, -que no pararon hasta pasar el Duero por Tordesillas, extendiéndose -hasta Simancas. Allí reforzó Marmont su ejército con la división de -Bonnet, y nosotros le aguardamos en la orilla izquierda, vigilando sus -movimientos. La cuestión era saber por qué sitio quería el francés -pasar el río, para venir al encuentro del ejército aliado, cuyo cuartel -general estaba en La Seca. - -No quería Marmont, como es fácil suponer, darnos gusto, y sin -avisarnos, cosa muy natural también, partió de improviso hacia Toro... -¡En marcha todo el mundo hacia la izquierda, ingleses, españoles, -lusitanos; en marcha otra vez hacia el Guareña y hacia los perversos -pueblos de Babilafuente y Villoria! - ---¡Y a esto llaman hacer la guerra! --decía uno--. Por el mucho -ejercicio que hacen, tienen tan buenas piernas los ingleses. Ahora -resultará que Marmont no acepta tampoco la batalla en el Guareña, y le -buscaremos en el Pisuerga, en el Adaja, o tal vez en el Manzanares, o -en el Abroñigal a las puertas de Madrid. - -Tan solo resultó que después de dos semanas de marchas y contramarchas, -nos encontramos otra vez en las inmediaciones de Salamanca. Pero lo más -gracioso fue cuando bailamos el minueto, como decíamos los españoles, -pues aconteció que ambos ejércitos marcharon todo un día paralelamente, -ellos sobre la izquierda, nosotros sobre la derecha, viéndonos muy bien -a distancia de medio tiro de cañón y sin gastar un cartucho. Esto pasó -no muy lejos de Salamanca; y cuando nos detuvimos en San Cristóbal, -allí eran de ver las burlas motivadas por la tal maniobra y marcha -estratégica, que los chuscos calificaban de contradanza. - -Desde San Cristóbal quise ir a Salamanca; pero me fue imposible, porque -no se concedían licencias largas ni cortas. Tuve, sin embargo, el -gusto de saber que nada singular había ocurrido en la casa de la calle -del Cáliz durante mi ausencia y las marchas y minuetos del ejército -aliado... En cuanto a Miss Fly (me apresuro a nombrarla porque oigo -una misma pregunta en los labios de cuantos me escuchan), me había -honrado no pocas veces con su encantadora palabra durante los viajes -a Tordesillas, a la Nava y al Guareña; pero siempre en cortas y muy -disimuladas entrevistas, cual si existiese algún desconocido estorbo, -algún impedimento misterioso de su antes ilimitada libertad. En -estas breves entrevistas advertía siempre en ella sin igual dulzura -y melancólico abandono, y además una admiración injustificada hacia -mí y hacia todas mis acciones, aunque fuesen de las más comunes e -insignificantes. - -Por lo demás, si las entrevistas pecaban de cortas, eran -frecuentísimas. No hacíamos alto en punto alguno, sin que se me -presentase Athenais, cual mi propia sombra, y recatadamente me hablase, -diciéndome por lo general cosas alambicadas y sutiles, cuando no -melifluas y apasionadas. La más refinada cortesía y un excelente humor -de bromas inspiraban mis contestaciones. Regalábame a cada momento mil -monerías, golosinas o cachivaches de poco valor, que adquiría en los -diversos pueblos de la carrera. - -Entre tanto (suplico a mis oyentes se fijen bien en esto, porque sirve -de lamentable antecedente a uno de los principales contratiempos de mi -vida), yo notaba que no se había disipado entre mis compañeros ingleses -y españoles la infundada sospecha que el viaje de Athenais a Salamanca -despertara. En suma, la Pajarita había vuelto al cuartel general, y mi -buena opinión y fama de caballerosidad continuaban tan problemáticas -como el día que aparecí en Bernuy. En dos ocasiones en que tuve el -alto honor de hablar con el señor duque, experimenté mortal pena, -hallándole, no solo desdeñoso, sino en extremo austero y desapacible -conmigo. Los espejuelos del coronel Simpson despedían rayos olímpicos -contra mí, y en general cuantas personas conocía en las filas inglesas -demostraban de diversos modos poca o ninguna afición a mi honrada -persona. - ---Sr. Araceli, Sr. Araceli --me dijo Athenais presentándose de -improviso ante mí el 21 de julio, cuando acabábamos de ocupar el cerro -comúnmente llamado Arapil Chico--, venid a mi lado. Simpson no ha -salido aún de Salamanca. ¿Os ha pasado algo desde ayer que no nos hemos -visto? - ---Nada, señora, no me ha pasado nada. ¿Y a usted? - ---A mí, sí; pero ya os lo contaré más adelante. ¿Por qué me miráis -de ese modo?... Vos también dais en creer, como los demás, que estoy -triste, que estoy pálida, que he cambiado mucho... - ---En efecto, Miss Fly: se me figura que esa cara no es la misma. - ---No me siento bien --dijo con sonrisa graciosa--. No sé lo que -tengo... ¡Ah! ¿no sabéis? Dicen que va a darse una gran batalla. - ---No lo dudo. Los franceses están hacia Cavarrasa. ¿Cuándo será? - ---Mañana... Parece que os alegráis --dijo mostrando un temor femenino -que me sorprendió, conociendo como conocía su varonil arrojo. - ---Y usted también se alegrará, señora. Un alma como la de usted, para -sostenerse a su propia altura, necesita estos espectáculos grandiosos, -el inmenso peligro seguido de la colosal gloria. Nos batiremos, señora, -nos batiremos con el Imperio, con el enemigo común, como dicen en -Inglaterra, y le derrotaremos. - -Athenais no me contestó, como esperaba, con ningún arrebato de -entusiasmo, y la poesía de los romances parecía haberse replegado con -timidez y vergüenza quizás en lo más escondido de su alma. - ---Será una gran batalla y ganaremos --dijo con abatimiento--; pero... -morirá mucha gente. ¿No os ocurre que podéis morir vos? - ---¿Yo?... ¿y qué importa? ¿Qué importa la vida de un miserable soldado, -con tal que quede triunfante la bandera? - ---Es verdad; pero no debéis exponeros... --dijo con cierta emoción--. -Dicen que la división española no se batirá. - ---Señora, no conozco a usted; no es usted Miss Fly. - ---Voy creyendo lo que decís --afirmó clavando en mí los dulces ojos -azules--; voy creyendo que no soy yo Miss Fly... Oíd bien, Araceli, -lo que voy a deciros. Si no entráis en fuego mañana, como espero, -avisádmelo... Adiós, adiós. - ---Pero aguarde usted un momento, Miss Fly --dije procurando detenerla. - ---No, no puedo. Sois muy indiscreto... Si supiérais lo que dicen... -Adiós, adiós. - -Dando algunos pasos hacia ella, la llamé repetidas veces; mas en el -mismo instante vi un coche o silla de postas que se paraba delante de -mí en mitad del camino; vi que por la portezuela aparecía una cara, una -mano, un brazo... ¡Si era la condesa!... ¡Dios poderoso, qué inmensa -alegría! Era la condesa que detenía su coche delante de mí, que me -buscaba con la vista, que me llamaba con un lindo gesto, que iba a -decir sin duda dulcísimas cosas. Corrí hacia ella loco de alegría. - - - - -XXXII - - -Antes de referir lo que hablamos, conviene que diga algo del lugar y -momento en que tales hechos pasaban, porque una cosa y otra interesan -igualmente a la historia y a la relación de los sucesos de mi vida que -voy refiriendo. El 21 por la tarde pasamos el Tormes, los unos por el -puente de Salamanca, los otros por los vados inmediatos. Los franceses, -según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de -Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de -Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea, cuya -izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el -Arapil Chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa -con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo, -punto el más avanzado de la línea anglo hispano-portuguesa. - -En la falda del Arapil Chico, y al borde del camino, fue donde se me -apareció Athenais, que volvía a caballo de Cavarrasa, y pocos instantes -después la señora condesa, mi adorada protectora y amiga. Corrí hacia -ella, como he dicho, y con la más viva emoción besé sus hermosas manos, -que aún asomaban por la portezuela. El inmenso gozo que experimenté -apenas me dejó articular otras voces que las de «Madre y señora mía», -voces en que mi alma, con espontaneidad y confianza sumas, esperaba -iguales manifestaciones cariñosas de parte de ella. Mas, con amargura y -asombro, advertí en los ojos de la condesa desdén, enojo, ira, ¡qué sé -yo!... una severidad inexplicable que me dejó absorto y helado. - ---¿Y mi hija? --preguntó con sequedad. - ---En Salamanca, señora --repuse--. No podría usted llegar más a tiempo. -Tribaldos, mi asistente, acompañará a usted. Ha sido casualidad que nos -hayamos encontrado aquí. - ---Ya sabía que estabas en este sitio que llaman el Arapil Chico ---me dijo con el mismo tono severo, sin una sonrisa, sin una mirada -cariñosa, sin un apretón de manos--. En Cavarrasa de Abajo, donde me -detuve un instante, encontré a Sir Thomas Parr, el cual me dijo dónde -estabas, con otras cosas acerca de tu conducta, que me han causado -tanto asombro como indignación. - ---¡Acerca de mi conducta, señora! --exclamé con dolor tan vivo como -si una hoja de acero penetrara en mi corazón--. Yo creía que en mi -conducta no había nada que pudiera desagradar a usted. - ---Conocí en Cádiz a Sir Thomas Parr, y es un caballero incapaz de -mentir --añadió ella con indecible resplandor de ira en los ojos, que -tanta ternura habían tenido en otro tiempo para mí--. Has seducido -a una joven inglesa; has cometido una iniquidad, una violencia, una -acción villana. - ---¡Yo, señora, yo!... ¿Este hombre honrado que ha dado tantas pruebas -de su lealtad?... ¿Este hombre ha hecho tales maldades? - ---Todos lo dicen... No me lo ha dicho solo Sir Thomas Parr, sino otros -muchos: me lo dirá también Wellesley. - ---Pues si Wellesley lo afirmara --repliqué con desesperación--; si -Wellesley lo afirmara, yo le diría... - ---Que miente... - ---No: el primer caballero de Inglaterra, el primer general de Europa, -no puede mentir; es imposible que el Duque diga semejante cosa. - ---Hay hechos que no pueden disimularse --añadió con pena--, que no -pueden desfigurarse. Dicen que la persona agraviada se dispone a pedir -que se te obligue al cumplimiento de las leyes inglesas sobre el -matrimonio. - -Al oír esto, una hilaridad expansiva y una terrible indignación -cruzaron sus diversos efectos en mi alma, como dos rayos que se -encuentran al caer sobre un mismo objeto, y por un instante se lo -disputan. Me reí y estuve a punto de llorar de rabia. - ---Señora, me han calumniado. Es falso, es mentira que yo... --grité -introduciendo por la portezuela del coche, primero la cabeza y después -medio cuerpo--. Me volveré loco si usted, si esta persona a quien -respeto y adoro, a quien no podré jamás engañar, da valor a tan infame -calumnia. - ---¿Conque es calumnia?... --dijo con verdadero dolor--. Jamás lo -hubiera creído en ti... Vivimos para ver cosas horribles... Pero dime, -¿veré a mi hija en seguida? - ---Repito que es falso. Señora, me está usted matando; me impulsará -usted a extremos de locura, de desesperación. - ---¿Nadie me estorbará que la recoja, que la lleve conmigo? --preguntó -con afán y sin hacer caso del frenesí que me dominaba--. Que venga -tu asistente. No puedo detenerme. ¿No decías en tu carta que todo -estaba arreglado? ¿Ha muerto ese verdugo? ¿Está mi hija sola?... ¿Me -espera?... ¿Puedo llevármela?... Responde. - ---No sé, señora; no sé nada; no me pregunte usted nada --dije -confundido y absorto--. Desde el momento en que usted duda de mí... - ---Y mucho... ¿En quién puede tenerse confianza?... Déjame seguir... Tú -ya no eres el mismo para mí. - ---¡Señora, señora, no me diga usted eso, porque me muero! --exclamé con -inmensa aflicción. - ---Bueno: si eres inocente, tiempo tienes de probármelo. - ---No... no... Mañana se da una gran batalla. Puedo morir. Moriré -irritado y me condenaré... ¡Mañana! ¡Sabe Dios dónde estaré mañana! -Usted va a Salamanca, verá y hablará a su hija; entre las dos fraguarán -una red de sospechas y falsos supuestos, donde se enmarañe para siempre -la memoria del infeliz soldado, que agonizará quizás dentro de algunas -horas en este mismo sitio donde nos encontramos. Es posible que no nos -veamos más... Estamos en un campo de batalla. ¿Distingue usted aquellos -encinares que hay hacia abajo? Pues allí detrás están los franceses. -¡Cuarenta y siete mil hombres, señora! Mañana este sitio estará -cubierto de cadáveres. Dirija usted la vista por estos contornos. -¿Ve usted esa juventud de tres naciones? ¿Cuántos de estos tendrán -vida mañana? Me creo destinado a perecer, a perecer rabiando, porque -precipitará y amargará mi muerte la idea de haber perdido el amor da -las dos personas a quienes he consagrado mi vida. - -Mis palabras, ardientes como la voz de la verdad, hicieron algún efecto -en la condesa, y la observé suspensa y conmovida. Tendió la vista por -el campo, ocupado por tanta tropa, y luego cubriose el rostro con las -manos, dejándose caer en el fondo del coche. - ---¡Qué horror! --dijo--. ¡Una batalla! ¿No tienes miedo? - ---Más miedo tengo a la calumnia. - ---Si pruebas tu inocencia, creeré que he recobrado un hijo perdido. - ---Sí, sí, lo recobrará usted --afirmé--. ¿Pero no basta que yo lo diga, -no basta mi palabra?... ¿Nos conocemos de ayer? ¡Oh! Si a Inés se le -dijera lo que a usted han dicho, no lo creería. Su alma generosa me -habría absuelto sin oírme. - -Una voz gritó: - ---¡Ese coche, adelante o atrás! - ---Adiós --dijo la condesa--, me echan de aquí. - ---Adiós, señora --respondí con profunda tristeza--. Por si no nos vemos -más, nunca más, sepa usted que en el último día de mi vida conservo, -como un tesoro, los sentimientos de que he hecho gala en todos los -instantes de mi vida ante usted y ante otra persona que a entrambos -nos es muy cara. Agradezco a usted, hoy como ayer, el amor que me ha -mostrado, la confianza que ha puesto en mí, la dignidad que me ha -infundido, la elevación que ha dado a mi conciencia... No quiero dejar -deudas... Si no nos vemos más... - -El coche partió, obligado a ello por una batería, a la cual era forzoso -ceder el paso. Cuando dejé de ver a la condesa, llevaba ella el pañuelo -a los ojos para ocultar sus lágrimas. - -Sofocado y aturdido por la pena angustiosa que llenaba mi alma, no -reparé que el cuartel general venía por el camino adelante en dirección -al Arapil Chico. El Duque y los de su comitiva echaron pie a tierra en -la falda del cerro, dirigiendo sus miradas hacia Cavarrasa de Arriba. -Llamó el Lord a los oficiales del regimiento de Ibernia, uno de los -establecidos allí, y habiéndome presentado yo el primero, me dijo: - ---¡Ah! Es usted el caballero Araceli... - ---El mismo, mi general --contesté--, y si Vuecencia me permite en esta -ocasión hablar de un asunto particular, le suplicaré que haga luz sin -pérdida de tiempo sobre las calumnias que pesan sobre mí después de mi -viaje a Salamanca. No puedo soportar que se me juzgue con ligereza, por -las hablillas de gente malévola. - -Lord Wellington, ocupado sin duda con asunto más grave, apenas me -hizo caso. Después de registrar rápidamente todo el horizonte con su -anteojo, me dijo casi sin mirarme: - ---Sr. Araceli, solo puedo contestar a usted que estoy decidido a que la -Gran Bretaña sea respetada. - -Como yo no había dejado nunca de respetar a la Gran Bretaña, ni a -las demás potencias europeas, aquel concepto, que encerraba sin duda -una amenaza, me desconcertó un poco. Los oficiales generales que -rodeaban al Duque, trabaron con él coloquio muy importante sobre el -plan de batalla. Pareciéronme entonces inoportunas y aun ridículas mis -reclamaciones, por lo cual, un poco turbado, contesté de este modo: - ---¡La Gran Bretaña! No deseo otra cosa que morir por ella. - ---Brigadier Pack --dijo vivamente Wellington a uno de los que le -acompañaban--, en la ayudantía del 23 de línea, que está vacante, ponga -usted a este joven español, que desea morir por la Gran Bretaña. - ---Por la gloria y honor de la Gran Bretaña --repetí. - -El brigadier Pack me honró con una mirada de protectora simpatía. - ---La desesperación --me dijo luego Wellington--, no es la principal -fuente del valor; pero me alegraré de ver mañana al Sr. de Araceli -en la cumbre del Arapil Grande. Señor D. José Olawlor --añadió -dirigiéndose a su íntimo amigo, que le acompañaba--, creo que los -franceses se están disponiendo para adelantársenos mañana a ocupar el -Arapil Grande. - -El Duque manifestó cierta inquietud, y por largo tiempo su anteojo -exploró los lejanos encinares y cerros hacia Levante. Poco se veía ya, -porque vino la noche. Los cuerpos de ejército seguían moviéndose para -ocupar las posiciones dispuestas por el general en jefe, y me separé de -mis compañeros de Ibernia y de la división española. - ---Nosotros --me dijo España--, vamos al lugar de Torres, en la extrema -derecha de la línea, más bien para observar al enemigo que para -atacarle. ¡Plan admirable! El general Picton y el portugués d’Urban -parece que están encargados de guardar el paso del Tormes, de modo que -la situación de los franceses no puede ser más desventajosa. No falta -más que ocupar el Arapil Grande. - ---De eso se trata, mi general. La brigada Pack, a la cual desde hace un -momento pertenezco, amanecerá mañana con la ayuda de Dios en la ermita -de Santa María de la Peña, y después... Así lo exige el honor de la -Gran Bretaña. - ---Adiós, mi querido Araceli; pórtate bien. - ---Adiós, mi querido general. Saludo a mis compañeros desde la cumbre -del Arapil Grande. - - - - -XXXIII - - -¡El Arapil Grande! Era la mayor de aquellas dos esfinges de tierra, -levantadas la una frente a la otra, mirándose y mirándonos. Entre las -dos debía desarrollarse al día siguiente uno de los más sangrientos -dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron -por última vez las trompas épicas del Imperio. A un lado y otro del -lugar llamado de Arapiles se elevaban los dos célebres cerros, pequeño -el uno, grande el otro. El primero nos pertenecía; el segundo no -pertenecía a nadie en la noche del 21. No pertenecía a nadie por lo -mismo que era la presa más codiciada; y el leopardo de un lado y el -águila del otro le miraban con anhelo, deseando tomarlo y temiendo -tomarlo. Cada cual temía encontrarse allí al contrario en el momento de -poner la planta sobre la preciosa altura. - -A la derecha del Arapil Grande, y más cerca de nuestra línea, estaba -Huerta, y a la izquierda, en punto avanzado, formando el vértice de -la cuña, Cavarrasa de Arriba. El de Abajo, mucho más distante, y a -espaldas del Gran Arapil, estaba en poder de los franceses. - -La noche era como de julio, serena y clara. Acampó la brigada Pack en -un llano, para aguardar el día. Como no se permitía encender lumbre, -los pobrecitos ingleses tuvieron que comer carne fría; pero las -mujeres, que en esto eran auxiliares poderosos de la milicia británica, -traían de Aldea-Tejada y aun de Salamanca fiambres muy bien aderezados, -que con el ron abundante devolvieron el alma a aquellos desmadejados -cuerpos. Las mujeres (y no bajaban de veinte las que vi en la brigada) -departían con sus esposos cariñosamente, y según pude entender, rezaban -o se fortalecían el espíritu con recuerdos de la Verde Erin y de la -bella Escocia. Gran martirio era para los _highlanders_ que no se les -consintiera en aquel sitio tocar la gaita entonando las melancólicas -canciones de su país; y formaban animados corrillos, en los cuales -me metí bonitamente, para tener el extraño placer de oírles sin -entenderles. Érame en extremo agradable ver la conformidad y alegría -de aquella gente, transportada tan lejos de su patria, sostenida en -su deber y conducida al sacrificio por la fe de la patria misma... -Yo escuchaba con delicia sus palabras, y aun entendiendo muy poco de -ellas, creí comprender el espíritu de las ardientes conversaciones. Un -escocés fornido, alto, hermoso, de cabellos rubios como el oro y de -mejillas sonrosadas como una doncella, levantose al ver que me acercaba -al corrillo, y en chapurrado lenguaje, mitad español, mitad portugués, -me dijo: - ---Señor oficial español, dignaos honrarnos aceptando este pedazo de -carne y este vaso de ron, y brindemos a la salud de España y de la -vieja Escocia. - ---¡A la salud del Rey Jorge III! --exclamé aceptando sin vacilar el -obsequio de aquellos valientes. - -Sonoros _hurras_ me contestaron. - ---El hombre muere y las naciones viven --dijo dirigiéndose a mí otro -escocés que llevaba bajo el brazo el enorme pellejo henchido de una -zampoña--. ¡_Hurra_ por Inglaterra! ¡Qué importa morir! Un grano de -arena que el viento lleva de aquí para allá, no significa nada en la -superficie del mundo. Dios nos está mirando, amigos, por los bellos -ojos de la madre Inglaterra. - -No pude menos de abrazar al generoso escocés, que me estrechó contra su -pecho, diciendo: - ---¡Viva España! - ---¡Viva Lord Wellington! --grité yo. - -Las mujeres lloraban, charlando por lo bajo. Su lenguaje, -incomprensible para mí, me pareció un coro de pájaros picoteando -alrededor del nido. - -Los escoceses se distinguían por el pintoresco traje de cuadros rojos -y negros, la pierna desnuda, las hermosas cabezas ossiánicas cubiertas -con el sombrero de piel, y el cinto adornado con la guedeja que parecía -cabellera, arrancada del cráneo del vencedor en las salvajes guerras -septentrionales. Mezclábanse con ellos los ingleses, cuyas casacas -rojas les hacían muy visibles a pesar de la oscuridad. Los oficiales, -envueltos en capas blancas y cubiertos con los sombreritos picudos y -emplumados, nada airosos por cierto, semejaban pájaros zancudos de -anchas alas y movible cresta. - -Con las primeras luces del día, la brigada se puso en marcha hacia el -Arapil Grande. A medida que nos acercábamos, más nos convencíamos de -que los franceses se nos habían anticipado, por hallarse en mejores -condiciones para el movimiento, a causa de la proximidad de su línea. -El brigadier distribuyó sus fuerzas, y las guerrillas se desplegaron. -Los ojos de todos fijábanse en la ermita situada como a la mitad -del cerro, y en las pocas casas dispersas, únicos edificios que -interrumpían a larguísimos trechos la soledad y desnudez del paisaje. - -Subieron algunas columnas sin tropiezo alguno, y llegábamos como a 100 -varas de Santa María de la Peña, cuando la ondulación del terreno, -descendiendo a nuestros ojos a medida que adelantábamos, nos dejó ver, -primero una línea de cabezas, luego una línea de bustos, después los -cuerpos enteros. Eran los franceses. El sol naciente, que aparecía a -espaldas de nuestros enemigos, nos deslumbraba, siendo causa de que los -viésemos imperfectamente. Un murmullo lejano llegó a nuestros oídos, y -del lado acá también los escoceses profirieron algunas palabras: no fue -preciso más para que brotase la chispa eléctrica. Rompiose el fuego. -Las guerrillas lo sostenían, mientras algunos corrieron a ocupar la -ermita. - -Precedía a esta un patio, semejante a un cementerio. Entraron en él -los ingleses; pero los imperiales, que se habían colado por el ábside, -dominaron pronto lo principal del edificio con los anexos posteriores; -así es que aún no habían forzado la puerta los nuestros, cuando ya les -hacían fuego desde la espadaña de las campanas y desde la claraboya -abierta sobre el pórtico. - -El brigadier Pack, uno de los hombres más valientes, más serenos y más -caballerosos que he conocido, arengó a los _highlanders_. El coronel -que mandaba el 3.º de cazadores, arengó a los suyos, y todos arengaron, -en suma, incluso yo, que les hablé en español el lenguaje más apropiado -a las circunstancias. Tengo la seguridad de que me entendieron. - -El 23 de línea no había entrado en el patio, sino que flanqueaba la -ermita por su izquierda, observando si venían más fuerzas francesas. -En caso contrario, la partida era nuestra, por la sencilla razón de -que éramos más hasta entonces. Pero no tardó en aparecer otra columna -enemiga. Esperarla, darle respiro, es decir, aparentar, siquiera fuese -por un momento, que se la temía, habría sido renunciar de antemano a -toda ventaja. - ---¡A ellos! --grité a mi coronel. - ---_¡All right!_ --exclamó este. - -Y el 23 de línea cayó como una avalancha sobre la columna francesa. -Trabose un vivo combate cuerpo a cuerpo; vacilaron un poco nuestros -ingleses, porque el empuje de los enemigos era terrible en el primer -momento; pero tornando a cargar con aquella constancia imperturbable -que, si no es el heroísmo mismo, es lo que más se le parece, toda -la ventaja estuvo pronto de nuestra parte. Retiráronse en desorden -los imperiales, o mejor dicho, variaron de táctica, dispersándose -en pequeños grupos, mientras les venían refuerzos. Habíamos tenido -pérdidas casi iguales en uno y otro lado, y bastantes cuerpos yacían -en el suelo; pero aquello no era nada todavía: un juego de chicos, un -prefacio inocente que casi hacía reír. - -Nuestra desventaja real consistía en que ignorábamos la fuerza que -podían enviar los franceses contra nosotros. Veíamos enfrente el espeso -bosque de Cavarrasa, y nadie sabía lo que se ocultaba bajo aquel -manto de verdura. ¿Serán muchos, serán pocos? Cuando la intuición, -la inspiración o el genio zahorí de los grandes capitanes no sabe -contestar a estas preguntas, la ciencia militar está muy expuesta a -resultar vana y estéril como jerga de pedantes. Mirábamos al bosque, -y el oscuro ramaje de las encinas no nos decía nada. No sabíamos leer -en aquella verdinegra superficie, que ofrecía misteriosos cambiantes -de color y de luz, fajas movibles y oscilantes signos en su vasta -extensión. Era una masa enorme de verdura, un monstruo chato y horrible -que se aplanaba en la tierra con la cabeza gacha y las alas extendidas, -empollando quizás bajo ellas innumerables guerreros. - -Al ver en retirada la segunda columna francesa, mandó Pack redoblar la -tentativa contra la ermita, y los _highlanders_ intentaron asaltarla -por distintos puntos, lo cual hubiera sido fácil si al sonar los -primeros tiros no ocurriese del lado del bosque algo de particular. -Creeríase que el monstruo se movía; que alzaba una de las alas; que -echaba de sí un enjambre de homúnculos, los cuales distinguíanse allá -lejos al costado de la madre, pequeños como hormigas. Luego iban -creciendo, íbanse acercando... de pigmeos tornábanse en gigantes; -lucían sus cascos; sus espadas semejaban rayos flamígeros; subían en -ademán amenazador columna tras columna, hombre tras hombre. - -El coronel me miró y nos miramos los jefes todos sin decirnos nada. -Con la presteza del buen táctico, Pack, sin abandonar el asedio de la -ermita, nos mandó más gente y esperamos tranquilos. El bosque seguía -vomitando gente. - ---Es preciso combatir a la defensiva --dijo el coronel. - ---A la defensiva, sí. ¡Viva Inglaterra! - ---¡Viva el Emperador! --repitieron los ecos allá lejos. - ---¡Ingleses, la Inglaterra os mira! - -El clamor que antes nos contestara de lejos diciendo: ¡viva el -Emperador! resonó con más fuerza. El animal se acercaba y su feroz -bramido infundía zozobra. - - - - -XXXIV - - -Ocupáronse al instante unas casas viejas y unos tejares que había -como a sesenta varas a un lado y otro de la ermita, estableciéndose -imaginaria línea defensiva, cuyo único apoyo material era una depresión -del terreno, una especie de zanja sin profundidad que parecía marcar -el linde entre dos heredades. Si yo hubiera mandado toda la fuerza -del brigadier Pack, habría intentado jugar el todo por el todo y -desconcertar al enemigo antes que embistiera; pero los ingleses -no hacían nunca estas locuras, que salen bien una vez y veinte se -malogran. Por el contrario, Pack dispuso sus fuerzas a la defensiva; -con ojo admirable y rápido se hizo cargo de todos los accidentes del -terreno, de las suaves ondulaciones del cerro por aquella parte, del -peñón aislado, del árbol solitario, de la tapia ruinosa, y todo lo -aprovechó. - -Llegaron los franceses. Nos miraban desde lejos con recelo, nos olían, -nos escuchaban. - -¿Habéis visto a la cigüeña alargar el cuello a un lado y otro, de tal -modo que no se sabe si mira o si oye, sostenerse en un pie, alzando el -otro con intento de no fijarlo en tierra hasta no hallar suelo seguro? -Pues así se acercaban los franceses. Entre nosotros, algunos reían. - -No puedo dar idea del silencio que reinaba en las filas en aquel -momento. ¿Eran soldados en acecho o monjes en oración?... Pero -instantáneamente la cigüeña puso los dos pies en tierra. Estaba en -terreno firme. Sonaron mil tiros a la vez, y se nos vino encima una -oleada humana compuesta de bayonetas, de gritos, de patadas, de -ferocidades sin nombre. - ---¡Fuego! ¡muerte! ¡sangre! ¡canallas! --tales son las palabras -con que puedo indicar, por lo poco que entendía, aquella algazara -de la indignación inglesa, que mugía en torno mío; un concierto de -articulaciones guturales, un graznido al mismo tiempo discorde y -sublime como de mil celestiales loros y cotorras charlando a la vez. - -Yo había visto cosas admirables en soldados españoles y franceses, -tratándose de atacar; pero no había visto nada comparable a los -ingleses tratando de resistir. Yo no había visto que las columnas -se dejaran acuchillar. El viejo tronco inerte no recibe con tanta -paciencia el golpe de la segur que lo corta, como aquellos hombres -la bayoneta que los destrozaba. Repetidas veces rechazaron a los -franceses, haciéndoles correr mucho más allá de la ermita. Había gente -para todo: para morir resistiendo, y para matar empujando. Por momentos -parecía que les rechazábamos definitivamente; pero el bosque, sacando -de debajo de su plumaje nuevas empolladuras de gente, nos ponía en -desventaja numérica, pues si bien del Arapil Chico venían a ayudarnos -algunas compañías, no eran en número suficiente. - -La mortandad era grande por un lado y por otro, más por el nuestro, -y a tanto llegó, que nos vimos en gran apuro para retirar los muchos -muertos y heridos que imposibilitaban los movimientos. El combate -se suspendía y se trababa en cortos intervalos. No retrocedíamos ni -una línea; pero tampoco avanzábamos, y habíamos abandonado el patio -de la ermita por ser imposible sostenerse allí. Las casas de labor y -tejares sí eran nuestros, y no parecían los _highlanders_ dispuestos -a dejárselos quitar; pero esta serie de ventajas y desventajas que -equilibraba las dos potencias enemigas; este contrapeso sostenido a -fuerza de arrojo, no podía durar mucho. Que los franceses enviasen -gente; que, por el contrario, las enviase Lord Wellington, y la -cuestión había de decidirse pronto; que la enviasen los dos al mismo -tiempo, y entonces... solo Dios sabía el resultado. - -El brigadier Pack me llamó, diciéndome: - ---Corred al cuartel general y decid al Lord lo que pasa. - -Monté a caballo, y a todo escape me dirigí al cuartel general. Cuando -bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército aliado, -distinguí muy bien las masas del ejército francés moviéndose sin cesar; -pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba aún ni un -solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada escena -del Arapil Grande; en aquello que parecía un detalle insignificante, -un capricho del genio militar que a la sazón meditaba la gran batalla. - -Cuando pasé junto a los diversos cuerpos de la línea aliada, llamó -mi atención verles quietos y tranquilos esperando órdenes mano sobre -mano. No había batalla; es más, no parecía que iba a haber batalla, -sino simulacro. Pero los jefes, todos en pie sobre las elevaciones -del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas, -observaban, ayudados de sus anteojos, la peripecia del Arapil Grande, -junto a la ermita. - ---¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? --me -preguntaba yo lleno de confusiones. - -Era que ni Wellington ni Marmont querían aparentar gran deseo de ocupar -el Arapil Grande, por lo mismo que uno y otro consideraban aquella -posición como la clave de la batalla. Marmont fingía movimientos -diversos para desconcertar a Wellington; amenazaba correr hacia el -Tormes para que el ojo imperturbable del capitán inglés se apartase del -Arapil; luego afectaba retirarse como si no quisiera librar batalla, -y en tanto Wellington, quieto, inmutable, sereno, atento, vigilante, -permanecía en su puesto observando las evoluciones del francés, y -sostenía con poderosa mano las mil riendas de aquel ejército que quería -lanzarse antes de tiempo. - -Marmont quería engañar a Wellington; pero Wellington no solo quería -engañar, sino que estaba engañando a Marmont. Este se movía para -desconcertar a su enemigo, y el inglés, atento a las correrías del -otro, espiaba la más ligera falta del francés para caerle encima. -Al mismo tiempo, afectaba no hacer caso del Arapil Grande, y colocó -bastantes tropas en la derecha del Tormes para hacer creer que allí -quería poner todo el interés de la batalla. En tanto, tenía dispuestas -fuerzas enormes para un caso de apuro en el gran cerro. Pero ese caso -de apuro, según él, no había llegado todavía, ni llegaría mientras -hubiera carne viva en Santa María de la Peña. Eran las diez de la -mañana, y fuera de la breve acción que he descrito, los dos ejércitos -no habían disparado un tiro. - -Cuando atravesé las filas, muchos jefes, apostados en distintos puntos, -me dirigían preguntas a que era imposible contestar; y cuando llegué -al cuartel general, vi a Wellington a caballo, rodeado de multitud de -generales. - -Antes de acercarme a él, ya había dicho yo expresivamente con el gesto, -con la mirada: - ---No se puede. - ---¡Qué no se puede! --exclamó con calma imperturbable, después que -verbalmente le manifesté lo que pasaba allá. - ---Dominar el Arapil Grande. - ---Yo no he mandado a Pack que dominara el Arapil Grande, porque es -imposible --replicó--. Los franceses están muy cerca, y desde ayer -tienen hechos mil preparativos para disputarnos esa posición, aunque lo -disimulan. - ---Entonces... - ---Yo no he mandado a Pack que dominase por completo el cerro, sino que -impidiese a los franceses que se establecieran allí definitivamente. -¿Se establecerán? ¿No existen ya el 23 de línea, ni el 3.º de -cazadores, ni el 7.º de _highlanders_? - ---Existen... un poco todavía, mi general. - ---Con las fuerzas que han ido después basta para el objeto, que es -resistir, nada más que resistir. Basta con que ni un francés pise la -vertiente que cae hacia acá. Si no se puede dominar la ermita, no creo -que falte gente para entretener al enemigo unas cuantas horas. - ---En efecto, mi general --dije--. Por muy a prisa que se muera, -ochocientos cuerpos dan mucho de sí. Se puede conservar hasta el -mediodía lo que poseemos. - -Cuando esto decía, atendiendo más a las lejanas líneas enemigas que a -mí, observé en él un movimiento súbito; volviose al general Álava que -estaba a su lado, y dijo: - ---Esto cambia de repente. Los franceses extienden demasiado su línea. -Su derecha quiere envolverme... - -Una formidable masa de franceses se extendía hacia el Tormes, dejando -un claro bastante notable entre ella y Cavarrasa. Era necesario ser -ciego para no comprender que por aquel claro, por aquella juntura iba a -introducir su terrible espada hasta la empuñadura el genio del ejército -aliado. - - - - -XXXV - - -El cuartel general retrocedió, diéronse órdenes, corrieron los -oficiales de un lado para otro, resonó un murmullo elocuente en -todo el ejército, avanzaron los cañones, piafaron los caballos. -Sin esperar más, corrí al Arapil para anunciar que todo cambiaba. -Veíanse oscilar las líneas de los regimientos, y los reflejos de las -bayonetas figuraban movibles ondas luminosas; los cuerpos de ejército -se estremecían conmovidos por las palpitaciones íntimas de ese miedo -singular que precede siempre al heroísmo. La respiración y la emoción -de tantos hombres daba a la atmósfera no sé qué extraño calor. El aire -ardiente y pesado no bastaba para todos. - -Las órdenes transmitidas con rapidez inmensa llevaban en sí el -pensamiento del general en jefe. Todos lo adivinamos en virtud de -la extraña solidaridad que en momentos dados se establece entre la -voluntad y los miembros, entre el cerebro que piensa y las manos que -ejecutan. El plan era precipitar el centro contra el claro de la línea -enemiga, y al mismo tiempo arrojar sobre el Arapil Grande toda la -fuerza de la derecha, que hasta entonces había permanecido en el llano -en actitud expectativa. - -Hallábame cerca del lugar de partida cuando un estrépito horrible hirió -mis oídos. Era la artillería de la izquierda enemiga, que tronaba -contra el gran cerro. Le atacaba con empuje colosal. Nuestra derecha, -compuesta de valientes cuerpos de ejércitos, subía en el mismo instante -a sacar de su aprieto a los incomparables _highlanders_, 23 de línea y -3.º de ligeros, cuyas proezas he descrito. - -Pasé por entre la quinta división, al mando del general Leith, que -desde el pueblo de los Arapiles marchaba al cerro; pasé por entre la -tercera división, mandada por el mayor general Packenham, la caballería -del general d’Urban y los dragones del décimocuarto regimiento, que -iban en cuatro columnas a envolver la izquierda del enemigo en la -famosa altura; y vi desde lejos la brigada del general Bradford, la -de Cole y la caballería de Stapleton Cotton, que marchaban en otra -dirección contra el centro enemigo; distinguí asimismo a lo lejos a mis -compañeros de la división española formando parte de la reserva mandada -por Hope. - -La ermita antes nombrada no coronaba el Arapil Grande, pues había -alturas mucho mayores. Era en realidad aquella eminencia irregular y -escalonada, y si desde lejos no lo parecía, al aventurarse en ella -hallábanse grandes depresiones del terreno, ondulaciones, pendientes, -ora suaves, ora ásperas, y suelo de tierra ligeramente pedregoso. - -Los franceses, desde el momento en que creyeron oportuno no disimular -su pensamiento, aparecieron por distintos puntos y ocuparon la parte -más alta y sitios eminentes, amenazando de todos ellos las escasas -fuerzas que operaban allí desde por la mañana. La primera división que -rompió el fuego contra el enemigo fue la de Packenham, que intentó -subir y subió por la vertiente que cae al pueblo. Sostúvole la -caballería portuguesa de Urban; pero sus progresos no fueron grandes, -porque los franceses, que acababan de salir del bosque, habían tomado -posiciones en lo más alto, y aunque la pendiente era suave, dábales -bastante ventaja. - -Cuando llegué a las inmediaciones de la ermita, el brigadier Pack no -había perdido una línea de sus anteriores posiciones; pero sus bravos -regimientos estaban reducidos a menos de la mitad. El general Leith -acababa de llegar con la quinta división, y el aspecto de las cosas -había cambiado completamente, porque si el enemigo enviaba numerosas -fuerzas a la cumbre del cerro, nosotros no le íbamos en zaga en número -ni en bravura. - -Pero no había tiempo que perder. Era preciso arrojar hombres y más -hombres sobre aquel montón de tierra, despreciando los fuegos de la -artillería francesa, que nos cañoneaba desde el bosque, aunque sin -hacernos gran daño. Era preciso echar a los franceses de Santa María -de la Peña, y después seguir subiendo, subiendo hasta plantar los -pabellones ingleses en lo más alto del Arapil Grande. - ---El refuerzo ha venido casi antes que la contestación --dije al -brigadier Pack--. ¿Qué debo hacer? - ---Tomar el mando del 23 de línea, que ha quedado sin jefes. ¡Arriba, -siempre arriba! Ya veo lo que tenemos que hacer. Sostenernos aquí, -atraer el mayor número posible de tropas enemigas, para que Cole y -Bradford no hallen gran resistencia en el centro. Esta es la llave de -la batalla. ¡Arriba, siempre arriba! - -Los franceses parecían no dar ya gran importancia a Santa María de la -Peña, y coronaron la altura. Las columnas, escalonadas con gran arte, -nos esperaban a pie firme. Allí no había posibilidad de destrozarlas -con la caballería, ni de hacerles gran daño con los cañones, situados -a mucha distancia. Era preciso subir a pecho descubierto y echarles de -allí, como Dios nos diera a entender. El problema era difícil, la tarea -inmensa, el peligro horrible. - -Tocó al 23 de línea la gloria de avanzar el primero contra las -inmóviles columnas francesas que ocupaban la altura. ¡Espantoso -momento! La escalera, señores, era terrible, y en cada uno de sus -fúnebres peldaños, el soldado se admiraba de encontrarse con vida. Si -en vez de subir, bajase, aquella sería la escalera del Infierno. Y, -sin embargo, las tropas de Pack y de Leith subían. ¿Cómo? No lo sé. En -virtud de un prodigio inexplicable. Aquellos ingleses no se parecían a -los hombres que yo había visto. Se les mandaba una cosa, un absurdo, un -imposible, y lo hacían, o al menos lo intentaban. - -Al referir lo que allí pasó, no me es posible precisar los movimientos -de cada batallón, ni las órdenes de cada jefe, ni lo que cada cual -hacía dentro de su esfera. La imaginación conserva con caracteres -indelebles y pavorosos lo principal; pero lo accesorio, no; y -lo principal era entonces que subíamos empujados por una fuerza -irresistible, por no sé qué manos poderosas que se agarraban a nuestra -espalda. Veíamos la muerte delante, arriba; pero la propia muerte nos -atraía. ¡Oh! Quien no ha subido nunca más que las escaleras de su casa, -no comprenderá esto. - -Como el terreno era desigual, había sitios en que la pendiente -desaparecía. En aquellos escalones se trababan combates parciales de -un encarnizamiento y ferocidad inauditos. Los valientes del mediodía, -que conocen rara vez el heroísmo pasivo de dejarse matar antes que -descomponer las filas separándose de ellas, no comprenderán aquella -locura imperturbable a que nos conducía la desesperación convertida -en virtud. Fácil es a la alta cumbre desprenderse y precipitarse, -aumentando su velocidad con el movimiento, y caer sobre el llano y -arrollarlo e invadirlo; pero nosotros éramos el llano, empeñado en -subir a la cumbre, y deseoso de aplastarla, y hundirla, y abollarla. -En la guerra, como en la naturaleza, la altura domina y triunfa; es la -superioridad material, y una forma simbólica de la victoria, porque la -victoria es realmente algo que, con flamígera velocidad, baja rodando -y atropellando, hendiendo y destruyendo. El que está arriba tiene la -fuerza material y moral, y, por consiguiente, el pensamiento de la -lucha, que puede dirigir a su antojo. Como la cabeza en el cuerpo -humano, dispone de los sentidos y de la idea... Nosotros éramos pobres -fuerzas rastreras que, arañando el suelo, estábamos a merced de los de -arriba, y, sin embargo, queríamos destronarlos. Figuraos que los pies -se empeñaran en arrojar la cabeza de los hombros para ponerse encima -ellos; ¡estúpidos, que no saben más que andar! - -Los primeros escalones no ofrecieron gran dificultad. Moría mucha -gente; pero se subía. Después ya fue distinto. Creeríase que los -franceses nos permitían el ascenso a fin de cogernos luego más a mano. -Las disposiciones de Pack para que sufriésemos lo menos posible, eran -admirables. Inútil es decir que todos los jefes habían dejado sus -caballos; y unos detrás, otros a la cabeza de las líneas, llevaban, por -decirlo así, de la mano a los obedientes soldados. Un orden preciso en -medio de las muertes, un paso seguro, un aplomo sin igual regimentando -la maniobra, impedían que los estragos fuesen excesivos. Con las armas -modernas, aquel hecho hubiera sido imposible. - -Era indispensable aprovechar los intervalos en que el enemigo cargaba -los fusiles, para correr nosotros a la bayoneta. Teníamos en contra -nuestra el cansancio, pues si en algunos sitios la inclinación era poco -más que rampa, en otros era regular cuesta. Los franceses, reposados, -satisfechos y seguros de su posición, nos abrasaban a fuego certero y -nos recibían a bayoneta limpia. A veces, una columna nuestra lograba, -con su constancia abrumadora, abrirse paso por encima de los cadáveres -de los enemigos; mas para esto se necesitaba duplicar y triplicar -los empujes, duplicar y triplicar los muertos, y el resultado no -correspondía a la inmensidad del esfuerzo. - -¡Qué espantosa ascensión! Cuando se empeñaban en algún descanso -combates parciales, las voces, el tumulto, el hervidero de aquellos -cráteres no son comparables a nada de cuanto la cólera de los hombres -ha inventado para remedar la ferocidad de las bestias. Entre mil -muertes, se conquistaba el terreno palmo a palmo; y una vez que se le -dominaba, se sostenía con encarnizamiento el pedazo de tierra necesario -para poner los pies. Inglaterra no cedía el espacio en que fijaba -las suelas de sus zapatos; y para quitárselo y vencer aquel prodigio -de constancia, era preciso a los franceses desplegar todo su arrojo, -favorecido por la altura. Aun así no lograban echar a los británicos -por la pendiente abajo. ¡Ay del que rodase primero! Conociendo el -peligro inmenso de un pasajero desmayo, de un retroceso, de una mirada -atrás, los pies de aquellos hombres echaban raíces. Aun después de -muertas, parecía que sus largas piernas se enclavaban en el suelo hasta -las rodillas, como jalones que debían marcar eternamente la conquista -del poderoso genio de Inglaterra. - -Mas al fin llegó un momento terrible; un momento en que las columnas -subían y morían; en que la mucha gente que se lanzaba por aquel -talud, destrozada, abrasada, diezmada, sintiéndose mermar a cada paso, -entendió que sus fuerzas no traían gran ventaja. Tras las columnas -francesas arrolladas, aparecían otras. Como en el espantoso bosque de -Macbeth, en la cresta del Grande Arapil cada rama era un hombre. Nos -acercábamos a la cumbre, y aquel cráter superior vomitaba soldados. -Se ignoraba de dónde podía salir tanta gente, y era que la meseta del -cerro tenía cabida para un ejército. Llegó, pues, un instante en que -los ingleses vieron venir sobre ellos la cima del cerro mismo, una -monstruosidad horrenda que esgrimía mil bayonetas y apuntaba con miles -de cañones de fusil. El pánico se apoderó de todos, no aquel pánico -nervioso que obliga a correr, sino una angustia soberana y grave que -quita toda esperanza, dando resignación. Era imposible, de todo punto -imposible, seguir subiendo. - -Pero bajar era el punto difícil. Nada más fácil si se dejaban -acuchillar por los franceses, resignándose a rodar sobre la tierra -vivos o muertos. Una retirada en declive paso a paso y dando al enemigo -cada palmo de terreno con tanta parsimonia como se le quitó, es el -colmo de la dificultad. Pack bramaba de ira, y la sangre agolpada en la -carnaza encendida de su rostro parecía querer brotar por cada poro. -Era hombre que tenía alma para plantarse solo en la cumbre del cerro. -Daba órdenes con ronca voz; pero sus órdenes no se oían ya: esgrimía la -espada acuchillando al cielo, porque el cielo tenía sin duda la culpa -de que los ingleses no pudiesen continuar adelante. - -Había llegado la ocasión de que muriese estoicamente uno para -resguardar con su cuerpo al que daba un paso atrás. De este modo se -salvaba la mitad de la carne. Una mala retirada arroja en las brasas -todo cuanto hay en el asador. Las columnas se escalonaban con arte -admirable; el fuego era más vivo, y cada vez que descendía de lo alto -desgajándose uno de aquellos pesados aludes, creeríase que todo había -concluido; pero la confusión momentánea desaparecía al instante, las -masas inglesas aparecían de nuevo compactas y formidables, y la muerte -tenía que contentarse con la mitad. Así se fue cediendo lentamente -parte del terreno, hasta que los imperiales dejaron de atacarnos. -Habían llegado a un punto en que el cañón inglés les molestaba mucho, y -además los progresos de Packenham por el flanco del Grande Arapil les -inquietaba bastante. Reconcentráronse y aguardaron. - -En tanto, por otro lado ocurrían sucesos admirables y gloriosos. Todo -iba bien en todas partes menos en nuestro malhadado cerro. El general -Cole destrozaba el centro francés. La caballería de Stapleton Cotton, -penetrando por entre las descompuestas filas, daba una de las cargas -más brillantes, más sublimes y al mismo tiempo más horrorosas que -pueden verse. Desde la posición a que nos retiramos, no avergonzados, -pero sí humillados, distinguíamos a lo lejos aquella admirable función -que nos causaba envidia. Las columnas de dragones, las falanges de -caballos, los más ligeros, los más vivos, los más guerreros que pueden -verse, penetraban como inmensas culebras por entre la infantería -francesa. Los golpes de los sables ofrecían a la vista un salpicar -perenne de pequeños rayos, menuda lluvia de acero que destrozaba -pechos, aniquilaba gente, atropellaba y deshacía como el huracán. Los -gritos de los jinetes, el brillo de sus cascos, el relinchar de los -corceles que regocijaban en aquella fiesta sangrienta sus brutales e -imperfectas almas, ofrecían espectáculo aterrador. Indiferentes, como -es natural, a las desdichas del enemigo, los corazones guerreros se -endiosaban con aquel espectáculo. La confianza huye de los combates, -deidad asustada y llorosa, conducida por el miedo; no queda más que la -ira guerrera, que nada perdona, y el bárbaro instinto de la fuerza, que -por misterioso enigma del espíritu se convierte en virtud admirable. - -Los escuadrones de Stapleton Cotton, como he dicho, realizaban el -gran prodigio de aquella batalla. En vano los franceses alcanzaban -algunas ventajas por otro lado; en vano habían logrado apoderarse de -algunas casas del pueblo de Arapiles. Creyendo que poseer la aldea -era importante, tomaron briosamente los primeros edificios y los -defendieron con bravura. Se agarraban a las paredes de tierra y se -pegaban a ella, como los moluscos a la piedra; se dejaban espachurrar -contra las tapias antes que abandonarlas, barridos por la metralla -inglesa. Precisamente cuando los franceses creían obtener gran ventaja -poseyendo el pueblo, y cuando nosotros descendíamos del Arapil Grande, -fue cuando la caballería de Cotton penetró como un gran puñal en el -corazón del ejército imperial; viose el gran cuerpo partido en dos, -crujiendo y estallando al violento roce de la poderosa cuña. Todo cedía -ante ella: fuerza, previsión, pericia, valor, arrojo, porque era una -potencia admirable, una unidad abrumadora, compuesta de miles de piezas -que obraban armónicamente sin que una sola discrepara. Las miles de -corazas daban idea del _testudo_ romano; pero aquella inmensa tortuga -con conchas de acero tenía la ligereza del reptil, y millares de patas -y millares de bocas para gritar y morder. Sus dentelladas ensanchaban -el agujero en que se había metido; todo caía ante ella. Gimieron con -espanto los batallones enemigos. Corrió Marmont a poner orden, y -una bala de cañón le quitó el brazo derecho. Corrió luego Bonnet a -sustituirle, y cayó también. Ferey, Thomières y Desgraviers, generales -ilustres, perecieron con millares de soldados. - -En la falda de nuestro cerro se había suspendido el fuego. Un oficial -que había caído junto a mí al verificar el descenso, era transportado -por dos soldados. Le vi al pasar, y él, casi moribundo, me llamó -con una seña. Era Sir Thomas Parr. Puesto en el suelo, el cirujano, -examinando su pecho destrozado, dio a entender que aquello no tenía -remedio. Otros oficiales ingleses, la mayor parte heridos también, le -rodeaban. El pobre Parr volvió hacia mí los ojos, en que se extinguían -lentamente los últimos resplandores de la vida, y con voz débil me -habló así: - ---Me han dicho antes de la batalla que tenéis resentimiento contra mí y -que os disponíais a pedirme satisfacción por no sé qué agravios. - ---Amigo --exclamé conmovido--, en esta ocasión no puede quedar en mi -pecho ni rastro de cólera. Lo perdono y lo olvido todo. La calumnia de -que usted se ha hecho eco, seguramente sin malicia, no puede dañar a mi -honor: es una ligereza de esas que todos cometemos. - ---¿Quién no comete alguna, caballero Araceli? --dijo con voz grave--. -Reconoced, sin embargo, que no he podido ofenderos. Muero sin la -zozobra de ser odiado... ¿Decís que os calumnié? ¿Os referís al caso de -Miss Fly? ¿Y a eso llamáis calumnia? Yo he repetido lo que oí. - ---¿Miss Fly? - ---Como se dice que forzosamente os casaréis con ella, nada tengo que -echaros en cara. ¿Reconocéis que no os he ofendido? - ---Lo reconozco --respondí sin saber lo que respondía. - -Parr, volviéndose a sus compatriotas, dijo: - ---Parece que perdemos la batalla. - ---La batalla se ganará --le respondieron. - -Sacó su reloj y lo entregó a uno de los presentes. - ---¡Que la Inglaterra sepa que muero por ella! ¡Que no se olvide mi -nombre!... --murmuró con voz que se iba apagando por grados. - -Nombró a su mujer, a sus hijos; pronunció algunas palabras cariñosas, -estrechando la mano de sus amigos. - ---La batalla se ganará... ¡Muero por Inglaterra!... --dijo cerrando los -ojos. - -Leves movimientos y ligeras oscilaciones de sus labios fueron las -últimas señales de la vida en el cuerpo de aquel valiente y generoso -soldado. Un momento después se añadía un número a la cifra espantosa de -los muertos que se había tragado el Arapil Grande. - - - - -XXXVI - - -La tremenda carga de Stapleton Cotton había variado la situación de -las cosas. Leith se apareció de nuevo entre nosotros, acompañado del -brigadier Spry. En sus semblantes, en sus gestos, lo mismo que en las -vociferaciones de Pack, comprendí que se preparaba un nuevo ataque -al cerro. La situación del enemigo era ya mucho menos favorable que -anteriormente, porque las ventajas obtenidas en nuestro centro con el -avance de la caballería y los progresos del general Cole modificaban -completamente el aspecto de la batalla. Packenham, después de -rechazarles del pueblo, les apretaba bastante por la falda oriental -del cerro, de modo que estaban expuestos a sufrir las consecuencias -de un movimiento envolvente. Pero tenían poderosa fuerza en la vasta -colina, y además retirada segura por los montes de Cavarrasa. La -brigada de Spry, que antes maniobrara en las inmediaciones del pueblo, -corriose a la derecha para apoyar a Packenham. La división de Leith, la -brigada de Pack con el 23 de línea, el 3.º y 5.º de ligeros, entraron -de nuevo en fuego. - -Los franceses, reconcentrándose en sus posiciones de la ermita -para arriba, esperaban con imponente actitud. Sonó el tiroteo por -diversos puntos; las columnas marcharon en silencio. Ya conocíamos -el terreno, el enemigo y los tropiezos de aquella ascensión. Como -antes, los franceses parecían dispuestos a dejarnos que avanzáramos, -para recibirnos a lo mejor con una lluvia de balas; pero no fue así, -porque de súbito desgajáronse con ímpetu amenazador sobre Packenham -y sobre Leith, atacando con tanto coraje, que era preciso ser inglés -para resistirlo. Las columnas de uno y otro lado habían perdido su -alineación, y formadas de irregulares y deformes grupos ofrecían -frentes erizados de picos, si se me permite expresarlo así, los cuales -se engastaban unos en otros. Los dos ejércitos se clavaban mutuamente -las uñas, desgarrándose. Arroyos de sangre surcaban el suelo. Los -cuerpos que caían eran a veces el principal obstáculo para avanzar; a -ratos se interrumpían aquellos al modo de abrazos de muerte, y cada -cual se retiraba un poco hacia atrás a fin de cobrar nueva fuerza para -una nueva embestida. Observábamos los claros del suelo ensangrentado -y lleno de cadáveres, y lejos de desmayar ante aquel espectáculo -terrible, reproducíamos con doble furia los mismos choques. Cubierto -de sangre, que ignoraba si había salido de mis propias venas o de las -de otro, yo me lanzaba a los mismos delirios que veía en los demás, -olvidado de todo, sintiendo (y esto es evidente) como una segunda, o -mejor dicho, una nueva alma que no existía más que para regocijarse en -aquellas ferocidades sin nombre; una nueva alma, sí, en cuyas potencias -irritadas se borraba toda memoria de lo pasado, toda idea extraña -al frenesí en que estaba metida. Bramaba como los _highlanders_, y -¡cosa extraordinaria! en aquella ocasión yo hablaba inglés. Ni antes -ni después supe una palabra de ese lenguaje; pero es lo cierto que -cuanto aullé en la batalla me lo entendían los ingleses, y a mi vez les -entendía yo. - -El poderoso esfuerzo de los escoceses desconcertó un poco las líneas -imperiales, precisamente en el instante en que llegó a nuestro campo -la división de Clinton, que hasta entonces había estado en la reserva. -Tropas frescas y sin cansancio entraron en acción, y desde aquel -momento vimos que las horribles filas de franceses se mantuvieron -inactivas, aunque firmes. Poco después las vimos replegarse, sin -dejar de hacer un fuego muy vivo. A pesar de esto, los ingleses no se -lanzaban sobre ellos. Corrió algún tiempo más, y entonces observamos -que las tropas que ocupaban lo alto del cerro lo abandonaban -lentamente, resguardados por el frente, que seguía haciendo fuego. - -No sé si dieron órdenes para ello: lo que sé es que súbitamente los -regimientos ingleses, que en distintos puntos ocupaban la pendiente, -avanzaron hacia arriba con calma, sin precipitación. La cumbre del -Grande Arapil era una extensión irregular y vasta, compuesta de otros -pequeños cerros y vallecitos. Inmenso número de soldados cabían en -ella; pero venía la noche, el centro del ejército enemigo estaba -derrotado, su izquierda hacia el Tormes también, de modo que les era -imposible defender la disputada altura. Francia empezaba a retirarse y -la batalla estaba ganada. - -Sin embargo, no era fácil acuchillar, como algunos hubieran querido, -a los franceses que aún ocupaban varias alturas, porque se defendían -con aliento y sabían cubrir la retirada. Por nuestro lado fue donde -más daño se les hizo. Mucho se trabajó para romper sus filas, -para quebrantar y deshacer aquella muralla que protegía la huida -de los demás hacia el bosque; pero al principio no fue fácil. El -espectáculo de las considerables fuerzas que se retiraban casi ilesas -y tranquilamente, nos impulsó a cargar con más brío sobre ellas, y al -cabo, tanto se golpeó y machacó en la infortunada línea francesa, que -la vimos agrietarse, romperse, desmenuzarse, y en sus innúmeros claros -penetraron el puño y la garra del vencedor para no dejar nada con vida. -¡Terrible hora aquella en que un ejército vencido tiene que organizar -su fuga ante la amenazadora e implacable saña del vencedor, que si huye -le destroza, y si se queda le destroza también! - -Caía la tarde; iba oscureciéndose lentamente el paisaje. Los -desparramados grupos del ejército enemigo, rayas fugaces que -serpenteaban en el suelo a lo lejos, se desvanecían absorbidos por la -tierra y los bosques, entre la triste música de los roncos tambores. -Estos y la algazara cercana y el ruido del cañón, que aún cantaba las -últimas lúgubres estrofas del poema, producían un estrépito loco que -desvanecía el cerebro. No era posible escuchar ni la voz del amigo, -gritando en nuestro oído. Había llegado el momento en que todo lo -dicen las facciones y los gestos, y era inútil dar órdenes, porque -no se entendían. El soldado veía llegada la ocasión de las proezas -individuales, para lo cual no se necesita de los jefes, y todo estaba -ya reducido a ver quién mataba más enemigos en fuga, quién cogía más -prisioneros, quién podía echar la zarpa a un general, quién lograba -poner la mano en una de aquellas veneradas águilas que se habían -pavoneado orgullosas por toda Europa, desde Berlín hasta Lisboa. - -El rugido que atronó los espacios cuando el vencedor, lleno de ira y -sediento de venganza, se precipitó sobre el vencido para ahogarle, -no es susceptible de descripción. Quien no ha oído retumbar el rayo -en el seno de las tempestades de los hombres, ignorará siempre lo -que son tales escenas. Ciegos y locos, sin ver el peligro ni la -muerte, sin oír más que el zumbar del torbellino, nos arrojábamos -dentro de aquel volcán de rabia. Nos confundíamos con ellos: unos eran -desarmados, otros tendían a sus pies al atrevido que intentaba cogerles -prisioneros; cuál moría matando, cuál se dejaba atrapar estoicamente. -Muchos ingleses eran sacrificados en el último pataleo de la bestia -herida y desesperada; se acuchillaban sin piedad: miles de manos -repartían la muerte en todas direcciones, y vencidos y vencedores caían -juntos revueltos y enlazados, confundiendo la abrasada sangre. - -No hay en la historia odio comparable al de ingleses y franceses en -aquella época. Güelfos y gibelinos, cartagineses y romanos, árabes -y españoles, se perdonaban alguna vez; pero Inglaterra y Francia en -tiempo del Imperio se aborrecían como Satanás. La envidia simultánea -de estos dos pueblos, de los cuales uno dominaba los mares del globo -y otro las tierras, estallaba en los campos de batalla de un modo -horrible. Desde Talavera hasta Waterloo, los duelos de estos dos -rivales tendieron en tierra un millón de cuerpos. En los Arapiles, -una de sus más encarnizadas reyertas, llegaron ambos al colmo de la -ferocidad. - -Para coger prisioneros, se destrozaba todo lo que se podía en la vida -del enemigo. Con unos cuantos portugueses e ingleses, me interné tal -vez más de lo conveniente en el seno de la desconcertada y fugitiva -infantería enemiga. Por todos lados presenciaba luchas insanas, y oía -los vocablos más insultantes de aquellas dos lenguas que peleaban -con sus injurias como los hombres con las armas. El torbellino, la -espiral me llevaba consigo, ignorante yo de lo que hacía; el alma -no conservaba más conocimiento de sí misma que un anhelo vivísimo -de matar algo. En aquella confusión de gritos, de brazos alzados, -de semblantes infernales, de ojos desfigurados por la pasión, vi un -águila dorada puesta en la punta de un palo, donde se enrollaba inmundo -trapo, una arpillera sin color, cual si con ella se hubieran fregado -todos los platos de la mesa de todos los reyes europeos. Devoré con -los ojos aquel harapo, que, en una de las oscilaciones de la turba, -fue desplegado por el viento y mostró una N que había sido de oro y -se dibujaba sobre tres fajas cuyo matiz era un pastel de tierra, de -sangre, de lodo y de polvo. Todo el ejército de Bonaparte se había -limpiado el sudor de mil combates con aquel pañuelo agujereado que ya -no tenía forma ni color. - -Yo vi aquel glorioso signo de guerra a una distancia como de cinco -varas. Yo no sé lo que pasó; yo no sé si la bandera vino hasta mí, o si -yo corrí hacia la bandera. Si creyese en milagros, creería que mi brazo -derecho se alargó cinco varas, porque, sin saber cómo, yo agarré el -palo de la bandera y lo así tan fuertemente, que mi mano se pegó a él y -lo sacudió y quiso arrancarlo de donde estaba. Tales momentos no caben -dentro de la apreciación de los sentidos. Yo me vi rodeado de gente: -caían, rodaban, unos muriendo, otros defendiéndose. Hice esfuerzos -para arrancar el asta, y una voz gritó en francés: - ---Tómala. - -En el mismo segundo una pistola se disparó sobre mí. Una bayoneta -penetró en mi carne; no supe por dónde, pero sí que penetró. Ante -mí había una figura lívida, un rostro cubierto de sangre, unos ojos -que despedían fuego, unas garras que hacían presa en el asta de la -bandera, y una boca contraída que parecía iba a comerse águila, trapo -y asta, y a comerme también a mí. Decir cuánto odié a aquel monstruo, -me es imposible: nos miramos un rato y luego forcejeamos. El cayó de -rodillas: una de sus piernas no era pierna, sino un pedazo de carne. -Pugné por arrancar de sus manos la insignia. Alguien vino en auxilio -mío, y alguien le ayudó a él. Me hirieron de nuevo, me encendí en ira -más salvaje aún, y estreché a la bestia apretándola contra el suelo -con mis rodillas. Con ambas manos agarraba ambas cosas, el palo de la -bandera y la espada. Pero esto no podía durar así, y mi mano derecha -se quedó solo con la espada. Creí perder la bandera; pero el acero -empujado por mí se hundía más cada vez en una blandura inexplicable, y -un hilo de sangre vino derecho a mi rostro como una aguja. La bandera -quedó en mi poder; pero de aquel cuerpo que se revolvía bajo el mío -surgieron al modo de antenas, garras, o no sé qué tentáculo rabioso y -pegajoso, y una boca se precipitó sobre mí clavando sus agudos dientes -en mi brazo con tanta fuerza, que lancé un grito de dolor. - -Caí abrazado y constreñido por aquel dragón, pues dragón me parecía. -Me sentí apretado por él, y rodamos por no sé qué declives de tierra, -entre mil cuerpos, los unos muertos e inertes, los otros vivos y que -corrían. Yo no vi más: solo sentí que en aquel rodar veloz llevaba -el águila fuertemente cogida entre mis brazos. La boca terrible del -monstruo apretaba cada vez más mi brazo, y me llevaba consigo, los dos -envueltos, confundidos, el uno sobre el otro y contra el otro, bajo mil -patas que nos pisaban; entre la tierra que nos cegaba los ojos; entre -una oscuridad tenebrosa; entre un zumbido tan grande, como si todo -el mundo fuese un solo abejón; sin conciencia de lo que era arriba y -abajo; con todos los síntomas confusos y vagos de haberme convertido en -constelación, en una como criatura circunvoladora, en la cual todos los -miembros, todas las entrañas, toda la carne y sangre y nervios dieran -vueltas infinitas y vertiginosas alrededor del ardiente cerebro. - -Yo no sé cuánto tiempo estuve rodando: debió de ser poco; pero a mí me -pareció algo al modo de siglos. Yo no sé cuándo paré; lo que sé es que -el monstruo no dejaba de formar conmigo una sola persona, ni su feroz -boca de morderme... Por último, no se contentaba con comerme el brazo, -sino que, al parecer, hundía su envenenado diente en mi corazón. Lo que -también sé es que el águila seguía sobre mi pecho: yo la sentía. Sentía -el asta cual si la tuviera clavada en mis entrañas. Mi pensamiento se -hacía cargo de todo con extravío y delirio, porque él mismo era una -luz ardiente que caía no sé de dónde, y en la inapreciable velocidad -de su carrera describía una raya de fuego, una línea sin fin, que... -tampoco sé a dónde iba. ¡Tormento mayor no lo experimenté jamás! Este -se acabó cuando perdí toda noción de existencia. La batalla de los -Arapiles concluyó, al menos para mí. - - - - -XXXVII - - -Dejadme descansar un instante, y luego contestaré a las preguntas -que se me dirigen. Yo no recobré el sentido en un momento, sino que -fui entrando poco a poco en la misteriosa claridad del conocer; fui -renaciendo poco a poco, con percepciones vagas; fui recobrando el -uso de algunos sentidos, y había dentro de mí una especie de aurora, -pero muy lenta, sumamente lenta y penosa. Me dolía la nueva vida; me -mortificaba como mortifica al ciego la luz que en mucho tiempo no ha -visto. Pero todo era turbación. Veía algunos objetos, y no sabía lo que -eran; oía voces, y tampoco sabía lo que eran. Parecía haber perdido -completamente la memoria. - -Yo estaba en un sitio (porque indudablemente era un sitio del globo -terráqueo); yo veía formas en torno a mí, pero no sabía que las -paredes fueran paredes, ni que el techo fuese techo; oía los lamentos, -pero desconocía aquellas vibraciones quejumbrosas que lastimaban mi -oído. Delante, muy cerca, frente por frente a mí, vi una cara. Al -verla, mi espíritu hizo un esfuerzo para apreciar la forma visible; -pero no pudo. Yo no sabía qué cara era aquella: lo ignoraba, como se -ignora lo que piensa otro. Pero la cara tenía dos ojos hermosísimos -que me miraban amorosamente. Todo esto se determinaba en mí por -sentimiento, porque ¿entender?... no entendía nada. Así es que, por -sentimiento, adiviné en la persona que tenía delante una como tendencia -compasiva, tierna y cariñosa hacia mí. - -Pero lo más extraño es que aquel cariño, que pendía sobre mí, -protegiéndome como un Ángel de la Guarda, tenía también voz, y la voz -vibró en los espacios, agitando todas las partículas del aire, y con -las partículas del aire, todos los átomos de mi ser, desde el centro -del corazón hasta la punta del cabello. Oí la voz que decía: - ---Estáis vivo, estáis vivo... y estaréis también sano. - -El hermoso semblante se puso tan alegre, que yo también me alegré. - ---¿Me conocéis? --dijo la voz. - -No debí de contestar nada, porque la voz repitió la pregunta. Mi -sensibilidad era tan grande, que cada palabra, cual hoja acerada, me -atravesaba el pecho. El dolor, la debilidad, me vencieron de nuevo, sin -duda porque había hecho esfuerzos de atención superiores a mi estado, -y recaí en el desvanecimiento. Cerrando los ojos, dejé de oír la voz. -Entonces experimenté una molestia material. Un objeto extraño rozaba -mi frente, cayéndome sobre los ojos. Como si el ángel protector lo -adivinara, al punto noté que me quitaban aquel estorbo. Era mi cabello -en desorden que me caía sobre la frente y las cejas. Sentí una tibia -suavidad cariñosa, que debía de ser una mano, la cual desembarazó mi -frente del contacto enojoso. - -Poco después (continuaba con los ojos cerrados) me pareció que por -encima de mi cabeza revoloteaba una mariposa, y que después de trazar -varias curvas y giros, en señal de indecisión, se posaba sobre mi -frente. Sentí sus dos alas abatidas sobra mi piel; pero las alas eran -calientes, pesadas y carnosas: estuvieron largo rato impresas en mí, y -luego se levantaron, produciendo cierto rumor, un suave estallido que -me hizo abrir los ojos. - -Si rápidamente los abrí, más rápidamente huyó el alado insecto. Pero la -misma cara de antes estaba tan cerca de la mía, tan cerca, que su calor -me molestaba un poco. Había en ella cierto rubor. Al verla, mi espíritu -hizo un esfuerzo, un gran esfuerzo, y se dijo: «¿Qué rostro es este? -Creo que conozco este rostro.» - -Pero no habiendo resuelto el problema, se resignó a la ignorancia. La -voz sonó entonces de nuevo, diciendo con acento patético: - ---¡Vivid, vivid por Dios!... ¿Me conocéis? ¿Qué tal os sentís? No -tenéis heridas graves... habéis contraído un ataque cerebral; pero -la fiebre ha cedido... Viviréis, viviréis sin remedio, porque yo lo -quiero... Si la voluntad humana no resucitara los muertos, ¿de qué -serviría? - -En el fondo, allá en el fondo de mi ser, no sé qué facultad, saliendo -entumecida de profundo sopor, emitió misteriosas voces de asentimiento. - ---¿No me veis? --continuó ella (repito que yo no sabía quién era)--. -¿Por qué no me habláis? ¿Estáis enfadado conmigo? Imposible, porque no -os he ofendido... Si no os vi, si no os hablé con más frecuencia en los -últimos días, fue porque no me lo permitían. Ha faltado poco para que -me enviasen a mi país dentro de una jaula... Pero no me pueden impedir -que cuide a los heridos, y estoy aquí velando por vos... ¡Cuánto he -penado esperando a que abrieseis los ojos! - -Sentí mi mano estrechada con fuerza. El rostro se apartó de mí. - ---¿Tenéis sed? --dijo la voz. - -Quise contestar con la lengua; pero el don de la palabra me era negado -todavía. De algún modo, no obstante, me expliqué afirmativamente, -porque el ángel tutelar aplicó una taza a mis labios. Aquello me -produjo un bienestar inmenso. Cuando bebía, apareció otra figura -delante de mí. Tampoco sabía precisamente quién era; pero dentro, muy -dentro de mí, bullía inquieta una chispa de memoria, esforzándose en -explicarme con su indeciso resplandor el enigma de aquel otro ser -flaco, escuálido, huesoso, triste, de cuyo esqueleto pendía negro traje -talar semejante a una mortaja. Cruzando sus manos, me miró con lástima -profunda. La mujer dijo entonces: - ---Hermano, podéis retiraros a cuidar de los otros heridos y enfermos. -Yo le velaré esta noche. - -De dentro de aquella funda negra que envolvía los huesos vivos de un -hombre, salió otra voz que dijo: - ---¡Pobre Sr. D. Gabriel de Araceli! ¡En qué estado tan lastimoso se -halla! - -Al oír esto, mi espíritu experimentó un gran alborozo. Se regocijó, se -conmovió todo, como debió conmoverse el de Colón al descubrir el Nuevo -Mundo. Gozándose en su gran conquista, pensó mi espíritu así: «¿Conque -yo me llamo Gabriel Araceli?... Luego yo soy uno que se halló en la -batalla de Trafalgar y en el 2 de mayo... Luego yo soy aquel que...» - -Este esfuerzo, el mayor de los que hasta entonces había hecho, me -postró de nuevo. Sentime aletargado. Se extinguía la claridad; venía la -noche. Luz rojiza, procedente de triste farol, iluminaba aquel hueco -donde yo estaba. El hombre había desaparecido, y solo quedó la hermosa -mujer. Por largo rato estuvo mirándome sin decirme cosa alguna. Su -imagen muda, triste y fija delante de mí, cual si estuviese pintada -en un lienzo, fue borrándose y desvaneciéndose a medida que yo me -sumergía de nuevo en aquella noche oscura de mi alma, de cuyo seno sin -fondo poco antes saliera. Dormí no sé cuánto tiempo, y al volver en mi -acuerdo, había ganado poco en la claridad de mis facultades. El estupor -seguía, aunque no tan denso. El deshielo iba muy despacio. - -Mi protectora angelical no se había apartado de mí, y después de darme -a beber una substancia que me causara gran alivio y reanimación, -acomodó mi cabeza en la almohada, y me dijo: - ---¿Os sentís mejor? - -Un soplo corrió de mi cerebro a mis labios, que articularon: - ---Sí. - ---Ya se conoce --añadió la voz--. Vuestra cara es otra. Creo que va -desapareciendo la fiebre. - -Contesté segunda vez que sí. En la estupidez que me dominaba, no sabía -decir otra cosa, y me deleitaba el usar constantemente el único tesoro -adquirido hasta entonces en los inmensos dominios de la palabra. El sí -es vocabulario completo de los idiotas. Para contestar a todo que sí, -para dar asentimiento a cuanto existe, no es necesario raciocinio ni -comparación, ni juicio siquiera. Otro ha hecho antes el trabajo. En -cambio, para decir no es preciso oponer un razonamiento nuevo al de -aquel que pregunta, y esto exige cierto grado de inteligencia. Como yo -me encontraba en los albores del raciocinio, contestar negativamente -habría sido un portento de genio, de precocidad, de inspiración. - ---Esta noche habéis dormido muy tranquilo --dijo la voz de mi -enfermera--. Pronto estaréis bien. Dadme vuestras manos, que están algo -frías: os las calentaré. - -Cuando lo hacía, un rayo pasó por mi mente, pero tan débil, tan rápido, -que no era todavía certeza, sino un presentimiento, una esperanza de -conocer, un aviso precursor. En mi cerebro se desembrollaba la madeja; -pero tan despacio, tan despacio... - ---Me debéis la vida... --continuó la voz perteneciente a la persona -cuyas manos apretaban y calentaban las mías--, me debéis la vida. - -La madeja de mi cerebro agitó sus hilos: tal esfuerzo hacía para -desenredarlos, que estuvo a punto de romperlos. - ---En vuestro delirio --prosiguió-- se os han escapado palabras muy -lisonjeras para mí. El alma, cuando se ve libre del imperio de la -razón, se presenta desnuda y sin mordaza: enseña todas sus bellezas, y -dice todo lo que sabe. Así la vuestra no me ha ocultado nada... ¿Por -qué me miráis con esos ojos fijos, negros y tristes como noches? Si con -ellos me suplicáis que lo diga, lo diré, aunque atropelle la ley de las -conveniencias. Sabed que os amo. - -La madeja entonces tiró tan fuertemente de sus hilos, que se iba a -romper, se rompía sin remedio. - ---No necesitaría decíroslo, porque ya lo sabéis --continuó después de -larga pausa--. Lo que no sabéis es que os amaba antes de conoceros... -Yo tenía una hermana gemela más hermosa y más pura que los ángeles. -Apuesto a que no sabéis nada de esto... Pues bien: un libertino la -engañó, la sedujo, la robó a Dios y a su familia, y mi pobrecita, mi -adorada, mi idolatrada Lillian, tuvo un momento de desesperación y -se dio a sí propia la muerte. El mayor de mis hermanos persiguió al -malvado, autor de nuestra vergüenza: ambos fueron una noche a orillas -del mar, se batieron, y mi pobre Carlos cayó para no levantarse más. -Poco después mi madre, trastornada por el dolor, se fue desprendiendo -de la tierra, y en una mañana del mes de mayo nos dijo adiós y huyó al -cielo. Seguramente nada sabíais de esto. - -Continuaba siendo idiota, y contesté que sí. - ---Después de estos acontecimientos, sobre la haz de la tierra existía -un hombre más aborrecido que Satanás. Para mí su solo nombre era una -execración. Le odiaba de tal modo, que si le viera arrepentido y -caminando al cielo, mis labios no hubieran pronunciado para él una -palabra de perdón. Figurándomele cadáver, le pisoteaba... - -La madeja daba unas vueltas, unos giros, y hacía tales enredos y -embrollos, que me dolía el cerebro vivamente. Allí había un hilo -tirante y rígido, el cual, doliéndome más que los demás, me hizo decir: - ---Soy Araceli, el mismo que se halló en Trafalgar, y naufragó en el -_Rayo_ y vivió en Cádiz... En Cádiz hay una taberna, de que es amo el -Sr. Poenco. - ---Un día --prosiguió--, hallándome en España, a donde vine siguiendo a -mi segundo hermano, dijéronme que aquel hombre había sido muerto por -otro en duelo de honor. Pregunté con tanto anhelo, con tan profunda -curiosidad el nombre del vencedor, que casi lo supe antes que lo -revelaran. Me dijeron vuestro nombre; me refirieron algunos pormenores -del caso, y desde aquel momento, ¿por qué ocultarlo?, os adoré. - -Mi espíritu hizo inexplicables equilibrios sobre dos imágenes -grotescas; y puestos en una balanza dos figurones llamados Poenco y -D. Pedro del Congosto, el uno subía mientras el otro bajaba. En aquel -instante debí decir algo más substancioso que los primitivos _síes_, -porque ella (yo continuaba ignorando quién era) puso la mano sobre mi -frente, y habló así: - ---Me adivinabais sin duda, me veíais desde lejos con los ojos del -corazón. Yo os busqué durante muchos meses. Tanto tardasteis en -parecer, que llegué a creeros desprovisto de existencia real. Yo leía -romances, y todos a vos los aplicaba. Érais el Cid, Bernardo del -Carpio, Zaide, Abenámar, Celindos, Lanzarote del Lago, Fernán González -y Pedro Ansúrez... Tomábais cuerpo en mi fantasía, y yo cuidaba de -haceros crecer en ella; pero mis ojos registraban la tierra y no -podían encontraros. Cuando os encontré, me pareció que os achicabais; -pero os vi subir de pronto y tocar el altísimo punto de talla con -que yo os había medido. Hasta entonces, cuantos hombres traté, o se -burlaban de mí o no me comprendían. Vos tan solo me mirasteis cara a -cara y afrontasteis las excelsas temeridades de mi pensamiento sin -asustaros. Os vi espontáneamente inclinado a la realización de acciones -no comunes. Asocieme a ellas, quise llevaros más adelante todavía, y -me seguisteis ciegamente. Vuestra alma y la mía se dieron la mano y -tocaron su frente la una con la otra, para convencerse de que eran las -dos de un mismo tamaño. La luz de entrambos se confundía en una sola. - -Al oír esto, la madeja de mi conocimiento se revolvió de un modo -extraordinario. Los hilos entraban y salían los unos por entre los -otros, y culebreaban para separarse y ponerse en orden. Ya aparecían en -grupos de distintos colores, y aunque harto enmarañados todavía, muchos -de ellos, si no todos, parecían haber encontrado su puesto. - ---Vos amábais a otra --prosiguió aquella, que empezaba ya a no serme -desconocida--. La vi y la observé. Quise tratarla por algún tiempo, y -la traté y la conocí; la hallé tan indigna de vos, que desde luego me -consideré vencedora. Es imposible que me equivoque. - -Al oír esto, el corazón mío, que hasta entonces había permanecido -quieto y mudo, dormido como un niño en su cuna, empezó a dar unos -saltitos tan vivarachos y a llamarme con una vocecita tan dulce, que -realmente me hacía daño. Dentro de mí se fue levantando no sé si diré -un vapor, una onda que fue primero tibia y después ardiente, la cual -me subía desde el fondo a la superficie del ser, despertando a su paso -todo lo que dormía; una oleada invasora, dominante, que poseía el don -de la palabra, y al ascender por mí iba diciendo: «Arriba, arriba todo.» - ---¿Qué tenéis? --continuó aquella mujer--. Estáis agitado. Vuestro -rostro se enciende... ahora palidece... ¿Vais a llorar? Yo también -lloro. La salud vuelve a vuestro cuerpo, como la sensibilidad a vuestra -noble alma. ¿Será posible que os haya conmovido la revelación que he -hecho? No juzguéis mi atrevimiento con criterio vulgar, creyendo que -falto al decoro, a las conveniencias y al pudor diciendo a un hombre -que le amo. Yo, al mismo tiempo, soy pura como los ángeles y libre como -el aire. Los necios que me rodean podrán calumniarme y calumniaros; -pero no mancharán mi honra, como no la mancha un amor ideal y celeste -al pasar del pensamiento a la palabra. Si durante mucho tiempo he -disimulado y aparentado huir de vos, no ha sido por temor a los tontos, -sino por provecho de entrambos. Cuando os he visto casi muerto, cuando -os he recogido en mis brazos del campo de batalla, cuando os traje aquí -y os atendí y os cuidé, tratando de devolveros la vida, tenía gran pena -de que murieseis ignorando mi secreto. - -El estupor mío tocaba a su fin. Pensamiento y corazón recobraban su -prístino ser; pero la palabra tardaba, ¡vaya si tardaba!... - ---Dios me ha escuchado --añadió ella--. No solo podéis oírme, sino que -vivís, y podréis hablarme y contestarme. Decidme que me amáis, y si -morís después, siempre me quedará algo vuestro. - -Una figura celestial, tan celestial que no parecía de este mundo, se -entró dentro de mí, agasajándose y plegándose toda para que no hubiese -en mi interior un solo hueco que no estuviese lleno con ella. - ---No me contestáis una sola palabra --dijo la voz de mi enfermera--. -Ni siquiera me miráis. ¿Por qué cerráis los ojos?... ¿Así se contesta, -caballero?... Sabed que no solo tengo dudas, sino también celos. ¿Os -habré desagradado en lo que últimamente he hecho? No os lo ocultaré, -porque jamás he mentido. Mi lengua nació para la verdad... ¿Ignoráis -tal vez que vuestra princesa encantada y el bribón de su padre estaban -en Salamanca? Quién los trajo, es cosa que ignoro. El desgraciado masón -anhelaba la libertad y se la he dado con el mayor gusto, consiguiendo -del general un salvoconducto para que saliese de aquí y pudiese -atravesar toda España sin ser molestado. - -Al oír esto, razón, memoria, sentimientos, palabra, todo volvió súbito -a mí con violencia, con ímpetu, con estrépito, como una catarata -despeñándose de las alturas del cielo. Di un grito, me incorporé en el -lecho, agité los brazos, arrojé lejos de mí con instintiva brutalidad -la hermosa figura que tenía delante, y prorrumpí en exclamaciones de -ira. Miré a la dama y la nombré, porque ya la había conocido. - - - - -XXXVIII - - -El hospitalario que antes vi, entró al oír mis gritos, y ambos -procuraron calmarme. - ---Otra vez le empieza el delirio --dijo Juan de Dios. - ---Yo he sido causa de esta alteración --dijo Miss Fly muy afligida. - -Mi propia debilidad me rindió, y caí en el lecho, sofocado por la -indignación que sordamente se reconcentraba en mí, no encontrando ni -voz suficiente ni fuerzas para expresarse fuera. - ---El pobre Sr. Araceli --dijo Juan de Dios con sentimiento piadoso-- se -volverá loco como yo. El demonio ha puesto su mano en él. - ---Callad, hermano, y no digáis tonterías --dijo Miss Fly cubriendo mis -brazos con la manta y limpiando el sudor de mi frente--. ¿Qué habláis -ahí de demonios? - ---Sé lo que me digo --añadió el agustino, mirándome con profunda -lástima--. El pobre D. Gabriel está bajo una influencia maléfica... Lo -he visto, lo he visto. - -Diciendo esto, destacaba de su puño cerrado dos dedos flacos y -puntiagudos, y con ellos se señalaba los ojos. - ---Marchad fuera a cuidar de los otros enfermos --dijo Miss Fly -jovialmente-- y no vengáis a fastidiarnos con vuestras necedades. - -Fuese Juan de Dios y nos quedamos de nuevo solos Athenais y yo. -Hallándome ya en posesión completa de mi pensamiento, le hablé así: - ---Señora, repítame usted lo que hace poco ha dicho. No entendí bien. -Creo que ni mis sentidos ni mi razón están serenos. Estoy delirando, -como ha dicho aquel buen hombre. - ---Os he hablado largo rato --dijo Miss Fly con cierta turbación. - ---Señora, no puedo apreciar sino de un modo muy confuso lo que he visto -y oído esta noche... Efectivamente, he visto delante de mí una figura -hermosa y consoladora; he oído palabras... no sé qué palabras. En mi -cerebro se confunden el eco de voces ajenas y el son misterioso de -otras que yo mismo habré pronunciado... No distingo bien lo real de lo -verdadero; durante algún tiempo he visto los objetos y los semblantes -sin conocerlos. - ---¡Sin conocerlos! - ---He oído palabras. Algunas las recuerdo, otras no. - ---Tratad de repetir lo substancial de lo mucho que os he dicho ---murmuró Athenais, pálida y grave--. Y si no habéis entendido bien, os -lo repetiré. - ---En verdad no puedo repetir nada. Hay dentro de mí una confusión -espantosa... He creído ver delante de mí a una persona cuya -representación ideal no me abandona jamás en mis sueños; una figura que -quiero y respeto, porque la creo lo más perfecto que ha puesto Dios -sobre la tierra... He creído oír no sé qué palabras dulces y claras, -mezcladas con otras que no comprendía... He creído escuchar, tan pronto -una música del cielo, tan pronto el fragor de cien tempestades que -bramaban dentro de mi corazón... Nada puedo precisar... al fin he visto -claramente a usted, la he conocido... - ---¿Y me habéis oído claramente también? --preguntó acercando su rostro -al mío--. Ya sé que no debe darse conversación a los enfermos. Os habré -molestado. Pero es lo cierto que yo esperaba con ansia que pudierais -oírme. Si por desgracia muriérais... - ---De lo que oí, señora, solo recuerdo claramente que había usted puesto -en libertad a una persona a quien yo aprisioné. - ---¿Y esto os disgusta? --preguntó la Mosquita con terror. - ---No solo me disgusta, sino que me contraría mucho, pero mucho --afirmé -con inquietud, sacudiendo las ropas del lecho para sacar los brazos. - -Athenais gimió. Después de breve pausa, mirome con fijeza y orgullo, y -dijo: - ---Caballero Araceli, ¿tanto coraje, es porque se os ha escapado el ave -encantada de la calle del Cáliz? - ---Por eso, por eso es --repetí. - ---¿Y seguramente la amáis?... - ---La adoro, la he adorado toda mi vida. Ha tiempo que mi existencia -y la suya están tan enlazadas como si fueran una sola. Mis alegrías -son sus alegrías, y sus penas son mis penas. ¿En dónde está? Si ha -desaparecido otra vez, señora Athenais de mi alma, juro a usted que -todos los romances de Bernardo, del Cid, de Lanzarote y de Celindos, me -parecerían pocos para buscarla. - -Athenais estaba lastimosamente desfigurada. Diríase que era ella el -enfermo y yo el enfermero. Largo rato la vi como sosteniendo no sé qué -horrible lucha consigo misma. Volvía el rostro para que no viese yo su -emoción; me miraba después con ira violentísima que se trocaba, sin -quererlo ella misma, en inexplicable dulzura, hasta que, levantándose -con ademán de majestuosa soberbia, me dijo: - ---Caballero Araceli, adiós. - ---¿Se va usted? --dije con tristeza y tomando su mano, que ella -separó vivamente de la mía--. Me quedaré solo... Merezco que usted me -desprecie, porque he vuelto a la vida, y mi primera palabra no ha sido -para dar las gracias a esta amiga cariñosa, a esta alma caritativa -que me recogió sin duda del campo de batalla, que me ha curado y -asistido... ¡Señora, señora mía! La vida que usted ha ganado a la -muerte, vería con gusto el momento en que tuviera que volverse a perder -por usted. - ---Palabras hermosas, caballero Araceli --me dijo con acento solemne, -sin acercarse a mí, mirándome pálida y triste y seria desde lejos, -como una sibila sentenciosa que pronunciase las revelaciones de mi -destino--. Palabras hermosas; pero no tanto que encubran la vulgaridad -de vuestra alma vacía. Yo aparto esa hojarasca y no encuentro nada. -Estáis compuesto de grandeza y pequeñez. - ---Como todo, como todo lo creado, señora. - ---No, no --añadió con viveza--. Yo conozco algo que no es así; yo -conozco algo donde todo es grande. Habéis hecho en vuestra vida y aun -en estos mismos días cosas admirables. Pero el mismo pensamiento que -concibió la muerte de Lord Gray, lo entregáis a una vulgar y prosaica -ama de casa como un papel en blanco para que escriba las cuentas de -la lavandera. Vuestro corazón, que tan bien sabe sentir en algunos -momentos, no os sirve para nada y lo entregáis a las costureras para -que hagan de él un cojincillo en que clavar sus alfileres. Caballero -Araceli, me fastidio aquí. - ---¡Señora, señora, por Dios, no me deje usted! Estoy muy enfermo -todavía. - ---¿Acaso no tengo yo rango más alto que el de enfermera? Soy muy -orgullosa, caballero. El hermano hospitalario os cuidará. - ---Usted bromea, apreciable amiga, encantadora Athenais; usted se burla -del verdadero afecto, de la admiración que me ha inspirado. Siéntese -usted a mi lado; hablaremos de cosas diversas: de la batalla; del pobre -Sir Thomas Parr, a quien vi morir. - ---Todavía creo que valgo para algo más que para dar conversación a los -ociosos y a los aburridos --me contestó con desdén--. Caballero, me -tratáis con una familiaridad que me causa sorpresa. - ---¡Oh! Recordaremos las proezas inauditas que hemos realizado juntos. -¿Se acuerda usted de Jean-Jean? - ---En verdad, sois impertinente. Bastante os he asistido; bastantes -horas he pasado junto a vos. Mientras delirábais, me he reído, oyendo -las necedades y graciosos absurdos que continuamente decíais; pero ya -estáis en vuestro sano juicio, y de nuevo sois tonto. - ---Pues bien, señora: deliraré, deliraré, y diré todas las majaderías -que usted quiera, con tal que me acompañe --exclamé jovialmente--. No -quiero que usted se marche enojada conmigo. - -Miss Fly se apoyó en la pared para no caer. Advertí que la expresión -de su rostro pasaba de una furia insensata a una emoción profunda. -Sus ojos se inundaron de lágrimas, y como si no le pareciese que -sus manos las ocultaban bien, corrió rápidamente hacia afuera. Su -intención primera fue sin duda salir; mas se quedó junto a la puerta -y en sitio donde difícilmente la veía. Con todo, bastaron a revelarme -su presencia, ignoro si los suspiros que creí oír, o la sombra que -se proyectaba en la pared y subía hasta el techo. Lo que sí no tiene -duda alguna para mí, es que después de estar largo tiempo sumergido -en tristes cavilaciones, me sentí con sueño, y lentamente caí en uno -profundísimo que duró hasta por la mañana. ¿Debo decir que cuando me -hallaba próximo a perder completamente el uso de los sentidos, se -repitieron los fenómenos extraños que habían acompañado mi penoso -regreso a la vida? ¿Debo decir que me pareció ver volar encima y -alrededor de mi cabeza un insecto alado, que después vino a posar sobre -mi frente sus dos alas blandas, pesadas y ardientes? - -Esto no era más que repetición de lo que antes había soñado. El -fenómeno más raro, entre todos los de aquella rarísima noche, vino -después, poniendo digno remate a mis confusiones; y fue, señores -míos, que no desvanecida aún mi confusión por aquello de la Pajarita, -advertí que se cernía sobre mi frente una cosa negra, larga, no muy -grande, aunque me era muy difícil precisar su tamaño, el cual objeto, -o animalucho, tenía dos largas piernas y dos picudas alas, que abría y -cerraba alternativamente; todo negro, áspero, rígido, y extremadamente -feo. Aquel horrible crustáceo se replegaba, y entonces parecía un puñal -negro; después abría sus patas y sus alas, y era como un escorpión. -Lentamente bajaba acercándose a mí, y cuando tocó mi frente, sentí frío -en todo mi cuerpo. Agitose mucho; meneó las horribles extremidades -repetidas veces, emitiendo un chillido estridente, seco, áspero, que -estremecía los nervios, y después huyó. - - - - -XXXIX - - -Tras un sueño tan largo como profundo, desperté en pleno día -notablemente mejorado. La hermosa claridad del sol me produjo bienestar -inmenso, y además del alivio corporal, experimentaba cierto apacible -reposo del alma. Me recreaba en mi salud como un fatuo en su hermosura. - -A mi lado estaban dos hombres, el hospitalario y un médico militar, -que después de reconocerme, hizo alegres pronósticos acerca de mi -enfermedad, y me mandó que comiese algo suculento si encontraba almas -caritativas que me lo proporcionasen. Marchose a cortar no sé cuántas -piernas, y el hermano, luego que nos quedamos solos, se sentó junto a -mí, y compungidamente me dijo: - ---Siga usted los consejos de un pobre penitente, Sr. D. Gabriel, y en -vez de cuidarse del alimento del cuerpo, atienda al del alma, que harto -lo ha menester. - ---¿Pues qué, Sr. Juan de Dios, acaso voy a morir? --le dije, recelando -que quisiera ensayar en mí el sistema de las silvestres yerbecillas. - ---Para vivir como usted vive --afirmó el fraile con acento lúgubre--, -vale más mil veces la muerte. Yo al menos la preferiría. - ---No entiendo. - ---Sr. Araceli, Sr. Araceli --exclamó, no ya inquieto, sino con -verdadera alarma--, piense usted en Dios; llame usted a Dios en su -ayuda; elimine usted de su pensamiento toda idea mundana; abstráigase -usted... Para conseguirlo, recemos, amigo mío; recemos fervorosamente -por espacio de cuatro, cinco o seis horas, sin distraernos un momento, -y nos veremos libres del inmenso, del horrible peligro que nos amenaza. - ---Pero este hombre me va a matar --dije con miedo--. Me manda el médico -que coma, y ahora resulta que necesito una ración de seis horas de -rezo. Hermanuco, por amor de Dios, tráigame una gallina, un pavo, un -carnero, un buey. - ---¡Perdido, irremisiblemente perdido...! --exclamó con aflicción -suma, elevando los ojos al cielo y cruzando las manos--. ¡Comer, -comer! Regalar el cuerpo con incitativos manjares cuando el alma está -amenazada. Amenazada, Sr. Araceli... Vuelva usted en sí... Recemos -juntos, nada más que seis horas, sin un instante de distracción... con -el pensamiento clavado en lo alto... De esta manera, el pérfido se -ahuyentará, vacilará al menos antes de poner su infernal mano en un -alma inocente, la encontrará atada al cielo con las santas cadenas de -la oración, y quizás renuncie a sus execrables propósitos. - ---Hermano Juan de Dios, quíteseme de delante, o no sé lo que haré. Si -usted es loco de atar, yo por fortuna no lo soy, y quiero alimentarme. - ---Por piedad, por todos los santos, por la salvación de su alma, amado -hermano mío, modérese usted, refrene esos livianos apetitos, ponga -cien cadenas a la concupiscencia del mascar, pues por la puerta de la -gastronomía entran todos los melindres pecaminosos. - -Le miré entre colérico y risueño, porque su austeridad, que había -empezado a ser grotesca, me enfadaba, y al mismo tiempo me divertía. -No, no me es posible pintarle tal como era, tal como le vi en aquel -momento. Para reproducir en el lienzo la extraña figura de aquel -hombre, a quien los ayunos y la exaltación de la fantasía llevaran a -estado tan lastimoso, no bastaría el pincel de Zurbarán, no: sería -preciso revolver la paleta del gran Velázquez para buscar allí algo de -lo que sirvió para la hechura de sus inmortales bobos. - -Me reí de él, diciéndole: - ---Tráigame usted de comer, y después rezaremos. - -Por única contestación, el hospitalario se arrodilló, y sacando un -libro de rezos, me dijo: - ---Repita usted lo que yo vaya leyendo. - ---¡Que me mata este hombre, que me mata! ¡Favor! --grité encolerizado. - -Juan de Dios se levantó, y poniendo su mano sobre mi pecho, espantado y -tembloroso, me habló así: - ---¡Que viene! ¡que va a venir! - ---¿Quién? --pregunté cansado de aquella farsa. - ---¿Quién ha de ser, desgraciado, quién ha de ser? --dijo en voz baja y -con abatimiento--. ¿Quién ha de ser sino el torpe enemigo del linaje -humano, el negro rey que gobierna el imperio de las tinieblas como Dios -el de la luz; aquel que odia la santidad y tiende mil lazos a la virtud -para que se enrede? ¿Quién ha de ser sino la inmunda bestia que posee -el arte de mudarse y embellecerse, tomando la figura y traje que más -fácilmente seducen al descuidado pecador? ¿Quién ha de ser? ¡Extraña -pregunta por cierto! ¡Me asombro de la inocente calma con que usted me -habla, hallándose, como se halla, en el mismo estado que yo! - -Mis carcajadas atronaban la estancia. - ---Me alegraré en extremo de que venga --le dije--. ¿Cómo sabe usted que -va a venir? - ---Porque ya ha estado, pobrecito; porque ya ha puesto sus aleves manos -sobre usted en señal de posesión y dominio, porque dijo que iba a -volver. - ---Eso me alegra sobremanera. ¿Y cuándo he tenido el honor de tal -visita? No he visto nada. - ---¡Cómo había usted de verlo si dormía, desgraciado! --exclamó con -lástima--. ¡Dormir, dormir! he aquí el gran peligro. Él aprovecha las -ocasiones en que el alma está suelta y haciendo travesuras, libre de -la vigilancia de la oración. Por eso yo no duermo nunca; por eso velo -constantemente. - ---¿Vino mientras yo dormía? - ---Sí: anoche... ¡horrible momento! La señora inglesa que tan bien ha -cuidado a usted había salido. Yo estaba solo y me distraje un poco -en mis rezos. Sin saber cómo, había dejado volar el pensamiento por -espacios voluptuosos y sonrosados... ¡pecador indigno, mil veces -indigno!... Yo había puesto el libro sobre mis rodillas, y cerrado los -ojos, y dejádome aletargar en sabroso desvanecimiento, cuya vaporosa -niebla y blando calor recreaban mi cuerpo y mi espíritu... - ---Y entonces, cuando mi bendito hermanuco se regocijaba con tales -liviandades, abriose la tierra, salió una llama de azufre... - ---No se abrió la tierra, sino la puerta, y apareció... ¡Ay! apareció en -aquella forma celestial, robada a las criaturas de la más alta esfera -angélica; apareció cual siempre le ven mis pecadores ojos. - ---Hermano, hermano, soy feliz y sentiría que estuviera usted cuerdo. - ---Apareció, como he dicho, y su vista me convirtió en estatua. Otra de -igual catadura le acompañaba, también en forma mujeril, representando -más edad que la primera, la tan aborrecida como adorada, que es el -terror de mis noches y el espanto de mis días, y el abismo que se traga -mi alma. - ---Pues le aseguro a usted que adoro a esos demonios, Sr. Juan de Dios, -y ahora mismo voy a mandarles un recadito con usted. - ---¿Conmigo? ¡Infeliz precito! Ya vendrán por usted, y se lo llevarán -con sus satánicas artes. - ---Quiero saber qué hicieron, qué dijeron. - ---Dijeron: «Aquí nos han asegurado que está.» Y luego sus ojos, que -todo lo ven en la lobreguez de la horrenda noche, vieron el miserable -cuerpo, y se abalanzaron hacia él con aullidos que parecían sollozos -tiernísimos, con lamentos que parecían la dulce armonía del amor -materno, llorando junto a la cuna del niño moribundo. - ---¡Y yo dormido como un poste! ¡Padre Juan, es usted un imbécil, un -majadero! ¿Por qué no me despertó? - ---Usted deliraba aún; las dos, ¡ay!, aquellas dos apariencias -hermosísimas, y tan acabadas y perfectas que solo yo, con los -perspicuos ojos del alma, podía adivinar bajo su deslumbradora -estructura la mano del infernal artífice; las dos mujeres, digo, -derramaron sobre el pecho y la frente de usted demoniacas chispas, con -tan ingeniosa alquimia desfiguradas, que parecían lágrimas de ternura. -Pusieron sus labios de fuego en las manos de usted como si las besaran, -le arreglaron las ropas del lecho, y después... - ---¿Y después? - ---Y después, buscáronme con los ojos como para preguntarme algo; mas -yo, más muerto que vivo, habíame escondido bajo aquella mesa y temblaba -allí y me moría. Sr. D. Gabriel, me moría queriendo rezar y sin poder -rezar, queriendo dejar de ver aquel espectáculo y viéndolo siempre... -Por fin, resolvieron marcharse... ya eran dueños del alma de usted y no -necesitaban más. - ---Se fueron, pues. - ---Se fueron diciendo que iban a pedir licencia a no sé quién para -trasladar a usted a otro punto mejor... al Infierno cuando menos. De -esta manera desapareció de entre los vivos un hermano hospitalario que -era gran pecador: se lo llevaron una mañana enterito, y sin dejar una -sola pieza de su corporal estructura. - ---¿Y después?... Estoy muy alegre, hermano Juan. - ---Después vino esa señora a quien llaman _Doña Flay_, la cual es una -criatura angelical, que le quiere a usted mucho. Usted empezó a salir -de aquel marasmo o trastorno en que le dejaron las embajadoras del -negro averno: la señora inglesa habló largamente con usted, y yo, que -me puse a escuchar tras la puerta, oí que le decía mil cositas tiernas, -melosas y hechiceras. - ---¿Y después? - ---Y después usted se puso furioso y entré yo, y la inglesa me mandó -salir, y a lo que entendí, mi D. Gabriel se durmió. La inglesa entraba -y salía, sin cesar de llorar. - ---¿Y nada más? - ---Algo más hay, sí, sin duda lo más terrible y espantoso, porque el -atormentador del linaje humano, aquel que, según un santo Padre, tiene -por cómplice de su infame industria a la mujer, la cual es hornillo -de sus alquimias, y fundamento de sus feas hechuras; aquel que me -atormenta y quiere perderme, entró de nuevo en la misma duplicada forma -de mujer linda... - ---Y yo, ¿dormía también? - ---Dormía usted con sueño tranquilo y reposado. La señora inglesa estaba -junto a aquella mesa envolviendo no sé qué cosa en un papel. Entraron -ellas... no expiré en aquel momento por milagro de Dios... se acercaron -a usted, y vuelta a los aullidos que parecían llantos, y a los signos -quirománticos semejantes a caricias blandas y amorosas. - ---¿Y no dijeron nada? ¿No dijeron nada a Miss Fly ni a usted? - ---Sí --continuó después de tomar aliento, porque la fatiga de su -oprimido pecho apenas le permitía hablar--: dijeron que ya tenían la -licencia, y que iban a buscar una litera para trasladar a usted a un -sitio que no nombraron... Pero lo más extraño es que al oír esto la -señora inglesa, que no estaba menos absorta, ni menos suspendida, -ni menos espantada que yo, debió de conocer que las tan aparatosas -beldades eran obra de aquel que llevó a Jesús a la cima de la montaña -y a la cúspide de la ciudad; y sobrecogida como yo, lanzó un grito -agudísimo, precipitándose fuera de la habitación. Seguila y ambos -corrimos largo trecho, hasta que ella puso fin a su atropellada -carrera, y apoyando la cabeza contra una pared, allí fue el verter -lágrimas, el exhalar hondos suspiros y el proferir palabras vehementes, -con las cuales pedía a Dios misericordia. Una hora después volví, -despertó usted y nada más. Solo falta que recemos, como antes dije, -porque solo la oración y la vigilancia del espíritu ahuyentan al Malo, -así como el pérfido sueño, las regaladas comidas y las conversaciones -mundanas le llaman. - -Juan de Dios no dijo más; trémulo y lívido, ponía su atención en -extraños ruidos que sonaban fuera. - ---¡Aquí, aquí estoy, Inesilla... señora condesa! --grité reconociendo -las dulces voces que desde mi lecho oía--. Aquí estoy vivo y sano y -contento, y queriéndolas a las dos más que a mi vida. - -¡Ay! Entraron ambas y desoladas corrieron hacia mí. Una me abrazó por -un costado y otra por otro. Casi me desvanecí de alegría cuando las dos -adoradas cabezas oprimían mi pecho. - -Juan de Dios huyó de un salto, de un vuelo, o no sé cómo. - -Quise hablar, y la emoción me lo impedía. Ellas lloraban y no decían -nada tampoco. Al fin, Inés levantó los ojos sobre mi frente y la -observó con curiosidad y atención. - ---¿Qué me miras? --le dije--. ¿Estoy tan desfigurado que no me conoces? - ---No es eso. - -La condesa miró también. - ---Es que noto que te falta algo --dijo Inés sonriendo. - -Me llevé la mano a la frente, y, en efecto, algo me faltaba. - ---¿Dónde han ido a parar los dos largos mechones de pelo que tenías -aquí? - -Al decir esto, con sus deditos tocaba mi cabeza. - ---Pues no sé... tal vez en la batalla... - -Las dos se rieron. - ---Queridas mías, recuerdo haber visto en sueños encima de mi cabeza -un animalejo frío y negro, y ahora comprendo lo que era aquello: unas -tijeras. Tengo aquí sobre la sien una rozadura... ¿la ven ustedes?... -Esos pelos me molestaban, y aquí del cirujano. Es hombre entendido que -no olvida el más mínimo detalle. - -Tantas preguntas tenía que hacer, que no sabía por cuál empezar. - ---¿Y en qué paró esa batalla? --dije--. ¿Dónde está Lord Wellington? - ---La batalla paró en lo que paran todas: en que se acabó cuando se -cansaron de matarse --me respondió una de ellas, no sé cuál. - ---Pero los franceses se retiraban cuando yo caí. - ---Tanto se retiraron --dijo la condesa-- que todavía están corriendo. -Wellington les va a los alcances. No tengas cuidado por eso, que ya lo -harán bien sin ti... Veremos si te dan algún grado por haber cogido el -águila. - ---¿Conque yo cogí un águila...? - ---Un águila toda dorada, con las alas abiertas y el pico roto, puesta -sobre un palo, y con rayos en las garras: la he visto --dijo Inés con -satisfacción, extendiéndose en pomposas descripciones de la insignia -imperial. - ---Te encontraron --añadió la condesa-- entre muchos muertos y heridos, -abrazado con el cadáver de un abanderado francés, el cual te mordía el -brazo. - -Era la parte de mi cuerpo que más me dolía. - ---Te hemos buscado desde el 22 --dijo Inés--, y hasta anoche todo ha -sido correr y más correr sin resultado alguno. Creímos que habías -muerto. Fui a la zanja grande, donde están enterrados los pobres -cuerpos. Había tantos, tantos, que no los pude ver todos... Aquello -parecía una maldición de Dios. Si cuando tal vi hubiera tenido en mi -mano el águila que cogiste, la habría echado también en la zanja, y -luego tierra, mucha tierra encima. - ---Bien, Inesilla: nadie mejor que tú dice las mayores verdades de un -modo más sencillo. La gloria militar y los muertos de las batallas -debieran enterrarse en una misma fosa... En fin, adoradas mías, vivo -estoy para quererlas muchísimo, y para casarme con la una, previo el -consentimiento de la otra. - -La condesa frunció ligeramente el ceño, e Inés me miró el cabello. -La felicidad que inundaba mi alma se desbordó en francas risas y -expresiones gozosas, a que Inés habría contestado de algún modo, si la -seriedad de su madre se lo hubiera permitido. - ---Saquemos ahora de aquí a ese bergante --dijo la condesa--, y después -se verá. Debemos dar gracias a esa señora inglesa que te recogió en el -campo de batalla y que te ha cuidado tan bien, según nos han dicho. -Sé quién es y la hemos visto. La conocí en el Puerto... Por cierto, -caballerito, que tenemos que hablar tú y yo. - ---¿No está por aquí? ¡Athenais, Athenais!... Se empeñará en no venir -cuando la necesitamos. Me alegro infinito de que se conozcan ustedes. -Creo que este conocimiento me ahorra un disgusto. Miss Fly es persona -leal y generosa. ¡Sr. Juan de Dios!... Ese no vendrá aunque le -ahorquen. Ha dado en decir que son ustedes el demonio. - ---¿Ese bendito hospitalario? --indicó la condesa--. El médico nos dijo -que se había ya escapado dos veces de la casa de locos... Vamos a ver -cómo te arreglamos en la camilla. Llamaremos a otro enfermero. - -Cuando salió la condesa, dije a Inés: - ---No me has dicho nada de aquella persona... - ---Ya lo sabrás todo --me contestó, sin oponerse a que la comiese a -besos las manos--. Ven pronto a casa... prueba a levantarte. - ---No puedo, hijita, estoy muy débil. Ese hospitalario de mil demonios -se propuso hoy matarme de hambre. El agustino empeñado en que no había -de comer, y Miss Fly volviéndome loco con sus habladurías... - ---¡Oh! --dijo Inés con encantadora expresión de amenaza--. ¿Esa -inglesa ha de estar contigo en todas partes?... Tengo una sospecha, -una sospecha terrible, y si fuera cierto... ¿Seré yo demasiado buena, -demasiado confiada e inocente, y tú un grandísimo tunante? - -Miró de nuevo mi frente, no ya con inquietud, sino con verdadera alarma. - ---¡Inesilla de mi corazón! --exclamé--. ¡Si tienes sospechas, yo las -disiparé! ¿Dudas de mí? Eso no puede ser. No ha sucedido nunca, y no -sucederá ahora. ¿Puedo yo dudar de ti? ¿Puede quebrantarse la fe de -esta religión mutua en que ha mucho tiempo vivimos y entrañablemente -nos adoramos? - ---Así ha sido hasta aquí; pero ahora... tú me ocultas algo... mi -madre ha pronunciado al descuido algunas palabras... No, Gabriel, no -me engañes. Dímelo, dímelo pronto. Miss Fly te recogió del campo de -batalla. Ella lo ha negado; pero es verdad. Nos lo han dicho. - ---¡Engañarte yo!... Eso sí que es gracioso. Aunque fuese malo y -quisiera engañarte, no podría... Pero te debo decir la verdad, toda la -verdad, mujer mía, y empiezo desde este momento... ¿Por qué me miras la -frente? - ---Porque... porque... --dijo pálida, grave y amenazadora--, porque ese -mechón de pela te lo ha quitado Miss Fly. Yo lo adivino. - ---Pues sí, ella misma ha sido --contesté con serenidad imperturbable. - ---¡Ella misma!... ¡Y lo confiesa! --exclama entre suspensa y aterrada. - -Sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo no sabía qué decirle. Pero la -verdad salía en onda impetuosa de mi corazón a mis labios. Mentir, -fingir, tergiversar, disimular, era indigno de mí y de ella. -Incorporándome con dificultad, le dije: - ---Yo te contaré muchas cosas que te sorprenderán, querida mía. Demos -tú y yo las gracias a esa generosa mujer que me recogió de entre los -muertos en el Arapil Grande, para que no te quedases viuda. - ---En marcha, vamos --dijo la condesa, entrando de súbito e -interrumpiéndome--. En esta litera irás bien. - - - - -XL - - -La casa de la calle del Cáliz, a donde por dos veces he transportado -a mis oyentes, y a cuyo recinto de nuevo me han de seguir, si quieren -saber el fin de esta puntual historia, era la habitación patrimonial -de Santorcaz, que la había heredado de su padre un año antes, con -algunas tierras productivas. Componíase el tal caserón de dos o tres -edificios diversos en tamaño y estructura, que compró, unió y comunicó -entre sí el Sr. Juan de Santorcaz, aldeano enriquecido a principios del -siglo pasado. Faltaba a aquella vivienda elegancia y belleza, pero no -solidez, ni magnitud, ni comodidades, aunque algunas piezas se hallaban -demasiado distantes unas de otras, y era excesiva la longitud de los -corredores, así como el número de escalones que al discurrir de una -parte a otra se encontraban. - -En los aposentos donde anteriormente les vimos, estaba Santorcaz con -su hija el 22 de julio durante la batalla. Esta última circunstancia -hará comprender a mis oyentes que no presencié lo que voy a contar; -mas si lo cuento de referencia, si lo pongo en el lugar de los hechos -presenciados por mí, es porque doy tanta fe a la palabra de quien me -los contó, como a mis propios ojos y oídos; y así, téngase esto por -verídico y real. - -Estaban, pues, según he dicho, el infortunado D. Luis y su hija en la -sala: lamentábase ella de que existieran guerras, y maldecía él su -triste estado de salud, que no le permitía presenciar el espectáculo -de aquel día, cuando sonó con terrible estruendo la famosa aldaba -del culebrón, y al poco rato, el único criado que los servía y el -militar que los guardaba, anunciaron a los solitarios dueños que una -señora quería entrar. Como Miss Fly había estado allí algunos días -antes ofreciendo al masón un salvoconducto para salir de Salamanca -y de España, alegrósele a aquel el alma y dio orden de que al punto -dejasen pasar e internarse hasta su presencia a la generosa visitante. -Transcurridos algunos minutos, entró en la sala la condesa. - -Santorcaz rugió como la fiera herida cuando no puede defenderse. Largo -rato estuvieron abrazadas madre e hija, confundiendo sus lágrimas, y -tan olvidadas del resto de la creación, cual si ellas solas existieran -en el mundo. Vueltas al fin en su acuerdo, la madre, observando con -terror a aquel hombre rabioso y sombrío, que clavaba los ojos en el -suelo, como si quisiera con la sola fuerza de su mirada abrir un -agujero en que meterse, quiso llevar a su hija consigo, y dijo palabras -muy parecidas a las que yo pronuncié en circunstancias semejantes. - -Los que vieron mi sorpresa, juzguen cuál sería la de Amaranta cuando -Inés se separó de ella, y hecha un mar de lágrimas corrió con los -brazos abiertos hacia el anciano, en ademán cariñoso. Absorta miró -tan increíble movimiento la condesa. Santorcaz, cuando su hija estuvo -próxima, volvió el rostro y alargó los brazos para rechazarla. - ---Vete de aquí --dijo--, no quiero verte, no te conozco. - ---¡Loco! --gritó la muchacha con dolor--. Si dices otra vez que me -marche, me marcharé. - -Revolvió Santorcaz los fieros ojos de un lado a otro de la estancia, -miró con igual rencor a la condesa y a su hija, y temblando de cólera -repitió: - ---Vete, vete: te he dicho que te vayas. No quiero verte más. Sal de -esta casa con esa mujer, y no vuelvas. - ---Padre --dijo Inés sin dar gran importancia al frenesí del anciano--. -¿No me has dicho que esta casa es mía? ¿No me has entregado las llaves? -Pues voy a acomodar esta señora en una habitación de las de la calle, -porque hoy es imposible que encuentre posada, y mañana las dos nos -iremos, dejándote tranquilo. - -Tomando un manojo de llaves y repiqueteando con él, no sin cierta -intención zumbona, Inés salió de la estancia seguida de Amaranta, que -nada comprendía de aquella tragicomedia. - -Luego que se quedó solo, Santorcaz dio algunos paseos por la -habitación, recorriéndola en giros y vueltas sin fin, cual macho de -noria. Su fisonomía expresaba todo cuanto puede expresar la fisonomía -humana, desde la saña más terrible a la emoción más tierna. Tomó -después un libro, pero lo arrojó en el suelo a los pocos minutos. Cogió -luego una pluma, y después de rasguñar el papel breve rato, la destrozó -y la pisoteó. Levantose, y con pasos vacilantes e inseguro ademán, -dirigiose a la puerta vidriera; penetró en la estancia próxima, donde -había un tocador de mujer y un lecho blanco. De rodillas en el suelo, -hizo de cama reclinatorio, y apoyando el rostro sobre ella, estuvo -llorando todo el día. - -Si Santorcaz hubiera tenido un oído agudo y finísimo, como el de -algunas especies ornitológicas, habría percibido el rumor de tenues -pasos en el corredor cercano; si Santorcaz hubiera poseído la doble -vista, que es un absurdo para la fisiología, pero que no lo parecería -si se llegaran a conocer los misteriosos órganos del espíritu, habría -visto que no estaba enteramente solo; que una figura celestial batía -sus alas en las inmediaciones de la triste alcoba; que sin tocar -el suelo con su ligero paso, venía y se acercaba, y aplicaba con -gracioso gesto su linda cabeza a la puerta para escuchar, y luego -introducía un rayo de sus ojos por un resquicio para observar lo que -dentro pasaba; y como si lo que veía y oía la contentase, iluminaba -aquellos sombríos espacios con una sonrisa, y se marchaba para volver -al poco rato y atender lo mismo. Pero el pobre masón no veía nada de -esto. Aquella tarde, un ordenanza inglés le trajo un salvoconducto -para salir de Salamanca; pero el masón lo rompió. La condesa e Inés, -excepto en los intervalos en que esta salía, hablaban por los codos -en las habitaciones de la calle. Figuraos la tarea de dos lenguas de -mujer, que quieren decir en un día todo lo que han callado en un año. -Hablaban sin cesar, pasando de un asunto a otro, sin agotar ninguno, -experimentando emociones diversas, siempre sorprendidas, siempre -conmovidas, quitándose una a otra la palabra, refiriendo, ponderando, -encareciendo, comentando, afirmando y negando. - -Esto pasaba el 22 de julio. De vez en cuando las interrumpía zumbido -lejano, estremecimiento sordo de la tierra y del aire. Era la voz de -los cañones de Inglaterra y Francia, que estaban batiéndose donde todos -sabemos. Las dos mujeres cruzaban las manos, elevando los ojos al -cielo... Los cañonazos se repetían con más frecuencia. Por la tarde, -era un mugido incesante como el del océano tempestuoso. En madre e -hija pudo tanto el terror, que se callaron: es cuanto hay que decir. -Pensaban en la cantidad de hombres que se tragaría en cada una de sus -sacudidas el mar irritado, que bramaba a lo lejos. - -Llegó la noche, y los cañonazos cesaron. Muy tarde entró Tribaldos en -la casa. El pobre muchacho estaba consternado, y, aunque se la echaba -de valiente, derramó algunas lágrimas. - ---¿A dónde vas? --preguntó con inquietud la madre a la hija, viendo que -esta se ponía el manto sin decir para qué. - ---Al Arapil --contestó Inés, entregando otro manto a la condesa, que se -lo puso también sin decir nada. - -Visitó Inés por breves momentos al anciano, y salió de la casa y de la -ciudad, acompañada de su madre y del fiel Tribaldos. Inmenso gentío de -curiosos llenaba el camino. La batalla había sido horrenda, y querían -ver las sobras todos los que no pudieron ver el festín. Anduvieron -largo tiempo, toda la noche, hacia arriba y hacia abajo, y de acá para -allá, sin encontrar lo que buscaban, ni quien razón les diera de ello. -Cerca del día vieron a Miss Fly, que regresaba del campo de batalla -delante de una camilla bien arreglada y cubierta, donde traían a un -hombre, que fue encontrado en el Arapil Grande, lleno de heridas, sin -conocimiento, y con una horrible mordida en el brazo. - -Acercáronse Inés, la condesa y Tribaldos a Miss Fly para hacerle -preguntas; pero esta, impaciente por seguir, les contestó: - ---No sé una palabra. Dejadme continuar. Llevo en esta camilla al pobre -Sir Thomas Parr, que está herido de gravedad. - -Siguieron ellas y Tribaldos, y recorrieron el campo de batalla, que -la luz del naciente día les permitió ver en todo su horror; vieron -los cuerpos tendidos y revueltos, conservando en sus fisonomías la -expresión de rabia y espanto con que los sorprendiera la muerte. -Miles de ojos sin brillo y sin luz, como los ojos de las estatuas -de mármol, miraban al cielo sin verlo. Las manos se agarrotaban en -los fusiles y en las empuñaduras de los sables, como si fueran a -alzarse para disparar y acuchillar de nuevo. Los caballos alzaban sus -patas tiesas, y mostraban los blancos dientes con lúgubre sonrisa. -Las dos desconsoladas mujeres vieron todo esto, y examinaron los -cuerpos uno a uno; vieron los charcos, las zanjas, los surcos hechos -por las ruedas, y los hoyos que tantos millares de pies abrieran en -el bailoteo de la lucha; vieron las flores del campo machacadas, y -las mariposas que alzaban el vuelo con sus alas, teñidas de sangre. -Regresaron a Salamanca; volvieron por la noche al campo de batalla, no -ya conmovidas, sino desesperadas; rezaban por el camino; preguntaban a -todos los vivos, y también a los muertos. - -Por último, después de repetidos viajes y exploraciones dentro y fuera -de la ciudad, en los cuales emplearon tres días, con ligeros intervalos -de residencia y descanso en la casa de la calle del Cáliz, encontraron -lo que buscaban en el hospital de sangre, improvisado en la Merced. Lo -hallaron separado de los demás, en una habitación solitaria y en poder -de un pobre fraile demente. Hicieron diligencia cerca de la autoridad -militar, y, por último, consiguieron poder llevarle, es decir, llevarme -consigo. - - - - -XLI - - -Acomodáronme en una estancia clara y bonita y en un buen lecho, que -atropelladamente dispusieron para mí. Me dieron de comer, lo cual -agradecí con toda mi alma, y empecé a encontrarme muy bien. Lo que -más contribuía a precipitar mi restablecimiento, era la alegría -inexplicable que llenaba mi alma. Síntoma externo de este gozo era una -jovialidad expansiva, que me impulsaba a reír por cualquier frívolo -motivo. - -La noche de mi entrada en la casa, mientras la condesa escribía cartas -a todo ser viviente, en la sala inmediata Inés me daba de cenar. - -Nos hallábamos solos, y le conté toda, absolutamente toda la casi -increíble novela de Miss Fly, sin omitir nada que me perjudicase -o me engrandeciese a los ojos de mi interlocutora. Oyome esta con -atención profunda, mas no sin tristeza; y cuando concluí, diríase que -mi constante amiga había perdido el uso de la palabra. No sé en qué -vagas perplejidades se quedó suspenso y flotante su grande ánimo. En -su fisonomía observé el enojo luchando con la compasión, el orgullo -tal vez en pugna con la hilaridad. Pero no decía nada, y sus grandes -ojos se cebaban en mí. Por mi parte, mientras más duraba su abstracción -contemplativa, más inclinado me sentía yo a burlarme de las nubes que -oscurecían mi cielo. - ---¿Es posible que pienses todavía en eso? --le dije. - ---Espero que me enseñes el mechón rubio con que te han pagado el -negro... Buena pieza, ¿piensas que me casaré contigo, con un perdido, -con un bribón?... Te cuidaremos, y luego que estés bueno, te marcharás -con tu adorada inglesa. Ninguna falta me haces. - -Quería ponerse seria, y casi casi lo lograba. - ---No me marcharé, no --le dije--, porque te quiero más que a las -niñas de mis ojos; me has enamorado, porque eres una criatura de -otros tiempos, porque vuestra alma, señora (me gusta tratar de vos a -las personas), da la mano a la mía y ambas suben a las alturas donde -jamás llegan la vulgaridad y bajeza de los nacidos. Por vos, señora, -seré Bernardo del Carpio, el Cid y Lanzarote del Lago; acometeré las -empresas más absurdas; mataré a medio mundo, y me comeré al otro medio. - ---Si piensas embobarme con tales tonterías... --dijo sin querer reírse, -pero riendo. - ---Señora --exclamé con dramático acento--, vos sois el imán de mi -existencia, la única pareja digna de mi alma; adoro las águilas que -vuelan mirando cara a cara al sol, y no las gallinas que solo saben -poner huevos, criar pollos, cacarear en los corrales, y morir por -el hombre. Llevadme, llevadme con vos, señora, a los espacios de -las grandes emociones y a las excelsitudes del pensamiento. Si me -abandonáis, yo os lloraré en las ruinas; si me amáis, seré vuestro -esclavo, y conquistaré diez reinos para poneros uno en cada dedo de las -manos. - ---Calla, calla, tonto, farsante --dijo Inés, defendiéndose como podía -contra la hilaridad que la ahogaba. - ---¡Ah, señora y dueño mío! --proseguí yo reforzando mi entonación--. -Me rechazáis. Vuestro corazón es indigno del mío. Yo lo creí templado -en el fuego de la pasión, y es un pedazo de carne fofa y blanda. Os -lo pedía yo para unirlo al mío, y vos le arrojáis a los soldados para -que claven en él sus bayonetas. Sois indigna de mí, señora. Os digo -estas sublimidades, y en vez de oírme, os estáis cosiendo todo el -día; tembláis cuando voy a la guerra; no pensáis más que en vuestros -chiquillos, en vez de pensar en mi gloria, y os ocupáis en hacer -guisotes y platos diversos para darme de comer; yo no como, señora: en -la región donde yo habito no se come... De veras sois tonta: os habéis -empeñado en amarme con cariño dulce y tranquilo, propio de costureras, -boticarios, sargentos, covachuelistas y sastres de portal. ¡Oh! amadme -con exaltación, con frenesí, con delirio, como amaba Bernardo del -Carpio a Doña Estela; cantad las hazañas de los héroes que son norte -y faro de mi vida, y poneos delante de mí cual figura histórica, sin -cuidaros de que mi ropa esté hecha pedazos, mi mesa sin comida y mis -hijos desnudos. ¿Qué veo? ¿Os reís? ¡Miseria humana! ¡Yo me muero por -vos, y os reís! ¡Yo peno, y vos os regocijáis! ¡Yo enflaquezco, y vos -os presentáis a mí fresca, alegre y gordita! - -Inés lloraba de risa, pero de una manera tan franca y natural, que -todo el enojo se iba desvaneciendo en aquellas chispas de alegría. Mi -corazón se entendió con el suyo, como los hermanos que por un momento -riñen para quererse más. - ---Os abandono, porque amáis a otro, a una criatura vulgar y -antipoética, señora --continué mirando su frente y haciendo con mis -dedos movimiento semejante al abrir y cerrar de unas tijeras--; pero -quiero llevarme un recuerdo vuestro, y así os corto ese mechón que os -cuelga sobra la frente. - -Diciéndolo, cogí la preciosa cabeza y le di mil besos. - ---Que me lastimas, bárbaro --gritó sin cesar de reír. - -Acudió la condesa, que en la cercana habitación estaba, y al verla, -Inés, más roja que una amapola, le dijo: - ---Es Gabriel, que las echa de gracioso. - ---No hagáis ruido, que estoy escribiendo. Todavía me faltan muchas -cartas, pues tengo que escribir a Wellington, a Graham, a Castaños, a -Cabarrús, a Azanza, a Soult, a O’Donnell y al Rey José. - -Mi adorada suegra tenía la manía de las cartas. Escribía a todo el -mundo, y de todos lograba respuesta. Su colección epistolar era un -riquísimo archivo histórico, del cual sacaré algún día no pocas -preciosidades. - -Al día siguiente, mi suegra fue a visitar a Miss Fly, a quien, como -he dicho, había tratado en el Puerto y reconocido últimamente en -Salamanca. Athenais pagó la visita a la condesa en el mismo día. Vino -elegantemente vestida, deslumbradora de hermosura y de gracia. Servíale -de caballero el coronel Simpson, siempre encarnadito, vivaracho, -acicalado y compuesto como un figurín, y siempre honrando todos los -objetos y personas con la cuádruple mirada de dos ojos y dos vidrios -que jamás descansaban en su investigadora observación. Yo me había -levantado; en pie asistí sin moverme a la visita, que no fue larga, -aunque sí digna de ocupar el penúltimo lugar en esta verídica historia. - ---¿De modo que parte usted definitivamente para Inglaterra? --dijo la -condesa. - ---Sí, señora --repuso Athenais, que no se dignaba mirarme--: estoy -cansada de la guerra y de España, y deseo abrazar a mi padre y -hermanas. Si alguna vez vuelvo a España, tendré el gusto de visitaros. - ---Antes quizás tenga yo el de escribir a usted --dijo mi suegra -acordándose de que había papel y plumas en el mundo--. Por falta de -tiempo no he escrito ya a Lord Byron, a quien conocí en Cádiz. No -llevará usted malos recuerdos de España. - ---Muy buenos. Me he divertido mucho en este extraño país; he estudiado -las costumbres, he hecho muchos dibujos de los trajes y gran número de -paisajes en lápiz y acuarela. Espero que mi álbum llame la atención. - ---También llevará usted memoria de las tristes escenas de la guerra ---dijo Amaranta con emoción. - ---Los franceses nada respetan --indicó Miss Fly con la indiferencia que -se emplea en las visitas para hablar del tiempo. - ---En su retirada --afirmó Simpson-- han destruido todos los pueblos de -la ribera del Tormes. No nos perdonan que les hayamos matado cinco mil -hombres y cogido siete mil prisioneros con dos águilas, seis banderas -y once cañones... ¡Grandiosa e importante batalla! No puedo menos de -felicitar al Sr. de Araceli --añadió haciéndome el honor de dirigirse a -mí-- por su buen comportamiento durante la acción. El brigadier Pack y -el honorable general Leith han hecho delante de mí grandes elogios de -usted. Me consta que su excelencia el gran Wellington no ignora nada de -lo que tanto os favorece. - ---En ese caso --dije--, tal vez se disipe la prevención que Su -Excelencia tenía contra mí por motivos que nunca pude saber. - -Athenais se puso pálida; mas dominándose al instante, no solo se -atrevió a fijar en mí sus lindos ojos de cielo, sino que se rio y de -muy buena gana, según parecía. - ---Este caballero --contestó con jovialidad asombrosa por lo bien -fingida-- ha tenido la desgracia y la fortuna de pasar por mi amante -a los ojos de los ociosos del campamento. En España, el honor de las -damas está a merced de cualquier malicioso. - ---¡Pero cómo! ¿Es posible, señora? --exclamé fingiéndome sorprendido, -y además de sorprendido, encolerizado--. ¿Es posible que por aquel -felicísimo encuentro nuestro...? No sabía nada ciertamente. ¡Y se han -atrevido a calumniar a usted!... ¡Qué horror! - ---Y poco ha faltado para que me supusieran casada con vos --añadió -apartando los ojos de mí, contra lo que las conveniencias del diálogo -exigían--. Me ha servido de gran diversión, porque, a la verdad, aunque -os tengo por persona estimable... - ---No tanto que pudiera merecer el honor... --añadí completando la -frase--. Eso es claro como el agua. - ---Todo provino de que alguien nos vio juntos en la ciudad, cuando -para salvaros de aquellos infames soldados, pasasteis por mi criado -durante unas cuantas horas --dijo Athenais, coqueteando y haciendo -monerías--. Ahora falta saber si por vanidad juvenil fuisteis vos mismo -quien se atrevió a propalar rumores tan ridículos acerca de una noble -dama inglesa, que jamás ha pensado enamorarse en España, y menos de un -hombre como vos. - ---¡Yo, señora! El coronel Simpson es testigo de lo que pensaba yo sobre -el particular. - ---Los rumores --dijo el simpático Abraham-- partieron de la oficialidad -inglesa, y empezaron a circular cuando Araceli volvió de Salamanca y -Athenais no. - ---Y vos, mi querido Sir Abraham Simpson --dijo Miss Fly con cierto -enojo--, disteis circulación a las groserías que corrían acerca de mí. - ---Permitidme decir, mi querida Athenais --indicó Simpson en español--, -que vuestra conducta ha sido algo extraña en este asunto. Sois -orgullosa... lo sé... creíais rebajaros solo ocupándoos del asunto... -Lo cierto es que oíais todo, y callábais. Vuestra tristeza, vuestro -silencio hacían creer... - ---Me parece que no conocéis bien los hechos --dijo Athenais empezando a -ruborizarse. - ---Todos hablaban del asunto; el mismo Wellington se ocupó de él. Os -interrogaron con delicadeza, y contestasteis de un modo vago. Se dijo -que pensábais pedir el cumplimiento de las leyes inglesas sobre el -matrimonio. Calumnia, pura calumnia; pero ello es que lo decían y vos -no lo negábais... yo mismo os llamé la atención sobre tan grave asunto, -y callasteis... - ---Conocéis mal los hechos --repitió Athenais más ruborizada--, y además -sois muy indiscreto. - ---Es que, según mi opinión --dijo Simpson--, llevasteis la delicadeza -hasta un extremo lamentable, mi querida Athenais... Os sentíais -ultrajada solo por la idea de que creyeran... pues... una mujer de -vuestra clase... No quiero ofender al señor; pero... es absurdo, -monstruoso. La Inglaterra, señora, se hubiera estremecido en sus -cimientos de granito. - ---¡Sí, en sus cimientos de granito! --repetí yo--. ¡Qué hubiera sido de -la Gran Bretaña!... Es cosa que espanta. - -Miss Fly me dirigió una mirada terrible. - ---En fin --dijo la condesa--, los rumores circularon... yo misma los -oí... Pero la cosa no vale nada, si la Gran Bretaña se mantiene sin -mancilla... - -Miss Fly se levantó. - ---Señora --le dije con el mayor respeto--, sentiría que usted dejase -a España sin que yo pudiese manifestarle la profundísima gratitud que -siento... - ---¿Por qué, caballero? --preguntó llevando el pañuelo a su agraciada -boca. - ---Por su bondad, por su caridad. Mientras viva, señora, bendeciré a -la persona que me recogió del campo de batalla con otros infelices -compañeros. - ---Estáis en gran error --exclamó riendo--. Yo no he pensado en tal -cosa. Vos, sin duda, lo deseábais. Recogí a varios, sí; pero no a -vos. Os han engañado. Me visteis en la Merced recorriendo las salas y -dormitorios... No quiero que me atribuyan el mérito de obras que no me -pertenecen. - ---Entonces, señora, permítame usted que le dé las gracias por... No, -lo que quiero decir es que ruego a usted no me guarde rencor por haber -sido causa, aunque inocente, de esos ridículos rumores... - ---¡Oh, oh!... No hago caso de semejante necedad. Soy muy superior a -tales miserias... ¡La calumnia! ¿Acaso me importa algo?... ¡Vuestra -persona! ¿Significa algo para mí? Sois vanidoso y petulante. - -Miss Fly hacía esfuerzos extraordinarios por conservar en su semblante -aquella calma inglesa que sirve de modelo a la majestuosa impasibilidad -de la escultura. Miraba a los cristales, a los viejos cuadros, al -suelo, a Inés, a todos, a todos menos a mí. - ---Entonces, señora --añadí--, puesto que ningún daño ha padecido usted -por causa mía... - ---Ninguno, absolutamente ninguno. Os hacéis demasiado honor, caballero -Araceli, y solo con pedirme excusas por la vil calumnia, solo con -asociar vuestra persona a la mía, estáis faltando al comedimiento, sí, -faltando a la consideración que debe inspirar en todo lo habitado una -hija de la Gran Bretaña. - ---Perdón, señora, mil veces perdón. Solo me resta decir a usted que -deseo ser su humildísimo servidor y criado, aquí y en todas partes y en -todas las ocasiones de mi vida. ¿También así falto al comedimiento? - ---También... pero, en fin, admito vuestros homenajes. Gracias, gracias ---dijo con altivez--. Adiós. - -Al fin de la visita, aunque repetidas veces se empeñó en reír, no pudo -conseguirlo sino a medias. Sus manos temblaban, destrozando las puntas -del chal amarillo. Despidiose cariñosamente de la condesa, y con mucha -ceremonia de Inés y de mí. - ---¿Y no será usted tan buena que nos escriba alguna vez para enterarnos -de su salud? --le dije. - ---¿Os importa algo? - ---¡Mucho, muchísimo! --respondí con vehemencia y sinceridad profunda. - ---¡Escribiros! Para eso necesitaría acordarme de vos. Soy muy -desmemoriada, señor de Araceli. - ---Yo, mientras viva, no olvidaré la generosidad de usted, Athenais. Me -cuesta mucho trabajo olvidar. - ---Pues a mí no --dijo mirándome por última vez. - -Y en aquella mirada postrera que sus ojos me echaron, puso tanto -orgullo, tanta soberbia, tanta irritación, que sentí verdadera pena. Al -fin salió de la sala. La palidez de su rostro y la furia de su alma la -hacían terrible y majestuosamente bella. - -Pocos momentos después, aquel hermoso insecto de mil colores, que por -unos días revoloteara en caprichosos círculos y juegos alrededor de mí, -había desaparecido para siempre. - -Muchas personas que anteriormente me han oído contar esto, sostienen -que jamás ha existido Miss Fly; que toda esta parte de mi historia es -una invención mía para recrearme a mí propio y entretener a los demás; -pero ¿no debe creerse ciegamente la palabra de un hombre honrado? - -Por ventura, quien de tanta rectitud dio pruebas, ¿será capaz ahora -de oscurecer su reputación con ficciones absurdas, con fábricas de la -imaginación que no tengan por base y fundamento a la misma verdad, hija -de Dios? - -Poco después de que los dos ingleses nos dejaron solos, la condesa dijo -a Inés: - ---Hija mía, ¿tienes inconveniente en casarte con Gabriel? - ---No, ninguno --repuso ella con tanto aplomo, que me dejó sorprendido. - -Con inefable afecto besé su hermosa mano, que tenía entre las mías. - ---¿Está tranquila y satisfecha tu alma, hija mía? - ---Tranquila y satisfecha --repuso--. ¡Pobrecita Miss Fly! - -Ambos nos miramos. Un cielo lleno de luz divina y de inexplicable -música de ángeles flotaba entre uno y otro semblante... Si es posible -ver a Dios, yo le veía, yo. - ---¡Qué hermoso es vivir! --exclamé--. ¡Qué bien hizo Dios en criarnos a -los dos, a los tres! ¿Hay felicidad comparable a la mía? ¿Pero esto qué -es, es vivir o es morir? - -Al oír esto la condesa, que había corrido a abrazarnos, se apartó de -nosotros. Fijó los ojos en el suelo con tristeza. Inés y yo pensamos al -propio tiempo en lo mismo, y sentimos la misma pena, una lástima íntima -y honda que turbaba nuestra dicha. - ---¿Qué tal está hoy? --preguntó Amaranta. - ---Muy mal --repuso Inés--. Solo vive su espíritu. - -Amaranta dio un suspiro y nos abrazó de nuevo. - ---Levántate --me dijo Inés--. Vamos los dos allá. Hace ya hora y media -que no me ha visto, y estará muy taciturno. - -Aunque extenuado y débil, me levanté y la seguí apoyado en su brazo. - ---Haré la última tentativa, y venceré --dijo cerca ya de la guarida del -masón--. Le he observado muy bien todo el día, y el pobrecito no desea -ya sino rendirse. - - - - -XLII - - -Al entrar en la solitaria y triste estancia, vimos a Santorcaz -apoltronado en el sillón y leyendo atentamente un libro. Alzó la -vista para mirarnos. Inés, poniendo la mano en su hombro, le dijo con -cariñoso gracejo: - ---Padre, ¿sabes que me caso? - ---¿Te casas? --dijo con asombro el anciano soltando el libro y -devorándonos con los ojos--. ¡Tú!... - ---Sí --continuó Inés en el mismo tono--. Me caso con este pícaro -Gabriel, con un opresor del pueblo, con un verdugo de la humanidad, con -un satélite del despotismo. - -Santorcaz quiso hablar, pero la emoción entorpeció su lengua. Quiso -reír; quiso después ponerse serio y aun colérico; mas su semblante no -podía expresar más que turbación, vacilación y desasosiego. - ---Y como mi marido tendrá que servir a los reyes, porque ese es su -oficio --prosiguió Inés--, me veré obligada, querido padre, a reñir -contigo. Ahora me ha dado por la nobleza; quiero ir a la corte, tener -palacio, coches y muchos y muy lujosos criados... Yo soy así. - ---Bromea usted, señora Doña Inesita --dijo Santorcaz en tono agridulce, -recobrando al fin el uso de la palabra--. ¿No hay más que casarse con -el primero que llega? - ---Hace tiempo que le conozco, bien lo sabes --dijo ella riendo--. -Muchas veces te lo he dicho... Ahora, padre, tú te quedarás aquí -con Juan y Ramoncilla, y yo me voy a Madrid con mi marido. Te -entretendrás en fundar una gran logia y en leer libros de revoluciones -y guillotinas, para que acabes de volverte loco, como D. Quijote, con -los de caballerías. - -Diciendo esto, abrazó al anciano y se dejó besar por él. - ---¡Adiós, adiós! --repitió ella--. Puesto que no nos hemos de ver más, -despidámonos bien. - ---Picarona --dijo él, estrechándola amorosamente contra su pecho y -sentándola sobre sus rodillas--. ¿Piensas que te voy a dejar marchar? - ---¿Y piensas que yo voy a esperar a que tú me dejes salir? Padre, ¿te -has vuelto tonto? ¿Has olvidado a la persona que ha estado en casa y -que tiene tanto poder?... ¿No sabes que estás preso?... ¿Crees que no -hay justicia, ni leyes, ni corregidores? Atrévete a respirar... - -El masón apartó de sí a la muchacha; trató de levantarse; mas -impidiéronselo sus doloridas piernas, y golpeando los brazos del -sillón, habló así: - ---¡Pues no faltaba más... marcharte tú y dejarme!... Araceli --añadió -dirigiéndose a mí con bondad--, ya que mi hija tiene la debilidad de -quererte, te permito que seas su marido; pero tú y ella os quedaréis -conmigo. - ---¡A buena parte vas con súplicas! --dijo Inés riendo--. A fe que -mi marido hace buenas migas con los masones. Él y yo detestamos el -populacho y adoramos a reyes y frailes. - ---Bueno, me quedaré --dijo Santorcaz con ligera inflexión de broma en -su tono--. Me moriré aquí. Ya sabes cómo está mi salud, hija mía: vivo -de milagro. En estos días que has estado enojada conmigo, yo sentía que -la vida se me iba por momentos, como un vaso que se vacía. ¡Ay! queda -tan poco, que ya veo, ya estoy viendo el fondo negro. - ---Todo se arreglará --dije yo acercando mi asiento al del enfermo--. -Nos llevaremos con nosotros al enemigo de los reyes. - ---Eso es, eso... Gabriel ha hablado con tanto talento como Voltaire ---dijo el masón con repentino brío--. Me llevaréis con vosotros... No -tengo inconveniente, la verdad... - ---Bueno, le llevaremos --dijo Inés abrazando a su padre--, le -llevaremos a Madrid, donde tenemos una casa muy grande, grandísima, y -en la cual estaremos muy anchos, porque mi madre se va con todos sus -criados a vivir a Andalucía para no volver más. - ---¡Para no volver más! --dijo el enfermo con turbación--. ¿Quién te lo -ha dicho? - ---Ella misma. Se separa de mí mientras tú vivas. - ---¡Mientras yo viva!... Ya lo ves. Por eso conocerás la inmensidad de -su aborrecimiento. - ---Al contrario, padre --dijo Inés con dulzura--: se marcha porque tú -no la puedes ver, y para dejarme en libertad de que te cuide y esté -contigo en tu enfermedad. Lo que te decía hace poco de abandonarte y -marcharme sola con mi marido, era una broma. - -En los párpados del anciano asomaban algunas lágrimas que él hubiera -deseado poder contener. - ---Lo creo; pero eso de que tu madre se separe de ti por concederme el -inestimable beneficio de tu compañía, me parece una farsa. - ---¿No lo crees? - ---No: ¿a que no se atreve a venir aquí y a decirlo delante de mí? - ---Eso quisieras tú, padrito. ¿Cómo ha de venir a decirte eso, ni -ninguna otra cosa, cuando se ha marchado? - ---¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! --exclamó Santorcaz con un -desconsuelo tan profundo, que por largo rato quedó estupefacto. - ---¿Pues no lo sabes? ¿No sentiste la voz de unos señores ingleses? Esos -la acompañan hasta Madrid, de donde partirá para Andalucía. - -El dominio de aquella hermosa y excelente criatura sobre su padre, -era tan grande, que Santorcaz pareció creerlo tal como ella lo decía. -Clavaba los ojos en el suelo, y lentamente se acariciaba la barba. - ---Búscala por toda la casa --prosiguió Inés--. A fe que tendría gusto -la señora en vivir dentro de esta jaula de locos. - ---¡Se ha marchado! --repitió sombríamente Santorcaz, hablando consigo -mismo. - ---Y no me costó poco quedarme --añadió ella, haciendo con manos y -rostro encantadoras monerías--. Su deseo era llevarme consigo. Allá -le dijo no sé quién... nada se puede tener oculto... que yo te había -tomado gran cariño. Solo por esta razón venía dispuesta a perdonarte, -a reconciliarse contigo... Esto era lo más natural, pues tú la habías -amado mucho, y ella te había amado a ti... Pero tú estás loco... la -recibiste como se recibe a un enemigo... te pusiste furioso... te -negaste a ser bueno con ella. Me has hecho pasar unos ratos que no te -perdono. - -Las lágrimas corrieron hilo a hilo por la cara de Santorcaz. - ---Mi deber era huir de esta casa aborrecida; huir con ella, -abandonándote a las perversidades y rencores de tu corazón --dijo -Inés, que reunía a la santidad de los ángeles cierta astucia de -diplomático--. Pero me acordé de que estabas enfermo y postrado; se lo -dije... - -El masón miró a su hija, preguntándole con los ojos cuanto es posible -preguntar. - ---Se lo dije, sí --prosiguió ella--; y como esa señora tiene un corazón -bueno, generoso y amante; como nunca, nunca ha deseado el mal ajeno, ni -ha vivido del odio; como sabe perdonar las ofensas y hacer bien a los -que la aborrecen... ¡ay! no lo creerás ni lo comprenderás, porque un -corazón de hierro como el tuyo no puede comprender esto. - ---Sí lo creo, lo comprendo --dijo Santorcaz secando sus lágrimas. - ---Pues bien: ella misma convino en que no me separase de ti, para -consolarte y fortalecerte en tus últimos días; y como ella y tú no -podéis estar juntos en un mismo sitio, determinó retirarse. Acordamos -que me case con el verdugo de la humanidad, y que Gabriel y yo te -llevemos a vivir con nosotros... - ---¿Y se marchó?... ¿pero se marchó? --preguntó Santorcaz con un resto -de esperanza. - ---Y se marchó, sí, señor. Venía dispuesta a reconciliarse contigo, -a quererte como yo te quiero. Ha llorado mucho la pobrecita, al ver -que después de tantos años, después de tantas desgracias como le han -ocurrido por ti, después de tanto daño como le has hecho, aún te -niegas a pronunciar una palabra cristiana, a borrar con un momento de -generosidad todas las culpas de tu vida, a descargar tu conciencia -y también la suya del peso de un resentimiento insoportable. Se ha -marchado perdonándote. Dios se encargará de juzgarte a ti, cuando en el -momento del Juicio le presentes, como únicos méritos de tu existencia, -ese corazón insensible y perverso, o mejor dicho, ese nido de culebras, -a las cuales has criado, a las cuales echas de comer todos los días, -para que crezcan y vivan siempre, y te muerdan aquí y en la eternidad -de la otra vida. - -El anciano se revolvía con angustia en su sillón; el llanto había -cesado de afluir de sus ojos; tenía el rostro encendido, las manos -crispadas, echada la cabeza hacia atrás, y entrecortaba su aliento una -sofocación fatigosa. - ---Padre --exclamó Inés echándole los brazos al cuello--, sé bueno, -sé generoso y te querré más todavía. Ya sabes mi deseo: prepárate a -cumplirlo, y mi madre volverá. Yo la llamaré y volverá. - -Los músculos de Santorcaz se tendieron, poniéndose rígidos; cerró -los ojos, inclinó la cabeza, y su aspecto fue el de un cadáver. En -aquel mismo instante abriose la puerta y penetró la condesa, pálida, -llorosa. Andando lentamente, adelantó hasta llegar al lado del enfermo, -que seguía inerte, mudo, y en apariencia sin vida. Alarmados todos, -acudimos a él, y con ayuda de Juan y Ramoncilla le acostamos en su -lecho; al instante hicimos venir al médico que ordinariamente le -asistía. - -Inés y la condesa le observaban atentamente, y fijaban sus ojos en -el semblante demacrado, pero siempre hermoso, del desgraciado masón. -Miraban con espanto aquella sima, aterradas de lo que en su profundidad -había, sin comprenderlo bien. - -El médico, luego que le examinara, anunció su próximo fin, añadiendo -que se maravillaba de que alargase tanto su vida, pues el día anterior -casi le diputó por muerto, aunque ocultó a Inés el fatal pronóstico. -Cerca ya de la noche, un hondo suspiro nos anunció que recobraba de -nuevo el conocimiento; abrió los ojos, y revolviéndolos con espanto por -todo el recinto de la estancia, fijolos en la condesa, cuyo semblante -iluminaba la triste luz. - ---¡Otra vez estás aquí! --exclamó con voz torpe y expresión de hastío y -cólera--. ¿Otra vez aquí? ¡Mujer, sabe que te aborrezco! ¡La cárcel, el -destierro, el patíbulo... todo te ha parecido poco para perseguirme...! -¿Por qué vienes a turbar mi felicidad? Vete. ¿Por qué agarras a mi hija -con esa mano amarilla como la de la muerte? ¿Por qué me miras con esos -ojos plateados que parecen rayos de luna? - ---Padre, no hables así, que me das miedo --gritó Inés abrazándole, -llenos los ojos de lágrimas. - -La condesa no decía nada, y lloraba también. - -Santorcaz, después de aquella crisis de su espíritu, cayó en nuevo -sopor profundísimo, y cerca de la madrugada recobró el conocimiento con -un despertar sereno y sosegado. Su mirar era tranquilo, su voz clara y -entera, cuando dijo: - ---Inés, niña mía, ángel querido, ¿estás aquí? - ---Aquí estoy, padre --respondió ella acudiendo cariñosamente a su -lado--. ¿No me ves? - -Inés tembló al observar que los ojos de su padre se fijaban en los de -la condesa. - ---¡Ah! --dijo Santorcaz sonriendo ligeramente--. Está ahí... la veo... -viene hacia acá... ¿Pero por qué no habla? - -La condesa había dado algunos pasos hacia el lecho; pero permanecía -muda. - ---¿Por qué no habla? --repitió el enfermo. - ---Porque te tiene miedo --dijo Inés--, como te lo tengo yo, y no se -atreve la pobrecita a decirte nada. Tú tampoco le dices nada. - ---¿Que no? --indicó el masón con asombro--. Hace dos horas que estoy -dirigiéndole la palabra... tengo la boca seca de tanto hablar, y no me -contesta. ¡Ay! --añadió con dolor y volviendo el rostro--, es demasiado -cruel con este infeliz. - ---¿La quieres mucho, padre? --preguntó Inés tan conmovida, que apenas -entendimos sus palabras. - ---¡Oh, mucho, muchísimo! --exclamó el enfermo oprimiéndose el corazón. - ---Por eso desde que la has visto --continuó la muchacha--, la has -pedido perdón por los ligeros perjuicios que sin querer le has causado. -Todos te hemos oído y hemos alabado a Dios por tu buen comportamiento. - ---¿Me habéis oído?... --dijo él con asombro, mirándonos a todos--. ¿Me -has oído tú... me ha oído ella... me ha oído también Araceli? Lo había -dicho bajo, muy bajito, para que solo Dios me oyera, y lo ignorara todo -ser nacido. - -Amaranta, tomando la mano de Santorcaz dijo: - ---Hace mucho, mucho tiempo que deseaba perdonarte: hubiéralo hecho en -cualquiera ocasión, si, desde que Inés vino a mi poder, te hubieras -presentado a mí como amigo... Yo también he tenido resentimientos; pero -la desgracia me ha enseñado pronto a sofocarlos... - -Lágrimas abundantes cortaron su voz. - ---Y yo --dijo Santorcaz con voz apacible y ademán sereno--. Yo, que voy -a morir, no sé lo que pasa en mi corazón. Él nació para amar. Él mismo -no sabe si ha amado o aborrecido toda su vida. - -Después de estas palabras, todos callaron por breve rato. Las almas de -aquellos tres individuos tan unidos por la Naturaleza y tan separados -por las tempestades del mundo, se sumergían, por decirlo así, en lo -profundo de una meditación religiosa y solemne sobre su respectiva -situación. Inés fue la primera que rompió el grave silencio, diciendo: - ---Bien se conoce, querido padre, que eres un hombre bueno, honrado, -generoso. Si has tenido fama de lo contrario, es porque te han -calumniado. Pero nosotras, nosotras dos, y también Araceli, te -conocemos bien. Por eso te amamos tanto. - ---Sí --respondió el masón, como responde el moribundo a las preguntas -del confesor. - ---Si has hecho algunas cosas malas --continuó Inés--, es decir, que -parecen malas, ha sido por broma... Esto lo comprendo perfectamente. -Por ejemplo: cuando te perseguían... apuesto a que la persecución no -era ni la mitad de lo que tú te figurabas... pero, en fin, sea lo que -quiera. Lo cierto es que te enfadaste, y con muchísima razón, porque tú -estabas enamorado, querías ser bueno... Pero hay familias orgullosas... -Es preciso también considerar que una familia noble debe tener cierto -punto... Dios primero y el mundo después no han querido que todos sean -iguales. - ---Pero se ven castigos, o si no castigos, justicias providenciales en -la tierra --dijo Santorcaz bruscamente mirando a Amaranta--. Señora -condesa, hoy mismo ha consentido usted que su hija única y noble -heredera se case con un chico de las playas de la Caleta. ¡Bravo -abolengo, por cierto! - ---Mejor sería --repuso la condesa-- decir con un joven honrado, digno, -generoso, de mérito verdadero y de porvenir. - ---¡Oh! señora mía, eso mismo era yo hace veinte años --afirmó Santorcaz -con tristeza. - -Después cerró los ojos, como para apartar de sí imágenes dolorosas. - ---Es verdad --dijo Inés entre broma y veras--; pero tú te entregaste -a la desesperación, padre querido; tú no tuviste la fortaleza de -ánimo de este opresor de los pueblos; tú no luchaste como él contra -la adversidad, ni conquistaste escalón por escalón un puesto honroso -en el mundo; tú te dejaste vencer por la desgracia, corriste a París, -te uniste a los pícaros revolucionarios que entonces se divertían en -matar gente. Agraviados ellos como tú y tú como ellos, todos creíais -que cortando cabezas ajenas ganábais alguna cosa y valían más los que -se quedaran con ella sobre los hombros... Viniste luego a España con -el corazón lleno de venganza. Tú querías que nos divirtiéramos aquí -con lo que se divertían allá: la gente no ha querido darte gusto, y te -entretuviste con las mojigangas y gansadas de los masones, que según -ellos dicen, hacen mucho, y según yo veo, no hacen nada. - ---Sí --murmuró el anciano. - ---Al mismo tiempo procurabas hacer daño a la persona que más -debías amar... Yo sé que si ella no te hubiera despreciado como te -despreciaba, tú habrías sido bueno, muy bueno, y te habrías desvivido -por ella... - ---Sí, sí --repitió él. - ---Esto es claro: Dios consiente tales cosas. A veces dos personas -buenas parece que se ponen de acuerdo para hacer maldades, sin caer en -la cuenta de que, diciéndose cuatro palabras, concluirían por abrazarse -y quererse mucho. - ---Sí, sí. - ---Y no me queda duda --continuó Inés derramando sin cesar aquel -torrente de generosidad sobre el alma del pobre enfermo--, no queda -duda de que te apoderaste de mí, porque me querías mucho y deseabas que -te acompañara. - -Santorcaz no afirmó ni negó nada. - ---Lo cual me place mucho --prosiguió ella--. Has sido para mí un padre -cariñoso. Declaro que eres el mejor de los hombres, que me has amado, -que eres digno de ser respetado y querido, como te quiero y te respeto -yo, dando el ejemplo a todos los que están presentes. - -El revolucionario miro a su hija con inefable expresión de -agradecimiento. La religión no hubiera ganado mejor un alma. - ---Muero --dijo con voz conmovida D. Luis, alargando la mano derecha a -Amaranta y la izquierda a su hija-- sin saber cómo me recibirá Dios. -Me presentaré con mi carga de culpas y con mi carga de desgracias, -tan grandes la una y la otra, que ignoro cuál será de más peso... Mi -pecho ha respirado venganza y aborrecimiento por mucho tiempo... he -creído demasiado en las justicias de la tierra; he desconfiado de la -Providencia; he querido conquistar con el terror y la fuerza lo que -a mi entender me pertenecía; he tenido más fe en la maldad que en la -virtud de los hombres; he visto en Dios una superioridad irritada y -tiránica, empeñada en proteger las desigualdades del mundo; he carecido -por completo de humildad; he sido soberbio como Satán, y me he burlado -del Paraíso a que no podía llegar; he hecho daño, conservando en el -fondo de mi alma cierto interés inexplicable por la persona ofendida; -he corrido tras el placer de la venganza, como corre en el desierto -el sediento tras un agua imaginaria; he vivido en perpetua cólera, -despedazándome el corazón con mis propias uñas. Mi espíritu no ha -conocido el reposo hasta que traje a mi lado un ángel de paz que -me consoló con su dulzura, cuando yo la mortificaba con mi cólera. -Hasta entonces no supe que existían las dos virtudes consoladoras del -corazón; la caridad y la paciencia. Que las dos llenen mi alma; que -cierre mis ojos y me lleven delante de Dios. - -Diciendo esto, se desvaneció poco a poco. Parecía dormido. Las dos -mujeres, arrodilladas a un lado y otro, no se movían. Creí que había -muerto; pero acercándome, observé su respiración tranquila. Retireme -a la sala inmediata, e Inés me siguió poco después. Entre los dos -convinimos en llamar al Prior de Agustinos, varón venerable, que había -sido amigo muy querido del padre de Santorcaz. El buen fraile no tardó -en venir. - - * * * * * - -Por la mañana, después de la piadosa ceremonia espiritual, Santorcaz -nos rogó que le dejásemos solo con la condesa. Largo rato hablaron a -solas los dos; mas como de pronto sintiéramos ruido, entramos y vimos -a Amaranta de rodillas al pie del lecho, y a él incorporado, inquieto, -con todos los síntomas de un delirio atormentador. Con sus extraviados -ojos miraba a todos lados, sin vernos, atento solo a los objetos -imaginados con que su espíritu poblaba la oscura estancia. - ---Ya me voy --decía--, ya me voy... ¡adiós! es de día... No tiembles... -esos pasos que se sienten son los de tu padre, que viene con un -ejército de lacayos armados para matarme... No me encontrarán... Saldré -por la ventana del torreón... ¡Cielo santo! han quitado la escala... -me arrojaré aunque muera... Dices bien: mi cuerpo, encontrado al -pie de estos muros, será tu vergüenza y la deshonra de esta casa... -¿Esperaré? ¿No quieres que aguarde?... Ya están ahí: tu padre golpea -la puerta y te llama... Adiós: me arrojé al campo... También allá -abajo hay criados con palos, escopetas. Dios nos abandona porque somos -criminales. Me ocurre una idea feliz. Estás salvada... escóndete -allí... pasa a tu alcoba. Déjame recoger estos vasos de valor, estos -candelabros de plata. Los llevaré conmigo, y procuraré escurrirme con -mi tesoro robado por la cornisa del torreón hasta llegar al techo de -las cuadras. Adiós... saldré; abre la puerta y grita: _¡al ladrón, al -ladrón!_ Conocerán tu deshonra Dios y tu padre si quieres revelársela; -pero no esa turba soez. Vieron entrar un hombre; pero ignoran quién -es y a lo que vino. Alma mía, ten valor; haz bien tu papel. Grita: -_¡al ladrón, al ladrón!_... Adiós... Ya salgo, me escurro por estas -piedras resbaladizas y verdosas... Aún no me han visto los de abajo. -Es preciso que me vean. ¡Oh! Ya me ven los miserables con mi carga de -preciosidades, y todos gritan: _¡al ladrón, al ladrón!_ ¡Qué inmensa -alegría siento! Nadie sabrá nada, vida y corazón mío; nadie sabrá nada, -nada... - -Cayó hacia atrás, estremeciéndose ligeramente, y su alma hundiose en el -piélago sin fondo y sin orillas. Inés y yo nos acercamos con religioso -respeto al exánime cuerpo. En nuestro estupor y emoción creímos -sentir el rumor de las negras aguas eternas, agitándose al impulso de -aquel ser que en ellas había caído; pero lo que oíamos era la agitada -respiración de la condesa, que lloraba con amargura, sin atreverse a -alzar su frente pecadora. - - - - -XLIII - - -Los que quieran saber cómo y cuándo me casé, con otras particularidades -tan preciosas como ignoradas acerca de mi casi inalterable tranquilidad -durante tantos años, lean, si para ello tienen paciencia, lo que otras -lenguas menos cansadas que la mía narrarán en lo sucesivo. Yo pongo -aquí punto final, con no poco gusto de mis fatigados oyentes, y gran -placer mío por haber llegado a la más alta ocasión de mi vida, cual -fue el suceso de mis bodas, primer fundamento de los sesenta años de -tranquilidad que he disfrutado, haciendo todo el bien posible, amado -de los míos y bien quisto de los extraños. Dios me ha dado lo que da a -todos cuando lo piden buscándolo, y lo buscan sin dejar de pedirlo. Soy -hombre práctico en la vida y religioso en mi conciencia. La vida fue mi -escuela, y la desgracia mi maestra. Todo lo aprendí y todo lo tuve. - -Si queréis que os diga algo más (aunque otros se encargarán de sacarme -nuevamente a plaza, a pesar de mi amor a la oscuridad), sabed que una -serie de circunstancias, difíciles de enumerar por su muchedumbre y -complicación, hicieron que no tomase parte en el resto de la guerra; -pero lo más extraño es que desde mi alejamiento del servicio empecé a -ascender de tal modo, que aquello era una bendición. - -Habiendo recobrado el aprecio y la consideración de Lord Wellington, -recibí de este hombre insigne pruebas de afecto cordial; y tanto -me atendió y agasajó en Madrid que he vivido siempre profundamente -agradecido a sus bondades. Uno de los días más felices de mi vida fue -aquel en que supimos que el Duque de Ciudad-Rodrigo había ganado la -batalla de Waterloo. - -Obtuve poco después de los Arapiles el grado de teniente coronel. Pero -mi suegra, con el talismán de su jamás interrumpida correspondencia, me -hizo coronel, luego brigadier, y aún no me había repuesto del susto, -cuando una mañana me encontré hecho general. - ---Basta --exclamé con indignación, después de leer mi hoja de -servicios--. Si no pongo remedio, serán capaces de hacerme capitán -general sin mérito alguno. - -Y pedí mi retiro. - -Mi suegra seguía escribiendo para aumentar por diversos modos nuestro -bienestar, y con esto y un trabajo incesante, y el orden admirable que -mi mujer estableció en mi casa (porque mi mujer tenía la manía del -orden, como mi suegra la de las cartas), adquirí lo que llamaban los -antiguos _aurea mediocritas_; viví y vivo con holgura, casi fui y soy -rico, tuve y tengo un ejército brillante de descendientes entre hijos, -nietos y biznietos. - -Adiós, mis queridos amigos. No me atrevo a deciros que me imitéis, -pues sería inmodestia; pero si sois jóvenes; si os halláis postergados -por la fortuna; si encontráis ante vuestros ojos montañas escarpadas, -inaccesibles alturas, y no tenéis escalas ni cuerdas, pero sí manos -vigorosas; si os halláis imposibilitados para realizar en el mundo los -generosos impulsos del pensamiento y las leyes del corazón, acordaos de -Gabriel Araceli, que nació sin nada y lo tuvo todo. - - -Febrero-marzo de 1875. - - -FIN DE «LA BATALLA DE LOS ARAPILES» - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA BATALLA DE LOS -ARAPILES *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. 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font-size:1.2em; font-weight:bold'>The Project Gutenberg eBook of <span lang='es' xml:lang='es'>La batalla de los Arapiles</span>, by Benito Pérez Galdós</p> -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and -most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms -of the Project Gutenberg License included with this eBook or online -at <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you -are not located in the United States, you will have to check the laws of the -country where you are located before using this eBook. -</div> -</div> - -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:1em; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Title: <span lang='es' xml:lang='es'>La batalla de los Arapiles</span></p> -<p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em'>Author: Benito Pérez Galdós</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Release Date: April 12, 2022 [eBook #67817]</p> -<p style='display:block; text-indent:0; margin:1em 0'>Language: Spanish</p> - <p style='display:block; margin-top:1em; margin-bottom:0; margin-left:2em; text-indent:-2em; text-align:left'>Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries)</p> -<div style='margin-top:2em; margin-bottom:4em'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>LA BATALLA DE LOS ARAPILES</span> ***</div> - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <h1 class="faux">La batalla de los Arapiles</h1> -</div> - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - <ul> - <li>Los errores de imprenta han sido corregidos.</li> - - <li>La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con - las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.</li> - - <li>Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos - ortotipográficos.</li> - </ul> -</div> - - -<div class="screenonly x-ebookmaker-drop"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img class="thin" - style="width: 26em; height: auto;" - src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - - -<div class="tit pt6"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">p. 1</span></p> - <p class="lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> - <hr class="tir" /> - <p class="fs130 lh150 ws1">LA BATALLA DE LOS ARAPILES</p> - <hr class="chap" /> -</div> - -<div class="chapter pt6"> - <div class="legal"> - <p><span class="pagenum" id="Page_2">p. 2</span>Es propiedad. Queda - hecho el depósito que marca la ley. Serán furtivos los ejemplares que - no lleven el sello del autor.</p> - </div> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="tit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_3">p. 3</span></p> - <p class="fs120 lh150 ws1">B. PÉREZ GALDÓS</p> - <p class="fs140 lh150 ws1">EPISODIOS NACIONALES</p> - <p class="lh150 ws1">PRIMERA SERIE</p> - <hr class="fil" /> - - <p class="fs200 lh150 g0 ws1 mt05">LA BATALLA</p> - <p class="smaller lh150 ws1 mt05">DE LOS</p> - <p class="fs350 lh150 g1">ARAPILES</p> - - <hr class="tir" /> - <p class="fs110 negr g1 ws1 mt15">37.000</p> - - <div class="figcenter mt3"> - <img src="images/logo.jpg" - style="width: 6.5em; height: auto;" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="lh150 negr g1 mt3">MADRID</p> - <p class="fs90 lh150 g2 ws2">PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA</p> - <p class="fs75 lh150 g1 ws1">(Sucesores de Hernando)</p> - <p class="fs90 lh150 g2 ws2">Arenal, 11</p> - <p class="lh150 negr g0">1907</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_4">p. 4</span></p> - <p class="smaller lh150 centra ws2">EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO</p> - <p class="centra lh150 asc ws1">IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.</p> - <p class="fs80 lh200 centra ws1">Carrera de San Francisco, 4.</p> -</div> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_5">p. 5</span></p> - <p class="centra ws1 fs130">LA BATALLA DE LOS ARAPILES</p> - <hr class="tir" /> - <h2 class="nobreak">I</h2> -</div> - -<p>Las siguientes cartas, supliendo ventajosamente mi narración, me -permitirán descansar un poco:</p> - - -<p class="fecha">«<i>Madrid, 14 de marzo.</i></p> - -<p>»Querido Gabriel: Si no has sido más afortunado que yo, lucidos -estamos. De mis averiguaciones no resulta hasta ahora otra cosa que -la triste certidumbre de que el comisario de policía no está ya en -esta Corte, ni presta servicio a los franceses, ni a nadie, como no -sea al demonio. Después de su excursión a Guadalajara, pidió licencia, -abandonó luego su destino, y al presente nadie sabe de él. Quién le -supone en Salamanca, su tierra natal; quién en Burgos o en Vitoria, -y algunos aseguran que ha pasado a Francia, antiguo teatro de sus -criminales aventuras. ¡Ay, hijo mío, para <span class="pagenum" -id="Page_6">p. 6</span>qué habrá hecho Dios el mundo tan grande, tan -sumamente grande, que en él no es posible encontrar el bien que se -pierde! Esta inmensidad de la creación solo favorece a los pillos, que -siempre encuentran donde ocultar el fruto de sus rapiñas.</p> - -<p>»Mi situación aquí ha mejorado un poco. He capitulado, amigo mío; -he escrito a mi tía contándole lo ocurrido en Cifuentes, y el jefe de -mi ilustre familia me demuestra en su última carta que tiene lástima -de mí. El administrador ha recibido orden de no dejarme morir de -hambre. Gracias a esto y al buen surtido de mi antiguo guardarropas, -no pedirá limosna la pobre condesa. He tratado de vender las alhajas, -los encajes, los tapices y otras prendas no vinculadas; pero nadie las -quiere comprar. En Madrid no hay una peseta, y cuando el pan está a -catorce y dieciséis reales, figúrate quién tendrá humor para comprar -joyas. Si esto sigue, llegará día en que tenga que cambiar todos mis -diamantes por una gallina.</p> - -<p>»Para que comprendas cuán glorioso porvenir aguarda a mi histórica -casa, uno de los astros más brillantes del cielo de esta gran -monarquía, me bastará decirte que el pleito entre nuestra familia y -la de Rumblar se ha entablado ya, y la Cancillería de Granada ha dado -a luz con este motivo una montaña de papel sellado, que, si Dios no -lo remedia, crecerá hasta lo sumo y nuestros nietos veranla con cimas -más altas que las de la misma Sierra Nevada. La de Rumblar se engolfa -con delicia en este mar de jurisprudencia. Me parece que la veo. -Convertiría <span class="pagenum" id="Page_7">p. 7</span>el linaje -humano en jueces, escribas, alguaciles y roe-pandectas para que todo -cuanto respira pudiese entender en su cuita.</p> - -<p>»El licenciado Lobo, que frecuentemente me visita con el doble -objeto de ilustrarme en mi asunto y de pedirme una limosna (hoy en -Madrid la piden los altos servidores del Estado), me ha dicho que en -el tal pleito hay materia para un ratito, es decir, que no pasará -un par de siglos mal contados sin que la Sala dé su sentencia o un -auto para mejor proveer, que es el colmo de las delicias. Me asegura -también el susodicho Lobo, que si nos obstinamos en transmitir a Inés -los derechos mayorazguiles, es fácil que perdamos el litigio dentro -de algunos meses, pues para perder no es preciso esperar siglos. Las -informalidades que hubo en el reconocimiento, y la indiscreción de mi -pobre tío, que ya bajó al sepulcro, ponen a nuestra heredera en muy -mala situación para reclamar su mayorazgo. Nuestro papel se reduce -hoy, según Lobo, a reclamar la no transmisión del mayorazgo a la casa -de Rumblar, fundándonos en varias razones de <i>posesión civilísima</i>, -<i>agnación rigurosa</i>, <i>masculinidad nuda</i>, <i>emineidad</i>, <i>saltuario</i>, con -otras lindas palabras, que voy aprendiendo para recreo de mi triste -soledad y entretenimiento de mis últimos días.</p> - -<p>»Mi tía dice que yo tengo la culpa de este desastre y cataclismo -en que va a hundirse la más gloriosa casa que ha desafiado siglos y -afrontado el desgaste del tiempo, sin criar hasta ahora ni una sola -carcoma, y funda su anatema en mi oposición<span class="pagenum" -id="Page_8">p. 8</span> al proyectado himeneo de nuestro derecho con -el derecho de los Rumblar. Verdaderamente, no carece de razón mi tía, -y sin duda se me preparan en el Purgatorio acerbos tormentos por haber -ocasionado con mi tenacidad este conflicto.</p> - -<p>»Esta carta te la envío a Sepúlveda. Creo que serán infructuosas -tus pesquisas en todo el camino de Francia hasta Aranda. Procura ir -a Zamora. Yo sigo aquí mis averiguaciones con ardor infatigable; y -demostrando gran celo por la causa francesa, he adquirido relaciones -con empleados de alta y baja estofa, principalmente de policía pública -y secreta.</p> - -<p>»Si te unes a la división de Carlos España, avísamelo. Creo que -conviene a tu carrera militar el abandonar a esos feroces guerrilleros; -mas, por Dios, no pases al ejército de Extremadura. Creo que de ese -lado no vendrá la luz que deseamos; sigue en Castilla mientras puedas, -hijo mío, y no abandones mi santa empresa. Escríbeme con frecuencia. -Tus cartas y el placer que me causa el contestarlas, son mi único -consuelo. Me moriría si no llorara y si no te escribiera.»</p> - - -<p class="fecha">«<i>22 de marzo.</i></p> - -<p>»No puedes figurarte la miseria espantosa que reina en Madrid. Me -han dicho que hoy está la fanega de trigo a 540 reales. Los ricos -pueden vivir, aunque mal; pero los pobres se mueren por esas calles a -centenares, sin que sea posible aliviar su hambre. Todos los arbitrios -de la caridad son inútiles,<span class="pagenum" id="Page_9">p. -9</span> y el dinero busca alimentos sin encontrarlos. Las gentes -desvalidas se disputan con ferocidad un troncho de col, y las sobras -de aquellos pocos que tienen todavía en su casa mesa con manteles. Es -imposible salir a la calle, porque los espectáculos que se ofrecen a -cada momento a la vista causan horror y desconfianza de la Providencia -infinita. Vense a cada paso los mendigos hambrientos, arrojados en -el arroyo, y en tal estado de demacración que parecen cadáveres en -que quedó olvidado un resto de inútil y miserable vida. El lodo y la -inmundicia de las calles y plazuelas les sirven de lecho, y no tienen -voz sino para pedir un pan que nadie puede darles.</p> - -<p>»Si la policía se lo permitiera, maldecirían a los franceses, que -tienen en sus almacenes copioso repuesto de galleta, mientras la nación -se muere de hambre. Dicen que de agosto acá se han enterrado veinte -mil cuerpos, y lo creo. Aquí se respira muerte; el silencio de los -sepulcros reina en Platerías, San Felipe y la Puerta del Sol. Como han -derribado tantos edificios, entre ellos Santiago, San Juan, San Miguel, -San Martín, los Mostenses, Santa Ana, Santa Catalina, Santa Clara y -bastantes casas de las inmediatas a Palacio, las muchas ruinas dan -a Madrid el aspecto de una ciudad bombardeada. ¡Qué desolación, qué -tristeza!</p> - -<p>»Los franceses se pasean alegres, satisfechos y rollizos por este -cementerio, y su policía mortifica de un modo cruel a los vecinos -pacíficos. No se permiten grupos en las calles, ni pararse a hablar, ni -mirar las tiendas. A los tenderos<span class="pagenum" id="Page_10">p. -10</span> se les aplica una multa de 200 ducados si permiten que los -curiosos se detengan en las puertas o vidrieras, de modo que a cada -rato los pobres horteras tienen que salir a apalear a sus parroquianos -con la vara de medir.</p> - -<p>»Ayer dispuso el Rey que hubiese corrida de toros para divertir -al pueblo: ¡qué sarcasmo! Me han dicho que la plaza estaba desierta. -Figúrome ver en el redondel a media docena de esqueletos vestidos con -el traje bordado de plata y oro, y con más ganas de comerse al toro que -de trastearlo. Asistió José, que de este modo piensa ganar la voluntad -del pueblo de Madrid.</p> - -<p>»Dícese que se trata de reunir Cortes en Madrid, no sé si también -para divertir al pueblo. Azanza, ministro de Su Majestad Bonaparciana, -me dijo que así levantarían <i>un altar frente a otro altar</i>. Creo que -el retablo de aquí no tendrá tantos devotos como el que dejamos en -Cádiz.</p> - -<p>»Ahora dicen que Napoleón va a emprender una guerra contra el -Emperador de todas las Rusias. Esto será favorable a España, porque -sacarán tropas de la Península, o al menos no podrán reparar las bajas -que continuamente sufren. Veo la causa francesa bastante mal parada, -y he observado que los más discretos de entre ellos no se hacen ya -ilusiones respecto al resultado final de esta guerra.</p> - -<p>»De nuestro asunto, ¿qué puedo decir que no sea triste y -desconsolador? Nada, hijo mío, absolutamente nada. Mis indagaciones -no dan resultado alguno; no <span class="pagenum" id="Page_11">p. -11</span>he podido adquirir ni la más pequeña luz, ni el más ligero -indicio. Sin embargo, confío en Dios y espero. Dirijo esta carta a -Santa María de Nieva, que es lo más seguro.»</p> - - -<p class="fecha">«<i>1.º de abril.</i></p> - -<p>»Poco o nada tengo que añadir a mi carta de 22 de marzo. Continúo -en la oscuridad, pero con fe. ¡Cuánta se necesita para permanecer en -Madrid! Esto es un Purgatorio, por la miseria, la soledad, la tristeza, -y un infierno por la corrupción, las violencias e inmoralidades de todo -género que han introducido aquí los franceses. Yo no creo, como la -mayoría de las gentes, que nuestras costumbres fueran perfectas antes -de la invasión; pero entre aquel recatado y compungido modo de vivir, -y esta desvergonzada licencia de hoy, es preferible a todas luces lo -primero. La policía francesa es un instituto de cuya perversidad no se -puede tener idea sino viviendo aquí y viendo la execrable acción de -esta máquina puesta en las más viles manos.</p> - -<p>»Multitud de comisarios y agentes, escogidos entre la hez de la -sociedad, se encargan de atrapar a los individuos que se les antoja -y almacenarles en la Cárcel de Villa, sin forma de juicio, ni más -guía que la arbitrariedad y la delación. El motivo aparente de estas -tropelías es la <i>complicidad con los insurgentes</i>; pero los -malvados de uno y otro bando se dan buena maña para utilizar la nueva -Inquisición, que hará olvidar con sus gracias las lindezas de<span -class="pagenum" id="Page_12">p. 12</span> la pasada. Todo aquel que -quiere deshacerse de una persona que le estorba, encuentra fácil medio -para ello, y aun ha habido quien, no contentándose con ver emparedado -a su enemigo, le ha hecho subir al cadalso. Se cuentan cosas horribles -que me resisto a darles crédito, entre ellas la maldad de una señora de -esta Corte, que, mal avenida con su esposo, le delató como insurgente y -despacharon la causa en cosa de tres días, lo necesario para ir de la -callejuela del Verdugo a la Plaza de la Cebada. También se habla de un -tal Vázquez, que delató a su hermano mayor, y de un tal Escalera, que -subió la del patíbulo por intrigas de su manceba.</p> - -<p>»Hay una <i>Junta criminal</i> que inspira más horror que los jueces -del infierno. Los hombres bajos que la forman condenan a muerte a los -que leen los papeles de los insurgentes, a los <i>empecinados</i> que -aquí llaman <i>madripáparos</i>, y a todo ser sospechoso de relaciones -con los <i>espías, ladrones, asesinos, bandoleros, cuatreros y... -tahúres</i>, a quienes llamáis vosotros guerrilleros o soldados de la -patria.</p> - -<p>»Una de las cosas más criticadas a los franceses, además de su -infame policía, es la introducción de los bailes de máscaras. En esto -hay exageración, porque antes que tales escandalosas reuniones fuesen -instituidas en nuestro morigerado país, había intrigas y gran burla -de vigilancia de padres y maridos. Yo creo que las caretas no han -traído acá todos los pecados grandes y chicos que se les atribuyen. -Pero la gente honesta y timorata brama contra tal novedad, y no -se<span class="pagenum" id="Page_13">p. 13</span> oye otra cosa sino -que con los tapujos de las caras ya no hay tálamo nupcial seguro, ni -casa honrada, ni padre que pueda responder del honor de sus hijas, -ni doncella que conserve su espíritu libre y limpio de deshonestos -pensamientos. Creo que no es justa esta enemiga contra las caretas, más -cómodas aunque no más disimuladoras que los antiguos mantos, y tengo -para mí que muchas personas hablan mal de las reuniones de máscaras, -porque no las encuentran tan divertidas ni tan oscuritas como las -verbenas de San Juan y San Pedro.</p> - -<p>»Pero la novedad que más indignada y fuera de sus casillas trae a -esta buena gente, es un juego de azar llamado la <i>roleta</i>, donde -parece baila el dinero que es un gusto. Los franceses son Barrabás -para inventar cosas malas y pecaminosas. No respetan nada, ni aun -las venerandas prácticas de la antigüedad, ni aun aquello que forma -parte, desde remotísimas edades, de la ejemplar existencia nacional. -Lo justo habría sido dejar que los padres y los hijos de familia se -arruinaran con la baraja, siguiendo en esto sus patriarcales y jamás -alteradas costumbres, y no introducir <i>roletas</i> ni otros aparatos -infernales. Pero los franceses dicen que la <i>roleta</i> es un -adelanto con respecto a los naipes, así como la guillotina es mejor que -la horca, y la Policía mucho mejor que la Inquisición.</p> - -<p>»Lo peor de esto es que, según dicen, la tal endemoniada -<i>roleta</i>, no solo es consentida por el Gobierno francés, sino -de su propiedad, y para él son las pingües ganancias que deja. De -este modo los franceses piensan embolsarse el poco dinero<span -class="pagenum" id="Page_14">p. 14</span> que han dejado en nuestras -arcas.</p> - -<p>»No concluiré sin ponerte al corriente de un proyecto que tengo, -y que, realizado, me parece ha de ser más eficaz para nuestro objeto -que todas las averiguaciones y búsquedas hechas hasta ahora. El plan, -hijo mío, consiste en interesar al mismo José en favor mío. Pienso ir -a Palacio, donde seré recibida por el Sr. Botellas, el cual no desea -otra cosa, y ve el cielo abierto cuando le anuncian que un Grande de -España quiere visitarle. Hasta ahora he resistido todas las sugestiones -de varios personajes amigos míos que se han empeñado en presentarme -al Rey; pero pensándolo mejor, estoy decidida a ir a la Corte. En -diciembre del 8 traté a los dos Bonaparte, y las bondades que encontré -en José me hacen esperar que no será inútil este paso que doy, aun a -riesgo de comprometerme con una causa que considero perdida. Adiós: te -informaré de todo.»</p> - - -<p class="fecha">«<i>22 de abril.</i></p> - -<p>»He estado en Palacio, hijo mío, y me he prosternado ante esa -católica majestad de oropel, a quien sirven unos pocos españoles, -moviéndose bulliciosamente para parecer muchos. Si yo dijera a -cualquier habitante de Madrid que José I, conocido aquí por <i>el -tuerto</i>, o por <i>Pepe Botellas</i>, es una persona amable, -discreta, tolerante, de buenas costumbres, y que no desea más que el -bien, me tendrían por loca, o quizás por vendida a los franceses.</p> - -<p>»Recibiome <i>Copas</i> con gozo. El buen señor no puede ocultarlo, -cuando alguna persona de categoría da,<span class="pagenum" -id="Page_15">p. 15</span> al visitarle, una especie de tácito -asentimiento a su usurpación. Sin duda cree posible ser dueño de España -conquistando uno a uno los corazones. Habrías de ver su diligencia y -extremada dulzura en los cumplidos. Cierto que su etiqueta es menos -severa y finchada que la de nuestros Reyes, sin perder por eso la -dignidad, antes bien aumentándola. Habla hasta con familiaridad, se -ríe, también se permite algunas gentilezas galantes con las damas, y a -veces bromea con cierta causticidad muy fina, propia de los italianos. -El acento extranjero es el único que afea su palabra. Confunde a menudo -su lengua natal con la nuestra, y hay ocasiones en que son necesarios -grandes esfuerzos para no reír.</p> - -<p>»Su figura no puede ser mejor. José vale mucho más que el barrilete -de su hermano. Poco falta a su rostro grave y expresivo para ser -perfecto. Viste comúnmente de negro, y el conjunto de su persona es muy -agradable. No necesito decirte que cuanto hablan las gentes por ahí -sobre sus turcas, es un arma inventada por el patriotismo para ayudar a -la defensa nacional. José no es borracho. También se cuentan de él mil -abominaciones referentes a vicios distintos del de la embriaguez; pero -sin negarlos rotundamente, me resisto a darles crédito. En resumen, -Botellas (nos hemos acostumbrado de tal manera a darle este nombre, que -cuesta trabajo llamarle de otra manera) es un Rey bastante bueno, y al -verle y tratarle, no se puede menos de deplorar que lo hayan traído, en -vez del nacimiento y el derecho, la usurpación y la guerra.</p> - -<p>»Sus<span class="pagenum" id="Page_16">p. 16</span> partidarios -aquí son pocos; tan pocos, que se pueden contar. Esta dinastía no tiene -más súbditos leales que los Ministros, y dos o tres personas colocadas -por ellos en altos puestos. Estos españoles que le sirven parecen -víctimas humilladas, y no tienen aquel aire triunfador y vanaglorioso -que suelen tomar aquí los que por méritos propios o ajeno favor se -elevan dos dedos sobre los demás. Viven o avergonzados o medrosos, sin -duda porque prevén que el <i>Lord</i> ha de dar al traste con todo -esto. Algunos, sin embargo, se hacen ilusiones y dicen que tendremos -Botellas, Azumbres y Copas por los siglos de los siglos.</p> - -<p>»No pertenece a estos Moratín, al cual encuentro más triste y -más pusilánime que nunca. Ya no es secretario de la interpretación -de lenguas, sino bibliotecario mayor, cargo que debe desempeñar a -maravilla. Pero él no está contento; tiene miedo a todo, y más que -a nada a los peligros de una segunda evacuación de la Corte por los -franceses. Me ha dicho que el día en que cayese el poder intruso, no -daría dos cuartos por su pellejo; pero creo que su hipocondría y pésimo -humor, entenebreciendo su alma, le hacen ver enemigos en todas partes. -Está enfermo y arruinado; mas trabaja algo, y ahora nos ha dado <i>La -escuela de los maridos</i>, traducción del francés. Ni la he visto -representar ni he podido leerla, porque mi espíritu no puede fijarse en -nada de esto.</p> - -<p>»Moratín viene a verme a menudo con su amigo Estala, el cual es -afrancesado rabioso, y ardiente como aquel lo es tímido y melancólico. -Aquí no pueden<span class="pagenum" id="Page_17">p. 17</span> ver a -Estala, que publica artículos furibundos en <i>El Imparcial</i>, y hace -poco escribió, aludiendo a España, que <i>los que nacen en un país de -esclavitud no tienen patria sino en el sentido en que la tienen los -rebaños destinados para nuestro consumo</i>. Por esto y otros atroces -partos de su ingenio que publica la <i>Gaceta</i>, es aborrecido aún -más que los franceses.</p> - -<p>»Máiquez sigue en el Príncipe; y como José ha señalado a su teatro -20.000 reales mensuales para ayuda de costa, le tachan también de -afrancesado. Ahora, según veo en el diario, dan alternativamente el -<i>Orestes</i>, <i>La mayor piedad de Leopoldo el Grande</i>, y una -mala comedia arreglada del alemán, y cuyo título es <i>Ocultar, de -honor movido, al agresor el herido</i>.</p> - -<p>»El teatro está, según me dicen, vacío. La pobre Pepilla González, -de quien no te habrás olvidado, se muere de miseria, porque no pudiendo -representar, a causa de una enfermedad que ha contraído, está sin -sueldo, abandonada de sus compañeros. Lo estaría de todo el mundo si -yo no cuidase de enviarle todos los días lo muy preciso para que no -expire. Pepilla, el venerable padre Salmón y mi confesor Castillo, -son las únicas personas a quienes puedo favorecer, porque el estado -de mi hacienda y la carestía de las subsistencias no me permiten más. -Te asombrará saber que los opulentos padres de la Merced necesiten de -limosnas para vivir; pero a tal situación ha llegado la indigencia -pública en la Corte de España, que los más gordos se han puesto como -alambres.</p> - -<p>»De intento he dejado para el fin de mi carta nuestro<span -class="pagenum" id="Page_18">p. 18</span> querido asunto, porque quiero -sorprenderte. ¿No has adivinado en el tono de mi epístola que estoy -menos triste que de ordinario? Pero nada te diré hasta que no tenga -seguridad de no engañarte. Refrena tu impaciencia, hijo mío... Gracias -a José, se me han suministrado algunos datos preciosos, y muy pronto, -según acaba de decirme Azanza, este resplandor de la verdad será luz -clara y completa. Adiós.»</p> - - -<p class="fecha">«<i>21 de mayo.</i></p> - -<p>»Albricias, querido amigo, hijo y servidor mío. Ya está descubierto -el paradero de nuestro verdugo. ¡Benditos sean mil veces José y esa -desconocida reina Julia, cuyo nombre invoqué para inclinarle en mi -favor! Santorcaz no ha pasado todavía a Francia. Desde aquí, querido -mío, considerándote en camino hacia occidente, puedo decirte como -a los niños cuando juegan a la gallina ciega: «Que te quemas.» Sí, -chiquillo: alarga la mano y cogerás al traidor. ¡Cuántas veces buscáis -el sombrero y lo lleváis puesto! Aquello que consideramos más perdido -está comúnmente más cerca. La idea de que esta carta no te encuentre ya -en Piedrahita, me espanta. Pero Dios no puede sernos tan desfavorable, -y tú recibirás este papel; inmediatamente marcharás hacia Plasencia, -y valido de tu astucia, de tu valor, de tu ingenio o de todas estas -cualidades juntas, penetrarás en la vivienda del pícaro para arrancarle -la joya robada que lleva siempre consigo.</p> - -<p>»¡Cuánto <span class="pagenum" id="Page_19">p. 19</span>trabajo -ha costado averiguarlo! Ha tiempo que Santorcaz dejó el servicio. Su -carácter, su orgullo, su extravagancia, le hacían insoportable a los -mismos que le colocaron. Por algún tiempo fue tolerado en gracia de -los buenos servicios que prestaba; mas se descubrió que pertenecía a -la sociedad de los <i>filadelfos</i>, nacida en el ejército de Soult, -y cuyo objeto era destronar al Emperador, proclamando la república. -Quitáronle el destino poco después de habernos robado a Inés, y -desde entonces ha vagado por la Península fundando logias. Estuvo en -Valladolid, en Burgos, en Salamanca, en Oviedo; mas luego se perdió -su rastro, y por algún tiempo se creyó que había entrado en Francia. -Finalmente, la policía francesa (la peor cosa del mundo produce algo -bueno) ha descubierto que está ahora en Plasencia, bastante enfermo -y un tanto imposibilitado de trastornar a los pueblos con sus logias -y cónclaves revolucionarios. ¡Qué indignidad! ¡Los perdidos, los -tunantes, los mentirosos y falsarios quieren reformar el mundo!... -Estoy colérica, amigo mío; estoy furiosa.</p> - -<p>»El que ha completado mis noticias sobre Santorcaz es un afrancesado -no menos loco y trapisondista que él: José Marchena. ¿Le conoces? Uno -que pasa aquí por clérigo relajado, una especie de abate que habla más -francés que español, y más latín que francés, poeta, orador, hombre de -facundia y de chiste, que se dice amigo de Madama Stael, y parece lo -fue realmente de Marat, Robespierre, Legendre, Tallien y demás gentuza. -Santorcaz y él vivieron juntos en París. Son hoy muy amigos; se<span -class="pagenum" id="Page_20">p. 20</span> escriben a menudo. Pero -este Marchena es hombre de poca reserva, y contesta a todo lo que le -preguntan. Por él sé que nuestro enemigo no goza de buena salud, que no -vive sino en las poblaciones ocupadas por los franceses, y que cuando -pasa de un punto a otro, se disfraza hábilmente para no ser conocido. -¡Y nosotros le creíamos en Francia! ¡Y yo te decía que no fueras al -ejército de Extremadura! Ve, corre, no tardes un solo día. El ejército -del <i>Lord</i> debe andar por allí. Te escribiré al cuartel general de -D. Carlos España. Contéstame pronto. ¿Irás donde te mando? ¿Encontrarás -lo que buscamos? ¿Podrás devolvérmelo? Estoy sin alma.»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch2"> - <h2 class="nobreak g0">II</h2> -</div> - -<p>Cuando recibí esta carta, marchaba a unirme al ejército llamado -de Extremadura; pero que no estaba en Extremadura, sino en Fuente -Aguinaldo, territorio de Salamanca.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_21">p. 21</span>En abril había yo -dejado definitivamente la compañía de los guerrilleros para volver -al ejército. Tocome servir a las órdenes de un mariscal de campo -llamado Carlos Espagne, el que después fue conde de España, de fúnebre -memoria en Cataluña. Hasta entonces aquel joven francés, alistado en -nuestros ejércitos desde 1792, no tenía celebridad, a pesar de haberse -distinguido en las acciones de Barca del Puerto, de Tamames, del -Fresno y de Medina del Campo. Era un excelente militar, muy bravo y -fuerte; pero de carácter variable y díscolo. Digno de admiración en los -combates, movían a risa o a cólera sus rarezas cuando no había enemigos -delante. Tenía una figura poco simpática, y su fisonomía, compuesta -casi exclusivamente de una nariz de cotorra y de unos ojazos pardos -bajo cejas angulosas, revueltas, movibles, y en las cuales cada pelo -tenía la dirección que le parecía, revelaba un espíritu desconfiado y -pasiones ardientes, ante las cuales el amigo y el subalterno debían -ponerse en guardia.</p> - -<p>Muchas de sus acciones revelaban lamentable vaciedad en los -aposentos cerebrales, y si no peleamos algunas veces contra molinos -de viento, fue porque Dios nos tuvo de su mano; pero era frecuente -tocar llamada en el silencio y soledad de la alta noche, salir -precipitadamente de los alojamientos, buscar al enemigo que tan a -deshora nos hacía romper el dulce sueño, y no encontrar más que al -lunático España vociferando en medio del campo contra sus invisibles -compatriotas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_22">p. 22</span>Mandaba este hombre -una división perteneciente al ejército de que era comandante general -D. Carlos O’Donnell. Habíasele unido por aquel tiempo la partida de -D. Julián Sánchez, guerrillero muy afortunado en Castilla la Vieja, -y se disponía a formar en las filas de Wellington, establecido en -Fuente Aguinaldo, después de haber ganado a Badajoz a fines de marzo. -Los franceses de Castilla la Vieja mandados por Marmont andaban muy -desconcertados. Soult operaba en Andalucía sin atreverse a atacar al -<i>Lord</i>, y este decidió avanzar resueltamente hacia Castilla. -En resumen, la guerra no tomaba mal aspecto para nosotros; por el -contrario, aparecía en evidente declinación la estrella imperial, -después de los golpes sufridos en Ciudad-Rodrigo, Arroyomolinos y -Badajoz.</p> - -<p>Yo había recibido el empleo de comandante en febrero de aquel -mismo año. Por mi ventura mandé durante algún tiempo (pues también -fui jefe de guerrillas) una partida que recorrió el país de Aranda, y -luego las sierras de Covarrubias y la Demanda. A principios de marzo -tenía la seguridad de que Santorcaz no estaba en aquel país. Alargué -atrevidamente mis excursiones hasta Burgos, ocupada por los franceses; -entré disfrazado en la plaza, y pude saber que el antiguo comisario -de policía había residido allí meses antes. Bajando luego a Segovia, -continué mis pesquisas; pero una orden superior me obligó a unirme a la -división de D. Carlos España.</p> - -<p>Obedecí, y como en los mismos días recibiese<span class="pagenum" -id="Page_23">p. 23</span> la última carta de las que puntualmente he -copiado, juzgué favor especial del cielo la disposición militar que -me enviaba a Extremadura. Pero, como he dicho, Wellington, a quien -debiera unirse D. Carlos España, había dejado ya las orillas del -Tiétar. Nosotros debíamos salir de Piedrahita para unirnos a él en -Fuente Aguinaldo o en Ciudad-Rodrigo. De aquí se podía ir fácilmente a -Plasencia.</p> - -<p>Mientras con zozobra y desesperación revolvía en mi mente distintos -proyectos, ocurrieron sucesos que no debo pasar en silencio.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch3"> - <h2 class="nobreak g0">III</h2> -</div> - -<p>Después de larguísima jornada durante la tarde y gran parte de -una hermosísima noche de junio, España ordenó que descansásemos en -Santibáñez de Valvaneda, pueblo que está sobre el camino de Béjar a -Salamanca. Teníamos provisiones relativamente abundantes, dada la -gran escasez de la época, y como reinaba en el ejército muy buena -disposición a divertirse, allí era de ver la algazara y alegría del -pueblo a media noche, cuando tomamos posesión de las casas, y con las -casas, de los jergones y baterías de cocina.</p> - -<p>Tocome habitar en el mejor aposento de una casa con resabios de -palacio y honores de<span class="pagenum" id="Page_24">p. 24</span> -mesón. Acomodó mi asistente para mí una hermosa cama, y no tengo -inconveniente en decir que me acosté, sí, señores, sin que nada -extraordinario ni con asomos de poesía me ocurriese en aquel acto -vulgar de la vida. Y también es cierto, aunque igualmente prosaico, que -me dormí, sin que el crepúsculo de mis sentidos me impresionase otra -cosa que la histórica canción cantada a media voz por mi asistente en -la estancia contigua:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">En el Carpio está Bernardo</div> - <div class="verse indent0">y el Moro en el Arapil.</div> - <div class="verse indent0">Como va el Tormes por medio,</div> - <div class="verse indent0">non se pueden combatir.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Me dormí, y no se crea que ahora van a salir fantasmas, ni que los -rotos artesanados o vetustas paredes de la histórica casa, antaño -palacio y hoy venta, se moverán para dar entrada a un deforme vestiglo, -ni mucho menos a una alta doncella de acabada hermosura que venga a -suplicar me tome el trabajo de desencantarla o prestarle cualquier -otro servicio, ora del dominio de la fábula, ora del de las bajas -realidades. Ni esperen que dueña barbuda, ni enano enteco, ni fiero -gigante vengan súbito a hacerme reverencias, y mandarme les siga por -luengos y oscuros corredores que conducen a maravillosos subterráneos -llenos de sepulturas o tesoros. Nada de esto hallarán en mi relato los -que lo escuchan. Sepan tan solo que me dormí. Por largo tiempo, a pesar -de la profundidad del sueño, no me abandonó la sensación del ruido que -sonaba en la parte baja de la<span class="pagenum" id="Page_25">p. -25</span> casa. Las pisadas de los caballos retumbaban en mi cerebro -con eco lejano, produciendo vibración semejante a la de un hondo -temblor de tierra. Pero estos rumores cesaron poco a poco, y al fin -todo quedó en silencio. Mi espíritu se sumergió en esa esfera sin -nombre, en que desaparece todo lo externo, absolutamente todo, y se -queda él solo, recreándose en sí propio o jugando consigo mismo.</p> - -<p>Pero de repente, no sé a qué hora, ni después de cuántas horas de -sueño, despertome una sensación singularísima, que no puedo descifrar, -porque sin que fuese afectado ninguno de mis sentidos, me incorporé -rápidamente diciendo: «¿Quién está aquí?»</p> - -<p>Ya despierto, grité a mi asistente:</p> - -<p>—Tribaldos, levántate y enciende luz.</p> - -<p>Casi en el mismo instante en que esto decía, comprendí mi engaño. -Estaba enteramente solo. No había ocurrido otra cosa sino que mi -espíritu, en una de sus caprichosas travesuras (pues esto son -indudablemente las fantasmagorías del sueño), había hecho el más -común de todos, que consiste en fingirse dos, con ilusoria y mentida -división, alterando por un instante su eternal unidad. Este misterioso -<i>yo y tú</i> suele presentarse también cuando estamos despiertos.</p> - -<p>Pero si en mi alcoba nada ocurría de extraño fuera de mí, como lo -demostró al entrar en ella Tribaldos alumbrando y registrando, algo -ocurría en los bajos del edificio, donde el grave silencio de la noche -fue interrumpido por fuerte algazara de gente, coches y caballos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_26">p. 26</span>—Mi comandante —dijo -Tribaldos sacando el sable para dar tajos en el aire a un lado y otro—, -esos pillos no quieren dejarnos dormir esta noche. ¡Afuera, tunantes! -¿Pensáis que os tengo miedo?</p> - -<p>—¿Con quién hablas?</p> - -<p>—Con los duendes, señor —repuso—. Han venido a divertirse con usía, -después que jugaron conmigo. Uno me cogía por el pie derecho, otro -por el izquierdo, y otro, más feo que Barrabás, atome una cuerda al -cuello, y con este tren y el tirar por aquí y por allí, me llevaron -volando a mi pueblo para que viese a Dorotea hablando con el sargento -Moscardón.</p> - -<p>—¿Pero crees tú en duendes?</p> - -<p>—¡Pues no he de creer, si los he visto! Más paseos he dado con -ellos que pelos tengo en la cabeza —repuso con acento de convicción -profunda—. Esta casa está llena de sus señorías.</p> - -<p>—Tribaldos, hazme el favor de no matar más mosquitos con tu sable. -Deja los duendes, y baja a ver de qué proviene ese infernal ruido que -se siente en el patio. Parece que han llegado viajeros; pero, según lo -que alborotan, ni el mismo Sir Arturo Wellesley con todo su séquito -traería más gente.</p> - -<p>Salió el mozo dejándome solo, y al poco rato le vi aparecer de -nuevo, murmurando entre dientes frases amenazadoras, y con desapacible -mohín en la fisonomía.</p> - -<p>—¿Creerá mi comandante que son ingleses o príncipes viajantes -los que de tal modo atruenan<span class="pagenum" id="Page_27">p. -27</span> la casa? Pues son cómicos, señor; unos comiquillos que van a -Salamanca para representar en las fiestas de San Juan. Lo menos conté -ocho entre damas y galanes, y traen dos carros con lienzos pintados, -trajes, coronas doradas, armaduras de cartón y mojigangas. Buena -gente... El ventero les quiso echar a la calle; pero han sacado dinero, -y su majestad el Sr. Chiporro, al ver lo amarillo, les tratará como a -duques.</p> - -<p>—¡Malditos sean los cómicos! Es la peor raza de bergantes que -hormiguea en el mundo.</p> - -<p>—Si yo fuera D. Carlos España —dijo mi asistente demostrándome -los sentimientos benévolos de su corazón—, cogería a todos los de -la compañía, y llevándoles al corral, uno tras otro, a toditos les -arcabuceaba.</p> - -<p>—Tanto no.</p> - -<p>—Así dejarían de hacer picardías. Pedrezuela y su endemoniada -mujer la María Pepa del Valle, cómicos eran. Había que ver con qué -talento hacía él su papel de comisionado regio y ella el de la señora -comisionada regia. De tal modo engañaron a la gente, que en todos los -pueblos por donde corrían les creyeron, y en el Tomelloso, que es el -mío y no es tierra de bobos, también.</p> - -<p>—Ese Pedrezuela —dije, sintiendo que el sueño se apoderaba -nuevamente de mí— fue el que en varios pueblos de la margen del Tajo -condenó a muerte a más de sesenta personas.</p> - -<p>—El mismo que viste y calza —repuso—; pero ya las pagó todas juntas, -porque cuando<span class="pagenum" id="Page_28">p. 28</span> el -general Castaños y yo fuimos a ayudar al <i>Lord</i> en el bloqueo de -Ciudad-Rodrigo, cogimos a Pedrezuela y a su mujercita y los fusilamos -contra una tapia. Desde entonces, cuando veo un cómico, muevo el dedo -buscando el gatillo.</p> - -<p>Tribaldos salió para volver un momento después.</p> - -<p>—Me parece que se marchan ya —dije notando un ruido que anunciaba la -partida.</p> - -<p>—No, mi comandante —repuso riendo—: es que el sargento Panduro y -el cabo Rocacha han pegado fuego al carro donde llevan los trebejos -de representar. Oiga mi comandante chillar a los reyes, príncipes -y senescales al ver cómo arden sus tronos, sus coronas y mantos de -armiño. ¡Cáspita, cómo graznan las princesas y archipámpanas! Voy abajo -a ver si esa canalla llora aquí tan bien como en el teatro... El jefe -de la compañía da unos gritos... ¿Oye mi comandante?... Vuelvo abajo a -verlos partir.</p> - -<p>Claramente oí aquella entre las demás voces irritadas, y lo más -extraño es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me -hizo estremecer. Yo conocía aquella voz.</p> - -<p>Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos -extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres víctimas de una -cruel burla de soldados, salían a toda prisa de la venta. Cuando yo -salía, entró Tribaldos y me dijo:</p> - -<p>—Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillería. Todo el -patio está lleno<span class="pagenum" id="Page_29">p. 29</span> con -pedazos encendidos de los palacios de Varsovia, y con los yelmos de -cartón, y la sotana encarnada del Dux de Venecia.</p> - -<p>—¿Y por qué lado se han ido esos infelices?</p> - -<p>—Hacia Grijuelo.</p> - -<p>—Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sígueme al momento.</p> - -<p>—Mi comandante, el general España quiere ver a usía ahora mismo. El -ayudante de su excelencia ha traído el recado.</p> - -<p>—El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con -el general... Pero me he puesto el corbatín al revés... dame acá esa -casaca, bruto... ¡Pues no me iba sin ella!</p> - -<p>—El general espera a usía. De abajo se sienten las patadas y voces -que da en su alojamiento.</p> - -<p>Al bajar a la plaza, ya los incómodos viajeros habían desaparecido. -D. Carlos España me salió al encuentro diciéndome:</p> - -<p>—Acabo de recibir un despacho del <i>Lord</i> mandándome marchar -hacia Sancti Spíritus... Arriba todo el mundo; tocar llamada.</p> - -<p>Y así concluyó un incidente que no debiera ser contado si no se -relacionara con otros curiosísimos que se verán a continuación.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_30">p. 30</span></p> - <h2 class="nobreak g0">IV</h2> -</div> - -<p>Dejando el camino real a la derecha, nos dirigimos por una senda -áspera y tortuosa para atravesar la sierra. Vino la aurora, vino el -día, sin que en todo él ocurriese ningún suceso digno de ser marcado -con piedra blanca, negra ni amarilla; mas en el siguiente tuve un -encuentro que desde luego señalo como de los más felices de mi vida.</p> - -<p>Marchábamos perezosamente al mediodía sin cuidados ni precauciones, -por la seguridad de que no encontraríamos franceses en tan agrestes -parajes. Iban cantando los soldados, y los oficiales disertando en -amena conversación sobre la campaña emprendida; dejábamos a los -caballos seguir en su natural y pacífica andadura, sin espolearlos ni -reprimirlos. El día era hermoso, y a más de hermoso algo caliente, por -lo cual caía la llama del sol sobre nuestras espaldas, calentándolas -más de lo necesario.</p> - -<p>Yo iba de vanguardia. Al llegar a la vista de San Esteban de la -Sierra, pueblo pequeño, rodeado de frondosa verdura y grata sombra de -árboles, a cuyo amparo habíamos resuelto sestear, sentí algazara en -los primeros grupos de soldados que marchaban delante, rotas las<span -class="pagenum" id="Page_31">p. 31</span> filas y haciendo de las suyas -con los aldeanos que se parecían en el camino.</p> - -<p>—No es nada, mi comandante —me contestó Tribaldos, a quien pregunté -la causa de tan escandalosa gritería—. Son Panduro y Rocacha que han -topado con un fraile agustino, y más que agustino pedigüeño, y más que -pedigüeño tunante, el cual no se apartó del camino cuando la tropa -pasaba.</p> - -<p>—¿Y qué le han hecho?</p> - -<p>—Nada más que jugar a la pelota —respondió riendo—. Su paternidad -llora y calla.</p> - -<p>—Veo que Rocacha monta un asno y corre en él hacia el lugar.</p> - -<p>—Es el asno de su paternidad, pues su paternidad trae un asno -consigo cargado de nabos podridos.</p> - -<p>—Que dejen en paz a ese pobre hombre, ¡por vida de!... —grité con -ira—, y que siga su camino.</p> - -<p>Adelanteme y distinguí entre soldados, que de mil modos le -mortificaban, a un bendito cogulla, vestido con el hábito agustino, y -azorado y lloroso.</p> - -<p>—¡Señor —decía mirando piadosamente al cielo y con las manos -cruzadas—, que esto sea en descargo de mis culpas!</p> - -<p>Su hábito descolorido y lleno de agujeros cuadraba muy bien a la -miserable catadura de un flaquísimo y amarillo rostro, donde el polvo, -con lágrimas o sudores amasado, formaba costras parduzcas. Lejos -de revelar aquella miserable persona la holgura y saciedad de los -conventos urbanos, los mejores<span class="pagenum" id="Page_32">p. -32</span> criaderos de gente que se han conocido, parecía anacoreta de -los desiertos o mendigo de los campos. Cuando se vio menos hostigado, -volvió a un lado y otro los ojos buscando a su desgraciado compañero de -infortunio, y como le viese volver a escape y jadeando, oprimidos los -ijares por el poderoso Rocacha, se apresuró a acudir a su encuentro. -En tanto yo miraba al buen fraile, y cuando le vi volver, tirando ya -del cordel de su asno reconquistado, no pude reprimir una exclamación -de sorpresa. Aquella cara, que al pronto despertó vagos recuerdos en -mi mente, reveló al fin su enigma, y a pesar de la edad transcurrida -y de lo injuriada que estaba por años y penas, la reconocí como -perteneciente a una persona con quien tuve amistad en otro tiempo.</p> - -<p>—Sr. Juan de Dios —exclamé deteniendo mi caballo a punto que el -fraile pasaba junto a mí—, ¿es usted o no el que veo dentro de esos -hábitos y detrás de esa capa de polvo?</p> - -<p>El agustino me miró sobresaltado, y luego que por buen rato me -contemplara, díjome así con melifluo acento:</p> - -<p>—¿De dónde me conoce el señor general? Juan de Dios soy, en efecto. -Doy gracias a su eminencia por haber mandado que me devolvieran el -burro.</p> - -<p>—¿Eminencia me llama usted?... —repuse—. Todavía no me han hecho -cardenal.</p> - -<p>—En mi turbación no sé lo que me digo. Si su alteza me da licencia -me retiraré.</p> - -<p>—Antes pruebe a ver si me conoce. ¿Mi cara ha variado tanto desde -aquel tiempo en<span class="pagenum" id="Page_33">p. 33</span> que -estábamos juntos en casa de D. Mauro Requejo?</p> - -<p>Este nombre hizo estremecer al buen agustino, que fijó en mí sus -ojos calenturientos, y más bien espantado que sorprendido, dijo:</p> - -<p>—¿Será posible que el que tengo delante sea Gabriel? ¡Jesús mío! -Señor general, ¿es usted Gabriel, el que en abril de 1808...? Lo -recuerdo bien... Deme usted a besar sus pies... ¿Conque es Gabriel en -persona?</p> - -<p>—El mismo soy. ¡Cuánto me alegro de que nos hayamos encontrado! -Usted hecho un frailito...</p> - -<p>—Para servir a Dios y salvar mi alma. Hace tiempo que abracé esta -vida tan trabajosa para el cuerpo como saludable para el alma. ¿Y tú, -Gabriel?... ¿Y usted, Sr. D. Gabriel, se dedicó a la milicia? También -es honrosa la vida de las armas, y Dios premia a los buenos soldados, -algunos de los cuales santos han sido.</p> - -<p>—A eso voy, padre, y usted parece que ya lo consiguió, porque su -pobreza no miente, y su cara de mortificación me dice que ayuna los -siete reviernes.</p> - -<p>—Yo soy un humildísimo siervo de Dios —dijo bajando los ojos—, y -hago lo poco que está en mi miserable poder. Ahora, señor general, -experimento mucho gozo en ver a usted... y en reconocer al generoso -mancebo que fue mi amigo; y con esto y su venia me retiro, pues este -ejército va sierra adentro, y yo busco el camino real.</p> - -<p>—No permito que nos separemos tan pronto, amigo mío. Usted está -fatigado, y además<span class="pagenum" id="Page_34">p. 34</span> -no tiene cara de haber cumplido aquel precepto que manda empiece la -caridad por uno mismo. En ese pueblo descansará el regimiento. Vamos -a comer lo que haya, y usted me acompañará para que hablemos un poco, -refrescando viejas memorias.</p> - -<p>—Si el señor general me lo manda, obedeceré, porque mi destino es -obedecer —dijo marchando junto a mí en dirección al pueblo.</p> - -<p>—Veo que el asno tiene mejor pelaje que su dueño, y no se mortifica -tanto con ayunos y vigilias. Le llevará a usted como una pluma, porque -parece una pieza de buena andadura.</p> - -<p>—Yo no monto nunca en él —me respondió sin alzar los ojos del -suelo—. Voy siempre a pie.</p> - -<p>—Eso es demasiado.</p> - -<p>—Llevo conmigo este bondadoso animal para que me ayude a cargar las -limosnas y los enfermos que recojo en los pueblos para llevarlos al -hospital.</p> - -<p>—¿Al hospital?</p> - -<p>—Sí, señor. Yo pertenezco a la Orden Hospitalaria que fundó en -Granada nuestro santo padre y patrono mío el gran San Juan de Dios, -hace doscientos y setenta años poco más o menos. Seguimos en nuestros -estatutos la regla del gran San Agustín, y tenemos hospitales en varios -pueblos de España. Recogemos los mendigos de los caminos, visitamos las -casas de los pobres para cuidar a los enfermos que no quieren ir a la -nuestra, y vivimos de limosnas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_35">p. 35</span>—¡Admirable vida, -hermano! —dije bajando del caballo y encaminándome con otros oficiales -y el bendito Juan a un bosquecillo que a la vera del pueblo estaba, -donde, a la grata sombra de algunos corpulentos y frescos árboles, nos -prepararon nuestros asistentes una frugal comida.</p> - -<p>—Ate usted su burro en el tronco de un árbol, y acomódese sobre este -césped junto a mí, para que demos al cuerpo alguna cosa, que todo no ha -de ser para el alma.</p> - -<p>—Haré compañía al Sr. D. Gabriel —dijo Juan de Dios humildemente -luego que ató la cabalgadura—. Yo no como.</p> - -<p>—¿Que no come? ¿Por ventura manda Dios que no se coma? ¿Y cómo ha de -estar dispuesto a servir al prójimo un cuerpo vacío? Vamos, Sr. Juan de -Dios, deje a un lado esa cortedad.</p> - -<p>—Yo no como viandas aderezadas en cocina, ni nada caliente y -compuesto que tenga olor a gastronomía.</p> - -<p>—¿Llama gastronomía a este carnero fiambre y seco, a este pan más -duro que roca?</p> - -<p>—Yo no puedo probar eso —repuso sonriendo—. Me alimento tan solo con -yerbas del campo y raíces silvestres.</p> - -<p>—Hombre, lo admiro; pero francamente... Al menos beberá usted un -trago. Es de Rueda.</p> - -<p>—No bebo más que agua.</p> - -<p>—¡Hombre... agua y yerbecitas del campo! Lindo comistrajo es ese. En -fin, si de tal modo se salva uno...</p> - -<p>—Ya hace tiempo que hice voto firmísimo<span class="pagenum" -id="Page_36">p. 36</span> de vivir de esa manera, y hasta hoy, D. -Gabriel mío, aunque no limpio de pecados, tengo la satisfacción de no -haber cometido el de faltar a mi voto una sola vez.</p> - -<p>—Pues no insisto, amigo. No se vaya usted a condenar por culpa mía. -La verdad es que tengo un hambre... Pobre Sr. Juan de Dios... ¡Quién -había de decir que nos encontraríamos después de tantos años...! ¿No es -verdad?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Yo creí que usted había pasado a mejor vida. Como desapareció...</p> - -<p>—Entré en la Orden en enero del año 9. Acabé mis primeros ejercicios -en marzo, y recibí las primeras órdenes el año último. Todavía no soy -fraile profeso.</p> - -<p>—¡Cuántas cosas han pasado desde que no nos vemos!</p> - -<p>—¡Sí, señor, cuántas!</p> - -<p>—Usted, retirado del mundo, vive de un modo beatífico sin penas ni -alegrías, contento de su estado...</p> - -<p>Juan de Dios exhaló un suspiro profundísimo, y después bajó los -ojos. Observándole bien, advertí las señales que en su extenuado rostro -patentizaban no ser jactancia de beato aquello de las campestres -yerbecitas y agua de los arroyos cristalinos. Bordeaba sus ojos un -cerco violáceo muy intenso, que hacía más vivo el brillo de sus -pupilas, y marcándosele los huesos de la cara bajo la estirada y -amarillenta piel. Su expresión era la de las almas exaltadas por una -piedad que igualmente hace sus efectos en el espíritu y en el sistema -nervioso. Misticismo<span class="pagenum" id="Page_37">p. 37</span> -y enfermedad al mismo tiempo, es una devoción singular que ha llevado -hermosísimas figuras al cielo de las grandezas humanas. Si en un -principio creí ver en Juan de Dios un poco de artificio e hipocresía, -muy luego convencime de lo contrario, y aquel santo varón, arrojado -por las tempestades mundanas a la vida contemplativa y austera, vivía -inflamado por un fervor tan ardiente como sincero. Se le veía quemarse; -se observaba la combustión de aquel cuerpo, que poco a poco se -convertía en ceniza, calcinado por la llama de la espiritual calentura; -se veía que aquel hombre apenas a la tierra tocaba, apenas al mundo -de los vivos, y que la miserable arcilla que aún mantenía el noble -espíritu con endeble atadura, se iba descomponiendo y desmenuzándose -grano a grano.</p> - -<p>—Es admirable, amigo mío —le dije—, que haya llegado a tan lisonjero -estado de santidad un hombre que no se vio libre ciertamente de las -pasiones mundanas.</p> - -<p>La fisonomía de Fr. Juan de Dios contrájose con ligero temblor. Pero -serenándose al punto su rostro, me dijo:</p> - -<p>—¿No sabe usted qué ha sido de aquellos benditos señores de Requejo? -Sentiría que les hubiese pasado alguna desgracia.</p> - -<p>—No he vuelto a saber de ellos. Estarán cada vez más ricos, porque -los pícaros hacen fortuna.</p> - -<p>El fraile no hizo gesto alguno de asentimiento.</p> - -<p>—Pero Dios les habrá castigado al fin —continué— por<span -class="pagenum" id="Page_38">p. 38</span> los martirios que hicieron -padecer a aquella infeliz joven...</p> - -<p>Al decir esto, advertí que en las venas de aquel miserable cuerpo -humano, que la tumba pedía para sí, quedaba todavía un resto de sangre. -Bajo la piel de la cara se traslucieron por un instante las hinchadas -venas azules, y un ligero tinte amoratado encendió la austera frente. -No me hubiera sorprendido más ver una imagen de madera sonrojándose al -contacto del beso de las devotas.</p> - -<p>—Dios sabrá lo que tiene que hacer con los señores de Requejo por -esa conducta —me contestó.</p> - -<p>—Creo que no le será indiferente a usted saber el fin que ha tenido -aquella desgraciada joven.</p> - -<p>—¿Indiferente? No —repuso poniéndose como un cadáver.</p> - -<p>—¡Oh! Las personas destinadas a padecer... —dije observando -atentamente la impresión que en el santo producían mis palabras—. -Aquella pobre joven tan buena, tan bonita, tan modesta...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Ha muerto.</p> - -<p>Yo creí que Juan de Dios se conmovería al oír esto; pero con gran -sorpresa vi su rostro resplandeciente de serenidad y beatitud. Mi -asombro llegó a su colmo cuando, en tono de convicción profundísima, -dijo:</p> - -<p>—Ya lo sabía. Murió en el convento de Córdoba, donde la encerró su -familia en junio de 1808.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_39">p. 39</span>—¿Y cómo sabe usted -eso? —pregunté, respetando el engaño del pobre agustino.</p> - -<p>—Nosotros tenemos visiones singulares. Dios permite que por un -estado especial de nuestro espíritu, sepamos algunos hechos ocurridos -en país lejano, sin que nadie nos los cuente. Inés murió. Yo la he -visto repetidas veces en mis éxtasis, y es indudable que solo se -nos presenta la imagen de las personas que han tenido la suerte de -abandonar para siempre este ruin y miserable mundo.</p> - -<p>—Así debe ser.</p> - -<p>—Así es, aunque los torpes ojos del cuerpo crean otra cosa. ¡Ay! -Los del alma son los que no se engañan nunca, porque hay siempre en -ellos un rayo de eterna luz. La corporal vista es un órgano de quien -dispone a su antojo el demonio para atormentarnos. Lo que vemos en ella -es muchas veces ilusorio y fantástico. Yo, Sr. D. Gabriel, padezco -tormentos muy horrorosos por las continuas pruebas a que sujeta mi -espíritu el Señor de cielo y tierra, y por los pérfidos amaños del -espíritu maligno, que, anhelando perderme, juega con mis débiles -sentidos, y se burla de esta desgraciada criatura.</p> - -<p>—Querido amigo, cuénteme usted lo que pasa. Yo también sirvo a -veces de juguete y mofa a ese señor demonio, y puedo dar a usted algún -buen consejo sobre el modo de vencerle y burlarse de él en vez de ser -burlado.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_40">p. 40</span></p> - <h2 class="nobreak">V</h2> -</div> - -<p>—Puesto que usted ha nombrado a una persona que tanta parte ha -tenido en que yo abandonase el perverso siglo, y puesto que usted -conoció entonces mis secretos, nada debo ocultarle. Cuando Dios me crió -dispuso que padeciese, y he padecido como ningún otro mortal sobre la -tierra. Antes de sentir en mi alma el rayo divino de la eterna gracia, -que me alumbró el sendero de esta nueva vida, una pasión mundana me -hizo desgraciado. Después que me abracé a la santa cruz para salvarme, -las turbaciones, debilidades y agonías de mi espíritu han sido tales, -que pienso es esto disposición de Dios para que conozca en vida -infierno y purgatorio antes de subir a la morada de los justos... Amé a -una mujer, mas con tanta exaltación, que mi naturaleza quedó en aquel -trance trastornada. Cuando comprendí que todo había concluido, yo no -tenía ya entendimiento, memoria ni voluntad. Era una máquina, señor -oficial, una máquina estúpida: mis sentidos estaban muertos. Vivía en -las tinieblas, pues nada veía, y en una especie de letargoso asombro. -Varias veces he pensado después si, como aquel estupor mío, será el -limbo a donde van los que apenas han nacido.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_41">p. 41</span>—Justo. Así debe -ser.</p> - -<p>—Cuando volví en mí, querido señor, formé el proyecto de hacerme -fraile. Yo había concluido para el mundo. Me confesé con grandísimo -fervor. El padre Busto aprobó con entusiasmo mi propósito de consagrar -a la religión el resto de mis tristes días, y como yo manifestara -deseo de entrar en la Orden más pobre y donde más trabajase el cuerpo -y más apartada de mundanales atractivos estuviese el ánima, señalome -esta regla de hermanos hospitalarios. ¡Ay!, mi alma recibió un consuelo -inexplicable. Buscaba los sitios solitarios para meditar, y meditando -sentía rodeada mi cabeza de celestial atmósfera. ¡Qué luz tan pura! -¡Qué dulzura y suave silencio en el aire!</p> - -<p>—¿Y después?</p> - -<p>—¡Ay! Después empezaron nuevamente mis infortunios bajo otra forma. -Dios decretó que yo padeciese y padeciendo estoy... Óigame usted un -momento más. Comencé mis estudios y las prácticas religiosas para -ingresar en la Orden. Recibiéronme una mañana en el convento, donde -vestí el traje de lego. Di aquel día mis lecciones más contento que -nunca; asistí como fámulo a los pobres de la enfermería, y por la -tarde, tomando el segundo tomo de <i>Los nombres de Cristo</i>, por -el maestro Fr. Luis de León, libro que me agradaba en extremo, fuime -a la huerta, y en el sitio más secreto y callado de ella, entregué mi -espíritu a las delicias de la lectura. No había acabado el capítulo -hermosísimo que se titula <i>Descripción de la miseria humana y -origen de su fragilidad</i>,<span class="pagenum" id="Page_42">p. -42</span> cuando sentí un calofrío muy intenso en todo mi cuerpo, una -gran turbación, una zozobra muy viva, pues toda la sangre agolpose -en mi pecho, y experimenté una sensación que no puedo decir si era -gozo profundísimo o dolor agudo. Una extraña figura, bulto o sombra, -impresionó mi vista; miré, y la vi: era ella misma, sentada en el banco -de piedra junto a mí.</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—¿Necesito decir su nombre?</p> - -<p>—Ya.</p> - -<p>—El libro se me cayó de las manos; observé la asombrosa visión, -pues visión era, y el mundano amor renació violentamente en mi pecho -como la explosión de una mina. Quedé absorto, señor, mudo y entre -suspendido y aterrado. Era ella misma, y me miraba con sus dulces -ojos, trastornándome. Separábala de mí una distancia como de media -vara; mas no hice movimiento alguno para acercarme a ella, porque el -mismo estupor, la admiración que tal prodigio de belleza me producía, -el mismo fuego amoroso que quemaba mi ser, teníanme arrobado y sin -movimiento. Estaba vestida con riquísima túnica de una blanca y sutil -tela, la cual, así como las nubes ocultan el sol sin esconderlo, -ocultaba su hermoso cuerpo, antes empañándolo que cubriéndolo. Bajo -la falda asomaba desnudo uno de sus delicados pies; sus cabellos, -ensortijados con arte incomparable, le caían en hermosas guedejas a un -lado y otro de la cara, entre sartas de orientales perlas, y en la mano -derecha sostenía un<span class="pagenum" id="Page_43">p. 43</span> -pequeño ramillete de olorosas flores, cuya esencia llegaba hasta mí -embriagándome el sentido.</p> - -<p>—En verdad, Sr. Juan de Dios, que nunca he visto a la señorita -Inés en semejante traje, no muy propio por cierto para pasear en -jardines.</p> - -<p>—¿Que había usted de verla, si aquella imagen no era forma corporal -y tangible, sino una fábrica engañosa del demonio, que desde aquel día -me escogió para víctima de sus abominables experimentos?</p> - -<p>—¿Y la joven del pie desnudo y el ramo de flores, no dijo alguna -palabrilla?</p> - -<p>—Ni media, hermano.</p> - -<p>—¿Y usted no le dijo nada, ni traspasó el espacio de media vara que -había entre los dos?</p> - -<p>—No podía hablar. Acerqueme, sí, a ella, y en el mismo momento -desapareció.</p> - -<p>—¡Qué picardía! Pero el demonio es así, amigo mío: ofrece y no -da.</p> - -<p>—Mucho tardé en reponerme de la horrible sensación que aquello dejó -en mi alma. Al fin recogí el libro, y dirigí mis pensamientos a Dios. -¡Ay, qué extraña sensación! Tan extraña es, que no puedo explicarla. -Figuraos, querido señor, que mis pensamientos, al remontarse al cielo -tomando forma material, fueran detenidos y rechazados por una mano -poderosa. Esto ni más ni menos era lo que yo sentía. Quería pensar y -no tenía espíritu más que para sentir. Por mi cuerpo corrían, a modo -de relámpagos del movimiento, unas convulsiones<span class="pagenum" -id="Page_44">p. 44</span> ardientes... ¡Ay! no, no puedo de modo alguno -explicar esto... En mi cuerpo chisporroteaba algo, cual mechas que -se van apagando, y cuyas pavesas, mitad fuego, mitad ceniza, caen al -suelo... Levanteme; quise entrar en la iglesia; pero... ¿creerá usted -que no podía? No, no podía. Alguien me tiraba de la cola del hábito -hacia afuera. Corrí a la celda que me habían destinado, y arrojándome -en el suelo, puse la frente sobre mis manos y mis manos sobre los -ladrillos. Así estuve toda la noche orando y pidiendo a Dios que me -librara de aquellas horribles tentaciones, diciéndole que yo no quería -pecar, sino servirle; que yo quería ser bueno y puro y santo.</p> - -<p>—¿Por qué no contó usted el caso a otros frailes experimentados en -cosas de visiones y tentaciones?</p> - -<p>—Así lo hice al punto. Consulté aquella misma tarde con el padre -Rafael de los Ángeles, varón muy pío y que me mostraba gran cariño, -el cual me dijo que no tuviese cuidado, pues para desnudar el -entendimiento (así mismo lo dijo) de tales aprensiones imaginarias y -naturales, bastaba una piedad constante, una mortificación infatigable -y una humildad sin límites. Añadiome que él, en los primeros años de -vida monástica, había experimentado iguales aprietos y compromisos; -mas que al fin, con las rudas penitencias y lecturas místicas, -había convencido al demonio de la inutilidad de sus esfuerzos para -pervertirlo, con lo cual le dejó tranquilo. Aconsejóme que entrase en -la vida activa de la Orden; que<span class="pagenum" id="Page_45">p. -45</span> marchase en pos de las miserias y lástimas del mundo, -recogiendo enfermos por los pueblos para traerlos a los hospitales; -que vagase por los campos, haciendo corporal ejercicio y alimentándome -con yerbas y raíces, para que el miserable y torpe cuerpo, privado -de todo regalo, adquiriese la sequedad y rigidez que ahuyentan la -concupiscencia. Encargome, además, que durmiese poco, y jamás sobre -blanduras, sino más bien encima de duras rocas o picudas zarzas, -siempre que pudiere; que asimismo me apartase de toda sociedad de -amigos, esquivando coloquios sobre negocios mundanos, no mostrando -afición a persona alguna, sino huyendo de todos para no pensar más que -en la perfección de mi alma.</p> - -<p>—Y haciéndolo así, ha conseguido usted...</p> - -<p>—Así lo he hecho, hermano; mas poco o nada he conseguido. Cerca -de tres años de mortificaciones, de ejercicios, de penitencias, -de vigilias, de rigores, de dormir en campo raso y comer berraza -y jaramagos crudos, si han fortalecido mi espíritu, librándome de -aquellas vaguedades voluptuosas que al principio ponían al borde del -precipicio mi santidad, no me han librado de los continuos asaltos del -ángel infernal, que un día y otro, señor, en el campo y bajo techo, en -la dulce oscuridad de la alta y triste noche, lo mismo que a la luz -deslumbradora del sol, me pone ante los ojos la imagen de la persona -que adoré en el siglo. ¡Ay! en aquel tiempo, cuando estábamos en la -tienda, yo blasfemé, sí... me acuerdo que un día entré en la iglesia y, -arrodillándome<span class="pagenum" id="Page_46">p. 46</span> delante -del Santísimo Sacramento, dije: «Señor, te aborreceré, te negaré, si -no me la das, para que nuestras almas y nuestros cuerpos estén siempre -unidos en la vida, en la sepultura y en la eternidad.» Dios me castiga -por haberle amenazado.</p> - -<p>—De modo que siempre...</p> - -<p>—Sí, siempre, siempre la veo, unas veces en esta, otras en la otra -forma, aunque por temporadas el demonio me permite descansar y no veo -nada. Esta funesta desgracia mía me ha impedido hasta ahora recibir -los últimos y más sublimes grados del sacramento del Orden, pues me -creo indigno de que Dios baje a mis manos. ¡Es terrible sentirse uno -con el corazón y el espíritu todo dispuesto a la santidad, y no poder -conseguir el perfecto estado! Yo me desespero y lloro en silencio, al -ver cuán felices son otros frailes de mi Orden, los cuales disfrutan, -con la paz más pura, las delicias de visiones santas que son el más -regalado manjar del espíritu. Unos, en sus meditaciones, ven ante sí -la imagen de Cristo crucificado, mirándoles con ojos amorosísimos; -otros se deleitan contemplando la celestial figura del Niño Dios; a -otros les embelesa la presencia de Santa Catalina de Siena o Santa -Rosa de Viterbo, cuya castísima imagen y compuestos ademanes incitan a -la oración y a la austeridad; pero yo ¡desgraciado de mí! yo, pecador -abominable que sentí quemadas mis entrañas por el mundano amor, y me -alimenté con aquel rocío divino de la pasión, y empapé el alma en -mil liviandades inspiradas por la fantasía,<span class="pagenum" -id="Page_47">p. 47</span> me he enfermado para siempre de impureza, -me he derretido y moldeado en un desconocido crisol que me dejó para -siempre en aquella ruin forma primera. No puedo ser santo, no puedo -arrojar de mí esta segunda persona que me acompaña sin cesar. ¡Oh, -maldita lengua mía! Yo había dicho: «Quiero unirme a ella en la vida, -en la sepultura y en la eternidad», y así está sucediendo.</p> - -<p>Fr. Juan de Dios bajó la cabeza y permaneció largo rato -meditando.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch6"> - <h2 class="nobreak g0">VI</h2> -</div> - -<p>—¿En qué nuevas formas se ha presentado? —le pregunté.</p> - -<p>—Una mañana iba yo por el campo, y abrasado por la sed, busqué un -arroyo en que apagarla. Al fin, bajo unos frondosos álamos que entre -peñas negruzcas erguían sus viejos troncos, vi una corriente cristalina -que convidaba a beber. Después que bebí senteme en una peña, y en el -mismo instante cogiome la singular zozobra que me anuncia siempre -la influencia del ángel del mal. A corta distancia de mí estaba una -pastora; ella misma, señor, hermosa como los querubines.</p> - -<p>—¿Y guardaba algún rebaño de vacas o carneros?</p> - -<p>—No, señor: estaba sola, sentada como yo<span class="pagenum" -id="Page_48">p. 48</span> sobre una peña, y con los nevados pies -dentro del agua, que movía ruidosamente haciendo saltar frías gotas, -las cuales salpicando me mojaron el rostro. Había desatado los negros -cabellos y se los peinaba. No puedo recordar bien todas las partes -de su vestido; pero sí que no era un vestido que la vestía mucho. -Mirábame sonriendo. Quise hablar y no pude. Di un paso hacia ella y -desapareció.</p> - -<p>—¿Y después?</p> - -<p>—La volví a ver en distintos puntos. Yo me encontraba dentro de -Ciudad-Rodrigo cuando la asaltó el <i>Lord</i> en enero de este mismo -año. Hallábame sirviendo en el hospital cuando comenzó el cerco, y -entonces otros buenos padres y yo salimos a asistir a los muchos -heridos franceses que caían en la muralla. Yo estaba aterrado, pues -nunca había visto mortandad semejante, e invocaba sin cesar a la divina -Madre de Nuestro Señor para que por su intercesión se amansase la furia -de los anglo-portugueses. El día 18 el arrabal, donde yo estaba, diome -idea de cómo es el Infierno. Deshacíase en mil pedazos el convento de -San Francisco, donde íbamos colocando los heridos... Los franceses -burlábanse de mí, y como a los frailes nos tenían mucha ojeriza por -creernos autores de la resistencia que se les hace, me maltrataron de -palabra y obra... ¡Ay! cuando entraron los aliados en la plaza, yo -estaba herido, no por las balas de los sitiadores, sino por los golpes -de los sitiados. Los ingleses, españoles y portugueses entraron por -la brecha. Al oír aquel laberinto de imprecaciones victoriosas,<span -class="pagenum" id="Page_49">p. 49</span> pronunciadas en tres -idiomas distintos, sentí gran espanto. Unos y otros se destrozaban -como fieras... yo, exánime y moribundo, yacía en tierra en un charco -de sangre y fango, y rodeado de cuerpos humanos. Abrasábame una sed -rabiosa; una sed, querido señor mío, tan ardiente como si mis venas -estuviesen llenas de fuego, y la boca, lengua y paladar fuesen, en vez -de carne viva y húmeda, estopa inerte y seca. ¡Qué tormento! Yo dije -para mí: «Gracias a ti, Señor, que te has dignado llevarme a tu seno. -Ha llegado la hora de mi muerte.» No había acabado de decirlo, mejor -dicho de pensarlo, cuando sentí en mis labios el celeste contacto del -agua fresca. Suspiré, y mi espíritu sacudió su fúnebre sopor. Abrí los -ojos, y vi pegada a mis ardientes labios una blanca mano, en cuya palma -ahuecada brillaba el cristalino licor tan fresco y puro como al manar -de la rústica fuente.</p> - -<p>—¿Y en qué traza venía entonces la señorita Inés?</p> - -<p>—Venía de monja.</p> - -<p>—¿Y las monjas daban de beber en el hueco de la mano?</p> - -<p>—Aquella sí. Pintar a usted cuán hermosa estaba su cara entre las -blancas tocas y cuán bien le sentaba la austeridad de la pobre estameña -del traje, me sería imposible. Apenas la miré cuando voló de súbito, -dejándome más sediento que antes.</p> - -<p>—Una cosa me ocurre, Sr. Juan de Dios —dije condolido en extremo de -la extraña enfermedad del desgraciado hospitalario—, y es que<span -class="pagenum" id="Page_50">p. 50</span> siendo esa persona un -artificio del más malo, del más pícaro y desvergonzado espíritu creado -por Dios, y habiendo ocasionado a usted tantos disgustos, congojas, -mortales ansias y acalorados paroxismos, parecía natural que la tomase -usted en aborrecimiento, y que viese en ella más bien una espantable y -horrenda fealdad que ese portento de hermosura, que con tanto deleite -encarece.</p> - -<p>Fr. Juan de Dios suspiró tristemente y me dijo:</p> - -<p>—El Malo no presenta jamás a nuestros ojos cosas aborrecibles ni -repugnantes, sino antes bien hermosas, odoríferas, gratas al paladar, -al olfato, al tacto y al oído. Bien sabe él lo que se hace. Si ha leído -usted la vida de la madre Santa Teresa de Jesús, habrá visto que alguna -vez el demonio le pintó delante la imagen de Nuestro Señor Jesucristo -para engañarla. Ella misma dice que el Malo es gran pintor, y añade que -cuando vemos una imagen muy buena, aunque supiésemos la ha pintado un -mal hombre, no dejaríamos de estimarla.</p> - -<p>—Eso está muy bien dicho... Se me ocurre otra cosa. Si yo hubiera -sido atormentado de esa ruin manera por el espíritu maligno, el cual, -según voy viendo, es un redomado tunante, habría tratado de perseguir -la imagen, de tocarla, de hablarle, para ver si efectivamente era vana -ilusión o materia corpórea.</p> - -<p>—Yo lo he hecho, querido señor y amigo mío —repuso el hospitalario -con acento ya<span class="pagenum" id="Page_51">p. 51</span> -debilitado por el mucho hablar—, y nunca he podido poner mis manos -sobre ella, habiendo conseguido tan solo una vez tocar el halda de -su vestido. Puedo asegurar a usted que a la vista su figura se me ha -representado siempre como una criatura humana con su natural espesor, -corpulencia, y el brillo y la dulzura de los ojos, el dulce aliento de -la boca, y la añadidura del vestido flotando al viento; en fin, todo en -tal manera fabricado, que es imposible no creerla persona viva y como -las demás de nuestra especie.</p> - -<p>—¿Y siempre se presenta sola?</p> - -<p>—No, señor, que algunas veces la he visto en compañía de otras -muchachas, como, por ejemplo, en Sevilla el año pasado. Todas eran -obra vana de la infernal industria, pues desaparecieron con ella como -multitud de luces que se apagan de un solo soplo.</p> - -<p>—¿Y siempre desaparecen así como luz que se apaga?</p> - -<p>—No, señor, que a veces corre delante de mí, y la sigo, y se pierde -entre la multitud, o avanza tanto en su camino que no puedo alcanzarla. -Un día la vi en una soberbia cabalgadura que corría más que el viento, -y ayer la vi en un carro.</p> - -<p>—¿Que corría también como el viento?</p> - -<p>—No, señor, pues apenas corría como un mal carro. La visión de ayer -ofrece para mí una particularidad aterradora, y que me prueba cierta -recrudescencia y gravedad del mal que padezco.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_52">p. 52</span>—Porque ayer me -habló.</p> - -<p>—¿Cómo? —dije sonriendo, mas no asombrado del extremo a que llegaban -las locuras de mi amigo—. ¿Habló al fin la señorita del pie desnudo, la -pastorcita, la monja de Ciudad-Rodrigo?</p> - -<p>—Sí, señor. Iba en un carro en compañía de unos cómicos que venían -al parecer de Extremadura.</p> - -<p>—¡En un carro!... ¡Con unos cómicos!... ¡De Extremadura!</p> - -<p>—Sí, señor: veo que se asombra usted, y lo comprendo, porque el -caso no es para menos. Delante iban algunos hombres a caballo; luego -seguía un carro con dos mujeres, y después otro carro con decoraciones -y trebejos de teatro, todos quemados y hechos pedazos.</p> - -<p>—Hermano, usted se burla de mí —dije levantándome de súbito y -volviéndome a sentar, impulsado por ardiente desasosiego.</p> - -<p>—Cuando la vi, señor mío, experimenté aquel calofrío, aquella -sensación entre placentera y dolorosa que acompaña a mis terribles -crisis.</p> - -<p>—¿Y cómo iba?</p> - -<p>—Triste, arropada en un manto negro.</p> - -<p>—¿Y la otra mujer?</p> - -<p>—Engañosa imaginación también, sin duda, la acompañaba en -silencio.</p> - -<p>—¿Y los hombres que iban a caballo?</p> - -<p>—Eran cinco, y uno de ellos vestía de juglar con calzón de tres -colores y montera de picos. Disputaban, y otro de ellos, que parecía -mandar a todos, era una persona de buena<span class="pagenum" -id="Page_53">p. 53</span> apostura y presencia, con barba picuda como -la del demonio.</p> - -<p>—¿No sintió usted olor de azufre?</p> - -<p>—Nada de eso, señor. Aquellos hombres hablaban con animación, -y nombraron a unos soldados que les habían quemado sus infernales -cachivaches.</p> - -<p>—Sospecho, querido hermano Juan —dije con turbación—, que ya no es -usted solo el endemoniado, sino que yo lo estoy también, pues esos -cómicos, y esas mujeres, y esos carros, y esos trastos escénicos son -reales y efectivos, y aunque no los vi, sé que estuvieron en Santibáñez -de Valvaneda. ¿Sería que alguna de las cómicas se le antojó a usted -ser la misma persona de marras, sin que en esto hubiese la más ligera -picardía por parte de la majestad infernal?</p> - -<p>—Bien he dicho yo —continuó el fraile con candor— que esta aparición -de hoy es la más extraordinaria y asombrosa que he tenido en mi vida, -pues en ella la demoniaca hechura ha presentado tales síntomas, señales -y vislumbres de realidad, que al más licurgo y despreocupado engañaría. -Esta es también la primera vez que la imagen querida, además de tomar -cuerpo macizo de mujer, ha remedado la humana voz.</p> - -<p>—¿Ha hablado?</p> - -<p>—Sí, señor: ha hablado —afirmó el hospitalario con terror—. Su -voz no es la misma que aún resuena en mis oídos, desde que la oí en -casa de Requejo, así como su figura en el día de hoy me ha parecido -más hermosa, más robusta,<span class="pagenum" id="Page_54">p. -54</span> más completa y más formada. Tal como la vi en el convento, -en el bosque, en la iglesia y en Ciudad-Rodrigo era casi una niña, y -hoy...</p> - -<p>—Pero si habló, ¿qué dijo?</p> - -<p>—Yo me acerqué al carro, la miré, mirome ella también... Sus ojos -eran rayos que me quemaban cuerpo y alma. Luego pareció asombrada, -muy asombrada... ¡Ay! sus labios se movieron y pronunciaron mi propio -nombre. «Sr. Juan de Dios —dijo—, ¿se ha hecho usted fraile?...» Que me -moría en aquel mismo momento. Quise hablar y no pude. Ella hizo ademán -de darme una limosna, y de pronto el hombre que parecía mandar a todos, -como advirtiera mi presencia junto al carro de las cómicas, detuvo el -caballo, y volviéndose me dijo con voz fiera: «Largo de aquí, holgazán -pancista.» Ella dijo entonces: «Es un pobre mendicante que pide -limosna.» El hombre alzó el palo para pegarme, y ella dijo: «Padre, no -le hagas daño.»</p> - -<p>—¿Está usted seguro de que dijo eso?</p> - -<p>—Sí, seguro estoy; mas el infame, como criatura infernal que era, -enemigo natural de Dios, llamome de nuevo holgazán, y recibí al mismo -tiempo tal porrazo en la cabeza, que caí sin sentido.</p> - -<p>—Sr. Juan de Dios —le dije después de reflexionar un poco sobre lo -extraño de aquella aventura—, júreme usted que es verdad cuanto ha -dicho, y que no es su ánimo burlarse de mí.</p> - -<p>—¡Yo burlarme, señor oficial de mi alma!<span class="pagenum" -id="Page_55">p. 55</span> —exclamó el hospitalario, que estuvo a punto -de llorar viendo que se ponía en duda su veracidad—. Cierto es lo que -he dicho. Tan evidente es que hay demonio en el infierno, como que hay -Dios en el cielo, pues infinito es en el mundo el número de casos de -obsesión, y todos los días oímos contar nuevas tropelías y estupendas -gatadas del mortificador del linaje humano.</p> - -<p>—¿Y no puede usted precisar el sitio en que ocurrió eso del carro de -comediantes?</p> - -<p>—Pasado Santibáñez de Valvaneda, como a tres leguas. Iban a buen -paso camino de Salamanca.</p> - -<p>El infeliz hospitalario no podía mentir, y en cuanto a la -endemoniada catadura de las cosas y personas referidas, yo tenía mis -razones para creer que entre los primeros y el último encuentro del -fraile había alguna diferencia.</p> - -<p>De nuevo le insté para que tomase alguna cosa, y segunda vez se -resistió a dar a su cuerpo regalo alguno. Ya nos disponíamos a marchar, -cuando le vi palidecer, si es que cabía mayor grado de amarillez en su -amojamada carne; le vi aterrado, con los ojos medio salidos del casco, -el labio inferior trémulo, y toda su persona desasosegada. Miraba a -un punto fijo detrás de mí, y como yo rápidamente me volviese y nada -hallase que pudiera motivar aquel espanto, le pregunté la causa de sus -terrores, y si allí entre tantos soldados se atrevía Satanás a hacer de -las suyas.</p> - -<p>—Ya se ha desvanecido —dijo con voz débil y dejando caer -desmayadamente los brazos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_56">p. 56</span>—¿Pues qué, otra vez -ha estado aquí?</p> - -<p>—Sí, en aquel grupo donde bailan los soldados... ¿Ve usted que hay -allí unas mozas de San Esteban?</p> - -<p>—Es cierto; pero o yo he olvidado la cara de la señora Inés, o no -está entre ellas —repuse sin poder contener la risa—. Si estuviera, -bien se le podían decir cuatro frescas por ponerse a bailar con los -soldados.</p> - -<p>—Pues dude usted de que ahora es de día, señor mío —afirmó no -repuesto aún de la emoción—; pero no dude usted de que estaba allí. -Veo que el demonio recrudece sus tentaciones y aumenta el rigor de sus -ataques contra los reductos de mi fortaleza, y esto lo hace porque -estoy pecando...</p> - -<p>—¿Pecando ahora; pecando por hablar con un antiguo amigo?</p> - -<p>—Sí, señor, pues pecar es entregar sin freno el espíritu a los -deleites de la conversación con gente seglar. Además, he estado aquí -descansando más de hora y media, cosa que en tres años no he hecho, y -he gustado de la fresca sombra de estos árboles. ¡Alma mía —añadió con -exaltado fervor—, arriba!... no duermas, vigila sin cesar al enemigo -que te acecha, no te entregues al corruptor deleite de la amistad, ni -desmayes un solo momento, ni pruebes las dulzuras del reposo. Alerta, -alerta siempre.</p> - -<p>—¿Se marcha usted ya? —dije al ver que desataba al buen jumento—. -Vamos, no rechazará usted este pedazo de pan para el camino.</p> - -<p>Tomolo, y poniéndoselo en la boca al pacífico<span class="pagenum" -id="Page_57">p. 57</span> asno, que no estaba sin duda por cenobíticas -abstinencias, cogió él para sí un puñado de yerba y la guardó en el -seno.</p> - -<p>«O es un farsante —dije para mí—, o el más puro y candoroso beato -que ciñe el cíngulo monacal.»</p> - -<p>—Buenas tardes, Sr. D. Gabriel —dijo con humilde acento—. Me voy a -Béjar para seguir mañana a Candelario, donde tenemos un hospital. ¿Y -usted, a dónde marcha?</p> - -<p>—¿Yo? A donde me lleven: tal vez a conquistar a Salamanca, que está -en poder de Marmont.</p> - -<p>—Adiós, hermano y querido señor mío —repuso—. Gracias, mil gracias -por tantas bondades.</p> - -<p>Y tirando del ronzal, partió, con el burro tras sí. Cuando su enjuta -figura negruzca se alejó al bajar un cerro, pareciome ver en él un -cuerpo que melancólicamente buscaba su perdida sepultura sin poder -encontrarla.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch7"> - <h2 class="nobreak g0">VII</h2> -</div> - -<p>Dos días después, más allá de Dios-le-guarde, un gran acontecimiento -turbó la monotonía de nuestra marcha. Y fue que a eso de la madrugada, -nuestras tropas avanzadas prorrumpieron en exclamaciones de júbilo; -mandose formar, dando a las compañías<span class="pagenum" -id="Page_58">p. 58</span> el marcial concierto y la buena apariencia -que han menester para presentarse ante un militar inteligente, y -algunos acudieron por orden del general a cortar ramos a los vecinos -carrascales para tejer no sé si coronas, cenefas o triunfales arcos. Al -llegar al camino de Ciudad-Rodrigo, vimos que apareció falange numerosa -de hombres vestidos de encarnado y caballeros en ligerísimos corceles, -y verlos y exclamar todos en alegre concierto: «¡Viva el <i>Lord</i>!» -fue todo uno.</p> - -<p>—Es la caballería de Cotton, de la división del general Graham -—dijo D. Carlos España—. Señores, cuidado no hagamos alguna gansada. -Los ingleses son muy ceremoniosos, y se paran mucho en las formas. Si -se coge bastante carrasca haremos un arquito de triunfo para que pase -por él el vencedor de Ciudad-Rodrigo, y yo le echaré un discurso que -traigo preparado, elogiando su pericia en el arte de la guerra y la -Constitución de Cádiz, cosas ambas bonísimas, y a las cuales deberemos -el triunfo al fin y a la postre.</p> - -<p>—No es el señor <i>Lord</i> muy amigo de la Constitución de Cádiz -—dijo D. Julián Sánchez, que a derecha mano de D. Carlos estaba—; pero -a nosotros, ¿qué nos va ni qué nos viene en esto? Derrotemos a Marmont -y vivan todos los milores.</p> - -<p>Los jinetes rojos llegaron hasta nosotros, y su jefe, que hablaba -español como Dios quería, cumplimentó a nuestro brigadier, diciéndole -que Su Excelencia el señor Duque de Ciudad-Rodrigo no tardaría en -llegar a Sancti Spíritus.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_59">p. 59</span>Al punto comenzamos -a levantar el arco con ramajes y palitroques a la entrada de dicho -pueblo, y viérais allí que un dómine del país apareció trayendo unos -al modo de tarjetones de lienzo con sendos letreros y versos que él -mismo había sacado de su cabeza, y en las cuales piezas poéticas se -encomiaban hasta más allá de los cuernos de la luna las virtudes del -moderno Fabio, o sea el Sr. D. Arturo Wellesley, <i>Lord</i> Vizconde -de Wellington de Talavera, Duque de Ciudad-Rodrigo, Grande de España y -Par de Inglaterra.</p> - -<p>Iban llegando unos tras otros numerosos cuerpos de ejército, que se -desparramaban por aquellos contornos ocupando los pueblos inmediatos, -y al fin, entre los más brillantes soldados escoceses, ingleses y -españoles, apareció una silla de postas, recibida con aclamaciones y -vítores por las tropas situadas a un lado y otro del camino. Dentro -de ella vi una nariz larga y roja, bajo la cual lucieron unos dientes -blanquísimos. Con la rapidez de la marcha apenas pude distinguir otra -cosa que lo indicado, y una sonrisa de benevolencia y cortesía que -desde el fondo del carruaje saludó a las tropas.</p> - -<p>No debo pasar en silencio, aunque esto concuerda mal con la gravedad -de la Historia, que al pasar el coche bajo el arco triunfal, como -este no lo habían construido ingenieros ni artífices romanos, con la -sacudida y golpe que recibiera de una de las ruedas, hizo como si -quisiera venirse abajo, y al fin se vino, cayendo no pocas ramas y -lienzos sobre la cabeza<span class="pagenum" id="Page_60">p. 60</span> -del dómine que tuviera parte tan importante en su malhadada fábrica. -Como no hubo que lamentar desgracia alguna, celebrose con risas la -extraña ruina. Los chicos apoderáronse al punto de los tarjetones, que -eran como de tres cuartas de diámetro, y abriéndoles en el centro un -agujero y metiendo por él la cabeza se pasearon delante de Wellington -con aquella valona o flamenca golilla.</p> - -<p>Entre tanto, D. Carlos España desembuchaba su discurso delante -del <i>Lord</i>, y luego que concluyera, presentose el dómine con el -amenazador proyecto de hablar también. Consintiolo el general, que como -persona finísima disimulaba su cansancio, y oyendo las pedanterías -del orador, movía la cabeza, acompañando sus gestos de la especial -sonrisa inglesa, que hace creer en la existencia de algún cordón -intermandibular, del cual tiran para plegar la boca como si fuera una -cortina.</p> - -<p>—Mi comandante —me dijo con cara de júbilo mi asistente cuando me -aparté de los generales para ocuparme del alojamiento—, ¿no ha visto -usía el otro ejército que viene detrás?</p> - -<p>—Serán los portugueses.</p> - -<p>—¡Qué portugueses ni qué garambainas! Son mujeres, un ejército -de mujeres. Esto se llama darse buena vida. Los ingleses, en vez de -impedimenta, llevan la faldamenta. Así da gusto de hacer la guerra.</p> - -<p>Miré y vi veinte, ¿qué digo veinte? cuarenta y aun cincuenta carros, -coches y vehículos de distintas formas, llenos todos de mujeres, unas -al parecer de alta, otras de baja calidad,<span class="pagenum" -id="Page_61">p. 61</span> y de distinta belleza y edad, aunque por lo -general, dicho sea esto imparcialmente, predominaba el género feo. Al -punto que pararon los vehículos entre nubes de polvo, viérais descender -con presteza a las señoras viajeras, y resonar una de las más discordes -algarabías que pueden oírse. Por un lado chillaban ellas llamando a sus -consortes, y ellos por otro penetraban en la femenil multitud gritando: -<i>Anna</i>, <i>Fanny</i>, <i>Mathilda</i>, <i>Elisabeth</i>. En un -instante formáronse alegres parejas, y un tumultuoso concierto de voces -guturales y de inflexiones agudas y de articulaciones líquidas llenó -los aires.</p> - -<p>Pero como la división aliada que acababa de llegar no podía -pernoctar entera en aquel pueblo, una parte de ella siguió el -camino adelante hacia Aldehuela de Yeltes. Tornaron a montar en sus -carricoches muchas de las hembras, formando parte del convoy de víveres -y municiones, y otras quedaron en Sancti Spíritus. El día pasó, -ocupándonos todos en buscar el mejor alojamiento posible; pero como -éramos tantos, al caer de la tarde no habíamos resuelto la cuestión. -En cuanto a mí, me creía obligado a dormir en campo raso. Tribaldos -me notificó que el dómine del lugar tenía sumo placer en cederme su -habitación. Después de visitar a mi honrado patrono, salí a desempeñar -varias obligaciones militares, y ya me retiraba a casa, cuando junto al -camino sentí gritos y voces de alarma. Corrí a donde sonaban, y no era -más sino que por el camino adelante venía un cochecillo, cuyo caballo -le arrastraba dando<span class="pagenum" id="Page_62">p. 62</span> tan -terribles tumbos y saltos, que cada instante parecía iba a deshacerse -en pedazos mil. Cuando con rapidez inmensa pasaba por delante de -nosotros, un grito de mujer hirió mis oídos.</p> - -<p>—En ese coche va una mujer, Tribaldos —grité a mi asistente que se -había unido a mí.</p> - -<p>—Es una inglesa, señor, que se quedó rezagada y detrás de las demás -inglesas.</p> - -<p>—¡Pobre mujer!... ¿Y no hay entre tantos hombres uno solo que se -atreva a detener el caballo y salvar a esa desgraciada?... Parece que -no va desbocado... Detiene el paso... Corramos allá.</p> - -<p>—El coche se ha salido del camino —dijo Tribaldos con espanto—, y ha -parado en un sitio muy peligroso.</p> - -<p>Al instante vi que el carricoche estaba a punto de despeñarse. -Habiéndose enredado el caballo entre unas jaras, se había ido al suelo, -quedando como reventado a consecuencia del fuerte choque que recibiera. -Pero como la pendiente era grande, la gravedad lo atraía hacia lo hondo -del barranco.</p> - -<p>Imposible que yo viera la situación terrible de la viajera infeliz -sin acudir pronto a su socorro. Había caído el coche sin romperse; mas -lo peligroso estaba en el sitio. Corrí allá solo; bajé tropezando a -cada paso, despegando con mi planta piedrecillas que rodaban con ruido -siniestro, y llegué al fin a donde se había detenido el vehículo. Una -mujer lanzaba desde el interior lastimeras voces.</p> - -<p>—Señora —grité—, allá voy. No tenga usted cuidado. No caerá al -barranco.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_63">p. 63</span>El caballo pataleaba -en el suelo, pugnando por levantarse, y con sus movimientos de dolor -y desesperación arrastraba el coche hacia el abismo. Un momento más y -todo se perdía.</p> - -<p>Apoyeme en una enorme piedra fija, y con ambas manos detuve el coche -que se inclinaba.</p> - -<p>—Señora —grité con afán—, procure usted salir. Agárrese usted a mi -cuello... sin miedo. Si salta usted en tierra, no hay que temer.</p> - -<p>—No puedo, no puedo, caballero —exclamó con dolor.</p> - -<p>—¿Se ha roto usted alguna pierna?</p> - -<p>—No, caballero... veré si puedo salir.</p> - -<p>—Un esfuerzo... Si tardamos un instante, los dos caeremos abajo.</p> - -<p>No puedo describir los prodigios de mecánica que ambos hicimos. -Ello es que en casos tan apurados, el cuerpo humano, por maravilloso -instinto, imprime a sus miembros una fuerza que no tiene en instantes -ordinarios, y realiza una serie de admirables movimientos que después -no pueden recordarse ni repetirse. Lo que sé es que como Dios me dio a -entender, y no sin algún riesgo mío, saqué a la desconocida de aquel -grave compromiso en que se encontraba, y logré al fin verla en tierra. -Asido a las piedras la sostuve, y no hubo más remedio que llevarla en -brazos al camino.</p> - -<p>—Eh, Tribaldos, cobarde, holgazán —grité a mi asistente que había -acudido en mi auxilio—, ayúdame a salir de aquí.</p> - -<p>Tribaldos y otros soldados, que no me habían<span class="pagenum" -id="Page_64">p. 64</span> prestado socorro hasta entonces, me ayudaron -a salir; porque es condición de ciertas gentes no arrimarse al peligro -que amenaza, sino al peligro vencido, lo cual es cómodo y de gran -provecho en la vida.</p> - -<p>Una vez arriba, la desconocida dio algunos pasos.</p> - -<p>—Caballero, os debo la vida —dijo recobrando el perdido color y el -brillo de sus ojos.</p> - -<p>Era como de veintitrés años, alta y esbelta. Su airosa figura, -su acento dulce, su hermoso rostro, aquel tratamiento de vos que -ceremoniosa me daba, sin duda por poseer a medias el castellano, me -hicieron honda y duradera impresión.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch8"> - <h2 class="nobreak g0">VIII</h2> -</div> - -<p>Apoyose en mí, quiso dar algunos pasos; mas al punto sus piernas -desmayadas se negaron a sostenerla. Sin decir nada la tomé en brazos, y -dije a Tribaldos:</p> - -<p>—Ayúdame; vamos a llevarla a nuestro alojamiento.</p> - -<p>Por fortuna este no estaba lejos, y bien pronto llegamos a él. En la -puerta la inglesa movió la cabeza, abrió los ojos y me dijo:</p> - -<p>—No quiero molestaros más, caballero. Podré subir sola. Dadme el -brazo.</p> - -<p>En el mismo momento apareció presuroso<span class="pagenum" -id="Page_65">p. 65</span> y sofocado un oficial inglés, llamado Sir -Tomás Parr, a quien yo había conocido en Cádiz, y enterado brevemente -de la lamentable ocurrencia, habló con su compatriota en inglés.</p> - -<p>—¿Pero habrá aquí una habitación <i>confortable</i> para la señora? -—me dijo después.</p> - -<p>—Puede descansar en mi propia habitación —dijo el dómine, que había -bajado oficiosamente al sentir el ruido.</p> - -<p>—Bien —dijo el inglés—. Esta señorita se detuvo en Ciudad-Rodrigo -más de lo necesario, y ha querido alcanzarnos. Su temeridad nos ha -dado ya muchos disgustos. Subámosla. Haré venir al médico mayor del -ejército.</p> - -<p>—No quiero médicos —dijo la desconocida—. No tengo herida grave: una -ligera contusión en la frente y otra en el brazo izquierdo.</p> - -<p>Esto lo decía subiendo apoyada en mi brazo. Al llegar arriba, dejose -caer en un sillón que en la primera estancia había, y respiró con -expansivo desahogo.</p> - -<p>—A este caballero debo la vida —dijo señalándome—. Parece -milagro.</p> - -<p>—Mucho gusto tengo en ver a usted, mi querido Sr. Araceli —me dijo -el inglés—. Desde el año pasado no nos habíamos visto. ¿Se acuerda -usted de mí... en Cádiz?</p> - -<p>—Me acuerdo perfectamente.</p> - -<p>—Usted se embarcó con la expedición de Blake. No pudimos vernos -porque usted se ocultó después del duelo en que dio la muerte a Lord -Gray.</p> - -<p>La inglesa me miró con profundo interés y curiosidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_66">p. 66</span>—Este caballero... -—murmuró.</p> - -<p>—Es el mismo de quien os he hablado hace días... —contestó Parr.</p> - -<p>—¡Si el libertino que ha hecho desgraciadas a tantas familias de -Inglaterra y España, hubiese tropezado siempre con hombres como vos...! -Según me han dicho, Lord Gray se atrevió a mirar a una persona que os -amaba... La energía, la severidad y la nobleza de vuestra conducta son -superiores a estos tiempos.</p> - -<p>—Para conocer bien aquel suceso —dije yo, no ciertamente orgulloso -de mi acción— sería preciso que yo explicase algunos antecedentes...</p> - -<p>—Puedo aseguraros que antes de conoceros, antes de que me prestaseis -el servicio que acabo de recibir, sentía hacia vos una grande -admiración.</p> - -<p>Dije entonces todo lo que la modestia y el buen parecer exigían.</p> - -<p>—¿De modo que esta señora se alojará aquí? —me dijo Parr—. Donde yo -estoy es imposible. Dormimos siete en una sola habitación.</p> - -<p>—He dicho que le cederé la mía, la cual es digna del mismo Sir -Arturo —dijo Forfolleda, pues este era el nombre del dómine.</p> - -<p>—Entonces estará bien aquí.</p> - -<p>Sir Tomás Parr habló largamente en inglés con la bella desconocida, -y después se despidió. No dejaba de causarme sorpresa que sus -compatriotas abandonasen a aquella hermosa mujer, que sin duda debía de -tener esposo o<span class="pagenum" id="Page_67">p. 67</span> hermanos -en el ejército; pero dije para mí: «Será que las costumbres inglesas lo -ordenan de este modo.»</p> - -<p>En tanto, la señora de Forfolleda (pues Forfolleda tenía señora) -bizmó el brazo de la desconocida, y restañó la sangre de la rozadura -que recibiera en la cabeza, con cuya operación dimos por concluidos los -cuidados quirúrgicos, y pensamos en arreglar a la señora cuarto y cama -en que pasar la noche.</p> - -<p>Un momento después, el precioso cuerpo de la dama inglesa descansaba -sobre un lecho algo más blando que una roca, al cual tuve que -conducirla en mis brazos, porque la acometió nuevamente aquel desmayo -primero que la imposibilitaba toda acción corporal. Ella me dio las -gracias en silencio volviendo hacia mí sus hermosos ojos azules, -que dulcemente y con la encantadora vaguedad y extravío que sigue -a los desmayos, se fijaron primero en mi persona y después en las -paredes de la habitación. Más la miraba yo, y más hermosa me parecía -a cada momento. No puedo dar idea de la extremada belleza de sus ojos -azules. Todas las facciones de su rostro distinguíanse por la más -pura corrección y finura. Los cabellos rubios hacían verosímil la -imagen de las trenzas de oro tan usada por los poetas, y acompañaban -la boca los más lindos y blancos dientes que pueden verse. Su cuerpo, -atormentado bajo las ballenas de un apretado jubón, del cual pendían -faldas de amazona, era delgadísimo; mas no carecía de las redondeces y -elegantes contornos<span class="pagenum" id="Page_68">p. 68</span> y -desigualdades que distinguen a una mujer de un palo torneado.</p> - -<p>—Gracias, caballero —me dijo con acento melancólico y usando siempre -el vos—. Si no temiera molestaros, os suplicaría que me dieseis algún -alimento.</p> - -<p>—¿Quiere la señora un pedazo de pierna de carnero —dijo Forfolleda, -que arreglaba los trastos de la habitación—, unas sopas de ajo, -chocolate, o quizás un poco de salmorejo con guindilla? También tengo -abadejo. Dicen que al Sr. D. Arturo le gusta mucho el abadejo.</p> - -<p>—Gracias —repuso la inglesa con mal humor—, no puedo comer eso. Que -me hagan un poco de té.</p> - -<p>Fui a la cocina, donde la señora de Forfolleda me dijo que allí -no había té ni cosa que lo pareciese, añadiendo que si ella probara -tan solo un buche de tal enjuagadero de tripas, arrojaría por la -boca, juntamente con los hígados, la primer leche que mamó. Luego -se puso a reprender a su esposo por admitir en la casa a herejes -luteranos y calvinistas, cuales eran los ingleses; mas el dómine -refutó victoriosamente el ataque, afirmando que, merced a la ayuda de -los herejes calvinistas y luteranos, la católica España triunfaría de -Napoleón, lo cual no significaba más sino que Dios se vale del mal para -producir el bien.</p> - -<p>—Vete a cualquier casa donde haya ingleses —dije a Tribaldos— y trae -té. ¿Sabes lo que es?</p> - -<p>—Unas hojas arrugaditas y negras. Ya sé... todas las noches lo -tomaba la mujer del capitán.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_69">p. 69</span>Volví al lado de la -inglesa, que me dijo no podía comer cosa alguna de nuestra cocina; y -habiéndome pedido pan, se lo di mientras llegaba el anhelado té.</p> - -<p>Al poco rato entró Tribaldos trayendo una ancha taza que despedía un -olor extraño.</p> - -<p>—¿Qué es esto? —dijo la dama con espanto, cuando los vapores del -condenado licor llegaron a su nariz.</p> - -<p>—¿Qué menjurje has puesto aquí, maldito? —exclamé amenazando al -aturdido mozo.</p> - -<p>—Señor, no he puesto nada, nada más que las hojas arrugaditas, con -un poco de canela y de clavo. La señora de Forfolleda dijo que así se -hacía, y que lo había compuesto muchas veces para unos ingleses que -fueron a Salamanca a ver la catedral vieja.</p> - -<p>La inglesa prorrumpió en risas.</p> - -<p>—Señora, perdone usted a este animal, que no sabe lo que hace. Voy -yo mismo a la cocina y beberá usted té.</p> - -<p>Poco después volví con mi obra, que debió satisfacer a la -interesada, pues la aceptó con gozo.</p> - -<p>—Ahora, señora mía, me retiraré, para que usted descanse —le dije—. -Deme usted órdenes para mañana o para esta noche misma. Si quiere usted -que avise a su esposo... o es que se halla en la división de Picton, -que no está en este pueblo...</p> - -<p>—Señor oficial —dijo solemnemente bebiendo su té—, yo no tengo -esposo; yo soy soltera.</p> - -<p>Esto puso el límite a mi asombro, y vacilante<span class="pagenum" -id="Page_70">p. 70</span> al principio en mis ideas, no supe -contestarle con medias palabras.</p> - -<p>«¡Buena pieza será esta que se ha colgado de mi brazo! —dije para -mí—. Los franceses traen consigo mujeres de mala vida; pero de los -ingleses no sabía que...»</p> - -<p>—Soltera, sí —añadió con aplomo y apartando la taza de sus labios—. -Os asombráis de ver una señorita como yo en un campo de batalla, en -tierra extranjera y lejos, muy lejos de su familia y de su patria. -Sabed que vine a España con mi hermano, oficial de ingenieros de la -división de Hill, el cual hermano mío pereció en la sangrienta batalla -de la Albuera. El dolor y la desesperación tuviéronme por algunos días -enferma y en peligro de muerte; pero me reanimó la conciencia de los -deberes que en aquel trance tenía que cumplir, y consagreme a buscar -el cuerpo del pobre soldado para enviarle a Inglaterra al panteón de -nuestra familia. En poco tiempo cumplí esta triste misión, y hallándome -sola traté de volver a mi país. Pero al mismo tiempo me cautivaban de -tal modo la historia, las tradiciones, las costumbres, la literatura, -las artes, las ruinas, la música popular, los bailes, los trajes de -esta nación tan grande en otro tiempo y otra vez grandísima en la época -presente, que formé el proyecto de quedarme aquí para estudiarlo todo, -y previa licencia de mis padres, así lo he hecho.</p> - -<p>«Sabe Dios qué casta de pájaro serás tú» —dije para mi capote; y -luego, en voz alta, añadí sosteniendo fijamente la dulce mirada<span -class="pagenum" id="Page_71">p. 71</span> de sus ojos de cielo:</p> - -<p>—¡Y los padres de usted consintieron, sin reparar en los continuos -y graves peligros a que está expuesta una tierna doncella sola y sin -amparo en país extranjero, en medio de un ejército! Señora, por amor de -Dios...</p> - -<p>—¡Ah, no conocéis sin duda que nosotras, las hijas de Inglaterra, -estamos protegidas por las leyes de tal manera y con tanto rigor que -ningún hombre se atreve a faltarnos al respeto!</p> - -<p>—Sí, así dicen que pasa en Inglaterra. Y parece que allá salen las -señoritas solas a paseo, y viajan solas o acompañadas de cualquier -galancete.</p> - -<p>—Aunque fuera su novio, no importa —dijo la inglesa.</p> - -<p>—¡Pero estamos en España, señora, en España! Usted no sabe bien en -qué país se ha metido.</p> - -<p>—Pero sigo al ejército aliado y estoy al amparo de las leyes -inglesas —dijo sonriendo—. Caballero, faltad al pudor si os parece; -intentad galantearme de una manera menos decorosa que la que empleáis -para amar a esa Dulcinea que fue causa de la muerte de Gray, y Lord -Wellington os mandará fusilar si no os casáis conmigo.</p> - -<p>—Me casaría, señora.</p> - -<p>—Caballero, veo que quizás sin malicia principiáis a faltar al -comedimiento.</p> - -<p>—Pues no me casaría, señora, no me casaría... Permítame usted que me -retire.</p> - -<p>—Podéis hacerlo —me dijo levantándose penosamente<span -class="pagenum" id="Page_72">p. 72</span> para cerrar por dentro la -puerta—. Os agradeceré que mañana hagáis traer mi maleta. Felizmente no -la traía conmigo. Está en el convoy.</p> - -<p>—Se traerá la maleta. Buenas noches, señora.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch9"> - <h2 class="nobreak g0">IX</h2> -</div> - -<p>Fuera de la estancia sentí el ruido de los cerrojos que corría por -dentro la hermosa inglesa, y me retiré a mi aposento, que era el rincón -de un oscuro pasillo, donde Tribaldos me había arreglado un lecho con -mantas y capotes. Tendime sobre aquellas durezas, y en buena parte de -la noche no pude conciliar el sueño; de tal modo se había encajado -dentro de mi cerebro la extraña señora inglesa, con su caída, sus -desmayos, su té y su acabada hermosura. Pero al fin, rendido por el -gran cansancio, me dormí sosegadamente. Por la mañana, díjome la señora -de Forfolleda que la señorita rubia estaba mejor; que había pedido agua -y té y pan, ofreciendo dinero abundante por cualquier servicio que se -le prestara. Como manifestase deseos de entrar a saludarla, añadió la -Forfolleda que no era conveniente, por estar la señorita arreglándose y -componiéndose, a pesar de las heridas leves de su brazo.</p> - -<p>Al salir a mis quehaceres, que fueron muchísimos<span -class="pagenum" id="Page_73">p. 73</span> y me ocuparon casi todo el -día, encontré a Sir Tomás Parr, a quien encargué lo de la maleta.</p> - -<p>Por la tarde, después del gran trabajo de aquel día que me hizo -poner un tanto en olvido a la interesante dama, regresé a casa de -Forfolleda, y vi a gran número de ingleses que entraban y salían, como -diligentes amigos que iban a informarse de la salud de su compatriota. -Entré a saludarla; la reducida estancia estaba llena de casacas -rojas pertenecientes a otros tantos hombres rubios que hablaban con -animación. La joven inglesa reía y bromeaba, y habíase puesto tan -linda, sin cambiar de traje, que no parecía la misma persona demacrada, -melancólica y nerviosa de la noche anterior. La contusión del brazo -entorpecía algo sus graciosos movimientos.</p> - -<p>Después que nos saludamos y cambié con aquellos señores algunos -fríos cumplidos, uno de ellos invitó a la señorita a dar un paseo; otro -ponderó la hermosura de la apacible tarde, y no hubo quien no dijese -una palabra para decidirla a dejar la triste alcoba. Ella, sin embargo, -afirmó que no saldría hasta la siguiente mañana; y con estos diálogos y -otros en que la graciosa joven no hacía maldito caso de su libertador, -vino la noche, y con la noche luces dentro del cuarto, y tras las luces -un par de teteras que trajeron los criados de los ingleses. Entonces se -alegraron todos los semblantes, y empezó el trasiego con tanto ahinco, -que el que menos se echó dentro un río del licor de la China, sin que -ni un momento cesase<span class="pagenum" id="Page_74">p. 74</span> la -charla. Trajeron después botellas de vino de Jerez, que en un santiamén -dejaron como cuerpos sin alma, porque toda ella pasó a fortificar las -de aquellos claros varones; mas ninguno perdió su gravedad. Brindamos a -la salud de Inglaterra, de España, y a eso de las nueve nos retiramos -todos, despidiéndonos la hermosa ninfa con afabilidad, pero sin que ni -con frase, ni gesto, ni mirada me distinguiese de los demás.</p> - -<p>Me retiraba a mi escondite cuando sentí que la desconocida echaba -el cerrojo. Aquella noche me mortificó como en la anterior un tenaz -desvelo; mas a punto de vencerlo estaba ya, cuando hízome saltar en el -lecho el chirrido del cerrojo con que aseguraba su cuarto la consabida. -Miré hacia la puerta, pues desde mi alcoba rincón se distinguía esta -muy bien, y vi a la inglesa que salía, encaminándose a una galería o -solana situada al otro confín del pasillo y de la casa. Como había -dejado abierta la puerta, la luz de su cuarto iluminaba la casa lo -suficiente para ver cuanto pasaba en ella.</p> - -<p>Llegó la inglesa a la destartalada galería, y abriendo una ventana -que daba al campo se asomó. Como estaba vestido, fácil me fue -levantarme en un momento y dirigirme hacia ella con paso quedo para no -asustarla. Cuando estuve cerca volvió la cara, y con gran sorpresa mía, -no se inmutó al verme. Antes bien con imperturbable tranquilidad me -dijo:</p> - -<p>—¿Andáis rondando por aquí?... Hace en aquel cuarto un calor -insoportable.</p> - -<p>—Lo mismo sucede en el mío, señora —dije—; cuando<span -class="pagenum" id="Page_75">p. 75</span> la he visto a usted pensaba -salir al campo a respirar el aire fresco de la noche.</p> - -<p>—Eso mismo pensaba yo también... La noche está hermosa... ¿y -pensábais salir...?</p> - -<p>—Sí, señora; pero si usted lo permite tendré el honor de -acompañarla, y juntos disfrutaremos de este suave ambiente, del grato -aroma de esos pinares...</p> - -<p>—No... salid, bajad, iré yo también —dijo con viva resolución y -mucha naturalidad.</p> - -<p>Entrando rápidamente en su cuarto, sacó una capa de forma extraña, -y echándosela sobre los hombros, me suplicó que cuidadosamente la -embozara por no tener aún agilidad en su brazo herido; y una vez que -la envolví bien, salimos ambos, sin tomar ella mi brazo y como dos -amigos que van a paseo. Por todas partes se oía rumor de soldados, y la -claridad de la luna permitía ver los objetos y conocer las personas.</p> - -<p>Súbitamente y sin contestar a no sé qué vulgar frase pronunciada por -mí, la inglesa me dijo:</p> - -<p>—Ya sé que sois noble, caballero. ¿A qué familia pertenecéis? ¿A los -Pachecos, a los Vargas, a los Enríquez, a los Acuñas, a los Toledos o a -los Dávilas?</p> - -<p>—A ninguna de esas, señora —le respondí ocultando con mi embozo la -sonrisa que no pude contener—, sino a los Aracelis de Andalucía, que -descienden, como usted no ignora, del mismo Hércules.</p> - -<p>—¿De Hércules? No lo sabía ciertamente —repuso<span class="pagenum" -id="Page_76">p. 76</span> con naturalidad—. ¿Hace mucho que estáis en -campaña?</p> - -<p>—Desde que empezó, señora.</p> - -<p>—Sois valiente y generoso, sin duda —dijo mirándome fijamente al -rostro—. Bien se conoce en vuestro semblante que lleváis en las venas -la sangre de aquellos insignes caballeros, que han sido asombro y -envidia de Europa por espacio de muchos siglos.</p> - -<p>—Señora, usted me favorece demasiado.</p> - -<p>—Decidme: ¿sabéis tirar las armas, domar un potro, derribar un toro, -tañer la guitarra y componer versos?</p> - -<p>—No puedo negar que un poco entendido soy en alguna, si no en todas -esas habilidades.</p> - -<p>Después de pequeña pausa y deteniendo el paso, me preguntó -bruscamente:</p> - -<p>—¿Y estáis enamorado?</p> - -<p>Durante un rato no supe qué responder: tan extrañas me parecían -aquellas palabras.</p> - -<p>—¿Cómo no, siendo español, siendo joven y militar? —contesté -decidido a llevar la conversación a donde la fantasía de mi incógnita -amiga quisiera llevarla.</p> - -<p>—Veo que os sorprende mi modo de hablaros —añadió ella—. -Acostumbrado a no oír en boca de vuestras mojigatas compatriotas sino -medias palabras, vulgaridades y frases de hipocresía, os sorprende esta -libertad con que me expreso, estas extrañas preguntas que os dirijo... -Quizás me juzguéis mal...</p> - -<p>—¡Oh, no, señora!</p> - -<p>—Pero mi honor no depende de vuestros pensamientos. Seríais un necio -si creyérais que<span class="pagenum" id="Page_77">p. 77</span> esto -es otra cosa que una curiosidad de inglesa, casi diré de artista y de -viajera. Las costumbres y los caracteres de este país son dignos de -profundo estudio.</p> - -<p>«De modo que lo que quiere es estudiarme —dije entre dientes—. -Resignémonos a ser libro de texto.»</p> - -<p>—El hombre que ha dado muerte a Lord Gray, que ha realizado esa gran -obra de justicia, que ha sido brazo de Dios y vengador de la moral -ultrajada, excita mi curiosidad de un modo pasmoso... Me han hablado de -vos con admiración, y contádome algunos hechos vuestros dignos de gran -estima... Dispensad mi curiosidad, que escandalizaría a una española -y que sin duda os escandaliza a vos... Habiendo matado a Gray por -celos, claro que estábais enamorado. Y vuestra dama (esto de <i>vuestra -dama</i> me hizo reír de nuevo), ¿habita en algún castillo de estas -cercanías, o en algún palacio andaluz? ¿Es noble como vos?...</p> - -<p>Al oír esto, comprendí que tenía que habérmelas con una imaginación -exaltada y novelesca, y al punto apoderose de mí cierto espíritu de -socarronería. No me inclinaba a burlarme de la inglesa, que a pesar de -su sentimentalismo fuera de ocasión no era ridícula; pero mi carácter -me inducía a seguir la broma, como si dijéramos, prestándome a los -caprichos de aquella idealidad tan falsa como encantadora. Todos -somos algo poetas, y es muy dulce embellecer la propia vida, y muy -natural regocijarnos con este embellecimiento, aun sabiendo que la -transformación es obra<span class="pagenum" id="Page_78">p. 78</span> -nuestra. Así es que con cierta exaltación novelesca también, mas no con -completa seriedad, contesté a la damisela:</p> - -<p>—Noble es, señora, y hermosísima y principal; pero ¿de qué me vale -tener en ella un dechado de perfecciones, si un funesto destino la -aleja constantemente de mí? ¿Qué pensará usted, señora, si le digo -que hace tiempo cierto maligno encantador la tiene transfigurada en -la persona de una vulgar comiquilla, que recorre los pueblos formando -parte de una compañía de histriones de la legua?</p> - -<p>Esto era sin duda demasiado fuerte.</p> - -<p>—Caballero —dijo la inglesa con estupor—, ¿pues qué, todavía hay -encantamientos en España?</p> - -<p>—Encantamientos, precisamente, no —dije tratando de abatir el -vuelo—; pero hay artes del demonio, y si no artes del demonio, malicias -y ardides de hombres perversos.</p> - -<p>—Veo que leéis libros de caballerías.</p> - -<p>—Pues ¿quién duda que son los más hermosos entre todos los que se -han escrito? Ellos suspenden el ánimo, despiertan la sensibilidad, -avivan el valor, infunden entusiasmo por las grandes acciones, -engrandecen la gloria y achican el peligro en todos los momentos de la -vida.</p> - -<p>—¡Engrandecen la gloria y achican el peligro! —exclamó -deteniéndose—. Si esto que habéis dicho es verdad, sois digno de haber -nacido en otros tiempos... pero no he entendido bien eso de que vuestra -dama está transformada en una comiquilla...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_79">p. 79</span>—Así es, señora. Si -pudiera contar a usted todo lo que ha precedido a esta transformación, -no dudo que usted me compadecería.</p> - -<p>—¿Y dónde están la encantada y el encantador? Les doy estos nombres -porque veo que creéis en encantamientos.</p> - -<p>—Están en Salamanca.</p> - -<p>—Como si estuvieran en el otro mundo. Salamanca está en poder de los -franceses.</p> - -<p>—Pero la tomaremos.</p> - -<p>—Decís eso como si fuera lo más natural del mundo.</p> - -<p>—Y lo es. No se ría usted de mi petulancia; pero si todo el ejército -aliado desapareciera y me quedase solo...</p> - -<p>—Iríais solo a la conquista de la ciudad, queréis decir.</p> - -<p>—¡Ah, señora! —exclamé con énfasis—. Un hombre que ama no sabe lo -que dice. Veo que es un desatino.</p> - -<p>—Un desatino relativo —repuso—. Pero ahora comprendo que os estáis -burlando de mí. Os habéis enamorado de una cómica y queréis hacerla -pasar por gran señora.</p> - -<p>—Cuando entremos en Salamanca podré convencer a usted de que no me -burlo.</p> - -<p>—No dudo que haya cómicos en el país, ni menos cómicas guapas —dijo -riendo—. Hace dos días pasó por delante de mí una compañía que me -recordó el carro de las Cortes de la Muerte. Iban allí siete u ocho -histriones, y, en efecto, dijeron que iban a Salamanca.</p> - -<p>—Llevaban dos o tres carros. En uno de<span class="pagenum" -id="Page_80">p. 80</span> ellos iban dos mujeres, una de ellas -hermosísima. Venían de Plasencia.</p> - -<p>—Me parece que sí.</p> - -<p>—Y en otro carro llevaban lienzos pintados.</p> - -<p>—Los habéis visto; pero no sabéis lo que yo sé. Cuando pasaron por -delante de mí, sorprendiéndome por su extraño aspecto que me recordaba -una de las más graciosas aventuras del <i>Libro</i>, un vecino de -Puerto de Baños me dijo: «Esos no son cómicos, sino pícaros masones -que se disfrazan así para pasar por entre los españoles, que les -descuartizarían si les conocieran.»</p> - -<p>—No me dice usted nada que yo no sepa —contesté—. Señora, ¿ha oído -usted decir a Lord Wellington cuándo lanzará nuestros regimientos sobre -Salamanca?</p> - -<p>—Impaciente estáis... Quiero saber otra cosa. ¿Amáis a vuestra -Dulcinea de una manera ideal y sublime, embelleciéndola con vuestro -pensamiento aun más de lo que ella es en sí, atribuyéndole cuantas -perfecciones pueden idearse y consagrándole todos los dulces -transportes de un corazón siempre inflamado?</p> - -<p>—Así, así mismo, señora —dije con entusiasmo que no era enteramente -ficticio, y deseando ver a dónde iba a parar aquella misteriosa mujer, -cuyo carácter comenzaba a penetrar—. Parece que lee usted en mi alma -como en un libro.</p> - -<p>Después de oír esto, permaneció largo rato en silencio, y luego -reanudó el diálogo con una brusca variación de ideas, que era la -tercera en aquel extraño coloquio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_81">p. 81</span>—Caballero, ¿tenéis -madre? —me dijo.</p> - -<p>—No, señora.</p> - -<p>—¿Ni hermanas?</p> - -<p>—Tampoco. Ni madre, ni padre, ni hermanos, ni pariente alguno.</p> - -<p>—Veo que está muy mal parado el linaje de Hércules. De modo que -estáis solo en el mundo —añadió con acento compasivo—. ¡Desgraciado -caballero! ¿Y esa gran señora, cómica, o mujer masónica, os ama?</p> - -<p>—Creo que sí.</p> - -<p>—¿Habéis hecho por ella sacrificios, arrostrado peligros y vencido -obstáculos?</p> - -<p>—Muchísimos; pero son nada en comparación con lo que aún me resta -por hacer.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Una acción peligrosa, una locura; el último grado del atrevimiento. -Espero morir o lograr mi objeto.</p> - -<p>—¿Tenéis miedo a los peligros que os aguardan?</p> - -<p>—Jamás lo he conocido —respondí con una fatuidad cuyo recuerdo me ha -hecho reír muchas veces.</p> - -<p>—Estad tranquilo, pues los aliados entrarán en Salamanca, y entonces -fácilmente...</p> - -<p>—Cuando entren los aliados, mi enemigo y su víctima habrán huido -corriendo hacia Francia. Él no es tonto... Es preciso ir a Salamanca -antes.</p> - -<p>—¡Antes de tomarla! —exclamó con asombro.</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—Caballero —dijo súbitamente deteniendo<span class="pagenum" -id="Page_82">p. 82</span> el paso—, veo que os estáis burlando de -mí.</p> - -<p>—¡Yo, señora! —contesté algo turbado.</p> - -<p>—Sí: me ponéis ante los ojos una aventura caballeresca, que es pura -invención y fábula: os pintáis a vos mismo como un carácter superior, -como un alma de esas que se engrandecen con los peligros, y habéis -adornado la ficción con hermosas figuras de Dulcinea, y encantadores, -que no existen sino en vuestra imaginación.</p> - -<p>—Señora mía, usted...</p> - -<p>—Tened la bondad de acompañarme a mi alojamiento. El olor de esos -pinares me marea.</p> - -<p>—Como usted guste.</p> - -<p>Confieso, ¿por qué no confesarlo?, que me quedé algo corrido.</p> - -<p>La elegante inglesa no me dijo una palabra más en todo el camino; -y cuando subimos a casa de Forfolleda y la conduje a su cuarto, -que ya empezaba a figurárseme regio camarín tapizado de rasos y -organdíes, metiose en su tugurio como un hada en su cueva, y dándome -desabridamente las buenas noches, corrió los cerrojos de oro... o de -hierro, y me quedé solo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch10"> - <h2 class="nobreak">X</h2> -</div> - -<p>Acomodándome en mi lecho, hablé conmigo de esta manera:</p> - -<p>«¿La tal inglesa será una de esas mujeres<span class="pagenum" -id="Page_83">p. 83</span> de equívoca honradez que suelen seguir a los -ejércitos? Las hay de diferentes especies; pero en realidad jamás vi en -pos de los soldados de la patria ninguna tan hermosa, ni de porte tan -noble y aristocrático. He oído que tras el ejército francés van pájaros -de diverso plumaje. ¡Bah!... ¿pues no dicen que Massena ha tenido tan -mala suerte en Portugal por la corrupción de sus oficiales y soldados, -y aun por sus propios descuidos con ciertas amazonas muy emperifolladas -que andaban en los campamentos tan a sus anchas como en París?...»</p> - -<p>Después, dando otra dirección a mis ideas, dije a punto que empezaba -a embargarme el dulce entorpecimiento que precede al sueño:</p> - -<p>«Tal vez me equivoque. Después de haber conocido a Lord Gray, no -debo poner en duda que las extravagancias y rarezas de la gente inglesa -carecen de límite conocido. Tal vez mi compañera de alojamiento sea tan -cabal, que la misma virginidad parezca a su lado una moza de partido, -y yo estoy injuriándola. Mañana preguntaré a los oficiales ingleses -que conozco... Como no sea una de esas naturalezas impresionables y -acaloradas que nacen al acaso en el Norte, y que buscan, como las -golondrinas, los climas templados; bajan, llenas de ansiedad, al -mediodía, pidiendo luz, sol, pasiones, poesía, alimento del corazón y -de la fantasía, que no siempre encuentran, o encuentran a medias, y van -con febril deseo tras de la originalidad, tras las costumbres raras, -y adoran los caracteres apasionados, aunque sean casi salvajes; la -vida aventurera, la galantería<span class="pagenum" id="Page_84">p. -84</span> caballeresca, las ruinas, las leyendas, la música popular y -hasta las groserías de la plebe, siempre que sean graciosas.»</p> - -<p>Diciendo o pensando así, y enlazando con estos otros pensamientos -que más hondamente me preocupaban, caí en profundísimo sueño reparador. -Levanteme muy temprano a la mañana siguiente, y sin acordarme para nada -de la hermosa inglesa, cual si la noche limpiara todas las telas de -araña fabricadas y tendidas el día anterior dentro de mi cerebro, salí -de mi alojamiento.</p> - -<p>—Marchamos hacia San Muñoz —me dijo Figueroa, oficial portugués -amigo mío que servía con el general Picton.</p> - -<p>—¿Y el <i>Lord</i>?</p> - -<p>—Va a partir no sé a dónde. La división de Graham está sobre -Tamames. Nosotros vamos a formar el ala izquierda de la división de D. -Carlos España y la partida de D. Julián Sánchez.</p> - -<p>Cuando nos dirigíamos juntos al alojamiento del general, pedile -informes de la dama inglesa cuya figura y extraños modos he dado a -conocer, y me contestó:</p> - -<p>—Es Miss Fly; o lo que es lo mismo, Miss Mosquita, Mariposa, -Pajarita o cosa así. Su nombre es Athenais. Tiene por padre a Lord -Fly, uno de los señores más principales de la Gran Bretaña. Nos ha -seguido desde la Albuera, pintando iglesias, castillos y ruinas en -cierto librote que trae consigo, y escribiendo todo lo que pasa. El -<i>Lord</i> y los demás generales ingleses la consideran mucho, y si -quieres<span class="pagenum" id="Page_85">p. 85</span> saber lo que -es bueno atrévete a faltar al respeto a la señorita Fly, que en inglés -se dice <i>Flai</i>, pues ya sabes que en esa lengua se escriben las -palabras de una manera y se pronuncian de otra, lo cual es un encanto -para el que quiere aprenderla.</p> - -<p>Acto continuo referí a mi amigo las escenas de la noche anterior -y el paseo que en la soledad de la noche dimos Fly y yo por aquellos -contornos; lo que, oído por Figueroa, causó a este muchísima -sorpresa.</p> - -<p>—Es la primera vez —dijo— que la rubita tiene tales familiaridades -con un oficial español o portugués, pues hasta ahora a todos les miró -con altanería...</p> - -<p>—Yo la tuve por persona de costumbres un tanto libres.</p> - -<p>—Así parece, porque anda sola, monta a caballo, entra y sale -por medio del ejército, habla con todos, visita las posiciones de -vanguardia antes de una batalla, y los hospitales de sangre después... -A veces se aleja del ejército para recorrer sola los pueblos -inmediatos, mayormente si hay en estos abadías, catedrales o castillos, -y en sus ratos de ocio no hace más que leer romances.</p> - -<p>Hablando de este y de otros asuntos empleamos la mañana, y cerca -del mediodía fuimos al alojamiento de Carlos España, el cual no estaba -allí.</p> - -<p>—España —nos dijo el guerrillero Sánchez— está en el alojamiento del -cuartel general.</p> - -<p>—¿No marcha Lord Wellington?</p> - -<p>—Parece que se queda aquí, y nosotros salimos<span class="pagenum" -id="Page_86">p. 86</span> para San Muñoz dentro de una hora.</p> - -<p>—Vamos al alojamiento del Duque —dijo Figueroa—: allí sabremos -noticias ciertas.</p> - -<p>Estaba Lord Wellington en la casa ayuntamiento, la única capaz -y decorosa para tan insigne persona. Llenaban la plazoleta, el -soportal, el vestíbulo y la escalera, multitud de oficiales de todas -graduaciones, españoles, ingleses y lusitanos, que entraban, salían, -formaban corrillos disputando y bromeando unos con otros en amistosa -intimidad, cual si todos perteneciesen a una misma familia. Subimos -Figueroa y yo, y después de aguardar más de hora y media en la -antesala, salió España y nos dijo:</p> - -<p>—El General en Jefe pregunta si hay un oficial español que se atreva -a entrar disfrazado en Salamanca para examinar los fuertes y las obras -provisionales que ha hecho el enemigo en la muralla, y enterarse de -si es grande o pequeña la guarnición, y abundantes o escasas las -provisiones.</p> - -<p>—Yo soy —dije resueltamente sin aguardar a que el general -concluyese.</p> - -<p>—¿Tú —dijo España con la desdeñosa familiaridad que usaba hablando -con sus oficiales—, tú te atreves a emprender viaje tan arriesgado? Ten -presente que es preciso ir y volver.</p> - -<p>—Lo supongo.</p> - -<p>—Es necesario atravesar las líneas enemigas, pues los franceses -ocupan todas las aldeas del lado acá del Tormes.</p> - -<p>—Se entra por donde se puede, mi general.</p> - -<p>—Luego has de atravesar la muralla, los<span class="pagenum" -id="Page_87">p. 87</span> fuertes; has de penetrar en la ciudad, -visitar los acantonamientos, sacar planos...</p> - -<p>—Todo eso es para mí un juego, mi general. Entrar, salir, ver... una -diversión. Hágame vuecencia la merced de presentarme al señor Duque, -diciéndole que estoy a sus órdenes para lo que desea.</p> - -<p>—Tú eres un atolondrado, y no sirves para el caso —repuso D. -Carlos—. Buscaremos otro. No sabes una palabra de geometría ni de -fortificación.</p> - -<p>—Eso lo veremos —contesté sofocado.</p> - -<p>—Y es preciso, es preciso ir —añadió mi Jefe—. Aún no ha formado -el Lord su plan de batalla. No sabe si asaltará a Salamanca o la -bloqueará; no sabe si pasará el Tormes para perseguir a Marmont, -dejando atrás a Salamanca, o si... ¿Dices que te atreves tú?</p> - -<p>—¿Pues no he de atreverme? Me vestiré de charro, entraré en -Salamanca vendiendo hortalizas o carbón. Veré los fuertes, la -guarnición, las vituallas; sacaré un croquis, y me volveré al -campamento... Mi general —añadí con calor—, o me presenta vuecencia al -Duque, o me presento yo solo.</p> - -<p>—Vamos, vamos al momento —dijo España entrando conmigo en la -sala.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch11"> - <p><span class="pagenum" id="Page_88">p. 88</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XI</h2> -</div> - -<p>Junto a una gran mesa colocada en el centro, estaba el Duque de -Ciudad-Rodrigo con otros tres generales examinando una carta del país, -y tan profundamente atendían a las rayas, puntos y letras con que el -geógrafo designara los accidentes del terreno, que no alzaron la cabeza -para mirarnos. Hízome seña D. Carlos España de que debíamos esperar, y -en tanto dirigí la vista a distintos puntos de la sala para examinar, -siguiendo mi costumbre, el sitio en que me encontraba. Otros oficiales -hablaban en voz baja retirados del centro, y entre ellos ¡oh sorpresa! -vi a Miss Fly, que sostenía conversación animada con un coronel de -artillería llamado Simpson.</p> - -<p>Por fin, Lord Wellington levantó los ojos del mapa y nos miró. -Hice una amabilísima reverencia: entonces el inglés me miró más, -observándome de pies a cabeza. También yo le observé a él a mis -anchas, gozoso de tener ante mi vista a una persona tan amada entonces -por todos los españoles, y que tanta admiración me inspiraba a mí. -Era Wellesley bastante alto, de cabellos rubios y rostro encendido, -aunque no por las causas a que el vulgo atribuye las inflamaciones -epidérmicas de la gente británica. Ya se sabe que es proverbial<span -class="pagenum" id="Page_89">p. 89</span> en Inglaterra la afirmación -de que el único grande hombre que no ha perdido jamás su dignidad -después de los postres, es el vencedor de Tipoo Sayb y de Bonaparte.</p> - -<p>Representaba Wellington cuarenta y cinco años, y esta era su edad, -la misma exactamente que Napoleón, pues ambos nacieron en 1769, el uno -en mayo y el otro en agosto. El sol de la India y el de España habían -alterado la blancura de su color sajón. Era la nariz, como antes he -dicho, larga y un poco bermellonada; la frente, resguardada de los -rayos del sol por el sombrero, conservaba su blancura, y era hermosa -y serena como la de una estatua griega, revelando un pensamiento sin -agitación y sin fiebre, una imaginación encadenada y gran facultad de -ponderación y cálculo. Adornaba su cabeza un mechón de pelo o tupé -que no usaban ciertamente las estatuas griegas; pero que no caía mal, -sirviendo de vértice a una mollera inglesa. Los grandes ojos azules -del general miraban con frialdad, posándose vagamente sobre el objeto -observado, y observaban sin aparente interés. Era la voz sonora, -acompasada, medida, sin cambiar de tono, sin exacerbaciones ni acentos -duros, y el conjunto de su modo de expresarse, reunidos el gesto, la -voz y los ojos, producía grata impresión de respeto y cariño.</p> - -<p>Su Excelencia me miró como he dicho, y entonces D. Carlos España -dijo:</p> - -<p>—Mi general, este joven desea desempeñar la comisión de que -vuecencia me ha hablado hace poco. Yo respondo de su valor y de -su<span class="pagenum" id="Page_90">p. 90</span> lealtad; pero he -intentado disuadirle de su empeño, porque no posee conocimientos -facultativos.</p> - -<p>Aquello me avergonzó, principalmente por hallarme delante de Miss -Fly, y porque, en efecto, yo no había estado en ninguna academia.</p> - -<p>—Para esta comisión —dijo Wellington en castellano bastante -correcto—, se necesitan ciertos conocimientos...</p> - -<p>Y fijó los ojos en el mapa. Yo miré a España, y España me miró -a mí. Pero la vergüenza no me impidió tomar una resolución, y sin -encomendarme a Dios ni al diablo, dije:</p> - -<p>—Mi general, es cierto que no estudié en ninguna academia; pero una -larga práctica de la guerra en batallas, y sobre todo en sitios, me ha -dado tal vez los conocimientos que vuecencia exige para esta comisión. -Sé levantar un plano.</p> - -<p>El Duque de Ciudad-Rodrigo, alzando de nuevo los ojos, habló así:</p> - -<p>—En mi cuartel general hay multitud de oficiales facultativos; pero -ningún inglés podría entrar en Salamanca, porque sería al instante -descubierto por su rostro y por su lenguaje. Es preciso que vaya un -español.</p> - -<p>—Mi general —dijo con fatuidad España—, en mi división no faltan -oficiales facultativos. He traído a este porque se empeñó en hacer -alarde de su arrojo delante de vuecencia.</p> - -<p>Miré con indignación a D. Carlos, y luego exclamé con la mayor -vehemencia:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_91">p. 91</span>—Mi general, aunque -en esta empresa existan todos los peligros, todas las dificultades -imaginables, yo entraré en Salamanca, y volveré con las noticias que -vuecencia desea.</p> - -<p>Tranquila y sosegadamente Lord Wellington me preguntó:</p> - -<p>—Señor oficial, ¿dónde empezó usted su vida militar?</p> - -<p>—En Trafalgar —contesté.</p> - -<p>Cuando esta histórica y grandiosa palabra resonó en la sala en medio -del general silencio, todas las cabezas de las personas allí presentes -se movieron como si perteneciesen a un solo cuerpo, y todos los ojos -fijáronse en mí con vivísimo interés.</p> - -<p>—¿Entonces ha sido usted marino? —interrogó el Duque.</p> - -<p>—Asistí al combate teniendo catorce años de edad. Yo era amigo de un -oficial que iba en el <i>Trinidad</i>. La pérdida de la tripulación me -obligó a tomar parte en la batalla.</p> - -<p>—¿Y cuándo empezó usted a servir en la campaña contra los -franceses?</p> - -<p>—El 2 de mayo de 1808, mi general. Los franceses me fusilaron en la -Moncloa. Salveme milagrosamente; pero en mi cuerpo han quedado escritos -los horrores de aquel tremendo día.</p> - -<p>—¿Y desde entonces se alistó usted?</p> - -<p>—Alisteme en los regimientos de voluntarios de Andalucía, y estuve -en la batalla de Bailén.</p> - -<p>—¡También en la batalla de Bailén! —dijo Wellington con asombro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_92">p. 92</span>—Sí, mi general: el -19 de julio de 1808. ¿Quiere vuecencia ver mi hoja de servicios, que -comienza en dicha fecha?</p> - -<p>—No, me basta —repuso Wellington—. ¿Y después?</p> - -<p>—Volví a Madrid y tomé parte en la jornada del 3 de diciembre. Caí -prisionero, y quisieron llevarme a Francia.</p> - -<p>—¿Le llevaron a usted a Francia?</p> - -<p>—No, mi general, porque me escapé en Lerma, y fui a parar a Zaragoza -en tan buena ocasión, que alcancé el segundo sitio de aquella inmortal -ciudad.</p> - -<p>—¿Todo el sitio? —dijo Wellington con creciente interés hacia mi -persona.</p> - -<p>—Todo, desde el 19 de diciembre hasta el 12 de febrero de 1809. -Puedo dar a vuecencia noticia circunstanciada de las diversas -peripecias de aquel grande hecho de armas, gloria y orgullo de cuantos -nos encontramos en él.</p> - -<p>—¿Y a qué ejército pasó usted luego?</p> - -<p>—Al del centro, y serví bastante tiempo a las órdenes del Duque del -Parque. Estuve en la batalla de Tamames y en Extremadura.</p> - -<p>—¿No se encontró usted en un nuevo asedio?</p> - -<p>—En el de Cádiz, mi general. Defendí durante tres días el castillo -de San Lorenzo de Puntales.</p> - -<p>—¿Y luego formó usted parte de la expedición del general Blake a -Valencia?</p> - -<p>—Sí, mi general; pero me destinaron al segundo cuerpo, que mandaba -O’Donnell, y durante cuatro meses serví a las órdenes del<span -class="pagenum" id="Page_93">p. 93</span> Empecinado en esa singular -guerra de partidas en que tanto se aprende.</p> - -<p>—¿También ha sido usted guerrillero? —dijo Wellington sonriendo—. -Veo que ha ganado usted bien sus grados. Irá usted a Salamanca, si así -lo desea.</p> - -<p>—Señor, lo deseo ardientemente.</p> - -<p>Todos los presentes seguían observándome, y Miss Fly con más -atención que ninguno.</p> - -<p>—Bien —añadió el héroe de Talavera, fijando alternativamente la -vista en mí y en el mapa—. Tiene usted que hacer lo siguiente: se -dirigirá usted hoy mismo disfrazado a Salamanca, dando un rodeo para -entrar por Cabrerizos. Forzosamente ha de pasar usted por entre las -tropas de Marmont, que vigilan los caminos de Ledesma y Toro. Hay -muchas probabilidades de que sea usted arcabuceado por espía; pero Dios -protege a los valientes, y quizás... quizás logre usted penetrar en la -plaza. Una vez dentro, sacará usted un croquis de las fortificaciones, -examinando con la mayor atención los conventos que han sido convertidos -en fuertes, los edificios que han sido demolidos, la artillería que -defiende los aproches de la ciudad, el estado de la muralla, las obras -de tierra y fagina, todo absolutamente, sin olvidar las provisiones que -tiene el enemigo en sus almacenes.</p> - -<p>—Mi general —repuse—, comprendo bien lo que se desea, y espero -contentar a vuecencia. ¿Cuándo debo partir?</p> - -<p>—Ahora mismo. Estamos a doce leguas de Salamanca. Con la marcha que -emprenderemos<span class="pagenum" id="Page_94">p. 94</span> hoy, -espero que pernoctemos en Castroverde, cerca ya del Valmuza. Pero -adelántese usted a caballo, y pasado mañana martes podrá entrar en la -ciudad. En todo el martes ha de desempeñar por completo esta comisión, -saliendo el miércoles por la mañana para venir al cuartel general, que -en dicho día estará seguramente en Bernuy. En Bernuy, pues, le aguardo -a usted el miércoles a las doce en punto de la mañana. No acostumbro -esperar.</p> - -<p>—Corriente, mi general. El miércoles a las doce estaré en Bernuy de -vuelta de mi expedición.</p> - -<p>—Tome usted precauciones. Diríjase a la calzada de Ledesma, pero -cuidando de marchar siempre fuera del arrecife. Disfrácese usted bien, -pues los franceses dejan entrar a los aldeanos que llevan víveres a -la plaza; y al levantar el croquis, evite en lo posible las miradas -de la gente. Lleve usted armas, ocultándolas bien; no provoque a los -enemigos; fínjase amigo de ellos; en una palabra, ponga usted en -juego su ingenio, su valor, y todo el conocimiento de los hombres y -de la guerra que ha adquirido en tantos años de activa vida militar. -El <i>Mayor</i> general del ejército entregará a usted la suma que -necesite para la expedición.</p> - -<p>—Mi general —dije—, ¿tiene vuecencia algo más que mandarme?</p> - -<p>—Nada más —repuso sonriendo con benevolencia—, sino que adoro la -puntualidad, y considero como origen del éxito en la guerra la exacta -apreciación y distribución del tiempo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_95">p. 95</span>—Eso quiere decir -que si no estoy de vuelta el miércoles a las doce, desagradaré a -vuecencia.</p> - -<p>—Y mucho. En el tiempo marcado puede hacerse lo que encargo. Dos -horas para sacar el croquis; dos para visitar los fuertes, ofreciendo -en venta a los soldados algún artículo que necesiten; cuatro para -recorrer toda la población y sacar nota de los edificios demolidos; -dos para vencer obstáculos imprevistos; media para descansar. Son diez -horas y media del martes por el día. La primera mitad de la noche para -estudiar el espíritu de la ciudad, lo que piensan de esta campaña -la guarnición y el vecindario; una hora para dormir, y lo restante -para salir y ponerse fuera del alcance y de la vista del enemigo. No -deteniéndose en ninguna parte, puede usted presentárseme en Bernuy a la -hora convenida.</p> - -<p>—A la orden de mi general —dije disponiéndome a salir.</p> - -<p>Lord Wellington, el hombre más grande de la Gran Bretaña, el rival -de Bonaparte, la esperanza de Europa, el vencedor de Talavera, de la -Albuera, de Arroyomolinos y de Ciudad-Rodrigo, levantose de su asiento, -y con una grave cortesanía y cordialidad que inundó mi alma de orgullo -y alegría, diome la mano, que estreché con gratitud entre las mías.</p> - -<p>Salí a disponer mi viaje.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch12"> - <p><span class="pagenum" id="Page_96">p. 96</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XII</h2> -</div> - -<p>Hallábame una hora después en una casa de labradores ajustando el -precio del vestido que había de ponerme, cuando sentí en el hombro -un golpecito producido al parecer por un látigo que movían manos -delicadas. Volvime, y Miss Fly, pues no era otra la que me azotaba, -dijo:</p> - -<p>—Caballero, hace una hora que os busco.</p> - -<p>—Señora, los preparativos de mi viaje me han impedido ir a ponerme a -las órdenes de usted.</p> - -<p>Miss Fly no oyó mis últimas palabras, porque toda su atención estaba -fija en una aldeana que teníamos delante, la cual, por su parte, -amamantando un tierno chiquillo, no quitaba los ojos de la inglesa.</p> - -<p>—Señora —dijo esta—, ¿me podréis proporcionar un vestido como el que -tenéis puesto?</p> - -<p>La aldeana no entendía el castellano corrompido de la inglesa, y -mirábala absorta sin contestarle.</p> - -<p>—Señorita Fly —dije—, ¿va usted a vestirse de aldeana?</p> - -<p>—Sí —me respondió sonriendo con malicia—. Quiero ir con vos.</p> - -<p>—¡Conmigo! —exclamé con la mayor sorpresa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_97">p. 97</span>—Con vos, sí; quiero -ir disfrazada con vos a Salamanca —añadió tranquilamente, sacando de su -bolsillo algunas monedas para que la aldeana la entendiese mejor.</p> - -<p>—Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca —dije—. ¿Ir -conmigo a Salamanca, ir conmigo en esta expedición arriesgada y de la -cual ignoro si saldré con vida?</p> - -<p>—¿Y qué? ¿No puedo ir porque hay peligro? Caballero, ¿en qué os -fundáis para creer que yo conozco el miedo?</p> - -<p>—Es imposible, señora; es imposible que usted me acompañe —afirmé -con resolución.</p> - -<p>—Ciertamente no os creía grosero. Sois de los que rechazan todo -aquello que sale de los límites ordinarios de la vida. ¿No comprendéis -que una mujer tenga arrojo suficiente para afrontar el peligro, para -prestar servicios difíciles a una causa santa?</p> - -<p>—Al contrario, señora: comprendo que una mujer como usted es capaz -de eminentes acciones, y en este momento Miss Fly me inspira sincero -entusiasmo. Pero la comisión que llevo a Salamanca es muy delicada, -exige que nadie vaya al lado mío, y menos una señora que no puede -disfrazarse ocultando su lengua extranjera y noble porte.</p> - -<p>—¿Que no puedo disfrazarme?</p> - -<p>—Bueno, señora —dije sin poder contener la risa—. Principie usted -por dejar su guardapiés de amazona, y póngase el manteo, es decir, una -larga pieza de tela que se arrolla en el cuerpo, como la faja que ponen -a los niños.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_98">p. 98</span>Miss Fly miraba con -estupor el extraño y pintoresco vestido de la aldeana.</p> - -<p>—Luego —añadí—, desciña usted esas hermosas trenzas de oro, -construyéndose en lo alto un moño del cual penderán cintas, y en las -sienes dos rizos de rueda de carro con horquillas de plata. Cíñase -usted después la jubona de terciopelo, y cubra en seguida sus hermosos -hombros con la prenda más graciosa y difícil de llevar, cual es el -dengue o rebociño.</p> - -<p>Athenais se ponía de mal humor, y contemplaba las singulares prendas -que la charra iba sacando de un arcón.</p> - -<p>—Y después de calzarse los zapatitos sobre media de seda calada, y -ceñirse el picote negro bordado de lentejuelas, ponga usted la última -piedra a tan bello edificio, con la mantilla de rocador prendida en los -hombros.</p> - -<p>La señorita Mariposa me miró con indignación, comprendiendo la -imposibilidad de disfrazarse de aldeana.</p> - -<p>—Bien —afirmó mirándome con desdén—. Iré sin disfrazarme. En -realidad no lo necesito, porque conozco al coronel Desmarets, que -me dejará entrar. Le salvé la vida en la Albuera... Y no creáis, mi -conocimiento con el coronel Desmarets puede seros útil...</p> - -<p>—Señora —le dije poniéndome serio—, el honor que recibo y el placer -que experimento al verme acompañado por usted, son tan grandes, que no -sé cómo expresarlos. Pero no voy a una fiesta, señora: voy al peligro. -Además, si este no asusta a una persona como usted, ¿nada significa -el menoscabo que pueda recibir<span class="pagenum" id="Page_99">p. -99</span> la opinión de una dama ilustre que viaja con hombre -desconocido por vericuetos y andurriales?</p> - -<p>—Menguada idea tenéis del honor, caballero —declaró con nobleza y -altanería—. O vuestros hechos son mentira, o vuestros pensamientos -están muy por debajo de ellos. Por Dios, no os arrastréis al nivel de -la muchedumbre, porque conseguiréis que os aborrezca. Iré con vos a -Salamanca.</p> - -<p>Y tomando el partido de no contestar a mis razonables observaciones, -se dirigió al cuartel general, mientras yo tomaba el camino de mi -alojamiento para trocarme de oficial del ejército en el más rústico -charro que ha parecido en campos salmantinos. Con mi calzón estrecho -de paño pardo, mis medias negras y zapatos de vaca, con mi chaleco -cuadrado, mi jubón de haldetas en la cintura y cuchillada en la -sangría, y el sombrero de alas anchas y cintas colgantes que encajé en -mi cabeza, estaba que ni pintado. Completaron mi equipo por el momento -una cartera que cosí dentro del jubón con lo necesario para trazar -algunas líneas, y el alma de la expedición, o sea el dinero que puse en -la bolsa interna del cinto.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch13"> - <p><span class="pagenum" id="Page_100">p. 100</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XIII</h2> -</div> - -<p>«Ya está mi Sr. Araceli en campaña —me dije—. El miércoles a las -doce de vuelta en Bernuy... ¡en buena me he metido!... Si la inglesa -da en el hito de acompañarme, soy hombre perdido... Pero me opondré -con toda energía, y como no entre en razón, denunciaré al General en -Jefe el capricho de su audaz paisana para que acorte los vuelos de esta -sílfide andariega y voluntariosa.»</p> - -<p>No era tanta mi inmodestia que supusiese a Athenais movida -exclusivamente de un antojo y afición a mi persona; pero aun creyéndome -indigno de la solícita persecución de la hermosa dama, resolví poner -en práctica un medio eficaz para librarme de aquel enojoso, aunque -adorable y tentador estorbo, y fue que, bonitamente y sin decir nada -a nadie, como D. Quijote en su primera salida, eché a correr fuera de -Sancti Spíritus y delante de la vanguardia del ejército, que en aquel -momento comenzaba a salir para San Muñoz.</p> - -<p>Pero juzgad, ¡oh señores míos! ¡cuál sería mi sorpresa cuando, a -poco de haber salido espoleando mi cabalgadura, que en el andar allá -se iba con Rocinante, sentí detrás un chirrido de ásperas ruedas y -un galope de rocín y un crujir de látigo y unas voces extrañas de -las<span class="pagenum" id="Page_101">p. 101</span> que en todos -los idiomas se emplean para animar a un bruto perezoso! Juzgad de -mi sorpresa cuando me volví y vi a la misma Miss Fly dentro de un -cochecillo indescriptible, no menos destartalado y viejo que aquel de -la célebre catástrofe, guiándolo ella misma, acompañada de un rapazuelo -de Sancti Spíritus.</p> - -<p>Al llegar junto a mí, la inglesa profería exclamaciones de triunfo. -Su rostro, enardecido y risueño, era como el de quien ha ganado un -premio en la carrera; sus ojos despedían la viva luz de un gozo sin -límites; algunas mechas de sus cabellos de oro flotaban al viento, -dándole el fantástico aspecto de no sé qué deidad voladora de esas que -corren por los frisos de la arquitectura clásica, y su mano agitaba el -látigo con tanta gallardía como un centauro su dardo mortífero. Si me -fuera lícito emplear los palabras que no entiendo bien aplicadas a la -figura humana, pero que son de uso común en las descripciones, diría -que estaba <i>radiante</i>.</p> - -<p>—Os he alcanzado —dijo con acento triunfal—. Si <i>Mistress</i> -Mitchell no me hubiera prestado su carricoche, habría venido sobre una -cureña, Sr. Araceli.</p> - -<p>Y como nuevamente le expusiera yo los inconvenientes de su -determinación, añadió:</p> - -<p>—¡Qué placer tan grande experimento! Esta es la vida para mí: -libertad, independencia, iniciativa, arrojo. Iremos a Salamanca... -Sospecho que allí tendréis que hacer, además de la comisión de Lord -Wellington... Pero no me importan vuestros asuntos. Caballero, sabed -que os desprecio.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_102">p. 102</span>—¿Y qué hice yo -para merecerlo? —dije poniendo mi cabalgadura al paso del caballo de -tiro y aflojando la marcha, lo que ambas bestias agradecieron mucho.</p> - -<p>—¿Qué? Llamar locura a este designio mío. No tienen otra palabra -para expresar nuestra inclinación o las impresiones desconocidas, a -los grandes objetos que entrevé el alma sin poder precisarlos, a las -caprichosas formas con que nos seduce el acaso, a las dulces emociones -producidas por el peligro previsto y el éxito deseado.</p> - -<p>—Comprendo toda la grandeza del varonil espíritu de usted; pero -¿qué puede encontrar en Salamanca digno del empleo de tan insignes -facultades? Voy como espía, y el espionaje no tiene nada de sublime.</p> - -<p>—¿Querréis hacerme creer —dijo con malicia— que vais a Salamanca a -la comisión de Lord Wellington?</p> - -<p>—Seguramente.</p> - -<p>—Un servicio a la patria no se solicita con tanto afán. Recordad -lo que me dijisteis acerca de la persona a quien amáis, la cual está -presa, encantada o endemoniada (así lo habéis dicho) en la ciudad a -donde vamos.</p> - -<p>Una risa franca vino a mis labios; mas la contuve diciendo:</p> - -<p>—Es verdad; pero quizás no tenga tiempo para ocuparme de mis propios -asuntos.</p> - -<p>—Al contrario —dijo con gracia suma—. No os ocuparéis de otra cosa. -¿Se podrá saber, caballero Araceli, quién es cierta condesa que os -escribe desde Madrid?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_103">p. 103</span>—¿Cómo sabe -usted?... —pregunté con asombro.</p> - -<p>—Porque poco antes de salir yo de la casa de Forfolleda, llegó un -oficial con una carta que había recibido para vos. La miré, y vi unas -armas con corona. Vuestro asistente dijo: «Ya tenemos otra cartita de -mi señora la condesa.»</p> - -<p>—¡Y yo salí sin recoger esa carta! —exclamé contrariado—. Vuelvo al -instante a Sancti Spíritus.</p> - -<p>Pero Miss Fly me detuvo con un gesto encantador, diciendo con -gracejo sin igual:</p> - -<p>—No seáis impetuoso, joven soldado; tomad la carta.</p> - -<p>Y me la dio, y al punto la abrí y leí. En ella me decía simplemente, -a más de algunas cosas dulces y lisonjeras, que por Marchena acababa -de saber que nuestro enemigo se disponía a salir de Plasencia para -Salamanca.</p> - -<p>—Parece que os dan alguna noticia importante, según lo mucho que -reflexionáis sobre ella —me dijo Athenais.</p> - -<p>—No me dice nada que yo no sepa. La infeliz madre, agobiada por el -dolor y la impaciencia, me apremia sin cesar para que le devuelva el -bien que le han quitado.</p> - -<p>—Esa carta es de la mamá de la encantada —dijo la señorita Mariposa -con incredulidad—. Forjáis historias muy lindas, caballero; pero que no -engañarán a personas discretas como yo.</p> - -<p>Recorrí la carta con la vista, y seguro de que no contenía -cosa alguna que a los extraños debiera ocultarse, pues la misma -condesa<span class="pagenum" id="Page_104">p. 104</span> había hecho -público el secreto de su desgraciada maternidad, la di a Miss Fly para -que la leyese. Ella, con intensa curiosidad, la leyó en un momento; -y repetidas veces alzó los ojos del papel para clavarlos en mí, -acompañando su mirada de expresivas exclamaciones y preguntas.</p> - -<p>—Yo conozco esta firma —dijo primero—. La condesa de ***. La vi y la -traté en el Puerto de Santa María.</p> - -<p>—En enero del año 10, señora.</p> - -<p>—Justamente... Y dice que sois su ángel tutelar, que espera de -vos su felicidad... que os deberá la vida... que cambiaría todos los -timbres de su casa por vuestro valor, por la nobleza de vuestro corazón -y la rectitud de vuestros altos sentimientos.</p> - -<p>—¿Eso dice?... Pasé la vista sin fijarme más que en lo esencial.</p> - -<p>—Y también que tiene completa confianza en vos, porque os cree -capaz de salir bien en la gran empresa que traéis entre manos... Que -Inés (¿conque se llama Inés?), a pesar de lo mucho que vale por su -hermosura y por sus prendas, le parece poco galardón para vuestra -constancia...</p> - -<p>Miss Fly me devolvió la carta. Inflamaba su rostro una dulce -confusión, casi diré arrebatador entusiasmo. Su brillante fantasía, -despertándose de súbito con briosa fuerza, agrandaba sin duda hasta -límites fabulosos la aventura que delante tenía.</p> - -<p>—¡Caballero! —exclamó sin ocultar el expansivo y grandioso -arrobamiento de su alma<span class="pagenum" id="Page_105">p. -105</span> poética—, esto es hermosísimo, tan hermoso que no parece -real. Lo que yo sospechaba y ahora se me revela por completo, tiene -tanta belleza como las mentiras de las novelas y romances. De modo que -vos, al ir a Salamanca, vais a intentar...</p> - -<p>—Lo imposible.</p> - -<p>—Decid mejor dos imposibles —afirmó Athenais con exaltado acento—, -porque la comisión de Wellington... ¡qué sublime paso, qué incomparable -atrevimiento, Sr. Araceli! El Coronel Simpson decía hace poco que hay -noventa y nueve probabilidades contra una de que seréis fusilado.</p> - -<p>—Dios me protegerá, señora.</p> - -<p>—Seguramente. Si no hubieran existido en el mundo hombres como vos, -no habría historia, o sería muy fastidiosa. Dios os protegerá. Hacéis -muy bien... apruebo vuestra conducta. Os ayudaré.</p> - -<p>—¿Pero todavía insiste usted?</p> - -<p>—¡Extraño suceso! —dijo sin hacer caso de mi pregunta—; ¡y cómo me -seduce y cautiva! En España, solo en España podría encontrarse esto que -enciende el corazón, despierta la fantasía, y da a la vida el aliciente -de vivas pasiones que necesita. Una joven robada; un caballero leal -que, despreciando toda clase de peligros, va en su busca y penetra con -ánimo fuerte en una plaza enemiga, y aspira solo con el valor de su -corazón y los ardides de su ingenio a arrancar el objeto amado de las -bárbaras manos que la aprisionan... ¡Oh, qué aventura tan hermosa! ¡Qué -romance tan lindo!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_106">p. 106</span>—¿Gustan a usted, -señora, las aventuras y los romances?</p> - -<p>—¿Que si me gustan? ¡Me encantan, me enamoran, me cautivan más que -ninguna lectura de cuantas han inventado ingenios de la tierra! —repuso -con entusiasmo—. ¡Los romances! ¿Hay nada más hermoso, ni que con -elocuencia más dulce y majestuosa hable a nuestra alma? Los he leído y -los conozco todos: los moriscos, los históricos, los caballerescos, los -amorosos, los devotos, los vulgares, los de cautivos y forzados, y los -satíricos. Los leo con pasión; he traducido muchos al inglés en verso o -prosa.</p> - -<p>—¡Oh, señora mía e insigne maestra! —dije, afirmando para mí que -la enfermedad moral de Miss Fly era una monomanía literaria—. ¡Cuánto -deben a usted las letras españolas!</p> - -<p>—Los leo con pasión —añadió sin hacerme caso—; pero, ¡ay!, los busco -ansiosamente en la vida real y no puedo, ¡no puedo encontrarlos!</p> - -<p>—Justo, porque esos tiempos pasaron, y ya no hay Lindarajas, ni -Tarfes, ni Bravoneles, ni Melisendras —afirmé, reconociendo que me -había equivocado en mi juicio anterior respecto a la enfermedad de -la Pajarita—. ¿Pero de veras se ha empeñado usted en encontrar en la -vida real los romances? Por ejemplo, aquellas moritas vestidas de -verde que se asomaban a las rejas de plata para despedir a sus galanes -cuando iban a la guerra, aquellos mancebos que salían al redondel con -listón amarillo o morado, aquellos barbudos reyes de Jaén o Antequera -que...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_107">p. 107</span>—Caballero —dijo -con gravedad interrumpiéndome,—¿habéis leído los romances de Bernardo -del Carpio?</p> - -<p>—Señora —respondí turbado—, confieso mi ignorancia. No los conozco. -Me parece que los he oído pregonar a los ciegos; pero nunca los compré. -He descuidado mucho mi instrucción, Miss Fly.</p> - -<p>—Pues yo los sé todos de memoria, desde</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">En los reinos de León</div> - <div class="verse indent0">El quinto Alfonso reinaba;</div> - <div class="verse indent0">Hermosa hermana tenía,</div> - <div class="verse indent0">Doña Jimena se llama,</div> - </div> -</div> -</div> - -<p class="ti0">hasta la muerte del héroe, donde hay aquello de</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent2">Al pie de un túmulo negro</div> - <div class="verse indent0">Esta Bernardo del Carpio.</div> - </div> -</div> -</div> - -<p class="ti0">¡Incomparable poesía! Después de la Iliada no se ha -compuesto nada mejor. Pues bien. ¿No conocéis ni siquiera de oídas el -romance en que <i>Bernardo liberta de los moros a su amada Estela y al -Carpio que tenían cercado</i>?</p> - -<p>—Eso ha de ser bonito.</p> - -<p>—Parece que resucitan los tiempos —dijo Miss Fly con cierta vaguedad -inexplicable, al modo de expresión profética en el semblante—; parece -que salen de su sepultura los hombres, revistiendo forma antigua, o -que el tiempo y el mundo dan un paso atrás para aliviar su tristeza, -renovando por un momento<span class="pagenum" id="Page_108">p. -108</span> las maravillas pasadas... La Naturaleza, aburrida de la -vulgaridad presente, se viste con las galas de su juventud, como una -vieja que no quiere serlo... retrocede la Historia, cansada de hacer -tonterías, y con pueril entusiasmo hojea las páginas de su propio -diario, y luego busca la espada en el cajón de los olvidados y sublimes -juguetes... ¿pero no veis esto, Araceli, no lo veis?</p> - -<p>—Señora, ¿qué quiere usted que vea?</p> - -<p>—El romance de Bernardo y de la hermosa Estela, que por segunda -vez...</p> - -<p>Al decir esto, el caballo que arrastraba, no sin trabajo, el -carricoche de la poética Athenais, empezó a cojear, sin duda porque no -podía reverdecer, como la Historia, las lozanas robusteces y agilidades -de su juventud. Pero la inglesa no paró mientes en esto, y con gravedad -suma continuó así:</p> - -<p>—También tiene ahora aplicación el romance de D. Galván, que no está -escrito, pero que puede recogerse de boca del pueblo, como lo he hecho -yo. En él, sin embargo, D. Galván no hubiera podido sacar de la torre -a la infanta sin el auxilio de una hada o dama desconocida que se le -apareció...</p> - -<p>El caballo entonces, que ya no podía con su alma, tropezó, cayendo -de rodillas.</p> - -<p>—Mi estimable hada, aquí tiene usted la realidad de la vida —le -dije—. Este caballo no puede seguir.</p> - -<p>—¡Cómo! —exclamó con ira la inglesa—. Andará. Si no, enganchad el -vuestro al carricoche, e iremos juntos aquí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_109">p. 109</span>—Imposible, señora, -imposible.</p> - -<p>—¡Qué desolación! Bien decía Mistress Mitchell, que este animal -no sirve para nada. A mí, sin embargo, me pareció digno del carro de -Faetonte.</p> - -<p>Levantamos al animal, que dio algunos pasos, y volvió a caer al poco -trecho.</p> - -<p>—Imposible, imposible —exclamé—. Señora, me veo obligado, muy a -pesar mío, a abandonar a usted.</p> - -<p>—¡Abandonarme! —dijo la inglesa.</p> - -<p>En sus hermosos ojos brilló un rayo de aquella cólera augusta que -los poetas atribuyen a las diosas de la antigüedad.</p> - -<p>—Sí, señora: lo siento mucho. Va a anochecer. De aquí a Salamanca -hay diez leguas; el miércoles a las doce tengo que estar de vuelta en -Bernuy. No necesito decir más.</p> - -<p>—Bien, caballero —dijo con temblor en los labios y acerba -reconvención en la mirada—. Marchaos. No os necesito para nada.</p> - -<p>—El deber no me permite detenerme ni una hora más —afirmé volviendo -a montar en mi caballo, después que, ayudado por el aldeanillo, -puse sobre sus cuatro patas al de Miss Fly—. El ejército aliado -no tardará... ¡Ah! ya están aquí. En aquella loma aparecen las -avanzadas... Las manda Simpson, su amigo de usted el coronel Simpson... -Conque ya puede darme su licencia... No dirá usted, señora mía, que la -dejo sola... Allí viene un jinete. Es Simpson en persona.</p> - -<p>Miss Fly miró hacia atrás con despecho y tristeza.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_110">p. 110</span>—Adiós, hermosa -señora mía —grité picando espuelas—. No puedo detenerme. Si vivo, -contaré a usted lo que me ocurra.</p> - -<p>Apresurado por mi deber, me alejé a todo escape.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch14"> - <h2 class="nobreak g0">XIV</h2> -</div> - -<p>Marché aquella tarde y parte de la noche, y después de dormir -unas cuantas horas en Castrejón, dejé allí el caballo, y habiendo -adquirido gran cantidad de hortalizas, con más un asno flaquísimo -y tristón, hice mi repuesto y emprendí la marcha por una senda que -conducía directamente, según me indicaron, al camino de Vitigudino. -Halleme en este al mediodía del lunes; mas una vez que lo reconocí, -aparteme de él, tomando por atajos y vericuetos hasta llegar al Tormes, -que pasé para coger al camino de Ledesma y lugar de Villamayor. Por -varios aldeanos que encontré en un mesón jugando a la calva y a la -rayuela, supe que los franceses no dejaban entrar a quien no llevase -carta de seguridad dada por ellos mismos, y que aun así detenían a -los vendedores en la plaza, sin dejarlos pasar adelante para que no -pudiesen ver los fuertes.</p> - -<p>—No me han quedado ganas de volver a Salamanca, muchacho —me dijo -el charro fornido y obeso, que me dio tan lisonjeros informes<span -class="pagenum" id="Page_111">p. 111</span> después de convidarme a -beber en la puerta del mesón—. Por milagro de Dios y de María Santísima -está vivo el Sr. Baltasar Cipérez, o sea, yo mismo.</p> - -<p>—¿Y por qué?</p> - -<p>—Porque... verás. Ya sabes que han mandado vayan a trabajar a las -fortificaciones todos los habitantes de estos pueblos. El lugar que no -envía a su gente es castigado con saqueo, y a veces con degüello... -Bien dicen que el diablo es sutil. La costumbre es que mientras los -aldeanos trabajan, los soldados estén quietos hablando y fumando, y -de trecho en trecho hay sargentos que, látigo en mano, están allí con -mucho ojo abierto para ver el que se distrae o mira al cielo, o habla -a su compañero... Bien dijo el otro, que el diablo no duerme y todo lo -añasca... En cuanto se descuida uno tanto así... ¡plas!...</p> - -<p>—Le toman la medida de las espaldas.</p> - -<p>—Yo tengo mala sangre —añadió Cipérez— y no creo haber nacido para -esclavo. Soy aldeano rico, estoy acostumbrado a mandar, y no a que me -den de latigazos. A perro viejo no hay tus, tus... Así es que cuando -aquel Lucifer me...</p> - -<p>—Si soy yo el azotado, allí mismo le tiendo.</p> - -<p>—Yo cerré los ojos; yo no vi más que sangre; yo me metí entre -todos, porque... ¡Baltasar Cipérez azotado por un francés!... Yo daba -mojicones... quien no puede dar en el asno da en la albarda. En fin, -allí nos machacamos las liendres durante un cuarto de hora... Mira las -resultas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_112">p. 112</span>El rico aldeano, -apartando la anguarina puesta del revés según uso del país, mostrome su -brazo vendado y sostenido en un pañuelo al modo de cabestrillo.</p> - -<p>—¿Y nada más? ¡Pues yo creí que le habían ahorcado a usted!</p> - -<p>—No, tonto, no me ahorcaron. ¿De veras lo creías tú? Habríanlo -hecho si no se hubiera puesto de parte mía un soldado francés, llamado -Molichard, que es buen hombre y un tanto borracho. Como éramos amigos -y habíamos bebido tantas copas juntos, se dio sus mañas, y sacándome -del calabozo me puso en salvo, aunque no sano, en la puerta de Zamora. -¡Pobre Molichard, tan borracho y tan bueno! Cipérez el rico no olvidará -su generosa conducta.</p> - -<p>—Sr. Cipérez —dije al leal salmantino—, yo voy a Salamanca y no -tengo carta de seguridad. Si su merced me proporcionara una...</p> - -<p>—¿Y a qué vas allá?</p> - -<p>—A vender estas verduras —repuse mostrando mi pollino.</p> - -<p>—Buen comercio. Te lo pagarán a peso de oro. ¿Llevas lo que ellos -llaman <i>jericó</i>?</p> - -<p>—¿Habichuelas? Sí. Son de Castrejón.</p> - -<p>El aldeano me miró con atención algo suspicaz.</p> - -<p>—¿Sabes por dónde anda el ejército inglés? —me preguntó clavando en -mí los ojos—. Por la uña se saca al león...</p> - -<p>—Cerca está, Sr. Cipérez ¿Conque me da su merced la carta de -seguridad?...</p> - -<p>—Tú no eres lo que pareces —dijo con malicia<span class="pagenum" -id="Page_113">p. 113</span> el aldeano—. ¡Vivan los buenos patriotas -y mueran los franceses, todos los franceses menos Molichard, a quien -pondré sobre las niñas de mis ojos!</p> - -<p>—Sea lo que quiera... ¿me da su merced la carta de seguridad?</p> - -<p>—Baltasarillo —gritó Cipérez—, llégate aquí.</p> - -<p>Del grupo de los jugadores salió un joven como de veinte años, -vivaracho y alegre.</p> - -<p>—Es mi hijo —dijo el charro—. Es un acero... Baltasarillo, dame tu -carta de seguridad.</p> - -<p>—Entonces...</p> - -<p>—No, no vayas mañana a Salamanca. Vuelve conmigo a Escuernavacas. -¿No dices que tu madre quedó muy triste?</p> - -<p>—Madre tiene miedo a las moscas; pero yo no.</p> - -<p>—¿Tú no?</p> - -<p>—Por miedo de gorriones no se dejan de sembrar cañamones —replicó el -mancebo—. Quiero ir a Salamanca.</p> - -<p>—A casa, a casa. Te mandaré mañana con un regalito para el Sr. -Molichard... Dame tu carta.</p> - -<p>El joven sacó su documento y entregómelo el padre diciendo:</p> - -<p>—Con este papel te llamarás Baltasarillo Cipérez, natural de -Escuernavacas, partido de Vitigudino. Las señas de los dos mancebos -allá se van. El papel está en regla, y lo saqué yo mismo hace dos -meses, la última vez que mi hijo estuvo en Salamanca con su hermana -María, cuando la fiesta del rey Copas.</p> - -<p>—Pagaré a su merced el servicio que me ha<span class="pagenum" -id="Page_114">p. 114</span> hecho —dije echando mano a la bolsa, cuando -Baltasarito se apartó de mí.</p> - -<p>—Cipérez el rico no toma dinero por un favor —dijo con nobleza—. -Creo que sirves a la patria, ¿eh? Porque a pesar de ese pelaje... Tan -bueno es como el Rey y el Papa el que no tiene capa... Todos somos -unos. Yo también...</p> - -<p>—¿Cómo recibirán estos pueblos al <i>Lord</i> cuando se presente?</p> - -<p>—¿Cómo le han de recibir?... ¿Le has visto? ¿Está cerca? —preguntó -con entusiasmo.</p> - -<p>—Si su merced quiere verle, pásese el miércoles por Bernuy.</p> - -<p>—¡Bernuy! Estar en Bernuy es estar en Salamanca —exclamó con -exaltado gozo—. El refrán dice: «Aquí caerá Sansón»; pero yo digo: -«Aquí caerá Marmont y cuantos con él son.» ¿Has visto los estudiantes y -los mozos de Villamayor?</p> - -<p>—No he visto nada, señor.</p> - -<p>—Tenemos armas —dijo con misterio—. Ténganos el pie al herrar y verá -del que cojeamos... Cuando el <i>Lord</i> nos vea...</p> - -<p>Y luego, llevándome aparte con toda reserva, añadió:</p> - -<p>—Tú vas a Salamanca mandado por el <i>Lord</i>... ¿eh? como si -lo viera... No haya miedo. El que tiene padre alcalde, seguro va a -juicio. Bien, amigo... has de saber que en todos estos pueblos estamos -preparados, aunque no lo parece. Hasta las mujeres saldrán a pelear... -Los franceses quieren que les ayudemos; pero lo que has de dar al -mur dalo al gato, y sacarte ha de cuidado. Yo serví algún tiempo con -Julián Sánchez, y muchas veces entré en la ciudad<span class="pagenum" -id="Page_115">p. 115</span> como espía... Mal oficio... pero en manos -está el pandero que lo saben bien tañer.</p> - -<p>—Sr. Cipérez —dije—, ¡vivan los buenos patriotas!</p> - -<p>—No esperamos más que ver al inglés para echarnos todos al campo -con escopetas, hoces, picos, espadas y cuanto tenemos recogido y -guardado.</p> - -<p>—Y yo me voy a Salamanca. ¿Me dejarán trabajar en las -fortificaciones?</p> - -<p>—Peligrosillo es. ¿Y el látigo? Quien a mí me trasquiló, las tijeras -le quedaron en la mano... Pero si ahora no trabajan los aldeanos en los -fuertes.</p> - -<p>—¿Pues quién?</p> - -<p>—Los vecinos de la ciudad.</p> - -<p>—¿Y los aldeanos?</p> - -<p>—Los ahorcan si sospechan que son espías. Que ahorquen. Al freír de -los huevos lo verán, y a cada puerco le llega su San Martín... Por mí -nada temo ahora, porque en salvo está el que repica.</p> - -<p>—Pero yo...</p> - -<p>—Ánimo, joven... Dios está en el cielo... y con esto me voy -hacia Valverdón, donde me esperan doscientos estudiantes y más de -cuatrocientos aldeanos. ¡Viva la patria y Fernando VII! ¡Ah! por si te -sirve de algo, puedes decir en Salamanca que vas a buscar hierro viejo -para tu señor padre Cipérez el rico... Adiós...</p> - -<p>—Adiós, generoso caballero.</p> - -<p>—¿Caballero yo? Poco va de Pedro a Pedro... Aunque las calzo no las -ensucio... Adiós,<span class="pagenum" id="Page_116">p. 116</span> -muchacho, buena suerte. ¿Sabes bien el camino? Por aquí adelante, -siempre adelante. Encontrarás pronto a los franceses; pero siempre -adelante, adelante siempre. Aunque mucho sabe la zorra, más sabe el que -la toma.</p> - -<p>Nos despedimos el bravo Cipérez y yo dándonos fuertes apretones de -manos, y seguí a buen paso mi camino.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch15"> - <h2 class="nobreak g0">XV</h2> -</div> - -<p>Detúveme a descansar en Cabrerizos ya muy alta la noche del lunes -al martes, y al amanecer del día siguiente, cuando me disponía a hacer -mi entrada triunfal en la ciudad, insigne maestra de España y de la -civilización del mundo, los franceses, que hasta entonces no me habían -incomodado, aparecieron en el camino. Era un destacamento de dragones -que custodiaba cierto convoy enviado por Marmont desde Fuentesaúco. -A pesar de que no había motivo para creer que aquellos señores se -metieran conmigo, yo temía una desgracia; mas disimulé mi zozobra y -recelo, arreando al pollino, y afectando divertir la tristeza del -camino con cantares alegres.</p> - -<p>No me engañó el corazón, pues los invasores de la patria ¡que -comidos de los lobos sean antes, ahora y después! sin intentar -hacerme<span class="pagenum" id="Page_117">p. 117</span> manifiesto -daño, antes bien un beneficio aparente, contrariaron mi plan de un modo -lastimoso.</p> - -<p>—Hermosas hortalizas —dijo en francés un cabo, llevando su caballo -al mismo paso que mi pollino.</p> - -<p>No dije nada, y ni siquiera le miré.</p> - -<p>—¡Eh, imbécil! —gritó en lengua híbrida dándome con su sable en la -espalda—, ¿llevas esas verduras a Salamanca?</p> - -<p>—Sí, señor —respondí afectando toda la estupidez que me era -posible.</p> - -<p>Un oficial detuvo el paso, y ordenó al cabo que comprase toda mi -mercancía.</p> - -<p>—Todo, lo compramos todo —dijo el cabo sacando un bolsillo de trapo -mugriento—. <i>¿Combien?</i></p> - -<p>Hice señas negativas con la cabeza.</p> - -<p>—¿No llevas eso a Salamanca para venderlo?</p> - -<p>—No, señor: es para un regalo.</p> - -<p>—¡Al diablo con los regalos! Nosotros compramos todo, y así, gran -imbécil, podrás volverte a tu pueblo.</p> - -<p>Comprendí que resistir a la venta era infundir sospechas, y les pedí -un sentido por las verduras, cuya escasez era muy grande en aquella -época y en aquel país. Mas enfurecido el soldado, amenazome con abrirme -bonitamente en dos; subió luego el precio más de lo ofrecido, bajé yo -un tantico, y nos ajustamos. Recibí el dinero, mi pollino se quedó -sin carga, y yo sin motivo aparente para justificar mi entrada en la -ciudad, porque a los que no<span class="pagenum" id="Page_118">p. -118</span> iban con víveres les daban con la puerta en los hocicos. -Seguí, sin embargo, hacia adelante, y el cabo me dijo:</p> - -<p>—¡Eh, buen hombre! ¿No os volvéis a vuestro pueblo? No he visto -mayor estúpido.</p> - -<p>—Señor —repuse—, voy a cargar mi burro de hierro viejo.</p> - -<p>—¿Tienes carta de seguridad?</p> - -<p>—¿Pues no he de traerla? Cuando estuve en Salamanca hace dos meses, -para ver las fiestas del Rey, me la dieron... Pero como ahora no llevo -carga, puede que no me dejen entrar a recoger el hierro viejo. Si el -señor cabo quiere que vaya con su merced para que diga cómo me compró -las verduras... pues, y que voy por hierro viejo.</p> - -<p>—Bueno, <i>saco de papel</i>: pon tu burro al paso de mi caballo -y sígueme; mas no sé si te dejarán entrar, porque hay órdenes muy -rigurosas para evitar el espionaje.</p> - -<p>Llegamos a la puerta de Zamora, y allí me detuvo con muy malos modos -el centinela.</p> - -<p>—Déjalo pasar —dijo mi cabo—; le he comprado las verduras y va a -cargar de hierro su jumento.</p> - -<p>Mirome el cabo de guardia con recelo, y al ver retratada en mi -semblante aquella beatífica estupidez propia de los aldeanos que han -vivido largo tiempo en lo más intrincado de bosques y dehesas, dijo -así:</p> - -<p>—Estos palurdos son muy astutos. ¡Eh! <i>monsieur le badaud</i>. En -esta semana hemos ahorcado a tres espías.</p> - -<p>Yo fingí no comprender, y él añadió:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_119">p. 119</span>—Puedes entrar si -tienes carta de seguridad.</p> - -<p>Mostré el documento, y me dejaron pasar.</p> - -<p>Atravesé una calle larga, que era la de Zamora, y me condujo en -derechura a una grande y hermosa plaza de soportales, ocupada a la -sazón por gran gentío de vendedores. Busqué en las inmediaciones posada -donde dejar mi burro para poder dedicarme con libertad al objeto de -mi viaje, y cuando hube encontrado un mesón, que era el mejor de -la ciudad, y acomodado en él con buen pienso de paja y cebada a mi -pacífico compañero, salí a la calle. Era la de la Rúa, según me dijo -una muchacha a quien pregunté. Mi afán era trasladarme al recinto -murallado para recorrerlo todo. De pronto vi multitud de personas de -diversas clases que marchaban en tropel, llevando cada cual al hombro -azadón o pico. Escoltábanles soldados franceses, y no iban ciertamente -muy a gusto aquellos señores.</p> - -<p>—Son los habitantes de la ciudad que van a trabajar a las -fortificaciones —dije para mí—. Los franceses les llevan a la -fuerza.</p> - -<p>Aparteme a un lado por temor a que mi curiosidad infundiese -sospechas, y andando sin rumbo ni conocimiento de las calles, llegué a -un convento, por cuyas puertas entraban a la sazón algunas piezas de -artillería. De repente sentí una pesada mano sobre mi hombro, y una voz -que en mal castellano me decía:</p> - -<p>—¿No tomáis una azada, holgazán? Venid conmigo a casa del comisario -de policía.</p> - -<p>—Yo soy forastero —repuse—; he venido con mi borriquito...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_120">p. 120</span>—Venid y se sabrá -quién sois —continuó mirándome atentamente—. Si, <i>par exemple</i>, -fueseis <i>espion</i>...</p> - -<p>Mi primer intento fue negarme a seguirle; pero hubiérame vendido -la resistencia, y parecía más prudente ceder. Afectando la mayor -humildad, seguí a mi extraño aprehensor, el cual era un soldado pequeño -y vivaracho, ojinegro, morenito y oficioso, cuyo empaque y modos me -hacían poquísima gracia. En el recodo que hacía una calle tortuosa y -oscura, traté de burlarle, quedándome un instante atrás para poner -los pies en polvorosa con mi habitual ligereza; mas como adivinara el -menguado mis intenciones, asiome del brazo y socarronamente me dijo:</p> - -<p>—¿Creéis que soy menos listo que vos? Adelante y no deis coces, -porque os levanto la tapa de los sesos, señor patán. Ya no me queda -duda que sois <i>espion</i>. Estábais observando la artillería de las -monjas Bernardas. Estábais midiendo la muralla. Sabed que aquí hay -unos funcionarios muy astutos que espían a los espías, y yo soy uno de -ellos. ¿No habéis bailado nunca al extremo de una cuerda?</p> - -<p>Nuevamente sentí impulsos de librarme de aquel hombre por la -violencia; mas por fortuna tuve tiempo de reflexionar, sofocando mi -cólera y fiando mi salvación a la astucia y al disimulo. Llevome -el endemoniado francesillo a un vasto edificio, en cuyo patio vi -mucha tropa, y deteniéndose conmigo ante un grupo formado de cuatro -robustos y poderosos militarotes de brillante uniforme, bigotazos -retorcidos<span class="pagenum" id="Page_121">p. 121</span> e -imponente apostura, me señaló con expresión de triunfo.</p> - -<p>—¿Qué traes, <i>Tourlourou</i>? —preguntó con fastidio el más viejo -de todos.</p> - -<p>—Un <i>crapaud</i> pescado ahora mismo.</p> - -<p>Quiteme el sombrero, y con aire contrito y humildísimo hice varias -reverencias a aquellos apreciables sujetos.</p> - -<p>—¡Un <i>crapaud</i>! —repitió el viejo oficial, dirigiéndose a mí -con fieros ojos—. ¿Quién sois?</p> - -<p>—Señor —dije cruzando las manos—, ese señor soldado me ha tomado por -un espía. Yo vengo de Escuernavacas a buscar hierro viejo; tengo mi -burro en el mesón de una tal tía Fabiana, y me llamo Baltasar Cipérez, -para lo que vuecencia guste mandar. Si quieren ahorcarme, ahórquenme... -—y luego, sollozando del modo más lastimoso y exhalando gritos de dolor -que hubieran conmovido al mismísimo bronce, exclamé—: ¡Adiós, madre -querida; adiós, padre de mi corazón: ya no veréis más a vuestro hijito; -adiós, Escuernavacas de mi alma, adiós, adiós! Pero yo ¿qué he hecho; -qué he hecho yo, señores?</p> - -<p>El oficial anciano dijo con calma imperturbable:</p> - -<p>—Quitadme de delante este canalla. Sargento Molichard, sargento -Molichard, mandad que le encierren en el calabozo. Después le -interrogaremos. Ahora estoy muy ocupado. Voy a ver al <i>maréchal des -logis</i>, porque se dice que esta tarde saldremos de Salamanca.</p> - -<p>Presentose otro francés alto como un poste,<span class="pagenum" -id="Page_122">p. 122</span> derecho como un huso, flaco y duro y -flexible cual caña de Indias, de fisonomía curtida y burlona, ojos -vivos, lacios y negros bigotes, manos y pies de descomunal magnitud. -Cuando vi aquel pedazo de militar, de cuya osamenta pendía el uniforme -como de una percha; cuando oí su nombre, una idea salvadora iluminó -súbito mi cerebro, y pasando del pensamiento a la ejecución con la -rapidez de la voluntad humana en casos de apuro, lancé una exclamación -en que al mismo tiempo puse afectadamente sorpresa y júbilo; corrí -hacia él, me abracé con vehemente ardor a sus rodillas, y llorando -dije:</p> - -<p>—¡Oh, Sr. Molichard de mi alma, Sr. Molichard, queridísimo y -reverenciadísimo! Al fin le encuentro. ¡Y cuánto le he buscado sin que -estos pícaros me dieran razón de su merced! Déjeme que le abrace, que -bese sus rodillas, y que le reverencie y acate y venere... ¡Oh, Santa -Virgen María, qué gozo tan grande!</p> - -<p>—Creo que estáis loco, buen hombre —dijo el francés sacudiendo sus -piernas.</p> - -<p>—Pero ¿no me conoce usía? —añadí—. Pero ¿cómo me ha de conocer, -si no me ha visto nunca? Deme esa mano que la bese, y viva mil años -el buen Sr. Molichard, que salvó a mi buen padre de la muerte. Soy -Baltasar Cipérez: mire mi carta de seguridad; soy hijo del tío -Baltasar, a quien llaman Cipérez el rico, natural de Escuernavacas. -Bendito sea el señor Molichard. Estoy en Salamanca porque hame mandado -mi padre con un obsequio para su merced.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_123">p. 123</span>—¡Un obsequio! -—exclamó el sargento con alborozado semblante.</p> - -<p>—Sí, señor, un obsequio miserable, pues lo que usía ha hecho no lo -pagará mi padre con los pobres frutos de su huerta.</p> - -<p>—¡Verduras! ¿Y dónde están? —dijo Molichard volviendo en derredor -los ojos.</p> - -<p>—Me las quitó en el camino un cabo de dragones, cuyo nombre no sé; -pero que debe de andar por aquí, y podrá dar testimonio de lo que digo. -Pues poco le gustaron a fe. Regostose la vieja a los bledos, no dejó -verdes ni secos.</p> - -<p>—¡Oh, peste de dragones! —exclamó con furia el protector de mi -padre—. Yo se las sacaré de las tripas.</p> - -<p>—Me obligó a que se las vendiera —continué—; pero puedo dar a -usía el dinero que me entregó: además, en el primer viaje que haga a -Salamanca, traeré, no una, sino dos cargas para el Sr. Molichard. Mas -no es el único obsequio que traigo a su merced. Mi padre no sabía qué -hacer, porque quien da luego da dos veces; mi madre, que no ha venido -en persona a ponerse a los pies de usía porque le están echando cintas -nuevas a la mantilla, quería que padre echase la casa por la ventana -para obsequiar a su protector, y cuando me puse en camino pensaron -los dos que la verdura era regalo indigno de su agradecido corazón, -liberalidad y mucha hacienda; por cuya razón diéronme tres doblones de -oro para que en Salamanca comprase para usía un tercio de vino de la -Nava, que aquí lo hay bueno, y el del pueblo revuelve los hígados.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_124">p. 124</span>—El Sr. Cipérez es -hombre generoso —dijo el francés pavoneándose ante sus amigos, que no -estaban menos absortos y gozosos que él.</p> - -<p>—Lo primero que hice en Salamanca esta mañana fue contratar el -tercio en el mesón de la tía Fabiana. Conque vamos por él...</p> - -<p>—El vino de la tía Fabiana no puede ser mejor que el que hay en la -taberna de la Zángana. Puedes comprarlo allí.</p> - -<p>—Daré aína el dinero a su merced para que lo compre a su gusto. Bien -dicen que al que Dios quiere bien, en casa le traen de comer. ¡Cuánto -trabajo para encontrar al Sr. Molichard! Preguntaba a todo el mundo, -sin que nadie me diera razón, hasta que este buen amigo me tomó por -espía y trájome aquí... no hay mal que por bien no venga... ¡Al fin he -tenido el gusto de abrazar al amigo de mi padre! ¡Qué casualidad! Ojos -que se quieren bien, desde lejos se ven... Sr. Molichard, cuando me -deje su merced en el calabozo, donde el oficial mandó que me pusieran, -puede ir a escoger el vino que más le acomode. ¡Bendito sea Dios, que -hizo rico a mi buen padre para poder pagar con largueza los beneficios! -Mi padre quiere mucho al Sr. Molichard. Quien te da el hueso no quiere -verte muerto.</p> - -<p>—En lo de ensartar refranes —dijo Molichard—, se conoce la sangre -del Sr. Cipérez.</p> - -<p>—Si bien canta el cura, no le va en zaga el monaguillo.</p> - -<p>Molichard pareció indeciso, y después de consultar a sus compañeros -con la vista y algún monosílabo que no entendí, me dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_125">p. 125</span>—Yo bien quisiera -no encerraros en el calabozo, porque, en verdad, cuando le obsequian a -uno de parte del Sr. Cipérez... pero...</p> - -<p>—No... no se apure por mí el Sr. Molichard —dije con la mayor -naturalidad del mundo—. Ni quiero que por mí le riña el señor oficial. -Al calabozo. Como estoy seguro de que el señor oficial y todos los -oficiales del mundo se convencerán de que no soy malo...</p> - -<p>—En el calabozo lo pasaríais mal, joven... —dijo el francés—. -Veremos. Se le dirá al oficial que...</p> - -<p>—El oficial no se acuerda ya de lo que mandó —afirmó Tourlourou, -quien, por encantamiento, había olvidado sus rencores contra mí.</p> - -<p>—¡Eh! Jean-Jean —gritó Molichard llamando a un compañero que cercano -al lugar de la escena pasaba, y en cuya pomposa figura conocí al cabo -de dragones que comprara mis verduras en el camino.</p> - -<p>Acercose Jean-Jean, por quien fui al punto reconocido.</p> - -<p>—Buen amigo —le dije—, me parece que fue su merced quien me compró -las verduras que traje para el señor. ¿No dije que eran para un -regalo?</p> - -<p>—A saber que eran para este <i>chauve souris</i>—dijo Jean-Jean—, no -os hubiera dado un céntimo por ellas.</p> - -<p>—Jean-Jean —gritó Molichard en francés—, ¿te gusta el vino de la -Nava?</p> - -<p>—Verlo no. ¿Dónde lo hay?</p> - -<p>—Mira, Jean-Jean. Este joven me ha regalado<span class="pagenum" -id="Page_126">p. 126</span> un trago. Pero tenemos que ponerle a él en -el calabozo...</p> - -<p>—¡En el calabozo!</p> - -<p>—Sí, <i>mon vieux</i>: le han tomado por espía sin serlo.</p> - -<p>—Vámonos a la taberna los cuatro —dijo Tourlourou—, y luego el señor -se quedará en su calabozo.</p> - -<p>—Yo no quiero que por mí se indispongan sus mercedes con los -jefes —dije con humildad y apocamiento—. Llévenme a la prisión, -enciérrenme... Cada lobo en su senda y cada gallo en su muladar.</p> - -<p>—¿Qué es eso de encerrar? —gritó Molichard en tono campechano -y tocando las castañuelas con los dedos—. A casa de la Zángana, -<i>messieurs</i>. Cipérez, nosotros respondemos de ti.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch16"> - <h2 class="nobreak g0">XVI</h2> -</div> - -<p>—¿Y si se enfada el oficial? Yo no me muevo -de aquí.</p> - -<p>—Un francés, un soldado de Napoleón —dijo Tourlourou con gesto -parecido al de Bonaparte, señalando las pirámides—, no bebe tranquilo -mientras que su amigo español se muere de sed en una mazmorra. Bravo, -Cipérez —añadió abrazándome—, sois el primero entre mis camaradas. -Abracémonos... Bien,<span class="pagenum" id="Page_127">p. 127</span> -así... amigos hasta la muerte. Señores, ved juntos aquí <i>l’aigle de -l’Empire et le lion de l’Espagne</i>.</p> - -<p>Francamente, a mí, león de España, me hacían poquísima gracia, como -a aquella, los abrazos del águila del Imperio.</p> - -<p>Y con esto y otros excesos verbales de los tres servidores del gran -Imperio, me sacaron fuera del cuartel y en procesión lleváronme a un -ventorrillo cercano a las fortificaciones de San Vicente.</p> - -<p>—Sr. Molichard, aparte del tercio de lo de la Nava, que es regalo de -mi señor padre, yo pago todo el gasto —dije al entrar.</p> - -<p>En poco tiempo, Tourlourou, Molichard y Jean-Jean regalaron sus -venerandos cuerpos con lo mejor que había en la bodega, y helos aquí -que por grados perdían la serenidad, si bien el cabo de dragones -parecía tener más resistencia alcohólica que sus ilustres compañeros de -armas y de vino.</p> - -<p>—¿Tiene mucha hacienda vuestro padre? —me preguntó Molichard.</p> - -<p>—Bastante para pasar —respondí con modestia.</p> - -<p>—Llámanle Cipérez el rico.</p> - -<p>—Cierto, y lo es... Veo que mi obsequio parece poco... Por ahí se -empieza. Ya sabemos que sobre un huevo pone la gallina.</p> - -<p>—No digo eso. ¡A la salud de <i>monsieurrrr</i> Cipérez!</p> - -<p>—Esto que hoy he traído, es porque como venía a mercar hierro -viejo... Pero mi padre y mi madre y toda mi familia vendrán en -procesión<span class="pagenum" id="Page_128">p. 128</span> -<i>solene</i> con algo mejor. Sr. Molichard, mi hermana quiere conocer -al Sr. Molichard...</p> - -<p>—Es una linda muchacha, según decía Cipérez. ¡A la salud de María -Cipérez!</p> - -<p>—Muy guapa, parece un sol, y cuantos la ven la tienen por -princesa.</p> - -<p>—Y una buena dote... Si al fin irá uno a dejar su pellejo en -España. Digamos como Luis XIV: «Ya no hay <i>Pirrineos</i>...» Bebed, -Baltasarico.</p> - -<p>—Yo tengo muy floja la cabeza. Con tres medias copas que he bebido, -ya estoy como si me hubieran metido a toda Salamanca entre sien y sien -—dije fingiendo el desvanecimiento de la embriaguez.</p> - -<p>Jean-Jean cantaba:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent0"><i>Le crocodile en partant pour la guerre</i></div> - <div class="verse indent0"><i>Disait adieux à ses petits enfants.</i></div> - </div> - <div class="stanza"> - <div class="verse indent8"><i>Le malheureux</i></div> - <div class="verse indent8"><i>Trainait sa queue</i></div> - <div class="verse indent8"><i>Dans la poussière...</i></div> - </div> -</div> -</div> - -<p>Tourlourou, después de remedar el gato y el perro, púsose de pie y -con gesto majestuoso exclamó:</p> - -<p>—Camaradas, desde lo alto de esta botella <i>quarrrrante siècles -vous contemplent</i>.</p> - -<p>Yo dije a Molichard:</p> - -<p>—Señor sargento, como no acostumbro a beber, me he mareado de tal -modo... Voy a salir un momento a tomar el aire. ¿Ha escogido usted su -vino de la Nava?</p> - -<p>Y sin esperar contestación pagué a la Zángana.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_129">p. 129</span>—Bien: vamos un -momento afuera —repuso Molichard tomándome del brazo.</p> - -<p>Al salir encontreme en un sitio que no era plaza, ni patio, ni -calle, sino más bien las tres cosas juntas. A un lado y otro veíanse -altas paredes, unas a medio derribar, otras en pie todavía, sosteniendo -los techos destrozados. Al través de estos se distinguía el interior -abierto de los que fueron templos, cuyos altares habían quedado al aire -libre; y la luz del día, iluminando de lleno las pinturas y dorados, -daba a estos el aspecto de viejos objetos de prendería cuando los -anticuarios de feria los amontonan en la calle. Soldados y paisanos -trabajaban llevando escombros, abriendo zanjas, arrastrando cañones, -amontonando tierra, acabando de demoler lo demolido a medias, o -reparando lo demolido con exceso. Vi todo esto, y acordándome de Lord -Wellington, puse mi alma toda en los ojos. Yo hubiera querido abarcar -de un solo golpe de vista lo que ante mí tenía y guardarlo en mi -memoria, piedra por piedra, arma por arma, hombre por hombre.</p> - -<p>—¿Qué es esto que hacen aquí, Sr. Molichard? —pregunté -cándidamente.</p> - -<p>—¡Fortificaciones, animal! —dijo el sargento, que después que se -llenó el cuerpo con mi vino, había empezado a perderme el respeto.</p> - -<p>—Ya, ya comprendo —repuse afectando penetración—. Para la guerra. ¿Y -cómo llaman a este sitio?</p> - -<p>—Este es el fuerte de San Vicente, y aquí había un convento de -benedictinos, que fue<span class="pagenum" id="Page_130">p. 130</span> -derribado. Una guarida de mochuelos, mi amiguito.</p> - -<p>—¿Y qué van a hacer aquí con tanto cañón? —pregunté estupefacto.</p> - -<p>—Pues no eres poco bestia. ¿Qué se ha de hacer? Fuego.</p> - -<p>—¡Fuego! —dije medrosamente—. ¿Y todos a la vez?</p> - -<p>—Te pones pálido, cobarde.</p> - -<p>—Uno, dos, tres, cuatro... allí traen otro. Son cinco. ¿Y esa -tierra, mi sargento, para qué es?</p> - -<p>—No he visto un animal semejante... ¿No ves que se están haciendo -escarpa y contraescarpa?</p> - -<p>—¿Y aquel otro caserón hecho pedazos que se ve más allá?</p> - -<p>—Es el castillo árabe-romano. <i>¡Foudre et tonnerre!</i> Eres un -ignorante. Dame la mano, que San Cayetano me baila delante.</p> - -<p>—¿San Cayetano?</p> - -<p>—¿No lo ves, zopenco? Aquel convento grande que está a la derecha. -También lo estamos fortificando.</p> - -<p>—Esto es muy bonito, Sr. Molichard. Será gracioso ver esto cuando -empiece el fuego. ¿Y aquellos paredones que están derribando?</p> - -<p>—El colegio Trilingüe... <i>triquis lingüis</i> en latín, esto es, -<i>de tres lenguas</i>. Todavía no han acabado el camino cubierto que -baja a la Alberca.</p> - -<p>—Pero aquí han derribado calles enteras, Sr. Molichard —dije -avanzando más y dándole el brazo para que no se cayese.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_131">p. 131</span>—Pues no parece -sino que vienes del Limbo, <i>¡ventre de bœuf!</i> ¿No ves que hemos -echado al suelo la calle larga para poder esparcir los fuegos de San -Vicente?...</p> - -<p>—Y allí hay una plaza...</p> - -<p>—Un baluarte.</p> - -<p>—Dos, cuatro, seis, ocho cañones nada menos. Esto da miedo.</p> - -<p>—Juguetes... los buenos son aquellos cuatro, los del revellín.</p> - -<p>—Y por aquí va un foso...</p> - -<p>—Desde la puerta hasta los Milagros, bruto.</p> - -<p>—¿Y detrás?... Jesús, María y José, ¡qué miedo!</p> - -<p>—Detrás del parapeto están los morteros.</p> - -<p>—Vamos ahora por aquel lado.</p> - -<p>—¿Por San Cayetano?... ¡Oh!... Veo que eres curioso, curiosito... -<i>Saperlotte</i>. Te advierto que si sigues haciendo tales preguntas -y mirando con esos ojos de buey... me harás creer que ciertamente eres -espía... y, a la verdad, amiguito, sospecho...</p> - -<p>El sargento me miró con descaro y altanería. Llegó a la sazón -Tourlourou en lastimoso estado, mal sostenido por Jean-Jean, que -entonaba una canción guerrera.</p> - -<p>—¡<i>Espion</i>, sí, <i>espion</i>! —dijo Tourlourou señalándome—. -Sostengo que eres <i>espion</i>. ¡Al calabozo!</p> - -<p>—Francamente, caballero Cipérez —dijo Molichard—, yo no quisiera -faltar a la disciplina, ni que el jefe me pusiera en el nicho por -ti.</p> - -<p>—Tiene este mancebo —afirmó Jean-Jean sentándome la mano en el -hombro con tanta<span class="pagenum" id="Page_132">p. 132</span> -fuerza que casi me aplastó— cara de tunante.</p> - -<p>—Desde que le vi sospeché algo malo —dijo Molichard—. No está uno -seguro de nadie en esta maldita tierra de España. Salen espías de -debajo de las piedras...</p> - -<p>Yo me encogí de hombros, fingiendo no entender nada.</p> - -<p>—¿Pero no os dije que estaba observando el convento de Bernardas, -cuya muralla se está aspillerando? —dijo Tourlourou.</p> - -<p>Comprendí que estaba perdido; pero esforceme en conservar la -serenidad. De pronto entró en mi alma un rayo de esperanza al oír -pronunciar a Jean-Jean las siguientes palabras en mal castellano:</p> - -<p>—Sois unos bestias. Dejadme a mí al señor Cipérez, que es mi -amigo.</p> - -<p>Pasó su brazo por encima de mi hombro con familiaridad cariñosa, -aunque harto pesada.</p> - -<p>—Volvámonos al cuartel —dijo Molichard—. Yo entro de guardia a las -diez.</p> - -<p>Y asiéndome por el brazo añadió:</p> - -<p>—¡<i>Peste, mille pestes</i>!... ¿Querías escapar?</p> - -<p>—En el cuartel se le registrará —exclamó Tourlourou.</p> - -<p>—Fuera de aquí, <i>goguenards</i> —dijo con energía Jean-Jean—. El -Sr. Cipérez es mi amigo, y le tomo bajo mi protección. Andad con mil -demonios y dejádmelo aquí.</p> - -<p>Tourlourou reía; pero Molichard mirome con ojos fieros e insistió -en llevarme consigo; mas aplicole mi improvisado protector tan fuerte -porrazo en el hombro, que al fin resolvió marcharse con su compañero, -ambos describiendo<span class="pagenum" id="Page_133">p. 133</span> -eses y otros signos ortográficos con sus desmayados cuerpos. He -referido con alguna minuciosidad los hechos y dichos de aquellos -bárbaros, cuya abominable figura no se borró en mucho tiempo de mi -memoria. Al reproducir los primeros, no me he separado de la verdad en -lo más mínimo. En cuanto a las palabras, imposible sería a la retentiva -más prodigiosa conservarlas tal y como de aquellas embriagadas bocas -salieron, en jerga horrible que no era español ni francés. Pongo en -castellano la mayor parte, no omitiendo aquellas voces extranjeras que -más impresas han quedado en mi memoria, y conservo el tratamiento de -<i>vos</i>, que comúnmente nos daban los franceses poco conocedores de -nuestro modo de hablar.</p> - -<p>¿La protección de Jean-Jean era desinteresada o significaba un -nuevo peligro mayor que los anteriores? Ahora se verá, si tienen mis -amigos paciencia para seguir oyendo el puntual relato de mis aventuras -en Salamanca el día 16 de junio de 1812, las cuales, a no ser yo -mismo protagonista y actor principal de todas ellas, las diputara por -hechuras engañosas de la fantasía, o invenciones de novelador para -entretener al vulgo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch17"> - <p><span class="pagenum" id="Page_134">p. 134</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XVII</h2> -</div> - -<p>El Sr. Jean-Jean me tomó el brazo, y llevándome adelante por entre -aquellas tristes ruinas, díjome:</p> - -<p>—Amigo Cipérez, he simpatizado con vos; nos pasearemos juntos... -¿Cuándo pensáis dejar a Salamanca? Os juro que lo sentiré.</p> - -<p>Tan relamidas expresiones fueron funestísimo augurio para mí, y -encomendé mi alma a Dios. En mi turbación, ni siquiera reparé en el -aparato de guerra que a mi lado había, y olvideme ¡oh Jesús divino! de -Lord Wellington, de Inglaterra y de España.</p> - -<p>—Mucho me agrada su compañía —dije afectando valor—. Vamos a donde -usted quiera.</p> - -<p>Sentí que el brazo del francés, cual máquina de hierro, apretaba -fuertemente el mío. Aquel apretón quería decir: «No te me escaparás, -no.» A medida que avanzábamos noté que era más escasa la gente, y -que los sitios por donde lentamente discurríamos estaban cada vez -más solitarios. Yo no llevaba más arma que una navaja. Jean-Jean, -que era hombre robustísimo y de buena estatura, iba acompañado de un -poderoso sable. Con rápida mirada observé hombre y arma para medirlos y -compararlos con la fuerza que yo podía desplegar en caso de lucha.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_135">p. 135</span>—¿A dónde me lleva -usted? —pregunté deteniéndome al fin, resuelto a todo.</p> - -<p>—Seguid, mi buen amigo —dijo con burlesco semblante—. Nos pasearemos -por la orilla del Tormes.</p> - -<p>—Estoy algo cansado.</p> - -<p>Parose, y clavando sus ojuelos en mí, me dijo:</p> - -<p>—¿No queréis seguir al que os ha librado de la horca?</p> - -<p>Con esa llama de intuición que súbitamente nos ilumina en momentos -de peligro, con la perspicacia que adquirimos en la ocasión crítica en -que la voluntad y el pensamiento tratan de sobreponerse con angustioso -esfuerzo a obstáculos terribles, leí en la mirada de aquel hombre la -idea que ocupaba su alma. Indudablemente Jean-Jean había conocido -que yo llevaba conmigo mayor cantidad de dinero que la que mostré en -la taberna, y ya me creyese espía, ya el verdadero Baltasar Cipérez, -tentó mi caudal su codicia, y el fiero dragón ideó fáciles medios para -apropiárselo. Aquel equívoco aspecto suyo, aquel solitario paraje -por donde me conducía, indicaban su criminal proyecto, bien fuese -este matarme para dar luego con mi cuerpo en el río, bien espoliarme, -denunciándome después como espía.</p> - -<p>Por un instante sentí cobarde y vencida el alma, trémulo y frío el -cuerpo: la sangre toda se agolpó a mi corazón, y vi la muerte, un fin -horrible y oscuro, cuyo aspecto afligió mi alma más que mil muertes en -el terrible y glorioso campo de batalla... Miré en derredor, y<span -class="pagenum" id="Page_136">p. 136</span> todo lo vi desierto y solo. -Mi verdugo y yo éramos los únicos habitantes de aquel lugar triste, -abandonado y desnudo. A nuestro lado ruinas deformes iluminadas por la -claridad de un sol que me parecía espantoso; delante el triste río, -donde el agua remansada y quieta no producía, al parecer, ni corriente -ni ruido; más allá la verde orilla opuesta. No se oía ninguna voz -humana, ni paso de hombre ni de bruto, ni más rumor que el canto de los -pájaros que alegremente cruzaban el Tormes para huir de aquel sitio de -desolación en busca de la frescura y verdor de la otra ribera. No podía -pedir auxilio a nadie más que a Dios.</p> - -<p>Pero sentí de pronto la iluminación de una idea divina, divina, sí, -que penetró en mi mente, lanzada como rayo invisible de la inmortal y -alta fuente del pensamiento: sentí no sé qué dulces voces en mi oído, -no sé qué halagüeñas palpitaciones en mi corazón, un brío inexplicable, -una esperanza que me llenaba todo; y sentir esto, y pensarlo, y formar -un plan, fue todo uno. He aquí cómo.</p> - -<p>Bruscamente y disimulando tanto mi recelo cual si fuera yo el -criminal y él la víctima, detuve a Jean-Jean; tomé una actitud severa, -resuelta y grave; le miré como se mira a cualquier miserable que va a -prestarnos un servicio, y en tono muy altanero le dije:</p> - -<p>—Sr. Jean-Jean: este sitio me parece muy a propósito para hablar a -solas.</p> - -<p>El hombre se quedó lelo.</p> - -<p>—Desde que le vi a usted, desde que le hablé, le tuve por hombre de -entendimiento, de<span class="pagenum" id="Page_137">p. 137</span> -actividad, y esto precisamente, esto, es lo que yo necesito ahora.</p> - -<p>Vaciló un momento, y al fin estúpidamente me dijo:</p> - -<p>—De modo que...</p> - -<p>—No, no soy lo que parezco. Se puede engañar a esos imbéciles -Tourlourou y Molichard; pero no a usted.</p> - -<p>—Ya me lo figuraba —afirmó—. Sois espía.</p> - -<p>—No. Extraño que un entendimiento como el tuyo haya incurrido en esa -vulgaridad —dije tuteándole con desenfado—. Ya sabes que los espías son -siempre rústicos labriegos que por dinero exponen su vida. Mírame bien. -A pesar del vestido, ¿tengo cara y talle de labriego?</p> - -<p>—No a fe mía. Sois un caballero.</p> - -<p>—Sí: un caballero, un caballero, y tú también lo eres, pues la -caballerosidad no está reñida con la pobreza.</p> - -<p>—Ciertamente que no.</p> - -<p>—¿Y has oído nombrar al Marqués de Ríoponce?</p> - -<p>—No... sí... sí me parece que le he oído nombrar.</p> - -<p>—Pues ese soy yo. ¿Podré vanagloriarme de haber encontrado en este -día, aciago para mí, un hombre de buenos sentimientos que me sirva, -y al cual demostraré mi gratitud recompensándole con lo que él mismo -nunca ha podido soñar?... Porque tú como soldado eres pobre, ¿no es -cierto?</p> - -<p>—Pobre soy —dijo, no disimulando la avaricia que por las claras -ventanas de sus ojos asomaba.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_138">p. 138</span>—Escasa es la -cantidad que llevo sobre mí; pero para la empresa que hoy traigo entre -manos he traído suma muy respetable, hábilmente encerrada dentro del -pelote que rellena el aparejo de mi cabalgadura.</p> - -<p>—¿Dónde dejasteis vuestro pollino?</p> - -<p>Me quería comer con los ojos.</p> - -<p>—Eso se queda para después.</p> - -<p>—Si sois espía, no contéis conmigo para nada, señor Marqués —dijo -con cierta confusión—. No haré traición a mis banderas.</p> - -<p>—Ya he dicho que no soy espía.</p> - -<p>—<i>C’est drôle.</i> ¿Pues qué demonios os trae a Salamanca en -ese traje, vendiendo verduras y haciéndoos pasar por un campesino de -Escuernavacas?</p> - -<p>—¿Qué me trae? Una aventura amorosa.</p> - -<p>Dije esto y lo anterior con tal acento de seguridad, tanto aplomo -y dominio de mí mismo, que en los ojos del que había querido ser mi -asesino observé, juntamente con la avaricia, la convicción.</p> - -<p>—¡Una aventura amorosa! —dijo asaltado nuevamente por la duda, -después de breve rato de meditación—. ¿Y por qué no habéis venido tal y -como sois? ¿Para qué ocultaros así de toda Salamanca?</p> - -<p>—¡Qué pregunta!... A fe que en ciertos momentos pareces un niño -inocente. Si la aventura amorosa fuera de esas que se vienen a la mano -por fáciles y comunes, tendrías razón; pero esta de que me ocupo es -peligrosa, y tan difícil, que es indispensable ocultar por completo mi -persona.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_139">p. 139</span>—¿Es que algún -francés os ha quitado vuestra novia? —preguntó el dragón sonriendo por -primera vez en aquel diálogo.</p> - -<p>—Casi, casi... parece que vas acertando. Hay en Salamanca una -persona que amo y a quien me llevaré conmigo, si puedo; otra que -aborrezco y a quien mataré, si puedo.</p> - -<p>—¿Y esa segunda persona es quizás alguno de nuestros queridos -generales? —dijo con sequedad—. Señor Marqués, no contéis conmigo para -nada.</p> - -<p>—No: esa persona no es ningún general, ni siquiera es francés. Es un -español.</p> - -<p>—Pues si es español, <i>le diable m’emporte</i>... podéis tratarle -todo lo mal que os agrade. Ningún francés os dirá una palabra.</p> - -<p>—No, porque ese hombre es poderoso, y aunque español, ha tiempo que -sirve la causa francesa. Es travieso como ninguno, y si me hubiera -presentado aquí dando a conocer mi nombre habríame sido imposible -evitar una persecución rápida y terrible, o quizás la muerte.</p> - -<p>—En una palabra, señor mío —dijo con impaciencia—, ¿qué es lo que -queréis que yo haga para serviros?</p> - -<p>—Primero que no me denuncies, estúpido —respondí tratándole -despóticamente para establecer mejor aún mi superioridad—; después, que -me ayudes a buscar el domicilio de mi enemigo.</p> - -<p>—¿No lo sabéis?</p> - -<p>—No. Esta es la primera vez que vengo a Salamanca. Como vuestros -groseros camaradas<span class="pagenum" id="Page_140">p. 140</span> -quisieron prenderme, no he tenido tiempo de nada.</p> - -<p>—Ahora que nombráis a mis camaradas... —dijo Jean-Jean con mucho -recelo—, me ocurre... Cuidado que hicisteis bien el papel de aldeano. -No me he olvidado de los refranes. Si ahora también...</p> - -<p>—¿Sospechas de mí? —grité con altanería.</p> - -<p>—Nada de soberbia, señor Marquesito —repuso con insolencia—. Ved que -puedo denunciaros.</p> - -<p>—Si me denuncias, solo experimento la contrariedad de no poder -llevar adelante mi proyecto; pero tú perderás lo que yo pudiera -darte.</p> - -<p>—No hay que reñir —dijo en tono benévolo—. Referidme en qué consiste -esa aventura amorosa, pues hasta ahora no me habéis dicho más que -vaguedades.</p> - -<p>—Un miserable hijo de Salamanca, un perdido, un <i>sans culotte</i> -ha robado de la casa paterna a cierta gentil doncella, de la más alta -nobleza de España, un ángel de belleza y de virtud...</p> - -<p>—¡La ha robado!... Pues qué, ¿así se roban doncellas?</p> - -<p>—La ha robado por satisfacer una venganza, que la venganza es el -único goce de su alma perversa; por retener en su poder una prenda que -le permita amenazar a la más honrada y preclara casa de Andalucía, como -retienen los ladrones secuestradores la persona del rico, pidiendo -a la familia la suma del rescate. Por largo tiempo ha sido inútil -toda mi diligencia y la de los parientes de esa desgraciada<span -class="pagenum" id="Page_141">p. 141</span> joven para averiguar el -lugar donde la esconde su fementido secuestrador; pero una casualidad, -un suceso insignificante al parecer, pero que ha sido aviso de Dios, -sin duda, me ha dado a conocer que ambos están en Salamanca. Él no -habita sino las ciudades ocupadas por los franceses, porque teme la -ira de sus paisanos, porque es un hombre maldito, traidor a su patria, -irreligioso, cruel, un mal español y un mal hijo, Jean-Jean, que, -devorado por impío rencor hacia la tierra en que nació, le hace todo el -daño que puede. Su vida tenebrosa, como la de los topos, empléase en -fundar y propagar sociedades de masonería, en sembrar discordias, en -levantar del fondo de la sociedad la hez corrompida que duerme en ella, -en arrojar la simiente de las turbaciones de los pueblos. Favorécenle -ustedes, porque favorecen todo lo que divida, aniquile y desarme a -los españoles. Él corre de pueblo en pueblo, ocultando en sus viajes -nombre, calidad y ocupación, para no provocar la ira de los naturales, -y cuando no puede viajar acompañado por tropas francesas, se oculta -con los más indignos disfraces. Últimamente ha venido de Plasencia a -Salamanca fingiéndose cómico, y su cuadrilla imitaba tan perfectamente -a las compañías de la legua, que pocos en el tránsito sospecharon el -engaño...</p> - -<p>—Ya sé quién es —dijo súbitamente y sonriendo Jean-Jean—. Es -Santorcaz.</p> - -<p>—El mismo: D. Luis de Santorcaz.</p> - -<p>—A quien algunos españoles tienen por brujo, encantador y -nigromante. ¿Y para entenderos<span class="pagenum" id="Page_142">p. -142</span> con ese mal sujeto —añadió el francés— os disfrazáis de ese -modo? ¿Quién os ha dicho que Santorcaz es poderoso entre nosotros? Lo -sería en Madrid, pero no aquí. Las autoridades le consienten, pero no -le protegen. Hace tiempo que ha caído en desgracia.</p> - -<p>—¿Le conoces bien?</p> - -<p>—Pues ya: en Madrid éramos amigos. Le escolté cuando salió a -Toledo a conferenciar con la Junta, y nos hemos reconocido después -en Salamanca. Estuvo aquí hace tres meses, y después de una ausencia -corta, ha vuelto... Caballero Marqués, o lo que seáis, para luchar -contra semejante hombre no necesitáis llevar ese vestido burdo, -ni disimular vuestra nobleza: podéis hacer con él lo que mejor os -convenga, incluso matarle, sin que el Gobierno francés os estorbe. -Oscuro, olvidado y no muy bienquisto, Santorcaz se consuela con la -masonería, y en la logia de la calle de Tentenecios, unos cuantos -perdidos españoles y franceses, lo peor sin duda de ambas naciones, se -entretienen en exterminar al género humano, volviendo al mundo patas -arriba, suprimiendo la aristocracia, y poniendo a los reyes una escoba -en la mano para que barran las calles. Ya veis que esto es ridículo. -Yo he ido varias veces allí en vez de ir al teatro, y en verdad que no -debieran disfrazarse de cómicos, porque realmente lo son.</p> - -<p>—Veo que eres un hombre de grandísimo talento.</p> - -<p>—Lo que soy —dijo el soldado en tono de alarmante sospecha—, es un -hombre que no<span class="pagenum" id="Page_143">p. 143</span> se -mama el dedo. ¿Cómo es posible que siendo vuestro único enemigo un -hombre tan poco estimado, y siendo vos Marqués de tantas campanillas, -necesitéis venir aquí vendiendo verdura y engañando a todo el pueblo, -cual si no hubiérais de luchar con un intrigante de baja estofa, sino -con todos nosotros, con nuestro poder, nuestra policía, y el mismo -gobernador de la plaza, el general Thiebaut-Tibo?</p> - -<p>Jean-Jean razonaba lógicamente, y por breve rato no supe qué -contestarle.</p> - -<p>—<i>Connu, connu...</i> Basta de farsas. Sois espía —agregó con -acento brutal—. Si después de venir aquí como enemigo de la Francia, os -burláis de mí, juro...</p> - -<p>—Calma, calma, amigo Jean-Jean —dije procurando esquivar el gran -peligro que me amenazaba, después que lo creí conjurado—. Ya te dije -que una aventura amorosa... ¿No has reparado que Santorcaz lleva -consigo una joven?...</p> - -<p>—Sí, ¿y qué? Dicen que es su hija...</p> - -<p>—¡Su hija! —exclamé afectando una cólera frenética—; ¿ese miserable -se atreve a decir que es su hija?</p> - -<p>—Así lo dicen, y en verdad que se le parece bastante —repuso con -calma mi interlocutor.</p> - -<p>—¡Oh! por Dios, amigo mío, por todos los santos, por lo que más ames -en el mundo, llévame a casa de ese hombre, y si delante de mí se atreve -a decir que Inés es su hija, le arrancaré la lengua.</p> - -<p>—Lo que puedo aseguraros es que la he<span class="pagenum" -id="Page_144">p. 144</span> visto de paseo por la ciudad y sus -alrededores dando el brazo a Santorcaz, que está muy enfermo, y la -muchacha, muy linda por cierto, no tenía modos de estar descontenta al -lado del masón, pues cariñosamente le conduce por las calles, y le hace -mimos y monerías... Y ahora, <i>mon petit</i>, salís con que es vuestra -novia, y una señora encantada o <i>princesse d’Araucanie</i>, según -habéis dado a entender... Bueno, ¿y qué?</p> - -<p>—Que he venido a Salamanca para apoderarme de ella y restituirla a -su familia, empresa en la cual espero que me ayudarás.</p> - -<p>—Si ha sido robada, ¿por qué esa familia, que es tan poderosa, no se -ha quejado al rey José?</p> - -<p>—Porque esa familia no quiere pedir nada al rey José. Eres más -preguntón que un fiscal, y yo no puedo sufrirte más —grité sin poder -contener mi impaciencia y enojo—. ¿Me sirves, sí o no?</p> - -<p>Jean-Jean, viendo mi actitud resuelta, vaciló un momento, y después -me dijo:</p> - -<p>—¿Qué tengo que hacer? ¿Llevaros a la calle del Cáliz, donde está la -casa de Santorcaz; entrar, acogotarle y coger en brazos a la princesa -encantada?</p> - -<p>—Eso sería muy peligroso. Yo no puedo hacer eso sin ponerme antes -de acuerdo con ella, para que prepare su evasión con prudencia y sin -escándalo. ¿Puedes tú entrar en la casa?</p> - -<p>—No muy fácilmente, porque el Sr. Santorcaz tiene costumbres de -anacoreta, y no<span class="pagenum" id="Page_145">p. 145</span> gusta -de visitas; pero conozco a Ramoncilla, una de las dos criadas que le -sirven, y podría introducirme en caso de gran interés.</p> - -<p>—Pues bien: yo escribo dos palabras, haces que lleguen a manos de la -señorita Inés, y una vez que esté prevenida...</p> - -<p>—Ya os entiendo, tunante —dijo con malicia de zorro y burlándose de -mí—. Queréis que me quite de vuestra presencia para escaparos.</p> - -<p>—¿Todavía dudas de mi sinceridad? Atiende a lo que escribo con lápiz -en este papel.</p> - -<p>Apoyando un pedazo de papel en la pared, escribí lo siguiente, que -por encima de mi hombro leía Jean-Jean:</p> - -<blockquote> - - <p>«Confía en el portador de este escrito, que es un amigo mío y de - tu mamá la condesa de ***, y al cual señalarás el sitio y hora en que - puedo verte, pues habiendo venido a Salamanca decidido a salvarte, no - saldré de aquí sin ti.—<i>Gabriel.</i>»</p> - -</blockquote> - -<p>—¿Nada más que esto? —dijo tomando el papel y observándolo con la -atención profunda del anticuario que quiere descifrar una inscripción -oscura.</p> - -<p>—Concluyamos. Tú llevas ese papel; procura entregarlo a la señorita -Inés, y si me traes en el dorso del mismo una sola letra suya, aunque -sea trazada con la uña, te entregaré los seis doblones que llevo aquí, -dejando para recompensar servicios de más importancia lo que guardé en -el mesón.</p> - -<p>—¡Sí, bonito negocio! —dijo el francés con desdén—. Yo voy a la -calle del Cáliz, y en<span class="pagenum" id="Page_146">p. 146</span> -cuanto me aleje, vos, que no deseáis sino perderme de vista, echáis a -correr, y...</p> - -<p>—Iremos juntos y te esperaré en la puerta.</p> - -<p>—Es lo mismo, porque si subo y os dejo fuera...</p> - -<p>—¡Desconfías de mí, miserable! —exclamé inflamado por la -indignación, que se mostró de un modo terrible en mi voz y en mi -gesto.</p> - -<p>—Sí, desconfío... En fin, voy a proponeros una cosa, que me dará -garantía contra vos. Mientras voy a la calle del Cáliz, os dejaré -encerrado en paraje muy seguro, del cual es imposible escapar. Cuando -vuelva de mi comisión, os sacaré y me daréis el dinero.</p> - -<p>La ira se desbordaba en mí; mas viendo que era imposible escapar del -poder de tan vil enemigo, acepté lo que se me proponía, reconociendo -que entre morir y ser encerrado durante un espacio de tiempo que no -podía ser largo; entre la denuncia como espía y una retención pasajera, -la elección no era dudosa.</p> - -<p>—Vamos —le dije con desprecio—, llévame a donde quieras.</p> - -<p>Sin hablar más, Jean-Jean marchó a mi lado y volvimos a penetrar en -aquel laberinto de ruinas, de edificios medio demolidos y revueltos -escombros donde empezaban las fortificaciones. Vimos primero alguna -gente en nuestro camino, y después la multitud que iba y venía, y -trabajaba en los parapetos, amontonando tierra y piedras, es decir, -fabricando la guerra con los restos de la religión. Ambos, silenciosos, -llegamos a un pórtico vasto, que parecía ser de convento o colegio, y -nos dirigimos<span class="pagenum" id="Page_147">p. 147</span> a un -claustro, donde vi hasta dos docenas de soldados, que tendidos por el -suelo jugaban y reían con bullicio, gente feliz en medio de aquella -nacionalidad destruida, pobres jóvenes sencillos, ignorantes de las -causas que les habían movido a convertir en polvo la obra de los -siglos.</p> - -<p>—Este es el convento de la Merced Calzada —me dijo Jean-Jean—. No se -ha podido acabar de demoler porque había mucha faena por otro lado. En -lo que queda nos acuartelamos doscientos hombres. ¡Buen alojamiento! -Benditos sean los frailes. <i>¡Charles le temeraire!</i> —gritó después -llamando a uno de los soldados que estaban en el corro.</p> - -<p>—¿Qué hay? —dijo adelantándose un soldado pequeño y gordinflón—. ¿A -quién traes contigo?</p> - -<p>—¿Dónde está mi primo?</p> - -<p>—Por ahí anda. <i>¡Pied-de-mouton!</i></p> - -<p>Presentose al poco rato un sargento bastante parecido a mi -acompañante maldito, y este le dijo:</p> - -<p>—<i>Pied-de-mouton</i>, dame la llave de la torre.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch18"> - <h2 class="nobreak g0">XVIII</h2> -</div> - -<p>Un instante después, Jean-Jean entraba conmigo en un aposento que -no era ni oscuro ni húmedo, como suelen ser los destinados a encerrar -prisioneros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_148">p. 148</span>—Permitidme, -<i>señor pequeño Marqués</i> —me dijo con burlona cortesía—, que os -encierre aquí mientras voy a la calle del Cáliz. Si me dais antes de -partir los doblones prometidos, os dejaré libre.</p> - -<p>—No —repuse con desprecio—. Para tener la recompensa sin el -servicio, necesitas matarme, vil. Inténtalo y me defenderé como -pueda.</p> - -<p>—Pues quedaos aquí. No tardaré en volver.</p> - -<p>Marchose, cerrando por fuera la puerta, que era gruesísima. Al verme -solo, toqué los muros, cuyo espesor de dos varas anunciaba una solidez -de construcción a prueba de terremotos... ¡Triste situación la mía! -Cerca del mediodía, y antes de que pudiera adquirir todos los datos que -mi general deseaba, encontrábame prisionero, imposibilitado de recorrer -solo y a mis anchas la población. Hablando en plata, Dios no me había -favorecido gran cosa, y a tales horas, poco sabía yo y nada había -hecho.</p> - -<p>Senteme fatigado; alcé la cabeza para explorar lo que había encima, -y vi una escalera que, arrancando del suelo, seguía doblándose en los -ángulos y arrollándose hasta perderse en alturas que no distinguía -claramente mi vista. Los negros tramos de madera subían por el -prisma interior, articulándose en las esquinas como una culebra con -coyunturas, y las últimas vueltas perdíanse arriba en la alta región -de las campanas. Una luz vivísima, entrando por las rasgadas ventanas -sin vidrios, iluminaba aquel largo tubo vertical en cuya parte inferior -me encontraba. Atracción poderosa llamábame<span class="pagenum" -id="Page_149">p. 149</span> hacia arriba, y subí corriendo. Más que -subir, aquella veloz carrera mía fue como si me arrojara en un pozo -vuelto del revés.</p> - -<p>Saltando los escalones de dos en dos, llegué a un piso donde varios -aparatos destruidos me indicaron que allí había existido un reloj. Por -fuera, una flecha negra que estuvo dando vueltas durante tres siglos, -señalaba con irónica inmovilidad una hora que no había de correr -más. Por todas partes pendían cuerdas; pero no había campanas. Era -aquello el cadáver de una cristiana torre, mudo e inerte como todos -los cadáveres. El reloj había cesado de latir marcando la oscilación -de la vida, y las lenguas de bronce habían sido arrancadas de aquellas -gargantas de tierra que por tanto tiempo clamaran en los espacios, -saludando el alba naciente, ensalzando al Señor en sus grandes días, -y pidiendo una oración para los muertos. Seguí subiendo, y en lo más -alto, dos ventanas, dos enormes ojos miraban atónitos el vasto cielo y -la ciudad y el país, como miran los espantados ojos de los muertos, sin -brillo y sin luz. Al asomarme a aquellas cavidades, lancé un grito de -júbilo.</p> - -<p>Debajo de mi vista se desarrollaba un mapa de gran parte de la -ciudad y sus contornos, su río y su campiña.</p> - -<p>Un viento suave mugía en la bóveda de la torre solitaria, -articulando en aquel cráneo vacío sílabas misteriosas. Figurábaseme que -la mole se tambaleaba como una palmera, amenazando caer antes que las -piquetas de los franceses la destruyeran piedra a piedra. A veces<span -class="pagenum" id="Page_150">p. 150</span> me parecía que se elevaba -más, más todavía, y que la ciudad ilustre, la insigne <i>Roma la -chica</i>, se desvanecía allá abajo, perdiéndose entre las brumas de la -tierra. Vi otras torres, los tejados, las calles, la majestuosa masa -de las dos catedrales, multitud de iglesias de diferentes formas, que -habían tenido el privilegio de sobrevivir; innumerables ruinas, donde -centenares de hombres, parecidos a hormigas que arrastran granos de -trigo, corrían y se mezclaban; vi el Tormes, que se perdía en anchas -curvas hacia poniente, dejando a su derecha la ciudad y faldeando los -verdes campos del Zurguen por la otra orilla; vi las plataformas, -las escarpas y contraescarpas, los revellines, las cortinas, las -troneras, los cañones, los muros aspillerados, los parapetos hechos con -columnatas de los templos, los espaldones amasados con el polvo y la -tierra que fueron huesos y carne de venerables monjas y frailes; vi los -cañones enfilados hacia afuera, los morteros, el foso, las zanjas, los -sacos de tierra, los montones de balas, los parques al aire libre... -¡Oh, Dios poderoso, me diste más de lo que yo pedía! Vagaba por la -ciudad imposibilitado de cumplir con mi deber, amenazado de muerte, -expuesto a mil peligros, vendido, perdido, condenado, sin poder ver, -sin poder mirar, sin poder escuchar, sin poder adquirir idea exacta -ni aun confusa de lo que me rodeaba, hasta que un brazo de piedra, -recogiéndome de entre las ruinas del suelo, alzome en los aires para -que todo lo viese.</p> - -<p>—¡Bendito sea el Señor omnipotente y misericordioso! —exclamé—. -Después<span class="pagenum" id="Page_151">p. 151</span> de esto, no -necesito más que ojos, y afortunadamente los tengo.</p> - -<p>La torre de la Merced tenía suficiente elevación para observar todo -desde ella. Casi a sus pies estaba el Colegio del Rey; seguía San -Cayetano; después, en dirección al ocaso, el Colegio mayor de Cuenca, -y, por último, los Benitos; en la elevación de enfrente vi una masa de -edificios arruinados, cuyos nombres no conocía, pero cuyas murallas se -podían determinar perfectamente, con las piezas de artillería que las -guarnecían. Volviéndome al lado opuesto, vi lo que llamaban Teso de San -Nicolás, los Mostenses, el Monte Olivete, y entre estas posiciones y -aquellas, el foso y los caminos cubiertos que bajaban al puente.</p> - -<p>Desde la puerta de San Vicente, donde estaba el revellín con los -cuatro cañones giratorios de que habló Molichard, partía un foso que -se enlazaba con los Milagros. En la parte anterior y superior del -foso había una línea de aspilleras sostenida por fuerte estacada. -Todo el edificio de San Vicente estaba aspillerado, y sus fuegos -podían dirigirse al interior de la ciudad y al campo. San Cayetano -era imponente. Demolido casi por completo, habían formado espacioso -terraplén con baterías de todos calibres, y sus fuegos podían barrer la -plazuela del Rey, el puente y la explanada del Hospicio.</p> - -<p>Aunque el recelo de que mi carcelero volviese pronto me obligó a -trazar con mucha precipitación el dibujo que deseaba, este no<span -class="pagenum" id="Page_152">p. 152</span> salió mal, y en él -representé imperfectamente, pero con mucha claridad, lo mucho y bueno -que veía. Hícelo ocultándome tras el antepecho de la torre, y aunque -la proyección geométrica dejaba algo que desear como obra de ciencia, -no olvidé detalle alguno, indicando el número de cañones con precisión -escrupulosa. Terminado mi trabajo, guardelo muy cuidadosamente, y -bajé hasta la entrada de la torre. Echándome sobre el primer escalón, -aguardé al Sr. Jean-Jean con intento de fingir que dormía cuando él -llegase.</p> - -<p>Tardó bastante tiempo, poniéndome en cuidado y zozobra; mas al -fin apareció, y le recibí haciendo como que me despertaba de largo y -sabroso sueño. La expresión de su rostro pareciome de feliz augurio. -Dios había empezado a protegerme, y hubiera sido crueldad divina torcer -mi camino en aquella hora cuando tan fácil y transitable se presentaba -delante de mí, llevándome derechamente a la buena fortuna.</p> - -<p>—Podéis seguirme —dijo Jean-Jean—. He visto a vuestra adorada.</p> - -<p>—¿Y qué? —pregunté con la mayor ansiedad.</p> - -<p>—Me parece que os ama, señor Marqués —dijo en tono de lisonja y -sonriendo con el servilismo propio de quien todo lo hace por dinero—. -Cuando le di vuestro billete, se quedó más blanca que el papel en que -lo escribisteis... El Sr. Santorcaz, que está muy enfermo, dormía. -Yo llamé a Ramoncilla, le prometí un doblón si hacía venir a la niña -delante<span class="pagenum" id="Page_153">p. 153</span> de mí para -darle el billete; pero ¡cosa imposible! La niña está encerrada, y el -amo, cuando duerme, guarda la llave debajo de la almohada... Insistí, -prometiendo dos doblones... Entró la muchacha, hizo señas, apareció por -un ventanillo una hermosísima figura que alargó la mano... Subime a un -tonel... no era bastante, y puse sobre el tonel una silla... ¡Oh, señor -Marqués! Después de leer el papel, me dijo que fueseis al momento, y -luego, como le indicase que necesitábais ver dos letras suyas para -creerme, trazó con un pedazo de carbón esto que aquí veis... Si he -ganado bien mis seis doblones —añadió lisonjeándome con una de esas -cortesías que solo saben hacer los franceses—, vuecencia lo dirá.</p> - -<p>El pícaro había cambiado por completo en gesto y modales para -conmigo. Tomé el papel y decía «<i>Ven al instante</i>», trazado en -caracteres que reconocí al momento. Los garabatos con que los ángeles -deben de escribir en el libro de ingresos del cielo el nombre de los -elegidos, no me hubieran alegrado más.</p> - -<p>Sin hacerme repetir la súplica indirecta, pagué a Jean-Jean.</p> - -<p>Salimos a toda prisa de la torre, atalaya de mi espionaje, y luego -del claustro y convento arruinado; enderezando nuestros pasos por -calles y callejuelas, pasamos por delante de la Catedral, y luego nos -internamos de nuevo por varias angostas vías, hasta que al fin parose -Jean-Jean y dijo:</p> - -<p>—Aquí es. Entremos despacito, aunque sin miedo, porque nadie nos -estorba llegar hasta<span class="pagenum" id="Page_154">p. 154</span> -el patio. Ramoncilla nos dejará pasar. Después Dios dirá.</p> - -<p>Atravesamos el portal oscuro, y empujando una puerta divisamos un -patio estrecho y húmedo, donde se nos apareció Ramoncilla, la cual -gravemente hizo señas de que no metiésemos ruido, y luego inclinó su -cabeza sobre la palma de la mano, para indicar sin duda que el señor -seguía durmiendo. Avanzamos paso a paso, y Jean-Jean, sin abandonar su -sonrisa de lisonja, señalome una estrecha ventana que se abría en uno -de los muros del patio. Miré, pero nadie asomó por ella. Mi emoción era -tan grande que me faltaba el aliento, y dirigía con extravío los ojos a -todos lados como quien ve fantasmas.</p> - -<p>Sentí un ruido extraño, rumor como el de las alas de un insecto -cuando surca el aire junto a nuestra cabeza, o el roce de una sutil -tela con otra. Alcé la vista y la vi: vi a Inés en la ventana, -sosteniendo la cortina con la mano izquierda, fijo en la boca el índice -de la derecha para imponerme silencio. Su semblante expresaba un temor -semejante al que nos sobrecoge cuando nos vemos al borde de un hondo -precipicio sin poder detener ya la gravitación que nos empuja hacia -él. Estaba pálida como la muerte, y el mirar de sus espantados ojos me -volvía loco.</p> - -<p>Vi una escalera a mi derecha, y me precipité por ella; pero la -criada y el francés dijéronme, más con signos que con palabras, que -subiendo por allí no podía entrar. Moví los brazos ordenando a Inés que -bajase; pero hizo<span class="pagenum" id="Page_155">p. 155</span> -ella signos negativos que me desesperaron más.</p> - -<p>—¿Por dónde subo? —pregunté.</p> - -<p>La infeliz llevose ambas manos a la cabeza, lloró, y repitió su -negativa. Luego parecía quererme decir que esperase.</p> - -<p>—Subiré —dije al francés, buscando algún objeto que disminuyese la -distancia.</p> - -<p>Pero Jean-Jean, oficioso y solícito, como quien ha recibido seis -doblones, había ya rodado el tonel que en un ángulo del patio estaba y -puéstolo bajo la ventana. Aquel auxilio era pequeño, pues aún faltaba -gran trecho sin apoyo ni asidero alguno. Yo devoraba con los ojos la -pared, o más que pared, inaccesible montaña, cuando Jean-Jean, rápido, -diligente y risueño, subió al tonel señalándome sus robustos hombros. -Comprender su idea y utilizarla fue obra del mismo momento, y trepando -por aquella escalera de carne francesa, así con mis trémulas manos el -antepecho de la ventana. Estaba arriba.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch19"> - <h2 class="nobreak g0">XIX</h2> -</div> - -<p>Encontreme frente a Inés, que me miraba, confundiendo en sus ojos la -expresión de dos sentimientos muy distintos: la alegría y el terror. -No se atrevía a hablarme; puso violentamente su mano en mi boca -cuando quise articular la primera palabra; inundó de lágrimas<span -class="pagenum" id="Page_156">p. 156</span> ardientes mi pecho, y -luego, indicándome con movimientos de inquietud que yo no podía estar -allí, me dijo:</p> - -<p>—¿Y mi madre?</p> - -<p>—Buena... ¿qué digo buena?... medio muerta por tu ausencia... ven al -instante... Estás en mi poder... ¿Lloras de alegría?</p> - -<p>La estreché con vehemente cariño en mis brazos, y repetí:</p> - -<p>—¡Sígueme al momento... pobrecita!... Te ahogas aquí... ¡tanto -tiempo buscándote!... ¡Huyamos, vida y corazón mío!</p> - -<p>La noticia de mi próxima muerte no me hubiera producido tanto dolor -como las palabras de Inés cuando, temblando en mis brazos, me dijo:</p> - -<p>—Márchate tú. Yo no.</p> - -<p>Separeme de ella, y la miré como se mira un misterio que espanta.</p> - -<p>—¿Y mi madre? —repitió ella.</p> - -<p>Su voz débil y quejumbrosa apenas se oía. Resonaba tan solo en mi -alma.</p> - -<p>—Tu madre te aguarda. ¿Ves esta carta? Es suya.</p> - -<p>Arrebatándome la carta de las manos, la cubrió de besos y lágrimas, -y se la guardó en el seno. Luego, con rapidez suma, se apartó de mí, -señalándome con insistencia el patio.</p> - -<p>El espíritu que va consentido al cielo y encuentra en la puerta -a San Pedro, que le dice: «Buen amigo, no es este vuestro destino: -tomad por aquella senda de la izquierda»; ese espíritu que equivoca el -camino, porque ha equivocado<span class="pagenum" id="Page_157">p. -157</span> su suerte, no se quedará tan absorto como me quedé yo.</p> - -<p>En mi alma se confundían y luchaban también sentimientos diversos: -primero una inmensa alegría, después la zozobra; mas sobre todos -dominaron la rabia y el despecho, cuando vi que aquella criatura tan -amada, a quien yo quería devolver la libertad, me despedía sin que se -pudiera traslucir el motivo. ¡Era para volverse loco! ¡Encontrarla -después de tantos afanes, entrever la posibilidad de sacarla de allí -para devolverla a su angustiada madre, a la sociedad, a la vida; -recobrar el perdido tesoro del corazón, tomarlo en la mano y sentir -rechazada esta mano!...</p> - -<p>—¡Ahora mismo vas a salir de aquí conmigo! —dije sin bajar la voz y -estrechando tan inertemente su brazo que, a causa del dolor, no pudo -reprimir un ligero grito.</p> - -<p>Arrojose a mis plantas, y tres veces, tres veces, señores, con -acento que heló la sangre en mis venas, repitió:</p> - -<p>—No puedo.</p> - -<p>—¿No me mandaste que viniera? —dije, recordando el papel escrito con -carbón.</p> - -<p>Tomó de una mesa un largo pliego escrito recientemente, y dándomelo, -me dijo:</p> - -<p>—Toma esa carta, vete y haz lo que te digo en ella. Te veré otro día -por esta ventana.</p> - -<p>—No quiero —grité, haciendo pedazos el papel—. No me voy sin ti.</p> - -<p>Me asomé por la ventana y vi que Jean-Jean y Ramoncilla habían -desaparecido. Inés se arrodilló de nuevo ante mí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_158">p. 158</span>—¡La llave, trae -pronto la llave! —dije bruscamente—. Levántate del suelo... ¿oyes?</p> - -<p>—No puedo salir —murmuró—. Vete al momento.</p> - -<p>Sus grandes ojos, abiertos con espanto, me expulsaban de la casa.</p> - -<p>—¡Estás loca! —exclamé—. Dime «Muere», pero no digas «Vete...» Ese -hombre te impide salir conmigo; tiene tanto poder sobre ti, que te hace -olvidar a tu madre y a mí, que soy tu hermano, tu esposo; ¡a mí, que he -recorrido media España buscándote, y cien veces he pedido a Dios que -tomara mi vida en cambio de tu libertad!... ¿Te niegas a seguirme?... -Dime dónde está ese verdugo, porque quiero matarle: no he venido más -que a eso.</p> - -<p>Su turbación hizo expirar las palabras en mi garganta. Estrechó -amorosamente mi mano y con voz angustiosa que apenas se oía, me -dijo:</p> - -<p>—Si me quieres todavía, márchate.</p> - -<p>Mi furor iba a estallar de nuevo con mayor violencia, cuando un -acento lejano, un eco que llegaba hasta nosotros debilitado por la -distancia, clamó repetidas veces:</p> - -<p>—Inés, Inés.</p> - -<p>Una campanilla sonó al mismo tiempo con discorde vibración.</p> - -<p>Levantose ella despavorida; trató de componer su rostro y cabello -secando las lágrimas de sus ojos; vino hacia mí poniendo en la mirada -toda su alma para decirme que callase, que estuviese quieto, que -la obedeciese retirándome, y partió velozmente por un largo<span -class="pagenum" id="Page_159">p. 159</span> pasadizo que se abría en el -fondo de la habitación.</p> - -<p>Sin vacilar un instante, la seguí. En la oscuridad, servíanme de -guía su forma blanca que se deslizaba entre las dos negras paredes, y -el ruido de su vestido al rozar contra una y otra en la precipitada -marcha. Entró en una habitación espaciosa y bien iluminada, en donde -entré también. Era su dormitorio, y al primer golpe de vista advertí -la agradable decencia y pulcritud de aquella estancia, amueblada con -arte y esmero. El lecho, las sillas, la cómoda, las láminas, la fina -estera de colores, los jarros de flores, el tocador, todo era bonito y -escogido.</p> - -<p>Cuando puse mis pies en la alcoba, ella, que iba mucho más a prisa -que yo, había pasado a otra pieza contigua por una puerta vidriera, -cuya luz cubrían cortinas blancas de indiana con ramos azules. Allí -me detuve y la vi avanzar hacia el fondo de una vasta estancia medio -oscura, en cuyo recinto resonaba la voz de Santorcaz. El rencor me hizo -reconocerle en la penumbra de la ancha cuadra, y distinguí la persona -del miserable, doloridamente recostada en un sillón, con las piernas -extendidas sobre un taburete y rodeado de almohadas y cojines.</p> - -<p>También pude ver que la forma blanca de Inés se acercaba al sillón: -durante corto rato ambos bultos estuvieron confundidos y enlazados, -y sentí el estallido de amorosos besos que imprimían los labios del -hombre sobre las mejillas de la mujer.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_160">p. 160</span>—Abre, abre esas -maderas, que está muy oscuro el cuarto —dijo Santorcaz— y no puedo -verte bien.</p> - -<p>Inés lo hizo así, y la copiosa y rica luz del mediodía iluminó -la estancia. Mis ojos la escudriñaron en un segundo, observando -todo, personajes y escena. A Santorcaz, con la barba crecida y casi -enteramente blanca, el rostro amarillo, hundidos los ojos de fuego, -surcada de arrugas la hermosa y vasta frente, huesosas las manos, -fatigado el aliento, no le hubiera conocido otro que yo, porque -tenía grabadas en la mente sus facciones con la claridad del rostro -aborrecido. Estaba viejo, muy viejo. La pieza contenía armas puestas en -bellas panoplias, algunos muebles antiguos de gastado entalle, muchos -libros, diversos armarios, arcones, un lecho cuyo dosel sostenían -torneadas columnas, y un ancho velador lleno de papeles en confusión -revueltos.</p> - -<p>Inés se juntó al hombre a quien por su vejez prematura puedo llamar -anciano.</p> - -<p>—¿Por qué has tardado en venir? —dijo Santorcaz con acento dulce y -cariñoso, que me causó gran sorpresa.</p> - -<p>—Estaba leyendo aquel libro... aquel libro... ya sabes —dijo la -muchacha con turbación.</p> - -<p>El anciano, tomando la mano de Inés, la llevó a sus labios con -inefable amor.</p> - -<p>—Cuando mis dolores —prosiguió— me permiten algún reposo y duermo, -hija mía, en el sueño me atormenta una pena angustiosa: me parece que -te vas y me dejas solo, que te<span class="pagenum" id="Page_161">p. -161</span> vas huyendo de mí. Quiero llamarte y no puedo proferir voz -alguna; quiero levantarme para seguirte, y mi cuerpo, convertido en -estatua de hierro, no me obedece...</p> - -<p>Callando un momento para reposar su habla fatigosa, prosiguió luego -así:</p> - -<p>—Hace un instante dormía con sueño indeciso. Me parecía que estaba -despierto. Sentí voces en la habitación que da al patio; te vi -dispuesta a huir; quise gritar; un peso horroroso, una montaña, oprimía -mi pecho... todavía moja mi frente el sudor frío de aquella angustia... -Al despertar, eché de ver que todo era una nueva repetición del mismo -sueño que me atormenta todas las noches... Di, ¿me abandonarás? -¿abandonarás a este pobre enfermo, a este hombre ayer joven, hoy -anciano y casi moribundo, que te ha hecho algún daño, lo confieso, pero -que te ama, te adora como no suelen amar los hombres a sus semejantes, -sino como se adora a Dios o a los ángeles? ¿Me abandonarás, me dejarás -solo?...</p> - -<p>—No —dijo Inés.</p> - -<p>Aquel monosílabo apenas llegó hasta mí.</p> - -<p>—¿Y me perdonas el mal que te he hecho, la libertad que te he -quitado? ¿Olvidas las grandezas vanas y falaces que has perdido por -mí?...</p> - -<p>—Sí —contestó la muchacha.</p> - -<p>—Pero no me amarás nunca como yo te amo. La prevención, el horror -que te inspiré en los primeros días, no podrá borrarse de tu corazón, -y esto me desespera. Todos mis esfuerzos para complacerte, mi empeño -en hacerte<span class="pagenum" id="Page_162">p. 162</span> agradable -esta vida, el bienestar tranquilo que te he proporcionado, todo es -inútil... La odiosa imagen del ladrón no te dejará ver en mí la -venerable faz del padre. ¿No estás aún convencida de que soy un hombre -bueno, honrado, leal, cariñoso, y no un monstruo abominable, como creen -algunos necios?</p> - -<p>Inés no contestó. La observé dirigiendo inquietas miradas a los -vidrios tras los cuales yo me ocultaba.</p> - -<p>—Si por algo temo la muerte es por ti —continuó el anciano—. ¡Oh! si -pudiera llevarte conmigo sin quitarte la vida... Pero ¿quién asegura -que moriré...? No, mi enfermedad no es mortal... Viviré muchos años a -tu lado, mirándote y bendiciéndote, porque has llenado el vacío de mi -existencia. ¡Bendito sea el <i>Ser Supremo</i>! Viviré, viviremos, hija -mía: yo te prometo que serás feliz... ¿Pero no lo eres ahora? ¿Qué te -falta...? ¿No me respondes...? Estás aterrada, te causo miedo...</p> - -<p>El anciano calló un momento, y durante breve rato no se oyó en -la habitación más que el batir de las tenues alas de una mosca que -se sacudía contra los cristales, engañada por la transparencia de -estos.</p> - -<p>—¡Dios mío! —exclamó él con amargura—. ¿Seré yo tan criminal -como dicen? ¿Lo crees tú así? Dímelo con franqueza... ¿Me juzgas -un malvado? Hay en mi vida hechos extraños, hija mía, ya lo sabes; -pero todo se explica y se justifica en este mundo... ¿Qué razón hay -para que te posea tu madre, que durante tanto<span class="pagenum" -id="Page_163">p. 163</span> tiempo te tuvo abandonada pudiendo -recogerte, y no te posea yo, que te amo, por lo menos, tanto como -ella? No, que te amo más, muchísimo más, porque en la condesa pudo -siempre el orgullo más que la maternidad, y jamás te llamó hija. A -su lado te tenía como un juguete precioso o fútil pasatiempo. Hija -mía, la holgazanería, la corrupción y la vanidad de esos grandes, tan -despreciables por su carácter, no tienen límites. Aborrece a esa gente; -convéncete de la superioridad que tienes sobre ellos por la nobleza de -tu alma; no les hagas el honor de ocupar tu entendimiento con una idea -relativa a su vil orgullo. Haz tus alegrías con sus tormentos, y espera -con deleite el día en que todos ellos caigan en el lodo. Apacienta tu -fantasía con el espectáculo de reparación y justicia de esa gran caída -que les espera, y acostúmbrate a no tener lástima de los explotadores -del linaje humano, que han hecho todo lo posible para que el pueblo -baile sobre sus cuerpos, después de muertos... ¿Pero estás llorando, -Inés...? Siempre dices que no entiendes esto. No puedo borrar de tu -alma el recuerdo de otros días...</p> - -<p>Inés no contestó nada.</p> - -<p>—Ya... —dijo Santorcaz con amarga ironía, después de breve pausa—. -La señorita no puede vivir sin carroza, sin palacio, sin lacayos, -sin fiestas y sin pavonearse como las cortesanas corrompidas en los -palacios de los reyes... Un hombre del <i>estado llano</i> no puede dar -esto a una señorita, y la señorita desprecia a su padre.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_164">p. 164</span>La voz de Santorcaz -tomó un acento duro y reprensivo.</p> - -<p>—Quizás esperes volver allá... —añadió—. Quizás trames algún plan -contra mí... ¡Ah, ingrata: si me abandonas, si tu corazón se deja -sobornar por otros amores, si menosprecias el cariño inmenso, infinito, -de este desgraciado...! Inés, dame la mano: ¿por qué lloras...? Vamos, -vamos, basta de gazmoñerías... Las mujeres son mimosas y antojadizas... -Vamos, hijita, ya sabes que no quiero lágrimas. Inés, quiero un rostro -alegre, una conformidad tranquila, un ademán satisfecho...</p> - -<p>El anciano besó a su hija en la frente, y después dijo:</p> - -<p>—Acerca una mesa, que quiero escribir.</p> - -<p>No pudiendo contenerme más, empujé las vidrieras para penetrar en la -habitación.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch20"> - <h2 class="nobreak g0">XX</h2> -</div> - -<p>—¡Un hombre, un ladrón! —exclamó Santorcaz.</p> - -<p>—El ladrón eres tú —afirmé adelantando con resolución.</p> - -<p>—¡Oh! Te conozco, te conozco... —gritó el anciano levantándose -no sin trabajo de su asiento, y arrojando a un lado almohadas y -cojines.</p> - -<p>Inés al verme lanzó un grito agudísimo, y abrazó a su padre -diciendo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_165">p. 165</span>—No le hagas daño; -se marchará.</p> - -<p>—Necio —gritó él—. ¿Qué buscas aquí? ¿Cómo has entrado?</p> - -<p>—¿Qué busco? ¿Me lo preguntas, malvado? —exclamé poniendo todo mi -rencor en mis palabras—. Vengo a quitarte lo que no es tuyo. No temas -por tu miserable vida, porque no me ensañaré en ese infeliz cuerpo, a -quien Dios ha dado el merecido infierno con anticipación; pero no me -provoques ni detengas un momento más lo que no te pertenece, reptil, -porque te aplasto.</p> - -<p>Al mirarme, los ojos de Santorcaz envenenaban y quemaban. ¡Tanta -ponzoña y tanto fuego había en ellos!</p> - -<p>—Te esperaba... —gritó—. Sirves a mis enemigos. Hijo del pueblo que -comes las sobras de la mesa de los grandes, sabe que te desprecio. -Enfermo e inválido estoy; mas no te temo. Tu vil condición y el -embrutecimiento que da la servidumbre, te impulsarán a descargar sobre -mí la infame mano con que cargas la litera de los nobles. Desprecio tus -palabras. Tu lengua que adula a los poderosos e insulta a los débiles, -solo sirve para barrer el polvo de los palacios. Insúltame o mátame; -pero mi adorada hija, mi hija, que lleva en sus venas la sangre de un -mártir del despotismo, no te seguirá fuera de aquí.</p> - -<p>—Vamos —grité a Inés ordenándole imperiosamente que me siguiera, y -despreciando aquel gárrulo estilo revolucionario que tan en boga estaba -entonces entre afrancesados y masones—. Vamos fuera de aquí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_166">p. 166</span>Inés no se movía. -Parecía la estatua de la indecisión. Santorcaz, gozoso de su triunfo, -exclamó:</p> - -<p>—¡Lacayo, lacayo! Di a tus indignos señores que no sirves para el -caso.</p> - -<p>Al oír esto, una nube de sangre cubrió mis ojos; sentí llamas -ardientes dentro de mi pecho, y abalanceme hacia aquel hombre. El rayo, -al caer, debe sentir lo que yo sentí. Alargó su brazo para coger una -pistola que en la cercana mesa había, y al dirigirla contra mi pecho, -Inés se interpuso tan violentamente, que si dispara, hubiérala muerto -sin remedio.</p> - -<p>—¡No le mates, padre! —gritó.</p> - -<p>Aquel grito; el aspecto del anciano enfermo, que arrojó el arma -lejos de sí, renunciando a defenderse, me sobrecogieron de tal modo, -que quedé mudo, helado y sin movimiento.</p> - -<p>—Dile que nos deje en paz —murmuró el enfermo abrazando a su hija—. -Sé que conoces hace tiempo a ese desgraciado.</p> - -<p>La muchacha ocultó en el pecho del padre su rostro lleno de -lágrimas.</p> - -<p>—Joven sin corazón —me dijo Santorcaz con voz trémula—, márchate: -no me inspiras ni odio ni afecto. Si mi hija quiere abandonarme y -seguirte, llévatela.</p> - -<p>Clavó en su hija los ojos ardientes, apretando con su mano huesosa, -no menos dura y fuerte que una garra, el brazo de la infeliz joven.</p> - -<p>—¿Quieres huir de mi lado y marcharte con ese mancebo? —añadió -soltándola y empujándola suavemente lejos de sí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_167">p. 167</span>Di algunos pasos -hacia adelante para tomar la mano de Inés.</p> - -<p>—Vamos —le dije—. Tu madre te espera. Estás libre, querida mía, y se -acabaron para ti el encierro y los martirios de esta casa, que es un -sepulcro habitado por un loco.</p> - -<p>—No, no puedo salir —me dijo Inés corriendo al lado del anciano, que -le echó los brazos al cuello y la besó con ternura.</p> - -<p>—Bien, señora —dije con un despecho tal, que me sentí impulsado a no -sé qué execrables violencias—. Saldré. Nunca más me verá usted; nunca -más verá usted a su madre.</p> - -<p>—Bien sabía yo que no eras capaz de la infamia de abandonarme -—exclamó el anciano llorando de júbilo.</p> - -<p>Inés me lanzó una mirada encendida y profunda, en la cual sus negras -pupilas, al través de las lágrimas, dijéronme no sé qué misterios; -manifestáronme no sé qué enigmáticos pensamientos que en la turbación -de aquel instante no pude entender. Ella quiso sin duda decirme mucho; -pero yo no comprendí nada. El despecho me ahogaba.</p> - -<p>—Gabriel —dijo el anciano recobrando la serenidad—, aquí no haces -falta. Ya has oído que te marches. Supongo que habrás traído escala -de cuerda; mas para que bajes seguro, toma la llave que hay sobre esa -mesa, abre la puerta que hay en el pasillo, y por la escalera que veas -baja al patio. Te ruego que dejes la llave en la puerta.</p> - -<p>Viendo mi indecisión y perplejidad, añadió con punzante y cruel -ironía:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_168">p. 168</span>—Si puedo serte -útil en Salamanca, dímelo con franqueza. ¿Necesitas algo? Parece que -no has comido hoy, pobrecito. Tu rostro indica vigilias, privaciones, -trabajos, hambre... En la casa del hombre del <i>estado llano</i> no -falta un pedazo de pan para los pobres que vienen a la puerta. ¿Sucede -lo mismo en casa de los nobles?</p> - -<p>Inés me miró con tanta compasión, que yo la sentí por ella, pues no -se me ocultaba que padecía horriblemente.</p> - -<p>—Gracias —respondí con sequedad—, no necesito nada. El pedazo de pan -que he venido a buscar no ha caído en mi mano; pero volveré por él... -Adiós.</p> - -<p>Y tomando la llave, salí bruscamente de la estancia, de la escalera, -del patio, de la horrible casa; pero padre, hija, estancia, patio y -casa, todo lo llevaba dentro de mí.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch21"> - <h2 class="nobreak g0">XXI</h2> -</div> - -<p>Cuando me encontré en la calle traté de reflexionar, para que la -razón, enfriando mi sofocante ira, iluminara un poco mi entendimiento -sobre aquel inesperado suceso; pero en mí no había más que pasión, una -cólera salvaje que me hacía estúpido. Fuera ya de la escena, lejos -ya de los personajes, traté de<span class="pagenum" id="Page_169">p. -169</span> recordar palabra por palabra todo lo dicho allí; traté -de recordar también la expresión de las fisonomías, para escudriñar -antecedentes, indagar causas y secretos. Estos no pueden salir desde el -fondo de las almas a la superficie de los apasionados discursos en un -diálogo vivo entre personas que con ardor se aman o se odian.</p> - -<p>A veces sentía no haber estrangulado a aquel hombre envejecido -por las pasiones; a veces sentía hacia él inexplicable compasión. La -conducta de Inés, tan desfavorable para mi amor propio, infundíame a -ratos una ira violenta, ira de amante despreciado, y a ratos un estupor -secreto, con algo de la instintiva admiración que producen los grandes -espectáculos de la Naturaleza cuando está uno cerca de ellos, cuando -sabe uno que los va a ver, pero no los ha visto todavía.</p> - -<p>Mi cerebro estaba lleno con la anterior entrevista. Pasaba el -tiempo, pasaba yo maquinalmente de un sitio a otro, y aún los tenía -a los dos ante la vista: a ella afligida y espantada, queriendo ser -buena conmigo y con su padre; a Santorcaz furioso, irónico, díscolo e -insultante conmigo, tierno y amoroso con ella. Observando bien a Inés, -ahondando en aquel dolor suyo y en aquella su dulce simpatía por la -miseria humana, no había realmente nada de nuevo. En él, sí: mucho.</p> - -<p>Yo traía el pasado y lo ponía delante; registraba toda aquella parte -de mi vida que tuviera relación con ambos personajes. Finalmente, -hice respecto a mi propio pensar y sentir<span class="pagenum" -id="Page_170">p. 170</span> en aquella ocasión un raciocinio que -iluminó un poco mi espíritu.</p> - -<p>«Largo tiempo, y hoy mismo al encontrarme frente a él —dije—, he -considerado a ese hombre como un malvado, y no he considerado que es un -padre.»</p> - -<p>Sin duda me había acostumbrado a ver aquel asunto desde un punto de -vista que no era el más conveniente.</p> - -<p>Así pensando y sintiendo, con el cerebro lleno, el corazón henchido, -proyectando en redor mío mi agitado interior, lo cual me hacía ver de -un modo extraño lo que me rodeaba; sin vivir más que para mí mismo, -olvidado en absoluto de lo que a Salamanca me llevara, discurrí por -varias calles que no conocía.</p> - -<p>De improvisto ante mi cara apareció una cara. La vi con la -indiferencia que inspira un figurón pintado, y tardé mucho tiempo en -llegar al convencimiento de que yo conocía aquel rostro. En las grandes -abstracciones del alma, el despertar es lento y va precedido de una -serie de raciocinios en que aquella disputa con los sentidos sobre -si reconoce o no lo que tiene delante. Yo razoné al fin, y dije para -mí:</p> - -<p>«Conozco estos ojuelos de ratón que delante tengo.»</p> - -<p>Recobrando poco a poco mi facultad de percepción, hablé conmigo de -este modo:</p> - -<p>«Yo he visto en alguna parte esta nariz insolente y esta boca -infernal, que se abre hasta las orejas para reír con desvergüenza y -descaro.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_171">p. 171</span>Dos manos pesadas -cayeron sobre mis hombros.</p> - -<p>—Déjame seguir, borracho —exclamé empujando al importuno, que no era -otro que Tourlourou.</p> - -<p>—<i>¡Satané farceur!</i> —gritó Molichard, que acompañaba, por mi -desgracia, al otro—. Venid al cuartel.</p> - -<p>—<i>Drôle de pistolet</i>... venid —dijo Tourlourou riendo -diabólicamente—. Caballero Cipérez, el coronel Desmarets os -aguarda...</p> - -<p>—<i>¡Ventre de biche!</i>... os escapasteis cuando ibais a ser -encerrado.</p> - -<p>—Y sacasteis la navaja para asesinarnos.</p> - -<p>—<i>Monseigneur</i> Cipérez, <i>vous serez coffré et niché</i>.</p> - -<p>Intenté defenderme de aquellos salvajes; pero me fue imposible, pues -aunque borrachos, juntos tenían más fuerza que yo. Al mismo tiempo, -como la escena en la casa de Santorcaz embargaba de un modo lastimoso -mis facultades intelectuales, no me ocurrió ardid ni artificio alguno -que me sacase de aquel nuevo conflicto, más grave sin duda que los -vencidos anteriormente.</p> - -<p>Lleváronme, mejor dicho, arrastráronme hasta el cuartel donde por la -mañana tuve el honor de conocer a Molichard, y en la puerta detúvose -Tourlourou mirando al extremo de la calle.</p> - -<p>—<i>Dame</i>... —chilló—, allí viene el coronel Desmarets.</p> - -<p>Cuando mis verdugos anunciaron la proximidad del coronel encargado -de la policía<span class="pagenum" id="Page_172">p. 172</span> de la -ciudad, encomendé mi alma a Dios, seguro de que si por casualidad me -registraban y hallaban sobre mí el plano de las fortificaciones, no -tardaría un cuarto de hora en bailar al extremo de una cuerda, como -ellos decían. Volví angustiado los ojos a todas partes, y pregunté:</p> - -<p>—¿No está por ahí el Sr. Jean-Jean?</p> - -<p>Aunque el dragón no era un santo, le consideré como la única persona -capaz de salvarme.</p> - -<p>El coronel Desmarets se acercaba por detrás de mí. Al volverme... -¡oh, asombro de los asombros!... le vi dando el brazo a una dama, -señores míos, a una dama que no era otra que la mismísima Miss Fly, la -mismísima Athenais, la mismísima Pajarita.</p> - -<p>Quedeme absorto, y ella al punto saludome con una sonrisa -vanagloriosa que indicaba su gran placer por la sorpresa que me -causaba.</p> - -<p>Molichard y su vil compañero adelantáronse hacia el coronel, -hombre grave y de más que mediana edad, y con todo el respeto que su -embrutecedora embriaguez les permitiera, dijéronle que yo era espía de -los ingleses.</p> - -<p>—¡Insolentes! —exclamó con indignación y en francés Miss Fly—. ¿Os -atrevéis a decir que mi criado es espía? Señor coronel, no hagáis -caso de esos miserables a quienes rebosa el vino por los ojos. Este -muchacho es el que ha traído mi equipaje y el que con vuestra ayuda he -buscado inútilmente hasta ahora<span class="pagenum" id="Page_173">p. -173</span> por la ciudad... Di, tonto, ¿dónde has puesto mi maleta?</p> - -<p>—En el mesón de la Fabiana, señora —respondí con humildad.</p> - -<p>—Acabáramos. Buen paseo he hecho dar al señor coronel, que me ha -ayudado a buscarte... Dos horas recorriendo calles y plazas...</p> - -<p>—No se ha perdido nada, señora —le dijo Desmarets con galantería—. -Así habéis podido ver lo más notable de esta interesantísima ciudad.</p> - -<p>—Sí; pero necesitaba sacar algunos objetos de mi maleta, y este -idiota... Es idiota, señor coronel...</p> - -<p>—Señora —dije señalando a mis dos crueles enemigos—, cuando iba en -busca de Su Excelencia, estos borrachos me llevaron engañado a una -taberna, bebieron a mi costa, y luego que me quedé sin un real, dijeron -que yo era espía y querían ahorcarme.</p> - -<p>Miss Fly miró al coronel con enfado y soberbia, y Desmarets, que sin -duda deseaba complacer a la bella amazona, recogió todo aquel femenino -enojo para lanzarlo militarmente sobre los dos bravos franchutes, los -cuales, al verse convertidos de acusadores en acusados, aparecieron más -beodos que antes, y más incapaces de sostenerse sobre sus vacilantes -piernas.</p> - -<p>—¡Al cuartel, canalla! —gritó el jefe con ira—. Yo os arreglaré -dentro de un rato.</p> - -<p>Molichard y Tourlourou, asidos del brazo, confusos y tan -lastimosamente turbados en<span class="pagenum" id="Page_174">p. -174</span> lo moral como en lo físico, entraron en el edificio dando -traspiés y recriminándose el uno al otro.</p> - -<p>—Os juro que castigaré a esos pícaros —dijo el bravo oficial—. -Ahora, puesto que habéis encontrado vuestra maleta, os conduciré a -vuestro alojamiento.</p> - -<p>—Sí, lo agradeceré —dijo Miss Fly poniéndose en marcha y ordenándome -que la siguiera.</p> - -<p>—Y luego —añadió Desmarets—, daré una orden para que se os permita -visitar el hospital. Tengo idea de que no ha quedado en él ningún -oficial inglés. Los que había hace poco, sanaron y fueron canjeados por -los franceses que estaban en Fuente Aguinaldo.</p> - -<p>—¡Oh, Dios mío! ¡Entonces habrá muerto! —exclamó con afectada pena -Miss Fly—. ¡Desgraciado joven! Era pariente de mi tío el Vizconde de -Marley... ¿Pero no me acompañáis al hospital?</p> - -<p>—Señora, me es imposible. Ya sabéis que Marmont ha dado orden para -que salgamos hoy mismo de Salamanca.</p> - -<p>—¿Evacuáis la ciudad?</p> - -<p>—Así lo ha dispuesto el general. Estamos amenazados de un sitio -riguroso. Carecemos de víveres, y como las fortificaciones que se han -hecho son excelentes, dejamos aquí ochocientos hombres escogidos, que -bastarán para defenderlas. Salimos hacia Toro para esperar a que nos -envíen refuerzos del Norte o de Madrid.</p> - -<p>—¿Y marcháis pronto?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_175">p. 175</span>—Dentro de una -hora. Solo de una hora puedo disponer para serviros.</p> - -<p>—Gracias... Siento que no podáis ayudarme o buscar a ese valiente -joven, paisano mío, cuyo paradero se ignora y es causa de este mi -intempestivo y molesto viaje a Salamanca. Fue herido y cayó prisionero -en Arroyomolinos. Desde entonces no he sabido de él... Dijéronme que -tal vez estaría en los hospitales franceses de esta ciudad.</p> - -<p>—Os proporcionaré un salvoconducto para que visitéis el hospital, y -con esto no necesitáis de mí.</p> - -<p>—Mil gracias: creo que llegamos a mi alojamiento.</p> - -<p>—En efecto, este es.</p> - -<p>Estábamos en la puerta del mesón de la Lechuga, distante no más -de veinte pasos de aquel donde yo había dejado mi asno. Desmarets -despidiose de Miss Fly, repitiendo sus cumplidos y caballerescos -ofrecimientos.</p> - -<p>—Ya veis —me dijo Athenais cuando subíamos a su aposento— que -hicisteis mal en no permitir que os acompañase. Sin duda habéis pasado -mil contrariedades y conflictos. Yo, que conozco de antiguo al bravo -Desmarets, os los hubiera evitado.</p> - -<p>—Señora de Fly, todavía no he vuelto de mi asombro, y creo que -lo que tengo delante no es la verídica y real imagen de la hermosa -dama inglesa, sino una sombra engañosa que viene a aumentar las -confusiones de este día. ¿Cómo ha venido usted a Salamanca? ¿cómo -ha podido entrar en la ciudad? ¿cómo se las<span class="pagenum" -id="Page_176">p. 176</span> ha compuesto para que ese viejo relamido, -ese Desmarets...?</p> - -<p>—Todo eso que os parece raro, es lo más natural del mundo. ¡Venir a -Salamanca! Existiendo el camino, ¿os causa sorpresa? Cuando con tanta -grosería y vulgares sentimientos me abandonasteis, resolví venir sola. -Yo soy así. Quería ver cómo os conducíais en la difícil comisión, y -esperaba poder prestaros algún servicio, aunque por vuestra ingratitud -no merecíais que me ocupara de vos.</p> - -<p>—¡Oh! Mil gracias, señora. Al dejar a usted, lo hice por evitarle -los peligros de esta expedición. Dios sabe cuánta pena me causaba -sacrificar el placer y el honor de ser acompañado por usted.</p> - -<p>—Pues bien, señor aldeano: al llegar a las puertas de la ciudad, -acordeme del coronel Desmarets, a quien recogí del campo de batalla -después de la Albuera, curando sus heridas y salvándole la vida; -pregunté por él, salió a mi encuentro, y desde entonces no tuve -dificultad alguna ni para entrar aquí ni para buscar alojamiento. Le -dije que me traía el afán de saber el paradero de un oficial inglés, -pariente mío, perdido en Arroyomolinos, y como deseaba encontraros, -fingí que uno de los criados que traía conmigo, portador de mi maleta, -había desaparecido en las puertas de la ciudad. Deseando complacerme, -Desmarets me llevó a distintos puntos. ¡Dos horas paseando!... Estaba -desesperada... Yo miraba a un lado y otro diciendo: «¿Dónde<span -class="pagenum" id="Page_177">p. 177</span> estará ese bestia?... Se -habrá quedado lelo mirando los fuertes... es tan bobo...»</p> - -<p>—¿Y el mozuelo que acompañaba a usted?</p> - -<p>—Entró conmigo. ¿Os burlábais del carricoche de Mistress Mitchell? -Es un gran vehículo, y tirado por el caballo que me dio Simpson, -parecía el carro de Apolo... Veamos ahora, señor oficial, cómo habéis -empleado el tiempo, y si se ha hecho algo que justifique la confianza -del señor Duque.</p> - -<p>—Señora, llevo sobre mí un plano de las fortificaciones, muy -oculto... Además poseo innumerables noticias que han de ser muy útiles -al General en Jefe. He tenido mil contratiempos; pero al fin, en lo -relativo a mi comisión militar, todo me va saliendo bien.</p> - -<p>—¡Y lo habéis hecho sin mí! —dijo la Mariposa con despecho.</p> - -<p>—¡Si tuviera tiempo de referir a usted las tragedias y comedias de -que he sido actor en pocas horas!... pero estoy tan fatigado que hasta -el habla me va faltando. Los sustos, las alegrías, las emociones, las -cóleras de este día abatirían el ánimo más esforzado y el cuerpo más -vigoroso, cuanto más el ánimo y cuerpo míos, que están el uno aturdido -y apesadumbrado; el otro, tan vacío de toda sólida substancia, como -quien no ha comido en diez y seis horas.</p> - -<p>—En efecto, parecéis un muerto —dijo entrando en su habitación—. Os -daré algo de comer.</p> - -<p>—Felicísima idea —respondí—; y pues tan milagrosamente nos hemos -juntado aquí, lo<span class="pagenum" id="Page_178">p. 178</span> -cual prueba la conformidad de nuestro destino, conviene que nos -establezcamos bajo un mismo techo. Voy a traer mi burro, en cuyas -alforjas dejé algo digno de comerse. Al instante vuelvo. Pida usted en -tanto a la mesonera lo que haya... pero pronto, prontito...</p> - -<p>Corrí al mesón donde había dejado mi asno, y al entrar en la cuadra -sentí la voz del mesonero muy enfrascada en disputas con otra que -reconocí por la del venerable señor Jean-Jean.</p> - -<p>—Muchacho —me dijo el mesonero al entrar—, este señor francés se -quería llevar tu burro.</p> - -<p>—¡Excelencia! —afirmó cortésmente, aunque muy turbado, Jean-Jean—, -no me quería llevar la bestia... preguntaba por vos.</p> - -<p>Acordeme de la promesa hecha al dragón y del ánima de la albarda, -invención mía para salir del paso.</p> - -<p>—Jean-Jean —dije al francés—, todavía necesito de ti. Hoy salen los -franceses, ¿no es verdad?</p> - -<p>—Sí, señor; pero yo me quedo. Quedamos veinte dragones para escoltar -al Gobernador.</p> - -<p>—Me alegro —dije disponiéndome a llevar el burro conmigo—. Ahora, -amigo Jean-Jean, necesito saber si el tal jefe de los masones se -dispone a salir hoy también de Salamanca. Es lo más probable.</p> - -<p>—Lo averiguaré, señor.</p> - -<p>—Estoy en el mesón de al lado, ¿sabes?</p> - -<p>—La <i>Lechuga</i>, sí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_179">p. 179</span>—Allí te espero. -Tenemos mucho que hacer hoy, amigo Jean-Jean.</p> - -<p>—No deseo más que servir a Su Excelencia.</p> - -<p>—Y yo pago bien a los que me sirven.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch22"> - <h2 class="nobreak g0">XXII</h2> -</div> - -<p>Miss Fly, pretextando que la criada del mesón no debía enterarse -de lo que hablábamos, me sirvió la frugal comida ella misma, lo cual, -si no era conforme a los cánones de la etiqueta inglesa, concordaba -perfectamente con las circunstancias.</p> - -<p>—Vuestra tristeza —dijo la inglesa— me prueba que si en la comisión -militar salisteis bien, no sucede lo mismo en lo demás que habéis -emprendido.</p> - -<p>—Así es, en efecto, señora —repuse—, y juro a usted que mi -pesadumbre y desaliento son tales, que nunca he sentido cosa igual en -ninguna ocasión de mi vida.</p> - -<p>—¿No está vuestra princesa en Salamanca?</p> - -<p>—Está, señora —repliqué—; pero de tal manera, que más valdría no -estuviese aquí ni en cien leguas a la redonda. Porque ¿de qué vale -hallarla si la encuentro...?</p> - -<p>—Encantada —dijo la inglesa, interrumpiéndome, con picante -jovialidad— y convertida,<span class="pagenum" id="Page_180">p. -180</span> como Dulcinea, en rústica y fea labradora la que era señora -finísima.</p> - -<p>—Allá se va una cosa con otra —dije—, porque si mi princesa no -ha perdido nada de la gallardía de su presencia ni de la sin igual -belleza de su rostro, en cambio ha sufrido en su alma transformación -muy grande, porque no ha querido aceptar la libertad que yo le ofrecí, -y prefiriendo la compañía de su bárbaro carcelero, me ha puesto -bonitamente en la puerta de la calle.</p> - -<p>—Eso tiene una explicación muy sencilla —me dijo la dama riendo con -verdadero regocijo—, y es que vuestra archiduquesa prisionera ya no os -ama. ¿No habéis pensado en el inconveniente de presentaros ante ella -con ese vestido? El largo trato con su raptor le habrá inspirado amor -hacia este. No os riais, caballero. Hay muchos casos de damas robadas -por los bandidos de Italia y Bohemia, que han concluido por enamorarse -locamente de sus secuestradores. Yo misma he conocido a una señorita -inglesa que fue robada en las inmediaciones de Roma, y al poco tiempo -era esposa del jefe de la partida. En España, donde hay ladrones tan -poéticos, tan caballerescos, que casi son los únicos caballeros del -país, ha de suceder lo mismo. Lo que me contáis, señor mío, no tiene -nada de absurdo, y cuadra perfectamente con las ideas que he formado de -este país.</p> - -<p>—La grande imaginación de usted —le dije— tal vez se equivoque -al querer encontrar ciertas cosas fuera de los libros; pero de -cualquier<span class="pagenum" id="Page_181">p. 181</span> modo que -sea, señora, lo que me pasa es bien triste... porque...</p> - -<p>—Porque amáis más a vuestra niña, desde que ella adora a ese pachá -de tres colas, a ese Fra Diávolo, en quien me figuro ver un grandísimo -ladrón; pero hermoso como los más bellos tipos de Calabria y Andalucía, -más valiente que el Cid, gran jinete, espadachín sublime, algo brujo, -generoso con los pobres, cruel con los ricos y malvados, rico como el -gran turco, y dueño de inmensas pedrerías que siempre le parecen pocas -para su amada. También me lo figuro como Carlos Moor, el más poético e -interesante de los salteadores de caminos.</p> - -<p>—¡Oh, Miss Fly! veo que usted ha leído mucho. Mi enemigo no es tal -como usted le pinta: es un viejo enfermo.</p> - -<p>—Pues entonces, Sr. Araceli —dijo Athenais con disgusto—, no tratéis -de engañarme juntando a esa joven como una persona principal, porque -si se ha aficionado al trato de un estafermo, habrá sido por avaricia, -cualidad propia de costureras, doncellas de labor, cómicas u otra gente -menuda, a cuyas respetables clases creo desde ahora que pertenecerá esa -tan decantada señora que adoráis.</p> - -<p>—No he engañado a usted respecto a la elevación de su clase. -Respecto a la afición que ha podido sentir hacia su secuestrador, no -tiene nada de vituperable, porque es su padre.</p> - -<p>—¡Su padre! —exclamó con asombro—. Eso sí que no estaba escrito en -mis libros. ¿Y a<span class="pagenum" id="Page_182">p. 182</span> un -padre que retiene consigo a su hija, le llamáis ladrón? Eso sí que -es extraño. No hay país como España para los sucesos raros y que en -todo difieren de lo que es natural y corriente en los demás países. -Explicadme eso, caballero.</p> - -<p>—Usted cree que todos los lances de amor y de aventura han de pasar -en el mundo conforme a lo que ha leído en las novelas, en los romances, -en las obras de los grandes poetas y escritores, y no advierte que las -cosas extrañas y dramáticas suelen verse antes en la vida real que en -los libros, llenos de ficciones convencionales y que se reproducen unas -a otras. Los poetas copian de sus predecesores, los cuales copiaron de -otros más antiguos, y mientras fabrican este mundo vano, no advierten -que la Naturaleza y la sociedad va creando a escondidas del público, y -recatándolas de la imprenta, mil novedades que espantan o enamoran.</p> - -<p>Yo hacía esfuerzos de ingenio por sostener de algún modo un coloquio -en que Miss Fly con su ardoroso sentimiento poético me llevaba ventaja, -y a cada palabra mía su atrevida imaginación se inflamaba más, volando -en pos de sucesos raros, desconocidos, novelescos, fuente de pasión y -de idealismo. No puedo negar que Athenais me causaba sorpresa, porque -yo, en mi ignorancia, no conocía el sentimentalismo que entonces estaba -en moda entre la gente del Norte, invadiendo literatura y sociedad de -un modo extraordinario.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_183">p. 183</span>—Referidme eso —me -dijo con impaciencia.</p> - -<p>Sin temor de cometer una indiscreción, conté punto por punto a mi -hermosa acompañante todo lo que el lector sabe. Oíame tan atentamente y -con tales apariencias de agrado, que no omití ningún detalle. Algunas -veces creí distinguir en ella señales más bien de entusiasmo varonil -que de emoción femenina; y cuando puse punto final en mi relato, -levantose, y con ademán resuelto y voz animosa, hablome así:</p> - -<p>—¿Y vivís con esa calma, caballero, y referís esos dramas de vuestra -vida como si fueran páginas de un libro que habéis leído la noche -anterior? No sois español, no tenéis en las venas ese fuego sublime que -impulsa al hombre a luchar con las imposibilidades. Os estáis ahí mano -sobre mano contemplando a una inglesa, y no se os ocurre nada: no se os -ocurre entrar en esa casa; arrancar a esa infeliz mujer del poder que -la aprisiona; echar una cuerda al cuello de ese hombre para llevarle a -una casa de locos; no se os ocurre comprar una espada vieja y batiros -con medio mundo, si medio mundo se opone a vuestro deseo; romper las -puertas de la casa; pegarle fuego, si es preciso; coger a la muchacha -sin tratar de persuadirla a que os siga, y llevarla donde os parezca -conveniente; matar a todos los alguaciles que os salgan al paso, y -abriros camino por entre el ejército francés, si el ejército francés en -masa se opone a que salgáis de Salamanca. Confieso que os creí capaz de -esto.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_184">p. 184</span>—Señora —repliqué -con ardor—, dígame usted en qué libro ha leído eso tan bonito que acaba -de decirme. Quiero leerlo también, y después probaré si tales hazañas -son posibles.</p> - -<p>—¿En qué libro, menguado? —repuso con exaltación admirable—. En el -libro de mi corazón, en el de mi fantasía, en el de mi alma. ¿Queréis -que os enseñe algo más?</p> - -<p>—Señora —afirmé confundido—, el alma de usted es superior a la -mía.</p> - -<p>—Vamos al instante a esa casa —dijo tomando un látigo, y -disponiéndose a salir.</p> - -<p>Miré a Miss Fly con admiración; pero con una admiración no -enteramente seria, quiero decir que algo se reía dentro de mí.</p> - -<p>—¿A dónde, señora; a dónde quiere usted que vayamos?</p> - -<p>—¡Y lo pregunta! —exclamó Athenais—. Caballero, si os hubiera creído -capaz de hacerme esa pregunta que indica las indecisiones de vuestra -alma, no hubiera venido a Salamanca.</p> - -<p>—No: si comprendo perfectamente —respondí, no queriendo aparecer -inferior a mi interlocutora—. Comprendo... vamos a... pues... a hacer -una barbaridad, una que sea sonada... yo me atrevo a ello, y aun a -cosas mayores.</p> - -<p>—Entonces...</p> - -<p>—Precisamente pensaba en eso. Yo no conozco el miedo.</p> - -<p>—Ni los obstáculos, ni el peligro, ni nada. Así, así, caballero; así -se responde —gritó con acalorado y sonoro acento.</p> - -<p>Su inflamado semblante, sus brillantes ojos, el timbre de su -patética voz, ejercían extraño<span class="pagenum" id="Page_185">p. -185</span> poder sobre mí, y despertaban no sé qué vagas sensaciones de -grandeza, dormidas en el fondo de mi corazón, tan dormidas, que yo no -creía que existiesen. Sin saber lo que hacía, levanteme de mi asiento, -gritando con ella:</p> - -<p>—¡Vamos, vamos allá!</p> - -<p>—¿Estáis preparado?</p> - -<p>—Ahora recuerdo que necesito una espada... vieja.</p> - -<p>—O nueva... No será malo ver a Desmarets.</p> - -<p>—Yo no necesito de nadie: me basto y me sobro —exclamé con brío y -orgullo.</p> - -<p>—Caballero —dijo ella con entusiasmo—, eso debiera decirlo yo para -parecerme a Medea.</p> - -<p>—Decía que no podemos contar con Desmarets —indiqué pensando un poco -en lo positivo—, porque sale hoy de Salamanca.</p> - -<p>En aquel momento sentimos ruido en el exterior. Era el ejército -francés que salía. Los tambores atronaban la calle. Apagaba luego sus -retumbantes clamores el paso de los escuadrones de caballería, y, por -último, el estrépito de las cureñas hacía retemblar las paredes cual si -las conmoviera un terremoto. Durante largo tiempo estuvieron pasando -tropas.</p> - -<p>—Espero ser yo quien primero lleve a Lord Wellington la noticia de -que los franceses han salido de Salamanca —dije en voz baja a Miss Fly, -mirando el desfile desde nuestra ventana.</p> - -<p>—Allí va Desmarets —repuso la inglesa fijando su vista en las -tropas.</p> - -<p>En efecto, pasaba a caballo Desmarets al<span class="pagenum" -id="Page_186">p. 186</span> frente de su regimiento, y saludó a Miss -Fly con galantería.</p> - -<p>—Hemos perdido un protector en la ciudad —me dijo—; pero no importa: -no lo necesitaremos.</p> - -<p>En este momento sonaron algunos golpecitos en la puerta; abrí, y -se nos presentó el Sr. Jean-Jean, que, sombrero en mano, hizo varios -arqueos y cortesías.</p> - -<p>—Excelencia, la mesonera me dijo que estábais aquí, y he venido a -deciros...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>Jean-Jean miró con recelo a Miss Fly; pero al punto le tranquilicé, -diciéndole:</p> - -<p>—Puedes hablar, amigo Jean-Jean.</p> - -<p>—Pues venía a deciros —prosiguió el soldado— que ese Sr. Santorcaz -saldrá de la ciudad. Como Salamanca va a ser sitiada, huyen esta noche -muchas familias, y el masón no será de los últimos, según me ha dicho -Ramoncilla. Ha salido hace un momento de su casa, sin duda para buscar -carros y caballerías.</p> - -<p>—Entonces se nos va a escapar —dijo Miss Fly con viveza.</p> - -<p>—No saldrán —repuso— hasta después de media noche.</p> - -<p>—Amigo Jean-Jean, quiero que me proporciones un sable y dos -pistolas.</p> - -<p>—Nada más fácil, Excelencia —contestó servilmente.</p> - -<p>—Y además una capa... Luego que sea de noche prepararás el -coche...</p> - -<p>—No se encuentra ninguno en la ciudad.</p> - -<p>—Abajo tenemos uno. Enganchas el caballo,<span class="pagenum" -id="Page_187">p. 187</span> que abajo está también, y lo llevas a la -puerta más próxima a la calle del Cáliz.</p> - -<p>—Que es la de Sancti Spíritus... Os advierto que Santorcaz ha vuelto -a su casa: le he visto acompañado de sus cinco amigotes, cinco hombres -terribles, que son capaces de cualquier cosa...</p> - -<p>—¡Cinco hombres!...</p> - -<p>—Que no permiten se juegue con ellos. Todas las noches se reúnen -allí y están bien armados.</p> - -<p>—¿Tienes algún amigo que quiera ganarse unos cuantos doblones, y que -además sea valiente, sereno y discreto?</p> - -<p>—Mi primo <i>Pied-de-mouton</i> es bueno para el caso; pero está -algo enfermo. No sé si <i>Charles le Temeraire</i> querrá meterse en -tales fregados: se lo diré.</p> - -<p>—No necesitamos de vuestros amigos —dijo Miss Fly—. No queremos a -nuestro lado gente soez. Iremos enteramente solos.</p> - -<p>—Dentro de un momento tendréis las armas —afirmó Jean-Jean—. ¿Y no -me decís nada de vuestro asno?</p> - -<p>—Te lo regalaré con albarda y todo... mas no busques ya nada en -ella. Lo que merezcas te lo daré cuando nos hallemos sin peligro fuera -de las puertas de la ciudad.</p> - -<p>Jean-Jean me miró con expresión sospechosa; pero o renació pronto en -su pecho la confianza, o supo disimular su recelo, y se marchó. Cuando -de nuevo se me puso delante al anochecer y me trajo las armas, ordenele -que me esperase en la calle del Cáliz, con<span class="pagenum" -id="Page_188">p. 188</span> lo cual dimos la inglesa y yo por -terminados los preparativos de aquel estupendo y nunca visto suceso, -que verá el lector en los siguientes capítulos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch23"> - <h2 class="nobreak g0">XXIII</h2> -</div> - -<p>Al llegar a esta parte de mi historia, oblígame a detenerme cierta -duda penosa que no puedo arrojar lejos de mí, aunque de mil maneras -lo intento. Es el caso que a pesar de la fidelidad y veracidad de mi -memoria, que tan puntualmente conserva los hechos más remotos, dudo si -fui yo mismo quien acometió la temeridad en cuestión, apretado a ello -por el poético y voluntarioso ascendiente de una hermosa mujer inglesa; -o si, habiéndolo yo soñado, creí que lo hice, como muchas veces sucede -en la vida, por no ser fácil deslindar lo soñado de lo real; o si en -vez de ser mi propia persona la que a tales empeños se lanzara, fue -otro yo quien supo interpretar los fogosos sentimientos y caballerescas -ideas de la hechicera Athenais. Ello es que teniéndome por cuerdo -hoy, como entonces, me cuesta trabajo determinarme a afirmar que fui -yo propio el autor de tal locura, aunque todos los datos, todas las -noticias y las tradiciones todas concuerdan en que no pudo ser otro. -Ante la evidencia, inclino la frente y sigo contando.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_189">p. 189</span>Vino, pues, -la noche, envolviendo en sus sombras todo el ámbito de <i>Roma la -chica</i>. Salimos Miss Fly y yo, y atravesando la Rúa, nos internamos -por las oscuras y torcidas calles que nos debían llevar al lugar de -nuestra misteriosa aventura. Bien pronto, ignorantes ambos de la -topografía de la ciudad, nos perdimos y marchamos al acaso, procurando -brujulearnos por los edificios que habíamos visto durante el día; mas -con la oscuridad no distinguíamos bien la forma de aquellas moles -que nos salían al paso. A lo mejor nos hallábamos detenidos por una -pared gigantesca, cuya eminencia se perdía allá en los cielos; luego -creeríase que la enorme masa se apartaba a un lado para dejarnos libre -el paso de una calleja alumbrada a lo lejos por las lamparillas de la -devoción, encendidas ante una imagen.</p> - -<p>Seguíamos adelante creyendo encontrar el camino buscado, y -tropezábamos con un pórtico y una torre que en las sombras de la noche -venían cada cual de distinto punto y se juntaban para ponérsenos -delante. Al fin conocimos la catedral entre aquellas montañas de -oscuridad que nos cercaban. Distinguimos perfectamente su vasta forma -irregular, sus torres que empiezan en una edad del arte y acaban -en otra, sus ojivas, sus cresterías, su cúpula redonda; y detrás -del nuevo edificio, la catedral vieja, acurrucada junto a él como -buscando abrigo. Quisimos orientarnos allí, y tomando la dirección -que creímos más conveniente, bien pronto tropezamos con los pórticos -gemelos de la Universidad, en cuyo frontispicio<span class="pagenum" -id="Page_190">p. 190</span> las grandes cabezas de los Reyes Católicos -nos contemplaron con sus absortos ojos de piedra. Deslizándonos por un -costado del vasto edificio, nos hallamos cercados de murallas por todas -partes, sin encontrar salida.</p> - -<p>—Esto es un laberinto, Miss Fly —dije no sin mal humor—; busquemos -hacia la espalda de la catedral esa dichosa calle. Si no, pasaremos la -noche andando y desandando calles.</p> - -<p>—¿Os apuráis por eso? Cuanto más tarde, mejor.</p> - -<p>—Señora, Lord Wellington me espera mañana a las doce en Bernuy. Me -parece que he dicho bastante... Veremos si aparece algún transeúnte que -nos indique el camino.</p> - -<p>Pero ningún alma viviente se veía por aquellos solitarios -lugares.</p> - -<p>—¡Qué hermosa ciudad! —dijo Miss Fly con arrobamiento -contemplativo—. Todo aquí respira la grandeza de una edad ilustre y -gloriosa. ¡Cuán excelsos, cuán poderosos no fueron los sentimientos -que han necesitado tanta, tantísima piedra para manifestarse! ¿Para -vos no dicen nada esas altas torres, esas largas ojivas, esos techos, -esos gigantes que alzan sus manos hacia el cielo, esas dos catedrales: -la una anciana y de rodillas, arrugada, inválida, agazapada contra -el suelo y al arrimo de su hija; la otra flamante y en pie, hermosa, -inmensa, lozana, respirando vida en su robusta mole? ¿Para vos no dicen -nada esos cien colegios y conventos, obra de la ciencia y la piedad -reunidas? ¿Y esos palacios de los grandes señores, esas paredes llenas -de escudos y rejas, indicio<span class="pagenum" id="Page_191">p. -191</span> de soberbia y precaución? ¡Dichosa edad aquella en que el -alma ha encontrado siempre de qué alimentar su insaciable hambre! Para -las almas religiosas, el monasterio; para las heroicas, la guerra; -para las apasionadas, el amor, más hermoso cuanto más contrariado; -para todas, la galantería, los grandes afectos, los sacrificios -sublimes, las muertes gloriosas... La sociedad vive impulsada por una -sola fuerza, la pasión... El cálculo no se ha inventado todavía. La -pasión gobierna el mundo y en él pone su sello de fuego. El hombre lo -atropella todo por la posesión del objeto amado, o muere luchando ante -las puertas del hogar que se le cierran... Por una mujer se encienden -guerras, y dos naciones se destrozan por un beso... La fuerza que -aparentemente impera no es el empuje brutal de los modernos, sino un -aliento poderoso, el resoplido de los dos pulmones de la sociedad, que -son el honor y el amor.</p> - -<p>—No vendría mal el discursito —murmuré—, si al fin -encontráramos...</p> - -<p>Cuando esto decía habíamos perdido de vista la catedral, y nos -internábamos por calles angostas y oscuras, buscando en vano la -del Cáliz. Vimos una anciana que, apoyándose en un palo, marchaba -lentamente arrimada a la pared, y le pregunté:</p> - -<p>—Señora, ¿puede usted decirme dónde está la calle del Cáliz?</p> - -<p>—¿Buscan la calle del Cáliz y están en ella? —repuso la vieja con -desabrimiento—. ¿Van a la casa de los masones o a la logia de la -calle de Tentenecios? Pues sigan adelante y no<span class="pagenum" -id="Page_192">p. 192</span> mortifiquen a una pobre vieja que no quiere -nada con el demonio.</p> - -<p>—¿Y la casa de los masones, cuál es, señora?</p> - -<p>—Tiénela en la mano y pregunta... —contestó la anciana—. Ese -portalón que está detrás de usted es la entrada de la vivienda de esos -bribones; ahí es donde cometen sus feas herejías contra la religión; -ahí donde hablan pestes de nuestros queridos reyes... ¡Malvados! -¡Ay, con cuánto gusto iría a la Plaza Mayor para veros quemar! Dios -querrá quitarnos de en medio a los franceses que tales suciedades -consienten... Masones y franceses todos son unos: la pata derecha y la -pata izquierda de Satanás.</p> - -<p>Marchose la vieja hablando consigo misma, y al quedarnos solos -reconocí en el portalón, que cerca teníamos, la casa de Santorcaz.</p> - -<p>—¡Cuántas veces habremos pasado por aquí sin conocer la casa! —dijo -Miss Fly—. Si yo la hubiese visto una sola vez... pero parece que sois -torpe, Araceli.</p> - -<p>La puerta era un antiquísimo arco bizantino, compuesto por seis -u ocho curvas concéntricas, por donde corrían misteriosas formas -vegetales, gastadas por el tiempo; cascabeles y entrelazadas cintas, -y en la imposta unos diablillos, monos o no sé qué desvergonzados -animales, que hacían cabriolas confundiendo sus piernecillas enjutas -con los tallos de la hojarasca de piedra. Letras ininteligibles y -que sin duda expresaban la época de la construcción, dejaban ver sus -trazos grotescos y torcidos,<span class="pagenum" id="Page_193">p. -193</span> como si un dedo vacilante las trazara al modo de conjuro. -Estaba reforzada la puerta con garabatos de hierro tan mohosos como -apolilladas y rotas las mal juntas tablas, y un grueso llamador en -figura de culebrón enroscado pendía en el centro, aguardando una -impaciente mano que lo moviese.</p> - -<p>Yo interrogué a Miss Fly con la mirada, y vi que acercaba su mano al -aldabón.</p> - -<p>—¿Ya, señora? —dije deteniendo su movimiento.</p> - -<p>—¿Pues a qué esperáis?</p> - -<p>—Conviene explorar primero al enemigo... La casa es sólida... -Jean-Jean dijo que había dentro... ¿cuántos hombres?</p> - -<p>—Cincuenta, si no recuerdo mal... pero aunque sean mil...</p> - -<p>—Es verdad, aunque sea un millón.</p> - -<p>Vimos que se acercaba un hombre, y al punto reconocí a Jean-Jean.</p> - -<p>—Vienen refuerzos, señora —dije—. Verá usted qué pronto despacho.</p> - -<p>Miss Fly, asiendo del aldabón, dio un golpe.</p> - -<p>Yo toqué mis armas, y al ver que no se me habían olvidado, no pude -evitar un sentimiento, que no sé si era burla o admiración de mí -mismo, porque a la verdad, señores, lo que yo iba a hacer, lo que yo -intentaba en aquel momento, o era gran tontería, o una acción semejante -a las perpetuadas en romances y libros de caballería. Yo recordaba -haber leído en alguna parte que un desvalido amante llega bonitamente -y sin más ayuda que el valor de su brazo, o la protección de tal -o cual potencia<span class="pagenum" id="Page_194">p. 194</span> -nigromántica, a las puertas de un castillo donde el más barbudo y -zafio moro o gigante de aquellos agrestes confines, tiene encerrada a -la más delicada doncella, princesa o emperatriz que ha peinado hebras -de oro y llorado líquidos diamantes; y el tal desvalido amante grita -desde abajo: «Fiero arráez, o bárbaro sultán, vengo a arrancarte esa -real persona que aprisionada guardas; y te conjuro que me la des al -instante si no quieres que tu cuerpo sea partido en dos pedazos por -esta mi espada; y no te rías ni me amenaces, porque aunque tuvieras más -ejércitos que llevó el parto a la conquista de la Grecia, ni uno solo -de los tuyos quedará vivo.»</p> - -<p>Así, señores, así, ni más o menos, era lo que yo iba a emprender. -Cuando toqué las pistolas del cinto, y el tahalí de que pendía la -tajante espada, y me eché el embozo a la capa, y el ala del ancho -sombrero sobre la ceja, confieso que entre los sentimientos que -luchaban en mi corazón, predominó la burla, y me reí en la oscuridad. -Tenía yo un aire de personaje de valentías, guapezas y gatuperios, -que habría puesto miedo en el ánimo más valeroso, cuando no mofa y -risa; pero Miss Fly había leído sin duda las hazañas de D. Rodulfo -de Pedrajas, de Pedro Cadenas, Lampuga, Gardoncha y Perotudo, y mi -catadura le había de parecer más propia para enamorar que para reír.</p> - -<p>Viendo que no respondían, cogí el aldabón y repetí los golpes.</p> - -<p>Yo no medía la extensión del peligro que iba a afrontar, ni -era posible reflexionar en<span class="pagenum" id="Page_195">p. -195</span> ello, aunque habría bastado un destello de luz de mi razón -para esclarecerme el horrible jaleo en que me iba a meter... Yo no -pensaba en esto, porque sentía el inexplicable deleite que tiene para -la juventud enamorada todo lo que es misterioso y desconocido, más -bello y atractivo cuanto más peligroso; porque sentía dentro de mí -un deseo de acometer cualquier brutalidad sin nombre, que pusiese mi -fuerza y mi valor al servicio de la persona a quien más amaba en el -mundo.</p> - -<p>No se olvide que aún me duraba el despecho y la sofocación de la -mañana. El recuerdo de las escenas que antes he descrito, completaba mi -ceguera; y realizar por la violencia lo que no pude conseguir por otro -medio, era sin duda gran atractivo para mi excitado espíritu. En la -calle me aguijoneaba la fantasía, y desde dentro me llamaba el corazón, -toda mi vida pasada y cuanto pudiese soñar para el porvenir... ¿Quién -no rompe una pared, aunque sea con la cabeza, cuando le impulsan a ello -dos mujeres, una desde dentro y otra desde fuera?</p> - -<p>No debo negar que la hermosa inglesa había adquirido gran -ascendiente sobre mí. No puedo expresar aquel dominio suyo y la -esclavitud mía, sino empleando una palabra muy usada en las novelas, -y que ignoro si indicará de un modo claro mi idea; pero no teniendo a -mano otro vocablo, la emplearé. Miss Fly me fascinaba. Aquella grandeza -de espíritu; aquel sentimiento alambicado y sin mezcla de egoísmo -que había en sus palabras; aquel carácter que atesoraba, tras una -extravagancia sin<span class="pagenum" id="Page_196">p. 196</span> -ejemplo, todo el material, digámoslo así, de las grandes acciones, -hallaban secreta simpatía en un rincón de mi ser. Me reía de ella, y la -admiraba; parecíanme disparates sus consejos, y los obedecía. Aquella -inmensidad de su pensamiento tan distante de la realidad me seducía, -y antes que confesarme cobarde para seguir el vuelo de su voluntad -poderosa, hubiérame muerto de vergüenza.</p> - -<p>Repetí con más fuerza los golpes, y nada se oía en el interior de la -casa. Oscuridad y silencio como el de los sepulcros reinaban en ella. -El animalejo, lagarto o culebrón que figuraba la aldaba, alzó (al menos -así parecía) su cabeza llena de herrumbre, y clavando en mí los verdes -ojuelos, abrió la horrible boca para reírse.</p> - -<p>—No quieren abrir —me dijo Jean-Jean—. Sin embargo, dentro están: -los he visto entrar... Son los principales afrancesados que hay en -la ciudad, más masones que el gran Copto y más ateos que Judas. Mala -gente. Mi opinión, señor Marqués, es que os marchéis. El coche os -aguarda en la puerta de Sancti Spíritus.</p> - -<p>—¿Tienes miedo, Jean-Jean?</p> - -<p>—Además, señor Marqués —continuó este—, debo advertiros que pronto -ha de pasar por aquí la ronda... Vos y la señora tenéis todo el aspecto -de gente sospechosa... Todavía hay quien cree que sois espía, y la -señora también.</p> - -<p>—¿Yo espía? —dijo Miss Fly con desprecio—. Soy una dama inglesa.</p> - -<p>—Márchate tú, Jean-Jean, si tienes miedo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_197">p. 197</span>—Hacéis una locura, -caballero —repuso el dragón—. Esos hombres van a salir, y a todos nos -molerán a palos.</p> - -<p>Creí sentir el ruido de las maderas de una ventanilla que se abría -en lo alto, y grité:</p> - -<p>—¡Ah de la casa! Abrid pronto.</p> - -<p>—Es una locura, señor Marqués —dijo el dragón bruscamente—. Vámonos -de aquí...</p> - -<p>Entonces noté en el semblante hosco y sombrío de Jean-Jean una -alteración muy visible, que no era ciertamente la que produce el -miedo.</p> - -<p>—Repito que os dejo solo, señor Marqués... La ronda va a venir... -Vamos hacia Sancti Spíritus, o no respondo de vos...</p> - -<p>Su insistencia y el empeño de llevarnos hacia las afueras de la -ciudad, infundió en mí terrible sospecha.</p> - -<p>Miss Fly redobló los martillazos, diciendo:</p> - -<p>—Será preciso echar la puerta abajo si no abren.</p> - -<p>Los garabatos de hierro que reforzaban la puerta se contrajeron, -haciendo muecas horribles, signos burlescos, figurando no sé si -extrañas sonrisas o mohínes, o visajes de misteriosos rostros.</p> - -<p>Yo empezaba a perder la paciencia y la serenidad. Jean-Jean me -causaba inquietud y temí una alevosía, no por la sospecha de espionaje, -como él había dicho, sino por la tentación de robarnos. El caso no era -nuevo, y los soldados que guarnecían las poblaciones del pobre país -conquistado cometían impunemente todo linaje de excesos. Además, la -aventura<span class="pagenum" id="Page_198">p. 198</span> iba tomando -carácter grotesco, pues nadie respondía a nuestros golpes ni asomaba -rostro humano en la alta reja.</p> - -<p>—Sin duda no hay aquí rastro de gente. Los masones se han marchado, -y ese tunante nos ha traído aquí para expoliarnos a sus anchas.</p> - -<p>De pronto vi que alguien aparecía en el recodo que hace la calle. -Eran dos personas que se fijaron allí como en acecho. Dirigime hacia -el dragón; pero este, sin esperar a que le hablase, nos abandonó -súbitamente para unirse a los otros.</p> - -<p>—Ese miserable nos ha vendido —exclamé rugiendo de cólera—. ¡Señora, -estamos perdidos! No contábamos con la traición.</p> - -<p>—¡La traición! —dijo confusa Miss Fly—. No puede ser.</p> - -<p>No tuvimos tiempo de razonar, porque los dos que nos observaban y -Jean-Jean se nos vinieron encima.</p> - -<p>—¿Qué hacéis aquí? —me preguntó uno de ellos, que era soldado de -artillería sin distintivo alguno.</p> - -<p>—No tengo que darte cuenta —respondí—. Deja libre la calle.</p> - -<p>—¿Es esta la tarasca inglesa? —dijo el otro dirigiéndose a Miss Fly -con insolencia.</p> - -<p>—¡Tunante! —grité desenvainando—. Voy a enseñarte cómo se habla con -las señoras.</p> - -<p>—El Marquesito ha sacado el asador —dijo el primero—. Jóvenes, venid -al cuerpo de guardia con nosotros, y vos, <i>milady sauterelle</i> dad -el brazo a <i>Charles le Temeraire</i> para que os conduzca al palacio -del cepo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_199">p. 199</span>—Araceli —me dijo -Miss Fly—, toma mi látigo y échalos de aquí.</p> - -<p>—<i>Pied-de-mouton</i>, atraviésalo —vociferó el artillero.</p> - -<p><i>Pied-de-mouton</i>, como sargento de dragones, iba armado -de sable. <i>Carlos el Temerario</i> era artillero y llevaba un -machete corto, arma de escaso valor en aquella ocasión. En un momento -rapidísimo, mientras Jean-Jean vacilaba entre dirigirse a la inglesa -o a mí, acuchillé a <i>Pied-de-mouton</i> con tan buena suerte, con -tanto ímpetu y tanta seguridad, que le tendí en el suelo. Lanzando un -ronco aullido, cayó bañado en sangre... Me arrimé a la pared para tener -guardadas las espaldas, y aguardé a Jean-Jean, que, al ver la caída de -su compañero, se apartó de Miss Fly, mientras Carlos el Temerario se -inclinaba a reconocer el herido. Rápida como el pensamiento, Athenais -se bajó a recoger el sable de este. Sin esperar a que Jean-Jean -me atacase, y viéndole algo desconcertado, fuime sobre él; mas, -sobrecogido, dio algunos pasos hacia atrás, bramando así:</p> - -<p>—<i>¡Corne du diable! ¡Mille millions de bombardes!</i>... ¿Creéis -que os tengo miedo?</p> - -<p>Diciéndolo, apretó a correr a lo largo de la calle, y más ligero que -el viento le siguió Carlos. Ambos gritaban:</p> - -<p>—¡A la guardia, a la guardia!</p> - -<p>—Cerca hay un cuerpo de guardia, señora. Huyamos. Aquí dio fin el -romance.</p> - -<p>Corrimos en dirección contraria a la que ellos tomaron; mas no -habíamos andado siete<span class="pagenum" id="Page_200">p. 200</span> -pasos, cuando sentimos a lo lejos pisadas de gente, y distinguimos un -pelotón de soldados que a toda prisa venía hacia nosotros.</p> - -<p>—Nos cortan la retirada, señora —dije retrocediendo—. Vamos por otro -lado.</p> - -<p>Buscamos una bocacalle que nos permitiera tomar otra dirección, y no -la encontramos. La patrulla se acercaba. Corrimos al otro extremo, y -sentí la voz de nuestros dos enemigos gritando siempre:</p> - -<p>—¡A la guardia!...</p> - -<p>—Nos cogerán —dijo Miss Fly con serenidad incomparable, que me -inspiró aliento—. No importa. Entreguémonos.</p> - -<p>En aquel instante, como pasáramos junto al pórtico en cuyo aldabón -habíamos martillado inútilmente, vi que la puerta se abría y asomaba -por ella la cabeza de un curioso que, sin duda, no había podido dominar -su anhelo de saber lo que resultaba de la pendencia... El cielo se -abría delante de nosotros. La patrulla estaba cerca; pero como la calle -describía un ángulo muy pronunciado, los soldados que la formaban no -podían vernos. Empujé aquella puerta y al hombre que curiosamente y -con irónica sonrisa en el rostro se asomaba; y aunque ni una ni otra -quisieron ceder al principio, hice tanta fuerza, que bien pronto Miss -Fly y yo nos encontramos dentro, y con presteza increíble corrí los -pesados cerrojos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch24"> - <p><span class="pagenum" id="Page_201">p. 201</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXIV</h2> -</div> - -<p>—¿Qué hace usted? —preguntó con estupor un hombre a quien vi delante -de mí y que alumbraba el angosto portal con su linterna.</p> - -<p>—Salvarme y salvar a esta señora —respondí atendiendo a los pasos -que un rato después de nuestra entrada sonaban en la calle, fuera de la -puerta—. La patrulla se detiene...</p> - -<p>—Ahora examina el cuerpo...</p> - -<p>—No nos han visto entrar...</p> - -<p>—Pero... o yo estoy tonto, o es Araceli el que tengo delante —dijo -aquel hombre, el cual no era otro que Santorcaz.</p> - -<p>—El mismo, Sr. D. Luis. Si su intento es denunciarme, puede hacerlo -entregándome a la patrulla; pero ponga usted en lugar seguro a esta -señora hasta que pueda salir libremente de Salamanca... Todavía están -ahí —añadí con la mayor agitación—. ¡Cómo gruñen!... parece que recogen -el cuerpo... ¿Estará muerto, o tan solo herido?...</p> - -<p>—Se marchan —dijo Athenais—. No nos han visto entrar... Creerán que -ha sido una pendencia entre soldados, y mientras aquellos pícaros no -expliquen...</p> - -<p>—Adelante, señores —dijo Santorcaz con petulancia—. El primer deber -del hijo del pueblo es la hospitalidad, y su hogar recibe a<span -class="pagenum" id="Page_202">p. 202</span> cuantos han menester el -amparo de sus semejantes. Señora, nada tema usted.</p> - -<p>—¿Y quién os ha dicho que yo temo algo? —dijo con arrogancia Miss -Fly.</p> - -<p>—Araceli, ¿eres tú quien me echaba la puerta abajo hace un -momento?</p> - -<p>Vacilé un instante en contestar, y ya tenía la palabra en la boca -cuando Miss Fly se anticipó diciendo:</p> - -<p>—Era yo.</p> - -<p>Santorcaz, después de hacer una cortesía a la dama inglesa, -permaneció mudo y quieto esperando oír los motivos que había tenido la -señora para llamar tan reciamente.</p> - -<p>—¿Por qué me miráis con la boca abierta? —dijo bruscamente Miss -Fly—. Seguid y alumbrad.</p> - -<p>Santorcaz me miró con asombro. ¿Quién le causaría más sorpresa, yo -o ella? A mi vez, yo no podía menos de sentirla también, y grande, -al ver que el jefe de los masones nos recibía con urbanidad. Subimos -lentamente la escalera. Desde esta oíanse ruidosas voces de hombres -en lo interior de la casa. Cuando llegamos a una habitación desnuda -y oscura, que alumbró débilmente la linterna de Santorcaz, este nos -dijo:</p> - -<p>—¿Ahora podré saber qué buscan ustedes en mi casa?</p> - -<p>—Hemos entrado aquí buscando refugio contra unos malvados que -querían asesinarnos. Mi deseo es que oculte usted a esta señora si por -acaso insistieran en perseguirla dentro de la casa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_203">p. 203</span>—¿Y a ti? —me -preguntó con sorna.</p> - -<p>—Yo estimo mi vida —repuse—, y no quisiera caer en manos de -Jean-Jean; pero nada pido a usted, y ahora mismo saldré a la calle, si -me promete poner en seguridad a esta señora.</p> - -<p>—Yo no abandono a los amigos —dijo Santorcaz con aquella sandunga y -marrullería que le eran habituales—. La dama y su galán pueden respirar -tranquilos. Nadie les molestará.</p> - -<p>Miss Fly se había sentado en un incómodo sillón de vaqueta, único -mueble que en la destartalada estancia había, y sin atender a nuestro -diálogo, miraba los dos o tres cuadros apolillados que pendían de las -paredes, cuando entró la criada trayendo una luz.</p> - -<p>—¿Es esta vuestra hija? —preguntó vivamente la inglesa clavando los -ojos en la moza.</p> - -<p>—Es Ramoncilla, mi criada —repuso Santorcaz.</p> - -<p>—Deseo ardientemente ver a vuestra hija, caballero —dijo la -inglesa—. Tiene fama de muy hermosa.</p> - -<p>—Después de lo presente —dijo el masón con galantería—, no creo que -haya otra más hermosa... Pero, volviendo a nuestro asunto, señora, si -usted y su esposo desean...</p> - -<p>—Este caballero no es mi esposo —afirmó Miss Fly sin mirar a -Santorcaz.</p> - -<p>—Bien: quise decir su amigo.</p> - -<p>—No es tampoco mi amigo, es mi criado —dijo la dama con enojo—. Sois -en verdad impertinente.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_204">p. 204</span>Santorcaz me miró, -y en su mirada conocí que no daba fe a la afirmación de la dama.</p> - -<p>—Bien... ¿Usted y su criado piensan permanecer en Salamanca?...</p> - -<p>—No: precisamente lo que queremos es salir sin que nadie nos -moleste. No puedo realizar el objeto que me trajo a Salamanca, y me -marcho.</p> - -<p>—Pues a entrambos sacaré de la ciudad antes del día —dijo -Santorcaz—, porque estoy preparándolo todo para salir a la -madrugada.</p> - -<p>—¿Y lleváis a vuestra hija? —preguntó con gran interés Miss Fly.</p> - -<p>—Mi hija me ama tanto —respondió el masón con orgullo— que nunca se -separa de mí.</p> - -<p>—¿Y a dónde vais ahora?</p> - -<p>—A Francia. No pienso volver a poner los pies en España.</p> - -<p>—Mal patriota sois.</p> - -<p>—Señora... dígame usted su tratamiento para designarle con él. -Aunque hijo del pueblo y defensor de la igualdad, sé respetar las -jerarquías que establecieron la monarquía y la historia.</p> - -<p>—Decidme simplemente <i>señora</i>, y basta.</p> - -<p>—Bien: puesto que la señora quiere conocer a mi hija, se la voy a -mostrar —dijo Santorcaz—. Dígnese la señora seguirme.</p> - -<p>Seguímosle, y nos llevó a una sala, compuesta con más decoro que -la que dejábamos, e iluminada por un velón de cuatro mecheros.<span -class="pagenum" id="Page_205">p. 205</span> Ofreció el anciano un -asiento a la inglesa, y desapareció luego, volviendo al poco rato con -su hija de la mano. Cuando la infeliz me vio, quedose pálida como la -muerte, y no pudo reprimir un grito de asombro que, por su intensidad, -pareció de miedo.</p> - -<p>—Hija mía, esta es la señora que acaba de llegar a casa pidiéndome -hospitalidad para ella y para el mancebo que le acompaña.</p> - -<p>Creyérase que Inés veía fantasmas. Tan pronto miraba a Miss Fly -como a mí, sin convencerse de que eran reales y tangibles las personas -que tenía delante. Yo sonreía, tratando de disipar su confusión con el -lenguaje de los ojos y las facciones; pero la pobre muchacha estaba -cada vez más absorta.</p> - -<p>—Sí que es hermosa —dijo Miss Fly con gravedad—. Pero no quitáis los -ojos de este joven que me acompaña. Sin duda le encontráis parecido a -otro que conocéis. Hija mía, es el mismo que pensáis, el mismo.</p> - -<p>—Solo que este perillán —dijo Santorcaz sacudiéndome el brazo con -familiaridad impertinente— ha cambiado tanto... Cuando era oficial se -le podía mirar; pero después que ha sido expulsado del ejército por su -cobardía y mal comportamiento y puéstose a servir...</p> - -<p>Tan grosera burla no merecía que la contestase, y callé, dejando que -Inés se confundiese más.</p> - -<p>—Caballero —dijo Miss Fly con enojo volviéndose hacia Santorcaz—, -si hubiera sabido que pensábais insultar a la persona que me acompaña, -habría preferido quedarme en la<span class="pagenum" id="Page_206">p. -206</span> calle. Dije que era mi criado; pero no es cierto. Este -caballero es mi amigo.</p> - -<p>—Su amigo —añadió D. Luis—. Justo, eso decía yo.</p> - -<p>—Amigo leal y caballero intachable, a quien agradeceré toda la vida -el servicio que me ha prestado esta noche exponiendo su vida por mí.</p> - -<p>Nueva confusión de Inés. Mudaba de color su alterado semblante a -cada segundo, y todo se le volvía mirar a la inglesa y a mí, como si -mirándonos, leyéndonos, devorándonos con la vista, pudiera aclarar el -misterioso enigma que tenía delante.</p> - -<p>La venganza es un placer criminal, pero tan deleitoso, que en -ciertas ocasiones es preciso ser santo o arcángel para sofocar esta -partícula, para extinguir esta pavesa de infierno que existe en nuestro -corazón. Así es que sintiendo yo en mí la quemadura de aquel diabólico -fuego del alma que nos induce a mortificar alguna vez a las personas -que más amamos, dije con gravedad:</p> - -<p>—Señora mía, no merecen agradecimiento acciones comunes que son -un deber para todas las personas de honor. Además, si se trata de -agradecer, ¿qué podría decir yo, al recordar las atenciones que -de usted he merecido en el cuartel general aliado, y antes de que -viniésemos ambos a Salamanca?</p> - -<p>Miss Fly pareció muy regocijada de estas palabras mías, y en su -mirada resplandeció una satisfacción que no se cuidaba de disimular. -Inés observaba a la inglesa, queriendo leer en su rostro lo que no -había dicho.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_207">p. 207</span>—Sr. Santorcaz -—dijo la Mosquita después de una pausa—, ¿no pensáis casar a vuestra -hija?</p> - -<p>—Señora, mi hija parece hasta hoy muy contenta de su estado y de la -compañía de su padre. Sin embargo, con el tiempo... No se casará con un -noble ni con un militar, porque ella y yo aborrecemos a esos verdugos y -carniceros del pueblo.</p> - -<p>—Podemos darnos por ofendidos con lo que decís contra dos clases -tan respetables —repuso con benevolencia Miss Fly—. Yo soy noble, y el -señor es militar. Conque...</p> - -<p>—He hablado en términos generales, señora. Por lo demás, mi hija no -quiere casarse.</p> - -<p>—Es imposible que siendo tan linda no tenga los pretendientes a -millares —dijo Miss Fly mirándola—. ¿Será posible que esta hermosa niña -no ame a nadie?</p> - -<p>Inés, en aquel instante, no podía disimular su enojo.</p> - -<p>—Ni ama ni ha amado jamás a nadie —contestó oficiosamente su -padre.</p> - -<p>—Eso no, Sr. Santorcaz —dijo la inglesa—. No tratéis de engañarme, -porque conozco de la cruz a la fecha la historia de vuestra adorada -niña, hasta que os apoderasteis de ella en Cifuentes.</p> - -<p>Inés se puso roja como una cereza, y me miró no sé si con desprecio -o con terror. Yo callaba, y midiendo por mi propia emoción la suya, -decía para mí con la mayor inocencia: «La pobrecita será capaz de -enfadarse.»</p> - -<p>—Tonterías y mimos de la infancia —dijo<span class="pagenum" -id="Page_208">p. 208</span> Santorcaz, a quien había sabido muy mal lo -que acababa de oír.</p> - -<p>—Eso es —añadió la inglesa señalando sucesivamente a Inés y a -mí—. Ambos son ya personas formales, y sus ideas, así como sus -sentimientos, han tomado camino más derecho. No conozco el carácter y -los pensamientos de vuestra encantadora hija; pero conozco el grande -espíritu, el noble entendimiento del joven que nos escucha, y puedo -aseguraros que leo en su alma como en un libro.</p> - -<p>Inés no cabía en sí misma. El alma se le salía por los ojos en forma -de aflicción, de despecho, de no sé qué sentimiento poderoso, hasta -entonces desconocido para ella.</p> - -<p>—Hace algún tiempo —añadió la inglesa— que nos une una noble, franca -y pura amistad. Este caballero posee un espíritu elevado. Su corazón, -superior a los sentimientos mezquinos de la vida ordinaria, arde en el -deseo fogoso de una vida grandiosa, de lucha, de peligro, y no quiere -asociar su existencia a la menguada medianía de un hogar pacífico, sino -lanzarla a los tumultos de la guerra, de la sociedad, donde hallará -pareja digna de su alma inmensa.</p> - -<p>No pude reprimir una sonrisa; pero nadie, felizmente, a no ser Inés -que me observaba, advirtió mi indiscreción.</p> - -<p>—¿Qué decís a esto? —preguntó Athenais a mi novia.</p> - -<p>—Que me parece muy bien —contestó como Dios la dio a entender, -entre atrevida y balbuciente—. Cuando se tiene un alma de tal -inmensidad,<span class="pagenum" id="Page_209">p. 209</span> parece -propio afrontar los peligros de una patrulla, en vez de llamar a la -primera puerta que se presenta.</p> - -<p>—Ya comprenderá usted, señora —dijo don Luis—, que mi hija no es -tonta.</p> - -<p>—Sí; pero lo sois vos —contestó desabridamente Miss Fly.</p> - -<p>Y diciéndolo, en la casa retumbaron aldabonazos tan fuertes como los -que nosotros habíamos dado poco antes.</p> - -<p>—¡La patrulla! —exclamé.</p> - -<p>—Sin duda —dijo Santorcaz—. Pero no haya temor. He prometido ocultar -a ustedes. Si manda la patrulla Cerizy, que es amigo mío, no hay nada -que temer. Inés, esconde a la señora en el cuarto de los libros, que yo -archivaré a este sujeto en otro lado.</p> - -<p>Mientras Inés y Miss Fly desaparecieron por una puerta excusada, -dejeme conducir por mi antiguo amigo, el cual me llevó a la habitación -donde por la mañana le había visto, y en la cual estaban aquella noche -y en aquella ocasión cinco hombres sentados alrededor de la ancha mesa. -Vi sobre esta libros, botellas y papeles en desorden, y bien podía -decirse que las tres clases de objetos ocupaban igualmente a todos. -Leían, escribían y echaban buenos tragos, sin dejar de charlar y reír. -Observé además que en la estancia había armas de todas clases.</p> - -<p>—Otra vez te atruenan la casa a aldabonazos, papá Santorcaz —dijo al -vernos entrar el más joven, animado y vivaracho de los presentes.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_210">p. 210</span>—Es la ronda -—respondió el masón—. A ver dónde escondemos a este joven, Monsalud, -¿sabes quién manda la ronda esta noche?</p> - -<p>—Cerizy —contestó el interpelado, que era un joven alto, flaco y -moreno, bastante parecido a una araña.</p> - -<p>—Entonces no hay cuidado —me dijo—. Puedes entrar en esta habitación -y esconderte allí, por si acaso quiere subir a beber una copa.</p> - -<p>Escondido, mas no encerrado en la habitación que me designara, -permanecí algún tiempo, el necesario para que Santorcaz bajase a la -puerta, y por breves momentos conferenciase con los de la ronda, y para -que el jefe de esta subiese a honrar las botellas que galantemente le -ofrecían.</p> - -<p>—Señores —dijo el oficial francés entrando con Santorcaz—, buenas -noches... ¿Se trabaja? Buena vida es esta.</p> - -<p>—Cerizy —replicó el llamado Monsalud llenando una copa—, a la salud -de Francia y España reunidas.</p> - -<p>—A la salud del gran imperio galo-hispano —dijo Cerizy alzando la -copa—. A la salud de los buenos españoles.</p> - -<p>—¿Qué noticias, amigo Cerizy? —preguntó otro de los presentes, -viejo, ceñudo y feo.</p> - -<p>—Que el Lord está cerca... pero nos defenderemos bien. ¿Han visto -ustedes las fortificaciones?... Ellos no tienen artillería de sitio... -El ejército aliado es un ejército <i>pour rire</i>...</p> - -<p>—¡Pobrecitos!... —exclamó el viejo, cuyo<span class="pagenum" -id="Page_211">p. 211</span> nombre era Bartolomé Canencia—. ¡Cuando uno -piensa que van a morir tantos hombres... que se va a derramar tanta -sangre...!</p> - -<p>—Señor filósofo —indicó el francés—, porque ellos lo quieren... -Convenced a los españoles de que deben someterse...</p> - -<p>—Descanse usted un momento, amigo Cerizy.</p> - -<p>—No puedo detenerme... Han herido a un sargento de dragones en esta -calle...</p> - -<p>—Alguna disputa...</p> - -<p>—No se sabe... los asesinos han huido... Dicen que son espías.</p> - -<p>—¡Espías de los ingleses!... Salamanca está llena de espías.</p> - -<p>—Han dicho que un español y una inglesa... o no sé si un inglés -acompañado de una española... Pero no puedo detenerme. Se me mandó -registrar las casas... Decidme, ¿no hay logia esta noche?</p> - -<p>—¿Logia? Si nos marchamos...</p> - -<p>—¿Se marchan? —dijo el francés—. Y yo que estaba concluyendo a toda -prisa mi <i>Memoria sobre las distintas formas de la tiranía</i>.</p> - -<p>—Léasela usted a sí propio —indicó el filósofo Canencia—. Lo mismo -me pasará a mí con mi <i>Tratado de la libertad individual</i> y mi -traducción de Diderot.</p> - -<p>—¿Y por qué es esa marcha?</p> - -<p>—Porque los ingleses entrarán en Salamanca —dijo Santorcaz—, y no -queremos que nos cojan aquí.</p> - -<p>—Yo no daría dos cuartos por lo que me quedara de pescuezo, después -de entrar los<span class="pagenum" id="Page_212">p. 212</span> aliados -—advirtió el más joven y más vivaracho de todos.</p> - -<p>—Los ingleses no entrarán en Salamanca, señores —afirmó con -petulancia el oficial.</p> - -<p>Santorcaz movió la cabeza con triste expresión dubitativa.</p> - -<p>—Y pues echan ustedes a correr, desde que nos hallamos -comprometidos, Sr. Santorcaz —añadió Cerizy con la misma petulancia y -cierto tonillo reprensivo—, sepan que en el cuartel general de Marmont -no estarán los masones tan seguros como aquí.</p> - -<p>—¿Que no?</p> - -<p>—No; porque no son del agrado del General en Jefe, que nunca fue -aficionado a sociedades secretas. Las ha tolerado, porque era preciso -alentar a los españoles que no seguían la causa insurgente; pero ya -sabe usted que Marmont es algo <i>bigot</i>.</p> - -<p>—Sí...</p> - -<p>—Pero lo que no sabe usted es que han venido órdenes apremiantes -de Madrid para separar la causa francesa de todo lo que transcienda a -masonería, ateísmo, irreligiosidad y filosofía.</p> - -<p>—Lo esperaba, porque José es también algo...</p> - -<p>—<i>Bigot</i>... Conque buen viaje y no fiarse mucho del General en -Jefe.</p> - -<p>—Como no pienso parar hasta Francia, mi querido Sr. Cerizy... —dijo -Santorcaz—, estoy sin cuidado.</p> - -<p>—No se puede vivir en esta abominable nación —afirmó el viejo -filósofo—. En París o en<span class="pagenum" id="Page_213">p. -213</span> Burdeos publicaré mi <i>Tratado de la libertad -individual</i> y mi traducción de Diderot.</p> - -<p>—Buenas noches, Sr. Santorcaz, señores todos.</p> - -<p>—Buenas noches y buena suerte contra el Lord, Sr. Cerizy.</p> - -<p>—Nos veremos en Francia —dijo el francés al retirarse—. ¡Qué lástima -de logia!... Marchaba tan bien... Sr. Canencia, siento que no conozca -usted mi <i>Memoria sobre las tiranías</i>.</p> - -<p>Cuando el jefe de la ronda bajaba la escalera, sacome de mi -escondite Santorcaz, y presentándome a sus amigos, dijo con sorna:</p> - -<p>—Señores, presento a ustedes un espía de los ingleses.</p> - -<p>No le contesté una palabra.</p> - -<p>—Bien se conoce, amiguito... pero no reñiremos —añadió el masón -ofreciéndome una silla y poniéndome delante una copa que llenó—. -Bebe.</p> - -<p>—Yo no bebo.</p> - -<p>—Amigo Ciruelo —dijo D. Luis al más joven de los presentes—, te -quedarás en Salamanca hasta mañana, porque en lugar tuyo va a salir -este joven.</p> - -<p>—Sí, eso es —objetó Ciruelo mirándome con enojo—. ¿Y si vienen los -aliados y me ahorcan?... Yo no soy espía de los ingleses.</p> - -<p>—¡Ingleses, franceses!... —exclamó el filósofo Canencia en tono -sibilítico—. Hombres que se disputan el terreno, no las ideas... -¿Qué me importa cambiar de tiranos? A los que como yo combaten por -la filosofía, por los grandes<span class="pagenum" id="Page_214">p. -214</span> principios de Voltaire y Rousseau, lo mismo les importa que -reinen en España las casacas rojas o los capotes azules.</p> - -<p>—¿Y usted qué piensa? —me dijo Monsalud observándome con -curiosidad—. ¿Entrarán los aliados en Salamanca?</p> - -<p>—Sí, señor, entraremos —contesté con aplomo.</p> - -<p>—Entraremos... luego usted pertenece al ejército aliado.</p> - -<p>—Al ejército aliado pertenezco.</p> - -<p>—¿Y cómo está usted aquí? —me preguntó, con ademán y tono de la -mayor fiereza, otro de los presentes, que era hombre más fuerte y -robusto que un toro.</p> - -<p>—Estoy aquí, porque he venido.</p> - -<p>Necesitaba hacer grandes esfuerzos para sofocar mi indignación.</p> - -<p>—Este joven se burla de nosotros —dijo Ciruelo.</p> - -<p>—Pues yo sostengo que los aliados no entrarán en Salamanca —añadió -Monsalud—. No traen artillería de sitio.</p> - -<p>—La traerán...</p> - -<p>—Ignoran con qué clase de fortificaciones tienen que habérselas.</p> - -<p>—El Duque de Ciudad-Rodrigo no ignora nada.</p> - -<p>—Bueno, que entren —dijo Santorcaz—. Puesto que Marmont nos -abandona...</p> - -<p>—Lo que yo digo —indicó el filósofo—: casacas rojas o casacas -azules... ¿qué más da?</p> - -<p>—Pero es indigno que favorezcamos a los espías de Lord Wellington -—exclamó con ira el<span class="pagenum" id="Page_215">p. 215</span> -bárbaro Monsalud, levantándose de su asiento.</p> - -<p>Yo decía para mí: «¿No habrá en esta maldita casa un agujero por -donde escapar solo con ella?»</p> - -<p>—Siéntate y calla, Monsalud —dijo Santorcaz—. A mí me importa poco -que <i>Narices</i> entre o no en Salamanca. Pongo yo el pie en mi -querida Francia... Aquí no se puede vivir.</p> - -<p>—Si siguieran los franceses mi parecer —dijo el joven Ciruelo con -la expresión propia de quien está seguro de manifestar una gran idea—, -antes de entregar esta ciudad histórica a los aliados, la volarían. -Basta poner seis quintales de pólvora en la Catedral, otros seis en la -Universidad, igual dosis en los Estudios Menores, en la Compañía, en -San Esteban, en Santo Tomás y en todos los grandes edificios... Vienen -los aliados, ¿quieren entrar? ¡fuego! ¡Qué hermoso montón de ruinas! -Así se consiguen dos objetos: acabar con ellos, y destruir uno de los -más terribles testimonios de la tiranía, barbarie y fanatismo de esos -ominosos tiempos, señores...</p> - -<p>—Orador Ciruelo, tú harás revoluciones —dijo Canencia con majestuosa -petulancia.</p> - -<p>—Lo que yo afirmo —gruñó Monsalud— es que, venzan o no los aliados, -no me marcharé de España.</p> - -<p>—Ni yo —mugió el toro.</p> - -<p>—Prefiero volverme con los insurgentes —dijo el quinto personaje, -que hasta entonces no había desplegado los bozales labios.</p> - -<p>—Yo me voy para siempre de España —afirmó Santorcaz—. Veo mal -parada aquí la<span class="pagenum" id="Page_216">p. 216</span> causa -francesa. Antes de dos años, Fernando VII volverá a Madrid.</p> - -<p>—¡Locura, necedad!</p> - -<p>—Si esta campaña termina mal para los franceses, como creo...</p> - -<p>—¿Mal? ¿Por qué?</p> - -<p>—Marmont no tiene fuerzas.</p> - -<p>—Se las enviarán. Viene en su auxilio el rey José con tropas de -Castilla la Nueva.</p> - -<p>—Y la división Esteve, que está en Segovia.</p> - -<p>—Y el ejército de Bonnet viene cerca ya.</p> - -<p>—Y también Cafarelli, con el ejército del Norte.</p> - -<p>—Todavía no han venido —dijo Santorcaz con tristeza—. Bien, -si vienen esas tropas, y ponen los franceses toda la carne en el -asador...</p> - -<p>—Vencerán.</p> - -<p>—¿Qué crees tú, Araceli?</p> - -<p>—Que Marmont, Bonnet, Esteve, Cafarelli y el rey José no hallarán -tierra por donde correr si tropiezan con los aliados —dije con gran -aplomo.</p> - -<p>—Lo veremos, caballero.</p> - -<p>—Eso es, lo verán ustedes —repuse—. Lo veremos todos. ¿Saben ustedes -bien lo que es el ejército aliado que ha tomado a Ciudad-Rodrigo y -Badajoz? ¿Saben ustedes lo que son esos batallones portugueses y -españoles, esa caballería inglesa?... Figúrense ustedes una fuerza -inmensa, una disciplina admirable, un entusiasmo loco, y tendrán idea -de esa ola que viene y que todo lo arrollará y destruirá a su paso.</p> - -<p>Los seis hombres me miraban absortos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_217">p. 217</span>—Supongamos que los -franceses son derrotados: ¿qué hará entonces el Emperador?</p> - -<p>—Enviar más tropas.</p> - -<p>—No puede ser. ¿Y la campaña de Rusia?</p> - -<p>—Que va muy mal, según dicen —indiqué yo.</p> - -<p>—No va sino muy bien, caballero —afirmó Monsalud, con gesto -amenazador.</p> - -<p>—Las últimas noticias —dijo el quinto personaje, que tenía facha de -militar, y era hombre fuerte, membrudo, imponente, de mirar atravesado -y antipática catadura— son estas... Acabo de leerlas en el papel que -nos han mandado de Madrid. El Emperador es esperado en Varsovia. El -primer cuerpo va sobre Piegel; el mariscal Duque de Regio, que manda el -segundo, está en Wehlan; el mariscal Duque de Elchingen, en Soldass; el -Rey de Westphalia, en Varsovia...</p> - -<p>—Eso está muy lejos y no nos importa nada —dijo Santorcaz con -disgusto—. Por bien que salga el Emperador de esa campaña temeraria, no -podrá en mucho tiempo mandar tropas a España... y parece que Soult anda -muy apretado en Andalucía, y Suchet en Valencia.</p> - -<p>—Todo lo ves negro —gritó con enojo Monsalud.</p> - -<p>—Veo la guerra del color que tiene ahora... De modo que a Francia me -voy, y salga el sol por Antequera.</p> - -<p>—Triste cosa es vivir de esta manera —dijo el filósofo—. Somos -ganado trashumante. Verdad es que no pasamos por punto alguno sin<span -class="pagenum" id="Page_218">p. 218</span> dejar la semilla del -<i>Contrato social</i>, que germinará pronto poblando el suelo de -verdaderos ciudadanos... Y es, además de triste, vergonzoso vernos -obligados a pasar por cómicos de la legua.</p> - -<p>—Yo no me vestiré más de payaso, aunque me aspen —declaró -Monsalud.</p> - -<p>—Y yo, antes de dejarme descuartizar por afrancesado, me volveré con -los insurgentes —indicó el que tenía figura y corpulencia de salvaje -toro.</p> - -<p>—Nada perdemos con adoptar nuestro disfraz —dijo D. Luis—. Conque se -vista uno y nos siga el carro lleno de trebejos, bastará para que no -nos hagan daño en esos feroces pueblos... Conque en marcha, señores. -Araceli, dame tus armas, porque nosotros no llevamos ninguna... En caso -contrario, no me expondré a sacarte.</p> - -<p>Se las di, disimulando la rabia que llenaba mi alma, y al punto -empezaron los preparativos de marcha. Unos corrían a cerrar sus breves -maletas, más llenas de papeles que de ropas. Arregló Ramoncilla el -equipaje de su amo, y no tardaron en atronar las casas los ruidos que -caballerías y carros hacían en el patio. Cuando pasé a la habitación -donde estaban Inés y Miss Fly, sorprendiome hallarlas en conversación -tirada, aunque no cordial, al parecer, y en el semblante de la primera -advertí un hechicero mohín irónico, mezclado de tristeza profunda. -Yo ocultaba y reprimía en el fondo de mi pecho una tempestad de -indignación, de zozobra. Aun allí, rodeado de<span class="pagenum" -id="Page_219">p. 219</span> tan diversa gente, miraba con angustia a -todos los rincones, ansiando descubrir alguna brecha, algún resquicio -por donde escapar solo con ella. Creíame capaz de las hazañas que -soñaba el alto espíritu de Miss Fly.</p> - -<p>Pero no había medio humano de realizar mi pensamiento. Estaba en -poder de Santorcaz, como si dijéramos, en poder del demonio. Traté de -acercarme a Inés para hablarla a solas un momento, con esperanzas de -hallar en ella un amoroso cómplice de mi deseo; pero Santorcaz con -claro designio y Miss Fly quizás sin intención, me lo impidieron. Inés -misma parecía tener empeño en no honrarme con una sola mirada de sus -amantes ojos.</p> - -<p>Athenais, conservando su falda de amazona, se había transfigurado, -escondiendo graciosamente su busto y hermosa cabeza bajo los pliegues -de un manto español.</p> - -<p>—¿Qué tal estoy así? —me dijo riendo, en un instante que estuvimos -solos.</p> - -<p>—Bien —contesté fríamente, preocupado con otra imagen que atraía los -ojos de mi alma.</p> - -<p>—¿Nada más que bien?</p> - -<p>—Admirablemente. Está usted hermosísima.</p> - -<p>—Vuestra novia, Sr. Araceli —dijo con expresión festiva y algo -impertinente—, es bastante sencilla.</p> - -<p>—Un poco, señora.</p> - -<p>—Está buena para un pobre hombre... ¿Pero es cierto que amáis... a -eso?</p> - -<p>«¡Oh! Dios de los cielos —dije para mí sin<span class="pagenum" -id="Page_220">p. 220</span> hacer caso de Miss Fly—, ¿no habrá un medio -de que yo escape solo con ella?»</p> - -<p>Iba la inglesa a repetir su pregunta, cuando Santorcaz nos llamó, -dándonos prisa para que bajásemos. Él y sus amigos habían forrado sus -personas en miserables vestidos.</p> - -<p>—Las dos señoras, en el coche que guiará Juan —dijo D. Luis—. Tres -a caballo, y los otros en el carro. Araceli, entra en el carro con -Monsalud y Canencia.</p> - -<p>—Padre, no vayas a caballo —dijo Inés—. Estás muy enfermo.</p> - -<p>—¿Enfermo? Más fuerte que nunca... Vamos: en marcha... Es muy -tarde.</p> - -<p>Distribuyéronse los viajeros conforme al programa, y pronto salimos, -en burlesca procesión, de la casa y de la calle y de Salamanca. ¡Oh, -Dios poderoso! Me parecía que había estado un siglo dentro de la -ciudad. Cuando, sin hallar obstáculos en las calles ni en la muralla, -me vi fuera de las temibles puertas, me pareció que tornaba a la -vida.</p> - -<p>Según orden de Santorcaz, el cochecillo donde iban las dos damas -marchaba delante; seguían los jinetes, y luego los carros, en uno -de los cuales tocome subir con los dos interesantes personajes -citados. Al verme en el campo libre, si se calmó mi desasosiego por -los peligros que corría dentro de <i>Roma la chica</i>, sentí una -aflicción vivísima por causas que se comprenderán fácilmente. Me era -forzoso correr hacia el cuartel general, abandonando aquel extraño -convoy donde iban los amores de toda mi vida, el alma de mi existencia, -el<span class="pagenum" id="Page_221">p. 221</span> tesoro perdido, -encontrado y vuelto a perder, sin esperanza de nueva recuperación. -Llevado, arrastrado yo mismo por aquella cuadrilla de demonios, ni aun -me era posible seguirla, y el deber me obligaba a separarme en medio -del camino. La desesperación se apoderó de mí, cuando mis ojos dejaron -de ver en la oscuridad de la noche a las dos mujeres que marchaban -delante. Salté al suelo, y corriendo con velocidad increíble, pues la -hondísima pena parecía darme alas, grité con toda la fuerza de mis -pulmones:</p> - -<p>—¡Inés, Miss Fly!... aquí estoy... parad, parad...</p> - -<p>Santorcaz corrió al galope detrás de mí y me detuvo.</p> - -<p>—Gabriel —gritó—, ya te he sacado de la ciudad, y ahora puedes -marcharte dejándonos en paz. A mano derecha tienes el camino de -Aldea-Tejada.</p> - -<p>—¡Bandido! —exclamé con rabia—. ¿Crees que si no me hubieras quitado -las armas me marcharía solo?</p> - -<p>—¡Muy bravo estás!... Buen modo de pagar el beneficio que acabo -de hacerte... Márchate de una vez. Te juro que si vuelves a ponerte -delante de mí y te atreves a amenazarme, haré contigo lo que -mereces.</p> - -<p>—¡Malvado!... —grité abalanzándome al arzón de su cabalgadura y -hundiendo mis dedos en sus flacos muslos—. ¡Sin armas estoy y podré dar -cuenta de ti!</p> - -<p>El caballo se encabritó, arrojándome a cierta distancia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_222">p. 222</span>—¡Dame lo que es -mío, ladrón! —exclamé tornando hacia mi enemigo—. ¿Crees que te temo? -Baja de ese caballo... devuélveme mi espada y veremos.</p> - -<p>Santorcaz hizo un gesto de desprecio, y en el silencio de la noche -oí el rumor de su irónica risa. El otro jinete, que era el semejante a -un toro, se le unió incontinenti.</p> - -<p>—O te marchas ahora mismo —dijo Don Luis—, o te tendemos en el -camino.</p> - -<p>—La señora inglesa ha de partir conmigo. Hazla detener —dije -dominando la intensa cólera que a causa de mi evidente inferioridad me -sofocaba.</p> - -<p>—Esa dama irá a donde quiera.</p> - -<p>—¡Miss Fly, Miss Fly! —grité ahuecando ambas manos junto a mi -boca.</p> - -<p>Nadie me respondía, ni aun llegaba a mis oídos el rumor de las -ruedas del coche. Corrí largo trecho al lado de los caballos, fatigado, -jadeante, cubierto de sudor y con profunda agonía en el alma... Volví a -gritar luego, diciendo:</p> - -<p>—¡Inés, Inés! ¡Aguarda un instante... allá voy!</p> - -<p>Las fuerzas me faltaban. Los jinetes se dirigieron en disposición -amenazadora hacia mí; pero un resto de energía física que aún -conservaba, me permitió librarme de ellos, saltando fuera del camino. -Pasaron adelante los caballos, y las carcajadas de Santorcaz y -del hombre-toro resonaron en mis oídos como el graznar de pájaros -carniceros que revoloteaban junto a mí, describiendo pavorosos -círculos<span class="pagenum" id="Page_223">p. 223</span> en torno a -mi cabeza. Si mi cuerpo estaba desmayado y casi exánime, conservaba aún -voz poderosa, y vociferé mientras creí que podía ser oído:</p> - -<p>—¡Miserables!... ya caeréis en mi poder... ¡Eh, Santorcaz, no te -descuides!... ¡allá iré yo!... ¡allá iré!</p> - -<p>Bien pronto se extinguió a lo lejos el ruido de herraduras y ruedas. -Me quedé solo en el camino. Al considerar que Inés había estado en mi -mano y que no me había sido posible apoderarme de ella, sentía impulsos -de correr hacia adelante, creyendo que la rabia bastaría a hacer -brotar de mi cuerpo las potentes alas del cóndor... En mi desesperada -impotencia me arrojaba al suelo, mordía la tierra, y clamaba al cielo -con alaridos que habrían aterrado a los transeúntes, si por aquella -desolada llanura hubiese pasado en tal hora alma viviente... ¡Se me -escapaba quizá para siempre! Registré el horizonte en derredor, y todo -lo vi negro; pero las imágenes de los dos ejércitos pertenecientes a -las dos naciones más poderosas del mundo se presentaron a mi agitada -imaginación. ¡Por allí los franceses... por acá los ingleses! Un paso -más, y el humo y los clamores de sangrienta batalla se elevarán hasta -el cielo; un paso más, y temblará, con el peso de tanto cuerpo que cae, -este suelo en que me sostengo.</p> - -<p>—¡Oh, Dios de las batallas, guerra y exterminio es lo que deseo! -—exclamé—. Que no quede un solo hombre de aquí hasta Francia... -Araceli, al cuartel real... Wellington te espera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_224">p. 224</span>Esta idea calmó un -tanto mi exaltación, y me levanté del suelo en que yacía. Cuando di -los primeros pasos experimenté esa suspensión del ánimo, ese asombro -indefinible que sentimos en el momento de observar la falta o pérdida -de un objeto que poco antes llevábamos.</p> - -<p>—¿Y Miss Fly? —dije deteniéndome estupefacto—. No lo sé... -adelante.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch25"> - <h2 class="nobreak g0">XXV</h2> -</div> - -<p>Seguro de que los franceses habían tomado la dirección de Toro, -me encaminé yo hacia el mediodía buscando el Valmuza, riachuelo que -corre a cuatro o cinco leguas de la capital. Marchaba a pie con toda -la prisa que me permitían el mucho cansancio corporal y las fatigas -del alma, y a las ocho de la mañana entré en Aldea-Tejada, después de -vadear el Tormes y recorrer un terreno áspero y desigual desde Tejares. -Unos aldeanos dijéronme antes de llegar allí que no había franceses -en los alrededores ni en el pueblo, y en este oí decir que por Siete -Carreras y Tornadizos se habían visto en la noche anterior muchísimos -ingleses.</p> - -<p>—Cerca están los míos —dije para mí; y tomando algo de lo necesario -para sustentarme, seguí adelante.</p> - -<p>Nada me aconteció digno de notarse hasta<span class="pagenum" -id="Page_225">p. 225</span> Tornadizos, donde encontré la vanguardia -inglesa y varias partidas de D. Julián Sánchez. Eran las diez de la -mañana.</p> - -<p>—Un caballo, señores, préstenme un caballo —les dije—. Si no, -prepárense a oír al señor Duque... ¿Dónde está el cuartel general? Creo -que en Bernuy. Un caballo pronto.</p> - -<p>Al fin me lo dieron, y lanzándolo a toda carrera primero por el -camino, y después por trochas y veredas, a las doce menos cuarto estaba -en el cuartel general. Vestí a toda prisa mi uniforme, informándome al -mismo tiempo de la residencia de Lord Wellington para presentarme a él -al instante.</p> - -<p>—El Duque ha pasado por aquí hace un momento —me dijo Tribaldos—. -Recorre el pueblo a pie.</p> - -<p>Un momento después encontré en la plaza al señor Duque, que volvía -de su paseo. Conociome al punto, y acercándome a él le dije:</p> - -<p>—Tengo el honor de manifestar a Vuecencia que he estado en -Salamanca, y que traigo todos los datos y noticias que Vuecencia -desea.</p> - -<p>—¿Todos? —dijo Wellington sin hacer demostración alguna de -benevolencia ni de desagrado.</p> - -<p>—Todos, mi general.</p> - -<p>—¿Están decididos a defenderse?</p> - -<p>—El ejército francés ha evacuado ayer tarde la ciudad, dejando solo -ochocientos hombres.</p> - -<p>Wellington miró al general portugués Troncoso, que a su lado -venía. Sin comprender las<span class="pagenum" id="Page_226">p. -226</span> palabras inglesas que se cruzaron, me pareció que el segundo -afirmaba:</p> - -<p>—Lo ha adivinado Vuecencia.</p> - -<p>—Este es el plano de las fortificaciones que defienden el paso del -puente —dije alargando el croquis que había sacado.</p> - -<p>Tomolo Wellington, y después de examinarlo con profundísima -atención, preguntó:</p> - -<p>—¿Está usted seguro de que hay piezas giratorias en el revellín y -ocho piezas comunes en el baluarte?</p> - -<p>—Las he contado, mi general. El dibujo será imperfecto; pero no hay -en él una sola línea que no sea representación de una obra enemiga.</p> - -<p>—¡Oh, oh! Un foso desde San Vicente al Milagro —exclamó con -asombro.</p> - -<p>—Y un parapeto en San Vicente.</p> - -<p>—San Cayetano parece fortificación importante.</p> - -<p>—Terrible, mi general.</p> - -<p>—Y estas otras en la cabecera del puente...</p> - -<p>—Que se unen a los fuertes por medio de estacadas en zig-zag.</p> - -<p>—Está bien —dijo complacido, guardando el croquis—. Ha desempeñado -usted su comisión satisfactoriamente a lo que parece.</p> - -<p>—Estoy a las órdenes de mi general.</p> - -<p>Y luego, volviendo en derredor la perspicaz mirada, añadió:</p> - -<p>—Me dijeron que Miss Fly cometió la temeridad de ir también a -Salamanca a ver los edificios. No la veo.</p> - -<p>—No ha vuelto —dijo un inglés de los de la comitiva.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_227">p. 227</span>Interrogáronme -todos con alarmantes miradas, y sentí cierto embarazo. Hubiera -dado cualquier cosa porque la señorita Fly se presentase en aquel -momento.</p> - -<p>—¿Que no ha vuelto? —dijo el Duque con expresión de alarma y -clavando en mí sus ojos—. ¿Dónde está?</p> - -<p>—Mi general, no lo sé —respondí bastante contrariado—. Miss Fly no -fue conmigo a Salamanca. Allí la encontré, y después... Nos separamos -al salir de la ciudad, porque me era preciso estar en Bernuy antes de -las doce.</p> - -<p>—Está bien —dijo Lord Wellington como si creyese haber dado excesiva -importancia a un asunto que en sí no la tenía—. Suba usted al instante -a mi alojamiento para completar los informes que necesito.</p> - -<p>No había dado dos pasos, marchando humildemente a la cola de la -comitiva del señor Duque, cuando detúvome un oficial inglés, algo -viejo, pequeño de rostro, no menos encarnado que su uniforme, y -cuya carilla arrugada y diminuta se distinguía por cierta vivacidad -impertinente, de que eran signos principales una nariz picuda y unos -espejuelos de oro. Acostumbrados los españoles a considerar ciertas -formas personales como inherentes al oficio militar, nos causaban -sorpresa y aun risa aquellos oficiales de Artillería y Estado -Mayor, que parecían catedráticos, escribanos, vistas de aduanas o -procuradores.</p> - -<p>Mirome el coronel Simpson, pues no era otro, con altanería; mirele -yo a él del mismo<span class="pagenum" id="Page_228">p. 228</span> -modo, y una vez que nos hubimos mirado a sabor de entrambos, dijo -él:</p> - -<p>—Caballero, ¿dónde está Miss Fly?</p> - -<p>—Caballero, ¿lo sé yo acaso? ¿Me ha constituido el Duque en custodio -de esa hermosa mujer?</p> - -<p>—Se esperaba que Miss Fly regresase con usted de su visita a los -monumentos arquitectónicos de Salamanca.</p> - -<p>—Pues no ha regresado, caballero Simpson. Yo tenía entendido -que Miss Fly podía ir y venir y partir y tornar cuando mejor le -conviniese.</p> - -<p>—Así debiera ser y así lo ha hecho siempre —dijo el inglés—; pero -estamos en una tierra donde los hombres no respetan a las señoras, -y pudiera suceder que Athenais, a pesar de su alcurnia, no tuviese -completa seguridad de ser respetada.</p> - -<p>—Miss Fly es dueña de sus acciones —le contesté—. Respecto a -su tardanza o extravío, ella sola podrá informar a usted cuando -parezca.</p> - -<p>Era ciertamente gracioso exigirme la responsabilidad de los pasos -malos o buenos de la antojadiza y volandera inglesa, cuando ella no -conocía freno alguno a su libertad, ni tenía más salvaguardia de su -honor que su honor mismo.</p> - -<p>—Esas explicaciones no me satisfacen, caballero Araceli —me dijo -Simpson dignándose dirigir sobre mí una mirada de enojo, que adquiría -importancia al pasar por el cristal de sus espejuelos—. El insigne -Lord Fly, conde<span class="pagenum" id="Page_229">p. 229</span> de -Chichester, me ha encargado que cuide de su hija...</p> - -<p>—¡Cuidar de su hija! ¿Y usted lo ha hecho?... Cuando estuvo a punto -de perecer en Sancti Spíritus, no le vi a su lado... ¡Cuidar de ella! -¿De qué modo se cuida a las señoritas en Inglaterra? ¿Dejando que los -españoles les ofrezcan alojamiento, que las acompañen a visitar abadías -y castillos?</p> - -<p>—Siempre han acompañado a esa señorita dignos caballeros que no -abusaron de su confianza. No se temen debilidades de Miss Fly, que -tiene el mejor de los guardianes en su propio decoro; se temen, -caballero Araceli, las violencias, los crímenes que son comunes en las -naturalezas apasionadas de esta tierra. En suma, no me satisfacen las -explicaciones que usted ha dado.</p> - -<p>—No tengo que añadir, respecto al paradero de Miss Fly, ni -una palabra más a lo que ya tuve el honor de manifestar a Lord -Wellington.</p> - -<p>—Basta, caballero —repuso Simpson poniéndose como un pimiento—. Ya -hablaremos de esto en ocasión más oportuna. He manifestado mis recelos -a D. Carlos España, el cual me ha dicho que no era usted de fiar... -Hasta la vista.</p> - -<p>Apartose de mí vivamente para unirse a la comitiva, que estaba -muy distante, y dejome en verdad pensativo el venerable y estudioso -oficial. Poco después D. Carlos España me decía riendo con aquella -expansión franca y un tanto brutal que le era propia:</p> - -<p>—Picarón redomado, ¿dónde demonios has<span class="pagenum" -id="Page_230">p. 230</span> metido a la amazona? ¿Qué has hecho de -ella? Ya te tenía yo por buena alhaja. Cuando el coronel Simpson me -dijo que estaba sobre ascuas, le contesté: «No tenga usted duda, amigo -mío: los españoles miran a todas las mujeres como cosa propia.»</p> - -<p>Traté de convencer al general de mi inocencia en aquel delicado -asunto; pero él reía, antes impulsado por móviles de alabanza que de -vituperio, porque los españoles somos así. Luego le conté cómo habiendo -necesitado del auxilio de los masones para salir de Salamanca, nos -acompañamos de ellos hasta llegar a buen trecho de la ciudad; mas -cuando indiqué que Miss Fly les había seguido, ni España ni ninguno de -los que me escuchaban quisieron creerme.</p> - -<p>Cuando fui al alojamiento del general en jefe para informarle de -mil particularidades que él quería conocer relativas a los conventos -destruidos, a municiones, a víveres, al espíritu de la guarnición y del -vecindario, hallé al Duque, con quien conferencié más de hora y media, -tan frío, tan severo conmigo, que se me llenó el alma de tristeza. -Recogía mis noticias, harto preciosas para el ejército aliado, sin -darme claras y vehementes señales, cual yo esperaba, de que mi -servicio fuese estimado, o como si, estimando el hecho, menospreciara -la persona. Hizo elogios del croquis; pero me parecía advertir en él -cierta desconfianza, y hasta la duda de que aquel minucioso dibujo -fuese exacto.</p> - -<p>Consternado yo, mas lleno de respeto hacia<span class="pagenum" -id="Page_231">p. 231</span> aquel grave personaje, a quien todos los -españoles considerábamos entonces poco menos que un Dios, no osé -desplegar los labios en materia alguna distinta de las respuestas -que tenía que dar; y cuando el héroe de Talavera me despidió con una -cortesía rígida y fría como el movimiento de una estatua que se dobla -por la cintura, salí lleno de confusiones y sobresaltos, mas también de -ira, porque yo comprendía que alguna sospecha tan grave como injusta -deslustraba mi buen concepto. ¡Después de tantos trabajos y fatigas por -prestar servicio tan grande al ejército aliado, no se me trataba con -mayor estima que a un vulgar y mercenario espía! ¡Yo no quería grados -ni dinero en pago de mi servicio! Quería consideración, aprecio, y que -el <i>Lord</i> me llamase su amigo o que desde lo alto de su celebridad -y de su genio dejase caer sobre mi pequeñez cualquier frase afectuosa -y conmovedora, como la caricia que se hace al perro leal; pero nada de -esto había logrado. Trayendo a mi memoria a un mismo tiempo y en tropel -confuso las sofocaciones del día anterior, mi croquis, mis servicios, -mis apuros, los horrendos peligros, y después la fisonomía severa y -un tanto ceñuda de Lord Wellington, el despecho me inspiraba frases -íntimas como la siguiente:</p> - -<p>«Quisiera que hubieses estado en poder de Jean-Jean y de Tourlourou, -a ver si ponías esa cara... Una cosa es mandar desde la tienda de -campaña, y otra obedecer en la muralla... Una cosa es la orden y otra -el peligro... Expóngase uno cien veces a morir por un...»</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch26"> - <p><span class="pagenum" id="Page_232">p. 232</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXVI</h2> -</div> - -<p>Esta y otras cosas peores que callo, decía yo aquella tarde cuando -partimos hacia Salamanca, a cuyas inmediaciones llegamos antes de -anochecido, alejándonos después de la ciudad para pasar el Tormes por -los vados del Canto y San Martín. Por todas partes oía decir:</p> - -<p>—Mañana atacaremos los fuertes.</p> - -<p>Yo, que los había visto, que los había examinado, conocía que esto -no podía ser.</p> - -<p>—¡Si creerán ustedes que esos fuertes son juguetes como los que -hicieron en Madrid el 3 de diciembre! —decía yo a mis amigos, dándome -cierta importancia—. ¡Si creerán ustedes que la artillería que los -defiende es alguna batería de cocina!</p> - -<p>Y aquí encajaba descripciones ampulosas, que concluían siempre -así:</p> - -<p>—Cuando se han visto las cosas, cuando se las ha medido palmo a -palmo, cuando se las ha puesto en dibujo con más o menos arte, es -cuando puede formarse idea acabada de ellas.</p> - -<p>—Di, ¿y a Miss Fly también la has visto, la has medido palmo -a palmo, y la has puesto en dibujo con más o menos arte? —me -preguntaban.</p> - -<p>Esto me volvía a mis melancolías y <i>saudades</i><span -class="pagenum" id="Page_233">p. 233</span> (hablando en portugués), -ocasionadas por el disfavor de Lord Wellington, por el ningún motivo -e injusticia de su frialdad y desabrimiento con un servidor leal y -obediente soldado.</p> - -<p>Wellington mandó atacar los fuertes por mera conveniencia moral y -por infundir aliento a los soldados, que no habían combatido desde -Arroyomolinos. Harto conocía el señor Duque que aquellas obras formadas -sobre las robustísimas paredes de los conventos no caerían sino ante -un poderoso tren de batir, y al efecto hizo venir de Almeida piezas -de gran calibre. Esperando, pues, el socorro, y simulando ataques, -pasaron dos o tres días, en los cuales nada histórico ni particular -ocurrió digno de ser contado, pues ni adquirió Lord Wellington nuevos -títulos nobiliarios, ni pareció Miss Fly, ni tuve noticias del rumbo -que tomaron los traviesos y mil veces malditos masones.</p> - -<p>De lo ocurrido entonces, únicamente merecen lugar, y por cierto muy -preferente, en estas verídicas relaciones, las miradas que me echaba -de vez en cuando el coronel Simpson y sus palabras agresivas, a que -yo le contestaba siempre con las peores disposiciones del mundo. Y -francamente, señores, yo estaba inquieto, casi tan inquieto como el -sabio coronel Simpson, porque pasaban días y continuaba el eclipse -de Miss Fly. Creí entender que se hacían averiguaciones minuciosas; -creí entender ¡oh, cielos! que me amenazaba un severo interrogatorio, -al cual seguirían rigurosas<span class="pagenum" id="Page_234">p. -234</span> medidas penales contra mí; pero Dios, para salvarme sin -duda de castigos que no merecía, permitió que el día 20 muy de mañana -apareciese en los cerros del Norte... no la romancesca e interesante -inglesa, sino el Mariscal Marmont con 40.000 hombres.</p> - -<p>El mismo día en que se nos presentó el francés por el mismo camino -de Toro, se suspendió el ataque de los fuertes, e hicimos varios -movimientos para tomar posiciones si el enemigo nos provocaba a trabar -batalla. Mas pronto se conoció que Marmont no tenía ganas de lanzar su -ejército contra nosotros, siendo su intento, al aproximarse, distraer -las fuerzas sitiadoras, y tal vez introducir algún socorro en los -fuertes. Pero Wellington, aunque no se había recibido la artillería de -Almeida, persistía con tenacidad sajona en apoderarse de San Vicente -y de San Cayetano, los dos formidables conventos arreglados para -castillos por una irrisión de la historia. ¡Me parecía estar viéndolos -aún desde la torre de la Merced!</p> - -<p>La tenacidad, que a veces es en la guerra una virtud, también suele -ser una falta, y el asalto de los conventos lo fue manifiestamente; -cosa rara en Wellington, que no solía equivocarse... La división -española se hallaba en Castellanos de los Moriscos observando al -francés, que ya se corría a la derecha, ya a la izquierda, cuando nos -dijeron que en el asalto infructuoso de San Cayetano habían perecido -120 ingleses y el general Rowes, distinguidísimo en el ejército -aliado.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_235">p. 235</span>—Ahora se ve cómo -también los grandes hombres cometen errores —dije a mis amigos—. A -cualquiera se le alcanzaba que San Vicente y San Cayetano no eran -corrales de gallinas; pero respetemos las equivocaciones de los de -arriba.</p> - -<p>—¡Ya está! ¡Ya está ahí... albricias! ¡Ya la tenemos ahí! —exclamó -D. Carlos España, que a la sazón, de improviso, se había presentado.</p> - -<p>—¿Quién, Miss Fly? —pregunté con vivo gozo.</p> - -<p>—La artillería, señores, la artillería gruesa que se mandó traer de -Almeida. Ya ha llegado a Pericalbo; esta tarde estará en las paralelas, -se montará mañana y veremos lo que valen esos fuertes que fueron -conventos.</p> - -<p>—¡Ah, bien venida sea!... creí que hablaba usted de Miss Fly, por -cuya aparición daría las dos manos que tengo...</p> - -<p>Vino efectivamente, no Miss Fly, que acerca de esta ni alma viviente -sabía palabra, sino la artillería de sitio, y Marmont, que lo adivinó, -quiso pasar el río para distraer fuerzas a la izquierda del Tormes. Le -vimos correrse a nuestra derecha, hacia Huerta, y al punto recibimos -orden de ocupar a Aldealuenga. Como los franceses cruzaron el Tormes, -lo pasó también el general Graham, y en vista de este movimiento, -pusieron los pies en polvorosa. Marmont, que no tenía bastantes -fuerzas, careciendo principalmente de caballería, no osaba empeñar -ninguna acción formal.</p> - -<p>Por lo demás, ante la artillería de sitio, San Vicente y San -Cayetano no ofrecieron gran resistencia.<span class="pagenum" -id="Page_236">p. 236</span> Los ingleses (y esto lo digo de referencia, -pues nada vi) abrieron brecha el 27 e incendiaron con bala roja los -almacenes de San Vicente. Pidieron capitulación los sitiados; mas -Wellington, no queriendo admitir condiciones ventajosas para ellos, -mandó asaltar la Merced y San Cayetano, escalando el uno y penetrando -en el otro por las brechas. Quedó prisionera la guarnición.</p> - -<p>Este suceso colmó de alegría a todo el ejército, mayormente cuando -vimos que Marmont se alejaba a buen paso hacia el Norte, ignorábamos -si en dirección a Toro o a Tordesillas, porque nuestras descubiertas -no pudieron determinarlo a causa de la oscuridad de la noche. Pero -he aquí que pronto debíamos saberlo, porque la división española y -las guerrillas de D. Julián Sánchez recibieron orden de dar caza a -la retaguardia francesa, mientras todo el ejército aliado, una vez -asegurada Salamanca, marchaba también hacia las líneas del Duero.</p> - -<p>Era la mañana del 28 de junio cuando nos encontrábamos cerca de -Sanmorales, en el camino de Valladolid a Tordesillas. Según nos -dijeron, la retaguardia enemiga y su impedimenta habían salido de -dicho lugar pocas horas antes, llevándose, según la inveterada e -infalible costumbre, todo cuanto pudieron haber a la mano. Pusiéronse -al frente de la división el conde de España y D. Julián Sánchez con -sus intrépidos guerrilleros, que conocían el país como la propia casa, -y se mandó forzar la marcha para poder pescar<span class="pagenum" -id="Page_237">p. 237</span> algo del pesado convoy de los franchutes. -Sin reparar las fuerzas después del largo caminar de la noche, -corrió nuestra vanguardia hacia Babilafuente, mientras los demás -rebuscábamos en Sanmorales lo que hubiese sobrado de la reciente -limpia y rapiña del enemigo. Provistos al fin de algo confortativo, -seguimos también hacia aquel punto, y al cabo de dos horas de penosa -jornada, cuando calculábamos que nos faltarían apenas otras dos para -llegar a Babilafuente, distinguimos este lugar en lontananza; mas no lo -determinaba la perspectiva de las lejanas casas, ni ninguna alta torre -ni castillete, ni menos colina o bosquecillo, sino una columna de negro -y espeso humo que, partiendo de un punto del horizonte, subía y se -enroscaba hasta confundirse con la blanca masa de las nubes.</p> - -<p>—Los franceses han pegado fuego a Babilafuente —gritó un -guerrillero.</p> - -<p>—Apretar el paso... en marcha... ¡Pobre Babilafuente!</p> - -<p>—Queman para detenernos... creen que nos estorba la tizne... -¡Adelante!</p> - -<p>—Pero D. Carlos y Sánchez les deben haber alcanzado —dijo otro—. -Parece que se oyen tiros.</p> - -<p>—Adelante, amigos. ¿Cuánto podemos tardar en ponernos allá?</p> - -<p>—Una hora y minutos.</p> - -<p>Viose luego otra negra columna de humo que salía de paraje más -lejano, y que en las alturas del cielo parecía abrazarse con la -primera.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_238">p. 238</span>—Es Villoria, que -arde también —dijeron—; esos ladrones queman las trojes después de -llevarse el trigo.</p> - -<p>Y más cerca divisamos las rojas llamas oscilando sobre las -techumbres; y una multitud de mujeres despavoridas, ancianos y niños, -corrían por los campos, huyendo con espanto de aquella maldición de los -hombres, más terrible que las del cielo. Por lo que aquellos infelices -nos pudieron decir entre lágrimas y gritos de angustia, supimos que los -de España y Sánchez entraban a punto que salían los franceses después -de incendiar el pueblo; que se habían cruzado algunos tiros entre unos -y otros, pero sin consecuencias, porque los nuestros no se ocuparon más -que de cortar el fuego.</p> - -<p>Estábamos como a doscientos pasos de las primeras casas de la -infortunada aldea, cuando una figura extraña, hermosa, una agraciada -obra de la fantasía, una gentil persona, tan distinta de las comunes -imágenes terrestres como lo son de la vulgar vida las admirables -creaciones de la poesía del Norte; una mujer ideal, llevada por -arrogante y veloz caballo, pasó allá lejos ante la vista, semejante a -los gallardos jinetes que cruzan por los rosados espacios de un sueño -artístico, sin tocar la tierra, dando al viento cabellera y crin, y -modificando, según los cambiantes de la luz, su majestuosa carrera. -Era una figura de amazona, vestida no sé si de negro o de blanco, -pero igual a aquellas mujeres galopantes con cuya postura y arranque -ligero se representa al aire, al fuego, lo que vuela y lo que<span -class="pagenum" id="Page_239">p. 239</span> quema, y que corría en -verdad, animando al corcel con varoniles exclamaciones. Iba la gentil -persona fuera del camino, en dirección contraria a la nuestra, por un -extenso llano cruzado de zanjas y charcos, que el corcel saltaba con -airoso brío a la voluntad del jinete, que hembra y caballo parecían una -sola persona. Tan pronto se alejaba como volvía la fantástica figura; -pero a pesar de su carrera y de la distancia, al punto que la vi -diome un vuelco el corazón, subióseme la sangre con violento golpe al -cerebro, y temblé de sorpresa y alegría. ¿Necesito decir quién era?</p> - -<p>Lanzando mi caballo fuera del camino, grité:</p> - -<p>—Miss Fly, señorita Mariposa... señora Pajarita, señora Mosquita... -¡Carísima Athenais... Athenais!</p> - -<p>Pero la Pajarita no me oía y seguía corriendo; mejor dicho, -revoloteando, yendo, viniendo, tornando a partir y a volver, y trazando -sobre el suelo, y en la claridad del espacio, caprichosos círculos, -ángulos, curvas y espirales.</p> - -<p>—¡Miss Fly, Miss Fly!</p> - -<p>El viento impedía que mi voz llegase hasta ella. Avivé el paso, -sin apartar los ojos de la hermosa aparición, la cual creeríase iba a -desvanecerse cual caprichosa hechura de la luz o del viento... Pero -no: era la misma Miss Fly, y buscaba una senda en aquella engañosa -planicie, surcada por zanjas y charcos de inmóvil agua verdosa.</p> - -<p>—¡Eh... señora Mosquita!... ¡que soy yo!... Por aquí... por este -lado.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch27"> - <p><span class="pagenum" id="Page_240">p. 240</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXVII</h2> -</div> - -<p>Por último, llegué cerca de ella y oyó mi voz, y vio mi propia -persona, lo cual hubo de causarle al parecer mucho gusto, y sacarla de -su confusión y atolondramiento. Corrió hacia mí riendo y saludándome -con exclamaciones de triunfo, y cuando la vi de cerca, no pude menos -de advertir la diferencia que existe entre las imágenes transfiguradas -y embellecidas por el pensamiento y la triste realidad, pues el corcel -que montaba, por cierto a mujeriegas, la intrépida Athenais, distaba -mucho de parecerse a aquel volador Pegaso que se me representaba -poco antes; ni daba ella al viento la cabellera, cual llama de fuego -simbolizando el pensamiento; ni su vestido negro tenía aquella -diafanidad ondulante que creí distinguir primero; ni el cuartago, -pues cuartago era, tenía más cerneja que media docena de mustios y -amarillentos pelos; ni la misma Miss Fly estaba tan interesante como -de ordinario, aunque sí hermosa, y por cierto bastante pálida, con las -trenzas mal entretejidas por arte de los dedos, sin aquel concertado -desgaire del peinado de las Musas, y finalmente, con el vestido en -desorden antiarmónico a causa del polvo, y de las arrugas y jirones.</p> - -<p>—Gracias a Dios que os encuentro —exclamó<span class="pagenum" -id="Page_241">p. 241</span> alargándome la mano—. D. Carlos España me -dijo que estábais en la retaguardia.</p> - -<p>Mi gozo por verla sana y libre, lo cual equivalía a un testimonio -precioso de mi honradez, me impulsó a intentar abrazarla en medio -del campo, de caballo a caballo, y habría puesto, en ejecución mi -atrevido pensamiento, si ella no lo impidiera un tanto suspensa y -escandalizada.</p> - -<p>—En buen compromiso me ha puesto usted —le dije.</p> - -<p>—Me lo figuraba —respondió riendo—. Pero vos tenéis la culpa. ¿Por -qué me dejasteis en poder de aquella gente?</p> - -<p>—Yo no dejé a usted en poder de aquella gente, ¡malditos sean ellos -mil veces!... Desapareció usted de mi vista, y el masón me impidió -seguir. ¿Y nuestros compañeros de viaje?</p> - -<p>—¿Preguntáis por la Inesita? La encontraréis en Babilafuente —dijo -poniéndose seria.</p> - -<p>—¿En ese pueblo? ¡Bondad divina!... Corramos allí... ¿Pero han -padecido ustedes algún contratiempo? ¿Hanse visto en algún peligro? -¿Las han mortificado esos bárbaros?</p> - -<p>—No: me he aburrido y nada más. A la hora y media de salir de -Salamanca tropezamos con los franceses, que echaron el guante a los -masones diciendo que en Salamanca habían hecho el espionaje por cuenta -de los aliados. Marmont tiene orden del Rey para no hacer causa común -con esos pillos tan odiados en el país. Santorcaz se defendió; mas un -oficial llamole farsante y embustero, y dispuso que todos los de la -brillante comitiva quedásemos<span class="pagenum" id="Page_242">p. -242</span> prisioneros. Gracias a Desmarets, me han tratado a mí con -mucha consideración.</p> - -<p>—¡Prisioneros!</p> - -<p>—Sí: nos han tenido desde entonces en ese horrible Babilafuente, -mientras el Lord tomaba a Salamanca. ¡Y yo que no he visto nada de -esto! ¿Se rindieron los fuertes? ¡Qué gran servicio prestasteis con -vuestra visita a Salamanca! ¿Qué os dijo milord?</p> - -<p>—Sí, sí: hable usted a milord de mí... Contento está Su Excelencia -de este leal servidor... Sepa Miss Fly que, lejos de agradar al Duque, -me ha tomado entre ojos y se disponen a formarme consejo de guerra por -delitos comunes.</p> - -<p>—¿Por qué, amigo mío? ¿Qué habéis hecho?</p> - -<p>—¿Qué he de hacer? Pues nada, señora Pajarita; nada más sino seducir -a una honesta hija de la Gran Bretaña, llevármela conmigo a Salamanca, -ultrajarla con no sé qué insigne desafuero, y después, para colmo de -fiesta, abandonarla pícaramente, o esconderla, o matarla, pues sobre -este punto, que es el lado negro de mi feroz delito, no se han puesto -aún de acuerdo Lord Wellington y el coronel Simpson.</p> - -<p>Miss Fly rompió en risas tan francas, tan espontáneas y regocijadas, -que yo también me reí. Ambos marchábamos a buen paso en dirección a -Babilafuente.</p> - -<p>—Lo que me contáis, Sr. Araceli —dijo, mientras se teñía su rostro -de rubor hechicero—, es una linda historia. Tiempo hacía que no se me -presentaba un acontecimiento tan<span class="pagenum" id="Page_243">p. -243</span> dramático, ni tan bonito embrollo. Si la vida no tuviera -estas novelas, ¡cuán fastidiosa sería!</p> - -<p>—Usted disipará las dudas del general devolviéndome mi honor, mi -honor, Miss Fly, pues de la pureza de sentimientos de usted, no creo -que duden milord ni Sir Abraham Simpson. Yo soy el acusado, yo el -ladrón, yo el ogro de cuentos infantiles, yo el gigantón de leyenda, yo -el morazo de romance.</p> - -<p>—¿Y no os ha desafiado Simpson? —preguntó, demostrándome cuánta -complacencia producía en su alma aquel extraño asunto.</p> - -<p>—Me ha mirado con altanería y díchome palabras que no le perdono.</p> - -<p>—Le mataréis, o al menos le heriréis gravemente, como hicisteis con -el desvergonzado e insolente Lord Gray —dijo con extraordinaria luz -en la mirada—. Quiero que os batáis con alguien por causa mía. Vos -acometéis las empresas más arriesgadas por la simpatía que tienen los -grandes corazones con los grandes peligros; habéis dado pruebas de -aquel valor profundo y sereno cuyo arranque parte de las raíces del -alma. Un hombre de tales condiciones no permitirá que se ponga en duda -su dignidad, y a los que duden de ella, les convencerá con la espada en -un abrir y cerrar de ojos.</p> - -<p>—La prueba más convincente, Athenais, ha de ser usted... Ahora -pensemos en socorrer a esos infelices de Babilafuente. ¿Corre Inés -algún peligro? ¡Loco de mí! ¡Y me estoy con esta calma! ¿Está buena? -¿Corre algún peligro?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_244">p. 244</span>—No lo sé —repuso -con indiferencia la inglesa—. La casa en que estaban empezó a arder.</p> - -<p>—¡Y lo dice con esa tranquilidad!</p> - -<p>—En cuanto se anunció la entrada de los españoles y me vi libre, -salí en busca del jefe. D. Carlos España me recibió con agrado, y -no tuvo inconveniente en cederme un caballo para volver al cuartel -general.</p> - -<p>—¿Santorcaz, Monsalud, Inés y demás compañía masónica habrán huido -también?</p> - -<p>—No todos. El gran capitán de esta masonería ambulante está postrado -en el lecho desde hace tres días y no puede moverse. ¿Cómo queréis que -huya?</p> - -<p>—Eso es obra de Dios —dije con alegría y acelerando el paso—. Ahora -no se me escapará. De grado o por fuerza arrancaremos a Inés de su lado -y la enviaremos bien custodiada a Madrid.</p> - -<p>—Falta que quiera separarse de su padre. Vuestra dama encantada -es una joven de miras poco elevadas, de corazón pequeño; carece de -imaginación y de... de arranque. No ve más que lo que tiene delante. -Es lo que yo llamo un ave doméstica. No, Sr. Araceli, no pidáis a -la gallina que vuele como el águila. La hablaréis el lenguaje de la -pasión, y os contestará cacareando en su corral.</p> - -<p>—Una gallina, señorita Athenais —le dije, entrando en el pueblo—, es -un animal útil, cariñoso, amable, sensible, que ha nacido y vive para -el sacrificio, pues da al hombre sus hijos, sus plumas y, finalmente, -su vida; mientras<span class="pagenum" id="Page_245">p. 245</span> que -un águila... pero esto es horroroso, Miss Fly... arde el pueblo por los -cuatro costados...</p> - -<p>—Desde la llanura presenta Babilafuente un golpe de vista -incomparable... Siento no haber traído mi álbum.</p> - -<p>Las frágiles casas se venían al suelo con estrépito. Los atribulados -vecinos se lanzaban a la calle, arrastrando penosamente colchones, -muebles, ropas, cuanto podían salvar del fuego, y en diversos puntos -la multitud señalaba con espanto los escombros y maderos encendidos, -indicando que allí debajo habían sucumbido algunos infelices. Por todas -partes no se oían más que lamentos e imprecaciones; la voz de una -madre preguntando por su hijo, o de los tiernos niños, desamparados y -solos, que buscaban a sus padres. Muchos vecinos y algunos soldados y -guerrilleros se ocupaban en sacar de las habitaciones a los que estaban -amenazados de no poder salir, y era preciso romper rejas, derribar -tabiques, deshacer puertas y ventanas para penetrar, desafiando las -llamas, mientras otros se dedicaban a apagar el incendio; tarea -difícil, porque el agua era escasa. En medio de la plaza, D. Carlos -España daba órdenes para uno y otro objeto, descuidando por completo -la persecución de los franceses, a quienes solamente se pudieron coger -algunos carros. Gritaba el general desaforadamente, y su actitud y -fisonomía eran de loco furioso.</p> - -<p>Miss Fly y yo echamos pie a tierra en la plaza, y lo primero que se -ofreció a nuestra vista fue un infeliz a quien llevaban maniatado<span -class="pagenum" id="Page_246">p. 246</span> cuatro guerrilleros, -empujándole cruelmente a ratos, o arrastrándole cuando se resistía -a seguir. Una vez que lo pusieron ante la espantosa presencia de D. -Carlos España, este, cerrando los puños y arqueando las negras y -tempestuosas cejas, gritó de esta manera:</p> - -<p>—¿Por qué me lo traen aquí?... ¡Fusilarle al momento! A estos -canallas afrancesados que sirven al enemigo, se les aplasta cuando se -les coge, y nada más.</p> - -<p>Observando las facciones de aquel hombre, reconocí al Sr. Monsalud. -Antes de referir lo que hice entonces, diré en dos palabras por qué -había venido a tan triste estado y funesta desventura. Sucedió que -los pobres masones, igualmente malquistos con los franceses que -salían y los españoles que entraban en Babilafuente, optaron, sin -embargo, por aquellos, tratando de seguirles. Excepto Santorcaz, -que yacía en deplorable estado, todos corrieron; pero tuvo tan -mala suerte el travieso Monsalud, que al saltar una tapia buscando -el camino de Villoria, le echaron el guante los guerrilleros; y -como desgraciadamente le conocían por ciertas fechorías, ni santas -ni masónicas, que cometiera en Béjar, al punto le destinaron al -sacrificio, en expiación de las culpas de todos los masones y -afrancesados de la Península.</p> - -<p>—Mi general —dije al conde, abriéndome paso entre la muchedumbre -de soldados y guerrilleros—, este desgraciado es bastante tuno, y no -dudo que ha servido a nuestros enemigos; pero yo le debo un favor, que -estimo<span class="pagenum" id="Page_247">p. 247</span> tanto como la -vida, porque sin su ayuda no hubiera podido salir de Salamanca.</p> - -<p>—¿A qué viene ese sermón? —dijo con feroz impaciencia España.</p> - -<p>—A pedir a Vuecencia que le perdone, conmutándole la pena de muerte -por otra.</p> - -<p>El pobre Monsalud, que estaba ya medio muerto, se reanimó, y -mirándome con vehemente expresión de gratitud, puso toda su alma en sus -ojos.</p> - -<p>—Ya vienes con boberías, ¡rayo de Dios! Araceli, te mandaré -arrestar... —exclamó el conde haciendo extrañas gesticulaciones—. No -se te puede resistir, joven entrometido... Quitadme de delante a ese -sabandijo; fusiladle al momento... ¡Es preciso castigar a alguien!... -¡a alguien!</p> - -<p>A pesar de esta viva crueldad, que a veces manifestaba de un modo -imponente, España no había llegado aún a aquel grado de exaltación que -años adelante hizo tan célebre como espantoso su nombre. Miró primero -a la víctima, después a mí y a Miss Fly, y luego que hubo dado algún -desahogo a su cólera con palabrotas y recriminaciones dirigidas a -todos, dijo:</p> - -<p>—Bueno: que no le fusilen. Que le den doscientos palos... pero -doscientos palos bien dados... Muchachos, os lo entrego... Allí, detrás -de la iglesia.</p> - -<p>—¡Doscientos palos! —murmuró la víctima con dolor—. Prefiero que me -den cuatro tiros. Así moriré de una vez.</p> - -<p>Entonces aumentó el barullo, y un guerrillero apareció diciendo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_248">p. 248</span>—Arden todas las -sementeras y las eras del lado de Villoria, y arde también Villoruela, -y Riolobos, y Huerta.</p> - -<p>Desde la plaza, abierta al campo por un costado, se distinguía la -horrible perspectiva. Llamas vagas surgían aquí y allí del seco suelo, -corriendo por sobre las mieses cual cabellera movible, cuyas últimas -guedejas negruzcas se perdían en el cielo. En los puntos lejanos, las -columnas de humo eran en mayor número, y cada una indicaba la troj o -panera que caía bajo la planta de fuego del ejército fugitivo. Nunca -había yo visto desolación semejante. Los enemigos, al retirarse, -quemaban, talaban, arrancando los tiernos árboles de las huertas, -haciendo luminarias con la paja de las eras. Cada paso suyo aplastaba -una cabaña, talaba una mies, y su rencoroso aliento de muerte destruía -como la cólera de Dios. El rayo, el pedrisco, el simún, la lluvia y el -terremoto, obrando de consuno, no habrían hecho tantos estragos en poco -tiempo. Pero el rayo y el simoun, todas las iras del cielo juntas, ¿qué -significan comparadas con el despecho de un ejército que se retira? -Fiero animal herido, no tolera que nada viva detrás de sí.</p> - -<p>D. Carlos España tomó una determinación rápida.</p> - -<p>—A Villoria, a Villoria sin descansar —gritó montando a caballo—. -Sr. D. Julián Sánchez, a ver si les cogemos. Además hay que auxiliar -también a esos otros pueblos.</p> - -<p>Las órdenes corrieron al momento, y parte<span class="pagenum" -id="Page_249">p. 249</span> de los guerrilleros con dos regimientos de -línea se aprestaron a seguir a D. Carlos.</p> - -<p>—Araceli —me dijo este—, quédate aquí aguardando mis órdenes. En -caso de que lleguen hoy los ingleses, sigues hacia Villoria; pero entre -tanto aquí... Apagar el fuego lo que se pueda; salvar la gente que se -pueda, y si se encuentran víveres...</p> - -<p>—Bien, mi general.</p> - -<p>—Y a ese bribón que hemos cogido, cuidado como le perdones un solo -palo. Doscientos cabalitos y bien aplicados. Adiós. Mucho orden, y... -ni uno menos de doscientos.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch28"> - <h2 class="nobreak g0">XXVIII</h2> -</div> - - -<p>Cuando me vi dueño del pueblo y al frente de la tropa y guerrillas -que trabajaban en él empecé a dictar órdenes con la mayor actividad. -Excuso decir que la primera fue para librar a Monsalud del horrible -tormento y descomunal castigo de los palos; mas cuando llegué al sitio -de la lamentable escena, ya le habían aplicado veintitrés cataplasmas -de fresno, con cuyos escozores estaba el infeliz a punto de entregar -rabiando su alma al Señor. Suspendí el tormento, y aunque más parecía -muerto que vivo, aseguráronme que no iría de aquella, por ser los -masones gentes de siete vidas como los gatos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_250">p. 250</span>Miss Fly me -indicó sin pérdida de tiempo la casa que servía de asilo a Santorcaz, -una de las pocas que apenas habían sido tocadas por las llamas. -Vociferaban a la puerta algunas mujeres y aldeanos, acompañados de dos -o tres soldados, esforzándose las primeras en demostrar, con toda la -elocuencia de su sexo, que allí dentro se guarecía el mayor pillo que -desde muchos años se había visto en Babilafuente.</p> - -<p>—El que llevaron a la plaza —decía una vieja—, es un santo del cielo -comparado con este que aquí se esconde, el capitán general de todos -esos luciferes.</p> - -<p>—Como que hasta los mismos franceses les dan de lado. Diga usted, -señá Frasquita, ¿por qué llaman masones a esta gente? A fe que no -entiendo el <i>voquible</i>.</p> - -<p>—Ni yo; pero basta saber que son muy malos, y que andan de compinche -con los franceses para quitar la religión y cerrar las iglesias.</p> - -<p>—Y los tales, cuando entran en un pueblo, apandan todas las -doncellas que encuentran. Pues digo: también hay que tener cuidado con -los niños, que se los roban para criarles a su antojo, que es en la fe -de Majoma.</p> - -<p>Los soldados habían empezado a derribar la puerta, y las mujeres -les animaban, por la mucha inquina que había en el pueblo contra los -masones. Ya vimos lo que le pasó a Monsalud. Seguramente Santorcaz, -con ser el pontífice máximo de la secta trashumante, no habría salido -mejor librado si en aquella<span class="pagenum" id="Page_251">p. -251</span> ocasión no hubiese llegado yo. Luego que la puerta cediera -a los recios golpes y hachazos, ordené que nadie entrase por ella; -dispuse que los soldados, custodiando la entrada, contuvieran y -alejasen de allí a las mujeres chillonas y procaces, y subí. Atravesé -dos o tres salas, cuyos muebles en desorden anunciaban la confusión de -la huida. Todas las puertas estaban abiertas, y libremente pude avanzar -de estancia en estancia hasta llegar a una pequeña y oscura, donde vi a -Santorcaz y a Inés: él tendido en miserable lecho; ella al lado suyo, -tan estrechamente abrazados los dos, que sus figuras se confundían en -la penumbra de la sala. Padre e hija estaban aterrados, trémulos, como -quien de un momento a otro espera la muerte, y se habían abrazado para -aguardar juntos el trance terrible. Al conocerme, Inés dio un grito de -alegría.</p> - -<p>—Padre —exclamó—, no moriremos. Mira quién está aquí.</p> - -<p>Santorcaz fijó en mí los ojos, que lucían como dos ascuas en el -cadavérico semblante, y con voz hueca, cuyo timbre heló mi sangre, -dijo:</p> - -<p>—¿Vienes por mí, Araceli? ¿Ese tigre carnicero que os manda te envía -a buscarme porque los oficiales del matadero están ya sin trabajo?... -Ya despacharon a Monsalud; ahora a mí...</p> - -<p>—No matamos a nadie —respondí acercándome.</p> - -<p>—No nos matarán —exclamó Inés derramando lágrimas de gozo—. Padre, -cuando<span class="pagenum" id="Page_252">p. 252</span> esos bárbaros -daban golpes a la puerta; cuando esperábamos verles entrar armados de -hachas, espadas, fusiles y guillotinas para cortarnos la cabeza, como -dices que hacían en París, ¿no te dije que había creído escuchar la voz -de Araceli? Le debemos la vida.</p> - -<p>El masón clavaba en mí sus ojos, mirándome cual si no estuviera -seguro de que era yo. Su fisonomía estaba en extremo descompuesta: -hundidos los ojos dentro de las cárdenas órbitas, crecida la barba, -lustrosa y amarilla la frente. Parecía que habían pasado por él diez -años desde las escenas de Salamanca.</p> - -<p>—Nos perdonan la vida —dijo con desdén—. Nos perdonan la vida cuando -me ven enfermo y achacoso, sin poder moverme de este lecho, donde me ha -clavado mi enfermedad. El conde de España, ¿va a subir aquí?</p> - -<p>—El conde de España se ha ido de Babilafuente.</p> - -<p>Cuando dije esto, el anciano respiró como si le quitaran de -encima enorme peso. Incorporose ayudado por su hija, y sus facciones -contraídas por el terror, se serenaron un poco.</p> - -<p>—¿Se ha marchado ese verdugo... hacia Villoria?... Entonces -escaparemos por... por... Y los ingleses, ¿dónde están?</p> - -<p>—Si se trata de escapar, en todas partes hay quien lo impida. Se -acabaron las correrías por los pueblos.</p> - -<p>—De modo que estoy preso —exclamó con estupor—. ¡Soy prisionero -tuyo, prisionero de...! ¡Me has cogido como se coge a un ratón<span -class="pagenum" id="Page_253">p. 253</span> en la trampa, y tengo que -obedecerte y seguirte tal vez!</p> - -<p>—Sí: preso hasta que yo quiera.</p> - -<p>—Y harás de mí lo que se te antoje, como un chiquillo sin piedad que -martiriza al león en su jaula, porque sabe que este no puede hacerle -daño.</p> - -<p>—Haré lo que debo, y ante todo...</p> - -<p>Santorcaz, al ver que fijé los ojos en su hija, estrechola de nuevo -en sus brazos, gritando:</p> - -<p>—No la separarás de mí, sino matándola, ruin y miserable verdugo... -¿Así pagas el beneficio que en Salamanca te hice?... Manda a tus -bárbaros soldados que nos fusilen; pero no nos separes.</p> - -<p>Miré a Inés, y vi en ella tanto cariño, tan franca adhesión al -anciano, tanta verdad en sus demostraciones de afecto filial, que hube -de cortar el vuelo a mi violenta determinación.</p> - -<p>«Aquí encuentro un sentimiento cuya existencia no sospechaba -—dije para mí—; un sentimiento grande, inmenso, que se me revela de -improviso, y que me espanta, me detiene y me hace retroceder. He creído -caminar por sendero continuado y seguro, y he llegado a un punto en que -el sendero acaba y empieza el mar. No puedo seguir... ¿Qué inmensidad -es esta que ante mí tengo? Este hombre será un malvado; será carcelero -de la infeliz niña; será un enemigo de la sociedad, un agitador, -un loco que merece ser exterminado; pero aquí hay algo más. Entre -estos dos seres, entre estas dos criaturas tan distintas, la una tan -buena,<span class="pagenum" id="Page_254">p. 254</span> la otra odiosa -y odiada, existe un lazo que yo no debo ni puedo romper, porque es obra -de Dios. ¿Qué haré?...»</p> - -<p>A estas reflexiones sucedieron otras de igual índole; mas no me -llevaron a ninguna afirmación categórica respecto a mi conducta, -y me expresé de este modo, que me pareció el más apropiado a las -circunstancias:</p> - -<p>—Si usted varía de conducta, podrá tal vez vivir cerca, cuando no al -lado de su hija, y verla y tratarla.</p> - -<p>—¡Variar de conducta!... ¿Y quién eres tú, mancebo ignorante, -para decirme que varíe de conducta, y dónde has aprendido a juzgar -mis acciones? Estás lleno de soberbia porque el despotismo te ha -enmascarado con esa librea, y puesto esas charreteras que no sirven -sino para marcar la jerarquía de los distintos opresores del pueblo... -¡Qué sabes tú lo que es conducta, necio! Has oído hablar a los frailes -y a D. Carlos España, y crees poseer toda la ciencia del mundo.</p> - -<p>—Yo no poseo ciencia alguna —respondí exasperado—; ¿pero se puede -consentir que criaturas inocentes, honradas, dignas por todos conceptos -de mejor suerte, vivan con tales padres?</p> - -<p>—Y a ti, extraño a ella, extraño a mí, ¿qué te importa ni qué te va -en esto? —exclamó agitando sus brazos y golpeando con ellos las ropas -del desordenado lecho.</p> - -<p>—Sr. Santorcaz, acabemos. Dejo a usted en libertad para ir a donde -mejor le plazca. Me comprometo a garantizarle la mayor seguridad<span -class="pagenum" id="Page_255">p. 255</span> hasta que se halle -fuera del país que ocupa el ejército aliado. Pero esta joven es mi -prisionera, y no irá sino a Madrid al lado de su madre. Si han nacido -por fortuna en usted sentimientos tiernos que antes no conocía, yo -aseguro que podrá ver a su hija en Madrid siempre que lo solicite.</p> - -<p>Al decir esto miré a Inés, que con extraordinario estupor dirigía -los ojos a mí y a su padre alternativamente.</p> - -<p>—Eres un loco —dijo D. Luis—. Mi hija y yo no nos separaremos. -Háblale a ella de este asunto, y verás cómo se pone... En fin, Araceli, -¿nos dejas escapar, sí o no?</p> - -<p>—No puedo detenerme en discusiones. Ya he dicho cuanto tenía que -decir. Entre tanto, quedarán en la casa, y nadie se atreverá a hacerles -daño.</p> - -<p>—¡Preso, cogido, Dios mío! —clamó Santorcaz antes afligido que -colérico, y llorando de desesperación—. ¡Preso, cogido por esta -soldadesca asalariada a quien detesto; preso antes de poder hacer nada -de provecho, antes de descargar un par de buenos y seguros golpes!... -¡Esto es espantoso! Soy un miserable... no sirvo para nada... lo he -dejado todo para lo último... me he ocupado en tonterías... Lo grave, -lo formal es destruir todo lo que se pueda, ya que seguramente nada -existe aquí digno de conservarse.</p> - -<p>—Tenga usted calma, que el estado de ese cuerpo no es a propósito -para reformar el linaje humano.</p> - -<p>—¿Crees que estoy débil, que no puedo levantarme? —gritó<span -class="pagenum" id="Page_256">p. 256</span> intentando incorporarse con -esfuerzos dolorosos—. Todavía puedo hacer algo... esto pasará... no es -nada... aún tengo pulso... ¡Ay! en lo sucesivo no perdonaré a nadie. -Todo aquel que caiga bajo mi mano, perecerá sin remedio.</p> - -<p>Inés le ponía las manos en los hombros para obligarle a estarse -quieto, y recogía la ropa de abrigo, que los movimientos del enfermo -arrojaban a un lado y otro.</p> - -<p>—¡Preso, cogido como un ratón! —prosiguió este—. Es para volverse -loco... ¡Cuando había fundado treinta y cuatro logias, en que se -afiliaba lo más selecto, lo más atrevido y lo más revoltoso, es -decir, lo mejor y lo más malo de todo el país!... ¡Oh! ¡esos indignos -franceses me han hecho traición! Les he servido, y este es el pago... -Araceli, ¿dices que estoy preso, que me llevarán a la cárcel de -Madrid, a Ceuta tal vez?... ¡Maldigo la infame librea del despotismo -que vistes! ¡Ceuta!... Bueno: me escaparé como la otra vez... mi hija -y yo nos escaparemos. Aún tengo agilidad, aliento, brío; todavía soy -joven... ¡Caer en poder de estos verdugos con charreteras, cuando me -creía libre para siempre y tocaba los resaltados de mi obra de tantos -años!... Porque sí, no sois más que verdugos con charreteras, grados y -falsos y postizos honores. ¡Mujeres de la tierra, parid hijos para que -los nobles les azoten, para que los frailes les excomulguen, y para que -estos sayones los maten!... ¡Bien lo he dicho siempre! La masonería no -debe tener entrañas; debe ser cruel, fría, pesada, abrumadora, como el -hacha del<span class="pagenum" id="Page_257">p. 257</span> verdugo... -¿Quién dice que yo estoy enfermo, que yo soy débil, que me voy a morir, -que no puedo levantarme más?... Es mentira, cien veces mentira... -Me levantaré, y ¡ay del que se me ponga delante! Araceli, cuidado, -cuidado, aprendiz de verdugo... Todavía...</p> - -<p>Siguió hablando algún tiempo más; pero le faltaba gradualmente el -aliento, y las palabras se confundían y desfiguraban en sus labios. -Al fin no oíamos sino mugidos entrecortados y guturales, que nada -expresaban. Su respiración era fatigosa; había cerrado los ojos; pero -los abría de cuando en cuando con la súbita agitación de la fiebre. -Toqué sus manos y despedían fuego.</p> - -<p>—Este hombre está muy malo —dije a Inés, que me miraba con -perplejidad.</p> - -<p>—Lo sé; pero en esta casa no hay nada, ni tenemos remedios, ni -comida; en una palabra, nada.</p> - -<p>Llamando a mi asistente, que estaba en la calle, le di orden de que -proporcionase a Inés cuanto fuese preciso y existiera en el lugar.</p> - -<p>—Mi asistente no se separará de aquí mientras lo necesites —dije a -mi amiga—. La puerta se cerrará. Puedes estar tranquila. En todo el día -no saldremos de aquí. Adiós: me voy a la plaza; pero volveré pronto, -porque tenemos que hablar, mucho que hablar.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch29"> - <p><span class="pagenum" id="Page_258">p. 258</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXIX</h2> -</div> - -<p>Al volver, la encontré sentada junto al lecho del enfermo, a quien -fijamente miraba. Volviendo la cabeza, indicome con un signo que no -debía hacer ruido. Levantose luego, acercó su rostro al de Santorcaz, -y cerciorada de que permanecía en completo y bienhechor reposo, se -dispuso a salir del cuarto. Juntos fuimos al inmediato, no cerrando -sino a medias la puerta, para poder vigilar al desgraciado durmiente, y -nos sentamos el uno frente al otro. Estábamos solos, casi solos.</p> - -<p>—¿Has tenido nuevas noticias de mi madre? —me preguntó muy -conmovida.</p> - -<p>—No; pero pronto la veremos...</p> - -<p>—¡Aquí, Dios mío! Tanta felicidad no es para mí.</p> - -<p>—Le escribiré hoy diciendo que te he encontrado y que no te me -escaparás. Le diré que venga al instante a Salamanca.</p> - -<p>—¡Oh! Gabriel... haces precisamente lo mismo que yo deseaba, lo que -deseaba hace tanto tiempo... Si hubieras sido prudente en Salamanca, y -me hubieras oído antes de...</p> - -<p>—Querida mía, tienes que explicarme muchas cosas que no he entendido -—le dije con amor.</p> - -<p>—¿Y tú a mí? Tú sí que tienes necesidad<span class="pagenum" -id="Page_259">p. 259</span> de explicarte bien. Mientras no lo hagas, -no esperes de mí una palabra, ni una sola.</p> - -<p>—Hace seis meses que te busco, alma mía; seis meses de fatigas, de -penas, de ansiedad, de desesperación... ¡Cuánto me hace trabajar Dios -antes de concederme lo que me tiene destinado! ¡Cuánto he padecido por -ti, cuánto he llorado por ti! Dios sabe que te he ganado bien.</p> - -<p>—Y durante ese tiempo —preguntó con graciosa malicia—, ¿te ha -acompañado esa señora inglesa, que te llama su caballero y que me ha -vuelto loca a preguntas?</p> - -<p>—¿A preguntas?</p> - -<p>—Sí: quiere saberlo todo, y para cerrarle el pico he necesitado -decirle cómo y cuándo nos conocimos. Lo que se refiere a mí le importa -poco; tu vida es lo que le interesa: me ha mareado tanto deseando saber -las locuras y sublimidades que has hecho por esta infeliz, que no he -podido menos de divertirme a costa suya...</p> - -<p>—Bien hecho, amada mía.</p> - -<p>—¡Qué orgullosa es!... Se ríe de cuanto hablo, y, según ella, no -abro la boca más que para decir vulgaridades. Pero la he castigado... -Como insistiese en conocer tus empresas amorosas, le he dicho que -después de Bailén quisieron robarme veinticinco hombres armados, y que -tú solo les matastes a todos.</p> - -<p>Inés sonreía tristemente, y yo sofocaba la risa.</p> - -<p>—También le dije que en El Pardo, para<span class="pagenum" -id="Page_260">p. 260</span> poder hablarme, te disfrazaste de duque, -siendo tal el poder de la falsa vestimenta, que engañaste a toda la -Corte y te presentaron al Emperador Napoleón, el cual se encerró -contigo en su gabinete y te confió el plan de su campaña contra el -Austria.</p> - -<p>—Así te vengas tú —dije encantado de la malicia de mi pobre amiga—. -Dame un abrazo, chiquilla, un abrazo o me muero.</p> - -<p>—Así me vengo yo. También le dije que estando en Aranjuez pasabas -el Tajo a nado todas las noches para verme; que en Córdoba entraste -en el convento y maniataste a todas las monjas para robarme; que otra -vez anduviste ochenta leguas a caballo para traerme una flor; que te -batiste con seis generales franceses porque me habían mirado, con otras -mil heroicidades, acometimientos y amorosas proezas que se me vinieron -a la memoria a medida que ella me hacía preguntas. Eh, caballerito, no -dirá usted que no cuido de su reputación... Te he puesto en los cuernos -de la luna... Puedes creer que la inglesa estaba asombrada. Me oía con -toda su hermosa boca abierta... ¿Qué crees? Te tiene por un Cid, y ella -cuando menos se figura ser la misma Doña Jimena.</p> - -<p>—¡Cómo te has burlado de ella! —exclamé acercando mi silla a la de -Inés—. ¿Pero has tenido celos?... Dime si has tenido celos para estarme -riendo tres días...</p> - -<p>—Caballero Araceli —dijo arrugando graciosamente el ceño—, sí, los -he tenido y los tengo...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_261">p. 261</span>—¡Celos de esa -loca! —contesté riendo y el alma inundada de regocijo—. Inés de mi -vida, dame un abrazo.</p> - -<p>Las lindas manecitas de la muchacha se sacudían delante de mí, y -me azotaban el rostro al acercarme. Yo, pillándolas al vuelo, se las -besaba.</p> - -<p>—Inesilla, querida mía, dame un abrazo... o te como.</p> - -<p>—Hambriento estás.</p> - -<p>—Hambriento de quererte, esposa mía. ¿Te parece...? Seis meses -amando a una sombra. ¿Y tú?...</p> - -<p>Yo no sabía qué decir. Estaba hondamente conmovido. Mi desgraciada -amiga quiso disimular su emoción; pero no pudo atajar el torrente de -lágrimas que pugnaba por salir de sus ojos.</p> - -<p>—No te acuerdes de esa mujer, si no quieres que me enfade. ¿Es -posible que tú, con la elevación de tu alma, con tu penetración -admirable, hayas podido...?</p> - -<p>—No, no lloro por eso, querido amigo mío —me dijo mirándome con -profundo afecto—. Lloro... no sé por qué. Creo que de alegría.</p> - -<p>—¡Oh! Si Miss Fly estuviera aquí, si nos viera juntos, si viera -cómo nos amamos por bendición especial de Dios, si viera este cariño, -superior a las contrariedades del mundo, comprendería cuánta diferencia -hay de sus chispazos poéticos a esta fuente inagotable del corazón, a -esta luz divina en que se gozan nuestras almas, y se gozarán por los -siglos de los siglos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_262">p. 262</span>—No me nombres a -Miss Fly... Si en un momento me afligió el conocerla, ya no hago caso -de ella... —dijo secando sus lágrimas—. Al principio, francamente... -tuve dudas, más que dudas, celos; pero al tratarla de cerca se -disiparon. Sin embargo, es muy hermosa, más hermosa que yo.</p> - -<p>—Ya quisiera parecerse a ti. Es un marimacho.</p> - -<p>—Es además muy rica, según ella misma dice. Es noble... Pero a pesar -de todos sus méritos, Miss Fly me causaba risa, no sé por qué. Yo -reflexionaba y decía: «Es imposible, Dios mío. No puede ser... Caerán -sobre mí todas las desgracias menos esta...» ¡Oh! esta sí que no la -hubiera soportado.</p> - -<p>—¡Qué bien pensaste! Te reconozco, Inés. Reconozco tu grande alma. -Duda de todo el mundo, duda de lo que ven tus ojos; pero no dudes de -mí, que te adoro.</p> - -<p>—Mi corazón se desborda... —exclamó oprimiéndose el seno con una -mano que se escapó de entre las mías—. Hace tiempo que deseaba llorar -así... delante de ti... ¡Bendito sea Dios que empieza a hacer caso de -lo que le he dicho!</p> - -<p>—Inés, yo también he tenido celos, queridita; celos de otra clase, -pero más terribles que los tuyos.</p> - -<p>—¿Por qué? —dijo mirándome con severidad.</p> - -<p>—¡Pobre de mí!... Yo me acordaba de tu buena madre y decía -mirándote: «Esta pícara ya no nos quiere.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_263">p. 263</span>—¿Que no os -quiero?</p> - -<p>—Alma mía, ahora te pregunto como a los niños. ¿A quién quieres -tú?</p> - -<p>—A todos —contestó con resolución.</p> - -<p>Esta respuesta, tan concisa como elocuente, me dejó confuso.</p> - -<p>—A todos —repitió—. Si no te creyera capaz de comprenderlo así, -¡cuán poco valdrías a mis ojos!</p> - -<p>—Inés, tú eres una criatura superior —afirmé con verdadero -entusiasmo—. Tú tienes en tu alma mayor porción de aliento divino que -los demás. Amas a tus enemigos, a tus más crueles enemigos.</p> - -<p>—Amo a mi padre —dijo con entereza.</p> - -<p>—Sí; pero tu padre...</p> - -<p>—Vas a decir que es un malvado, y no es verdad. Tú no le conoces.</p> - -<p>—Bien, amiga mía, creo lo que me dices; pero las circunstancias en -que has ido a poder de ese hombre no son las más a propósito para que -le tomaras gran cariño...</p> - -<p>—Hablas de lo que no entiendes. Si yo te dijera una cosa...</p> - -<p>—Espera... déjame acabar... Yo sé lo que vas a decir. Es que has -encontrado en él, cuando menos lo esperabas, un noble y profundo cariño -paternal.</p> - -<p>—Sí; pero he encontrado algo más.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—La desgracia. Es el hombre más desdichado, más sin ventura que -existe en el mundo.</p> - -<p>—Es verdad: la nobleza de tu alma no tiene<span class="pagenum" -id="Page_264">p. 264</span> fin... pero dime: seguramente no -hallarán eco en ella los sentimientos de odio ni el frenesí de este -desgraciado.</p> - -<p>—Yo espero reconciliarle —dijo sencillamente— con los que odia, -o aparenta odiar, pues su cólera ante ciertas personas no brota del -corazón.</p> - -<p>—¡Reconciliarle! —repetí con verdadero asombro—. ¡Oh! Inés: si tal -hicieras; si tan grande objeto lograras tú con la sola fuerza de tu -dulzura y de tu amor, te tendría por la más admirable persona de todo -el mundo... Pero debe haber ocurrido entre ti y él mucho que ignoro, -querida mía. Cuando te viste arrebatada por ese hombre de los brazos de -tu madre enferma, ¿no sentiste...?</p> - -<p>—Un horror, un espanto... no me recuerdes eso, amiguito, porque me -estremezco toda... ¡Qué noche, qué agonía! Yo creí morir, y en verdad -pedía la muerte... Aquellos hombres... todos me parecían negros, -con el pelo erizado y las manos como garfios... aquellos hombres me -encerraron en un coche. Encarecerte mi miedo, mis súplicas, aquel -continuo llorar mío durante no sé cuántos días, sería imposible. Unas -veces, desesperada y loca, les decía mil injurias; otras pedíales de -rodillas mi libertad. Durante mucho tiempo me resistí a tomar alimento, -y también traté de escaparme... Imposible, porque me guardaban muy -bien... Después de algunos días de marcha, fuéronse todos, y él quedó -solo conmigo en un lugar que llaman Cuéllar.</p> - -<p>—¿Y te maltrató?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_265">p. 265</span>—Jamás: al -principio me trataba con aspereza; pero luego, mientras más me -ensoberbecía yo, mayor era su dulzura. En Cuéllar me dijo que nunca -volvería a ver a mi madre, lo cual me causó tal desesperación y -angustia, que aquella noche intenté arrojarme por la ventana al campo. -El suicidio, que es tan gran pecado, no me aterraba... Trájome en -seguida a Salamanca, y allí le oí repetir que jamás vería a mi madre. -Entonces advertí que mis lágrimas le conmovían mucho... Un día, después -que largo rato disputamos y vociferamos los dos, púsose de rodillas -delante de mí, y besándome las manos me dijo que él no era un hombre -malo.</p> - -<p>—¿Y tú sospechabas algo de tu parentesco con él?</p> - -<p>—Verás... Yo le respondí que le tenía por el más malo, el más -abominable ser de toda la tierra, y entonces fue cuando me dijo que era -mi padre... Esta revelación me dejó tan suspensa, tan asombrada, que -por un instante perdí el sentido... Tomome en sus brazos, y durante -largo rato me prodigó mil caricias... Yo no lo quería creer... En -lo íntimo de mi alma acusé a Dios por haberme hecho nacer de aquel -monstruo... Después, como advirtiese mi duda, mostrome un retrato de mi -madre y algunas cartas que escogió entre muchas que tenía... Yo estaba -medio muerta... aquello me parecía un sueño. En la angustia y turbación -de tan dolorosa escena, fijé la vista en su rostro y un grito se escapó -de mis labios.</p> - -<p>—¿No le habías observado bien?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_266">p. 266</span>—Sí: yo había -notado cierto incomprensible misterio en su fisonomía; pero hasta -entonces no vi... no vi que su frente era mi frente, que sus ojos eran -mis ojos. Aquella noche me fue imposible dormir: entrome una fiebre -terrible, y me revolvía en el lecho, creyéndome rodeada de sombras -o demonios que me atormentaban. Cuando abría los ojos, le hallaba -sentado a mis pies, sin apartar de mí su mirada penetrante que me hacía -temblar. Me incorporé y le dije: «¿Por qué aborrece usted a mi querida -madre?» Besándome las manos me contestó: «Yo no la aborrezco; ella es -la que me aborrece a mí. Por haberla amado, soy el más infeliz de los -hombres; por haberla amado, soy este oscuro y despreciado satélite de -los franceses que en mí ves; por haberla adorado, te causo espanto hoy -en vez de amor.» Entonces yo le dije: «Grandes maldades habrá hecho -usted con mi madre, para que ella le aborrezca.» No me contestó... Se -esforzaba en calmar mi agitación, y desde aquella noche hasta el fin de -la enfermedad que padecí, no se apartó de mi lado ni un momento. Cuanto -puede inventarse para distraer a una criatura triste y enferma, él lo -inventó: contábame historias, unas alegres, otras terribles, todas -de su propia vida, y finalmente refiriome lo que más deseaba conocer -de esta... Yo temblaba a cada palabra. Había empezado a inspirarme -tanta compasión, que a ratos le suplicaba que callase y no dijese más. -Poco a poco fui perdiéndole el miedo: me causaba cierto respeto; pero -amarle... ¡eso imposible!...<span class="pagenum" id="Page_267">p. -267</span> Yo no cesaba de afirmar que no podía vivir lejos de mi -madre, y esto, si le enfurecía de pronto, era motivo después para -que redoblase sus cariños y consideraciones conmigo. Su empeño era -siempre convencerme de que nadie en el mundo me quería como él. Un -día, impaciente y acongojada por el largo encierro, le hablé con mucha -dureza; él se arrojó a mis pies, pidiome perdón del gran daño que me -había causado, y lloró tanto, tanto...</p> - -<p>—¿Ese hombre ha derramado una lágrima? —dije con sorpresa—. ¿Estás -segura? Jamás lo hubiera creído.</p> - -<p>—Tantas y tan amargas derramó, que me sentí, no ya compasiva, -sino también enternecida. Mi corazón no nació para el odio: nació -para responder a todos los sentimientos generosos, para perdonar y -reconciliar. Tenía delante de mí a un hombre desgraciado, a mi propio -padre, solo, desvalido, olvidado; recordaba algunas palabras oscuras -y vagas de mi madre acerca de él, que me parecían un poco injustas. -Lástima profunda oprimía mi pecho: la adoración, la loca idolatría -que aquel infeliz sentía por mí, no podían serme indiferentes, no, -de ningún modo, a pesar del daño recibido. Le dije entonces cuantas -palabras de consuelo se me ocurrieron, y el pobrecito me las agradeció -tanto, ¡tantísimo...! Por la primera vez en su vida era feliz.</p> - -<p>—¡Ángel del cielo —exclamé con viva emoción—, no digas más! Te -comprendo y te admiro.</p> - -<p>—Suplicome entonces que le tratase con la<span class="pagenum" -id="Page_268">p. 268</span> mayor confianza; que le dijese <i>padre</i> -y <i>tú</i> al uso de Francia, con lo cual experimentaría gran -consuelo, y así lo hice. Ese hombre terrible que espanta a cuantos le -oyen y no habla más que de exterminar y de destruir, temblaba como un -niño al escuchar mi voz; y olvidado de la guillotina, de los nobles, y -de lo que él llamaba el <i>estado llano</i>, estaba horas enteras en -éxtasis delante de mí. Entonces formé mi proyecto, aunque no le dije -nada, esperando que el dominio que ejercía sobre él llegase al último -grado.</p> - -<p>—¿Qué proyecto?</p> - -<p>—Volver aquel cadáver a la vida; volverle al mundo, a la familia; -desatar aquel corazón de la rueda en que sufría tormento; sacar del -infierno aquel infeliz réprobo, y extirpar en su alma el odio que le -consumía. Durante algún tiempo, no hablé de volver al lado de mi madre, -ni me quejé de la larga y triste soledad, antes bien aparecía sumisa y -aun contenta. Entonces emprendimos esos horribles viajes para fundar -logias; empezó la compañía de esos hombres aborrecidos, y no pude -disimular mi disgusto. Cuando hablábamos los dos a solas, él se reía -de las prácticas masónicas, diciendo que eran simples y tontas, aunque -necesarias para subyugar a los pueblos. Su odio a los nobles, a los -frailes y a los reyes continuaba siempre muy vivo; pero al hablar de mi -madre, la nombraba siempre con reserva y también con emoción. Esto era -señal lisonjera, y un principio de conformidad con mi ardiente deseo. -Yo se<span class="pagenum" id="Page_269">p. 269</span> lo agradecí, y -se lo pagué mostrándome más cariñosa con él; pero siempre reservada. -Los repetidos viajes, las logias y los compañeros de masonería, me -inspiraban repugnancia, hastío y miedo. No se lo oculté, y él me decía: -«Esto acabará pronto. No conquistaré a los necios sino con esta farsa; -y como los franceses se establezcan en España, verás la que armo...» -«Padre —le decía yo—, no quiero que armes cosas malas ni que mates a -nadie, ni que te vengues. La venganza y la crueldad son propias de -almas bajas.» Él me ponderaba las injusticias y picardías que rigen a -la sociedad de hoy, asegurando que es preciso volver todo del revés, -para lo cual conviene empezar por destruirlo todo. ¡Cuánto hemos -hablado de esto! Por último, tales horrores han dejado de asustarme. -Tengo la convicción de que mi pobre padre no es cruel ni sanguinario -como parece...</p> - -<p>—Así será, pues tú lo dices.</p> - -<p>—Estábamos en Valladolid, cuando cayó enfermo, muy enfermo. -Un afamado médico de aquella ciudad me dijo que no viviría mucho -tiempo. Él, sin embargo, siempre que experimentaba algún alivio, se -creía restablecido por completo. En uno de sus más graves ataques, -hallándonos en Salamanca, me dijo: «Te robé, hija mía, para hacerte -instrumento de la horrible cólera que me enardece. Pero Dios, que -no consiente sin duda la perdición de mi alma, me ha llenado de un -profundo y celeste amor que antes no conocía. Has sido para mí el ángel -de la guarda, la imagen viva<span class="pagenum" id="Page_270">p. -270</span> de la bondad divina, y no solo me has consolado, sino que -me has convertido. Bendita seas mil veces por esta savia nueva que has -dado a mi triste vida. Pero he cometido un crimen: tú no me perteneces; -entré como un ladrón en el huerto ajeno, y robé esta flor... No, no -puedo retenerte ni un momento más al lado mío contra tu gusto.» El -infeliz me decía esto con tanta sinceridad, que me sentí inclinada -a amarle más. Luego siguió diciéndome: «Si tienes compasión de mí; -si tu alma generosa se resiste a dejarme en esta soledad, enfermo y -aborrecido, acompáñame y asísteme; pero que sea por voluntad tuya y no -por violencia mía. Déjame que te bese mil veces, y márchate después -si no quieres estar a mi lado.» No le contesté de otro modo que -abrazándole con todas mis fuerzas y llorando con él. ¿Qué podía, qué -debía hacer?</p> - -<p>—Quedarte.</p> - -<p>—Aquella era la ocasión más propia para confiarle mis deseos. -Después de repetir que no le abandonaría, díjele que debía -reconciliarse con mi madre. Recibió al principio muy mal la -advertencia; mas tanto rogué y supliqué, que al fin consintió en -escribir una carta. Empecela yo, y como en ella pusiera no recuerdo qué -palabras pidiendo perdón, enfureciose mucho, y dijo: «¿Pedir perdón, -pedirle perdón? Antes morir.» Por último, quitando y poniendo frases, -di fin a la epístola; mas al día siguiente le vi bastante cambiado en -sus disposiciones conciliadoras; y ¿qué creerás, amigo mío?... Pues -rompió la carta, diciéndome:<span class="pagenum" id="Page_271">p. -271</span> «Más adelante la escribiremos, más adelante. Aguardemos un -poco.» Esperé con santa resignación; y hallándonos en Plasencia, hice -una nueva tentativa. Él mismo escribió la carta, empleando en ella no -menos de cuatro horas; y ya la íbamos a enviar a su destino, cuando -uno de esos aborrecidos hombres que le acompañan entró diciéndole que -la policía francesa le buscaba y le perseguía por gestiones de una -alta señora de Madrid. ¡Ay, Gabriel! Cuando tal supo, renovose en -él la cólera y amenazó a todo el género humano. No necesito decirte -que ni enviamos la carta, ni habló más del asunto en algunos días. -Pero yo insistía en mi propósito. Al volver a Salamanca le manifesté -la necesidad de la reconciliación: enfadose conmigo; díjele que me -marcharía a Madrid: abrazome, lloró, gimió, arrojose a mis pies como -un insensato, y al fin, hijo, al fin escribimos la tercera carta: la -escribí yo misma. Por último, mi adorada madre iba a saber noticias de -su pobre hija. ¡Ay! aquella noche mi padre y yo charlamos alegremente; -hicimos dulces proyectos; maldijimos juntos a todos los masones de la -tierra, a las revoluciones y a las guillotinas habidas y por haber; -nos regocijamos con supuestas felicidades que habían de venir; nos -contamos el uno al otro todas las penas de nuestra pasada vida... pero -al siguiente día...</p> - -<p>—Me presenté yo... ¿no es eso?</p> - -<p>—Eso es... Ya conoces su carácter... Cuando te vio y conoció que -ibas enviado por mi madre, cuando le injuriaste... Su ira era tan<span -class="pagenum" id="Page_272">p. 272</span> fuerte aquel día, que me -causó miedo. «Ahí lo tienes —decía—: yo me dispongo a ser bueno con -ella, y ella envía contra mí la policía francesa para mortificarme y -un ladrón para privarme de tu compañía. Ya lo ves: es implacable... A -Francia, nos iremos a Francia; vendrás conmigo. Esa mujer acabó para -mí y yo para ella...» Lo demás lo sabes tú y no necesito decírtelo. -¡Esta mañana creímos morir aquí! ¡Cuánto he padecido en este horrible -Babilafuente viéndole enfermo, tan enfermo, que no se restablecerá -más; viéndonos amenazados por el populacho, que quería entrar para -despedazarnos!... Y todo ¿por qué? Por la masonería, por esas simplezas -y mojigangas que a nada conducen.</p> - -<p>—A algo conducen, querida mía, y la semilla que tu padre y otros han -sembrado, darán algún día su fruto. Sabe Dios cuál será.</p> - -<p>—Pero él no es ateo, como otros, ni se burla de Dios. Verdad que -suele nombrarle de un modo extraño, así como el <i>Ser Supremo</i>, o -cosa parecida.</p> - -<p>—Llámese Dios o Ser Supremo —exclamé volviendo a aprisionar entre -mis manos las de mi adorada amiga—, ello es que ha hecho obras -acabadas y perfectas, y una de ellas eres tú, que me confundes, que -me empequeñeces y anonadas más cuanto más te trato y te hablo y te -miro.</p> - -<p>—Eres tonto de veras; pues ¿qué he hecho que no sea natural? -—preguntome sonriendo.</p> - -<p>—Para los ángeles es natural existir sin mancha, inspirar las -buenas acciones, ensalzar<span class="pagenum" id="Page_273">p. -273</span> a Dios, llevar al cielo las criaturas, difundir el bien por -el mundo pecador. ¿Que qué has hecho? Has hecho lo que yo no esperaba -ni adivinaba, aunque siempre te tuve por la misma bondad; has amado -a ese infeliz, al más infeliz de los hombres, y este prodigio que -ahora, después de hecho, me parece tan natural, antes me parecía una -aberración y un imposible. Tú tienes el instinto de lo divino, y yo -no; tú realizas con la sencillez propia de Dios las más grandes cosas, -y a mí no me corresponde otro papel que el de admirarlas después de -realizadas, asombrándome de mi estupidez por no haberlas comprendido... -¡Inesilla, tú no me quieres, tú no puedes quererme!</p> - -<p>—¿Por qué dices eso? —preguntó con candor.</p> - -<p>—Porque es imposible que me quieras, porque yo no te merezco.</p> - -<p>Al decir esto, estaba tan convencido de mi inferioridad, que ni -siquiera intenté abrazarla, cuando, cruzando ella las defensoras manos, -parecía dejarme el campo libre para aquel exceso amoroso.</p> - -<p>—De veras, parece que eres tonto.</p> - -<p>—Pero, pues tu corazón no sabe sino amar, si no sabe otra cosa, -aunque de mil modos le enseñe el mundo lo contrario, algo habrá para mí -en un rinconcito.</p> - -<p>—¿Un rinconcito...? ¿De qué tamaño?</p> - -<p>—¡Qué feliz soy! Pero te digo la verdad, quisiera ser -desgraciado.</p> - -<p>No me contestó sino riéndose, burlándose de mí con un descaro...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_274">p. 274</span>—Quiero ser -desgraciado para que me ames como has amado a tu padre, para que te -desvivas por mí, para que te vuelvas loca por mí, para que... ¿Pero te -ríes, todavía te ríes? ¿Acaso estoy diciendo tonterías?</p> - -<p>—Más grandes que esta casa.</p> - -<p>—Pero, hija, si estoy aturdido. Dime tú, que todo lo sabes, -si hay alguna manera extraordinaria de querer, una manera nueva, -inaudita...</p> - -<p>—Así, así siempre, basta... Ni es preciso tampoco que seas -desgraciado. No, dejémonos de desgracias, que bastantes hemos tenido. -Pidamos a Dios que no haya más batallas en que puedas morir.</p> - -<p>—¡Yo quiero morir! —exclamé sintiendo que el puro y extremado afecto -llevaba mi mente a mil raras sutilezas y tiquismiquis, y mi corazón a -incomprensibles y quizás ridículos antojos.</p> - -<p>—¡Morir! —exclamó ella con tristeza—. ¿Y a qué viene ahora eso? ¿Se -puede saber, señor mío querido?</p> - -<p>—Morir quiero para verte llorar por mí... pero en verdad, esto es -absurdo, porque si muriera, ¿cómo podría verte? Dime que me amas, -dímelo.</p> - -<p>—Esto sí que está bueno. Al cabo de la vejez...</p> - -<p>—Si nunca me lo has dicho... Puede que quieras sostener que me lo -has dicho.</p> - -<p>—¿Que no? —dijo con jovialidad encantadora—. Pues no.</p> - -<p>No sé qué más iba a decir ella; pero indudablemente<span -class="pagenum" id="Page_275">p. 275</span> pensó decir algo, más dulce -para mí que las palabras de los ángeles, cuando sonó en la estancia una -ronca voz.</p> - -<p>—No, no te vas, paloma, sin abrazar a tu marido —exclamé estrujando -aquel lindo cuerpo, que se escapó de mis brazos para volar al lado del -enfermo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch30"> - <h2 class="nobreak g0">XXX</h2> -</div> - -<p>Acerqueme a la puerta de la triste alcoba. Santorcaz no me veía, -porque su atención estaba fatigada y torpe a causa del mal, y la -estancia medio a oscuras.</p> - -<p>—Alguien anda por ahí —dijo el masón, besando las manos de su hija—. -Me pareció sentir la voz de ese tunante de Gabriel.</p> - -<p>—Padre, no hables mal de los que nos han hecho un beneficio; no -tientes a Dios, no le provoques.</p> - -<p>—Yo también le he hecho beneficios, y ya ves cómo me paga: -prendiéndome.</p> - -<p>—Araceli es un buen muchacho.</p> - -<p>—¡Sabe Dios lo que harán conmigo esos verdugos! —exclamó el infeliz -dando un suspiro—. Esto se acabó, hija mía.</p> - -<p>—Se acabaron, sí, las locuras, los viajes, las logias, que solo -sirven para hacer daño —afirmó Inés abrazando a su padre—. Pero -subsistirá el amor de tu hija, y la esperanza<span class="pagenum" -id="Page_276">p. 276</span> de que viviremos todos, todos felices y -tranquilos.</p> - -<p>—Tú vives de dulces esperanzas —dijo—; yo de tristes o funestos -recuerdos. Para ti se abre la vida; para mí, lo contrario. Ha sido tan -horrible, que ya deseo se cierre esa puerta negra y sombría, dejándome -fuera de una vez... Hablas de esperanzas: ¿y si estos déspotas me -sepultan en una cárcel, si me envían a morir a cualquiera de esos -muladares del África...?</p> - -<p>—No te llevarán; respondo de que no te llevarán, padrito.</p> - -<p>—Pero cualquiera que sea mi suerte, será muy triste, niña de -mi alma... Viviré encerrado; y tú... ¿tú qué vas a hacer? Te -verás obligada a abandonarme... Pues qué, ¿vas a encerrarte en un -calabozo?</p> - -<p>—Sí: me encerraré contigo. Donde tú estés, allí estaré yo —replicó -la muchacha con cariño—. No me separaré de ti; no te abandonaré jamás, -ni iré... no: no iré a ninguna parte donde tú no puedas ir también.</p> - -<p>No oí voz alguna, sino los sollozos del pobre enfermo.</p> - -<p>—Pero, en cambio, padrito —continuó ella en tono de amonestación -afectuosa—, es preciso que seas bueno, que no tengas malos -pensamientos, que no odies a nadie, que no hables de matar gente, -pues Dios tiene buena mano para hacerlo; que desistas de todas -esas majaderías que te han trastornado la cabeza, y no pierdas la -tranquilidad y la salud porque haya un rey de más o de menos en el -mundo;<span class="pagenum" id="Page_277">p. 277</span> ni hagas caso -de los frailes ni de los nobles, los cuales, padre querido, no se van a -suprimir y a aniquilarse porque tú lo desees, ni porque así lo quiera -el mal humor del señor Canencia, del Sr. Monsalud y del Sr. Ciruelo... -He aquí tres que hablan mal de los nobles, de los poderosos y de los -reyes, porque, hasta ahora, ningún rey ni ningún señor han pensado en -arrojarles un pedazo de pan para que callen, y otro para que griten en -favor suyo... ¿Conque serás bueno? ¿Harás lo que te digo? ¿Olvidarás -esas majaderías?... ¿Me querrás mucho a mí y a todos los que me -aman?</p> - -<p>Diciendo esto, arreglaba las ropas del lecho, acomodaba en las -almohadas la venerable y hermosa cabeza de Santorcaz, destruía los -dobleces y durezas que pudieran incomodarle, todo con tanto cariño, -solicitud, bondad y dulzura, que yo estaba encantado de lo que veía. -Santorcaz callaba y suspiraba, dejándose tratar como un chico. Allí la -hija parecía, más que hija, una tierna madre, que se finge enojada con -el precioso niño porque no quiere tomar las medicinas.</p> - -<p>—Me convertirás en un chiquillo, querida —dijo el enfermo—. Estoy -conmovido... quiero llorar. Pon tu mano sobre mi frente para que no se -me escape esa luz divina que tengo dentro del cerebro... pon tu mano -sobre mi corazón y aprieta. Me duele de tanto sentir. ¿Has dicho que no -te separarás de mí?</p> - -<p>—No: no me separaré.</p> - -<p>—¿Y si me llevan a Ceuta?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_278">p. 278</span>—Iré contigo.</p> - -<p>—¡Irás conmigo!</p> - -<p>—Pero es preciso ser bueno y humilde.</p> - -<p>—¿Bueno? ¿Tú lo dudas? Te adoro, hija mía. Dime que soy bueno; dime -que no soy un malvado, y te lo agradeceré más que si me vinieras a -llamar de parte del <i>Ser Sup</i>... de parte de Dios, decimos los -cristianos. Si tú me dices que soy un hombre bueno, que no soy malo, -tendré por embusteros a los que se empeñan en llamarme malvado.</p> - -<p>—¿Quién duda que eres bueno? Para mí al menos.</p> - -<p>—Pero a ti te he hecho algún daño.</p> - -<p>—Te lo perdono, porque me amas, y sobre todo porque me sacrificas -tus pasiones, porque consientes que sea yo la destinada a quitarte esas -espinas que desde hace tanto tiempo tienes clavadas en el corazón.</p> - -<p>—¡Y cómo punzan! —exclamó con profunda pena el infeliz masón—. Sí: -quítamelas, quítamelas todas con tus manos de ángel; quítalas una a -una, y esas llagas sangrientas se restañarán por sí... ¿De modo que yo -soy bueno?</p> - -<p>—Bueno, sí: yo lo diré así a quien crea lo contrario, y espero que -se convencerán cuando yo lo diga. Pues no faltaba más... La verdad es -lo primero. Ya verás cuánto te van a querer todos, y qué buenas cosas -dirán de ti. Has padecido: yo les contaré todo lo que has padecido.</p> - -<p>—Ven —murmuró Santorcaz con voz balbuciente, alargando los brazos -para coger en sus manos trémulas la cabeza de su hija—. Trae<span -class="pagenum" id="Page_279">p. 279</span> acá esa preciosa cabeza que -adoro. No es una cabeza de mujer, es de ángel. Por tus ojos mira Dios a -la tierra y a los hombres, satisfecho de su obra.</p> - -<p>El anciano cubrió de besos la hermosa frente, y yo por mi parte no -ocultaré que deseaba hacer otro tanto. En aquel momento di algunos -pasos y Santorcaz me vio. Advertí súbita mudanza en la expresión de su -semblante, y me miró con disgusto.</p> - -<p>—Es Gabriel, nuestro amigo, que nos defiende y nos protege —dijo -Inés—. ¿Por qué te asustas?</p> - -<p>—Mi carcelero... —murmuró Santorcaz con tristeza—. Me había olvidado -de que estoy preso.</p> - -<p>—No soy carcelero, sino amigo —afirmé adelantándome.</p> - -<p>—Sr. Araceli —continuó él con voz grave—, ¿a dónde me llevan? ¡Oh, -miserable de mí! Malo es caer en las garras de los satélites del -despotismo... no, no, hija mía, no he dicho nada; quise decir que los -soldados... no puedo negar que odio un poquillo a los soldados, porque -sin ellos, ya ves, sin ellos no podrían los reyes... ¡malditos sean los -reyes!... no, no, a mí no me importa que haya reyes, hija mía: allá se -entiendan. Solo que... francamente, no puedo menos de aborrecer un poco -a ese muchacho que quiso separarte de mí. Ya se ve, le mandaban sus -amos... estos militares son gente servil que los grandes emplean para -oprimir a los hijos del pueblo... No le puedo ver, ni tú tampoco, ¿es -verdad?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_280">p. 280</span>—No solo le puedo -ver, sino que le estimo mucho.</p> - -<p>—Pues que entre... Araceli... también yo te estimé en otro tiempo. -Inés dice que eres un buen muchacho... Será preciso creerlo... Puesto -que ella te estima, ¿sabes lo que yo haría? Exceptuarte a ti solo, -a ti solito; ponerte a un lado, y a todos los demás enviarlos a la -guillot... no, no he dicho nada... Si otros la quieren levantar, -háganlo en buen hora; yo no haré más que ver y aplaudir... no, no, no -aplaudiré tampoco: váyanse al diablo las guillotinas.</p> - -<p>—Padre —dijo Inés—, da la mano a Araceli, que se marchará a sus -quehaceres, y ruégale que vuelva a vernos después. ¡Ay! dicen que va a -darse una batalla: ¿no sientes que le suceda alguna desgracia?</p> - -<p>—Sí, seguramente —dijo Santorcaz estrechándome la mano—. ¡Pobre -joven! La batalla será muy sangrienta, y lo más probable es que muera -en ella.</p> - -<p>—¿Qué dices, padre? —preguntó Inés con terror.</p> - -<p>—La mejor batalla del mundo, hija mía, será aquella en que perezcan -todos, todos los soldados de los dos ejércitos contendientes.</p> - -<p>—¡Pero él no, él no! Me estás asustando.</p> - -<p>—Bueno, bueno, que viva él... que viva Araceli. Joven, mi hija te -estima, y yo... yo también... también te estimo. Así es que Dios hará -muy bien en conservar tu preciosa vida. Pero no servirás más a los -verdugos del linaje humano, a los opresores del pueblo, a los que<span -class="pagenum" id="Page_281">p. 281</span> engordan con la sangre del -pueblo, a los pícaros frailes y...</p> - -<p>—¡Jesús! estás hablando como Canencia, ni más ni menos.</p> - -<p>—No he dicho nada; pero este Araceli... a quien estimo... nos -aborrece, querida mía; quiere separarnos: es agente y servidor de una -persona...</p> - -<p>—A quien estimas también, padre.</p> - -<p>—De una persona... —continuó el masón, poniéndose tan pálido que -parecía cadáver.</p> - -<p>—A quien amas, padre —añadió la muchacha rodeando con sus brazos la -cabeza del pobre enfermo—; a quien pedirás perdón... por...</p> - -<p>El rostro de Santorcaz encendiose de repente con fuerte congestión; -sus ojos despidieron rayo muy vivo, incorporose en el lecho y, -estirando los brazos y cerrando los puños y frunciendo el terrible -ceño, gritó:</p> - -<p>—¡Yo!... pedirle perdón... pedirle perdón yo... ¡Jamás, jamás!</p> - -<p>Diciendo esto, cayó en el lecho como cuerpo del que súbitamente y -con espanto huye la vida.</p> - -<p>Inés y yo acudimos a socorrerle. Balbucía frases ardorosas... -llamaba a Inés creyéndola ausente; la miraba con extravío; me despedía -con gritos y amenazas, y, finalmente, se tranquilizó cayendo en pesado -sopor.</p> - -<p>—Otra vez será —me dijo Inés con los ojos llenos de lágrimas—. No -desconfío. Haz lo que dijimos. Escríbele esta tarde mismo.</p> - -<p>—Le escribiré, y vendrá en seguida a Salamanca. Prepárate a marchar -allá con tu enfermo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch31"> - <p><span class="pagenum" id="Page_282">p. 282</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXXI</h2> -</div> - -<p>Haciendo mucho ruido, llamándome a voces y azotando con su látigo -las puertas y los muebles, entró en la casa Miss Fly. Recibila en la -sala, y al verme sonrió con gracia incomparable, no exenta en verdad de -coquetería. Llamó mi atención ver que se había acicalado y compuesto, -cosa verdaderamente extraña en aquel lugar y ocasión. Su rostro -resplandecía de belleza y frescura. Habíase peinado cual si tuviese a -mano los más delicados enseres de tocador, y el vestido, limpio ya de -polvo y lodo, disimulaba sus desgarrones y arrugas no sé por qué arte -singular, solo revelado a las mujeres. ¿Por qué no decirlo? Detesto -las gazmoñerías y melindres. Sí, lo diré: Athenais estaba encantadora, -hechicera, lindísima.</p> - -<p>Como le manifestase mi sorpresa por aquella restauración de su -interesante persona, me dijo:</p> - -<p>—Caballero Araceli, después que vuestros soldados han apagado el -incendio, quedó un poco de agua para mí. En casa de unos aldeanos me -proporcionaron lo preciso para peinarme... Pero, señor comandante, ¿así -cumplís con vuestros deberes? ¿No estaríais mejor<span class="pagenum" -id="Page_283">p. 283</span> al frente de vuestras tropas? Hace un rato -que ha llegado Leith con su división, y pregunta por vos...</p> - -<p>Al saber la noticia, no quise detenerme. Despedime de Inés, y -después de asegurar bien la entrada de la casa y de encomendar a -Tribaldos que cuidase a los dos prisioneros, bajé a la plaza, donde -Miss Fly se separó de mí sin motivo aparente. Empezaban a llegar tropas -inglesas. El general Leith, a quien indiqué que España me había mandado -perseguir a los franceses, me ordenó que esperase hasta la noche.</p> - -<p>—Es imposible perseguir a los franceses de cerca —dijo—. Van muy -adelantados, y nos será difícil hacerles daño. Nuestras tropas están -cansadas.</p> - -<p>Quedeme allí, no sin gozo, y dispuse lo necesario para que Santorcaz -y su hija fuesen trasladados a Salamanca. Felizmente regresaba aquella -tarde, para quedar allí de guarnición, Buenaventura Figueroa, mi -más íntimo y querido amigo, y le di instrucciones prolijas sobre -lo que debía de hacer con mis prisioneros en la ciudad y durante -el viaje. Verificose este por la noche en un convoy que se envió a -<i>Roma la chica</i>: no sin trabajo logré un carromato de regular -comodidad, en cuyo interior acomodé a padre e hija, acompañados de -Tribaldos y de buen repuesto de víveres para el viaje. Quise darles -también dinero; mas rehusolo Inés, y a la verdad no lo necesitaban, -porque el Sr. Santorcaz (no sé si lo he dicho), que un año antes -heredara íntegro<span class="pagenum" id="Page_284">p. 284</span> su -patrimonio, poseía regular hacienda, sobrada para su modesto traer.</p> - -<p>Di también a Inés instrucciones para que contribuyese a impedir -nuevas salidas de su infeliz padre al campo de Montiel de las -masónicas aventuras, y ella prometiome con inequívoca seguridad que -le encarcelaría convenientemente sin mortificarle; con lo cual, muy -apenados, nos despedimos los dos: yo por aquella nueva separación, -cuyos límites no sabía, y ella por presentimientos del peligro a que -expuesto quedaba en la terrible campaña emprendida. En esto, y en -escribir a la condesa lo que el lector supone, entretuve gran parte de -las últimas horas del día.</p> - -<p>Partimos al amanecer del siguiente, persiguiendo a los franceses, -que no pararon hasta pasar el Duero por Tordesillas, extendiéndose -hasta Simancas. Allí reforzó Marmont su ejército con la división de -Bonnet, y nosotros le aguardamos en la orilla izquierda, vigilando sus -movimientos. La cuestión era saber por qué sitio quería el francés -pasar el río, para venir al encuentro del ejército aliado, cuyo cuartel -general estaba en La Seca.</p> - -<p>No quería Marmont, como es fácil suponer, darnos gusto, y sin -avisarnos, cosa muy natural también, partió de improviso hacia Toro... -¡En marcha todo el mundo hacia la izquierda, ingleses, españoles, -lusitanos; en marcha otra vez hacia el Guareña y hacia los perversos -pueblos de Babilafuente y Villoria!</p> - -<p>—¡Y a esto llaman hacer la guerra! —decía<span class="pagenum" -id="Page_285">p. 285</span> uno—. Por el mucho ejercicio que hacen, -tienen tan buenas piernas los ingleses. Ahora resultará que Marmont -no acepta tampoco la batalla en el Guareña, y le buscaremos en el -Pisuerga, en el Adaja, o tal vez en el Manzanares, o en el Abroñigal a -las puertas de Madrid.</p> - -<p>Tan solo resultó que después de dos semanas de marchas y -contramarchas, nos encontramos otra vez en las inmediaciones de -Salamanca. Pero lo más gracioso fue cuando bailamos el minueto, como -decíamos los españoles, pues aconteció que ambos ejércitos marcharon -todo un día paralelamente, ellos sobre la izquierda, nosotros sobre la -derecha, viéndonos muy bien a distancia de medio tiro de cañón y sin -gastar un cartucho. Esto pasó no muy lejos de Salamanca; y cuando nos -detuvimos en San Cristóbal, allí eran de ver las burlas motivadas por -la tal maniobra y marcha estratégica, que los chuscos calificaban de -contradanza.</p> - -<p>Desde San Cristóbal quise ir a Salamanca; pero me fue imposible, -porque no se concedían licencias largas ni cortas. Tuve, sin embargo, -el gusto de saber que nada singular había ocurrido en la casa de la -calle del Cáliz durante mi ausencia y las marchas y minuetos del -ejército aliado... En cuanto a Miss Fly (me apresuro a nombrarla porque -oigo una misma pregunta en los labios de cuantos me escuchan), me había -honrado no pocas veces con su encantadora palabra durante los viajes -a Tordesillas, a la Nava y al Guareña; pero<span class="pagenum" -id="Page_286">p. 286</span> siempre en cortas y muy disimuladas -entrevistas, cual si existiese algún desconocido estorbo, algún -impedimento misterioso de su antes ilimitada libertad. En estas breves -entrevistas advertía siempre en ella sin igual dulzura y melancólico -abandono, y además una admiración injustificada hacia mí y hacia todas -mis acciones, aunque fuesen de las más comunes e insignificantes.</p> - -<p>Por lo demás, si las entrevistas pecaban de cortas, eran -frecuentísimas. No hacíamos alto en punto alguno, sin que se me -presentase Athenais, cual mi propia sombra, y recatadamente me hablase, -diciéndome por lo general cosas alambicadas y sutiles, cuando no -melifluas y apasionadas. La más refinada cortesía y un excelente humor -de bromas inspiraban mis contestaciones. Regalábame a cada momento mil -monerías, golosinas o cachivaches de poco valor, que adquiría en los -diversos pueblos de la carrera.</p> - -<p>Entre tanto (suplico a mis oyentes se fijen bien en esto, porque -sirve de lamentable antecedente a uno de los principales contratiempos -de mi vida), yo notaba que no se había disipado entre mis compañeros -ingleses y españoles la infundada sospecha que el viaje de Athenais -a Salamanca despertara. En suma, la Pajarita había vuelto al cuartel -general, y mi buena opinión y fama de caballerosidad continuaban tan -problemáticas como el día que aparecí en Bernuy. En dos ocasiones en -que tuve el alto honor de hablar con el señor duque, experimenté mortal -pena, hallándole,<span class="pagenum" id="Page_287">p. 287</span> -no solo desdeñoso, sino en extremo austero y desapacible conmigo. Los -espejuelos del coronel Simpson despedían rayos olímpicos contra mí, y -en general cuantas personas conocía en las filas inglesas demostraban -de diversos modos poca o ninguna afición a mi honrada persona.</p> - -<p>—Sr. Araceli, Sr. Araceli —me dijo Athenais presentándose de -improviso ante mí el 21 de julio, cuando acabábamos de ocupar el cerro -comúnmente llamado Arapil Chico—, venid a mi lado. Simpson no ha salido -aún de Salamanca. ¿Os ha pasado algo desde ayer que no nos hemos -visto?</p> - -<p>—Nada, señora, no me ha pasado nada. ¿Y a usted?</p> - -<p>—A mí, sí; pero ya os lo contaré más adelante. ¿Por qué me miráis -de ese modo?... Vos también dais en creer, como los demás, que estoy -triste, que estoy pálida, que he cambiado mucho...</p> - -<p>—En efecto, Miss Fly: se me figura que esa cara no es la misma.</p> - -<p>—No me siento bien —dijo con sonrisa graciosa—. No sé lo que -tengo... ¡Ah! ¿no sabéis? Dicen que va a darse una gran batalla.</p> - -<p>—No lo dudo. Los franceses están hacia Cavarrasa. ¿Cuándo será?</p> - -<p>—Mañana... Parece que os alegráis —dijo mostrando un temor femenino -que me sorprendió, conociendo como conocía su varonil arrojo.</p> - -<p>—Y usted también se alegrará, señora. Un alma como la de usted, -para sostenerse a su<span class="pagenum" id="Page_288">p. 288</span> -propia altura, necesita estos espectáculos grandiosos, el inmenso -peligro seguido de la colosal gloria. Nos batiremos, señora, nos -batiremos con el Imperio, con el enemigo común, como dicen en -Inglaterra, y le derrotaremos.</p> - -<p>Athenais no me contestó, como esperaba, con ningún arrebato de -entusiasmo, y la poesía de los romances parecía haberse replegado con -timidez y vergüenza quizás en lo más escondido de su alma.</p> - -<p>—Será una gran batalla y ganaremos —dijo con abatimiento—; pero... -morirá mucha gente. ¿No os ocurre que podéis morir vos?</p> - -<p>—¿Yo?... ¿y qué importa? ¿Qué importa la vida de un miserable -soldado, con tal que quede triunfante la bandera?</p> - -<p>—Es verdad; pero no debéis exponeros... —dijo con cierta emoción—. -Dicen que la división española no se batirá.</p> - -<p>—Señora, no conozco a usted; no es usted Miss Fly.</p> - -<p>—Voy creyendo lo que decís —afirmó clavando en mí los dulces ojos -azules—; voy creyendo que no soy yo Miss Fly... Oíd bien, Araceli, -lo que voy a deciros. Si no entráis en fuego mañana, como espero, -avisádmelo... Adiós, adiós.</p> - -<p>—Pero aguarde usted un momento, Miss Fly —dije procurando -detenerla.</p> - -<p>—No, no puedo. Sois muy indiscreto... Si supiérais lo que dicen... -Adiós, adiós.</p> - -<p>Dando algunos pasos hacia ella, la llamé repetidas veces; mas -en el mismo instante vi un coche o silla de postas que se paraba -delante<span class="pagenum" id="Page_289">p. 289</span> de mí en -mitad del camino; vi que por la portezuela aparecía una cara, una mano, -un brazo... ¡Si era la condesa!... ¡Dios poderoso, qué inmensa alegría! -Era la condesa que detenía su coche delante de mí, que me buscaba con -la vista, que me llamaba con un lindo gesto, que iba a decir sin duda -dulcísimas cosas. Corrí hacia ella loco de alegría.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch32"> - <h2 class="nobreak g0">XXXII</h2> -</div> - -<p>Antes de referir lo que hablamos, conviene que diga algo del lugar y -momento en que tales hechos pasaban, porque una cosa y otra interesan -igualmente a la historia y a la relación de los sucesos de mi vida que -voy refiriendo. El 21 por la tarde pasamos el Tormes, los unos por el -puente de Salamanca, los otros por los vados inmediatos. Los franceses, -según todas las conjeturas, habían pasado el mismo río por Alba de -Tormes, y se encontraban al parecer en los bosques que hay más allá de -Cavarrasa de Arriba. Formamos nosotros una no muy extensa línea, cuya -izquierda se apoyaba junto al vado de Santa Marta, y la derecha en el -Arapil Chico, junto al camino de Madrid. Una pequeña división inglesa -con algunas tropas ligeras ocupaba el lugar de Cavarrasa de Abajo, -punto el más avanzado de la línea anglo hispano-portuguesa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_290">p. 290</span>En la falda -del Arapil Chico, y al borde del camino, fue donde se me apareció -Athenais, que volvía a caballo de Cavarrasa, y pocos instantes después -la señora condesa, mi adorada protectora y amiga. Corrí hacia ella, -como he dicho, y con la más viva emoción besé sus hermosas manos, -que aún asomaban por la portezuela. El inmenso gozo que experimenté -apenas me dejó articular otras voces que las de «Madre y señora mía», -voces en que mi alma, con espontaneidad y confianza sumas, esperaba -iguales manifestaciones cariñosas de parte de ella. Mas, con amargura y -asombro, advertí en los ojos de la condesa desdén, enojo, ira, ¡qué sé -yo!... una severidad inexplicable que me dejó absorto y helado.</p> - -<p>—¿Y mi hija? —preguntó con sequedad.</p> - -<p>—En Salamanca, señora —repuse—. No podría usted llegar más a tiempo. -Tribaldos, mi asistente, acompañará a usted. Ha sido casualidad que nos -hayamos encontrado aquí.</p> - -<p>—Ya sabía que estabas en este sitio que llaman el Arapil Chico -—me dijo con el mismo tono severo, sin una sonrisa, sin una mirada -cariñosa, sin un apretón de manos—. En Cavarrasa de Abajo, donde me -detuve un instante, encontré a Sir Thomas Parr, el cual me dijo dónde -estabas, con otras cosas acerca de tu conducta, que me han causado -tanto asombro como indignación.</p> - -<p>—¡Acerca de mi conducta, señora! —exclamé con dolor tan vivo como -si una hoja de acero penetrara en mi corazón—. Yo creía que<span -class="pagenum" id="Page_291">p. 291</span> en mi conducta no había -nada que pudiera desagradar a usted.</p> - -<p>—Conocí en Cádiz a Sir Thomas Parr, y es un caballero incapaz de -mentir —añadió ella con indecible resplandor de ira en los ojos, que -tanta ternura habían tenido en otro tiempo para mí—. Has seducido a una -joven inglesa; has cometido una iniquidad, una violencia, una acción -villana.</p> - -<p>—¡Yo, señora, yo!... ¿Este hombre honrado que ha dado tantas pruebas -de su lealtad?... ¿Este hombre ha hecho tales maldades?</p> - -<p>—Todos lo dicen... No me lo ha dicho solo Sir Thomas Parr, sino -otros muchos: me lo dirá también Wellesley.</p> - -<p>—Pues si Wellesley lo afirmara —repliqué con desesperación—; si -Wellesley lo afirmara, yo le diría...</p> - -<p>—Que miente...</p> - -<p>—No: el primer caballero de Inglaterra, el primer general de Europa, -no puede mentir; es imposible que el Duque diga semejante cosa.</p> - -<p>—Hay hechos que no pueden disimularse —añadió con pena—, que no -pueden desfigurarse. Dicen que la persona agraviada se dispone a pedir -que se te obligue al cumplimiento de las leyes inglesas sobre el -matrimonio.</p> - -<p>Al oír esto, una hilaridad expansiva y una terrible indignación -cruzaron sus diversos efectos en mi alma, como dos rayos que se -encuentran al caer sobre un mismo objeto, y por un instante se lo -disputan. Me reí y estuve a punto de llorar de rabia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_292">p. 292</span>—Señora, me han -calumniado. Es falso, es mentira que yo... —grité introduciendo por la -portezuela del coche, primero la cabeza y después medio cuerpo—. Me -volveré loco si usted, si esta persona a quien respeto y adoro, a quien -no podré jamás engañar, da valor a tan infame calumnia.</p> - -<p>—¿Conque es calumnia?... —dijo con verdadero dolor—. Jamás lo -hubiera creído en ti... Vivimos para ver cosas horribles... Pero dime, -¿veré a mi hija en seguida?</p> - -<p>—Repito que es falso. Señora, me está usted matando; me impulsará -usted a extremos de locura, de desesperación.</p> - -<p>—¿Nadie me estorbará que la recoja, que la lleve conmigo? —preguntó -con afán y sin hacer caso del frenesí que me dominaba—. Que venga -tu asistente. No puedo detenerme. ¿No decías en tu carta que todo -estaba arreglado? ¿Ha muerto ese verdugo? ¿Está mi hija sola?... ¿Me -espera?... ¿Puedo llevármela?... Responde.</p> - -<p>—No sé, señora; no sé nada; no me pregunte usted nada —dije -confundido y absorto—. Desde el momento en que usted duda de mí...</p> - -<p>—Y mucho... ¿En quién puede tenerse confianza?... Déjame seguir... -Tú ya no eres el mismo para mí.</p> - -<p>—¡Señora, señora, no me diga usted eso, porque me muero! —exclamé -con inmensa aflicción.</p> - -<p>—Bueno: si eres inocente, tiempo tienes de probármelo.</p> - -<p>—No... no... Mañana se da una gran batalla.<span class="pagenum" -id="Page_293">p. 293</span> Puedo morir. Moriré irritado y me -condenaré... ¡Mañana! ¡Sabe Dios dónde estaré mañana! Usted va a -Salamanca, verá y hablará a su hija; entre las dos fraguarán una red -de sospechas y falsos supuestos, donde se enmarañe para siempre la -memoria del infeliz soldado, que agonizará quizás dentro de algunas -horas en este mismo sitio donde nos encontramos. Es posible que no nos -veamos más... Estamos en un campo de batalla. ¿Distingue usted aquellos -encinares que hay hacia abajo? Pues allí detrás están los franceses. -¡Cuarenta y siete mil hombres, señora! Mañana este sitio estará -cubierto de cadáveres. Dirija usted la vista por estos contornos. -¿Ve usted esa juventud de tres naciones? ¿Cuántos de estos tendrán -vida mañana? Me creo destinado a perecer, a perecer rabiando, porque -precipitará y amargará mi muerte la idea de haber perdido el amor da -las dos personas a quienes he consagrado mi vida.</p> - -<p>Mis palabras, ardientes como la voz de la verdad, hicieron algún -efecto en la condesa, y la observé suspensa y conmovida. Tendió la -vista por el campo, ocupado por tanta tropa, y luego cubriose el rostro -con las manos, dejándose caer en el fondo del coche.</p> - -<p>—¡Qué horror! —dijo—. ¡Una batalla! ¿No tienes miedo?</p> - -<p>—Más miedo tengo a la calumnia.</p> - -<p>—Si pruebas tu inocencia, creeré que he recobrado un hijo -perdido.</p> - -<p>—Sí, sí, lo recobrará usted —afirmé—. ¿Pero no basta que yo lo -diga, no basta mi palabra?...<span class="pagenum" id="Page_294">p. -294</span> ¿Nos conocemos de ayer? ¡Oh! Si a Inés se le dijera lo que a -usted han dicho, no lo creería. Su alma generosa me habría absuelto sin -oírme.</p> - -<p>Una voz gritó:</p> - -<p>—¡Ese coche, adelante o atrás!</p> - -<p>—Adiós —dijo la condesa—, me echan de aquí.</p> - -<p>—Adiós, señora —respondí con profunda tristeza—. Por si no nos vemos -más, nunca más, sepa usted que en el último día de mi vida conservo, -como un tesoro, los sentimientos de que he hecho gala en todos los -instantes de mi vida ante usted y ante otra persona que a entrambos -nos es muy cara. Agradezco a usted, hoy como ayer, el amor que me ha -mostrado, la confianza que ha puesto en mí, la dignidad que me ha -infundido, la elevación que ha dado a mi conciencia... No quiero dejar -deudas... Si no nos vemos más...</p> - -<p>El coche partió, obligado a ello por una batería, a la cual era -forzoso ceder el paso. Cuando dejé de ver a la condesa, llevaba ella el -pañuelo a los ojos para ocultar sus lágrimas.</p> - -<p>Sofocado y aturdido por la pena angustiosa que llenaba mi alma, no -reparé que el cuartel general venía por el camino adelante en dirección -al Arapil Chico. El Duque y los de su comitiva echaron pie a tierra en -la falda del cerro, dirigiendo sus miradas hacia Cavarrasa de Arriba. -Llamó el Lord a los oficiales del regimiento de Ibernia, uno de los -establecidos allí, y habiéndome presentado yo el primero, me dijo:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_295">p. 295</span>—¡Ah! Es usted el -caballero Araceli...</p> - -<p>—El mismo, mi general —contesté—, y si Vuecencia me permite en esta -ocasión hablar de un asunto particular, le suplicaré que haga luz sin -pérdida de tiempo sobre las calumnias que pesan sobre mí después de mi -viaje a Salamanca. No puedo soportar que se me juzgue con ligereza, por -las hablillas de gente malévola.</p> - -<p>Lord Wellington, ocupado sin duda con asunto más grave, apenas me -hizo caso. Después de registrar rápidamente todo el horizonte con su -anteojo, me dijo casi sin mirarme:</p> - -<p>—Sr. Araceli, solo puedo contestar a usted que estoy decidido a que -la Gran Bretaña sea respetada.</p> - -<p>Como yo no había dejado nunca de respetar a la Gran Bretaña, ni -a las demás potencias europeas, aquel concepto, que encerraba sin -duda una amenaza, me desconcertó un poco. Los oficiales generales que -rodeaban al Duque, trabaron con él coloquio muy importante sobre el -plan de batalla. Pareciéronme entonces inoportunas y aun ridículas mis -reclamaciones, por lo cual, un poco turbado, contesté de este modo:</p> - -<p>—¡La Gran Bretaña! No deseo otra cosa que morir por ella.</p> - -<p>—Brigadier Pack —dijo vivamente Wellington a uno de los que le -acompañaban—, en la ayudantía del 23 de línea, que está vacante, ponga -usted a este joven español, que desea morir por la Gran Bretaña.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_296">p. 296</span>—Por la gloria y -honor de la Gran Bretaña —repetí.</p> - -<p>El brigadier Pack me honró con una mirada de protectora simpatía.</p> - -<p>—La desesperación —me dijo luego Wellington—, no es la principal -fuente del valor; pero me alegraré de ver mañana al Sr. de Araceli en -la cumbre del Arapil Grande. Señor D. José Olawlor —añadió dirigiéndose -a su íntimo amigo, que le acompañaba—, creo que los franceses se están -disponiendo para adelantársenos mañana a ocupar el Arapil Grande.</p> - -<p>El Duque manifestó cierta inquietud, y por largo tiempo su anteojo -exploró los lejanos encinares y cerros hacia Levante. Poco se veía ya, -porque vino la noche. Los cuerpos de ejército seguían moviéndose para -ocupar las posiciones dispuestas por el General en Jefe, y me separé de -mis compañeros de Ibernia y de la división española.</p> - -<p>—Nosotros —me dijo España—, vamos al lugar de Torres, en la extrema -derecha de la línea, más bien para observar al enemigo que para -atacarle. ¡Plan admirable! El general Picton y el portugués d’Urban -parece que están encargados de guardar el paso del Tormes, de modo que -la situación de los franceses no puede ser más desventajosa. No falta -más que ocupar el Arapil Grande.</p> - -<p>—De eso se trata, mi general. La brigada Pack, a la cual desde -hace un momento pertenezco, amanecerá mañana con la ayuda de Dios -en la ermita de Santa María de la Peña,<span class="pagenum" -id="Page_297">p. 297</span> y después... Así lo exige el honor de la -Gran Bretaña.</p> - -<p>—Adiós, mi querido Araceli; pórtate bien.</p> - -<p>—Adiós, mi querido general. Saludo a mis compañeros desde la cumbre -del Arapil Grande.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch33"> - <h2 class="nobreak g0">XXXIII</h2> -</div> - -<p>¡El Arapil Grande! Era la mayor de aquellas dos esfinges de tierra, -levantadas la una frente a la otra, mirándose y mirándonos. Entre las -dos debía desarrollarse al día siguiente uno de los más sangrientos -dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron -por última vez las trompas épicas del Imperio. A un lado y otro del -lugar llamado de Arapiles se elevaban los dos célebres cerros, pequeño -el uno, grande el otro. El primero nos pertenecía; el segundo no -pertenecía a nadie en la noche del 21. No pertenecía a nadie por lo -mismo que era la presa más codiciada; y el leopardo de un lado y el -águila del otro le miraban con anhelo, deseando tomarlo y temiendo -tomarlo. Cada cual temía encontrarse allí al contrario en el momento de -poner la planta sobre la preciosa altura.</p> - -<p>A la derecha del Arapil Grande, y más cerca de nuestra línea, estaba -Huerta, y a la izquierda, en punto avanzado, formando el vértice<span -class="pagenum" id="Page_298">p. 298</span> de la cuña, Cavarrasa de -Arriba. El de Abajo, mucho más distante, y a espaldas del Gran Arapil, -estaba en poder de los franceses.</p> - -<p>La noche era como de julio, serena y clara. Acampó la brigada -Pack en un llano, para aguardar el día. Como no se permitía encender -lumbre, los pobrecitos ingleses tuvieron que comer carne fría; pero las -mujeres, que en esto eran auxiliares poderosos de la milicia británica, -traían de Aldea-Tejada y aun de Salamanca fiambres muy bien aderezados, -que con el ron abundante devolvieron el alma a aquellos desmadejados -cuerpos. Las mujeres (y no bajaban de veinte las que vi en la brigada) -departían con sus esposos cariñosamente, y según pude entender, -rezaban o se fortalecían el espíritu con recuerdos de la Verde Erin -y de la bella Escocia. Gran martirio era para los <i>highlanders</i> -que no se les consintiera en aquel sitio tocar la gaita entonando las -melancólicas canciones de su país; y formaban animados corrillos, -en los cuales me metí bonitamente, para tener el extraño placer de -oírles sin entenderles. Érame en extremo agradable ver la conformidad -y alegría de aquella gente, transportada tan lejos de su patria, -sostenida en su deber y conducida al sacrificio por la fe de la patria -misma... Yo escuchaba con delicia sus palabras, y aun entendiendo -muy poco de ellas, creí comprender el espíritu de las ardientes -conversaciones. Un escocés fornido, alto, hermoso, de cabellos rubios -como el oro y de mejillas sonrosadas como una doncella, levantose -al ver que me acercaba al corrillo, y en<span class="pagenum" -id="Page_299">p. 299</span> chapurrado lenguaje, mitad español, mitad -portugués, me dijo:</p> - -<p>—Señor oficial español, dignaos honrarnos aceptando este pedazo de -carne y este vaso de ron, y brindemos a la salud de España y de la -vieja Escocia.</p> - -<p>—¡A la salud del Rey Jorge III! —exclamé aceptando sin vacilar el -obsequio de aquellos valientes.</p> - -<p>Sonoros <i>hurras</i> me contestaron.</p> - -<p>—El hombre muere y las naciones viven —dijo dirigiéndose a mí otro -escocés que llevaba bajo el brazo el enorme pellejo henchido de una -zampoña—. ¡<i>Hurra</i> por Inglaterra! ¡Qué importa morir! Un grano -de arena que el viento lleva de aquí para allá, no significa nada en -la superficie del mundo. Dios nos está mirando, amigos, por los bellos -ojos de la madre Inglaterra.</p> - -<p>No pude menos de abrazar al generoso escocés, que me estrechó contra -su pecho, diciendo:</p> - -<p>—¡Viva España!</p> - -<p>—¡Viva Lord Wellington! —grité yo.</p> - -<p>Las mujeres lloraban, charlando por lo bajo. Su lenguaje, -incomprensible para mí, me pareció un coro de pájaros picoteando -alrededor del nido.</p> - -<p>Los escoceses se distinguían por el pintoresco traje de cuadros -rojos y negros, la pierna desnuda, las hermosas cabezas ossiánicas -cubiertas con el sombrero de piel, y el cinto adornado con la guedeja -que parecía cabellera, arrancada del cráneo del vencedor en las -salvajes<span class="pagenum" id="Page_300">p. 300</span> guerras -septentrionales. Mezclábanse con ellos los ingleses, cuyas casacas -rojas les hacían muy visibles a pesar de la oscuridad. Los oficiales, -envueltos en capas blancas y cubiertos con los sombreritos picudos y -emplumados, nada airosos por cierto, semejaban pájaros zancudos de -anchas alas y movible cresta.</p> - -<p>Con las primeras luces del día, la brigada se puso en marcha hacia -el Arapil Grande. A medida que nos acercábamos, más nos convencíamos -de que los franceses se nos habían anticipado, por hallarse en -mejores condiciones para el movimiento, a causa de la proximidad de -su línea. El brigadier distribuyó sus fuerzas, y las guerrillas se -desplegaron. Los ojos de todos fijábanse en la ermita situada como a -la mitad del cerro, y en las pocas casas dispersas, únicos edificios -que interrumpían a larguísimos trechos la soledad y desnudez del -paisaje.</p> - -<p>Subieron algunas columnas sin tropiezo alguno, y llegábamos como a -100 varas de Santa María de la Peña, cuando la ondulación del terreno, -descendiendo a nuestros ojos a medida que adelantábamos, nos dejó ver, -primero una línea de cabezas, luego una línea de bustos, después los -cuerpos enteros. Eran los franceses. El sol naciente, que aparecía a -espaldas de nuestros enemigos, nos deslumbraba, siendo causa de que los -viésemos imperfectamente. Un murmullo lejano llegó a nuestros oídos, y -del lado acá también los escoceses profirieron algunas palabras: no fue -preciso más para que<span class="pagenum" id="Page_301">p. 301</span> -brotase la chispa eléctrica. Rompiose el fuego. Las guerrillas lo -sostenían, mientras algunos corrieron a ocupar la ermita.</p> - -<p>Precedía a esta un patio, semejante a un cementerio. Entraron en él -los ingleses; pero los imperiales, que se habían colado por el ábside, -dominaron pronto lo principal del edificio con los anexos posteriores; -así es que aún no habían forzado la puerta los nuestros, cuando ya les -hacían fuego desde la espadaña de las campanas y desde la claraboya -abierta sobre el pórtico.</p> - -<p>El brigadier Pack, uno de los hombres más valientes, más serenos y -más caballerosos que he conocido, arengó a los <i>highlanders</i>. El -coronel que mandaba el 3.º de cazadores, arengó a los suyos, y todos -arengaron, en suma, incluso yo, que les hablé en español el lenguaje -más apropiado a las circunstancias. Tengo la seguridad de que me -entendieron.</p> - -<p>El 23 de línea no había entrado en el patio, sino que flanqueaba la -ermita por su izquierda, observando si venían más fuerzas francesas. -En caso contrario, la partida era nuestra, por la sencilla razón de -que éramos más hasta entonces. Pero no tardó en aparecer otra columna -enemiga. Esperarla, darle respiro, es decir, aparentar, siquiera fuese -por un momento, que se la temía, habría sido renunciar de antemano a -toda ventaja.</p> - -<p>—¡A ellos! —grité a mi coronel.</p> - -<p>—<i>¡All right!</i> —exclamó este.</p> - -<p>Y el 23 de línea cayó como una avalancha sobre la columna francesa. -Trabose un vivo<span class="pagenum" id="Page_302">p. 302</span> -combate cuerpo a cuerpo; vacilaron un poco nuestros ingleses, porque el -empuje de los enemigos era terrible en el primer momento; pero tornando -a cargar con aquella constancia imperturbable que, si no es el heroísmo -mismo, es lo que más se le parece, toda la ventaja estuvo pronto de -nuestra parte. Retiráronse en desorden los imperiales, o mejor dicho, -variaron de táctica, dispersándose en pequeños grupos, mientras les -venían refuerzos. Habíamos tenido pérdidas casi iguales en uno y otro -lado, y bastantes cuerpos yacían en el suelo; pero aquello no era -nada todavía: un juego de chicos, un prefacio inocente que casi hacía -reír.</p> - -<p>Nuestra desventaja real consistía en que ignorábamos la fuerza -que podían enviar los franceses contra nosotros. Veíamos enfrente el -espeso bosque de Cavarrasa, y nadie sabía lo que se ocultaba bajo aquel -manto de verdura. ¿Serán muchos, serán pocos? Cuando la intuición, -la inspiración o el genio zahorí de los grandes capitanes no sabe -contestar a estas preguntas, la ciencia militar está muy expuesta a -resultar vana y estéril como jerga de pedantes. Mirábamos al bosque, -y el oscuro ramaje de las encinas no nos decía nada. No sabíamos leer -en aquella verdinegra superficie, que ofrecía misteriosos cambiantes -de color y de luz, fajas movibles y oscilantes signos en su vasta -extensión. Era una masa enorme de verdura, un monstruo chato y horrible -que se aplanaba en la tierra con la cabeza gacha y las alas extendidas, -empollando quizás bajo ellas innumerables guerreros.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_303">p. 303</span>Al ver en retirada -la segunda columna francesa, mandó Pack redoblar la tentativa contra -la ermita, y los <i>highlanders</i> intentaron asaltarla por distintos -puntos, lo cual hubiera sido fácil si al sonar los primeros tiros no -ocurriese del lado del bosque algo de particular. Creeríase que el -monstruo se movía; que alzaba una de las alas; que echaba de sí un -enjambre de homúnculos, los cuales distinguíanse allá lejos al costado -de la madre, pequeños como hormigas. Luego iban creciendo, íbanse -acercando... de pigmeos tornábanse en gigantes; lucían sus cascos; sus -espadas semejaban rayos flamígeros; subían en ademán amenazador columna -tras columna, hombre tras hombre.</p> - -<p>El coronel me miró y nos miramos los jefes todos sin decirnos nada. -Con la presteza del buen táctico, Pack, sin abandonar el asedio de la -ermita, nos mandó más gente y esperamos tranquilos. El bosque seguía -vomitando gente.</p> - -<p>—Es preciso combatir a la defensiva —dijo el coronel.</p> - -<p>—A la defensiva, sí. ¡Viva Inglaterra!</p> - -<p>—¡Viva el Emperador! —repitieron los ecos allá lejos.</p> - -<p>—¡Ingleses, la Inglaterra os mira!</p> - -<p>El clamor que antes nos contestara de lejos diciendo: ¡viva el -Emperador! resonó con más fuerza. El animal se acercaba y su feroz -bramido infundía zozobra.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch34"> - <p><span class="pagenum" id="Page_304">p. 304</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXXIV</h2> -</div> - -<p>Ocupáronse al instante unas casas viejas y unos tejares que había -como a sesenta varas a un lado y otro de la ermita, estableciéndose -imaginaria línea defensiva, cuyo único apoyo material era una depresión -del terreno, una especie de zanja sin profundidad que parecía marcar -el linde entre dos heredades. Si yo hubiera mandado toda la fuerza -del brigadier Pack, habría intentado jugar el todo por el todo y -desconcertar al enemigo antes que embistiera; pero los ingleses -no hacían nunca estas locuras, que salen bien una vez y veinte se -malogran. Por el contrario, Pack dispuso sus fuerzas a la defensiva; -con ojo admirable y rápido se hizo cargo de todos los accidentes del -terreno, de las suaves ondulaciones del cerro por aquella parte, del -peñón aislado, del árbol solitario, de la tapia ruinosa, y todo lo -aprovechó.</p> - -<p>Llegaron los franceses. Nos miraban desde lejos con recelo, nos -olían, nos escuchaban.</p> - -<p>¿Habéis visto a la cigüeña alargar el cuello a un lado y otro, de -tal modo que no se sabe si mira o si oye, sostenerse en un pie, alzando -el otro con intento de no fijarlo en tierra hasta no hallar suelo -seguro? Pues así<span class="pagenum" id="Page_305">p. 305</span> se -acercaban los franceses. Entre nosotros, algunos reían.</p> - -<p>No puedo dar idea del silencio que reinaba en las filas en aquel -momento. ¿Eran soldados en acecho o monjes en oración?... Pero -instantáneamente la cigüeña puso los dos pies en tierra. Estaba en -terreno firme. Sonaron mil tiros a la vez, y se nos vino encima una -oleada humana compuesta de bayonetas, de gritos, de patadas, de -ferocidades sin nombre.</p> - -<p>—¡Fuego! ¡muerte! ¡sangre! ¡canallas! —tales son las palabras -con que puedo indicar, por lo poco que entendía, aquella algazara -de la indignación inglesa, que mugía en torno mío; un concierto de -articulaciones guturales, un graznido al mismo tiempo discorde y -sublime como de mil celestiales loros y cotorras charlando a la vez.</p> - -<p>Yo había visto cosas admirables en soldados españoles y franceses, -tratándose de atacar; pero no había visto nada comparable a los -ingleses tratando de resistir. Yo no había visto que las columnas -se dejaran acuchillar. El viejo tronco inerte no recibe con tanta -paciencia el golpe de la segur que lo corta, como aquellos hombres -la bayoneta que los destrozaba. Repetidas veces rechazaron a los -franceses, haciéndoles correr mucho más allá de la ermita. Había gente -para todo: para morir resistiendo, y para matar empujando. Por momentos -parecía que les rechazábamos definitivamente; pero el bosque, sacando -de debajo de su plumaje nuevas empolladuras de gente, nos ponía en -desventaja numérica, pues si<span class="pagenum" id="Page_306">p. -306</span> bien del Arapil Chico venían a ayudarnos algunas compañías, -no eran en número suficiente.</p> - -<p>La mortandad era grande por un lado y por otro, más por el nuestro, -y a tanto llegó, que nos vimos en gran apuro para retirar los muchos -muertos y heridos que imposibilitaban los movimientos. El combate se -suspendía y se trababa en cortos intervalos. No retrocedíamos ni una -línea; pero tampoco avanzábamos, y habíamos abandonado el patio de la -ermita por ser imposible sostenerse allí. Las casas de labor y tejares -sí eran nuestros, y no parecían los <i>highlanders</i> dispuestos -a dejárselos quitar; pero esta serie de ventajas y desventajas que -equilibraba las dos potencias enemigas; este contrapeso sostenido a -fuerza de arrojo, no podía durar mucho. Que los franceses enviasen -gente; que, por el contrario, las enviase Lord Wellington, y la -cuestión había de decidirse pronto; que la enviasen los dos al mismo -tiempo, y entonces... solo Dios sabía el resultado.</p> - -<p>El brigadier Pack me llamó, diciéndome:</p> - -<p>—Corred al cuartel general y decid al Lord lo que pasa.</p> - -<p>Monté a caballo, y a todo escape me dirigí al cuartel general. -Cuando bajaba la pendiente en dirección a las líneas del ejército -aliado, distinguí muy bien las masas del ejército francés moviéndose -sin cesar; pero entre el centro de uno y otro ejército no se disparaba -aún ni un solo tiro. Todo el interés estaba todavía en aquella apartada -escena del Arapil Grande;<span class="pagenum" id="Page_307">p. -307</span> en aquello que parecía un detalle insignificante, un -capricho del genio militar que a la sazón meditaba la gran batalla.</p> - -<p>Cuando pasé junto a los diversos cuerpos de la línea aliada, llamó -mi atención verles quietos y tranquilos esperando órdenes mano sobre -mano. No había batalla; es más, no parecía que iba a haber batalla, -sino simulacro. Pero los jefes, todos en pie sobre las elevaciones -del terreno, sobre los carros de municiones y aun sobre las cureñas, -observaban, ayudados de sus anteojos, la peripecia del Arapil Grande, -junto a la ermita.</p> - -<p>—¿Por qué toda esta gente no corre a ayudar al brigadier Pack? —me -preguntaba yo lleno de confusiones.</p> - -<p>Era que ni Wellington ni Marmont querían aparentar gran deseo de -ocupar el Arapil Grande, por lo mismo que uno y otro consideraban -aquella posición como la clave de la batalla. Marmont fingía -movimientos diversos para desconcertar a Wellington; amenazaba correr -hacia el Tormes para que el ojo imperturbable del capitán inglés se -apartase del Arapil; luego afectaba retirarse como si no quisiera -librar batalla, y en tanto Wellington, quieto, inmutable, sereno, -atento, vigilante, permanecía en su puesto observando las evoluciones -del francés, y sostenía con poderosa mano las mil riendas de aquel -ejército que quería lanzarse antes de tiempo.</p> - -<p>Marmont quería engañar a Wellington; pero Wellington no solo quería -engañar, sino que estaba engañando a Marmont. Este se movía<span -class="pagenum" id="Page_308">p. 308</span> para desconcertar a su -enemigo, y el inglés, atento a las correrías del otro, espiaba la -más ligera falta del francés para caerle encima. Al mismo tiempo, -afectaba no hacer caso del Arapil Grande, y colocó bastantes tropas -en la derecha del Tormes para hacer creer que allí quería poner todo -el interés de la batalla. En tanto, tenía dispuestas fuerzas enormes -para un caso de apuro en el gran cerro. Pero ese caso de apuro, según -él, no había llegado todavía, ni llegaría mientras hubiera carne viva -en Santa María de la Peña. Eran las diez de la mañana, y fuera de la -breve acción que he descrito, los dos ejércitos no habían disparado un -tiro.</p> - -<p>Cuando atravesé las filas, muchos jefes, apostados en distintos -puntos, me dirigían preguntas a que era imposible contestar; y cuando -llegué al cuartel general, vi a Wellington a caballo, rodeado de -multitud de generales.</p> - -<p>Antes de acercarme a él, ya había dicho yo expresivamente con el -gesto, con la mirada:</p> - -<p>—No se puede.</p> - -<p>—¡Qué no se puede! —exclamó con calma imperturbable, después que -verbalmente le manifesté lo que pasaba allá.</p> - -<p>—Dominar el Arapil Grande.</p> - -<p>—Yo no he mandado a Pack que dominara el Arapil Grande, porque -es imposible —replicó—. Los franceses están muy cerca, y desde ayer -tienen hechos mil preparativos para disputarnos esa posición, aunque lo -disimulan.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_309">p. 309</span>—Entonces...</p> - -<p>—Yo no he mandado a Pack que dominase por completo el cerro, -sino que impidiese a los franceses que se establecieran allí -definitivamente. ¿Se establecerán? ¿No existen ya el 23 de línea, ni el -3.º de cazadores, ni el 7.º de <i>highlanders</i>?</p> - -<p>—Existen... un poco todavía, mi general.</p> - -<p>—Con las fuerzas que han ido después basta para el objeto, que es -resistir, nada más que resistir. Basta con que ni un francés pise la -vertiente que cae hacia acá. Si no se puede dominar la ermita, no creo -que falte gente para entretener al enemigo unas cuantas horas.</p> - -<p>—En efecto, mi general —dije—. Por muy a prisa que se muera, -ochocientos cuerpos dan mucho de sí. Se puede conservar hasta el -mediodía lo que poseemos.</p> - -<p>Cuando esto decía, atendiendo más a las lejanas líneas enemigas que -a mí, observé en él un movimiento súbito; volviose al general Álava que -estaba a su lado, y dijo:</p> - -<p>—Esto cambia de repente. Los franceses extienden demasiado su línea. -Su derecha quiere envolverme...</p> - -<p>Una formidable masa de franceses se extendía hacia el Tormes, -dejando un claro bastante notable entre ella y Cavarrasa. Era necesario -ser ciego para no comprender que por aquel claro, por aquella juntura -iba a introducir su terrible espada hasta la empuñadura el genio del -ejército aliado.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch35"> - <p><span class="pagenum" id="Page_310">p. 310</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXXV</h2> -</div> - -<p>El cuartel general retrocedió, diéronse órdenes, corrieron los -oficiales de un lado para otro, resonó un murmullo elocuente en -todo el ejército, avanzaron los cañones, piafaron los caballos. -Sin esperar más, corrí al Arapil para anunciar que todo cambiaba. -Veíanse oscilar las líneas de los regimientos, y los reflejos de las -bayonetas figuraban movibles ondas luminosas; los cuerpos de ejército -se estremecían conmovidos por las palpitaciones íntimas de ese miedo -singular que precede siempre al heroísmo. La respiración y la emoción -de tantos hombres daba a la atmósfera no sé qué extraño calor. El aire -ardiente y pesado no bastaba para todos.</p> - -<p>Las órdenes transmitidas con rapidez inmensa llevaban en sí el -pensamiento del General en Jefe. Todos lo adivinamos en virtud de -la extraña solidaridad que en momentos dados se establece entre la -voluntad y los miembros, entre el cerebro que piensa y las manos que -ejecutan. El plan era precipitar el centro contra el claro de la línea -enemiga, y al mismo tiempo arrojar sobre el Arapil Grande toda la -fuerza de la derecha, que hasta entonces había permanecido en el llano -en actitud expectativa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_311">p. 311</span>Hallábame cerca del -lugar de partida cuando un estrépito horrible hirió mis oídos. Era la -artillería de la izquierda enemiga, que tronaba contra el gran cerro. -Le atacaba con empuje colosal. Nuestra derecha, compuesta de valientes -cuerpos de ejércitos, subía en el mismo instante a sacar de su aprieto -a los incomparables <i>highlanders</i>, 23 de línea y 3.º de ligeros, -cuyas proezas he descrito.</p> - -<p>Pasé por entre la quinta división, al mando del general Leith, que -desde el pueblo de los Arapiles marchaba al cerro; pasé por entre la -tercera división, mandada por el mayor general Packenham, la caballería -del general d’Urban y los dragones del décimocuarto regimiento, que -iban en cuatro columnas a envolver la izquierda del enemigo en la -famosa altura; y vi desde lejos la brigada del general Bradford, la -de Cole y la caballería de Stapleton Cotton, que marchaban en otra -dirección contra el centro enemigo; distinguí asimismo a lo lejos a mis -compañeros de la división española formando parte de la reserva mandada -por Hope.</p> - -<p>La ermita antes nombrada no coronaba el Arapil Grande, pues había -alturas mucho mayores. Era en realidad aquella eminencia irregular y -escalonada, y si desde lejos no lo parecía, al aventurarse en ella -hallábanse grandes depresiones del terreno, ondulaciones, pendientes, -ora suaves, ora ásperas, y suelo de tierra ligeramente pedregoso.</p> - -<p>Los franceses, desde el momento en que creyeron oportuno no -disimular su pensamiento, aparecieron por distintos puntos y -ocuparon<span class="pagenum" id="Page_312">p. 312</span> la parte más -alta y sitios eminentes, amenazando de todos ellos las escasas fuerzas -que operaban allí desde por la mañana. La primera división que rompió -el fuego contra el enemigo fue la de Packenham, que intentó subir y -subió por la vertiente que cae al pueblo. Sostúvole la caballería -portuguesa de Urban; pero sus progresos no fueron grandes, porque los -franceses, que acababan de salir del bosque, habían tomado posiciones -en lo más alto, y aunque la pendiente era suave, dábales bastante -ventaja.</p> - -<p>Cuando llegué a las inmediaciones de la ermita, el brigadier Pack no -había perdido una línea de sus anteriores posiciones; pero sus bravos -regimientos estaban reducidos a menos de la mitad. El general Leith -acababa de llegar con la quinta división, y el aspecto de las cosas -había cambiado completamente, porque si el enemigo enviaba numerosas -fuerzas a la cumbre del cerro, nosotros no le íbamos en zaga en número -ni en bravura.</p> - -<p>Pero no había tiempo que perder. Era preciso arrojar hombres y más -hombres sobre aquel montón de tierra, despreciando los fuegos de la -artillería francesa, que nos cañoneaba desde el bosque, aunque sin -hacernos gran daño. Era preciso echar a los franceses de Santa María -de la Peña, y después seguir subiendo, subiendo hasta plantar los -pabellones ingleses en lo más alto del Arapil Grande.</p> - -<p>—El refuerzo ha venido casi antes que la contestación —dije al -brigadier Pack—. ¿Qué debo hacer?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_313">p. 313</span>—Tomar el mando -del 23 de línea, que ha quedado sin jefes. ¡Arriba, siempre arriba! Ya -veo lo que tenemos que hacer. Sostenernos aquí, atraer el mayor número -posible de tropas enemigas, para que Cole y Bradford no hallen gran -resistencia en el centro. Esta es la llave de la batalla. ¡Arriba, -siempre arriba!</p> - -<p>Los franceses parecían no dar ya gran importancia a Santa María -de la Peña, y coronaron la altura. Las columnas, escalonadas con -gran arte, nos esperaban a pie firme. Allí no había posibilidad -de destrozarlas con la caballería, ni de hacerles gran daño con -los cañones, situados a mucha distancia. Era preciso subir a pecho -descubierto y echarles de allí, como Dios nos diera a entender. El -problema era difícil, la tarea inmensa, el peligro horrible.</p> - -<p>Tocó al 23 de línea la gloria de avanzar el primero contra las -inmóviles columnas francesas que ocupaban la altura. ¡Espantoso -momento! La escalera, señores, era terrible, y en cada uno de sus -fúnebres peldaños, el soldado se admiraba de encontrarse con vida. Si -en vez de subir, bajase, aquella sería la escalera del Infierno. Y, -sin embargo, las tropas de Pack y de Leith subían. ¿Cómo? No lo sé. En -virtud de un prodigio inexplicable. Aquellos ingleses no se parecían a -los hombres que yo había visto. Se les mandaba una cosa, un absurdo, un -imposible, y lo hacían, o al menos lo intentaban.</p> - -<p>Al referir lo que allí pasó, no me es posible precisar los -movimientos de cada batallón, ni<span class="pagenum" id="Page_314">p. -314</span> las órdenes de cada jefe, ni lo que cada cual hacía dentro -de su esfera. La imaginación conserva con caracteres indelebles y -pavorosos lo principal; pero lo accesorio, no; y lo principal era -entonces que subíamos empujados por una fuerza irresistible, por no -sé qué manos poderosas que se agarraban a nuestra espalda. Veíamos la -muerte delante, arriba; pero la propia muerte nos atraía. ¡Oh! Quien -no ha subido nunca más que las escaleras de su casa, no comprenderá -esto.</p> - -<p>Como el terreno era desigual, había sitios en que la pendiente -desaparecía. En aquellos escalones se trababan combates parciales de -un encarnizamiento y ferocidad inauditos. Los valientes del mediodía, -que conocen rara vez el heroísmo pasivo de dejarse matar antes que -descomponer las filas separándose de ellas, no comprenderán aquella -locura imperturbable a que nos conducía la desesperación convertida -en virtud. Fácil es a la alta cumbre desprenderse y precipitarse, -aumentando su velocidad con el movimiento, y caer sobre el llano y -arrollarlo e invadirlo; pero nosotros éramos el llano, empeñado en -subir a la cumbre, y deseoso de aplastarla, y hundirla, y abollarla. -En la guerra, como en la naturaleza, la altura domina y triunfa; es la -superioridad material, y una forma simbólica de la victoria, porque la -victoria es realmente algo que, con flamígera velocidad, baja rodando -y atropellando, hendiendo y destruyendo. El que está arriba tiene la -fuerza material y moral, y, por consiguiente, el pensamiento de la -lucha, que puede<span class="pagenum" id="Page_315">p. 315</span> -dirigir a su antojo. Como la cabeza en el cuerpo humano, dispone de los -sentidos y de la idea... Nosotros éramos pobres fuerzas rastreras que, -arañando el suelo, estábamos a merced de los de arriba, y, sin embargo, -queríamos destronarlos. Figuraos que los pies se empeñaran en arrojar -la cabeza de los hombros para ponerse encima ellos; ¡estúpidos, que no -saben más que andar!</p> - -<p>Los primeros escalones no ofrecieron gran dificultad. Moría mucha -gente; pero se subía. Después ya fue distinto. Creeríase que los -franceses nos permitían el ascenso a fin de cogernos luego más a mano. -Las disposiciones de Pack para que sufriésemos lo menos posible, eran -admirables. Inútil es decir que todos los jefes habían dejado sus -caballos; y unos detrás, otros a la cabeza de las líneas, llevaban, por -decirlo así, de la mano a los obedientes soldados. Un orden preciso en -medio de las muertes, un paso seguro, un aplomo sin igual regimentando -la maniobra, impedían que los estragos fuesen excesivos. Con las armas -modernas, aquel hecho hubiera sido imposible.</p> - -<p>Era indispensable aprovechar los intervalos en que el enemigo -cargaba los fusiles, para correr nosotros a la bayoneta. Teníamos en -contra nuestra el cansancio, pues si en algunos sitios la inclinación -era poco más que rampa, en otros era regular cuesta. Los franceses, -reposados, satisfechos y seguros de su posición, nos abrasaban a fuego -certero y nos recibían a bayoneta limpia. A veces, una columna<span -class="pagenum" id="Page_316">p. 316</span> nuestra lograba, con su -constancia abrumadora, abrirse paso por encima de los cadáveres de los -enemigos; mas para esto se necesitaba duplicar y triplicar los empujes, -duplicar y triplicar los muertos, y el resultado no correspondía a la -inmensidad del esfuerzo.</p> - -<p>¡Qué espantosa ascensión! Cuando se empeñaban en algún descanso -combates parciales, las voces, el tumulto, el hervidero de aquellos -cráteres no son comparables a nada de cuanto la cólera de los hombres -ha inventado para remedar la ferocidad de las bestias. Entre mil -muertes, se conquistaba el terreno palmo a palmo; y una vez que se le -dominaba, se sostenía con encarnizamiento el pedazo de tierra necesario -para poner los pies. Inglaterra no cedía el espacio en que fijaba -las suelas de sus zapatos; y para quitárselo y vencer aquel prodigio -de constancia, era preciso a los franceses desplegar todo su arrojo, -favorecido por la altura. Aun así no lograban echar a los británicos -por la pendiente abajo. ¡Ay del que rodase primero! Conociendo el -peligro inmenso de un pasajero desmayo, de un retroceso, de una mirada -atrás, los pies de aquellos hombres echaban raíces. Aun después de -muertas, parecía que sus largas piernas se enclavaban en el suelo hasta -las rodillas, como jalones que debían marcar eternamente la conquista -del poderoso genio de Inglaterra.</p> - -<p>Mas al fin llegó un momento terrible; un momento en que las columnas -subían y morían;<span class="pagenum" id="Page_317">p. 317</span> -en que la mucha gente que se lanzaba por aquel talud, destrozada, -abrasada, diezmada, sintiéndose mermar a cada paso, entendió que sus -fuerzas no traían gran ventaja. Tras las columnas francesas arrolladas, -aparecían otras. Como en el espantoso bosque de Macbeth, en la cresta -del Grande Arapil cada rama era un hombre. Nos acercábamos a la cumbre, -y aquel cráter superior vomitaba soldados. Se ignoraba de dónde podía -salir tanta gente, y era que la meseta del cerro tenía cabida para un -ejército. Llegó, pues, un instante en que los ingleses vieron venir -sobre ellos la cima del cerro mismo, una monstruosidad horrenda que -esgrimía mil bayonetas y apuntaba con miles de cañones de fusil. El -pánico se apoderó de todos, no aquel pánico nervioso que obliga a -correr, sino una angustia soberana y grave que quita toda esperanza, -dando resignación. Era imposible, de todo punto imposible, seguir -subiendo.</p> - -<p>Pero bajar era el punto difícil. Nada más fácil si se dejaban -acuchillar por los franceses, resignándose a rodar sobre la tierra -vivos o muertos. Una retirada en declive paso a paso y dando al enemigo -cada palmo de terreno con tanta parsimonia como se le quitó, es el -colmo de la dificultad. Pack bramaba de ira, y la sangre agolpada en -la carnaza encendida de su rostro parecía querer brotar por cada -poro. Era hombre que tenía alma para plantarse solo en la cumbre del -cerro. Daba órdenes con ronca voz; pero sus órdenes no se oían ya: -esgrimía la espada acuchillando al cielo, porque<span class="pagenum" -id="Page_318">p. 318</span> el cielo tenía sin duda la culpa de que los -ingleses no pudiesen continuar adelante.</p> - -<p>Había llegado la ocasión de que muriese estoicamente uno para -resguardar con su cuerpo al que daba un paso atrás. De este modo se -salvaba la mitad de la carne. Una mala retirada arroja en las brasas -todo cuanto hay en el asador. Las columnas se escalonaban con arte -admirable; el fuego era más vivo, y cada vez que descendía de lo alto -desgajándose uno de aquellos pesados aludes, creeríase que todo había -concluido; pero la confusión momentánea desaparecía al instante, las -masas inglesas aparecían de nuevo compactas y formidables, y la muerte -tenía que contentarse con la mitad. Así se fue cediendo lentamente -parte del terreno, hasta que los imperiales dejaron de atacarnos. -Habían llegado a un punto en que el cañón inglés les molestaba mucho, y -además los progresos de Packenham por el flanco del Grande Arapil les -inquietaba bastante. Reconcentráronse y aguardaron.</p> - -<p>En tanto, por otro lado ocurrían sucesos admirables y gloriosos. -Todo iba bien en todas partes menos en nuestro malhadado cerro. El -general Cole destrozaba el centro francés. La caballería de Stapleton -Cotton, penetrando por entre las descompuestas filas, daba una -de las cargas más brillantes, más sublimes y al mismo tiempo más -horrorosas que pueden verse. Desde la posición a que nos retiramos, -no avergonzados, pero sí humillados, distinguíamos a lo lejos aquella -admirable función que nos causaba envidia. Las<span class="pagenum" -id="Page_319">p. 319</span> columnas de dragones, las falanges de -caballos, los más ligeros, los más vivos, los más guerreros que pueden -verse, penetraban como inmensas culebras por entre la infantería -francesa. Los golpes de los sables ofrecían a la vista un salpicar -perenne de pequeños rayos, menuda lluvia de acero que destrozaba -pechos, aniquilaba gente, atropellaba y deshacía como el huracán. Los -gritos de los jinetes, el brillo de sus cascos, el relinchar de los -corceles que regocijaban en aquella fiesta sangrienta sus brutales e -imperfectas almas, ofrecían espectáculo aterrador. Indiferentes, como -es natural, a las desdichas del enemigo, los corazones guerreros se -endiosaban con aquel espectáculo. La confianza huye de los combates, -deidad asustada y llorosa, conducida por el miedo; no queda más que la -ira guerrera, que nada perdona, y el bárbaro instinto de la fuerza, que -por misterioso enigma del espíritu se convierte en virtud admirable.</p> - -<p>Los escuadrones de Stapleton Cotton, como he dicho, realizaban el -gran prodigio de aquella batalla. En vano los franceses alcanzaban -algunas ventajas por otro lado; en vano habían logrado apoderarse de -algunas casas del pueblo de Arapiles. Creyendo que poseer la aldea -era importante, tomaron briosamente los primeros edificios y los -defendieron con bravura. Se agarraban a las paredes de tierra y se -pegaban a ella, como los moluscos a la piedra; se dejaban espachurrar -contra las tapias antes que abandonarlas, barridos por la metralla -inglesa. Precisamente cuando los<span class="pagenum" id="Page_320">p. -320</span> franceses creían obtener gran ventaja poseyendo el pueblo, -y cuando nosotros descendíamos del Arapil Grande, fue cuando la -caballería de Cotton penetró como un gran puñal en el corazón del -ejército imperial; viose el gran cuerpo partido en dos, crujiendo y -estallando al violento roce de la poderosa cuña. Todo cedía ante ella: -fuerza, previsión, pericia, valor, arrojo, porque era una potencia -admirable, una unidad abrumadora, compuesta de miles de piezas que -obraban armónicamente sin que una sola discrepara. Las miles de corazas -daban idea del <i>testudo</i> romano; pero aquella inmensa tortuga con -conchas de acero tenía la ligereza del reptil, y millares de patas y -millares de bocas para gritar y morder. Sus dentelladas ensanchaban -el agujero en que se había metido; todo caía ante ella. Gimieron con -espanto los batallones enemigos. Corrió Marmont a poner orden, y -una bala de cañón le quitó el brazo derecho. Corrió luego Bonnet a -sustituirle, y cayó también. Ferey, Thomières y Desgraviers, generales -ilustres, perecieron con millares de soldados.</p> - -<p>En la falda de nuestro cerro se había suspendido el fuego. Un -oficial que había caído junto a mí al verificar el descenso, era -transportado por dos soldados. Le vi al pasar, y él, casi moribundo, -me llamó con una seña. Era Sir Thomas Parr. Puesto en el suelo, el -cirujano, examinando su pecho destrozado, dio a entender que aquello no -tenía remedio. Otros oficiales ingleses, la mayor parte heridos<span -class="pagenum" id="Page_321">p. 321</span> también, le rodeaban. El -pobre Parr volvió hacia mí los ojos, en que se extinguían lentamente -los últimos resplandores de la vida, y con voz débil me habló así:</p> - -<p>—Me han dicho antes de la batalla que tenéis resentimiento contra mí -y que os disponíais a pedirme satisfacción por no sé qué agravios.</p> - -<p>—Amigo —exclamé conmovido—, en esta ocasión no puede quedar en mi -pecho ni rastro de cólera. Lo perdono y lo olvido todo. La calumnia de -que usted se ha hecho eco, seguramente sin malicia, no puede dañar a mi -honor: es una ligereza de esas que todos cometemos.</p> - -<p>—¿Quién no comete alguna, caballero Araceli? —dijo con voz grave—. -Reconoced, sin embargo, que no he podido ofenderos. Muero sin la -zozobra de ser odiado... ¿Decís que os calumnié? ¿Os referís al caso de -Miss Fly? ¿Y a eso llamáis calumnia? Yo he repetido lo que oí.</p> - -<p>—¿Miss Fly?</p> - -<p>—Como se dice que forzosamente os casaréis con ella, nada tengo que -echaros en cara. ¿Reconocéis que no os he ofendido?</p> - -<p>—Lo reconozco —respondí sin saber lo que respondía.</p> - -<p>Parr, volviéndose a sus compatriotas, dijo:</p> - -<p>—Parece que perdemos la batalla.</p> - -<p>—La batalla se ganará —le respondieron.</p> - -<p>Sacó su reloj y lo entregó a uno de los presentes.</p> - -<p>—¡Que la Inglaterra sepa que muero por<span class="pagenum" -id="Page_322">p. 322</span> ella! ¡Que no se olvide mi nombre!... -—murmuró con voz que se iba apagando por grados.</p> - -<p>Nombró a su mujer, a sus hijos; pronunció algunas palabras -cariñosas, estrechando la mano de sus amigos.</p> - -<p>—La batalla se ganará... ¡Muero por Inglaterra!... —dijo cerrando -los ojos.</p> - -<p>Leves movimientos y ligeras oscilaciones de sus labios fueron las -últimas señales de la vida en el cuerpo de aquel valiente y generoso -soldado. Un momento después se añadía un número a la cifra espantosa de -los muertos que se había tragado el Arapil Grande.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch36"> - <h2 class="nobreak g0">XXXVI</h2> -</div> - -<p>La tremenda carga de Stapleton Cotton había variado la situación -de las cosas. Leith se apareció de nuevo entre nosotros, acompañado -del brigadier Spry. En sus semblantes, en sus gestos, lo mismo que -en las vociferaciones de Pack, comprendí que se preparaba un nuevo -ataque al cerro. La situación del enemigo era ya mucho menos favorable -que anteriormente, porque las ventajas obtenidas en nuestro centro -con el avance de la caballería y los progresos del general Cole -modificaban completamente el aspecto de la batalla. Packenham, después -de rechazarles del pueblo, les apretaba bastante por la falda oriental -del<span class="pagenum" id="Page_323">p. 323</span> cerro, de modo -que estaban expuestos a sufrir las consecuencias de un movimiento -envolvente. Pero tenían poderosa fuerza en la vasta colina, y además -retirada segura por los montes de Cavarrasa. La brigada de Spry, que -antes maniobrara en las inmediaciones del pueblo, corriose a la derecha -para apoyar a Packenham. La división de Leith, la brigada de Pack con -el 23 de línea, el 3.º y 5.º de ligeros, entraron de nuevo en fuego.</p> - -<p>Los franceses, reconcentrándose en sus posiciones de la ermita -para arriba, esperaban con imponente actitud. Sonó el tiroteo por -diversos puntos; las columnas marcharon en silencio. Ya conocíamos -el terreno, el enemigo y los tropiezos de aquella ascensión. Como -antes, los franceses parecían dispuestos a dejarnos que avanzáramos, -para recibirnos a lo mejor con una lluvia de balas; pero no fue así, -porque de súbito desgajáronse con ímpetu amenazador sobre Packenham -y sobre Leith, atacando con tanto coraje, que era preciso ser inglés -para resistirlo. Las columnas de uno y otro lado habían perdido su -alineación, y formadas de irregulares y deformes grupos ofrecían -frentes erizados de picos, si se me permite expresarlo así, los cuales -se engastaban unos en otros. Los dos ejércitos se clavaban mutuamente -las uñas, desgarrándose. Arroyos de sangre surcaban el suelo. Los -cuerpos que caían eran a veces el principal obstáculo para avanzar; a -ratos se interrumpían aquellos al modo de abrazos de muerte, y cada -cual se retiraba un poco hacia atrás a fin de cobrar nueva<span -class="pagenum" id="Page_324">p. 324</span> fuerza para una nueva -embestida. Observábamos los claros del suelo ensangrentado y lleno -de cadáveres, y lejos de desmayar ante aquel espectáculo terrible, -reproducíamos con doble furia los mismos choques. Cubierto de sangre, -que ignoraba si había salido de mis propias venas o de las de otro, -yo me lanzaba a los mismos delirios que veía en los demás, olvidado -de todo, sintiendo (y esto es evidente) como una segunda, o mejor -dicho, una nueva alma que no existía más que para regocijarse en -aquellas ferocidades sin nombre; una nueva alma, sí, en cuyas potencias -irritadas se borraba toda memoria de lo pasado, toda idea extraña al -frenesí en que estaba metida. Bramaba como los <i>highlanders</i>, y -¡cosa extraordinaria! en aquella ocasión yo hablaba inglés. Ni antes -ni después supe una palabra de ese lenguaje; pero es lo cierto que -cuanto aullé en la batalla me lo entendían los ingleses, y a mi vez les -entendía yo.</p> - -<p>El poderoso esfuerzo de los escoceses desconcertó un poco las -líneas imperiales, precisamente en el instante en que llegó a nuestro -campo la división de Clinton, que hasta entonces había estado en la -reserva. Tropas frescas y sin cansancio entraron en acción, y desde -aquel momento vimos que las horribles filas de franceses se mantuvieron -inactivas, aunque firmes. Poco después las vimos replegarse, sin -dejar de hacer un fuego muy vivo. A pesar de esto, los ingleses no se -lanzaban sobre ellos. Corrió algún tiempo más, y entonces observamos -que las tropas que ocupaban<span class="pagenum" id="Page_325">p. -325</span> lo alto del cerro lo abandonaban lentamente, resguardados -por el frente, que seguía haciendo fuego.</p> - -<p>No sé si dieron órdenes para ello: lo que sé es que súbitamente los -regimientos ingleses, que en distintos puntos ocupaban la pendiente, -avanzaron hacia arriba con calma, sin precipitación. La cumbre del -Grande Arapil era una extensión irregular y vasta, compuesta de otros -pequeños cerros y vallecitos. Inmenso número de soldados cabían en -ella; pero venía la noche, el centro del ejército enemigo estaba -derrotado, su izquierda hacia el Tormes también, de modo que les era -imposible defender la disputada altura. Francia empezaba a retirarse y -la batalla estaba ganada.</p> - -<p>Sin embargo, no era fácil acuchillar, como algunos hubieran -querido, a los franceses que aún ocupaban varias alturas, porque se -defendían con aliento y sabían cubrir la retirada. Por nuestro lado -fue donde más daño se les hizo. Mucho se trabajó para romper sus -filas, para quebrantar y deshacer aquella muralla que protegía la -huida de los demás hacia el bosque; pero al principio no fue fácil. El -espectáculo de las considerables fuerzas que se retiraban casi ilesas -y tranquilamente, nos impulsó a cargar con más brío sobre ellas, y al -cabo, tanto se golpeó y machacó en la infortunada línea francesa, que -la vimos agrietarse, romperse, desmenuzarse, y en sus innúmeros claros -penetraron el puño y la garra del vencedor para no dejar nada con vida. -¡Terrible hora aquella en que un ejército vencido<span class="pagenum" -id="Page_326">p. 326</span> tiene que organizar su fuga ante la -amenazadora e implacable saña del vencedor, que si huye le destroza, y -si se queda le destroza también!</p> - -<p>Caía la tarde; iba oscureciéndose lentamente el paisaje. Los -desparramados grupos del ejército enemigo, rayas fugaces que -serpenteaban en el suelo a lo lejos, se desvanecían absorbidos por la -tierra y los bosques, entre la triste música de los roncos tambores. -Estos y la algazara cercana y el ruido del cañón, que aún cantaba las -últimas lúgubres estrofas del poema, producían un estrépito loco que -desvanecía el cerebro. No era posible escuchar ni la voz del amigo, -gritando en nuestro oído. Había llegado el momento en que todo lo -dicen las facciones y los gestos, y era inútil dar órdenes, porque -no se entendían. El soldado veía llegada la ocasión de las proezas -individuales, para lo cual no se necesita de los jefes, y todo estaba -ya reducido a ver quién mataba más enemigos en fuga, quién cogía más -prisioneros, quién podía echar la zarpa a un general, quién lograba -poner la mano en una de aquellas veneradas águilas que se habían -pavoneado orgullosas por toda Europa, desde Berlín hasta Lisboa.</p> - -<p>El rugido que atronó los espacios cuando el vencedor, lleno de ira -y sediento de venganza, se precipitó sobre el vencido para ahogarle, -no es susceptible de descripción. Quien no ha oído retumbar el rayo en -el seno de las tempestades de los hombres, ignorará siempre lo que son -tales escenas. Ciegos y locos,<span class="pagenum" id="Page_327">p. -327</span> sin ver el peligro ni la muerte, sin oír más que el zumbar -del torbellino, nos arrojábamos dentro de aquel volcán de rabia. Nos -confundíamos con ellos: unos eran desarmados, otros tendían a sus pies -al atrevido que intentaba cogerles prisioneros; cuál moría matando, -cuál se dejaba atrapar estoicamente. Muchos ingleses eran sacrificados -en el último pataleo de la bestia herida y desesperada; se acuchillaban -sin piedad: miles de manos repartían la muerte en todas direcciones, y -vencidos y vencedores caían juntos revueltos y enlazados, confundiendo -la abrasada sangre.</p> - -<p>No hay en la historia odio comparable al de ingleses y franceses -en aquella época. Güelfos y gibelinos, cartagineses y romanos, árabes -y españoles, se perdonaban alguna vez; pero Inglaterra y Francia en -tiempo del Imperio se aborrecían como Satanás. La envidia simultánea -de estos dos pueblos, de los cuales uno dominaba los mares del globo -y otro las tierras, estallaba en los campos de batalla de un modo -horrible. Desde Talavera hasta Waterloo, los duelos de estos dos -rivales tendieron en tierra un millón de cuerpos. En los Arapiles, -una de sus más encarnizadas reyertas, llegaron ambos al colmo de la -ferocidad.</p> - -<p>Para coger prisioneros, se destrozaba todo lo que se podía en la -vida del enemigo. Con unos cuantos portugueses e ingleses, me interné -tal vez más de lo conveniente en el seno de la desconcertada y fugitiva -infantería enemiga. Por todos lados presenciaba luchas insanas, y oía -los vocablos más insultantes de<span class="pagenum" id="Page_328">p. -328</span> aquellas dos lenguas que peleaban con sus injurias como los -hombres con las armas. El torbellino, la espiral me llevaba consigo, -ignorante yo de lo que hacía; el alma no conservaba más conocimiento -de sí misma que un anhelo vivísimo de matar algo. En aquella confusión -de gritos, de brazos alzados, de semblantes infernales, de ojos -desfigurados por la pasión, vi un águila dorada puesta en la punta de -un palo, donde se enrollaba inmundo trapo, una arpillera sin color, -cual si con ella se hubieran fregado todos los platos de la mesa de -todos los reyes europeos. Devoré con los ojos aquel harapo, que, en -una de las oscilaciones de la turba, fue desplegado por el viento y -mostró una N que había sido de oro y se dibujaba sobre tres fajas cuyo -matiz era un pastel de tierra, de sangre, de lodo y de polvo. Todo el -ejército de Bonaparte se había limpiado el sudor de mil combates con -aquel pañuelo agujereado que ya no tenía forma ni color.</p> - -<p>Yo vi aquel glorioso signo de guerra a una distancia como de cinco -varas. Yo no sé lo que pasó; yo no sé si la bandera vino hasta mí, o -si yo corrí hacia la bandera. Si creyese en milagros, creería que mi -brazo derecho se alargó cinco varas, porque, sin saber cómo, yo agarré -el palo de la bandera y lo así tan fuertemente, que mi mano se pegó -a él y lo sacudió y quiso arrancarlo de donde estaba. Tales momentos -no caben dentro de la apreciación de los sentidos. Yo me vi rodeado -de gente: caían, rodaban, unos muriendo, otros defendiéndose.<span -class="pagenum" id="Page_329">p. 329</span> Hice esfuerzos para -arrancar el asta, y una voz gritó en francés:</p> - -<p>—Tómala.</p> - -<p>En el mismo segundo una pistola se disparó sobre mí. Una bayoneta -penetró en mi carne; no supe por dónde, pero sí que penetró. Ante -mí había una figura lívida, un rostro cubierto de sangre, unos ojos -que despedían fuego, unas garras que hacían presa en el asta de la -bandera, y una boca contraída que parecía iba a comerse águila, trapo -y asta, y a comerme también a mí. Decir cuánto odié a aquel monstruo, -me es imposible: nos miramos un rato y luego forcejeamos. El cayó de -rodillas: una de sus piernas no era pierna, sino un pedazo de carne. -Pugné por arrancar de sus manos la insignia. Alguien vino en auxilio -mío, y alguien le ayudó a él. Me hirieron de nuevo, me encendí en ira -más salvaje aún, y estreché a la bestia apretándola contra el suelo -con mis rodillas. Con ambas manos agarraba ambas cosas, el palo de la -bandera y la espada. Pero esto no podía durar así, y mi mano derecha -se quedó solo con la espada. Creí perder la bandera; pero el acero -empujado por mí se hundía más cada vez en una blandura inexplicable, y -un hilo de sangre vino derecho a mi rostro como una aguja. La bandera -quedó en mi poder; pero de aquel cuerpo que se revolvía bajo el mío -surgieron al modo de antenas, garras, o no sé qué tentáculo rabioso y -pegajoso, y una boca se precipitó sobre mí clavando sus agudos dientes -en mi brazo con tanta fuerza, que lancé un grito de dolor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_330">p. 330</span>Caí abrazado y -constreñido por aquel dragón, pues dragón me parecía. Me sentí apretado -por él, y rodamos por no sé qué declives de tierra, entre mil cuerpos, -los unos muertos e inertes, los otros vivos y que corrían. Yo no vi -más: solo sentí que en aquel rodar veloz llevaba el águila fuertemente -cogida entre mis brazos. La boca terrible del monstruo apretaba cada -vez más mi brazo, y me llevaba consigo, los dos envueltos, confundidos, -el uno sobre el otro y contra el otro, bajo mil patas que nos pisaban; -entre la tierra que nos cegaba los ojos; entre una oscuridad tenebrosa; -entre un zumbido tan grande, como si todo el mundo fuese un solo -abejón; sin conciencia de lo que era arriba y abajo; con todos los -síntomas confusos y vagos de haberme convertido en constelación, en una -como criatura circunvoladora, en la cual todos los miembros, todas las -entrañas, toda la carne y sangre y nervios dieran vueltas infinitas y -vertiginosas alrededor del ardiente cerebro.</p> - -<p>Yo no sé cuánto tiempo estuve rodando: debió de ser poco; pero a -mí me pareció algo al modo de siglos. Yo no sé cuándo paré; lo que -sé es que el monstruo no dejaba de formar conmigo una sola persona, -ni su feroz boca de morderme... Por último, no se contentaba con -comerme el brazo, sino que, al parecer, hundía su envenenado diente -en mi corazón. Lo que también sé es que el águila seguía sobre mi -pecho: yo la sentía. Sentía el asta cual si la tuviera clavada en mis -entrañas. Mi pensamiento se hacía cargo de todo<span class="pagenum" -id="Page_331">p. 331</span> con extravío y delirio, porque él mismo -era una luz ardiente que caía no sé de dónde, y en la inapreciable -velocidad de su carrera describía una raya de fuego, una línea sin fin, -que... tampoco sé a dónde iba. ¡Tormento mayor no lo experimenté jamás! -Este se acabó cuando perdí toda noción de existencia. La batalla de los -Arapiles concluyó, al menos para mí.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch37"> - <h2 class="nobreak g0">XXXVII</h2> -</div> - -<p>Dejadme descansar un instante, y luego contestaré a las preguntas -que se me dirigen. Yo no recobré el sentido en un momento, sino que -fui entrando poco a poco en la misteriosa claridad del conocer; fui -renaciendo poco a poco, con percepciones vagas; fui recobrando el -uso de algunos sentidos, y había dentro de mí una especie de aurora, -pero muy lenta, sumamente lenta y penosa. Me dolía la nueva vida; me -mortificaba como mortifica al ciego la luz que en mucho tiempo no ha -visto. Pero todo era turbación. Veía algunos objetos, y no sabía lo que -eran; oía voces, y tampoco sabía lo que eran. Parecía haber perdido -completamente la memoria.</p> - -<p>Yo estaba en un sitio (porque indudablemente era un sitio del globo -terráqueo); yo veía formas en torno a mí, pero no sabía que<span -class="pagenum" id="Page_332">p. 332</span> las paredes fueran paredes, -ni que el techo fuese techo; oía los lamentos, pero desconocía aquellas -vibraciones quejumbrosas que lastimaban mi oído. Delante, muy cerca, -frente por frente a mí, vi una cara. Al verla, mi espíritu hizo un -esfuerzo para apreciar la forma visible; pero no pudo. Yo no sabía qué -cara era aquella: lo ignoraba, como se ignora lo que piensa otro. Pero -la cara tenía dos ojos hermosísimos que me miraban amorosamente. Todo -esto se determinaba en mí por sentimiento, porque ¿entender?... no -entendía nada. Así es que, por sentimiento, adiviné en la persona que -tenía delante una como tendencia compasiva, tierna y cariñosa hacia -mí.</p> - -<p>Pero lo más extraño es que aquel cariño, que pendía sobre mí, -protegiéndome como un Ángel de la Guarda, tenía también voz, y la voz -vibró en los espacios, agitando todas las partículas del aire, y con -las partículas del aire, todos los átomos de mi ser, desde el centro -del corazón hasta la punta del cabello. Oí la voz que decía:</p> - -<p>—Estáis vivo, estáis vivo... y estaréis también sano.</p> - -<p>El hermoso semblante se puso tan alegre, que yo también me -alegré.</p> - -<p>—¿Me conocéis? —dijo la voz.</p> - -<p>No debí de contestar nada, porque la voz repitió la pregunta. Mi -sensibilidad era tan grande, que cada palabra, cual hoja acerada, me -atravesaba el pecho. El dolor, la debilidad, me vencieron de nuevo, -sin duda porque<span class="pagenum" id="Page_333">p. 333</span> -había hecho esfuerzos de atención superiores a mi estado, y recaí en -el desvanecimiento. Cerrando los ojos, dejé de oír la voz. Entonces -experimenté una molestia material. Un objeto extraño rozaba mi frente, -cayéndome sobre los ojos. Como si el ángel protector lo adivinara, al -punto noté que me quitaban aquel estorbo. Era mi cabello en desorden -que me caía sobre la frente y las cejas. Sentí una tibia suavidad -cariñosa, que debía de ser una mano, la cual desembarazó mi frente del -contacto enojoso.</p> - -<p>Poco después (continuaba con los ojos cerrados) me pareció que por -encima de mi cabeza revoloteaba una mariposa, y que después de trazar -varias curvas y giros, en señal de indecisión, se posaba sobre mi -frente. Sentí sus dos alas abatidas sobra mi piel; pero las alas eran -calientes, pesadas y carnosas: estuvieron largo rato impresas en mí, y -luego se levantaron, produciendo cierto rumor, un suave estallido que -me hizo abrir los ojos.</p> - -<p>Si rápidamente los abrí, más rápidamente huyó el alado insecto. Pero -la misma cara de antes estaba tan cerca de la mía, tan cerca, que su -calor me molestaba un poco. Había en ella cierto rubor. Al verla, mi -espíritu hizo un esfuerzo, un gran esfuerzo, y se dijo: «¿Qué rostro es -este? Creo que conozco este rostro.»</p> - -<p>Pero no habiendo resuelto el problema, se resignó a la ignorancia. -La voz sonó entonces de nuevo, diciendo con acento patético:</p> - -<p>—¡Vivid, vivid por Dios!... ¿Me conocéis?<span class="pagenum" -id="Page_334">p. 334</span> ¿Qué tal os sentís? No tenéis heridas -graves... habéis contraído un ataque cerebral; pero la fiebre ha -cedido... Viviréis, viviréis sin remedio, porque yo lo quiero... Si la -voluntad humana no resucitara los muertos, ¿de qué serviría?</p> - -<p>En el fondo, allá en el fondo de mi ser, no sé qué facultad, -saliendo entumecida de profundo sopor, emitió misteriosas voces de -asentimiento.</p> - -<p>—¿No me veis? —continuó ella (repito que yo no sabía quién era)—. -¿Por qué no me habláis? ¿Estáis enfadado conmigo? Imposible, porque no -os he ofendido... Si no os vi, si no os hablé con más frecuencia en los -últimos días, fue porque no me lo permitían. Ha faltado poco para que -me enviasen a mi país dentro de una jaula... Pero no me pueden impedir -que cuide a los heridos, y estoy aquí velando por vos... ¡Cuánto he -penado esperando a que abrieseis los ojos!</p> - -<p>Sentí mi mano estrechada con fuerza. El rostro se apartó de mí.</p> - -<p>—¿Tenéis sed? —dijo la voz.</p> - -<p>Quise contestar con la lengua; pero el don de la palabra me -era negado todavía. De algún modo, no obstante, me expliqué -afirmativamente, porque el ángel tutelar aplicó una taza a mis labios. -Aquello me produjo un bienestar inmenso. Cuando bebía, apareció otra -figura delante de mí. Tampoco sabía precisamente quién era; pero -dentro, muy dentro de mí, bullía inquieta una chispa de memoria, -esforzándose en explicarme con su indeciso<span class="pagenum" -id="Page_335">p. 335</span> resplandor el enigma de aquel otro ser -flaco, escuálido, huesoso, triste, de cuyo esqueleto pendía negro traje -talar semejante a una mortaja. Cruzando sus manos, me miró con lástima -profunda. La mujer dijo entonces:</p> - -<p>—Hermano, podéis retiraros a cuidar de los otros heridos y enfermos. -Yo le velaré esta noche.</p> - -<p>De dentro de aquella funda negra que envolvía los huesos vivos de un -hombre, salió otra voz que dijo:</p> - -<p>—¡Pobre Sr. D. Gabriel de Araceli! ¡En qué estado tan lastimoso se -halla!</p> - -<p>Al oír esto, mi espíritu experimentó un gran alborozo. Se regocijó, -se conmovió todo, como debió conmoverse el de Colón al descubrir el -Nuevo Mundo. Gozándose en su gran conquista, pensó mi espíritu así: -«¿Conque yo me llamo Gabriel Araceli?... Luego yo soy uno que se halló -en la batalla de Trafalgar y en el 2 de mayo... Luego yo soy aquel -que...»</p> - -<p>Este esfuerzo, el mayor de los que hasta entonces había hecho, me -postró de nuevo. Sentime aletargado. Se extinguía la claridad; venía la -noche. Luz rojiza, procedente de triste farol, iluminaba aquel hueco -donde yo estaba. El hombre había desaparecido, y solo quedó la hermosa -mujer. Por largo rato estuvo mirándome sin decirme cosa alguna. Su -imagen muda, triste y fija delante de mí, cual si estuviese pintada -en un lienzo, fue borrándose y desvaneciéndose a medida que yo me -sumergía de nuevo en aquella noche oscura de mi<span class="pagenum" -id="Page_336">p. 336</span> alma, de cuyo seno sin fondo poco antes -saliera. Dormí no sé cuánto tiempo, y al volver en mi acuerdo, había -ganado poco en la claridad de mis facultades. El estupor seguía, aunque -no tan denso. El deshielo iba muy despacio.</p> - -<p>Mi protectora angelical no se había apartado de mí, y después de -darme a beber una substancia que me causara gran alivio y reanimación, -acomodó mi cabeza en la almohada, y me dijo:</p> - -<p>—¿Os sentís mejor?</p> - -<p>Un soplo corrió de mi cerebro a mis labios, que articularon:</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Ya se conoce —añadió la voz—. Vuestra cara es otra. Creo que va -desapareciendo la fiebre.</p> - -<p>Contesté segunda vez que sí. En la estupidez que me dominaba, no -sabía decir otra cosa, y me deleitaba el usar constantemente el único -tesoro adquirido hasta entonces en los inmensos dominios de la palabra. -El sí es vocabulario completo de los idiotas. Para contestar a todo que -sí, para dar asentimiento a cuanto existe, no es necesario raciocinio -ni comparación, ni juicio siquiera. Otro ha hecho antes el trabajo. En -cambio, para decir no es preciso oponer un razonamiento nuevo al de -aquel que pregunta, y esto exige cierto grado de inteligencia. Como yo -me encontraba en los albores del raciocinio, contestar negativamente -habría sido un portento de genio, de precocidad, de inspiración.</p> - -<p>—Esta noche habéis dormido muy tranquilo —dijo<span class="pagenum" -id="Page_337">p. 337</span> la voz de mi enfermera—. Pronto estaréis -bien. Dadme vuestras manos, que están algo frías: os las calentaré.</p> - -<p>Cuando lo hacía, un rayo pasó por mi mente, pero tan débil, -tan rápido, que no era todavía certeza, sino un presentimiento, -una esperanza de conocer, un aviso precursor. En mi cerebro se -desembrollaba la madeja; pero tan despacio, tan despacio...</p> - -<p>—Me debéis la vida... —continuó la voz perteneciente a la persona -cuyas manos apretaban y calentaban las mías—, me debéis la vida.</p> - -<p>La madeja de mi cerebro agitó sus hilos: tal esfuerzo hacía para -desenredarlos, que estuvo a punto de romperlos.</p> - -<p>—En vuestro delirio —prosiguió— se os han escapado palabras muy -lisonjeras para mí. El alma, cuando se ve libre del imperio de la -razón, se presenta desnuda y sin mordaza: enseña todas sus bellezas, y -dice todo lo que sabe. Así la vuestra no me ha ocultado nada... ¿Por -qué me miráis con esos ojos fijos, negros y tristes como noches? Si con -ellos me suplicáis que lo diga, lo diré, aunque atropelle la ley de las -conveniencias. Sabed que os amo.</p> - -<p>La madeja entonces tiró tan fuertemente de sus hilos, que se iba a -romper, se rompía sin remedio.</p> - -<p>—No necesitaría decíroslo, porque ya lo sabéis —continuó después de -larga pausa—. Lo que no sabéis es que os amaba antes de conoceros... -Yo tenía una hermana gemela más hermosa y más pura que los ángeles. -Apuesto<span class="pagenum" id="Page_338">p. 338</span> a que no -sabéis nada de esto... Pues bien: un libertino la engañó, la sedujo, la -robó a Dios y a su familia, y mi pobrecita, mi adorada, mi idolatrada -Lillian, tuvo un momento de desesperación y se dio a sí propia la -muerte. El mayor de mis hermanos persiguió al malvado, autor de nuestra -vergüenza: ambos fueron una noche a orillas del mar, se batieron, y -mi pobre Carlos cayó para no levantarse más. Poco después mi madre, -trastornada por el dolor, se fue desprendiendo de la tierra, y en una -mañana del mes de mayo nos dijo adiós y huyó al cielo. Seguramente nada -sabíais de esto.</p> - -<p>Continuaba siendo idiota, y contesté que sí.</p> - -<p>—Después de estos acontecimientos, sobre la haz de la tierra existía -un hombre más aborrecido que Satanás. Para mí su solo nombre era una -execración. Le odiaba de tal modo, que si le viera arrepentido y -caminando al cielo, mis labios no hubieran pronunciado para él una -palabra de perdón. Figurándomele cadáver, le pisoteaba...</p> - -<p>La madeja daba unas vueltas, unos giros, y hacía tales enredos -y embrollos, que me dolía el cerebro vivamente. Allí había un hilo -tirante y rígido, el cual, doliéndome más que los demás, me hizo -decir:</p> - -<p>—Soy Araceli, el mismo que se halló en Trafalgar, y naufragó en el -<i>Rayo</i> y vivió en Cádiz... En Cádiz hay una taberna, de que es amo -el Sr. Poenco.</p> - -<p>—Un día —prosiguió—, hallándome en España, a donde vine siguiendo a -mi segundo<span class="pagenum" id="Page_339">p. 339</span> hermano, -dijéronme que aquel hombre había sido muerto por otro en duelo de -honor. Pregunté con tanto anhelo, con tan profunda curiosidad el nombre -del vencedor, que casi lo supe antes que lo revelaran. Me dijeron -vuestro nombre; me refirieron algunos pormenores del caso, y desde -aquel momento, ¿por qué ocultarlo?, os adoré.</p> - -<p>Mi espíritu hizo inexplicables equilibrios sobre dos imágenes -grotescas; y puestos en una balanza dos figurones llamados Poenco -y D. Pedro del Congosto, el uno subía mientras el otro bajaba. En -aquel instante debí decir algo más substancioso que los primitivos -<i>síes</i>, porque ella (yo continuaba ignorando quién era) puso la -mano sobre mi frente, y habló así:</p> - -<p>—Me adivinabais sin duda, me veíais desde lejos con los ojos del -corazón. Yo os busqué durante muchos meses. Tanto tardasteis en -parecer, que llegué a creeros desprovisto de existencia real. Yo leía -romances, y todos a vos los aplicaba. Érais el Cid, Bernardo del -Carpio, Zaide, Abenámar, Celindos, Lanzarote del Lago, Fernán González -y Pedro Ansúrez... Tomábais cuerpo en mi fantasía, y yo cuidaba de -haceros crecer en ella; pero mis ojos registraban la tierra y no -podían encontraros. Cuando os encontré, me pareció que os achicabais; -pero os vi subir de pronto y tocar el altísimo punto de talla con -que yo os había medido. Hasta entonces, cuantos hombres traté, o se -burlaban de mí o no me comprendían. Vos tan solo me mirasteis cara -a<span class="pagenum" id="Page_340">p. 340</span> cara y afrontasteis -las excelsas temeridades de mi pensamiento sin asustaros. Os vi -espontáneamente inclinado a la realización de acciones no comunes. -Asocieme a ellas, quise llevaros más adelante todavía, y me seguisteis -ciegamente. Vuestra alma y la mía se dieron la mano y tocaron su frente -la una con la otra, para convencerse de que eran las dos de un mismo -tamaño. La luz de entrambos se confundía en una sola.</p> - -<p>Al oír esto, la madeja de mi conocimiento se revolvió de un modo -extraordinario. Los hilos entraban y salían los unos por entre los -otros, y culebreaban para separarse y ponerse en orden. Ya aparecían en -grupos de distintos colores, y aunque harto enmarañados todavía, muchos -de ellos, si no todos, parecían haber encontrado su puesto.</p> - -<p>—Vos amábais a otra —prosiguió aquella, que empezaba ya a no serme -desconocida—. La vi y la observé. Quise tratarla por algún tiempo, y -la traté y la conocí; la hallé tan indigna de vos, que desde luego me -consideré vencedora. Es imposible que me equivoque.</p> - -<p>Al oír esto, el corazón mío, que hasta entonces había permanecido -quieto y mudo, dormido como un niño en su cuna, empezó a dar unos -saltitos tan vivarachos y a llamarme con una vocecita tan dulce, que -realmente me hacía daño. Dentro de mí se fue levantando no sé si diré -un vapor, una onda que fue primero tibia y después ardiente, la cual -me subía desde el fondo a la superficie del ser, despertando a su -paso todo lo que dormía; una oleada invasora,<span class="pagenum" -id="Page_341">p. 341</span> dominante, que poseía el don de la palabra, -y al ascender por mí iba diciendo: «Arriba, arriba todo.»</p> - -<p>—¿Qué tenéis? —continuó aquella mujer—. Estáis agitado. Vuestro -rostro se enciende... ahora palidece... ¿Vais a llorar? Yo también -lloro. La salud vuelve a vuestro cuerpo, como la sensibilidad a vuestra -noble alma. ¿Será posible que os haya conmovido la revelación que he -hecho? No juzguéis mi atrevimiento con criterio vulgar, creyendo que -falto al decoro, a las conveniencias y al pudor diciendo a un hombre -que le amo. Yo, al mismo tiempo, soy pura como los ángeles y libre como -el aire. Los necios que me rodean podrán calumniarme y calumniaros; -pero no mancharán mi honra, como no la mancha un amor ideal y celeste -al pasar del pensamiento a la palabra. Si durante mucho tiempo he -disimulado y aparentado huir de vos, no ha sido por temor a los tontos, -sino por provecho de entrambos. Cuando os he visto casi muerto, cuando -os he recogido en mis brazos del campo de batalla, cuando os traje aquí -y os atendí y os cuidé, tratando de devolveros la vida, tenía gran pena -de que murieseis ignorando mi secreto.</p> - -<p>El estupor mío tocaba a su fin. Pensamiento y corazón recobraban su -prístino ser; pero la palabra tardaba, ¡vaya si tardaba!...</p> - -<p>—Dios me ha escuchado —añadió ella—. No solo podéis oírme, sino que -vivís, y podréis hablarme y contestarme. Decidme que me amáis, y si -morís después, siempre me quedará algo vuestro.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_342">p. 342</span>Una figura -celestial, tan celestial que no parecía de este mundo, se entró dentro -de mí, agasajándose y plegándose toda para que no hubiese en mi -interior un solo hueco que no estuviese lleno con ella.</p> - -<p>—No me contestáis una sola palabra —dijo la voz de mi enfermera—. -Ni siquiera me miráis. ¿Por qué cerráis los ojos?... ¿Así se contesta, -caballero?... Sabed que no solo tengo dudas, sino también celos. ¿Os -habré desagradado en lo que últimamente he hecho? No os lo ocultaré, -porque jamás he mentido. Mi lengua nació para la verdad... ¿Ignoráis -tal vez que vuestra princesa encantada y el bribón de su padre estaban -en Salamanca? Quién los trajo, es cosa que ignoro. El desgraciado masón -anhelaba la libertad y se la he dado con el mayor gusto, consiguiendo -del general un salvoconducto para que saliese de aquí y pudiese -atravesar toda España sin ser molestado.</p> - -<p>Al oír esto, razón, memoria, sentimientos, palabra, todo volvió -súbito a mí con violencia, con ímpetu, con estrépito, como una catarata -despeñándose de las alturas del cielo. Di un grito, me incorporé en el -lecho, agité los brazos, arrojé lejos de mí con instintiva brutalidad -la hermosa figura que tenía delante, y prorrumpí en exclamaciones de -ira. Miré a la dama y la nombré, porque ya la había conocido.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch38"> - <p><span class="pagenum" id="Page_343">p. 343</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXXVIII</h2> -</div> - -<p>El hospitalario que antes vi, entró al oír mis gritos, y ambos -procuraron calmarme.</p> - -<p>—Otra vez le empieza el delirio —dijo Juan de Dios.</p> - -<p>—Yo he sido causa de esta alteración —dijo Miss Fly muy afligida.</p> - -<p>Mi propia debilidad me rindió, y caí en el lecho, sofocado por la -indignación que sordamente se reconcentraba en mí, no encontrando ni -voz suficiente ni fuerzas para expresarse fuera.</p> - -<p>—El pobre Sr. Araceli —dijo Juan de Dios con sentimiento piadoso— se -volverá loco como yo. El demonio ha puesto su mano en él.</p> - -<p>—Callad, hermano, y no digáis tonterías —dijo Miss Fly cubriendo mis -brazos con la manta y limpiando el sudor de mi frente—. ¿Qué habláis -ahí de demonios?</p> - -<p>—Sé lo que me digo —añadió el agustino, mirándome con profunda -lástima—. El pobre D. Gabriel está bajo una influencia maléfica... Lo -he visto, lo he visto.</p> - -<p>Diciendo esto, destacaba de su puño cerrado dos dedos flacos y -puntiagudos, y con ellos se señalaba los ojos.</p> - -<p>—Marchad fuera a cuidar de los otros enfermos —dijo<span -class="pagenum" id="Page_344">p. 344</span> Miss Fly jovialmente— y no -vengáis a fastidiarnos con vuestras necedades.</p> - -<p>Fuese Juan de Dios y nos quedamos de nuevo solos Athenais y yo. -Hallándome ya en posesión completa de mi pensamiento, le hablé así:</p> - -<p>—Señora, repítame usted lo que hace poco ha dicho. No entendí bien. -Creo que ni mis sentidos ni mi razón están serenos. Estoy delirando, -como ha dicho aquel buen hombre.</p> - -<p>—Os he hablado largo rato —dijo Miss Fly con cierta turbación.</p> - -<p>—Señora, no puedo apreciar sino de un modo muy confuso lo que he -visto y oído esta noche... Efectivamente, he visto delante de mí una -figura hermosa y consoladora; he oído palabras... no sé qué palabras. -En mi cerebro se confunden el eco de voces ajenas y el son misterioso -de otras que yo mismo habré pronunciado... No distingo bien lo real -de lo verdadero; durante algún tiempo he visto los objetos y los -semblantes sin conocerlos.</p> - -<p>—¡Sin conocerlos!</p> - -<p>—He oído palabras. Algunas las recuerdo, otras no.</p> - -<p>—Tratad de repetir lo substancial de lo mucho que os he dicho -—murmuró Athenais, pálida y grave—. Y si no habéis entendido bien, os -lo repetiré.</p> - -<p>—En verdad no puedo repetir nada. Hay dentro de mí una confusión -espantosa... He creído ver delante de mí a una persona cuya -representación ideal no me abandona jamás en mis sueños; una figura que -quiero y respeto,<span class="pagenum" id="Page_345">p. 345</span> -porque la creo lo más perfecto que ha puesto Dios sobre la tierra... He -creído oír no sé qué palabras dulces y claras, mezcladas con otras que -no comprendía... He creído escuchar, tan pronto una música del cielo, -tan pronto el fragor de cien tempestades que bramaban dentro de mi -corazón... Nada puedo precisar... al fin he visto claramente a usted, -la he conocido...</p> - -<p>—¿Y me habéis oído claramente también? —preguntó acercando su rostro -al mío—. Ya sé que no debe darse conversación a los enfermos. Os habré -molestado. Pero es lo cierto que yo esperaba con ansia que pudierais -oírme. Si por desgracia muriérais...</p> - -<p>—De lo que oí, señora, solo recuerdo claramente que había usted -puesto en libertad a una persona a quien yo aprisioné.</p> - -<p>—¿Y esto os disgusta? —preguntó la Mosquita con terror.</p> - -<p>—No solo me disgusta, sino que me contraría mucho, pero mucho -—afirmé con inquietud, sacudiendo las ropas del lecho para sacar los -brazos.</p> - -<p>Athenais gimió. Después de breve pausa, mirome con fijeza y orgullo, -y dijo:</p> - -<p>—Caballero Araceli, ¿tanto coraje, es porque se os ha escapado el -ave encantada de la calle del Cáliz?</p> - -<p>—Por eso, por eso es —repetí.</p> - -<p>—¿Y seguramente la amáis?...</p> - -<p>—La adoro, la he adorado toda mi vida. Ha tiempo que mi existencia -y la suya están tan enlazadas como si fueran una sola. Mis<span -class="pagenum" id="Page_346">p. 346</span> alegrías son sus alegrías, -y sus penas son mis penas. ¿En dónde está? Si ha desaparecido otra vez, -señora Athenais de mi alma, juro a usted que todos los romances de -Bernardo, del Cid, de Lanzarote y de Celindos, me parecerían pocos para -buscarla.</p> - -<p>Athenais estaba lastimosamente desfigurada. Diríase que era ella el -enfermo y yo el enfermero. Largo rato la vi como sosteniendo no sé qué -horrible lucha consigo misma. Volvía el rostro para que no viese yo su -emoción; me miraba después con ira violentísima que se trocaba, sin -quererlo ella misma, en inexplicable dulzura, hasta que, levantándose -con ademán de majestuosa soberbia, me dijo:</p> - -<p>—Caballero Araceli, adiós.</p> - -<p>—¿Se va usted? —dije con tristeza y tomando su mano, que ella -separó vivamente de la mía—. Me quedaré solo... Merezco que usted me -desprecie, porque he vuelto a la vida, y mi primera palabra no ha sido -para dar las gracias a esta amiga cariñosa, a esta alma caritativa -que me recogió sin duda del campo de batalla, que me ha curado y -asistido... ¡Señora, señora mía! La vida que usted ha ganado a la -muerte, vería con gusto el momento en que tuviera que volverse a perder -por usted.</p> - -<p>—Palabras hermosas, caballero Araceli —me dijo con acento solemne, -sin acercarse a mí, mirándome pálida y triste y seria desde lejos, como -una sibila sentenciosa que pronunciase las revelaciones de mi destino—. -Palabras hermosas; pero no tanto que encubran la vulgaridad de vuestra -alma vacía. Yo<span class="pagenum" id="Page_347">p. 347</span> aparto -esa hojarasca y no encuentro nada. Estáis compuesto de grandeza y -pequeñez.</p> - -<p>—Como todo, como todo lo creado, señora.</p> - -<p>—No, no —añadió con viveza—. Yo conozco algo que no es así; yo -conozco algo donde todo es grande. Habéis hecho en vuestra vida y aun -en estos mismos días cosas admirables. Pero el mismo pensamiento que -concibió la muerte de Lord Gray, lo entregáis a una vulgar y prosaica -ama de casa como un papel en blanco para que escriba las cuentas de -la lavandera. Vuestro corazón, que tan bien sabe sentir en algunos -momentos, no os sirve para nada y lo entregáis a las costureras para -que hagan de él un cojincillo en que clavar sus alfileres. Caballero -Araceli, me fastidio aquí.</p> - -<p>—¡Señora, señora, por Dios, no me deje usted! Estoy muy enfermo -todavía.</p> - -<p>—¿Acaso no tengo yo rango más alto que el de enfermera? Soy muy -orgullosa, caballero. El hermano hospitalario os cuidará.</p> - -<p>—Usted bromea, apreciable amiga, encantadora Athenais; usted se -burla del verdadero afecto, de la admiración que me ha inspirado. -Siéntese usted a mi lado; hablaremos de cosas diversas: de la batalla; -del pobre Sir Thomas Parr, a quien vi morir.</p> - -<p>—Todavía creo que valgo para algo más que para dar conversación a -los ociosos y a los aburridos —me contestó con desdén—. Caballero, me -tratáis con una familiaridad que me causa sorpresa.</p> - -<p>—¡Oh! Recordaremos las proezas inauditas<span class="pagenum" -id="Page_348">p. 348</span> que hemos realizado juntos. ¿Se acuerda -usted de Jean-Jean?</p> - -<p>—En verdad, sois impertinente. Bastante os he asistido; bastantes -horas he pasado junto a vos. Mientras delirábais, me he reído, oyendo -las necedades y graciosos absurdos que continuamente decíais; pero ya -estáis en vuestro sano juicio, y de nuevo sois tonto.</p> - -<p>—Pues bien, señora: deliraré, deliraré, y diré todas las majaderías -que usted quiera, con tal que me acompañe —exclamé jovialmente—. No -quiero que usted se marche enojada conmigo.</p> - -<p>Miss Fly se apoyó en la pared para no caer. Advertí que la expresión -de su rostro pasaba de una furia insensata a una emoción profunda. -Sus ojos se inundaron de lágrimas, y como si no le pareciese que -sus manos las ocultaban bien, corrió rápidamente hacia afuera. Su -intención primera fue sin duda salir; mas se quedó junto a la puerta -y en sitio donde difícilmente la veía. Con todo, bastaron a revelarme -su presencia, ignoro si los suspiros que creí oír, o la sombra que -se proyectaba en la pared y subía hasta el techo. Lo que sí no tiene -duda alguna para mí, es que después de estar largo tiempo sumergido -en tristes cavilaciones, me sentí con sueño, y lentamente caí en uno -profundísimo que duró hasta por la mañana. ¿Debo decir que cuando me -hallaba próximo a perder completamente el uso de los sentidos, se -repitieron los fenómenos extraños que habían acompañado mi penoso -regreso a la vida? ¿Debo decir que me pareció<span class="pagenum" -id="Page_349">p. 349</span> ver volar encima y alrededor de mi cabeza -un insecto alado, que después vino a posar sobre mi frente sus dos alas -blandas, pesadas y ardientes?</p> - -<p>Esto no era más que repetición de lo que antes había soñado. El -fenómeno más raro, entre todos los de aquella rarísima noche, vino -después, poniendo digno remate a mis confusiones; y fue, señores -míos, que no desvanecida aún mi confusión por aquello de la Pajarita, -advertí que se cernía sobre mi frente una cosa negra, larga, no muy -grande, aunque me era muy difícil precisar su tamaño, el cual objeto, -o animalucho, tenía dos largas piernas y dos picudas alas, que abría y -cerraba alternativamente; todo negro, áspero, rígido, y extremadamente -feo. Aquel horrible crustáceo se replegaba, y entonces parecía un puñal -negro; después abría sus patas y sus alas, y era como un escorpión. -Lentamente bajaba acercándose a mí, y cuando tocó mi frente, sentí frío -en todo mi cuerpo. Agitose mucho; meneó las horribles extremidades -repetidas veces, emitiendo un chillido estridente, seco, áspero, que -estremecía los nervios, y después huyó.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch39"> - <p><span class="pagenum" id="Page_350">p. 350</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XXXIX</h2> -</div> - -<p>Tras un sueño tan largo como profundo, desperté en pleno día -notablemente mejorado. La hermosa claridad del sol me produjo -bienestar inmenso, y además del alivio corporal, experimentaba cierto -apacible reposo del alma. Me recreaba en mi salud como un fatuo en su -hermosura.</p> - -<p>A mi lado estaban dos hombres, el hospitalario y un médico militar, -que después de reconocerme, hizo alegres pronósticos acerca de mi -enfermedad, y me mandó que comiese algo suculento si encontraba almas -caritativas que me lo proporcionasen. Marchose a cortar no sé cuántas -piernas, y el hermano, luego que nos quedamos solos, se sentó junto a -mí, y compungidamente me dijo:</p> - -<p>—Siga usted los consejos de un pobre penitente, Sr. D. Gabriel, y en -vez de cuidarse del alimento del cuerpo, atienda al del alma, que harto -lo ha menester.</p> - -<p>—¿Pues qué, Sr. Juan de Dios, acaso voy a morir? —le dije, recelando -que quisiera ensayar en mí el sistema de las silvestres yerbecillas.</p> - -<p>—Para vivir como usted vive —afirmó el fraile con acento lúgubre—, -vale más mil<span class="pagenum" id="Page_351">p. 351</span> veces la -muerte. Yo al menos la preferiría.</p> - -<p>—No entiendo.</p> - -<p>—Sr. Araceli, Sr. Araceli —exclamó, no ya inquieto, sino con -verdadera alarma—, piense usted en Dios; llame usted a Dios en su -ayuda; elimine usted de su pensamiento toda idea mundana; abstráigase -usted... Para conseguirlo, recemos, amigo mío; recemos fervorosamente -por espacio de cuatro, cinco o seis horas, sin distraernos un momento, -y nos veremos libres del inmenso, del horrible peligro que nos -amenaza.</p> - -<p>—Pero este hombre me va a matar —dije con miedo—. Me manda el médico -que coma, y ahora resulta que necesito una ración de seis horas de -rezo. Hermanuco, por amor de Dios, tráigame una gallina, un pavo, un -carnero, un buey.</p> - -<p>—¡Perdido, irremisiblemente perdido...! —exclamó con aflicción -suma, elevando los ojos al cielo y cruzando las manos—. ¡Comer, -comer! Regalar el cuerpo con incitativos manjares cuando el alma está -amenazada. Amenazada, Sr. Araceli... Vuelva usted en sí... Recemos -juntos, nada más que seis horas, sin un instante de distracción... con -el pensamiento clavado en lo alto... De esta manera, el pérfido se -ahuyentará, vacilará al menos antes de poner su infernal mano en un -alma inocente, la encontrará atada al cielo con las santas cadenas de -la oración, y quizás renuncie a sus execrables propósitos.</p> - -<p>—Hermano Juan de Dios, quíteseme de delante, o no sé lo que haré. -Si usted es loco<span class="pagenum" id="Page_352">p. 352</span> de -atar, yo por fortuna no lo soy, y quiero alimentarme.</p> - -<p>—Por piedad, por todos los santos, por la salvación de su alma, -amado hermano mío, modérese usted, refrene esos livianos apetitos, -ponga cien cadenas a la concupiscencia del mascar, pues por la puerta -de la gastronomía entran todos los melindres pecaminosos.</p> - -<p>Le miré entre colérico y risueño, porque su austeridad, que había -empezado a ser grotesca, me enfadaba, y al mismo tiempo me divertía. -No, no me es posible pintarle tal como era, tal como le vi en aquel -momento. Para reproducir en el lienzo la extraña figura de aquel -hombre, a quien los ayunos y la exaltación de la fantasía llevaran a -estado tan lastimoso, no bastaría el pincel de Zurbarán, no: sería -preciso revolver la paleta del gran Velázquez para buscar allí algo de -lo que sirvió para la hechura de sus inmortales bobos.</p> - -<p>Me reí de él, diciéndole:</p> - -<p>—Tráigame usted de comer, y después rezaremos.</p> - -<p>Por única contestación, el hospitalario se arrodilló, y sacando un -libro de rezos, me dijo:</p> - -<p>—Repita usted lo que yo vaya leyendo.</p> - -<p>—¡Que me mata este hombre, que me mata! ¡Favor! —grité -encolerizado.</p> - -<p>Juan de Dios se levantó, y poniendo su mano sobre mi pecho, -espantado y tembloroso, me habló así:</p> - -<p>—¡Que viene! ¡que va a venir!</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_353">p. 353</span>—¿Quién? —pregunté -cansado de aquella farsa.</p> - -<p>—¿Quién ha de ser, desgraciado, quién ha de ser? —dijo en voz baja -y con abatimiento—. ¿Quién ha de ser sino el torpe enemigo del linaje -humano, el negro rey que gobierna el imperio de las tinieblas como Dios -el de la luz; aquel que odia la santidad y tiende mil lazos a la virtud -para que se enrede? ¿Quién ha de ser sino la inmunda bestia que posee -el arte de mudarse y embellecerse, tomando la figura y traje que más -fácilmente seducen al descuidado pecador? ¿Quién ha de ser? ¡Extraña -pregunta por cierto! ¡Me asombro de la inocente calma con que usted me -habla, hallándose, como se halla, en el mismo estado que yo!</p> - -<p>Mis carcajadas atronaban la estancia.</p> - -<p>—Me alegraré en extremo de que venga —le dije—. ¿Cómo sabe usted que -va a venir?</p> - -<p>—Porque ya ha estado, pobrecito; porque ya ha puesto sus aleves -manos sobre usted en señal de posesión y dominio, porque dijo que iba a -volver.</p> - -<p>—Eso me alegra sobremanera. ¿Y cuándo he tenido el honor de tal -visita? No he visto nada.</p> - -<p>—¡Cómo había usted de verlo si dormía, desgraciado! —exclamó con -lástima—. ¡Dormir, dormir! he aquí el gran peligro. Él aprovecha las -ocasiones en que el alma está suelta y haciendo travesuras, libre de -la vigilancia de la oración. Por eso yo no duermo nunca; por eso velo -constantemente.</p> - -<p>—¿Vino mientras yo dormía?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_354">p. 354</span>—Sí: anoche... -¡horrible momento! La señora inglesa que tan bien ha cuidado a usted -había salido. Yo estaba solo y me distraje un poco en mis rezos. Sin -saber cómo, había dejado volar el pensamiento por espacios voluptuosos -y sonrosados... ¡pecador indigno, mil veces indigno!... Yo había puesto -el libro sobre mis rodillas, y cerrado los ojos, y dejádome aletargar -en sabroso desvanecimiento, cuya vaporosa niebla y blando calor -recreaban mi cuerpo y mi espíritu...</p> - -<p>—Y entonces, cuando mi bendito hermanuco se regocijaba con tales -liviandades, abriose la tierra, salió una llama de azufre...</p> - -<p>—No se abrió la tierra, sino la puerta, y apareció... ¡Ay! apareció -en aquella forma celestial, robada a las criaturas de la más alta -esfera angélica; apareció cual siempre le ven mis pecadores ojos.</p> - -<p>—Hermano, hermano, soy feliz y sentiría que estuviera usted -cuerdo.</p> - -<p>—Apareció, como he dicho, y su vista me convirtió en estatua. -Otra de igual catadura le acompañaba, también en forma mujeril, -representando más edad que la primera, la tan aborrecida como adorada, -que es el terror de mis noches y el espanto de mis días, y el abismo -que se traga mi alma.</p> - -<p>—Pues le aseguro a usted que adoro a esos demonios, Sr. Juan de -Dios, y ahora mismo voy a mandarles un recadito con usted.</p> - -<p>—¿Conmigo? ¡Infeliz precito! Ya vendrán por usted, y se lo llevarán -con sus satánicas artes.</p> - -<p>—Quiero saber qué hicieron, qué dijeron.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_355">p. 355</span>—Dijeron: «Aquí -nos han asegurado que está.» Y luego sus ojos, que todo lo ven en -la lobreguez de la horrenda noche, vieron el miserable cuerpo, y se -abalanzaron hacia él con aullidos que parecían sollozos tiernísimos, -con lamentos que parecían la dulce armonía del amor materno, llorando -junto a la cuna del niño moribundo.</p> - -<p>—¡Y yo dormido como un poste! ¡Padre Juan, es usted un imbécil, un -majadero! ¿Por qué no me despertó?</p> - -<p>—Usted deliraba aún; las dos, ¡ay!, aquellas dos apariencias -hermosísimas, y tan acabadas y perfectas que solo yo, con los -perspicuos ojos del alma, podía adivinar bajo su deslumbradora -estructura la mano del infernal artífice; las dos mujeres, digo, -derramaron sobre el pecho y la frente de usted demoniacas chispas, con -tan ingeniosa alquimia desfiguradas, que parecían lágrimas de ternura. -Pusieron sus labios de fuego en las manos de usted como si las besaran, -le arreglaron las ropas del lecho, y después...</p> - -<p>—¿Y después?</p> - -<p>—Y después, buscáronme con los ojos como para preguntarme algo; mas -yo, más muerto que vivo, habíame escondido bajo aquella mesa y temblaba -allí y me moría. Sr. D. Gabriel, me moría queriendo rezar y sin poder -rezar, queriendo dejar de ver aquel espectáculo y viéndolo siempre... -Por fin, resolvieron marcharse... ya eran dueños del alma de usted y no -necesitaban más.</p> - -<p>—Se fueron, pues.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_356">p. 356</span>—Se fueron diciendo -que iban a pedir licencia a no sé quién para trasladar a usted a otro -punto mejor... al Infierno cuando menos. De esta manera desapareció de -entre los vivos un hermano hospitalario que era gran pecador: se lo -llevaron una mañana enterito, y sin dejar una sola pieza de su corporal -estructura.</p> - -<p>—¿Y después?... Estoy muy alegre, hermano Juan.</p> - -<p>—Después vino esa señora a quien llaman <i>Doña Flay</i>, la cual -es una criatura angelical, que le quiere a usted mucho. Usted empezó a -salir de aquel marasmo o trastorno en que le dejaron las embajadoras -del negro averno: la señora inglesa habló largamente con usted, y yo, -que me puse a escuchar tras la puerta, oí que le decía mil cositas -tiernas, melosas y hechiceras.</p> - -<p>—¿Y después?</p> - -<p>—Y después usted se puso furioso y entré yo, y la inglesa me mandó -salir, y a lo que entendí, mi D. Gabriel se durmió. La inglesa entraba -y salía, sin cesar de llorar.</p> - -<p>—¿Y nada más?</p> - -<p>—Algo más hay, sí, sin duda lo más terrible y espantoso, porque el -atormentador del linaje humano, aquel que, según un santo Padre, tiene -por cómplice de su infame industria a la mujer, la cual es hornillo -de sus alquimias, y fundamento de sus feas hechuras; aquel que me -atormenta y quiere perderme, entró de nuevo en la misma duplicada forma -de mujer linda...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_357">p. 357</span>—Y yo, ¿dormía -también?</p> - -<p>—Dormía usted con sueño tranquilo y reposado. La señora inglesa -estaba junto a aquella mesa envolviendo no sé qué cosa en un papel. -Entraron ellas... no expiré en aquel momento por milagro de Dios... se -acercaron a usted, y vuelta a los aullidos que parecían llantos, y a -los signos quirománticos semejantes a caricias blandas y amorosas.</p> - -<p>—¿Y no dijeron nada? ¿No dijeron nada a Miss Fly ni a usted?</p> - -<p>—Sí —continuó después de tomar aliento, porque la fatiga de su -oprimido pecho apenas le permitía hablar—: dijeron que ya tenían la -licencia, y que iban a buscar una litera para trasladar a usted a un -sitio que no nombraron... Pero lo más extraño es que al oír esto la -señora inglesa, que no estaba menos absorta, ni menos suspendida, -ni menos espantada que yo, debió de conocer que las tan aparatosas -beldades eran obra de aquel que llevó a Jesús a la cima de la montaña -y a la cúspide de la ciudad; y sobrecogida como yo, lanzó un grito -agudísimo, precipitándose fuera de la habitación. Seguila y ambos -corrimos largo trecho, hasta que ella puso fin a su atropellada -carrera, y apoyando la cabeza contra una pared, allí fue el verter -lágrimas, el exhalar hondos suspiros y el proferir palabras vehementes, -con las cuales pedía a Dios misericordia. Una hora después volví, -despertó usted y nada más. Solo falta que recemos, como antes dije, -porque solo la oración y la vigilancia del espíritu ahuyentan al Malo, -así como el pérfido sueño,<span class="pagenum" id="Page_358">p. -358</span> las regaladas comidas y las conversaciones mundanas le -llaman.</p> - -<p>Juan de Dios no dijo más; trémulo y lívido, ponía su atención en -extraños ruidos que sonaban fuera.</p> - -<p>—¡Aquí, aquí estoy, Inesilla... señora condesa! —grité reconociendo -las dulces voces que desde mi lecho oía—. Aquí estoy vivo y sano y -contento, y queriéndolas a las dos más que a mi vida.</p> - -<p>¡Ay! Entraron ambas y desoladas corrieron hacia mí. Una me abrazó -por un costado y otra por otro. Casi me desvanecí de alegría cuando las -dos adoradas cabezas oprimían mi pecho.</p> - -<p>Juan de Dios huyó de un salto, de un vuelo, o no sé cómo.</p> - -<p>Quise hablar, y la emoción me lo impedía. Ellas lloraban y no decían -nada tampoco. Al fin, Inés levantó los ojos sobre mi frente y la -observó con curiosidad y atención.</p> - -<p>—¿Qué me miras? —le dije—. ¿Estoy tan desfigurado que no me -conoces?</p> - -<p>—No es eso.</p> - -<p>La condesa miró también.</p> - -<p>—Es que noto que te falta algo —dijo Inés sonriendo.</p> - -<p>Me llevé la mano a la frente, y, en efecto, algo me faltaba.</p> - -<p>—¿Dónde han ido a parar los dos largos mechones de pelo que tenías -aquí?</p> - -<p>Al decir esto, con sus deditos tocaba mi cabeza.</p> - -<p>—Pues no sé... tal vez en la batalla...</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_359">p. 359</span>Las dos se -rieron.</p> - -<p>—Queridas mías, recuerdo haber visto en sueños encima de mi cabeza -un animalejo frío y negro, y ahora comprendo lo que era aquello: unas -tijeras. Tengo aquí sobre la sien una rozadura... ¿la ven ustedes?... -Esos pelos me molestaban, y aquí del cirujano. Es hombre entendido que -no olvida el más mínimo detalle.</p> - -<p>Tantas preguntas tenía que hacer, que no sabía por cuál empezar.</p> - -<p>—¿Y en qué paró esa batalla? —dije—. ¿Dónde está Lord Wellington?</p> - -<p>—La batalla paró en lo que paran todas: en que se acabó cuando se -cansaron de matarse —me respondió una de ellas, no sé cuál.</p> - -<p>—Pero los franceses se retiraban cuando yo caí.</p> - -<p>—Tanto se retiraron —dijo la condesa— que todavía están corriendo. -Wellington les va a los alcances. No tengas cuidado por eso, que ya lo -harán bien sin ti... Veremos si te dan algún grado por haber cogido el -águila.</p> - -<p>—¿Conque yo cogí un águila...?</p> - -<p>—Un águila toda dorada, con las alas abiertas y el pico roto, puesta -sobre un palo, y con rayos en las garras: la he visto —dijo Inés con -satisfacción, extendiéndose en pomposas descripciones de la insignia -imperial.</p> - -<p>—Te encontraron —añadió la condesa— entre muchos muertos y heridos, -abrazado con el cadáver de un abanderado francés, el cual te mordía el -brazo.</p> - -<p>Era la parte de mi cuerpo que más me dolía.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_360">p. 360</span>—Te hemos buscado -desde el 22 —dijo Inés—, y hasta anoche todo ha sido correr y más -correr sin resultado alguno. Creímos que habías muerto. Fui a la zanja -grande, donde están enterrados los pobres cuerpos. Había tantos, -tantos, que no los pude ver todos... Aquello parecía una maldición de -Dios. Si cuando tal vi hubiera tenido en mi mano el águila que cogiste, -la habría echado también en la zanja, y luego tierra, mucha tierra -encima.</p> - -<p>—Bien, Inesilla: nadie mejor que tú dice las mayores verdades de -un modo más sencillo. La gloria militar y los muertos de las batallas -debieran enterrarse en una misma fosa... En fin, adoradas mías, vivo -estoy para quererlas muchísimo, y para casarme con la una, previo el -consentimiento de la otra.</p> - -<p>La condesa frunció ligeramente el ceño, e Inés me miró el cabello. -La felicidad que inundaba mi alma se desbordó en francas risas y -expresiones gozosas, a que Inés habría contestado de algún modo, si la -seriedad de su madre se lo hubiera permitido.</p> - -<p>—Saquemos ahora de aquí a ese bergante —dijo la condesa—, y después -se verá. Debemos dar gracias a esa señora inglesa que te recogió en el -campo de batalla y que te ha cuidado tan bien, según nos han dicho. -Sé quién es y la hemos visto. La conocí en el Puerto... Por cierto, -caballerito, que tenemos que hablar tú y yo.</p> - -<p>—¿No está por aquí? ¡Athenais, Athenais!... Se empeñará en no -venir cuando la<span class="pagenum" id="Page_361">p. 361</span> -necesitamos. Me alegro infinito de que se conozcan ustedes. Creo que -este conocimiento me ahorra un disgusto. Miss Fly es persona leal y -generosa. ¡Sr. Juan de Dios!... Ese no vendrá aunque le ahorquen. Ha -dado en decir que son ustedes el demonio.</p> - -<p>—¿Ese bendito hospitalario? —indicó la condesa—. El médico nos dijo -que se había ya escapado dos veces de la casa de locos... Vamos a ver -cómo te arreglamos en la camilla. Llamaremos a otro enfermero.</p> - -<p>Cuando salió la condesa, dije a Inés:</p> - -<p>—No me has dicho nada de aquella persona...</p> - -<p>—Ya lo sabrás todo —me contestó, sin oponerse a que la comiese a -besos las manos—. Ven pronto a casa... prueba a levantarte.</p> - -<p>—No puedo, hijita, estoy muy débil. Ese hospitalario de mil demonios -se propuso hoy matarme de hambre. El agustino empeñado en que no había -de comer, y Miss Fly volviéndome loco con sus habladurías...</p> - -<p>—¡Oh! —dijo Inés con encantadora expresión de amenaza—. ¿Esa -inglesa ha de estar contigo en todas partes?... Tengo una sospecha, -una sospecha terrible, y si fuera cierto... ¿Seré yo demasiado buena, -demasiado confiada e inocente, y tú un grandísimo tunante?</p> - -<p>Miró de nuevo mi frente, no ya con inquietud, sino con verdadera -alarma.</p> - -<p>—¡Inesilla de mi corazón! —exclamé—. ¡Si tienes sospechas, yo -las disiparé! ¿Dudas de mí? Eso no puede ser. No ha sucedido nunca, -y no sucederá ahora. ¿Puedo yo dudar de ti?<span class="pagenum" -id="Page_362">p. 362</span> ¿Puede quebrantarse la fe de esta religión -mutua en que ha mucho tiempo vivimos y entrañablemente nos adoramos?</p> - -<p>—Así ha sido hasta aquí; pero ahora... tú me ocultas algo... mi -madre ha pronunciado al descuido algunas palabras... No, Gabriel, no -me engañes. Dímelo, dímelo pronto. Miss Fly te recogió del campo de -batalla. Ella lo ha negado; pero es verdad. Nos lo han dicho.</p> - -<p>—¡Engañarte yo!... Eso sí que es gracioso. Aunque fuese malo y -quisiera engañarte, no podría... Pero te debo decir la verdad, toda la -verdad, mujer mía, y empiezo desde este momento... ¿Por qué me miras la -frente?</p> - -<p>—Porque... porque... —dijo pálida, grave y amenazadora—, porque ese -mechón de pela te lo ha quitado Miss Fly. Yo lo adivino.</p> - -<p>—Pues sí, ella misma ha sido —contesté con serenidad -imperturbable.</p> - -<p>—¡Ella misma!... ¡Y lo confiesa! —exclama entre suspensa y -aterrada.</p> - -<p>Sus ojos se llenaron de lágrimas. Yo no sabía qué decirle. Pero -la verdad salía en onda impetuosa de mi corazón a mis labios. -Mentir, fingir, tergiversar, disimular, era indigno de mí y de ella. -Incorporándome con dificultad, le dije:</p> - -<p>—Yo te contaré muchas cosas que te sorprenderán, querida mía. Demos -tú y yo las gracias a esa generosa mujer que me recogió de entre los -muertos en el Arapil Grande, para que no te quedases viuda.</p> - -<p>—En marcha, vamos —dijo la condesa, entrando de súbito e -interrumpiéndome—. En esta litera irás bien.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch40"> - <p><span class="pagenum" id="Page_363">p. 363</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XL</h2> -</div> - -<p>La casa de la calle del Cáliz, a donde por dos veces he transportado -a mis oyentes, y a cuyo recinto de nuevo me han de seguir, si quieren -saber el fin de esta puntual historia, era la habitación patrimonial -de Santorcaz, que la había heredado de su padre un año antes, con -algunas tierras productivas. Componíase el tal caserón de dos o tres -edificios diversos en tamaño y estructura, que compró, unió y comunicó -entre sí el Sr. Juan de Santorcaz, aldeano enriquecido a principios del -siglo pasado. Faltaba a aquella vivienda elegancia y belleza, pero no -solidez, ni magnitud, ni comodidades, aunque algunas piezas se hallaban -demasiado distantes unas de otras, y era excesiva la longitud de los -corredores, así como el número de escalones que al discurrir de una -parte a otra se encontraban.</p> - -<p>En los aposentos donde anteriormente les vimos, estaba Santorcaz con -su hija el 22 de julio durante la batalla. Esta última circunstancia -hará comprender a mis oyentes que no presencié lo que voy a contar; -mas si lo cuento de referencia, si lo pongo en el lugar de los hechos -presenciados por mí, es porque doy tanta fe a la palabra de quien me -los contó,<span class="pagenum" id="Page_364">p. 364</span> como a mis -propios ojos y oídos; y así, téngase esto por verídico y real.</p> - -<p>Estaban, pues, según he dicho, el infortunado D. Luis y su hija en -la sala: lamentábase ella de que existieran guerras, y maldecía él su -triste estado de salud, que no le permitía presenciar el espectáculo -de aquel día, cuando sonó con terrible estruendo la famosa aldaba -del culebrón, y al poco rato, el único criado que los servía y el -militar que los guardaba, anunciaron a los solitarios dueños que una -señora quería entrar. Como Miss Fly había estado allí algunos días -antes ofreciendo al masón un salvoconducto para salir de Salamanca -y de España, alegrósele a aquel el alma y dio orden de que al punto -dejasen pasar e internarse hasta su presencia a la generosa visitante. -Transcurridos algunos minutos, entró en la sala la condesa.</p> - -<p>Santorcaz rugió como la fiera herida cuando no puede defenderse. -Largo rato estuvieron abrazadas madre e hija, confundiendo sus -lágrimas, y tan olvidadas del resto de la creación, cual si ellas -solas existieran en el mundo. Vueltas al fin en su acuerdo, la madre, -observando con terror a aquel hombre rabioso y sombrío, que clavaba -los ojos en el suelo, como si quisiera con la sola fuerza de su mirada -abrir un agujero en que meterse, quiso llevar a su hija consigo, y -dijo palabras muy parecidas a las que yo pronuncié en circunstancias -semejantes.</p> - -<p>Los que vieron mi sorpresa, juzguen cuál sería la de Amaranta cuando -Inés se separó de<span class="pagenum" id="Page_365">p. 365</span> -ella, y hecha un mar de lágrimas corrió con los brazos abiertos hacia -el anciano, en ademán cariñoso. Absorta miró tan increíble movimiento -la condesa. Santorcaz, cuando su hija estuvo próxima, volvió el rostro -y alargó los brazos para rechazarla.</p> - -<p>—Vete de aquí —dijo—, no quiero verte, no te conozco.</p> - -<p>—¡Loco! —gritó la muchacha con dolor—. Si dices otra vez que me -marche, me marcharé.</p> - -<p>Revolvió Santorcaz los fieros ojos de un lado a otro de la estancia, -miró con igual rencor a la condesa y a su hija, y temblando de cólera -repitió:</p> - -<p>—Vete, vete: te he dicho que te vayas. No quiero verte más. Sal de -esta casa con esa mujer, y no vuelvas.</p> - -<p>—Padre —dijo Inés sin dar gran importancia al frenesí del anciano—. -¿No me has dicho que esta casa es mía? ¿No me has entregado las llaves? -Pues voy a acomodar esta señora en una habitación de las de la calle, -porque hoy es imposible que encuentre posada, y mañana las dos nos -iremos, dejándote tranquilo.</p> - -<p>Tomando un manojo de llaves y repiqueteando con él, no sin cierta -intención zumbona, Inés salió de la estancia seguida de Amaranta, que -nada comprendía de aquella tragicomedia.</p> - -<p>Luego que se quedó solo, Santorcaz dio algunos paseos por la -habitación, recorriéndola en giros y vueltas sin fin, cual macho de -noria. Su fisonomía expresaba todo cuanto puede<span class="pagenum" -id="Page_366">p. 366</span> expresar la fisonomía humana, desde la -saña más terrible a la emoción más tierna. Tomó después un libro, pero -lo arrojó en el suelo a los pocos minutos. Cogió luego una pluma, y -después de rasguñar el papel breve rato, la destrozó y la pisoteó. -Levantose, y con pasos vacilantes e inseguro ademán, dirigiose a la -puerta vidriera; penetró en la estancia próxima, donde había un tocador -de mujer y un lecho blanco. De rodillas en el suelo, hizo de cama -reclinatorio, y apoyando el rostro sobre ella, estuvo llorando todo el -día.</p> - -<p>Si Santorcaz hubiera tenido un oído agudo y finísimo, como el de -algunas especies ornitológicas, habría percibido el rumor de tenues -pasos en el corredor cercano; si Santorcaz hubiera poseído la doble -vista, que es un absurdo para la fisiología, pero que no lo parecería -si se llegaran a conocer los misteriosos órganos del espíritu, habría -visto que no estaba enteramente solo; que una figura celestial batía -sus alas en las inmediaciones de la triste alcoba; que sin tocar el -suelo con su ligero paso, venía y se acercaba, y aplicaba con gracioso -gesto su linda cabeza a la puerta para escuchar, y luego introducía un -rayo de sus ojos por un resquicio para observar lo que dentro pasaba; -y como si lo que veía y oía la contentase, iluminaba aquellos sombríos -espacios con una sonrisa, y se marchaba para volver al poco rato y -atender lo mismo. Pero el pobre masón no veía nada de esto. Aquella -tarde, un ordenanza inglés le trajo un salvoconducto para salir de -Salamanca;<span class="pagenum" id="Page_367">p. 367</span> pero el -masón lo rompió. La condesa e Inés, excepto en los intervalos en que -esta salía, hablaban por los codos en las habitaciones de la calle. -Figuraos la tarea de dos lenguas de mujer, que quieren decir en un día -todo lo que han callado en un año. Hablaban sin cesar, pasando de un -asunto a otro, sin agotar ninguno, experimentando emociones diversas, -siempre sorprendidas, siempre conmovidas, quitándose una a otra la -palabra, refiriendo, ponderando, encareciendo, comentando, afirmando y -negando.</p> - -<p>Esto pasaba el 22 de julio. De vez en cuando las interrumpía zumbido -lejano, estremecimiento sordo de la tierra y del aire. Era la voz de -los cañones de Inglaterra y Francia, que estaban batiéndose donde todos -sabemos. Las dos mujeres cruzaban las manos, elevando los ojos al -cielo... Los cañonazos se repetían con más frecuencia. Por la tarde, -era un mugido incesante como el del océano tempestuoso. En madre e -hija pudo tanto el terror, que se callaron: es cuanto hay que decir. -Pensaban en la cantidad de hombres que se tragaría en cada una de sus -sacudidas el mar irritado, que bramaba a lo lejos.</p> - -<p>Llegó la noche, y los cañonazos cesaron. Muy tarde entró Tribaldos -en la casa. El pobre muchacho estaba consternado, y, aunque se la -echaba de valiente, derramó algunas lágrimas.</p> - -<p>—¿A dónde vas? —preguntó con inquietud la madre a la hija, viendo -que esta se ponía el manto sin decir para qué.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_368">p. 368</span>—Al Arapil -—contestó Inés, entregando otro manto a la condesa, que se lo puso -también sin decir nada.</p> - -<p>Visitó Inés por breves momentos al anciano, y salió de la casa y -de la ciudad, acompañada de su madre y del fiel Tribaldos. Inmenso -gentío de curiosos llenaba el camino. La batalla había sido horrenda, -y querían ver las sobras todos los que no pudieron ver el festín. -Anduvieron largo tiempo, toda la noche, hacia arriba y hacia abajo, y -de acá para allá, sin encontrar lo que buscaban, ni quien razón les -diera de ello. Cerca del día vieron a Miss Fly, que regresaba del campo -de batalla delante de una camilla bien arreglada y cubierta, donde -traían a un hombre, que fue encontrado en el Arapil Grande, lleno de -heridas, sin conocimiento, y con una horrible mordida en el brazo.</p> - -<p>Acercáronse Inés, la condesa y Tribaldos a Miss Fly para hacerle -preguntas; pero esta, impaciente por seguir, les contestó:</p> - -<p>—No sé una palabra. Dejadme continuar. Llevo en esta camilla al -pobre Sir Thomas Parr, que está herido de gravedad.</p> - -<p>Siguieron ellas y Tribaldos, y recorrieron el campo de batalla, que -la luz del naciente día les permitió ver en todo su horror; vieron -los cuerpos tendidos y revueltos, conservando en sus fisonomías la -expresión de rabia y espanto con que los sorprendiera la muerte. -Miles de ojos sin brillo y sin luz, como los ojos de las estatuas de -mármol, miraban al cielo sin verlo. Las manos se agarrotaban en los -fusiles<span class="pagenum" id="Page_369">p. 369</span> y en las -empuñaduras de los sables, como si fueran a alzarse para disparar y -acuchillar de nuevo. Los caballos alzaban sus patas tiesas, y mostraban -los blancos dientes con lúgubre sonrisa. Las dos desconsoladas mujeres -vieron todo esto, y examinaron los cuerpos uno a uno; vieron los -charcos, las zanjas, los surcos hechos por las ruedas, y los hoyos que -tantos millares de pies abrieran en el bailoteo de la lucha; vieron -las flores del campo machacadas, y las mariposas que alzaban el vuelo -con sus alas, teñidas de sangre. Regresaron a Salamanca; volvieron por -la noche al campo de batalla, no ya conmovidas, sino desesperadas; -rezaban por el camino; preguntaban a todos los vivos, y también a los -muertos.</p> - -<p>Por último, después de repetidos viajes y exploraciones dentro y -fuera de la ciudad, en los cuales emplearon tres días, con ligeros -intervalos de residencia y descanso en la casa de la calle del Cáliz, -encontraron lo que buscaban en el hospital de sangre, improvisado en la -Merced. Lo hallaron separado de los demás, en una habitación solitaria -y en poder de un pobre fraile demente. Hicieron diligencia cerca de -la autoridad militar, y, por último, consiguieron poder llevarle, es -decir, llevarme consigo.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch41"> - <p><span class="pagenum" id="Page_370">p. 370</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XLI</h2> -</div> - -<p>Acomodáronme en una estancia clara y bonita y en un buen lecho, -que atropelladamente dispusieron para mí. Me dieron de comer, lo -cual agradecí con toda mi alma, y empecé a encontrarme muy bien. Lo -que más contribuía a precipitar mi restablecimiento, era la alegría -inexplicable que llenaba mi alma. Síntoma externo de este gozo era una -jovialidad expansiva, que me impulsaba a reír por cualquier frívolo -motivo.</p> - -<p>La noche de mi entrada en la casa, mientras la condesa escribía -cartas a todo ser viviente, en la sala inmediata Inés me daba de -cenar.</p> - -<p>Nos hallábamos solos, y le conté toda, absolutamente toda la casi -increíble novela de Miss Fly, sin omitir nada que me perjudicase -o me engrandeciese a los ojos de mi interlocutora. Oyome esta con -atención profunda, mas no sin tristeza; y cuando concluí, diríase -que mi constante amiga había perdido el uso de la palabra. No sé -en qué vagas perplejidades se quedó suspenso y flotante su grande -ánimo. En su fisonomía observé el enojo luchando con la compasión, el -orgullo tal vez en pugna con la hilaridad. Pero no decía nada,<span -class="pagenum" id="Page_371">p. 371</span> y sus grandes ojos se -cebaban en mí. Por mi parte, mientras más duraba su abstracción -contemplativa, más inclinado me sentía yo a burlarme de las nubes que -oscurecían mi cielo.</p> - -<p>—¿Es posible que pienses todavía en eso? —le dije.</p> - -<p>—Espero que me enseñes el mechón rubio con que te han pagado el -negro... Buena pieza, ¿piensas que me casaré contigo, con un perdido, -con un bribón?... Te cuidaremos, y luego que estés bueno, te marcharás -con tu adorada inglesa. Ninguna falta me haces.</p> - -<p>Quería ponerse seria, y casi casi lo lograba.</p> - -<p>—No me marcharé, no —le dije—, porque te quiero más que a las -niñas de mis ojos; me has enamorado, porque eres una criatura de -otros tiempos, porque vuestra alma, señora (me gusta tratar de vos a -las personas), da la mano a la mía y ambas suben a las alturas donde -jamás llegan la vulgaridad y bajeza de los nacidos. Por vos, señora, -seré Bernardo del Carpio, el Cid y Lanzarote del Lago; acometeré las -empresas más absurdas; mataré a medio mundo, y me comeré al otro -medio.</p> - -<p>—Si piensas embobarme con tales tonterías... —dijo sin querer -reírse, pero riendo.</p> - -<p>—Señora —exclamé con dramático acento—, vos sois el imán de mi -existencia, la única pareja digna de mi alma; adoro las águilas que -vuelan mirando cara a cara al sol, y no las gallinas que solo saben -poner huevos, criar pollos, cacarear en los corrales, y morir por el -hombre. Llevadme, llevadme con vos, señora,<span class="pagenum" -id="Page_372">p. 372</span> a los espacios de las grandes emociones y -a las excelsitudes del pensamiento. Si me abandonáis, yo os lloraré -en las ruinas; si me amáis, seré vuestro esclavo, y conquistaré diez -reinos para poneros uno en cada dedo de las manos.</p> - -<p>—Calla, calla, tonto, farsante —dijo Inés, defendiéndose como podía -contra la hilaridad que la ahogaba.</p> - -<p>—¡Ah, señora y dueño mío! —proseguí yo reforzando mi entonación—. -Me rechazáis. Vuestro corazón es indigno del mío. Yo lo creí templado -en el fuego de la pasión, y es un pedazo de carne fofa y blanda. Os -lo pedía yo para unirlo al mío, y vos le arrojáis a los soldados para -que claven en él sus bayonetas. Sois indigna de mí, señora. Os digo -estas sublimidades, y en vez de oírme, os estáis cosiendo todo el -día; tembláis cuando voy a la guerra; no pensáis más que en vuestros -chiquillos, en vez de pensar en mi gloria, y os ocupáis en hacer -guisotes y platos diversos para darme de comer; yo no como, señora: -en la región donde yo habito no se come... De veras sois tonta: os -habéis empeñado en amarme con cariño dulce y tranquilo, propio de -costureras, boticarios, sargentos, covachuelistas y sastres de portal. -¡Oh! amadme con exaltación, con frenesí, con delirio, como amaba -Bernardo del Carpio a Doña Estela; cantad las hazañas de los héroes -que son norte y faro de mi vida, y poneos delante de mí cual figura -histórica, sin cuidaros de que mi ropa esté hecha pedazos, mi mesa sin -comida y mis hijos desnudos. ¿Qué veo? ¿Os reís? ¡Miseria humana!<span -class="pagenum" id="Page_373">p. 373</span> ¡Yo me muero por vos, y -os reís! ¡Yo peno, y vos os regocijáis! ¡Yo enflaquezco, y vos os -presentáis a mí fresca, alegre y gordita!</p> - -<p>Inés lloraba de risa, pero de una manera tan franca y natural, que -todo el enojo se iba desvaneciendo en aquellas chispas de alegría. Mi -corazón se entendió con el suyo, como los hermanos que por un momento -riñen para quererse más.</p> - -<p>—Os abandono, porque amáis a otro, a una criatura vulgar y -antipoética, señora —continué mirando su frente y haciendo con mis -dedos movimiento semejante al abrir y cerrar de unas tijeras—; pero -quiero llevarme un recuerdo vuestro, y así os corto ese mechón que os -cuelga sobra la frente.</p> - -<p>Diciéndolo, cogí la preciosa cabeza y le di mil besos.</p> - -<p>—Que me lastimas, bárbaro —gritó sin cesar de reír.</p> - -<p>Acudió la condesa, que en la cercana habitación estaba, y al verla, -Inés, más roja que una amapola, le dijo:</p> - -<p>—Es Gabriel, que las echa de gracioso.</p> - -<p>—No hagáis ruido, que estoy escribiendo. Todavía me faltan muchas -cartas, pues tengo que escribir a Wellington, a Graham, a Castaños, a -Cabarrús, a Azanza, a Soult, a O’Donnell y al Rey José.</p> - -<p>Mi adorada suegra tenía la manía de las cartas. Escribía a todo -el mundo, y de todos lograba respuesta. Su colección epistolar era -un riquísimo archivo histórico, del cual sacaré algún día no pocas -preciosidades.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_374">p. 374</span>Al día siguiente, -mi suegra fue a visitar a Miss Fly, a quien, como he dicho, había -tratado en el Puerto y reconocido últimamente en Salamanca. Athenais -pagó la visita a la condesa en el mismo día. Vino elegantemente -vestida, deslumbradora de hermosura y de gracia. Servíale de caballero -el coronel Simpson, siempre encarnadito, vivaracho, acicalado y -compuesto como un figurín, y siempre honrando todos los objetos y -personas con la cuádruple mirada de dos ojos y dos vidrios que jamás -descansaban en su investigadora observación. Yo me había levantado; en -pie asistí sin moverme a la visita, que no fue larga, aunque sí digna -de ocupar el penúltimo lugar en esta verídica historia.</p> - -<p>—¿De modo que parte usted definitivamente para Inglaterra? —dijo la -condesa.</p> - -<p>—Sí, señora —repuso Athenais, que no se dignaba mirarme—: estoy -cansada de la guerra y de España, y deseo abrazar a mi padre -y hermanas. Si alguna vez vuelvo a España, tendré el gusto de -visitaros.</p> - -<p>—Antes quizás tenga yo el de escribir a usted —dijo mi suegra -acordándose de que había papel y plumas en el mundo—. Por falta de -tiempo no he escrito ya a Lord Byron, a quien conocí en Cádiz. No -llevará usted malos recuerdos de España.</p> - -<p>—Muy buenos. Me he divertido mucho en este extraño país; he -estudiado las costumbres, he hecho muchos dibujos de los trajes y gran -número de paisajes en lápiz y acuarela. Espero que mi álbum llame la -atención.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_375">p. 375</span>—También llevará -usted memoria de las tristes escenas de la guerra —dijo Amaranta con -emoción.</p> - -<p>—Los franceses nada respetan —indicó Miss Fly con la indiferencia -que se emplea en las visitas para hablar del tiempo.</p> - -<p>—En su retirada —afirmó Simpson— han destruido todos los pueblos de -la ribera del Tormes. No nos perdonan que les hayamos matado cinco mil -hombres y cogido siete mil prisioneros con dos águilas, seis banderas -y once cañones... ¡Grandiosa e importante batalla! No puedo menos de -felicitar al Sr. de Araceli —añadió haciéndome el honor de dirigirse a -mí— por su buen comportamiento durante la acción. El brigadier Pack y -el honorable general Leith han hecho delante de mí grandes elogios de -usted. Me consta que su excelencia el gran Wellington no ignora nada de -lo que tanto os favorece.</p> - -<p>—En ese caso —dije—, tal vez se disipe la prevención que Su -Excelencia tenía contra mí por motivos que nunca pude saber.</p> - -<p>Athenais se puso pálida; mas dominándose al instante, no solo se -atrevió a fijar en mí sus lindos ojos de cielo, sino que se rio y de -muy buena gana, según parecía.</p> - -<p>—Este caballero —contestó con jovialidad asombrosa por lo bien -fingida— ha tenido la desgracia y la fortuna de pasar por mi amante -a los ojos de los ociosos del campamento. En España, el honor de las -damas está a merced de cualquier malicioso.</p> - -<p>—¡Pero cómo! ¿Es posible, señora? —exclamé<span class="pagenum" -id="Page_376">p. 376</span> fingiéndome sorprendido, y además de -sorprendido, encolerizado—. ¿Es posible que por aquel felicísimo -encuentro nuestro...? No sabía nada ciertamente. ¡Y se han atrevido a -calumniar a usted!... ¡Qué horror!</p> - -<p>—Y poco ha faltado para que me supusieran casada con vos —añadió -apartando los ojos de mí, contra lo que las conveniencias del diálogo -exigían—. Me ha servido de gran diversión, porque, a la verdad, aunque -os tengo por persona estimable...</p> - -<p>—No tanto que pudiera merecer el honor... —añadí completando la -frase—. Eso es claro como el agua.</p> - -<p>—Todo provino de que alguien nos vio juntos en la ciudad, cuando -para salvaros de aquellos infames soldados, pasasteis por mi criado -durante unas cuantas horas —dijo Athenais, coqueteando y haciendo -monerías—. Ahora falta saber si por vanidad juvenil fuisteis vos mismo -quien se atrevió a propalar rumores tan ridículos acerca de una noble -dama inglesa, que jamás ha pensado enamorarse en España, y menos de un -hombre como vos.</p> - -<p>—¡Yo, señora! El coronel Simpson es testigo de lo que pensaba yo -sobre el particular.</p> - -<p>—Los rumores —dijo el simpático Abraham— partieron de la oficialidad -inglesa, y empezaron a circular cuando Araceli volvió de Salamanca y -Athenais no.</p> - -<p>—Y vos, mi querido Sir Abraham Simpson —dijo Miss Fly con cierto -enojo—, disteis circulación a las groserías que corrían acerca de -mí.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_377">p. 377</span>—Permitidme decir, -mi querida Athenais —indicó Simpson en español—, que vuestra conducta -ha sido algo extraña en este asunto. Sois orgullosa... lo sé... creíais -rebajaros solo ocupándoos del asunto... Lo cierto es que oíais todo, y -callábais. Vuestra tristeza, vuestro silencio hacían creer...</p> - -<p>—Me parece que no conocéis bien los hechos —dijo Athenais empezando -a ruborizarse.</p> - -<p>—Todos hablaban del asunto; el mismo Wellington se ocupó de él. Os -interrogaron con delicadeza, y contestasteis de un modo vago. Se dijo -que pensábais pedir el cumplimiento de las leyes inglesas sobre el -matrimonio. Calumnia, pura calumnia; pero ello es que lo decían y vos -no lo negábais... yo mismo os llamé la atención sobre tan grave asunto, -y callasteis...</p> - -<p>—Conocéis mal los hechos —repitió Athenais más ruborizada—, y además -sois muy indiscreto.</p> - -<p>—Es que, según mi opinión —dijo Simpson—, llevasteis la delicadeza -hasta un extremo lamentable, mi querida Athenais... Os sentíais -ultrajada solo por la idea de que creyeran... pues... una mujer de -vuestra clase... No quiero ofender al señor; pero... es absurdo, -monstruoso. La Inglaterra, señora, se hubiera estremecido en sus -cimientos de granito.</p> - -<p>—¡Sí, en sus cimientos de granito! —repetí yo—. ¡Qué hubiera sido de -la Gran Bretaña!... Es cosa que espanta.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_378">p. 378</span>Miss Fly me dirigió -una mirada terrible.</p> - -<p>—En fin —dijo la condesa—, los rumores circularon... yo misma los -oí... Pero la cosa no vale nada, si la Gran Bretaña se mantiene sin -mancilla...</p> - -<p>Miss Fly se levantó.</p> - -<p>—Señora —le dije con el mayor respeto—, sentiría que usted dejase -a España sin que yo pudiese manifestarle la profundísima gratitud que -siento...</p> - -<p>—¿Por qué, caballero? —preguntó llevando el pañuelo a su agraciada -boca.</p> - -<p>—Por su bondad, por su caridad. Mientras viva, señora, bendeciré -a la persona que me recogió del campo de batalla con otros infelices -compañeros.</p> - -<p>—Estáis en gran error —exclamó riendo—. Yo no he pensado en tal -cosa. Vos, sin duda, lo deseábais. Recogí a varios, sí; pero no a -vos. Os han engañado. Me visteis en la Merced recorriendo las salas y -dormitorios... No quiero que me atribuyan el mérito de obras que no me -pertenecen.</p> - -<p>—Entonces, señora, permítame usted que le dé las gracias por... No, -lo que quiero decir es que ruego a usted no me guarde rencor por haber -sido causa, aunque inocente, de esos ridículos rumores...</p> - -<p>—¡Oh, oh!... No hago caso de semejante necedad. Soy muy superior a -tales miserias... ¡La calumnia! ¿Acaso me importa algo?... ¡Vuestra -persona! ¿Significa algo para mí? Sois vanidoso y petulante.</p> - -<p>Miss Fly hacía esfuerzos extraordinarios<span class="pagenum" -id="Page_379">p. 379</span> por conservar en su semblante aquella -calma inglesa que sirve de modelo a la majestuosa impasibilidad de la -escultura. Miraba a los cristales, a los viejos cuadros, al suelo, a -Inés, a todos, a todos menos a mí.</p> - -<p>—Entonces, señora —añadí—, puesto que ningún daño ha padecido usted -por causa mía...</p> - -<p>—Ninguno, absolutamente ninguno. Os hacéis demasiado honor, -caballero Araceli, y solo con pedirme excusas por la vil calumnia, solo -con asociar vuestra persona a la mía, estáis faltando al comedimiento, -sí, faltando a la consideración que debe inspirar en todo lo habitado -una hija de la Gran Bretaña.</p> - -<p>—Perdón, señora, mil veces perdón. Solo me resta decir a usted que -deseo ser su humildísimo servidor y criado, aquí y en todas partes y en -todas las ocasiones de mi vida. ¿También así falto al comedimiento?</p> - -<p>—También... pero, en fin, admito vuestros homenajes. Gracias, -gracias —dijo con altivez—. Adiós.</p> - -<p>Al fin de la visita, aunque repetidas veces se empeñó en reír, no -pudo conseguirlo sino a medias. Sus manos temblaban, destrozando las -puntas del chal amarillo. Despidiose cariñosamente de la condesa, y con -mucha ceremonia de Inés y de mí.</p> - -<p>—¿Y no será usted tan buena que nos escriba alguna vez para -enterarnos de su salud? —le dije.</p> - -<p>—¿Os importa algo?</p> - -<p>—¡Mucho, muchísimo! —respondí con vehemencia y sinceridad -profunda.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_380">p. 380</span>—¡Escribiros! -Para eso necesitaría acordarme de vos. Soy muy desmemoriada, señor de -Araceli.</p> - -<p>—Yo, mientras viva, no olvidaré la generosidad de usted, Athenais. -Me cuesta mucho trabajo olvidar.</p> - -<p>—Pues a mí no —dijo mirándome por última vez.</p> - -<p>Y en aquella mirada postrera que sus ojos me echaron, puso tanto -orgullo, tanta soberbia, tanta irritación, que sentí verdadera pena. Al -fin salió de la sala. La palidez de su rostro y la furia de su alma la -hacían terrible y majestuosamente bella.</p> - -<p>Pocos momentos después, aquel hermoso insecto de mil colores, que -por unos días revoloteara en caprichosos círculos y juegos alrededor de -mí, había desaparecido para siempre.</p> - -<p>Muchas personas que anteriormente me han oído contar esto, sostienen -que jamás ha existido Miss Fly; que toda esta parte de mi historia es -una invención mía para recrearme a mí propio y entretener a los demás; -pero ¿no debe creerse ciegamente la palabra de un hombre honrado?</p> - -<p>Por ventura, quien de tanta rectitud dio pruebas, ¿será capaz ahora -de oscurecer su reputación con ficciones absurdas, con fábricas de la -imaginación que no tengan por base y fundamento a la misma verdad, hija -de Dios?</p> - -<p>Poco después de que los dos ingleses nos dejaron solos, la condesa -dijo a Inés:</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_381">p. 381</span>—Hija mía, ¿tienes -inconveniente en casarte con Gabriel?</p> - -<p>—No, ninguno —repuso ella con tanto aplomo, que me dejó -sorprendido.</p> - -<p>Con inefable afecto besé su hermosa mano, que tenía entre las -mías.</p> - -<p>—¿Está tranquila y satisfecha tu alma, hija mía?</p> - -<p>—Tranquila y satisfecha —repuso—. ¡Pobrecita Miss Fly!</p> - -<p>Ambos nos miramos. Un cielo lleno de luz divina y de inexplicable -música de ángeles flotaba entre uno y otro semblante... Si es posible -ver a Dios, yo le veía, yo.</p> - -<p>—¡Qué hermoso es vivir! —exclamé—. ¡Qué bien hizo Dios en criarnos a -los dos, a los tres! ¿Hay felicidad comparable a la mía? ¿Pero esto qué -es, es vivir o es morir?</p> - -<p>Al oír esto la condesa, que había corrido a abrazarnos, se apartó de -nosotros. Fijó los ojos en el suelo con tristeza. Inés y yo pensamos al -propio tiempo en lo mismo, y sentimos la misma pena, una lástima íntima -y honda que turbaba nuestra dicha.</p> - -<p>—¿Qué tal está hoy? —preguntó Amaranta.</p> - -<p>—Muy mal —repuso Inés—. Solo vive su espíritu.</p> - -<p>Amaranta dio un suspiro y nos abrazó de nuevo.</p> - -<p>—Levántate —me dijo Inés—. Vamos los dos allá. Hace ya hora y media -que no me ha visto, y estará muy taciturno.</p> - -<p>Aunque extenuado y débil, me levanté y la seguí apoyado en su -brazo.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_382">p. 382</span>—Haré la última -tentativa, y venceré —dijo cerca ya de la guarida del masón—. Le -he observado muy bien todo el día, y el pobrecito no desea ya sino -rendirse.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch42"> - <h2 class="nobreak g0">XLII</h2> -</div> - -<p>Al entrar en la solitaria y triste estancia, vimos a Santorcaz -apoltronado en el sillón y leyendo atentamente un libro. Alzó la -vista para mirarnos. Inés, poniendo la mano en su hombro, le dijo con -cariñoso gracejo:</p> - -<p>—Padre, ¿sabes que me caso?</p> - -<p>—¿Te casas? —dijo con asombro el anciano soltando el libro y -devorándonos con los ojos—. ¡Tú!...</p> - -<p>—Sí —continuó Inés en el mismo tono—. Me caso con este pícaro -Gabriel, con un opresor del pueblo, con un verdugo de la humanidad, con -un satélite del despotismo.</p> - -<p>Santorcaz quiso hablar, pero la emoción entorpeció su lengua. Quiso -reír; quiso después ponerse serio y aun colérico; mas su semblante no -podía expresar más que turbación, vacilación y desasosiego.</p> - -<p>—Y como mi marido tendrá que servir a los reyes, porque ese es su -oficio —prosiguió Inés—, me veré obligada, querido padre, a reñir -contigo. Ahora me ha dado por la nobleza;<span class="pagenum" -id="Page_383">p. 383</span> quiero ir a la corte, tener palacio, coches -y muchos y muy lujosos criados... Yo soy así.</p> - -<p>—Bromea usted, señora Doña Inesita —dijo Santorcaz en tono -agridulce, recobrando al fin el uso de la palabra—. ¿No hay más que -casarse con el primero que llega?</p> - -<p>—Hace tiempo que le conozco, bien lo sabes —dijo ella riendo—. -Muchas veces te lo he dicho... Ahora, padre, tú te quedarás aquí -con Juan y Ramoncilla, y yo me voy a Madrid con mi marido. Te -entretendrás en fundar una gran logia y en leer libros de revoluciones -y guillotinas, para que acabes de volverte loco, como D. Quijote, con -los de caballerías.</p> - -<p>Diciendo esto, abrazó al anciano y se dejó besar por él.</p> - -<p>—¡Adiós, adiós! —repitió ella—. Puesto que no nos hemos de ver más, -despidámonos bien.</p> - -<p>—Picarona —dijo él, estrechándola amorosamente contra su pecho y -sentándola sobre sus rodillas—. ¿Piensas que te voy a dejar marchar?</p> - -<p>—¿Y piensas que yo voy a esperar a que tú me dejes salir? Padre, ¿te -has vuelto tonto? ¿Has olvidado a la persona que ha estado en casa y -que tiene tanto poder?... ¿No sabes que estás preso?... ¿Crees que no -hay justicia, ni leyes, ni corregidores? Atrévete a respirar...</p> - -<p>El masón apartó de sí a la muchacha; trató de levantarse; mas -impidiéronselo sus doloridas<span class="pagenum" id="Page_384">p. -384</span> piernas, y golpeando los brazos del sillón, habló así:</p> - -<p>—¡Pues no faltaba más... marcharte tú y dejarme!... Araceli —añadió -dirigiéndose a mí con bondad—, ya que mi hija tiene la debilidad de -quererte, te permito que seas su marido; pero tú y ella os quedaréis -conmigo.</p> - -<p>—¡A buena parte vas con súplicas! —dijo Inés riendo—. A fe que -mi marido hace buenas migas con los masones. Él y yo detestamos el -populacho y adoramos a reyes y frailes.</p> - -<p>—Bueno, me quedaré —dijo Santorcaz con ligera inflexión de broma en -su tono—. Me moriré aquí. Ya sabes cómo está mi salud, hija mía: vivo -de milagro. En estos días que has estado enojada conmigo, yo sentía que -la vida se me iba por momentos, como un vaso que se vacía. ¡Ay! queda -tan poco, que ya veo, ya estoy viendo el fondo negro.</p> - -<p>—Todo se arreglará —dije yo acercando mi asiento al del enfermo—. -Nos llevaremos con nosotros al enemigo de los reyes.</p> - -<p>—Eso es, eso... Gabriel ha hablado con tanto talento como Voltaire -—dijo el masón con repentino brío—. Me llevaréis con vosotros... No -tengo inconveniente, la verdad...</p> - -<p>—Bueno, le llevaremos —dijo Inés abrazando a su padre—, le -llevaremos a Madrid, donde tenemos una casa muy grande, grandísima, y -en la cual estaremos muy anchos, porque mi madre se va con todos sus -criados a vivir a Andalucía para no volver más.</p> - -<p>—¡Para no volver más! —dijo el enfermo con turbación—. ¿Quién te lo -ha dicho?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_385">p. 385</span>—Ella misma. Se -separa de mí mientras tú vivas.</p> - -<p>—¡Mientras yo viva!... Ya lo ves. Por eso conocerás la inmensidad de -su aborrecimiento.</p> - -<p>—Al contrario, padre —dijo Inés con dulzura—: se marcha porque tú -no la puedes ver, y para dejarme en libertad de que te cuide y esté -contigo en tu enfermedad. Lo que te decía hace poco de abandonarte y -marcharme sola con mi marido, era una broma.</p> - -<p>En los párpados del anciano asomaban algunas lágrimas que él hubiera -deseado poder contener.</p> - -<p>—Lo creo; pero eso de que tu madre se separe de ti por concederme el -inestimable beneficio de tu compañía, me parece una farsa.</p> - -<p>—¿No lo crees?</p> - -<p>—No: ¿a que no se atreve a venir aquí y a decirlo delante de mí?</p> - -<p>—Eso quisieras tú, padrito. ¿Cómo ha de venir a decirte eso, ni -ninguna otra cosa, cuando se ha marchado?</p> - -<p>—¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! —exclamó Santorcaz con un -desconsuelo tan profundo, que por largo rato quedó estupefacto.</p> - -<p>—¿Pues no lo sabes? ¿No sentiste la voz de unos señores ingleses? -Esos la acompañan hasta Madrid, de donde partirá para Andalucía.</p> - -<p>El dominio de aquella hermosa y excelente criatura sobre su padre, -era tan grande, que Santorcaz pareció creerlo tal como ella lo decía. -Clavaba los ojos en el suelo, y lentamente se acariciaba la barba.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_386">p. 386</span>—Búscala por toda -la casa —prosiguió Inés—. A fe que tendría gusto la señora en vivir -dentro de esta jaula de locos.</p> - -<p>—¡Se ha marchado! —repitió sombríamente Santorcaz, hablando consigo -mismo.</p> - -<p>—Y no me costó poco quedarme —añadió ella, haciendo con manos y -rostro encantadoras monerías—. Su deseo era llevarme consigo. Allá -le dijo no sé quién... nada se puede tener oculto... que yo te había -tomado gran cariño. Solo por esta razón venía dispuesta a perdonarte, -a reconciliarse contigo... Esto era lo más natural, pues tú la habías -amado mucho, y ella te había amado a ti... Pero tú estás loco... la -recibiste como se recibe a un enemigo... te pusiste furioso... te -negaste a ser bueno con ella. Me has hecho pasar unos ratos que no te -perdono.</p> - -<p>Las lágrimas corrieron hilo a hilo por la cara de Santorcaz.</p> - -<p>—Mi deber era huir de esta casa aborrecida; huir con ella, -abandonándote a las perversidades y rencores de tu corazón —dijo Inés, -que reunía a la santidad de los ángeles cierta astucia de diplomático—. -Pero me acordé de que estabas enfermo y postrado; se lo dije...</p> - -<p>El masón miró a su hija, preguntándole con los ojos cuanto es -posible preguntar.</p> - -<p>—Se lo dije, sí —prosiguió ella—; y como esa señora tiene un corazón -bueno, generoso y amante; como nunca, nunca ha deseado el mal ajeno, -ni ha vivido del odio; como sabe perdonar las ofensas y hacer bien a -los que la aborrecen... ¡ay! no lo creerás ni lo comprenderás,<span -class="pagenum" id="Page_387">p. 387</span> porque un corazón de hierro -como el tuyo no puede comprender esto.</p> - -<p>—Sí lo creo, lo comprendo —dijo Santorcaz secando sus lágrimas.</p> - -<p>—Pues bien: ella misma convino en que no me separase de ti, para -consolarte y fortalecerte en tus últimos días; y como ella y tú no -podéis estar juntos en un mismo sitio, determinó retirarse. Acordamos -que me case con el verdugo de la humanidad, y que Gabriel y yo te -llevemos a vivir con nosotros...</p> - -<p>—¿Y se marchó?... ¿pero se marchó? —preguntó Santorcaz con un resto -de esperanza.</p> - -<p>—Y se marchó, sí, señor. Venía dispuesta a reconciliarse contigo, -a quererte como yo te quiero. Ha llorado mucho la pobrecita, al ver -que después de tantos años, después de tantas desgracias como le han -ocurrido por ti, después de tanto daño como le has hecho, aún te -niegas a pronunciar una palabra cristiana, a borrar con un momento de -generosidad todas las culpas de tu vida, a descargar tu conciencia -y también la suya del peso de un resentimiento insoportable. Se ha -marchado perdonándote. Dios se encargará de juzgarte a ti, cuando en el -momento del Juicio le presentes, como únicos méritos de tu existencia, -ese corazón insensible y perverso, o mejor dicho, ese nido de culebras, -a las cuales has criado, a las cuales echas de comer todos los días, -para que crezcan y vivan siempre, y te muerdan aquí y en la eternidad -de la otra vida.</p> - -<p>El anciano se revolvía con angustia en su sillón; el llanto había -cesado de afluir de sus<span class="pagenum" id="Page_388">p. -388</span> ojos; tenía el rostro encendido, las manos crispadas, -echada la cabeza hacia atrás, y entrecortaba su aliento una sofocación -fatigosa.</p> - -<p>—Padre —exclamó Inés echándole los brazos al cuello—, sé bueno, -sé generoso y te querré más todavía. Ya sabes mi deseo: prepárate a -cumplirlo, y mi madre volverá. Yo la llamaré y volverá.</p> - -<p>Los músculos de Santorcaz se tendieron, poniéndose rígidos; cerró -los ojos, inclinó la cabeza, y su aspecto fue el de un cadáver. En -aquel mismo instante abriose la puerta y penetró la condesa, pálida, -llorosa. Andando lentamente, adelantó hasta llegar al lado del enfermo, -que seguía inerte, mudo, y en apariencia sin vida. Alarmados todos, -acudimos a él, y con ayuda de Juan y Ramoncilla le acostamos en su -lecho; al instante hicimos venir al médico que ordinariamente le -asistía.</p> - -<p>Inés y la condesa le observaban atentamente, y fijaban sus ojos en -el semblante demacrado, pero siempre hermoso, del desgraciado masón. -Miraban con espanto aquella sima, aterradas de lo que en su profundidad -había, sin comprenderlo bien.</p> - -<p>El médico, luego que le examinara, anunció su próximo fin, añadiendo -que se maravillaba de que alargase tanto su vida, pues el día anterior -casi le diputó por muerto, aunque ocultó a Inés el fatal pronóstico. -Cerca ya de la noche, un hondo suspiro nos anunció que recobraba de -nuevo el conocimiento; abrió los ojos, y revolviéndolos con espanto -por todo el recinto de la estancia, fijolos en la condesa,<span -class="pagenum" id="Page_389">p. 389</span> cuyo semblante iluminaba la -triste luz.</p> - -<p>—¡Otra vez estás aquí! —exclamó con voz torpe y expresión de -hastío y cólera—. ¿Otra vez aquí? ¡Mujer, sabe que te aborrezco! ¡La -cárcel, el destierro, el patíbulo... todo te ha parecido poco para -perseguirme...! ¿Por qué vienes a turbar mi felicidad? Vete. ¿Por qué -agarras a mi hija con esa mano amarilla como la de la muerte? ¿Por qué -me miras con esos ojos plateados que parecen rayos de luna?</p> - -<p>—Padre, no hables así, que me das miedo —gritó Inés abrazándole, -llenos los ojos de lágrimas.</p> - -<p>La condesa no decía nada, y lloraba también.</p> - -<p>Santorcaz, después de aquella crisis de su espíritu, cayó en nuevo -sopor profundísimo, y cerca de la madrugada recobró el conocimiento con -un despertar sereno y sosegado. Su mirar era tranquilo, su voz clara y -entera, cuando dijo:</p> - -<p>—Inés, niña mía, ángel querido, ¿estás aquí?</p> - -<p>—Aquí estoy, padre —respondió ella acudiendo cariñosamente a su -lado—. ¿No me ves?</p> - -<p>Inés tembló al observar que los ojos de su padre se fijaban en los -de la condesa.</p> - -<p>—¡Ah! —dijo Santorcaz sonriendo ligeramente—. Está ahí... la veo... -viene hacia acá... ¿Pero por qué no habla?</p> - -<p>La condesa había dado algunos pasos hacia el lecho; pero permanecía -muda.</p> - -<p>—¿Por qué no habla? —repitió el enfermo.</p> - -<p>—Porque te tiene miedo —dijo Inés—, como<span class="pagenum" -id="Page_390">p. 390</span> te lo tengo yo, y no se atreve la pobrecita -a decirte nada. Tú tampoco le dices nada.</p> - -<p>—¿Que no? —indicó el masón con asombro—. Hace dos horas que estoy -dirigiéndole la palabra... tengo la boca seca de tanto hablar, y no me -contesta. ¡Ay! —añadió con dolor y volviendo el rostro—, es demasiado -cruel con este infeliz.</p> - -<p>—¿La quieres mucho, padre? —preguntó Inés tan conmovida, que apenas -entendimos sus palabras.</p> - -<p>—¡Oh, mucho, muchísimo! —exclamó el enfermo oprimiéndose el -corazón.</p> - -<p>—Por eso desde que la has visto —continuó la muchacha—, la has -pedido perdón por los ligeros perjuicios que sin querer le has -causado. Todos te hemos oído y hemos alabado a Dios por tu buen -comportamiento.</p> - -<p>—¿Me habéis oído?... —dijo él con asombro, mirándonos a todos—. ¿Me -has oído tú... me ha oído ella... me ha oído también Araceli? Lo había -dicho bajo, muy bajito, para que solo Dios me oyera, y lo ignorara todo -ser nacido.</p> - -<p>Amaranta, tomando la mano de Santorcaz dijo:</p> - -<p>—Hace mucho, mucho tiempo que deseaba perdonarte: hubiéralo hecho -en cualquiera ocasión, si, desde que Inés vino a mi poder, te hubieras -presentado a mí como amigo... Yo también he tenido resentimientos; pero -la desgracia me ha enseñado pronto a sofocarlos...</p> - -<p>Lágrimas abundantes cortaron su voz.</p> - -<p>—Y yo —dijo Santorcaz con voz apacible y ademán sereno—. Yo, que voy -a morir, no<span class="pagenum" id="Page_391">p. 391</span> sé lo que -pasa en mi corazón. Él nació para amar. Él mismo no sabe si ha amado o -aborrecido toda su vida.</p> - -<p>Después de estas palabras, todos callaron por breve rato. Las -almas de aquellos tres individuos tan unidos por la Naturaleza y tan -separados por las tempestades del mundo, se sumergían, por decirlo -así, en lo profundo de una meditación religiosa y solemne sobre su -respectiva situación. Inés fue la primera que rompió el grave silencio, -diciendo:</p> - -<p>—Bien se conoce, querido padre, que eres un hombre bueno, -honrado, generoso. Si has tenido fama de lo contrario, es porque te -han calumniado. Pero nosotras, nosotras dos, y también Araceli, te -conocemos bien. Por eso te amamos tanto.</p> - -<p>—Sí —respondió el masón, como responde el moribundo a las preguntas -del confesor.</p> - -<p>—Si has hecho algunas cosas malas —continuó Inés—, es decir, que -parecen malas, ha sido por broma... Esto lo comprendo perfectamente. -Por ejemplo: cuando te perseguían... apuesto a que la persecución no -era ni la mitad de lo que tú te figurabas... pero, en fin, sea lo que -quiera. Lo cierto es que te enfadaste, y con muchísima razón, porque tú -estabas enamorado, querías ser bueno... Pero hay familias orgullosas... -Es preciso también considerar que una familia noble debe tener cierto -punto... Dios primero y el mundo después no han querido que todos sean -iguales.</p> - -<p>—Pero se ven castigos, o si no castigos, justicias providenciales -en la tierra —dijo<span class="pagenum" id="Page_392">p. 392</span> -Santorcaz bruscamente mirando a Amaranta—. Señora condesa, hoy mismo -ha consentido usted que su hija única y noble heredera se case con un -chico de las playas de la Caleta. ¡Bravo abolengo, por cierto!</p> - -<p>—Mejor sería —repuso la condesa— decir con un joven honrado, digno, -generoso, de mérito verdadero y de porvenir.</p> - -<p>—¡Oh! señora mía, eso mismo era yo hace veinte años —afirmó -Santorcaz con tristeza.</p> - -<p>Después cerró los ojos, como para apartar de sí imágenes -dolorosas.</p> - -<p>—Es verdad —dijo Inés entre broma y veras—; pero tú te entregaste -a la desesperación, padre querido; tú no tuviste la fortaleza de -ánimo de este opresor de los pueblos; tú no luchaste como él contra -la adversidad, ni conquistaste escalón por escalón un puesto honroso -en el mundo; tú te dejaste vencer por la desgracia, corriste a París, -te uniste a los pícaros revolucionarios que entonces se divertían en -matar gente. Agraviados ellos como tú y tú como ellos, todos creíais -que cortando cabezas ajenas ganábais alguna cosa y valían más los que -se quedaran con ella sobre los hombros... Viniste luego a España con -el corazón lleno de venganza. Tú querías que nos divirtiéramos aquí -con lo que se divertían allá: la gente no ha querido darte gusto, y te -entretuviste con las mojigangas y gansadas de los masones, que según -ellos dicen, hacen mucho, y según yo veo, no hacen nada.</p> - -<p>—Sí —murmuró el anciano.</p> - -<p>—Al mismo tiempo procurabas hacer daño<span class="pagenum" -id="Page_393">p. 393</span> a la persona que más debías amar... Yo sé -que si ella no te hubiera despreciado como te despreciaba, tú habrías -sido bueno, muy bueno, y te habrías desvivido por ella...</p> - -<p>—Sí, sí —repitió él.</p> - -<p>—Esto es claro: Dios consiente tales cosas. A veces dos personas -buenas parece que se ponen de acuerdo para hacer maldades, sin caer en -la cuenta de que, diciéndose cuatro palabras, concluirían por abrazarse -y quererse mucho.</p> - -<p>—Sí, sí.</p> - -<p>—Y no me queda duda —continuó Inés derramando sin cesar aquel -torrente de generosidad sobre el alma del pobre enfermo—, no queda duda -de que te apoderaste de mí, porque me querías mucho y deseabas que te -acompañara.</p> - -<p>Santorcaz no afirmó ni negó nada.</p> - -<p>—Lo cual me place mucho —prosiguió ella—. Has sido para mí un padre -cariñoso. Declaro que eres el mejor de los hombres, que me has amado, -que eres digno de ser respetado y querido, como te quiero y te respeto -yo, dando el ejemplo a todos los que están presentes.</p> - -<p>El revolucionario miro a su hija con inefable expresión de -agradecimiento. La religión no hubiera ganado mejor un alma.</p> - -<p>—Muero —dijo con voz conmovida D. Luis, alargando la mano derecha -a Amaranta y la izquierda a su hija— sin saber cómo me recibirá Dios. -Me presentaré con mi carga de culpas y con mi carga de desgracias, -tan<span class="pagenum" id="Page_394">p. 394</span> grandes la una -y la otra, que ignoro cuál será de más peso... Mi pecho ha respirado -venganza y aborrecimiento por mucho tiempo... he creído demasiado -en las justicias de la tierra; he desconfiado de la Providencia; he -querido conquistar con el terror y la fuerza lo que a mi entender -me pertenecía; he tenido más fe en la maldad que en la virtud de -los hombres; he visto en Dios una superioridad irritada y tiránica, -empeñada en proteger las desigualdades del mundo; he carecido por -completo de humildad; he sido soberbio como Satán, y me he burlado -del Paraíso a que no podía llegar; he hecho daño, conservando en el -fondo de mi alma cierto interés inexplicable por la persona ofendida; -he corrido tras el placer de la venganza, como corre en el desierto -el sediento tras un agua imaginaria; he vivido en perpetua cólera, -despedazándome el corazón con mis propias uñas. Mi espíritu no ha -conocido el reposo hasta que traje a mi lado un ángel de paz que -me consoló con su dulzura, cuando yo la mortificaba con mi cólera. -Hasta entonces no supe que existían las dos virtudes consoladoras del -corazón; la caridad y la paciencia. Que las dos llenen mi alma; que -cierre mis ojos y me lleven delante de Dios.</p> - -<p>Diciendo esto, se desvaneció poco a poco. Parecía dormido. Las dos -mujeres, arrodilladas a un lado y otro, no se movían. Creí que había -muerto; pero acercándome, observé su respiración tranquila. Retireme -a la sala inmediata, e Inés me siguió poco después. Entre<span -class="pagenum" id="Page_395">p. 395</span> los dos convinimos en -llamar al Prior de Agustinos, varón venerable, que había sido amigo muy -querido del padre de Santorcaz. El buen fraile no tardó en venir.</p> - - -<p class="mt2">Por la mañana, después de la piadosa ceremonia -espiritual, Santorcaz nos rogó que le dejásemos solo con la condesa. -Largo rato hablaron a solas los dos; mas como de pronto sintiéramos -ruido, entramos y vimos a Amaranta de rodillas al pie del lecho, y -a él incorporado, inquieto, con todos los síntomas de un delirio -atormentador. Con sus extraviados ojos miraba a todos lados, sin -vernos, atento solo a los objetos imaginados con que su espíritu -poblaba la oscura estancia.</p> - -<p>—Ya me voy —decía—, ya me voy... ¡adiós! es de día... No tiembles... -esos pasos que se sienten son los de tu padre, que viene con un -ejército de lacayos armados para matarme... No me encontrarán... Saldré -por la ventana del torreón... ¡Cielo santo! han quitado la escala... me -arrojaré aunque muera... Dices bien: mi cuerpo, encontrado al pie de -estos muros, será tu vergüenza y la deshonra de esta casa... ¿Esperaré? -¿No quieres que aguarde?... Ya están ahí: tu padre golpea la puerta y -te llama... Adiós: me arrojé al campo... También allá abajo hay criados -con palos, escopetas. Dios nos abandona porque somos criminales. Me -ocurre una idea feliz. Estás salvada... escóndete allí... pasa a tu -alcoba. Déjame recoger estos vasos de valor, estos candelabros de -plata. Los llevaré conmigo, y procuraré escurrirme con mi tesoro<span -class="pagenum" id="Page_396">p. 396</span> robado por la cornisa del -torreón hasta llegar al techo de las cuadras. Adiós... saldré; abre la -puerta y grita: <i>¡al ladrón, al ladrón!</i> Conocerán tu deshonra -Dios y tu padre si quieres revelársela; pero no esa turba soez. Vieron -entrar un hombre; pero ignoran quién es y a lo que vino. Alma mía, -ten valor; haz bien tu papel. Grita: <i>¡al ladrón, al ladrón!</i>... -Adiós... Ya salgo, me escurro por estas piedras resbaladizas y -verdosas... Aún no me han visto los de abajo. Es preciso que me vean. -¡Oh! Ya me ven los miserables con mi carga de preciosidades, y todos -gritan: <i>¡al ladrón, al ladrón!</i> ¡Qué inmensa alegría siento! -Nadie sabrá nada, vida y corazón mío; nadie sabrá nada, nada...</p> - -<p>Cayó hacia atrás, estremeciéndose ligeramente, y su alma hundiose -en el piélago sin fondo y sin orillas. Inés y yo nos acercamos con -religioso respeto al exánime cuerpo. En nuestro estupor y emoción -creímos sentir el rumor de las negras aguas eternas, agitándose al -impulso de aquel ser que en ellas había caído; pero lo que oíamos era -la agitada respiración de la condesa, que lloraba con amargura, sin -atreverse a alzar su frente pecadora.</p> - -<hr class="chap x-ebookmaker-drop" /> - - -<div class="chapter pt3" id="Ch43"> - <p><span class="pagenum" id="Page_397">p. 397</span></p> - <h2 class="nobreak g0">XLIII</h2> -</div> - -<p>Los que quieran saber cómo y cuándo me casé, con otras -particularidades tan preciosas como ignoradas acerca de mi casi -inalterable tranquilidad durante tantos años, lean, si para ello tienen -paciencia, lo que otras lenguas menos cansadas que la mía narrarán -en lo sucesivo. Yo pongo aquí punto final, con no poco gusto de mis -fatigados oyentes, y gran placer mío por haber llegado a la más alta -ocasión de mi vida, cual fue el suceso de mis bodas, primer fundamento -de los sesenta años de tranquilidad que he disfrutado, haciendo todo -el bien posible, amado de los míos y bien quisto de los extraños. Dios -me ha dado lo que da a todos cuando lo piden buscándolo, y lo buscan -sin dejar de pedirlo. Soy hombre práctico en la vida y religioso en mi -conciencia. La vida fue mi escuela, y la desgracia mi maestra. Todo lo -aprendí y todo lo tuve.</p> - -<p>Si queréis que os diga algo más (aunque otros se encargarán de -sacarme nuevamente a plaza, a pesar de mi amor a la oscuridad), -sabed que una serie de circunstancias, difíciles de enumerar por su -muchedumbre y complicación, hicieron que no tomase parte en el<span -class="pagenum" id="Page_398">p. 398</span> resto de la guerra; pero lo -más extraño es que desde mi alejamiento del servicio empecé a ascender -de tal modo, que aquello era una bendición.</p> - -<p>Habiendo recobrado el aprecio y la consideración de Lord Wellington, -recibí de este hombre insigne pruebas de afecto cordial; y tanto -me atendió y agasajó en Madrid que he vivido siempre profundamente -agradecido a sus bondades. Uno de los días más felices de mi vida fue -aquel en que supimos que el Duque de Ciudad-Rodrigo había ganado la -batalla de Waterloo.</p> - -<p>Obtuve poco después de los Arapiles el grado de teniente -coronel. Pero mi suegra, con el talismán de su jamás interrumpida -correspondencia, me hizo coronel, luego brigadier, y aún no me había -repuesto del susto, cuando una mañana me encontré hecho general.</p> - -<p>—Basta —exclamé con indignación, después de leer mi hoja de -servicios—. Si no pongo remedio, serán capaces de hacerme capitán -general sin mérito alguno.</p> - -<p>Y pedí mi retiro.</p> - -<p>Mi suegra seguía escribiendo para aumentar por diversos modos -nuestro bienestar, y con esto y un trabajo incesante, y el orden -admirable que mi mujer estableció en mi casa (porque mi mujer tenía -la manía del orden, como mi suegra la de las cartas), adquirí lo -que llamaban los antiguos <i>aurea mediocritas</i>; viví y vivo con -holgura, casi fui y soy rico, tuve y tengo un ejército brillante de -descendientes entre hijos, nietos y biznietos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_399">p. 399</span>Adiós, mis queridos -amigos. No me atrevo a deciros que me imitéis, pues sería inmodestia; -pero si sois jóvenes; si os halláis postergados por la fortuna; si -encontráis ante vuestros ojos montañas escarpadas, inaccesibles -alturas, y no tenéis escalas ni cuerdas, pero sí manos vigorosas; si -os halláis imposibilitados para realizar en el mundo los generosos -impulsos del pensamiento y las leyes del corazón, acordaos de Gabriel -Araceli, que nació sin nada y lo tuvo todo.</p> - - -<p class="smaller mt2">Febrero-marzo de 1875.</p> - - -<p class="fin">FIN DE «LA BATALLA DE LOS ARAPILES»</p> - -<hr class="chap" /> - - -<hr class="full" /> - -<div lang='en' xml:lang='en'> -<div style='display:block; margin-top:4em'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK <span lang='es' xml:lang='es'>LA BATALLA DE LOS ARAPILES</span> ***</div> -<div style='text-align:left'> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Updated editions will replace the previous one—the old editions will -be renamed. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. -</div> - -<div style='margin-top:1em; font-size:1.1em; text-align:center'>START: FULL LICENSE</div> -<div style='text-align:center;font-size:0.9em'>THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE</div> -<div style='text-align:center;font-size:0.9em'>PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -To protect the Project Gutenberg™ mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase “Project -Gutenberg”), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg™ License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg™ -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg™ electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg™ electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the person -or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.B. “Project Gutenberg” is a registered trademark. 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If any disclaimer or limitation set forth in this agreement -violates the law of the state applicable to this agreement, the -agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or -limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or -unenforceability of any provision of this agreement shall not void the -remaining provisions. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg™ electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg™ -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg™ work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg™ work, and (c) any -Defect you cause. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg™ -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg™’s -goals and ensuring that the Project Gutenberg™ collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg™ and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at www.gutenberg.org. -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation’s EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state’s laws. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation’s business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation’s website -and official page at www.gutenberg.org/contact -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ depends upon and cannot survive without widespread -public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine-readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular state -visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate/">www.gutenberg.org/donate</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Please check the Project Gutenberg web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate -</div> - -<div style='display:block; font-size:1.1em; margin:1em 0; font-weight:bold'> -Section 5. General Information About Project Gutenberg™ electronic works -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg™ concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg™ eBooks with only a loose network of -volunteer support. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Project Gutenberg™ eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -Most people start at our website which has the main PG search -facility: <a href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. -</div> - -<div style='display:block; margin:1em 0'> -This website includes information about Project Gutenberg™, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. -</div> - -</div> -</div> -</body> -</html> diff --git a/old/67817-h/images/cover.jpg b/old/67817-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index adc9bac..0000000 --- a/old/67817-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/67817-h/images/logo.jpg b/old/67817-h/images/logo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 3957043..0000000 --- a/old/67817-h/images/logo.jpg +++ /dev/null |
