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+
+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75739 ***
+
+
+
+ NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
+
+
+En la versión de texto sin formatear el texto en cursiva está encerrado
+entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en negritas está marcado
+=así= y el texto en Versalitas está marcado en MAYÚSCULAS.
+
+El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en
+general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española
+cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector
+interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la
+Real Academia Española.
+
+En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una
+costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos.
+Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen
+pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se
+adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos
+afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la
+utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo
+verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del
+verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por
+"se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser"
+en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia,
+producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua,
+podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta
+del texto.
+
+Se ha respetado el tilde en las palabras llanas generadas por el uso
+de pronombres enclíticos ya que cuando la obra fue publicada dicha
+acentuación era correcta según las reglas de la lengua.
+
+En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
+acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el
+acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está
+en mayúsculas.
+
+El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del
+francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de
+"salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los
+tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.
+
+El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al
+principio de la obra.
+
+La lista de las ilustraciones contenidas en la edición impresa de
+la obra no coincide con las ilustraciones incluidas en las imágenes
+que fueron utilizadas para generar el texto de la presente versión
+electrónica. En las ilustraciones incluidas con estas imágenes, en el
+frontispicio hay un retrato del autor, que no está listado; mientras
+que lo que figura como cubierta en la página 3 de dicha lista
+posiblemente sea la cubierta original de la edición impresa.
+
+Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores
+tipográficos y de ortografía.
+
+La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el
+transcriptor y se concede al dominio público.
+
+El transcriptor quiere expresar su agradecimento a quienes, con sus
+opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a aclarar algunos puntos
+importantes.
+
+
+ * * * * *
+
+
+
+
+ LOS MISERABLES
+
+
+ [Ilustración: =Víctor Hugo=]
+
+
+ [Ilustración: =LOS MISERABLES Por Víctor Hugo=]
+
+
+ LOS MISERABLES
+
+ POR
+ VÍCTOR HUGO
+
+ _Edición adornada con láminas al cromo y
+ grabados intercalados en el texto_
+
+
+ VERSIÓN ESPAÑOLA
+ DE
+ J. A. R.
+
+ TOMO I
+
+ BARCELONA
+ Casa Editorial «MAUCCI»
+ 296, CONSEJO DE CIENTO, 296
+ 1897
+
+
+
+
+ ÍNDICE DE LO QUE CONTIENE ESTE PRIMER TOMO
+
+
+ PRIMERA PARTE
+ FANTINA
+
+ LIBRO PRIMERO.--UN JUSTO
+
+ Pág.
+
+ I El señor Myriel 5
+
+ II El señor Myriel vuélvese monseñor Bienvenido 8
+
+ III Á buen obispo, mal obispado 12
+
+ IV Obras como palabras 14
+
+ V De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado
+ tiempo sus sotanas 20
+
+ VI Por quien hacía Su Ilustrísima guardar su casa 22
+
+ VII Cravatte 27
+
+ VIII Filosofía después de beber 30
+
+ IX El hermano explicado por la hermana 33
+
+ X El obispo en presencia de una luz desconocida 36
+
+ XI Una restricción 46
+
+ XII Aislamiento de monseñor Bienvenido 49
+
+ XIII Sus creencias 52
+
+ XIV Lo que él pensaba 55
+
+
+ LIBRO SEGUNDO.--LA CAÍDA
+
+ I La tarde de un día de marcha 57
+
+ II La prudencia aconseja á la sabiduría 67
+
+ III Heroísmo de la obediencia pasiva 71
+
+ IV Detalles acerca de las queserías de Pontarlier 75
+
+ V Calma 78
+
+ VI Juan Valjean 79
+
+ VII La desesperación por dentro 83
+
+ VIII Ola y sombra 89
+
+ IX Nuevos agravios 91
+
+ X El hombre desvelado 92
+
+ XI Lo que hacía 94
+
+ XII El obispo trabaja 97
+
+ XIII Gervasillo 100
+
+
+ LIBRO TERCERO.--EN EL AÑO 1817
+
+ I El año 1817 107
+
+ II Doble cuarteto 112
+
+ III Cuatro y cuarto 115
+
+ IV Tholomyés está tan alegre, que canta una canción
+ española 118
+
+ V En casa de Bombarda 120
+
+ VI Capítulo de amor 122
+
+ VII Sabiduría de Tholomyés 124
+
+ VIII Muerte de un caballo 128
+
+ XI Gracioso fin de la alegría 130
+
+
+ LIBRO CUARTO--CONFIAR ES CASI SIEMPRE ABANDONARSE
+
+ I Una madre que se encuentra con otra 133
+
+ II Primer esbozo de dos figuras sombrías 140
+
+ III La alondra 141
+
+
+ LIBRO QUINTO.--DESCENSO
+
+ I Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios
+ negros 144
+
+
+ II Magdalena 145
+
+ III Sumas depositadas en casa Laffitte 148
+
+ IV El señor Magdalena de luto 150
+
+ V Vagos relámpagos en el horizonte 152
+
+ VI Fauchelevent 156
+
+ VII Fauchelevent, jardinero en París 158
+
+ VIII La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad 159
+
+ IX Triunfo de la señora Victurnien 162
+
+ X Prosigue el triunfo 164
+
+ XI Christus nos liberavit 168
+
+ XII La ociosidad del señor Bomatabois 169
+
+ XIII Solución de algunas cuestiones de policía municipal 171
+
+
+ LIBRO SEXTO.--JAVERT
+
+ I Principio del reposo 178
+
+ II De cómo Juan puede llegar á ser champ 181
+
+
+ LIBRO SÉPTIMO.--LA CAUSA CHAMPMATHIEU
+
+ I Sor Simplicia 189
+
+ II Perspicacia de Maese Scaufflaire 191
+
+ III Una tempestad bajo un cráneo 195
+
+ IV Formas que toma el sufrimiento durante el sueño 210
+
+ V Los rayos de las ruedas 213
+
+ VI Sor Simplicia puesta á prueba 222
+
+ VII El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse 228
+
+ VIII Entrada de favor 231
+
+ IX Lugar en el cual van formándose las convicciones 234
+
+ X El sistema de negativas 239
+
+ XI Champmathieu más y más asombrado 245
+
+
+ LIBRO OCTAVO.--RETROCESO
+
+ I En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos 249
+
+ II Fantina dichosa 251
+
+ III Javert contento 254
+
+ IV La autoridad recobra sus derechos 257
+
+ V Tumba apropiada 260
+
+
+ SEGUNDA PARTE
+ COSETTE
+
+ LIBRO PRIMERO.--WATERLOO
+
+ I Lo que se encuentra viniendo de Nivelles 265
+
+ II Hougomont 266
+
+ III El 18 de junio de 1815 272
+
+ IV A 274
+
+ V El quid obscurum de las batallas 275
+
+ VI Cuatro horas después del medio día 278
+
+ VII Napoleón de buen humor 280
+
+ VIII El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste 285
+
+ IX Lo inesperado 287
+
+ X La meseta de Mont-Saint Jean 290
+
+ XI Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow 294
+
+ XII La guardia 295
+
+ XIII La catástrofe 296
+
+ XIV El último cuadro 298
+
+ XV Cambronne 299
+
+ XVI ¿Quot libras induce? 301
+
+ XVII ¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo? 305
+
+ XVIII Recrudescencia del derecho divino 306
+
+ XIX El campo de batalla por la noche 308
+
+
+ LIBRO SEGUNDO.--EL NAVÍO ORIÓN
+
+ I El número 24601 se trueca en el 9430 313
+
+ II Donde se leerán dos versos que son tal vez del diablo 316
+
+ III De por fuerza la cadena del grillete debía haber sufrido
+ alguna operación preparatoria para romperse de un solo
+ martillazo 319
+
+
+ LIBRO TERCERO.--CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA
+
+ I La cuestión del agua en Montfermeil 326
+
+ II Dos retratos completados 329
+
+ III Los hombres necesitan vino, los caballos agua 333
+
+ IV Entrada en escena de una muñeca 335
+
+ V La chiquilla sola 336
+
+ VI Donde tal vez se pruebe la inteligencia de Boulatruelle 340
+
+ VII Cosette en la sombra junto al desconocido 344
+
+ VIII Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez
+ sea un rico 347
+
+ IX Thénardier maniobrando 361
+
+ X Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor 367
+
+ XI Reaparece el número 9430 y Cosette lo gana á
+ la lotería 371
+
+
+ LIBRO CUARTO.--LA CASUCHA DE GORBEAU
+
+ I Maese Gorbeau 372
+
+ II Nido para búho y curruca 377
+
+ III Dos desgracias mezcladas producen la felicidad 378
+
+ IV Lo que observó la inquilina principal 381
+
+ V Una moneda de cinco francos que cae al suelo
+ hace ruido 383
+
+
+ LIBRO QUINTO.--Á CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA
+
+ I Las sinuosidades de la estrategia 386
+
+ II Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz
+ pasen carruajes 388
+
+ III Véase el plano de París en 1727 390
+
+ IV Tentativas de evasión 392
+
+ V Lo que sería imposible con el alumbrado por gas 394
+
+ VI Principio de un enigma 397
+
+ VII Continuación del enigma 399
+
+ VIII Auméntase el enigma 400
+
+ IX El hambre del cascabel 402
+
+ X Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente 405
+
+
+ LIBRO SEXTO.--EL PEQUEÑO-PICPUS
+
+ I Callejuela de Picpus, núm. 62 412
+
+ II La obediencia de Martín Verga 414
+
+ III Severidades 420
+
+ IV Alegrías 421
+
+ V Distracciones 424
+
+ VI El convento pequeño 428
+
+ VII Algunas siluetas en aquella sombra 430
+
+ VIII Post corda lapides 431
+
+ IX Un siglo bajo una toca 433
+
+ X Origen de la adoración perpetua 434
+
+ XI Fin del pequeño Picpus 436
+
+
+ LIBRO SÉPTIMO.--PARÉNTESIS
+
+ I El convento: idea abstracta 437
+
+ II El convento: hecho histórico 438
+
+ III Con qué condición puede respetarse lo pasado 440
+
+ IV El convento bajo el punto de vista de los principios 442
+
+ V La oración 443
+
+ VI Bondad absoluta de la oración 444
+
+ VII Precauciones indispensables para condenar 446
+
+ VIII Fe, ley 446
+
+
+ LIBRO OCTAVO.--LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA
+
+ I Donde se trata de la manera de entrar en un convento 448
+
+ II Fauchelevent ante la dificultad 454
+
+ III La madre Inocente 456
+
+ IV Donde parece que Juan Valjean había leído á
+ Agustín Castillejo 464
+
+ V No basta ser borracho para ser inmortal 469
+
+ VI Entre cuatro tablas 474
+
+ VII Donde se verá el origen de la frase:
+ no pierdas el billete 475
+
+ VIII Interrogatorio feliz 482
+
+ IX Clausura 484
+
+
+ TERCERA PARTE
+ MARIO
+
+ LIBRO PRIMERO.--PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO
+
+ I Parvulus 490
+
+ II Algunas de sus señas particulares 491
+
+ III Es divertido 492
+
+ IV Puede ser útil 492
+
+ V Sus fronteras 493
+
+ VI Un poco de historia 495
+
+ VII El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de
+ la lucha 496
+
+ VIII Donde se leerá una buena frase del último rey 498
+
+ IX El antiguo espíritu de los galos 499
+
+ X Ecce París, ecce homo 499
+
+ XI Reir es reinar 502
+
+ XII El latente porvenir del pueblo 503
+
+ XIII El niño Gavroche 504
+
+
+ LIBRO SEGUNDO.--EL NOBLE BURGUÉS
+
+ I Noventa años, y treinta y dos dientes 506
+
+ II Á tal amo, tal casa 508
+
+ III Lucas Espíritu 509
+
+ IV Aspirante á centenario 509
+
+ V Vasco y Nicolasita 510
+
+ VI Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos 511
+
+ VII Regla: no recibir á nadie más que de noche 513
+
+ VIII Las dos no hacen pareja 513
+
+
+ LIBRO TERCERO.--EL ABUELO Y EL NIETO
+
+ I Una tertulia antigua 515
+
+ II Uno de los espectros rojos de aquel tiempo 518
+
+ III Requiescant 523
+
+ IV Fin del bandido 529
+
+ V Utilidad de ir á misa para hacerse revolucionario 532
+
+ VI Consecuencias de haber encontrado á un capillero 533
+
+ VII Algún amorcillo 538
+
+ VIII Mármol contra granito 542
+
+
+ LIBRO CUARTO.--LOS AMIGOS DEL A B C
+
+ I Un grupo que le ha faltado poco para llegar á
+ ser histórico 546
+
+ II Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet 557
+
+ III Admiraciones de Mario 559
+
+ IV La sala interior del café Musain 561
+
+ V Dilatación del horizonte 567
+
+ VI Res augusta 570
+
+
+ LIBRO QUINTO.--EXCELENCIA DE LA DESGRACIA
+
+ I Mario indigente 572
+
+ II Mario pobre 574
+
+ III Mario crecido 576
+
+ IV El señor Mabeuf 580
+
+ V Pobreza muy próxima á la miseria 583
+
+ VI El sustituto 585
+
+
+ LIBRO SEXTO.--LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS
+
+ I El apodo; manera de formar nombres de familia 589
+
+ II Lux facta est 591
+
+ III Efecto de primavera 593
+
+ IV Principio de una grande enfermedad 594
+
+ V Caen varios rayos sobre la tía Bougón 596
+
+ VI Aprisionado 597
+
+ VII Aventuras de la letra U dentro de las conjeturas 599
+
+ VIII Hasta los inválidos pueden ser felices 600
+
+ IX Eclipse 602
+
+
+
+
+ PLANTILLA
+ Para la Colocación de las Láminas del Tomo 1.º
+
+ Pág.
+ Víctor Hugo frontis.
+
+ Portada 3
+
+ El obispo bendijo la mesa 74
+
+ Thénardier robando á los cadáveres, etc. 312
+
+ Ya me dormía--dijo Juan Valjean 479
+
+
+
+
+ PREFACIO
+
+
+ _Mientras exista, por la fuerza de las leyes y de las
+ costumbres el peligroso vicio social de crear infiernos
+ artificiales en plena civilización, complicando con fatalidad
+ humanas la divinidad del destino; mientras los problemas
+ del siglo: la degradación del hombre en el proletariado, la
+ decadencia de la mujer por el hambre y la atrofia del niño
+ por las tinieblas, no estén resueltos; mientras sea posible
+ en ciertas regiones, la asfixia social; ó de otra manera, y
+ hablando en términos más claros: mientras exista sobre la
+ tierra ignorancia y miseria, pueden no ser inútiles los libros
+ de la naturaleza presente._
+
+ _Víctor Hugo._
+
+HAUTEVILLE HOUSE, 1862.
+
+
+ [Ilustración]
+
+
+
+
+ PRIMERA PARTE
+ FANTINA
+
+
+
+
+ LIBRO PRIMERO
+ UN JUSTO
+
+ [Ilustración]
+
+
+ I
+ =El señor Myriel=
+
+En 1815 el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel estaba de obispo
+en D***. Era este un anciano como de setenta y cinco años y ocupaba el
+obispado de D*** desde 1806.
+
+Por más que semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo de
+lo que nos proponemos relatar, no estará tal vez fuera del caso, aún
+cuando no tenga otro objeto que el de ser verdaderos en todo, al
+consignar los rumores y murmuraciones que acerca de su personalidad
+habían circulado cuando llegó á tomar posesión de su diócesis. Lo
+que de los hombres se dice, verdadero ó falso, ocupa generalmente en
+su existencia é influye sobre todo en su porvenir, tanto como lo que
+hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del parlamento de
+Aix; nobleza de toga. Se decía que su padre, deseando que heredara
+su cargo, le había casado siendo aún muy joven, esto es, á los diez
+y ocho ó veinte años, siguiendo una costumbre muy generalizada entre
+las familias de los magistrados. Carlos Myriel, sin embargo de su
+matrimonio, había dado bastante que hablar. Á pesar de su corta
+estatura, era de presencia gallarda, elegante, graciosa y espiritual;
+la primera parte de su vida perteneció por completo al mundo y á la
+galantería.
+
+Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos,
+dispersáronse, diezmadas por la persecución general, las familias de
+la antigua magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras
+jornadas de la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí,
+de una enfermedad de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho
+tiempo. No tuvieron hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del
+señor Myriel? El derrumbamiento de la antigua sociedad francesa, la
+caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, más
+horrorosos sin duda para los emigrados que los miraban de lejos con el
+agrandamiento del miedo ¿engendraron tal vez en su alma ideas de retiro
+y soledad? Entre alguna de las diversas afecciones ó distracciones
+que llenaban su vida, ¿se vió herido de súbito por un golpe terrible
+y misterioso, de esos que muchas veces aplastan el corazón del hombre
+que las catástrofes públicas no conmovería aún cuando atacasen su
+existencia ó su fortuna? No podemos decirlo; sólo sabemos que á su
+vuelta de Italia era sacerdote.
+
+En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya
+viejo y vivía completamente retraído.
+
+Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de
+su ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras
+personas de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses
+contábase el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido
+á visitar á su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se
+encontró al paso con Su Majestad; Napoleón, al observar que el buen
+anciano le miraba con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente:
+
+--¿Quién es este buen hombre que me mira?
+
+--Señor,--dijo el señor Myriel;--vos mirando un buen hombre y yo un
+grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello.
+
+Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de aquel
+cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con el
+nombramiento de obispo de D***.
+
+¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se
+inventaban sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie
+lo sabía. Pocas eran las familias que habían conocido á la del señor
+Myriel antes de la revolución.
+
+El señor Myriel debía correr la suerte de todo recién llegado á una
+pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y muy
+pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuése obispo
+y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones con las que iba
+mezclado su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos,
+frases, palabras; menos que palabras, _palabrerías_, como diríamos en
+el idioma enérgico del Mediodía.
+
+Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia
+en D*** todos los cuentos, objeto de las conversaciones del primer
+momento, en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña,
+habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á
+hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera.
+
+El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora, la
+señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos que
+él.
+
+No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que la
+señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después
+de haber sido _el ama del señor cura_, tomó á la sazón el doble título
+de camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima.
+
+Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida
+y bondadosa; la encarnación del ideal expresado en la palabra
+«respetable» puesto que parece necesario en una mujer para ser
+venerable, el haber sido madre. Jamás había sido bonita; no había
+sido su existencia otra cosa que una serie no interrumpida de obras
+piadosas, la cual había acabado por derramar sobre ella cierta especie
+de blancura diáfana; así es que, al envejecer, había adquirido lo que
+podríamos llamar hermosura de la bondad. Lo que en su juventud había
+sido flaquedad convirtióse con los años en transparencia, al través
+de la cual se adivinaba el ángel. Era mejor que una virgen, un alma.
+Parecía su persona hecha de sombra; apenas tenía bastante cuerpo para
+encerrar un sexo; un poco de materia conteniendo una luz; dos grandes
+ojos fijos siempre en la tierra, esto es, un pretexto para que el alma
+viviese en ella.
+
+La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada,
+rechoncha, activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de
+su actividad natural al principio, á causa de su asma después.
+
+Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal,
+con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca
+al obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el
+presidente le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su
+visita primera al general y al prefecto.
+
+Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por sus
+obras.
+
+
+
+
+II
+
+ =El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido=
+
+
+El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital.
+
+Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra
+á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en
+teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado
+obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial.
+Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones,
+las cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías
+de arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines
+plantados de magníficos árboles.
+
+En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo
+con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de
+1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart
+de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny,
+capuchino, obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y
+Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo
+y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de
+Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio,
+obispo y señor de Senez.
+
+Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala, al
+par de esta fecha memorable «29 DE JULIO DE 1714» grabada en letras de
+oro sobre una lápida de mármol blanco.
+
+El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con un
+jardín insignificante.
+
+Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita
+terminó rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su
+palacio.
+
+Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el
+siguiente diálogo:
+
+--Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este
+momento?--le preguntó el obispo.
+
+--Veintiséis, monseñor.
+
+--Los mismos que yo había contado.
+
+--Las camas,--repuso el director,--están casi unidas las unas á las
+otras.
+
+--Esto mismo he notado.
+
+--Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente
+en ellas.
+
+--Esto me parece.
+
+--Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño
+para los convalescientes.
+
+--También lo creo así.
+
+--En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace dos
+años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan mucho
+que hacer.
+
+--También pensé yo en ello.
+
+--¡Cómo ha de ser, monseñor!--exclamó el director del hospital,--es
+preciso conformarse.
+
+Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto al
+jardín.
+
+El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales
+dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo:
+
+--Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta sala?
+
+--¿En la sala comedor de su ilustrísima?--preguntó estupefacto el
+director.
+
+El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase
+medidas y echase cálculos.
+
+--Aquí caben perfectamente veinte camas,--decía hablando consigo
+mismo;--luego, levantando la voz:
+
+--Atended, señor director del hospital,--dijo.--Existe aquí un evidente
+error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis
+personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta.
+Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro.
+Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece.
+
+Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados en
+el palacio del obispo, y el obispo en el hospital.
+
+Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su
+familia por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de
+quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales.
+Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince
+mil francos.
+
+El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor Myriel
+emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente forma.
+Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano.
+
+
+ NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA
+
+
+Para el pequeño seminario Mil quinientas libras.
+Congregación de la misión Cien libras.
+Para los lazaristas de Montdidier Cien libras.
+Seminario de las misiones extranjeras en París Doscientas libras.
+Congregación del Espíritu Santo Ciento cincuenta libras.
+Establecimientos religiosos de la Tierra Santa Cien libras.
+Sociedades de caridad maternal Trescientas libras.
+Además, para la de Arlés Cincuenta libras.
+Obra para el mejoramiento de cárceles Cuatrocientas libras.
+Obra para el alivio y redención de presos Quinientas libras.
+Para libertar á los padres de familia presos
+ por deudas Mil libras.
+Suplemento al sueldo de los pobres maestros de
+ escuela de la diócesis Dos mil libras.
+Pósito de los Altos Alpes Cien libras.
+Congregación de señoras de D***, de Manosque y
+ de Sisterón, para la enseñanza gratuita de
+ niñas indigentes Mil quinientas libras.
+Para los pobres Seis mil libras.
+Mis gastos personales Mil libras.
+
+ Total Quince mil libras.
+
+
+Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel no
+varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, _tener
+regulados los gastos de su casa_.
+
+Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita
+Batistina. Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo
+tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su
+superior según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él
+hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras.
+Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco.
+
+El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más que
+mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina,
+sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían
+las dos ancianas y el anciano.
+
+Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor obispo
+con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora Magloria;
+y á la inteligente administración de la señorita Batistina.
+
+Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo:
+
+--¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado!
+
+--Ya lo creo,--exclamó la señora Magloria,--como que monseñor no ha
+reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus
+gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según
+costumbre de los obispos de otros tiempos.
+
+--¡Es verdad!--dijo el obispo,--tenéis mucha razón, señora Magloria.
+
+Y presentó su reclamación.
+
+Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la
+solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil
+francos, bajo el siguiente epígrafe: _Asignación al señor obispo, para
+gastos de carruaje, postas y visitas pastorales_.
+
+Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con tal
+motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los
+Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la
+ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de
+Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima,
+de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas:
+
+«--¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de cuatro
+mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes?
+¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay
+carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente
+de Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de
+bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando
+vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita
+coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener lujo.
+¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como
+deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el
+papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por mi
+parte estoy por el César único y solo, etc., etc.».
+
+En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria.
+
+--Bueno,--dijo ella á la señorita Batistina,--monseñor ha comenzado por
+los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo.
+Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil
+francos para nosotros. ¡Al fin!
+
+Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una
+nota, concebida en los siguientes términos:
+
+
+ GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS
+
+ Para dar caldo de carne á los enfermos
+ del hospital Mil quinientas libras.
+ Para la sociedad de caridad maternal
+ de Aix Doscientas cincuenta libras.
+ Para la sociedad de caridad maternal
+ de Draguignan Doscientas cincuenta libras.
+ Para los niños expósitos Quinientas libras.
+ Para los huérfanos Quinientas libras.
+
+ Total Tres mil libras.
+
+Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel.
+
+En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones,
+dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de
+iglesias ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los
+ricos con igual rigor que presteza tenía para darlo á los pobres.
+
+Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres
+llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger la
+limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó á ser
+el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas
+las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada
+logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la
+menor superfluidad á sus necesidades.
+
+Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad
+arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era
+como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo
+tenía. Entonces se despojaba de lo suyo.
+
+Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila sus
+mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con
+cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo,
+aquel que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es
+que no le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro
+tanto, y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el
+que se le designase con este nombre le complacía.
+
+--Me agrada el nombre,--decía, Bienvenido;--suaviza el monseñor.
+
+No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero; nos
+concretamos á consignar que es parecido.
+
+
+
+
+III
+
+
+ =Á buen obispo, mal obispado=
+
+
+Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no
+dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D***
+es verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas
+montañas; sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y
+dos curatos, cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco
+agregados. Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor
+obispo llenaba cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto
+cercano iba á pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios
+le daba á entender, en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban
+generalmente, pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas,
+iba solo.
+
+Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno.
+Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro
+vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de
+semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en
+derredor suyo.
+
+--Señor alcalde,--dijo el obispo,--y señores acompañantes, bien se me
+alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en un
+pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo. Hágolo
+por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro.
+
+En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos
+que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los
+habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina. En
+los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía:
+
+--Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres, á
+las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus
+prados tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas
+gratuitamente cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En
+todo un siglo de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino.
+
+En los pueblos avaros y perezosos, decía:
+
+--Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un
+padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas
+sirviendo en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura
+le recomienda desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas
+las gentes del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre
+infeliz, le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano.
+
+Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía:
+
+--Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye
+cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere
+en una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la
+hacienda á las muchachas para que puedan encontrar marido.
+
+En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los
+labradores comprando papel sellado, solía decirles:
+
+--Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras. Existen
+allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña
+república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace
+todo. Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á
+cada cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias
+sin honorarios, da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es
+un hombre justo entre hombres sencillos.
+
+En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también
+el de Queiras:
+
+--¿Sabéis lo que hacen?--decía:--Como en los lugares de doce á quince
+chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados
+por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días
+en una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á
+las ferias, donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas
+de escribir que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente
+enseñan á leer llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y
+contar, dos; los que enseñan latín además de la lectura y el cálculo,
+llevan tres plumas... Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser
+ignorantes! Haced, haced lo que hacen los de Queiras.
+
+De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos
+inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas
+frases y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo,
+convencida y persuasiva.
+
+
+
+
+ IV
+ =Obras como palabras=
+
+
+Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos
+ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de
+un estudiante.
+
+La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día
+levantóse de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba
+el libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el
+obispo era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle.
+
+--_Señora Magloria_,--dijo,--_arrimad una silla; mi eminencia no
+alcanza á esa tabla._
+
+Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô,
+desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo
+que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal,
+muchos ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus
+hijos herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar
+de una tía abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía
+suceder á un su tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la
+dignidad de par.
+
+El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes
+maternales. Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de
+costumbre, al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas
+sucesiones y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa,
+diciendo con cierta impaciencia:
+
+--¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando?
+
+--Pienso,--contestó el obispo,--en una frase bien singular, que me
+parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie
+ha de suceder».
+
+Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un
+hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de
+las dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios
+de su parentela, exclamó:--¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué
+carga más admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto
+ingenio deben tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades!
+
+Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre
+una lección moral.
+
+Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en la
+catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la
+caridad. Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno,
+que pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que
+presentó halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader
+retirado, un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos
+millones en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su
+vida, el señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el
+día de aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de
+cinco sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la
+catedral. Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda.
+
+Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo:
+
+--Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo.
+
+Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa,
+siempre encontraba palabras con que contrarrestarla.
+
+Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de
+la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico
+y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo
+ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á
+él el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo:
+
+--_Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa._
+
+Volvióse el marqués, y respondió secamente:
+
+--_Monseñor, tengo ya mis pobres._
+
+--_Pues dádmelos_,--replicó el obispo.
+
+Un día predicó en la catedral este sermón:
+
+--«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón
+trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres
+aberturas; un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos,
+la puerta y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil
+chozas, que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una
+cosa que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de
+familias pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas,
+y pronto tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire
+á los hombres, y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo
+á Dios. En el Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los
+campesinos no tienen siquiera carretoncillos, teniendo que transportar
+el estiércol á cuestas; carecen de velas, y se alumbran con teas
+resinosas y pedazos de cuerda embreados.
+
+«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan para
+seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten á
+hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo
+para poder comerle.
+
+«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se padece
+en rededor nuestro!»
+
+Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo
+con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: _¡Eh bé! moussu, sés
+sagé?_ como en el bajo Languedoch.--_¿Onté anaras passa?_ en los bajos
+Alpes.--_Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase_, en el
+alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco
+á ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y
+aún en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas
+sublimes en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas,
+penetraba fácilmente en todas las almas.
+
+Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran
+mundo como para las del pueblo.
+
+Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las
+circunstancias, para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha
+pasado la falta.
+
+Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, _un ex pecador_, no
+poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas
+elevado, sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de
+los virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos
+términos:
+
+«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su
+tentación. La lleva y sucumbe á su peso.
+
+«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer
+esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta
+naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída
+sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria.
+
+«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad,
+desfalleced, pecad, pero sed justos.
+
+«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás
+pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á
+pecar. El pecado es la gravitación».
+
+Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente
+decía sonriendo:--¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen
+cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se
+apresuran á protestar para estar á cubierto.
+
+Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre
+quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas
+de las mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los
+pobres y de los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres,
+de los maestros, de los fuertes, de los ricos y de los sabios.
+
+Decía además:--Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la
+sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por
+lo tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en
+tinieblas comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino
+el que produjo las sombras.
+
+Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo
+que la había sacado del Evangelio.
+
+Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se
+estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un
+infeliz quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había,
+y falto de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa.
+En aquella época se castigaba todavía con la pena de muerte á los
+monederos falsos. La mujer había sido detenida al poner en circulación
+la primera moneda fabricada por el hombre. Estaba presa, pero no
+existían otras pruebas contra ella; ella solamente podía deponer contra
+su amante y perderle confesando. Negó, siguió la causa sosteniéndose
+firme en su negativa, hasta que el señor procurador del rey (fiscal)
+tuvo la idea de suponer una infidelidad del amante, y con fragmentos de
+cartas, diestramente combinados, logró convencer á la desgraciada presa
+de que tenía una rival y de que aquel hombre la engañaba. Entonces
+exasperada por los celos, denunció al amante, confesando y probándolo
+todo.
+
+Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser
+juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose
+todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por
+haber sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la
+verdad á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la
+venganza. El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el
+mundo hubo concluido preguntó:
+
+--¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer?
+
+--En el tribunal del jurado.
+
+Y luego repuso:
+
+--¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará?
+
+Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á muerte
+por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante
+del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente
+público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La
+víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo
+el cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir
+al reo en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó
+diciendo: Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que
+ver con ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es
+este mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó
+inmediatamente: _Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino
+mío._
+
+Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde
+estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le
+habló. Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y
+del sueño, rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por
+la suya propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas,
+fué padre, hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo
+hacérselo ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y
+tranquilizarle. Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un
+abismo para él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio
+de la tumba, retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se
+necesita para ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era
+objeto sacudió profundamente su ser, habiendo roto por diversos puntos
+la valla que nos separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida.
+Miraba sin cesar más allá de este mundo por aquellas fatales aberturas,
+sin ver más que tinieblas. El obispo le hizo ver una luz.
+
+Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo.
+Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas y
+su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable
+aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco.
+El reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía
+reconciliada su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el
+momento en que iba á bajar la cuchilla, le dijo:
+
+--«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien
+rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la
+vida: el Padre está allí».
+
+Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que el
+pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar
+más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella
+humilde morada, que él llamaba sonriendo _su palacio_, dijo á su
+hermana: _vengo de oficiar de pontifical_.
+
+Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas,
+no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta
+del obispo: _Es mucha vanidad_. Sin embargo, no pasó ello de cuento
+de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas,
+enternecióse y admiró.
+
+En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él
+un golpe del que tardó mucho en reponerse.
+
+Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene
+algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la
+pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni
+no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si
+llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente,
+obliga á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra.
+
+Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como
+Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama
+_vindicta_; no es neutral, ni permite al individuo que lo sea.
+
+Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento.
+Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de
+esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un
+instrumento, una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no.
+Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase
+que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo
+comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen
+voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el
+alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte
+en lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come
+carne y bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez
+y el carpintero; un espectro que parece vivir cierta vida abominable,
+alimentada por todas las muertes que ha producido.
+
+Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente
+de la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como
+anonadado. La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se
+había desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia
+social. Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas
+acciones, parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo
+mismo, murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que
+cierta noche le oyó, y recordó siempre su hermana:
+
+--No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el
+absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana.
+La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los
+hombres á lo desconocido?
+
+Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron
+también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo
+pasar por el lugar de las ejecuciones.
+
+Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera de los
+enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal deber y
+su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían necesidad
+de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía sentarse
+y callar largas horas al lado del hombre que había perdido á la mujer
+amada ó al de la madre que había perdido á su hijo.
+
+Y como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto
+en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No
+intentaba jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba
+engrandecerle y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho
+fijarse en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se
+pudre. Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el
+fondo del cielo, veréis la viviente luz del difunto bien amado.
+
+Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar
+al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado,
+y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor que
+contempla una estrella.
+
+
+
+
+V
+
+ =De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo
+ sus sotanas=
+
+
+La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos
+que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera
+saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella
+pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***.
+
+Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía
+poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la
+mañana, parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa,
+unas veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se
+desayunaba con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se
+ponía á trabajar.
+
+El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba
+diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un
+canónigo, y casi también todos los días á sus vicarios particulares.
+Tienen congregaciones que revisar, privilegios que conceder, toda
+una librería eclesiástica que examinar, devocionarios, catecismos,
+rituales, etc.; pastorales que escribir, sermones que autorizar, curas
+y alcaldes que poner de acuerdo, su correspondencia clerical y su
+correspondencia administrativa; por un lado el Estado, por otro la
+Santa Sede; en fin, negocios á millares.
+
+El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus
+oficios y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados,
+á los enfermos y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los
+afligidos, los enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo.
+Así se entretenía en escabar en su jardín, como en escribir ó leer.
+Con una sola palabra designaba estas dos clases de trabajo; llamábalo
+_jardinear_. «El espíritu es también jardín», decía él.
+
+Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á
+pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas
+pobres. Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los
+ojos, apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando
+medias moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero
+chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde.
+
+Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que su
+paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos
+salían al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á
+ver el sol. Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo
+señalaba la casa del obispo á los menesterosos.
+
+Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y
+sonriendo á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y
+cuando lo había acabado visitaba á los ricos.
+
+Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase,
+jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba,
+en verano, de ser incómodo.
+
+Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo.
+
+Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana: la
+señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más
+frugal que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces
+aprovechaba la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún
+pescado bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura
+servía de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así
+fuése. Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más
+que de legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la
+ciudad:--«Cuando el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense».
+
+Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina
+y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir,
+ya en cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era
+instruido en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos
+muy curiosos; entre otros, una disertación sobre el versículo del
+Génesis: _Al principio el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas_.
+Confrontóle con tres textos; el versículo árabe que dice: _Soplaban
+los vientos de Dios_; el de Flavio Josefo: _Un viento de lo alto se
+precipitó sobre la tierra_, y por último, la paráfrasis caldea de
+Onkelos que dice: _un viento que venía de Dios soplaba sobre la faz
+de las aguas_. En otra disertación examina las obras teológicas de
+Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe este libro, y
+consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los opúsculos
+publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt.
+
+Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro
+que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación
+profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los
+márgenes del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que
+ver con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita
+por él en el margen de un volumen en cuarto titulado: _Correspondencia
+de lord Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes
+de la estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París,
+librería de Pissot, Muelle de los Agustinos._
+
+He aquí la nota:
+
+--«¡Oh, vos! ¿quién sois?
+
+«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador;
+la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos,
+Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia;
+el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama Dios, y
+el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da el más
+bello de todos vuestros nombres».
+
+Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus
+habitaciones del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el
+día siguiente.
+
+Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor
+obispo de D***.
+
+
+
+
+ VI
+ =Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa=
+
+
+La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta baja
+y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y
+encima un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión
+de un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo
+los bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de
+comedor, la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía
+salirse del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin
+atravesar el comedor. Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada,
+con una cama para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama
+á los curas de aldea, cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les
+llevaban á D***.
+
+La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á la
+casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega.
+
+Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y
+en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de
+leche que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital.
+_Debo pagar este diezmo_, decía.
+
+La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de
+calentar durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D***
+imaginó y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con
+tablas en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las
+veladas durante la época de los fríos. Llamábale á este departamento su
+_salón de invierno_.
+
+No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles,
+que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de paja.
+El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado de
+color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto, con
+sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía de
+adorno y altar del oratorio.
+
+Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes
+suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su
+Ilustrísima; cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero
+destinado al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El
+altar más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en
+oración de gracias».
+
+Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón,
+de paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su
+Ilustrísima siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general,
+la plana mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes
+del seminario, veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de
+invierno del establo, al oratorio por las arrodilladeras y al sillón
+del dormitorio; de esta manera alcanzaba reunir hasta once asientos
+para los visitantes. Á cada nueva visita tenía que desamueblar una
+pieza.
+
+Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del
+paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó
+paseando por el jardín, si en verano.
+
+Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi
+despajada y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no
+podía utilizarse sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina
+tenía también en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido
+dorada en otros tiempos, cubierta de _peskin_ floreado; pero habiendo
+sido preciso subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la
+estrechez de la caja de la escalera, no había medio de utilizarla en
+casos apurados.
+
+Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con
+poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con
+marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera
+costado, á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había
+podido reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos
+francos y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su
+ideal!
+
+Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una
+puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas
+camas de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo
+obscuro, entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador,
+revelando aún los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo;
+dos puertas, una junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y
+otra cerca del armario biblioteca para salir al comedor. Este armario,
+cerrado por grandes vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes;
+la chimenea, de madera pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre,
+y en el hogar un par de morillos de hierro, figurando por guirnaldas
+florones huecos, con incrustaciones de plata, especie de lujo
+episcopal; encima de la chimenea un crucifijo de cobre, que había sido
+plateado también, sobre terciopelo negro raído, encuadrado en un marco
+de madera desdorado; cerca de la puerta-vidriera, una gran mesa con un
+tintero, cargado de papeles en confusión y de tomos in folio. Delante
+de la mesa, el sillón de paja. Delante de la cama, un reclinatorio
+perteneciente al oratorio.
+
+Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro
+lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo
+perdido del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos
+representaban, uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro
+el abad Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la
+orden de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en
+aquella sala á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos
+retratos, y allí mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos,
+probablemente de donadores; dos motivos por los cuales él los
+respetaba. Lo único que sabía de los tales personajes, es que ambos
+habían sido nombrados por el rey, uno para su obispado y el otro para
+su beneficio, en un mismo día, el 27 de abril de 1785. Al descolgar
+los cuadros la señora Magloria para sacudirles el polvo, encontró el
+obispo esa particularidad escrita con tinta descolorida en un pedacito
+de papel, enmohecido por el tiempo, pegado con cuatro obleas detrás del
+retrato del abad de Gran-Champ.
+
+Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la
+cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra
+nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido
+precisamente en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El
+obispo lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía.
+
+Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del
+principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están
+generalmente todos los cuarteles y hospitales.
+
+No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como
+veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban
+el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había
+sido aquella casa _parlatorio_ público; de ahí semejante decorado. Los
+suelos estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas,
+con su esterilla de paja junto á todas las camas. Así es que aquella
+casita, cuidada por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una
+limpieza encantadora. Único lujo que permitía el obispo, quien solía
+decir: _Esto no les quita nada á los pobres_.
+
+Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había poseído
+en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la señora
+Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente sobre
+el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí al obispo
+de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido decir más de
+una vez:
+
+--Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata.
+
+Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que
+procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban
+colocados sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera,
+pero cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las
+velas y ponía los candeleros sobre la mesa.
+
+Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama,
+una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora
+Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que
+jamás se quitaba la llave.
+
+El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado
+anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un
+pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le
+cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por
+bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y
+en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales.
+
+Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura:
+
+--Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto,
+un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos?
+
+--Señora Magloria--respondió el obispo--estáis en un error. Lo bello es
+tan necesario como lo útil.--Añadiendo después de una pausa:--Tal vez
+más.
+
+Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba
+casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido
+diariamente una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra,
+aquí y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos
+como hubiese exigido un jardinero.
+
+Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los
+grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre
+Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas
+contra los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba
+las plantas; gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios,
+respetaba aún más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos
+respetos, regaba sus floridas franjas de verdura todas las noches de
+verano con una regadera de lata, pintada de verde.
+
+No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave.
+
+La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza
+de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus
+cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo
+había mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de
+día se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase,
+á cualquier hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio
+mortificó bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se
+cerraba, pero el obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos
+á las de vuestros cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar
+de la confianza del obispo, ó de aparentar al menos que participaban.
+Á pesar de todo, tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus
+temorcillos.
+
+En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento
+indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al
+margen de una Biblia:
+
+«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada
+jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta».
+
+En otro libro, intitulado _Filosofía de la ciencia médica_, había
+escrita esta otra observación:
+
+«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis
+enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos,
+en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados».
+
+Había además escrito en otra parte:
+
+«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente quien
+mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra para
+decir su nombre».
+
+Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de
+Couloubroux ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora
+Magloria, tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría
+estaba seguro de no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando
+día y noche su puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar,
+y si no temía que acabase por suceder alguna desgracia en una casa
+tan mal guardada. El obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad
+diciéndole: _Nisi Dominus custodierit domum, in vanum vigilant qui
+custodiunt meam_.
+
+Pasando enseguida á hablar de otra cosa.
+
+Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como el
+del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser
+tranquilo».
+
+
+
+
+ VII
+ =Cravatte=
+
+
+Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque es de
+aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor obispo de
+D***.
+
+Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había
+infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes,
+Cravatte, se refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus
+bandidos, resto de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza;
+pasó después al Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo
+por el lado de Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en
+Tuiles. Escondíase en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí
+descendía hacia las aldeas y los lugares por los barrancos de la Ubaye
+y de Ubayette.
+
+Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y roba
+cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país.
+Encargóse de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se
+escapaba; á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un
+mismo tiempo.
+
+En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba
+haciendo su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro
+para aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta
+el Arche, y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése
+escoltado. Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes.
+
+--Por lo mismo,--dijo el obispo,--pienso ir sin escolta.
+
+--¿Esto piensa Su Ilustrísima?--preguntó el alcalde.
+
+--Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme y
+voy á salir dentro de una hora.
+
+--¿Salir?
+
+--Salir.
+
+--¿Solo?
+
+--Solo.
+
+--¡Monseñor! no haréis lo que decís.
+
+--Hay allí, en la montaña,--dijo el obispo,--un lugarejo que no he
+visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y
+honrados pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que
+guardan. Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y
+tocan deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros.
+Necesitan que de cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios.
+¿Qué dirían los pobres de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si
+yo no fuése allí?
+
+--Pero monseñor, ¿y los ladrones?
+
+--¡Calle!--dijo el obispo,--ahora recuerdo. Tenéis mucha razón. Puedo
+encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad de que
+se les hable de Dios.
+
+--¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla de
+lobos!
+
+--Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su
+pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia?
+
+--Os van á desvalijar, monseñor.
+
+--Si no tengo nada.
+
+--Os matarán.
+
+--¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones? ¡Bah!
+¿Y á qué objeto?
+
+--¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos!
+
+--Les pediré limosna para mis pobres.
+
+--Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida.
+
+--Señor alcalde,--dijo el obispo,--¿no es decididamente más que eso? Yo
+no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas.
+
+No hubo más remedio que dejarle hacer.
+
+Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho
+que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de su
+obstinación, causando mucho miedo.
+
+No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria.
+Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie,
+llegando sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores.
+Estuvo por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y
+moralizando. Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un
+_Te-Deum_, de pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo?
+careciendo de los ornamentos episcopales. No podía el pobre cura
+poner á su disposición más que una miserable sacristía de aldea, con
+algunas casullas de damasco, usadas y guarnecidas de galones falsos y
+deslucidos.
+
+--¡Bah!--dijo el obispo.--Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro
+_Te Deum_. Y todo se andará.
+
+Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de
+aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á
+vestir convenientemente un chantre de catedral.
+
+Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron en
+casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes
+desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse
+la caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra
+guarnecida de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en
+una palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á
+la catedral de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un
+papel en el cual estaban escritas estas palabras: _Cravatte á monseñor
+Bienvenido_.
+
+--¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!--exclamó el obispo. Después
+añadió sonriendo:--Al que se contenta con el sobrepelliz de un cura, le
+manda Dios una capa de arzobispo.
+
+--Monseñor,--murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo
+también:--¡Dios ó el diablo!
+
+El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad:
+
+--¡Dios!
+
+Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino
+salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de
+Chastelar á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo
+á su hermana:
+
+--¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los
+pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos
+llenas. Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el
+tesoro de una catedral.
+
+Por la noche, antes de acostarse dijo todavía:
+
+--No he temido jamás á los ladrones ni á los asesinos. Estos son
+los peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las
+preocupaciones, éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los
+asesinos. Los grandes peligros residen en nosotros mismos. ¡Qué importa
+lo que puede amenazar nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos
+preocuparnos sino de lo que amenaza á nuestras almas.
+
+Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo:
+
+--Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra el
+prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á
+rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Roguémosle, no por
+nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan falta
+por causa nuestra.
+
+Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su
+existencia. Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente,
+se pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas
+horas. Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días.
+
+En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos
+veríamos apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos
+muy ricos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho
+de los desgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura
+era por lo tanto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección
+del robo, haciéndole dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada
+podemos afirmar, sin embargo, sobre el particular.
+
+Solamente que se encontró entre los papeles del obispo, una nota
+bastante confusa que se refería, tal vez á este particular, concebida
+en los siguientes términos: _La cuestión está en si esto debe ser
+devuelto á la catedral ó al hospital_.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Filosofía después de beber=
+
+
+El senador de quien antes hemos hablado, era un hombre inteligente,
+que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como
+obstáculos esto que llamamos conciencia, fe jurada, justicia y deber;
+había caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un
+punto de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo
+procurador, enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando
+cuantos servicios insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á
+sus demás parientes y aun á sus amigos; había tomado sabiamente de la
+existencia sólo la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía
+estúpido.
+
+Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de
+Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun.
+Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas,
+como de las «ocurrencias del buen obispo». Llegando algunas veces,
+con cierta condescendiente autoridad, á reirse á las mismas barbas de
+Monseñor Myriel de lo que este decía.
+
+No recuerdo bien con motivo de qué ceremonia medio oficial, el conde***
+(dicho senador) y Monseñor Myriel debieron comer en casa del prefecto.
+Á los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre, exclamó:
+
+--¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y un
+obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros. Voy
+á seros franco. Tengo mi filosofía.
+
+--Tenéis mucha razón,--respondió el obispo.--Cuando uno se ocupa de sus
+filosofías, uno se acuesta. Y vos, señor senador, os habéis echado en
+un lecho de púrpura.
+
+El senador envalentonado, repuso:
+
+--Seamos buenos chicos.
+
+--Ó buenos diablos, lo mismo da,--dijo el obispo.
+
+--Os confieso--, replicó el senador,--que el marqués de Argens, Pyrrhon,
+Hobbes y el señor Naigeon no son unos bolonios. Tengo yo en mi
+biblioteca á todos mis filósofos encuadernados y dorados por el canto.
+
+--Como vos mismo, señor conde,--interrumpió el obispo.
+
+Prosiguió el senador:
+
+--Odio á Diderot; es un ideólogo, un declamador y un revolucionario:
+en el fondo cree en Dios, es más santurrón que Voltaire. Voltaire se
+rió de Needham, y se equivocó: porque las anguilas de Needham prueban
+la inutilidad de Dios.
+
+Una gota de vinagre en una cucharada de pasta de harina, suple
+perfectamente al _fiat lux_. Suponed la gota bastante gruesa, y
+bastante grande la cucharada, y tenéis el mundo.
+
+El hombre es la anguila. Entonces, ¿á qué el Padre eterno?
+
+Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para
+producir gentes débiles que sueñan vaciedades. ¡Abajo ese gran Todo
+que nos enreda! ¡Viva Zero que me deja tranquilo! De vos á mí, y por
+decirlo de una vez, ó para confesarme á mi pastor, creed que cuando
+llega el caso, tengo buen juicio. No estoy loco, ni mucho menos, por
+vuestro Jesús que predica, á cielo descubierto y en todas partes,
+el desprecio de las riquezas y el sacrificio. Consejo de avaro ó de
+pordiosero. Despreciar las riquezas: ¿por qué sacrificarse?: ¿á qué?
+Jamás he visto que un lobo se inmole á otro lobo de buena gana. No nos
+salgamos pues de la naturaleza. Nos encontramos en la cúspide; tengamos
+por lo tanto una filosofía superior. ¿Para qué estar en lo alto, si
+no hemos de querer ver más allá de la punta de la nariz de los demás?
+Vivamos alegremente. La vida es el todo.
+
+Que exista para el hombre otro porvenir, en otra cualquier parte, en
+lo alto, en lo bajo ó donde se quiera, no creo yo de ello una palabra.
+¡Ah! se me recomienda la pobreza y el sacrificio, y debo por lo tanto
+tener cuidado de todo cuanto haga; es preciso también que me rompa la
+cabeza sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre el
+_fas_ y el _nefas_. ¿Por qué? Porque he de dar cuenta de mis acciones.
+¿Cuándo? Después de muerto. ¡Vaya un sueño! Después de muerto bien haya
+quien me pinche. Haced que coja un puñado de ceniza una mano de sombra.
+Hablemos en puridad, ya que pertenecemos á los iniciados, y que le
+hemos levantado á Isis el guardapié: No existe el bien ni el mal; no
+hay más que vegetación. Busquemos lo real. Penetremos por todas partes.
+Profundicemos, ¡qué diablos! es preciso orear la verdad, sondear las
+profundidades de la tierra y cogerla. Entonces seréis fuerte y podréis
+reir.
+
+Yo soy cuadrado por la base. Señor obispo, la inmortalidad del hombre
+es como un «oiga usted». ¡Vaya una promesa! fiad en ella y... Vaya
+un documento sólido el de Adán. Uno es alma, y podrá ser ángel, y
+podrá tener dos alas azules en los omóplatos. Ayudadme, pues; ¿no fué
+Tertuliano quien dijo que los bienaventurados irán de un astro á otro?
+Sea. Seremos las langostas de las estrellas. Luego veremos á Dios. Ta
+ta ta. ¡Qué tonterías, ni qué paraísos! Dios es un cuento monstruoso.
+
+Yo no he de decir todo esto en el _Moniteur_, ¡qué diantre! pero
+puedo murmurarlo entre amigos. _Inter pocula._ Sacrificar la tierra
+al paraíso, es dejar la tajada por la sombra. ¡Ser el escarnio del
+infinito! ser un salvaje. Yo no soy nada. Me llamo el señor conde
+Nada, senador, ¿era yo antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de
+mi muerte? No. ¿Qué soy? un poco de polvo agregado por un organismo.
+¿Qué he venido á hacer sobre esta tierra? Tengo la elección: sufrir ó
+disfrutar. ¿A dónde me conducirá el sufrimiento? A la nada; pero habré
+sufrido. ¿A dónde me conducirá el goce? A la nada; pero habré gozado.
+Mi elección está hecha. Es preciso comer ó ser comido. Yo como. Más
+vale ser el diente que la yerba. Esta es mi ciencia. Luego que vaya
+todo como pueda, el sepulturero está allí, el panteón para nosotros;
+todo cae en la fosa común. Fin. _Finis._ Liquidación total. Este es el
+término donde todo acaba. La muerte ha muerto, creedme. Si hay alguien
+que tenga algo que decir sobre el particular, desde luego me río de
+estos sueños. Cuentos de nodrizas. El coco para los niños, Jehová para
+los hombres. No; nuestro mañana es de la noche. Detrás de la tumba no
+hay sino nadas iguales. Así hayáis sido un Sardanápalo ó un Vicente
+de Paul, esto no importa. Ésta es la verdad. Vivid, pues, sobre todo.
+Servíos de vuestro _yo_ mientras lo poseáis. En verdad os lo digo,
+señor obispo, tengo yo mi filosofía y mis filósofos. Jamás me he dejado
+ni me dejaré enredar en estas invenciones. Después de todo, no deja
+de ser ello de algún provecho para los pobres que andan por acá con
+los pies desnudos, para los ganapanes, y los miserables. Alimentadles
+de leyendas, quimeras, alma, inmortalidad, paraíso y estrellas. Ellos
+comen eso mezclado con pan seco. Quien nada tiene, puede tener el buen
+Dios, que es bien poca cosa. No me opongo á ello, pero guardo para mí á
+Noigeón.
+
+El buen Dios, es bueno para el pueblo.
+
+El obispo batió palmas.
+
+--¡Esto es hablar!--exclamó.--¡Qué excelente y maravilloso es este
+materialismo! No lo tiene quien quiere. ¡Ah! cuando uno lo posee,
+no hay quien le engañe, ni se deja uno desterrar brutalmente como
+Catón, ni lapidar como Esteban, ni abrasar vivo como Juana de Arco.
+Aquellos que han sabido procurarse tan admirable materialismo, tienen
+la incomparable dicha de sentirse irresponsables, y de pensar que
+pueden ellos devorarlo todo, sin la menor inquietud; las prebendas,
+las dignidades, el poder bien ó mal adquirido, las retractaciones
+lucrativas, las traiciones útiles, las sabrosas capitulaciones de
+conciencia y que bajarán á la tumba, hecha ya la digestión. ¡Qué
+cosa tan rica! Y no digo eso por vos, señor senador. No obstante, me
+es imposible dejar de felicitaros. Vosotros, los grandes señores,
+tenéis, como habéis dicho, una filosofía particular, hecha por vuestro
+gusto y á gusto vuestro, exquisita, refinada, accesible solo á los
+ricos, siempre sabrosa y sazonada á vuestro paladar para todas las
+necesidades de la vida. Esta filosofía está tomada de las profundidades
+y desenterrada por buscadores especiales. Mas como sois príncipes
+buenos, no lleváis á mal que la creencia en un buen Dios sea la
+filosofía del pueblo, así como, por ejemplo, que el pato guisado con
+castañas sea el pavo trufado de los pobres.
+
+
+
+
+ IX
+ =El hermano explicado por la hermana=
+
+
+Para dar una idea del interior doméstico del señor obispo de D***
+y de la manera como aquellas dos santas mujeres subordinaban sus
+acciones, sus pensamientos, hasta sus instintos de mujer, miedosas
+por naturaleza, á las costumbres é intenciones del obispo, sin que
+él tuviera necesidad de tomarse la pena de hablar para expresarlas,
+no podemos hacer otra cosa que transcribir una carta de la señorita
+Batistina á la señora vizcondesa de Boischevron, su amiga de la
+infancia. Esta carta está en nuestras manos.
+
+D*** 16 diciembre de 18...
+
+«Mi buena señora: no se pasa un día, durante el cual no hablemos de
+vos. Es ésta ya en nosotros una costumbre, pero existe además otra
+razón para ello. Figuraos que al quitar el polvo y al lavar las paredes
+y los techos, la señora Magloria ha hecho grandes descubrimientos;
+ahora ya nuestros dos aposentos tapizados de papel viejo blanqueado por
+la cal, no resultarían indignos de pertenecer á un castillo como el
+vuestro. La señora Magloria ha arrancado todo el papel. Debajo había
+otras cosas. Mi salón donde no hay muebles, y del que nos servimos
+para tender la ropa de la colada, mide quince pies de alto por diez y
+ocho de ancho en cuadro, un techo pintado á la antigua, con dorados y
+artesonados como vuestra casa. Estaba cubierto por un lienzo desde que
+fué convertido en hospital. En fin, que han aparecido ensambladuras del
+tiempo de nuestros abuelos. Pero es en mi cuarto donde hay que ver. La
+señora Magloria ha descubierto, por bajo de diez papeles por lo menos,
+pegados unos sobre otros, pinturas, que sin ser del todo buenas, pueden
+muy bien pasar. Está Telémaco, armado caballero por Minerva, está
+también en los jardines, cuyo nombre no recuerdo ahora. En fin, allí
+donde las damas romanas iban solo una noche. ¿Qué he de deciros más?
+Tengo romanos, tengo romanas (_aquí una palabra ininteligible_), y toda
+la comitiva. La señora Magloria ha aclarado todo esto, y este verano
+piensa reparar algunas pequeñas averías, barnizándolo todo, y mi cuarto
+será así un verdadero museo. Ha encontrado igualmente en un rincón del
+granero, dos consolas de madera, bastante antiguas. Pidiéronnos dos
+escudos de seis libras por volverlas á dorar, pero vale más dárselos á
+los pobres; además son bastante feas; yo gustaría más de un velador de
+caoba.
+
+«Yo sigo siendo siempre tan dichosa. Mi hermano es tan bueno. Todo
+lo que tiene se lo da á los pobres y á los enfermos. Pasamos mucha
+estrechez. En este país es muy crudo el invierno, y es preciso hacer
+algo por los que carecen de todo... Nosotros estamos más ó menos
+alumbrados y abrigados. Ya veis que son estas grandes comodidades.
+
+«Mi hermano tiene sus costumbres particulares. Cuando hablamos de ello,
+dice que un obispo debe ser así. Figuraos que las puertas de esta casa
+no se cierran jamás. Entra el que quiere, y se encuentra en seguida
+con mi hermano. No teme nada, nada, ni siquiera de noche. Esa es su
+valentía, según él dice.
+
+«No permite que yo tema por él, ni que la señora Magloria tema tampoco.
+Se expone á toda clase de peligros, y no quiere que aparentemos que nos
+apercibimos de ello. Es preciso saberle comprender.
+
+«Sale cuando llueve, camina bajo el agua, y viaja en invierno. No le
+asusta la noche, ni los caminos peligrosos, ni los malos encuentros.
+
+«El año pasado se fué solo á un país de ladrones, sin permitir que le
+acompañáramos nosotras. Estuvo ausente unos quince días. Á su vuelta,
+nada le había pasado: se le creía muerto, y gozaba de buena salud.
+Dijo: «¡Ved cómo me han robado!» y abrió una maleta, llena con todas
+las alhajas de la catedral de Embrun que le habían entregado los
+ladrones.
+
+«Esta vez, al volver, no pude menos de regañarle un poco, cuidando, sin
+embargo, de hablar mientras metía mucho ruido el carruaje, á fin de que
+nadie pudiera enterarse.
+
+«Al principio me decía yo: no hay peligros que le detengan, es
+terrible; ahora he acabado por acostumbrarme. Muchas veces hago señas
+á la señora Magloria para que no le contradiga. Él obra y se aventura
+como le parece. Me llevo á la señora Magloria y me subo con ella á mi
+cuarto, ruego por él y me quedo dormida. Estoy tranquila, porque sé muy
+bien que si le sucediera algún percance, sería ello mi fin. Me iría con
+el buen Dios en compañía de mi hermano y obispo. La señora Magloria
+ha tenido más trabajo que yo para acostumbrarse á lo que ella llamaba
+sus imprudencias. Ahora ya estamos resignadas. Rezamos las dos juntas;
+las dos tenemos miedo á un tiempo, y á la par nos dormimos. El diablo
+podría entrar en casa sin el menor obstáculo. Después de todo, ¿por qué
+hemos de temer? Siempre hay con nosotros en nuestra casa alguien que es
+más fuerte. Puede el diablo pasar, pero el buen Dios la habita.
+
+«Esto me basta; mi hermano no tiene ya necesidad de decirme nada. Le
+comprendo sin que me hable, y nos abandonamos á la Providencia.
+
+«Ved cómo hay que tratar á un hombre que tiene su grandeza de espíritu.
+
+«He preguntado á mi hermano acerca de las noticias que me pedís sobre
+la familia de Faux. Ya sabéis que está él muy al corriente, y que
+conserva todos sus recuerdos, pues sigue siendo muy buen realista.
+Esta familia es una de las más antiguas entre las normandas de la
+generalidad de Caen. Hace quinientos años hubo un Raúl de Faux, un
+Juan Faux y un Tomás Faux, que eran hidalgos, y uno de ellos señor de
+Rochefort. El último fué Guido Esteban Alejandro, maestre de campo, y
+no sé qué más en la caballería ligera de Bretaña. Su hija, María Luisa,
+casó con Adriano Carlos de Gramont, hijo del duque Luis de Gramont, par
+de Francia y coronel de guardias francesas, y teniente general de los
+ejércitos. Se escribe Faux, Fauq y Faoucq.
+
+«Recomendadnos, mi buena señora, á las oraciones de vuestro santo
+pariente el señor cardenal. En cuanto á vuestra cara Silvania, ha hecho
+bien aprovechando los cortos instantes que pasa á vuestro lado para
+escribirme. Está buena, trabaja á gusto vuestro, me quiere siempre;
+es todo lo que yo deseo; estoy muy contenta con el recuerdo que por
+vos me ha enviado. Mi salud no es del todo mala, y sin embargo, voy
+enflaqueciendo diariamente. Adiós, se acaba el papel, y esto me obliga
+á despedirme. Tantas cosas á todos.
+ «BATISTINA.
+
+«P. S.--Vuestro sobrinillo está precioso. ¿Sabéis que va ya para cinco
+años? Ayer vió pasar un caballo al que habían puesto rodilleras, y
+dijo: ¿Qué es lo que tiene el pobre en las rodillas?--¡Es una criatura
+encantadora! Su hermanito corre ya por la habitación tirando de un palo
+de escoba como de un carro, y grita: ¡Au!».
+
+Como se ve por esta carta, aquellas dos mujeres sabían acomodarse
+á la manera de ser del obispo con esa concepción particular de la
+mujer que comprende al hombre, mejor que el hombre se comprende á sí
+mismo. El obispo de D*** bajo aquel aspecto sereno y cándido que no
+desmentía jamás, hacía á veces cosas grandes, atrevidas y magníficas
+sin que pareciese advertirlo siquiera. Ellas podían asustarse, pero le
+dejaban hacer. Alguna que otra vez la señora Magloria solía mostrar su
+oposición antes, pero nunca durante ni después de la acción. Jamás se
+le distraía con una sola palabra, ni un gesto siquiera, durante una
+obra comenzada. En muchos casos sin que tuviera necesidad de decirlo,
+cuando tal vez ni aún conciencia de ello tenía, tanta era su sencillez,
+presentían ellas vagamente que obraba como obispo; entonces no eran
+ellas más que dos sombras en aquella casa. Servíanle pasivamente, y si
+era preciso para obedecer, que desapareciesen, desaparecían.
+
+Sabían, con admirable delicadeza de instinto, que los excesos de
+solicitud pueden ser á veces un estorbo, por lo cual, aún creyéndole
+en peligro, pero comprendiendo, no diré su pensamiento, pero sí su
+naturaleza, hasta el punto de no velar por él. Confiábanle á Dios.
+
+Sin embargo, Batistina decía, como acabamos de leer, que el fin de su
+hermano sería el suyo. La señora Magloria no lo decía, pero lo sabía.
+
+
+
+
+ X
+ =El obispo en presencia de una luz desconocida=
+
+
+En una época un tanto posterior á la fecha de la carta citada en las
+páginas precedentes, hizo él cierta cosa, que, si hemos de creer lo que
+se dijo en toda la ciudad, era más arriesgada aún que su paseo por las
+montañas de los bandidos.
+
+Existía junto á D*** en el campo, un hombre que vivía solitario.
+Este hombre, digamos de una vez la gran palabra, era, un antiguo
+convencional, llamado G.
+
+Hablábase del convencional G. entre la gentezuela de D*** con cierto
+horror. ¡Un convencional! ¡Quién puede figurárselo! Eso existía en
+tiempos en que se tuteaban unos á otros y se llamaban ciudadano. Aquel
+hombre venía á ser casi un monstruo. No había votado la muerte del rey,
+pero poco le había faltado. Era pues, un casi regicida. Había sido
+terrible. ¿Por qué á la vuelta de los príncipes legítimos no habían
+hecho comparecer á ese hombre ante un consejo prebostal? No era preciso
+cortarle la cabeza, porque era necesario ser clemente; pero al menos se
+le podía haber condenado á destierro perpetuo. ¡Hacer un escarmiento!
+Además, era un ateo como todas aquellas gentes de entonces.
+
+Habladurías de gansos sobre el buitre.
+
+¿Era en realidad un buitre el convencional G.? Sí, á juzgar por lo que
+había de esquivo en su soledad. No habiendo votado la muerte del rey,
+no estuvo comprendido en los decretos de destierro, y podía permanecer
+en Francia.
+
+Habitaba á tres cuartos de hora de la ciudad, alejado de toda vivienda
+y de todo camino; en la perdida quebrada de un valle salvaje. Decíase
+que tenía allí una especie de campo, un tabuco, una madriguera. Nada de
+vecinos, nada de transeuntes. Desde que moraba en aquel valle, la senda
+que á él conducía había desaparecido bajo la yerba. Hablábase de aquel
+sitio como de la casa del verdugo.
+
+Por lo tanto, tenía el obispo fija su idea en lo que de él se decía, y
+de tiempo en tiempo miraba al horizonte, hacia el punto donde un grupo
+de árboles indicaba el valle del viejo convencional, y decía: «¡Allí
+existe un alma que está sola!».
+
+Y para sus adentros, añadía: «Le debo mi visita».
+
+Debemos confesar, sin embargo, que semejante idea, tan natural al
+principio, le parecía después de un momento de reflexión, como extraña
+é imposible, y casi repulsiva, porque en el fondo participaba de la
+impresión general, y el convencional le inspiraba, sin que él acertase
+á darse cuenta de ello, esa especie de sentimiento que es como la
+frontera del odio, y que expresa perfectamente la palabra: despego.
+
+No obstante, ¿debe la sarna de la oveja hacer retroceder al pastor? No.
+¡Pero qué oveja!
+
+El buen obispo estaba perplejo. Algunas veces se dirigía hacia aquel
+punto, pero luego retrocedía.
+
+Cierto día, por fin, corrió por la ciudad la noticia de que una
+especie de pastorcillo que servía al convencional G. en su madriguera,
+había ido en busca de un médico; aquel infame viejo se moría, por que
+la parálisis aumentaba, y no podía pasar de aquella noche. ¡Á Dios
+gracias! añadían algunos.
+
+El obispo tomó su bastón, púsose su sobretodo á causa de estar su
+sotana, como hemos dicho, por demás usada, y además, por guardarse del
+aire de la tarde, que no había de tardar en soplar, y partió.
+
+El sol declinaba y tocaba casi al horizonte cuando llegó el obispo
+al sitio excomulgado. Reconoció por los latidos de su corazón que se
+encontraba cerca de la madriguera. Saltó una zanja, pasó un seto,
+atravesó un puente, entró en un huertecillo descuidado, dió algunos
+pasos resueltos, y de pronto, en un fondo erial, detrás de altos
+abrojos, percibió la caverna.
+
+Era una cabaña baja, pobre, pequeña y aseada, cuya fachada cubría un
+emparrado.
+
+Junto á la puerta, sentado en un viejo sillón de ruedas veíase un
+hombre de cabellos blancos, que sonreía mirando al sol poniente.
+
+Junto al viejo sentado, estaba de pie un joven, el pastorcillo,
+sirviendo al anciano una taza de leche.
+
+Mientras le miraba el obispo, el anciano levantó la voz
+diciendo:--Gracias, no necesito nada más. Y su sonrisa dejó de fijarse
+en el sol para dirigirse al chico.
+
+Adelantóse el obispo, y al ruido que produjo su andar volvió el viejo
+sentado la cabeza, y su semblante expresó toda la sorpresa que se pueda
+sentir después de una larga vida.
+
+--Desde que estoy aquí,--dijo el anciano,--ésta es la vez primera que
+un hombre entra en mi casa. ¿Quién sois, señor?
+
+El obispo respondió:
+
+--Yo me llamo Bienvenido Myriel.
+
+--¡Bienvenido Myriel! he oído pronunciar ese nombre. ¿Seríais vos acaso
+aquél á quien el pueblo llama monseñor Bienvenido?
+
+--Yo soy.
+
+El viejo repuso con ligera sonrisa:
+
+--En ese caso, ¿sois vos mi obispo?
+
+--¡Puede!
+
+--Entrad, señor.
+
+El convencional tendió la mano al obispo; pero el obispo no se la tomó,
+limitándose á decir únicamente:
+
+--Me alegro de ver que me han engañado. No parece en verdad, que estéis
+enfermo.
+
+--Señor,--respondió el anciano,--voy á curar del todo.
+
+Hizo una pausa, y dijo:
+
+--Voy á morir dentro de tres horas.
+
+Luego repuso:
+
+--Tengo algo de médico, y sé de qué manera llega la última hora...
+Ayer no tenía fríos más que los pies; hoy ha subido el frío á las
+rodillas, y estoy sintiendo ahora que alcanza la cintura; cuando
+llegue al corazón, me pararé. ¿Verdad que es bello el sol? He hecho
+que me arrastren hasta aquí para lanzar mi última mirada sobre las
+cosas. Podéis hablarme, la conversación no me fatiga. Habéis hecho muy
+bien en venir á ver á un hombre que va á morir. Es bueno que en este
+momento haya testigos. Cada uno tiene sus manías; yo hubiera querido
+llegar hasta la aurora. Pero sé que me quedan apenas tres horas; será
+de noche. En fin, ¡qué importa! Acabar es trabajo sencillo. No hay
+necesidad de día para, ello. Sea, moriré á la hora de las estrellas.
+
+El anciano se volvió hacia el pastor:
+
+--Y tú, vete á acostar. Has velado toda la noche, y estás cansado.
+
+El muchacho entró nuevamente en la cabaña.
+
+El anciano le siguió con la mirada y añadió, como hablando consigo
+mismo:
+
+--Mientras él dormirá, yo moriré. Ambos sueños pueden ser buenos
+vecinos.
+
+El obispo no estaba conmovido como parece que debía estarlo. No creía
+él sentir á Dios en aquella manera de morir; digámoslo todo, porque las
+pequeñas contradicciones de los corazones grandes deben ser indicadas
+como las demás; él, que cuando llegaba el caso se reía de buena fe de
+su eminencia, en aquel momento le chocaba algún tanto no oir que se
+le llamase monseñor, llegando á estar tentado de replicar: ciudadano.
+Ocurriósele el capricho de cierta familiaridad, muy común en médicos y
+eclesiásticos, pero que no era habitual en él. Aquel hombre, después de
+todo, aquel convencional, aquel representante del pueblo, había sido
+un poderoso de la tierra; por la primera vez de su vida tal vez, se
+sintió el obispo inclinado á la severidad.
+
+El convencional, sin embargo, considerábale con modesta cordialidad, en
+la cual hubiérase podido distinguir tal vez la humildad que acompaña al
+individuo próximo á convertirse en polvo.
+
+El obispo, por su parte, si bien se abstenía generalmente de toda
+curiosidad, la cual, según él, era vecina de la ofensa, no podía
+abstenerse de examinar al convencional con una atención, que, no siendo
+originada por la simpatía, se la hubiese reprochado sin duda su propia
+conciencia con relación á otro hombre cualquiera. Un convencional le
+hacía el efecto de estar algo fuera de la ley, inclusa la ley de la
+caridad. G., sereno, el busto casi erguido, la voz vibrante, era uno de
+esos grandes octogenarios que causan la admiración del fisiólogo. La
+Revolución tuvo muchos de esos hombres dignos de su época. Adivinábase
+desde luego en aquel anciano al hombre fuerte. Tan próximo como estaba
+á su fin, conservaba todas las apariencias de la salud. Había en su
+certera mirada, en su enérgico acento, en el robusto movimiento de sus
+hombros, un algo, capaz de desconcertar á la muerte. Azrael, el ángel
+mahometano del sepulcro, hubiera retrocedido creyendo haber equivocado
+la puerta. G. parecía morirse, porque así lo quería. Gozaba de la
+libertad, hasta en su misma agonía. Las piernas solamente estaban
+inmóviles. Las tinieblas le tenían cogido por ellas. Tenía los pies
+muertos y fríos, y la cabeza, viviente con toda la pujanza de la vida,
+aparecía erguida y radiante. G. en aquel supremo instante, se asemejaba
+al rey del cuento oriental, de carne su parte superior, de mármol su
+base.
+
+Había allí una piedra. El obispo se sentó. El exordio fué _ex-abrupto_.
+
+--Os felicito,--díjole en tono casi reprensivo.--Vos no habéis votado
+nunca la muerte del rey.
+
+El convencional no pareció fijarse en la significación amarga que
+ocultaba la palabra _nunca_. Pero respondió, después de haber
+desaparecido de su rostro la menor sombra de sonrisa:
+
+--No me felicitéis demasiado, señor, porque voté el fin del tirano.
+
+Era el acento austero ante el tono severo.
+
+--¿Qué queréis decir?--repuso el obispo.
+
+--Quiero decir que el hombre tiene un tirano, la ignorancia. Yo voté el
+fin de ese tirano. Ese tirano ha engendrado la dignidad real, que es la
+autoridad tomada de lo falso, mientras que la ciencia es la autoridad
+tomada de lo verdadero. El hombre no debe ser gobernado más que por la
+ciencia.
+
+--Y la conciencia,--añadió el obispo.
+
+--Es igual. La conciencia es la cantidad de ciencia innata que se
+encierra en nosotros.
+
+Monseñor Bienvenido escuchaba, algo asombrado, este lenguaje
+enteramente nuevo para él.
+
+El convencional prosiguió:
+
+--Tocante á Luis XVI, dije no. Yo no me creo con derecho para matar
+á un hombre; pero siento el deber de exterminar el mal. Yo voté el
+fin del tirano, es decir, el fin de la prostitución de la mujer, el
+fin de la esclavitud del hombre, el fin de las tinieblas para el
+niño. Votando la república, voté todo eso. Yo voté la fraternidad, la
+concordia, la aurora. Ayudé á la caída de las preocupaciones y de los
+errores. El hundimiento de los errores y de las preocupaciones produce
+la luz. Nosotros hicimos caer al viejo mundo; y el viejo mundo, vaso
+de miserias, al derramarse sobre el género humano, se ha convertido en
+cáliz de alegría.
+
+--De alegría impura,--dijo el obispo.
+
+--Podéis decir alegría turbada; y hoy por hoy, después de ese regreso
+fatal del pasado que se llama 1814, alegría desvanecida. ¡Ay! La
+obra resultó incompleta, convengo en ello; nosotros demolimos el
+antiguo régimen en los hechos, no pudiendo suprimirlo del todo en las
+ideas. Destruir el abuso no es suficiente, es preciso modificar las
+costumbres. El molino no existe, pero prosigue el viento.
+
+--Vosotros demolisteis. Demoler puede tal vez ser útil; pero yo no me
+fío de una demolición mezclada en cólera.
+
+El derecho encierra su cólera, señor obispo, y la cólera del derecho es
+un elemento de progreso. No importa, diga quien quiera lo contrario,
+la Revolución francesa es el paso más grande del género humano desde
+el advenimiento de Cristo. Incompleto puede ser, pero sublime. Ha
+despejado todas las incógnitas sociales, y ha suavizado los espíritus;
+ha apaciguado, ha templado é ilustrado, ha hecho infiltrar en la tierra
+torrentes de civilización, en una palabra: ha sido buena. La Revolución
+francesa es la consagración de la humanidad.
+
+El obispo no pudo abstenerse de murmurar:
+
+--¿Sí? ¡93!
+
+El convencional se incorporó en su silla con una solemnidad casi
+lúgubre, y con toda la energía con que pueda contar un moribundo,
+exclamó:
+
+--¡Ah! ¡Vos también! ¡93! Ya esperaba yo esta palabra. Se ha estado
+formando una nube durante mil quinientos años. Al fin de quince siglos
+ha descargado. ¿Pretendéis acusar por ello al rayo?
+
+Sintió el obispo, tal vez sin explicárselo, que había sido herido en
+algo. Supo contenerse, y respondió:
+
+--El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nombre
+de la clemencia, que no es sino otra justicia más alta. El trueno no
+debe jamás equivocarse.
+
+Y añadió mirando fijamente al convencional:
+
+--¿Luis XVII?
+
+El convencional alargó la mano, y asiendo al obispo del brazo, dijo:
+
+--¡Luis XVII! Veamos. ¿Á quién lloráis en él? ¿Es al niño inocente?
+Entonces, sí, también lloro con vos. ¿Es al infante real? Os suplico
+que reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente,
+colgado por los sobacos en la plaza de la Grève hasta que sobreviniese
+la muerte, por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos
+doloroso que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la
+torre del Temple por el solo crimen de haber sido nieto de Luis XV.
+
+--Señor,--dijo el obispo,--no gusto de esta mezcla de nombres.
+
+--¿Cartouche? ¿Luis XV? ¿Por cuál de los dos reclamáis?
+
+Hubo un momento de silencio. El obispo se arrepentía casi de haber ido
+allí, y no obstante, se sentía vaga y extrañamente conmovido.
+
+El convencional repuso:
+
+--¡Ah! señor cura, no os gustan las crudezas de la verdad; Cristo
+gustaba de ellas. Y sabía tomar una vara y limpiar el templo. Su
+látigo, de luz refulgente, era un rudo decidor de verdades. Cuando
+exclamaba: _Sinite parvulos_... no hacía distinción alguna entre los
+niños. Él no se inquietaba en preferir el primogénito de Barrabás
+al primogénito de Herodes. Señor, la inocencia tiene en sí misma su
+corona. La inocencia ni pierde ni gana siendo alteza. Es igualmente
+augusta vistiendo andrajos que flordelisada.
+
+--Es verdad,--repitió en voz baja el señor obispo.
+
+--Insisto--continuó el convencional G.--Habéis nombrado á Luis XVII.
+Entendámonos. ¿Lloramos por todos los inocentes, por todos los
+mártires, por todos los niños, por los de abajo como por los de arriba?
+Conformes. Pero ya os lo he dicho; es preciso remontarnos más arriba
+del 93, esto es, antes de Luis XVII, donde deben comenzar nuestras
+lágrimas. Yo lloraré con vos por los hijos de los reyes, con tal que
+vos lloréis conmigo por los hijos del pueblo.
+
+--Por todos lloro,--dijo el obispo.
+
+--¡Igualmente!--exclamó G.--Y si debe inclinarse la balanza, que sea
+del lado del pueblo. Hace mucho más tiempo que sufre.
+
+Hubo en nuevo silencio siendo el convencional quien lo rompió. Irguióse
+apoyándose sobre un codo, tomó con el pulgar y el índice un pliegue de
+su mejilla, como hace maquinalmente el que interroga cuando juzga, é
+interpeló al obispo con una mirada llena de todas las energías de la
+agonía. Casi fué una explosión.
+
+--Sí, señor; hace mucho tiempo que el pueblo sufre. Y luego, advertid:
+No es esto todo, ¿á que venís vos á preguntarme y hablarme de Luis
+XVII? Yo no os conozco ni sé quién sois. Desde que vine á este país,
+vivo en este recinto, solo, sin poner jamás los pies afuera, ni ver á
+nadie, más que á ese muchacho que me asiste. Vuestro nombre, es verdad,
+ha llegado confusamente hasta mí, y debo decirlo, no mal pronunciado;
+pero esto nada significa; ¡las gentes hábiles tienen tantas maneras de
+hacer que les crea el bueno del pueblo!... Á propósito, no he oído el
+ruido de vuestro carruaje; os lo habréis dejado sin duda detrás del
+soto, allá abajo en el empalme de la carretera. No os conozco, repito.
+Me habíais dicho que erais el obispo, pero esto nada me indica sobre
+vuestra personalidad moral. En suma, vuelvo á mi pregunta: «¿Quién
+sois?». Sois obispo, es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos
+hombres dorados, blasonados, con grandes rentas, y gruesas prebendas;
+el obispo de D*** quince mil francos fijos, diez mil de eventuales;
+total, veinticinco mil francos; con buena cocina, buenas libreas, con
+buena mesa, comiendo pollos de agua en viernes; pavoneándose entre
+lacayos delante y detrás de su berlina de gala, que tiene palacios,
+y arrastra coche en nombre de Jesucristo, ¡que andaba descalzo!
+Sois un prelado; rentas, palacios, caballos, buena mesa; todas las
+sensualidades de la vida, tendréis todo eso como los demás, y como los
+demás disfrutáis de ello, está bien; pero esto dice demasiado ó no dice
+bastante; esto no me prueba nada sobre el valor intrínseco y esencial,
+de quien viene con la pretensión probable de traerme la sabiduría. ¿Á
+quién estoy hablando? ¿Quién sois vos?
+
+El obispo inclinó la frente y respondió:
+
+--_Vermis sum._
+
+--¡Un gusano de tierra en carroza!--refunfuñó el convencional.
+
+Tocábale el turno al convencional ser altivo y al obispo humilde.
+
+Éste repuso con dulzura:
+
+--Sea, señor mío; pero explicadme, como mi coche, que está ahí á dos
+pasos detrás de los árboles, como mi buena mesa y los pollos de agua
+que yo como en viernes, como mis veinticinco mil francos de renta, como
+mi palacio y mis lacayos, prueban que la piedad no es una virtud, que
+la clemencia no es un deber, y que el 93 no fué inexorable.
+
+El convencional pasóse la mano por la frente como para despejar una
+nube.
+
+--Antes de contestaros,--le dijo,--os pido que me perdonéis. Acabo de
+cometer un error, señor mío. Estáis en mi casa, sois mi huésped y os
+debo cortesía. Discutís mis ideas, y debo limitarme á combatir vuestros
+argumentos. Vuestras riquezas y vuestros goces son mis ventajas contra
+vos en este debate; pero no es de buen gusto servirse de ellas. Os
+prometo no valerme más de las tales.
+
+--Os doy por ello gracias,--dijo el obispo.
+
+G. replicó:
+
+--Volvamos nuevamente á la explicación que me pedíais. ¿Dónde
+estábamos? ¿Qué me decíais? ¿Que el 93 fué inexorable?
+
+--Inexorable, sí,--dijo el obispo.--¿Qué opináis de Marat batiendo
+palmas á la guillotina?
+
+--¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el _Te-Deum_ sobre los
+acuchillados?
+
+La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez
+de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió
+respuesta alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á
+Bossuet. Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten
+vagamente mortificados por sus faltas de respeto á la lógica.
+
+El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se
+mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún
+había en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió:
+
+--Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de
+la revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación
+humana, 93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero
+¿y la monarquía, señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre
+le dais á Montrevel? Fouquier-Tainville es un vividor; pero ¿qué
+opinión os merece Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero
+¿Saulx-Tavannes qué os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué
+epíteto me concedéis para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es
+un monstruo; pero no tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor,
+compadezco á María Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco
+también á aquella pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado
+de Luis el Grande, dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste,
+desnuda hasta la cintura; y arrancándole del pecho la criatura,
+colocáronla á cierta distancia; hinchado su seno por la leche y el
+corazón de angustia, la hambrienta y pálida criatura miraba muriendo
+aquel seno, lleno de vida, y el verdugo decía á la mujer, madre y
+nodriza á un tiempo: «¡Abjura!» dándole á escoger entre la muerte de
+su hijo y la de su conciencia. ¿Qué me diréis de este suplicio de
+Tántalo aplicado á una madre? Señor, guardad bien esto en la memoria:
+La Revolución francesa tuvo sus razones. Su cólera será absuelta
+indudablemente por la posteridad. Su resultado es el mejoramiento del
+mundo. De sus golpes más terribles, surge una caricia para el género
+humano. Abrevio, concluyo. Tengo demasiado buen juego. Además, me muero.
+
+Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamiento
+con estas sencillas palabras:
+
+--Sí, las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Cuando han
+terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado con
+dureza, pero que ha marchado.
+
+El convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesivamente
+una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo. Éste
+conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de
+monseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la
+rudeza del principio:
+
+--El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores
+impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo.
+
+El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estremecido;
+miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando
+acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la
+descolorida mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando
+consigo mismo, perdida su mirada en lo profundo:
+
+--¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes!
+
+El obispo sintió una especie de conmoción inexplicable.
+
+Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cielo,
+y dijo:
+
+--El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería
+el yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero
+es: luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios.
+
+El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta en
+el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando acabó
+de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por
+completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas
+horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproximado
+á la muerte. El supremo instante había llegado.
+
+Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como
+sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la
+emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella
+mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo:
+
+--Ésta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el
+habernos encontrado inútilmente?
+
+El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que
+había algo de sombrío, inundó su semblante.
+
+--Señor obispo,--dijo con cierta lentitud, que procedía quizá mejor
+de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas,--he
+pasado mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía
+yo sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en
+sus asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían
+tiranías, y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé
+y confesé. El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se
+veía amenazada, y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fuí
+uno de los dueños del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban
+atestadas de valores, tantos que fué menester apuntalar las paredes del
+edificio, próximas á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata,
+comía yo en la calle del Arbre-sec á veintidós sueldos el cubierto. He
+socorrido á los oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los
+manteles del altar, cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la
+patria. He apoyado siempre la marcha adelante del género humano hacia
+la luz, y he resistido más de una vez al progreso despiadado. Hubo
+ocasión en que llegué á proteger á mis propios adversarios, á vosotros.
+Hay en Peteghem, en Flandes, en el mismo lugar donde los reyes
+merovingios tenían su palacio de verano, un convento de urbanistas, la
+abadía de Santa Clara de Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido
+con mi deber según mis fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he
+sido arrojado, acosado, vejado, perseguido, calumniado, escarnecido,
+afrentado, maldecido y proscrito. Después de muchos años y con todos
+mis cabellos blancos, veo todavía que hay gentes que se creen con
+derecho á despreciarme; tengo para la pobre é ignorante multitud cara
+de condenado, y acepto sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odio
+general. Tengo ahora ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á
+pedirme?
+
+--_Vuestra bendición_,--dijo el obispo.
+
+Y se arrodilló.
+
+Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le
+presentó verdaderamente augusto. Acababa de espirar.
+
+El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplicables
+pensamientos, y se pasó toda la noche en oración.
+
+Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del
+convencional G.; concretóse á señalar el cielo.
+
+Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los
+infelices y desvalidos.
+
+Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.» le sumía en una
+preocupación singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel
+espíritu ante el suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la
+suya, no hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección.
+
+Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto de murmuración en
+los mezquinos círculos de la localidad.
+
+--¿Es acaso,--decían ellos,--lugar digno de todo un obispo la cabecera
+de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí
+conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿Á qué
+ir entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la
+curiosidad de ver un alma que se la lleva el diablo.
+
+Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente á la impertinente
+variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida:
+
+--Monseñor, no falta quien pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima
+gorro encarnado.
+
+--¡Oh! ¡oh! Ése es un gran color,--respondió el obispo.--Puesto que los
+que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo.
+
+
+
+
+ XI
+ =Una restricción=
+
+
+Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dicho que
+monseñor Bienvenido fuése un «obispo filósofo» ó un «cura patriota». Su
+encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el convencional
+G., le dejó una especie de asombro que vino á aumentar todavía su
+benignidad. He aquí todo.
+
+Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos, un hombre
+político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cuál fué su
+actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que monseñor
+Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud alguna.
+
+Retrocedamos, pues, algunos años.
+
+Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al episcopado,
+el emperador le había nombrado barón del imperio, al mismo tiempo que
+á otros muchos obispos. El arresto del Papa tuvo lugar, como sabe todo
+el mundo, durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809, en cuya ocasión
+fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínodo de los obispos de
+Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se celebró en Nuestra
+Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de junio de 1811, bajo la
+presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno de los noventa
+y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á una sesión
+y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una diócesis
+montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y la
+desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes
+eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea.
+Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado
+acerca de su precipitado regreso, respondió:
+
+--_Mi presencia les molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo,
+haciéndoles el efecto de una puerta abierta._
+
+Otra vez contestó:
+
+--_¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos príncipes, y yo no
+pasaba de ser un pobre obispo plebeyo._
+
+Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas,
+habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas
+más calificados:
+
+--¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas,
+todo ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda
+esa superfluidad, molestándome de continuo los oídos con su murmullo:
+¡Hay gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres!
+¡hay pobres!
+
+Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra el
+lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo,
+en casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las
+ceremonias, el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco
+caritativas. Un cura opulento es un contrasentido. El cura debe
+hallarse cerca de los pobres. ¿Y puede uno estar tocando sin cesar
+noche y día todas las necesidades, todos los infortunios y todas las
+miserias, sin llevar sobre sí algo de esa santa nobleza, como polvo de
+su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un hombre al lado de un brasero
+sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que trabaje constantemente en
+un horno, sin tener un cabello quemado, ni una uña ennegrecida, ni una
+gota de sudor, ni un grano de ceniza en la cara? La primera prueba de
+caridad en la casa del cura, en la del obispo sobre todo, es la pobreza.
+
+Esto era sin duda lo que pensaba el señor obispo de D***.
+
+No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos
+delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco
+en querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de
+compromiso para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado
+mucho, creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que
+á los galicanos. Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por
+lo tanto, ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con
+frialdad la decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió
+todas las manifestaciones hostiles, excusándose de ir á ver al
+emperador á su paso de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de
+ordenar en su diócesis las rogativas públicas durante los cien días.
+
+Además de su hermana la señorita Batistina, tenía dos hermanos;
+general el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna
+frecuencia. Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez
+de relaciones, porque estando éste encargado, en Provenza, de una
+comandancia, á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á
+la cabeza de mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si
+hubiese querido dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho
+más afectuosa con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello
+y digno sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette.
+
+Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu de
+partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones de
+momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado en
+asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera merecido
+no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro
+pensamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones
+políticas» con la grande aspiración al progreso, con la sublime fe
+patriótica, democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el
+único sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin
+profundizar cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de
+este libro, diremos simplemente así: Hubiera sido mejor que monseñor
+Bienvenido no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese
+separado un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian
+distintamente, sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales,
+sobre todos los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces
+purísimas de: la Verdad, la Justicia y la Caridad.
+
+Á pesar de convenir en que no era para funciones políticas por lo
+que había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido
+y admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su
+oposición enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón
+omnipotente. Pero lo que nos place ver frente á frente de los
+poderosos, nos desagrada con relación á los caídos. Nos gusta el
+combate mientras dura el peligro; y solamente creemos con derecho á
+los combatientes de primera hora, de ser los exterminadores en la
+última. Quien no ha sido constante acusador durante la prosperidad,
+debe guardar silencio ante la desgracia. El denunciador del éxito es el
+solo y legítimo juez de la caída. Por nuestra parte, cuando interviene
+la Providencia y hiere, la dejamos hacer. 1812 empieza á desarmarnos.
+En 1813 la torpe ruptura del silencio de aquel cuerpo legislativo
+taciturno, envalentonado por las catástrofes, no era merecedor más que
+de la indignación, siendo, por lo tanto, aplaudirle un error; en 1814,
+ante aquellos generales traidores; ante aquel Senado, pasando de uno
+en otro fango: insultando, después de haber divinizado; ante aquella
+idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era indispensable volver
+la cabeza; en 1815, como los supremos desastres estaban en el aire,
+como la Francia sentía el estremecimiento de un siniestro próximo, como
+se podía ya distinguir vagamente Waterloo, abierto ante Napoleón, la
+dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al condenado del destino,
+nada tenía de risible, y salvando al déspota, un corazón como el del
+obispo de D*** no podía desconocer cuánto había de augusto y tierno al
+borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran nación y un grande
+hombre.
+
+Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdadero,
+equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y
+benévolo, lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio
+y hombre. Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política
+que acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi
+severamente, era él fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros
+mismos. El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto
+por el Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia,
+que había hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las
+mismas águilas. Escapábansele á cada paso, á este pobre diablo,
+exclamaciones poco reflexivas, que la ley de entonces calificaba de
+_dichos sediciosos_. Desde que el perfil imperial había desaparecido de
+la Legión de honor, no se vistió jamás _conforme á ordenanza_, por no
+verse, decía, obligado á llevar su cruz. Había arrancado por su mano,
+con toda veneración la efigie imperial de la cruz que Napoleón le había
+dado; lo cual había dejado en la condecoración un hueco que no había
+querido llenar con nada. ¡_Antes morir_, decía él, _que llevar sobre
+mi corazón los tres sapos!_ Reíase en voz alta de Luis XVIII. _¡Viejo
+gotoso con botines de inglés!_ decía; _que se vaya á Prusia con su
+salsifi_: satisfecho de juntar en una misma imprecación las dos cosas
+que más detestaba, la Prusia y la Inglaterra. En fin, tanto hizo, que
+acabó por perder el empleo. Al verle sin pan en medio de la calle y
+rodeado de su mujer é hijos, llamóle el obispo, le riñó dulcemente, y
+acabó por nombrarle guardián de la catedral.
+
+En nueve años, á fuerza de buenas acciones, de sencillas y suaves
+maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad
+de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta
+con Napoleón había sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por el
+pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador, amaba
+igualmente á su obispo.
+
+
+
+
+ XII
+ =Aislamiento de monseñor Bienvenido=
+
+
+Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas,
+lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de
+subalternos. Son éstos á los que el seráfico San Francisco de Sales
+llama, no se dónde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus
+aspirantes, cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder
+que no tenga su círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los
+buscadores del porvenir caracoleando en torno del espléndido presente.
+Toda metrópoli cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo
+influyente se ve cercado de continuo por su patrulla de querubines
+seminaristas, que hacen la ronda y mantienen el orden en el palacio
+episcopal, montando la guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima.
+Caer en gracia del obispo, es tener el pie en el estribo de un
+subdiaconato. Es preciso recorrer el camino, que el apostolado no ha de
+despreciar las canonjías.
+
+Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos,
+tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Éstas las llevan los
+obispos encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran
+mundo, que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar;
+poco escrupulosos en hacer que haga antesala á su persona toda una
+diócesis, punto medio entre la sacristía y la diplomacia, antes
+clérigos que sacerdotes, prelados antes que obispos. ¡Dichoso el que á
+ellos llega! Influyentes como son, hacen que lluevan á su alrededor,
+sobre solicitantes, y favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella
+juventud que sabe agradarles, las buenas parroquias, las prebendas,
+los arcedianatos, las capellanías, y canonjías, como espera de las
+dignidades episcopales. Á medida que ellos avanzan, adelantan también
+sus satélites; son todo un sistema solar en acción. Sus irradiaciones
+empurpuran su séquito. Su prosperidad se desmigaja al volver de la
+esquina en muchas pequeñas promociones. Á mayor diócesis para el
+prelado, mejor canonjía para el favorito. Y luego, allí está Roma.
+Un obispo que sabe alcanzar un arzobispado; un arzobispo que llegue
+á cardenal, se os lleva de conclavista; ya estáis en la Rota; ya
+tenéis _pallium_, y cataos auditor, camarero y monseñor. Luego, de la
+grandeza á la eminencia no hay más que un paso, y entre la eminencia
+y la santidad, no media sino el humo de un escrutinio. Cualquier
+solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en nuestros días, el
+único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y qué rey! ¡el rey
+supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes de seminario.
+¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbíteros,
+llevando en la cabeza el cántaro de la _Lechera_! ¡Como la ambición se
+llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fe tal vez, y ella
+misma se engaña, por gorrona ó beata.
+
+Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el número
+de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la completa
+ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. Ya hemos
+visto que en París «no había cuajado». Ni un porvenir siquiera se
+acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola ambición
+en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios
+generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto
+silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al
+cardenalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola
+diferencia de que ellos estaban acabados y él estaba completo. Veíase
+tan clara la imposibilidad de medrar junto á monseñor Bienvenido, que
+apenas salidos del seminario, los jóvenes ordenados por él, se hacían
+recomendar á los arzobispos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida.
+Porque, en fin, lo repetimos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo
+que viva en un exceso de abnegación, es un vecino peligroso; pues que
+podría comunicaros fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la
+enquilosis de las articulaciones indispensables al medro y, en fin,
+mayor cantidad de desprendimiento del que quisiérais; y el hombre se
+aparta naturalmente, de esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de
+monseñor Bienvenido. Vivimos en una sociedad de sombras. Medrar, he
+aquí la enseñanza que mana, desplomada gota á gota, de la corrupción.
+
+Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al
+verdadero mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro
+tiene casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso
+sinónimo del talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo
+señalan Juvenal y Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial,
+ha entrado de sirvienta en su casa, viste la librea del éxito, y presta
+servicio en su antesala. Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí
+está la capacidad. Os cae la lotería; he aquí un hombre hábil. Quien
+triunfa es venerado. ¡Nacer vestido! esto es todo. Tened suerte, el
+resto ya se viene; sed dichoso, y se os creerá grande. Salvo cinco
+ó seis excepciones inmensas, que son el esplendor de un siglo, la
+admiración contemporánea no es mas que miopía. El oropel es oro. Ser un
+advenedizo cualquiera, nada importa; el que llega primero es siempre
+el agraciado. El vulgo, es un Narciso viejo que se adora á sí mismo,
+aplaudiendo las vulgaridades. La enorme facultad, por la cual el hombre
+es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un Miguel Ángel ó un Napoleón,
+la multitud la concede enseguida, y por aclamación, á quien llega á
+su objetivo, sea en lo que fuere. Que un escribano se convierta en
+diputado; que un falso Corneille escriba un _Tiridates_; que un eunuco
+entre en posesión de un harem; que un Prudhomme militar, gane por
+casualidad la batalla decisiva de una época; que un boticario invente
+las suelas de cartón para el ejército de Sambre et Meuse, y se gane con
+el cartón vendido por suela, una renta de cuatrocientas mil libras;
+que un buhonero se case con la usura, y le produzca ella por hijos
+siete ú ocho millones de francos; que un predicador llegue á obispo por
+gangosear; que el procurador de una gran casa se haga rico, y se le
+convierta en ministro de Hacienda... los hombres le llaman á todo eso
+Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato de Mousquetón, y
+Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron las constelaciones del
+abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango de un pantano las
+patas de los gansos.
+
+
+
+
+ XIII
+ =Sus creencias=
+
+
+Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor
+obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos
+casi más que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo
+su palabra. Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el
+posible desarrollo de todas las bellezas de la virtud humana, dentro
+creencias distintas de la nuestra.
+
+¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secretos
+del fuero interno, no conocidos más que de la tumba, en la que las
+almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las
+dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante
+no puede corromperse. Creía todo lo que podía. _Credo in Patrem_,
+exclamaba frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la
+cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice
+por lo bajo: Estás con Dios.
+
+Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún
+más allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual
+_quia multum amavit_, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres
+serios», las «personas graves» y las «gentes razonables»; locuciones
+favoritas de nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe
+el santo y seña de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de
+amor? En una benevolencia serena, superior á los hombres, como ya
+hemos indicado antes, que se extendía en casos especiales hasta las
+cosas. Vivía sin desdén. Era indulgente con todo lo creado por Dios.
+Todo hombre, incluso el mejor, posee cierta dureza irreflexiva que se
+la reserva para el animal. El obispo de D*** carecía por completo de
+semejante dureza, muy común, sin embargo, en los sacerdotes. Sin llegar
+de mucho hasta el brahmismo, parecía haber meditado estas palabras del
+Eclesiastés: «¿Sabes á dónde va el alma de los animales?». La fealdad
+del aspecto, las deformidades del instinto, no le turbaban ni le
+indignaban jamás, muy al contrario, conmovíanle siempre cuando no le
+enternecían. Parecía que, pensativo siempre, procuraba buscar, más allá
+de la vida aparente, la causa, la explicación, la escusa. Parecía estar
+pidiendo á Dios á cada paso por las conmutaciones. Examinaba su cólera
+y con el ojo del lingüista que descifra un palimsesto, la cantidad
+de caos que reside aún en la naturaleza. Semejantes meditaciones
+arrancábanle á veces palabras extrañas. Una mañana, estando en su
+jardín, y creyéndose solo, pero seguido de cerca por su hermana, sin
+que él lo notara, paróse de súbito, mirando fijamente algo del suelo;
+era una grande araña, negra, velluda, horrible. Su hermana oyó que dijo:
+
+--¡Pobre animal! esto no es culpa suya.
+
+¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su
+bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como
+ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día
+sufrió una torcedura por no haber querido pisar una hormiga.
+
+De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba
+dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable.
+
+Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se decía
+sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y tal
+vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto de
+la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su
+corazón al través de la vida, lentamente penetradas en él, pensamiento
+por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser
+agujereados por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles;
+tales labores son indestructibles.
+
+En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta y
+cinco años, pero sin aparentar más de sesenta. No era alto; aunque algo
+grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos paseos
+á pie: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, detalle
+del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á los
+ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuése un
+mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente «una
+cabeza hermosa», pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo de
+menos.
+
+Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez
+infantil que constituía su gracia principal, de que ya hemos hablado,
+por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda
+su persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos
+sus dientes blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de
+manifiesto, le daban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar
+de un hombre: ¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen
+hombre! Este fué, si no recordamos mal, el efecto que había hecho á
+Napoleón. La primera impresión para aquel que le veía por primera vez,
+no era otra, efectivamente, que la de un buen hombre. Pero después de
+pasar algunas horas junto á él y por poco que se le viera pensativo,
+íbase el buen hombre transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto
+imponente no sé qué; su frente ancha y serena, augusta por su aureola
+de cabellos blancos, lo era igualmente por la meditación; la majestad
+se desprendía de aquella bondad, sin que la bondad dejara de irradiar
+por ello; producía el contemplarle una emoción especial como la que
+debiera causar la vista de un ángel sonriente, que desplegara sus alas
+sin dejar su sonrisa. El respeto, respeto inexplicable, que inspiraba,
+iba penetrando gradualmente hasta el corazón, y sentíase uno como
+absorbido por aquella alma fuerte, experimentada é indulgente, en la
+cual el pensamiento era tan elevado, que no podía manar sino dulzura.
+
+Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios divinos,
+la limosna, el consuelo á los afligidos, el cultivo de un pedazo
+de tierra, la fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el
+desprendimiento, la confianza, el estudio y el trabajo llenaban uno á
+uno los días de su vida. _Llenaban_, ésta es la palabra, puesto que
+los días del obispo estaban todos llenos hasta los bordes de buenos
+pensamientos, buenas palabras y buenas acciones. Sin embargo, no era
+el día completo, si el tiempo lluvioso ó frío le privaba de pasear,
+luego que las dos buenas mujeres se habían retirado, una ó dos horas
+de la noche en su jardín antes de acostarse. Parecía ser para él como
+una especie de rito, el prepararse al sueño por la meditación en
+presencia de los grandes espectáculos nocturnos. Otras veces, en hora
+muy avanzada de la noche, si las dos ancianas no se habían dormido, le
+oían pasear lentamente las calles del jardín. Encontrábase allí solo,
+consigo mismo, absorbido, apacible, adorando y comparando la serenidad
+de su corazón á la serenidad del éter; emocionado en medio de las
+tinieblas por los visibles resplandores de las constelaciones y los
+resplandores invisibles de Dios, abriendo su alma á las imaginaciones
+que surgen de lo desconocido. Durante aquellos momentos, ofreciendo
+su corazón al mismo tiempo que las flores nocturnas ofrecen sus
+perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la estrellada noche,
+esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal de la creación,
+no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que pasaba por su
+espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba
+de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa
+reciprocidad entre los profundos abismos del alma y los abismos
+inmensos del universo!
+
+Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futura,
+misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos
+explicable todavía; en todos los infinitos que se agrandaban ante sus
+ojos en todos sentidos; y sin tratar de comprender lo incomprensible,
+lo admiraba. No estudiaba á Dios; se deslumbraba. Consideraba los
+magníficos choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia,
+revelando sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades
+en la unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo
+infinito, y produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y
+desunen átomos y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte.
+
+Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita,
+contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas
+siluetas de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de
+terreno, miserablemente plantado y lleno de cobertizos y barracas, le
+era estimado y suficiente.
+
+¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su
+existencia, bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero
+durante el día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido
+cercado, que tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para
+poder adorar á Dios oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era
+efectivamente todo lo más que podía desear? Un jardincito para pasear,
+y la inmensidad para extasiarse en sus pensamientos. Á sus pies aquello
+que podía cultivar y recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á
+la meditación y al estudio; algunas flores en la tierra, y todas las
+estrellas del cielo.
+
+
+
+
+ XIV
+ =Lo que él pensaba=
+
+
+La última palabra.
+
+Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento en que
+nos encontramos, y para servimos de una expresión de moda actualmente,
+dar al obispo de D*** cierto carácter «panteísta», y hacer creer, sea
+en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filosofías
+personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los
+espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de
+reemplazar las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola
+de cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido, se creyó jamás
+autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en
+aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste
+producía.
+
+Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas
+encierran vértigos: nada indica que se atreviese su espíritu en los
+apocalipsis. El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser
+tímido. Él hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á
+fondo ciertos problemas reservados por algo á los grandes y extremados
+espíritus. Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma;
+aquellas aventuras sombrías son precipicios, en los que hay algo que le
+dice al pasajero de la vida: «no entres». Desgraciado del que penetre.
+
+Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de
+la especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas,
+proponen sus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la
+discusión. Su adoración interroga. Ésta es la religión directa, llena
+de ansiedades y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus
+escabrosidades.
+
+La meditación humana no tiene límite. Á su riesgo y peligro analiza y
+escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por cierta
+reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo misterioso
+que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que los
+contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra
+hay hombres,--¿son hombres éstos?--que distinguen perfectamente en el
+fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto,
+y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor
+Bienvenido no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era
+un genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales,
+algunos muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se
+han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones
+tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos
+acercando á la perfección ideal. Él tomaba, no obstante, el atajo que
+abrevia: el Evangelio.
+
+No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del manto
+de Elías; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa
+marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama
+al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago.
+Aquella alma humilde amaba: he aquí todo.
+
+Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto es
+probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado jamás;
+que si llegara á ser una herejía el rogar más allá de los textos, Santa
+Teresa y San Jerónimo serían herejes.
+
+Él se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El universo
+se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la
+calentura, exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer
+adivinar el enigma, cuidaba de curar la herida.
+
+El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda
+ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los
+demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para
+aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que
+procuraba consolar.
+
+Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba
+en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El
+dolor general era para él constante pretexto de bondades. _Amaos los
+unos á los otros_; él creía esta máxima completa; no necesitaba más,
+y concretaba á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se
+creía «filósofo», aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo:
+
+--Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos;
+el más fuerte es el que tiene más alma. Vuestro _amaos los unos á los
+otros_, es una barbaridad.
+
+--Bien,--dijo monseñor Bienvenido sin discutir:--_si esto es una
+barbaridad, el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha_.
+
+Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte
+las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables
+perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica;
+todas las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó
+hacia la nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de
+los seres contra los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo
+meditabundo del animal, la transformación de la muerte, el resumen de
+las existencias que contiene la tumba, el injerto incomprensible, de
+amores sucesivos en el _yo_ persistente, la esencia, la sustancia, el
+Nihil y el Ens, el alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad;
+problemas difíciles, espesuras siniestras, ante las que se inclinan los
+gigantescos arcángeles del espíritu humano; formidables abismos que
+Lucrecio, Mami, san Pablo y Dante contemplaron con aquella fulgurante
+mirada que parece, al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que
+surjan del mismo las estrellas.
+
+Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averigüaba
+exteriormente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin
+agitarlas, y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma
+gran respeto á la sombra.
+
+
+
+
+ LIBRO SEGUNDO
+ LA CAÍDA
+
+
+ I
+ =La tarde de un día de marcha=
+
+
+En uno de los primeros días del mes de octubre de 1815, como cosa de
+una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pie, entraba
+en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontraban
+en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse
+en el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un
+transeunte de aspecto más miserable. Era éste un hombre de mediana
+estatura, rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener
+como unos cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con
+visera de cuero barnizado cubría una buena parte de sus facciones
+tostadas por el sol y el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa
+de gruesa y amarillenta tela, sujetada al cuello por un pasador de
+plata, dejaba ver su velludo pecho; llevaba la corbata retorcida en
+cuerda; un pantalón de cutí azul, viejo y usado, blanco en una de las
+rodillas y roto en la otra; una blusa vieja que había sido gris, hecha
+jirones, remendada por uno de los codos con un pedazo de paño verde
+cosido con bramante: llevando á la espalda un morral de soldado, lleno
+y muy bien cerrado, completamente nuevo; traía en la mano un enorme y
+nudoso palo, y los pies sin medias, calzados en zapatos claveteados, la
+cabeza rapada y la barba larga.
+
+El sudor, el calor, el viajar á pie y el polvo del camino prestaban un
+tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto.
+
+Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, puesto
+que empezaban ya á crecer.
+
+Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. ¿De dónde
+venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto que
+hacía su entrada en D*** por la misma calle que siete meses antes
+había presenciado la del emperador Napoleón yendo de Cannes á París.
+Aquel hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado.
+Algunas mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad,
+le habían visto pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y
+beber en la fuente situada al extremo del paseo. Había de por fuerza
+tener mucha sed, porque los niños que le seguían le vieron pararse
+á beber nuevamente, doscientos pasos más arriba, en la fuente de la
+plaza-mercado.
+
+Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izquierda
+dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después de
+un cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, en
+el mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de
+marzo, para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***,
+la proclama del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete,
+saludando humildemente al gendarme.
+
+El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él,
+siguiéndole algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la
+ciudad.
+
+Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de _La Cruz de
+Colbes_. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, muy
+considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueño en
+Grenoble de la posada de los _Tres Delfines_, el cual había servido
+en los batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había
+dado lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general
+Bertrand, vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes
+durante el mes de enero, y que había distribuido cruces de honor á
+los soldados, y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es,
+que el Emperador, al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse
+en el palacio de la perfectura, después de haber dado las gracias al
+alcalde, diciendo: _Voy á casa de un bello sujeto á quien ya conozco_:
+instalándose en _Los tres Delfines_. Aquella gloria del Labarre de
+_Los tres Delfines_ se reflejaba á veinticinco leguas de distancia en
+el Labarre de _La cruz de Colbes_. Y se decía de él en la ciudad: _Es
+primo del de Grenoble_.
+
+Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la
+comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la
+calle. Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía
+alegremente una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el
+jefe de cocina, iba muy atareado del hogar á las cacerolas, ocupado
+en servir una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reir
+y hablar á grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya
+viajado, sabe que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una
+gran marmota acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres,
+volteaban en un largo asador junto á la lumbre; en los hornillos
+estaban cociéndose dos grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha
+del de Alloz.
+
+El hostelero, al oir que se abría la puerta y que entraba un nuevo
+huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos:
+
+--¿Qué se os ofrece?
+
+--Comer y dormir,--dijo el hombre.
+
+--Nada más fácil,--contestó el hostelero. En aquel momento volvió
+la cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y
+añadió:--En pagándolo...
+
+El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa y
+contestó:
+
+--Tengo dinero.
+
+--En este caso, estoy á vuestras órdenes,--dijo el hostelero.
+
+El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en
+tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á
+sentarse junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de
+octubre son ya frías.
+
+Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero
+observando al nuevo huésped.
+
+--¿Comeremos pronto?--preguntó el hombre.
+
+--Enseguida,--contestó el patrón.
+
+Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de espaldas al
+posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera,
+luego rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa
+junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas,
+doblólo sin cerrarlo, y mandó aquel papel por un muchacho que le
+servía á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chico
+unas palabras al oído. Éste salió corriendo en dirección á la Alcaldía.
+
+EL viajero no vió nada de esto.
+
+Volviendo á preguntar de nuevo:
+
+--¿Comeremos pronto?
+
+--Al momento,--repitió el hostelero.
+
+Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero desdobló
+precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. Pareció
+leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de estar
+como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quien
+parecía estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas.
+
+--Señor mío,--le dijo,--no puedo recibiros.
+
+El hombre se medio incorporó sobre su asiento.
+
+--¡Cómo! ¿teméis que no os pague? ¿queréis que os adelante el gasto? Ya
+os he dicho que tengo dinero.
+
+--Nada de esto.
+
+--¿Entonces qué?
+
+--Tenéis dinero...
+
+--Sí,--dijo el hombre.
+
+--Y yo,--dijo el hostelero,--no tengo habitación.
+
+--Acomodadme en la cuadra,--repuso el hombre tranquilamente.
+
+--No puedo.
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque los caballos la tienen ocupada.
+
+--No importa,--dijo el hombre,--un rincón del granero... sobre un poco
+de paja. Ya veremos eso luego de haber comido.
+
+--Es que tampoco puedo daros de comer.
+
+Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, parecióle muy
+grave al viajero, quien levantándose dijo:
+
+--¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al despuntar el
+día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer.
+
+--No tengo qué daros,--dijo el hostelero.
+
+El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y los hornillos,
+exclamó:
+
+--¡Nada! ¿y todo esto?
+
+--Es todo de encargo.
+
+--¿Para quién?
+
+--Para estos señores arrieros.
+
+--¿Cuántos son?
+
+--Doce.
+
+--Aquí hay comida para veinte.
+
+--Lo han encargado y pagado anticipadamente.
+
+El hombre sonrió y dijo sin levantar la voz:--Estoy en la hostería,
+tengo hambre y me quedo.
+
+El hostelero se le acercó entonces y le dijo al oído, con acento que le
+hizo estremecer:
+
+--Salid de aquí.
+
+El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas brasas
+hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver
+la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el
+hostelero, repitiendo en voz baja:
+
+--Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? ¿Os
+llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En
+cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he
+mandado á la alcaldía, y he aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis
+leer?
+
+Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acababa
+de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y
+desde la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el
+hostelero repuso, después de una pausa:
+
+--Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhorabuena.
+
+El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el
+suelo y salió.
+
+Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas de las
+casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una sola
+vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de _la Cruz de
+Colbes_ junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros de
+la posada y de todos los transeuntes de la calle, hablando con viveza y
+señalándole con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de
+aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el
+acontecimiento de la ciudad.
+
+Él nada de esto vió. Las personas agobiadas no miran nunca tras de sí.
+Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue.
+
+Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ventura y
+cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como acontece
+á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijoneado por
+el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en busca de un
+asilo cualquiera.
+
+La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una humilde
+taberna, cualquier miserable figón.
+
+Precisamente vió brillar una luz al fin de la calle; una rama de pino
+colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos
+celajes del crepúsculo. Allá se dirigió.
+
+Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut.
+
+El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de
+los bajos de la taberna, alumbrados por una lamparilla puesta sobre la
+mesa, y por un gran fuego en el hogar. Varios hombres estaban bebiendo.
+El tabernero se calentaba. La llama estaba haciendo hervir una marmita
+de hierro colgado de las llares.
+
+Entrábase en la taberna, que tenía al mismo tiempo algo de posada, por
+dos puertas. La una daba á la calle y la otra á un pequeño patio lleno
+de basura. El viajero no se atrevió á entrar por la puerta de la calle.
+Deslizóse por el patio, vaciló todavía un momento; luego, levantó
+tímidamente el pestillo y empujó la puerta.
+
+--¿Quién va?--preguntó el tabernero.
+
+--Alguien que quisiera cenar y dormir.
+
+--Está bien. Aquí se cena y se duerme.
+
+Entró el hombre. Todos los que estaban bebiendo se volvieron. La
+lámpara le daba luz por una parte, el fuego por la otra. Todos le
+examinaron de arriba abajo, mientras se descargó de su morral.
+
+Díjole el tabernero:
+
+--Ahí tenéis fuego. La cena se está cociendo en la marmita. Venid y os
+calentareis, camarada.
+
+Fué á sentarse el hombre junto el patrón, acercando al hogar sus pies
+estropeados por la fatiga; un olor agradable salía de la hirviente
+marmita. Todo lo que podía distinguirse de su fisonomía bajo su
+encasquetada gorra, tomó una vaga apariencia de bienestar, mezclado al
+doloroso y punzador aspecto que produce la costumbre del sufrimiento.
+
+Era, por lo tanto, su semblante, firme, enérgico y triste. Aquella
+fisonomía presentaba un compuesto bastante extraño, pues comenzaba por
+parecer humilde y acababa por semejar severa. Su mirada brillaba bajo
+sus cejas, como debajo de malezas la llama.
+
+No obstante, uno de los hombres sentados á la mesa era un pescadero
+que antes de entrar en la taberna de la calle de Chaffau, había ido á
+dejar su caballo en la cuadra de la hostería de Labarre. La casualidad
+había querido que aquella misma mañana se hubiese encontrado con
+aquel forastero de mala catadura, caminando entre Bras d'Asse y...
+(he olvidado el nombre: creo que sería Escoublon). Al encontrarle, el
+hombre que parecía ya muy fatigado, le había pedido que le permitiera
+subir á la grupa; á lo que el pescadero había contestado redoblando
+el paso. El pescadero formaba parte, media hora antes, del grupo que
+rodeaba á Joaquín Labarre, y asimismo había contado su desagradable
+encuentro de por la mañana á los viajeros de _la Cruz de Colbes_. Hizo
+á la sazón, desde su asiento, una seña imperceptible al tabernero. Éste
+se le acercó. Cambiáronse entre ambos algunas palabras en voz baja. El
+hombre estaba abismado en sus reflexiones.
+
+El tabernero se acercó de nuevo á la chimenea, puso bruscamente su mano
+sobre la espalda del hombre, y le dijo:
+
+--Vete de aquí.
+
+El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente:
+
+--¡Ah! ¿Sabéis vos?...
+
+--Sí.
+
+--¿Que me han despedido de otra posada?
+
+--Como se te echa de ésta.
+
+--¿Dónde queréis que vaya?
+
+--Á otra parte.
+
+El hombre tomó su palo y su morral, y se fué.
+
+En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole desde
+_La Cruz de Colbes_ y que parecían esperarle, le tiraron algunas
+piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con
+el palo; los muchachos se dispersaron como una bandada de gorriones.
+
+Pasó por delante de la cárcel. Á la puerta pendía una cadena de hierro
+unida á una campana. Llamó.
+
+Abrióse un postigo.
+
+--Señor portero,--dijo quitándose respetuosamente la gorra,--¿queréis
+hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche?
+
+Una voz respondió:
+
+--Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá.
+
+El postigo volvió á cerrarse.
+
+Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines.
+Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual
+embellece la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vió una
+casita de un solo piso, cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces
+por entre los cristales como había hecho antes en la taberna. Vió una
+grande habitación blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de
+indiana rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una
+escopeta de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba
+el centro de la estancia. Un velón de cobre alumbraba el blanco mantel
+de grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena
+de vino y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la
+mesa, un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial,
+haciendo saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer
+muy joven daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el
+muchacho y sonreía la madre.
+
+El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo tierno
+y apacible. ¿Qué pasó por él? Él sólo hubiera podido decirlo. Es
+muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser
+hospitalaria, y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez,
+un poco de piedad.
+
+Dió, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera.
+
+No fué oído.
+
+Llamó por segunda vez.
+
+Oyó que decía la mujer: creo que han llamado.
+
+--No,--contestó el marido.
+
+Llamó entonces por tercera vez.
+
+Levantóse el marido, tomó el velón y abrió la puerta.
+
+Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral; llevaba
+un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquierdo,
+debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un
+martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros
+objetos retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió,
+inmutado, la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada,
+dejaba ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy
+pobladas y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el
+resto de la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire
+inexplicable de quien se encuentra en su casa.
+
+--Señor,--dijo el viajero,--perdonad; pero, pagando, ¿podríais darme
+un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este
+cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido?
+
+--¿Quién sois?--preguntó el amo de la casa.
+
+El hombre contestó:
+
+--Vengo de Puy Moyssoon. He andado todo el día; he hecho doce horas de
+camino. ¿Podéis, como os he dicho, pagando?...
+
+--Yo no rehusaría,--dijo el menestral,--en dar lo que pedís, pagando.
+Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada?
+
+--No hay sitio en ella.
+
+--¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de
+mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre?
+
+--Sí.
+
+--¿Y qué?
+
+El viajero turbado contestó:
+
+--No sé, pero no me ha recibido.
+
+--¿Habéis estado en la taberna de... la calle de Chaffaut?
+
+La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó:
+
+--Tampoco han querido recibirme.
+
+La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfianza;
+y fijándose en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó de
+súbito como extremecido:
+
+--¿Seríais por ventura el hombre?...
+
+Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos,
+dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared.
+
+Mientras el artesano decía: _¿seriáis por ventura el hombre?_...
+habíase levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se
+refugiaba precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero
+horrorizada, desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo
+bajo:--_Tso-maraude_[1].
+
+Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para
+figurárselo. Después de haber examinado por algunos instantes al
+hombre, como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó
+nuevamente á la puerta y dijo:
+
+--Vete.
+
+--Por favor,--repuso el hombre,--un vaso de agua.
+
+--¡Un tiro!--exclamó el artesano.
+
+Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría dos
+grandes cerrojos. Un momento después, cerráronse también las hojas de
+la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las
+afirmaba.
+
+La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. Á
+la luz del expirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los
+jardines que bordean la calle una especie de barraca que le pareció
+hecha de pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se
+encontró en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una
+estrecha abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones
+que los peones camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en
+efecto que era aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre;
+estaba resignado al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel
+abrigo contra el frío.
+
+Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche.
+Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse
+dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho
+de paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder
+hacer un sólo movimiento, tal era su cansancio. Luego, como el morral
+entre ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de
+almohada, empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En
+aquel momento creyó oir un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza
+de un enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la
+barraca. Era aquella barraca una perrera.
+
+El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo, hizo de
+su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin aumentar los
+jirones de su harapiento traje.
+
+Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para tener
+el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros
+en semejante esgrima llaman _el molinete_.
+
+Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y volvió
+á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin
+abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella
+miserable barraca, dejose caer, mejor que se sentó, sobre una piedra, y
+parece que no faltó transeunte que le oyó exclamar:
+
+--¡Soy menos que un perro!
+
+Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la
+esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le
+diese abrigo.
+
+Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando se vió
+lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alrededor.
+Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de estas
+colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega,
+cabezas rapadas.
+
+Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de la
+noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que parecían
+apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el cielo.
+No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el zénit un
+rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del cielo
+una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cierto
+resplandor.
+
+La tierra resultaba, pues, más iluminada que el cielo, lo cual es de
+un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y
+mezquinos contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte
+tenebroso. Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre
+y limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol
+deforme, que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero.
+
+Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aquellos
+delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensibles
+á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel
+cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol,
+algo tan profundamente desconsolador, que después de un instante de
+inmovilidad y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el
+camino bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece
+hostil.
+
+Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***,
+que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba
+todavía circuida en 1815 de antiguas murallas flanqueadas de torreones
+cuadrados, que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se
+encontró de nuevo en la ciudad.
+
+Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconocidas,
+empezó nuevamente su paseo á la ventura.
+
+Dió, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al pasar
+junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado.
+
+Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es en la que fueron
+impresas, por primera vez, las proclamas del emperador y de la guardia
+imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por
+Napoleón mismo.
+
+Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el banco
+de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta.
+
+Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á aquel
+hombre echado en la sombra.
+
+--¿Qué hacéis aquí, buen amigo?--le dijo.
+
+Él contestó rudamente encolerizado:
+
+--Ya lo veis, buena mujer, me acuesto.
+
+La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora
+marquesa de R.
+
+--¿Sobre este banco?--repuso ella.
+
+--He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera,--dijo el
+hombre;--hoy le tengo de piedra.
+
+--¿Habéis sido soldado?
+
+--Sí, buena mujer, soldado.
+
+--¿Por qué no vais á la hostería?
+
+--Porque no tengo dinero.
+
+--¡Ay!--exclamó la señora de R.,--no tengo en mi bolsa mas que cuatro
+sueldos.
+
+--Dádmelos.
+
+El hombre tomó los cuatro sueldos.
+
+La marquesa de R. continuó:
+
+--Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis
+solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente
+frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad.
+
+--Ya he llamado á todas las puertas.
+
+--¿Y qué?
+
+--De todas me han echado.
+
+La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra
+parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo.
+
+--¿Habéis,--repuso ella,--llamado á todas las puertas?
+
+--Sí.
+
+--¿Habéis llamado á aquélla?
+
+--No.
+
+--Llamad pues.
+
+
+ II
+ =La prudencia aconseja á la Sabiduría=
+
+
+Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la
+ciudad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba
+ocupado en un gran trabajo acerca de los _Deberes_, el cual quedó
+desgraciadamente sin concluir. Consistía en extractar cuidadosamente
+todo cuanto los Padres y los Doctores han dicho sobre materia tan
+grave. Su libro estaba dividido en dos partes: primeramente trataba
+de los deberes de todos, y en segundo lugar, de los deberes de cada
+uno, según la clase á la cual pertenezca. Los deberes de todos son los
+grandes deberes. Éstos son cuatro. San Mateo los designa así: Deberes
+para con Dios (Math., VI), deberes para nosotros mismos (Math., V, 29,
+30), deberes para con el prójimo (Math., VII, 12), deberes para con las
+criaturas (Math., VI, 20, 25). Para los demás deberes, había el obispo
+encontrado indicaciones y prescripciones en diversas partes: para
+los soberanos y los súbditos, en la Epístola á los Romanos; para los
+magistrados, las esposas, las madres y los jóvenes, en san Pedro; para
+los maridos, padres, hijos y servidores, en la Epístola á los Efesios;
+para los fieles, en la Epístola á los Hebreos; para las doncellas,
+en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo trabajosamente de
+todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso que quería
+presentar á las almas.
+
+Á las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómodamente
+en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre las
+rodillas, cuando la señora Magloria entró, según costumbre, para sacar
+la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después,
+comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su hermana
+le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir
+y entró en el comedor.
+
+Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en la
+calle, como hemos dicho, y ventana al jardín.
+
+La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos.
+
+Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina.
+
+Sobre la mesa había una lámpara; la mesa estaba junto á la chimenea, en
+la cual ardía una gran llama.
+
+Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas
+atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta,
+vivaracha; y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco
+más alta que su hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de
+moda en 1806, que ella había comprado á la sazón en París y que le
+duraba todavía. Por valernos de una locución vulgar, que tiene el
+mérito de expresar con una sola palabra una idea para la cual no basta
+á veces una página, la señora Magloria tenía el aire de una _mujer_ y
+la señorita Batistina el de una _señora_. La señora Magloria llevaba
+gorra blanca acanalada; al cuello una crucecita de oro, única joya
+de mujer en aquella casa; un pañuelito blanquísimo asomaba debajo de
+un vestido de buriel negro de mangas anchas y cortas; un delantal de
+tejido de algodón á cuadros encarnados y verdes, sujetado al talle con
+una cinta verde, con su pitillo prendido á los hombros con alfileres;
+calzaba zapatos gruesos y medias amarillas, como las mujeres de
+Marsella.
+
+El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806,
+tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y
+botones. Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada
+_de niño_. La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y
+bueno; los dos ángulos de su boca desigualmente levantados, y el
+labio superior, algo más grueso que el inferior, le prestaban cierto
+carácter testarudo é imperioso. Tanto, que cuando monseñor se callaba,
+hablaba ella resueltamente, mezclando al respeto la libertad; pero
+desde que monseñor empezaba á hablar, trocábase aquella libertad en una
+obediencia pasiva muy parecida á la de la señorita Batistina, sin decir
+una palabra más. Ésta se limitaba sencillamente á obedecer y complacer.
+Ni aún de joven, había sido bonita; tenía grandes ojos azules al
+nivel de la frente y la nariz larga y aplastada, pero el todo de su
+fisonomía, toda su persona, ya lo hemos dicho al principio, respiraba
+inefable bondad. Siempre había sido como predestinada á la mansedumbre;
+pero la fe, la caridad y la esperanza, estas tres virtudes que prestan
+dulce calor al alma, habían elevado poco á poco aquella mansedumbre
+hasta la santidad. La naturaleza había hecho de ella una simple oveja;
+la religión la había elevado á ángel. ¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce
+recuerdo desvanecido!
+
+La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo
+lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven
+todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles.
+
+En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria estaba
+hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con _la
+señorita_ de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba
+Su Ilustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de
+entrada.
+
+Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído
+hablar de ciertas cosas, en diferentes sitios. Se trataba de un
+vagamundo de mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso
+acababa de llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad,
+y que era muy posible tuviese un mal encuentro, cualquiera de los
+que aquella noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la
+policía estaba muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor
+Prefecto y el señor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse
+mutuamente con el resultado de los acontecimientos que pudiesen
+sobrevenir. Y que debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar
+por sí mismas de lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y
+teniendo buen cuidado de echar cerrojos y atrancar _y cerrar bien las
+puertas_.
+
+La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que
+venía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante
+de la chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy
+distinto. No se fijó pues para nada en la frase que la señora Magloria
+acababa de pronunciar. Ésta volvió á repetirla. Entonces la señorita
+Batistina, queriendo complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su
+hermano, se aventuró á decir tímidamente:
+
+--Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria?
+
+--He oído vagamente algo,--respondió el obispo.
+
+Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus
+rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire
+cordial y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama
+del hogar:
+
+--Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro grave?
+
+Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándola
+algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un
+descamisado, una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón
+en la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juoaquín
+Labarre, quien no había querido recibirle. Se le había visto después
+por el boulevard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un
+hombre de morral y garrote, de horrible catadura.
+
+--¿De veras?--exclamó el obispo.
+
+Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria pues
+ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alarmarse;
+prosiguió entonces en ademán triunfante:
+
+--Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna desgracia
+en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía está tan
+descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como éste,
+y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la
+seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente...
+
+--Yo,--interrumpió la hermana,--yo no digo nada. Lo que haga mi hermano
+es lo bien hecho.
+
+La señora Magloria prosiguió como si no hubiese oído la protesta:
+
+--Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo permite
+monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero, que
+venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están
+ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos
+aunque no sea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta
+que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer
+recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene monseñor
+de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío!
+no hay necesidad de pedir permiso...
+
+En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento.
+
+--Adelante,--dijo el obispo.
+
+
+
+
+ III
+ =Heroísmo de la obediencia pasiva=
+
+
+La puerta se abrió.
+
+Abrióse vivamente, por completo como si alguien la hubiese empujado con
+resolución y energía.
+
+Entró un hombre.
+
+Á este hombre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto andar
+en busca de un asilo.
+
+Entró, dió un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta
+abierta. Llevaba su morral á la espalda, el garrote en la mano; su
+expresión era ruda, atrevida, fatigada y violenta la mirada. El fuego
+de la chimenea le alumbraba. Estaba horrible. Era una siniestra
+aparición.
+
+La señora Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un
+grito. Estremecióse, quedando inmóvil.
+
+La señorita Batistina volvió la cabeza, vió al hombre que entraba, y se
+levantó medio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza hacia
+la chimenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando entonces su
+fisonomía el aspecto de profunda calma y severidad.
+
+El obispo fijó en el hombre su mirada tranquila.
+
+Al abrir la boca para preguntar sin duda al recién llegado qué se le
+ofrecía, éste, apoyando ambas manos sobre su garrote, dirigió una
+mirada alternativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que
+el obispo hablase, dijo en voz alta y ruda:
+
+--Heme aquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado en
+presidio diez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me
+dirijo á Pontarlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde
+Tolón acá. Hoy he hecho doce leguas á pie. Esta tarde al llegar á la
+población, he estado en una posada de la cual he sido echado á causa de
+mi pasaporte amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era
+mi deber. He ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra
+parte me han repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la
+cárcel, el portero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca
+de un perro, y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera
+un hombre. Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al campo
+para dormirme á la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche.
+Temiendo que iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidiera
+la lluvia, he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de una
+puerta. Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una buena
+mujer me ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He llamado.
+¿Qué casa es ésta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances.
+Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio con
+mi trabajo de diez y nueve años. Yo pagaré, no importa, tengo dinero.
+Estoy rendido, doce leguas á pie, tengo hambre. ¿Queréis que me quede?
+
+--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned en la mesa otro cubierto.
+
+El hombre dió tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba en la
+mesa.
+
+--Mirad,--repuso,--como si no hubiese comprendido bien, esto no es
+esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de
+presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo,
+que desdobló--ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo.
+Sirve para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer
+también; he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que
+quieren. Mirad, ved lo que han escrito en mi pasaporte: «Juan Valjean,
+presidiario cumplido, natural de...». Esto os es indiferente. «Ha
+estado diez y nueve años en presidio. Cinco años por robo con fractura.
+Catorce años por haber intentado evadirse cuatro veces distintas. Es
+hombre muy peligroso». ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis
+vos recibirme? ¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis
+caballerizas?
+
+--Señora Magloria,--dijo el obispo,--poned sábanas limpias en la cama
+de la alcoba.
+
+Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas dos
+mujeres.
+
+La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mandado.
+
+El obispo se volvió hacia el hombre:
+
+--Amigo mío, sentaos y calentaos. Dentro un momento vamos á cenar, y se
+os arreglará la cama mientras...
+
+El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, sombría y
+dura hasta entonces, impregnóse de estupefacción, de duda, de alegría,
+de asombro, tartamudeando como un loco:
+
+¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llamáis
+amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! como
+me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto os he
+dicho enseguida quién soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dirigido
+aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡como todo
+el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he descansado en
+ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! Por lo
+demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, ¿cómo
+os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre. ¿Sois
+posadero, no es verdad?
+
+--Soy,--dijo el obispo,--un cura que vive aquí.
+
+--¡Un cura!--repuso el hombre.--¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonces no me
+pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta gran
+iglesia? ¡Y es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro
+solideo.
+
+Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había
+vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La
+señorita Batistina le contemplaba con cierta dulzura. Él prosiguió:
+
+--Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es un
+buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague?
+
+--No,--dijo el obispo.--guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? Creo
+que me habéis dicho ciento nueve francos?
+
+--Y quince sueldos,--añadió el hombre.
+
+--Ciento nueve francos y quince sueldoos. ¿Y cuánto tiempo habéis
+empleado para ganar eso?
+
+--Diez y nueve años.
+
+--¡Diez y nueve años!
+
+El obispo suspiró profundamente.
+
+El hombre prosiguió:--Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días no he
+gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á descargar
+unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros, que
+en el presidio teníamos un limosnero. Y luego, un día vi un obispo,
+un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de
+Marsella. Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si
+me equivoco; ¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo!
+Aquel obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una
+cosa puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba
+aquello. Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados
+y al centro, teniendo los cañones con las mechas caladas frente de
+nosotros. No le veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el
+fondo, no le entendimos. Ya sabéis lo que es un obispo.
+
+Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puerta
+que había quedado abierta del todo.
+
+La señora Magloria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la mesa.
+
+--Señora Magloria,--dijo el obispo,--colocad este cubierto lo más
+cerca posible del fuego.--Y volviéndose á su huésped:--El aire de la
+noche es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad
+de calentaros.--Cada vez que el obispo decía la palabra _señor_, con
+su acento dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se
+iluminaba. _Señor_ á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un
+náufrago de la _Medusa_. La ignomia está sedienta de consideraciones.
+
+--He aquí,--dijo el obispo,--una lámpara que no alumbra apenas.
+
+La señora Magloria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la
+chimenea del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que
+encendió y puso sobre la mesa.
+
+--Señor cura,--dijo el hombre,--sois muy bueno; no me despreciáis. Me
+recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso que no
+os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre despreciable.
+
+El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano.--Podíais
+no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de
+Jesucristo. Aquella puerta no pregunta jamás al que entra por su
+nombre, pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre
+y sed; sed bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo
+en mi casa. Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo
+os digo, caminante; estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo
+mismo. Todo lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber
+vuestro nombre? Y luego que, sin que vos me lo dijeseis, tenéis uno que
+ya me lo sabía yo.
+
+El hombre abrió los ojos admirado.
+
+--¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo?
+
+--Sí,--respondió el obispo,--os llamáis mi hermano.
+
+--¡Caramba, señor cura!--exclamó el hombre,--tenía mucha hambre al
+entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que tengo. Creo
+que se me ha pasado.
+
+El obispo le miró de nuevo y dijo:
+
+--¿Habéis sufrido mucho?
+
+--¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pie, una tarima para dormir, el
+calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena por
+cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena aun
+en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mucho más
+felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pasaporte
+amarillo. Ya lo veis.
+
+--Sí;--repuso el obispo,--salís de un lugar de tristezas. Oídme: existe
+más gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que por la
+blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena y
+de dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois
+digno de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas,
+de dulzura y de paz, valéis más que cualquiera de nosotros.
+
+Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha
+de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero,
+higos, queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la
+comida ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves.
+
+La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría
+propia de las naturalezas hospitalarias.--¡Á la mesa!--exclamó con
+viveza! Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba
+con él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina,
+perfectamente apacible y natural, colocóse á su izquierda.
+
+El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa,
+conforme su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez.
+
+[Ilustración: El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la
+sopa]
+
+
+De pronto dijo el obispo:--Me parece que falta algo en la mesa.
+
+La señora Magloria no había puesto en la mesa más que los tres
+cubiertos absolutamente indispensables. Según costumbre de la casa,
+siempre que tenía el señor obispo algún convidado, se colocaban
+sobre el mantel los seis cubiertos de plata; inocente vanidad. Esta
+chocante apariencia de lujo, venía á ser una especie de gozo infantil,
+verdaderamente encantador, en aquella morada tranquila y severa, que
+elevaba la pobreza hasta la dignidad.
+
+La señora Magloria, comprendiendo desde luego la observación, salió sin
+decir una palabra, y un momento después, los tres cubiertos reclamados
+por el obispo brillaban ya sobre el mantel, simétricamente colocados
+delante de cada uno de los tres comensales.
+
+
+
+
+ IV
+ =Detalles acerca de las queserías de Pontarlier=
+
+
+Para dar ahora una idea de lo que pasó en aquella mesa, no sabemos
+hacer nada mejor que transcribir aquí, un pasaje de cierta carta que
+la señorita Batistina dirigió á la señora Boischevron, en la cual la
+conversación del presidiario y el obispo está detallada con minuciosa
+sencillez:
+
+«...Aquel hombre no hacía el menor caso de las personas. Comía con
+hambrienta voracidad. No obstante, después de cenar, dijo:
+
+«--Señor cura del Dios bueno, todo esto es todavía demasiado bueno para
+mí, pero debo deciros, que los carreteros que no han querido dejarme
+comer con ellos, lo hacen mejor que vos.
+
+«Para entre nosotros, la observación me chocó un poco. Mi hermano le
+contestó:
+
+«--También se cansan más que yo.
+
+«--No, repuso el hombre, tienen más dinero. Vos sois pobre, se ve desde
+luego. Vos, tal vez, ni siquiera sois cura. ¿Lo sois? ¡Ah! ¡segurísimo!
+si Dios fuése justo, seríais á lo menos cura-párroco.
+
+«--Dios es más que justo,--dijo mi hermano.
+
+«Un instante después añadió:
+
+«--Señor Juan Valjean, ¿es á Pontarlier que os dirigís?
+
+«--Con itinerario obligado.
+
+«Creo que fué esto lo que dijo el hombre. Después continuó:
+
+«--Es preciso que esté ya nuevamente en camino mañana al rayar el alba.
+Es muy cansado el viajar ahora, pues si las noches son frías, son los
+días calurosos.
+
+«--Es allí donde vais,--repuso mi hermano,--un gran país. Durante
+la Revolución, y estando mi familia arruinada, me refugié en el
+Franco-Condado, á la sazón, donde viví algún tiempo con mi trabajo
+manual. Tenía buena voluntad y encontré luego en qué ocuparme. No
+había más que escoger, entre las fábricas de papel, las tenerías,
+destilatorios, almazaras, fábricas de relojes al por mayor, fundiciones
+de acero y de cobre, veinte herrerías, cuando menos, de las cuales las
+hay muy importantes en Lods, Châtillon, Audincourt y Beure.
+
+«Creo no haberme equivocado, y que son estos los nombres citados por mi
+hermano; después de lo cual, se interrumpió á sí mismo para dirigirme
+la palabra.
+
+«--Querida hermana, ¿no hemos de tener algunos parientes por allá?
+
+«Yo le contesté:
+
+«--Los tenemos, entre otros, el señor de Lucenet, que había sido jefe
+de puertas en Pontarlier durante el antiguo régimen.
+
+«--Sí, repuso mi hermano, pero durante el 93 no había otros parientes
+que nuestros brazos. Y yo trabajé. Existe en la comarca de Pontarlier,
+donde os dirigís vos, señor Valjean, una industria verdaderamente
+patriarcal y de resultado, hermana mía. Me refiero á las queserías ó
+fruteras, como allí las llaman.
+
+«Entonces mi hermano, mientras instaba á comer al hombre, le explicó
+muy detalladamente lo que venían á ser las fruteras de Pontarlier, las
+cuales se dividen en dos clases:--las _grandes granjas_, que pertenecen
+á los ricos, y en las que hay cuarenta ó cincuenta vacas que producen
+siete ú ocho mil quesos por verano; y las _fruteras por asociación_,
+que son de los pobres, es decir, de los aldeanos de la montaña que
+reúnen sus vacas en común, y parten luego sus productos.--Toman á
+jornal un quesero, al que llaman _grurin_; el grurin recibe la leche de
+los asociados, tres veces al día, y marca las cantidades en una doble
+tarja; á últimos de abril es cuando empiezan los trabajos de quesería,
+hasta mediados de junio, que los queseros vuelven con sus vacas á la
+montaña.
+
+«El hombre se iba reanimando á medida que comía. Mi hermano le hacía
+beber de aquel excelente vino de Mauves, del que no bebe él porque
+dice que resulta muy caro. Mi hermano le advertía de todos estos
+detalles, con aquella sencilla jovialidad que ya conocéís, mezclando á
+sus palabras aquella graciosa espresión que le es peculiar, y que yo
+comprendía perfectamente. Tuvo expecial cuidado en pintar el lisonjero
+modo de ser del _grurin_ como si hubiese querido que aquel hombre
+comprendiera sin aconsejárselo directa y claramente, que podía encerrar
+aquello un porvenir para él. Una cosa me chocó. Era aquel hombre lo
+que os he dicho. Pues bien, mi hermano, ni durante la cena y durante
+toda la noche, á escepción de algunas palabras sobre Jesús, al darle
+entrada, dijo una sola frase que pudiera recordarle al hombre aquel lo
+que había sido, ni que le diera á entender quién era mi hermano. Y,
+sin embargo, era aquella una ocasión muy apropósito para echarle un
+sermón, y de apoyarse el obispo en el presidiario para imprimir en él
+el sello de su paso. Á otro cualquiera le hubiera parecido tal vez,
+que dado el caso de tener á mano aquel desgraciado, era conveniente
+alimentar su alma al par del cuerpo y de hacerle alguna observación
+razonada de moral y de buen consejo, ó bien alguna conmiseración
+exhortándole á que mejorase su conducta para el porvenir. Mi hermano
+no le preguntó siquiera de dónde procedía, ni cuál era su historia.
+Porque en su historia ha de estar su falta; parece que mi hermano tuvo
+empeño en alejar todo lo que pudiera recordársela. Tanto, que es cierto
+que mi hermano, hablando de los montañeses de Pontarlier que tienen
+_un trabajo dulce junto al cielo_, y añadía, _son felices porque son
+inocentes_, se paró de súbito, temiendo que no hubiese en esta frase
+que se le escapaba, algo que pudiese herir al hombre. Á fuerza de
+reflexionar, creo haber entendido lo que pasaba en el corazón de mi
+hermano. Él creía, sin duda, que aquel hombre que se llama Juan Valjean
+no tenía presente en su espíritu mas que su miseria, que era lo mejor
+distraerle de ella y hacerle creer, aunque no fuése más que de momento,
+que era una persona como otra cualquiera, siendo todo en él natural y
+corriente. ¿No es esto, en efecto, comprender perfectamente la caridad?
+¿No hay, señora mía, algo de esencialmente evangélico en la delicadeza
+que se abstiene del sermón, de las moralejas y de las alusiones, siendo
+mayor la compasión cuando un hombre siente un gran dolor el no tocar el
+punto que lo produce? Creo que éste debió ser el pensamiento oculto de
+mi hermano. En todo caso, lo que yo puedo decir, es que si realmente
+tuvo semejantes ideas, no las dió á conocer; en mi concepto, estuvo, al
+parecer, como las demás noches, y de la misma manera, y con la misma
+naturalidad cenó con Juan Valjean, que lo hubiera hecho con el señor
+Gedeón, el preboste, ó con el señor cura de la parroquia.
+
+«Al terminar, cuando estábamos comiendo los postres, llamaron á la
+puerta; era la buena Gerbaud, con su hijo en brazos. Mi hermano besó
+al niño en la frente, y me pidió quince sueldos que yo tenía allí para
+dárselos á la tía Gerbaud. El hombre, durante este espacio de tiempo,
+no se fijaba al parecer ni decía una sola palabra; parecía fatigado. La
+pobre Gerbaud salió, mi hermano rezó las _gracias_; y luego volviéndose
+al hombre, le dijo: Tendréis mucha necesidad de ir á la cama. La señora
+Magloria levantó la mesa inmediatamente. Comprendiendo ser necesario
+que nos retirásemos pronto para dejar dormir al viajero, nos subimos
+al piso las dos juntas. Poco después, mandé á la señora Magloria que
+bajara y colocara en el lecho del forastero, una piel de corzo de la
+Selva Negra que tengo en mi cuarto. Las noches son glaciales y esta
+piel conforta. Lástima que sea ya tan vieja; todo el pelo se le cae. Mi
+hermano la compró cuando estuvo en Alemania, en Tottlingen, junto á
+los orígenes del Danubio, al propio tiempo que mi cuchillito con mango
+de marfil, del que me sirvo en la mesa.
+
+«La señora Magloria volvió á subir inmediatamente, y después de rezar
+nuestras oraciones en la sala donde tenemos la ropa blanca, nos fuímos
+cada una á nuestro dormitorio sin decir una palabra».
+
+
+
+
+ V
+ =Calma=
+
+
+Después de haberle dado las buenas noches á su hermana, monseñor
+Bienvenido tomó de encima la mesa uno de los dos candeleros de plata, y
+entregando el otro á su huésped, le dijo:
+
+--Señor mío, voy á acompañaros á vuestro cuarto.
+
+El hombre le siguió.
+
+Como se ha podido ver en lo que antes hemos dicho, las habitaciones
+estaban distribuidas de manera, que para ir al oratorio donde estaba
+la alcoba, ó para salir, era indispensable atravesar el dormitorio
+del obispo. En el momento en que atravesaban este cuarto, la señora
+Magloria estaba guardando la plata en el armario de la cabecera de la
+cama. Esta era su última operación cada noche antes de acostarse.
+
+El obispo instaló á su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia
+le estaba esperando. Dejó el hombre su candelero sobre una mesita.
+
+--Vamos,--dijo el obispo,--que paséis bien la noche. Mañana por la
+mañana, antes de emprender de nuevo vuestro viaje, tomareis una taza de
+leche de nuestras vacas; calentita.
+
+--Gracias, señor cura,--dijo el hombre.
+
+Apenas pronunciadas estas palabras de paz, cuando de súbito y sin
+transición, hizo un extraño movimiento, que hubiera llenado de
+espanto á las dos buenas mujeres si hubiesen estado presentes. Hoy
+mismo nos sería difícil dar cuenta de lo que pasó por él en aquel
+momento. ¿Quería hacer una advertencia ó lanzar una amenaza? ¿Obedecía
+simplemente á una especie de impulso instintivo y desconocido por él
+mismo? Volvióse bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y,
+fijando sobre éste una mirada salvaje, exclamó con voz ronca:
+
+--¡Ah! ya, ¡decididamente! me alojáis vos mismo en vuestra casa, junto
+á vos; ¿cómo es eso?
+
+Interrumpióse á sí mismo un instante, y añadió luego con una sonrisa
+especial, en la que se encerraba algo monstruoso:
+
+--¿Habéis reflexionado bien? ¿quién os ha dicho que no sea yo un
+asesino?
+
+El obispo respondió:
+
+--Esto basta con que lo sepa Dios.
+
+Después, gravemente, y moviendo los labios como quien reza ó habla
+consigo mismo, levantó los dos dedos de su mano derecha y bendijo al
+hombre, quien no se inclinó siquiera, y, sin mover la cabeza, ni mirar
+tras sí, entró nuevamente en su cuarto.
+
+Cuando la alcoba estaba ocupada, una gran cortina de sarga, corrida de
+parte á parte del oratorio, cubría el altar. El obispo se arrodilló, al
+pasar delante de esta cortina, y oró un momento.
+
+Poco después estaba ya paseando y meditando en su jardín, absorbida el
+alma y la imaginación en los grandes misterios de la noche, que muestra
+Dios á los ojos que continúan abiertos.
+
+En cuanto al hombre, se encontraba, en verdad, tan fatigado, que ni
+siquiera trató de aprovechar las blancas sábanas que le esperaban.
+Había apagado su vela soplando con la nariz, según acostumbran á
+hacerlo los presidiarios, dejándose caer sin desnudarse sobre la cama,
+y quedando enseguida profundamente dormido.
+
+Daba la media noche cuando el obispo volvía del jardín y entraba en su
+cuarto.
+
+Algunos minutos después, dormía todo el mundo en aquella pequeña y
+santa casa.
+
+
+
+
+ VI
+ =Juan Valjean=
+
+
+Á eso de la media noche, Juan Valjean despertó.
+
+Juan Valjean era hijo de una pobre familia de campesinos de la Brie.
+Durante su infancia, nadie cuidó de enseñarle á leer. Cuando empezó
+á ser hombre se hizo podador en Faverolles. Su madre se llamaba
+Juana Mathieu; su padre se llamaba Juan Valjean ó Vlajean, apodo
+probablemente y contracción de _voilà Jean_.
+
+Juan Valjean tenía el carácter meditabundo sin ser triste, lo cual
+es muy común en las naturalezas afectuosas. Era, por lo tanto,
+naturalmente taciturno, y al menos en apariencia, indiferente. Había
+perdido de muy pequeño á su padre y á su madre. Su madre había muerto
+de una fiebre láctea mal cuidada. Su padre, podador como él, murió de
+una caída de un árbol. No le quedó á Juan Valjean más que una hermana
+mucho mayor que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras.
+Esta hermana había criado á Juan, pues mientras vivió su marido le
+tuvo en su casa y le dió de comer. El marido murió. El mayor de los
+siete hijos tenía ocho años y el más pequeño uno. Juan Valjean iba á
+cumplir los veinte y cinco. Reemplazó pues al padre, manteniendo á su
+vez á la hermana que le había criado. Hízose esa sustitución como un
+simple deber, si bien con cierta caprichosa rudeza por parte de Juan.
+Su juventud se iba gastando así en un trabajo duro y mal pagado. Nadie
+le conoció jamás una novia en toda la comarca. Es verdad que tampoco le
+dejaba su trabajo tiempo para el amor.
+
+Volvía por la noche fatigado de todo el día, y comía su sopa sin decir
+palabra. Su hermana, Juana, mientras él comía, tomaba frecuentemente
+de su escudilla, lo mejor de su cena, el pedazo de carne, la lonja de
+tocino, el cogollo de la col, para dárselo á alguno de sus hijos; él
+comía siempre inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en el
+plato, cubriéndolo casi con sus largos cabellos esparcidos alrededor de
+su comida y sus ojos. Parecía que nada veía, y dejaba hacer. Había en
+Faverolles, no lejos de la casucha de Valjean, á la parte opuesta de
+la calle, una vaquera llamada María Claudia; los sobrinos de Valjean,
+generalmente necesitados, iban muchas veces á pedir, en nombre de su
+madre, una pinta de leche á María Claudia, que bebían luego detrás de
+una tapia ó en cualquier rincón de la calle, arrancándose mutuamente
+el jarro; y con tal afán, que los más pequeños la derramaban sobre el
+delantal y en el arroyo; si la madre hubiese tenido noticia de este
+abuso, hubiera corregido severamente á los delincuentes. Juan Valjean,
+brusco y regañón, pagaba á espaldas de la madre, las pintas de leche á
+María Claudia, y los niños no eran castigados.
+
+Él ganaba, durante la época de la poda, diez y ocho sueldos diarios,
+después se ocupaba en la siega, en guardar bueyes, de jornalero y aun
+de peón albañil. Hacía cuanto se le presentaba. Su hermana trabajaba
+también por su parte, pero, ¿qué había de hacer con siete hijos?
+
+Era aquél un tristísimo grupo que la miseria iba rodeando y estrechando
+poco á poco.
+
+Vino un invierno crudísimo. Juan no tenía qué hacer. La familia no tuvo
+por lo tanto, pan. ¡Sin pan! ¡Tal como suena! ¡Y siete criaturas!
+
+Cierto domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero de la plaza de
+la Iglesia de Faverolles, se estaba disponiendo á acostarse, cuando
+oyó un golpe violento en la ventana vidriera y enrejada de su tienda.
+Llegó á tiempo de ver una mano pasando por entre la reja después de
+haber abierto un boquete en el cristal de un puñetazo. La mano cogió un
+pan, y desapareció. Isabeau salió inmediatamente; el ladrón huía á todo
+correr; Isabeau corrió tras él y le alcanzó. El ladrón había tirado el
+pan, pero tenía aún la mano ensangrentada. Era Juan Valjean.
+
+Esto acaeció en 1795. Juan Valjean fué denunciado por los tribunales
+de aquel tiempo «por robo con fractura, de noche y en casa habitada».
+Juan tenía una escopeta de la cual se servía como el primer tirador del
+mundo, pues solía cazar furtivamente; lo cual le perjudicó. Existe
+contra los cazadores furtivos cierta legítima prevención. El cazador
+furtivo, lo mismo que el contrabandista, anda muy cerca del salteador.
+No obstante, debemos decir de paso, que media un abismo entre esta
+clase de hombres y el miserable asesino de las ciudades. El cazador
+furtivo vive en la selva; el contrabandista vive en la montaña ó en el
+mar. Las ciudades producen hombres feroces y crueles, porque producen
+hombres corrompidos. Las montañas, el mar y las selvas, producen
+sencillamente hombres salvajes, pero sin destruir, por lo general, su
+parte humana.
+
+Juan Valjean fué declarado culpable. Los preceptos del código eran
+terminantes. Existe en nuestra civilización horas terribles; son éstas
+los momentos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Fúnebre
+instante aquél en que la sociedad se aleja y lanza en irreparable
+abandono un ser pensador!
+
+Juan Valjean fué condenado á cinco años de presidio.
+
+El 22 de abril de 1796, mientras se aclamaba en París la victoria de
+Montenotte ganada por el general en jefe del ejército de Italia, que
+el mensaje del Directorio de los Quinientos, del 2 de floreal del
+año IV, llama Buona Parte, aquel mismo día, repetimos, se remachó en
+Bicêtre una larga cadena de presidiarios. Juan Valjean formaba parte
+en esta cadena. Un antiguo portero de la cárcel, que cuenta hoy cerca
+de noventa años, recuerda todavía perfectamente á aquel desgraciado
+cuya cadena fué clavada al extremo del cuarto cordón en el ángulo norte
+del patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. Parecía no darse
+cuenta de nada relativo á su estado, sino que era terrible. Es probable
+que entendiera al través de las vagas ideas de un hombre ignorante
+del todo, algo excesivo. Mientras remachaban á grandes martillazos
+detrás de su cabeza, la bala de su cadena, él lloraba, las lágrimas le
+ahogaban, impidiéndole hablar, exclamando solamente de cuando en cuando
+con gran pena y dificultad: _Yo era podador en Faverolles_. Después,
+sollozando y levantando su mano derecha, la bajó gradualmente como si
+tocase sucesivamente siete cabezas desiguales con cuyo gesto parecía
+querer indicar que todo lo que había hecho, fuése lo que fuere, lo
+había hecho para vestir y alimentar á siete infelices pequeñuelos.
+
+Fué conducido á Tolón, donde llegó después de un viaje de veinte y
+siete días, en una carreta, con la cadena al cuello. En Tolón se le
+vistió la chaqueta roja. Todo lo que existía de su vida, incluso su
+nombre, fué borrado; ya no fué más Juan Valjean; fué desde entonces el
+número 24.601. ¿Qué fué de su hermana? ¿Qué fué de sus siete hijos?
+¿Quién había de ocuparse de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del
+árbol aserrado por el tronco?
+
+La historia es siempre la misma. Aquellos pobres seres vivientes,
+aquellas pobres criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin
+asilo, quedaron entregadas al azar. ¿Quién sabe? tal vez cada cual
+por su parte se fué precipitando poco á poco en el fondo de la fría
+bruma que devora los destinos solitarios, negrísimas tinieblas en las
+que se envuelven y desaparecen sucesivamente, tantas infortunadas
+cabezas durante la sombría marcha del género humano. Lo cierto es que
+abandonaron el país. El campanario del que había sido su pueblo les
+olvidó; el límite de la que había sido su tierra les olvidó también;
+y después de algunos años de estar en presidio, les olvidó á su vez
+el mismo Juan Valjean. En aquel corazón y en el lugar en que hubo una
+llaga, se hizo una cicatriz. Esto fué todo. Apenas durante todo el
+tiempo que estuvo en Tolón, oyó hablar de su hermana una sola vez.
+Creo que fué al terminar el cuarto año de su cautiverio. Ignoro de
+todo punto por qué conducto llegó hasta él algún indicio. Tal vez
+alguien que les había conocido en su pueblo había visto á su hermana.
+Ella estaba en París, habitando en una miserable calleja junto á San
+Sulpicio, la de Gindre. No tenía consigo más que un muchacho, un niño,
+el último. ¿Dónde habían ido á parar los demás? Tal vez ni aún ella
+misma lo sabía. Todas las mañanas iba la pobre mujer á una imprenta de
+la calle de Sabot, número 3, en la cual estaba empleada de plegadora
+y encuadernadora á la rústica. Debía estar allí todos los días á las
+seis de la mañana, mucho antes de amanecer, en invierno. En la misma
+imprenta había una escuela á la cual mandaba ella á su hijo, que
+tenía á la sazón unos siete años. Solamente que como ella entraba en
+el taller á las seis, y no se abría la escuela hasta las siete, era
+preciso que la criatura esperara en el patio la hora que tardaba en
+abrirse la escuela; ¡en invierno, una hora de noche y al aire libre!
+No se le permitía al niño entrar en la imprenta porque era un estorbo,
+decían. Los obreros veían al pasar, todas las mañanas, aquella pobre
+criatura sentada en el suelo, rendida de sueño, dormida muchas veces
+entre las sombras y acurrucada en el rincón más sucio. Cuando llovía,
+una pobre vieja, la portera, se apiadaba del niño y lo recogía en
+su chiribitil, en donde no había más que una pobre cama, un torno
+y dos sillas de madera; el pequeñuelo se dormía allí en un rincón,
+arrimándose cuanto podía, al gato, por sentir menos frío. Á las siete
+se abría la escuela y el niño entraba.
+
+He aquí lo que le dijeron á Juan Valjean.
+
+Esto le preocupó un día, fué un instante, un relámpago, como una
+ventana abierta bruscamente ante el destino de aquellos seres que él
+había amado, volviéndose á cerrar inmediatamente; no volviendo jamás
+á oir hablar de ellos una palabra. Nada más de ellos supo, jamás los
+volvió á ver, ni les encontró jamás, ni en el doloroso curso de esta
+historia llegará á encontrarlos.
+
+Á últimos de este mismo cuarto año llególe á Juan Valjean el turno de
+evadirse. Sus camaradas le ayudaron, como acostumbra á hacerse en aquel
+triste lugar. Y se evadió. Vagó dos días libre por el campo; si es
+ser libre el andar perseguido, volviendo la cabeza á cada instante, y
+al menor ruido, tener miedo de todo; del tejado que humea, del hombre
+que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que
+suena, del día porque todo se ve, de la noche porque no se ve nada,
+del camino, de la senda, de las sombras, del sueño. Al anochecer del
+segundo día volvieron á prenderle. Había estado sin comer ni dormir
+treinta y seis horas. El tribunal marítimo le condenó por este delito
+á tres años más de presidio; total ocho años. El sexto año volvió á
+tocarle el turno de evadirse; quiso probarlo, pero no consiguió su
+objeto. Faltó á la lista. Después del cañonazo de la puesta de sol,
+le encontraron las rondas escondido bajo la quilla de uno de los
+buques en construcción; resistióse á los guardias que le prendieron.
+Evasión y rebelión. Por este hecho, previsto en el código especial, fué
+castigado con un aumento de cinco años, dos de ellos á doble cadena.
+Trece años. El décimo año volvió á tocarle el turno, quiso aprovecharlo
+también. Tampoco salió mejor librado. Tres años más por esta nueva
+tentativa. Diez y seis años. En fin, creo que fué durante el año décimo
+tercero, que volvió á probar fortuna nuevamente, y no consiguió sino
+que volviesen á prenderle á las cuatro horas. Tres años más por estas
+cuatro horas. Diez y nueve años. En octubre de 1815 fué puesto en
+libertad; había entrado en presidio en 1796, por haber roto un vidrio y
+tomado un pan.
+
+Necesitamos hacer aquí un corto paréntesis. Ésta es la segunda vez que
+en sus estudios acerca de la cuestión penal y sobre la condena legal,
+el autor de este libro da cuenta del robo de un pan, como punto de
+partida del desastre de un destino. Claudio Gueux robó un pan; Juan
+Valjean había robado un pan también; una estadística inglesa prueba que
+en Londres, cuatro robos, de cada cinco, son causa inmediata del hambre.
+
+Juan Valjean había entrado en presidio temblando y sollozando; salió de
+allí impasible. Entró desesperado; salió sombrío.
+
+¿Qué es lo que había pasado por su alma?
+
+
+
+
+ VII
+ =La desesperación por dentro=
+
+
+Probemos de explicarnos.
+
+Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella
+quien las hace.
+
+Era Valjean, como tenemos dicho, un ignorante, pero no un imbécil. La
+luz natural estaba encendida en él. La desgracia, que también tiene su
+luz, aumentó la poca claridad que existía en aquel espíritu. Bajo el
+palo, bajo la cadena, en el calabozo, en el trabajo; bajo el ardiente
+sol del presidio, en el lecho de tablas del penado, replegóse en sí
+mismo y reflexionó.
+
+Él se constituyó en tribunal.
+
+Empezó por juzgarse á sí mismo.
+
+Reconoció que no era un inocente castigado con injusticia. Confesó
+haber cometido una acción atrevida y vituperable; que no se le hubiera,
+tal vez, negado aquel pan, si lo hubiese pedido; que siempre hubiera
+sido mejor esperarlo de la piedad ó del trabajo; que no es siempre un
+argumento sin réplica el decir: ¿puede uno esperar cuando tiene hambre?
+Que es además rarísimo el caso de que muera alguien literalmente de
+hambre; luego que, desgraciada ó afortunadamente, el hombre está hecho
+de manera que pueda sufrir largo tiempo y mucho, moral y físicamente,
+sin morir; que le faltó pues la paciencia; que el tenerla hubiera sido
+más provechoso para aquellas pobres criaturas; que fué un acto de
+locura en él, desgraciado y miserable ser, el agarrarse violentamente
+al cuello de la sociedad entera y figurarse que podía salvarse de la
+miseria en el robo; que es ésta, en todo caso, una mala puerta para
+salir de la miseria, puesto que se entra por ella en la infamia; en
+fin, que había faltado.
+
+Luego se preguntó:
+
+¿Si había sido él sólo el que había cometido falta en tan fatal
+historia? Si ante todo no había sido una cosa grave que hubiese quien
+como él, trabajador, careciese de trabajo, él, laborioso, careciese
+de pan. Sí, luego de cometida y confesada la falta, no había sido el
+castigo feroz y exagerado. Si no era mayor el abuso de la ley en la
+pena, que el abuso por parte del culpable en la falta. Si no había
+exceso de peso en uno de los platillos de la balanza, en el de la
+expiación. Si la enmienda de la pena no era bastante á borrar el delito
+y no llegaba al extremo de reemplazar la falta del delincuente por la
+falta de la represión, en hacer del culpable la víctima, y del deudor
+el acreedor, y de colocar definitivamente el derecho en favor del mismo
+que lo había violado. Si aquella pena, complicada con agravaciones
+sucesivas por las tentativas de evasión, no acababa por ser una
+especie de atentado del más fuerte contra el más débil, un crimen de
+la sociedad contra el individuo, un crimen que comenzaba de nuevo
+diariamente, un crimen que duró diez y nueve años.
+
+Él se preguntaba, si la sociedad humana puede tener el derecho de hacer
+sufrir legalmente á sus miembros, en ciertos casos, su imprevisión
+irracional, y en otros su imprevisión cruel: y de apoderarse para
+siempre de un desgraciado, cerrándolo entre un defecto y un exceso;
+defecto de trabajo, exceso de castigo.
+
+Si no era por cierto exorbitante, que la sociedad tratase así
+precisamente á aquellos sus miembros peor favorecidos en la repartición
+de bienes que hace la casualidad, y por consecuencia los más dignos de
+conmiseración y respeto.
+
+Hechas y resueltas semejantes consideraciones, juzgó á la sociedad y la
+condenó.
+
+La condenó á su odio.
+
+Hízola responsable de su triste suerte, y se dijo que no desistía de
+pedirle cuenta más tarde ó más temprano. Se declaró así mismo que no
+existía equilibrio entre el daño que él había causado y el daño que se
+le causaba á él; concluyendo finalmente, que su castigo no había sido,
+en verdad, una injusticia, pero no era indudablemente una iniquidad.
+
+La cólera puede ser loca y absurda; el hombre puede irritarse por
+equivocación; pero jamás se indigna si no le asiste en una parte ó otra
+la razón. Juan Valjean estaba verdaderamente indignado.
+
+Y luego, que la sociedad humana no le había hecho sino daño, jamás
+había visto de ella otra cosa que el semblante ceñudo, de lo que llama
+ella justicia, y que muestra siempre á los que castiga. Los hombres no
+le habían tocado sino para martirizarle. Todo contacto entre ellos y él
+había sido un golpe. Nunca, desde su niñez, después de su madre y de su
+hermana, nunca, repetimos, había encontrado una voz amiga ni una mirada
+de benevolencia.
+
+De sufrimiento en sufrimiento, había llegado poco á poco á tener la
+convicción de que la vida, es una lucha continuada; y de que en esta
+lucha él era el vencido.
+
+No tenía otra arma que su odio. Resolvió aguzarla en presidio, y
+llevarla consigo á su salida.
+
+Había en Tolón una escuela para la chusma, sostenida por los hermanos
+_Ignorantinos_, en la cual se enseñaba lo más necesario, á aquellos
+desgraciados que tenían mejor voluntad. Él fué del número de estos
+hombres de buena voluntad. Comenzó á ir á la escuela á los cuarenta
+años, y aprendió á leer, escribir y contar. Al sentir fortificarse su
+inteligencia, sintió fortificarse también su odio. En ciertos casos la
+instrucción y la luz pueden servir de alimento al mal.
+
+Es triste confesarlo; después de haber juzgado á la sociedad que había
+hecho su desgracia, juzgó á la Providencia que había hecho la sociedad,
+condenándola también.
+
+Así, durante aquellos diez y nueve años de tormento y de esclavitud,
+elevóse aquella alma y se precipitó á un tiempo mismo. Penetró la luz
+por una parte y las tinieblas por otra.
+
+Juan Valjean no tenía, como hemos visto, una naturaleza malvada. Era
+todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó á la sociedad, y sintió
+que se volvía malo; condenó á la Providencia sintiendo que se volvía
+impío.
+
+Aquí es casi imposible no meditar un instante.
+
+¿Puede la naturaleza humana trasformarse por completo? ¿El hombre
+bueno creado por Dios puede ser maleado por el hombre? ¿Puede ser
+el alma reformada completamente por el destino, y volverse mala
+si el destino es malo? ¿El corazón puede deformarse y adquirir
+defectos y enfermedades incurables, bajo la presión de una desdicha
+desproporcionada, como la columna vertebral bajo una bóveda muy baja?
+¿No hay, por ventura, en el alma humana, no había en la de Juan
+Valjean particularmente, un primer rayo de luz, un elemento divino,
+incorruptible en este mundo é inmortal en el otro, que el bien puede
+desarrollar, atizar, engrandecer y hacer que irradie esplendoroso, y
+que el mal no pueda jamás, extinguir por completo?
+
+Graves y tenebrosas cuestiones, detrás de las cuales todo fisiologista
+respondería probablemente _no_, y sin tartamudear, si hubiese visto en
+Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Valjean horas
+de meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña de algún
+cabrestante, el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedir
+que arrastrara; aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo,
+paria de las leyes, que contemplaba colérico á los hombres, condenado
+de la civilización, que miraba severamente al cielo.
+
+Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el fisiologista
+observador hubiera visto allí una grande é irremediable miseria;
+hubiérase dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubiera
+tampoco cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando
+la mirada de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y
+como Dante, de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella
+existencia esta palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de
+todos los hombres: _¡Esperanza!_
+
+El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era tan claro y
+patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procurado pintarlo
+para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente después de
+su formación, y había visto también distintamente, á medida que se
+formaban todos los elementos de que se componía su miseria moral? Aquel
+hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la sucesión
+de ideas por la cual había ido, grado á grado subiendo y bajando
+hasta los lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el
+horizonte interior de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de
+todo lo que había pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es
+lo que nosotros no nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no
+podemos creer. Había demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que,
+á pesar de tanta desgracia, no le quedase todavía mucha vaguedad.
+Momentos había en los que ignoraba por completo lo que por él pasaba.
+Juan Valjean andaba en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en
+tinieblas; hubiera podido decirse que aborrecía cuanto tenía delante.
+Vivía comúnmente en esta sombra, á tientas como un ciego y como un
+visionario. Solamente á intervalos sentíase de súbito procedente
+de sí mismo y del exterior, sacudido por un rayo de cólera, un
+acrecentamiento de dolor, un pálido y breve relámpago que iluminaba su
+alma por completo, haciendo aparecer bruscamente á su alrededor, á los
+resplandores de una luz espantosa, los horrorosos precipicios y las
+sombrías perspectivas de su destino.
+
+Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿dónde estaba él? lo
+ignoraba.
+
+Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la
+crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco
+por una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal
+salvaje, muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Valjean,
+sucesivas y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo
+operado por la ley sobre el alma humana. Juan Valjean hubiera renovado
+aquellas tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le
+hubiera presentado la ocasión, sin soñar un instante en el resultado,
+ni en la experiencia de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como
+el lobo que encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate!
+La razón le hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta,
+el raciocinio había desaparecido y no le quedaba más que el instinto.
+La bestia únicamente obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas
+crueldades con que se le afligía, servían solamente para aumentar su
+furia.
+
+Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza física
+superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo de
+arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan
+Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre
+sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado
+vulgarmente _cric_ (gato), conocido antiguamente con el nombre de
+_orgueil_ (orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la
+calle Montorgueil junto á los mercados de París. Sus compañeros le
+llamaban de ordinario Juan _gato_. Una vez que se estaba reparando
+el balcón de la Casa Consistorial de Tolón, una de las admirables
+cariátides de Puget, que le sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan
+Valjean, que se encontraba allí, sostuvo sobre sus hombros la cariátide
+dando tiempo á que llegasen los obreros para reponerla.
+
+Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores
+perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza
+combinadas, una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura.
+Una completa estática misteriosa, practicada diariamente por los
+penados, envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por
+una vertical y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un
+ligero desnivel, era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de
+un muro, con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y
+talones pegados á las asperezas de la piedra, subíase como por magia
+hasta un tercer piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos
+del penal.
+
+Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable una grande emoción
+para arrancarle, una ó dos veces al año, aquella lúgubre risa del
+penado, que viene á ser como el eco de una carcajada infernal.
+
+Al verle parecía preocupado en mirar continuamente algo terrible.
+
+Estaba efectivamente absorto.
+
+Al través de las percepciones enfermizas de una naturaleza incompleta
+y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que existía algo
+monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolora donde se
+encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba elevar su
+mirada, veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y elevarse
+hasta perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles,
+una especie de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de
+precauciones, de hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba
+á ver, cuya mole le aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa
+pirámide que nosotros llamamos civilización.
+
+Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella movediza y deforme
+unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas inaccesibles,
+algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el cabo con su
+vara; allá el gendarme con su sable; más allá el arzobispo mitrado;
+en lo más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronado y
+radiante. Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de disipar
+su noche, la tornaban más fúnebre y más negra. Toda aquella movediza
+mole de leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y venía
+sobre su cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso que
+imprime Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole con
+no sé qué apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídas
+en el fondo del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos en
+lo más bajo de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos
+senos los réprobos de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre
+su cabeza esta sociedad humana, tan formidable por quien se encuentra
+fuera como implacable con quien está debajo.
+
+En semejante situación, Juan Valjean meditaba: ¿cuál había de ser la
+naturaleza de sus meditaciones?
+
+Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, pudiese pensar,
+pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean.
+
+Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas
+de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado
+interior, casi inexplicable. Á cada momento, en medio de su trabajo en
+el penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día más madura
+y más turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pasado por
+él le parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible.
+Decíase él; ¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pie á pocos
+pasos de él, y el cabo le parecía un fantasma; de pronto aquel fantasma
+le pegaba un palo. La naturaleza visible apenas existía para él. No
+sería imposible aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni
+hermosos días de verano, ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras
+de abril. Ignoro que día de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo
+para terminar, lo que pueda reasumirse y ser traducido en resultados
+positivos de todo cuanto acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer
+constar que en diez y nueve años, Juan Valjean, el inofensivo podador
+de Faverolles, el terrible penado de Tolón, había llegado á ser
+capaz, gracias á la manera que en el presidio se le había tratado, de
+dos clases de malas acciones: primera, de una acción mala, rápida,
+irreflexible, llena de aturdimiento, todo instinto, especie de
+represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala acción grave, seria,
+calculada conscientemente, y basada en las ideas falsas que pueden
+engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones pasaban por las tres
+fases sucesivas, que las naturalezas de cierto temple pueden solamente
+recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación. Tenía por móviles la
+indignación habitual, la amargura del alma, el profundo sentimiento de
+las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente contra los buenos,
+los inocentes y los justos, si los hay.
+
+El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos,
+era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su
+desarrollo por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo
+determinado, á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género
+humano, después en odio á la creación, traduciéndose en un vago,
+incesante y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que
+sea el objeto de su saña instintiva un ser viviente.--Como hemos visto,
+no deja ella de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan
+Valjean le calificaba de _hombre muy peligroso_. De año en año, aquella
+alma se había ido desecando más y más, lentamente, pero fatalmente. Á
+corazón enjuto, ojo seco. Á su salida de presidio, se habían pasado
+diez y nueve años desde que vertió la última lágrima.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Ola y sombra=
+
+
+¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla el
+viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir.
+Y pasa. El hombre desaparece, luego vuelve á aparecer; sumérgese y se
+remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie
+le oye; la nave, temblando impedida por el huracán, atiende sólo á su
+maniobra; los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su
+miserable cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío.
+Lanza gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el
+de aquella vela que se aleja! Él la mira y la remira frenéticamente.
+Ella se aleja, se ofusca, se achica. Él estaba allí hace un momento,
+formaba parte de la dotación; él iba y venía sobre el puente como
+tantos otros; tenía entre ellos su parte de respiración y de luz; era
+un viviente. Ahora ¿qué ha pasado por él? Ha resbalado, ha caído,
+ha terminado. Está en los senos del agua monstruosa. No siente bajo
+sus pies mas que la huida y el derrumbamiento. Las olas rasgadas y
+rotas por el viento le envuelven terriblemente; el espantoso vaivén
+del abismo se lo lleva; todos los andrajos del agua se agitan al
+rededor de su cabeza, un inmenso populacho de olas escupe sobre él;
+mil confusas cavernas le medio devoran; cada vez que se hunde, entrevé
+nuevos precipicios llenos de obscuridad; espantosas y desconocidas
+vegetaciones le asen y anudan los pies tirando de ellos; él siente
+abismarse, formar parte de la espuma; las olas se lo arrojan unas
+á otras; bebe la amargura; el lacio océano se goza en ahogarle; la
+enormidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua sea odio.
+
+Él lucha por lo tanto.
+
+Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, Él, aquella
+pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable.
+
+¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre las pálidas
+tinieblas del horizonte.
+
+Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levanta los ojos y
+no ve más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á la inmensa
+demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. Oye ruidos
+extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tierra y de no
+se sabe qué espantosas exterioridades.
+
+Encuéntranse pájaros en las nubes; de igual manera que ángeles sobre
+las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Esto: volar,
+cantar y llorar y él estertorea.
+
+Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el océano y el
+cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario.
+
+La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas se agotan;
+la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrado; y él
+está solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se entumece,
+se retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito y
+exclama:
+
+--¡No hay ya hombres! ¿Dónde está Dios?
+
+Y exclama nuevamente: ¡uno! ¡uno cualquiera! ¡cualquiera! y sigue
+exclamándose:
+
+--Nada en el horizonte. Nada en el cielo.
+
+Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es sordo á
+sus gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad imperturbable no
+obedece más que al infinito.
+
+Á su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto
+tempestuoso é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces
+olas. En sí mismo el horror y el cansancio. Á sus pies el abismo. Ni
+un punto de apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre
+la ilimitada obscuridad. El frío sin roce le paraliza. Sus manos se
+crispan y se cierran apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos,
+resoplidos, estrellas, ¡todo inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse
+desesperado; que ha tomado el partido de morir, y se deja llevar, deja
+hacer, suelta la presa; y helo rodando para siempre en las lúgubres
+profundidades de la absorción.
+
+¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de hombres y
+de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo lo que deja
+caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte moral!
+
+El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad sus
+condenados. El mar es la miseria inmensa.
+
+El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en
+cadáver. ¿Quién la resucitará?
+
+
+
+
+ IX
+ =Nuevos agravios=
+
+
+Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Valjean junto
+á su oído esta extraña frase. _¡Eres libre!_ el momento fué para él
+inverosímil, inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera
+luz de los vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó
+bien poco en palidecer. Juan Valjean se había desvanecido con la idea
+de la libertad. Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que
+venía á ser una libertad á la cual se le da pasaporte amarillo, rodeada
+naturalmente de amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante
+su permanencia en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un
+francos. Pero es del caso advertir que se había olvidado de incluir en
+sus cálculos el reposo forzoso de los domingos y días festivos que,
+en los diez y nueve años acusaban una disminución de veinte y cuatro
+francos poco más ó menos. Fuése por lo que fuere, semejantes alcances
+habían sido reducidos, por diversas retenciones locales, á la suma de
+ciento nueve francos quince sueldos; que le habían sido entregados á su
+salida.
+
+No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho,
+robado.
+
+Al día siguiente de su libertad en Grasse, vió delante de la puerta
+de un destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que
+descargaban fardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía
+y fueron aceptados. Púsose á trabajar. Era inteligente, robusto y
+diestro; cumplió perfectamente: el dueño pareció quedar satisfecho.
+Mientras estaba trabajando pasó un gendarme, fijóse en él y le pidió
+sus papeles. Fuele indispensable mostrar su pasaporte amarillo.
+Hecho esto, Juan Valjean emprendió nuevamente su tarea. Poco antes,
+había interrogado á uno de sus compañeros para saber cuánto ganaban
+diariamente en semejante trabajo, el cual le contestó: _treinta
+sueldos_. Llegada la noche y como viniese obligado á proseguir su
+marcha al día siguiente, por la mañana presentóse al dueño de la
+fábrica rogándole que le pagara. El fabricante de agua de azahar,
+no dijo una palabra y le dió quince sueldos. Reclamó él. Pero se le
+contestó: _Demasiado es esto para ti_. Insistió. El dueño de la fábrica
+le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: _¡Cuidado con la cárcel!_
+
+Á pesar de lo cual creyó que se le había robado.
+
+La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habían robado en
+grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que le robaba,
+también, en pequeño. Licenciamiento dista mucho de ser redención. Se
+sale del penal, pero sigue la condena.
+
+Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de qué manera había sido
+recibido en D***.
+
+
+
+
+ X
+ =El hombre desvelado=
+
+
+Luego que sonaron las dos de la madrugada en el reloj de la catedral
+Juan Valjean despertó.
+
+Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Hacía como
+veinte años que no se había acostado en una cama; y, por más que lo
+hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiado nueva
+para no turbar su sueño.
+
+Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le había pasado.
+Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso.
+
+Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alrededor de sí;
+luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo.
+
+Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cuando hay cosas
+que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero no puede volver á
+dormirse después de despertar. El sueño viene mucho más fácilmente que
+vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudiendo volver á dormirse,
+se puso á pensar.
+
+Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que llenan el
+espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro del
+cerebro. Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en
+él y se cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose
+desmedidamente, y desapareciendo de súbito como dentro el agua agitada
+de un lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pero
+había uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que alejaba
+todos los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida.--Habíase
+fijado él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que
+la señora Magloria había puesto sobre la mesa.
+
+Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban.
+
+--Estaban allí.--Casi á la mano.--Cuando había atravesado el cuarto
+contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta
+los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la
+cama.--Se había fijado mucho en aquel armario.--Á la derecha, entrando
+por el comedor.--Eran macizos.--Y de plata vieja.--Con el cucharón,
+bien valían al menos doscientos francos.--El doble de lo que él había
+ganado en diez y nueve años.--Es verdad que él hubiera ganado mucho más
+si «la _Administración_ no le hubiese _robado_».
+
+Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuaciones,
+en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres. Abrió
+nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama, alargó la
+mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la alcoba,
+después dejó caer las piernas y se puso luego de pie á tierra, pero
+enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra vez
+sobre el lecho.
+
+Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de
+siniestro para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo,
+vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja
+caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente
+sobre la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente
+su actitud meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación
+imaginativa, las ideas que venimos indicando removían incesantemente su
+cerebro, entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él
+una especie de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con
+aquella obstinación maquinal del delirante, á un presidiario llamado
+Brevet, á quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el
+pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando
+cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación.
+
+Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido
+indefinidamente en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese
+dado una campanada--el cuarto ó la media.--Pareció que esta campanada
+le dijese: ¡Anda!
+
+Púsose de pie, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en
+la casa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la
+ventana que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna
+llena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento.
+Esto producía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de
+claridad y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante
+crepúsculo, suficiente para servir de guía, intermitente á causa de
+las nubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero
+de una cueva, delante del cual van y vienen los transeuntes. Llegado
+á la ventana Juan Valjean, la examinó. Vió desde luego que no tenía
+reja, que daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre
+del país, más que por una insignificante clavija. Abriola, pero como
+penetrara bruscamente en la estancia un aire frío y vivo, volvió
+á cerrar inmediatamente. Fijó en el jardín una mirada atenta, de
+examen más que de contemplación. El jardín estaba cercado por una
+pared blanca, bastante baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra
+parte, distinguió las copas de algunos árboles colocados á distancias
+regulares, lo cual le indicaba que aquella cerca separaba el jardín de
+una alameda ó de una calle arbolada.
+
+Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto y se
+dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando de él
+un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos,
+volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su
+gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y
+lo colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió
+resueltamente el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de
+hierro, corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo.
+
+Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo
+podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una
+palanqueta? ¿era una clava?
+
+Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una
+barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en
+extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues
+extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas
+de cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en
+punta, por medio de la cual se clavan en la roca.
+
+Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á paso
+quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como
+sabemos, la del obispo.
+
+Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no
+había cuidado de cerrarla.
+
+
+
+
+ XI
+ =Lo que hacía=
+
+
+Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido.
+
+Empujó la puerta.
+
+Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva
+é inquieta del gato que desea entrar.
+
+La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente en el
+silencio, ensanchando un poco la abertura.
+
+Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda vez,
+con mayor fuerza.
+
+Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante
+grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que
+formaba ángulo con la misma, é impedía el paso.
+
+Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura
+se ensanchara más.
+
+Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor
+energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de
+repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco.
+
+Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su oído
+como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el clarín
+del juicio final.
+
+En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurarse
+que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida terrible,
+y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y despertar
+á los que dormían.
+
+Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre el
+talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de
+fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del
+viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible
+clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como
+la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había
+alarmado y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres
+iban á gritar, serían auxiliados; y antes de un cuarto de hora, la
+población estaría alarmada, y la gendarmería en pie. En aquel momento
+se creyó perdido.
+
+Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no
+atreviéndose á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos.
+La puerta estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del
+cuarto. Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa.
+El ruido del gozne enmohecido no había despertado á nadie.
+
+El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de sí
+mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No
+pensaba más que en acabar pronto. Dió un paso y penetró en el cuarto.
+
+En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y
+allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles
+esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre
+un taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que
+á semejante hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios
+blanquecinos. Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar
+con los muebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la
+respiración tranquila y regular del obispo dormido.
+
+Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo que
+creía.
+
+La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos
+á nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é
+inteligente, como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de
+una media hora, de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el
+preciso momento en que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la
+nube como hecho á propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta
+ventana, fué á iluminar de súbito las pálidas y apacibles facciones
+del obispo. El venerable anciano dormía tranquilamente. Estaba casi
+vestido dentro del lecho, á causa de la crudeza de las noches de
+invierno en los Bajos-Alpes, con un traje talar de lana obscura, que le
+cubría también los brazos por completo. Su cabeza descansaba sobre la
+almohada, en la actitud del abandono natural de reposo; dejando caer
+fuera del lecho su mano adornada con el anillo pastoral, y con la que
+practicaba tantas y tan buenas obras y acciones. Estaba su semblante
+bañado por completo de una vaga expresión y satisfacción, esperanza
+y beatitud. Aquella expresión era, más que una sonrisa, una aureola.
+Brillaba en su frente la inexplicable transparencia de una luz oculta.
+El alma de los justos, durante sus sueños, contempla indudablemente un
+cielo misterioso.
+
+Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo.
+
+Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel cielo
+estaba dentro de él; era su conciencia.
+
+En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por
+así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como
+en la gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por
+una media luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza
+adormecida, el jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el
+momento y el silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible
+al venerable reposo de aquel hombre, envolviendo con una especie de
+aureola majestuosa y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados;
+aquel semblante en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella
+cabeza de anciano en el sueño de un niño.
+
+Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el
+punto de ignorarlo.
+
+Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en
+la mano, de pie, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable
+y radiante. Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le
+aterraba. El mundo moral no puede presentar un espectáculo más
+imponente, que aquél; una conciencia turbada é inquieta, próxima á
+cometer una mala acción y contemplando el sueño de un justo.
+
+Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su
+lado, encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo
+imperiosamente.
+
+Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por él.
+Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarse lo que pueda
+existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión
+no había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro
+salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido
+imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y
+trastornado. Pero, ¿de qué provenía aquella emoción?
+
+Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía
+claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una
+extraña indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era
+el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ya parecía
+dispuesto á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano.
+
+Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando hasta
+la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual
+lentitud, volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la
+mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su
+feroz cabeza.
+
+El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aquella
+espantosa mirada.
+
+Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea el
+crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno
+y perdonar al otro.
+
+De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir su cabeza con la gorra,
+atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo,
+dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó
+el hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la
+llave, abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los
+cubiertos; tomola, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse
+apenas del ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en
+el oratorio, abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho,
+guarda los cubiertos en su morral, tira la canastilla, atraviesa el
+jardín, salta la tapia con la agilidad de un tigre, y huye.
+
+
+
+
+ XII
+ =El obispo trabaja=
+
+
+Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido paseando
+por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda
+azorada.
+
+--Monseñor, monseñor,--gritaba ella,--¿sabe Su Ilustrísima, dónde está
+la canastilla de los cubiertos?
+
+--Sí,--dijo el obispo.
+
+--¡Jesús! ¡Dios sea loado!--repuso ella.--Yo no sabía dónde había ido á
+parar.
+
+El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los
+paseos del jardín. Y se la presentó á la señora Magloria.
+
+--Aquí está.
+
+--Es verdad,--dijo ella,--pero vacía. ¿Dónde está la plata?
+
+--¡Ah!--exclamó el obispo,--¿era la plata lo que os preocupaba? Ignoro
+dónde está.
+
+--¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es quién la ha
+robado.
+
+En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, la señora
+Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasta donde
+estaba el obispo. Éste acababa de bajarse y examinar, suspirando, una
+mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozado al
+ser arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora
+Magloria.
+
+--¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada!
+
+Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ángulos
+del jardín, en el que había señales evidentes de escalamiento. El
+cabriol de la cerca había sido arrancado.
+
+--¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón de
+Cochefilet! ¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos!
+
+El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego los ojos,
+dijo suavemente, mirando con seriedad á la señora Magloria:
+
+--¿Es verdad que esta plata era nuestra?
+
+La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante de silencio;
+enseguida continuó el obispo:
+
+--Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún tiempo, estos
+cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era este hombre? Un pobre,
+indefectiblemente.
+
+--¡Ay Dios mío!--dijo la señora Magloria.--No es por mí, ni por la
+señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿Con qué
+vais á comer ahora?
+
+El obispo se fijó en ella con aire de asombro.
+
+--¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño?
+
+La señora Magloria se encogió de hombros.
+
+--El estaño despide olor.
+
+--Entonces, de hierro.
+
+La señora Magloria hizo un gesto expresivo.
+
+--El hierro sabe peor.
+
+--¡Bien!--dijo el obispo,--cubiertos de palo.
+
+Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la misma mesa
+en que se había sentado Juan Valjean la noche anterior. Durante el
+almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su hermana, que
+nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre dientes, que
+no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, ni aún de
+palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.
+
+--¡Vaya una ocurrencia!--exclamaba la señora Magloria para sus adentros
+yendo y viniendo,--¡recibir un hombre como aquél, y hacerle dormir
+á su lado, por añadidura! ¡Y gracias á Dios que no ha hecho más que
+robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo!
+
+Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la
+puerta.
+
+--Entrad,--dijo el obispo.
+
+Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el umbral.
+Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendarmes: el
+cuarto, Juan Valjean.
+
+El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba junto
+á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole
+militarmente:
+
+--Monseñor...--dijo el sargento.
+
+Á esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido al
+parecer, levantó la cabeza con aire admirado.
+
+--¡Monseñor!--murmuró.--¿No es éste el cura?
+
+--¡Silencio!--dijo un gendarme.--Es monseñor el obispo.
+
+Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la prisa
+que le permitían sus años.
+
+--¡Ah! ¡vos aquí!--exclamó mirando á Juan Valjean.--Me alegro de veros.
+
+Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como lo
+demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por qué
+no os los habéis llevado con los cubiertos?
+
+Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una
+expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar.
+
+--Monseñor,--dijo el jefe de los gendarmes,--¿entonces lo que dice este
+hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye. Le hemos
+detenido para ver. Llevaba esta plata...
+
+--Y él os habrá dicho,--interrumpió el obispo sonriendo,--¿que se la
+había dado un buen viejo, un cura, en casa del que había pasado la
+noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin, ha
+sido un error.
+
+--Siendo así,--repuso el sargento,--¿le podemos dejar en libertad?
+
+--Naturalmente,--respondió el obispo.
+
+Los gendarmes dejaron á Juan Valjean, quien retrocedió.
+
+--¿Luego es verdad que se me deja?--dijo él con acento inarticulado y
+como en sueños.
+
+--Sí, se te deja. ¿No lo has entendido?--dijo un gendarme.
+
+--Amigo mío,--repuso el obispo,--antes de iros, aquí están vuestros
+candeleros. Recogedlos.
+
+Y yendo á la chimenea, tomó los dos candeleros de plata y se los
+entregó á Juan Valjean. Las dos mujeres contemplaban aquella acción
+sin decir una sola palabra, sin hacer un gesto, sin dar una mirada que
+pudiese disgustar al obispo.
+
+Juan Valjean temblaba de pies á cabeza. Tomó los candeleros
+maquinalmente y en ademán dudoso.
+
+--Ahora,--dijo el obispo, id en paz.--Á propósito,--añadió dirigiéndose
+á Juan: Cuando volváis, amigo mío, no tenéis necesidad de pasar por el
+jardín. Podéis siempre y á todas horas entrar y salir por la puerta de
+la calle. No está cerrada más que por el pestillo, así de noche como de
+día.
+
+Luego, volviéndose á los gendarmes:
+
+--Señores, os podéis retirar.
+
+Los gendarmes salieron.
+
+Juan Valjean estaba como quien va á desmayarse.
+
+El obispo se le acercó y le dijo en voz baja.
+
+---No olvidéis nunca jamás que me habéis prometido emplear el valor de
+esta plata para haceros bueno y honrado.
+
+Juan Valjean que no tenía el menor recuerdo de haber prometido nada,
+seguía admirado. El obispo había acentuado mucho aquellas palabras al
+pronunciarlas. Entonces repuso solemnemente:
+
+--Juan Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien. Es
+vuestra alma la que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para
+entregársela á Dios.
+
+
+
+
+ XIII
+ =Gervasillo=
+
+
+Juan Valjean salió de la ciudad como escapado. Internóse
+precipitadamente por los campos, tomando los caminos y sendas que se
+le presentaban, sin advertir que volvía á cada instante sobre sus
+pasos. Anduvo errante de este modo toda la mañana, sin comer ni sentir
+necesidad. Era presa de un sinnúmero de sensaciones nuevas. Sentía una
+especie de cólera, é ignoraba contra quién. No hubiera podido asegurar
+si estaba conmovido ó humillado. Sentíase por instantes dominado
+por una ternura extraña, que procuraba combatir oponiéndole todo el
+endurecimiento de sus últimos veinte años. Semejante situación le
+fatigaba. Advertía, no sin inquietud, que se debilitaba á pesar suyo
+en su interior la calma espantosa que la injusticia de su desgracia le
+había dado. Preguntábase á sí mismo qué era lo que debía reemplazarla.
+Á veces hubiera preferido verdaderamente haber sido preso por los
+gendarmes, y que no hubieran pasado las cosas de aquella manera; pues,
+de seguro, no se hubiera trastornado tanto. Por más que la estación
+estuviese ya muy adelantada, había aún entre las enramadas alguna que
+otra flor tardía, cuyo olor, que iba él aspirando durante su marcha,
+le traía á la memoria sus recuerdos de la infancia. Tales recuerdos le
+eran casi insoportables, tanto tiempo hacía que no los había probado.
+
+Mil pensamientos inexplicables de semejante índole le acosaron durante
+todo el día.
+
+Cuando el sol declinaba ya al poniente, prolongando sobre el suelo la
+sombra del más insignificante guijarro, sentóse Juan Valjean detrás de
+un matorral sobre una extensa llanura rojiza, absolutamente desierta.
+No tenía otro horizonte que los Alpes. Ni siquiera un solo campanario
+de aldea próxima ni lejana. Juan Valjean podía estar á la sazón como á
+unas tres leguas de D***. Una senda que atravesaba la llanura, pasaba á
+pocos pasos del matorral.
+
+En medio de aquel lugar de meditación, que podía contribuir un poco á
+hacer más espantoso con sus harapos, para cualquiera que le hubiese
+encontrado, oyó una especie de ruido alegre.
+
+Volvió la cabeza, y vió venir por la senda un niño saboyano como de
+unos diez años, que venía cantando, con su gaita pendiente de un
+costado y la caja de su marmota á la espalda.
+
+Uno de esos tiernos y alegres muchachos que van de un país á otro,
+enseñando las rodillas por los rotos del pantalón.
+
+Sin dejar el canto, interrumpía el chico de cuando en cuando su marcha,
+jugando con algunas monedas que llevaba en la mano, toda su fortuna
+probablemente. Entre aquellas monedas había una pieza de cuarenta
+sueldos[2].
+
+El muchacho se paró junto al matorral sin ver á Juan Valjean, tirando
+al aire sus monedas, que hasta entonces había venido recibiendo juntas,
+con bastante destreza, sobre el dorso de la mano.
+
+Pero esta vez la pieza de cuarenta sueldos se le escapó, y se fué
+rodando entre la hojarasca hasta Juan Valjean.
+
+Juan Valjean le puso el pie encima.
+
+Sin embargo, el muchacho, que había seguido la moneda de reojo, vió
+perfectamente donde había ido.
+
+Se fué el niño, sin detenerse, derecho al hombre.
+
+Era aquel un lugar del todo solitario. Tanto como pudiera extenderse la
+mirada, no había una sola persona en la senda ni en la llanura. Sólo
+se oía el débil piar de una nube de pájaros que cruzaban el cielo á
+grande altura. El muchacho, vuelto de espaldas al sol que entretejía
+sus rayos de oro con sus cabellos, y que pintaba de un rojo sangriento
+las salvajes facciones de Juan Valjean.
+
+--Señor,--dijo el chiquillo saboyano, con aquella confianza de la
+niñez, mezcla de ignorancia é inocencia,--¡mi pieza!
+
+--¿Cómo te llamas?--le dijo Juan Valjean.
+
+--Gervasillo, señor.
+
+--Vete,--dijo Valjean.
+
+--Señor,--repuso el chico,--devolvedme mi moneda.
+
+Juan Valjean bajó la cabeza sin contestar palabra.
+
+El niño repitió:
+
+--¡Mi moneda, señor!
+
+La mirada de Juan Valjean seguía fija en tierra.
+
+--¡Mi pieza!--gritó el muchacho,--¡mi pieza blanca! ¡mi moneda de plata!
+
+Parecía que Juan Valjean no entendía una palabra. El niño le cogió del
+cuello de la blusa y sacudióle. Al mismo tiempo se esforzaba cuanto
+podía para hacer que se separase de donde estaba, el grosero zapato
+claveteado que cubría su tesoro.
+
+--¡Quiero mi moneda! ¡mi moneda de cuarenta sueldos!
+
+El niño lloraba. Levantó Juan Valjean la cabeza. Permaneció, no
+obstante, sentado y sin moverse. Sus ojos estaban velados. Contempló
+al muchacho como asombrado, luego alargó la mano hasta su garrote,
+gritando con acento terrible:
+
+--¿Quién anda ahí?
+
+--Yo, señor,--respondió el muchacho,--¡Gervasillo! ¡yo! ¡yo!
+¡Devolvedme mis cuarenta sueldos si os place!
+
+Después, irritado, pequeño y todo como era y en tono de amenaza:
+
+--Á ver, quitad el pie de ahí; ¡quitadlo os digo!
+
+--¡Ah! eres tú todavía,--dijo levantándose bruscamente Juan Valjean y
+en tono amenazador, pero sin mover el pie de sobre la moneda, añadiendo:
+
+--¡Quieres irte de aquí!
+
+El muchacho le dirigió una mirada de espanto, y luego comenzó á temblar
+de pies á cabeza, y después de algunos segundos de estupor, echó á
+correr con todas sus fuerzas, sin atreverse á volver la cabeza ni
+lanzar un grito.
+
+No obstante, á no larga distancia la fatiga le obligó á pararse, y Juan
+Valjean, al través de sus meditaciones, creyó oirle llorar.
+
+Después de unos instantes, el muchacho había desaparecido.
+
+El sol se había puesto.
+
+Las sombras se aumentaban al rededor de Juan Valjean. No había comido
+en todo el día; es muy probable que tuviera fiebre.
+
+Continuaba todavía en pie sin haber cambiado de actitud, desde que
+había desaparecido el muchacho. La respiración agitaba su pecho á
+largos y desiguales intervalos. Su mirada, fijada á unes diez ó doce
+pasos delante de él, parecía estudiar con profunda atención la forma de
+un tiesto viejo de barro pintado de azul que estaba entre la yerba. De
+pronto pareció estremecerse; acababa de sentir la impresión del frío de
+la noche.
+
+Encasquetóse su gorro hasta cubrir la frente por completo, buscó
+maquinalmente la manera de abrochar su blusa, dió un paso, y se agachó
+para tomar su garrote del suelo.
+
+En aquel momento, vió la moneda de cuarenta sueldos que había medio
+hundido en el suelo con su pie, y que brillaba en medio de las piedras.
+Esto produjo en él una especie de emoción galvánica.
+
+--¿Qué es esto?--murmuró entre dientes. Retrocedió tres pasos,
+parándose de repente sin poder separar los ojos del punto en que había
+sentado la planta hacía un momento, como si aquello que brillaba en
+medio de la obscuridad hubiese sido un ojo abierto que le mirase
+fijamente.
+
+Después de unos instantes se precipitó convulsivamente sobre aquella
+moneda de plata, tomola, levantándose enseguida, y comenzó á mirar á lo
+lejos, por toda la llanura, dirigiendo á un tiempo sus miradas hacia
+todos los puntos del horizonte, anhelante y tembloroso como una fiera
+que busca un asilo.
+
+Nada alcanzó ver. La noche estaba encima, la llanura fría y vaga,
+algunas grandes brumas violadas acudían entre las luces del crepúsculo.
+
+--¡Ah!--exclamó de pronto, y se alejó rápidamente en determinada
+dirección por allí donde el muchacho había desaparecido. Después de
+haber andado unos treinta pasos, paróse nuevamente á mirar, pero nada
+vió.
+
+Entonces gritó con todas sus fuerzas:
+
+--¡Gervasillo! ¡Gervasillo!
+
+Callóse y escuchó.
+
+No le respondió nadie.
+
+El campo estaba tétrico y desierto. Estaba solo rodeado por la
+extensión. No tenía Juan en torno suyo más que sombras, entre las que
+se perdía su mirada, y el silencio en el que se perdía también su voz.
+
+Soplaba un airecillo glacial, que daba á las cosas de su alrededor una
+especie de vida lúgubre. Los arbustos agitaban sus desmedradas ramas
+con increíble furia. Hubiérase dicho que amenazaban y perseguían á
+alguien.
+
+Volvió á emprender su marcha nuevamente; luego empezó á correr; de
+cuando en cuando se paraba para gritar entre aquellas soledades con
+una voz que encerraba á la vez la expresión y el tono más formidable y
+desolado que puede imaginarse. «¡Gervasillo! ¡Gervasillo!».
+
+Es bien seguro que si el muchacho hubiese oído aquellas voces, hubiera
+guardado de acudir. Pero el muchacho estaba, á no dudarlo, ya muy
+lejos. Topóse con un cura que venía á caballo. Acercósele y díjole:
+
+--Señor cura, ¿habéis visto pasar un muchacho?
+
+--No,--contestó el clérigo.
+
+--¿Uno que se llama Gervasillo?
+
+--No he visto á nadie.
+
+Entonces sacó dos monedas de cinco francos de su bolsa y se las dió al
+cura.
+
+--Señor cura, esto para los pobres. Señor cura, es un muchacho de unos
+diez años, que lleva una marmota, creo, y también una gaita. Iba de
+paso. Uno de esos saboyanos, ¿entendéis?...
+
+--No, no le he visto.
+
+--¿Gervasillo? ¿No hay algún pueblecillo por aquí? ¿Podéis decírmelo?
+
+--Si es como vos decís, amigo mío, será uno de tantos chiquillos
+extranjeros que atraviesan el país, y á quienes nadie conoce.
+
+Juan Valjean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos y se
+las dió también al cura.
+
+--Para vuestros pobres,--dijo.
+
+Después añadió como azorado:
+
+--Señor cura, haced que me prendan. Soy un ladrón.
+
+El cura picó á un tiempo ambas espuelas, y huyó despavorido.
+
+Juan Valjean se puso á correr en la misma dirección que había tomado
+antes.
+
+Caminó así, á la ventura, un buen espacio, mirando, llamando, y
+gritando, pero sin encontrar persona alguna. Dos ó tres veces corrió
+por la llanura hacia algo que le hizo el efecto de una persona tendida
+ó acurrucada; pero veía luego que no eran sino malezas ó rocas á flor
+de tierra. Por fin, en un punto en el cual se cruzan tres senderos, se
+paró. La luna había salido. Dirigió una mirada á lo lejos, llamando
+por última vez: «¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!». Sus gritos
+se perdieron entre la bruma, sin ni siquiera devolver un eco. Murmuró
+todavía: «¡Gervasillo!», pero con voz débil y casi inarticulada. Éste
+fué su último esfuerzo; sus piernas vacilaron bruscamente bajo su
+peso, como si un poder invisible le anonadara con todo el peso de su
+siniestra conciencia; cayendo desvanecido sobre una gran piedra, los
+puños entre sus cabellos, y la cabeza entre ambas rodillas, gritando
+desolado:
+
+«¡Soy un miserable!».
+
+Abrióse á este grito su corazón y rompió á llorar. Fué ésta la primera
+vez que lloró después de diez y nueve años.
+
+Cuando Juan Valjean salió de casa del obispo, como hemos visto,
+estaba muy distante de todo cuanto había pensado hasta entonces. No
+podía acertar con lo que estaba pasando por él. Resistíase contra
+la angelical acción y contra las dulces palabras del anciano. «Me
+habéis prometido ser un hombre digno. Yo compro vuestra alma. Yo se
+la retiro al espíritu del mal y la entrego al Dios bueno». Esto lo
+estaba oyendo sin cesar. Pero oponía á esta celestial indulgencia el
+orgullo, que viene á ser en nosotros la fortaleza del mal. Sentía
+él clara y distintamente que el perdón de aquel sacerdote, era el
+mayor y más formidable ataque allí donde estaba aún abroquelado; que
+su endurecimiento sería infinito si alcanzaba á resistir aquella
+clemencia; que si cedía le sería forzoso renunciar á aquel odio en el
+cual las acciones de los demás hombres habían llenado su alma durante
+tantos años, y en el cual se gozaba; que esta vez era preciso vencer
+ó ser vencido, y que la lucha, una lucha colosal y definitiva, estaba
+entablada entre su maldad y la bondad de aquel hombre.
+
+En presencia de todas aquellas luces, caminaba él como un hombre
+ebrio. Mientras andaba de esta manera, los ojos extraviados, ¿había
+en él una percepción distinta de la que podría resultar para el de su
+aventura de D***? ¿tenía él todos aquellos murmullos misteriosos que
+advierten ó importunan el espíritu en ciertos momentos de la vida?
+Una voz le decía al oído que acababa de atravesar el momento solemne
+de su destino; que ya no había otro medio para él; que si no era en
+lo sucesivo el mejor de los hombres, sería el peor; que era preciso,
+por decirlo así, que se elevara á la sazón más alto que el obispo, ó
+descendiese más bajo que el presidiario; que si él quería ser bueno,
+era preciso que fuése un ángel, y que si quería permanecer malo, era
+indispensable que fuése un monstruo.
+
+Aquí debemos aún volver á interrogar sobre lo que ya lo hemos hecho
+otra vez: ¿guardaba, aunque fuése confusamente, alguna sombra de todo
+esto en su memoria? Ciertamente, la desgracia, ya lo hemos dicho, educa
+la inteligencia; pero es muy de dudar que Juan Valjean estuviese en
+estado de comprender todo cuanto dejamos indicado aquí. Si aquellas
+ideas se le presentaban, él las entreveía mejor que las veía; y
+servían únicamente para producir en él una turbación inexplicable y
+casi dolorosa. Al salir de aquel antro negro y deforme que se llama
+presidio, el obispo le había herido el alma, como una voz demasiado
+viva le hubiera herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida
+futura, la vida posible que se le presentaba desde luego puro y
+radiante, le llenaba de pesadumbre y ansiedad. Él no sabía, en verdad,
+dónde se hallaba. Como un mochuelo que viera bruscamente la luz del
+sol, el presidiario había sido deslumbrado y cegado por la virtud.
+
+Lo verdaderamente cierto, y sobre lo cual no tenía la menor duda, era
+que había ya dejado de ser el mismo hombre, que todo había cambiado en
+él, puesto que no estaba en su mano, hacer que el obispo no le hubiese
+hablado ni le hubiese conmovido.
+
+En semejante estado de ánimo, había encontrado á Gervasillo, y le
+había robado aquellos cuarenta sueldos. ¿Por qué? Él no hubiera, de
+seguro, alcanzado á explicarlo; ¿había sido un postrer esfuerzo y como
+á supremo esfuerzo de la maldad de pensamientos que había aportado
+del penal, un resto de impulsión, un resultado de lo que se llama en
+estática _fuerza adquirida_? Era esto, y era menos todavía que esto,
+tal vez. Digámoslo simplemente, no era él quien había robado; no
+había sido el hombre, había sido la bestia que, por costumbre ó por
+instinto, había puesto sencillamente el pie sobre la moneda, mientras
+la inteligencia luchaba entre innumerables observaciones desconocidas y
+nuevas.
+
+Cuando la inteligencia despertó y comprendió lo brutal de la acción,
+Juan Valjean retrocedió angustiado y dió un grito de espanto.
+
+Y era que por un extraño fenómeno, solamente posible en una situación
+como la en que se hallaba, al robar aquel dinero á aquel niño, había
+hecho una cosa de la que no era ya capaz.
+
+Fuése lo que fuere, aquella postrera mala acción produjo en él
+un efecto decisivo; atravesó bruscamente el caos que existía en
+su inteligencia, disipándolo, separó y puso aparte las espesas
+obscuridades, y de otra la luz, agitó su alma, en el estado en que se
+hallaba, como agitan ciertos reactivos químicos, una mezcla turbia,
+precipitando un elemento y clarificando otro.
+
+Desde luego, y antes de reflexionar y examinar, desatentado como el
+que busca la manera de salvarse, trató de encontrar al muchacho para
+devolverle su dinero; cuando hubo reconocido que era aquello inútil é
+imposible, detúvose desesperado. En el momento en que exclamaba: «¡soy
+un miserable!» acababa de reconocerse tal cual era, estando ya entonces
+separado de sí mismo, hasta el punto de figurarse no ser más que un
+fantasma que tenía delante de sí, en carne y hueso, con el garrote en
+la mano, la blusa andrajosa, el morral lleno de objetos robados á la
+espalda, el semblante tétrico y resuelto, con su imaginación llena de
+proyectos abominables, al repugnante presidiario Juan Valjean.
+
+Su excesiva desventura, como hemos dicho, le había hecho un tanto
+visionario. Fué esto por consiguiente una visión. Llegó á ver
+verdaderamente á Juan Valjean, con su siniestra catadura delante de sí.
+Hubo un momento en que quiso preguntar quién era aquel hombre que le
+horrorizaba.
+
+Su cerebro se hallaba en uno de aquellos momentos violentísimos, y sin
+embargo, horriblemente tranquilos, en los cuales la ficción imaginativa
+es tan profunda que absorbe la realidad. En cuyos momentos no ve uno
+lo que tiene delante y junto á sí, y en los que vemos como fuera de
+nosotros, las figuras que llenan nuestro espíritu.
+
+Contemplábase, pues, así mismo, por así decirlo, frente á frente, y
+al mismo tiempo, al través de aquella alucinación, estaba viendo, en
+ciertas misteriosas profundidades, una especie de luz que llegó á
+tomar por una antorcha. Mirando luego con mayor atención aquella luz
+que surgía de su conciencia, reconoció que tenía forma humana, y que
+aquella antorcha era el obispo.
+
+Su conciencia comparó á su vez aquellos dos hombres, colocados ante
+ella: el obispo y Juan Valjean. Era indispensable que no fuése otro
+que el primero para confundir al segundo. Por uno de aquellos efectos
+singulares propios de semejante clase de éxtasis, á medida que su
+ilusión se prolongaba, iba el obispo agrandándose y resplandeciendo
+á sus ojos, y Juan Valjean se achicaba y desvanecía. Llegó un punto
+en que no era él más que una sombra. Luego desapareció por completo.
+Quedaba sólo el obispo llenando de clarísimos resplandores los espacios
+del alma de aquel miserable.
+
+Juan Valjean, lloró mucho, lloró ardientísimas lágrimas, lloró
+sollozando con mayor debilidad que una mujer, y más miedo que un niño.
+
+Á medida que lloraba, iba produciéndose más y más en su cerebro
+una extraordinaria claridad, una claridad maravillosa y terrible á
+la vez. Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su
+embrutecimiento exterior, su interior dureza, su misma libertad unida
+á sus planes de venganza, lo que le había pasado en casa del obispo,
+la última cosa que había hecho, aquel robo de cuarenta sueldos á un
+chiquillo, crimen tanto más infame, tanto más monstruoso, cuanto que
+había sido cometido después de la absolución del obispo; todo lo cual
+se le presentaba claramente en medio de una luz que hasta entonces
+jamás había visto.
+
+Estaba viendo su vida, y le parecía horrible: su alma, espantosa. Sin
+embargo, una dulcísima luz se derramaba sobre aquella vida y sobre
+aquella alma. Le parecía ver á Satanás á la luz del paraíso.
+
+¿Cuántas horas estuvo así llorando? ¿Qué hizo después dé haber llorado?
+¿Adónde fué? nadie lo ha sabido jamás. Parece solamente averiguado
+que, durante aquella misma noche, el carretero, que hacía en aquella
+época el servicio de Grenoble y que llegó á D*** á eso de las tres de
+la madrugada, vió, al atravesar la calle del Obispado, un hombre en
+actitud de orar, arrodillado sobre el pavimento y en la sombra junto á
+la puerta de la casa donde vivía monseñor Bienvenido.
+
+
+ NOTAS:
+
+[1] Patuá de los Alpes franceses. _Gato de ladrón._
+
+[2] Dos pesetas moneda española.
+
+
+
+
+ LIBRO TERCERO
+ EN EL AÑO 1817
+
+
+ I
+ =El año 1817=
+
+
+Éste fué el año que Luis XVIII, con una especie de aplomo real, que no
+carecía de vanidad, calificó de vigésimo segundo de su reinado. Fué
+también el año de la celebridad del señor Bruguiére de Sorsum. Todas
+las tiendas de los peluqueros, esperando el polvo y la vuelta del ave
+real, aparecían estucadas de azul y flor delisadas. Era aquélla la
+época inocente y cándida en que el conde Lynch sentábase todos los
+domingos como mayordomo, en el banco de la obra de San Germán de los
+Prados vistiendo el uniforme de par de Francia, con su cordón rojo y
+su larga nariz, y aquel majestuoso perfil propio de un hombre que ha
+hecho algo famoso. El algo famoso realizado por el señor Lynch fué el
+siguiente: haber, siendo alcalde de Burdeos el 12 de marzo de 1814,
+entregado la ciudad antes de tiempo al señor duque de Angulema. De
+ahí su dignidad de par. En 1817, la moda embutía los niños de cuatro
+á seis años en sendas gorras de cordobán con orejeras muy parecidas
+á las mitras de los esquimales. El ejército francés fué vestido de
+blanco á la austríaca; los regimientos se llamaron legiones, y en lugar
+del número correspondiente, tomaron los nombres de los departamentos.
+Napoleón se encontraba en Santa Elena, y como Inglaterra le negaba el
+paño verde, hizo que fuesen vueltos del revés sus viejos uniformes.
+
+En 1817, Pellegrini cantaba, la señorita Bigottini bailaba, Potier
+reinaba, y Odry no existía aún. La señora Saqui sucedía á Forioso.
+Había aún prusianos en Francia. El señor Delalot era un personaje. La
+legitimidad acababa de afirmarse cortando la muñeca, y luego la cabeza,
+á Pleignier, á Carbonneau y á Tollerón.
+
+El príncipe de Talleyrand, gran chambelán, y el cura Luis, designado
+para ministro de Hacienda, se contemplaban mutuamente riendo como dos
+augures; ambos habían celebrado, el 14 de julio de 1790, la misa de la
+federación en el campo de Marte; Talleyrand había oficiado de obispo,
+Luis le había ayudado como diácono.
+
+En 1817, en las travesías de las alamedas de aquel mismo campo de Marte
+(Marzo), veíanse grandes cilindros de madera, expuestos á la lluvia,
+y pudriéndose entre la yerba, pintados de azul, con restos de águilas
+y de abejas desdorados. Habían sido las columnas que dos años antes
+habían sustentado el solio del emperador en el campo de Mayo. Estaban
+esparcidos aquí y allí, y ennegrecidos además por el fuego de los
+vivacs, de los austríacos acampados junto á Gros Caillou. Dos ó tres de
+aquellas columnas habían desaparecido en las hogueras de los vivacs,
+habiendo calentado las grandes manos de los Kaiserlicks.
+
+El campo de Mayo tenía de notable, que había sido celebrado en el mes
+de junio en el campo de _Marzo_.
+
+Durante el año 1817 se habían popularizado dos cosas: el Voltaire
+Touquet, y la tabaquera de la Carta.
+
+La emoción parisién más reciente había sido el crimen de Dautun, quien
+había tirado la cabeza de su hermano al pilón del mercado de las flores.
+
+Comenzaba á inquietarse el ministro de Marina por no tener noticias
+de la desgraciada fragata _Medusa_, que debía cubrir de mengua á
+Chaumareix y de gloria á Géricault. El coronel Selves había ido á
+Egipto para trocarse en Soliman Pachá. El palacio de las Termas, de la
+calle de La Harpe, servía de tienda á un tonelero. Veíase todavía en
+la plataforma de la torre octógona del palacio de Cluny, la casilla de
+madera que había servido de observatorio á Messier, astrónomo de la
+marina de Luis XVI.
+
+La duquesa de Duras leía á tres ó cuatro amigos, en su gabinete
+tapizado de raso azul celeste, la Ourika inédita. Raspábanse las N.
+del Louvre. El puente de Austerlitz abdicaba, intitulándose puente
+del Jardín del Rey, doble enigma que encerraba á la vez el puente de
+Austerlitz y el jardín de Plantas.
+
+Luis XVIII, preocupado en marcar con la uña en Horacio los héroes que
+se hacen emperadores, y los zapateros que se hacen delfines, tenía
+además dos inquietudes constantes, Napoleón y Mathurin Bruneau.
+
+La Academia francesa daba como tema de premio: _la dicha procura
+el estudio_. El señor Bellart era elocuente oficialmente. Veíase
+germinar á su sombra al futuro abogado general de Broë, entre los
+sarcasmos de Pablo-Luis Courier. Había también un falso Chateaubriand
+llamado Marchangy, esperando á que saliese un falso Marchangy llamado
+Arlincourt. _Clara de Alba y Malek-Adel_ eran grandes obras; la señora
+Cottin había sido declarada primer escritor de la época. El Instituto
+dejó borrar de su lista al académico Napoleón Bonaparte. Un real
+decreto erigía Angulema en escuela de marina, porque siendo el duque
+de Angulema gran almirante, era evidente que la ciudad de Angulema
+acreditaba de derecho todas las cualidades de puerto de mar, sin lo
+cual el principio monárquico hubiera podido menoscabarse.
+
+Presentóse en consejo de ministros la proposición de averiguar si
+debían tolerarse las viñetas que representaban volatines, que adornaban
+los carteles de Franconi, porque agrupaban los pilluelos y vagabundos
+de las calles.
+
+El señor Paër, autor de _Inés_, buen hombre, de cara cuadrada, con una
+verruga en la mejilla, dirigía los conciertos continuos de la marquesa
+de Sassenaye, calle de la Ville l'Evèque. Todas las jóvenes cantaban
+_l' Ermite de Saint-Avelle_, letra de Edmundo Géraud. _El enano
+amarillo_ se trasformaba en _espejo_. El café Lemblin estaba por el
+emperador, con el café Valois que estaba por los Borbones.
+
+Llegaba el señor duque de Berry de casarse con una princesa de Sicilia,
+y ya le venía Louvel pisando la sombra. Hacía un año que había muerto
+madama Staël. Los guardias de corps silbaban á la señorita Mars.
+Los periódicos grandes se habían trocado en pequeños. El tamaño se
+había reducido, pero la libertad era grande. _El Constitucional_ era
+constitucional. _La Minerva_ llamaba á Chateaubriand _Chateaubriant_.
+Esta _t_ daba mucho que reir á los artesanos acomodados á costa del
+gran escritor.
+
+En periódicos vendidos, había periodistas degradados que insultaban á
+los proscritos de 1815; David carecía de talento, Arnault de ingenio y
+Carnot de probidad; Soult no había ganado ninguna batalla, es verdad
+también que Napoleón carecía de genio. Nadie ignora que es muy raro
+que las cartas dirigidas por el correo á los desterrados lleguen á sus
+manos; la policía tiene á religioso deber interceptarlas. El hecho no
+es nuevo; Descartes, desterrado, se lamenta de ello. Luego, habiendo
+David, en un periódico belga, manifestado su disgusto por no recibir
+las cartas que se le escribían, hizo ello tanta gracia á los periódicos
+realistas, que llegaron á bufonear groseramente con semejante pretexto
+al desterrado.
+
+Decir: _los regicidas_, ó decir: _los votantes_: decir: _los enemigos_,
+ó decir: _los aliados_: decir: _Napoleón_, ó decir: _Buonaparte_,
+separaba á dos hombres más que un abismo. Las gentes de buen sentido
+convenían en que la era de las revoluciones estaba para siempre cerrada
+por el rey Luis XVIII, apodado de «inmortal autor de la Carta». En el
+terraplén del puente nuevo, se esculpía la palabra: _Redivivus_, en el
+pedestal que esperaba la estatua de Enrique IV. El señor Piet esbozaba,
+en la calle Thérèse, N.º 4, en conciliábulo para consolidar la
+monarquía. Los jefes de la derecha decían al encontrarse en coyunturas
+graves: «Es preciso escribir á Bacot». Los señores Canuel, O'Mahony y
+de Cheppedelaine, borroneaban, un tanto apoyados por el señor (hermano
+y heredero del rey), lo que había de ser más tarde «la conspiración de
+Bòrd de l'eau». El alfiler negro conspiraba por su lado. Delaverderie
+se inclinaba á Trogoff. El señor Decazes, espíritu hasta cierto punto
+liberal, dominaba.
+
+Chateaubriand, de pie todas las mañanas junto á su ventana del número
+27 de la calle Saint Dominique, en mangas de camisa y zapatillas, sus
+cabellos grises sujetados por un pañuelo, fijos los ojos en un espejo,
+y un estuche completo de cirujano dentista, abierto ante sí, limpiábase
+los dientes, que los tenía por cierto muy hermosos, al propio tiempo
+que dictaba «_La monarquía según la Carta_» al señor Pilorge, su
+secretario.
+
+La crítica, admitida como autoridad, prefería Lafon á Talma. El señor
+de Feletz firmábase A., Hoffmann Z, y Carlos Nodier suscribía _Teresa
+Aubert_. El divorcio había sido abolido. Los liceos se llamaban
+colegios. Los colegiales, adornando su cuello con una flor de lis,
+de oro, se daban de cachetes á propósito del rey de Roma. La contra
+policía de palacio denunciaba á Su Alteza real, La Señora (la hermana
+del rey), el retrato, expuesto por todas partes, del señor duque
+de Orléans, el cual estaba mejor de uniforme de coronel general de
+húsares, que el señor duque de Berry de coronel-general de dragones,
+gravísimo inconveniente. La ciudad de París hacía dorar nuevamente á su
+costa la cúpula de los Inválidos. Los hombres serios se preguntaban qué
+es lo que haría en tal ó cual circunstancia el señor de Trinquelague;
+el señor Clausel de Mantals divergía en algunos puntos del señor
+Clausel de Coussergues: el señor de Salaberry no estaba contento.
+
+El cómico Picard, que formaba parte de la Academia en la que no
+había podido entrar el cómico Molière, hacía representar _Los dos
+Filibertos_, en el Odeón, sobre cuyo frontispicio, á pesar de haber
+sido arrancadas las letras se leía aún claramente: TEATRO DE LA
+EMPERATRIZ. Se formaban partidos en pro y en contra de Cugnet de
+Montarlot. Fabvier era faccioso, Bavoux revolucionario. El librero
+Pelicier publicaba una edición de Voltaire bajo este título: _Obras de
+Voltaire_, de la Academia francesa. «Esto llama á los compradores»,
+decía aquel infeliz editor.
+
+Era opinión general que el señor Charles Loyson, iba á ser el genio del
+siglo; así es que la envidia comenzaba ya á morderle, signo de gloria;
+escribiéndose sobre ello este verso:
+
+
+ Por más que Loyson vuele, se echan de ver sus patas.
+
+
+El cardenal Fesch negábase á dimitir. El señor de Pins, arzobispo de
+Amasie, administraba la diócesis de Lyon. La cuestión del valle de
+Dappes, comenzábase entre Suiza y Francia por una memoria del capitán
+Dufour, más tarde general. Saint-Simón, ignorado, meditaba su sublime
+teoría. Había en la Academia de ciencias un Fourier célebre que la
+posteridad ha olvidado, y no sé en qué buhardilla un Fourier obscuro
+de quién se acordará el porvenir. Lord Byron empezaba á despuntar;
+una nota de cierto poema de Millevoye lo anunciaba á Francia en estos
+términos: _un tal lord Barón_.
+
+David de Angers ensayaba dar formas al mármol. El abate Carón hablaba
+con elogio, en las reuniones íntimas de seminaristas del callejón
+(sin salida) de Feullantines, de un presbítero desconocido llamado
+Felicité-Robert, que fué más tarde Lamennais.
+
+Una cosa que humeaba andando fatigosamente por el Sena metiendo el
+ruido de un perro que nada, iba y venía bajo las ventanas de las
+Tullerías, del puente Real al puente de Luis XV; era una máquina de
+poquísima utilidad, por cierto, una especie de juguete, una visión de
+un inventor fantástico, una utopía; un buque de vapor: Los parisienses
+veían indiferentes semejante inutilidad.
+
+El señor de Vaublanc, reformador del Instituto por el golpe de Estado,
+hornada y decreto á la vez, autor distinguido por varios académicos á
+quienes había hecho tales, no podía llegar á serlo. El arrabal de San
+Germán y el pabellón Marsan querían para prefecto de policía al señor
+Delaveau, á causa de su devoción. Dupoytren y Recamier querellábanse y
+discutían en el anfiteatro de la Escuela de Medicina, amenazándose con
+los puños con motivo de la divinidad de Jesucristo.
+
+Couvier, puesto un ojo en el Génesis y otro en la naturaleza, se
+esforzaba para complacer á la santurona reacción, en poner los fósiles
+de acuerdo con los textos sagrados y en hacer adular á Moisés por los
+mastodontes. Francisco de Neufchâteau, loable cultivador de la memoria
+de Permantier, hacía mil esfuerzos para que _pomme de terre_ (patata)
+se llamase _parmentiere_, sin conseguirlo. El abate Gregoire, antiguo
+obispo, antiguo convencional y antiguo senador, llegó á pasar dentro la
+polémica realista, al estado «di infame Gregoire». Esta locución que
+acabamos de usar, _pasar al estado de_, fué denunciada como neulogismo
+por Royer-Collard.
+
+Podía aún distinguirse por su blancura bajo el tercer arco del puente
+de Jena, la piedra nueva con la cual dos años antes se había tapado
+el boquete de la mina practicada por Blücher para volar el puente. La
+justicia llevaba á la barra un hombre que, al ver entrar al conde de
+Artois en Nuestra Señora, había dicho en alta voz: _¡Vive Dios! que
+deploro los tiempos en que veía á Bonaparte y á Talma entrar, dándose
+el brazo, en Bal Sauvage._ Dicho sedicioso. Seis meses de cárcel.
+
+Los traidores se presentaban desembozados: hombres que se habían
+pasado al enemigo la víspera de una batalla no ocultaban nada de la
+recompensa, presentándose impúdicamente en pleno día con el mayor
+cinismo haciendo gala de sus riquezas y sus dignidades; desertores de
+Ligny y de Quatre Bras, con todo el desenfado de su torpeza pagada,
+ostentando al desnudo su abnegación monárquica; olvidados de lo escrito
+en Inglaterra, en las paredes interiores de los retretes públicos:
+_Please adjust your dress before leaving_. (Sírvase usted abrocharse
+antes de salir).
+
+He aquí, en revuelta confusión, lo que sobresalió más ó menos del año
+1817, hoy día olvidado.
+
+La historia es negligente con semejantes particularidades, porque no
+puede hacer otra cosa; la invadiría el infinito. No obstante, estos
+detalles, llamados equivocadamente pequeñeces, no hay en la humanidad
+pequeños hechos, como no hay en la vegetación hojas pequeñas. De la
+fisonomía de los años, se compone la figura de los siglos.
+
+Durante este año de 1817, cuatro jóvenes parisienses hicieron «una
+linda gracia».
+
+
+
+
+ II
+ =Doble cuarteto=
+
+
+Los tales parisienses eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el tercero
+de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes; y quien dice
+estudiante dice parisino: estudiar en París es nacer en París.
+
+Aquellos jóvenes no tenían significación alguna; todo el mundo les ha
+visto alguna vez; cuatro muestras del primero con quien nos topemos;
+ni buenos ni malos, ni sabios ni ignorantes, ni genios ni imbéciles;
+bellezas del alegre abril que se llama veinte años. Eran cuatro oscares
+cualesquiera, porque en aquella época los Arturos no existían aún.
+_Quemad para él los perfumes de la Arabia_, dice el romance, _¡Oscar
+viene, Oscar, voy á verle!_ Salíamos de Ossian; la elegancia era
+escandinava y caledoniana, el género inglés puro no debía prevalecer
+hasta más tarde, y el primero de los Arturos Wellington, acababa apenas
+de ganar la batalla de Waterloo.
+
+Estos Oscares, se llamaban el uno Félix Tholomyés, de Toulouse, el
+otro Listolier, de Cahors, el tercero Fameuil de Llimoges, y el
+último Blachevelle, de Montauban. Naturalmente, cada uno tenía su
+damisela. Blachevelle amaba á Favorita, llamada así por haber estado
+en Inglaterra; Listolier adoraba á Dalia, la cual había tomado por
+nombre de guerra el nombre de una flor; Fameuil idolatraba á Zefina,
+contracción de Josefina, y Tholomyés tenía á Fantina, llamada la Rubia,
+por sus hermosos cabellos color de sol.
+
+Favorita, Dalia, Zefina y Fantina, eran cuatro graciosas muchachas
+perfumadas y alegres; modisteaban todavía un poco, porque no habían
+aún abandonado la aguja del todo, algo distraídas por amorcillos
+pasajeros, pero conservando en su aspecto, restos de la serenidad
+del trabajo y en el alma aquella flor de la honestidad que en la
+mujer sobrevive á la primera caída. Había una de las cuatro á la que
+llamaban la joven, porque era la menor; y otra á la que llamaban la
+vieja; la vieja tenía veinte y tres años. Para no ocultar nada, diremos
+que las tres primeras eran más experimentadas, más indiferentes y más
+acostumbradas á volar entre el torbellino de la vida, que Fantina, la
+Rubia, que vagaba todavía entre su primera ilusión.
+
+Dalia, Zefina, y sobre todo Favorita, no hubieran podido asegurar
+otro tanto. Había ya más de un episodio que consignar en la leyenda
+de su vida apenas comenzada, y el amante llamado Adolfo en el primer
+capítulo, resultaba ser Alfonso en el segundo y Gustavo en el tercero.
+Pobreza y coquetería son dos consejeras fatales; la una regaña, la otra
+lisonjea; y las hermosas jóvenes del pueblo las llevan siempre en su
+compañía, hablándoles al oído por lo bajo, una á cada lado. Son almas
+mal guardadas. De ahí las caídas que dan, y las piedras que se les
+arrojan. Se las agobia con el explendor de cuanto existe inmaculado é
+inaccesible. ¡Ay si la joven aristocrática tuviese hambre!
+
+Favorita; habiendo estado en Inglaterra, tenía por admiradoras á
+Zefina y Dalia. Había tenido oportunamente su buena casa. Su padre,
+antiguo profesor de matemáticas, brutal y fanfarrón; solterón y vividor
+ambulante á pesar de su edad. Este profesor, siendo aún joven, vió
+en cierta época el vestido de una doncella de servicio cogido de la
+rejilla de una chimenea; y por este accidente se enamoró. De ello
+resultó Favorita. Ella encontraba de cuando en cuando á su padre que la
+saludaba. Cierta mañana una mujer, ya entrada en años, de apariencia
+mística, entró en su casa y le dijo:
+
+--¿No me conocéis, verdad, señorita?
+
+--No.
+
+--Pues soy tu madre.
+
+Luego abrió la vieja la alacena, comió lo que le pareció bien, hizo
+que le trajeran un colchón que tenía y se quedó instalada en la casa.
+Aquella madre gruñona y devota jamás le decía una palabra á Favorita,
+se pasaba las horas sin hablar; almorzaba, comía y cenaba por cuatro,
+descendiendo luego á la tertulia de la portería, hablando de continuo
+mal de su hija.
+
+Lo que había atraído á Dalia hacia Listolier, ó hacia otros tal vez, y
+hacia la ociosidad, fué el tener demasiado bonitas y rosadas las uñas.
+¿Cómo había de hacer trabajar aquellas uñas? La que quiera ser virtuosa
+no puede tenerles piedad á sus manos. En cuanto á Zefina, había
+conquistado á Fameuil por su graciosa manera viva y cariñosa de decir:
+«sí, señor».
+
+Los jóvenes eran camaradas, las jóvenes fueron amigas. Semejantes
+amores van siempre acompañados de tales amistades.
+
+Sabio y filósofo son dos cosas distintas, y la prueba está en que,
+salvando todas las pequeñeces de detalle, Favorita, Zefina y Dalia,
+eran unas muchachas filósofas y Fantina una muchacha sabia.
+
+¡Sabia! se dirá, ¿y Tholomyés? Salomón contestaría que el amor forma
+parte de la sabiduría. Nosotros nos concretamos á decir que el amor de
+Fantina era un primer amor, un amor único, un amor fiel.
+
+Ella era la única de las cuatro á quien no tuteaba más que un hombre.
+
+Fantina era uno de esos seres que había brotado, por así decirlo, del
+fondo del pueblo. Salida de las insondables espesuras de la sombra
+social, llevaba en su frente el sello del anónimo y lo desconocido.
+Había nacido en M*** sobre M*** ¿de qué padre? ¿Quién sabe? Nadie le
+conoció jamás padre ni madre. Se llamaba Fantina. ¿Por qué se llamaba
+así? Nadie le conocía por otro nombre. En la época de su nacimiento
+existía aún el Directorio. Nada de apellido de familia, como no la
+tenía; nada de nombre de pila, puesto que no estaba allí la Iglesia.
+Se llamaba, pues como le plugo al primer transeunte que se la encontró
+de pequeñita andando descalza por la calle. Recibió aquel nombre, como
+recibía el agua de las nubes sobre su frente cuando llovía. Llamábanla
+la pequeña Fantina. Nadie sabía más. Aquella criatura humana había
+entrado así en la vida. Á los diez años dejó Fantina la ciudad y se
+puso á servir en las casas de campo de las cercanías. Á los quince se
+fué á París á «probar fortuna». Fantina era hermosa, y fué pura todo
+el mayor tiempo que pudo. Era una hermosa rubia de bellísimos dientes.
+Traía, pues, el oro y las perlas en dote; pero su oro estaba en su
+cabeza y en su boca las perlas.
+
+Trabajaba para vivir; después, siempre para vivir, porque tiene también
+el corazón su hambre, amó.
+
+Amó á Tholomyés.
+
+Amorío para él, pasión para ella. Las calles del barrio latino, llenas
+por el continuado hormigueo de estudiantes y grisetas, vieron los
+principios de aquel delirio. Fantina, en los dédalos de la colina del
+Panteón, donde tantas aventuras se enlazan y se rompen, había huido
+mucho tiempo de Tholomyés, pero encontrándole cada día de nuevo. Existe
+una manera de huir que se parece mucho al buscar. Pronto se realizó la
+égloga.
+
+Blachevelle, Listolier y Fameuil, formaban un grupo del que era
+Tholomyés la cabeza. Él era, pues, el alma.
+
+Tholomyés era el antiguo, el verdadero estudiante; era rico; tenía
+cuatro mil francos de renta; cuatro mil francos de renta, explendidez
+escandalosa en la montaña de Santa Genoveva. Tholomyés era un vividor
+de treinta años, mal conservado, arrugado y mellado; empezaba á
+tener calvicie, con motivo de lo cual decía de sí mismo alegremente:
+_coronilla á los treinta, rodilla á los cuarenta_. Digería ya
+bastante mal, y le lacrimeaba un ojo. Pero á medida que su juventud se
+extinguía, iba en aumento su alegría; suplía sus dientes por gestos,
+sus cabellos con chistes, su salud con ironías, y el ojo llorón con
+risa continuada. Era un montón de ruinas del que brotaban flores por
+todas partes. Su juventud, liando el petate antes de tiempo, batíase en
+retirada, pero en buen orden, reventando de risa y llena de fuego. Le
+habían rechazado una pieza en el Vaudeville. Á cada paso y á cualquier
+objeto escribía versos. Por otra parte, dudaba de todo á cierta altura,
+lo que da mucha fuerza á los ojos de los débiles. Siendo irónico y
+calvo, era el jefe. _Iron_ es una palabra inglesa que quiere decir
+hierro. ¿Será de ella que procederá la palabra ironía?
+
+Cierto día Tholomyés llamó á sí á los otros tres, y haciéndose el
+oráculo, les dijo:
+
+--Hace cerca de un año que Fantina, Dalia, Zefina y Favorita nos
+están pidiendo que les demos una sorpresa. Se la tenemos prometida
+solemnemente. Siempre nos están hablando de ello, á mí sobre todo. Así
+como en Nápoles piden las viejas á san Enero _Faccia gialluta, fa o
+miracolo_, «¡cara amarillenta, haz el milagro!» nuestras queridas me
+dicen sin cesar: «Tholomyés, ¿cuándo _darás á luz_ tu sorpresa?». Al
+mismo tiempo nos escriben nuestras familias. Acosados por todas partes.
+Creo que ha llegado el momento. Hablemos.
+
+Al decir esto, bajó Tholomyés la voz, articuló alguna frase tan
+chocante que se manifestó el efecto entusiasta que había producido en
+los cuatro, con una carcajada común, al mismo tiempo que exclamaba
+Blachevelle: ¡Vaya una idea!
+
+Hallándose junto á un café lleno de humo, entraron en él, perdiéndose
+entre aquella neblina el resto de la conferencia.
+
+El resultado de aquellas tinieblas fué una brillante partida de campo
+que tuvo lugar el domingo siguiente, á la cual los cuatro estudiantes
+invitaron á las muchachas.
+
+
+
+
+ III
+ =Cuatro y cuatro=
+
+
+Lo que era una partida de campo entre estudiantes y grisetas hace
+cuarenta años, es muy difícil figurárselo hoy. París no tiene los
+mismos alrededores; el aspecto de lo que podría llamarse vida
+circumparisien, ha cambiado por completo después de medio siglo; en
+lugar del coche está el vagón, y en el de los lanchones el buque de
+vapor; decíase entonces Saint Cloud como se dice hoy Fécamp. El París
+de 1862 es una ciudad que tiene la Francia entera por alrededores.
+
+Las cuatro parejas realizaron cumplidamente todas las locuras
+campestres posibles en aquellos tiempos. Era al comenzar las
+vacaciones, en un caluroso y despejado día de verano. Á la víspera,
+Favorita, la única que sabía escribir, había escrito lo siguiente
+á Tholomyés, en nombre de las cuatro: «El salir temprano augura un
+buen día». Sería por ello que se levantaron á las cinco de la mañana.
+Fueron en coche á Saint-Cloud; contemplaron la gran cascada en seco
+y exclamaron: ¡Esto ha de ser una gran cosa cuando salta el agua!
+Almorzaron en la _Tête Noire_, donde Castaing no había pasado todavía;
+jugaron una partida á la sortija en las arboledas del grande estanque;
+subieron á la linterna de Diógenes, jugaron barquillos en la ruleta
+del puente de Sévres, hicieron ramos con flores cogidas en Puteaux,
+compraron silbatos en Neuilly; comieron en todas partes pastelillos de
+manzana, en fin, fueron dichosos por completo.
+
+Las chicas corrían, y chillaban como cotorras escapadas, que era un
+delirio. Á cada paso repartían cariñosos pescozones á los muchachos con
+regodeo verdaderamente infantil. ¡Oh matinal embriaguez de la vida!
+¡Dichosa edad en la que se agita temblorosa y alegre el ala de las
+ilusiones!
+
+¡Oh! quien quiera que seáis, ¿no es verdad que recordáis perfectamente
+haber ido alguna vez triscando en la espesura, separando las ramas,
+á fin de que pudiese pasar libremente una linda cabeza que sobre un
+cuerpo gallardo y airoso os venía siguiendo? Os habréis deslizado
+riendo alegremente por alguna cuestecilla recién mojada por la lluvia,
+en compañía de una mujer amada, que asiéndose á vuestra mano, os
+detiene á lo mejor para exclamar: ¡Ay! ¡mis botitas nuevas, cómo se han
+puesto!
+
+Digamos desde luego; que la alegre contrariedad de un chaparrón no se
+presentó á completar la alegría de aquella cuadrilla de buen humor,
+por más que Favorita hubiese dicho al salir con acento maternal y
+sentencioso: _Las babosas andan por los suelos. Lluvia segura, hijos
+míos._
+
+Las cuatro estaban locamente hermosas. Un buen anciano, poeta clásico,
+en boga á la sazón, un buen hombre que tenía su correspondiente Leonor,
+el caballero de Labouïsse, paseante aquel día de los castañares de
+Saint-Cloud, les vió pasar á eso de las diez de la mañana y exclamó:
+_Hay una demás_, pensando en las (tres) Gracias. Favorita, la amiga de
+Blachevelle, aquélla de los veinte y tres años, la vieja, corría ante
+todos bajo las grandes ramas verdes, saltando barrancos, traspasando
+valerosamente los matorrales, presidiendo la alegría general con el
+entusiasmo de una fauna; Zefina y Dalia, á las cuales la casualidad
+las había hecho bellas, de modo que aumentaba su hermosura estando
+juntas, acercábanse una á otra para contemplarse, sin separarse un
+punto, más que por amistad por instinto de coquetería y apoyándose
+mutuamente una á otra, tomaban actitudes de gusto inglés. Los primeros
+_keepsakes_ acababan de aparecer á la sazón, la melancolía empezaba por
+las mujeres, siendo lo que más tarde, el byromismo de los hombres, así
+es que los cabellos del sexo débil comenzaban á destrenzarse. Zefina
+y Dalia peinaban tirabuzones. Listolier y Femeuil, enredados en una
+discusión acerca de sus profesores, querían hacer entender á Fantina la
+diferencia que mediaba entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau.
+
+Blachevelle parecía haber sido criado á propósito para llevar del brazo
+los domingos, el chal de colores claros é indefinibles de Favorita.
+
+Venía Tholomyés dominando el grupo. Estaba alegrísimo, pero dejaba
+entrever su instinto de mando; encerraba cierto espíritu de dictadura
+en su jovialidad; era la prenda principal de su traje un ancho pantalón
+de color mahón con travillas de tejido metálico; llevaba en la mano un
+magnífico roten de doscientos francos, y, como se lo permitía todo, una
+cosa rara llamada cigarro, en la boca. Y como no había para él nada
+sagrado fundaba al mismo tiempo.
+
+--Este Tholomyés es admirable,--decían los otros con cierta
+veneración.--¡Qué pantalones!, y ¡qué energía!
+
+En cuanto á Fantina, era ella la alegría misma. Su espléndida dentadura
+había evidentemente recibido de Dios una obligación, la de reir.
+
+Llevaba en su mano mejor que en la cabeza, su sombrerillo de paja
+cosida, con largas cintas blancas; su poblada cabellera rubia,
+acostumbrada á flotar y destrenzarse fácilmente, obligándola
+continuamente á recogérsela; parecía hecha de intento para representar
+la fuga de Galata entre los sauces. Sus labios de rosa charlaban de un
+modo encantador; los extremos de su boca, voluptuosamente levantados
+como los de los antiguos mascarones de Erígone, parecían animar á
+los audaces, pero sus largas pestañas sombreaban discretamente este
+atractivo de la parte inferior de su rostro como diciendo, ¡cuidado!
+Todo su tocado tenía un no sé qué de encantador y vaporoso. Llevaba
+un vestido de bares color de malva, zapatitos acoturnados color
+de castaña, sujetados con cintas que subían formando X sobre su
+blanquísima y calada media; y aquella especie de pañoleta de muselina,
+invención marsellesa, cuyo nombre, canesú, corrupción de la frase
+_quinze août_ (quince agosto) pronunciada en la Cannebière, significa
+buen tiempo, color y medio día. Las otras tres, menos escrupulosas,
+como hemos dicho, iban completamente descotadas, lo cual en verano,
+bajo sombreros adornados de flores, resulta siempre gracioso y
+atractivo; pero al lado de ese vestir provocativo, el canesú de la
+rubia Fantina, con sus transparencias, sus ligeras indiscreciones y
+sus reticencias, velando y enseñando á la vez, parecía un hallazgo
+incitativo de la decencia, y en el famoso certamen del amor, presidido
+por la vizcondesa de Cette, con sus ojos verde-mar, hubiera tal vez
+concedido el premio de la coquetería á aquel canesú compitiendo en
+nombre de la castidad. Lo más sencillo resulta muchas veces lo mejor.
+Es lo lógico.
+
+Deslumbradora presencia, delicado perfil, ojos de azul perfecto,
+grandes párpados, pies elásticos y diminutos, las muñecas y tobillos
+admirablemente torneados, la piel blanquísima, dejando ver aquí y
+allá las ramificaciones azules de las venas, las mejillas aniñadas y
+frescas, el cuello robusto de las Junos eginéticas, la nuca fuerte y
+suave, los hombros como modelados por Coustou, teniendo en su centro un
+voluptuoso hoyuelo, visible al través de la muselina; un goce velado
+por el delirio; belleza, escultural; tal era Fantina; adivinándose
+fácilmente bajo aquellos pliegues de muselina y aquellas cintas, una
+estatua, y en la estatua un alma.
+
+Fantina era bella, sin saberlo apenas. Los raros soñadores, sacerdotes
+misteriosos de lo bello, que buscan cuidadosamente la perfección en
+todo, hubieran encontrado tal vez en aquella joven obrera, al través
+de la gracia y transparencia parisién, la antigua, eufonía sagrada.
+Aquella hija de las sombras tenía su raza. Era bella bajo ambos
+aspectos; el estilo y el ritmo. El estilo es la forma de lo ideal; el
+ritmo es el movimiento.
+
+Hemos dicho que Fantina era la alegría; Fantina era igualmente el pudor.
+
+Para el observador que la hubiese estudiado detenidamente, lo que
+de ella se desprendía al través de toda la embriaguez propia de la
+edad, de la estación y de los amoríos, era una invencible expresión
+de modesto recato. Siempre estaba como asombrada. Aquél su casto
+asombro era la nube que separa á Psiquis de Venus. Fantina tenía los
+dedos largos, blancos y finos de la vestal que remueve las cenizas
+del fuego sagrado con un alfiler de oro. Por más que no hubiese ella
+rehusado nada, como veremos luego, á Tholomyés, su aspecto, en el
+reposo, aparecía soberanamente virginal; una especie de dignidad
+seria, tal vez austera, la embargaba súbitamente en ciertos momentos,
+y nada tan singular y vago, como ver que la alegría y la ternura
+se sucedían rápidamente en ella, pasando sin transición aparente,
+del recogimiento á la expansión. Aquella gravedad súbita, acentuada
+severamente á veces, tenía mucho del desdén de una diosa. Su frente,
+su nariz y su barba presentaban un equilibrio de líneas, muy distante
+del equilibrio de la proporción, del cual resulta la armonía del
+rostro; en el característico espacio que separa la base de la nariz del
+labio superior, tenía aquel pliegue imperceptible y gracioso, signo
+misterioso de la castidad, que rindió amoroso á Barbarroja á los pies
+de una Diana encontrada en las excavaciones de Iconia.
+
+Si es falta el amor, era Fantina la inocencia sobrenadando en la falta
+misma.
+
+
+
+
+ IV
+ =Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española=
+
+
+Aquel día fué desde el principio al fin una aurora continuada. Toda
+la naturaleza parecía saludar y reir. Los parterres de Saint-Cloud
+embalsamaban el ambiente, el airecillo del Sena movía vagamente el
+follaje; las ramas gesticulando en el viento, las abejas entregadas
+al saqueo de los jazmines; toda una _bohemia_ de mariposas se
+precipitaban sobre los trebolados y las avenas; habiendo, en el augusto
+parque del rey de Francia, una multitud de vagamundos, los pájaros.
+
+Las cuatro alegres parejas, mezcladas ante el sol, en el campo, entre
+las flores y los árboles, resplandecían.
+
+Y en aquella comunidad de paraíso, hablando, cantando, corriendo,
+bailando, cazando mariposas, cogiendo campanillas, mojándose los bajos
+con el rocío matinal de las yerbas crecidas, frescas y locas ellas,
+recibían sin la menor malicia, donde quiera que fuése, los besos de
+ellos, excepción hecha de Fantina, encerrada en la vaga resistencia
+meditabunda y esquiva que le era propia.
+
+--Tú,--le decía Favorita,--tú tienes siempre algo.
+
+Esto son los placeres. El paso de aquellas alegres parejas era un
+llamamiento profundo á la vida y á la naturaleza, haciendo surgir por
+do quiera el amor y la luz. Existió en otros tiempos una hada, que
+hizo expresamente praderas y árboles para los enamorados. De ahí esa
+eterna costumbre de hacer novillos amorosos, que renace incesantemente,
+y que durará tanto cuanto existan praderas y estudiantes. De ahí la
+popularidad de la primavera entre los pensadores. El patricio y el
+ganapán, el duque y el par y el botarate, la gente de la corte como el
+populacho, según se decía en otros tiempos, todos están subordinados á
+esa hada.
+
+Se ríe, se busca; ¡existe en el aire una luz de apoteosis, una
+transfiguración de amor! Los pasantes de escribano son allí dioses.
+Y los chillidos, y las cogidas al vuelo, aquellas ocurrencias que
+parecen melodías, aquellas adoraciones que estallan en la manera de
+soltar un vocablo, aquellas cerezas arrancadas por una á otra boca,
+todo irradia y pasa entre celestiales alegrías. Las muchachas hacen un
+grato despilfarro de sí mismas. Se imaginan que aquello no ha de tener
+fin. Los filósofos, los poetas, los pintores admiran aquellos éxtasis
+sin saber qué hacer, tanto se deslumbran. ¡El rapto de Citerea! exclama
+Watteau; Lancret, el pintor de la plebe, contempla sus artesanos
+envueltos en lo azul; Diderot tiende los brazos á todos sus amoríos, y
+de Urfé los mezcla con los druidas.
+
+Después de almorzar, las cuatro parejas fueron á ver, allí donde se
+conocía á la sazón por Jardín del rey, una planta recién venida de la
+India, cuyo nombre no recordamos en este instante, y que en aquella
+época atraía á todo París á Saint-Cloud; un caprichoso y bello arbolito
+de un tallo, cuyas innumerables ramas, finas como hilos, enmarañadas y
+sin hojas, aparecían cubiertas por millares de rositas blancas; lo cual
+hacía que el arbolito se pareciese á una cabellera sembrada de flores.
+Siempre estaba cercado de admiradores.
+
+Visto el arbusto, exclamó Tholomyés,--¿demos una carrera en burros?--y
+ajustado precio con un burrero, regresaron por Vanvres é Issy. En Issy
+tuvieron un incidente. El parque, perteneciente á bienes nacionales,
+posesión entonces del asentista Bourguin, estaba por casualidad abierto
+de par en par. Atravesaron la verja, visitaron al maniquí anacoreta
+en su gruta, gozáronse en los misteriosos efectos del famoso gabinete
+de los espejos, lasciva trampa digna de un sátiro hecho millonario, ó
+de Turcaret metamorfoseado en Priapo. Sacudieron fuertemente el gran
+columpio de mallas sujeto á los dos castaños celebrados por el abate
+de Bernis. Al par que columpiaba á las lindas muchachas una tras otra,
+lo que hacía, en medio de la risa general, volar los pliegues de las
+faldas, en lo cual Greuze hubiera deseado extasiarse, el tolosano
+Tholomyés, algo español, puesto que Toulouse es prima-hermana de
+Tolosa, cantó en melancólico acento una antigua canción _gallega_,
+inspirada probablemente por alguna linda muchacha lanzada á todo vuelo
+sobre una cuerda entre dos árboles:
+
+ Soy de Badajoz.
+ Amor me llama.
+ Toda mi alma,
+ Es en mis ojos,
+ Porque enseñas
+ Á tuas piernas.
+
+Fantina solamente, se negó á ser columpiada.
+
+--No gusto de semejante género,--murmuró agriamente Favorita.
+
+Al dejar los burros, dieron con una nueva diversión; embarcándose,
+siguieron por el Sena hasta Passy, desde cuyo punto fueron á pie hasta
+la barrera de la Estrella. Estaban levantados, según ya sabemos, desde
+las cinco de la mañana; pero ¡ay! _¿existe por ventura, quien se canse
+en domingo_, decía Favorita; _el trabajo del domingo no fatiga._ Á eso
+de las tres, las cuatro parejas, azoradas de dicha, precipitábanse por
+las montañas rusas, construcción singular que ocupaban entonces las
+alturas de Beaujon, cuya línea tortuosa se veía serpentear por cima de
+los árboles de los Campos Elíseos.
+
+De cuando en cuando, Favorita exclamaba:
+
+--¿Y la sorpresa? Espero la sorpresa.
+
+--Paciencia,--respondió Tholomyés.
+
+
+
+
+ V
+ =En casa de Bombarda=
+
+
+Cansados ya de montañas rusas, pensaron en comer, y la radiante octava,
+á paso no muy ligero, caminó hasta chocar con el bodegón Bombarda,
+sucursal que había establecido en los Campos Elíseos el famoso fondista
+Bombarda, cuya muestra brillaba á la sazón en la calle de Rivolí junto
+al pasaje Delorme.
+
+Una pieza grande pero desmantelada, con alcoba y cama al fondo (á
+causa de la gran concurrencia dominguera en el figón, les fué preciso
+contentarse con semejante albergue); dos ventanas desde las cuales se
+podía contemplar, al través de los olmos, el muelle y la corriente;
+un magnífico rayo del sol de agosto penetraba por ambas ventanas; dos
+mesas, hízose sobre una de ellas una montaña de ramilletes y sombreros
+de hombre y de mujer, y en la otra las cuatro parejas sentadas al
+rededor de un montón de platos, de bandejas, de vasos y botellas;
+jarros de cerveza mezcladas con botellas de vino; poco orden sobre la
+mesa, y no escaso desorden debajo:
+
+ Bajo la mesa había
+ Un barullo de pies que estremecía.
+
+dijo Molière.
+
+He aquí el estado, á eso de las cuatro y media de la tarde, de aquella
+gira empezada á las cinco de la mañana. El sol declinaba y el apetito
+se extinguía.
+
+Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gentío, no eran otra cosa que
+luz y polvo, los dos componentes de la gloria. Los caballos de Marly,
+aquellos mármoles relinchadores, caracoleaban entre una nube de oro.
+Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de vistosos guardias de
+corps, con su clarín al frente, descendía por la avenida de Neuilly;
+la bandera blanca, vagamente coloreada por el sol poniente, flotaba
+sobre la cúpula de las Tullerías. La plaza de la Concordia, llamada
+nuevamente, á la sazón, plaza de Luis XV, rebosaba de alegres
+paseantes. Llevaban muchos la flor de lis, de plata, pendiente de una
+cinta blanca moaré que, en 1817, no había todavía desaparecido siquiera
+de los ojales. Aquí y allí, entre los paseantes formando corro y
+recogiendo aplausos, veíanse grupos de muchachas, dando á los vientos
+una canción borbónica, célebre entonces, escrita para atacar los Cien
+Días, la cual tenía el siguiente estribillo:
+
+ Devolvednos nuestro padre de Gante;
+ Devolvednos nuestro padre.
+
+Muchos habitantes de los arrabales vestidos de fiesta, algunos
+igualmente flordelisados como los vecinos del centro, esparcidos entre
+el gran cuadro, así como también por el de Marigny, jugaban sortijas
+y daban vueltas en los caballos de madera; otros bebían; no faltaban
+tampoco algunos aprendices de imprenta, con sus gorras de papel; oíanse
+mil carcajadas. Todo aparecía radiante. Era aquél un tiempo de paz
+innegable y de profunda seguridad realista; era época en la cual en una
+memoria especial é íntima del prefecto de policía Anglés, dirigida al
+rey acerca de los arrabales de París, venían escritas al final estas
+palabras:
+
+«Considerándolo todo bien, señor, no hay nada que temer de tales
+gentes. Son apáticos é indolentes como gatos. La plebe de provincias
+es turbulenta, la de París no. Estos son todos hombrecillos. Señor, se
+necesitarían dos de éstos, uno sobre otro, para hacer uno de vuestros
+granaderos. No hay, por lo tanto, que temer nada del populacho de la
+capital. Es muy de notar lo que la talla ha decrecido en esta población
+en los últimos cincuenta años; el pueblo de los arrabales de París es
+más desmedrado que antes de la Revolución. No es, pues temible. En
+suma, es una canalla bastante buena».
+
+Que pudiese un gato convertirse en león, es lo que no creían posible
+los prefectos de policía; y sin embargo lo es, y es éste el milagro
+del pueblo de París. Por otra parte, el gato, tan menospreciado por el
+conde de Anglés, era muy estimado de las antiguas repúblicas; encarnaba
+á sus ojos la libertad, y como para hacer juego con la Minerva áptera
+del Pireo, había en medio de la plaza pública de Corinto, el coloso
+de bronce de un gato. La inocente policía de la restauración juzgaba
+demasiado «bueno» al pueblo de París. Éste no es, tanto como se creía,
+«buena canalla». El parisién es al francés, lo que el ateniense
+al griego; no hay quien duerma mejor que él; no hay quien sea más
+francamente frívolo y perezoso que él; no hay quien aparente saber
+mejor que él, olvidar; no obstante, no hay que fiar en ello; es muy
+propenso á toda clase de negligencia; pero, cuando al fin distingue
+la gloria, es verdaderamente admirable en su furia. Dadle una pica, y
+realizará el 10 de agosto; dadle un fusil, y os dará un Austerlitz. Es
+el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Dantón. ¿Se trata de la
+patria? se alista; ¿se trata de la libertad? desempiedra. ¡Cuidado!
+sus cabellos llenos de cólera son épicos; su blusa se despliega en
+clámide. ¡Mucho cuidado! De la primera calle Grenetant que encuentre,
+hará horcas caudinas. Si la hora suena, ese hombre de los arrabales se
+crecerá, ese hombrecillo se elevará; su mirada será terrible, y de su
+soplo surgirá la tempestad, y de sus pobres y débiles pechos, saldrá
+bastante aire para trastornar las sinuosidades de los Alpes. Gracias á
+estos hombrecillos de los arrabales de París, que la revolución mezcló
+en sus ejércitos, conquistó la Europa. Canta, ésta es su alegría.
+Adaptad la canción á su naturaleza, y ya veréis. Mientras su canto no
+tiene más estribillo que la _Carmañola_, no hace sino derribar á Luis
+XVI; pero hacedle cantar _la Marsellesa_, y libertará el mundo.
+
+Escrita esta observación al margen de la memoria de Anglés, volvamos á
+nuestras cuatro parejas. La comida, como hemos ya dicho, terminaba.
+
+
+
+
+ VI
+ =Capítulo de amor=
+
+
+Proyectos de sobremesa y proyectos de amor; desvanécense unos y otros
+con la misma facilidad; los proyectos de amor son nubes, los proyectos
+de sobremesa humo.
+
+Fameuil y Dalia tarareaban; Tholomyés bebía; Zefina reía, y sonreía
+Fantina. Listolier soplaba en una trompetilla de madera que había
+comprado en Saint-Cloud. Favorita contemplaba tiernamente á
+Blachevelle, y le decía:
+
+--Blachevelle, te adoro.
+
+Lo cual dió por resultado la siguiente pregunta de Blachevelle:
+
+--¿Qué es lo que harías, Favorita, si yo dejara de amarte?
+
+--¡Yo!--exclamó Favorita.--¡Ah! no digas tal cosa, ni aun en broma. Si
+dejaras de amarme, te me echaría encima, te agarraría, te arañaría, te
+remojaría y te haría prender...
+
+Blachevelle sonrió con la voluptuosa fatuidad de un hombre halagado en
+su amor propio. Favorita repuso:
+
+--Sí, chillaría, llamaría á la guardia.
+
+--¡Ah! ¿Creías que iba á acobardarme? ¡Bribón!
+
+Blachevelle, extasiado, se revolvió en su silla, y cerró orgullosamente
+sus ojos.
+
+Dalia, sin dejar de comer, díjole por lo bajo á Favorita entre el
+murmullo:
+
+--Es decir, ¿que tú idolatras de verdad á tu Blachevelle?
+
+--¿Yo? le detesto,--respondió Favorita en el mismo tono, cogiendo
+nuevamente su tenedor.--Es avaro. Á quien yo amo, es al pequeñín que
+vive enfrente de mi casa. Es muy guapo aquel chico; ¿tú le conoces? Se
+ve desde luego que tiene trazas de actor. Me agradan mucho los actores.
+Siempre, cuando entra en su casa, le dice su madre:--¡Ah, Dios mío! ya
+se acabó la tranquilidad. ¡Ay, ay! que va á cantar. Pero, hijo mío,
+¿no ves que me estás partiendo la cabeza?--Porque, eso sí, en cuanto
+llega á casa, en el desván, en la guardilla, donde quiera que pueda
+encaramarse, cuanto más alto mejor. Allí canta, declama, y qué sé yo,
+pero tan fuerte, que se le oye desde abajo perfectamente. Se gana ya
+veinte sueldos diarios en casa de un abogado copiando enredos. Es hijo
+de un antiguo chantre de Saint-Jacques-du-Haut-Pas. ¡Oh! ¡magnífico!
+Me quiere tanto, que un día que me vió haciendo masa para un frito, me
+dijo: _Señorita, si hacéis buñuelos con vuestros guantes, me los como_.
+No hay como los artistas para tener salidas de este jaez. ¡Magnífico!
+¿verdad? Temo que voy á volverme loca por este pequeñín. No obstante,
+yo digo á Blachevelle que le adoro. ¡Cómo miento! ¿eh? ¡cómo miento!
+
+Favorita se paró un momento, y prosiguió:
+
+--Dalia, ¿qué quieres? estoy triste. No ha hecho este verano más
+que llover, el viento me excita, el viento no desencoleriza nunca;
+Blachevelles no tiene pies ni cabeza; ni siquiera sabe si hay guisantes
+en el mercado, así es que una no sabe qué comer; tengo _spleen_,
+como dicen los ingleses; ¡la manteca está cara! y luego, ya ves, ¡es
+horroroso! estamos comiendo en un lugar donde hay una cama: esto me
+hace aborrecer la vida.
+
+
+
+
+ VII
+ =Sabiduría de Tholomyés=
+
+
+Mientras cantaban algunos, hablaban los otros tumultuosamente, todos
+al mismo tiempo; lo cual no era en conjunto más que ruido. Tholomyés
+intervino.
+
+--No hablemos todos sin ton ni son, ni demasiado
+aprisa,--exclamaba.--Meditemos antes si queremos deslumbrar. Basta de
+improvisaciones, que debilitan brutalmente el espíritu. Cerveza que se
+derrama, nada solidifica. Señores, no hay que precipitarse. Mezclemos
+la seriedad á la broma; comamos comedidamente, banqueteemos poquito
+á poco. Nada de prisas. Ved la primavera; cuando se adelanta está
+perdida, es decir, helada. El exceso de celo pierde los melocotones
+y los albaricoques. El exceso de celo, quita la alegría y la gracia
+de los festines. Nada de celo, señores. Grimod de la Reyniére es del
+parecer de Talleyrand.
+
+Una sorda rebelión recorrió el grupo.
+
+--¡Tholomyés, déjanos en paz,--dijo Blachevelle.
+
+--¡Abajo el tirano!--exclamó Fameuil.
+
+--¡Bombarda[3], Bombance y Baboche!--gritó Listolier.
+
+--El domingo existe,--repuso Fameuil.
+
+--Somos todos sobrios,--añadió Listolier.
+
+--Tholomyés,--observó Blachevelle,--contempla mi calma _(mon calme)_.
+
+--Eres el marqués de ella,--respondió Tholomyés.
+
+Este vulgar juego de palabras, hizo el efecto de una piedra arrojada á
+un charco. El marqués de _Montcalm_ era un realista célebre á la sazón.
+Todas las ranas se quedaron mudas.
+
+--¡Amigos!--exclamó Tholomyés, con el acento de quien recobra su
+imperio,--tranquilizaos. No era necesario tanto estupor para acoger
+este equívoco llovido del cielo. Todo lo que así brota de la casualidad
+no es necesariamente digno de entusiasmo ni respeto. El equívoco es
+el fiemo del ingenio que vuela. Lo lacio cae, no importa donde; pero
+el ingenio después de haber soltado una tontería, se eleva y pierde
+de vista en el espacio. Una mancha blancucha que se aplasta contra
+una roca, no le impide al cóndor cernerse en el espacio. ¡Lejos de
+mí insultar el equívoco! Le honro en relación á sus méritos; nada
+más. Cuanto ha existido de más augusto, más sublime ó más bello en la
+humanidad, y aún tal vez fuera de ella, ha producido sus juegos de
+palabras. Jesucristo hizo un equívoco, acerca de San Pedro, Moisés
+acerca de Isaac; Esquilo acerca de Polinice; Cleopatra acerca de
+Octavio. Y es de advertir, que el equívoco de Cleopatra precedió á la
+batalla de Accio y que sin él nadie recordaría la ciudad de Toryne,
+palabra griega que significa cucharón.
+
+Concedido lo dicho, vuelvo á mi exhortación. Hermanos míos, os lo
+repito, nada de celo, nada de confusión, nada de excesos; así en
+agudezas como en bromas, libertades y juegos de palabras. Atended, yo
+reúno á la prudencia de Anfiarao la calvicie de César. Es indispensable
+un límite en todo hasta en lo jeroglífico. _Est modus in rebus._
+Siempre es indispensable el límite, aun en las comidas. Gustáis de los
+pasteles de manzanas, señoras, no abuséis de ellos. Aun tratándose de
+pasteles, es indispensable el arte y el buen sentido. La glotonería
+castiga al glotón. _Gula punit Gulam._ Las indigestiones tienen el
+encargo divino de moralizar los estómagos. Y tened esto bien presente;
+cada una de nuestras pasiones, incluso el amor, tiene su estómago que
+es preciso no rellenar. En todo lo mundanal es preciso escribir á
+tiempo la palabra _finis_; es preciso saber contenerse cuando aparece
+urgente, echar el cerrojo sobre el apetito, aprisionar la fantasía, y
+ser uno mismo quien la lleve á la cárcel. El sabio es aquél que sabe,
+en momento oportuno, contenerse á sí mismo. Tened alguna confianza
+en mí. Porque á menudo yo he estudiado algo el derecho, según rezan
+mis exámenes, por más que yo sepa la indiferencia que media entre la
+cuestión incoada y la cuestión pendiente, porque yo haya sostenido, en
+latín, una tesis sobre la manera con la cual se daba en Roma tormento,
+en los tiempos en que Munatius Demens fué cuestor de parricidio,
+porque yo voy á ser doctor, según parece, no se sigue de todo ello la
+indispensable consecuencia de que sea yo un imbécil. Os recomiendo
+la moderación en vuestros deseos. Tan cierto como me llamo yo Félix
+Tholomyés, que estoy en lo justo. ¡Dichosos aquéllos que al sonar la
+hora de la oportunidad saben tomar el partido heroico de abdicar como
+Sila ú Orígenes.
+
+Favorita escuchaba con profunda atención.
+
+--¡Félix!--exclamó ella,--¡bonito nombre! Me gusta. Es latino. Quiere
+decir Próspero.
+
+Tholomyés prosiguió:
+
+--_¡Quirites, gentlemen, mes amis, caballeros!_ ¿Queréis no sentir
+ningún aguijón, y prescindir del lecho nupcial riéndoos del amor? Nada
+más sencillo. He aquí la receta: limonadas, mucho ejercicio, trabajar
+á la fuerza, derrengarse, trajinar piedra, no dormir, velar: tragar en
+gran cantidad bebidas nitradas, y tisanas nínfeas: saboread emulsiones
+de adormideras y de agnus castus, sazonad todo esto de una dieta
+rígida; reventad de hambre: añadid además baños fríos, cinturones de
+yerbas, la aplicación de una plancha de plomo, las lociones con licor
+de saturno y reparaos con oxicrato.
+
+--Prefiero una hembra á todo ello,--dijo Listolier.
+
+--¡Las hembras!--repuso Tholomyés,--no son de fiar. ¡Desgraciado del
+que se entrega al mudable corazón de la hembra! La hembra es pérfida
+y torcedora. Detesta á la serpiente por celos de su industria. La
+serpiente es para ella el tendero de enfrente.
+
+--Tholomyés,--gritó Blachevelle,--¡tú estás bebido!
+
+--¡Cáspita!--dijo Tholomyés.
+
+--Entonces, alégrate,--repuso Blachevelle.
+
+--¡Consiento!--respondió Tholomyés.
+
+Y levantóse llenando nuevamente su vaso.
+
+--¡Gloria al vino! _¡Nunc te, Bacche, canam!_ Con permiso, damiselas,
+esto es español. Y la prueba, _señoras_, vedla ahí: Tal pueblo tal
+tonel. La arroba de Castilla tiene diez y seis litros, el cántaro de
+Alicante doce, el almud de Canarias veinticinco, el cuartal de las
+Baleares veintiséis, la bota del zar Pedro, treinta. ¡Viva aquel gran
+zar; y viva su bota, que era aún más grande! Señoras, un consejo de
+amigo: equivocad la pareja, si os parece, la esencia de los amores
+está en el error. El amorcillo no se ha hecho para acurrucarse y
+embrutecerse como las criadas inglesas que llegan á encallecerse de
+las rodillas. El amorcillo, repito, no se ha hecho para eso, sino
+para errar vagamente, entre dulces y ligeros amoríos. Alguien ha
+dicho: el error es humano, y yo digo: el error es enamorado. Señoras,
+á todas os adoro. ¡Oh Zefina! ¡oh Josefina cara más que achatada;
+seríais encantadora á no estar de perfil. Tenéis las trazas de una
+hermosa fisonomía, sobre la cual, por equivocación, se hubiese sentado
+alguien. En cuanto á Favorita, ¡oh ninfas y musas! un día Blachevelle,
+por el arroyo de la calle Guérin-Boiseau, vió una linda muchacha de
+medias blancas y ajustadas, que dejaba entrever muy buenas piernas.
+Semejante prólogo le agradó, y Blachevelle amó. Aquélla á quien amó,
+fué Favorita. ¡Oh, Favorita, la de los labios jónicos! Hubo un pintor
+griego llamado Euforión, á quien se daba el nombre de pintor de los
+labios. Solamente aquel griego hubiera sido digno de pintar tu boca.
+Óyeme: antes que tú, no hubo jamás criatura digna de tal nombre. Tú
+has sido hecha para recibir, como Venus, la manzana, ó para comértela
+como Eva. La belleza comienza en ti. He hablado de Eva, pero eres
+tú quien la creó. Tú mereces el privilegio de invención de la mujer
+hermosa. ¡Oh! Favorita, dejo de tutearos porque voy á pasar de la
+poesía á la prosa. Hace poco teníais en vuestra linda boca mi nombre.
+Esto me ha enternecido; pero sea quien fuere, nadie debe fiarse de su
+nombre. Puede uno equivocarse. Yo me llamo Félix, y sin embargo soy
+un infeliz. Las palabras son de los mentirosos. No debemos aceptar
+jamás sus indicaciones ciegamente. Sería un disparate escribir á Lieja
+pidiendo tapones, y á Pau pidiendo guantes. Miss Dalia, yo, á ser de
+vos, me llamaría Rosa. Es preciso que la flor huela bien; y que la
+mujer sea ingeniosa. De Fantina, nada debo decir; es una soñadora, una
+visionaria, una delirante, una sensitiva: es un fantasma, en forma de
+ninfa y con el pudor de beata, extraviada en la senda de las grisetas,
+pero refugiándose en sus ilusiones; que canta, que reza, que contempla
+el cielo sin saber lo que mira ni lo que hace, y que con sus ojos fijos
+en el espacio, vaga errante por un jardín, en el cual cree haber más
+pájaros que no existen. ¡Oh! ¡Fantina! hazte cargo de lo que voy á
+decirte: yo, Tholomyés, soy una ilusión; pero ¡ay que la bellísima
+rubia, hija de las quimeras no me entiende! Por lo demás, todo es en
+ella frescura, suavidad, juventud, dulcísima luz de la mañana. ¡Oh
+Fantina! muchacha digna de llamarse Margarita ó Perla, sois una mujer
+del bellísimo Oriente. Señoras, otro consejo: no os caséis jamás; el
+casamiento es un injerto, que prende bien ó mal, huid el peligro:
+Pero ¡ay! ¿á quién se lo estoy contando? Esto son palabras perdidas.
+Las mujeres son todas incurables tratándose de matrimonio; y todo
+cuanto podamos decirles, nosotros los sabios, no ha de impedir que
+las chalequeras, y las pespunteadoras de borceguíes sueñen en maridos
+llenos de diamantes. En fin, sea; pero, hermosas, recordad bien esto:
+vosotras coméis demasiado azúcar. Vosotras, no tenéis más que una
+sola falta, ¡oh mujeres! la de estar siempre con el dulce en la boca.
+¡Oh! sexo roedor, tus hermosos y diminutos dientes blancos, adoran el
+azúcar. Pero, atended: el azúcar es una sal. Toda sal es secante, y
+es el azúcar la más secante de todas las sales. Absorbe, al través de
+las venas, los líquidos de la sangre; de ahí la coagulación y luego la
+solidificación de la sangre; de ahí los tubérculos en el pulmón; de
+ahí la muerte. He aquí porque la diabetes linda con la tisis. ¡Por lo
+tanto, no comer mucho dulce, y á vivir! Ahora me dirijo á los hombres:
+señores, haced muchas conquistas. Robaos los unos á los otros, sin el
+menor remordimiento, vuestras queridas. Cazad, cruzad. En amor no hay
+amigos. Do quiera que exista una mujer hermosa están siempre rotas las
+hostilidades. ¡Nada de cuartel, guerra á todo trance! Toda hermosura
+femenil es un _casus belli_; toda mujer bella, un flagrante delito.
+Todas las invasiones históricas, están señaladas por las faldas. La
+mujer es el derecho del hombre. Rómulo se llevó las sabinas, Guillermo
+las sajonas, César las romanas. El hombre que no es amado, se cierne
+como un buitre sobre las amantes de los demás; y, por mi parte, á todas
+las infortunadas que andan en la viudez, lanzo la sublime proclama de
+Bonaparte al ejército de Italia: ¡Soldados, estáis faltos de todo. El
+enemigo lo tiene».
+
+Tholomyés se paró un momento.
+
+--Respira, Tholomyés,--dijo Blachevelle.
+
+Y al mismo tiempo, Blachevelle, acompañado de Listolier y de Fameuil
+entonó sobre un aire lastimero, una de estas canciones de taller,
+compuesta con las primeras palabras que se ocurren, bien ó mal rimadas,
+vacías de sentido como el movimiento de los árboles y el ruido del
+viento, que nacen al calor de las pipas y se elevan y desvanecen como
+el calor mismo.
+
+He aquí la canción con la cual el grupo replicó la arenga de Tholomyés:
+
+ Los pavos padres le dieron
+ Dinero á un agente
+ Para hacer, por San Juan, papa
+ Á Clermont Tonerre.
+ Pero Clermont no fué papa
+ Porque no era clérigo;
+ Y el agente regañando
+ Devolvió el dinero.
+
+No fué la canción á propósito para calmar á la improvisación de
+Tholomyés; apuró pues su vaso, y volviendo á llenarlo comenzó de nuevo:
+
+--¡Abajo la sabiduría! olvidad cuanto os he dicho. No seamos ni
+poderosos, ni prudentes, ni hombres de pro. Dedico un brindis á la
+alegría. ¡Sed alegres! Completamos nuestro curso de derecho con la
+locura y el alimento. Indigestión y Digesto. ¡Que sea Justiniano
+el varón y Francachela la hembra! ¡Júbilo en los profundos! ¡Rueda
+creación! El mundo es un gran diamante. Soy feliz. Los pájaros son
+admirables. ¡Cuánta fiesta en todas partes! El ruiseñor es un Elleviou
+gratis. ¡Estío, yo te saludo! ¡Oh Luxemburgo! ¡Oh Geórgicas de la
+calle Madame y de la Alameda del Observatorio! ¡Oh pollos pensativos!
+¡Oh todas aquellas lindas muchachas, que mientras cuidan de guardar
+los niños, se entretienen bosquejándolos! Las pampas de América me
+complacerían si careciésemos de los arcos del Odeón. Mi alma se eleva
+y se extasía en los bosques vírgenes, florestas y praderas. ¡Todo
+es bello! Las moscas zumbando entre los rayos del sol. El sol ha
+estornudado el colibrí. ¡Abrázame, Fantina!
+
+Y equivocándose, abrazó á Favorita.
+
+
+ VIII
+ =Muerte de un caballo=
+
+
+--Se come mejor en casa Edón que en casa Bombarda,--dijo Zefina.
+
+--Yo prefiero Bombarda á Edón,--contestó Blachevelle.--Hay más lujo. Es
+más asiático. Ved los comedores de abajo. Tienen espejos en las paredes.
+
+--Prefiero tenerlos ante mis ojos,--añadió Favorita.
+
+Blachevelle insistió:
+
+--Ved los cuchillos: los mangos de los de casa Bombarda son de plata,
+y de hueso los de casa Edón. Y la plata es mucho más preciosa que el
+hueso.
+
+--Si exceptuamos á los que tienen de plata la barba,--observó Tholomyés.
+
+En este instante, tenía puesta la mirada en la cúpula de los inválidos,
+visible desde las ventanas de casa Bombarda.
+
+Hubo una pausa.
+
+--Tholomyés,--exclamó de repente Fameuil;--Listolier y yo estábamos
+discutiendo...
+
+--Bueno es el discutir,--respondió Tholomyés, pero mejor es reñir.
+
+--Disputábamos sobre filosofía.
+
+--¿Y era?
+
+--Sobre quién tú prefieres, ¿si á Descartes ó á Espinosa?
+
+--Á Desaugiers,--dijo Tholomyés.
+
+Dada esta sentencia, bebió y continuó.
+
+--Yo consiento en vivir. No ha terminado todo aún en la tierra,
+puesto que todavía se puede disparatar. Doy pues gracias á los dioses
+inmortales. Se miente, pero se ríe. Se afirma, pero se duda. Lo
+inesperado surge del silogismo. Esto es magnífico. Existen todavía
+aquí abajo seres humanos que saben abrir y cerrar alegremente la caja
+de sorpresas de la paradoja. Esto, señoras mías, que estáis bebiendo
+con aire tan tranquilo, es vino de Madera; sabedlo, de la cosecha de
+Coural das Freiras, que está á trescientas diez y siete toesas sobre el
+nivel del mar. ¡Cuidado al beber! ¡trescientas diez y siete toesas! y
+el señor Bombarda, espléndido fondista, os da estas trescientas diez y
+siete toesas por cuatro francos y cincuenta sueldos.
+
+Fameuil interrumpió nuevamente:
+
+--Tholomyés, tus opiniones hacen ley. ¿Cuál es tu autor favorito?
+
+--Ber...
+
+--¿Quién?
+
+--No, Choux.
+
+Tholomyés prosiguió:
+
+--¡Honor á Bombarda! él igualaría á Munofis de Elefanta si pudiera
+cogerme una almeja, y á Thygelion de Cheronée si pudiera traerme
+una hetaira! porque ¡oh señoras! hubo también Bombardas en Grecia y
+Egipto. Apuleyo es quien nos lo enseña. ¡Ay! siempre lo mismo, nada
+nuevo jamás. ¡Nada hay inédito del Creador, en la creación! _Nil sub
+sole novum_, dijo Salomón: _amor omnibus idem_, ha dicho Virgilio; y
+Carabine se embarca con Carabin en la barca de Saint-Cloud, como se
+embarcaba Aspasia con Pericles en la flota de Samos. La última palabra.
+¿Sabéis lo que era Aspasia, señoras? Por más que viviera en tiempo en
+que las mujeres no tenían alma todavía, era un alma; un alma de tinte
+rosa y púrpura, más ardiente que el fuego, más fresca que la aurora.
+Aspasia era una criatura en la cual se encontraban los dos extremos
+de la mujer; era la prostituta diosa; Sócrates, más Manón Lescaut.
+Aspasia fué creada para el caso de que le hiciese falta una concubina á
+Prometeo.
+
+Tholomyés, engolfado, difícilmente se hubiera parado, si un caballo
+no se hubiese caído en la calle en aquel momento. De un solo golpe,
+la carreta y el orador quedaron parados. Era una pobre yegua vieja y
+flaca, digna por más de un concepto del desolladero, que tiraba de una
+carreta harto pesada. Al llegar delante de la casa de Bombarda, el
+escuálido animal, extenuadas sus fuerzas, negóse á dar un paso más. El
+incidente había atraído multitud de curiosos. Apenas el carretero,
+jurando indignado, había tenido tiempo de pronunciar con la energía
+acostumbrada la sacramental palabra _¡arre!_ apoyada en un implacable
+latigazo, cuando dió la yegua con su cuerpo en el suelo, para no
+volverse á levantar. Al ruido de los transeuntes agrupados, el alegre
+auditorio de Tholomyés volvió la cabeza, y Tholomyés aprovechó, para
+terminar su alocución, la siguiente melancólica estrofa:
+
+ Pertenecía á un mundo que da, en coches y carros
+ Destino semejante;
+ Fué rocín, y ha vivido lo que todo caballo,
+ El espacio de un: «arre».
+
+--¡Pobre caballo!--suspiró Fantina.
+
+Y Dalia exclamó:
+
+--¡He aquí á Fantina compadeciéndose de los caballos! ¡Puede darse
+mayor tontería!
+
+En el mismo instante, Favorita, cruzándose de brazos, echando la cabeza
+hacia atrás y dirigiendo una mirada resuelta á Tholomyés, exclamó:
+
+--¡Bien! ¿Y la sorpresa?
+
+--Precisamente ha llegado el instante,--respondió Tholomyés.--Señores,
+la hora de sorprender á estas señoras ha llegado. Señoras, esperaos un
+momento.
+
+--Esto comienza por un beso,--dijo Blachevelle.
+
+--En la frente,--añadió Tholomyés.
+
+Cada uno depositó gravemente un beso en la frente de su querida; luego,
+alineados los cuatro y con un dedo en la boca, se dirigieron á la
+puerta.
+
+Favorita palmoteó aplaudiendo aquella salida.
+
+--Esto es ya divertido,--dijo.
+
+--No tardéis mucho,--murmuró Fantina.--Quedamos esperando.
+
+
+
+
+ IX
+ =Gracioso fin de la alegría=
+
+
+Las muchachas, al quedarse solas, acopláronse dos á dos, y apoyándose
+en los antepechos de ambas ventanas, sacaban la cabeza y hablaban unas
+con otras.
+
+Vieron salir á los cuatro jóvenes de casa de Bombarda dándose el brazo;
+volvieron ellos la cabeza haciendo algunas señas y riéndose, hasta que
+desaparecieron entre aquella polvorienta multitud dominguera que invade
+semanalmente los Campos Elíseos.
+
+--¡No tardéis mucho!--gritó Fantina.
+
+--¿Qué es lo que van á traernos?--dijo Zefina.
+
+--Va á ser, de seguro, algo bonito,--dijo á su vez Dalia.
+
+--Yo,--replicó Favorita,--quiero que sea de oro.
+
+Pronto se distrajeron con el movimiento y barullo del gentío que
+circulaba junto al río y que distinguían por entre el follaje de los
+grandes árboles, lo cual no dejaba de ser para ellas muy divertido.
+Era aquella la hora de salida de correos y diligencias. Casi todas
+las mensajerías del Mediodía y del Oeste pasaban entonces por los
+Campos Elíseos. La mayor parte seguían por el muelle hasta salir por
+la barrera de Passi. Á cada instante, algún gran carruaje pintado de
+negro y amarillo, pesadamente cargado, ruidosamente arrastrado, deforme
+á fuerza de baúles, maletas, sacos y cajones, lleno de cabezas que
+desaparecen inmediatamente, tronchando el empedrado y convirtiendo en
+pedernales los adoquines, abríanse paso entre la multitud, en medio del
+chisporroteo de una fragua cuyo humo era el polvo y el aliento de una
+furia. Aquel estrépito parecía alegrar á las jóvenes, mientras Favorita
+exclamaba:
+
+--¡Vaya un ruido! Cualquiera diría que son montañas de cadenas que el
+diablo las lleva.
+
+Llegó un momento en que uno de aquellos carruajes, que se distinguía
+fácilmente por entre la espesura de los olmos, pareció pararse,
+volviendo luego á partir al galope. Esto le llamó la atención á Fantina.
+
+--Es particular,--dijo.--Yo creía que las diligencias no se paraban
+jamás.
+
+Favorita se encogió de hombros.
+
+--Es admirable esta Fantina. Vale la pena de fijarse en ella por
+curiosidad. Se admira de la cosa más sencilla del mundo. Suponte tú que
+yo soy un viajero, y le digo al mayoral: sigo adelante, subiré cuando
+paséis por el muelle. Pasa la diligencia, me ve, para y subo. Eso se ve
+todos los días. Tú no sabes lo que es la vida, querida mía.
+
+Pasóse así un ratito. De pronto Favorita hizo un movimiento como de
+quien despierta.
+
+--¡Y bien!--exclamó.--¿Y la sorpresa?
+
+--Tiene razón,--repuso Dalia.--¿Y la famosa sorpresa?
+
+--¡Hace ya mucho que se han ido! dijo--Fantina.
+
+Cuando acabó este suspiro, el mozo que había servido la comida entró en
+la sala.
+
+Traía algo en la mano que parecía una carta.
+
+--¿Qué hay de nuevo?--preguntó Favorita.
+
+El mozo respondió:
+
+--Es un papel que han dejado aquellos señores, para las señoras.
+
+--¿Y por qué no lo habéis traído desde luego?
+
+---Porque aquellos señores,--repuso el chico,--han encargado que
+dejáramos pasar una hora antes de entregarlo.
+
+Favorita arrancó el papel de las manos del mozo. Era, efectivamente,
+una carta.
+
+--¡Toma!--dijo ella,--va sin dirección; pero ved lo que tiene escrito
+en el sobre:
+
+ AQUÍ ESTÁ LA SORPRESA
+
+Rompió vivamente el sobre de la carta, abrióla y leyó: (sabía leer).
+
+ «¡Amadas nuestras!
+
+ «Sabed que nosotros tenemos familia, vosotras no conocéis
+ apenas lo que es esto; se llama familia, en primer lugar, según
+ el código civil, sencillo y honrado, á los padres y madres.
+ Ahora bien, nuestras familias, es decir, nuestros padres
+ llorando, estos ancianos nos reclaman, estos buenos hombres
+ y estas buenas mujeres nos llaman hijos pródigos; esperando
+ nuestra vuelta, nos ofrecen agasajarnos matando sus mejores
+ reses. Debemos obedecerles, siendo virtuosos. Á la hora en la
+ cual leeréis esto, cinco fogosos caballos nos llevarán hacia
+ donde estén nuestros padres y nuestras madres. Levantamos el
+ campo, como dice Bossuet. Partimos, ó mejor, hemos partido.
+ Huimos en brazos de Laffitte, y sobre las alas de Crillard.
+ La diligencia de Toulouse nos saca del abismo; el abismo sois
+ vosotras, ¡oh bellísimas chicas! Nosotros volvemos á entrar en
+ la sociedad, en el deber y en el orden, al trote largo, á razón
+ de tres leguas por hora. Importa á la patria que seamos como
+ todo el mundo perfectos padres de familia, guardias rurales ó
+ consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos.
+ Lloradnos aprisa y reemplazadnos inmediatamente. Si esta carta
+ os molesta, rompedla. Adiós.
+
+ «Cerca de dos años, os hemos hecho felices. No nos guardéis,
+ por lo tanto, rencor.
+
+ «Firmado: BLACHEVELLE, FAMEUIL, LISTOLIER, FÉLIX THOLOMYÉS.
+
+ _Post scriptum._--La comida está pagada».
+
+Las cuatro jóvenes se quedaron mirando.
+
+Favorita rompió el silencio la primera.
+
+--¡Y qué! De todas maneras no deja de ser una broma.
+
+--Muy graciosa,--dijo Zefina.
+
+--Debe haber sido Blachevelle el autor de la idea,--repuso Favorita.
+
+Esto hace que le ame de nuevo. Tan presto ido, como querido. Ésta es la
+historia.
+
+--No,--dijo Dalia;--la idea ha sido de Tholomyés. Se conoce desde luego.
+
+--En tal caso,--replicó Favorita,--¡muera Blachevelle y viva Tholomyés!
+
+--¡Viva Tholomyés!--exclamaron Dalia y Zefina.
+
+Y echáronse á reir.
+
+Fantina rió como las otras.
+
+Una hora después cuando se encontró nuevamente en su cuarto, lloró.
+
+Era aquél, como ya hemos dicho, su primer amor; se había entregado á
+Tholomyés como á un marido, y la pobre muchacha tenía una hija.
+
+
+ NOTAS:
+
+[3] _Bombance_, comilona. _Bambeche_, títere.
+
+
+
+
+ LIBRO CUARTO
+ CONFIAR ES, CASI SIEMPRE, ABANDONARSE
+
+
+ I
+ =Una madre que se encuentra con otra=
+
+
+Durante el primer cuarto de este siglo, había en Montfermeil, junto
+á París, una especie de bodegón que ya no existe. Aquel bodegón era
+propiedad de una familia llamada Thénardier, compuesta de marido y
+mujer, y estaba situado en el callejón de Boulanger. Veíase sobre la
+puerta una tabla mal clavada en la pared. En dicha tabla había pintado
+algo que parecía un hombre llevando á cuestas otro, el cual ostentaba
+grandes charreteras de general, doradas, grandes estrellas plateadas,
+y grandes manchas rojas figurando sangre; el resto del cuadro era humo
+todo, y representaba, probablemente, una batalla. Al pie se leía la
+siguiente inscripción: AL SARGENTO DE WATERLOO.
+
+Nada más común que un carro ó una carreta á la puerta de un mesón.
+Sin embargo, el vehículo, ó mejor dicho el fragmento de vehículo que
+obstruía la calle, delante el bodegón del Sargento de Waterloo, una
+tarde de primavera de 1818, hubiera ciertamente llamado por su conjunto
+la atención de cualquier pintor que hubiese acertado á pasar por allí.
+
+Era la parte delantera de una de esas carretas, de las cuales se sirven
+en países montañosos, destinadas al transporte de grandes maderos y
+troncos de árboles. Componíase la tal delantera de un macizo eje de
+hierro, con el cual encajaba un pesado timón, sostenido por dos ruedas
+desmesuradas. Todo aquel conjunto era rechoncho, sólido, pesado,
+deforme. Hubiera podido creerse ser el afuste de un cañón gigante. Los
+carriles de caminos fangosos habían dado á las ruedas, las llantas,
+los cubos, el eje y el timón, una capa de orín y barro amarillento y
+sucio, muy parecido al revoque voluntario con que se embadurnan algunas
+catedrales. La madera desaparecía bajo el barro, el hierro bajo el
+orín. Debajo del eje colgaba una gruesa cadena digna de un esforzado
+Goliat. Aquella cadena recordaba, no ya los maderos que tenía el deber
+de transportar, pero sí los mastodontes y mamuthes, que hubieran podido
+arrastrarla; tenía cierto aire de presidio, pero de presidio ciclópeo y
+sobrehumano, parecía como desligada de algún monstruo. Homero hubiera
+sujetado con ella á Polifemo, y Shakespeare á Calibau.
+
+¿Por qué aquel juego delantero de carreta ocupaba aquel lugar en
+la calle? En primer lugar, para obstruirla, luego para acabarse
+de enmohecer. Hay en el antiguo régimen social un sinnúmero de
+instituciones que uno se encuentra al paso de igual manera, y que
+no puede ser sino por razones parecidas, por lo que están donde se
+encuentran.
+
+El centro de la cadena colgaba bajo el eje y tocando casi al
+suelo, y sobre la curva que describía, como sobre la cuerda de un
+columpio, estaban, sentadas y agrupadas aquella tarde, entrelazadas
+graciosamente, dos niñas, de como unos dos años y medio la primera,
+y de unos diez y ocho meses la otra, en brazos de la mayor la más
+pequeña. Un pañuelo previsoramente anudado las guardaba de caerse. Una
+madre había visto aquella espantosa cadena y se había dicho:--¡Toma! he
+aquí un juguete para mis niñas.
+
+Las dos criaturas, graciosamente engalanadas y aún con cierto esmero,
+irradiaban; podía decirse que de aquel hierro viejo brotaban dos rosas;
+sus ojos eran un triunfo, sus frescas mejillas sonreían. La una era
+castaña, morena la otra. Sus cándidos rostros eran dos admirables
+arrobamientos; un espino florido, que había allí cerca, enviaba á los
+transeuntes sus perfumes que parecían manar de ellas; la de diez y ocho
+meses enseñaba su desnudo y gracioso vientre con la casta desvergüenza
+de la niñez. Por encima y alrededor de aquellas dos delicadas cabezas,
+amasadas en la dicha y templadas á la luz, la fachada del bodegón,
+negra por el orín, casi terrible, encabestrada por estacas y llena de
+ángulos sucios y sombríos, parecía ser algo como el pórtico de una
+caverna. Á los pocos pasos, acurrucada en el umbral del bodegón, la
+madre, mujer de aspecto poco simpático por otra parte, pero interesante
+á la sazón, columpiaba á las dos criaturitas por medio de largo
+bramante, protegiéndolas con la mirada de cualquier accidente, con
+aquella expresión animosa y celeste á la vez, propia de la maternidad;
+á cada vaivén, los horribles eslabones lanzaban un estridente chirrido
+que parecía un grito de cólera; las pequeñuelas se extasiaban; el sol
+poniente mezclábase en aquella alegría, y nada tan bello como aquel
+capricho de la casualidad que había hecho de una cadena de titanes un
+columpio de querubines.
+
+Al compás que mecía las dos criaturitas, entonaba la madre, en voz de
+falsete, una canción célebre entonces:
+
+ Ha de ser, dijo, un guerrero
+
+La canción y el cuidado de sus hijas le privaban de enterarse de lo
+demás que pasaba en la calle.
+
+No obstante, como alguien se le había acercado al comenzar la primera
+estrofa de la canción, oyó de repente, á su oído, una voz que le dijo:
+
+--Allí tenéis dos hermosas criaturas.
+
+ Á la bella y tierna Imogine...
+
+Respondió la madre continuando la canción; luego volvió la cabeza.
+
+Una mujer estaba junto á ella á pocos pasos. Aquella mujer tenía
+también una criatura que llevaba en brazos.
+
+Llevaba además, un gran saco de noche que parecía muy pesado.
+
+La criatura de esta mujer era uno de los seres más divinos que puedan
+verse. Era una niña de dos á tres años. Hubiera podido juntarse á
+las otras pequeñitas por la coquetería de sus vestidos; veíasele un
+cuellecito de lienzo fino, cintas en la chambra y encajes valenciennes
+en la gorrita. Levantados los pliegues de la falda, veíase un muslo
+blanco, apretado y terso. Estaba admirablemente sonrosada y rebosando
+de salud y vida. La hermosa criatura excitaba deseos de morder las
+manzanicas de sus mejillas. No podemos decir nada de sus ojos, sino que
+habían de ser grandes y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida.
+
+Dormía aquel sueño de profunda confianza, propio de su edad. Los brazos
+de las madres son todo ternura; las criaturas duermen profundamente en
+ellos.
+
+En cuanto á la madre, era de aspecto pobre y triste. Vestía un traje
+mixto, que indicaba á la obrera que tiende nuevamente á campesina. Era
+joven. ¿Era hermosa? ¡Tal vez! pero con aquel traje no lo parecía. Sus
+cabellos de los que escapaba un mechón rubio, parecían muy abundantes,
+pero se ocultaban severamente bajo una gorra de beata, fea, apretada,
+estrecha y anudada debajo de la barba. La risa muestra siempre los
+dientes hermosos cuando se tienen, pero ella no se reía. Sus ojos
+parecían no haberse secado en mucho tiempo. Estaba muy pálida, su
+aspecto era cansado y enfermizo; miraba á su hija, dormida en sus
+brazos, con aquel aire propio de las madres que los han nutrido á
+sus pechos. Un gran pañuelo azul como los que usan para sonarse los
+inválidos, plegado en forma de pañoleta, cubría rudamente su talle.
+Tenía las manos ásperas y salpicadas de manchas rojizas, y el índice
+endurecido y picado de la aguja; llevaba un mantón obscuro de grosera
+lana, un vestido de percal y zapatos gruesos. Era Fantina.
+
+Sí, era Fantina en realidad, pero se la reconocía difícilmente. No
+obstante, examinándola detalladamente, encerraba todavía su belleza.
+Una triste arruga, que parecía un principio de ironía, rizaba
+ligeramente su mejilla derecha. En cuanto á su tocado, aquel aéreo
+tocado de muselina y cintas, que parecía hecho por la misma alegría, la
+locura y la música, lleno de cascabeles y perfumado de lilas, habíase
+desvanecido como las brilladoras escarchas, que uno cree diamantes á
+la luz del sol, y que, al fundirse en agua, dejan negra la rama que
+engalanaran.
+
+Diez meses se habían pasado desde la famosa «linda gracia».
+
+¿Qué es lo que había pasado durante este tiempo? Se adivina.
+
+Después del abandono, el tormento. Fantina había perdido de vista desde
+luego á Favorita, Zefina y Dalia; el lazo roto por parte de los hombres
+se había deshecho por la de las mujeres; de seguro se hubieran admirado
+si quince días después, alguien les hubiese dicho que eran amigas,
+lo cual no tenía para ellas razón de ser. Fantina se había quedado
+sola. El padre de su hija había partido; semejantes rompimientos son
+irrevocables; encontróse ella absolutamente aislada, con la costumbre
+de trabajar de menos y el amor á los placeres, de más. Impulsada por
+sus relaciones con Tholomyés á desdeñar el único oficio que sabía,
+había descuidado los medios de dar salida á su trabajo, y se los
+encontró luego cerrados.
+
+No había remedio para ella, Fantina sabía leer apenas, sin saber
+escribir, se la había enseñado solamente cuando niña á poner su firma;
+hizo escribir, por un escribiente público, una carta á Tholomyés,
+luego otra y más tarde una tercera. Tholomyés no contestó á ninguna.
+Cierto día oyó Fantina decir á sus comadres fijándose en su hija:--¡Hay
+por ventura quien se tome en serio estas criaturas! Una se encoje de
+hombros y nada más.--Entonces pensó ella en que Tholomyés se habría
+también encogido de hombros por aquella criatura, y que no iba á tomar
+en serio la vida de aquel ser inocente; y su corazón se envolvió en
+sombras, en la parte que se refería al hombre aquel. ¿Qué partido tomar
+en este caso? Ignoraba á quién dirigirse. Había cometido una falta,
+pero en el fondo de su naturaleza, como sabemos bien, se guardaba el
+pudor y la virtud. Sentía vagamente que se encontraba en vísperas de
+caer en el desfallecimiento y resbalar á lo peor. Era preciso valor;
+lo tuvo, y se creció en sí misma. Ocurriósele la idea de volver á su
+ciudad natal, á M*** sur M***. Allí tal vez se encontraría con quien la
+conociese y la proporcionase trabajo; sí, pero era preciso ocultar su
+falta. Y ella entreveía confusamente la necesidad indispensable de una
+separación más dolorosa aún que la primera. Su corazón se desgarraba,
+pero tomó, no obstante, una resolución. Fantina, como veremos,
+poseía el valor fiero de la vida. Había ya renunciado valientemente
+al fasto, y se había vestido de percal, habiendo destinado toda su
+seda, todos sus perifollos, todas sus cintas y todos sus encajes á
+su hija, única vanidad que le restaba, ¡bien santa por cierto! Había
+vendido cuanto tenía, lo cual le produjo unos doscientos francos; y
+después de satisfechas sus insignificantes deudas vinieron á quedarle
+aproximadamente ochenta francos.
+
+Á los veinte y dos años, y durante una deliciosa mañana de primavera,
+dejó París llevándose á su hija sobre la espalda. Cualquiera al verlas
+pasar se hubiera apiadado de una y otra. Aquella mujer no tenía en el
+mundo más que aquella criatura, y aquella criatura no tenía en el mundo
+más que aquella mujer. Fantina había amamantado á su hija, lo cual
+había fatigado su pecho y tosía un poco.
+
+Como no tendremos nueva ocasión de hablar del señor Félix Tholomyés,
+concretarémonos á decir, que veinte años después, durante el reinado de
+Luis Felipe, era un corpulento abogado de provincia, influyente y rico,
+elector, prudente y jurado severísimo; alegre y campechano siempre.
+
+Á eso del medio día, después de haber, para descansar, caminado á
+trechos mediante tres ó cuatro sueldos por legua, en los que se
+llamaban á la sazón los cochecitos de los alrededores de París,
+encontróse Fantina en Montfermeil, en el callejón de Boulanger.
+
+Como viese al pasar junto al bodegón Thénardier, las dos pequeñitas,
+tan alegres en su monstruoso columpio quedó, hasta cierto punto,
+deslumbrada, parándose delante de aquel cuadro de alegría.
+
+Existen encantamientos. Aquellas dos criaturas lo fueron en verdad para
+aquella madre.
+
+Contemplólas completamente emocionada. La presencia de los ángeles
+es siempre un anuncio del paraíso. Creyó ver ella sobre aquel figón
+el misterioso aquí de la Providencia. ¡Aquellas dos pequeñuelas eran
+evidentemente dichosas! Mirábalas y admirábase ella verdaderamente
+enternecida, tanto que en el preciso momento de tomar la madre aliento,
+entre dos versos de la canción, no pudo abstenerse de decir la frase
+que acabamos de leer:
+
+--Tenéis allí dos hermosas criaturas.
+
+Los seres más feroces se sienten desarmados cuando se acaricia á sus
+pequeñuelos.
+
+Irguió la madre la cabeza dando las gracias, é invitó á la transeunte
+á que se sentara en el peldaño de la puerta; ella estaba sentada en el
+umbral. Entraron en conversación las dos mujeres.
+
+--Me llamo Thénardier,--dijo la madre de las pequeñuelas.--Somos los
+dueños de esta hostería.
+
+Luego, siguiendo la canción, repuso entre dientes:
+
+ Ha de ser, soy caballero
+ Y voy á la Palestina.
+
+Era la señora Thénardier una mujer coloradota, angulosa de carnes
+apretadas; el tipo de la mujer del soldado llevado al extremo. Y cosa
+rara, tenía cierto aire melancólico debido á las lecturas novelescas.
+Era una melindrosa hombruna. Las novelas antiguas, invadiendo las
+imaginaciones de los bodegoneros, producen semejantes efectos. Era
+joven aún, pues apenas contaba treinta años. Si aquella mujer, que
+estaba acurrucada, hubiese estado de pie, su elevada estatura, tal
+vez su facha de coloso ambulante, un tanto selvático, hubiera quizá
+asustado á la viajera, turbando su confianza y desvaneciendo por lo
+tanto lo que debemos referir. Una persona que esté sentada en vez de
+estar de pie, influye en el destino.
+
+La viajera refirió su historia algo modificada.
+
+Que era obrera; que su marido había muerto; que el trabajo escaseaba en
+París, en vista de lo cual iba á buscarlo en su país: que había salido
+de París aquella misma mañana, á pie; que, como llevaba á su hija,
+sintiéndose fatigada y habiendo encontrado el coche de Villemomble,
+había subido en él; que de Villemomble había ido á Montfermel á pie;
+que la niña había andado un poco, pero muy poco; que como era tan
+tierna, se había fatigado pronto, y le había sido preciso tomarla
+nuevamente en brazos y que la tontuela se había dormido.
+
+Y al decir esto, dió á su hija un apasionado beso que la despertó. La
+niña abrió los ojos, dos grandes ojos azules como los de su madre, y
+miró, ¿qué? Nada, todo, con aquel aire serio y á veces severo de los
+pequeñuelos, que es tal vez un misterio de su luminosa inocencia ante
+nuestros crepúsculos de virtud. Diríase que se sienten ángeles y que
+nos adivinan hombres. Después la niña se echó á reir, y aunque su madre
+procuraba detenerla, se deslizó al suelo con la indomable energía de
+un pequeño ser que quiere moverse libremente. Al punto advirtió á las
+otras dos del columpio, quedándose parada contemplándolas, sacando la
+lengua y torciendo el gesto en señal de admiración.
+
+La señora Thénardier desató á sus hijas, las hizo bajar del columpio, y
+dijo:
+
+--Ea: jugad las tres.
+
+Aquellos angelitos se entendieron enseguida, y á vuelta de un minuto,
+las niñas Thénardier jugaban con la recién llegada á hacer agujeros en
+el suelo, inmenso placer.
+
+Aquella recién llegada era muy alegre; la bondad de la madre estaba
+escrita en la alegría de la hija; había tomado un palito que le servía
+de pala, y cavaba enérgicamente una fosa, buena para una mosca. El
+mismo trabajo de los enterradores pasa á ser objeto de risa hecho por
+una criaturita.
+
+Las dos mujeres seguían en su conversación.
+
+--¿Cómo se llama vuestra pequeñita?
+
+--Cosette.
+
+Cosette, era Eufrasia. La niña se llama Eufrasia. Pero de Eufrasia la
+madre había hecho Cosette, por aquel dulce y gracioso instinto de las
+madres y del pueblo que cambia Josefa en Pepita y Francisca en Paca. Es
+éste un género de derivados que enreda y desconcierta por completo la
+ciencia de los etimologistas. Nosotros conocimos una abuela que había
+llegado á hacer de Teodora, Gnon _(ñon)_.
+
+--¿Qué edad tiene ahora?
+
+--Va á cumplir tres años.
+
+--Como la mayor de las mías.
+
+Entre tanto las tres pequeñuelas se habían agrupado con cierto aire de
+profunda ansiedad y beatitud; acababa de realizarse un fenómeno: un
+gran gusano acababa de salir de la tierra; les daba miedo, y las tenía
+extasiadas.
+
+Sus frentes radiantes parecían unirse; podía decirse que había tres
+cabezas en una aureola solamente.
+
+--¡Criaturitas!--exclamó la señora Thénardier.--¡Cómo se juntan
+enseguida! ¡Vedlas, parecen tres hermanas!
+
+Esta frase fué la chispa que esperaba probablemente la otra madre. Tomó
+entonces la mano de la Thénardier, mirola fijamente, y le dijo:
+
+--¿Queréis cuidar de mi hija?
+
+La Thénardier hizo uno de estos movimientos de sorpresa que no son un
+consentimiento ni una negativa.
+
+La madre de Cosette prosiguió:
+
+--Porque, desgraciadamente, no puedo llevarme mi hija á mi país. El
+trabajo no lo consiente. Con una criatura no se encuentra colocación en
+ninguna parte. Se encuentra en ello una ridiculez en semejante país.
+Sin duda me ha hecho Dios pasar á propósito junto á vuestra hostería.
+Cuando he visto estas niñas tan bonitas, tan aseadas y tan satisfechas,
+he sentido una conmoción interior. Y he dicho para mí: He aquí el
+reflejo de una buena madre. ¿No es verdad? Podrán ser tres hermanas.
+Luego yo no tardaré mucho tiempo en volver. ¿Queréis cuidar de mi hija?
+
+--Será preciso ver,--dijo la Thénardier.
+
+--Os daré seis francos al mes.
+
+En este momento una voz de hombre gritó desde el fondo del figón:
+
+--No puede ser menos de siete francos. Y pagando seis meses adelantados.
+
+--Seis veces siete cuarenta y dos,--dijo la Thénardier.
+
+--Os los daré,--dijo la madre.
+
+--Y quince francos además para los primeros gastos,--añadió la voz de
+hombre.
+
+--Total cincuenta y siete francos,--dijo la señora Thénardier. Y, al
+través de estos números, seguía tarareando vagamente:
+
+ Ha de ser, dijo un guerrero.
+
+--Los daré,--dijo la madre;--tengo ochenta francos. Aún me quedará para
+llegar á mi país, si voy á pie. Ya ganaré yo dinero en estando allí y
+en cuanto haya recogido un poco, volveré por mi amor.
+
+La voz de un hombre repuso:
+
+--¿Tiene la niña ajuar?
+
+--Es mi marido,--dijo la Thénardier.
+
+--Sin duda, ¡pues no faltaba sino que no lo tuviera, mi pobre tesoro!
+Ya he comprendido que había de ser vuestro marido. ¡Y muy bueno! un
+ajuar espléndido, todo por docenas; y vestidos de seda como una señora.
+Ahí lo traigo, en mi saco de noche.
+
+--Debéis dejarlo,--repitió la voz de hombre.
+
+--¡Pues no faltaba más, vaya si lo dejaré!--dijo la madre.--¡No sería
+poco gracioso que dejase desnuda á mi pobre hija!
+
+La figura del hombre apareció.
+
+--Está bien,--dijo.
+
+El negocio quedó hecho. La madre pasó la noche en el bodegón, dió
+su dinero, y dejó su criatura; volvió á liar su saco de noche,
+desembarazado del ajuar, y á la ligera y desorientada, salió á la
+mañana siguiente, creyendo volver antes de poco. ¡Fácilmente se
+arreglan separaciones semejantes, que son desesperaciones luego!
+
+Una vecina de la Thénardier encontró á aquella madre cuando se iba, y
+vínose diciendo:
+
+--Acabo de ver en la calle una mujer llorando que parte el corazón.
+
+Cuando la madre de Cosette hubo salido, díjole el hombre á la mujer.
+
+--Esto va á cubrir la obligación de ciento diez francos que vence
+mañana. Me faltaban cincuenta francos. ¿Sabes que hubiéramos tenido
+aquí el escribano para protestar? Armaste ahí una buena ratonera con
+tus niñas.
+
+--Sin duda,--dijo la mujer.
+
+
+
+
+ II
+ =Primer esbozo de dos figuras sombrías=
+
+
+El ratón cogido era bien insignificante; pero el gato se alegra sin
+embargo aunque el ratón sea flaco.
+
+¿Qué eran los Thénardier?
+
+Diremos algo en este momento. Más tarde completaremos el croquis.
+
+Pertenecían estos seres á aquella clase bastarda compuesta de gentes
+groseras que se elevan y de gentes ilustradas en decadencia, que se
+encuentra entre la llamada clase media y la clase llamada inferior; la
+que asume algunos de los defectos de la segunda con todos los vicios
+de la primera, careciendo del generoso aliento del obrero, como del
+moderado orden del artesano.
+
+Eran de aquellas naturalezas raquíticas que, si alguna llama sombría
+las caldea por casualidad, se tornan fácilmente monstruosas. Tenía
+la mujer un fondo salvaje y el hombre todas las apariencias de un
+perdido. Ambos se encontraban en el punto más elevado de susceptible
+degradación de la especie del repugnante progreso que recorre la
+senda del mal. Existen almas cangrejos que retroceden continuamente
+hacia las tinieblas, retrogradando en la vida más que adelantando,
+cuya experiencia les sirve únicamente para aumentar su deformidad,
+empeorando sin cesar é impregnándose más y más de cierta negrura
+creciente. Aquel hombre y aquella mujer poseían almas de esta
+naturaleza.
+
+El marido Thénardier, particularmente, era de fisonomía repulsiva. Los
+fisonomistas no tienen más que mirar al rostro á ciertas gentes para
+desconfiar de ellas, pues se presentan temibles por ambos extremos.
+Resultan inquietos en la sombra y amenazadores frente á frente.
+Encierran en sí algo desconocido. Es imposible de todo punto responder
+de lo que han hecho ni de lo que harán. La sombra que encierra su
+mirada es su denuncia. Cualquier palabra que se les oiga ó cualquier
+gesto que se les advierta, deja adivinar secretos sombríos de su
+pasado, y sombras misteriosas en su porvenir.
+
+Dicho Thénardier, á darle crédito á él, había sido soldado; sargento,
+decía; habiendo hecho probablemente la campaña de 1815, en la que se
+había portado bizarramente al parecer. Más adelante sabremos lo que
+había sido. La muestra de su bodegón aludía á uno de aquellos hechos de
+armas. Él mismo la había pintado, porque era de los que saben hacerlo
+todo; mal.
+
+Era aquélla la época en que la antigua novela clásica que después de
+haber sido _Clélie_, no era más que _Lodoïska_, siempre noble, pero más
+vulgar á cada paso, descendiendo desde la señorita Scudéri á la señora
+Bournon Malarme, y de la señora de Lafayette á la señora Barthélemy
+Hadot, encendiendo el alma amorosa de los porteros de París, sin dejar
+de chamuscar una parte de la de las cercanías. La Thénardier poseía la
+inteligencia precisa para leer aquella especie de libros. Se alimentaba
+de ellos. En ellos anegaba los sesos que tenía; lo cual le había
+dado así durante sus primeros años, como luego después, una especie
+de actitud meditabunda con relación á su marido, pícaro de ciertos
+alcances, rufián literato, con gramática propia, grosero y fino á un
+tiempo, pero formando su sentimentalismo con las lecturas de Pigault
+Lebrun, y, por «lo que al sexo se refiere», como decía él en su jerga,
+ganso del todo sin la menor mezcla. Su esposa tendría como unos doce ó
+quince años menos que él. Más tarde, cuando los cabellos novelescamente
+llorones empezaron á blanquear, cuando Mégere sustituyó á Pamela,
+no fué la Thénardier más que una mujer gruesa y de malos instintos
+que había saboreado novelas tontas. Pero no se leen impunemente las
+necedades. Resultó de ello que su hija mayor se llamó Eponina; pero la
+pequeña ¡pobrecita! estuvo á pique de llamarse Gulnare; debiendo no
+sé á qué diversión, resultado de una novela de Ducray Duminil, el no
+llamarse más que Azelma.
+
+Por lo demás, diremos de pasada, no era todo completamente ridículo
+y superficial durante aquella curiosa época, á la cual aludimos, y
+que podría llamarse la anarquía de los nombres de bautismo. Junto
+al elemento novelesco que acabamos de indicar, estaba el síntoma
+social. Y hoy no tiene nada de particular que el hijo de un boyero se
+llame Arturo, Alfredo ó Alfonso, y que el vizconde--si hay vizcondes
+todavía--se llame Tomás, Pedro ó Jaime. La diferencia que establece
+el nombre «elegante» sobre el plebeyo, y el nombre aldeano sobre el
+aristócrata, no es sino un remolino de igualdad. La irresistible
+penetración del soplo nuevo se encuentra en ello como en todo. Bajo esa
+aparente discordancia, existe una cosa grande y profunda: la Revolución
+francesa.
+
+
+
+
+ III
+ =La alondra=
+
+
+No es suficiente para medrar ser malo. El figón no daba resultado.
+
+Gracias á los cincuenta y siete francos de la viajera, Thénardier
+había podido evitar un protesto y honrar su firma. El mes siguiente,
+necesitaron aún más dinero; la mujer llevó á París y empeñó en el Monte
+de piedad el ajuar de Cosette por la cantidad de sesenta francos. Desde
+que fué distribuida esta suma, acostumbráronse los Thénardier á no
+ver en aquella pobre niña más que una criatura recogida por caridad,
+tratándola en consecuencia. Como ya no le quedaba nada de su ajuar,
+la vestían con sayas y camisas de desecho de sus hijas, es decir de
+harapos. Alimentábanla con las sobras de todo el mundo, algo mejor
+que al perro y un poco peor que el gato. El perro y el gato eran
+generalmente sus comensales; Cosette comía con ellos debajo de la mesa
+en una cazuela de madera igual á la de ellos.
+
+Su madre, que había fijado su residencia, como veremos luego, en M* sur
+M*, escribía, ó por mejor decir, hacía que le escribiesen todos los
+meses á fin de tener noticias de su hija. Los Thénardier contestaban
+invariablemente: Cosette está muy bien.
+
+Pasaron los seis primeros meses, mandó la madre los siete francos para
+el séptimo mes, continuando exactamente sus remesas mensuales. No había
+terminado aún el año cuando dijo Thénardier:--¡Vaya un negocio! ¡Qué
+quiere que hagamos con sus siete francos!--y le escribió exigiéndole
+doce. La madre, á la cual hacían entender que su hija estaba muy bien y
+que crecía mucho, sometióse y mandó los doce francos.
+
+Ciertas naturalezas no pueden amar por una parte y odiar por otra. La
+madre Thénardier amaba apasionadamente á sus dos hijas, lo cual hacía
+que detestase á la forastera. Es muy triste pensar que el amor de madre
+puede tener alguna parte mala.
+
+El reducido espacio que Cosette ocupaba en su casa le parecía que se
+lo robaba á sus hijas, y que aquella pobre criatura disminuía el aire
+que respiraban aquéllas. La tal mujer, como otras muchas de su especie,
+tenía una cantidad de caricias y una cantidad de golpes y de injurias
+que distribuir diariamente. Si no hubiese tenido en su casa á Cosette,
+es segurísimo que sus hijas, idolatradas y todo, hubieran recibido unas
+y otros; pero la forastera les hacía el favor de detener los golpes,
+recibiéndolos ella. Sus hijas no alcanzaban, por lo tanto, más que las
+caricias.
+
+No podía hacer Cosette un movimiento que no cayese sobre su cabeza una
+lluvia de castigos violentos é inmerecidos.
+
+Dulcísimo y débil ser, que nada debía comprender del mundo ni de
+Dios, castigado sin cesar, golpeado, reñido é injuriado, y viendo
+continuamente junto á ella dos niñas, como ella también, viviendo como
+en un rayo de aurora.
+
+La Thénardier era mala para Cosette. Eponina y Azelma eran malas
+también. Las criaturas, á su edad, no son sino ejemplares de la madre.
+Son de menor tamaño, nada más.
+
+Pasóse un año, luego otro.
+
+Decíase en el lugar:
+
+--Estos Thénardier son muy buena gente. ¡No tienen nada de ricos, y
+mantienen una pobre criatura que les dejaron abandonada en su casa!
+
+Se creía á Cosette abandonada, ú olvidada cuando menos, de su
+madre. Entre tanto Thénardier, habiendo sabido, quién sabe cómo,
+que la criatura era probablemente ilegítima, y que la madre no
+podía confesarlo, exigíale quince francos al mes diciéndole que «la
+criatura crecía y comía» amenazando enviársela. «¡Que no me encocore
+mucho!--exclamaba,--porque le planto allí su monigote entre sus
+tapadillos. Debe aumentar la asignación». La madre pagó los quince
+francos.
+
+De año en año fué creciendo la niña y también su miseria.
+
+Mientras Cosette fué muy pequeña, fué el súfrelo-todo de las otras dos
+niñas; desde que creció algo más, es decir, antes de los cinco años,
+fué ya la criada de la casa.
+
+Cinco años, se dirá, esto es inverosímil. ¡Ay! es verdad. Los
+sufrimientos sociales empiezan á todas las edades. ¿No hemos visto,
+por desgracia, recientemente el proceso de un tal Dumollard, huérfano,
+hecho bandido con el tiempo, el cual, desde la edad de cinco años,
+según los documentos oficiales, estando solo en el mundo, «trabajaba
+para vivir y robaba?».
+
+Obligóse, pues, á Cosette á hacer mandados, á barrer las habitaciones,
+el patio y la calle, á fregar los platos, y aún á llevar fardos. Los
+Thénardier se creían tanto más autorizados á obrar así, cuanto que la
+madre, que continuaba siempre en M* sur M* empezó á no pagar muy bien,
+dejando algún mes en descubierto.
+
+Si aquella madre hubiese vuelto á Montfermeil al fin de los tres años,
+no hubiera, de seguro, reconocido á su hija. Cosette, tan hermosa y
+fresca al entrar en aquella casa, estaba entonces pálida y demacrada.
+Tenía cierto no sé qué receloso é inquieto. ¡Maula! gritábale á cada
+paso la Thénardier.
+
+La injusticia la había vuelto esquiva, y la miseria la había puesto
+fea. No le quedaban más que sus bellos ojos, que daba pena al verlos,
+porque, grandes como eran, parecían encerrar mayor cantidad de tristeza.
+
+Daba grima de ver en invierno aquella pobre criatura, que no había
+cumplido todavía seis años, tiritando bajo sus andrajos de percal
+agujereados, barrer la calle antes de amanecer con una escoba enorme
+entre sus amoratadas manecitas, y una gruesa lágrima en sus grandes
+ojos.
+
+En el lugar le llamaban todo el mundo la Alondra. El pueblo, que
+gusta siempre de imágenes, se complacía en dar este nombre á aquel
+pequeño ser que no abultaba más que un pájaro; tembloroso, espantado y
+tiritando, despertado el primero en aquella casa, y aún en el pueblo;
+cada mañana, siempre en la calle ó en el campo, antes del alba.
+
+Solamente que aquella pobre alondra no cantaba jamás.
+
+
+
+
+ LIBRO QUINTO
+ DESCENSO
+
+
+ I
+ =Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros=
+
+
+Mientras aquella madre que, al decir de las gentes de Montfermeil,
+parecía haber abandonado á su hija, ¿qué había sido de ella? ¿dónde
+estaba? ¿qué hacía?
+
+Después de haber dejado á su pequeña Cosette á los Thénardier, continuó
+su camino hasta llegar á M* sur M*.
+
+Recordemos que esto pasaba en 1818.
+
+Fantina había dejado su provincia hacía unos diez años. M* sur M* había
+cambiado de aspecto. En tanto que Fantina descendía lentamente de
+miseria en miseria, su ciudad natal había prosperado.
+
+Desde hacía unos dos años, había realizado uno de aquellos hechos
+industriales que son grandes acontecimientos en lugares pequeños.
+
+Es un detalle importante que creemos conveniente consignar, y casi
+diríamos subrayar.
+
+De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la
+imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania.
+Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las
+materias primas que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina volvió
+á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en la manera
+de producir aquellos «artículos negros». Á fines de 1815, un hombre,
+un desconocido, fué á establecerse en la ciudad, habiendo ideado
+sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y para
+los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajustados á
+la chapa, á los colgantes soldados á la misma.
+
+Este pequeño cambio había producido una revolución.
+
+Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el
+precio de la materia prima, lo cual había permitido, primeramente,
+elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo
+lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el
+tercero podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho
+del industrial.
+
+Así es que una idea producía tres resultados.
+
+En menos de tres años el autor del procedimiento se había hecho rico,
+lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido á los
+que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en el
+departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios, muy poca
+cosa.
+
+Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos
+centenares de francos todo lo más.
+
+Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa
+fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la de
+la comarca.
+
+Á su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias y
+el lenguaje del obrero.
+
+Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada en
+la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de diciembre,
+el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de
+declararse un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se
+precipitó en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños,
+que resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual
+hizo que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo
+su nombre. Llamábase el _tío Magdalena_.
+
+
+
+
+ II
+ =Magdalena=
+
+
+Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y buen
+sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él.
+
+Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había
+reanimado tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro
+de negocios importante. España, que consume mucho azabache negro,
+encargaba cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante
+comercio, competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío
+Magdalena eran tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran
+fábrica, en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para
+mujeres otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la
+seguridad de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á
+los hombres buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos
+probidad. Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y
+que, así las niñas como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En
+este punto era inflexible. En esto sólo se manifestaba intolerante. Y
+estaba tanto más fundada semejante severidad, cuanto, siendo M* sur
+M* ciudad guarnecida, las ocasiones de corrupción eran frecuentes.
+Por lo demás, su llegada había sido un beneficio y su presencia era
+providencial. Antes de la llegada del tío Magdalena todo languidecía en
+el país; desde ella, todo vivía la saludable vida del trabajo. Un gran
+movimiento de circulación daba calor y penetraba en todo. La holganza y
+la miseria eran desconocidas. No había allí bolsillo, por obscuro que
+fuése, donde no pudiese encontrarse algún dinero, ni casa tan pobre que
+no encerrase un poco de alegría.
+
+El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una cosa:
+ser hombre honrado, ser honrada mujer.
+
+Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era causa
+y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en un
+simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuése ello su
+principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros,
+que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre,
+en casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos;
+pero antes de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había
+empleado más de un millón para la ciudad y para los pobres.
+
+El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está
+dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él
+vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruinada;
+mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba de
+su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á
+su mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó
+admirado el porqué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado,
+son la nodriza y el maestro de escuela». Había creado á su costa una
+sala de asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de
+socorros para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un
+centro, un nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban
+familias indigentes; estableció pues allí una farmacia gratuita.
+
+Al principio, cuando se le vió empezar, decían las buenas almas: «Es un
+atrevido que quiere hacerse rico». Cuando se le vió enriquecer al país
+antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dijeron:
+«Es un ambicioso». Y esto parecía tanto más probable, cuanto era aquel
+hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad, cosa
+muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos los
+domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas partes,
+no tardó en preocuparse de aquella religiosidad. El tal diputado, que
+había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba de
+las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre
+de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. Á
+puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vió al rico
+industrial Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevió
+en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un
+confesor jesuita, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición,
+en aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una
+_carrera al campanario_. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así
+como Dios mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas
+en el hospital, y fueron ya doce.
+
+Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor de
+que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos
+servicios prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el
+rey alcalde de la ciudad. Aquéllos que habían tildado de «ambicioso»
+al forastero, aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por
+todos, exclamando: «¡He aquí lo que decíamos nosotros!». Todo el
+vecindario se enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después
+apareció el nombramiento en el _Moniteur_. Al día siguiente el tío
+Magdalena renunció.
+
+Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedimiento
+inventado por Magdalena figuraron en la exposición de la industria;
+fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor,
+caballero de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡Ah!
+ya; ¡era la cruz lo que quería! El tío Magdalena renunció á la cruz.
+
+Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas quedaron
+satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aventurero.
+
+Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían
+todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan
+cariñoso, que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en
+particular, le adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta
+gravedad melancólica. Cuando se le consideró rico, «las personas de
+sociedad» le saludaron y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena;
+sus obreros y los chicos siguieron, no obstante, llamándole el _tío
+Magdalena_, siendo esto lo único que le hacía sonreir agradablemente.
+Á medida que iba encumbrándose, las invitaciones llovían sobre él.
+«La sociedad» le reclamaba. Las tertulias _del buen tono_ que había
+en la ciudad y, que naturalmente, se hubieran cerrado en los primeros
+tiempos al artesano, abríanse de par en par al millonario. Á todas le
+invitaban. Á ninguna asistía.
+
+Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido.--«Es un hombre
+ignorante y de poca educación. Quién sabe de dónde ha salido. No sabría
+como conducirse en sociedad. Aún no está probado que sepa leer».
+
+Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante.
+Cuando se le vió repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso.
+Cuando se le vió renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y
+cuando se le vió esquivar el mundo, se le llamó bruto.
+
+En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servicios
+que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opinión
+de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle alcalde de
+la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la renuncia;
+todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le
+suplicaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que
+aceptar. Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación,
+fué el apóstrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual
+exclamó desde el umbral de la puerta con desenfado: _Un buen alcalde es
+útil. ¿Quién retrocede ante el bien que puede hacer?_
+
+Ésta fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había
+llegado á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor
+alcalde.
+
+
+
+
+ III
+ =Sumas depositadas en casa Laffitte=
+
+
+Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el primer
+día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un
+obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un
+sombrero de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado
+hasta la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello,
+vivía solitario. Hablaba muy poco. Excusaba los cumplimientos: saludaba
+de paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por
+calles apartadas hasta para excusarse de sonreir. Las mujeres decían de
+él: «¡Buen oso!». Su mejor entretenimiento era pasear por el campo.
+
+Comía siempre solo, con un libro abierto delante, en el cual leía.
+Tenía una pequeña pero escogida biblioteca. Gustaba de los libros; los
+libros son amigos fríos y seguros. Á medida que aumentaba su tiempo
+con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu.
+Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en año
+su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave.
+
+Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero raras
+veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, su
+tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás había
+tirado á un pajarillo.
+
+Aun cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodigiosa.
+Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de ello;
+levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía por
+los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsillos
+al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, los
+chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como una
+nube de mosquitos.
+
+Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque poseía
+toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él
+aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros
+é inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y
+á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes,
+en los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía
+«recetas» para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola
+de zorro, y tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba
+una conejera de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo
+de Berbería que hacía entrar.
+
+Un día vió gran número de campesinos ocupados en arrancar
+ortigas, fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas
+diciendo:--Están muertas. Y no obstante sería de gran provecho si
+se supiesen utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una
+legumbre excelente; cuando seca, tiene filamentos y fibras como el
+cáñamo y el lino. La tela de ortiga valdría lo que la del cáñamo.
+Machacada la ortiga, es buena para la volatería; molida, es buena para
+los cornúpetos. La semilla de la ortiga mezclaba con el forraje da
+brillantez al pelo de los animales; la raíz mezclada con sal produce un
+hermoso color amarillo. Siendo, finalmente, un excelente heno que puede
+ser segado dos veces. Y ¿qué necesita la ortiga? Un poco de tierra,
+ningún cuidado ni cultivo alguno. Solamente que la semilla va cayendo á
+medida que la planta muere, y es algo difícil su recolección. Esto es
+todo. Tomándose un poco de trabajo, la ortiga sería de mucha utilidad;
+se la descuida y es dañina. Entonces se la mata. ¡Cuántos hombres se
+parecen á la ortiga! Añadiendo después de una pausa: Amigos míos, tened
+esto muy presente: no hay malas hierbas ni hombres malos. No hay sino
+malos cultivadores.
+
+Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes muy
+lindos con paja y cáscaras de coco.
+
+Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; buscaba
+los entierros, como buscan otros los bautizos. La viudez y la desgracia
+ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase á los
+amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros
+al rededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus
+pensamientos aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo.
+Fija su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración
+hacia los misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban
+junto al borde del obscuro abismo de la muerte.
+
+Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para ello como
+se esconden otros por las malas. Penetraba ocultamente, de noche, en
+las casas, y subía furtivamente las escaleras. Más de un pobre diablo
+se encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta
+había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre
+hombre se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo
+primero que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El
+«ladrón» que había estado allí, había sido el tío Magdalena.
+
+Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que no
+tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar contento».
+
+Algunos pretendían que fuése un personaje misterioso, afirmando
+que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda
+de anacoreta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de
+tibias puestas en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien
+algunas jóvenes elegantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le
+dijeron:--Señor alcalde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por
+ahí que es una gruta.--Sonrió, y les abrió inmediatamente la puerta
+de su «gruta», lo cual castigó merecidamente su curiosidad. Era una
+habitación sencillamente adornada con muebles de caoba bastante feos,
+como todos los de este género, tapizada con papel de doce sueldos. Nada
+había allí notable, como no fueran dos candeleros de forma antigua,
+colocados sobre la chimenea y que tenían todas las trazas de ser de
+plata, «pues estaban contrastados». Observación llena de espíritu de
+los pueblos pequeños. Á pesar de la visita, no por eso se dijo menos
+que nadie penetraba en su cuarto; y que era una especie de caverna de
+ermitaño, una cueva, un agujero, una tumba.
+
+Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en casa
+Laffitte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata
+disposición; de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede
+llegar el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus
+dos ó tres millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó
+tres millones» se reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó
+cuarenta mil francos.
+
+
+
+
+ IV
+ =El señor Magdalena de luto=
+
+
+Á principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor
+Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «_monseñor
+Bienvenido_», fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos
+años.
+
+El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los
+periódicos, hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con
+todo y estar ciego, tenía á su hermana junto á él.
+
+Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la
+tierra, donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas
+y exquisitas de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado
+una mujer, una hija, una hermana, un ser encantador que está junto
+á nosotros porque necesitamos de él y porque no puede prescindir de
+nosotros, saber que somos indispensables á quien no es necesario,
+poder medir incesantemente su afecto por la cantidad de presencia
+que nos da, y poder decirnos: puesto que me consagra ella todo su
+tiempo, prueba que poseo todo su corazón; ver el pensamiento á falta
+de la figura; comprobar la fidelidad de un ser en el total eclipse
+del mundo; percibir el roce de un vestido como aleteo, sentirle ir y
+venir, salir, volver á entrar, hablar y cantar, y recordar luego que
+somos el centro de aquellos pasos, de aquellas palabras y aquellos
+cantos; patentizar á cada paso su propia atracción; conocerse uno tanto
+más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar á ser en la obscuridad
+y por la obscuridad el astro en torno del cual gravita aquel ángel,
+pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema dicha de la
+vida es la convicción de que uno es amado; amado por sí mismo; decimos
+mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción la alcanza el
+ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser acariciado. ¿Falta
+algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene amor. ¡Y qué amor!
+¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay ceguera donde hay
+certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra. Y aquella
+alma encontrada y comprobada es una mujer. Os sostiene una mano, es
+la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca; sentís junto á
+vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde su culto
+hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener aquella dulce
+debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable caña,
+tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla en nuestros
+brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón, esa
+obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie
+cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí,
+siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño
+y reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí
+está. Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo
+de luz en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas
+que resultan enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la
+voz femenina empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo
+desvanecido. Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se
+siente uno adorado. Es un paraíso en las tinieblas.
+
+Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de
+su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor
+Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el
+sombrero.
+
+Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz acerca
+del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún
+parentesco con el venerable obispo. _Viste luto por el obispo de D***_,
+díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor
+Magdalena dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la
+nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella
+ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena,
+pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el
+adelantamiento que había obtenido en el aumento de reverencias que le
+hicieron las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le
+dirigieron los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran
+mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle:
+
+--Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de
+D***?
+
+Él contestó:
+
+--No, señora.
+
+--Pero,--repuso la noble viuda,--¿el luto que vestís es por él?
+
+Á lo que respondió el señor Magdalena:--Es que durante mi juventud fuí
+lacayo de su familia.
+
+Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez que
+pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en busca
+de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y
+después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo
+decían unos á otros, así es que pasaban muchos.
+
+
+
+
+ V
+ =Vagos relámpagos en el horizonte=
+
+
+Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron.
+Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa
+especie de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus
+correspondientes injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo
+murmuraciones, más tarde en malicias, desvaneciéndose por último
+completamente; la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial,
+y llegó un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: _el señor
+alcalde_ se pronunciaba en M* sur M* casi con el mismo acento que esta
+otra, _el señor obispo_ era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran
+los que, de diez leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él
+terminaba las diferencias, hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba
+á los enemigos. Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía
+encerrar en su espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un
+contagio de veneración que, en seis ó siete años progresivamente, llegó
+á extenderse por todo el país.
+
+Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró
+absolutamente de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena,
+continuaba rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable
+le desvelase é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en
+ciertos hombres un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como
+todo instinto, que crea las antipatías y las simpatías, que separa
+fatalmente una naturaleza de otra naturaleza, que no titubea, que no
+se turba, ni guarda silencio, ni se desmiente jamás; claro en medio
+de su obscuridad, infalible, imperioso, refractario á todo consejo
+de la inteligencia y á todos los disolventes de la razón, y que, de
+cualquier manera que se presenten los destinos, advierte secretamente
+al hombre-perro de la presencia del hombre-gato, y al hombre-zorro de
+la presencia del hombre-león.
+
+Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle,
+tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía
+que un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de
+plomo obscuro, armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con
+un sombrero rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con
+la mirada hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo
+lentamente la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el
+inferior hasta la nariz, especie de mueca significativa que podría
+traducirse por:--Pero ¿qué es lo que es este hombre?--De fijo yo le he
+visto en alguna parte.--En todo caso no ha de engañarme siempre.
+
+Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos que,
+por rápidamente que se les mire, preocupan al observador.
+
+Llamábase Javert y era de la policía.
+
+Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de
+inspector. No había visto los principios del señor Magdalena. Javert
+debía el puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet,
+secretario del ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto
+de policía de París. Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del
+gran industrial era ya un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor
+Magdalena.
+
+Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica
+con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert
+tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza.
+
+Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos,
+se vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de
+la especie humana, corresponde á algunas de las diversas especies de
+la creación animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta
+verdad, apenas vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra
+hasta el águila, desde el puerco al tigre, todos los animales están
+en el hombre, y que cada uno de ellos está en un hombre. Y á veces,
+igualmente, varios de ellos á un mismo tiempo.
+
+Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y de
+nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles
+de nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos.
+Solamente que como los animales no son más que sombras, Dios no les
+ha hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al
+contrario, siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio,
+Dios les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la
+educación. La educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un
+alma, sea cual fuere, toda la utilidad que en ella se encierre.
+
+Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre
+aparente, y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad
+anterior ó ulterior de los seres que no son el hombre. El _yo_ visible
+no autoriza en ningún caso al pensador para negar el _yo_ latente.
+
+Hecha esta observación, prosigamos.
+
+Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo hombre
+se encierra una de las especies animales de la creación, nos será más
+fácil decir quién era el inspector Javert.
+
+Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada de
+loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que
+en creciendo devore á los pequeños.
+
+Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert.
+
+Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan
+la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se
+encontraba fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás
+en ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de
+ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan;
+no podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo,
+sentíase poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de
+probidad, mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de
+gitanos de la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á
+los cuarenta años era inspector.
+
+Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del
+Mediodía.
+
+Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que
+hemos aplicado hace poco á Javert.
+
+El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos
+profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos
+enormes patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la
+primera vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual
+era tan raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse,
+dejando ver, no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se
+formaba al rededor de su nariz una arruga abultada y salvaje como si
+fuera el hocico de un animal carnívoro. Javert serio era un perro de
+presa; cuando reía, un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha
+mandíbula; los cabellos cubrían su frente y le caían sobre las orejas;
+entre ambos ojos un ceño central permanente como una estrella de
+cólera, la mirada obscura, la boca contraída y temible, y una expresión
+de mando feroz.
+
+Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como
+relativamente buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de
+exagerarlos; el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á
+sus ojos el robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa
+que otras tantas formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe
+ciega y profunda, á todo el que desempeñaba alguna función del Estado,
+desde el primer ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de
+desprecio, aversión y desagrado á todo el que había saltado una vez el
+dique legal de la maldad. Era absoluto sin admitir excepciones. Por
+una parte, decía:--El funcionario no puede engañarse; el magistrado
+jamás se equivoca.--De la otra, decía:--Éstos están irremisiblemente
+perdidos. Nada de bueno pueden dar.--Era su opinión completamente
+partidaria de la de esos espíritus extremados, que atribuyen á la ley
+humana no sé qué facultad para hacer, ó, si se quiere, patentizar
+demonios, y que ponen una Estigia en la parte baja de la sociedad.
+Era estoico, serio, austero; pensador triste; humilde y altivo como
+los fanáticos. Su mirada era una barrena, una barrena fría, y así
+taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado en estas dos palabras:
+velar y vigilar. Había introducido la línea recta en lo que hay en el
+mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad, la religión de sus
+funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote. ¡Desdichado del que
+caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á intentar escaparse de
+presidio y denunciando á su madre al huir de la cárcel. Y lo hubiera
+hecho con aquella especie de satisfacción interna que produce la
+virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento, abnegación,
+castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber implacable;
+la policía comprendida, como los espartanos comprendían á Esparta; una
+vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de mármol. Bruto
+encarnado en Vidocq.
+
+Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se
+esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época,
+salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras,
+no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la
+frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que
+se perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro
+la corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas;
+no se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en
+llegando la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como
+de una emboscada, una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta,
+una barba amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso.
+
+En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar los
+libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto
+se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras.
+
+No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho
+de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente
+estaba unido á la humanidad.
+
+Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella,
+clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia
+designa bajo el epígrafe: _Gentes de oficio desconocido_. Con sólo
+pronunciar el nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert
+apareciendo, les petrificaba.
+
+Tal era aquel hombre formidable.
+
+Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena.
+Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había acabado
+por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor
+importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba ni
+le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada
+y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla
+bondad.
+
+Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado
+secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran
+por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores
+que Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y
+algunas veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas,
+que alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre
+cierta familia desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo
+mismo:--¡Creo que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado
+sin decir una palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado
+se le hubiese roto.
+
+Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido
+de ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede
+haber nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es
+propio del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado,
+desorientado. Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el
+bruto resultaría entonces mejor iluminado que el hombre.
+
+Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila
+serenidad de Magdalena.
+
+Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta
+impresión en Magdalena.
+
+He aquí el motivo.
+
+
+
+
+ VI
+ =Fauchelevent=
+
+
+Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar de M*
+sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia. Acercóse
+á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent,
+acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido.
+
+Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor
+Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad,
+Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba
+cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent había
+visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que él,
+maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo
+que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á
+Magdalena. Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y
+un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero
+para poder vivir.
+
+El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse.
+El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido
+verdaderamente desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba
+sobre su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El
+pobre Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de
+arrancarle de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una
+ayuda mal dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible
+salvarle de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo.
+Javert, que había aparecido en el momento del accidente, había mandado
+á buscar un gato.
+
+El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo.
+
+--¡Ayudadme!--gritaba el viejo Fauchelevent.--¿No habrá por ahí algún
+buen hombre para salvar á este pobre viejo?
+
+Magdalena volvióse hacia los allí reunidos:
+
+--¿No hay un gato de albañil?
+
+--Han ido á buscar uno--contestó un hombre.
+
+--¿Cuánto tardará en estar aquí?
+
+--Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en
+casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto
+de hora.
+
+--¡Un cuarto de hora!--exclamó Magdalena.
+
+Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el
+carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho del
+viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría
+rotas las costillas.
+
+--Es imposible esperar un cuarto de hora,--dijo Magdalena á los
+artesanos que estaban mirando.
+
+--¡Y no hay otro medio!
+
+--Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el carro?
+
+--¡Virgen santísima!
+
+--Oid,--repuso Magdalena,--queda todavía debajo del carro espacio
+bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la
+espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre.
+¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco
+luises de oro que ganar!
+
+Nadie de los del grupo contestó.
+
+--¡Diez luises!--dijo Magdalena.
+
+Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:--Sería preciso
+ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado!
+
+--Á ver,--volvió á decir Magdalena,--¡veinte luises!
+
+El mismo silencio.
+
+--No es la buena voluntad lo que hace falta,--dijo una voz.
+
+El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le había
+notado al llegar.
+
+Javert continuó:
+
+--Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para
+levantar un carro como éste con la espalda.
+
+Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho las
+palabras que iba pronunciando:
+
+--Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo hombre
+capaz de hacer lo que proponeis.
+
+Magdalena se estremeció.
+
+Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de
+Magdalena:
+
+--Era un presidiario.
+
+--¡Ah!--exclamó Magdalena.
+
+--De Tolón.
+
+Magdalena palideció.
+
+Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz
+Fauchelevent rugía y aullaba.
+
+--¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier
+cosa! ¡Ah!
+
+Magdalena miraba en torno suyo.
+
+--¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este
+pobre viejo?
+
+Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso:
+
+--Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato, que el
+presidiario.
+
+--¡Ah! ¡ved que me aplasta!--exclamaba el viejo.
+
+Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de Javert
+siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro
+inmóviles, y sonrió tristemente.
+
+Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas, y
+antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo
+ya debajo del carruaje.
+
+Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio.
+
+Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso,
+intentar por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las
+rodillas. Gritábanle:
+
+--¡Tío Magdalena! ¡retiraos!
+
+El viejo Fauchelevent mismo exclamó:
+
+--¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir, ya
+lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también?
+
+Magdalena no dijo una palabra.
+
+Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado
+hundiéndose, y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de
+debajo del carro.
+
+De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué
+levantándose lentamente, las ruedas acababan de salir del carril.
+Oyóse entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era
+Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo.
+
+Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando
+fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El
+viejo Fauchelevent estaba salvado.
+
+Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus
+vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El
+viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba
+en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando
+su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear.
+
+
+
+
+ VII
+ =Fauchelevent, Jardinero en París=
+
+
+Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor
+Magdalena le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida
+para sus obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba
+servida por dos hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana
+se encontró el pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de
+noche, con estas palabras escritas por el propio Magdalena: _Os compro
+vuestro carro y vuestro caballo_. El carro estaba roto, el caballo
+muerto. Fauchelevent curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor
+Magdalena, por recomendación de las hermanas de la Caridad y de su
+cura, hizo colocar al buen viejo, de jardinero en un convento de monjas
+del cuartel de San Antonio de París.
+
+Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La
+primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda
+que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió
+una especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo
+olfateando un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó
+el verle cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían
+imperiosamente y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con
+el señor alcalde, cumplía su deber con profundo respeto.
+
+Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, tenía,
+sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no por
+dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no engaña
+jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el
+comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria,
+apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en
+apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es
+dichoso y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al
+Estado. Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un
+termómetro infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete
+años habían sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el
+distrito de M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho
+distrito como modelo entre todos los demás, el señor de Villèle,
+ministro de Hacienda á la sazón.
+
+Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se
+acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor
+Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué
+admitida en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para
+Fantina, y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón
+sacaba un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus
+principales necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la
+vida.
+
+
+
+
+ VIII
+ =La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad=
+
+
+Cuando vió Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría.
+Vivir honestamente del trabajo propio, ¡qué favor del cielo! El
+amor al trabajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo,
+regocijándose al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus
+bellísimos dientes; olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en
+Cosette y en las posibilidades del porvenir y fué dichosa. Alquiló
+un cuartito que amuebló á crédito de su trabajo futuro, resto de sus
+costumbres desordenadas.
+
+No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como hemos ya
+dejado entrever, de hablar de su hija.
+
+En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los
+Thénardier. Como no sabía más que firmar, tuvo necesidad de escribir
+por la mediación de un escribiente público.
+
+Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo
+bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía
+«ciertos aires».
+
+Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que
+aquellas personas con quienes no tienen nada que ver.--¿Por qué este
+señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no
+cuelga los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por
+callejones? ¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar
+á la casa? ¿Por qué manda á comprar un cuadernillo de papel de cartas,
+teniendo «llena su papelera»?, etc., etc. Existen seres que, por
+conocer el objeto de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte,
+perfectamente indiferentes, emplean más dinero, gastan más tiempo, y
+se dan más trabajo del que sería necesario para diez buenas acciones;
+y esto gratuitamente, por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que
+por la curiosidad misma. Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán
+horas y horas de guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles,
+desafiando lluvias y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros
+y lacayos, comprarán doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué?
+para nada. Por encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura
+comezón de murmurar y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes
+secretos, tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los
+enigmas, producen catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias,
+amargando innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo
+han «descubierto todo» sin interés, sólo por instinto. ¡Triste cosa por
+cierto!
+
+Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus
+palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son
+como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho
+combustible, siendo su combustible el prójimo.
+
+Se observó pues á Fantina.
+
+Á más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabellos
+y de sus dientes blancos.
+
+Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuentemente
+para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba á su
+hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó.
+
+Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pasado.
+
+Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes, siempre
+con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo adquirir un
+sobre en que se leía: _Al señor Thénardier, hostelero, en Montfermeil_.
+Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que no
+conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho
+de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que
+debía ser tal vez una hija». Se encontró comadre que hizo el viaje,
+á Montfermeil; habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con
+los treinta francos que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en
+limpio. ¡He visto la criatura!».
+
+La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victurnien,
+guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Victurnien
+contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su fealdad con
+la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu caprichoso. Aquella
+vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno
+93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado,
+pasando de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera,
+espinosa, venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien
+había enviudado y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en
+la que se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la
+restauración se hizo beata, pero con tal energía, que los clericales
+le perdonaron su enlace con el fraile. Tenía una pequeña posesión que
+había legado ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy
+considerada en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo
+en Montfermeil, y volvió diciendo: «Yo he visto la criatura».
+
+Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año hacía,
+en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó,
+de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba
+despedida, y que de parte también del propio señor alcalde, se la
+invitaba á dejar la población.
+
+Éste tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier,
+después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo
+quince francos en lugar de doce.
+
+Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo el
+alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar
+estas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le
+significó que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era,
+por otra parte, más que una obrera mediana. Agobiada de vergüenza más
+que de desesperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta
+era ya conocida de todo el mundo!
+
+No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que
+viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había
+dado cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era
+justo. Sometióse pues á este mandato.
+
+
+
+
+ IX
+ =Triunfo de la señora Victurnien=
+
+
+La viuda del fraile fué útil para algo.
+
+Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aquello.
+Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El
+señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el taller
+de mujeres.
+
+Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le
+habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona
+verdaderamente respetable, firme, equitativa é íntegra, poseída del
+espíritu de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo
+grado el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona.
+El señor Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven
+obligados frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de
+sus plenos poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora
+del taller instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Fantina.
+
+En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de
+una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y
+socorros de obreras, de la que no daba cuenta.
+
+Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en
+puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había
+podido dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles,
+¡qué muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como
+ladrona». El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois
+joven y bonita, por lo tanto no ha de faltaros con qué pagar». Partió
+los cincuenta francos entre el propietario y el prendero; devolvió á
+éste las tres cuartas partes de su mobiliario, no quedándose más que
+con lo indispensable, y se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más
+que su cama, y debiendo todavía cerca de cien francos.
+
+Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición,
+ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué
+cuando empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier.
+
+Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella volvía
+por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después de
+vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro
+el primero, el segundo negro.
+
+Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno, como se
+prescinde del pajarillo que se os comía un sueldo de alpiste cada dos
+días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas, cómo se
+ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente. ¿Quién es
+capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han envejecido
+en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo? Acaba ello
+por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella recobró
+cierto valor.
+
+En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo
+yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á la
+costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se está
+triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes,
+un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto
+me irá alimentando».
+
+Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera
+sido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por
+qué hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los
+Thénardier! ¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo?
+
+La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la
+vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de buena
+fe, pobre y caritativa para con los pobres, y aún para con los ricos;
+sabía escribir lo bastante para firmar _Margarita_, y creía en Dios que
+es la existencia.
+
+Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo alto.
+Esta vida tiene siempre una mañana.
+
+Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía á
+salir.
+
+Cuando estaba en la calle, adivinaba que las gentes se volvían atrás
+para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la
+saludaba; el menosprecio acre y frío de los transeuntes penetraba sus
+carnes, y aún su alma, como el viento norte.
+
+En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuentre
+sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al
+menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido.
+¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible.
+
+Fué indispensable acostumbrarse al desprecio, como se había
+acostumbrado á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido.
+Después de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á
+la calle como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual», díjose.
+
+Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y
+sintiendo que iba perdiendo la vergüenza.
+
+La señora Victurnien la miraba pasar algunas veces desde su ventana,
+advirtiendo la desdicha de «aquella criatura», gracias á ella «colocada
+donde debía estar», y se felicitaba. Las gentes malas tienen la dicha
+negra.
+
+El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía
+iba en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad, ved
+mis manos como arden».
+
+No obstante, por la mañana, cuando peinaba con un peine viejo y roto
+sus hermosos cabellos, que brillaban como la seda floja, gozaba un
+instante de feliz coquetería.
+
+
+
+
+ X
+ =Prosigue el triunfo=
+
+
+Había sido despedida del taller á fines del invierno; se pasó el
+verano, pero volvió el invierno. Días cortos, menos trabajo. El
+invierno carece de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á
+la mañana, niebla y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve
+claro. El cielo es un tragaluz. El día entero una cueva. El sol tiene
+el aspecto de un pobre. ¡El horror impera! El invierno trueca en
+piedras el agua del cielo y el corazón del hombre. Sus acreedores la
+acosaban.
+
+Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. Los Thénardier,
+mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyo contenido la
+desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le escribieron
+que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con el frío que
+hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era preciso que
+mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. Al recibir la
+carta se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por la noche
+entró en casa de un barbero que vivía en un extremo de la calle, y se
+quitó el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubia se
+extendió y cayó hasta las caderas.
+
+--¡Bonito cabello!--exclamó el barbero.
+
+--¿Cuánto me daríais por él?--preguntó Fantina.
+
+--Diez francos.
+
+--Cortadlos.
+
+Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se la mandó á los
+Thénardier.
+
+Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero lo que ellos
+querían: Dieron pues la saya á su Eponina. La pobre Alondra continuó
+tiritando.
+
+Fantina pensaba:--«Mi hija no tiene ya frío. La he vestido con mis
+cabellos».--Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada á su cabeza
+rapada, con la cual estaba aún graciosa.
+
+Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón de Fantina.
+
+Cuando vió que no podía peinarse, comenzó á sentir odio á todo cuanto
+la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado de la veneración
+general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fuerza de
+repetirse que había sido él quien la había despedido, y que era él la
+causa de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuando
+pasaba junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran á
+estar á la puerta, afectaba reir y cantar.
+
+Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientras cantaba y reía
+de aquella manera, exclamó:--He aquí una chica que acabará mal.
+
+No tardó _la chica_ en tener un amante; el primero que se le acercó, un
+hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del dolor en el
+corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un ocioso,
+un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había tomado,
+con disgusto.
+
+Ella adoraba á su hija.
+
+Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrededor,
+brillando más en el fondo de su alma aquel dulce y tierno ángel de su
+corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo»; y
+se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda.
+
+Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguientes
+términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la
+comarca, llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto
+nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis desde
+luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña».
+
+Rompió á reir á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su anciana
+vecina:
+
+--¡Buena es ésa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro. ¿Y
+de dónde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes!
+
+Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á
+leer la carta.
+
+Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltando y
+riendo siempre.
+
+Alguien que la encontró la dijo:--¿Qué es lo que os pasa que estáis tan
+alegre?
+
+Ella respondió:--Una barbaridad que acaban de escribirme unos
+campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser!
+
+Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que rodeaba
+un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual peroraba
+un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en
+ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos
+y elixires.
+
+Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella arenga,
+la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para la
+gente corriente.--El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que
+se reía, exclamó de súbito:--¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os
+estáis riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de
+cada uno un napoleón de oro.
+
+--¿Qué es eso? ¿qué son los paletos?--preguntó Fantina.
+
+--Paletos,--repuso el sacamuelas,--son los dientes centrales de la
+mandíbula superior.
+
+--¡Qué horror!--exclamó Fantina.
+
+--¡Dos napoleones de oro!--murmuró una vieja sin diente alguno.--¡He
+aquí una mujer feliz!
+
+Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oir la voz
+ronca del titiritero que seguía gritando:--¡Pensadlo bien, hermosa!
+Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta,
+id á verme esta tarde á la hostería del _Tablado de plata_; allí me
+encontraréis.
+
+Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso á
+su buena vecina Margarita.--¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que es un
+hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejantes
+hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo
+vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría
+arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el
+cráneo. Ha dicho que estaría esta tarde en el _Tablado de plata_.
+
+--¿Y cuánto os ha ofrecido?--preguntó Margarita.
+
+--Dos napoleones de oro.
+
+--¡Caramba! ¡cuarenta francos!
+
+--Sí,--dijo Fantina, son cuarenta francos.
+
+Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un
+cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los
+Thénardier en la escalera.
+
+Y al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junto á
+ella:
+
+--¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis?
+
+--Sí,--respondió la anciana,--una enfermedad.
+
+--¿Y son necesarios muchos remedios?
+
+--¡Oh! remedios terribles.
+
+--¿Y se adquiere fácilmente?
+
+--Nos coge á lo mejor.
+
+--¿También á las criaturas?
+
+--Á las criaturas sobre todo.
+
+--¿Y mueren muchos?
+
+--¡Muchísimos!--dijo Margarita.
+
+Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta.
+
+Por la tarde bajó y se la vió dirigirse hacia la parte de la calle de
+París, donde están las posadas.
+
+Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto de
+Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y de esta
+manera no tenían que encender más que una luz para las dos, encontró á
+Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se había acostado. Su
+gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela había ardido toda
+la noche, y estaba casi consumida por completo.
+
+Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme desorden,
+y exclamó:
+
+--¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que
+sucede?
+
+Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada.
+
+Fantina durante aquella noche había envejecido diez años.
+
+--¡Jesús!--dijo Margarita;--¿qué os pasa Fantina?
+
+--Nada,--contestó Fantina.--Al contrario. Mi hija no morirá ya de la
+terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta!
+
+Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban
+sobre la mesa.
+
+--¡Ah! ¡Jesús, Dios mío!--dijo Margarita.--¿Pero eso es una fortuna?
+¿de dónde habéis sacado estos luises de oro?
+
+--Los he ganado,--contestó Fantina.
+
+Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La
+sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba los
+bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro.
+
+Los dos dientes se habían arrancado.
+
+Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil.
+
+Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa de
+los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma.
+
+Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había dejado
+su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un pestillo en
+la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo
+con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no
+puede penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su
+destino, sino doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le
+quedaba sólo un pingajo, al que llamaba su cobertor, un mal colchón
+sobre el suelo y una silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le
+había secado, olvidado en un rincón. En el otro lado había un bote que
+había sido de manteca, el cual servía para poner el agua que se helaba
+en invierno y en la cual se iban marcando los diferentes niveles del
+líquido, por círculos de hielo. Había perdido el pudor, luego perdió
+también la coquetería. Última señal de decadencia. Salía con gorras
+sucias á la calle. Fuése por falta de tiempo ó por indiferencia, no
+repasaba siquiera sus vestidos. Á medida que los talones se rompían
+iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descubría por algunos
+pliegues perpendiculares. Remendaba su corpiño viejo y usado, con
+pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las gentes á
+quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor reposo. Se
+encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase las
+noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía un
+dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho.
+Odiaba profundamente al tío Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez y
+siete horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles,
+que hacía trabajar con rebaja á las presas, causó de súbito una baja en
+los precios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las
+obreras libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve
+sueldos diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como
+nunca. El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía
+continuamente: ¿Cuándo me pagarás, pícara? ¡Qué más querían de ella,
+Dios bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo
+de fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente
+había esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba
+cien francos enseguida, y que si no, pondría á la pequeña Cosette en
+la calle, á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad,
+con el frío y por los caminos á que fuése de ella lo que fuere, aunque
+reventase, si así lo quería.
+
+--Cien francos,--pensó Fantina.--¿Pero dónde encontrar trabajo con el
+cual ganar cien sueldos diarios?
+
+--¡Andando!--exclamó,--vendamos el resto.
+
+Y la desventurada se hizo mujer pública.
+
+
+
+
+ XI
+ =Christus nos liberavit=
+
+
+¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una
+esclava.
+
+¿Á quién? Á la miseria.
+
+Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, á la desnudez. Venta
+dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad
+acepta.
+
+La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no
+la penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la
+civilización europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más
+que sobre la mujer, y se llama prostitución.
+
+Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad,
+sobre la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores
+ignominias del hombre!
+
+Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le quedaba
+á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido toda
+en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se estremece de frío. Para
+ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa.
+La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado
+cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, todo
+lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha
+llorado todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la
+indiferencia, como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada.
+Nada cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella
+todo el océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas
+sus amarguras.
+
+Á lo menos así lo cree ella, pero es un error imaginarse que la suerte
+se puede agotar y que pueda tocarse al fondo de lo que fuere.
+
+¡Ay! ¿qué es lo que son los destinos así empujados de continuo? ¿á
+dónde van? ¿por qué han de ser así?
+
+El que esto sabe, ve en toda obscuridad.
+
+Es único. Se llama Dios.
+
+
+
+
+ XII
+ =La ociosidad del señor Bamatabois=
+
+
+Existe en todas las pequeñas poblaciones, y la había en M* sur M*
+particularmente, cierta clase de jóvenes que gastan mil quinientas
+libras de renta en provincias, como el mismo aire con que sus
+semejantes consumen en París doscientos mil francos anuales. Pertenecen
+los tales, á la gran raza neutra; impotentes, parásitos, nulos, que
+poseen un pedazo de tierra, un poco de tontería y un poco de ingenio,
+que serían rústicos en un salón y se creen caballeros en una taberna,
+que dicen: Mis prados, mis bosques, mis colonos; que silban á las
+actrices en el teatro para probar que son gente de gusto; que disputan
+con los oficiales de la guarnición para hacer gala de valentones;
+que cazan, fuman, bailan, beben, huelen á tabaco, juegan al billar,
+contemplan á los viajeros que vienen en la diligencia, viven en el
+café, comen en la posada, tienen su perro para roer los huesos debajo
+de la mesa y una querida que pone los platos encima, que regatean
+un sueldo, exageran las modas, admiran la tragedia, desprecian las
+mujeres, usan botas antiguas, copian á Londres al través de París y
+á París al través de Pont-á-Mousson, envejecen aniñados, no trabajan
+nunca, no sirven para nada ni hacen gran mal.
+
+Si Félix Tholomyés hubiese permanecido en su provincia sin haber visto
+nunca París, hubiera sido uno de estos hombres.
+
+Si fuesen más ricos, se diría de ellos: son elegantes. Si fueran más
+pobres, se diría: son holgazanes. Tales cuales son, se les llama
+sencillamente, desocupados. Entre los tales desocupados, los hay
+fastidiosos y fastidiados, visionarios y pillastres más ó menos
+graciosos.
+
+Durante aquella época, un elegante se componía de un gran cuello, una
+gran corbata, un reloj con chucherías, tres chalecos sobrepuestos de
+colores distintos, el azul y el encarnado interiores, un frac de color
+de aceituna, de talle corto y cola de merluza, con doble hilera de
+botones de plata, pegados casi los unos á los otros, subiendo hasta
+los hombros, y un pantalón del mismo color, pero más claro, guarnecido
+en sus dos costuras de un número indeterminado de bandas, pero siempre
+impar, variando entre una y once, límite del cual no se pasaba jamás.
+Añádase á esto unas botitas con pequeñas herraduras en los tacones, un
+sombrero de copa alta y alas estrechas, cabellos peinados con tupé, un
+enorme bastón, una conversación realzada por los juegos de palabras de
+Potier. Y sobre todo, espuelas y bigotes. En aquella época, los bigotes
+significaban paisano y las espuelas peón.
+
+El elegante provinciano llevaba las espuelas más largas y los bigotes
+más marcados que el parisién.
+
+Era la época de la lucha entre las repúblicas de la América meridional
+y el rey de España, de Bolívar contra Morillo. Los sombreros de ala
+estrecha eran realistas, y se llamaban morillos; los liberales llevan
+sombreros de alas anchas, llamados bolivares.
+
+Ocho ó diez meses después de lo que hemos narrado en las páginas
+precedentes, hacia los primeros días de enero de 1823, una tarde que
+había nevado, uno de estos elegantes, uno de estos desocupados, «de
+buenas intenciones», pues llevaba morillo, é iba además muy bien
+embozado en una gran capa de las que completaban en tiempo de frío el
+traje á la moda, divertíase en perseguir á una infeliz que andaba en
+traje de baile, descotada y con flores en la cabeza, frente las puertas
+del café de los oficiales. Nuestro elegante fumaba porque era ello,
+decididamente, de moda.
+
+Cada vez que aquella pobre mujer pasaba junto á él, lanzábale con
+una bocanada de humo de su cigarro, algún apóstrofe, que él creía
+ingenioso y agudo, como: ¡Qué fea eres!--¡Quieres marcharte!--No tienes
+dientes, etc., etc.--Este personaje se llamaba Bamatabois.--La mujer,
+triste sombra vestida que iba y venía caminando sobre la nieve, no
+le contestaba ni miraba siquiera, ni dejaba de recorrer en silencio,
+por ello, la ruta que se había trazado y que la ponía cada cinco
+minutos bajo aquellos sarcasmos, como el soldado condenado á palos
+que se revuelve bajo las baquetas. El poco caso que se le hacía, picó
+indudablemente al ocioso, quien aprovechando un momento en que la mujer
+daba la vuelta, fué se tras ella á paso de lobo, y sofocando la risa,
+se bajó, cogió del suelo un puñado de nieve, y se la arrojó bruscamente
+entre sus desnudos hombros. La pobre muchacha lanzó un rugido
+desgarrador, y volviéndose indignada como una pantera, lanzóse contra
+el hombre, clavándole las uñas en la cara, acompañando la acción de las
+palabras más duras que puedan oirse en un cuerpo de guardia. Aquellas
+injurias vomitadas con voz aguardentosa, salían indignas y asquerosas
+de la boca de una mujer, á la cual le faltaban efectivamente los dos
+dientes centrales de la mandíbula superior. Era Fantina.
+
+Al escándalo que se produjo, salieron todos los oficiales del café;
+agrupáronse también los transeuntes, formándose un gran corro, que
+se divertía azuzando y aplaudiendo alrededor de aquel torbellino,
+compuesto de dos seres en el que apenas podían reconocerse un hombre y
+una mujer; el hombre, procurando defenderse, con el sombrero rodando
+por el suelo; la mujer, pegando sin tino ni concierto con las manos y
+los pies, descompuesta, espumeante, sin dientes ni cabellos, lívida por
+la cólera, horrible.
+
+De pronto, un hombre de elevada estatura, adelantándose entre la
+multitud, asiendo á la mujer por el corpiño de raso cubierto de barro,
+la dijo:--«Sígueme».
+
+La mujer levantó la cabeza, apagando de súbito su furioso acento. Sus
+ojos se pusieron vidriosos; de lívida se tornó pálida y temblando con
+el estremecimiento del terror.
+
+Había reconocido á Javert.
+
+El elegante había aprovechado la ocasión para escapar.
+
+
+
+
+ XIII
+ =Solución de algunas cuestiones de policía municipal=
+
+
+Javert apartó á los concurrentes, rompió el círculo y echó á andar
+á grandes pasos hacia las oficinas de policía situadas al extremo
+de la plaza, arrastrando hacia allí á la miserable. Ella se dejó
+conducir maquinalmente. Ni él ni ella decían una palabra. La nube de
+espectadores en el paroxismo de la alegría les iba siguiendo con sus
+pullas. La suprema miseria es siempre ocasión de obscenidades.
+
+Al llegar á las oficinas de policía, que estaban en una sala baja
+caldeada por una estufa y custodiada por una guardia, con una vidriera
+con reja que daba á la calle, abrió Javert la puerta, entrando
+con Fantina, y volvió á cerrar inmediatamente tras sí, con gran
+descontentamiento de los curiosos, que se empinaban sobre las puntas de
+los pies, alargando el cuello cuanto podían, ante la obscura vidriera
+del cuerpo de guardia, procurando ver algo. La curiosidad es una
+glotonería. Ver es devorar.
+
+Al entrar, se fué Fantina á un rincón, muda é inmóvil, donde se
+acurrucó como un perro espantado.
+
+El sargento de guardia puso una vela encendida sobre una mesa. Sentóse
+Javert, sacó de su bolsillo un pliego de papel sellado y se puso á
+escribir.
+
+Esta clase de mujeres se encuentran completamente abandonadas por
+nuestras leyes á la discreción de la policía. Ésta hace de ellas lo
+que quiere; las castiga como parece, confiscando á su antojo estas
+dos tristes cosas que se llaman su industria y su libertad. Javert
+estaba impasible; su cara seria y grave no transparentaba la menor
+emoción. Sin embargo, estaba grave y profundamente preocupado. Era
+uno de aquellos momentos en que ejercía sin tener quién pudiera
+contrariarle, pero con todos los escrúpulos de una conciencia severa,
+su tremendo poder discrecional. En aquel instante estaba penetrado
+de que su asiento de agente de policía era un tribunal. Y juzgaba.
+Juzgaba y condenaba. Procuraba llamar así cuantas ideas podía tener
+dentro de su espíritu á propósito para auxiliarle en la gran obra que
+ejecutaba. Cuanto más examinaba lo hecho por aquella pobre chica,
+más indignado se sentía. Era evidente que acababa de presenciar la
+comisión de un crimen. Acababa de ver allí, en medio de la calle, á la
+sociedad representada por un elector propietario, insultada y atacada
+por una criatura fuera de toda ley. Una prostituta atentando contra un
+contribuyente. Él lo había visto, él, Javert. Y escribía en silencio.
+
+Cuando hubo concluido, firmó, doblé el papel y dijo al sargento de la
+guardia entregándoselo:--Tomad tres hombres y acompañad esta mujer á la
+cárcel.--Después, volviéndose á Fantina, añadió:--Vas por seis meses.
+
+La desventurada se estremeció.
+
+--¡Seis meses! ¡seis meses de cárcel!--exclamaba.--¡Seis meses de ganar
+solamente siete sueldos al día! ¿Qué será de mi pobre Cosette? ¡de mi
+hija! ¡mi hija! Pero yo debo aún más de cien francos á los Thénardier:
+señor inspector ¿sabéis vos esto?
+
+Fantina se arrastraba sobre las baldosas mojadas por las botas llenas
+de barro de aquellos hombres, sin levantarse, caminando de rodillas.
+
+--Señor Javert,--decía,--os pido perdón. Os aseguro que la culpa no
+era mía. Si hubiérais visto el comienzo de la disputa, os hubiérais
+persuadido, lo juro por Dios vivo, de que no era mía la culpa. Fué
+aquel señor, al cual yo no conozco, quien me echó un puñado de nieve en
+la espalda. ¿Es que hay derecho de echarnos nieve á la espalda cuando
+seguimos, como seguía yo, tranquilamente por nuestro camino sin causar
+daño á nadie? Esto me exasperó. Estoy enferma ¡vedlo! y luego hacía
+mucho rato que me estaba echando pullas. «¡Eres fea! decía, ¡no tienes
+dientes!». Ya sé yo perfectamente que me faltan dientes. Yo no hacía
+ni le decía nada; yo pensaba: Es un señor que se divierte. Estuve muy
+prudente con él, no le dije una palabra. Entonces fué, por esto sin
+duda, que me arrojó la nieve. Señor Javert, mi buen señor Javert; ¡ah!
+señor inspector, ¿no hay quién lo haya visto para atestiguar que es
+verdad lo que os digo? Puede que haya hecho mal enfadándome; pero ya
+veis, aquella impresión, en el primer momento nadie puede dominarse
+aunque quiera. Hay momentos supremos. Y luego sentir una cosa tan fría
+inesperadamente sobre la carne. He faltado tirando el sombrero de aquel
+señor. Pero, ¿por qué se ha ido? Yo le pediría perdón. ¡Oh, Dios mío!
+me sería indiferente pedirle perdón. Perdonadme vos por esta vez, señor
+Javert. Advertid, vos tal vez no lo sepáis; en la cárcel no se ganan
+más que siete sueldos, esta falta no es del gobierno, pero no se ganan
+sino siete sueldos; y haceos cargo de que yo debo pagar cien francos,
+ó de no, me mandarían aquí á mi hija. ¡Oh, Dios mío! me es imposible
+tenerla conmigo. ¡Es tan humillante lo que yo hago! ¡Oh, mi Cosette!
+¡oh, mi angelito de la Virgen! ¡qué sería de ella, pobre criatura! Debo
+decíroslo, los Thénardier, los posaderos, los campesinos, no se pagan
+con palabras. Les hace falta dinero. ¡No me encarceléis! Atendedme;
+tengo una niña á la cual arrojarían en mitad del camino, á la ventura,
+en pleno invierno; es preciso tener piedad de esta criatura, mi buen
+señor Javert. Si estuviese ya crecida, podría ganarse el pan, pero
+no puede el pobre angelito. No, señor, yo en el fondo no soy mala.
+No es la holgazanería, ni la glotonería lo que me han hecho lo que
+soy. Yo bebo aguardiente, pero es por miseria. No me gusta, pero me
+aturde. Cuando yo era más dichosa, no había sino ver mis armarios, para
+convencerse de que no era una mujer coqueta; que gusta el desorden. Yo
+tenía ropa blanca, mucha ropa blanca. Compadeceos de mí, señor Javert.
+
+Ella hablaba así, arrodillada, agitada por los sollozos, cegada por las
+lágrimas, desnuda la garganta, retorciendo las manos, tosiendo seca y
+frecuentemente, balbuceando tristemente con la voz de la agonía. Los
+grandes dolores son como un rayo divino y terrible que trasfigura á
+los miserables. En aquel momento Fantina aparecía nuevamente bella.
+En ciertos momentos se detenía y besaba tiernamente la levita del
+inspector. Hubiera podido enternecer un corazón de granito, pero no
+lograba enternecer un corazón de palo.
+
+--Vaya,--dijo Javert,--ya te he oído. ¿Lo has dicho todo? ¡Márchate
+ahora á pasar tus seis meses! Al Padre Eterno en persona le sería
+imposible hacer nada por ti.
+
+Á esta frase solemne: _al Padre Eterno en persona le seria imposible
+hacer nada por ti_, comprendió ella que estaba dictada la sentencia.
+Doblóse anonadada sobre sí misma murmurando:--¡Perdón!
+
+Javert volvió la espalda.
+
+Los soldados la cogieron por el brazo.
+
+Hacía algunos minutos que había penetrado en la sala un hombre, sin
+que nadie lo hubiese advertido al parecer. Había cerrado la puerta,
+habiéndose aproximado al escuchar los desesperados ruegos de Fantina.
+
+En el momento en que los soldados ponían sus manos sobre la
+desgraciada, que no quería levantarse, adelantó un paso saliendo de
+entre la sombra, y dijo:
+
+--¡Un instante si os place!
+
+Javert levantó los ojos y reconoció al señor Magdalena. Descubrióse y
+saludó con cierta turbación y disgusto.
+
+--Perdonad, señor alcalde...
+
+Esta frase, señor alcalde, produjo en Fantina un extraño efecto.
+Levantóse rápidamente como un espectro que surgiese de la tierra,
+desasiéndose de los soldados que la tenían de los brazos y dirigiéndose
+al señor Magdalena sin dar tiempo á que la detuviesen, y mirándole
+fijamente, con aire extraviado, exclamó:
+
+--¡Ah! ¡con que eres tú el señor alcalde!
+
+Luego lanzó una carcajada y le escupió en la cara.
+
+El señor Magdalena se limpió y dijo:
+
+--Inspector Javert, dejad en libertad á esta mujer.
+
+Javert sintió como si se volviera loco. Sintió en aquellos instantes,
+una sobre otra, y casi mezcladas á la vez, las más violentas emociones
+que había experimentado en toda su vida. Ver una mujer pública
+escupiendo en la cara al señor alcalde, era una cosa tan monstruosa
+que, aun dentro las más extrañas suposiciones, hubiera calificado de
+sacrilegio su posibilidad. Por otra parte, allá en el fondo de su
+imaginación, comparaba confusa y terriblemente lo que era aquella mujer
+y lo que podía ser el señor alcalde, y entonces entreveía horrorizado
+algo de común en tan prodigioso atentado. Pero al ver al alcalde, al
+magistrado, limpiarse tranquilamente el rostro y decir: _Dejad en
+libertad á esta mujer_, sintió como un desvanecimiento de estupor,
+faltándole el pensamiento y la palabra á un tiempo; el asombro había
+traspasado para él los límites de lo posible. Quedóse mudo.
+
+Aquella frase no había hecho tampoco menos efecto en Fantina. Levantó
+ella su brazo desnudo y se agarró á la llave de la estufa como quien
+vacila. Sin embargo, miró á su alrededor, y comenzó á hablar en voz
+baja, como hablando con ella misma:
+
+--¡En libertad! ¡que me dejen marchar! ¡que no vaya á la cárcel por
+seis meses! ¿Quién ha dicho eso? ¡No es posible que nadie lo haya
+dicho! ¡He oído mal! ¡No puede haber sido el monstruo del alcalde!
+¿Habréis sido vos, señor Javert, el que ha dicho que me dejen libre?
+¡Oh! ¡ya veis! yo me explicaré y me dejaréis marchar. Ese monstruo de
+alcalde, ese mal viejo, es quien tiene la culpa de todo. ¡Figuraos,
+señor Javert, que me ha despedido por culpa de las habladurías de
+unas cuantas chismosas que tiene en el taller! ¡No es esto horroroso!
+¡Despedir á una pobre joven que cumple honradamente su deber! No había
+yo ganado lo bastante, y toda mi desgracia ha nacido de ello. Es
+indispensable una reforma, que los señores de la policía podrían hacer
+fácilmente, y sería impedir á los contratistas de las cárceles que
+perjudicaran á los pobres. Yo os lo explicaré.
+
+Vos ganáis, por ejemplo, doce sueldos cosiendo camisas; y se os baja
+á nueve sueldos, no hay medio entonces de vivir. Es preciso pues, en
+este caso ir por donde se pueda. Yo tenía á mi pequeña Cosette, me he
+visto pues obligada á hacerme mujer mala. ¿Comprendéis ahora cómo es
+este pícaro alcalde quien ha hecho todo el mal? Después, es verdad que
+yo he pisoteado el sombrero de aquel señor delante del café de los
+oficiales. Pero él antes me había echado á perder el vestido con la
+nieve. Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para la noche.
+¿Veis como no he hecho el mal intencionadamente? ¿Verdad, señor Javert?
+¡Hay, por lo tanto, muchas mujeres peores que yo, que son más felices!
+¡Oh, señor Javert! sois vos quien ha dicho que se me deje en libertad,
+¿no es verdad? Tomad informes, dirigíos á mi casero; le pago bien, dirá
+que soy honrada. ¡Ah, Dios mío! os pido perdón: he tocado sin querer la
+llave de la estufa y ha salido el humo.
+
+El señor Magdalena la escuchaba con profunda atención. Mientras Fantina
+hablaba, se había metido los dedos en el bolsillo del chaleco, había
+sacado la bolsa y la había abierto; estaba vacía; habíala pues vuelto á
+guardar. Entonces dijo á Fantina:
+
+--¿Cuánto habéis dicho que debéis?
+
+Fantina, que no miraba más que á Javert, volvióse y dijo:
+
+--¿Te hablo á ti por ventura?
+
+Después, dirigiéndose á los soldados:
+
+--Decid, ¿habéis visto cómo le he escupido á la cara? ¡Ah! viejo y
+pícaro alcalde, vienes aquí para meterme miedo, pero no lo lograrás.
+¡Yo tengo miedo solamente al señor Javert!
+
+Y así diciendo, volvióse al inspector:
+
+--Ya lo veis, señor inspector, es preciso ser justo, y estoy persuadida
+de que lo sois... El hecho es muy sencillo; un hombre se entretiene
+echando un puñado de nieve al cuello de una mujer, esto ha hecho que
+los oficiales se rieran, dispuestos como están siempre á bromear; ¡y
+nosotras estamos ahí para los que quieran divertirse! Luego venís vos y
+tenéis, naturalmente, el deber de restablecer el orden; os lleváis á la
+mujer que ha faltado, pero reflexionáis, y como sois bueno, mandáis que
+se me deje libre; esto lo hacéis por mi pobre hija, porque seis meses
+de cárcel me impedirían el dar de comer á mi pobre hija. ¡Solamente me
+prevenís para que no reincida! ¡Oh no, no reincidiré, señor Javert! Aun
+cuando hagan conmigo todo lo que se les antoje, no me moveré. Solamente
+que hoy, entendéis, he gritado porque me han hecho daño; no ha tenido
+toda la culpa la nieve de aquel señor, sino que, como os he dicho,
+estoy enferma, toso y siento en el estómago como una bola que me está
+quemando; el médico dice que debo cuidarme. Dadme la mano, tocad, no
+temáis.
+
+Fantina no lloraba ya; su acento era cariñoso, y llevaba á su cuello
+blanco y delicado la grosera y ruda mano de Javert, á quien miraba
+sonriendo.
+
+De pronto, arregló vivamente el desorden de sus vestidos, haciendo caer
+los pliegues de la falda que se le habían subido á la altura de la
+rodilla, y dirigiéndose á la puerta, dijo á media voz á los soldados
+con un movimiento de cabeza amistoso:
+
+--Muchachos, el señor inspector ha dicho que me deja, y yo me voy.
+
+Puso ella la mano en el pestillo. Un paso más y estaba en la calle.
+
+Javert, hasta este instante permaneció de pie, inmóvil, la vista fija
+en el suelo, colocado en medio de esta escena como una estatua separada
+de su asiento que espera ser colocada en otra parte.
+
+El ruido del pestillo le despertó. Levantó la cabeza con cierta
+expresión de soberana autoridad, expresión tanto más terrible cuanto
+más baja es la autoridad, feroz en el animal salvaje, atroz en el
+hombre de nada.
+
+--¡Guardia!--exclamó,--¿no estáis viendo que esta pícara va á
+marcharse? ¡Quién os ha dicho que la dejéis salir?
+
+--Yo,--dijo Magdalena.
+
+Al oir Fantina la voz de Javert, soltó temblorosa el pestillo, como
+deja un ladrón el objeto robado. Á la voz del señor Magdalena volvió la
+cabeza, y desde este momento, sin decir una palabra más, sin atreverse
+á respirar siquiera, paseó su mirada de Magdalena á Javert, de Javert á
+Magdalena, según era el uno ó el otro quien hablaba.
+
+Era evidente que debía estar Javert, como vulgarmente se dice, «fuera
+de juicio» para que se permitiese apostrofar al guardia, como acababa
+de hacerlo, después de la indicación del alcalde para dejar á Fantina
+en libertad. ¿Se le había olvidado que estaba en presencia del alcalde?
+¿Había acabado por decirse á sí mismo, que era imposible que una
+«autoridad» hubiese dado semejante orden, y que á no dudarlo, el señor
+alcalde había dicho, sin querer, una cosa por otra? Ó bien, ¿ante las
+enormidades que acababa de ver en dos horas, conocía que debía llegar
+á una resolución suprema, que era necesario que el pequeño se hiciese
+grande, que el polizonte se transformase en magistrado, que el agente
+de policía se hiciese hombre de justicia, y que en tan extremada
+situación, el orden, la ley, la moral, el gobierno y la sociedad
+entera, estaban personificadas en él, en Javert?
+
+Fuere por lo que fuése, cuando el señor Magdalena hubo dicho aquel _yo_
+que acababa de oir, vióse al inspector de policía Javert, volverse
+hacia el señor alcalde, pálido, frío, azulados los labios, la mirada
+desesperada, agitado su cuerpo de un temblor imperceptible, y, cosa,
+inaudita, díjole bajando la vista, pero con acento seguro:
+
+--Señor alcalde, esto es imposible.
+
+--¿Cómo?--preguntó el señor Magdalena.
+
+--Esta perdida ha insultado á un señor.
+
+--Inspector Javert,--repuso el señor Magdalena, con acento tranquilo
+y conciliador,--escuchad. Sois un hombre honrado, y no tengo ninguna
+dificultad en daros explicaciones. Oid la verdad. Yo atravesaba la
+plaza cuando conducíais vos á esta mujer; había aún algunos grupos; me
+he informado; lo he sabido todo; el señor aquel es quien ha faltado y
+el que, en buena ley de policía debió ser arrestado.
+
+Javert respondió:
+
+--Esta miserable acaba de insultar al señor alcalde.
+
+--Esto es cosa mía,--dijo Magdalena.--Mi injuria me pertenece, y puedo
+hacer de ella lo que quiera.
+
+--Perdonad, señor alcalde, la injuria no se os ha hecho á vos sino á la
+justicia.
+
+--Inspector Javert,--replicó Magdalena,--la principal justicia es la
+conciencia. He oído á esta mujer, y sé lo que hago.
+
+--Y yo, señor alcalde, yo no sé explicarme lo que estoy viendo.
+
+--Entonces, limitaos á obedecer.
+
+--Obedezco á mi deber, y mi deber me ordena que encierre á esta mujer
+seis meses en la cárcel.
+
+El señor Magdalena respondió con dulzura:
+
+--Pues oid bien: No estará encerrada ni un día.
+
+Á estas palabras decisivas, atrevióse Javert á mirar fijamente al
+alcalde y le dijo, pero con acento respetuoso siempre:
+
+--Tengo el sentimiento de oponerme á lo dicho por el señor alcalde;
+es la primera vez de mi vida, pero séame permitido observar que estoy
+dentro de los límites de mis atribuciones. Circunscríbome, ya que el
+señor alcalde así lo quiere, al solo hecho del señor... que yo he
+presenciado. Fué esta mujer quien se arrojó sobre el señor Bamatabois,
+elector y propietario de esa hermosa casa de piedra con balcón y tres
+pisos, que hace esquina á la explanada. ¡En fin, hay cosas en este
+mundo! Pero sea ello lo que fuere, es éste, señor alcalde, un hecho
+de policía que ha tenido lugar en la calle, y que, por lo tanto me
+corresponde; así es que yo retengo á Fantina.
+
+Entonces el señor Magdalena se cruzó de brazos y dijo con acento tan
+severo que nadie se lo había oído aún en la ciudad:
+
+--El hecho de que habláis es un hecho de policía municipal. Conforme
+á los artículos nueve, once, quince y sesenta y seis del código de
+instrucción criminal, yo soy juez. Ordeno por lo tanto que se deje en
+libertad á esta mujer.
+
+Javert quiso todavía hacer el último esfuerzo.
+
+--Pero, señor alcalde...
+
+--Debo recordaros el artículo 81 de la ley de 13 de diciembre de 1799,
+sobre detención arbitraria.
+
+--Permitidme, señor alcalde...
+
+--Ni una palabra más.
+
+--No obstante...
+
+--Salid,--dijo el señor Magdalena.
+
+Javert recibió este golpe enhiesto, de frente, en medio del pecho como
+un soldado ruso. Saludó, inclinándose hasta el suelo, al señor alcalde
+y salió.
+
+Fantina se separó un poco de la puerta, para dejarle el paso libre,
+mirándole estupefacta pasar ante ella.
+
+Sin embargo, encontrábase ella anegada en la más extraña emoción.
+Acababa de verse, hasta cierto punto, disputada por dos opuestos
+poderes. Había visto luchar ante sus ojos á aquellos dos hombres que
+tenían en sus manos su libertad, su vida, su alma y su hija; el uno de
+aquellos hombres, la arrastraba hacia las tinieblas, el otro, hacia
+la luz. En aquella lucha, entreveía al través del agrandamiento del
+miedo, á aquellos dos hombres que le parecían dos gigantes; hablando
+el uno como el espíritu del mal, y hablando el otro como el ángel de
+su guarda. El ángel acababa de vencer al demonio, y lo que la hacía
+temblar de pies á cabeza, ¡aquel ángel, su libertador, era precisamente
+el hombre á quien aborrecía, el alcalde, al cual había creído por mucho
+tiempo autor de todos sus males, el señor Magdalena! ¡Y en el preciso
+momento en que ella acababa de insultarle groseramente, él la salvaba!
+¿Se había pues equivocado? ¿Debía por lo tanto, cambiar el espíritu que
+la alentaba?... Lo ignoraba, pero estaba temblando. Escuchaba aturdida,
+miraba azorada, y á cada palabra que decía el señor Magdalena, sentía
+desvanecerse y trasformarse en su interior las espantosas tinieblas del
+odio, y nacer en su corazón un algo inefable y consolador, que venía á
+ser como un sentimiento de alegría, confianza y cariño.
+
+Cuando hubo salido Javert, el señor Magdalena se le dirigió y hablando
+con calma y con cierto dolor, como un hombre grave que no quiere llorar:
+
+--Os he escuchado. No sabía yo nada de cuanto habéis dicho, y creo que
+es verdad. Ignoraba asimismo que hubiéseisida de mis talleres. ¿Por qué
+no os dirigisteis á mí? En fin: yo pagaré ahora vuestras deudas, haré
+que venga vuestra hija, ó que vayáis vos misma á buscarla. Viviréis
+aquí, en París ó donde queráis. Yo me encargo de vuestra hija y de vos.
+No trabajaréis más si no queréis. Yo os daré todo el dinero que os haga
+falta. Volveréis por lo tanto á ser honrada, siendo dichosa. Y luego,
+oídme, yo os lo aseguro desde ahora, si todo ha pasado como habéis
+dicho, y yo no dudo, no habéis dejado nunca de ser virtuosa y santa
+delante de Dios, ¡oh, desgraciada mujer!
+
+Era ello mucho más de lo que la pobre Fantina podía soportar. ¡Tener
+á Cosette! ¡salir de aquella vida de infamia! ¡vivir libre, rica,
+dichosa y honrada, con su Cosette! ¡viendo como surgían de súbito, en
+medio de sus miserias todas aquellas realidades celestiales! Miraba
+como atontada á aquel hombre que le estaba hablando sin poder hacer
+otra cosa que lanzar algunos suspiros: «¡Oh! ¡oh! ¡oh!». Dobláronse sus
+piernas, y quedó arrodillada delante del señor Magdalena, y antes que
+él tuviese tiempo de impedirlo, sintió que ella le tomaba la mano y que
+la llevaba á sus trémulos labios.
+
+Después, se desmayó.
+
+
+
+
+ LIBRO SEXTO
+ JAVERT
+
+
+ I
+ =Principio del reposo=
+
+
+El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su propia
+casa. Confiola á las hermanas, que la metieron en cama. Le había
+sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando y
+hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño.
+
+Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien
+que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vió al señor
+Magdalena como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada
+estaba impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la
+dirección de su mirada, y vió que se dirigía á un crucifijo pendiente
+de la pared.
+
+El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le
+pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna
+oración. Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por
+último, le dijo tímidamente:
+
+--¿Qué hacéis?
+
+El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fantina
+despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó:
+
+--¿Cómo estáis?
+
+--Bien, he dormido,--dijo ella,--creo que estoy mejor. Esto no será
+nada.
+
+Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le había
+dirigido, como si la acabase de oir entonces:
+
+--Estaba rogando al mártir que está en lo alto.
+
+Añadiendo interiormente:--Por la mártir que está aquí abajo.
+
+El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informándose. Ya
+lo sabía todo. Conociendo ya con todos sus detalles la historia de
+Fantina, continuó:
+
+--Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis ganado
+el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles. La
+falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad, este
+infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es
+preciso empezar por ahí.
+
+Él suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella
+sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes.
+
+Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Púsola, á
+la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba dirigida
+á París, con este sobrescrito: _Al señor Chabouillet, secretario del
+señor prefecto de policía_. Como el sucedido del cuerpo de guardia
+había recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas
+otras personas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la
+letra de Javert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión
+de su cargo.
+
+El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina les
+debía ciento veinte francos. Él les mandó trescientos, diciéndoles que
+se cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M*
+sur M*, donde su madre enferma la reclamaba.
+
+Esto deslumbró á Thénardier.
+
+--¡Diablo!--dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla.
+¡Cuidado que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche!
+¡Ya sé yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la
+madre.
+
+Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha. En
+esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documentos
+incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cuales
+habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponina
+y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo se
+redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al pie
+de la cuenta:
+
+_Recibido á cuenta trescientos francos._
+
+El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos más y
+escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette».
+
+--¡Cristo!--exclamó Thénardier,--no hay que soltar la niña.
+
+Entretanto Fantina continuaba, sin restablecerse, en la enfermería.
+
+Las hermanas, por de pronto, no habían recibido ni cuidado á aquella
+«chica» sino con repugnancia. Quien haya visto los bajos-relieves
+de Reims, recordará la expresión del labio inferior de las vírgenes
+prudentes contemplando las vírgenes locas. Aquel antiguo menosprecio de
+las vestales por las ebubeyas, es uno de los más profundos instintos de
+la dignidad femenina, las hermanas lo sentían también, con el aumento
+que agregaba al mismo la religión. Pero, á los pocos días, Fantina las
+había desarmado. Empleaba solamente palabras tan tiernas y humildes,
+que la madre que en ellas se manifestaba, enternecía. Un día, las
+hermanas la oyeron decir al través de la fiebre.
+
+--He sido una pecadora, pero cuando tenga á mi hija junto á mí,
+querrá ello decir que Dios me ha perdonado. Mientras he sido mala, no
+he deseado jamás tener á Cosette á mi lado, pues no hubiera podido
+soportar su triste admiración. Y era sin embargo, por ella por quien
+yo hacía el mal, lo cual hace sin duda que Dios me perdone. Sentiré
+las bendiciones del cielo cuando esté aquí Cosette. Yo la contemplaré,
+encontrando en su inocencia mi consuelo. Ella no sabe nada. Es un
+ángel, ya veis, hermanas mías. Á su edad no se han perdido las alas
+todavía.
+
+El señor Magdalena la visitaba dos veces cada día, y ella le preguntaba
+siempre:
+
+--¿Veré pronto á Cosette?
+
+Y él contestaba:
+
+--Puede que mañana por la mañana. Llegará de un momento á otro; la
+estoy esperando.
+
+Y el pálido semblante de la madre, irradiaba.
+
+--¡Oh!--exclamaba,--¡qué feliz voy á ser!
+
+Hemos dicho ya que Fantina no se restablecía. Al contrario, su estado
+parecía agravarse semanalmente. Aquel puñado de nieve aplicada al
+centro de los dos omóplatos, había determinado una supresión súbita de
+la traspiración, gracias á lo cual, la enfermedad que venía incubando
+hacía algunos años, acabó por manifestarse violentamente. Empezábanse
+entonces á seguir para el estudio y tratamiento de las enfermedades
+del pecho, las acertadas indicaciones de Laënnec. El médico auscultó á
+Fantina, y movió tristemente la cabeza.
+
+El señor Magdalena preguntó al médico:
+
+--¿Y bien, doctor, cómo sigue?
+
+--¿No tiene una hija á quien desea ver?--dijo el médico.
+
+--Sí.
+
+--Pues bien, haced que venga luego.
+
+El señor Magdalena se estremeció.
+
+Preguntóle Fantina:
+
+--¿Qué ha dicho el médico?
+
+El señor Magdalena se esforzó en sonreir.
+
+--Ha dicho que hiciera venir pronto á vuestra hija. Que esto os
+volvería la salud.
+
+--¡Oh!--dijo ella,--¡tiene razón! pero, ¿qué hacen estos Thénardier,
+que no mandan á mi Cosette? ¡Oh! va á venir. ¡Por fin, veré la
+felicidad á mi lado!
+
+Thénardier, sin embargo, no soltaba la niña, buscando para ello mil
+pretextos. Que Cosette estaba delicada para ponerse en camino en
+invierno. Después, que quedaban algunas pequeñas deudas cuyas cuentas
+iba reuniendo, etc., etc.
+
+--¡Mandaré á cualquiera á buscar á Cosette!--dijo el señor Magdalena, y
+si es preciso iré yo mismo.
+
+Entonces escribió, dictadas por Fantina, las siguientes líneas que le
+hizo firmar.
+
+«Señor Thénardier,
+
+«Entregad á Cosette al portador.
+Os serán pagados todos los picos.
+Tengo el honor de saludaros respetuosamente.
+
+ «FANTINA».
+
+Estando en eso, sobrevino un incidente grave. En vano pretendemos
+cortar y pulimentar el misterioso bloque de nuestra existencia; la
+negra vena del destino reaparece siempre.
+
+
+
+
+ II
+ =De cómo Juan puede llegar á ser champ=
+
+
+Cierta mañana, en que estaba el señor Magdalena en su gabinete ocupado
+en despachar con tiempo algunos asuntos perentorios de la alcaldía para
+el caso de que se decidiese á hacer el viaje á Montfermeil, pasáronle
+aviso de que el inspector de policía, Javert, deseaba hablarle. Al oir
+pronunciar este nombre, no pudo evitar Magdalena una desagradable
+impresión. Desde la aventura de la oficina de policía, Javert le había
+excusado más que nunca, y Magdalena no le había vuelto á ver.
+
+--Hacedle entrar,--dijo.
+
+Javert entró.
+
+Magdalena continuó sentado junto á la chimenea con la pluma en la
+mano y la mirada fija en un cuaderno que estaba hojeando y anotando,
+el cual contenía las actas de algunos procesos verbales de distintas
+contravenciones de policía urbana. Prosiguió, no obstante, en su tarea,
+sin fijarse en Javert. No podía dejar de preocuparse por la pobre
+Fantina, y le pareció conveniente mostrarse glacial.
+
+Javert saludó respetuosamente al señor alcalde que estaba de espaldas,
+y quien, sin volver la cabeza, continuó anotando.
+
+Javert, dió dos ó tres pasos hacia dentro, parándóse luego sin romper
+el silencio.
+
+Un fisonomista que hubiese estado familiarizado con el modo de ser de
+Javert, que hubiese estudiado, por algún tiempo, á aquel salvaje puesto
+al servicio de la civilización, aquel compuesto singular de romano y
+espartano, de fraile y de cabo de escuadra, aquel espía incapaz de
+mentir, aquel moscardón virgen; un fisonomista enterado de su secreta
+y antigua aversión al señor Magdalena, de su disgusto con el alcalde
+por lo de Fantina, y que hubiese observado á Javert en aquel momento,
+se hubiera dicho: ¿Qué habrá pasado? Hubiérale sido evidente porque
+habría conocido aquella conciencia recta, clara, sincera, proba,
+austera y feroz, que Javert acababa de ser víctima de algún grave é
+íntimo suceso. Javert no sentía nada en el alma que no se revelase en
+su semblante. Estaba, como todos los caracteres violentos, sujeto á
+variaciones bruscas. Jamás había estado su fisonomía tan extrañamente
+demudada y tan incomprensible. Al entrar, se había inclinado delante
+del alcalde dirigiéndole una mirada en la que no había rencor, ni odio,
+ni cólera, ni desconfianza; se había detenido á algunos pasos detrás
+del sillón, quedándose firme, de pie, en actitud casi militar, con
+la rudeza sencilla y fría del hombre que desconoce la dulzura y que
+es de ordinario un seríais pasivo, esperando, sin decir una palabra,
+sin hacer un gesto, con verdadera humildad y en la más tranquila
+resignación, á que el señor alcalde se volviese; sereno y grave, con el
+sombrero en la mano, bajos los ojos, con una expresión que participaba
+por igual de la del soldado delante de su oficial y de la del reo
+delante del juez. Todos los sentimientos, como todos los recuerdos
+que se le pudiesen suponer, habían desaparecido. Nada se veía en su
+semblante impenetrable y duro como el granito, más que una tristeza
+melancólica. Todo en su persona respiraba firmeza y humildad, y como
+cierto abatimiento valeroso.
+
+Por fin, dejó su pluma el señor alcalde, y se medio volvió:
+
+--¡Y bien! ¿qué hay? ¿qué es ello, Javert?
+
+Javert permaneció un instante silencioso aún, como recogiéndose en sí
+mismo, luego levantó la voz con cierta triste solemnidad, de la que no
+excluyó la sencillez, diciendo:
+
+--Hay, señor alcalde, que se ha cometido un hecho penable.
+
+--¿Qué hecho?
+
+--Un agente inferior de la autoridad ha faltado al respeto debido á un
+magistrado, de un modo gravísimo. Yo vengo en cumplimiento de mi deber
+á daros conocimiento del hecho.
+
+--¿Quién es ese agente?--preguntó el señor Magdalena.
+
+--Yo,--dijo Javert.
+
+--¿Vos?
+
+--Yo.
+
+--¿Y quién es el magistrado ofendido por el agente?
+
+--Vos, señor alcalde.
+
+Magdalena se incorporó en su sillón, Javert prosiguió, con aire severo
+y los ojos bajos:
+
+--Señor alcalde, vengo á pediros que os sirváis proponer á la autoridad
+mi destitución.
+
+Magdalena, estupefacto, abrió la boca, Javert le interrumpió.
+
+--Vos diréis tal vez, que yo hubiera podido presentar mi dimisión, pero
+esto no era bastante. Presentar la dimisión es honroso, pero yo he
+faltado y debo ser castigado. Es forzoso que se me destituya.
+
+Y, después de una pausa añadió:
+
+--Señor alcalde: estuvisteis el otro día muy severo conmigo,
+injustamente. Sedlo hoy con justicia.
+
+--¿Y eso á qué?--exclamó Magdalena.--¿Qué galimatías es éste? ¿qué es
+lo que queréis decir? ¿dónde está este acto culpable cometido por vos
+contra mí? ¿Qué me habéis hecho? ¿en qué me habéis faltado? ¿Os acusáis
+para ser reemplazado?...
+
+--Separado,--dijo Javert.
+
+--Separado, sea si es preciso, pero no lo entiendo.
+
+--Ya lo comprenderéis, señor alcalde.
+
+Javert suspiró profundamente y repuso, siempre fría y tristemente:
+
+--Señor alcalde, hace seis semanas, luego de la escena que tuvo lugar
+por aquella chica, que, estando yo furioso, os denuncié.
+
+--¿Me denunciásteis?
+
+--Á la prefectura de policía de París.
+
+El señor Magdalena, que no se reía mucho más que Javert, sonrió.
+
+--¿Como alcalde que se antepone á la policía?
+
+--Como antiguo presidiario.
+
+El alcalde palideció.
+
+Javert, que no había levantado los ojos, continuó:
+
+--Yo lo creía así. Estuve mucho tiempo con esta idea. Una gran
+semejanza, las indagaciones que habéis hecho practicar en Faverolles,
+vuestra fuerza muscular, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra
+puntería, vuestra pierna un poca coja y, ¿qué sé yo qué más?
+¡Barbaridades! en fin, que os tomé por un tal Juan Valjean.
+
+--¿Un tal?... ¿Cómo habéis dicho?
+
+--Juan Valjean. Un presidiario á quien conocí hace veinte años, cuando
+era yo ayudante de guarda chusma en Tolón. Al salir del penal, ese Juan
+Valjean, á lo que parece, robó en casa de un obispo, y luego cometió
+otro robo á mano armada y en un camino público contra un niño saboyano.
+Ha estado oculto, no sé cómo, unos ocho años, y eso que se le andaba
+buscando. Yo llegué á figurarme... En fin, ¡que me atreví á ello! La
+cólera me hizo decidir, y os denuncié á la prefectura.
+
+El señor Magdalena, que había vuelto á hojear el cuaderno, hacía un
+momento, repuso con acento de perfecta indiferencia.
+
+--¿Y qué se os ha contestado?
+
+--Que estaba loco.
+
+--¿Y bien?
+
+--¡Que bien pueden tener razón!
+
+--¡Bueno es que lo reconozcáis!
+
+--Es preciso, puesto que el verdadero Juan Valjean ha reaparecido.
+
+Cayósele de las manos al señor Magdalena el papel que tenía en
+ellas, levantó la cabeza, miró fijamente á Javert, y dijo con acento
+inexplicable:
+
+--¡Ah!
+
+Javert continuó:
+
+--He aquí lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que existía en este
+país, hacia la parte de Ailly-le-Haut-Clocher, una especie de buen
+hombre á quien llamaban el tío Champmathieu. Era el tal un miserable.
+Nadie se había fijado en él. Esta clase de gente ignora todo el mundo
+como viven. Últimamente, durante el otoño, el tío Champmathieu, estuvo
+preso por un robo de manzanas, cometido en... En fin, el punto es lo
+de menos; es el caso que hubo robo, escalamiento y algunas ramas de
+árbol desgajadas. Se detuvo á Champmathieu, teniendo todavía una rama
+de manzanas en la mano. Metiósele en la cárcel. Hasta aquí no pasaba de
+ser ello una ligera falta correccional. Mas ahora ved lo que hay en el
+caso de providencial. Estando la cárcel medio arruinada, el señor juez
+de instrucción dispuso que fuése trasladado Champmathieu á la cárcel
+departamental de Arras. En dicha, cárcel, se hallaba á la sazón, un
+antiguo presidiario llamado Brevet, que estaba preso por yo no sé qué y
+que hacía de calabocero por su buen comportamiento. Señor alcalde, en
+cuanto llegó allí Champmathieu, aún antes de entrar, exclamó enseguida
+Brevet:
+
+--¡Diantre! yo conozco este hombre. Es un _Fagot_[4].--¡Miradme bien,
+buen hombre! ¡Vos sois Juan Valjean!
+
+--¡Juan Valjean! ¿qué Juan Valjean?
+
+Champmathieu se hacía el admirado.
+
+No te hagas el desentendido,--dijo Brevet:--eres Juan Valjean y has
+estado en el penal de Tolón. Hace veinte años. Estábamos juntos.
+
+Champmathieu negaba. ¡Está claro! ¿Comprendéis el porqué? Se
+profundiza, se indaga. Y así se hizo, hasta que se sacó en limpio lo
+siguiente: Que Champmathieu, hace unos treinta años, era jornalero
+podador en la comarca, habiendo trabajado en varios puntos, y
+particularmente en Faverolles. Aquí se perdió el rastro. Algún tiempo
+después se le vió nuevamente en Auvernia, luego en París, donde según
+dijo, fué carretero y tuvo una hija lavandera, y aunque esto no está
+probado, resulta que por fin se vino por acá. Ahora, pues, antes de ir
+á presidio por robo comprobado, ¿qué era Juan Valjean? Podador. ¿Dónde?
+En Faverolles. Otro hecho. El Valjean se llamaba por nombre de pila
+Juan, y su madre se apellidaba Mathieu.
+
+¿Qué puede haber de más natural que al salir del presidio tomara para
+ocultarse el apellido de su madre y se hiciese llamar desde entonces
+Juan Mathieu? Pasa luego á Auvernia, donde el acento del país cambia
+el Juan _(Jean)_ en _chan_, y se le llama Chan-Mathieu. Acepta nuestro
+hombre este cambio y catadlo transformado en Champmathieu. Vais
+comprendiendo, ¿verdad? Se practica una información en Faverolles.
+Nada se sabe de la familia de Juan Valjean. Vos no ignoráis que las
+familias de esta clase de gente se desvanecen con la mayor facilidad.
+Se las busca á lo mejor, y nada se encuentra. Estas gentes, cuando no
+son lodo son polvo. Además como el principio de esta historia data
+de treinta años, no hay nadie en Faverolles que haya conocido á Juan
+Valjean. Se piden informes á Tolón. Á más de Brevet, no hay más que
+dos presidiarios que hayan conocido á Juan Valjean. Estos son dos
+condenados á cadena perpetua, llamados Cochepaille y Chenildieu. Se
+les saca del penal y se les hace venir. Se les carea con el pretendido
+Champmathieu. Ninguno de los dos vacila. Para ellos, lo mismo que para
+Brevet, es este Juan Valjean. La misma edad, cincuenta y cuatro años,
+la misma estatura, el mismo aire, en fin, el mismo hombre. En este
+tiempo precisamente mandé yo mi denuncia á la prefectura de París.
+Allí se me contestó que yo había perdido el tino y que Juan Valjean
+se encuentra en Arras y en poder de la justicia. ¡Comprended si esto
+había de asombrarme, á mí, que creía tener aquí al mismo Juan Valjean!
+Escribí luego al señor Juez de instrucción, quien me mandó llamar, y me
+presentó á Champmathieu...
+
+--¿Y qué?--interrumpió el señor Magdalena.
+
+Javert contestó con cara imperturbable y triste:
+
+--Señor alcalde, la verdad es la verdad. Y aún que sea á pesar mío,
+confieso que aquel hombre es Juan Valjean. Yo mismo le reconocí.
+
+El señor Magdalena le preguntó en voz baja:
+
+--¿Estáis seguro?
+
+Javert sonrió de la manera dolorosa con que se acostumbraba á expresar
+una profunda convicción.
+
+--¡Oh! ¡seguro!
+
+Estuvo unos momentos pensativo, tomando y soltando maquinalmente,
+con las puntas de los dedos, polvos de serrín de los que había en la
+salvadera de sobre la mesa, y añadió luego:
+
+--Y ahora, después de haber visto al verdadero Juan Valjean, no acierto
+á explicarme cómo pude creer otra cosa. Pídoos, por lo tanto, perdón,
+señor alcalde.
+
+Al dirigir esta frase suplicante y grave, al mismo á quien hacía seis
+semanas, le había humillado en pleno cuerpo de guardia diciéndole:
+«¡Salid!». Javert, el hombre altivo, se manifestaba á la sazón lleno de
+sencilla dignidad.
+
+El señor Magdalena no contestó á la súplica mas que con esta pregunta
+seca:
+
+--Y, ¿qué dice este hombre?
+
+--Cáspita, señor alcalde, mal negocio es éste para él. Si es Juan
+Valjean hay reincidencia. Saltar un muro, romper una rama, y tomar
+unas manzanas, esto, para un muchacho, es una falta correccional;
+para un hombre sería ya delito, y para un presidiario resulta un
+crimen. Escalamiento y robo, nada le falta. No es, pues, para el caso
+de policía correccional, sino competencia del tribunal en lo penal.
+Y no será ello cosa de una temporada de cárcel, sino presidio de por
+la vida. Y luego existe también el robo del niño saboyano que también
+ha de salir. ¡Diantre! Ya le dará que hacer, diréis, ¿no es verdad?
+Sí, á otro que no fuera Juan Valjean. Pero Juan Valjean es muy listo.
+También en esto yo le reconozco. Otro sentiría ya el calor; se movería,
+gritaría, como grita el puchero puesto al fuego; no querría ser de
+ninguna manera Juan Valjean, etc. Pero él presentándose como si nada
+comprendiera, dice: «¡Yo soy Champmathieu, yo no puedo decir más!».
+Parece admirado, ó embrutecido, por decirlo mejor. ¡Oh, el papel está
+bien estudiado! pero no importa, las pruebas existen. Le han reconocido
+cuatro personas, y el pícaro viejo será condenado. Ha sido trasladado á
+la audiencia de Arras. Debo ir allá como testigo. Estoy ya citado para
+ello.
+
+El señor Magdalena se había vuelto otra vez hacia la mesa, tomando de
+nuevo su legajo, y lo hojeaba tranquilamente, leyendo y escribiendo á
+la vez como hombre atareado. Volviéndose después á Javert, dijo:
+
+--Basta, Javert. Al fin y á la postre, nada me importan estos detalles.
+Estamos perdiendo el tiempo, y hay mucho que hacer y que despachar con
+urgencia. Javert, debéis ir inmediatamente á casa de la tía Buseaupied,
+que vende hierbas allá en la esquina de la calle Saint-Saulve. Decidle
+que presente su queja contra el carretero Pedro Chesnelong. Es éste
+un hombre brutal, que por poco aplasta á esta mujer y á su hijo. Es
+forzoso que sea castigado. Vais luego á casa de Carcellay, calle de
+Montre de Champigny, quien se queja de que una gotera de la casa del
+lado que vierte en la suya el agua de lluvia, perjudica los cimientos
+de su propiedad. Después os enteraréis de las faltas de policía
+denunciadas en la calle de Guiborg, en la casa de la viuda Doris, y
+en la calle de Garraud Blanc, en casa de la señora Renata le Bossé, é
+instruiréis proceso verbal. Pero os estoy dando mucho que hacer. ¿No
+vais á marcharos? ¿No me habéis dicho que debíais pasar á Arras para
+este negocio dentro ocho ó diez días?
+
+--Mucho antes, señor alcalde.
+
+--¿Qué día entonces?
+
+--Creo haber dicho al señor alcalde que la causa se veía mañana, y que
+yo salgo en la diligencia de esta noche.
+
+Magdalena hizo un movimiento imperceptible.
+
+--¿Y cuánto ha de durar esta vista?
+
+--Á lo más, un día. La sentencia se pronunciará, á más tardar, mañana
+por la noche. Pero yo no esperaré el fallo, que no puede faltar;
+después de prestada mi declaración, volveré.
+
+--Está bien,--dijo Magdalena.
+
+Y entonces despidió á Javert alargando la mano.
+
+Javert no se movió.
+
+--Perdonad, señor alcalde,--dijo.
+
+--¿Hay más?--preguntó Magdalena.
+
+--Señor alcalde, me falta recordaros una cosa.
+
+--¿Cuál?
+
+--Que debo ser destituido.
+
+El señor Magdalena se levantó.
+
+--Javert, sois un hombre honrado y os aprecio. Habéis exagerado vuestra
+falta. Siendo además ella una ofensa que me concierne á mí únicamente.
+Javert, sois digno de ascender más que de bajar. Creo que debéis
+conservar vuestro puesto.
+
+Javert fijó su mirada cándida en el señor Magdalena, en el fondo de la
+cual parecía vislumbrarse aquella conciencia no bien despejada, pero
+rígida y pura, diciendo con acento tranquilo:
+
+--Señor alcalde no puedo concederos lo que decís.
+
+--Y yo os repito,--replicó Magdalena,--que es ello de mi incumbencia.
+
+Pero Javert, fijo en su única idea, continuó:
+
+--En cuanto á exagerar, no exagero jamás. Ved cómo razono. He
+sospechado de vos injustamente. Esto no significa nada. Estamos en
+nuestro derecho sospechando de quien quiera que sea, aún cuando haya
+abuso en la sospecha de un superior nuestro. ¡Pero sin pruebas,
+cediendo á un exceso de cólera, deseando vengarme, os denuncié como
+presidiario, á vos, á un hombre respetable, á un alcalde, á un
+magistrado! lo cual no es solamente grave, sino gravísimo. He ofendido
+en vuestra persona á la autoridad, yo agente de ella! Si cualquiera de
+mis subordinados hubiese hecho lo que he hecho yo, le hubiera declarado
+indigno del servicio, y le hubiera destituido. ¡Pues bien! Atended,
+señor alcalde, una palabra. Yo generalmente he sido severo. Con los
+demás, he sido justo. He obrado bien. Pero ahora, si no fuése severo
+conmigo, todo lo que yo he hecho en justicia, resultaría injusto.
+¿Debo yo ser distinto de los demás? ¡De ninguna manera! ¡Porque no
+hubiera sido bueno sino para castigar á los otros, y no á mí! ¡y sería
+yo, por lo tanto, un miserable y cuantos me llamasen: ¡el bribón de
+Javert! tendrían razón. Señor alcalde, no deseo de ninguna manera que
+me tratéis con benevolencia; vuestra benevolencia me ha requemado la
+sangre cuando ha favorecido á los demás, y no puedo quererla para
+mí. La bondad que consiste en dar la razón á la mujer pública contra
+el propietario, al agente de policía contra el alcalde, á cualquier
+inferior contra el superior, á ésta le llamo yo mala voluntad. Con
+semejantes bondades se desorganiza la sociedad. ¡Dios mío! Es muy
+fácil ser bueno; la dificultad está en ser justo. ¡Vedlo sino! Si vos
+hubiérais sido lo que yo creía, no hubiera yo sido bueno para vos. ¡Ya
+lo hubiérais visto! Señor alcalde, yo debo tratarme como trataría á
+cualquier otro. Cuando yo reprendía á los malhechores, cuando castigaba
+á los perdidos, me decía muchas veces á mí mismo: Si delinques, si caes
+en falta alguna vez, puedes estar tranquilo! ¡He tropezado, he caído
+en falta, tanto peor! Estoy por lo tanto perdido, echado, destituido;
+es lo equitativo. Conforme. Tengo brazos, trabajaré en la tierra;
+me es igual. Señor alcalde, el buen servicio exige un ejemplo. Pido
+sencillamente la destitución del inspector Javert.
+
+Todo lo dicho, era pronunciado con acento humilde, valeroso,
+desesperado y convencido, lo cual daba cierta grandeza particular á
+aquel extraño y honrado personaje.
+
+--Veremos,--dijo el señor Magdalena. Y le tendió la mano.
+
+Javert retrocedió, y dijo en tono casi salvaje:
+
+--Perdonad, señor alcalde, pero esto no puede ser. Un alcalde no le da
+la mano á un esbirro.
+
+Y añadió entre dientes:
+
+--Esbirro, sí; desde el momento en que he abusado de la policía, no soy
+más que un esbirro.
+
+Después saludó profundamente, y se dirigió á la puerta.
+
+Luego volviendo sobre sus pasos y siempre con los ojos bajos:
+
+--Señor alcalde,--dijo:--continuaré en mi puesto hasta que se me
+reemplace.
+
+Salió Javert, y el señor Magdalena quedó admirado y pensativo,
+escuchando aquel andar firme y seguro que se perdía sobre el pavimento
+del corredor.
+
+
+ NOTAS:
+
+[4] _Fagot_, antiguo presidiario.
+
+
+
+
+ LIBRO SÉPTIMO
+ LA CAUSA CHAMPMATHIEU
+
+
+ I
+ =Sor Simplicia=
+
+
+Los incidentes que vamos á leer no han sido todos conocidos en M* sur
+M*. Pero lo poco que se ha sabido de ellos dejó en la población tales
+recuerdos, que quedaría en este libro un gran claro si no los diésemos
+á conocer en sus menores detalles.
+
+En los tales detalles encontrará el lector dos ó tres circunstancias
+inverosímiles, que respetamos por consideración á la verdad.
+
+En las primeras horas de la tarde que siguieron á la visita de Javert,
+el señor Magdalena fué á ver á Fantina, según costumbre.
+
+Antes de llegar hasta Fantina, mandó llamar á sor Simplicia.
+
+Las dos religiosas que tenían á su cargo la enfermería, lazaretistas
+como todas las hermanas de la caridad, se llamaban sor Perpetua la una,
+y la otra sor Simplicia.
+
+Sor Perpetua era como si dijéramos el tipo de una aldeana cualquiera;
+una hermana de la caridad sencillamente tosca, que se había puesto al
+servicio de Dios como en otro cualquiera. Era religiosa como hubiera
+sido cocinera. Tipo que no es del todo raro. Las órdenes monásticas
+aceptan gustosas este grosero barro provinciano, que toma fácilmente la
+forma de capuchina ó de ursulina. Estas rusticidades se aprovechan para
+las tareas bastas de la devoción. La transformación de un boyero en
+carmelita no es difícil; se pasa de lo uno á lo otro sin gran trabajo;
+el fondo común de ignorancia de la aldea y del claustro, viene á ser
+una preparación, ya hecha, que introduce á pie enjuto al campesino
+en el claustro. Agrandad un poco la blusa y ya tenéis el hábito. Sor
+Perpetua era una robusta religiosa de Marines, cerca Pontoise, que
+hablaba en _patois_, psalmodiaba y murmuraba, azucarando las tisanas de
+conformidad con la devoción ó hipocresía del acogido, brusca con los
+enfermos, áspera con los moribundos, dándoles casi con el cristo en la
+cara, martirizando á los agonizantes con plegarias coléricas, atrevida,
+honrada, robusta y colorada.
+
+Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á sor Perpetua, era
+el cirio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado
+perfectamente la hermana de la caridad en estas admirables palabras
+en las que mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice,
+más monasterio que las casas de los enfermos, más celda que un cuarto
+de alquiler, más capilla que la iglesia parroquial, más claustro que
+las calles de la población y las salas del hospital, más clausura
+que la obediencia, más rejas que el temor de Dios ni más velo que
+la modestia». Este ideal estaba encarnado en sor Simplicia; nadie
+hubiera podido fijar la edad de sor Simplicia; jamás había sido joven,
+y parecía que no había de ser vieja nunca. Era una persona--no nos
+atrevemos á decir una mujer--amable, austera, simpática, delicada,
+fría, y que no había mentido jamás. Era tal su amabilidad, que parecía
+frágil, siendo, no obstante, más fuerte que el granito. Tocaba á los
+desgraciados con sus hermosos, finos é inmaculados dedos. Tenía, por
+así decirlo, palabra silenciosa; no hablaba más que lo necesario, y
+era su acento tal, que hubiera á la vez edificado en un confesionario
+y encantado en un salón. Aquella delicadeza se había amoldado
+perfectamente al hábito de estameña encontrando en aquel rudo contacto,
+un continuado alerta del cielo y de Dios. Insistimos en este detalle
+particular. No había mentido jamás, ni había dicho nunca, por cualquier
+interés ni por indiferencia, una cosa que no fuera verdad; la verdad
+santa, éste era el rasgo característico de sor Simplicia, éste era
+el acento de su virtud. Era casi célebre en la congregación por su
+imperturbable veracidad.
+
+El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordomudo
+Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en
+nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba
+limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por
+ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el
+que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del
+demonio; Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He
+aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba
+aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente
+en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era
+blanca también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de
+polvo, que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito
+de San Vicente de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por
+elección especial. Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es
+aquella santa que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder,
+habiendo nacido en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que
+la hubiera salvado. Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta
+alma.
+
+Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se
+había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de
+recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, impreso
+en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero
+entendía el libro.
+
+La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando quizás,
+una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidado.
+
+El señor Magdalena llamó á parte á sor Simplicia, y le recomendó á
+Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana.
+
+Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina.
+
+Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como se
+espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas:
+
+--No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde.
+
+Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vió al señor Magdalena, le
+preguntó:
+
+--¿Y Cosette?
+
+Él contestó sonriendo:
+
+--Luego.
+
+El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente que
+hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contentamiento
+de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le faltase
+á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su semblante
+apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se le
+había acercado y dicho al oído:--Pierde muchísimo.
+
+Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vió examinar un
+mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego
+escribir con lápiz algunos números en un papel.
+
+
+
+
+ II
+ =Perspicacia de maese Scaufflaire=
+
+
+De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un flamenco,
+maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba caballos
+y «cabriolés á voluntad».
+
+Para ir á casa de Scaufflaire, el camino más corto era el de tomar
+por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la
+parroquia del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes
+un hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor
+Magdalena llegaba frente la casa del cura no había en la calle más
+que un transeunte, y este transeunte advirtió lo siguiente: El señor
+alcalde, después de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció
+un momento parado; después volviendo sobre sus pasos, deshizo el
+camino, hasta la puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria,
+con llamador de hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo
+levantó; después volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso
+y pensativo; y después de algunos segundos, en lugar de dejar caer
+bruscamente el llamador, bajólo suavemente, volviendo á emprender su
+camino con cierta prisa que no llevaba antes.
+
+El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado en
+recoser un arnés.
+
+--Maese Scaufflaire,--preguntóle:--¿tenéis un buen caballo?
+
+--Señor alcalde,--dijo el flamenco,--todos mis caballos son buenos.
+¿Qué entendéis vos por un buen caballo?
+
+--Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas en un
+día.
+
+--¡Diablo!--exclamó el flamenco,--¡veinte leguas!
+
+--Sí.
+
+--¿Arrastrando un cabriolé?
+
+--Sí.
+
+--Y ¿cuánto tiempo podrá descansar después de la jornada?
+
+--Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente.
+
+--¿Recorriendo la misma distancia?
+
+--Sí.
+
+--¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas?
+
+El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el que había escrito
+con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran éstos:
+5, 6, 8-1/2.
+
+--Veis,--le dijo.--Total diez y nueve y media, que vale tanto como
+decir: veinte.
+
+--Señor alcalde,--respondió el flamenco,--puedo serviros. Mi caballito
+blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca
+del bajo Boulogne. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballo
+de silla. ¡Á él con ésas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele.
+Creyósele viciado, y cuando no sabían qué hacer de él, lo compré yo.
+Púsele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil
+como una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de
+montarle, porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada
+cual tiene sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que
+éste es su lema.
+
+--Pero, ¿hará el trayecto?
+
+--Recorrerá al trote largo las veinte leguas en menos de ocho horas.
+Pero escuchad antes las condiciones.
+
+--Decid.
+
+--En primer lugar, dejaréis que descanse una hora á mitad del camino;
+le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma,
+evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo
+observado, que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor
+frecuencia por los mozos de cuadra, que comida por los caballos.
+
+--Se vigilará.
+
+--En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé?
+
+--Sí.
+
+--¿Sabe el señor alcalde guiar?...
+
+--Sí.
+
+--Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objeto
+de no cargar demasiado el caballo?
+
+--Convenido.
+
+--Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomaros el
+trabajo de vigilar que no se le quite la avena.
+
+--Por supuesto.
+
+--Me abonaréis treinta francos por día, incluso los de descanso. Ni un
+ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde, la
+manutención del caballo.
+
+El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte
+francos, y las dejó sobre la mesa.
+
+--He aquí dos días adelantados.
+
+--En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería
+muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que
+consienta el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo.
+
+--Consiento.
+
+--Es muy ligero, pero está descubierto.
+
+--Me es igual.
+
+--¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno?
+
+El señor Magdalena no contestó;--el flamenco repuso:
+
+--¿Que hace mucho frío?
+
+El señor Magdalena guardó silencio.
+
+Maese Scaufflaire continuó:
+
+--¿Que puede llover?
+
+El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo:
+
+--El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las
+cuatro y media de la madrugada.
+
+--Entendidos, señor alcalde,--dijo Scaufflaire. Después, rascando con
+la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con aquel
+aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su finura:
+
+--¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me ha
+dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde va el señor alcalde?
+
+No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la
+conversación, pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la
+pregunta.
+
+--¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras?--dijo el señor
+Magdalena.
+
+--Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay
+muchas en el camino que vais á recorrer?
+
+--No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y
+media de la madrugada precisamente,--respondió el señor Magdalena, y
+salió.
+
+El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de sí mismo
+después.
+
+El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando volvió
+á abrirse la puerta; era el señor alcalde.
+
+Su aire era como antes, impasible y preocupado.
+
+--Maese Scaufflaire,--dijo,--en cuánto estimáis el caballo y el tílburi
+que vais á alquilarme, llevando el uno al otro.
+
+--Tirando el uno del otro, señor alcalde,--dijo el flamenco soltando
+una carcajada.
+
+--Sea. ¿Cuánto?
+
+--¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar?
+
+--No, pero, os los quiero garantir á todo evento. Á mi vuelta me
+devolveréis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y el tílburi?
+
+--En quinientos francos, señor alcalde.
+
+--Aquí están.
+
+El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego salió,
+sin entrar ya de nuevo.
+
+Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil
+francos. Sin embargo, caballo y tílburi juntos no valían más que cien
+escudos.
+
+El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos
+querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo.--Irá á
+París,--dijo la mujer.--No lo creo,--contestó el marido.
+
+El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el papel
+en el cual había escrito algunos números.
+
+El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular.--¡Cinco, seis, ocho
+y media! éstos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su
+mujer.--He dado en ello,--dijo.--¿Cómo?--De aquí á Hesdin median cinco
+leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras.
+Va á Arras.
+
+Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regresar de
+casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como si la
+puerta de la vicaría fuése para él una tentación, que hubiese querido
+evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella,
+lo cual no tenía nada de extraño, porque solía recogerse temprano. No
+obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única
+criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado á las
+ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo:
+
+--¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su semblante
+algo de nuevo.
+
+El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del
+señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse
+enseguida, y se durmió. Á eso de media noche, despertó bruscamente;
+había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose á
+escuchar. Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease
+en el cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos
+del señor Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía
+en aquel cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á
+levantarse el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo
+parecido á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si
+arrastraran un mueble, y pasado un momento de silencio, volviéronse
+á oir los pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama,
+despertando por completo; observa, mira, y al través de los cristales
+de la ventana, vió en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una
+ventana iluminada. Por la dirección de los rayos, no podía ser aquella
+otra ventana que la del cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba
+como si procediese antes de una llama que dé una luz. La sombra de
+las vidrieras no se advertía, lo cual indicaba que la ventana estaba
+abierta de par en par. Dado el frío que hacía, era sorprendente el que
+estuviese abierta la ventana. El cajero volvió á dormirse de nuevo. Una
+hora ó dos más tarde, despertó otra vez. Los mismos pasos, lentos y
+regulares, seguían yendo y viniendo sobre su cabeza.
+
+El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y
+tranquilo, como el de una lámpara ó bujía.
+
+La ventana continuaba abierta.
+
+Vamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena.
+
+
+ III
+ =Una tempestad bajo un cráneo=
+
+
+El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era otro
+que Juan Valjean.
+
+Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella conciencia;
+ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin
+emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase
+de consideraciones. Los ojos del espíritu no pueden encontrar en
+ninguna parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del
+hombre; ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más
+complicado, más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más
+grande que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el
+del cielo, es el del interior del alma.
+
+Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que á
+propósito de un solo hombre, á propósito del más insignificante de los
+hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya, superior
+y definitiva.
+
+La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las
+ambiciones, y de las tentaciones todas; el horno de todos los delirios,
+el antro de todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de
+batalla de todas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del
+lívido semblante de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad
+en el interior de aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad. Hay
+allí, bajo el silencio del exterior, combates de gigantes como los
+de Homero, luchas de hidras y dragones y nubes de fantasmas como en
+Milton, y espirales ilusorias como en Dante. Nada tan sombrío como el
+infinito que lleva todo hombre dentro de sí mismo, y al cual somete
+con desesperación, y á su pesar, las voluntades de su cerebro y las
+acciones de su vida.
+
+Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó. He
+aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos también.
+Entremos sin embargo.
+
+No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean después
+de la aventura de Gervasillo. Desde aquel momento, como hemos visto,
+fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querido hacer de él, esto
+fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración.
+
+Resolvió desaparecer, vendió la plata del obispo, no guardándose
+más que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en
+población, atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que
+hemos dicho, realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible
+é impenetrable; y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho
+por sentir su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad
+de su existencia desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y
+esperanzado,, no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y
+santificar su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios.
+
+Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en su
+espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual
+imperiosos y absorbentes, dominando sus acciones más insignificantes.
+Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía
+seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y
+sencillo y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia
+entre ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca
+de M* sur M* llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante
+en sacrificar la primera idea á la segunda, ó sea, su obscuridad
+á su virtud. Así, á despecho de toda reserva y de toda prudencia,
+había conservado los candeleros del obispo, vestido luto, llamado é
+interrogado á cuantos saboyanos había visto pasar, tomado informes de
+su familia en Faverolles, y salvado la vida al viejo Fauchelevent, á
+pesar de las mortificantes insinuaciones de Javert. Parecíale, como
+hemos indicado ya, pensar, á semejanza de los sabios, santos y justos,
+que su primer deber no estaba en complacerse á sí mismo.
+
+No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecido á
+lo presente.
+
+Nunca las dos ideas que imperaban en el hombre desgraciado, de cuyos
+sufrimientos estamos dando cuenta, habían sostenido una lucha tan
+seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primeras
+palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuanto
+oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombras,
+quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperado
+y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió
+el estremecimiento que precede á los grandes sacudimientos; doblóse
+como se dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al
+aproximarse al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas
+de rayos y centellas. Al oir á Javert, lo primero que se le ocurrió
+fué correr á Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y
+sustituirle; este pensamiento era doloroso y punzante como una incisión
+en carne viva, pero pasada la primera impresión, se dijo: ¡Veamos!
+¡veamos! Reprimió este primer impulso de su generosidad, y retrocedió
+ante el heroísmo.
+
+Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del
+obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en
+medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en
+presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y
+hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto
+ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera
+sido magnífico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta
+de todo cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo
+que en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu
+de conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la
+personalidad de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la
+firmeza del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar,
+recobrando luego su calma de igual manera que volvía al gladiador
+romano á recoger su escudo.
+
+El resto del día siguió en el mismo estado, éste era un torbellino en
+el interior, la más perfecta calma exteriormente, no hizo otra cosa
+que tomar lo que podrían llamarse «medias conservadoras». Todo andaba
+aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no
+alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera
+podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran
+golpe.
+
+Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fantina,
+prolongando la visita por instinto de bondad, diciéndose que debía
+obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso
+de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que
+ir tal vez á Arras; y sin estar de mucho decidido á hacer el viaje,
+decíase que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía
+haber inconveniente alguno en que fuése testigo de lo que pasase,
+y alquiló para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar
+prevenido para lo que pudiere sobrevenir.
+
+Comió con bastante apetito.
+
+Volvió á su cuarto, y se concentró.
+
+Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superlativo,
+que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inexplicable
+ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y
+temiendo que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de
+parapetarse lo posible.
+
+Un momento después mató la luz. Le estorbaba.
+
+Parecíale que aún podían verle.
+
+¿Quién?
+
+¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquélla que
+él quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia.
+
+Su conciencia, es decir, Dios.
+
+No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y
+seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz,
+juzgábase invisible. Entonces tomó él posesión de sí mismo; apoyó los
+codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á
+meditar entre tinieblas.
+
+¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me han
+dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo aquello?
+¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece? ¿Es esto
+posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien ajeno de
+dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas? ¿Qué es lo
+que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará? ¿Qué haré?
+
+He aquí su tormento.
+
+Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; éstas
+pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas
+sujetando su frente con ambas manos.
+
+De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el
+cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en
+definitiva más que angustias.
+
+Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en
+par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la
+mesa.
+
+Así se pasó la hora primera.
+
+Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse y á
+tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con los rasgos
+de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles.
+Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuése su
+situación, era, por completo, dueño de ella.
+
+Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecentarse.
+
+Independientemente del objeto severo y religioso que se propusiera
+en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había
+sido otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había
+temido siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus
+noches de insomnio, era oir pronunciar su nombre; decíase que en
+este caso habría terminado todo para él; que el día en que su nombre
+reapareciese, se desvanecería en torno de sí su nueva vida, y, quién
+sabe si también con ella su nueva alma. Estremecíase á la sola idea
+de semejante posibilidad. Y si en tales momentos alguien le hubiese
+dicho que llegaría la hora en que su nombre resonaría en sus oídos,
+con la odiosa frase «Juan Valjean», saldría súbitamente de entre las
+sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz formidable creada para
+disipar el misterio en que se envolvía resplandecería instantáneamente
+sobre su cabeza, y que aquel nombre no le amenazaría ya; que aquella
+luz no produciría sino más espesas tinieblas; que aquel velo rasgado
+aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra consolidaría su
+edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro resultado,
+si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impenetrable su
+existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan Valjean,
+el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado, más
+digno y más considerado que nunca;--si alguien le hubiese dicho esto,
+hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus palabras por
+insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda aquella
+balumba de imposibles era un hecho, y ¡Dios había permitido que
+aquellas locuras se convirtiesen en realidades!
+
+Su desvanecimiento continuaba despejándose. Íbase, paso á paso, dando
+cuenta de su verdadera situación.
+
+Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que se
+encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie,
+temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo.
+Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á
+quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar.
+Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su
+fondo, él ó el otro.
+
+No había sino dejar al tiempo.
+
+Hízose por completo la luz, y conoció entonces:--Que su puesto estaba
+vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le
+seguiría aguardando; que el robo de Gervasillo le llamaba allí; que
+aquel vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuése de una
+manera fatal é inevitable.--Además, decíase él:--Que en tal momento
+había quién le reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la
+víctima de semejante error, y que mientras le representase en presidio
+la persona de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de
+señor Magdalena, nada tenía que temer si no impedía que los hombres
+sellaran sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como
+la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás.
+
+Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él una
+de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experimentado
+más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión de la
+conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo conjunto
+está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que podría
+llamarse un estallido de risa interior.
+
+Encendió de nuevo y precipitadamente la bujía.
+
+--¿Y bien?--se preguntó--¿de qué me asusto? ¿Á qué pensar en esto?
+¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No veía más que una sola puerta
+entreabierta, por la cual mi pasado pudiese penetrar en mi vida; esta
+puerta queda ahora tapiada, ¡para siempre jamás! Este Javert que viene
+acosándome hace tanto tiempo, ese temible instinto que parecía haberme
+adivinado, y ¡que me había adivinado en realidad! que me seguía á todas
+partes, este espantoso perro de caza, siempre de parada sobre mí,
+está ya derrotado, ocupado en otra parte y completamente despistado!
+¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquilo, puesto que tiene á su Juan
+Valjean! ¡Quién sabe también, y ello es lo más probable, si querrá
+alejarse de esta población! ¡Y todo esto se ha hecho sin mí! ¡No he
+intervenido para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay en ello? ¡Quiénes así
+me vieran, creerían que soy víctima de una catástrofe! Y, sobre todo,
+si resulta algún daño para alguien no es á buen seguro por culpa
+mía. Es la Providencia quien lo ha hecho todo. ¡Es que quiere que
+así sea indudablemente! ¿Tengo yo el derecho de estorbar lo que ella
+ordena? ¿Qué es lo que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezclarme? Esto
+no es de mi incumbencia. ¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es lo que me
+falta entonces? El fin á que espiro hace tantos años, el sueño de mis
+noches, el objeto de mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero! Dios
+lo quiere. Nada debo hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por qué
+lo querrá Dios? Para que yo prosiga en lo comenzado, para que haga
+bien, para que sea yo un poderoso y vivo ejemplo, para que se diga, en
+fin, que ha habido su parte de ventura unida á esta penitencia que he
+sufrido, y en esta virtud á la que he vuelto. En verdad que no alcanzo
+á explicarme porqué he tenido miedo de entrar en casa de este buen cura
+y de explicárselo todo como á un confesor, pidiéndole consejo, cuando
+es evidente que me hubiera dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á dejar que
+sigan las cosas su curso natural! ¡Dejemos que obre Dios!
+
+Hablábase así, allá en las profundidades de su conciencia, inclinado
+hacia lo que pudiéramos llamar su propio abismo. Levantóse de su
+asiento y se puso á pasear la estancia. Vamos, dijo, no debo pensar más
+en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pero no sintió, sin embargo, la
+menor alegría.
+
+Al contrario.
+
+Pretender que el pensamiento no vuelva á una idea, es como pretender
+que el mar no vuelva á la playa. Para el marinero se llama esto marea;
+para el culpable se llama remordimiento. Dios agita las almas como el
+océano.
+
+Á los pocos instantes, por más que hizo, volvió nuevamente á su sombrío
+diálogo, del cual venía á ser orador y oyente á la vez, diciendo lo
+que hubiera querido callar, y oyendo lo que no hubiera querido saber;
+cediendo á aquel misterioso poder que le decía: «¡Piensa!», como había
+dicho él mismo, hace dos mil años, á otro condenado: «¡Anda!».
+
+Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos,
+insistimos en una observación muy necesaria.
+
+Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador
+que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Verbo nunca
+es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del
+hombre, desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de
+la conciencia al pensamiento. En este sentido, solamente debieran
+entenderse las palabras empleadas frecuentemente en este capítulo,
+_dijo_, _exclamó_; decíase, hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que
+el silencio exterior se rompiera. Hay grandes tumultos en que todo
+habla en nosotros menos la boca. Las realidades del alma, no por ser
+invisibles é impalpables, dejan de ser realidades.
+
+Preguntábase, pues, en dónde estaba. Interrogábase acerca de su
+«resolución irrevocable». Confesóse á sí mismo que aquello que acababa
+de ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las
+cosas á la voluntad de Dios», era simplemente horroroso. Dejar que
+siguiese adelante aquel error del destino y de los hombres, sin
+detenerlo, contribuir á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era
+hacerlo todo! era el último rebajamiento de la indignidad hipócrita!
+¡Era un crimen bajo, cobarde, miserable, abyecto y repugnante!
+
+Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventurado
+acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una mala
+acción.
+
+Y lo arrojó con asco.
+
+Continuó interrogándose.
+
+Y preguntóse severamente qué era lo que había entendido al dar «por
+conseguido su objeto».
+
+Reconoció que, efectivamente, su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál?
+¿El de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa
+tan insignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No
+existía acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona,
+sino su alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era
+esto, por ventura, y esto sólo, lo que él únicamente había querido,
+lo que el obispo le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado?
+¡Pero no la cerraba de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á
+abrirla, con una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso
+de los ladrones! ¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su
+parte de sol! Se convertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un
+miserable; le infería esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á
+cielo abierto, que se llama presidio!
+
+Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan
+funesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el
+presidiario Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su
+resurrección cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer
+aparentemente en él era en realidad salir de él! Y eso era lo que
+convenía hacer, y nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida
+resultaba inútil, toda su penitencia perdida.
+
+¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y
+que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le miraba
+fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus
+virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á
+sus ojos admirable y puro.
+
+Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los
+hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era
+preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Valjean y denunciar
+al verdadero. ¡Ay! Ése era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa
+de las victorias, el último paso que había que salvar; pero era
+preciso. ¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de
+Dios sin entrar en la infamia á los ojos de los hombres!
+
+--¡Pues bien!--dijo.--¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber!
+¡Salvemos á ese hombre!
+
+Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en alta
+voz.
+
+Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un
+legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados.
+
+Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer
+cualquiera que hubiese estado allí en aquel momento: _Á Monsieur
+Laffite, banquero, calle de Artois. París._ Sacó de un secreter una
+cartera que contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se
+había servido aquel año para ir á las elecciones.
+
+Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan
+grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él.
+Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba
+pausadamente la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera
+de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera
+aclarar ó interrogar.
+
+Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo
+mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia.
+
+Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su deber
+escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y giraban
+con su mirada: _¡Anda! ¡di tu nombre! ¡denúnciate!_
+
+Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con formas
+sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de
+su vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se
+le aparecían absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que
+las separaba. Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente
+buena, al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquélla era el
+sacrificio y ésta era la personalidad; que la una decía: _el prójimo_,
+y la otra decía: _yo_; que la una venía de la luz y procedía la otra de
+la noche.
+
+Ambas se combatían. Él presenciaba ese combate. Á medida que él
+reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya
+estaturas colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro
+de ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas,
+diosa la una y gigante la otra.
+
+Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triunfante.
+
+Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de su
+destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nueva,
+y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la gran
+crisis, la gran prueba.
+
+Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía
+á invadirle poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero
+fortificándole más en su resolución.
+
+Díjose por un momento:--Que tomaba quizá el asunto con demasiado calor;
+que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan interesante, pues
+al fin y al cabo, había robado.
+
+Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manzanas,
+tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero ¿quién
+sabe si en efecto ha robado? ¿Está probado por ventura? El nombre de
+Juan Valjean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los procuradores
+del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque saben que
+ha sido presidiario.
+
+En otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese
+denunciado á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su
+acción y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en
+favor del país, y que le harían gracia.
+
+Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amargamente
+al pensar que el robo de los dos francos á Gervasillo le hacía
+reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los
+términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua.
+
+Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la
+tierra, buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que
+era indispensable cumplir con su deber; que tal vez no sería tan
+desgraciado después de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo;
+que de _dejar correr los sucesos_, y quedándose en M* sur M*, su
+consideración, su nombradía, sus buenas obras, la deferencia, la
+veneración, su caridad, su riqueza, su popularidad y su virtud estarían
+impregnadas de un crimen, y ¿qué sabor habían de tener aquellas cosas
+santas unidas á una cosa tan indigna? Mientras que si llevaba á cabo
+su sacrificio, con el presidio, el potro, la cadena, el gorro verde,
+el trabajo sin descanso, y la vergüenza sin compasión, se mezclaría
+siempre una idea celestial.
+
+En fin, díjose que era una necesidad, que su destino así lo exigía, que
+él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo
+caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por
+dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera.
+
+Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se
+fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras
+cosas; cosas indiferentes.
+
+Las arterias de sus sienes latían fuertemente. Continuaba yendo y
+viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la
+parroquia, y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas
+en ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este
+motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro
+viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este
+nombre: _Antonio Albin de Romainville_.
+
+Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la
+ventana.
+
+Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuele preciso hacer un gran
+esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las doce.
+Recordóle por fin.
+
+--¡Ah! Sí,--exclamó;--había tomado la resolución de denunciarme.
+
+Y súbitamente recordó á Fantina.
+
+--¡Es verdad!--exclamó.--¡Y esa pobre mujer!
+
+Aquí se reveló una nueva crisis.
+
+Fantina, aparecióndosele bruscamente en su delirio, fué lo que un rayo
+de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en torno
+suyo, y exclamó:
+
+--¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡No he
+atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene callar ó
+denunciarme,--ocultar mi persona ó salvar mi alma,--ser un magistrado
+despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable,--es
+decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo ello
+no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siempre
+egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es
+pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos!
+
+Exceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿qué sucederá? Si yo me
+denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á
+presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un
+pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, ancianos,
+abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho
+vivir todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy quien
+he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he creado
+la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había
+nada; yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado,
+enriquecido toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma.
+Desapareciendo, todo muere.
+
+¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra
+en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que
+quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo
+yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le
+he causado? Si yo desaparezco, ¿qué sucederá? Muerta la madre, quedará
+la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio.
+
+¿Y si no me denuncio?
+
+Veamos lo que puede suceder.
+
+Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento de
+vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con calma:
+
+--Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha
+robado. Por más que yo pueda imaginarme que no es ladrón, ¡ello es
+que ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ganado
+diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para qué
+lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperidad
+de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las
+manufacturas y las industrias se multiplican; las familias, ¡cien
+familias, mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen
+poblaciones donde había granjas; nacen granjas donde no había nada;
+desaparece la miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje,
+la prostitución, el robo, el asesinato, todos los vicios y todos los
+crímenes. Esa pobre madre cría á su hija; ¡y he aquí toda una comarca
+rica y honrada! ¡Oh! ¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo
+al tratar de denunciarme. Es preciso reflexionar y no precipitarse.
+¡Pues qué! Por habérseme ocurrido el hacer el grande y el generoso...
+¡Sensiblerías melodramáticas al fin y al cabo! Porque yo haya pensado
+en mí sólo para salvar de un castigo, quizá algo exagerado, pero justo
+en el fondo, no se á quién, á un ladrón, á un pícaro evidentemente, ¡ha
+de perecer todo un país! ¡ha de morir esa pobre mujer en el hospital!
+¡ha de quedar una criaturita abandonada en medio del camino! ¡Como
+perros! ¡Ah! ¡Esto es abominable! ¡Sin que la madre haya vuelto á ver
+á su hija, ni la hija haya casi conocido á su madre! ¡Y todo ello por
+ese pícaro viejo, ladrón de manzanas, que de seguro hubiera merecido ir
+á presidio por otra cosa, si no por ésa! ¡Lindos escrúpulos que salvan
+á un culpable y sacrifican á muchos inocentes, que salvan á un viejo
+vagabundo, que al fin y al cabo apenas tiene algunos años de vida, y
+que no será más desgraciado en presidio que en su miseria; escrúpulos
+que sacrifican á toda una población, madres, mujeres, niños! ¡Aquella
+pobre Cosette que no tiene más que á mí en el mundo, y que sin duda se
+halla en este momento tiritando de frío en el tabuco de los Thénardier!
+¡He ahí otros nuevos canallas!
+
+¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y
+yo iría á denunciarme! ¡Á cometer la más solemne tontería! Veámoslo
+por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción,
+y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro,
+esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción que sólo
+á mi alma compromete, ése sí es sacrificio, ésa sí es virtud.
+
+Levantóse y volvió á pasear. Esta vez le parecía estar satisfecho.
+
+Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la
+tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del
+pensamiento. Parecíale que después de haber descendido á semejantes
+profundidades, después de haber andado á tientas por largo tiempo en lo
+más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin de encontrar uno de
+aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano
+y le estaba deslumbrando al contemplarla.
+
+--Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad,
+tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos
+hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de
+todos, aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo.
+¡Desgraciado del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á ese
+hombre, ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean,
+¡que se arregle! Á mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que
+flota en la noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor
+para ella!
+
+Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo:
+
+--¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro.
+
+Dió todavía algunos pasos y parándose de repente dijo:
+
+--¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la
+resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan
+Valjean. Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me
+acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan.
+
+Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de
+él una llavecita.
+
+Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas,
+disimulado entre los dibujos más oscuros del papel qué tapizaba las
+paredes. Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado
+entre el ángulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en
+aquel escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón
+viejo, un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus
+extremos.
+
+Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó por D***,
+octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas de aquel
+miserable arreo.
+
+Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros de plata,
+para recordar siempre su punto de partida; solamente que ocultaba lo
+que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros que
+venían del obispo.
+
+Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de que se
+abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimiento
+rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada
+á aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente
+guardados, lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego.
+
+Volvió á cerrar el escondrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles
+ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó
+delante.
+
+Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se
+iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el
+garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto.
+
+Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía,
+había quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza.
+Acercándose á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda
+de plata; sin duda la pieza de cuarenta sueldos robada al niño saboyano.
+
+Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo paso.
+
+De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con
+el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea.
+
+--¡Ah!--exclamó.--Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es preciso
+destruir eso aún.
+
+Y cogió ambos candeleros.
+
+Había aún bastante lumbre para desfigurarlos fácilmente y hacer una
+especie de lingote sin forma.
+
+Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le
+produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo.
+
+Removió las brasas con uno de los candeleros.
+
+Un minuto más, y estaban ya en el fuego.
+
+En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en su interior:
+¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean!
+
+Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha algo
+terrible.
+
+--¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos
+candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo
+todo! Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! «¡Conque es
+cosa convenida; está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda
+un hombre, un anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha
+hecho, un inocente, tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre
+que pesa sobre él como un crimen, que va á ser confundido contigo,
+que va á ser condenado, que va á concluir sus días en la abyección y
+el horror! ¡está bien! Y tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor
+alcalde, honorable y venerado, enriquece á la población, alimenta á los
+necesitados, educa á los huérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado,
+y durante todo ese tiempo, mientras tú estés aquí en la alegría y en
+la luz, habrá otro que lleve tu chaqueta roja, que lleve tu nombre
+ignominioso y que arrastre tu cadena en presidio. ¡Sí, todo estará así
+muy bien! ¡Oh! ¡Miserable!
+
+El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada
+huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La
+voz continuó:
+
+--¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán gran
+ruido, que hablarán muy alto, y que te bendecirán y una sola que
+nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye,
+infame! ¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al cielo, y
+únicamente la maldición será la que suba hasta Dios!
+
+Aquella voz, débil al principio, y que se había elevado desde lo más
+oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente ruidosa y
+formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale
+que había salido de él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera.
+
+Creyó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro del
+cuarto con cierto terror.
+
+--¿Hay aquí alguien?--preguntó en voz alta y todo azorado.
+
+Después añadió con una risa que parecía la de un idiota:
+
+--¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie!
+
+Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que
+pueda ver el ojo humano.
+
+Dejó los candeleros sobre la chimenea.
+
+Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su
+sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento
+inferior.
+
+Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. Á veces parece que
+en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo lo que
+pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instantes no
+sabía dónde se encontraba.
+
+Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones
+que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le aconsejaban
+parecíanle tan funestas la una como la otra.
+
+¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundido
+con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber
+escogido la Providencia para tranquilizarle!
+
+Hubo un momento en que pensó en el porvenir. ¡Denunciarse, gran Dios!
+¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sería
+menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. Era
+preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan
+radiante, de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya
+no iría más á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros
+en el mes de mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no
+sentiría la dulzura de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en
+él! ¡Dejaría aquella casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que
+habitaba! Todo se le presentaba bello en aquel momento.
+
+¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aquella
+mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que
+tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de
+todo eso, el presidio, la argolla, la chaqueta roja, la cadena al pie,
+la fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos!
+¡Á su edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven!
+¡Pero viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por
+el guardachusma, ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies
+desnudos en zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y
+tarde al martillo de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la
+curiosidad de los extraños á quienes se diría: _Ése es el famoso Juan
+Valjean, que ha sido alcalde en M* sur M*_! ¡Y por la noche, sudoroso
+y abrumado por el cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir
+de dos en dos, bajo el látigo del capataz, la escala del pontón
+flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria! ¿Puede pues el destino ser malo como un
+ser inteligente y volverse monstruoso como el corazón humano?
+
+Y por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema
+que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y
+convertirse en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en
+ángel!
+
+¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer!
+
+La tormenta de que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía
+á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse,
+tomando cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación.
+El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación
+junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo.
+Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde van
+los jóvenes enamorados á coger lilas en abril.
+
+Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación del
+niño que comienza á andar solo.
+
+Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase
+para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y
+definitivamente, el problema ante el cual había caído en cierto modo
+rendido de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía
+sacar nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones
+dibujadas por su delirio temblaban y se disipaban unos después de otros
+como el humo. Sentía únicamente que cualquiera que fuése el partido
+que tomara, por necesidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que
+debía morir dentro de él, que entraba en un sepulcro, así fuése por la
+derecha, como por la izquierda; siempre era indispensable una agonía,
+la agonía de su felicidad, ó la agonía de su virtud.
+
+¡Ay! Todas aquellas irresoluciones habían vuelto á apoderarse de él. No
+había adelantado nada desde el principio.
+
+Así venía luchando en medio de la mayor angustia aquella alma
+desgraciada. Mil ochocientos años antes también, el ser misterioso en
+quien se resumen todas las santidades y todos los sufrimientos de la
+humanidad, mientras los olivos se agitaban impulsados por el viento
+cruel del infinito, rechazó con la mano un buen espacio el espantoso
+cáliz que se le aparecía derramando sombras y esparciendo tinieblas por
+entre las profundidades llenas de estrellas.
+
+
+
+
+ IV
+ =Formas que toma el sufrimiento durante el sueño=
+
+Las tres de la madrugada acababan de dar, y hacía ya cinco horas que
+paseaba por su cuarto casi sin interrupción, cuando se dejó caer en una
+silla.
+
+Y así durmió y soñó.
+
+Aquel sueño, como la mayor parte de los sueños, no se relacionaba con
+la situación, sino por algo inexplicable, funesto y doloroso, que le
+produjo grande impresión. Aquella pesadilla le hirió tan vivamente, que
+la escribió después. Éste es uno de los papeles que dejó escritos de su
+puño, y que creemos deber transcribir textualmente.
+
+Fuése lo que fuere aquel sueño, quedaría incompleta la historia de
+aquella noche, si lo omitiésemos. Es la aventura sombría de un alma
+enferma.
+
+Hele aquí. En el sobre había escrito este renglón: _El sueño que tuve
+aquella noche_.
+
+«Estaba en el campo, en un gran campo triste, escueto, sin hierba. No
+me parecía que fuése ni de día, ni de noche.
+
+«Paseábame con mi hermano, el hermano de mi infancia, en el cual, debo
+decir, que no pienso nunca, y á quien casi no recuerdo ya.
+
+«Hablábamos y encontrábamos transeuntes; nos referíamos á una vecina
+que tuvimos en otro tiempo, la cual, cuando se mudó á una habitación
+que daba á la calle, trabajaba siempre con la ventana abierta. Y
+sentíamos frío á causa de estar abierta aquella ventana.
+
+«No había árboles en el campo.
+
+«Vimos un hombre pasar junto á nosotros. Era un hombre desnudo, de
+color de ceniza, montado en un caballo color de tierra. El hombre no
+tenía cabellos; veíasele el cráneo y las venas sobre el cráneo. Llevaba
+en la mano una varita flexible como un sarmiento y pesada como el
+hierro. Pasó el jinete sin decirnos nada.
+
+«Mi hermano me dijo:
+
+«--Tomemos el camino hondo.
+
+«Había efectivamente un camino hondo, donde no se veía un matorral ni
+una brizna de hierba. Todo era de color de tierra, incluso el cielo.
+Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando hablaba.
+Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi lado.
+
+«Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era
+Romainville (¿por qué Romainville?)[5].
+
+«La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en otra.
+Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre de pie,
+junto á la pared. Díjele á este hombre:--¿Qué país es éste? ¿Dónde
+estoy? El hombre no respondió.
+
+«Vi la puerta de una casa abierta y entré.
+
+«La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás
+de la puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared.
+Pregunté á este hombre:--¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El
+hombre no respondió tampoco.
+
+«La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El
+jardín estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie.
+Díjele á este hombre:--¿Qué jardín es éste? ¿Dónde estoy?
+
+«El hombre tampoco respondió.
+
+«Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las calles
+estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser
+viviente por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba
+sus jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta,
+detrás de cada árbol, un hombre en pie que estaba en silencio. Y no se
+veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar.
+
+«Salí del pueblo y eché á andar por el campo.
+
+«Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía
+siguiéndome. Reconocí á todos los que había visto en el pueblo. Tenían
+cabezas extrañas. Parecían no andar aprisa, y sin embargo caminaban
+más que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella
+multitud me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de
+color de tierra.
+
+«Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar en
+el pueblo, me preguntó:--¿Á dónde vais? ¿No sabéis por ventura que hace
+ya mucho tiempo que estáis muerto?
+
+«Abrí la boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto á
+mí».
+
+Despertóse. Estaba helado.
+
+Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes las
+hojas de la venta abierta.
+
+El fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era
+obscura todavía.
+
+Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo.
+
+Desde la ventana descubríase el patio de la casa y la calle. Un ruido
+seco y duro, que resonó de pronto sobre el suelo, le hizo bajar los
+ojos.
+
+Vió debajo de él dos estrellas rojas, cuyos rayos se prolongaban y
+recogían caprichosamente en la sombra.
+
+Como su pensamiento estaba medio sumergido todavía en la bruma de los
+sueños, exclamó:
+
+--¡Calle!--y pensó.--¡No las hay en el cielo, pero sí en la tierra!
+
+Disipóse, sin embargo, aquella turbación; un ruido semejante al primero
+acabó de despertarle; miró, y conoció que aquellas dos estrellas eran
+los faroles de un coche. Por la claridad que estos faroles despedían,
+pudo distinguir la forma del carruaje. Era un tílburi con un caballo
+blanco. El ruido que acababa de oir eran las patadas del caballo sobre
+el suelo.
+
+--¿Qué carruaje es ése?--se preguntó.--¿Quién puede venir tan de mañana?
+
+En aquel momento llamaron por lo bajo á la puerta de su cuarto.
+
+Tembló de pies á cabeza, y exclamó en voz terrible:
+
+--¿Quién llama?
+
+Alguien dijo:
+
+--Yo, señor alcalde.
+
+Reconoció la voz de la vieja portera.
+
+--¡Y bien! ¿Qué ocurre?
+
+--Señor alcalde, van á dar las cinco.
+
+--¿Y qué me importa?
+
+--Señor alcalde, está ahí el cabriolé.
+
+--¿Qué cabriolé?
+
+--El tílburi.
+
+--¿Qué tílburi?
+
+--¿No ha encargado el señor alcalde un tílburi?
+
+--No,--dijo él.
+
+--El cochero dice que es para el señor alcalde.
+
+--¿Qué cochero?
+
+--El cochero de maese Scaufflaire.
+
+--¿Maese Scaufflaire?
+
+Este nombre le hizo estremecer, como si un relámpago hubiera cruzado
+ante sus ojos.
+
+--¡Ah! sí,--repuso.--¡Maese Scaufflaire!
+
+Si la vieja le hubiese podido ver en aquel instante, hubiera quedado
+espantada.
+
+Siguió un prolongado silencio. Examinaba con aire estúpido la llama
+de la bujía, entreteniéndose en coger la cera hirviente alrededor
+del pábilo, arrollándola con sus dedos. La vieja esperó. Después,
+aventurándose á levantar aún la voz:
+
+--Señor alcalde, ¿qué debo contestar?
+
+--Que está bien; que bajo.
+
+
+ V
+ =Los rayos de las ruedas=
+
+
+El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en
+aquella época en pequeñas malas del tiempo del imperio. Estas malas
+eran unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por
+dentro, suspendidos por muelles, sin más que dos asientos, uno para
+el conductor y otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de
+esos prolongados cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á
+mantenerse á distancia, y de los que se ven todavía algunos en los
+caminos de Alemania. La mala de la correspondencia, inmensa caja
+oblonga, estaba colocada detrás del cabriolé, formando parte de él.
+Este cajón estaba pintado de negro y el resto del carruaje de amarillo.
+
+Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los de hoy en día,
+presentaban cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se
+los veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en
+el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman
+«termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto.
+Caminaban no obstante, con gran velocidad.
+
+La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pasar
+el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la
+madrugada.
+
+Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de
+Hesdin, golpea, al doblar una calle, en el momento en que entraba en la
+población, un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía
+en sentido inverso, en el cual sólo iba una persona, un hombre envuelto
+en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte.
+El conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le
+hizo caso, y continuó su camino al trote largo.
+
+--He aquí un hombre endiabladamente apresurado,--dijo el conductor.
+
+El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver luchar
+interiormente entre convulsiones dignas de lástima.
+
+¿Á dónde iba? No hubiera podido decirlo.
+
+¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante de
+él. ¿Á dónde? Á Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte.
+Iba conociéndolo por momentos, y se estremecía. Engolfábase en aquella
+noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo le
+atraía.
+
+Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el mundo
+puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrada alguna vez en su vida en
+la obscura caverna de lo desconocido?
+
+Por lo demás, no había él resuelto nada, nada decidido, nada
+determinado, nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había
+sido definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento.
+
+¿Por qué, pues, iba á Arras?
+
+Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de
+Scaufflaire:--que cualquiera que debiese ser el resultado, no había de
+haber inconveniente en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo;--que
+era ello prudente, pues le convenía saber lo que pasare.--Que no podía
+decidirse, sin haber observado y escudriñado;--que de lejos todos los
+objetos se nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto
+al tal Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su
+conciencia quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio
+en lugar suyo;--que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos
+presidiarios, Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido,
+pero de seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de
+toda sospecha.
+
+Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel
+Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las
+conjeturas;--y que no había, por lo tanto, peligro alguno.
+
+Que sin duda era aquél un momento tenebroso, pero que saldría de él;
+que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuése.
+
+Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo.
+
+Aferrábase á este pensamiento.
+
+Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir á
+Arras.
+
+Y sin embargo, iba.
+
+Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y
+sentado que hace dos leguas y media por hora.
+
+Á medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que
+retrocedía.
+
+Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se
+hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte;
+miró sin ver, cómo pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras
+de una aurora de invierno.
+
+El alba tiene sus espectros como el crepúsculo, mas él no los veía;
+pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física,
+las negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado
+violento de su alma con algo aún más negro y más siniestro.
+
+Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aisladas
+que á veces se encuentran junto al camino, se decía:--¡Y aquí hay
+gentes que duermen!
+
+El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la
+carretera, producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan
+agradables cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste.
+
+Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin. Paróse delante de un
+mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso.
+
+El caballo era, como había dicho Scaufflaire, de esa raza pequeña del
+Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho
+abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza
+fea, pero robusta y sana. El excelente bruto había andado cinco leguas
+en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor.
+
+Él no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena,
+se bajó de repente y examinó la rueda izquierda.
+
+--¿Vais así muy lejos?--preguntó el hombre.
+
+Él contestó sin salir de sus meditaciones.
+
+--¿Por qué?
+
+--¿Venís de lejos?--repuso el mozo.
+
+--De cinco leguas de aquí.
+
+--¡Ah!
+
+--¿Por qué decís: ah?
+
+El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso,
+fijándose en la rueda, y después se enderezó, diciendo:
+
+--Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo dudo;
+pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más.
+
+El viajero saltó del tílburi.
+
+--¿Qué estáis diciendo, amigo?
+
+--Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas sin ir
+rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino real.
+Mirad.
+
+La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la
+silla-correo había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya
+matriz había saltado de su centro.
+
+--Amigo,--dijo al mozo,--¿hay algún carretero por aquí?
+
+--Sin duda, señor.
+
+--Hacedme el favor de ir por él.
+
+--Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Bourgaillard!
+
+Maese Bourgaillard, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se
+acercó á examinar la rueda, é hizo el gesto de un cirujano que cree
+rota una pierna.
+
+--¿Podéis componer esta rueda inmediatamente?
+
+--Sí señor.
+
+--¿Cuándo podré seguir mi camino?
+
+--Mañana.
+
+--¡Mañana!
+
+--Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa?
+
+--Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más.
+
+--Imposible, señor.
+
+--Pagaré lo que se quiera.
+
+--Imposible.
+
+--¡Pues bien! Dentro de dos horas.
+
+--Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevos los dos rayos y el cubo. No
+podéis salir antes de mañana.
+
+--El caso es que no puedo esperar á mañana. ¿Si en vez de componer esa
+rueda se reemplazase con otra?...
+
+--¿Cómo?
+
+--¿No sois carretero?
+
+--¡Sin duda!
+
+--¿Y no tenéis una rueda que venderme? Así podría partir enseguida.
+
+--¿Una rueda suelta?
+
+--Sí.
+
+--No tengo ninguna á propósito para esta clase de cabriolé. Dos ruedas
+constituyen un par, y dos ruedas no se juntan siempre á la ventura.
+
+--En ese caso, vendedme un par de ruedas.
+
+--Es que no todas las ruedas se ajustan á todos los ejes.
+
+--Probadlo.
+
+--Es por demás. No tengo para vender más que ruedas de carro. Es éste
+un país tan pobre.
+
+--¿Tenéis un cabriolé para alquilarme?
+
+El maestro carretero, al primer golpe de vista había conocido que era
+el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió de hombros.
+
+--¡Cuidáis bien de los carruajes que se os alquilan! si tuviera yo
+alguno no sería quien os lo alquilase.
+
+--Pero ¿me lo venderíais?
+
+--No lo tengo.
+
+--¡Cómo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis que no es difícil contentarme.
+
+--Es éste un pobrísimo país. Tengo ahí,--añadió el carretero,--una
+carretela antigua que es de un señor de la ciudad que me la dió á
+guardar, y que se sirve de ella todos los seis y treinta de cada mes.
+Ya os la alquilaría, pues no me cuesta nada, pero sería preciso evitar
+que la viera su dueño; y luego que es, como os he dicho, una carretela,
+y se necesitan dos caballos para tirar de ella.
+
+--Tomaré dos caballos de posta.
+
+--¿Á dónde vais?
+
+--Á Arras.
+
+--¿Y el señor quiere llegar hoy?
+
+--Precisamente.
+
+--¿Con caballos de posta?
+
+--¿Por qué no?
+
+--¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro de la madrugada?
+
+--No, ciertamente.
+
+--Es que, vea usted, hay algo que debe decirse, para encontrar caballos
+de posta... ¿Traéis pasaporte?
+
+--Sí.
+
+--Pues bien, tomando caballos de posta no llegaréis á Arras antes de
+mañana. Éste es un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los
+caballos están en los campos. Nos encontramos, además, en época de
+labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se
+encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo
+menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. Y luego, no podréis andar
+sino al paso. Hay que subir tantas cuestas.
+
+--Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará una
+silla en el pueblo?
+
+--Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo?
+
+--Es verdad, vos me recordáis que no la sufre.
+
+--Entonces...
+
+--¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de
+alquiler?
+
+--¡Un caballo para ir á Arras de una tirada!
+
+--Sí.
+
+--Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais
+que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni
+alquilado, por quinientos ni por mil francos lo encontraréis!
+
+--¿Qué hacer, entonces?
+
+--Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fe de hombre honrado, es
+que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana.
+
+--Mañana sería tarde.
+
+--¡Diantre!
+
+--¿No pasa por aquí el correo de Arras?
+
+--¿Á qué hora?
+
+--Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube
+como el que baja.
+
+--¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda?
+
+--Un día largo; como os he dicho.
+
+--¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales?
+
+--¡Aún que se pusieran diez!
+
+--¿Si atáramos los rayos con cuerdas?
+
+--Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder.
+
+--¿No hay quien alquile coches en el pueblo?
+
+--No.
+
+--¿Hay otro carretero?
+
+El mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo
+moviendo la cabeza:
+
+--No.
+
+El viajero se alegró inmensamente.
+
+Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella había
+roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al primer
+aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar
+el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía
+á su alcance; no había retrocedido ante los elementos, ante la fatiga
+ni los dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más,
+no era culpa suya. No era suya la falta de su detención; era un hecho
+providencial.
+
+Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después de
+la visita de Javert. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía el
+corazón hacía veinte horas, acababa de dejarle en libertad.
+
+Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo:
+
+Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver
+tranquilamente sobre sus pasos.
+
+Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de las
+habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la
+hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que
+no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á leer;
+pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la calle
+produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas á hacer
+de espectadores. Durante su conversación con el carretero, se habían
+detenido varios transeuntes alrededor de ellos. Después de haber estado
+escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se había
+fijado, se separó del grupo echando á correr.
+
+En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior
+que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el
+muchacho. Venía acompañado de una vieja.
+
+--Señor,--dijo la vieja,--me ha dicho el chico que queréis alquilar un
+cabriolé.
+
+Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de un
+muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano que le
+había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo.
+
+Y díjole á la vieja:
+
+--Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé.
+
+Apresurándose á añadir:
+
+--¿Pero no hay ninguno en este pueblo?
+
+--Sí lo hay,--dijo la vieja.
+
+--¿Dónde está?--repuso el carretero.
+
+--En mi casa,--replicó la vieja.
+
+Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente.
+
+La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesín
+cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo que
+se les escapara el viajero, intervinieron.
+
+--Es un mal carro;--Apoyado sobre el eje;--Es cierto que los asientos
+están suspendidos por correas;--Lloverá dentro de él como bajo una
+criba;--Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad;--No iréis
+con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi;--¡Es una
+carreta!--¡Pues no se divertiría poco este señor, embarcándose en
+él!--etc., etc.
+
+Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesín, aquella
+carreta, ó lo que fuése, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras.
+
+Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo
+tuviese arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al
+calesín, y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía
+siguiendo desde por la mañana.
+
+En cuanto se puso en movimiento el calesín, confesóse que había sentido
+cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces aquella
+alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había de
+alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje
+libremente. Nadie le obligaba á ello.
+
+Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera.
+
+Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos!
+¡deteneos!». Detuvo efectivamente el calesín, con un movimiento vivo y
+rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la
+esperanza.
+
+Era el chico de la vieja.
+
+--Señor,--le dijo,--yo soy quien os ha proporcionado el calesín.
+
+--¿Y qué?
+
+--Que nada me habéis dado.
+
+Él, que daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión
+exorbitante y odiosa.
+
+--¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué!
+
+Y arreando el caballo, partió al trote largo.
+
+Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El caballito
+era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero, había
+llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era el
+tílburi. El calesín era más duro y pesado, y había muchas pendientes
+que subir.
+
+Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro
+horas para cinco leguas.
+
+En Saint-Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo
+conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á
+Scaufflaire, se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo.
+Pensando en mil cosas tristes y confusas.
+
+La posadera entró en la cuadra.
+
+--¿No quiere el señor almorzar?--preguntó.
+
+--¡Y es verdad!--exclamó él;--tengo buen apetito.
+
+Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo á
+una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada
+en lugar de manteles.
+
+--Despachad pronto,--dijo él;--es preciso que emprenda nuevamente la
+marcha; llevo mucha prisa.
+
+Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró en la
+joven la verdadera expresión del bienestar.
+
+--Esto es lo que yo sentía,--pensó;--no haber almorzado.
+
+Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo
+sobre la mesa sin volverlo á tocar.
+
+Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole nuestro viajero á
+este hombre:
+
+--¿Por qué es tan amargo este pan?
+
+El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía.
+
+El viajero se volvió á la cuadra con su caballo.
+
+Una hora después había salido de Saint-Pol dirigiéndose á Tinques, que
+dista sólo cinco leguas de Arras.
+
+¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la
+mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabañas, los campos
+cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba á cada curva del
+camino.
+
+Es ésta una contemplación que satisface el alma muchas veces,
+disponiéndola á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez,
+¿puede haber algo más meláncolico y profundo? Viajar, es nacer y morir
+á cada instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía
+comparaciones entre aquellos mudables horizontes y la existencia
+humana. Todas las cosas de la vida son una huida continuada delante de
+nosotros.
+
+Todas las cosas en la vida huyen perpetuamente ante nosotros. Después
+de un deslumbramiento, un eclipse; se mira, se corre, se alargan las
+manos para asir lo que pasa; cada evento es una curva del camino, y
+de súbito se encuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es
+negro; se distingue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida,
+que nos arrastra, se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que
+le desengancha en las tinieblas.
+
+Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos, que
+salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad
+que se estaba todavía en los días cortos del año. No se detuvo en
+Tinques. Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero
+que engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo:
+
+--¡Vaya un caballo fatigado!
+
+El pobre animal, en efecto, no andaba sino al paso.
+
+--¿Vais tal vez á Arras?--añadió el caminero.
+
+--Sí.
+
+--Siguiendo este paso no llegaréis muy temprano.
+
+Detuvo el caballo y preguntó al caminero:
+
+--¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras?
+
+--Cerca de siete leguas largas.
+
+--¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto.
+
+--¡Ah!--respondió el peón.--¿Entonces no sabéis que se está componiendo
+el camino? Á un cuarto de legua de aquí le encontraréis cortado. No hay
+medio de seguir adelante.
+
+--¿De veras?
+
+--Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasaréis el
+río, y al llegar á Camblin, tomáis á la derecha; allí cruza el camino
+de Mont-Saint Eloy, que va á Arras.
+
+--Pero viene la noche y me perderé.
+
+--¿No sois del país?
+
+--No.
+
+--Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor,--repuso el
+caminero:--¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansado,
+quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y mañana
+podréis ir á Arras.
+
+--Es preciso que llegue allí esta noche.
+
+--Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y tomad
+un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá de guía.
+
+Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó
+por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al
+suyo.
+
+Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas
+del calesín.
+
+Sin embargo conocía que perdía tiempo.
+
+Había caído ya por completo la noche.
+
+Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba de
+un bache á otro. Dijo él al postillón:
+
+--Siempre al trote, y doble propina.
+
+En uno de los vaivenes rompióse el balancín.
+
+--Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé cómo
+enganchar mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si
+quisiérais volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano
+podríamos estar en Arras.
+
+Él le respondió:
+
+--¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo?
+
+--Sí, señor.
+
+Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín.
+
+Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al
+galope.
+
+La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, parecía
+trepar por las colinas, desprendiéndose como el humo. Distinguíanse
+puntos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía del
+mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido semejante
+al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba
+terrorífico. ¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de la
+noche!
+
+El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba
+vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías
+de D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer.
+
+Oyó dar horas en un campanario lejano, y le preguntó al mozo:
+
+--¿Qué hora es ésta?
+
+--Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan más
+que tres leguas.
+
+Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño no
+se le hubiese ocurrido antes:
+
+Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía
+siquiera á qué hora se veía la causa, que debería al menos haberse
+informado de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin
+saber si aquello serviría para algo.--Después formó confusamente
+algunos otros cálculos en su espíritu:--Que ordinariamente las vistas
+del tribunal penal comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso
+no debía ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas sería
+muy corto; que lo más que habría luego sería cuestión de identificar
+la persona, cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de
+parte de los abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo
+terminado!
+
+El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás
+á Mont Saint Eloy.
+
+La noche aumentaba más y más su obscuridad.
+
+
+
+
+ VI
+ =Sor Simplicia puesta á prueba=
+
+
+Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre.
+
+Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de fiebre,
+y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la encontró
+delirando, éste se alarmó y encargó que le avisasen en cuanto regresara
+el señor Magdalena.
+
+Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo
+en hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja
+que parecían como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos
+y fijos. Parecían casi apagados, pero brillaban á intervalos,
+resplandeciendo como estrellas.
+
+Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo
+inunda á aquéllos á quienes abandona la claridad de la tierra.
+
+Cada vez que sor Simplicia le preguntaba cómo estaba respondía
+invariablemente:--Bien. Yo quisiera ver al señor Magdalena.
+
+Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder el
+último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra
+de sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico
+había completado la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco
+años tenía la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada,
+los dientes descarnados, el color plomizo, el cuello huesoso, las
+clavículas salientes, los miembros demacrados, la piel terrosa, y sus
+cabellos rubios mezclados con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la
+vejez las enfermedades!
+
+Al medio día volvió el médico, dió algunas prescripciones, preguntó si
+había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la
+cabeza.
+
+El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á la
+enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo.
+
+Á eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada. En el
+espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la religiosa:
+
+--¿Hermana mía, qué hora es?
+
+Dieron las tres. Á la tercera campanada, Fantina se sentó en la cama,
+ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsivamente
+sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de su
+pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran peso
+de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta.
+
+Nadie entró; la puerta no se abrió.
+
+Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmóvil
+y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle. El
+reloj de la iglesia dió las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de
+nuevo en su almohada.
+
+No dijo una palabra, y volvió á hacer dobleces en la sábana.
+
+Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el reloj
+sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; después volvía
+á dejarse caer.
+
+Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba nombre
+alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie.
+
+Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo obscuro
+iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios
+azulados, sonriendo á cada instante.
+
+Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana cómo decía en voz muy baja y
+dulce acento:--¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir hoy!
+
+La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor
+Magdalena.
+
+En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que
+quisiera recordar algo.
+
+De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La hermana
+se puso á escuchar.
+
+He aquí lo que cantó Fantina:
+
+ Compraremos muchas y muy bellas cosas
+ Viendo de las calles lo más principal
+ Azul es el lirio, rosadas las rosas,
+ Azul es el lirio, que dulce es amar.
+ La Virgen María con manto bordado
+ Ayer vino á verme en mi pobre hogar,
+ Y me dijo:--Mira, bajo el velo traigo
+ El niño que un día viniste á implorar.
+ --Á la ciudad pronto, corriendo, volando,
+ Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal.
+
+ Compraremos muchas y muy bellas cosas
+ Viendo de las calles lo más principal.
+
+ Buena y santa virgen del manto bordado
+ Arreglé una cuna, con cintas, sin par;
+ Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos
+ Me diera prefiero lo que tú me das.
+ --¿De todo este lienzo, señora, qué hago?
+ --Al recién nacido hacedle el ajuar.
+
+ Azul es el lirio, rosadas las rosas,
+ Azul es el lirio, que dulce es amar.
+
+ Lavad este lienzo.--¿En dónde?--En el río.
+ Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar,
+ Una hermosa falda con su cuerpecito,
+ Que con muchas flores la quiero bordar.
+ --¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño?
+ --Haced mi sudario, llevadme á enterrar.
+
+ Compraremos muchas y muy bellas cosas
+ Viendo de las calles lo más principal,
+ Azul es el lirio, rosadas las rosas,
+ Azul es el lirio, que dulce es amar.
+
+Esta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella
+acostumbraba, en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no
+había vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se
+habían pasado sin ver á su hija.
+
+Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era
+bastante á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada
+á cosas austeras, sintió asomar una lágrima.
+
+El reloj dió las seis. Fantina pareció no oir, como parecía no prestar
+atención á nada de lo que pasaba junto á ella.
+
+Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á la
+portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subiría
+luego. La muchacha volvió á los pocos minutos.
+
+Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á sus ideas.
+
+La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcalde
+había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que
+hacía, en un tílburi tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin
+cochero; que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían
+haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle
+encontrado en la de París. Que al despedirse había estado tan amable
+como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le
+esperase aquella noche.
+
+Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina,
+cuchicheaban, la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina
+con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que
+mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración
+de la muerte, se había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos
+crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por entre
+la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó:
+
+--¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo? ¿Qué
+es lo que hace? ¿Por qué no viene?
+
+Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que las dos mujeres,
+creyendo oir una voz de hombre, volviéronse asustadas.
+
+--¡Respondedme!--exclamó Fantina.
+
+La criada balbuceó:
+
+--La portera me ha dicho que no podría venir hoy.
+
+--Hija mía,--dijo la hermana,--estad tranquila, y volveos á echar.
+
+Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento
+imperioso y desgarrador á un tiempo:
+
+--¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo estabais
+cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo.
+
+La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana:
+
+--Decid que está ocupado en asuntos municipales.
+
+Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era
+una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad á la
+enferma podría sin duda acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto
+grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco.
+La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la
+dijo:
+
+--El señor alcalde se ha ausentado.
+
+Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos
+centellearon. Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía
+dolorida.
+
+--¡Se ha ausentado!--exclamó.--¡Ha ido á buscar á Cosette!
+
+Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró
+inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja.
+
+Cuando acabó la oración, dijo á la hermana:
+
+--¡Hermana mía!--exclamó,--voy á echarme de nuevo, y á hacer todo lo
+que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la voz, y os
+pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena hermana,
+ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Magdalena es
+bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niña, á Cosette á Montfermeil.
+
+Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada, y
+besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había
+regalado sor Simplicia.
+
+--Hija mía,--dijo la hermana,--procurad ahora descansar, y no habléis.
+
+Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana; ésta
+procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor.
+
+--Ha salido esta mañana para ir á París. En rigor, no tiene necesidad
+de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda viniendo
+hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba
+de Cosette: _Pronto, pronto?_ Es una sorpresa que quiere darme.
+¿Entendéis? Él me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los
+Thénardier. No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á
+Cosette puesto que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían
+que se guardaran la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me
+hagáis señas para que deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz;
+ya me siento muy bien, no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á
+Cosette; creo que tengo hambre. Hace más de cinco años que no la he
+visto. ¡Vos no podéis figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego,
+¡estará tan hermosa, ya la veréis! ¡Si supiérais, tiene unos dedos
+tan lindos y rosados! Ahora tendrá tan bonitas manos. De un año las
+tenía tan chiquitas. Ahora estará muy crecida. ¡Tiene ya siete años!
+Es una señorita. Yo la llamo Cosette, pero se llama Eufrasia. Mirad,
+esta mañana estaba yo mirando el polvo que hay sobre la chimenea, y
+se me ha ocurrido la idea de que vería pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios
+mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin ver una á sus hijos!
+¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna! ¡Ay! ¡Qué bien ha
+hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es verdad que hace mucho
+frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana estará de vuelta, ¿no
+es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por la mañana, hermana
+mía, os acordaréis de hacerme poner mi gorrita guarnecida de encajes.
+Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pie este camino en otros
+tiempos. Es una gran distancia para mí. Pero las diligencias van muy
+aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuánto hay de aquí á
+Montfermeil?
+
+La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias, respondió:
+--¡Oh! Ya lo creo que podrá estar aquí mañana.
+
+--¡Mañana! ¡Mañana!--dijo Fantina.--¡Veré á Cosette mañana! Veis, buena
+hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loca. Y creo que si
+quisiera, bailaría.
+
+Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, no se hubiera
+dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara y
+natural, todo sonreía en ella. Á veces se reía hablando en voz baja.
+Alegría de madre, es casi alegría de niño.
+
+--Bien, bien,--repuso la religiosa;--toda vez que sois dichosa,
+obedecedme y no habléis más.
+
+Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz:
+
+--Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor
+Simplicia. Todos en esta casa tienen razón.
+
+Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas
+partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una
+palabra más.
+
+La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría.
+
+Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó que
+Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la cama.
+
+Llegó, separó las cortinas, y á la luz de la lamparilla, vió los
+grandes y serenos ojos de Fantina que le contemplaban.
+
+Díjole ella:--Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste á
+mi lado en una camita?
+
+El médico creyó que deliraba. Ella añadió:
+
+Vedlo, hay justamente el sitio necesario.
+
+El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto
+es, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que
+en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba
+en la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues
+que estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y
+al volver á acercarse á la cama, Fantina añadió:
+
+--Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días á
+mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir. Su
+tranquila y dulce respiración me hará un gran bien.
+
+--Dadme la mano,--dijo el médico.
+
+Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo:
+
+--¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega mañana.
+
+El médico se quedó sorprendido. Estaba mejor. La opresión había
+disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida
+ficticia reanimaba aquel pobre ser desfallecido.
+
+--Señor doctor,--repuso ella.--¿La hermana os habrá dicho que el señor
+alcalde ha ido á buscar el ratoncillo?
+
+El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emoción
+penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de
+repetirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse
+dijo á la hermana:
+
+--Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase
+mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan
+asombrosas, se han visto curas producidas por grandes alegrías... y
+aunque sé que es ésta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay
+tanto de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve.
+
+
+
+
+ VII
+ =El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse=
+
+
+Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos dejado
+en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de Arras.
+El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó, respondió
+con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada,
+despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí
+mismo el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una
+sala de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los
+codos sobre una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto
+que creía recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por
+culpa suya, aunque en el fondo no le disgustase.
+
+Entró la posadera:
+
+--¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar?
+
+Él hizo un signo de cabeza negativo.
+
+--El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy cansado.
+
+En esto rompió el silencio:
+
+--¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano?
+
+--¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso.
+
+Y él preguntó:
+
+--¿No está aquí la administración de postas?
+
+--Sí, señor.
+
+La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y se
+informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur M*
+con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conductor
+estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente.
+
+--Caballero,--le dijo el encargado,--no faltéis para salir puntualmente
+á la una.
+
+Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad.
+
+No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin
+embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeuntes. Atravesó
+el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas,
+en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después de vacilar
+bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado antes
+á su alrededor como temeroso de que fuése oído lo que iba á preguntar:
+
+--Señor,--dijo;--¿el palacio de Justicia, si os place?
+
+--No sois de la ciudad, señor,--respondió el hombre, que era un buen
+anciano.--Seguidme si gustáis. Yo voy también allá, es decir, á la
+prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces,
+mientras se están reparando las salas de justicia.
+
+--¿Y es allí,--preguntó,--donde se reúnen también los jurados?
+
+--Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal
+antes de la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo
+construir una gran sala. Y es en esta gran sala donde se juzga.
+
+Siguiendo su camino, le dijo el artesano:
+
+--Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas
+concluyen á las seis.
+
+Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro
+grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso
+edificio.
+
+--Á fe mía que llegáis á tiempo,--añadió;--habéis tenido suerte.
+¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay
+luz; luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido
+preciso continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa?
+¿Es tal vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo?
+
+El forastero respondió:
+
+--No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado.
+
+--Eso es distinto,--dijo el artesano.--Mirad, señor, la puerta es
+aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la
+escalera principal.
+
+Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se
+hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los grupos
+varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá.
+
+Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hombres
+vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta de
+las salas de justicia. Es muy raro que de todas aquellas bocas salgan
+palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia
+son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador,
+que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sombrías, ó como
+espíritus zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios
+tenebrosos.
+
+Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una
+antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una
+puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran
+sala donde estaba reunido el tribunal de jurados.
+
+La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado que
+encontró.
+
+--Caballero,--le dijo;--¿en qué están?
+
+--Ya han concluido,--respondió el abogado.
+
+--¡Concluido!
+
+Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado se
+volvió.
+
+--Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente?
+
+--No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena?
+
+--Sin duda. No podía ser otra cosa.
+
+--¿Presidio?...
+
+--Para toda la vida.
+
+--Y,--repuso él, con voz tan débil que apenas se le oyó:--¿Se ha
+probado entonces la identidad?
+
+--¡Qué identidad!--replicó el abogado.--No había identidad alguna
+que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y
+se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de
+premeditación, ha sido condenada de por vida.
+
+--¿Pero es una mujer?--dijo él.
+
+--Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces?
+
+--De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía la
+sala iluminada?
+
+--Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas.
+
+--¿Qué otro proceso?
+
+--¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, un reincidente, un
+presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su nombre; pero
+tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara que tiene, le
+mandaba yo á presidio.
+
+--Señor,--preguntó él.--¿No hay medio de entrar en la sala?
+
+--No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la
+audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la
+puerta podáis penetrar. Probadlo.
+
+--¿Por dónde se entra?
+
+--Por esa puerta grande.
+
+El abogado se separó.
+
+En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentado
+todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le
+habían, atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y
+como hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa,
+respiró; pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de
+alegría ó de dolor.
+
+Acercóse á varios grupos para oir qué decían.
+
+Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribunal
+había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y breves.
+Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en la del
+presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno». Este individuo
+había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado, pero
+lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ello era
+lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interrogatorio
+y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusación del
+fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de las
+doce de la noche. El acusado saldría probablemente condenado: el fiscal
+era de los buenos, y no se le _escapaba_ ninguno de sus reos; era un
+chico de provecho que hacía versos.
+
+Un ujier estaba de pie junto á la puerta que daba entrada á la sala de
+los jurados. El viajero preguntó al ujier:
+
+--¿Se abrirá pronto la puerta?
+
+--No se abrirá ya,--dijo el ujier.
+
+--¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continue la audiencia? ¿Pues no
+se ha suspendido?
+
+--Se ha suspendido y ha vuelto á continuar,--respondió el
+portero;--pero no se abrirá la puerta.
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque está llena la sala.
+
+--¡Y qué! ¿No hay sitio alguno?
+
+--No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya.
+
+El ujier añadió después de un instante de silencio:--Hay todavía dos ó
+tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí
+sino los funcionarios públicos.
+
+Y esto diciendo volvió la espalda.
+
+Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la
+escalera lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que
+tuviese consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en
+su interior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento
+surgía una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se
+arrimó á la baranda y se cruzó de brazos. De pronto desabrochó su
+levita, sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió
+rápidamente en ella, á la luz del farol, este renglón: _Magdalena
+alcalde de M* sur M*_. Volvió á subir después á grandes pasos la
+escalera, atravesó la muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el
+papel, diciéndole con autoridad:
+
+--Entregad esto al señor presidente.
+
+El ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Entrada de favor=
+
+
+Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta
+celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba
+todo el bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de
+aquella pequeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos
+vecinos. Además de los grandes servicios que había prestado á la
+capital, reformando la industria de los abalorios negros, no había uno
+solo de los ciento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no
+le debiese algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer
+las industrias de otros varios distritos.
+
+Así es como hubo una época en que sostuvo con su crédito y sus fondos
+la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatura mecánica de lino de
+Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos de Boubers sur Canche.
+En todas partes se pronunciaba con veneración el nombre del señor
+Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su alcalde á la pequeña y dichosa
+población de M* sur M*.
+
+El magistrado del tribunal superior de Douai, que presidía á la sazón
+el de los jurados de Arras, conocía, como todo el mundo, aquel nombre
+tan profunda y universalmente respetado. Cuando el ujier, abriendo
+discretamente la puerta que comunicaba de la sala del consejo con la
+de la audiencia, se inclinó detrás del sillón del presidente y le
+entregó el papel en que estaba escrito el renglón que acaba de leerse,
+añadiendo: _Este señor desea asistir á la audiencia_, el presidente
+hizo un vivo ademán de atención, y tomando una pluma, escribió algunas
+palabras en el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: «Hacedle
+entrar».
+
+El desgraciado personaje cuya historia vamos narrando, había
+permanecido junto á la puerta de la sala en el mismo sitio y en la
+misma actitud en que el ujier le había dejado, parecióle oir, al través
+de sus meditaciones, que alguien le decía:--«Señor, ¿queréis hacerme el
+honor de seguirme?». Era el mismo ujier que poco antes le había vuelto
+las espaldas, quien le saludaba inclinándose hasta el suelo. El ujier,
+al propio tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como estaba allí
+cerca la lámpara, pudo leer:
+
+«El presidente del tribunal de los jurados, presenta sus respetos al
+señor Magdalena».
+
+Estrujó el papel entre sus manos, como si aquellas palabras tuviesen
+para él un sabor extraordinario y amargo.
+
+Y siguió al ujier.
+
+Algunos minutos después se hallaba solo en una especie de gabinete
+artesonado, de aspecto severo, alumbrado por dos bujías colocadas
+sobre una mesa con tapete verde. Aún resonaban en su oído las últimas
+palabras del ujier, que acababa de dejarle diciendo: «Señor, ésta es la
+sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelta al botón de cobre
+de esa puerta, y os hallaréis en la misma sala del tribunal detrás
+del sillón del señor presidente». Estas palabras se mezclaban en su
+pensamiento á un recuerdo vago de los corredores estrechos y escaleras
+obscuras que acababa de recorrer.
+
+El ujier le había dejado solo. El momento supremo había llegado.
+Procuraba recogerse en sí mismo sin poder conseguirlo. Precisamente en
+el momento en que más necesidad hay de reunir á las realidades de la
+vida todos los hilos del pensamiento, es cuando éstos se rompen dentro
+el cerebro. Se encontraba allí mismo donde los jueces deliberan y
+condenan.
+
+Miraba con tranquilidad estúpida aquella cámara silenciosa y temible,
+donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nombre iba
+á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel instante.
+Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose que
+aquéllas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre fuése él.
+
+Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por las
+sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada.
+
+Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guardaba
+bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache,
+alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación,
+el día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la
+municipalidad, la lista de los ministros y diputados arrestados en sus
+propias casas.
+
+Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento,
+habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues
+no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin
+embargo, la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba
+en Fantina y en Cosette.
+
+Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre
+que le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella
+puerta. Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó
+como clavada en aquel botón; después apareció azorada é inmóvil,
+impregnándose poco á poco de espanto. Desprendíanse de entre sus
+cabellos, gotas de sudor que inundaban sus sienes.
+
+Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de rebeldía,
+ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien:
+_¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello?_ Después volvióse vivamente, y vió
+delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella,
+abrióla y salió.
+
+Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor
+largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda
+clase de ángulos, alumbrado aquí y allá por algunos faroles parecidos
+á lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado.
+Respiró, escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de
+sí, y huyó como si alguien le persiguiese.
+
+Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á
+escuchar de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su
+alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared.
+La piedra estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se
+enderezó temblando.
+
+Entonces, solo allí, de pie, en la obscuridad, temblando de frío y de
+algo más tal vez, meditó.
+
+Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía dentro
+de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay!
+
+Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la cabeza, suspiró con
+angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sus pasos. Andaba
+lentamente y como abrumado. Parecía que alguien le hubiese alcanzado en
+su fuga, y le hiciese volver atrás.
+
+Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo primero que distinguió
+fué el botón de la puerta. Aquel botón redondo de cobre pulimentado,
+brillaba para él como una estrella horrible. Mirábale como podría mirar
+un cordero el ojo de un tigre.
+
+Su vista no podía apartarse de él.
+
+De cuando en cuando daba un paso, y se aproximaba á la puerta.
+
+Si hubiera escuchado, habría oído como una especie de murmullo confuso,
+el ruido de la vecina sala; pero no escuchaba ni oía.
+
+De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á la puerta, cogió
+convulsivamente el botón; la puerta se abrió.
+
+Estaba en la sala de audiencia.
+
+
+
+
+ IX
+ =Lugar en el cual van formándose las convicciones=
+
+
+Adelantó un paso, cerró maquinalmente la puerta tras sí, y permaneció
+de pie, contemplando lo que estaba viendo.
+
+Era un vasto recinto iluminado apenas; ya silencioso, ya murmurante,
+donde se desarrollaba todo el aparato de un proceso criminal, con su
+mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud.
+
+Á un extremo de la sala, en el cual se encontraba él, estaban algunos
+jueces con aire distraído, con toga ya usada, mordiéndose las uñas ó
+cerrando los párpados; al otro extremo había una muchedumbre andrajosa,
+abogados en toda clase de actitudes, soldados de semblante honrado y
+duro, entablamentos viejos y manchados, un techo sucio, mesas cubiertas
+de sarga, más amarilla que verde, puertas ennegrecidas por las manos;
+en clavos, suspendidos en el artesonado, quinqués de taberna, que daban
+más humo que claridad; sobre las mesas algunas velas en candeleros de
+cobre; la obscuridad, la fealdad, la tristeza; y de todo aquello se
+desprendía una impresión austera y augusta, porque se sentía allí esa
+gran cosa humana que se llama la ley, y la gran cosa divina llamada
+justicia.
+
+Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Todas las miradas
+convergían hacia un solo punto, hacia un banco de madera inmediato
+á una puertecilla, á lo largo de la pared, á la izquierda de la
+presidencia. En aquel banco, alumbrado por algunas velas, había un
+hombre sentado entre dos gendarmes.
+
+Este hombre, era el hombre.
+
+Él no le buscó, pero le vió. Sus ojos se le fueron, naturalmente allí,
+como si hubieran sabido de antemano dónde encontrarían aquella figura.
+
+Creyó verse asimismo, envejecido; no absolutamente parecido en cuanto
+al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos
+erizados, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el
+día en que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel
+repugnante tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose
+por espacio de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio.
+
+Y díjose á sí mismo estremeciéndose:--¡Dios mío! ¿debo volver á verme
+así?
+
+El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante algo
+de rudo, estúpido y espantado.
+
+Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para
+dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el
+personaje que acababa de entrar era el alcalde de M* sur M*, le había
+saludado. El fiscal que había visto al señor Magdalena en M* sur M*,
+adonde le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio,
+le reconoció y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba
+bajo el peso de cierta alucinación, y sólo veía:
+
+Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas
+cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro
+tiempo,, hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con
+todas aquellas cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían,
+que existían allí. No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de
+su pensamiento, no; eran verdaderos gendarmes y verdaderos jueces,
+verdadera multitud y verdaderos hombres de carne y hueso. El hecho era
+evidente; veía aparecer de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el
+aspecto formidable de la realidad, los monstruosos espectros del pasado.
+
+Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horrorizado,
+exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás!
+
+Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas,
+volviéndole casi loco, era otro _él_ allí presente: ¡Aquel hombre á
+quien juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean!
+
+Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de
+representación del momento más horroroso de su vida, personificada en
+un fantasma.
+
+Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noche,
+casi las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los
+espectadores. Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente
+había un crucifijo, cosa de que carecían los tribunales del tiempo de
+su condena. Cuando se le juzgó, no estaba Dios allí.
+
+Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la
+idea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran
+legajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar
+su rostro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á
+poco fué recobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel
+punto de calma en que es posible oir.
+
+El señor Bamatabois era del número de los jurados.
+
+Buscó á Javert, pero no le vió. El banco de los testigos quedaban fuera
+de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos
+dicho, la sala estaba poco alumbrada.
+
+En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa.
+
+La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado;
+hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales
+la multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza
+terrible un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable,
+perfectamente estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un
+vagabundo á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama
+cargada de manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado
+vecino, conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel
+hombre? De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que
+acababan de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del
+debate, tomaba apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos
+aquí solamente un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras
+manos un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal
+de los más peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien
+la justicia anda buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho
+años, al salir del presidio de Tolón, cometió un robo en camino real
+á mano armada, en la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo,
+crimen previsto en el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos
+reservamos perseguirle ulteriormente, cuando la identidad haya quedado
+comprobada judicialmente. Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual
+prueba su reincidencia. Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será
+juzgado por el antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los
+testigos, el acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y
+signos que querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo.
+
+Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza era
+toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de
+todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era
+como un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No
+obstante, de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador,
+y la verosimilitud de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella
+multitud veía con mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia
+llena de calamidades que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase
+entrever, asimismo, una eventualidad; la de que, además del presidio,
+era posible la pena de muerte, si llegaba á reconocerse la identidad,
+y si el asunto de Gervasillo terminaba más tarde con una condena.
+¿Qué es lo que era aquel hombre? ¿Qué clase de apatía era la suya?
+¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía demasiado, ó no comprendía
+nada absolutamente? cuestión era ésa que dividía á la multitud, y que
+parecía igualmente dividir al jurado.
+
+Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama no
+era solamente sombrío, sino obscuro.
+
+El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia
+que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que
+usaban antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin
+ó Montbrison; pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan
+solamente los oradores oficiales del ministerio público, á quienes
+conviene por su grave sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el
+cual se le llama al marido _esposo_, y á la mujer, _esposa_; á París,
+_el centro de las artes y de la civilización_; al rey, _el monarca_;
+á monseñor el obispo, _un santo pontífice_; al fiscal, _el elocuente
+intérprete de la vindicta_; á los alegatos, _los acentos que se acaban
+de oir_; al siglo de Luis XIV, _el gran siglo_; un teatro, _el templo
+de Melpómene_; la familia reinante, _la augusta sangre de nuestros
+reyes_; un concierto, _una solemnidad musical_; al señor comandante
+general del departamento, _el ilustre guerrero que_, etc.; á los
+alumnos del seminario, _esos tiernos levitas_; los errores imputados
+á los periódicos, _la impostura que destila su veneno en las columnas
+de esos órganos_, etc., etc.--El abogado, pues, había empezado por
+hablar del robo de las manzanas--cosa no muy á propósito para ese
+elevado estilo; pero el mismo Benigno Bossuet se vió obligado á hacer
+alusión á una gallina en lo mejor de una oración fúnebre, y lo hizo
+elocuentemente.--El abogado había partido del principio de que el robo
+de las manzanas no estaba materialmente probado. Su cliente, á quién en
+su calidad de defensor persistía en llamar Champtmathieu no había sido
+visto escalando la pared ó arrancando la rama.
+
+Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía
+en llamar _ramo_), pero que él decía haber encontrado y recogido del
+suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había
+sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y
+arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda,
+un ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése
+Champmathieu? Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El
+abogado no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente
+bien comprobada; el acusado había residido en Faverolles; el acusado
+había sido allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien
+tener por origen el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin,
+cuatro testigos reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu
+por el presidiario Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales
+testimonios, el abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente,
+negativa interesada; pero suponiendo que fuése el presidiario Juan
+Valjean, ¿probaba esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía,
+pues, á todo extremo una presunción, no una prueba. Es verdad que el
+acusado, y el defensor «en su buena fe», no dejaba de convenir en
+ello, había adoptado «un mal sistema de defensa», obstinándose en
+negarlo todo, el robo y su cualidad de presidiario. Una confesión
+sobre este último punto habría valido mucho más seguramente, y le
+hubiera granjeado tal vez la indulgencia de sus jueces. Así se lo había
+aconsejado el abogado; pero el acusado se había negado obstinadamente,
+creyendo sin duda salvarlo todo no declarando nada. Era esto un
+error; pero, ¿no se había de tener también en cuenta aquella escasez
+de inteligencia? Aquel hombre era visiblemente estúpido. Su larga
+permanencia en presidio, y su prolongada miseria fuera de él, le habían
+embrutecido, etc., etc. Defendíase mal; pero ¿era ésta una razón para
+condenarle? En cuanto al asunto de Gervasillo, el abogado no tenía
+necesidad de discutirlo, no entrando para nada en la causa. El abogado
+concluía suplicando al jurado y al tribunal que si la identidad de
+Juan Valjean les parecía evidente, le aplicasen las penas de policía
+que corresponden al trasgresor ordinario de un bando, y no el castigo
+espantoso que recae sobre el presidiario reincidente.
+
+El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen
+serlo generalmente los fiscales.
+
+Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de esa
+lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su
+abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean.
+El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean.
+Éste era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no
+cabía ya debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al
+origen y á las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la
+inmoralidad de la escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el
+nombre de _escuela satánica_, que le habían dado los críticos de la
+_Quottidienne_ y del _Orifiamme_, atribuyó no sin verosimilitud, á la
+influencia de esa literatura perversa, el delito de Champmathieu, ó,
+por mejor decir, de Juan Valjean. Agotadas estas consideraciones, pasó
+á hablar del mismo Juan Valjean.
+
+¿Qué es lo que era Juan Valjean?
+
+Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo de
+esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes,
+la cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos
+diariamente, grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y
+los jurados «temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió,
+con un giro oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto,
+al día siguiente, el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y
+es un hombre semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios
+de subsistencia, etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las
+acciones culpables, y poco corregido por su estancia en presidio,
+como lo prueba el crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese
+hombre que, encontrado en la vía pública en fragante delito de robo,
+á cortos pasos de un muro escalado, llevando aún en la mano el objeto
+robado, niega todavía el delito, el robo, el escalamiento, lo niega
+todo, niega hasta su nombre, niega hasta su identidad. Además de cien
+otras pruebas, que no hemos de repetir, cuatro testigos le reconocen:
+Javert, el íntegro inspector de policía Javert, y tres de sus antiguos
+compañeros de ignominia, los presidiarios Brevet, Chenildieu y
+Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad fulminante? Su negativa.
+¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia, señores jurados, etc.,
+etc.».
+
+Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta,
+con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración.
+
+Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de
+aquella manera.
+
+De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella
+requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede
+detenerse, se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega
+al acusado como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza
+de derecha á izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta
+triste y muda con la que se había contentado desde el principio de
+la vista. Dos ó tres veces, los espectadores que estaban más cerca
+de él le oyeron decir á media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber
+preguntado al señor Baloup. El fiscal llamó la atención del jurado
+sobre aquella actitud atontada, fingida á no dudarlo, y que revelaba,
+no la imbecilidad, sino la maña, la astucia, la costumbre de engañar á
+la justicia, y que revelaba con toda claridad «la profunda perversidad»
+del acusado. Terminó reservándose para ocasión mejor, el asunto de
+Gervasillo, y pidiendo una sentencia ejemplar.
+
+Ésta era, por de pronto, cadena perpetua.
+
+Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio
+fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero
+ligeramente; el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies.
+
+
+
+
+ X
+ =El sistema de negativas=
+
+
+Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar al
+acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre.
+
+--¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?
+
+El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra,
+pareciendo no entender lo que se le decía.
+
+El presidente repitió la pregunta.
+
+Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento
+como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó en
+el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el
+tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su
+banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona
+del fiscal, comenzó á hablar.
+
+Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de su
+boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas,
+que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo
+así:
+
+--Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en
+casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero
+hay que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de
+algún cobertizo en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres
+cerrados, porque, ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se
+pasa tanto frío, que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero
+los maestros no lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo.
+Manejar el hierro cuando están heladas las piedras es muy pesado.
+Pronto se gasta así un hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo
+joven. Á los cuarenta años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres,
+pero lo pasaba muy mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un
+pobre no es bastante joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no
+ganaba más que treinta sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían;
+los maestros se aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija,
+que era lavandera en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco,
+reuniéndolo todo vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el
+día en una banca metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con
+nieve, con un viento que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar
+también; hay personas que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la
+lavandera para mudarse. Si no se lavara, se perderían los parroquianos.
+Las tablas de las bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas
+partes. Los vestidos se les mojan por fuera y por dentro; la humedad
+penetra. Ella lavó también en el lavadero de los Niños Expósitos, donde
+el agua llega por medio de caños; allí no hay bancas. Se lava junto
+al caño y se aclara en el estanque. Como está cerrado, se tiene menos
+frío en el cuerpo. Pero se respira un vaho de agua caliente, que es
+terrible y que ataca á los ojos hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á
+las siete de la tarde, y se acostaba enseguida; estaba muy fatigada.
+Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos muy desgraciados. Era muy buena
+muchacha; no iba al baile; era muy amiga del reposo. Me acuerdo de un
+martes de carnaval que se acostó á las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo
+la verdad. No tienen más que preguntar. ¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe!
+París es un torbellino. ¿Quién conoce allí á Champmathieu? Por esto
+cito al señor Baloup. Preguntad en casa del señor Baloup. Después de
+eso, no sé qué me queréis.
+
+El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz
+alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y
+salvaje.
+
+Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes.
+Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí,
+venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba
+el gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el
+auditorio se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por
+qué, púsose á reir también.
+
+¡Aquello era siniestro!
+
+El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez.
+
+Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro
+carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había
+citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido».
+Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo
+que iba á decirle, y añadió:
+
+--Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan
+sobre vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales
+consecuencias. Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última
+vez; explicaos claramente sobre estos dos hechos: Primeramente,
+¿habéis saltado, sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la
+rama y robado las manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con
+escalamiento? Segundo, ¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí
+ó no?
+
+El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre que ha
+comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la boca; se
+volvió hacia el presidente, y dijo:
+
+--En primer lugar...
+
+Después miró su gorra, miró al techo y se calló.
+
+--Acusado,--repuso el fiscal con voz severa,--estadme atento. No
+respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os
+condena. Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el
+presidiario Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan
+Mathieu, que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia;
+que nacisteis en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que
+habéis robado con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón.
+Los señores jurados apreciarán estos hechos.
+
+El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente en
+cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez:
+
+--¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero no
+se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre que no
+come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino después de un
+turbión que había asolado el campo, tanto, que los pantanos se habían
+desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa que algunas matas
+de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el suelo una rama
+tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber ni pensar
+que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso, y que me
+llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra mí, y me
+dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho, me da con el
+codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé explicarme, no
+he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran error no querer
+verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa que encontré en
+él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco á semejantes
+hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en casa del señor
+Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu.
+
+Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros lo
+decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo.
+Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran
+gentes que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho
+me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis
+nombres de bautismo, tomadlo como queráis.
+
+He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene
+esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en
+Faverolles sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que
+soy el tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he
+estado domiciliado.
+
+¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis
+todos contra mí?
+
+El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo:
+
+--Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy
+hábiles, del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo
+logrará--se lo advertimos--os pedimos y requerimos al tribunal para que
+se sirva mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados
+Brevet, Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert,
+para que se les interpele por última vez acerca de la identidad del
+acusado con la persona del presidiario Juan Valjean.
+
+--Debo advertir al señor fiscal,--dijo el presidente,--que el inspector
+de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido
+de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la
+ciudad, después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para
+ello, de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del
+acusado.
+
+--Es verdad, señor presidente,--repuso el fiscal.--Pero en ausencia del
+señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo
+ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra,
+por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien
+inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el
+señor Javert:
+
+«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas
+materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco
+perfectamente. Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo
+presidiario muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso
+en libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez
+y nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco
+ó seis veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo
+de Pierrón, creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el
+difunto obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era
+yo auxiliar de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le
+reconozco perfectamente».
+
+Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión
+así en el público como en el jurado.
+
+El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres
+testigos, Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é
+interpelados solemnemente.
+
+El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la
+puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme
+dispuesto á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio
+estaba suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no
+tuviesen más que un alma.
+
+El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de
+las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que
+tenía cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas
+ambas que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían
+llevado nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era
+hombre de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes
+tenían buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener
+presente que esto pasaba en tiempos de la restauración.
+
+--Brevet,--dijo el presidente,--habéis sufrido una pena infamante y no
+podéis prestar juramento.
+
+Brevet bajó los ojos.
+
+--Sin embargo,--repuso el presidente,--aún en el hombre degradado
+por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite,
+sentimientos de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este
+momento decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una
+parte en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por
+otra en la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El
+instante es solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis
+haberos equivocado. Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado,
+reunid vuestros recuerdos, y decidnos por vuestra alma y conciencia, si
+persistís en reconocer á ese hombre por vuestro antiguo compañero de
+presidio Juan Valjean.
+
+Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal.
+
+--Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y
+persisto en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en
+1796 y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un
+bruto, pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy
+taciturno. Le reconozco positivamente.
+
+--Podéis sentaros,--dijo el presidente.--Acusado, continuad en pie.
+
+Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo
+indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el
+predio de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa.
+Era un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido,
+descarado y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona
+tenía cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa.
+Sus compañeros de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios[6].
+
+El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á
+Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el
+derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando
+descaradamente al público.
+
+El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á
+Brevet, si persistía en reconocer al acusado.
+
+Chenildieu se puso á reir.
+
+--¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados á
+la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo?
+
+--Id á sentaros,--dijo el presidente.
+
+El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido
+de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de
+Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la
+montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje,
+y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices
+que la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en
+presidiarios.
+
+El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y
+graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar
+ni turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él.
+
+--Es Juan Valjean,--dijo Cochepaille.--El mismo á quien llamaban Juan
+el Gato, por su fuerza extraordinaria.
+
+Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente
+sinceras y de buena fe, había suscitado en el auditorio murmullos de
+mal agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban
+más y más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la
+anterior. El acusado los había oído con el semblante admirado, que,
+según la acusación, era su principal medio de defensa. Á la primera,
+los gendarmes sentados á su lado, le habían oído murmurar entre
+dientes: ¡Bien! ¡ya tenemos uno! Á la segunda, dijo un poco más alto y
+con aire satisfecho: ¡Muy bien! Á la tercera exclamó sin contenerse:
+¡Famoso!
+
+El presidente le interpeló:
+
+--Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir?
+
+Él respondió:
+
+--Repito que ¡famoso!
+
+Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era
+evidente que aquel hombre estaba perdido.
+
+--Ujieres,--dijo el presidente,--imponed silencio. Va á cerrarse el
+debate.
+
+En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia junto á
+la cual se oyó una voz que gritaba:
+
+--¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá.
+
+Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terrible
+era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había
+partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia
+sentados detrás del estrado, acababa de levantarse, había empujado la
+puertecilla de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pie
+en medio de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois,
+veinte personas, le reconocieron y exclamaron á un tiempo:
+
+--¡El señor Magdalena!
+
+
+ XI
+ =Champmathieu más y más asombrado=
+
+
+Efectivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro.
+Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su
+traje, su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y
+ligeramente tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras,
+aparecían completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de
+estar allí.
+
+Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible.
+Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan
+penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer
+momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había
+gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien
+hubiese dado un grito tan horroroso.
+
+Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de que
+el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los
+gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que
+en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había
+adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu.
+
+--¿No me reconocéis?--les dijo.
+
+Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de cabeza
+que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo militar.
+El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tribunal, y
+dijo con acento tranquilo:
+
+--Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor
+presidente, mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es
+él sino yo. Yo soy Juan Valjean.
+
+Ni una sola boca respiraba. Á la primera conmoción de asombro había
+sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie
+de terror religioso que sobrecoge á las multitudes cuando se está
+verificando algo grandioso.
+
+Sin embargo, el rostro del presidente aparecía cubierto de simpatía
+y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas
+palabras en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al
+público, preguntó con acento que fué comprendido por todo el mundo:
+
+--¿Hay por aquí algún médico?
+
+El fiscal tomó la palabra:
+
+--Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que
+suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un
+sentimiento que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al
+menos por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*.
+Si hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del
+señor presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y
+acompañarle á su domicilio...
+
+El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con
+un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras
+que pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas
+inmediatamente después de la audiencia por uno de los testigos de
+aquella escena, tales cuales permanecen todavía en el oído de los que
+las oyeron hace cuarenta años.
+
+--Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á
+verlo. Estábais próximos á cometer un gran error, dese libertad á ese
+hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciado
+criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios,
+que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis
+prenderme, puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo
+mejor que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he
+enriquecido, he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre
+las gentes honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto
+hay muchas cosas que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi
+historia; algún día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé
+á Gervasillo, es verdad también. Hay razones para decir, como habéis
+dicho, que Juan Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea
+suya toda la culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido
+como yo no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á
+la sociedad, pero advertid que la infamia, de la cual había procurado
+salir, es verdaderamente nociva. El presidio hace al presidiario.
+Haceos cargo de esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un
+infeliz aldeano, muy poco inteligente, casi un idiota; el presidio me
+cambió. Era estúpido, me volví perverso; era un leño, me volví tizón.
+Más tarde, la indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera
+que la severidad me había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis
+vosotros comprender lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará,
+entre las cenizas de la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que
+robé hace siete años á Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme.
+¡Válgame Dios! El señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena
+se ha vuelto loco. ¡No se me cree! Lo siento á fe. ¡No condenéis al
+menos á ese hombre! ¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que
+estuviese aquí Javert. ¡Él sí que me reconocería!
+
+No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y sombría
+del acento con que acompañó esta exclamación.
+
+Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo:
+
+--¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?...
+
+Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo:
+
+--¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que
+llevabas en presidio?
+
+Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asombrado
+de pies á cabeza.
+
+Él continuó:
+
+--Chenildieu, tú que te llamabas á ti mismo Niega-á-Dios, tienes el
+hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día
+sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se
+descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto?
+
+--Es cierto,--dijo Chenildieu.
+
+Dirigióse entonces á Cochepaille.
+
+--Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una
+fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la
+del día del desembarco del emperador en Cannes, 1.º de marzo de 1815.
+Levántate la manga.
+
+Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver
+aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se
+leía perfectamente.
+
+El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces
+con una sonrisa, que enternece todavía á los que la presenciaron cuando
+la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la
+desesperación.
+
+--Ya veis,--dijo,--como soy realmente Juan Valjean.
+
+No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes; no
+había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba
+del papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de
+que estaba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para
+dirigir, el abogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto
+digno de notarse, que no se hizo pregunta alguna, ni intervino ninguna
+autoridad. Es condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse
+de todos los ánimos, y convertir los testigos en espectadores. Nadie
+alcanzaba quizás á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se
+explicaba, de seguro, que estuviese viendo en aquello, una gran luz, y
+todos, sin embargo se sentían interiormente deslumbrados.
+
+Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía. La
+aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella
+aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuése ya necesaria
+otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de
+revelación eléctrica, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe,
+aquella simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para
+que otro hombre no fuése condenado en su lugar. Los detalles, las
+vacilaciones, las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en
+aquel vasto hecho luminoso.
+
+Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresistible.
+
+--No quiero molestar más á la audiencia,--repuso Juan Valjean.--Me voy,
+puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor fiscal sabe
+ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan cuando
+quiera.
+
+Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se
+extendió un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en
+él, en aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres
+retrocedan y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la
+multitud á paso lento. No se ha sabido jamás quién le abrió la puerta,
+pero es cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí
+volvióse y dijo:
+
+--Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes.
+
+Después se dirigió al auditorio:
+
+--Tantos cuantos estáis aquí me creéis digno de compasión, ¿no es
+verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en
+verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubiese
+pasado nada de esto.
+
+Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había
+abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros
+de hallar alguien que les sirva entre la multitud.
+
+Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda
+culpabilidad al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto
+inmediatamente en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á
+todos los hombres, y no explicándose nada de aquella visión.
+
+
+ NOTAS:
+
+[5] Este paréntesis es del propio puño de Juan Valjean.
+
+[6] _Chenildieu_ y _Je nie Dieu_ (Niego á Dios) tiene, en francés, una
+pronunciación casi igual.
+
+
+
+
+ LIBRO OCTAVO
+ RETROCESO
+
+
+ I
+ =En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos=
+
+
+El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de insomnio y
+calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse dormida al
+amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó este sueño para
+ir á preparar una nueva poción de quina.
+
+La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el
+laboratorio de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy
+de cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce
+sobre los objetos, cuando, volviéndose de repente, dió un ligero
+grito. El señor Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar
+silenciosamente.
+
+--¡Sois vos, señor alcalde!--exclamó.
+
+Y él respondió en voz baja:--¿Cómo sigue esa pobre mujer?
+
+--No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas.
+
+Y le explicó lo que había pasado; cómo Fantina había estado muy mala
+la víspera, y cómo entonces seguía mejor, porque creía que el señor
+alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se
+atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no
+era de Montfermeil de donde venía.
+
+--Está bien,--dijo él;--habéis hecho bien en no desengañarla.
+
+--Sí,--respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la niña,
+señor alcalde, ¿qué vamos á decirle?
+
+Permaneció un momento reflexivo y luego:
+
+--¡Dios nos inspirará!--exclamó.
+
+--Sin embargo, no podremos mentir,--murmuró á media voz la hermana.
+
+Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad
+daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que
+la hermana alzase los ojos.
+
+--¡Dios mío!--exclamó ella.--¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os ha
+vuelto blanco!
+
+--¡Blanco!--repitió él.
+
+Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en un
+estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el
+médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba muerto,
+que ya no respiraba.
+
+El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo:
+
+--¡Es verdad!
+
+Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra cosa.
+
+La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que
+entreveía en todo aquello.
+
+Él preguntó:
+
+--¿Puedo verla?
+
+--¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija?--dijo la hermana,
+arriesgándose apenas á hacer la pregunta.
+
+--Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días.
+
+--Si no viera al señor alcalde hasta entonces,--repuso tímidamente la
+hermana,--no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle
+paciencia. Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor
+alcalde había venido con ella. De este modo no habría necesidad de
+mentirle.
+
+El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego dijo
+con tranquila gravedad:
+
+--No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa.
+
+La hermana no dió muestra de fijarse en estas palabras «tal vez», que
+daban un sentido obscuro y singular á la frase del señor alcalde, y
+respondió bajando los ojos, con voz respetuosa:
+
+--En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar.
+
+Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba mal,
+y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á donde
+estaba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las cortinas.
+Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgubre
+propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres
+madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y
+dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una
+especie de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la
+transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus
+mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo
+de belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á
+pesar de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como
+tembloroso por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y
+llevársela, cuyo aleteo se sentía sin verlas.
+
+Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una
+enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo
+que á morirse.
+
+La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla, y
+parece como que huye y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo humano
+tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en que los
+dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma.
+
+El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado de aquel
+lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, como
+cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo.
+Ambos aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en
+el trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y
+él los tenía blancos.
+
+La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena de pie
+junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese alguien
+allí á quien imponer silencio.
+
+Ella abrió los ojos, le vió, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa:
+
+--¿Y Cosette?
+
+
+
+
+ II
+ =Fantina dichosa=
+
+
+No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que era
+la alegría misma. Esta sencilla pregunta: ¿y Cosette? fué hecha con una
+fe tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan completa
+de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna. Ella
+continuó:
+
+--Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo.
+Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido
+siguiendo con los ojos. Estábais en medio de una gloria rodeado de toda
+clase de figuras celestes.
+
+Él levantó su mirada hasta el crucifijo.
+
+--Pero,--repuso ella,--decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué no
+la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo despertase?
+
+El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que no ha
+podido nunca recordar.
+
+Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiempo de
+auxiliar al señor Magdalena.
+
+--Hija mía,--dijo el médico;--calmaos. Vuestra hija está ahí.
+
+Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su
+semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo cuanto
+puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento.
+
+--¡Oh!--exclamó.--¡Traédmela!
+
+¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que
+se lleva en brazos.
+
+--Todavía no,--repuso el médico,--todavía no. Aún tenéis un poco de
+fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño. Lo
+primero es curarse.
+
+Ella le interrumpió impetuosamente:
+
+--Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza de
+médico! ¡Yo quiero ver á mi hija!
+
+--¿Veis, veis,--dijo el médico,--cómo os exaltáis? Mientras estéis
+así, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es
+preciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré.
+
+La pobre madre agachó la cabeza:
+
+--Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo no
+habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias, que
+algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emoción, y
+esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho el menor
+daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viendo, mis ojos no dejan de
+verla desde ayer noche. ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pondría
+á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural que
+tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresamente
+á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á ser
+dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas que
+me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo á mi
+Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco bien
+que ya no tengo nada, pero voy á hacer como si estuviese enferma, y á
+no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que estoy muy
+tranquila, dirán: hay que traerle su hija.
+
+El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al
+lecho.
+
+Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer
+serena y «muy juiciosa», según su propia frase, durante aquel
+abatimiento de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á
+fin de que, viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle
+su Cosette. Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía
+menos de dirigir al señor Magdalena algunas preguntas.
+
+--¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois en
+haber ido á buscarla! Decidme solamente cómo está. ¿Ha resistido bien
+el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se habrá
+olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria, son como
+los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se acuerdan
+de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la tenían
+aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si supiérais,
+haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria! ¡Ahora
+todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Señor
+alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi hija?
+¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían traer
+siquiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡Decidlo
+vos! ¡Vos que sois el amo!
+
+Él le tomó la mano, y dijo:
+
+--Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos.
+Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y
+esto os hace toser.
+
+En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra.
+
+Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con algunas
+quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á hablar
+de cosas indiferentes:
+
+--¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se hacen
+muchas excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier? No pasa
+mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada.
+
+El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplándola
+ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales su
+mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado. Sor
+Simplicia era la única persona que estaba con ellos.
+
+Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina:
+
+--¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo!
+
+Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo el aliento, y se puso á
+escuchar como extasiada.
+
+Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la portera ó
+de alguna operaria. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre,
+y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos
+lúgubres. La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para
+entrar en calor, reía y cantaba en alta voz.
+
+¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella
+criatura era el que oía Fantina.
+
+--¡Oh!--exclamó ella.--¡Es mi Cosette! Conozco su voz.
+
+La chiquilla se alejó tal como había venido; la voz se extinguió.
+Fantina siguió escuchando por algún tiempo; después se cubrió de
+sombras su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo:
+
+--¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara tiene
+ese hombre!
+
+Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y
+continuó hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada:
+
+--¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito. Me
+lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya
+debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre
+la yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su
+primera comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión?
+
+Púsose á contar con los dedos.
+
+--...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco,
+llevará un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh,
+mi buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya
+pensando en la primera comunión de mi hija!
+
+Y se puso á reir.
+
+Él había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se oye
+el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en
+reflexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á
+él levantar maquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa.
+
+No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la
+cama; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro,
+radiante hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en
+algo formidable que estaba ante su vista al otro extremo de la sala,
+agrandados sus ojos por el terror.
+
+--¡Dios mío!--exclamó él.--¿Qué tenéis, Fantina?
+
+Ella no respondió, ni apartó los ojos del objeto que parecía estar
+viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que
+mirase detrás de sí.
+
+Volvióse, y vió á Javert.
+
+
+
+
+ III
+ =Javert contento=
+
+
+He aquí lo que había pasado.
+
+Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió de
+la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada
+precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que
+recordará el lector que había tomado.
+
+Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su
+primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor
+Laffite, y luego ir á la enfermería á ver á Fantina.
+
+En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia
+del tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su
+primera sorpresa, había tomado la palabra para deplorar el acto de
+locura del honorable alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese
+incidente peregrino, que se aclararía más tarde, se habían modificado
+sus convicciones requiriendo por lo tanto, la condena de aquel
+Champmathieu, evidentemente verdadero Juan Valjean. La persistencia
+del fiscal estaba visiblemente en contradicción con el sentimiento de
+todos, así del público, como del tribunal y del jurado. Al defensor
+le costó poquísimo trabajo refutar aquella arenga y establecer que, á
+consecuencia de las revelaciones del verdadero Juan Valjean, el asunto
+había cambiado completamente de aspecto y que el jurado no tenía ya
+ante sí más que un inocente. El abogado había proferido con ese motivo
+algunas sentencias declamatorias, desgraciadamente poco nuevas, acerca
+de los errores judiciales, etc., etc.; el presidente, en su resumen, se
+unió al defensor, y el jurado en breves momentos declaró libre de culpa
+á Champmathieu.
+
+Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya á
+Champmathieu, tomó á Magdalena.
+
+Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champmathieu,
+el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron acerca «de
+la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de M* sur
+M*». Esta frase, en la que hay muchos de, es del fiscal, escrita toda
+de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada la
+primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que era
+preciso que la justicia siguiese su curso.
+
+Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuése hombre de
+bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi
+furibundo, y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del
+desembarco de Cannes, dijese el _emperador_ y no _Buonaparte_.
+
+La orden de arresto fué expedida inmediatamente. El fiscal la envió á
+M* sur M*, por uno de sus hombres, á uña de caballo, encargándosela al
+inspector de policía Javert.
+
+Ya sabemos que Javert había regresado á M* sur M*, inmediatamente
+después de haber prestado su declaración.
+
+Javert se estaba levantando en el momento en que el enviado del fiscal
+le entregó la orden de arresto y mandato de traslación.
+
+El enviado del fiscal era también un agente de policía muy
+experimentado, quien puso en dos palabras á Javert al corriente de lo
+sucedido en Arras. La orden de arresto, firmada por el fiscal, estaba
+concebida en estos términos:
+
+«El inspector Javert reducirá á prisión al señor Magdalena, alcalde de
+M* sur M*, quien en la audiencia de este día ha sido reconocido por ser
+el presidiario cumplido Juan Valjean».
+
+Quien no conociera á Javert y le hubiese visto en el momento de
+penetrar en la antesala de la enfermería, no habría podido adivinar
+nada de lo que pasaba, y le habría encontrado el aire más natural del
+mundo. Estaba frío, sereno, grave, con su pelo gris perfectamente
+alisado sobre las sienes, y acabando de subir la escalera con su
+lentitud acostumbrada. Pero quien le hubiese conocido á fondo,
+examinándole atentamente, se hubiera estremecido. La hebilla de su
+corbatín de cuero, en vez de estar sobre la nuca, estaba junto la oreja
+izquierda. Esto revelaba una agitación inaudita.
+
+Javert era un carácter completo, no permitiéndose el menor pliegue ni
+en su deber ni en su traje; metódico con los criminales, rígido con los
+botones del vestido.
+
+Para haberse dejado fuera de lugar la hebilla de su corbatín, menester
+era que se verificase en él una de aquellas emociones que podríamos
+llamar terremotos interiores.
+
+Habíase presentado sencillamente, después de haber pedido un cabo y
+cuatro soldados en el cuerpo de guardia inmediato, y dejándoles en el
+patio había preguntado por el cuarto de Fantina, cuya indicación le
+había dado la portera sin la menor desconfianza, acostumbrada como
+estaba, á ver gentes armadas preguntando por el señor alcalde.
+
+Al llegar al cuarto de Fantina alzó el picaporte, empujó la puerta con
+la suavidad de un enfermero ó de un espía, y entró.
+
+Mejor dicho: no entró. Se mantuvo de pie junto á la puerta entreabierta
+con el sombrero puesto, y la mano izquierda metida bajo la solapa de
+su levitón que llevaba abrochado hasta la barba. En el pliegue del
+codo asomaba el puño de plomo de su enorme bastón, el cual desaparecía
+detrás de él.
+
+Permaneció en esta actitud cerca de un minuto, sin que se notase su
+presencia. De pronto Fantina alzó los ojos, le vió, é hizo que se
+volviese el señor Magdalena.
+
+En el momento en que la mirada de Magdalena tropezó con la mirada de
+Javert, Javert, sin moverse, sin dar un paso, sin adelantarse, apareció
+espantoso. Ningún sentimiento humano puede manifestarse tan horrible
+como la alegría.
+
+Fué aquélla la expresión de un demonio que acababa de encontrar á su
+condenado.
+
+La certidumbre de tener por fin á Juan Valjean, hizo aparecer en su
+fisonomía todo cuanto se guardaba encerrado en su alma. El fondo
+removido subió á la superficie. La humillación de haber perdido
+la pista y haberse equivocado durante algunos minutos con aquel
+Champmathieu, se borraba bajo el orgullo de haber adivinado tan bien
+desde el principio, y tenido por tanto tiempo un instinto certero. El
+contento de Javert estalló en su actitud soberana. La deformidad del
+triunfo brilló sobre su deprimida frente. Adquirió todo el desarrollo
+del horror que pueda caber en un semblante satisfecho.
+
+Javert en aquel momento estaba en el cielo. Sin que él mismo supiese
+darse cuenta exacta de lo que pasaba por él, comprendía, sin embargo,
+por una intuición confusa de su deber y de su éxito, que él, Javert,
+personificaba la justicia, la luz y la verdad en su función sublime
+de aplastar el mal. Tenía detrás de sí y en derredor suyo, á una
+profundidad infinita, la autoridad, la razón, la cosa juzgada, la
+conciencia legal, la vindicta pública, todas las estrellas. Él protegía
+el orden, hacía surgir el rayo de la ley, vengaba á la sociedad,
+prestaba su fuerza á lo absoluto; erguíase en medio de su gloria.
+Había en su triunfo un resto de provocación y de lucha; en pie,
+altanero, radiante, desplegaba á manos llenas en el azulado ambiente,
+la bestialidad sobrehumana de un arcángel feroz. La sombra terrible de
+la acción que desempeñaba hacía visible en su crispada mano el vago
+centelleo de la espada social. Satisfecho é indignado, tenía bajo su
+planta el crimen, el vicio, la rebeldía, la perdición, el infierno.
+Irradiaba, exterminaba, sonreíase, y no puede negarse que había cierta
+grandeza en aquel san Miguel monstruoso.
+
+Javert, espantoso, no tenía nada de innoble.
+
+La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del
+deber, son cosas que, equivocándose, pueden trocarse en repugnantes;
+pero que, repugnantes y todo, permanecen grandes. La majestad propia de
+la conciencia humana, persiste en el horror. Son virtudes que tienen
+un vicio, el error. La despiadada alegría honrada de un fanático en
+plena atrocidad, conserva cierta aureola tristemente venerable. Sin
+él advertirlo en medio de su contento formidable, era Javert digno
+de lástima, como todo ignorante que triunfa. No puede darse nada tan
+doloroso y terrible como aquel semblante, en que se manifestaba lo que
+podríamos llamar todo lo malo de lo bueno.
+
+
+
+
+ IV
+ =La autoridad recobra sus derechos=
+
+
+Fantina no había vuelto á ver á Javert desde el día en que el alcalde
+la había librado de sus manos. Su cerebro enfermo no se daba cuenta de
+nada; pero se imaginó que iba á buscarla. No pudo, pues, soportar la
+vista de aquel semblante horrible; sintióse morir, ocultó el rostro
+entre ambas manos, y exclamó angustiada:
+
+--¡Señor Magdalena, salvadme!
+
+Juan Valjean--ya no le llamaremos de otro modo en adelante--se había
+levantado y dicho á Fantina con acento apacible y sereno:
+
+--Tranquilizaos, no es por vos por quien viene.
+
+Después dirigiéndose á Javert, le dijo:
+
+--Ya sé lo que queréis.
+
+Javert respondió:
+
+--¡Vamos pues!
+
+Hubo en la inflexión con que acompañó estas dos palabras algo,
+en verdad, frenético y feroz. Javert no dijo: ¡Vamos pues! sino
+_¡Vampués!_ No hay ortografía que pueda expresar el acento con que lo
+pronunció. No fué aquello palabra humana; fué un rugido.
+
+No obró según costumbre, no entró en materia, no presentó la orden de
+arresto. Para él Juan Valjean era una especie de enemigo misterioso é
+impalpable, un luchador tenebroso, á quien venía atacando hacía cinco
+años sin poder derribarle. Aquella prisión no era un principio, sino un
+fin. Limitóse por ello á exclamar:
+
+--¡Vamos, pues!
+
+Y así diciendo, no adelantó un paso, lanzó solamente sobre Juan
+Valjean aquella mirada que él arrojaba como un garfio, y con la cual
+acostumbraba á arrastrar violentamente hacia él á los desgraciados.
+
+Ésta fué la mirada que sintió penetrar Fantina, hasta la médula de sus
+huesos, dos meses antes.
+
+Al grito de Javert, Fantina había vuelto á abrir los ojos. Pero estando
+allí el señor alcalde ¿qué había de temer?
+
+Javert se adelantó hasta el medio de la sala y exclamó:
+
+--¡Ea! ¿Vienes?
+
+La infeliz miraba en torno suyo. No había nadie más que la hermana y
+el alcalde. ¿Á quién se podía dirigir aquel tuteo abyecto de Javert? Á
+ella solamente; y empezó á temblar.
+
+Entonces vió Fantina una cosa inaudita, de tal modo inaudita, como
+nunca jamás se le había aparecido otra alguna, ni en los más espantosos
+delirios de su fiebre.
+
+Vió al repugnante Javert coger por el cuello al señor alcalde, y vió al
+señor alcalde bajar la cabeza. Parecióle que se hundía el mundo.
+
+Javert, en efecto, había cogido por el cuello á Juan Valjean.
+
+--¡Señor alcalde!--exclamó Fantina.
+
+Javert se echó á reir con aquella expresión espantosa que descubría
+todos sus dientes.
+
+--¡Ya no hay aquí señor alcalde alguno!
+
+Juan Valjean no probó siquiera de rechazar la mano que le tenía sujeto
+por el cuello de su levita, y dijo solamente:
+
+--¡Javert!...
+
+Javert le interrumpió:
+
+--Llámame señor inspector.
+
+Señor inspector,--repuso Juan Valjean--quiero deciros una palabra á
+solas.
+
+--¡Alto y claro! Habla alto,--respondió Javert.--Á mí se me habla
+siempre en alta voz.
+
+Juan Valjean continuó bajándola:
+
+--Es un favor que os pido...
+
+--Dígote que hables alto.
+
+--Es cosa que únicamente vos debéis oir...
+
+--¿Y á mí qué me importa? ¡No escucho nada!
+
+Juan Valjean se volvió hacia él, y dijo rápidamente muy por lo bajo:
+
+--¡Concederme tres días! ¡Tres días para ir á buscar la criatura de
+esta pobre mujer! ¡Pagaré lo que sea! Podéis acompañarme si queréis.
+
+--¡Quieres reirte!--exclamó Javert.--¡No te creía yo tan bruto! ¡Me
+pides tres días para marcharte! ¡Dices que es para ir á buscar la hija
+de esta chica! ¡Ja, ja! ¡Vaya una gracia!
+
+Fantina se estremeció.
+
+--¡Mi hija!--exclamó.--¡Ir á buscar á mi hija! ¡Luego no está aquí!
+Hermana mía, respondedme: ¿Dónde está Cosette? ¡Yo quiero á mi hija!
+¡Señor Magdalena, señor alcalde!
+
+Javert dió una patada.
+
+--¡Ahora la otra! ¡Á ver si te callas, buena pieza! ¡Bonito país es
+éste donde los presidiarios son magistrados y las mujeres públicas
+están cuidadas como condesas! Pero todo ello va á cambiar pronto; ¡ya
+era tiempo!
+
+Y mirando fijamente á Fantina, añadió, cogiendo otra vez por la
+corbata, la camisa y el cuello á Juan Valjean:
+
+--Te digo que no hay aquí ningún señor Magdalena, ni señor alcalde
+alguno. No hay sino un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Juan
+Valjean, que es á quien tengo cogido! ¡Eso es lo que hay!
+
+Fantina se incorporó de súbito, apoyada en sus brazos débiles y
+descarnadas manos; miró á Juan Valjean, miró á Javert, miró á la
+hermana, abrió la boca como para hablar, pero salió solamente un
+ronquido del fondo de su garganta, y chocaron sus dientes; extendió
+después los brazos con angustia, abrió convulsivamente las manos, y
+buscando á su alrededor como el que se ahoga, cayóse luego por su
+propio peso sobre la almohada.
+
+Su cabeza chocó contra la cabecera de la cama, doblándose sobre el
+pecho; la boca abierta, abiertos los ojos y apagados.
+
+Estaba muerta.
+
+Juan Valjean puso su mano sobre la mano de Javert que le tenía asido, y
+se la abrió como se abre la mano de un niño, diciéndole:
+
+--¡Habéis matado á esa mujer!
+
+--¡Acabaremos!--exclamó furioso Javert.--Yo no estoy aquí para atender
+razones. No perdamos el tiempo; la guardia está abajo, vamos enseguida,
+ó mando que te aten.
+
+Había en un rincón de la sala una cama vieja de hierro en bastante mal
+estado, que servía para recostarse las hermanas cuando estaban de vela.
+Dirigióse á ella Juan Valjean, desencajó en un momento la cabecera,
+ya muy quebrantada, cosa facilísima á un hombre de sus fuerzas, y
+empuñando la barra principal, lanzó sobre Javert una mirada de alto á
+bajo. Javert retrocedió hasta la puerta.
+
+Juan Valjean, empuñando su barra, llegóse lentamente hasta el lecho de
+Fantina y al llegar á él volvióse de frente hacia Javert, diciéndole en
+voz apenas perceptible:
+
+--No os aconsejo que me estorbéis en este momento.
+
+Es lo cierto que Javert temblaba.
+
+Tuvo intención de ir á llamar á la guardia, pero Juan Valjean podía
+aprovecharse de aquel minuto para huir. Quedóse pues, cogiendo su
+bastón por lo más delgado, y reclinándose contra el quicio de la puerta
+miraba fijamente á Juan Valjean.
+
+Juan Valjean apoyó su codo sobre el pomo de la cabecera y la frente
+en su mano, contemplando á Fantina inmóvil y tendida, permaneciendo
+así, absorto, mudo, y sin pensar seguramente en nada de esta vida. No
+se manifestaba en su rostro ni en su actitud mas que una inexplicable
+piedad. Después de algunos momentos de semejante meditación, inclinóse
+hacia Fantina, y le habló en voz baja.
+
+¿Qué le dijo? ¿Qué podía decirle aquel hombre considerado réprobo, á
+aquella mujer muerta? ¿Qué significaron aquellas palabras? Nadie en la
+tierra las oyó. ¿Las oyó la difunta? Hay ilusiones conmovedoras que
+son tal vez realidades sublimes. Lo que está fuera de duda es que sor
+Simplicia, único testigo de cuanto allí pasó, repitió luego muchas
+veces que en el momento en que Juan Valjean habló al oído de Fantina,
+vió asomar claramente una inefable sonrisa en aquellos pálidos labios y
+en aquellas vagas pupilas, llenas del asombro de la tumba.
+
+Juan Valjean tomó entre sus manos la cabeza de Fantina y la acomodó en
+la almohada, como hubiera podido hacer una madre con su hija; después
+le ató el cordón de la camisa y metió sus cabellos en la gorra. Hecho
+esto, le cerró los ojos.
+
+La cara de Fantina en aquel instante parecía extrañamente iluminada.
+
+La muerte es la entrada en la gran luz.
+
+La mano de Fantina colgaba fuera de la cama. Juan Valjean se arrodilló
+delante de aquella mano, que levantó suavemente, y la besó.
+
+Después, de pie otra vez, volvióse hacia Javert, diciendo:
+
+--Ahora estoy á vuestras órdenes.
+
+
+
+
+ V
+ =Tumba apropiada=
+
+
+Javert encerró á Juan Valjean en la cárcel de la población.
+
+La prisión del señor Magdalena produjo en M* sur M* una sensación,
+ó por mejor decir, una conmoción extraordinaria. Sentimos no poder
+disimular, que á la sola exclamación de: _¡Era un presidiario!_ casi
+todo el mundo le abandonó. En menos de dos horas, todo el bien que
+había hecho fué olvidado, y ya no fué mas que «un presidiario». Justo
+es advertir que no se conocían aún los pormenores del suceso de Arras.
+Durante todo el día oyéronse en toda la población conversaciones como
+esta:
+
+--¿No lo sabéis? Era un presidiario cumplido.
+
+--¿Quién?
+
+--El alcalde.
+
+--¡Bah! ¿El señor Magdalena?
+
+--Sí.
+
+--¿De veras?
+
+--No se llama Magdalena; tiene un nombre horrible: Bejean, Bojean,
+Boujean.
+
+--¡Ay! ¡Dios mío!
+
+--Está preso.
+
+--¡Preso!
+
+--Sí, en la cárcel de la ciudad hasta que se le traslade.
+
+--¡Que se traslade! ¿Le van á trasladar? ¿Y adónde?
+
+--Van á hacerle comparecer ante los jurados por un robo en despoblado
+que cometió en otro tiempo.
+
+--¡Ya me lo sospechaba yo! Era un hombre demasiado bueno, demasiado
+perfecto, demasiado confiado. No quería condecoraciones, daba limosna
+á todos los pilluelos que encontraba. Siempre creí que debía encerrar
+todo esto una mala historia. En las «reuniones del buen tono»
+especialmente, dominó esta idea.
+
+Una vieja señorona, suscriptora de la _Bandera blanca_, hizo esta
+reflexión de la cual es casi imposible sondear la profundidad.
+
+--Me alegro. ¡Así aprenderán los _bonapartistas_!
+
+Así fué como aquel fantasma que se había llamado señor Magdalena, se
+desvaneció en M* sur M*. Tres ó cuatro personas solamente en toda la
+población permanecieron fieles á su memoria. La vieja portera que le
+había servido fué una de ellas.
+
+La noche de aquel mismo día, esta buena anciana, estaba sentada en su
+cuartito asustada aún y reflexionando tristemente. La fábrica había
+estado cerrada todo el día, la puerta cochera tenía echado el cerrojo,
+y la calle estaba desierta. No había en la casa más que las dos
+hermanas, sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban junto al cuerpo de
+Fantina. Hacia la hora en que el señor Magdalena acostumbraba á entrar,
+la buena de la portera se levantó maquinalmente, sacó de un cajón la
+llave del cuarto del señor Magdalena, tomó la palmatoria que le servía
+por las noches para subir á su cuarto, y colgó la llave en el clavo de
+donde él la solía alcanzar colocando la palmatoria al lado, como si
+también le esperase. Luego volvió á sentarse y se puso á reflexionar.
+La pobre vieja había hecho todo aquello sin darse cuenta de lo que
+hacía.
+
+Hasta que se pasaron dos horas largas no salió de sus meditaciones,
+exclamando:
+
+--¡Calle! ¡Dios mío Jesucristo! ¡por qué he puesto yo la llave en el
+clavo!
+
+En aquel mismo instante se abrió el ventanillo de la portería, pasó una
+mano, cogió la llave y la palmatoria, y encendió la bujía en la vela
+que estaba ardiendo.
+
+La portera levantó los ojos y se quedó asombrada, sin poder lanzar un
+grito que ahogó en la garganta.
+
+Había conocido aquella mano, aquel brazo y aquella manga de levita.
+
+Era realmente el señor Magdalena.
+
+Quedóse algunos segundos sin poder hablar, _sobrecogida_, como decía
+después ella misma, contando la aventura.
+
+--¡Dios mío, señor alcalde!--exclamó por fin;--yo os creía...
+
+Paróse. El final de su frase hubiera sido una falta de respeto al
+principio. Juan Valjean continuaba siendo para ella el señor alcalde.
+
+Éste terminó por sí mismo la frase.
+
+--En la cárcel,--dijo.--Sí, allí estaba; he roto un barrote de una
+ventana, y me he dejado caer desde un tejado, y aquí me tenés. Subo á
+mi cuarto; avisad á sor Simplicia. Estará sin duda junto á esa pobre
+mujer.
+
+La vieja obedeció enseguida.
+
+No le hizo él recomendación ninguna; tan seguro estaba que le guardaría
+ella mejor que él mismo.
+
+Jamás ha podido saberse como logró penetrar en el patio sin hacer abrir
+la puerta cochera. Tenía y llevaba siempre consigo una llave maestra
+que abría una puertecilla lateral, pero debían haberle registrado y
+quitádole esa llave. Este punto no ha sido esclarecido.
+
+Subió la escalera que conducía á su cuarto. Al llegar arriba dejó la
+palmatoria en el último tramo, abrió la puerta sin hacer ruido, y fué
+á cerrar á tientas la ventana y postigos; después volvió á tomar la
+palmatoria y entró en la habitación.
+
+La precaución era útil, porque debemos recordar que la ventana podía
+ser vista desde la calle.
+
+Dirigió una mirada á su alrededor, sobre la mesa, sobre la silla,
+sobre la cama, que no se había deshecho hacía tres días. No quedaba el
+menor vestigio del desorden de la penúltima noche. La portera había
+«arreglado el cuarto». Y, al arreglarlo, había recogido de entre la
+ceniza, y colocado cuidadosamente sobre la mesa las dos conteras del
+palo y la moneda de cuarenta sueldos ennegrecida por el fuego.
+
+Tomó un pliego de papel, en el cual escribió: «_Éstas son las dos
+conteras de mi bastón y la moneda de dos francos robada á Gervasillo,
+de que he hablado al tribunal_». Puso sobre dicho papel la moneda de
+plata y las dos conteras, de modo, que fuera lo primero que se viese
+al entrar á la habitación. Sacó de un armario una camisa vieja, la que
+desgarró envolviendo con los pedazos los dos candeleros de plata. No
+se dió prisa alguna ni mostró la menor agitación. Y mientras envolvía
+los candeleros del obispo, iba mordiendo un pedazo de pan negro. Es
+probable que fuera este pan el de la cárcel, que se había llevado
+consigo al evadirse.
+
+Esto fué comprobado por las migajas de pan que se encontraron en
+el suelo del aposento, cuando más tarde se hizo en el mismo un
+reconocimiento por la justicia.
+
+Dieron dos golpecitos en la puerta.
+
+--Adelante,--dijo él.
+
+Era sor Simplicia.
+
+Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos, la vela que llevaba vacilaba
+en su mano. Las violencias del destino tienen la particularidad de que,
+por perfectos y fríos que seamos, nos sacan del fondo de las entrañas
+la naturaleza humana, obligándola á mostrarse al exterior. Con las
+emociones de aquel día, la religiosa se había convertido nuevamente en
+mujer. Había llorado y temblaba.
+
+Juan Valjean acababa de escribir algunas líneas en un papel, que
+entregó á la hermana, diciéndola:--Hermana, mandaréis este papel al
+señor cura.
+
+El papel estaba desdoblado. La hermana fijó en él los ojos.
+
+--Podéis leerlo,--dijo Juan Valjean.
+
+La hermana leyó:
+
+«Ruego al señor cura que cuide sobre todo de lo que dejo aquí. Con
+ello se servirá pagar las costas de mi proceso y el entierro de la
+mujer que ha muerto hoy. Lo restante será para los pobres».
+
+La hermana quiso hablar, pero apenas pudo balbucear algunos sonidos
+inarticulados. Sin embargo, consiguió decir:
+
+--¿No desea el señor alcalde volver á ver por última vez á esa pobre
+infeliz?
+
+--No,--respondió él,--me persiguen, y si llegaran á prenderme á su
+lado, esto turbaría su reposo.
+
+No bien había terminado, cuando sonó un gran ruido en la escalera.
+Oyóse un tumulto de pasos de gente que subía, y la vieja portera que
+decía en voz alta y penetrante:
+
+--¡Señor mío, os juro por Dios santo, que no ha entrado aquí nadie
+durante todo el día, ni durante la noche, porque no me he apartado un
+instante de la portería!
+
+Un hombre respondió:
+
+--Sin embargo, hay luz en este cuarto.
+
+Reconocieron la voz de Javert.
+
+La estancia estaba dispuesta de manera que la puerta, al abrirse,
+ocultaba el ángulo de la pared á la derecha. Juan Valjean mató la luz
+de un soplo y se quedó en el ángulo.
+
+Sor Simplicia cayó de rodillas junto á la mesa.
+
+Abrióse la puerta.
+
+Entró Javert.
+
+Oíase el cuchicheo de varios hombres y las protestas de la portera en
+el corredor.
+
+La religiosa no alzó los ojos, estaba orando.
+
+La vela, recién apagada, estaba sobre la chimenea, dando con el
+humeante pábilo escasa claridad.
+
+Javert entrevió á la hermana y se quedó parado.
+
+Recuérdese que el verdadero fondo de Javert, su elemento, su centro
+respirable, era la veneración á toda autoridad. Homogéneo en su modo de
+ser, no admitía objeciones ni restricciones. Según él, era la autoridad
+eclesiástica la primera de todas, era _religioso_, _superficial_ y
+correcto en este punto, como en todo.
+
+Un cura, á sus ojos, era un espíritu que no se engaña nunca; una
+religiosa, una criatura que no peca jamás. Eran almas muradas, en este
+mundo, con sólo una puerta que jamás se abre, sino para dar paso á la
+verdad.
+
+Al entrever la hermana, su primer movimiento fué retirarse.
+
+Sin embargo, había otro deber que le dominaba é impelía imperiosamente
+en sentido inverso. Su segundo movimiento fué permanecer allí y
+arriesgar al menos una pregunta.
+
+Era aquella sor Simplicia, que no había mentido jamás. Javert lo sabía
+y la veneraba particularmente por esta razón.
+
+--Hermana,--le dijo;--¿estáis aquí sola?
+
+Hubo un momento horrible, durante el cual la pobre portera se sintió
+desfallecer.
+
+La hermana levantó los ojos, y respondió:
+
+--Sí.
+
+--Así,--repuso Javert,--dispensadme si insisto, es mi deber: ¿no habéis
+visto esta noche una persona, un hombre que se ha escapado, y á quien
+vamos buscando, llamado Juan Valjean? ¿No le habéis visto?
+
+La hermana dijo: No.
+
+Mintió, y mintió dos veces seguidas una tras otra, sin vacilar,
+rápidamente, como quien se presta al sacrificio propio.
+
+--Perdonadme,--dijo Javert, y se retiró saludando profundamente.
+
+¡Oh santa mujer! ¡Años hace que no pertenecéis ya á este mundo; que
+estáis reunida en el seno de la luz con vuestras hermanas las vírgenes
+y con vuestros hermanos los ángeles! ¡Que se os tenga en cuenta en el
+paraíso esta mentira!
+
+La afirmación de la hermana fué para Javert tan decisiva, que ni
+siquiera advirtió la singularidad de aquella bujía que acababa de ser
+apagada, y que humeaba aún, sobre la mesa.
+
+Una hora después, un hombre, caminando á través de los árboles y de las
+brumas, se alejaba rápidamente de M* sur M* en dirección á París.
+
+Este hombre era Juan Valjean.
+
+Hase sabido posteriormente, por el testimonio de dos ó tres arrieros
+que le encontraron, que llevaba un paquete y que vestía blusa. ¿De
+dónde había sacado aquella blusa? Se ignora. Sin embargo, hacía pocos
+días que había fallecido un obrero anciano en la enfermería de la
+fábrica sin dejar otra cosa que una blusa. Puede que fuése ésta.
+
+Una frase final para Fantina.
+
+Todos tenemos una madre común, la tierra. Fantina fué devuelta á esta
+madre.
+
+El cura creyó hacer bien, y estuvo en lo justo tal vez, reservando, de
+lo que Juan Valjean le había dejado, la mayor suma posible con destino
+á los pobres. Porque, al fin ¿de quiénes se trataba? De un presidiario
+y de una mujer pública. Por esto simplificó el entierro de Fantina
+reduciéndolo á lo estrictamente necesario, á lo que se llama la fosa
+común.
+
+Fantina fué, pues, enterrada en el rincón gratuito del cementerio que,
+siendo de todos no es de ninguno, y en el cual desaparecen los cuerpos
+de los pobres. Afortunadamente, sabe Dios dónde encontrar las almas.
+Enterróse á Fantina en las tinieblas, entre los primeros huesos que se
+encontraron, sufriendo la promiscuidad de las cenizas.
+
+Fué arrojada á la fosa pública. Su tumba se parece á su lecho.
+
+
+ NOTAS:
+
+[7] Walter Scott, Lamartine, Vaulabelle, Charras, Quinet y Thiers.
+
+
+
+
+ SEGUNDA PARTE
+ COSETTE
+
+
+
+
+ LIBRO PRIMERO
+ WATERLOO
+
+
+ I
+
+ =Lo que se encuentra viniendo de Nivelles=
+
+
+El año último, (1861), en una hermosa mañana de mayo, un viajero, el
+mismo que refiere esta historia, venía de Nivelles y se dirigía á La
+Hulpe. Caminaba á pie. Siguiendo por entre dos hileras de árboles
+una calzada ancha y empedrada, ondulando sobre unas colinas que van
+sucediéndose una á otra, elevando ó hundiendo la senda como olas
+enormes.
+
+Había ya pasado de Lillois y Bois Seigneur Isaac. Distinguía, al oeste,
+el campanario de pizarra de Braine l'Alleud, que tiene la forma de un
+vaso boca abajo.
+
+Acababa de dejar tras sí un bosque sobre una altura, y en el ángulo de
+un camino transversal, al lado de una especie de poste carcomido, en el
+que se leía esta inscripción: _Barrera antigua, número 4_, un bodegón
+en cuya fachada se leía: _Á los cuatro vientos. Echabeau, café de
+particular._
+
+Medio cuarto de legua más allá de este bodegón, llegó al fondo de un
+pequeño valle, donde corre el agua bajo un arco abierto en el terraplén
+de la carretera. El ramaje de los escasos, pero verdísimos árboles,
+que cubren el valle por el lado de la calzada, se extiende por el otro
+en las praderas, prolongándose con cierta gracia, y como en desorden,
+hasta Braine l'Alleud.
+
+Había allí á la derecha, á orilla del camino, una posada, una carreta
+de cuatro ruedas delante de la puerta, una gran haz de estacas,
+un arado, un montón de ramas secas cerca de un seto vivo, cal que
+humeaba en una balsa cuadrada, y una escalera apoyada á lo largo de un
+cobertizo cercado de paredes de paja.
+
+Una muchacha escardaba en un campo, en el cual un gran cartelón
+amarillo, probablemente anuncio de alguna función de ferias, era
+continuo juguete del viento. En el ángulo de la posada, junto á una
+laguna en la que navegaba una flotilla de patos, se encontraba un
+sendero mal engravado que se perdía entre malezas. El viajero siguió
+por él.
+
+Al cabo de unos cien pasos, después de haber seguido á lo largo de una
+pared del siglo XV, que remataba en una aguda albardilla de ladrillos
+encontrados, hallóse delante de una puerta grande de piedra, cintrada,
+con imposta rectilínea, del estilo severo de Luis XIV, entre dos
+medallones planos.
+
+Una fachada severa dominaba esta puerta, y una pared perpendicular á la
+fachada llegaba casi á tocar la puerta, flanqueándola bruscamente en
+ángulo recto. En el prado delantero á la puerta había tres rastrillos,
+á través de los cuales brotaban en confusa y caprichosa mezcla todas
+las flores que produce mayo. La puerta estaba cerrada; adornaba sus dos
+hojas decrépitas, un aldabón viejo y enmohecido.
+
+El sol era magnífico; las ramas presentaban ese suave estremecimiento
+de mayo, que más parece venir de los nidos que del viento. Un hermoso
+pajarillo, probablemente enamorado, gorjeaba á más y mejor en un árbol
+frondoso.
+
+El viajero se inclinó y examinó en la piedra de la izquierda, por
+bajo de la jamba derecha de la puerta, una ancha excavación circular
+parecida al alvéolo de una esfera. En aquel momento abriéronse las
+puertas y salió una aldeana.
+
+Reparó en el viajero, y viendo lo que fijaba su atención:
+
+--Hizo esto una bala francesa,--dijo ella.
+
+Y luego añadió:
+
+--Eso que estáis viendo más arriba en la puerta, junto á un clavo, es
+el boquete de una bala de cañón que no pudo traspasar la madera.
+
+--¿Cómo se llama este lugar?--preguntó el viajero.
+
+--Hougomont,--dijo la aldeana.
+
+El viajero se levantó. Dió algunos pasos y fué á mirar por cima de los
+setos, viendo en el horizonte al través de los árboles, una especie de
+montecillo, y sobre este montecillo algo que, de lejos, parecía un león.
+
+Encontrábase en el campo de Waterloo.
+
+
+
+
+ II
+ =Hougomont=
+
+
+Hougomont, fué éste un lugar fúnebre, principio del obstáculo, primera
+resistencia que encontró en Waterloo, ese gran leñador de Europa, que
+se llamaba Napoleón; primer nudo bajo el filo del hacha.
+
+Fué un castillo; no es ya más que una granja. Hougomont es para el
+anticuario _Hugomons_. Aquella mansión fué erigida por Hugo, señor de
+Somerel, el mismo que dotó la sexta capellanía de la abadía de Villiers.
+
+El viajero empujó la puerta, rozó al cruzar el pórtico con una
+carretela antigua, y entró en el patio.
+
+Lo primero que llamó su atención en aquel lugar fué una puerta del
+siglo XVI, que parece el ojo de un puente, estando caído todo lo demás
+adjunto al mismo. El aspecto monumental nace frecuentemente de la
+ruina. Después del arco se abre en un muro otra puerta con clavos del
+tiempo de Enrique IV, dejando ver los árboles de un huerto. Al lado de
+esta puerta un hoyo estercolero, picos y palas; algunas carretillas,
+un pozo antiguo con su brocal de piedra y su torniquete de hierro, un
+potro que salta, un pavo que hace la rueda, una capilla coronada por un
+pequeño campanario, un peral en flor tocando en la pared de la capilla,
+he aquí el patio, cuya conquista fué uno de los sueños de Napoleón.
+Si él hubiera podido tomar aquel rincón de tierra, le habría dado
+tal vez el mundo entero. Las gallinas remueven hoy el polvo con sus
+picos. Óyese un gruñido, es un gran perro que enseña los dientes y que
+reemplaza á los ingleses.
+
+Los ingleses estuvieron allí admirables. Las cuatro compañías
+de guardias de Cooke hicieron frente, durante siete horas, al
+encarnizamiento de todo un ejército.
+
+Hougomont, visto en el mapa, en plano geométrico, comprendiendo
+cercados y edificaciones, presenta una especie de rectángulo irregular
+con uno de sus ángulos cortado. En este ángulo es donde se halla la
+puerta meridional, guardada por aquel muro que la hiere directamente.
+Hougomont tiene dos puertas: la meridional, que es la del castillo, y
+la septentrional, que es la de la granja.
+
+Napoleón envió contra Hougomont á su hermano Jerónimo; las divisiones
+Guilleminot, Foy y Bachelu se estrellaron allí; casi todo el cuerpo
+de Reille fué también empleado en ello inútilmente; las balas de
+Kellermann se agotaron contra aquel heroico paredón. Harto fué que la
+brigada Bauduin forzase por el Norte á Hougomont, y que la brigada Soye
+le acometiera por el Sur, pero sin tomarle.
+
+Los edificios de la granja limitan el patio por el Sur. Un pedazo de la
+puerta del Norte, rota por los franceses, pende colgado del muro. Son
+cuatro tablas clavadas sobre dos travesaños, y en las que se patentizan
+los destrozos del ataque.
+
+La puerta septentrional, derribada por los franceses, y á la que se
+ha añadido una pieza para sustituir el trozo colgado del muro, se
+entreabre al otro extremo del patio; está cortada rectangularmente
+en una pared de piedra por lo bajo y ladrillo en la parte superior,
+cerrando el patio por el Norte. Es sencillamente una puerta para
+carros, como las hay en todas las casas de labranza, compuesta de dos
+grandes hojas hechas de tablas rústicas. Á la otra parte se extienden
+los prados. La disputa de esta entrada fué terrible. Durante mucho
+tiempo se han conservado sobre el montante de la puerta toda clase de
+huellas de manos ensangrentadas. Allí fué donde mataron á Bauduin.
+
+La borrasca del combate parece que todavía suena en aquel patio; el
+horror es visible; el trastorno de la terrible lucha se ha quedado
+allí petrificado; acá la vida, allá la muerte, es todavía ayer. Los
+muros agonizan, las piedras caen, las brechas gritan; los agujeros son
+llagas; los árboles inclinados y temblorosos parecen hacer esfuerzos
+para huir.
+
+Aquel patio en 1815 estaba más edificado que hoy día. Varias
+construcciones derribadas después, formaban estrellas, ángulos y
+recodos fortificados.
+
+Allí estuvieron parapetados los ingleses; los franceses penetraron al
+fin, pero no pudieron sostenerse. Al lado de la capilla, un ala del
+castillo, únicos vestigios de la residencia de Hougomont, se mantiene
+en pie, y podríamos decir despanzurrada. El palacio sirvió de torreón;
+la capilla de fortín, ambos se exterminaron.
+
+Los franceses, fusilados por todas partes, detrás de las paredes, desde
+lo alto de los graneros al fondo de las cuevas, por todas las ventanas,
+por todos los respiraderos, por todas las hendiduras de las piedras,
+acercaron fajinas prendiendo fuego á los muros y á los hombres: la
+metralla fué contestada por el incendio.
+
+Entrevénse todavía en el ala arruinada, á través de las ventanas
+guardadas por barrotes de hierro, los aposentos desmantelados de un
+cuerpo de edificio de ladrillo; los guardias ingleses se emboscaron en
+esos aposentos; la espiral de la escalera, agrietada desde el piso al
+techo, aparece como el interior de un caracol destrozado. La escalera
+tiene dos tramos; los ingleses sitiados en ella, y apiñados en los
+escalones superiores, habían cortado los inferiores. Estos consistían
+en anchas losas de piedra azul, amontonados hoy entre las ortigas.
+Unos diez solamente se mantienen adheridos todavía á la pared, en el
+primero de los cuales se ve grabada la figura de un tridente. Estos
+inaccesibles escalones permanecen sólidos en sus alvéolos. El resto
+parece una mandíbula desdentada. Dos árboles viejos están allí todavía;
+muerto el uno, herido el otro en el pie, reverdece en abril. Desde 1815
+empezó á brotar al través de la escalera.
+
+Gran mortandad hubo también en la capilla. El interior, tranquilo
+ya, resulta extraño. No ha vuelto á decirse misa en él después de la
+matanza. Sin embargo, allí está todavía el altar de madera tosca,
+pegado sobre un fondo de piedra sin pulir. Cuatro paredes blanqueadas
+de cal, una puerta frontera al altar, dos pequeñas ventanas cintradas,
+sobre la puerta un gran crucifijo de madera, encima del crucifijo un
+tragaluz cuadrado tapado con un haz de heno, en un rincón del suelo
+un bastidor viejo de ventana con todos los vidrios rotos; tal es la
+capilla.
+
+Junto al altar está clavada una imagen de madera de santa Ana, del
+siglo XV; la cabeza del niño Jesús se la llevó una bala de cañón. Los
+franceses, dueños por un momento de la capilla, y desalojados después,
+la incendiaron. Las llamas llenaron su recinto, convirtiéndolo en
+horno. Se quemó la puerta, se quemó también el entarimado; el Cristo
+de madera no se quemó; el fuego llegó á lamer sus pies cuyos muñones
+permanecen ennegrecidos, deteniéndose luego. Esto fué un milagro al
+decir de aquellos aldeanos. El niño Jesús decapitado no tuvo la fortuna
+del Cristo.
+
+Las paredes se encuentran cubiertas de inscripciones. Junto á los pies
+del Cristo se lee este nombre: _Henquinez_. Luego estos otros: _conde
+de Río Mayor, marqués y marquesa de Almagro (Habana)_. Hay nombres
+franceses con exclamaciones acentuadas por la cólera.
+
+Tuvieron que blanquearse de nuevo las paredes en 1849. Allí se
+insultaban las naciones mutuamente.
+
+En la puerta de esta capilla fué donde se recogió un cadáver que tenía
+un hacha en la mano. Era el cadáver del subteniente Legros.
+
+Á la izquierda de la puerta de la capilla se ve un pozo. Hay dos en el
+patio. Uno se pregunta: ¿por qué no hay aquí cubo ni garrucha? Es que
+ya no se saca agua.
+
+¿Y por qué no se saca agua?
+
+Porque está lleno de esqueletos.
+
+El último que sacó agua de aquel pozo se llamaba Guillermo Van Kylsom.
+Era un aldeano que habitaba en Hougomont, de donde era jardinero. El 18
+de junio de 1815, su familia tuvo que huir y ocultarse en los bosques.
+
+La selva que rodea á la abadía de Villiers abrigó durante muchos días y
+muchas noches á todas aquellas desventuradas poblaciones dispersas. Hoy
+todavía se encuentran vestigios tales como viejos troncos de árboles
+quemados, que señalan el sitio donde aquellos pobres vivaqueadores
+tiritaron entre las espesuras de la maleza.
+
+Guillermo Van Kylsom permaneció en Hougomont «para guardar el castillo»
+agazapándose en un rincón de la cueva. Los ingleses le descubrieron.
+Sacáronle de su escondite y á sablazos de plano se hicieron servir los
+combatientes por aquel hombre aterrado. Tenían sed, y Guillermo les dió
+de beber. De aquel pozo sacó el agua. Muchos bebieron allí su último
+trago. El pozo del que bebieron tantos muertos, debió morir también.
+
+Después de la acción, diéronse prisa á enterrar los cadáveres. La
+muerte tiene su manera especial de acosar la victoria, haciendo que
+la peste siga á la gloria. El tifus es siempre anejo del triunfo.
+Aquel pozo era profundo. Fué convertido en sepultura. Lanzáronse en
+él trescientos muertos. Tal vez con demasiada precipitación. ¿Estaban
+muertos todos? La leyenda dice que no. Parece que la noche que siguió
+al enterramiento, oyéronse salir del pozo débiles y tristes voces de
+socorro.
+
+Este pozo está aislado en medio del patio. Tres paredes mitad piedra
+y mitad ladrillo, replegadas como las hojas de un biombo simulando
+una torrecilla cuadrada, le cierran por tres lados. El cuarto está
+descubierto. Por aquí es por donde se sacaba el agua. La pared del
+fondo tiene una especie de abertura informe, tal vez el agujero de
+obús. Esta torrecilla tenía un techo del que no quedan más que los
+maderos. El armazón de sostenimiento del muro de la derecha describe
+una cruz. Asomándose al fondo, se pierde la vista en la profundidad
+de un cilindro de ladrillo, en el cual se agrupan las tinieblas. El
+nacimiento de toda la fábrica de este pozo desaparece entre las ortigas.
+
+Este pozo no tiene por brocal la gran losa azul que sirve de antepecho
+en todos los de Bélgica. La losa azul se halla sustituida por un
+travesaño en el cual se apoyan cinco ó seis estacas irregulares de
+madera nudosa, y anquilosados, que parecen una grande osamenta. No
+existe cubo, ni cadena, ni polea; pero se conserva aún la pila de
+piedra que servía de repartidor. El agua de las lluvias se acumula en
+ella y, de cuando en cuando, se acerca á beber algún pájaro de las
+vecinas selvas, remontándose inmediatamente.
+
+En esas ruinas existe, habitada todavía, una casa, la casa de labranza,
+cuya puerta da al patio. Al lado de una linda placa de cerradura
+gótica, hay en dicha puerta un tirador de hierro, en forma de trébol,
+colocado oblicuamente. En el momento que el teniente hannoveriano Wilda
+cogía ese tirador para refugiarse en la granja, un zapador francés le
+cortó la mano de un hachazo.
+
+La familia que ocupa hoy la casa, tuvo por abuelo al antiguo jardinero
+Van Kylsom, muerto hace mucho tiempo. Una mujer de cabellera gris nos
+decía: Yo estaba allí. Tenía tres años. Mi hermana, mayor que yo, tenía
+miedo y lloraba. Lleváronnos al bosque. Yo iba en brazos de mi madre.
+Aplicaban de cuando en cuando el oído sobre el suelo para escuchar. Yo
+imitaba el cañón, y hacía _bum, bum_.
+
+Una puerta del patio, á la izquierda, como hemos ya dicho, daba al
+cercado.
+
+Este cercado es terrible.
+
+Se divide en tres secciones, casi podríamos decir en tres actos. La
+primera es un jardín, la segunda el huerto, la tercera un bosque. Estas
+tres partes tienen una cerca común; por el lado de la entrada las
+edificaciones del castillo y de la granja, á la izquierda un seto, á
+la derecha una tapia de ladrillo, en el fondo otra tapia de piedra. Se
+entra desde luego en el jardín, que se extiende en pendiente, plantado
+de groselleros, cubierto de vegetaciones silvestres, cerrado por un
+malecón monumental de piedra sillería con balustres de doble espesor.
+Fué un jardín señorial del primer estilo francés que precedió á _Le
+Nôtre_; ruinas y abrojos todo, en la actualidad. Las pilastras terminan
+en globos, que parecen balas de piedra. Cuéntanse todavía cuarenta y
+tres balustres en pie; los demás yacen tendidos en la yerba. Casi todos
+están acribillados por balas de fusil. Un balustre destrozado aparece
+sobre el estrave como una pierna rota.
+
+En este jardín más bajo que el huerto, fué donde penetraron seis
+tiradores del 1.º de ligeros, y no pudiendo salir, cogidos y acosados
+como osos en guarida, aceptaron el combate con dos compañías
+hannoverianas, una de las cuales iba armada de carabinas. Los
+hannoverianos coronaban los balustres y disparaban sobre los seis
+franceses desde lo alto. Los tiradores, respondiendo desde abajo, seis
+contra doscientos, con la mayor intrepidez y sin más abrigo que los
+groselleros, tardaron en morir un cuarto de hora.
+
+Subiendo algunos escalones, se pasa del jardín al huerto. Allí, en el
+espacio de pocas toesas cuadradas, murieron mil quinientos hombres en
+menos de una hora. El muro parece dispuesto á comenzar nuevamente el
+combate. Allí están todavía las treinta y ocho troneras, abiertas por
+los ingleses á distintas alturas. Delante de la décima sexta se ven dos
+sepulturas inglesas de granito.
+
+Sólo existen troneras en el muro del Sur, que fué de donde vino el
+ataque principal. Ese muro está oculto al exterior por un gran seto
+vivo; llegaron los franceses creídos de que no había más que el seto,
+saltaron, y se encontraron con el muro, obstáculo y emboscada, con los
+guardias ingleses detrás, las treinta y ocho troneras haciendo fuego
+á la vez, una tempestad de balas y metralla; allí fué aplastada la
+brigada Soye. Así comenzó Waterloo.
+
+No obstante el huerto fué tomado. No había escalas, pero los franceses
+treparon con las uñas. Batiéronse cuerpo á cuerpo bajo los árboles.
+Toda aquella yerba se empapó en sangre. Un batallón de Nassau,
+setecientos hombres, fué deshecho allí. La parte exterior del muro,
+contra el cual se asestaron las dos baterías de Kellermann está
+acribillada por la metralla.
+
+Este cercado es sensible como otro cualquiera al mes de Mayo. Tiene sus
+botones de oro y sus margaritas blancas; la yerba es alta; pacen allí
+caballos de labor; cuerdas de crin, en las que se seca la ropa, cruzan
+los espacios de árbol á árbol, obligando á los transeuntes á bajar
+la cabeza; los pies caminan por un erial hundiéndose á lo mejor en
+los agujeros de los topos. Encuéntrase en medio de la yerba un tronco
+desarraigado, caído y verde aún. El mayor Blachmann se apoyó en él para
+espirar. Bajo un gran árbol próximo cayó el general alemán Duplat,
+oriundo de una familia francesa refugiada al revocarse el edicto de
+Nantes. Contiguo á este árbol se inclina un manzano vetusto, enfermo,
+vendado con un apósito de paja y arcilla. Casi todos los manzanos caen
+de vejez. No hay uno que no tenga señales de bala ó de metralla. Los
+esqueletos de los árboles muertos abundan muchísimo en este cercado.
+Los cuervos vuelan entre sus ramas. En el fondo hay un bosque lleno de
+violetas.
+
+Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería;
+un río de sangre inglesa, de sangre alemana y de sangre francesa,
+furiosamente mezclada; un pozo lleno de cadáveres; el regimiento
+de Nassau y el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto;
+Blackmann muerto, la guardia inglesa mutilada; veinte batallones
+franceses, de los cuarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres
+mil hombres, en sólo aquellas ruinas de Hougomont, acuchillados,
+destrozados, degollados, fusilados, quemados; y todo ello para que un
+aldeano pueda decirle hoy á un pasajero: _Señor, dadme tres francos;
+si gustáis os explicaré lo de Waterloo_.
+
+
+
+
+ III
+ =El 18 de junio de 1815=
+
+
+Retrocedamos, que es éste uno de los derechos del narrador, y
+trasladémonos al año 1815, y con alguna anterioridad á la época en que
+comienza la acción referida en la primera parte de este libro.
+
+Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de junio de 1815, el
+porvenir de Europa hubiera sido otro. Algunas gotas de agua de más ó de
+menos hicieron desviar á Napoleón. Para que Waterloo fuése el término
+de Austerlitz, la Providencia no tuvo necesidad más que de un poco
+de lluvia; y una nube, atravesando el cielo contra lo natural de la
+estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo.
+
+La batalla de Waterloo, y esto dió tiempo á Blücher para llegar, no
+pudo comenzar hasta las once y media. ¿Por qué? Porque la tierra estaba
+mojada. Fué preciso aguardar un poco á que se solidara para que la
+artillería pudiese maniobrar.
+
+Napoleón era oficial de artillería, y se resentía de ello. El fondo de
+este admirable capitán era el hombre que, en el parte al Directorio
+desde Aboukir, decía: _Tal bala de las nuestras mató seis hombres_.
+Todos sus planes de batalla están hechos para el proyectil. Hacer
+converger la artillería sobre un punto dado; tal era su clave de
+victoria. Trataba la estrategia del general enemigo como una ciudadela,
+y la batía en brecha. Abrumaba con la metralla el punto débil; ataba y
+desataba las batallas con el cañón. Era la puntería parte de su genio.
+Romper los cuadros, pulverizar los regimientos, deshacer las líneas,
+aplastar y dispersar las masas, todo se encerraba en eso para él;
+herir, herir, herir sin tregua ni descanso, y encomendada esta tarea
+á las balas. Método temible, y que, unido á su genio, hizo invencible
+durante quince años, á aquel sombrío atleta del pugilato de la guerra.
+
+El 18 de junio de 1815 contaba él tanto más con la artillería, cuanto
+que tenía en su favor el número. Wellington no disponía más que de
+ciento cincuenta y nueve bocas de fuego; Napoleón tenía doscientas
+cuarenta.
+
+Supongamos la tierra seca y la artillería pudiendo rodar, y la acción
+empezando á las seis de la mañana. La batalla se hubiera ganado y
+terminado á las dos; tres horas antes de la peripecia prusiana.
+
+¿Qué culpa hubo por parte de Napoleón en la pérdida de aquella batalla?
+¿Es imputable el naufragio al piloto?
+
+La decadencia física evidente de Napoleón, ¿se complicaba en aquella
+época con cierto decaimiento interior? Los veinte años de guerra,
+¿habían gastado la hoja como la vaina, el alma como el cuerpo? ¿Se
+manifestaban ya los defectos del veterano en el capitán? En una
+palabra, aquel genio, como muchos historiadores importantes lo han
+creído ¿se eclipsaba ya? ¿Agitábase frenéticamente para disimularse á
+sí mismo su debilidad? ¿Empezaba á oscilar bajo el extravío de un soplo
+de la aventura? ¿Volvíase, cosa grave en un general, desconocedor del
+peligro? En la clase de los grandes hombres materiales, que pueden
+llamarse los gigantes de la acción, ¿existe una edad para la miopía
+del genio? La vejez no hace mella en los genios de lo ideal; para los
+Dante y los Miguel Ángel, envejecer es crecer. Pero para los Aníbal
+y Bonaparte ¿es decrecer, ocaso? ¿Había perdido Napoleón el sentido
+directo de la victoria? ¿Había llegado á no reconocer ya el escollo, á
+no adivinar el lazo, ni discernir el borde resbaladizo de los abismos?
+¿Faltábale el olfato de las catástrofes? Él, que antes sabía todos los
+senderos del triunfo, y que desde la altura de su carro refulgente de
+rayos, los señalaba con su dedo soberano, ¿tenía entonces el siniestro
+aturdimiento de conducir al principio su tumultuoso tiro de legiones?
+¿Se había apoderado de él, á los cuarenta y seis años, una locura
+suprema? Aquel conductor titánico del destino, ¿no era ya más que un
+inmenso abismo?
+
+No lo hemos creído nunca.
+
+Su plan de batalla, era, al decir de todo el mundo, una obra maestra.
+Ir derecho al centro de la línea de los aliados, abrir un claro en el
+enemigo, cortarle en dos; empujar la parte británica hacia Hal, y la
+parte prusiana hacia Tongres; hacer de Wellington y de Blücher dos
+trozos, apoderarse de Mont Saint Jean, tomar á Bruselas, arrojar el
+alemán al Rin y el inglés al mar. Todo esto para Napoleón entraba en su
+plan de batalla. Después, ya vería.
+
+Es por demás decir que no pretendemos hacer aquí la historia de
+Waterloo; una de las escenas generatrices del drama que vamos contando,
+tiene su punto de partida en esa batalla; pero, repetimos, no es su
+historia nuestro objeto. Está ya hecha además, y hecha magistralmente
+bajo un punto de vista por Napoleón, y bajo otro punto de vista por una
+pléyade de historiadores[7].
+
+Por nuestra parte, dejamos á los historiadores con sus apreciaciones,
+no somos sino un testigo lejano, un pasajero en la llanura, un
+investigador inclinado sobre aquella tierra embutida de carne humana,
+tomando, quizá, las apariencias por realidades. No tenemos derecho
+alguno para hacer frente, en nombre de la ciencia, á un conjunto de
+hechos, donde hay sin duda algún espejismo; no tenemos ni la práctica
+militar ni la competencia estratégica que autorizan un sistema; según
+nosotros un encadenamiento de azares dominó en Waterloo á entrambos
+capitanes, y cuando se trata del destino, de este misterioso acusado,
+le juzgamos como le juzga el pueblo, juez sencillo y leal.
+
+
+ IV
+ =A=
+
+
+Quien quiera figurarse claramente la batalla de Waterloo, no tiene más
+que trazar sobre el suelo con el pensamiento una A mayúscula. La pierna
+izquierda de la A es el camino de Nivelles, la pierna derecha es la
+carretera de Genappe, el palo trasversal es el camino cubierto de Ohain
+á Braine-l'Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint Jean, allí está
+Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont, allí está Reille
+con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Belle Allience,
+allí está Napoleón.
+
+Un poco más abajo del punto en que el palo trasversal de la A encuentra
+y corta la pierna derecha, está la Haie-Sainte. En el centro de este
+palo está el punto preciso donde se dijo la frase final de la batalla.
+Allí es donde se colocó el león; símbolo involuntario del supremo
+heroísmo de la guardia imperial.
+
+El triángulo comprendido en el vértice de la A, entre los dos palotes y
+la cuerda, es la meseta del Mont-Saint Jean. La disputa de esa meseta
+fué toda la batalla.
+
+Las alas de ambos ejércitos se extendían á derecha é izquierda de los
+dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlón frente á frente de Pictón y
+Reille frente á frente de Hill.
+
+Detrás de la punta de la A, detrás de la meseta de Mont-Saint Jean, se
+encuentra la selva de Soignes.
+
+En cuanto á la llanura en sí misma, imagínese un vasto terreno
+ondulante, dominando cada pliegue al que le sigue, y todas estas
+ondulaciones subiendo hacia Mont Saint Jean, desde donde van á parar á
+la selva.
+
+Dos ejércitos enemigos en un campo de batalla son dos atletas que
+luchan á brazo partido. Cada uno procura hacer caer al otro. Agárranse
+á todo; un matorral es un punto de apoyo; el ángulo de un muro es un
+parapeto; por falta de una bicoca en que guardar la espalda, se pierde
+un regimiento. El declive de una llanura, un accidente del terreno, una
+senda trasversal á propósito, un bosque, un barranco, pueden detener la
+planta de ese coloso que se llama un ejército, é impedirle la retirada.
+
+El que sale del campo es derrotado. De ahí la necesidad para el jefe
+responsable de examinar el menor grupo de árboles y de profundizar el
+más pequeño relieve.
+
+Ambos generales habían estudiado atentamente la llanura de Mont-Saint
+Jean, llamada hoy llanura de Waterloo. Desde el año anterior la había
+examinado Wellington con sagacidad previsora, como para el caso de una
+gran batalla.
+
+En este terreno, y para aquel duelo, el 18 de junio, tenía Wellington
+la parte buena y Napoleón la mala. El ejército inglés ocupaba las
+alturas, el francés la llanura.
+
+Esbozar aquí el aspecto de Napoleón á caballo, con su anteojo en la
+mano, sobre la altura de Rossomme, al amanecer del 18 de junio de
+1815, estaría de más. Antes de pintárselo, todo el mundo le ha visto.
+Aquel perfil sereno bajo el pequeño sombrero de la escuela de Brienne,
+aquel uniforme verde, con vueltas blancas ocultando la placa, el
+capote tapando las charreteras, el cabo del cordón rojo bajo chaleco,
+el calzón de cuero, el caballo blanco con su gualdrapa de terciopelo
+púrpura con águilas y NN coronadas en las puntas, sus botas de campana
+sobre medias de seda, las espuelas de plata, la espada de Marengo, es
+decir, la figura completa del último César, está presente en todas las
+imaginaciones, aclamada por unos, mirada por otros severamente.
+
+Aquella figura ha estado mucho tiempo completamente rodeada de luz;
+esto consistía en cierta obscuridad legendaria que se desprende de la
+mayor parte de los héroes, y que vela, siempre por más ó menos tiempo
+la verdad; pero hoy, ya la historia y la luz han aparecido.
+
+La luz de la historia es desapiadada; tiene algo de extraordinario
+y de divino, que siendo, como es, luz, y precisamente porque lo es,
+coloca á veces la sombra allí donde se veían los rayos, haciendo del
+mismo hombre dos fantasmas distintos, cada uno de los cuales ataca
+al otro, haciéndole justicia, y las tinieblas del déspota luchan con
+los fulgores del capitán. De ahí la exacta medida del justo medio en
+la apreciación definitiva de los pueblos: Babilonia violada, rebaja á
+Alejandro; Roma encadenada, disminuye la grandeza de César; Jerusalén
+muerta, empequeñece á Tito.
+
+La tiranía sigue al tirano. Es una desgracia para el hombre, dejar en
+pos de sí la sombra de su forma.
+
+
+
+
+ V
+ =El quid obscurum de las batallas=
+
+
+Todo el mundo conoce la primera fase de aquella batalla confusa al
+principio, incierta, vacilante, amenazadora para ambos ejércitos, más
+aún para los ingleses que para los franceses.
+
+Había llovido toda la noche; la tierra estaba removida por el aguacero,
+habiendo charcos y lagunas aquí y allá, en todos los huecos de la
+llanura, alcanzando el agua en ciertos puntos, á los ejes de los
+furgones del tren; las cinchas de los tiros chorreaban fango líquido.
+Si los trigos y centenos derribados por aquel tropel de carros en
+marcha, no hubiesen llenado los baches y formado lecho bajo las ruedas,
+se hubiera hecho imposible todo movimiento, y particularmente en los
+valles de la parte de Papelotte.
+
+La acción empezó tarde; Napoleón como hemos explicado ya, tenía
+la costumbre de tener toda la artillería á mano como una pistola,
+apuntando ya á este punto, ya al otro de la batalla, y había querido
+esperar á que las baterías enganchadas pudiesen rodar y galopar
+libremente; era menester para ello que apareciese el sol y secase la
+tierra. Pero el sol no apareció. Ya no le saludaba como en la jornada
+de Austerlitz. Cuando sonó el primer cañonazo, el general inglés
+Colville miró su reloj; señalaba las once y treinta y cinco minutos.
+
+La acción comenzó furiosamente, con mayor furia tal vez de la que
+hubiese querido el emperador, por el ala izquierda francesa sobre
+Hougomont. Al mismo tiempo atacó Napoleón el centro, precipitando
+la brigada Quiot sobre la Haie-Sainte, y Ney dirigió el ala derecha
+francesa contra el ala izquierda inglesa, que se apoyaba en Papelotte.
+
+El ataque contra Hougomont, tenía algo de simulado: atraer hacia allí
+á Wellington, haciéndole inclinar á la izquierda, éste era el plan.
+Y este plan se hubiera realizado si las cuatro compañías de guardias
+inglesas y los valientes belgas de la división Perponcher no hubiesen
+guardado sólidamente la posición, pues Wellington, en vez de ir á
+concentrarse allí, pudo limitarse á enviar, por todo refuerzo, otras
+cuatro compañías de guardias y un batallón de Brunswick.
+
+El ataque del ala derecha francesa sobre Papelotte, era á fondo:
+desbaratar la izquierda inglesa, cortar el camino de Bruselas,
+interceptar el paso á los prusianos que pudieran acudir, forzar á
+Mont Saint-Jean, rechazar á Wellington hacia Hougomont, de allí hacia
+Braine l'Alleud de allí sobre Hal; nada más sencillo. Salvo algunos
+incidentes, este ataque dió buen resultado, puesto que se tomó
+Papelotte y se lanzó de Haie-Sainte al enemigo.
+
+Un detalle que debe constar. Había en la infantería inglesa,
+particularmente en la brigada de Kempt, muchos reclutas. Estos soldados
+bisoños, ante nuestra terrible infantería, fueron valientes; su
+inexperiencia, salió perfectamente bien del paso; hicieron sobre todo
+un excelente servicio de guerrilla; el soldado en guerrilla, entregado
+en parte á sí mismo, se convierte, por decirlo así, en general propio;
+aquellos reclutas mostraron algo de la inventiva y furia francesas.
+Aquella infantería novicia tuvo inspiración propia. Esto desagradó á
+Wellington.
+
+Después de la toma de la Haie Sainte, vaciló la batalla.
+
+Hubo en esta jornada, desde el medio día á las cuatro, un intervalo
+obscuro; la parte media de esta batalla apenas se distingue, pues
+participa de la confusión de la riña. Cúbrela el crepúsculo.
+Adviértense vastas fluctuaciones en aquella bruma, un espejismo
+vertiginoso, el aparato guerrero de entonces, casi desconocido en
+nuestros días, las granaderas de llama, los portapliegos flotantes,
+las correas cruzadas, las cartucheras de granada, los dolmanes de los
+húsares, las botas encarnadas de mil pliegues, los pesados chacós
+guarnecidos de cordones, la infantería casi negra de Brunswick mezclada
+con la infantería escarlata de Inglaterra, los soldados ingleses
+llevando por charreteras grandes rodetes blancos circulares, la
+caballería ligera hannoveriana con sus cascos de cuero oblongos con
+filetes de cobre y cabelleras de crines rojas, los escoceses con las
+piernas desnudas y sus mantas de cuadros, las grandes polainas blancas
+de nuestros granaderos; cuadros, no líneas estratégicas, lo conveniente
+al pincel de Salvator Rosa, no al de Gribeauval.
+
+Siempre se mezcla en las batallas cierta parte de tempestad. _Quid
+obscurum, quid divinum._ Cada historiador se inclina un poco á trazar
+los perfiles que más le agradan entre aquella confusión. Sea cual fuere
+la combinación de los generales, el choque de las masas armadas tiene
+incalculables reflejos; en toda acción, los dos planes de ambos jefes
+penetran uno en otro, y uno á otro se desfiguran. Tal punto del campo
+de batalla devora más combatientes que tal otro, como los terrenos más
+ó menos esponjosos que absorben más ó menos pronto el agua que se les
+arroja. Es pues necesario derramar á veces más soldados de los que se
+quisiera. Gastos imprevistos. La línea de batalla flota y serpentea
+como un hilo, los regueros de sangre corren ilógicamente, los frentes
+de los ejércitos ondulan, los regimientos al entrar ó salir forman
+cabos ó golfos, todos esos escollos se agitan continuamente unos
+delante de otros; donde estaba la infantería llega la artillería, donde
+estaba la artillería acude la caballería; los batallones son humaredas.
+
+Había algo en tal punto, lo buscáis en vano, ha desaparecido; los
+claros cambian de sitio; los pliegues sombríos avanzan y retroceden;
+una especie de viento del sepulcro empuja, arrolla, hincha y dispersa
+aquellas trágicas multitudes. ¿Qué es una lucha? Una oscilación.
+La inmovilidad de un plano matemático expresa un minuto y no una
+jornada. Para pintar una batalla, se necesita uno de esos poderosos
+pintores cuyos pinceles tienen algo del caos: Rembrant vale más que
+Vandermeulen. Vandermeulen, exacto al mediodía, miente á las tres. La
+geometría engaña; solamente es veraz el huracán. Esto es lo que da
+derecho á Folard para contradecir á Polibio. Añadamos que hay siempre
+cierto instante en que la batalla degenera en combate, se particulariza
+y se esparce en innumerables hechos de detalle, que, valiéndonos de una
+frase de Napoleón, «pertenecen antes á la biografía de los regimientos
+que á la historia del ejército».
+
+El historiador, en este caso, tiene el derecho de resumir. Sólo puede
+abarcar los principales contornos de la lucha, y no es dado á ningún
+narrador, por concienzudo que sea, el fijar absolutamente la forma de
+esa nube horrible que se llama una batalla.
+
+Y esto, que es verdadero tratándose de todos los grandes hechos de
+armas, es particularmente aplicable á Waterloo.
+
+Sin embargo, después del mediodía, hubo un momento en que pudo
+apreciarse la batalla con toda exactitud.
+
+
+
+
+ VI
+ =Cuatro horas después del mediodía=
+
+
+Á eso de las cuatro de la tarde, la situación del ejército inglés era
+grave. El príncipe de Orange mandaba el centro, Hill el ala derecha,
+Picton á la izquierda. El príncipe de Orange, desatinado y valiente,
+gritaba á los holando-belgas: _¡Nassau! ¡Brunswich! ¡Jamás retroceder!_
+Hill, debilitado, dirigíase á apoyar su retaguardia en Wellington;
+Picton había muerto. En el mismo instante en que los ingleses habían
+arrebatado á los franceses la bandera del 105 de línea, los franceses
+les habían matado á los ingleses al general Picton de un balazo que
+le atravesó el cráneo. Para Wellington tenía la batalla dos puntos de
+apoyo, Hougomont y la Haie Sainte. Hougomont se sostenía aún, pero
+ardiendo. La Haie Sainte había sido tomada. Del batallón alemán que la
+defendía, solo cuarenta y dos hombres sobrevivían; todos los oficiales
+menos cinco habían sido muertos ó prisioneros. Tres mil combatientes se
+habían asesinado en aquella granja. Un sargento de la guardia inglesa,
+el primer boxeador de Inglaterra, reputado por sus compañeros como
+invulnerable, había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring
+había sido desalojado, y Alten acuchillado. Habíanse perdido muchas
+banderas, entre ellas una de la división Alten, y otra del batallón
+de Lunebourg, llevada por un príncipe de la familia de Deux Ponts.
+Los escoceses grises ya no existían; los fuertes dragones de Ponsomby
+estaban deshechos. Esta valiente caballería había sucumbido bajo el
+ímpetu de los lanceros de Bro y de los coraceros de Travers; de mil
+doscientos caballos quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles,
+dos habían sido derribados. Hamilton herido, Mater muerto. Ponsomby
+había caído, atravesado de siete lanzadas. Gordon había muerto, Marsh
+también. Dos divisiones, la quinta y la sexta, estaban destruidas.
+
+Asaltado Hougomont y tomada Haie Sainte, sólo quedaba un nudo, el
+centro. Este nudo continuaba resistiendo. Wellington le reforzó.
+Llamó á Hill, que estaba en Merle Braine, y á Chassé, que estaba en
+Braine-l'Alleud.
+
+El centro del ejército inglés, un tanto cóncavo, densísimo y compacto,
+estaba fuertemente situado. Ocupaba la meseta de Mont Saint-Jean,
+teniendo detrás de sí la aldea y delante la pendiente, muy áspera á la
+sazón. Apoyaba su espalda en la sólida casa de piedra, que en aquella
+época era dominio señorial de Nivelles, y marca la intersección de
+los caminos, masa del siglo XVI, tan robusta, que las balas rebotaban
+en ella sin mellarla. Al rededor de la meseta, los ingleses habían
+cortado aquí y allí los setos, abriendo troneras en los espinos,
+poniendo bocas de cañón entre dos troncos cruzados, y aspillerando los
+zarzales. Su artillería estaba emboscada entre abrojos. Este trabajo
+púnico, incontestablemente autorizado por la guerra, que admite las
+estratagemas, estaba tan perfectamente hecho, que Haxo, enviado por
+el emperador á las nueve de la mañana para reconocer las baterías
+enemigas, no había visto nada, y había vuelto diciendo á Napoleón que
+no existía el menor obstáculo, exceptuando las dos barricadas que
+obstruían los caminos de Nivelles y de Genappe. Era la época en que las
+mieses están crecidas; en las orillas de la meseta hallábase apostado
+entre los trigos, un batallón de la brigada Kempt, el 95, armado de
+carabinas.
+
+Así fuerte y bien apoyado, el centro del ejército anglo-holandés estaba
+en excelente posición.
+
+El peligro de aquella posición estaba en la selva de Soignes, contigua
+entonces al campo de batalla, y cortada por las lagunas de Groenendael
+y de Boitsfort. Un ejército no hubiera podido retroceder allí sin
+disolverse; los regimientos hubieran sido disgregados inmediatamente.
+La artillería se hubiera perdido en los pantanos. La retirada, según
+opinión de muchos inteligentes, aunque rebatida por otros, hubiera sido
+una dispersión general.
+
+Wellington añadió á este centro una brigada de Chassé, separada del ala
+derecha, y otra brigada de Vincke, de la izquierda, y á más la división
+Clinton. Á sus ingleses, á los regimientos de Halkett, á la brigada de
+Mitchell, á los guardias de Maitland, dió como sostén y refuerzo la
+infantería de Brunswick, el contingente de Nassau, los hannoverianos
+de Kielmansegge y los alemanes de Ompteda. Así tuvo á mano veintiséis
+batallones. _El ala derecha_, como dice Charras, _fué replegada detrás
+del centro_. Una batería enorme estaba cubierta por sacos de tierra
+en el lugar donde se encuentra hoy lo que se llama «el museo de
+Waterloo». Wellington tenía además, en un repliegue del terreno, los
+guardias-dragones de Sommerset, mil cuatrocientos caballos. Era la otra
+mitad de aquella caballería inglesa, tan justamente célebre. Destruido
+Ponsomby quedaba Sommerset.
+
+La batería, que concluida, hubiera sido casi un reducto, estaba
+dispuesta detrás de una tapia de jardín muy baja, cubierta
+apresuradamente por una capa de sacos de arena y un ancho repecho
+de tierra. Esta obra estaba por concluir; había faltado tiempo para
+empalizarla.
+
+Wellington, inquieto, pero impasible, estaba á caballo, y permaneciendo
+todo el día en la misma actitud un poco adelantado al antiguo molino
+de Mont Saint Jean, que existe todavía, bajo un olmo que más tarde
+un inglés, vándalo entusiasta, compró en doscientos francos, y se
+lo llevó. Wellington, estuvo allí fríamente heroico. Llovían las
+balas. El ayudante de campo Gordon acababa de caer á su lado. Lord
+Hilh, señalándole un obús que reventaba, le dijo: Milord, ¿cuáles
+son vuestras instrucciones y que órdenes nos dejáis, si os dejáis
+matar? _Hacer lo que yo_, respondió Wellington. Á Clinton le dijo
+lacónicamente: _Sostenerse aquí hasta el último hombre_. La jornada
+iba visiblemente mal. Wellington gritaba á sus antiguos compañeros de
+Talavera, Salamanca y Vitoria.
+
+_Boys_ (muchachos), _¿hay quien pueda pensar en huir? ¡Acordaos de la
+vieja Inglaterra!_
+
+Á eso de las cuatro, la línea inglesa hizo un movimiento hacia atrás.
+De pronto no se vió ya en la cresta de la meseta más que la artillería
+y los tiradores, el resto había desaparecido; los regimientos,
+arrojados por los obuses y las balas francesas, replegáronse al fondo
+que corta hoy todavía el sendero de la granja de Mont Saint Jean,
+realizóse un movimiento retrógrado; el frente de batalla inglés
+desapareció, Wellington retrocedió.
+
+--¡Principio de la retirada!--exclamó Napoleón.
+
+
+
+
+ VII
+ =Napoleón de buen humor=
+
+
+El emperador á caballo, aunque enfermo é incomodado, por un sufrimiento
+local, no había estado nunca de tan buen humor como aquel día. Desde
+la mañana, sonreíase su impenetrabilidad. El 18 de junio de 1815,
+aquella alma profunda, cubierta de mármol, irradiaba en la obscuridad.
+El hombre que había estado sombrío en Austerlitz estuvo alegre en
+Waterloo. Los más grandes predestinados tienen estas contradicciones.
+Nuestras alegrías no son más que sombra. La suprema sonrisa pertenece á
+Dios.
+
+_Ridet Cæsar, Pompeius flebit_, decían los soldados de la legión
+Fulminatril. Pompeyo no debía llorar esta vez; pero es lo cierto, que
+se reía César.
+
+Desde la una de la noche anterior, explorando á caballo, bajo el aire y
+la lluvia, acompañado de Bertrand, las colinas inmediatas á Rossomme,
+satisfecho de ver la larga línea de las fogatas inglesas que iluminaban
+por completo el horizonte de Frischemont á Braine l'Alleud, habíale
+parecido que el destino emplazado por él á día fijo en el campo de
+Waterloo, era exacto á la cita; había detenido su caballo y permanecido
+inmóvil algún tiempo viendo los relámpagos, oyendo los truenos, y
+se había oído cómo aquel fatalista lanzaba en la sombra esta frase
+misteriosa: «Estamos de acuerdo». Napoleón se engañaba. No estaban ya
+de acuerdo.
+
+No se había tomado para dormir un sólo minuto, todos los instantes de
+aquella noche habían señalado para él alguna alegría. Había recorrido
+toda la línea de las avanzadas de caballería, parándose aquí y allá
+á hablar con los centinelas. Á las dos y media, cerca del bosque de
+Hougomont, había oído el paso de una columna en marcha; creyó por un
+momento en la retirada de Wellington: Entonces dijo: _Es la retaguardia
+inglesa que se prepara á levantar el campo. Haré prisioneros á los seis
+mil ingleses que acaban de llegar á Ostende._ Estaba expansivo; había
+vuelto á encontrar aquella inspirada verbosidad del desembarco de 1.°
+de marzo, cuando mostraba al gran Mariscal el aldeano del golfo Juan,
+exclamando:--_¡Y bien, Bertrand, he aquí ya un refuerzo!_ La noche del
+17 al 18 de junio burlábase de Wellington: _¡Ese inglesillo necesita
+una lección!_ dijo el emperador. Hablaba Napoleón, y retumbaba el
+trueno, mientras la lluvia arreciaba.
+
+Á las tres y media de la madrugada había perdido una de sus ilusiones;
+los oficiales enviados como exploradores le habían dicho que el enemigo
+no hacía movimiento alguno. Nada se movía, ni un solo fuego de vivaque
+se había apagado. El ejército inglés dormía. El silencio era profundo
+en la tierra; no había más ruido que el del cielo. Á las cuatro,
+condujeron á su presencia los exploradores un aldeano que había servido
+de guía á una brigada de caballería inglesa, probablemente la brigada
+Vivian, que iba á tomar posesión en la aldea de Ohain, á la extrema
+izquierda. Á las cinco, dos desertores belgas le habían informado que
+acababan de dejar su regimiento, y que el ejército inglés esperaba la
+batalla.--_¡Tanto mejor!_--había exclamado Napoleón.--_Prefiero más
+bien derribarlos que rechazarlos._
+
+Por la mañana, en el ribazo que forma el ángulo del camino de
+Plancenoit, había echado pie á tierra en medio del lodo, y había
+mandado que le llevaran de la granja de Rossomme una mesa de cocina
+y una silla rústica; se había sentado, teniendo un haz de paja por
+alfombra, y había desdoblado sobre la mesa el mapa del campo de
+batalla, diciendo á Soult: _¡Lindo tablero!_
+
+Á consecuencia de la lluvia de la noche, los convoyes de víveres,
+atascados en los caminos llenos de baches, no habían podido llegar de
+mañana; los soldados no habían dormido, estaban calados y en ayunas,
+lo cual no había impedido á Napoleón decir alegremente á Ney: _Tenemos
+noventa probabilidades de las ciento_. Á las ocho sirvieron el almuerzo
+al emperador. _Tenía convidados muchos generales._
+
+Durante el almuerzo se dijo que Wellington estuvo la antevíspera en
+el baile de la duquesa de Richmond en Bruselas, y Soult, soldado rudo
+con cara de arzobispo, dijo: _El baile es hoy_. El emperador había
+contestado con una chanzoneta á Ney, que había dicho: _Wellington no
+será tan simple que espere á vuestra majestad_. Era ésta su costumbre.
+_Gustábale chancearse_, dice Fleury de Chaboulón.
+
+_El fondo de su carácter era un humor festivo_, dice también Gourgaud.
+
+_Abundaba en chanzonetas, más originales que ingeniosas_, dice Benjamín
+Constant.
+
+Estas espontaneidades del gigante valen la pena de que insistamos. Él
+fué quien llamó á sus granaderos _los gruñones_, pellizcándoles las
+orejas y tirándoles de los bigotes.
+
+_El emperador no cesaba de hacernos jugarretas_, decía uno de ellos.
+
+Durante la misteriosa travesía de la isla de Elba á Francia, el 27
+de febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés el _Zephyr_
+encontró al bergantín _Inconstante_, donde Napoleón iba escondido,
+y al pedir al _Inconstante_ noticias de Napoleón, el emperador, que
+llevaba aún en aquel momento en su sombrero la escarapela blanca y
+amaranto sembrada de abejas, adoptada por él en la isla de Elba, había
+tomado riendo la bocina y respondido él mismo: _El emperador sigue
+bien_. Quien así se ríe, está familiarizado con los sucesos. Napoleón
+había tenido muchos accesos de semejante risa durante el almuerzo de
+Waterloo. Después de almorzar se quedó pensativo un cuarto de hora, y
+luego dos generales se sentaron en el haz de paja, con la pluma en una
+mano y un pliego de papel sobre la rodilla: el emperador les dictó la
+orden de batalla.
+
+Á las nueve, en el instante en que el ejército francés, escalonado y
+puesto en movimiento en cinco columnas, desplegándose las divisiones en
+dos líneas, la artillería entre las brigadas, las bandas de música á
+la cabeza, batiendo marcha, con el redoble de los tambores y el sonido
+de las trompetas, poderoso, vasto y alegre mar de cascos, sables y
+bayonetas en el horizonte, el emperador conmovido había exclamado por
+dos veces: ¡Magnífico, magnífico!
+
+De las nueve á las diez y media, todo el ejército, lo cual parece
+increíble, había tomado posiciones y se había ordenado en seis líneas,
+formando, para repetir la frase del emperador, «una figura de seis VV».
+Algunos instantes después de la formación de la línea de batalla, en
+medio de aquel profundo silencio, precursor de la tormenta que precede
+á los combates, viendo desfilar las tres baterías de á doce, destacadas
+por su orden de los tres cuerpos de Erlón, de Reille y de Lobau, y
+destinadas á comenzar la acción, atacando á Mont Saint Jean, donde se
+encuentra la intersección de los caminos de Nivelles y de Genappe. Tocó
+el emperador en el hombro á Haxo, diciéndole: _He aquí veinticuatro
+buenas mozas, general_.
+
+Seguro del éxito, había alentado con una sonrisa, al pasar delante de
+él, á la compañía de zapadores del primer cuerpo, designada por él
+mismo para hacerse fuerte en Mont Saint Jean, en cuanto fuése tomada la
+aldea.
+
+Toda aquella serenidad no fué turbada más que por una palabra de altiva
+compasión, al ver á su izquierda, en el lugar en que se encuentra hoy
+una gran tumba, formar en masa con sus soberbios caballos á aquellos
+admirables escoceses grises, dijo: _¡Es lástima!_
+
+Después montó á caballo, dirigiéndose hacia Rossomme, y eligió para
+observatorio un reducido montecillo de césped á la derecha del camino
+de Genappe á Bruselas, que fué su segunda parada durante la batalla.
+
+Su tercera parada, la de las siete de la tarde, entre la Belle-Alliance
+y la Haie-Sainte, es terrible; es un cerrillo bastante elevado que
+existe todavía, detrás del cual se había agrupado la guardia en un
+declive de la llanura. Al rededor de este cerro rebotaban las balas
+sobre el empedrado de la calzada hasta Napoleón. Como en Briene, sentía
+sobre su cabeza el silbido de las balas y de las granadas. Hanse
+recogido casi en el mismo punto donde puso los pies su caballo, balas
+oxidadas, hojas viejas de sable y proyectiles informes y corroídos.
+_Scabra rubigine._ Hace algunos años se desenterró un obús de á
+sesenta, cargado todavía, cuya espoleta se había roto al ras de la
+bomba. En esta última parada fué donde el emperador le dijo á su guía
+Lacoste, aldeano hostil, el cual iba atado lleno de miedo á la silla
+de un húsar, volviéndose á cada descarga de metralla, y procurando
+esconderse detrás de Napoleón: _¡Imbécil! Esto es vergonzoso. Vas á
+hacer que te maten por la espalda._
+
+El que estas líneas escribe ha encontrado por sí mismo en la movediza
+pendiente de aquel cerrillo, ahondando en la arena, los restos del
+cuello de una bomba, descompuestos por el óxido de cuarenta y seis
+años, y trozos de hierro viejo que se rompían entre sus dedos como
+varas de saúco.
+
+Las ondulaciones de las llanuras distintamente inclinadas, donde se
+verificó el combate entre Napoleón y Wellington, no son ya, como
+nadie ignora, lo que eran en 18 de junio de 1815. Al tomar de ese
+campo fúnebre lo que fué necesario para levantar en él un monumento,
+le quitaron su relieve natural, y la historia desconcertada no puede
+reconocerlo.
+
+Para glorificarlo se le ha desfigurado.
+
+Wellington, al volver á ver dos años después á Waterloo, exclamóse
+diciendo: _¡Me han cambiado mi campo de batalla!_ Allí donde está hoy
+la gran pirámide de tierra coronada del león, había una cresta que
+descendía hacia el camino de Nivelles en rampa practicable, pero que
+del lado de la calzada de Genappe era casi escarpado por completo. La
+elevación de esta escarpadura puede medirse todavía en la actualidad
+por la altura de los dos terraplenes de las dos grandes sepulturas que
+encajonan el camino de Genappe á Bruselas: una, la tumba inglesa, á
+la izquierda; otra, la tumba alemana, á la derecha. No hay allí tumba
+francesa. Para Francia, toda aquella llanura es un sepulcro. Gracias á
+las mil y mil carretadas de tierra, empleadas para el promontorio de
+ciento cincuenta pies de alto y de casi media milla de circuito, la
+meseta de Mont Saint-Jean es hoy día accesible por una cuesta suave;
+el día de la batalla, sobre todo por la parte de la Haie-Sainte, era
+de acceso áspero y difícil, siendo tan inclinada la vertiente, que los
+cañones ingleses no veían por bajo de ellos la granja situada en el
+fondo del valle, centro del combate.
+
+El 18 de junio de 1815, la lluvia había además agrietado profundamente
+aquella aspereza, el lodo dificultaba la subida; de manera que no
+bastaba trepar, sino que era preciso hundirse en el barro. Á lo largo
+de la cresta de la meseta corría una especie de foso imposible de
+adivinar para un observador lejano.
+
+¿Qué foso era aquél? Digámoslo. Braine l'Alleud es una aldea de
+Bélgica. Ohain es otra. Estas aldeas, escondidas ambas en las curvas
+del terreno, están unidas por un camino de cerca de legua y media, que
+atraviesa una llanura ondulante, entrando y hundiéndose muchas veces
+como un surco entre las colinas, lo que convierte el camino en barranco
+en muchos puntos. En 1815, como hoy mismo, ese camino cortaba la cresta
+de la meseta de Mont Saint Jean entre las dos calzadas de Genappe y
+de Nivelles; solamente que en la actualidad está al mismo nivel de la
+llanura, y entonces era una hondonada, pues sus dos repechos laterales
+han servido para el promontorio monumental.
+
+Este camino era y es todavía una zanja en la mayor parte de su
+trayecto; zanja de una profundidad á veces de doce pies, y cuyas
+laderas escarpadas se hundían en algunos sitios, sobre todo en
+invierno, por la fuerza de los aguaceros. Esto ocasionaba diversos
+accidentes.
+
+El camino resultaba tan estrecho á la entrada de Braine l'Alleud, que
+un viajero había sido allí aplastado por un carro, como lo atestigua
+una cruz de piedra levantada junto al cementerio, donde se lee el
+nombre del muerto, _el señor Bernardo Debrye, mercader de Bruselas_, y
+la fecha del accidente, febrero de 1637.
+
+Dice así la inscripción:
+
+ D. M. O.
+
+ AQUÍ FUÉ APLASTADO DESGRACIADAMENTE
+ POR UN CARRO
+ EL SEÑOR BERNARDO DEBRYE,
+ MERCADER DE BRUSELAS ÉL (ilegible)
+
+ FEBRERO DE 1637
+
+Era tan profundo también, en la meseta de Mont Saint Jean, que un
+aldeano, Mateo Nicaise, fué igualmente aplastado en 1783 por un
+hundimiento del repecho, lo que atestiguaba también otra cruz de
+piedra, cuyos brazos desaparecieron al hacerse el desmonte, pero cuyo
+pedestal derribado permanece todavía visible en la pendiente del
+césped, á la izquierda de la calzada, entre la Haie-Sainte y la granja
+de Mont-Saint-Jean.
+
+En un día de batalla, aquel camino hondo, de cuya existencia nada
+daba indicio, cortando la cresta de Mont Saint Jean, formando foso
+en la cima de la escarpadura, barranco oculto entre los cerros, era
+invisible, es decir, terrible.
+
+
+
+
+ VIII
+ =El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste=
+
+
+Es lo cierto que, en la mañana de Waterloo, Napoleón estaba contento.
+
+Y tenía razón; el plan de batalla concebibo por él, según hemos
+consignado, era efectivamente admirable.
+
+Una vez empeñada la batalla, sus diversas peripecias, la resistencia de
+Hougomont, la tenacidad de la Haie Sainte, muerto Bauduin, Foy fuera
+de combate, el muro inesperado donde fué á estrellarse la brigada
+Soye, el fatal aturdimiento de Guilleminot al carecer de petardos y
+sacos de pólvora; el atascamiento de las baterías; las quince piezas
+sin escolta deshechas por Uxbridge en una hondonada; el poco efecto
+de las bombas al caer en las líneas inglesas, hundiéndose en el suelo
+empapado de agua por la lluvia levantando solamente volcanes de lodo,
+de suerte que la metralla se convertía en salpicadura fangosa; la
+inutilidad del ataque simulado de Piré contra Braine l'Alleud, toda esa
+caballería, quince escuadrones, casi anulada; el ala derecha inglesa
+poco inquietada, mal atacada el ala izquierda, el extraño error de Ney
+agrupado en vez de escalonar; las cuatro divisiones del primer cuerpo,
+masas compactas de veintisiete filas, y frentes de doscientos hombres,
+entregados así á la metralla; los horribles claros causados por las
+balas en esas masas; las columnas de ataque desunidas; la batería de
+escarpa bruscamente descubierta por su flanco; Bourgeois, Donzelot
+y Durutte comprometidos; Quiot rechazado; el teniente Vieux, aquel
+hércules procedente de la escuela politécnica, herido en el momento
+en que derribaba á hachazos la puerta de la Haie Sainte bajo el fuego
+lanzado de lo alto por la barricada inglesa que cortaba el ángulo de la
+carretera de Genappe á Bruselas; la división Marcognet, cogida entre la
+infantería y la caballería, fusilada á quemarropa entre los trigos por
+Best y Pack, acuchillada por Ponsomby, y clavada su batería de siete
+piezas; el príncipe de Sajonia Weymar manteniendo y conservando, contra
+el conde de Erlón, á Erischemont y Smohain; la bandera del 105 tomada,
+y tomada también la del 45; aquel húsar negro prusiano detenido por los
+exploradores de la columna volante de trescientos cazadores recorriendo
+el terreno entre Wavre y Plancenoit; las noticias poco tranquilizadoras
+dadas por este prisionero; la tardanza de Grouchy, los mil quinientos
+hombres muertos en menos de una hora en el cercado de Hougomont,
+los mil ochocientos caídos en menos tiempo todavía, alrededor de la
+Haie-Sainte; todos esos incidentes tempestuosos, pasando como nubes
+de la batalla delante de Napoleón, apenas turbaron su mirada sin
+haber anublado en modo alguno aquel semblante imperial con la menor
+incertidumbre. Napoleón estaba acostumbrado á mirar la guerra en
+general: jamás hizo guarismo por guarismo la adición dolorosa del
+detalle; los números le importaban poco, mientras le diesen el total
+de la Victoria. Aún cuando los principios saliesen equivocados, no se
+alarmaba, porque se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar,
+suponiéndose entonces fuera de la cuestión, trataba al destino de igual
+á igual. Parecía decir á la suerte: No creo que te atrevas.
+
+Dividido en luz y sombra, Napoleón se sentía protegido en el bien y
+tolerado en el mal. Tenía, ó creía tener en su favor, una connivencia,
+casi podría decirse una complicidad con los sucesos, equivalente á la
+antigua invulnerabilidad.
+
+No obstante, teniendo tras sí Bérésina, Leipzick y Fontainebleau,
+parece que podía desconfiarse de Waterloo. Un misterioso fruncimiento
+de cejas resultaba visible en el fondo del cielo.
+
+En el momento en que Wellington retrocedió, estremecióse Napoleón. Vió
+desguarnecerse de súbito la meseta de Mont Saint Jean y desaparecer el
+frente del ejército inglés. Era que se rehacía, pero ocultándose. El
+emperador se medio levantó sobre los estribos. El rayo de la victoria
+cruzó ante sus ojos.
+
+Wellington acorralado en la selva de Soignes y destruido, era el
+aniquilamiento definitivo de Inglaterra por Francia; era Crecy,
+Poitiers, Malplaquet y Ramillies vengados. El hombre de Marengo borraba
+á Azincourt.
+
+El emperador, meditando entonces aquella terrible peripecia, paseó por
+última vez su anteojo sobre todos los puntos del campo de batalla. Su
+guardia descansando sobre las armas detrás de él, le observaba desde
+abajo con cierta contemplación religiosa.
+
+Meditaba; examinaba las vertientes, observaba las pendientes,
+escudriñaba el grupo de árboles y el cuadro de centeno como el sendero;
+parecía cortar uno á uno los matorrales.
+
+Fijóse en las barricadas inglesas de las dos calzadas, dos anchas talas
+de árboles, la de la calzada de Genappe por cima de la Haie Sainte,
+armada con dos cañones, únicos de toda la artillería inglesa que
+apuntasen al fondo del campo de batalla, y la de la calzada de Nivelles
+donde resplandecían las bayonetas holandesas de la brigada Chassé. Vió
+junto á aquella barricada la antigua capilla de San Nicolás pintada de
+blanco, situada en el ángulo de la travesía hacia Braine l'Alleud.
+
+Inclinóse sobre el caballo, y habló á media voz al guía Lacoste. El
+guía hizo un signo de cabeza negativo, probablemente pérfido.
+
+Levantóse de nuevo el emperador y reflexionó.
+
+Wellington había retrocedido.
+
+Ya no faltaba más que completar aquel retroceso arrollándole de una vez.
+
+Napoleón, volviéndose bruscamente, expidió una estafeta á todo escape á
+París, anunciando que se había ganado la batalla.
+
+Napoleón era uno de esos genios que producen el trueno.
+
+Acababa de encontrar el rayo.
+
+Dió orden á los coraceros de Milhaud de tomar la meseta de Mont-Saint
+Jean.
+
+
+
+
+ IX
+ =Lo inesperado=
+
+
+Eran tres mil quinientos. Presentaban un frente de un cuarto de
+legua. Eran hombres gigantes montados en caballos colosales. Eran
+veintiséis escuadrones, y tenían detrás, para apoyarles, la división
+de Lefebvre-Desnouettes, los ciento seis gendarmes escogidos, los
+cazadores de la guardia, mil ciento noventa y siete hombres, y los
+lanceros de la guardia, ochocientas ochenta lanzas. Llevaban cascos
+sin crines y corazas de hierro batido, pistolas de arzón en las fundas
+y largos espada sables. Por la mañana todo el ejército les había
+admirado, cuando, á las nueve, tocaban los clarines y entonaban todas
+las bandas el himno: _Velemos por la salud del imperio_, habían venido
+en columna cerrada, con una de sus baterías al flanco y la otra en
+el centro, desplegándose en dos filas entre la calzada de Genappe
+y Frischemont, para ocupar su punto de batalla en aquella poderosa
+segunda línea, tan sabiamente dispuesta por Napoleón, la cual, teniendo
+á su extrema izquierda los coraceros de Kellermann y á su extrema
+derecha los coraceros de Milhaud, tenía, por así decirlo, dos alas de
+hierro.
+
+El ayudante de campo Bernard les llevó la orden del emperador. Ney sacó
+su espada y se puso á la cabeza. Los escuadrones enormes partieron.
+
+Entonces se vió un espectáculo formidable.
+
+Toda aquella caballería, con los sables desenvainados, banderines y
+trompetas al viento, formada en columna por divisiones, descendió con
+un mismo movimiento y como un solo hombre, con la precisión de un
+ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Belle Alliance,
+penetrando en la formidable hondonada en donde tantos hombres habían
+ya caído, desapareció en medio del humo, saliendo después de entre la
+sombra, reapareciendo al lado del valle, siempre compacta y unida,
+subiendo al trote largo, al través de una nube de metralla que llovía
+sobre ella, la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont
+Saint Jean. Subían gravemente, amenazadores, imperturbables; en los
+intervalos de la fusilería y de la artillería, oíase aquel pisoteo
+colosal de caballos. Siendo dos divisiones, eran dos columnas; la
+división Wathier ocupaba la derecha, la división Derlot la izquierda.
+Creíase ver de lejos, prolongándose hacia la cresta de la meseta, dos
+inmensas culebras de acero atravesando la batalla como un prodigio.
+
+Nada parecido se había visto desde la toma del gran reducto de Moskowa
+por la caballería pesada. Murat faltaba aquí, pero estaba Ney. Parecía
+que aquella masa se había convertido en un monstruo, con una sola alma.
+Cada escuadrón ondulaba y se dilataba como el anillo de un pólipo,
+se les distinguía al través de una vasta humareda, rasgada aquí y
+allí. Revuelta y confusa mezcla de cascos, crines, sables, brincos
+borrascosos de las grupas de los caballos entre el estampido del cañón
+y el sonido de clarines, tumulto disciplinado y terrible; y por cima
+de todo, el movedizo brillar de las corazas como las escamas sobre la
+hidra.
+
+Esta narración parece de otros tiempos. Algo parecido á esta visión
+aparecía sin duda en las antiguas epopeyas órficas describiendo los
+hombres caballos, los antiguos hipántropos, esos titanes de cara
+humana y pecho ecuestre que escalaron á galope el Olimpo, horribles,
+invulnerables, sublimes; dioses y bestias.
+
+Extraña coincidencia numérica, veintiséis batallones iban á recibir
+á aquellos veintiséis escuadrones. Detrás de la cresta de la meseta,
+á la sombra de la batería oculta, la infantería inglesa, formada en
+trece cuadros, dos batallones por cuadro, y en dos líneas, siete en
+la primera, seis en la segunda, con la culata al hombro, apuntando y
+atenta á lo que iba á venir, serena, inmóvil, muda: estaba esperando.
+No veía á los coraceros, ni los coraceros la veían á ella. Oía cómo iba
+subiendo aquella marea de hombres. Oía cómo crecía el ruido de aquellos
+tres mil caballos, el pisoteo alternativo y simétrico de sus cascos al
+trote largo, el roce de las corazas, el choque de los sables, y una
+especie de resoplido grandioso y feroz. Hubo un momento de silencio
+espantoso; después, apareció de súbito por encima de la cresta una
+larga fila de brazos levantados blandiendo sables, y los cascos, y las
+trompetas, y los banderines; y tres mil cabezas con bigotes grises
+gritando: ¡Viva el emperador! Toda aquella caballería desembocando en
+la meseta, pareció el principio de un terremoto.
+
+De repente, cosa trágica, á la izquierda de los ingleses, á nuestra
+derecha, la cabeza de la columna de los coraceros se encabritó con
+un clamor horrible. Al llegar al punto culminante de la cresta,
+desenfrenados, en toda su furia y en su carrera de exterminio, sobre
+los cuadros y cañones, los coraceros acababan de ver entre ellos y los
+ingleses un foso, una gran zanja. Era la hondonada del camino de Ohain.
+
+Espantoso momento. El barranco estaba allí, inesperado, abierto á pico
+bajo los pies de los caballos, á la profundidad de dos toesas entre
+los repechos de ambos lados. La segunda fila empujó á la primera,
+y la tercera empujó á la segunda. Los caballos se encabritaban
+queriendo volver atrás, caían sobre sus grupas, alzaban al aire sus
+cuatro pies, tirando y derrumbando á los jinetes, agrupándose unos
+contra otros é imposibilitados de retroceder. Toda la columna no era
+más que un solo proyectil, la fuerza adquirida para destruir á los
+ingleses aplastó á los franceses. El barranco inexorable no podía ser
+vencido sino llenándole; jinetes y caballos rodaron confundidos en él,
+atropellándose y mezclados unos á otros, no formando más que una sola
+carne en aquel abismo; y cuando aquel foso estuvo ya lleno de hombres
+vivos, pasando por encima atravesaron la zanja los demás. Casi una
+tercera parte de la brigada Dubois se hundió en aquel abismo.
+
+Aquí comenzó la pérdida de la batalla.
+
+Una tradición local, evidentemente exagerada, dice que dos mil caballos
+y mil quinientos hombres quedaron sepultados en la hondonada de
+Ohain. En este número van verosímilmente comprendidos todos los demás
+cadáveres arrojados en el barranco al día siguiente del combate.
+
+Notaremos de paso que aquella brigada Dubois, tan funestamente
+maltratada, era la misma que una hora antes, en carga aparte, había
+arrancado su bandera al batallón de Lusebourg.
+
+Napoleón antes de ordenar la carga de los coraceros de Milhaud, había
+examinado el terreno, pero sin haber alcanzado ver ese camino hondo,
+que ni siquiera formaba un solo relieve en la superficie de la meseta.
+Advertido, sin embargo, y llamada su atención por la capillita blanca
+que marca el ángulo del camino con la calzada de Nivelles, había
+dirigido, probablemente sobre la eventualidad de un obstáculo, una
+pregunta al guía Lacoste. El guía había respondido _no_.
+
+Casi podría decirse que de aquel movimiento de cabeza de un aldeano
+surgió la catástrofe de Napoleón.
+
+Otras fatalidades debían todavía surgir.
+
+¿Era posible que Napoleón ganase aquella batalla? Nosotros respondemos
+que no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blücker? No.
+Por causa de Dios.
+
+Que venciese Bonaparte en Waterloo, no entraba ya en la ley del siglo
+XIX. Preparábase otra serie de hechos, en la cual no tenía cabida
+Napoleón. La mala voluntad de los sucesos venía anunciándose de larga
+fecha.
+
+Había llegado ya la época de la caída de aquel hombre inmenso.
+
+El excesivo peso de aquel hombre en el destino de la humanidad turbaba
+el equilibrio. Aquel individuo pesaba más él solo que el grupo
+universal. Esta plétora de toda la vitalidad humana concentrada en
+una sola cabeza, el mundo subiéndose al cerebro de un hombre, sería
+mortal para la civilización, á durar mucho. Había llegado el momento en
+que la incorruptible equidad suprema debía advertirlo. Probablemente
+se sentían lastimados los principios y los elementos, de los que
+dependen las gravitaciones regulares en el orden moral como en el orden
+material. La sangre humeante, el rellenamiento de los cementerios, las
+madres llorando, son en verdad quejidos temibles. Existen, cuando la
+tierra sufre excesivamente sobrecargada, gemidos misteriosos que parten
+de la sombra y oye el abismo.
+
+Napoleón había sido denunciado en el infinito, y estaba decretada su
+caída.
+
+Molestaba á Dios.
+
+Waterloo no es, por lo tanto, una batalla; es el cambio de frente del
+universo.
+
+
+
+
+ X
+ =La meseta de Mont-Saint-Jean=
+
+
+Al mismo tiempo que el barranco, descubrióse la batería.
+
+Sesenta cañones y los trece cuadros abrasaron á los coraceros á boca de
+jarro. El intrépido general Delort hizo el saludo militar á la batería
+inglesa.
+
+Toda la artillería volante inglesa había entrado al galope dentro de
+los cuadros. Los coraceros no tuvieron ni un solo minuto para respirar.
+El desastre del barranco les había diezmado, pero no desalentado. Eran
+de aquellos hombres que cuanto disminuyen en número lo aumentan en
+valor.
+
+La columna Wathier había sufrido únicamente el desastre; la columna
+Delort, á la que Ney había hecho oblicuar á la izquierda, como si
+presintiese el engaño, había llegado entera.
+
+Los coraceros se lanzaron sobre los cuadros ingleses.
+
+Pegados al cuerpo del caballo, las bridas sueltas, el sable entre los
+dientes y pistola en mano, tal fué el ataque.
+
+Hay momentos en las batallas en que el ánimo endurece al hombre hasta
+convertir al soldado en estatua, y en que toda su carne se vuelve
+granito. Los batallones ingleses, desesperadamente acometidos, no se
+movieron.
+
+Aquello fué horroroso.
+
+Todos los frentes de los cuadros ingleses fueron atacados á la vez. Un
+torbellino frenético los envolvía. Aquella fría infantería permaneció
+impasible. La primera fila, rodilla en tierra, recibió á los coraceros
+con las bayonetas, la segunda los fusilaba; detrás de la segunda fila,
+los artilleros cargaban los cañones, abríase el frente del cuadro,
+dejando pasar una erupción de metralla, y volvía á cerrarse. Los
+coraceros respondían aplastando. Sus grandes caballos se encabritaban,
+levantando las piernas sobre las filas enemigas, saltando por encima de
+las bayonetas y cayendo como gigantes en medio de aquellos cuatro muros
+vivientes. Las balas abrían claros en los coraceros, los coraceros
+abrían brechas en los cuadros. Filas enteras de hombres desaparecían
+deshechas bajo los pies de los caballos. Las bayonetas se hundían en
+los vientres de aquellos centauros. De ahí la deformidad de heridas
+como no se hayan visto tal vez nunca.
+
+Mutilados los cuadros por aquella caballería enfurecida, estrechábanse
+sin descomponerse. Inagotables en metralla, estallaban en medio de sus
+acometedores. La forma de ese combate era monstruosa. Aquellos cuadros
+no eran ya batallones, eran cráteres, aquellos coraceros no eran una
+caballería, sino una tempestad. Cada cuadro era un volcán atacado por
+una nube; la lava combatiendo al rayo.
+
+El último cuadro de la derecha, el más expuesto de todos por carecer de
+apoyo, fué casi aniquilado á los primeros choques. Componíase del 75.º
+regimiento de highlanders. El gaitero, colocado en el centro, mientras
+se exterminaban á su alrededor, bajando con distracción profunda sus
+ojos melancólicos, llenos del reflejo de las selvas y los lagos,
+sentado sobre un tambor y su gaita bajo el brazo, tocaba los aires de
+sus montañas. Aquellos escoceses morían pensando en Ben Lothian, como
+los griegos acordándose de Argos. El sable de un coracero, derribando
+de un golpe la gaita y el brazo que la sostenía, acabó con la música,
+matando al músico.
+
+Los coraceros relativamente poco numerosos, y aminorados por la
+catástrofe del barranco, tenían en contra suya á casi todo el ejército
+inglés; pero se multiplicaban, valiendo cada uno por diez. Así es que
+algunos batallones hannoverianos iban ya replegándose. Wellington lo
+vió, y pensó en su caballería. Si Napoleón, en aquel mismo instante
+hubiese pensado en su infantería, habría ganado la batalla. Este olvido
+fué su grande y fatal error.
+
+De pronto los coraceros acometedores viéronse acometidos. La caballería
+inglesa estaba á sus espaldas. Al frente los cuadros, detrás Somerset;
+Somerset eran los mil cuatrocientos guardias dragones; Somerset tenía
+á su derecha á Dornberg con la caballería ligera de alemanes, y á su
+izquierda á Trip con los carabineros belgas; los coraceros, atacados
+de frente y retaguardia, á derecha é izquierda, por la infantería y la
+caballería, tenían que hacer cara á todas partes. ¿Qué les importaba?
+Eran un torbellino. Su bravura rayó en lo inexplicable.
+
+Además, tenían detrás de sí la batería, tronando sin cesar. Y sólo así
+podían ser, tales hombres, heridos por la espalda. Una de sus corazas,
+agujereada en el omóplato izquierdo por una bala de cañón, está en la
+colección del museo de Waterloo.
+
+Para tales franceses, eran indispensables ingleses como aquéllos.
+
+Ya no fué aquello una lucha; fué una sombra, una furia, un arrebato
+vertiginoso de ánimo y valor, un huracán de espadas centelleantes. En
+un instante los mil cuatrocientos guardias dragones quedaron reducidos
+á ochocientos; Fuller, su teniente coronel, cayó muerto. Ney acudió
+con los lanceros y cazadores de Lefebvre Desnouettes. La meseta de
+Mont-Saint Jean fué tomada, recobrada, y vuelta á tomar. Los coraceros
+dejaban la caballería para volverse contra la infantería, ó por mejor
+decir, toda aquella confusión formidable se acogotaba, sin soltarse uno
+á otro. Los cuadros permanecieron firmes. Hubo doce asaltos. Ney tuvo
+cuatro caballos muertos. La mitad de los coraceros quedó en la meseta.
+Esta horrorosa lucha duró dos horas.
+
+El ejército inglés quedó profundamente quebrantado. Es indudable que
+si los coraceros no hubiesen sido debilitados en su primer choque por
+el desastre de la hondonada, habrían acorralado el centro y decidido
+la victoria. Esta caballería extraordinaria petrificó á Clinton, quien
+había visto las batallas de Talavera y Badajoz. Wellington, vencido en
+sus tres cuartas partes, admirábales heroicamente, exclamando á media
+voz: ¡Sublime![8]
+
+Los coraceros destrozaron siete de los trece cuadros, tomaron ó
+clavaron sesenta piezas de artillería, y cogieron á los regimientos
+ingleses seis banderas, que tres coraceros y tres cazadores de la
+guardia fueron á llevar al emperador delante de la granja de la
+Belle-Alliance.
+
+La situación de Wellington había empeorado. Aquella batalla singular
+era como un duelo entre dos heridos encarnizados, que, cada uno por su
+parte, al par que combate y se resiste, va perdiendo toda la sangre.
+¿Cuál de los dos caerá primero?
+
+La lucha de la meseta continuaba.
+
+¿Hasta dónde llegaron los coraceros? Nadie podría decirlo. Lo que
+sí es cierto, es que al día siguiente de la batalla fueron hallados
+muertos un coracero y su caballo entre la armadura de la báscula de
+pesar carruajes en Mont-Saint-Jean, en el punto mismo donde se cruzan
+y dividen los cuatro caminos de Nivelles, de Genappe, de La Hulpe y de
+Bruselas. Este jinete había atravesado las líneas inglesas. Uno de los
+hombres que levantaron su cadáver vive todavía en Mont Saint Jean. Se
+llama Dehaze. Tenía á la sazón diez y ocho años.
+
+Wellington se sentía desfallecer. La crisis era inminente. Los
+coraceros no habían conseguido su objeto, puesto que el centro no había
+sido destruido. Todos ocupaban la meseta, pero nadie la poseía; sin
+embargo dominaban la mayor parte los ingleses.
+
+Wellington ocupaba la población y la llanura culminante; Ney no tenía
+mas que la cresta y la pendiente. Unos y otros parecían haber echado
+raíces en aquel suelo fúnebre.
+
+Pero el decaimiento de los ingleses parecía irremediable. La hemorragia
+de su ejército era horrible. Kempt, en el ala izquierda, reclamaba
+refuerzo. _No le hay_, respondía Wellington; _¡Que se haga matar!_ Casi
+en el mismo instante, coincidencia singular que pinta el abatimiento en
+ambos ejércitos, Ney pedía infantería á Napoleón, y Napoleón exclamaba:
+_¡Infantería! ¿De dónde quiere que la saque? ¿Quiere que la haga yo?_
+
+Sin embargo, el ejército inglés era el más debilitado. Los combates
+furiosos de aquellos poderosos escuadrones con corazas de hierro y
+pechos de acero, habían aniquilado su infantería. Algunos hombres,
+alrededor de una bandera, marcaban el lugar donde hubo un regimiento:
+batallones había, mandados únicamente por un capitán ó por un
+teniente; la división Alten, tan maltratada ya en la Haie-Sainte,
+estaba casi destruida; los intrépidos belgas de la brigada Van Kluze,
+cubrían con sus cadáveres los centenos á lo largo del camino de
+Nivelles; casi nada quedaba de aquellos granaderos holandeses que en
+1811, mezclados en España á nuestras filas, combatieron á Wellington, y
+que en 1815, aliados á los ingleses, combatían á Napoleón. La pérdida
+de sus oficiales era considerable. Lord Uxbridge, que al día siguiente
+hizo enterrar su pierna, tenía la rodilla destrozada. Si, por parte
+de los franceses, en las cargas de los coraceros, Delort, l'Héritier,
+Colbert, Duop, Travers y Blancard quedaron fuera de combate, por la de
+los ingleses, estaba herido Alten, Barne lo estaba también, Delancey
+muerto, Van Meeren muerto, Ompteda muerto, y todo el estado mayor de
+Wellington fué diezmado, llevando Inglaterra la peor parte en aquel
+equilibrio sangriento. El 2.º regimiento de guardias de infantería
+había perdido cinco tenientes coroneles, cuatro capitanes y tres
+alféreces; el primer batallón del 30.º de infantería había perdido
+veinticuatro oficiales y ciento doce soldados; el 79.º de montañeses
+tenía veinticuatro oficiales heridos, diez y ocho oficiales muertos, y
+cuatrocientos cincuenta soldados también muertos.
+
+Loa húsares hannoverianos de Comberland, un regimiento entero, con
+su coronel Hacke á la cabeza, quien más tarde debía ser juzgado y
+destituido, habían vuelto grupas ante la lucha refugiándose en el
+bosque de Soignes, sembrando la dispersión hasta Bruselas. Los carros,
+los tiros, los bagajes, los furgones llenos de heridos, viendo ganar
+terreno á los franceses y acercarse á la selva, precipitáronse en ella;
+los holandeses, acuchillados por la caballería francesa, gritaban: ¡Al
+arma!
+
+Desde Vert Coucou hasta Groenendael, en una extensión de cerca dos
+leguas en dirección á Bruselas, hubo, al decir de testigos que viven
+todavía, una verdadera invasión de fugitivos. El pánico fué tal, que
+se comunicó al príncipe de Condé en Malinas y al mismo Luis XVIII
+en Gante. Á excepción de la débil reserva escalonada detrás del
+hospital de sangre, establecido en la granja de Mont Saint Jean y de
+las brigadas Vivian y Vandeleur que flanqueaban el ala izquierda,
+Wellington no tenía ya caballería. Gran número de baterías estaban
+desmontadas. Estos hechos están confesados por Siborne; y Pringle,
+exagerando el desastre, llega á decir que el ejército anglo holandés,
+había quedado reducido á treinta y cuatro mil hombres. El duque de
+hierro permanecía sereno, pero sus labios estaban blancos. El comisario
+austríaco Vincent y el comisario español Álava, testigos de la batalla
+en el estado mayor inglés, creyeron al duque ya perdido. Á las cinco
+miró Wellington su reloj, y se le oyó murmurar esta frase sombría:
+_¡Blücker ó la noche!_
+
+Esto fué casi en el mismo instante en que una línea lejana de
+bayonetas, brillaba en las alturas del lado de Frischemont.
+
+Ahí estaba la peripecia de aquel drama gigante.
+
+
+ XI
+ =Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow=
+
+
+Bien conocido es el doloroso error de Napoleón; esperando á Grouchy,
+apareció Blücker; la muerte en lugar de la vida.
+
+El destino tiene estos reveses; cuando se espera el trono del mundo, se
+divisa Santa Elena.
+
+Si el pastorcillo que servía de guía á Bülow, teniente de Blücker, le
+hubiese aconsejado dejar la selva por encima de Frischemont mejor que
+por encima de Plancenoit, la fisonomía del siglo XIX hubiera sido quizá
+diferente. Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo.
+
+Por cualquier otro camino más elevado que el de Plancenoit, el ejército
+prusiano salía á un barranco infranqueable para la artillería, y Bülow
+no podía llegar.
+
+Pues bien, con una sola hora de retraso, y es el general prusiano
+Muffling quien lo dice, Blücker no hubiera encontrado á Wellington de
+pie: «la batalla estaba perdida».
+
+Era ya tiempo, como se ve, de que Bülow llegase. Había á la verdad,
+retardado mucho: había pernoctado en Dion-le Mont, de donde había
+salido al despuntar el alba. Pero los caminos estaban impracticables, y
+sus divisiones se habían atascado. Los carriles que abrían las ruedas
+de los cañones en el barro, llegaban hasta los ejes. Además, había sido
+preciso pasar el Dyle por el estrecho puente de Wavre; la calle que
+conduce al puente, había sido incendiada por los franceses, las cajas y
+furgones de artillería no pudiendo pasar por entre dos filas de casas
+ardiendo, tuvieron que esperar á que se apagara el incendio. Eran ya
+las doce, cuando la vanguardia de Bülow no había podido llegar todavía
+á Chapelle-Saint Lambert.
+
+De haber comenzado la acción dos horas más temprano, hubiese terminado
+á las cuatro, y Blücker hubiera caído sobre la batalla ganada por
+Napoleón. Tales son esos inmensos azares, proporcionados á un infinito
+que está muy por encima de nuestros alcances.
+
+Desde el medio día, el emperador el primero, con su anteojo de larga
+vista, había divisado al extremo del horizonte, algo que le llamó su
+atención. Y había dicho: Allá, á lo lejos, veo una nube que me parece
+ser de tropas. Luego, preguntó al duque de Dalmacia:
+
+--Soult, ¿qué es lo que veis hacia Chapelle-Saint-Lambert? El mariscal,
+aplicando su anteojo, respondió: Cuatro ó cinco mil hombres, señor.
+Evidentemente Grouchy. Sin embargo, aquello continuaba inmóvil en la
+bruma. Todos los anteojos del estado mayor habían examinado «la nube»
+designada por el emperador. Algunos habían dicho: Son columnas que
+hacen alto. La mayor parte decía: Son árboles. La verdad es que la nube
+no se movía. El emperador había destacado para reconocer aquel punto
+obscuro la división de caballería ligera de Domon.
+
+Bülow, en efecto, no se había movido. Su vanguardia era muy débil, y
+nada podía hacer. Debía esperar al grueso del ejército, y tenía orden
+de concentrarse antes de entrar en línea; pero á las cinco, viendo
+Blücker el peligro de Wellington, ordenó á Bülow que atacase, y dijo
+esta frase notable: «Es preciso dar aire al ejército inglés».
+
+Poco después, las divisiones, Losthin, Hiller, Hacke y Ryssel, se
+desplegaban ante el cuerpo de Lobau; la caballería del príncipe
+Guillermo de Prusia salía del bosque de París; Plancenoit estaba
+ardiendo, y las balas prusianas comenzaban á llover, llegando hasta las
+líneas de la guardia de reserva detrás de Napoleón.
+
+
+
+
+ XII
+ =La guardia=
+
+
+Cualquiera sabe lo demás: la irrupción de un tercer ejército, la
+batalla dislocada, ochenta y seis bocas de fuego tronando de repente,
+Pirch llegado de nuevo con Bülow, la caballería de Zieten mandada por
+Blücker en persona, los franceses rechazados, Marcognet arrojado de
+la meseta de Ohain, Durutte desalojado de Papelotte, Donzelot y Quiot
+retrocediendo, Lobau acuchillado, una nueva batalla precipitándose al
+caer de la noche sobre los regimientos franceses debilitados, toda la
+línea inglesa volviendo á tomar la ofensiva y marchando adelante, la
+gigantesca brecha abierta en el ejército francés, la metralla inglesa
+y la metralla prusiana auxiliándose, el exterminio, el desastre de
+frente, el desastre en los flancos, y la guardia entrando en línea bajo
+aquel espantoso derrumbamiento.
+
+Como ésta presentía que iba á morir, gritó: ¡Viva el emperador! La
+historia no registra nada tan conmovedor como aquella agonía estallando
+en aclamaciones.
+
+El cielo había estado cubierto todo el día. De repente, en aquel mismo
+instante, las ocho de la tarde, rasgáronse las nubes del horizonte
+dejando pasar, al través de los olmos de la carretera de Nivelles, el
+grande y siniestro fulgor del sol poniente. Habíasele visto salir en
+Austerlitz.
+
+Para aquel desenlace, cada batallón de la guardia iba mandado por
+un general. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet y Poret de
+Morvan, estaban allí. Cuando aparecieron las elevadas gorras de los
+granaderos de la guardia con la ancha placa del águila, y se vieron
+éstos, simétricos, alineados y serenos, entre la bruma de aquella
+pelea, sintió el enemigo respeto hacia Francia; creyó ver entrar
+veinte victorias en el campo de batalla con alas desplegadas, y, los
+vencedores, creyéndose vencidos, retrocedieron; pero Wellington gritó:
+_¡Arriba, guardias, y buena puntería!_
+
+El regimiento encarnado de guardias inglesas, tendido detrás de
+los setos, se levantó; una lluvia de metralla acribilló la bandera
+tricolor, flotante en medio de nuestras águilas; precipitáronse todos
+enseguida unos contra otros, y empezó la suprema matanza. La guardia
+imperial sentía entre las sombras cómo el ejército iba cediendo á su
+alrededor, y el inmenso estremecimiento de la derrota; oyó el grito de
+¡sálvese quien pueda! que había reemplazado al de ¡viva el emperador!
+y teniendo la fuga detrás y la muerte delante, continuaba avanzando y
+muriendo. No hubo allí vacilantes ni tímidos. Cada soldado de aquella
+tropa era tan héroe como el general. Ni uno solo de sus hombres faltó
+al suicidio.
+
+Ney, desatinado, elevándose á toda la altura del que acepta la muerte,
+ofrecíase á todos los golpes de aquella tormenta. Allí perdió su quinto
+caballo. Empapado en sudor, saltando fuego de sus ojos, espumantes
+los labios, desabrochado el uniforme, una de sus charreteras medio
+cortada por el sablazo de un jinetes de la guardia inglesa, su placa
+de la grande águila abollada por una bala, lleno de sangre y de lodo,
+admirable, con una espada rota en la mano, y exclamando; _¡Venid á
+ver cómo muere un mariscal de Francia en el campo de batalla!_ Pero
+inútilmente; no murió. Aparecía rudo é indignado. Lanzó á Drouet de
+Erlón esta pregunta: «_¿Es que no quieres hacerte matar?_». Y seguía
+gritando en medio de toda aquella artillería que iba destrozando á un
+puñado de hombres: _¿No hay nada para mí? ¡Oh! ¡Quisiera que todas esas
+balas inglesas entrasen en mi pecho!_
+
+¡Estabas reservado para las balas francesas! ¡desdichado!
+
+
+
+
+ XIII
+ =La catástrofe=
+
+
+La derrota á espaldas de la guardia fué lúgubre.
+
+El ejército se replegó bruscamente y á la vez, por todas partes: de
+Hougomont, de la Haie Sainte, de Papelotte, de Plancenoit. El grito de:
+¡Traición! fué seguido del grito: ¡Sálvese quien pueda!
+
+Un ejército que se desbanda es un deshielo. Todo cede, se rompe,
+estalla, flota, rueda, cae, choca, se empuja y precipita. ¡Destrucción
+inaudita!
+
+Ney toma otro caballo, salta encima, y sin sombrero, sin corbata, sin
+espada, se coloca en medio de la calzada de Bruselas, deteniendo á
+la vez á ingleses y á franceses. Intenta retener al ejército; llama,
+insulta, se aferra á la derrota. Pero es rechazado por ella. Los
+soldados se le escapan, gritando: _¡Viva el mariscal Ney!_
+
+Dos regimientos de Durutte van y vienen despavoridos y como agitados
+entre los sables de los ulanos y el fuego de las brigadas de Kempt, de
+Best, de Park y de Rylandt. La peor de las luchas es la derrota; los
+amigos se matan entre sí por huir; los escuadrones y los batallones
+dispersándose chocando unos contra otros; enorme espuma de la batalla.
+Lobau en un extremo y Reille en el otro, son arrollados por aquella
+ola. En vano Napoleón forma muralla con lo que le queda de su guardia;
+en vano emplea para el último esfuerzo sus escuadrones de servicio.
+Quiot retrocede ante Vivian, Kellermann ante Vandeleur, Lobau ante
+Bülow, Morand ante Pirch, Domon y Subervic delante del príncipe
+Guillermo de Prusia, Guyot, que dirige la carga de los escuadrones
+del emperador, cae bajo los pies de los dragones ingleses. Napoleón
+recorre al galope la línea de los fugitivos, les arenga, incita,
+amenaza y suplica. Todas las bocas que exclamaban por la mañana viva
+el emperador, permanecen abiertas y en suspenso; apenas hay allí quien
+le conozca. La caballería prusiana, venida de refresco, se precipita,
+vuela, acuchilla, corta, hiende, mata, y extermina. Los tiros se
+arremolinan, los cañones se vuelcan; los soldados del tren desenganchan
+los arcones y toman los caballos para escapar; los furgones volcados
+con las ruedas al aire, impiden el tránsito, ocasionando asesinatos;
+todos se aplastan, se atropellan, caminando sobre muertos y vivos.
+Los brazos se alzan desesperados. Una multitud vertiginosa llena los
+caminos, los senderos, los puentes, las llanuras, las colinas, los
+valles y los bosques obstruidos por la evasión de cuarenta mil hombres.
+Gritos, desesperación, morrales y fusiles arrojados entre los centenos,
+paso abierto á estocadas, no hay allí distinciones entre camaradas,
+oficiales, ni generales; el espanto es indescriptible. Zieten acuchilla
+á la Francia á su placer. Los leones se han convertido en corzos. Tal
+fué aquella fuga.
+
+En Genappe se intentó volver la cara, hacer frente, contener. Lobau
+reunió trescientos hombres, y con ellos levantó una barricada á
+la entrada de la aldea; pero á la primera descarga de la metralla
+prusiana, huyeron todos, y Lobau fué hecho prisionero. Todavía se ve
+hoy impresa aquella descarga de metralla en el antiguo paredón de un
+edificio de ladrillo, á la derecha del camino, pocos minutos antes de
+llegar á Genappe. Los prusianos se lanzaron sobre Genappe, furiosos sin
+duda de ser tan fácilmente vencedores. La persecución fué monstruosa.
+Blücker ordenó el exterminio. Roguet había ya dado el triste ejemplo
+de amenazar de muerte á todo granadero francés que le llevara un
+prisionero prusiano. Blücker sobrepujó á Roguet. El general de la
+guardia joven, Duhesme, acorralado contra la puerta de una posada en
+Genappe, entregó su espada á un húsar de la muerte, quien la tomó,
+matando luego al prisionero. La victoria terminó con el asesinato de
+los vencidos. Castiguemos, ya que somos la historia; el viejo Blücker
+se deshonró. Semejante ferocidad fué el colmo del desastre. La derrota
+desesperada atravesó Genappe, atravesó Quatre Bras, atravesó Gosselies,
+atravesó Frasnes, atravesó Charleroi, atravesó Thuin, y no paró hasta
+la frontera. ¡Ay! ¿Y quién era el que huía de esta suerte? El grande
+ejército.
+
+Este vértigo, este terror, ese derrumbamiento del más alto valor que
+jamás ha admirado la historia, ¿deja por ventura de tener su causa?
+No. La sombra de una enorme recta se proyectaba sobre Waterloo. Era la
+jornada del destino. Una fuerza superior al hombre fué la que trazó la
+línea de este día.
+
+De ahí la espantosa sumisión de todas las frentes; de ahí todas
+aquellas almas grandes rindiendo sus espadas. Los que habían vencido á
+la Europa cayeron aterrados, sin tener ya nada que hacer ni que decir,
+sintiendo en la sombra la presencia de un algo terrible. _Hoc erat in
+fatis._ Aquel día cambió la perspectiva del género humano. Waterloo es
+el gozne del siglo XIX. La desaparición del grande hombre era necesaria
+al advenimiento del gran siglo. Alguien, á quien nadie replica, se
+encargó de ello. Así se explica el pánico de aquellos héroes. En la
+batalla de Waterloo no hubo sólo una nube, hubo un meteoro. Pasó Dios.
+
+Al caer de la noche en un campo cercano á Genappe, Bernard y Bertrand
+asieron por el faldón de la levita y detuvieron, á un hombre esquivo,
+pensativo, siniestro, que arrastrado hasta allí por la corriente de la
+derrota, acababa de echar pie á tierra, habiendo pasado el brazo por la
+brida de su caballo y, con ojos extraviados, regresaba solo á Waterloo.
+Era Napoleón, intentando todavía ir adelante; inmenso sonámbulo de
+aquel sueño de gloria anonadada.
+
+
+
+
+ XIV
+ =El último cuadro=
+
+
+Algunos cuadros de la guardia, inmóviles entre la corriente de la
+derrota, como rocas en el agua que pasa, se sostuvieron hasta la noche.
+Venía la noche, y con ella la muerte; esperaron esa doble obscuridad,
+é inquebrantables, dejáronse envolver por ambas. Cada regimiento,
+aislado de los demás, y no teniendo ya lazo alguno que les uniese al
+ejército, roto por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado
+posiciones para ejecutar esta última acción, los unos sobre las
+alturas de Rossomme, los otros en la llanura de Mont-Saint Jean. Allí,
+abandonados, vencidos y terribles, aquellos cuadros sombríos agonizaban
+formidablemente. Ulm, Wagram, Jena, Friedland, morían en ellos.
+
+Á la hora del crepúsculo, á eso de las nueve de la noche, en la falda
+de la meseta de Mont-Saint Jean, quedaba uno todavía. En ese valle
+funesto, al pie de aquella pendiente, trepada antes por los coraceros,
+inundada entonces por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes
+de la artillería enemiga victoriosa, bajo una espantosa densidad de
+proyectiles, aquel cuadro luchaba aún. Mandábalo un oficial llamado
+Cambronne. Á cada descarga, el cuadro disminuía y contestaba. Replicaba
+á la metralla con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro
+lados. De lejos, los fugitivos, parándose algunos momentos para tomar
+aliento, oían en las tinieblas aquel tronar sombrío y decreciente.
+
+Cuando esta legión quedó reducida á un solo puñado de hombres, cuando
+su bandera no fué más que un jirón, cuando sus fusiles, agotadas las
+balas, no fueron más que palos, cuando el montón de cadáveres fué mayor
+que el grupo viviente, hubo entre los vencedores una especie de terror
+sagrado, en torno de aquellos moribundos sublimes, y la artillería
+inglesa, recobrando el aliento, enmudeció. Fué una especie de tregua.
+Aquellos combatientes tenían á su alrededor como un hormigueo de
+espectros, siluetas de hombres á caballo, el negro perfil de los
+cañones, el cielo blanco, divisado á través de las ruedas y de las
+cureñas. La colosal calavera que los héroes entrevén siempre entre
+el humo, en el fondo de la batalla, se adelantaba mirándolos, hacia
+ellos. Pudieron oir fácilmente entre la sombra crepuscular cómo se
+cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes á ojos de tigre
+entre la obscuridad de la noche, formaron un círculo alrededor de sus
+cabezas; todos los bota fuegos de las baterías inglesas se acercaron
+á los cañones, y entonces, al tener el instante supremo suspendido
+sobre aquellos hombres, conmovido un general inglés, Colville según
+unos, Maitland según otros, les gritó: ¡Valientes franceses, rendíos!
+Cambronne respondió:
+
+--¡Mierda!
+
+
+
+
+ XV
+ =Cambronne=
+
+
+El respeto debido á los lectores no puede llegar al extremo de vedar al
+historiador la repetición de la palabra, tal vez más adecuada, que ha
+dicho un francés. Esto prohibiría la consignación de lo sublime en la
+historia.
+
+Prohibición que infringiríamos nosotros por nuestra cuenta y riesgo.
+
+Conste, pues, que en medio de aquellos gigantes, hubo un titán:
+Cambronne.
+
+Decir esta palabra y morir enseguida, ¡hay nada más grande! Porque
+morir es el querer morir, y no fué culpa suya si después de ametrallado
+sobrevivió.
+
+El hombre que ganó la batalla de Waterloo, no es Napoleón derrotado, no
+es Wellington replegándose á las cuatro y desesperado á las cinco; no
+es Blücker, que no llegó á batirse; el hombre que ganó la batalla de
+Waterloo fué Cambronne.
+
+Fulminar con semejante palabra el trueno que os mata, es vencer.
+
+Dar esta respuesta á la catástrofe, decir esto al destino, conceder
+esta base al león futuro, arrojar esa réplica á la lluvia de la noche,
+al muro traidor de Hougomont, á la hondonada de Ohain, al retraso
+de Grouchy, á la llegada de Blücker; ser la ironía en el sepulcro,
+saber quedar en pie después de haber caído, ahogar en dos sílabas la
+coalición europea, ofrecer á los reyes aquellas letrinas ya conocidas
+de los Césares, hacer de la última de las palabras la primera,
+mezclando con ella el brillo de la Francia; cerrar insolentemente la
+jornada de Waterloo con el martes de Carnaval, completar á Leónidas con
+Rabelais, resumir aquella victoria en una palabra suprema, imposible
+de pronunciar; perder el terreno y conservar la historia, y después de
+aquella matanza conquistarse la risa, es verdaderamente inmenso.
+
+Es insultar al rayo, es llegar á la grandeza esquiliana.
+
+La palabra de Cambronne hace el efecto de una fractura. Es la ruptura
+del pecho por el desdén: es el desbordamiento de la agonía que estalla.
+¿Quién fué el vencedor? ¿Wellington? No. Sin Blücker estaba perdido.
+¿Fué Blücker? No. Si Wellington no hubiera comenzado, Blücker no
+hubiera podido concluir. Aquel Cambronne, aquel pasajero de última
+hora, aquel soldado ignorado, aquel átomo de la guerra, siente que hay
+allí una mentira en una catástrofe, doblemente punzante, y en el punto
+en que estalla de rabia, le ofrece esta irrisión: ¡la vida! ¿Cómo no
+botar?
+
+Están allí todos los reyes de Europa, los generales afortunados, los
+Júpiter tonantes; tienen cien mil soldados victoriosos, y detrás de
+los cien mil, un millón; sus cañones, con las mechas encendidas,
+están prontos, tienen bajo sus plantas la guardia imperial y al
+gran ejército, acaban de aplastar á Napoleón, y no queda ya más que
+Cambronne. No queda ya para protestar más que aquel gusano.
+
+Pero él protestará. Entonces busca él una palabra como se busca una
+espada. La espuma se le viene á los labios, y es aquella espuma la
+palabra. Ante aquella victoria prodigiosa y medianísima, ante aquella
+victoria sin victoriosos, aquel desesperado se levanta; sometiendo á
+la enormidad, hace constar su nada; hace más que escupir en ella; y
+abrumado bajo el peso del número, la fuerza y la materia, encuentra el
+alma, una expresión, el excremento. Lo repetimos, decir esto, hacer
+esto, hallar esto, es ser el vencedor.
+
+El espíritu de los grandes días penetró en este hombre desconocido en
+aquel instante fatal. Cambronne dió con la palabra de Waterloo como
+Rouget de l'Isle dió con la _Marsellesa_, por la intuición de un soplo
+de lo alto.
+
+Un efluvio del huracán divino se desprende y viene á pasar al través de
+estos hombres, los cuales se estremecen, entonando el uno el cántico
+supremo, y lanzando el otro el grito terrible. Aquella palabra de
+desdén titánico, no la lanzó Cambronne únicamente á Europa en nombre
+del imperio; hubiera sido poco; dirigiola al pasado en nombre de la
+Revolución. Siéntese y reconócese en Cambronne el alma antigua de los
+gigantes. Parece ser Dantón que habla, ó Kleber que ruge.
+
+Á la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las
+baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de
+bronce salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una
+vasta humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se
+hubo disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acababa
+de ser aniquilado: la guardia estaba muerta.
+
+Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas se
+percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así fué
+cómo las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas,
+expiraron en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangre,
+entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á
+las cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su
+caballo, José, el conductor de la valija-correo de Nivelles.
+
+
+
+
+ XVI
+ =¿Quot libras in duce?=
+
+
+La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la
+ganaron como para quien la perdió. Para Napoleón fué un pánico[9].
+Blücker no vió en ella sino fuego; Wellington no entendió nada.
+Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios
+embrollados. Éstos balbucean, aquéllos tartamudean.
+
+Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la
+corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos
+diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero
+golpe de vista las principales y características líneas de aquella
+catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los
+demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de
+su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto,
+derrumbamiento de la monarquía militar que, con gran estupor de los
+reyes, arrastró á ella á todos los reinos; caída de la fuerza, derrota
+de la guerra.
+
+En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana,
+la parte de los hombres es nula.
+
+Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á
+Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta
+Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo,
+los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de
+la espada.
+
+Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior
+de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un
+choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre
+Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es
+el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen,
+así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son
+majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas
+á la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas
+mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo
+XIX no tiene nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los
+pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es
+la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los
+pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se
+elevan ni rebajan con la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso
+específico en el género humano es resultado de algo más que un combate.
+Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no
+son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan
+poner á la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida,
+significa progreso conquistado. Á menos gloria mayor libertad. Calla el
+tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde.
+
+Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al
+azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo?
+¿Una victoria? No. Un quinterno.
+
+Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia.
+
+No valía, de mucho, la pena de poner allí un león.
+
+Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la
+historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios.
+Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más
+sorprendente ni confrontación más extraordinaria.
+
+Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia,
+la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría
+pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha
+el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza
+tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado
+voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección
+absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho
+militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé
+qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso
+dentro una impetuosidad desdeñosa; todos los misterios de un alma
+profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque,
+la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota
+llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fe en su estrella
+mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á
+un tiempo. Wellington era el Barême de la guerra, Napoleón el Miguel
+Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.
+
+Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quien
+salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington
+esperaba á Blücker, y acudió.
+
+Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en
+su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La
+vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica,
+no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel
+corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido
+que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin
+municiones, sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado
+de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa
+coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles?
+
+¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y
+con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después
+de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando
+á Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre
+Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra
+con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar
+le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del
+viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada
+flamígera, y del tablero contra el genio.
+
+El 18 de junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y
+debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y
+de Arcole, escribió: Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las
+mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se
+encontró ante Wurmser joven.
+
+Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos
+á Wellington.
+
+Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de
+segundo.
+
+Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza
+inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que
+Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma.
+No fué su capitán, fué su ejército.
+
+Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord
+Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de
+1815, era un «ejército detestable». ¿Qué pensará de ello esa sombría
+confusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo?
+
+La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan
+grande á Wellington, es empequeñecerse.
+
+Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos
+escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos
+de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt,
+aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses
+tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt,
+aquellos reclutas enteramente bisoños, que apenas sabían manejar el
+fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo
+grande. Wellington fué tenaz, éste es su mérito, y nosotros no se lo
+hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus jinetes fué
+tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de
+hierro.
+
+Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al
+ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra.
+La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un
+hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo.
+
+Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella
+conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal,
+porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual
+ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como
+nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y
+toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que
+le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento,
+que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por
+lord Raglan, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un
+parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial.
+
+Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de
+Waterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro
+de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de
+Napoleón que le engaña y el de Bülow que le dirige bien; todo este
+cataclismo aparece maravillosamente conducido.
+
+En suma, debemos decir, que hubo en Waterloo más matanza que lucha.
+
+Es Waterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea
+de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de
+Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington,
+con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración
+vino la matanza.
+
+Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente:
+pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento;
+rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento.
+
+En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.
+
+En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y
+cuatro.
+
+En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce.
+
+En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y
+uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento cuarenta y
+cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos.
+
+Hoy día el campo de Waterloo presenta la calma que pertenece á la
+tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras.
+
+De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si
+algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio
+en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe
+le domina. El horrible 18 de junio revive, la falsa colina monumental
+desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su
+realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos
+cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables,
+el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre
+cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el
+fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas
+sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel
+esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no
+existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen,
+y se estremecen los árboles, y están enfurecidas hasta las nubes: y
+en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont-Saint
+Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit, aparecen
+confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan.
+
+
+ XVII
+ =¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?=
+
+
+Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mínimo
+á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Waterloo no
+es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca de
+semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado.
+
+Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión,
+es intencionalmente una victoria contra-revolucionaria. Es la Europa
+contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el
+_statu quo_ contra la iniciativa; es el 14 de julio de 1789 atacado al
+través del 20 de marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías
+contra el indomable tumulto francés.
+
+Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis
+años; tal era el proyecto. Solidaridad de los Brunswick, de los
+Nassau, de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Hapsburgo con
+los Borbones. Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad
+también, que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud
+de la reacción natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y
+de ahí que de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional,
+con gran disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede
+ser verdaderamente vencida, y que siendo providencial y absolutamente
+fatal, reaparece siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando
+los tronos caducos, después de Waterloo, en Luis XVIII otorgando y
+sometiéndose á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de
+Nápoles, y un sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad
+para demostrar la igualdad; Luis XVIII en Saint Ouen rubrica la
+declaración de los derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta de lo que
+es la Revolución? Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es
+el progreso? Llamadle Mañana. El mañana hace siempre irresistiblemente
+su tarea, y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo
+extraño.
+
+Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era
+éste más que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse
+en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para
+tal obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre
+que ha atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante
+del padre Eliseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del
+conquistador fuera, del gotoso dentro.
+
+Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos europeos,
+no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra
+revolucionaria por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó
+el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha
+pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria ha
+sido vencida por la libertad.
+
+En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que
+sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de
+mariscal de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo
+que hacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos
+para elevar el terreno del león, lo que escribió en son de triunfo
+sobre aquel pedestal esta fecha, _18 de junio de 1815_, lo que alentaba
+á Blücker acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de
+Mont Saint-Jean se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era
+la contrarrevolución. Que fué la contrarrevolución quien murmuró esta
+infame palabra: _Desmembración_.
+
+Al llegar á París vió el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza
+abrasaba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una
+constitución.
+
+No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad
+intencional, ninguna. La contrarrevolución era involuntariamente
+liberal, lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón
+involuntariamente revolucionario.
+
+El 18 de junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado.
+
+
+
+
+ XVIII
+ =Recrudescencia del derecho divino=
+
+
+Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba.
+
+El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano
+agonizante. Volvióse á ver el abismo como en los tiempos bárbaros.
+Sólo que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo
+la contrarrevolución, tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se
+detuvo. El imperio, confesémoslo, fué llorado, y llorado por ojos
+heroicos. Si la gloria consiste en la espada convertida en cetro, el
+imperio fué la gloria misma. Había derramado sobre la tierra toda la
+luz que la tiranía puede dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura.
+Comparada al día verdadero, es la de la noche. Esta desaparición de la
+noche produjo el efecto de una eclipse.
+
+Luis XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de julio borraron
+los entusiasmos del 20 de marzo. El corso se trocó en antítesis
+del bearnés. La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca.
+Entronizóse el destierro. La mesa de pino de Hartwell colocóse delante
+del sillón flordelisado de Luis XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy
+como de ayer, habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono
+fraternizaron majestuosamente, una de las formas menos disputadas de
+la salud de la sociedad del siglo XIX establecióse en Francia y en el
+continente. La Europa tomó la escarapela blanca. Trestaillon se hizo
+célebre.
+
+La divisa _non pluribus impar_ reapareció entre rayos de piedra,
+figurando un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay.
+Donde había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco
+de _carrousel_, cargado de victorias ya insoportables, extrañas
+entre aquellas novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de
+Arcola, salió del compromiso con la estatua del duque de Anguleme. El
+cementerio de la Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de
+mármoles y de jaspes, los huesos de Luis XVI y de María Antonieta están
+entre aquel polvo. En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo
+de la tierra, recuerda que el duque de Enghien murió en el mismo mes
+en que Napoleón fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado
+esta coronación casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo
+tranquilamente la caída como había bendecido la elevación. Hubo en
+Schoenbrunn la sombra de un niño de cuatro años, al cual fué sedicioso
+llamar el rey de Roma. Y se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes
+recobraron sus tronos, y el dueño de Europa fué encerrado en una jaula,
+y el antiguo régimen volvió á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la
+luz de la tierra cambiaron de lugar, porque en la tarde de un día de
+verano, un pastor le dijo á un prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por
+aquí y no por allí!
+
+El 1815 fué una especie de abril lúgubre. Las antiguas realidades
+perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La
+mentira se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una
+carta, las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones,
+las supersticiones y las intenciones, embozadas con el artículo 14
+en el corazón, se barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel las
+serpientes.
+
+El hombre había sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Napoleón.
+Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había recibido el
+extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande hombre,
+ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de cañón
+tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada. ¿Dónde está?
+¿Qué hace?
+
+--Napoleón ha muerto:--decía un transeunte á un inválido de Marengo y
+Waterloo.
+
+--_¡Él muerto!_--exclamaba irónicamente el soldado.--_¡Le conocéis
+bien!_
+
+Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Europa,
+después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció vacío largo
+tiempo por haber desaparecido Napoleón.
+
+Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó de
+ello para reformarse. Hubo una Santa Alianza. _¡Bella Alianza!_ había
+ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo.
+
+En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse los
+perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el emperador,
+hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad.
+Los ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa
+singular! enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del
+pasado, Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte
+caído parecía más alto que Napoleón de pie. Los que habían triunfado se
+espantaron. Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le
+hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquietud
+de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma procedía
+de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo que
+explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía
+temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la roca
+de Santa Elena permaneció en su horizonte.
+
+Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombres caídos
+en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de aquella
+triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo sus
+tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración.
+
+Y ahí tenéis lo que fué Waterloo.
+
+Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aquella
+nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no
+turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón
+saltando de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de
+campanario á campanario de las torres de Nuestra Señora.
+
+
+
+
+ XIX
+ =El campo de batalla por la noche=
+
+
+Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á este fatal campo de
+batalla.
+
+El 18 de junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció
+la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los
+fugitivos, entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada
+caballería prusiana, contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las
+catástrofes esas trágicas complacencias de la noche.
+
+Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó
+desierta.
+
+Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la
+comprobación general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido.
+Establecieron su campamento á la otra parte de Rossomme.
+
+Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante.
+Wellington fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord
+Bathurst.
+
+Si alguna vez el _sic vos non vobis_ ha sido aplicable, es seguramente
+á la aldea de Waterloo.
+
+Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la
+acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado,
+Papelotte fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué
+tomada por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos
+vencedores, y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que
+para nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor.
+
+No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos
+claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no
+hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus
+fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo
+inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á
+una batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos.
+
+¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante
+y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria?
+¿Quiénes son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria?
+Varios filósofos, y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente
+los mismos que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no
+cabe sustitución; los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe
+del día es el vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo,
+de saquear más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra
+parte no opinamos así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un
+muerto, nos parece imposible que pueda hacerlo una misma mano.
+
+Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen
+los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado
+contemporáneo, fuera de duda.
+
+Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres
+murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves
+nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores
+de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles,
+cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando
+en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen por
+guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban
+en pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos
+del presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba
+«los rezagados». Ningún ejército ni nación alguna eran responsables
+de semejantes seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y
+seguían á los alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses.
+Uno de estos miserables, rezagado español que hablaba francés, mató á
+traición y robó en el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques,
+quien le tomó por compatriota á causa de su acento y modismos picardos,
+en la noche siguiente á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el
+merodeador. La detestable máxima: _Vivir á costa del enemigo_, producía
+esta lepra, que sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay
+celebridades que engañan; no se sabe siempre por qué ciertos generales,
+grandes por otra parte, han sido tan populares. Turena era adorado de
+sus soldados, porque toleraba el pillaje; el mal permitido forma parte
+de la bondad: Turena era tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el
+Palatinado.
+
+Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según
+era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca
+rezagados; Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos.
+
+No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los
+muertos. Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien
+quiera que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz.
+Los merodeadores robaban en uno de los extremos del campo de batalla,
+mientras se los fusilaba en el otro.
+
+La luna era siniestra en aquella llanura.
+
+Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba por
+la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias,
+uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni
+paisano, ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los
+muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo.
+Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto
+y atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre?
+La noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba
+morral, pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina.
+De cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor,
+como para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por
+tierra algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía.
+Su manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso,
+le hacían parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las
+ruinas, y que las antiguas leyendas normandas llaman los _Andantes_.
+
+Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas.
+
+Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas,
+hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás
+de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del
+camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito
+de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un
+rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro
+del carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá
+existía algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador.
+
+La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que la
+tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias
+del cielo.
+
+En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla,
+pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente
+agitadas por el aire de la noche.
+
+Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores en
+la yerba, que parecían exhalaciones de almas.
+
+Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas
+mayores del campamento inglés.
+
+Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al oeste y
+al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un collar
+desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón de
+hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por las
+colinas del horizonte.
+
+Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido la
+muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo.
+
+Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites
+del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la
+fuerza viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr
+hacia una gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor;
+sentir dentro del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una
+voluntad que raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre,
+tener mujer, tener hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura
+un grito, en menos de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar,
+aplastar, ser aplastado, ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas,
+no poder agarrarse á nada; empuñar un sable inútil, tener hombres
+debajo y caballos encima, luchar inútilmente, rotos los huesos por
+alguna coz recibida en las tinieblas; sentir un tacón que os revienta
+un ojo, morder rabiosamente herraduras de caballo, ahogarse, aullar,
+retorcerse, estar en el fondo y decirse: ¡Hace un instante era yo un
+ser viviente!
+
+Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la
+sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de
+caballos y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión.
+Ya no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura,
+llegando al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un
+montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja:
+tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría
+hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago
+delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la
+calzada, en un punto que enseñan aún hoy día.
+
+Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de
+Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor
+de los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia
+el centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la
+división Delort, el lecho de muertos disminuía.
+
+El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba por
+este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía
+pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la
+sangre.
+
+De pronto se detuvo.
+
+Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía
+el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y
+caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna.
+
+Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro.
+
+El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse
+ya no brillaba el anillo en aquella mano.
+
+No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa y
+fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el
+horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre
+el suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde
+del camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas
+acciones.
+
+Después, tomando una resolución, se levantó.
+
+En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por
+detrás.
+
+Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había asido
+por la falda del capote.
+
+Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir.
+
+--¡Calle,--exclamó,--es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme.
+
+Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren pronto
+en la tumba.
+
+--¡Hola!--repuso el merodeador.--¿Está vivo esté muerto? Vamos á ver.
+
+Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba,
+cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el cuerpo; y
+unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino hondo, á un
+hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero, un oficial, y
+oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de oro de debajo
+de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo le partía
+el rostro, donde no se veía más que sangre.
+
+Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna
+feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían
+formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser
+aplastado. Tenía los ojos cerrados.
+
+Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor.
+
+El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos
+interiores de su capote.
+
+Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba
+un reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde
+encontró un bolsillo, que también se guardó.
+
+Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo, el
+oficial abrió los ojos.
+
+--Gracias.,--le dijo débilmente.
+
+Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el fresco
+de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de su
+letargo.
+
+El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza.
+
+
+[Ilustración: =Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla
+ de Waterloo=]
+
+
+Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla que
+se acercaba.
+
+El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía:
+
+--¿Quién ha ganado la batalla?
+
+--Los ingleses,--respondió el vagabundo.
+
+El oficial repuso:
+
+--Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj.
+Tomadlos.
+
+Ya lo había hecho.
+
+El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo:
+
+--No hay nada.
+
+--Me han robado,--replicó el oficial,--lo siento: hubiera sido para vos.
+
+Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles.
+
+--Alguien se acerca,--dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de un
+hombre que se va.
+
+El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo.
+
+--Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?
+
+El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo:
+
+--Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje.
+Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad
+hacer lo que podáis.
+
+--¿Qué graduación es la vuestra?
+
+--Sargento.
+
+--¿Cómo os llamáis?
+
+--Thénardier.
+
+--No olvidaré este nombre jamás,--dijo el oficial.--Y vos acordaos del
+mío. Me llamo Pontmercy.
+
+
+ NOTAS:
+
+[8] _¡Splendid!_ palabra textual.
+
+[9] «Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas
+reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió
+por un instante de terror pánico». (_Napoleón, Memorias de Santa
+Elena._)
+
+
+
+
+ LIBRO SEGUNDO
+ EL NAVÍO ORIÓN
+
+
+ I
+
+ =El número 24601 se trueca en 9430=
+
+
+Juan Valjean había sido preso nuevamente.
+
+Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos. Nos
+concretaremos á transcribir dos sueltos publicados por los periódicos
+de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos
+acaecidos en M* sur M*.
+
+Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que entonces no
+existía aún la _Gaceta de los Tribunales_.
+
+Tomamos el primero de la _Bandera blanca_. Lleva la fecha del 25 de
+julio de 1823:
+
+«Uno de los distritos del Pas-de-Calais acaba de ser teatro de un
+acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento,
+llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos
+procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de
+azabaches y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo
+también, la del propio distrito. En recompensa de sus servicios
+habíanle nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal
+Magdalena no era otro que un antiguo presidiario escapado del penal
+y, condenado por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha
+sido reinstalado en presidio. Parece que antes de su prisión había
+conseguido retirar de la casa Laffite una suma de más de medio millón
+que tenía allí colocada y que, por otra parte, se asegura había ganado
+legítimamente en su negocio. No ha podido averigüarse dónde Juan
+Valjean ocultó dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón».
+
+El segundo artículo, un poco más detallado, está extraído del _Diario
+de París_, de igual fecha:
+
+«Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acaba de
+comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias
+dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la
+vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse
+elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento
+del Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante
+considerable. Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias
+al celo infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una
+mujer pública, que murió del susto en el momento de su detención. Este
+miserable, que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio
+de evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía
+le echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á
+uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al
+pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.)
+
+«Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días
+de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa
+de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender á
+unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación,
+debe haberla enterrado en un sitio por él sólo conocido, así es que no
+se ha podido dar con ella. Sea como fuése, es lo cierto que el llamado
+Juan Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de
+Var, acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cerca de
+ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que,
+como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales:
+
+ «Todos los años llegan de Saboya
+ Para deshollinar con mano diestra
+ Los largos tubos de las chimeneas».
+
+«Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el hábil
+y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido
+perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una
+cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean,
+declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este
+criminal se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su
+inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de cadena
+perpetua. Juan Valjean ha sido conducido inmediatamente al penal de
+Tolón».
+
+No se habrá olvidado que Juan Valjean tenía en M* sur M* costumbres
+religiosas. Algunos periódicos, entre ellos _El Constitucional_,
+presentaron esa conmutación como un triunfo del partido clerical.
+
+Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9.430.
+
+Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor
+Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él había
+previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó;
+faltando él, _faltó el alma_ en el pueblo. Después de su caída,
+verificóse en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes
+existencias caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes
+que se realiza todos los días en las obscuridades de la comunidad
+humana, y que la historia no ha consignado más que una vez porque se
+efectuó á consecuencia de la muerte de Alejandro.
+
+Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisaron
+fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talleres
+del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios,
+dispersáronse los obreros. Dejaron los unos el país, dejaron los otros
+el oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse
+en grande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya
+centro; por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor
+Magdalena lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí;
+el espíritu de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á
+la cordialidad; el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador
+para todos; los hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron
+y rompieron; falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los
+productos; matóse la confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos
+pedidos, redujéronse los jornales; holgaron los talleres; vino la
+quiebra. Y luego, nada para los pobres. Todo se desvaneció.
+
+El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado en
+alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la
+sentencia del Tribunal Penal comprobó la identidad del señor Magdalena
+con la de Juan Valjean que lo llevó á presidio, cuando ya los gastos
+de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur M*, y
+el ministro señor de Villèle lo manifestó así en la tribuna en el mes
+de febrero de 1827.
+
+
+
+
+ II
+ =Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo=
+
+
+Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un
+hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que no
+deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio
+público.
+
+Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima,
+tanto más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de
+las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de
+aquéllos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He
+aquí, pues, la superstición de Montfermeil.
+
+Créese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida
+aquella selva para ocultar en ella sus tesoros. Las buenas mujeres
+afirman que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios
+apartados del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó
+leñador, calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo,
+y fácil de conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos
+cuernos inmensos en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda
+reconocérsele fácilmente. Á este hombre se le ve generalmente ocupado
+en ahondar un hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de
+semejante encuentro. La primera es dirigirse al hombre y hablarle.
+Entonces se advierte que es el tal sencillamente un aldeano, y que
+el parecer negro consiste en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo,
+sino que corta hierba para sus vacas, y que lo que se había tomado por
+cuernos no es otra cosa que una horquilla para remover el estiércol,
+la cual lleva entre ambas espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la
+perspectiva de la noche, parecen salirle de la cabeza. Vuelve uno á
+casa y se muere dentro de la semana.
+
+La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya concluido
+su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr enseguida allí
+donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre negro
+ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno dentro del
+mes.
+
+En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro una
+palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape.
+
+Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse.
+
+Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que ofrece
+al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro, aunque
+no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada.
+
+Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas
+aventuradas, han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos
+cavados por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece
+que el resultado de la operación ha sido muy mediocre, al menos si se
+ha de dar crédito á la tradición, y particularmente á los dos versos
+enigmáticos que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un
+mal fraile normando, medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón está
+enterrado en la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de
+cuya tumba nacen sapos.
+
+Hácense, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoyos, son
+ordinariamente muy profundos. Se suda, se escarba, se trabaja toda la
+noche, porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camisa,
+gasta su vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo
+del hoyo, cuando se pone la mano sobre el «tesoro», ¿qué se encuentra?
+¿qué viene á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo,
+una piedra, un esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces
+un espectro doblado en cuatro como una hoja de papel dentro de una
+cartera, y otras muchas, nada.
+
+Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón:
+
+ Fodit, et in fossa thesauros condit opaca
+ As, nummos, lapides, cadaver, simulacra, nihilque.
+
+Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco de
+pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado,
+que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos
+hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo XII, y no parece
+que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Roger
+Bacon, ni las cartas antes de Carlos VI.
+
+Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar seguro
+de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el frasco,
+tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se
+sirve de ella.
+
+Ahora bien; poco tiempo después de la época en que le pareció al
+ministerio público que el presidiario liberado Juan Valjean, durante
+su evasión de algunos días, había rondado en torno de Montfermeil,
+observóse en la misma población que un antiguo peón caminero, llamado
+Boulatruelle, andaba «dando paseos» por el bosque.
+
+Creíase saber en el país que el tal Boulatruelle había estado en
+presidio; estaba sometido á cierta vigilancia de la policía, y como no
+encontraba trabajo en ninguna parte, la administración le empleaba, con
+rebaja de jornal, de peón caminero en la carretera de Gagny á Lagny.
+
+El tal Boulatruelle era mirado de reojo por las gentes de la comarca;
+pero él siempre respetuoso, siempre humilde, harto pronto á quitarse
+la gorra á todo el mundo, temblando y sonriendo ante los gendarmes,
+probablemente afiliado á alguna partida, según decían, sospechando que
+solía ponerse en emboscada al caer de la noche en algún rincón de la
+espesura. No tenía en su abono sino el ser borracho.
+
+He aquí lo que creían haber notado:
+
+Hacía algún tiempo que Boulatruelle dejaba muy temprano su trabajo
+de reparar la vía, y se internaba en el bosque con su piqueta. Á la
+caída de la tarde encontrábasele en los claros más desiertos, en las
+malezas más selváticas en ademán de buscar alguna cosa, y algunas
+veces abriendo hoyos. Las buenas mujeres que pasaban tomábanle por
+Belcebú, y aunque reconocían luego á Boulatruelle, no se tranquilizaban
+sin embargo. Estos encuentros parecían contrariar en alto grado á
+Boulatruelle. Era visible que procuraba recatarse, y que había algo de
+misterioso en lo que hacía.
+
+Decían en la aldea:
+
+--Es claro que el diablo ha hecho alguna aparición. Boulatruelle le ha
+visto, y busca. En verdad que es bastante estrafalario para atraparle
+el gato á Lucifer. Los volterianos añadían: ¿Será Boulatruelle quien
+atrape al diablo, ó el diablo á Boulatruelle? Las viejas no sabían sino
+hacerse cruces.
+
+Sin embargo, las idas de Boulatruelle al bosque cesaron, y volvió luego
+á regularizar sus trabajos de caminero. Hablóse de otra cosa.
+
+No obstante, hubo algunas personas curiosas que pensaron que había en
+aquello probablemente, sino los tesoros fabulosos de las leyendas,
+algo bueno más serio y positivo que los billetes de banco del diablo,
+y cuyo secreto había medio sorprendido sin duda el caminero. Los más
+«empeñados» eran el maestro de escuela y el bodegonero Thénardier, el
+cual era amigo de todo el mundo, y no se había desdeñado de estar en
+tratos con Boulatruelle.
+
+--Ha estado en presidio,--decía Thénardier.--¡Ay! ¡Dios mío! Nadie sabe
+quién va, ni quién ha de ir.
+
+Una noche el maestro de escuela afirmaba que en otros tiempos la
+justicia hubiera inquirido lo que Boulatruelle iba á hacer en el bosque
+y que le habría obligado á hablar, y que Boulatruelle de seguro no
+habría resistido por ejemplo, en el tormento, la prueba del agua.
+
+--Sometámosle á la del vino,--dijo Thénardier.
+
+Y desde luego pusieron manos á la obra, é hicieron beber al viejo
+caminero. Boulatruelle bebió muchísimo y habló muy poco. Combinó con
+arte admirable y en proporción magistral la sed de un hambriento con la
+discreción de un juez. Sin embargo, á fuerza de volver á la carga, y de
+compaginar y apurar las pocas palabras obscuras que se le escaparon, he
+aquí lo que Thénardier y el maestro de escuela creyeron entender.
+
+Yendo Boulatruelle, cierta mañana, al despuntar el alba á su trabajo,
+quedóse sorprendido de ver en un rincón del bosque una pala y un
+pico, _como si dijéramos escondidos_. Sin embargo, pensó que serían
+probablemente la pala y el pico, del tío Six Fours, el aguador, y no
+volvió á acordarse más de ello. Pero la noche de aquel mismo día vió,
+sin que pudieran verle á él, por estar oculto tras un árbol corpulento,
+á «cierto individuo forastero que se dirigía desde el camino á lo más
+espeso del bosque, y á quien él, Boulatruelle, conocía perfectamente».
+Esto, traducido por Thénardier, quería decir que era un _compañero
+de presidio_. Boulatruelle se había negado obstinadamente á decir su
+nombre. El tal individuo llevaba un lío, de forma casi cuadrada, á
+modo de caja ó cofrecillo. Sorpresa de Boulatruelle. Hasta pasados
+siete ú ocho minutos no se le ocurrió, sin embargo, la idea de seguir
+«al individuo». Pero era ya tarde; el hombre se había internado en la
+espesura, había ya anochecido por completo, y Boulatruelle no pudo
+alcanzarle. Entonces tomó el partido de observar estando á la vista
+de la ladera del bosque. «Hacía luna». Dos ó tres horas después,
+Boulatruelle vió salir al individuo de la espesura, llevando, no ya
+el cofrecillo, pero sí una pala y un pico. Boulatruelle dejó pasar al
+individuo sin ocurrírsele la idea de acercársele, porque calculó antes,
+que el otro era tres veces más fuerte que él, y armado con su pico le
+hubiera aplastado probablemente al conocerle y verse reconocido. Tierna
+efusión de dos antiguos camaradas que vuelven á encontrarse. Pero la
+pala y el pico fueron un rayo de luz para Boulatruelle; corrió, pues,
+al zarzal por la mañana, y ya no encontró allí pico ni pala. De esto
+dedujo que el individuo entró en el bosque, é hizo un hoyo con el pico,
+enterró el cofre, y lo cubrió luego de tierra con la pala.
+
+Pues bien; el cofre era demasiado pequeño para contener un cadáver;
+debía pues contener dinero. De ahí sus pesquisas. Boulatruelle había
+explorado, sondeado y huroneado todo el bosque; había registrado todos
+los sitios donde le pareció ver tierra recientemente removida, pero
+inútilmente.
+
+No pudo «pescar» nada. Nadie volvió á acordarse de ello en Montfermeil.
+Hubo solamente algunas buenas comadres que dijeron:
+
+--Tened por seguro que el caminero de Gagny no ha armado todo este
+enredo para nada; es seguro que ha venido el diablo.
+
+
+
+
+ III
+ =De por fuerza la cadena del grillete debió haber sufrido alguna
+ operación preparatoria para romperse de un solo martillazo=
+
+
+Á fines de octubre de aquel mismo año de 1823, vieron los habitantes
+de Tolón entrar de nuevo en su puerto, á consecuencia de un temporal,
+y para reparar algunas averías, el navío _Orión_, que más tarde fué
+utilizado en Brest como navío escuela, el cual, formaba á la sazón,
+parte de la escuadra del Mediterráneo.
+
+Este buque, estropeado del todo como estaba, pues el mar, lo había
+echado á perder, hizo su efecto al entrar en la rada. Llevaba no sé
+qué pabellón, que le valió el saludo reglamentario de once cañonazos,
+contestados por él uno tras otro; total, veintidós.
+
+Se ha calculado que en salvas, galas reales y militares, cambios
+de ruidos corteses, señales de etiqueta, formalidades de radas y
+ciudadelas, salidas y puestas de sol, saludadas diariamente por todas
+las fortalezas y todos los buques de guerra, apertura y cierre de
+puertas, etc., etc., el mundo civilizado tiraba con pólvora por toda
+la tierra, cada veinticuatro horas, ciento cincuenta mil cañonazos
+inútiles. Á seis pesetas por cañonazo, importa ello novecientas mil
+pesetas diarias, ó sean trescientos millones al año, que se van en
+humo. Esto no es más que un simple detalle. Durante el mismo tiempo se
+mueren de hambre muchos pobres.
+
+El año 1823 era lo que ha llamado la Restauración «época de la guerra
+de España».
+
+Esta guerra encerraba muchos sucesos en uno solo, con muchísimas
+singularidades. Un gran asunto de familia para la casa de Borbón;
+la rama de Francia socorriendo y protegiendo á la de Madrid, es
+decir, realizando un acto de primogenitura; una vuelta aparente á
+las tradiciones nacionales, complicada con servidumbre y sujeción
+á los gabinetes del norte; el señor duque de Anguleme, llamado por
+los periódicos liberales _él héroe de Andújar_, comprimiendo, dentro
+cierta actitud triunfal, algo contrariada por su aire apacible, el
+viejo terrorismo, demasiado real del Santo Oficio, en lucha con el
+quimérico terrorismo de los liberales; los _sans culottes_ resucitados,
+con grandísimo honor de las viejas aristócratas, bajo el nombre de
+_descamisados_; el monarquismo poniendo obstáculos al progreso,
+calificado de anarquía; las teorías del '89 bruscamente interrumpidas
+en sus trabajos de zapa; un ¡alto! europeo intimado á la idea francesa,
+dando la vuelta al mundo; al lado del hijo de Francia, generalísimo,
+el príncipe de Carignon, después Carlos Alberto, alistándose en
+aquella cruzada de reyes contra los pueblos, como voluntario entre los
+granaderos de charreteras de lana encarnada; los soldados del imperio
+volviendo á entrar en campaña, pero después de ocho años de reposo,
+viejos y tristes, bajo la escarapela blanca; la bandera tricolor
+agitada en el extranjero por un heroico puñado de franceses, como lo
+había sido la bandera blanca, en Coblenza treinta años antes; los
+frailes mezclándose á nuestros soldados; el espíritu de la libertad y
+de lo nuevo restringido por las bayonetas; los principios humillados
+á cañonazos; la Francia deshaciendo con las armas lo que antes había
+hecho con su genio. Por lo demás, los jefes enemigos vendidos, los
+soldados vacilantes y las ciudades sitiadas por los millones. Ningún
+peligro militar, y sin embargo, explosiones posibles, como en toda mina
+sorprendida é invadida; poca sangre vertida, poca honra conquistada,
+vergüenza para algunos, gloria para nadie. Tal fué aquella guerra,
+hecha por príncipes que descendían de Luis XIV; y conducida por
+generales procedentes de Napoleón. Cúpoles la triste suerte de no
+recordar ni la gran guerra ni la gran política.
+
+Algunos hechos de armas resultaron serios; la toma del Trocadero, entre
+otros, fué una buena acción militar; pero en suma, lo repetimos, las
+trompetas de aquella guerra producen un sonido cascado, el conjunto
+fué sospechoso, la historia aprueba á la Francia las dificultades que
+mostró para la aceptación de aquel falso triunfo.
+
+Parece evidente que algunos oficiales españoles encargados de la
+resistencia, cedían fácilmente; la idea de la corrupción desprendíase
+de muchas victorias; pareció que se habían ganado antes generales
+que batallas, y el soldado vencedor regresó humillado. Guerra que
+humillaba, en realidad y por la que se podía leer _Banco de Francia_ en
+los pliegues de su bandera.
+
+Soldados de la guerra de 1808, sobre los cuales se había desplomado
+formidablemente Zaragoza, fruncían el entrecejo en 1823 ante la fácil
+apertura de las ciudadelas, y echaban de menos á Palafox. Que es
+preferible al ardimiento de la Francia, tener ante sí á un Rostopchine
+mejor que á un Ballesteros.
+
+Bajo un punto de vista más grave aún, y en el cual conviene que
+insistamos también, aquella guerra, que ofendía en Francia el espíritu
+militar, indignaba al mismo tiempo al espíritu democrático. Era una
+empresa de esclavizamiento. En esta campaña, el objeto del soldado
+francés, hijo de la democracia era la conquista de un yugo por otro
+yugo. Repugnante contrasentido. La Francia se hizo para despertar
+el alma de los pueblos, no para ahogarlos. Desde 1792, todas las
+revoluciones de Europa son la revolución francesa; la libertad irradia
+de Francia. Es un hecho solar; que es preciso estar ciego para no
+verlo, como ha dicho muy bien Bonaparte.
+
+La guerra de 1823, atentado contra la generosa nación española, fué
+pues, al mismo tiempo, un atentado contra la revolución francesa.
+Esta monstruosa agresión era la Francia, quien la cometía á la fuerza
+porque, salvo las guerras libertadoras, todo lo que hacen los ejércitos
+lo hacen por fuerza. La palabra _obediencia pasiva_ lo indica bien. Un
+ejército es una rara obra maestra de combinación, cuya fuerza resulta
+de una suma enorme de impotencia. Así se explica la guerra, hecha por
+la humanidad contra la humanidad, y á pesar de la humanidad.
+
+En cuanto á los Borbones, la guerra de 1823 les fué fatal. Tomáronla
+ellos por un triunfo. No vieron el peligro que había en hacer matar
+una idea por una consigna. Equivocáronse en su candidez, hasta el
+punto de introducir en su establecimiento, como elemento de fuerza, la
+inmensa debilidad de un crimen. Fué parte de su política el espíritu de
+asechanza. 1830 germinó en 1823. La guerra de España vino á ser en sus
+consejos un argumento en favor de los golpes de fuerza y en favor de
+las aventuras de derecho divino. La Francia restableciendo en España
+_el rey neto_, bien podía restablecer en su casa el rey absoluto.
+Cayeron en el fatal error de tomar la obediencia del soldado por el
+consentimiento de la nación. Semejante confianza pierde los tronos. No
+es bueno dormirse á la sombra de un manzanillo, ni á la de un ejército.
+
+Volvamos al navío _Orión_.
+
+Durante las operaciones del ejército mandado por el príncipe
+generalísimo, cruzaba una escuadra el Mediterráneo. Hemos dicho ya
+que el _Orión_ pertenecía á esta escuadra y que fué devuelto, por
+desperfectos marinos, al puerto de Tolón.
+
+La presencia de un buque de guerra en un puerto tiene siempre algo
+inexplicable que preocupa á la multitud. Será porque es cosa grande y
+porque la multitud ama lo grande siempre.
+
+Un navío de línea es uno de los hallazgos más admirables del ingenio
+humano con el poder de la naturaleza.
+
+Un navío de línea se compone á la vez de lo que hay más pesado y de lo
+que hay más ligero, porque tiene que luchar á un mismo tiempo con las
+tres formas de la sustancia: lo sólido, lo líquido y lo fluido. Tiene
+once garras de hierro para asir el granito en el fondo del mar, y más
+alas y entenas que un coleóptero para tomar el viento de las nubes. Su
+aliento sale por sus ciento veinte cañones como por enormes clarines,
+y responde fieramente al rayo. El océano procura extraviarle entre
+la espantosa semejanza de sus ondas, pero el navío tiene su alma, su
+brújula que le aconseja y le muestra siempre el norte. En las noches
+obscuras, sus faroles suplen á las estrellas. Así pues, contra el
+viento tiene el cable y la lona, contra el agua la madera, contra la
+roca el hierro, el cobre y el plomo, contra la sombra la luz, contra la
+inmensidad una aguja.
+
+Si se quiere tener una idea de todas las proporciones gigantescas, cuyo
+conjunto constituye el navío de línea, no hay más que entrar bajo una
+de las calas cubiertas, de seis pisos, en los puertos de Brest ó de
+Tolón. Los buques en construcción están allí, por así decirlo, bajo
+campana. Esa viga colosal es una verga; esa gran columna de madera
+echada en tierra hasta perderse de vista, es el palo mayor. Midiéndole
+desde su raíz en la cala, hasta su cima entre las nubes, tiene la
+longitud de sesenta toesas, y tres pies de diámetro su base. El palo
+mayor inglés se eleva á doscientos diez y siete pies sobre la línea de
+flotación. La marina de nuestros padres empleaba los cables, la nuestra
+emplea cadenas. El simple montón de cadenas de un buque de cien cañones
+tiene cuatro pies de alto, veinte de ancho y ocho de profundidad. Y
+para hacer un navío semejante, ¿cuánta madera se necesita? Tres mil
+metros cúbicos. Un bosque flotante.
+
+Además, debemos tener en cuenta que no se trata aquí sino del buque
+de guerra de hace cuarenta años, del simple buque de vela; el vapor,
+entonces en la infancia, ha añadido luego nuevos milagros á ese
+prodigio que se llama fragata de guerra. Hoy, por ejemplo, el buque
+mixto de hélice es una máquina sorprendente, arrastrada por un velamen
+de tres mil metros cuadrados de superficie, y por una caldera de la
+fuerza de dos mil quinientos caballos.
+
+Sin hablar de estas nuevas maravillas, la antigua nave de Cristóbal
+Colón y de Ruyter, es una de las grandes obras maestras del hombre.
+Inagotable en fuerza como en soplos el infinito, almacena el viento en
+su vela, manteniéndose fija en la inmensa difusión de las olas sobre
+las cuales flota y reina.
+
+Llega, sin embargo, un instante en que la ráfaga rompe como una paja
+aquella verga de sesenta pies de longitud, en que el viento doblega
+como un junco aquel mástil de cuatrocientos pies de alto, en que el
+ancla, que pesa diez mil libras se tuerce en la garganta de la ola,
+como el anzuelo del pescador en la quijada de un sollo, en que aquellos
+monstruosos cañones lanzan rugidos plañideros é inútiles, que arrastra
+el huracán en el vacío y la obscuridad, y en que todo aquel poder
+y toda aquella majestad, se abisman en otro poder y otra majestad
+superiores.
+
+Cuantas veces se despliega una fuerza inmensa para acabar en una
+inmensa debilidad, da ello que pensar á los hombres. De ahí que abunden
+los curiosos en los puertos, sin que ellos se expliquen á sí mismos
+perfectamente el por qué de acudir en derredor de esas maravillosas
+máquinas de guerra y navegación.
+
+Todos los días, pues, desde la mañana á la noche, los muelles, los
+diques y escolleras del puerto de Tolón estaban llenos de una multitud
+de ociosos y bobos, como dicen en París, cuyo trabajo consistía en
+contemplar el _Orión_.
+
+El _Orión_ era un buque estropeado de hacía mucho tiempo. En sus
+navegaciones anteriores habíanse amontonado sobre su quilla espesas
+capas de mariscos, al extremo de hacerle perder la mitad de su marcha.
+Se le había dejado en seco el año anterior para rasparle los mariscos,
+y luego se le había botado al agua nuevamente. Á la altura de las
+Baleares el bordaje inferior se había fatigado y abierto; y como
+el forrado no se hacía entonces con chapa metálica, el buque hacía
+agua. Sobrevino un violento golpe de equinoccio que desfondó á babor
+la roda y una portañola, y deterioró el porta-obenques de mesana. Á
+consecuencia de esas averías, el _Orión_ tuvo que regresar á Tolón.
+
+Estaba fondeado junto al arsenal, donde se le armaba y reparaba.
+El casco no había sufrido nada á estribor, pero según costumbre,
+desclávanse aquí y allí algunos listones de los costados, para dejar
+penetrar el aire en el armazón.
+
+Una mañana, la muchedumbre que lo contemplaba, fué testigo de un
+accidente.
+
+La dotación estaba ocupada en envergar las velas. El gaviero encargado
+de tomar el mastelero de gavia por la parte de estribor, perdió el
+equilibrio. Se le vió vacilar, y la multitud agrupada en el muelle
+del arsenal, lanzó un grito; la cabeza se le fué tras el cuerpo; el
+hombre giró en torno de la verga, con las manos extendidas hacia el
+abismo, asiéndose al pasar al estribo, con una mano primero, y luego
+con la otra, y quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo de sí á una
+profundidad vertiginosa. El sacudimiento de la caída había impreso
+al estribo un brusco movimiento de columpio. El hombre iba y venía
+agarrado al extremo de aquella cuerda como la piedra de una honda.
+
+Ir á socorrerle era correr un riesgo horrible. Ninguno de los
+marineros, pescadores todos de la costa recientemente ingresados en el
+servicio, se atrevía á aventurarse á ello. Entre tanto, el desgraciado
+gaviero se fatigaba; y aunque no podía vérsele la angustia en el
+rostro, se distinguía en todos sus miembros el desfallecimiento. Sus
+brazos se retorcían en una horrible tirantez. Cada esfuerzo que hacía
+para remontarse, no servía más que para aumentar las oscilaciones
+del estribo. No gritaba, temeroso de malgastar las fuerzas. Ya nadie
+esperaba más que el momento en que soltase la cuerda, y á cada instante
+volvían todos la cabeza por no verle caer. Hay momentos en que un cabo
+de cuerda, un palo, la rama de un árbol, es la vida misma, y es en
+verdad cosa terrible, ver como un ser viviente se desprende y cae como
+fruto maduro.
+
+De pronto vióse trepar un hombre por el aparejo con la agilidad del
+tigre. Este hombre iba vestido de rojo, luego era un presidiario;
+llevaba gorro verde, era, pues, un condenado á cadena perpetua.
+
+Al llegar á la altura de la gavia, un soplo del viento se le llevó el
+gorro, dejando ver una cabeza enteramente blanca; no era, pues, un
+joven. Efectivamente, un presidiario empleado á bordo, perteneciente á
+una cuerda de penados, había acudido desde el primer momento al oficial
+de guardia, y en medio de la turbación é incertidumbre general de la
+tripulación, mientras todos los marineros temblaban y retrocedían, le
+había pedido licencia para arriesgarse á salvar al gaviero.
+
+Después de un signo afirmativo del oficial, rompía de un martillazo
+la cadena soldada á la argolla del grillete; después había tomado una
+cuerda y lanzádose á los obenques. Nadie echó de ver en aquel momento
+la facilidad con que fué rota la cadena. Hasta después nadie tuvo
+presente esta circunstancia.
+
+En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga. Se detuvo algunos
+segundos, como si la midiese con la vista. Estos segundos, durante
+los cuales el viento columpiaba al gaviero en la punta de un hilo,
+les parecieron siglos á los que miraban. Por fin, el presidiario alzó
+los ojos al cielo, y adelantó un paso. La multitud respiró. Viósele
+recorrer ligeramente la verga, y llegado á la punta atar un cabo de
+la cuerda, que llevaba, dejando pendiente el otro, y descendiendo
+enseguida, valiéndose de las manos, por aquella cuerda. Reinó entonces
+una indefinible angustia, cuando en lugar de un hombre suspendido
+sobre el abismo, vióse que había dos.
+
+Hubiérase podido decir que era una araña corriendo á apoderarse de una
+mosca; sólo que aquí la araña llevaba la vida, y no la muerte. Diez
+mil miradas se fijaban á un tiempo en aquel grupo. Ni un grito, ni una
+palabra; el mismo extremecimiento hacía fruncir todos los entrecejos.
+Todas las bocas contenían su aliento, como temerosas de añadir el menor
+soplo al viento que sacudía á aquellos desgraciados.
+
+Entretanto, el presidiario había conseguido acercarse al marinero.
+Era ya tiempo; un minuto más, y el hombre, aniquilado y desesperado,
+se dejaba caer en el abismo. El presidiario lo amarró sólidamente á
+la cuerda en que se sostenía con una mano, mientras trabajaba con la
+otra. En fin, viósele remontar nuevamente la verga, y tirando, subir
+hasta ella al marinero; sostúvole un instante para dejar que recobrara
+fuerzas, después le tomó en brazos y le llevó andando sobre la verga
+hasta el tamborete, y de allí á la gavia, donde le dejó en manos de sus
+camaradas.
+
+Entonces aplaudió la multitud, hubo entre la chusma ancianos que
+lloraron, las mujeres se abrazaban unas á otras en el muelle, y
+oyéronse voces de todas partes gritando con cierto enternecimiento
+furioso: ¡El indulto! ¡indulto para ese hombre!
+
+Él, entre tanto, se había preparado para descender á unirse con sus
+compañeros de cuerda. Para llegar más pronto, deslizóse por el aparejo,
+y echó á correr sobre una verga baja. Seguíanle todos los ojos. Hubo
+un momento en que los espectadores se asustaron, fuése que estuviera
+fatigado, ó que le diese vueltas la cabeza, creyeron que vacilaba
+y se bamboleaba. De pronto lanzó la multitud un grito horrible, el
+presidiario acababa de caer al agua.
+
+La caída era peligrosa. La fragata _Algeciras_ estaba fondeada junto al
+_Orión_, y el pobre presidiario había caído entre ambos buques, siendo
+de temer que hubiese ido á parar debajo del uno, si no del otro. Cuatro
+hombres saltaron enseguida en un bote. La multitud los alentaba, la
+ansiedad reinaba nuevamente en todas las almas. El hombre no subía á
+la superficie; había desaparecido en el mar, sin dejar huella alguna
+sobre el agua, como si hubiese caído en un barril de aceite. Sondaron,
+bucearon; pero en vano. Buscaron hasta venir la noche; ni siquiera el
+cuerpo se encontró.
+
+Al día siguiente, el diario de Tolón estampaba estas líneas:
+
+«18 de noviembre de 1823. Ayer un presidiario que estaba trabajando á
+bordo del _Orión_, al acabar de prestar socorro á un marinero, cayó al
+agua y se ahogó. No ha podido encontrarse el cadáver. Se presume que
+habrá quedado enredado entre las estacas de la punta del arsenal. Este
+hombre estaba inscrito en el registro con el número 9.430, y se llamaba
+Juan Valjean».
+
+
+
+
+ LIBRO TERCERO
+ CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA
+
+
+ I
+ =La cuestión del agua en Montfermeil=
+
+
+Montfermeil está situado entre Livry y Chelles, en el lindero
+meridional de la alta meseta que separa el Ourcq del Marne.
+
+Hoy día es una gran población adornada todo el año de quintas
+construidas de yeso, y el domingo, de artesanos alegres y expansivos.
+En 1823 no había en Montfermeil, ni tantas casas blancas, ni tantos
+artesanos satisfechos: no era más que una aldea en el bosque.
+Veíanse aquí y allá algunas casas de recreo del último siglo, que se
+distinguían por su gran aspecto, sus balcones de hierro retorcido y
+sus altas ventanas, cuyos vidrios pequeños formaban sobre lo blanco de
+los postigos cerrados, toda clase de matices de verdes distintos. Pero
+Montfermeil no pasaba por ello de ser una aldea. Los tenderos retirados
+y los aficionados á veranear no le habían aún descubierto. Era un sitio
+agradable y delicioso, que no era de paso para ninguna parte, y en el
+cual se pasaba económicamente esa vida del campo tan abundante y fácil.
+Solamente se sentía escasez de agua, á causa de la elevación de la
+meseta.
+
+Era preciso irla á buscar bastante lejos. El extremo de la población
+que está junto á Gagny, se surtía de agua en los magníficos estanques
+que hay en el bosque; el otro extremo, que rodea la iglesia situada en
+la parte de Chelles, no encontraba agua potable más que en un pequeño
+manantial situado á mitad de la cuesta, junto al camino de Chelles, á
+un cuarto de hora de Montfermeil.
+
+Era, pues, tarea harto ruda para cada vecino, la de tener que proveerse
+de agua. Las casas grandes, la aristocracia, entre las que figuraba el
+bodegón Thénardier, pagaban medio céntimo por cubo de agua á un pobre
+hombre que lo había tomado por oficio, y en cuya empresa del agua de
+Montfermeil ganaba escasamente dos reales diarios, pero este buen
+hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta las
+cinco en invierno, y una vez entrada la noche, una vez cerradas las
+ventanas bajas, el que no tenía agua que beber, iba á buscarla ó se
+pasaba sin ella.
+
+Esto era lo que aterraba á la pobre criatura, de la cual no puede
+haberse olvidado el lector, á la pequeña Cosette.
+
+Téngase presente que Cosette era útil á los Thénardier de dos maneras,
+pues se hacían pagar por la madre, haciéndose servir de la hija. Así
+es, que cuando la madre dejó de pagarles del todo, ya hemos leído
+el por qué en los capítulos precedentes, los Thénardier siguieron
+conservando á Cosette, en su poder. Les hacía las veces de criada.
+Y en esta cualidad, ella era quien iba á buscar el agua cuando hacía
+falta. Por eso la criatura, asustada con la idea de tener que ir de
+noche á la fuente, tenía buen cuidado de que no faltase nunca agua en
+la casa.
+
+La Navidad del año 1823 fué brillantísima, particularmente en
+Montfermeil. El principio del invierno había sido benigno, no había
+helado ni nevado aún. Titiriteros, llegados de París, habían obtenido
+del señor alcalde permiso para colocar sus barracas en la calle
+principal de la aldea, y una banda de mercaderes ambulantes, con igual
+permiso, había construido sus barracones en la plaza de la Iglesia, y
+hasta en la misma callejuela de Boulanger, donde estaba situado, como
+sabemos, el bodegón de los Thénardier. Toda aquella gente llenaba las
+hosterías y tabernas, dando á aquella población tan tranquila, cierta
+vida bulliciosa y alegre. Debemos decir igualmente, para ser fieles
+historiadores, que entre las curiosidades expuestas en la plaza, había
+una barraca de diversos animales, en la cual unos feísimos payasos,
+vestidos de harapos y venidos de Dios sabe dónde, enseñaban en 1823
+á los aldeanos de Montfermeil, uno de aquellos horribles buitres del
+Brasil, que nuestro Museo Real no poseyó antes de 1845, y que tienen
+por ojo una escarapela tricolor. Los naturalistas llaman, según creo, á
+ese pájaro, Caracara Poliborus; pertenece al orden de los apicidas y á
+la familia de los falcónidos. Algunos antiguos soldados bonapartistas
+retirados en la aldea, iban á ver aquella ave con cierta devoción. Los
+charlatanes presentaban aquella escarapela tricolor como un fenómeno
+único, y hecho expresamente por el buen Dios para su colección de
+animales raros.
+
+En la noche misma de Navidad muchos hombres, carreteros y trajineros,
+estaban sentados bebiendo alrededor de las mesas, alumbradas por
+cuatro ó cinco velas de sebo, en la sala baja del bodegón Thénardier.
+Esta sala se parecía á todas las salas de taberna: mesas, jarras de
+estaño, botellas, bebedores, fumadores; poca luz y mucho ruido. La
+fecha del año 1823 estaba, por lo tanto, indicada por los dos objetos
+en moda á la sazón entre la clase media, los cuales estaban sobre una
+mesa, á saber; un caleidoscopo y una lámpara labrada de hoja de lata.
+La Thénardier vigilaba la cena, que se estaba asando á buen fuego,
+mientras el marido bebía con los huéspedes y hablaba de política.
+
+Además de las disertaciones políticas, cuyo objeto principal era la
+guerra de España y el señor duque de Anguleme, oíanse, en medio del
+bullicio, paréntesis puramente locales, como éste:
+
+--Por la parte de Nanterre y de Suresnes ha dado mucho el vino. Donde
+se calculaban diez medidas se han conseguido doce. Se ha sacado de
+los lagares más jugo de lo que se esperaba.--¿Pero la uva no estaría
+madura?--En este país no conviene vendimiar maduro; porque el vino se
+tuerce en cuanto llega la primavera.--¿Entonces se saca solamente
+vinillo?--Son vinillos más ligeros que los de por acá. Hay que
+vendimiar en agraz.
+
+Etc...
+
+Ó bien, era un molinero el que exclamaba:
+
+--¿Acaso somos responsables nosotros de lo que va en los sacos? Se
+encuentran en ellos una porción de granos que no podemos entretenernos
+en limpiar y que es preciso dejar pasar por las piedras: como la
+cizaña, el añublo, el tizón, la algarroba, el cañamón, la cola de
+zorra, y otro sinnúmero de drogas, sin contar las arenillas que abundan
+mucho en ciertos trigos, sobre todo en los trigos bretones. No es
+ciertamente nada gustoso moler trigo bretón, como no lo es para los
+serradores de largo aserrar vigas que tengan clavos. Calcúlese el
+maldito polvo que de todo esto resulta después. Y luego se quejan sin
+razón de la harina. Si la harina es mala, no es nuestra la culpa.
+
+En el espacio entre dos ventanas, un segador, sentado á una mesa con un
+propietario que ajustaba precio para segar un prado en primavera, decía:
+
+--No importa que la hierba esté mojada. Así se corta mejor. El rocío es
+bueno, señor. De todos modos, vuestra hierba es temprana y muy difícil
+de segar. ¡Que por aquí es tierna, que allí se dobla contra la hoz!...
+
+Etc...
+
+Cosette ocupaba su puesto acostumbrado, sentada sobre el travesaño de
+la mesa de cocina, junto al hogar; mal vestida de harapos, los pies
+desnudos metidos en los zuecos, haciendo, al resplandor del fuego,
+calcetines de lana para las niñas de Thénardier. Un gatito joven jugaba
+debajo de las sillas.
+
+Oíanse reir y charlar en la pieza inmediata dos voces frescas é
+infantiles; eran las de Eponine y Azelma.
+
+En un rincón de la chimenea había un martinete colgado de un clavo.
+
+Á intervalos, penetraban por entre el ruido de la taberna, los
+chillidos de una criatura de corta edad, que estaría en otra parte
+en la casa. Era un niño que la Thénardier había tenido en uno de los
+inviernos anteriores, «sin saber por qué, decía ella: efecto del frío»,
+y que contaría unos tres años. La madre se lo había criado ella misma,
+pero no le tenía cariño. Cuando el encarnizado clamor del chiquillo
+resultaba demasiado importuno, tu hijo chilla, decíale Thénardier á la
+madre, ve á ver lo que quiere. ¡Bah!--respondía ella.--Me fastidia.
+
+Y el chiquillo abandonado continuaba desgañitándose en las tinieblas.
+
+
+
+
+ II
+ =Dos retratos completados=
+
+
+No han aparecido todavía en este libro los Thénardier más que de
+perfil; ha llegado el momento de dar la vuelta alrededor de este grupo,
+y contemplarlo por todas sus fases.
+
+Thénardier acababa de cumplir los cincuenta años; su mujer rayaba en
+los cuarenta, que es la cincuentena femenina; de manera que había
+equilibrio de edad entre la mujer y el marido.
+
+Los lectores conservan tal vez algún recuerdo de la primera aparición
+de aquella Thénardier, alta, rubia, colorada, gruesa, membruda,
+cuadrada, enorme y ágil; tenía, como ya hemos dicho, algo de la raza de
+esas salvajes colosales que en las ferias levantan del suelo grandes
+piedras con su cabellera.
+
+Ella lo hacía todo dentro de la casa: las camas, los cuartos, la
+colada, la cocina, la lluvia, el buen tiempo y el diablo. Tenía por
+única sirvienta á Cosette; un ratoncillo al servicio de un elefante.
+Todo temblaba al eco de su voz: los vidrios, los muebles y las gentes.
+Su ancho rostro, cribado de pecas rojizas, tenía el aspecto de una
+espumadera. Tenía también barbas. Era el ideal de un terne de plazuela
+vestido de mujer. Juraba que era un primor, y se jactaba de partir
+una nuez de un puñetazo. Á no ser por las novelas que había leído, y
+que á veces hacían aparecer de extravagante manera la remilgada bajo
+el marimacho, jamás se le hubiera ocurrido á nadie decir de ella: Es
+una mujer. La tal Thénardier era como el producto del injerto de una
+señorita en una verdulera. Cuando se la oía hablar, exclamaba uno: Es
+un gendarme; cuando se la veía beber, decíase: Es un carretero; cuando
+se la veía manosear á Cosette, decíase uno: Es un verdugo. Al dormir le
+salía de la boca un diente.
+
+Thénardier era un hombre pequeño, flaco, pálido, anguloso, huesoso,
+endeble, de aspecto enfermizo, gozando de buena salud; en lo cual
+estribaba su maulería. Sonreíase habitualmente por precaución, y era
+atento casi con todo el mundo, hasta con el mendigo á quien negaba un
+ochavo. Tenía la mirada del zorro y el fondo del letrado. Se parecía
+mucho á los retratos del presbítero Delille. Su coquetería consistía
+en beber con los trajineros. Nadie había podido jamás emborracharle.
+Fumaba en una gran pipa. Llevaba blusa, y bajo de la blusa un antiguo
+frac negro. Tenía pretensiones de literato y materialista, y sabía
+nombres que pronunciaba frecuentemente para apoyar cualquier cosa de
+las que decía, como: Voltaire, Raynal, Parny y, cosa rara, san Agustín.
+Afirmaba tener «un sistema». Por lo demás, era un grande estafador
+filósofo. Este matiz existe.
+
+Se recordará que pretendía haber servido; contaba, con cierto lujo, que
+siendo sargento en Waterloo, en un 6.º ó 9.º de ligeros cualquiera,
+había él solo, contra todo un escuadrón de húsares de la muerte,
+cubierto con su cuerpo y salvado á través de la metralla «á un general
+peligrosamente herido». De ahí provenía sobre su puerta la flamante
+muestra, y el nombre dado en el país á su figón de «posada del sargento
+de Waterloo». Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscripto
+para el campo de Asilo. Decíase en la aldea que había estudiado para
+cura.
+
+Nosotros creemos que había sencillamente estudiado en Holanda para
+posadero. Este tunante del orden compuesto era, según todas las
+probabilidades, algún flamenco de Lila en Flandes, francés en París,
+belga en Bruselas, montado cómodamente sobre dos fronteras. Su proeza
+de Waterloo, ya la conocemos; y como se ve, la exageraba un poco. El
+flujo y el reflujo, lo tortuoso, lo aventurero, eran el elemento de su
+existencia; conciencia desgarrada supone naturalmente vida descosida;
+y verosímilmente en la tormentosa época del 18 de junio de 1815,
+Thénardier pertenecía á aquella variedad de cantineros merodeadores
+de que hemos hablado, recorriendo los caminos, vendiendo á unos,
+robando á otros, y rodando en familia, marido, mujer é hijos, en algún
+desvencijado calesín á la cola de las tropas en marcha, con el instinto
+de unirse siempre al ejército victorioso.
+
+Terminada la campaña, y teniendo, como él decía, _cum quibus_, había
+ido á establecer su bodegón en Montfermeil.
+
+Este _quibus_ compuesto de las bolsas y relojes, de las sortijas de
+oro y de las cruces de plata, cosechadas al tiempo de la siega en los
+surcos sembrados de cadáveres, no sumaba por cierto un gran total, ni
+había hecho adelantar gran cosa á aquel vivandero trocado en bodegonero.
+
+Thénardier tenía en el gesto ese algo rectilíneo inexplicable, que con
+un juramento recuerda el cuartel, y con la señal de la cruz recuerda
+el seminario. Era muy hablador, y dejaba que le creyeran sabio. Sin
+embargo el maestro de escuela había notado que cometía errores.
+Extendía las cuentas de los pasajeros con superioridad; pero no
+faltaban ojos ejercitados que encontraban á veces faltas de ortografía.
+Thénardier era cazurro glotón, gandul y listo. No desdeñaba á las
+criadas, lo cual era causa de que su mujer no tuviese ninguna. Aquella
+gigante era celosa. Parecíale que aquel hombrecillo flaco y descolorido
+debía ser objeto de concupiscencia universal.
+
+Thénardier, hombre de astucia y equilibrio, era ante todo un bribón del
+género templado. Esto es, de la peor especie, por la hipocresía que
+entra en ella.
+
+No es que Thénardier no fuése en ocasiones capaz de encolerizarse, al
+menos tanto como su mujer; pero esto era rarísimo, y en tales momentos,
+como aborrecía por completo al género humano, como había dentro de
+él un horno profundísimo de odio, como era de esas gentes que se
+están vengando perpetuamente, que acusan á todo cuanto pasa delante
+de ellos como causa de todo lo que cae encima de ellos, y que están
+siempre dispuestos á arrojar sobre el primero que llegue, como legítimo
+agravio, el total de las decepciones, bancarrotas y calamidades de su
+vida, y como toda esta levadura fermentaba en él y bullía en su boca y
+en sus ojos, se ponía espantoso. ¡Desdichado del que pasase entonces
+bajo su furor!
+
+Aparte de todas sus otras cualidades, era Thénardier, atento y
+penetrante, callado ó hablador según los casos, y siempre con elevada
+inteligencia. Tenía algo en su mirada de los marinos acostumbrados á
+mirar con anteojos de larga vista. Thénardier era un hombre de Estado.
+
+Todo recién llegado que entraba en el bodegón, al ver á la mujer
+Thénardier, exclamaba: ¡He aquí el amo de la casa! Error, no era
+siquiera el ama. Amo y ama, lo era el marido. Ella hacía, él creaba.
+Ella lo dirigía todo por una especie de acción magnética, invisible
+y continua. Una palabra le bastaba á él, muchas veces un signo, el
+mastodonte hembra obedecía. Thénardier era para su mujer, sin que ella
+se explicase el por qué, una especie de ser particular y soberano.
+Tenía ella las virtudes de su modo de ser; nunca, jamás, aunque hubiese
+disentido sobre algún detalle con el «señor Thénardier», hipótesis, por
+otra parte inadmisible, no le hubiera quitado la razón en público á su
+marido, sobre ningún asunto fuése el que fuere. Nunca jamás hubiera
+cometido delante de extraños esa falta que cometen con tanta frecuencia
+las mujeres y que se llama en lenguaje parlamentario descubrir la
+corona. Aún cuando semejante acuerdo no diese otro resultado que el
+mal, había algo contemplativo en esa sumisión de la Thénardier á su
+marido. Aquella montaña de ruido y carne, movíase debajo el dedo
+meñique de aquel frágil déspota. Visto ello por su lado raquítico y
+grotesco, patentizábase la gran cosa universal: la adoración de la
+materia hacia el espíritu; porque hay ciertas fealdades, cuya razón
+de ser está en las profundidades mismas de la belleza eterna. Había
+en Thénardier algo de lo desconocido, y de ahí provenía el imperio
+absoluto de este hombre sobre su mujer. En ciertos momentos le veía
+ella como una vela encendida; en otros, le sentía como una garra.
+
+Aquella mujer era una criatura formidable, que no amaba más que á sus
+hijos, y sólo temía á su marido. Era madre, porque era mamífera. Por
+lo demás, su maternidad se limitaba á sus hijas, pues como se verá más
+adelante, no alcanzaba á los varones. El hombre, sólo tenía una idea:
+enriquecerse. Y no lo conseguía. Faltábale un teatro digno de su gran
+talento. Thénardier en Montfermeil se arruinaba, si la ruina cabe bajo
+cero. En Suiza ó en los Pirineos, este hombre sin un cuarto se habría
+hecho millonario. Pero donde la suerte enclava al posadero, allí es
+menester que viva.
+
+Ya se comprende que la palabra _posadero_, está aquí empleada en
+sentido limitado, y que no se extiende á la clase entera.
+
+Ese mismo año, 1823, Thénardier tenía una deuda de unos mil quinientos
+francos, una deuda apremiante, que le preocupaba.
+
+Cualquiera que fuése para con él la injusticia persistente del destino,
+Thénardier era uno de esos hombres que comprendían mejor, con más
+profundidad y del modo más moderno, esta cosa que es una virtud en
+los pueblos bárbaros, y una mercancía en los pueblos civilizados: La
+hospitalidad. Por otra parte, era un cazador furtivo y admirable,
+citado por su certera puntería. Poseía cierta risita fría y apacible,
+que era particularmente peligrosa.
+
+Sus teorías de posadero brotaban de él algunas veces como relámpagos.
+Empleaba ciertos aforismos de su profesión que procuraba inculcar
+en el espíritu de su mujer. El deber de posadero le decía una vez
+violentamente y en voz baja, es vender al primero que llega, comida,
+descanso, luz, fuego, sábanas sucias, muchacha, pulgas y sonrisas;
+detener al pasajero, vaciar los bolsillos pequeños, aligerar
+honradamente los grandes, dar albergue con respeto á las familias en
+viaje, desollar al hombre, desplumar á la mujer, limpiar al chiquillo;
+poner precio á la ventana abierta, á la ventana cerrada, al rincón
+de la chimenea, al sillón, á la silla, al taburete, al escabel, al
+lecho de pluma, al colchón y al haz de paja; saber cuándo se sirven
+del espejo, con la imagen del que se mira en él tarifárselo; y, con
+quinientos mil diablos, hacérselo pagar todo al viajero, incluso las
+moscas que se come su perro.
+
+El tal hombre y la tal mujer eran la astucia y la rabia unidas,
+maridaje repugnante y terrible.
+
+Mientras el marido calculaba y combinaba, la Thénardier no pensaba
+en los acreedores ausentes, ni se preocupaba del ayer ni del mañana,
+viviendo exclusivamente al día.
+
+Tales eran estos seres. Cosette estaba entre ellos, sufriendo la doble
+presión de uno y otro, como una criatura que fuése á la vez triturada
+por una piedra de molino y destrozada por unas tenazas.
+
+El hombre y la mujer tenían, cada cual, su manera distinta de
+martirizarla; si Cosette estaba amoratada á golpes era cosa de la
+mujer; si iba con los pies desnudos en invierno, era cosa del marido.
+
+Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, fregaba, barría, andaba,
+corría, se fatigaba, removía las cosas más pesadas y, débil como era,
+hacía todo lo más pesado. No había piedad para ella; una ama feroz,
+un amo venenoso. El bodegón de Thénardier era como una red en que
+Cosette se hallaba cogida y temblorosa. El ideal de la opresión estaba
+realizado en aquella domesticidad siniestra. Era algo como la mosca
+sirviendo á las arañas.
+
+La pobre criatura, pasiva, se callaba.
+
+Cuando así se encuentran, desde su aurora, desnudas y desamparadas
+entre los hombres, ¿qué pasa en esas almas que acaban de dejar el seno
+de Dios?
+
+
+
+
+ III
+ =Los hombres necesitan vino, los caballos agua=
+
+
+Habían llegado cuatro nuevos viajeros.
+
+Cosette meditaba tristemente; pues aún cuando no tenía más que ocho
+años, había ya sufrido tanto, que se ensimismaba en el aire lúgubre de
+una vieja.
+
+Tenía un párpado amoratado á consecuencia de un puñetazo que la
+Thénardier le había sacudido, lo cual hacía decir á la propia
+Thénardier de cuando en cuando:
+
+--¡Está bien fea con su cardenal en el ojo!
+
+Cosette pensaba, pues, que era de noche, muy de noche; que había sido
+menester llenar de improviso las jarras y vasijas de los cuartos de los
+viajeros recién llegados, y que no había ya más agua en el depósito.
+
+Lo que la tranquilizaba un poco, era que no se bebía mucha agua en casa
+Thénardier. Es verdad que no faltaban gentes que tuviesen sed; pero era
+de esa sed que mejor se dirige al jarro que al cántaro. Quien hubiese
+pedido un vaso de agua, entre aquellos vasos de vino, hubiera parecido
+un salvaje á todos aquellos hombres. Hubo un momento, sin embargo,
+en que la muchacha tembló; la Thénardier levantó la tapadera de una
+cacerola que hervía en el hornillo, después cogió un vaso y se acercó
+al depósito. Dió vuelta al grifo. Cosette había levantado la cabeza y
+seguía todos sus movimientos. Un delgadísimo hilo de agua, llenó apenas
+la mitad del vaso.
+
+--¡Mira,--dijo la mujer,--no hay más agua!
+
+--Siguió un instante de silencio. La criatura no respiraba.
+
+--¡Bah!--repuso la Thénardier, examinando el vaso medio lleno.--Con
+ésta habrá bastante.
+
+Cosette se volvió á su trabajo; pero durante un buen cuarto de hora,
+sintió saltar el corazón precipitadamente dentro el pecho.
+
+Contaba los minutos que iban pasando, deseando estar ya al día
+siguiente.
+
+De cuando en cuando, uno de los bebedores miraba á la calle y exclamaba:
+
+--¡Está obscuro como boca de lobo!
+
+Ó decía otro:
+
+--¡Es preciso ser gato para salir á la calle sin farol!
+
+Cosette se estremecía.
+
+De pronto, uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón
+entró, y dijo con acento rudo:
+
+--No habéis dado de beber á mi caballo.
+
+--Sí, por cierto,--dijo la Thénardier.
+
+--Yo os digo que no,--repuso el mercader.
+
+Cosette había salido de debajo de la mesa:
+
+--¡Oh! ¡Sí, señor!--dijo.--El caballo ha bebido, ha bebido en el cubo,
+en el cubo lleno, y yo misma soy quien le he dado de beber y le he
+hablado.
+
+Esto no era verdad. La niña mentía.
+
+--He aquí otra, que no es mayor que un puño, y miente como una
+casa,--exclamó el mercader.--¡Yo te digo que no ha bebido, bribonzuela!
+Tiene un modo de resollar, cuando no ha bebido, que se lo conozco
+perfectamente.
+
+Cosette insistió, añadiendo con voz enronquecida por la angustia y que
+se oía apenas:
+
+--¡Y mucho que ha bebido!
+
+--¡Ea,--repuso el mercader en tono colérico,--no hay que hablar de eso;
+que se le dé de beber á mi caballo, y acabemos!
+
+Cosette volvió á meterse debajo de la mesa.
+
+--En efecto: nada hay más justo,--dijo la Thénardier;--si el animal no
+ha bebido, es preciso que beba.
+
+Luego mirando en torno suyo exclamó:
+
+--¡Y bien! ¿Dónde está ésa?
+
+Bajóse, y vió á Cosette agazapada al otro extremo de la mesa, metida
+casi debajo de los pies de los bebedores.
+
+--¿Quieres salir de ahí?--gritó la Thénardier.
+
+Cosette salió de la especie de agujero donde se había escondido. La
+Thénardier repuso:
+
+--Señorita doña Perra sin nombre, vaya á dar de beber al caballo.
+
+--Pero, señora,--dijo Cosette toda temblorosa,--¡es que no hay agua!
+
+La Thénardier abrió de par en par la puerta de la calle.
+
+--¡Pues ir á buscarla!
+
+Cosette bajó la cabeza, y fué á tomar un cubo vacío que estaba en el
+rincón de la chimenea.
+
+Este cubo abultaba más que ella, tanto, que la muchacha hubiera podido
+sentarse dentro y estar ancha.
+
+La Thénardier se volvió á sus hornillas, y probó con una cuchara de
+palo lo que había en una cacerola, gruñendo al mismo tiempo:
+
+--En la fuente la hay; todas las dificultades fuesen como ésta. Creo
+que hubiera sido mejor preparar las cebollas.
+
+Púsose luego á buscar en un cajón donde había dinero, ajos y pimienta.
+
+--Toma, señorita Renacuajo,--añadió;--de vuelta tomarás un pan en la
+panadería. Aquí tienes una moneda de quince sueldos.
+
+Cosette tenía una faltriquera pequeña en un lado del delantal; tomó la
+moneda sin decir una palabra, y la guardó en el bolsillo.
+
+Después se quedó inmóvil con el cubo en la mano, y la puerta abierta
+delante de ella. Parecía esperar que alguien fuése en su ayuda.
+
+--¡Aprisa!--gritó la Thénardier.
+
+Cosette salió. La puerta se volvió á cerrar.
+
+
+
+
+ IV
+ =Entrada en escena de una muñeca=
+
+
+La hilera de puestos de venta al aire libre que partía de la iglesia,
+se extendía, como hemos dicho, hasta la posada Thénardier. Dichos
+puestos, esperando que pasara luego gente que debía ir á la misa de
+media noche, estaban iluminados todos con velas, que ardían dentro
+de cucuruchos de papel, lo cual, como decía el maestro de escuela de
+Montfermeil, sentado en aquel momento á una de las mesas de la taberna
+Thénardier, producía «un efecto mágico».
+
+En cambio no se veía una sola estrella en el cielo.
+
+El último de estos puestos, establecido precisamente enfrente de la
+puerta de los Thénardier, estaba lleno de juguetes de todas clases,
+y ostentaba mil objetos de oropel, vidrio de colores y otras cosas
+magníficas de hoja de lata. En la primera fila, y en lugar preferente,
+había colocado el mercader, sobre un fondo de servilletas blancas, una
+inmensa muñeca de casi dos pies de altura, vestida con traje de crespón
+color de rosa, con espigas de oro en la cabeza, pelo verdadero y ojos
+de esmalte. Todo el día había estado expuesta aquella maravilla á la
+admiración de los transeuntes de menos de diez años, sin que hubiese
+habido en Montfermeil una madre bastante rica ó bastante pródiga para
+comprársela á su hija. Eponine y Azelma se habían pasado contemplándola
+horas enteras, y Cosette misma furtivamente, por supuesto, había osado
+mirarla también.
+
+En el momento en que salió Cosette, con su cubo en la mano, por triste
+y disgustada que estuviese, no pudo dejar de levantar los ojos hasta la
+prodigiosa muñeca, hasta _la señora_, como ella la llamaba. La pobre
+niña se quedó petrificada. No había visto aún tan de cerca la tal
+muñeca. Toda la barraca le parecía un palacio; y aquella muñeca no era
+muñeca, era una visión. Era la alegría, el explendor, la riqueza, la
+dicha que aparecía en una especie de irradiación quimérica ante aquel
+pequeño y desgraciado ser, tan profundamente envuelto por una miseria
+fúnebre y helada. Cosette medía con la sagacidad triste y sincera de
+la infancia, el abismo que la separaba de aquella muñeca. Decíase
+ella que era menester ser reina, ó al menos princesa, para poseer
+una «cosa» como aquélla. Contemplaba aquel lindo vestido de color de
+rosa, aquellos hermosos y bien peinados cabellos, pensando y diciendo
+¡qué feliz debe ser esa muñeca! Sus ojos no podían apartarse de aquel
+puesto fantástico. Cuanto más miraba, más se embelesaba. Creía estar
+viendo el paraíso. Veía otras muñecas, detrás de «la grande», que le
+parecían hadas y genios. El mercader que se movía, allá en el fondo del
+barracón, le producía cierto efecto de Padre eterno.
+
+En aquella adoración, se olvidaba de todo, hasta del encargo que se le
+había hecho. De súbito, la áspera voz de la Thénardier la hizo volver
+en sí.
+
+--¡Cómo! ¿Aún estás aquí bachillera? ¡Aguarda, allá voy yo! ¿Qué tiene
+que hacer ahí ese monstruo?
+
+La Thénardier había dado una mirada á la calle, y había visto á Cosette
+extasiada.
+
+Cosette se escapó, cargando con el cubo y alargando los pasos cuanto
+pudo.
+
+
+
+
+ V
+ =La chiquilla sola=
+
+
+Como la taberna Thénardier estaba en aquella parte de la población
+inmediata á la iglesia, era la fuente del bosque, de la parte de
+Chelles, á donde Cosette debía ir por el agua.
+
+Ya no volvió á mirar ningún otro puesto de la feria. Mientras estuvo
+en la callejuela de Boulanger y en los alrededores de la iglesia,
+las tiendecillas iluminadas alumbraban el camino; pero muy pronto
+desapareció el último resplandor del último barracón. La pobre criatura
+se encontró pues en la obscuridad. Penetró en ella. Pero sintiendo que
+se apoderaba de su espíritu cierta emoción; á medida que iba caminando
+iba agitando cuanto podía el asa del cubo. El ruido que producía con
+ello, le servía de compañía.
+
+Cuanto más andaba, más espesas se iban volviendo las tinieblas. No
+había ya en las calles persona alguna. Sin embargo, tropezó con una
+mujer, que se volvió al verla y que permaneció inmóvil, murmurando
+entre dientes:
+
+--¿Adónde puede ir esta muchacha? ¿Si será algún duende?--Luego la
+mujer reconoció á Cosette, y exclamó:--¡Mira! ¡si es la Alondra!
+
+Así atravesó Cosette el laberinto de calles tortuosas y desiertas
+en que termina por la parte de Chelles la población de Montfermeil.
+Mientras hubo casas y aún sólo paredes por ambos lados del camino,
+anduvo bastante animosa. De cuando en cuando veía la claridad de una
+vela á través de las rendijas de una ventana; era luz y vida; allí
+había gente, y esto la alentaba. Sin embargo, á medida que adelantaba,
+sus pasos iban acortándose maquinalmente. Cuando hubo pasado el
+ángulo de la última casa, Cosette se paró. Ir más allá de la última
+tienda había sido difícil; ir más allá de la última casa, se le hacía
+imposible. Dejó el cubo en el suelo, llevóse la mano á la cabeza,
+y púsose á rascarse lentamente, actitud propia de las criaturas
+aterradas é indecisas. Ya no estaba en Montfermeil, puesto que se
+encontraba en medio del campo. Tenía únicamente ante ella el espacio
+negro y desierto. Contempló desesperada aquella obscuridad, donde no
+había nadie, donde había solamente animales, y donde había tal vez
+aparecidos. Miró bien, y creyó oir las bestias que andaban por entre
+la yerba, y ver claramente los aparecidos que se movían entre los
+árboles. Entonces volvió á coger su cubo, el miedo le dió audacia.
+
+--¡Bah!--exclamó ella,--diré que ya no había agua.
+
+Y volvió á entrar resueltamente en Montfermeil.
+
+Apenas había andado cien pasos, se paró nuevamente y volvió á rascarse
+la cabeza. Entonces fué la Thénardier quien se le apareció; la
+Thénardier, amenazadora, con su boca de hiena y destellando cólera
+sus ojos. La muchacha lanzó una triste mirada en torno suyo. ¿Qué
+hacer? ¿Cómo salir del paso? ¿Adónde ir? Delante tenía el espectro de
+la Thénardier, detrás todos los fantasmas de la noche y del bosque. Á
+pesar de todo, retrocedió ante la Thénardier. Emprendió otra vez el
+camino de la fuente y echó á correr. Salió corriendo de la población,
+entró corriendo en el bosque, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su
+curso hasta faltarle la respiración; pero no interrumpió su marcha. Iba
+avanzando como desvanecida.
+
+Iba corriendo con ganas de llorar.
+
+El estremecimiento nocturno de la selva la envolvía por completo. No
+pensaba, no veía ya; la inmensidad de la noche estaba frente á frente
+de aquel pequeño ser. Por una parte, todo sombras; por otro, un átomo.
+
+No había más que unos siete ú ocho minutos de la orilla del bosque
+al manantial. Cosette conocía el camino por haberle recorrido de día
+muchas veces. ¡Cosa extraña! No se extravió. Un resto de instinto la
+conducía vagamente. Sin embargo, no dirigía los ojos ni á la derecha
+ni á la izquierda, temerosa de ver cosas entre las ramas y entre la
+maleza. Así llegó á la fuente.
+
+Era un estrecho pozo natural, formado por el agua en un suelo
+arcilloso, á la profundidad de unos dos pies, rodeado de musgo y
+de esas grandes yerbas rizadas llamadas gorgueras de Enrique IV, y
+enlosado con grandes piedras, del cual salía un arroyuelo, produciendo
+un ruido escaso y tranquilo.
+
+Cosette no se tomó ni aún el tiempo indispensable para respirar. Estaba
+la noche obscurísima; pero ella tenía ya costumbre de ir á aquella
+fuente. Buscó con la mano izquierda, entre la obscuridad, una encinilla
+inclinada sobre el manantial, la que le servía ordinariamente de punto
+de apoyo; encontró una rama, se agarró á ella, se inclinó y sumergió
+el cubo en el agua. Se encontraba en un estado tan violento, que sus
+fuerzas se habían triplicado. Mientras estaba así inclinada, no echó de
+ver que la faltriquera de su delantal se vaciaba en la fuente, y que la
+moneda de quince sueldos se le cayó en el agua. Cosette no vió ni oyó
+caer nada. Retiró el cubo casi lleno, y lo dejó sobre la yerba.
+
+Hecho esto, advirtió que estaba abrumada de cansancio. Bien hubiera
+querido partir enseguida; pero el esfuerzo de llenar el cubo había
+sido tal, que le fué imposible dar un paso. Vióse, por lo tanto,
+obligada á sentarse, y dejándose caer sobre la yerba, se quedó
+acurrucada.
+
+Cerraba los ojos, volviéndolos á abrir luego sin saber por qué, pero no
+pudiendo hacer otra cosa. Á su lado tenía el cubo, cuya agua agitada
+formaba círculos á manera de serpientes de fuego blanco.
+
+Encima de su cabeza, el cielo aparecía cubierto de extensas nubes
+negras, que eran como masas de humo. La trágica máscara de la sombra
+parecía ir cayendo vagamente sobre aquella criatura.
+
+Júpiter se envolvía en las profundidades.
+
+La pobre criatura miraba con ojos extraviados esta grande estrella,
+que no conocía y que le daba miedo. El planeta se hallaba en realidad
+en aquel momento cerca del horizonte, y atravesaba una espesa capa de
+niebla que le daba un tinte rojizo horrible. La bruma, lúgubremente
+teñida de púrpura, agrandaba el astro, dándole el aspecto de una llaga
+luminosa.
+
+Un viento frío soplaba de la llanura. El bosque estaba tenebroso,
+sin ningún rozamiento de hojas, sin ninguna de aquellas vagas
+y suaves claridades de estío. Alzábanse horriblemente grandes
+ramajes; agitábanse en los claros deformes y espantosos matorrales.
+Extremecíanse con el cierzo las altas yerbas como anguilas; las zarzas
+retorcíanse como largos brazos armados de garras para coger su presa.
+Algunas malezas secas, sacudidas por el viento, pasaban rápidamente
+como huyendo espantadas de algún objeto que las persiguiese. En todas
+partes no se advertía más que extensiones lúgubres.
+
+La obscuridad es vertiginosa. El hombre necesita claridad; quien
+penetra en lo opuesto á la luz, se siente oprimido el corazón. Cuando
+el ojo ve negro, el espíritu ve turbio. En el eclipse, en la noche, en
+la opacidad fuliginosa, hay ansiedad hasta para los más fuertes. Nadie
+atraviesa solo de noche por las obscuridades de un bosque sin temblar.
+Sombras y árboles, son dos espesuras temibles. Una realidad quimérica
+aparece en la profundidad indistinta. Lo inconcebible se bosqueja á
+pocos pasos de nosotros con claridad espectral. Vemos flotar, en el
+espacio ó en nuestro propio cerebro, algo vago é impalpable como los
+sueños de flores dormidas. Hay en el horizonte actitudes feroces,
+aspiramos los efluvios del gran vacío obscuro. Tenemos á un tiempo
+miedo y deseo de mirar atrás.
+
+Las cavidades de la noche, las cosas convertidas en objetos espantosos,
+perfiles taciturnos que se van disipando á medida que vamos adelante,
+cabelleras sueltas flotando en la obscuridad, espesuras irritadas,
+charcos lívidos; lo lúgubre reflejándose en lo fúnebre, la inmensidad
+sepulcral del silencio; los seres desconocidos posibles, ramas
+misteriosamente doblegadas, torsos horribles de árboles, prolongadas
+ráfagas de yerbas temblorosas, no existe defensa contra todo eso. No
+hay valor que no tiemble y no sienta la proximidad de la angustia. Se
+experimenta algo horroroso, como si el alma se confundiese con la
+sombra. Esta penetración íntima de las tinieblas, es inexplicablemente
+siniestra en los niños.
+
+Las selvas son apocalipsis, y el simple batir de alas de un alma
+infantil, produce cierto ruido de agonía bajo su bóveda monstruosa.
+
+Sin darse cuenta á sí misma de lo que experimentaba, Cosette se sentía
+sobrecogida por aquella obscura enormidad de la naturaleza. No era
+únicamente terror lo que la impresionaba, era algo más terrible que el
+terror mismo. Temblaba. No hay expresiones para manifestar lo que tenía
+de extraño aquel temblor que la helaba hasta el fondo de su corazón.
+Su mirada se había vuelto esquiva. Creía sentir que tal vez no podría
+evitar al día siguiente, el volver allí á la misma hora.
+
+Entonces, movida por cierto instinto, para salir de aquel estado
+singular que ella no comprendía, pero que la asustaba, púsose á contar
+en alta voz uno, dos, tres, cuatro, hasta diez, y cuando concluía
+empezaba á contar otra vez de nuevo. Esto le devolvió la clara
+percepción de los objetos que la rodeaban. Sintió frío en sus manos,
+que se habían mojado al sacar el agua. Levantóse volviendo nuevamente
+al miedo, un miedo natural é invencible. No tuvo ya más que un
+pensamiento, huir; huir á todo correr, al través del bosque, al través
+del campo, hasta dar con las casas, con las ventanas, con las velas
+encendidas. Su mirada tropezó con el cubo que tenía delante.
+
+Era tal el horror que la inspiraba la Thénardier, que no se atrevió á
+huir sin el cubo de agua. Cogióle por el asa con ambas manos, y no sin
+gran trabajo alcanzó levantarlo.
+
+Caminó difícilmente unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno y era
+tan pesado, que se vió obligada á dejarle nuevamente en el suelo.
+Respiró un instante, cogiéndolo de nuevo, y echó á andar; avanzando
+esta vez más largo trecho. Pero fuele preciso descansar aún; después
+de algunos segundos de reposo, prosiguió. Caminaba inclinada hacia
+adelante, con la cabeza baja, como una vieja; el peso del cubo estiraba
+y entumecía sus débiles brazos. El asa de hierro acababa de entorpecer
+y helar sus manecitas húmedas; de cuando en cuando se veía obligada á
+pararse, y cada vez que lo hacía, el agua helada que se desbordaba del
+cubo, caía sobre sus desnudas piernas. Esto le acontecía en el fondo de
+un bosque, de noche, en invierno, lejos de toda mirada humana, á una
+niña de ocho años; Dios solamente podía ver una cosa tan triste, en tan
+triste momento.
+
+Y sin duda su madre también, ¡ay!
+
+Porque hay cosas capaces de hacer abrir los ojos á los muertos dentro
+de sus tumbas.
+
+Respiraba la pobre con cierto doloroso estertor; los sollozos oprimían
+su garganta, pero no se atrevía á llorar, tanto era el miedo que
+le infundía, aun de lejos, la Thénardier. Tenía la costumbre de
+imaginarse siempre presente á la posadera.
+
+Á pesar de todo, no podía adelantar mucho camino de aquella manera, y
+proseguía lentamente. Por más que acortaba la duración de las paradas
+y caminaba de una á otra cuanto podía, calculaba angustiada que le
+faltaba más de una hora para llegar así á Montfermeil, y que la
+Thénardier la pegaría. Á semejante angustia se mezclaba el espanto de
+verse sola, de noche y en el bosque. Estaba abrumada de fatiga, y no
+había aún salido de la selva. Al llegar junto á un viejo castaño que
+ya conocía, hizo una última parada más larga que las anteriores, para
+tomar mayor descanso; reunió después todas sus fuerzas, cogió de nuevo
+el cubo, y echó á andar otra vez valerosamente.
+
+Sin embargo, la pobre criatura, desesperada, no pudo evitar esta
+exclamación: ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!
+
+En aquel momento, sintió de súbito que el cubo no le pesaba ya. Una
+mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba
+vigorosamente. Levantó Cossette la cabeza. Un gran bulto negro enhiesto
+y alto, caminaba á su lado en la obscuridad. Era un hombre que había
+llegado detrás de ella, y á quien no había oído venir. Aquel hombre,
+sin decir una palabra, había empuñado el asa del cubo que ella podía
+levantar apenas.
+
+Hay instintos para todos los acontecimientos de la vida.
+
+La niña no tuvo entonces miedo.
+
+
+
+
+ VI
+ =Donde tal vez se prueba la inteligencia de Boulatruelle=
+
+
+En la tarde del mismo día de Navidad de 1823, estuvo paseando un hombre
+largo tiempo la parte más desierta del boulevard del Hospital en París.
+Este hombre tenía el aspecto del que busca dónde alojarse, y se detenía
+preferentemente ante las casas de más modesta apariencia de aquel
+ruinoso extremo del arrabal de San Marcelo.
+
+Luego veremos cómo aquel hombre había alquilado, efectivamente, un
+cuarto en este aislado barrio.
+
+Aquel hombre, así en su traje como en toda su persona, presentaba
+el tipo de lo que podría llamarse el mendigo de buena sociedad: la
+extremada miseria combinada con el extremado aseo. Es ello una mezcla
+bastante rara, que inspira á los corazones inteligentes el doble
+respeto que se siente por quien es muy pobre y por quien es muy digno.
+Llevaba un sombrero redondo muy viejo y muy cepillado, una levita hasta
+descubrir los hilos, de paño común color de ocre, color que no tenía
+nada de particular en aquella época, un gran chaleco con bolsillos
+de forma secular, calzón corto negro, pero que mostraba haberse
+descolorido hasta el gris por las rodillas, medias de lana negra y
+gruesos zapatos con hebillas de cobre. Hubiérase dicho que era un
+antiguo preceptor de casa grande, recién llegado de la emigración. Por
+sus cabellos blancos, por las arrugas de su frente, por lo lívido de
+sus labios, por su rostro en que todo respiraba abatimiento y cansancio
+de la vida, se le hubieran supuesto más de sesenta años. Por su paso
+firme, aunque lento, y por el vigor singular impreso en todos sus
+movimientos, apenas se le hubieran concedido cincuenta.
+
+Las arrugas de su frente estaban bien colocadas, y hubieran prevenido
+en favor suyo á cualquiera que le hubiese observado atentamente.
+Sus labios se contraían con un pliegue particular, que parecía
+severo siendo humilde. Había en el fondo de su mirada cierta lúgubre
+serenidad. Llevaba en la mano izquierda un paquetito envuelto en un
+pañuelo, apoyando la derecha en una especie de bastón cortado de un
+seto. Este bastón había sido labrado con cierto esmero, y no tenía un
+mal aspecto; habían sacado partido de los nudos, y le habían figurado
+un puño de coral con lacre encarnado; era un palo, que se parecía á un
+bastón.
+
+Poca es la gente que pasa por aquel boulevard, sobre todo en invierno.
+Aquel hombre, no obstante, aunque sin afectación, más parecía evitarla
+que buscarla.
+
+En aquella época, el rey Luis XVIII iba casi todos los días á
+Chois-le-Roy. Era uno de sus paseos favoritos. Á eso de las dos, casi
+invariablemente, se veía el coche con la escolta real pasar á todo
+escape por el boulevard del Hospital.
+
+Esto hacía las veces de reloj á los pobres del barrio, que decían: las
+dos; pues ya se vuelve á las Tullerías.
+
+Y los unos acudían y los otros se alineaban para esperarle; porque el
+paso de un rey, es siempre tumultuoso. Por lo demás la aparición y
+desaparición de Luis XVIII, producía cierto efecto en las calles de
+París. Era rápido, pero majestuoso. Aquel rey impotente gustaba de
+ir al galope; no pudiendo andar, quería correr; ese inválido hubiera
+deseado de buena gana ser conducido por el relámpago. Pasaba pacífico y
+severo en medio de los sables desnudos. Su berlina maciza, enteramente
+dorada, con gruesas ramas de lirio pintadas en los costados, rodaba
+estrepitosamente. Apenas había tiempo bastante para dirigirle una
+mirada. Veíase en el ángulo del fondo, á la derecha, sobre almohadones
+de raso blanco, una cara ancha, firme y colorada, una frente recién
+empolvada, una mirada altiva, dura y fina, una sonrisa de letrado, dos
+grandes charreteras con canalones flotantes sobre un frac de paisano,
+el Toisón de oro, la cruz de San Luis, la cruz de la Legión de Honor,
+la placa de plata del Santo Espíritu, un gran vientre y un grueso
+cordón azul: esto era el rey. Fuera de París colocaba su sombrero
+con plumas blancas sobre sus rodillas envueltas en altas polainas
+inglesas, y cuando entraba de nuevo en la población, se lo ponía en la
+cabeza, saludando poco. Miraba fríamente al pueblo, que le correspondía
+perfectamente. Cuando apareció por primera vez en el barrio de San
+Marcelo, todo el éxito que obtuvo fué esta frase de uno de los vecinos
+á otro vecino: «Ese gordo que va ahí es el gobierno».
+
+Este paso infalible del rey á la misma hora, era, pues, el
+acontecimiento cotidiano del boulevard del Hospital.
+
+El paseante de la levita amarilla, no era evidentemente del barrio, ni
+de París tampoco probablemente, puesto que ignoraba esta circunstancia.
+Así es que cuando al dar las dos vió el coche real, rodeado de un
+escuadrón de guardias de Corps galoneados de plata, desembocar en
+el boulevard, después de dar la vuelta á la Salpêtrière, se quedó
+sorprendido y casi aterrado. No había nadie más que él en la calle de
+árboles, y se arrimó vivamente contra un ángulo de la tapia de cerca,
+lo que no impidió que le viese el señor duque de Havré. El señor duque
+de Havré, como capitán de guardias de servicio aquel día, iba sentado
+en el coche frente á frente del rey, y dijo á su majestad:
+
+--¡He aquí un hombre de bien mala traza! Varios agentes de policía,
+apostados para vigilar en la carrera que seguía el rey, se fijaron
+también en aquel hombre, y uno de ellos recibió orden de seguirle. Pero
+el hombre se internó en las callejuelas solitarias del arrabal, y como
+el día empezaba á declinar, el agente perdió la pista, según resulta
+de un parte dirigido aquella misma noche al conde Anglès, ministro de
+Estado y prefecto de policía.
+
+Cuando el hombre de la levita amarilla hubo hecho perder la pista
+al agente, redobló el paso, no sin haberse vuelto muchas veces para
+cerciorarse de que no le seguían. Á las cuatro y cuarto, es decir,
+cerrada ya la noche, pasaba por delante del teatro de la puerta
+de San Martín, donde se representaba aquel día el drama _Los dos
+presidiarios_. El cartel, alumbrado por los faroles del teatro, debió
+chocarle, porque aún cuando caminaba deprisa se paró á leerle. Poco
+después estaba en el callejón de la Planchette, y entraba en el _Plato
+de estaño_, donde estaba entonces la administración de diligencias de
+Lagny.
+
+El coche partía á las cuatro y media. Los caballos estaban enganchados,
+y los viajeros, llamados por el mayoral, se encaramaban á toda prisa
+por el alto peldaño de hierro del vehículo.
+
+El hombre preguntó:
+
+--¿Hay asiento?
+
+--Uno solo, á mi lado, en el pescante,--contestó el mayoral.
+
+--Le tomo.
+
+--Subid.
+
+Sin embargo, antes de partir, el conductor dirigió una mirada al traje
+nada lujoso del viajero, y á su pequeño lío, é hizo que se lo pagase.
+
+--¿Vais hasta Lagny?--le preguntó el cochero.
+
+--Sí,--dijo el hombre.
+
+Y el viajero pagó hasta Lagny.
+
+Partieron enseguida.
+
+Cuando hubieron atravesado la barrera; el mayoral procuró anudar
+la conversación; pero viendo que el viajero sólo contestaba por
+monosílabos, tomó el partido de silbar y jurar contra los caballos.
+
+Envolvióse el conductor en su manta. Hacía frío. El hombre no parecía
+acordarse de ello. Así atravesaron Gournay y Neuilly-sur-Marne.
+
+Á eso de las seis de la noche estaban en Chelles. El mayoral se paró
+para dar aliento á los caballos delante de la posada de trajineros,
+establecida en los viejos edificios de la abadía real.
+
+--Yo bajo aquí,--dijo el hombre.
+
+Cogió su lío y su bastón, y saltó del carruaje.
+
+Un instante después había desaparecido.
+
+No había entrado en la posada.
+
+Cuando después de algunos minutos la diligencia volvió á emprender la
+marcha para Lagny, no le encontró en toda la calle mayor de Chelles.
+
+El mayoral se volvió hacia los viajeros del interior, diciendo:
+
+--Aquel hombre no es de aquí, pues yo no le conozco. Tiene cara de no
+llevar un céntimo, y sin embargo no se preocupa mucho del dinero, pues
+ha pagado hasta Lagny y no pasa de Chelles. Es de noche, todas las
+casas están cerradas, no entra en la posada, y no se le vuelve á ver.
+Se le ha de haber tragado la tierra.
+
+No había sido el hombre tragado por la tierra, sino que había cruzado
+á grandes pasos entre la obscuridad la calle mayor de Chelles, después
+había tomado á la izquierda, y antes de llegar á la iglesia, el camino
+vecinal que conduce á Montfermeil, como cualquiera conocedor del país
+que hubiese ya transitado por él.
+
+Siguió rápidamente este camino. En el lugar donde cruza la alameda
+antigua que va de Gagny á Lagny, oyó venir gente; ocultóse
+precipitadamente en una zanja, y esperó á que los que pasaban se
+hubiesen alejado. La precaución era por otra parte casi superflua;
+porque, como hemos dicho, era una noche de diciembre obscurísima.
+Apenas se veían dos ó tres estrellas en el cielo.
+
+Estaba donde empieza la subida de la colina. El hombre no volvió á
+entrar en el camino de Montfermeil; tomó á la derecha, al través de los
+campos, y se internó en el bosque apresuradamente.
+
+Cuando se encontró ya en el bosque, acortó el paso, y empezó á mirar
+atentamente todos los árboles, avanzando poco á poco, como si buscase
+ó siguiera una senda misteriosa conocida por él únicamente. Hubo un
+momento en que pareció haberse perdido y se detuvo indeciso. Por fin,
+tentando aquí y allá, llegó á encontrar un claro en que había un montón
+de piedras grandes y blanquizcas. Dirigióse vivamente donde estaban las
+piedras y las examinó con atención, al través de la bruma de la noche,
+como si las revisara.
+
+Un gran árbol, cubierto de esas excrecencias, que son como las verrugas
+de la vegetación, estaba á pocos pasos de aquellas piedras. Acercóse
+al árbol, paseando la mano sobre la corteza del tronco, como si
+quisiera reconocer y contar todas las verrugas.
+
+Frente á ese árbol, que era un fresno, había un castaño, enfermo de
+una descortezadura, al cual habían puesto por vendaje una tira de zinc
+clavada. Levantóse de puntillas, y tocó aquella venda de zinc.
+
+Después anduvo tentando el suelo con los pies, todo el espacio
+comprendido entre el árbol y las piedras, como pretendiendo cerciorarse
+de que la tierra no había sido recientemente removida.
+
+Hecho lo cual, se orientó nuevamente, y emprendió su marcha á través
+del bosque.
+
+Éste era el hombre que acababa de encontrar á Cosette.
+
+Caminando por la espesura en dirección á Montfermeil, había distinguido
+aquella pequeña sombra que se movía gimiendo, que dejaba un peso en el
+suelo, que lo levantaba otra vez y volvía á moverse. Acercósele, y vió
+que era una pobre criatura cargada con un enorme cubo de agua. Entonces
+se llegó á la niña, cogiendo silenciosamente el asa del cubo.
+
+
+
+
+ VII
+ =Cosette en la sombra junto al desconocido=
+
+
+Cosette, ya lo hemos dicho, no había tenido miedo.
+
+El hombre le dirigió la palabra. Hablábale en voz grave y casi baja.
+
+--Hija mía, es muy pesado para ti eso que llevas.
+
+Cosette levantó la cabeza, y respondió:
+
+--Sí, señor.
+
+--Dame,--repuso el hombre,--yo voy á llevártelo.
+
+Cosette soltó el cubo. El hombre se puso á caminar junto á ella.
+
+--Mucho pesa, en efecto,--dijo entre dientes; y añadió luego:
+
+--Chiquilla, ¿qué edad tienes?
+
+--Ocho años, señor.
+
+--¿Y vienes con eso de muy lejos?
+
+De la fuente que está en el bosque.
+
+--¿Y vas muy lejos ahora?
+
+--Á un cuarto de hora largo de aquí.
+
+El hombre permaneció un momento sin hablar; luego preguntó bruscamente:
+
+--¿No tienes madre?
+
+--No lo sé,--respondió la chiquilla.
+
+Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo de tomar nuevamente la
+palabra, añadió:
+
+--No lo creo. Las otras sí tienen, pero yo no.
+
+Y después de una pausa, prosiguió:
+
+--Creo que nunca la he tenido.
+
+Detúvose el hombre, dejó el cubo en el suelo, se inclinó, y poniendo
+ambas manos sobre los dos hombros de la niña, hizo un esfuerzo por
+mirarla y ver su rostro en la obscuridad.
+
+El flaco y escuálido semblante de Cosette, se dibujaba vagamente á la
+pálida luz del cielo.
+
+--¿Cómo te llamas?--preguntó el hombre.
+
+--Cosette.
+
+El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Mirola nuevamente, separó
+después sus manos de los hombros de Cosette, volvió á coger el cubo, y
+echó á andar.
+
+Después de unos instantes, preguntó:
+
+--Chiquilla, ¿dónde vives?
+
+--En Montfermeil, sabéis...
+
+--¿Es allí dónde vamos?
+
+--Sí, señor.
+
+Hizo otra pausa todavía, y volvió á preguntar:
+
+--¿Y quién es el que así te manda á buscar agua al bosque á estas horas?
+
+--La señora Thénardier.
+
+El hombre replicó con un sonido de voz que esforzaba, para darle el
+tono de indiferente, pero en el que se notaba, sin embargo, un temblor
+singular.
+
+--¿Qué es lo que hace esta señora Thénardier?
+
+--Es mi ama,--dijo la niña.--Es la dueña de la posada.
+
+--¿De la posada?--dijo el hombre.--Pues bien; allá voy á pasar esta
+noche. Acompáñame.
+
+--Vamos allá,--dijo la niña.
+
+El hombre andaba bastante de prisa. Cosette le seguía sin dificultad.
+No sentía la menor fatiga. De cuando en cuando levantaba los ojos
+hacia aquel hombre, con cierta expresión de tranquilidad y confianza
+inexplicable. Jamás le había enseñado nadie á dirigirse á la
+Providencia y orar. No obstante, sentía ella dentro de sí misma, algo
+que se parecía á la esperanza y á la alegría, y que se elevaba hasta
+los cielos.
+
+Pasáronse algunos minutos. El hombre repuso:
+
+--Pero, ¿no hay criada en casa de la señora Thénardier?
+
+--No, señor.
+
+--¿Luego estás tú sola?
+
+--Sí, señor.
+
+Hubo todavía otra interrupción. Cosette levantó la voz:
+
+--Es decir, hay dos niñas.
+
+--¿Dos niñas?
+
+--Ponine y Zelma.
+
+La muchacha simplificaba en esta forma aquellos nombres novelescos tan
+agradables á la Thénardier.
+
+--¿Quiénes son estas Ponine y Zelma?
+
+--Son las niñas de la señora Thénardier, es decir, sus hijas.
+
+--Y, ¿qué hacen estas niñas?
+
+--¡Oh!--dijo Cosette.--Tienen muñecas muy bonitas, tienen cosas en que
+hay oro, mucho con que entretenerse, y ellas juegan, se divierten...
+
+--¿Todo el día?
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Y tú?
+
+--Yo, trabajo.
+
+--¿Todo el día?
+
+La niña alzó sus grandes ojos, en los que había una lágrima, que á
+causa de la obscuridad no podía verse, y respondió dulcemente:
+
+--Sí, señor.
+
+Y prosiguiendo, después de un intervalo silencioso:
+
+--Á veces, cuando he concluido mi tarea, y me lo permiten, me divierto
+también.
+
+--Y ¿cómo te diviertes tú?
+
+--Como puedo. Me dejan; pero yo no tengo muchos juguetes. Ponine y
+Zelma no quieren que yo juegue con sus muñecas. Tengo solamente un
+sable muy pequeñito de plomo, que no es mayor que esto.
+
+Y la muchacha levantaba su dedo meñique.
+
+--¿Y que no corta?
+
+--Sí, señor,--dijo la niña,--corta ensalada y cabezas de mosca.
+
+Llegaron á la población. Cosette guió al forastero por las calles.
+Pasaron por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del
+pan que debía llevar. El hombre había cesado de hacerle preguntas,
+guardando entonces un silencio sombrío. Cuando hubieron dejado tras
+sí la iglesia, viendo el hombre todos aquellos puestos al aire libre,
+preguntó á Cosette:
+
+--¿Hay feria aquí?
+
+--No, señor; es Navidad.
+
+Cuando estuvieron cerca de la posada, Cosette le tocó en el brazo
+tímidamente:
+
+--¿Señor?
+
+--¿Qué hay, hija mía?
+
+--Enseguida estaremos en la casa.
+
+--¿Y qué?
+
+--¿Que si queréis dejarme otra vez el cubo?
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque si viese el ama que me lo han traído, me pegaría.
+
+El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban á la puerta
+del bodegón.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico=
+
+
+Cosette no pudo evitar una mirada oblicua hacia la muñeca grande que
+continuaba expuesta en la tienda de juguetes, y llamó enseguida.
+
+Abrióse la puerta; apareció la Thénardier con una vela en la mano.
+
+--¡Ah! ¡eres tú, holgazana! ¡Gracias á Dios! ¡Pues no has malgastado el
+tiempo que digamos! ¡Se habrá estado divirtiendo la sinvergüenza!
+
+--Señora,--dijo Cosette temblorosa,--aquí hay un señor que desea
+hospedaje.
+
+La Thénardier reemplazó enseguida su expresión hocicuda por una
+mueca amable, cambio tan visible como propio de posaderos, buscando
+ávidamente con la mirada al recién llegado.
+
+--¿Es este señor?--dijo ella.
+
+--Sí, señora,--respondió el hombre, llevándose la mano al sombrero.
+
+Los viajeros ricos no son tan corteses. Este ademán, y la inspección
+del traje y equipaje del forastero, á que la Thénardier pasó revista
+de una ojeada, borraron la expresión amable de su gesto, y volviendo á
+poner la cara hocicuda, replicó entonces secamente:
+
+--Entrad, buen hombre.
+
+Entró el «buen hombre». La Thénardier le echó una segunda mirada,
+examinó particularmente su levita raída por completo, y su sombrero
+algún tanto abollado, y consultó con un movimiento de cabeza, un
+fruncimiento de nariz y un guiño de ojos á su marido, quien continuaba
+bebiendo con los trajineros. El marido respondió con aquella
+imperceptible agitación del índice que, sostenida por el inflamiento de
+los labios, significaba entonces: «pobre de solemnidad». Partiendo de
+este supuesto, dijo la Thénardier:
+
+--Buen hombre, aunque lo siento mucho, no hay cuarto disponible.
+
+--Ponedme donde queráis--dijo el hombre;--en el granero ó en la cuadra.
+Pagaré como si me diérais cuarto.
+
+--Cuarenta sueldos.
+
+--¿Cuarenta sueldos? Bien.
+
+--Corriente.
+
+--¡Cuarenta sueldos!--dijo por lo bajo un trajinero á la
+Thénardier.--¡Si no son más que veinte!
+
+--Cuarenta para él,--replicó la Thénardier en el mismo tono.--Yo no
+admito pobres á menos precio.
+
+--Es verdad,--añadió el marido con dulzura,--es un perjuicio para los
+establecimientos el recibir gente de esta clase.
+
+Entre tanto el hombre, después de haber dejado sobre un banco su
+envoltorio y su bastón, se había sentado á una mesa sobre la que
+Cosette se había apresurado á poner una botella de vino y un vaso. El
+mercader que había pedido el cubo de agua se lo llevó él mismo á su
+caballo. Cosette había vuelto á ocupar su lugar debajo de la mesa de
+cocina y tomado su calceta.
+
+El hombre, que apenas había mojado sus labios en el vaso de vino que se
+había servido, contemplaba á la niña con atención particular.
+
+Cosette era fea. Dichosa, hubiera sido bonita tal vez.
+
+Hemos ya bosquejado aquella figurita sombría. Cosette estaba flaca y
+descolorida; tenía cerca de ocho años, y apenas aparentaba seis. Sus
+grandes ojos, hundidos en una especie de sombra, estaban casi apagados
+á fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa especie de
+curvatura de la angustia habitual, que se advierte en los condenados y
+en los enfermos deshauciados. Sus manos estaban, como había adivinado
+su madre, «perdidas de sabañones». El fuego que la iluminaba en aquel
+momento hacía resaltar los ángulos de sus huesos, y ponía horriblemente
+de manifiesto su demacración. Como siempre estaba tiritando de frío,
+había tomado la costumbre de apretar las rodillas una contra otra.
+Todo su vestido no era más que un harapo, que hubiera dado lástima
+en verano y horrorizaba en invierno. No tenía sobre sí más que ropa
+agujereada, ni siquiera un mal pañuelo de lana. Se le veía la piel por
+varias partes, distinguiéndose en muchas de ellas manchas azules ó
+negras, que indicaban los sitios donde la Thénardier la había golpeado.
+Sus piernas desnudas eran delgadísimas y amoratadas. Lo hundido de
+sus clavículas hacía llorar. Toda la persona de aquella criatura, su
+porte, su actitud, el sonido de su voz, los intervalos entre palabra y
+palabra, su mirada, su silencio, su gesto más insignificante expresaban
+y traducían una sola idea: el temor.
+
+El temor se había posado sobre ella; la cubría, por así decirlo; el
+temor la hacía recoger los codos sobre sus caderas, esconder los
+talones debajo la falda, ocupar el menor sitio posible, sin dejarla
+respirar más que lo necesario, convirtiéndola en lo que podría llamarse
+su vicio corporal, sin otra variación posible que la de aumentar. Había
+en el fondo de su pupila un rincón sombrío, donde se anidaba el terror.
+
+Era tal su miedo, que al llegar, mojada y todo como estaba, no se había
+atrevido á ir á secarse al fuego, y se había vuelto silenciosamente á
+su tarea.
+
+La expresión de la mirada de aquella criatura de ocho años era de
+ordinario tan triste, y á veces tan trágica, que en ciertos momentos
+parecía tener trazas de volverse idiota ó demonio.
+
+Jamás, hemos dicho, había sabido lo que era rezar; jamás había puesto
+el pie en una iglesia. ¿Acaso tenía tiempo? decía la Thénardier.
+
+El hombre de la levita amarilla no apartaba los ojos de Cosette.
+
+De repente la Thénardier, exclamó:
+
+--¡Á propósito! ¿Y el pan?
+
+Cosette, según su costumbre, cada vez que la Thénardier levantaba la
+voz, salía inmediatamente de debajo de la mesa.
+
+Habíase olvidado por completo del pan. Recurrió entonces al expediente
+sempiterno de los niños asustados. Mintió.
+
+--Señora, el panadero tenía cerrado.
+
+--¡Haber llamado!
+
+--Ya llamé, señora.
+
+--¿Y bien?
+
+--No abrieron.
+
+--Mañana sabré yo si eso es verdad--dijo la Thénardier;--y si mientes,
+verás la danza que te espera. Entre tanto, devuélveme la moneda de
+quince sueldos.
+
+Cosette metió la mano en el bolsillo del delantal, y se puso verde. La
+moneda de quince sueldos había desaparecido.
+
+--¡Ea!--dijo la Thénardier--¿Me has oído?
+
+Cosette volvió el bolsillo del revés; no había nada. ¿Qué podía haberse
+hecho aquel dinero? La pobre criatura no encontraba una palabra que
+contestar. Estaba petrificada.
+
+--¿Es que has perdido la moneda de quince sueldos?--dijo aullando la
+Thénardier.--¿Ó es que quieres robármela?
+
+Al mismo tiempo alargó el brazo hacia el martinete, colgado en el
+rincón de la chimenea.
+
+Este ademán amenazador, dió á Cosette fuerzas para gritar:
+
+--¡Perdón, señora! ¡Señora, no lo volveré á hacer!
+
+La Thénardier descolgó el martinete.
+
+Entre tanto el hombre de la levita amarilla había metido los dedos
+en el bolsillo de su chaleco, sin que nadie hubiese advertido este
+movimiento.
+
+Por otra parte, los demás viajeros bebían ó jugaban á las cartas, sin
+fijarse en nada más.
+
+Cosette haciéndose un ovillo, llena de angustias en el rincón de
+la chimenea, procuraba encoger y esconder sus pobres miembros casi
+desnudos. La Thénardier levantó el brazo.
+
+--Permitidme, señora,--dijo el hombre;--pero acabo de ver una cosa que
+ha caído del bolsillo del delantal de esa niña, y que ha rodado. Puede
+que sea esto.
+
+Y así diciendo, se bajó, é hizo ademán de buscar por el suelo un
+instante.
+
+--Aquí está precisamente,--añadió levantándose.
+
+Y entregó una moneda de plata á la Thénardier.
+
+--Sí, ésta es,--dijo ella.
+
+No era tal, porque era una pieza de veinte sueldos, pero la Thénardier
+salía beneficiosa. Guardó, pues, la moneda en su faltriquera, y se
+contentó con lanzar una mirada feroz á la pobre muchacha, diciéndole:
+
+--¡Cuidado con que te vuelva á suceder!
+
+Cosette volvió á entrar en lo que la Thénardier llamaba «su nicho»,
+y sus grandes ojos, fijos en el desconocido viajero, comenzaron á
+tomar una expresión que nunca había tenido. No era más que un horrible
+asombro, al cual se mezclaba una especie de confianza estupefacta.
+
+--Á propósito, ¿queréis cenar?--preguntó la Thénardier al viajero.
+
+Éste no respondió. Parecía meditar profundamente.
+
+--¿Quién será este hombre?--dijo ella entre dientes.--Algún pobre
+asqueroso. No tiene de seguro con qué cenar. ¿Me pagará siquiera la
+posada? Gracias que se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que
+estaba en el suelo.
+
+Entre tanto se había abierto una puerta, y habían entrado Eponine y
+Azelma.
+
+Eran en verdad, dos hermosas niñas, que más parecían señoritas que
+lugareñas, muy graciosillas; una con sus trenzas color de castaña, muy
+lustrosas, y otra con sus largos cabellos negros, que le caían sobre la
+espalda, las dos vivarachas, aseadas, gorditas, frescas y sanas, que
+daba gusto el verlas. Vestían ambas ropas de abrigo, pero con tanto
+arte maternal, que lo grueso de la tela no quitaba nada á la coquetería
+del conjunto. Estaba previsto el invierno sin que desapareciera la
+primavera. Ambas criaturas irradiaban. Además eran reinas. En su
+tocado, en su alegría, en el ruido que hacían, tenían algo de soberanas.
+
+Cuando entraron, la Thénardier les dijo en tono de reprobación, lleno
+de adoración:--¡Ah! ¿sois vosotras?
+
+Después, colocándolas entre sus rodillas una después de otra,
+acariciando sus cabellos, rehaciendo sus lazos, y dejándolas luego con
+la tierna manera de soltar, propia de las madres, exclamó:
+
+--¡Vais de cualquier manera!
+
+Fueron á sentarse junto al hogar. Tenían una muñeca que volvían y
+revolvían sobre sus rodillas entre diversos y alegres arrullos. De
+cuando en cuando, Cosette desviaba los ojos de su calceta y mirábalas
+jugar con aire triste.
+
+Eponine y Azelma no se fijaban para nada en Cosette. Era para ellas
+como el perro. Las tres criaturas, que no sumaban en junto veinticuatro
+años, representaban ya toda la sociedad humana: por una parte la
+envidia, por otra el desdén.
+
+La muñeca de las hermanas Thénardier estaba muy estropeada, sucia y
+rota; pero no por eso dejaba de parecer admirable á Cosette, quien en
+su vida había tenido una muñeca, _una verdadera muñeca_, para servirnos
+de una frase que todos los niños comprenderán.
+
+De pronto, la Thénardier, que continuaba yendo y viniendo por la sala,
+advirtió que Cosette se distraía, y que en vez de trabajar se ocupaba
+de las niñas que estaban jugando.
+
+--¡Ah! ¡Ya te estoy viendo yo ahora!--exclamó ella.--¿Es así como tú
+trabajas? Ya te haré yo trabajar zurrándote.
+
+El forastero sin levantarse de la silla, se volvió hacia la Thénardier,
+y sonriendo, con un aire casi temeroso, la dijo:
+
+--¡Vaya! ¡Dejadle que juegue!
+
+De parte de cualquier otro viajero que hubiese estado comiendo una
+ración de carne y bebiendo dos botellas para cenar, y que no hubiese
+tenido aquel aire de _pobre asqueroso_, semejante ruego habría sido
+una orden. Pero un hombre que tenía aquel sombrero se permitiese tener
+un deseo, y que un hombre que vestía aquella levita se permitiese
+manifestar una voluntad, era cosa que la Thénardier no creía deber
+tolerar. Replicó pues agriamente:
+
+--Es preciso que trabaje, puesto que come. Yo no la mantengo para que
+no haga nada.
+
+--¿Y qué es lo que está haciendo?--repuso el forastero con esa voz
+dulce que contrastaba extrañamente con su aspecto de mendigo y sus
+hombros de cargador.
+
+La Thénardier se dignó contestar:
+
+--Medias, señor. Medias para mis niñas, que no tienen como quien dice,
+y que van á quedarse con los pies desnudos.
+
+El hombre miró los pies amoratados de la pobre Cosette, y continuó:
+
+--¿Y cuándo habrá concluido esas medias?
+
+--Tiene lo menos para tres ó cuatro días, la perezosa.
+
+--¿Y cuánto puede valer ese par de medias una vez concluido?
+
+La Thénardier le dirigió una mirada despreciativa.
+
+--Treinta sueldos al menos.
+
+--¿Lo daríais por cinco francos?--repuso el hombre.
+
+--¡Pardiez!--exclamó dando una risotada cierto trajinero que estaba
+oyendo.--¡Cinco francos! ¡ya lo creo! ¡pues no que no! ¡Cinco morlacos!
+
+Thénardier creyó deber tomar la palabra.
+
+--Sí, señor, si es ello un capricho, os daré el par de medias por cinco
+francos. Nosotros no sabemos negar nada á los viajeros.
+
+--Pero sería preciso pagar enseguida,--dijo la Thénardier con su manera
+breve y perentoria.
+
+--Compro ese par de medias,--respondió el hombre,--y...--añadió sacando
+del bolsillo una moneda de cinco francos que puso sobre la mesa,--lo
+pago.
+
+Después se volvió hacia Cosette:
+
+--Anda á jugar, chiquilla, tu trabajo corre de mi cuenta.
+
+El trajinero se conmovió tanto al ver la moneda, que dejó su vaso
+adelantándose á recogerla.
+
+--¡Y es verdad!--exclamó examinándola.--¡Una verdadera rueda trasera!
+¡Y que no es falsa!
+
+Thénardier se acercó y guardó silenciosamente la moneda en su bolsillo.
+
+La Thénardier no teniendo nada que replicar, se mordió los labios. Su
+rostro tomó una expresión de odio.
+
+Sin embargo, Cosette temblaba. Aventuróse á preguntar:
+
+--Señora, ¿es esto verdad? ¿Puedo ir á jugar?
+
+--¡Juega!--dijo la Thénardier con voz terrible.
+
+--Gracias, señora,--dijo Cosette.
+
+Y mientras su boca daba gracias á la Thénardier, toda su alma infantil
+se las daba al viajero.
+
+Thénardier había vuelto á ponerse á beber. Su mujer le dijo al oído:
+
+--¿Quién sabe lo que puede ser, tal vez, este hombre amarillo?
+
+--He visto,--respondió en tono soberano Thénardier,--millonarios
+vistiendo levitas como la suya.
+
+Cosette había dejado su media, pero no había salido de su sitio.
+Movíase siempre lo menos posible. Tomó de una caja detrás de ella
+algunos trapos viejos y su pequeño sable de plomo.
+
+Eponine y Azelma no prestaban la menor atención á lo que pasaba.
+Acababan de ejecutar una operación muy importante; se habían apoderado
+del gato. Habían arrojado su muñeca al suelo, y Eponine, que era la
+mayor, fajaba al gatito, á pesar de sus maullidos y contorsiones, con
+una porción de retazos y harapos encarnados y azules. Mientras hacía
+esta obra grave y difícil, le decía á su hermana en ese lenguaje dulce
+y adorable de las criaturas, cuya gracia, semejante al explendor de las
+alas de una mariposa, se pierde cuando se la quiere fijar:
+
+--Ves, hermanita mía, esta muñeca es más divertida que la otra. Se
+mueve, chilla, tiene calor. ¿Quieres, hermanita, que juguemos con ella?
+Ésta sería mi hijita. Yo sería una señora. Yo vendría á verte, y tú la
+mirarías. Poco á poco verías sus bigotes, y esto te admiraría. Y luego
+le verías las orejas, y luego la cola; y esto te asombraría. Y tú me
+dirías ¡Ay! ¡Dios mío!... Y yo te diría: Sí, señora; es una hijita que
+yo tengo, y así es mi hijita. Todas las niñas pequeñas son así ahora.
+
+Azelma escuchaba á Eponine toda admirada.
+
+Entretanto, los bebedores se habían puesto á cantar una canción
+obscena, con la que reían hasta hacer temblar el techo. Thénardier les
+animaba y acompañaba.
+
+Así como los pájaros hacen con todo su nido, las criaturas hacen una
+muñeca con lo primero que les viene á mano. Mientras Eponine y Azelma
+envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto el sable, hecho
+lo cual, hacía como que quería dormirle en sus brazos y cantaba para
+ello dulcemente.
+
+La muñeca es una de las necesidades más imperiosas y al mismo tiempo
+uno de los más bellos instintos de la infancia femenina. Cuidar,
+levantar, adornar, vestir, desnudar, volver á vestir, enseñar, regañar
+un poco, mecer, mimar, hacer dormir, figurarse que algo es alguien:
+ahí está todo el porvenir de la mujer. Así fantaseando y charlando,
+haciendo pequeños ajuares, pañalitos y mantillitas, cosiendo vestidos,
+y chambritas, la niña se vuelve jovencita, la jovencita llega á joven
+casadera, la joven casadera se trueca en mujer casada. El primer hijo
+es la continuación de la última muñeca.
+
+Una niña sin muñeca, es casi tan desgraciada y tan imposible, como una
+mujer sin hijos.
+
+Cosette se había hecho, pues, una muñeca con el sable.
+
+La Thénardier se había acercado al _hombre amarillo_. Mi marido tiene
+razón, pensaba ella; quién sabe si es el señor Laffitte. ¡Hay ricos tan
+especiales!
+
+Llegóse hasta apoyar los codos en su mesa.
+
+--Señor,--le dijo.
+
+Al oir la palabra _señor_, volvióse el hombre. La Thénardier no le
+había llamado todavía más que _buen hombre_.
+
+--Ya veis, señor,--prosiguió ella, tomando su aire meloso, que era más
+repugnante aún que su aire feroz;--yo gusto también de que la niña
+juegue, no me opongo; pero esto es bueno por una vez, porque vos sois
+generoso. Ya veis, como no tiene nada, y es preciso que trabaje:
+
+--¿Entonces esta niña no es hija vuestra?--preguntó el hombre.
+
+--¡Oh! ¡Dios mío! No señor. Es una pobrecilla que hemos recogido por
+caridad, especie de criatura imbécil. Yo creo que tiene agua en la
+cabeza; pues tiene, como veis, la cabeza gorda. Hacemos por ella todo
+lo que podemos, pues no somos ricos. Hemos escrito á su país, y en más
+de seis meses nadie nos contesta. Hemos de creer que su madre habrá
+muerto.
+
+--¡Ah!--exclamó el hombre volviendo á su ensimismamiento.
+
+--Valía su madre bien poca cosa,--añadió la Thénardier.--¡Eso de
+abandonar á su hija!
+
+Durante toda esta conversación, Cosette, como si por instinto hubiese
+adivinado que hablaban de ella, no había apartado los ojos de la
+Thénardier. Escuchaba vagamente. Entendía algunas frases sueltas.
+
+Entretanto los bebedores, casi todos borrachos, repetían su estribillo
+inmundo con mayor algazara y alegría. Era una canción licenciosa de
+color muy subido, en que andaban mezclados la Virgen y el niño Jesús.
+La Thénardier había ido á tomar su parte en las risotadas. Cosette,
+debajo de la mesa, contemplando el fuego que se reverberaba en su
+mirada fija, había vuelto á mecer la especie de muñeca que había hecho,
+y mientras le iba meciendo cantaba en voz baja: ¡Mi madre ha muerto!
+¡Mi madre ha muerto! ¡Mi madre ha muerto!
+
+Á las muchas instancias de la patrona, el hombre amarillo, «el
+millonario», consintió finalmente en cenar.
+
+--¿Qué quiere tomar el señor?
+
+--Pan y queso,--dijo el hombre.
+
+--Decididamente, es un miserable,--pensó la Thénardier.
+
+Los borrachos continuaban entonando su canción, y la niña, debajo de la
+mesa, seguía también cantando la suya.
+
+De repente dejó Cosette de cantar. Acababa de volverse y ver en el
+suelo la muñeca de las hijas de la Thénardier, que la habían dejado por
+jugar con el gato, y estaba á pocos pasos de la mesa de cocina.
+
+Entonces ella dejó caer el sable fajado, que sólo la satisfacía á
+medias, y paseó lentamente la mirada en derredor de la sala. La
+Thénardier hablaba bajo con su marido, contando dinero; Eponine y
+Azelma jugaban con el gato, los viajeros comían, ó bebían, ó cantaban;
+ninguna mirada estaba fija en ella. No había momento que perder. Salió
+de debajo de la mesa arrastrándose sobre las rodillas y las manos,
+cercioróse otra vez aún de que nadie la espiaba, deslizándose luego
+vivamente hasta la muñeca y la cogió. Un momento después se encontraba
+en su sitio, sentada, inmóvil, vuelta únicamente de modo que hiciese
+sombra sobre la muñeca, que tenía en sus brazos. Aquella felicidad de
+jugar con una muñeca era, en verdad, tan rara para ella, que encerraba
+toda la violencia de un deleite.
+
+Nadie la había visto, excepción hecha del viajero, que comía lentamente
+su frugal cena.
+
+Aquella felicidad duró cerca de un cuarto de hora.
+
+Pero por mucha precaución que tuviera Cosette, no advirtió que uno de
+los pies de la muñeca _sobresalía_, y que el fuego de la chimenea le
+alumbraba con toda claridad. Aquel pie rosado y brillante que salía
+de la sombra, atrajo de repente la mirada de Azelma, quien dijo á
+Eponine:--¡Mira, hermana mía!
+
+Las dos chiquillas se quedaron paradas, estupefactas: ¡Cosette se había
+atrevido á coger la muñeca!
+
+Eponine se levantó, y sin soltar el gatito, se fué hacia su madre y
+empezó á tirarla de la falda.
+
+--¡Déjame, hija!--dijo la madre.--¿Qué quieres?
+
+--¡Mira!--dijo la niña,--¿no ves?
+
+Y señalaba con el dedo á Cosette.
+
+Cosette, entregada completamente á los éxtasis de su posesión, no veía
+ni oía nada.
+
+El rostro de la Thénardier tomó esa expresión particular que se compone
+de lo terrible mezclado á las fruslerías de la vida, y que hace que se
+designe á esa especie de mujeres con el nombre de «megeras».
+
+Esta vez, el orgullo herido exasperaba doblemente su cólera. Cosette
+había traspasado todos los límites; Cosette había agredido á la muñeca
+de «aquellas señoritas». Una czarina viendo á un mujik probándose el
+gran cordón azul de su imperial hijo, no hubiera puesto otra cara.
+
+Gritóle pues con voz enronquecida por la indignación:
+
+--¡Cosette!
+
+Cosette, temblando como si la tierra se hubiese abierto debajo de ella,
+volvió la cabeza.
+
+--¡Cosette!--repitió la Thénardier.
+
+Cosette tomó la muñeca y la puso suavemente en el suelo con cierta
+veneración mezclada de dolor. Y entonces, sin apartar de ella los ojos
+juntó las manos, y horror causa el decirlo tratándose de una niña de
+su edad, se las retorció; después, lo que no había podido arrancarle
+ninguna de las emociones de aquel día: ni la ida al bosque, ni el peso
+del cubo de agua, ni la pérdida del dinero, ni la vista del martinete,
+ni aún las sombrías palabras que había oído decir á la Thénardier...
+lloró. Rompió á llorar.
+
+Entretanto, el viajero se había levantado.
+
+--¿Qué es ello?--dijo á la Thénardier.
+
+--¿No lo veis?--dijo la Thénardier señalando con el dedo el cuerpo del
+delito, que yacía á los pies de Cosette.
+
+--Sí: ¿y qué?--repuso el hombre.
+
+--¡Esa miserable que se ha permitido tocar á la muñeca de mis hijas!
+
+--¡Tanto ruido para eso! ¿Y aún cuando hubiera jugado con la muñeca?
+
+--¡La ha tocado con sus manos sucias!--prosiguió la Thénardier.--¡Con
+sus asquerosas manos!
+
+Aquí Cosette redobló su llanto.
+
+--¡Quieres callar!--gritó la Thénardier.
+
+El hombre se dirigió á la puerta de la calle, abrióla y salió.
+
+En cuanto hubo salido, aprovechó la Thénardier su ausencia para dar por
+debajo de la mesa, un tremendo puntapié á la pobre Cosette, que le hizo
+levantar aún más el grito.
+
+Abrióse nuevamente la puerta, y apareció otra vez el hombre, llevando
+entre sus manos la muñeca fabulosa de que hemos hablado, y que todos
+los chiquillos del pueblo habían estado contemplando desde por la
+mañana y poniéndola de pie junto á Cosette, díjole:
+
+--Tómala, para ti.
+
+Es de creer que durante la hora que hacía que estaba allí, en medio
+de sus meditaciones, debió haber notado confusamente aquel puesto de
+juguetes alumbrado con velas y candilejas, tan espléndidamente, que
+aparecía á través de los vidrios de la taberna, como una iluminación.
+
+Cosette levantó los ojos, había visto al hombre ir hacia ella con
+aquella muñeca como si hubiese visto venir al sol, oyó aquellas
+palabras inauditas: _Para ti_; le miró, miró á la muñeca, retrocediendo
+luego poco á poco fué á esconderse al último extremo debajo de la mesa
+en el rincón de la pared.
+
+Ya no lloraba, ni gritaba; pero tenía el aire de no atreverse á
+respirar.
+
+La Thénardier, Eponine y Azelma, eran otras tantas estatuas. Los mismos
+bebedores se habían suspendido. Reinó un silencio solemnísimo en todo
+el bodegón.
+
+La Thénardier, petrificada y muda, volvía de nuevo á sus conjeturas:
+¿Quién será este viejo? ¿Un pobre? ¿un millonario? Quizá sea ambas
+cosas, es decir: un ladrón.
+
+La cara del tabernero Thénardier presentó aquella expresiva arruga
+que acentúa la expresión humana cada vez que el instinto dominante
+aparece en ella con todo su brutal poder. El tabernero se fijaba
+alternativamente en la muñeca y en el viajero; parecíale olfatear en
+aquel hombre algo como de cuando se olfatea una talega de dinero. Esto
+sólo duró lo que un relámpago. Acercóse á su mujer, diciéndole por lo
+bajo:
+
+--Esa máquina cuesta lo menos treinta francos. Nada de tonterías. ¡Es
+preciso humillarse ante ese hombre!
+
+Las naturalezas groseras se asemejan á las naturalezas sencillas en que
+no hay en ellas transiciones.
+
+--Y bien, Cosette,--dijo la Thénardier con cierto acento que quería ser
+dulce y que se componía sencillamente de esa miel agria propia de las
+mujeres perversas,--¿no tomas tu muñeca?
+
+Cosette se arriesgó á salir de su escondite.
+
+Mi querida niña,--repuso la Thénardier con ademán cariñoso,--este señor
+te regala la muñeca. Tómala. Es tuya.
+
+Cosette consideraba la muñeca maravillosa con cierta especie de
+terror. Su rostro estaba todavía inundado de lágrimas, pero sus ojos
+empezaban á llenarse, como el cielo en el crepúsculo de la mañana, de
+las extrañas irradiaciones de la alegría. Lo que ella experimentaba
+en aquel momento era bastante parecido á lo que hubiera sentido si le
+hubiesen dicho de improviso: «Muchacha, eres la reina de Francia».
+
+Parecíale que si tocaba á aquella muñeca saldría de ella el trueno.
+
+Lo que era verdad hasta cierto punto, porque ella pensaba que la
+Thénardier regañaría y le pegaría.
+
+Sin embargo, la atracción pudo más. Acabó por acercarse, y murmuró
+tímidamente dirigiéndose á la Thénardier.
+
+--¿Es verdad que puedo, señora?
+
+Ninguna expresión alcanzaría á pintar aquel ademán de desesperación, de
+espanto y de arrebato á un tiempo.
+
+--¡Pardiez!--dijo la Thénardier.--¡Si es tuya, puesto que el señor te
+la regala!
+
+--¿De veras, señor?--preguntó Cosette.--¿Es ello verdad? ¿La señora es
+mía?
+
+El forastero parecía tener los ojos arrasados en lágrimas. Parecía
+haber llegado á aquel punto de emoción en que hablamos para no llorar.
+Hizo un signo afirmativo de cabeza dirigiéndose á Cosette, y puso la
+mano de «la señora» en sus manecitas.
+
+Cosette retiró vivamente su mano como si la de _la señora_ la quemase,
+y fijó los ojos en el suelo.
+
+Estamos obligados á añadir que en aquel instante sacaba la lengua de un
+modo desmesurado.
+
+Volvióse de repente, y cogiendo la muñeca con violencia:
+
+--La llamaré Catalina,--dijo.
+
+Fué un gran momento aquel en que los harapos de Cosette tropezaron y
+estrecharon las cintas y espléndidas muselinas de color de rosa de la
+muñeca.
+
+--Señora,--preguntó ella,--¿puedo ponerla sobre una silla?
+
+--Sí, hija mía,--respondió la Thénardier.
+
+Ahora eran Eponine y Azelma las que miraban á Cosette con envidia.
+
+Cosette puso á Catalina sobre una silla, después sentóse en el suelo
+delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir palabra, en actitud
+contemplativa.
+
+--Juega, pues, Cosette,--dijo el forastero.
+
+--¡Oh! Ya estoy jugando,--respondió la niña.
+
+Aquel forastero, aquel desconocido que tenía el aspecto de una visita
+que la Providencia hacía á Cosette, era en aquel momento lo que la
+Thénardier aborrecía más en este mundo. No obstante, le era preciso
+contenerse, por más que fuesen aquellas emociones mayores que las que
+podía soportar, por acostumbrada que estuviese al disimulo, procurando
+copiar á su marido en todas sus acciones. Apresuróse á enviar sus hijas
+á acostarse; después pidió _permiso_ al hombre amarillo para enviar
+también á Cosette, _que se había cansado mucho aquel día_, añadió con
+aire maternal. Cosette se fué á acostar, llevando su Catalina en brazos.
+
+La Thénardier iba á cada instante al otro extremo de la sala, donde
+estaba su marido, _para ensanchar el espíritu_, decía ella. Cambiaba
+con él algunas palabras, tanto más furiosas cuanto que no se atrevía á
+expresarlas en alta voz.
+
+--¡Maldito viejo! ¿Qué capricho le ha dado? ¡Venir aquí á enredar!
+¡Querer que juegue ese pequeño monstruo! ¡Darle muñecas! ¡Regalar
+muñecas de cuarenta francos á una perra que yo vendería en cuarenta
+sueldos! ¡Á poco más, la llama «vuestra majestad» como á la duquesa de
+Berry! ¿Dónde tendrá el juicio? ¡De por fuerza debe estar loco este
+viejo misterioso!
+
+--¿Y por qué? Es muy sencillo,--replicábale el marido.--¡Si eso le
+divierte! Á ti te divierte que la niña trabaje, y á él le divierte que
+juegue. Está en su derecho. Un viajero hace lo que quiere cuando paga.
+Si ese viejo es un filántropo, ¿qué te importa? Si es un imbécil, no es
+cosa que te incumba; ¿de qué te quejas ya que tiene dinero?
+
+Lenguaje de amo y razonamiento de posadero, que no admitían réplica uno
+ni otro.
+
+El hombre se había puesto de codos sobre la mesa, y había vuelto á su
+actitud meditabunda. Todos los demás viajeros, mercaderes y trajineros
+se habían separado un poco, y ya no cantaban. Observábanle á cierta
+distancia, con una especie de temor respetuoso. Aquel particular tan
+pobremente vestido, que sacaba de su bolsillo las _ruedas traseras_
+con tanta facilidad, y que prodigaba muñecas gigantescas á niñas
+andrajosas, era ciertamente un buen hombre magnífico y temible.
+
+Pasáronse algunas horas. La misa de media noche se había celebrado ya;
+la Nochebuena había concluido, los bebedores se habían ido, la posada
+estaba cerrada, la sala baja desierta; el fuego apagado, y el forastero
+continuaba siempre en el mismo sitio y en la misma actitud. De cuando
+en cuando cambiaba el codo en el cual se apoyaba, nada más. Pero no
+había vuelto á decir una palabra desde que Cosette se había ido.
+
+Los dos Thénardier solamente, por cumplido y curiosidad, continuaban en
+la sala.
+
+--¿Es capaz de pasar así la noche?--gruñía entre dientes la mujer.
+
+Pero al oir que daban las dos, se dió por vencida y dijo á su marido:
+
+--Me voy á acostar. Haz lo que quieras.
+
+El marido se sentó en un rincón junto á una mesa, encendió una vela, y
+se puso á leer el _Correo francés_.
+
+Pasóse así una hora larga. El digno posadero había leído á lo menos
+tres veces el periódico, desde la fecha del número hasta el nombre del
+impresor. El forastero no se movía.
+
+Thénardier se revolvía, tosía, escupía, sonóse dos ó tres veces, hizo
+ruido con la silla, y á todo eso el forastero sin hacer el menor
+movimiento.--¿Estará dormido?--pensó Thénardier. El hombre no dormía;
+pero nada podía despertarle.
+
+En fin, Thénardier, después de descubrirse, se le acercó suavemente, y
+se permitió decir:
+
+--¿El señor no va á descansar?
+
+_No va á acostarse_ habría aparecido excesivamente familiar.
+_Descansar_ sabía á lujo, y mostraba respeto. Semejantes palabras
+tienen la propiedad misteriosa y admirable de aumentar al día siguiente
+la cuenta de gastos. Un cuarto en que uno se _acuesta_, cuesta veinte
+centécimos; un cuarto en que uno _descansa_, cuesta veinte francos.
+
+--¡Calle!--dijo el forastero.--Tenéis razón. ¿Dónde está la cuadra?
+
+--¡Señor!--exclamó Thénardier sonriendo.--Voy á acompañaros.
+
+Tomó Thénardier el candelero, y el hombre su lío y su bastón; y el
+posadero condujo al huésped á un cuarto en el piso principal, que era
+de un raro esplendor, con muebles de caoba, cama, esquife y colgaduras
+de percal encarnado.
+
+--¿Qué significa esto?--preguntó el viajero.
+
+--Es nuestra cámara nupcial,--dijo el posadero.--Ocupamos otra mi
+esposa y yo. Aquí no entramos más que tres ó cuatro veces al año.
+
+--Habría estado mejor en la cuadra,--dijo el forastero bruscamente.
+
+Thénardier hizo como que no entendía aquella reflexión poco lisonjera.
+
+Encendió dos bujías de cera sin estrenar, que figuraban sobre la
+chimenea. Un magnífico fuego ardía en el hogar.
+
+Sobre la repisa de la misma chimenea, bajo un fanal, había un adorno de
+cabeza de mujer de hilo de plata y flores de azahar.
+
+--Y esto--¿qué significa?--repuso el viajero.
+
+--Señor,--dijo Thénardier,--el sombrero de boda de mi mujer.
+
+El viajero miró el objeto con una mirada que parecía decir: ¿Ha habido
+pues, un momento en que ese monstruo fué una virgen?
+
+Por lo demás, Thénardier mentía. Cuando tomó en arrendamiento aquella
+casucha para convertirla en figón, había encontrado aquel cuarto
+alhajado así, y había comprado los muebles y las flores de azahar,
+pensando que aquello prestaría cierta sombra de gracia á «su esposa»,
+de lo que resultaría, para el establecimiento, lo que los ingleses
+llaman respetabilidad.
+
+Cuando el viajero se volvió, el posadero había desaparecido. Habíase
+eclipsado discretamente, sin atreverse á dar las buenas noches, no
+queriendo tratar con cordialidad irrespetuosa á un hombre á quien se
+proponía desollar regiamente á la mañana siguiente.
+
+Thénardier se retiró á su cuarto. Su mujer estaba ya acostada; pero no
+dormía. Cuando oyó los pasos de su marido, volvióse y le dijo:
+
+--¿Sabes que mañana pongo á Cosette en medio de la calle?
+
+Thénardier respondió fríamente:
+
+--¡Cómo te alteras!
+
+No cambiaron otras palabras, y algunos instantes después estaba apagada
+la luz.
+
+Por su parte, el viajero había dejado en un rincón su palo y su
+paquete. Fuera ya el hostelero, sentóse en un sillón, y permaneció
+algún tiempo pensativo. Quitóse después los zapatos, tomó una de las
+dos bujías, sopló la otra, empujó la puerta y salió del cuarto, mirando
+en torno suyo como quien busca algo. Atravesó un corredor, y llegó á
+la escalera. Allí oyó un ligerísimo ruido que parecía la respiración
+de una criatura. Dejóse conducir por aquel ruido, y se encontró en
+una especie de hueco triangular abierto debajo de la escalera, ó por
+mejor decir, formado por la escalera misma. Este hueco no era otra cosa
+que la parte inferior del armazón que sostenía los escalones. Allí,
+en medio de toda clase de cestos, trastos viejos y rotos, entre el
+polvo y las telarañas, había un lecho, si es que puede llamarse así un
+jergón agujereado hasta descubrir la paja, y una manta agujereada hasta
+descubrir el jergón. Nada de sábanas. Esto tendido en tierra sobre los
+ladrillos. En este lecho dormía Cosette con su _señora_.
+
+El hombre se acercó y la contempló.
+
+Cosette dormía profundamente; estaba totalmente. En invierno no se
+desnudaba para no tener frío.
+
+Tenía abrazada contra su corazón su muñeca, cuyos grandes ojos
+abiertos, brillaban en la obscuridad. De cuando en cuando lanzaba
+profundos suspiros como si fuera á despertarse, y apretaba la muñeca
+entre sus brazos, casi convulsivamente. No tenía al lado de su cama más
+que uno de sus zuecos.
+
+Una puerta abierta junto al desván de Cosette dejaba ver un cuarto
+obscuro, bastante grande. El forastero entró. En el fondo, al través de
+una puerta vidriera, veíanse dos camitas iguales, blancas y limpias.
+Eran las de Azelma y Eponine. Detrás de ambas camas, se medio ocultaba
+una cuna de mimbre sin cortinas, donde dormía el chiquillo que había
+estado llorando toda la noche.
+
+El forastero conjeturó que este cuarto comunicaba con el de los esposos
+Thénardier. Iba á retirarse, cuando su mirada reparó en la chimenea;
+una de esas vastas chimeneas de posada donde hay siempre tan poco
+fuego, cuando le hay, y que dan frío al verlas. No había fuego en ella,
+ni siquiera ceniza; pero sí algo que llamó la atención del viajero.
+Eran dos zapatitos de criatura de forma elegante y desigual tamaño;
+recordó el viajero la graciosa é inmemorial costumbre de los niños, que
+colocan su calzado en la chimenea la víspera de Navidad para esperar
+allí en las tinieblas algún brillante regalo de su hada buena. Eponine
+y Azelma no habían faltado á esa costumbre, y habían puesto cada una de
+ellas uno de sus zapatos en la chimenea.
+
+Inclinóse el viajero.
+
+La hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita, y se veía
+brillar en cada zapatito una hermosa moneda de diez sueldos enteramente
+nueva.
+
+El hombre se levantó de nuevo, é iba ya á salir, cuando distinguió en
+el fondo, aparte, en el rincón más obscuro del hogar, otro objeto. Miró
+y reconoció ser un zueco, un horrible zueco de la madera más común,
+medio roto, y completamente cubierto de ceniza y barro seco. Era el
+zueco de Cosette. Cosette, con aquella tierna confianza de los niños
+que puede ser engañada siempre sin desanimarse jamás, había puesto
+también su zueco en la chimenea.
+
+Es una cosa por cierto sublime y dulce, la esperanza en una criatura
+que nunca ha conocido más que la desesperación.
+
+No había nada en aquel zueco.
+
+El forastero buscó en el bolsillo del chaleco, se inclinó, y puso en el
+zueco de Cosette un luis de oro.
+
+Después volvióse á su habitación á paso de lobo.
+
+
+
+
+ IX
+ =Thénardier maniobrando=
+
+
+Al día siguiente por la mañana, dos horas á lo menos antes del alba,
+Thénardier, sentado á una mesa de la sala baja del bodegón, y alumbrado
+por una vela, estaba arreglando la cuenta del viajero de la levita
+amarilla.
+
+La mujer, de pie, medio inclinada sobre él, le seguía con los ojos. No
+cruzaban una sola palabra. Por una parte, era aquello una meditación
+profunda; por otra, la admiración religiosa con la cual se mira nacer y
+desarrollarse una maravilla del espíritu humano. Oíase un ruido en la
+casa; era la Alondra que barría la escalera.
+
+Después de un buen cuarto de hora y algunas raspaduras produjo
+Thénardier esta obra maestra:
+
+
+ CUENTA DEL SEÑOR DEL NÚM. 1
+
+ Cena 3 francos
+ Cuarto 10 »
+ Bujías 5 »
+ Fuego 4 »
+ Servicio 1 »
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+ Total 23 »
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+Servicio estaba escrito _cervisio_.
+
+--¡Veintitrés francos!--exclamó la mujer con un entusiasmo mezclado
+de cierta vacilación.
+
+Como todos los grandes artistas, Thénardier no estaba satisfecho.
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+--¡Psch!--dijo.
+
+Era el acento de Castlereagh redactando en el congreso de Viena la
+cuenta que debía pagar la Francia.
+
+--Señor Thénardier, tienes razón, bien debe eso,--murmuró la mujer,
+pensando en la muñeca regalada á Cosette en presencia de sus hijas.--Es
+justo, pero demasiado. No querrá pagarlo.
+
+Thénardier rióse fríamente, diciendo:
+
+--Pagará.
+
+Aquella risa era la significación suprema de la certeza de la
+autoridad. Lo que estaba dicho debía ser. La mujer no insistió. Púsose
+en seguida á arreglar las mesas; el marido se paseaba arriba y abajo de
+la sala. Después de un momento, éste añadió:
+
+--¡Y yo debo mil quinientos francos!
+
+Thénardier fué á sentarse á un rincón de la chimenea meditando, y
+puestos los pies sobre la ceniza caliente.
+
+--¡Ah!--repuso la mujer.--No olvides que hoy planto á Cosette en la
+calle. ¡Dichoso monstruo! ¡Se me come el corazón con su muñeca! ¡Antes
+me casaría con Luis XVIII, que tenerla un día más en casa!
+
+El marido encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas:
+
+--Entregarás esta cuenta al hombre.
+
+Y después salió.
+
+Apenas había salido de la sala, cuando entró el viajero.
+
+Thénardier volvió á aparecer inmediatamente detrás de él, permaneciendo
+inmóvil en el umbral de la puerta entreabierta, visible únicamente para
+su mujer.
+
+El hombre amarillo llevaba en la mano su bastón y su lío.
+
+--¡Cómo! ¡Levantado tan temprano!--exclamó la Thénardier.--¿Acaso nos
+deja ya el señor?
+
+Y hablando así daba vueltas con ademán embarazoso á la cuenta que tenía
+entre manos haciéndole pliegues con las uñas. Su rostro duro presentaba
+una expresión que no le era habitual, de timidez y escrúpulo.
+
+Presentar semejante cuenta á un hombre que tenía todas las apariencias
+«de un pobre», se le resistía.
+
+El viajero parecía preocupado y distraído, y respondió:
+
+--Sí, señora; me voy.
+
+--El señor,--repuso ella,--¿no tiene pues negocios en Montfermeil?
+
+--No, paso sencillamente por aquí. Señora,--añadió,--¿qué es lo que
+debo?
+
+La Thénardier, sin responder, le entregó la cuenta doblada.
+
+El hombre desplegó el papel y le miró: pero su atención estaba
+visiblemente en otra parte.
+
+--Señora,--repuso,--¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?
+
+--Así, así, señor,--contestó la Thénardier estupefacta de no ver otra
+explosión distinta.
+
+Y prosiguió ella con acento elegíaco y lastimero:
+
+--¡Oh, señor! ¡Los tiempos están muy malos! ¡Y luego, tenemos tan pocos
+burgueses por acá! Todo es gente menuda. ¡Si no viniesen de cuando
+en cuando algunos viajeros generosos y ricos como su merced! Tenemos
+tantas cargas... Ved, esa chiquilla nos cuesta un ojo de la cara.
+
+--¿Qué chiquilla?
+
+--Ya sabéis. ¡La niña! ¡Cosette! ¡La Alondra, como la llaman en el
+lugar!
+
+--¡Ah!--exclamó el hombre.
+
+Ella continuó:
+
+--¡Qué bárbaros son estos lugareños con sus apodos! ¡Mejor tiene aire
+de murciélago que de alondra! Ya veis, señor; no pedimos limosna, pero
+no podemos darla. No ganamos nada, y tenemos mucho que pagar. ¡La
+patente, las contribuciones, las puertas y ventanas, los céntimos!
+¡Sabéis, señor, que el gobierno pide mucho dinero! Y luego, yo tengo
+mis hijas propias; no he de ir á mantener hijos ajenos.
+
+El hombre repuso, con aquel acento que se esforzaba en hacer que
+pareciese indiferente, y en el cual había cierto temblor:
+
+--¿Y si os desembarazase de ella?
+
+--¿De quién? ¿De Cosette?
+
+--Sí.
+
+La cara colorada y violenta de la tabernera se iluminó con una
+expresión repugnante.
+
+--¡Ah! ¡Señor, mi buen señor! ¡Tomadla, guardáosla, lleváosla,
+azucaradla, trufadla, bebéosla, coméosla y andad, bendito de la
+santísima Virgen y de todos los santos del cielo!
+
+--Está dicho.
+
+--¡De veras! ¿Os la lleváis?
+
+--Me la llevo.
+
+--¿Ahora mismo?
+
+--Ahora mismo. Llamadla.
+
+--¡Cosette!--gritó la Thénardier.
+
+--Entretanto, prosiguió el hombre, voy á pagaros de todas maneras mi
+hospedaje. ¿Cuánto es?
+
+Dió una mirada á la cuenta y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa:
+
+--¡Veintitrés francos!
+
+Miró á la tabernera y repitió:
+
+--¿Veintitrés francos?
+
+Había en la pronunciación de estas dos palabras así repetidas, el
+acento que separa la admiración del interrogante.
+
+La Thénardier había tenido tiempo de prepararse para el choque.
+Respondió por lo tanto con aplomo:
+
+--¡Oh; sí, señor! Son veintitrés francos.
+
+El forastero puso cinco monedas de cinco francos sobre la mesa.
+
+--Id por la chica,--dijo.
+
+En este momento Thénardier apareció en medio de la sala, y dijo:
+
+--El señor debe veintiséis sueldos.
+
+--¡Veintiséis sueldos!--exclamó la mujer.
+
+--Veinte sueldos por el cuarto,--repuso fríamente Thénardier,--y seis
+sueldos por la cena. En cuanto á la chica, necesito hablar un poco con
+el señor. Déjanos solos.
+
+La Thénardier tuvo uno de estos desvanecimientos que deslumbran,
+producidos por los imprevistos destellos del talento. Sintió que el
+gran actor entraba en escena; no replicó una sola palabra y salió.
+
+En cuanto quedaron solos, Thénardier ofreció una silla al viajero. Éste
+se sentó. Thénardier continuó de pie: su semblante tomó una expresión
+de hombría de bien y sencillez.
+
+--Señor,--dijo,--no puedo negároslo, adoro á esta niña.
+
+El forastero le miró fijamente:
+
+--¿Qué niña?
+
+Thénardier continuó:
+
+--¡Es tan graciosa, que uno se apega! ¿Qué significa todo este dinero?
+Recoged vuestras piezas de cien sueldds. Es una criatura que adoro.
+
+--¿Pero quién es?--preguntó el forastero.
+
+--¡Quién ha de ser! nuestra pequeña Cosette. ¿No queréis llevárosla?
+Pues bien, os hablo francamente; como sois vos un hombre honrado,
+no puedo consentirlo. Me haría mucha falta esta niña. ¡La he visto
+tan pequeñita! Es verdad que nos cuesta dinero, verdad es que tiene
+defectos, verdad es que no somos ricos, como es verdad que he pagado
+más de cuatrocientos francos de drogas, ¡solamente para una de sus
+enfermedades! Pero algo debemos hacer por Dios; no tiene padre ni
+madre; yo la he criado. Tengo pan para ella y para mí. En fin, estoy
+encariñado con la chiquilla. Comprenderéis perfectamente que uno se
+encariñe; soy un papanatas, es verdad; no sé discurrir; quiero á la
+chica; mi mujer es viva de genio, pero también la quiere. Mirad, es ya
+como hija nuestra. Yo necesito oírla hablar en casa.
+
+El forastero seguía mirándole fijamente. Él continuó:
+
+--Omitid mis razones y perdonad, señor; pero no se da así un hijo al
+primero que pasa. ¿No es verdad que tengo razón? Después de todo digo
+yo que vos sois rico, tenéis las apariencias de un buen sujeto... ¡Si
+fuera para su felicidad! Pero es preciso saber. ¿Entendéis? Supongamos
+que yo la dejara ir y que me sacrificase; querría saber naturalmente
+adónde iba, no querría perderla de vista, para poder verla de cuando
+en cuando, para que supiera que el buen padre que la ha criado velaba
+por ella. En fin, hay cosas que no son posibles. Yo ni siquiera sé cuál
+es vuestro nombre. Os la llevaríais y yo diría: ¡Hola! ¿Y la Alondra?
+¿Adónde ha ido Cosette? Convendría cuando menos ver algún papel, un
+pedazo siquiera de vuestro pasaporte, ¡cualquier cosa!
+
+El forastero, sin dejar de mirarle con aquella mirada que penetra, por
+así decirlo, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento
+grave y firme:
+
+--Señor Thénardier, no se saca pasaporte para venir á cinco leguas de
+París. Si me llevo á Cosette, me la llevaré, y nada más. Vos no sabréis
+mi nombre, ni sabréis mi domicilio, ni dónde está, y mi intención es
+que no vuelva á veros en toda su vida. Yo rompo la cuerda que lleva
+atada al pie, y ella se va. ¿Os conviene esto? ¿Sí, ó no?...
+
+Así como los demonios y los genios reconocían por ciertos signos la
+presencia de un Dios superior, Thénardier comprendió de igual manera
+que tenía que habérselas con alguien muy fuerte. Esto fué como por
+intuición; lo comprendió con su golpe de vista límpido y sagaz.
+Durante la víspera, mientras estaba bebiendo con los trajineros,
+fumando y cantando coplas alegres, no había dejado de observar un sólo
+instante al forastero, acechándole como un gato, estudiándole como un
+matemático. Habíale espiado á la vez por cuenta propia, por gusto y
+por instinto, y espiado como si le hubiesen pagado para ello. No se
+le había escapado un gesto ni un movimiento del hombre del levitón
+amarillo. Aun antes que el desconocido manifestase tan claramente
+su interés por Cosette, Thénardier se lo había adivinado. Había
+sorprendido las miradas profundas de aquel viejo, que refluían siempre
+en la muchacha. ¿Por qué aquel interés? ¿Quién era aquel hombre? ¿Por
+qué, con tanto dinero en el bolsillo, vestía tan miserablemente?
+Preguntas que á sí mismo se hacía sin poder contestarlas, y que le
+irritaban. Había estado pensando en ello toda la noche. ¿No podía ser
+el padre de Cosette? ¿Era tal vez algún abuelo? ¿Entonces por qué no
+darse á conocer enseguida? Cuando se tiene un derecho se manifiesta.
+Aquel hombre no tenía evidentemente derecho alguno sobre Cosette.
+Entonces ¿quién era? Thénardier se perdía en suposiciones. Entreveíalo
+todo, pero nada veía.
+
+De cualquier modo que fuése, al entrar en conversación con aquel
+hombre, persuadido de que había un secreto en todo aquello, persuadido
+de que el hombre estaba interesado en permanecer en la sombra, sentíase
+fuerte; pero con la respuesta clara y firme del forastero, con ver
+que aquel personaje misterioso era misterioso simplemente, se sintió
+débil. No esperaba resultado semejante. Esto fué la derrota de sus
+conjeturas. Reunió sus ideas, pesólo todo en un segundo. Thénardier era
+de esos hombres que de una mirada juzgan una situación. Calculó que
+era el momento de ir derecho y rápido. Hizo como los grandes capitanes
+en el instante supremo y decisivo que solamente ellos saben reconocer:
+descubrió bruscamente sus baterías.
+
+--Señor,--dijo,--me hacen falta mil quinientos francos.
+
+El forastero sacó de uno de sus bolsillos una cartera de cuero negro,
+abrióla, tomando de ella tres billetes de banco, que dejó sobre la
+mesa. Después apoyó su ancho pulgar sobre aquellos billetes, y dijo al
+tabernero:
+
+--Haced venir á Cosette.
+
+Mientras esto pasaba, ¿qué hacía Cosette?
+
+Cosette al despertarse había corrido á ver su zueco. Había encontrado
+la moneda de oro. No era un Napoleón, era una de esas piezas de veinte
+francos nuevecitas, de la Restauración, sobre cuya efigie la coleta
+prusiana había reemplazado á la corona de laurel. Cosette quedó
+deslumbrada. Su destino comenzaba á embriagarla. Ignoraba lo que era
+una moneda do oro: jamás había visto ninguna, guardola apresuradamente
+en su bolsillo como si la hubiese robado. Sin embargo, conocía
+perfectamente que aquello era bien suyo, adivinaba igualmente de dónde
+le venía; pero experimentaba un especie de alegría llena de miedo.
+Estaba contenta; estaba sobre todo estupefacta.
+
+Aquellas cosas tan magníficas y bellas no le parecían reales. La muñeca
+le daba miedo, la moneda de oro se lo daba también. Temblaba vagamente
+ante aquellas magnificencias. El forastero únicamente no le daba
+miedo; al contrario, la tranquilizaba. Desde la víspera, al través de
+sus admiraciones, al través de su sueño, pensaba en su imaginación
+de niña en aquel hombre que tenía las apariencias de viejo, pobre y
+triste; que era tan rico y tan bueno. Desde que había encontrado en el
+bosque á aquel buen hombre todo estaba para ella como cambiado.
+
+Cosette, menos dichosa que la última golondrina del cielo, no había
+sabido nunca lo que era refugiarse á la sombra y debajo las alas de su
+madre. Cinco años hacía, es decir, todo lo que podían remontarse sus
+recuerdos, que la infeliz criatura no había conocido más que temblor
+y frío. Siempre desnuda bajo la ruda brisa del infortunio, parecíale
+entonces que estaba vestida. Antes su alma tenía frío, ahora sentía
+calor.
+
+Cosette no tenía ya tanto miedo á la Thénardier. No estaba ya sola;
+alguien se interesaba por ella. Habíase puesto inmediatamente á su
+trabajo de todas las mañanas. Aquel luis que llevaba encima, en el
+mismo bolsillo de su delantal de donde se le había caído la víspera la
+moneda de quince sueldos, le proporcionaba distracción. No se atrevía á
+tocarla; pero pasaba á veces cinco minutos seguidos contemplándola y,
+debemos decirlo también, sacando la lengua. Mientras iba barriendo la
+escalera, parábase y permanecía así inmóvil, olvidándose de su escoba
+como del universo entero, tan ocupada estaba en ver brillar aquella
+estrella en el fondo de su bolsillo.
+
+Creo que fué durante una de esas contemplaciones cuando se le acercó la
+Thénardier.
+
+Por orden expresa de su marido había ido á buscarla; y cosa inaudita,
+no le dió porrazo alguno ni le dirigió la más pequeña injuria.
+
+--Cosette,--díjole casi dulcemente,--ven enseguida.
+
+Un instante después entraba Cosette en la sala baja.
+
+El forastero tomó el paquete que había llevado y lo desató. Aquel
+paquete contenía un vestido de lana, un delantal, una almilla de
+fustán, un jubón, un pañuelo, medias de estambre, zapatos, en fin: un
+traje completo para una niña de siete años; todo era negro.
+
+--Hija mía,--dijo el hombre,--toma esto y vete á vestir enseguida.
+
+Apenas asomaba el día cuando los habitantes de Montfermeil, que
+empezaban á abrir sus puertas, vieron pasar por la calle de París un
+buen hombre pobremente vestido, dando la mano á una niña vestida de
+luto, que llevaba en brazos una muñeca de color de rosa. Dirigíanse
+hacia Livry.
+
+Eran nuestro hombre y Cosette.
+
+Nadie conocía al hombre; y como Cosette no iba ya andrajosa, muchos no
+la conocieron tampoco.
+
+Cosette se iba pues. ¿Con quién? Lo ignoraba. ¿Adónde? No lo sabía.
+Comprendía únicamente que dejaba tras sí el bodegón Thénardier.
+
+Nadie había pensado en despedirse de ella, ni ella en despedirse de
+nadie. Salía de aquella casa odiada y odiando.
+
+¡Pobre ser dulcísimo, cuyo corazón hasta entonces no había sentido más
+que opresión!
+
+Cosette caminaba gravemente, abriendo sus grandes ojos y contemplando
+el cielo. Habíase guardado su luis en el bolsillo del delantal nuevo.
+De cuando en cuando se inclinaba y le dirigía una mirada; después se
+fijaba en el buen hombre. Parecía sentir algo como si estuviera junto
+al Dios bueno.
+
+
+
+
+ X
+ =Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor=
+
+
+La Thénardier, según su costumbre, había dejado obrar á su marido.
+Esperaba grandes acontecimientos. Cuando el hombre y Cosette se
+hubieron ido, Thénardier dejó pasar un cuarto de hora largo, y después,
+llamándole aparte, le enseñó los mil quinientos francos.
+
+--¡Nada más!--dijo ella.
+
+Era la primera vez, desde su instalación, que se atrevía á criticar un
+acto del dueño.
+
+El golpe fué acertado.
+
+--Efectivamente, tienes razón,--dijo él;--soy un imbécil. Dame el
+sombrero.
+
+Dobló los tres billetes de banco, los metió en su bolsillo, y salió
+aceleradamente; pero se equivocó, tomando primero por la derecha.
+Algunos vecinos á quienes preguntó le indicaron la equivocación por
+haber visto á la Alondra y al hombre en dirección á Livry. Siguió la
+indicación, marchando á paso largo y monologando.
+
+--Ese hombre es evidentemente un millonario vestido de amarillo, y yo
+soy un animal. Primero dió un franco, después cinco, luego cincuenta,
+últimamente mil quinientos, y siempre con igual facilidad. Lo mismo
+habría dado quince mil. Pero yo le atraparé de nuevo.
+
+Y luego, aquel paquete de ropa preparada de antemano para la niña, todo
+esto era muy singular; muchos misterios se encerraban en ello. No se
+sueltan tan fácilmente los misterios cuando se poseen. Los secretos
+de los ricos son esponjas empapadas en oro, que es menester saber
+exprimir. Todos estos pensamientos giraban agitados en su cerebro. Soy
+un animal, repetía.
+
+Al salir de Montfermeil junto al recodo que forma el camino que va á
+Livry, vese desenvolver este camino hasta muy lejos en el llano. Una
+vez allí, calculó que debía ver al hombre y á la niña. Miró tan lejos
+cuanto pudo alcanzar con la vista, y no vió nada. Preguntó nuevamente.
+Entre tanto iba perdiendo el tiempo. Unos transeuntes le dijeron que el
+hombre y la niña que buscaba se habían internado en el bosque por la
+parte de Gagny. Apresuróse á tomar esta dirección.
+
+Le llevaban mucha ventaja, pero una criatura anda despacio y él
+caminaba de prisa. Además, el país le era muy conocido.
+
+De repente se quedó parado dándose una palmada en la frente como hombre
+que ha olvidado lo esencial, y que está dispuesto á volver sobre sus
+pasos.
+
+--¡Debería haber tomado mi fusil!--exclamó.
+
+Thénardier era una de esas naturalezas dobles que pasan algunas veces
+junto á nosotros sin echarlo de ver, y que desaparecen sin haberlas
+conocido, porque el destino no nos las ha mostrado más que por un lado.
+La suerte de muchos hombres es la de vivir así, medio sumergidos. En
+una situación tranquila y despejada, Thénardier tenía todo lo que era
+menester para formar, no decimos para ser, lo que se ha convenido
+en llamar un comerciante honrado, un buen burgués. Al mismo tiempo,
+dadas ciertas circunstancias, verificados ciertos sacudimientos
+que conmoviesen interiormente su naturaleza, tenía todo lo que se
+necesitaba para ser un malvado. Era un tendero en el cual se encerraba
+algo monstruoso. Satanás debía á veces acurrucarse en algún rincón
+del tabuco en que vivía Thénardier, reflexionando sobre aquella obra
+maestra de deformidad.
+
+Después de una corta vacilación:
+
+--¡Bah!--pensó él.--¡Tendrían tiempo de escaparse!
+
+Y continuó su camino, avanzando rápidamente y casi en ademán de
+certidumbre, con la sagacidad del zorro olfateando una banda de
+perdices.
+
+Efectivamente, en cuanto hubo pasado los estanques y atravesado
+oblicuamente el gran claro situado á la derecha de la alameda de
+Bellevue, cuando llegaba á la calle de Céspedes que da casi la vuelta
+á la colina, divisó por encima de una maleza, un sombrero, sobre el
+cual había ya aventurado muchas conjeturas. Era aquél, el sombrero
+del hombre. La maleza era baja. Thénardier reconoció que el hombre y
+Cosette estaban sentados allí. No se veía á la muchacha á causa de su
+corta estatura pero se distinguía la cabeza de la muñeca.
+
+Thénardier no se equivocaba. El hombre se había sentado allí para dejar
+descansar á Cosette.
+
+El tabernero dió la vuelta á la maleza y apareció de súbito á las
+miradas de los que buscaba.
+
+--Dispensadme y perdonad, señor,--dijo casi sofocado por el
+cansancio,--pero aquí tenéis vuestros mil quinientos francos.
+
+Hablando así, ofrecíale de nuevo sus tres billetes de banco.
+
+El hombre alzó los ojos.
+
+--¿Qué significa esto?
+
+Thénardier respondió respetuosamente:
+
+--Significa, señor, que me vuelvo á quedar con Cosette.
+
+Cosette se estremeció arrimándose al hombre cuanto pudo.
+
+Éste contestó mirando á Thénardier en el fondo de los ojos, y marcando
+mucho todas las sílabas.
+
+--¿Volveréis á que-da-ros-con-Cosette?
+
+--Sí señor; me quedo con ella nuevamente. Me explicaré: he
+reflexionado. En realidad, no tengo derecho para dárosla. Yo soy un
+hombre honrado como veis. Esta chica no es mía, sino de su madre. Su
+madre me la confió, y yo no puedo entregarla sino á su madre. Vos
+diréis: «Pero la madre ha muerto». Bueno, en ese caso no puedo entregar
+la criatura sino á la persona que me traiga un escrito firmado por la
+madre, en que se me mande entregar la niña á la tal persona. Esto es
+evidente.
+
+El hombre, sin responder, registró su bolsillo, y Thénardier vió
+reaparecer la cartera de los billetes de banco.
+
+--¡Bien!--exclamó para sí.--Procuremos sostenernos. ¡Va á corromperme!
+
+Antes de abrir la cartera, el viajero lanzó una mirada escudriñadora
+en torno suyo. El lugar estaba absolutamente desierto. No había un
+alma en el bosque ni en el valle. El hombre abrió la cartera y sacó,
+no el puñado de billetes de banco que esperaba Thénardier, sino un
+simple papelito que desdobló y presentó abierto del todo al posadero,
+diciéndole:
+
+--Tenéis razón. Leed.
+
+Thénardier tomó el papel y leyó:
+
+M-sur-M, 25 marzo de 1823.
+
+«Señor Thénardier:
+
+«Entregaréis á Cosette al portador.
+Os serán pagados todos los picos.
+Tengo el honor de saludaros respetuosamente.
+
+ «FANTINA».
+
+--¿Conocéis esta firma?--repuso el hombre.
+
+Era, en efecto, la firma de Fantina. Thénardier la reconoció.
+
+No tenía nada que replicar. Sintió dos violentos despechos, el de
+renunciar á la corrupción que esperaba y el de ser vencido. El hombre
+añadió:
+
+--Podéis guardar este papel para descargo vuestro.
+
+Thénardier se replegó en buen orden.
+
+--Esta firma está bastante bien imitada,--murmuró entre dientes.--¡En
+fin, sea!
+
+É intentando un esfuerzo desesperado, añadió:
+
+--Está bien, señor mío, puesto que sois el portador. Pero es preciso
+pagarme «los picos pendientes», que son una buena deuda.
+
+El hombre se puso de pie, y dijo sacudiéndose á papirotazos el polvo de
+sus raídas mangas:
+
+--Señor Thénardier: en enero la madre contaba deberos ciento veinte
+francos; en febrero le mandásteis una cuenta de quinientos; recibisteis
+trescientos francos á fines de febrero y otros trescientos á principios
+de marzo. Han pasado después nueve meses, que á razón de quince
+francos, precio convenido, hacen ciento treinta y cinco. Resulta que
+habiendo recibido de más cien francos entonces, ahora sólo os restaban
+treinta y cinco francos. Y acabo de daros mil quinientos.
+
+Thénardier sintió lo que siente el lobo en el momento de verse mordido
+y cogido por los dientes de acero de la trampa.
+
+--¿Quién es este diablo de hombre?--pensó.
+
+Y haciendo lo que el lobo, dió una sacudida. La audacia le había ya
+dado otra vez buen resultado.
+
+--Señor cuyo nombre ignoro,--dijo resueltamente y dejando aparte toda
+ceremonia respetuosa,--me volveré á llevar á Cosette, ó me daréis antes
+mil escudos.
+
+El forastero dijo tranquilamente:
+
+--Ven, Cosette.
+
+Tomó á la niña con la mano izquierda y recogió con la derecha el bastón
+que estaba en el suelo.
+
+Thénardier advirtió lo enorme del garrote y la soledad del sitio.
+
+El hombre se internó en el bosque con la niña, dejando al tabernero
+vacilante é inmóvil.
+
+Á medida que se iban alejando, Thénardier examinaba aquellas anchas
+espaldas algo encorvadas y aquellos grandes puños.
+
+Luego, sus ojos, volviéndose á sí mismo, fijábanse en sus desmesurados
+brazos y débiles manos.--Preciso es que yo sea muy bestia,--pensaba
+él,--para no haber tomado mi escopeta, puesto que iba de caza.
+
+Sin embargo, el posadero no abandonó su presa.
+
+--Quiero saber á dónde va,--se dijo. Y se puso á seguirlos desde cierta
+distancia.
+
+Quedábanle dos cosas en la mano: una ironía en el papel firmado
+_Fantina_, y un consuelo en los mil quinientos francos.
+
+El hombre se llevaba á Cosette en dirección á Livry y Bondy. Caminaba
+lentamente, baja la cabeza, en una actitud reflexiva y triste. El
+invierno había dejado el bosque tan claro y desnudo, que Thénardier
+podía no perderlos de vista, desde mucha distancia. De cuando en
+cuando volvía el hombre la cabeza y miraba si le seguían. De repente
+distinguió á Thénardier. Entró bruscamente con Cosette en una espesura
+donde ambos podían ocultarse.
+
+--¡Diantre!--exclamó Thénardier, redoblando el paso.
+
+La espesura del ramaje le había obligado á acercarse á ellos; pero
+cuando estaba el hombre en lo más intrincado, volvióse, y por mucho
+que Thénardier procuraba ocultarse en la espesura, no pudo evitar el
+ser visto. El hombre le dirigió una mirada inquieta, después meneó
+la cabeza y continuó su camino. El tabernero continuó siguiéndole.
+Anduvieron así dos ó trescientos pasos. De pronto el hombre volvióse
+de nuevo, viendo todavía al posadero. Esta vez le miró con aire tan
+sombrío, que Thénardier juzgando «inútil» ir más allá, retrocedió,
+deshaciendo el camino.
+
+
+
+
+ XI
+ =Reaparece el número 9430, y Cosette lo gana á la lotería=
+
+
+Juan Valjean no había muerto.
+
+Al caer al mar, ó más bien al arrojarse, iba, como se ha visto, sin el
+grillete. Nadando entre dos aguas llegó hasta un buque anclado, al que
+estaba amarrado un bote, en el cual encontró la manera de esconderse
+hasta la noche. Entrada ya la noche, arrojóse de nuevo al agua,
+ganando á nado la costa á poca distancia del cabo Brun. Allí como no
+le faltaba dinero, pudo procurarse ropa en un figón de los alrededores
+de Balaguier, que era á la sazón el vestuario de los presidiarios
+escapados; especialidad bastante lucrativa. Después, Juan Valjean, como
+todos los tristes fugitivos que procuran burlar la vigilancia de la ley
+y la fatalidad social, siguió un itinerario obscuro y vago.
+
+Encontró primeramente asilo en Pradeaux, junto á Beausset. Luego se
+dirigió hacia Grand Villard junto á Briançon, en los Altos-Alpes. Huida
+vacilante é inquieta, camino de topo, cuyas ramificaciones nadie sabe.
+Más tarde ha podido encontrarse algún vestigio de su paso por Ain en el
+territorio de Civrieux, por los Pirineos en Accons, en el lugar llamado
+Grange de Doumecq, junto al caserío de Chavailles, de los alrededores
+de Périgueux, en Brunies, distrito de la Chapelle Gonaguet.
+
+Estuvo en París y le acabamos de ver ahora en Montfermeil.
+
+Su primer cuidado al llegar á París, fué comprar vestidos de luto para
+una niña de siete á ocho años, y procurarse luego alojamiento. Hecho
+esto se dirigió á Montfermeil.
+
+Como se recordará, ya en su anterior evasión, había hecho allí mismo,
+ó en los alrededores, un viaje misterioso, del que la Justicia había
+tenido algún indicio.
+
+Por lo demás, se le creía muerto, y esto aumentaba la obscuridad que
+se había formado en torno suyo. En París llegó á sus manos uno de los
+periódicos que consignaban el hecho. Con esto se sintió tranquilo y
+casi en paz, como si en realidad hubiese muerto.
+
+La misma tarde del día en que Juan Valjean había sacado á Cosette de
+las garras de los Thénardier, entraba en París. Entró al anochecer,
+acompañado de la niña por la barrera Monceaux. Subió en un cabriolé que
+le llevó á la explanada del Observatorio. Bajóse allí, pagó al cochero,
+tomó á Cosette de la mano, y los dos, entre las sombras de la noche,
+atravesaron las desiertas calles inmediatas á la Ourcine y la Glacière,
+dirigiéndose al boulevard del Hospital.
+
+El día había sido extraño y henchido de emociones para Cosette; habían
+comido detrás de los vallados pan y queso comprados en los ventorrillos
+que se encontraron; habían cambiado frecuentemente de carruaje; habían
+andado á pie diversos trechos, y ella no se había quejado, pero estaba
+cansada, y Juan Valjean lo advirtió fácilmente puesto que iba tirando
+más y más de su mano á cada paso. Entonces cargó con ella á cuestas;
+Cosette, sin soltar á su Catalina, dejó caer su cabeza sobre el hombro
+de Juan Valjean, y se quedó dormida.
+
+
+
+
+ LIBRO CUARTO
+ LA CASUCHA DE GORBEAU
+
+
+ I
+ =Maese Gorbeau=
+
+
+Hace cuarenta años, el transeunte solitario que se aventuraba entre
+los extraviados barrios de la Salpêtrière y que subía por el boulevard
+hasta la barrera de Italia, llegaba á donde se hubiera podido decir que
+París desaparecía. No era por la soledad, puesto que había transeuntes;
+no era por el campo, puesto que había casas y calles; no era aquello
+una ciudad, pues las calles tenían baches como las carreteras, y la
+yerba nacía en ellas; no era una aldea, pues las casas eran demasiado
+altas. ¿Qué era pues? Era un lugar habitado donde no había nadie; era
+un lugar desierto donde había alguien; era un boulevard de la gran
+población, una calle de París, más espantosa de noche que una selva,
+más triste de día que un cementerio.
+
+Era el antiguo barrio del Mercado de Caballos.
+
+Si el transeunte se arriesgaba á ir más allá de las cuatro paredes
+ruinosas del Mercado de Caballos, si consentía siquiera en pasar de
+la calle del Petit Banquier, después de haber dejado á su derecha un
+corral cercado de elevadas tapias, y un prado en que se levantaban
+montones de casas de tenería parecidas á chozas de castores
+gigantescas, y una cerca llena de pilas de madera de construcción, al
+lado de montones de troncos, aserraduras y virutas, sobre las cuales
+ladraba un gran perrazo, y una larga pared, baja, ruinosa, con una
+puertecita negra y enlutada, cubierta de musgo que se llenaba de flores
+en primavera; luego en el sitio más desierto un horrible y decrépito
+edificio en cuya fachada leíase en grandes y gruesas letras: SE PROHÍBE
+PONER CARTELES, aquel paseante aventurero llegaba al ángulo de la calle
+de Vignes Saint-Marcel, latitudes casi desconocidas. Allí, junto á
+una fábrica y entre dos tapias de jardín, se veía en aquel tiempo una
+casucha, que, al primer golpe de vista, parecía pequeña como una choza,
+y que era en realidad grande como una catedral. Presentábase á la vía
+pública de lado, por un cubo angular, y de ahí su aparente exigüedad.
+Casi todo el edificio estaba oculto, y no se veía más que la puerta y
+una ventana.
+
+Esta casucha no tenía más que un solo piso.
+
+Al examinarla, el detalle que chocaba desde luego, era que aquella
+puerta no había podido ser nunca más que la puerta de un tabuco,
+mientras que aquella ventana, si hubiera sido de piedra de sillería en
+vez de piedra bruta, habría podido ser la ventana de un palacio.
+
+La puerta no era otra cosa que un conjunto de tablas carcomidas,
+groseramente unidas por travesaños parecidos á troncos mal igualados.
+Daba esta puerta acceso inmediato á una escalera áspera de altos
+peldaños, llenos de lodo, yeso y polvo, del mismo ancho que la puerta,
+y que se veían desde la calle empinarse derechos como una escala, y
+desaparecer en la obscuridad entre dos paredes. Lo alto de la abertura
+informe que cerraba aquella puerta estaba cubierta con una tablilla
+estrecha, en medio de la cual habían aserrado un agujero triangular,
+que servía al propio tiempo de tragaluz y ventanillo cuando la puerta
+estaba cerrada. Sobre la hoja de esta última, un pincel mojado en
+tinta, había trazado de dos brochazos el número 52, y por encima de la
+tablilla el mismo pincel había borroneado el número 50; de suerte que
+nacía esta duda: ¿Dónde se está? La parte superior de la puerta dice:
+en el 50; la inferior replica: no, en el 52. Varios trapos de color de
+polvo colgaban como cortinajes del postiguillo triangular.
+
+La ventana era ancha, suficientemente elevada, provista de persianas y
+hojas vidrieras con grandes cristales; sólo que estos grandes cristales
+tenían varias heridas, ocultas á la vez y descubiertas por un ingenioso
+vendaje de papel; y las persianas, desunidas y desencajadas, mejor
+amenazaban á los transeuntes que resguardaban á los habitantes.
+
+Las tabletas horizontales que faltaban, estaban cándidamente
+reemplazadas con tablas clavadas á lo largo, tanto, que lo que
+comenzaba por persiana acababa por postigo.
+
+Aquella puerta, de aspecto inmundo, y aquella ventana, de aspecto
+decente, aunque deteriorada, vistas así en la misma casa, producían el
+efecto de dos mendigos desaparejados, que fueran juntos y caminaran
+codo á codo, con dos caras distintas bajo iguales andrajos, habiendo
+sido el uno siempre mendigo y el otro, en otros tiempos, un hidalgo.
+
+La escalera conducía á un cuerpo de edificio vastísimo, que se parecía
+á un cobertizo convertido en casa.
+
+Este edificio tenía por tubo intestinal un largo corredor, en el cual
+se abrían, á derecha é izquierda, aposentos ó compartimientos de varias
+dimensiones difícilmente habitables, puesto que mejor parecían barracas
+que celdas. Estas habitaciones recibían la luz de los solares baldíos
+de los alrededores.
+
+Todo aquello era obscuro, incómodo, apagado, melancólico, sepulcral;
+cruzado, según estaban las rendijas en el techo ó en la puerta, por
+ráfagas frías ó corrientes heladas. La particularidad interesante y
+pintoresca de esta clase de viviendas, es la enormidad de las arañas.
+
+Á izquierda de la puerta de entrada, dando al boulevard, á la altura
+de un hombre, un tragaluz que estaba tapiado, dejaba un hueco ó nicho
+cuadrado, lleno siempre de piedras que arrojaban los muchachos al pasar
+por allí.
+
+Una parte de este edificio ha sido demolida últimamente; mas por lo
+que resta todavía puede aún formarse idea de lo que fué. El todo,
+en conjunto, apenas cuenta un siglo. Cien años son la juventud de
+una iglesia y la vejez de una casa. Parece que el asilo del hombre
+participa de su brevedad, y el asilo de Dios de su eternidad.
+
+Los carteros llamaban á aquella casucha el número 50-52; pero era
+conocida en el barrio por el nombre de la Casa de Gorbeau.
+
+Explicaremos el origen de este nombre.
+
+Los colectores de pequeños hechos que se convierten en herborizantes
+de anécdotas y que fijan con un alfiler en su memoria las fechas
+fugaces, saben que hubo en París, en el último siglo, hacia 1770, dos
+procuradores en el Chatelet, llamados Corbeau (Cuervo) el uno, y Renard
+(Zorro) el otro: dos nombres previstos por Lafontaine. La coincidencia
+era harto graciosa para que no sirviese de alegre divertimiento á la
+gente de golilla. Recorrió inmediatamente la parodia, en versos algo
+cojos, las galerías del palacio de Justicia.
+
+ De un proceso en la rama,
+ muy ufano y contento,
+ ejecutoria en pico
+ estaba el señor Cuervo.
+ Del olor atraído
+ un Zorro muy maestro,
+ etc...[10]
+
+Los dos honrados curiales, incomodados por los epigramas y mortificada
+su dignidad por las carcajadas que les seguían á todas partes,
+resolvieron desembarazarse de sus apellidos tomando el partido de
+dirigirse al rey. La súplica fué presentada á Luis XV el día mismo en
+que el nuncio del papa por un lado y el cardenal de La Roche Aymon
+por otro, devotamente arrodillados ambos, calzaron, en presencia de
+Su Majestad, cada uno con una chinela, los pies desnudos de madama
+Du-Barry al salir de la cama. El rey, que reía, continuó riendo; pasó
+alegremente de los dos obispos á los dos procuradores, é hizo á estos
+golillas gracia de su nombre ó poco menos.
+
+Y por S. M. el rey fuéle permitido á maese Corbeau añadir un rabillo á
+su inicial y llamarse Gorbeau; pero maese Renaud fué menos afortunado,
+porque sólo pudo obtener agregar una P delante de la R y llamarse
+Prenard; tanto, que el segundo nombre, con ser á la vista una
+antítesis del primero, no dejaba de parecer en sustancia lo mismo.
+
+Ahora bien: según la tradición local, este maese Gorbeau había sido
+propietario del edificio numerado 50-52 del boulevard del Hospital,
+siendo él mismo el autor de la monumental ventana.
+
+De ahí el ser conocida aquella casucha con el nombre de casa Gorbeau.
+
+Frente al número 50-52 descollaba, entre los árboles del boulevard, un
+gran olmo, muerto en sus tres cuartas partes; casi enfrente empezaba
+la calle de la barrera de los Gobelinos, calle entonces sin casas, sin
+empedrar, plantada de árboles raquíticos, verde ó llena de barro según
+la estación, la cual iba á parar precisamente á la muralla que cercaba
+á París. El olor de caparrosa salía á bocanadas de los tejados de una
+fábrica vecina.
+
+La barrera estaba allí mismo. En 1823 el muro de circunvalación existía
+aún.
+
+Esta misma barrera llenaba el espíritu de figuras siniestras. Era el
+camino de Bicêtre.
+
+Era por allí, donde en tiempo del Imperio y de la Restauración,
+entraban en París los condenados á muerte el día de la ejecución. Allí
+fué donde se cometió hacia 1829 aquel misterioso asesinato llamado
+«del portillo de Fontainebleau», cuyos autores no pudo descubrir la
+Justicia, problema fúnebre que no ha podido aclararse, enigma pavoroso
+que no se ha descifrado. Dando algunos pasos, se encuentra la fatal
+calle de Croulebarbe, donde Ulbach dió de puñaladas á la cabrera de
+Ivry entre el ruido de los truenos como en un melodrama. Algunos pasos
+más adelante, se llega á los abominables olmos descabezados de la
+barrera de Saint Jacques, el expediente de los filántropos para ocultar
+el suplicio, la mezquina y vergonzosa plaza de Grève de una sociedad
+mercachifle, que retrocedió ante la pena de muerte, sin atreverse á
+abolirla con grandeza ni á mantenerla con autoridad.
+
+Hace treinta y siete años, al dejar á un lado esa plaza Saint-Jacques,
+que estaba predestinada y que ha sido siempre horrible, el punto más
+triste tal vez de todo este triste boulevard era, el punto tan poco
+atractivo aún hoy mismo, donde se encontraba la casucha 50-52.
+
+Las casas regulares de la clase media no han comenzado á aparecer allí
+sino veinticinco años más tarde. El sitio era melancólico. Por las
+ideas fúnebres que inspiraba, conocía cualquiera que se hallaba entre
+el hospital de la Salpêtrière, cuya cúpula se divisaba, y la cárcel de
+Bicêtre, que tocaba al portillo; es decir, entre la locura de la mujer
+y la locura del hombre. En todo lo que la vista podía extenderse, no se
+distinguían más que los mataderos, el muro de circunvalación y algunas
+raras fachadas de fábricas, parecidas á cuarteles ó á conventos; por
+todas partes barracas y casuchas de tapia, viejos muros negros como
+mortajas, ó hileras de árboles paralelos, edificios tirados á cordel,
+construcciones monótonas, líneas frías y prolongadas, la tristeza
+lúgubre de los ángulos rectos. Ni un accidente de terreno, ni un
+capricho de arquitectura, ni un solo pliegue; era aquello un conjunto
+glacial, regular, feo. Nada oprime tanto el corazón como la simetría. Y
+es que la simetría es el pesar, y el pesar es el fondo mismo del duelo.
+La desesperación bosteza.
+
+Si pudiera soñarse algo más horrible que el infierno en que se sufre,
+sería el infierno en que se fastidiara uno. De existir semejante
+infierno, su entrada habría podido ser ese trozo del boulevard del
+Hospital.
+
+Así pues, al caer de la noche, en el momento en que la claridad
+desaparece, sobre todo en invierno, á la hora en que el cierzo
+crepuscular arranca á los olmos sus postreras y tostadas hojas,
+cuando la obscuridad es profunda y sin estrellas, ó cuando la luna y
+el viento clarean las nubes, este boulevard resultaba espantoso. Las
+líneas negras se hundían y perdíanse en las tinieblas como pedazos
+del infinito. El transeunte no podía abstenerse de recordar las
+innumerables tradiciones patibularias del lugar.
+
+Aquella soledad, en la que se habían cometido tantos crímenes,
+tenía algo de horrible. Creía uno presentir lazos tendidos en
+aquella obscuridad; todas las formas confusas de la sombra parecían
+sospechosas; y los largos huecos cuadrados que se distinguían entre los
+árboles parecían tumbas abiertas. De día era aquello feo; por la tarde
+lúgubre; de noche siniestro.
+
+En verano, á la hora del crepúsculo, veíanse aquí y allí algunas
+viejas, sentadas al pie de los olmos en bancos enmohecidos por las
+lluvias. Aquellas buenas viejas pedían limosna cuando pasaba alguien.
+
+Por lo demás, aquel barrio, que más bien tenía el aire de envejecido
+que de antiguo, propendía ya desde aquella fecha á trasformarse. Ya
+entonces, quien hubiera querido verle debía apresurarse. Cada día iban
+desapareciendo detalles de aquel conjunto. En la actualidad, y desde
+hace veinte años, la estación del ferrocarril de Orléans está allí
+junto al viejo arrabal y le va acorralando. Doquiera que se levante en
+el límite de una capital una estación de ferrocarril, resulta la muerte
+de un arrabal y el nacimiento de una ciudad. Parece que alrededor de
+esos grandes centros del movimiento de los pueblos, con el rodar de las
+poderosas máquinas, con el respirar de los monstruosos caballos de la
+civilización, que comen carbón y vomitan fuego, tiembla la tierra llena
+de gérmenes y se abre para tragarse las antiguas moradas de los hombres
+para dejar paso franco á las nuevas. Las casas viejas se derrumban y
+las nuevas se elevan.
+
+Desde que la estación del ferrocarril de Orléans ha invadido los
+terrenos de la Salpêtrière, las antiguas calles estrechas, inmediatas
+á los fosos de Saint Victor y al Jardín Botánico, se conmueven
+violentamente cruzadas tres ó cuatro veces al día por esas corrientes
+de diligencias, coches y ómnibus que, en un tiempo dado, hacen
+retroceder las casas á derecha é izquierda; pues hay cosas que parecen
+peregrinas cuando se anuncian, que son rigurosamente exactas. Y así
+como puede decirse en verdad, que en las grandes ciudades el sol hace
+vegetar y crecer las fachadas de las casas al medio día, también es
+cierto que el paso frecuente de carruajes hace ensanchar las calles.
+Los síntomas de una vida nueva son evidentes. En aquel antiguo barrio
+provinciano, en los recodos más salvajes aparece el empedrado,
+comienzan á extenderse, y prolongarse aceras, hasta allí mismo donde
+no transita nadie todavía. Una mañana, mañana memorable, en un día de
+julio de 1845, viéronse de repente humear allí las negras calderas de
+asfalto; aquel día puede decirse que llegó la civilización á la calle
+de la Oarcine, y que París entró en el arrabal de San Marcelo.
+
+
+ II
+ =Nido para búho y curruca=
+
+
+Delante de la casucha de Gorbeau fué donde Juan Valjean se detuvo. Como
+las aves selváticas, había elegido aquel lugar desierto para hacer su
+nido.
+
+Buscó en el bolsillo, y sacó una especie de llave maestra, abrió la
+puerta, entró, la cerró después con cuidado, y subió la escalera,
+siempre con Cosette en brazos.
+
+En lo alto de la escalera sacó del bolsillo otra llave, con la cual
+abrió otra puerta. El cuarto en que entró, y que cerró inmediatamente,
+era una especie de desván bastante espacioso, amueblado con un colchón
+puesto en el suelo, una mesa y algunas sillas. Una estufa encendida,
+cuyas ascuas se veían, estaba en un rincón.
+
+El farol del boulevard alumbraba vagamente aquel pobre interior. En el
+fondo había un gabinete con una cama de tijera. Juan Valjean dejó la
+niña en aquella cama, colocándola en ella sin despertarla.
+
+Echó yescas, y encendió una vela; todo esto estaba preparado de
+antemano; y del mismo modo que lo había hecho la víspera, púsose á
+contemplar á Cosette con una mirada llena de éxtasis, en la que la
+expresión de la bondad y del enternecimiento llegaba casi al extravío.
+La pequeñuela, con aquella confianza tranquila que no pertenece sino á
+la fuerza extrema, ó á la extrema debilidad, se había dormido sin saber
+con quién iba, y continuaba durmiendo sin saber dónde estaba.
+
+Juan Valjean se inclinó y besó la mano de aquella criatura.
+
+Nueve meses antes había besado la mano de la madre, cuando también
+acababa de dormirse.
+
+El mismo sentimiento de dolor, religioso y punzante, llenaba su corazón.
+
+Arrodillóse junto al lecho de Cosette.
+
+Ya era muy entrado el día, y la niña seguía durmiendo.
+
+Un pálido rayo del sol de diciembre atravesaba la ventana del desván,
+esparciendo por el techo largas ráfagas de sombra y luz. De repente,
+una carreta de cantero, pesadamente cargada, que pasaba por la
+calzada del boulevard, conmovió la casucha como un trueno prolongado,
+haciéndola temblar de arriba abajo.
+
+--¡Sí! ¡Señora!--gritó Cosette, despertándose sobresaltada.--¡Allá voy!
+¡Allá voy!
+
+Y arrojándose del lecho, con los párpados medio cerrados todavía por la
+pesadez del sueño, extendió el brazo hacia el ángulo de la pared.
+
+--¡Ay Dios mío! ¡Y mi escoba!--dijo.
+
+Abrió entonces del todo los ojos, y vió el semblante risueño de Juan
+Valjean.
+
+--¡Ah! ¡Calle! ¡Es verdad!--exclamó la niña.--Buenos días, señor.
+
+Los niños aceptan, y se familiarizan inmediatamente con la alegría y la
+felicidad, siendo como son ellos naturalmente felicidad y alegría.
+
+Cosette vió á Catalina á los pies de su cama, se apoderó de ella, y
+empezó á jugar. Y estando jugando, todo se le volvía hacer preguntas
+á Juan Valjean: ¿Dónde estaba?... ¿Era grande París?... ¿Estaba bien
+lejos la Thénardier?... ¿No volvería á verla? etc., etc. De pronto
+exclamó:
+
+--¡Qué bonito es esto!
+
+Era una horrible buhardilla; pero ella se sentía libre.
+
+--¿Tengo que barrer?--preguntó por último.
+
+--Juega, le dijo Juan Valjean.
+
+Así se pasó el día. Cosette, sin inquietarse por comprender nada, se
+consideraba inexplicablemente feliz entre aquella muñeca y aquel buen
+hombre.
+
+
+
+
+ III
+ =Dos desgracias mezcladas producen la felicidad=
+
+
+Á la mañana siguiente al rayar el día, Juan Valjean estaba todavía al
+lado de la cama de Cosette. Esperó allí, inmóvil, y la vió despertarse.
+
+Algo de nuevo penetraba en su alma.
+
+Juan Valjean no había amado nunca nada. Hacía veinticinco años que
+estaba sólo en el mundo. No había sido nunca padre, amante, marido ni
+amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante y feroz. El
+corazón de aquel antiguo presidiario estaba lleno de virginidades.
+Su hermana y los hijos de su hermana no le habían dejado más que
+un recuerdo vago y lejano, que había acabado por extinguirse casi
+enteramente. Había hecho cuantos esfuerzos había podido para
+encontrarlos, y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. La
+naturaleza humana es así. Las demás tiernas emociones de su juventud,
+si es que las tuvo, habían caído en un abismo.
+
+Cuando vió á Cosette, cuando la tuvo consigo, la llevó y la libertó,
+sintió removérsele las entrañas. Todo lo que de pasión y afecto habían
+en su alma, se despertó y precipitó hacia aquella criatura. Acercábase
+á la cama en que ella dormía, y temblaba de gozo; experimentaba
+arranques de madre, y no sabía lo que eran; porque es cosa muy obscura
+y dulcísima ese grande y extraño movimiento que se efectúa en un
+corazón que empieza á amar. ¡Pobre corazón, viejo y nuevo á la vez!
+
+Solamente que, como él tenía cincuenta y cinco años y Cosette ocho,
+todo el amor que él hubiera podido tener en toda su vida se fundió
+en una especie de claridad inefable. Era la segunda aparición pura y
+diáfana que encontraba. El obispo había hecho alzar en su horizonte el
+alba de la virtud. Cosette hacía levantar en el mismo, el alba del amor.
+
+Los primeros días se pasaron en este deslumbramiento.
+
+Por su parte, Cosette, también se volvía otra sin ella saberlo. ¡Pobre
+criatura! Era tan pequeñita cuando su madre la dejó, que ya no se
+acordaba de ella. Como todos los niños, semejantes á los renuevos de
+la vid que se agarra á todo, había procurado amar y no había podido
+conseguirlo. Todos la habían rechazado: los Thénardier, sus niñas y
+otros niños. Había amado al perro que murió, después de lo cual, nada
+ni nadie había querido amarla.
+
+Triste cosa es decirlo, como hemos ya indicado, á los ocho años tenía
+frío el corazón. No era culpa suya, no era la facultad de amar la que
+le faltaba: ¡ay! era la posibilidad. Por eso desde el primer día, todo
+cuanto sentía y pensaba en ella se empleó en amar á aquel buen hombre.
+Experimentaba lo que nunca había conocido, una sensación expansiva.
+
+El buen hombre no le hacía el efecto de viejo ni de pobre. Parecíale
+Juan Valjean tan hermoso como linda le había parecido la buhardilla.
+
+Son ésos los efectos de la aurora, de la infancia, de la juventud, de
+la alegría. La novedad de la tierra y de la vida tienen en ello buena
+parte. Nada es tan risueño como el reflejo vivificante de la dicha
+en una buhardilla. Todos hemos tenido en nuestro pasado algún desván
+poético.
+
+La naturaleza y cincuenta años de intervalo habían marcado una
+separación profunda entre Juan Valjean y Cosette; esta separación
+la llenó el destino. El destino unió, y enlazó con su irresistible
+poder, aquellas dos existencias desarraigadas, distintas por la
+edad, semejantes por el duelo. La una, efectivamente, completaba á
+la otra. El instinto de Cosette buscaba el padre como el instinto de
+Juan Valjean buscaba un hijo. Verse, fué encontrarse. En el momento
+misterioso en que sus dos manos se trocaron, quedaron unidas. Cuando
+aquellas dos almas se divisaron mutuamente, se reconocieron como
+necesarias una á otra, y se abrazaron estrechamente.
+
+Tomando las palabras en su sentido más comprensible y absoluto, podría
+decirse que, separados de todo por muros sepulcrales, Juan Valjean era
+el viudo, como era la huérfana Cosette. Esta situación hizo que Juan
+Valjean viniese á ser de un modo providencial el padre de Cosette.
+
+Y en verdad, la impresión misteriosa producida en Cosette en el fondo
+del bosque de Chelles, por la mano de Juan Valjean cogiendo la suya en
+la obscuridad, no era una ilusión, sino una realidad. La entrada de
+aquel hombre en el destino de aquella criatura había sido la llegada de
+Dios.
+
+Por lo demás, Juan Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí en
+una seguridad que podía parecer completa.
+
+El cuarto con gabinete que ocupaba con Cosette era aquél cuya ventana
+daba al boulevard. Siendo única esta ventana en la casa, no había que
+temer miradas de vecinos, de lado ni de frente.
+
+El piso bajo del número 50-52, especie de cobertizo derruido, servía
+de cuadra á hortelanos, y no tenía ninguna comunicación con el
+principal. Estaba separado de él por el suelo, que no tenía ni trampas
+ni escalera, y que venía á ser el diafragma de la casa. El primer piso
+contenía, como hemos dicho, muchos cuartos y algunos desvanes, de los
+cuales solamente uno estaba ocupado por una vieja que cuidaba de la
+habitación de Juan Valjean. El resto estaba desocupado.
+
+Aquella vieja era quien, adornada con el nombre de _inquilina
+principal_, y en realidad encargada de las funciones de portera, le
+había alquilado aquel aposento el día de Nochebuena.
+
+Se le había él dado á conocer como un rentista arruinado por los bonos
+de España, que se iba á vivir ahí con su nieta. Había pagado seis meses
+adelantados y encargado á la vieja de amueblar el cuarto y el gabinete
+como se ha visto. Fué esta buena mujer quien encendió la estufa y lo
+preparó todo la noche de su llegada.
+
+Pasaban las semanas. Aquellos dos seres llevaban en aquel miserable
+tabuco una existencia feliz.
+
+Desde el amanecer, Cosette reía, charlaba y cantaba. Los niños tienen
+su canto matinal como los pájaros.
+
+Sucedía á veces que Juan Valjean tomaba sus manecitas, enrojecidas y
+acribilladas de sabañones, y se las besaba. La pobre niña, acostumbrada
+á llevar golpes, no sabía lo que esto quería decir, y se retiraba toda
+avergonzada.
+
+Á veces se ponía seria contemplando su vestido negro. Cosette no
+llevaba ya andrajos, llevaba luto. Salía de la miseria y entraba en la
+vida.
+
+Juan Valjean se había propuesto enseñarle á leer.
+
+Á veces, mientras hacía deletrear á la niña, recordaba que había sido
+con el propósito de hacer daño con el que él había aprendido á leer en
+presidio. Y aquel propósito se había convertido en el fin de enseñar á
+leer á una niña. Entonces el viejo presidiario sonreía, con la sonrisa
+meditabunda de los ángeles.
+
+Tenía el sentimiento de que era ello una premeditación del cielo, una
+voluntad de alguien que no es el hombre, y se perdía en meditaciones.
+Los buenos pensamientos tienen sus abismos como los malos.
+
+Enseñar á leer á Cosette y dejarle jugar, á eso se reducía casi toda la
+vida de Juan Valjean. Después le hablaba de su madre, y la hacía rezar.
+
+Ella le llamaba _padre_ sin saber ni conocerle otro nombre.
+
+Él se pasaba horas enteras contemplándola cómo vestía y desnudaba su
+muñeca, oyéndola gorjear. La vida le parecía ya en lo sucesivo llena de
+interés, los hombres parecíanle ya buenos y justos; en su imaginación
+no reprochaba ya nada á nadie, no veía, por lo tanto, razón alguna
+para no envejecer mucho, toda vez que aquella criatura le amaba.
+Veía para sí todo un porvenir iluminado por Cosette como por una luz
+simpática. El hombre mejor no está exento del todo de egoísmo; á veces
+reflexionaba con cierta alegría que Cosette sería fea.
+
+Esto no pasa de ser una opinión personal; pero para decir todo lo que
+pensamos al punto á que había llegado Juan Valjean cuando se puso á
+amar á Cosette, nada nos prueba que no le fuera ello menester para
+mejor perseverar en el bien. Acababa de ver bajo nuevos aspectos
+la maldad de los hombres y las miserias de la sociedad, aspectos
+incompletos y que no mostraban fatalmente sino una parte de lo
+verdadero, la suerte de la mujer resumida en Fantina, la autoridad
+pública personificada en Javert; él había vuelto á presidio últimamente
+por haber hecho el bien; nuevas amarguras le habían abrumado; el
+disgusto y la fatiga apoderábanse nuevamente de él; el recuerdo mismo
+del obispo llegaba quizás á eclipsarse algunos momentos, salvo empero
+su reaparición luminosa y triunfante; pero sea como fuere, es lo cierto
+que aquel recuerdo sagrado se iba debilitando. ¿Quién sabe si Juan
+Valjean no estaba en vísperas de descorazonarse y recaer? Pero amó,
+volvió á ser fuerte. ¡Ay! era bien poco menos débil que Cosette. Él la
+protegió y ella le fortaleció. Gracias á él, ella pudo seguir el curso
+de la vida; gracias á ella, pudo él continuar en la virtud. Él fué
+sostén de la niña aquella, y aquella niña fué su punto de apoyo. ¡Oh
+misterio insondable y divino de los equilibrios del destino!
+
+
+
+
+ IV
+ =Lo que observó la inquilina principal=
+
+
+Juan Valjean tenía la precaución de no salir jamás de día. Todas las
+tardes, al obscurecer, se paseaba una hora ó dos, algunas veces solo,
+frecuentemente con Cosette, buscando los extremos retirados de los
+boulevares más solitarios y entrando en las iglesias á la caída de
+la noche. Iba gustoso á San Medardo, que era la iglesia más cercana.
+Cuando no acompañaba á Cosette, ésta se quedaba con la vieja; pero era
+la alegría de la niña salir con el buen hombre. Prefería una hora de ir
+con él, á sus mismas conversaciones con Catalina. Él la conducía de la
+mano dirigiéndole palabras dulces.
+
+Así es que Cosette estaba muy contenta.
+
+La vieja cuidaba de la casa y de la cocina, é iba por las provisiones.
+
+Vivían sobriamente, teniendo siempre un poco de fuego, pero como gentes
+necesitadas. Juan Valjean no había cambiado nada del mobiliario del
+primer día; únicamente había sustituido por una puerta toda de madera
+la vidriera del gabinete de Cosette.
+
+Llevaba siempre su levitón amarillo, sus calzones negros y su sombrero
+viejo. En la calle le tomaban por un pobre. Sucedía á veces que alguna
+buena mujer se volvía y le dada un céntimo. Juan Valjean recibía el
+céntimo y saludaba profundamente. Sucedía también otras veces que
+encontraba á algún pobre pidiendo limosna, y entonces miraba detrás
+de sí por si le veía alguien, se acercaba furtivamente al infeliz,
+le ponía en la mano una moneda, generalmente de plata, y se alejaba
+rápidamente. Esto tenía sus inconvenientes. Empezaba á conocérsele
+en el barrio por el nombre de _el mendigo que da limosna_. La vieja
+_inquilina principal_, mujer ceñuda, poseída con respecto al prójimo de
+la atención de los envidiosos, examinaba mucho á Juan Valjean, sin que
+él lo sospechase. Era un poco sorda, y esto la hacía ser muy habladora.
+Quedábanle dos dientes de su pasado, uno arriba y otro abajo, que se
+tropezaban continuamente. Había hecho diversas preguntas á Cosette,
+la que, no sabiendo nada, nada había podido decir, sino que venía de
+Montfermeil. Una mañana, acechando como siempre á Juan Valjean, le vió
+entrar en uno de los cuartos deshabitados de la casucha, con cierto
+aire que le pareció singular. Siguióle á paso de gata vieja, y pudo
+observar sin ser vista, por la rendija de la puerta de otro cuarto que
+venía enfrente. Juan Vadean, para mayor precaución sin duda, estaba de
+espaldas á esta puerta. Entonces vió la vieja cómo sacaba él de sus
+bolsillos un estuche con hilo y tijeras, y se ponía á descoser el forro
+de uno de los faldones de su levita, de cuya abertura sacó un pedazo
+de papel amarillo que desdobló. La vieja reconoció asombrada que era
+un billete de mil francos. Era el segundo ó tercero que había visto en
+toda su vida. Huyó toda asustada.
+
+Poco después se acercó á ella Juan Valjean, rogándole que fuése á
+cambiar aquel billete de mil francos, añadiendo que era el semestre de
+su renta que había cobrado á la víspera.
+
+--¿Dónde?--pensó la vieja. No salió hasta las seis de la tarde, y la
+caja del gobierno no está por cierto abierta á semejantes horas. La
+vieja fué á cambiar el billete haciendo naturalmente sus conjeturas.
+Aquel billete de mil francos, comentado y multiplicado, produjo
+infinidad de conversaciones y aspavientos entre las comadres de la
+calle de Vignes-Saint Marcel.
+
+Después de algunos días sucedió que Juan Valjean, en mangas de camisa,
+aserró unos maderos en el corredor.
+
+La vieja estaba dentro arreglando el cuarto, y se hallaba sola,
+porque Cosette se había puesto á contemplar la madera aserrada;
+la vieja advirtió entonces la levita colgada de un clavo, y la
+escudriñó. El forro había sido cosido de nuevo. La buena mujer la
+palpó cuidadosamente, y creyó sentir entre los faldones y entre las
+escotaduras de las mangas el tacto de buen número de papeles doblados.
+¡Otros billetes de mil francos sin duda!
+
+Observó además que había muchas otras cosas en los bolsillos; no sólo
+las agujas, hilo y tijeras que había visto, sino una cartera abultada,
+una gran navaja, y, detalle sospechoso, algunas pelucas de colores
+varios. Cada faltriquera de aquel levitón parecía tener su destino
+particular en el caso de acontecimientos imprevistos.
+
+Los habitantes de la casucha alcanzaron así los últimos días del
+invierno.
+
+
+
+
+ V
+ =Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido=
+
+
+Había cerca de San Medardo un pobre que se acurrucaba en el brocal de
+un pozo de vecindad, cegado, y á quien Juan Valjean hacía limosna de
+muy buena fe. Apenas pasaba nunca por delante de él sin darle algunos
+sueldos. Á veces le hablaba también. Los envidiosos decían de este
+mendigo que era _de la policía_. Era un antiguo bedel de sesenta y
+cinco años que siempre estaba murmurando oraciones.
+
+Una noche que Juan Valjean pasaba por allí y no llevaba á Cosette
+consigo, vió el mendigo en su puesto ordinario bajo el farol que
+acababan de encender. Aquel hombre, según su costumbre, parecía rezar,
+y estaba completamente encorvado. Juan Valjean se le acercó poniendo
+en su mano la limosna acostumbrada. El mendigo alzó bruscamente los
+ojos, miró fijamente á Juan Valjean, bajando rápidamente la cabeza.
+Aquel movimiento fué como un relámpago; Juan Valjean sufrió un
+extremecimiento. Parecíale que acababa de entrever á la luz del farol,
+no el semblante plácido y santurrón del antiguo bedel, sino un rostro
+espantoso y conocido. Experimentó la impresión que sentiría cualquiera
+que se encontrase de repente en la sombra, cara á cara con un tigre.
+
+Retrocedió aterrado y petrificado, no atreviéndose ni á respirar, ni
+á hablar, ni á huir, ni estarse quieto, contemplando al mendigo, que
+había bajado su cabeza cubierta con un harapo, y pareciendo no darse
+cuenta de que estuviera allí. En aquel extraño momento un instinto,
+quizá el instante misterioso de la conservación, hizo que Juan Valjean
+no pronunciase una sola palabra. El mendigo tenía la misma estatura,
+los mismos andrajos, y la misma apariencia de todos los días. ¡Bah!
+dijo Juan Valjean. ¡Estoy loco! ¡Yo sueño!... ¡Imposible! Y entró
+nuevamente en su casa profundamente turbado.
+
+Apenas se atrevía á confesarse á sí propio que aquel rostro que había
+creído ver era el de Javert.
+
+Pensando en ello toda la noche, le pesaba no haber interrogado al
+hombre para obligarle á levantar la cabeza segunda vez.
+
+Al día siguiente, al caer la noche, volvió. El mendigo estaba en su
+puesto.
+
+--Guardeos Dios, buen hombre--dijo resueltamente Juan Valjean,
+dándole un céntimo. El mendigo levantó la cabeza respondiendo con voz
+lastimera:--Gracias mi buen señor.--Era realmente el antiguo bedel.
+
+Juan Valjean se sintió completamente tranquilizado. Echóse á
+reir.--¿Dónde diablos había ido yo á ver á Javert?--pensó para sus
+adentros.--¿Iré yo ahora á tener visiones?--Y no pensó en ello más.
+
+Algunos días después, serían como las ocho de la noche, cuando estando
+en su cuarto haciendo deletrear á Cosette en alta voz, oyó abrir y
+después volver á cerrar la puerta de la casucha. Esto le pareció
+singular. La vieja, única persona que habitaba con él la casa, se
+acostaba siempre al anochecer para no gastar vela. Juan Valjean, hizo
+seña á Cosette para que se callara, y oyó que subían la escalera. En
+rigor, bien podría ser que la vieja se hubiese puesto mala y hubiese
+ido á la botica. Juan Valjean escuchó.
+
+Las pisadas eran pesadas y sonaban como las de un hombre; pero la vieja
+usaba zapatos gruesos, y nada se parece tanto al paso de un hombre como
+al paso de una mujer vieja. Sin embargo, Juan Valjean dió un soplo á su
+luz.
+
+Había mandado á Cosette á la cama, diciéndole muy por lo bajo:
+
+--Acuéstate muy quedito;--y mientras la besaba en la frente se
+detuvieron las pisadas.
+
+Juan Valjean permaneció en silencio, inmóvil, vuelto de espaldas á la
+puerta, sentado en una silla, de la que no se había movido, reteniendo
+su respiración en la obscuridad.
+
+Después de un buen rato, no oyendo ya nada, volvióse sin hacer ruido,
+y al dirigir los ojos hacia la puerta de su cuarto, vió una luz por el
+ojo de la llave. Aquella luz dibujaba una especie de estrella siniestra
+en lo negro de la puerta y de la pared. Evidentemente había allí
+alguien que tenía una luz en la mano y estaba escuchando.
+
+Pasaron así algunos minutos, y desapareció la luz. Solamente que no oyó
+ningún ruido de pasos, lo cual parecía indicar que el que había venido
+á escuchar á la puerta se había quitado los zapatos.
+
+Juan Valjean se echó completamente vestido sobre su colchón, no
+pudiendo cerrar los ojos en toda la noche.
+
+Al despuntar el día, cuando comenzaba á dormitar rendido de fatiga
+despertóle el rechinar de una puerta que se abría en alguna buhardilla
+del fondo del corredor; después oyó los mismos pasos de un hombre
+que habían subido la escalera durante la víspera. Los pasos se iban
+acercando.
+
+Levantóse de su cama, y aplicó un ojo al agujero de la cerradura, que
+era bastante grande, esperando ver al cruzar, cualquiera que fuése, el
+ser que se había introducido por la noche en la casucha y escuchado á
+su puerta.
+
+Era, en efecto, un hombre, que pasó esta vez sin pararse por delante
+del cuarto de Juan Valjean. El corredor estaba todavía muy obscuro
+para poder distinguir sus facciones, pero cuando llegó el hombre á la
+escalera, un rayo de luz de afuera hizo resaltar su opaca silueta, y
+Juan Valjean le vió de espaldas completamente. El hombre era de elevada
+estatura, vestido con un largo levitón, y un grueso palo bajo el brazo.
+Era la formidable facha de Javert.
+
+Juan Valjean habría podido intentar verle de nuevo por la ventana que
+daba al boulevard. Pero para ello era menester abrirla, y no se atrevió.
+
+Era evidente que aquel hombre había entrado con una llave y como en su
+casa. ¿Quién le había dado la llave? ¿Qué es lo que aquello significaba?
+
+Á las siete de la mañana, cuando la vieja entró para arreglar la
+habitación, Juan Valjean le dirigió una mirada penetrante, pero sin
+interrogarla. La buena mujer estuvo como de ordinario.
+
+Mientras iba barriendo, dijo:
+
+--¿Habéis tal vez oído entrar alguien esta noche?
+
+En aquella época y en aquel boulevard, las ocho de la noche era noche
+cerrada.
+
+--Á propósito, es verdad,--respondió él con el acento más
+natural.--¿Quién era?
+
+--Es un nuevo inquilino,--dijo la vieja,--que tenemos en la casa.
+
+--¿Y que se llama?...
+
+--No sé bien si Dumont ó Daumont. Un nombre así.
+
+--¿Y qué es ese señor Dumont?
+
+--Un rentista como vos.
+
+Ella tal vez dijo estas palabras sin doble intención, pero Juan Valjean
+creyó descubrir alguna.
+
+Cuando hubo salido la vieja, hizo él un rollo de un centenar de
+francos que tenía en un armario, y se lo metió en el bolsillo. Por
+mucho cuidado que pusiera en aquella operación para que no se le oyera
+remover dinero, escapósele de las manos una moneda de cien sueldos, que
+fué rodando ruidosamente por el suelo.
+
+Al anochecer, bajó y miró atentamente arriba y abajo del boulevard.
+
+No vió á nadie. El boulevard parecía absolutamente desierto. Es verdad
+que podía cualquiera ocultarse detrás de los árboles.
+
+Volvió á subir.
+
+--Ven,--dijo á Cosette.
+
+Y tomándola de la mano, salieron los dos.
+
+
+ NOTAS:
+
+[10] Traducción de Samaniego.
+
+
+
+
+ LIBRO QUINTO
+ Á LA CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA
+
+
+ I
+ =Las sinuosidades de la estrategia=
+
+
+Aquí, con respecto á las páginas que van á leerse y á otras que vendrán
+después, es indispensable una observación.
+
+Hace ya muchos años que el autor de este libro, forzado á pesar suyo
+á hablar de sí mismo, se halla ausente de París. Desde que le dejó,
+París se ha transformado. Ha surgido una ciudad nueva, que le es
+hasta cierto punto desconocida. No tiene necesidad de decir que ama
+á París; París es la ciudad natal de su espíritu. Á consecuencia de
+los derribos y reedificaciones, el París de su juventud, aquel París
+que se llevó religiosamente en su memoria, es á estas horas el París
+de otros tiempos. Permítasele hablar de este París como si existiera
+todavía. Es posible que allí donde va el autor á conducir á los
+lectores, diciéndoles: «En tal calle hay tal casa», no exista hoy día
+casa ni calle. Los lectores lo comprobarán, si quieren tomarse el
+trabajo de hacerlo. En cuanto á él, desconoce el París nuevo, y escribe
+con el París antiguo delante de los ojos, en medio de la ilusión más
+agradable. Es una satisfacción para él soñar que queda algo tras de sí
+de lo que veía cuando estaba en su país, y que no se ha desvanecido
+todo aún.
+
+Mientras uno va y viene por su país natal, créese que las calles le
+son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada
+significan; que las paredes le son extrañas; que los árboles no son
+más que árboles; que las casas donde no entra le son inútiles; que el
+empedrado por donde anda son simplemente piedras.
+
+Pero más tarde, cuando se encuentra fuera, advierte que aquellas calles
+le son queridas; que aquellos tejados, aquellas ventanas y aquellas
+puertas le hacen falta; que aquellas paredes le son necesarias; que
+aquellos árboles le son amados; que aquellas casas donde él no entraba,
+había quien entraba en ellas todos los días, y que ha dejado parte de
+sus entrañas, de su corazón y de su sangre en aquellas piedras. Todos
+aquellos sitios que ya no vemos y que quizá no volveremos á ver jamás,
+y cuya imagen hemos conservado, adquieren cierto encanto doloroso,
+se nos presentan con la melancolía de una aparición, nos hacen
+visible la tierra santa, y son, por decirlo así, la forma misma de la
+patria; y los amamos y los evocamos tales como son, tales como eran,
+obstinándonos en ello, y no queremos cambiar nada de ellos, porque
+estamos apegados á la forma de nuestra patria como á las facciones de
+nuestra madre.
+
+Séanos, pues, permitido hablar del pasado en el presente. Dicho esto,
+suplicamos al lector que lo tenga en cuenta, y continuamos.
+
+Juan Valjean había dejado enseguida el boulevard y se había engolfado
+en las calles, haciendo cuantas líneas quebradas podía, volviendo
+algunas veces sobre sus propios pasos para cerciorarse de que no le
+seguían.
+
+Es ésta una maniobra natural en el ciervo hostigado. En los terrenos en
+que puede quedar impresa la huella, esa maniobra tiene, entre otras, la
+ventaja de engañar á los cazadores y á los perros con el contrapié. Es
+lo que en montería se llama _emboscada falsa_.
+
+Era una noche de luna llena. Á Juan Valjean no le disgustaba. La luna,
+muy cerca todavía del horizonte, marcaba en las calles grandes espacios
+de luz y sombra. Juan Valjean podía escurrirse á lo largo de las casas
+y paredes del lado sombrío, y observar el claro. No reflexionaba quizá
+bastante que el lado obscuro se le esparcía, sin embargo, en todas las
+callejuelas que rodean á la calle de Polibeau, y creyó estar seguro de
+que nadie iba tras él.
+
+Cosette andaba sin preguntar. Los sufrimientos de los seis primeros
+años de su vida habían introducido cierta pasividad á su naturaleza.
+Por otra parte, y ésta es una observación que tendremos que tener
+en cuenta más de una vez, estaba ella acostumbrada, sin darse muy
+exacta cuenta del porqué, á las singularidades del buen hombre y á las
+extravagancias del destino. Además se sentía segura junto á él.
+
+Juan Valjean no sabía mejor que Cosette adónde iba. Confiaba en
+Dios como ella confiaba en él. Parecíale que alguien superior á él
+le llevaba también de la mano; creía sentir un ser invisible que le
+conducía. Por lo demás, no tenía idea alguna decidida, ningún plan,
+ningún proyecto. Ni siquiera estaba seguro del todo de que aquel
+Javert, pudiendo también ser Javert, sin que supiese que él era Juan
+Valjean. ¿No iba disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo,
+hacía algunos días que le pasaban cosas que parecían singulares. No
+necesitaba más. Estaba resuelto á no volver á entrar en la casa de
+Gorbeau. Como el animal arrojado de su guarida, buscaba un hueco donde
+esconderse, mientras encontraba donde alojarse.
+
+Juan Valjean describió gran número de laberintos en el barrio
+Montfetard, que yacía dormido como si estuviera todavía bajo la
+disciplina de la Edad Media, al yugo de la queda; combinó de diversas
+maneras, en hábiles estrategias, la calle Censier y la calle Copeau, la
+calle del Battoir-Saint-Victor y la calle del Puits l'Ermite. Hay por
+allí casas-posadas, pero ni siquiera entraba en ellas, no encontrando
+lo que le convenía. Es decir, dudaba que si por casualidad le buscaban,
+hubiesen perdido la pista.
+
+Al dar las once de Saint-Etienne-du-Mont, atravesaba la calle de
+Pontoise, delante de la comisaría de policía, que está en el número
+14. Algunos instantes después, el instinto de que hablábamos más
+arriba hizo que se volviese. En cuyo momento vió claramente, gracias
+al farol de la comisaría que los descubría, á tres hombres que le
+seguían de bastante cerca, pasar sucesivamente bajo aquel farol por la
+parte obscura de la calle. Uno de aquellos tres hombres entró en el
+portal de la casa del comisario. El que marchaba al frente se le hizo
+decididamente sospechoso.
+
+--Ven, hija mía,--díjole á Cosette. Y se apresuró á dejar la calle de
+Pontoise.
+
+Describió un circuito, dió la vuelta al pasaje de los Patriarcas, que
+estaba cerrado á causa de la hora, cruzó á grandes pasos la calle de la
+Epée-de-Bois y la de la Arbalete, y penetró en la de Postas.
+
+Hay allí una encrucijada, donde existe hoy el colegio Rollin y adonde
+va á empalmar la calle Nueva de Santa Genoveva.
+
+Es por demás decir que la calle Nueva de Santa Genoveva es una calle
+vieja, y que por la calle de Postas no pasa apenas en diez años una
+silla de posta. Dicha calle de Postas estaba habitada en el siglo VIII
+por alfareros, y su verdadero nombre era calle de los Potes.
+
+La luna arrojaba sus clarísimos rayos en la encrucijada. Juan Valjean
+se escondió en el hueco de una puerta, calculando que si aquellos
+hombres le seguían todavía, no podría dejar de verlos muy bien cuando
+atravesasen por aquella claridad.
+
+En efecto, aún no habían trascurrido tres minutos cuando aparecieron
+los hombres. Entonces eran cuatro; todos de elevada estatura, vestidos
+con largos levitones obscuros, con sombreros redondos, y gruesos
+bastones en la mano. No eran menos sospechosos por su elevada estatura
+y grandes puños, que por su marcha siniestra en las tinieblas. Se les
+podía tomar por cuatro espectros disfrazados de paisano.
+
+Detuviéronse en medio de la encrucijada, y se agruparon como para
+consultar. Parecían estar indecisos. El que guiaba, volvióse de repente
+señalando con la mano derecha la dirección que había tomado Juan
+Valjean; otro de los del grupo parecía indicar con cierta persistencia
+la dirección contraria. En el instante en que se volvió el primero, la
+luna iluminó por completo su rostro, Juan Valjean reconoció claramente
+á Javert.
+
+
+
+
+ II
+ =Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes=
+
+
+Cesó la incertidumbre para Juan Valjean; afortunadamente duraba todavía
+para aquellos hombres. Aprovechóse él de su vacilación. Ellos perdían
+tiempo, y él lo ganaba. Salió del hueco de la puerta en que se había
+escondido avanzando por la calle de Postas, hacia al lado del Jardín
+Botánico. Cosette empezaba á fatigarse; tomola entonces él en brazos
+y así la llevó. No pasaba nadie por allí y no se habían encendido los
+faroles á causa de la luna.
+
+Dobló el paso.
+
+En pocas zancadas llegó á la alfarería de Goblet, en cuya fachada la
+claridad de la luna hacía perfectamente legible la antigua inscripción:
+
+ De Goblet el hijo, está aquí la fábrica,
+ Venid á escoger floreros y cántaros,
+ Cantarillas, tiestos, ladrillos y jarras,
+ Que todo se vende, ya en fino y en basto.
+
+Dejó tras de sí la calle de la Clef, después la fuente de San Víctor,
+bordeó el Jardín Botánico por las calles bajas, y llegó al muelle.
+Volvió la cabeza al estar allí. El muelle se encontraba desierto; las
+calles también. Nadie iba detrás de él. Respiró.
+
+Llegó al puente de Austerlitz.
+
+Todavía se pagaba peaje en aquella época.
+
+Acercóse al ventanillo del peajero y dió un céntimo.
+
+--Son dos sueldos,--dijo el inválido del puente.--Lleváis una criatura
+que puede andar. Debéis pues pagar dos.
+
+Pagó, contrariado de que su paso hubiese dado lugar á una observación.
+Toda fuga debe pasar inadvertida.
+
+Un gran carro atravesaba el Sena al propio tiempo que iba él también
+hacia la orilla derecha. Esto le favoreció mucho, puesto que pudo
+atravesar todo el puente á la sombra de aquel carro.
+
+Hacia la mitad del puente, teniendo Cosette los pies entumecidos, quiso
+andar. Él la puso en el suelo y volviola á tomar de la mano.
+
+Salvado ya el puente, distinguió en frente de él, hacia la derecha,
+unos depósitos de madera. Dirigióse allí; pero para llegar era preciso
+atravesar un ancho espacio descubierto é iluminado. No vaciló. Los que
+le perseguían estaban evidentemente despistados, y Juan Valjean se
+creía fuera de peligro. Buscado sí, pero no seguido.
+
+Abríase entre dos de aquellos depósitos, cercados de tapia, una
+callejuela, la del Chemin Vert Saint Antoine. Era la tal, estrecha,
+obscura y como hecha á propósito para él. Antes de entrar miró tras de
+sí.
+
+Desde allí donde estaba, veía en toda su longitud el puente de
+Austerlitz.
+
+Cuatro sombras acababan de entrar en el puente.
+
+Esas sombras volvían la espalda al Jardín Botánico dirigiéndose hacia
+la orilla derecha.
+
+Aquellas cuatro sombras eran los cuatro hombres.
+
+Juan Valjean sintió el estremecimiento de la fiera descubierta.
+
+Quedábale una esperanza, y era que quizá aquellos cuatro hombres no
+habían entrado aún en el puente y no le habrían distinguido en el
+momento en que él había atravesado, con Cosette de la mano, el gran
+espacio iluminado.
+
+En este caso, penetrando por la callejuela delante de la cual se
+encontraba, logrando llegar á los depósitos, huertas, sembrados y
+terrenos baldíos, podía escapar fácilmente.
+
+Pareciéndole que podía confiar en aquella callejuela silenciosa, entró
+en la misma.
+
+
+
+
+ III
+ =Véase el plano de París de 1727=
+
+
+Á cosa de unos trescientos pasos, llegó á un punto en que la calle
+bifurcaba. Dividíase oblicuamente en dos, una á la izquierda y otra á
+la derecha. Juan Valjean tenía delante de sí como los dos brazos de
+una. Y. ¿Cuál debía seguir?
+
+No vaciló un momento, y tomó por la derecha.
+
+¿Por qué?
+
+Porque la izquierda se dirigía hacia el arrabal, es decir, á los
+sitios habitados, y la derecha hacia el campo, es decir, á los lugares
+desiertos.
+
+Entre tanto, no andaba muy aprisa. El paso de Cosette acortaba el de
+Juan Valjean.
+
+Volvió á tomarla en brazos. Cosette apoyaba su cabeza sobre el hombro
+de su buen conductor sin decir una sola palabra.
+
+Volvíase de cuando en cuando para mirar teniendo buen cuidado de ir por
+el lado sombrío de la calle. La calle seguía recta detrás de él, y las
+dos ó tres primeras veces que volvió la cabeza no vió nada; el silencio
+era profundo; continuó pues su marcha algo tranquilizado. De pronto,
+en cierto momento, al volverse, parecióle divisar, por la parte de la
+calle que acababa de pasar, á lo lejos, entre la obscuridad, algo que
+se movía.
+
+Precipitóse adelante, mejor que anduvo, esperando encontrar alguna
+callejuela lateral, y huir por ella, haciendo perder una vez más su
+pista.
+
+Pero encontró una tapia.
+
+Aquella tapia, sin embargo, no era un obstáculo para seguir adelante;
+era una pared que costeaba una callejuela transversal, en la cual
+terminaba la calle que venía siguiendo Juan Valjean.
+
+Era allí preciso tomar nuevamente por la derecha ó por la izquierda.
+
+Miró á la derecha. La callejuela se prolongaba á trozos entre
+construcciones, que eran cobertizos ó granjas, pero no tenían salida.
+Veíase claramente el fondo cerrado por una gran pared blanca.
+
+Miró á la izquierda. La callejuela por este lado estaba abierta, y á
+distancia como de doscientos pasos, penetraba en otra calle de la que
+era afluente. Por aquella parte estaba su salvación.
+
+En el momento en que Juan Valjean pensaba tomar por la izquierda, á fin
+de llegar hasta la calle que se divisaba al extremo de la callejuela,
+observó en el ángulo formado con la otra, á la cual se dirigía, una
+especie de estatua negra, inmóvil.
+
+Era evidentemente un hombre apostado allí que esperaba para cortarle el
+paso.
+
+Juan Valjean retrocedió.
+
+El punto de París en que se encontraba Juan Valjean, situado entre
+el arrabal Saint Antoine y la Râpée, es uno de los que han sido
+completamente reformados por obras recientes, afeándole, según unos,
+transfigurándole según otros. Los cultivos, los almacenes y los
+edificios viejos, han desaparecido. Hoy existen en su lugar grandes
+calles modernas, anfiteatros, circos, hipódromos, estaciones de
+caminos de hierro, una cárcel, Mazas; el progreso, como se ve, con su
+correctivo.
+
+Hace medio siglo, en la lengua usual popular, compuesta toda ella
+de tradiciones, que se obstina en llamar al Instituto _las Cuatro
+Naciones_, y á la Ópera Cómica _Feydeau_, el preciso lugar adonde
+había llegado Juan Valjean se llamaba _Le Petit Picpus_. La puerta de
+Saint Jacques, la puerta de París, la barrera de los Sargentos, los
+Porcherons, la Galiota, los Celestinos, los Capuchinos, el Mail, la
+Bourbe, el árbol de Cracovia, la Pequeña Polonia, el Pequeño Picpus,
+son nombres del París antiguo que sobrenadan en el nuevo. La memoria
+del pueblo flota sobre los residuos del pasado.
+
+El Pequeño Picpus, que por lo demás apenas ha existido y nunca pasó de
+ser la sombra de un barrio, tenía casi el aspecto monacal de una ciudad
+española[11]. Los senderos estaban apenas apisonados, las calles poco
+edificadas. Á excepción de las dos ó tres de las que vamos á hablar,
+todo eran tapias y soledad. Ni una tienda, ni un carruaje; apenas aquí
+y allá alguna luz encendida en las ventanas; siendo todas apagadas á
+las diez. Jardines, conventos, depósitos de maderas, huertas, algunas,
+pocas, casas bajas, y grandes tapias tan elevadas como las casas.
+
+Tal era aquel barrio en el último siglo. La Revolución lo había ya
+maltratado. La municipalidad republicana lo había demolido, atravesado
+y agujereado. Habíanse establecido allí depósitos de cascotes. En
+treinta años ha ido desapareciendo este cuartel bajo el rasero de las
+nuevas construcciones. Hoy no queda ya el menor vestigio.
+
+El Pequeño Picpus del que no guarda indicio ninguno de los planos
+actuales, está bastante bien indicado en el plano de 1727, publicado en
+París por la casa Denis Thierry, calle de Saint Jacques, frente á la de
+Platre, y en Lyon en casa Juan Girin, calle Mercière, en la Prudence.
+El Pequeño Picpus dibujaba lo que acabamos de llamar una Y de calles,
+formada por la del Chemin Vert Saint Antoine, separándose en dos ramas;
+tomando la izquierda el nombre de callejuela de Picpus, y la derecha
+el de calle de Polonceau. Las dos ramas de la Y estaban reunidas en
+su parte superior como por una barra. Esta barra se llamaba calle del
+Droit-Mur. La calle de Polonceau desembocaba en ella; la callejuela de
+Picpus seguía más allá, y avanzaba hacia el mercado Lenoir. Subiendo
+del Sena, los que llegaban al extremo de la calle de Polonceau tenían á
+su izquierda la calle Droit-Mur, volviendo bruscamente en ángulo recto,
+en frente la tapia de esta última, y á su derecha una prolongación
+truncada de la misma calle Droit-Mur, sin salida, llamada el callejón
+Genrot.
+
+Éste era el punto donde se encontraba Juan Valjean.
+
+Como hemos dicho ya, al distinguir la negra silueta del espía en el
+ángulo de la calle Droit-Mur y la callejuela de Picpus, retrocedió. No
+cabía duda; estaba siendo objeto de la vigilancia de aquel fantasma.
+
+¿Qué hacer?
+
+No estaba ya á tiempo de retroceder. Lo que había visto moverse en la
+sombra á alguna distancia detrás de él un momento antes era, sin duda,
+Javert y su ronda. Javert estaba ya probablemente á la embocadura de la
+calle, en cuyo extremo se hallaba Juan Valjean. Javert, según todas las
+apariencias, conocía perfectamente aquel pequeño dédalo y había tomado
+sus precauciones, enviando á uno de sus hombres á guardar la salida.
+Estas conjeturas, tan parecidas á la evidencia, se arremolinaron
+enseguida como un puñado de polvo que hace girar una ráfaga súbita
+de viento, en el dolorido cerebro de Juan Valjean. Examinó éste el
+callejón sin salida llamado Genrot; allí estaba la valla. Examinó
+después la callejuela Picpus; allí el centinela. Veía esta figura
+sombría destacarse en negro sobre el blanco suelo inundado de luz por
+la luna. Avanzar, era caer en manos de aquel hombre. Retroceder era
+lanzarse en brazos de Javert. Juan Valjean se sentía cogido como por un
+lazo que fuera estrechándose lentamente.
+
+Miró al cielo con desesperación.
+
+
+ IV
+ =Tentativas de evasión=
+
+Para comprender lo que vamos á decir, es preciso figurarse de una
+manera exacta la calleja Droit-Mur, y en particular el ángulo que
+quedaba á la izquierda, al salir de la calle Polonceau para entrar en
+ella. La calleja de Droit-Mur estaba casi enteramente á la derecha,
+hasta la callejuela de Picpus, formada por casas de pobre apariencia;
+á la izquierda por un solo edificio de aspecto severo, compuesto de
+varios cuerpos, que iba aumentando gradualmente uno ó dos pisos á
+medida que se aproximaban á la callejuela de Picpus, de suerte que ese
+edificio, muy elevado por esta última calle, resultaba muy bajo por
+la de Polonceau. Aquí, en la parte del ángulo de que hemos hablado,
+descendía hasta el extremo de no ser más que una sencilla tapia, la
+cual no terminaba en la recta de la calle, sino que formaba un chaflán
+muy rebajado, oculto por sus dos esquinas á dos observadores que
+estuviesen, el uno en la calle Polonceau y el otro en la de Droit-Mur.
+
+Á partir de los dos ángulos del chaflán, la pared se prolongaba por
+la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la
+calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio
+sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba
+lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta
+parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que
+una ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha
+de cinc, siempre cerrados.
+
+La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente
+exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los
+antiguos moradores del barrio.
+
+El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía á una
+puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas
+perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas
+por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta
+cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba
+evidentemente más allá de cincuenta años.
+
+Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba
+cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau.
+
+Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio
+sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía.
+Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar
+en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una
+esperanza.
+
+En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle
+Droit-Mur, había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas
+vertedoras de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos
+conductos que iban á parar de las cubetas al conducto central,
+dibujaban sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de
+tubos con sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas
+que se extienden retorcidas por las paredes de las antiguas granjas.
+
+Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué el
+primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette
+de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y
+corrió al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá
+hubiese medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto
+estaba destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde
+estaba. Además, todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban
+guardadas por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas
+de la techumbre. Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y
+el hombre que observaba á Juan Valjean desde el extremo de la calle,
+hubiera podido ver si la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette?
+¿Cómo subirla á lo alto de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á
+trepar por el canalón, subiendo á lo largo de la pared para entrar de
+nuevo en la calle de Polonceau.
+
+Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que
+nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las
+miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra.
+En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la
+cual se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde
+podría al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja
+todavía, pasando así el resto de la noche.
+
+Corría el tiempo; era preciso correr igualmente.
+
+Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada
+por dentro como por fuera.
+
+Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente
+desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas
+estaban podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres,
+estaban enmohecidas. Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida.
+
+Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía
+goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras de
+hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por
+las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente
+cimentados, que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le
+fué preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era
+simplemente el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado.
+Era muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente
+con una pared.
+
+
+
+
+ V
+ =Lo que sería imposible con el alumbrado por gas=
+
+
+En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse oir á
+cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente por
+fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en
+pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las
+bayonetas. Aquello se dirigía hacia él.
+
+Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura
+de Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha
+frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las
+paredes y todos los huecos de puertas y pasadizos.
+
+No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una
+patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio.
+
+Los dos acólitos de Javert venían en las filas.
+
+El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un
+cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean.
+Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean
+de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera
+vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida
+para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba.
+
+No había más que una cosa posible.
+
+Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos
+alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra
+los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra,
+según el caso.
+
+Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal
+de Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble
+de elevarse sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular,
+apoyándose en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las
+rodillas, ayudándose en los más insignificantes relieves de las
+piedras, por el ángulo derecho de un muro, hasta la altura de un sexto
+piso si era menester: arte que ha hecho tan terrible como célebre el
+rincón del patio de la Conserjería de París por donde se escapó, hace
+unos veinte años, el condenado Battemolle.
+
+Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el
+tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba
+con la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte
+inferior con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado
+probablemente á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de
+esos estercoleros que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de
+los rincones de pared está muy generalizado en París.
+
+Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte
+superior, el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la
+tapia apenas llegaba á catorce pies.
+
+El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio.
+
+La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar
+un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla
+consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son
+indispensables para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso
+trastornaría su centro de gravedad y le precipitaría.
+
+Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar una
+cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en aquel
+instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado
+gustoso por una cuerda.
+
+Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos
+deslumbran como nos iluminan.
+
+La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del farol
+del callejón Genrot.
+
+En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de
+París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de
+trecho en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda
+que atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la
+ranura de una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la
+cuerda, estaba empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de
+un pequeño armario de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la
+misma cuerda estaba protegida por un tubo de metal.
+
+Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle de
+una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario
+con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á
+Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos
+sombríos descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad.
+
+Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche. El
+farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado como los
+demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que no estaba
+en su sitio.
+
+Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de
+Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso
+empezaba á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella,
+hubiera ya gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del
+faldón de la levita. Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la
+patrulla que se acercaba.
+
+--Padre,--dijo ella por lo bajo,--tengo miedo. ¿Quién viene ahí?
+
+--¡Chist!--respondió el pobre hombre.--Es la Thénardier.
+
+Cosette se estremeció. Él añadió:
+
+--No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier
+te descubre. Viene para llevarte.
+
+Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión
+firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la
+patrulla y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse
+su corbata, pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los
+sobacos, teniendo cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de
+la cuerda por medio de un nudo, llamado de golondrina por las gentes
+de mar, tomó el otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los
+zapatos y las medias, que arrojó á la otra parte de la tapia, subió
+sobre el macizo de mampostería, y empezó á elevarse entre el ángulo
+del muro y de la fachada, con tanta seguridad y aplomo como si hubiese
+tenido escalones en que apoyar las plantas y los codos. Aún no se había
+pasado medio minuto estaba ya de rodillas sobre la tapia.
+
+Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo
+de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado.
+
+De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz muy
+baja.
+
+--Arrímate á la tapia.
+
+Ella obedeció.
+
+--No hables ni tengas miedo,--repuso Juan Valjean.
+
+Y ella sintió elevarse del suelo.
+
+Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le
+sucedía, estaba ya también en lo alto del muro.
+
+Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas
+con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte
+del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí
+un cobertizo, cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y
+descendiendo así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave
+rozando con el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más
+alta por este lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía
+el suelo debajo de él, sino á mucha profundidad.
+
+Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado aún
+la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada de
+la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert:
+
+--¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la
+callejuela Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón!
+
+Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida.
+
+Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando
+consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó
+valor, Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas.
+
+
+
+
+ VI
+ =Principio de un enigma=
+
+
+Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto
+singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para ser
+vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga con
+una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto en
+los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un
+árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos
+y erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar
+cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz
+de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que
+parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños
+arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto moho
+verde cubría el resto.
+
+Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido
+para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared,
+una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que una
+máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad.
+
+El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas
+habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de
+trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto.
+
+El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la
+callejuela Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á
+escuadra. Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las
+exteriores. Todas las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz
+en ninguna. En los pisos superiores había tragaluces como en las
+cárceles. Una de aquellas fachadas proyectaba su sombra sobre la otra,
+descendiendo hasta el jardín como un inmenso manto negro.
+
+No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre la
+bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo como
+tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros huertos,
+y los tejados bajos de la calle Polonceau.
+
+No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín. No
+había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía que
+aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él, ni aún
+en medio de la luz del día.
+
+El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus
+zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no
+se cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la
+Thénardier, participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible.
+
+Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la
+patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra
+las piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía
+apostados, y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se
+entendían claramente.
+
+Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido
+borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas.
+
+Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette.
+
+Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que aquel
+barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor
+sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados con
+las piedras sordas de que nos habla la Escritura.
+
+De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido
+nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el
+otro horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de
+súplica y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche;
+voces de mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las
+vírgenes y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la
+tierra y que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y
+los moribundos oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que
+dominaba el jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se
+alejaba, podía decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la
+sombra.
+
+Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas.
+
+No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos
+comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que
+debían estar de rodillas.
+
+Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio
+pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una
+morada deshabitada.
+
+Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada.
+No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le
+desplegaban las alas que todos tenemos dentro de nosotros.
+
+El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean no
+hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que de un
+minuto.
+
+Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún
+ruido en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había
+desvanecido por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia
+algunas yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre.
+
+
+
+
+ VII
+ =Continuación del enigma=
+
+
+Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la una
+ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como se
+había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza, creyó
+éste que se había dormido. Inclinóse y la miró.
+
+La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo
+que apenó á Juan Valjean.
+
+Además seguía temblando.
+
+--¿Tienes sueño?--le dijo Juan Valjean.
+
+--Tengo mucho frío,--respondió ella.
+
+Un momento después le preguntó:
+
+--¿Está ahí todavía?
+
+--¿Quién?--dijo Juan Valjean.
+
+--La señora Thénardier.
+
+Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para
+imponer silencio á Cosette.
+
+--¡Ah!--prorrumpió él.--Se ha ido. No temas ya nada.
+
+La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso.
+
+La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la
+brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el
+levitón, envolviendo con él á Cosette.
+
+--¿Tienes así menos frío? le preguntó.
+
+--¡Oh! ¡Sí, padre!
+
+--Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida.
+
+Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio,
+buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban
+cerradas. Las ventanas del piso bajo todas tenían reja.
+
+Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba
+acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna
+claridad. Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas.
+Daban todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas,
+cortada por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que
+una débil luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla
+encendida en un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía
+en ella. Sin embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre
+las losas del pavimento, algo que parecía cubierto por un sudario que
+aparentaba tener forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el
+enlosado, los brazos en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase
+dicho que era una especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y
+que aquella forma siniestra tenía el cordel al cuello.
+
+Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas
+alumbrados, que aumenta sus horrores.
+
+Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había
+visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había
+presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática,
+cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío
+y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese
+ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un vivo.
+
+Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se
+movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le
+pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento. De
+pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó.
+Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás.
+Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de
+él agitando los brazos.
+
+Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor
+corría por todo su cuerpo.
+
+¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante á
+aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser aquella
+extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando á las
+almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden, les
+ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las
+puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible
+puerta de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que
+tenía su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo
+tocar las piedras.
+
+El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían
+producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse entre sí
+dentro de su cerebro.
+
+Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Auméntase el enigma=
+
+
+La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido.
+
+Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á
+medida que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su
+libertad de espíritu.
+
+Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo,
+esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca de
+él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada
+sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose
+quitado su levitón para abrigarla á ella.
+
+Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía
+algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara.
+Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente.
+Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los
+ganados pastando por la noche en los prados.
+
+Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean.
+
+Miró, y vió que había alguien en el jardín.
+
+Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas
+del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos
+regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra.
+Aquél ser parecía cojear.
+
+Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los
+desgraciados, á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del
+día porque ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les
+sorprenda. Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y
+entonces se estremecía de que hubiese alguien.
+
+Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales.
+Creyó que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que
+sin duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel
+hombre le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría.
+Cogió entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos,
+llevándosela detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón
+más oculto del cobertizo. Cosette no se movió.
+
+Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo
+que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía
+todos los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba,
+el ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido
+igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un _trémolo_ acompañaba
+el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía,
+por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre;
+pero ¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo
+que llevaba colgando una campanilla como un carnero ó como un buey?
+
+Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban
+heladas.
+
+--¡Ay, Dios mío!--exclamó.
+
+Y la llamó en voz baja:
+
+--¡Cosette!
+
+Ella no abrió los ojos.
+
+Sacudiola vivamente.
+
+No despertó.
+
+--¡Estará muerta!--dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á
+cabeza.
+
+Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay
+momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un
+escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro
+cerebro. Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra
+prudencia inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser
+mortal al contacto del aire de una noche fría.
+
+Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el
+menor movimiento.
+
+Escuchó su respiración; respiraba, es verdad, pero á su parecer tan
+débilmente, que pensó se extinguía.
+
+¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró
+de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas.
+
+Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese
+Cosette delante de la lumbre, y en la cama.
+
+
+
+
+ IX
+ =El hombre del cascabel=
+
+
+Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano el
+paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco.
+
+Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En pocos
+pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre exclamó
+por todo saludo:
+
+--¡Cien francos!
+
+Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos:
+
+---¡Cien francos á ganar,--repitió Juan Valjean,--si me dais asilo por
+esta noche!
+
+La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean.
+
+--¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!--exclamó el hombre.
+
+Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar
+solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean.
+
+Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo
+y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna
+izquierda una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No
+se distinguía su semblante por estar en la sombra.
+
+Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando:
+
+--¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde habéis
+entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo
+extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto?
+¿Vos sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado
+miedo á quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío!
+Pero ¿es que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis
+entrado aquí?
+
+Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una
+volubilidad en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto
+con cierta mezcla de asombro y sencilla honradez.
+
+--¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?--preguntó Juan Valjean.
+
+--¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!--exclamó el viejo.--Estoy
+aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis.
+¡Cómo! ¿No me conocéis?
+
+--No,--dijo Juan Valjean.--¿Cómo me conocéis vos á mí?
+
+--Me habéis salvado la vida,--dijo el hombre.
+
+Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan
+Valjean al tío Fauchelevent.
+
+--¡Ah!--dijo Juan Valjean.--Sí, os reconozco.
+
+--¡Me alegro!--dijo el viejo en tono de reconvención.
+
+--¿Y qué hacéis aquí?--preguntó Valjean.
+
+--¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones.
+
+En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en que
+Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo sobre
+el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que hacía que
+estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á hacer los
+movimientos particulares que había observado Juan Valjean desde el
+cobertizo. El hombre continuó:
+
+--Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á
+ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.--Y añadió,
+mirando á Juan Valjean y riéndose:--¡Habríais hecho muy bien en hacer
+vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así?
+
+Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor
+Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las
+preguntas.
+
+¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien
+interrogaba.
+
+--¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna?
+
+--Eso,--dijo Fauchelevent,--es para que eviten mi presencia.
+
+--¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia?
+
+El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable.
+
+--¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas
+jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa
+y cuando yo me acerco ellas se alejan.
+
+--¿Pues qué casa es ésta?
+
+--¡Toma! Bien debéis saberlo.
+
+--No, ¡qué he de saber!
+
+--¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero?
+
+--Respondedme como si nada supiera.
+
+--Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus.
+
+Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir, la
+Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del barrio
+de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido hacía
+dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la caída de su
+carreta.
+
+Repitió, pues, como hablando consigo mismo:
+
+--¡El convento del pequeño Picpus!
+
+--Pero al hecho,--dijo Fauchelevent.--¿Cómo diablos habéis entrado
+aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois
+un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí.
+
+--Pues, ¿no estáis vos?
+
+--No hay nadie más que yo.
+
+--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--es preciso que yo me quede aquí.
+
+--¡Ay, Dios mío!--exclamó Fauchelevent.
+
+Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave:
+
+--Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida.
+
+--Yo he sido el primero en recordarlo,--respondió Fauchelevent.
+
+--Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra
+ocasión.
+
+Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos
+robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no
+pudiese hablar.
+
+Por fin exclamó:
+
+--¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer algo por
+vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este pobre
+anciano.
+
+Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable
+alegría; parecía irradiar.
+
+--¿Qué queréis que haga?--preguntó.
+
+--Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación?
+
+Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo
+convento, en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos.
+
+La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y
+tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco la
+había visto.
+
+--Bien,--dijo Juan Valjean.--Ahora tengo que pediros dos cosas.
+
+--¿Cuáles, señor alcalde?
+
+--La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda
+que no tratéis de saber más.
+
+--Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y que
+siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado
+aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes.
+
+--Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña.
+
+--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--¡Hay una niña!
+
+Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su amo
+un perro.
+
+Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la llama
+de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean se
+había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado el
+sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean
+se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el
+cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie
+de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos
+sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de queso,
+pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á Juan
+Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:--¡Ay, señor Magdalena! ¡No
+me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después
+la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan de
+vos! ¡Sois un ingrato!
+
+
+
+
+ X
+ =Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente=
+
+
+Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso, por así
+decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas.
+
+Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le
+prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel
+municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á
+París. París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en
+el seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que
+oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie
+lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos que
+salvan.
+
+La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que
+ha perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur
+M*. Javert fué llamado á París para auxiliar á la policía en la
+persecución, y el celoso inspector ayudó en efecto poderosamente á la
+captura de Juan Valjean. El celo é inteligencia de Javert en aquella
+ocasión fueron mencionados por el señor Chabouillet, secretario de la
+prefectura en tiempo del conde Anglès, quien por lo tanto habiendo
+ya protegido á Javert, consiguió que el inspector de M* sur M* fuése
+incorporado á la policía de París. Ya en ella, Javert se hizo varias
+veces, y lo diremos aunque la frase parezca impropia de semejantes
+trabajos, honrosamente útil.
+
+Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho
+olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823
+leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico,
+quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe
+generalísimo» en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su
+interés, llamó su atención en lo último de la página un nombre, el
+nombre de Juan Valjean. El periódico anunciaba que el presidiario Juan
+Valjean había muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales,
+que á Javert no le cupo la menor duda; limitóse á decir: _Es ése el
+registro mejor_. Después dejó el periódico, sin acordarse más.
+
+Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena
+Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según
+decía, verificado con circunstancias particulares, en el término
+municipal de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota,
+que había sido confiada por su madre á un posadero de la población,
+había sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre
+de Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un
+hospital de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos
+de Javert, y le dió que pensar.
+
+El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan Valjean
+le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á buscar
+á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido en
+París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil.
+Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía
+en aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por
+los alrededores de Montfermeil, puesto que no había sido visto en
+el pueblo. ¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido
+averiguarlo, pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de
+Fantina, Juan Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser
+robada por un desconocido. ¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal
+vez Juan Valjean? Pero Juan Valjean había muerto.
+
+Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño»,
+en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil.
+
+Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad.
+
+Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían
+charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la
+población, habiéndose dado mil versiones á la historia, que había
+acabado por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota
+de la policía. Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier,
+con su admirable instinto, había comprendido enseguida que no era
+conveniente llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus
+quejas sobre el _rapto_ de Cosette tendría por primer resultado atraer
+sobre sí, y sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de
+la justicia. Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la
+luz. ¿Cómo se justificaría de los mil quinientos francos que había
+recibido? Dió, pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose
+el asombrado cuando le hablaba alguien _de la niña robada_.
+
+No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el
+instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que
+hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como
+era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el
+mundo. Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que
+oyó Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á
+Juan Valjean.
+
+Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas
+en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo?
+Thénardier respondió sencillamente:
+
+--Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama
+Guillermo Lambert.
+
+Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se volvió
+á París.
+
+--Juan Valjean está bien muerto,--díjose á sí mismo;--¡qué torpe soy!
+
+Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de 1824
+oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de San
+Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje
+era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre, que
+vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino que
+había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado de nuevo
+á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo, polizonte,
+que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió otros
+varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía más
+que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez; no
+permitía que nadie se le acercase.
+
+Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones,
+por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la
+curiosidad de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre
+extraordinario sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero,
+y ocupó el lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes,
+murmurando oraciones y espiando al través de su rezo.
+
+«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y
+le dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan
+Valjean recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al
+reconocer á Juan Valjean.
+
+Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de Juan
+Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en la
+duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de nadie.
+
+Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja»,
+lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de
+millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le
+había visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el
+cual se instaló aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta
+del misterioso huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan
+Valjean vió su luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando
+silencio.
+
+Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda
+de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo
+sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á
+Javert. Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando
+Javert detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres.
+
+Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el
+nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto,
+que se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor
+indiscreción podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego,
+porque echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por
+muerto, á un condenado clasificado para siempre por la Justicia _entre
+los malhechores de peor condición_, era un gran servicio, que de seguro
+los antiguos polizontes de París no abandonarían á un novato como
+Javert, y temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente,
+porque Javert era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los
+sucesos anunciados, que pierden su mérito con lo que se habla de ellos
+antes de tiempo. Gustábale elaborar en la sombra sus grandes obras, y
+desenvolverlas después bruscamente.
+
+Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina
+en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni aún en
+los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad. Pero ¿por
+qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún.
+
+Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda
+libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones
+arbitrarias denunciadas por los periódicos, habían resonado en las
+Cámaras é intimidado á la Prefectura. Atentar á la libertad individual
+era un hecho grave.
+
+Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía
+responsables á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos
+el efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido
+por veinte periódicos:
+
+«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba
+acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y
+conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio».
+
+Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las
+prevenciones de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto.
+Dudaba en realidad.
+
+Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad.
+
+La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto
+de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en
+París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de
+una niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é
+impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en
+Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele
+mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier que
+le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el penal,
+aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu de
+Javert.
+
+Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean y
+pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean, y si
+no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser algún bribón
+profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de los crímenes de
+París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna para ocultar
+sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda compañeros,
+cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas aquellas vueltas
+y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente un buen
+hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de los huevos de
+oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar? Javert
+estaba seguro de que no se le escaparía.
+
+Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca
+de aquel personaje enigmático.
+
+Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía
+de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen
+en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando
+encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa.
+Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que
+tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible
+presidiario, advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que
+dos agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de
+Pontoise. Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes.
+
+El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la
+encrucijada Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron
+perder la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean
+trataría de poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la
+cabeza y reflexionó un momento como un sabueso que olfatea la tierra
+para descubrir el rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto,
+se fué derecho al puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso
+al corriente:
+
+--¿Habéis visto un hombre con una niña?
+
+--Le he cobrado dos sueldos,--dijo el peajero.
+
+Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean
+al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio
+iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver
+Saint-Antoine; recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado
+allí como una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la
+calle de Picpus. _Le cogió las vueltas_, como dicen los cazadores,
+y envió inmediatamente uno de sus agentes para que guardase aquella
+salida. Vió una patrulla que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal;
+pidió auxilio, y se hizo acompañar por ella. En tales partidas,
+soldados son triunfos, para todo sirven. Para cercar al jabalí se
+necesita conocer la montería y tener muchos perros. Combinadas tales
+disposiciones, teniendo á Juan Valjean cogido entre el callejón por la
+derecha, su agente por la izquierda y él por detrás, tomó un polvo de
+tabaco.
+
+Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó ir su
+presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando
+retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en
+tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel
+y voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato
+que deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad
+monstruosa que se deleita con los movimientos confusos de la bestia
+aprisionada en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión!
+
+Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas. Estaba
+seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar la mano.
+
+Acompañado como iba, era imposible toda idea de resistencia,
+cualesquiera que fuesen la energía, vigor y desesperación de Juan
+Valjean.
+
+Javert se adelantó, pues, poco á poco, mirando y registrando al paso
+todos los rincones de la calle, como los bolsillos de un ladrón.
+
+Cuando llegó al centro de la red no encontró el pájaro.
+
+Calcúlese su exasperación.
+
+Interrogó al centinela de las calles Droit-Mur y Picpus; este polizonte
+que había permanecido inmóvil en su puesto, no había visto pasar á
+nadie.
+
+Acontece en montería muchas veces, que un ciervo se escapa,
+aún teniendo la jauría sobre él, y entonces los cazadores más
+experimentados no saben qué decir; Duvivier, Ligniville y Desprez se
+quedan parados. En uno de semejantes casos Artogne exclamó: _Esto no es
+un ciervo, es un brujo_.
+
+Javert hubiera de buena gana exclamado lo mismo.
+
+Aquel chasco le produjo un momento de desesperación y de furor.
+
+Es cierto que Napoleón cometió errores en la guerra de Rusia, Alejandro
+en la de la India, César en la de África, Ciro en la de Escitia, como
+lo es que los cometió Javert en esta campaña contra Juan Valjean.
+Erró tal vez en dudar que fuése Juan Valjean; hubiera debido bastarle
+la primera ojeada. Hizo mal en no echarle sencillamente mano en la
+casucha. Hizo mal en no prenderle cuando positivamente le reconoció
+en la calle de Pontoise. Hizo mal en no concertarse con sus auxiliares
+en la encrucijada Rollin á la luz de la luna. Los consejos son útiles,
+y es muy útil conocer y pedir los de los sabuesos de muestra; pero el
+cazador no tomará demasiadas precauciones cuando ojea animales tan
+astutos como el lobo y el presidiario. Javert, empleando demasiado
+tiempo y cuidado en apostar los sabuesos, espantó á la fiera, dándole
+viento de cara, y la ahuyentó. Equivocóse especialmente cuando,
+habiendo hallado la pista en el puente de Austerlitz, emprendió el
+juego formidable y pueril de tener á un hombre semejante, sujeto de un
+hilo.
+
+Imaginóse él que valía mucho más, creyó poder jugar á los ratones
+con un león, y al mismo tiempo se creyó demasiado débil cuando pidió
+el refuerzo. Precaución fatal, pérdida de un tiempo precioso. Javert
+cometió todas esas faltas, á pesar de ser uno de los espías más astutos
+y prudentes que han existido. Era, propiamente hablando, lo que en
+montería se llama _perro viejo_. Pero ¿quién es perfecto?
+
+Los grandes estratégicos tienen sus eclipses.
+
+Las grandes necedades se hacen muchas veces como las cuerdas gruesas,
+con muchos cabos. Tomad un cable hilo á hilo, tomad separadamente los
+motivos determinantes, los romperéis muy fácilmente uno tras otro, y
+diréis: ¡Esto no vale nada! Trenzad y torced luego los mismos hilos, y
+resultará una resistencia enorme; es Atila, que duda entre Marcio en
+Oriente y Valentiniano en Occidente; es Aníbal, que descansa en Cápua;
+es Dantón, que se duerme en Arcis del-Aube.
+
+Sea como fuere, en el mismo instante en que Javert conoció que se
+le escapaba Juan Valjean, no se aturdió. Estando seguro de que el
+presidiario escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó
+ratoneras y emboscadas, y dando una batida por el barrio, de toda la
+noche, lo primero que vió fué el desperfecto del farol, y la cuerda
+rota, indicio precioso, pero que le extravió más, puesto que le hizo
+dirigir sus investigaciones al callejón Genrot. Había en el callejón
+algunas tapias bastante bajas que daban á jardines, cuyas cercas
+terminaban en inmensos terrenos baldíos. Juan Valjean debía haber
+escapado evidentemente por allí. El hecho era que de haber penetrado un
+poco más adelante en el callejón, lo hubiera hecho tal vez y se habría
+perdido, porque Javert registró aquellos jardines y aquellos terrenos,
+como quien anda buscando una aguja.
+
+Al despuntar el día dejó dos hombres de confianza en observación,
+volviendo á la prefectura de policía, avergonzado como un polizonte que
+se hubiera dejado prender por un ladrón.
+
+
+ NOTAS:
+
+[11] El aspecto de las ciudades españolas ha cambiado mucho desde la
+época en que Víctor Hugo las visitó; el progreso ha penetrado en ellas
+á pesar de la oposición clerical. (N. del T.)
+
+
+
+
+ LIBRO SEXTO
+ EL PEQUEÑO PICPUS
+
+
+ I
+ =Callejuela de Picpus, número 62=
+
+
+Nada se parecía más, hace medio siglo, á cualquier puerta cochera como
+la puerta cochera del número 62 de la callejuela de Picpus. Aquella
+puerta, generalmente entreabierta del modo más halagüeño, dejaba ver
+dos cosas nada fúnebres: un patio rodeado de tapias cubiertas de
+vides, y el semblante de un portero ocioso. Por encima de la pared del
+fondo se descubrían grandes árboles. Cuando un rayo de sol alegraba el
+patio, cuando un vaso de vino alegraba el portero, era difícil pasar
+por delante el número 62 de la calle de Picpus sin llevarse una idea
+risueña. Era, no obstante, lo que se entreveía un lugar sombrío.
+
+El sol se reía; la casa rezaba y lloraba.
+
+Si se conseguía pasar de la portería, lo cual no era fácil, y aun puede
+decirse casi imposible para casi todos, porque había un _¡Sésamo,
+ábrete!_ que era preciso saber; si pasada la portería, se entraba á
+la derecha en un pequeño vestíbulo, al que daba una escalera oprimida
+entre dos paredes, y tan estrecha, que no podía pasar por ella más que
+una sola persona; si no se dejaba uno asustar por el embadurnamiento
+amarillo con zócalo color de chocolate que cubría aquella escalerilla;
+si se aventuraba uno á subir, se pasaba un primer descansillo, después
+otro, y se llegaba al primer piso, á un corredor en que la pintura
+amarilla y el plinto chocolate continuaban persiguiéndole con pacífico
+encarnizamiento. Escalera y corredor estaban alumbrados por dos
+magníficas ventanas. El corredor formaba recodo, que quedaba obscuro.
+Al doblar este cabo, después de dar algunos pasos, se encontraba
+una puerta, tanto más misteriosa, cuanto que no estaba cerrada.
+Empujándola, se encontraba uno en una pequeña habitación de unos
+seis pies cuadrados, embaldosada, lavada, limpia, fría, cubierta de
+papel color de marrón, con florecillas verdes, de quince sueldos la
+pieza. Una luz blanca y mate penetraba por una gran ventana de vidrios
+pequeños, situada á la izquierda de toda la anchura de la habitación.
+
+Si se miraba, no se veía á nadie. Si se escuchaba, no se oía una
+pisada, ni un murmullo humano. Las paredes estaban desnudas; el cuarto
+no estaba amueblado; no había ni una silla.
+
+Mirándolo de nuevo, se descubría en la pared, frente á la puerta, un
+agujero cuadrangular, como de un pie cuadrado, con una reja de hierro
+de barras cruzadas, negras, nudosas, fuertes, formando cuadrados;
+mejor diremos, mallas de menos de pulgada y media de diagonal. Las
+florecillas verdes del papel amarillo llegaban en orden á las
+barras de hierro, sin que este contacto fúnebre las asustase, ni las
+hiciera estremecer. Suponiendo que un ser viviente hubiese sido tan
+excesivamente delgado que hubiera intentado entrar ó salir por aquel
+agujero cuadrado, la reja se lo habría impedido. Aquella reja no dejaba
+pasar el cuerpo; pero dejaba pasar los ojos, es decir, el espíritu.
+Parecía que hasta en esto se había pensado, porque estaba forrada
+de una plancha de hoja de lata introducida en la pared un poco más
+adentro, picada por mil agujeritos más microscópicos que los de una
+espumadera. Por debajo de esta plancha había una abertura, muy parecida
+á la de un buzón de correos. Una cinta de hilo atada á un torniquete de
+campanilla, colgaba á la derecha del agujero enrejado.
+
+Si se tiraba aquella cinta, sonaba la campanilla, y se oía una voz muy
+cercana que hacía temblar.
+
+--¿Quién va?--preguntaba la voz.
+
+Era una voz de mujer, una voz dulce, tan dulce como lúgubre.
+
+Aquí era también preciso saber una palabra mágica. Si no se sabía, la
+voz se callaba y la pared volvía á su silencio; como si del otro lado
+estuviese la aterradora obscuridad del sepulcro.
+
+Si se sabía la palabra, la voz respondía:
+
+--Entrad por la derecha.
+
+Entonces se veía á la derecha una puerta vidriera, coronada de una
+ventana-vidriera también, y pintada de gris. Levantábase el picaporte,
+pasábase la puerta, y se experimentaba absolutamente la misma impresión
+que cuando en un teatro se entra en un palco con celosía, antes de que
+ésta se haya bajado y se haya encendido la araña. Entrábase, en efecto,
+en una especie de palco de teatro, iluminado apenas por la luz de la
+puerta-vidriera, estrecho, amueblado con dos sillas viejas y una estera
+destrozada, verdadero palco con su barandilla á regular altura, que
+tenía una tablita de madera negra. Aquel palco estaba enrejado, pero no
+con una reja dorada como en la Ópera, sino con un monstruoso enverjado
+de barras de hierro horriblemente entrelazadas, y empotradas en la
+pared con enormes soldaduras, que parecían puños cerrados.
+
+Pasados los primeros momentos, cuando la vista había empezado á
+acostumbrarse á la media luz de aquel aposento y trataba de atravesar
+la verja, no podía pasar más allá de seis pulgadas. Allí se tropezaba
+con una barrera de postigos negros, asegurados y reforzados por
+traviesas de madera, pintadas de amarillo obscuro. Aquellos postigos
+estaban formados por largas hojas y planchas delgadas que se doblaban
+unas sobre otras; pero juntas entre sí ocultando toda la verja. Siempre
+estaban cerrados.
+
+Al cabo de algunos instantes oíase una voz que llamaba por detrás de
+los postigos, diciendo:
+
+--Aquí estoy. ¿Qué me queréis?
+
+Era una voz amada, muchas veces una voz adorada. No se veía á nadie.
+Apenas se oía el ruido de la respiración.
+
+Parecía que fuése aquello una evocación que hablase al través de la
+losa de la tumba.
+
+Si el que llegaba poseía ciertas condiciones exigidas, rarísimas por
+cierto, se abría la estrecha hoja de un postigo, y la evocación se
+convertía en aparición. Detrás de la reja y detrás del postigo sé
+veía, tanto como permitía verlo el enrejado, una cabeza, de la cual
+sólo se descubría la boca y el mentón; lo demás estaba cubierto por un
+velo negro: Entreveíase una toca negra y una forma apenas perceptible,
+cubierta por un sudario negro.
+
+Aquella cabeza hablaba; pero no miraba ni sonreía jamás.
+
+La luz que entraba por detrás estaba dispuesta de tal modo, que el
+visitante veía blanca la aparición y ella veía negro al visitante.
+Aquella luz era un símbolo.
+
+Los ojos, sin embargo, penetraban ávidamente por aquella abertura hecha
+en aquel sitio cerrada á todas las miradas. Una vaguedad impenetrable
+rodeaba aquella figura vestida de luto. Los ojos escudriñaban aquella
+vaguedad, tratando de separarla de la aparición. Al poco tiempo se
+conocía que no se veía nadie, porque lo que se veía era la noche, el
+vacío, las tinieblas, una bruma de invierno mezclada al vapor de la
+tumba, una especie de paz horrorosa, un silencio en que no se recogía
+nada, ni aún los suspiros; una sombra en que no se distinguía nada, ni
+aún los fantasmas.
+
+Lo que se veía era el interior de un claustro.
+
+Era el interior de aquella casa triste y severa que se llamaba el
+convento de las bernardas de la Adoración perpetua. Aquel palco era el
+locutorio. La voz que había hablado primero era la voz de la tornera,
+que estaba siempre sentada inmóvil y silenciosa, al otro lado de la
+pared, cerca de la abertura cuadrada, defendida por la verja de hierro
+y por la placa de mil agujeros como por una doble visera.
+
+La obscuridad provenía de que el locutorio tenía una ventana del lado
+del mundo, y no tenía ninguna del lado del convento. Los ojos profanos
+no debían ver nada de aquel lugar sagrado.
+
+Pero había de haber algo más allá de aquella sombra; había una luz:
+había pues una vida en aquella muerte. Aunque aquel convento era el
+más resguardado de todos, vamos á probar de penetrar en él y de hacer
+penetrar al lector, diciéndole, sin olvidar la discreción, cosas que
+los narradores no han visto, y que por consiguiente jamás se han dicho.
+
+
+
+
+ II
+ =La obediencia de Martín Verga=
+
+
+Este convento, que en 1824 existía desde muchos años en la callejuela
+Picpus, era una comunidad de bernardas de la obediencia de Martín
+Verga.
+
+Las tales bernardas dependían, pues, no de Claraval, como los
+bernardos, sino del Císter, como los benedictinos. Ó en otros términos:
+seguían la regla, no de San Bernardo, sino de San Benito.
+
+Cualquiera que haya ojeado algunos infolios, sabe que Martín Verga
+fundó en 1425 una congregación de bernardas benedictinas, que tenía por
+capital de la orden á Salamanca, y por sucursal Alcalá.
+
+Esta congregación había extendido sus raíces en todos los países
+católicos de Europa.
+
+Estos injertos de una orden en otra, no tienen nada de nuevo en la
+Iglesia latina. Para no hablar más que de la orden de San Benito,
+diremos que pertenecían á ella, sin contar la obediencia de Martín
+Verga, cuatro congregaciones: dos en Italia, la de Montecasino y Santa
+Justina de Padua; dos en Francia; Cluny y San Mauro, y nueve órdenes,
+Valombrosa, Gramont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos,
+los Humillados, los del Olivo, los Silvestrinos y, por último, los
+Cistercienses, porque Císter mismo, aunque tronco de otras órdenes, no
+era más que una rama de San Benito. Císter fué fundado por San Roberto,
+abad de Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien; en 529
+fué cuando el diablo, que se había retirado al desierto de Subiaco (era
+ya viejo; ¿se habría hecho ermitaño?), fué arrojado del antiguo templo
+de Apolo, donde vivía, por San Benito, que tenía entonces diez y siete
+años.
+
+Después de la regla de las carmelitas, las cuales iban descalzas con
+una áspera esterilla de mimbre al cuello y no se sentaban nunca, es la
+más dura la de las bernardas-benedictinas de Martín Verga. Van vestidas
+de negro, con una pechera, que, según la prescripción expresa de San
+Benito, sube hasta la barba. Una túnica de sarga de mangas anchas, un
+gran velo de lana, la pechera que sube hasta la barba, cortada en forma
+cuadrangular sobre el pecho y la toca que baja hasta los ojos; he aquí
+el hábito. Todo es negro, excepto la toca, que es blanca.
+
+Las novicias llevan el mismo hábito todo blanco. Las profesas llevan
+además un rosario al lado.
+
+Las bernardas-benedictinas de Martín Verga practican la adoración
+perpetua como las benedictinas llamadas señoras del Santo Sacramento,
+las cuales al principio de este siglo tenían en París dos casas, una
+en el Temple y otra en la calle de Santa Genoveva. Por lo demás las
+bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus, de las cuales hablamos,
+eran una orden completamente distinta de la que seguían las señoras
+del Sacramento que vivían en la calle nueva de Santa Genoveva y en el
+temple. Había muchas diferencias en la regla como en el hábito. Las
+bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus llevaban la pechera negra, y
+las benedictinas del Sacramento de la calle Nueva de Santa Genoveva la
+llevaban blanca; y además, en el pecho, un Santísimo Sacramento de unas
+tres pulgadas de alto, de plata sobredorada ó cobre. Las religiosas del
+Pequeño Picpus no llevaban el Santísimo Sacramento. La Adoración
+perpetua común al Pequeño Picpus y al convento del Temple, dejaba, sin
+embargo, que fuesen completamente distintas las dos órdenes.
+
+Había únicamente semejanza en esa práctica entre las señoras del
+Sacramento y las bernardas de Martín Verga, de igual manera que la
+había en el estudio y glorificación de todos los misterios relativos á
+la infancia, á la vida y á la muerte de Jesucristo y de la Virgen entre
+otras dos órdenes separadas, y aún enemigas á veces: la del oratorio de
+Italia, establecida en Florencia por Felipe de Neri, y la del oratorio
+de Francia, fundada en París por Pedro Bérulle. El oratorio de París
+pretendía la primacía, porque Felipe de Neri, no era más que santo
+cuando Bérulle era cardenal.
+
+Volvamos á la severa regla española de Martín Verga.
+
+Las bernardas-benedictinas de esta regla comen de viernes todo el año,
+ayunan toda la cuaresma y otros muchos días especiales, se levantan
+en el primer sueño, desde la una de la madrugada hasta las tres, para
+leer el breviario y cantar maitines; se acuestan en sábanas de jerga en
+todas las estaciones y sobre paja, no toman baños ni encienden nunca
+lumbre, se azotan todos los viernes, observan la regla del silencio, no
+se hablan más que en las horas de recreo, que son muy pocas, y llevan
+camisa de buriel durante seis meses, desde el 14 de septiembre, que
+es la Exaltación de la Santa Cruz, hasta la Pascua. Estos seis meses
+son una gracia, la regla dice todo el año; pero la camisa de buriel
+insoportable en el rigor del verano, ocasionaba fiebres y espasmos
+nerviosos, y fué preciso limitar su uso. Á pesar de esta modificación
+el 14 de septiembre, cuando las religiosas se ponen esta camisa, tienen
+tres ó cuatro días de calentura. Obediencia, pobreza, castidad y
+estabilidad en el claustro; tales son sus votos altamente agravados por
+la regla.
+
+La priora es elegida cada tres años por las madres que se llaman
+_madres vocales_, porque tienen voz en el capítulo.
+
+Una priora no puede ser reelegida más de dos veces, lo cual fija en
+nueve años el mando más duradero de una priora.
+
+No ven jamás al sacerdote celebrante, que permanece oculto por una
+cortina de nueve pies de alto. Durante los sermones, cuando el
+predicador está en el púlpito, bajan el velo, cubriéndose el rostro.
+Deben hablar siempre en voz baja, andar mirando al suelo y con la
+cabeza inclinada.
+
+Sólo un hombre puede entrar en el convento, el arzobispo diocesano.
+
+Hay otro que puede entrar también, que es el jardinero, pero siempre
+es un viejo; y al objeto de que esté constantemente solo en el jardín,
+y de que las religiosas puedan evitar su presencia, lleva un cascabel
+atado en la rodilla.
+
+Están sometidas á la priora con una sumisión absoluta y pasiva: es
+la sujeción canónica en toda su abnegación. Como la voz de Cristo,
+_ut voci Christi_; al gesto, al primer signo, _ad nutum_, _ad primum
+signum_; inmediatamente, con alegría, con perseverancia, con cierta
+obediencia ciega, _prompte_, _hilariter_, _perseveranter et cœca quadam
+obedientia_; como la lima en mano del artífice, _quasi lima in manibus
+fabri_; no pueden ni leer, ni escribir nada sin permiso especial,
+_legere vel scribere non addiscerit sine expressa superioris licentia_.
+
+Turnan todas en lo que llaman ellas _la reparación_.
+
+La reparación es el ruego por todos los pecados, por todas las faltas,
+por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las
+iniquidades, por todos los crímenes que se cometen en la tierra.
+Durante doce horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las
+cuatro de la mañana, ó desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro
+de la tarde, la hermana que está de _reparación_ permanece de rodillas
+sobre las piedras ante el Santísimo Sacramento con las manos juntas y
+una soga al cuello. Cuando el cansancio se le hace insoportable, se
+prosterna extendida con el rostro en tierra y los brazos en cruz: éste
+es todo su descanso. En esa actitud ruega por todos los culpables del
+universo. Esto es grande, casi sublime.
+
+Como este acto se practica ante un poste, sobre el cual arde un cirio,
+se dice indistintamente _estar de reparación ó estar en el poste_.
+Las religiosas prefieren, para mayor humildad, esta última frase que
+encierra mejor la idea de suplicio ó humillación.
+
+_Estar de reparación_ es un acto en el cual se absorbe toda el alma.
+La hermana del poste no volvería la cabeza aunque cayera un rayo á sus
+espaldas.
+
+Además, hay siempre otra monja de rodillas delante del Santísimo
+Sacramento. Esta estación dura una hora y se relevan como los soldados
+de centinela. Ésta es la Adoración perpetua.
+
+Las prioras y las madres llevan siempre nombres de una gravedad
+particular, tomados por lo general, no de los santos y mártires, sino
+de los momentos de la vida de Jesucristo, como: la madre Natividad, la
+madre Concepción, la madre Presentación, la madre Pasión. Sin embargo,
+no están prohibidos los nombres de santos.
+
+Cuando se ven no puede vérseles más que la boca.
+
+Todas tienen los dientes amarillos. Jamás ha entrado en el convento un
+cepillo para los dientes. Limpiarse los dientes es el extremo de una
+escala después de la cual viene la perdición del alma.
+
+Ellas no dicen nunca de nada _mío_, ni _mi_ porque no tienen nada
+suyo, ni deben tener afecto á nada. Dicen siempre _nuestro_, como
+nuestro velo, nuestro rosario; y si hablasen de su camisa, dirían
+indudablemente _nuestra camisa_. Algunas veces se aficionan á cualquier
+objeto insignificante, á un libro de rezo, á una reliquia, á una
+medalla bendita; pero en cuanto advierten que empiezan á aficionarse
+á ese objeto, deben darlo inmediatamente. Recuerdan las palabras de
+santa Teresa, á quien dijo una gran señora al entrar en su orden:
+«Permítame, madre, que vaya á buscar una santa Biblia que aprecio en
+mucho». ¡Ah! _¡Apreciáis todavía algo! Entonces no entréis en nuestra
+casa._
+
+Les está prohibido encerrarse y tener un _mi cuarto_, una _mi celda_.
+Viven en celdas abiertas. Cuando se encuentran, dice una: _Bendito y
+alabado sea el Santísimo Sacramento del altar_. Y responde la otra:
+_Por siempre jamás_. Esta ceremonia se repite cuando una llama á la
+puerta de otra. Apenas ha tocado la puerta, cuando por dentro se
+oye una voz dulce, que dice: _Por siempre jamás_... Como todas las
+prácticas, se hace ésta maquinalmente con la costumbre, así es que á
+veces dice una: _Por siempre_, antes que la otra haya tenido tiempo de
+decir lo que es algo más largo: _Bendito y alabado sea el Santísimo
+Sacramento del altar_.
+
+En los conventos de la Visitación, dice la que entra: _Ave María_, y la
+que está dentro responde: _Gratia plena_. Éste es un saludo, que está
+en efecto «lleno de gracia».
+
+Á cada hora del día da tres golpes supletorios la campana de la
+iglesia del convento. Á esta señal, priora, madres vocales, profesas,
+conversas, novicias y postulantes interrumpen lo que dicen ó lo que
+hacen, ó lo que piensan, y dicen todas á la vez, si son las cinco,
+por ejemplo: _Á las cinco y á todas horas bendito y alabado sea el
+Santísimo Sacramento del altar_. Si son las ocho: _Á las ocho y á todas
+horas_, etc.; y así siempre, según la hora que da.
+
+Esta costumbre cuyo objeto es interrumpir el pensamiento y dirigirse á
+Dios, existe en muchas comunidades; sólo varía en la fórmula. Así, en
+la del Niño Jesús se dice: _Á esta hora y á cualquier otra, el amor de
+Jesús inflame mi corazón_.
+
+Las benedictinas-bernardas de Martín Verga, claustradas hace cincuenta
+años en el Pequeño Picpus, cantaban los oficios salmodiando gravemente
+en canto llano puro, y siempre á toda voz mientras duraba el oficio. Al
+encontrar un asterisco en el misal, hacían una pausa, diciendo por lo
+bajo: _Jesús, María y José_. En el oficio de difuntos tomaban un tono
+tan bajo, que parecía imposible que pudiese descender tanto la voz de
+mujer; lo cual producía un efecto conmovedor y trágico.
+
+Las del Pequeño Picpus habían mandado abrir una fosa debajo del altar
+mayor para sepultura de la comunidad. El _Gobierno_, como decían ellas,
+no permitía que se depositasen allí los ataúdes. Debían, pues salir
+del convento cuando morían; lo cual las afligía y consternaba como una
+infracción.
+
+Pero en cambio habían conseguido ser enterradas á una hora especial, y
+en un rincón especial del antiguo cementerio de Vaugirard, que ocupaba
+un terreno que se decía había sido de la comunidad.
+
+Los jueves asistían estas religiosas á la misa mayor, vísperas y demás
+oficios, como los domingos. Observan escrupulosamente todas las
+demás fiestas menores desconocidas de los mundanos, que la Iglesia
+prodigaba antiguamente en Francia y prodiga aún en España é Italia.
+El tiempo que pasan en la capilla es interminable. Con relación al
+número y duración de sus rezos, no podemos dar mejor idea que citando
+estas frases candorosas de una de ellas: _Los rezos de las postulantes
+son horrorosos, los de las novicias lo son más todavía, y los de las
+profesas aún son peores_.
+
+Una vez por semana el capítulo se reúne, presídelo la priora, y asisten
+á él las madres vocales. Cada hermana se arrodilla á su vez en la
+piedra, y confiesa en alta voz, á presencia de todas, las faltas y
+pecados que ha cometido durante la semana. Las madres vocales deliberan
+públicamente después de cada confesión, é imponen también en alta voz
+la penitencia.
+
+Sobre la confesión en alta voz, para la cual se reservan todas las
+faltas un poco graves, tienen para las faltas veniales lo que llaman
+_la culpa_. Hacer la culpa es prosternarse durante la misa boca abajo
+delante de la priora, hasta que ésta, á quien no llaman nunca más
+que _nuestra madre_, avisa á la paciente que puede levantarse dando
+un golpecito en el brazo de su sillón. Se hace la culpa por cosas
+insignificantes: por romper un vaso, por rasgar un velo, por retardar
+involuntariamente algunos segundos al ir á misa, por cantar mal una
+nota en la iglesia, etc.; esto es bastante para hacer la culpa. La
+culpa es enteramente voluntaria; la _culpable_ (esta palabra está usada
+aquí etimológicamente) se juzga y castiga á sí misma. Los días de
+fiesta y domingos, hay cuatro madres cantoras que salmodian los oficios
+ante un gran facistol de cuatro pupitres. Cierto día, una madre cantora
+entonó un salmo que empezaba por _Ecce_, y en vez de _Ecce_ dijo en
+alta voz estas tres notas: _do, si, sol_. Por su distracción, hizo una
+culpa que duró toda la función. Lo que agravó enormemente la culpa fué
+que el capítulo se había reído.
+
+Cuando llaman al locutorio á una de las monjas, aunque sea la priora,
+se baja el velo de manera, según ya hemos dicho, que sólo deja ver la
+boca.
+
+La priora es la única que puede hablar con los extraños; las demás no
+pueden ver más que á su familia, pocas y raras veces. Si por casualidad
+quiere alguien ver á una monja á quien ha conocido ó amado en el mundo,
+tiene que formar casi un expediente. Si es una mujer puede en algunas
+veces concedérsele la autorización; la monja va al locutorio y habla
+por entre los postigos, que sólo se abren por una madre ó una hermana.
+No hay para qué decir que este permiso se niega siempre á los hombres.
+
+Tal es la regla de san Benito, rigorizada por Martín Verga.
+
+Aquellas monjas no estaban alegres, sonrosadas y frescas como lo están
+frecuentemente las de otras muchas órdenes. Estaban pálidas y graves.
+Desde 1825 á 1830, tres se volvieron locas.
+
+
+
+
+ III
+ =Severidades=
+
+
+Se ha de ser por lo menos dos años postulante, generalmente cuatro,
+y otros cuatro novicia. Es muy raro que los votos definitivos puedan
+pronunciarse antes de los veintitrés ó veinticuatro años. Las
+bernardas-benedictinas de Martín Verga no admiten bajo ningún concepto
+viudas en su orden.
+
+Entréganse en sus celdas á muchas maceraciones desconocidas, de las
+cuales no deben hablar nunca.
+
+El día en que profesa una novicia se la viste con sus más hermosos
+atavíos, se cubre su cabeza con blancas rosas, se perfuman y rizan sus
+cabellos, y después se prosterna; extiéndese sobre ella un gran velo
+negro, y se canta el oficio de difuntos. Entonces las religiosas se
+dividen en dos filas, y mientras pasa junto á ella una de estas filas,
+diciendo con lastimero acento: _Nuestra hermana ha muerto_, responde la
+otra: _Vive en Jesucristo_.
+
+En la época en que pasó esta historia, había anexo al convento un
+colegio de niñas nobles, ricas la mayor parte, entre las cuales se
+distinguían las señoritas Sainte-Aularie y de Belissen, y una inglesa
+que llevaba el ilustre nombre católico de Talbot. Estas jóvenes,
+educadas por las religiosas, entre cuatro paredes, crecían en el horror
+al mundo y al siglo. Una de ellas nos decía un día: _Ver el empedrado
+de la calle me hacía estremecer de pies á cabeza_. Iban vestidas de
+azul con un gorro blanco, y un Espíritu Santo de plata sobredorada,
+ó de cobre, en el pecho. En ciertos días de gran festividad, y
+particularmente en el de santa Marta, se les concedía, como un gran
+favor y felicidad suprema, vestirse de monjas y cumplir las prácticas
+de san Benito durante todo el día. Al principio las religiosas les
+prestaban sus vestidos negros; pero después, pareciendo esto una
+profanación, fué prohibido por la priora. Sólo se permitió desde
+entonces hacer este préstamo á las novicias. Es muy notable que estas
+representaciones, toleradas sin duda y alentadas en el convento por
+un secreto espíritu de proselitismo, y para dar á las niñas cierto
+anticipado goce del santo hábito, fuése un placer real y una verdadera
+diversión para las educandas. Éstas se entretenían simplemente, puesto
+que se trataba _de una cosa nueva, de un cambio_. Cándidas razones de
+la infancia, que no logran hacer comprender á los mundanos el placer de
+tener un hisopo en las manos, y estarse de pie horas enteras cantando á
+coro ante un facistol.
+
+Las educandas, excepción hecha de la austeridad, se conformaban con
+todas las prácticas del convento.
+
+Hubo joven, que habiendo vuelto al mundo, aún muchos años después
+de casada, no logró dejar la costumbre de decir en alta voz cada
+vez que llamaban á la puerta: _¡Por siempre jamás!_ Las educandas,
+como las monjas, sólo veían á sus familias en el locutorio. ¡Ni sus
+mismas madres podían abrazarlas! Véase hasta qué punto se llevaba la
+severidad. Cierto día, fué una de las jóvenes visitada por su madre
+acompañada de una hermanita de tres años. La pequeña lloraba porque
+quería abrazar á su hermana. Imposible. Suplicóse que á lo menos
+se permitiera á la niña pasar la manita por entre los hierros para
+besársela. También fué negada esta petición, casi con escándalo.
+
+
+
+
+ IV
+ =Alegrías=
+
+
+Aquellas niñas no dejaron por esto de llenar de encantadores recuerdos
+aquella rígida morada. Había horas en las que resplandecía la infancia
+en aquella clausura. En cuanto sonaba la de recreo, abríase una puerta,
+y los pájaros decían: ¡Bueno! ¡Aquí están las niñas! Un torrente
+de juventud inundaba aquel jardín cortado por una cruz como una
+mortaja. Fisonomías radiantes, frentes blancas, ojos inocentes llenos
+de alegre luz, auroras de toda especie se esparcían entre aquellas
+tinieblas. Después de los salmos, de las campanas, de los toques, de
+los lamentos y de los oficios, estallaba de repente el ruido que hacían
+las niñas, ruido más dulce que el de las abejas. Abríase la colmena
+de la alegría, y cada una llevaba su miel. Jugaban, se llamaban, se
+agrupaban, corrían; bellísimos y diminutos dientes blancos charlaban
+en todos los rincones, los velos desde lejos vigilaban las risas, las
+sombras vigilaban los rayos; pero ¡qué importaba! Brillaban y reían.
+Aquellas cuatro lúgubres tapias tenían su minuto de alegría y asistían,
+vagamente iluminadas por el reflejo de tanto placer, á todos esos
+dulces susurros del enjambre infantil. Venía á ser como una lluvia de
+rosas en medio de aquel luto. Las niñas loqueaban bajo los ojos de
+las religiosas; la mirada de la impecabilidad no puede incomodar á la
+inocencia. Gracias á aquellas niñas, entre tantas horas de austeridad,
+había una de desahogo. Saltaban las pequeñas, y las grandes bailaban.
+En aquel claustro el juego andaba mezclado con el cielo. Nada tan
+tierno y augusto á la vez como aquellas almas inocentes entregadas á la
+expansión. Homero habría venido á reirse allí con Perrault, y en aquel
+negro jardín había juventud, salud, ruido, algarabía, aturdimiento,
+placer y felicidad bastante para desarrugar el ceño de todas las
+ancianidades, así de la epopeya como del cuento, así del trono como de
+la cabaña: desde Hécuba hasta la abuela.
+
+En tal casa se han oído, más que en ninguna otra parte quizás, esas
+_ocurrencias infantiles_ tan graciosas y que hacen reir y meditar á un
+tiempo. Entre aquellas cuatro fúnebres paredes exclamó cierto día una
+niña de cinco años: «¡Madre mía! acaba de decirme una de las grandes
+que ya no tengo que estar aquí más que nueve años y diez meses. ¡Qué
+alegría!».
+
+Fué allí también donde se oyó este memorable diálogo:
+
+UNA MADRE VOCAL.--¿Por qué lloráis, hija mía?
+
+LA NIÑA (de seis años) sollozando.--He dicho á Alicia que sabía yo la
+historia de Francia, y ella me ha dicho que no la sabía, ¡y la sé!
+
+ALICIA, la grande (de nueve años).--No, no la sabes.
+
+LA MADRE.--¿Cómo es eso, hija mía?
+
+ALICIA.--Me ha dicho que abriese el libro al azar y que le hiciese una
+pregunta de lo que trae el libro, y ella me respondería.
+
+¿Y qué?
+
+Que no ha contestado.
+
+--Veamos: ¿qué le habéis preguntado?
+
+--He abierto el libro al azar, como ella decía, y le he hecho la
+primera pregunta que ha salido.
+
+--¿Y cuál ha sido la pregunta?
+
+--Ésta: _¿qué sucedió después?_
+
+También se hizo allí esta observación profunda sobre una cotorra un
+poco golosa que pertenecía á una señora pensionista:
+
+«--¡Es muy graciosa! ¡Se come la manteca de las tostadas como una
+persona!».
+
+Fué sobre una de las losas de aquel convento, donde se recogió esta
+confesión, escrita de antemano para no olvidarla, por una pecadora de
+siete años:
+
+«--Acúsome, padre, de haber sido _avara_.
+
+«--Acúsome, padre, de haber sido _adúltera_.
+
+«--Acúsome, padre, de haber dirigido miradas á los hombres».
+
+En uno de los bancos de césped de aquel jardín, fué improvisado por una
+boca de rosa de seis años este cuento, escuchado por ojos azules de
+cuatro y cinco:
+
+«--Éranse que se eran tres pollitos que vivían en un país donde había
+muchas flores; cogieron las flores y se las metieron en el bolsillo,
+y después las hojas, y las pusieron en sus juguetes. Y había un lobo
+en aquella tierra, y muchos bosques; el lobo estaba en el bosque, y se
+comió los pollitos».
+
+Y este otro poema:
+
+«--Sucedió que dieron un palo.
+
+«Y fué Polichinela quien se lo dió al gato.
+
+«Y no hízole bien sino mal.
+
+«Entonces una señora metió á Polichinela en la cárcel».
+
+Allí también dijo una niña abandonada, recogida por el convento y
+educada por caridad, esta frase tierna y dolorosa, oyendo hablar á las
+demás de sus madres, murmurando la pobre en un rincón:
+
+«--Mi madre no estaba allí cuando nací yo».
+
+Había una tornera muy gruesa que andaba siempre atareada por los
+corredores con su manojo de llaves, y que se llamaba sor Ágata. Las
+_grandes_--de más de diez años--la llamaban _Ágatocles_.
+
+El refectorio era una gran sala rectangular que sólo recibía la luz por
+un claustro de arquivoltas al nivel del jardín; era obscuro y húmedo
+y como decían las niñas, «estaba lleno de bichos». Todos los sitios
+contiguos le suministraban su contingente de insectos.
+
+Cada uno de los cuatro ángulos había recibido, en el lenguaje de las
+educandas, un nombre particular y expresivo. Había el rincón de las
+arañas, el rincón de las orugas, el rincón de las cucarachas y el
+rincón de los grillos.
+
+El rincón de los grillos estaba cerca de la cocina, y era el más
+apreciado, porque allí hacía menos frío que en los demás. Del
+refectorio habían pasado los nombres al colegio y servían para
+distinguir, como en el antiguo colegio de Mazarino, cuatro naciones.
+Cada educanda pertenecía á una de las cuatro naciones, según el rincón
+del refectorio en que se sentaba á la hora de comer. Un día el señor
+arzobispo, haciendo la visita pastoral, vió entrar en la clase, por
+donde pasaba, una niña muy coloradita de hermosos cabellos rubios, y
+preguntó á otra educanda, linda y morenita de frescas mejillas, que
+estaba á su lado:
+
+--¿Quién es ésa?
+
+--Es una araña, monseñor.
+
+--¡Bah! ¿Y esta otra?
+
+--Ésta es un grillo.
+
+--¿Y aquélla?
+
+--Una oruga.
+
+--¡De veras! ¿Y tú?
+
+--Yo soy una cucaracha, monseñor.
+
+Cada casa de este género tiene sus particularidades. Á principios del
+siglo, Ecouen era uno de esos lugares encantadores y severos en los que
+se desarrolla, en una sombra casi augusta, la infancia de las niñas.
+En Ecouen, para tomar puesto en la procesión del Corpus, se hacía
+distinción entre las vírgenes y las floristas. Había igualmente «palios
+é incensarios»; las unas llevaban los cordones del palio, y las otras
+incensaban al Santísimo Sacramento. Las flores correspondían de derecho
+á las floristas. Cuatro «vírgenes» abrían la marcha. Durante la mañana
+de este gran día, no era raro oir preguntar en el dormitorio:
+
+--¿Quién es virgen?
+
+Madama Campan cita este dicho de una «pequeña» de siete años,
+dirigiéndose á una «grande» de diez y seis que iba á la cabeza de la
+procesión, mientras que ella, la pequeña, se quedaba á la cola:
+
+--¡Ah, tú eres virgen! Y ¡yo no lo soy!
+
+
+
+
+ V
+ =Distracciones=
+
+
+Sobre la puerta del refectorio estaba escrita en grandes letras negras
+la siguiente oración, llamada el _Pater Noster blanco_, la cual tenía
+la virtud de conducir las gentes directamente al cielo.
+
+ «_Pequeño Padre nuestro blanco, que Dios hizo, que Dios dijo,
+ que Dios puso en el paraíso. Por la noche, al acostarme, tres
+ ángeles me encontré acostados en mi cama, uno á los pies,
+ dos á la cabecera, y en medio á la Virgen Santa, que me dijo
+ me acostase y de nada me cuidase. Dios bueno es mi padre, la
+ Santa Virgen mi madre, los tres apóstoles mis hermanos y las
+ tres vírgenes mis hermanas. La camisa en que Dios nació éste
+ mi cuerpo envolvió; la cruz de santa Margarita en mi pecho
+ tengo escrita. Nuestra Señora la Virgen por los campos va
+ caminando, á su hijo querido llorando, y con el señor san Juan
+ se ha encontrado.--Señor san Juan ¿de dónde venís?--Vengo del_
+ AVE SALUS.--_¿Habéis visto si está allí Dios?--En el árbol de
+ la Cruz, pendientes tiene los pies, clavadas tiene las manos,
+ lleva sobre la cabeza corona de espinos blancos._
+
+ «_Quien rezare esta oración tres veces por la mañana y otras
+ tantas por la noche, ganará el cielo á la postre_».
+
+En 1827 había desaparecido de la pared esta oración tan característica,
+bajo una triple capa de pintura. Hoy acaba de borrarse también de
+la memoria de algunas niñas, jóvenes de entonces, señoras ancianas
+actualmente.
+
+Un gran crucifijo colgado de la pared completaba la decoración del
+refectorio, cuya única puerta, como creemos haber dicho, daba al
+jardín. Dos mesas estrechas, con dos bancos á lo largo de cada una,
+formaban dos líneas paralelas desde uno á otro extremo del refectorio.
+Las paredes eran blancas, las mesas negras; colores ambos de luto,
+variedad única de los conventos. Las comidas eran frugales, y aún el
+régimen de las niñas muy severo. Un solo plato de carne y legumbres
+mezcladas, ó de pescado salado, era todo su lujo. Este plato ordinario,
+reservado solamente á las educandas, era, sin embargo, una excepción.
+Las niñas comían y callaban bajo la vigilancia de la madre de semana,
+que de cuando en cuando abría y cerraba ruidosamente un libro de madera
+siempre que alguna mosca trataba de volar ó zumbar contra la regla. El
+silencio iba sazonado con algún trozo de la vida de los Santos, leído
+en alta voz desde un púlpito con atril, colocado al pie del crucifijo.
+La lectora era una de las educandas de más edad, que estaba de semana.
+En la mesa había colocados á distancia regular lebrillos barnizados,
+en donde las educandas lavaban por sí mismas su vaso y su cubierto, y
+algunas veces arrojaban también los desperdicios de carne dura ó de
+pescado pasado: esto se castigaba. Los tales lebrillos se llamaban los
+_círculos de agua_.
+
+La niña que rompía el silencio «hacía una cruz con la lengua».
+¿Dónde? En la tierra. Lamía el suelo. El polvo, este fin de todas las
+alegrías, se encargaba de castigar á aquellas pobres hojas de rosa,
+culpadas de murmullo.
+
+Había en el convento un libro, del cual no se había impreso más que un
+_ejemplar único_, y que estaba prohibido leer. Éste era la regla de san
+Benito, arcano que no debía penetrar ningún ojo profano. «Nemo regulas,
+seu constitutiones nostras, externis communicabit».
+
+Las educandas consiguieron un día coger el libro, y se pusieron á leer
+naturalmente, interrumpiendo con frecuencia la lectura por el temor de
+ser sorprendidas, lo cual les hacía cerrar el libro precipitadamente.
+De todo aquel gran miedo no sacaron más que un placer muy mediano.
+
+Algunas páginas ininteligibles acerca de los pecados de los muchachos.
+Esto fué lo «más interesante».
+
+Las colegialas jugaban en una alameda de desmedrados árboles frutales.
+Á pesar de la extremada vigilancia y de la severidad de los castigos,
+cuando el viento había sacudido los árboles, algunas de ellas recogían
+furtivamente del suelo una manzana verde, ó un albaricoque macado, ó
+una pera roída de gusanos. Aquí dejaremos hablar por nosotros una carta
+que tenemos á la vista, escrita hace veinticinco años por una antigua
+educanda, hoy marquesa de***, y una de las mujeres más elegantes de
+París. La copia es textual.
+
+«Se guarda una su pera ó su manzana como puede, y cuando se sube á
+dejar el velo encima de la cama, y á esperar la hora de cenar, se la
+esconde debajo de la almohada, y por la noche se la come estando en la
+cama: y cuando ni aún esto es posible, se come en el excusado». Era
+ésta una de sus mayores delicias.
+
+Una vez, al pasar la visita el señor arzobispo, una de las educandas,
+la señorita Bouchard, que tenía algunas relaciones de parentesco con
+los Montmorency, apostó á que le pediría un día de asueto, atrevimiento
+enorme, tratándose de una comunidad tan austera. La apuesta fué
+aceptada; pero ninguna de las que habían apostado creían en que se
+hiciera la petición.
+
+Llegó el momento, y al pasar el señor arzobispo por delante de las
+educandas, la señorita Bouchard, con indescriptible admiración de todas
+sus compañeras, salió de la fila y dijo: «Monseñor, un día de asueto».
+
+La señorita Bouchard era fresca y crecida, y tenía además la carita
+de rosa más linda del mundo. Monseñor de Quélen se sonrió, y dijo:
+«¡Cómo, querida hija mía, un día de asueto! Tres días, si gustáis. Os
+concedo tres días». La priora nada podía hacer, había hablado el señor
+arzobispo. Qué escándalo para el convento, y qué alegría en el colegio.
+Júzguese del efecto.
+
+Este claustro tan severo no estaba, sin embargo, tan amurallado
+que la vida de las pasiones del mundo, el drama y aún la novela no
+penetrasen en él. Para probarlo nos limitaremos á consignar aquí, y á
+indicar brevemente un hecho real é incontestable, que por otra parte
+nada tiene que ver con la historia que vamos refiriendo. Citaremos
+simplemente el hecho para completar la fisonomía del convento.
+
+Hacia dicha época pues, había en el convento una mujer misteriosa,
+que sin ser monja, era tratada con gran respeto; se llamaba «señora
+Albertina». No se sabía de ella sino que estaba loca, y que pasaba por
+muerta en el mundo. Tenía, según se decía, encerrados en la historia,
+arreglos de fortuna indispensables á un gran casamiento.
+
+Esta mujer, que apenas contaba treinta años, morena y hermosa, miraba
+vagamente con sus negros y grandes ojos. ¿Veía? No se sabía de cierto.
+
+Se deslizaba más bien que andaba; no hablaba nunca, y no era cosa
+segura si respiraba ó no. Tenía las ventanas de la nariz contraídas y
+lívidas, como después de lanzar el último suspiro; tocar su mano era
+tocar la nieve. Mostraba cierta gracia especial de espectro. Donde ella
+entraba se sentía frío. Un día, una de las hermanas al verla pasar,
+díjole á otra:--Pasa por muerta.--Puede que lo esté,--respondió la
+segunda.
+
+Hacíanse sobre la señora Albertina mil diversas suposiciones. Era el
+objeto eterno de la curiosidad de las educandas. Había en la capilla
+una tribuna, que se llamaba del _Ojo de buey_. Esta tribuna sólo tenía
+un ojo redondo por ventana, una claraboya, desde la cual la señora
+Albertina asistía á los actos del culto. Generalmente estaba siempre
+sola allí, porque situada la tribuna en el primer piso, podía verse
+perfectamente al predicador y al celebrante, lo cual estaba prohibido
+á las religiosas. Un día ocupaba el púlpito un clérigo joven de
+elevada alcurnia, el señor duque de Rohan, par de Francia, oficial
+de mosqueteros rojos en 1815, cuando era príncipe de León, muriendo
+después en 1830 de cardenal-arzobispo de Besanzón.
+
+Era la primera vez que el señor de Rohan predicaba en el convento del
+Pequeño Picpus. La señora Albertina asistía generalmente á los sermones
+y á los oficios en la mayor calma y en la más completa inmovilidad.
+Aquel día, en cuanto vió al duque de Rohan, se medio levantó, y dijo
+en voz alta, en medio del silencio de la capilla: _¡Calla, Augusto!_
+Toda la comunidad, asombrada, volvió la cabeza; el predicador levantó
+los ojos; pero la señora Albertina había ya vuelto á su natural
+inmovilidad. Un soplo del mundo exterior, un rayo de vida pasó
+instantáneamente por aquella figura marchita y helada; después todo se
+desvaneció, y la loca volvió á ser nuevamente un cadáver.
+
+Aquellas dos palabras, sin embargo, dieron que hablar á todo lo que
+podía hablar en el convento.
+
+¡Qué de misterios, qué de revelaciones! en aquel _¡Calla, Augusto!_
+El duque de Rohan se llamaba efectivamente Augusto. Era evidente que
+la señora Albertina había salido del gran mundo, puesto que conocía
+al duque de Rohan; que había ella ocupado en el siglo alta posición,
+porque hablaba familiarmente á tan gran señor, y que tenía con él
+relaciones de parentesco tal vez, y muy íntimas seguramente, cuando le
+llamaba por su nombre de pila.
+
+Dos duquesas muy severas, las de Choiseul y de Sérent, visitaban con
+frecuencia á la Comunidad, en la cual penetraban sin duda en virtud del
+privilegio _Magnates mulieres_, dando mucho miedo á las colegialas.
+Cuando pasaban las dos viejas, todas las educandas temblaban y bajaban
+los ojos.
+
+El duque de Rohan era, por otra parte, sin saberlo él, objeto de la
+atención general de aquellas jóvenes. Acababa de ser nombrado, como
+aspirante al episcopado, vicario general del arzobispado de París, y
+tenía por costumbre ir á cantar los oficios en las funciones de la
+capilla del Pequeño Picpus. Ninguna de las jóvenes reclusas podía verle
+á causa de la cortina de sarga; pero tenía una voz dulce y un tanto
+aguda, que ya conocían y distinguían todas perfectamente. Había sido
+mosquetero; se decía que era muy pulcro, que peinaba con gran esmero
+sus hermosos cabellos castaños, formando bucles alrededor de la frente,
+que llevaba un ancho cinturón de magnífico moaré, y que su sotana negra
+estaba cortada elegantísimamente. Así es que llevaba toda la atención
+de aquellas imaginaciones de diez y seis años.
+
+Ningún ruido exterior penetraba en el interior del convento.
+
+Sin embargo, hubo un año en que se oyó el sonido de una flauta. Fué
+éste un acontecimiento del que se acuerdan todavía las educandas de
+aquel tiempo. Era una flauta tocada indudablemente por algún vecino,
+que siempre repetía el mismo aire, un aire muy antiguo: _Zetulbé mía,
+ven á reinar en mi alma_, el cual se oía dos ó tres veces diariamente.
+Las muchachas se pasaban las horas escuchando, las madres vocales
+estaban indignadas, las imaginaciones trabajaban, llovían los castigos.
+Esto duró muchos meses. Las educandas estaban todas más ó menos
+enamoradas del músico desconocido. Cada cual se creía otra Zetulbé. El
+sonido venía del lado de la calle Droit-Mur. Todas lo hubieran dado
+todo, lo hubieran comprometido é intentado todo, por ver, siquiera
+por un segundo, por entrever, por vislumbrar solamente al «gallardo
+joven» que tañía tan deliciosamente la flauta, y que sin imaginárselo,
+conmovía á un mismo tiempo todas aquellas almas. Las hubo que se
+escaparon por una puerta excusada y subieron al tercer piso de la calle
+Droit-Mur para tratar de ver por los respiraderos. Imposible. Una de
+ellas llegó hasta el punto de pasar el brazo por cima de la cabeza al
+través de los hierros, agitando su pañuelo blanco. Otras dos fueron más
+osadas aún. Encontraron medio de trepar hasta el tejado, arriesgándose
+por él, hasta que por fin consiguieron ver al «gallardo joven».
+
+Era un viejo hidalgo emigrado, ciego y arruinado, que se entretenía en
+su buhardilla, tocando la flauta para consolarse.
+
+
+
+
+ VI
+ =El convento pequeño=
+
+
+Había en el recinto del Pequeño Picpus tres edificios completamente
+distintos: el convento grande, que habitaban las religiosas; el colegio
+en que estaban las educandas, y el convento pequeño. Era éste un
+departamento con jardín, donde vivían en común toda clase de antiguas
+religiosas de distintas órdenes, restos de los claustros destruidos
+por la revolución; una abigarrada mezcla de todos los hábitos negros,
+grises y blancos, de todas las comunidades, y de todas las variedades
+posibles. Era lo que puede llamarse, si se nos permite semejante
+combinación de palabras, un convento arlequín.
+
+Desde el Imperio se había permitido á aquellas infelices, dispersas y
+desterradas, acogerse bajo la protección de las benedictinas-bernardas,
+donde recibían una corta pensión del Gobierno. Las religiosas del
+Pequeño Picpus las habían acogido muy bien. Era, pues, aquello una
+mezcla chocante. Cada una seguía su regla. Algunas veces se permitía
+á las educandas, como gran concesión, hacerles una visita; y estas
+jóvenes han conservado, entre otros recuerdos, los de la madre santa
+Basilia, de la madre santa Escolástica, y de la madre Jacob.
+
+Una de estas refugiadas se hallaba reinstalada como en su casa. Era una
+religiosa de Santa Aura, y era también la única que sobrevivía de su
+comunidad. El antiguo convento de monjas de Santa Aura ocupaba, desde
+principios del siglo XVIII, precisamente la misma casa del Pequeño
+Picpus, que perteneció después á las benedictinas de Martín Verga. Esta
+santa monja, demasiado pobre para poder llevar el magnífico hábito de
+su orden, que era un manto blanco con escapulario escarlata, había
+vestido piadosamente con él un pequeño maniquí, que enseñaba á todo el
+mundo con satisfacción, y que legó al convento cuando murió. En 1824 no
+quedaba de aquella orden más que una religiosa; hoy día no queda más
+que una muñeca.
+
+Además de estas dignas madres, había algunas viejas del siglo, que
+habían obtenido permiso de la priora, como la señora Albertina, para
+retirarse al convento pequeño.
+
+Pertenecían á este número, la señora de Beauford de Hatpoul y la
+marquesa Dufresne.
+
+Otra había también que era sólo conocida en el convento por el gran
+ruido que hacía al limpiarse las narices. Las educandas la llamaban la
+señora Batahola.
+
+Hacia 1820 ó 1821, la señora de Genlis, que publicaba en dicha época un
+periódico, titulado el _Intrépido_, pidió para entrar de pensionista
+en el convento del Pequeño Picpus, por recomendación del señor duque
+de Orléans. Esto alborotó la colmena; las madres vocales temblaban;
+la señora de Genlis había escrito novelas, pero declaró que era la
+primera en condenarlas. Además, había llegado al punto en que la
+devoción se vuelve insociable. Por fin, con la ayuda de Dios y la del
+príncipe, entró en el convento, pero se marchó á los seis ú ocho meses,
+dando por toda razón que el jardín carecía de sombra. Las religiosas se
+alegraron muchísimo. La señora de Genlis, aunque ya vieja, tocaba aún
+el arpa bastante bien.
+
+Al marcharse dejó el sello de su estancia en la celda. Era
+supersticiosa y latinista. Estas dos palabras expresan gráficamente su
+perfil. Hace algunos años se encontraban aún pegados en lo interior de
+un armarito de su celda donde guardaba el dinero y las alhajas, estos
+cinco versos latinos, escritos por su propia mano con tinta roja en
+papel amarillo, y que, en su opinión, tenían la virtud de espantar á
+los ladrones:
+
+
+ Imparibus meritis pendent tria corpora ramis;
+ Dismas et Gesmas, media est divina potestas;
+ Alta petit Dismas, infelix, infima, Gesmas,
+ Nos et res nostras conservet summa potestas.
+ Hos versus dicas, ne tu furto tua perdas.
+
+Estos versos, en latín del siglo VI, agitan la cuestión de si los
+dos ladrones del Calvario se llamaban, como se cree comúnmente,
+Dimas y Gestas, ó Dismas y Gesmas. Esta diferencia ortográfica, por
+insignificante que parezca, hubiera podido contrariar las pretensiones
+que tenía en el siglo pasado el vizconde de Gestas de descender del mal
+ladrón. Por lo demás, la virtud benéfica atribuida á estos versos es
+verdadero artículo de fe en la orden de las hospitalarias.
+
+La iglesia de la casa, construida de manera que formaba un corte de
+separación entre el convento grande y el colegio, era común, sin
+embargo, al colegio, al convento grande y al pequeño; y en ella se
+admitía también al público por una especie de entrada de lazareto que
+conducía á la calle.
+
+Pero todo estaba dispuesto de modo que ninguna de las habitantes del
+claustro pudiese ver un rostro de afuera. Imagínese el lector una
+iglesia cuyo coro hubiera sido cogido por la mano de un gigante, y
+doblado de manera que formase, no ya, como en todas las iglesias, una
+prolongación detrás del altar, sino una especie de sala ó caverna
+obscura á la derecha del celebrante; supóngase esta sala cerrada por la
+cortina de siete pies de altura de que ya hemos hablado; amontónense
+allí á la sombra de esa cortina, en sitiales de madera, las religiosas
+del coro á la izquierda, las educandas á la derecha, las conversas y
+las novicias en el centro, y se tendrá una idea de cómo las religiosas
+del Pequeño Picpus asistían al culto divino. Esta caverna, que se
+llamaba el coro, se comunicaba con el claustro por un pasadizo. La
+iglesia tomaba la luz del jardín. Cuando las religiosas asistían á
+las funciones en que su regla prevenía el silencio, el público sólo
+se enteraba de su presencia por el choque de las tablillas de los
+sitiales, que se levantaban y bajaban ruidosamente.
+
+
+
+
+ VII
+ =Algunas siluetas de aquella sombra=
+
+
+Durante los seis años que median desde 1819 á 1825, había sido priora
+del Pequeño Picpus la señorita Blemeur, que en religión se llamaba la
+madre Inocente. Pertenecía á la familia de Margarita de Blemeur, autora
+de la _Vida de los Santos de la orden de san Benito_.
+
+Había sido reelegida en su cargo. Era mujer de unos sesenta años, baja,
+gruesa, «que cantaba como un puchero cascado», dice la carta citada
+anteriormente. Por lo demás, era excelente mujer; la única alegre del
+convento, y por esto era estimada de todas.
+
+La madre Inocente se parecía en algo á su ascendiente Margarita, la
+Dacier de la orden.
+
+Era literata, erudita, sabia, competente, historiadora, curiosa,
+rellena de latín, repleta de griego y henchida de hebreo, y más
+benedictino que benedictina.
+
+La vice-priora era una religiosa española muy anciana y casi ciega, la
+madre Cineres.
+
+Las más de notar, entre las madres vocales, eran la madre santa
+Honorina, tesorera; la madre santa Gertrudis, primera maestra de
+novicias; la madre santo Ángel, segunda maestra; la madre Asunción,
+sacristana; la madre san Agustín, enfermera, la única que era mala en
+el convento; después la madre, santa Mechtilde (señorita Gauvain) muy
+joven, con admirable voz; la madre Ángeles (señorita Drouet), que había
+estado en el convento de las Hijas de Dios y en el convento del Tesoro,
+entre Gisors y Magny; la madre san José (señorita Cogolludo); la madre
+santa Adelaida (señorita de Auverney); la madre Misericordia (señorita
+de Cifuentes, que no pudo resistir tanta austeridad); la madre
+Compasión (señorita de Miltière, que entró en el convento á los sesenta
+años, á pesar de no permitirlo la regla, pero muy rica); la madre
+Providencia (señorita de Laudinière): la madre Presentación (señorita
+de Sigüenza), que fué priora en 1847; y por fin, la madre santa Celina
+(hermana del escultor Ceracchi), que se volvió loca; la madre santa
+Chantal (señorita de Suzón), loca igualmente.
+
+Había además, entre las más bellas, una linda joven de veintitrés años,
+que procedía de la isla de Borbón, descendiente del caballero Roze, que
+se llamaba señorita Roze y se hizo llamar madre Asunción.
+
+La madre santa Mechtilde, encargada del canto y del coro, enseñaba
+muy satisfecha á las educandas. Tomaba de entre ellas diariamente una
+gama completa, es decir, siete educandas desde diez años á diez y seis
+inclusive, de voces y estaturas variadas, á quienes hacía cantar de
+pie, alineadas en fila por edades, desde la menor á la mayor, lo cual
+ofrecía el caprichoso aspecto de un flautado de jóvenes, especie de
+flauta viviente del dios Pan, formada de ángeles.
+
+Las hermanas conversas á quienes querían más las educandas eran sor
+santa Eufrasia, sor santa Margarita, sor santa Marta, ya chocha, y sor
+san Miguel, cuya larga nariz era objeto de risa.
+
+Todas estas mujeres eran amables para las niñas; sólo eran rígidas para
+ellas mismas.
+
+No se encendía lumbre más que en el colegio, y el alimento, comparado
+con el del convento, era escogido. Además, tenían por las educandas mil
+cuidados; sólo que, cuando una niña pasaba junto á una religiosa y le
+hablaba, la monja no respondía nunca.
+
+La regla del silencio había producido el efecto singular de que en
+todo el convento se negaba la palabra á las criaturas humanas cuando
+se concedía á los objetos inanimados. Á veces hablaba la campana de la
+iglesia, otras el cascabel del jardinero. Un timbre muy sonoro, que la
+tornera tenía á su lado y que se oía en toda la casa, indicaba con sus
+variados toques que venía á ser una especie de telegrafía acústica,
+todos los actos de la vida material que debían ejecutarse, llamando al
+locutorio, cuando había necesidad, á tal ó cual habitante de la casa.
+Cada persona y cada cosa tenía sus toques: la priora uno y uno; la
+vice-priora uno y dos; seis con cinco llamaban á clase; de modo que
+las educandas no decían nunca entrar en clase, sino ir á las seis con
+cinco. Cuatro con cuatro era el toque á que respondía la señora de
+Genlis, el cual se oía con mucha frecuencia. _Es el diablo á cuatro_,
+decían las que tenían poca caridad. Diez con nueve toques anunciaban un
+gran acontecimiento. Era éste la apertura de la _puerta de clausura_,
+enorme plancha de hierro erizada de cerrojos, que no giraba sobre sus
+goznes sino á presencia del arzobispo.
+
+Éste y el jardinero, como hemos ya dicho, eran los únicos hombres
+que entraban en el convento. Las educandas veían á otros dos; el uno
+el capellán que era el presbítero Banés, viejo y feo, á quién podían
+contemplar desde el coro al través de una reja; y el otro el profesor
+de dibujo, señor Ansiaux, llamado en la carta de que hemos copiado
+algunas líneas _señor Anciot_ y calificado de _viejo horrible y
+jorobado_.
+
+Como se ve, todos los hombres eran escogidos.
+
+Tal era aquella curiosa morada.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Post corda lapides=
+
+
+Después de haber delineado la figura moral del convento, no estará de
+más indicar en breves palabras la configuración material: el lector
+tiene ya de ella alguna idea.
+
+El convento del Pequeño Picpus de San Antonio, ocupaba casi
+completamente el vasto trapecio que formaban las intersecciones de
+las calles Polonceau, Droit-Mur, la callejuela Pequeño Picpus y el
+callejón sin salida llamado en los antiguos planos calle Aumarais.
+Estas cuatro calles rodeaban el trapecio, como un foso. El convento se
+componía de varios edificios y un jardín. El edificio principal, tomado
+en conjunto, era un compuesto de construcciones híbridas, que miradas á
+vista de pájaro dibujaban con bastante exactitud una horca colocada en
+tierra.
+
+El brazo mayor de esta horca, ocupaba todo el trozo de la calle
+Droit-Mur, comprendido entre la callejuela Picpus y la calle Polonceau;
+el brazo pequeño era una fachada alta, cenicienta, severa y enrejada,
+que daba frente á la callejuela Picpus, cuya extremidad designaba la
+puerta cochera número 62. Casi en medio de esta fachada, el polvo y la
+ceniza blanqueaban una puertecita vieja, cintrada, en que las arañas
+tejían su tela, y que sólo se abría una ó dos horas los domingos, y
+en las raras ocasiones en que salía del convento el ataúd de alguna
+religiosa.
+
+Era la entrada pública de la iglesia. El codo de la horca la formaba
+una sala cuadrada con destino al servicio de la cocina, y á la que
+las religiosas llamaban _la despensa_. En el gran brazo estaban las
+celdas de las madres y de las hermanas, y el noviciado; en el otro
+brazo las cocinas, el refectorio rodeado del claustro y la iglesia.
+Entre la puerta número 62 y el ángulo del callejón sin salida Aumarais,
+estaba el colegio, que no se veía desde fuera. El resto del trapecio
+formaba el jardín, que estaba mucho más bajo que el nivel de la calle
+Polonceau, lo que hacía que la cerca rematase mucho más alta por dentro
+que por fuera. El jardín, ligeramente convexo, tenía en el centro,
+en una pequeña altura, un hermoso abeto agudo y cónico, del cual
+arrancaban, como de la punta central de una rodela, cuatro grandes
+calles, y otras ocho menores, colocadas dos á dos entre las primeras,
+de tal manera, que si el recinto hubiese sido circular, el plano
+geométrico de estas calles hubiera parecido una cruz colocada sobre una
+rueda. Todas las calles iban á terminar en las tapias irregulares del
+jardín, y por lo tanto, eran desiguales en longitud.
+
+Estaban bordeadas de groselleros. En el fondo, una calle de elevados
+álamos iba desde las ruinas del antiguo convento, que estaban en
+el ángulo de la calle Droit-Mur, á la casa del convento pequeño,
+situado en el ángulo de la callejuela Aumarais. Antes de llegar al
+convento pequeño se encontraba lo que llamaban el jardinillo. Añádase
+á este conjunto un patio, muchos ángulos desiguales formados por las
+habitaciones interiores, paredes de cárcel, y por toda perspectiva y
+vecindad la negra y extensa línea de tejados que corría al otro lado de
+la calle Polonceau, y se tendrá una imagen completa de lo que era hace
+cuarenta y cinco años el convento de bernardinas del Pequeño Picpus.
+Esta santa casa se había construido precisamente en el sitio que ocupó
+un famoso juego de pelota, desde el siglo XIV al XVI, al cual llamaban
+el _trinquete de los once mil diablos_.
+
+Todas aquellas calles eran de las más antiguas de París. Los nombres de
+Droit-Mur y Aumarais son antiquísimos; pero las calles que los llevaban
+eran más antiguas todavía.
+
+La calleja Aumarais se había llamado calleja de Maugout, y la calle
+Droit-Mur se llamó anteriormente calle de los Rosales Silvestres,
+porque Dios abrió las flores antes que el hombre tallase las piedras.
+
+
+
+
+ IX
+ =Un siglo bajo una toca=
+
+
+Ya que estamos puestos á dar pormenores de lo que fué en otro tiempo
+el convento del Pequeño Picpus, y que hemos osado abrir una ventana
+en este discreto asilo, permítanos el lector todavía otra ligera
+digresión, ajena al fondo de este libro, pero característica y
+útil para dar á conocer que aún en el mismo claustro existen tipos
+originales.
+
+Había en el convento pequeño una mujer centenaria que había ido allí
+procedente de la abadía de Fontevrault.
+
+Antes de la revolución había pertenecido al mundo.
+
+Hablaba mucho del señor de Miromesnil, guarda-sellos de Luis XIV, y de
+una tal Duplat, presidenta, á quienes había conocido mucho. Toda su
+vanidad, todo su placer, consistía en recordar estos nombres á cada
+paso. Contaba maravillas de la abadía de Fontevrault, que parecía una
+ciudad, pues tenía sus calles dentro del monasterio.
+
+Hablaba con cierto acento picardo, que provocaba la risa de las
+educandas. Cada año renovaba solemnemente sus votos, y en el momento de
+hacer juramento, decía al sacerdote: monseñor san Francisco le prestó
+en manos de monseñor san Julián; monseñor san Julián le prestó en manos
+de monseñor san Eusebio; monseñor san Eusebio en manos de monseñor san
+Procopio, etc., etc.; así yo le presto en vuestras manos padre. Y las
+educandas reían, no so capa, sino so velo; encantadoras y sofocadas
+sonrisas que hacían fruncir el ceño á las madres vocales.
+
+Otras veces, la centenaria contaba historias. Decía que «en su juventud
+los bernardinos no les iban en zaga á los mosqueteros». Era un siglo
+hablando; pero era el siglo XVIII. Narraba la costumbre de los cuatro
+vinos en Champagne y Bourgogne, antes de la revolución. Siempre que
+un gran personaje, un mariscal de Francia, un príncipe, un duque ó un
+par pasaba por alguna de las ciudades de Bourgogne ó Champagne, el
+Ayuntamiento le arengaba y presentaba cuatro copas de plata llenas de
+cuatro vinos diferentes. En la primera copa se leía esta inscripción:
+«vino del mono»; en la segunda, «vino del león»; en la tercera «vino
+del carnero»; en la cuarta, «vino del cerdo». Aquellos cuatro letreros
+expresaban los cuatro grados por que desciende la embriaguez: la
+primera embriaguez es la que alegra, la segunda la que irrita, la
+tercera la que atonta y la última en fin la que embrutece.
+
+Guardaba dentro de un armario, bajo llave, un objeto misterioso,
+que estimaba en mucho. La regla de Fontevrault no se lo prohibía,
+pero ella no quería enseñar aquel objeto á nadie. Se encerraba en
+la celda, lo que también permitía su regla, ocultándose siempre que
+quería contemplarle. Si oía pasos en el corredor, cerraba el armario
+tan precipitadamente cuanto podían sus trémulas manos. Cuando se le
+hablaba de aquello, se callaba siempre, siendo como era tan amiga de
+hablar. Las más curiosas se encontraban chasqueadas por su silencio,
+y las más tenaces por su obstinación. Era, pues, su objeto, motivo de
+los comentarios de todas las personas desocupadas ó fastidiadas del
+convento.
+
+¿Qué podía ser aquel tan precioso, tan guardado, tesoro de la
+centenaria? ¿Sería algún libro santo? ¿Algún rosario único? ¿Alguna
+reliquia eficaz y probada? Todas se perdían en conjeturas.
+
+Á la muerte de la pobre anciana corrieron todas al armario, más de
+prisa tal vez de lo que hubiese convenido, y le abrieron. Encontróse el
+objeto envuelto en un triple lienzo, como patena bendita.
+
+Era un plato de Faënza, en el cual había pintados unos amorcillos
+volando en fuga, perseguidos por unos mancebos de botica armados de
+enormes jeringas. La persecución abundaba en gestos y posturas cómicas.
+Uno de los graciosos amorcillos aparece ya ensartado; en vano agita sus
+alas, y trata de volar; el matachín se ríe de sus esfuerzos con risa
+satánica.
+
+Moraleja: el amor vencido por el cólico.
+
+Aquel plato, por otra parte muy curioso y que tuvo quizá el mérito de
+sugerir una idea á Molière, existía aún en septiembre de 1845 de venta
+en una prendería del boulevard Beaumarchais.
+
+Aquella buena vieja no quería recibir ninguna visita de fuera del
+convento, _porque_, según decía, «el locutorio era demasiado triste».
+
+
+
+
+ X
+ =Origen de la adoración perpetua=
+
+
+Por lo demás, aquel locutorio casi sepulcral del que hemos procurado
+dar una idea, es un hecho puramente local, que no tenía semejante
+severidad en los otros conventos. En el de la calle del Temple,
+que en verdad era de otra orden, los postiguillos negros estaban
+reemplazados por cortinas obscuras, y el locutorio mismo era un salón
+bien entarimado, cuyas ventanas tenían cortinillas de muselina blanca,
+y cuyas paredes admitían toda clase de cuadros: el retrato de una
+benedictina con la cara descubierta, floreros pintados, y hasta una
+cabeza de turco.
+
+En el jardín del convento de la calle del Temple, estaba aquel castaño
+de Indias que pasaba por el más hermoso y más grande de Francia, y que
+tenía fama, entre el pueblo bonachón del siglo XVIII, de ser «el padre
+de todos los castaños del reino».
+
+Hemos dicho ya que el convento del Temple estaba ocupado por las
+benedictinas de la Adoración perpetua, distintas de las que dependían
+de Císter. La orden de la Adoración perpetua no es muy antigua; cuenta
+sólo doscientos años. En 1649 el Santísimo Sacramento fué profanado
+dos veces, con pocos días de diferencia, en dos iglesias de París: en
+San Sulpicio y en San Juan de Grève, espantoso y raro sacrilegio que
+conmovió toda la población. El prior, vicario mayor de San Germán de
+los Prados, dispuso una procesión solemne de todo su clero, oficiando
+el nuncio del papa. Pero semejante expiación no pareció suficiente á
+dos dignas mujeres, la señora Courtin, marquesa de Boucs, y la condesa
+de Chateauvieux. Aquel ultraje inferido «al augusto Sacramento del
+altar», aunque pasajero, no se borraba del alma de aquellas dos santas
+mujeres, que creyeron que no podía ser reparado sino por una «adoración
+perpetua» en algún convento de monjas. Y ambas á dos, la una en 1652 y
+otra en 1653, hicieron donación de grandes sumas á la madre Catalina
+de Bar, llamada del Santísimo Sacramento, religiosa benedictina, para
+fundar con este fin piadoso, un monasterio de la orden de San Benito.
+El primer permiso para esta fundación fué concedido á la madre Catalina
+de Bar por el señor de Metz, abad de San Germán, «á condición de que no
+pudiera ser recibida ninguna joven que no llevase trescientas libras de
+renta, que suponen seis mil libras de capital». Después del abad de San
+Germán, el rey concedió las reales cédulas; y reunidas las licencias
+abaciales y las reales, fué registrado en 1664 en el Tribunal de
+Cuentas y en el Parlamento.
+
+Tal es el origen y la consagración legal del establecimiento de las
+benedictinas de la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento en
+París. Su primer convento se «edificó de nueva planta» en la calle de
+Casette, con el dinero de las señoras de Boucs y de Chateauvieux.
+
+Esta orden, era pues, como se ve, distinta de las que seguían las
+benedictinas llamadas del Císter y dependía del abad de San Germán de
+los Prados; de igual manera que las monjas del Sagrado Corazón dependen
+del general de los jesuitas, y las hermanas de la Caridad del general
+de los lazaristas.
+
+Era también totalmente distinta de la de las bernardas del
+Pequeño-Picpus cuyo interior acabamos de manifestar. En 1657, el
+papa Alejandro VII autorizó por breve especial á las bernardas
+del Pequeño-Picpus para practicar la adoración perpetua como las
+benedictinas del Santísimo Sacramento. Pero las dos órdenes no fueron
+por eso menos distintas.
+
+
+
+
+ XI
+ =Fin del Pequeño-Picpus=
+
+
+Desde el principio de la restauración, el convento del Pequeño-Picpus
+iba muy á menos, lo cual era parte de la muerte general de la orden,
+que iba desapareciendo como todas las demás órdenes religiosas desde el
+siglo XVII. La contemplación es, lo mismo que la oración, una necesidad
+humana; pero se transformará como todo lo que ha tocado la revolución,
+y de enigma del progreso social, se convertirá en favorable.
+
+La casa del Pequeño-Picpus se despoblaba rápidamente. En 1840 el
+convento pequeño había desaparecido, el colegio también; no había ya
+viejas ni jóvenes; las unas habían muerto, las otras se habían ido.
+_Volaverunt._
+
+La regla de la Adoración perpetua es de una rigidez tal, que asombra;
+las vocaciones retroceden, la orden no se renueva. En 1845 entraban
+aún de acá y de allá algunas, pocas, religiosas conversas, pero ni una
+de coro. Hace cuarenta años había unas cien religiosas: hace quince
+no había más que veintiocho. ¿Cuántas quedan hoy? En 1847 la priora
+era joven, aún no tenía cuarenta años, prueba de que la elección se
+hacía en un círculo muy reducido. Á medida que disminuye el número,
+aumenta el trabajo; el servicio de cada una se hace más duro. Veíase
+desde entonces llegar el momento en que ya no serían sino una docena
+de espaldas doloridas y encorvadas á soportar la pesada regla de San
+Benito. La carga es pesadísima, y sigue siempre la misma para pocas
+como para muchas; el mucho peso aplasta. Por eso mueren.
+
+En el tiempo en que el autor de este libro vivía todavía en París,
+murieron dos. La una tenía veinticinco años, la otra veintitrés. Ésta
+pudo decir como Julia Alpinula: _Hic jaceo. Vixi annos viginti et
+tres._ Á causa de semejante decadencia, es por lo que el convento ha
+renunciado á la educación de niñas.
+
+No hemos podido pasar por delante de aquella casa extraordinaria,
+desconocida, obscura, sin entrar y sin hacer entrar en ella los
+espíritus que nos acompañan y nos oyen referir, para utilidad de
+algunos quizá, la historia melancólica de Juan Valjean. Hemos penetrado
+en aquella comunidad enteramente llena de antiguas prácticas, que
+parecen tan nuevas á la fecha. Es el jardín cerrado; _Hortus conclusus_.
+
+Hemos hablado de aquel sitio singular con alguna minuciosidad, pero con
+respeto, al menos con todo lo que son compatibles respeto y detalle.
+No nos lo explicamos todo, pero no insultamos nada. Estamos á la misma
+distancia del himno laudatorio de José de Maistre, que lleva á la
+coronación del verdugo, que de la ironía de Voltaire, que llega hasta
+reirse del crucifijo.
+
+Ilogismo de Voltaire, sea dicho de paso; porque Voltaire hubiera
+defendido á Jesús como defendía á Calás; y para aquellos mismos que
+niegan las encarnaciones sobrehumanas, ¿qué representa el crucifijo? El
+asesinato de la sabiduría.
+
+En el siglo XIX, la idea religiosa está pasando por una grave crisis.
+Se olvidan ciertas cosas, y está bien hecho, con tal que al olvidar
+aquello se aprenda esto.
+
+Nada de vacío en el corazón humano. Si se hacen ciertas demoliciones,
+y si es bueno que se hagan, ha de ser á condición de que sigan á ellas
+las reconstrucciones.
+
+Entre tanto, estudiemos las cosas que dejaron de ser. Es necesario
+conocerlas, aunque no sea más que para evitarlas. Las falsificaciones
+del pasado toman falsos nombres, y se llaman á sí mismas porvenir.
+
+Este reaparecido, el pasado, está expuesto á la debilidad de falsificar
+su pasaporte. Averigüemos el ardid: desconfiemos. Seamos cautos.
+
+Lo pasado tiene su fisonomía, la superstición; y un antifaz, la
+hipocresía. Denunciemos el rostro y arranquemos la máscara.
+
+En cuanto á los conventos, nos ofrecen una cuestión compleja. La
+civilización los condena; los protege la libertad.
+
+
+
+
+ LIBRO SÉPTIMO
+ PARÉNTESIS
+
+
+ I
+ =El convento: idea abstracta=
+
+
+Este libro es un drama, cuyo primer personaje es el infinito.
+
+El hombre es el segundo.
+
+Siendo así y habiéndose encontrado un convento en nuestro camino, hemos
+debido penetrar en él. ¿Por qué?
+
+Porque el convento, que es propio así del Oriente como del Occidente,
+de la antigüedad como de los tiempos modernos, propio del paganismo,
+del budismo, del mahometismo, como del cristianismo, es uno de los
+instrumentos ópticos dirigidos por el hombre al infinito.
+
+No es éste lugar de desenvolver desmedidamente ciertas ideas; sin
+embargo, aún manteniendo absolutamente nuestras reservas, nuestras
+restricciones, y hasta nuestras indignaciones, debemos decirlo:
+siempre que hallamos en el hombre el infinito, bien ó mal comprendido,
+nos sentimos sobrecogidos de respeto. Hay en la sinagoga, hay en la
+mezquita, en la pagoda, en el wigwam, la parte repugnante que execramos
+y la parte sublime que adoramos. ¡Qué contemplación para el espíritu y
+que infinidad de meditaciones! El reflejo de Dios dando la muralla de
+la humanidad.
+
+
+
+
+ II
+ =El convento: hecho histórico=
+
+
+Bajo el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad,
+queda el monaquismo condenado.
+
+Los monasterios, cuando abundan en una nación, son obstáculos de la
+circulación, establecimientos embarazosos, centros de pereza allí donde
+son necesarios centros de trabajo. Las comunidades monásticas son á
+la gran comunidad social, lo que el muérdago es á la encina, lo que
+la verruga al cuerpo humano. Su prosperidad y crecimiento significan
+la miseria del país. El régimen monacal, bueno al nacer de las
+civilizaciones, útil para producir la reducción de la brutalidad por
+medio de lo espiritual, es perjudicial á la virilidad de los pueblos.
+Además, cuando se relaja y entra en su período de desarreglo, como
+continúa dando ejemplo, se vuelve nocivo por las mismas razones que le
+hacían saludable en su período de pureza.
+
+La clausura ha tenido su tiempo. Los claustros, útiles en la primera
+educación de la civilización moderna, han sido perjudiciales á su
+crecimiento y dañosos á su desarrollo. Como institución y como manera
+de formar el hombre, fueron los monasterios, buenos en el siglo décimo,
+discutibles en el décimoquinto y son detestables en el décimonono.
+La lepra monacal ha corroído casi hasta el esqueleto dos admirables
+naciones: la Italia y la España: luz una y esplendor la otra de Europa,
+durante algunos siglos; y en la época en que vivimos, esos dos pueblos
+ilustres no comienzan á curar sino gracias á la vigorosa higiene de
+1789.
+
+El convento, el antiguo convento de mujeres particularmente, como
+aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en
+Austria y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad
+Media. El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección
+de los terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está
+completamente lleno de las negras irradiaciones de la muerte.
+
+El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad,
+bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra,
+se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí,
+pendientes de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos
+blancos; allí se ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de
+marfil; más que ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos,
+los codos mostrando los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos,
+las llagas mostrando las carnes; coronados de espinas de plata,
+clavados con clavos de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente,
+y diamantes por lágrimas en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen
+mojados y hacen llorar, abajo en la sombra, á seres velados, que tienen
+las costillas maceradas por el cilicio y por las disciplinas ferradas,
+los pechos aplastados por pleitas de esparto, las rodillas desolladas
+por la oración, mujeres que se creen esposas, espectros que se creen
+serafines. ¿Piensan esas mujeres? No. ¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven?
+No.
+
+Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado
+en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su
+aliento se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte.
+La abadesa, una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado
+espantoso. Tales son los antiguos monasterios de España; madrigueras de
+devoción terrible, antros de vírgenes, lugares feroces.
+
+La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento
+español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí
+el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos
+y espiaba aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la
+odalisca, el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en
+sueños, y poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo,
+descendía de la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban
+de toda distracción viviente á la sultana mística que tenía al
+crucificado por sultán. Una mirada al exterior era una infidelidad.
+El _in pace_ reemplazaba al saco de cuero. Lo que de los harenes en
+Oriente se arrojaba al mar, era arrojado á la tierra en los conventos
+de Occidente. Allí, como aquí, había mujeres que retorcían sus brazos;
+para las unas la ola, para las otras la fosa; ahogadas aquéllas,
+enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo!
+
+Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas, han
+tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda y
+extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar los
+comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos
+y todas las cuestiones sombrías. _Materia para declamar_, dicen los
+hábiles. Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador;
+Diderot, declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven,
+declamadores. No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era
+un declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía
+compadecerse á «este pobre Holofernes».
+
+Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se
+obstinan en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus
+ojos, á ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad
+Media que está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers;
+es éste el agujero de los olvidados en medio del prado, que fué patio
+del claustro, y á orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad
+bajo el suelo, mitad bajo el agua. Son lo que llamaban el _in pace_.
+Cada uno de aquellos calabozos conserva todavía un trozo de puerta de
+hierro, una letrina y un tragaluz enrejado, que, por fuera, está á
+dos pies más alto que el río, y por dentro, á seis pies bajo el piso.
+Cuatro pies de río pasan exteriormente á lo largo del muro. El suelo
+está siempre mojado. El habitante del _in pace_ tenía por lecho aquella
+tierra mojada. En uno de los calabozos se ve un pedazo de argolla
+sujeta al muro; en otro se encuentra una especie de caja cuadrada hecha
+con cuatro losas de granito, demasiado corta para tenderse en ella,
+demasiado baja para incorporarse. Metíase allí dentro un ser humano
+cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto se ve y se toca.
+
+Este _in pace_, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas
+argollas, este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta
+caja de piedra cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la
+diferencia de que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este
+agujero de letrina, estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores!
+
+
+
+
+ III
+ =Con qué condición puede respetarse lo pasado=
+
+
+El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el
+Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida.
+Despuebla simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el
+azote de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á
+la conciencia, las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el
+claustro, la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los
+nacidos en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los _in
+pace_, las bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias
+infortunadas encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma
+de hábito, entierro de almas llenas de vida. Añadid los suplicios
+individuales á las degradaciones nacionales, y quien quiera que seáis,
+os estremeceréis indudablemente ante la cogulla y el velo, esos dos
+sudarios de invención humana.
+
+Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de
+la filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno
+siglo XIX, y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al
+mundo civilizado. La terquedad de las instituciones envejecidas,
+en perpetuarse, se parece á la obstinación del perfume rancio que
+reclamase el derecho de aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión
+del pescado pasado que quisiere ser comido, ó á la persecución del
+traje del niño que quisiera seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura
+de los cadáveres que volvieran para abrazar á los vivos.
+
+¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por qué
+me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he sido
+rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé, dice
+el convento.
+
+Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente.
+
+Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el
+gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas
+deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente
+los claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las
+supersticiones, alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos
+nuevos á los hisopos y á los sables, reconstituir el monaquismo y el
+militarismo, creer en la salvación de la sociedad por la multiplicación
+de los parásitos, imponer el pasado al presente, parece, en verdad,
+cosa extravagante.
+
+Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales
+teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy
+sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden
+social, derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad,
+autoridad antigua, tradición santa, legitimidad, religión; y van
+gritando: ¡Mirad, atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era
+ya conocida de los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con
+tiza una becerra negra, y exclamaban: Es blanca. _Bon cretatus._
+
+Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos
+perdonamos lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere
+vivir todavía, le atacamos, procurando matarle.
+
+Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas esas
+larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida:
+tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas
+cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es
+una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir
+fantasmas eternamente.
+
+Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla.
+
+Un convento en Francia, en plena luz del siglo XIX, es un corro
+de búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito
+de ascetismo, en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma
+floreciendo dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales,
+para disolver un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al
+milésimo. Pero no estamos en tiempos normales.
+
+Combatamos.
+
+Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca
+excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso
+destruir, y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen
+benévolo y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la
+llama allí donde alcanza la luz.
+
+Dado pues el siglo XIX, somos contrarios, en tesis general y respecto á
+todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía,
+á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano. Su
+putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación produce
+calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae las
+plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en que
+los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los
+talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos.
+
+Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos
+lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien.
+
+
+
+
+ IV
+ =El convento bajo el punto de vista de los principios=
+
+
+Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué derecho?
+En virtud del derecho de asociación.
+
+Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del
+derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta.
+
+No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y
+venir, que implica el derecho de estarse en su casa.
+
+Y allí, en su casa, ¿qué hacen?
+
+Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las
+ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al
+orgullo, á los intereses.
+
+Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna en
+propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo
+á todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual
+al que era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se
+someten á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan
+negro, duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La
+misma cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura.
+
+Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan
+todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será una
+sombra como los demás.
+
+Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son
+conocidos por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del
+nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su
+comunidad una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres.
+Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos.
+
+Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á otro,
+le llama: hermano.
+
+Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal! Basta
+que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en cuenta.
+
+De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento
+en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y
+reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista
+estrictamente filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante,
+y con la condición de que la vida monástica sea absolutamente
+voluntaria, y sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos
+siempre la comunidad claustral con esta atenta gravedad, y hasta con
+diferencia en ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde
+hay asociación hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula:
+Igualdad, Fraternidad.
+
+¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida!
+La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el
+monasterio.
+
+Prosigamos.
+
+Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro
+paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman
+hermanos, ¿hacen todavía algo más?
+
+Sí.
+
+¿Qué?
+
+Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos.
+
+¿Y esto, qué significa?
+
+
+
+
+ V
+ =La oración=
+
+
+Ruegan.
+
+¿Á quién?
+
+Á Dios.
+
+Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra?
+
+¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente,
+permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y que,
+si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente
+inteligente, puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le
+faltase, allí terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea
+de la esencia, en tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos
+más que la idea de la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto
+respecto del cual somos nosotros lo relativo?
+
+Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro
+de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!)
+¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por
+así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su
+eco, abismo concéntrico de otro abismo?
+
+¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere?
+Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un
+principio volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior
+como en el infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de
+arriba, Dios.
+
+Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo
+con el infinito de arriba, se llama orar.
+
+No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo. Lo
+necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre se
+dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración. Lo
+desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula de
+lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes
+fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones del
+alma? Á la sombra; es decir, á la luz.
+
+La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar de
+nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su lado,
+está el derecho del alma.
+
+Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No
+debemos limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á
+contemplar su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber:
+trabajar en pro del alma humana; defender el misterio contra el
+milagro, adorar lo incomprensible, y rechazar lo absurdo; no admitir
+como inexplicable más de lo necesario; sanear la creencia; separar las
+supersticiones de la religión; limpiar de gusanos la idea de Dios.
+
+
+
+
+ VI
+ =Bondad absoluta de la oración=
+
+
+En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad
+todo libro y penetrad en lo infinito.
+
+Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también
+hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta
+filosofía se llama ceguedad.
+
+Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente
+una razón de ciego.
+
+Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma
+para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas.
+Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol!
+
+Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo,
+encaminados á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de
+su ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en
+todo caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que
+existe.
+
+Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos
+inexorablemente su filosofía.
+
+Continuemos.
+
+Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de
+palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha
+creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando
+la palabra Fuerza por la palabra Voluntad.
+
+Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto
+una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque
+de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el
+Universo quiere, hay pues un Dios.
+
+Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no
+rechazamos nada _á priori_, creemos que, admitir en la planta una
+voluntad, como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir
+la voluntad en el Universo, que ella niega.
+
+Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino
+negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado.
+
+La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se
+convierte en «concepción del espíritu».
+
+Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es
+lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que
+exista él mismo.
+
+Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más que
+«una concepción de su espíritu».
+
+Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo
+pronunciar la palabra: espíritu.
+
+En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa
+filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No.
+
+Al No, no hay más que una respuesta: Sí.
+
+El nihilismo no tiene trascendencia.
+
+No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada.
+
+El hombre vive de la afirmación más que de pan.
+
+Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía;
+debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe
+entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer
+salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar
+el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste
+fin! ¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el
+verdadero triunfo del alma.
+
+Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles
+á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia
+y la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace.
+Tal es la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión
+de verdades. La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser
+práctico. Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible
+para el espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: _Tomad,
+ésta es mi carne; bebed, ésta es mi sangre_. La sabiduría es una
+comunión sagrada. Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril
+de la ciencia para convertirse en el modo único y soberano de la unión
+humana; y de filosofía se eleva á religión.
+
+La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para
+mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad.
+
+Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro
+pensamiento; nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre
+como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas,
+que son los dos motores: creer y amar.
+
+El progreso es el fin; lo ideal es el tipo.
+
+¿Qué es lo ideal? Dios.
+
+Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas.
+
+
+
+
+ VII
+ =Precauciones indispensables para condenar=
+
+
+La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo
+tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á
+Trimalción, legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo,
+explícito, y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir
+aparte, aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y
+respetado. El cenobitismo es un problema humano.
+
+Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de
+inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de
+devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir
+sí y no.
+
+Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio, el
+sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la
+abnegación suprema.
+
+Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo.
+
+En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre
+la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el
+claustro se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo.
+
+La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la
+eternidad.
+
+No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo es en
+ello serio, así el bien como el mal.
+
+El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna sonrisa.
+
+Comprendemos la cólera, no la malignidad.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Fe, ley=
+
+
+Algunas palabras todavía.
+
+Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos
+la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas
+partes al hombre pensativo.
+
+Saludamos al que se arrodilla.
+
+Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree!
+
+El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo
+visible y el invisible.
+
+Contemplar, es trabajar; pensar, es producir.
+
+Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al
+cielo es una obra.
+
+Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía.
+
+Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios
+holgazanes.
+
+Pensar en la Sombra es una cosa seria.
+
+Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á los
+vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote y
+el filósofo están de acuerdo.
+
+_Morir habemos_, replica á Horacio el fundador de la Trapa.
+
+Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es
+también la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio
+convergen.
+
+Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también el
+engrandecimiento moral, que respetamos.
+
+Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen:
+
+--¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio?
+¿Para qué sirven? ¿Qué hacen?
+
+¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin
+saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos:
+
+--No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y
+añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil.
+
+Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran.
+
+Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra en
+la oración.
+
+Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. _Deo erexit
+Voltaire._
+
+Estamos por la religión contra las religiones.
+
+Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de la
+oración.
+
+Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto que
+afortunadamente no imprimirá su sello al siglo XIX; en esta hora en
+que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre
+tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan de
+las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra
+á sí propio nos parece venerable.
+
+El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso no
+deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja de
+tener su grandeza.
+
+Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus
+aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y,
+sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer
+padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta;
+el convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta
+majestad.
+
+La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos
+de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad;
+no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde
+donde se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado
+el abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar;
+es la estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado
+y obscurecido á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo
+debilitado de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de
+la tumba.
+
+En cuanto á nosotros, que no creemos lo que esas mujeres creen, pero
+que vivimos como ellas por la fe, no hemos podido pensar nunca, sin
+cierto terror religioso y tierno, sin cierta piedad llena de envidia,
+en esas criaturas resignadas, trémulas y confiadas; en esas almas
+humildes y augustas que se atreven á vivir en el borde mismo del
+misterio, esperando, entre el mundo que les está cerrado y el cielo
+que no se les ha abierto, volviéndose hacia la caridad invisible; pero
+consolándose con la idea de saber dónde está, aspirando al abismo
+y á lo desconocido, con la mirada fija en la inmóvil obscuridad,
+arrodilladas, desvanecidas, estupefactas, esperanzadas, y casi elevadas
+á ciertas horas por el soplo profundo de la eternidad.
+
+
+
+
+ LIBRO OCTAVO
+ LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA
+
+
+ I
+ =Donde se trata de la manera de entrar en un convento=
+
+
+En esta casa fué donde Juan Valjean había, según dijo Fauchelevent,
+«caído del cielo».
+
+Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la calle
+Polonceau. Aquel himno de ángeles que había oído en medio de la noche,
+era el canto de maitines de las monjas; la sala que había visto en la
+obscuridad, era la capilla; la fantasma que vió tendida en tierra,
+era la hermana del poste en el acto del desagravio; la campanilla
+cuyo extraño ruido le había sorprendido tanto, era el cascabel del
+jardinero, atado á la pierna del tío Fauchelevent.
+
+Acostada Cosette, Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado, como
+hemos dicho, un pedazo de queso y un vaso de vino al amor de una buena
+hoguera chispeante; y como la única cama que había, estaba ocupada por
+Cosette, se habían echado cada uno sobre un haz de paja.
+
+Juan Valjean antes de cerrar los ojos, había dicho: «Es preciso que me
+quede aquí». Esta frase había estado dando vueltas todo la noche en el
+cerebro de Fauchelevent.
+
+Á decir verdad, ninguno de los dos durmió.
+
+Juan Valjean, viéndose descubierto y perseguido por Javert, comprendía
+que tanto Cosette como él, estaban perdidos si entraban de nuevo en
+las calles de París. Puesto que la nueva ráfaga de viento que le
+impeliera le había arrojado á aquel claustro, ya no tenía Juan Valjean
+más que una idea: quedarse allí. Para un desgraciado en su posición,
+era el convento á la vez que el refugio más peligroso, el más seguro;
+el más peligroso, porque no pudiendo entrar allí ningún hombre, si
+era descubierto, lo sería en flagrante delito, y no tendría que
+esperar para ir á la cárcel; el más seguro, porque si conseguía que le
+admitiesen y se quedaba, ¿quién había de ir á buscarle allí? Habitar en
+un lugar imposible, era su salvación.
+
+Fauchelevent, por su parte, se devanaba los sesos, acabando por conocer
+que nada comprendía.
+
+¿Cómo se encontraba allí el señor Magdalena dadas las tapias del
+jardín? Las paredes de un claustro no se traspasan.
+
+¿Cómo estaba allí llevando aquella niña? Una pared vertical no se
+escala llevando en brazos una criatura.
+
+¿Quién era aquella niña? ¿De dónde venían ambos? Desde que Fauchelevent
+entró en el convento no había oído hablar más de M* sur M* y no
+sabía nada de lo que allí había pasado. El señor Magdalena tenía ese
+aspecto que desanima á los curiosos; y además, Fauchelevent se decía
+á sí mismo: Á un santo no se le interroga. El señor Magdalena había
+conservado para él todo su prestigio. Solamente por ciertas palabras
+escapadas á Juan Valjean el jardinero creyó poder deducir que el
+señor Magdalena había podido quebrar, á causa de las dificultades de
+la época, y que le perseguían sus acreedores, ó bien que se había
+comprometido en algún negocio político y debía ocultarse, lo cual no
+repugnaba á Fauchelevent, quien, como casi todos los campesinos del
+Norte, tenía un antiguo fondo bonapartista. Ocultándose, pues, el señor
+Magdalena, había buscado un asilo en el convento, y era natural que
+quisiese permanecer en él. Pero lo inexplicable, y en lo cual devanaba
+inútilmente sus sesos Fauchelevent, era en el cómo había entrado allí
+el señor Magdalena, y entrado además con la niña. Fauchelevent los
+veía, los tocaba, les hablaba, y no podía creerlo. Lo incomprensible
+acababa de hacer su entrada en el tabuco de Fauchelevent, que andaba á
+tientas en medio de mil diversas conjeturas, y no veía claro sino esto:
+Que el señor Magdalena le había salvado la vida.
+
+Esta única certidumbre le bastaba para decidirse. Díjose para sí:
+Ha llegado mi turno. Y añadió en conciencia: El señor Magdalena no
+deliberó tanto cuando se metió debajo de la carreta para sacarme de
+allí. Y decidió salvar al señor Magdalena.
+
+Esto no obstante se hizo algunas preguntas dándose las correspondientes
+respuestas: Después de lo que hizo por mí, si fuera un ladrón ¿le
+salvaría? Sin duda alguna. Si fuera un asesino, ¿le salvaría?
+Igualmente. Entonces siendo un santo, ¿le salvaré? no hay duda.
+
+Pero hacer que se quede en el convento, ¡ahí está la dificultad!
+
+Ante esta tentativa, casi quimérica, no retrocedió Fauchelevent; aquel
+pobre campesino picardo, sin más medios que su buena intención y
+voluntad, y algo de esa proverbial astucia del lugareño, puesta á la
+sazón al servicio de una intención generosa, propúsose escalar las
+imposibilidades del claustro y las duras escabrosidades de la regla de
+San Benito. El tío Fauchelevent era un viejo que había sido egoísta
+toda su vida, y que al fin de sus últimos días, cojo, enfermo y sin
+vínculo alguno en el mundo, encontró un placer en el agradecimiento; y
+viendo que podía hacer una buena acción se arrojó como un hombre que en
+el momento de la muerte, se encontrase en la mano un vaso de buen vino
+del que jamás hubiese catado, y se lo bebiese con avidez.
+
+Puede añadirse también, que el aire que respiraba hacía algún tiempo en
+aquel convento había destruido su personalidad, habiendo acabado por
+hacerle necesaria una buena acción, cualquiera que fuése.
+
+Tomó, pues, la resolución de consagrarse al señor Magdalena.
+
+Acabamos de calificarle de _pobre campesino picardo_. La calificación
+es justa, pero incompleta. En el punto á que hemos llegado de
+esta historia, es conveniente dar alguna idea fisiológica del tío
+Fauchelevent. Era aldeano; pero había sido escribiente, lo cual añadía
+la astucia curialesca á su astucia natural, y cierta penetración á su
+sencillez. Habiéndole salido mal sus negocios, por diferentes causas,
+pasó de curial á carretero y bracero.
+
+Sin embargo, á despecho de los juramentos y los latigazos, que
+necesitan, al parecer, los caballos, había seguido interiormente siendo
+curial. Tenía cierto talento natural: no decía _j'ons_ ni _j'avons_;
+sostenía una conversación, cosa rara en una aldea; y sus paisanos
+decían de él: habla casi como un señor de sombrero. Fauchelevent
+pertenecía efectivamente á la clase que el vocabulario impertinente y
+superficial del último siglo llamaba: «entre burgués y rústico»; y que
+las metáforas que iban del palacio á la cabaña, calificaban de «medio
+villano, y medio cortesano; sal y pimienta».
+
+Fauchelevent, aunque muy probado y aún gastado por la suerte, especie
+de pobre y gastado ánimo, cuya trama se veía claramente, era hombre de
+primer impulso y muy espontáneo; preciosa cualidad que impide siempre
+ser malo. Sus defectos y sus vicios, porque los había tenido, eran
+superficiales; en suma, su fisonomía era de las que simpatizan desde
+luego con el observador. Su rostro no tenía ninguna de aquellas arrugas
+siniestras en lo alto de la frente, que indican perversión ó brutalidad.
+
+Al amanecer, después de haber meditado muchísimo, el tío Fauchelevent
+abrió los ojos y vió al señor Magdalena, que sentado sobre un haz de
+paja, contemplaba á Cosette dormida. Fauchelevent se incorporó y le
+dijo:
+
+--Y ahora que estáis aquí, ¿como vais á componeros para salir?
+
+Esta frase resumía la situación, sacando á Juan Valjean de sus
+meditaciones.
+
+Los dos buenos hombres celebraron consejo.
+
+Tenéis que empezar,--dijo Fauchelevent,--por no poner los pies fuera de
+este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.
+
+--Naturalmente.
+
+--Señor Magdalena,--continuó Fauchelevent,--habéis llegado en muy buen
+momento, quiero decir, muy malo; hay una de estas señoras muy enferma.
+Esto hará que no vengan á mirar mucho por aquí.
+
+Parece que se muere. Están rezando las cuarenta horas. Toda la
+comunidad está en el aire, ya no piensa más que en eso. La moribunda
+es una santa; y no es extraño, porque aquí somos santos todos. La
+diferencia entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra
+celda, y yo digo: mi choza. Ahora van á rezar la oración de los
+agonizantes, y luego la de los muertos. Por hoy podemos estar aquí
+tranquilos; pero no respondo de mañana.
+
+--Sin embargo,--dijo Juan Valjean,--esta choza está en un recodo de la
+pared; está además oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se la
+ve desde el convento.
+
+--Y yo añado que las religiosas no se acercan nunca por aquí.
+
+--¿Entonces?--dijo Juan Valjean.
+
+Este «entonces» acentuado por un interrogante, significaba: Me parece
+que podemos permanecer aquí escondidos. Á esto respondió Fauchelevent:
+
+--Pero están las niñas.
+
+--¿Qué niñas?--interrogó Juan Valjean.
+
+Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de
+decir, se oyó una campanada.
+
+--La religiosa ha muerto,--dijo.--Éste es el toque.
+
+É hizo una seña á Juan Valjean para que escuchara.
+
+Sonó otra campanada.
+
+--Es el toque, señor Magdalena. La campana seguirá tocando de minuto
+en minuto, durante veinticuatro horas, hasta la salida del cuerpo de
+la iglesia. Ya veis, las niñas juegan. En las horas de recreo basta
+que una pelota ruede un poco más para que llegue hasta aquí, á pesar
+de las prohibiciones, y vengan á buscar y recorrer todo esto. Son unos
+diablillos esos querubines.
+
+--¿Quiénes?--preguntó Juan Valjean.
+
+Las niñas. Os descubrirían enseguida, y gritarían: ¡un hombre! Por hoy
+no hay cuidado, porque no hay recreo. El día se va á ir en rezos. ¿Oís
+la campana? Como os he dicho, dará un golpe cada minuto. Es el toque.
+
+Ya entiendo, tío Fauchelevent; hay colegialas.
+
+Juan Valjean pensó para sí:
+
+--¡Sería la educación de Cosette finalmente encontrada!
+
+Fauchelevent exclamó:
+
+--¡Pardiez! ¡Si hay colegialas! ¡Y que no chillarían al veros! ¡Y que
+no huirían! Porque aquí ser hombre es estar apestado. Ya veis que á mí
+me hacen llevar una campanilla en la pata como una fiera.
+
+Juan Valjean continuaba meditando cada vez más profundamente. «Este
+convento podrá ser nuestra salvación», murmuró. Luego levantó la voz
+diciendo:
+
+--Sí, lo difícil es quedarse.
+
+--No, dijo Fauchelevent;--lo difícil es salir.
+
+Juan Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.
+
+--¡Salir!
+
+--Sí, señor Magdalena; para volver á entrar es preciso salir.
+
+Y después de haber dejado pasar una campanada de duelo, continuó:
+
+--Así no podéis continuar aquí. ¿De dónde venís? para mí habéis caído
+del cielo, porque os conozco; pero para las religiosas es menester
+haber entrado por la puerta.
+
+Oyóse en este momento un toque bastante complicado de otra campana.
+
+--¡Ah!--dijo Fauchelevent.--Llaman á las madres vocales al capítulo.
+Siempre que muere alguna celebran capítulo. Ha muerto al amanecer; es
+la hora en que se suele morir.
+
+Pero ¿no podríais salir por donde habéis entrado? Veamos, yo no lo digo
+por preguntar: ¿por dónde habéis entrado?
+
+Juan Valjean se puso pálido. La sola idea de volver á bajar aquella
+temible calle le hacía temblar. Salir de una selva de tigres, y estando
+ya fuera, pensad en el efecto que os haría el consejo de un amigo que
+os invitara á entrar otra vez. Juan Valjean se figuraba ver á toda la
+policía recorriendo el barrio, á los agentes en observación, centinelas
+por todas partes, horribles garras extendidas hacia su cuello, y al
+mismo Javert quizá en el centro de la encrucijada.
+
+--¡Imposible!--dijo.--Tío Fauchelevent, suponed que he caído del cielo.
+
+--Si yo lo creo, por mí lo creo,--respondió Fauchelevent.--No tenéis
+necesidad de decírmelo. Dios os habrá cogido con la mano para veros de
+cerca, y después os habrá soltado. Sólo que sin duda quería llevaros á
+un convento de hombres, y se ha equivocado.
+
+¿Otro toque? ¡Ah! es para decir al portero que vaya á avisar á la
+municipalidad, para que ordene al médico de los muertos á que venga á
+ver el cadáver. Todo esto es la ceremonia de cuando se muere; pero á
+estas señoras no les gusta mucho esa visita. Un médico no cree en nada.
+Viene, levanta el velo, y algunas veces otra cosa también. ¡Qué prisa
+han tenido esta vez para avisar al médico! ¿Qué será ello?
+
+Vuestra niña duerme. ¿Cómo se llama?
+
+--Cosette.
+
+--¿Es hija vuestra? Ó lo que es igual ¿sois su abuelo?
+
+--Sí.
+
+--Á ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta excusada que da
+al patio. Llamo, el portero abre, yo llevo mi cesto al hombro, la niña
+va dentro, y salgo. El tío Fauchelevent sale con su cesto; esto es muy
+sencillo.
+
+Diréis á la niña que esté quietecita debajo de la tapa. Después la
+deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía,
+sorda, que vive en la calle de Chemin Vert, donde tiene una camita. Le
+gritaré al oído, que es una sobrina mía que la tenga allí hasta mañana;
+y luego la niña entrará con vos, pues yo os facilitaré la entrada. Será
+preciso. Pero vos, ¿cómo vais á salir?
+
+Juan Valjean meneó la cabeza.
+
+--Todo consiste en que nadie me vea, tío Fauchelevent. Buscad un medio
+de que salga como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.
+
+Fauchelevent se rascó la punta de la oreja con el dedo medio de la mano
+izquierda, señal evidente de grave apuro.
+
+Oyóse un tercer toque.
+
+--El médico de los muertos se va,--dijo Fauchelevent.--Habrá mirado y
+dicho: Bien; está muerta. Cuando el médico ha visado el pasaporte para
+el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd. Si
+se trata de una madre, la amortajan las madres; si de una hermana, la
+amortajan las hermanas. Después clavo yo la caja. Esto forma parte de
+mis obligaciones de jardinería. Por lo visto, un jardinero tiene algo
+de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia,
+que da á la calle, y en la que no puede entrar ningún hombre más que el
+médico de los muertos, pues no cuento como hombres á los sepultureros
+ni á mí. En dicha sala es donde clavo yo la caja. Los sepultureros
+vienen por ella, y ¡arrea, cochero! Así es cómo se va á los cielos.
+Traen una caja donde no hay nada, y se la llevan con algo dentro. Y he
+ahí lo que es un entierro. _De profundis._
+
+Un rayo de sol horizontal iluminaba el rostro de Cosette dormida, que
+abría vagamente los labios. Parecía un ángel bebiendo la luz. Juan
+Valjean se puso á contemplarla. No escuchaba ya á Fauchelevent.
+
+El no ser escuchado no es razón para callarse. El buen jardinero
+continuó pacíficamente su charla:
+
+--Se abre la fosa en el cementerio de Vaugirard, que según dicen,
+va á ser suprimido. Es un cementerio antiguo que está fuera de las
+ordenanzas, que no tiene uniforme y va á tomar el retiro. Es lástima,
+porque es muy cómodo. Tengo allí un amigo, el tío Mestienne, el
+sepulturero. Estas monjas tienen el privilegio de ser enterradas al
+caer de la noche. Existe un decreto de la prefectura dado expresamente
+para ellas.
+
+¡Qué de acontecimientos desde ayer! Ha muerto la madre Crucifixión, y
+el señor Magdalena ha...
+
+--Sido enterrado,--dijo Juan Valjean, sonriendo tristemente.
+
+Fauchelevent hizo rebotar la palabra.
+
+--¡Diablo! Si estuviérais aquí en realidad, sería ello un verdadero
+entierro.
+
+Oyóse un cuarto toque. Fauchelevent descolgó precipitadamente del clavo
+la rodillera con el cascabel, y se la puso en la pierna.
+
+--Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Bueno, me
+he pinchado con la punta de la hebilla. Señor Magdalena, no os mováis
+de aquí, esperadme. Algo de nuevo ocurre. Si tenéis necesidad, ahí
+encontraréis vino, pan y queso.
+
+Y salió del cuchitril diciendo:--¡Allá voy, allá voy!
+
+Juan Valjean le vió atravesar el jardín tan deprisa cuanto lo permitía
+su pierna torcida, mirando de pasada su melonar.
+
+Antes de diez minutos el tío Fauchelevent, cuya campanilla dispersaba
+á su paso las religiosas, llamaba suavemente á una puerta, y una voz
+dulce respondía: _Por siempre jamás. Por siempre jamás_, es decir:
+_Adelante_.
+
+Aquella puerta era la del locutorio reservado al jardinero para las
+necesidades del servicio, el cual estaba contiguo á la sala capitular.
+La priora, sentada en la única silla del locutorio, esperaba á
+Fauchelevent.
+
+
+
+
+ II
+ =Fauchelevent ante la dificultad=
+
+
+El aire agitado y grave es peculiar en ocasiones críticas á ciertos
+caracteres y ciertas profesiones, y especialmente á los curas y
+frailes. En el momento en que entró Fauchelevent, estaba impreso este
+doble signo de la preocupación en la fisonomía de la priora, que
+era aquella buena é ilustrada señorita de Bleumeur, madre Inocente,
+generalmente alegre.
+
+El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda.
+La priora, que estaba pasando las cuentas de su rosario, levantó los
+ojos y le dijo:
+
+--¡Ah! ¿Sois vos, tío Fauvent?
+
+Tal era la abreviación adoptada en el convento.
+
+Fauchelevent repitió el saludo.
+
+--Tío Fauvent, os he mandado llamar.
+
+--Aquí me tenéis, reverenda madre.
+
+--Tengo que hablaros.
+
+--Y yo por mi parte,--dijo Fauchelevent con un valor que le asustaba
+interiormente,--tengo también algo que decir á la reverendísima madre.
+
+La priora le miró.
+
+--¡Ah! ¿Tenéis que comunicarme algo?
+
+--Una súplica.
+
+--Está bien, hablad.
+
+El buen Fauchelevent, ex-escribiente, pertenecía á la categoría de los
+aldeanos que tienen mucho aplomo. Cierta hábil ignorancia es una gran
+fuerza; no se desconfía de ella, y engaña. En los dos años largos que
+Fauchelevent llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de
+la comunidad. Siempre solitario y siempre dedicado á su jardín, no
+tenía realmente otro que hacer que ser curioso. Á la distancia que
+estaba de todas aquellas mujeres, que iban y venían cubiertas con su
+velo, no veía delante de sí más que una agitación de sombras. Á fuerza
+de atención y penetración había llegado á reponer la carne en todas
+aquellas fantasmas, así es que aquellas muertas vivían para él. Era
+como un sordo cuya vista se alarga, ó como un ciego cuyo oído se aguza.
+Se había dedicado á estudiar y explicarse la significación de los
+diversos toques de campana, y lo había conseguido, de modo que aquel
+claustro enigmático y taciturno no tenía misterios para él, aquella
+esfinge le decía al oído todos sus secretos. Fauchelevent, sabiéndolo
+todo, lo ocultaba todo. Éste era su arte. Todo el convento le creía
+estúpido; gran mérito en religión. Las madres vocales le hacían caso.
+Era un mudo curioso. Y así inspiraba confianza.
+
+Luego lo hacía todo con mucha regularidad, y no salía nunca más
+que para sus necesidades naturales de hortelano y jardinero. Esta
+discreción de salidas se le tenía muy en cuenta.
+
+No por eso había dejado de hacer hablar á dos hombres: en el convento
+al portero, por cuyo medio sabía las particularidades del locutorio; y
+en el cementerio al enterrador, con lo cual sabía las particularidades
+de la sepultura; de manera, que tenía respecto de las religiosas una
+doble luz, así sobre la vida como sobre la muerte. Pero de nada abusaba.
+
+La congregación le apreciaba.
+
+Viejo, cojo, casi ciego, probablemente algo sordo, ¡qué de cualidades!
+Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.
+
+El buen hombre, con la seguridad del que se ve apreciado, entabló,
+frente á frente con la reverenda priora, una arenga de aldeano
+bastante difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de
+sus enfermedades, del peso de los años, contándolos dobles, de las
+exigencias crecientes del trabajo, de la extensión del jardín, de las
+noches que pasaba, como la última, por ejemplo, en que había tenido
+que cubrir con estera los melones resguardándolos de los efectos de
+la luna, acabando por decir: que tenía un hermano (la priora hizo un
+movimiento), un hermano no joven (segundo movimiento de la priora,
+pero movimiento de tranquilidad), que si se le permitía podría su
+hermano vivir con él y ayudarle; que era un excelente jardinero; que la
+comunidad podría utilizar sus buenos servicios, mejores que los suyos;
+que de no ser admitido su hermano, él, que era el mayor, sintiéndose
+cascado é inútil para el trabajo, se vería bien á pesar suyo, obligado
+á marcharse; y que su hermano tenía una niña, que llevaría consigo y se
+educaría en Dios en la casa, y podría, ¿quién sabe? llegar á monja.
+
+Cuando hubo terminado, la priora interrumpió el recorrido de las
+cuentas de su rosario entre los dedos, y le dijo:
+
+--¿Podríais procuraros de aquí á la noche una barra fuerte de hierro?
+
+--¿Para hacer?
+
+--Una palanca.
+
+--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.
+
+La priora, sin decir una palabra más se levantó y entró en el cuarto
+inmediato, que era la sala capitular, donde estaban reunidas,
+probablemente, las madres vocales.
+
+Fauchelevent, quedó solo.
+
+
+
+
+ III
+ =La madre Inocente=
+
+
+Trascurrió próximamente un cuarto de hora. La priora entró de nuevo
+sentándose otra vez en la silla.
+
+Los dos interlocutores parecían preocupados. Trascribiremos lo mejor
+que podamos el diálogo que se empeñó:
+
+--¿Tío Fauvent?
+
+--¿Madre reverenda?
+
+--¿Conocéis bien la capilla?
+
+--Tengo en ella un pequeño rincón para oir misa y asistir á los oficios.
+
+--¿Habéis entrado en el coro alguna vez?
+
+--Dos ó tres.
+
+--Es preciso levantar una piedra.
+
+--¿Pesada?
+
+--La losa del suelo que está junto al altar.
+
+--¿La piedra que cierra la bóveda?
+
+--Sí.
+
+--Es obra para la que se necesitan dos hombres.
+
+--La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará.
+
+--Una mujer no es nunca un hombre.
+
+--No tenemos más que una mujer para ayudaros. Cada uno hace lo que
+puede. Porque Mabillón dé cuatrocientas diez y siete epístolas de san
+Bernardo, y Merlonus Horstius no dé más que trescientas sesenta y
+siete, no he de despreciar á Merlonus Horstius.
+
+--Ni yo tampoco.
+
+--El mérito consiste en trabajar según nuestras fuerzas. Un claustro no
+es un taller.
+
+--Ni una mujer un hombre. ¡Mi hermano sí que es fuerte!
+
+--Además, tendréis una palanca.
+
+--Ésta es la única llave que va bien á semejantes puertas.
+
+--La piedra tiene una argolla.
+
+--Pasaré por ella la palanca.
+
+--La piedra está colocada de modo que pueda girar.
+
+--Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda.
+
+--Las cuatro madres cantoras os ayudarán.
+
+--¿Y cuando la bóveda esté abierta?
+
+--Será preciso volverla á cerrar.
+
+--¿Es esto todo?
+
+--No.
+
+--Dadme vuestras órdenes, madre reverendísima.
+
+--Fauvent, tenemos confianza en vos.
+
+--Estoy aquí para lo que se ofrezca.
+
+--Y para callar.
+
+--Sí, reverenda madre.
+
+--Cuando esté abierta la bóveda...
+
+--La cerraré de nuevo.
+
+--Pero antes...
+
+--¿Qué, reverenda madre?
+
+--Será preciso bajar algo.
+
+Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un movimiento
+con el labio inferior que parecía indicar cierta duda, lo rompió:
+
+--¿Tío Fauvent?
+
+--¿Reverenda madre?
+
+--¿Sabéis que esta mañana ha fallecido una madre?
+
+--No.
+
+--¿No habéis oído la campana.
+
+--En el fondo del jardín no se oye nada.
+
+--¿De veras?
+
+--Apenas distingo yo mi toque.
+
+--Ha muerto al amanecer.
+
+--Además, esta mañana el viento soplaba de la parte contraria.
+
+--Es la madre Crucifixión. ¡Una bienaventurada!
+
+La priora se calló, moviendo un momento los labios como haciendo
+oración mental, y continuó:
+
+--Hace tres años, que sólo por haber visto rezar á la madre
+Crucifixión, una jansenista, la señora de Béthune, se hizo ortodoxa.
+
+--¡Ah! Sí; ahora oigo el toque, reverenda madre.
+
+--Las madres la han llevado al departamento de las difuntas que da á la
+iglesia.
+
+--Ya sé.
+
+--Ningún hombre más que vos puede y debe entrar en dicho departamento;
+vigilad bien. ¡Tendría que ver que un hombre entrase en el depósito de
+los muertos!
+
+--¡Con más frecuencia!
+
+--¿Eh?
+
+--¡Con más frecuencia!
+
+--¿Qué es lo que decís?
+
+--Que con más frecuencia.
+
+--¿Con más frecuencia que qué?
+
+--Reverenda madre, no digo con más frecuencia que qué, digo
+sencillamente con más frecuencia.
+
+--No os comprendo. ¿Por qué decís con más frecuencia?
+
+--Por decir lo que vos, reverenda madre.
+
+--Pero yo no he dicho con más frecuencia.
+
+--No lo habéis dicho; pero lo he dicho yo para decir lo que vos.
+
+En este momento dieron las nueve.
+
+--Á las nueve de la mañana, y á todas horas, alabado y adorado sea el
+Santísimo Sacramento del altar,--dijo la priora.
+
+--Amén,--contestó Fauchelevent.
+
+La hora sonó muy oportunamente, cortando el «con más frecuencia». Es
+muy probable que sin esta interrupción la priora y Fauchelevent no
+hubiesen desenredado nunca aquella madeja.
+
+Fauchelevent se enjugó la frente.
+
+La priora murmuró de nuevo por lo bajo, rezando sin duda, y dijo
+después levantando la voz:
+
+--Durante su vida hizo la madre Crucifixión muchas conversiones;
+después de muerta hará milagros.
+
+--¡Los hará!--contestó Fauchelevent afirmándose en su terreno, y
+esforzándose para no volver á tropezar.
+
+--Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión.
+Sin duda no es dado á todo el mundo morir como el cardenal de Bérulle
+celebrando la santa misa, y exhalar el alma hacia Dios pronunciando
+estas palabras: _Hanc igitur oblationem_. Pero sin alcanzar tanta
+dicha, la madre Crucifixión ha tenido una buena muerte. Ha conservado
+el conocimiento hasta el postrer instante. Nos hablaba á nosotras, y
+luego hablaba á los ángeles. Nos ha hecho sus últimos encargos. Si
+tuviérais un poco más de fe, y hubiérais podido estar en su celda,
+os habríais curado la pierna con sólo tocarla. Sonreía de continuo.
+Sentíase que iba á resucitar en Dios. Adivinábase en su muerte el
+paraíso.
+
+Fauchelevent creyendo que terminaba una oración, dijo:
+
+--Amén.
+
+--Tío Fauvent, es preciso cumplir las disposiciones de los muertos.
+
+La priora recorrió algunas cuentas de su rosario. Fauchelevent continuó
+callado.
+
+Ella prosiguió:
+
+--He consultado sobre este punto á varios eclesiásticos trabajadores en
+la viña del Señor, que se ocupan en los ejercicios de la vida clerical
+recogiendo admirables frutos.
+
+--Reverenda madre, desde aquí se oyen los toques mucho mejor que desde
+el jardín.
+
+--Y luego, que más que una difunta, es una santa.
+
+--Como vos, madre reverenda.
+
+--Dormía en su ataúd desde hace veinte años, por concesión expresa de
+nuestro santo padre Pío VII.
+
+--El que coronó al emp... Buonaparte.
+
+Para un hombre hábil como Fauchelevent, semejante recuerdo era una
+torpeza. Afortunadamente la priora, entregada á sus meditaciones, no le
+entendió.
+
+--¿Tío Fauvent?
+
+--¿Reverenda madre?
+
+--San Diódoro, arzobispo de Capadocia, quiso que en su sepultura se
+escribiese sólo esta palabra: _Acarus_, que significa gusano de tierra,
+y así se hizo. ¿No es verdad?
+
+--Sí, reverenda madre.
+
+--El bienaventurado Mezzocane, abad de Aquila, quiso ser inhumado bajo
+la horca, y se hizo así.
+
+--Es verdad.
+
+--San Terencio, obispo de Porto, en la desembocadura del Tíber, pidió
+que se grabase en la losa de su sepulcro el signo que se ponía en la
+losa de los parricidas, con el deseo de que los transeuntes escupiesen
+sobre su tumba. Y así se hizo también. Que es preciso obedecer á los
+muertos.
+
+--Así sea.
+
+--El cuerpo de Bernardo Guidonis nacido en Francia cerca de Roche
+Abeille, fué, según había dispuesto, y á pesar del Rey de Castilla,
+conducido á la iglesia de los dominicos de Limoges, por más que
+Bernardo Guidonis hubiese sido obispo de Tuy en España. ¿Puede decirse
+lo contrario?
+
+--No, reverenda madre.
+
+--El hecho está atestiguado por Plantavit de la Fosse.
+
+Volvieron á correr en silencio las cuentas del rosario.
+
+La priora continuó:
+
+--Tío Fauvent, la madre Crucifixión será enterrada en el ataúd en que
+ha dormido por espacio de veinte años.
+
+--Es justo.
+
+--Es una continuación del sueño.
+
+--¿Tendré, pues, que clavarla en ese ataúd?
+
+--Sí.
+
+--¿Y prescindiremos de la caja de las pompas fúnebres?
+
+--Naturalmente.
+
+--Estoy á las órdenes de la reverendísima comunidad.
+
+--Las cuatro madres cantoras os ayudarán
+
+--¿Á clavar la caja? No hay necesidad.
+
+--No; á bajarla.
+
+--¿Adónde?
+
+--Á la bóveda.
+
+--¿Qué bóveda?
+
+--Debajo del altar.
+
+Fauchelevent dió un brinco.
+
+--¿En la bóveda debajo del altar?
+
+--Debajo del altar.
+
+--Pero...
+
+--Llevaréis una barra de hierro.
+
+--Sí; pero...
+
+--¡Levantaréis la piedra introduciendo la barra en el anillo!
+
+--Pero...
+
+--Debemos obedecer á los muertos. El deseo supremo de la madre
+Crucifixión ha sido ser enterrada en la bóveda debajo del altar de la
+capilla, no descansar en tierra profana; continuar muerta en el mismo
+sitio en que ha rezado viva. Así nos lo ha pedido, es decir, mandado.
+
+--Pero eso está prohibido.
+
+--Prohibido por los hombres; mandado por Dios.
+
+--¿Y si llega á saberse?
+
+--Confiamos en vos.
+
+--¡Oh! Yo soy una piedra de estas paredes.
+
+--Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales á quienes acabo de
+consultar, y que están aún deliberando, han decidido que la madre
+Crucifixión sea, según su orden, enterrada en su ataúd, debajo del
+altar. ¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen á hacerse aquí milagros!
+¡Qué gloria en Dios para la comunidad! Los milagros salen de las tumbas.
+
+--Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...
+
+--San Benito II, en materia de sepulturas, resistió á Constantino
+Pogonates.
+
+--No obstante, el comisario de policía...
+
+--Chonodemaro, uno de los siete reyes alemanes que entraron en las
+Galias, bajo el imperio de Constancio, reconoce expresamente el derecho
+de los religiosos á ser enterrados en religión, es decir, debajo del
+altar.
+
+--Pero el inspector de la prefectura...
+
+--El mundo no significa nada ante la cruz. Martín, undécimo general
+de los cartujos, dió esta divisa á su orden: _Stat crux dum volvitur
+orbis_.
+
+--Amén,--dijo Fauchelevent, que seguía imperturbablemente su costumbre
+de salir del paso siempre que oía hablar en latín.
+
+Un auditorio cualquiera le basta á quien se ha estado callado mucho
+tiempo. El día en que el retórico Gymnastoras salió de la cárcel,
+llevando el cuerpo lleno de dilemas y silogismos reprimidos, se paró
+ante el primer árbol que encontró, arengándole y haciendo grandes
+esfuerzos para convencerle. La priora, habitualmente sujeta al
+dique del silencio, tenía demasiado lleno el depósito, y se levantó,
+exclamando con una locuacidad propia de una compuerta que se levanta:
+
+--Tengo á mi derecha á Benito y á mi izquierda á Bernardo. ¿Quién es
+Bernardo? El primer abad de Claraval. Fontaines, en Borgoña es el país
+bendito por haberle visto nacer. Su padre se llamaba Tecelino y su
+madre Aletha. Principió en Císter para llegar á Claraval; fué ordenado
+de presbítero por el obispo de Chalón del Saona Guillermo de Champeaux;
+tuvo setecientos novicios, y fundó ciento sesenta monasterios; él fué
+quien derribó á Abelardo en el concilio de Sens en 1140, como á Pedro
+de Bruys y Enrique su discípulo, y á otra secta de extraviados, que se
+llamaban los apostólicos; confundió á Arnoldo de Brescia; anonadó al
+monje Raoul, el matador de judíos; dominó en 1148 el concilio de Reims;
+hizo condenar á Gilberto de la Porée, obispo de Poitiers, y á Éon de
+l'Etoile; intervino en las diligencias de los príncipes; iluminó al rey
+Luis el Joven; aconsejó al papa Eugenio III; arregló el Temple; predicó
+la Cruzada; hizo doscientos cincuenta milagros durante su vida, y hasta
+treinta y nueve en sólo un día.
+
+¿Quién es Benito? Es el patriarca de Montecasino, es el segundo
+fundador de la Santidad Claustral, el Basilio de Occidente. Su orden ha
+producido cuarenta papas, doscientos cardenales, cincuenta patriarcas,
+mil seiscientos arzobispos, cuatro mil seiscientos obispos, cuatro
+emperadores, doce emperatrices, cuarenta y seis reyes, cuarenta y
+una reinas, tres mil seiscientos santos canonizados, y subsiste aún,
+después de mil cuatrocientos años.
+
+¡De un lado San Bernardo, de otro el encargado de la salubridad! ¡De
+un lado San Benito, de otro el inspector de vialidad! El Estado, la
+vialidad, las pompas fúnebres, los reglamentos, la administración,
+¿qué tenemos nosotras que ver con eso? Cualquiera se indignaría al
+ver cómo se nos trata. ¡Ni aun tendremos el derecho de dar nuestras
+cenizas á Jesucristo! La salubridad es una invención revolucionaria.
+Dios subordinado al comisario de policía: ése es el siglo. ¡Silencio,
+Fauvent!
+
+Fauchelevent, bajo semejante ducha, no estaba, en verdad, muy á su
+gusto. La priora continuó:
+
+--El derecho del monasterio á la sepultura no es dudoso para nadie.
+No pueden negarlo más que los fanáticos y los ilusos. Vivimos en unos
+tiempos de confusión terrible. Se ignora lo que se debe saber, y se
+sabe lo que se debe ignorar. Dominan la ignorancia y la impiedad.
+Hay gentes en esta época que no hacen distinción entre el grandísimo
+San Bernardo y el Bernardo llamado de los Pobres Católicos, un buen
+eclesiástico que vivía en el siglo XIII. Otros blasfeman hasta el punto
+de comparar el cadalso de Luis XVI con la cruz de Jesucristo. Luis XVI
+no era más que un rey. ¡Tengamos, pues, en cuenta á Dios!
+
+No hay ya nada justo ni injusto. Se sabe el nombre de Voltaire, y
+se ignora el de César de Bus. Y sin embargo, César de Bus es un
+bienaventurado, y Voltaire un infeliz. El último arzobispo, el cardenal
+de Périgord, ni aun sabía que Carlos de Gondren sucedió á Bérulle, y
+Francisco Bourgoin, á Gondren, y Juan Francisco Senault á Bourgoin,
+y el padre Santa Marta á Juan Francisco Senault. Se sabe el nombre
+del padre Cotón, no porque fuése uno de los tres que contribuyeron
+á la fundación del Oratorio, sino porque dió motivo para uno de sus
+juramentos exclamatorios al rey hugonote Enrique VI.
+
+Lo que hace á san Francisco de Sales simpático á las gentes del mundo,
+es que hacía fullerías en el juego.
+
+¡Y luego se ataca á la religión! ¿Por qué? Porque ha habido malos
+sacerdotes; porque Sagitario, Obispo de Gap, era hermano de Salone,
+obispo de Embrun, y que ambos siguieron á Mommol. ¿Y eso qué importa?
+¿Impide por ventura que Martín de Tours sea un santo, y de que diera
+la mitad de su capa á un pobre? Se persigue á los santos; se cierran
+los ojos á la verdad; se acostumbra el hombre á las tinieblas. Los
+animales más feroces son los ciegos. Nadie se acuerda del infierno para
+nada. ¡Ah pueblo pervertido! En nombre del rey significa hoy lo mismo
+que en nombre de la revolución. No se sabe lo que se debe á los vivos
+ni á los muertos. Está prohibido morir santamente. El sepulcro es un
+negocio civil. Esto es horroroso. San León II escribió expresamente
+dos cartas, la una á Pedro Notaire y la otra al rey de los visigodos,
+para combatir y rechazar en las cuestiones que se relacionan con
+los muertos, la autoridad del exarca, y la supremacía del emperador
+Gauthier, obispo de Châlons, se las tuvo tiesas en esta materia á Otón,
+duque de Borgoña. La antigua magistratura estaba en esto conforme. En
+otros tiempos teníamos nosotras voz en el capítulo, aun en las cosas
+del siglo. El abad de Císter, general de la orden, era consejero nato
+del parlamento de Borgoña. Podíamos hacer de nuestros muertos lo que
+queríamos. Pues qué, el mismo cuerpo de san Benito, ¿no está en Francia
+en la abadía de Fleury, llamada de San Benito del Loira, aunque murió
+en Italia en Montecasino, el sábado 21 de marzo del año 543? Todo esto
+es incontestable. Aborrezco á los intrusos; odio á los herejes, pero
+odiaría más aún á quién me sostuviese lo contrario. No hay más que leer
+á Arnaldo Wion, á Gabriel Bucelin, á Tritemo, á Maurólico y á Lucas de
+Achery.
+
+La priora tomó aliento, volviéndose luego á Fauchelevent:
+
+--Tío Fauvent, ¿está dicho?
+
+--Está dicho, reverenda madre.
+
+--¿Se puede contar con vos?
+
+--Obedeceré.
+
+--Está bien.
+
+--Estoy completamente consagrado al convento.
+
+--Quedamos entendidos. Cerrareis el ataúd; las hermanas le llevarán á
+la capilla y se rezará el oficio de difuntos. Después se volverán al
+claustro. Á las once y media vendréis con la barra de hierro, y todo
+se hará con el mayor sigilo. No habrá en la capilla nadie más que las
+cuatro madres cantoras, la madre Ascensión y vos.
+
+--Y la hermana que esté en el poste.
+
+--No se volverá.
+
+--Pero oirá.
+
+--No escuchará. Además, lo que el claustro sabe lo ignora el mundo.
+
+Hubo todavía otra pausa: la priora continuó:
+
+--Dejaréis vuestro cascabel. Es inútil que la hermana que esté en el
+poste advierta que estáis allí.
+
+--¿Reverenda madre?
+
+--¿Qué, tío Fauvent?
+
+--¿Ha venido ya el médico de los muertos?
+
+--Vendrá hoy á las cuatro. Ha sonado ya el toque que manda llamarle.
+¿Pero vos no oís ningún toque?
+
+--No me fijo más que en el mío.
+
+--Muy bien hecho, tío Fauvent.
+
+--Reverenda madre, se necesita una palanca lo menos de seis pies.
+
+--¿De dónde la sacaréis?
+
+--Donde no faltan rejas no pueden faltar barras de hierro. Tengo un
+montón de hierro viejo allá en el fondo del jardín.
+
+--Tres cuartos de hora antes de la media noche; no lo olvidéis.
+
+--¿Reverenda madre?
+
+--¿Qué?
+
+--Si otra vez tuviérais que hacer obras como ésta, mi hermano sí que es
+fuerte. ¡Un verdadero turco!
+
+--Despacharéis lo antes posible.
+
+--No por ganas podré ir más aprisa. Estoy tan delicado; no me vendría
+mal un buen auxiliar. Cojeo.
+
+--El ser cojo no es una desgracia, es tal vez una bendición. El
+emperador Enrique II, que combatió al antipapa Gregorio y restableció á
+Benito VIII, tiene dos sobrenombres: el Santo y el Cojo.
+
+--Es muy bueno eso de tener dos sobretodos,--murmuró Fauchelevent,--que
+en realidad tenía el oído un poco duro.
+
+--Tío Fauvent, estoy pensando en que debemos tomarnos una hora entera.
+Y no será demasiado. Estaréis junto al altar mayor con la barra de
+hierro á las once. El oficio empezará á las doce, y es menester que
+todo esté concluido un cuarto de hora antes.
+
+--Todo lo haré para probar mi celo por la comunidad. Está dicho.
+Clavaré el ataúd. Á las once en punto estaré en la capilla. Estarán ya
+allí las madres cantoras y la madre Ascensión. Dos hombres valdrían
+mucho más. En fin, ¡no importa! Llevaré mi palanca. Abriremos la
+bóveda, bajaremos el ataúd, volveremos á cerrar. Y punto concluido; no
+va á quedar el menor rastro. El Gobierno nada sospechará. Reverenda
+madre, ¿todo quedará así arreglado como queréis?
+
+--No.
+
+--¿Hay más que hacer?
+
+--Sobre la caja vacía...
+
+Esto produjo un momento de silencio. Fauchelevent meditaba. La priora
+meditaba igualmente.
+
+--Tío Fauvent. ¿Qué haremos del ataúd?
+
+--Le enterraremos.
+
+--¿Vacío?
+
+Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda esa especie de
+gesto que parece dar por terminada una cuestión enojosa.
+
+--Reverenda madre, soy yo quien he de clavar la caja en el depósito de
+la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo; yo cubriré el ataúd con
+el paño mortuorio.
+
+--Sí, pero los mozos al llevarle al carro, y al bajarle á la fosa,
+conocerán fácilmente que no tiene nada dentro.
+
+--¡Ah, _di_...!--exclamó Fauchelevent.
+
+La priora empezó á santiguarse, y miró fijamente al jardinero. El
+_ablo_ se le quedó atascado en la garganta.
+
+Apresuróse á inventar una salida para hacer olvidar el juramento.
+
+--Reverenda madre, llenaré de tierra la caja y hará el mismo efecto que
+si llevara dentro un cuerpo.
+
+--Tenéis razón. La tierra es lo mismo que el hombre. ¿De modo que
+llenaréis así el vacío del ataúd?
+
+--Queda á mi cargo.
+
+El semblante de la priora, hasta entonces turbado y sombrío, se serenó.
+Hizo al jardinero la señal del superior que despide al inferior.
+Fauchelevent se dirigió á la puerta. Cuando ya iba á salir, la priora
+levantó dulcemente la voz.
+
+--Tío Fauvent, estoy satisfecha de vos. Mañana, después del entierro,
+acompañad á vuestro hermano, decidle que lleve también la niña.
+
+
+
+
+ IV
+ =Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo=
+
+
+Los pasos de un cojo son como las miradas de un tuerto: no llegan
+fácilmente adonde se dirigen. Por otra parte, Fauchelevent estaba
+perplejo. Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar á la barraca del
+jardín. Cosette había despertado; Juan Valjean la había sentado cerca
+de la lumbre, y cuando entró Fauchelevent le estaba enseñando el cesto
+del jardinero, pendiente de la pared, y diciéndole:
+
+--Oye bien, hijita. Es preciso que salgamos de esta casa; pero
+volveremos y estaremos muy bien en ella. Este buen hombre que vive
+aquí te llevará á cuestas ahí dentro. Tú me esperarás en casa de una
+señora, adonde iré á buscarte. ¡Si no quieres que te coja otra vez la
+Thénardier, obedece y no digas otra palabra!
+
+Cosette hizo un movimiento de cabeza con aire grave.
+
+Al ruido de Fauchelevent abriendo la puerta, se volvió Juan Valjean.
+
+--¿Y qué?
+
+--Todo está arreglado, y nada se ha hecho,--contestó
+Fauchelevent.--Tengo yo permiso para haceros entrar; pero antes es
+preciso salir. Aquí está el atolladero de la carreta. En cuanto á la
+niña, es cosa fácil.
+
+--¿La llevaréis?
+
+--¿Se estará callada?
+
+--Yo respondo.
+
+--Pero ¿y vos, señor Magdalena?
+
+Y después de un silencio lleno de ansiedad, exclamó Fauchelevent:
+
+--¡Pero salid por donde habéis entrado!
+
+Juan Valjean, como la primera vez, se limitó á contestar:
+
+--¡Imposible!
+
+Fauchelevent, hablando más bien consigo mismo que con Juan Valjean,
+murmuró:
+
+--Hay otra cosa que me atormenta. He dicho que la llenaré de tierra, y
+ahora se me ocurre que, llevando tierra en vez de un cuerpo, no tendrá
+semejanza verdadera. Se moverá, se correrá, los hombres lo conocerán.
+
+¿Comprendéis, señor Magdalena? y el Gobierno se apercibirá.
+
+Juan Valjean le miró atentamente, creyendo que deliraba.
+
+Fauchelevent continuó:
+
+--¿Cómo di...antres vais á salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho
+mañana! Porque mañana os he de presentar. La priora os espera.
+
+Entonces explicó á Juan Valjean que esto era en recompensa de un
+servicio que él, Fauchelevent, prestaba á la comunidad. Que en sus
+atribuciones entraba algo de sepulturero; que clavaba el ataúd y
+ayudaba al enterrador del cementerio. Que la religiosa que había muerto
+aquella mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le servía de
+cama, y sepultada en la bóveda debajo del altar de la capilla. Que esto
+estaba prohibido por los reglamentos de policía; pero que la religiosa
+era una de esas muertas á quienes nada se puede negar. Que la priora y
+las madres vocales creían que debían cumplir lo mandado por la difunta.
+Y que tanto peor para el Gobierno. Que, él, Fauchelevent, clavaría
+el ataúd en la celda, levantaría la losa de la capilla y bajaría el
+cadáver á la bóveda. Y que para recompensárselo, la priora admitiría
+á su hermano de jardinero y á su sobrina de educanda. Que su hermano
+sería el señor Magdalena y su sobrina Cosette. Que la priora le había
+dicho que llevase á su hermano el día siguiente por la tarde después
+del entierro simulado en el cementerio. Pero no podía traer de afuera
+al señor Magdalena, si el señor Magdalena no estaba afuera antes. Ésta
+es la primera dificultad. Después había otra: el ataúd vacío.
+
+--¿Qué es eso del ataúd vacío?--preguntó Juan Valjean.
+
+Fauchelevent respondió:
+
+--El ataúd de la administración.
+
+--¿Qué ataúd? ¿Y qué administración?
+
+--Cuando una religiosa muere, viene el médico de la municipalidad
+y dice: Ha muerto una monja. El Gobierno envía el ataúd, y al día
+siguiente envía un carro fúnebre y sepultureros, que cargan el ataúd
+y se lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros, levantarán la
+caja, y no habrá nada dentro.
+
+--Pues meted cualquier cosa.
+
+--¿Un muerto? No le tengo.
+
+--No.
+
+--¿Pues qué?
+
+--Un vivo.
+
+--¿Qué vivo?
+
+--Yo,--dijo Juan Valjean.
+
+Fauchelevent, que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado
+un petardo debajo de su silla.
+
+--¿Vos?
+
+--¿Y por qué no?
+
+Juan Valjean dejó escapar una de esas sonrisas parecidas á un relámpago
+en un cielo de invierno.
+
+--Sabéis, Fauchelevent, que habéis dicho: la madre Crucifixión ha
+muerto, y que yo añadí: y el señor Magdalena está enterrado. Pues ahí
+tenéis.
+
+--¡Ah! os reís; no habláis formalmente.
+
+--Hablo formalmente. ¿No es preciso salir de aquí?
+
+--Sin duda.
+
+--¿No os dije que buscarais también para mí un cesto y una tapa?
+
+--¿Y qué?
+
+--Que el cesto será de pino, y la tapa un paño negro.
+
+--No; un paño blanco. Á las religiosas las entierran vestidas de blanco.
+
+--Vaya por el paño blanco.
+
+--Vos no sois un hombre como los demás, señor Magdalena.
+
+Al oir Fauchelevent semejantes ocurrencias, que no eran otra cosa que
+las salvajes y temerarias invenciones del presidio, surgiendo de las
+cosas apacibles que le rodeaban, y mezclándose, con lo que él llamaba
+«la marcha regular del convento», sentía un estupor comparable al de un
+transeunte que viera á una gaviota metiendo el pico para pescar en el
+arroyo de la estrecha calle de San Dionisio.
+
+Juan Valjean prosiguió:
+
+--Se trata de salir de aquí sin ser visto; pues no deja de ser éste un
+medio. Pero antes instruidme. ¿Qué pasos se han de dar? ¿Dónde está ese
+ataúd?
+
+--¿El vacío?
+
+--Sí.
+
+--Abajo, en la llamada sala de los muertos. Sobre dos caballetes y
+debajo del paño mortuorio.
+
+--¿Cuál es la longitud de la caja?
+
+--Seis pies.
+
+--¿Y dónde está la sala de los muertos?
+
+--Es una pieza del piso bajo que tiene una ventana con reja al jardín,
+la cual se cierra por fuera con un postigo, y dos puertas, una que da
+al convento, y otra á la iglesia.
+
+--¿Á qué iglesia?
+
+--Á la iglesia de la calle, la iglesia pública.
+
+--¿Tenéis las llaves de ambas puertas?
+
+--No. Tengo la de la puerta que da al convento, y el portero tiene la
+de la puerta que da á la iglesia.
+
+--¿Y cuándo abre esa puerta el portero?
+
+--Solamente para dar entrada á los sepultureros cuando vienen á buscar
+el ataúd. Cuando el ataúd sale, vuelve á cerrarse la puerta.
+
+--¿Quién clava el ataúd?
+
+--Yo.
+
+--¿Quién pone el paño encima?
+
+--Yo.
+
+--¿Vos solo?
+
+--Ningún otro hombre, excepto el médico de la policía, puede entrar en
+la sala de los muertos. Así está escrito en la pared.
+
+--¿Y podríais esta noche, cuando todos duerman en el convento,
+ocultarme en dicha sala?
+
+--No; pero puedo ocultaros en un cuartito obscuro que da á la propia
+sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya llave
+tengo en mi poder.
+
+--¿Á qué hora vendrá el carro mañana por el ataúd?
+
+--Á eso de las tres de la tarde. El entierro se verificará en el
+Cementerio de Vaugirard poco antes de anochecer. No está muy cerca.
+
+--Bien; estaré escondido en el cuartito de vuestras herramientas toda
+la noche y toda la mañana. ¿Y para comer? Porque tendré hambre.
+
+--Yo os llevaré que comer.
+
+--Podréis ir á encerrarme en el ataúd á las dos.
+
+Fauchelevent retrocedió, haciendo chasquear los dedos.
+
+--¡Pero es imposible!
+
+--¡Bah! ¿Coger un martillo y clavar unos clavos en una tabla?
+
+Lo que le parecía altamente difícil á Fauchelevent, era sencillísimo
+para Juan Valjean, quien había atravesado peores dificultades. El que
+ha estado en presidio sabe el arte de encogerse según el diámetro de
+las evasiones. El preso está sujeto á la fuga como el enfermo á la
+crisis que le salva ó le pierde. Una evasión es una curación. ¿Y qué es
+lo que no se acepta para curar? Dejarse encerrar y conducir en un cajón
+como un bulto, vivir largo tiempo en una caja, encontrar aire donde no
+le hay, economizar la respiración horas enteras, saber asfixiarse sin
+morir, todo ello era uno de los sombríos talentos de Juan Valjean.
+
+Por lo demás, un ataúd dentro del cual va un ser viviente, si es
+estratagema de presidiario, lo es también de emperador. Si hemos de dar
+crédito al monje Agustín Castillejo, este fué el medio de que se valió
+Carlos V, al querer después de su adjudicación, ver por última vez á la
+Blomberg, para hacerla entrar y salir en el monasterio de Yuste.
+
+Fauchelevent, algo tranquilizado, preguntó:
+
+--Pero ¿cómo lo haréis para respirar?
+
+--Respirando.
+
+--¡Dentro de aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.
+
+--Tendréis una barrena, está claro; haced unos agujeritos en rededor de
+la boca, y clavad luego sin apretar la tapa.
+
+--¡Bueno! ¿Y si se os ocurre toser ó estornudar?
+
+--El que se evade no tose ni estornuda jamás.
+
+Y Juan Valjean añadió:
+
+--Tío Fauchelevent, es preciso decidirse: ó ser aquí descubierto, ó
+salir en el carro de los muertos.
+
+Todo el mundo conocerá la afición de los gatos á pararse y juguetear
+entre las hojas de una puerta entreabierta. ¿Quién no le ha dicho á un
+gato: pero entra de una vez? Hay hombres que cuando tienen un incidente
+abierto ante sus ojos, tienen también inclinación á permanecer
+indecisos entre dos resoluciones, á riesgo de hacerse aplastar por el
+destino cerrando bruscamente la aventura. Los más prudentes, por más
+gatos que sean, y porque gatos son precisamente, corren alguna vez
+mayor peligro que los audaces. Fauchelevent era naturalmente indeciso.
+Sin embargo, la sangre fría de Juan Valjean le dominó á pesar suyo, y
+murmuró:
+
+--La verdad es que no hay otro medio.
+
+Juan Valjean replicó:
+
+--Lo único que me preocupa es lo que sucede en el cementerio.
+
+--Pues eso es lo que á mí no me apura,--exclamó Fauchelevent.--Si
+tenéis seguridad de salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la
+fosa. El enterrador es un borrachín amigo mío, el tío Mestienne, un
+viejo de cepa secular. El enterrador mete los muertos en la fosa, y
+yo meto al enterrador en mi bolsillo. Voy á deciros lo que sucederá.
+Llegaremos un poco antes de anochecer; tres cuartos de hora antes del
+cierre de la verja del cementerio. El carro llegará hasta la fosa, y
+yo le seguiré, porque éste es mi deber. Llevaré un martillo, escoplo
+y tenazas en el bolsillo. Se detendrá el carro; los mozos atarán
+una cuerda al ataúd, y os bajarán al hoyo. El capellán recitará las
+oraciones, hará la señal de la cruz, echará agua bendita y se retirará.
+Entonces quedaré yo sólo con el tío Mestienne, que es mi amigo, como os
+he dicho. Y sucederá una de dos: ó que esté borracho, ó que no lo esté.
+Si no está borracho, le diré: vente á echar un trago, mientras está
+abierto aún el _Buen Membrillo_. Me lo llevo y le emborracho: no cuesta
+mucho emborrachar al tío Mestienne, porque siempre está resbaladizo.
+Le dejo bajo la mesa, le cojo su tarjeta para volver á entrar en el
+cementerio, y entro de nuevo solo. Entonces ya no tenéis que habéroslas
+sino conmigo. Si no está borracho, le digo: anda, yo haré tu trabajo.
+Se va, y os saco del agujero.
+
+Juan Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó á tomársela
+con toda la tierna efusión de que puede ser susceptible un campesino.
+
+--Está convenido, tío Fauchelevent. Todo saldrá bien.
+
+--Con tal que nada se descomponga,--pensó Fauchelevent.--¡Sería
+terrible!
+
+
+
+
+ V
+ =No basta ser borracho para ser inmortal=
+
+
+Al día siguiente, cuando declinaba el sol, los escasos transeuntes de
+la calle ancha del Maine se quitaban el sombrero al paso de un carro
+fúnebre de antiguo modelo, adornado de calaveras, tibias y lágrimas.
+Este carro conducía un ataúd cubierto por un paño blanco, sobre el que
+se destacaba una cruz negra, semejante á un gran cadáver con los brazos
+colgando. Un coche enlutado, en el que iban un cura con sobrepelliz y
+un monaguillo con sotana roja, seguía al carro; á derecha é izquierda
+de él marchaban dos sepultureros de uniforme gris con adornos negros.
+Detrás iba un viejo cojeando y en traje de artesano. El cortejo se
+dirigía al cementerio de Vaugirard.
+
+Del bolsillo del hombre se veían salir al mango de un martillo, la hoja
+de un escoplo y las puntas de unas tenazas.
+
+El cementerio de Vaugirard era una excepción entre los cementerios de
+París. Tenía, por así decirlo, sus costumbres particulares, lo mismo
+que tenía su puerta cochera y su puerta pequeña, llamadas en el barrio
+por los viejos, siempre apegados á los dichos antiguos, la puerta de
+los caballeros y la puerta plebeya. Las bernardas-benedictinas del
+Pequeño-Picpus habían obtenido, según ya hemos dicho, el privilegio de
+ser enterradas en sitio aparte y por la tarde, en un terreno que había
+pertenecido á su comunidad. Los sepultureros estaban también sujetos á
+una disciplina particular, por lo que debían prestar ese servicio en el
+cementerio por la tarde en verano, y de noche en invierno. Las puertas
+de los cementerios de París se cerraban en aquella época al ponerse
+el sol; y siendo ésta una medida municipal, estaba sometido á ella
+el cementerio de Vaugirard lo mismo que todos los demás. La puerta de
+caballeros y la puerta de peatones eran dos verjas contiguas, situadas
+á los lados de un pabellón construido por el arquitecto Perronet, y
+habitado por el portero del cementerio. Estas verjas giraban por lo
+tanto inexorablemente sobre sus goznes en el momento en que el sol
+desaparecía por detrás de la cúpula de los Inválidos.
+
+Si algún sepulturero al cerrarse las verjas se había quedado dentro,
+no tenía otro medio para salir, que presentar su nombramiento de
+enterrador, expedido por la administración de pompas fúnebres. En un
+postigo de la casa del guarda había una especie de buzón como los de
+correos. El sepulturero echaba en él su tarjeta; el guarda la oía
+caer, tiraba de una cuerda, y se abría la puerta de peatones. Si el
+sepulturero no llevaba su tarjeta, decía su nombre, y el guarda, que
+solía haberse acostado y dormido, se levantaba, le examinaba, y abría
+la puerta con la llave. El sepulturero salía, pero pagaba quince
+francos de multa.
+
+Aquel cementerio, que con sus privilegios especiales rompía la simetría
+administrativa, fué suprimido poco después de 1830. El cementerio de
+Mont-Parnasse, llamado del Este, le sucedió, y heredó la famosa taberna
+medianera con el cementerio de Vaugirard, que tenía una muestra con un
+membrillo pintado, y formaba ángulo por un lado hacia las mesas de los
+bebedores, y por otro hacia las sepulturas, con esta inscripción: _Al
+Buen Membrillo_.
+
+El cementerio de Vaugirard era lo que podía llamarse un cementerio
+en decadencia. Había caído en desuso. Le invadía la yerba, y le
+abandonaban las flores; los burgueses gustaban poco de que les
+enterrasen en Vaugirard; olía á pobre. El cementerio del Padre Lachaise
+¡ya era otra cosa! Ser enterrado en él, era como tener muebles de
+caoba. En esto se conocía la elegancia. El cementerio de Vaugirard era
+un cercado venerable, plantado como los antiguos jardines franceses,
+con calles rectas, bojes, tuyas, acebos, sepulcros á la sombra de
+algunos tejos, y la yerba muy crecida. La noche era allí imponente.
+Presentaba líneas verdaderamente lúgubres.
+
+Aún no se había puesto el sol, cuando el carro fúnebre del paño blanco
+con la cruz negra entró en la alameda del cementerio de Vaugirard. El
+cojo que le seguía era Fauchelevent.
+
+El entierro de la madre Crucifixión en la bóveda debajo del altar,
+la salida de Cosette, la entrada de Juan Valjean en la sala de los
+muertos, todo se había llevado á cabo sin el menor obstáculo; nada
+había salido mal.
+
+Digamos, como de pasada, que la inhumación de la madre Crucifixión
+debajo del altar es para nosotros una falta perfectamente venial. Es
+una de esas culpas que se parecen á un deber. Las religiosas lo habían
+hecho, no solamente sin turbación, sino con aplauso de su propia
+conciencia. En el claustro, lo que se llama «el gobierno» no es más
+que una intrusión en la autoridad, intrusión siempre discutible. Lo
+importante es la regla; en cuanto al Código, ya se verá. Hombres, haced
+cuantas leyes queráis; pero guardadlas para vosotros. El tributo que se
+paga al César, no es nunca más que el resto del tributo que se paga á
+Dios. Un príncipe no significa nada ante un principio.
+
+Fauchelevent andaba renqueando muy satisfecho detrás del carro.
+
+Sus dos conspiraciones juntas, una con las religiosas y otra con el
+señor Magdalena; una en pro del convento y contra el convento la otra,
+habían sido afortunadas por igual. La serenidad de Juan Valjean era una
+de esas tranquilidades potentes que se comunican.
+
+Fauchelevent no dudaba del éxito. Lo que faltaba hacer ya no tenía la
+menor importancia. En dos años había emborrachado ya diez veces al
+sepulturero, al excelente tío Mestienne, que era un hombre tan bueno
+como mofletudo. Hacía de él lo que se le antojaba. Le encasquetaba
+el gorro á medida de su gusto; y la cabeza de Mestienne se ajuntaba
+perfectamente á la de Fauchelevent. Su confianza era, por lo tanto,
+completa.
+
+Cuando el cortejo fúnebre entró en el camino que conducía directamente
+al cementerio, Fauchelevent, lleno de satisfacción, miró al carro, y
+dijo á media voz frotándose sus grandes manos:
+
+--¡Vaya una farsa!
+
+Paróse súbitamente el carro: había llegado á la verja. Como era
+preciso enseñar la licencia para el entierro, el encargado de las
+pompas fúnebres se adelantó y habló un momento con el portero. Durante
+este coloquio, que produjo una detención de dos ó tres minutos,
+apareció un desconocido y fué á colocarse detrás del carro, al lado
+de Fauchelevent: parecía un trabajador; llevaba una blusa con grandes
+bolsillos, y un azadón al brazo.
+
+Fauchelevent miró á ese desconocido.
+
+--¿Quién sois?--le preguntó.
+
+El hombre le respondió:
+
+--El sepulturero.
+
+Si á Fauchelevent le hubiese cogido de lleno una bala de cañón, no
+hubiera hecho un movimiento más expresivo.
+
+--¡El sepulturero!
+
+--Sí.
+
+--¡Vos!
+
+--Yo.
+
+--El sepulturero es el tío Mestienne.
+
+--Ha sido.
+
+--¿Cómo... ha sido!
+
+--Porque ha muerto.
+
+Fauchelevent lo había previsto todo, menos que pudiera morirse un
+enterrador.
+
+Y sin embargo es cierto; también se mueren los enterradores: á fuerza
+de cavar fosas ajenas, van abriendo la propia.
+
+Fauchelevent se quedó con la boca abierta. Apenas tuvo aliento para
+tartamudear:
+
+--¡Pero esto no es posible!
+
+--Pues lo es.
+
+--Pero,--repitió todavía débilmente,--el enterrador es el tío Mestienne.
+
+--Después de Napoleón vino Luis XVIII; después de Mestienne vino
+Gribier. Compadre, yo me llamo Gribier.
+
+Fauchelevent palideció por completo y empezó á examinar á Gribier.
+
+Era éste un hombre alto, flaco, lívido, enteramente fúnebre. Parecía un
+médico desacreditado convertido en enterrador.
+
+Fauchelevent se echó á reir.
+
+--¡Ah! ¡Qué cosas suceden en este pícaro mundo! ¡Murió el tío
+Mestienne! ¡Pues viva el tío Lenoir! ¿Sabéis quién es el tío Lenoir?
+Es la bota del tinto de á doce; es la bota de Surenne; ¡caramba! el
+verdadero Surenne de París. ¡Ah! ¡Murió el pobre Mestienne! Lo siento;
+era un buen bebedor; pero vos también lo sois. ¿No es verdad, camarada?
+Iremos juntos á probar unas copas, enseguida.
+
+El hombre respondió:
+
+--He estudiado; he estudiado hasta el cuarto año, y no bebo nunca.
+
+El carro fúnebre se había vuelto á poner en marcha, y seguía por la
+calle principal del cementerio.
+
+Fauchelevent había acortado el paso; cojeaba más de ansiedad que de
+necesidad.
+
+El enterrador iba delante.
+
+Fauchelevent examinó de nuevo al inesperado compañero Gribier.
+
+Era uno de esos hombres que, siendo jóvenes, parecen viejos, y que,
+siendo flacos, son muy fuertes.
+
+--¡Camarada!--gritó Fauchelevent.
+
+El hombre se volvió.
+
+--Soy el sepulturero del convento.
+
+--Mi colega,--dijo el hombre.
+
+Fauchelevent, sin letras, pero muy agudo, conoció que tenía que
+habérselas con un hombre temible, con un buen hablista. Entonces
+murmuró:
+
+--¿Conque murió el tío Mestienne?
+
+El hombre contestó:
+
+--Completamente. Dios consultó su cuaderno de vencimientos y como le
+hubiese llegado el turno al tío Mestienne, tuvo el tío Mestienne que
+morir.
+
+Fauchelevent repitió maquinalmente:
+
+--Conque Dios...
+
+--Dios,---dijo el enterrador con autoridad.--Dios, que es para los
+filósofos el Padre eterno, y para los jacobinos el Ser Supremo.
+
+--¿Y no nos entenderemos?--balbuceó Fauchelevent.
+
+--Desde luego. Vos sois provinciano y yo parisién.
+
+--No puede haber inteligencia hasta no haber bebido en compañía. El que
+vacía su vaso vacía su corazón. Veníos á beber conmigo. Á esto nadie se
+niega entre gentes de buena voluntad.
+
+--Primero es el deber.
+
+--Estoy perdido,--pensó para sí Fauchelevent.
+
+Sólo faltaban ya algunas pasos para llegar á la senda que conducía al
+apartado de las monjas.
+
+El sepulturero añadió:
+
+--Camarada, tengo que dar pan á siete bocas, y como es menester que
+coman, no puedo yo beber.
+
+Y prosiguiendo con la satisfacción del hombre serio que formula una
+máxima:
+
+--Su hambre es enemiga de mi sed,--dijo.
+
+El carro dió la vuelta á un grupo de cipreses, dejó la calle principal,
+atravesó otra más estrecha, entró en el terreno inculto y luego en
+la maleza. Esto indicaba la proximidad inmediata de la sepultura.
+Fauchelevent acortó aún más el paso pero no podía acortar el del
+carro. Afortunadamente la tierra, removida y mojada por las lluvias de
+invierno, se pegaba á las ruedas y entorpecía la marcha.
+
+Fauchelevent se aproximó al enterrador.
+
+--¡Hay un vinillo tan bueno de Argenteuil!--murmuró á su oído.
+
+--Rústico,--respondió el hombre,--yo no debía ser enterrador. Mi padre
+era portero en el Pritaneo. Me dedicaba á la literatura; pero llovieron
+sobre él muchas desgracias; tuvo pérdidas en la Bolsa, y yo he tenido
+que renunciar á ser autor. Sin embargo, todavía soy escritor público.
+
+--¿Luego no sois enterrador?--prorrumpió Fauchelevent, agarrándose á
+esta rama, demasiado débil en verdad.
+
+--Lo uno no impide lo otro.
+
+Fauchelevent no entendió esta frase.
+
+--Vamos á beber,--dijo.
+
+Aquí es indispensable una observación.
+
+Fauchelevent, por más inquieto que estuviese, convidaba á beber; pero
+no se había fijado en un punto: ¿Quién había de pagar? Casi siempre
+convidaba él, pero pagaba el tío Mestienne. Su convite de entonces
+era evidentemente un resultado de la nueva situación creada por el
+nuevo enterrador, le era necesario el convite; pero el viejo jardinero
+dejaba en la sombra, no sin intención, el proverbial cuarto de hora
+de san Martín. Fauchelevent, á pesar de su emoción, no se acordaba de
+pagar.
+
+El enterrador contestó con una sonrisa de superioridad:
+
+--Es indispensable comer. He aceptado el cargo de sucesor del tío
+Mestienne. Cuando uno ha concluido casi sus estudios, es filósofo.
+Al trabajo de la mano he añadido el del brazo, y tengo mi biombo
+de memorialista en la calle de Sêvres. ¿Sabéis? El mercado de los
+paraguas. Todas las cocineras de la Cruz Roja vienen á mí; y yo les
+compongo sus declaraciones á los novios. Por la mañana escribo cartas
+amorosas, y por la tarde abro hoyos de muerto. Ésta es la vida,
+compadre.
+
+El carro avanzaba. Fauchelevent, en el colmo de la inquietud, miraba á
+todas partes; gruesas gotas de sudor caían de su frente.
+
+--Pero,--continuó el enterrador,--no se puede servir á dos señores; y
+tengo que elegir entre la pluma y el azadón. El azadón me estropea las
+manos.
+
+El carro fúnebre se detuvo.
+
+El monaguillo bajó del coche enlutado, luego el cura.
+
+Una de las ruedas delanteras del carro subía un poco sobre un montón de
+tierra, detrás del cual se veía una fosa abierta.
+
+--¡Vaya una farsa!--repitió consternado Fauchelevent.
+
+
+
+
+ VI
+ =Entre cuatro tablas=
+
+
+¿Quién estaba en el ataúd? ya lo sabíamos, Juan Valjean.
+
+Juan Valjean que se las había arreglado para vivir allí dentro, y
+apenas podía respirar.
+
+Es ciertamente extraño calcular hasta qué punto nos da seguridad en
+todo la seguridad de la conciencia. La combinación ideada por Juan
+Valjean iba adelante, y marchaba perfectamente desde la víspera.
+Contaba él, como Fauchelevent, con el tío Mestienne, y no le cabía la
+menor duda acerca del final. No puede darse situación más crítica ni
+calma más completa.
+
+De las cuatro tablas del ataúd se desprendía cierta horrible paz. La
+tranquilidad de Juan Valjean tenía mucho del reposo de la muerte.
+
+Desde el fondo del ataúd había podido seguir, y seguía, todas las fases
+del terrible drama que estaba representando con la muerte.
+
+Poco después de haber clavado Fauchelevent la tapa del ataúd, sintió
+Juan Valjean que le llevaban y luego que rodaba. Conoció también, por
+la suavidad del movimiento, que pasaba del empedrado á la arena, es
+decir, que salía de las calles y entraba en el paseo. Al oir un ruido
+sordo adivinó que atravesaba el puente de Austerlitz. Por la primera
+parada comprendió que entraba en el cementerio. Á la segunda se dijo:
+aquí está la fosa.
+
+Sintió que cogían bruscamente la caja, y oyó un áspero rozamiento en
+las tablas; conoció que ataban una cuerda al ataúd para bajarle al hoyo.
+
+Después tuvo una especie de vértigo.
+
+Probablemente los sepultureros y el enterrador habían hecho oscilar el
+ataúd, y había bajado la cabeza antes que los pies. Volvió pronto en su
+acuerdo, y vió que estaba horizontal é inmóvil. Había llegado al fondo
+del hoyo. Sintió una especie de frío.
+
+Oyó resonar sobre él una voz glacial y solemne y oyó como pasaban, tan
+claramente que podían distinguirlas una tras otra, palabras latinas que
+no comprendía:
+
+--_Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt; alii in vitam æternam,
+et alii in opprobrium, ut videant semper._
+
+Una voz infantil contestó:
+
+--_De profundis._
+
+La voz grave volvió á oirse diciendo:
+
+--_Requiem æternam dona ei Domine._
+
+La voz infantil respondió:
+
+--_Et lux perpetua luceat ei._
+
+Sintió sobre la tapa del ataúd algo como el débil choque de algunas
+gotas de ligera lluvia. Era probablemente el agua bendita.
+
+Entonces calculó: Ya esto se acaba. Tengamos todavía un poco de
+paciencia. Ahora se irá el cura; Fauchelevent se llevará á beber á
+Mestienne, y me dejarán. Después vendrá sólo Fauchelevent y yo saldré
+de aquí. Es cosa de una hora.
+
+La voz grave repitió:
+
+--_Requiescat in pace._
+
+Y la voz de niño dijo:
+
+--_Amén._
+
+Juan Valjean, siempre atento al oído, sintió como un ruido de pasos que
+se alejaban.
+
+--Ya se alejan,--pensó.--Estoy ya solo.
+
+Pero de repente oyó sobre su cabeza un ruido que le pareció el del
+trueno que despide el rayo.
+
+Era una paletada de tierra que caía sobre el ataúd.
+
+Una segunda paletada de tierra sucedió á la primera.
+
+Uno de los agujeros por donde respiraba quedó obstruido.
+
+Cayó otra paletada. Después otra.
+
+Hay cosas más fuertes que el hombre más fuerte. Juan Valjean perdió el
+conocimiento.
+
+
+
+
+ VII
+ =Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete=
+
+
+He aquí lo que había pasado sobre el ataúd en que estaba encerrado Juan
+Valjean.
+
+Cuando el carro se hubo alejado, y el capellán y el monaguillo subieron
+en el coche y partieron también, Fauchelevent, que no apartaba los ojos
+del enterrador, le vió inclinarse y coger la pala, que estaba clavada
+en el montón de tierra.
+
+Entonces Fauchelevent tomó una resolución suprema.
+
+Colocóse entre la fosa y el enterrador, cruzó los brazos, y exclamó:
+
+--¡Yo soy quien paga!
+
+Y el enterrador le miró asombrado, y respondió:
+
+--¿El qué?
+
+Fauchelevent repitió:
+
+--¡Yo pago!
+
+--¿El qué?
+
+--El vino.
+
+--¿Qué vino?
+
+--El de Argenteuil.
+
+--¿Dónde está ese Argenteuil?
+
+--En el _Buen Membrillo_.
+
+--¡Vete al diablo!--dijo el sepulturero.
+
+Y arrojó una paletada de tierra sobre el ataúd: la caja despidió un
+sonido ronco.
+
+Fauchelevent se sintió vacilar á punto de caer á la fosa, y gritó con
+una voz en que tenía algo de la opresión de la agonía:
+
+--Camarada, ¡antes de que cierren el _Buen Membrillo_!
+
+El enterrador llenó nuevamente su pala.
+
+Fauchelevent continuó:
+
+--¡Yo pago!
+
+Y asió del brazo al sepulturero.
+
+--Oídme, camarada,--le dijo;--soy el sepulturero del convento, y vengo
+para ayudaros. Esta faena podemos hacerla de noche. Empecemos por beber
+un trago.
+
+Y así diciendo y aferrándose á su desesperada insistencia, hacíase esta
+reflexión lúgubre:
+
+--¡Y aún cuando beba! ¿Se emborrachará?
+
+--Provinciano,--dijo el enterrador,--ya que absolutamente lo queréis,
+consiento. Beberemos, pero después del trabajo; antes, de ningún modo.
+
+Y empujó su pala. Fauchelevent le detuvo.
+
+--¡Argenteuil de á seis!
+
+--¡Ah! ¡ya!--dijo el enterrador.--Sois campanero. Din, don, din don; no
+sabéis decir otra cosa. Id pues á repicar.
+
+Y arrojó á la fosa la segunda paletada.
+
+Fauchelevent llegó al extremo en que ya no sabe el hombre lo que se
+dice:
+
+--¿Venís ó no venís á beber?--gritó;--pues que soy yo quien paga.
+
+--En cuanto hayamos enterrado á la chica,--dijo el sepulturero.
+
+Y echó la tercera paletada.
+
+Después, clavando la pala en tierra, añadió:
+
+--Advertid que va á hacer frío esta noche, y la muerta se vendría
+gritando tras nosotros que la dejamos sin ropa.
+
+En este momento, mientras llenaba la pala, se encorvaba, apareciendo
+entreabierto el bolsillo de la blusa.
+
+La mirada vaga de Fauchelevent cayó maquinalmente sobre este bolsillo,
+y se detuvo.
+
+El sol no se había ocultado todavía en el horizonte; había luz bastante
+para que pudiese distinguirse una cosa blanca en el fondo de aquel
+bolsillo abierto.
+
+La pupila de Fauchelevent despidió todo el fuego que pueden despedir
+los ojos de un aldeano picardo. Acababa de ocurrirle una idea.
+
+Sin que el sepulturero, ocupado solamente en llenar la pala, lo
+advirtiera, Fauchelevent le metió por detrás la mano en el bolsillo,
+sacando la cosa blanca que estaba en el fondo.
+
+El enterrador arrojó en la fosa la cuarta paletada.
+
+En el instante en que se volvía para coger la quinta, Fauchelevent le
+miró con cierta profunda calma diciéndole:
+
+--Á propósito, novel sepulturero, ¿tenéis vuestra credencial?
+
+El enterrador se detuvo.
+
+--¿Qué?
+
+--Que va á ponerse el sol.
+
+--¿Y qué? Se pondrá su gorro de dormir.
+
+--Que se va á cerrar la verja del cementerio.
+
+--¿Y qué?
+
+--¿Tenéis la tarjeta?
+
+--¡Ah! ¡Mi tarjeta!--dijo el enterrador.
+
+Y buscó en sus bolsillos.
+
+Después de registrar el primero registró el segundo; luego pasó á los
+dos del chaleco, uno después de otro.
+
+--No,--dijo;--no tengo la tarjeta. La habré olvidado.
+
+--Tres duros de multa,--dijo Fauchelevent.
+
+El sepulturero se puso verde. El verde es la palidez de los rostros
+lívidos.
+
+--Ay, Jesús-Dios-mío-la-pata-coja-hasta-la-luna!--exclamó.--¡Quince
+francos de multa!
+
+--Tres piezas de cien sueldos,--dijo Fauchelevent.
+
+El enterrador dejó caer la pala.
+
+Habíale llegado su turno á Fauchelevent.
+
+--¡Ah novato!--dijo Fauchelevent.--No hay que desesperarse; no es cosa
+de suicidarse, ni de aprovechar este hoyo. Quince francos son quince
+francos, y todavía podéis no pagarlos. Vos sois nuevo en esto; yo
+soy viejo y conozco todos los trastrueques. Voy á daros un consejo
+de amigo. Sobre todo hay una cosa cierta, y es que el sol se pone,
+que toca ya en la cúpula de los Inválidos, y que el cementerio va á
+cerrarse dentro de cinco minutos.
+
+--Es verdad,--dijo el enterrador.
+
+--En cinco minutos no tenéis tiempo para llenar la fosa, que es
+profunda como un diablo, y llegar á tiempo antes de que cierren la
+verja.
+
+--Es verdad.
+
+--En ese caso, pagaréis quince francos de multa.
+
+--¡Quince francos!
+
+--Pero os queda tiempo para... ¿Dónde vivís?
+
+--Á dos pasos del portillo, á un cuarto de hora de aquí; en la calle de
+Vaugirard, número 87.
+
+--Pero no os faltará tiempo, echándoos las zancas á cuestas, para salir
+inmediatamente.
+
+--Es verdad.
+
+--Una vez fuera de la verja, galopáis hasta vuestra casa, cogéis la
+tarjeta, volvéis, y el guarda os abre; llevando tarjeta no se paga
+multa. Así enterraréis vuestro muerto. En el entretanto yo me quedo
+guardándole para que no se escape.
+
+--Os debo la vida, provinciano.
+
+--Largaos presto,--dijo Fauchelevent.
+
+El sepulturero, conmovido por el agradecimiento, le apretó la mano y
+partió corriendo.
+
+En cuanto hubo desaparecido en la maleza, Fauchelevent escuchó sus
+pasos hasta que se perdió el ruido; después se inclinó sobre la fosa, y
+dijo en voz baja:
+
+--¡Señor Magdalena!
+
+Nadie respondió.
+
+Fauchelevent sintió un temblor. Se dejó caer en la fosa más bien que
+bajó, echándose sobre el ataúd, y gritó:
+
+--¿Estáis ahí?
+
+Continuó el silencio en el ataúd.
+
+Fauchelevent, sin respirar apenas á fuerza de temblar, sacó el escoplo
+y el martillo, é hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Juan
+Valjean apareció á la luz del crepúsculo pálido y cerrados los ojos.
+
+Los cabellos de Fauchelevent se erizaron; levantóse de súbito, y
+apoyándose de espaldas en la pared de la fosa, para no caer sobre el
+ataúd. Miraba á Juan Valjean.
+
+Juan Valjean yacía descolorido é inmóvil.
+
+Fauchelevent murmuró en voz baja como suspirando:
+
+--¡Está muerto!
+
+É irguiéndose cuanto pudo, cruzó los brazos tan violentamente, que se
+golpeó la espalda con ambos puños, y exclamó:
+
+
+ [Ilustración: =--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean. Y se incorporó
+ quedándose sentado=]
+
+
+--¡Éste ha sido mi modo de salvarle!
+
+Entonces el buen hombre empezó á sollozar y á hablar consigo mismo. Es
+un error creer que el monólogo no existe en la naturaleza. Las grandes
+emociones hablan en voz alta frecuentemente.
+
+--La culpa es del tío Mestienne. ¿Porqué se había de morir ese imbécil?
+¿Qué necesidad tenía de morirse haciendo falta? Él es quien ha ha
+muerto al señor Magdalena. ¡Señor Magdalena! Está en el ataúd, y en el
+cementerio. Todo ha terminado. ¡Ah! ¿Es esto tener sentido común? ¡Ay!
+¡Dios mío! ¡Está muerto! ¿Y qué voy á hacer yo ahora de la niña? ¿Qué
+va á decir la frutera?
+
+¿Pero es posible, Dios mío, que un hombre como éste muera así? ¡Cuando
+recuerdo cómo se metió debajo de mi carreta! ¡Señor Magdalena! ¡Señor
+Magdalena! ¡Pardiez! Se ha asfixiado; ya se lo dije yo, pero no quiso
+creerme. ¡Vaya una linda picardía! ¡Ha muerto este buen hombre, el
+mejor hombre que había entre los buenos de Dios! ¡Y su niña! ¡Ay! ¡No
+vuelvo yo ahora allá abajo! Me quedo aquí. ¡Haber hecho una cosa como
+la que hemos hecho! ¡Valía la pena de llegar á viejos para ser locos!
+Pero ¿cómo se las arregló para entrar en el convento? Por aquí empezó.
+Hay cosas que no deben hacerse. ¡Señor Magdalena! ¡Señor Magdalena!
+¡Tío Magdalena! ¡Magdalena! ¡Señor Alcalde! No me oye. ¡Qué voy á hacer
+ahora!
+
+Y se arrancaba los cabellos.
+
+Oyóse entonces á lo lejos por entre los árboles, un agudo chirrido. Era
+la verja del cementerio que se cerraba.
+
+Fauchelevent se inclinó sobre Juan Valjean, retrocediendo bruscamente
+todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Juan Valjean, con los
+ojos abiertos le estaba mirando.
+
+Ver una muerte es una cosa horrible; pero ver una resurrección no lo es
+menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, trastornado
+por el exceso de emociones, é ignorando si tenía que habérselas con un
+muerto ó con un vivo, mirando como le miraba Juan Valjean.
+
+--Ya me dormía,--dijo Juan Valjean.
+
+Y se incorporó quedándose sentado.
+
+Fauchelevent cayó de rodillas.
+
+--¡Virgen Santa!--exclamó.--¡Me habéis dado un susto!
+
+Después se levantó diciendo:
+
+--¡Gracias, señor Magdalena!
+
+Juan Valjean no estaba más que desvanecido. El aire libre le había
+vuelto en sí.
+
+La alegría es el reflejo del terror. Fauchelevent tuvo que hacer casi
+tanto como Juan Valjean para reponerse.
+
+--¡Entonces no habéis muerto! ¡Oh, cuánto ánimo tenéis! Tanto os he
+llamado, que habéis despertado. Cuando os vi con los ojos cerrados
+dije: bien, se ha asfixiado. ¡Oh! Me hubiera vuelto loco, pero loco
+furioso, loco de atar; me hubieran llevado á Bicêtre. ¿Qué había yo
+de hacer si hubiérais muerto? ¡Y vuestra niña! ¡La frutera no habría
+comprendido nada! ¡Se deja la niña diciendo, el abuelo ha muerto! ¡Qué
+historia, santos cielos! ¡Ah! Pero vos vivís. Éste es el verdadero fin
+de fiesta.
+
+--Siento frío,--dijo Juan Valjean.
+
+Estas palabras recordaron á Fauchelevent la urgencia de la realidad.
+Aquellos dos hombres, aunque vueltos en sí, tenían, sin saber por qué,
+turbado el espíritu; sentían algo extraño, que era la impresión natural
+y siniestra del lugar.
+
+--Salgamos pronto de aquí,--dijo Fauchelevent.
+
+Buscó en su faltriquera y sacó una calabacita de que venía provisto.
+
+--Antes de todo un trago,--dijo.
+
+La calabaza terminó lo que el aire había comenzado. Juan Valjean bebió
+un sorbo de aguardiente, recobrando la plena posesión de sí mismo.
+
+Salió del ataúd, y ayudó al jardinero á clavar la tapa.
+
+Tres minutos después había salido de la fosa.
+
+Por lo demás, Fauchelevent estaba ya tranquilo. Tomóse pues el tiempo
+necesario. El cementerio estaba cerrado, y no era de temer la llegada
+del sepulturero Gribier. El «bisoño» estaría en su casa buscando la
+tarjeta, sin encontrarla, puesto que la tenía Fauchelevent en el
+bolsillo. Y sin la tarjeta no podía entrar en el cementerio.
+
+Fauchelevent tomó la pala y Juan Valjean el azadón, y ambos enterraron
+el ataúd vacío.
+
+Cuando la fosa estuvo llena, dijo Fauchelevent á Juan Valjean:
+
+--Vámonos. Yo llevo la pala, llevad el azadón.
+
+Cerraba ya la noche.
+
+Juan Valjean encontró alguna dificultad para moverse y para andar;
+en el ataúd había tomado algo de la rigidez de los cadáveres. La
+anquilosis de la muerte le había cogido entre cuatro tablas; y le fué
+necesario, por así decirlo, sacudir el hielo del sepulcro.
+
+--Estáis yerto,--dijo Fauchelevent;--lástima que sea yo patizambo;
+moveríamos un poco los talones.
+
+--¡Bah!--dijo Juan Valjean.--Cuatro pasos me bastan para dar fuerza á
+las piernas.
+
+Fuéronse por el mismo camino que había seguido el carro fúnebre.
+Cuando llegaron á la verja, cerrada ya, y al pabellón del portero,
+Fauchelevent, que llevaba en la mano la tarjeta del enterrador, la echó
+en la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron
+los dos.
+
+--¡Qué bien sale todo!--dijo.--¡Habéis tenido una idea magnífica, señor
+Magdalena!
+
+Atravesaron la barrera Vaugirard con la mayor facilidad del mundo. En
+las cercanías de un cementerio una pala y un azadón son dos pasaportes.
+La calle de Vaugirard estaba desierta.
+
+--Señor Magdalena,--dijo Fauchelevent, sin dejar de andar y alzando la
+vista hacia las casas,--vos que tenéis mejor vista que yo, indicadme el
+número 87.
+
+--Aquí está precisamente,--dijo Valjean.
+
+--No hay nadie en la calle,--repuso Fauchelevent.--Dadme el azadón, y
+esperadme dos minutos.
+
+Fauchelevent entró en el número 87. Subió al último piso, guiado por
+el instinto que lleva siempre al pobre hacia el tejado, y llamó en la
+obscuridad á la puerta de una buhardilla.
+
+Respondióle una voz.
+
+--Entrad.
+
+Era la voz de Gribier.
+
+Fauchelevent empujó la puerta. El cuarto del sepulturero era, como
+todas esas infelices viviendas, un desván desamueblado y lleno de
+trastos. Un cajón--un ataúd quizá--servía de cómoda; una orza de
+manteca hacía las veces de tinaja; un jergón de paja era la única cama;
+el suelo servía de silla y de mesa. En un rincón, sobre un harapo,
+que era un viejo pedazo de alfombra, estaba sentada una mujer flaca,
+formando un triste grupo con muchas criaturas. Toda aquella pobre
+vivienda daba indicios de un gran trastorno. Parecía que se había
+efectuado un temblor de tierra «para uno solo». Las tapas estaban
+levantadas, los harapos esparcidos, el cántaro roto, la madre había
+llorado, los hijos habían sido zurrados probablemente; huellas todas de
+un registro riguroso y obstinado. Conocíase que el sepulturero había
+buscado inútilmente su credencial, y hecho responsable de la pérdida á
+todo lo existente en la casa, desde el cántaro hasta su mujer. Gribier
+parecía desesperado.
+
+Pero Fauchelevent tenía harta prisa de dar fin á la aventura para
+fijarse en este lado triste de su triunfo.
+
+Entró, pues, y dijo:
+
+--Os traigo vuestra pala y vuestro azadón.
+
+Gribier le miró estupefacto.
+
+--¿Sois vos, provinciano?
+
+--Y mañana encontraréis vuestra tarjeta en la casilla del guarda del
+cementerio.
+
+Y dejó en el suelo la pala y el azadón.
+
+--¿Qué quiere decir esto?--preguntó Gribier.
+
+--Quiere decir que habéis dejado caer la tarjeta del bolsillo; que
+la encontré en el suelo después que os marchasteis; que he enterrado
+al muerto y rellenado la fosa; que he hecho yo vuestra tarea; que
+el portero os dará vuestra credencial, y que no pagaréis los quince
+francos. Esto es lo que hay, recluta.
+
+--¡Gracias, provinciano!--exclamó admirado Gribier.--Al primer
+enterramiento seré yo quien pague de beber.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Interrogatorio feliz=
+
+
+Una hora después, ya cerrada la noche, dos hombres y una niña se
+presentaron en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de
+aquellos hombres levantó el picaporte y llamó.
+
+Eran Fauchelevent, Juan Valjean y Cosette.
+
+Los dos hombres habían ido á buscar á Cosette, en casa de la frutera
+de la calle del Chemin Vert, donde á la víspera la había dejado
+Fauchelevent. Cosette había pasado aquellas veinticuatro horas sin
+comprender nada, y temblando silenciosamente. Temblaba tanto, que no
+había llorado. No había comido ni dormido tampoco. La buena frutera le
+había hecho mil preguntas, sin conseguir otra respuesta que una mirada
+triste, siempre igual. Cosette no había dejado traslucir nada de lo
+que había oído y visto en los dos días últimos. Adivinaba que estaba
+atravesando una crisis, y conocía que era necesario ser «prudente».
+¡Quién no ha experimentado el soberano poder de estas tres palabras
+pronunciadas con cierto tono al oído de una criatura aterrada: _¡No
+digas nada!_ El miedo es mudo. Además, ¿qué persona guarda los secretos
+como un niño?
+
+Sólo después de aquellas veinticuatro horas había vuelto á ver á Juan
+Valjean y lanzado un grito de alegría; fué tal este grito, que el
+hombre menos suspicaz hubiera adivinado en aquel grito la salida de un
+abismo.
+
+Fauchelevent era de la casa, y sabía las palabras de pase. Todas las
+puertas se abrieron.
+
+Así se había resuelto el doble y difícil problema: de salir y entrar.
+
+El portero, que tenía ya sus instrucciones, abrió la puertecita que
+ponía en comunicación el patio y el jardín, y que hace veinte años se
+veía aún desde la calle, en la pared del fondo del patio, enfrente de
+la puerta cochera.
+
+El portero introdujo á los tres por aquella puerta, y desde allí
+pasaron al locutorio reservado donde el día anterior había recibido
+Fauchelevent las órdenes de la priora.
+
+La priora, con su rosario en la mano, los estaba esperando. Á su lado,
+cubierta con el velo, estaba de pie una madre vocal.
+
+Una discreta vela alumbraba, ó mejor, hacía que alumbraba el locutorio
+
+La priora pasó revista á Juan Valjean. Nada escudriña tanto como unos
+ojos bajos.
+
+Después le interrogó:
+
+--¿Sois el hermano?
+
+--Sí, reverenda madre,--respondió Fauchelevent.
+
+--¿Cómo os llamáis?
+
+Fauchelevent respondió:
+
+--Último Fauchelevent.
+
+Éste había tenido, en efecto, un hermano, llamado Último, que había
+muerto.
+
+--¿De dónde sois?
+
+Fauchelevent respondió:
+
+--De Picquigny, cerca de Amiens.
+
+--¿Qué edad tenéis?
+
+--Cincuenta años.
+
+--¿Qué oficio es el vuestro?
+
+Fauchelevent respondió:
+
+--Jardinero.
+
+--¿Sois buen cristiano?
+
+Fauchelevent respondió:
+
+--Todos los somos en nuestra familia.
+
+--¿Es vuestra esta niña?
+
+Fauchelevent respondió:
+
+--Sí, reverenda madre.
+
+--¿Sois su padre?
+
+Fauchelevent respondió:
+
+--Su abuelo.
+
+La madre vocal dijo á la priora á media voz:
+
+--Responde bien.
+
+Juan Valjean no había pronunciado una palabra.
+
+La priora fijóse en Cosette atentamente y dijo á media voz á la madre
+vocal:
+
+--Será fea.
+
+Las dos madres hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón del
+locutorio, y después volvióse la priora y dijo:
+
+--Tío Fauvent, procuraos otra rodillera con cascabel. Ahora se
+necesitan dos.
+
+En efecto, al día siguiente se oían dos cascabeles en el jardín, y
+las religiosas no podían resistirse al deseo de levantar una punta
+del velo. Viendo así en el fondo del jardín, y bajo de los árboles, á
+dos hombres que cavaban juntos Fauvent y otro. Raro acontecimiento.
+Rompióse el silencio, llegando á decirse: es un ayudante del jardinero.
+
+Es un hermano del tío Fauvent, añadían las madres vocales.
+
+Juan Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de
+cuero y su cascabel; era ya oficial su cargo y su nombre de Último
+Fauchelevent. La principal causa de su admisión había sido esta
+observación de la priora refiriéndose á Cosette: _Será fea_.
+
+Pronunciado este pronóstico, la priora se hizo amiga de Cosette,
+admitiéndola en el colegio como educanda de caridad.
+
+Es todo ello altamente lógico.
+
+Por más que no haya espejos en el convento, las mujeres tienen la
+conciencia de su fisonomía; y las jóvenes que se creen bonitas no se
+dejan convencer fácilmente para monjas. La vocación voluntaria está en
+razón inversa de la belleza, y por esto se espera más de las feas que
+de las hermosas. De ahí la gran afición á las fealdades.
+
+Toda aquella aventura enalteció al buen viejo Fauchelevent, por
+haber conseguido un triple triunfo: cerca de Juan Valjean, á quien
+salvó y dió un asilo; cerca del sepulturero Gribier, que se decía:
+me ha librado de pagar la multa; cerca del convento, que, gracias
+á él, conservando el cuerpo de la madre Crucifixión, había podido
+eludir al César satisfaciendo á Dios. Hubo un ataúd con cadáver en el
+Pequeño-Picpus, y un ataúd sin cadáver en el cementerio de Vaugirard;
+el orden público se turbó indudablemente con ello, pero nadie lo
+advirtió.
+
+En cuanto al convento, su gratitud para con Fauchelevent fué
+grandísima. Hasta el punto de ser el mejor de los criados y el mejor
+de los jardineros. En la primera visita del arzobispo, la priora contó
+lo acaecido á su Ilustrísima, como confesándose y envaneciéndose un
+poco. El arzobispo, al salir del convento, habló de ello con elogio y
+en secreto al señor de Latín, confesor del hermano del rey, que fué
+después arzobispo de Reims y cardenal. La fama de Fauchelevent corrió
+tierras y tierras hasta llegar á Roma. Hemos visto una carta dirigida
+por el papa reinante entonces, León XII, á uno de sus parientes de la
+nunciatura de París, llamado como él Della-Genga, en la cual se lee
+lo siguiente: «Parece que hay en un convento de París un excelente
+jardinero, que es un santo varón llamado Fauvent». Pero ninguna noticia
+de este triunfo llegó á la barraca de Fauchelevent, quien siguió
+injertando, escardando y cubriendo sus melones, sin tener la menor
+idea de su excelencia ni de su santidad. No tuvo jamás su gloria otra
+noticia que la que alcanzó el buey de Durham ó de Surrey, cuyo retrato
+se publicó en el _Illustrated London News_ con esta inscripción: _Buey
+que ha ganado el premio en la exposición de animales de cuernos_.
+
+
+
+
+ IX
+ =Clausura=
+
+
+Cosette en el convento continuó guardando silencio.
+
+Cosette se creía sencillamente hija de Juan Valjean; y como por otra
+parte nada sabía, nada podía decir, y aún en este caso nada hubiera
+dicho. Hemos ya indicado que nada enseña el silencio á los niños como
+la desgracia; y Cosette había padecido tanto, que todo lo temía,
+hasta su voz y su respiración. ¡Cuántas veces una palabra sola había
+precipitado sobre ella una tormenta! Apenas había principiado á
+tranquilizarse desde que estaba con Juan Valjean. Acostumbróse luego á
+la vida del convento. Solamente echaba de menos á su Catalina, pero no
+se atrevía á decirlo. No obstante díjole un día á Juan Valjean:
+
+--Padre, si lo hubiera sabido, la habría traído conmigo.
+
+Cosette, al entrar de educanda, tuvo que vestir el uniforme de las
+colegialas de la casa. Juan Valjean consiguió que le volviesen los
+vestidos que dejó, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió
+al dejar la taberna Thénardier que no estaba aún muy usado; guardóse
+Juan Valjean el vestido, las medias de lana y los zapatos, con mucho
+alcanfor y otros varios aromas, de los que abundan en los conventos, en
+un baulito que pudo procurarse; colocó el baulito sobre una silla al
+lado de su cama llevando siempre la llave consigo. Padre,--le preguntó
+un día Cosette,--¿qué tiene esta caja que huele tan bien?
+
+El tío Fauchelevent, además de la gloria que acabamos de decir, y que
+él ignoró, fué recompensado por su buena acción. Por de pronto tuvo la
+satisfacción de su conciencia, y bastante menos trabajo dividiéndole.
+Y luego que como le gustaba mucho el polvo de tabaco, estando al lado
+del señor Magdalena tomaba triple cantidad que antes, y saboreándolo
+mucho más, porque pagaba el señor Magdalena. Las monjas no adoptaron el
+nombre de Último, y llamaron á Juan Valjean el _otro Fauvent_.
+
+Si aquellas santas mujeres hubieran tenido algo de la perspicacia de
+Javert, habrían acabado por fijarse en que, cuando había necesidad de
+salir fuera para las necesidades del jardín, era siempre Fauchelevent
+el mayor, el viejo, el delicado, el patizambo, y nunca el otro; pero ya
+fuése porque los ojos siempre fijos en Dios no saben espiar, ó porque
+estuviesen ocupadas en espiarse unas á otras, lo cierto es que no llamó
+aquello su atención. Por lo demás, Juan Valjean hizo perfectamente en
+estarse quieto y no moverse, porque Javert vigiló el barrio por espacio
+de mucho más de un mes.
+
+Aquel convento venía á ser para Juan Valjean como una isla rodeada de
+abismos; aquellas cuatro paredes encerraban el mundo para él. Veía el
+cielo suficiente para estar tranquilo, y á hacer á Cosette bastante
+feliz. Empezó, pues, para él una vida agradable.
+
+Habitaba con el tío Fauchelevent la barraca del jardín. Aquella
+casucha hecha de cascote viejo que existía aún en 1845, y se componía,
+como hemos dicho, de tres piezas completamente desnudas, con sólo
+las paredes. La principal había sido cedida quieras que no, al señor
+[Ilustración] Magdalena, por más que Juan Valjean se opusiese á ello,
+por el tío Fauchelevent. La pared de este cuarto, además del clavo
+destinado á colgar la rodillera y el cesto, estaba adornada con un
+papel moneda realista de 1793, pegado á la pared sobre la chimenea,
+cuyo exacto facsímile reproducimos[12]:
+
+Este asignado vendeano había sido pegado allí por el jardinero
+precedente, antiguo chuan que murió en el convento, y á quien reemplazó
+Fauchelevent.
+
+Juan Valjean trabajaba diariamente en el jardín, y era utilísimo.
+Había sido, como ya sabemos, podador, y no era extraño á la jardinería.
+
+Recuérdese además que conocía todo género de recetas y de secretos
+del cultivo, de lo que sacó mucho partido. Casi todos los árboles del
+jardín eran silvestres; él los injertó y les hizo producir excelentes
+frutas.
+
+Cosette tenía permiso de pasar todos los días una hora á su lado.
+
+Como las hermanas estaban siempre tristes, y Juan Valjean era tan
+bondadoso, la niña comparaba y le adoraba. Á la hora prefijada corría
+á la barraca. Cuando entraba en la pequeña choza la llenaba con su
+presencia de alegría.
+
+Juan Valjean se explayaba y sentía aumentar su dicha con la de Cosette.
+La alegría que inspiramos tiene el doble encanto de que lejos de
+debilitarse como todo reflejo, vuelve á nosotros más radiante. Durante
+las horas de recreo, miraba desde lejos Juan Valjean cómo Cosette
+jugaba y reía, distinguiendo su risa de entre las risas de los demás.
+
+Porque entonces Cosette ya reía.
+
+El semblante de Cosette había cambiado en cierto modo, puesto que había
+desaparecido la parte sombría. El reir es el sol de invierno; disipa
+las nubes del rostro humano.
+
+Terminadas las horas de recreo, cuando se volvía Cosette al convento,
+Juan Valjean miraba á las ventanas de la clase; y por la noche se
+levantaba para mirar las ventanas del dormitorio.
+
+Dios tiene sus senderos. El convento contribuyó, al par de Cosette,
+á mantener y completar, en Juan Valjean la obra del obispo. Es
+cierto que la virtud llega por una parte hasta el orgullo, del que
+está separado solamente por un puentecillo hecho por el diablo. Juan
+Valjean no estaba quizá lejos de esta parte y de este puente, cuando la
+Providencia le llevó al pequeño Picpus. Mientras no se había comparado
+sino con el obispo, se había creído indigno y sido humilde; pero desde
+que hacía algún tiempo se comparaba con los hombres, principiaba á
+nacer en él el orgullo. ¿Quién sabe si tal vez, y poco á poco, habría
+concluido por volver al odio?
+
+El convento le detuvo en aquella pendiente.
+
+Era aquel el segundo lugar de cautiverio que veía. En su juventud,
+en lo que había sido para él el principio de la vida, y después,
+recientemente aún, había visto otro lugar horroroso, terrible, cuyos
+rigores había considerado como la iniquidad de la justicia, y el crimen
+de la ley. Á la sazón, después del presidio, veía el claustro, y
+pensando en que había estado en el presidio, y que era espectador del
+claustro, los comparaba con ansiedad en su imaginación.
+
+Algunas veces, apoyándose en la pala, descendía lentamente por las
+espirales sin fin de meditación.
+
+Recordaba á sus antiguos compañeros, y cuánta era su miseria, quienes
+se levantaban al amanecer y trabajaban hasta la noche; que apenas
+les dejaban dormir; se acostaban en camas de campaña, y sólo se les
+toleraba un colchón de dos pulgadas de grueso, en salas que no tenían
+lumbre sino en los meses más crudos del año; vestían una horrible
+chaqueta roja, y se les permitía usar, por gracia, un pantalón de tela
+en los grandes calores, y una manta de lana en los fríos excesivos;
+no bebían vino ni comían carne sino cuando trabajaban de «fatiga».
+Vivían sin nombre, designados solamente por números, y estaban casi
+convertidos en cifras, bajos los ojos, baja la voz, el pelo cortado,
+sumisos á la vara en la vergüenza.
+
+Después su espíritu se volvía hacia los seres que tenía á la vista.
+
+Estos seres vivían igualmente con los cabellos cortados, los ojos
+bajos, la voz baja, no en la vergüenza, pero sí en medio del escarnio
+del mundo; no con la espalda acardenalada por el látigo, pero sí
+azotada por las disciplinas. También éstos habían perdido su nombre
+entre los hombres; eran conocidos solamente por austeros apelativos.
+No comían carne nunca ni bebían vino jamás, y frecuentemente estaban
+en ayunas hasta la noche. Vestían éstos, no una chaqueta roja, sino
+un sudario negro de lana, pesado en el verano, ligero en el invierno,
+y no podían quitársele ni añadirle nada; no tenían ni aun el recurso
+de la tela ó de la lana conforme á las estaciones; y llevaban seis
+meses del año camisas de burriel, que les producían calentura. Vivían,
+no en salas caldeadas únicamente los días de riguroso frío, sino en
+celdas en las que nunca se encendía lumbre; dormían, no en colchones
+de dos pulgadas de grueso, sino sobre paja. Finalmente, ni aun les
+era permitido dormir; todas las noches, después de un día de trabajo,
+era preciso despertar en el abatimiento del primer sueño; y cuando
+empezaban á dormir y á entrar apenas en calor, debían levantarse y
+rezar en una capilla helada y sombría, de rodillas sobre la piedra.
+
+En días determinados cada uno de aquellos seres, por riguroso turno,
+permanecía doce horas seguidas arrodillado sobre el mármol, ó
+prosternado de cara al suelo y los brazos en cruz.
+
+Los primeros eran hombres; éstos, mujeres.
+
+¿Qué habían hecho aquellos hombres?
+
+Habían robado, violado, saqueado, herido, matado, asesinado. Eran
+bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas.
+
+¿Qué habían hecho estas mujeres?
+
+Nada.
+
+Por una parte, el bandolerismo, el fraude, el dolo, la violencia, la
+lubricidad, el homicidio, todas las manifestaciones del sacrilegio,
+todas las variedades del atentado; por la otra, una sola cosa: la
+inocencia.
+
+La inocencia perfecta, casi elevada hasta una misteriosa asunción,
+unida á la tierra por la virtud, y al cielo por la santidad.
+
+De un lado, confidencias de crímenes que se hacen en voz baja; del
+otro, la confesión de faltas hechas en alta voz.
+
+¡Y qué crímenes! ¡Y qué faltas!
+
+Por un lado miasmas, por el otro inefable perfume.
+
+Por una parte, peste moral con guardas de vista, cercada por cañones, y
+devorando lentamente á sus apestados; por la otra un casto abrasamiento
+de todas las almas en el mismo foco. Allí, las tinieblas; aquí, la
+sombra; pero una sombra llena de luz, y una luz llena de fulgores.
+
+Dos lugares de esclavitud; pero en el primero era posible la redención;
+tenía un límite legal siempre esperado, y además la evasión. En el
+segundo, solamente la perpetuidad; y por toda esperanza, al extremo
+lejano del porvenir, aquella luz de libertad á que los hombres llaman
+muerte.
+
+En el primero no se está encadenado más que por cadenas; en el segundo
+por la fe.
+
+¿Qué salía del primero? Una maldición inmensa, rechinamiento de
+dientes, el odio y la perversidad desesperado, un grito de rabia contra
+la sociedad humana, un sarcasmo al cielo.
+
+¿Qué del segundo? Bendiciones y amor.
+
+Y en aquellos dos lugares tan parecidos y tan diversos, estas dos
+clases de seres realizaban lo mismo: la expiación.
+
+Juan Valjean comprendía perfectamente la expiación de los primeros, la
+expiación personal, la expiación por sí mismo. Pero no se explicaba
+la otra, la de aquellas criaturas sin reproche ni mancilla, y se
+preguntaba temblando: ¿Expiación de qué? ¿Qué expiación?
+
+Y respondíale una voz en el fondo de su conciencia: la más divina de
+las generosidades humanas: la expiación ajena.
+
+Aquí nos reservamos toda teoría personal; no somos más que narradores;
+nos colocamos en el mismo punto de vista que Juan Valjean, y traducimos
+sus impresiones.
+
+Tenía él ante sus ojos el vértice sublime de la abnegación, la cumbre
+más elevada de la virtud, la inocencia que perdona las faltas de los
+hombres y las expía en su lugar; la servidumbre practicada, la tortura
+aceptada, el suplicio reclamado por las almas que no han pecado,
+para librar de él á las que han delinquido; el amor de la humanidad
+abismándose en el amor de Dios, pero continuando distinto y suplicante:
+débiles seres, que unen la miseria de los condenados á la sonrisa de
+los escogidos.
+
+¡Y entonces recordaba que había osado quejarse!
+
+Frecuentemente, á mitad de la noche, se levantaba para escuchar
+el canto de gracias de aquellas criaturas inocentes y abrumadas
+de rigores, y sentía frío en las venas al pensar que los que eran
+castigados con justicia no elevaban la voz hacia el cielo más que para
+blasfemar; y que él, miserable, había enseñado sus puños á Dios.
+
+¡Cosa extravagante que le hacía meditar mucho, como una advertencia
+en voz baja hecha por la misma Providencia! Todos los esfuerzos que
+había hecho para salir del otro lugar de expiación, el escalamiento, la
+ruptura de prisiones, el peligro aceptado hasta la muerte, la ascensión
+difícil y brusca, los había tenido que hacer igualmente para entrar en
+este segundo lugar. ¿Era éste tal vez el símbolo de su destino?
+
+Aquella casa era también una cárcel; y se parecía lúgubremente á la
+otra de que había huido; y sin embargo, nunca se le había ocurrido tal
+semejanza.
+
+Veía allí rejas, cerrojos, barras de hierro. ¿Para qué? Para guardar
+ángeles.
+
+Aquellas altas murallas que había visto cercando tigres, las estaba
+viendo cercando corderos.
+
+Era un lugar de expiación y no de castigo; pero sin embargo era más
+austero, más tétrico y más inexorable que el otro. Aquellas vírgenes
+vivían más oprimidas que los presidiarios.
+
+Un viento frío y rudo, el viento que había helado su juventud,
+atravesaba el foso enverjado y embarrotado de los buitres; una brisa
+más áspera y más dolorosa todavía soplaba en la jaula de las palomas.
+
+¿Por qué?
+
+Cuando pensaba en tales cosas, se abismaba su espíritu ante el misterio
+de la sublimidad.
+
+En tales meditaciones el orgullo se desvanece.
+
+Daba toda clase de vueltas sobre sí mismo, sintiendo su propia
+perversidad, y lloró muchas veces. Todo lo que había pasado por él
+hacía seis meses, le conducía nuevamente á las santas inducciones del
+obispo; Cosette por el amor, el convento por la humildad.
+
+Algunas veces, á la caída de la tarde, en el crepúsculo, á la hora en
+que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del
+paseo que costeaba la capilla, junto á la ventana por donde había
+mirado la primera noche, de cara al sitio en que sabía estaba la
+hermana que hacía el desagravio orando prosternada. Rezaba arrodillado
+ante aquella religiosa.
+
+Parecía que no osaba arrodillarse directamente delante de Dios.
+
+Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores
+embalsamadas, aquellas niñas gritando de alegría, aquellas mujeres
+graves y sencillas, aquel claustro silencioso, le penetraban
+lentamente; y poco á poco su alma iba llenándose de silencio como
+el claustro, de perfume como las flores, de paz como el jardín, de
+ingenuidad como las monjas, y de alegría como las niñas. Después
+reflexionaba que precisamente dos casas de Dios le habían sucesivamente
+acogido en los momentos críticos de su vida; la primera, cuando todas
+las puertas se le cerraban y le rechazaba la sociedad humana; la
+segunda, cuando la sociedad humana volvía á perseguirle, y el presidio
+volvía á solicitarle. Sin la primera, hubiera vuelto á precipitarse en
+el crimen; sin la segunda, en el suplicio.
+
+Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más y más.
+
+Se pasaron así bastantes años; Cosette fué creciendo.
+
+
+ NOTAS:
+
+[12] Ejército Católico y Real.--En nombre del Rey.--Bono negociable
+de diez libras por objetos suministrados al ejército, reembolsable al
+hacerse la paz.--Serie 3.--N.º 10390.--Stofflet.
+
+
+
+
+ TERCERA PARTE
+ MARIO
+
+
+
+
+ LIBRO PRIMERO
+ PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO
+
+
+ I
+ =Parvulus=
+
+
+París tiene un hijo, y el bosque un pájaro; el pájaro se llama gorrión,
+el hijo pilluelo.
+
+Asociad estas dos ideas, que contienen, la una todo el fuego, la otra
+toda la aurora; chocad estas chispas, París y la infancia, y resulta un
+pequeño ser. _Homuncio_, como diría Plauto.
+
+Este pequeño ser es siempre alegre. No todos los días come, pero va
+al teatro, si le place, todas las noches. No lleva camisa sobre sus
+carnes, ni zapatos en los pies, ni tiene tejado bajo el cual guarecer
+su cabeza: es como los pájaros del aire, que nada de eso tienen. Cuenta
+de siete á trece años, vive en bandadas, trisca por el empedrado, se
+hospeda al aire libre, lleva un pantalón viejo de su padre que le pasa
+de los talones, un sombrero viejo de cualquier tío, que le entra hasta
+las orejas y un solo tirante orillado de amarillo; corre, acecha,
+inquiere, pierde el tiempo, encalzona pipas, jura como un condenado,
+frecuenta la taberna, conoce á los ladrones, tutea á las mujerzuelas,
+habla el caló y canta canciones obscenas, sin que tenga su corazón
+nada de malo. Y es que tiene en su alma una perla, la inocencia; y las
+perlas no se disuelven en el fango. Mientras el hombre es niño, Dios
+quiere que sea inocente.
+
+Si se preguntase á la enorme ciudad: ¿Quién es este muchacho?
+respondería: Es mi pequeñín.
+
+
+
+
+ II
+ =Algunas de sus señas particulares=
+
+
+El chico de París es el enano del gigante.
+
+No exageramos; este querubín del arroyo tiene algunas veces camisa,
+pero en tal caso no es más que una; tiene alguna vez zapatos, pero
+generalmente sin suelas; tiene alguna vez casa, á la que profesa
+cariño, porque en ella encuentra á su madre, pero prefiere la calle,
+porque en ella encuentra la libertad. Tiene sus juegos propios, su
+malicia propia, cuyo fondo es el odio á los burgueses. Tiene sus
+metáforas especiales: al morir, le llama él: _comer dientes de león por
+la raíz_; sus ocupaciones son: proporcionar coches de alquiler, bajar
+el estribo de los carruajes, establecer paso de una acera á otra de la
+calle en los días de mucha lluvia, á lo cual llama hacer _puentes de
+las artes_; pregonar los discursos de la autoridad en favor del pueblo
+francés; escarbar los intersticios del empedrado; tiene su moneda
+propia, que se compone de todos los pedazos de cobre que encuentra en
+la calle. Esta curiosa moneda, que toma el nombre de _arambeles_, tiene
+un curso invariable y muy bien arreglado entre aquella pequeña bohemia
+de chiquillos.
+
+En fin, tiene también su fauna, que estudia cuidadosamente en los
+rincones: la bestia de Dios, el pulgón cabeza de muerto, la zancuda,
+el «diablo», insecto negro que amenaza torciendo su cola, armado de
+dos cuernos. Tiene su monstruo fabuloso con escamas en el vientre, y
+no es un lagarto, con pústulas en el lomo; y no es un sapo, que habita
+en los agujeros de los hornos viejos de cal y de los pozos secos;
+negro, velludo, viscoso, rampante; tan pronto ligero, como pesado, que
+no grita, pero mira; tan terrible, que nadie le ha visto jamás. Y á
+este monstruo le llaman «la salamandra». Buscar salamandras entre las
+piedras es un gran placer. Es otro placer extraordinario levantar el
+empedrado y ver las cucarachas. Cada región de París es célebre por los
+descubrimientos interesantes que pueden hacerse. Hay tijeretas en los
+leñeros de las Ursulinas; en el Panteón, cien-pies; en los fosos del
+campo de Marte, renacuajos.
+
+En cuanto á los dichos, los tiene el pilluelo tan propios como
+Talleyrand; no cede á éste en cinismo, pero le gana en honradez. Está
+dotado de cierta jovialidad imprevista; desconcierta á los tenderos
+con su loco reir. Su diapasón recorre todos los tonos, desde el drama
+elevado hasta la farsa.
+
+Pasa un entierro. Entre los que acompañan al muerto se ve un médico:
+¡Calla!--grita un pilluelo.--¿Desde cuándo los médicos van en persona á
+entregar su obra?
+
+Otras veces, en medio de la multitud, un hombre grave, adornado de
+anteojos y dijes, se vuelve indignado exclamando:
+
+--Bribón, acabas de coger «el talle» á mi mujer.
+
+--¡Yo, señor! Registradme.
+
+
+
+
+ III
+ =Es divertido=
+
+
+Por la noche, gracias á algunos sueldos que siempre encuentra medio
+de procurarse, el _homuncio_ entra en un teatro. En cuanto atraviesa
+aquel umbral mágico, se transfigura: el pilluelo se convierte en tití.
+Los teatros son una especie de navíos volcados, que tienen la cala
+en lo alto. En esta cala es donde se eleva el tití. El tití es al
+pilluelo lo que la mariposa á la oruga: es el mismo ser, pero volando y
+cerniéndose. Basta que él esté allí con su irradiación de dicha, con su
+poder de entusiasmo y alegría, con su batir de palmas parecido al batir
+de unas alas para que aquella cala estrecha, fétida, obscura, sórdida,
+malsana, repugnante y abominable se llame Paraíso.
+
+Dad á un ser lo inútil y quitadle lo necesario, y tendréis al pilluelo.
+
+El pilluelo no carece de cierta intuición literaria. Su tendencia, lo
+decimos con todo el pesar conveniente, no sería el gusto clásico. Es
+por naturaleza poco académico. Así por ejemplo, la popularidad de la
+señorita Mars, entre aquel pequeño público de chinos turbulentos, iba
+sazonada con sus puntas de ironía. El pilluelo la llamaba señorita
+_Muche_.
+
+Este ser alborota, apostrofa, se burla y lucha; va envuelto en trapos
+como un rorro, y en andrajos como un filósofo; pesca en los albañales,
+caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, fustiga las
+encrucijadas con su locuacidad, husmea y muerde, silva y canta, aclama
+y se desgañita, entona la Aleluya por Matanturlurette, salmodia todos
+los ritmos, desde el _De profundis_ hasta las Carnestolendas; encuentra
+sin buscar, sabe lo que ignora, es espartano hasta el fraude, loco
+hasta la sabiduría, lírico hasta la obscenidad; se acurrucaría en el
+Olimpo, se revuelca en el estiércol y sale cubierto de estrellas. El
+pilluelo de París es Rabelais en pequeño.
+
+No está satisfecho de sus pantalones si no tienen bolsillo de reloj.
+
+Se admira poco, se asusta aún menos, saca coplas á las supersticiones,
+deshincha las exageraciones, desmiente los misterios, saca la lengua
+á los aparecidos, despoetiza lo encumbrado, mete la caricatura en las
+hinchazones épicas. Esto no quiere decir que sea prosaico, lejos de
+eso; pero reemplaza la visión solemne con la fantasmagoría de la farsa.
+Si se le presentase Adamastón, le diría el pilluelo: ¡Anda, espantajo!
+
+
+
+
+ IV
+ =Puede ser útil=
+
+
+París empieza en el papamoscas y acaba en el pilluelo; dos seres que no
+puede tener ninguna otra ciudad: la aceptación pasiva que se satisface
+mirando, y la iniciativa inagotable: Proudhomme y Fouillon. París
+únicamente tiene esos tipos en su historia natural.
+
+Toda la monarquía, se encierra en el papamoscas; toda la anarquía en el
+pilluelo.
+
+Este pálido hijo de los arrabales de París vive y se desarrolla, se
+anuda y _desnuda_ en el sufrimiento; en presencia de las realidades
+sociales y de las cosas humanas, como testigo meditabundo. Él mismo
+se cree indiferente, y no lo es. Observa dispuesto siempre á reir,
+pero dispuesto igualmente á otras cosas. Quien quiera que se llame
+Preocupación, Abuso, Ignominia, Opresión, Iniquidad, Despotismo,
+Injusticia, Fanatismo, Tiranía, guárdese del pilluelo bobalicón.
+
+Este niño crecerá.
+
+¿De qué barro está hecho? Del primer lodo que se ha encontrado. Un
+puñado de barro, un soplo, y surgió Adán. Basta que pase un Dios; y
+siempre pasó un Dios por el pilluelo. La fortuna trabaja este pequeño
+ser. Por «fortuna» entendemos nosotros la ventura. Este pigmeo, amasado
+con grosera tierra común, ignorante, sin letras, aturdido, vulgar y
+populachero, ¿será un genio ó un beocio?
+
+Esperad; _currit rota_, el espíritu de París, ese demonio que crea los
+hijos del azar y los hombres del destino, al revés del alfarero latino,
+hace del cántaro un ánfora.
+
+
+
+
+ V
+ =Sus fronteras=
+
+
+El pilluelo ama el poblado y ama también la soledad, tiene mucho de
+sabio. _Urbis amator_, como Fusco; _ruris amator_, como Flaco.
+
+Errar soñando; es decir, vagabundear, es un buen modo de emplear el
+tiempo para los filósofos, particularmente en esa especie de campiña
+bastarda, bastante fea pero extraña y compuesta de dos naturalezas,
+que rodea á ciertas grandes poblaciones y muy particularmente París.
+Observar los alrededores es observar un anfibio.
+
+Acábanse los árboles y empiezan los tejados; acábase la yerba y empieza
+el empedrado; termina el surco y empiezan las tiendas; terminan
+los carriles y empiezan las pasiones; acaba el murmullo divino y
+empiezan los rumores humanos; y de todo ello junto nace un interés
+extraordinario.
+
+De ahí los paseos, sin objeto al parecer, del soñador, por esos lugares
+poco atractivos y continuamente designados por el transeunte con el
+epíteto de _tristes_.
+
+El que esto escribe ha sido mucho tiempo rondador de las barreras de
+París, fuentes para él de profundos recuerdos. Aquel césped cortado,
+aquellos senderos pedregosos, aquella creta, aquellas margas, aquellos
+yesos, aquella áspera monotonía de eriales y barbechos, los plantíos
+de frutas y hortalizas tempranas que se descubren de súbito en el
+fondo, aquella mezcolanza de salvaje y urbano, aquellos vastos
+rincones desiertos, donde los tambores de la guarnición establecen su
+ruidosa escuela y tartamudean en cierto modo el tronar de las batallas,
+aquéllas de día y madrigueras de noche; el molino destartalado que gira
+con el viento, las ruedas de extracción de las canteras, los figones en
+las esquinas de los cementerios, el encanto misterioso de las grandes
+y sombrías tapias, cortando á cuadros inmensos y vagos, terrenos
+inundados de sol y llenos de mariposas; todo eso le atraía.
+
+Casi no hay en la tierra quien conozca aquellos sitios singulares, la
+Glacière, la Cunette, el horroroso muro de Grenelle tigrado de balazos,
+el Mont Parnasse, la Fosse aux-Loups, los Aubiers en la pradera del
+Marne, Mont Souris, la Tombe Issoire, la Pièrre-Plate de Chatillón,
+donde hay una antigua cantera agotada, que sirve únicamente para criar
+hongos, y cerrada á flor de tierra por una trampa de tablas podridas.
+La campiña de Roma es una idea, las afueras de París otra; no ver
+en lo que nos ofrece un horizonte más que campos, casas ó árboles,
+es quedarse en la superficie; en el aspecto de todas las cosas está
+el pensamiento de Dios. El lugar en que una llanura se junta á una
+ciudad, está siempre impregnado de cierta melancolía penetrante. Allí
+la naturaleza y la humanidad nos hablan á la vez. Las originalidades
+locales aparecen allí.
+
+Quien haya errado como nosotros por aquellas soledades contiguas á
+nuestros arrabales á las que pueden llamarse limbos de París, habrá
+descubierto aquí y allá en el punto más abandonado, en el momento
+más inesperado, detrás de un débil valladar ó en el ángulo de una
+lúgubre tapia, muchachos agrupados tumultuosamente, fétidos, llenos
+de polvo y lodo, haraposos, despeluznados, jugando al chito coronados
+de florecillas: son los niños escapados de las familias. El boulevard
+exterior es su centro respirable; los alrededores les pertenecen, y
+en ellos establecen su escuela silvestre; allí cantan ingenuamente
+su repertorio de canciones obscenas. Allí están, ó por mejor decir,
+allí existen lejos de toda mirada, bajo la dulce luz de mayo ó junio,
+arrodillados alrededor de un agujero abierto en la tierra, jugando
+á las chinas disputando por un ochavo; irresponsables, escapados,
+sueltos, felices; y apenas os distinguen, se acuerdan de que tienen
+una industria, y que les es preciso ganarse la vida, y os ofrecen en
+venta una media vieja de lana llena de saltones ó un manojo de lilas.
+El encuentro de estos chiquillos extraños, es una de las gracias
+halagüeñas, al par que dolorosas de los alrededores de París.
+
+Á veces entre aquel montón de chicos se encuentran algunas chiquillas,
+sus hermanas tal vez, casi ya mozas, flacas, fibrosas, atezadas por el
+ambiente, pecadas de rojo, coronadas de espigas y amapolas, alegres,
+hurañas y descalzas. Vense á veces cogiendo cerezas entre los trigos;
+de noche se las oye reir. Esos grupos, vivamente iluminados por la luz
+del mediodía ó adivinados en el crepúsculo, ocupan mucho tiempo al
+pensador; mezclando estas visiones á sus raciocinios.
+
+París, centro; los alrededores, circunferencia; he aquí para tales
+muchachos toda la tierra. Jamás se aventuran á ir más allá. No pueden
+salirse de la atmósfera parisién, como no pueden los peces salir del
+agua. Para ellos, á dos leguas de las barreras no hay nada más: Ivry,
+Gentilly, Arcueil, Belleville, Aubervilliers, Menilmontant, Choisy-le
+Roi, Billancourt, Meudon, Issy, Vanvre, Sèvres, Puteaux, Neuilly,
+Gennevilliers, Colombes, Romainville, Chatou, Asnières, Bougival,
+Nanterre, Enghien, Noissy-le Sec, Nogent, Gournay, Drancy, Gonesse; son
+los puntos donde termina el mundo.
+
+
+
+
+ VI
+ =Un poco de historia=
+
+
+En la época, casi contemporánea, en que se desarrolla la acción de
+este libro, no había, como en la actualidad, un agente municipal en
+cada bocacalle (beneficio que no es del caso discutir); los muchachos
+vagabundos abundaban bastante en París.
+
+Las estadísticas arrojan un promedio de doscientas sesenta criaturas
+sin domicilio, recogidas entonces anualmente por las rondas de policía
+en los terrenos abiertos, las casas en construcción, y bajo los arcos
+de los puentes. Uno de estos nidos, de famosa recordación, produjo
+las golondrinas del puente de Arcole. Éste es, por otra parte el más
+desastroso de los síntomas sociales. Todos los crímenes del hombre
+empiezan en la vagancia del muchacho.
+
+Exceptuemos, sin embargo, á París. Hasta cierto punto relativo, y á
+pesar del recuerdo que acabamos de evocar, la excepción es justa.
+Mientras que en cualquier otra gran ciudad un muchacho vagabundo es un
+hombre perdido; mientras que casi en todas partes el niño entregado
+á sí mismo está consagrado y abandonado en cierto modo á una especie
+de inmersión fatal en los vicios públicos, la cual devora en él la
+conciencia y la honradez; el pilluelo de París, lo repetimos, tan
+descompuesto y corrompido en la superficie, se halla interiormente casi
+intacto. Grande y magnífica cualidad que debemos hacer constar aquí,
+y que brilla entre la espléndida probidad de nuestras revoluciones
+populares, es la especial incorruptibilidad resultante de la idea,
+que está en la atmósfera de París como la sal en el agua del océano.
+Respirar el aire de París, conserva el alma.
+
+Pero lo que decimos, no se opone en manera alguna al dolor que siente
+el corazón cada vez que nos encontramos con una de esas criaturas, en
+cuyo derredor parece que se ven flotar los hilos rotos de la familia.
+En la civilización actual, tan incompleta aún, no es muy anormal esa
+ruptura de la familia perdiéndose en la sombra, ignorando lo que se han
+hecho los hijos, y dejando caer los pedazos de sus entrañas en la vía
+pública. De ahí los destinos obscuros, lo cual se llama, porque tiene
+su triste locución «ser tirado en medio del arroyo de París».
+
+Sea dicho de paso: este abandono de criaturas no encontraba gran
+oposición en la antigua monarquía. Algo de Egipto y de Bohemia en
+las bajas regiones, era conveniente á las altas esferas y facilitaba
+el negocio de los poderosos. El odio á la enseñanza de los hijos del
+pueblo era un dogma. ¿De qué sirven «las medias luces?». Tal era la
+consigna. Que el niño vagabundo, es el corolario de niño ignorante.
+
+Por otra parte, la monarquía tenía á veces necesidad de muchachos, y
+entonces espumaba las calles.
+
+En tiempos de Luis XIV, sin ir más lejos, el rey quería, con razón,
+crear una escuadra. La idea era buena; pero veamos el medio. No hay
+escuadra posible, si al lado del buque de vela, juguete del viento, no
+va para remolcarle, en caso necesario, el buque que puede ir donde se
+quiere, ya á fuerza de remos, ya de vapor; las galeras eran entonces
+en la marina lo que hoy los vapores; faltaban, pues, galeras, y como
+las galeras no se mueven sin galeotes, hacían falta, por lo tanto,
+galeotes. Colbert hacía que por medio de los intendentes de provincia
+y los tribunales, hubiese de repuesto el mayor número posible de
+galeotes. La magistratura se prestaba á ello con la mayor complacencia.
+Conservaba cualquiera el sombrero puesto durante el paso de una
+procesión; actitud de hugonote; á galeras.
+
+Se encontraba un muchacho en la calle; como tuviese quince años, y no
+supiese dónde acostarse, se le enviaba á galeras. Gran reinado; gran
+siglo.
+
+En tiempos de Luis XV, los muchachos desaparecían de París; la policía
+los arrebataba, se ignora para qué misterioso objeto. Cuchicheábase con
+horror, haciendo monstruosas conjeturas sobre los baños de púrpura del
+rey.
+
+Barbier habla sencillamente de ello. Llegaba el caso que los exentos
+encargados de la leva de chicos cogían algunos que tenían padres.
+Éstos, desesperados, perseguían y recurrían á los exentos. Intervenía
+entonces el tribunal, y mandaba ahorcar, ¿á quién? ¿Á los exentos? No,
+á los padres.
+
+
+
+
+ VII
+ =El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la India=
+
+
+La _gaminería_ parisién es casi una casta. Pudiera decirse: para serlo
+no basta quererlo.
+
+La palabra francesa _gamín_, que traducimos no muy propiamente en la de
+pilluelo, se imprimió por primera vez, y pasó del lenguaje popular al
+literario. En 1834 apareció en un opúsculo titulado _Claudio Gueux_.
+Fué grande el escándalo, y la palabra pasó.
+
+Los elementos que constituyen la consideración de los pilluelos entre
+sí son muy variados. Hemos conocido y tratado á uno que era muy
+respetado y admirado, por haber visto caer un hombre desde lo alto de
+las torres de Nuestra Señora; otro por haber conseguido penetrar en el
+patio interior donde estaban interinamente depositadas las estatuas de
+la cúpula de los Inválidos, y haber «robado» un poco de plomo; otro por
+haber visto volcar una diligencia; otro porque «conocía» á un soldado
+que por poco le saca un ojo á un paisano.
+
+Esto explica perfectamente la siguiente exclamación de un pilluelo
+parisiense, epifonema profundo de que se ríe el vulgo sin comprenderle:
+_Dios de Dios; ¡tendré yo desgracia! ¡Decir que todavía no he visto
+caerse á nadie de un quinto piso!_
+
+También es notable esta otra frase de campesino: «Tío Fulano, vuestra
+mujer ha muerto de su enfermedad; ¿por qué no me mandásteis llamar al
+médico? Qué queréis, señor; nosotros los pobres _nos morimos solos_».
+Pero si toda la posibilidad del lugareño se encierra en dicha frase,
+descúbrese indudablemente en la siguiente, la anarquía librepensadora
+del pilluelo de los arrabales. Un condenado á muerte ya en la carreta,
+oye á su confesor. El hijo de París lo ve, y exclama: _¡Habla el
+clerizonte! ¡Qué hipócrita!_
+
+Cierta audacia en materia religiosa, realza mucho al pilluelo; ser
+espíritu fuerte, es lo importante.
+
+Asistir á las ejecuciones es para ellos un deber. Se enseñan unos á
+otros la guillotina y se ríen. Danle diversos nombres:--Fin de la
+sopa.--Gruñona.--La tía de lo azul (del cielo).--La última boqueada,
+etc., etcétera. Para no perder nada del espectáculo, escala las
+paredes, trepa á los balcones, sube á los árboles, se suspende en las
+rejas, se abraza á las chimeneas. El pilluelo nace pizarrero, como
+nace marino. Un tejado no le asusta más que un mástil. No hay fiesta
+que iguale á la de la Grève (plaza de los ajusticiados). Sansón (el
+verdugo) y el padre Montes (capellán de la cárcel) son verdaderos
+nombres populares. Azuzan al paciente para darle valor. Á veces le
+admiran. Lacenaire, siendo pilluelo, al ver morir con valor al terrible
+Dautun, dijo esta frase que encierra un porvenir: _Le tengo envidia_.
+
+En la pillería no se conoce á Voltaire, pero se conoce á Papavoine.
+Confúndese en la misma leyenda á los «políticos» y á los asesinos.
+Consérvase por tradición el recuerdo del último vestido de cada uno.
+Saben que Tollerón llevaba un gorro de chispero; Abril un casquete de
+nutria; Louvel un sombrero redondo; que el viejo Delaporte era calvo, é
+iba sin nada en la cabeza; que Castaing era sonrosado y muy guapo; que
+Bories llevaba una perilla romántica; que Juan Martín conservaba los
+tirantes y que Lecouffé y su madre iban riñendo.--_No os tiréis á la
+cara el cesto_, les gritó un pilluelo. Otro por ver pasar á Debaker, y
+siendo demasiado pequeñito, vió la farola del muelle y se encaramó en
+ella. Un gendarme, que estaba allí, frunció el entrecejo.
+
+--Déjeme subir, señor gendarme,--dijo el pilluelo. Y para ablandar á la
+autoridad, añadió:--No me caeré.
+
+--Y que me importa á mí que te caigas,--respondió el gendarme.
+
+Entre la pillería, se tiene en mucho un accidente memorable. Se
+llega á la cúspide de la consideración, si sucede que uno se corta
+profundamente «hasta el hueso».
+
+Los puños no son los peores elementos de respeto; una de las cosas que
+el pilluelo dice con más satisfacción es: _¡Yo soy más fuerte, vaya!_
+Ser zurdo es cosa envidiable, y muy considerada el ser bizco.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Donde se leerá una buena frase del último rey=
+
+
+Durante el verano, se metamorfosea en rana; y por la tarde, cuando cae
+la noche, delante de los puentes de Austerlitz y de Jena, desde lo alto
+de las barcas de carbón y de las barracas de las lavanderas, se arroja
+de cabeza en el Sena, infringiendo admirablemente todas las leyes del
+pudor y de la policía.
+
+Sin embargo, como los municipales vigilan, resulta de ello una
+situación muy dramática, que dió lugar una vez á un grito fraternal y
+memorable; grito que fué célebre en 1830, y es un aviso estratégico de
+pilluelo á pilluelo; se mide como un verso de Homero con una notación
+casi tan inexplicable como la melopea eleusiaca de las Panateneas,
+hallándose reproducida en él la antigua Evohé. Hele aquí:
+
+--«¡Eh, Tití, he, que hay moros en la costa; cuidado no te trinquen:
+coge la ropa y huye; huye enseguida, escápate por la alcantarilla».
+Algunas veces, este moscardón, como se califica él á sí mismo, sabe
+leer, otras sabe escribir, pero siempre sabe pintarrajear. No vacila un
+punto en adquirir, por medio de una misteriosa enseñanza mutua todas
+las habilidades que pueden ser útiles á la cosa pública: de 1815 á 1830
+imitaba el graznido del pavo; de 1830 á 1848 garabateaba una pera en
+las paredes. Una tarde de verano, volviendo Luis Felipe de paseo á pie,
+vió á uno de aquellos chiquitines que sudaba y se empinaba para trazar
+con un carbón una pera gigantesca en uno de los pilares de la verja de
+Neuilly; el rey, con aquella bonachonería heredada de Enrique IV, ayudó
+al pilluelo, acabó de dibujar la pera, y dándole después un luis de
+oro, le dijo: _ahí también hay una pera_. Al pilluelo le gusta mucho la
+bulla, le agrada cierto estado violento. Detesta á «los curas». Cierto
+día, en la calle de la Universidad, uno de esos bribonzuelos le estaba
+haciendo un gesto grotesco de manos y nariz á la puerta-cochera del
+número 69. ¿Por qué haces eso á esa puerta? le preguntó un transeunte.
+El niño respondió: Porque vive ahí un cura. En efecto; allí vive el
+nuncio.
+
+No obstante, cualquiera que sea el volterianismo del pilluelo, si se le
+presenta ocasión de hacerse monaguillo, casi siempre acepta, y entonces
+ayuda á misa debidamente. Hay dos cosas en que se parece á Tántalo, y
+que desea siempre sin conseguirlas nunca: derribar al gobierno y que le
+cosan el pantalón.
+
+El pilluelo, en el estado perfecto, señala á todos los agentes de
+policía de París, y sabe siempre cuando encuentra á alguno darle
+su mote, pues los tiene presentes y los conoce á todos al dedillo.
+Estudia sus costumbres y tiene notas especiales sobre cada uno; lee
+como un libro abierto en las almas de la policía. Así os podrá decir
+inmediatamente y sin titubear: «Fulano es un _traidor_, Zutano es _muy
+malo_; éste es _grande_, aquél _ridículo_»; (y todas esas palabras,
+traidor, malo, grande, ridículo, tienen en sus labios una aceptación
+particular); «éste se figura que el Puente Nuevo es suyo, y prohíbe _á
+la gente_ pasearse por la cornisa fuera del parapeto; el otro tiene la
+manía de tirar de las orejas á las _gentes_, etc., etc».
+
+
+
+
+ IX
+ =El antiguo espíritu de los Galos=
+
+
+Se encuentran también muchachos de éstos en Poquelin, hijo de los
+mercados; y los hay también en Beaumarchais. La _pilluelería_ es una
+vanidad, un matiz del espíritu galo. Asociada al buen sentido, le
+da fuerza, como el alcohol al vino. Á veces es un defecto. Homero
+se repite, es verdad; también puede decirse que Voltaire hacía
+travesuras. Camilo Desmoulins era de los arrabales. Championnet, que
+tan brutalmente desenmascaraba los milagros, había salido de las calles
+de París; de pequeño había _inundado los pórticos_ de San Juan de
+Beauvais y de San Esteban del Monte; había tuteado mucho la urna de
+Santa Genoveva, para después dar órdenes á la redoma de San Genaro.
+
+El pilluelo de París es respetuoso, irónico é insolente. Tiene los
+dientes feos, porque está mal alimentado, y su estómago sufre; pero
+buenos ojos, porque es ingenioso. Delante de Jehová saltaría á la pata
+coja las gradas del paraíso. Es fuerte en jugar el zapato. Todos los
+crecimientos le son posibles. Juega en el arroyo y se levanta en los
+motines; su tenacidad persiste ante la metralla; era un mocoso, y es un
+héroe; como el pequeño Tebano, sacude la piel del león. El tambor Barra
+era un pilluelo de París; grita: _¡Adelante!_ como el caballo de la
+Escritura dice: _¡Va!_ y en un minuto pasa de rapazuelo á gigante.
+
+Es hijo del fango como del ideal; distancia que media desde Molière á
+Barra.
+
+En suma, y para compendiarlo todo en una palabra, el pilluelo es un ser
+que se distrae, porque es desgraciado.
+
+
+
+
+ X
+ =Ecce París, ecce homo=
+
+
+Para resumir todavía más, diremos que el pilluelo de París, hoy, como
+en otros tiempos el _græculus_ de Roma, es el pueblo niño que lleva en
+su frente las arrugas del mundo viejo.
+
+El pilluelo es una gracia de la nación al mismo tiempo que una
+enfermedad; enfermedad que es preciso curar; ¿de qué modo? con la luz.
+
+La luz sanea.
+
+La luz alumbra.
+
+Todas las generosas irradiaciones sociales parten de la ciencia, de las
+letras, de las artes, de la enseñanza. Haced hombres, haced hombres.
+Iluminadlos para que os calienten.
+
+Tarde ó temprano, el gran problema de la instrucción universal se
+establecerá con la irresistible autoridad de la verdad absoluta, y
+entonces los que gobiernen, bajo la protección de la idea francesa,
+tendrán que elegir entre los hijos de Francia ó los pilluelos de París;
+entre las llamas en la luz, ó los fuegos fatuos en las tinieblas.
+
+El pilluelo representa á París, y París representa al mundo.
+
+Porque París es un total: es la cúpula del género humano. Es la
+prodigiosa ciudad, compendio de todas las costumbres vivas y muertas.
+Quien ve á París, cree ver lo profundo de toda la historia con su cielo
+y constelaciones en los intervalos. París tiene un Capitolio, la Casa
+de la Villa; un Partenón, Nuestra Señora; un monte Aventino, el barrio
+de San Antonio; un Asinario, la Sorbona; un Panteón, el Panteón; una
+Vía Sacra, el boulevard de los Italianos; una torre de los Vientos, la
+opinión; y ha reemplazado las gemonías con el ridículo. Su _majo_ se
+llama majadero, su _transtiverino_ se llama arrabalero; su _hammal_
+se llama matón de plazuela; su _lazzarone_ se llama pillastre; su
+_cockney_ se llama vago. Todo lo que se halla en cualquiera otra parte
+se encuentra en París.
+
+La verdulera de Dumarsais puede competir con la vendedora de yerbas
+de Eurípides; el discóbolo Veyano revive en el bailarín de cuerda
+Furioso; Terapontigono Miles estaría muy bien del brazo con el
+granadero Vadeboncœur; Damasipo el buhonero, viviría feliz entre
+prenderos; Vincennes pondría la mano sobre Sócrates, del mismo modo
+que Agora encajonaría á Diderot; Grimod de la Reynière ha descubierto
+la manera de hacer el roastbeef con sebo, como Curtilo inventó el
+erizo asado. Vemos reaparecer bajo el globo del arco de la Estrella
+el trapecio de Plauto; el traga-espadas de Pœcilo encontrado por
+Apuleyo, es el engulle-sables del Puente-Nuevo; el sobrino de Rameau y
+Curculión el parásito, corren parejas; Ergasilo podría ser presentado
+en casa de Cambaceres por Aigrefeuille. Los cuatro petimetres de Roma,
+Alcesimarco, Phedromo, Diabolo y Argyripo bajan de la Courtille en
+la silla de posta de Labatut; Aulo Gelio no se detenía más tiempo
+ante Congrio, que Carlos Nodier ante Polichinela; Martón no es tigre,
+como ni tampoco Pardalisca era dragón. Pantolabio el bufón, recuerda
+en el café Inglés á Nomentano el vividor; Hermógenes es tenor en los
+Campos Elíseos, y en derredor suyo pide Trasio el mendigo, vestido de
+Arandela. El importuno que os detiene en las Tullerías por el botón de
+la levita, os hace repetir después de dos mil años el apóstrofe del
+Thesprion: _quis properantem me prehendit pallio?_ El vino de Surenne
+parodia el vino de Alba; el tinto del viñedo de Desaugiers corre
+parejas con la gran copa de Balatron.
+
+El cementerio del padre Lachaise exhala con las lluvias nocturnas los
+mismos resplandores que las Esquilias, y la fosa del pobre comprada por
+cinco años, equivale al ataúd alquilado del esclavo.
+
+Buscad alguna cosa que París no tenga. La cuba de Trofonio no contiene
+nada que no se encuentre en la cubeta de Mesmer; Ergafilao resucita en
+Cagliostro; el bracman Vasafanta se encarna en el conde de San Germán;
+el cementerio de San Medardo hace tan buenos milagros como la mezquita
+Uumoumié de Damasco.
+
+París tiene un Esopo, que es Mayeux; y una Canidia, que es la señorita
+Lenormand. Agítase como Delfos en las fulgurantes realidades de la
+visión; hace girar las mesas como Dodona los trípodes. Sienta la
+griseta en el trono, como sentaba Roma á la cortesana; y en suma, si
+Luis XV es peor que Claudio, la señora Dubarry supera á Mesalina. París
+combina en un tipo inaudito, que ha existido, y con el cual nos hemos
+codeado, la desnudez griega, la úlcera hebraica y el equívoco gascón.
+Mezcla á Diógenes, á Job y á Paillasse; engalana un espectro con
+números viejos del _Constitucional_ y crea á Chodruc Duclós.
+
+Por más que Plutarco diga: _el tirano no envejece_, Roma, en tiempo
+de Sila como de Domiciano, se resignaba mezclando de buen grado agua
+en su vino. El Tíber fué un Leteo si ha de creerse el elogio un tanto
+doctrinario que hizo de él Vario Vibisco: _Contra Gracchos Tiberim
+habemus. Bibere Tiberim, id est, seditionem oblivisci._ París bebe un
+millón de litros de agua diarios; pero esto no le impide, cuando llega
+el caso, de tocar generala y somatén.
+
+Por lo demás, París es un buen chico; realmente, lo acepta todo, y no
+es escrupuloso en la elección de Venus; su Calipiga es hotentota; con
+tal de reirse, todo lo absuelve; la fealdad le alegra, la deformidad le
+entretiene, el vicio le distrae; decid gracias, y seréis gracioso; ni
+aún la hipocresía, ese cinismo supremo, le incomoda; es tan literario,
+que no se tapa la nariz ante Basilio, ni se escandaliza más del ruego
+de Tartufo, que Horacio del «hipo» de Priapo. No falta en París ninguno
+de los rasgos de la fisonomía universal. El baile de Mabille no es la
+danza polymnia del Janículo; pero la revendedora de tocados, atrae con
+sus miradas á la _loreta_, de igual manera que la encubridora Estafila
+acechaba á la virgen Planesia. La barrera del Combate no es un coliseo;
+pero hay allí tanta ferocidad como si lo presenciase el César.
+
+La hospedera siríaca es más graciosa que la tía Saguet; pero si
+Virgilio frecuentaba la taberna romana, David de Angers, Balzac y
+Charlet se han sentado en la mesa del figón parisién. París reina; los
+genios brillan en su recinto; los colarojas prosperan en él. Adonai
+pasa por él en su carro de doce ruedas de truenos y relámpagos; Sileno
+hace su entrada montado en su asno; Sileno, léase, Ramponneau.
+
+París es sinónimo de Cosmos; París es Atenas, Roma, Sibaris, Jerusalén,
+Pantin. Todas las civilizaciones están compendiadas en él, como también
+todas las barbaries. París sentiría mucho carecer de guillotina.
+
+Un poco de plaza de Grève es bueno. ¿Qué sería toda aquella fiesta
+eternal sin esta salsa? Nuestras leyes son sabiamente previsoras y,
+gracias á ellas, la sangrienta cuchilla gotea continuamente sobre este
+prolongado carnaval.
+
+
+
+
+ XI
+ =Reir es reinar=
+
+
+París no tiene límites. Ninguna otra ciudad ha ejercido esa dominación
+que se ríe á veces de los que subyuga. _¡Complaceros, oh atenienses!_
+exclamaba Alejandro. París hace algo más que la ley, hace la moda; y
+hace más que la moda, la rutina.
+
+Puede hacer el tonto si le parece, y alguna vez se permite este lujo;
+pero en tal caso todo el mundo hace el tonto con él. Pero luego vuelve
+París en sí, se restrega los ojos y exclama. ¡Soy un estúpido! Y suelta
+la carcajada á las barbas del género humano. ¡Qué admirable ciudad!
+¡Cuán extraño parece que lo grandioso y lo burlesco hagan tan buen
+consorcio, que toda su majestad no resulte empañada por la parodia, y
+que la misma boca pueda soplar un día en la trompeta del juicio final y
+otro en el silbato de un tallo de cebolla! París tiene una jovialidad
+soberana. Su alegría es el rayo, su farsa lleva un cetro, sus huracanes
+surgen muchas veces de una mueca. Sus explosiones, sus jornadas, sus
+obras maestras, sus prodigios, sus epopeyas, llegan al fin del mundo
+como sus despropósitos. Su risa es la boca de un volcán que salpica
+toda la tierra; sus bufonadas son chispas. Impone á los pueblos sus
+caricaturas, como sus ideales; los más encumbrados monumentos de la
+civilización humana aceptan sus ironías, prestando su eternidad á su
+truhanería.
+
+Es soberbio: con su prodigioso 14 de julio liberta al mundo y obliga á
+todas las naciones á repetir el juramento del juego de pelota; su noche
+del 4 de agosto destruye en tres horas mil años de feudalismo; hace de
+su lógica el músculo de la voluntad unánime; se multiplica bajo todas
+las formas de lo sublime; llena con sus resplandores á Washington, á
+Kosciusko, á Bolívar, á Botzaris, á Riego, á Bem, á Manin, á López, á
+Juan Browu, á Garibaldi. Está en todas partes donde el porvenir brilla,
+en Boston en 1779: en la isla de León en 1820; en Pesth en 1848; en
+Palermo en 1860; murmura la poderosa consigna: _libertad_, al oído
+de los abolicionistas americanos agrupados en la barca de Harpers's
+Ferry, y al oído de los patriotas de Ancona reunidos á la sombra en los
+Arcos, ante la posada Gozzi, á orillas del mar; crea á Canaris; crea á
+Quiroga; crea á Pisacane; irradia todo lo grande sobre la tierra, yendo
+allí donde su soplo los empuja; muere Byron en Missolonghi, y Masset
+en Barcelona.
+
+Es tribuno bajo los pies de Mirabeau y cráter bajo los de Robespierre;
+sus libros, su teatro, sus artes, sus ciencias, su literatura, su
+filosofía, son los manuales del género humano. Tiene á Pascal, á
+Regnier, á Corneille, á Descartes, á Rousseau, á Voltaire para cada
+minuto, á Molière para todos los siglos. Hace hablar su lengua á la
+boca universal, y esta lengua llega á ser el verbo. Construye en todos
+los espíritus la idea del progreso; los dogmas libertadores que forja
+son para las generaciones espadas flameantes, y con la inspiración de
+sus pensadores y poetas se han formado desde 1789 todos los héroes de
+todos los pueblos. Esto no le impide, sin embargo, hacer chiquilladas.
+Y este genio enorme que se llama París, transfigurando el mundo con su
+luz, dibuja con carbón la nariz de Bouginier en la pared del templo de
+Teseo, y escribe _Credeville ladrón_ en las pirámides.
+
+París enseña de continuo los dientes; cuando no gruñe, ríe.
+
+Tal es París. Las columnas de humo de sus tejados son las ideas del
+universo. Montón de barro; piedras, si se quiere; pero por cima de todo
+es un ser moral; es más que grande; es inmenso. ¿Porqué? Porque es
+audaz.
+
+La audacia es el precio del progreso.
+
+Todas las conquistas sublimes son, en más ó en menos el premio del
+atrevimiento. Para que la revolución sea, no basta que la presienta
+Montesquieu, ni que Diderot la predique, que Beaumarchais la anuncie,
+que Condorcet la calcule, que Arout la prepare, ni que Rousseau la
+premedite; es preciso que Dantón se atreva.
+
+El grito _¡Audacia!_ es un _Fiat lux_.
+
+Es indispensable para el progreso del género humano, que haya sobre
+las cumbres permanentes altivas lecciones de valor. Las temeridades
+deslumbran la historia, y son, para el hombre, una gran luz. La aurora
+es audaz cuando aparece.
+
+Intentar, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel á sí mismo, luchar
+cuerpo á cuerpo con el destino, asombrar á la catástrofe con el poco
+miedo que nos produce, así afrontando á los poderes injustos, como
+insultando á la victoria ebria, tener razón y fuerza: he ahí los
+ejemplos que necesitan los pueblos; he ahí el fuego que les electriza.
+El mismo formidable relámpago enciende la antorcha de Prometeo que el
+botafuego de Cambronne.
+
+
+
+
+ XII
+ =El latente porvenir del pueblo=
+
+
+En cuanto al pueblo parisién, aun cuando sea un hombre hecho, es
+siempre el pilluelo; pintar el muchacho es pintar la ciudad; por esto
+hemos estudiado el águila en el gorrión libre.
+
+En los arrabales sobre todo, es donde aparece la raza parisién; allí
+conserva su pureza de sangre; allí está su verdadera fisonomía; allí el
+pueblo trabaja y sufre, y el sufrimiento y el trabajo son las dos faces
+del hombre. Allí existen cantidades inmensas de seres desconocidos,
+en que hormiguean los tipos más extraños, desde el descargador de la
+Râpée hasta el descuartizador de Montfaucon. _Fex urbis_, exclama
+Cicerón; _mob_, añade Burke indignado; turba, multitud, populacho.
+Palabras son éstas que se dicen muy pronto. Enhorabuena; pero ¿qué
+importa? ¿Qué tiene que ver que anden con los pies descalzos? ¿Que no
+sepan leer? Tanto peor. ¿Se les abandonará por esto? ¿Se hará de su
+desgracia una maldición? ¿Acaso no puede la luz penetrar en esas masas?
+Volvamos á nuestra exclamación: ¡Luz! y obstinémonos en ella; ¡luz,
+luz! ¿Quién sabe si esos seres opacos no se volverán transparentes? Las
+revoluciones, ¿no son por ventura transfiguraciones?
+
+Andad, filósofos, enseñad, ilustrad, iluminad, pensad alto, hablad
+alto, corred alegres hacia el vivo sol, fraternizad en las plazas
+públicas, anunciad la buena nueva, prodigad los alfabetos, proclamad
+los derechos, cantad la marsellesa, sembrad el entusiasmo, arrancad
+verdes ramas de la encina. Haced de la idea un torbellino. Esta
+multitud puede llegar á ser sublime.
+
+Sepamos ser útiles á esa vasta hoguera de principios y virtudes
+que chisporrotea, estalla y se conmueve á ciertas horas. Esos pies
+descalzos, esos brazos desnudos, esos andrajos, esa ignorancia, esa
+abyección, esas tinieblas, pueden emplearse en conquistar lo ideal.
+Mirad á través del pueblo, y descubriréis la verdad.
+
+La vil arena que oprimís con los pies, la echáis en el horno, y se
+funde, y cuece, para trocarse en brillante cristal; y gracias á él,
+Galileo y Newton descubren los astros.
+
+
+
+
+ XIII
+ =El niño Gavroche=
+
+
+Ocho ó nueve años próximamente, después de los acontecimientos que
+hemos referido en la segunda parte de esta historia, veíase en el
+boulevard del Temple, y en las regiones del Chateau d'Eau, un chicuelo
+de once á doce años, que habría realizado perfectamente el ideal del
+pilluelo que hemos bosquejado más arriba, si con la sonrisa propia de
+su edad en los labios no hubiera tenido el corazón absolutamente vacío
+y opaco. Este muchacho aparecía como envuelto en un pantalón de hombre,
+que no era de su padre, y en una camisa de mujer, que tampoco era de su
+madre.
+
+Algunas personas caritativas le habían socorrido con harapos, y sin
+embargo, tenía un padre y una madre; pero su madre no pensaba en él, ni
+su madre le amaba. Era una de esas criaturas dignas de lástima entre
+todos los que teniendo padre y madre, resultan huérfanos.
+
+Este muchacho no se encontraba en ninguna parte tan bien como en la
+calle. El empedrado era menos duro que el corazón de su madre.
+
+Sus padres le habían lanzado al mundo de un puntapié.
+
+Había empezado por sí mismo á volar.
+
+Era un chiquillo amigo de bulla, descolorido, listo, despierto,
+chancero, de aire vivo y enfermizo. Iba, venía, cantaba, jugaba al
+chito, escarbaba en los arroyos; robaba un poco, pero como los gatos y
+los gorriones, alegremente; se reía cuando le llamaban galopín, y se
+incomodaba cuando le llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni hogar,
+ni cariño, pero estaba contento porque era libre.
+
+Cuando estos pobres seres son ya hombres, casi siempre la rueda del
+orden social los encuentra y los pulveriza, pero mientras son muchachos
+se escapan, porque son pequeños. El menor hueco los salva.
+
+Sin embargo, por muy abandonado que estuviese este muchacho, alguna que
+otra vez, cada dos ó tres meses, exclamaba: ¡Calla! ¡Voy á ver á mi
+madre! Entonces dejaba el boulevard, el Circo, la Puerta de San Martín;
+bajaba al muelle, atravesaba los puentes, entraba en el arrabal,
+llegaba á la Salpêtrière, y se paraba ¿dónde? precisamente ante el
+número duplicado 50-52, que el lector conoce ya, en la casa de Gorbeau.
+
+En aquella época, la casa del número 50-52, generalmente desierta, y
+adornada siempre con el letrero: «Cuartos desalquilados», estaba, cosa
+rara, habitada por ciertos individuos, que, como sucede siempre en
+París, no tenían ningún vínculo ni relación entre unos y otros. Todos
+pertenecían á esa clase indigente que principia en el último burgués
+entrampado, prolongándose de miseria en miseria por las últimas capas
+de la sociedad, hasta esos dos seres en que vienen á parar todas las
+cosas materiales de la civilización, á saber, el barrendero, que limpia
+el fango de la vía pública, y el trapero, que recoge los harapos.
+
+La «inquilina principal» del tiempo de Juan Valjean había muerto,
+habiéndola reemplazado otra por el estilo. No sé qué filósofo ha dicho:
+Nunca faltarán mujeres viejas.
+
+Esta nueva vieja se llamaba la señora Burgón, sin tener nada notable
+en su vida, más que una dinastía de tres papagayos que habían reinado
+sucesivamente en su alma.
+
+Los más miserables entre los habitantes de la casucha, eran una familia
+de cuatro personas, padre, madre, y dos hijas, ya bastante crecidas,
+los cuatro se alojaban en un mismo desván, ó sea en una de aquellas
+celdas de que hemos hablado anteriormente.
+
+Aquella familia no ofrecía al pronto nada de particular, más que su
+extremada desnudez; el padre al alquilar el cuarto, dijo llamarse
+Jondrette.
+
+Algún tiempo después de su instalación, semejante por cierto, según una
+frase memorable de la inquilina principal _á la entrada de la nada_,
+el Jondrette había dicho á la vieja, la cual, como su antecesora, era
+portera al mismo tiempo y barría la escalera: Tía Fulana, si viniese
+alguien por casualidad á preguntar por un polaco, ó por un italiano, ó
+tal vez por un español, ése seré yo.
+
+Esta familia, era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí,
+encontraba los apuros, y lo más triste aún, no veía una sola sonrisa;
+el frío en el hogar, el frío en los corazones. Cuando entraba le
+preguntaban:
+
+--¿De dónde vienes?--Y respondía:--De la calle.
+
+Cuando se iba le preguntaban:
+
+--¿Adónde vas?--Y respondía:--Á la calle.
+
+Su madre le decía:
+
+--¿Pues qué vienes á hacer aquí?
+
+Aquel muchacho vivía en la más completa carencia de afectos, como esas
+yerbas descoloridas que se crían en las cuevas; pero el ser así no le
+molestaba, ni quería tampoco mal á nadie. No tenía idea cabal de lo que
+debían ser un padre y una madre.
+
+Por lo demás, su madre amaba á sus hermanas.
+
+Nos hemos olvidado de decir que en el boulevard del Temple le llamaban
+á este muchacho el pequeño Gavroche. ¿Por qué le llamaban Gavroche?
+
+Probablemente por lo mismo que á su padre le llamaban Jondrette.
+
+Parece ser instinto de ciertas familias miserables el romper los hilos
+que unen á sus individuos.
+
+El cuarto que los Jondrette ocupaban en la casa del Gorbeau, era el
+último al extremo del corredor.
+
+La celda contigua la ocupaba un joven pobrísimo, que se llamaba Mario.
+
+Digamos ahora quién era este Mario.
+
+
+
+
+ LIBRO SEGUNDO
+ EL NOBLE BURGUÉS
+
+
+ I
+ =Noventa años y treinta y dos dientes=
+
+
+En las calles de Boucherat, de Normandía y de Saintonge, existen aún
+algunos vecinos antiguos, que han conservado el recuerdo de un buen
+señor llamado Gillenormand, de quien hablan todavía con placer. Este
+buen señor era viejo cuando ellos eran jóvenes. Su perfil, contemplado
+por los que miran melancólicamente ese vago movimiento de sombras que
+se llama pasado, no ha desaparecido todavía del laberinto de calles
+inmediatas al Temple, á las cuales se dieron en tiempo de Luis XIV,
+los nombres de todas las provincias de Francia, de igual manera que en
+nuestros días se están dando á las calles del nuevo barrio de Tívoli,
+los nombres de todas las capitales de Europa; progresión, sea dicho de
+paso, en que se patentiza el progreso.
+
+El señor Gillenormand, quien vivía aún en 1831, era uno de esos hombres
+á quienes es curioso ver únicamente porque han vivido mucho, y que
+son raros, porque fueron antes como todo el mundo, y después no se
+parecen á nadie. Era un viejo particular, y verdaderamente el tipo de
+otra edad, el verdadero y completo burgués, un tanto orgulloso, del
+siglo XVIII, que ostentaba su antigua burguesía con la misma altivez
+que podía ostentar un marqués su marquesado. Había cumplido noventa
+años, y andaba derecho, hablaba alto, veía claro, bebía de lo rancio,
+comía, dormía y roncaba. Conservaba sus treinta y dos dientes. No se
+ponía anteojos más que para leer. Era aficionado á los amoríos; pero
+decía que hacía una docena de años había renunciado decididamente á
+las mujeres. Decía que ya no podía agradar; pero no añadía: Soy muy
+viejo, sino: Soy muy pobre. Diciendo también: ¡Oh, si no estuviera
+arruinado!... ¡Ay! ¡ay! ¡ay! No le quedaba, en efecto, más que una
+renta de unos quince mil francos. Su sueño dorado era heredar una renta
+de cien mil francos para tener queridas. No pertenecía, pues, como se
+ve, á esa variedad enclenque de octogenarios que, como Voltaire, han
+estado moribundos toda su vida; no era una longevidad cascada la suya;
+este gallardo viejo había estado bueno siempre.
+
+Era superficial, de genio vivo é iracundo. Enfadábase por cualquier
+cosa, y frecuentemente contra el buen sentido. Cuando alguien le
+contradecía levantaba el bastón, y pegaba á las gentes como en el
+gran siglo. Tenía una hija de más de cincuenta años, soltera, á la
+que golpeaba á su placer cuando se encolerizaba, y á la que hubiera
+de buena gana dado azotes. La trataba como si tuviera ocho años.
+Abofeteaba enérgicamente á sus criadas, diciéndoles: ¡Ah, perdidas!
+Uno de sus juramentos era: _¡Por el pantuflo de la pantuflada!_ Tenía
+otras gracias singulares. Se hacía afeitar diariamente por un barbero
+que había estado loco, y que le odiaba, celoso del señor Gillenormand
+por culpa de su mujer, linda y coqueta barbera. Gillenormand admiraba
+su propio discernimiento en todo y por todo, teniéndose por muy sagaz;
+he aquí uno de sus dichos: «Tengo en verdad cierta penetración; puedo
+decir, cuando me pica una pulga, de qué mujer viene». Las palabras
+que más frecuentemente pronunciaba, eran: _el hombre sensible_ y _la
+naturaleza_. Pero no daba á esta última palabra la gran acepción que le
+ha concedido nuestra época; la hacía entrar á su manera en las pequeñas
+sátiras domésticas.
+
+La naturaleza, decía, para que la civilización tenga un poco de todo,
+le da hasta el espécimen de una barbarie entretenida. Europa tiene
+tipos de muestra del Asia y del África, en miniatura. El gato es un
+tigre de salón, el lagarto es un cocodrilo de bolsillo. Las bailarinas
+de la Ópera son salvajes de color de rosa. No se comen, por cierto,
+á los hombres, pero los aniquilan; ó bien, con sus artes mágicas,
+los convierten en ostras y se los tragan. Los caribes no dejan más
+que los huesos; ellas no dejan más que la concha. Tales son nuestras
+costumbres. No devoramos, es verdad, pero roemos; no exterminamos
+tampoco, pero arañamos.
+
+
+
+
+ II
+ =Á tal amo, tal casa=
+
+
+Vivía en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en casa
+propia. Esta casa ha sido ya demolida y reedificada después; su número
+habrá cambiado también con la revolución de números que sufren las
+calles de París.
+
+Ocupaba nuestro Gillenormand un antiguo y grande primer piso, situado
+entre la calle y unos jardines, y adornado hasta el techo de tapices de
+los Gobelinos y de Beauvais que representaban asuntos pastoriles; los
+dibujos del techo y de los entrepaños, estaban repetidos en pequeño en
+los sillones. Tenía la cama cerrada por un gran biombo de nueve hojas
+de laca, de Coromandel.
+
+Anchos y holgados cortinajes pendían de las ventanas, formando al caer
+grandes y magníficos pliegues quebrados. El jardín, situado al pie de
+estas ventanas, comunicaba con la que estaba en el ángulo por medio de
+una escalera de doce ó quince peldaños, que subía y bajaba alegremente
+el buen señor. Además de una biblioteca contigua á su cuarto, tenía un
+gabinetito, del que gustaba mucho; retiro galante, tapizado con una
+colgadura color de paja flordelisada y tejida de flores, fabricada en
+las galeras de Luis XIV, por encargo especial del señor de Vivonne
+hecho á los galeotes, con destino á su querida.
+
+Gillenormand la había heredado de una esquiva hermana de su abuelo
+materno, que había muerto centenaria. El señor Gillenormand había
+tenido dos mujeres. Sus modales venían á ser un término medio entre el
+palaciego, que nunca lo había sido, y el hombre de toga, que hubiera
+podido ser. Era alegre y cariñoso cuando quería.
+
+En su juventud había sido de aquellos hombres á quienes engaña siempre
+su mujer, y no engaña nunca la querida, porque son al mismo tiempo
+que los maridos más bruscos, los amantes más finos que existen. Era
+entendido en pintura. Tenía en su habitación un magnífico retrato que
+no sabía de quién era, pintado por Jordaens, hecho á grandes brochazos,
+con multitud de detalles, amontonados y como cogidos al acaso.
+
+Su traje no era el de Luis XV, ni el de Luis XVI: era el traje de los
+_increíbles_ del Directorio. Se había creído joven hasta entonces, y
+había seguido aquellas modas. Su frac era de paño fino con grandes
+solapas, faldón de cola de bacalao, y grandes botones de acero; calzón
+corto y zapatos de hebilla. Llevaba siempre las manos metidas en las
+faltriqueras, diciendo con cierta autoridad: _La revolución francesa es
+una gavilla de salteadores_.
+
+
+
+
+ III
+ =Lucas-Espíritu=
+
+
+Á la edad de diez y seis años, una noche, en la Ópera, había tenido
+el honor de que le dirigiesen sus anteojos á un tiempo, dos bellezas,
+entonces ya maduras, y célebres, cantadas por Voltaire, la Camargo y la
+Sallé.
+
+Cogido entre dos fuegos, había hecho una retirada heroica hacia una
+bailarina de última fila, llamada Nahenry, joven de diez y seis años
+como él, arisca como un gato, y de la cual estaba enamorado. Conservaba
+grandes recuerdos, y se admiraba diciendo:
+
+--¡Qué linda estaba la Guimard Guimardin Guimardinette la última vez
+que la vi en Longchamps, rizada á lo _sentimental_, con _ven á verme_
+de turquesas, vestido de color de _recién llegado_, y con su manguito
+de _agitación_!
+
+Había llevado durante su adolescencia una chupa de Nain Loudrin, de
+la cual hablaba con entusiasmo y efusión. Estaba yo vestido como
+un turco de Levante levantino, decía él: La Señora de Boufflers le
+vió por casualidad cuando tenía veinte años, y le calificó de «loco
+encantador». Se escandalizaba de todos los nombres que oía sonar en
+la política y en el poder, hallándoles bajos y vulgares. Leía los
+periódicos, _los papeles de noticias, las gacetas_, como los llamaba
+él, reventando de risa.
+
+--¡Oh!--exclamaba.--¡Qué gentes son éstas! ¡Corbière! ¡Humann!
+¡Casimiro Perier! ¿Y esto son ministros? Figúrome leer en un periódico:
+¡Gillenormand, ministro! Esto sí que sería comedia. ¡Y vaya! Serían
+tan tontos que pasaría.--Llamaba alegremente todas las cosas por su
+verdadero nombre, decente ó indecente, y no se recataba delante de
+las señoras. Decía groserías, obscenidades y porquerías con cierta
+tranquilidad é indiferencia, que venían á ser su elegancia. Tal era
+la sin aprensión de su siglo. Hagamos notar aquí que el tiempo de las
+perífrasis en verso, ha sido el tiempo del lenguaje crudo en prosa.
+
+Su padrino de bautismo había predicho que sería un hombre de genio, y
+le había puesto estos dos nombres significativos: Lucas Espíritu.
+
+
+
+
+ IV
+ =Aspirante á Centenario=
+
+
+Había ganado premios durante su niñez en el colegio de Moulins, que era
+su patria, y sido coronado por mano del duque de Nivernais, á quien
+llamaba el duque de Nevers. Ni la Convención, ni la muerte de Luis XVI
+ni Napoleón, ni la vuelta de los Borbones, nada había podido desvanecer
+el recuerdo de su coronación. _El duque de Nevers_ era para él la gran
+figura del siglo. ¡Qué gran señor más amable!--decía--¡Qué bien le
+sentaba el cordón azul! Á los ojos de Gillenormand, Catalina II había
+reparado el crimen de la repartición de Polonia, comprando en tres mil
+rublos, el secreto del elixir de oro á Bestuchef.
+
+Esto, sobre todo, le entusiasmaba. El elixir de oro, exclamaba, la
+tintura amarilla de Bestuchef, las gotas del general Lamotte, valían
+en el siglo XVIII un luis el frasco de una media onza, el gran remedio
+para las catástrofes del amor, la panacea contra Venus. Luis XV mandó
+doscientos frascos al papa. Se le habría exasperado y sacado de quicio,
+diciéndole que el elixir de oro no es otra cosa que el percloruro de
+hierro. Gillenormand adoraba á los Borbones, y tenía horror á 1789;
+repetía sin cesar de qué manera se había salvado durante el Terror, y
+cómo había necesitado mucha serenidad y mucho ingenio para que no le
+cortasen la cabeza. Si á cualquier joven se le ocurría delante de él
+elogiar á la República, se ponía azul, irritándose hasta desmayarse.
+Algunas veces, aludiendo á sus noventa años de edad, decía: _estoy
+seguro de que no veré dos veces el noventa y tres_.
+
+Otras veces indicaba que creía vivir hasta cien años.
+
+
+
+
+ V
+ =Vasco y Nicolasita=
+
+
+Tenía sus teorías particulares. He aquí una de ellas:
+
+«Cuando un hombre ama apasionadamente á las mujeres, y tiene mujer
+propia, de quien cuida poco, fea, adusta, legítima, llena de derechos,
+que cita á cada paso el código, y celosa por añadidura, no hay más que
+un medio para librarse de ella y vivir en paz: poner en sus manos los
+cordones de la bolsa. Esta abdicación le hace libre.
+
+«La mujer se halla entonces ocupada, lleva hasta la pasión el manejo de
+todo; se mancha los dedos de cardenillo; toma, á su cargo la educación
+de los mozos de labranza y la enseñanza de los colonos; convoca á los
+procuradores, preside á los notarios, arenga á los curiales, visita á
+los magistrados, sigue los pleitos, repasa las escrituras, dicta los
+contratos; se cree soberana: vende, compra, arregla, manda, promete
+y compromete, ata y desata, cede, concede y retrocede, arregla y
+desarregla, atesora y prodiga, hace disparates; gracia magistral y
+particular: esto la consuela. Mientras el marido la desdeña, tiene ella
+la satisfacción de arruinarle».
+
+Esta teoría, Gillenormand se la había aplicado á sí mismo, acabando
+por su propia historia. Su segunda mujer había administrado sus bienes
+de tal modo que, el día feliz en que se quedó viudo, sólo tenía lo
+estrictamente necesario para vivir: colocándolo todo á renta vitalicia,
+unos quince mil francos anuales, cuyas tres cuartas partes debían
+extinguirse con él.
+
+No dudó en hacerlo, preocupándose muy poco de dejar herencia alguna.
+Además, había visto que los patrimonios corrían sus peligros, como por
+ejemplo, el de trocarse _en bienes nacionales_; había asistido á las
+conversiones del tercio consolidado, y creía poco en el gran libro, por
+lo que decía: _todo eso irá á parar á la calle Quincampoix_ (esto es,
+al trapero).
+
+La casa de la calle de las Hijas del Calvario en que vivía era suya,
+como ya hemos dicho. Tenía dos criados, «un macho y una hembra». Cuando
+entraba en su casa un criado, Gillenormand le rebautizaba. Daba á
+los hombres el nombre de su provincia: Nimes, Comtaense, Poitevinés,
+Picardo. Su último lacayo era un hombre gordo, pesado y asmático, de
+cincuenta y cinco años, incapaz de correr veinte pasos; pero como era
+natural de Bayona, el señor Gillenormand le llamaba Vasco. En cuanto
+á las criadas, todas se llamaban Nicolasitas (hasta la Magnón, de que
+hablaremos más adelante). Un día se presentó á pretender, una arrogante
+cocinera, de cordón azul, perteneciente á la encopetada raza de los
+conserjes. ¿Cuánto queréis ganar de salario mensual?--le preguntó el
+señor Gillenormand.
+
+--Treinta francos.
+
+--¿Cómo os llamáis?
+
+--Olimpia.
+
+--Pues ganareis cincuenta y os llamareis Nicolasita.
+
+
+
+
+ VI
+ =Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos=
+
+
+En casa de Gillenormand el dolor se traducía en cólera; estaba furioso
+de estar desesperado. Tomaba todas las preocupaciones, y se permitía
+todas las licencias. Uno de los puntos salientes de su exterior y
+origen de su satisfacción íntima era, según acabamos de indicar, el
+de aparecer verde galanteador y que se le tuviera realmente por tal;
+á lo que él llamaba «tener regia fama». Pero la fama regia le hacía
+alguna vez objeto de raras aventuras. Un día llevaron á su casa en
+una cestilla, lo mismo que las banastas de ostras, un robusto infante
+recién nacido, chillando como un diablo y muy envuelto en mantillas,
+que una criada, echada de su casa hacía seis meses, le atribuía.
+
+El señor Gillenormand tenía entonces sus ochenta años cumplidos.
+Levantóse en torno suyo un clamor general de indignación. ¿Á quién
+quería hacer creer aquello la pícara criada? ¡Qué atrevimiento! ¡Qué
+abominable calumnia! Pero el señor Gillenormand no aparentó la menor
+cólera. Miró al chiquillo con la amable sonrisa de un hombre adulado
+por la calumnia, y dijo que pudiese oirle todo el mundo:--Bien, ¿y
+qué? ¿Qué es ello? ¿Qué hay? ¿Qué tiene ello de particular? Vaya una
+admiración de gentes ignorantes. El señor duque de Anguleme, bastardo
+de su majestad Carlos IX, se casó á los ochenta y cinco años con una
+de quince; el señor Virginal, marqués de Alluye, hermano del cardenal
+de Sourdis, arzobispo de Burdeos, tuvo á los ochenta y tres años de
+una camarista de la presidenta Jacquin, un hijo, un verdadero hijo del
+amor, que fué caballero de Malta y consejero de Estado de espada; uno
+de los grandes hombres de este siglo, el presbítero Tabaraud, es hijo
+de un hombre de ochenta y siete años. Ya veis como no tiene esto nada
+de extraordinario. ¿Y la Biblia entonces?
+
+«Con todo, declaro que este señorito no es mío. Pero que se le cuide,
+puesto que él no tiene la culpa».
+
+Este proceder era muy humanitario, y la muchacha, que se llamaba
+Magnón, le hizo un segundo envío al año siguiente. También era un niño.
+Ante este golpe, Gillenormand capituló. Devolvió á la madre los dos
+chiquillos, comprometiéndose á pagar para su educación ochenta francos
+al mes, bajo la expresa condición de que la madre no volviera á las
+andadas, y añadiendo: quiero que su madre los trate bien, y yo iré á
+verlos de cuando en cuando.
+
+Y así lo hizo.
+
+Tuvo un hermano clérigo que fué rector de la Academia de Poitiers
+treinta y tres años, y había muerto á los setenta y nueve. _Le he
+perdido joven_, decía.
+
+Este hermano, de quien apenas queda memoria, era un avaro pacífico, que
+por ser clérigo se creía obligado á dar limosna á cuantos pobres se
+encontraba; pero nunca les daba más que monedas falsas ó de circulación
+prohibida, encontrando así el medio de ir al infierno por el camino del
+cielo.
+
+En cuanto al señor Gillenormand mayor, no comerciaba con la limosna,
+la daba con gusto y noblemente. Era benévolo, brusco, caritativo; y si
+hubiera sido rico, su inclinación hubiera sido la esplendidez. Quería
+que todo á su alrededor se hiciera en grande, hasta las picardías. Un
+día fué robado en una testamentaría por un agente de negocios de una
+manera grosera y visible, y lanzó esta solemne exclamación:
+
+--¡Oh! ¡Qué torpemente hecho! ¡Me avergüenzan en verdad esas
+porquerías! Todo ha degenerado en este siglo, hasta los pícaros.
+¡Caracoles! No es éste el modo de robar á un hombre como yo. He sido
+robado como en un bosque, pero de mala manera. _¡Silvæ sint consule
+dignæ!_
+
+Ya hemos dicho que había tenido dos mujeres: la primera le dió una
+hija, que permaneció soltera, y la segunda otra que murió á los treinta
+años, y había casado por amor, por azar ó por otra causa, con un
+soldado de fortuna, que había servido en los ejércitos de la República
+y del Imperio, que había ganado la cruz en Austerlitz, y recibido el
+grado de coronel en Waterloo. Es _la deshonra de mi familia_, decía el
+viejo burgués.
+
+Tomaba mucho tabaco y tenía una gracia especial en sacudirse la
+chorrera de encaje con el revés de la mano. Creía poco en Dios.
+
+
+
+
+ VII
+ =Regla: no recibir á nadie más que de noche=
+
+
+Tal era el señor Lucas Espíritu Gillenormand, quien no había aún
+perdido sus cabellos, más grises que blancos, é iba peinado siempre
+en forma de orejas de perro. Sin embargo y á pesar de lo cual, era
+venerable.
+
+Tenía algo del siglo XVIII: frívolo y grande.
+
+En 1814, y durante los primeros años de la Restauración, Gillenormand,
+que era joven aún, no tenía más que setenta y cuatro años; había vivido
+en el barrio de San Germán, calle Servandoni, junto á San Sulpicio. No
+se había retirado al Marais sino al salir del mundo, después de haber
+ya cumplido los ochenta años.
+
+Al salir del mundo se había encerrado en sus antiguas costumbres. La
+principal y más invariable era la de tener la puerta absolutamente
+cerrada durante el día, y no recibir á nadie fuése por lo que fuere,
+sino de noche. Comía á las cinco, después de lo cual abría su puerta.
+Era la moda de su siglo, y no quería faltar á ella. El día es canalla,
+decía, y no merece sino los postigos cerrados. Las personas de arraigo
+encienden su espíritu cuando el cénit enciende sus estrellas. Y se
+cerraba para todo el mundo, aunque fuése por el mismo rey.
+
+Antigua elegancia de su tiempo.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Las dos no hacen pareja=
+
+
+Las dos hijas del señor Gillenormand de que acabamos de hablar, habían
+nacido con diez años de intervalo. Durante su juventud se habían
+parecido muy poco, y tanto por carácter como por fisonomía, habían sido
+lo menos hermanas que podían ser. La menor era un alma encantadora,
+amando siempre todo lo que era luz, ocupada siempre en flores, versos y
+música, remontándose por los espacios de la gloria, entusiasta, etérea,
+unida desde la infancia en el ideal á una vaga figura heroica. La mayor
+tenía también su quimera; veía allá en lo azul, un asentista, cualquier
+acaudalado proveedor, un marido espléndidamente tonto, un millón hecho
+hombre, ó algún gobernador; las recepciones del gobierno, los ujieres
+de antecámara con la cadena al cuello, los bailes oficiales, las
+arengas de los alcaldes; ser la señora gobernadora: esto agitaba de
+continuo su imaginación. Las dos hermanas se alucinaban, pues, cada una
+en su sueño respectivo, cuando eran jóvenes. Ambas tenían alas; la una
+como un ángel, como un ganso la otra.
+
+Pero ninguna ambición se realiza plenamente en este bajo mundo; en
+nuestra época no se hace terrenal ningún paraíso. La menor casó con el
+hombre que había soñado, pero murió la pobre.
+
+La mayor no pudo llegar al matrimonio.
+
+En el momento en que hace ésta su entrada en la historia que venimos
+narrando, era una virtud vieja, una mojigata incombustible, una de
+las narices más puntiagudas y uno de los talentos más obtusos que
+pueden verse. Detalle característico: fuera del reducido círculo de
+su familia, nadie había sabido nunca su nombre de pila. Llamábanla la
+_Señorita Gillenormand mayor_.
+
+En materia de recato, la señorita Gillenormand mayor hubiera dado
+puntos á una _miss_. Era el pudor pasando de castaño obscuro. Tenía un
+recuerdo horrible en su vida; un día le había visto un hombre la liga.
+
+La edad no había hecho más que aumentar este pudor intransigente. Su
+pechera no era jamás demasiado opaca, ni subía demasiado; multiplicaba
+los corchetes y los alfileres allí donde á nadie podía ocurrírsele el
+mirar. Es propio de la mojigatería poner tantos más centinelas cuanto
+menos amenazada está la fortaleza.
+
+Sin embargo, explique quien pueda estos antiguos misterios de la
+inocencia: se dejaba abrazar sin repugnancia por un oficial de
+lanceros, sobrino segundo suyo, que se llamaba Teódulo.
+
+Prescindiendo de este favorecido lancero, la etiqueta de _Mojigata_
+con que la hemos clasificado, le sentaba perfectamente. La señorita
+Gillenormand era una especie de alma crepuscular. La mojigatería es una
+medio virtud y medio vicio.
+
+Añadía á la mojigatería la gazmoñería, que es su forro adecuado. Era de
+la cofradía de la Virgen, y llevaba en ciertas fiestas un velo blanco,
+murmuraba oraciones especiales, adoraba «la sangre santa», veneraba
+el «sagrado corazón», se pasaba las horas en contemplación ante un
+altar churrigueresco-jesuítico, en una capilla cerrada al común de los
+fieles, y allí dejaba elevarse al alma entre pequeñas nubes de mármol y
+al través de grandes rayos de madera dorada.
+
+Tenía una compañera de oración, virgen vieja como ella, llamada señora
+Vaubois, enteramente boba, á cuyo lado la señora Gillenormand tenía el
+gusto de ser un águila.
+
+Después del _Agnus Dei_ y del _Ave María_, la señora Vaubois, perfecta
+en su género, era el armiño de la estupidez, sin una sola mancha de
+inteligencia.
+
+Digámoslo también: la Gillenormand había ganado más bien que perdido
+al envejecer, como sucede siempre con las naturalezas pasivas. No
+había sido mala nunca, lo que es una bondad relativa; además los años
+desgastan los ángulos, y había ya adquirido la suavidad de la duración.
+Estaba siempre triste; su tristeza era obscura, hasta el punto que
+ni ella misma poseía el secreto. En toda su persona se descubría el
+estupor de una vida que terminaba sin haber empezado.
+
+Dirigía la casa de su padre. El señor Gillenormand la tenía á su lado
+del mismo modo que hemos visto que tenía monseñor Bienvenido á su
+hermana. Estas asociaciones domésticas de un viejo y una solterona
+no son raras, y presentan el espectáculo, siempre tierno, de dos
+debilidades que se apoyan mutuamente.
+
+Había además en la casa, entre aquella solterona y aquel viejo,
+un niño, un muchacho siempre temeroso y mudo, delante del señor
+Gillenormand, que no hablaba nunca á este niño sino con voz severa, y á
+veces con el bastón levantado:
+
+--_¡Aquí, caballerito!... Perdido, truhán, acercaos... Responded
+tunante... ¡Que os vea yo la cara, holgazán!_... etc., etc. Le
+idolatraba. Era su nieto.
+
+Ya veremos nuevamente á este joven.
+
+
+
+
+ LIBRO TERCERO
+ EL ABUELO Y EL NIETO
+
+
+ I
+ =Una tertulia antigua=
+
+
+Cuando el señor Gillenormand vivía en la calle Servandoni frecuentaba
+distintas reuniones muy encopetadas y muy nobles, en las cuales se le
+admitía, aunque no pasaba de burgués. Como tenía dos clases de talento,
+primero el que en realidad poseía, y luego el que le prestaban, era
+hasta solicitado y agasajado. No iba á ninguna parte sino con la
+condición de dominar. Hay personas que quieren á toda costa tener
+influencia y que se ocupen de ellos; donde no pueden ser oráculos, son
+bufones. Gillenormand no era de esta naturaleza; el dominio que ejercía
+en los salones realistas que frecuentaba, no le costaba nada en propio
+respeto.
+
+En todas partes era oráculo. Había llegado á tenérselas tiesas con
+Bonald, y con el mismo Bengy Puy Vallee.
+
+Hacia 1817 pasaba invariablemente dos tardes por semana en una casa
+de su vecindad, calle de Fárou, en la de la baronesa de T., digna y
+respetable señora, cuyo marido había sido, en tiempos de Luis XVI,
+embajador de Francia en Berlín. El barón de T., quien durante su vida
+fué muy aficionado á los éxtasis y á las visiones magnéticas, había
+muerto arruinado en la emigración, dejando por toda herencia diez
+volúmenes manuscritos, encuadernados en tafilete encarnado y con cantos
+dorados, de memorias muy curiosas sobre Mesmer y su cubeta. La señora
+de T. no había publicado las memorias por dignidad, y vivía de una
+corta renta que se había salvado sin saber cómo. Vivía retirada de la
+corte, _sociedad muy mezclada_, decía ella, en un aislamiento noble,
+altivo y pobre. Algunos amigos se reunían dos veces por semana junto á
+su hogar de viuda, formando una tertulia puramente realista. Tomaban
+su té, y según les impulsaba el viento á la elegía ó al ditirambo,
+daban gemidos ó gritos de horror sobre el siglo, sobre la Carta,
+sobre los bonapartistas, sobre la prostitución del cordón azul en los
+burgueses, sobre el jacobinismo de Luis XVIII; y se hablaba muy por lo
+bajo de las esperanzas que dejaba concebir el _señor_, hermano del rey,
+más tarde Carlos X.
+
+Acogíanse con transportes de alegría las canciones populacheras, en que
+á Napoleón se le llamaba _Nicolás_. Las duquesas más delicadas y las
+mujeres más encantadoras del mundo, se extasiaban oyendo coplas como
+ésta, dirigida á los «federados»:
+
+ Recoged en los calzones
+ la camisa que se sale,
+ no digan que los patriotas
+ levantan bandera blanca.
+
+Entreteníanse en juegos de palabras, que creían terribles, equívocos
+inocentes, que suponían venenosos, en cuartetas y aún dísticos, como
+éste contra el gabinete moderado Desolles, Desuelos, de que formaban
+parte los ministros _Decazes_, Decasa, y _Deserre_, Destufa:
+
+ Para afirmar el trono removido en su planta
+ hay que cambiar de suelos, de estufas y de casa.
+
+Arreglaban también la lista de la cámara de los Pares, «cámara
+abominablemente jacobina», combinando sus nombres de manera que
+resultaban frases como ésta: _Damas Sabran, Gouvion-Saint Cyr_. Todo
+alegremente.
+
+En aquella tertulia parodiábase la revolución. Reinaba cierta manía,
+para aguzar la misma cólera en sentido inverso. Así que también
+cantaban su _Ça ira_:
+
+ ¡Ya irán, ya irán, ya irán
+ los bonapartistas del farol á colgar!
+
+Las canciones son como la guillotina, cortan indistintamente, hoy esta
+cabeza, mañana aquélla. Es una de sus variedades.
+
+En el proceso Fualdés, que ocurrió en aquella época, 1816, se tomaba
+partido por Bastide y Jausion, porque Fualdés era «bonapartista».
+Calificaban á los liberales de _hermanos y amigos_, lo cual se tenía
+por el último extremo de la injuria.
+
+Como ciertos campanarios, la tertulia de la baronesa de T. tenía dos
+gallos.
+
+El uno era el señor Gillenormand, y el otro el conde de Lamothe Valois,
+del cual se decía por lo bajo con cierto respeto _¿No lo sabéis? Es el
+Lamothe del asunto del collar._ Los partidos tienen estas amnistías
+singulares.
+
+Añadamos aquí que en la clase media, ciertas posiciones honrosas
+pierden importancia manteniendo relaciones demasiado fáciles; es
+preciso tener cuidado con quien se trata, porque así como hay pérdida
+de calórico en la proximidad de un cuerpo frío, así también se pierde
+consideración con el trato de las gentes menospreciadas. La parte
+encopetada de la sociedad antigua prescindía de esa ley, como de todas
+las demás. Marigny, hermano de la Pompadour, entraba libremente en casa
+del príncipe de Soubise. ¿Á pesar de lo que era? No, sino precisamente
+por lo que era. Du Barry, padrino de la Vaubernier, era muy bien
+recibido en casa del señor mariscal de Richelieu. Semejante sociedad es
+el Olimpo. Mercurio y el príncipe de Guémenee están como en su casa. Se
+admite á los ladrones con tal que sean dioses.
+
+El conde Lamothe, que en 1815 era un viejo de setenta y cinco años, no
+tenía de notable más que su aspecto reservado y sentencioso, su rostro
+anguloso y frío, sus maneras perfectamente distinguidas, su traje
+abotonado hasta la corbata, y sus largas piernas, siempre cruzadas y
+metidas en un ancho pantalón sin gracia alguna, de color de barro de
+Sienne cocido. Su cara era del mismo color del pantalón.
+
+Este señor de Lomothe «era muy considerado» en aquella tertulia á causa
+de su «celebridad» y, cosa extraña por cierto, á causa también de su
+nombre de Valois.
+
+En cuanto al señor Gillenormand, la consideración de que disfrutaba era
+absolutamente de buen género. Tenía autoridad.
+
+Á pesar de su ligereza, y sin que se perjudicare en lo más mínimo su
+jovialidad, tenía un modo de ser imponente, digno, noble y modestamente
+altivo, que venía aumentando su respetable edad. No se cuenta
+impunemente un siglo. Los años acaban por rodear la cabeza de una
+venerable aureola.
+
+Tenía además esos dichos que son el reflejo de la escuela rancia.
+Así es que cuando el rey de Prusia, después de haber restaurado á
+Luis XVIII, fué á visitarle bajo el nombre de conde de Ruppin, y
+fué recibido por el descendiente de Luis XIV casi como marqués de
+Brandeburgo y con la impertinencia más delicada; Gillenormand lo
+aprobó. _Todos los reyes que no son el rey de Francia_, dijo él,
+_no pasan de reyes de provincia_. Un día oyó esta pregunta y esta
+respuesta. ¿Á qué ha sido condenado el redactor del _Correo Francés_? Á
+ser suspendido. El _sus_ está de más,[13] observó Gillenormand. Dichos
+de este género fundan una situación.
+
+En un _Te Deum_, aniversario de la vuelta de los Borbones, vió pasar al
+príncipe de Talleyrand, y dijo:
+
+--_He ahí á su Excelencia el Mal._
+
+Digamos también, que no siempre esos dichos estaban al alcance de
+todos, y que muchas veces era tan aguda la malicia ó tan fina la
+intención, que sólo los muy inteligentes la percibían; pero bastaba que
+uno de estos hábiles aplaudiera, para que los demás reconociesen la
+superioridad del viejo hidalgo.
+
+Gillenormand iba generalmente acompañado de su hija, aquella
+_prolongada_ señorita que á la sazón pasaba de los cuarenta años y
+representaba cincuenta, y de un hermoso niño de siete años, blanco,
+sonrosado, fresco, de alegres é inocentes ojos, el cual no entraba
+jamás en la sala sin oir murmurar á su alrededor estas exclamaciones:
+¡Qué guapo es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño! Este niño era el mismo de
+quien hemos hablado hace poco. Se le llamaba «pobre niño», porque su
+padre era «un bandido del Loira».
+
+Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, de quien
+hemos ya hecho mención y á quien calificaba de «deshonra de la familia».
+
+
+ II
+ =Uno de los espectros rojos de aquel tiempo=
+
+
+Todo el que pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernón,
+y se parase un momento en aquel hermoso puente monumental, que será
+sustituido probablemente antes de poco por algún feo puente de
+alambre, habría podido observar, dirigiendo su vista desde lo alto del
+parapeto, á un hombre de unos cincuenta años, con gorra de badana,
+vistiendo pantalón y chaquetón de grosero paño gris, en el cual llevaba
+cosida una cosa amarilla, que en su tiempo había sido una cinta roja,
+calzando zuecos, tostado por el sol, la cara casi negra y el pelo
+casi blanco, con una gran cicatriz que se corría desde la frente á
+la mejilla, encorvado, doblado, envejecido antes de tiempo, paseando
+casi diariamente con una azadilla y una podadera en la mano, por uno
+de aquellos espacios encerrados entre tapias inmediato al puente, que
+se extienden como una cadena de terrados costeando la orilla izquierda
+del Sena; lindos cercados llenos de flores, de los que podría decirse
+si fueran mucho mayores: son jardines; y si fueran algo más pequeños:
+son ramilletes. Todos aquellos cercados terminan por un lado en el río,
+y por el otro en una casa. El hombre del chaquetón y los zuecos vivía
+en 1817 en el más pequeño de dichos cercados, y en la más humilde de
+aquellas casas. Vivía solo y solitario, silenciosa y pobremente, con
+una criada que no era ni joven ni vieja, ni bonita ni fea, ni señora ni
+lugareña.
+
+El cuadrado de tierra que él llamaba su jardín, era famoso en el pueblo
+por la belleza de las flores que cultivaba; pues las flores eran toda
+su ocupación.
+
+Á fuerza de trabajo, perseverancia, de cuidado y de cubos de agua,
+había conseguido crear, después del creador, é inventado ciertas
+dalias y ciertos tulipanes que parecían haber sido olvidados por la
+naturaleza. Era ingenioso, y se había anticipado á Soulange Bodin en la
+formación de pequeños terraplenes de brezo para cultivar los arbustos
+raros y preciosos de América y de China. En verano, apenas despuntaba
+el día, ya estaba en su jardín, cavando, cortando, escardando, regando,
+andando por medio de sus flores con cierto aspecto de bondad, de
+tristeza y dulzura; muchas veces pensativo é inmóvil pasaba horas
+enteras escuchando el canto de un pájaro en un árbol, ó el chillar de
+algún niño en alguna casa, ó bien con los ojos fijos sobre la punta de
+una hojita de yerba, en alguna gota de rocío convertida por los rayos
+del sol en brillante carbunclo. Comía frugalmente, y bebía más leche
+que vino. Un muchacho le hacía ceder, y le regañaba su criada. Era
+tímido hasta parecer arisco; salía muy poco, y no veía á nadie más que
+á los pobres que llamaban á su ventana, y al cura párroco, el Señor
+Mabeuf, un buen anciano.
+
+Sin embargo, si algún convecino ó forastero llamaba á su puerta deseoso
+de ver sus tulipanes y sus rosas, abríala inmediatamente sonriendo.
+Éste era el bandido del Loire.
+
+El que hubiera leído por aquel tiempo las memorias militares, las
+biografías, el _Monitor_ y los boletines del gran ejército, hubiera
+podido notar el nombre, repetido frecuentemente, de Jorge Pontmercy.
+Muy joven aún el Jorge Pontmercy, fué soldado en el regimiento de
+Saintonge. Cuando estalló la revolución, el regimiento de Saintonge
+fué agregado al ejército del Rin, pues los antiguos regimientos de la
+monarquía conservaron sus nombres de provincia, aún después de la caída
+del trono, y no fueron reformados hasta 1794. Pontmercy peleó en Spira,
+en Worms, en Neustadt, en Turkeim, en Alzey, en Maguncia, siendo uno
+de los doscientos que formaban la retaguardia de Houchard. Fué también
+otro de aquellos doce que pelearon contra el ejército del príncipe de
+Hesse, detrás del antiguo baluarte de Andernach, y no se replegó sobre
+el grueso del ejército, sino cuando el cañón enemigo abrió la brecha
+desde el cordón del parapeto hasta la misma escarpa. Estuvo con Kleber
+en Marchiennes, y en la acción de Monte Palissel, donde sacó el brazo
+roto de un balazo.
+
+Después pasó á la frontera de Italia, siendo uno de los treinta
+granaderos que defendieron el desfiladero de Tende con Joubert. Joubert
+fué nombrado entonces ayudante general, y Pontmercy subteniente.
+Pontmercy estuvo al lado de Berthier, en medio de la metralla, en
+aquella jornada de Lodi que hizo decir á Bonaparte: _Berthier ha sido
+artillero, soldado de á caballo y granadero_. En Novi vió caer á su
+antiguo general Joubert, en el momento en que, levantado el sable,
+gritaba: ¡Adelante! Habiéndose embarcado con su compañía para asuntos
+del servicio en un barquichuelo que iba de Génova á no se qué puerto
+de la costa, cayó en una emboscada de siete ú ocho velas inglesas.
+El capitán del barco quería arrojar los cañones al mar, ocultar los
+soldados en el entrepuente, y escurrirse en la sombra como un buque
+mercante; pero Pontmercy hizo brillar los colores nacionales en la
+driza del mástil del pabellón, y atravesó orgulloso bajo los cañones de
+las fragatas británicas.
+
+Veinte leguas más adelante, creciendo siempre su audacia, atacó y
+apresó con su barquichuelo un gran transporte inglés, que llevaba
+tropas á Sicilia, tan cargado de hombres y caballos, que iba
+atestado hasta los topes. En 1805 formó parte de la división Malher,
+que se apoderó de Gunzburgo contra el archiduque Fernando. En
+Weltingen recibió en sus brazos, en medio de una lluvia de balas, al
+coronel Maupetit, herido mortalmente al frente del 9.º de dragones,
+distinguiéndose en Austerlitz en aquella admirable marcha escalonada,
+verificada bajo el fuego del enemigo. Cuando la caballería de la
+guardia imperial rusa destruyó un batallón del cuarto regimiento de
+línea, Pontmercy fué de los que se vengaron, arrollando á aquella
+tropa. El emperador le concedió la cruz. Pontmercy vió sucesivamente
+caer prisioneros á Wurmser en Mantua, á Melas en Alejandría, y á Mack
+en Ulm. Formó parte del octavo cuerpo del gran ejército mandado por
+Mortier, y que conquistó Hamburgo. Después pasó al regimiento 55 de
+línea, que llevaba antiguamente el nombre de Flandes. En Eylau estuvo
+en el cementerio donde el heroico capitán Luis Hugo, tío del autor
+de este libro, sostuvo solo con su compañía, compuesta de ochenta y
+tres hombres, durante dos horas, todo el empuje del ejército enemigo.
+Pontmercy fué uno de los tres que salieron vivos de aquel cementerio.
+Estuvo también en Friedland; luego en Moscú, después en la Berésina,
+y en Lutzen, Bautzen, Dresde, Wachau, Leipzick y en los desfiladeros
+de Gelenhausen; después en Montmirail, Chateau Tierry, Craon, en las
+orillas del Marne, en las riberas del Aisne y en la terrible posición
+de Laón. En Arnay le Duc, siendo capitán, acuchilló á diez cosacos,
+y salvó, no á su general, sino á su cabo. Fué también acuchillado él
+en este encuentro, y hubo que extraerle veintisiete esquirlas del
+brazo izquierdo. Ocho días antes de la capitulación de París, acababa
+de permutar con un compañero, y de entrar en la caballería, pues
+tenía lo que en el antiguo régimen se llamaba «doble mano», es decir,
+igual aptitud para manejar como soldado el sable ó el fusil, y como
+oficial un escuadrón ó un batallón. De esta aptitud, perfeccionada
+por la educación militar, han nacido ciertos cuerpos especiales,
+como por ejemplo, los dragones, que son á un mismo tiempo jinetes
+é infantes. Acompañó á Napoleón á la isla de Elba. En Waterloo era
+jefe de un escuadrón de coraceros de la brigada Dubois. Él fué quien
+cogió la bandera del batallón de Luxemburgo, y fué á ponerla á los
+pies del emperador. Estaba cubierto de sangre, pues había recibido,
+al apoderarse de la bandera, un sablazo que le cruzó la frente. El
+emperador, satisfecho, le dijo:
+
+«--Eres coronel, barón y oficial de la Legión de honor».
+
+Pontmercy respondió:
+
+--Señor, os lo agradezco por vida mía.
+
+Una hora después caía en el barranco de Ohain. ¿Y quién era este Jorge
+Pontmercy? Era aquel mismo bandido del Loire.
+
+Ya hemos visto algo de su historia. Pues bien; después de Waterloo,
+sacado Pontmercy, como dijimos, del barranco, consiguió unirse
+al ejército y fué llevado de ambulancia en ambulancia hasta los
+acantonamientos del Loire.
+
+La Restauración le dejó á media paga, después le mandó de cuartel; es
+decir, sujeto á vigilancia, á Vernón. El rey Luis XVIII, considerando
+como no sucedido, nada de lo hecho durante los cien días, no le
+reconoció ni la gracia de oficial de la Legión de honor, ni su grado de
+coronel, ni su título de barón; pero él no dejaba de firmarse siempre
+«el coronel barón de Pontmercy». No tenía mas que una vieja casaca
+azul, y no salía nunca sin colocar en ella la roseta de oficial de
+la Legión de honor. El fiscal de su majestad le hizo advertir por un
+intermediario oficioso que se le perseguiría por uso «ilegal» de esta
+condecoración; y cuando lo supo Pontmercy respondió con amarga sonrisa:
+ó yo no entiendo el francés, ó vos no le habláis; la verdad es que no
+os entiendo. Después salió ocho días seguidos con su roseta; nadie se
+atrevió á inquietarle. Dos ó tres veces el ministro de la Guerra y el
+comandante general del departamento le escribieron con este sobre: «al
+señor comandante Pontmercy».
+
+Devolvióles las cartas sin abrirlas.
+
+En aquella misma época Napoleón hacía lo propio en Santa Elena con las
+cartas de sir Hudson Lowe, dirigidas _al general Bonaparte_. Pontmercy
+había acabado, permítasenos la frase, por tener en la boca la misma
+saliva que su emperador.
+
+En Roma hubo también prisioneros cartagineses que se negaban á saludar
+á Flaminio, por tener algo del alma de Aníbal.
+
+Una mañana encontró al fiscal de su majestad en una de las calles de
+Vernón, y dirigiéndose á él, le dijo:--Señor procurador del rey, ¿me es
+permitido llevar mi cicatriz?
+
+No tenía más que su mezquina media paga de jefe de escuadrón. Había
+alquilado en Vernón la casa más pequeña que encontró, y en ella
+vivía solo, como acabamos de ver. En tiempo del imperio, y entre dos
+campañas, tuvo tiempo para casarse con la señorita Gillenormand. El
+viejo burgués, aunque disgustado interiormente, había consentido en
+ello suspirando y diciendo: «Las familias más principales se ven
+obligadas igualmente á ello. En 1815 murió la señora Pontmercy, mujer
+por otra parte admirable, de sentimientos elevados y nada vulgar,
+digna por todos conceptos de su marido, dejándole un niño. Este niño
+hubiera sido la felicidad del coronel en su soledad, pero el abuelo
+había reclamado imperiosamente á su nieto, declarando que si no se lo
+entregaban le desheredaría.
+
+El padre cedió por interés del niño, y no pudiendo tener á su hijo al
+lado, dedicó su cariño á las flores.
+
+Había por otra parte, renunciado á todo: no se movía, ni conspiraba.
+Dividía su pensamiento entre las cosas inocentes que hacía y las
+grandes cosas que había hecho; pasaba el tiempo esperando un clavel, ó
+acordándose de Austerlitz.
+
+El señor Gillenormand no tenía relación alguna con su yerno. El coronel
+era para él «un bandido», y él era para el coronel un «majadero».
+Gillenormand no hablaba nunca del coronel, sino para hacer alguna
+alusión satírica á su «baronía». Habían convenido expresamente en que
+Pontmercy no trataría nunca de ver ni hablar á su hijo, so pena de ser
+éste expulsado y desheredado. Por los Gillenormand era Pontmercy como
+un apestado. Querían educar al niño á su manera. El coronel obró mal
+quizá, al aceptar semejantes condiciones; pero pasó por ellas, creyendo
+obrar bien, sacrificándose únicamente él.
+
+La herencia del anciano Gillenormand era poca cosa; pero la de la
+señorita Gillenormand mayor era considerable, porque su madre había
+sido muy rica; y habiendo ella permanecido soltera, el hijo de su
+hermana era su heredero natural. El niño, que se llamaba Mario, sabía
+que tenía un padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle
+de él; pero la gente con quien le hacía tratar su abuelo, por sus
+cuchicheos, sus medias palabras y sus guiños, había llegado á llamar la
+atención del muchacho, quien había acabado por comprender algo; y como
+naturalmente iba tomando por una especie de infiltración y penetración
+lenta, las ideas y las opiniones que formaban á su alrededor, por así
+decirlo, una atmósfera respirable, llegó poco á poco á no pensar en su
+padre, sino avergonzándose con el corazón oprimido.
+
+Mientras iba Mario creciendo así, cada dos ó tres meses se escapaba el
+coronel é iba furtivamente á París como un perseguido por la justicia
+que ha roto sus cadenas, y se apostaba en San Sulpicio, á la hora en
+que la señora Gillenormand llevaba á Mario á misa. Allí temeroso de
+que la tía volviese la cabeza, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin
+atreverse á respirar, contemplaba á su hijo. Aquel hombre, lleno de
+cicatrices, tenía miedo de aquella solterona.
+
+De eso mismo provenían sus relaciones con el párroco de Vernón, el
+señor Mabeuf.
+
+Este digno cura tenía un hermano capillero en San Sulpicio, que había
+visto muchas veces á aquel hombre, contemplando á su hijo, y había
+fijado su atención en la cicatriz que le cruzaba el carrillo, y la
+gruesa lágrima que tenía en sus ojos. Aquel hombre que, si era de
+varonil aspecto, lloraba como una mujer, había chocado al capillero;
+su rostro le había impresionado. Un día que fué á Vernón á ver á su
+hermano, se encontró en el puente al coronel Pontmercy, y reconoció en
+él al hombre de San Sulpicio. El hermano habló de él al cura, y ambos,
+bajo un pretexto cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que
+trajo tras sí luego otras muchas.
+
+El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón.
+El cura y el capillero llegaron á saber toda la historia, y como
+Pontmercy sacrificaba su felicidad por el porvenir de su hijo. Esto
+hizo que el cura le mirase con veneración y ternura, y que el coronel
+cobrase afecto al cura. Por lo demás, cuando por casualidad son ambos
+sinceros y buenos, nadie se penetra y amalgama más fácilmente como un
+viejo cura y un soldado viejo. Los dos en el fondo son una misma cosa;
+el uno se sacrifica por la patria de abajo, y el otro por la patria de
+arriba; no hay otra diferencia.
+
+Dos veces al año, el primero de enero y el día de San Jorge, escribía
+Mario á su padre cartas de atención que le dictaba su tía, y que
+parecían copiadas de algún formulario; esto era lo único que toleraba
+el señor Gillenormand; el padre respondía en cartas tiernísimas que el
+abuelo se guardaba en el bolsillo sin leer.
+
+
+
+
+ III
+ =Requiescant=
+
+
+La tertulia de la baronesa de T. era todo lo que Mario Pontmercy
+conocía del mundo. Era la única abertura por donde podía mirar á la
+vida. Aquella abertura era sombría, y le daba más frío que calor, más
+tinieblas que luz. Aquel niño, que era todo alegría y claridad, al
+entrar en aquel mundo extraño volvióse al poco tiempo triste, y lo que
+aún era más impropio de sus años, grave. Rodeado de todas aquellas
+personas imponentes y singulares, miraba seriamente asombrado en torno
+suyo. Todo contribuía á aumentar en él este estupor.
+
+Á esta tertulia concurrían algunas viejas nobles venerabilísimas, que
+se llamaban Mathan, Noé, Lévis, que se pronunciaba Leví, y Cambis,
+que se pronunciaba Cambyse. Aquellas caras antiguas y sus nombres
+bíblicos, se mezclaban en la imaginación del niño con el antiguo
+Testamento que aprendía de memoria, y cuando estaban todas sentadas
+en círculo, alrededor de un fuego moribundo, iluminadas apenas por
+una lámpara de pantalla verde, con sus perfiles severos, sus cabellos
+grises ó blancos, sus luengos vestidos de otros tiempos, en los que
+no se distinguían más que colores lúgubres, dejando caer á intervalos
+palabras majestuosas y severas á un tiempo, el niño Mario las
+contemplaba con ojos azorados, creyendo ver en ellas, no mujeres, sino
+patriarcas y magas; no seres reales, sino fantasmas.
+
+Á estos fantasmas se agregaban varios clérigos que frecuentaban aquella
+tertulia, y algunos nobles; el marqués de Sass****, secretario de
+órdenes de la señora de Berry; el vizconde de Val***, que publicaba
+bajo el seudónimo de _Carlos Antonio_ odas de una sola rima; el
+príncipe de Beauf*******, que siendo aún joven tenía los cabellos
+grises y una mujer bonita y de talento, cuyos trajes de terciopelo
+escarlata con trencillas de oro, muy escotados, eran el escándalo de
+aquella casa sombría; el marqués de C***** de E******, que sabía mejor
+que nadie en Francia «la urbanidad proporcionada»; el conde de Am*****,
+buen hombre de benévolo semblante, y el caballero de Port de Guy,
+columna de la biblioteca del Louvre, llamada el gabinete del rey. El
+señor Port-de-Guy, calvo, y más envejecido que viejo, contaba que en
+1793, cuando tenía diez y seis años, había sido condenado á presidio
+por refractario, y atado á la misma cadena que un octogenario, el
+obispo de Mirepoix, refractario igualmente, pero como eclesiástico,
+mientras que él lo era como soldado.
+
+Estaban en Tolón. Su obligación era ir á recoger del cadalso, durante
+la noche, las cabezas y los cuerpos de los guillotinados de día;
+llevaban á cuestas aquellos troncos destilando sangre, de modo que
+sus rojos capotes de presidiario tenían por bajo de la nuca una
+costra de sangre, seca por la mañana y húmeda por la noche. En la
+tertulia de la baronesa de T. abundaban las narraciones trágicas,
+y á fuerza de maldecir á Marat, se aplaudía á Trestaillon. Algunos
+diputados del género _inhallable_ jugaban al wist; el señor Tribord
+de Chalard, el señor Lemarchant de Gomicourt, y el célebre chancero
+de la derecha, Cornet Dincourt. El baile de Ferrete, con su calzón
+corto y sus demacradas pantorrillas, entraba de paso alguna vez en
+aquella tertulia, al ir á casa de Talleyrand. Había sido camarada de
+devaneos del conde de Artois, y al revés de Aristóteles, acurrucado
+debajo de Campaspe, había hecho andar á la Guimard de cuatro pies, y
+por consiguiente había demostrado á los siglos cómo puede vengar á un
+filósofo un baile.
+
+Respecto á los clérigos, eran éstos el abate Halma, el mismo á quien
+Larose, su colaborador en el _Rayo_, decía: «¡Bah! _¿Quién no tiene
+cincuenta años? Algunos boquirubios solamente_»; el abate Letourneur,
+predicador del rey; el abate Frayssinous, que no era todavía ni conde,
+ni obispo, ni ministro, ni par, y que llevaba una sotana vieja sin
+botones; y el presbítero Keravenant, cura de San Germán de los Prados;
+además el nuncio del papa, que era entonces monseñor Macchi, arzobispo
+de Nisibi, luego cardenal, notable por su larga nariz pensativa; y
+otro monseñor, que se titulaba abate Palmieri, prelado doméstico, uno
+de los siete protonotarios participantes de la santa sede, canónigo de
+la insigne basílica liberiana, abogado de los santos, _postulatore di
+santi_, lo cual se refiere á los asuntos de canonización, y significa
+poco más ó menos, procurador de memoriales de la sección del paraíso; y
+por último, dos cardenales, el señor de la Luzerne y el señor Cl******
+T*******.
+
+El señor cardenal de la Luzerne era escritor, y tuvo algunos años
+después el honor de firmar al lado de Chateaubriand algunos artículos
+en el _Conservador_; el señor de Cl****** T******* era arzobispo de
+Toul***, y solía ir con frecuencia á París á pasar una temporada en
+casa de su sobrino el marqués de T*******, que fué ministro de Guerra y
+Marina. El cardenal arzobispo de Toul***, era un viejecillo alegre, que
+enseñaba sus medias rojas bajo la sotana arremangada; su especialidad
+era odiar la enciclopedia, y jugar perdidamente al billar. En aquella
+época, las gentes que pasaban durante las noches de verano, por la
+calle M*****, donde estaba entonces el palacio de Cl****** T*******,
+se paraban á escuchar el choque de las bolas, y la voz chillona del
+cardenal que gritaba á su conclavista, monseñor Cottret, obispo _in
+partibus_ de Caryste: «apunta, capellán, otra carambola».
+
+El cardenal arzobispo había sido presentado en casa de M. de T. por
+su más íntimo amigo el señor de Roquelaure, antiguo obispo de Senlís,
+y uno de los cuarenta académicos. El señor de Roquelaure era notable
+por su elevada estatura y por su asiduidad en la Academia. Al través
+de la puerta vidriera de la sala contigua á la biblioteca, donde la
+Academia francesa celebraba entonces sus sesiones, los curiosos podían
+ver todos los jueves al antiguo obispo de Senlís, casi siempre en pie,
+recién empolvado el pelo, con medias moradas, de espaldas á la puerta,
+sin duda para dejar ver mejor su alzacuello. Todos estos eclesiásticos,
+aún cuando eran tan cortesanos como hombres de iglesia, aumentaban la
+gravedad de la tertulia de la baronesa T. cinco pares de Francia, el
+marqués de Vib****, el marqués de Tal***, el marqués de Herb*******,
+el vizconde de Damb*** y el duque de Val******* acentuando el aspecto
+señorial. Este duque, aún cuando era príncipe de Mon***, es decir,
+príncipe soberano extranjero, tenía formada tan elevada idea de Francia
+y de la dignidad de par, que todo lo veía al través de ellas, y solía
+decir: «Los cardenales son los pares de Francia de Roma; los lores son
+los pares de Francia de Inglaterra». Por lo demás, como la revolución
+en este siglo debe entrar en todas partes, aquel salón feudal estaba,
+según hemos dicho, dominado por un hombre de la clase media. El señor
+Gillenormand reinaba allí.
+
+Aquélla era la esencia y la quinta esencia de la sociedad parisiense
+de la bandera blanca; allí se ponía en cuarentena todas las famas,
+aún cuando fueran realistas, puesto que en toda fama hay algo de
+anárquico. Chateaubriand entrando allí hubiera producido el efecto
+del padre Duchesne. Sin embargo, en esta sociedad ortodoxa, entraban
+por tolerancia, algunos arrepentidos. El conde Beug*** fué admitido á
+título de corrección.
+
+Las tertulias «nobles» de hoy día, no se parecen á aquéllas en nada. El
+barrio de San Germán moderno, huele á hereje, y los realistas de ahora
+son demagogos; digámoslo en elogio suyo.
+
+En casa de la baronesa de T., como la tertulia se componía de lo más
+superior, dominaba un gusto exquisito y altanero bajo la flor de una
+urbanidad refinada. Los hábitos y modales llevaban consigo toda clase
+de refinamientos involuntarios, que pertenecían al antiguo régimen
+enterrado, pero vivo. Algunas de aquellas maneras, en el lenguaje sobre
+todo, eran muy caprichosas; los observadores superficiales habrían
+tomado por provincialismo lo que no era más que antigualla. Llamábase
+á una dama «la señora generala»; y no era del todo inusitado llamar á
+otra «señora coronela». La simpática señora de León, en memoria sin
+duda, de las duquesas de Lougueville y de Chevreuse, prefería ese
+apelativo á su título de princesa. La marquesa de Créquy se había
+llamado también «señora coronela». Fué en este «gran mundo» quien
+inventó el refinamiento de decir siempre en las Tullerías, hablando
+al rey en intimidad, _el rey_ en tercera persona, y no decir nunca
+«vuestra majestad», había sido «profanado por el usurpador».
+
+Juzgábanse los hechos y los hombres; burlábanse del siglo, con lo
+cual quedaban dispensados de comprenderle; auxiliábanse en estas
+admiraciones y se comunicaban mutuamente la cantidad de luz que
+cada uno poseía. Matusalén enseñaba á Epiménides; el sordo ponía al
+corriente al ciego. Declarábase como no pasado el tiempo transcurrido
+desde Coblenza, y así como Luis XVIII estaba por la gracia de Dios en
+el vigésimo quinto año de su reinado, los emigrados se encontraban de
+derecho en el vigésimo quinto año de su adolescencia.
+
+Todo era relativo; nada había vivido demasiado; la palabra era
+apenas un soplo; el periódico, de conformidad con la tertulia,
+parecía un papiro. No faltaban jóvenes, pero estaban casi muertos.
+En la antecámara, las libreas eran anticuadas; aquellos personajes,
+completamente pasados de moda, tenían criados de su época. Todo parecía
+que había vivido demasiado tiempo, luchando obstinadamente con el
+sepulcro.
+
+Conservar, Conservación, Conservador. He aquí poco más ó menos todo su
+diccionario; _oler bien_ era lo importante. Y en efecto; las opiniones
+de aquellos grupos venerables estaban amortizadas; sus ideas olían á
+nardo de embalsamar. Era aquél un mundo amomiado. Los amos estaban
+embalsamados, los criados rellenos de paja.
+
+Una vieja y digna marquesa, recién llegada de la emigración y
+arruinada, no tenía más que una sirvienta y seguía diciendo: «Mis
+criados».
+
+¿Qué hacían en la tertulia de la baronesa de T.? Eran ultras.
+
+Ser ultra no tiene hoy significación, aunque lo que representa no haya
+desaparecido. Expliquémonos:
+
+Ser ultra, es ir más allá; es hacer la guerra al cetro en nombre
+del trono, y á la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se
+arrastra; es arrear al tiro; es denigrar la hoguera por su decadencia
+en tostar herejes; es reprochar al ídolo su poca idolatría: es insultar
+por exceso de respeto; es no hallar en el papa bastante papismo, en
+el rey bastante realeza, y hallar demasiada luz en la noche; es estar
+descontento del alabastro, de la nieve, del cisne y de la azucena en
+nombre de la blancura; es ser partidario de las cosas hasta el punto de
+hacerse su enemigo; es llevar el pro hasta la contra.
+
+El espíritu ultra caracteriza especialmente la primera fase de las
+Restauraciones.
+
+No hay nada en la historia parecido al cuarto de hora que empieza en
+1814 y termina en 1820, al advenimiento de Villèle, el hombre práctico
+de la derecha.
+
+Estos seis años fueron un momento extraordinario, brillante y opaco
+al mismo tiempo, risueño y sombrío, iluminado como por la claridad del
+alba, y cubierto á la vez por las tinieblas de las grandes catástrofes
+que llenaban aún el horizonte, perdiéndose lentamente en lo pasado.
+Hubo allí, en aquella luz y en aquella sombra, un pequeño mundo nuevo
+y viejo, bufón y triste, juvenil y senil, restregándose los ojos, que
+nada se parece tanto al despertar como la vuelta de una emigración;
+grupo que miraba á Francia con recelo, y era mirado por Francia con
+ironía; viejos búhos aristócratas llenando las calles, los que aparecen
+y los aparecidos, «en lo antiguo» estupefactos de todo, valientes y
+nobles hidalgos que se sonreían de estar en Francia, y lloraban también
+sorprendidos de volverla á ver, desesperados por no encontrar ya su
+monarquía; la nobleza de las cruzadas, despreciando á la nobleza del
+Imperio, es decir, á la nobleza de la espada; las razas históricas
+que habían perdido la significación de la historia; los hijos de los
+compañeros de Carlo Magno, menospreciando á los compañeros de Napoleón.
+Las espadas, como acabamos de decir, se enviaban recíprocamente el
+insulto; la espada de Fontenoy era objeto de risa, y estaba cubierta de
+orín; la espada de Marengo era odiosa, y no se veía en ella más que un
+sable. El _Antiguamente_ desconociendo el _Ayer_.
+
+No se tenía el sentimiento de lo grande ni el sentimiento de lo
+ridículo, y hubo quien llamó Scapin á Bonaparte. Aquel mundo no
+existe ya; nada queda de él. Cuando por casualidad sacamos de él
+alguna figura, y tratamos de hacerla revivir en la imaginación, nos
+parece tan extraña como un mundo antidiluviano; y es que, en efecto,
+ha sido sumergida también por un diluvio. Ha desaparecido bajo dos
+revoluciones. ¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren
+rápidamente todo lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su
+misión; y que pronto abren terribles profundidades!
+
+Tal era la fisonomía de las tertulias de aquellos tiempos lejanos y
+cándidos en que Martainville tenía más ingenio que Voltaire.
+
+Aquellas tertulias tenían una literatura y una política propias.
+Creíase en Fiévée; Agier imponía la ley; comentábase á Colnet,
+publicista que vendía libros viejos en el muelle Malaquais. Napoleón
+era reconocido solamente por el ogro de Córcega. Más tarde fué una
+concesión al espíritu del siglo el introducir en la historia al señor
+de Bonaparte, teniente general de los ejércitos del rey.
+
+Aquellas tertulias no se conservaron mucho tiempo puras. Desde 1818
+empezaron á germinar en ellas algunos doctrinarios, matiz sospechoso
+que tenía por sistema ser realista, disculpándose de serlo. Los
+doctrinarios estaban avergonzados donde los ultras triunfaban.
+Tenían talento, y guardaban silencio; su dogma político estaba
+convenientemente aderezado de gravedad; debían por lo tanto, triunfar.
+Hacían, por otra parte, útiles excesos de corbata blanca y frac
+abotonado. El error ó la desgracia del partido doctrinario ha sido
+crear una juventud envejecida. Tomaban actitudes de sabios; soñaban
+en injertar en el principio absoluto y excesivo, un poder templado.
+Oponían, y á veces con rara inteligencia, al liberalismo demoledor un
+liberalismo conservador, y se les oía decir:
+
+«Perdón para el realismo: nos ha hecho más de un beneficio. Nos ha
+traído de nuevo la tradición, el culto, la religión, el respeto; es
+fiel, valiente, caballeresco, amante y rendido. Viene á mezclar,
+no sin pesar, las nuevas grandezas de la nación con las grandezas
+seculares de la monarquía. Tiene la desgracia de no comprender la
+Revolución, el Imperio, la gloria, la libertad, las nuevas ideas, las
+nuevas generaciones, el siglo. Pero este defecto que tiene respecto de
+nosotros, ¿no le tenemos nosotros algunas veces también respecto de
+él? La Revolución de la que somos herederos, debe tener conocimiento
+de todo. El contrasentido del liberalismo es atacar al realismo. ¡Qué
+falta! ¡Qué ceguera!
+
+«La Francia revolucionaria no respeta á la Francia histórica; es decir,
+á su madre; esto es, á sí misma. Desde el 5 de septiembre se trata
+á la nobleza de la monarquía como desde el 8 de julio se trataba á
+la nobleza del Imperio. Ellos han sido injustos para con el águila;
+nosotros lo somos para con la flor de lis. ¡Se desea, pues, tener
+siempre algo que proscribir! ¿Desdorar la corona de Luis XIV, raspar el
+escudo de Enrique IV es útil por ventura? ¡Nos burlamos de Vaublauc,
+que borraba las NN. del puente del Jena! ¿Y qué hacía? Lo que hacemos
+nosotros. Bouvines nos pertenece lo mismo que Marengo; y las flores de
+lis lo mismo que las NN. Éste es nuestro patrimonio. ¿Por qué mermarlo?
+No debemos renegar de la patria por lo pasado ni por lo presente. ¿Por
+qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar á
+toda la Francia?»
+
+De este modo criticaban y protegían los doctrinarios el realismo:
+descontentos porque le criticaban, furiosos porque le protegían.
+
+Los ultras señalaron la primera época del realismo; la congregación
+caracterizó la segunda. Á la pasión sucedía la habilidad. Terminemos
+aquí nuestro bosquejo.
+
+En el curso de esta narración, el autor de este libro ha encontrado
+en su camino ese punto curioso de la historia contemporánea; y
+al pasar, ha debido dirigirle una mirada, y trazar alguno de los
+perfiles singulares de aquella sociedad desconocida hoy. Pero lo hace
+rápidamente, y sin ninguna idea amarga ó irrisoria. Algunos recuerdos
+afectuosos y respetuosos, pues que se refieren á su madre, le unen á
+ese pasado. Por otra parte, debemos consignarlo, aquel pequeño mundo
+tenía su grandeza. Podemos sonreirnos; pero no despreciarle ni odiarle.
+Era la Francia de otros tiempos.
+
+Mario Pontmercy hizo, como todos los niños, ciertos estudios. Al salir
+de las manos de su tío Gillenormand, su abuelo le entregó á un digno
+profesor de la más pura inocencia clásica, y aquella alma joven que
+empezaba á abrirse, pasó de una mojigata á un pedante. Mario pasó los
+años de colegio para entrar luego en la escuela de jurisprudencia. Era
+realista, fanático y austero. Amaba poco á su abuelo, cuya alegría y
+cinismo le desagradaban, y era sombrío con respecto á su padre.
+
+Por lo demás, era un mozo entusiasta y frío, noble, generoso, altivo,
+religioso, exaltado, digno hasta la dureza, puro hasta el salvajismo.
+
+
+
+
+ IV
+ =Fin del bandido=
+
+
+La terminación de los estudios clásicos de Mario coincidió con la
+despedida de la sociedad del señor Gillenormand. El viejo dió un adiós
+al barrio de San Germán y á las reuniones de la baronesa de T., yendo
+á establecerse en el Marais en su casa de la calle de las Hijas del
+Calvario. Allí tenía por criados, además del portero, á la doncella
+Nicolasita, que había sucedido á la Magnón, y á aquel vasco finchado y
+cansino, de que hemos hablado anteriormente.
+
+En 1827 Mario acababa de cumplir diez y siete años. Un día, al volver á
+su casa, vió á su abuelo con una carta en la mano.
+
+--Mario,--dijo el señor Gillenormand,--mañana saldrás para Vernón.
+
+--¿Para qué?--preguntó Mario.
+
+--Para ver á tu padre.
+
+Mario se estremeció.
+
+En todo había pensado, menos en que podría llegar un día en que tuviese
+que ver á su padre. No podía ocurrirle nada más inesperado, más
+sorprendente, y digámoslo también, más desagradable. Era la antipatía
+obligada á convertirse en simpatía; no era un disgusto, pero sí un
+trabajo pesado.
+
+Mario, además de sus motivos de antipatía política, estaba convencido
+de que su padre, el acuchillador, como le llamaba Gillenormand en sus
+días de mayor afabilidad, no le amaba; esto era evidente, puesto que
+así le había abandonado y entregado á otras manos. Creyendo que no era
+amado, no amaba. Nada más natural, se decía á sí mismo.
+
+Se quedó tan estupefacto, que no preguntó nada al señor Gillenormand.
+El abuelo añadió:
+
+--Parece que está enfermo, y te manda llamar.
+
+Y después de un rato de silencio añadió:
+
+--Saldrás mañana por la mañana. Creo que hay en la plazuela de las
+Fuentes una diligencia que sale á las seis y llega por la noche. Toma
+billete. Dice que corre prisa.
+
+Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo. Mario hubiera
+podido partir aquella misma noche y estar al lado de su padre al día
+siguiente por la mañana, porque salía entonces de la calle Bouloy una
+diligencia que iba de noche á Ruán, pasando por Vernón.
+
+Pero ni el señor Gillenormand ni Mario pensaron en informarse.
+
+Al día siguiente al anochecer llegaba Mario á Vernón. Principiaban á
+encenderse las luces. Preguntó al primer transeunte: «¿La casa del
+señor Pontmercy?...».
+
+Porque interiormente profesaba las ideas de la Restauración, no
+reconocía por lo tanto en su padre al barón ni al coronel.
+
+Se le indicó la casa. Llamó; fué á abrir una mujer con una lamparilla
+en la mano.
+
+--¿El señor Pontmercy?--preguntó Mario.
+
+La mujer permaneció inmóvil.
+
+--¿Está aquí?--preguntó Mario.
+
+La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo.
+
+--¿Puedo hablarle?
+
+La mujer hizo un signo negativo.
+
+--¡Es que soy su hijo!--dijo Mario.--Me espera.
+
+--Ya no os espera,--dijo la mujer.
+
+Mario observó entonces que la mujer lloraba.
+
+Ésta le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró.
+
+En aquella sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la
+chimenea, había tres hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro en
+camisa y tendido sobre los ladrillos.
+
+Éste era el coronel.
+
+Los dos primeros eran un médico el uno, y un sacerdote que estaba
+orando el otro.
+
+El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral;
+al principio de la enfermedad tuvo un presentimiento fatal, y escribió
+al señor Gillenormand llamando á su hijo.
+
+El mal había ido en aumento; y el día mismo de la llegada de Mario á
+Vernón, el coronel había tenido un acceso de delirio. Habíase levantado
+del lecho y á pesar de los esfuerzos de la criada, gritando: ¡Mi hijo
+no viene! ¡Voy á buscarle! Había salido de su cuarto, cayendo sobre los
+ladrillos de la antesala. Acababa de espirar.
+
+Habían sido llamados el médico y el cura; pero así el médico como el
+cura llegaron tarde.
+
+También había llegado tarde el hijo.
+
+Á la luz crepuscular de la vela se distinguía en la mejilla del
+yaciente y pálido coronel, una gruesa lágrima que había salido de los
+ojos del muerto. Su mirada se había apagado, pero la lágrima no se
+había secado aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo.
+
+Mario contempló á aquel hombre, á quien veía por primera y última vez;
+aquella fisonomía venerable y varonil, aquellos ojos abiertos que no
+miraban, aquellos cabellos blancos, aquellos miembros robustos, en los
+que se veían en distintos puntos líneas obscuras que eran sablazos,
+y unas como estrellas rosadas, que eran agujeros de balas. Contempló
+aquella enorme cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella
+frente, marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensaba en que
+aquel hombre era su padre, y en que estaba muerto; y él permaneció frío.
+
+La tristeza que experimentó fué la misma que hubiera sentido ante otro
+cualquier muerto.
+
+Y sin embargo, en aquella sala se respiraba un profundo dolor. La
+criada sollozaba en un rincón, el cura rezaba y se le oía sollozar
+también, el médico se secaba las lágrimas, el cadáver lloraba
+igualmente.
+
+Aquel médico, aquel cura y aquella mujer miraban á Mario al través de
+su aflicción sin decir una palabra. Él era allí el extraño.
+
+Mario, escasamente conmovido, avergonzado, y en una situación
+embarazosa, tenía el sombrero en la mano, y le dejó caer al suelo para
+hacer creer que el dolor le quitaba la fuerza necesaria para sostenerle.
+
+Al mismo tiempo sentía como un remordimiento, y se avergonzaba de obrar
+así. Pero ¿era suya la culpa? No amaba á su padre. ¡Y qué!
+
+El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas pagaba el
+entierro.
+
+La criada encontró un pedazo de papel, que entregó á Mario, en el cual
+estaba escrito lo siguiente, de mano del coronel:
+
+«_Para mi hijo._--El emperador me hizo barón en el campo de batalla de
+Waterloo. La Restauración me niega este título que he comprado con mi
+sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno
+de él». Á la vuelta, el coronel había añadido:
+
+«En la misma batalla de Waterloo, un sargento me salvó la vida: se
+llamaba Thénardier. Creo que últimamente tenía una posada en un pueblo
+de los alrededores de París, en Chelles ó en Montfermeil. Si mi hijo le
+encuentra, haga en su favor todo cuanto pueda».
+
+No por veneración á su padre, sino por ese vago respeto á la muerte,
+que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre, Mario tomó el
+papel y se lo guardó.
+
+Nada quedaba del coronel. El señor Gillenormand mandó vender á un
+prendero su espada y su uniforme. Los vecinos devastaron el jardín y
+saquearon las flores más raras; las demás plantas se convirtieron en
+abrojos y maleza, y murieron.
+
+Mario, sólo permaneció cuarenta y ocho horas en Vernón. Después del
+entierro volvió á París, y se entregó de nuevo al estudio de las leyes,
+sin pensar más en su padre, como si jamás hubiera existido.
+
+Á los dos días estaba enterrado el coronel, y á los tres olvidado.
+
+Mario llevaba una gasa en el sombrero. Esto fué todo.
+
+
+
+
+ V
+ =Utilidad del ir á misa para hacerse revolucionario=
+
+
+Mario había conservado las costumbres religiosas de su infancia. Un
+domingo que fué á oir misa á San Sulpicio, á la misma capilla de la
+Virgen á que le llevaba su tía cuando era pequeño, estaba distraído
+y más pensativo que de costumbre; se había colocado detrás de un
+pilar, arrodillándose, sin advertirlo, sobre una silla de terciopelo
+de Utrech, en cuyo respaldo estaba escrito este nombre: _Mabeuf,
+capillero_.
+
+En cuanto comenzó la misa, se presentó un anciano y dijo á Mario:
+
+--Caballero, éste es mi sitio.
+
+Mario se levantó enseguida, y el viejo se sentó en su silla.
+
+Acabada la misa, Mario permanecía reflexivo á algunos pasos de
+distancia; el viejo se le acercó otra vez y le dijo:
+
+--Os pido perdón, caballero, por haberos distraído antes y de
+distraeros todavía un momento; pero tal vez me habréis creído
+impertinente, y debo daros una explicación.
+
+--Es inútil, caballero,--dijo Mario.
+
+--¡Oh!--contestó el viejo.--No quiero que forméis mal concepto de mí.
+Este sitio es el mío. Me parece que desde él encuentro la misa mejor.
+¿Por qué? Voy á decíroslo. Á este mismo sitio he visto venir por
+espacio de diez años, cada dos ó tres meses regularmente, á un pobre
+padre que no tenía otro medio ni otra oportunidad de ver á su hijo,
+porque se lo impedían cuestiones de familia. Venía á la hora en que
+sabía que acompañaban á su hijo á misa. El niño no sabía que su padre
+estaba aquí; ni aún sabía tal vez el inocente que tuviese un padre. El
+padre se ponía detrás de una columna para que no le viesen; contemplaba
+á su hijo y lloraba. ¡Cuánto adoraba al niño aquel pobre hombre! Yo
+lo veía. Ese sitio resulta como santificado para mí, y he tomado la
+costumbre de oir misa en él. Le prefiero al banco de obra, que tengo
+derecho á ocupar. Traté un poco al caballero de quien os hablo. Tenía
+un suegro y una tía rica, y parientes que creo amenazaban desheredar
+al hijo si veía á su padre. Y él se sacrificaba, porque su hijo
+fuése algún día rico y feliz. Les separaban opiniones políticas. No
+desapruebo yo el que se tengan opiniones políticas; pero hay personas
+que no saben contenerse prudentemente. ¡Dios mío! Porque un hombre haya
+estado en Waterloo, no es un monstruo; por esto no se debe separar á
+un padre de su hijo. Era un coronel de Bonaparte, que ha muerto, según
+creo. Vivía en Vernón, donde tengo un hermano cura; se llamaba algo así
+como Pontmarle ó Montpercy. Tenía, por cierto, una gran cicatriz de un
+sablazo.
+
+--Pontmercy,--dijo Mario, palideciendo.
+
+--Precisamente, Pontmercy. ¿Le habéis conocido?
+
+--Caballero,--dijo Mario,--era mi padre.
+
+El anciano obrero juntó las manos y exclamó:
+
+--¡Ah, sois vos su hijo! Sí, esto es, ahora debe ser un hombre ya. Pues
+bien; podéis decir que habéis tenido un padre que os quiso mucho.
+
+Mario ofreció su brazo al anciano, y le acompañó hasta su casa.
+
+Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:
+
+--Hemos arreglado con algunos amigos una partida de caza. ¿Permitís que
+me ausente por tres días?
+
+--¡Por cuatro!--respondió el abuelo.--Anda, diviértete.
+
+Y guiñando el ojo, dijo en voz baja á su hija:
+
+--¡Algún amorcillo!
+
+
+
+
+ VI
+ =Consecuencias de haber encontrado á un capillero=
+
+
+Á dónde fué Mario, más adelante se verá.
+
+Mario estuvo tres días ausente; después volvió á París, se fué
+directamente á la biblioteca de la escuela de Jurisprudencia, y pidió
+la colección del _Monitor_.
+
+Leyó el _Monitor_; leyó la historia de la República y del Imperio, el
+_Memorial de Santa Elena_, todas las memorias, todos los periódicos,
+todos los boletines, todas las proclamas, todo lo devoró. La primera
+vez que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran
+ejército, tuvo calentura toda una semana. Visitó á los generales á
+cuyas órdenes había servido Jorge Pontmercy, y entre otros al conde H.
+El capillero Mabeuf, á quien fué á ver también, le contó la vida de
+Vernón, el retiro del coronel, sus flores, su soledad. Mario llegó á
+conocer perfectamente á aquel hombre raro, sublime y amable, á aquella
+especie de león-cordero, que había sido su padre.
+
+Mientras estaba ocupado en este estudio, que consumía todo su tiempo y
+todos sus pensamientos, casi no veía á los Gillenormand.
+
+Á las horas de comer aparecía; después, si se le buscaba, no estaba en
+casa. La tía murmuraba. El abuelo Gillenormand se sonreía:
+
+--¡Bah! ¡bah! ¡Es la edad de los amoríos!--Algunas veces añadía el
+viejo:
+
+--¡Diablo! Creía que era ello un galanteo, pero voy viendo que es una
+pasión.
+
+Era efectivamente una pasión; Mario iba adorando á su padre.
+
+Al propio tiempo se verificaba un cambio extraordinario en sus ideas.
+Las fases de este cambio fueron numerosas y sucesivas. Como es ésta
+la historia de muchos espíritus de nuestra época, creemos útil seguir
+estas frases paso á paso, é indicarlas todas.
+
+Aquella historia en que había fijado los ojos le azoraba.
+
+El primer efecto fué un deslumbramiento.
+
+La República y el Imperio no habían sido para él hasta entonces
+más que palabras monstruosas. La República, una guillotina entre
+crepúsculos; el Imperio, un sable en plena noche. Pero acababa de
+ver ambas cosas, y donde no esperaba encontrar más que un caos de
+tinieblas, había visto, con cierta sorpresa inaudita, mezclada de
+temor y alegría, brillar astros como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just,
+Robespierre, Camille Desmoulins, Dantón, y despuntar un sol: Napoleón.
+No sabía dónde estaba y retrocedía ciego ante tanta luz. Poco á poco
+fué pasando el asombro, acostumbróse á aquel esplendor, consideró los
+actos sin pasión, examinó á los hombres sin terror; la Revolución y el
+Imperio aparecieron luminosamente en perspectiva ante sus ojos, y vió
+á cada uno de aquellos dos grupos de sucesos y de hombres reunirse en
+dos grandes hechos; la República en la soberanía del derecho cívico
+restituido á las masas; el Imperio en la soberanía de la idea francesa
+impuesta á Europa; y vió salir de la Revolución la gran figura del
+pueblo, y del Imperio la gran figura de la Francia. Y declaró en su
+conciencia que todo aquello había sido bueno.
+
+Lo que pasó desapercibido á su deslumbramiento en esta primera
+apreciación demasiado sintética, no creemos del caso consignarlo aquí.
+Lo que pintamos es el estado de un espíritu en marcha; y los progresos
+no se hacen en una etapa. Dicho esto de una vez para siempre, así por
+lo precedente como para lo sucesivo, continuemos.
+
+Entonces conoció que hasta aquel momento no había comprendido ni á su
+patria ni á su padre. No había conocido á la una ni al otro; había
+tenido una especie de velo voluntario ante los ojos.
+
+Ahora veía claro; y por una parte admiraba y adoraba por otra.
+
+Estaba agobiado de pesares y de remordimientos; pensaba desesperado que
+no podía decir todo lo que tenía en el alma sino á una tumba. ¡Oh! si
+su padre hubiera vivido, si le tuviera todavía: si Dios, compadecido
+y bondadoso, hubiera permitido que viviese aún, ¡cómo habría corrido,
+cómo se habría precipitado, cómo habría gritado á su padre!: ¡Padre!
+¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Yo, que tengo tu mismo corazón! ¡Soy tu hijo!
+¡Cómo habría abrazado su encanecida frente, inundado sus cabellos de
+lágrimas, contemplado su cicatriz, estrechado sus manos, adorado sus
+vestidos, besado sus plantas! ¡Oh! ¡Por qué había muerto su padre tan
+pronto, antes de tiempo, antes de la justificación, antes del amor de
+su hijo! Mario tenía un eterno sollozo en su corazón, que exhalaba á
+cada instante un ¡ay! Al mismo tiempo se hacía más formal, más grave;
+se afirmaba en su fe y en su modo de pensar. Á cada momento venía un
+nuevo rayo de luz de la verdad á completar su razón; verificábase en él
+como un crecimiento interior. Sentía una especie de engrandecimiento
+natural, producido por dos cosas nuevas para él: su patria y su padre.
+
+Como sucede cuando se posee una clave, todo se abría para él; se
+explicaba lo que había odiado, y penetraba en lo que había aborrecido.
+Veía claramente el sentido providencial, divino y humano de las grandes
+cosas que le habían inducido á detestar, y de los grandes hombres á
+quienes le habían enseñado á maldecir. Cuando pensaba en sus antiguas
+ideas, que no eran más que de ayer, y que sin embargo le parecían
+rancias, se indignaba y sonreía.
+
+De la rehabilitación de su padre había pasado, naturalmente, á la
+rehabilitación de Napoleón.
+
+Sin embargo, debemos decir, que ésta no se había verificado sin
+esfuerzo.
+
+Desde la infancia se le había imbuido de las opiniones que el partido
+de 1814 había formado de Bonaparte. Ahora bien; todas las precauciones
+de la Restauración, sus intereses y sus instintos tendían á desfigurar
+á Napoleón. Le execraba más todavía que á Robespierre; se había
+explotado hábilmente el cansancio de la nación y el odio de las madres.
+Bonaparte había llegado á ser una especie de monstruo casi fabuloso, y
+para presentarle á la imaginación del pueblo, que, como hemos indicado
+hace poco, se parece á la imaginación de los niños, el partido de 1814
+hacía aparecer sucesivamente espantosos todos los disfraces, desde lo
+terrible, sin dejar de ser grandioso, hasta lo terrible que llega á ser
+grotesco; desde Tiberio al Coco.
+
+Así es, que hablando de Bonaparte, cada uno podía libremente llorar ó
+reventar de risa, con tal que le odiase. Mario no había tenido nunca
+acerca de _aquel hombre_--como le llamaban--otras ideas que ésas, las
+cuales se habían combinado en su espíritu con la tenacidad propia de su
+carácter. Había realmente en su interior otro pisaverde testarudo que
+odiaba á Napoleón.
+
+Pero leyendo la historia, estudiándola en los documentos y en los
+materiales, se fué rasgando poco á poco el velo que cubría á Napoleón á
+los ojos de Mario.
+
+Entrevió primero algo inmenso, y sospechó que se había engañado acerca
+de Bonaparte como en lo demás; cada día veía más claro, y empezó á
+subir lentamente, paso á paso, primero casi con sentimiento, y después
+con embriaguez y como atraído por una fascinación irresistible, los
+escalones sombríos, luego los alumbrados vagamente, y por último los
+luminosos y espléndidos del entusiasmo.
+
+Una noche estaba solo en su cuartito, junto al tejado. La vela estaba
+encendida; leía, apoyado de codos en la mesa, al lado de la ventana
+abierta. Una multitud de pensamientos surgiendo del espacio, iban á
+mezclarse con sus ideas. ¡Qué espectáculo es la noche!
+
+Óyense ruidos sordos sin saber de dónde vienen; se ve resplandecer
+como un ascua entre cenizas á Júpiter, que es mil doscientas veces
+más grande que la tierra; el azul es negro, las estrellas brillan; es
+imponente.
+
+Leía los boletines del gran ejército, aquellas estrofas homéricas
+escritas sobre el campo de batalla; veía en ellos por intervalos el
+nombre de su padre, y siempre el nombre del emperador; aparecía á
+sus ojos todo el gran imperio, sentía como una marea que se elevase
+en su interior; en algunos momentos le parecía que pasaba su padre
+á su lado como un soplo y le hablaba al oído; íbase abstrayendo
+poco á poco; creía oir los tambores, el cañón, las cornetas, el paso
+regular de los batallones, el galope sordo y lejano de la caballería;
+de cuando en cuando sus ojos se elevaban al cielo, y veía brillar en
+las profundidades sin fondo las constelaciones colosales; bajábalos
+después al libro, viendo moverse confusamente otras cosas colosales.
+Tenía el corazón oprimido. Estaba transportado, tembloroso, anhelante.
+De pronto, sin saber él mismo lo que por él pasaba, ni á qué fuerza
+secreta obedecía, se levantó, extendiendo ambos brazos fuera de
+la ventana, miró fijamente á la sombra, al silencio, al tenebroso
+infinito, á la inmensidad eterna, y gritó: ¡Viva el emperador!
+
+Desde aquel momento todo estaba dicho: el ogro de Córcega,--el
+usurpador,--el tirano,--el monstruo, que había sido amante de sus
+hermanas--el histrión, que recibía lecciones de Talma,--el envenenador
+de Jafa,--el tigre,--Buonaparte,--todo esto se desvaneció abriendo
+campo en su espíritu á un vago y luciente fulgor, que alumbraba hasta
+una altura inaccesible el pálido fantasma de mármol de César. El
+emperador no había sido para su padre sino el querido capitán á quien
+admiraba, y por quien se sacrificaba el soldado; para Mario fué algo
+más; fué el constructor predestinado del grupo francés, sucediendo
+al grupo romano en la dominación del universo; fué el prodigioso
+arquitecto de un cataclismo, el continuador de Carlo-Magno, de Luis
+XI, de Enrique VI, de Richelieu, de Luis XVI y del comité de Salvación
+pública; teniendo sin duda sus defectos, sus faltas, sus crímenes, es
+decir, siendo hombre: pero augusto en sus faltas, brillante en sus
+defectos, poderoso en sus crímenes.
+
+Fué el hombre predestinado que obligó á todas las naciones á
+decir:--la gran nación;--fué más todavía, fué la encarnación de
+Francia, conquistando la Europa con la espada, y el mundo con la luz
+que despedía. Mario vió en Bonaparte el espectro deslumbrador que se
+levantará siempre en la frontera y guardará el porvenir. Déspota, pero
+dictador; déspota resultante de una república, y simbolizando una
+revolución: Bonaparte fué para él, el hombre pueblo, así como es Jesús
+el Hombre-Dios.
+
+Vese, pues, que, al igual de todos los recién convertidos á una
+religión, su conversión le embriagaba; le precipitaba y llevaba
+quizá demasiado lejos su adhesión. Su índole era ésta; puesto en una
+pendiente le era casi imposible detenerse. El fanatismo por el sable
+le arrebataba; y se complicaba en su espíritu con el entusiasmo por la
+idea. No conocía que con el genio admiraba juntamente la fuerza, es
+decir, que instalaba en los dos recintos de su idolatría lo divino y lo
+brutal. Bajo diversos conceptos, habíase equivocado nuevamente.
+
+Todo lo admitía. Tal es el modo de encontrar el error en el camino por
+donde se busca la verdad. Tenía cierta buena fe violenta, que todo lo
+abrazaba en conjunto. Así en la nueva vía en que había entrado, al
+juzgar los errores del antiguo régimen, lo mismo que al medir la gloria
+de Napoleón, despreciaba las circunstancias atenuantes.
+
+Sea como fuere, Mario había dado un gran paso. Donde viera antes
+la caída de la monarquía, veía ahora el porvenir de Francia. Había
+cambiado de orientación. Lo que había sido el Ocaso era el Levante. Dió
+una vuelta en redondo.
+
+Verificábanse en él todas estas revoluciones sin que su familia lo
+sospechase.
+
+Cuando en esta misteriosa tarea hubo perdido del todo su antigua piel
+de borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata,
+de jacobino y de realista; cuando fué completamente revolucionario,
+profundamente demócrata y casi republicano, fué á casa de un grabador
+de la calle de Orfêvres y mandó hacer cien tarjetas con su nombre, en
+que se leía: «El barón Mario de Pontmercy».
+
+Lo cual era una consecuencia lógica del cambio que se había operado en
+él; cambio en que todo gravitaba al rededor de su padre.
+
+Solamente que como no conocía á nadie, y no podía dejar las tarjetas en
+ninguna portería, se las guardó en el bolsillo.
+
+Por otra consecuencia natural, á medida que se aproximaba á su padre,
+á su memoria, á las cosas por las que el coronel había peleado
+veinticinco años, se iba alejando de su abuelo. Ya lo hemos dicho,
+desde muy antiguo no gustaba del carácter del viejo Gillenormand. Entre
+ambos había ya todas las disonancias que puede haber entre un joven
+grave y un viejo frívolo. La alegría de Geronte choca y exaspera á
+la melancolía de Werther. Mientras habían sido comunes en ellos las
+opiniones políticas y las ideas, Mario se había encontrado como en un
+puente con el señor Gillenormand; mas cuando ese puente se hundió,
+los separó el abismo. Además, Mario sentía inexplicables impulsos
+de rebelión cuando recordaba que el señor Gillenormand, por motivos
+estúpidos, le había apartado sin piedad del coronel, privando al hijo
+del padre y al padre del hijo.
+
+Á fuerza de lástima por su padre, había casi llegado á tener aversión á
+su abuelo.
+
+Pero nada de esto, como hemos dicho, se traslucía exteriormente. Tan
+sólo se mostraba más frío de día en día, más lacónico en la mesa, y
+con más frecuencia se ausentaba de la casa. Cuando su tía le reprendía
+era muy respetuoso, y daba por pretexto sus estudios, el curso, los
+exámenes, las conferencias, etc.
+
+El abuelo no salía de su infalible diagnóstico:--¡Enamorado! Ya conozco
+eso.
+
+Mario hacía de cuando en cuando algunas escapatorias.
+
+--Pero ¿adónde va?--preguntaba la tía.
+
+En uno de estos viajes, siempre cortos, fué á Montfermeil para cumplir
+la indicación que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento
+de Waterloo, al posadero Thénardier. Thénardier había quebrado; la
+posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había sido de él. Mario, con
+motivo de estas investigaciones, estuvo cuatro días fuera de su casa.
+
+--Decididamente,--dijo el abuelo,--se extravía.
+
+Habíase creído adivinar que llevaba bajo la camisa, y sobre el pecho,
+algo sujeto con una cinta negra que pendía del cuello.
+
+
+
+
+ VII
+ =Algún amorcillo=
+
+
+Hemos hablado de un lancero.
+
+Era un tercer sobrino del señor Gillenormand por parte de padre, el
+cual llevaba, lejos de la familia y del hogar doméstico, la vida
+de guarnición. El teniente Teódulo Gillenormand tenía todas las
+condiciones necesarias para ser lo que se llama un lindo oficial.
+Tenía «el talle de una señorita», cierto modo de arrastrar el sable, y
+llevaba el bigote retorcido. Iba raras veces á París, tanto, que Mario
+no le había visto nunca. Los dos primos sólo se conocían de nombre.
+
+Teódulo era, según creemos haber dicho ya, el favorito de la tía
+Gillenormand, que le prefería; porque no le veía. No ver á las gentes
+permite suponerles todas las perfecciones. Una mañana la señorita
+Gillenormand mayor entró en su cuarto tan conmovida como podía estarlo
+su placidez. Mario acababa de pedir á su abuelo permiso para hacer un
+viaje, diciendo que pensaba partir aquella misma noche. ¡Anda! le había
+respondido el abuelo. Y Gillenormand había añadido aparte, arqueando
+las cejas hacia lo alto de la frente: ¡Duerme fuera y reincide! La
+señorita Gillenormand había subido á su cuarto muy cavilosa, dejando
+escapar en la escalera esta exclamación:--«¡Es ya mucho!». Y esta
+interrogación:--«¿Pero adónde va?». Entreveía alguna aventura de
+corazón más ó menos ilícita, alguna mujer en la sombra, una cita, un
+misterio, y no le hubiera disgustado haberle podido echar el lente.
+Gustar un misterio es como alcanzar las primicias de un escándalo:
+y esto no lo detestan las almas más santas. Hay en los secretos
+receptáculos de la mojigatería, cierta curiosidad por el escándalo.
+
+Veíase, pues, dominada por el vago apetito de saber una historia.
+
+Para distraerse de esta curiosidad, que la agitaba un poco más de lo
+acostumbrado, había echado mano de sus habilidades, y se había puesto
+á festonear con algodón, y sobre algodón, uno de esos bordados del
+Imperio y de la Restauración, en que se ven muchas ruedas de cabriolé.
+Obra chabacana, obrera ruda. Estaba hacía algunas horas sentada en su
+silla, cuando se abrió la puerta. La señorita Gillenormand levantó la
+nariz; el teniente Teódulo estaba en su presencia, haciéndole el saludo
+de ordenanza. Lanzó ella un grito de alegría. Se puede ser vieja,
+mojigata, devota y tía; pero no hay mujer que no se alegre el ver
+entrar en su cuarto un lancero.
+
+--¡Tú aquí, Teódulo!--exclamó.
+
+--De paso, tía.
+
+--¡Pero, abrázame!
+
+--¡Ya está!--dijo Teódulo.
+
+Y la abrazó. La tía Gillenormand fué á su secreter, y lo abrió.
+
+--¿Te quedarás con nosotros una semana al menos?
+
+--Tía mía, parto de nuevo esta misma tarde.
+
+--¡No es posible!
+
+--Matemáticamente.
+
+--Quédate, Teodulito; yo te lo ruego.
+
+--El corazón dice sí; pero la consigna contesta que no. La historia es
+muy sencilla. Nos mudan de guarnición; estábamos en Melún, y nos llevan
+á Gaillón. Para ir de la antigua guarnición á la nueva hay que pasar
+por París, y he dicho: «Voy á ver á mi tía».
+
+--Toma por la molestia.
+
+Y le puso diez luises de oro en la mano.
+
+--Por la satisfacción querréis decir, querida tía.
+
+Teódulo la abrazó por segunda vez, y ella tuvo el gusto de rozar un
+poco el cuello con los cordones del uniforme.
+
+--¿Haces el viaje á caballo con tu regimiento?--le preguntó ella.
+
+--No, tía. He querido visitaros, y he sacado para ello un permiso
+especial. El asistente lleva mi caballo, y yo iré en la diligencia. Y á
+propósito, tengo que preguntaros una cosa.
+
+--¿Cuál?
+
+--¿Está de viaje también mi primo Mario Pontmercy?
+
+--¿Cómo sabes tú eso?--dijo la tía, excitada súbitamente en lo más vivo
+de su curiosidad.
+
+--Al llegar he ido á tomar mi billete de berlina en la diligencia.
+
+--¿Y qué?
+
+--Que había ya ido un viajero á tomar un asiento del imperial, y he
+visto su nombre en la hoja de la administración.
+
+--¿Qué nombre?
+
+--Mario Pontmercy.
+
+--¡Ah, pícaro!--exclamó la tía.--Tu primo no es muchacho juicioso como
+tú. ¡Decir que va á pasar la noche en diligencia!
+
+--Como yo.
+
+--Pero tú es por obligación, y él por desorden.
+
+--¡Caracoles!--prorrumpió Teódulo.
+
+En esto se le ocurrió una idea á la señorita Gillenormand mayor.
+Si hubiera sido hombre, se habría dado una palmada en la frente. Y
+dirigiéndose bruscamente á Teódulo le dijo:
+
+--¿Sabes que tu primo no te conoce?
+
+--No. Yo por mi parte le he visto; pero él nunca se ha dignado fijarse
+en mí.
+
+--¿Y vais á viajar juntos?
+
+--Él en el imperial y yo en la berlina.
+
+--¿Adónde va esa diligencia?
+
+--Á los Andelys.
+
+--¿Y va allí Mario?
+
+--Sí, á no ser que haga lo que yo, y se quede en el trayecto. Yo bajo
+en Vernón para tomar el coche de Gaillón. Ignoro el itinerario de Mario.
+
+--¡Mario! ¡Qué nombre tan feo! ¡Qué ocurrencia la de ponerle Mario!
+¡Pero tú al menos te llamas Teódulo!
+
+--Preferiría llamarme Alfredo,--dijo el oficial.
+
+--Oye, Teódulo.
+
+--Ya oigo, tía.
+
+--Préstame atención.
+
+--Estoy atento...
+
+--¿Estás?
+
+--Estoy.
+
+--Pues bien; Mario hace escapatorias.
+
+--¡Eh! ¡Eh!
+
+--Viaja.
+
+--¡Ah! ¡Ah!
+
+--Duerme fuera de casa.
+
+--¡Oh! ¡Oh!
+
+--Quisiéramos saber la causa.
+
+Teódulo respondió con la calma de un hombre curtido:
+
+--Cuestión de faldas.
+
+Y con esa risita entre cuero y carne que demuestra la certeza, añadió:
+
+--Alguna muchacha.
+
+--Es evidente,--dijo la tía, que creyó oir hablar al señor
+Gillenormand, y que sintió salir irresistiblemente su convicción de la
+palabra _muchacha_ acentuada casi de la misma manera por el tío y el
+sobrino. Y añadió:
+
+--Haznos un favor. Sigue un poco á Mario; esto te será fácil, porque no
+te conoce; y supuesto que hay muchacha de por medio, haz por conocerla.
+Nos escribirás la historieta, y se divertirá el abuelo.
+
+Á Teódulo no le gustaba mucho este género de espionaje; pero habíanle
+conmovido los diez luises, y creía que podrían traer otros detrás de
+sí. Aceptó, pues, la comisión y dijo:
+
+--Como usted quiera, tía.
+
+Añadiendo para sí:
+
+--Ya estoy convertido en chaperona.
+
+La tía Gillenormand lo abrazó.
+
+--No harías tú nunca esas extravagancias, Teódulo. Tú obedeces á la
+disciplina, eres esclavo de la consigna, eres hombre escrupuloso y
+fiel á tus deberes, y no abandonarías á tu familia por ir á ver á una
+muchachuela.
+
+El lancero hizo una mueca de satisfacción parecida á la del ladrón
+Cartouche, elogiado por su probidad.
+
+La noche que siguió á este diálogo, Mario subió á la diligencia sin
+sospechar que se le vigilaba. En cuanto al vigilante, lo primero que
+hizo fué dormirse. El sueño fué completo y concienzudo. Argos pasó
+roncando toda la noche.
+
+Al despuntar el día, el mayoral de la diligencia gritó:--¡Vernón!
+¡Relevo de Vernón! ¡Los viajeros de Vernón! Y el teniente Teódulo
+despertó.
+
+--¡Bueno!--murmuró medio dormido aún;--aquí es donde me bajo.
+
+Después empezó á despejársele la memoria poco á poco, y se acordó de su
+tía, de los diez luises, y de la promesa que había hecho de contar los
+hechos y los gestos de Mario. Esto le hizo reir.
+
+--Ya no estará tal vez en el coche, pensó para sí abotonándose el
+levitín. Puede haberse quedado en Poissy y ha podido quedarse también
+en Triel; si no ha bajado en Meulán, puede haber bajado en Nantes á
+menos que no se haya apeado en Rolleboise, ó que no haya avanzado hasta
+Pacy, con la facultad de torcer allí á la izquierda hacia Evreux, ó á
+la derecha hacia Laroche-Guyón. Ya puede mi tía echarle un galgo. ¿Qué
+diablos voy á escribirle ahora á la buena vieja?
+
+En este momento un pantalón negro que descendía del imperial apareció
+en la vidriera de la berlina.
+
+--¿Mario será éste?--dijo el teniente.
+
+En efecto, era Mario.
+
+Al pie del coche, y mezclada con los caballos y los postillones, una
+muchachuela del lugar ofrecía flores á los viajeros, gritando:
+
+--Flores para las señoras, caballeros.
+
+Mario se acercó á la muchacha, y escogió las flores más hermosas de su
+cesta.
+
+--Por de pronto,--dijo Teódulo, saltando de la berlina,--ya pica esto
+mi curiosidad. ¿Á quién diablos va á llevar esas flores? Preciso es que
+sea muy buena moza para que merezca tan lindo ramo. Quiero conocerla.
+
+Y no tanto por mandato como por curiosidad particular, á semejanza de
+los perros que cazan por su cuenta, empezó á seguir á Mario.
+
+Éste no fijó la atención en Teódulo. Bajaron de la diligencia algunas
+mujeres elegantes; Mario no las miró siquiera, parecía que no veía nada
+á su alrededor.
+
+--¡Está enamorado!--pensó Teódulo.
+
+Mario se dirigió hacia la iglesia.
+
+--¡Perfectamente!--dijo Teódulo.--¡La iglesia! Esto es, Las citas
+sazonadas con un poco de misa son mejores. Nada tan exquisito como una
+mirada pasando por encima de Dios.
+
+Mario llegó á la iglesia, pero no entró; dió la vuelta al exterior, y
+desapareció en el ángulo de uno de los estribos del ábside.
+
+--La cita es fuera,--dijo.--Veremos la muchacha.
+
+Y se adelantó de puntillas hacia el ángulo por donde había dado la
+vuelta Mario.
+
+Al llegar allí, se quedó estupefacto.
+
+Mario, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado sobre la
+yerba, junto á una tumba. Había deshojado el ramo. En el extremo de la
+fosa, en un relleno que indicaba la cabecera, había una cruz de madera
+negra con este nombre escrito en letras blancas: EL CORONEL BARÓN DE
+PONTMERCY. Oíase sollozar á Mario.
+
+La chica era una tumba.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Mármol contra granito=
+
+
+Allí era donde había ido Mario la primera vez que se ausentó de París.
+Allí iba cada vez que el señor Gillenormand decía: «Duerme fuera».
+
+El teniente se quedó completamente desconcertado con el inesperado
+encuentro de un sepulcro; experimentó una sensación desagradable y
+singular, que le era imposible analizar, compuesta del respeto que
+inspira una tumba mezclado al respeto debido á un coronel. Retrocedió,
+pues, dejando á Mario solo en el cementerio, habiendo en su retirada
+algo de la disciplina. Presentósele la muerte con grandes charreteras,
+y casi le hizo el saludo militar. No sabiendo qué escribir á la tía,
+tomó el partido de no decirle nada; y probablemente no hubiera tenido
+consecuencia alguna el descubrimiento de Teódulo acerca de los amores
+de Mario, si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes
+en la casualidad, la escena de Vernón no hubiese tenido, por decirlo
+así, una especie de resonancia en París.
+
+Mario volvió de Vernón tres días después muy de mañana, llegó á casa
+de su abuelo, y cansado de las dos noches que había pasado en la
+diligencia, conociendo la necesidad de reparar su insomnio con una hora
+de escuela de natación, subió rápidamente á su cuarto, y sin emplear
+más tiempo que el necesario para quitarse el levitón de viaje y el
+cordón negro que llevaba al cuello, se fué á tomar el baño.
+
+El señor Gillenormand se levantó temprano, como todos los viejos
+fuertes; le oyó entrar, y se apresuró á subir lo más pronto que pudo
+con sus viejas piernas la escalera del cuarto de Mario, al objeto de
+abrazarle é interrogarle al mismo tiempo para traslucir de dónde venía.
+
+Pero el adolescente había empleado menos tiempo en bajar que el
+octogenario en subir, y cuando el abuelo Gillenormand entró en la
+buhardilla, ya Mario había salido.
+
+La cama estaba sin tocar, viéndose sobre ella el levitón y el cordón
+negro.
+
+--Prefiero esto,--dijo Gillenormand.
+
+Y un momento después entró en la sala en que estaba sentada la señorita
+Gillenormand bordando sus ruedas de cabriolé.
+
+La entrada fué triunfal.
+
+El señor Gillenormand llevaba en una mano el levitón, y el cordón en la
+otra.
+
+--¡Victoria!--exclamó.--¡Vamos á penetrar el misterio! ¡Vamos á saber
+lo fino del fin! Vamos á palpar el libertinismo de nuestro cazurro! ¡Ya
+tenemos aquí la novela! Tengo el retrato.
+
+En efecto; del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy
+semejante á un medallón.
+
+El viejo tomó esta caja, y la contempló algunos momentos sin abrirla,
+con ese aire de voluptuosidad, enajenamiento y cólera de un pobre
+diablo hambriento al oler una comida espléndidamente que no fuése para
+él.
+
+--Porque esto, evidentemente es un retrato. Yo no me engaño. Esto se
+lleva tiernamente sobre el corazón. ¡Qué tontos son! ¡Algún espantoso
+mascarón, que hará temblar probablemente! ¡Los jóvenes tienen hoy tan
+mal gusto!...
+
+--Veámosle, padre,--dijo la vieja solterona.
+
+La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella más
+que un papel cuidadosamente doblado.
+
+--_De ella á él_,--dijo Gillenormand echándose á reir.--Ya sé lo que
+es; ¡un billete amoroso!
+
+--¡Ah, ya! ¡Leámosle!--dijo la tía. Y se puso los anteojos.
+
+Desdoblaron el papel y leyeron esto:
+
+--«_Para mi hijo._ El emperador me hizo barón en el campo de batalla de
+Waterloo. La restauración me niega este título que he comprado con mi
+sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que será digno
+de él».
+
+Lo que el padre y la hija sintieron entonces, no es para dicho. Se
+quedaron helados como por el soplo de una calavera. No cambiaron ni una
+palabra.
+
+Solamente Gillenormand dijo en voz baja, y como hablando consigo mismo:
+
+--Es la letra de aquel acuchillador.
+
+La tía examinó el papel, le volvió en todos sentidos, colocándolo de
+nuevo en la cajita.
+
+En aquel momento cayó al suelo, del bolsillo de la levita, un paquetito
+oblongo envuelto en un papel azul. La señorita Gillenormand le recogió,
+y desdobló el papel azul; eran las cien tarjetas de Mario.
+
+Cogió una y se la dió al señor Gillenormand, que leyó. _El barón Mario
+de Pontmercy._
+
+El viejo llamó, y acudió Nicolasita.
+
+Gillenormand cogió el cordón, la caja y la levita, lo tiró al suelo en
+medio de la sala, y dijo:
+
+--Llévate esos arreos.
+
+Pasó una hora larga de profundo silencio.
+
+El viejo y la solterona se habían sentado de espaldas, uno á otro,
+pensando cada uno por su parte probablemente lo mismo. Al cabo de la
+hora, dijo la tía Gillenormand:
+
+--¡Magnífico!
+
+Algunos minutos después apareció Mario.
+
+Estaba de vuelta.
+
+Antes de haber atravesado el umbral del salón, distinguió á su abuelo
+que tenía en la mano una de sus tarjetas, quien, al verle, exclamó con
+su aire de superioridad plebeya y satírica, un tanto abrumadora:
+
+--¡Vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te doy la enhorabuena. ¿Qué
+quiere decir esto?
+
+Mario ruborizándose ligeramente, respondió:
+
+--Esto quiere decir que soy hijo de mi padre.
+
+Gillenormand dejó de reirse, y dijo duramente:
+
+--Tu padre soy yo.
+
+--Mi padre,--repuso Mario con los ojos bajos y aire reposado,--era un
+hombre modesto y heroico, que sirvió gloriosamente á la República y á
+la Francia; que fué grande en la historia más grande que hayan podido
+hacer los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de batalla;
+de día, bajo la metralla y las balas, y de noche entre la nieve, en
+el lodo y bajo la lluvia; que tomó dos banderas; que recibió veinte
+heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no cometió
+en su vida más que una falta: amar demasiado á dos ingratos, á su país
+y á mí.
+
+Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oir. Á la palabra
+_República_ se había levantado, ó por mejor decir, se había erguido
+repentinamente.
+
+Cada una de las palabras que Mario acababa de pronunciar, había hecho
+en el rostro del viejo realista, el efecto del soplo de un fuelle de
+fragua sobre un tizón ardiente.
+
+De sombrío había pasado á rojo, de rojo á purpúreo y de purpúreo á
+resplandeciente.
+
+--¡Mario!--exclamó.--¡Abominable criatura! ¡Yo no sé lo que era tu
+padre! ¡No quiero saberlo! ¡No sé nada! ¡No lo sé! ¡Pero lo que sé es
+que entre esas gentes nunca hubo más que miserables; que todos ellos
+son unos perdidos, asesinos, gorros rojos, ladrones! ¡Digo que todos!
+¡y lo repito; todos! ¡Yo no conozco á ninguno! ¡Repito que á ninguno!
+¡Lo oyes Mario! Ya lo ves; eres tan barón como mi zapatilla. ¡Fueron
+todos bandidos, al servicio de Robespierre! ¡Forajidos, al servicio de
+Bu-o-na-parte! ¡Todos traidores, que vendieron, vendieron, vendieron á
+su rey legítimo! ¡Todos cobardes, que huyeron ante los prusianos y los
+ingleses en Waterloo! Esto es lo que sé. Si vuestro padre fué uno de
+ellos, lo ignoro, lo siento; tanto peor, servidor vuestro.
+
+Á su vez fué Mario el tizón y Gillenormand el fuelle. Mario temblaba de
+pies á cabeza, no sabía qué hacer, ardía su cabeza. Era el sacerdote
+que ve arrojar al viento todas sus hostias, el faquir que ve á un
+pasajero escupir á su ídolo. Era imposible que se hubieran dicho tales
+cosas delante de él impunemente. ¿Pero qué hacer? Su padre acababa de
+ser pisoteado y humillado en su presencia; pero ¿por quién? Por su
+abuelo. ¿Cómo vengar el uno sin ultrajar al otro?
+
+Le era igualmente imposible insultar al abuelo y dejar de vengar á su
+padre. De un lado una tumba sagrada; de otro unos cabellos blancos.
+
+Estuvo unos instantes aturdido y vacilante, con aquel torbellino dentro
+de la cabeza; después levantó los ojos, y mirando fijamente á su
+abuelo, gritó con voz tonante:
+
+--¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!
+
+Luis XVIII había muerto hacía cuatro años, pero á Mario esto le era
+indiferente.
+
+El rostro del anciano pasó de escarlata al blanco, á un blanco
+superior al de sus cabellos. Y volviéndose hacia un busto del duque
+de Berry que estaba encima de la chimenea, le saludó respetuosamente
+con cierta majestad singular. Después pasó dos veces lentamente y en
+silencio desde la chimenea á la ventana, y de la ventana á la chimenea,
+atravesando toda la sala, y haciendo resonar el pavimento como una
+estatua de piedra andando. Á la segunda vez se inclinó ante su hija,
+que asistía á esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo
+sonriéndose, con una sonrisa casi serena:
+
+--Un barón como este caballero y un burgués como yo, no pueden
+continuar bajo un mismo techo.
+
+Y enderezándose de súbito, pálido, tembloroso, aterrador, la frente
+ensanchada por la terrible irradiación de la cólera, extendió el brazo
+hacia Mario gritándole:
+
+--¡Vete!
+
+Mario dejó la casa.
+
+Al día siguiente el señor Gillenormand dijo á su hija:
+
+--Mandad cada seis meses sesenta doblones á ese bebedor de sangre, y
+nunca más volváis á hablarme de él.
+
+Y como le quedaba todavía una gran cantidad de furor que no sabía en
+qué emplear, siguió llamando de vos á su hija por espacio de más de
+tres meses.
+
+Mario, por su parte, había salido indignado.
+
+Una circunstancia, que debemos consignar, agravó aún su exasperación.
+Existe siempre alguna pequeña fatalidad que complica los dramas
+domésticos y aumenta los motivos de queja, aunque no aumente los
+verdaderos agravios. Al llevar precipitadamente por orden del abuelo
+los «arreos» de Mario á su cuarto, Nicolasita había dejado caer, sin
+repararlo, y probablemente en la escalera de la buhardilla, que era
+obscura, el medallón de tafilete negro que contenía el papel escrito
+por el coronel. Ni el papel ni el medallón pudieron encontrarse; y
+Mario quedó convencido de que el señor Gillenormand,--desde aquel día
+no llamó de otra manera á su abuelo,--había arrojado al fuego «el
+testamento de su padre». Sabía de memoria las pocas líneas escritas por
+el coronel, y por consiguiente nada se había perdido con aquella fatal
+desaparición. Pero el papel, la escritura, aquella reliquia sagrada,
+todo esto formaba su propio corazón. ¿Qué habían hecho de él?
+
+Mario se había ido, sin decir ni saber adónde, con treinta francos en
+el bolsillo, su reloj, y alguna ropa en un saco de noche. Subió á un
+coche de alquiler, le tomó por horas y se dirigió á la ventura hacia el
+barrio latino.
+
+¿Qué iba á ser de Mario?
+
+
+ NOTAS:
+
+[13] _pendu_, ahorcado.
+
+
+
+
+ LIBRO CUARTO
+ LOS AMIGOS DEL A B C
+
+
+ I
+ =Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico=
+
+
+En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierta
+calentura revolucionaria. Emanaciones que salían de las profundidades
+de 1789 y 92 impregnaban el aire. La juventud, permítasenos la frase,
+estaba de muda. Se transformaba, casi sin saberlo, por el propio
+movimiento del tiempo. La aguja que recorre el cuadrante marcha
+igualmente en las almas. Cada uno daba hacia adelante el paso que
+debía dar. Los realistas se trocaban en liberales: los liberales en
+demócratas. Era aquello una especie de marea creciente, complicada
+con mil reflujos; y como es propio del reflujo mezclarlo todo, de ahí
+resultaban combinaciones de ideas singularísimas; se adoraba á la vez á
+Napoleón y á la libertad.
+
+Nosotros escribimos historia pura. Tales eran los aspectos de aquel
+tiempo. Las opiniones tienen sus fases. El realismo volteriano,
+variedad extravagante, tuvo un contrapeso no menos extraño: el
+liberalismo bonapartista.
+
+Otros grupos razonadores eran más serios. Ya se sondaba el principio;
+ya se aferraban en el derecho. Se apasionaban por lo absoluto; se
+entreveían las realizaciones infinitas; lo absoluto por su misma
+rigidez impulsa el ánimo hacia lo etéreo, y le hace flotar en
+los espacios ilimitados. Nada hay como el dogma para producir la
+meditación; y nada hay como la meditación para engendrar el porvenir.
+La utopía de hoy es la carne y hueso del mañana.
+
+Las opiniones avanzadas tenían doble fondo. Un principio de misterio
+amenazaba al «orden establecido», el cual era suspicaz y receloso,
+signo altamente revolucionario. La intención oculta del poder, tropieza
+en la zapa con la intención oculta del pueblo. La incubación de las
+insurrecciones es la réplica á la premeditación de los golpes de Estado.
+
+No había entonces todavía en Francia esas vastas organizaciones
+subterráneas, como el _tugenbund_ alemán y el carbonarismo italiano;
+pero acá y acullá se iban ya ramificando algunas minas obscuras.
+La _cougourde_ se esbozaba en Aix; y había en París, entre otras
+afiliaciones de este género, la sociedad de los amigos del A B C.
+
+¿Qué era eso de los amigos del A B C? Una sociedad que tenía por
+objeto, en apariencia, la educación de los niños, y en realidad el
+mejoramiento de los hombres.
+
+Declarábanse amigos del A B C[14]. El Abaissé, era el pueblo. Se le
+quería realzar. Retruécano del que haríamos mal en reirnos, porque
+estos retruécanos son muchas veces cosa grave en política; dígalo el
+_Castratus ad castra_, que hizo de Narsés un general de ejército;
+dígalo el _Barbari et Barberini_; dígalo también el _Fueros_ y _Fuegos_
+como el _Tu es Petrus et super hanc Petram_, etc., etc.
+
+Los amigos del A B C eran pocos; era una sociedad secreta en embrión;
+casi podríamos decir una pandilla, si las pandillas pudiesen producir
+héroes. Reuníanse en París en dos puntos: junto á los Mercados, en una
+taberna llamada de _Corinto_, de que hablaremos después, y cerca del
+Panteón, en un cafetucho de la plaza de San Miguel, llamado el _Café
+Musain_, hoy derribado; el primero de estos centros de reunión estaba
+en el barrio de los jornaleros, y el segundo en el de los estudiantes.
+
+Los conciliábulos habituales de los amigos del A B C se celebraban en
+una sala interior del café Musain.
+
+Esta sala, bastante separada del café, con el cual se comunicaba por un
+largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta,
+que daba á la callejuela de Gres. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y
+se reía. Se hablaba de todo en alta voz, y de algo en voz baja.
+
+En la pared estaba clavado un antiguo mapa de Francia del tiempo de
+la República, indicio bastante para avivar el olfato de un agente de
+policía.
+
+La mayor parte de los amigos del A B C eran estudiantes, en cordial
+inteligencia con algunos obreros. He aquí los nombres principales que
+pertenecen, en cierto modo, á la historia: Enjolrás, Combeferre,
+Juan Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, Lesgle ó Laigle, Joly,
+Grantaire.
+
+Estos jóvenes componían una especie de familia, á fuerza de amistad.
+Todos, excepto Laigle, eran del Mediodía.
+
+Este grupo, que fué notable, se ha desvanecido ya en las profundidades
+invisibles que están detrás de nosotros.
+
+Al punto á que hemos llegado de este drama, no estará tal vez de más
+hacer penetrar un rayo de luz en aquella reunión de jóvenes, antes de
+que el lector los vea sumergirse en las sombras de una aventura trágica.
+
+Enjolrás, á quién hemos nombrado el primero por la razón que se verá
+después, era hijo único y rico; mozo simpático, capaz de ser terrible,
+y angelicalmente hermoso; era Antinoo furioso. Hubiérase dicho, al ver
+la pensativa reverberación de su mirada, que había ya atravesado en
+alguna existencia anterior el apocalipsis revolucionario. Poseía la
+tradición como un testigo. Sabía todos los pormenores de la gran cosa.
+Era una naturaleza pontifical y guerrera, extraña en un adolescente;
+era celebrante y militante; bajo el punto de vista inmediato, soldado
+de la democracia, y por encima del movimiento contemporáneo, sacerdote
+de lo ideal. Tenía la pupila profunda, los párpados algo encarnados,
+el labio inferior grueso y dispuesto á expresar el desdén; la frente
+espaciosa. Mucha frente en un rostro, es lo mismo que mucho cielo en un
+horizonte. Como ciertos jóvenes de principios de este siglo y fines del
+pasado que han adquirido celebridad muy pronto, tenía él una mocedad
+excesiva, fresca como la de las muchachas, con sus correspondientes
+horas de palidez. Era ya hombre, y parecía niño todavía. Sus veintidós
+años aparentaban diez y siete; era grave, y parecía ignorar que hubiese
+en la tierra un ser llamado mujer. No tenía más que una pasión, el
+derecho; y un pensamiento, destruir obstáculos. En el monte Aventino
+hubiera sido un Graco, y en la Convención, Saint Just.
+
+Apenas veía las rosas; desconocía la primavera; no oía cantar á los
+pájaros; la garganta desnuda de Evadné no le habría conmovido más que
+á Aristógiton; para él, como para Anmodio, las flores sólo servían
+para ocultar la espada. Era severo en las alegrías, y ante todo lo
+que no era la república bajaba castamente los ojos. Era el amante de
+mármol de la libertad. Su palabra era ásperamente inspirada, y tenía la
+vibración del himno. Á veces desplegaba sus alas de un modo inesperado.
+¡Desgraciado el amorío que se hubiese atrevido á pasar por su lado!
+Si alguna griseta de la plaza de Cambrai ó de la calle de San Juan de
+Beauvais, al ver aquella fisonomía que parecía escapada del colegio,
+aquella figura de paje, aquellas prolongadas cejas rubias, aquellos
+ojos azules, aquella cabellera tumultuosamente entregada al viento,
+aquellas mejillas sonrosadas, aquellos labios vírgenes, aquellos
+dientes perfectos, hubiese sentido apetito por toda aquella aurora y
+tratado de probar los efectos de su belleza en Enjolrás, una mirada
+sorprendente y terrible le habría mostrado bruscamente el abismo, y
+enseñado á no confundir el querubín galanteador de Beaumarchais con el
+querubín formidable de Ezequiel.
+
+Al lado de Enjolrás, que representaba la lógica de la revolución,
+Combeferre representaba su filosofía. Entre la lógica y la filosofía
+de la revolución hay esta diferencia: que la lógica puede ir á parar
+á la guerra, mientras que la filosofía no puede tener por última
+consecuencia más que la paz. Combeferre completaba y rectificaba
+á Enjolrás. Era más bajo y más grueso. Quería que se imbuyesen en
+los ánimos los principios extensos de ideas generales: revolución,
+decía, pero también civilización; y en derredor de la montaña abría
+á pico el vasto horizonte azul. De ahí, que en todas las teorías de
+Combeferre hubiese algo de accesible y practicable. La revolución era
+más respirable con él que con Enjolrás. Éste expresaba el derecho
+divino, y Combeferre el derecho natural. El primero se encadenaba con
+Robespierre, el segundo confinaba con Condorcet. Combeferre vivía más
+que Enjolrás la vida de todo el mundo. Si hubiera sido dado á estos
+dos jóvenes llegar á la historia, el uno hubiera sido el justo, el
+otro el sabio. Enjolrás era más viril, Combeferre más humano. _Homo_ y
+_Vir_; estas palabras los calificaban perfectamente. Combeferre, era
+tan dulce como severo Enjolrás, por candidez natural. Le gustaba la
+palabra ciudadano; pero prefería la palabra _homme_; y de buena gana
+hubiese dicho _Hombre_, como los españoles. Todo lo leía, iba á los
+teatros, seguía los cursos públicos, aprendía de Arago la polarización
+de la luz, se apasionaba por una lección en que Geoffroy Saint Hilaire
+había explicado la doble función de la arteria carótida externa, y de
+la arteria carótida interna; la una que constituye el rostro, y la
+otra que constituye el cerebro; estaba al corriente de todo lo que
+era estudio; seguía la ciencia paso á paso; confrontaba á San Simón
+con Fourier; descifraba los jeroglíficos; partía los guijarros que
+encontraba y discurría sobre geología; pintaba de memoria una mariposa
+_bombix_; señalaba las faltas de lenguaje en el diccionario de la
+Academia; estudiaba á Puységur y Deleuze; no afirmaba nada, ni siquiera
+los milagros; no negaba nada, ni aún las apariciones; hojeaba la
+colección del _Monitor_; meditaba. Decía que el porvenir está en manos
+del maestro de escuela, y se preocupaba mucho por las cuestiones de
+educación.
+
+Quería que la sociedad trabajase sin descanso en la elevación del
+nivel intelectual y moral, en la monetización de la ciencia, en la
+circulación de las ideas, en el crecimiento de la inteligencia en
+la juventud, y temía que la pobreza de los sistemas actuales, la
+estrechez del punto de vista literario, limitado á dos ó tres siglos
+llamados clásicos, el dogmatismo tiránico de los pedantes oficiales,
+las preocupaciones escolásticas y la rutina, acabasen por hacer de
+nuestros colegios criaderos de ostras artificiales. Era sabio,
+purista, preciso, politécnico, trabajador, y al mismo tiempo pensativo
+«hasta la quimera», según decían sus amigos. Creía en todos los sueños:
+como, caminos de hierro, supresión del dolor en las operaciones
+quirúrgicas, fijación de la imagen en la cámara obscura, telégrafo
+eléctrico, dirección de los globos; y por otra parte le espantaban
+poco las ciudadelas levantadas en todas partes contra el género humano
+por la superstición, el despotismo y las preocupaciones. Era de los
+que piensan que la ciencia acabará por enseñorearse de todas las
+posiciones. Enjolrás era un jefe; Combeferre un guía. Se deseaba pelear
+con uno y marchar con el otro. Y no porque Combeferre no fuése capaz
+de pelear ni se negase á luchar cuerpo á cuerpo con el obstáculo y
+atacarle á viva fuerza y por explosión, sino porque prefería emplear la
+enseñanza de los axiomas y la promulgación de las leyes positivas, para
+ir poniendo poco á poco al género humano de acuerdo con sus destinos;
+y entre dos llamas, prefería la que iluminaba á la que abrasaba. Un
+incendio puede producir indudablemente una aurora; pero ¿por qué no se
+ha de esperar la salida del sol? Un volcán alumbra, pero alumbra mucho
+mejor el alba.
+
+Combeferre prefería tal vez la blancura de lo bello á la brillantez de
+lo sublime. Una claridad turbada por el humo, un progreso comprado con
+la violencia, sólo satisfacían á medias su tierno y grave espíritu. La
+precipitación de un pueblo desde la cumbre al fondo de la verdad, un
+93, le asustaba; sin embargo, el estancamiento le repugnaba más, porque
+veía en él la putrefacción y la muerte; y á todo trance prefería la
+espuma al miasma, el torrente á la cloaca, la caída del Niágara al lago
+de Montfaucon. En suma, no quería pararse ni precipitarse.
+
+Mientras que sus bulliciosos amigos, caballerosamente prendados
+de lo absoluto, adoraban é invocaban las espléndidas aventuras
+revolucionarias, Combeferre se inclinaba á dejar obrar al progreso,
+al progreso verdadero, frío tal vez, pero puro; metódico, pero
+irreprensible; flemático, pero irreprochable. Combeferre se habría
+arrodillado, habría pedido, plegadas las manos, la llegada del porvenir
+con todo su candor, y que nada turbase la inmensa y virtuosa evolución
+de los pueblos. «Es preciso que el bien sea inocente», repetía de
+continuo. Y en efecto, si la grandeza de la revolución consiste en
+mirar fijamente al deslumbrador ideal, y volar al través de los rayos,
+llevando en las garras sangre y fuego, la belleza del progreso consiste
+en carecer de toda mancha. Entre Washington que representa lo uno, y
+Dantón que encarna lo otro, hay la misma diferencia que separa al ángel
+de alas de cisne del ángel con alas de águila.
+
+Juan Prouvaire era un tipo más templado aún que Combeferre. Se llamaba
+Johan por un capricho pasajero que se mezclaba á ese poderoso y
+profundo movimiento, de donde ha salido el estudio tan necesario de
+la edad media. Juan Prouvaire era cariñoso, cultivaba un tiesto de
+flores, tocaba la flauta, hacía versos, amaba al pueblo, se compadecía
+de la mujer, lloraba por los niños, confundía en la misma esperanza
+el porvenir y Dios, y censuraba á la revolución por haber derribado
+una cabeza real, la de Andrés Chenier. Tenía la voz generalmente
+delicada, pero á veces viril. Era hombre de letras hasta la erudición,
+y casi orientalista. Era principalmente bueno, prefiriendo en poesía
+lo inmenso; lo cual se comprende fácilmente para quien sabe cuanto
+se hermanan la bondad y la grandeza. Sabía el italiano, el latín, el
+griego y el hebreo, lo cual le servía para no leer más que cuatro
+poetas: Dante, Juvenal, Esquilo é Isaías. En francés prefería Corneille
+á Racine, y á Agrippa d'Aubigné á Corneille. Le gustaba pasear á la
+ventura por los campos de avena silvestre y campanillas, y se ocupaba
+casi tanto de las nubes como de los acontecimientos. Su espíritu solía
+tener dos actitudes, una de parte del hombre, otra de la de Dios;
+estudiaba ó contemplaba. De día profundizaba las cuestiones sociales:
+el salario, el capital, el crédito, el matrimonio, la religión, la
+libertad de pensar, la libertad de amar, la educación, la penalidad, la
+miseria, la asociación, la propiedad, la producción y la repartición,
+el enigma de aquí abajo que cubre de sombra el hormiguero humano, y por
+la noche contemplaba los astros; esos seres enormes. Como Enjolrás,
+era rico é hijo único. Hablaba despacio, inclinaba la cabeza, bajaba
+los ojos, sonreía con dificultad, vestía sin aliño, era desmañado, se
+sonrojaba por nada, era también muy tímido; pero intrépido, por demás.
+
+Feuilly era un oficial abaniquero, huérfano de padre y madre, que
+ganaba penosamente tres francos diarios, y que no tenía más que un
+pensamiento: emancipar el mundo. Tenía otra preocupación: instruirse, á
+lo cual llamaba también emanciparse. Había aprendido por sí sólo á leer
+y escribir; todo lo que sabía se lo había aprendido él mismo. Tenía el
+corazón generoso, y quería abrazar la inmensidad. Este huérfano había
+hecho hijos adoptivos suyos á los pueblos.
+
+Faltándole una madre, había pensado en la patria, y no quería que
+hubiese en la tierra un hombre sin patria. Alimentaba en sí mismo, con
+la adivinación profunda del hombre del pueblo, lo que hoy llamamos
+_la idea de las nacionalidades_. Había estudiado expresamente la
+historia, tan sólo para indignarse con conocimiento de causa. En aquel
+cenáculo juvenil de utopistas, ocupados principalmente de Francia, él
+representaba el exterior. Su especialidad era la Grecia, la Polonia, la
+Hungría, la Rumania y la Italia. Pronunciaba sin cesar estos nombres,
+á propósito y fuera de propósito, con la tenacidad del derecho. La
+Turquía sobre la Grecia y Tesalia, la Rusia sobre Varsovia, el Austria
+sobre Venecia; estas violaciones le exasperaban; pero entre todas la
+gran violencia de 1772 le sublevaba.
+
+La verdad en la indignación, es la elocuencia más soberana, y él era
+elocuente con esa elocuencia.
+
+Era interminable, siempre que se trataba de la fecha infame de 1772,
+del noble y valiente pueblo suprimido por la traición, de aquel crimen
+de tres, de aquella asechanza monstruosa, prototipo y patrón de todas
+esas horribles supresiones de Estados, que después han venido á caer
+sobre varias nobles naciones, borrando, por decirlo así, su partida de
+bautismo. Todos los atentados sociales contemporáneos derivan de la
+repartición de Polonia. La repartición de Polonia es un teorema, cuyos
+corolarios son los actuales crímenes políticos. No hay un déspota ni
+un traidor desde hace un siglo que no haya visado, probado, firmado y
+rubricado, _ne varietur_, la repartición de Polonia. Cuando se examina
+el legajo de las traiciones modernas, ésa aparece la primera. El
+congreso de Viena consultó este crimen antes de consumar el suyo. 1772
+es el grito. 1815 la consecuencia. Tal era el tema constante de Feuilly.
+
+Ese pobre obrero se había hecho el tutor de la justicia, y ella
+le recompensaba haciéndole grande; porque, en efecto, algo hay de
+eternidad en el derecho. Varsovia no puede ser tártara, así como
+Venecia no puede ser tudesca: los reyes perderán el tiempo y el honor
+en esta empresa. Tarde ó temprano, la patria sumergida reaparece y
+flota en la superficie. La Grecia vuelve á ser Grecia y la Italia
+vuelve á ser Italia. La protesta del derecho contra el hecho persiste
+siempre; el robo de un pueblo no prescribe jamás. Estas grandes estafas
+no tienen porvenir; que no se borra la marca de una nación como se
+borra la de un pañuelo.
+
+Courfeyrac tenía un padre que se llamaba el señor de Courfeyrac. Una de
+las falsas ideas de la clase media de la Restauración, en materia de
+aristocracia y de nobleza, era creer en la partícula _de_; y sabido es
+que la tal partícula no tiene significación alguna. Pero la clase media
+del tiempo de _la Minerva_ estimaba tanto este pobre _de_, que se creía
+obligada á abdicarle. El señor de Chauvelin se hacía llamar Chauvelin;
+el señor de Caumartin, Caumartin; el señor de Constant de Rebecque,
+Benjamín Constant; el señor de Lafayette, Lafayette. Courfeyrac no
+quiso quedarse rezagado, y se llamaba Courfeyrac á secas.
+
+Podríamos detenernos aquí en lo referente á Courfeyrac, limitándonos á
+decir: Courfeyrac, véase Tholomyés.
+
+Courfeyrac tenía, en efecto, esa verbosidad de joven, que podría
+llamarse la belleza del diablo del espíritu. Esta gracia se pierde
+después como la gracia del gatito, y va á parar, cuando tiene dos pies
+al burgués, y cuando tiene cuatro patas al gato padre.
+
+Las generaciones que atraviesan las escuelas y las promociones
+sucesivas de la juventud, se trasmiten ese género de numen, pasándosele
+de mano en mano, _quasi cursores_, y casi siempre el mismo; de modo
+que, como acabamos de indicar, cualquiera que hubiese oído á Courfeyrac
+en 1828, habría creído oir á Tholomyés en 1817; solo que Courfeyrac
+era un buen muchacho. Bajo las aparentes semejanzas exteriores, la
+diferencia entre Tholomyés y él era grande. El hombre latente que
+existía en ellos era en el primero distinto del segundo. En Tholomyés
+se adivinaba un curial; en Courfeyrac un paladín.
+
+Enjolrás era el jefe, Combeferre el guía, Courfeyrac el centro. Los
+otros daban más luz, él daba más calor; tenía todas las cualidades de
+un centro, la redondez y la irradiación.
+
+Bahorel había figurado en el tumulto sangriento de junio de 1822, con
+motivo del entierro del joven Lallemand.
+
+Bahorel era un individuo de buen humor y de mala compañía, bravo,
+maniroto, pródigo hasta la generosidad, hablado hasta la elocuencia,
+atrevido hasta el descaro; la mejor pasta de diablo que pueda
+encontrarse; llevaba chalecos _temerarios_, y tenía opiniones de
+_escarlata_; era pendenciero en grande, es decir, nada le gustaba tanto
+como una riña, á no ser un motín; y nada tanto como un motín, á no ser
+una revolución; estaba siempre dispuesto á romper una vidriera, luego á
+desempedrar una calle, después á derribar un gobierno, sólo para ver el
+efecto. Llevaba once años de estudiar leyes, y aún no había llegado al
+tercero. Olfateaba el derecho, pero no lo aspiraba; tenía por divisa:
+_abogado nunca_, y por escudo una mesa de noche, sobre la cual se veía
+un gorro cuadrado. Siempre que pasaba por delante de la Escuela de
+Jurisprudencia, lo que sucedía pocas veces, se abotonaba la levita,
+pues todavía no se había inventado el gabán, y tomaba precauciones
+higiénicas.
+
+Decía de la fachada de la escuela: ¡qué hermoso viejo! Y del decano
+señor Delvincourt: ¡qué monumento! Veía en los cursos asunto para
+canciones, y en los profesores objetos para la caricatura. Gastaba en
+no hacer nada una gran pensión, una suma casi de tres mil francos al
+año.
+
+Sus padres eran unos lugareños, á quienes había sabido inculcar el
+respeto hacia su hijo. Decía de ellos: «Son lugareños y no ciudadanos;
+por eso tienen entendimiento».
+
+Bahorel, hombre caprichoso, concurría sin fijeza á varios cafés; los
+demás tenían sus costumbres; él no tenía ninguna. Vagaba al azar.
+El andar errante es propio de todos los humanos; pero el vagar á la
+ventura es muy parisiense. En el fondo, sin embargo, era un talento
+penetrante, y pensador más de lo que parecía.
+
+Servía de lazo entre los amigos del A B C y otros grupos todavía
+informes, pero que debían acabar de delinearse más adelante.
+
+Había además en aquel cónclave de jóvenes una cabeza calva.
+
+El marqués de Avaray, á quien Luis XVIII hizo duque por haberle ayudado
+á subir en un coche de alquiler el día en que emigró; contaba que en
+1814, á su vuelta á Francia, cuando el rey desembarcó en Calais, le
+presentó un hombre un memorial. ¿Qué pedís?--dijo el rey.--Señor, una
+administración de correos. ¿Cómo os llamáis? L'Aigle (el Águila).
+
+El rey frunció el entrecejo, miró la firma del memorial, y vió el
+nombre escrito así: _Lesgle_.
+
+Esta ortografía poco bonapartista tranquilizó al rey, y le hizo
+sonreir.--Señor, continuó el hombre del memorial, tengo entre mis
+antepasados un perrero, á quien llamaban Lesgueules (Bocaza). De este
+mote viene mi nombre. De Lesgueules han hecho por contracción Lesgle,
+y por corrupción L'Aigle. Esto hizo que el rey acabara de sonreirse; y
+por fin, le dió la administración de correos de Meaux, no sabemos si
+por inadvertencia ó á propósito.
+
+El individuo calvo del grupo era hijo de este Lesgle ó Legle, y se
+firmaba Legle de Meaux. Sus camaradas, para abreviar, le llamaban
+Bossuet; pues sabido es que al gran obispo Bossuet se le apellidaba de
+esa suerte, _L'Aigle (el Águila) de Meaux_.
+
+Bossuet era un guapo chico, que tenía desgracia en todo. Su
+especialidad consistía en que nada le saliese bien; pero él se reía
+de todo. Á los veinticinco años era calvo. Su padre había conseguido
+comprar una casa y un campo; pero él por nada había tenido tanta prisa
+como por perder en una falsa especulación el campo y la casita; y no le
+había quedado nada. Tenía ciencia y talento, pero sus planes abortaban.
+
+En todo fracasaba, en todo se engañaba; cuanto levantaba se venía abajo
+aplastándole. Si partía leña se cortaba un dedo; si tenía una querida,
+le salía enseguida un rival. Á cada paso le sucedía una desgracia; de
+ahí su jovialidad. Solía decir: «_Vivo debajo del tejado cuyas tejas
+se caen_». Se admiraba muy poco, porque para él el accidente era cosa
+prevista; recibía con serenidad la mala suerte, y se reía de los
+reveses del destino como quien oye llover. Era pobre, pero su bolsillo
+de buen humor era inagotable. Llegaba con facilidad á su último
+céntimo, pero nunca á su última carcajada. Cuando la adversidad entraba
+en su casa, la saludaba cordialmente como á un amigo antiguo; daba
+cariñosas palmadas á la catástrofe; tenía franqueza con la fatalidad
+hasta el punto de llamarla por su nombre familiar: «Buenos días, Mala
+suerte!» le decía.
+
+Estas persecuciones de la fortuna le habían dado cierta inventiva,
+abundante en recursos. No tenía dinero; pero encontraba medio de hacer
+despilfarros cuando le parecía bien. Una noche llegó á devorar cien
+francos en una cena con una cotorrera, lo cual le inspiró en medio
+de la orgía esta frase memorable: «_Hija de cinco luises, sácame las
+botas_».
+
+Bossuet se encaminaba lentamente hacia la profesión de abogado;
+estudiaba el derecho como Bahorel. No tenía domicilio, y á veces
+ni lecho. Vivía, ya en casa de uno, ya en casa de otro; y con más
+frecuencia con Joly, que estudiaba medicina, y tenía dos años menos que
+Bossuet.
+
+Joly era el joven enfermo de aprensión. Lo único que había conseguido
+estudiando medicina, era hacerse más enfermo que médico. Á los
+veintitrés años se creía valetudinario, y pasaba la vida mirándose la
+lengua en el espejo. Afirmaba que el hombre se imanta como una aguja, y
+ponía la cama en su alcoba con la cabecera al Mediodía y los pies al
+Norte, para que durante la noche no contrariase la circulación de la
+sangre la gran corriente magnética del globo; y cuando había tempestad,
+se tomaba el pulso. Por lo demás, era el más alegre de la compañía.
+Todas estas incoherencias, de mozo, de maníaco, de aprensivo y de buen
+humor, se avenían perfectamente juntas, y formaban un ser excéntrico
+y divertido á quien sus camaradas, pródigos de consonantes aladas,
+llamaban Jolllly. «Puedes volar en cuatro L», le decía Juan Prouvaire.
+
+Joly tenía la costumbre de tocarse las narices con el puño del bastón,
+lo cual es indicio de espíritu sagaz.
+
+Todos estos jóvenes tan diferentes, y de los cuales no puede hablarse
+en suma, sino seriamente, tenían una misma religión: el Progreso.
+
+Todos eran hijos directos de la revolución francesa. Los más frívolos,
+llegaban á ser solemnes cuando se pronunciaba esta fecha: 89. Sus
+padres, según la carne, eran ó habían sido fuldenses, realistas,
+doctrinarios; importaba poco. Esta mezcla anterior á ellos, que eran
+jóvenes, no les concernía para nada; por sus venas corría en toda su
+pureza la sangre de los principios. Consagrábanse sin intermisión
+alguna al derecho incorruptible y al deber absoluto.
+
+Afiliados é iniciados, bosquejaban subterráneamente el ideal.
+
+En medio de todos aquellos corazones apasionados, y de todos aquellos
+espíritus llenos de convicción, había un escéptico. ¿Cómo se encontraba
+allí? Por juxtaposición. Este escéptico se llamaba Grantaire, y se
+firmaba habitualmente con este jeroglífico: R.--Era un hombre que se
+guardaba bien de creer en nada, y uno de los estudiantes que más habían
+aprendido durante sus cursos en París. Sabía que el mejor café era el
+del café Cemblin, y el mejor billar el del café Voltaire; que había
+buenos bizcochos y buenas chicas en el Ermitage del boulevard del
+Maine, pollos con salsa picante en casa de la tía Saguet, excelentes
+pasteles de pescado en el portillo de la Cunette, y cierto vinillo
+blanco en la puerta del Combate. Sabía los buenos sitios para todo;
+además, conocía algo el baile y el manejo de la chancleta y del zapato,
+lo mismo que el del palo; y siendo por contera, gran bebedor. Era
+además desmesuradamente feo.
+
+La pespunteadora de botinas más linda de aquel tiempo, Irma Boissy,
+indignada de su fealdad, había dicho esta sentencia: _Grantaire es
+imposible_; pero la fatuidad de Grantaire no se desconcertaba. Miraba
+tierna y fijamente á todas las mujeres, como diciéndolas: _¡Si yo
+quisiera!_ y trataba de hacer creer á sus compañeros que se veía
+generalmente solicitado.
+
+Todas estas palabras: derechos del pueblo, derechos del hombre,
+contrato social, revolución francesa, república, democracia, humanidad,
+civilización, religión, progreso, carecían, para Grantaire, casi
+completamente de significación. Se reía de ellas. El escepticismo, esa
+carie de la inteligencia, no le había dejado ni una idea entera en
+la cabeza. Vivía con ironía, y su axioma era éste: «No hay más que
+una certidumbre: mi vaso, lleno». Se burlaba de todos los sacrificios
+en todos los partidos; lo mismo del hermano que del padre; lo mismo
+de Robespierre joven, que de Loizerolles: «¡Bastante han adelantado
+con haber muerto!» exclamaba. Decía del crucifijo: «He ahí una horca
+que ha triunfado». Trasnochador, jugador, libertino, embriagado con
+frecuencia, disgustaba á aquellos jóvenes pensadores, cantando sin
+cesar: _Me gustan las muchachas: me gusta el vino_, con el tono del
+«Viva Enrique IV».
+
+No obstante tenía este escéptico un fanatismo; fanatismo que no era
+ni una idea, ni un dogma, ni un arte, ni una ciencia; era un hombre:
+Enjolrás. Grantaire admiraba, amaba y veneraba á Enjolrás. ¿Á quién
+se avenía aquel incrédulo anarquista en aquella falange de espíritus
+absolutos? Al más absoluto. ¿De qué modo le subyugaba Enjolrás? ¿Por
+las ideas? No; por el carácter. Fenómeno observado frecuentemente. Un
+escéptico uniéndose á un creyente, es una cosa tan sencilla como la ley
+de los colores complementarios. Siempre nos atrae lo que nos falta;
+nadie ama la luz como el ciego; los enanos adoran al tambor mayor; el
+sapo tiene siempre los ojos en el cielo; ¿para qué? Para ver volar á
+los pájaros. Grantaire, en quien se arrastraba la duda, se complacía
+en ver cernerse la fe en Enjolrás. Tenía necesidad de Enjolrás. Sin
+explicárselo, y aún sin tratar de averiguarlo, aquella naturaleza
+casta, sana, firme, recta, dura, cándida, le atraía. Admiraba
+instintivamente á su contrario.
+
+Sus ideas débiles, flexibles, dislocadas, enfermas, deformes, se
+adherían á Enjolrás como á una espina dorsal. Su raquitismo moral se
+apoyaba en aquella firmeza. Grantaire al lado de Enjolrás era alguien.
+Además, estaba compuesto de dos elementos, en apariencia incompatibles.
+Era irónico y cordial. Su indiferencia era cariñosa; su mente podía
+pasarse sin creencias, pero su corazón no podía prescindir de la
+amistad. Contradicción profunda, porque un efecto es una convicción;
+pero así era su naturaleza. Hay hombres que parecen nacidos para ser
+el verso, el anverso y el reverso; que son al mismo tiempo Polux y
+Patroclo, Niso y Eudamidas, Efestión y Pechmeya. Sólo viven á condición
+de estar unidos á otro; su nombre es una continuación, y sólo se
+escribe precedido de la conjunción _y_; su existencia no les pertenece;
+es el otro lado de un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de
+estos hombres; era el revés de Enjolrás.
+
+Casi podría decirse que las afinidades principian con las letras del
+alfabeto. En esa serie, la O y la P son inseparables.
+
+Podéis á vuestro gusto pronunciar O y P, ó sea Orestes y Pilades.
+
+Grantaire, verdadero satélite de Enjolrás, frecuentaba aquel círculo
+de jóvenes; allí vivía, allí gozaba, y los seguía á todas partes. Su
+placer consistía en verlos ir y venir como sombras entre los vapores
+del vino. Le toleraban por su buen humor.
+
+Enjolrás, creyente y sobrio, despreciaba á este escéptico y á este
+borracho; sólo le concedía un poco de piedad altanera. Grantaire
+era un Pilades no aceptado. Tratado siempre duramente por Enjolrás,
+rechazado y alejado bruscamente, volvía sin cesar, y decía de Enjolrás:
+¡Qué hermoso mármol!
+
+
+ II
+ =Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet=
+
+
+Una tarde que tenía, como vamos á ver, alguna coincidencia con
+los sucesos que hemos relatado más arriba, Laigle de Meaux estaba
+sensualmente recostado en las jambas de la puerta del café Musain.
+Tenía el aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo
+más que sus ensueños, y estaba mirando á la plaza de San Miguel. Estar
+recostado es una manera de estar echado de pie, que no es impropia de
+los soñadores. Laigle de Meaux pensaba sin melancolía en un percance
+que le había sucedido el día anterior en la Escuela de Derecho, y que
+modificaba sus proyectos personales para el porvenir; proyectos, por
+otra parte, bastante vagos.
+
+La meditación no se opone á que pase un cabriolé, ni á que el que
+medita se fije en él. Laigle de Meaux, cuya vista erraba en una especie
+de difusa vagancia, vió, al través de su sonambulismo, un vehículo de
+dos ruedas que andaba por la plaza al paso y como indeciso. ¿Á quién
+pertenecía aquel cabriolé? ¿Por qué iba al paso? Laigle le observó. Iba
+dentro, al lado del cochero, un joven, y delante del joven un abultado
+saco de noche. El saco dejaba ver á los transeuntes este nombre escrito
+con gruesas letras negras en un papel cosido á la tela: MARIO PONTMERCY.
+
+Este nombre hizo cambiar de posición á Laigle. Se enderezó y gritó al
+joven del cabriolé:
+
+--¡Señor Mario Pontmercy!
+
+El cabriolé interpelado se detuvo.
+
+El joven, que también parecía ir meditando, levantó los ojos.
+
+--¡Eh!--dijo.
+
+--¿Sois el señor Mario Pontmercy?
+
+--Sin duda.
+
+--Os buscaba,--repuso Laigle de Meaux.
+
+--¿Cómo es eso?--preguntó Mario, porque era él, en efecto, quien salía
+de casa de su abuelo y tenía delante de sí un rostro que no había visto
+nunca.--No os conozco.
+
+--Tampoco os conozco yo,--dijo Laigle.
+
+Mario creyó haberse topado con un burlón, y al principio de una
+broma en medio de la calle; y no estaba por cierto de humor para
+ello en aquel momento. Frunció el entrecejo; pero Laigle de Meaux,
+imperturbable, prosiguió:
+
+--¿No estabais anteayer en la cátedra?
+
+--Es posible.
+
+--Es cierto.
+
+--¿Sois estudiante?--preguntó Mario.
+
+--Sí, señor, como vos. Anteayer fuí á cátedra por casualidad; ya
+comprendéis que alguna vez le da á uno esa idea. El profesor estaba
+pasando lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores en
+tal momento. Á las tres faltas le borran á uno de la matrícula; sesenta
+francos perdidos.
+
+Mario empezó á escuchar. Laigle continuó:
+
+--Era Blondeau quien pasaba lista. Ya le conocéis; tiene una nariz
+muy puntiaguda y muy maliciosa, con la que olfatea á su sabor los
+que faltan á clase. Principió socarronamente por la letra P. Yo no
+escuchaba, porque no estaba comprometido en esa letra. La cosa no iba
+mal; no había raya que poner; el universo entero estaba presente.
+Blondeau estaba triste, y yo me decía: Blondeau, amor mío, hoy no harás
+ninguna ejecución. Pero de repente llama á _Mario Pontmercy_. Nadie
+responde. Blondeau, lleno de esperanza, repite más fuerte: _Mario
+Pontmercy_, y coge la pluma. Señor mío, yo tengo corazón y me dije
+rápidamente. Ése es un buen muchacho, á quien van á borrar de la lista.
+Atención. Es un verdadero vividor, y es poco exacto; no es un buen
+discípulo, posaderas de plomo, estudiante que estudia, barbilampiño
+pedante, profundo en ciencias, letras, teología y sapiencia; uno
+de esos talentos rudos, prendido con cuatro alfileres á alfiler
+por facultad. Es un respetable perezoso que anda vagando, que hace
+novillos, que cultiva las modistas, que corteja las bellas, y que
+quizá en este momento esté en casa de mi querida. Salvémosle. ¡Muera
+Blondeau! En aquel instante, mojaba Blondeau en el tintero su negra
+pluma de faltas, paseó su mal intencionada pupila por el auditorio, y
+repitió por tercera vez: _¡Mario Pontmercy!_ Yo respondí: _¡presente!_
+Y esto hizo que no se os tildara.
+
+--¡Caballero!...--dijo Mario.
+
+--Y que el tildado fuése yo,--añadió Laigle de Meaux.
+
+--No os entiendo,--dijo Mario.
+
+Laigle continuó:
+
+--Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder,
+y cerca de la puerta para escapar. El profesor me miraba con cierta
+fijeza. De repente Blondeau, que es indudablemente la maligna nariz de
+que habla Boileau, salta á la letra L. La L es mi letra, porque soy de
+Meaux, y me llamo Lesgle.
+
+--¡L'Aigle!--interrumpió Mario.--¡Bonito nombre!
+
+--Caballero, el tal Blondeau llega á este bonito nombre, y grita:
+_¡Laigle!_ Yo respondo: _¡Presente!_ Entonces Blondeau me mira con la
+benevolencia del tigre, se sonríe, y me dice: Sois vos Pontmercy, no es
+Laigle (el Águila). Frase que parece no muy cortés para vos, pero era
+muy lúgubre para mí. Dicho esto, se sirvió borrarme.
+
+Mario exclamó:
+
+--¡Siento muchísimo!...
+
+--Ante todo--dijo Laigle--deseo embalsamar á Blondeau con algunas
+frases de sentido elogio. Le supongo muerto; para lo cual no había
+mucho que cambiar en su flacura, en su palidez, en su frialdad, en su
+rigidez y en su fetidez. Y yo digo: _Erudimini qui judicatis terram_.
+Aquí yace Blondeau le Blondeau Nariz, el Blondeau Nasica, el buey de la
+disciplina, _bos disciplinæ_, el perro de la consigna, el ángel de la
+lista: que fué recto, cuadrado, exacto, rígido, honrado y repugnante.
+Dios le borró como él me borró á mí.
+
+Mario repitió:
+
+--Siento mucho...
+
+--Joven, le dijo Laigle de Meaux, sírvaos esto de lección. Sed más
+puntual en lo sucesivo.
+
+--Os pido mil perdones....
+
+--No os expongáis á que borren á vuestro prójimo.
+
+--Lo siento en verdad...
+
+Laigle soltó una carcajada.
+
+--Y yo muy satisfecho. Estaba á punto de ser abogado, y esta raya me
+salva. Renuncio á los triunfos del foro. No defenderé á la viuda, ni
+atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados. Ya he obtenido que
+me borren; y es á vos á quien os lo debo, señor Pontmercy. Debo haceros
+solemnemente una visita de reconocimiento. ¿Dónde vivís?
+
+--En este cabriolé,--dijo Mario.
+
+--Señal de opulencia,--respondió Laigle con calma.--Os doy mi parabién.
+Pagáis un alquiler de nueve mil francos anuales.
+
+En este momento salía Courfeyrac del café.
+
+Mario sonrió tristemente.
+
+--Estoy pagando este alquiler desde hace dos horas, y aspiro á dejarlo
+luego; pero esto es una historia, y no sé adónde ir.
+
+--Caballero,--dijo Courfeyrac,--veníos á mi casa.
+
+--Tengo la prioridad,--observó Laigle;--pero no tengo casa.
+
+--Cállate, Bossuet,--repuso Courfeyrac.
+
+--Bossuet,--prorrumpió Mario,--creía que os llamabais Laigle (el
+Águila).
+
+--De Meaux,--respondió Laigle,--y por metáfora, Bossuet.
+
+Courfeyrac subió al cabriolé.
+
+--Cochero,--dijo,--fonda de la Puerta de Santiago.
+
+Y aquella misma tarde se instaló Mario en uno de los cuartos de la
+fonda de la Puerta de Santiago, contiguo al de Courfeyrac.
+
+
+
+
+ III
+ =Admiraciones de Mario=
+
+
+En pocos días se hizo Mario amigo de Courfeyrac. La juventud es la
+época de soldaduras fáciles y de las cicatrizaciones rápidas. Mario,
+junto á Courfeyrac, respiraba libremente, cosa novísima para él.
+Courfeyrac no le interrogaba; ni siquiera soñaba en ello. Á su edad, la
+expresión del rostro lo dice todo; y no hay necesidad de la palabra.
+
+Hay jóvenes de los cuales podría decirse que tienen una fisonomía
+charlatana. Se les mira y conoce desde luego.
+
+Sin embargo, una mañana le dirigió bruscamente esta pregunta:
+
+--Á propósito: ¿tenéis opinión política?
+
+--¡Pues no he de tenerla!--dijo Mario,--casi ofendido de la pregunta.
+
+--¿Qué sois?
+
+--Demócrata bonapartista.
+
+--Matiz gris de ratón, asegurado,--dijo Courfeyrac.
+
+Al día siguiente, Courfeyrac acompañó á Mario al café Musain,
+murmurando á su oído: Es preciso que os introduzca en la revolución.
+Condújole á la sala de los amigos del A B C, y le presentó á sus
+camaradas, diciendo, á media voz, esta sencilla frase que Mario no
+comprendió: un discípulo.
+
+Mario acababa de caer en un avispero de talentos, pero aunque
+silencioso y grave, no era el menos alado ni el peor armado.
+
+Mario, hasta entonces grave y aficionado al monólogo y al aparte,
+por costumbre ó por inclinación, se quedó como amilanado por aquella
+bandada de jóvenes que le rodeaba. Todas aquellas iniciativas le
+llamaban y atraían á un tiempo en diversos sentidos. El tumultuoso
+vaivén de todos aquellos espíritus libres en acción, envolvían sus
+ideas como un torbellino, tanto, que en medio de su turbación se
+llevaba tan lejos alguna de ellas, que le costaba trabajo recogerlas.
+Oía hablar de filosofía, de literatura, de artes, de historia y de
+religión de una manera inesperada. Vislumbraba extraños aspectos, y
+como no los colocaba en perspectiva, no estaba seguro de no encontrar
+el caos. Al dejar las opiniones de su abuelo por las de su padre,
+había creído adquirir ideas fijas; pero entonces llegó á suponer
+con inquietud, y sin atreverse á asegurarlo, que no las tenía. El
+prisma desde el cual lo veía todo empezaba de nuevo á moverse.
+Ciertas oscilaciones conmovían todo el horizonte de su cerebro. Raro
+batiburrillo interior que en realidad le mortificaba.
+
+Parecía que para aquellos jóvenes no «había nada sagrado». Mario oía,
+en primer lugar, un lenguaje singular, que mortificaba su espíritu
+tímido todavía.
+
+Se le presentaba un cartel de teatro, adornado con un título de
+tragedia del antiguo repertorio llamado clásico:--¡Abajo la tragedia
+favorita de los burgueses!--exclamaba Bahorel. Y Mario oía cómo
+Combeferre replicaba:
+
+--Te equivocas, Bahorel; los burgueses gustan de la tragedia, y debemos
+en este punto dejarlos tranquilos. La tragedia de peluca tiene su
+razón de ser, y yo no soy de los que, á nombre de Esquilo, le disputan
+el derecho á la vida. En la naturaleza hay esbozos, como hay en la
+creación parodias hechas y derechas; un pico que no es pico, alas que
+no son alas, aletas que no son aletas, patas que no son patas, y un
+grito doloroso que mueve á risa: tal es el pato. Pero, supuesto que la
+volatería existe al lado del ave, no veo la razón por que la tragedia
+clásica no pueda vivir frente á frente de la tragedia antigua.
+
+Y quiso la casualidad que Mario pasase por la calle de Juan Jacobo
+Rousseau entre Enjolrás y Courfeyrac.
+
+Courfeyrac le tomó del brazo diciéndole:--Oye bien. Ésta es la calle
+Plâtrière, llamada hoy de Juan Jacobo Rousseau, por haber vivido en
+ella una familia muy original, hace unos sesenta años. Esta familia se
+componía de Juan Jacobo y Teresa. De cuando en cuando nacía aquí alguna
+criatura, Teresa los daba á luz y Juan Jacobo los iluminaba.
+
+Y Enjolrás respondía á Courfeyrac:
+
+--¡Silencio ante Juan Jacobo! ¡Es hombre á quien admiro! Renegó de sus
+hijos, es verdad, pero prohijó al pueblo.
+
+Ninguno de aquellos jóvenes pronunciaba esta palabra: el emperador.
+Juan Prouvaire solamente decía alguna vez: Napoleón; todos los demás
+decían Bonaparte, y Enjolrás pronunciaba _Buonaparte._
+
+Mario se admiraba vagamente. _Initium sapientiæ._
+
+
+
+
+ IV
+ =La sala interior del café Musain=
+
+
+Una de las conversaciones entre aquellos jóvenes, conversaciones á las
+cuales asistía Mario, tomando en ellas parte alguna vez, produjo un
+verdadero sacudimiento en su espíritu.
+
+Pasaban estas escenas en la sala interior del café Musain. Casi todos
+los amigos del A B C se encontraban aquella noche reunidos allí. El
+quinqué era la única luz de la sala. Se hablaba de unas cosas y de
+otras, pero sin pasión y con ruido. Excepto Enjolrás y Mario que se
+callaban, cada cual echaba su discursejo. Las conversaciones entre
+camaradas son muchas veces pacíficamente tumultuosas. Era aquello
+tanto como una conversación, un juego y una confusión. Lanzábanse unos
+á otros frases que eran inmediatamente recogidas. Se hablaba en los
+cuatro extremos.
+
+Ninguna mujer podía ser admitida en aquella sala interior, como no
+fuése Luisita, la fregona de la vajilla del café, que de cuando en
+cuando la cruzaba para ir del fregadero al «laboratorio».
+
+Grantaire, completamente ebrio, ensordecía el rincón del que se había
+apoderado, razonando y anterazonando á toda voz, decía:
+
+--Tengo sed. Mortales, esto es un sueño: estoy soñando que el tonel de
+Heidelberg sufre un ataque apoplético, y que yo soy una sanguijuela
+de la docena que van á aplicarle. Quisiera beber. Deseo olvidar la
+vida. La vida es una invención repugnante de no sé quién. Es una cosa
+que no vale nada ni nada dura, por dura que sea, y á pesar de ello se
+cansa uno viviendo. La vida es una decoración muy poco practicable. La
+felicidad es solamente una ventana antigua pintada sólo por un lado. El
+Eclesiastés dice: Todo es vanidad, y yo pienso como este buen hombre
+que, tal vez, no ha existido jamás. El cero, no queriendo ir desnudo,
+se ha vestido de vanidad. ¡Oh vanidad, que todo lo revistes de palabras
+grandes! Una cocina es un laboratorio; un bailarín, un profesor; un
+saltimbanqui, un gimnasta; un boxeador es un pugilista; un boticario,
+un químico; un peluquero, un artista; un albañil, un arquitecto; un
+jockey, un sportman; un escarabajo, un pterobranquio. La vanidad tiene
+derecho y revés; el derecho es tonto, es el negro con sus chucherías;
+el revés es necio, es el filósofo con sus andrajos. Lloro por el uno
+y me río del otro. Los que se llaman honores y dignidades, como la
+dignidad y el honor mismos, son generalmente oropeles. Los reyes juegan
+con el orgullo humano. Calígula hizo cónsul á un caballo; Carlos II
+hizo caballero á un filete de vaca. Enorgulleceos pues ahora entre el
+cónsul Incitatus y el barón Roastbeef. Tampoco el valor intrínseco de
+las personas es más respetable. Oid el panegírico que hace el vecino
+del vecino. Lo blanco contra lo blanco es cosa horrible; si la azucena
+hablare, ¡cómo saldría de su lengua la paloma! Una mojigata, hablando
+de una devota, es más virulenta que el áspid y que el bungarus azul.
+Lástima que yo sea un ignorante, porque os haría una porción de citas;
+pero no sé nada. Siempre he tenido ingenio; por ejemplo, cuando era
+discípulo de Gros, en vez de embadurnar cuadritos, pasaba el tiempo
+robando manzanas; rapaz es el masculino de rapiña. Esto en cuanto á
+mí. En cuanto á vosotros valéis otro tanto. Yo me río de vuestras
+perfecciones, excelencias y cualidades. Toda cualidad se hunde en un
+defecto; la economía linda con la avaricia; la generosidad con la
+prodigalidad; el valor con la fanfarronería; mucha piedad equivale á
+fanatismo: hay tantos viejos en la virtud como agujeros en el manto
+de Diógenes. ¿Á quién admiráis, al matador ó al muerto? ¿Á César
+ó á Bruto? Generalmente al matador. ¡Viva Bruto! puesto que mató.
+Ésta es la virtud. Virtud, sí, pero también locura. Estos grandes
+hombres tienen faltas muy especiales. El Bruto que mató á César estaba
+enamorado de la estatua de un niño. Esta estatua era del escultor
+griego Estrongilión, que había modelado igualmente aquella figura de
+amazona llamada Bella Pierna, Eucnemos, que Nerón llevaba consigo en
+sus viajes. Estrongilión no dejó más que dos estatuas que pusieron de
+acuerdo á Bruto y á Nerón. Bruto se enamoró de una y Nerón de otra. La
+Historia no es sino una repetición continuada. Un siglo plagia á otro.
+La batalla de Marengo es copia de la Pydna; el Tolbiac de Clodoveo y
+el Austerlitz de Napoleón, se parecen como dos gotas de sangre. Yo doy
+poca importancia á la victoria. No hay nada tan estúpido como vencer;
+la verdadera gloria está en convencer. Pero ¡tratad de probarme alguna
+cosa! Os contentáis con el éxito: ¡qué medianías! Con la conquista,
+¡qué miseria! ¡Ah! Vileza y vanidad en todo. Todo obedece al éxito,
+incluso la gramática: _Si volet usus_, dice Horacio. Por lo tanto,
+desprecio al género humano. ¿Descenderé ahora del todo á la parte?
+¿Queréis que admire á los pueblos? ¿Qué pueblo queréis? ¿Grecia? Los
+atenienses; es decir, los parisienses de entonces, mataban á Foción,
+como si dijéramos Coligny, y adulaban á los tiranos hasta el punto
+de que Anacéforo dijera de Pisístrato: su orín atrae las abejas. El
+hombre más notable de Grecia, en el espacio de cincuenta años, fué el
+gramático Filetas, que era tan diminuto, que tenía que ponerse plomo en
+los zapatos para que no se lo llevase el viento. En la gran plaza de
+Corinto había una estatua esculpida por Silarión, y citada por Plinio
+en su catálogo; representaba á Epístato. ¿Y qué había hecho Epístato?
+Había inventado la zancadilla. Esto resume la Grecia y la gloria.
+Pasemos á otros pueblos. ¿Admiraré á Inglaterra? ¿Admiraré á Francia?
+¡Á Francia! ¿Y por qué? ¿Porque tiene un París? Acabo de deciros mi
+opinión con respecto á Atenas. ¿Á Inglaterra? ¿Y por qué? ¿Porque tiene
+un Londres? Odio á Cartago. Además, Londres, metrópoli del lujo, es
+capital de la miseria. Solamente en la parroquia de Charing Cross,
+mueren anualmente cien personas de hambre.
+
+Tal es la Albión. Y para terminar, añado, que he visto bailar á una
+inglesa con corona de rosas y anteojos azules. Así pues, ¡una higa para
+Inglaterra! Si no admiro á John Bull, ¿admiraré á su hermano Jonathan?
+Me hace muy poca gracia este hermano que tiene esclavos. Salvo el
+_Time is money_, ¿qué queda de Inglaterra? Salvo el _cotton is King_,
+¿qué queda de América? Alemania es la linfa: Italia la bilis. ¿Nos
+extasiaremos ante Rusia? Voltaire la admiraba; pero también admiraba
+la China. Convengo en que Rusia tiene sus bellezas, entre otras,
+un gran despotismo; pero compadezco á los déspotas: son delicados
+de salud. Un Alejo decapitado, un Pedro asesinado á puñaladas, un
+Pablo estrangulado, otro Pablo aplastado á trancazos, varios Juanes,
+muchos Nicolases y Basilios envenenados; todo lo cual indica que el
+palacio de los emperadores de Rusia está en flagrantes condiciones de
+insalubridad. Todos los pueblos civilizados ofrecen á la meditación
+del pensador un hecho: la guerra. Pero la guerra civilizada agota y
+generaliza todas las formas del bandolerismo: desde el asalto del
+ladrón de trabuco, en las gargantas del monte Jaxa, hasta el merodeo
+de los indios Comanches en Paso Dudoso. ¡Bah! me diréis: Europa vale
+más que Asia. Convengo en que Asia es una farsa; pero no sé por qué
+os reís del gran lema; vosotros, pueblos de occidente, que habéis
+mezclado con vuestras modas y vuestra elegancia, todas las inmundicias
+complicadas de la majestad, desde la camisa sucia de la reina Isabel,
+hasta la silla retrete del Delfín. Señores humanos, yo os lo digo:
+¡Naranjas! Bruselas es el pueblo que consume más cerveza, Estocolmo
+más aguardiente, Madrid más chocolate, Amsterdam más ginebra, Londres
+más vino, Constantinopla más café, y París más ajenjo. Á esto quedan
+reducidas todas las naciones más útiles: París sobresale. En París,
+hasta los traperos son sibaritas; Diógenes hubiera preferido ser
+trapero de la plaza Maubert, á filósofo del Pireo. Ahora debéis
+saber aún más: las tabernas de los traperos se llaman _bibinas_; las
+más célebres son la _Cacerola_ y el _Matadero_. Pero ¡oh! figones,
+bodegones, tapones y tabernas; Chiscones, cachimares, bibinas de
+traperos, caravanserrallos de los califas, yo os pongo por testigos: yo
+soy voluptuoso; como en casa Richard á cuarenta sueldos el cubierto,
+y quiero tapices de Persia, y que sean dignos de que ruede por ellos
+Cleopatra desnuda. ¿Dónde está Cleopatra? ¡Ah! eres tú, Luisita. Buenos
+días.
+
+Así se deshacía en palabras, abrazando á la fregona de la vajilla, en
+su rincón de la sala interior del café Musain, nuestro Grantaire, algo
+más que _bebido_.
+
+Bossuet extendió la mano hacia él, probando de imponerle silencio, pero
+Grantaire continuó en su valeroso entusiasmo:
+
+--Águila de Meaux, ¡abajo esas patas! No me hace el menor efecto
+tu ademán de Hipócrates rechazando los presentes de Artajerjes. Te
+dispenso de calmarme. Además estoy triste. ¡Qué queréis que os diga!
+el hombre es malo, es deforme; la mariposa es un ser completo; el
+hombre fracasó. Dios la erró al hacer este animal. Una multitud es
+una colección de fealdades. El primer recién llegado es un miserable.
+_Femme_ rima con _infame_. Sí, tengo spleen complicado con melancolía,
+con nostalgia, con hipocondría. Me desespero, rabio, se me abre la
+boca, me fastidio, me incomodo, me aburro, me vuelvo loco. ¡Qué sabe
+Dios de dónde está el diablo!
+
+--¡Silencio pues R mayúscula!--dijo Bossuet que estaba discutiendo un
+punto de derecho con otros, y que se había metido hasta medio cuerpo en
+una frase de la jerga forense, cuyo fin era el siguiente:
+
+--...En cuanto á mí, que apenas soy legista y á lo más puedo pasar
+por procurador de afición, sostengo, que conforme á la costumbre
+de Normandía, el día de san Miguel, y cada año, debería pagarse un
+equivalente al señor, salvo los demás derechos, por todos y cada
+uno, tanto propietarios como herederos, por todos los enfiteusis,
+arrendamientos, alodios, contratos periciales hipotecarios é
+hipotecables...
+
+--Ecos, ninfas plañideras,--murmuró Grantaire.
+
+Junto á éste, y en una mesa casi silenciosa, un pliego de papel,
+un tintero y una pluma entre dos vasos, anunciaban que se estaba
+bosquejando un vaudeville.
+
+Este importante negocio se trataba en voz baja, rozándose las dos
+cabezas trabajadoras:
+
+--Empecemos por buscar los nombres. Cuando se tienen los nombres se
+encuentra el asunto.
+
+--Es verdad; dicta: ya escribo,
+
+--¿Señor Dorimón?
+
+--¿Rentista?
+
+--Naturalmente.
+
+--Su hija Celestina.
+
+--...tina. ¿Y luego?
+
+--¿El coronel Sainval?
+
+--Sainval es muy gastado: yo le llamaría Valsain.
+
+Al lado de los aspirantes á vaudevillistas, había otro grupo que
+aprovechaba también el ruido para hablar bajo; concertaban un duelo.
+Un viejo de treinta años aconsejando á un joven de diez y ocho, le
+explicaba con qué especie de adversario tenía que habérselas.
+
+--¡Diablo! No os fiéis. Es un gran espadachín. Juega muy limpio. Conoce
+el ataque; no pierde golpe; tiene puño, impetuosidad y golpe de vista;
+presto al quite, y contestación matemática. ¡Vive Dios! y es zurdo.
+
+En el ángulo opuesto á Grantaire, estaban Joly y Bahorel jugando al
+dominó, y hablando de amores.
+
+--Eres feliz,--decía Joly.--Tienes una querida que siempre se ríe.
+
+--Pues no deja de ser una falta,--respondió Bahorel.--Las queridas
+hacen mal en reirse. Esto da valor para engañarlas. Verlas alegres
+quita el remordimiento; al revés de si uno las ve tristes, entonces
+parece caso de conciencia.
+
+--¡Ingrato! ¡Es tan buena una mujer que se ríe! ¡Y nunca os peleáis!
+
+--Esto depende del trato que tenemos hecho. Al hacer nuestra santa
+alianza, nos hemos designado los términos de nuestras respectivas
+fronteras, que no pasamos nunca. La que está situada al cierzo,
+pertenece á Vaud; y la que está de la parte del viento, á Gex. De aquí
+la paz.
+
+--La paz es la satisfacción de la digestión.
+
+--Y tú, Jolllly, ¿cómo van tus desavenencias con la damisela?... ¿Sabes
+á quién aludo?
+
+--Me rechaza con una paciencia verdaderamente cruel.
+
+--Y sin embargo, eres un enamorado tierno y débil.
+
+--¡Ah!
+
+--Yo en tu lugar la plantaba.
+
+--Esto es muy fácil de decir.
+
+--Y de hacer. Se llama Musichetta, ¿no es eso?
+
+--Sí. ¡Ah! pobre Bahorel; es una soberbia chica, muy leída, de pies
+pequeños, y diminutas manos, apuesta, blanca, torneada, con unos ojos
+más gitanos. ¡Me tiene loco!
+
+--Pues, amigo mío, no hay más remedio que complacerla, ser elegante, y
+producir efectos de rótulo. Cómprate en casa Staub un buen pantalón de
+cuero, de lana. Esto da carácter.
+
+--¿Á qué precio?--gritó Grantaire.
+
+En el tercer rincón se discutía sobre poética. La mitología pagana
+disputaba con la teología. Se trataba del Olimpo, y lo defendía Juan
+Prouvaire por romanticismo.
+
+Juan Prouvaire solamente era tímido en los momentos de calma. Una
+vez excitado, estallaba; cierto sello de satisfacción acentuaba su
+entusiasmo, siendo á un tiempo lírico y risueño.
+
+--No insultemos á los dioses,--decía.--Los dioses no se han ido tal
+vez. Júpiter dista mucho de causarme el efecto de un muerto. Los dioses
+son sueños, decís vosotros. Pues bien, en la misma naturaleza, tal
+como es hoy, después de la desaparición de aquellos sueños, se hallan
+de nuevo todos los antiguos mitos del paganismo. Una montaña con las
+apariencias de ciudadela, como Viquemale, por ejemplo, es todavía,
+para mí, el peinado de Cibeles; no hay quien me haya probado que Pan
+no venga por la noche á soplar en los troncos huecos de los sauces,
+tapando á su vez con los dedos los agujeros; y he creído siempre que
+para algo está en la cascada de Pissevache.
+
+En el último rincón se hablaba de política. Se maltrataba la Carta
+otorgada. Combeferre la defendía débilmente, y Courfeyrac la atacaba
+con dureza y energía. Estaba sobre la mesa un malhadado ejemplar de
+la famosa Carta Touquet. Courfeyrac la había cogido y la sacudía,
+mezclando á sus argumentos, el ruidoso temblor del papel.
+
+--En primer lugar, yo no quiero reyes; aunque no sea más que desde
+el punto de vista económico, no los quiero; un rey es un parásito.
+No existen reyes gratis. Atended: carestía de los reyes. Al morir
+Francisco I, la deuda pública en Francia era de treinta mil libras
+de renta; á la muerte de Luis XIV, ascendía á dos mil seiscientos
+millones, á veintiocho libras el marco, lo que equivaldría en 1760,
+según Desmarets, á cuatro mil quinientos millones, llegando hoy á doce
+mil millones. En segundo lugar, con permiso de Combeferre, una Carta
+otorgada es un pobre expediente de civilización. Salvar la transición,
+dulcificar el pase, amortiguar la sacudida, trasladar insensiblemente
+la nación, de la monarquía á la democracia, por lo práctica de las
+ficciones constitucionales, son razones muy poco apreciables. ¡No, y
+mil veces no! ¡No alumbremos nunca al pueblo con la luz falsa. Los
+principios se debilitan y amortiguan en vuestra bodega constitucional.
+Nada de bastardías, nada de compromisos, nada de concesiones del rey
+al pueblo. Todas estas concesiones tienen su artículo 14. Al lado de
+la mano que da, aparece la garra que arrebata. Rechazo vuestra Carta.
+Una Carta es una máscara, detrás de la cual se esconde la mentira. Un
+pueblo que acepta una Carta, abdica. El derecho debe ser siempre el
+derecho, de lo contrario, deja de ser tal derecho. ¡No! ¡Nada de Carta!
+
+Era en invierno; dos leños chispeaban en la chimenea. Ésta fué la
+irresistible tentación de Courfeyrac. Estrujó entre sus manos la
+desdichada Carta-Touquet, y la echó al fuego. El papel produjo llama;
+Combeferre contempló filosóficamente cómo ardía la obra maestra de Luis
+XVIII, limitándose á decir:
+
+--La Carta metamorfoseada en llama.
+
+Y los sarcasmos, las ocurrencias, los equívocos, y esta cosa francesa
+llamaba _entrain_, como la cosa inglesa llamada _humour_, el bueno
+y el mal gusto, las buenas razones y las malas, los locos chispazos
+del diálogo, creciendo á cada paso, y cruzándose en la sala por mil
+encontradas direcciones, formaban sobre las cabezas allí reunidas una
+especie de alegre bombardeo.
+
+
+
+
+ V
+ =Dilatación del horizonte=
+
+
+El choque de los ingenios entre mozos, ofrece la admirable
+particularidad de que no se puede nunca prever la chispa, ni adivinar
+el relámpago. ¿Qué va á brotar en un momento dado? Nadie lo sabe. La
+carcajada parte de la ternura; la gravedad surge de una bufonada. Los
+impulsos provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada
+uno es soberana. Un chiste basta para abrir campo á lo inesperado.
+Estas conversaciones son, pues, entretenimientos mudables en que la
+perspectiva varía de súbito. La casualidad es el maquinista de tales
+conversaciones.
+
+Un pensamiento severo que surgió caprichosamente de un juego de
+palabras, atravesó de pronto aquella escaramuza de frases en que
+se tiroteaban confusamente Grantaire, Bahorel, Prouvaire, Bossuet,
+Combeferre y Courfeyrac.
+
+¿De qué modo brota una frase en un diálogo? ¿Cuál es la causa de que
+quede escrita con letra bastardilla en la imaginación de los que la
+oyen? Ya lo hemos dicho: nadie lo sabe. En medio del ruido, Bossuet
+terminó uno de sus apóstrofes, dirigido á Combeferre, con esta fecha:
+
+--18 de junio de 1815: Waterloo.
+
+Al nombre de Waterloo, Mario, apoyado de codos en una mesa, y cerca
+de un vaso de agua, se quitó el puño de la barba, y empezó á mirar
+fijamente al auditorio.
+
+--¡Vive Dios!--exclamó Courfeyrac (_Pardiez_ iba estando en desuso
+en aquellos tiempos),--¡que es extraña la tal cifra 18! y me choca.
+Es el número fatal de Bonaparte. Poned á Luis delante y á brumario
+detrás, y tendréis todo el destino del hombre, con la particularidad
+significativa de que el principio es pisoteado por el fin.
+
+Enjolrás, que hasta entonces había permanecido callado, rompió el
+silencio, dirigiendo esta frase á Courfeyrac:
+
+--Tú quieres decir el crimen por la expiación.
+
+Esta palabra _crimen_ pasaba los límites de lo que podía tolerar Mario,
+muy conmovido ya por la brusca evocación de Waterloo.
+
+Levantóse, dirigiéndose lentamente hacia el mapa de Francia que colgaba
+de la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito
+separado, y poniendo el dedo en aquel cuadrito dijo:
+
+--Córcega, isla pequeña, que ha engrandecido á la Francia.
+
+Fué esto un soplo de aire helado. Todos se interrumpían. Conocíase que
+iba á empezar algo.
+
+Bahorel, replicando á Bossuet, estaba disponiéndose á tomar una actitud
+de torso, muy de su agrado; pero renunció á ella para oir.
+
+Enjolrás, cuyos ojos azules en nadie se fijaban, pareciendo contemplar
+el vacío, respondió sin dirigirse á Mario:
+
+--Francia no ha menester de ninguna Córcega para ser grande. Francia es
+grande porque es Francia. _Quia nominor leo._
+
+Á Mario no se le ocurrió siquiera que pudiese retroceder. Volvióse
+hacia Enjolrás, dejando oir su voz con una vibración proveniente del
+extremecimiento de sus entrañas:
+
+--No quiera Dios que yo deprima á la Francia. Pero no es deprimirla
+asociarla á Napoleón. ¡Vamos á ver! Discutamos: yo soy nuevo entre
+vosotros, pero os confieso que me asombráis. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes
+somos? ¿Quiénes sois? ¿Quién soy yo? Hablemos del emperador. Os oigo
+decir Buonaparte acentuando la _u_ como los realistas; y os advierto
+que mi abuelo la acentúa mejor aún, pues dice ¡Buonaparte! Yo os
+creía jóvenes. ¿Dónde colocáis el entusiasmo? ¿Qué hacéis de él? ¿Qué
+admiráis, sino admiráis al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no
+consideráis grande á éste, ¿qué grandes hombres deseáis?
+
+«Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo
+de las facultades humanas. Hacía códigos como Justiniano; dictaba
+como César; en su conversación mezclaba el relámpago de Pascal con el
+rayo de Tácito; hacía la historia y la escribía; sus boletines son
+Ilíadas; combinaba las cifras de Newton con las metáforas de Mahoma;
+dejaba detrás de él, en Oriente, palabras grandes como las pirámides;
+en Tilsit enseñaba la majestad á los emperadores; en la Academia de
+Ciencias replicaba á Laplace; en el consejo de Estado se hombreaba con
+Merlín; daba alma á la geometría de los unos y á la argucia de los
+otros; era legista con los procuradores, y sideral con los astrónomos,
+como Cromwell, apagando una vela de dos, é iba al Temple á regatear
+unas borlas de cortina; todo lo veía, todo lo sabía; y esto no le
+impedía sonreir como el padre más bonachón al lado de la cuna de su
+hijo. Y de súbito, la Europa asustada escuchaba: Poníanse en marcha los
+ejércitos; rodaban los parques de artillería; puentes de barcas cubrían
+los ríos; nubes de caballería galopaban en el huracán; por todas partes
+gritos, trompetas, temblor de tronos; oscilaban las fronteras de los
+reinos en el mapa; se oía el ruido de una espada sobrehumana salir de
+la vaina; veíasele á él elevándose sobre el horizonte con una llama en
+la mano, y un fulgor en los ojos, desplegando en medio del trueno sus
+dos alas, es decir, el grande ejército y la guardia veterana. ¡Era el
+arcángel de la guerra!».
+
+Todos callaban, y Enjolrás bajaba la cabeza. El silencio produce
+siempre alguna aquiescencia, ó por lo menos una especie de tregua.
+Mario, casi sin tomar aliento, continuó con un entusiasmo creciente:
+
+--¡Seamos justos, amigos míos! ¡Qué brillante destino el de un pueblo,
+ser el imperio de semejante emperador, cuando ese pueblo es Francia, y
+asocia su genio al genio del grande hombre! Aparecer y reinar, marchar
+y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de sus
+granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar la Europa á
+paso de carga; que sientan, cuando amenazáis, que ponéis la mano en
+el pomo de la espada de Dios; seguir en un solo hombre á Aníbal, á
+César y á Carlo Magno; ser el pueblo de un hombre que mezcla en todas
+vuestras auroras la noticia deslumbrante de una victoria, tener por
+despertador el cañón de los Inválidos; arrojar en abismos de luz
+palabras prodigiosas que han de brillar siempre: Marengo, Arcole,
+Austerlitz, Jena, Wagram; hacer á cada instante aparecer en el zénit de
+los siglos constelaciones de nuevos triunfos, dar el imperio francés
+por contrapeso al imperio romano; ser la gran nación y producir el
+gran ejército; hacer volar las legiones por todos los pueblos, así
+como una montaña envía á todas partes sus águilas; vencer, dominar,
+fulminar; ser en medio de Europa, una especie de pueblo dorado á fuerza
+de gloria; tocar al través de la historia un redoble de titanes;
+conquistar el mundo dos veces, por conquista y deslumbramiento; esto es
+sublime. ¿Hay algo más grande?
+
+--Ser libre,--dijo Combeferre.
+
+Mario bajó á su vez la cabeza; esta palabra sencilla y fría, atravesó
+como una hoja de acero su épica efusión, y la sintió desvanecerse
+dentro de sí. Cuando alzó los ojos, Combeferre ya no estaba allí.
+Satisfecho indudablemente de su réplica á la apoteosis, acababa de
+salir, y todos, excepto Enjolrás, le habían seguido.
+
+La sala se quedó vacía. Enjolrás, á solas con Mario, le miraba
+gravemente. Mario, sin embargo, habiendo ordenado un poco sus ideas,
+no se daba por vencido. Había en él un resto de entusiasmo que iba á
+traducirse sin duda, en silogismos desplegados contra Enjolrás, cuando
+se oyó cantar en la escalera á uno que se retiraba. Era Combeferre, y
+he aquí lo que cantaba:
+
+ Si César me hubiera dado
+ La gloria de las batallas,
+ Obligándome á dejarle
+ El cariño de mi madre,
+ Le hubiera dicho al gran César:
+ Recoge el cetro y el carro,
+ Que yo prefiero mi gusto,
+ Como prefiero á mi madre.
+
+El tierno y severo acento con que cantaba Combeferre, daba á su canción
+cierta grandeza particular. Mario, pensativo, mirando al techo, repitió
+casi maquinalmente: ¡Mi madre!...
+
+En este momento sintió sobre el hombro la mano de Enjolrás.
+
+--Ciudadano,--le dijo Enjolrás,--mi madre es la república.
+
+
+
+
+ VI
+ =Res augusta=
+
+
+Aquella velada produjo en Mario una sacudida profunda y una obscuridad
+triste en su alma. Experimentó lo que tal vez experimenta la tierra en
+el instante que la abre el hierro para depositar en ella el grano de
+trigo; sólo siente la herida; la sacudida del germen y el placer del
+fruto, vienen más tarde.
+
+Mario se quedó sombrío. ¿Acababa apenas de abrazar una fe y debía
+rechazarla? Díjose resueltamente á sí mismo que no. Declaróse que no
+quería dudar; pero comenzaba á dudar á pesar suyo. Vivir entre dos
+religiones, no habiendo dejado todavía la una ni entrado aún en la
+otra, es insoportable. Y los crepúsculos sólo agradan á las almas de
+murciélago. Mario tenía abiertas sus pupilas y necesitaba la verdadera
+luz. La media luz de la duda le hacía daño. Por más deseos que tenía
+de quedarse donde estaba, y de permanecer firme, se veía obligado
+irresistiblemente á avanzar, á examinar, á pensar, á ir más adelante,
+sin cesar ni cejar. ¿Adónde debía esto llevarle? Temía, después de
+haber dado tantos pasos que le habían aproximado á su padre, dar
+otros nuevos que le alejasen de él. Aumentábase su malestar con todas
+las reflexiones que se le ocurrían. Todo se le hacía escarpado á su
+alrededor. Ya no estaba de acuerdo ni con su abuelo ni con sus amigos;
+temerario para el uno, retrógrado para los otros, vióse doblemente
+aislado por el lado de la vejez y por el de la juventud. Dejó de ir al
+café Musain.
+
+En esta turbación de su conciencia, apenas pensaba en ciertos detalles
+serios de la existencia; pero las realidades de la vida no se dejan
+olvidar, y fueron á acometerle bruscamente.
+
+Una mañana, entró en su cuarto el amo de la fonda, y le dijo:
+
+--El señor Courfeyrac ha respondido por vos.
+
+--Sí.
+
+--Pues me hace falta dinero.
+
+--Decid al señor Courfeyrac que me haga el favor de venir; tengo que
+hablarle,--dijo Mario.
+
+Al entrar Courfeyrac, el patrón los dejó solos.
+
+Mario le refirió lo que no había pensado decirle todavía, esto es, que
+estaba como solo en el mundo y sin parientes.
+
+--¿Y qué va á ser de vos?--dijo Courfeyrac.
+
+--No lo sé,--respondió Mario.
+
+--¿Qué pensáis hacer?
+
+--No lo sé.
+
+--¿Tenéis dinero?
+
+--Quince francos.
+
+--¿Queréis que os preste?
+
+--Jamás.
+
+--¿Tenéis ropa?
+
+--Ésta.
+
+--¿Y alhajas?
+
+--Un reloj.
+
+--¿De plata?
+
+--De oro. Éste.
+
+--Yo sé de un prendero que os comprará la levita y un pantalón.
+
+--Corriente.
+
+--No os quedará más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y un frac.
+
+--Y las botas.
+
+--¡Cómo! ¿No habéis de ir con los pies descalzos? ¡Qué opulencia!
+
+--Tendré bastante.
+
+--Conozco un relojero que os comprará el reloj.
+
+--Bueno.
+
+--No, no es bueno. ¿Qué haréis después?
+
+--Lo que fuere menester. Todo lo que sea honrado al menos.
+
+--¿Sabéis inglés?
+
+--No.
+
+--¿Sabéis alemán?
+
+--No.
+
+--Tanto peor.
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque un librero amigo mío está publicando una especie de
+enciclopedia, para la cual podríais traducir artículos alemanes ó
+ingleses. Lo paga mal, pero se vive.
+
+--Aprenderé el inglés y el alemán.
+
+--¿Y entretanto?
+
+--Entretanto me comeré mi ropa y mi reloj.
+
+Llamaron al prendero, y le compró la ropa en veinte francos.
+
+Fueron á casa del relojero, y les compró por cuarenta y cinco francos
+el reloj.
+
+--Esto no va mal,--decía Mario á Courfeyrac al entrar de vuelta ya en
+la fonda;--con los quince francos que tenía reúno ochenta.
+
+--¿Y la cuenta del patrón?--observó Courfeyrac.
+
+--Es verdad; la olvidaba ya,--dijo Mario.
+
+El patrón presentó su cuenta, y hubo que pagársela enseguida. Ascendía
+á setenta francos.
+
+--Me quedan diez francos,--dijo Mario.
+
+--¡Diablo!--exclamó Courfeyrac.--Os comeréis cinco francos mientras
+aprendáis el inglés, y otros cinco mientras aprendáis el alemán. Esto
+será tragar una lengua muy pronto, ó gastar una moneda de cien sueldos
+muy lentamente.
+
+En el entretanto, su tía Gillenormand, bastante buena en el fondo en
+los momentos tristes, había concluido por averiguar la morada de Mario.
+
+Una mañana, cuando Mario volvía de clase, se encontró con una carta de
+su tía y las _sesenta pistolas_, es decir, seiscientos francos en oro,
+en una cajita cerrada.
+
+Mario devolvió los treinta luises á su tía acompañados de una carta
+muy respetuosa, en la cual le declaraba que tenía medios de existencia
+suficientes para atender á sus necesidades. En aquel momento le
+quedaban tres francos.
+
+La tía no dijo nada de aquella devolución al abuelo por miedo de
+acabarle de exasperar. Además, ¿no había dicho que no le hablasen nunca
+de aquel bebedor de sangre?
+
+Mario dejó la fonda de la puerta de Santiago, no queriendo contraer
+deudas.
+
+
+ NOTAS:
+
+[14] A B C suena en francés como _Abaissé_ = rebajado, inferior.
+
+
+
+
+ LIBRO QUINTO
+ EXCELENCIA DE LA DESGRACIA
+
+
+ I
+ =Mario indigente=
+
+
+La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj no
+era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que se
+llama _comerse los codos_, cosa horrible, que quiere decir: días sin
+pan, noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo,
+porvenir sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero
+viejo, dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra
+cerrada de noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del
+portero y del hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las
+humillaciones, la dignidad ultrajada, la ocupación de cualquier clase
+aceptada, los disgustos, la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á
+tragar todo eso, y á no tener que tragar muchas veces más que eso sólo.
+En aquel momento de la existencia en que el hombre tiene necesidad
+de orgullo, porque tiene necesidad de amor, se vió burlado porque
+andaba mal vestido, y ridículo porque era pobre. Á la edad en que la
+juventud os inflama el corazón con imperial altivez, bajó más de una
+vez sus miradas hasta los agujeros de sus botas, y conoció la injusta
+vergüenza, el punzador bochorno de la miseria. Prueba terrible y
+admirable de la que los débiles salen infames, y los fuertes sublimes;
+crisol en que el destino arroja al hombre cuando quiere convertirle en
+un ser despreciable, ó en un semidiós.
+
+Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas. Hay
+valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo en la
+sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia.
+Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada, que ninguna
+fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la desgracia, el
+aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla que tienen
+sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que los héroes
+ilustres.
+
+Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la
+miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez
+engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la
+altivez; el infortunio es una buena leche para los magnánimos.
+
+Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable
+cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de Brie á la
+tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad del
+crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que llevaba
+furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna vez se
+veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas
+cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo
+el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba
+el sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un
+profundo saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la
+carnicería; pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó
+siete sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre
+dos libros, y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que
+asaba él mismo, vivía tres días.
+
+El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el
+tercero roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó
+nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió
+constantemente, diciendo que nada necesitaba.
+
+Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución
+que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro;
+pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac;
+pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién
+había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le
+volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró
+con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde:
+Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual
+hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto,
+lo hacía con las tinieblas de la noche.
+
+Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado.
+Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente, y
+donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y
+completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca
+exigida por los reglamentos.
+
+Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac.
+
+Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio de
+una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand
+tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro
+pedazos y la arrojó al cesto.
+
+Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre que
+estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía
+siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo:
+
+--Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo
+abogado y barón.
+
+
+
+
+ II
+ =Mario pobre=
+
+
+Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba por
+tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla de
+cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que modo
+arregló Mario Pontmercy su existencia.
+
+Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante
+de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad,
+había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales.
+Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le
+había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la
+literatura librera, el modesto papel de _utilidad_. Hacía prospectos,
+traducía periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.;
+producto neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos
+vivía. ¿Cómo? No mal. Vamos á decirlo.
+
+Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual de
+treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde
+no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles
+eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina,
+para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco
+de agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con
+este pan y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro
+sueldos, según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la
+tarde bajaba por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau,
+frente al mercader de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins.
+No comía sopa. Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media
+ración de legumbres por tres, y un postre por tres más. Y finalmente,
+por otros tres sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á
+vino, bebía agua. Al pagar en el mostrador donde estaba sentada
+majestuosamente la señora Rousseau, en aquella época, gorda siempre y
+todavía fresca, daba un céntimo para el mozo, la señora Rousseau le
+devolvía una sonrisa, y él se iba. Así era como por dieciséis sueldos
+tenía comida y sonrisa.
+
+El _restaurant_ Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas y
+tantas tinajas, era un _calmante_ mejor que un _restaurante_.
+
+Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle _Rousseau
+el acuático_. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo por
+diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es,
+en trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta
+de alquiler, y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos
+menores, resulta que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba
+alimentado, alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la
+ropa blanca cincuenta, y el lavado y planchado cincuenta más, el total
+no pasaba de seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban
+cincuenta. Era rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á
+un amigo; Courfeyrac llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En
+cuanto á fuego para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le
+había «suprimido».
+
+Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los
+días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía más
+que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de la
+lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre
+rotas, se abotonaba el frac hasta la barba.
+
+Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años:
+años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero
+Mario no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia
+de pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase
+testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En
+su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á
+decir que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más
+que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede
+abofetearla.
+
+Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos
+días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone
+cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma,
+vigilaba celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en
+otra situación, le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora
+rebajamiento, y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer
+retroceder. Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era
+tímido hasta la aspereza.
+
+En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado por
+una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo, y
+hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede sostener
+su jaula.
+
+Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el
+corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento
+entusiasta y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á
+quien, á su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido
+sargento que había salvado la vida al coronel entre las balas y la
+metralla de Waterloo. Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del
+recuerdo de su padre, y los asociaba juntos en su veneración. Era
+una especie de culto de dos grados, el altar mayor para el coronel,
+y el otro menor para Thénardier. Lo que redoblaba la ternura de su
+agradecimiento era la idea del infortunio en que suponía caído y
+abismado á Thénardier. Mario había sabido en Montfermeil la ruina
+y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces había hecho grandes
+esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar llegar á él, en aquel
+tenebroso abismo de miseria en que había desaparecido.
+
+Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy,
+en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado
+sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus
+ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle
+ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también,
+con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber
+conseguido echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco
+acierto de sus pesquisas.
+
+Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra
+en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo
+en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del humo y
+de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él nada le
+debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle
+en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte á la
+vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto,
+Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su
+sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No
+me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal
+era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario.
+
+
+
+
+ III
+ =Mario crecido=
+
+
+En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado
+á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los mismos
+términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro lado,
+volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría
+llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el
+abuelo Gillenormand era la olla de hierro.
+
+Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón
+de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había
+tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño,
+que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le
+profesaba á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo
+de los padres gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no
+aman á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya
+hemos dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario.
+Idolatrábale á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de
+cachetes; pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro
+vacío en su corazón; exigió que no le hablaran de él, lamentando por
+lo bajo de ser tan exactamente obedecido. Al principio esperó que
+volviera aquel buonapartista, aquel jacobino, aquel terrorista, aquel
+setembrista. Pero pasaron las semanas, pasaron los meses, pasaron los
+años, y con gran desesperación de Gillenormand, el bebedor de sangre
+no volvió.--Yo no podía menos de echarle de casa,--se decía el abuelo,
+y se preguntaba:--Si volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar
+del mismo modo?--Su orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su
+blanca cabeza, que movía en silencio, respondía tristemente que no.
+Tenía sus horas de abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen
+tanta necesidad de cariño como del sol. Para ellos el afecto también
+es calor. Por más fuerte que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario
+había producido cierto cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido
+dar un paso hacia «aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por
+él, pero nunca pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en
+el Marais. Era aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su
+alegría tenía una dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera,
+y sus violencias terminaban siempre con una especie de abatimiento
+dulce y sombrío. Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas
+veces:--¡Oh! ¡Si volviera, qué cachete se llevaría!
+
+En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no era
+para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había acabado
+por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella
+probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del
+señor Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar
+nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención
+que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso
+importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le
+ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba
+triste, ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El
+señor barón de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón».
+
+Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como
+á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la
+amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero
+se había propuesto no recibir nada del hombre _que había sido malo
+para su padre_. Era aquello como la traducción mitigada de su primera
+indignación. Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y
+por sufrir aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le
+satisfacía y le agradaba.
+
+Decíase, con cierta alegría, que _aquello era lo menos_, que era una
+expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde,
+por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que
+no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos
+y él ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez
+comparados con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio
+de acercarse y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la
+indigencia como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era
+sin duda lo que el coronel había querido decir con estas palabras:
+_será digno de ello_. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su
+pecho, porque había desaparecido el escrito del coronel, sino en su
+corazón.
+
+Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que un
+niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria,
+repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando
+acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el
+de dirigir toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia
+la aspiración. La pobreza pone luego de manifiesto la vida material
+en toda su desnudez, y la hace horrible; de ahí provienen esos
+inexplicables impulsos hacia la vida ideal. El joven rico tiene cien
+distracciones, brillantes y groseras: las carreras de caballos, la
+caza, los perros, el tabaco, el juego, los banquetes y todo lo demás;
+ocupaciones de las regiones bajas del alma, á costa de las regiones más
+altas y delicadas. El joven pobre encuentra gran dificultad en ganar su
+pan; come, y cuando ha comido, no le queda más que el divagar y soñar.
+Asiste gratis á los espectáculos que da Dios; contempla el cielo, el
+espacio, los astros, las flores, los niños, la humanidad entre la que
+sufre, la creación en la que resplandece. Mira tanto á la humanidad,
+que llega á ver el alma; mira tanto á la creación, que ve á Dios.
+Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce que es sensible.
+
+Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre que
+medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo
+y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la
+naturaleza ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las
+almas cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia,
+á los millonarios del dinero. De su corazón va borrándose el odio á
+medida que va penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra
+parte, ¿es acaso desgraciado? No; la miseria de un joven no es nunca
+miserable. Cualquier joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza,
+su andar vivo, sus ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa,
+sus cabellos negros, sus mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus
+dientes blancos, su aliento puro, dará siempre envidia á un viejo,
+aunque este sea un emperador. Cada día por la mañana se pone á ganar el
+sustento, y mientras sus manos ganan el pan, su espina dorsal adquiere
+gallardía, su cerebro ideas; y cuando concluye el trabajo, vuelve á los
+éxtasis inefables, á la contemplación, á los goces; vive con los pies
+en la aflicción, en los obstáculos, en el suelo, en los abrojos, y á
+veces en el lodo, y con la cabeza en la luz. Es firme, sereno, dulce,
+pacífico, atento, grave; está satisfecho con muy poco, y benévolo;
+bendice á Dios que le ha dado dos riquezas de las que carecen muchos
+ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia que le hace
+digno.
+
+Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo,
+se había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación.
+Desde el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se
+había estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo
+del trabajo, para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días
+enteros meditando, sumergido y abstraído como un visionario en las
+mudas voluptuosidades del éxtasis y de la irradiación interior. Había
+planteado de este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo
+posible al trabajo material, para dar el mayor tiempo posible al
+trabajo impalpable; ó en otros términos, dedicar algunas horas á la
+vida real, y el resto al infinito. No advertía, pareciéndole no carecer
+de nada, que la contemplación así comprendida acaba por ser una de las
+formas de la pereza; que se había satisfecho con dominar las primeras
+necesidades de la vida, y que se entregaba al descanso demasiado pronto.
+
+Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no
+podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las
+inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría.
+
+En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba el
+señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el
+abogadillo. La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con
+los procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba.
+¿Y para qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo
+de vivir. Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro,
+trabajo poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba.
+
+Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel,
+le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo
+regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil
+quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar
+asalariado! ¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de
+Mario, de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo;
+ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa y
+bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así
+como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó.
+
+Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer
+extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había
+entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían
+quedado como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente
+cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más.
+Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor
+Mabeuf. Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la
+revolución que en su interior se había verificado, y en segundo, por
+haber conocido y amado á su padre.
+
+_Me ha hecho la operación de la catarata_, decía.
+
+Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva.
+
+Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente
+tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por
+casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él
+había sido la vela, no el cualquiera.
+
+En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era
+incapaz de comprenderla, de quererla y dirigirla.
+
+Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más que
+digamos sobre él algunas palabras.
+
+
+
+
+ IV
+ =El señor Mabeuf=
+
+
+El día en que Mabeuf le decía á Mario: _ciertamente, yo apruebo las
+opiniones políticas_, expresaba el verdadero estado de su ánimo.
+Todas las opiniones políticas le eran indiferentes, aprobándolas
+todas sin distinción, con tal que le dejasen tranquilo, del mismo
+modo que los griegos llamaban á las Furias: «las bellas, las buenas,
+las encantadoras», Bonaparte _las Eumenides_. La opinión política del
+señor Mabeuf consistía en amar apasionadamente las plantas, y sobre
+todo los libros. Tenía, como todo el mundo, su terminación en _ista_,
+sin la cual nadie hubiera podido vivir en aquel tiempo; pero no era ni
+realista, ni bonapartista, ni carlista, ni orleanista, ni anarquista:
+era _bouquiniste_[15].
+
+No comprendía que los hombres se ocupasen en odiarse mutuamente por
+tonterías, como la Carta, la democracia, la legitimidad, la monarquía,
+la república, etc., cuando hay en este mundo tantas clases de musgo,
+de yerbas y de arbustos que poder contemplar, y montones de libros
+en folio, y aun en treintaidosavo que poder hojear. Guardábase mucho
+de ser inútil; el tener libros no le impedía leer, y el ser botánico
+no le impedía ser jardinero. Cuando conoció á Pontmercy, nació entre
+el coronel y él la simpatía de que, lo que el coronel hacía por las
+flores, lo hacía él por las frutas. Mabeuf había llegado á conseguir
+peras de semilla, tan sabrosas como las de San Germán; de una de estas
+combinaciones ha nacido, á lo que parece, el mirabel de octubre, tan
+célebre hoy día, y no menos aromático que el mirabel de estío. Iba
+á misa más bien por bondad que por devoción y porque, gustando del
+semblante de los hombres, pero odiando su ruido, los veía reunidos y
+silenciosos sólo en la iglesia. Comprendiendo que todos debemos ser
+algo en el Estado, había escogido la ocupación de capillero. Por lo
+demás, no había conseguido nunca amar á ninguna mujer, tanto como á
+una cebolla de tulipán; ni á un hombre tanto como á un elzevir. Había
+cumplido hacía ya tiempo sesenta años, cuando cierto día le preguntó
+alguien:
+
+--¿Pero no habéis estado casado nunca?
+
+--Lo he olvidado,--contestó. Cuando le ocurría alguna vez ¿á quién no
+le ocurre? decir: «¡Oh, si yo fuése rico!» no lo decía nunca echando el
+lente á una muchacha bonita, como el señor Gillenormand, sino fijándose
+en algún libro antiguo. Vivía solo, con una ama vieja. Padecía de gota
+en las manos, y cuando dormía, sus viejos dedos, entorpecidos por el
+reuma, se enredaban en los pliegues de las sábanas. Había escrito
+y publicado una _Flora de las cercanías de Cauterets_ con láminas
+iluminadas; obra bastante apreciada, cuyas planchas poseía, y vendía
+por sí mismo. Dos ó tres veces al día llamaban á su puerta de la calle
+Mezières con ese objeto. Así sacaba muy bien unos dos mil francos
+al año. En esto consistía casi toda su fortuna. Aunque pobre, había
+tenido ingenio para hacerse, á fuerza de paciencia, de privaciones y
+de tiempo, con una colección preciosa de ejemplares raros de todos
+géneros. Nunca salía sin llevar un libro bajo el brazo, y casi siempre
+volvía con dos. El único adorno de las cuatro habitaciones del piso
+bajo que, con un pequeño jardín, componían su vivienda, eran unos
+herbarios en cuadros y grabados de antiguos maestros. La vista de un
+sable ó de un fusil le helaba la sangre; en su vida se había acercado
+á un cañón, ni aun al del cuartel de los Inválidos. Tenía un estómago
+regular, un hermano cura, el cabello enteramente blanco, nada de
+dientes en la boca ni en el espíritu, temblor general, acento picardo,
+risa infantil, fácil al miedo, y el aire de un carnero viejo. Después
+de eso, no tenía otra amistad ni trato con los vivos, que la de un
+librero viejo de la Puerta de Santiago, llamado Royol. Era su gran
+ideal la aclimatación del añil en Francia.
+
+Su criada era igualmente una variedad de la inocencia. La buena vieja
+era virgen. Sultán, su gato, que hubiera podido maullar el miserere
+de Allegri en la Capilla Sixtina, había llenado su corazón, y llenaba
+perfectamente la cantidad de pasión que había en ella. Ninguno de sus
+pensamientos había llegado hasta el hombre; no había podido ir más allá
+de su gato, y tenía, como éste, bigotes. Su gloria se cifraba en sus
+papalinas siempre blancas. Empleaba el tiempo los domingos, después de
+misa, en contar la ropa blanca en su baúl y en extender sobre su cama
+vestidos en corte, que compraba y no se hacía nunca. Sabía leer. Mabeuf
+la llamaba _la tía Plutarco_.
+
+Mabeuf había simpatizado con Mario, porque siendo Mario joven y
+agradable, templaba su ancianidad sin asustar su timidez. La juventud
+amable produce en los viejos el efecto del sol sin viento. Cuando Mario
+estaba saturado de gloria militar, de pólvora de cañón, de marchas y
+había dado y recibido tantos sablazos, se iba á ver al señor Mabeuf, y
+éste le hablaba del héroe bajo el punto de vista de las flores.
+
+Hacia 1830, su hermano el cura había muerto; y casi de repente, como
+cuando llega la noche, todo el horizonte se había obscurecido para
+el señor Mabeuf. La quiebra de un procurador le hizo perder una suma
+de diez mil francos, que era todo lo que poseía de la herencia de su
+hermano y de su patrimonio. La Revolución de Julio produjo una crisis
+en el comercio de libros. En tiempos revueltos lo primero que deja de
+venderse es una _Flora_; y la _Flora de las cercanías de Cauterets_
+se quedó sin venta, pasándose semanas enteras sin presentarse un
+comprador. Alguna vez el señor Mabeuf se estremecía al oir la
+campanilla. Señor, le decía tristemente la tía Plutarco, es el aguador.
+
+Pronto el señor Mabeuf abandonó la calle Mezières, abdicó las funciones
+de capillero, renunció á San Sulpicio, vendió una parte, no de sus
+libros, sino de sus estampas, que apreciaba menos, y fué á instalarse
+en una casita del boulevard Montparnasse, donde no vivió más que un
+trimestre, por dos razones, primera, porque el piso bajo y el jardín
+costaban trescientos francos, y no se atrevía á pagar más de doscientos
+de alquiler; y segunda, porque la casa estaba próxima al tiro de Fatou,
+y oía el ruido de los pistoletazos, lo cual le era insoportable.
+
+Llevóse, pues, su _Flora_, sus planchas, sus herbarios, sus carteras
+y sus libros, y se estableció junto á la Salpêtrière, en una especie
+de cabaña del puente de Austerlitz, donde por cincuenta escudos al año
+tenía tres piezas, un jardín cerrado por un seto, y pozo. Se aprovechó
+de esta mudanza para vender casi todos sus muebles. El día que entró en
+esta nueva habitación estuvo muy alegre, y clavó él mismo los clavos
+para colgar los cuadros y los herbarios, cavó en el jardín el resto
+del día, y por la noche, viendo que la tía Plutarco aparecía triste y
+pensativa, le dió un golpecito en el hombro, y la dijo sonriéndose: ¡ya
+tenemos el añil!
+
+Sólo dos visitantes, el librero de la Puerta de Santiago y Mario, eran
+admitidos en su choza de Austerlitz, nombre algo guerrero, y que, á
+decir verdad, no le agradaba mucho.
+
+Por lo demás, como hemos indicado ya, los cerebros absorbidos por
+una sabia meditación, ó en alguna locura, ó lo que sucede con mayor
+frecuencia, en ambas cosas á un tiempo, no son sino lentamente
+sensibles á las realidades de la vida. Su mismo destino se les presenta
+lejano. Resulta de esas concentraciones una pasividad que si fuése
+razonada, se parecería á la filosofía. Así es que declinan, descienden,
+se deslizan y aún se desploman, sin apercibirse de ello. Concluyen, es
+verdad, por despertar; pero tardíamente. Entretanto, parece que son
+extraños á la partida entablada entre su felicidad y su desgracia. Son
+la puesta, y miran la partida con indiferencia.
+
+Así es que al través de la obscuridad, que se formaba á su alrededor,
+todas sus esperanzas morían una tras otra, y sin embargo, el señor
+Mabeuf permanecía sereno, con alguna puerilidad, es cierto, pero
+profundamente. Sus hábitos intelectuales tenían la oscilación de un
+péndulo. Una vez impelido por una ilusión, seguía andando por mucho
+tiempo, aun cuando la ilusión hubiese desaparecido. Un reloj no se
+detiene nunca en el preciso momento de perder la llave.
+
+El señor Mabeuf tenía placeres inocentes. Estos placeres eran poco
+costosos é inesperados; la menor casualidad se los proporcionaba. Un
+día, la tía Plutarco estaba leyendo una novela en un rincón del cuarto;
+leía en voz alta, creyendo que así lo entendía mejor. Leer alto es
+afirmarse á sí mismo en la lectura. Hay personas que leen muy alto, y
+que parecen darse palabra de honor de lo que leen.
+
+La tía Plutarco leía, pues, con esa energía, la novela que tenía en las
+manos. El señor Mabeuf la oía sin escuchar.
+
+Así leyendo, la tía Plutarco llegó á esta frase; tratábase de un
+oficial de dragones y de una bella.
+
+«...La bella (_bouda_)[16] se amoscó y el dragón...».
+
+Aquí se interrumpió para limpiar los anteojos.
+
+--Boudda y el dragón,--repitió á media voz el señor Mabeuf.--Sí, es
+verdad; había un dragón, que desde el fondo de su caverna arrojaba
+llamas por la boca abrasando el cielo. Ya habían sido incendiadas
+muchas estrellas por aquel monstruo, que tenía además garras de tigre.
+Boudda fué á la caverna, y logró convertir al dragón. Es un buen libro
+ése que estáis leyendo, tía Plutarco. No hay otra leyenda como ésta.
+
+Y el señor Mabeuf se dejó caer en una deliciosa meditación.
+
+
+ V
+ =Pobreza muy próxima á la miseria=
+
+
+Mario tenía simpatías por aquel anciano cándido que se veía lentamente
+cogido por la indigencia, y que se iba asustando poco á poco, mas
+sin entristecerse todavía. Mario encontraba á Courfeyrac y buscaba á
+Mabeuf, pero raras veces, una ó dos, á lo sumo, cada mes.
+
+El gran placer de Mario consistía en dar largos paseos solo, por los
+boulevares exteriores, ó por el campo de Marte, ó por las alamedas
+menos frecuentadas del Luxemburgo. Algunas veces pasaba la mitad del
+día contemplando un huerto, los cuadros de lechugas, las gallinas entre
+el estiércol, ó el caballo dando vueltas á una noria. Los transeuntes
+le miraban con sorpresa, y algunos veían en él algo sospechoso y una
+fisonomía siniestra, cuando no era más que un joven pobre, meditando
+sin objeto.
+
+En uno de aquellos paseos había descubierto la casucha de Gorbeau, y
+habiéndole tentado el aislamiento y la baratura, se instaló en ella. No
+se le conocía allí más que por el señor Mario.
+
+Algunos de los antiguos generales ó camaradas de su padre le invitaron,
+cuando le conocieron, á que fuése á visitarlos; y Mario no había
+rehusado, porque en aquellas visitas tenía otras tantas ocasiones de
+hablar de su padre. Así es que iba de cuando en cuando á casa del conde
+Pajol, á casa del general Bellavesne, á casa del general Fririon, en
+los Inválidos. Allí se tocaba y se bailaba, y en aquellas noches Mario
+se ponía su frac nuevo; pero no iba nunca á tales reuniones ni á tales
+bailes, sino los días en que helaba mucho, porque no podía pagar coche,
+y no quería llegar sino con las botas brillantes como espejos.
+
+Decía algunas veces, pero sin amargura:--Los hombres están constituidos
+de tal modo, que se puede entrar en una reunión cubierto de lodo por
+todas partes, excepto en las botas. No se os pregunta para recibiros
+más que por una cosa irreprochable: ¿por la conciencia? No, por las
+botas.
+
+Todas las pasiones que no proceden del corazón, se disipan meditando.
+La fiebre política de Mario se había desvanecido. La revolución
+de 1830, satisfaciéndole y calmándole, le había ayudado. Era,
+pues, el mismo hombre, excepto en la cólera. Conservaba las mismas
+opiniones, pero algo dulcificadas. Propiamente hablando, no tenía
+ya opiniones, tenía simpatías. ¿Y por cuál partido las sentía? Por
+el de la humanidad; y entre la humanidad escogía la Francia; entre
+la nación escogía el pueblo, y entre el pueblo, la mujer. Á ésta se
+dirigía principalmente su piedad. Prefería una idea á un hecho, un
+poeta á un héroe, y admiraba más algún libro, como el de Job, que
+un acontecimiento como el de Marengo. Cuando después de un día de
+meditación se iba por la noche á los paseos, y al través de las ramas
+de los árboles descubría el espacio sin fondo, los resplandores sin
+nombre, el abismo, la sombra, el misterio, le parecía muy pequeño todo
+lo humano.
+
+Creía haber llegado, y era tal vez cierto, á la verdad de la vida y de
+la filosofía humana, y había concluido por no mirar casi más que al
+cielo, única cosa que puede ver la verdad desde el fondo de su pozo.
+
+Esto no le impedía multiplicar los planes, las combinaciones, los
+castillos en el aire, los proyectos para el porvenir. En aquel estado
+fantástico, si algún ojo hubiera podido penetrar en el interior de
+Mario, se habría deslumbrado ante la pureza de aquella alma. En
+efecto; si fuése dado á nuestros ojos carnales ver en la conciencia de
+otro, se juzgaría con más acierto á un hombre por lo que sueñe en su
+imaginación, que por lo que piensa. En el pensamiento hay voluntad; en
+el sueño no la hay. Este sueño, cuando es espontáneo, toma y conserva,
+aun en lo gigantesco é ideal, el carácter de nuestro espíritu. Nada
+sale más directamente ni más sinceramente del fondo de nuestra alma,
+que esas aspiraciones irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores
+del destino. En ellas, más que en las ideas modificadas, razonadas
+y coordinadas, puede hallarse el verdadero carácter de cada hombre.
+Nuestras quimeras son los objetos que más se nos parecen. Cada cual
+sueña lo desconocido y lo imposible con relación á su naturaleza.
+
+Hacia mediados del citado año de 1831, la vieja que servía á Mario
+le contó que iban á poner en la calle á sus vecinos, á la miserable
+familia Jondrette. Mario, que pasaba casi todo el día fuera de casa,
+apenas sabía que tuviese vecinos.
+
+--¿Y por qué los despiden?--preguntó.
+
+--Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.
+
+--¿Y cuánto es?
+
+--Veinte francos,--dijo la vieja.
+
+Mario tenía treinta francos guardados en un cajón.
+
+--Tomad,--dijo á la vieja;--ahí tenéis veinticinco francos. Pagad por
+esa pobre gente; dadles cinco francos, no digáis que he sido yo.
+
+
+ VI
+ =El sustituto=
+
+La casualidad hizo que el regimiento de que era teniente Teódulo fuése
+de guarnición á París; lo cual dió ocasión á que se le ocurriese una
+segunda idea á la tía Gillenormand. Había pensado la primera vez hacer
+vigilar á Mario por Teódulo, y ahora armó un complot para hacer á
+Teódulo sucesor de Mario.
+
+Á todo evento, y para el caso de que el abuelo tuviera la vaga
+necesidad de ver una fisonomía joven en casa, porque los rayos de
+aurora son algunas veces gratos á las ruinas, era conveniente buscar
+otro Mario.
+
+Pues sea, dijo ella; esto es como una simple errata de las que veo á
+veces en los libros; donde dice Mario, léase Teódulo.
+
+Un sobrino segundo es casi un nieto; y á falta de un abogado, se toma
+un lancero.
+
+Una mañana en que el señor Gillenormand estaba leyendo algo como _la
+Quotidiana_, entró su hija, y le dijo con la voz más dulce que supo
+encontrar, porque se trataba de su favorito:
+
+--Padre mío, Teódulo va á venir esta mañana para saludaros.
+
+--¿Qué Teódulo?
+
+--Vuestro sobrino.
+
+--¡Ah!--dijo el abuelo.
+
+Y siguió leyendo sin pensar más en el sobrino, que no era sino un
+Teódulo cualquiera. No tardó mucho en tener mal humor, lo que le
+sucedía casi siempre que leía. El «papel» que leía, realista como era
+de esperar, anunciaba para el día siguiente, sin amenidad ninguna, uno
+de los sucesos diarios de escasa importancia del París de entonces,
+esto es: Que los alumnos de las escuelas de Derecho y de Medicina
+debían reunirse en la plaza del Panteón al medio día «para deliberar».
+Se trataba de una de las cuestiones del momento; de la artillería de
+la Guardia Nacional, y de un conflicto entre el ministro de la Guerra
+y la «Milicia ciudadana» con motivo de los cañones depositados en la
+plaza del Louvre. Los estudiantes debían deliberar sobre esto. No se
+necesitaba más para enfurecer al señor Gillenormand.
+
+Pensó en Mario, que era estudiante, y que probablemente iría como los
+demás á deliberar, al medio día, en la plaza del Panteón.
+
+Cuando estaba pensando tristemente en esto, entró el teniente Teódulo
+vestido de paisano, lo que era hábil, siendo discretamente introducido
+por la señorita Gillenormand. El lancero había hecho este razonamiento:
+«El viejo druida no lo ha colocado todo á renta vitalicia; y esto bien
+vale que uno se disfrace de paisano de cuando en cuando».
+
+La señorita Gillenormand dijo en voz alta á su padre:
+
+--Teódulo, vuestro sobrino.
+
+Y en voz baja al teniente:
+
+--Apruébalo todo.
+
+Y se retiró.
+
+El teniente, poco acostumbrado á encuentros tan venerables, balbuceó
+con cierta timidez:
+
+--Buenos días, tío.--É hizo un saludo mixto, compuesto del bosquejo
+involuntario y maquinal del saludo militar, terminado por un saludo de
+paisano.
+
+--¡Ah! ¿Sois vos? Está bien. Sentaos,--dijo el abuelo.
+
+Y dicho esto, se olvidó por completo del lancero.
+
+Teódulo se sentó, y el señor Gillenormand se levantó, poniéndose á
+pasear de un lado á otro de la sala, con las manos en los bolsillos,
+hablando alto, y dando tormento con sus viejos é irritados dedos, á los
+dos relojes de ambos bolsillos relojeros.
+
+--¡Ese puñado de mocosos! ¡Y eso se convoca en la plaza del Panteón!
+¡Por vida de los chiquillos! ¡Galopines, que estaban ayer mamando!
+¡Si les apretaran la nariz aún saldría leche! ¡Y ésos van á deliberar
+mañana al medio día! ¿Adónde vamos á parar? ¿Adónde? Es claro que
+vamos á un abismo; ¡esto nos lleva á los descamisados! ¡La artillería
+ciudadana! ¡Deliberar sobre la artillería ciudadana! ¡Ir á charlar á
+las doce acerca de las pedorreras de la Guardia Nacional! ¿Y con quién
+van á encontrarse allí? ¡Véase adónde conduce el jacobinismo! Apuesto
+todo lo que se quiera, un millón contra cualquier cosa, á que no habrá
+allí más que encausados y presidiarios cumplidos. Los republicanos y
+los presidiarios no son más que una nariz y un pañuelo. Cornet decía:
+¿Adónde quieres que vaya, traidor? Y Fouché respondía: Adonde quieras,
+imbécil. Éstos son los republicanos.
+
+--Es verdad,--dijo Teódulo.
+
+El señor Gillenormand medio volvió la cabeza, vió á Teódulo, y continuó:
+
+--¡Cuando pienso que este tunante ha hecho la picardía de hacerse
+carbonario! ¿Por qué has abandonado tu casa? Por hacerte republicano.
+En primer lugar, el pueblo no quiere tu república; no la quiere, porque
+tiene buen juicio, y sabe bien que siempre ha habido reyes, y que los
+habrá siempre; sabe bien que el pueblo, después de todo, no es más que
+el pueblo, y se burla de tu república. ¿Lo oyes, tonto?
+
+¿No es bastante horrible semejante capricho? ¡Enamorarse del padre
+Duchesne, poner buena cara á la guillotina, cantar romances y tocar la
+guitarra debajo del balcón del 93! Vamos, merecen que se les escupa
+por tontos. Todos son lo mismo; ni uno se exceptúa. Basta respirar el
+aire que corre por la calle para ser insensato; el siglo XIX es un
+veneno. Cualquier perdido se deja crecer la barba de chivo, se cree un
+verdadero personaje, y deja plantados á sus ancianos padres. Esto es
+lo romántico. ¿Y qué significa esto de romántico? Hacedme el favor de
+decir qué viene á ser esto. Todas las locuras posibles. Hace un año que
+el ser romántico era ir á ver el _Hernani_. Ahora pregunto yo: ¿qué es
+_Hernani_? ¡Antítesis! ¡Abominaciones que ni siquiera están escritas en
+francés! Y luego se ponen cañones en la plaza del Louvre. ¡Tales son
+las barbaridades de estos tiempos!
+
+--Tenéis razón, tío,--dijo Teódulo.
+
+El señor Gillenormand continuó:
+
+--¡Cañones en el patio del museo! ¿Y para qué? Cañón, ¿qué me quieres?
+¿Queréis ametrallar el Apolo del Belvedere? ¿Qué tienen que hacer
+vuestros cartuchos con la Venus de Médicis? ¡Oh! ¡Estos jóvenes de
+ahora son todos unos ganapanes! ¡Qué gran cosa es su Benjamín Constant!
+Y los que no son malvados, son necios. Hacen todo lo que pueden para
+estar feos; visten mal, tienen miedo de las mujeres, se están alrededor
+de las faldas con un aire de mendicantes capaz de hacer reir á las
+piedras; en verdad, que se les puede bien llamar pobres vergonzantes
+del amor. Son deformes, y completan su deformidad con la estupidez;
+repiten los retruécanos de Tiercelin y de Potier; usan levisacos,
+chalecos de palafrenero, camisas ordinarias, pantalones de paño burdo,
+botas de mal becerro, y su lenguaje se parece al plumaje. Podría uno
+servirse de su jerga para remendar sus zapatos. ¡Y toda esa inepta
+muchachería tiene opiniones políticas! Debería estar severamente
+prohibido el tener opiniones políticas. Fabrican sistemas, refunden
+la sociedad, demuelen la monarquía, echan por los suelos toda la
+legislación, ponen el granero en el lugar de la cueva, y á mi portero
+en el lugar del rey; trastornan la Europa de arriba abajo, reedifican
+el mundo, y se tienen por dichosos viendo maliciosamente las piernas de
+las lavanderas que suben en sus carros.
+
+¡Ah! ¡Mario! ¡Ah! ¡vagabundo! ¡Ir á vociferar en la plaza pública!
+¡Discutir, debatir, tomar medidas! ¡Á esto le llaman medidas, vive
+Dios! El desorden se empequeñece hasta la estupidez. He visto el caos,
+y ahora veo los atolladeros. ¡Unos escolares deliberar sobre la Guardia
+Nacional! Esto no se vería, ni en el país de las Ogibbewas, ni en el
+de los Cadodaches. Los salvajes que andan en cueros, con el testuz
+adornado de un volante de jugar á la pelota y una maza en la pata, son
+menos brutos que estos bachilleres. ¡Monigotes de á cuatro sueldos,
+haciéndose los entendidos y los graves! ¡Deliberar y racionalizar!
+Este es el fin del mundo. Es evidentemente el fin de este miserable
+globo terráqueo; se necesitaba un estrépito final, y la Francia lo
+proporciona.
+
+«¡Deliberad, pilletes! Todo esto sucederá mientras se vaya á leer
+periódicos bajo los arcos del Odeón. Esto les cuesta un sueldo, y
+el sentido común, y la inteligencia, y el corazón, y el alma, y
+el talento. Salen de allí, y se separan de su familia. Todos los
+periódicos son una peste; todos, incluso _La Bandera blanca_, porqué
+en el fondo Martainville era un jacobino. ¡Ah, justo cielo! Podrás
+vanagloriarte de haber desesperado á tu abuelo!
+
+--Es evidente,--dijo Teódulo.
+
+Y aprovechando el momento en que el señor Gillenormand tomaba aliento,
+el lancero añadió magistralmente:
+
+--No debería haber otro periódico que el _Monitor_, ni otro libro que
+el _Anuario militar_.
+
+Gillenormand prosiguió:
+
+--¡Lo mismo que su Sieyés! ¡Un regicida que llegó á senador! Porque
+siempre acaban así. Se hieren el rostro con su tuteamiento ciudadano
+para llegar á hacer que se les llame el señor conde. El señor conde,
+en caracteres como el brazo, de los camorristas de septiembre. ¡El
+filósofo Sieyés! Me hago la justicia de que no he hecho nunca mas
+caso de las filosofías de estos filósofos, que de los anteojos del
+gesticulador de Tívoli. Vi un día á los senadores que pasaban por el
+muelle Malaquais con mantos de terciopelo morado salpicados de abejas,
+con sombreros á lo Enrique IV. Estaban horribles; parecían los monos
+de la corte del tigre. Ciudadanos, os declaro que vuestro progreso
+es una locura, vuestra humanidad un delirio, vuestra revolución un
+crimen, vuestra república un monstruo, y que vuestra joven Francia
+virgen, sale de un lupanar; y os lo sostengo á todos, quien quiera que
+seáis, aunque fueseis publicistas, aunque fueseis economistas, aunque
+fueseis legistas, aunque fueseis más conocedores en libertad, igualdad
+y fraternidad, que la cuchilla de la guillotina. Os lo declaro, señores
+míos.
+
+--Pardiez,--exclamó el teniente,--todo eso es admirablemente cierto.
+
+El señor Gillenormand, interrumpiendo un gesto que Teódulo había
+empezado, se volvió, miró fijamente al lancero frunciendo el ceño, y
+dijo:
+
+--Sois un imbécil.
+
+
+ NOTAS:
+
+[15] Bouquiniste: aficionado á comprar y leer libros viejos.
+
+[16] _Bouda_, se amoscó ó incomodó; se pronuncia en francés como
+_Bouddha_, el dios Buda.
+
+
+
+
+ LIBRO SEXTO
+ LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS
+
+
+ I
+ =El apodo: manera de formar nombres de familia=
+
+
+Mario, era en aquella época un hermoso joven de mediana estatura,
+cabellos muy espesos y negros; frente ancha é inteligente; las ventanas
+de la nariz abiertas y apasionadas; aspecto sincero y tranquilo, y
+sobre todo, se reflejaba en su rostro ese no sé qué, que denota á un
+mismo tiempo altivez, reflexión é inocencia. Su perfil, cuyas líneas
+eran todas contorneadas, sin dejar de ser firmes, tenía esa dulzura
+germánica que ha penetrado en la fisonomía francesa por Alsacia y
+Lorena, y aquella absoluta carencia de ángulos, que hacía reconocer tan
+fácilmente á los sicambros entre los romanos, y que distingue á la raza
+leonina de la raza equilina. Hallábase en la época de la vida en que
+la imaginación de los hombres pensadores se compone, casi en iguales
+proporciones, de profundidad y sencillez. Dada una situación grave,
+tenía cuanto era menester para ser estúpido; un paso más, y podía ser
+sublime. Sus maneras eran reservadas, frías, políticas y poco francas.
+Como su boca era muy graciosa, sus labios lo más encarnado, y sus
+dientes lo más blanco del mundo, su sonrisa corregía toda la severidad
+de su fisonomía. Había momentos en que formaban singular contraste
+aquella frente casta y aquella sonrisa voluptuosa. Tenía pequeños los
+ojos y grande la mirada.
+
+En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las muchachas se
+volvían á mirarle cuando pasaba, lo cual era causa de que huyese ó se
+ocultase con la muerte en el alma. Creía que le miraban por su traje
+raído, y que se reían de él; lo cierto es que le miraban por su gracia,
+y que no faltaba alguna que soñase en ella.
+
+Aquella mala inteligencia muda, entre él y las lindas transeuntes, le
+había vuelto esquivo. No eligió ninguna, por la sencilla razón de que
+huía de todas. Así es que vivía indefinidamente; bestialmente, como
+decía Courfeyrac.
+
+Courfeyrac solía decir también: No aspires á ser venerable. Se tuteaban
+(ya se sabe que el tuteamiento es el sello de las amistades jóvenes).
+
+--Querido, un consejo. No leas tanto en los libros, y mira un poco más
+á las faldas. Siempre hay algo de bueno en ellas; ¡oh Mario! Á fuerza
+de huir y de sonrojarte, te embrutecerás.
+
+Otras veces Courfeyrac le encontraba, y le decía:--Buenos días, señor
+abate.
+
+Siempre que Courfeyrac le dirigía alguna frase de este género, Mario
+estaba ocho días huyendo más que nunca de las mujeres, y procuraba á
+todo trance no encontrarse con Courfeyrac.
+
+Había, sin embargo, en la inmensa creación, dos mujeres de que Mario
+no huía, y contra las cuales no tomaba precaución alguna. Verdad es
+que hubiese sido extremada su admiración, si le hubieran dicho que
+eran dos mujeres. Una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y
+de la cual decía Courfeyrac: «Al ver que su criada se deja la barba,
+Mario no se deja la suya». La otra era cierta jovencita, á quien veía
+frecuentemente, pero sin mirarla nunca.
+
+Hacía ya más de un año que Mario observaba de continuo en una alameda
+desierta del Luxemburgo, la que costea el parapeto del vivero, á un
+hombre y á una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el
+mismo banco, en el extremo más solitario del paseo, por la parte de
+la calle del Oeste. Cada vez que esta casualidad, que se entromete en
+los paseos de las personas meditabundas, llevaba á Mario por aquella
+calle, y esto sucedía casi todos los días, se encontraba con la pareja.
+El hombre podría tener unos sesenta años; parecía triste y grave; toda
+su persona presentaba el aspecto robusto y fatigado de los militares
+retirados. Si hubiera llevado alguna condecoración, Mario habría dicho:
+es un antigua oficial. Tenía buen aspecto, pero inabordable; y nunca
+fijaba su mirada en la mirada de nadie.
+
+Vestía pantalón azul, levitón también azul, y un sombrero de anchas
+alas, traje que parecía siempre nuevo, corbata negra y camisa de
+cuáquero, es decir, deslumbrante de blancura, pero de tela gruesa.
+Al pasar cierto día una griseta junto á él, exclamó: «¡Vaya un viejo
+aseado!». Tenía el pelo completamente blanco.
+
+La primera vez que la joven que le acompañaba fué á sentarse con él
+en el banco, que parecía habían adoptado, era una muchacha de trece
+ó catorce años, flaca, hasta el extremo de ser casi fea, encogida,
+insignificante, que prometía tener algún día buenos ojos. Sólo que los
+tenía siempre levantados con una especie de seguridad desapacible.
+Tenía el ademán aviejado é infantil á la vez, de las colegialas de
+convento, y vestía un traje mal cortado de merino negro y ordinario.
+Parecían ser padre é hija.
+
+Mario examinó durante dos ó tres días á aquel viejo, que no era todavía
+un anciano, y á aquella niña, que no era todavía una joven; y después
+no fijó más la atención en ellos. Éstos, por su parte, parecía que
+ni siquiera le veían. Hablaban entre sí con ese aire tranquilo é
+indiferente. La joven charlaba sin cesar, alegremente; el viejo hablaba
+poco, pero á cada momento fijaba en ella sus ojos, llenos de inefable
+ternura paternal.
+
+Mario había contraído maquinalmente la costumbre de pasearse por
+aquella alameda, en la cual los encontraba invariablemente todos los
+días.
+
+Véase lo que pasaba.
+
+Mario llegaba ordinariamente por el extremo de la calle opuesta á
+su banco, la recorría á lo largo y pasaba por delante de la pareja;
+después volvía y recorría de nuevo el paseo hasta el extremo por donde
+había entrado, y volvía á empezar. Repetía este recorrido cinco ó
+seis veces cada día, y el paseo otras cinco ó seis veces por semana,
+sin que, á pesar de tanto encuentro, aquellas personas y él hubieran
+llegado á cambiar un saludo. Aquel hombre y aquella niña, aunque
+parecían evitar las miradas, y quizá porque parecían evitarlas, habían
+llamado naturalmente la atención de cinco ó seis estudiantes, que de
+cuando en cuando se paseaban por el vivero; los estudiosos después de
+sus clases, los otros después de su partida de billar. Courfeyrac, que
+pertenecía á estos últimos, los observó algún tiempo; pero pareciéndole
+fea la muchacha, tuvo buen cuidado de alejarse pronto. Había huido
+como un Parto, lanzándoles en vez de dardo, un apodo. Habiéndole
+chocado principalmente el traje de la joven y los cabellos del viejo,
+llamó á la joven _la señorita Lanoire_ (La Negra), y al padre el señor
+_Leblanc_, (El blanco) y con tal suerte, que no conociéndolos nadie, é
+ignorando su verdadero nombre, el apodo ocupó su lugar, haciendo las
+veces de tal. Los estudiantes decían: «¡Ah! Ya está en su banco el
+señor _Leblanc_», y Mario como los demás, halló muy cómodo llamar por
+lo tanto á aquel desconocido el señor Leblanc.
+
+Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de Leblanc, para mayor
+facilidad del relato.
+
+Mario continuó así, viéndolos casi todos los días á la misma hora
+durante el primer año.
+
+El hombre le agradaba, pero la muchacha le parecía algo desapacible.
+
+
+
+
+ II
+ =Lux facta est=
+
+
+El segundo año, precisamente en el punto de esta historia á que
+ha llegado el lector, interrumpióse la costumbre de pasear por el
+Luxemburgo, y sin que el mismo Mario supiera por qué, estuvo cerca de
+seis meses sin poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió
+allí; era una hermosa mañana de verano, y Mario estaba alegre, como se
+suele estar cuando hace buen tiempo. Parecíale llevar en su corazón
+todos los cantos de los pájaros que oía y todo el cielo azul que veía
+al través de la enramada.
+
+Se fué directamente á «su paseo», y cuando estuvo al extremo de
+la alameda, divisó siempre en el mismo banco, la conocida pareja.
+Solamente que cuando se acercó vió que el hombre continuaba siendo
+el mismo; pero le pareció que la joven era otra. La persona que á la
+sazón veía era una hermosa y alta niña, con las más encantadoras formas
+de mujer, en el momento preciso en que se armonizan todavía con las
+gracias más cándidas de la infancia; momento purísimo y fugaz, que sólo
+puede traducirse en estas dos palabras: quince años. Tenía admirables
+cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente que
+parecía hecha de mármol; mejillas como hojas de rosa; un matiz pálido;
+una blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de forma
+exquisita, de la cual surgía la sonrisa como una luz y la palabra como
+una música; una cabeza que Rafael hubiera dado á María, colocada sobre
+una garganta que Juan Goujon hubiera dado á Venus. Y en fin, para que
+nada faltase á aquellas facciones encantadoras, la nariz no era bella,
+era bonita; ni recta ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz
+parisiense; es decir, algo espiritual, fina, irregular y pura, que es,
+á un tiempo, desesperación de pintores y encanto de poetas.
+
+Cuando Mario pasó junto á ella, no pudo ver sus ojos, que tenía
+constantemente bajos. Vió solamente sus largas pestañas de color
+castaño, llenas de sombra y de pudor.
+
+Esto no impedía que la hermosa joven se sonriese escuchando al hombre
+de cabellos blancos que la hablaba, y nada tan arrebatador como aquella
+fresca sonrisa con los ojos bajos.
+
+En el primer momento creyó Mario que podía ser otra hija del mismo
+hombre, hermana sin duda de la primera. Pero cuando la costumbre le
+llevó por segunda vez cerca del banco y la hubo examinado con atención,
+conoció que era la misma. En seis meses la niña se había hecho mujer;
+he aquí todo. Y nada más frecuente que ese fenómeno. Llega un momento
+en que las niñas, en un abrir y cerrar los ojos, pasan de capullo á
+rosa. Se las deja niñas á la víspera, y se las encuentra seductoras al
+día siguiente.
+
+Ésta, no sólo había crecido, sino que se había idealizado. Así como
+bastan tres días de abril para que ciertos árboles se cubran de flores,
+seis meses habían bastado para vestirla á ella de belleza. Su abril
+había llegado.
+
+Se ve algunas veces á personas pobres y mezquinas que parecen
+despertar, pasando súbitamente de la indigencia al fausto, hacer
+gastos de todo género, y aparecer de pronto deslumbradoras, pródigas
+y magníficas. Consiste esto en una fortuna improvisada, en un plazo á
+cobrar vencido. La joven había cobrado su semestre.
+
+No era ya la colegiala con su sombrero anticuado; su traje de
+merino, sus zapatos rusos y sus manos amoratadas. El buen gusto se
+había desarrollado en ella al propio tiempo que su hermosura. Era
+una señorita simpática, vestida con elegante y rica sencillez, sin
+afectaciones de ninguna especie.
+
+Llevaba un vestido de damasco negro, una manteleta de la misma tela
+y una capota de crespón blanco. Sus guantes claros hacía resaltar la
+forma de su mano, que jugaba con el mango de marfil chinesco de una
+sombrilla, y su botita de seda, dibujaba su pequeño y bien formado
+pie. Al pasar junto á ella se absorbía cierta penetrante fragancia de
+juventud procedente de su tocado.
+
+El hombre, seguía siendo el mismo.
+
+La segunda vez que Mario llegó cerca de ella, la joven levantó los
+párpados; sus ojos eran de un profundo azul celeste; pero en aquel azul
+velado no había aún más que la mirada de una niña. Miró á Mario con
+indiferencia, como hubiera podido mirar á cualquier chiquillo jugando
+á la sombra de los sicómoros, ó el jarrón de mármol que proyectaba su
+sombra sobre el banco. Mientras Mario, por su parte, continuaba el
+paseo, pensando en otras cosas.
+
+Pasó todavía cuatro ó cinco veces junto al banco donde estaba la joven,
+pero sin volver nunca los ojos para verla.
+
+Los días siguientes volvió, como de ordinario, al Luxemburgo; y como
+de ordinario halló «al padre y á la hija», pero no se fijó tampoco en
+ellos. No pensó más en aquella joven cuando la vió hermosa, de lo que
+había pensado cuando fea. Pasaba, sí, muy arrimado al banco donde ella
+estaba; porque era ésta su costumbre.
+
+
+
+
+ III
+ =Efecto de primavera=
+
+
+Cierto día, en que el aire era tibio, el Luxemburgo inundado de sombra
+y de sol, el cielo puro como si los ángeles lo hubiesen lavado por la
+mañana, los pajarillos cantaban alegremente posados en el ramaje de los
+castaños; Mario tenía abierta toda su alma á la naturaleza, en nada
+pensaba; vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó los
+ojos, y sus dos miradas se encontraron.
+
+¿Qué había entonces en la mirada de aquella joven? Mario no hubiera
+podido decirlo. No había nada, y lo había todo. Fué un relámpago
+extraño.
+
+Ella bajó los ojos; él prosiguió su camino.
+
+Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua y sencilla de una niña;
+era una sima misteriosa que se había entreabierto y cerrado luego
+bruscamente.
+
+Llega un día en que miran así todas las jóvenes. ¡Desgraciado del que
+se encuentra allí!
+
+Aquella mirada primera de un alma que no se conoce todavía á sí misma,
+es como el alba en el cielo. Es el despertar de un algo radiante
+y desconocido. Nada puede pintar el encanto peligroso de aquella
+inesperada luz que ilumina vagamente de súbito, tinieblas adorables,
+compuesta de toda la inocencia del presente y de toda la pasión
+del porvenir. Es una especie de ternura indecisa que se revela por
+casualidad, y que espera. Es un lazo que la inocencia tiende á pesar
+suyo, y en el cual aprisiona los corazones sin saberlo ni quererlo. Es
+una virgen que mira como una mujer.
+
+Es muy raro que no produzca una meditación profunda donde quiera que
+caiga semejante mirada. Toda clase de purezas y toda suerte de candores
+se encuentran reunidos en aquel rayo celeste y fatal, que tiene, más
+aún que las miradas mejor elaboradas de las coquetas, el mágico poder
+de hacer brotar de súbito en el fondo del alma la flor sombría llena de
+perfumes y venenos, que se llama amor.
+
+Por la tarde, al volver á su desván, fijó Mario la vista en sus
+vestidos, notó por primera vez que no eran bastante aseados y la
+inaudita estupidez é inconveniencia de irse á pasear al Luxemburgo
+con su vestido de «todos los días»; es decir, con un sombrero roto
+por el ala, con botinas gruesas como de carretero, un pantalón negro
+emblanquecido por las rodillas, y una levita negra, pálida por los
+codos.
+
+
+
+
+ IV
+ =Principio de una grande enfermedad=
+
+
+Al día siguiente, á la hora acostumbrada, Mario sacó de su armario su
+frac nuevo, su pantalón nuevo, su sombrero nuevo y sus botas nuevas.
+Revistióse de esta panoplia completa, calzóse guantes, lujo prodigioso,
+y se fué al Luxemburgo.
+
+En el camino se encontró á Courfeyrac, y fingió no verle. Courfeyrac,
+al volver á su casa, dijo á sus amigos:
+
+--Acabo de encontrarme el sombrero nuevo y el frac nuevo de Mario,
+y á Mario dentro. Sin duda iba á dar un examen, porque su aire era
+completamente estúpido.
+
+Llegado Mario al Luxemburgo, dió la vuelta al estanque, miró los
+cisnes, luego permaneció largo rato contemplando una estatua que tenía
+la cabeza enteramente negra de moho, y á la cual faltaba una cadera.
+Cerca del estanque había un caballero como de cuarenta años y abdomen
+prominente, que llevaba de la mano un niño de cinco años, y le decía:
+evita los excesos. Mantente, hijo mío, á igual distancia del despotismo
+y de la anarquía. Mario escuchó á aquel hombre; luego dió todavía
+otra vuelta al estanque; y por fin se encaminó hacia «su alameda»
+lentamente, y como á su pesar. Hubiérase dicho que se veía á un tiempo
+obligado y retenido por impulsos contrarios. Él no se daba cuenta de
+todo aquello, y creía hacer lo que los otros días.
+
+Al desembocar en la alameda, divisó al otro extremo «en su banco» al
+señor Leblanc y la joven. Abotonóse el frac de arriba abajo, le estiró
+por el pecho y espalda para que no hiciese arrugas, examinó con cierta
+complacencia los reflejos lustrosos de su pantalón, y se dirigió al
+banco. Había algo de ataque en aquella marcha, y hasta cierto aire de
+conquista. Digo, pues, que se dirigió al banco, como podría decir:
+Aníbal marchaba sobre Roma.
+
+Por lo demás, todos sus movimientos eran maquinales, y las ocupaciones
+habituales de su imaginación y de sus trabajos no habían sufrido
+interrupción alguna. Pensaba, en aquel momento, que el _Manual del
+bachillerato_ era un libro estúpido, y que era preciso que le hubiesen
+compuesto personas extremadamente sandías, para que en él se analicen
+como obras maestras del espíritu humano, tres tragedias de Racine, y
+sólo una comedia de Molière. Silbábanle fuertemente los oídos; y al
+acercarse al banco, volvió á estirar las arrugas de su frac, y sus
+ojos se fijaron en la joven, pareciéndole que llenaba de una vaga luz
+azulada toda la extremidad de la alameda.
+
+Á medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado que hubo
+á cierta distancia del banco, mucho antes de estar al final de la
+alameda, se detuvo, y ni él mismo pudo darse cuenta de cómo fué; pero
+es lo cierto que retrocedió en dirección opuesta á la que llevaba. Ni
+aún advirtió siquiera que no recorría todo el paseo. La joven apenas
+pudo verle de lejos, y hacerse cargo del buen efecto que producía con
+su vestido nuevo. Sin embargo, él caminaba muy tieso para tener buena
+apariencia, si por casualidad le mirase alguien que estuviese detrás.
+
+Llegó al extremo opuesto, luego volvió; pero esta vez se acercó un
+poco más al banco. Aproximóse hasta la distancia de tres intervalos de
+árboles; pero allí sintió cierta imposibilidad de seguir adelante, y
+vaciló. Creyó ver el rostro de la joven volverse hacia él; sin embargo,
+hizo un esfuerzo enérgico y violento, dominó su vacilación, y continuó
+avanzando. Algunos segundos después pasaba por delante del banco, tieso
+y firme, encarnado hasta las orejas, sin atreverse á mirar ni á la
+derecha ni á la izquierda, con la mano metida entre los botones del
+frac, como un hombre de Estado. Al pasar bajo los fuegos de la plaza,
+sintió latirle fuertemente el corazón. Ella vestía, como la víspera,
+su lindo traje de damasco y su sombrero de crespón. Mario oyó una voz
+inefable, que debió ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Estaba muy
+hermosa. Él lo conocía, aunque no procuraba verlo.--No podría ella
+dejar de estimarme y considerarme, pensaba Mario, si supiese que soy
+yo el verdadero autor de la disertación sobre el escudero Marcos de
+Obregón, que Francisco de Neufchâteau ha puesto, como de su cosecha, al
+frente de su edición del _Gil Blas_.
+
+Pasó el banco, llegó hasta el extremo de la alameda, que estaba muy
+próximo, después volvió y cruzó nuevamente por delante de la linda
+joven. Esta vez estaba muy pálido. Por lo demás, todo cuanto sentía le
+era desagradable. Alejóse del banco y de la joven, y como, aún vuelto
+de espaldas, creía que le miraba, esto le hacía tropezar.
+
+No trató de acercarse nuevamente al banco; detúvose á la mitad de la
+calle, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, dando miradas de reojo
+á un lado y otro, y pensando en las mas recónditas profundidades de
+su espíritu, que al fin y á la postre era difícil que la persona
+cuyo sombrero blanco y vestido negro admiraba, fuése absolutamente
+insensible á su lustroso pantalón y á su frac nuevo.
+
+Al cabo de un cuarto de hora se levantó como si fuera á comenzar de
+nuevo su paseo en dirección á aquel banco, que aparecía rodeado de una
+aureola. Quedóse, sin embargo, plantado é inmóvil.
+
+Por la primera vez desde hacía quince meses, se dijo á sí mismo que
+aquel señor, que se sentaba allí todos los días con su hija, habría
+reparado sin duda en él, y que le habría parecido probablemente extraña
+su asiduidad.
+
+Por la primera vez también conoció que era algo irrespetuoso designar á
+aquel desconocido, aún en el secreto de su pensamiento, con el apodo de
+Leblanc.
+
+Permaneció, pues, algunos minutos con la cabeza baja, haciendo dibujos
+en la arena con una varita que tenía en la mano.
+
+Después se volvió bruscamente al lado opuesto al banco del señor
+Leblanc y de su hija, marchándose á casa.
+
+Aquel día se olvidó de ir á comer. Á las ocho de la noche se acordó de
+ello; y siendo ya muy tarde para bajar á la calle de Santiago, ¡bah!
+exclamó, y comióse un pedazo de pan.
+
+No se acostó sino después de haber cepillado su traje y de haberle
+doblado cuidadosamente.
+
+
+
+
+ V
+ =Caen varios rayos sobre la tía Bougón=
+
+
+Al día siguiente, la tía Bougón, pues así llamaba Courfeyrac á la
+portera, inquilina principal y criada de la casucha de Gorbeau (en
+realidad se llamaba la tía Bourgón, como ya hemos dicho; pero el
+tarambana de Courfeyrac nada respetaba), la tía Bougón, decimos,
+observó estupefacta que el señorito Mario salía otra vez con su vestido
+nuevo.
+
+Volvió al Luxemburgo, pero no pasó del banco que estaba á la mitad de
+la alameda. Sentóse allí, como la víspera, meditando de lejos y viendo
+distintamente el sombrero blanco, el traje negro, y sobre todo, la
+claridad azulada. No se movió de allí, y no volvió á su casa hasta que
+se cerraron las puertas del Luxemburgo. No viendo retirarse al señor
+Leblanc y á su hija, dedujo de ello que habían salido del jardín por la
+verja de la calle del Oeste. Posteriormente, algunas semanas después,
+cuando lo recordaba, no pudo nunca hacer memoria donde había comido
+aquella tarde.
+
+Al día siguiente, era el tercero, la tía Bougón quedó deslumbrada
+nuevamente; Mario salió con su vestido nuevo.--¡Tres días
+seguidos!-exclamó la portera.
+
+Y trató de seguirle; pero Mario andaba muy deprisa y á grandes pasos;
+era pues aquello como si un hipopótamo tratase de seguir á un corzo.
+Perdióle de vista á los dos minutos, volviéndose sofocada, casi
+asfixiada por su asma, y furiosa.--¡Habráse visto!--exclamaba.--¡Hay
+valor para ponerse la ropa nueva todos los días y hacer correr así á
+las gentes!
+
+Mario se había dirigido al Luxemburgo. La joven estaba allí con el
+señor Leblanc. Mario se acercó lo más que pudo, aparentando leer en un
+libro, pero permaneció todavía muy lejos; luego volvió á sentarse en
+su banco, donde pasó cuatro horas mirando saltar en la alameda á los
+bulliciosos gorriones, que le parecía que se burlaban de él.
+
+Así se pasaron quince días. Mario iba al Luxemburgo, no para pasear,
+sino para sentarse siempre en el mismo sitio; y sin saber por qué,
+luego que llegaba allí no se movía. Todas las mañanas se ponía su
+vestido nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente repetía la
+operación.
+
+Decididamente, era ella una hermosura maravillosa. La única observación
+que pudiera hacerse, parecida á una crítica, es que la contradicción
+que existía entre su mirada, que era triste, y su sonrisa, que era
+alegre, daba á su rostro un aspecto como extraviado, lo cual hacía que
+en ciertos momentos aquella dulce fisonomía pareciese extraña sin dejar
+de ser admirable.
+
+
+
+
+ VI
+ =Aprisionado=
+
+
+Uno de los últimos días de la segunda semana, Mario estaba, como de
+costumbre, sentado en su banco, teniendo en la mano un libro abierto,
+del cual hacía dos horas que no había vuelto una hoja. De repente se
+estremeció; al final de la alameda se verificaba un acontecimiento.
+
+El señor Leblanc y su hija acababan de levantarse; la hija había tomado
+el brazo del padre, y ambos se dirigieron lentamente hacia el medio del
+paseo, donde estaba Mario. Éste cerró su libro, luego le abrió de nuevo
+y procuró leer; temblaba; la aureola iba recta hacia él. ¡Ay, Dios mío!
+pensaba. No me va á dar tiempo para tomar una postura conveniente.
+En tanto, el hombre de los cabellos blancos y la joven continuaban
+avanzando. Parecíale que aquello duraba siglos, cuando en realidad sólo
+habían pasado algunos segundos. ¿Qué vendrán á hacer? se preguntaba.
+¡Cómo! ¿Va á venir por aquí? ¿Sus pies van á pisar esta arena, en esta
+calle, á dos pasos de mí? Estaba completamente trastornado; hubiera
+querido en aquel instante ser hermoso, y ostentar alguna condecoración.
+Oía aproximarse el ruido dulce y mesurado de sus pasos. Figurábase
+que el señor Leblanc le dirigía miradas irritadas. «¿Irá á hablarme
+este caballero?» pensaba. Bajó la cabeza. Cuando la levantó, estaban
+enteramente junto á él. La joven pasó, y al pasar le miró. Le miró
+fijamente con cierta dulzura reflexiva, que hizo estremecer á Mario
+de la cabeza á los pies. Parecióle que le reconvenía por haber estado
+tanto tiempo sin acercársele, y que le decía: «Yo soy quien viene».
+Mario quedó deslumbrado ante aquellas pupilas llenas de rayos y de
+abismos.
+
+Sentía arder una hoguera en su cerebro. Ella se le había acercado;
+¡qué alegría! Y luego, ¡cómo le había mirado! Le pareció más bella que
+nunca. Bella, con una hermosura á la par femenil y angélica; con una
+belleza completa que hubiera hecho cantar al Petrarca y arrodillar al
+Dante. Le parecía estar nadando en pleno cielo azul. Al mismo tiempo
+estaba horriblemente contrariado, porque tenía empolvadas las botas.
+
+Creía estar seguro de que ella había visto también sus botas.
+
+La siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido. Luego se puso
+á pasear por el Luxemburgo como un loco. Es probable que á ratos se
+riera solo, y hablase en voz alta. Pasaba tan ensimismado junto á las
+niñeras, que cada una le creía enamorado de ella.
+
+Salió del Luxemburgo, esperando encontrarla en alguna calle.
+
+Cruzóse con Courfeyrac bajo los arcos del Odeón, y le dijo:--Vente á
+comer conmigo.--Fuéronse á casa Rousseau y gastaron seis francos. Mario
+comió como un buitre, y dió seis sueldos de propina al mozo. Á los
+postres dijo á Courfeyrac:--¿Has leído el diario? ¡Qué buen discurso ha
+hecho Audry de Puyraveau!
+
+Estaba perdidamente enamorado.
+
+Después de comer dijo á Courfeyrac:--Te convido al teatro.--Y se fueron
+á la Puerta de San Martín á ver á Federico Lemaitre en _el Castillo de
+San Alberto_.
+
+Mario se divirtió muchísimo.
+
+Al mismo tiempo redoblóse en alto grado su esquivez. Al salir del
+teatro se negó á mirarle la liga á una modistilla que saltaba un
+arroyuelo, y Courfeyrac diciendo: _De buena gana aumentaría mi
+colección con esta chica_. Llegó á horrorizarle.
+
+Courfeyrac le había convidado á almorzar al día siguiente en el
+café Voltaire. Mario aceptó, y comió aun más que en la víspera.
+Estuvo á un mismo tiempo reflexivo y alegrísimo. Hubiérase dicho que
+aprovechaba todas las ocasiones de reir á carcajadas, llegando á
+abrazar tiernamente á un provinciano cualquiera que le presentaron.
+Habíase formado en torno de la mesa un círculo de estudiantes; se había
+hablado de las tonterías pagadas por el Estado, que se arrojan desde la
+cátedra en la Sorbona; luego la conversación recayó sobre las faltas y
+vacíos de los diccionarios y prosodias de Quicherat. Mario interrumpió
+la discusión para exclamar: Sin embargo, es muy agradable tener una
+condecoración.
+
+--¡Es gracioso!--dijo Courfeyrac por lo bajo á Juan Prouvaire.
+
+--No,--respondió Juan Prouvaire;--al contrario, es serio.
+
+Y era serio en efecto. Mario se hallaba en aquella primera hora
+violenta y encantadora en que comienzan las grandes pasiones.
+
+Una mirada había causado todo aquello.
+
+Cuando la mina está cargada, cuando el combustible está pronto, nada
+hay más sencillo. Una mirada es una chispa.
+
+La suerte estaba echada. Mario amaba á una mujer; su destino entraba en
+lo desconocido.
+
+La mirada de las mujeres se parece á ciertos rodajes, tranquilos en
+la apariencia, pero formidables. Pasamos á su lado todos los días
+tranquila é impunemente y sin la menor sospecha. Llega un momento en
+que hasta nos olvidamos de que aquello está allí. Se va, se viene, se
+sueña, se habla, se ríe. ¡De pronto nos sentimos cogidos! Todo acabó.
+La rueda nos detiene; la mirada nos ha hecho prisioneros.
+
+Nos ha cogido, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera
+de nuestro pensamiento que vagaba sin objeto; por una distracción
+que hemos sufrido. Estamos perdidos. Recorreremos por completo toda
+la máquina, se apodera de nosotros un encadenamiento de fuerzas
+misteriosas, y luchamos en vano. No hay socorro humano posible. Vamos
+á caer de engranaje en engranaje, de angustia en angustia, de tortura
+en tortura, nosotros, nuestra imaginación, nuestra fortuna, nuestro
+porvenir, nuestra alma; y según que nos hallemos en poder de una
+criatura malvada ó de un corazón noble, no saldremos de la espantosa
+máquina sino desfigurados por la vergüenza, ó trasfiguradas por la
+pasión.
+
+
+
+
+ VII
+ =Aventuras de la letra U dentro las conjeturas=
+
+
+El aislamiento, el desapego de todo, la altivez, la independencia, la
+inclinación á las bellezas naturales, la falta de actividad cotidiana
+y material, la vida retraída, las luchas secretas de la castidad y el
+éxtasis benévolo ante la creación entera, habían preparado á Mario
+para ser poseído de ese espíritu que se llama la pasión. El culto por
+su padre había llegado poco á poco á ser una religión, y como toda
+religión, se había retirado al fondo de su alma. Faltaba algo en primer
+término, y vino el amor.
+
+Pasó un mes largo, durante el cual Mario fué todos los días al
+Luxemburgo. Al llegar la hora nada bastaba á detenerle. «Está de
+servicio», decía Courfeyrac. Mario vivía en continuo éxtasis; es verdad
+que la joven le miraba.
+
+Había acabado por atreverse, y se aproximaba al banco. Sin embargo no
+pasaba por delante, obedeciendo á la vez al instinto de timidez y al
+instinto de prudencia propios de los enamorados. Creía conveniente
+no llamar «la atención del padre». Combinaba sus paradas detrás de
+los árboles y de los pedestales de las estatuas con un maquiavelismo
+profundo, para mostrarse todo lo posible á la joven y dejarse ver lo
+menos que podía del hombre de los cabellos blancos. Á veces permanecía
+inmóvil más de una hora á la sombra de Leónidas ó de un Espartaco
+cualquiera, teniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos,
+tiernamente levantados, iban á buscar á la hermosa joven, la cual,
+por su parte, volvía hacia él con vaga sonrisa su perfil encantador.
+Hablando lo más natural y lo más tranquilamente del mundo con el
+hombre de los cabellos blancos, lanzaba sobre Mario los misteriosos
+rayos de una mirada virginal y apasionada. Antiquísima é inmemorial
+maña que tuvo Eva desde el primer día del mundo, y que toda mujer posee
+desde el primer día de su vida. Su boca contestaba al uno, y su mirada
+al otro.
+
+Es preciso creer, sin embargo, que el señor Leblanc había acabado
+por notar algo porque frecuentemente, al ver á Mario, se levantaba
+prosiguiendo el paseo.
+
+Había abandonado su sitio acostumbrado, escogiendo al extremo opuesto
+de la alameda el banco inmediato al Gladiador, como para ver si Mario
+les seguiría también. Mario no comprendió aquel juego, y cometió esa
+falta. «El padre» empezó á no ser tan puntual como antes al paseo, y
+á no llevar consigo todos los días á su hija. Algunas veces iba solo;
+entonces Mario se marchaba. Otra falta.
+
+Mario no se fijaba en aquellos síntomas. De la fase de la timidez había
+pasado, progreso natural y fatal, á la fase de la ceguedad. Su amor
+iba creciendo; soñaba con él todas las noches; y además había tenido
+una dicha inesperada, que fué como aceite sobre fuego, redoblando las
+tinieblas en derredor de sus ojos. Una tarde, al anochecer, había
+hallado en el banco que «el señor Leblanc y su hija» acababan de
+abandonar un pañuelo; un pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco,
+fino, y que le pareció que exhalaba inefables perfumes. Apoderóse de él
+con transporte. Este pañuelo estaba marcado con las letras U. F. Mario
+no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su nombre,
+ni su casa; estas dos letras eran la primera noticia que de ella tenía;
+adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente á formar
+conjeturas. U era evidentemente la inicial del nombre. ¡Úrsula! pensó.
+¡Qué nombre más hermoso! Besó el pañuelo, le aspiró, le puso sobre su
+corazón, sobre su carne durante el día, y por la noche bajo sus labios
+para dormirse.
+
+--¡Siento palpitar en él toda su alma!--exclamaba.
+
+Aquel pañuelo era sencillamente del anciano, que se le había caído del
+bolsillo.
+
+Los días que siguieron á este hallazgo, Mario se presentó en el
+Luxemburgo besando el pañuelo y estrechándole contra su corazón.
+La hermosa joven nada comprendía de aquella pantomima, y así se lo
+manifestaba por medio de señas imperceptibles.
+
+--¡Oh pudor!--decía Mario.
+
+
+
+
+ VIII
+ =Hasta los inválidos pueden ser felices=
+
+
+Ya que hemos pronunciado la palabra pudor, y ya que nada ocultamos,
+debemos decir que cierta vez, sin embargo, á través de sus éxtasis,
+experimentó Mario de parte de «su Úrsula» una ofensa muy seria. Fué
+uno de esos días en que la joven hacía levantar al señor Leblanc y
+pasear por la alameda.
+
+Una fresca brisa de mayo agitaba las copas de los plátanos. El padre y
+la hija, cogidos del brazo, acababan de pasar por delante del banco de
+Mario, el cual, levantándose enseguida, los siguió con la vista de una
+manera correspondiente á la apasionada situación de su ánimo.
+
+De pronto una ráfaga de viento, algo más juguetona que las otras,
+encargada sin duda de los negocios de la primavera, levantó el vuelo
+desde el vivero, abatióse sobre la alameda, envolviendo á la joven en
+un encantador estremecimiento digno de las ninfas de Virgilio y de los
+faunos de Teócrito, atreviéndose á levantar su vestido, aquel vestido
+más sagrado que la túnica de Isis, casi hasta la altura de la liga,
+dejando instantáneamente al descubierto, una pierna de forma exquisita.
+Mario la vió. Aquel espectáculo le exasperó y puso fuera de sí.
+
+La joven bajó rápidamente el vestido con un movimiento de espanto
+encantador; pero no por eso se indignó menos Mario. Estaba sólo en la
+alameda, es verdad, pero podía haber habido alguien. ¿Y si hubiera
+habido alguno? ¿Compréndese algo parecido? Era horrible lo que acababa
+de hacer la joven. ¡Ay! La pobre nada había hecho; no había más que un
+culpable, era el viento. Pero Mario, en quien rugía confusamente el
+Bartolo que hay en Querubín, estaba determinado á disgustarse, y sentía
+celos hasta de su sombra. Así es cómo se despiertan en el corazón
+humano, y se imponen, aún sin derecho, los acres y extraños celos de
+la carne. Por lo demás, y aún prescindiendo de los celos, la vista de
+aquella graciosa pierna no había tenido para él nada de agradable;
+la media blanca de la primera mujer que hubiese encontrado le habría
+causado mayor placer.
+
+Cuando «su Úrsula», después de haber llegado al extremo de la alameda,
+volvió á pasar acompañada del señor Leblanc por delante del banco donde
+se había sentado de nuevo Mario, éste le dirigió una mirada irritada y
+feroz. La joven se encogió de hombros y arqueó ligeramente las cejas,
+con esa expresión que significa: «¡Qué tendrá!».
+
+Éste fué «su primer disgusto».
+
+Apenas acababa Mario de tener con ella esta escena de miradas, cuando
+una persona atravesó la alameda. Era un inválido encorvado, arrugado y
+encanecido, con uniforme del tiempo de Luis XV, que llevaba al pecho la
+pequeña placa ovalada de paño encarnado, con espadas cruzadas, cruz de
+San Luis del soldado, é iba adornado además de una manga de uniforme
+sin brazo dentro, una barba de plata y una pierna de palo. Mario creyó
+notar que aquel ser tenía el aire extremadamente satisfecho. Hasta le
+pareció que el tal viejo cínico, al pasar cojeando junto á él, le había
+dirigido un guiño demasiado familiar y gozoso, como si una casualidad
+cualquiera hubiera hecho que estuviesen de inteligencia, así tan
+contento aquel resto de Marte? ¿Qué había pasado entre aquella pierna
+de palo y la otra? Mario llegó al colmo de los celos. ¡Tal vez estaba
+ahí! dijo. ¡Y tal vez ha visto! Y le entraron ganas de exterminar al
+inválido. Andando el tiempo todo se olvida; la cólera de Mario contra
+«Úrsula» por justa y por legítima que fuése, pasó. Acabó por perdonar;
+pero tuvo que hacer un grande esfuerzo, y se manifestó irritado durante
+tres días. Sin embargo, al través de todo aquello, y á causa de todo lo
+demás, la pasión crecía, llegando á la locura.
+
+
+
+
+ IX
+ =Eclipse=
+
+
+Acabamos de ver cómo Mario había descubierto, ó creído descubrir, que
+ella se llamaba Úrsula.
+
+Comiendo se abre el apetito. Saber que se llamaba Úrsula había sido
+mucho, y ya era poco. Mario en tres ó cuatro semanas devoró aquella
+felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía.
+
+Había cometido su primera falta: caer en la emboscada del banco del
+Gladiador. Había cometido la segunda: no permanecer en el Luxemburgo
+cuando iba solo el señor Leblanc. Cometió la tercera, que fué inmensa:
+siguió á Úrsula. Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos
+frecuentado, en una casa nueva de tres pisos, de modesta apariencia.
+Desde aquel momento, Mario añadió á su dicha de verla en el Luxemburgo,
+la de seguirla hasta su casa. Su hambre iba en aumento. Sabía cómo se
+llamaba, á lo menos de nombre; nombre lindísimo, verdadero nombre de
+mujer. Sabía también dónde vivía; quiso saber quién era.
+
+Una noche, después de seguir al padre y á la hija hasta su casa, luego
+que los vió desaparecer tras de la puerta cochera, entróse siguiéndolos
+y preguntó muy resuelto al portero:
+
+--¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar?
+
+--No,--respondió el portero.--Es el inquilino del tercero.
+
+Había ya dado otro paso; este triunfo, fácilmente conseguido, alentó á
+Mario.
+
+--¿Interior ó exterior?--preguntó.
+
+--La casa no tiene más que vistas á la calle,--contestó el portero.
+
+--¿Y cuál es la profesión de ese caballero?--repuso Mario.
+
+--Es rentista, caballero; hombre bueno, si los hay, y muy caritativo,
+que hace mucho bien á los pobres, aún cuando no es rico.
+
+--¿Cómo se llama?--interrogó Mario.
+
+El portero alzó la cabeza, y dijo:
+
+--¿Sois acaso de la policía?
+
+Mario se fué algo amoscado, pero contentísimo. Adelantaba.
+
+--Bueno,--pensó;--sé que se llama Úrsula, que es hija de un rentista, y
+que vive aquí, en el piso tercero, calle del Oeste.
+
+Al día siguiente, el señor Leblanc y su hija sólo dieron un paseo
+cortísimo por el Luxemburgo; todavía era muy temprano cuando
+se retiraron. Mario los siguió á la calle del Oeste como tenía
+acostumbrado. Al llegar á la puerta cochera, el señor Leblanc hizo
+pasar primero á su hija, luego se detuvo antes de atravesar el umbral,
+se volvió, y miró fijamente á Mario. Al otro día ya no fueron al
+Luxemburgo, y Mario esperó en balde toda la tarde.
+
+Entrada la noche, fué á la calle del Oeste, vió luz en las ventanas del
+tercer piso, y se estuvo paseando por la calle hasta que se apagó la
+luz.
+
+Al siguiente día tampoco fueron al Luxemburgo. Mario esperó toda la
+tarde, y luego fué á ponerse de centinela nocturno bajo las ventanas.
+Esto le entretenía hasta las diez de la noche. Su comida no tenía ni
+período ni sustancia fija. La fiebre alimenta al enfermo, y el amor
+al enamorado. Así se pasaron ocho días. El señor Leblanc y su hija
+no volvieron á parecer por el Luxemburgo. Mario, formando tristes
+conjeturas, no se atrevía á espiar la puerta cochera durante el día.
+Contentábase con ir de noche á contemplar la claridad rojiza de los
+cristales. Veía de cuando en cuando pasar algunas sombras y le latía el
+corazón.
+
+Al octavo día, cuando llegó al pie de las ventanas no había luz en
+ellas. ¡Calla! exclamó. Todavía no han encendido luz, y sin embargo, es
+ya muy de noche. ¿Habrán salido? Esperó hasta las diez, hasta las doce,
+hasta la una, pero no se encendió ninguna luz detrás de las vidrieras
+del tercer piso, ni entró nadie en la casa. Se fué, pues, tristísimo.
+
+Á la mañana siguiente (porque no vivía sino de mañanas sucesivas, ni
+había, por así decirlo, hoy para él), al día siguiente, no vió á nadie
+en el Luxemburgo, aunque lo esperaba. Al anochecer se fué á la casa.
+
+No se veía luz en las ventanas; las persianas estaban cerradas; el piso
+estaba completamente á oscuras.
+
+Mario llamó á la puerta cochera, entró, y dijo al portero:
+
+--¿El señor del piso tercero?
+
+--Ha desocupado,--contestó el portero.
+
+Mario vaciló, y preguntó débilmente:
+
+--¿Desde cuándo?
+
+--Desde ayer.
+
+--¿Adónde ha ido á parar?
+
+--No lo sé.
+
+--¿No ha dejado su nueva dirección?
+
+--No.
+
+Y el portero, levantando la nariz y reconociendo á Mario:
+
+--¡Calle!--dijo.--¡Sois vos! ¿Es decir que decididamente sois de
+policía?
+
+
+ FIN DEL TOMO PRIMERO
+
+
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75739 ***
diff --git a/75739-h/75739-h.htm b/75739-h/75739-h.htm
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+ Los Miserables | Project Gutenberg
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+
+/* Footnotes */
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+
+/* Poetry */
+/* uncomment the next line for centered poetry */
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+.poetry {text-align: left; margin-left: 5%; margin-right: 5%;}
+
+
+/* Transcriber's notes */
+ .tnote {border: dashed 1px; margin-left: 10%;
+ margin-right: 10%; padding-bottom: 2em; padding-top: 2em;
+ padding-left: 2em; padding-right: 2em; margin-top: 4em; margin-bottom: 4em; }
+
+/* Illustration classes */
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+<div style='text-align:center'>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75739 ***</div>
+
+<figure class="figcenter illowe45" id="cover">
+ <img class="w100" src="images/cover.jpg" alt="cubierta" title="cover">
+</figure>
+
+<div class="chapter">
+<div class="tnote">
+ <p class="center big2 p2">NOTAS DEL TRANSCRIPTOR</p>
+
+
+<p class="p1">En la versión de texto sin formatear el texto en <em>cursiva</em> está encerrado
+entre guiones bajos (_cursiva_), el texto en <b>negritas</b> está marcado =así= y
+el texto en <span class="smcap">Versalitas</span> está marcado en MAYÚSCULAS.</p>
+
+<p>El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido en
+general el de respetar las reglas vigentes de la Real Academia Española
+cuando la presente edición de esta obra fue publicada. El lector
+interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la
+Real Academia Española.</p>
+
+<p>En el siglo XIX, fecha en que se tradujo la presente obra, era una
+costumbre muy habitual la utilización de los pronombres enclíticos.
+Los pronombres enclíticos son los pronombres personales que aparecen
+pospuestos cuando se adjuntan al verbo. En el español actual se
+adjuntan sólo a los infinitivos, a los gerundios y a los imperativos
+afirmativos. Durante la transcripción de esta obra se respetó la
+utilización de los pronombres enclíticos independientemente del modo
+verbal, salvo en el caso del pretérito indefinido, modo indicativo, del
+verbo "ir" (fue). Se prefirió cambiar "fuese" en este modo verbal por
+"se fue" porque "fuese" también es la forma de los verbos "ir" y "ser"
+en pretérito, modo subjuntivo, y se consideró que esa circunstancia,
+producto de una costumbre no fundada en el uso correcto de la lengua,
+podría llegar a generar alguna confusión en la interpretación correcta
+del texto.</p>
+
+<p>Se ha respetado el tilde en las palabras llanas generadas por el uso
+de pronombres enclíticos ya que cuando la obra fue publicada dicha
+acentuación era correcta según las reglas de la lengua.</p>
+
+<p>En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
+acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el
+acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está
+en mayúsculas.</p>
+
+<p>El traductor ha traducido "sous" (vigésima parte de un franco) del
+francés a "sueldo", lo cual es correcto, ya que "sueldo", además de
+"salario", en español se refiere a moneda, de distinto valor según los
+tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.</p>
+
+<p>El Índice y la lista de ilustraciones han sido reubicados al
+principio de la obra.</p>
+
+<p>La lista de las ilustraciones contenidas en la edición impresa de
+la obra no coincide con las ilustraciones incluidas en las imágenes
+que fueron utilizadas para generar el texto de la presente versión
+electrónica. En las ilustraciones incluidas con estas imágenes, en el
+frontispicio hay un retrato del autor, que no está listado; mientras
+que lo que figura como cubierta en la página 3 de dicha lista
+posiblemente sea la cubierta original de la edición impresa.</p>
+
+<p>Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores
+tipográficos y de ortografía.</p>
+
+<p>La portada incluida en este libro electrónico fue modificada por el
+transcriptor y se concede al dominio público.</p>
+
+<p>El transcriptor quiere expresar su agradecimento a quienes, con sus
+opiniones en el foro del proyecto, ayudaron a aclarar algunos puntos
+importantes.</p>
+
+</div>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<hr class="tb x-ebookmaker-drop">
+</div>
+
+<p class="half-title">LOS MISERABLES</p>
+
+<div class="chapter">
+<figure class="figcenter illowe25" id="v_hugo">
+ <img class="w100 p4" src="images/v-hugo.jpg" alt="frontisilo" title="ilofrontis">
+ <figcaption class="caption p2b">Víctor Hugo</figcaption>
+</figure>
+</div>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_3">[Pg 3]</span></p>
+
+<div class="chapter">
+<figure class="figcenter illowe25" id="frontis">
+ <img class="w100 p4" src="images/frontis.jpg" alt="titlepageilo" title="ilotp">
+ <figcaption class="caption p2b">LOS MISERABLES Por Víctor Hugo</figcaption>
+</figure>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_4">[Pg 4]</span></p>
+<br>
+<br>
+
+<h1>LOS MISERABLES</h1>
+<br>
+<p class="center">POR</p>
+<br>
+<p class="center big3">VÍCTOR HUGO</p>
+<br>
+<p class="center"><em>Edición adornada con láminas al cromo y grabados intercalados en el texto</em></p>
+<br>
+<p class="center">VERSIÓN ESPAÑOLA<br>
+DE</p>
+<br>
+<p class="center big2">J. A. R.</p>
+<br>
+<p class="center">TOMO I</p>
+
+<p class="center p4">BARCELONA<br>
+<p class="center big1">Casa Editorial «MAUCCI»<br>
+<span class="smcap"><small>296, Consejo de Ciento, 296</small></span><br>
+1897</p>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<p class="center big3 p4">ÍNDICE<br>
+<small>DE LO QUE CONTIENE ESTE PRIMER TOMO</small></p>
+
+<table class="autotable">
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big2">PRIMERA PARTE<br>
+FANTINA</td>
+<td class="tdl"></td>
+ </tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO PRIMERO.—<small>UN JUSTO</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdl"></td>
+<td class="tdr">Pág.</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">El señor Myriel</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_5">5</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">El señor Myriel vuélvese monseñor Bienvenido</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_8">8</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Á buen obispo, mal obispado</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_12">12</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Obras como palabras</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_14">14</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo sus sotanas</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_20">20</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Por quien hacía Su Ilustrísima guardar su casa</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_22">22</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Cravatte</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_27">27</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Filosofía después de beber</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_30">30</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">El hermano explicado por la hermana</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_33">33</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">X</td>
+<td class="tdl">El obispo en presencia de una luz desconocida</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_36">36</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XI</td>
+<td class="tdl">Una restricción</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_46">46</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XII</td>
+<td class="tdl">Aislamiento de monseñor Bienvenido</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_49">49</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XIII</td>
+<td class="tdl">Sus creencias</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_52">52</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XIV</td>
+<td class="tdl">Lo que él pensaba</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_55">55</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO SEGUNDO.—<small>LA CAÍDA</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">La tarde de un día de marcha</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_57">57</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">La prudencia aconseja á la sabiduría</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_67">67</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Heroísmo de la obediencia pasiva</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_71">71</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Detalles acerca de las queserías de Pontarlier</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_75">75</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Calma</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_78">78</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Juan Valjean</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_79">79</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">La desesperación por dentro</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_83">83</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Ola y sombra</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_89">89</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">Nuevos agravios</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_91">91</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">X</td>
+<td class="tdl">El hombre desvelado</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_92">92</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XI</td>
+<td class="tdl">Lo que hacía</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_94">94</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XII</td>
+<td class="tdl">El obispo trabaja</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_97">97</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XIII</td>
+<td class="tdl">Gervasillo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_100">100</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO TERCERO.—<small>EN EL AÑO 1817</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">El año 1817</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_107">107</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Doble cuarteto</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_112">112</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Cuatro y cuarto</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_115">115</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_118">118</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">En casa de Bombarda</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_120">120</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Capítulo de amor</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_122">122</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Sabiduría de Tholomyés</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_124">124</a> </td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Muerte de un caballo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_128">128</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XI</td>
+<td class="tdl">Gracioso fin de la alegría</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_130">130</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO CUARTO—<small>CONFIAR ES CASI SIEMPRE ABANDONARSE</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Una madre que se encuentra con otra</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_133">133</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Primer esbozo de dos figuras sombrías</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_140">140</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">La alondra</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_141">141</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO QUINTO.—<small>DESCENSO</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_144">144</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Magdalena</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_145">145</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Sumas depositadas en casa Laffitte</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_148">148</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">El señor Magdalena de luto</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_150">150</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Vagos relámpagos en el horizonte</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_152">152</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Fauchelevent</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_156">156</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Fauchelevent, jardinero en París</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_158">158</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_159">159</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">Triunfo de la señora Victurnien</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_162">162</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">X</td>
+<td class="tdl">Prosigue el triunfo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_164">164</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XI</td>
+<td class="tdl">Christus nos liberavit</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_168">168</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XII</td>
+<td class="tdl">La ociosidad del señor Bomatabois</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_169">169</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XIII</td>
+<td class="tdl">Solución de algunas cuestiones de policía municipal</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_171">171</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO SEXTO.—<small>JAVERT</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Principio del reposo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_178">178</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">De cómo Juan puede llegar á ser champ</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_181">181</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO SÉPTIMO.—<small>LA CAUSA CHAMPMATHIEU</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Sor Simplicia</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_189">189</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Perspicacia de Maese Scaufflaire</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_191">191</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Una tempestad bajo un cráneo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_195">195</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Formas que toma el sufrimiento durante el sueño</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_210">210</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Los rayos de las ruedas</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_213">213</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Sor Simplicia puesta á prueba</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_222">222</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_228">228</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Entrada de favor</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_231">231</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">Lugar en el cual van formándose las convicciones</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_234">234</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">X</td>
+<td class="tdl">El sistema de negativas</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_239">239</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XI</td>
+<td class="tdl">Champmathieu más y más asombrado</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_245">245</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO OCTAVO.—<small>RETROCESO</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_249">249</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Fantina dichosa</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_251">251</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Javert contento</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_254">254</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">La autoridad recobra sus derechos</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_257">257</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Tumba apropiada</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_260">260</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big2">SEGUNDA PARTE<br>
+COSETTE</td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO PRIMERO.—<small>WATERLOO</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Lo que se encuentra viniendo de Nivelles</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_265">265</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Hougomont</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_266">266</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">El 18 de junio de 1815</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_272">272</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">A</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_274">274</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">El quid obscurum de las batallas</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_275">275</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Cuatro horas después del medio día</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_278">278</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Napoleón de buen humor</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_280">280</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_285">285</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">Lo inesperado</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_287">287</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">X</td>
+<td class="tdl">La meseta de Mont-Saint Jean</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_290">290</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XI</td>
+<td class="tdl">Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_294">294</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XII</td>
+<td class="tdl">La guardia</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_295">295</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XIII</td>
+<td class="tdl">La catástrofe</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_296">296</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XIV</td>
+<td class="tdl">El último cuadro</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_298">298</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XV</td>
+<td class="tdl">Cambronne</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_299">299</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XVI</td>
+<td class="tdl">¿Quot libras induce?</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_301">301</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XVII</td>
+<td class="tdl">¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_305">305</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XVIII</td>
+<td class="tdl">Recrudescencia del derecho divino</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_306">306</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XIX</td>
+<td class="tdl">El campo de batalla por la noche</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_308">308</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO SEGUNDO.—<small>EL NAVÍO ORIÓN</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">El número 24601 se trueca en el 9430</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_313">313</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Donde se leerán dos versos que son tal vez del diablo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_316">316</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">De por fuerza la cadena del grillete debía haber sufrido alguna<br>
+ operación preparatoria para romperse de un solo martillazo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_319">319</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO TERCERO.—<small>CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">La cuestión del agua en Montfermeil</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_326">326</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Dos retratos completados</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_329">329</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Los hombres necesitan vino, los caballos agua</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_333">333</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Entrada en escena de una muñeca</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_335">335</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">La chiquilla sola</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_336">336</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Donde tal vez se pruebe la inteligencia de Boulatruelle</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_340">340</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Cosette en la sombra junto al desconocido</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_344">344</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_347">347</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">Thénardier maniobrando</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_361">361</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">X</td>
+<td class="tdl">Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_367">367</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XI</td>
+<td class="tdl">Reaparece el número 9430 y Cosette lo gana á la lotería</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_371">371</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO CUARTO.—<small>LA CASUCHA DE GORBEAU</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Maese Gorbeau</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_372">372</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Nido para búho y curruca</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_377">377</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Dos desgracias mezcladas producen la felicidad</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_378">378</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Lo que observó la inquilina principal</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_381">381</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_383">383</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO QUINTO.—<small>Á CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Las sinuosidades de la estrategia</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_386">386</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_388">388</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Véase el plano de París en 1727</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_390">390</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Tentativas de evasión</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_392">392</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Lo que sería imposible con el alumbrado por gas</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_394">394</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Principio de un enigma</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_397">397</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Continuación del enigma</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_399">399</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Auméntase el enigma</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_400">400</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">El hambre del cascabel</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_402">402</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">X</td>
+<td class="tdl">Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_405">405</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO SEXTO.—<small>EL PEQUEÑO-PICPUS</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Callejuela de Picpus, núm. 62</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_412">412</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">La obediencia de Martín Verga</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_414">414</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Severidades</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_420">420</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Alegrías</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_421">421</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Distracciones</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_424">424</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">El convento pequeño</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_428">428</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Algunas siluetas en aquella sombra</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_430">430</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Post corda lapides</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_431">431</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">Un siglo bajo una toca</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_433">433</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">X</td>
+<td class="tdl">Origen de la adoración perpetua</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_434">434</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XI</td>
+<td class="tdl">Fin del pequeño Picpus</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_436">436</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO SÉPTIMO.—<small>PARÉNTESIS</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">El convento: idea abstracta</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_437">437</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">El convento: hecho histórico</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_438">438</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Con qué condición puede respetarse lo pasado</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_440">440</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">El convento bajo el punto de vista de los principios</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_442">442</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">La oración</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_443">443</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Bondad absoluta de la oración</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_444">444</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Precauciones indispensables para condenar</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_446">446</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Fe, ley</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_446">446</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO OCTAVO.—<small>LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Donde se trata de la manera de entrar en un convento</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_448">448</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Fauchelevent ante la dificultad</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_454">454</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">La madre Inocente</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_456">456</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_464">464</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">No basta ser borracho para ser inmortal</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_469">469</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Entre cuatro tablas</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_474">474</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_475">475</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Interrogatorio feliz</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_482">482</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">Clausura</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_484">484</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big2">TERCERA PARTE<br>
+MARIO</td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO PRIMERO.—<small>PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Parvulus</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_490">490</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Algunas de sus señas particulares</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_491">491</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Es divertido</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_492">492</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Puede ser útil</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_492">492</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Sus fronteras</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_493">493</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Un poco de historia</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_495">495</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la lucha</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_496">496</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Donde se leerá una buena frase del último rey</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_498">498</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">El antiguo espíritu de los galos</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_499">499</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">X</td>
+<td class="tdl">Ecce París, ecce homo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_499">499</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XI</td>
+<td class="tdl">Reir es reinar</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_502">502</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XII</td>
+<td class="tdl">El latente porvenir del pueblo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_503">503</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">XIII</td>
+<td class="tdl">El niño Gavroche</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_504">504</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO SEGUNDO.—<small>EL NOBLE BURGUÉS</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Noventa años, y treinta y dos dientes</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_506">506</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Á tal amo, tal casa</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_508">508</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Lucas Espíritu</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_509">509</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Aspirante á centenario</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_509">509</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Vasco y Nicolasita</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_510">510</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_511">511</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Regla: no recibir á nadie más que de noche</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_513">513</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Las dos no hacen pareja</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_513">513</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO TERCERO.—<small>EL ABUELO Y EL NIETO</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Una tertulia antigua</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_515">515</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Uno de los espectros rojos de aquel tiempo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_518">518</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Requiescant</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_523">523</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Fin del bandido</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_529">529</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Utilidad de ir á misa para hacerse revolucionario</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_532">532</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Consecuencias de haber encontrado á un capillero</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_533">533</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Algún amorcillo</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_538">538</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Mármol contra granito</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_542">542</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO CUARTO.—<small>LOS AMIGOS DEL A B C</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_546">546</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_557">557</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Admiraciones de Mario</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_559">559</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">La sala interior del café Musain</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_561">561</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Dilatación del horizonte</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_567">567</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Res augusta</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_570">570</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO QUINTO.—<small>EXCELENCIA DE LA DESGRACIA</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">Mario indigente</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_572">572</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Mario pobre</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_574">574</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Mario crecido</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_576">576</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">El señor Mabeuf</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_580">580</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Pobreza muy próxima á la miseria</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_583">583</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">El sustituto</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_585">585</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;"></td>
+<td class="tdc big1">LIBRO SEXTO.—<small>LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS</small></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">I</td>
+<td class="tdl">El apodo; manera de formar nombres de familia</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_589">589</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">II</td>
+<td class="tdl">Lux facta est</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_591">591</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">III</td>
+<td class="tdl">Efecto de primavera</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_593">593</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IV</td>
+<td class="tdl">Principio de una grande enfermedad</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_594">594</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">V</td>
+<td class="tdl">Caen varios rayos sobre la tía Bougón</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_596">596</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VI</td>
+<td class="tdl">Aprisionado</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_597">597</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VII</td>
+<td class="tdl">Aventuras de la letra U dentro de las conjeturas</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_599">599</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">VIII</td>
+<td class="tdl">Hasta los inválidos pueden ser felices</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_600">600</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1em;">IX</td>
+<td class="tdl">Eclipse</td>
+<td class="tdr"><a href="#Page_602">602</a> </td>
+</tr>
+</table>
+</div>
+
+
+<div class="chapter">
+
+
+
+<p class="center big2 p4">PLANTILLA<br>
+PARA LA COLOCACIÓN DE LAS LÁMINAS DEL TOMO 1.º</p>
+
+<table class="autotable">
+
+<tr>
+<td class="tdl"></td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.0em;">Pág.
+
+<tr>
+<td class="tdl">Víctor Hugo</td>
+<td class="tdr"><a href="#v_hugo">frontis.</a></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Portada</td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;"><a href="#Page_3">3</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">El obispo bendijo la mesa</td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;"><a href="#Page_74">74</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Thénardier robando á los cadáveres, etc.</td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;"><a href="#Page_312">312</a> </td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Ya me dormía—dijo Juan Valjean</td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;"><a href="#Page_479">479</a> </td>
+</tr>
+</table>
+</div>
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >PREFACIO</h2>
+</div>
+
+<div class="blockquot">
+<p><em>Mientras exista, por la fuerza de las leyes y de las costumbres el peligroso vicio social
+de crear infiernos artificiales en plena civilización, complicando con fatalidad
+humanas la divinidad del destino; mientras los problemas del siglo: la degradación del
+hombre en el proletariado, la decadencia de la mujer por el hambre y la atrofia del
+niño por las tinieblas, no estén resueltos; mientras sea posible en ciertas regiones, la
+asfixia social; ó de otra manera, y hablando en términos más claros: mientras exista sobre
+la tierra ignorancia y miseria, pueden no ser inútiles los libros de la naturaleza
+presente.</em></p>
+
+<p class="right" style="padding-right: 2em;"><em>Víctor Hugo.</em></p>
+
+
+<p><span class="smcap">Hauteville House</span>, 1862.</p>
+</div>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<p class="half-title">PRIMERA PARTE<br>
+FANTINA</p>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_5">[Pg 5]</span></p>
+</div>
+
+
+<h2 class="nobreak">LIBRO PRIMERO<br>
+UN JUSTO</h2>
+
+<figure class="figcenter illowe18" id="p5ilo">
+ <img class="w100 p2" src="images/p5ilo.jpg" alt="ilop5" title="p5ilo">
+</figure>
+
+
+
+
+<p class="center big1 p2 p1b">I<br>
+<b>El señor Myriel</b></p>
+
+
+<p>En 1815 el señor Carlos Francisco Bienvenido Myriel estaba de obispo
+en D***. Era este un anciano como de setenta y cinco años y ocupaba
+el obispado de D*** desde 1806.</p>
+
+<p>Por más que semejante detalle no tenga nada que ver con el fondo
+de lo que nos proponemos relatar, no estará tal vez fuera del caso, aún
+cuando no tenga otro objeto que el de ser verdaderos en todo, al consignar
+los rumores y murmuraciones que acerca de su personalidad habían
+circulado cuando llegó á tomar posesión de su diócesis. Lo que de los
+hombres se dice, verdadero ó falso, ocupa generalmente en su existencia
+é influye sobre todo en su porvenir, tanto como lo que hacen. El señor<span class="pagenum" id="Page_6">[Pg 6]</span>
+Myriel era hijo de un consejero del parlamento de Aix; nobleza de toga.
+Se decía que su padre, deseando que heredara su cargo, le había casado
+siendo aún muy joven, esto es, á los diez y ocho ó veinte años, siguiendo
+una costumbre muy generalizada entre las familias de los magistrados.
+Carlos Myriel, sin embargo de su matrimonio, había dado bastante que
+hablar. Á pesar de su corta estatura, era de presencia gallarda, elegante,
+graciosa y espiritual; la primera parte de su vida perteneció por completo
+al mundo y á la galantería.</p>
+
+<p>Sobrevino la Revolución, precipitáronse los acontecimientos, dispersáronse,
+diezmadas por la persecución general, las familias de la antigua
+magistratura, y el señor Carlos Myriel, desde las primeras jornadas de
+la revolución, emigró á Italia. Su esposa, falleció allí, de una enfermedad
+de pecho de la que venía padeciendo hacía mucho tiempo. No tuvieron
+hijos. ¿Qué aconteció luego en los destinos del señor Myriel? El derrumbamiento
+de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia,
+los trágicos espectáculos del 93, más horrorosos sin duda para los emigrados
+que los miraban de lejos con el agrandamiento del miedo ¿engendraron
+tal vez en su alma ideas de retiro y soledad? Entre alguna de las
+diversas afecciones ó distracciones que llenaban su vida, ¿se vió herido
+de súbito por un golpe terrible y misterioso, de esos que muchas veces
+aplastan el corazón del hombre que las catástrofes públicas no conmovería
+aún cuando atacasen su existencia ó su fortuna? No podemos decirlo;
+sólo sabemos que á su vuelta de Italia era sacerdote.</p>
+
+<p>En 1804, el señor Myriel ocupaba el curato de B. (Brignoles). Era ya
+viejo y vivía completamente retraído.</p>
+
+<p>Durante la época de la coronación, cierto insignificante asunto de su
+ministerio que no podemos precisar, le llevó á París. Entre otras personas
+de valimiento á quienes acudió en bien de sus feligreses contábase
+el cardenal Fesch. Un día en que el emperador había ido á visitar á
+su tío, el digno cura que esperaba en la antecámara se encontró al paso
+con Su Majestad; Napoleón, al observar que el buen anciano le miraba
+con cierta curiosidad, volvióse y dijo bruscamente:</p>
+
+<p>—¿Quién es este buen hombre que me mira?</p>
+
+<p>—Señor,—dijo el señor Myriel;—vos mirando un buen hombre y yo
+un grande hombre, podemos ambos aprovecharnos de ello.</p>
+
+<p>Aquella misma noche pidió el emperador al cardenal el nombre de
+aquel cura, y algún tiempo después fué sorprendido el señor Myriel con
+el nombramiento de obispo de D***.</p>
+
+<p>¿Qué había de verdad, por otra parte entre los cuentos que se inventaban
+sobre la primera parte de la vida del señor Myriel? Nadie lo sabía.
+Pocas eran las familias que habían conocido á la del señor Myriel
+antes de la revolución.</p>
+
+<p>El señor Myriel debía correr la suerte de todo recién llegado á una<span class="pagenum" id="Page_7">[Pg 7]</span>
+pequeña población, donde se encuentran muchas bocas que hablan y
+muy pocas cabezas que piensen. Debía correrla, por más que fuése obispo
+y por que era obispo. Sin embargo, las murmuraciones con las que iba mezclado
+su nombre no pasaban de murmuraciones, es decir: murmullos,
+frases, palabras; menos que palabras, <em>palabrerías</em>, como diríamos en el
+idioma enérgico del Mediodía.</p>
+
+<p>Sea como fuere, después de nueve años de episcopado y de residencia
+en D*** todos los cuentos, objeto de las conversaciones del primer momento,
+en que se ocupan las pequeñas poblaciones y la gente pequeña,
+habían caído en el olvido más profundo. No había quien se atreviese á
+hablar de ello ni quien osase recordarlo siquiera.</p>
+
+<p>El señor Myriel había ido á D*** en compañía de una buena señora,
+la señorita Batistina, hermana suya, la cual contaba diez años menos
+que él.</p>
+
+<p>No tenían ambos más servidores que una criada de la misma edad que
+la señorita Batistina, á quien llamaban señora Magloria, la cual, después
+de haber sido <em>el ama del señor cura</em>, tomó á la sazón el doble título de
+camarera de la señorita y ama de gobierno de su ilustrísima.</p>
+
+<p>Era la señorita Batistina de corta estatura, delgada, pálida y bondadosa;
+la encarnación del ideal expresado en la palabra «respetable»
+puesto que parece necesario en una mujer para ser venerable, el haber
+sido madre. Jamás había sido bonita; no había sido su existencia otra
+cosa que una serie no interrumpida de obras piadosas, la cual había
+acabado por derramar sobre ella cierta especie de blancura diáfana; así
+es que, al envejecer, había adquirido lo que podríamos llamar hermosura
+de la bondad. Lo que en su juventud había sido flaquedad convirtióse
+con los años en transparencia, al través de la cual se adivinaba el ángel.
+Era mejor que una virgen, un alma. Parecía su persona hecha de sombra;
+apenas tenía bastante cuerpo para encerrar un sexo; un poco de materia
+conteniendo una luz; dos grandes ojos fijos siempre en la tierra, esto es,
+un pretexto para que el alma viviese en ella.</p>
+
+<p>La señora Magloria era una viejecilla blanca, rellena, sonrosada, rechoncha,
+activa, hacendosa y atareada y sofocada siempre, á causa de su
+actividad natural al principio, á causa de su asma después.</p>
+
+<p>Á su llegada, dieron posesión al señor Myriel de su palacio episcopal,
+con los honores decretados por el imperio, según los cuales, se coloca al
+obispo inmediatamente después de el mariscal. El alcalde y el presidente
+le hicieron la primera visita, y él, por su parte, hizo su visita primera
+al general y al prefecto.</p>
+
+<p>Terminada la instalación, esperó la ciudad á apreciar al obispo por
+sus obras.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_8">[Pg 8]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>El señor Myriel vuélvese Monseñor Bienvenido</b></p>
+
+
+<p>El palacio episcopal de D*** estaba situado junto al hospital.</p>
+
+<p>Era dicho palacio un grandioso y magnífico edificio labrado en piedra
+á principios del último siglo, por monseñor Enrique Puget doctor en
+teología de la facultad de París y abad de Simore, el cual fué nombrado
+obispo de D*** en 1712. Este palacio era una verdadera morada señorial.
+Todo era espléndido en él, las habitaciones del obispo, los salones, las
+cámaras interiores, el patio de honor extensísimo con sus galerías de
+arcos, y según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados
+de magníficos árboles.</p>
+
+<p>En la sala comedor, ancha y soberbia galería situada en el piso bajo
+con acceso á los jardines, monseñor Enrique Puget dió en 29 de Julio de
+1714 un gran banquete de honor á los eminentes señores Carlos Brulart
+de Genlis, arzobispo y príncipe de Embrun; Antonio de Mesgrigny, capuchino,
+obispo de Grasse; Felipe de Vendôme, gran prior de Francia y
+Abad de San Honorato de Lerins; Francisco de Berton de Crillón, obispo
+y barón de Vence; César de Sabran de Forcalquier, obispo y señor de
+Glandeve, y Juan Soanen, predicador del rey, capellán del Oratorio,
+obispo y señor de Senez.</p>
+
+<p>Los retratos de estos siete reverendos personajes adornaban la sala,
+al par de esta fecha memorable «<span class="allsmcap">29 DE JULIO DE 1714</span>» grabada en letras
+de oro sobre una lápida de mármol blanco.</p>
+
+<p>El hospital era una pequeña casa baja, reducida á un solo piso, con
+un jardín insignificante.</p>
+
+<p>Á los tres días de su llegada visitó el obispo el hospital. La visita terminó
+rogando al director que se sirviese hacerle otra á su vez en su palacio.</p>
+
+<p>Dos días después, el director del hospital sostenía con el obispo el siguiente
+diálogo:</p>
+
+<p>—Señor director del hospital, ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?—le
+preguntó el obispo.</p>
+
+<p>—Veintiséis, monseñor.</p>
+
+<p>—Los mismos que yo había contado.</p>
+
+<p>—Las camas,—repuso el director,—están casi unidas las unas á las
+otras.</p>
+
+<p>—Esto mismo he notado.</p>
+
+<p>—Las salas, no son más que cuartos, y el aire se renueva difícilmente
+en ellas.</p>
+
+<p>—Esto me parece.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_9">[Pg 9]</span></p>
+
+<p>—Y luego, cuando viene un rayo de sol, es el jardín demasiado pequeño
+para los convalescientes.</p>
+
+<p>—También lo creo así.</p>
+
+<p>—En tiempos de epidemia, este año hemos tenido el tifus, y hace
+dos años tuvimos la fiebre miliar, más de cien enfermos reunidos dan
+mucho que hacer.</p>
+
+<p>—También pensé yo en ello.</p>
+
+<p>—¡Cómo ha de ser, monseñor!—exclamó el director del hospital,—es
+preciso conformarse.</p>
+
+<p>Esta conversación tenía lugar en la galería comedor, situada junto
+al jardín.</p>
+
+<p>El obispo permaneció callado unos instantes, después de los cuales
+dirigiéndose de súbito al director del hospital le dijo:</p>
+
+<p>—Señor mío: ¿cuántas camas creéis que caben buenamente en esta
+sala?</p>
+
+<p>—¿En la sala comedor de su ilustrísima?—preguntó estupefacto el
+director.</p>
+
+<p>El obispo recorría la sala con su mirada, pareciendo como que tomase
+medidas y echase cálculos.</p>
+
+<p>—Aquí caben perfectamente veinte camas,—decía hablando consigo
+mismo;—luego, levantando la voz:</p>
+
+<p>—Atended, señor director del hospital,—dijo.—Existe aquí un evidente
+error. Allí estáis reducidos á cinco ó seis departamentos, veintiséis
+personas. Aquí no somos más que tres y tenemos espacio para sesenta.
+Hay error, lo repito: vosotros ocupáis mi lugar y yo el vuestro.
+Devolvedme por lo tanto mi casa y tomad la que os pertenece.</p>
+
+<p>Al día siguiente, estaban los veintiséis enfermos pobres instalados
+en el palacio del obispo, y el obispo en el hospital.</p>
+
+<p>Monseñor Myriel carecía de bienes, por haber sido arruinada su familia
+por la Revolución. Su hermana percibía una renta vitalicia de
+quinientos francos, que satisfacía en el curato sus gastos personales.
+Monseñor Myriel cobraba del Estado, como obispo, un sueldo de quince
+mil francos.</p>
+
+<p>El mismo día en que se alojó en el hospital, determinó monseñor
+Myriel emplear de una vez para siempre aquella suma en la siguiente
+forma. Transcribimos aquí la nota escrita de su propia mano.</p>
+
+
+<p class="center big1 p2">NOTA PARA REGULAR LOS GASTOS DE MI CASA</p>
+
+
+<table class="autotable">
+<tr>
+<td class="tdl">Para el pequeño seminario</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Mil quinientas libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Congregación de la misión</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Cien libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Para los lazaristas de Montdidier</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Cien libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Seminario de las misiones extranjeras en París</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Doscientas libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Congregación del Espíritu Santo</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Ciento cincuenta libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Establecimientos religiosos de la Tierra Santa</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Cien libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Sociedades de caridad maternal</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Trescientas libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Además, para la de Arlés</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Cincuenta libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Obra para el mejoramiento de cárceles</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Cuatrocientas libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Obra para el alivio y redención de presos</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Quinientas libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Para libertar á los padres de familia presos por deudas</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Mil libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Suplemento al sueldo de los pobres maestros de escuela de<br>
+<span style="padding-left: 2em;">la diócesis</span></td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Dos mil libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Pósito de los Altos Alpes</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Cien libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Congregación de señoras de D***, de Manosque y de Sisterón,<br>
+<span style="padding-left: 2em;"> para la enseñanza gratuita de niñas indigentes</span></td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Mil quinientas libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Para los pobres</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Seis mil libras.</td>
+</tr>
+<tr>
+<td class="tdl">Mis gastos personales</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Mil libras.</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl"></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl" style="padding-left: 5em;">Total</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Quince mil libras.</td>
+</tr>
+</table>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_10">[Pg 10]</span></p>
+
+<p class="p1">Durante todo el tiempo que ocupó la sede de D*** monseñor Myriel
+no varió en nada esta disposición. Llamábala, como hemos visto, <em>tener
+regulados los gastos de su casa</em>.</p>
+
+<p>Este arreglo fué aceptado con sumisión absoluta por la señorita Batistina.
+Para esta santa criatura, Monseñor de D***, era á un mismo
+tiempo su hermano y su obispo; su amigo por la naturaleza, y su superior
+según la Iglesia. Le amaba y veneraba sencillamente. Cuando él
+hablaba, asentía inclinándose; cuando obraba, se adhería á sus obras.
+Sólo el ama, la señora Magloria, murmuraba un poco.</p>
+
+<p>El señor obispo, como se habrá comprendido, no se reservaba más
+que mil libras, las cuales, unidas á la pensión de la señorita Batistina,
+sumaban mil quinientas anuales. Con estas mil quinientas libras vivían
+las dos ancianas y el anciano.</p>
+
+<p>Y cuando algún cura de aldea iba á D***, aún encontraba el señor
+obispo con qué agasajarle, gracias á la severa economía de la señora
+Magloria; y á la inteligente administración de la señorita Batistina.</p>
+
+<p>Cierto día, á los tres meses de estar en D***, dijo el obispo:</p>
+
+<p>—¡Con todo y con esto me encuentro bastante apurado!</p>
+
+<p>—Ya lo creo,—exclamó la señora Magloria,—como que monseñor no
+ha reclamado siquiera la renta que le adeuda el departamento por sus
+gastos de carruaje en la ciudad y de visita en la diócesis, según costumbre
+de los obispos de otros tiempos.</p>
+
+<p>—¡Es verdad!—dijo el obispo,—tenéis mucha razón, señora Magloria.</p>
+
+<p>Y presentó su reclamación.</p>
+
+<p>Algún tiempo después, el consejo general tomaba en consideración la
+solicitud del obispo, votó en su favor una suma anual de tres mil francos,
+bajo el siguiente epígrafe: <em>Asignación al señor obispo, para gastos
+de carruaje, postas y visitas pastorales</em>.</p>
+
+<p>Esto dió mucho que hablar á la clase media de la localidad, y con
+tal motivo, un senador del Imperio, antiguo miembro del Consejo de los<span class="pagenum" id="Page_11">[Pg 11]</span>
+Quinientos, favorable al del diez y ocho Brumario y agraciado por la
+ciudad de D*** con una magnífica senaduría, escribió al ministro de
+Cultos, señor Bigot de Preamenú, una esquela confidencial irritadísima,
+de la cual tomamos las siguientes líneas auténticas:</p>
+
+<p>«—¿Gastos de carruaje? ¿Á qué objeto en una ciudad de menos de
+cuatro mil habitantes? ¿Gastos de viaje? ¿Á qué hacer semejantes viajes?
+¿Ni como ha de correr la posta en un país montañoso? Aquí no hay
+carreteras, ni se puede viajar más que á caballo. El mismo puente de
+Durance en Château-Arnoux, apenas puede sostener las carretas de
+bueyes. Estos curas son todos iguales, ambiciosos y avaros. Éste cuando
+vino, hizo la del buen apóstol. Ahora ya hace como los demás, necesita
+coche y silla de posta. Quiere ya como los antiguos obispos tener
+lujo. ¡Oh! es mucha clerigalla ésta! Señor conde, las cosas no irán como
+deben ir hasta que el emperador no nos libre de solideos. ¡Abajo el
+papa! (Entonces andaban embrollados los negocios con Roma). Yo por
+mi parte estoy por el César único y solo, etc., etc.».</p>
+
+<p>En cambio la cosa regocijó mucho á la señora Magloria.</p>
+
+<p>—Bueno,—dijo ella á la señorita Batistina,—monseñor ha comenzado
+por los otros, pero á la postre le ha sido preciso acabar por sí mismo.
+Tiene ya arregladas todas sus limosnas. He aquí por lo tanto tres mil
+francos para nosotros. ¡Al fin!</p>
+
+<p>Aquella misma noche, el obispo escribió y entregó á su hermana una
+nota, concebida en los siguientes términos:</p>
+
+
+<p class="center big1 p2">GASTOS DE CARRUAJE Y VISITAS</p>
+
+
+<table class="autotable">
+<tr>
+<td class="tdl">Para dar caldo de carne á los enfermos del hospital</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Mil quinientas libras.</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Para la sociedad de caridad maternal de Aix</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Doscientas cincuenta libras.</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Para la sociedad de caridad maternal de Draguignan</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Doscientas cincuenta libras.</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Para los niños expósitos</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Quinientas libras.</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Para los huérfanos</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Quinientas libras.</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl"></td>
+<td class="tdl"></td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl" style="padding-left: 5em;">Total</td>
+<td class="tdl" style="padding-left: 1em;">Tres mil libras.</td>
+</tr>
+</table>
+
+
+<p class="p1">Tal fué el presupuesto de monseñor Myriel.</p>
+
+<p>En cuanto á los derechos episcopales, dispensa de amonestaciones,
+dispensas de parentesco, aspersiones, predicaciones, bendición de iglesias
+ó capillas, casamientos, etc., el obispo los cobraba á los ricos con igual
+rigor que presteza tenía para darlo á los pobres.</p>
+
+<p>Al poco tiempo afluyeron las ofrendas en dinero. Los ricos y los pobres
+llamaban á la puerta de monseñor Myriel; acudían los unos á recoger
+la limosna que iban los otros á depositar. En menos de un año, llegó
+á ser el obispo el tesorero de todas las buenas obras, y el cajero de todas<span class="pagenum" id="Page_12">[Pg 12]</span>
+las necesidades. Pasaban por sus manos sumas considerables; pero nada
+logró hacerle cambiar en lo más mínimo su género de vida, ni añadir la
+menor superfluidad á sus necesidades.</p>
+
+<p>Lejos de eso, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad
+arriba, todo estaba, por así decirlo, repartido antes de recibido; era
+como el agua en tierra seca; por mucho dinero que le dieran, nunca lo
+tenía. Entonces se despojaba de lo suyo.</p>
+
+<p>Siendo costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de pila
+sus mandatos y letras pastorales, los pobres del país habían escogido con
+cierta especie de instinto afectuoso, entre los nombres del obispo, aquel
+que ofrecía un significado en relación con su modo de ser, así es que no
+le llamaban más que monseñor Bienvenido. Nosotros haremos otro tanto,
+y como ellos, le llamaremos así en lo sucesivo. Por lo demás, el que se
+le designase con este nombre le complacía.</p>
+
+<p>—Me agrada el nombre,—decía, Bienvenido;—suaviza el monseñor.</p>
+
+<p>No pretendemos que el retrato que aquí bosquejamos sea verdadero;
+nos concretamos á consignar que es parecido.</p>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Á buen obispo, mal obispado</b></p>
+
+
+<p>Aunque el señor obispo había convertido su carruaje en limosnas, no
+dejaba por ello de hacer sus visitas pastorales. La diócesis de D*** es
+verdaderamente pesada, hay en ella poquísimas llanuras y muchas montañas;
+sin caminos casi, como hemos visto, comprende treinta y dos curatos,
+cuarenta y un vicariatos y doscientos ochenta y cinco agregados.
+Visitar todo eso era penosísimo, sin embargo, el señor obispo llenaba
+cumplidamente su misión. Cuando debía visitar un punto cercano iba á
+pie, en tartana cuando estaba en la llanura y, como Dios le daba á entender,
+en la montaña. Las dos viejecitas le acompañaban generalmente,
+pero cuando el camino era demasiado penoso para ellas, iba solo.</p>
+
+<p>Un día llegó á Senez, antigua ciudad episcopal, montado en un asno.
+Su bolsa, harto escasa á la sazón, no le había permitido tomar otro
+vehículo. El alcalde del pueblo salió á recibirle mirándole apearse de
+semejante cabalgadura con ojos escandalizados. Varios vecinos reían en
+derredor suyo.</p>
+
+<p>—Señor alcalde,—dijo el obispo,—y señores acompañantes, bien se
+me alcanza lo que os escandaliza; creéis que prueba mucho orgullo en
+un pobre sacerdote montar una cabalgadura igual á la de Jesucristo.
+Hágolo por necesidad y no por vanidad, os lo aseguro.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_13">[Pg 13]</span></p>
+
+<p>En sus visitas era siempre indulgente y bondadoso: predicaba menos
+que hablaba. No buscaba nunca raciocinios ni ejemplos remotos. Á los
+habitantes de una comarca citaba el ejemplo de otra comarca vecina.
+En los lugares donde eran duros para los menesterosos les decía:</p>
+
+<p>—Ved lo que hacen los de Brianzón. Han dado permiso á los pobres,
+á las viudas y á los huérfanos, para que vayan á cortar yerba en sus prados
+tres días antes que á ningún otro; y les reparan las casas gratuitamente
+cuando están ruinosas. Por eso Dios bendice ese país. En todo un siglo
+de cien años no ha habido en su comarca un solo asesino.</p>
+
+<p>En los pueblos avaros y perezosos, decía:</p>
+
+<p>—Ved á los de Embrun. Si al tiempo de la cosecha se encuentra un
+padre de familia con que sus hijos están en el ejército y sus hijas sirviendo
+en la ciudad, y él se encuentra enfermo é impedido, el cura le recomienda
+desde el púlpito; y el domingo, después de misa, todas las gentes
+del lugar, hombres, mujeres y niños, van al campo del pobre infeliz,
+le hacen su siega, y luego llevan á su granero paja y grano.</p>
+
+<p>Á las familias divididas por cuestión de interés y herencia les decía:</p>
+
+<p>—Mirad á los montañeses de Devolny, país tan salvaje, que no se oye
+cantar en él un ruiseñor en cincuenta años. Pues bien; cuando muere en
+una familia el padre, vanse los mozos á probar fortuna, dejando la hacienda
+á las muchachas para que puedan encontrar marido.</p>
+
+<p>En los lugares donde reinaba la afición á pleitos y se arruinaban los
+labradores comprando papel sellado, solía decirles:</p>
+
+<p>—Tomad ejemplo de esos buenos campesinos del valle de Queiras.
+Existen allí unas tres mil almas. ¡Bendito sea Dios! es aquello una pequeña
+república. Allí no se conoce escribano ni juez. El alcalde lo hace todo.
+Él arregla el reparto de la contribución; él fija en conciencia á cada
+cual su cuota, juzga gratis toda diferencia, divide las herencias sin honorarios,
+da las sentencias sin gastos; y le obedecen, porque es un hombre
+justo entre hombres sencillos.</p>
+
+<p>En los pueblos donde no encontraba maestro de escuela, citaba también
+el de Queiras:</p>
+
+<p>—¿Sabéis lo que hacen?—decía:—Como en los lugares de doce á quince
+chozas no se puede sostener siempre un maestro, los tienen pagados
+por todo el valle, los cuales recorren las aldeas, pasando ocho días en
+una, diez en otra, y así enseñando. Los tales maestros acuden á las ferias,
+donde yo los he visto, y se los conoce por las plumas de escribir
+que llevan en la cinta del sombrero. Los que únicamente enseñan á leer
+llevan solamente una pluma, los que enseñan á leer y contar, dos; los
+que enseñan latín además de la lectura y el cálculo, llevan tres plumas...
+Estos son los más sabios. ¡Qué vergüenza el ser ignorantes! Haced, haced
+lo que hacen los de Queiras.</p>
+
+<p>De esta manera hablaba, grave y paternalmente; á falta de ejemplos<span class="pagenum" id="Page_14">[Pg 14]</span>
+inventaba parábolas, yendo siempre derecho á su objeto, con pocas frases
+y muchas imágenes, que esta era la elocuencia de Jesucristo, convencida
+y persuasiva.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Obras como palabras</b></p>
+
+
+<p>Su conversación era afable y alegre, siempre al alcance de las dos
+ancianas que pasaban la vida junto á él; cuando reía, su risa era la de
+un estudiante.</p>
+
+<p>La señora Magloria le trataba siempre de eminencia. Cierto día levantóse
+de su sillón, y fué á su biblioteca á buscar un libro. Estaba el
+libro en una de las tablas más altas de la estantería, y como el obispo
+era de cortísima estatura, no lograba alcanzarle.</p>
+
+<p>—<em>Señora Magloria</em>,—dijo,—<em>arrimad una silla; mi eminencia no
+alcanza á esa tabla.</em></p>
+
+<p>Una de sus parientas de cuarto ó quinto grado, la condesa de Lô,
+desperdiciaba raras veces la ocasión de enumerar en presencia suya lo
+que ella llamaba «las esperanzas» de sus tres hijos. Tenía la tal, muchos
+ascendientes viejos ya y próximos á morir, de quienes eran sus hijos
+herederos naturales. El más joven de los tres debía heredar de una tía
+abuela más de cien mil libras de renta; el segundo debía suceder á un su
+tío en el título de duque y el mayor á su abuelo en la dignidad de par.</p>
+
+<p>El obispo oía silencioso tan inocentes como perdonables alardes maternales.
+Una vez, sin embargo, pareció más pensativo que de costumbre,
+al repetir la condesa de Lô los pormenores de todas aquellas sucesiones
+y «esperanzas». Interrumpióse á sí misma la condesa, diciendo
+con cierta impaciencia:</p>
+
+<p>—¡Dios mío, primo! ¿en qué estáis pensando?</p>
+
+<p>—Pienso,—contestó el obispo,—en una frase bien singular, que me
+parece de San Agustín: «Poned vuestra esperanza en aquel á quien nadie
+ha de suceder».</p>
+
+<p>Otra vez, al recibir una carta en que se le anunciaba la muerte de un
+hidalgo del país, en la que iban enumerados en larga fila, además de las
+dignidades del difunto, todos los títulos feudales y nobiliarios de su parentela,
+exclamó:—¡Qué buenas espaldas tiene la muerte! ¡Qué carga más
+admirable de títulos le hacen llevar alegremente, y cuánto ingenio deben
+tener los hombres que así llenan la tumba de vanidades!</p>
+
+<p>Tenía oportunas y suaves salidas satíricas, que encerraban casi siempre
+una lección moral.</p>
+
+<p>Durante una cuaresma, fué á D*** un cura joven, quien predicó en<span class="pagenum" id="Page_15">[Pg 15]</span>
+la catedral. Estuvo bastante elocuente; el objeto de su sermón era la caridad.
+Invitó á los ricos á dar á los pobres para evitar el infierno, que
+pintó todo lo mas horroroso que supo, y á ganar el cielo, que presentó
+halagüeño y seductor. Había entre los oyentes un rico mercader retirado,
+un tanto usurero, llamado Geborad, el cual había ganado dos millones
+en la fabricación de paños burdos, sargas y bayetas. En su vida, el
+señor Geborad, había dado limosna á ningún pobre. Desde el día de
+aquel sermón, notóse que daba todos los domingos una moneda de cinco
+sueldos á las viejas pobres que mendigaban á las puertas de la catedral.
+Eran seis, y tenían que partirse entre todas aquella moneda.</p>
+
+<p>Vióle un día el obispo dando su limosna, y dijo á su hermana sonriendo:</p>
+
+<p>—Mira, mira al señor Geborad comprando cinco sueldos de cielo.</p>
+
+<p>Cuando se trataba de caridad, no se acobardaba jamás ante una negativa,
+siempre encontraba palabras con que contrarrestarla.</p>
+
+<p>Cierto día estaba pidiendo para los pobres en una de las tertulias de
+la ciudad; encontrábase en ella el marqués de Champtercier, viejo, rico
+y avaro, el cual había sabido encontrar la manera de ser á un tiempo
+ultra realista y ultra-volteriano. Es género que ha existido. Llegóse á él
+el obispo, y cogiéndole del brazo le dijo:</p>
+
+<p>—<em>Señor marqués, es indispensable que deis alguna cosa.</em></p>
+
+<p>Volvióse el marqués, y respondió secamente:</p>
+
+<p>—<em>Monseñor, tengo ya mis pobres.</em></p>
+
+<p>—<em>Pues dádmelos</em>,—replicó el obispo.</p>
+
+<p>Un día predicó en la catedral este sermón:</p>
+
+<p>—«Queridísimos hermanos y amigos míos: existe en Francia un millón
+trescientas veinte mil casas de aldeanos que solo tienen tres aberturas;
+un millón ochocientas diez y siete mil que solo tienen dos, la puerta
+y una ventana; y finalmente, trescientas cuarenta y seis mil chozas,
+que no tienen mas que la puerta. Esto es á consecuencia de una cosa
+que llaman la contribución de puertas y ventanas. Llenemos de familias
+pobres, mujeres viejas y criaturas pequeñas, esas casuchas, y pronto
+tendremos calenturas y otras enfermedades. ¡Dios da el aire á los hombres,
+y la ley se lo vende! No acuso á la ley, pero bendigo á Dios. En el
+Isere, en el Var, en ambos Alpes, Altos y Bajos, los campesinos no tienen
+siquiera carretoncillos, teniendo que transportar el estiércol á cuestas;
+carecen de velas, y se alumbran con teas resinosas y pedazos de
+cuerda embreados.</p>
+
+<p>«Lo mismo sucede en toda la parte alta del Delfinado. Amasan pan
+para seis meses, y lo cuecen con boñiga de vaca seca. En invierno parten
+á hachazos ese pan, que tienen que poner veinticuatro horas en remojo
+para poder comerle.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_16">[Pg 16]</span></p>
+
+<p>«¡Hermanos míos, sed compasivos! ¡Considerando lo mucho que se
+padece en rededor nuestro!»</p>
+
+<p>Habiendo nacido en la Provenza, se había familiarizado sin esfuerzo
+con todos los dialectos del Mediodía. Decía así: <em>¡Eh bé! moussu, sés
+sagé?</em> como en el bajo Languedoch.—<em>¿Onté anaras passa?</em> en los bajos
+Alpes.—<em>Puerte un bouen moutou embe un bouen fromage qrase</em>, en el
+alto Delfinado. Esto complacía mucho al pueblo y contribuía no poco á
+ganarle simpatías con todo el mundo. Encontrábase en la cabaña, y aún
+en medio del monte, como en su casa. Sabía decir las verdades mas sublimes
+en los idiomas mas vulgares; hablando en todas las lenguas, penetraba
+fácilmente en todas las almas.</p>
+
+<p>Por lo demás, él era siempre el mismo, así para las gentes del gran
+mundo como para las del pueblo.</p>
+
+<p>Jamás condenaba á nadie ni nada, sin apreciar debidamente las circunstancias,
+para lo cual solía decir: veamos el camino por donde ha
+pasado la falta.</p>
+
+<p>Siendo, como se calificaba á sí mismo sonriendo, <em>un ex pecador</em>, no
+poseía ninguna de las asperezas del rigorismo, estaba siempre mas elevado,
+sin preocuparse poco ni mucho del fruncimiento de cejas de los
+virtuosos intransigentes; su doctrina podía reasumirse en estos términos:</p>
+
+<p>«El hombre lleva sobre sí la carne que es á la vez su carga y su tentación.
+La lleva y sucumbe á su peso.</p>
+
+<p>«Debe guardarla, contenerla y reprimirla, sin sucumbir hasta el postrer
+esfuerzo. En este caso puede existir aún falta; pero las faltas de esta
+naturaleza no pasan de veniales; son una caída, sí, pero una caída
+sobre las rodillas que pueden convertirse en plegaria.</p>
+
+<p>«Ser santo, es la excepción; ser justo, la regla general. Errad, desfalleced,
+pecad, pero sed justos.</p>
+
+<p>«Pecar lo menos posible, esta es la ley del hombre. No cometer jamás
+pecado alguno es sueño de ángeles. Todo lo terrenal está sujeto á
+pecar. El pecado es la gravitación».</p>
+
+<p>Cuando veía á muchos que gritaban fuerte y se indignaban fácilmente
+decía sonriendo:—¡Caramba! parece que se trata de un gran crimen
+cometido por todo el mundo, y que los hipócritas espantados se
+apresuran á protestar para estar á cubierto.</p>
+
+<p>Era sobre todo indulgente para con las mujeres y los pobres, sobre
+quienes gravita con todo su peso la sociedad. Decía él: Las faltas de las
+mujeres, de los niños, de los criados, de los débiles, de los pobres y de
+los ignorantes, son faltas de los maridos, de los padres, de los maestros,
+de los fuertes, de los ricos y de los sabios.</p>
+
+<p>Decía además:—Á los que ignoran, enseñadles lo más que podáis: la
+sociedad es culpable de no dar gratis la instrucción y responsable por lo
+tanto, de la obscuridad que ella produce. Si un alma envuelta en tinieblas<span class="pagenum" id="Page_17">[Pg 17]</span>
+comete pecado, no es ella, aunque peque, la culpable, sino el que
+produjo las sombras.</p>
+
+<p>Como se ve, tenía su manera especial de juzgar de las cosas. Supongo
+que la había sacado del Evangelio.</p>
+
+<p>Cierto día oyó hablar en una reunión de un proceso criminal que se
+estaba instruyendo y que pronto se debía fallar. Tratábase de un infeliz
+quien por amor á una mujer y un hijo, que de la misma había, y falto
+de recursos, cometió la torpeza de acuñar moneda falsa. En aquella época
+se castigaba todavía con la pena de muerte á los monederos falsos. La
+mujer había sido detenida al poner en circulación la primera moneda fabricada
+por el hombre. Estaba presa, pero no existían otras pruebas contra
+ella; ella solamente podía deponer contra su amante y perderle confesando.
+Negó, siguió la causa sosteniéndose firme en su negativa, hasta
+que el señor procurador del rey (fiscal) tuvo la idea de suponer una infidelidad
+del amante, y con fragmentos de cartas, diestramente combinados,
+logró convencer á la desgraciada presa de que tenía una rival y de
+que aquel hombre la engañaba. Entonces exasperada por los celos, denunció
+al amante, confesando y probándolo todo.</p>
+
+<p>Aquel hombre, por lo tanto, estaba perdido. Iba próximamente á ser
+juzgado con su cómplice, en Aix. Comentábase el hecho, deshaciéndose
+todo el mundo en alabanzas de la destreza y habilidad del fiscal, por haber
+sabido hacer entrar los celos en aquel juego, arrancando la verdad
+á la cólera, para que surgiese de todo ello la justicia de la venganza.
+El obispo escuchó silencioso cuanto se dijo. Cuando todo el mundo hubo
+concluido preguntó:</p>
+
+<p>—¿Dónde van á ser juzgados este hombre y esta mujer?</p>
+
+<p>—En el tribunal del jurado.</p>
+
+<p>Y luego repuso:</p>
+
+<p>—¿Y al señor fiscal, dónde se le juzgará?</p>
+
+<p>Tuvo lugar en D*** un triste drama. Un hombre fué condenado á
+muerte por asesino. Era un desgraciado, no del todo instruido ni ignorante
+del todo, que había hecho de titiritero en las ferias y de escribiente
+público. Durante el proceso no se hablaba en la ciudad de otra cosa. La
+víspera del día en que debía tener lugar la ejecución, se puso enfermo el
+cura de la cárcel. Faltaba, por lo tanto, un sacerdote para asistir al reo
+en sus últimos momentos. Fueron á buscar uno, el cual rehusó diciendo:
+Esto no es de mi incumbencia. Qué tengo yo que hacer ni que ver con
+ese saltimbanqui; yo también estoy enfermo, y sobre todo, no es este
+mi deber. Esta respuesta fué trasladada al obispo, quien contestó inmediatamente:
+<em>Tiene razón el señor cura, no es suyo este deber, sino mío.</em></p>
+
+<p>Se fué inmediatamente el obispo á la cárcel, bajó al calabozo donde
+estaba el reo, y llamándole por su nombre, le tendió la mano y le habló.<span class="pagenum" id="Page_18">[Pg 18]</span>
+Pasó todo el día junto al condenado, olvidándose del alimento y del sueño,
+rogando á Dios por el alma de aquel desgraciado y á este por la suya
+propia. Díjole las mayores verdades, que son las más sencillas, fué padre,
+hermano y amigo; obispo, para bendecirle únicamente. Supo hacérselo
+ver todo de una manera tan clara, que llegó á consolarle y tranquilizarle.
+Aquel hombre iba á morir desesperado; la muerte era un abismo para
+él. Erguido y estremeciéndose junto al horrible precipicio de la tumba,
+retrocedía espantado. No era todo lo ignorante que se necesita para
+ser indiferente en absoluto. La sentencia de que era objeto sacudió profundamente
+su ser, habiendo roto por diversos puntos la valla que nos
+separa de lo misterioso, y á la cual llamamos vida. Miraba sin cesar más
+allá de este mundo por aquellas fatales aberturas, sin ver más que tinieblas.
+El obispo le hizo ver una luz.</p>
+
+<p>Al día siguiente, cuando fueron á buscar al reo, estaba allí el obispo.
+Acompañóle y presentóse ante la multitud, con sus vestiduras moradas
+y su cruz episcopal pendiente del cuello, codeándose con aquel miserable
+aherrojado. Subió con él á la carreta, subió con él al catafalco. El
+reo, tan triste y abatido la víspera, aparecía radiante; sentía reconciliada
+su alma y esperaba en Dios. Abrazóle el obispo, y en el momento en
+que iba á bajar la cuchilla, le dijo:</p>
+
+<p>—«Aquél á quien el hombre mata, resucita en Dios; aquel á quien
+rechazan los hermanos, el Padre lo acoge. Ruega, cree, entra en la vida:
+el Padre está allí».</p>
+
+<p>Cuando descendió del tablado, había en su mirada algo que hizo que
+el pueblo le abriese respetuoso paso. En verdad, no se sabía que admirar
+más, si su palidez ó su serenidad. Al penetrar de nuevo en aquella
+humilde morada, que él llamaba sonriendo <em>su palacio</em>, dijo á su hermana:
+<em>vengo de oficiar de pontifical</em>.</p>
+
+<p>Como las cosas más sublimes son generalmente las menos comprendidas,
+no faltaron en la ciudad gentes que dijeron, al comentar la conducta
+del obispo: <em>Es mucha vanidad</em>. Sin embargo, no pasó ello de cuento
+de salón; el pueblo, que no entiende de malicia en cosas santas, enternecióse
+y admiró.</p>
+
+<p>En cuanto al obispo, el haber visto de cerca la guillotina fué para él
+un golpe del que tardó mucho en reponerse.</p>
+
+<p>Realmente, el patíbulo, cuando se le ve levantado y dispuesto, tiene
+algo que alucina. Puede sentirse más ó menos indiferencia acerca de la
+pena de muerte, no decidirse por una opinión categórica, no decir sí ni
+no, mientras no se haya visto con ojos propios una guillotina; pero si
+llega uno á tropezarse con ella, la violenta sacudida que se siente, obliga
+á pronunciarse y tomar partido en pro ó en contra.</p>
+
+<p>Los unos la admiran, como de Maistre; los otros la execran, como<span class="pagenum" id="Page_19">[Pg 19]</span>
+Beccaria. La guillotina es la concreción de la ley, y se llama <em>vindicta</em>;
+no es neutral, ni permite al individuo que lo sea.</p>
+
+<p>Quien la percibe se estremece con el más misterioso estremecimiento.
+Todas las cuestiones sociales escriben su interrogante al rededor de
+esa cuchilla. El catafalco es una visión; no es un simple tablado, un instrumento,
+una máquina inerte hecha de madera, hierro y cuerda; no.
+Parece una especie de ser que tenga cierta sombría iniciativa; diríase
+que aquel tablado ve, que aquella máquina oye, que aquel mecanismo
+comprende, que aquella madera, aquel hierro y aquellas cuerdas tienen
+voluntad. En medio de los espantosos desvaríos en que se precipita el
+alma á su presencia, surge el terrible catafalco como tomando parte en
+lo que hace. El patíbulo es cómplice del verdugo; devora, come carne y
+bebe sangre. Es una especie de monstruo fabricado por el juez y el carpintero;
+un espectro que parece vivir cierta vida abominable, alimentada
+por todas las muertes que ha producido.</p>
+
+<p>Así es que la impresión fué horrible y profunda; al día siguiente de
+la ejecución y otros muchos después, apareció el obispo como anonadado.
+La serenidad, tal vez violenta, del momento de horror se había
+desvanecido, hostigándole de continuo el fantasma de la justicia social.
+Él, que de ordinario aparecía satisfecho de todas sus santas acciones,
+parecía como que se reprochase algo. Á veces hablaba consigo mismo,
+murmurando á media voz monólogos lúgubres. He aquí uno que cierta
+noche le oyó, y recordó siempre su hermana:</p>
+
+<p>—No creía yo que fuése tan monstruoso. No deja de ser una falta el
+absorberse en la ley divina, hasta el punto de olvidarse de la humana.
+La muerte solo pertenece á Dios. ¿Con qué derecho se atreven los hombres
+á lo desconocido?</p>
+
+<p>Atenuáronse con el tiempo tales impresiones, y tal vez se borraron
+también. Observóse, no obstante, que en lo sucesivo evitaba el obispo
+pasar por el lugar de las ejecuciones.</p>
+
+<p>Á cualquiera hora podía llamarse á monseñor Myriel á la cabecera
+de los enfermos y moribundos. No ignoraba que era éste su principal
+deber y su trabajo más importante. Las viudas ó huérfanas no tenían
+necesidad de llamarle jamás; presentábase él mismo oportunamente. Sabía
+sentarse y callar largas horas al lado del hombre que había perdido
+á la mujer amada ó al de la madre que había perdido á su hijo.</p>
+
+<p>Y como sabía el momento de callar, sabía también conocer el punto
+en que debía hablar. ¡Oh verdadero y admirable consolador! No intentaba
+jamás borrar el dolor con el olvido, al contrario, procuraba engrandecerle
+y dignificarlo con la esperanza. Él decía: Conviene mucho fijarse
+en la manera de recordar los muertos. No penséis en lo que se pudre.
+Elevad vuestra mirada á lo alto; fijaos bien, y allá, en el fondo del cielo,
+veréis la viviente luz del difunto bien amado.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_20">[Pg 20]</span></p>
+
+<p>Sabía él que la creencia es sana; por eso procuraba aconsejar y calmar
+al hombre desesperado, señalándole con el dedo al hombre resignado,
+y transformar el dolor que mira á una fosa, mostrándole el dolor
+que contempla una estrella.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>De cómo monseñor Bienvenido hacía durar demasiado tiempo
+sus sotanas</b></p>
+
+
+<p>La vida privada de monseñor Myriel la llenaban los mismos pensamientos
+que su vida pública. Quien hubiese podido verla de cerca, hubiera
+saboreado un espectáculo grave y placentero á la vez, en aquella
+pobreza voluntaria en que vivía el obispo de D***.</p>
+
+<p>Como todos los ancianos, y como la mayoría de los pensadores, dormía
+poco. Este corto sueño era profundo. Recogido en sí mismo por la mañana,
+parecía orar mentalmente durante una hora. Luego decía misa, unas
+veces en la catedral, otras en su casa. Después de la misa, se desayunaba
+con pan de centeno, mojado en leche de sus vacas. Luego se ponía á
+trabajar.</p>
+
+<p>El cargo de obispo da muchísimo que hacer; es preciso que reciba
+diariamente al secretario del obispado, que es de ordinario un canónigo,
+y casi también todos los días á sus vicarios particulares. Tienen congregaciones
+que revisar, privilegios que conceder, toda una librería eclesiástica
+que examinar, devocionarios, catecismos, rituales, etc.; pastorales
+que escribir, sermones que autorizar, curas y alcaldes que poner de
+acuerdo, su correspondencia clerical y su correspondencia administrativa;
+por un lado el Estado, por otro la Santa Sede; en fin, negocios á millares.</p>
+
+<p>El tiempo que le dejaban libre estos innumerables negocios, sus oficios
+y breviario, lo dedicaba en primer lugar á los necesitados, á los enfermos
+y á los afligidos; el tiempo que le dejaban libre los afligidos, los
+enfermos y los necesitados, lo dedicaba al trabajo. Así se entretenía en
+escabar en su jardín, como en escribir ó leer. Con una sola palabra designaba
+estas dos clases de trabajo; llamábalo <em>jardinear</em>. «El espíritu es
+también jardín», decía él.</p>
+
+<p>Á eso del medio día, cuando el tiempo se presentaba bien, salía á
+pasear al campo ó la ciudad, entrando frecuentemente en las casas pobres.
+Veíasele andar solo, entregado á sus meditaciones, bajos los ojos,
+apoyado en su largo bastón, vistiendo su ropón morado, calzando medias<span class="pagenum" id="Page_21">[Pg 21]</span>
+moradas también y gruesos zapatos, y cubierto con su sombrero
+chato, de cuyos tres canalones pendían bellotas de oro y seda verde.</p>
+
+<p>Daba carácter de fiesta doquier se presentaba. Hubiérase dicho que
+su paso tenía algo de refrigerante y luminoso. Los niños y los viejos salían
+al umbral de las puertas para ver al obispo como se sale á ver el sol.
+Él los bendecía y ellos le bendecían á él. Todo el mundo señalaba la casa
+del obispo á los menesterosos.</p>
+
+<p>Parábase aquí y allá, hablando á los chiquillos y á las niñas, y sonriendo
+á las madres. Visitaba á los pobres mientras tenía dinero, y cuando
+lo había acabado visitaba á los ricos.</p>
+
+<p>Como hacía durar mucho sus sotanas y no quería que esto se notase,
+jamás salía por la ciudad sin su esclavina morada, lo cual no dejaba, en
+verano, de ser incómodo.</p>
+
+<p>Al regresar á casa comía. La comida se parecía al almuerzo.</p>
+
+<p>Por la noche á las ocho y media cenaba acompañado de su hermana:
+la señora Magloria, de pie á su espalda, servía á la mesa. Nada más frugal
+que esa comida. Si el obispo convidaba algún cura, entonces aprovechaba
+la ocasión la señora Magloria para servir á monseñor algún pescado
+bueno de los lagos ó alguna pieza escogida del monte. Todo cura servía
+de pretexto para mejorar la comida, y el obispo dejaba que así fuése.
+Salvo estas excepciones, no se componía su cena ordinaria más que de
+legumbres cocidas en agua y sopas de aceite. Así se decía en la ciudad:—«Cuando
+el obispo no hace comida de cura, la hace de trapense».</p>
+
+<p>Después de cenar, hablaba como media hora con la señorita Batistina
+y la señora Magloria; luego iba á su cuarto y se ponía á escribir, ya en
+cuartillas sueltas ó ya en las márgenes de algún in folio. Era instruido
+en letras y bastante erudito. Dejó cinco ó seis manuscritos muy curiosos;
+entre otros, una disertación sobre el versículo del Génesis: <em>Al principio
+el Espíritu de Dios flotaba sobre las aguas</em>. Confrontóle con tres textos;
+el versículo árabe que dice: <em>Soplaban los vientos de Dios</em>; el de Flavio
+Josefo: <em>Un viento de lo alto se precipitó sobre la tierra</em>, y por último, la
+paráfrasis caldea de Onkelos que dice: <em>un viento que venía de Dios soplaba
+sobre la faz de las aguas</em>. En otra disertación examina las obras
+teológicas de Hugo, obispo de Tolemaida, tío bisabuelo del que escribe
+este libro, y consigna la opinión de que dicho obispo fué el autor de los
+opúsculos publicados en el siglo último con el pseudónimo de Barleycourt.</p>
+
+<p>Á veces, en medio de una de sus lecturas, fuése el que fuere el libro
+que tuviese entre las manos, sumergíase de repente en una meditación
+profunda, de la que no salía sino para escribir algunas líneas en los márgenes
+del mismo. Las tales líneas, por lo general, nada tienen que ver
+con el libro que las contiene; así se encuentra una nota escrita por él en
+el margen de un volumen en cuarto titulado: <em>Correspondencia de lord<span class="pagenum" id="Page_22">[Pg 22]</span>
+Germain con los generales Clitón, Cornwallis y los almirantes de la
+estación de América. Versalles, librería de Peincot, y París, librería
+de Pissot, Muelle de los Agustinos.</em></p>
+
+<p>He aquí la nota:</p>
+
+<p>—«¡Oh, vos! ¿quién sois?</p>
+
+<p>«El Eclesiastés os llama Todopoderoso; los Macabeos os dicen Creador;
+la Epístola á los Efesios, Libertad; Baruch, Inmensidad; los Psalmos,
+Sabiduría y Verdad; Juan, Luz; los Reyes, señor; el Éxodo, Providencia;
+el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la Creación os llama
+Dios, y el hombre, Padre; pero Salomón, al deciros Misericordia, os da
+el más bello de todos vuestros nombres».</p>
+
+<p>Á eso de las nueve de la noche se retiraban las mujeres á sus habitaciones
+del primer piso, dejándole solo, en el piso bajo, hasta el día siguiente.</p>
+
+<p>Aquí creemos necesario dar una idea exacta de la morada del señor
+obispo de D***.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Por quién hacia Su Ilustrísima guardar su casa</b></p>
+
+
+<p>La casa del señor obispo se componía como hemos dicho, de planta
+baja y un solo piso; tres piezas en los bajos, tres en el primer piso, y encima
+un desván. Detrás de la casa había un jardín de una extensión de
+un cuarto de yugada. Las dos mujeres ocupaban el piso, el obispo los
+bajos. La primera habitación, y que daba á la calle, servía de comedor,
+la segunda de dormitorio, y de oratorio la tercera. No podía salirse del
+oratorio sin pasar por el dormitorio, ni salir de éste sin atravesar el comedor.
+Al fondo del oratorio había una alcoba cerrada, con una cama
+para los huéspedes. El obispo solía ofrecer esta cama á los curas de aldea,
+cuyos asuntos ó necesidades parroquiales les llevaban á D***.</p>
+
+<p>La que había sido farmacia del hospital, pequeño edificio adosado á
+la casa junto al jardín, servía á la sazón de cocina y bodega.</p>
+
+<p>Había además en el jardín, un establo, que fué cocina del hospicio y
+en el que el obispo tenía dos vacas. Fuése la que fuere la cantidad de leche
+que diesen las vacas, mandaba diariamente la mitad al hospital.
+<em>Debo pagar este diezmo</em>, decía.</p>
+
+<p>La habitación era bastante grande, y por consiguiente difícil de calentar
+durante el invierno. Como la leña estaba muy cara en D*** imaginó
+y mandó hacer Su Ilustrísima un compartimiento cerrado con tablas<span class="pagenum" id="Page_23">[Pg 23]</span>
+en el mismo establo de las vacas, en el cual se pasaba las veladas durante
+la época de los fríos. Llamábale á este departamento su <em>salón de invierno</em>.</p>
+
+<p>No había en este salón de invierno, como en el comedor, otros muebles,
+que, una mesa de madera cuadrada, sin pintar, y cuatro sillas de
+paja. El comedor estaba adornado además con un aparador antiguo pintado
+de color de rosa. Otro aparador parecido y convenientemente puesto,
+con sus manteles blanquísimos, orlados de imitaciones de encaje, servía
+de adorno y altar del oratorio.</p>
+
+<p>Los ricos devotos y las mujeres piadosas de D*** abrían frecuentes
+suscripciones para enriquecer con un altar nuevo el oratorio de Su Ilustrísima;
+cada vez que esto sucedía, tomaba agradecido el dinero destinado
+al objeto repartiéndolo inmediatamente entre los pobres. «El altar
+más bello, decía él, es el alma de un pobre elevándose á Dios en oración
+de gracias».</p>
+
+<p>Tenía en su oratorio dos sillas arrodilladeras de paja, y un sillón, de
+paja también, en su dormitorio. Cuando por casualidad recibía Su Ilustrísima
+siete ú ocho personas á la vez, el prefecto, el general, la plana
+mayor del regimiento de guarnición, ó algunos estudiantes del seminario,
+veíase obligado á recurrir á las sillas del salón de invierno del establo,
+al oratorio por las arrodilladeras y al sillón del dormitorio; de esta
+manera alcanzaba reunir hasta once asientos para los visitantes. Á cada
+nueva visita tenía que desamueblar una pieza.</p>
+
+<p>Cuando llegaba el caso de que los visitantes fueran doce, salía del
+paso manteniéndose de pie junto á la chimenea, si era en invierno, ó paseando
+por el jardín, si en verano.</p>
+
+<p>Había además en la alcoba cerrada otra silla, pero estaba casi despajada
+y sostenida sólo por tres pies, lo cual quiere decir que no podía utilizarse
+sin apoyarla contra la pared. La señorita Batistina tenía también
+en su cuarto una gran poltrona cuya madera había sido dorada en
+otros tiempos, cubierta de <em>peskin</em> floreado; pero habiendo sido preciso
+subir la tal poltrona por la ventana, á causa de la estrechez de la caja de
+la escalera, no había medio de utilizarla en casos apurados.</p>
+
+<p>Las ambiciones de la señorita Batistina se hubieran satisfecho con
+poder comprar una sillería de terciopelo Utrecht amarillo labrado, con
+marco de caoba de cuello de cisne, con su canapé. Pero esto hubiera costado,
+á lo menos, quinientos francos; viendo pues que no había podido
+reunir con las economías de cinco años, más de cuarenta y dos francos
+y medio, había acabado por renunciar. ¡Quién llega jamás á su ideal!</p>
+
+<p>Nada más fácil de figurarse lo que era el dormitorio del obispo. Una
+puerta-vidriera con salida al jardín; enfrente, la cama, una de esas camas
+de hierro de hospital con cobertor de sarga verde; en un ángulo obscuro,
+entre la cortina y la pared, los utensilios de tocador, revelando aún<span class="pagenum" id="Page_24">[Pg 24]</span>
+los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una
+junto á la chimenea dando acceso al dormitorio, y otra cerca del armario
+biblioteca para salir al comedor. Este armario, cerrado por grandes
+vidrieras y lleno de libros en todos sus estantes; la chimenea, de madera
+pintada imitando mármol, sin fuego casi siempre, y en el hogar un par
+de morillos de hierro, figurando por guirnaldas florones huecos, con incrustaciones
+de plata, especie de lujo episcopal; encima de la chimenea
+un crucifijo de cobre, que había sido plateado también, sobre terciopelo
+negro raído, encuadrado en un marco de madera desdorado; cerca de la
+puerta-vidriera, una gran mesa con un tintero, cargado de papeles en
+confusión y de tomos in folio. Delante de la mesa, el sillón de paja. Delante
+de la cama, un reclinatorio perteneciente al oratorio.</p>
+
+<p>Dos retratos, en marcos ovalados, colgaban de la pared á uno y otro
+lado de la cama. Las pequeñas inscripciones, doradas en el fondo perdido
+del lienzo al lado de las figuras, indicaban que los retratos representaban,
+uno al abad de Chaliôt, obispo de San Claudio, el otro el abad
+Tourteau, vicario general de Agda; abad de Grand Champ, de la orden
+de Citeaux, diócesis de Chartres. Al reemplazar el obispo en aquella sala
+á los enfermos del hospital, había encontrado aquellos retratos, y allí
+mismo los había dejado. Eran de eclesiásticos, probablemente de donadores;
+dos motivos por los cuales él los respetaba. Lo único que sabía de
+los tales personajes, es que ambos habían sido nombrados por el rey,
+uno para su obispado y el otro para su beneficio, en un mismo día, el
+27 de abril de 1785. Al descolgar los cuadros la señora Magloria para
+sacudirles el polvo, encontró el obispo esa particularidad escrita con
+tinta descolorida en un pedacito de papel, enmohecido por el tiempo,
+pegado con cuatro obleas detrás del retrato del abad de Gran-Champ.</p>
+
+<p>Había en la ventana una antigua cortina de tela gruesa de lana, la
+cual llegó á tal extremo de vejez, que por no tener que gastar en otra
+nueva, vióse obligada la señora Magloria á hacerle un gran zurcido precisamente
+en su punto medio. Este remiendo dibujaba una cruz. El obispo
+lo hacía notar frecuentemente. ¡Está muy bien! decía.</p>
+
+<p>Todas las piezas de la casa, así las de la planta baja como las del
+principal, sin excepción, estaban blanqueadas con cal, como lo están
+generalmente todos los cuarteles y hospitales.</p>
+
+<p>No obstante, en los últimos años, encontró la señora Magloria, como
+veremos luego, bajo el papel enjalbegado, unas pinturas que adornaban
+el aposento de la señorita Batistina. Antes de ser hospital, había sido
+aquella casa <em>parlatorio</em> público; de ahí semejante decorado. Los suelos
+estaban enladrillados de rojo, se lavaban todas las semanas, con su esterilla
+de paja junto á todas las camas. Así es que aquella casita, cuidada
+por dos mujeres, patentizaba de arriba abajo una limpieza encantadora.<span class="pagenum" id="Page_25">[Pg 25]</span>
+Único lujo que permitía el obispo, quien solía decir: <em>Esto no les quita
+nada á los pobres</em>.</p>
+
+<p>Debemos confesar, sin embargo, que le quedaban, de lo que había
+poseído en otro tiempo, seis cubiertos de plata y un cucharón, que la
+señora Magloria miraba todos los días regocijada brillar espléndidamente
+sobre el tupido mantel de hilo blanquísimo. Y como describimos aquí
+al obispo de D*** tal cual era, debemos añadir que le había ocurrido
+decir más de una vez:</p>
+
+<p>—Renunciaría difícilmente á comer con cubiertos de plata.</p>
+
+<p>Debemos añadir á esta plata dos grandes candeleros macizos, que
+procedían de la herencia de una tía abuela. Generalmente estaban colocados
+sobre la chimenea con sus dos correspondientes velas de cera, pero
+cuando había algún convidado, la señora Magloria encendía las velas
+y ponía los candeleros sobre la mesa.</p>
+
+<p>Había en el dormitorio del obispo, y junto á la cabecera de la cama,
+una pequeña alhacena, en la cual guardaba todas las noches la señora
+Magloria los seis cubiertos y el cucharón. Debemos decir también que
+jamás se quitaba la llave.</p>
+
+<p>El huerto, algo afeado por las construcciones de que hemos hablado
+anteriormente, componíase de cuatro calles en cruz, convergentes á un
+pozo, y de otra calle que seguía la línea de la tapia blanqueada que le
+cercaba. Estas calles dejaban entre sí cuatro cuadrados separados por
+bojes. En tres de los cuales, la señora Magloria cultivaba legumbres, y
+en el cuarto tenía él miles de flores entre algunos árboles frutales.</p>
+
+<p>Cierto día la señora Magloria le dijo con cierta intencionada dulzura:</p>
+
+<p>—Monseñor, vos que sabéis sacar partido de todo, ved ahí, por cierto,
+un espacio inútil. ¿No valdría más sacar de él ensaladas que ramos?</p>
+
+<p>—Señora Magloria—respondió el obispo—estáis en un error. Lo bello
+es tan necesario como lo útil.—Añadiendo después de una pausa:—Tal
+vez más.</p>
+
+<p>Aquel cuadrado, compuesto de tres ó cuatro franjas de flores, ocupaba
+casi tanto al obispo como sus libros. Pasábase allí entretenido diariamente
+una ó dos horas, cortando, escardando ó abriendo su tierra, aquí
+y allá, para echar sus semillas. No era tan hostil á los insectos como hubiese
+exigido un jardinero.</p>
+
+<p>Por otra parte, no tenía pretensiones de botánico. Nada sabía de los
+grupos y del solidismo; no se curaba ni remotamente de decidir entre
+Tournefort, y el método natural; no era partidario de las utrícolas contra
+los cotiledones, ni por Jussieu contra Linneo. No estudiaba las plantas;
+gustaba de las flores. Si respetaba mucho á los sabios, respetaba aún
+más á los ignorantes; y sin faltar nunca á ambos respetos, regaba sus
+floridas franjas de verdura todas las noches de verano con una regadera
+de lata, pintada de verde.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_26">[Pg 26]</span></p>
+
+<p>No había en la casa puerta alguna que se cerrase con llave.</p>
+
+<p>La del comedor, de que hemos hablado, daba directamente á la plaza
+de la catedral, y en tiempos antiguos había ostentado también sus
+cerrojos y cerraduras como las puertas de una cárcel; pero el obispo había
+mandado quitar todos aquellos hierros, y así de noche como de día
+se cerraba únicamente con un picaporte. El primero que llegase, á cualquier
+hora que fuere, no tenía mas que empujar. Al principio mortificó
+bastante á las dos mujeres aquella puerta, que nunca se cerraba, pero el
+obispo les había dicho: «Si queréis, ponedle cerrojos á las de vuestros
+cuartos». Sin embargo, acabaron ambas por participar de la confianza
+del obispo, ó de aparentar al menos que participaban. Á pesar de todo,
+tenía la señora Magloria de cuando en cuando, sus temorcillos.</p>
+
+<p>En cuanto á él, puede apreciarse la explicación de su pensamiento
+indicado cuando menos en estas dos líneas, escritas de su puño al margen
+de una Biblia:</p>
+
+<p>«He aquí la diferencia: la puerta del médico no debe estar cerrada
+jamás; la del sacerdote debe estar siempre abierta».</p>
+
+<p>En otro libro, intitulado <em>Filosofía de la ciencia médica</em>, había escrita
+esta otra observación:</p>
+
+<p>«¿No soy yo por ventura médico como ellos? Yo también tengo mis
+enfermos; en primer lugar los suyos, á quienes llaman ellos enfermos,
+en segundo, los míos, á quienes llamo yo desgraciados».</p>
+
+<p>Había además escrito en otra parte:</p>
+
+<p>«No pidáis jamás su nombre á quien os demanda asilo. Precisamente
+quien mas necesidad tiene de asilo es quien mas apurado se encuentra
+para decir su nombre».</p>
+
+<p>Aconteció que un digno cura, no recuerdo si fué el párroco de Couloubroux
+ó el de Pompierry, instigado sin duda por la señora Magloria,
+tuvo la ocurrencia de preguntarle un día, si Su Señoría estaba seguro de
+no cometer hasta cierto punto una imprudencia dejando día y noche su
+puerta abierta á disposición de quien quisiese entrar, y si no temía que
+acabase por suceder alguna desgracia en una casa tan mal guardada. El
+obispo le tocó en el hombro con dulce gravedad diciéndole: <em>Nisi Dominus
+custodierit domum, in vanum vigilant qui custodiunt meam</em>.</p>
+
+<p>Pasando enseguida á hablar de otra cosa.</p>
+
+<p>Decía también frecuentemente: «Existe el valor del sacerdote, como
+el del coronel de dragones. Solamente, añadía, que el nuestro debe ser
+tranquilo».</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_27">[Pg 27]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Cravatte</b></p>
+
+
+<p>Aquí tiene su lugar natural un hecho que no debemos omitir porque
+es de aquellos que demuestran perfectamente que hombre era el señor
+obispo de D***.</p>
+
+<p>Después de la destrucción de la partida de Gaspard Bes, que había
+infestado los desfiladeros de Ollioules, uno de sus tenientes, Cravatte, se
+refugió en la montaña. Ocultóse por algún tiempo con sus bandidos, resto
+de la cuadrilla de Gaspard Bes, en el condado de Niza; pasó después al
+Piamonte, súbitamente reapareció en Francia de nuevo por el lado de
+Barcelonette. Viósele primero en Jauziers y después en Tuiles. Escondíase
+en las cavernas de Joug de-l'Aigle, y desde allí descendía hacia las aldeas
+y los lugares por los barrancos de la Ubaye y de Ubayette.</p>
+
+<p>Llega un día hasta Embrum, penetra por la noche en la catedral, y
+roba cuanto encuentra en la sacristía. Sus fechorías asolaban el país. Encargóse
+de su persecución la gendarmería, todo en vano; siempre se escapaba;
+á veces resistía á la fuerza. Era miserable y audaz á un mismo
+tiempo.</p>
+
+<p>En medio de todos aquellos horrores, llegó el obispo que estaba haciendo
+su visita por el Chastelar. El alcalde le salió al encuentro para
+aconsejarle que retrocediera. Cravatte dominaba la montaña hasta el Arche,
+y aún mas allá; era peligroso viajar por allí, aunque fuése escoltado.
+Era exponer inútilmente tres ó cuatro infelices gendarmes.</p>
+
+<p>—Por lo mismo,—dijo el obispo,—pienso ir sin escolta.</p>
+
+<p>—¿Esto piensa Su Ilustrísima?—preguntó el alcalde.</p>
+
+<p>—Y tanto pienso esto, que no quiero absolutamente ningún gendarme
+y voy á salir dentro de una hora.</p>
+
+<p>—¿Salir?</p>
+
+<p>—Salir.</p>
+
+<p>—¿Solo?</p>
+
+<p>—Solo.</p>
+
+<p>—¡Monseñor! no haréis lo que decís.</p>
+
+<p>—Hay allí, en la montaña,—dijo el obispo,—un lugarejo que no he
+visitado hace tres años. Son muy amigos míos aquellos pacíficos y honrados
+pastores. Poseen los pobres una cabra por cada treinta que guardan.
+Tejen muy bonitos cordones de lana de colores variados, y tocan
+deliciosos aires pastoriles en flautitas de seis agujeros. Necesitan que de
+cuando en cuando se les hable de la bondad de Dios. ¿Qué dirían los pobres
+de un obispo que tuviese miedo? ¿Qué dirían si yo no fuése allí?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_28">[Pg 28]</span></p>
+
+<p>—Pero monseñor, ¿y los ladrones?</p>
+
+<p>—¡Calle!—dijo el obispo,—ahora recuerdo. Tenéis mucha razón.
+Puedo encontrarlos, y precisamente ellos han de tener mucha necesidad
+de que se les hable de Dios.</p>
+
+<p>—¡Monseñor! ¡tened presente que son unos bandidos! ¡una cuadrilla
+de lobos!</p>
+
+<p>—Señor alcalde, quién sabe si es por eso que Jesús me ha hecho su
+pastor. ¿Quién sabe las miras de la Providencia?</p>
+
+<p>—Os van á desvalijar, monseñor.</p>
+
+<p>—Si no tengo nada.</p>
+
+<p>—Os matarán.</p>
+
+<p>—¿Á un pobre sacerdote viejo que pasa murmurando sus oraciones?
+¡Bah! ¿Y á qué objeto?</p>
+
+<p>—¡Ah, señor! ¡si llegáis á encontrarlos!</p>
+
+<p>—Les pediré limosna para mis pobres.</p>
+
+<p>—Monseñor, no vayáis. ¡En nombre del cielo! exponéis vuestra vida.</p>
+
+<p>—Señor alcalde,—dijo el obispo,—¿no es decididamente más que eso?
+Yo no estoy en el mundo para guardar mi vida, y sí para guardar almas.</p>
+
+<p>No hubo más remedio que dejarle hacer.</p>
+
+<p>Y salió, en efecto, inmediatamente, acompañado sólo de un muchacho
+que se ofreció á servirle de guía. Hablóse mucho en la comarca de
+su obstinación, causando mucho miedo.</p>
+
+<p>No quiso llevar consigo ni á su hermana ni á la señora Magloria.
+Atravesó la montaña, cabalgando en su mula, sin encontrar á nadie, llegando
+sano y salvo á casa de sus buenos amigos, los pastores. Estuvo
+por allí quince días, predicando, administrando, enseñando y moralizando.
+Al acercarse el día de su partida, resolvió cantar un <em>Te-Deum</em>, de
+pontifical. Habló de ello al cura. Pero, ¿cómo hacerlo? careciendo de los
+ornamentos episcopales. No podía el pobre cura poner á su disposición
+más que una miserable sacristía de aldea, con algunas casullas de damasco,
+usadas y guarnecidas de galones falsos y deslucidos.</p>
+
+<p>—¡Bah!—dijo el obispo.—Señor cura, anunciad desde el púlpito nuestro
+<em>Te Deum</em>. Y todo se andará.</p>
+
+<p>Buscóse en las iglesias de los alrededores. Todas las grandezas de
+aquellas humildes parroquias reunidas no hubieran sido bastantes á vestir
+convenientemente un chantre de catedral.</p>
+
+<p>Cuando estaban en lo mejor de sus apuros, trajeron y depositaron
+en casa del cura, una gran caja con destino al señor obispo, dos jinetes
+desconocidos, los cuales volvieron á partir inmediatamente. Abrióse la
+caja, encontrándóse en ella una capa de tejido de oro, una mitra guarnecida
+de diamantes, una cruz arzobispal, un báculo magnífico; en una
+palabra, todas las vestiduras pontificales robadas hacía un mes á la catedral
+de Nuestra Señora de Embrun. Dentro de la caja venía un papel<span class="pagenum" id="Page_29">[Pg 29]</span>
+en el cual estaban escritas estas palabras: <em>Cravatte á monseñor Bienvenido</em>.</p>
+
+<p>—¡Cuando decía yo que todo se arreglaría!—exclamó el obispo. Después
+añadió sonriendo:—Al que se contenta con el sobrepelliz de un
+cura, le manda Dios una capa de arzobispo.</p>
+
+<p>—Monseñor,—murmuró el cura encogiéndose de hombros y sonriendo
+también:—¡Dios ó el diablo!</p>
+
+<p>El obispo miró fijamente al cura, reponiendo con autoridad:</p>
+
+<p>—¡Dios!</p>
+
+<p>Cuando volvió de nuevo á Chastelar, en toda la extensión del camino
+salían á verle por curiosidad. Encontróse en la casa rectoral de Chastelar
+á la señorita Batistina y á Magloria que le esperaban, y dijo á su
+hermana:</p>
+
+<p>—¿Qué tal, tenía yo razón? El pobre cura que salió á visitar á los
+pobres montañeses con las manos vacías, vuelve acá con las manos llenas.
+Partí, llevando únicamente mi esperanza en Dios, y me traigo el
+tesoro de una catedral.</p>
+
+<p>Por la noche, antes de acostarse dijo todavía:</p>
+
+<p>—No he temido jamás á los ladrones ni á los asesinos. Estos son los
+peligros exteriores, es decir, los peligros ligeros. Las preocupaciones,
+éstas son los ladrones; los vicios, éstos son los asesinos. Los grandes peligros
+residen en nosotros mismos. ¡Qué importa lo que puede amenazar
+nuestra cabeza ó nuestro bolsillo! No debemos preocuparnos sino de lo
+que amenaza á nuestras almas.</p>
+
+<p>Luego, dirigiéndose á su hermana, dijo:</p>
+
+<p>—Hermana mía, el sacerdote jamás debe tomar precauciones contra
+el prójimo. Lo que hace el prójimo, Dios lo permite. Concretémonos á
+rogar cuando creamos que nos amaga algún peligro. Roguémosle, no
+por nosotros, pero sí por nuestros hermanos, á fin de que no cometan
+falta por causa nuestra.</p>
+
+<p>Por lo demás, los sucesos extraordinarios eran rarísimos en su existencia.
+Damos cuenta de aquellos que sabemos; pero ordinariamente, se
+pasaba su vida haciendo todos los días lo mismo y á las mismas horas.
+Un mes de sus años se parecía á una hora de sus días.</p>
+
+<p>En cuanto á lo que fué «el tesoro» de la catedral de Embrun, nos veríamos
+apurados si se nos interrogara sobre ello. Contenía objetos muy
+ricos, tentadores y muy á propósito para emplearlos en provecho de los
+desgraciados. Robados ya lo estaban, la mitad de la aventura era por lo
+tanto una realidad; no faltaba sino cambiar la dirección del robo, haciéndole
+dar un rodeo hacia la parte de los pobres. Nada podemos afirmar,
+sin embargo, sobre el particular.</p>
+
+<p>Solamente que se encontró entre los papeles del obispo, una nota
+bastante confusa que se refería, tal vez á este particular, concebida en<span class="pagenum" id="Page_30">[Pg 30]</span>
+los siguientes términos: <em>La cuestión está en si esto debe ser devuelto á
+la catedral ó al hospital</em>.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Filosofía después de beber</b></p>
+
+
+<p>El senador de quien antes hemos hablado, era un hombre inteligente,
+que había hecho su carrera con una rectitud incapaz de reconocer como
+obstáculos esto que llamamos conciencia, fe jurada, justicia y deber; había
+caminado siempre directamente á su objetivo, sin separarse un punto
+de la recta de su encumbramiento é intereses. Era un antiguo procurador,
+enternecido por el éxito, no malo del todo, prestando cuantos servicios
+insignificantes podía á sus hijos, á sus yernos, á sus demás parientes
+y aun á sus amigos; había tomado sabiamente de la existencia sólo
+la parte buena y utilitaria. Todo lo demás le parecía estúpido.</p>
+
+<p>Tenía ingenio y había leído lo suficiente para creerse discípulo de
+Epicuro, sin ser otra cosa que un simple producto de Pigault-Lebrun.
+Reíase de buen grado y alegremente de las cosas eternas é infinitas, como
+de las «ocurrencias del buen obispo». Llegando algunas veces, con
+cierta condescendiente autoridad, á reirse á las mismas barbas de Monseñor
+Myriel de lo que este decía.</p>
+
+<p>No recuerdo bien con motivo de qué ceremonia medio oficial, el conde***
+(dicho senador) y Monseñor Myriel debieron comer en casa del
+prefecto. Á los postres, el senador, un poco alegre, pero digno siempre,
+exclamó:</p>
+
+<p>—¡Voto á san...! ¡señor obispo! Charlemos un poco. Un senador y
+un obispo se miran raras veces sin guiñar el ojo. Somos dos agoreros.
+Voy á seros franco. Tengo mi filosofía.</p>
+
+<p>—Tenéis mucha razón,—respondió el obispo.—Cuando uno se ocupa
+de sus filosofías, uno se acuesta. Y vos, señor senador, os habéis echado
+en un lecho de púrpura.</p>
+
+<p>El senador envalentonado, repuso:</p>
+
+<p>—Seamos buenos chicos.</p>
+
+<p>—Ó buenos diablos, lo mismo da,—dijo el obispo.</p>
+
+<p>—Os confieso—,replicó el senador,—que el marqués de Argens, Pyrrhon,
+Hobbes y el señor Naigeon no son unos bolonios. Tengo yo en mi
+biblioteca á todos mis filósofos encuadernados y dorados por el canto.</p>
+
+<p>—Como vos mismo, señor conde,—interrumpió el obispo.</p>
+
+<p>Prosiguió el senador:</p>
+
+<p>—Odio á Diderot; es un ideólogo, un declamador y un revolucionario:<span class="pagenum" id="Page_31">[Pg 31]</span>
+en el fondo cree en Dios, es más santurrón que Voltaire. Voltaire se
+rió de Needham, y se equivocó: porque las anguilas de Needham prueban
+la inutilidad de Dios.</p>
+
+<p>Una gota de vinagre en una cucharada de pasta de harina, suple perfectamente
+al <em>fiat lux</em>. Suponed la gota bastante gruesa, y bastante grande
+la cucharada, y tenéis el mundo.</p>
+
+<p>El hombre es la anguila. Entonces, ¿á qué el Padre eterno?</p>
+
+<p>Señor obispo, la hipótesis de Jehová me fatiga. No sirve más que para
+producir gentes débiles que sueñan vaciedades. ¡Abajo ese gran Todo que
+nos enreda! ¡Viva Zero que me deja tranquilo! De vos á mí, y por decirlo
+de una vez, ó para confesarme á mi pastor, creed que cuando llega el
+caso, tengo buen juicio. No estoy loco, ni mucho menos, por vuestro Jesús
+que predica, á cielo descubierto y en todas partes, el desprecio de las
+riquezas y el sacrificio. Consejo de avaro ó de pordiosero. Despreciar
+las riquezas: ¿por qué sacrificarse?: ¿á qué? Jamás he visto que un lobo
+se inmole á otro lobo de buena gana. No nos salgamos pues de la naturaleza.
+Nos encontramos en la cúspide; tengamos por lo tanto una filosofía
+superior. ¿Para qué estar en lo alto, si no hemos de querer ver más
+allá de la punta de la nariz de los demás? Vivamos alegremente. La vida
+es el todo.</p>
+
+<p>Que exista para el hombre otro porvenir, en otra cualquier parte, en
+lo alto, en lo bajo ó donde se quiera, no creo yo de ello una palabra. ¡Ah!
+se me recomienda la pobreza y el sacrificio, y debo por lo tanto tener
+cuidado de todo cuanto haga; es preciso también que me rompa la cabeza
+sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto, sobre el <em>fas</em> y el
+<em>nefas</em>. ¿Por qué? Porque he de dar cuenta de mis acciones. ¿Cuándo?
+Después de muerto. ¡Vaya un sueño! Después de muerto bien haya quien
+me pinche. Haced que coja un puñado de ceniza una mano de sombra.
+Hablemos en puridad, ya que pertenecemos á los iniciados, y que le
+hemos levantado á Isis el guardapié: No existe el bien ni el mal; no hay
+más que vegetación. Busquemos lo real. Penetremos por todas partes.
+Profundicemos, ¡qué diablos! es preciso orear la verdad, sondear las
+profundidades de la tierra y cogerla. Entonces seréis fuerte y podréis
+reir.</p>
+
+<p>Yo soy cuadrado por la base. Señor obispo, la inmortalidad del hombre
+es como un «oiga usted». ¡Vaya una promesa! fiad en ella y... Vaya
+un documento sólido el de Adán. Uno es alma, y podrá ser ángel, y podrá
+tener dos alas azules en los omóplatos. Ayudadme, pues; ¿no fué
+Tertuliano quien dijo que los bienaventurados irán de un astro á otro?
+Sea. Seremos las langostas de las estrellas. Luego veremos á Dios. Ta ta
+ta. ¡Qué tonterías, ni qué paraísos! Dios es un cuento monstruoso.</p>
+
+<p>Yo no he de decir todo esto en el <em>Moniteur</em>, ¡qué diantre! pero puedo
+murmurarlo entre amigos. <em>Inter pocula.</em> Sacrificar la tierra al paraíso,<span class="pagenum" id="Page_32">[Pg 32]</span>
+es dejar la tajada por la sombra. ¡Ser el escarnio del infinito! ser un salvaje.
+Yo no soy nada. Me llamo el señor conde Nada, senador, ¿era yo
+antes de mi nacimiento? No. ¿Seré después de mi muerte? No. ¿Qué soy?
+un poco de polvo agregado por un organismo. ¿Qué he venido á hacer
+sobre esta tierra? Tengo la elección: sufrir ó disfrutar. ¿A dónde me conducirá
+el sufrimiento? A la nada; pero habré sufrido. ¿A dónde me conducirá
+el goce? A la nada; pero habré gozado. Mi elección está hecha.
+Es preciso comer ó ser comido. Yo como. Más vale ser el diente que la
+yerba. Esta es mi ciencia. Luego que vaya todo como pueda, el sepulturero
+está allí, el panteón para nosotros; todo cae en la fosa común.
+Fin. <em>Finis.</em> Liquidación total. Este es el término donde todo acaba. La
+muerte ha muerto, creedme. Si hay alguien que tenga algo que decir sobre
+el particular, desde luego me río de estos sueños. Cuentos de nodrizas.
+El coco para los niños, Jehová para los hombres. No; nuestro mañana
+es de la noche. Detrás de la tumba no hay sino nadas iguales. Así
+hayáis sido un Sardanápalo ó un Vicente de Paul, esto no importa. Ésta
+es la verdad. Vivid, pues, sobre todo. Servíos de vuestro <em>yo</em> mientras
+lo poseáis. En verdad os lo digo, señor obispo, tengo yo mi filosofía y
+mis filósofos. Jamás me he dejado ni me dejaré enredar en estas invenciones.
+Después de todo, no deja de ser ello de algún provecho para los
+pobres que andan por acá con los pies desnudos, para los ganapanes, y
+los miserables. Alimentadles de leyendas, quimeras, alma, inmortalidad,
+paraíso y estrellas. Ellos comen eso mezclado con pan seco. Quien nada
+tiene, puede tener el buen Dios, que es bien poca cosa. No me opongo á
+ello, pero guardo para mí á Noigeón.</p>
+
+<p>El buen Dios, es bueno para el pueblo.</p>
+
+<p>El obispo batió palmas.</p>
+
+<p>—¡Esto es hablar!—exclamó.—¡Qué excelente y maravilloso es este
+materialismo! No lo tiene quien quiere. ¡Ah! cuando uno lo posee, no
+hay quien le engañe, ni se deja uno desterrar brutalmente como Catón,
+ni lapidar como Esteban, ni abrasar vivo como Juana de Arco. Aquellos
+que han sabido procurarse tan admirable materialismo, tienen la incomparable
+dicha de sentirse irresponsables, y de pensar que pueden ellos
+devorarlo todo, sin la menor inquietud; las prebendas, las dignidades,
+el poder bien ó mal adquirido, las retractaciones lucrativas, las traiciones
+útiles, las sabrosas capitulaciones de conciencia y que bajarán á la
+tumba, hecha ya la digestión. ¡Qué cosa tan rica! Y no digo eso por vos,
+señor senador. No obstante, me es imposible dejar de felicitaros. Vosotros,
+los grandes señores, tenéis, como habéis dicho, una filosofía particular,
+hecha por vuestro gusto y á gusto vuestro, exquisita, refinada,
+accesible solo á los ricos, siempre sabrosa y sazonada á vuestro paladar
+para todas las necesidades de la vida. Esta filosofía está tomada de las
+profundidades y desenterrada por buscadores especiales. Mas como sois<span class="pagenum" id="Page_33">[Pg 33]</span>
+príncipes buenos, no lleváis á mal que la creencia en un buen Dios sea
+la filosofía del pueblo, así como, por ejemplo, que el pato guisado con
+castañas sea el pavo trufado de los pobres.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>El hermano explicado por la hermana</b></p>
+
+
+<p>Para dar una idea del interior doméstico del señor obispo de D*** y
+de la manera como aquellas dos santas mujeres subordinaban sus acciones,
+sus pensamientos, hasta sus instintos de mujer, miedosas por naturaleza,
+á las costumbres é intenciones del obispo, sin que él tuviera necesidad
+de tomarse la pena de hablar para expresarlas, no podemos hacer
+otra cosa que transcribir una carta de la señorita Batistina á la señora
+vizcondesa de Boischevron, su amiga de la infancia. Esta carta está
+en nuestras manos.</p>
+
+
+<p>D*** 16 diciembre de 18...</p>
+
+<p>«Mi buena señora: no se pasa un día, durante el cual no hablemos de
+vos. Es ésta ya en nosotros una costumbre, pero existe además otra razón
+para ello. Figuraos que al quitar el polvo y al lavar las paredes y
+los techos, la señora Magloria ha hecho grandes descubrimientos; ahora
+ya nuestros dos aposentos tapizados de papel viejo blanqueado por la
+cal, no resultarían indignos de pertenecer á un castillo como el vuestro.
+La señora Magloria ha arrancado todo el papel. Debajo había otras cosas.
+Mi salón donde no hay muebles, y del que nos servimos para tender
+la ropa de la colada, mide quince pies de alto por diez y ocho de ancho
+en cuadro, un techo pintado á la antigua, con dorados y artesonados como
+vuestra casa. Estaba cubierto por un lienzo desde que fué convertido
+en hospital. En fin, que han aparecido ensambladuras del tiempo de
+nuestros abuelos. Pero es en mi cuarto donde hay que ver. La señora
+Magloria ha descubierto, por bajo de diez papeles por lo menos, pegados
+unos sobre otros, pinturas, que sin ser del todo buenas, pueden muy bien
+pasar. Está Telémaco, armado caballero por Minerva, está también en
+los jardines, cuyo nombre no recuerdo ahora. En fin, allí donde las damas
+romanas iban solo una noche. ¿Qué he de deciros más? Tengo romanos,
+tengo romanas (<em>aquí una palabra ininteligible</em>), y toda la comitiva.
+La señora Magloria ha aclarado todo esto, y este verano piensa reparar
+algunas pequeñas averías, barnizándolo todo, y mi cuarto será así un
+<span class="pagenum" id="Page_34">[Pg 34]</span>
+verdadero museo. Ha encontrado igualmente en un rincón del granero,
+dos consolas de madera, bastante antiguas. Pidiéronnos dos escudos de
+seis libras por volverlas á dorar, pero vale más dárselos á los pobres;
+además son bastante feas; yo gustaría más de un velador de caoba.</p>
+
+<p>«Yo sigo siendo siempre tan dichosa. Mi hermano es tan bueno. Todo
+lo que tiene se lo da á los pobres y á los enfermos. Pasamos mucha
+estrechez. En este país es muy crudo el invierno, y es preciso hacer algo
+por los que carecen de todo... Nosotros estamos más ó menos alumbrados
+y abrigados. Ya veis que son estas grandes comodidades.</p>
+
+<p>«Mi hermano tiene sus costumbres particulares. Cuando hablamos
+de ello, dice que un obispo debe ser así. Figuraos que las puertas de esta
+casa no se cierran jamás. Entra el que quiere, y se encuentra en seguida
+con mi hermano. No teme nada, nada, ni siquiera de noche. Esa
+es su valentía, según él dice.</p>
+
+<p>«No permite que yo tema por él, ni que la señora Magloria tema tampoco.
+Se expone á toda clase de peligros, y no quiere que aparentemos
+que nos apercibimos de ello. Es preciso saberle comprender.</p>
+
+<p>«Sale cuando llueve, camina bajo el agua, y viaja en invierno. No
+le asusta la noche, ni los caminos peligrosos, ni los malos encuentros.</p>
+
+<p>«El año pasado se fué solo á un país de ladrones, sin permitir que le
+acompañáramos nosotras. Estuvo ausente unos quince días. Á su vuelta,
+nada le había pasado: se le creía muerto, y gozaba de buena salud. Dijo:
+«¡Ved cómo me han robado!» y abrió una maleta, llena con todas las alhajas
+de la catedral de Embrun que le habían entregado los ladrones.</p>
+
+<p>«Esta vez, al volver, no pude menos de regañarle un poco, cuidando,
+sin embargo, de hablar mientras metía mucho ruido el carruaje, á fin
+de que nadie pudiera enterarse.</p>
+
+<p>«Al principio me decía yo: no hay peligros que le detengan, es terrible;
+ahora he acabado por acostumbrarme. Muchas veces hago señas á
+la señora Magloria para que no le contradiga. Él obra y se aventura como
+le parece. Me llevo á la señora Magloria y me subo con ella á mi
+cuarto, ruego por él y me quedo dormida. Estoy tranquila, porque sé
+muy bien que si le sucediera algún percance, sería ello mi fin. Me iría
+con el buen Dios en compañía de mi hermano y obispo. La señora Magloria
+ha tenido más trabajo que yo para acostumbrarse á lo que ella
+llamaba sus imprudencias. Ahora ya estamos resignadas. Rezamos las
+dos juntas; las dos tenemos miedo á un tiempo, y á la par nos dormimos.
+El diablo podría entrar en casa sin el menor obstáculo. Después de
+todo, ¿por qué hemos de temer? Siempre hay con nosotros en nuestra casa
+alguien que es más fuerte. Puede el diablo pasar, pero el buen Dios
+la habita.</p>
+
+<p>«Esto me basta; mi hermano no tiene ya necesidad de decirme nada.
+Le comprendo sin que me hable, y nos abandonamos á la Providencia.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_35">[Pg 35]</span></p>
+
+<p>«Ved cómo hay que tratar á un hombre que tiene su grandeza de
+espíritu.</p>
+
+<p>«He preguntado á mi hermano acerca de las noticias que me pedís
+sobre la familia de Faux. Ya sabéis que está él muy al corriente, y que
+conserva todos sus recuerdos, pues sigue siendo muy buen realista. Esta
+familia es una de las más antiguas entre las normandas de la generalidad
+de Caen. Hace quinientos años hubo un Raúl de Faux, un Juan
+Faux y un Tomás Faux, que eran hidalgos, y uno de ellos señor de Rochefort.
+El último fué Guido Esteban Alejandro, maestre de campo, y
+no sé qué más en la caballería ligera de Bretaña. Su hija, María Luisa,
+casó con Adriano Carlos de Gramont, hijo del duque Luis de Gramont,
+par de Francia y coronel de guardias francesas, y teniente general de
+los ejércitos. Se escribe Faux, Fauq y Faoucq.</p>
+
+<p>«Recomendadnos, mi buena señora, á las oraciones de vuestro santo
+pariente el señor cardenal. En cuanto á vuestra cara Silvania, ha hecho
+bien aprovechando los cortos instantes que pasa á vuestro lado para escribirme.
+Está buena, trabaja á gusto vuestro, me quiere siempre; es todo
+lo que yo deseo; estoy muy contenta con el recuerdo que por vos me
+ha enviado. Mi salud no es del todo mala, y sin embargo, voy enflaqueciendo
+diariamente. Adiós, se acaba el papel, y esto me obliga á despedirme.
+Tantas cosas á todos.</p>
+
+
+<p class="right" style="padding-right: 5em;">«<span class="smcap">Batistina.</span></p>
+
+<p>«P. S.—Vuestro sobrinillo está precioso. ¿Sabéis que va ya para cinco
+años? Ayer vió pasar un caballo al que habían puesto rodilleras, y
+dijo: ¿Qué es lo que tiene el pobre en las rodillas?—¡Es una criatura encantadora!
+Su hermanito corre ya por la habitación tirando de un palo
+de escoba como de un carro, y grita: ¡Au!».</p>
+
+<p>Como se ve por esta carta, aquellas dos mujeres sabían acomodarse á
+la manera de ser del obispo con esa concepción particular de la mujer
+que comprende al hombre, mejor que el hombre se comprende á sí mismo.
+El obispo de D*** bajo aquel aspecto sereno y cándido que no desmentía
+jamás, hacía á veces cosas grandes, atrevidas y magníficas sin
+que pareciese advertirlo siquiera. Ellas podían asustarse, pero le dejaban
+hacer. Alguna que otra vez la señora Magloria solía mostrar su oposición
+antes, pero nunca durante ni después de la acción. Jamás se le distraía
+con una sola palabra, ni un gesto siquiera, durante una obra comenzada.
+En muchos casos sin que tuviera necesidad de decirlo, cuando
+tal vez ni aún conciencia de ello tenía, tanta era su sencillez, presentían
+ellas vagamente que obraba como obispo; entonces no eran ellas más
+que dos sombras en aquella casa. Servíanle pasivamente, y si era preciso
+para obedecer, que desapareciesen, desaparecían.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_36">[Pg 36]</span></p>
+
+<p>Sabían, con admirable delicadeza de instinto, que los excesos de solicitud
+pueden ser á veces un estorbo, por lo cual, aún creyéndole en
+peligro, pero comprendiendo, no diré su pensamiento, pero sí su naturaleza,
+hasta el punto de no velar por él. Confiábanle á Dios.</p>
+
+<p>Sin embargo, Batistina decía, como acabamos de leer, que el fin de
+su hermano sería el suyo. La señora Magloria no lo decía, pero lo sabía.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">X<br>
+<b>El obispo en presencia de una luz desconocida</b></p>
+
+
+<p>En una época un tanto posterior á la fecha de la carta citada en las
+páginas precedentes, hizo él cierta cosa, que, si hemos de creer lo que se
+dijo en toda la ciudad, era más arriesgada aún que su paseo por las montañas
+de los bandidos.</p>
+
+<p>Existía junto á D*** en el campo, un hombre que vivía solitario. Este
+hombre, digamos de una vez la gran palabra, era, un antiguo convencional,
+llamado G.</p>
+
+<p>Hablábase del convencional G. entre la gentezuela de D*** con cierto
+horror. ¡Un convencional! ¡Quién puede figurárselo! Eso existía en tiempos
+en que se tuteaban unos á otros y se llamaban ciudadano. Aquel
+hombre venía á ser casi un monstruo. No había votado la muerte del rey,
+pero poco le había faltado. Era pues, un casi regicida. Había sido terrible.
+¿Por qué á la vuelta de los príncipes legítimos no habían hecho comparecer
+á ese hombre ante un consejo prebostal? No era preciso cortarle la
+cabeza, porque era necesario ser clemente; pero al menos se le podía
+haber condenado á destierro perpetuo. ¡Hacer un escarmiento! Además,
+era un ateo como todas aquellas gentes de entonces.</p>
+
+<p>Habladurías de gansos sobre el buitre.</p>
+
+<p>¿Era en realidad un buitre el convencional G.? Sí, á juzgar por lo que
+había de esquivo en su soledad. No habiendo votado la muerte del rey,
+no estuvo comprendido en los decretos de destierro, y podía permanecer
+en Francia.</p>
+
+<p>Habitaba á tres cuartos de hora de la ciudad, alejado de toda vivienda
+y de todo camino; en la perdida quebrada de un valle salvaje. Decíase
+que tenía allí una especie de campo, un tabuco, una madriguera. Nada
+de vecinos, nada de transeuntes. Desde que moraba en aquel valle, la
+senda que á él conducía había desaparecido bajo la yerba. Hablábase de
+aquel sitio como de la casa del verdugo.</p>
+
+<p>Por lo tanto, tenía el obispo fija su idea en lo que de él se decía, y de<span class="pagenum" id="Page_37">[Pg 37]</span>
+tiempo en tiempo miraba al horizonte, hacia el punto donde un grupo de
+árboles indicaba el valle del viejo convencional, y decía: «¡Allí existe un
+alma que está sola!».</p>
+
+<p>Y para sus adentros, añadía: «Le debo mi visita».</p>
+
+<p>Debemos confesar, sin embargo, que semejante idea, tan natural al
+principio, le parecía después de un momento de reflexión, como extraña
+é imposible, y casi repulsiva, porque en el fondo participaba de la impresión
+general, y el convencional le inspiraba, sin que él acertase á darse
+cuenta de ello, esa especie de sentimiento que es como la frontera del
+odio, y que expresa perfectamente la palabra: despego.</p>
+
+<p>No obstante, ¿debe la sarna de la oveja hacer retroceder al pastor?
+No. ¡Pero qué oveja!</p>
+
+<p>El buen obispo estaba perplejo. Algunas veces se dirigía hacia aquel
+punto, pero luego retrocedía.</p>
+
+<p>Cierto día, por fin, corrió por la ciudad la noticia de que una especie
+de pastorcillo que servía al convencional G. en su madriguera, había
+ido en busca de un médico; aquel infame viejo se moría, por que la parálisis
+aumentaba, y no podía pasar de aquella noche. ¡Á Dios gracias!
+añadían algunos.</p>
+
+<p>El obispo tomó su bastón, púsose su sobretodo á causa de estar su
+sotana, como hemos dicho, por demás usada, y además, por guardarse
+del aire de la tarde, que no había de tardar en soplar, y partió.</p>
+
+<p>El sol declinaba y tocaba casi al horizonte cuando llegó el obispo al
+sitio excomulgado. Reconoció por los latidos de su corazón que se encontraba
+cerca de la madriguera. Saltó una zanja, pasó un seto, atravesó un
+puente, entró en un huertecillo descuidado, dió algunos pasos resueltos,
+y de pronto, en un fondo erial, detrás de altos abrojos, percibió la caverna.</p>
+
+<p>Era una cabaña baja, pobre, pequeña y aseada, cuya fachada cubría
+un emparrado.</p>
+
+<p>Junto á la puerta, sentado en un viejo sillón de ruedas veíase un
+hombre de cabellos blancos, que sonreía mirando al sol poniente.</p>
+
+<p>Junto al viejo sentado, estaba de pie un joven, el pastorcillo, sirviendo
+al anciano una taza de leche.</p>
+
+<p>Mientras le miraba el obispo, el anciano levantó la voz diciendo:—Gracias,
+no necesito nada más. Y su sonrisa dejó de fijarse en el sol para
+dirigirse al chico.</p>
+
+<p>Adelantóse el obispo, y al ruido que produjo su andar volvió el viejo
+sentado la cabeza, y su semblante expresó toda la sorpresa que se pueda
+sentir después de una larga vida.</p>
+
+<p>—Desde que estoy aquí,—dijo el anciano,—ésta es la vez primera
+que un hombre entra en mi casa. ¿Quién sois, señor?</p>
+
+<p>El obispo respondió:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_38">[Pg 38]</span></p>
+
+<p>—Yo me llamo Bienvenido Myriel.</p>
+
+<p>—¡Bienvenido Myriel! he oído pronunciar ese nombre. ¿Seríais vos
+acaso aquél á quien el pueblo llama monseñor Bienvenido?</p>
+
+<p>—Yo soy.</p>
+
+<p>El viejo repuso con ligera sonrisa:</p>
+
+<p>—En ese caso, ¿sois vos mi obispo?</p>
+
+<p>—¡Puede!</p>
+
+<p>—Entrad, señor.</p>
+
+<p>El convencional tendió la mano al obispo; pero el obispo no se la
+tomó, limitándose á decir únicamente:</p>
+
+<p>—Me alegro de ver que me han engañado. No parece en verdad, que
+estéis enfermo.</p>
+
+<p>—Señor,—respondió el anciano,—voy á curar del todo.</p>
+
+<p>Hizo una pausa, y dijo:</p>
+
+<p>—Voy á morir dentro de tres horas.</p>
+
+<p>Luego repuso:</p>
+
+<p>—Tengo algo de médico, y sé de qué manera llega la última hora...
+Ayer no tenía fríos más que los pies; hoy ha subido el frío á las rodillas,
+y estoy sintiendo ahora que alcanza la cintura; cuando llegue al corazón,
+me pararé. ¿Verdad que es bello el sol? He hecho que me arrastren
+hasta aquí para lanzar mi última mirada sobre las cosas. Podéis hablarme,
+la conversación no me fatiga. Habéis hecho muy bien en venir á
+ver á un hombre que va á morir. Es bueno que en este momento haya
+testigos. Cada uno tiene sus manías; yo hubiera querido llegar hasta la
+aurora. Pero sé que me quedan apenas tres horas; será de noche. En fin,
+¡qué importa! Acabar es trabajo sencillo. No hay necesidad de día para,
+ello. Sea, moriré á la hora de las estrellas.</p>
+
+<p>El anciano se volvió hacia el pastor:</p>
+
+<p>—Y tú, vete á acostar. Has velado toda la noche, y estás cansado.</p>
+
+<p>El muchacho entró nuevamente en la cabaña.</p>
+
+<p>El anciano le siguió con la mirada y añadió, como hablando consigo
+mismo:</p>
+
+<p>—Mientras él dormirá, yo moriré. Ambos sueños pueden ser buenos
+vecinos.</p>
+
+<p>El obispo no estaba conmovido como parece que debía estarlo. No
+creía él sentir á Dios en aquella manera de morir; digámoslo todo, porque
+las pequeñas contradicciones de los corazones grandes deben ser indicadas
+como las demás; él, que cuando llegaba el caso se reía de buena
+fe de su eminencia, en aquel momento le chocaba algún tanto no oir
+que se le llamase monseñor, llegando á estar tentado de replicar: ciudadano.
+Ocurriósele el capricho de cierta familiaridad, muy común en
+médicos y eclesiásticos, pero que no era habitual en él. Aquel hombre,
+después de todo, aquel convencional, aquel representante del pueblo, había<span class="pagenum" id="Page_39">[Pg 39]</span>
+sido un poderoso de la tierra; por la primera vez de su vida tal vez,
+se sintió el obispo inclinado á la severidad.</p>
+
+<p>El convencional, sin embargo, considerábale con modesta cordialidad,
+en la cual hubiérase podido distinguir tal vez la humildad que
+acompaña al individuo próximo á convertirse en polvo.</p>
+
+<p>El obispo, por su parte, si bien se abstenía generalmente de toda curiosidad,
+la cual, según él, era vecina de la ofensa, no podía abstenerse
+de examinar al convencional con una atención, que, no siendo originada
+por la simpatía, se la hubiese reprochado sin duda su propia conciencia
+con relación á otro hombre cualquiera. Un convencional le hacía
+el efecto de estar algo fuera de la ley, inclusa la ley de la caridad. G.,
+sereno, el busto casi erguido, la voz vibrante, era uno de esos grandes
+octogenarios que causan la admiración del fisiólogo. La Revolución tuvo
+muchos de esos hombres dignos de su época. Adivinábase desde luego
+en aquel anciano al hombre fuerte. Tan próximo como estaba á su
+fin, conservaba todas las apariencias de la salud. Había en su certera mirada,
+en su enérgico acento, en el robusto movimiento de sus hombros,
+un algo, capaz de desconcertar á la muerte. Azrael, el ángel mahometano
+del sepulcro, hubiera retrocedido creyendo haber equivocado la puerta.
+G. parecía morirse, porque así lo quería. Gozaba de la libertad, hasta
+en su misma agonía. Las piernas solamente estaban inmóviles. Las tinieblas
+le tenían cogido por ellas. Tenía los pies muertos y fríos, y la
+cabeza, viviente con toda la pujanza de la vida, aparecía erguida y radiante.
+G. en aquel supremo instante, se asemejaba al rey del cuento
+oriental, de carne su parte superior, de mármol su base.</p>
+
+<p>Había allí una piedra. El obispo se sentó. El exordio fué <em>ex-abrupto</em>.</p>
+
+<p>—Os felicito,—díjole en tono casi reprensivo.—Vos no habéis votado
+nunca la muerte del rey.</p>
+
+<p>El convencional no pareció fijarse en la significación amarga que
+ocultaba la palabra <em>nunca</em>. Pero respondió, después de haber desaparecido
+de su rostro la menor sombra de sonrisa:</p>
+
+<p>—No me felicitéis demasiado, señor, porque voté el fin del tirano.</p>
+
+<p>Era el acento austero ante el tono severo.</p>
+
+<p>—¿Qué queréis decir?—repuso el obispo.</p>
+
+<p>—Quiero decir que el hombre tiene un tirano, la ignorancia. Yo voté
+el fin de ese tirano. Ese tirano ha engendrado la dignidad real, que es
+la autoridad tomada de lo falso, mientras que la ciencia es la autoridad
+tomada de lo verdadero. El hombre no debe ser gobernado más que por
+la ciencia.</p>
+
+<p>—Y la conciencia,—añadió el obispo.</p>
+
+<p>—Es igual. La conciencia es la cantidad de ciencia innata que se encierra
+en nosotros.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_40">[Pg 40]</span></p>
+
+<p>Monseñor Bienvenido escuchaba, algo asombrado, este lenguaje enteramente
+nuevo para él.</p>
+
+<p>El convencional prosiguió:</p>
+
+<p>—Tocante á Luis XVI, dije no. Yo no me creo con derecho para matar
+á un hombre; pero siento el deber de exterminar el mal. Yo voté el
+fin del tirano, es decir, el fin de la prostitución de la mujer, el fin de la
+esclavitud del hombre, el fin de las tinieblas para el niño. Votando la
+república, voté todo eso. Yo voté la fraternidad, la concordia, la aurora.
+Ayudé á la caída de las preocupaciones y de los errores. El hundimiento
+de los errores y de las preocupaciones produce la luz. Nosotros hicimos
+caer al viejo mundo; y el viejo mundo, vaso de miserias, al derramarse
+sobre el género humano, se ha convertido en cáliz de alegría.</p>
+
+<p>—De alegría impura,—dijo el obispo.</p>
+
+<p>—Podéis decir alegría turbada; y hoy por hoy, después de ese regreso
+fatal del pasado que se llama 1814, alegría desvanecida. ¡Ay! La
+obra resultó incompleta, convengo en ello; nosotros demolimos el antiguo
+régimen en los hechos, no pudiendo suprimirlo del todo en las ideas.
+Destruir el abuso no es suficiente, es preciso modificar las costumbres.
+El molino no existe, pero prosigue el viento.</p>
+
+<p>—Vosotros demolisteis. Demoler puede tal vez ser útil; pero yo no
+me fío de una demolición mezclada en cólera.</p>
+
+<p>El derecho encierra su cólera, señor obispo, y la cólera del derecho
+es un elemento de progreso. No importa, diga quien quiera lo contrario,
+la Revolución francesa es el paso más grande del género humano desde
+el advenimiento de Cristo. Incompleto puede ser, pero sublime. Ha despejado
+todas las incógnitas sociales, y ha suavizado los espíritus; ha
+apaciguado, ha templado é ilustrado, ha hecho infiltrar en la tierra torrentes
+de civilización, en una palabra: ha sido buena. La Revolución
+francesa es la consagración de la humanidad.</p>
+
+<p>El obispo no pudo abstenerse de murmurar:</p>
+
+<p>—¿Sí? ¡93!</p>
+
+<p>El convencional se incorporó en su silla con una solemnidad casi lúgubre,
+y con toda la energía con que pueda contar un moribundo,
+exclamó:</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Vos también! ¡93! Ya esperaba yo esta palabra. Se ha estado
+formando una nube durante mil quinientos años. Al fin de quince siglos
+ha descargado. ¿Pretendéis acusar por ello al rayo?</p>
+
+<p>Sintió el obispo, tal vez sin explicárselo, que había sido herido en
+algo. Supo contenerse, y respondió:</p>
+
+<p>—El juez habla en nombre de la justicia; el sacerdote habla en nombre
+de la clemencia, que no es sino otra justicia más alta. El trueno no
+debe jamás equivocarse.</p>
+
+<p>Y añadió mirando fijamente al convencional:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_41">[Pg 41]</span></p>
+
+<p>—¿Luis XVII?</p>
+
+<p>El convencional alargó la mano, y asiendo al obispo del brazo, dijo:</p>
+
+<p>—¡Luis XVII! Veamos. ¿Á quién lloráis en él? ¿Es al niño inocente?
+Entonces, sí, también lloro con vos. ¿Es al infante real? Os suplico que
+reflexionéis. Para mí, el hermano de Cartouche, niño inocente, colgado
+por los sobacos en la plaza de la Grève hasta que sobreviniese la muerte,
+por el solo crimen de ser hermano de Cartouche, no es menos doloroso
+que el nieto de Luis XV, niño inocente, martirizado en la torre del Temple
+por el solo crimen de haber sido nieto de Luis XV.</p>
+
+<p>—Señor,—dijo el obispo,—no gusto de esta mezcla de nombres.</p>
+
+<p>—¿Cartouche? ¿Luis XV? ¿Por cuál de los dos reclamáis?</p>
+
+<p>Hubo un momento de silencio. El obispo se arrepentía casi de haber
+ido allí, y no obstante, se sentía vaga y extrañamente conmovido.</p>
+
+<p>El convencional repuso:</p>
+
+<p>—¡Ah! señor cura, no os gustan las crudezas de la verdad; Cristo
+gustaba de ellas. Y sabía tomar una vara y limpiar el templo. Su látigo,
+de luz refulgente, era un rudo decidor de verdades. Cuando exclamaba:
+<em>Sinite parvulos</em>... no hacía distinción alguna entre los niños. Él no se
+inquietaba en preferir el primogénito de Barrabás al primogénito de
+Herodes. Señor, la inocencia tiene en sí misma su corona. La inocencia
+ni pierde ni gana siendo alteza. Es igualmente augusta vistiendo andrajos
+que flordelisada.</p>
+
+<p>—Es verdad,—repitió en voz baja el señor obispo.</p>
+
+<p>—Insisto—continuó el convencional G.—Habéis nombrado á Luis
+XVII. Entendámonos. ¿Lloramos por todos los inocentes, por todos los
+mártires, por todos los niños, por los de abajo como por los de arriba?
+Conformes. Pero ya os lo he dicho; es preciso remontarnos más arriba
+del 93, esto es, antes de Luis XVII, donde deben comenzar nuestras lágrimas.
+Yo lloraré con vos por los hijos de los reyes, con tal que vos lloréis
+conmigo por los hijos del pueblo.</p>
+
+<p>—Por todos lloro,—dijo el obispo.</p>
+
+<p>—¡Igualmente!—exclamó G.—Y si debe inclinarse la balanza, que
+sea del lado del pueblo. Hace mucho más tiempo que sufre.</p>
+
+<p>Hubo en nuevo silencio siendo el convencional quien lo rompió. Irguióse
+apoyándose sobre un codo, tomó con el pulgar y el índice un
+pliegue de su mejilla, como hace maquinalmente el que interroga cuando
+juzga, é interpeló al obispo con una mirada llena de todas las energías
+de la agonía. Casi fué una explosión.</p>
+
+<p>—Sí, señor; hace mucho tiempo que el pueblo sufre. Y luego, advertid:
+No es esto todo, ¿á que venís vos á preguntarme y hablarme de Luis
+XVII? Yo no os conozco ni sé quién sois. Desde que vine á este país, vivo
+en este recinto, solo, sin poner jamás los pies afuera, ni ver á nadie,
+más que á ese muchacho que me asiste. Vuestro nombre, es verdad, ha<span class="pagenum" id="Page_42">[Pg 42]</span>
+llegado confusamente hasta mí, y debo decirlo, no mal pronunciado;
+pero esto nada significa; ¡las gentes hábiles tienen tantas maneras de hacer
+que les crea el bueno del pueblo!... Á propósito, no he oído el ruido
+de vuestro carruaje; os lo habréis dejado sin duda detrás del soto, allá
+abajo en el empalme de la carretera. No os conozco, repito. Me habíais
+dicho que erais el obispo, pero esto nada me indica sobre vuestra personalidad
+moral. En suma, vuelvo á mi pregunta: «¿Quién sois?». Sois obispo,
+es decir, un príncipe de la Iglesia, uno de esos hombres dorados,
+blasonados, con grandes rentas, y gruesas prebendas; el obispo de D***
+quince mil francos fijos, diez mil de eventuales; total, veinticinco mil
+francos; con buena cocina, buenas libreas, con buena mesa, comiendo
+pollos de agua en viernes; pavoneándose entre lacayos delante y detrás
+de su berlina de gala, que tiene palacios, y arrastra coche en nombre de
+Jesucristo, ¡que andaba descalzo! Sois un prelado; rentas, palacios, caballos,
+buena mesa; todas las sensualidades de la vida, tendréis todo eso
+como los demás, y como los demás disfrutáis de ello, está bien; pero esto
+dice demasiado ó no dice bastante; esto no me prueba nada sobre el valor
+intrínseco y esencial, de quien viene con la pretensión probable de
+traerme la sabiduría. ¿Á quién estoy hablando? ¿Quién sois vos?</p>
+
+<p>El obispo inclinó la frente y respondió:</p>
+
+<p>—<em>Vermis sum.</em></p>
+
+<p>—¡Un gusano de tierra en carroza!—refunfuñó el convencional.</p>
+
+<p>Tocábale el turno al convencional ser altivo y al obispo humilde.</p>
+
+<p>Éste repuso con dulzura:</p>
+
+<p>—Sea, señor mío; pero explicadme, como mi coche, que está ahí á
+dos pasos detrás de los árboles, como mi buena mesa y los pollos de agua
+que yo como en viernes, como mis veinticinco mil francos de renta, como
+mi palacio y mis lacayos, prueban que la piedad no es una virtud,
+que la clemencia no es un deber, y que el 93 no fué inexorable.</p>
+
+<p>El convencional pasóse la mano por la frente como para despejar
+una nube.</p>
+
+<p>—Antes de contestaros,—le dijo,—os pido que me perdonéis. Acabo
+de cometer un error, señor mío. Estáis en mi casa, sois mi huésped y os
+debo cortesía. Discutís mis ideas, y debo limitarme á combatir vuestros
+argumentos. Vuestras riquezas y vuestros goces son mis ventajas contra
+vos en este debate; pero no es de buen gusto servirse de ellas. Os prometo
+no valerme más de las tales.</p>
+
+<p>—Os doy por ello gracias,—dijo el obispo.</p>
+
+<p>G. replicó:</p>
+
+<p>—Volvamos nuevamente á la explicación que me pedíais. ¿Dónde estábamos?
+¿Qué me decíais? ¿Que el 93 fué inexorable?</p>
+
+<p>—Inexorable, sí,—dijo el obispo.—¿Qué opináis de Marat batiendo
+palmas á la guillotina?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_43">[Pg 43]</span></p>
+
+<p>—¿Y qué me decís vos de Bossuet cantando el <em>Te-Deum</em> sobre los
+acuchillados?</p>
+
+<p>La contestación era dura, pero iba derecha al blanco con la rigidez
+de una punta de acero. El obispo se estremeció, y no se le ocurrió respuesta
+alguna; y luego, le desconcertaba la manera de nombrar á Bossuet.
+Los mejores ingenios tienen sus ídolos, y por esto se sienten vagamente
+mortificados por sus faltas de respeto á la lógica.</p>
+
+<p>El convencional empezaba á sentir hipo, el asma de la agonía que se
+mezcla á los últimos alientos, le embargaba la voz; no obstante, aún había
+en su mirada una perfecta lucidez de alma. Prosiguió:</p>
+
+<p>—Digamos todavía algunas palabras, puedo aún. Separándonos de la
+revolución que, tomada en conjunto, es una inmensa afirmación humana,
+93, ¡ay! es una réplica. Vos la encontráis inexorable; pero ¿y la monarquía,
+señor cura? Carrier es un bandido; pero ¿qué nombre le dais á
+Montrevel? Fouquier-Tainville es un vividor; pero ¿qué opinión os merece
+Lamoignon Baville? Maillard es espantoso; pero ¿Saulx-Tavannes qué
+os parece? El padre Duchesne es feroz; pero ¿qué epíteto me concedéis
+para el padre Letellier? Jourdan Corta-Cabezas es un monstruo; pero no
+tanto como el marqués de Louvois. Señor, señor, compadezco á María
+Antonieta, archiduquesa y reina; pero compadezco también á aquella
+pobre mujer hugonote, que, en 1685, bajo el reinado de Luis el Grande,
+dando de mamar á su hijo, fué amarrada á un poste, desnuda hasta la
+cintura; y arrancándole del pecho la criatura, colocáronla á cierta distancia;
+hinchado su seno por la leche y el corazón de angustia, la hambrienta
+y pálida criatura miraba muriendo aquel seno, lleno de vida, y
+el verdugo decía á la mujer, madre y nodriza á un tiempo: «¡Abjura!»
+dándole á escoger entre la muerte de su hijo y la de su conciencia. ¿Qué
+me diréis de este suplicio de Tántalo aplicado á una madre? Señor,
+guardad bien esto en la memoria: La Revolución francesa tuvo sus razones.
+Su cólera será absuelta indudablemente por la posteridad. Su resultado
+es el mejoramiento del mundo. De sus golpes más terribles, surge
+una caricia para el género humano. Abrevio, concluyo. Tengo demasiado
+buen juego. Además, me muero.</p>
+
+<p>Y dejando de mirar al obispo, el convencional terminó su pensamiento
+con estas sencillas palabras:</p>
+
+<p>—Sí, las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Cuando
+han terminado, se reconoce esto: que el género humano ha sido tratado
+con dureza, pero que ha marchado.</p>
+
+<p>El convencional no advertía siquiera que acababa de tomar sucesivamente
+una después de otra, todas las trincheras interiores del obispo.
+Éste conservaba una todavía, y del supremo recurso de la resistencia de
+monseñor Bienvenido, salió esta otra frase reapareciendo casi toda la
+rudeza del principio:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_44">[Pg 44]</span></p>
+
+<p>—El progreso debe creer en Dios. El bien no puede tener servidores
+impíos. Es un mal conductor del género humano el hombre ateo.</p>
+
+<p>El antiguo representante del pueblo no respondió. Sintióse estremecido;
+miró al cielo, saltándole una lágrima con aquella mirada. Cuando
+acabó de llenarse el párpado, la lágrima se deslizó á lo largo de la descolorida
+mejilla, y dijo balbuceando por lo bajo y como hablando consigo
+mismo, perdida su mirada en lo profundo:</p>
+
+<p>—¡Oh tú! ¡Oh ideal! ¡Tú sólo existes!</p>
+
+<p>El obispo sintió una especie de conmoción inexplicable.</p>
+
+<p>Después de un silencio, el anciano levantó un dedo señalando al cielo,
+y dijo:</p>
+
+<p>—El infinito existe. Allí está. Si el infinito no tuviera un yo, sería el
+yo su límite; no sería infinito; ó en otros términos, no sería. Pero es:
+luego existe un yo. El yo del infinito que es Dios.</p>
+
+<p>El moribundo había pronunciado estas últimas palabras en voz alta
+en el estremecimiento del éxtasis, como si viera á alguien. Cuando acabó
+de hablar se cerraron sus ojos. El esfuerzo le había debilitado por
+completo. Era evidente que acababa de vivir en un minuto, las pocas
+horas que podían quedarle. Lo que acababa de decir le había aproximado
+á la muerte. El supremo instante había llegado.</p>
+
+<p>Comprendiólo el obispo; apremiaba el tiempo, había ido allí como
+sacerdote; de una extremada frialdad había pasado gradualmente á la
+emoción extrema; fijó su mirada en aquellos ojos cerrados, tomó aquella
+mano rugosa y helada, é inclinándose hacia el moribundo, le dijo:</p>
+
+<p>—Ésta es la hora de Dios. ¿No os parece que hubiera sido sensible el
+habernos encontrado inútilmente?</p>
+
+<p>El convencional abrió los ojos de nuevo; cierta gravedad, en la que
+había algo de sombrío, inundó su semblante.</p>
+
+<p>—Señor obispo,—dijo con cierta lentitud, que procedía quizá mejor
+de la dignidad del alma que del desfallecimiento de sus fuerzas,—he pasado
+mi vida en la meditación, el estudio y la contemplación. Tenía yo
+sesenta años, cuando mi país me llamó y me ordenó mezclarme en sus
+asuntos. Yo obedecí. Existían abusos, y los combatí; existían tiranías,
+y las destruí; existían derechos y principios, y los proclamé y confesé.
+El territorio estaba invadido, y lo defendí; la Francia se veía amenazada,
+y le ofrecí mi pecho. No era rico, y soy pobre. Fuí uno de los dueños
+del Estado, y cuando las cajas del Tesoro estaban atestadas de valores,
+tantos que fué menester apuntalar las paredes del edificio, próximas
+á derrumbarse bajo el peso del oro y de la plata, comía yo en la
+calle del Arbre-sec á veintidós sueldos el cubierto. He socorrido á los
+oprimidos, he aliviado á los enfermos. He rasgado los manteles del altar,
+cierto; pero ha sido para vendar las heridas de la patria. He apoyado
+siempre la marcha adelante del género humano hacia la luz, y he resistido<span class="pagenum" id="Page_45">[Pg 45]</span>
+más de una vez al progreso despiadado. Hubo ocasión en que llegué
+á proteger á mis propios adversarios, á vosotros. Hay en Peteghem, en
+Flandes, en el mismo lugar donde los reyes merovingios tenían su palacio
+de verano, un convento de urbanistas, la abadía de Santa Clara de
+Beaulieu, que yo salvé en 1793. He cumplido con mi deber según mis
+fuerzas, haciendo el bien que pude. Después he sido arrojado, acosado,
+vejado, perseguido, calumniado, escarnecido, afrentado, maldecido y
+proscrito. Después de muchos años y con todos mis cabellos blancos,
+veo todavía que hay gentes que se creen con derecho á despreciarme;
+tengo para la pobre é ignorante multitud cara de condenado, y acepto
+sin odiar yo á nadie, el aislamiento del odio general. Tengo ahora
+ochenta y seis años; y voy á morir. ¿Qué venís á pedirme?</p>
+
+<p>—<em>Vuestra bendición</em>,—dijo el obispo.</p>
+
+<p>Y se arrodilló.</p>
+
+<p>Cuando el obispo levantó la cabeza, el rostro del convencional se le
+presentó verdaderamente augusto. Acababa de espirar.</p>
+
+<p>El obispo regresó á su casa profundamente absorbido en inexplicables
+pensamientos, y se pasó toda la noche en oración.</p>
+
+<p>Al día siguiente, algunos curiosos atrevidos, intentaron hablarle del
+convencional G.; concretóse á señalar el cielo.</p>
+
+<p>Desde este momento redobló su ternura y fraternidad para con los
+infelices y desvalidos.</p>
+
+<p>Toda alusión á aquel «desalmado viejo de G.» le sumía en una preocupación
+singular. Nadie podría asegurar que el paso de aquel espíritu
+ante el suyo, y el reflejo de aquella gran conciencia sobre la suya, no
+hubiesen contribuido en su aproximamiento á la perfección.</p>
+
+<p>Aquella «visita pastoral» fué, naturalmente, objeto de murmuración
+en los mezquinos círculos de la localidad.</p>
+
+<p>—¿Es acaso,—decían ellos,—lugar digno de todo un obispo la cabecera
+de semejante moribundo? Era evidente que no había de sacar de allí
+conversión ninguna. Todos esos revolucionarios son relapsos. ¿Á qué ir
+entonces? ¿Qué podía ver en semejante sitio? No podía ser sino la curiosidad
+de ver un alma que se la lleva el diablo.</p>
+
+<p>Cierto día, una de esas viudas ricas, perteneciente á la impertinente
+variedad de las gentes que se creen agudas, le enderezó esta salida:</p>
+
+<p>—Monseñor, no falta quien pregunta cuándo se pondrá Su Ilustrísima
+gorro encarnado.</p>
+
+<p>—¡Oh! ¡oh! Ése es un gran color,—respondió el obispo.—Puesto que
+los que le desprecian en un gorro le veneran en un capelo.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_46">[Pg 46]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">XI<br>
+<b>Una restricción</b></p>
+
+
+<p>Se arriesgaría mucho á equivocarse quien supusiera por lo dicho que
+monseñor Bienvenido fuése un «obispo filósofo» ó un «cura patriota».
+Su encuentro, que podríamos llamar mejor su conjunción con el convencional
+G., le dejó una especie de asombro que vino á aumentar todavía
+su benignidad. He aquí todo.</p>
+
+<p>Por más que monseñor Bienvenido no fuera, ni mucho menos, un
+hombre político, quizá sea éste el lugar de indicar ligeramente cuál fué
+su actitud en los acontecimientos de entonces, suponiendo que monseñor
+Bienvenido hubiese pensado alguna vez en tener actitud alguna.</p>
+
+<p>Retrocedamos, pues, algunos años.</p>
+
+<p>Algún tiempo después de la elevación de monseñor Myriel al episcopado,
+el emperador le había nombrado barón del imperio, al mismo
+tiempo que á otros muchos obispos. El arresto del Papa tuvo lugar, como
+sabe todo el mundo, durante la noche del 5 al 6 de julio de 1809, en
+cuya ocasión fué llamado monseñor Myriel por Napoleón, al sínodo de
+los obispos de Francia é Italia convocado en París. Este sínodo se celebró
+en Nuestra Señora, y tuvo la primera sesión el 15 de junio de 1811,
+bajo la presidencia del cardenal Fesch. Monseñor Myriel fué uno de los
+noventa y cinco obispos que acudieron; pero asintió solamente á una sesión
+y á tres ó cuatro conferencias particulares. Obispo de una diócesis
+montañesa, viviendo tan cerca de la naturaleza, en la rusticidad y la
+desnudez, parecía como que aportase, en medio de aquellos personajes
+eminentes, ideas capaces de cambiar el temperamento de la asamblea.
+Volvióse, por lo tanto luego á D*** donde, habiéndole interrogado acerca
+de su precipitado regreso, respondió:</p>
+
+<p>—<em>Mi presencia les molestaba. El aire de fuera les entraba conmigo,
+haciéndoles el efecto de una puerta abierta.</em></p>
+
+<p>Otra vez contestó:</p>
+
+<p>—<em>¿Qué queréis? Aquellas eminencias eran todos príncipes, y yo no
+pasaba de ser un pobre obispo plebeyo.</em></p>
+
+<p>Lo cierto es que les había disgustado. Entre otras cosas extrañas,
+habíasele escapado decir cierta noche, en casa de uno de sus colegas más
+calificados:</p>
+
+<p>—¡Los magníficos relojes, los ricos tapices, las brillantes libreas, todo
+ello debe ser altamente incómodo! ¡Oh! Yo no querría tener toda esa<span class="pagenum" id="Page_47">[Pg 47]</span>
+superfluidad, molestándome de continuo los oídos con su murmullo: ¡Hay
+gentes que padecen hambre! ¡las hay que tienen frío! ¡Hay pobres! ¡hay
+pobres!</p>
+
+<p>Digamos de pasada, que no sería un odio inteligente el odio contra
+el lujo, puesto que implicaría el odio contra las artes. Sin embargo, en
+casa de las gentes de Iglesia, salvo la representación y las ceremonias,
+el lujo es un error. Parece revelar costumbres poco caritativas. Un cura
+opulento es un contrasentido. El cura debe hallarse cerca de los pobres.
+¿Y puede uno estar tocando sin cesar noche y día todas las necesidades,
+todos los infortunios y todas las miserias, sin llevar sobre sí algo de esa
+santa nobleza, como polvo de su trabajo? ¿Puede nadie imaginarse un
+hombre al lado de un brasero sin sentir calor? ¿Concíbese un obrero que
+trabaje constantemente en un horno, sin tener un cabello quemado, ni
+una uña ennegrecida, ni una gota de sudor, ni un grano de ceniza en
+la cara? La primera prueba de caridad en la casa del cura, en la del
+obispo sobre todo, es la pobreza.</p>
+
+<p>Esto era sin duda lo que pensaba el señor obispo de D***.</p>
+
+<p>No debe creerse, sin embargo, que participase sobre ciertos puntos
+delicados, de lo que llamaríamos «ideas del siglo». Enredábase poco en
+querellas teológicas de momento, y absteníase de las cuestiones de compromiso
+para la Iglesia ó el Estado; pero si se le hubiese instado mucho,
+creemos que antes se hubiera inclinado á los ultramontanos que á los galicanos.
+Como estamos haciendo un retrato y no queremos, por lo tanto,
+ocultar nada, nos vemos obligados á consignar que miró con frialdad la
+decadencia de Napoleón. Desde 1813 se adhirió ó aplaudió todas las manifestaciones
+hostiles, excusándose de ir á ver al emperador á su paso
+de vuelta de la isla de Elba, y absteniéndose de ordenar en su diócesis
+las rogativas públicas durante los cien días.</p>
+
+<p>Además de su hermana la señorita Batistina, tenía dos hermanos; general
+el uno y prefecto el otro, á los que escribía con alguna frecuencia.
+Tuvo con el primero, durante algún tiempo, cierta tirantez de relaciones,
+porque estando éste encargado, en Provenza, de una comandancia,
+á la época del desembarque de Cannes, púsose el general á la cabeza de
+mil doscientos hombres, persiguiendo al emperador como si hubiese querido
+dejar que se escapara. Su correspondencia resulta mucho más afectuosa
+con relación al otro hermano, el antiguo prefecto, bello y digno
+sujeto, que vivía retirado en París, en la calle de Cassette.</p>
+
+<p>Monseñor Bienvenido tuvo, pues, como muchos, su hora de espíritu
+de partido, su hora de amargura, su nube. La sombra de las pasiones
+de momento, obscureció también aquel dulce y grande espíritu ocupado
+en asuntos eternos. Y en verdad, que semejante hombre hubiera merecido
+no tener opiniones políticas. Es preciso no interpretar mal nuestro
+pensamiento, confundiendo lo que se llama vulgarmente «opiniones políticas»<span class="pagenum" id="Page_48">[Pg 48]</span>
+con la grande aspiración al progreso, con la sublime fe patriótica,
+democrática y humana que en nuestros tiempos debe ser el único
+sentimiento profundo de todas las inteligencias generosas. Sin profundizar
+cuestiones que no tocan sino indirectamente el asunto de este libro,
+diremos simplemente así: Hubiera sido mejor que monseñor Bienvenido
+no hubiese sido realista, y que su vista no se hubiese separado
+un punto de aquella contemplación serena, de la cual irradian distintamente,
+sobre todas las ficciones y todos los odios terrenales, sobre todos
+los vaivenes de los vientos mundanos, las tres luces purísimas de: la Verdad,
+la Justicia y la Caridad.</p>
+
+<p>Á pesar de convenir en que no era para funciones políticas por lo que
+había creado Dios á monseñor Bienvenido, hubiéramos comprendido y
+admirado su protesta en nombre del derecho y de la libertad, su oposición
+enérgica, su resistencia peligrosa y justa á Napoleón omnipotente.
+Pero lo que nos place ver frente á frente de los poderosos, nos desagrada
+con relación á los caídos. Nos gusta el combate mientras dura el
+peligro; y solamente creemos con derecho á los combatientes de primera
+hora, de ser los exterminadores en la última. Quien no ha sido constante
+acusador durante la prosperidad, debe guardar silencio ante la desgracia.
+El denunciador del éxito es el solo y legítimo juez de la caída. Por
+nuestra parte, cuando interviene la Providencia y hiere, la dejamos hacer.
+1812 empieza á desarmarnos. En 1813 la torpe ruptura del silencio
+de aquel cuerpo legislativo taciturno, envalentonado por las catástrofes,
+no era merecedor más que de la indignación, siendo, por lo tanto, aplaudirle
+un error; en 1814, ante aquellos generales traidores; ante aquel Senado,
+pasando de uno en otro fango: insultando, después de haber divinizado;
+ante aquella idolatría, abandonando y escupiendo al ídolo, era indispensable
+volver la cabeza; en 1815, como los supremos desastres estaban
+en el aire, como la Francia sentía el estremecimiento de un siniestro
+próximo, como se podía ya distinguir vagamente Waterloo, abierto
+ante Napoleón, la dolorosa aclamación del pueblo y el ejército al condenado
+del destino, nada tenía de risible, y salvando al déspota, un
+corazón como el del obispo de D*** no podía desconocer cuánto había de
+augusto y tierno al borde del abismo, en el estrecho abrazo de una gran
+nación y un grande hombre.</p>
+
+<p>Después de esto, era y fué siempre el obispo, justo en todo; verdadero,
+equitativo, virtuoso, inteligente, humilde y digno; benéfico y benévolo,
+lo cual viene á ser otra beneficencia. Era sacerdote, sabio y hombre.
+Pero, debemos consignarlo, dentro la misma opinión política que
+acabamos de reprocharle, y que estamos dispuestos á juzgar casi severamente,
+era él fácil y tolerante, más puede ser, que nosotros mismos.
+El portero de aquel municipio había sido colocado en su puesto por el
+Emperador. Era un viejo ex sargento de la antigua guardia, que había<span class="pagenum" id="Page_49">[Pg 49]</span>
+hecho la campaña de Austerlitz, más bonapartista que las mismas águilas.
+Escapábansele á cada paso, á este pobre diablo, exclamaciones poco
+reflexivas, que la ley de entonces calificaba de <em>dichos sediciosos</em>. Desde
+que el perfil imperial había desaparecido de la Legión de honor, no se
+vistió jamás <em>conforme á ordenanza</em>, por no verse, decía, obligado á
+llevar su cruz. Había arrancado por su mano, con toda veneración la
+efigie imperial de la cruz que Napoleón le había dado; lo cual había dejado
+en la condecoración un hueco que no había querido llenar con nada.
+¡<em>Antes morir</em>, decía él, <em>que llevar sobre mi corazón los tres sapos!</em>
+Reíase en voz alta de Luis XVIII. <em>¡Viejo gotoso con botines de inglés!</em>
+decía; <em>que se vaya á Prusia con su salsifi</em>: satisfecho de juntar en una
+misma imprecación las dos cosas que más detestaba, la Prusia y la Inglaterra.
+En fin, tanto hizo, que acabó por perder el empleo. Al verle
+sin pan en medio de la calle y rodeado de su mujer é hijos, llamóle el
+obispo, le riñó dulcemente, y acabó por nombrarle guardián de la catedral.</p>
+
+<p>En nueve años, á fuerza de buenas acciones, de sencillas y suaves
+maneras, monseñor Bienvenido se había conquistado en toda la ciudad
+de D***, una especie de veneración tierna y filial. Su misma conducta
+con Napoleón había sido aceptada, y, como tácitamente perdonada por
+el pueblo, rebaño bueno y débil que, si bien adoraba á su emperador,
+amaba igualmente á su obispo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XII<br>
+<b>Aislamiento de monseñor Bienvenido</b></p>
+
+
+<p>Existe, casi siempre, en torno de un obispo, un ejército de curitas,
+lo mismo que al rededor de un general la correspondiente bandada de
+subalternos. Son éstos á los que el seráfico San Francisco de Sales llama,
+no se dónde, «curas boquirrubios». Toda carrera tiene sus aspirantes,
+cortesanos de los que han llegado á su fin. No hay poder que no tenga
+su círculo, ni fortuna que no alimente su corte. Los buscadores del porvenir
+caracoleando en torno del espléndido presente. Toda metrópoli
+cuenta con su estado mayor. Cualquier obispo algo influyente se ve cercado
+de continuo por su patrulla de querubines seminaristas, que hacen
+la ronda y mantienen el orden en el palacio episcopal, montando la
+guardia junto á las sonrisas de Su Ilustrísima. Caer en gracia del obispo,<span class="pagenum" id="Page_50">[Pg 50]</span>
+es tener el pie en el estribo de un subdiaconato. Es preciso recorrer el
+camino, que el apostolado no ha de despreciar las canonjías.</p>
+
+<p>Así como tiene la grandeza civil, sus grandes caballeros cubiertos,
+tiene también la Iglesia sus grandes mitras. Éstas las llevan los obispos
+encopetados, ricos, prebendados, hábiles, admitidos en el gran mundo,
+que saben orar sin duda, pero que saben igualmente solicitar; poco escrupulosos
+en hacer que haga antesala á su persona toda una diócesis,
+punto medio entre la sacristía y la diplomacia, antes clérigos que sacerdotes,
+prelados antes que obispos. ¡Dichoso el que á ellos llega! Influyentes
+como son, hacen que lluevan á su alrededor, sobre solicitantes, y
+favoritos muy especialmente, y sobre toda aquella juventud que sabe
+agradarles, las buenas parroquias, las prebendas, los arcedianatos, las
+capellanías, y canonjías, como espera de las dignidades episcopales. Á
+medida que ellos avanzan, adelantan también sus satélites; son todo un
+sistema solar en acción. Sus irradiaciones empurpuran su séquito. Su
+prosperidad se desmigaja al volver de la esquina en muchas pequeñas
+promociones. Á mayor diócesis para el prelado, mejor canonjía para el
+favorito. Y luego, allí está Roma. Un obispo que sabe alcanzar un arzobispado;
+un arzobispo que llegue á cardenal, se os lleva de conclavista;
+ya estáis en la Rota; ya tenéis <em>pallium</em>, y cataos auditor, camarero y
+monseñor. Luego, de la grandeza á la eminencia no hay más que un paso,
+y entre la eminencia y la santidad, no media sino el humo de un escrutinio.
+Cualquier solideo puede aspirar á la tiara. Es el sacerdote, en
+nuestros días, el único hombre que puede llegar á rey regularmente; ¡y
+qué rey! ¡el rey supremo! Así se explica el gran semillero de aspirantes
+de seminario. ¡Cuántos niños de coro radiantes! ¡Cuántos jóvenes presbíteros,
+llevando en la cabeza el cántaro de la <em>Lechera</em>! ¡Como la ambición
+se llama alegremente devoción! ¿quién sabe? de buena fe tal vez, y
+ella misma se engaña, por gorrona ó beata.</p>
+
+<p>Monseñor Bienvenido, humilde, pobre y singular, no entraba en el número
+de las grandes mitras. Estaba demostrado claramente por la completa
+ausencia de jóvenes presbíteros que se notaba á su alrededor. Ya hemos
+visto que en París «no había cuajado». Ni un porvenir siquiera se
+acordaba de apoyarse en aquel anciano solitario. Ni una sola ambición
+en flor esperaba fructificar á su sombra. Sus canónigos y vicarios
+generales, eran ancianos bonachones como él, como él también un tanto
+silvestres, y encerrados como él en aquella diócesis sin salida al
+cardenalato; los cuales se parecían mucho á su obispo, con la sola
+diferencia de que ellos estaban acabados y él estaba completo. Veíase
+tan clara la imposibilidad de medrar junto á monseñor Bienvenido, que
+apenas salidos del seminario, los jóvenes ordenados por él, se hacían
+recomendar á los arzobispos de Aix ó de Auch, marchándose enseguida.
+Porque, en fin, lo repetimos, todo el mundo gusta de ascender. Un santo
+que viva en un exceso<span class="pagenum" id="Page_51">[Pg 51]</span> de abnegación, es un vecino peligroso; pues que
+podría comunicaros fácilmente por contagio, la pobreza incurable, la
+enquilosis de las articulaciones indispensables al medro y, en fin,
+mayor cantidad de desprendimiento del que quisiérais; y el hombre se
+aparta naturalmente, de esta virtud leprosa. De ahí el aislamiento de
+monseñor Bienvenido. Vivimos en una sociedad de sombras. Medrar, he
+aquí la enseñanza que mana, desplomada gota á gota, de la corrupción.</p>
+
+<p>Digámoslo de pasada, el éxito es horroroso. Su falso parecido, al verdadero
+mérito, engaña al hombre. Para las muchedumbres, el medro tiene
+casi el mismo perfil de la supremacía. El éxito, ese falso sinónimo del
+talento, tiene una víctima, la historia. Solamente lo señalan Juvenal y
+Tácito. En nuestros días, una filosofía casi oficial, ha entrado de sirvienta
+en su casa, viste la librea del éxito, y presta servicio en su antesala.
+Medrar: esta es la teoría. Prosperidad: ahí está la capacidad. Os cae la
+lotería; he aquí un hombre hábil. Quien triunfa es venerado. ¡Nacer
+vestido! esto es todo. Tened suerte, el resto ya se viene; sed dichoso, y
+se os creerá grande. Salvo cinco ó seis excepciones inmensas, que son el
+esplendor de un siglo, la admiración contemporánea no es mas que miopía.
+El oropel es oro. Ser un advenedizo cualquiera, nada importa; el
+que llega primero es siempre el agraciado. El vulgo, es un Narciso viejo
+que se adora á sí mismo, aplaudiendo las vulgaridades. La enorme facultad,
+por la cual el hombre es un Moisés, un Esquilo, un Dante, un
+Miguel Ángel ó un Napoleón, la multitud la concede enseguida, y por
+aclamación, á quien llega á su objetivo, sea en lo que fuere. Que un escribano
+se convierta en diputado; que un falso Corneille escriba un <em>Tiridates</em>;
+que un eunuco entre en posesión de un harem; que un Prudhomme
+militar, gane por casualidad la batalla decisiva de una época;
+que un boticario invente las suelas de cartón para el ejército de Sambre
+et Meuse, y se gane con el cartón vendido por suela, una renta de cuatrocientas
+mil libras; que un buhonero se case con la usura, y le produzca
+ella por hijos siete ú ocho millones de francos; que un predicador
+llegue á obispo por gangosear; que el procurador de una gran casa se
+haga rico, y se le convierta en ministro de Hacienda... los hombres le
+llaman á todo eso Genio, de igual manera que llaman Beldad al retrato
+de Mousquetón, y Majestad á la estampa de Claudio. Confundieron las
+constelaciones del abismo con las estrellas que imprimen sobre el fango
+de un pantano las patas de los gansos.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_52">[Pg 52]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">XIII<br>
+<b>Sus creencias</b></p>
+
+
+<p>Bajo el punto de vista ortodoxo, no tenemos porqué sondear al señor
+obispo de D***. Frente á frente de un alma semejante, no sentimos casi
+más que respeto. La conciencia del justo debe ser creída bajo su palabra.
+Por otra parte, dadas ciertas naturalezas, admitimos el posible desarrollo
+de todas las bellezas de la virtud humana, dentro creencias distintas
+de la nuestra.</p>
+
+<p>¿Qué opinaba él de este dogma ó de aquel misterio? Estos son secretos
+del fuero interno, no conocidos más que de la tumba, en la que las
+almas entran desnudas. De lo que estamos ciertos es, de que jamás las
+dificultades de la fe eran resueltas por él con hipocresía. El diamante no
+puede corromperse. Creía todo lo que podía. <em>Credo in Patrem</em>, exclamaba
+frecuentemente. Poniendo además en las buenas obras toda la
+cantidad de satisfacción bastante á satisfacer la conciencia, que dice por
+lo bajo: Estás con Dios.</p>
+
+<p>Lo que creemos deber apuntar, es que fuera, por así decirlo, y aún
+más allá de su fe, poseía el obispo un tesoro de amor. Por lo cual <em>quia
+multum amavit</em>, sería que le juzgaban vulnerable los «hombres serios»,
+las «personas graves» y las «gentes razonables»; locuciones favoritas de
+nuestro miserable mundo, en el cual el egoísmo recibe el santo y seña
+de la pedantería. ¿En qué consistía aquel exceso de amor? En una benevolencia
+serena, superior á los hombres, como ya hemos indicado antes,
+que se extendía en casos especiales hasta las cosas. Vivía sin desdén. Era
+indulgente con todo lo creado por Dios. Todo hombre, incluso el mejor,
+posee cierta dureza irreflexiva que se la reserva para el animal. El obispo
+de D*** carecía por completo de semejante dureza, muy común, sin
+embargo, en los sacerdotes. Sin llegar de mucho hasta el brahmismo,
+parecía haber meditado estas palabras del Eclesiastés: «¿Sabes á dónde
+va el alma de los animales?». La fealdad del aspecto, las deformidades
+del instinto, no le turbaban ni le indignaban jamás, muy al contrario,
+conmovíanle siempre cuando no le enternecían. Parecía que, pensativo
+siempre, procuraba buscar, más allá de la vida aparente, la causa, la
+explicación, la escusa. Parecía estar pidiendo á Dios á cada paso por las
+conmutaciones. Examinaba su cólera y con el ojo del lingüista que descifra
+un palimsesto, la cantidad de caos que reside aún en la naturaleza.
+Semejantes meditaciones arrancábanle á veces palabras extrañas. Una<span class="pagenum" id="Page_53">[Pg 53]</span>
+mañana, estando en su jardín, y creyéndose solo, pero seguido de cerca
+por su hermana, sin que él lo notara, paróse de súbito, mirando fijamente
+algo del suelo; era una grande araña, negra, velluda, horrible.
+Su hermana oyó que dijo:</p>
+
+<p>—¡Pobre animal! esto no es culpa suya.</p>
+
+<p>¿Por qué no hemos de consignar estas niñerías, casi divinas de su
+bondad? Puerilidades, tal vez, pero puerilidades sublimes fueron, como
+ellas, las de san Francisco de Asís y de Marco Aurelio. Cierto día sufrió
+una torcedura por no haber querido pisar una hormiga.</p>
+
+<p>De esta manera vivía aquel hombre justo. Algunas veces se quedaba
+dormido en su jardín, y entonces aparecía verdaderamente venerable.</p>
+
+<p>Monseñor Bienvenido había sido anteriormente, á creer lo que se decía
+sobre su juventud y su misma virilidad, un hombre apasionado, y
+tal vez violento. Su mansedumbre universal era menos que un instinto
+de la naturaleza, el resultado de grandes convicciones filtradas en su corazón
+al través de la vida, lentamente penetradas en él, pensamiento
+por pensamiento; porque así un carácter como una roca pueden ser agujereados
+por la gota de agua. Semejantes huecos son indelebles; tales labores
+son indestructibles.</p>
+
+<p>En 1815, creemos haberlo dicho ya, contaba nuestro obispo setenta
+y cinco años, pero sin aparentar más de sesenta. No era alto; aunque
+algo grueso, procuraba combatir esta tendencia física, dando largos paseos
+á pie: su paso era firme, y su cuerpo ligeramente encorvado, detalle
+del que no pretendemos sacar consecuencia alguna. Gregorio XVI, á
+los ochenta años, andaba tieso y sonriente, lo cual no impedía que fuése
+un mal obispo. Monseñor Bienvenido tenía lo que se llama vulgarmente
+«una cabeza hermosa», pero se hacía querer tanto, que era su belleza lo
+de menos.</p>
+
+<p>Su conversación estaba impregnada de aquella alegría y candidez
+infantil que constituía su gracia principal, de que ya hemos hablado,
+por la que se sentía uno como atraído por él, pareciendo que de toda su
+persona brotaba alegría. Su tez era fresca y sonrosada, todos sus dientes
+blancos y bien conservados, y que su sonrisa ponía de manifiesto, le
+daban ese aspecto abierto y simpático que hace exclamar de un hombre:
+¡es un buen muchacho! ó de un anciano: ¡Es un buen hombre! Este fué,
+si no recordamos mal, el efecto que había hecho á Napoleón. La primera
+impresión para aquel que le veía por primera vez, no era otra, efectivamente,
+que la de un buen hombre. Pero después de pasar algunas
+horas junto á él y por poco que se le viera pensativo, íbase el buen hombre
+transfigurando poco á poco, adquiriendo cierto imponente no sé qué;
+su frente ancha y serena, augusta por su aureola de cabellos blancos, lo
+era igualmente por la meditación; la majestad se desprendía de aquella
+bondad, sin que la bondad dejara de irradiar por ello; producía el contemplarle<span class="pagenum" id="Page_54">[Pg 54]</span>
+una emoción especial como la que debiera causar la vista de
+un ángel sonriente, que desplegara sus alas sin dejar su sonrisa. El respeto,
+respeto inexplicable, que inspiraba, iba penetrando gradualmente
+hasta el corazón, y sentíase uno como absorbido por aquella alma fuerte,
+experimentada é indulgente, en la cual el pensamiento era tan elevado,
+que no podía manar sino dulzura.</p>
+
+<p>Como se ha visto, la oración, la celebración de los oficios divinos, la
+limosna, el consuelo á los afligidos, el cultivo de un pedazo de tierra, la
+fraternidad, la frugalidad, la hospitalidad, el desprendimiento, la confianza,
+el estudio y el trabajo llenaban uno á uno los días de su vida.
+<em>Llenaban</em>, ésta es la palabra, puesto que los días del obispo estaban todos
+llenos hasta los bordes de buenos pensamientos, buenas palabras y
+buenas acciones. Sin embargo, no era el día completo, si el tiempo lluvioso
+ó frío le privaba de pasear, luego que las dos buenas mujeres se habían
+retirado, una ó dos horas de la noche en su jardín antes de acostarse.
+Parecía ser para él como una especie de rito, el prepararse al sueño
+por la meditación en presencia de los grandes espectáculos nocturnos.
+Otras veces, en hora muy avanzada de la noche, si las dos ancianas no
+se habían dormido, le oían pasear lentamente las calles del jardín. Encontrábase
+allí solo, consigo mismo, absorbido, apacible, adorando y
+comparando la serenidad de su corazón á la serenidad del éter; emocionado
+en medio de las tinieblas por los visibles resplandores de las constelaciones
+y los resplandores invisibles de Dios, abriendo su alma á las
+imaginaciones que surgen de lo desconocido. Durante aquellos momentos,
+ofreciendo su corazón al mismo tiempo que las flores nocturnas ofrecen
+sus perfumes, ardiendo como una lámpara en medio de la estrellada
+noche, esparciéndose en éxtasis entre la irradiación universal de la creación,
+no hubiera podido tal vez él mismo decir de sí lo que pasaba por
+su espíritu; sintiendo que algo inexplicable que se desprendía y escapaba
+de él, y algo que descendía y penetraba en su interior. ¡Misteriosa reciprocidad
+entre los profundos abismos del alma y los abismos inmensos
+del universo!</p>
+
+<p>Pensaba en la grandeza y la presencia de Dios; en la eternidad futura,
+misterio incomprensible; en la eternidad pasada, misterio menos explicable
+todavía; en todos los infinitos que se agrandaban ante sus ojos
+en todos sentidos; y sin tratar de comprender lo incomprensible, lo admiraba.
+No estudiaba á Dios; se deslumbraba. Consideraba los magníficos
+choques de los átomos que dan forma y aspecto á la materia, revelando
+sus fuerzas comprobándolas, creando las individualidades en la
+unidad, las porciones en la extensión, lo innumerable en lo infinito, y
+produciendo la belleza con la luz. Aquellos choques unen y desunen átomos
+y más átomos sin cesar; de ahí la vida y la muerte.</p>
+
+<p>Sentábase sobre un banco rústico adosado á una parra decrépita,<span class="pagenum" id="Page_55">[Pg 55]</span>
+contemplando los astros al través de las mezquinas y raquíticas siluetas
+de los árboles frutales de su jardín. Aquella cuarta de terreno, miserablemente
+plantado y lleno de cobertizos y barracas, le era estimado y
+suficiente.</p>
+
+<p>¿Qué necesitaba más aquel anciano que repartía los ocios de su existencia,
+bien escasos por cierto, en los trabajos de jardinero durante el
+día y en las contemplaciones de la noche? Aquel reducido cercado, que
+tenía por techo los cielos, ¿no era lo bastante para poder adorar á Dios
+oportunamente en sus obras sublimes? ¿No era efectivamente todo lo más
+que podía desear? Un jardincito para pasear, y la inmensidad para extasiarse
+en sus pensamientos. Á sus pies aquello que podía cultivar y
+recolectar; sobre su cabeza, aquello que brinda á la meditación y al estudio;
+algunas flores en la tierra, y todas las estrellas del cielo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XIV<br>
+<b>Lo que él pensaba</b></p>
+
+
+<p>La última palabra.</p>
+
+<p>Como este género de detalles pudieran, sobre todo en el momento en
+que nos encontramos, y para servimos de una expresión de moda actualmente,
+dar al obispo de D*** cierto carácter «panteísta», y hacer
+creer, sea en contra, sea en favor suyo, que poseía una de aquellas filosofías
+personales, propias de nuestro siglo, que germinan á veces en los
+espíritus solitarios, y se forman y desarrollan hasta el punto de reemplazar
+las religiones, debemos insistir asegurando que ni una sola de
+cuantas personas conocieron á monseñor Bienvenido, se creyó jamás
+autorizada á suponer nada que se pareciese á ello. Lo que brillaba en
+aquel hombre, era su corazón. Su sabiduría era hija de la luz que éste
+producía.</p>
+
+<p>Nada de sistemas; mucho de obras. Las consideraciones abstractas
+encierran vértigos: nada indica que se atreviese su espíritu en los apocalipsis.
+El apóstol puede ser audaz, pero el obispo debe ser tímido. Él
+hubiera probablemente sentido escrúpulos de sondear muy á fondo ciertos
+problemas reservados por algo á los grandes y extremados espíritus.
+Existe cierto horror sagrado bajo los pórticos del enigma; aquellas aventuras
+sombrías son precipicios, en los que hay algo que le dice al pasajero
+de la vida: «no entres». Desgraciado del que penetre.</p>
+
+<p>Los genios, en las profundidades inauditas de la abstracción y de la
+especulación pura, colocados, por así decirlo, sobre los dogmas, proponen<span class="pagenum" id="Page_56">[Pg 56]</span>
+sus ideas á Dios. Su oración se ofrece valientemente á la discusión.
+Su adoración interroga. Ésta es la religión directa, llena de ansiedades
+y responsabilidad para quien se atreve á tentar sus escabrosidades.</p>
+
+<p>La meditación humana no tiene límite. Á su riesgo y peligro analiza
+y escudriña su propio deslumbramiento. Casi podría decirse que por
+cierta reacción espléndida deslumbra ella la naturaleza; el mundo misterioso
+que nos circunda devuelve lo que recibe, y es muy probable que
+los contemplativos sean contemplados. Sea lo que fuere, sobre la tierra
+hay hombres,—¿son hombres éstos?—que distinguen perfectamente en
+el fondo de los horizontes de la contemplación las alturas de lo absoluto,
+y que sienten la terrible visión de la montaña infinita. Monseñor Bienvenido
+no tenía nada de estos hombres; monseñor Bienvenido no era un
+genio. Hubiera temido semejantes sublimidades, desde las cuales, algunos
+muy grandes por cierto, como los mismos Swedenborg y Pascal, se
+han precipitado en la locura. Es cierto que tan poderosas imaginaciones
+tienen su utilidad moral, y que por tan intrincadas sendas nos vamos
+acercando á la perfección ideal. Él tomaba, no obstante, el atajo que
+abrevia: el Evangelio.</p>
+
+<p>No pretendió jamás hacer que tomara su casulla los pliegues del manto
+de Elías; no proyectaba un solo rayo del porvenir sobre la tenebrosa
+marcha de los acontecimientos, ni pretendía jamás condensar esa llama
+al fulgor de las cosas, pues no tenía nada de profeta ni de mago. Aquella
+alma humilde amaba: he aquí todo.</p>
+
+<p>Que dilatase sus oraciones hasta una aspiración sobrehumana, esto
+es probable; pero jamás se ora demasiado como no se ama demasiado
+jamás; que si llegara á ser una herejía el rogar más allá de los textos,
+Santa Teresa y San Jerónimo serían herejes.</p>
+
+<p>Él se inclinaba siempre hacia los que gemían ó expiaban. El universo
+se le antojaba una enfermedad inmensa; sentía en todas partes la calentura,
+exploraba en todas partes el sufrimiento, y sin querer adivinar
+el enigma, cuidaba de curar la herida.</p>
+
+<p>El tremendo espectáculo de todo lo creado, desenvolvía en él toda
+ternura, y no se ocupaba sino en buscar por sí mismo é inspirar á los
+demás la mejor manera de compadecer y aliviar. Cuanto existe, era para
+aquel bueno y excepcional presbítero, objeto constante de tristeza que
+procuraba consolar.</p>
+
+<p>Si existen hombres que trabajan en la extracción del oro, él trabajaba
+en la extracción de la piedad. La miseria universal era su mina. El dolor
+general era para él constante pretexto de bondades. <em>Amaos los unos
+á los otros</em>; él creía esta máxima completa; no necesitaba más, y concretaba
+á ella sola su doctrina. Cierto día aquel hombre, que se creía
+«filósofo», aquel senador, ya nombrado, dijo al obispo:</p>
+
+<p>—Ved el espectáculo del mundo; es la guerra de todos contra todos;<span class="pagenum" id="Page_57">[Pg 57]</span>
+el más fuerte es el que tiene más alma. Vuestro <em>amaos los unos á los
+otros</em>, es una barbaridad.</p>
+
+<p>—Bien,—dijo monseñor Bienvenido sin discutir:—<em>si esto es una barbaridad,
+el alma debe encerrarse en ella como la perla en su concha</em>.</p>
+
+<p>Encerrábase pues, y vivía absolutamente satisfecho, dejando aparte
+las cuestiones prodigiosas que arrastran ó espantan, las insondables
+perspectivas de la abstracción, los precipicios de la metafísica; todas
+las profundidades convergentes hacia Dios para el apóstol, ó hacia la
+nada para el ateo: el destino, el bien y el mal, la lucha de los seres contra
+los seres, la conciencia del hombre, el sonambulismo meditabundo
+del animal, la transformación de la muerte, el resumen de las existencias
+que contiene la tumba, el injerto incomprensible, de amores sucesivos
+en el <em>yo</em> persistente, la esencia, la sustancia, el Nihil y el Ens, el
+alma, la naturaleza, la libertad y la necesidad; problemas difíciles, espesuras
+siniestras, ante las que se inclinan los gigantescos arcángeles
+del espíritu humano; formidables abismos que Lucrecio, Mami, san Pablo
+y Dante contemplaron con aquella fulgurante mirada que parece,
+al fijarse cara á cara con el infinito, que hace que surjan del mismo las
+estrellas.</p>
+
+<p>Monseñor Bienvenido, era sencillamente un hombre que averigüaba
+exteriormente las proposiciones misteriosas sin escrutarlas, sin agitarlas,
+y sin perturbar su propio espíritu, por sentir en su alma gran respeto
+á la sombra.</p>
+
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak">LIBRO SEGUNDO<br>
+LA CAÍDA</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>La tarde de un día de marcha</b></p>
+
+
+<p>En uno de los primeros días del mes de octubre de 1815, como cosa
+de una hora antes de ponerse el sol, un hombre que viajaba á pie, entraba
+en la pequeña ciudad de D***. Los pocos habitantes que se encontraban
+en aquel momento en las ventanas ó puertas de sus casas, fijábanse
+en el viajero con cierta inquietud. Difícil hubiera sido dar con un transeunte
+de aspecto más miserable. Era éste un hombre de mediana estatura,<span class="pagenum" id="Page_58">[Pg 58]</span>
+rechoncho y fuerte, en la robustez de su edad. Podía tener como unos
+cuarenta y seis ó cuarenta y ocho años. Un casquete con visera de cuero
+barnizado cubría una buena parte de sus facciones tostadas por el sol y
+el aire, sudando por todos sus poros. Su camisa de gruesa y amarillenta
+tela, sujetada al cuello por un pasador de plata, dejaba ver su velludo
+pecho; llevaba la corbata retorcida en cuerda; un pantalón de cutí azul,
+viejo y usado, blanco en una de las rodillas y roto en la otra; una blusa
+vieja que había sido gris, hecha jirones, remendada por uno de los codos
+con un pedazo de paño verde cosido con bramante: llevando á la espalda
+un morral de soldado, lleno y muy bien cerrado, completamente nuevo;
+traía en la mano un enorme y nudoso palo, y los pies sin medias, calzados
+en zapatos claveteados, la cabeza rapada y la barba larga.</p>
+
+<p>El sudor, el calor, el viajar á pie y el polvo del camino prestaban un
+tinte sórdido y siniestro á aquel aspecto destrozado y roto.</p>
+
+<p>Sus cabellos cortados al rape, estaban erizados en lo que cabía, puesto
+que empezaban ya á crecer.</p>
+
+<p>Nadie le conocía. No era evidentemente más que un pasajero. ¿De
+dónde venía? Del Mediodía; de las orillas del mar tal vez, puesto que hacía
+su entrada en D*** por la misma calle que siete meses antes había
+presenciado la del emperador Napoleón yendo de Cannes á París. Aquel
+hombre debía haber andado todo el día. Parecía muy fatigado. Algunas
+mujeres del antiguo arrabal de la parte baja de la ciudad, le habían visto
+pararse bajo los árboles del boulevard Gassendi y beber en la fuente
+situada al extremo del paseo. Había de por fuerza tener mucha sed, porque
+los niños que le seguían le vieron pararse á beber nuevamente, doscientos
+pasos más arriba, en la fuente de la plaza-mercado.</p>
+
+<p>Al llegar á la esquina de la calle Poichevert, tomó por la izquierda
+dirigiéndose á la Alcaldía, donde entró; volviendo á salir después de un
+cuarto de hora. Un gendarme estaba sentado junto á la puerta, en el
+mismo banco de piedra en el que el general Drouot subió el 4 de marzo,
+para leer á la espantada multitud de los habitantes de D***, la proclama
+del golfo Juan. El hombre llevó la mano á su casquete, saludando humildemente
+al gendarme.</p>
+
+<p>El gendarme, sin contestar al saludo fijó su atención en él, siguiéndole
+algún tiempo con los ojos y entrando luego en la casa de la ciudad.</p>
+
+<p>Existía á la sazón en D*** una buena posada llamada de <em>La Cruz
+de Colbes</em>. El dueño de la tal posada se llamaba Joaquín Labarre, muy
+considerado en la ciudad por su parentesco con otro Labarre, dueño en
+Grenoble de la posada de los <em>Tres Delfines</em>, el cual había servido en los
+batallones de Guías. Cuando el desembarco del Emperador, había dado
+lugar la tal posada á muchas habladurías. Decíase que el general Bertrand,
+vestido de carretero, había hecho allí frecuentes viajes durante
+el mes de enero, y que había distribuido cruces de honor á los soldados,<span class="pagenum" id="Page_59">[Pg 59]</span>
+y puñados de napoleones á los paisanos. Lo cierto es, que el Emperador,
+al entrar en Grenoble, había rehusado instalarse en el palacio de la
+perfectura, después de haber dado las gracias al alcalde, diciendo: <em>Voy
+á casa de un bello sujeto á quien ya conozco</em>: instalándose en <em>Los tres
+Delfines</em>. Aquella gloria del Labarre de <em>Los tres Delfines</em> se reflejaba á
+veinticinco leguas de distancia en el Labarre de <em>La cruz de Colbes</em>. Y
+se decía de él en la ciudad: <em>Es primo del de Grenoble</em>.</p>
+
+<p>Dirigióse nuestro hombre hacia dicha posada, que era la mejor de la
+comarca. Entró en la cocina, la cual abría una de sus puertas á la calle.
+Todos los hornillos estaban encendidos; en la chimenea ardía alegremente
+una gran llama. El hostelero, que era al mismo tiempo el jefe de
+cocina, iba muy atareado del hogar á las cacerolas, ocupado en servir
+una gran comida á unos carreteros, á quienes se oía reir y hablar á
+grandes voces en la pieza inmediata. Cualquiera que haya viajado, sabe
+que nadie come á mejor precio que los carreteros. Una gran marmota
+acompañada de perdices blancas y de pollos silvestres, volteaban en un
+largo asador junto á la lumbre; en los hornillos estaban cociéndose dos
+grandes carpas del lago de Lauzet, y una trucha del de Alloz.</p>
+
+<p>El hostelero, al oir que se abría la puerta y que entraba un nuevo
+huésped, dijo sin separar los ojos de sus hornillos:</p>
+
+<p>—¿Qué se os ofrece?</p>
+
+<p>—Comer y dormir,—dijo el hombre.</p>
+
+<p>—Nada más fácil,—contestó el hostelero. En aquel momento volvió la
+cabeza, abarcando de una ojeada todo el conjunto del viajero, y añadió:—En
+pagándolo...</p>
+
+<p>El hombre sacó un gran bolsón de cuero de la faltriquera de su blusa
+y contestó:</p>
+
+<p>—Tengo dinero.</p>
+
+<p>—En este caso, estoy á vuestras órdenes,—dijo el hostelero.</p>
+
+<p>El hombre volvió á meter su bolsa en el bolsillo; dejó el morral en
+tierra junto á la puerta, quedóse con el palo en la mano y fué á sentarse
+junto al hogar. D*** está en las montañas y las veladas de octubre son
+ya frías.</p>
+
+<p>Entretanto, yendo y viniendo de una parte á otra iba el posadero observando
+al nuevo huésped.</p>
+
+<p>—¿Comeremos pronto?—preguntó el hombre.</p>
+
+<p>—Enseguida,—contestó el patrón.</p>
+
+<p>Mientras el recién llegado se estaba calentando vuelto de espaldas al
+posadero, el digno Joaquín Labarre sacó un lápiz de su faltriquera, luego
+rasgó un pedazo de un periódico viejo que estaba sobre una mesa
+junto á la ventana. Escribió en lo blanco del margen una ó dos líneas,
+doblólo sin cerrarlo, y mandó aquel papel por un muchacho que le servía<span class="pagenum" id="Page_60">[Pg 60]</span>
+á la vez de lacayo y marmitón, no sin decirle antes al chico unas
+palabras al oído. Éste salió corriendo en dirección á la Alcaldía.</p>
+
+<p>EL viajero no vió nada de esto.</p>
+
+<p>Volviendo á preguntar de nuevo:</p>
+
+<p>—¿Comeremos pronto?</p>
+
+<p>—Al momento,—repitió el hostelero.</p>
+
+<p>Volvió el muchacho. Entrególe un papel que el hostelero desdobló
+precipitadamente como el que espera ansioso una contestación. Pareció
+leerlo con mucha atención, luego meneó la cabeza, y después de estar
+como pensativo unos instantes, se dirigió resuelto al viajero, quien parecía
+estar sumido en un mar de reflexiones no muy serenas.</p>
+
+<p>—Señor mío,—le dijo,—no puedo recibiros.</p>
+
+<p>El hombre se medio incorporó sobre su asiento.</p>
+
+<p>—¡Cómo! ¿teméis que no os pague? ¿queréis que os adelante el gasto?
+Ya os he dicho que tengo dinero.</p>
+
+<p>—Nada de esto.</p>
+
+<p>—¿Entonces qué?</p>
+
+<p>—Tenéis dinero...</p>
+
+<p>—Sí,—dijo el hombre.</p>
+
+<p>—Y yo,—dijo el hostelero,—no tengo habitación.</p>
+
+<p>—Acomodadme en la cuadra,—repuso el hombre tranquilamente.</p>
+
+<p>—No puedo.</p>
+
+<p>—¿Por qué?</p>
+
+<p>—Porque los caballos la tienen ocupada.</p>
+
+<p>—No importa,—dijo el hombre,—un rincón del granero... sobre un
+poco de paja. Ya veremos eso luego de haber comido.</p>
+
+<p>—Es que tampoco puedo daros de comer.</p>
+
+<p>Esta declaración, hecha en tono comedido, pero firme, parecióle muy
+grave al viajero, quien levantándose dijo:</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Bah! me estoy muriendo de hambre. He salido al despuntar
+el día. He andado doce leguas. Pago. Quiero comer.</p>
+
+<p>—No tengo qué daros,—dijo el hostelero.</p>
+
+<p>El hombre lanzó una carcajada, y señalando la chimenea y los hornillos,
+exclamó:</p>
+
+<p>—¡Nada! ¿y todo esto?</p>
+
+<p>—Es todo de encargo.</p>
+
+<p>—¿Para quién?</p>
+
+<p>—Para estos señores arrieros.</p>
+
+<p>—¿Cuántos son?</p>
+
+<p>—Doce.</p>
+
+<p>—Aquí hay comida para veinte.</p>
+
+<p>—Lo han encargado y pagado anticipadamente.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_61">[Pg 61]</span></p>
+
+<p>El hombre sonrió y dijo sin levantar la voz:—Estoy en la hostería,
+tengo hambre y me quedo.</p>
+
+<p>El hostelero se le acercó entonces y le dijo al oído, con acento que le
+hizo estremecer:</p>
+
+<p>—Salid de aquí.</p>
+
+<p>El viajero estaba en aquel momento, encorvado; empujando unas
+brasas hacia el fuego con la ferrada contera de su bastón, y al volver
+la cabeza é ir á abrir la boca para replicar, miróle fijamente el hostelero,
+repitiendo en voz baja:</p>
+
+<p>—Mirad, basta de palabras. ¿Queréis que os diga vuestro nombre?
+¿Os llamáis Juan Valjean? ¿Queréis además que os diga lo que sois? En
+cuanto os he visto entrar ya me he sospechado yo algo parecido; he mandado
+á la alcaldía, y he aquí lo que se me ha contestado. ¿Sabéis leer?</p>
+
+<p>Y así diciendo, presentaba al viajero el papel desdoblado que acababa
+de recorrer el trayecto que iba desde la posada á la alcaldía y desde
+la alcaldía á la posada. El hombre le dirigió una mirada, y el hostelero
+repuso, después de una pausa:</p>
+
+<p>—Tengo la costumbre de ser cortés con todo el mundo. Idos enhorabuena.</p>
+
+<p>El hombre bajó la cabeza, recogió el morral que había dejado en el
+suelo y salió.</p>
+
+<p>Tomó por la calle mayor, caminando al azar, rozando las fachadas
+de las casas como hombre humillado y triste, sin volver la cabeza una
+sola vez. Si la hubiera vuelto, habría visto al hostelero de <em>la Cruz de
+Colbes</em> junto al umbral de la puerta, rodeado de todos los viajeros de la
+posada y de todos los transeuntes de la calle, hablando con viveza y señalándole
+con el dedo; y en las miradas de desconfianza y horror de
+aquel grupo, hubiera adivinado que antes de poco sería su llegada el
+acontecimiento de la ciudad.</p>
+
+<p>Él nada de esto vió. Las personas agobiadas no miran nunca tras de
+sí. Están demasiado ciertas de que es la mala suerte quien les sigue.</p>
+
+<p>Caminó en esta forma un buen espacio, andando siempre á la ventura
+y cruzando calles que no conocía, olvidándose de la fatiga, como
+acontece á las personas tristes. De súbito, se sintió vivamente aguijoneado
+por el hambre. La noche estaba encima, miró á su alrededor en
+busca de un asilo cualquiera.</p>
+
+<p>La rica hostería le había cerrado sus puertas, buscaba pues una humilde
+taberna, cualquier miserable figón.</p>
+
+<p>Precisamente vió brillar una luz al fin de la calle; una rama de pino
+colgada de una horquilla de hierro se destacaba sobre los blancos celajes
+del crepúsculo. Allá se dirigió.</p>
+
+<p>Era efectivamente una taberna, la taberna de la calle de Chaffaut.</p>
+
+<p>El viajero se paró un momento, miró por las vidrieras el interior de<span class="pagenum" id="Page_62">[Pg 62]</span>
+los bajos de la taberna, alumbrados por una lamparilla puesta sobre la
+mesa, y por un gran fuego en el hogar. Varios hombres estaban bebiendo.
+El tabernero se calentaba. La llama estaba haciendo hervir una marmita
+de hierro colgado de las llares.</p>
+
+<p>Entrábase en la taberna, que tenía al mismo tiempo algo de posada,
+por dos puertas. La una daba á la calle y la otra á un pequeño patio
+lleno de basura. El viajero no se atrevió á entrar por la puerta de la calle.
+Deslizóse por el patio, vaciló todavía un momento; luego, levantó tímidamente
+el pestillo y empujó la puerta.</p>
+
+<p>—¿Quién va?—preguntó el tabernero.</p>
+
+<p>—Alguien que quisiera cenar y dormir.</p>
+
+<p>—Está bien. Aquí se cena y se duerme.</p>
+
+<p>Entró el hombre. Todos los que estaban bebiendo se volvieron. La
+lámpara le daba luz por una parte, el fuego por la otra. Todos le examinaron
+de arriba abajo, mientras se descargó de su morral.</p>
+
+<p>Díjole el tabernero:</p>
+
+<p>—Ahí tenéis fuego. La cena se está cociendo en la marmita. Venid y
+os calentareis, camarada.</p>
+
+<p>Fué á sentarse el hombre junto el patrón, acercando al hogar sus pies
+estropeados por la fatiga; un olor agradable salía de la hirviente marmita.
+Todo lo que podía distinguirse de su fisonomía bajo su encasquetada
+gorra, tomó una vaga apariencia de bienestar, mezclado al doloroso y
+punzador aspecto que produce la costumbre del sufrimiento.</p>
+
+<p>Era, por lo tanto, su semblante, firme, enérgico y triste. Aquella
+fisonomía presentaba un compuesto bastante extraño, pues comenzaba
+por parecer humilde y acababa por semejar severa. Su mirada brillaba
+bajo sus cejas, como debajo de malezas la llama.</p>
+
+<p>No obstante, uno de los hombres sentados á la mesa era un pescadero
+que antes de entrar en la taberna de la calle de Chaffau, había ido á dejar
+su caballo en la cuadra de la hostería de Labarre. La casualidad había
+querido que aquella misma mañana se hubiese encontrado con aquel
+forastero de mala catadura, caminando entre Bras d'Asse y... (he olvidado
+el nombre: creo que sería Escoublon). Al encontrarle, el hombre que
+parecía ya muy fatigado, le había pedido que le permitiera subir á la
+grupa; á lo que el pescadero había contestado redoblando el paso. El
+pescadero formaba parte, media hora antes, del grupo que rodeaba á
+Joaquín Labarre, y asimismo había contado su desagradable encuentro
+de por la mañana á los viajeros de <em>la Cruz de Colbes</em>. Hizo á la sazón,
+desde su asiento, una seña imperceptible al tabernero. Éste se le acercó.
+Cambiáronse entre ambos algunas palabras en voz baja. El hombre estaba
+abismado en sus reflexiones.</p>
+
+<p>El tabernero se acercó de nuevo á la chimenea, puso bruscamente su
+mano sobre la espalda del hombre, y le dijo:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_63">[Pg 63]</span></p>
+
+<p>—Vete de aquí.</p>
+
+<p>El viajero volvió la cabeza y dijo dulcemente:</p>
+
+<p>—¡Ah! ¿Sabéis vos?...</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—¿Que me han despedido de otra posada?</p>
+
+<p>—Como se te echa de ésta.</p>
+
+<p>—¿Dónde queréis que vaya?</p>
+
+<p>—Á otra parte.</p>
+
+<p>El hombre tomó su palo y su morral, y se fué.</p>
+
+<p>En cuanto salió, algunos muchachos que habían venido siguiéndole
+desde <em>La Cruz de Colbes</em> y que parecían esperarle, le tiraron algunas
+piedras. Volvió el hombre colérico, sobre sus pasos, amenazándoles con
+el palo; los muchachos se dispersaron como una bandada de gorriones.</p>
+
+<p>Pasó por delante de la cárcel. Á la puerta pendía una cadena de hierro
+unida á una campana. Llamó.</p>
+
+<p>Abrióse un postigo.</p>
+
+<p>—Señor portero,—dijo quitándose respetuosamente la gorra,—¿queréis
+hacer el favor de abrirme y dejarme pasar aquí la noche?</p>
+
+<p>Una voz respondió:</p>
+
+<p>—Una cárcel no es una posada; haceos prender y se os abrirá.</p>
+
+<p>El postigo volvió á cerrarse.</p>
+
+<p>Penetró entonces en una callejuela á la que dan muchísimos jardines.
+Algunos no están cerrados más que por sencillas cercas, lo cual embellece
+la calle. En medio de aquellos jardines y cercas, vió una casita de un
+solo piso, cuya ventana estaba iluminada. Miró entonces por entre los
+cristales como había hecho antes en la taberna. Vió una grande habitación
+blanqueada con cal, con una cama cuyo cobertor era de indiana
+rameda, una cuna en un ángulo, algunas sillas de madera y una escopeta
+de dos cañones colgada de la pared. Una mesa servida ocupaba el
+centro de la estancia. Un velón de cobre alumbraba el blanco mantel de
+grosera tela, una jarra de estaño, brillante como de plata, y llena de vino
+y la humeante sopera de caldo obscuro. Estaban sentados á la mesa,
+un hombre de unos cuarenta años, de aspecto abierto y jovial, haciendo
+saltar un chiquillo sobre sus rodillas. Junto á él una mujer muy joven
+daba de mamar á otra criatura. El padre reía, reía el muchacho y sonreía
+la madre.</p>
+
+<p>El forastero estuvo un momento contemplando aquel espectáculo
+tierno y apacible. ¿Qué pasó por él? Él sólo hubiera podido decirlo. Es
+muy posible que creyese que aquella alegre morada había de ser hospitalaria,
+y que allí donde veía tanta dicha, encontrara, tal vez, un poco
+de piedad.</p>
+
+<p>Dió, para llamar, un ligero golpe con la mano en la vidriera.</p>
+
+<p>No fué oído.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_64">[Pg 64]</span></p>
+
+<p>Llamó por segunda vez.</p>
+
+<p>Oyó que decía la mujer: creo que han llamado.</p>
+
+<p>—No,—contestó el marido.</p>
+
+<p>Llamó entonces por tercera vez.</p>
+
+<p>Levantóse el marido, tomó el velón y abrió la puerta.</p>
+
+<p>Era un hombre de elevada estatura, mitad campesino y menestral;
+llevaba un gran delantal de cuero que le subía hasta su hombro izquierdo,
+debajo del cual guardaba, marcándose perfectamente el bulto, un
+martillo, un pañuelo encarnado, un frasco de pólvora y varios otros objetos
+retenidos por la cintura, como dentro de un bolsillo. Volvió, inmutado,
+la cabeza hacia atrás; su camisa, muy abierta y desabrochada, dejaba
+ver un cuello de toro, blanco y desnudo. Tenía las cejas muy pobladas
+y grandes patillas negras; los ojos á flor de frente, y el resto de
+la cara formando hocico; y sobre todo esto, tenía el aire inexplicable de
+quien se encuentra en su casa.</p>
+
+<p>—Señor,—dijo el viajero,—perdonad; pero, pagando, ¿podríais darme
+un plato de sopa, y dejarme un rincón donde pasar la noche en este
+cobertizo del jardín? Decidme: ¿podéis darme, pagando, lo que os pido?</p>
+
+<p>—¿Quién sois?—preguntó el amo de la casa.</p>
+
+<p>El hombre contestó:</p>
+
+<p>—Vengo de Puy Moyssoon. He andado todo el día; he hecho doce
+horas de camino. ¿Podéis, como os he dicho, pagando?...</p>
+
+<p>—Yo no rehusaría,—dijo el menestral,—en dar lo que pedís, pagando.
+Pero, ¿porqué no habéis ido á la posada?</p>
+
+<p>—No hay sitio en ella.</p>
+
+<p>—¡Bah! Es imposible, no siendo hoy, como no es, día de feria, ni de
+mercado. ¿Habéis estado en casa Labarre?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—¿Y qué?</p>
+
+<p>El viajero turbado contestó:</p>
+
+<p>—No sé, pero no me ha recibido.</p>
+
+<p>—¿Habéis estado en la taberna de... la calle de Chaffaut?</p>
+
+<p>La turbación del viajero iba en aumento; entonces balbuceó:</p>
+
+<p>—Tampoco han querido recibirme.</p>
+
+<p>La fisonomía del menestral tomó toda la expresión de la desconfianza;
+y fijándose en el recién llegado de los pies á la cabeza, exclamó
+de súbito como extremecido:</p>
+
+<p>—¿Seríais por ventura el hombre?...</p>
+
+<p>Y después de dirigir otra mirada al forastero, retrocedió tres pasos,
+dejó el velón sobre la mesa y descolgó su escopeta de la pared.</p>
+
+<p>Mientras el artesano decía: <em>¿seriáis por ventura el hombre?</em>... habíase
+levantado la mujer, y tomando en brazos ambas criaturas, se refugiaba
+precipitadamente detrás de su marido, mirando al forastero horrorizada,<span class="pagenum" id="Page_65">[Pg 65]</span>
+desnudo el pecho, espantosos los ojos, murmurando por lo bajo:—<em>Tso-maraude</em><a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>.</p>
+
+<p>Todo esto tuvo lugar en menos tiempo del que es necesario para figurárselo.
+Después de haber examinado por algunos instantes al hombre,
+como se examina una víbora, el amo de la casa se acercó nuevamente á
+la puerta y dijo:</p>
+
+<p>—Vete.</p>
+
+<p>—Por favor,—repuso el hombre,—un vaso de agua.</p>
+
+<p>—¡Un tiro!—exclamó el artesano.</p>
+
+<p>Luego cerró violentamente la puerta y el hombre oyó como corría
+dos grandes cerrojos. Un momento después, cerráronse también las hojas
+de la ventana, oyéndose además el ruido de una barra de hierro que las
+afirmaba.</p>
+
+<p>La noche avanzaba. El frío viento de los Alpes soplaba con furia. Á
+la luz del expirante día, advirtió el forastero dentro de uno de los jardines
+que bordean la calle una especie de barraca que le pareció hecha de
+pedazos de césped. Franqueó resueltamente la empalizada y se encontró
+en el jardín. Llegóse á la barraca; tenía ésta por puerta una estrecha
+abertura, bastante baja, pareciéndose á esas construcciones que los peones
+camineros levantan junto á las carreteras. Creyóse en efecto que era
+aquella la barraca de algún peón; sentía frío y hambre; estaba resignado
+al hambre, pero á lo menos quería aprovechar aquel abrigo contra
+el frío.</p>
+
+<p>Semejantes barracas no acostumbran á estar habitadas por la noche.
+Agachóse cuanto pudo, y arrastrándose sobre el suelo logró deslizarse
+dentro de la barraca. Estaba caliente y tenía además un buen lecho de
+paja. Estuvo unos instantes echado sobre aquel lecho sin poder hacer un
+sólo movimiento, tal era su cansancio. Luego, como el morral entre
+ambas espaldas le incomodaba y podía por otra parte servirle de almohada,
+empezó á desatar una de las correas que le sujetaban. En aquel
+momento creyó oir un gruñido feroz. Levantó los ojos. La cabeza de un
+enorme perro de presa se dibujó en la sombra de la abertura de la barraca.
+Era aquella barraca una perrera.</p>
+
+<p>El hombre era igualmente vigoroso y fuerte; armóse con su palo,
+hizo de su morral broquel, y salió de la perrera como pudo, no sin
+aumentar los jirones de su harapiento traje.</p>
+
+<p>Salió igualmente del jardín, caminando hacia atrás, obligado para
+tener el perro á distancia, á recorrer al manejo del palo, que los maestros
+en semejante esgrima llaman <em>el molinete</em>.</p>
+
+<p>Cuando hubo no sin trabajo, franqueado de nuevo la empalizada y
+<span class="pagenum" id="Page_66">[Pg 66]</span>volvió á encontrarse otra vez en la calle; sólo, sin cama, sin techo, sin
+abrigo, rechazado igualmente de aquel lecho de paja y de aquella miserable
+barraca, dejose caer, mejor que se sentó, sobre una piedra, y
+parece que no faltó transeunte que le oyó exclamar:</p>
+
+<p>—¡Soy menos que un perro!</p>
+
+<p>Luego se levantó de nuevo y echó á andar. Salía de la ciudad en la
+esperanza de encontrar algún árbol ó algún pajar del campo, que le diese
+abrigo.</p>
+
+<p>Caminó así, por algún tiempo, siempre con la cabeza baja. Cuando
+se vió lejos de toda morada humana, levantó los ojos mirando á su alrededor.
+Se encontraba en el campo; levantábase delante de él una de estas
+colinas bajas, cubiertas de rastrojo, que parecen, después de la siega,
+cabezas rapadas.</p>
+
+<p>Veía el horizonte completamente negro, no sólo por las sombras de
+la noche, sí que también á causa de algunas nubes muy bajas que parecían
+apoyarse en la misma colina, y que se elevaban llenando todo el
+cielo. No obstante, como iba á salir la luna y flotaba todavía en el zénit
+un rayo de luz crepuscular, formaban aquellas nubes en lo alto del
+cielo una especie de bóveda blanquecina que lanzaba sobre la tierra cierto
+resplandor.</p>
+
+<p>La tierra resultaba, pues, más iluminada que el cielo, lo cual es de
+un efecto particularmente siniestro, y aquella colina de pobres y mezquinos
+contornos, se dibujaba vaga y blanquecina sobre el horizonte tenebroso.
+Todo aquel conjunto resultaba horroroso, pequeño, lúgubre y
+limitado. Nada se veía en el campo ni en la colina mas que un árbol deforme,
+que se retorcía como tembloroso á pocos pasos del viajero.</p>
+
+<p>Aquel hombre se encontraba evidentemente muy lejos de poseer aquellos
+delicados hábitos de inteligencia y de espíritu que nos hacen sensibles
+á los misteriosos aspectos de las cosas; no obstante, había en aquel
+cielo y en aquella colina, en aquella llanura y en aquel árbol, algo tan
+profundamente desconsolador, que después de un instante de inmovilidad
+y de contemplación, el hombre aquel retrocedió, dejando el camino
+bruscamente. Hay momentos en que la misma naturaleza nos parece
+hostil.</p>
+
+<p>Volvió sobre sus pasos. Las puertas de D*** estaban cerradas. D***,
+que sostuvo largos sitios durante las guerras religiosas, estaba todavía
+circuida en 1815 de antiguas murallas flanqueadas de torreones cuadrados,
+que han sido demolidas después. Pasando por una brecha, se
+encontró de nuevo en la ciudad.</p>
+
+<p>Serían como las ocho de la noche. Como las calles le eran desconocidas,
+empezó nuevamente su paseo á la ventura.</p>
+
+<p>Dió, andando así, con la prefectura, después con el seminario. Al
+pasar junto á la catedral, mostró á la iglesia su puño cerrado.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_67">[Pg 67]</span></p>
+
+<p>Existe en un ángulo de esta plaza una imprenta. Es en la que fueron
+impresas, por primera vez, las proclamas del emperador y de la guardia
+imperial al ejército, traídas de la isla de Elba y redactadas por Napoleón
+mismo.</p>
+
+<p>Agobiado por el cansancio y sin esperar nada, acostóse sobre el banco
+de piedra que existía junto á la puerta de la imprenta.</p>
+
+<p>Una anciana que salía en aquel momento de la iglesia, observó á
+aquel hombre echado en la sombra.</p>
+
+<p>—¿Qué hacéis aquí, buen amigo?—le dijo.</p>
+
+<p>Él contestó rudamente encolerizado:</p>
+
+<p>—Ya lo veis, buena mujer, me acuesto.</p>
+
+<p>La buena mujer, bien digna en efecto de tal nombre, era la señora
+marquesa de R.</p>
+
+<p>—¿Sobre este banco?—repuso ella.</p>
+
+<p>—He dormido durante diez y nueve años en colchón de madera,—dijo
+el hombre;—hoy le tengo de piedra.</p>
+
+<p>—¿Habéis sido soldado?</p>
+
+<p>—Sí, buena mujer, soldado.</p>
+
+<p>—¿Por qué no vais á la hostería?</p>
+
+<p>—Porque no tengo dinero.</p>
+
+<p>—¡Ay!—exclamó la señora de R.,—no tengo en mi bolsa mas que
+cuatro sueldos.</p>
+
+<p>—Dádmelos.</p>
+
+<p>El hombre tomó los cuatro sueldos.</p>
+
+<p>La marquesa de R. continuó:</p>
+
+<p>—Con tan poco dinero no podréis encontrar alojamiento. ¿Lo habéis
+solicitado? Es imposible que paséis así la noche. Sentís indudablemente
+frío y hambre. Pudieran haberos alojado por caridad.</p>
+
+<p>—Ya he llamado á todas las puertas.</p>
+
+<p>—¿Y qué?</p>
+
+<p>—De todas me han echado.</p>
+
+<p>La «buena mujer» tocó el brazo del hombre, y señalando hacia la otra
+parte de la plaza una pequeña casa junto al palacio del obispo.</p>
+
+<p>—¿Habéis,—repuso ella,—llamado á todas las puertas?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—¿Habéis llamado á aquélla?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Llamad pues.</p>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>La prudencia aconseja á la Sabiduría</b></p>
+
+
+<p>Aquella noche, el señor obispo de D***, después de su paseo por la
+ciudad, se estuvo hasta muy tarde encerrado en su cuarto. Andaba ocupado<span class="pagenum" id="Page_68">[Pg 68]</span>
+en un gran trabajo acerca de los <em>Deberes</em>, el cual quedó desgraciadamente
+sin concluir. Consistía en extractar cuidadosamente todo cuanto
+los Padres y los Doctores han dicho sobre materia tan grave. Su libro
+estaba dividido en dos partes: primeramente trataba de los deberes de
+todos, y en segundo lugar, de los deberes de cada uno, según la clase á
+la cual pertenezca. Los deberes de todos son los grandes deberes. Éstos
+son cuatro. San Mateo los designa así: Deberes para con Dios (Math., <span class="allsmcap">VI</span>),
+deberes para nosotros mismos (Math., <span class="allsmcap">V</span>, 29, 30), deberes para con el
+prójimo (Math., <span class="allsmcap">VII</span>, 12), deberes para con las criaturas (Math., <span class="allsmcap">VI</span>, 20, 25).
+Para los demás deberes, había el obispo encontrado indicaciones y prescripciones
+en diversas partes: para los soberanos y los súbditos, en la
+Epístola á los Romanos; para los magistrados, las esposas, las madres y
+los jóvenes, en san Pedro; para los maridos, padres, hijos y servidores,
+en la Epístola á los Efesios; para los fieles, en la Epístola á los Hebreos;
+para las doncellas, en la Epístola á los Corintios. Estaba haciendo trabajosamente
+de todas estas prescripciones reunidas, un conjunto armonioso
+que quería presentar á las almas.</p>
+
+<p>Á las ocho estaba trabajando todavía, escribiendo muy incómodamente
+en pequeñas cuartillas de papel, con un gran libro abierto sobre
+las rodillas, cuando la señora Magloria entró, según costumbre, para sacar
+la plata del armario que había junto á la cama. Un instante después,
+comprendiendo el obispo que estaba ya servida la mesa y que su hermana
+le estaría esperando tal vez, cerró su libro, dejó su mesa de escribir y
+entró en el comedor.</p>
+
+<p>Era el comedor una pieza oblonga con chimenea, con una puerta en
+la calle, como hemos dicho, y ventana al jardín.</p>
+
+<p>La señora Magloria acababa efectivamente de poner los cubiertos.</p>
+
+<p>Mientras iba poniendo la mesa conversaba con la señorita Batistina.</p>
+
+<p>Sobre la mesa había una lámpara; la mesa estaba junto á la chimenea,
+en la cual ardía una gran llama.</p>
+
+<p>Puede uno figurarse fácilmente aquellas dos mujeres que habían ambas
+atravesado los sesenta: la señora Magloria, pequeña regordeta, vivaracha;
+y la señorita Batistina, dulce, delicada, pálida, un poco más alta que su
+hermano, con su vestido de seda marrón, color muy de moda en 1806,
+que ella había comprado á la sazón en París y que le duraba todavía.
+Por valernos de una locución vulgar, que tiene el mérito de expresar con
+una sola palabra una idea para la cual no basta á veces una página, la
+señora Magloria tenía el aire de una <em>mujer</em> y la señorita Batistina el de
+una <em>señora</em>. La señora Magloria llevaba gorra blanca acanalada; al
+cuello una crucecita de oro, única joya de mujer en aquella casa; un pañuelito
+blanquísimo asomaba debajo de un vestido de buriel negro de
+mangas anchas y cortas; un delantal de tejido de algodón á cuadros encarnados
+y verdes, sujetado al talle con una cinta verde, con su pitillo<span class="pagenum" id="Page_69">[Pg 69]</span>
+prendido á los hombros con alfileres; calzaba zapatos gruesos y medias
+amarillas, como las mujeres de Marsella.</p>
+
+<p>El vestido de la señorita Batistina, cortado sobre patrones de 1806,
+tenía el talle corto, falda estrecha, mangas de hombreras con picos y botones.
+Cubría sus cabellos grises con una peluca de rizos llamada <em>de niño</em>.
+La señora Magloria tenía el aire inteligente, vivo y bueno; los dos ángulos
+de su boca desigualmente levantados, y el labio superior, algo más
+grueso que el inferior, le prestaban cierto carácter testarudo é imperioso.
+Tanto, que cuando monseñor se callaba, hablaba ella resueltamente,
+mezclando al respeto la libertad; pero desde que monseñor empezaba á
+hablar, trocábase aquella libertad en una obediencia pasiva muy parecida
+á la de la señorita Batistina, sin decir una palabra más. Ésta se limitaba
+sencillamente á obedecer y complacer. Ni aún de joven, había
+sido bonita; tenía grandes ojos azules al nivel de la frente y la nariz
+larga y aplastada, pero el todo de su fisonomía, toda su persona, ya lo
+hemos dicho al principio, respiraba inefable bondad. Siempre había sido
+como predestinada á la mansedumbre; pero la fe, la caridad y la esperanza,
+estas tres virtudes que prestan dulce calor al alma, habían elevado
+poco á poco aquella mansedumbre hasta la santidad. La naturaleza
+había hecho de ella una simple oveja; la religión la había elevado á ángel.
+¡Pobre y santa mujer! ¡Dulce recuerdo desvanecido!</p>
+
+<p>La señorita Batistina ha contado después tantas veces lo que tuvo
+lugar aquella noche en casa del obispo, que muchas personas que viven
+todavía, recuerdan perfectamente los menores detalles.</p>
+
+<p>En el momento en que entró el señor obispo, la señora Magloria estaba
+hablando con alguna vivacidad. Referíase en su conversación con
+<em>la señorita</em> de cierto asunto que le era muy conocido, y del cual estaba
+Su Ilustrísima muy enterado. Tratábase del pestillo de la puerta de entrada.</p>
+
+<p>Parece que al ir por algunas provisiones para la cena, había oído hablar
+de ciertas cosas, en diferentes sitios. Se trataba de un vagamundo
+de mala catadura; decíase que este vagamundo sospechoso acababa de
+llegar, que había de estar en una parte ú otra de la ciudad, y que era
+muy posible tuviese un mal encuentro, cualquiera de los que aquella
+noche se viese obligado á retirarse tarde á casa. Que la policía estaba
+muy mal atendida; por otra parte, gracias á que el señor Prefecto y el
+señor alcalde eran muy poco amigos, buscando perjudicarse mutuamente
+con el resultado de los acontecimientos que pudiesen sobrevenir. Y
+que debían, por lo tanto, las personas prudentes, cuidar por sí mismas
+de lo que descuidaba la policía, guardándose mucho, y teniendo buen
+cuidado de echar cerrojos y atrancar <em>y cerrar bien las puertas</em>.</p>
+
+<p>La señora Magloria marcó mucho la última frase; pero el obispo que
+venía de su cuarto, en el que se sentía mucho el frío, se sentó delante de la
+<span class="pagenum" id="Page_70">[Pg 70]</span>
+chimenea y empezó á calentarse, pensando tal vez en algo muy distinto.
+No se fijó pues para nada en la frase que la señora Magloria acababa de
+pronunciar. Ésta volvió á repetirla. Entonces la señorita Batistina, queriendo
+complacer á la señora Magloria, sin disgustar á su hermano, se
+aventuró á decir tímidamente:</p>
+
+<p>—Hermano mío, ¿has oído lo que dice la señora Magloria?</p>
+
+<p>—He oído vagamente algo,—respondió el obispo.</p>
+
+<p>Luego, dando media vuelta á la silla, puestas ambas manos sobre sus
+rodillas, y elevando hacia su antigua servidora la mirada con aire cordial
+y sencillamente risueño, é iluminado desde abajo por la llama del
+hogar:</p>
+
+<p>—Veamos. ¿Qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro
+grave?</p>
+
+<p>Entonces la señora Magloria volvió á repetir la historia exagerándola
+algún tanto, sin duda. Parece, según dijo, que un gitano, un descamisado,
+una especie de mendigo peligroso, se encontraba á la sazón en
+la ciudad. En vano había pretendido alojarse en casa de Juoaquín Labarre,
+quien no había querido recibirle. Se le había visto después por el
+boulevard Gassendi, y vagar por varias calles al anochecer. Un hombre
+de morral y garrote, de horrible catadura.</p>
+
+<p>—¿De veras?—exclamó el obispo.</p>
+
+<p>Esta condescendencia en interrogarla alentó á la señora Magloria
+pues ello parecía indicarle que el obispo no andaba muy lejos de alarmarse;
+prosiguió entonces en ademán triunfante:</p>
+
+<p>—Sí, monseñor. Como os lo digo. Esta noche va á pasar alguna desgracia
+en la ciudad. Todo el mundo lo dice. Además como la policía está
+tan descuidada (repetición útil). ¡Vivir en un país montañoso como
+éste, y no tener de noche faroles en las calles! Sale uno. ¿Dónde está la
+seguridad? Y decía yo, monseñor, y la señorita decía igualmente...</p>
+
+<p>—Yo,—interrumpió la hermana,—yo no digo nada. Lo que haga
+mi hermano es lo bien hecho.</p>
+
+<p>La señora Magloria prosiguió como si no hubiese oído la protesta:</p>
+
+<p>—Decíamos nosotras, que no es esta casa muy segura; que si lo permite
+monseñor, iré yo misma á decir á Paulino Musebois, el cerrajero,
+que venga á poner de nuevo los antiguos cerrojos á la puerta, que están
+ahí; es obra de un instante; repito que es preciso reponer los cerrojos
+aunque no sea más que por esta noche; porque, digo yo, que una puerta
+que puede abrirse desde fuera, con sólo levantar el pestillo, el primer
+recién llegado, es muy de temer; y con la costumbre que tiene monseñor
+de decir siempre: entrad, y que luego, como á media noche. ¡Dios mío!
+no hay necesidad de pedir permiso...</p>
+
+<p>En aquel momento llamaron á la puerta dando un golpe violento.</p>
+
+<p>—Adelante,—dijo el obispo.</p>
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_71">[Pg 71]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Heroísmo de la obediencia pasiva</b></p>
+
+
+<p>La puerta se abrió.</p>
+
+<p>Abrióse vivamente, por completo como si alguien la hubiese empujado
+con resolución y energía.</p>
+
+<p>Entró un hombre.</p>
+
+<p>Á este hombre lo conocemos ya. Era el viajero á quien hemos visto
+andar en busca de un asilo.</p>
+
+<p>Entró, dió un paso y se quedó parado, dejando tras sí la puerta abierta.
+Llevaba su morral á la espalda, el garrote en la mano; su expresión
+era ruda, atrevida, fatigada y violenta la mirada. El fuego de la chimenea
+le alumbraba. Estaba horrible. Era una siniestra aparición.</p>
+
+<p>La señora Magloria no tuvo siquiera la fuerza necesaria para dar un
+grito. Estremecióse, quedando inmóvil.</p>
+
+<p>La señorita Batistina volvió la cabeza, vió al hombre que entraba, y
+se levantó medio espantada: después, volviendo poco á poco la cabeza
+hacia la chimenea, levantó los ojos mirando á su hermano, tomando
+entonces su fisonomía el aspecto de profunda calma y severidad.</p>
+
+<p>El obispo fijó en el hombre su mirada tranquila.</p>
+
+<p>Al abrir la boca para preguntar sin duda al recién llegado qué se le
+ofrecía, éste, apoyando ambas manos sobre su garrote, dirigió una
+mirada alternativa al anciano y á las dos mujeres, y sin atender á que
+el obispo hablase, dijo en voz alta y ruda:</p>
+
+<p>—Heme aquí. Me llamo Juan Valjean. Soy un presidiario. He pasado
+en presidio diez y nueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me
+dirijo á Pontarlier, donde voy destinado. Cuatro días que camino desde
+Tolón acá. Hoy he hecho doce leguas á pie. Esta tarde al llegar á la población,
+he estado en una posada de la cual he sido echado á causa de
+mi pasaporte amarillo, que había ya presentado á la Alcaldía, como era
+mi deber. He ido á otra posada. Se me ha dicho: ¡Vete! En una y otra
+parte me han repetido lo mismo. Nadie quiere recibirme. He ido á la
+cárcel, el portero no me ha querido abrir. Me he metido en la barraca
+de un perro, y el perro me ha mordido y me ha echado, como si fuera
+un hombre. Hubiérase dicho que sabía quién yo era. He salido al campo
+para dormirme á la luz de las estrellas; no hay estrellas esta noche.
+Temiendo que iba á llover y que no hubiese un buen Dios que impidiera
+la lluvia, he vuelto á entrar en la ciudad, para buscar el hueco de
+una puerta. Allá, en la plaza, íbame á echar sobre una piedra; una buena
+mujer me ha enseñado esta casa y me ha dicho: Llamad ahí. He llamado.
+¿Qué casa es ésta? ¿una posada? Tengo dinero; el de mis alcances.<span class="pagenum" id="Page_72">[Pg 72]</span>
+Ciento nueve francos y quince sueldos, que he ganado en presidio con
+mi trabajo de diez y nueve años. Yo pagaré, no importa, tengo dinero.
+Estoy rendido, doce leguas á pie, tengo hambre. ¿Queréis que me quede?</p>
+
+<p>—Señora Magloria,—dijo el obispo,—poned en la mesa otro cubierto.</p>
+
+<p>El hombre dió tres pasos, y se acercó á la lámpara que estaba en la
+mesa.</p>
+
+<p>—Mirad,—repuso,—como si no hubiese comprendido bien, esto no
+es esto. ¿Me habéis entendido? Soy un presidiario. Un forzado. Vengo de
+presidio: Y sacando de su bolsillo un gran pliego de papel amarillo, que
+desdobló—ved, dijo, mi pasaporte. Amarillo, como estáis viendo. Sirve
+para que se me eche de todas partes. ¿Queréis leer? ¿Yo sé leer también;
+he aprendido en presidio. Hay allí una escuela para los que quieren. Mirad,
+ved lo que han escrito en mi pasaporte: «Juan Valjean, presidiario
+cumplido, natural de...». Esto os es indiferente. «Ha estado diez y nueve
+años en presidio. Cinco años por robo con fractura. Catorce años
+por haber intentado evadirse cuatro veces distintas. Es hombre muy
+peligroso». ¡Ya lo sabéis! Todo el mundo me echa. ¿Queréis vos recibirme?
+¿Es esto una posada? ¿Queréis darme cena y cama? ¿Tenéis caballerizas?</p>
+
+<p>—Señora Magloria,—dijo el obispo,—poned sábanas limpias en la
+cama de la alcoba.</p>
+
+<p>Hemos ya explicado qué clase de obediencia era la de aquellas dos
+mujeres.</p>
+
+<p>La señora Magloria salió para cumplir lo que se le había mandado.</p>
+
+<p>El obispo se volvió hacia el hombre:</p>
+
+<p>—Amigo mío, sentaos y calentaos. Dentro un momento vamos á
+cenar, y se os arreglará la cama mientras...</p>
+
+<p>El hombre acabó por comprender. La expresión de su rostro, sombría
+y dura hasta entonces, impregnóse de estupefacción, de duda, de
+alegría, de asombro, tartamudeando como un loco:</p>
+
+<p>¿Es verdad que me recibís? ¡no esquiváis á un presidiario! ¡me llamáis
+amigo! y ¿no me tuteáis? y no me echáis diciendo: ¡Vete, perro! como
+me dice todo el mundo. Yo creía que no me recibiríais. Por esto os he
+dicho enseguida quién soy. ¡Oh! ¡qué buena mujer la que me ha dirigido
+aquí! ¡Voy á cenar! ¡á dormir en cama con sábanas y colchón! ¡como
+todo el mundo! ¡una cama! ¡hace diez y nueve años que no he descansado
+en ella! ¿queréis de veras que no me vaya? ¡Oh! ¡qué buenos sois! Por
+lo demás, ¡tengo dinero! Pagaré bien. Permitidme, señor posadero, ¿cómo
+os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un gran hombre. ¿Sois
+posadero, no es verdad?</p>
+
+<p>—Soy,—dijo el obispo,—un cura que vive aquí.</p>
+
+<p>—¡Un cura!—repuso el hombre.—¡Oh! ¡un gran cura! ¿Entonces no
+me pediréis dinero? ¿El párroco, no es verdad? ¿El párroco de esta gran<span class="pagenum" id="Page_73">[Pg 73]</span>
+iglesia? ¡Y es verdad! ¡qué torpe! no me había fijado en vuestro solideo.</p>
+
+<p>Así hablando, había dejado su palo y su morral en un rincón, había
+vuelto á meterse su pasaporte en el bolsillo, y se había sentado. La señorita
+Batistina le contemplaba con cierta dulzura. Él prosiguió:</p>
+
+<p>—Sois muy humano, señor cura; vos no despreciáis. ¡Qué bueno es
+un buen cura! ¿Entonces, no tenéis necesidad de que yo os pague?</p>
+
+<p>—No,—dijo el obispo.—guardaos vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis?
+Creo que me habéis dicho ciento nueve francos?</p>
+
+<p>—Y quince sueldos,—añadió el hombre.</p>
+
+<p>—Ciento nueve francos y quince sueldoos. ¿Y cuánto tiempo habéis
+empleado para ganar eso?</p>
+
+<p>—Diez y nueve años.</p>
+
+<p>—¡Diez y nueve años!</p>
+
+<p>El obispo suspiró profundamente.</p>
+
+<p>El hombre prosiguió:—Conservo aún todo mi dinero. En cuatro días
+no he gastado sino veinte y cinco sueldos, que me gané ayudando á descargar
+unos carros en Grasse. Y ya que sois sacerdote, voy á deciros,
+que en el presidio teníamos un limosnero. Y luego, un día vi un obispo,
+un monseñor, como allí le llaman. Era el obispo de la Mayor de Marsella.
+Es el cura que manda á los curas, ¿entendéis? Dispensad si me equivoco;
+¡pero yo entiendo tan poco de eso! ¡Ya os haréis cargo! Aquel
+obispo dijo su misa en medio del patio, en un altar, llevaba una cosa
+puntiaguda, de oro, en la cabeza. Al sol del medio día brillaba aquello.
+Nosotros estábamos colocados en tres filas á los dos lados y al centro, teniendo
+los cañones con las mechas caladas frente de nosotros. No le
+veíamos muy bien. Habló, pero como lo hizo desde el fondo, no le entendimos.
+Ya sabéis lo que es un obispo.</p>
+
+<p>Mientras hablaba el hombre, el obispo se levantó y entornó la puerta
+que había quedado abierta del todo.</p>
+
+<p>La señora Magloria reapareció. Traía un cubierto que dejó sobre la
+mesa.</p>
+
+<p>—Señora Magloria,—dijo el obispo,—colocad este cubierto lo más
+cerca posible del fuego.—Y volviéndose á su huésped:—El aire de la noche
+es muy crudo en los Alpes. Y vos, señor mío, tendréis necesidad de
+calentaros.—Cada vez que el obispo decía la palabra <em>señor</em>, con su acento
+dulcemente grave y familiar, la fisonomía del hombre se iluminaba.
+<em>Señor</em> á un presidiario, esto es dar un vaso de agua á un náufrago de la
+<em>Medusa</em>. La ignomia está sedienta de consideraciones.</p>
+
+<p>—He aquí,—dijo el obispo,—una lámpara que no alumbra apenas.</p>
+
+<p>La señora Magloria entendió enseguida, y fué á buscar, sobre la chimenea
+del cuarto de monseñor, los dos candeleros de plata, que encendió
+y puso sobre la mesa.</p>
+
+<p>—Señor cura,—dijo el hombre,—sois muy bueno; no me despreciáis.<span class="pagenum" id="Page_74">[Pg 74]</span>
+Me recibís en vuestra casa. Encendéis estos cirios para mí. Y eso que
+no os he ocultado de donde vengo y que yo soy un hombre despreciable.</p>
+
+<p>El obispo, sentado junto á él, golpeó suavemente su mano.—Podíais
+no haberme dicho quien vos erais. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo.
+Aquella puerta no pregunta jamás al que entra por su nombre,
+pero sí, si tiene alguna pena. Vos sufrís; vos tenéis hambre y sed; sed
+bienvenido. No me debéis gracias, ni digáis que os recibo en mi casa.
+Esta casa no es de nadie, sino del que necesita asilo. Yo os digo, caminante;
+estáis en vuestra casa estando aquí, mejor que yo mismo. Todo
+lo que hay aquí os pertenece. ¿Qué necesidad tengo de saber vuestro
+nombre? Y luego que, sin que vos me lo dijeseis, tenéis uno que ya me
+lo sabía yo.</p>
+
+<p>El hombre abrió los ojos admirado.</p>
+
+<p>—¿De veras? ¿Sabéis cómo me llamo?</p>
+
+<p>—Sí,—respondió el obispo,—os llamáis mi hermano.</p>
+
+<p>—¡Caramba, señor cura!—exclamó el hombre,—tenía mucha hambre
+al entrar aquí; pero sois tan bueno, que ya no sé ahora lo que tengo.
+Creo que se me ha pasado.</p>
+
+<p>El obispo le miró de nuevo y dijo:</p>
+
+<p>—¿Habéis sufrido mucho?</p>
+
+<p>—¡Oh! la chaqueta roja, el grillete al pie, una tarima para dormir,
+el calor, el frío, el trabajo, la chusma, los palos, la doble cadena por
+cualquier cosa, el calabozo por una palabra, ¡y siempre la cadena aun
+en la misma cama estando enfermo! ¡Los perros, los perros son mucho
+más felices! ¡Diez y nueve años! tengo cuarenta y seis. Y además pasaporte
+amarillo. Ya lo veis.</p>
+
+<p>—Sí;—repuso el obispo,—salís de un lugar de tristezas. Oídme: existe
+más gloria en el cielo por las lágrimas de un pecador, que por la
+blanca túnica de cien justos. Si habéis dejado aquel lugar de pena y de
+dolor, con propósitos de odio y de cólera contra los hombres, sois digno
+de compasión; si habéis salido de él con intenciones benévolas, de dulzura
+y de paz, valéis más que cualquiera de nosotros.</p>
+
+<p>Entretanto, la señora Magloria había servido la cena; una sopa hecha
+de agua, aceite, pan y sal; un poco de tocino, un pedazo de carnero, higos,
+queso tierno y un gran pan de centeno. Habiéndose añadido á la comida
+ordinaria del obispo, una botella de vino de Mauves.</p>
+
+<p>La fisonomía del obispo tomó de pronto esa expresión de alegría
+propia de las naturalezas hospitalarias.—¡Á la mesa!—exclamó con viveza!
+Como tenía por costumbre siempre que algún forastero cenaba con
+él, hizo sentar al hombre á su derecha. La señorita Batistina, perfectamente
+apacible y natural, colocóse á su izquierda.</p>
+
+<p>El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa, conforme
+su costumbre. El hombre empezó á comer con avidez.</p>
+
+<div class="chapter">
+<figure class="figcenter illowe25" id="fp75-ilo">
+ <img class="w100 p2" src="images/fp75-ilo.jpg" alt="ilop75" title="p75ilo">
+ <figcaption class="caption p2b">El obispo bendijo la mesa, y luego sirvió por sí mismo la sopa</figcaption>
+</figure>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_75">[Pg 75]</span></p>
+</div>
+
+<p>De pronto dijo el obispo:—Me parece que falta algo en la mesa.</p>
+
+<p>La señora Magloria no había puesto en la mesa más que los tres cubiertos
+absolutamente indispensables. Según costumbre de la casa, siempre
+que tenía el señor obispo algún convidado, se colocaban sobre el
+mantel los seis cubiertos de plata; inocente vanidad. Esta chocante apariencia
+de lujo, venía á ser una especie de gozo infantil, verdaderamente
+encantador, en aquella morada tranquila y severa, que elevaba la pobreza
+hasta la dignidad.</p>
+
+<p>La señora Magloria, comprendiendo desde luego la observación, salió
+sin decir una palabra, y un momento después, los tres cubiertos reclamados
+por el obispo brillaban ya sobre el mantel, simétricamente colocados
+delante de cada uno de los tres comensales.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Detalles acerca de las queserías de Pontarlier</b></p>
+
+
+<p>Para dar ahora una idea de lo que pasó en aquella mesa, no sabemos
+hacer nada mejor que transcribir aquí, un pasaje de cierta carta que la
+señorita Batistina dirigió á la señora Boischevron, en la cual la conversación
+del presidiario y el obispo está detallada con minuciosa sencillez:</p>
+
+<p>«...Aquel hombre no hacía el menor caso de las personas. Comía con
+hambrienta voracidad. No obstante, después de cenar, dijo:</p>
+
+<p>«—Señor cura del Dios bueno, todo esto es todavía demasiado bueno
+para mí, pero debo deciros, que los carreteros que no han querido dejarme
+comer con ellos, lo hacen mejor que vos.</p>
+
+<p>«Para entre nosotros, la observación me chocó un poco. Mi hermano
+le contestó:</p>
+
+<p>«—También se cansan más que yo.</p>
+
+<p>«—No, repuso el hombre, tienen más dinero. Vos sois pobre, se ve
+desde luego. Vos, tal vez, ni siquiera sois cura. ¿Lo sois? ¡Ah! ¡segurísimo!
+si Dios fuése justo, seríais á lo menos cura-párroco.</p>
+
+<p>«—Dios es más que justo,—dijo mi hermano.</p>
+
+<p>«Un instante después añadió:</p>
+
+<p>«—Señor Juan Valjean, ¿es á Pontarlier que os dirigís?</p>
+
+<p>«—Con itinerario obligado.</p>
+
+<p>«Creo que fué esto lo que dijo el hombre. Después continuó:</p>
+
+<p>«—Es preciso que esté ya nuevamente en camino mañana al rayar
+el alba. Es muy cansado el viajar ahora, pues si las noches son frías,
+son los días calurosos.</p>
+
+<p>«—Es allí donde vais,—repuso mi hermano,—un gran país. Durante
+la Revolución, y estando mi familia arruinada, me refugié en el<span class="pagenum" id="Page_76">[Pg 76]</span>
+Franco-Condado, á la sazón, donde viví algún tiempo con mi trabajo
+manual. Tenía buena voluntad y encontré luego en qué ocuparme. No
+había más que escoger, entre las fábricas de papel, las tenerías, destilatorios,
+almazaras, fábricas de relojes al por mayor, fundiciones de
+acero y de cobre, veinte herrerías, cuando menos, de las cuales las hay
+muy importantes en Lods, Châtillon, Audincourt y Beure.</p>
+
+<p>«Creo no haberme equivocado, y que son estos los nombres citados
+por mi hermano; después de lo cual, se interrumpió á sí mismo para
+dirigirme la palabra.</p>
+
+<p>«—Querida hermana, ¿no hemos de tener algunos parientes por allá?</p>
+
+<p>«Yo le contesté:</p>
+
+<p>«—Los tenemos, entre otros, el señor de Lucenet, que había sido jefe
+de puertas en Pontarlier durante el antiguo régimen.</p>
+
+<p>«—Sí, repuso mi hermano, pero durante el 93 no había otros parientes
+que nuestros brazos. Y yo trabajé. Existe en la comarca de Pontarlier,
+donde os dirigís vos, señor Valjean, una industria verdaderamente
+patriarcal y de resultado, hermana mía. Me refiero á las queserías ó
+fruteras, como allí las llaman.</p>
+
+<p>«Entonces mi hermano, mientras instaba á comer al hombre, le explicó
+muy detalladamente lo que venían á ser las fruteras de Pontarlier,
+las cuales se dividen en dos clases:—las <em>grandes granjas</em>, que pertenecen
+á los ricos, y en las que hay cuarenta ó cincuenta vacas que producen
+siete ú ocho mil quesos por verano; y las <em>fruteras por asociación</em>,
+que son de los pobres, es decir, de los aldeanos de la montaña que reúnen
+sus vacas en común, y parten luego sus productos.—Toman á jornal
+un quesero, al que llaman <em>grurin</em>; el grurin recibe la leche de los asociados,
+tres veces al día, y marca las cantidades en una doble tarja; á
+últimos de abril es cuando empiezan los trabajos de quesería, hasta mediados
+de junio, que los queseros vuelven con sus vacas á la montaña.</p>
+
+<p>«El hombre se iba reanimando á medida que comía. Mi hermano
+le hacía beber de aquel excelente vino de Mauves, del que no bebe él
+porque dice que resulta muy caro. Mi hermano le advertía de todos estos
+detalles, con aquella sencilla jovialidad que ya conocéís, mezclando
+á sus palabras aquella graciosa espresión que le es peculiar, y que
+yo comprendía perfectamente. Tuvo expecial cuidado en pintar el
+lisonjero modo de ser del <em>grurin</em> como si hubiese querido que aquel hombre
+comprendiera sin aconsejárselo directa y claramente, que podía encerrar
+aquello un porvenir para él. Una cosa me chocó. Era aquel hombre
+lo que os he dicho. Pues bien, mi hermano, ni durante la cena y durante
+toda la noche, á escepción de algunas palabras sobre Jesús, al darle
+entrada, dijo una sola frase que pudiera recordarle al hombre aquel lo
+que había sido, ni que le diera á entender quién era mi hermano. Y, sin
+embargo, era aquella una ocasión muy apropósito para echarle un sermón,<span class="pagenum" id="Page_77">[Pg 77]</span>
+y de apoyarse el obispo en el presidiario para imprimir en él el
+sello de su paso. Á otro cualquiera le hubiera parecido tal vez, que dado
+el caso de tener á mano aquel desgraciado, era conveniente alimentar
+su alma al par del cuerpo y de hacerle alguna observación razonada
+de moral y de buen consejo, ó bien alguna conmiseración exhortándole
+á que mejorase su conducta para el porvenir. Mi hermano no le preguntó
+siquiera de dónde procedía, ni cuál era su historia. Porque en su
+historia ha de estar su falta; parece que mi hermano tuvo empeño en
+alejar todo lo que pudiera recordársela. Tanto, que es cierto que mi
+hermano, hablando de los montañeses de Pontarlier que tienen <em>un trabajo
+dulce junto al cielo</em>, y añadía, <em>son felices porque son inocentes</em>, se
+paró de súbito, temiendo que no hubiese en esta frase que se le escapaba,
+algo que pudiese herir al hombre. Á fuerza de reflexionar, creo haber
+entendido lo que pasaba en el corazón de mi hermano. Él creía, sin
+duda, que aquel hombre que se llama Juan Valjean no tenía presente
+en su espíritu mas que su miseria, que era lo mejor distraerle de ella y
+hacerle creer, aunque no fuése más que de momento, que era una persona
+como otra cualquiera, siendo todo en él natural y corriente. ¿No
+es esto, en efecto, comprender perfectamente la caridad? ¿No hay, señora
+mía, algo de esencialmente evangélico en la delicadeza que se
+abstiene del sermón, de las moralejas y de las alusiones, siendo mayor
+la compasión cuando un hombre siente un gran dolor el no tocar el
+punto que lo produce? Creo que éste debió ser el pensamiento oculto de
+mi hermano. En todo caso, lo que yo puedo decir, es que si realmente
+tuvo semejantes ideas, no las dió á conocer; en mi concepto, estuvo, al
+parecer, como las demás noches, y de la misma manera, y con la misma
+naturalidad cenó con Juan Valjean, que lo hubiera hecho con el
+señor Gedeón, el preboste, ó con el señor cura de la parroquia.</p>
+
+<p>«Al terminar, cuando estábamos comiendo los postres, llamaron á la
+puerta; era la buena Gerbaud, con su hijo en brazos. Mi hermano besó
+al niño en la frente, y me pidió quince sueldos que yo tenía allí para
+dárselos á la tía Gerbaud. El hombre, durante este espacio de tiempo,
+no se fijaba al parecer ni decía una sola palabra; parecía fatigado. La
+pobre Gerbaud salió, mi hermano rezó las <em>gracias</em>; y luego volviéndose
+al hombre, le dijo: Tendréis mucha necesidad de ir á la cama. La señora
+Magloria levantó la mesa inmediatamente. Comprendiendo ser
+necesario que nos retirásemos pronto para dejar dormir al viajero, nos
+subimos al piso las dos juntas. Poco después, mandé á la señora Magloria
+que bajara y colocara en el lecho del forastero, una piel de corzo
+de la Selva Negra que tengo en mi cuarto. Las noches son glaciales
+y esta piel conforta. Lástima que sea ya tan vieja; todo el pelo se le
+cae. Mi hermano la compró cuando estuvo en Alemania, en Tottlingen,<span class="pagenum" id="Page_78">[Pg 78]</span>
+junto á los orígenes del Danubio, al propio tiempo que mi cuchillito
+con mango de marfil, del que me sirvo en la mesa.</p>
+
+<p>«La señora Magloria volvió á subir inmediatamente, y después de
+rezar nuestras oraciones en la sala donde tenemos la ropa blanca, nos
+fuímos cada una á nuestro dormitorio sin decir una palabra».</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Calma</b></p>
+
+
+<p>Después de haberle dado las buenas noches á su hermana, monseñor
+Bienvenido tomó de encima la mesa uno de los dos candeleros de plata, y
+entregando el otro á su huésped, le dijo:</p>
+
+<p>—Señor mío, voy á acompañaros á vuestro cuarto.</p>
+
+<p>El hombre le siguió.</p>
+
+<p>Como se ha podido ver en lo que antes hemos dicho, las habitaciones
+estaban distribuidas de manera, que para ir al oratorio donde estaba la
+alcoba, ó para salir, era indispensable atravesar el dormitorio del obispo.
+En el momento en que atravesaban este cuarto, la señora Magloria
+estaba guardando la plata en el armario de la cabecera de la cama. Esta
+era su última operación cada noche antes de acostarse.</p>
+
+<p>El obispo instaló á su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia
+le estaba esperando. Dejó el hombre su candelero sobre una mesita.</p>
+
+<p>—Vamos,—dijo el obispo,—que paséis bien la noche. Mañana por la
+mañana, antes de emprender de nuevo vuestro viaje, tomareis una taza
+de leche de nuestras vacas; calentita.</p>
+
+<p>—Gracias, señor cura,—dijo el hombre.</p>
+
+<p>Apenas pronunciadas estas palabras de paz, cuando de súbito y sin
+transición, hizo un extraño movimiento, que hubiera llenado de espanto
+á las dos buenas mujeres si hubiesen estado presentes. Hoy mismo nos
+sería difícil dar cuenta de lo que pasó por él en aquel momento. ¿Quería
+hacer una advertencia ó lanzar una amenaza? ¿Obedecía simplemente á
+una especie de impulso instintivo y desconocido por él mismo? Volvióse
+bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y, fijando sobre éste una
+mirada salvaje, exclamó con voz ronca:</p>
+
+<p>—¡Ah! ya, ¡decididamente! me alojáis vos mismo en vuestra casa,
+junto á vos; ¿cómo es eso?</p>
+
+<p>Interrumpióse á sí mismo un instante, y añadió luego con una sonrisa
+especial, en la que se encerraba algo monstruoso:</p>
+
+<p>—¿Habéis reflexionado bien? ¿quién os ha dicho que no sea yo un
+asesino?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_79">[Pg 79]</span></p>
+
+<p>El obispo respondió:</p>
+
+<p>—Esto basta con que lo sepa Dios.</p>
+
+<p>Después, gravemente, y moviendo los labios como quien reza ó habla
+consigo mismo, levantó los dos dedos de su mano derecha y bendijo al
+hombre, quien no se inclinó siquiera, y, sin mover la cabeza, ni mirar
+tras sí, entró nuevamente en su cuarto.</p>
+
+<p>Cuando la alcoba estaba ocupada, una gran cortina de sarga, corrida
+de parte á parte del oratorio, cubría el altar. El obispo se arrodilló, al
+pasar delante de esta cortina, y oró un momento.</p>
+
+<p>Poco después estaba ya paseando y meditando en su jardín, absorbida
+el alma y la imaginación en los grandes misterios de la noche, que
+muestra Dios á los ojos que continúan abiertos.</p>
+
+<p>En cuanto al hombre, se encontraba, en verdad, tan fatigado, que ni
+siquiera trató de aprovechar las blancas sábanas que le esperaban. Había
+apagado su vela soplando con la nariz, según acostumbran á hacerlo
+los presidiarios, dejándose caer sin desnudarse sobre la cama, y quedando
+enseguida profundamente dormido.</p>
+
+<p>Daba la media noche cuando el obispo volvía del jardín y entraba en
+su cuarto.</p>
+
+<p>Algunos minutos después, dormía todo el mundo en aquella pequeña
+y santa casa.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Juan Valjean</b></p>
+
+
+<p>Á eso de la media noche, Juan Valjean despertó.</p>
+
+<p>Juan Valjean era hijo de una pobre familia de campesinos de la Brie.
+Durante su infancia, nadie cuidó de enseñarle á leer. Cuando empezó á ser
+hombre se hizo podador en Faverolles. Su madre se llamaba Juana
+Mathieu; su padre se llamaba Juan Valjean ó Vlajean, apodo probablemente
+y contracción de <em>voilà Jean</em>.</p>
+
+<p>Juan Valjean tenía el carácter meditabundo sin ser triste, lo cual es
+muy común en las naturalezas afectuosas. Era, por lo tanto, naturalmente
+taciturno, y al menos en apariencia, indiferente. Había perdido de
+muy pequeño á su padre y á su madre. Su madre había muerto de una
+fiebre láctea mal cuidada. Su padre, podador como él, murió de una
+caída de un árbol. No le quedó á Juan Valjean más que una hermana
+mucho mayor que él, viuda y con siete hijos entre varones y hembras.
+Esta hermana había criado á Juan, pues mientras vivió su marido le tuvo
+en su casa y le dió de comer. El marido murió. El mayor de los siete
+hijos tenía ocho años y el más pequeño uno. Juan Valjean iba á cumplir<span class="pagenum" id="Page_80">[Pg 80]</span>
+los veinte y cinco. Reemplazó pues al padre, manteniendo á su vez á la
+hermana que le había criado. Hízose esa sustitución como un simple deber,
+si bien con cierta caprichosa rudeza por parte de Juan. Su juventud
+se iba gastando así en un trabajo duro y mal pagado. Nadie le conoció
+jamás una novia en toda la comarca. Es verdad que tampoco le dejaba
+su trabajo tiempo para el amor.</p>
+
+<p>Volvía por la noche fatigado de todo el día, y comía su sopa sin decir
+palabra. Su hermana, Juana, mientras él comía, tomaba frecuentemente
+de su escudilla, lo mejor de su cena, el pedazo de carne, la lonja de tocino,
+el cogollo de la col, para dárselo á alguno de sus hijos; él comía
+siempre inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en el plato,
+cubriéndolo casi con sus largos cabellos esparcidos alrededor de su comida
+y sus ojos. Parecía que nada veía, y dejaba hacer. Había en Faverolles,
+no lejos de la casucha de Valjean, á la parte opuesta de la calle,
+una vaquera llamada María Claudia; los sobrinos de Valjean, generalmente
+necesitados, iban muchas veces á pedir, en nombre de su madre,
+una pinta de leche á María Claudia, que bebían luego detrás de una tapia
+ó en cualquier rincón de la calle, arrancándose mutuamente el jarro;
+y con tal afán, que los más pequeños la derramaban sobre el delantal y
+en el arroyo; si la madre hubiese tenido noticia de este abuso, hubiera
+corregido severamente á los delincuentes. Juan Valjean, brusco y regañón,
+pagaba á espaldas de la madre, las pintas de leche á María Claudia,
+y los niños no eran castigados.</p>
+
+<p>Él ganaba, durante la época de la poda, diez y ocho sueldos diarios,
+después se ocupaba en la siega, en guardar bueyes, de jornalero y aun de
+peón albañil. Hacía cuanto se le presentaba. Su hermana trabajaba también
+por su parte, pero, ¿qué había de hacer con siete hijos?</p>
+
+<p>Era aquél un tristísimo grupo que la miseria iba rodeando y estrechando
+poco á poco.</p>
+
+<p>Vino un invierno crudísimo. Juan no tenía qué hacer. La familia no
+tuvo por lo tanto, pan. ¡Sin pan! ¡Tal como suena! ¡Y siete criaturas!</p>
+
+<p>Cierto domingo por la noche, Maubert Isabeau, panadero de la plaza
+de la Iglesia de Faverolles, se estaba disponiendo á acostarse, cuando
+oyó un golpe violento en la ventana vidriera y enrejada de su tienda.
+Llegó á tiempo de ver una mano pasando por entre la reja después de
+haber abierto un boquete en el cristal de un puñetazo. La mano cogió
+un pan, y desapareció. Isabeau salió inmediatamente; el ladrón huía á
+todo correr; Isabeau corrió tras él y le alcanzó. El ladrón había tirado
+el pan, pero tenía aún la mano ensangrentada. Era Juan Valjean.</p>
+
+<p>Esto acaeció en 1795. Juan Valjean fué denunciado por los tribunales
+de aquel tiempo «por robo con fractura, de noche y en casa habitada».
+Juan tenía una escopeta de la cual se servía como el primer tirador
+del mundo, pues solía cazar furtivamente; lo cual le perjudicó.<span class="pagenum" id="Page_81">[Pg 81]</span>
+Existe contra los cazadores furtivos cierta legítima prevención. El cazador
+furtivo, lo mismo que el contrabandista, anda muy cerca del salteador.
+No obstante, debemos decir de paso, que media un abismo entre
+esta clase de hombres y el miserable asesino de las ciudades. El cazador
+furtivo vive en la selva; el contrabandista vive en la montaña ó en el
+mar. Las ciudades producen hombres feroces y crueles, porque producen
+hombres corrompidos. Las montañas, el mar y las selvas, producen
+sencillamente hombres salvajes, pero sin destruir, por lo general, su
+parte humana.</p>
+
+<p>Juan Valjean fué declarado culpable. Los preceptos del código eran
+terminantes. Existe en nuestra civilización horas terribles; son éstas los
+momentos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Fúnebre instante
+aquél en que la sociedad se aleja y lanza en irreparable abandono
+un ser pensador!</p>
+
+<p>Juan Valjean fué condenado á cinco años de presidio.</p>
+
+<p>El 22 de abril de 1796, mientras se aclamaba en París la victoria de
+Montenotte ganada por el general en jefe del ejército de Italia, que el
+mensaje del Directorio de los Quinientos, del 2 de floreal del año IV,
+llama Buona Parte, aquel mismo día, repetimos, se remachó en Bicêtre
+una larga cadena de presidiarios. Juan Valjean formaba parte en esta
+cadena. Un antiguo portero de la cárcel, que cuenta hoy cerca de noventa
+años, recuerda todavía perfectamente á aquel desgraciado cuya
+cadena fué clavada al extremo del cuarto cordón en el ángulo norte del
+patio. Estaba sentado en el suelo como los demás. Parecía no darse
+cuenta de nada relativo á su estado, sino que era terrible. Es probable
+que entendiera al través de las vagas ideas de un hombre ignorante del
+todo, algo excesivo. Mientras remachaban á grandes martillazos detrás
+de su cabeza, la bala de su cadena, él lloraba, las lágrimas le ahogaban,
+impidiéndole hablar, exclamando solamente de cuando en cuando con
+gran pena y dificultad: <em>Yo era podador en Faverolles</em>. Después, sollozando
+y levantando su mano derecha, la bajó gradualmente como si
+tocase sucesivamente siete cabezas desiguales con cuyo gesto parecía
+querer indicar que todo lo que había hecho, fuése lo que fuere, lo había
+hecho para vestir y alimentar á siete infelices pequeñuelos.</p>
+
+<p>Fué conducido á Tolón, donde llegó después de un viaje de veinte y
+siete días, en una carreta, con la cadena al cuello. En Tolón se le vistió
+la chaqueta roja. Todo lo que existía de su vida, incluso su nombre, fué
+borrado; ya no fué más Juan Valjean; fué desde entonces el número 24.601.
+¿Qué fué de su hermana? ¿Qué fué de sus siete hijos? ¿Quién había de
+ocuparse de ellos? ¿Qué es del puñado de hojas del árbol aserrado por el
+tronco?</p>
+
+<p>La historia es siempre la misma. Aquellos pobres seres vivientes,
+aquellas pobres criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin asilo,<span class="pagenum" id="Page_82">[Pg 82]</span>
+quedaron entregadas al azar. ¿Quién sabe? tal vez cada cual por su parte
+se fué precipitando poco á poco en el fondo de la fría bruma que devora
+los destinos solitarios, negrísimas tinieblas en las que se envuelven
+y desaparecen sucesivamente, tantas infortunadas cabezas durante la
+sombría marcha del género humano. Lo cierto es que abandonaron el
+país. El campanario del que había sido su pueblo les olvidó; el límite
+de la que había sido su tierra les olvidó también; y después de algunos
+años de estar en presidio, les olvidó á su vez el mismo Juan Valjean. En
+aquel corazón y en el lugar en que hubo una llaga, se hizo una cicatriz.
+Esto fué todo. Apenas durante todo el tiempo que estuvo en Tolón, oyó
+hablar de su hermana una sola vez. Creo que fué al terminar el cuarto
+año de su cautiverio. Ignoro de todo punto por qué conducto llegó hasta
+él algún indicio. Tal vez alguien que les había conocido en su pueblo
+había visto á su hermana. Ella estaba en París, habitando en una miserable
+calleja junto á San Sulpicio, la de Gindre. No tenía consigo más
+que un muchacho, un niño, el último. ¿Dónde habían ido á parar los
+demás? Tal vez ni aún ella misma lo sabía. Todas las mañanas iba la
+pobre mujer á una imprenta de la calle de Sabot, número 3, en la cual
+estaba empleada de plegadora y encuadernadora á la rústica. Debía estar
+allí todos los días á las seis de la mañana, mucho antes de amanecer,
+en invierno. En la misma imprenta había una escuela á la cual
+mandaba ella á su hijo, que tenía á la sazón unos siete años. Solamente
+que como ella entraba en el taller á las seis, y no se abría la escuela
+hasta las siete, era preciso que la criatura esperara en el patio la hora
+que tardaba en abrirse la escuela; ¡en invierno, una hora de noche y al
+aire libre! No se le permitía al niño entrar en la imprenta porque era
+un estorbo, decían. Los obreros veían al pasar, todas las mañanas,
+aquella pobre criatura sentada en el suelo, rendida de sueño, dormida
+muchas veces entre las sombras y acurrucada en el rincón más sucio.
+Cuando llovía, una pobre vieja, la portera, se apiadaba del niño y lo
+recogía en su chiribitil, en donde no había más que una pobre cama,
+un torno y dos sillas de madera; el pequeñuelo se dormía allí en un rincón,
+arrimándose cuanto podía, al gato, por sentir menos frío. Á las
+siete se abría la escuela y el niño entraba.</p>
+
+<p>He aquí lo que le dijeron á Juan Valjean.</p>
+
+<p>Esto le preocupó un día, fué un instante, un relámpago, como una
+ventana abierta bruscamente ante el destino de aquellos seres que él
+había amado, volviéndose á cerrar inmediatamente; no volviendo jamás
+á oir hablar de ellos una palabra. Nada más de ellos supo, jamás los
+volvió á ver, ni les encontró jamás, ni en el doloroso curso de esta historia
+llegará á encontrarlos.</p>
+
+<p>Á últimos de este mismo cuarto año llególe á Juan Valjean el turno
+de evadirse. Sus camaradas le ayudaron, como acostumbra á hacerse
+en aquel triste lugar. Y se evadió. Vagó dos días libre por el campo; si<span class="pagenum" id="Page_83">[Pg 83]</span>
+es ser libre el andar perseguido, volviendo la cabeza á cada instante, y
+al menor ruido, tener miedo de todo; del tejado que humea, del hombre
+que pasa, del perro que ladra, del caballo que galopa, de la hora que
+suena, del día porque todo se ve, de la noche porque no se ve nada, del
+camino, de la senda, de las sombras, del sueño. Al anochecer del segundo
+día volvieron á prenderle. Había estado sin comer ni dormir treinta
+y seis horas. El tribunal marítimo le condenó por este delito á tres años
+más de presidio; total ocho años. El sexto año volvió á tocarle el turno
+de evadirse; quiso probarlo, pero no consiguió su objeto. Faltó á la lista.
+Después del cañonazo de la puesta de sol, le encontraron las rondas
+escondido bajo la quilla de uno de los buques en construcción; resistióse
+á los guardias que le prendieron. Evasión y rebelión. Por este hecho,
+previsto en el código especial, fué castigado con un aumento de cinco
+años, dos de ellos á doble cadena. Trece años. El décimo año volvió á
+tocarle el turno, quiso aprovecharlo también. Tampoco salió mejor librado.
+Tres años más por esta nueva tentativa. Diez y seis años. En fin,
+creo que fué durante el año décimo tercero, que volvió á probar fortuna
+nuevamente, y no consiguió sino que volviesen á prenderle á las cuatro
+horas. Tres años más por estas cuatro horas. Diez y nueve años. En octubre
+de 1815 fué puesto en libertad; había entrado en presidio en 1796,
+por haber roto un vidrio y tomado un pan.</p>
+
+<p>Necesitamos hacer aquí un corto paréntesis. Ésta es la segunda vez
+que en sus estudios acerca de la cuestión penal y sobre la condena legal,
+el autor de este libro da cuenta del robo de un pan, como punto de partida
+del desastre de un destino. Claudio Gueux robó un pan; Juan Valjean
+había robado un pan también; una estadística inglesa prueba que
+en Londres, cuatro robos, de cada cinco, son causa inmediata del
+hambre.</p>
+
+<p>Juan Valjean había entrado en presidio temblando y sollozando; salió
+de allí impasible. Entró desesperado; salió sombrío.</p>
+
+<p>¿Qué es lo que había pasado por su alma?</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>La desesperación por dentro</b></p>
+
+
+<p>Probemos de explicarnos.</p>
+
+<p>Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que es ella
+quien las hace.</p>
+
+<p>Era Valjean, como tenemos dicho, un ignorante, pero no un imbécil.
+La luz natural estaba encendida en él. La desgracia, que también tiene
+su luz, aumentó la poca claridad que existía en aquel espíritu. Bajo el
+palo, bajo la cadena, en el calabozo, en el trabajo; bajo el ardiente sol<span class="pagenum" id="Page_84">[Pg 84]</span>
+del presidio, en el lecho de tablas del penado, replegóse en sí mismo y
+reflexionó.</p>
+
+<p>Él se constituyó en tribunal.</p>
+
+<p>Empezó por juzgarse á sí mismo.</p>
+
+<p>Reconoció que no era un inocente castigado con injusticia. Confesó
+haber cometido una acción atrevida y vituperable; que no se le hubiera,
+tal vez, negado aquel pan, si lo hubiese pedido; que siempre hubiera
+sido mejor esperarlo de la piedad ó del trabajo; que no es siempre un
+argumento sin réplica el decir: ¿puede uno esperar cuando tiene hambre?
+Que es además rarísimo el caso de que muera alguien literalmente
+de hambre; luego que, desgraciada ó afortunadamente, el hombre está
+hecho de manera que pueda sufrir largo tiempo y mucho, moral y físicamente,
+sin morir; que le faltó pues la paciencia; que el tenerla hubiera
+sido más provechoso para aquellas pobres criaturas; que fué un acto
+de locura en él, desgraciado y miserable ser, el agarrarse violentamente
+al cuello de la sociedad entera y figurarse que podía salvarse de la miseria
+en el robo; que es ésta, en todo caso, una mala puerta para salir de
+la miseria, puesto que se entra por ella en la infamia; en fin, que había
+faltado.</p>
+
+<p>Luego se preguntó:</p>
+
+<p>¿Si había sido él sólo el que había cometido falta en tan fatal historia?
+Si ante todo no había sido una cosa grave que hubiese quien como
+él, trabajador, careciese de trabajo, él, laborioso, careciese de pan. Sí,
+luego de cometida y confesada la falta, no había sido el castigo feroz y
+exagerado. Si no era mayor el abuso de la ley en la pena, que el abuso
+por parte del culpable en la falta. Si no había exceso de peso en uno de
+los platillos de la balanza, en el de la expiación. Si la enmienda de la
+pena no era bastante á borrar el delito y no llegaba al extremo de reemplazar
+la falta del delincuente por la falta de la represión, en hacer del
+culpable la víctima, y del deudor el acreedor, y de colocar definitivamente
+el derecho en favor del mismo que lo había violado. Si aquella
+pena, complicada con agravaciones sucesivas por las tentativas de evasión,
+no acababa por ser una especie de atentado del más fuerte contra
+el más débil, un crimen de la sociedad contra el individuo, un crimen
+que comenzaba de nuevo diariamente, un crimen que duró diez y nueve
+años.</p>
+
+<p>Él se preguntaba, si la sociedad humana puede tener el derecho de
+hacer sufrir legalmente á sus miembros, en ciertos casos, su imprevisión
+irracional, y en otros su imprevisión cruel: y de apoderarse para siempre
+de un desgraciado, cerrándolo entre un defecto y un exceso; defecto
+de trabajo, exceso de castigo.</p>
+
+<p>Si no era por cierto exorbitante, que la sociedad tratase así precisamente
+á aquellos sus miembros peor favorecidos en la repartición de bienes<span class="pagenum" id="Page_85">[Pg 85]</span>
+que hace la casualidad, y por consecuencia los más dignos de conmiseración
+y respeto.</p>
+
+<p>Hechas y resueltas semejantes consideraciones, juzgó á la sociedad y
+la condenó.</p>
+
+<p>La condenó á su odio.</p>
+
+<p>Hízola responsable de su triste suerte, y se dijo que no desistía de
+pedirle cuenta más tarde ó más temprano. Se declaró así mismo que no
+existía equilibrio entre el daño que él había causado y el daño que se le
+causaba á él; concluyendo finalmente, que su castigo no había sido, en
+verdad, una injusticia, pero no era indudablemente una iniquidad.</p>
+
+<p>La cólera puede ser loca y absurda; el hombre puede irritarse por
+equivocación; pero jamás se indigna si no le asiste en una parte ó otra
+la razón. Juan Valjean estaba verdaderamente indignado.</p>
+
+<p>Y luego, que la sociedad humana no le había hecho sino daño, jamás
+había visto de ella otra cosa que el semblante ceñudo, de lo que llama
+ella justicia, y que muestra siempre á los que castiga. Los hombres no
+le habían tocado sino para martirizarle. Todo contacto entre ellos y él
+había sido un golpe. Nunca, desde su niñez, después de su madre y de
+su hermana, nunca, repetimos, había encontrado una voz amiga ni una
+mirada de benevolencia.</p>
+
+<p>De sufrimiento en sufrimiento, había llegado poco á poco á tener la
+convicción de que la vida, es una lucha continuada; y de que en esta
+lucha él era el vencido.</p>
+
+<p>No tenía otra arma que su odio. Resolvió aguzarla en presidio, y
+llevarla consigo á su salida.</p>
+
+<p>Había en Tolón una escuela para la chusma, sostenida por los hermanos
+<em>Ignorantinos</em>, en la cual se enseñaba lo más necesario, á aquellos
+desgraciados que tenían mejor voluntad. Él fué del número de estos
+hombres de buena voluntad. Comenzó á ir á la escuela á los cuarenta
+años, y aprendió á leer, escribir y contar. Al sentir fortificarse su inteligencia,
+sintió fortificarse también su odio. En ciertos casos la instrucción
+y la luz pueden servir de alimento al mal.</p>
+
+<p>Es triste confesarlo; después de haber juzgado á la sociedad que
+había hecho su desgracia, juzgó á la Providencia que había hecho la
+sociedad, condenándola también.</p>
+
+<p>Así, durante aquellos diez y nueve años de tormento y de esclavitud,
+elevóse aquella alma y se precipitó á un tiempo mismo. Penetró la luz
+por una parte y las tinieblas por otra.</p>
+
+<p>Juan Valjean no tenía, como hemos visto, una naturaleza malvada.
+Era todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó á la sociedad, y
+sintió que se volvía malo; condenó á la Providencia sintiendo que se volvía
+impío.</p>
+
+<p>Aquí es casi imposible no meditar un instante.</p>
+
+<p>¿Puede la naturaleza humana trasformarse por completo? ¿El hombre<span class="pagenum" id="Page_86">[Pg 86]</span>
+bueno creado por Dios puede ser maleado por el hombre? ¿Puede ser el
+alma reformada completamente por el destino, y volverse mala si el destino
+es malo? ¿El corazón puede deformarse y adquirir defectos y enfermedades
+incurables, bajo la presión de una desdicha desproporcionada,
+como la columna vertebral bajo una bóveda muy baja? ¿No hay, por
+ventura, en el alma humana, no había en la de Juan Valjean particularmente,
+un primer rayo de luz, un elemento divino, incorruptible en este
+mundo é inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, atizar, engrandecer
+y hacer que irradie esplendoroso, y que el mal no pueda jamás,
+extinguir por completo?</p>
+
+<p>Graves y tenebrosas cuestiones, detrás de las cuales todo fisiologista
+respondería probablemente <em>no</em>, y sin tartamudear, si hubiese visto en
+Tolón, durante las horas de reposo que eran para Juan Valjean horas de
+meditación, sentado y cruzado de brazos sobre la caña de algún cabrestante,
+el cabo de su cadena metido en el bolsillo para impedir que arrastrara;
+aquel galeote triste, serio, silencioso y pensativo, paria de las leyes,
+que contemplaba colérico á los hombres, condenado de la civilización,
+que miraba severamente al cielo.</p>
+
+<p>Es verdad, y no pretendemos nosotros disimularlo; el fisiologista
+observador hubiera visto allí una grande é irremediable miseria; hubiérase
+dolido tal vez del mal causado por la ley, pero no hubiera tampoco
+cuidado de curarlo; hubiera vuelto quizá el rostro separando la mirada
+de las cavernas que hubiera entrevisto en aquella alma; y como Dante,
+de las puertas del infierno, hubiera borrado de aquella existencia esta
+palabra, escrita por el dedo de Dios en la frente de todos los hombres:
+<em>¡Esperanza!</em></p>
+
+<p>El estado de su alma que hemos intentado analizar, ¿era tan claro y
+patente para Juan Valjean, como nosotros hemos procurado pintarlo
+para quien nos leyera? ¿Juan Valjean veía distintamente después de su
+formación, y había visto también distintamente, á medida que se formaban
+todos los elementos de que se componía su miseria moral? Aquel
+hombre rudo é ignorante ¿se había dado cuenta clara de la sucesión de
+ideas por la cual había ido, grado á grado subiendo y bajando hasta los
+lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el horizonte interior
+de su espíritu? ¿Tenía él conciencia completa de todo lo que había
+pasado por él, y de cuánto había removido? Esto es lo que nosotros no
+nos atrevemos á decir; esto es lo que nosotros no podemos creer. Había
+demasiada ignorancia en Juan Valjean, por que, á pesar de tanta desgracia,
+no le quedase todavía mucha vaguedad. Momentos había en los
+que ignoraba por completo lo que por él pasaba. Juan Valjean andaba
+en tinieblas, sufría en tinieblas, y odiaba en tinieblas; hubiera podido
+decirse que aborrecía cuanto tenía delante. Vivía comúnmente en esta
+sombra, á tientas como un ciego y como un visionario. Solamente á
+intervalos sentíase de súbito procedente de sí mismo y del exterior, sacudido<span class="pagenum" id="Page_87">[Pg 87]</span>
+por un rayo de cólera, un acrecentamiento de dolor, un pálido
+y breve relámpago que iluminaba su alma por completo, haciendo aparecer
+bruscamente á su alrededor, á los resplandores de una luz espantosa,
+los horrorosos precipicios y las sombrías perspectivas de su destino.</p>
+
+<p>Pasado el relámpago, caía nuevamente la noche; ¿dónde estaba él? lo
+ignoraba.</p>
+
+<p>Es propio de las penas de esta naturaleza, en las cuales domina la
+crueldad, es decir, lo que embrutece, el ir trasformando poco á poco por
+una especie de transfiguración estúpida, el hombre en un animal salvaje,
+muchas veces feroz. Las tentativas de evasión de Juan Valjean, sucesivas
+y obstinadas, serían bastantes á probar este extraño trabajo operado por
+la ley sobre el alma humana. Juan Valjean hubiera renovado aquellas
+tentativas, tan inútiles como locas, tantas veces como se le hubiera presentado
+la ocasión, sin soñar un instante en el resultado, ni en la experiencia
+de las anteriores. Se escapaba impetuosamente como el lobo que
+encuentra abierta la jaula. Decíale el instinto: ¡Sálvate! La razón le
+hubiera dicho: ¡Aguarda! Pero ante una tentación violenta, el raciocinio
+había desaparecido y no le quedaba más que el instinto. La bestia únicamente
+obraba. Cuando le prendían de nuevo, las nuevas crueldades con
+que se le afligía, servían solamente para aumentar su furia.</p>
+
+<p>Un detalle que no debemos omitir, es el de que poseía una fuerza física
+superior á todos sus compañeros de presidio. En el fatigoso trabajo
+de arriar un cable, de empujar la palanca de un cabrestante, valía Juan
+Valjean por cuatro hombres. Levantaba y sostenía pesos enormes sobre
+sus hombros, reemplazando en muchos casos aquel instrumento llamado
+vulgarmente <em>cric</em> (gato), conocido antiguamente con el nombre de <em>orgueil</em>
+(orgullo), de donde tomó el nombre, sea dicho de paso, la calle Montorgueil
+junto á los mercados de París. Sus compañeros le llamaban de ordinario
+Juan <em>gato</em>. Una vez que se estaba reparando el balcón de la Casa
+Consistorial de Tolón, una de las admirables cariátides de Puget, que le
+sustentan, se desencajó, é iba á caer; Juan Valjean, que se encontraba allí,
+sostuvo sobre sus hombros la cariátide dando tiempo á que llegasen los
+obreros para reponerla.</p>
+
+<p>Su agilidad excedía aún á su vigor. Algunos presidiarios, soñadores
+perpetuos de evasiones, acaban por hacer de la fuerza y la destreza combinadas,
+una verdadera ciencia. Es la ciencia de la musculatura. Una
+completa estática misteriosa, practicada diariamente por los penados,
+envidiosos eternos de las moscas y de los pájaros. Trepar por una vertical
+y encontrar puntos de apoyo allí donde se veía apenas un ligero desnivel,
+era para Juan Valjean cosa de juego. Dado el ángulo de un muro,
+con la tensión de la espalda y de las corvas, con los codos y talones pegados
+á las asperezas de la piedra, subíase como por magia hasta un tercer
+piso. Muchas veces subía de este modo hasta los techos del penal.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_88">[Pg 88]</span></p>
+
+<p>Hablaba muy poco. No reía jamás. Era indispensable una grande
+emoción para arrancarle, una ó dos veces al año, aquella lúgubre risa
+del penado, que viene á ser como el eco de una carcajada infernal.</p>
+
+<p>Al verle parecía preocupado en mirar continuamente algo terrible.</p>
+
+<p>Estaba efectivamente absorto.</p>
+
+<p>Al través de las percepciones enfermizas de una naturaleza incompleta
+y de una inteligencia agobiada, sentía confusamente que existía algo
+monstruoso sobre él. En aquella penumbra obscura é incolora donde se
+encaramaba cada vez que volvía la cabeza y que intentaba elevar su mirada,
+veía con terror mezclado de rabia, apoyarse, subir y elevarse hasta
+perderse de vista sobre él, lleno de escabrosidades horribles, una especie
+de espantoso y sombrío castillo de cosas, de leyes, de precauciones, de
+hombres y de hechos, cuyos contornos no alcanzaba á ver, cuya mole le
+aterrorizaba, y que no era sino la prodigiosa pirámide que nosotros llamamos
+civilización.</p>
+
+<p>Distinguía perfectamente aquí y allá en aquella movediza y deforme
+unidad, tan pronto junto á él, como lejos ó sobre alturas inaccesibles,
+algún grupo, algún detalle claramente iluminado; aquí el cabo con su
+vara; allá el gendarme con su sable; más allá el arzobispo mitrado; en lo
+más alto y junto á una especie de sol, el emperador coronado y radiante.
+Pareciéndole que estos esplendores lejanos, en vez de disipar su noche,
+la tornaban más fúnebre y más negra. Toda aquella movediza mole de
+leyes, preocupaciones, hechos, hombres y cosas, iba y venía sobre su
+cabeza conforme al movimiento complicado y misterioso que imprime
+Dios á la civilización, caminando sobre él y aplastándole con no sé qué
+apacibilidad cruel, é inexorable indiferencia. Almas caídas en el fondo
+del infortunio posible; hombres desgraciados, perdidos en lo más bajo
+de los limbos donde no llega nunca una mirada, en cuyos senos los réprobos
+de la ley sienten gravitar con todo su peso sobre su cabeza esta
+sociedad humana, tan formidable por quien se encuentra fuera como
+implacable con quien está debajo.</p>
+
+<p>En semejante situación, Juan Valjean meditaba: ¿cuál había de ser
+la naturaleza de sus meditaciones?</p>
+
+<p>Si el grano de mijo, oprimido por la piedra del molino, pudiese pensar,
+pensaría sin duda como pensaba Juan Valjean.</p>
+
+<p>Todas aquellas realidades llenas de espectros, fantasmagorías llenas
+de realidades, habían acabado por crear en él una especie de estado interior,
+casi inexplicable. Á cada momento, en medio de su trabajo en el
+penal, se quedaba parado, meditando. Su razón, cada día más madura y
+más turbada que antes, se rebelaba. Todo lo que había pasado por él le
+parecía absurdo; todo lo que le rodeaba le parecía imposible. Decíase él;
+¿es esto un sueño? Y veía al cabo de vara de pie á pocos pasos de él, y
+el cabo le parecía un fantasma; de pronto aquel fantasma le pegaba un
+palo. La naturaleza visible apenas existía para él. No sería imposible<span class="pagenum" id="Page_89">[Pg 89]</span>
+aseverar que no había para Juan Valjean, sol, ni hermosos días de verano,
+ni cielo trasparente, ni deliciosas auroras de abril. Ignoro que día
+de amargura iluminaba su alma. Reasumiendo para terminar, lo que
+pueda reasumirse y ser traducido en resultados positivos de todo cuanto
+acabamos de indicar, nos limitaremos á hacer constar que en diez y nueve
+años, Juan Valjean, el inofensivo podador de Faverolles, el terrible
+penado de Tolón, había llegado á ser capaz, gracias á la manera que en
+el presidio se le había tratado, de dos clases de malas acciones: primera,
+de una acción mala, rápida, irreflexible, llena de aturdimiento, todo
+instinto, especie de represalia del mal sufrido; y segunda, de una mala
+acción grave, seria, calculada conscientemente, y basada en las ideas
+falsas que pueden engendrar semejante desdicha. Sus premeditaciones
+pasaban por las tres fases sucesivas, que las naturalezas de cierto temple
+pueden solamente recorrer: razonamiento, voluntad y obstinación.
+Tenía por móviles la indignación habitual, la amargura del alma, el profundo
+sentimiento de las iniquidades sufridas, la reacción, igualmente
+contra los buenos, los inocentes y los justos, si los hay.</p>
+
+<p>El punto de partida como el de llegada de todos sus pensamientos,
+era el odio á la ley humana; este odio que, si no es detenido en su desarrollo
+por cualquier incidente providencial, llega dado un tiempo determinado,
+á trocarse en odio á la sociedad, luego en odio al género humano,
+después en odio á la creación, traduciéndose en un vago, incesante
+y brutal deseo de dañar, sea á quien fuere, con tal de que sea el objeto
+de su saña instintiva un ser viviente.—Como hemos visto, no deja ella
+de tener su razón de ser, puesto que el pasaporte de Juan Valjean le calificaba
+de <em>hombre muy peligroso</em>. De año en año, aquella alma se había
+ido desecando más y más, lentamente, pero fatalmente. Á corazón enjuto,
+ojo seco. Á su salida de presidio, se habían pasado diez y nueve años
+desde que vertió la última lágrima.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Ola y sombra</b></p>
+
+
+<p>¡Hombre al agua! ¡Qué importa! la nave no por esto se para. Sopla
+el viento, la sombría nave tiene trazada su ruta que es preciso seguir. Y
+pasa. El hombre desaparece, luego vuelve á aparecer; sumérgese y se
+remonta á la superficie; grita, pide auxilio, tiende la mano, nadie le oye;
+la nave, temblando impedida por el huracán, atiende sólo á su maniobra;
+los marineros ni los pasajeros ven al hombre sumergido; su miserable
+cabeza no es mas que un punto en la enormidad del vacío. Lanza
+gritos desesperados desde las profundidades. ¡Qué espectro el de aquella
+vela que se aleja! Él la mira y la remira frenéticamente. Ella se aleja, se<span class="pagenum" id="Page_90">[Pg 90]</span>
+ofusca, se achica. Él estaba allí hace un momento, formaba parte de la
+dotación; él iba y venía sobre el puente como tantos otros; tenía entre
+ellos su parte de respiración y de luz; era un viviente. Ahora ¿qué ha
+pasado por él? Ha resbalado, ha caído, ha terminado. Está en los senos
+del agua monstruosa. No siente bajo sus pies mas que la huida y el derrumbamiento.
+Las olas rasgadas y rotas por el viento le envuelven terriblemente;
+el espantoso vaivén del abismo se lo lleva; todos los andrajos
+del agua se agitan al rededor de su cabeza, un inmenso populacho
+de olas escupe sobre él; mil confusas cavernas le medio devoran; cada
+vez que se hunde, entrevé nuevos precipicios llenos de obscuridad; espantosas
+y desconocidas vegetaciones le asen y anudan los pies tirando
+de ellos; él siente abismarse, formar parte de la espuma; las olas se lo
+arrojan unas á otras; bebe la amargura; el lacio océano se goza en ahogarle;
+la enormidad juega con su agonía. Parece que toda aquella agua
+sea odio.</p>
+
+<p>Él lucha por lo tanto.</p>
+
+<p>Intenta defenderse, procura sostenerse, se esfuerza, nada, Él, aquella
+pobre fuerza agotada en un instante, combate lo inagotable.</p>
+
+<p>¿Dónde está la nave? Allá á lo lejos. Apenas visible entre las pálidas
+tinieblas del horizonte.</p>
+
+<p>Las ráfagas soplan; todas las espumas le abruman. Levanta los ojos
+y no ve más que la palidez de las nubes. Asiste agonizando á la inmensa
+demencia de los mares. Es ajusticiado por aquella locura. Oye ruidos
+extraños al hombre, que parecen venir de más allá de la tierra y de no
+se sabe qué espantosas exterioridades.</p>
+
+<p>Encuéntranse pájaros en las nubes; de igual manera que ángeles sobre
+las miserias humanas; pero ¿qué pueden hacer por él? Esto: volar,
+cantar y llorar y él estertorea.</p>
+
+<p>Siéntese envuelto á un tiempo por esos dos infinitos, el océano y el
+cielo; el uno es una tumba y el otro un sudario.</p>
+
+<p>La noche desciende, cuantas horas que nada, sus fuerzas se agotan;
+la nave, aquel punto lejano en que hay hombres, se ha borrado; y él está
+solo en el formidable abismo crepuscular; se hunde, se entumece, se
+retuerce y siente debajo de él los vagos monstruos del infinito y exclama:</p>
+
+<p>—¡No hay ya hombres! ¿Dónde está Dios?</p>
+
+<p>Y exclama nuevamente: ¡uno! ¡uno cualquiera! ¡cualquiera! y sigue
+exclamándose:</p>
+
+<p>—Nada en el horizonte. Nada en el cielo.</p>
+
+<p>Implora al espacio, á la honda, al alga, al escollo; todo es sordo á sus
+gritos. Suplica á la tempestad misma; la tempestad imperturbable no
+obedece más que al infinito.</p>
+
+<p>Á su alrededor, la obscuridad, la bruma, la soledad, el tumulto tempestuoso
+é incresciente, los pliegues indefinidos de las feroces olas. En sí
+mismo el horror y el cansancio. Á sus pies el abismo. Ni un punto de<span class="pagenum" id="Page_91">[Pg 91]</span>
+apoyo. Imagínase el tenebroso acaso del cadáver entre la ilimitada obscuridad.
+El frío sin roce le paraliza. Sus manos se crispan y se cierran
+apretando la nada. Vientos, nubes, torbellinos, resoplidos, estrellas, ¡todo
+inútil! ¿Qué hacer? Abandonarse desesperado; que ha tomado el partido
+de morir, y se deja llevar, deja hacer, suelta la presa; y helo rodando
+para siempre en las lúgubres profundidades de la absorción.</p>
+
+<p>¡Oh marcha implacable de las sociedades humanas! ¡Pérdidas de
+hombres y de almas en su carrera! Océano en el cual se precipita todo
+lo que deja caer la ley! ¡Desaparición siniestra de todo socorro! ¡Muerte
+moral!</p>
+
+<p>El mar es la inexorable noche social en la cual lanza la penalidad
+sus condenados. El mar es la miseria inmensa.</p>
+
+<p>El alma, abandonada á semejante precipicio, puede convertirse en
+cadáver. ¿Quién la resucitará?</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>Nuevos agravios</b></p>
+
+
+<p>Al llegar la hora de la salida del penal, al oir Juan Valjean junto á
+su oído esta extraña frase. <em>¡Eres libre!</em> el momento fué para él inverosímil,
+inaudito; un rayo de luz viva, un rayo de la verdadera luz de los
+vivientes penetró súbitamente en él. Pero este rayo tardó bien poco en
+palidecer. Juan Valjean se había desvanecido con la idea de la libertad.
+Había creído en una vida nueva. Pronto pudo ver lo que venía á ser una
+libertad á la cual se le da pasaporte amarillo, rodeada naturalmente de
+amarguras. Había él calculado que sus alcances, durante su permanencia
+en presidio, habían de sumar unos ciento setenta y un francos. Pero
+es del caso advertir que se había olvidado de incluir en sus cálculos el
+reposo forzoso de los domingos y días festivos que, en los diez y nueve
+años acusaban una disminución de veinte y cuatro francos poco más ó
+menos. Fuése por lo que fuere, semejantes alcances habían sido reducidos,
+por diversas retenciones locales, á la suma de ciento nueve francos
+quince sueldos; que le habían sido entregados á su salida.</p>
+
+<p>No acertando á explicarse esto, se creyó perjudicado, ó mejor dicho,
+robado.</p>
+
+<p>Al día siguiente de su libertad en Grasse, vió delante de la puerta de
+un destilatorio de flores de naranjo, algunos hombres que descargaban
+fardos. Ofrecióles sus servicios. El trabajo convenía y fueron aceptados.
+Púsose á trabajar. Era inteligente, robusto y diestro; cumplió perfectamente:
+el dueño pareció quedar satisfecho. Mientras estaba trabajando
+pasó un gendarme, fijóse en él y le pidió sus papeles. Fuele indispensable
+mostrar su pasaporte amarillo. Hecho esto, Juan Valjean emprendió<span class="pagenum" id="Page_92">[Pg 92]</span>
+nuevamente su tarea. Poco antes, había interrogado á uno de sus compañeros
+para saber cuánto ganaban diariamente en semejante trabajo,
+el cual le contestó: <em>treinta sueldos</em>. Llegada la noche y como viniese
+obligado á proseguir su marcha al día siguiente, por la mañana presentóse
+al dueño de la fábrica rogándole que le pagara. El fabricante de
+agua de azahar, no dijo una palabra y le dió quince sueldos. Reclamó
+él. Pero se le contestó: <em>Demasiado es esto para ti</em>. Insistió. El dueño de
+la fábrica le dirigió una mirada amenazadora, diciéndole: <em>¡Cuidado con
+la cárcel!</em></p>
+
+<p>Á pesar de lo cual creyó que se le había robado.</p>
+
+<p>La sociedad, el Estado, mermándole sus alcances, le habían robado
+en grande. Entonces le correspondía su turno al individuo que le robaba,
+también, en pequeño. Licenciamiento dista mucho de ser redención.
+Se sale del penal, pero sigue la condena.</p>
+
+<p>Véase lo que le sucedió en Grasse. Ya sabemos de qué manera había
+sido recibido en D***.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">X<br>
+<b>El hombre desvelado</b></p>
+
+
+<p>Luego que sonaron las dos de la madrugada en el reloj de la catedral
+Juan Valjean despertó.</p>
+
+<p>Lo que le despertó fué el tener la cama demasiado buena. Hacía como
+veinte años que no se había acostado en una cama; y, por más que lo
+hubiese hecho sin desnudarse, la sensación había sido demasiado nueva
+para no turbar su sueño.</p>
+
+<p>Había dormido más de cuatro horas. El cansancio se le había pasado.
+Estaba acostumbrado á no conceder muchas horas al descanso.</p>
+
+<p>Abrió los ojos y miró un momento en la obscuridad alrededor de sí;
+luego volvió á cerrarlos para dormir de nuevo.</p>
+
+<p>Cuando muchas sensaciones diversas han agitado el día; cuando hay
+cosas que preocupan el espíritu, se duerme el hombre, pero no puede
+volver á dormirse después de despertar. El sueño viene mucho más fácilmente
+que vuelve. En esto se hallaba Juan Valjean. No pudiendo volver
+á dormirse, se puso á pensar.</p>
+
+<p>Estaba en uno de los momentos en que todas las ideas que llenan el
+espíritu son vagas. Sentía una especie de obscuro vaivén dentro del cerebro.
+Sus antiguos recuerdos y sus recuerdos nuevos flotaban en él y se
+cruzaban confusamente, perdiendo sus formas, agrandándose desmedidamente,
+y desapareciendo de súbito como dentro el agua agitada de un
+lodazal. Muchos eran los pensamientos que se le acudían, pero había
+uno sobre todos que se le presentaba de continuo y que alejaba todos<span class="pagenum" id="Page_93">[Pg 93]</span>
+los demás. Este pensamiento, vamos á decirlo enseguida.—Habíase fijado
+él, especialmente, en los seis cubiertos y cucharón de plata que la
+señora Magloria había puesto sobre la mesa.</p>
+
+<p>Aquellos seis cubiertos de plata le acosaban.</p>
+
+<p>—Estaban allí.—Casi á la mano.—Cuando había atravesado el cuarto
+contiguo para entrar en el que se encontraba, la antigua sirvienta
+los estaba guardando en un pequeño armario junto á la cabecera de la
+cama.—Se había fijado mucho en aquel armario.—Á la derecha, entrando
+por el comedor.—Eran macizos.—Y de plata vieja.—Con el cucharón,
+bien valían al menos doscientos francos.—El doble de lo que él
+había ganado en diez y nueve años.—Es verdad que él hubiera ganado
+mucho más si «la <em>Administración</em> no le hubiese <em>robado</em>».</p>
+
+<p>Su espíritu osciló por espacio de más de una hora entre fluctuaciones,
+en las cuales se mezcló también algo de lucha. Dieron las tres.
+Abrió nuevamente los ojos, incorporóse bruscamente sobre la cama,
+alargó la mano buscando el morral que había dejado en un rincón de la
+alcoba, después dejó caer las piernas y se puso luego de pie á tierra,
+pero enseguida, y sin darse cuenta del cómo, se encontró sentado otra
+vez sobre el lecho.</p>
+
+<p>Estuvo un buen rato pensativo en esta actitud, que tenía algo de siniestro
+para quien le hubiese observado entre aquellas sombras, solo,
+vestido y despierto mientras todo dormía en la casa. De pronto se deja
+caer sobre el suelo, descalzóse los zapatos, que dejó cuidadosamente sobre
+la esterilla, junto al lecho, tomando después nuevamente su actitud
+meditabunda é inmóvil. En medio de aquella meditación imaginativa,
+las ideas que venimos indicando removían incesantemente su cerebro,
+entrando, saliendo y volviendo á entrar, amontonando sobre él una especie
+de peso; y luego recordaba también, sin saber por qué y con
+aquella obstinación maquinal del delirante, á un presidiario llamado
+Brevet, á quien había conocido en el penal, el cual llevaba sujeto el
+pantalón por un solo tirante de randa de algodón. El dibujo, formando
+cuadros, de aquel tirante, se le presentaba sin cesar en la imaginación.</p>
+
+<p>Continuaba en semejante situación, y hubiera tal vez seguido indefinidamente
+en ella hasta hacerse de día, si el reloj no hubiese dado una
+campanada—el cuarto ó la media.—Pareció que esta campanada le dijese:
+¡Anda!</p>
+
+<p>Púsose de pie, vaciló un instante, y escuchó; todo era silencio en la
+casa; entonces se encaminó directamente, á cortos pasos, hacia la ventana
+que vislumbraba. La noche no era del todo obscura; había luna
+llena, ante la cual corrían extensas nubes acosadas por el viento. Esto
+producía afuera, las naturables alternativas de sombra y luz, de claridad
+y eclipse, y por dentro una especie de crepúsculo. Semejante crepúsculo,
+suficiente para servir de guía, intermitente á causa de las
+nubes, se parecía á la pálida luz que penetra por el respiradero de una<span class="pagenum" id="Page_94">[Pg 94]</span>
+cueva, delante del cual van y vienen los transeuntes. Llegado á la ventana
+Juan Valjean, la examinó. Vió desde luego que no tenía reja, que
+daba al jardín, y que no estaba cerrada, según costumbre del país, más
+que por una insignificante clavija. Abriola, pero como penetrara bruscamente
+en la estancia un aire frío y vivo, volvió á cerrar inmediatamente.
+Fijó en el jardín una mirada atenta, de examen más que de
+contemplación. El jardín estaba cercado por una pared blanca, bastante
+baja y fácil de escalar. Al fondo, y á la otra parte, distinguió las copas
+de algunos árboles colocados á distancias regulares, lo cual le indicaba
+que aquella cerca separaba el jardín de una alameda ó de una calle
+arbolada.</p>
+
+<p>Después de lanzar esta mirada, tomó el ademán de hombre resuelto
+y se dirigió á su alcoba, tomó su morral, lo abrió y registró, sacando
+de él un objeto que tiró sobre la cama; metióse los zapatos en los bolsillos,
+volvió á cerrar el morral, se lo cargó á la espalda, encasquetóse su
+gorra cubriéndose los ojos con la visera, tomó su garrote á tientas y lo
+colocó en el ángulo de la ventana; después volvió á la cama y cogió resueltamente
+el objeto que había dejado allí. Parecía una barra de hierro,
+corta, aguzada por uno de sus extremos como un venablo.</p>
+
+<p>Hubiera sido difícil distinguir entre aquellas tinieblas á qué empleo
+podía estar destinado semejante pedazo de hierro. ¿Era tal vez una
+palanqueta? ¿era una clava?</p>
+
+<p>Á la luz hubiera podido reconocerse que no era otra cosa que una
+barrena de cantero. Empleábanse entonces algunas veces los penados en
+extraer piedra de las elevadas colinas que rodean á Tolón; no era pues
+extraño que tuviese á su disposición útiles de cantero. Las barrenas de
+cantero son de hierro macizo, terminando en su extremo inferior en
+punta, por medio de la cual se clavan en la roca.</p>
+
+<p>Tomó la barrena en su mano derecha, y reteniendo el aliento y á
+paso quedo, dirigióse á la puerta de la estancia próxima, que era, como
+sabemos, la del obispo.</p>
+
+<p>Llegó á la puerta, y la encontró entornada solamente. El obispo no
+había cuidado de cerrarla.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XI<br>
+<b>Lo que hacía</b></p>
+
+
+<p>Juan Valjean escuchó. No oyó el menor ruido.</p>
+
+<p>Empujó la puerta.</p>
+
+<p>Empujábala con sólo un dedo, ligeramente, con aquella suavidad furtiva
+é inquieta del gato que desea entrar.</p>
+
+<p>La puerta, cediendo á aquella presión, movióse imperceptiblemente
+en el silencio, ensanchando un poco la abertura.</p>
+
+<p>Esperó un momento, volviendo luego á empujar la puerta por segunda
+vez, con mayor fuerza.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_95">[Pg 95]</span></p>
+
+<p>Ésta continuó cediendo silenciosamente. La abertura era ya bastante
+grande para darle paso. Pero había junto á la puerta una mesita que
+formaba ángulo con la misma, é impedía el paso.</p>
+
+<p>Juan Valjean reconoció la dificultad. Era indispensable que la abertura
+se ensanchara más.</p>
+
+<p>Resolvióse á ello, y empujó la puerta por tercera vez; con mayor
+energía que las otras dos. Entonces un gozne mal engrasado, lanzó de
+repente en la obscuridad un chirrido prolongado y ronco.</p>
+
+<p>Juan Valjean se estremeció. El ruido de aquel gozne resonó en su
+oído como un eco que tenía algo de formidable y alarmante, como el
+clarín del juicio final.</p>
+
+<p>En los fantásticos temores del primer momento, llegó casi á figurarse
+que aquel gozne se iba animando para tomar de súbito una vida terrible,
+y que ladraba como un perro, para advertir á todo el mundo y
+despertar á los que dormían.</p>
+
+<p>Detúvose tembloroso y espantado, cayendo de la punta del pie sobre
+el talón. Sentía latir en sus sienes las arterias como dos martillos de
+fragua, pareciéndole que su aliento salía de su pecho con el ruido del
+viento que sale de una caverna. Le parecía imposible que el horrible
+clamor de aquel gozne irritado, no hubiese removido toda la casa como
+la sacudida de un terremoto; la puerta, empujada por él, se había alarmado
+y había llamado; el anciano iba á levantarse, las dos mujeres iban
+á gritar, serían auxiliados; y antes de un cuarto de hora, la población
+estaría alarmada, y la gendarmería en pie. En aquel momento se creyó
+perdido.</p>
+
+<p>Quedóse donde estaba, petrificado como la estatua de sal, no atreviéndose
+á hacer el menor movimiento. Pasáronse algunos minutos. La puerta
+estaba completamente abierta. Aventuróse á mirar dentro del cuarto.
+Nada se había movido. Aplicó el oído. Nada se movía en la casa. El ruido
+del gozne enmohecido no había despertado á nadie.</p>
+
+<p>El primer peligro había desaparecido, pero conservaba aún dentro de
+sí mismo, cierto espantoso encogimiento. Sin embargo, no retrocedió. No
+pensaba más que en acabar pronto. Dió un paso y penetró en el cuarto.</p>
+
+<p>En aquel cuarto reinaba la calma más perfecta. Distinguíanse aquí y
+allí algunas formas vagas y confusas, que de día, eran varios papeles
+esparcidos sobre una mesa, infolios abiertos, volúmenes apilados sobre un
+taburete, un sillón lleno de vestidos y un reclinatorio, pero que á semejante
+hora no presentaban más que ángulos tenebrosos y espacios blanquecinos.
+Juan Valjean avanzó sigilosamente evitando tropezar con los
+muebles. Oía perfectamente en el fondo de la estancia la respiración tranquila
+y regular del obispo dormido.</p>
+
+<p>Paróse de repente. Estaba junto al lecho. Había llegado antes de lo
+que creía.</p>
+
+<p>La naturaleza mezcla algunas veces sus efectos y sus espectáculos á<span class="pagenum" id="Page_96">[Pg 96]</span>
+nuestras acciones, con una especie de oportunismo sombrío é inteligente,
+como si quisiera hacer que reflexionásemos. Después de una media hora,
+de estar el cielo cubierto por una gran nube, y en el preciso momento en
+que Juan Valjean se paró junto al lecho, rasgóse la nube como hecho á
+propósito, y un rayo de luna, atravesando la alta ventana, fué á iluminar
+de súbito las pálidas y apacibles facciones del obispo. El venerable anciano
+dormía tranquilamente. Estaba casi vestido dentro del lecho, á causa
+de la crudeza de las noches de invierno en los Bajos-Alpes, con un traje
+talar de lana obscura, que le cubría también los brazos por completo. Su
+cabeza descansaba sobre la almohada, en la actitud del abandono natural
+de reposo; dejando caer fuera del lecho su mano adornada con el
+anillo pastoral, y con la que practicaba tantas y tan buenas obras y acciones.
+Estaba su semblante bañado por completo de una vaga expresión
+y satisfacción, esperanza y beatitud. Aquella expresión era, más que
+una sonrisa, una aureola. Brillaba en su frente la inexplicable transparencia
+de una luz oculta. El alma de los justos, durante sus sueños, contempla
+indudablemente un cielo misterioso.</p>
+
+<p>Un reflejo de este cielo brillaba sobre el obispo.</p>
+
+<p>Era al mismo tiempo una transparencia luminosa, porque aquel
+cielo estaba dentro de él; era su conciencia.</p>
+
+<p>En el mismo instante en que el rayo de luna fué á sobreponerse, por
+así decirlo, aquella luz interior, apareció el dormido obispo como en la
+gloria, pero, endulzados no obstante, sus resplandores, por una media
+luz inefable. Aquella luna en el cielo, aquella naturaleza adormecida, el
+jardín sin murmullos, la casa toda en calma, la hora, el momento y el
+silencio general, reunían no sé qué de solemne é indecible al venerable
+reposo de aquel hombre, envolviendo con una especie de aureola majestuosa
+y serena, sus blancos cabellos y sus ojos cerrados; aquel semblante
+en el cual todo era esperanza, todo confianza; aquella cabeza de
+anciano en el sueño de un niño.</p>
+
+<p>Había, al parecer, algo de divino en aquel hombre augusto, hasta el
+punto de ignorarlo.</p>
+
+<p>Juan Valjean permanecía en la sombra, con su barrena de hierro en
+la mano, de pie, inmóvil, espantado ante aquel anciano venerable y radiante.
+Jamás había visto nada parecido. Aquella confianza le aterraba.
+El mundo moral no puede presentar un espectáculo más imponente, que
+aquél; una conciencia turbada é inquieta, próxima á cometer una mala
+acción y contemplando el sueño de un justo.</p>
+
+<p>Semejante sueño, en aquella soledad, y teniendo quién tenía á su lado,
+encerraba algo de sublime, que él sentía vagar en torno suyo imperiosamente.</p>
+
+<p>Nadie hubiera acertado á decir lo que en aquel momento pasaba por
+él. Para probar de darse cuenta, sería preciso imaginarse lo que pueda
+existir de más violento junto á lo más suave. En su misma expresión no<span class="pagenum" id="Page_97">[Pg 97]</span>
+había nada que leer claramente. Manifestaba una especie de asombro
+salvaje. Miraba, miraba; y nada más. Pero, ¿qué pensaba? Hubiera sido
+imposible adivinarlo. Lo único cierto, es que estaba conmovido y trastornado.
+Pero, ¿de qué provenía aquella emoción?</p>
+
+<p>Su mirada no se separaba del anciano. Lo único que se desprendía
+claramente de su actitud y de la expresión de su fisonomía, era una extraña
+indecisión. Hubiérase dicho que vacilaba entre dos abismos; era
+el uno el de su perdición, y el de su salvación el otro. Ya parecía dispuesto
+á romper aquel cráneo, ya á besar aquella mano.</p>
+
+<p>Después de unos instantes, su mano izquierda se elevó vacilando hasta
+la frente, y cogió su gorra, luego volvió á bajar el brazo con igual lentitud,
+volviendo nuevamente á su contemplación con la gorra en la
+mano izquierda, el hierro en la derecha y erizados los cabellos de su feroz
+cabeza.</p>
+
+<p>El obispo continuaba durmiendo en la paz más profunda, bajo aquella
+espantosa mirada.</p>
+
+<p>Un rayo de luna hacía destacar confusamente sobre la chimenea
+el crucifijo que parecía abrir los brazos á los dos, para bendecir al uno y
+perdonar al otro.</p>
+
+<p>De pronto, volvió Juan Valjean á cubrir su cabeza con la gorra,
+atravesó precipitadamente la distancia de la cama sin mirar al obispo,
+dirigiéndose al armario que vislumbraba junto á la cabecera; levantó el
+hierro, como para forzar la cerradura, pero se encontró puesta la llave,
+abrió; la primera cosa que encontró fué la canastilla de los cubiertos;
+tomola, atravesó la estancia á grandes pasos, y sin curarse apenas del
+ruido que pudiera hacer; gana la puerta, entra de nuevo en el oratorio,
+abre la ventana, coge su palo, salta por el antepecho, guarda los cubiertos
+en su morral, tira la canastilla, atraviesa el jardín, salta la tapia
+con la agilidad de un tigre, y huye.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XII<br>
+<b>El obispo trabaja</b></p>
+
+
+<p>Al día siguiente, al salir el sol, estaba monseñor Bienvenido paseando
+por el jardín, cuando la señora Magloria fué corriendo hacia él toda
+azorada.</p>
+
+<p>—Monseñor, monseñor,—gritaba ella,—¿sabe Su Ilustrísima, dónde
+está la canastilla de los cubiertos?</p>
+
+<p>—Sí,—dijo el obispo.</p>
+
+<p>—¡Jesús! ¡Dios sea loado!—repuso ella.—Yo no sabía dónde había
+ido á parar.</p>
+
+<p>El obispo acababa de encontrarse con la canastilla, en uno de los paseos
+del jardín. Y se la presentó á la señora Magloria.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_98">[Pg 98]</span></p>
+
+<p>—Aquí está.</p>
+
+<p>—Es verdad,—dijo ella,—pero vacía. ¿Dónde está la plata?</p>
+
+<p>—¡Ah!—exclamó el obispo,—¿era la plata lo que os preocupaba? Ignoro
+dónde está.</p>
+
+<p>—¡Gran Dios! ¡ha sido robada! el hombre de ayer noche es quién la
+ha robado.</p>
+
+<p>En un santiamén, con toda la inteligencia de una vieja lista, la señora
+Magloria corrió al oratorio, entró en la alcoba y volvió hasta donde
+estaba el obispo. Éste acababa de bajarse y examinar, suspirando, una
+mata de cochlearia de Guillons que la canastilla había destrozado al ser
+arrojada contra la planta. Levantóse á los gritos de la señora Magloria.</p>
+
+<p>—¡Monseñor! ¡el hombre no está! ¡la plata ha sido robada!</p>
+
+<p>Al lanzar esta exclamación, sus ojos se fijaron en uno de los ángulos
+del jardín, en el que había señales evidentes de escalamiento. El cabriol
+de la cerca había sido arrancado.</p>
+
+<p>—¡Ved! ¡por allí debe haber salido! ¡Habrá saltado al callejón de Cochefilet!
+¡Qué atrocidad! ¡habernos robado los cubiertos!</p>
+
+<p>El obispo guardó silencio unos instantes, y levantando luego los ojos,
+dijo suavemente, mirando con seriedad á la señora Magloria:</p>
+
+<p>—¿Es verdad que esta plata era nuestra?</p>
+
+<p>La señora Magloria se quedó admirada. Hubo otro instante de silencio;
+enseguida continuó el obispo:</p>
+
+<p>—Señora Magloria, yo guardaba injustamente, hace algún tiempo,
+estos cubiertos, porque eran de los pobres. ¿Quién era este hombre? Un
+pobre, indefectiblemente.</p>
+
+<p>—¡Ay Dios mío!—dijo la señora Magloria.—No es por mí, ni por la
+señorita Batistina, esto nos es igual. Pero por vos. Monseñor. ¿Con qué
+vais á comer ahora?</p>
+
+<p>El obispo se fijó en ella con aire de asombro.</p>
+
+<p>—¡Ah, ya! ¿no hay por ventura cubiertos de estaño?</p>
+
+<p>La señora Magloria se encogió de hombros.</p>
+
+<p>—El estaño despide olor.</p>
+
+<p>—Entonces, de hierro.</p>
+
+<p>La señora Magloria hizo un gesto expresivo.</p>
+
+<p>—El hierro sabe peor.</p>
+
+<p>—¡Bien!—dijo el obispo,—cubiertos de palo.</p>
+
+<p>Algunos instantes después, Su Ilustrísima almorzaba en la misma mesa
+en que se había sentado Juan Valjean la noche anterior. Durante el
+almuerzo, monseñor Bienvenido hizo notar alegremente á su hermana,
+que nada decía, y á la señora Magloria, que murmuraba entre dientes,
+que no eran de absoluta necesidad las cucharas ni los tenedores, ni aún
+de palo, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche.</p>
+
+<p>—¡Vaya una ocurrencia!—exclamaba la señora Magloria para sus
+adentros yendo y viniendo,—¡recibir un hombre como aquél, y hacerle<span class="pagenum" id="Page_99">[Pg 99]</span>
+dormir á su lado, por añadidura! ¡Y gracias á Dios que no ha hecho más
+que robar! ¡Ay Dios mío! ¡extremece solamente el pensarlo!</p>
+
+<p>Cuando iban los dos hermanos á levantarse de la mesa, llamaron á la
+puerta.</p>
+
+<p>—Entrad,—dijo el obispo.</p>
+
+<p>Abrióse la puerta; un grupo extraño y violento apareció en el umbral.
+Tres hombres traían agarrotado á un cuarto. Los tres eran gendarmes:
+el cuarto, Juan Valjean.</p>
+
+<p>El sargento de gendarmería, que parecía mandar el grupo, estaba
+junto á la puerta. Entró, adelantándose hasta el obispo, y saludándole
+militarmente:</p>
+
+<p>—Monseñor...—dijo el sargento.</p>
+
+<p>Á esta palabra, Juan Valjean, que estaba como taciturno y abatido
+al parecer, levantó la cabeza con aire admirado.</p>
+
+<p>—¡Monseñor!—murmuró.—¿No es éste el cura?</p>
+
+<p>—¡Silencio!—dijo un gendarme.—Es monseñor el obispo.</p>
+
+<p>Entre tanto, monseñor Bienvenido se había adelantado con toda la
+prisa que le permitían sus años.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡vos aquí!—exclamó mirando á Juan Valjean.—Me alegro de
+veros.</p>
+
+<p>Pero yo os había dado también los candeleros, que son de plata como
+lo demás, y de los que podréis sacar muy bien doscientos francos. ¿Por
+qué no os los habéis llevado con los cubiertos?</p>
+
+<p>Juan Valjean abrió los ojos mirando al venerable prelado con una
+expresión que ninguna lengua humana pudiera pintar.</p>
+
+<p>—Monseñor,—dijo el jefe de los gendarmes,—¿entonces lo que dice
+este hombre es la verdad? Le hemos encontrado. Iba como quien huye.
+Le hemos detenido para ver. Llevaba esta plata...</p>
+
+<p>—Y él os habrá dicho,—interrumpió el obispo sonriendo,—¿que se la
+había dado un buen viejo, un cura, en casa del que había pasado la
+noche? ¡Ya comprendo! ¿Y le habéis conducido aquí? ¡Caramba! En fin,
+ha sido un error.</p>
+
+<p>—Siendo así,—repuso el sargento,—¿le podemos dejar en libertad?</p>
+
+<p>—Naturalmente,—respondió el obispo.</p>
+
+<p>Los gendarmes dejaron á Juan Valjean, quien retrocedió.</p>
+
+<p>—¿Luego es verdad que se me deja?—dijo él con acento inarticulado
+y como en sueños.</p>
+
+<p>—Sí, se te deja. ¿No lo has entendido?—dijo un gendarme.</p>
+
+<p>—Amigo mío,—repuso el obispo,—antes de iros, aquí están vuestros
+candeleros. Recogedlos.</p>
+
+<p>Y yendo á la chimenea, tomó los dos candeleros de plata y se los entregó
+á Juan Valjean. Las dos mujeres contemplaban aquella acción sin
+decir una sola palabra, sin hacer un gesto, sin dar una mirada que pudiese
+disgustar al obispo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_100">[Pg 100]</span></p>
+
+<p>Juan Valjean temblaba de pies á cabeza. Tomó los candeleros maquinalmente
+y en ademán dudoso.</p>
+
+<p>—Ahora,—dijo el obispo, id en paz.—Á propósito,—añadió dirigiéndose
+á Juan: Cuando volváis, amigo mío, no tenéis necesidad de pasar
+por el jardín. Podéis siempre y á todas horas entrar y salir por la puerta
+de la calle. No está cerrada más que por el pestillo, así de noche como
+de día.</p>
+
+<p>Luego, volviéndose á los gendarmes:</p>
+
+<p>—Señores, os podéis retirar.</p>
+
+<p>Los gendarmes salieron.</p>
+
+<p>Juan Valjean estaba como quien va á desmayarse.</p>
+
+<p>El obispo se le acercó y le dijo en voz baja.</p>
+
+<p>—-No olvidéis nunca jamás que me habéis prometido emplear el valor
+de esta plata para haceros bueno y honrado.</p>
+
+<p>Juan Valjean que no tenía el menor recuerdo de haber prometido nada,
+seguía admirado. El obispo había acentuado mucho aquellas palabras
+al pronunciarlas. Entonces repuso solemnemente:</p>
+
+<p>—Juan Valjean, hermano mío, ya no pertenecéis al mal, sino al bien.
+Es vuestra alma la que yo compro; yo la separo del espíritu del mal para
+entregársela á Dios.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XIII<br>
+<b>Gervasillo</b></p>
+
+
+<p>Juan Valjean salió de la ciudad como escapado. Internóse precipitadamente
+por los campos, tomando los caminos y sendas que se le presentaban,
+sin advertir que volvía á cada instante sobre sus pasos. Anduvo
+errante de este modo toda la mañana, sin comer ni sentir necesidad.
+Era presa de un sinnúmero de sensaciones nuevas. Sentía una especie de
+cólera, é ignoraba contra quién. No hubiera podido asegurar si estaba
+conmovido ó humillado. Sentíase por instantes dominado por una ternura
+extraña, que procuraba combatir oponiéndole todo el endurecimiento de
+sus últimos veinte años. Semejante situación le fatigaba. Advertía, no
+sin inquietud, que se debilitaba á pesar suyo en su interior la calma espantosa
+que la injusticia de su desgracia le había dado. Preguntábase á
+sí mismo qué era lo que debía reemplazarla. Á veces hubiera preferido
+verdaderamente haber sido preso por los gendarmes, y que no hubieran
+pasado las cosas de aquella manera; pues, de seguro, no se hubiera trastornado
+tanto. Por más que la estación estuviese ya muy adelantada,
+había aún entre las enramadas alguna que otra flor tardía, cuyo olor,
+que iba él aspirando durante su marcha, le traía á la memoria sus recuerdos
+de la infancia. Tales recuerdos le eran casi insoportables, tanto
+tiempo hacía que no los había probado.</p>
+
+<p>Mil pensamientos inexplicables de semejante índole le acosaron durante
+todo el día.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_101">[Pg 101]</span></p>
+
+<p>Cuando el sol declinaba ya al poniente, prolongando sobre el suelo
+la sombra del más insignificante guijarro, sentóse Juan Valjean detrás
+de un matorral sobre una extensa llanura rojiza, absolutamente desierta.
+No tenía otro horizonte que los Alpes. Ni siquiera un solo campanario
+de aldea próxima ni lejana. Juan Valjean podía estar á la sazón como á
+unas tres leguas de D***. Una senda que atravesaba la llanura, pasaba
+á pocos pasos del matorral.</p>
+
+<p>En medio de aquel lugar de meditación, que podía contribuir un
+poco á hacer más espantoso con sus harapos, para cualquiera que le hubiese
+encontrado, oyó una especie de ruido alegre.</p>
+
+<p>Volvió la cabeza, y vió venir por la senda un niño saboyano como
+de unos diez años, que venía cantando, con su gaita pendiente de un
+costado y la caja de su marmota á la espalda.</p>
+
+<p>Uno de esos tiernos y alegres muchachos que van de un país á otro,
+enseñando las rodillas por los rotos del pantalón.</p>
+
+<p>Sin dejar el canto, interrumpía el chico de cuando en cuando su
+marcha, jugando con algunas monedas que llevaba en la mano, toda su
+fortuna probablemente. Entre aquellas monedas había una pieza de
+cuarenta sueldos<a id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a>.</p>
+
+<p>El muchacho se paró junto al matorral sin ver á Juan Valjean, tirando
+al aire sus monedas, que hasta entonces había venido recibiendo
+juntas, con bastante destreza, sobre el dorso de la mano.</p>
+
+<p>Pero esta vez la pieza de cuarenta sueldos se le escapó, y se fué rodando
+entre la hojarasca hasta Juan Valjean.</p>
+
+<p>Juan Valjean le puso el pie encima.</p>
+
+<p>Sin embargo, el muchacho, que había seguido la moneda de reojo,
+vió perfectamente donde había ido.</p>
+
+<p>Se fué el niño, sin detenerse, derecho al hombre.</p>
+
+<p>Era aquel un lugar del todo solitario. Tanto como pudiera extenderse
+la mirada, no había una sola persona en la senda ni en la llanura.
+Sólo se oía el débil piar de una nube de pájaros que cruzaban el cielo á
+grande altura. El muchacho, vuelto de espaldas al sol que entretejía sus
+rayos de oro con sus cabellos, y que pintaba de un rojo sangriento las
+salvajes facciones de Juan Valjean.</p>
+
+<p>—Señor,—dijo el chiquillo saboyano, con aquella confianza de la
+niñez, mezcla de ignorancia é inocencia,—¡mi pieza!</p>
+
+<p>—¿Cómo te llamas?—le dijo Juan Valjean.</p>
+
+<p>—Gervasillo, señor.</p>
+
+<p>—Vete,—dijo Valjean.</p>
+
+<p>—Señor,—repuso el chico,—devolvedme mi moneda.</p>
+
+<p>Juan Valjean bajó la cabeza sin contestar palabra.</p>
+
+<p>El niño repitió:</p>
+<p><span class="pagenum" id="Page_102">[Pg 102]</span></p>
+<p>—¡Mi moneda, señor!</p>
+
+<p>La mirada de Juan Valjean seguía fija en tierra.</p>
+
+<p>—¡Mi pieza!—gritó el muchacho,—¡mi pieza blanca! ¡mi moneda
+de plata!</p>
+
+<p>Parecía que Juan Valjean no entendía una palabra. El niño le cogió
+del cuello de la blusa y sacudióle. Al mismo tiempo se esforzaba cuanto
+podía para hacer que se separase de donde estaba, el grosero zapato claveteado
+que cubría su tesoro.</p>
+
+<p>—¡Quiero mi moneda! ¡mi moneda de cuarenta sueldos!</p>
+
+<p>El niño lloraba. Levantó Juan Valjean la cabeza. Permaneció, no
+obstante, sentado y sin moverse. Sus ojos estaban velados. Contempló
+al muchacho como asombrado, luego alargó la mano hasta su garrote,
+gritando con acento terrible:</p>
+
+<p>—¿Quién anda ahí?</p>
+
+<p>—Yo, señor,—respondió el muchacho,—¡Gervasillo! ¡yo! ¡yo! ¡Devolvedme
+mis cuarenta sueldos si os place!</p>
+
+<p>Después, irritado, pequeño y todo como era y en tono de amenaza:</p>
+
+<p>—Á ver, quitad el pie de ahí; ¡quitadlo os digo!</p>
+
+<p>—¡Ah! eres tú todavía,—dijo levantándose bruscamente Juan Valjean
+y en tono amenazador, pero sin mover el pie de sobre la moneda,
+añadiendo:</p>
+
+<p>—¡Quieres irte de aquí!</p>
+
+<p>El muchacho le dirigió una mirada de espanto, y luego comenzó á
+temblar de pies á cabeza, y después de algunos segundos de estupor,
+echó á correr con todas sus fuerzas, sin atreverse á volver la cabeza ni
+lanzar un grito.</p>
+
+<p>No obstante, á no larga distancia la fatiga le obligó á pararse, y
+Juan Valjean, al través de sus meditaciones, creyó oirle llorar.</p>
+
+<p>Después de unos instantes, el muchacho había desaparecido.</p>
+
+<p>El sol se había puesto.</p>
+
+<p>Las sombras se aumentaban al rededor de Juan Valjean. No había
+comido en todo el día; es muy probable que tuviera fiebre.</p>
+
+<p>Continuaba todavía en pie sin haber cambiado de actitud, desde que
+había desaparecido el muchacho. La respiración agitaba su pecho á
+largos y desiguales intervalos. Su mirada, fijada á unes diez ó doce
+pasos delante de él, parecía estudiar con profunda atención la forma de
+un tiesto viejo de barro pintado de azul que estaba entre la yerba. De
+pronto pareció estremecerse; acababa de sentir la impresión del frío de
+la noche.</p>
+
+<p>Encasquetóse su gorro hasta cubrir la frente por completo, buscó
+maquinalmente la manera de abrochar su blusa, dió un paso, y se agachó
+para tomar su garrote del suelo.</p>
+
+<p>En aquel momento, vió la moneda de cuarenta sueldos que había<span class="pagenum" id="Page_103">[Pg 103]</span>
+medio hundido en el suelo con su pie, y que brillaba en medio de las
+piedras. Esto produjo en él una especie de emoción galvánica.</p>
+
+<p>—¿Qué es esto?—murmuró entre dientes. Retrocedió tres pasos, parándose
+de repente sin poder separar los ojos del punto en que había sentado
+la planta hacía un momento, como si aquello que brillaba en medio
+de la obscuridad hubiese sido un ojo abierto que le mirase fijamente.</p>
+
+<p>Después de unos instantes se precipitó convulsivamente sobre aquella
+moneda de plata, tomola, levantándose enseguida, y comenzó á
+mirar á lo lejos, por toda la llanura, dirigiendo á un tiempo sus miradas
+hacia todos los puntos del horizonte, anhelante y tembloroso como una
+fiera que busca un asilo.</p>
+
+<p>Nada alcanzó ver. La noche estaba encima, la llanura fría y vaga,
+algunas grandes brumas violadas acudían entre las luces del crepúsculo.</p>
+
+<p>—¡Ah!—exclamó de pronto, y se alejó rápidamente en determinada
+dirección por allí donde el muchacho había desaparecido. Después de
+haber andado unos treinta pasos, paróse nuevamente á mirar, pero nada
+vió.</p>
+
+<p>Entonces gritó con todas sus fuerzas:</p>
+
+<p>—¡Gervasillo! ¡Gervasillo!</p>
+
+<p>Callóse y escuchó.</p>
+
+<p>No le respondió nadie.</p>
+
+<p>El campo estaba tétrico y desierto. Estaba solo rodeado por la extensión.
+No tenía Juan en torno suyo más que sombras, entre las que se
+perdía su mirada, y el silencio en el que se perdía también su voz.</p>
+
+<p>Soplaba un airecillo glacial, que daba á las cosas de su alrededor una
+especie de vida lúgubre. Los arbustos agitaban sus desmedradas ramas
+con increíble furia. Hubiérase dicho que amenazaban y perseguían á alguien.</p>
+
+<p>Volvió á emprender su marcha nuevamente; luego empezó á correr;
+de cuando en cuando se paraba para gritar entre aquellas soledades con
+una voz que encerraba á la vez la expresión y el tono más formidable y
+desolado que puede imaginarse. «¡Gervasillo! ¡Gervasillo!».</p>
+
+<p>Es bien seguro que si el muchacho hubiese oído aquellas voces, hubiera
+guardado de acudir. Pero el muchacho estaba, á no dudarlo, ya
+muy lejos. Topóse con un cura que venía á caballo. Acercósele y díjole:</p>
+
+<p>—Señor cura, ¿habéis visto pasar un muchacho?</p>
+
+<p>—No,—contestó el clérigo.</p>
+
+<p>—¿Uno que se llama Gervasillo?</p>
+
+<p>—No he visto á nadie.</p>
+
+<p>Entonces sacó dos monedas de cinco francos de su bolsa y se las dió
+al cura.</p>
+
+<p>—Señor cura, esto para los pobres. Señor cura, es un muchacho de
+unos diez años, que lleva una marmota, creo, y también una gaita. Iba
+de paso. Uno de esos saboyanos, ¿entendéis?...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_104">[Pg 104]</span></p>
+
+<p>—No, no le he visto.</p>
+
+<p>—¿Gervasillo? ¿No hay algún pueblecillo por aquí? ¿Podéis decírmelo?</p>
+
+<p>—Si es como vos decís, amigo mío, será uno de tantos chiquillos
+extranjeros que atraviesan el país, y á quienes nadie conoce.</p>
+
+<p>Juan Valjean tomó violentamente otras dos monedas de cinco francos
+y se las dió también al cura.</p>
+
+<p>—Para vuestros pobres,—dijo.</p>
+
+<p>Después añadió como azorado:</p>
+
+<p>—Señor cura, haced que me prendan. Soy un ladrón.</p>
+
+<p>El cura picó á un tiempo ambas espuelas, y huyó despavorido.</p>
+
+<p>Juan Valjean se puso á correr en la misma dirección que había tomado
+antes.</p>
+
+<p>Caminó así, á la ventura, un buen espacio, mirando, llamando, y
+gritando, pero sin encontrar persona alguna. Dos ó tres veces corrió
+por la llanura hacia algo que le hizo el efecto de una persona tendida ó
+acurrucada; pero veía luego que no eran sino malezas ó rocas á flor de
+tierra. Por fin, en un punto en el cual se cruzan tres senderos, se paró.
+La luna había salido. Dirigió una mirada á lo lejos, llamando por última
+vez: «¡Gervasillo! ¡Gervasillo! ¡Gervasillo!». Sus gritos se perdieron entre
+la bruma, sin ni siquiera devolver un eco. Murmuró todavía: «¡Gervasillo!»,
+pero con voz débil y casi inarticulada. Éste fué su último esfuerzo;
+sus piernas vacilaron bruscamente bajo su peso, como si un poder invisible
+le anonadara con todo el peso de su siniestra conciencia; cayendo
+desvanecido sobre una gran piedra, los puños entre sus cabellos, y la
+cabeza entre ambas rodillas, gritando desolado:</p>
+
+<p>«¡Soy un miserable!».</p>
+
+<p>Abrióse á este grito su corazón y rompió á llorar. Fué ésta la primera
+vez que lloró después de diez y nueve años.</p>
+
+<p>Cuando Juan Valjean salió de casa del obispo, como hemos visto, estaba
+muy distante de todo cuanto había pensado hasta entonces. No podía
+acertar con lo que estaba pasando por él. Resistíase contra la angelical
+acción y contra las dulces palabras del anciano. «Me habéis prometido
+ser un hombre digno. Yo compro vuestra alma. Yo se la retiro al espíritu
+del mal y la entrego al Dios bueno». Esto lo estaba oyendo sin cesar.
+Pero oponía á esta celestial indulgencia el orgullo, que viene á ser en
+nosotros la fortaleza del mal. Sentía él clara y distintamente que el perdón
+de aquel sacerdote, era el mayor y más formidable ataque allí donde
+estaba aún abroquelado; que su endurecimiento sería infinito si alcanzaba
+á resistir aquella clemencia; que si cedía le sería forzoso renunciar
+á aquel odio en el cual las acciones de los demás hombres habían llenado
+su alma durante tantos años, y en el cual se gozaba; que esta vez era
+preciso vencer ó ser vencido, y que la lucha, una lucha colosal y definitiva,
+estaba entablada entre su maldad y la bondad de aquel hombre.</p>
+
+<p>En presencia de todas aquellas luces, caminaba él como un hombre<span class="pagenum" id="Page_105">[Pg 105]</span>
+ebrio. Mientras andaba de esta manera, los ojos extraviados, ¿había en
+él una percepción distinta de la que podría resultar para el de su aventura
+de D***? ¿tenía él todos aquellos murmullos misteriosos que advierten
+ó importunan el espíritu en ciertos momentos de la vida? Una voz le
+decía al oído que acababa de atravesar el momento solemne de su destino;
+que ya no había otro medio para él; que si no era en lo sucesivo el
+mejor de los hombres, sería el peor; que era preciso, por decirlo así, que
+se elevara á la sazón más alto que el obispo, ó descendiese más bajo que
+el presidiario; que si él quería ser bueno, era preciso que fuése un ángel,
+y que si quería permanecer malo, era indispensable que fuése un monstruo.</p>
+
+<p>Aquí debemos aún volver á interrogar sobre lo que ya lo hemos hecho
+otra vez: ¿guardaba, aunque fuése confusamente, alguna sombra de
+todo esto en su memoria? Ciertamente, la desgracia, ya lo hemos dicho,
+educa la inteligencia; pero es muy de dudar que Juan Valjean estuviese
+en estado de comprender todo cuanto dejamos indicado aquí. Si aquellas
+ideas se le presentaban, él las entreveía mejor que las veía; y servían
+únicamente para producir en él una turbación inexplicable y casi dolorosa.
+Al salir de aquel antro negro y deforme que se llama presidio, el
+obispo le había herido el alma, como una voz demasiado viva le hubiera
+herido los ojos al salir de las tinieblas. La vida futura, la vida posible
+que se le presentaba desde luego puro y radiante, le llenaba de pesadumbre
+y ansiedad. Él no sabía, en verdad, dónde se hallaba. Como un mochuelo
+que viera bruscamente la luz del sol, el presidiario había sido
+deslumbrado y cegado por la virtud.</p>
+
+<p>Lo verdaderamente cierto, y sobre lo cual no tenía la menor duda,
+era que había ya dejado de ser el mismo hombre, que todo había cambiado
+en él, puesto que no estaba en su mano, hacer que el obispo no le
+hubiese hablado ni le hubiese conmovido.</p>
+
+<p>En semejante estado de ánimo, había encontrado á Gervasillo, y le
+había robado aquellos cuarenta sueldos. ¿Por qué? Él no hubiera, de seguro,
+alcanzado á explicarlo; ¿había sido un postrer esfuerzo y como á
+supremo esfuerzo de la maldad de pensamientos que había aportado del
+penal, un resto de impulsión, un resultado de lo que se llama en estática
+<em>fuerza adquirida</em>? Era esto, y era menos todavía que esto, tal vez. Digámoslo
+simplemente, no era él quien había robado; no había sido el
+hombre, había sido la bestia que, por costumbre ó por instinto, había
+puesto sencillamente el pie sobre la moneda, mientras la inteligencia luchaba
+entre innumerables observaciones desconocidas y nuevas.</p>
+
+<p>Cuando la inteligencia despertó y comprendió lo brutal de la acción,
+Juan Valjean retrocedió angustiado y dió un grito de espanto.</p>
+
+<p>Y era que por un extraño fenómeno, solamente posible en una situación
+como la en que se hallaba, al robar aquel dinero á aquel niño, había
+hecho una cosa de la que no era ya capaz.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_106">[Pg 106]</span></p>
+
+<p>Fuése lo que fuere, aquella postrera mala acción produjo en él un
+efecto decisivo; atravesó bruscamente el caos que existía en su inteligencia,
+disipándolo, separó y puso aparte las espesas obscuridades, y de
+otra la luz, agitó su alma, en el estado en que se hallaba, como agitan
+ciertos reactivos químicos, una mezcla turbia, precipitando un elemento
+y clarificando otro.</p>
+
+<p>Desde luego, y antes de reflexionar y examinar, desatentado como el
+que busca la manera de salvarse, trató de encontrar al muchacho para
+devolverle su dinero; cuando hubo reconocido que era aquello inútil é
+imposible, detúvose desesperado. En el momento en que exclamaba: «¡soy
+un miserable!» acababa de reconocerse tal cual era, estando ya entonces
+separado de sí mismo, hasta el punto de figurarse no ser más que un
+fantasma que tenía delante de sí, en carne y hueso, con el garrote en la
+mano, la blusa andrajosa, el morral lleno de objetos robados á la espalda,
+el semblante tétrico y resuelto, con su imaginación llena de proyectos
+abominables, al repugnante presidiario Juan Valjean.</p>
+
+<p>Su excesiva desventura, como hemos dicho, le había hecho un tanto
+visionario. Fué esto por consiguiente una visión. Llegó á ver verdaderamente
+á Juan Valjean, con su siniestra catadura delante de sí. Hubo un
+momento en que quiso preguntar quién era aquel hombre que le horrorizaba.</p>
+
+<p>Su cerebro se hallaba en uno de aquellos momentos violentísimos, y
+sin embargo, horriblemente tranquilos, en los cuales la ficción imaginativa
+es tan profunda que absorbe la realidad. En cuyos momentos no ve
+uno lo que tiene delante y junto á sí, y en los que vemos como fuera de
+nosotros, las figuras que llenan nuestro espíritu.</p>
+
+<p>Contemplábase, pues, así mismo, por así decirlo, frente á frente, y al
+mismo tiempo, al través de aquella alucinación, estaba viendo, en ciertas
+misteriosas profundidades, una especie de luz que llegó á tomar por una
+antorcha. Mirando luego con mayor atención aquella luz que surgía
+de su conciencia, reconoció que tenía forma humana, y que aquella
+antorcha era el obispo.</p>
+
+<p>Su conciencia comparó á su vez aquellos dos hombres, colocados ante
+ella: el obispo y Juan Valjean. Era indispensable que no fuése otro que
+el primero para confundir al segundo. Por uno de aquellos efectos singulares
+propios de semejante clase de éxtasis, á medida que su ilusión se
+prolongaba, iba el obispo agrandándose y resplandeciendo á sus ojos, y
+Juan Valjean se achicaba y desvanecía. Llegó un punto en que no era él
+más que una sombra. Luego desapareció por completo. Quedaba sólo el
+obispo llenando de clarísimos resplandores los espacios del alma de aquel
+miserable.</p>
+
+<p>Juan Valjean, lloró mucho, lloró ardientísimas lágrimas, lloró sollozando
+con mayor debilidad que una mujer, y más miedo que un niño.</p>
+
+<p>Á medida que lloraba, iba produciéndose más y más en su cerebro<span class="pagenum" id="Page_107">[Pg 107]</span>
+una extraordinaria claridad, una claridad maravillosa y terrible á la vez.
+Su vida pasada, su primera falta, su larga expiación, su embrutecimiento
+exterior, su interior dureza, su misma libertad unida á sus
+planes de venganza, lo que le había pasado en casa del obispo, la última
+cosa que había hecho, aquel robo de cuarenta sueldos á un chiquillo,
+crimen tanto más infame, tanto más monstruoso, cuanto que había sido
+cometido después de la absolución del obispo; todo lo cual se le presentaba
+claramente en medio de una luz que hasta entonces jamás había visto.</p>
+
+<p>Estaba viendo su vida, y le parecía horrible: su alma, espantosa. Sin
+embargo, una dulcísima luz se derramaba sobre aquella vida y sobre
+aquella alma. Le parecía ver á Satanás á la luz del paraíso.</p>
+
+<p>¿Cuántas horas estuvo así llorando? ¿Qué hizo después dé haber
+llorado? ¿Adónde fué? nadie lo ha sabido jamás. Parece solamente
+averiguado que, durante aquella misma noche, el carretero, que hacía
+en aquella época el servicio de Grenoble y que llegó á D*** á eso de las
+tres de la madrugada, vió, al atravesar la calle del Obispado, un hombre
+en actitud de orar, arrodillado sobre el pavimento y en la sombra junto
+á la puerta de la casa donde vivía monseñor Bienvenido.</p>
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Patuá de los Alpes franceses. <em>Gato de ladrón.</em></p>
+
+</div>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_2" href="#FNanchor_2" class="label">[2]</a> Dos pesetas moneda española.</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO TERCERO<br>
+EN EL AÑO 1817</h2>
+</div>
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>El año 1817</b></p>
+
+
+<p>Éste fué el año que Luis XVIII, con una especie de aplomo real, que
+no carecía de vanidad, calificó de vigésimo segundo de su reinado. Fué
+también el año de la celebridad del señor Bruguiére de Sorsum. Todas
+las tiendas de los peluqueros, esperando el polvo y la vuelta del ave real,
+aparecían estucadas de azul y flor delisadas. Era aquélla la época inocente
+y cándida en que el conde Lynch sentábase todos los domingos
+como mayordomo, en el banco de la obra de San Germán de los Prados
+vistiendo el uniforme de par de Francia, con su cordón rojo y su larga
+nariz, y aquel majestuoso perfil propio de un hombre que ha hecho algo
+famoso. El algo famoso realizado por el señor Lynch fué el siguiente:
+haber, siendo alcalde de Burdeos el 12 de marzo de 1814, entregado la
+ciudad antes de tiempo al señor duque de Angulema. De ahí su dignidad
+de par. En 1817, la moda embutía los niños de cuatro á seis años en sendas
+gorras de cordobán con orejeras muy parecidas á las mitras de los
+esquimales. El ejército francés fué vestido de blanco á la austríaca; los
+regimientos se llamaron legiones, y en lugar del número correspondiente,
+tomaron los nombres de los departamentos. Napoleón se encontraba<span class="pagenum" id="Page_108">[Pg 108]</span>
+en Santa Elena, y como Inglaterra le negaba el paño verde, hizo que
+fuesen vueltos del revés sus viejos uniformes.</p>
+
+<p>En 1817, Pellegrini cantaba, la señorita Bigottini bailaba, Potier reinaba,
+y Odry no existía aún. La señora Saqui sucedía á Forioso. Había
+aún prusianos en Francia. El señor Delalot era un personaje. La legitimidad
+acababa de afirmarse cortando la muñeca, y luego la cabeza, á
+Pleignier, á Carbonneau y á Tollerón.</p>
+
+<p>El príncipe de Talleyrand, gran chambelán, y el cura Luis, designado
+para ministro de Hacienda, se contemplaban mutuamente riendo
+como dos augures; ambos habían celebrado, el 14 de julio de 1790, la
+misa de la federación en el campo de Marte; Talleyrand había oficiado
+de obispo, Luis le había ayudado como diácono.</p>
+
+<p>En 1817, en las travesías de las alamedas de aquel mismo campo de
+Marte (Marzo), veíanse grandes cilindros de madera, expuestos á la lluvia,
+y pudriéndose entre la yerba, pintados de azul, con restos de águilas
+y de abejas desdorados. Habían sido las columnas que dos años antes
+habían sustentado el solio del emperador en el campo de Mayo. Estaban
+esparcidos aquí y allí, y ennegrecidos además por el fuego de los
+vivacs, de los austríacos acampados junto á Gros Caillou. Dos ó tres de
+aquellas columnas habían desaparecido en las hogueras de los vivacs,
+habiendo calentado las grandes manos de los Kaiserlicks.</p>
+
+<p>El campo de Mayo tenía de notable, que había sido celebrado en el
+mes de junio en el campo de <em>Marzo</em>.</p>
+
+<p>Durante el año 1817 se habían popularizado dos cosas: el Voltaire
+Touquet, y la tabaquera de la Carta.</p>
+
+<p>La emoción parisién más reciente había sido el crimen de Dautun,
+quien había tirado la cabeza de su hermano al pilón del mercado de las
+flores.</p>
+
+<p>Comenzaba á inquietarse el ministro de Marina por no tener noticias
+de la desgraciada fragata <em>Medusa</em>, que debía cubrir de mengua á Chaumareix
+y de gloria á Géricault. El coronel Selves había ido á Egipto para
+trocarse en Soliman Pachá. El palacio de las Termas, de la calle de La
+Harpe, servía de tienda á un tonelero. Veíase todavía en la plataforma
+de la torre octógona del palacio de Cluny, la casilla de madera que había
+servido de observatorio á Messier, astrónomo de la marina de Luis XVI.</p>
+
+<p>La duquesa de Duras leía á tres ó cuatro amigos, en su gabinete tapizado
+de raso azul celeste, la Ourika inédita. Raspábanse las N. del
+Louvre. El puente de Austerlitz abdicaba, intitulándose puente del Jardín
+del Rey, doble enigma que encerraba á la vez el puente de Austerlitz
+y el jardín de Plantas.</p>
+
+<p>Luis XVIII, preocupado en marcar con la uña en Horacio los héroes
+que se hacen emperadores, y los zapateros que se hacen delfines, tenía
+además dos inquietudes constantes, Napoleón y Mathurin Bruneau.</p>
+
+<p>La Academia francesa daba como tema de premio: <em>la dicha procura<span class="pagenum" id="Page_109">[Pg 109]</span>
+el estudio</em>. El señor Bellart era elocuente oficialmente. Veíase germinar
+á su sombra al futuro abogado general de Broë, entre los sarcasmos de
+Pablo-Luis Courier. Había también un falso Chateaubriand llamado
+Marchangy, esperando á que saliese un falso Marchangy llamado Arlincourt.
+<em>Clara de Alba y Malek-Adel</em> eran grandes obras; la señora Cottin
+había sido declarada primer escritor de la época. El Instituto dejó borrar
+de su lista al académico Napoleón Bonaparte. Un real decreto erigía
+Angulema en escuela de marina, porque siendo el duque de Angulema
+gran almirante, era evidente que la ciudad de Angulema acreditaba de
+derecho todas las cualidades de puerto de mar, sin lo cual el principio
+monárquico hubiera podido menoscabarse.</p>
+
+<p>Presentóse en consejo de ministros la proposición de averiguar si debían
+tolerarse las viñetas que representaban volatines, que adornaban
+los carteles de Franconi, porque agrupaban los pilluelos y vagabundos
+de las calles.</p>
+
+<p>El señor Paër, autor de <em>Inés</em>, buen hombre, de cara cuadrada, con una
+verruga en la mejilla, dirigía los conciertos continuos de la marquesa
+de Sassenaye, calle de la Ville l'Evèque. Todas las jóvenes cantaban
+<em>l' Ermite de Saint-Avelle</em>, letra de Edmundo Géraud. <em>El enano amarillo</em>
+se trasformaba en <em>espejo</em>. El café Lemblin estaba por el emperador,
+con el café Valois que estaba por los Borbones.</p>
+
+<p>Llegaba el señor duque de Berry de casarse con una princesa de
+Sicilia, y ya le venía Louvel pisando la sombra. Hacía un año que había
+muerto madama Staël. Los guardias de corps silbaban á la señorita
+Mars. Los periódicos grandes se habían trocado en pequeños. El tamaño
+se había reducido, pero la libertad era grande. <em>El Constitucional</em> era
+constitucional. <em>La Minerva</em> llamaba á Chateaubriand <em>Chateaubriant</em>.
+Esta <em>t</em> daba mucho que reir á los artesanos acomodados á costa del gran
+escritor.</p>
+
+<p>En periódicos vendidos, había periodistas degradados que insultaban
+á los proscritos de 1815; David carecía de talento, Arnault de ingenio y
+Carnot de probidad; Soult no había ganado ninguna batalla, es verdad
+también que Napoleón carecía de genio. Nadie ignora que es muy raro
+que las cartas dirigidas por el correo á los desterrados lleguen á sus
+manos; la policía tiene á religioso deber interceptarlas. El hecho no es
+nuevo; Descartes, desterrado, se lamenta de ello. Luego, habiendo David,
+en un periódico belga, manifestado su disgusto por no recibir las
+cartas que se le escribían, hizo ello tanta gracia á los periódicos realistas,
+que llegaron á bufonear groseramente con semejante pretexto al
+desterrado.</p>
+
+<p>Decir: <em>los regicidas</em>, ó decir: <em>los votantes</em>: decir: <em>los enemigos</em>, ó decir:
+<em>los aliados</em>: decir: <em>Napoleón</em>, ó decir: <em>Buonaparte</em>, separaba á dos
+hombres más que un abismo. Las gentes de buen sentido convenían en
+que la era de las revoluciones estaba para siempre cerrada por el rey<span class="pagenum" id="Page_110">[Pg 110]</span>
+Luis XVIII, apodado de «inmortal autor de la Carta». En el terraplén
+del puente nuevo, se esculpía la palabra: <em>Redivivus</em>, en el pedestal que
+esperaba la estatua de Enrique IV. El señor Piet esbozaba, en la calle
+Thérèse, n.º 4, en conciliábulo para consolidar la monarquía. Los jefes
+de la derecha decían al encontrarse en coyunturas graves: «Es preciso
+escribir á Bacot». Los señores Canuel, O'Mahony y de Cheppedelaine,
+borroneaban, un tanto apoyados por el señor (hermano y heredero del
+rey), lo que había de ser más tarde «la conspiración de Bòrd de l'eau».
+El alfiler negro conspiraba por su lado. Delaverderie se inclinaba á Trogoff.
+El señor Decazes, espíritu hasta cierto punto liberal, dominaba.</p>
+
+<p>Chateaubriand, de pie todas las mañanas junto á su ventana del número
+27 de la calle Saint Dominique, en mangas de camisa y zapatillas,
+sus cabellos grises sujetados por un pañuelo, fijos los ojos en un espejo,
+y un estuche completo de cirujano dentista, abierto ante sí, limpiábase
+los dientes, que los tenía por cierto muy hermosos, al propio tiempo que
+dictaba «<em>La monarquía según la Carta</em>» al señor Pilorge, su secretario.</p>
+
+<p>La crítica, admitida como autoridad, prefería Lafon á Talma. El señor
+de Feletz firmábase A., Hoffmann Z, y Carlos Nodier suscribía <em>Teresa
+Aubert</em>. El divorcio había sido abolido. Los liceos se llamaban colegios.
+Los colegiales, adornando su cuello con una flor de lis, de oro, se daban
+de cachetes á propósito del rey de Roma. La contra policía de palacio
+denunciaba á Su Alteza real, La Señora (la hermana del rey), el retrato,
+expuesto por todas partes, del señor duque de Orléans, el cual estaba
+mejor de uniforme de coronel general de húsares, que el señor duque de
+Berry de coronel-general de dragones, gravísimo inconveniente. La ciudad
+de París hacía dorar nuevamente á su costa la cúpula de los Inválidos.
+Los hombres serios se preguntaban qué es lo que haría en tal ó cual
+circunstancia el señor de Trinquelague; el señor Clausel de Mantals divergía
+en algunos puntos del señor Clausel de Coussergues: el señor de
+Salaberry no estaba contento.</p>
+
+<p>El cómico Picard, que formaba parte de la Academia en la que no
+había podido entrar el cómico Molière, hacía representar <em>Los dos Filibertos</em>,
+en el Odeón, sobre cuyo frontispicio, á pesar de haber sido arrancadas
+las letras se leía aún claramente: <span class="allsmcap">TEATRO DE LA EMPERATRIZ</span>. Se
+formaban partidos en pro y en contra de Cugnet de Montarlot. Fabvier
+era faccioso, Bavoux revolucionario. El librero Pelicier publicaba una
+edición de Voltaire bajo este título: <em>Obras de Voltaire</em>, de la Academia
+francesa. «Esto llama á los compradores», decía aquel infeliz editor.</p>
+
+<p>Era opinión general que el señor Charles Loyson, iba á ser el genio
+del siglo; así es que la envidia comenzaba ya á morderle, signo de gloria;
+escribiéndose sobre ello este verso:</p>
+
+<p>
+Por más que Loyson vuele, se echan de ver sus patas.<br>
+</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_111">[Pg 111]</span></p>
+
+<p>El cardenal Fesch negábase á dimitir. El señor de Pins, arzobispo de
+Amasie, administraba la diócesis de Lyon. La cuestión del valle de
+Dappes, comenzábase entre Suiza y Francia por una memoria del capitán
+Dufour, más tarde general. Saint-Simón, ignorado, meditaba su sublime
+teoría. Había en la Academia de ciencias un Fourier célebre que la
+posteridad ha olvidado, y no sé en qué buhardilla un Fourier obscuro de
+quién se acordará el porvenir. Lord Byron empezaba á despuntar; una
+nota de cierto poema de Millevoye lo anunciaba á Francia en estos términos:
+<em>un tal lord Barón</em>.</p>
+
+<p>David de Angers ensayaba dar formas al mármol. El abate Carón
+hablaba con elogio, en las reuniones íntimas de seminaristas del callejón
+(sin salida) de Feullantines, de un presbítero desconocido llamado Felicité-Robert,
+que fué más tarde Lamennais.</p>
+
+<p>Una cosa que humeaba andando fatigosamente por el Sena metiendo
+el ruido de un perro que nada, iba y venía bajo las ventanas de las Tullerías,
+del puente Real al puente de Luis XV; era una máquina de poquísima
+utilidad, por cierto, una especie de juguete, una visión de un
+inventor fantástico, una utopía; un buque de vapor: Los parisienses veían
+indiferentes semejante inutilidad.</p>
+
+<p>El señor de Vaublanc, reformador del Instituto por el golpe de Estado,
+hornada y decreto á la vez, autor distinguido por varios académicos
+á quienes había hecho tales, no podía llegar á serlo. El arrabal de
+San Germán y el pabellón Marsan querían para prefecto de policía al
+señor Delaveau, á causa de su devoción. Dupoytren y Recamier querellábanse
+y discutían en el anfiteatro de la Escuela de Medicina, amenazándose
+con los puños con motivo de la divinidad de Jesucristo.</p>
+
+<p>Couvier, puesto un ojo en el Génesis y otro en la naturaleza, se esforzaba
+para complacer á la santurona reacción, en poner los fósiles de
+acuerdo con los textos sagrados y en hacer adular á Moisés por los mastodontes.
+Francisco de Neufchâteau, loable cultivador de la memoria de
+Permantier, hacía mil esfuerzos para que <em>pomme de terre</em> (patata) se
+llamase <em>parmentiere</em>, sin conseguirlo. El abate Gregoire, antiguo obispo,
+antiguo convencional y antiguo senador, llegó á pasar dentro la polémica
+realista, al estado «di infame Gregoire». Esta locución que acabamos
+de usar, <em>pasar al estado de</em>, fué denunciada como neulogismo por
+Royer-Collard.</p>
+
+<p>Podía aún distinguirse por su blancura bajo el tercer arco del puente
+de Jena, la piedra nueva con la cual dos años antes se había tapado
+el boquete de la mina practicada por Blücher para volar el puente. La
+justicia llevaba á la barra un hombre que, al ver entrar al conde de Artois
+en Nuestra Señora, había dicho en alta voz: <em>¡Vive Dios! que deploro
+los tiempos en que veía á Bonaparte y á Talma entrar, dándose el
+brazo, en Bal Sauvage.</em> Dicho sedicioso. Seis meses de cárcel.</p>
+
+<p>Los traidores se presentaban desembozados: hombres que se habían<span class="pagenum" id="Page_112">[Pg 112]</span>
+pasado al enemigo la víspera de una batalla no ocultaban nada de la recompensa,
+presentándose impúdicamente en pleno día con el mayor cinismo
+haciendo gala de sus riquezas y sus dignidades; desertores de Ligny
+y de Quatre Bras, con todo el desenfado de su torpeza pagada, ostentando
+al desnudo su abnegación monárquica; olvidados de lo escrito
+en Inglaterra, en las paredes interiores de los retretes públicos: <em>Please
+adjust your dress before leaving</em>. (Sírvase usted abrocharse antes de
+salir).</p>
+
+<p>He aquí, en revuelta confusión, lo que sobresalió más ó menos del
+año 1817, hoy día olvidado.</p>
+
+<p>La historia es negligente con semejantes particularidades, porque no
+puede hacer otra cosa; la invadiría el infinito. No obstante, estos detalles,
+llamados equivocadamente pequeñeces, no hay en la humanidad
+pequeños hechos, como no hay en la vegetación hojas pequeñas. De la
+fisonomía de los años, se compone la figura de los siglos.</p>
+
+<p>Durante este año de 1817, cuatro jóvenes parisienses hicieron «una
+linda gracia».</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Doble cuarteto</b></p>
+
+
+<p>Los tales parisienses eran uno de Toulouse, otro de Limoges, el tercero
+de Cahors y el cuarto de Montauban; pero eran estudiantes; y quien
+dice estudiante dice parisino: estudiar en París es nacer en París.</p>
+
+<p>Aquellos jóvenes no tenían significación alguna; todo el mundo les
+ha visto alguna vez; cuatro muestras del primero con quien nos topemos;
+ni buenos ni malos, ni sabios ni ignorantes, ni genios ni imbéciles;
+bellezas del alegre abril que se llama veinte años. Eran cuatro oscares
+cualesquiera, porque en aquella época los Arturos no existían aún. <em>Quemad
+para él los perfumes de la Arabia</em>, dice el romance, <em>¡Oscar viene,
+Oscar, voy á verle!</em> Salíamos de Ossian; la elegancia era escandinava y
+caledoniana, el género inglés puro no debía prevalecer hasta más tarde,
+y el primero de los Arturos Wellington, acababa apenas de ganar la
+batalla de Waterloo.</p>
+
+<p>Estos Oscares, se llamaban el uno Félix Tholomyés, de Toulouse, el
+otro Listolier, de Cahors, el tercero Fameuil de Llimoges, y el último
+Blachevelle, de Montauban. Naturalmente, cada uno tenía su damisela.
+Blachevelle amaba á Favorita, llamada así por haber estado en Inglaterra;
+Listolier adoraba á Dalia, la cual había tomado por nombre de
+guerra el nombre de una flor; Fameuil idolatraba á Zefina, contracción
+de Josefina, y Tholomyés tenía á Fantina, llamada la Rubia, por sus
+hermosos cabellos color de sol.</p>
+
+<p>Favorita, Dalia, Zefina y Fantina, eran cuatro graciosas muchachas
+perfumadas y alegres; modisteaban todavía un poco, porque no habían
+aún abandonado la aguja del todo, algo distraídas por amorcillos pasajeros,<span class="pagenum" id="Page_113">[Pg 113]</span>
+pero conservando en su aspecto, restos de la serenidad del trabajo
+y en el alma aquella flor de la honestidad que en la mujer sobrevive á
+la primera caída. Había una de las cuatro á la que llamaban la joven,
+porque era la menor; y otra á la que llamaban la vieja; la vieja tenía
+veinte y tres años. Para no ocultar nada, diremos que las tres primeras
+eran más experimentadas, más indiferentes y más acostumbradas á volar
+entre el torbellino de la vida, que Fantina, la Rubia, que vagaba
+todavía entre su primera ilusión.</p>
+
+<p>Dalia, Zefina, y sobre todo Favorita, no hubieran podido asegurar
+otro tanto. Había ya más de un episodio que consignar en la leyenda de
+su vida apenas comenzada, y el amante llamado Adolfo en el primer
+capítulo, resultaba ser Alfonso en el segundo y Gustavo en el tercero.
+Pobreza y coquetería son dos consejeras fatales; la una regaña, la otra
+lisonjea; y las hermosas jóvenes del pueblo las llevan siempre en su compañía,
+hablándoles al oído por lo bajo, una á cada lado. Son almas mal
+guardadas. De ahí las caídas que dan, y las piedras que se les arrojan.
+Se las agobia con el explendor de cuanto existe inmaculado é inaccesible.
+¡Ay si la joven aristocrática tuviese hambre!</p>
+
+<p>Favorita; habiendo estado en Inglaterra, tenía por admiradoras á
+Zefina y Dalia. Había tenido oportunamente su buena casa. Su padre,
+antiguo profesor de matemáticas, brutal y fanfarrón; solterón y vividor
+ambulante á pesar de su edad. Este profesor, siendo aún joven, vió en
+cierta época el vestido de una doncella de servicio cogido de la rejilla de
+una chimenea; y por este accidente se enamoró. De ello resultó Favorita.
+Ella encontraba de cuando en cuando á su padre que la saludaba. Cierta
+mañana una mujer, ya entrada en años, de apariencia mística, entró en
+su casa y le dijo:</p>
+
+<p>—¿No me conocéis, verdad, señorita?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Pues soy tu madre.</p>
+
+<p>Luego abrió la vieja la alacena, comió lo que le pareció bien, hizo
+que le trajeran un colchón que tenía y se quedó instalada en la casa.
+Aquella madre gruñona y devota jamás le decía una palabra á Favorita,
+se pasaba las horas sin hablar; almorzaba, comía y cenaba por cuatro,
+descendiendo luego á la tertulia de la portería, hablando de continuo
+mal de su hija.</p>
+
+<p>Lo que había atraído á Dalia hacia Listolier, ó hacia otros tal vez,
+y hacia la ociosidad, fué el tener demasiado bonitas y rosadas las uñas.
+¿Cómo había de hacer trabajar aquellas uñas? La que quiera ser virtuosa
+no puede tenerles piedad á sus manos. En cuanto á Zefina, había
+conquistado á Fameuil por su graciosa manera viva y cariñosa de decir:
+«sí, señor».</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_114">[Pg 114]</span></p>
+
+<p>Los jóvenes eran camaradas, las jóvenes fueron amigas. Semejantes
+amores van siempre acompañados de tales amistades.</p>
+
+<p>Sabio y filósofo son dos cosas distintas, y la prueba está en que, salvando
+todas las pequeñeces de detalle, Favorita, Zefina y Dalia, eran
+unas muchachas filósofas y Fantina una muchacha sabia.</p>
+
+<p>¡Sabia! se dirá, ¿y Tholomyés? Salomón contestaría que el amor forma
+parte de la sabiduría. Nosotros nos concretamos á decir que el amor
+de Fantina era un primer amor, un amor único, un amor fiel.</p>
+
+<p>Ella era la única de las cuatro á quien no tuteaba más que un hombre.</p>
+
+<p>Fantina era uno de esos seres que había brotado, por así decirlo, del
+fondo del pueblo. Salida de las insondables espesuras de la sombra social,
+llevaba en su frente el sello del anónimo y lo desconocido. Había
+nacido en M*** sobre M*** ¿de qué padre? ¿Quién sabe? Nadie le conoció
+jamás padre ni madre. Se llamaba Fantina. ¿Por qué se llamaba así?
+Nadie le conocía por otro nombre. En la época de su nacimiento existía
+aún el Directorio. Nada de apellido de familia, como no la tenía; nada
+de nombre de pila, puesto que no estaba allí la Iglesia. Se llamaba, pues
+como le plugo al primer transeunte que se la encontró de pequeñita andando
+descalza por la calle. Recibió aquel nombre, como recibía el agua
+de las nubes sobre su frente cuando llovía. Llamábanla la pequeña Fantina.
+Nadie sabía más. Aquella criatura humana había entrado así en la
+vida. Á los diez años dejó Fantina la ciudad y se puso á servir en las casas
+de campo de las cercanías. Á los quince se fué á París á «probar fortuna».
+Fantina era hermosa, y fué pura todo el mayor tiempo que pudo.
+Era una hermosa rubia de bellísimos dientes. Traía, pues, el oro y las
+perlas en dote; pero su oro estaba en su cabeza y en su boca las perlas.</p>
+
+<p>Trabajaba para vivir; después, siempre para vivir, porque tiene también
+el corazón su hambre, amó.</p>
+
+<p>Amó á Tholomyés.</p>
+
+<p>Amorío para él, pasión para ella. Las calles del barrio latino, llenas
+por el continuado hormigueo de estudiantes y grisetas, vieron los principios
+de aquel delirio. Fantina, en los dédalos de la colina del Panteón,
+donde tantas aventuras se enlazan y se rompen, había huido mucho
+tiempo de Tholomyés, pero encontrándole cada día de nuevo. Existe una
+manera de huir que se parece mucho al buscar. Pronto se realizó la
+égloga.</p>
+
+<p>Blachevelle, Listolier y Fameuil, formaban un grupo del que era
+Tholomyés la cabeza. Él era, pues, el alma.</p>
+
+<p>Tholomyés era el antiguo, el verdadero estudiante; era rico; tenía
+cuatro mil francos de renta; cuatro mil francos de renta, explendidez escandalosa
+en la montaña de Santa Genoveva. Tholomyés era un vividor
+de treinta años, mal conservado, arrugado y mellado; empezaba á tener
+calvicie, con motivo de lo cual decía de sí mismo alegremente: <em>coronilla<span class="pagenum" id="Page_115">[Pg 115]</span>
+á los treinta, rodilla á los cuarenta</em>. Digería ya bastante mal, y le
+lacrimeaba un ojo. Pero á medida que su juventud se extinguía, iba en
+aumento su alegría; suplía sus dientes por gestos, sus cabellos con chistes,
+su salud con ironías, y el ojo llorón con risa continuada. Era un
+montón de ruinas del que brotaban flores por todas partes. Su juventud,
+liando el petate antes de tiempo, batíase en retirada, pero en buen orden,
+reventando de risa y llena de fuego. Le habían rechazado una pieza en
+el Vaudeville. Á cada paso y á cualquier objeto escribía versos. Por otra
+parte, dudaba de todo á cierta altura, lo que da mucha fuerza á los ojos
+de los débiles. Siendo irónico y calvo, era el jefe. <em>Iron</em> es una palabra
+inglesa que quiere decir hierro. ¿Será de ella que procederá la palabra
+ironía?</p>
+
+<p>Cierto día Tholomyés llamó á sí á los otros tres, y haciéndose el oráculo,
+les dijo:</p>
+
+<p>—Hace cerca de un año que Fantina, Dalia, Zefina y Favorita nos
+están pidiendo que les demos una sorpresa. Se la tenemos prometida solemnemente.
+Siempre nos están hablando de ello, á mí sobre todo. Así
+como en Nápoles piden las viejas á san Enero <em>Faccia gialluta, fa o miracolo</em>,
+«¡cara amarillenta, haz el milagro!» nuestras queridas me dicen
+sin cesar: «Tholomyés, ¿cuándo <em>darás á luz</em> tu sorpresa?». Al mismo
+tiempo nos escriben nuestras familias. Acosados por todas partes. Creo
+que ha llegado el momento. Hablemos.</p>
+
+<p>Al decir esto, bajó Tholomyés la voz, articuló alguna frase tan chocante
+que se manifestó el efecto entusiasta que había producido en los
+cuatro, con una carcajada común, al mismo tiempo que exclamaba Blachevelle:
+¡Vaya una idea!</p>
+
+<p>Hallándose junto á un café lleno de humo, entraron en él, perdiéndose
+entre aquella neblina el resto de la conferencia.</p>
+
+<p>El resultado de aquellas tinieblas fué una brillante partida de campo
+que tuvo lugar el domingo siguiente, á la cual los cuatro estudiantes invitaron
+á las muchachas.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Cuatro y cuatro</b></p>
+
+
+<p>Lo que era una partida de campo entre estudiantes y grisetas hace
+cuarenta años, es muy difícil figurárselo hoy. París no tiene los mismos
+alrededores; el aspecto de lo que podría llamarse vida circumparisien,
+ha cambiado por completo después de medio siglo; en lugar del coche
+está el vagón, y en el de los lanchones el buque de vapor; decíase entonces
+Saint Cloud como se dice hoy Fécamp. El París de 1862 es una ciudad
+que tiene la Francia entera por alrededores.</p>
+
+<p>Las cuatro parejas realizaron cumplidamente todas las locuras campestres
+posibles en aquellos tiempos. Era al comenzar las vacaciones, en
+un caluroso y despejado día de verano. Á la víspera, Favorita, la única<span class="pagenum" id="Page_116">[Pg 116]</span>
+que sabía escribir, había escrito lo siguiente á Tholomyés, en nombre
+de las cuatro: «El salir temprano augura un buen día». Sería por ello
+que se levantaron á las cinco de la mañana. Fueron en coche á Saint-Cloud;
+contemplaron la gran cascada en seco y exclamaron: ¡Esto ha de
+ser una gran cosa cuando salta el agua! Almorzaron en la <em>Tête Noire</em>,
+donde Castaing no había pasado todavía; jugaron una partida á la sortija
+en las arboledas del grande estanque; subieron á la linterna de Diógenes,
+jugaron barquillos en la ruleta del puente de Sévres, hicieron
+ramos con flores cogidas en Puteaux, compraron silbatos en Neuilly;
+comieron en todas partes pastelillos de manzana, en fin, fueron dichosos por
+completo.</p>
+
+<p>Las chicas corrían, y chillaban como cotorras escapadas, que era un
+delirio. Á cada paso repartían cariñosos pescozones á los muchachos
+con regodeo verdaderamente infantil. ¡Oh matinal embriaguez de la
+vida! ¡Dichosa edad en la que se agita temblorosa y alegre el ala de las
+ilusiones!</p>
+
+<p>¡Oh! quien quiera que seáis, ¿no es verdad que recordáis perfectamente
+haber ido alguna vez triscando en la espesura, separando las
+ramas, á fin de que pudiese pasar libremente una linda cabeza que sobre
+un cuerpo gallardo y airoso os venía siguiendo? Os habréis deslizado
+riendo alegremente por alguna cuestecilla recién mojada por la lluvia,
+en compañía de una mujer amada, que asiéndose á vuestra mano, os
+detiene á lo mejor para exclamar: ¡Ay! ¡mis botitas nuevas, cómo se
+han puesto!</p>
+
+<p>Digamos desde luego; que la alegre contrariedad de un chaparrón
+no se presentó á completar la alegría de aquella cuadrilla de buen
+humor, por más que Favorita hubiese dicho al salir con acento maternal
+y sentencioso: <em>Las babosas andan por los suelos. Lluvia segura,
+hijos míos.</em></p>
+
+<p>Las cuatro estaban locamente hermosas. Un buen anciano, poeta clásico,
+en boga á la sazón, un buen hombre que tenía su correspondiente
+Leonor, el caballero de Labouïsse, paseante aquel día de los castañares
+de Saint-Cloud, les vió pasar á eso de las diez de la mañana y exclamó:
+<em>Hay una demás</em>, pensando en las (tres) Gracias. Favorita, la amiga de
+Blachevelle, aquélla de los veinte y tres años, la vieja, corría ante todos
+bajo las grandes ramas verdes, saltando barrancos, traspasando valerosamente
+los matorrales, presidiendo la alegría general con el entusiasmo
+de una fauna; Zefina y Dalia, á las cuales la casualidad las había hecho
+bellas, de modo que aumentaba su hermosura estando juntas, acercábanse
+una á otra para contemplarse, sin separarse un punto, más que
+por amistad por instinto de coquetería y apoyándose mutuamente una
+á otra, tomaban actitudes de gusto inglés. Los primeros <em>keepsakes</em> acababan
+de aparecer á la sazón, la melancolía empezaba por las mujeres,
+siendo lo que más tarde, el byromismo de los hombres, así es que los<span class="pagenum" id="Page_117">[Pg 117]</span>
+cabellos del sexo débil comenzaban á destrenzarse. Zefina y Dalia peinaban
+tirabuzones. Listolier y Femeuil, enredados en una discusión acerca
+de sus profesores, querían hacer entender á Fantina la diferencia que
+mediaba entre el señor Delvincourt y el señor Blondeau.</p>
+
+<p>Blachevelle parecía haber sido criado á propósito para llevar del brazo
+los domingos, el chal de colores claros é indefinibles de Favorita.</p>
+
+<p>Venía Tholomyés dominando el grupo. Estaba alegrísimo, pero dejaba
+entrever su instinto de mando; encerraba cierto espíritu de dictadura
+en su jovialidad; era la prenda principal de su traje un ancho pantalón
+de color mahón con travillas de tejido metálico; llevaba en la mano
+un magnífico roten de doscientos francos, y, como se lo permitía todo,
+una cosa rara llamada cigarro, en la boca. Y como no había para él nada
+sagrado fundaba al mismo tiempo.</p>
+
+<p>—Este Tholomyés es admirable,—decían los otros con cierta veneración.—¡Qué
+pantalones!, y ¡qué energía!</p>
+
+<p>En cuanto á Fantina, era ella la alegría misma. Su espléndida dentadura
+había evidentemente recibido de Dios una obligación, la de reir.</p>
+
+<p>Llevaba en su mano mejor que en la cabeza, su sombrerillo de paja
+cosida, con largas cintas blancas; su poblada cabellera rubia, acostumbrada
+á flotar y destrenzarse fácilmente, obligándola continuamente á
+recogérsela; parecía hecha de intento para representar la fuga de Galata
+entre los sauces. Sus labios de rosa charlaban de un modo encantador;
+los extremos de su boca, voluptuosamente levantados como los de
+los antiguos mascarones de Erígone, parecían animar á los audaces,
+pero sus largas pestañas sombreaban discretamente este atractivo de la
+parte inferior de su rostro como diciendo, ¡cuidado! Todo su tocado
+tenía un no sé qué de encantador y vaporoso. Llevaba un vestido de
+bares color de malva, zapatitos acoturnados color de castaña, sujetados
+con cintas que subían formando X sobre su blanquísima y calada media;
+y aquella especie de pañoleta de muselina, invención marsellesa,
+cuyo nombre, canesú, corrupción de la frase <em>quinze août</em> (quince agosto)
+pronunciada en la Cannebière, significa buen tiempo, color y medio
+día. Las otras tres, menos escrupulosas, como hemos dicho, iban completamente
+descotadas, lo cual en verano, bajo sombreros adornados de
+flores, resulta siempre gracioso y atractivo; pero al lado de ese vestir
+provocativo, el canesú de la rubia Fantina, con sus transparencias, sus
+ligeras indiscreciones y sus reticencias, velando y enseñando á la vez,
+parecía un hallazgo incitativo de la decencia, y en el famoso certamen
+del amor, presidido por la vizcondesa de Cette, con sus ojos verde-mar,
+hubiera tal vez concedido el premio de la coquetería á aquel canesú
+compitiendo en nombre de la castidad. Lo más sencillo resulta muchas
+veces lo mejor. Es lo lógico.</p>
+
+<p>Deslumbradora presencia, delicado perfil, ojos de azul perfecto, grandes
+párpados, pies elásticos y diminutos, las muñecas y tobillos admirablemente<span class="pagenum" id="Page_118">[Pg 118]</span>
+torneados, la piel blanquísima, dejando ver aquí y allá las
+ramificaciones azules de las venas, las mejillas aniñadas y frescas, el
+cuello robusto de las Junos eginéticas, la nuca fuerte y suave, los hombros
+como modelados por Coustou, teniendo en su centro un voluptuoso
+hoyuelo, visible al través de la muselina; un goce velado por el delirio;
+belleza, escultural; tal era Fantina; adivinándose fácilmente bajo aquellos
+pliegues de muselina y aquellas cintas, una estatua, y en la estatua
+un alma.</p>
+
+<p>Fantina era bella, sin saberlo apenas. Los raros soñadores, sacerdotes
+misteriosos de lo bello, que buscan cuidadosamente la perfección en
+todo, hubieran encontrado tal vez en aquella joven obrera, al través de
+la gracia y transparencia parisién, la antigua, eufonía sagrada. Aquella
+hija de las sombras tenía su raza. Era bella bajo ambos aspectos; el estilo
+y el ritmo. El estilo es la forma de lo ideal; el ritmo es el movimiento.</p>
+
+<p>Hemos dicho que Fantina era la alegría; Fantina era igualmente el
+pudor.</p>
+
+<p>Para el observador que la hubiese estudiado detenidamente, lo que
+de ella se desprendía al través de toda la embriaguez propia de la edad,
+de la estación y de los amoríos, era una invencible expresión de modesto
+recato. Siempre estaba como asombrada. Aquél su casto asombro era la
+nube que separa á Psiquis de Venus. Fantina tenía los dedos largos,
+blancos y finos de la vestal que remueve las cenizas del fuego sagrado
+con un alfiler de oro. Por más que no hubiese ella rehusado nada, como
+veremos luego, á Tholomyés, su aspecto, en el reposo, aparecía soberanamente
+virginal; una especie de dignidad seria, tal vez austera, la embargaba
+súbitamente en ciertos momentos, y nada tan singular y vago,
+como ver que la alegría y la ternura se sucedían rápidamente en ella,
+pasando sin transición aparente, del recogimiento á la expansión. Aquella
+gravedad súbita, acentuada severamente á veces, tenía mucho del
+desdén de una diosa. Su frente, su nariz y su barba presentaban un equilibrio
+de líneas, muy distante del equilibrio de la proporción, del cual
+resulta la armonía del rostro; en el característico espacio que separa la
+base de la nariz del labio superior, tenía aquel pliegue imperceptible y
+gracioso, signo misterioso de la castidad, que rindió amoroso á Barbarroja
+á los pies de una Diana encontrada en las excavaciones de Iconia.</p>
+
+<p>Si es falta el amor, era Fantina la inocencia sobrenadando en la falta
+misma.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Tholomyés está tan alegre, que canta una canción española</b></p>
+
+
+<p>Aquel día fué desde el principio al fin una aurora continuada. Toda
+la naturaleza parecía saludar y reir. Los parterres de Saint-Cloud embalsamaban
+el ambiente, el airecillo del Sena movía vagamente el follaje;
+las ramas gesticulando en el viento, las abejas entregadas al saqueo<span class="pagenum" id="Page_119">[Pg 119]</span>
+de los jazmines; toda una <em>bohemia</em> de mariposas se precipitaban sobre los
+trebolados y las avenas; habiendo, en el augusto parque del rey de Francia,
+una multitud de vagamundos, los pájaros.</p>
+
+<p>Las cuatro alegres parejas, mezcladas ante el sol, en el campo, entre
+las flores y los árboles, resplandecían.</p>
+
+<p>Y en aquella comunidad de paraíso, hablando, cantando, corriendo,
+bailando, cazando mariposas, cogiendo campanillas, mojándose los bajos
+con el rocío matinal de las yerbas crecidas, frescas y locas ellas, recibían
+sin la menor malicia, donde quiera que fuése, los besos de ellos,
+excepción hecha de Fantina, encerrada en la vaga resistencia meditabunda
+y esquiva que le era propia.</p>
+
+<p>—Tú,—le decía Favorita,—tú tienes siempre algo.</p>
+
+<p>Esto son los placeres. El paso de aquellas alegres parejas era un llamamiento
+profundo á la vida y á la naturaleza, haciendo surgir por do
+quiera el amor y la luz. Existió en otros tiempos una hada, que hizo expresamente
+praderas y árboles para los enamorados. De ahí esa eterna
+costumbre de hacer novillos amorosos, que renace incesantemente, y
+que durará tanto cuanto existan praderas y estudiantes. De ahí la popularidad
+de la primavera entre los pensadores. El patricio y el ganapán,
+el duque y el par y el botarate, la gente de la corte como el populacho,
+según se decía en otros tiempos, todos están subordinados á esa
+hada.</p>
+
+<p>Se ríe, se busca; ¡existe en el aire una luz de apoteosis, una transfiguración
+de amor! Los pasantes de escribano son allí dioses. Y los chillidos,
+y las cogidas al vuelo, aquellas ocurrencias que parecen melodías,
+aquellas adoraciones que estallan en la manera de soltar un vocablo,
+aquellas cerezas arrancadas por una á otra boca, todo irradia y pasa
+entre celestiales alegrías. Las muchachas hacen un grato despilfarro de
+sí mismas. Se imaginan que aquello no ha de tener fin. Los filósofos, los
+poetas, los pintores admiran aquellos éxtasis sin saber qué hacer, tanto
+se deslumbran. ¡El rapto de Citerea! exclama Watteau; Lancret, el pintor
+de la plebe, contempla sus artesanos envueltos en lo azul; Diderot
+tiende los brazos á todos sus amoríos, y de Urfé los mezcla con los
+druidas.</p>
+
+<p>Después de almorzar, las cuatro parejas fueron á ver, allí donde se
+conocía á la sazón por Jardín del rey, una planta recién venida de la
+India, cuyo nombre no recordamos en este instante, y que en aquella
+época atraía á todo París á Saint-Cloud; un caprichoso y bello arbolito
+de un tallo, cuyas innumerables ramas, finas como hilos, enmarañadas
+y sin hojas, aparecían cubiertas por millares de rositas blancas; lo cual
+hacía que el arbolito se pareciese á una cabellera sembrada de flores.
+Siempre estaba cercado de admiradores.</p>
+
+<p>Visto el arbusto, exclamó Tholomyés,—¿demos una carrera en burros?—y
+ajustado precio con un burrero, regresaron por Vanvres é Issy. En<span class="pagenum" id="Page_120">[Pg 120]</span>
+Issy tuvieron un incidente. El parque, perteneciente á bienes nacionales,
+posesión entonces del asentista Bourguin, estaba por casualidad
+abierto de par en par. Atravesaron la verja, visitaron al maniquí anacoreta
+en su gruta, gozáronse en los misteriosos efectos del famoso gabinete
+de los espejos, lasciva trampa digna de un sátiro hecho millonario,
+ó de Turcaret metamorfoseado en Priapo. Sacudieron fuertemente
+el gran columpio de mallas sujeto á los dos castaños celebrados por el
+abate de Bernis. Al par que columpiaba á las lindas muchachas una tras
+otra, lo que hacía, en medio de la risa general, volar los pliegues de las
+faldas, en lo cual Greuze hubiera deseado extasiarse, el tolosano Tholomyés,
+algo español, puesto que Toulouse es prima-hermana de Tolosa,
+cantó en melancólico acento una antigua canción <em>gallega</em>, inspirada
+probablemente por alguna linda muchacha lanzada á todo vuelo sobre
+una cuerda entre dos árboles:</p>
+
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p>Soy de Badajoz.<br>
+Amor me llama.<br>
+Toda mi alma,<br>
+Es en mis ojos,<br>
+Porque enseñas<br>
+Á tuas piernas.</p>
+</div>
+</div>
+
+
+<p>Fantina solamente, se negó á ser columpiada.</p>
+
+<p>—No gusto de semejante género,—murmuró agriamente Favorita.</p>
+
+<p>Al dejar los burros, dieron con una nueva diversión; embarcándose,
+siguieron por el Sena hasta Passy, desde cuyo punto fueron á pie hasta
+la barrera de la Estrella. Estaban levantados, según ya sabemos, desde
+las cinco de la mañana; pero ¡ay! <em>¿existe por ventura, quien se canse
+en domingo</em>, decía Favorita; <em>el trabajo del domingo no fatiga.</em> Á eso de
+las tres, las cuatro parejas, azoradas de dicha, precipitábanse por las
+montañas rusas, construcción singular que ocupaban entonces las alturas
+de Beaujon, cuya línea tortuosa se veía serpentear por cima de los
+árboles de los Campos Elíseos.</p>
+
+<p>De cuando en cuando, Favorita exclamaba:</p>
+
+<p>—¿Y la sorpresa? Espero la sorpresa.</p>
+
+<p>—Paciencia,—respondió Tholomyés.</p>
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>En casa de Bombarda</b></p>
+
+
+<p>Cansados ya de montañas rusas, pensaron en comer, y la radiante
+octava, á paso no muy ligero, caminó hasta chocar con el bodegón
+Bombarda, sucursal que había establecido en los Campos Elíseos el famoso
+fondista Bombarda, cuya muestra brillaba á la sazón en la calle de
+Rivolí junto al pasaje Delorme.</p>
+
+<p>Una pieza grande pero desmantelada, con alcoba y cama al fondo
+(á causa de la gran concurrencia dominguera en el figón, les fué preciso<span class="pagenum" id="Page_121">[Pg 121]</span>
+contentarse con semejante albergue); dos ventanas desde las cuales se
+podía contemplar, al través de los olmos, el muelle y la corriente; un
+magnífico rayo del sol de agosto penetraba por ambas ventanas; dos
+mesas, hízose sobre una de ellas una montaña de ramilletes y sombreros de
+hombre y de mujer, y en la otra las cuatro parejas sentadas al rededor
+de un montón de platos, de bandejas, de vasos y botellas; jarros de cerveza
+mezcladas con botellas de vino; poco orden sobre la mesa, y no escaso
+desorden debajo:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p><span style="margin-left: 2em;">Bajo la mesa había</span><br>
+Un barullo de pies que estremecía.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>dijo Molière.</p>
+
+<p>He aquí el estado, á eso de las cuatro y media de la tarde, de aquella
+gira empezada á las cinco de la mañana. El sol declinaba y el apetito se
+extinguía.</p>
+
+<p>Los Campos Elíseos, llenos de sol y de gentío, no eran otra cosa que
+luz y polvo, los dos componentes de la gloria. Los caballos de Marly,
+aquellos mármoles relinchadores, caracoleaban entre una nube de oro.
+Los carruajes iban y venían. Un escuadrón de vistosos guardias de
+corps, con su clarín al frente, descendía por la avenida de Neuilly; la
+bandera blanca, vagamente coloreada por el sol poniente, flotaba sobre
+la cúpula de las Tullerías. La plaza de la Concordia, llamada nuevamente,
+á la sazón, plaza de Luis XV, rebosaba de alegres paseantes.
+Llevaban muchos la flor de lis, de plata, pendiente de una cinta blanca
+moaré que, en 1817, no había todavía desaparecido siquiera de los ojales. Aquí
+y allí, entre los paseantes formando corro y recogiendo aplausos,
+veíanse grupos de muchachas, dando á los vientos una canción borbónica,
+célebre entonces, escrita para atacar los Cien Días, la cual tenía
+el siguiente estribillo:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="chapter">
+<p>Devolvednos nuestro padre de Gante;<br>
+Devolvednos nuestro padre.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Muchos habitantes de los arrabales vestidos de fiesta, algunos igualmente
+flordelisados como los vecinos del centro, esparcidos entre el gran
+cuadro, así como también por el de Marigny, jugaban sortijas y daban
+vueltas en los caballos de madera; otros bebían; no faltaban tampoco
+algunos aprendices de imprenta, con sus gorras de papel; oíanse mil
+carcajadas. Todo aparecía radiante. Era aquél un tiempo de paz innegable
+y de profunda seguridad realista; era época en la cual en una memoria
+especial é íntima del prefecto de policía Anglés, dirigida al rey
+acerca de los arrabales de París, venían escritas al final estas palabras:</p>
+
+<p>«Considerándolo todo bien, señor, no hay nada que temer de tales
+gentes. Son apáticos é indolentes como gatos. La plebe de provincias
+es turbulenta, la de París no. Estos son todos hombrecillos. Señor, se
+necesitarían dos de éstos, uno sobre otro, para hacer uno de vuestros
+granaderos. No hay, por lo tanto, que temer nada del populacho de la<span class="pagenum" id="Page_122">[Pg 122]</span>
+capital. Es muy de notar lo que la talla ha decrecido en esta población
+en los últimos cincuenta años; el pueblo de los arrabales de París es
+más desmedrado que antes de la Revolución. No es, pues temible. En
+suma, es una canalla bastante buena».</p>
+
+<p>Que pudiese un gato convertirse en león, es lo que no creían posible
+los prefectos de policía; y sin embargo lo es, y es éste el milagro del pueblo
+de París. Por otra parte, el gato, tan menospreciado por el conde de
+Anglés, era muy estimado de las antiguas repúblicas; encarnaba á sus
+ojos la libertad, y como para hacer juego con la Minerva áptera del
+Pireo, había en medio de la plaza pública de Corinto, el coloso de bronce
+de un gato. La inocente policía de la restauración juzgaba demasiado
+«bueno» al pueblo de París. Éste no es, tanto como se creía, «buena
+canalla». El parisién es al francés, lo que el ateniense al griego; no hay
+quien duerma mejor que él; no hay quien sea más francamente frívolo y
+perezoso que él; no hay quien aparente saber mejor que él, olvidar; no
+obstante, no hay que fiar en ello; es muy propenso á toda clase de negligencia;
+pero, cuando al fin distingue la gloria, es verdaderamente admirable
+en su furia. Dadle una pica, y realizará el 10 de agosto; dadle
+un fusil, y os dará un Austerlitz. Es el punto de apoyo de Napoleón y el
+recurso de Dantón. ¿Se trata de la patria? se alista; ¿se trata de la libertad?
+desempiedra. ¡Cuidado! sus cabellos llenos de cólera son épicos; su
+blusa se despliega en clámide. ¡Mucho cuidado! De la primera calle Grenetant
+que encuentre, hará horcas caudinas. Si la hora suena, ese hombre
+de los arrabales se crecerá, ese hombrecillo se elevará; su mirada
+será terrible, y de su soplo surgirá la tempestad, y de sus pobres y débiles
+pechos, saldrá bastante aire para trastornar las sinuosidades de los
+Alpes. Gracias á estos hombrecillos de los arrabales de París, que la revolución
+mezcló en sus ejércitos, conquistó la Europa. Canta, ésta es su
+alegría. Adaptad la canción á su naturaleza, y ya veréis. Mientras su
+canto no tiene más estribillo que la <em>Carmañola</em>, no hace sino derribar
+á Luis XVI; pero hacedle cantar <em>la Marsellesa</em>, y libertará el mundo.</p>
+
+<p>Escrita esta observación al margen de la memoria de Anglés, volvamos
+á nuestras cuatro parejas. La comida, como hemos ya dicho, terminaba.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Capítulo de amor</b></p>
+
+
+<p>Proyectos de sobremesa y proyectos de amor; desvanécense unos y
+otros con la misma facilidad; los proyectos de amor son nubes, los proyectos
+de sobremesa humo.</p>
+
+<p>Fameuil y Dalia tarareaban; Tholomyés bebía; Zefina reía, y sonreía
+Fantina. Listolier soplaba en una trompetilla de madera que había
+comprado en Saint-Cloud. Favorita contemplaba tiernamente á Blachevelle,
+y le decía:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_123">[Pg 123]</span></p>
+
+<p>—Blachevelle, te adoro.</p>
+
+<p>Lo cual dió por resultado la siguiente pregunta de Blachevelle:</p>
+
+<p>—¿Qué es lo que harías, Favorita, si yo dejara de amarte?</p>
+
+<p>—¡Yo!—exclamó Favorita.—¡Ah! no digas tal cosa, ni aun en broma.
+Si dejaras de amarme, te me echaría encima, te agarraría, te arañaría,
+te remojaría y te haría prender...</p>
+
+<p>Blachevelle sonrió con la voluptuosa fatuidad de un hombre halagado
+en su amor propio. Favorita repuso:</p>
+
+<p>—Sí, chillaría, llamaría á la guardia.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¿Creías que iba á acobardarme? ¡Bribón!</p>
+
+<p>Blachevelle, extasiado, se revolvió en su silla, y cerró orgullosamente
+sus ojos.</p>
+
+<p>Dalia, sin dejar de comer, díjole por lo bajo á Favorita entre el murmullo:</p>
+
+<p>—Es decir, ¿que tú idolatras de verdad á tu Blachevelle?</p>
+
+<p>—¿Yo? le detesto,—respondió Favorita en el mismo tono, cogiendo
+nuevamente su tenedor.—Es avaro. Á quien yo amo, es al pequeñín que
+vive enfrente de mi casa. Es muy guapo aquel chico; ¿tú le conoces? Se
+ve desde luego que tiene trazas de actor. Me agradan mucho los actores.
+Siempre, cuando entra en su casa, le dice su madre:—¡Ah, Dios
+mío! ya se acabó la tranquilidad. ¡Ay, ay! que va á cantar. Pero, hijo
+mío, ¿no ves que me estás partiendo la cabeza?—Porque, eso sí, en
+cuanto llega á casa, en el desván, en la guardilla, donde quiera que
+pueda encaramarse, cuanto más alto mejor. Allí canta, declama, y qué
+sé yo, pero tan fuerte, que se le oye desde abajo perfectamente. Se gana
+ya veinte sueldos diarios en casa de un abogado copiando enredos. Es
+hijo de un antiguo chantre de Saint-Jacques-du-Haut-Pas. ¡Oh! ¡magnífico!
+Me quiere tanto, que un día que me vió haciendo masa para un
+frito, me dijo: <em>Señorita, si hacéis buñuelos con vuestros guantes, me
+los como</em>. No hay como los artistas para tener salidas de este jaez.
+¡Magnífico! ¿verdad? Temo que voy á volverme loca por este pequeñín.
+No obstante, yo digo á Blachevelle que le adoro. ¡Cómo miento! ¿eh?
+¡cómo miento!</p>
+
+<p>Favorita se paró un momento, y prosiguió:</p>
+
+<p>—Dalia, ¿qué quieres? estoy triste. No ha hecho este verano más que
+llover, el viento me excita, el viento no desencoleriza nunca; Blachevelles
+no tiene pies ni cabeza; ni siquiera sabe si hay guisantes en el mercado,
+así es que una no sabe qué comer; tengo <em>spleen</em>, como dicen los
+ingleses; ¡la manteca está cara! y luego, ya ves, ¡es horroroso! estamos
+comiendo en un lugar donde hay una cama: esto me hace aborrecer la
+vida.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_124">[Pg 124]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Sabiduría de Tholomyés</b></p>
+
+
+<p>Mientras cantaban algunos, hablaban los otros tumultuosamente,
+todos al mismo tiempo; lo cual no era en conjunto más que ruido. Tholomyés
+intervino.</p>
+
+<p>—No hablemos todos sin ton ni son, ni demasiado aprisa,—exclamaba.—Meditemos
+antes si queremos deslumbrar. Basta de improvisaciones,
+que debilitan brutalmente el espíritu. Cerveza que se derrama, nada solidifica.
+Señores, no hay que precipitarse. Mezclemos la seriedad á la broma;
+comamos comedidamente, banqueteemos poquito á poco. Nada de prisas.
+Ved la primavera; cuando se adelanta está perdida, es decir, helada. El
+exceso de celo pierde los melocotones y los albaricoques. El exceso de
+celo, quita la alegría y la gracia de los festines. Nada de celo, señores.
+Grimod de la Reyniére es del parecer de Talleyrand.</p>
+
+<p>Una sorda rebelión recorrió el grupo.</p>
+
+<p>—¡Tholomyés, déjanos en paz,—dijo Blachevelle.</p>
+
+<p>—¡Abajo el tirano!—exclamó Fameuil.</p>
+
+<p>—¡Bombarda<a id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>, Bombance y Baboche!—gritó Listolier.</p>
+
+<p>—El domingo existe,—repuso Fameuil.</p>
+
+<p>—Somos todos sobrios,—añadió Listolier.</p>
+
+<p>—Tholomyés,—observó Blachevelle,—contempla mi calma <em>(mon calme)</em>.</p>
+
+<p>—Eres el marqués de ella,—respondió Tholomyés.</p>
+
+<p>Este vulgar juego de palabras, hizo el efecto de una piedra arrojada
+á un charco. El marqués de <em>Montcalm</em> era un realista célebre á la sazón.
+Todas las ranas se quedaron mudas.</p>
+
+<p>—¡Amigos!—exclamó Tholomyés, con el acento de quien recobra su
+imperio,—tranquilizaos. No era necesario tanto estupor para acoger este
+equívoco llovido del cielo. Todo lo que así brota de la casualidad no es
+necesariamente digno de entusiasmo ni respeto. El equívoco es el fiemo
+del ingenio que vuela. Lo lacio cae, no importa donde; pero el ingenio
+después de haber soltado una tontería, se eleva y pierde de vista en el
+espacio. Una mancha blancucha que se aplasta contra una roca, no le
+impide al cóndor cernerse en el espacio. ¡Lejos de mí insultar el equívoco!
+Le honro en relación á sus méritos; nada más. Cuanto ha existido de
+más augusto, más sublime ó más bello en la humanidad, y aún tal vez
+fuera de ella, ha producido sus juegos de palabras. Jesucristo hizo un
+equívoco, acerca de San Pedro, Moisés acerca de Isaac; Esquilo acerca
+de Polinice; Cleopatra acerca de Octavio. Y es de advertir, que el equívoco
+de Cleopatra precedió á la batalla de Accio y que sin él nadie recordaría
+la ciudad de Toryne, palabra griega que significa cucharón.</p>
+<p><span class="pagenum" id="Page_125">[Pg 125]</span></p>
+<p>Concedido lo dicho, vuelvo á mi exhortación. Hermanos míos, os lo repito,
+nada de celo, nada de confusión, nada de excesos; así en agudezas
+como en bromas, libertades y juegos de palabras. Atended, yo reúno á
+la prudencia de Anfiarao la calvicie de César. Es indispensable un límite
+en todo hasta en lo jeroglífico. <em>Est modus in rebus.</em> Siempre es indispensable
+el límite, aun en las comidas. Gustáis de los pasteles de
+manzanas, señoras, no abuséis de ellos. Aun tratándose de pasteles, es
+indispensable el arte y el buen sentido. La glotonería castiga al glotón.
+<em>Gula punit Gulam.</em> Las indigestiones tienen el encargo divino de moralizar
+los estómagos. Y tened esto bien presente; cada una de nuestras
+pasiones, incluso el amor, tiene su estómago que es preciso no rellenar.
+En todo lo mundanal es preciso escribir á tiempo la palabra <em>finis</em>; es
+preciso saber contenerse cuando aparece urgente, echar el cerrojo sobre
+el apetito, aprisionar la fantasía, y ser uno mismo quien la lleve á la
+cárcel. El sabio es aquél que sabe, en momento oportuno, contenerse á
+sí mismo. Tened alguna confianza en mí. Porque á menudo yo he estudiado
+algo el derecho, según rezan mis exámenes, por más que yo sepa
+la indiferencia que media entre la cuestión incoada y la cuestión pendiente,
+porque yo haya sostenido, en latín, una tesis sobre la manera
+con la cual se daba en Roma tormento, en los tiempos en que Munatius
+Demens fué cuestor de parricidio, porque yo voy á ser doctor, según
+parece, no se sigue de todo ello la indispensable consecuencia de que
+sea yo un imbécil. Os recomiendo la moderación en vuestros deseos.
+Tan cierto como me llamo yo Félix Tholomyés, que estoy en lo justo.
+¡Dichosos aquéllos que al sonar la hora de la oportunidad saben tomar
+el partido heroico de abdicar como Sila ú Orígenes.</p>
+
+<p>Favorita escuchaba con profunda atención.</p>
+
+<p>—¡Félix!—exclamó ella,—¡bonito nombre! Me gusta. Es latino. Quiere
+decir Próspero.</p>
+
+<p>Tholomyés prosiguió:</p>
+
+<p>—<em>¡Quirites, gentlemen, mes amis, caballeros!</em> ¿Queréis no sentir ningún
+aguijón, y prescindir del lecho nupcial riéndoos del amor? Nada
+más sencillo. He aquí la receta: limonadas, mucho ejercicio, trabajar á
+la fuerza, derrengarse, trajinar piedra, no dormir, velar: tragar en
+gran cantidad bebidas nitradas, y tisanas nínfeas: saboread emulsiones
+de adormideras y de agnus castus, sazonad todo esto de una dieta rígida;
+reventad de hambre: añadid además baños fríos, cinturones de yerbas,
+la aplicación de una plancha de plomo, las lociones con licor de saturno
+y reparaos con oxicrato.</p>
+
+<p>—Prefiero una hembra á todo ello,—dijo Listolier.</p>
+
+<p>—¡Las hembras!—repuso Tholomyés,—no son de fiar. ¡Desgraciado
+del que se entrega al mudable corazón de la hembra! La hembra es pérfida
+y torcedora. Detesta á la serpiente por celos de su industria. La serpiente
+es para ella el tendero de enfrente.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_126">[Pg 126]</span></p>
+
+<p>—Tholomyés,—gritó Blachevelle,—¡tú estás bebido!</p>
+
+<p>—¡Cáspita!—dijo Tholomyés.</p>
+
+<p>—Entonces, alégrate,—repuso Blachevelle.</p>
+
+<p>—¡Consiento!—respondió Tholomyés.</p>
+
+<p>Y levantóse llenando nuevamente su vaso.</p>
+
+<p>—¡Gloria al vino! <em>¡Nunc te, Bacche, canam!</em> Con permiso, damiselas,
+esto es español. Y la prueba, <em>señoras</em>, vedla ahí: Tal pueblo tal tonel.
+La arroba de Castilla tiene diez y seis litros, el cántaro de Alicante
+doce, el almud de Canarias veinticinco, el cuartal de las Baleares veintiséis,
+la bota del zar Pedro, treinta. ¡Viva aquel gran zar; y viva su
+bota, que era aún más grande! Señoras, un consejo de amigo: equivocad
+la pareja, si os parece, la esencia de los amores está en el error. El amorcillo
+no se ha hecho para acurrucarse y embrutecerse como las criadas
+inglesas que llegan á encallecerse de las rodillas. El amorcillo, repito,
+no se ha hecho para eso, sino para errar vagamente, entre dulces y ligeros
+amoríos. Alguien ha dicho: el error es humano, y yo digo: el error
+es enamorado. Señoras, á todas os adoro. ¡Oh Zefina! ¡oh Josefina cara
+más que achatada; seríais encantadora á no estar de perfil. Tenéis las
+trazas de una hermosa fisonomía, sobre la cual, por equivocación, se
+hubiese sentado alguien. En cuanto á Favorita, ¡oh ninfas y musas! un
+día Blachevelle, por el arroyo de la calle Guérin-Boiseau, vió una linda
+muchacha de medias blancas y ajustadas, que dejaba entrever muy buenas
+piernas. Semejante prólogo le agradó, y Blachevelle amó. Aquélla á
+quien amó, fué Favorita. ¡Oh, Favorita, la de los labios jónicos! Hubo
+un pintor griego llamado Euforión, á quien se daba el nombre de pintor
+de los labios. Solamente aquel griego hubiera sido digno de pintar tu
+boca. Óyeme: antes que tú, no hubo jamás criatura digna de tal nombre.
+Tú has sido hecha para recibir, como Venus, la manzana, ó para comértela
+como Eva. La belleza comienza en ti. He hablado de Eva, pero eres
+tú quien la creó. Tú mereces el privilegio de invención de la mujer hermosa.
+¡Oh! Favorita, dejo de tutearos porque voy á pasar de la poesía á
+la prosa. Hace poco teníais en vuestra linda boca mi nombre. Esto me
+ha enternecido; pero sea quien fuere, nadie debe fiarse de su nombre.
+Puede uno equivocarse. Yo me llamo Félix, y sin embargo soy un infeliz.
+Las palabras son de los mentirosos. No debemos aceptar jamás sus
+indicaciones ciegamente. Sería un disparate escribir á Lieja pidiendo tapones,
+y á Pau pidiendo guantes. Miss Dalia, yo, á ser de vos, me llamaría
+Rosa. Es preciso que la flor huela bien; y que la mujer sea ingeniosa.
+De Fantina, nada debo decir; es una soñadora, una visionaria,
+una delirante, una sensitiva: es un fantasma, en forma de ninfa y con el
+pudor de beata, extraviada en la senda de las grisetas, pero refugiándose
+en sus ilusiones; que canta, que reza, que contempla el cielo sin saber
+lo que mira ni lo que hace, y que con sus ojos fijos en el espacio, vaga
+errante por un jardín, en el cual cree haber más pájaros que no existen.<span class="pagenum" id="Page_127">[Pg 127]</span>
+¡Oh! ¡Fantina! hazte cargo de lo que voy á decirte: yo, Tholomyés, soy
+una ilusión; pero ¡ay que la bellísima rubia, hija de las quimeras no me
+entiende! Por lo demás, todo es en ella frescura, suavidad, juventud,
+dulcísima luz de la mañana. ¡Oh Fantina! muchacha digna de llamarse
+Margarita ó Perla, sois una mujer del bellísimo Oriente. Señoras, otro
+consejo: no os caséis jamás; el casamiento es un injerto, que prende bien
+ó mal, huid el peligro: Pero ¡ay! ¿á quién se lo estoy contando? Esto son
+palabras perdidas. Las mujeres son todas incurables tratándose de matrimonio;
+y todo cuanto podamos decirles, nosotros los sabios, no ha de
+impedir que las chalequeras, y las pespunteadoras de borceguíes sueñen
+en maridos llenos de diamantes. En fin, sea; pero, hermosas, recordad
+bien esto: vosotras coméis demasiado azúcar. Vosotras, no tenéis más
+que una sola falta, ¡oh mujeres! la de estar siempre con el dulce en la
+boca. ¡Oh! sexo roedor, tus hermosos y diminutos dientes blancos, adoran
+el azúcar. Pero, atended: el azúcar es una sal. Toda sal es secante,
+y es el azúcar la más secante de todas las sales. Absorbe, al través de las
+venas, los líquidos de la sangre; de ahí la coagulación y luego la solidificación
+de la sangre; de ahí los tubérculos en el pulmón; de ahí la
+muerte. He aquí porque la diabetes linda con la tisis. ¡Por lo tanto, no
+comer mucho dulce, y á vivir! Ahora me dirijo á los hombres: señores,
+haced muchas conquistas. Robaos los unos á los otros, sin el menor remordimiento,
+vuestras queridas. Cazad, cruzad. En amor no hay amigos.
+Do quiera que exista una mujer hermosa están siempre rotas las
+hostilidades. ¡Nada de cuartel, guerra á todo trance! Toda hermosura
+femenil es un <em>casus belli</em>; toda mujer bella, un flagrante delito. Todas
+las invasiones históricas, están señaladas por las faldas. La mujer es el
+derecho del hombre. Rómulo se llevó las sabinas, Guillermo las sajonas,
+César las romanas. El hombre que no es amado, se cierne como un buitre
+sobre las amantes de los demás; y, por mi parte, á todas las infortunadas
+que andan en la viudez, lanzo la sublime proclama de Bonaparte
+al ejército de Italia: ¡Soldados, estáis faltos de todo. El enemigo lo
+tiene».</p>
+
+<p>Tholomyés se paró un momento.</p>
+
+<p>—Respira, Tholomyés,—dijo Blachevelle.</p>
+
+<p>Y al mismo tiempo, Blachevelle, acompañado de Listolier y de Fameuil
+entonó sobre un aire lastimero, una de estas canciones de taller,
+compuesta con las primeras palabras que se ocurren, bien ó mal rimadas,
+vacías de sentido como el movimiento de los árboles y el ruido del
+viento, que nacen al calor de las pipas y se elevan y desvanecen como
+el calor mismo.</p>
+
+<p>He aquí la canción con la cual el grupo replicó la arenga de Tholomyés:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_128">[Pg 128]</span></p>
+
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry"><p>Los pavos padres le dieron<br>
+Dinero á un agente<br>
+Para hacer, por San Juan, papa<br>
+Á Clermont Tonerre.<br>
+Pero Clermont no fué papa<br>
+Porque no era clérigo;<br>
+Y el agente regañando<br>
+Devolvió el dinero.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>No fué la canción á propósito para calmar á la improvisación de Tholomyés;
+apuró pues su vaso, y volviendo á llenarlo comenzó de nuevo:</p>
+
+<p>—¡Abajo la sabiduría! olvidad cuanto os he dicho. No seamos ni poderosos,
+ni prudentes, ni hombres de pro. Dedico un brindis á la alegría.
+¡Sed alegres! Completamos nuestro curso de derecho con la locura y el
+alimento. Indigestión y Digesto. ¡Que sea Justiniano el varón y Francachela
+la hembra! ¡Júbilo en los profundos! ¡Rueda creación! El mundo
+es un gran diamante. Soy feliz. Los pájaros son admirables. ¡Cuánta
+fiesta en todas partes! El ruiseñor es un Elleviou gratis. ¡Estío, yo te saludo!
+¡Oh Luxemburgo! ¡Oh Geórgicas de la calle Madame y de la Alameda
+del Observatorio! ¡Oh pollos pensativos! ¡Oh todas aquellas lindas
+muchachas, que mientras cuidan de guardar los niños, se entretienen
+bosquejándolos! Las pampas de América me complacerían si careciésemos
+de los arcos del Odeón. Mi alma se eleva y se extasía en los bosques
+vírgenes, florestas y praderas. ¡Todo es bello! Las moscas zumbando entre
+los rayos del sol. El sol ha estornudado el colibrí. ¡Abrázame, Fantina!</p>
+
+<p>Y equivocándose, abrazó á Favorita.</p>
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Muerte de un caballo</b></p>
+
+
+<p>—Se come mejor en casa Edón que en casa Bombarda,—dijo Zefina.</p>
+
+<p>—Yo prefiero Bombarda á Edón,—contestó Blachevelle.—Hay más
+lujo. Es más asiático. Ved los comedores de abajo. Tienen espejos en las
+paredes.</p>
+
+<p>—Prefiero tenerlos ante mis ojos,—añadió Favorita.</p>
+
+<p>Blachevelle insistió:</p>
+
+<p>—Ved los cuchillos: los mangos de los de casa Bombarda son de plata,
+y de hueso los de casa Edón. Y la plata es mucho más preciosa que
+el hueso.</p>
+
+<p>—Si exceptuamos á los que tienen de plata la barba,—observó Tholomyés.</p>
+
+<p>En este instante, tenía puesta la mirada en la cúpula de los inválidos,
+visible desde las ventanas de casa Bombarda.</p>
+
+<p>Hubo una pausa.</p>
+
+<p>—Tholomyés,—exclamó de repente Fameuil;—Listolier y yo estábamos
+discutiendo...</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_129">[Pg 129]</span></p>
+
+<p>—Bueno es el discutir,—respondió Tholomyés, pero mejor es reñir.</p>
+
+<p>—Disputábamos sobre filosofía.</p>
+
+<p>—¿Y era?</p>
+
+<p>—Sobre quién tú prefieres, ¿si á Descartes ó á Espinosa?</p>
+
+<p>—Á Desaugiers,—dijo Tholomyés.</p>
+
+<p>Dada esta sentencia, bebió y continuó.</p>
+
+<p>—Yo consiento en vivir. No ha terminado todo aún en la tierra, puesto
+que todavía se puede disparatar. Doy pues gracias á los dioses inmortales.
+Se miente, pero se ríe. Se afirma, pero se duda. Lo inesperado surge
+del silogismo. Esto es magnífico. Existen todavía aquí abajo seres humanos
+que saben abrir y cerrar alegremente la caja de sorpresas de la paradoja.
+Esto, señoras mías, que estáis bebiendo con aire tan tranquilo,
+es vino de Madera; sabedlo, de la cosecha de Coural das Freiras, que
+está á trescientas diez y siete toesas sobre el nivel del mar. ¡Cuidado al
+beber! ¡trescientas diez y siete toesas! y el señor Bombarda, espléndido
+fondista, os da estas trescientas diez y siete toesas por cuatro francos y
+cincuenta sueldos.</p>
+
+<p>Fameuil interrumpió nuevamente:</p>
+
+<p>—Tholomyés, tus opiniones hacen ley. ¿Cuál es tu autor favorito?</p>
+
+<p>—Ber...</p>
+
+<p>—¿Quién?</p>
+
+<p>—No, Choux.</p>
+
+<p>Tholomyés prosiguió:</p>
+
+<p>—¡Honor á Bombarda! él igualaría á Munofis de Elefanta si pudiera
+cogerme una almeja, y á Thygelion de Cheronée si pudiera traerme una
+hetaira! porque ¡oh señoras! hubo también Bombardas en Grecia y Egipto.
+Apuleyo es quien nos lo enseña. ¡Ay! siempre lo mismo, nada nuevo
+jamás. ¡Nada hay inédito del Creador, en la creación! <em>Nil sub sole novum</em>,
+dijo Salomón: <em>amor omnibus idem</em>, ha dicho Virgilio; y Carabine se
+embarca con Carabin en la barca de Saint-Cloud, como se embarcaba
+Aspasia con Pericles en la flota de Samos. La última palabra. ¿Sabéis lo
+que era Aspasia, señoras? Por más que viviera en tiempo en que las mujeres
+no tenían alma todavía, era un alma; un alma de tinte rosa y púrpura,
+más ardiente que el fuego, más fresca que la aurora. Aspasia era
+una criatura en la cual se encontraban los dos extremos de la mujer; era
+la prostituta diosa; Sócrates, más Manón Lescaut. Aspasia fué creada
+para el caso de que le hiciese falta una concubina á Prometeo.</p>
+
+<p>Tholomyés, engolfado, difícilmente se hubiera parado, si un caballo
+no se hubiese caído en la calle en aquel momento. De un solo golpe, la
+carreta y el orador quedaron parados. Era una pobre yegua vieja y flaca,
+digna por más de un concepto del desolladero, que tiraba de una carreta
+harto pesada. Al llegar delante de la casa de Bombarda, el escuálido
+animal, extenuadas sus fuerzas, negóse á dar un paso más. El incidente<span class="pagenum" id="Page_130">[Pg 130]</span>
+había atraído multitud de curiosos. Apenas el carretero, jurando
+indignado, había tenido tiempo de pronunciar con la energía acostumbrada
+la sacramental palabra <em>¡arre!</em> apoyada en un implacable latigazo,
+cuando dió la yegua con su cuerpo en el suelo, para no volverse á levantar.
+Al ruido de los transeuntes agrupados, el alegre auditorio de
+Tholomyés volvió la cabeza, y Tholomyés aprovechó, para terminar su
+alocución, la siguiente melancólica estrofa:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p>Pertenecía á un mundo que da, en coches y carros<br>
+<span style="margin-left: 4em;">Destino semejante;</span><br>
+Fué rocín, y ha vivido lo que todo caballo,<br>
+<span style="margin-left: 4em;">El espacio de un: «arre».</span></p>
+</div>
+</div>
+
+<p>—¡Pobre caballo!—suspiró Fantina.</p>
+
+<p>Y Dalia exclamó:</p>
+
+<p>—¡He aquí á Fantina compadeciéndose de los caballos! ¡Puede darse
+mayor tontería!</p>
+
+<p>En el mismo instante, Favorita, cruzándose de brazos, echando la
+cabeza hacia atrás y dirigiendo una mirada resuelta á Tholomyés, exclamó:</p>
+
+<p>—¡Bien! ¿Y la sorpresa?</p>
+
+<p>—Precisamente ha llegado el instante,—respondió Tholomyés.—Señores,
+la hora de sorprender á estas señoras ha llegado. Señoras, esperaos
+un momento.</p>
+
+<p>—Esto comienza por un beso,—dijo Blachevelle.</p>
+
+<p>—En la frente,—añadió Tholomyés.</p>
+
+<p>Cada uno depositó gravemente un beso en la frente de su querida;
+luego, alineados los cuatro y con un dedo en la boca, se dirigieron á la
+puerta.</p>
+
+<p>Favorita palmoteó aplaudiendo aquella salida.</p>
+
+<p>—Esto es ya divertido,—dijo.</p>
+
+<p>—No tardéis mucho,—murmuró Fantina.—Quedamos esperando.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>Gracioso fin de la alegría</b></p>
+
+
+<p>Las muchachas, al quedarse solas, acopláronse dos á dos, y apoyándose
+en los antepechos de ambas ventanas, sacaban la cabeza y hablaban
+unas con otras.</p>
+
+<p>Vieron salir á los cuatro jóvenes de casa de Bombarda dándose el
+brazo; volvieron ellos la cabeza haciendo algunas señas y riéndose, hasta
+que desaparecieron entre aquella polvorienta multitud dominguera
+que invade semanalmente los Campos Elíseos.</p>
+
+<p>—¡No tardéis mucho!—gritó Fantina.</p>
+
+<p>—¿Qué es lo que van á traernos?—dijo Zefina.</p>
+
+<p>—Va á ser, de seguro, algo bonito,—dijo á su vez Dalia.</p>
+
+<p>—Yo,—replicó Favorita,—quiero que sea de oro.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_131">[Pg 131]</span></p>
+
+<p>Pronto se distrajeron con el movimiento y barullo del gentío que
+circulaba junto al río y que distinguían por entre el follaje de los grandes
+árboles, lo cual no dejaba de ser para ellas muy divertido. Era
+aquella la hora de salida de correos y diligencias. Casi todas las mensajerías
+del Mediodía y del Oeste pasaban entonces por los Campos Elíseos.
+La mayor parte seguían por el muelle hasta salir por la barrera
+de Passi. Á cada instante, algún gran carruaje pintado de negro y amarillo,
+pesadamente cargado, ruidosamente arrastrado, deforme á fuerza
+de baúles, maletas, sacos y cajones, lleno de cabezas que desaparecen
+inmediatamente, tronchando el empedrado y convirtiendo en pedernales
+los adoquines, abríanse paso entre la multitud, en medio del chisporroteo
+de una fragua cuyo humo era el polvo y el aliento de una furia.
+Aquel estrépito parecía alegrar á las jóvenes, mientras Favorita exclamaba:</p>
+
+<p>—¡Vaya un ruido! Cualquiera diría que son montañas de cadenas
+que el diablo las lleva.</p>
+
+<p>Llegó un momento en que uno de aquellos carruajes, que se distinguía
+fácilmente por entre la espesura de los olmos, pareció pararse, volviendo
+luego á partir al galope. Esto le llamó la atención á Fantina.</p>
+
+<p>—Es particular,—dijo.—Yo creía que las diligencias no se paraban
+jamás.</p>
+
+<p>Favorita se encogió de hombros.</p>
+
+<p>—Es admirable esta Fantina. Vale la pena de fijarse en ella por curiosidad.
+Se admira de la cosa más sencilla del mundo. Suponte tú que
+yo soy un viajero, y le digo al mayoral: sigo adelante, subiré cuando
+paséis por el muelle. Pasa la diligencia, me ve, para y subo. Eso se ve
+todos los días. Tú no sabes lo que es la vida, querida mía.</p>
+
+<p>Pasóse así un ratito. De pronto Favorita hizo un movimiento como
+de quien despierta.</p>
+
+<p>—¡Y bien!—exclamó.—¿Y la sorpresa?</p>
+
+<p>—Tiene razón,—repuso Dalia.—¿Y la famosa sorpresa?</p>
+
+<p>—¡Hace ya mucho que se han ido! dijo—Fantina.</p>
+
+<p>Cuando acabó este suspiro, el mozo que había servido la comida entró
+en la sala.</p>
+
+<p>Traía algo en la mano que parecía una carta.</p>
+
+<p>—¿Qué hay de nuevo?—preguntó Favorita.</p>
+
+<p>El mozo respondió:</p>
+
+<p>—Es un papel que han dejado aquellos señores, para las señoras.</p>
+
+<p>—¿Y por qué no lo habéis traído desde luego?</p>
+
+<p>—-Porque aquellos señores,—repuso el chico,—han encargado que
+dejáramos pasar una hora antes de entregarlo.</p>
+
+<p>Favorita arrancó el papel de las manos del mozo. Era, efectivamente,
+una carta.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_132">[Pg 132]</span></p>
+
+<p>—¡Toma!—dijo ella,—va sin dirección; pero ved lo que tiene escrito
+en el sobre:</p>
+
+<p class="center p1 p1b big1">AQUÍ ESTÁ LA SORPRESA</p>
+
+<p>Rompió vivamente el sobre de la carta, abrióla y leyó: (sabía leer).</p>
+
+
+<p>«¡Amadas nuestras!</p>
+
+<p>«Sabed que nosotros tenemos familia, vosotras no conocéis apenas lo
+que es esto; se llama familia, en primer lugar, según el código civil,
+sencillo y honrado, á los padres y madres. Ahora bien, nuestras familias,
+es decir, nuestros padres llorando, estos ancianos nos reclaman,
+estos buenos hombres y estas buenas mujeres nos llaman hijos pródigos;
+esperando nuestra vuelta, nos ofrecen agasajarnos matando sus
+mejores reses. Debemos obedecerles, siendo virtuosos. Á la hora en la
+cual leeréis esto, cinco fogosos caballos nos llevarán hacia donde estén
+nuestros padres y nuestras madres. Levantamos el campo, como dice
+Bossuet. Partimos, ó mejor, hemos partido. Huimos en brazos de
+Laffitte, y sobre las alas de Crillard. La diligencia de Toulouse nos
+saca del abismo; el abismo sois vosotras, ¡oh bellísimas chicas! Nosotros
+volvemos á entrar en la sociedad, en el deber y en el orden, al
+trote largo, á razón de tres leguas por hora. Importa á la patria que
+seamos como todo el mundo perfectos padres de familia, guardias rurales
+ó consejeros de Estado. Veneradnos. Nosotros nos sacrificamos.
+Lloradnos aprisa y reemplazadnos inmediatamente. Si esta carta os
+molesta, rompedla. Adiós.</p>
+
+<p>«Cerca de dos años, os hemos hecho felices. No nos guardéis, por lo
+tanto, rencor.</p>
+
+<p>«Firmado: <span class="smcap">Blachevelle</span>, <span class="smcap">Fameuil</span>, <span class="smcap">Listolier</span>, <span class="smcap">Félix Tholomyés</span>.<br>
+</p>
+
+<p><em>Post scriptum.</em>—La comida está pagada».</p>
+
+
+<p>Las cuatro jóvenes se quedaron mirando.</p>
+
+<p>Favorita rompió el silencio la primera.</p>
+
+<p>—¡Y qué! De todas maneras no deja de ser una broma.</p>
+
+<p>—Muy graciosa,—dijo Zefina.</p>
+
+<p>—Debe haber sido Blachevelle el autor de la idea,—repuso Favorita.</p>
+
+<p>Esto hace que le ame de nuevo. Tan presto ido, como querido. Ésta
+es la historia.</p>
+
+<p>—No,—dijo Dalia;—la idea ha sido de Tholomyés. Se conoce desde
+luego.</p>
+
+<p>—En tal caso,—replicó Favorita,—¡muera Blachevelle y viva Tholomyés!</p>
+
+<p>—¡Viva Tholomyés!—exclamaron Dalia y Zefina.</p>
+
+<p>Y echáronse á reir.</p>
+
+<p>Fantina rió como las otras.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_133">[Pg 133]</span></p>
+
+<p>Una hora después cuando se encontró nuevamente en su cuarto,
+lloró.</p>
+
+<p>Era aquél, como ya hemos dicho, su primer amor; se había entregado
+á Tholomyés como á un marido, y la pobre muchacha tenía una
+hija.</p>
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_3" href="#FNanchor_3" class="label">[3]</a> <em>Bombance</em>, comilona. <em>Bambeche</em>, títere.</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak">LIBRO CUARTO<br>
+CONFIAR ES, CASI SIEMPRE, ABANDONARSE</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Una madre que se encuentra con otra</b></p>
+
+
+<p>Durante el primer cuarto de este siglo, había en Montfermeil, junto á
+París, una especie de bodegón que ya no existe. Aquel bodegón era propiedad
+de una familia llamada Thénardier, compuesta de marido y mujer,
+y estaba situado en el callejón de Boulanger. Veíase sobre la puerta
+una tabla mal clavada en la pared. En dicha tabla había pintado algo
+que parecía un hombre llevando á cuestas otro, el cual ostentaba grandes
+charreteras de general, doradas, grandes estrellas plateadas, y grandes
+manchas rojas figurando sangre; el resto del cuadro era humo todo,
+y representaba, probablemente, una batalla. Al pie se leía la siguiente
+inscripción: <span class="smcap">Al sargento de Waterloo</span>.</p>
+
+<p>Nada más común que un carro ó una carreta á la puerta de un mesón.
+Sin embargo, el vehículo, ó mejor dicho el fragmento de vehículo
+que obstruía la calle, delante el bodegón del Sargento de Waterloo, una
+tarde de primavera de 1818, hubiera ciertamente llamado por su conjunto
+la atención de cualquier pintor que hubiese acertado á pasar
+por allí.</p>
+
+<p>Era la parte delantera de una de esas carretas, de las cuales se sirven
+en países montañosos, destinadas al transporte de grandes maderos y
+troncos de árboles. Componíase la tal delantera de un macizo eje de
+hierro, con el cual encajaba un pesado timón, sostenido por dos ruedas
+desmesuradas. Todo aquel conjunto era rechoncho, sólido, pesado, deforme.
+Hubiera podido creerse ser el afuste de un cañón gigante. Los
+carriles de caminos fangosos habían dado á las ruedas, las llantas, los
+cubos, el eje y el timón, una capa de orín y barro amarillento y sucio,
+muy parecido al revoque voluntario con que se embadurnan algunas catedrales.
+La madera desaparecía bajo el barro, el hierro bajo el orín.
+Debajo del eje colgaba una gruesa cadena digna de un esforzado Goliat.
+Aquella cadena recordaba, no ya los maderos que tenía el deber de transportar,
+pero sí los mastodontes y mamuthes, que hubieran podido arrastrarla;
+tenía cierto aire de presidio, pero de presidio ciclópeo y sobrehumano,
+parecía como desligada de algún monstruo. Homero hubiera
+sujetado con ella á Polifemo, y Shakespeare á Calibau.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_134">[Pg 134]</span></p>
+
+<p>¿Por qué aquel juego delantero de carreta ocupaba aquel lugar en la
+calle? En primer lugar, para obstruirla, luego para acabarse de enmohecer.
+Hay en el antiguo régimen social un sinnúmero de instituciones
+que uno se encuentra al paso de igual manera, y que no puede ser sino
+por razones parecidas, por lo que están donde se encuentran.</p>
+
+<p>El centro de la cadena colgaba bajo el eje y tocando casi al suelo, y
+sobre la curva que describía, como sobre la cuerda de un columpio, estaban,
+sentadas y agrupadas aquella tarde, entrelazadas graciosamente,
+dos niñas, de como unos dos años y medio la primera, y de unos diez y
+ocho meses la otra, en brazos de la mayor la más pequeña. Un pañuelo
+previsoramente anudado las guardaba de caerse. Una madre había visto
+aquella espantosa cadena y se había dicho:—¡Toma! he aquí un juguete
+para mis niñas.</p>
+
+<p>Las dos criaturas, graciosamente engalanadas y aún con cierto esmero,
+irradiaban; podía decirse que de aquel hierro viejo brotaban dos
+rosas; sus ojos eran un triunfo, sus frescas mejillas sonreían. La una era
+castaña, morena la otra. Sus cándidos rostros eran dos admirables arrobamientos;
+un espino florido, que había allí cerca, enviaba á los transeuntes
+sus perfumes que parecían manar de ellas; la de diez y ocho meses
+enseñaba su desnudo y gracioso vientre con la casta desvergüenza de
+la niñez. Por encima y alrededor de aquellas dos delicadas cabezas, amasadas
+en la dicha y templadas á la luz, la fachada del bodegón, negra
+por el orín, casi terrible, encabestrada por estacas y llena de ángulos
+sucios y sombríos, parecía ser algo como el pórtico de una caverna. Á
+los pocos pasos, acurrucada en el umbral del bodegón, la madre, mujer
+de aspecto poco simpático por otra parte, pero interesante á la sazón,
+columpiaba á las dos criaturitas por medio de largo bramante, protegiéndolas
+con la mirada de cualquier accidente, con aquella expresión
+animosa y celeste á la vez, propia de la maternidad; á cada vaivén, los
+horribles eslabones lanzaban un estridente chirrido que parecía un grito
+de cólera; las pequeñuelas se extasiaban; el sol poniente mezclábase en
+aquella alegría, y nada tan bello como aquel capricho de la casualidad
+que había hecho de una cadena de titanes un columpio de querubines.</p>
+
+<p>Al compás que mecía las dos criaturitas, entonaba la madre, en voz
+de falsete, una canción célebre entonces:</p>
+
+<p class="center p1 p1b">Ha de ser, dijo, un guerrero</p>
+
+<p>La canción y el cuidado de sus hijas le privaban de enterarse de lo
+demás que pasaba en la calle.</p>
+
+<p>No obstante, como alguien se le había acercado al comenzar la primera
+estrofa de la canción, oyó de repente, á su oído, una voz que le
+dijo:</p>
+
+<p>—Allí tenéis dos hermosas criaturas.</p>
+
+<p class="center p1 p1b">Á la bella y tierna Imogine...</p>
+
+<p>Respondió la madre continuando la canción; luego volvió la cabeza.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_135">[Pg 135]</span></p>
+
+<p>Una mujer estaba junto á ella á pocos pasos. Aquella mujer tenía
+también una criatura que llevaba en brazos.</p>
+
+<p>Llevaba además, un gran saco de noche que parecía muy pesado.</p>
+
+<p>La criatura de esta mujer era uno de los seres más divinos que puedan
+verse. Era una niña de dos á tres años. Hubiera podido juntarse á
+las otras pequeñitas por la coquetería de sus vestidos; veíasele un cuellecito
+de lienzo fino, cintas en la chambra y encajes valenciennes en la
+gorrita. Levantados los pliegues de la falda, veíase un muslo blanco,
+apretado y terso. Estaba admirablemente sonrosada y rebosando de salud
+y vida. La hermosa criatura excitaba deseos de morder las manzanicas
+de sus mejillas. No podemos decir nada de sus ojos, sino que habían
+de ser grandes y que tenían magníficas pestañas. Estaba dormida.</p>
+
+<p>Dormía aquel sueño de profunda confianza, propio de su edad. Los
+brazos de las madres son todo ternura; las criaturas duermen profundamente
+en ellos.</p>
+
+<p>En cuanto á la madre, era de aspecto pobre y triste. Vestía un traje
+mixto, que indicaba á la obrera que tiende nuevamente á campesina. Era
+joven. ¿Era hermosa? ¡Tal vez! pero con aquel traje no lo parecía. Sus
+cabellos de los que escapaba un mechón rubio, parecían muy abundantes,
+pero se ocultaban severamente bajo una gorra de beata, fea, apretada,
+estrecha y anudada debajo de la barba. La risa muestra siempre los
+dientes hermosos cuando se tienen, pero ella no se reía. Sus ojos parecían
+no haberse secado en mucho tiempo. Estaba muy pálida, su aspecto
+era cansado y enfermizo; miraba á su hija, dormida en sus brazos,
+con aquel aire propio de las madres que los han nutrido á sus pechos. Un
+gran pañuelo azul como los que usan para sonarse los inválidos, plegado
+en forma de pañoleta, cubría rudamente su talle. Tenía las manos ásperas
+y salpicadas de manchas rojizas, y el índice endurecido y picado
+de la aguja; llevaba un mantón obscuro de grosera lana, un vestido de
+percal y zapatos gruesos. Era Fantina.</p>
+
+<p>Sí, era Fantina en realidad, pero se la reconocía difícilmente. No
+obstante, examinándola detalladamente, encerraba todavía su belleza.
+Una triste arruga, que parecía un principio de ironía, rizaba ligeramente
+su mejilla derecha. En cuanto á su tocado, aquel aéreo tocado de muselina
+y cintas, que parecía hecho por la misma alegría, la locura y la
+música, lleno de cascabeles y perfumado de lilas, habíase desvanecido
+como las brilladoras escarchas, que uno cree diamantes á la luz del sol,
+y que, al fundirse en agua, dejan negra la rama que engalanaran.</p>
+
+<p>Diez meses se habían pasado desde la famosa «linda gracia».</p>
+
+<p>¿Qué es lo que había pasado durante este tiempo? Se adivina.</p>
+
+<p>Después del abandono, el tormento. Fantina había perdido de vista
+desde luego á Favorita, Zefina y Dalia; el lazo roto por parte de los hombres
+se había deshecho por la de las mujeres; de seguro se hubieran admirado
+si quince días después, alguien les hubiese dicho que eran amigas,<span class="pagenum" id="Page_136">[Pg 136]</span>
+lo cual no tenía para ellas razón de ser. Fantina se había quedado
+sola. El padre de su hija había partido; semejantes rompimientos son
+irrevocables; encontróse ella absolutamente aislada, con la costumbre de
+trabajar de menos y el amor á los placeres, de más. Impulsada por sus
+relaciones con Tholomyés á desdeñar el único oficio que sabía, había
+descuidado los medios de dar salida á su trabajo, y se los encontró luego
+cerrados.</p>
+
+<p>No había remedio para ella, Fantina sabía leer apenas, sin saber escribir,
+se la había enseñado solamente cuando niña á poner su firma;
+hizo escribir, por un escribiente público, una carta á Tholomyés, luego
+otra y más tarde una tercera. Tholomyés no contestó á ninguna. Cierto
+día oyó Fantina decir á sus comadres fijándose en su hija:—¡Hay por
+ventura quien se tome en serio estas criaturas! Una se encoje de hombros
+y nada más.—Entonces pensó ella en que Tholomyés se habría
+también encogido de hombros por aquella criatura, y que no iba á tomar
+en serio la vida de aquel ser inocente; y su corazón se envolvió en
+sombras, en la parte que se refería al hombre aquel. ¿Qué partido tomar
+en este caso? Ignoraba á quién dirigirse. Había cometido una falta, pero
+en el fondo de su naturaleza, como sabemos bien, se guardaba el pudor
+y la virtud. Sentía vagamente que se encontraba en vísperas de caer en
+el desfallecimiento y resbalar á lo peor. Era preciso valor; lo tuvo, y se
+creció en sí misma. Ocurriósele la idea de volver á su ciudad natal, á
+M*** sur M***. Allí tal vez se encontraría con quien la conociese y la
+proporcionase trabajo; sí, pero era preciso ocultar su falta. Y ella entreveía
+confusamente la necesidad indispensable de una separación más
+dolorosa aún que la primera. Su corazón se desgarraba, pero tomó, no
+obstante, una resolución. Fantina, como veremos, poseía el valor fiero
+de la vida. Había ya renunciado valientemente al fasto, y se había
+vestido de percal, habiendo destinado toda su seda, todos sus perifollos,
+todas sus cintas y todos sus encajes á su hija, única vanidad que le restaba,
+¡bien santa por cierto! Había vendido cuanto tenía, lo cual le produjo
+unos doscientos francos; y después de satisfechas sus insignificantes
+deudas vinieron á quedarle aproximadamente ochenta francos.</p>
+
+<p>Á los veinte y dos años, y durante una deliciosa mañana de primavera,
+dejó París llevándose á su hija sobre la espalda. Cualquiera al verlas
+pasar se hubiera apiadado de una y otra. Aquella mujer no tenía en
+el mundo más que aquella criatura, y aquella criatura no tenía en el
+mundo más que aquella mujer. Fantina había amamantado á su hija, lo
+cual había fatigado su pecho y tosía un poco.</p>
+
+<p>Como no tendremos nueva ocasión de hablar del señor Félix Tholomyés,
+concretarémonos á decir, que veinte años después, durante el
+reinado de Luis Felipe, era un corpulento abogado de provincia, influyente
+y rico, elector, prudente y jurado severísimo; alegre y campechano
+siempre.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_137">[Pg 137]</span></p>
+
+<p>Á eso del medio día, después de haber, para descansar, caminado á
+trechos mediante tres ó cuatro sueldos por legua, en los que se llamaban
+á la sazón los cochecitos de los alrededores de París, encontróse Fantina
+en Montfermeil, en el callejón de Boulanger.</p>
+
+<p>Como viese al pasar junto al bodegón Thénardier, las dos pequeñitas,
+tan alegres en su monstruoso columpio quedó, hasta cierto punto,
+deslumbrada, parándose delante de aquel cuadro de alegría.</p>
+
+<p>Existen encantamientos. Aquellas dos criaturas lo fueron en verdad
+para aquella madre.</p>
+
+<p>Contemplólas completamente emocionada. La presencia de los ángeles
+es siempre un anuncio del paraíso. Creyó ver ella sobre aquel figón
+el misterioso aquí de la Providencia. ¡Aquellas dos pequeñuelas eran
+evidentemente dichosas! Mirábalas y admirábase ella verdaderamente
+enternecida, tanto que en el preciso momento de tomar la madre aliento,
+entre dos versos de la canción, no pudo abstenerse de decir la frase que
+acabamos de leer:</p>
+
+<p>—Tenéis allí dos hermosas criaturas.</p>
+
+<p>Los seres más feroces se sienten desarmados cuando se acaricia á sus
+pequeñuelos.</p>
+
+<p>Irguió la madre la cabeza dando las gracias, é invitó á la transeunte
+á que se sentara en el peldaño de la puerta; ella estaba sentada en el
+umbral. Entraron en conversación las dos mujeres.</p>
+
+<p>—Me llamo Thénardier,—dijo la madre de las pequeñuelas.—Somos
+los dueños de esta hostería.</p>
+
+<p>Luego, siguiendo la canción, repuso entre dientes:</p>
+
+<div class="chapter">
+<div class="poetry">
+<p>Ha de ser, soy caballero<br>
+Y voy á la Palestina.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Era la señora Thénardier una mujer coloradota, angulosa de carnes
+apretadas; el tipo de la mujer del soldado llevado al extremo. Y cosa
+rara, tenía cierto aire melancólico debido á las lecturas novelescas. Era
+una melindrosa hombruna. Las novelas antiguas, invadiendo las imaginaciones
+de los bodegoneros, producen semejantes efectos. Era joven aún,
+pues apenas contaba treinta años. Si aquella mujer, que estaba acurrucada,
+hubiese estado de pie, su elevada estatura, tal vez su facha de coloso
+ambulante, un tanto selvático, hubiera quizá asustado á la viajera,
+turbando su confianza y desvaneciendo por lo tanto lo que debemos referir.
+Una persona que esté sentada en vez de estar de pie, influye en el
+destino.</p>
+
+<p>La viajera refirió su historia algo modificada.</p>
+
+<p>Que era obrera; que su marido había muerto; que el trabajo escaseaba
+en París, en vista de lo cual iba á buscarlo en su país: que había salido
+de París aquella misma mañana, á pie; que, como llevaba á su hija,
+sintiéndose fatigada y habiendo encontrado el coche de Villemomble,
+había subido en él; que de Villemomble había ido á Montfermel á pie;<span class="pagenum" id="Page_138">[Pg 138]</span>
+que la niña había andado un poco, pero muy poco; que como era tan
+tierna, se había fatigado pronto, y le había sido preciso tomarla nuevamente
+en brazos y que la tontuela se había dormido.</p>
+
+<p>Y al decir esto, dió á su hija un apasionado beso que la despertó. La
+niña abrió los ojos, dos grandes ojos azules como los de su madre, y
+miró, ¿qué? Nada, todo, con aquel aire serio y á veces severo de los pequeñuelos,
+que es tal vez un misterio de su luminosa inocencia ante
+nuestros crepúsculos de virtud. Diríase que se sienten ángeles y que nos
+adivinan hombres. Después la niña se echó á reir, y aunque su madre
+procuraba detenerla, se deslizó al suelo con la indomable energía de un
+pequeño ser que quiere moverse libremente. Al punto advirtió á las otras
+dos del columpio, quedándose parada contemplándolas, sacando la lengua
+y torciendo el gesto en señal de admiración.</p>
+
+<p>La señora Thénardier desató á sus hijas, las hizo bajar del columpio,
+y dijo:</p>
+
+<p>—Ea: jugad las tres.</p>
+
+<p>Aquellos angelitos se entendieron enseguida, y á vuelta de un minuto,
+las niñas Thénardier jugaban con la recién llegada á hacer agujeros en
+el suelo, inmenso placer.</p>
+
+<p>Aquella recién llegada era muy alegre; la bondad de la madre estaba
+escrita en la alegría de la hija; había tomado un palito que le servía de
+pala, y cavaba enérgicamente una fosa, buena para una mosca. El mismo
+trabajo de los enterradores pasa á ser objeto de risa hecho por una criaturita.</p>
+
+<p>Las dos mujeres seguían en su conversación.</p>
+
+<p>—¿Cómo se llama vuestra pequeñita?</p>
+
+<p>—Cosette.</p>
+
+<p>Cosette, era Eufrasia. La niña se llama Eufrasia. Pero de Eufrasia
+la madre había hecho Cosette, por aquel dulce y gracioso instinto de las
+madres y del pueblo que cambia Josefa en Pepita y Francisca en Paca.
+Es éste un género de derivados que enreda y desconcierta por completo
+la ciencia de los etimologistas. Nosotros conocimos una abuela que había
+llegado á hacer de Teodora, Gnon <em>(ñon)</em>.</p>
+
+<p>—¿Qué edad tiene ahora?</p>
+
+<p>—Va á cumplir tres años.</p>
+
+<p>—Como la mayor de las mías.</p>
+
+<p>Entre tanto las tres pequeñuelas se habían agrupado con cierto aire
+de profunda ansiedad y beatitud; acababa de realizarse un fenómeno:
+un gran gusano acababa de salir de la tierra; les daba miedo, y las tenía
+extasiadas.</p>
+
+<p>Sus frentes radiantes parecían unirse; podía decirse que había tres
+cabezas en una aureola solamente.</p>
+
+<p>—¡Criaturitas!—exclamó la señora Thénardier.—¡Cómo se juntan enseguida!
+¡Vedlas, parecen tres hermanas!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_139">[Pg 139]</span></p>
+
+<p>Esta frase fué la chispa que esperaba probablemente la otra madre.
+Tomó entonces la mano de la Thénardier, mirola fijamente, y le dijo:</p>
+
+<p>—¿Queréis cuidar de mi hija?</p>
+
+<p>La Thénardier hizo uno de estos movimientos de sorpresa que no son
+un consentimiento ni una negativa.</p>
+
+<p>La madre de Cosette prosiguió:</p>
+
+<p>—Porque, desgraciadamente, no puedo llevarme mi hija á mi país.
+El trabajo no lo consiente. Con una criatura no se encuentra colocación
+en ninguna parte. Se encuentra en ello una ridiculez en semejante país.
+Sin duda me ha hecho Dios pasar á propósito junto á vuestra hostería.
+Cuando he visto estas niñas tan bonitas, tan aseadas y tan satisfechas,
+he sentido una conmoción interior. Y he dicho para mí: He aquí el reflejo
+de una buena madre. ¿No es verdad? Podrán ser tres hermanas. Luego
+yo no tardaré mucho tiempo en volver. ¿Queréis cuidar de mi hija?</p>
+
+<p>—Será preciso ver,—dijo la Thénardier.</p>
+
+<p>—Os daré seis francos al mes.</p>
+
+<p>En este momento una voz de hombre gritó desde el fondo del figón:</p>
+
+<p>—No puede ser menos de siete francos. Y pagando seis meses adelantados.</p>
+
+<p>—Seis veces siete cuarenta y dos,—dijo la Thénardier.</p>
+
+<p>—Os los daré,—dijo la madre.</p>
+
+<p>—Y quince francos además para los primeros gastos,—añadió la voz
+de hombre.</p>
+
+<p>—Total cincuenta y siete francos,—dijo la señora Thénardier. Y, al
+través de estos números, seguía tarareando vagamente:</p>
+
+<p>
+Ha de ser, dijo un guerrero.<br>
+</p>
+
+<p>—Los daré,—dijo la madre;—tengo ochenta francos. Aún me quedará
+para llegar á mi país, si voy á pie. Ya ganaré yo dinero en estando
+allí y en cuanto haya recogido un poco, volveré por mi amor.</p>
+
+<p>La voz de un hombre repuso:</p>
+
+<p>—¿Tiene la niña ajuar?</p>
+
+<p>—Es mi marido,—dijo la Thénardier.</p>
+
+<p>—Sin duda, ¡pues no faltaba sino que no lo tuviera, mi pobre tesoro!
+Ya he comprendido que había de ser vuestro marido. ¡Y muy bueno! un
+ajuar espléndido, todo por docenas; y vestidos de seda como una señora.
+Ahí lo traigo, en mi saco de noche.</p>
+
+<p>—Debéis dejarlo,—repitió la voz de hombre.</p>
+
+<p>—¡Pues no faltaba más, vaya si lo dejaré!—dijo la madre.—¡No sería
+poco gracioso que dejase desnuda á mi pobre hija!</p>
+
+<p>La figura del hombre apareció.</p>
+
+<p>—Está bien,—dijo.</p>
+
+<p>El negocio quedó hecho. La madre pasó la noche en el bodegón, dió
+su dinero, y dejó su criatura; volvió á liar su saco de noche, desembarazado
+del ajuar, y á la ligera y desorientada, salió á la mañana siguiente,<span class="pagenum" id="Page_140">[Pg 140]</span>
+creyendo volver antes de poco. ¡Fácilmente se arreglan separaciones semejantes,
+que son desesperaciones luego!</p>
+
+<p>Una vecina de la Thénardier encontró á aquella madre cuando se iba,
+y vínose diciendo:</p>
+
+<p>—Acabo de ver en la calle una mujer llorando que parte el corazón.</p>
+
+<p>Cuando la madre de Cosette hubo salido, díjole el hombre á la mujer.</p>
+
+<p>—Esto va á cubrir la obligación de ciento diez francos que vence
+mañana. Me faltaban cincuenta francos. ¿Sabes que hubiéramos tenido
+aquí el escribano para protestar? Armaste ahí una buena ratonera con
+tus niñas.</p>
+
+<p>—Sin duda,—dijo la mujer.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Primer esbozo de dos figuras sombrías</b></p>
+
+
+<p>El ratón cogido era bien insignificante; pero el gato se alegra sin embargo
+aunque el ratón sea flaco.</p>
+
+<p>¿Qué eran los Thénardier?</p>
+
+<p>Diremos algo en este momento. Más tarde completaremos el croquis.</p>
+
+<p>Pertenecían estos seres á aquella clase bastarda compuesta de gentes
+groseras que se elevan y de gentes ilustradas en decadencia, que se encuentra entre
+la llamada clase media y la clase llamada inferior; la que asume algunos
+de los defectos de la segunda con todos los vicios de la primera,
+careciendo del generoso aliento del obrero, como del moderado orden del
+artesano.</p>
+
+<p>Eran de aquellas naturalezas raquíticas que, si alguna llama sombría
+las caldea por casualidad, se tornan fácilmente monstruosas. Tenía la
+mujer un fondo salvaje y el hombre todas las apariencias de un perdido.
+Ambos se encontraban en el punto más elevado de susceptible degradación
+de la especie del repugnante progreso que recorre la senda del mal.
+Existen almas cangrejos que retroceden continuamente hacia las tinieblas,
+retrogradando en la vida más que adelantando, cuya experiencia
+les sirve únicamente para aumentar su deformidad, empeorando sin cesar
+é impregnándose más y más de cierta negrura creciente. Aquel hombre
+y aquella mujer poseían almas de esta naturaleza.</p>
+
+<p>El marido Thénardier, particularmente, era de fisonomía repulsiva.
+Los fisonomistas no tienen más que mirar al rostro á ciertas gentes
+para desconfiar de ellas, pues se presentan temibles por ambos extremos.
+Resultan inquietos en la sombra y amenazadores frente á frente.
+Encierran en sí algo desconocido. Es imposible de todo punto responder
+de lo que han hecho ni de lo que harán. La sombra que encierra su mirada
+es su denuncia. Cualquier palabra que se les oiga ó cualquier gesto
+que se les advierta, deja adivinar secretos sombríos de su pasado, y sombras
+misteriosas en su porvenir.</p>
+
+<p>Dicho Thénardier, á darle crédito á él, había sido soldado; sargento,<span class="pagenum" id="Page_141">[Pg 141]</span>
+decía; habiendo hecho probablemente la campaña de 1815, en la que se
+había portado bizarramente al parecer. Más adelante sabremos lo que
+había sido. La muestra de su bodegón aludía á uno de aquellos hechos
+de armas. Él mismo la había pintado, porque era de los que saben hacerlo
+todo; mal.</p>
+
+<p>Era aquélla la época en que la antigua novela clásica que después de
+haber sido <em>Clélie</em>, no era más que <em>Lodoïska</em>, siempre noble, pero más
+vulgar á cada paso, descendiendo desde la señorita Scudéri á la señora
+Bournon Malarme, y de la señora de Lafayette á la señora Barthélemy
+Hadot, encendiendo el alma amorosa de los porteros de París, sin dejar
+de chamuscar una parte de la de las cercanías. La Thénardier poseía la
+inteligencia precisa para leer aquella especie de libros. Se alimentaba
+de ellos. En ellos anegaba los sesos que tenía; lo cual le había dado así
+durante sus primeros años, como luego después, una especie de actitud
+meditabunda con relación á su marido, pícaro de ciertos alcances, rufián
+literato, con gramática propia, grosero y fino á un tiempo, pero formando
+su sentimentalismo con las lecturas de Pigault Lebrun, y, por
+«lo que al sexo se refiere», como decía él en su jerga, ganso del todo sin
+la menor mezcla. Su esposa tendría como unos doce ó quince años
+menos que él. Más tarde, cuando los cabellos novelescamente llorones
+empezaron á blanquear, cuando Mégere sustituyó á Pamela, no fué la
+Thénardier más que una mujer gruesa y de malos instintos que había
+saboreado novelas tontas. Pero no se leen impunemente las necedades.
+Resultó de ello que su hija mayor se llamó Eponina; pero la pequeña
+¡pobrecita! estuvo á pique de llamarse Gulnare; debiendo no sé á qué
+diversión, resultado de una novela de Ducray Duminil, el no llamarse
+más que Azelma.</p>
+
+<p>Por lo demás, diremos de pasada, no era todo completamente ridículo
+y superficial durante aquella curiosa época, á la cual aludimos,
+y que podría llamarse la anarquía de los nombres de bautismo. Junto
+al elemento novelesco que acabamos de indicar, estaba el síntoma social.
+Y hoy no tiene nada de particular que el hijo de un boyero se
+llame Arturo, Alfredo ó Alfonso, y que el vizconde—si hay vizcondes
+todavía—se llame Tomás, Pedro ó Jaime. La diferencia que establece el
+nombre «elegante» sobre el plebeyo, y el nombre aldeano sobre el aristócrata,
+no es sino un remolino de igualdad. La irresistible penetración
+del soplo nuevo se encuentra en ello como en todo. Bajo esa aparente
+discordancia, existe una cosa grande y profunda: la Revolución francesa.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>La alondra</b></p>
+
+
+<p>No es suficiente para medrar ser malo. El figón no daba resultado.</p>
+
+<p>Gracias á los cincuenta y siete francos de la viajera, Thénardier<span class="pagenum" id="Page_142">[Pg 142]</span>
+había podido evitar un protesto y honrar su firma. El mes siguiente,
+necesitaron aún más dinero; la mujer llevó á París y empeñó en el
+Monte de piedad el ajuar de Cosette por la cantidad de sesenta francos.
+Desde que fué distribuida esta suma, acostumbráronse los Thénardier á
+no ver en aquella pobre niña más que una criatura recogida por caridad,
+tratándola en consecuencia. Como ya no le quedaba nada de su
+ajuar, la vestían con sayas y camisas de desecho de sus hijas, es decir
+de harapos. Alimentábanla con las sobras de todo el mundo, algo mejor
+que al perro y un poco peor que el gato. El perro y el gato eran generalmente
+sus comensales; Cosette comía con ellos debajo de la mesa en
+una cazuela de madera igual á la de ellos.</p>
+
+<p>Su madre, que había fijado su residencia, como veremos luego, en
+M* sur M*, escribía, ó por mejor decir, hacía que le escribiesen todos
+los meses á fin de tener noticias de su hija. Los Thénardier contestaban
+invariablemente: Cosette está muy bien.</p>
+
+<p>Pasaron los seis primeros meses, mandó la madre los siete francos
+para el séptimo mes, continuando exactamente sus remesas mensuales.
+No había terminado aún el año cuando dijo Thénardier:—¡Vaya un negocio!
+¡Qué quiere que hagamos con sus siete francos!—y le escribió exigiéndole
+doce. La madre, á la cual hacían entender que su hija estaba
+muy bien y que crecía mucho, sometióse y mandó los doce francos.</p>
+
+<p>Ciertas naturalezas no pueden amar por una parte y odiar por otra.
+La madre Thénardier amaba apasionadamente á sus dos hijas, lo cual
+hacía que detestase á la forastera. Es muy triste pensar que el amor de
+madre puede tener alguna parte mala.</p>
+
+<p>El reducido espacio que Cosette ocupaba en su casa le parecía que se
+lo robaba á sus hijas, y que aquella pobre criatura disminuía el aire
+que respiraban aquéllas. La tal mujer, como otras muchas de su especie,
+tenía una cantidad de caricias y una cantidad de golpes y de injurias
+que distribuir diariamente. Si no hubiese tenido en su casa á Cosette,
+es segurísimo que sus hijas, idolatradas y todo, hubieran recibido unas
+y otros; pero la forastera les hacía el favor de detener los golpes, recibiéndolos
+ella. Sus hijas no alcanzaban, por lo tanto, más que las caricias.</p>
+
+<p>No podía hacer Cosette un movimiento que no cayese sobre su cabeza
+una lluvia de castigos violentos é inmerecidos.</p>
+
+<p>Dulcísimo y débil ser, que nada debía comprender del mundo ni de
+Dios, castigado sin cesar, golpeado, reñido é injuriado, y viendo continuamente
+junto á ella dos niñas, como ella también, viviendo como en
+un rayo de aurora.</p>
+
+<p>La Thénardier era mala para Cosette. Eponina y Azelma eran malas
+también. Las criaturas, á su edad, no son sino ejemplares de la madre.
+Son de menor tamaño, nada más.</p>
+
+<p>Pasóse un año, luego otro.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_143">[Pg 143]</span></p>
+
+<p>Decíase en el lugar:</p>
+
+<p>—Estos Thénardier son muy buena gente. ¡No tienen nada de ricos,
+y mantienen una pobre criatura que les dejaron abandonada en su casa!</p>
+
+<p>Se creía á Cosette abandonada, ú olvidada cuando menos, de su madre.
+Entre tanto Thénardier, habiendo sabido, quién sabe cómo, que la
+criatura era probablemente ilegítima, y que la madre no podía confesarlo,
+exigíale quince francos al mes diciéndole que «la criatura crecía y
+comía» amenazando enviársela. «¡Que no me encocore mucho!—exclamaba,—porque
+le planto allí su monigote entre sus tapadillos. Debe
+aumentar la asignación». La madre pagó los quince francos.</p>
+
+<p>De año en año fué creciendo la niña y también su miseria.</p>
+
+<p>Mientras Cosette fué muy pequeña, fué el súfrelo-todo de las otras
+dos niñas; desde que creció algo más, es decir, antes de los cinco años,
+fué ya la criada de la casa.</p>
+
+<p>Cinco años, se dirá, esto es inverosímil. ¡Ay! es verdad. Los sufrimientos
+sociales empiezan á todas las edades. ¿No hemos visto, por desgracia,
+recientemente el proceso de un tal Dumollard, huérfano, hecho
+bandido con el tiempo, el cual, desde la edad de cinco años, según los
+documentos oficiales, estando solo en el mundo, «trabajaba para vivir y
+robaba?».</p>
+
+<p>Obligóse, pues, á Cosette á hacer mandados, á barrer las habitaciones,
+el patio y la calle, á fregar los platos, y aún á llevar fardos. Los
+Thénardier se creían tanto más autorizados á obrar así, cuanto que la
+madre, que continuaba siempre en M* sur M* empezó á no pagar muy
+bien, dejando algún mes en descubierto.</p>
+
+<p>Si aquella madre hubiese vuelto á Montfermeil al fin de los tres años,
+no hubiera, de seguro, reconocido á su hija. Cosette, tan hermosa y
+fresca al entrar en aquella casa, estaba entonces pálida y demacrada.
+Tenía cierto no sé qué receloso é inquieto. ¡Maula! gritábale á cada paso
+la Thénardier.</p>
+
+<p>La injusticia la había vuelto esquiva, y la miseria la había puesto
+fea. No le quedaban más que sus bellos ojos, que daba pena al verlos,
+porque, grandes como eran, parecían encerrar mayor cantidad de tristeza.</p>
+
+<p>Daba grima de ver en invierno aquella pobre criatura, que no había
+cumplido todavía seis años, tiritando bajo sus andrajos de percal agujereados,
+barrer la calle antes de amanecer con una escoba enorme entre
+sus amoratadas manecitas, y una gruesa lágrima en sus grandes ojos.</p>
+
+<p>En el lugar le llamaban todo el mundo la Alondra. El pueblo, que
+gusta siempre de imágenes, se complacía en dar este nombre á aquel
+pequeño ser que no abultaba más que un pájaro; tembloroso, espantado
+y tiritando, despertado el primero en aquella casa, y aún en el pueblo;
+cada mañana, siempre en la calle ó en el campo, antes del alba.</p>
+
+<p>Solamente que aquella pobre alondra no cantaba jamás.</p>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_144">[Pg 144]</span></p>
+<h2 class="nobreak" >LIBRO QUINTO<br>
+DESCENSO</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Historia de un adelanto en la fabricación de abalorios negros</b></p>
+
+
+<p>Mientras aquella madre que, al decir de las gentes de Montfermeil,
+parecía haber abandonado á su hija, ¿qué había sido de ella? ¿dónde estaba?
+¿qué hacía?</p>
+
+<p>Después de haber dejado á su pequeña Cosette á los Thénardier, continuó
+su camino hasta llegar á M* sur M*.</p>
+
+<p>Recordemos que esto pasaba en 1818.</p>
+
+<p>Fantina había dejado su provincia hacía unos diez años. M* sur M*
+había cambiado de aspecto. En tanto que Fantina descendía lentamente
+de miseria en miseria, su ciudad natal había prosperado.</p>
+
+<p>Desde hacía unos dos años, había realizado uno de aquellos hechos
+industriales que son grandes acontecimientos en lugares pequeños.</p>
+
+<p>Es un detalle importante que creemos conveniente consignar, y casi
+diríamos subrayar.</p>
+
+<p>De tiempo inmemorial, M* sur M*, poseía como industria especial la
+imitación del azabache inglés y de los abalorios negros de Alemania.
+Esta industria había vegetado solamente á causa de la carestía de las
+materias primas que recaía sobre la mano de obra. Cuando Fantina
+volvió á M* sur M* acababa de realizarse una gran transformación en
+la manera de producir aquellos «artículos negros». Á fines de 1815,
+un hombre, un desconocido, fué á establecerse en la ciudad, habiendo
+ideado sustituir en semejante fabricación, la goma laca á la resina, y
+para los brazaletes particularmente, los colgantes simplemente ajustados
+á la chapa, á los colgantes soldados á la misma.</p>
+
+<p>Este pequeño cambio había producido una revolución.</p>
+
+<p>Este pequeño cambio, en efecto, había reducido prodigiosamente el
+precio de la materia prima, lo cual había permitido, primeramente,
+elevar el precio de la mano de obra en beneficio del país, en segundo
+lugar mejoraba la fabricación en provecho del consumidor, y en el tercero
+podíase vender más barato, triplicando el beneficio en provecho del
+industrial.</p>
+
+<p>Así es que una idea producía tres resultados.</p>
+
+<p>En menos de tres años el autor del procedimiento se había hecho
+rico, lo cual no dejaba de ser una gran cosa, pero había enriquecido á
+los que le rodeaban, lo cual es todavía mucho mejor. Era forastero en
+el departamento. De su origen, nada se sabía; de sus principios, muy
+poca cosa.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_145">[Pg 145]</span></p>
+
+<p>Decíase que había llegado á la ciudad con muy poco dinero, algunos
+centenares de francos todo lo más.</p>
+
+<p>Pero de aquel mísero capital, puesto al servicio de una idea ingeniosa
+fecundada por el método y el cálculo, había sacado una fortuna y la
+de la comarca.</p>
+
+<p>Á su llegada á M* sur M* no poseía más que el traje, las apariencias
+y el lenguaje del obrero.</p>
+
+<p>Parece que el mismo día en que hizo como de escondidas su entrada
+en la pequeña ciudad de M* sur M*, al caer de una tarde de diciembre,
+el morral á la espalda y el palo de espino en la mano, acababa de declararse
+un grande incendio en la casa de la ciudad. Aquel hombre se precipitó
+en las llamas, salvando, con peligro de su vida, dos niños, que
+resultaron ser luego hijos del capitán de la gendarmería, lo cual hizo
+que nadie soñara en pedirle su pasaporte. Después de ello se supo su
+nombre. Llamábase el <em>tío Magdalena</em>.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Magdalena</b></p>
+
+
+<p>Era hombre de unos cincuenta años escasos, de aire preocupado y
+buen sujeto. He aquí todo lo que podía decirse de él.</p>
+
+<p>Gracias á los progresos rápidos de aquella industria que había reanimado
+tan admirablemente, M* sur M* había llegado á ser un centro de
+negocios importante. España, que consume mucho azabache negro, encargaba
+cada año grandes cantidades. M* sur M*, en semejante comercio,
+competía casi con Londres y Berlín. Los beneficios del tío Magdalena
+eran tales, que desde el segundo año pudo levantar una gran fábrica,
+en la cual había dos vastos talleres, uno para hombres y para mujeres
+otro. Cualquiera que tuviese hambre podía presentarse en la seguridad
+de encontrar allí trabajo y pan. El tío Magdalena pedía á los hombres
+buena voluntad, á las mujeres costumbres puras, y á todos probidad.
+Había dividido los talleres á fin de separar los sexos, y que, así las niñas
+como las mujeres, pudiesen estar tranquilas. En este punto era inflexible.
+En esto sólo se manifestaba intolerante. Y estaba tanto más fundada semejante
+severidad, cuanto, siendo M* sur M* ciudad guarnecida, las
+ocasiones de corrupción eran frecuentes. Por lo demás, su llegada había
+sido un beneficio y su presencia era providencial. Antes de la llegada del
+tío Magdalena todo languidecía en el país; desde ella, todo vivía la saludable
+vida del trabajo. Un gran movimiento de circulación daba calor y
+penetraba en todo. La holganza y la miseria eran desconocidas. No había
+allí bolsillo, por obscuro que fuése, donde no pudiese encontrarse algún
+dinero, ni casa tan pobre que no encerrase un poco de alegría.</p>
+
+<p>El tío Magdalena empleaba á todo el mundo. No exigía más que una
+cosa: ser hombre honrado, ser honrada mujer.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_146">[Pg 146]</span></p>
+
+<p>Como hemos dicho, en medio de aquella actividad de la cual era
+causa y sostén, el tío Magdalena hacía su fortuna, pero cosa rarísima en
+un simple hombre de negocios, no parecía en modo alguno que fuése ello
+su principal cuidado. Parecía que se preocupaba mucho más de los otros,
+que de sí mismo. En 1820 se sabía que tenía colocado en su nombre, en
+casa de Laffitte, un capital de seiscientos treinta mil francos; pero antes
+de reservarse estos seiscientos treinta mil francos, había empleado más
+de un millón para la ciudad y para los pobres.</p>
+
+<p>El hospital estaba mal dotado, fundó en él diez camas. M* sur M* está
+dividida en población alta y baja. La parte baja, que era en la que él
+vivía, no tenía más que una mala escuela, en una casa medio arruinada;
+mandó construir dos: una para niñas y otra para niños. Pensionaba
+de su bolsillo particular dos profesores con una gratificación doble á su
+mezquino sueldo oficial, y cierto día, en que alguien le preguntó admirado
+el porqué, dijo él: «Los dos primeros funcionarios del Estado, son
+la nodriza y el maestro de escuela». Había creado á su costa una sala de
+asilo, cosa desconocida á la sazón en Francia, y una caja de socorros
+para los obreros viejos é imposibilitados. Su fábrica era un centro, un
+nuevo barrio surgido á su alrededor, en el que no faltaban familias indigentes;
+estableció pues allí una farmacia gratuita.</p>
+
+<p>Al principio, cuando se le vió empezar, decían las buenas almas: «Es
+un atrevido que quiere hacerse rico». Cuando se le vió enriquecer al
+país antes que enriquecerse á sí propio, las mismas buenas almas dijeron:
+«Es un ambicioso». Y esto parecía tanto más probable, cuanto era
+aquel hombre religioso, practicando sus actos con cierta regularidad,
+cosa muy bien vista en aquella época. Iba regularmente á oir misa todos
+los domingos. El diputado local que husmeaba competencias en todas
+partes, no tardó en preocuparse de aquella religiosidad. El tal diputado,
+que había sido miembro del cuerpo legislativo del imperio, participaba
+de las ideas religiosas de un padre del Oratorio; conocido bajo el nombre
+de Fouché, duque de Otrante, del que había sido hechura y amigo. Á
+puerta cerrada se reía de Dios bonitamente. Pero cuando vió al rico industrial
+Magdalena oyendo la misa de las siete de la mañana, entrevió
+en él un candidato posible y resolvió superarle, tomando desde luego un
+confesor jesuita, asistiendo á vísperas y á misa mayor. La ambición, en
+aquellos tiempos, era, en la excepción directa de la palabra, una <em>carrera
+al campanario</em>. Los pobres aprovecharon de aquel temor, así como Dios
+mismo, porque el honorable diputado fundó también dos camas en el
+hospital, y fueron ya doce.</p>
+
+<p>Sin embargo, en 1819, corrió una mañana por la ciudad el rumor de
+que, á propuesta del señor prefecto y en consideración á los muchos servicios
+prestados al país, el tío Magdalena iba á ser nombrado por el rey
+alcalde de la ciudad. Aquéllos que habían tildado de «ambicioso» al forastero,
+aprovechaban satisfechos aquella ocasión, deseada por todos,<span class="pagenum" id="Page_147">[Pg 147]</span>
+exclamando: «¡He aquí lo que decíamos nosotros!». Todo el vecindario se
+enteró de ello. El rumor era cierto. Algunos días después apareció el
+nombramiento en el <em>Moniteur</em>. Al día siguiente el tío Magdalena renunció.</p>
+
+<p>Durante aquel mismo año 1819, los productos del nuevo procedimiento
+inventado por Magdalena figuraron en la exposición de la industria;
+fundándose en el informe del jurado, nombró el rey al inventor, caballero
+de la Legión de honor. Nuevos rumores en la población. ¡Ah! ya;
+¡era la cruz lo que quería! El tío Magdalena renunció á la cruz.</p>
+
+<p>Decididamente, era aquel hombre un enigma. Las buenas almas quedaron
+satisfechas diciendo: después de todo, no pasa de ser un aventurero.</p>
+
+<p>Ya lo hemos visto, el país le debía mucho, los pobres se lo debían
+todo; era tan útil, que era preciso acabar por venerarle, y tan cariñoso,
+que era indispensable acabar por amarle; sus obreros, en particular, le
+adoraban, y él admitía semejante adoración con cierta gravedad melancólica.
+Cuando se le consideró rico, «las personas de sociedad» le saludaron
+y se le llamaba en la ciudad el señor Magdalena; sus obreros y los
+chicos siguieron, no obstante, llamándole el <em>tío Magdalena</em>, siendo esto
+lo único que le hacía sonreir agradablemente. Á medida que iba encumbrándose,
+las invitaciones llovían sobre él. «La sociedad» le reclamaba.
+Las tertulias <em>del buen tono</em> que había en la ciudad y, que naturalmente,
+se hubieran cerrado en los primeros tiempos al artesano, abríanse de
+par en par al millonario. Á todas le invitaban. Á ninguna asistía.</p>
+
+<p>Tampoco entonces las buenas almas se dieron á partido.—«Es un
+hombre ignorante y de poca educación. Quién sabe de dónde ha salido.
+No sabría como conducirse en sociedad. Aún no está probado que sepa
+leer».</p>
+
+<p>Cuando se le había visto ganar dinero, decíase: es un comerciante.
+Cuando se le vió repartir sus riquezas, se dijo: es un ambicioso. Cuando
+se le vió renunciar los honores, dijeron: es un aventurero; y cuando se
+le vió esquivar el mundo, se le llamó bruto.</p>
+
+<p>En 1820, cinco años después de su llegada á la población, los servicios
+que había prestado al país eran tan notables y tan unánime la opinión
+de toda la comarca, que volvió nuevamente el rey á nombrarle alcalde
+de la ciudad. Renunció todavía, pero el prefecto no admitió la
+renuncia; todos los notables fueron á rogarle; el pueblo en plena calle le
+suplicaba; fué tanta la insistencia, que no tuvo más remedio que aceptar.
+Parece ser que lo que más le inclinó á semejante aceptación, fué el
+apóstrofe casi irritado de una vieja, mujer del pueblo, la cual exclamó
+desde el umbral de la puerta con desenfado: <em>Un buen alcalde es útil.
+¿Quién retrocede ante el bien que puede hacer?</em></p>
+
+<p>Ésta fué la tercera fase de su ascensión. El tío Magdalena había llegado
+á ser el señor Magdalena, el señor Magdalena era el señor alcalde.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_148">[Pg 148]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Sumas depositadas en casa Laffitte</b></p>
+
+
+<p>Sin embargo, el señor Magdalena, continuó tan sencillo como el primer
+día. Tenía el cabello gris, la mirada seria, el color tostado de un
+obrero, el aspecto reflexivo del filósofo. Llevaba de ordinario un sombrero
+de alas anchas, y un gabán largo de paño grueso abotonado hasta
+la barba. Llenaba sus funciones de alcalde, pero después de ello, vivía
+solitario. Hablaba muy poco. Excusaba los cumplimientos: saludaba de
+paso y sin detenerse; sonreía para ahorrarse el hablar, pasando por calles
+apartadas hasta para excusarse de sonreir. Las mujeres decían de él:
+«¡Buen oso!». Su mejor entretenimiento era pasear por el campo.</p>
+
+<p>Comía siempre solo, con un libro abierto delante, en el cual leía. Tenía
+una pequeña pero escogida biblioteca. Gustaba de los libros; los libros
+son amigos fríos y seguros. Á medida que aumentaba su tiempo
+con su fortuna, parecía que lo aprovechaba para cultivar su espíritu.
+Desde que se había establecido en la ciudad, notóse que de año en año
+su lenguaje iba puliéndose, siendo cada vez más delicado y suave.</p>
+
+<p>Llevaba frecuentemente en sus paseos campestres su escopeta, pero
+raras veces se servía de ella. Cuando llegaba el caso, por casualidad, su
+tiro era inefable. Jamás había matado un animal inofensivo. Jamás había
+tirado á un pajarillo.</p>
+
+<p>Aun cuando no era ya joven, decíase que tenía una fuerza prodigiosa.
+Ofrecía siempre su golpe de mano á quien pudiera necesitar de
+ello; levantaba un caballo, sacaba una rueda del atolladero y detenía
+por los cuernos un toro á la carrera. Llevaba siempre llenos sus bolsillos
+al salir, y vacíos al volver. Cuando atravesaba alguna aldea, los
+chiquillos harapientos se le acercaban alegremente, rodeándole como
+una nube de mosquitos.</p>
+
+<p>Creíase que había, en otros tiempos, vivido en el campo, porque poseía
+toda clase de secretos útiles que revelaba á los campesinos. De él
+aprendían á destruir la polilla de los trigos, aspergeando los graneros é
+inundando las hendiduras del suelo con una disolución de sal común, y
+á extirpar el gorgojo, suspendiendo por todas partes, en las paredes, en
+los techos, en los pajares y en las casas, romero en flor. Poseía «recetas»
+para extirpar de los campos la nigela, la arvejana, la cola de zorro, y
+tantas cuantas yerbas parásitas se comen el trigo. Salvaba una conejera
+de los ratones, nada más que con el olor de un marranillo de Berbería
+que hacía entrar.</p>
+
+<p>Un día vió gran número de campesinos ocupados en arrancar ortigas,
+fijóse en aquel montón de plantas arrancadas y ya secas diciendo:—Están
+muertas. Y no obstante sería de gran provecho si se supiesen
+utilizar. Cuando la ortiga es tierna, su hoja es una legumbre excelente;
+cuando seca, tiene filamentos y fibras como el cáñamo y el lino. La tela<span class="pagenum" id="Page_149">[Pg 149]</span>
+de ortiga valdría lo que la del cáñamo. Machacada la ortiga, es buena
+para la volatería; molida, es buena para los cornúpetos. La semilla de
+la ortiga mezclaba con el forraje da brillantez al pelo de los animales;
+la raíz mezclada con sal produce un hermoso color amarillo. Siendo,
+finalmente, un excelente heno que puede ser segado dos veces. Y ¿qué
+necesita la ortiga? Un poco de tierra, ningún cuidado ni cultivo alguno.
+Solamente que la semilla va cayendo á medida que la planta muere, y
+es algo difícil su recolección. Esto es todo. Tomándose un poco de trabajo,
+la ortiga sería de mucha utilidad; se la descuida y es dañina. Entonces
+se la mata. ¡Cuántos hombres se parecen á la ortiga! Añadiendo
+después de una pausa: Amigos míos, tened esto muy presente: no hay
+malas hierbas ni hombres malos. No hay sino malos cultivadores.</p>
+
+<p>Los muchachos le amaban igualmente, porque sabía hacer juguetes
+muy lindos con paja y cáscaras de coco.</p>
+
+<p>Cuando veía la puerta de una iglesia colgada de negro, entraba; buscaba
+los entierros, como buscan otros los bautizos. La viudez y la desgracia
+ajenas le atraían, á causa de su gran benignidad; mezclábase á
+los amigos en duelo, á las familias enlutadas, á los sacerdotes plañideros
+al rededor de un féretro. Parecía que daba gustoso por texto á sus pensamientos
+aquellas salmodias llenas de la vislumbre de otro mundo. Fija
+su mirada en el cielo, escuchaba con una especie de aspiración hacia los
+misterios de lo infinito, aquellas tristes voces que cantaban junto al borde
+del obscuro abismo de la muerte.</p>
+
+<p>Realizaba gran número de buenas acciones, escondiéndose para ello
+como se esconden otros por las malas. Penetraba ocultamente, de noche,
+en las casas, y subía furtivamente las escaleras. Más de un pobre diablo
+se encontraba, á lo mejor, al volver á su guardilla, con que la puerta
+había sido abierta, tal vez forzada, durante su ausencia. ¡El pobre hombre
+se creía que había estado allí algún ladrón! Entraba, y lo primero
+que veía era una moneda de oro olvidada sobre algún mueble. El «ladrón»
+que había estado allí, había sido el tío Magdalena.</p>
+
+<p>Era afable y triste á la vez. El pueblo decía: «He aquí un rico que
+no tiene nada de orgulloso. Un hombre feliz que parece no estar contento».</p>
+
+<p>Algunos pretendían que fuése un personaje misterioso, afirmando
+que no entraba nadie en su cuarto, el cual era una verdadera celda de
+anacoreta, ¡llena de relojes de arena alados, y adornada de tibias puestas
+en cruz y de calaveras! Esto se decía mucho, si bien algunas jóvenes
+elegantes y maliciosas, fueron un día á su casa y le dijeron:—Señor
+alcalde, enseñadnos vuestro cuarto. Se cuenta por ahí que es una gruta.—Sonrió,
+y les abrió inmediatamente la puerta de su «gruta», lo cual
+castigó merecidamente su curiosidad. Era una habitación sencillamente
+adornada con muebles de caoba bastante feos, como todos los de este
+género, tapizada con papel de doce sueldos. Nada había allí notable,<span class="pagenum" id="Page_150">[Pg 150]</span>
+como no fueran dos candeleros de forma antigua, colocados sobre la
+chimenea y que tenían todas las trazas de ser de plata, «pues estaban
+contrastados». Observación llena de espíritu de los pueblos pequeños.
+Á pesar de la visita, no por eso se dijo menos que nadie penetraba en su
+cuarto; y que era una especie de caverna de ermitaño, una cueva, un
+agujero, una tumba.</p>
+
+<p>Susurrábase también, que poseía «sumas inmensas» depositadas en
+casa Laffitte, con la particularidad de estar siempre á su inmediata disposición;
+de tal suerte, añadíase, que el señor Magdalena puede llegar
+el mejor día á casa Laffitte, firmar un recibo y llevarse sus dos ó tres
+millones, en diez minutos. En realidad, «aquellos dos ó tres millones» se
+reducían, como hemos dicho, á seiscientos treinta ó cuarenta mil francos.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>El señor Magdalena de luto</b></p>
+
+
+<p>Á principios de 1821 los periódicos publicaron la muerte del señor
+Myriel, obispo de D***, conocido generalmente por «<em>monseñor Bienvenido</em>»,
+fallecido en olor de santidad á la edad de ochenta y dos años.</p>
+
+<p>El obispo de D***, añadiendo aquí un detalle que omitieron los periódicos,
+hacía cuando murió, algunos años que estaba ciego, y con todo
+y estar ciego, tenía á su hermana junto á él.</p>
+
+<p>Digámoslo de paso: ser ciego y ser amado, es en efecto, sobre la tierra,
+donde no hay nada completo, una de las formas más extrañas y exquisitas
+de la felicidad. Tener continuamente á nuestro lado una mujer,
+una hija, una hermana, un ser encantador que está junto á nosotros porque
+necesitamos de él y porque no puede prescindir de nosotros, saber
+que somos indispensables á quien no es necesario, poder medir incesantemente
+su afecto por la cantidad de presencia que nos da, y poder decirnos:
+puesto que me consagra ella todo su tiempo, prueba que poseo
+todo su corazón; ver el pensamiento á falta de la figura; comprobar la
+fidelidad de un ser en el total eclipse del mundo; percibir el roce de un
+vestido como aleteo, sentirle ir y venir, salir, volver á entrar, hablar y
+cantar, y recordar luego que somos el centro de aquellos pasos, de aquellas
+palabras y aquellos cantos; patentizar á cada paso su propia atracción;
+conocerse uno tanto más poderoso cuanto más imposibilitado; llegar
+á ser en la obscuridad y por la obscuridad el astro en torno del cual
+gravita aquel ángel, pocas son las felicidades que igualen á ésta. La suprema
+dicha de la vida es la convicción de que uno es amado; amado
+por sí mismo; decimos mal, amado á pesar de nosotros mismos; esta convicción
+la alcanza el ciego. En semejante desgracia, ser servido es ser
+acariciado. ¿Falta algo entonces? No. Que no pierde la luz quien tiene
+amor. ¡Y qué amor! ¡Un amor compuesto únicamente de virtud! No hay
+ceguera donde hay certeza. El alma busca á tientas el alma, y la encuentra.
+Y aquella alma encontrada y comprobada es una mujer. Os<span class="pagenum" id="Page_151">[Pg 151]</span>
+sostiene una mano, es la suya; besa vuestra frente una boca, es su boca;
+sentís junto á vosotros una respiración, es ella. Todo tenerlo de ella, desde
+su culto hasta su piedad: no encontrarse jamás abandonado, tener
+aquella dulce debilidad para socorreros, apoyarse en aquella inquebrantable
+caña, tocar con nuestras manos la Providencia y poder retenerla
+en nuestros brazos como un Dios tangible, ¡qué arrobamiento! El corazón,
+esa obscura flor celestial, ábrese á cierta expansión misteriosa. ¡Nadie
+cambiaría semejante sombra por toda la luz! El alma ángel está allí,
+siempre allí; si se aleja, es para volver; se desvanece como el sueño y
+reaparece como la realidad. Siéntese el calor que se aproxima, allí está.
+Siéntese un exceso de serenidad, de gozo, de éxtasis, es un rayo de luz
+en medio de la noche. Y mil cuidados insignificantes. Nadas que resultan
+enormes en aquel vacío. Los más inefables acentos de la voz femenina
+empleados en acariciarnos y en suplirnos en el universo desvanecido.
+Siéntese así el cariño del alma. Nada se ve, pero se siente uno adorado.
+Es un paraíso en las tinieblas.</p>
+
+<p>Desde este paraíso, pasó al otro, monseñor Bienvenido. La noticia de
+su muerte fué reproducida por el diario local de M* sur M*. El señor
+Magdalena apareció al día siguiente vestido de negro con gasa en el
+sombrero.</p>
+
+<p>Notóse en el pueblo aquel luto, y se comentó. Parecióles una luz
+acerca del origen del señor Magdalena. Acabóse por creer que tenía algún
+parentesco con el venerable obispo. <em>Viste luto por el obispo de D***</em>,
+díjose en las tertulias, lo cual levantó mucho el concepto del señor Magdalena
+dándole súbita y repentinamente cierta consideración entre la
+nobleza de M* sur M*. El microscópico arrabal de San Germán de aquella
+ciudad pensó en levantar la cuarentena impuesta al señor Magdalena,
+pariente probable de un obispo. El señor Magdalena comprendió el adelantamiento
+que había obtenido en el aumento de reverencias que le hicieron
+las señoras mayores, y en las sonrisas más frecuentes que le dirigieron
+los jóvenes. Una tarde, cierta decana de aquel pequeño gran
+mundo, curiosa por derecho de ancianidad, se permitió preguntarle:</p>
+
+<p>—Señor alcalde, ¿seríais tal vez primo del difunto señor obispo de
+D***?</p>
+
+<p>Él contestó:</p>
+
+<p>—No, señora.</p>
+
+<p>—Pero,—repuso la noble viuda,—¿el luto que vestís es por él?</p>
+
+<p>Á lo que respondió el señor Magdalena:—Es que durante mi juventud
+fuí lacayo de su familia.</p>
+
+<p>Otra circunstancia debemos consignar todavía, y es que cada vez
+que pasaba por la ciudad algún niño saboyano recorriendo el país en
+busca de chimeneas que deshollinar, hacíale llamar el señor alcalde, y
+después de preguntarle su nombre le daba dinero. Los saboyanitos se lo
+decían unos á otros, así es que pasaban muchos.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_152">[Pg 152]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Vagos relámpagos en el horizonte</b></p>
+
+
+<p>Poco á poco y con el tiempo, todas las oposiciones se desvanecieron.
+Había habido en el encumbramiento del señor Magdalena, por esa especie
+de ley que subsiste siempre junto á los que se elevan, sus correspondientes
+injurias y calumnias, que se trocaron luego en sólo murmuraciones,
+más tarde en malicias, desvaneciéndose por último completamente;
+la consideración llegó á ser cumplida, unánime, cordial, y llegó
+un momento, hacia 1821, en el cual esta frase: <em>el señor alcalde</em> se pronunciaba
+en M* sur M* casi con el mismo acento que esta otra, <em>el señor
+obispo</em> era pronunciada en D*** en 1815. Muchos eran los que, de diez
+leguas á la redonda, iban á consultar á Magdalena. Él terminaba las diferencias,
+hacía que cesaran los pleitos y reconciliaba á los enemigos.
+Todo el mundo le quería por juez de su derecho. Parecía encerrar en su
+espíritu el libro de la ley natural. Era aquello como un contagio de veneración
+que, en seis ó siete años progresivamente, llegó á extenderse
+por todo el país.</p>
+
+<p>Sólo un hombre, así en la población como en la comarca, se libró absolutamente
+de aquel contagio; é hiciese lo que quisiere Magdalena, continuaba
+rebelde, como si algún instinto secreto é imperturbable le desvelase
+é inquietase. Parece, efectivamente, que existe en ciertos hombres
+un verdadero instinto bestial, puro é íntegro como todo instinto, que
+crea las antipatías y las simpatías, que separa fatalmente una naturaleza
+de otra naturaleza, que no titubea, que no se turba, ni guarda silencio,
+ni se desmiente jamás; claro en medio de su obscuridad, infalible,
+imperioso, refractario á todo consejo de la inteligencia y á todos los disolventes
+de la razón, y que, de cualquier manera que se presenten los
+destinos, advierte secretamente al hombre-perro de la presencia del
+hombre-gato, y al hombre-zorro de la presencia del hombre-león.</p>
+
+<p>Frecuentemente, cuando el señor Magdalena pasaba por una calle,
+tranquilo, afectuoso, rodeado de las bendiciones de todos, sucedía que
+un hombre de elevada estatura, vistiendo una levita color de plomo obscuro,
+armado con un grueso bastón y cubierta la cabeza con un sombrero
+rebajado, se volvía bruscamente hacia él y le seguía con la mirada
+hasta que había desaparecido, cruzado de brazos, moviendo lentamente
+la cabeza y levantando el labio superior impulsado por el inferior hasta
+la nariz, especie de mueca significativa que podría traducirse por:—Pero
+¿qué es lo que es este hombre?—De fijo yo le he visto en alguna parte.—En
+todo caso no ha de engañarme siempre.</p>
+
+<p>Aquel grave personaje, de gravedad casi amenazadora, era de éstos
+que, por rápidamente que se les mire, preocupan al observador.</p>
+
+<p>Llamábase Javert y era de la policía.</p>
+
+<p>Desempeñaba en M* sur M* las penosas pero útiles funciones de inspector.<span class="pagenum" id="Page_153">[Pg 153]</span>
+No había visto los principios del señor Magdalena. Javert debía el
+puesto que ocupaba á la protección del señor Chabouillet, secretario del
+ministro de Estado, conde Anglès, entonces prefecto de policía de París.
+Cuando Javert llegó á M* sur M*, la fortuna del gran industrial era ya
+un hecho, y el tío Magdalena era ya el señor Magdalena.</p>
+
+<p>Muchos agentes de policía tienen una fisonomía especial que se complica
+con cierto aire de bajeza mezclado á cierto aire de autoridad. Javert
+tenía una de estas fisonomías, pero sin la bajeza.</p>
+
+<p>Estamos convencidos de que si las almas fuesen visibles á los ojos, se
+vería claramente la rareza de que cada uno de los individuos de la especie
+humana, corresponde á algunas de las diversas especies de la creación
+animal; y entonces podría reconocerse fácilmente esta verdad, apenas
+vislumbrada por el pensador, que, desde la ostra hasta el águila, desde
+el puerco al tigre, todos los animales están en el hombre, y que cada
+uno de ellos está en un hombre. Y á veces, igualmente, varios de ellos á
+un mismo tiempo.</p>
+
+<p>Los animales no son otra cosa que las figuras de nuestras virtudes y
+de nuestros vicios, errantes ante nuestros ojos; los fantasmas visibles de
+nuestras almas. Dios nos los muestra para hacer que reflexionemos. Solamente
+que como los animales no son más que sombras, Dios no les ha
+hecho educables en toda la extensión de la palabra; ¿para qué? Al contrario,
+siendo nuestras almas realidades, y teniendo un fin propio, Dios
+les ha dado la inteligencia, es decir, la posibilidad de la educación. La
+educación social bien dirigida, puede siempre sacar de un alma, sea cual
+fuere, toda la utilidad que en ella se encierre.</p>
+
+<p>Sea ello dicho y bien entendido, desde el punto de vista terrestre aparente,
+y sin prejuzgar la cuestión profunda de la personalidad anterior ó
+ulterior de los seres que no son el hombre. El <em>yo</em> visible no autoriza en
+ningún caso al pensador para negar el <em>yo</em> latente.</p>
+
+<p>Hecha esta observación, prosigamos.</p>
+
+<p>Por lo tanto, si se admite de momento con nosotros, que en todo
+hombre se encierra una de las especies animales de la creación, nos será
+más fácil decir quién era el inspector Javert.</p>
+
+<p>Los aldeanos de Asturias están convencidos de que en cada camada
+de loba se encuentra un perro al cual mata la madre, á fin de evitar que
+en creciendo devore á los pequeños.</p>
+
+<p>Dadle un rostro humano á este perro, hijo de loba, y éste será Javert.</p>
+
+<p>Javert había nacido en una cárcel, de una de esas mujeres que echan
+la cartas, cuyo marido estaba en presidio. Al ser mayor, vió que se encontraba
+fuera de la sociedad, desesperanzado de poder entrar jamás en
+ella. Observó que la sociedad mantiene irremisiblemente separados de
+ella á dos clases de hombres, los que la atacan y los que la guardan; no
+podía elegir más que entre estas dos clases; y al mismo tiempo, sentíase
+poseído de no sé qué fondo de rigidez, de regularidad y de probidad,<span class="pagenum" id="Page_154">[Pg 154]</span>
+mezclada con cierto inexplicable odio hacia aquella raza de gitanos de
+la cual había nacido. Entró en la policía. Hizo carrera. Á los cuarenta
+años era inspector.</p>
+
+<p>Había estado, durante su juventud, empleado en los presidios del
+Mediodía.</p>
+
+<p>Antes de seguir adelante, expliquemos la frase, rostro humano, que
+hemos aplicado hace poco á Javert.</p>
+
+<p>El rostro humano de Javert consistía en una nariz achatada, con dos
+profundas ventanas, desde las cuales subían por los carrillos dos enormes
+patillas. Sentíase uno desagradablemente impresionado la primera
+vez que veía aquellas dos cavernas. Cuando Javert reía, lo cual era tan
+raro como espantoso, sus delgados labios parecían correrse, dejando ver,
+no solamente sus dientes, sino también sus encías, y se formaba al rededor
+de su nariz una arruga abultada y salvaje como si fuera el hocico de
+un animal carnívoro. Javert serio era un perro de presa; cuando reía,
+un tigre. Por lo demás, tenía poco cráneo, mucha mandíbula; los cabellos
+cubrían su frente y le caían sobre las orejas; entre ambos ojos un
+ceño central permanente como una estrella de cólera, la mirada obscura,
+la boca contraída y temible, y una expresión de mando feroz.</p>
+
+<p>Este hombre se componía de dos sentimientos tan sencillos como relativamente
+buenos, pero que él hacía casi malos á fuerza de exagerarlos;
+el respeto á la autoridad y el odio á la rebeldía; pues á sus ojos el
+robo, el asesinato, todos los crímenes, no eran otra cosa que otras tantas
+formas de la rebeldía. Envolvía en una especie de fe ciega y profunda,
+á todo el que desempeñaba alguna función del Estado, desde el primer
+ministro al guarda bosque. Cubriendo igualmente de desprecio, aversión
+y desagrado á todo el que había saltado una vez el dique legal de la maldad.
+Era absoluto sin admitir excepciones. Por una parte, decía:—El
+funcionario no puede engañarse; el magistrado jamás se equivoca.—De
+la otra, decía:—Éstos están irremisiblemente perdidos. Nada de bueno
+pueden dar.—Era su opinión completamente partidaria de la de esos
+espíritus extremados, que atribuyen á la ley humana no sé qué facultad
+para hacer, ó, si se quiere, patentizar demonios, y que ponen una Estigia
+en la parte baja de la sociedad. Era estoico, serio, austero; pensador
+triste; humilde y altivo como los fanáticos. Su mirada era una barrena,
+una barrena fría, y así taladraba. Todo su modo de ser estaba encerrado
+en estas dos palabras: velar y vigilar. Había introducido la línea recta
+en lo que hay en el mundo más tortuoso; tenía conciencia de su utilidad,
+la religión de sus funciones, y era espía como hubiera sido sacerdote.
+¡Desdichado del que caía en sus manos! Hubiera detenido á su padre á
+intentar escaparse de presidio y denunciando á su madre al huir de la
+cárcel. Y lo hubiera hecho con aquella especie de satisfacción interna
+que produce la virtud. Además, su vida era toda privación, aislamiento,
+abnegación, castidad; jamás una sola distracción. Era el mismo deber<span class="pagenum" id="Page_155">[Pg 155]</span>
+implacable; la policía comprendida, como los espartanos comprendían á
+Esparta; una vigilancia despiadada, una honradez bárbara, un espía de
+mármol. Bruto encarnado en Vidocq.</p>
+
+<p>Todo en la persona de Javert revelaba al hombre que espía y que se
+esconde. La escuela mística de José Maistre, la cual, en aquella época,
+salpimentaba con su elevada cosmogonía los llamados periódicos ultras,
+no hubiera dejado de decir que Javert era un símbolo. No se le veía la
+frente, que desaparecía bajo su sombrero; no se le veían los ojos, que se
+perdían bajo sus cejas; no se le veía la barba, que se hundía dentro la
+corbata; no se veían sus manos, que se quedaban dentro las mangas; no
+se le veía el bastón, por llevarlo siempre bajo la levita. Pero en llegando
+la ocasión, veíase de súbito salir de aquellas sombras, como de una emboscada,
+una frente angulosa y deprimida, una mirada funesta, una barba
+amenazadora, unas manos enormes y un rebenque monstruoso.</p>
+
+<p>En sus momentos de ocio, bien escasos por cierto, á pesar de odiar
+los libros, leía; debiéndose á ello que no fuése ignorante del todo. Esto
+se reconocía fácilmente en cierto énfasis que había en sus palabras.</p>
+
+<p>No tenía ningún vicio, ya lo hemos dicho. Cuando estaba satisfecho
+de sí mismo, se permitía tomar un polvo de tabaco. Por ahí solamente
+estaba unido á la humanidad.</p>
+
+<p>Comprendíase fácilmente que Javert fuése el terror de toda aquella,
+clase de gente que la estadística anual del ministerio de Justicia designa
+bajo el epígrafe: <em>Gentes de oficio desconocido</em>. Con sólo pronunciar el
+nombre de Javert se desbandaban; la figura de Javert apareciendo, les
+petrificaba.</p>
+
+<p>Tal era aquel hombre formidable.</p>
+
+<p>Javert era como un ojo fijo constantemente sobre el señor Magdalena.
+Ojo lleno de sospechas y conjeturas. El señor Magdalena había
+acabado por comprenderlo y sin embargo parecía no dar á ello la menor
+importancia. Jamás le hizo á Javert la menor pregunta; no le buscaba
+ni le evitaba, soportando, sin fijarse, al parecer, aquella mirada pesada
+y casi provocadora. Trataba á Javert como á todo el mundo, con sencilla
+bondad.</p>
+
+<p>Por algunas palabras escapadas á Javert, adivinábase que había buscado
+secretamente, con la curiosidad propia de la raza, en la cual entran
+por igual el instinto y la voluntad, todos los vestigios anteriores que
+Magdalena hubiese podido dejar en alguna parte. Parecía saber, y algunas
+veces lo dejaba entender, bajo palabras más ó menos veladas, que
+alguien había tomado ciertos informes en cierto país, sobre cierta familia
+desaparecida. Una vez llegó á decir hablando consigo mismo:—¡Creo
+que ya le tengo! Luego estuvo tres días como ensimismado sin decir una
+palabra. Parecía que el hilo que se creía haber atrapado se le hubiese
+roto.</p>
+
+<p>Por lo demás, y es éste el correctivo necesario á lo que el sentido de<span class="pagenum" id="Page_156">[Pg 156]</span>
+ciertas frases pudieran presentar de demasiado absoluto, no puede haber
+nada verdaderamente infalible en ninguna criatura humana, y es propio
+del instinto precisamente el poder ser turbado, despistado, desorientado.
+Sin esto resultaría superior á la inteligencia, y el bruto resultaría entonces
+mejor iluminado que el hombre.</p>
+
+<p>Javert estaba evidentemente algo desconcertado, viendo la tranquila
+serenidad de Magdalena.</p>
+
+<p>Cierto día, no obstante, sus extrañas maneras parecieron causar cierta
+impresión en Magdalena.</p>
+
+<p>He aquí el motivo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Fauchelevent</b></p>
+
+
+<p>Pasando una mañana el señor Magdalena por una calle sin empedrar
+de M* sur M*, oyó un gran barullo y vió un grupo á corta distancia.
+Acercóse á ver lo que era, y vió que un viejo, llamado el tío Fauchelevent,
+acababa de caer debajo de su carro, cuyo caballo estaba rendido.</p>
+
+<p>Era Fauchelevent uno de los raros enemigos que tenía aún el señor
+Magdalena en aquella época. Cuando Magdalena había llegado á la ciudad,
+Fauchelevent, antiguo tabelión y campesino casi letrado, practicaba
+cierta clase de negocios que empezaban á irle mal. Fauchelevent
+había visto aquel simple obrero que iba enriqueciéndose, mientras, que
+él, maestro, se arruinaba. Esto le había llenado de envidia, haciendo
+que aprovechara cuantas ocasiones se le presentaran para atacar á Magdalena.
+Cuando ya arruinado y viejo, sin quedarle más que un carro y
+un caballo, sin familia y sin hijos por otra parte, se hizo carretero para
+poder vivir.</p>
+
+<p>El caballo se había roto, al caer, ambas piernas, y no podía moverse.
+El viejo estaba cogido entre las ruedas. La caída había sido verdaderamente
+desgraciada, pues todo el peso del carruaje gravitaba sobre
+su pecho. El carro estaba completa y pesadamente cargado. El pobre
+Fauchelevent lanzaba gritos lastimeros. Habíase probado de arrancarle
+de allí, pero inútilmente. Un esfuerzo desordenado, una ayuda mal
+dada, una sacudida en falso podían aplastarle. Era imposible salvarle
+de otra manera que no fuése levantar el carro por debajo. Javert, que
+había aparecido en el momento del accidente, había mandado á buscar
+un gato.</p>
+
+<p>El señor Magdalena llegó. Apartóse respetuosamente todo el mundo.</p>
+
+<p>—¡Ayudadme!—gritaba el viejo Fauchelevent.—¿No habrá por ahí
+algún buen hombre para salvar á este pobre viejo?</p>
+
+<p>Magdalena volvióse hacia los allí reunidos:</p>
+
+<p>—¿No hay un gato de albañil?</p>
+
+<p>—Han ido á buscar uno—contestó un hombre.</p>
+
+<p>—¿Cuánto tardará en estar aquí?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_157">[Pg 157]</span></p>
+
+<p>—Sí, han ido por el que podía encontrarse más cerca, á Flachot, en
+casa el herrero; en fin, sea como fuere, siempre tardará un buen cuarto
+de hora.</p>
+
+<p>—¡Un cuarto de hora!—exclamó Magdalena.</p>
+
+<p>Á la víspera había llovido, y estaba el suelo empapado, así es que el
+carro se iba hundiendo en el suelo, comprimiendo más y más el pecho
+del viejo carretero. Era casi seguro que antes de cinco minutos tendría
+rotas las costillas.</p>
+
+<p>—Es imposible esperar un cuarto de hora,—dijo Magdalena á los
+artesanos que estaban mirando.</p>
+
+<p>—¡Y no hay otro medio!</p>
+
+<p>—Pero no habrá tiempo; ¿no estáis viendo como va hundiéndose el
+carro?</p>
+
+<p>—¡Virgen santísima!</p>
+
+<p>—Oid,—repuso Magdalena,—queda todavía debajo del carro espacio
+bastante para que un hombre pueda penetrar y levantarle luego con la
+espalda. En medio minuto se arranca del peligro á este pobre hombre.
+¿Hay alguien por aquí que tenga fuerza y corazón para ello? ¡Cinco
+luises de oro que ganar!</p>
+
+<p>Nadie de los del grupo contestó.</p>
+
+<p>—¡Diez luises!—dijo Magdalena.</p>
+
+<p>Los asistentes bajaron los ojos. Uno de ellos murmuró:—Sería preciso
+ser de hierro. ¡Luego es muy fácil quedar aplastado!</p>
+
+<p>—Á ver,—volvió á decir Magdalena,—¡veinte luises!</p>
+
+<p>El mismo silencio.</p>
+
+<p>—No es la buena voluntad lo que hace falta,—dijo una voz.</p>
+
+<p>El señor Magdalena volvió la cabeza, y reconoció á Javert. No le
+había notado al llegar.</p>
+
+<p>Javert continuó:</p>
+
+<p>—Se necesita gran fuerza. Sería preciso ser un hombre terrible para
+levantar un carro como éste con la espalda.</p>
+
+<p>Luego, mirando con fijeza á Magdalena, prosiguió acentuando mucho
+las palabras que iba pronunciando:</p>
+
+<p>—Señor Magdalena, no he conocido en mi vida más que un solo
+hombre capaz de hacer lo que proponeis.</p>
+
+<p>Magdalena se estremeció.</p>
+
+<p>Javert continuó con aire indiferente, pero sin apartar los ojos de
+Magdalena:</p>
+
+<p>—Era un presidiario.</p>
+
+<p>—¡Ah!—exclamó Magdalena.</p>
+
+<p>—De Tolón.</p>
+
+<p>Magdalena palideció.</p>
+
+<p>Entretanto continuaba el carro hundiéndose poco á poco. El infeliz
+Fauchelevent rugía y aullaba.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_158">[Pg 158]</span></p>
+
+<p>—¡Me ahogo! ¡se rompen mis costillas! ¡un gato, una palanca, cualquier
+cosa! ¡Ah!</p>
+
+<p>Magdalena miraba en torno suyo.</p>
+
+<p>—¿No hay quién se quiera ganar veinte luises y salvar la vida á este
+pobre viejo?</p>
+
+<p>Ninguno de los asistentes se movió: Javert repuso:</p>
+
+<p>—Yo jamás he conocido otro hombre capaz de reemplazar el gato,
+que el presidiario.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡ved que me aplasta!—exclamaba el viejo.</p>
+
+<p>Magdalena irguió la cabeza, encontrando la mirada de halcón de
+Javert siempre fija sobre él, vió también todos los hombres del corro
+inmóviles, y sonrió tristemente.</p>
+
+<p>Inmediatamente, y sin decir más palabra, doblóse sobre sus rodillas,
+y antes que la gente agrupada tuviese tiempo de lanzar un grito, estuvo
+ya debajo del carruaje.</p>
+
+<p>Hubo entonces un momento espantoso de expectación y de silencio.</p>
+
+<p>Vióse á Magdalena casi aplanado sobre el suelo bajo aquel peso, intentar
+por dos veces inútilmente, apoyar los ante-brazos en las rodillas.
+Gritábanle:</p>
+
+<p>—¡Tío Magdalena! ¡retiraos!</p>
+
+<p>El viejo Fauchelevent mismo exclamó:</p>
+
+<p>—¡Señor Magdalena, salid de aquí! ¡no tengo más remedio que morir,
+ya lo veis! ¡dejadme! ¿Queréis haceros aplastar también?</p>
+
+<p>Magdalena no dijo una palabra.</p>
+
+<p>Los del corro alentaban apenas. Las ruedas habían continuado hundiéndose,
+y era ya casi imposible que Magdalena pudiese salir de debajo
+del carro.</p>
+
+<p>De pronto se vió como si la enorme masa vacilara, el carro fué levantándose
+lentamente, las ruedas acababan de salir del carril. Oyóse
+entonces una voz ahogada que exclamaba: Pronto, dadme ayuda. Era
+Magdalena que estaba haciendo el último esfuerzo.</p>
+
+<p>Todo el mundo se precipitó. La resolución de uno solo estaba dando
+fuerza y valor á todos. El carro se vió sostenido por veinte brazos. El
+viejo Fauchelevent estaba salvado.</p>
+
+<p>Magdalena se levantó. Estaba pálido, aunque bañado en sudor. Sus
+vestidos estaban desgarrados y cubiertos de barro. Todos lloraban. El
+viejo besaba sus rodillas y le llamaba su Providencia. Él, manifestaba
+en su expresión una especie de sufrimiento dichoso y celestial, fijando
+su tranquila mirada sobre Javert, que seguía mirándole sin pestañear.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Fauchelevent, Jardinero en París</b></p>
+
+
+<p>Fauchelevent se había lesionado la rodilla en la caída. El señor Magdalena
+le hizo trasladar á la enfermería que tenía establecida para sus<span class="pagenum" id="Page_159">[Pg 159]</span>
+obreros en el mismo edificio de la fábrica, la cual estaba servida por dos
+hermanas de la Caridad. Al día siguiente por la mañana se encontró el
+pobre viejo un billete de mil francos en su mesa de noche, con estas palabras
+escritas por el propio Magdalena: <em>Os compro vuestro carro y
+vuestro caballo</em>. El carro estaba roto, el caballo muerto. Fauchelevent
+curó, pero la rodilla quedó dislocada. El señor Magdalena, por recomendación
+de las hermanas de la Caridad y de su cura, hizo colocar al
+buen viejo, de jardinero en un convento de monjas del cuartel de San
+Antonio de París.</p>
+
+<p>Algún tiempo después, el señor Magdalena fué nombrado alcalde. La
+primera vez que Javert vió al señor Magdalena revestido con la banda
+que le daba el carácter de primera autoridad de la población, sintió una
+especie de estremecimiento como el que podría sentir un dogo olfateando
+un lobo bajo los vestidos de su dueño. Desde entonces, evitó el verle
+cuanto pudo. Cuando las necesidades del servicio lo exigían imperiosamente
+y no podía hacer otra cosa que hablar directamente con el señor
+alcalde, cumplía su deber con profundo respeto.</p>
+
+<p>Aquella prosperidad de M* sur M* creada por el tío Magdalena, tenía,
+sobre los signos visibles que hemos indicado, otro síntoma que, no
+por dejar de ser visible, era menos significativo. Este síntoma no engaña
+jamás. Cuando la población sufre, cuando el trabajo falta, cuando el
+comercio es nulo, el contribuyente resiste los impuestos por penuria,
+apura y deja pasar los plazos, y el Estado sufre grandes pérdidas en
+apremios y reembolsos. Cuando el trabajo abunda, cuando el país es dichoso
+y rico, los impuestos se pagan fácilmente y cuestan poco al Estado.
+Puede decirse que la miseria y la riqueza pública tienen un termómetro
+infalible, los gastos de percepción del impuesto. En siete años habían
+sido reducidos estos gastos de tres cuartas partes en el distrito de
+M* sur M*, lo cual hacía que frecuentemente citase dicho distrito como
+modelo entre todos los demás, el señor de Villèle, ministro de Hacienda
+á la sazón.</p>
+
+<p>Tal era la situación de aquel país cuando regresó Fantina. Nadie se
+acordaba de ella. Afortunadamente la puerta de la fábrica del señor
+Magdalena era lo que una cara conocida. En cuanto se presentó, fué admitida
+en el taller de mujeres. Era el oficio enteramente nuevo para Fantina,
+y no podía por lo tanto ser diestra en él, por cuya razón sacaba
+un jornal bastante escaso; sin embargo, era lo suficiente á sus principales
+necesidades; estaba pues resuelto el problema de ganarse la vida.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>La señora Victurnien emplea treinta francos en moralidad</b></p>
+
+
+<p>Cuando vió Fantina que podía vivir, tuvo un momento de alegría.
+Vivir honestamente del trabajo propio, ¡qué favor del cielo! El amor al
+trabajo renació verdaderamente en ella. Compróse un espejo, regocijándose<span class="pagenum" id="Page_160">[Pg 160]</span>
+al ver su juventud, sus hermosos cabellos y sus bellísimos dientes;
+olvidóse de muchas cosas para no pensar sino en Cosette y en las posibilidades
+del porvenir y fué dichosa. Alquiló un cuartito que amuebló á
+crédito de su trabajo futuro, resto de sus costumbres desordenadas.</p>
+
+<p>No pudiendo decir que estaba casada, guardóse muy bien, como hemos
+ya dejado entrever, de hablar de su hija.</p>
+
+<p>En sus principios, según se ha visto, pagaba exactamente á los Thénardier.
+Como no sabía más que firmar, tuvo necesidad de escribir por
+la mediación de un escribiente público.</p>
+
+<p>Escribía frecuentemente, lo cual se notó, empezándose á decir por lo
+bajo en el taller de mujeres, que Fantina «escribía cartas» y que tenía
+«ciertos aires».</p>
+
+<p>Nadie más á propósito para espiar las acciones de las gentes que
+aquellas personas con quienes no tienen nada que ver.—¿Por qué este
+señor no viene nunca antes de anochecer? ¿Por qué el señor tal no cuelga
+los jueves la llave en su lugar? ¿Por qué anda siempre por callejones?
+¿Por qué la señora baja siempre del coche antes de llegar á la casa?
+¿Por qué manda á comprar un cuadernillo de papel de cartas, teniendo
+«llena su papelera»?, etc., etc. Existen seres que, por conocer el objeto
+de tales enigmas, los cuales les son, por otra parte, perfectamente indiferentes,
+emplean más dinero, gastan más tiempo, y se dan más trabajo
+del que sería necesario para diez buenas acciones; y esto gratuitamente,
+por gusto, sin ser pagada su curiosidad más que por la curiosidad misma.
+Seguirán días enteros á éste ó aquél, pasarán horas y horas de
+guardia en las esquinas, de noche, entre los árboles, desafiando lluvias
+y fríos, sobornarán criados, emborracharán cocheros y lacayos, comprarán
+doncellas, harán suyos los porteros. ¿Para qué? para nada. Por
+encarnizamiento de ver, de saber y de penetrar. Pura comezón de murmurar
+y nada más. Y frecuentemente conocidos semejantes secretos,
+tales misterios publicados, expuestos á la luz del día los enigmas, producen
+catástrofes, duelos, descréditos, ruinas de familias, amargando
+innumerables existencias, por el gran placer de quienes lo han «descubierto
+todo» sin interés, sólo por instinto. ¡Triste cosa por cierto!</p>
+
+<p>Ciertas personas son malas únicamente por necesidad de hablar. Sus
+palabras, conversando en la tertulia y charlando en la antecámara, son
+como las chimeneas que consumen pronto la leña; les hace falta mucho
+combustible, siendo su combustible el prójimo.</p>
+
+<p>Se observó pues á Fantina.</p>
+
+<p>Á más de ello, no faltaba quien tuviese envidia de sus rubios cabellos
+y de sus dientes blancos.</p>
+
+<p>Súpose que en el taller, en medio de las otras se volvía frecuentemente
+para enjugar una lágrima. Era en los momentos en que recordaba á
+su hija, y también, tal vez, el hombre á quien amó.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_161">[Pg 161]</span></p>
+
+<p>Es un trabajo penosísimo el de romper los sombríos nudos del pasado.</p>
+
+<p>Se averiguó también que escribía, al menos dos veces cada mes,
+siempre con la misma dirección, y franqueando las cartas. Se pudo adquirir
+un sobre en que se leía: <em>Al señor Thénardier, hostelero, en Montfermeil</em>.
+Se hizo hablar en la taberna al escribiente, un infeliz viejo que
+no conseguía llenar su estómago de vino tinto sin desembarazar su pecho
+de secretos. Para abreviar: súpose que Fantina tenía un hijo, «que debía
+ser tal vez una hija». Se encontró comadre que hizo el viaje, á Montfermeil;
+habló con los Thénardier, y dijo á su vuelta: «Con los treinta francos
+que me ha costado el viaje, lo he sacado todo en limpio. ¡He visto la
+criatura!».</p>
+
+<p>La comadre, que tal hizo, era una gorgona llamada señora Victurnien,
+guardiana y portera de la virtud de todo el mundo. La señora Victurnien
+contaba cincuenta y seis años, y doblaba la máscara de su fealdad
+con la máscara de la vejez. Voz temblorosa, espíritu caprichoso. Aquella
+vieja había sido joven, parecía mentira. Durante su juventud, en pleno
+93, casóse con un fraile escapado del claustro, con gorro encarnado, pasando
+de los Bernardinos á los Jacobinos. Era seca, ruda, áspera, espinosa,
+venenosa casi; acordándose siempre del fraile de quien había enviudado
+y que le había domado y doblegado. Era una ortiga en la que
+se notaba desde luego el roce del hábito frailuno. Durante la restauración
+se hizo beata, pero con tal energía, que los clericales le perdonaron
+su enlace con el fraile. Tenía una pequeña posesión que había legado
+ruidosamente á una comunidad religiosa. Estaba pues muy considerada
+en el obispado de Arras. Esta Victurnien fué quien estuvo en Montfermeil,
+y volvió diciendo: «Yo he visto la criatura».</p>
+
+<p>Todo esto necesitó su tiempo; Fantina estaba ya, más de un año hacía,
+en la fábrica, cuando una mañana la encargada del taller le entregó,
+de parte del señor alcalde, cincuenta francos, diciéndole que quedaba despedida,
+y que de parte también del propio señor alcalde, se la invitaba
+á dejar la población.</p>
+
+<p>Éste tuvo lugar, precisamente, en el mismo año que los Thénardier,
+después de pedirle doce francos en lugar de seis, le estaban exigiendo
+quince francos en lugar de doce.</p>
+
+<p>Fantina quedó aterrada. No podía dejar el pueblo. Estaba debiendo
+el alquiler y los muebles. Cincuenta francos no eran suficientes á saldar
+estas deudas. Balbuceó algunas frases suplicantes. La encargada le significó
+que debía salir inmediatamente del taller. Fantina no era, por otra
+parte, más que una obrera mediana. Agobiada de vergüenza más que de
+desesperación, salió del taller y se fué á su cuarto. ¡Su falta era ya conocida
+de todo el mundo!</p>
+
+<p>No se juzgaba con fuerzas para decir una palabra. Se le aconsejó que<span class="pagenum" id="Page_162">[Pg 162]</span>
+viera al señor alcalde, á lo que no se atrevió. El alcalde le había dado
+cincuenta francos, porque era bueno y la despedía, porque era justo. Sometióse
+pues á este mandato.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>Triunfo de la señora Victurnien</b></p>
+
+
+<p>La viuda del fraile fué útil para algo.</p>
+
+<p>Por otra parte, el señor Magdalena no sabía un palabra de todo aquello.
+Tales son las combinaciones de sucesos de que está llena la vida. El
+señor Magdalena tenía la costumbre de no entrar casi nunca en el taller
+de mujeres.</p>
+
+<p>Había colocado á la cabeza de dicho taller una vieja solterona que le
+habían recomendado, y tenía toda su confianza en esta mujer, persona
+verdaderamente respetable, firme, equitativa é íntegra, poseída del espíritu
+de caridad, que consiste en dar, pero sin sentir en el mismo grado
+el alma de la caridad que vive de la comprensión y que perdona. El señor
+Magdalena descansaba en ella. Los mejores hombres se ven obligados
+frecuentemente á delegar su autoridad. Así, pues, dentro de sus plenos
+poderes y en la convicción de que obraba bien, la celadora del taller
+instruyó el proceso, juzgó, condenó, y ejecutó á Fantina.</p>
+
+<p>En cuanto á los cincuenta francos, ella los había dado sacándolos de
+una cantidad que el señor Magdalena le había confiado para limosnas y
+socorros de obreras, de la que no daba cuenta.</p>
+
+<p>Fantina se ofreció á servir de criada, y al efecto fué de puerta en
+puerta buscando colocación. Nadie aceptó sus servicios. No había podido
+dejar la población. El prendero á quien ella debía sus muebles, ¡qué
+muebles! le había dicho: «si os marcháis, os haré prender como ladrona».
+El propietario, al cual adeudaba el alquiler, díjole: «Sois joven y bonita,
+por lo tanto no ha de faltaros con qué pagar». Partió los cincuenta francos
+entre el propietario y el prendero; devolvió á éste las tres cuartas
+partes de su mobiliario, no quedándose más que con lo indispensable, y
+se encontró sin trabajo, sin oficio, sin más que su cama, y debiendo todavía
+cerca de cien francos.</p>
+
+<p>Púsose á coser camisas ordinarias para los soldados de la guarnición,
+ganando doce sueldos al día. Su hija le costaba diez. Entonces fué cuando
+empezó á no pagar puntualmente á los Thénardier.</p>
+
+<p>Sin embargo, una pobre vieja, que encendía su luz cuando ella volvía
+por la noche, le enseñó el arte de vivir en la miseria. Después de
+vivir con poco, viene el vivir con nada: son ello dos cuartos, obscuro el
+primero, el segundo negro.</p>
+
+<p>Fantina aprendió la manera de pasar sin fuego todo un invierno,
+como se prescinde del pajarillo que se os comía un sueldo de alpiste
+cada dos días, cómo se hace de las sayas cobertor y del cobertor sayas,
+cómo se ahorra la vela, cenando á la luz de la ventana de enfrente.<span class="pagenum" id="Page_163">[Pg 163]</span>
+¿Quién es capaz de acertar todo lo que ciertos seres débiles, que han
+envejecido en la indigencia y la honradez, saben sacar de un sueldo?
+Acaba ello por ser una ciencia. Fantina llegó á poseerla, y con ella
+recobró cierto valor.</p>
+
+<p>En aquella época, decíale ella á una de sus vecinas: «¡Bah! me digo
+yo: no durmiendo más que cinco horas, y dedicando todas las demás á
+la costura, podré ganar casi diariamente para pan. Luego cuando se
+está triste, se come menos. Así es que con los sufrimientos é inquietudes,
+un poco de pan por una parte, y los disgustos por otra, todo en junto
+me irá alimentando».</p>
+
+<p>Dentro esta apurada situación, el tener á su hija junto á ella hubiera
+sido una singular dicha. Llegó á pensar en hacerla venir. Pero, ¿por qué
+hacerla participar de su desnudez? Luego ¡estaba adeudando á los Thénardier!
+¿cómo saldar su cuenta, y luego, el viaje, cómo pagarlo?</p>
+
+<p>La vieja que le había dado, lo que podríamos llamar lecciones de la
+vida indigente, era una santa mujer llamada Margarita, devota de buena
+fe, pobre y caritativa para con los pobres, y aún para con los ricos;
+sabía escribir lo bastante para firmar <em>Margarita</em>, y creía en Dios que
+es la existencia.</p>
+
+<p>Existen muchas de estas virtudes en lo bajo; un día estarán en lo
+alto. Esta vida tiene siempre una mañana.</p>
+
+<p>Al principio, Fantina estaba tan avergonzada, que apenas se atrevía
+á salir.</p>
+
+<p>Cuando estaba en la calle, adivinaba que las gentes se volvían atrás
+para señalarla con el dedo; todo el mundo se fijaba en ella y nadie la saludaba;
+el menosprecio acre y frío de los transeuntes penetraba sus carnes,
+y aún su alma, como el viento norte.</p>
+
+<p>En las poblaciones pequeñas, parece que una desgraciada se encuentre
+sin abrigo entre el sarcasmo y la curiosidad general. En París, al
+menos, nadie les conoce, y semejante obscuridad viene á ser un vestido.
+¡Oh! ¡cómo hubiera querido ella volver á París! Era imposible.</p>
+
+<p>Fué indispensable acostumbrarse al desprecio, como se había acostumbrado
+á la miseria. Poco á poco fué ella tomando su partido. Después
+de dos ó tres meses, llegó á sacudir sus aprensiones y salir á la calle
+como si nada hubiera pasado. «Todo me es igual», díjose.</p>
+
+<p>Iba pues, y venía, con la cabeza erguida, sonriendo amargamente y
+sintiendo que iba perdiendo la vergüenza.</p>
+
+<p>La señora Victurnien la miraba pasar algunas veces desde su ventana,
+advirtiendo la desdicha de «aquella criatura», gracias á ella «colocada
+donde debía estar», y se felicitaba. Las gentes malas tienen la dicha
+negra.</p>
+
+<p>El exceso de trabajo fatigaba á Fantina, y la tosecilla seca que tenía
+iba en aumento. Algunas veces decía á su vecina Margarita: «Tocad,
+ved mis manos como arden».</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_164">[Pg 164]</span></p>
+
+<p>No obstante, por la mañana, cuando peinaba con un peine viejo y
+roto sus hermosos cabellos, que brillaban como la seda floja, gozaba un
+instante de feliz coquetería.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">X<br>
+<b>Prosigue el triunfo</b></p>
+
+
+<p>Había sido despedida del taller á fines del invierno; se pasó el verano,
+pero volvió el invierno. Días cortos, menos trabajo. El invierno carece
+de calor, de luz, de medio día; la tarde va unida á la mañana, niebla
+y crepúsculo, la ventana parece empañada, no se ve claro. El cielo es
+un tragaluz. El día entero una cueva. El sol tiene el aspecto de un pobre.
+¡El horror impera! El invierno trueca en piedras el agua del cielo y
+el corazón del hombre. Sus acreedores la acosaban.</p>
+
+<p>Fantina ganaba muy poco. Sus deudas habían crecido. Los Thénardier,
+mal pagados, le escribían cartas á cada instante, cuyo contenido
+la desolaba al par que sus portes la arruinaban. Cierto día le escribieron
+que su pequeña Cosette estaba completamente desnuda con el frío que
+hacía, que tenía necesidad de una saya de lana, y que era preciso que
+mandase la madre, para ello, diez francos por lo menos. Al recibir la
+carta se pasó todo el día estrujándola entre sus manos. Por la noche entró
+en casa de un barbero que vivía en un extremo de la calle, y se quitó
+el peine que le sujetaba el pelo. Su admirable cabellera rubia se extendió
+y cayó hasta las caderas.</p>
+
+<p>—¡Bonito cabello!—exclamó el barbero.</p>
+
+<p>—¿Cuánto me daríais por él?—preguntó Fantina.</p>
+
+<p>—Diez francos.</p>
+
+<p>—Cortadlos.</p>
+
+<p>Compró inmediatamente una saya de punto de lana y se la mandó á
+los Thénardier.</p>
+
+<p>Esta saya puso furiosos á los Thénardier. Era el dinero lo que ellos
+querían: Dieron pues la saya á su Eponina. La pobre Alondra continuó
+tiritando.</p>
+
+<p>Fantina pensaba:—«Mi hija no tiene ya frío. La he vestido con mis
+cabellos».—Púsose entonces una gorrita redonda, ajustada á su cabeza
+rapada, con la cual estaba aún graciosa.</p>
+
+<p>Operóse entonces una evolución tenebrosa en el corazón de Fantina.</p>
+
+<p>Cuando vió que no podía peinarse, comenzó á sentir odio á todo
+cuanto la rodeaba. Había, por largo tiempo, participado de la veneración
+general hacia el tío Magdalena, á pesar de lo cual á fuerza de repetirse
+que había sido él quien la había despedido, y que era él la causa
+de su desgracia, llegó á odiarle á él más que á todos. Cuando pasaba
+junto á la fábrica á las horas que los obreros acostumbran á estar á la
+puerta, afectaba reir y cantar.</p>
+
+<p>Una obrera ya vieja, que la observó una vez, mientras cantaba y<span class="pagenum" id="Page_165">[Pg 165]</span>
+reía de aquella manera, exclamó:—He aquí una chica que acabará mal.</p>
+
+<p>No tardó <em>la chica</em> en tener un amante; el primero que se le acercó,
+un hombre á quien no amaba, por despecho, con todo el peso del dolor
+en el corazón. Fué un miserable, una especie de músico mendicante, un
+ocioso, un perdido; que la maltrataba, y que la dejó como ella le había
+tomado, con disgusto.</p>
+
+<p>Ella adoraba á su hija.</p>
+
+<p>Cuanto más descendía, más iban creciendo las sombras á su alrededor,
+brillando más en el fondo de su alma aquel dulce y tierno ángel de
+su corazón. Ella decía: «Cuando seré rica, tendré á mi Cosette conmigo»;
+y se reía. La tos no la dejaba, y sentía dolores en la espalda.</p>
+
+<p>Un día recibió de los Thénardier una carta concebida en los siguientes
+términos: «Cosette está enferma de una fiebre generalizada en la comarca,
+llamada fiebre miliar. Son precisos medicamentos caros. Esto
+nos arruina y no podemos continuar pagándolos. Si no nos mandáis
+desde luego cuarenta francos, antes de ocho días habrá muerto la niña».</p>
+
+<p>Rompió á reir á grandes carcajadas, y dijo, dirigiéndose á su anciana
+vecina:</p>
+
+<p>—¡Buena es ésa! ¡cuarenta francos! esto es: dos napoleones de oro.
+¿Y de dónde quieren que yo los saque? ¡Qué estúpidas son estas gentes!</p>
+
+<p>Sin embargo, dirigióse á la escalera y junto á una ventana volvió á
+leer la carta.</p>
+
+<p>Luego bajó precipitadamente la escalera, y siguió corriendo, saltando
+y riendo siempre.</p>
+
+<p>Alguien que la encontró la dijo:—¿Qué es lo que os pasa que estáis
+tan alegre?</p>
+
+<p>Ella respondió:—Una barbaridad que acaban de escribirme unos
+campesinos. Me piden cuarenta francos. ¡Lugareños habían de ser!</p>
+
+<p>Como pasase por la plaza, fijóse en un gran grupo de gente que rodeaba
+un carruaje de forma caprichosa, sobre el imperial del cual peroraba
+un hombre vestido de encarnado. Era un titiritero, sacamuelas en
+ejercicio, que ofrecía al público dentaduras completas, opiatas, polvos y
+elixires.</p>
+
+<p>Fantina se mezcló al grupo, riéndose como las demás con aquella
+arenga, la cual participaba de germanía para la canalla y de juerga para
+la gente corriente.—El sacamuelas fijándose en aquella linda joven, que
+se reía, exclamó de súbito:—¡Hermosos dientes! á vos, á vos que os estáis
+riendo, lo digo. Si queréis venderme los dos paletos os doy de cada
+uno un napoleón de oro.</p>
+
+<p>—¿Qué es eso? ¿qué son los paletos?—preguntó Fantina.</p>
+
+<p>—Paletos,—repuso el sacamuelas,—son los dientes centrales de la
+mandíbula superior.</p>
+
+<p>—¡Qué horror!—exclamó Fantina.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_166">[Pg 166]</span></p>
+
+<p>—¡Dos napoleones de oro!—murmuró una vieja sin diente alguno.—¡He
+aquí una mujer feliz!</p>
+
+<p>Fantina se marchó corriendo y tapándose las orejas para no oir la
+voz ronca del titiritero que seguía gritando:—¡Pensadlo bien, hermosa!
+Dos napoleones de oro no son una bicoca. Si el corazón os lo dicta, id á
+verme esta tarde á la hostería del <em>Tablado de plata</em>; allí me encontraréis.</p>
+
+<p>Fantina entró de nuevo en su cuarto; estaba furiosa, y contó el caso
+á su buena vecina Margarita.—¿Comprendéis esto? ¿No es verdad que es
+un hombre despreciable? ¿Cómo se permite que recorran el país semejantes
+hombres? ¡Arrancarme los dos dientes! ¡Quedaría horrible! ¡El pelo
+vuelve á crecer, pero los dientes! ¡Ah, hombre monstruoso! ¡Preferiría
+arrojarme sobre el empedrado desde un quinto piso y aplastarme el cráneo.
+Ha dicho que estaría esta tarde en el <em>Tablado de plata</em>.</p>
+
+<p>—¿Y cuánto os ha ofrecido?—preguntó Margarita.</p>
+
+<p>—Dos napoleones de oro.</p>
+
+<p>—¡Caramba! ¡cuarenta francos!</p>
+
+<p>—Sí,—dijo Fantina, son cuarenta francos.</p>
+
+<p>Fantina se quedó meditabunda y se puso á trabajar. Pasado como un
+cuarto de hora, dejó el trabajo para leer de nuevo la carta de los Thénardier
+en la escalera.</p>
+
+<p>Y al volver á entrar díjole á Margarita, que trabajaba también junto
+á ella:</p>
+
+<p>—¿Qué es fiebre miliar? ¿lo sabéis?</p>
+
+<p>—Sí,—respondió la anciana,—una enfermedad.</p>
+
+<p>—¿Y son necesarios muchos remedios?</p>
+
+<p>—¡Oh! remedios terribles.</p>
+
+<p>—¿Y se adquiere fácilmente?</p>
+
+<p>—Nos coge á lo mejor.</p>
+
+<p>—¿También á las criaturas?</p>
+
+<p>—Á las criaturas sobre todo.</p>
+
+<p>—¿Y mueren muchos?</p>
+
+<p>—¡Muchísimos!—dijo Margarita.</p>
+
+<p>Fantina volvió á salir á la escalera para leer nuevamente la carta.</p>
+
+<p>Por la tarde bajó y se la vió dirigirse hacia la parte de la calle de
+París, donde están las posadas.</p>
+
+<p>Al día siguiente, por la mañana, como entrase Margarita en el cuarto
+de Fantina antes de amanecer, pues trabajaban siempre juntas, y de
+esta manera no tenían que encender más que una luz para las dos, encontró
+á Fantina pálida y helada sentada sobre la cama. No se había
+acostado. Su gorra se le había caído sobre las rodillas. La vela había
+ardido toda la noche, y estaba casi consumida por completo.</p>
+
+<p>Margarita se paró en el umbral, petrificada por aquel enorme desorden,
+y exclamó:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_167">[Pg 167]</span></p>
+
+<p>—¡Señor, Dios mío! ¡Se ha consumido toda la vela! ¿Qué es lo que sucede?</p>
+
+<p>Luego contempló á Fantina que volvió hacia ella su cabeza rapada.</p>
+
+<p>Fantina durante aquella noche había envejecido diez años.</p>
+
+<p>—¡Jesús!—dijo Margarita;—¿qué os pasa Fantina?</p>
+
+<p>—Nada,—contestó Fantina.—Al contrario. Mi hija no morirá ya de
+la terrible enfermedad por falta de socorros. ¡Estoy contenta!</p>
+
+<p>Al hablar así, enseñaba á la vieja dos napoleones de oro que brillaban
+sobre la mesa.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Jesús, Dios mío!—dijo Margarita.—¿Pero eso es una fortuna?
+¿de dónde habéis sacado estos luises de oro?</p>
+
+<p>—Los he ganado,—contestó Fantina.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo sonrió tristemente. La vela alumbraba su cara. La
+sonrisa de Fantina manaba sangre. Una saliva sonrosada señalaba los
+bordes de sus labios, y veíase en la boca un agujero negro.</p>
+
+<p>Los dos dientes se habían arrancado.</p>
+
+<p>Mandó, pues, los cuarenta francos á Montfermeil.</p>
+
+<p>Por lo demás, la consabida carta no había sido más que una trampa
+de los Thénardier para coger dinero. Cosette no estaba enferma.</p>
+
+<p>Fantina tiró su espejo por la ventana. Desde mucho tiempo había
+dejado su cuartito del segundo piso, por un tabuco cerrado con un pestillo
+en la guardilla; una de estas habitaciones en que el techo forma ángulo
+con el suelo y en que á cada instante se topa de cabeza. El pobre no puede
+penetrar en el fondo de su habitación, como en el fondo de su destino, sino
+doblegándose muchísimo. Fantina no tenía ya cama, le quedaba sólo un
+pingajo, al que llamaba su cobertor, un mal colchón sobre el suelo y una
+silla rota. Un pequeño rosal que tenía se le había secado, olvidado en un
+rincón. En el otro lado había un bote que había sido de manteca, el cual
+servía para poner el agua que se helaba en invierno y en la cual se iban
+marcando los diferentes niveles del líquido, por círculos de hielo. Había
+perdido el pudor, luego perdió también la coquetería. Última señal de
+decadencia. Salía con gorras sucias á la calle. Fuése por falta de tiempo
+ó por indiferencia, no repasaba siquiera sus vestidos. Á medida que los
+talones se rompían iba metiendo las medias en los zapatos. Esto se descubría
+por algunos pliegues perpendiculares. Remendaba su corpiño viejo
+y usado, con pedazos de percal que se rompían al menor movimiento. Las
+gentes á quienes debía, le armaban «escándalos», sin dejarle el menor reposo.
+Se encontraba con ellas en la calle como en las escaleras. Pasábase
+las noches pensando y llorando. Tenía los ojos muy brillantes, y sentía
+un dolor fijo en la espalda debajo del omóplato izquierdo. Tosía mucho.
+Odiaba profundamente al tío Magdalena y nunca se quejaba. Cosía diez
+y siete horas diarias; pero un contratista del trabajo de las cárceles, que
+hacía trabajar con rebaja á las presas, causó de súbito una baja en los
+precios, con lo cual se limitó aún más el miserable jornal de las obreras<span class="pagenum" id="Page_168">[Pg 168]</span>
+libres: á nueve sueldos ¡Diez y siete horas de trabajo y nueve sueldos
+diarios! Sus acreedores se mostraban entonces implacables como nunca.
+El prendero que había recobrado casi todos sus muebles, le decía continuamente:
+¿Cuándo me pagarás, pícara? ¡Qué más querían de ella, Dios
+bueno! Encontrábase acorralada, é íbase desarrollando en ella algo de
+fiera. También entonces Thénardier le escribió que decididamente había
+esperado ya mucho tiempo con demasiada bondad, y que necesitaba cien
+francos enseguida, y que si no, pondría á la pequeña Cosette en la calle,
+á pesar de estar convaleciente de aquella grave enfermedad, con el frío
+y por los caminos á que fuése de ella lo que fuere, aunque reventase, si
+así lo quería.</p>
+
+<p>—Cien francos,—pensó Fantina.—¿Pero dónde encontrar trabajo con
+el cual ganar cien sueldos diarios?</p>
+
+<p>—¡Andando!—exclamó,—vendamos el resto.</p>
+
+<p>Y la desventurada se hizo mujer pública.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XI<br>
+<b>Christus nos liberavit</b></p>
+
+
+<p>¿Qué significa la historia de Fantina? La sociedad comprando una
+esclava.</p>
+
+<p>¿Á quién? Á la miseria.</p>
+
+<p>Al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, á la desnudez. Venta
+dolorosa. Una alma por un pedazo de pan. La miseria ofrece, la sociedad
+acepta.</p>
+
+<p>La santa ley de Jesucristo gobierna nuestra civilización, pero no la
+penetra aún; dícese que la esclavitud ha desaparecido de la civilización
+europea. Es un error. Existe todavía; pero ya no pesa más que sobre la
+mujer, y se llama prostitución.</p>
+
+<p>Pesa sobre la mujer, es decir, sobre la gracia, sobre la debilidad, sobre
+la belleza, sobre la maternidad. ¡No es ello una de las menores ignominias
+del hombre!</p>
+
+<p>Al punto de este doloroso drama al cual hemos llegado, nada le quedaba
+á Fantina de lo que en otro tiempo había sido. Se había convertido
+toda en mármol al lanzarse al lodo. Quién la toca se estremece de frío.
+Para ella, os sufre é ignora quién sois; es la imagen deshonrada y severa.
+La vida y el orden social le han dicho su última palabra. Le ha pasado
+cuanto podía pasarle. Todo lo ha sentido, todo lo ha sobrellevado, todo
+lo ha sufrido, todo lo ha experimentado, todo lo ha perdido y lo ha llorado
+todo. Está resignada con aquella resignación que se parece á la indiferencia,
+como la muerte se parece al sueño. No teme ni evita nada. Nada
+cree tampoco. ¡Caiga sobre ella toda la nube y pase sobre ella todo el
+océano! ¡Qué le importa! Es ya una esponja empapada en todas sus amarguras.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_169">[Pg 169]</span></p>
+
+<p>Á lo menos así lo cree ella, pero es un error imaginarse que la suerte
+se puede agotar y que pueda tocarse al fondo de lo que fuere.</p>
+
+<p>¡Ay! ¿qué es lo que son los destinos así empujados de continuo? ¿á
+dónde van? ¿por qué han de ser así?</p>
+
+<p>El que esto sabe, ve en toda obscuridad.</p>
+
+<p>Es único. Se llama Dios.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XII<br>
+<b>La ociosidad del señor Bamatabois</b></p>
+
+
+<p>Existe en todas las pequeñas poblaciones, y la había en M* sur M*
+particularmente, cierta clase de jóvenes que gastan mil quinientas libras
+de renta en provincias, como el mismo aire con que sus semejantes consumen
+en París doscientos mil francos anuales. Pertenecen los tales, á
+la gran raza neutra; impotentes, parásitos, nulos, que poseen un pedazo
+de tierra, un poco de tontería y un poco de ingenio, que serían rústicos
+en un salón y se creen caballeros en una taberna, que dicen: Mis prados,
+mis bosques, mis colonos; que silban á las actrices en el teatro para
+probar que son gente de gusto; que disputan con los oficiales de la guarnición
+para hacer gala de valentones; que cazan, fuman, bailan, beben,
+huelen á tabaco, juegan al billar, contemplan á los viajeros que vienen
+en la diligencia, viven en el café, comen en la posada, tienen su perro
+para roer los huesos debajo de la mesa y una querida que pone los platos
+encima, que regatean un sueldo, exageran las modas, admiran la
+tragedia, desprecian las mujeres, usan botas antiguas, copian á Londres
+al través de París y á París al través de Pont-á-Mousson, envejecen aniñados,
+no trabajan nunca, no sirven para nada ni hacen gran mal.</p>
+
+<p>Si Félix Tholomyés hubiese permanecido en su provincia sin haber
+visto nunca París, hubiera sido uno de estos hombres.</p>
+
+<p>Si fuesen más ricos, se diría de ellos: son elegantes. Si fueran más
+pobres, se diría: son holgazanes. Tales cuales son, se les llama sencillamente,
+desocupados. Entre los tales desocupados, los hay fastidiosos y
+fastidiados, visionarios y pillastres más ó menos graciosos.</p>
+
+<p>Durante aquella época, un elegante se componía de un gran cuello,
+una gran corbata, un reloj con chucherías, tres chalecos sobrepuestos
+de colores distintos, el azul y el encarnado interiores, un frac de color
+de aceituna, de talle corto y cola de merluza, con doble hilera de botones
+de plata, pegados casi los unos á los otros, subiendo hasta los hombros,
+y un pantalón del mismo color, pero más claro, guarnecido en sus
+dos costuras de un número indeterminado de bandas, pero siempre impar,
+variando entre una y once, límite del cual no se pasaba jamás.
+Añádase á esto unas botitas con pequeñas herraduras en los tacones,
+un sombrero de copa alta y alas estrechas, cabellos peinados con tupé,
+un enorme bastón, una conversación realzada por los juegos de palabras<span class="pagenum" id="Page_170">[Pg 170]</span>
+de Potier. Y sobre todo, espuelas y bigotes. En aquella época, los bigotes
+significaban paisano y las espuelas peón.</p>
+
+<p>El elegante provinciano llevaba las espuelas más largas y los bigotes
+más marcados que el parisién.</p>
+
+<p>Era la época de la lucha entre las repúblicas de la América meridional
+y el rey de España, de Bolívar contra Morillo. Los sombreros de ala
+estrecha eran realistas, y se llamaban morillos; los liberales llevan sombreros
+de alas anchas, llamados bolivares.</p>
+
+<p>Ocho ó diez meses después de lo que hemos narrado en las páginas
+precedentes, hacia los primeros días de enero de 1823, una tarde que
+había nevado, uno de estos elegantes, uno de estos desocupados, «de
+buenas intenciones», pues llevaba morillo, é iba además muy bien embozado
+en una gran capa de las que completaban en tiempo de frío el
+traje á la moda, divertíase en perseguir á una infeliz que andaba en
+traje de baile, descotada y con flores en la cabeza, frente las puertas del
+café de los oficiales. Nuestro elegante fumaba porque era ello, decididamente,
+de moda.</p>
+
+<p>Cada vez que aquella pobre mujer pasaba junto á él, lanzábale
+con una bocanada de humo de su cigarro, algún apóstrofe, que él creía
+ingenioso y agudo, como: ¡Qué fea eres!—¡Quieres marcharte!—No tienes
+dientes, etc., etc.—Este personaje se llamaba Bamatabois.—La mujer,
+triste sombra vestida que iba y venía caminando sobre la nieve, no
+le contestaba ni miraba siquiera, ni dejaba de recorrer en silencio, por
+ello, la ruta que se había trazado y que la ponía cada cinco minutos
+bajo aquellos sarcasmos, como el soldado condenado á palos que se revuelve
+bajo las baquetas. El poco caso que se le hacía, picó indudablemente
+al ocioso, quien aprovechando un momento en que la mujer daba
+la vuelta, fué se tras ella á paso de lobo, y sofocando la risa, se bajó,
+cogió del suelo un puñado de nieve, y se la arrojó bruscamente entre
+sus desnudos hombros. La pobre muchacha lanzó un rugido desgarrador,
+y volviéndose indignada como una pantera, lanzóse contra el hombre,
+clavándole las uñas en la cara, acompañando la acción de las palabras
+más duras que puedan oirse en un cuerpo de guardia. Aquellas
+injurias vomitadas con voz aguardentosa, salían indignas y asquerosas
+de la boca de una mujer, á la cual le faltaban efectivamente los dos
+dientes centrales de la mandíbula superior. Era Fantina.</p>
+
+<p>Al escándalo que se produjo, salieron todos los oficiales del café; agrupáronse
+también los transeuntes, formándose un gran corro, que se divertía
+azuzando y aplaudiendo alrededor de aquel torbellino, compuesto de
+dos seres en el que apenas podían reconocerse un hombre y una mujer;
+el hombre, procurando defenderse, con el sombrero rodando por el suelo;
+la mujer, pegando sin tino ni concierto con las manos y los pies, descompuesta,
+espumeante, sin dientes ni cabellos, lívida por la cólera, horrible.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_171">[Pg 171]</span></p>
+
+<p>De pronto, un hombre de elevada estatura, adelantándose entre la
+multitud, asiendo á la mujer por el corpiño de raso cubierto de barro,
+la dijo:—«Sígueme».</p>
+
+<p>La mujer levantó la cabeza, apagando de súbito su furioso acento.
+Sus ojos se pusieron vidriosos; de lívida se tornó pálida y temblando con
+el estremecimiento del terror.</p>
+
+<p>Había reconocido á Javert.</p>
+
+<p>El elegante había aprovechado la ocasión para escapar.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XIII<br>
+<b>Solución de algunas cuestiones de policía municipal</b></p>
+
+
+<p>Javert apartó á los concurrentes, rompió el círculo y echó á andar á
+grandes pasos hacia las oficinas de policía situadas al extremo de la plaza,
+arrastrando hacia allí á la miserable. Ella se dejó conducir maquinalmente.
+Ni él ni ella decían una palabra. La nube de espectadores en
+el paroxismo de la alegría les iba siguiendo con sus pullas. La suprema
+miseria es siempre ocasión de obscenidades.</p>
+
+<p>Al llegar á las oficinas de policía, que estaban en una sala baja caldeada
+por una estufa y custodiada por una guardia, con una vidriera
+con reja que daba á la calle, abrió Javert la puerta, entrando con Fantina,
+y volvió á cerrar inmediatamente tras sí, con gran descontentamiento
+de los curiosos, que se empinaban sobre las puntas de los pies,
+alargando el cuello cuanto podían, ante la obscura vidriera del cuerpo
+de guardia, procurando ver algo. La curiosidad es una glotonería. Ver
+es devorar.</p>
+
+<p>Al entrar, se fué Fantina á un rincón, muda é inmóvil, donde se acurrucó
+como un perro espantado.</p>
+
+<p>El sargento de guardia puso una vela encendida sobre una mesa. Sentóse
+Javert, sacó de su bolsillo un pliego de papel sellado y se puso á escribir.</p>
+
+<p>Esta clase de mujeres se encuentran completamente abandonadas por
+nuestras leyes á la discreción de la policía. Ésta hace de ellas lo que
+quiere; las castiga como parece, confiscando á su antojo estas dos tristes
+cosas que se llaman su industria y su libertad. Javert estaba impasible;
+su cara seria y grave no transparentaba la menor emoción. Sin embargo,
+estaba grave y profundamente preocupado. Era uno de aquellos momentos
+en que ejercía sin tener quién pudiera contrariarle, pero con todos
+los escrúpulos de una conciencia severa, su tremendo poder discrecional.
+En aquel instante estaba penetrado de que su asiento de agente
+de policía era un tribunal. Y juzgaba. Juzgaba y condenaba. Procuraba
+llamar así cuantas ideas podía tener dentro de su espíritu á propósito
+para auxiliarle en la gran obra que ejecutaba. Cuanto más examinaba lo
+hecho por aquella pobre chica, más indignado se sentía. Era evidente
+que acababa de presenciar la comisión de un crimen. Acababa de ver<span class="pagenum" id="Page_172">[Pg 172]</span>
+allí, en medio de la calle, á la sociedad representada por un elector propietario,
+insultada y atacada por una criatura fuera de toda ley. Una
+prostituta atentando contra un contribuyente. Él lo había visto, él, Javert.
+Y escribía en silencio.</p>
+
+<p>Cuando hubo concluido, firmó, doblé el papel y dijo al sargento de
+la guardia entregándoselo:—Tomad tres hombres y acompañad esta
+mujer á la cárcel.—Después, volviéndose á Fantina, añadió:—Vas por
+seis meses.</p>
+
+<p>La desventurada se estremeció.</p>
+
+<p>—¡Seis meses! ¡seis meses de cárcel!—exclamaba.—¡Seis meses de ganar
+solamente siete sueldos al día! ¿Qué será de mi pobre Cosette? ¡de
+mi hija! ¡mi hija! Pero yo debo aún más de cien francos á los Thénardier:
+señor inspector ¿sabéis vos esto?</p>
+
+<p>Fantina se arrastraba sobre las baldosas mojadas por las botas llenas
+de barro de aquellos hombres, sin levantarse, caminando de rodillas.</p>
+
+<p>—Señor Javert,—decía,—os pido perdón. Os aseguro que la culpa no
+era mía. Si hubiérais visto el comienzo de la disputa, os hubiérais persuadido,
+lo juro por Dios vivo, de que no era mía la culpa. Fué aquel
+señor, al cual yo no conozco, quien me echó un puñado de nieve en la
+espalda. ¿Es que hay derecho de echarnos nieve á la espalda cuando seguimos,
+como seguía yo, tranquilamente por nuestro camino sin causar
+daño á nadie? Esto me exasperó. Estoy enferma ¡vedlo! y luego hacía
+mucho rato que me estaba echando pullas. «¡Eres fea! decía, ¡no tienes
+dientes!». Ya sé yo perfectamente que me faltan dientes. Yo no hacía ni
+le decía nada; yo pensaba: Es un señor que se divierte. Estuve muy prudente
+con él, no le dije una palabra. Entonces fué, por esto sin duda,
+que me arrojó la nieve. Señor Javert, mi buen señor Javert; ¡ah! señor
+inspector, ¿no hay quién lo haya visto para atestiguar que es verdad lo
+que os digo? Puede que haya hecho mal enfadándome; pero ya veis,
+aquella impresión, en el primer momento nadie puede dominarse aunque
+quiera. Hay momentos supremos. Y luego sentir una cosa tan fría
+inesperadamente sobre la carne. He faltado tirando el sombrero de aquel
+señor. Pero, ¿por qué se ha ido? Yo le pediría perdón. ¡Oh, Dios mío! me
+sería indiferente pedirle perdón. Perdonadme vos por esta vez, señor Javert.
+Advertid, vos tal vez no lo sepáis; en la cárcel no se ganan más
+que siete sueldos, esta falta no es del gobierno, pero no se ganan sino
+siete sueldos; y haceos cargo de que yo debo pagar cien francos, ó de no,
+me mandarían aquí á mi hija. ¡Oh, Dios mío! me es imposible tenerla
+conmigo. ¡Es tan humillante lo que yo hago! ¡Oh, mi Cosette! ¡oh, mi
+angelito de la Virgen! ¡qué sería de ella, pobre criatura! Debo decíroslo,
+los Thénardier, los posaderos, los campesinos, no se pagan con palabras.
+Les hace falta dinero. ¡No me encarceléis! Atendedme; tengo una niña á
+la cual arrojarían en mitad del camino, á la ventura, en pleno invierno;
+es preciso tener piedad de esta criatura, mi buen señor Javert. Si estuviese<span class="pagenum" id="Page_173">[Pg 173]</span>
+ya crecida, podría ganarse el pan, pero no puede el pobre angelito.
+No, señor, yo en el fondo no soy mala. No es la holgazanería, ni la
+glotonería lo que me han hecho lo que soy. Yo bebo aguardiente, pero
+es por miseria. No me gusta, pero me aturde. Cuando yo era más dichosa,
+no había sino ver mis armarios, para convencerse de que no era
+una mujer coqueta; que gusta el desorden. Yo tenía ropa blanca, mucha
+ropa blanca. Compadeceos de mí, señor Javert.</p>
+
+<p>Ella hablaba así, arrodillada, agitada por los sollozos, cegada por las
+lágrimas, desnuda la garganta, retorciendo las manos, tosiendo seca y
+frecuentemente, balbuceando tristemente con la voz de la agonía. Los
+grandes dolores son como un rayo divino y terrible que trasfigura á los
+miserables. En aquel momento Fantina aparecía nuevamente bella. En
+ciertos momentos se detenía y besaba tiernamente la levita del inspector.
+Hubiera podido enternecer un corazón de granito, pero no lograba
+enternecer un corazón de palo.</p>
+
+<p>—Vaya,—dijo Javert,—ya te he oído. ¿Lo has dicho todo? ¡Márchate
+ahora á pasar tus seis meses! Al Padre Eterno en persona le sería imposible
+hacer nada por ti.</p>
+
+<p>Á esta frase solemne: <em>al Padre Eterno en persona le seria imposible
+hacer nada por ti</em>, comprendió ella que estaba dictada la sentencia. Doblóse
+anonadada sobre sí misma murmurando:—¡Perdón!</p>
+
+<p>Javert volvió la espalda.</p>
+
+<p>Los soldados la cogieron por el brazo.</p>
+
+<p>Hacía algunos minutos que había penetrado en la sala un hombre,
+sin que nadie lo hubiese advertido al parecer. Había cerrado la puerta,
+habiéndose aproximado al escuchar los desesperados ruegos de Fantina.</p>
+
+<p>En el momento en que los soldados ponían sus manos sobre la desgraciada,
+que no quería levantarse, adelantó un paso saliendo de entre
+la sombra, y dijo:</p>
+
+<p>—¡Un instante si os place!</p>
+
+<p>Javert levantó los ojos y reconoció al señor Magdalena. Descubrióse
+y saludó con cierta turbación y disgusto.</p>
+
+<p>—Perdonad, señor alcalde...</p>
+
+<p>Esta frase, señor alcalde, produjo en Fantina un extraño efecto. Levantóse
+rápidamente como un espectro que surgiese de la tierra, desasiéndose
+de los soldados que la tenían de los brazos y dirigiéndose al señor
+Magdalena sin dar tiempo á que la detuviesen, y mirándole fijamente,
+con aire extraviado, exclamó:</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡con que eres tú el señor alcalde!</p>
+
+<p>Luego lanzó una carcajada y le escupió en la cara.</p>
+
+<p>El señor Magdalena se limpió y dijo:</p>
+
+<p>—Inspector Javert, dejad en libertad á esta mujer.</p>
+
+<p>Javert sintió como si se volviera loco. Sintió en aquellos instantes,
+una sobre otra, y casi mezcladas á la vez, las más violentas emociones<span class="pagenum" id="Page_174">[Pg 174]</span>
+que había experimentado en toda su vida. Ver una mujer pública escupiendo
+en la cara al señor alcalde, era una cosa tan monstruosa que,
+aun dentro las más extrañas suposiciones, hubiera calificado de sacrilegio
+su posibilidad. Por otra parte, allá en el fondo de su imaginación,
+comparaba confusa y terriblemente lo que era aquella mujer y lo que
+podía ser el señor alcalde, y entonces entreveía horrorizado algo de común
+en tan prodigioso atentado. Pero al ver al alcalde, al magistrado,
+limpiarse tranquilamente el rostro y decir: <em>Dejad en libertad á esta mujer</em>,
+sintió como un desvanecimiento de estupor, faltándole el pensamiento
+y la palabra á un tiempo; el asombro había traspasado para él
+los límites de lo posible. Quedóse mudo.</p>
+
+<p>Aquella frase no había hecho tampoco menos efecto en Fantina. Levantó
+ella su brazo desnudo y se agarró á la llave de la estufa como
+quien vacila. Sin embargo, miró á su alrededor, y comenzó á hablar en
+voz baja, como hablando con ella misma:</p>
+
+<p>—¡En libertad! ¡que me dejen marchar! ¡que no vaya á la cárcel por
+seis meses! ¿Quién ha dicho eso? ¡No es posible que nadie lo haya dicho!
+¡He oído mal! ¡No puede haber sido el monstruo del alcalde! ¿Habréis sido
+vos, señor Javert, el que ha dicho que me dejen libre? ¡Oh! ¡ya veis!
+yo me explicaré y me dejaréis marchar. Ese monstruo de alcalde, ese
+mal viejo, es quien tiene la culpa de todo. ¡Figuraos, señor Javert, que
+me ha despedido por culpa de las habladurías de unas cuantas chismosas
+que tiene en el taller! ¡No es esto horroroso! ¡Despedir á una pobre joven
+que cumple honradamente su deber! No había yo ganado lo bastante, y
+toda mi desgracia ha nacido de ello. Es indispensable una reforma, que
+los señores de la policía podrían hacer fácilmente, y sería impedir á los
+contratistas de las cárceles que perjudicaran á los pobres. Yo os lo explicaré.</p>
+
+<p>Vos ganáis, por ejemplo, doce sueldos cosiendo camisas; y se os baja
+á nueve sueldos, no hay medio entonces de vivir. Es preciso pues, en
+este caso ir por donde se pueda. Yo tenía á mi pequeña Cosette, me he
+visto pues obligada á hacerme mujer mala. ¿Comprendéis ahora cómo
+es este pícaro alcalde quien ha hecho todo el mal? Después, es verdad
+que yo he pisoteado el sombrero de aquel señor delante del café de los
+oficiales. Pero él antes me había echado á perder el vestido con la nieve.
+Nosotras no tenemos más que un vestido de seda para la noche. ¿Veis
+como no he hecho el mal intencionadamente? ¿Verdad, señor Javert?
+¡Hay, por lo tanto, muchas mujeres peores que yo, que son más felices!
+¡Oh, señor Javert! sois vos quien ha dicho que se me deje en libertad,
+¿no es verdad? Tomad informes, dirigíos á mi casero; le pago bien, dirá
+que soy honrada. ¡Ah, Dios mío! os pido perdón: he tocado sin querer
+la llave de la estufa y ha salido el humo.</p>
+
+<p>El señor Magdalena la escuchaba con profunda atención. Mientras
+Fantina hablaba, se había metido los dedos en el bolsillo del chaleco,<span class="pagenum" id="Page_175">[Pg 175]</span>
+había sacado la bolsa y la había abierto; estaba vacía; habíala pues
+vuelto á guardar. Entonces dijo á Fantina:</p>
+
+<p>—¿Cuánto habéis dicho que debéis?</p>
+
+<p>Fantina, que no miraba más que á Javert, volvióse y dijo:</p>
+
+<p>—¿Te hablo á ti por ventura?</p>
+
+<p>Después, dirigiéndose á los soldados:</p>
+
+<p>—Decid, ¿habéis visto cómo le he escupido á la cara? ¡Ah! viejo y
+pícaro alcalde, vienes aquí para meterme miedo, pero no lo lograrás.
+¡Yo tengo miedo solamente al señor Javert!</p>
+
+<p>Y así diciendo, volvióse al inspector:</p>
+
+<p>—Ya lo veis, señor inspector, es preciso ser justo, y estoy persuadida
+de que lo sois... El hecho es muy sencillo; un hombre se entretiene
+echando un puñado de nieve al cuello de una mujer, esto ha hecho que
+los oficiales se rieran, dispuestos como están siempre á bromear; ¡y nosotras
+estamos ahí para los que quieran divertirse! Luego venís vos y tenéis,
+naturalmente, el deber de restablecer el orden; os lleváis á la mujer
+que ha faltado, pero reflexionáis, y como sois bueno, mandáis que
+se me deje libre; esto lo hacéis por mi pobre hija, porque seis meses de
+cárcel me impedirían el dar de comer á mi pobre hija. ¡Solamente me
+prevenís para que no reincida! ¡Oh no, no reincidiré, señor Javert! Aun
+cuando hagan conmigo todo lo que se les antoje, no me moveré. Solamente
+que hoy, entendéis, he gritado porque me han hecho daño; no
+ha tenido toda la culpa la nieve de aquel señor, sino que, como os he
+dicho, estoy enferma, toso y siento en el estómago como una bola que
+me está quemando; el médico dice que debo cuidarme. Dadme la mano,
+tocad, no temáis.</p>
+
+<p>Fantina no lloraba ya; su acento era cariñoso, y llevaba á su cuello
+blanco y delicado la grosera y ruda mano de Javert, á quien miraba
+sonriendo.</p>
+
+<p>De pronto, arregló vivamente el desorden de sus vestidos, haciendo
+caer los pliegues de la falda que se le habían subido á la altura de la
+rodilla, y dirigiéndose á la puerta, dijo á media voz á los soldados con un
+movimiento de cabeza amistoso:</p>
+
+<p>—Muchachos, el señor inspector ha dicho que me deja, y yo me voy.</p>
+
+<p>Puso ella la mano en el pestillo. Un paso más y estaba en la calle.</p>
+
+<p>Javert, hasta este instante permaneció de pie, inmóvil, la vista fija
+en el suelo, colocado en medio de esta escena como una estatua separada
+de su asiento que espera ser colocada en otra parte.</p>
+
+<p>El ruido del pestillo le despertó. Levantó la cabeza con cierta expresión
+de soberana autoridad, expresión tanto más terrible cuanto más
+baja es la autoridad, feroz en el animal salvaje, atroz en el hombre de
+nada.</p>
+
+<p>—¡Guardia!—exclamó,—¿no estáis viendo que esta pícara va á marcharse?
+¡Quién os ha dicho que la dejéis salir?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_176">[Pg 176]</span></p>
+
+<p>—Yo,—dijo Magdalena.</p>
+
+<p>Al oir Fantina la voz de Javert, soltó temblorosa el pestillo, como
+deja un ladrón el objeto robado. Á la voz del señor Magdalena volvió la
+cabeza, y desde este momento, sin decir una palabra más, sin atreverse
+á respirar siquiera, paseó su mirada de Magdalena á Javert, de Javert á
+Magdalena, según era el uno ó el otro quien hablaba.</p>
+
+<p>Era evidente que debía estar Javert, como vulgarmente se dice, «fuera
+de juicio» para que se permitiese apostrofar al guardia, como acababa
+de hacerlo, después de la indicación del alcalde para dejar á Fantina
+en libertad. ¿Se le había olvidado que estaba en presencia del alcalde?
+¿Había acabado por decirse á sí mismo, que era imposible que una «autoridad»
+hubiese dado semejante orden, y que á no dudarlo, el señor alcalde
+había dicho, sin querer, una cosa por otra? Ó bien, ¿ante las enormidades
+que acababa de ver en dos horas, conocía que debía llegar á
+una resolución suprema, que era necesario que el pequeño se hiciese
+grande, que el polizonte se transformase en magistrado, que el agente
+de policía se hiciese hombre de justicia, y que en tan extremada situación,
+el orden, la ley, la moral, el gobierno y la sociedad entera, estaban
+personificadas en él, en Javert?</p>
+
+<p>Fuere por lo que fuése, cuando el señor Magdalena hubo dicho aquel
+<em>yo</em> que acababa de oir, vióse al inspector de policía Javert, volverse hacia
+el señor alcalde, pálido, frío, azulados los labios, la mirada desesperada,
+agitado su cuerpo de un temblor imperceptible, y, cosa, inaudita,
+díjole bajando la vista, pero con acento seguro:</p>
+
+<p>—Señor alcalde, esto es imposible.</p>
+
+<p>—¿Cómo?—preguntó el señor Magdalena.</p>
+
+<p>—Esta perdida ha insultado á un señor.</p>
+
+<p>—Inspector Javert,—repuso el señor Magdalena, con acento tranquilo
+y conciliador,—escuchad. Sois un hombre honrado, y no tengo
+ninguna dificultad en daros explicaciones. Oid la verdad. Yo atravesaba
+la plaza cuando conducíais vos á esta mujer; había aún algunos grupos;
+me he informado; lo he sabido todo; el señor aquel es quien ha faltado
+y el que, en buena ley de policía debió ser arrestado.</p>
+
+<p>Javert respondió:</p>
+
+<p>—Esta miserable acaba de insultar al señor alcalde.</p>
+
+<p>—Esto es cosa mía,—dijo Magdalena.—Mi injuria me pertenece, y
+puedo hacer de ella lo que quiera.</p>
+
+<p>—Perdonad, señor alcalde, la injuria no se os ha hecho á vos sino á
+la justicia.</p>
+
+<p>—Inspector Javert,—replicó Magdalena,—la principal justicia es la
+conciencia. He oído á esta mujer, y sé lo que hago.</p>
+
+<p>—Y yo, señor alcalde, yo no sé explicarme lo que estoy viendo.</p>
+
+<p>—Entonces, limitaos á obedecer.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_177">[Pg 177]</span></p>
+
+<p>—Obedezco á mi deber, y mi deber me ordena que encierre á esta
+mujer seis meses en la cárcel.</p>
+
+<p>El señor Magdalena respondió con dulzura:</p>
+
+<p>—Pues oid bien: No estará encerrada ni un día.</p>
+
+<p>Á estas palabras decisivas, atrevióse Javert á mirar fijamente al
+alcalde y le dijo, pero con acento respetuoso siempre:</p>
+
+<p>—Tengo el sentimiento de oponerme á lo dicho por el señor alcalde;
+es la primera vez de mi vida, pero séame permitido observar que estoy
+dentro de los límites de mis atribuciones. Circunscríbome, ya que el
+señor alcalde así lo quiere, al solo hecho del señor... que yo he presenciado.
+Fué esta mujer quien se arrojó sobre el señor Bamatabois, elector
+y propietario de esa hermosa casa de piedra con balcón y tres pisos, que
+hace esquina á la explanada. ¡En fin, hay cosas en este mundo! Pero sea
+ello lo que fuere, es éste, señor alcalde, un hecho de policía que ha tenido
+lugar en la calle, y que, por lo tanto me corresponde; así es que yo retengo
+á Fantina.</p>
+
+<p>Entonces el señor Magdalena se cruzó de brazos y dijo con acento
+tan severo que nadie se lo había oído aún en la ciudad:</p>
+
+<p>—El hecho de que habláis es un hecho de policía municipal. Conforme
+á los artículos nueve, once, quince y sesenta y seis del código de
+instrucción criminal, yo soy juez. Ordeno por lo tanto que se deje en libertad
+á esta mujer.</p>
+
+<p>Javert quiso todavía hacer el último esfuerzo.</p>
+
+<p>—Pero, señor alcalde...</p>
+
+<p>—Debo recordaros el artículo 81 de la ley de 13 de diciembre de 1799,
+sobre detención arbitraria.</p>
+
+<p>—Permitidme, señor alcalde...</p>
+
+<p>—Ni una palabra más.</p>
+
+<p>—No obstante...</p>
+
+<p>—Salid,—dijo el señor Magdalena.</p>
+
+<p>Javert recibió este golpe enhiesto, de frente, en medio del pecho
+como un soldado ruso. Saludó, inclinándose hasta el suelo, al señor alcalde
+y salió.</p>
+
+<p>Fantina se separó un poco de la puerta, para dejarle el paso libre,
+mirándole estupefacta pasar ante ella.</p>
+
+<p>Sin embargo, encontrábase ella anegada en la más extraña emoción.
+Acababa de verse, hasta cierto punto, disputada por dos opuestos poderes.
+Había visto luchar ante sus ojos á aquellos dos hombres que tenían
+en sus manos su libertad, su vida, su alma y su hija; el uno de aquellos
+hombres, la arrastraba hacia las tinieblas, el otro, hacia la luz. En aquella
+lucha, entreveía al través del agrandamiento del miedo, á aquellos
+dos hombres que le parecían dos gigantes; hablando el uno como el espíritu
+del mal, y hablando el otro como el ángel de su guarda. El ángel<span class="pagenum" id="Page_178">[Pg 178]</span>
+acababa de vencer al demonio, y lo que la hacía temblar de pies á cabeza,
+¡aquel ángel, su libertador, era precisamente el hombre á quien aborrecía,
+el alcalde, al cual había creído por mucho tiempo autor de todos sus
+males, el señor Magdalena! ¡Y en el preciso momento en que ella acababa
+de insultarle groseramente, él la salvaba! ¿Se había pues equivocado?
+¿Debía por lo tanto, cambiar el espíritu que la alentaba?... Lo ignoraba,
+pero estaba temblando. Escuchaba aturdida, miraba azorada, y á cada
+palabra que decía el señor Magdalena, sentía desvanecerse y trasformarse
+en su interior las espantosas tinieblas del odio, y nacer en su corazón
+un algo inefable y consolador, que venía á ser como un sentimiento de
+alegría, confianza y cariño.</p>
+
+<p>Cuando hubo salido Javert, el señor Magdalena se le dirigió y hablando
+con calma y con cierto dolor, como un hombre grave que no
+quiere llorar:</p>
+
+<p>—Os he escuchado. No sabía yo nada de cuanto habéis dicho, y creo
+que es verdad. Ignoraba asimismo que hubiéseisida de mis
+talleres. ¿Por qué no os dirigisteis á mí? En fin: yo pagaré ahora vuestras
+deudas, haré que venga vuestra hija, ó que vayáis vos misma á
+buscarla. Viviréis aquí, en París ó donde queráis. Yo me encargo de
+vuestra hija y de vos. No trabajaréis más si no queréis. Yo os daré todo
+el dinero que os haga falta. Volveréis por lo tanto á ser honrada, siendo
+dichosa. Y luego, oídme, yo os lo aseguro desde ahora, si todo ha pasado
+como habéis dicho, y yo no dudo, no habéis dejado nunca de ser virtuosa
+y santa delante de Dios, ¡oh, desgraciada mujer!</p>
+
+<p>Era ello mucho más de lo que la pobre Fantina podía soportar. ¡Tener
+á Cosette! ¡salir de aquella vida de infamia! ¡vivir libre, rica, dichosa
+y honrada, con su Cosette! ¡viendo como surgían de súbito, en medio de
+sus miserias todas aquellas realidades celestiales! Miraba como atontada
+á aquel hombre que le estaba hablando sin poder hacer otra cosa que
+lanzar algunos suspiros: «¡Oh! ¡oh! ¡oh!». Dobláronse sus piernas, y quedó
+arrodillada delante del señor Magdalena, y antes que él tuviese tiempo
+de impedirlo, sintió que ella le tomaba la mano y que la llevaba á sus
+trémulos labios.</p>
+
+<p>Después, se desmayó.</p>
+
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO SEXTO<br>
+JAVERT</h2>
+</div>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Principio del reposo</b></p>
+
+
+<p>El señor Magdalena hizo llevar á Fantina á la enfermería de su propia
+casa. Confiola á las hermanas, que la metieron en cama. Le había<span class="pagenum" id="Page_179">[Pg 179]</span>
+sobrevenido una gran calentura. Pasó una parte de la noche delirando
+y hablando en alta voz. No obstante, acabó por conciliar el sueño.</p>
+
+<p>Al día siguiente, á eso del medio día, despertó. Parecióle oir alguien
+que respiraba junto á su lecho. Separó la cortina y vió al señor Magdalena
+como mirando algo por encima de su cabeza. Aquella mirada estaba
+impregnada de piedad, de angustia y de súplica. Siguió ella la dirección
+de su mirada, y vió que se dirigía á un crucifijo pendiente de la
+pared.</p>
+
+<p>El señor Magdalena se había transfigurado á los ojos de Fantina. Le
+pareció verle envuelto en luz. Estaba absorto sin duda en alguna oración.
+Contemplóle un buen espacio sin atreverse á interrumpirle. Por
+último, le dijo tímidamente:</p>
+
+<p>—¿Qué hacéis?</p>
+
+<p>El señor Magdalena estaba allí hacía una hora. Esperaba que Fantina
+despertase. Tomóle la mano, observóle el pulso, y contestó:</p>
+
+<p>—¿Cómo estáis?</p>
+
+<p>—Bien, he dormido,—dijo ella,—creo que estoy mejor. Esto no será
+nada.</p>
+
+<p>Y él repuso, como respondiendo á la primera pregunta que ella le
+había dirigido, como si la acabase de oir entonces:</p>
+
+<p>—Estaba rogando al mártir que está en lo alto.</p>
+
+<p>Añadiendo interiormente:—Por la mártir que está aquí abajo.</p>
+
+<p>El señor Magdalena había pasado la noche y la mañana informándose.
+Ya lo sabía todo. Conociendo ya con todos sus detalles la historia
+de Fantina, continuó:</p>
+
+<p>—Habéis sufrido mucho, pobre madre. ¡Ah, no os quejéis, habéis
+ganado el dote de los elegidos! Así es como los hombres hacen ángeles.
+La falta no es suya, puesto que no saben hacerlo de otro modo. Mirad,
+este infierno del que acabáis de salir, es la faz primera del cielo. Es preciso
+empezar por ahí.</p>
+
+<p>Él suspiró profundamente. Ella al mismo tiempo sonrió, con aquella
+sonrisa sublime á la que le faltaban dos dientes.</p>
+
+<p>Javert, durante aquella noche misma, había escrito una carta. Púsola,
+á la mañana siguiente, por sí mismo al correo de M* sur M*. Iba
+dirigida á París, con este sobrescrito: <em>Al señor Chabouillet, secretario
+del señor prefecto de policía</em>. Como el sucedido del cuerpo de guardia
+había recorrido la población, la directora de la estafeta y algunas otras
+personas que vieron la carta antes de salir y que conocieron la letra de
+Javert en la dirección, creyeron que iba en ella la dimisión de su cargo.</p>
+
+<p>El señor Magdalena se apresuró á escribir á los Thénardier. Fantina
+les debía ciento veinte francos. Él les mandó trescientos, diciéndoles que
+se cobrasen de aquella cantidad y que mandasen enseguida la niña á M*
+sur M*, donde su madre enferma la reclamaba.</p>
+
+<p>Esto deslumbró á Thénardier.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_180">[Pg 180]</span></p>
+
+<p>—¡Diablo!—dijo él á su mujer, no debemos soltar la chiquilla. ¡Cuidado
+que esta alondra nos va á producir lo que una vaca de leche! ¡Ya sé
+yo lo que es ello! Algún infeliz que se habrá enamorado de la madre.</p>
+
+<p>Contestó mandando una cuenta de quinientos francos muy bien hecha.
+En esta cuenta figuraban por más de trescientos francos dos documentos
+incontestables; una cuenta del médico y otra del boticario, los cuales
+habían asistido y medicado, durante dos largas enfermedades, á Eponina
+y Azelma. Cosette, ya lo hemos dicho, no había estado enferma. Todo
+se redujo á una simple sustitución de nombres. Thénardier escribió al
+pie de la cuenta:</p>
+
+<p><em>Recibido á cuenta trescientos francos.</em></p>
+
+<p>El señor Magdalena mandó inmediatamente trescientos francos más
+y escribió. «Mandad cuanto antes á Cosette».</p>
+
+<p>—¡Cristo!—exclamó Thénardier,—no hay que soltar la niña.</p>
+
+<p>Entretanto Fantina continuaba, sin restablecerse, en la enfermería.</p>
+
+<p>Las hermanas, por de pronto, no habían recibido ni cuidado á aquella
+«chica» sino con repugnancia. Quien haya visto los bajos-relieves de
+Reims, recordará la expresión del labio inferior de las vírgenes prudentes
+contemplando las vírgenes locas. Aquel antiguo menosprecio de las
+vestales por las ebubeyas, es uno de los más profundos instintos de la
+dignidad femenina, las hermanas lo sentían también, con el aumento
+que agregaba al mismo la religión. Pero, á los pocos días, Fantina las
+había desarmado. Empleaba solamente palabras tan tiernas y humildes,
+que la madre que en ellas se manifestaba, enternecía. Un día, las hermanas
+la oyeron decir al través de la fiebre.</p>
+
+<p>—He sido una pecadora, pero cuando tenga á mi hija junto á mí,
+querrá ello decir que Dios me ha perdonado. Mientras he sido mala, no
+he deseado jamás tener á Cosette á mi lado, pues no hubiera podido
+soportar su triste admiración. Y era sin embargo, por ella por quien yo
+hacía el mal, lo cual hace sin duda que Dios me perdone. Sentiré las
+bendiciones del cielo cuando esté aquí Cosette. Yo la contemplaré, encontrando
+en su inocencia mi consuelo. Ella no sabe nada. Es un ángel,
+ya veis, hermanas mías. Á su edad no se han perdido las alas todavía.</p>
+
+<p>El señor Magdalena la visitaba dos veces cada día, y ella le preguntaba
+siempre:</p>
+
+<p>—¿Veré pronto á Cosette?</p>
+
+<p>Y él contestaba:</p>
+
+<p>—Puede que mañana por la mañana. Llegará de un momento á otro;
+la estoy esperando.</p>
+
+<p>Y el pálido semblante de la madre, irradiaba.</p>
+
+<p>—¡Oh!—exclamaba,—¡qué feliz voy á ser!</p>
+
+<p>Hemos dicho ya que Fantina no se restablecía. Al contrario, su estado
+parecía agravarse semanalmente. Aquel puñado de nieve aplicada al
+centro de los dos omóplatos, había determinado una supresión súbita de<span class="pagenum" id="Page_181">[Pg 181]</span>
+la traspiración, gracias á lo cual, la enfermedad que venía incubando
+hacía algunos años, acabó por manifestarse violentamente. Empezábanse
+entonces á seguir para el estudio y tratamiento de las enfermedades
+del pecho, las acertadas indicaciones de Laënnec. El médico auscultó á
+Fantina, y movió tristemente la cabeza.</p>
+
+<p>El señor Magdalena preguntó al médico:</p>
+
+<p>—¿Y bien, doctor, cómo sigue?</p>
+
+<p>—¿No tiene una hija á quien desea ver?—dijo el médico.</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Pues bien, haced que venga luego.</p>
+
+<p>El señor Magdalena se estremeció.</p>
+
+<p>Preguntóle Fantina:</p>
+
+<p>—¿Qué ha dicho el médico?</p>
+
+<p>El señor Magdalena se esforzó en sonreir.</p>
+
+<p>—Ha dicho que hiciera venir pronto á vuestra hija. Que esto os volvería
+la salud.</p>
+
+<p>—¡Oh!—dijo ella,—¡tiene razón! pero, ¿qué hacen estos Thénardier,
+que no mandan á mi Cosette? ¡Oh! va á venir. ¡Por fin, veré la felicidad
+á mi lado!</p>
+
+<p>Thénardier, sin embargo, no soltaba la niña, buscando para ello mil
+pretextos. Que Cosette estaba delicada para ponerse en camino en invierno.
+Después, que quedaban algunas pequeñas deudas cuyas cuentas
+iba reuniendo, etc., etc.</p>
+
+<p>—¡Mandaré á cualquiera á buscar á Cosette!—dijo el señor Magdalena,
+y si es preciso iré yo mismo.</p>
+
+<p>Entonces escribió, dictadas por Fantina, las siguientes líneas que le
+hizo firmar.</p>
+
+<p>«Señor Thénardier,<br>
+<br>
+«Entregad á Cosette al portador.<br>
+Os serán pagados todos los picos.<br>
+Tengo el honor de saludaros respetuosamente.</p>
+<br>
+«<p style="padding-left: 5em;"><span class="smcap">Fantina</span>».</p>
+
+
+<p>Estando en eso, sobrevino un incidente grave. En vano pretendemos
+cortar y pulimentar el misterioso bloque de nuestra existencia; la negra
+vena del destino reaparece siempre.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>De cómo Juan puede llegar á ser champ</b></p>
+
+
+<p>Cierta mañana, en que estaba el señor Magdalena en su gabinete
+ocupado en despachar con tiempo algunos asuntos perentorios de la
+alcaldía para el caso de que se decidiese á hacer el viaje á Montfermeil,
+pasáronle aviso de que el inspector de policía, Javert, deseaba hablarle.
+Al oir pronunciar este nombre, no pudo evitar Magdalena una desagradable<span class="pagenum" id="Page_182">[Pg 182]</span>
+impresión. Desde la aventura de la oficina de policía, Javert le
+había excusado más que nunca, y Magdalena no le había vuelto á ver.</p>
+
+<p>—Hacedle entrar,—dijo.</p>
+
+<p>Javert entró.</p>
+
+<p>Magdalena continuó sentado junto á la chimenea con la pluma en la
+mano y la mirada fija en un cuaderno que estaba hojeando y anotando,
+el cual contenía las actas de algunos procesos verbales de distintas contravenciones
+de policía urbana. Prosiguió, no obstante, en su tarea, sin
+fijarse en Javert. No podía dejar de preocuparse por la pobre Fantina, y
+le pareció conveniente mostrarse glacial.</p>
+
+<p>Javert saludó respetuosamente al señor alcalde que estaba de espaldas,
+y quien, sin volver la cabeza, continuó anotando.</p>
+
+<p>Javert, dió dos ó tres pasos hacia dentro, parándóse luego sin romper
+el silencio.</p>
+
+<p>Un fisonomista que hubiese estado familiarizado con el modo de ser
+de Javert, que hubiese estudiado, por algún tiempo, á aquel salvaje
+puesto al servicio de la civilización, aquel compuesto singular de romano
+y espartano, de fraile y de cabo de escuadra, aquel espía incapaz de
+mentir, aquel moscardón virgen; un fisonomista enterado de su secreta
+y antigua aversión al señor Magdalena, de su disgusto con el alcalde por
+lo de Fantina, y que hubiese observado á Javert en aquel momento, se
+hubiera dicho: ¿Qué habrá pasado? Hubiérale sido evidente porque habría
+conocido aquella conciencia recta, clara, sincera, proba, austera y
+feroz, que Javert acababa de ser víctima de algún grave é íntimo suceso.
+Javert no sentía nada en el alma que no se revelase en su semblante.
+Estaba, como todos los caracteres violentos, sujeto á variaciones bruscas.
+Jamás había estado su fisonomía tan extrañamente demudada y tan incomprensible.
+Al entrar, se había inclinado delante del alcalde dirigiéndole
+una mirada en la que no había rencor, ni odio, ni cólera, ni desconfianza;
+se había detenido á algunos pasos detrás del sillón, quedándose
+firme, de pie, en actitud casi militar, con la rudeza sencilla y fría del
+hombre que desconoce la dulzura y que es de ordinario un seríais pasivo, esperando,
+sin decir una palabra, sin hacer un gesto, con verdadera humildad
+y en la más tranquila resignación, á que el señor alcalde se volviese;
+sereno y grave, con el sombrero en la mano, bajos los ojos, con
+una expresión que participaba por igual de la del soldado delante de su
+oficial y de la del reo delante del juez. Todos los sentimientos, como todos
+los recuerdos que se le pudiesen suponer, habían desaparecido. Nada
+se veía en su semblante impenetrable y duro como el granito, más que
+una tristeza melancólica. Todo en su persona respiraba firmeza y humildad,
+y como cierto abatimiento valeroso.</p>
+
+<p>Por fin, dejó su pluma el señor alcalde, y se medio volvió:</p>
+
+<p>—¡Y bien! ¿qué hay? ¿qué es ello, Javert?</p>
+
+<p>Javert permaneció un instante silencioso aún, como recogiéndose en<span class="pagenum" id="Page_183">[Pg 183]</span>
+sí mismo, luego levantó la voz con cierta triste solemnidad, de la que no
+excluyó la sencillez, diciendo:</p>
+
+<p>—Hay, señor alcalde, que se ha cometido un hecho penable.</p>
+
+<p>—¿Qué hecho?</p>
+
+<p>—Un agente inferior de la autoridad ha faltado al respeto debido á
+un magistrado, de un modo gravísimo. Yo vengo en cumplimiento de
+mi deber á daros conocimiento del hecho.</p>
+
+<p>—¿Quién es ese agente?—preguntó el señor Magdalena.</p>
+
+<p>—Yo,—dijo Javert.</p>
+
+<p>—¿Vos?</p>
+
+<p>—Yo.</p>
+
+<p>—¿Y quién es el magistrado ofendido por el agente?</p>
+
+<p>—Vos, señor alcalde.</p>
+
+<p>Magdalena se incorporó en su sillón, Javert prosiguió, con aire severo
+y los ojos bajos:</p>
+
+<p>—Señor alcalde, vengo á pediros que os sirváis proponer á la autoridad
+mi destitución.</p>
+
+<p>Magdalena, estupefacto, abrió la boca, Javert le interrumpió.</p>
+
+<p>—Vos diréis tal vez, que yo hubiera podido presentar mi dimisión,
+pero esto no era bastante. Presentar la dimisión es honroso, pero yo he
+faltado y debo ser castigado. Es forzoso que se me destituya.</p>
+
+<p>Y, después de una pausa añadió:</p>
+
+<p>—Señor alcalde: estuvisteis el otro día muy severo conmigo, injustamente.
+Sedlo hoy con justicia.</p>
+
+<p>—¿Y eso á qué?—exclamó Magdalena.—¿Qué galimatías es éste? ¿qué
+es lo que queréis decir? ¿dónde está este acto culpable cometido por vos
+contra mí? ¿Qué me habéis hecho? ¿en qué me habéis faltado? ¿Os acusáis
+para ser reemplazado?...</p>
+
+<p>—Separado,—dijo Javert.</p>
+
+<p>—Separado, sea si es preciso, pero no lo entiendo.</p>
+
+<p>—Ya lo comprenderéis, señor alcalde.</p>
+
+<p>Javert suspiró profundamente y repuso, siempre fría y tristemente:</p>
+
+<p>—Señor alcalde, hace seis semanas, luego de la escena que tuvo lugar
+por aquella chica, que, estando yo furioso, os denuncié.</p>
+
+<p>—¿Me denunciásteis?</p>
+
+<p>—Á la prefectura de policía de París.</p>
+
+<p>El señor Magdalena, que no se reía mucho más que Javert, sonrió.</p>
+
+<p>—¿Como alcalde que se antepone á la policía?</p>
+
+<p>—Como antiguo presidiario.</p>
+
+<p>El alcalde palideció.</p>
+
+<p>Javert, que no había levantado los ojos, continuó:</p>
+
+<p>—Yo lo creía así. Estuve mucho tiempo con esta idea. Una gran semejanza,
+las indagaciones que habéis hecho practicar en Faverolles,
+vuestra fuerza muscular, la aventura del viejo Fauchelevent, vuestra<span class="pagenum" id="Page_184">[Pg 184]</span>
+puntería, vuestra pierna un poca coja y, ¿qué sé yo qué más? ¡Barbaridades!
+en fin, que os tomé por un tal Juan Valjean.</p>
+
+<p>—¿Un tal?... ¿Cómo habéis dicho?</p>
+
+<p>—Juan Valjean. Un presidiario á quien conocí hace veinte años,
+cuando era yo ayudante de guarda chusma en Tolón. Al salir del penal,
+ese Juan Valjean, á lo que parece, robó en casa de un obispo, y luego
+cometió otro robo á mano armada y en un camino público contra un
+niño saboyano. Ha estado oculto, no sé cómo, unos ocho años, y eso
+que se le andaba buscando. Yo llegué á figurarme... En fin, ¡que me
+atreví á ello! La cólera me hizo decidir, y os denuncié á la prefectura.</p>
+
+<p>El señor Magdalena, que había vuelto á hojear el cuaderno, hacía un
+momento, repuso con acento de perfecta indiferencia.</p>
+
+<p>—¿Y qué se os ha contestado?</p>
+
+<p>—Que estaba loco.</p>
+
+<p>—¿Y bien?</p>
+
+<p>—¡Que bien pueden tener razón!</p>
+
+<p>—¡Bueno es que lo reconozcáis!</p>
+
+<p>—Es preciso, puesto que el verdadero Juan Valjean ha reaparecido.</p>
+
+<p>Cayósele de las manos al señor Magdalena el papel que tenía en ellas,
+levantó la cabeza, miró fijamente á Javert, y dijo con acento inexplicable:</p>
+
+<p>—¡Ah!</p>
+
+<p>Javert continuó:</p>
+
+<p>—He aquí lo que ha pasado, señor alcalde. Parece que existía en este
+país, hacia la parte de Ailly-le-Haut-Clocher, una especie de buen hombre
+á quien llamaban el tío Champmathieu. Era el tal un miserable.
+Nadie se había fijado en él. Esta clase de gente ignora todo el mundo
+como viven. Últimamente, durante el otoño, el tío Champmathieu, estuvo
+preso por un robo de manzanas, cometido en... En fin, el punto es
+lo de menos; es el caso que hubo robo, escalamiento y algunas ramas de
+árbol desgajadas. Se detuvo á Champmathieu, teniendo todavía una
+rama de manzanas en la mano. Metiósele en la cárcel. Hasta aquí no pasaba
+de ser ello una ligera falta correccional. Mas ahora ved lo que hay
+en el caso de providencial. Estando la cárcel medio arruinada, el señor
+juez de instrucción dispuso que fuése trasladado Champmathieu á la cárcel
+departamental de Arras. En dicha, cárcel, se hallaba á la sazón, un
+antiguo presidiario llamado Brevet, que estaba preso por yo no sé qué y
+que hacía de calabocero por su buen comportamiento. Señor alcalde, en
+cuanto llegó allí Champmathieu, aún antes de entrar, exclamó enseguida
+Brevet:</p>
+
+<p>—¡Diantre! yo conozco este hombre. Es un <em>Fagot</em><a id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>.—¡Miradme
+bien, buen hombre! ¡Vos sois Juan Valjean!</p>
+<p><span class="pagenum" id="Page_185">[Pg 185]</span></p>
+<p>—¡Juan Valjean! ¿qué Juan Valjean?</p>
+
+<p>Champmathieu se hacía el admirado.</p>
+
+<p>No te hagas el desentendido,—dijo Brevet:—eres Juan Valjean y has
+estado en el penal de Tolón. Hace veinte años. Estábamos juntos.</p>
+
+<p>Champmathieu negaba. ¡Está claro! ¿Comprendéis el porqué? Se profundiza,
+se indaga. Y así se hizo, hasta que se sacó en limpio lo siguiente:
+Que Champmathieu, hace unos treinta años, era jornalero podador en la
+comarca, habiendo trabajado en varios puntos, y particularmente en Faverolles.
+Aquí se perdió el rastro. Algún tiempo después se le vió nuevamente
+en Auvernia, luego en París, donde según dijo, fué carretero y
+tuvo una hija lavandera, y aunque esto no está probado, resulta que por
+fin se vino por acá. Ahora, pues, antes de ir á presidio por robo comprobado,
+¿qué era Juan Valjean? Podador. ¿Dónde? En Faverolles. Otro
+hecho. El Valjean se llamaba por nombre de pila Juan, y su madre se
+apellidaba Mathieu.</p>
+
+<p>¿Qué puede haber de más natural que al salir del presidio tomara para
+ocultarse el apellido de su madre y se hiciese llamar desde entonces Juan
+Mathieu? Pasa luego á Auvernia, donde el acento del país cambia el
+Juan <em>(Jean)</em> en <em>chan</em>, y se le llama Chan-Mathieu. Acepta nuestro hombre
+este cambio y catadlo transformado en Champmathieu. Vais comprendiendo,
+¿verdad? Se practica una información en Faverolles. Nada
+se sabe de la familia de Juan Valjean. Vos no ignoráis que las familias
+de esta clase de gente se desvanecen con la mayor facilidad. Se las busca
+á lo mejor, y nada se encuentra. Estas gentes, cuando no son lodo son
+polvo. Además como el principio de esta historia data de treinta años,
+no hay nadie en Faverolles que haya conocido á Juan Valjean. Se piden
+informes á Tolón. Á más de Brevet, no hay más que dos presidiarios que
+hayan conocido á Juan Valjean. Estos son dos condenados á cadena perpetua,
+llamados Cochepaille y Chenildieu. Se les saca del penal y se les
+hace venir. Se les carea con el pretendido Champmathieu. Ninguno de los
+dos vacila. Para ellos, lo mismo que para Brevet, es este Juan Valjean. La
+misma edad, cincuenta y cuatro años, la misma estatura, el mismo aire,
+en fin, el mismo hombre. En este tiempo precisamente mandé yo mi denuncia
+á la prefectura de París. Allí se me contestó que yo había perdido
+el tino y que Juan Valjean se encuentra en Arras y en poder de la
+justicia. ¡Comprended si esto había de asombrarme, á mí, que creía tener
+aquí al mismo Juan Valjean! Escribí luego al señor Juez de instrucción,
+quien me mandó llamar, y me presentó á Champmathieu...</p>
+
+<p>—¿Y qué?—interrumpió el señor Magdalena.</p>
+
+<p>Javert contestó con cara imperturbable y triste:</p>
+
+<p>—Señor alcalde, la verdad es la verdad. Y aún que sea á pesar mío,
+confieso que aquel hombre es Juan Valjean. Yo mismo le reconocí.</p>
+
+<p>El señor Magdalena le preguntó en voz baja:</p>
+
+<p>—¿Estáis seguro?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_186">[Pg 186]</span></p>
+
+<p>Javert sonrió de la manera dolorosa con que se acostumbraba á expresar
+una profunda convicción.</p>
+
+<p>—¡Oh! ¡seguro!</p>
+
+<p>Estuvo unos momentos pensativo, tomando y soltando maquinalmente,
+con las puntas de los dedos, polvos de serrín de los que había en la
+salvadera de sobre la mesa, y añadió luego:</p>
+
+<p>—Y ahora, después de haber visto al verdadero Juan Valjean, no
+acierto á explicarme cómo pude creer otra cosa. Pídoos, por lo tanto,
+perdón, señor alcalde.</p>
+
+<p>Al dirigir esta frase suplicante y grave, al mismo á quien hacía seis
+semanas, le había humillado en pleno cuerpo de guardia diciéndole:
+«¡Salid!». Javert, el hombre altivo, se manifestaba á la sazón lleno de
+sencilla dignidad.</p>
+
+<p>El señor Magdalena no contestó á la súplica mas que con esta pregunta
+seca:</p>
+
+<p>—Y, ¿qué dice este hombre?</p>
+
+<p>—Cáspita, señor alcalde, mal negocio es éste para él. Si es Juan Valjean
+hay reincidencia. Saltar un muro, romper una rama, y tomar unas
+manzanas, esto, para un muchacho, es una falta correccional; para un
+hombre sería ya delito, y para un presidiario resulta un crimen. Escalamiento
+y robo, nada le falta. No es, pues, para el caso de policía correccional,
+sino competencia del tribunal en lo penal. Y no será ello cosa
+de una temporada de cárcel, sino presidio de por la vida. Y luego existe
+también el robo del niño saboyano que también ha de salir. ¡Diantre!
+Ya le dará que hacer, diréis, ¿no es verdad? Sí, á otro que no fuera
+Juan Valjean. Pero Juan Valjean es muy listo. También en esto yo le
+reconozco. Otro sentiría ya el calor; se movería, gritaría, como grita el
+puchero puesto al fuego; no querría ser de ninguna manera Juan Valjean,
+etc. Pero él presentándose como si nada comprendiera, dice: «¡Yo
+soy Champmathieu, yo no puedo decir más!». Parece admirado, ó embrutecido,
+por decirlo mejor. ¡Oh, el papel está bien estudiado! pero no
+importa, las pruebas existen. Le han reconocido cuatro personas, y el
+pícaro viejo será condenado. Ha sido trasladado á la audiencia de Arras.
+Debo ir allá como testigo. Estoy ya citado para ello.</p>
+
+<p>El señor Magdalena se había vuelto otra vez hacia la mesa, tomando
+de nuevo su legajo, y lo hojeaba tranquilamente, leyendo y escribiendo
+á la vez como hombre atareado. Volviéndose después á Javert, dijo:</p>
+
+<p>—Basta, Javert. Al fin y á la postre, nada me importan estos detalles.
+Estamos perdiendo el tiempo, y hay mucho que hacer y que despachar
+con urgencia. Javert, debéis ir inmediatamente á casa de la tía
+Buseaupied, que vende hierbas allá en la esquina de la calle Saint-Saulve.
+Decidle que presente su queja contra el carretero Pedro Chesnelong.
+Es éste un hombre brutal, que por poco aplasta á esta mujer y á
+su hijo. Es forzoso que sea castigado. Vais luego á casa de Carcellay,<span class="pagenum" id="Page_187">[Pg 187]</span>
+calle de Montre de Champigny, quien se queja de que una gotera de la
+casa del lado que vierte en la suya el agua de lluvia, perjudica los
+cimientos de su propiedad. Después os enteraréis de las faltas de policía
+denunciadas en la calle de Guiborg, en la casa de la viuda Doris, y en
+la calle de Garraud Blanc, en casa de la señora Renata le Bossé, é instruiréis
+proceso verbal. Pero os estoy dando mucho que hacer. ¿No vais
+á marcharos? ¿No me habéis dicho que debíais pasar á Arras para este
+negocio dentro ocho ó diez días?</p>
+
+<p>—Mucho antes, señor alcalde.</p>
+
+<p>—¿Qué día entonces?</p>
+
+<p>—Creo haber dicho al señor alcalde que la causa se veía mañana, y
+que yo salgo en la diligencia de esta noche.</p>
+
+<p>Magdalena hizo un movimiento imperceptible.</p>
+
+<p>—¿Y cuánto ha de durar esta vista?</p>
+
+<p>—Á lo más, un día. La sentencia se pronunciará, á más tardar, mañana
+por la noche. Pero yo no esperaré el fallo, que no puede faltar;
+después de prestada mi declaración, volveré.</p>
+
+<p>—Está bien,—dijo Magdalena.</p>
+
+<p>Y entonces despidió á Javert alargando la mano.</p>
+
+<p>Javert no se movió.</p>
+
+<p>—Perdonad, señor alcalde,—dijo.</p>
+
+<p>—¿Hay más?—preguntó Magdalena.</p>
+
+<p>—Señor alcalde, me falta recordaros una cosa.</p>
+
+<p>—¿Cuál?</p>
+
+<p>—Que debo ser destituido.</p>
+
+<p>El señor Magdalena se levantó.</p>
+
+<p>—Javert, sois un hombre honrado y os aprecio. Habéis exagerado
+vuestra falta. Siendo además ella una ofensa que me concierne á mí únicamente.
+Javert, sois digno de ascender más que de bajar. Creo que
+debéis conservar vuestro puesto.</p>
+
+<p>Javert fijó su mirada cándida en el señor Magdalena, en el fondo de
+la cual parecía vislumbrarse aquella conciencia no bien despejada, pero
+rígida y pura, diciendo con acento tranquilo:</p>
+
+<p>—Señor alcalde no puedo concederos lo que decís.</p>
+
+<p>—Y yo os repito,—replicó Magdalena,—que es ello de mi incumbencia.</p>
+
+<p>Pero Javert, fijo en su única idea, continuó:</p>
+
+<p>—En cuanto á exagerar, no exagero jamás. Ved cómo razono. He
+sospechado de vos injustamente. Esto no significa nada. Estamos en
+nuestro derecho sospechando de quien quiera que sea, aún cuando haya
+abuso en la sospecha de un superior nuestro. ¡Pero sin pruebas, cediendo
+á un exceso de cólera, deseando vengarme, os denuncié como presidiario,
+á vos, á un hombre respetable, á un alcalde, á un magistrado! lo
+cual no es solamente grave, sino gravísimo. He ofendido en vuestra<span class="pagenum" id="Page_188">[Pg 188]</span>
+persona á la autoridad, yo agente de ella! Si cualquiera de mis subordinados
+hubiese hecho lo que he hecho yo, le hubiera declarado indigno
+del servicio, y le hubiera destituido. ¡Pues bien! Atended, señor alcalde,
+una palabra. Yo generalmente he sido severo. Con los demás, he sido
+justo. He obrado bien. Pero ahora, si no fuése severo conmigo, todo
+lo que yo he hecho en justicia, resultaría injusto. ¿Debo yo ser distinto
+de los demás? ¡De ninguna manera! ¡Porque no hubiera sido bueno sino
+para castigar á los otros, y no á mí! ¡y sería yo, por lo tanto, un miserable
+y cuantos me llamasen: ¡el bribón de Javert! tendrían razón.
+Señor alcalde, no deseo de ninguna manera que me tratéis con benevolencia;
+vuestra benevolencia me ha requemado la sangre cuando ha
+favorecido á los demás, y no puedo quererla para mí. La bondad que
+consiste en dar la razón á la mujer pública contra el propietario, al
+agente de policía contra el alcalde, á cualquier inferior contra el superior,
+á ésta le llamo yo mala voluntad. Con semejantes bondades se desorganiza
+la sociedad. ¡Dios mío! Es muy fácil ser bueno; la dificultad
+está en ser justo. ¡Vedlo sino! Si vos hubiérais sido lo que yo creía, no
+hubiera yo sido bueno para vos. ¡Ya lo hubiérais visto! Señor alcalde,
+yo debo tratarme como trataría á cualquier otro. Cuando yo reprendía
+á los malhechores, cuando castigaba á los perdidos, me decía muchas
+veces á mí mismo: Si delinques, si caes en falta alguna vez, puedes estar
+tranquilo! ¡He tropezado, he caído en falta, tanto peor! Estoy por lo
+tanto perdido, echado, destituido; es lo equitativo. Conforme. Tengo
+brazos, trabajaré en la tierra; me es igual. Señor alcalde, el buen servicio
+exige un ejemplo. Pido sencillamente la destitución del inspector
+Javert.</p>
+
+<p>Todo lo dicho, era pronunciado con acento humilde, valeroso, desesperado
+y convencido, lo cual daba cierta grandeza particular á aquel
+extraño y honrado personaje.</p>
+
+<p>—Veremos,—dijo el señor Magdalena. Y le tendió la mano.</p>
+
+<p>Javert retrocedió, y dijo en tono casi salvaje:</p>
+
+<p>—Perdonad, señor alcalde, pero esto no puede ser. Un alcalde no le
+da la mano á un esbirro.</p>
+
+<p>Y añadió entre dientes:</p>
+
+<p>—Esbirro, sí; desde el momento en que he abusado de la policía, no
+soy más que un esbirro.</p>
+
+<p>Después saludó profundamente, y se dirigió á la puerta.</p>
+
+<p>Luego volviendo sobre sus pasos y siempre con los ojos bajos:</p>
+
+<p>—Señor alcalde,—dijo:—continuaré en mi puesto hasta que se me
+reemplace.</p>
+
+<p>Salió Javert, y el señor Magdalena quedó admirado y pensativo,
+escuchando aquel andar firme y seguro que se perdía sobre el pavimento
+del corredor.</p>
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_4" href="#FNanchor_4" class="label">[4]</a> <em>Fagot</em>, antiguo presidiario.</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_189">[Pg 189]</span></p>
+<h2 class="nobreak" >LIBRO SÉPTIMO<br>
+LA CAUSA CHAMPMATHIEU</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Sor Simplicia</b></p>
+
+
+<p>Los incidentes que vamos á leer no han sido todos conocidos en M*
+sur M*. Pero lo poco que se ha sabido de ellos dejó en la población tales
+recuerdos, que quedaría en este libro un gran claro si no los diésemos á
+conocer en sus menores detalles.</p>
+
+<p>En los tales detalles encontrará el lector dos ó tres circunstancias
+inverosímiles, que respetamos por consideración á la verdad.</p>
+
+<p>En las primeras horas de la tarde que siguieron á la visita de Javert,
+el señor Magdalena fué á ver á Fantina, según costumbre.</p>
+
+<p>Antes de llegar hasta Fantina, mandó llamar á sor Simplicia.</p>
+
+<p>Las dos religiosas que tenían á su cargo la enfermería, lazaretistas
+como todas las hermanas de la caridad, se llamaban sor Perpetua la
+una, y la otra sor Simplicia.</p>
+
+<p>Sor Perpetua era como si dijéramos el tipo de una aldeana cualquiera;
+una hermana de la caridad sencillamente tosca, que se había puesto
+al servicio de Dios como en otro cualquiera. Era religiosa como hubiera
+sido cocinera. Tipo que no es del todo raro. Las órdenes monásticas
+aceptan gustosas este grosero barro provinciano, que toma fácilmente
+la forma de capuchina ó de ursulina. Estas rusticidades se aprovechan
+para las tareas bastas de la devoción. La transformación de un boyero
+en carmelita no es difícil; se pasa de lo uno á lo otro sin gran trabajo;
+el fondo común de ignorancia de la aldea y del claustro, viene á ser una
+preparación, ya hecha, que introduce á pie enjuto al campesino en el
+claustro. Agrandad un poco la blusa y ya tenéis el hábito. Sor Perpetua
+era una robusta religiosa de Marines, cerca Pontoise, que hablaba en <em>patois</em>,
+psalmodiaba y murmuraba, azucarando las tisanas de conformidad con
+la devoción ó hipocresía del acogido, brusca con los enfermos, áspera
+con los moribundos, dándoles casi con el cristo en la cara, martirizando
+á los agonizantes con plegarias coléricas, atrevida, honrada, robusta y
+colorada.</p>
+
+<p>Sor Simplicia era blanca como la cera. Junto á sor Perpetua, era el
+cirio al lado de la vela de sebo. Vicente de Paul ha delineado perfectamente
+la hermana de la caridad en estas admirables palabras en las que
+mezcla tanta libertad como esclavitud: «No tendrán, dice, más monasterio
+que las casas de los enfermos, más celda que un cuarto de alquiler,
+más capilla que la iglesia parroquial, más claustro que las calles de la
+población y las salas del hospital, más clausura que la obediencia, más<span class="pagenum" id="Page_190">[Pg 190]</span>
+rejas que el temor de Dios ni más velo que la modestia». Este ideal estaba
+encarnado en sor Simplicia; nadie hubiera podido fijar la edad de
+sor Simplicia; jamás había sido joven, y parecía que no había de ser
+vieja nunca. Era una persona—no nos atrevemos á decir una mujer—amable,
+austera, simpática, delicada, fría, y que no había mentido
+jamás. Era tal su amabilidad, que parecía frágil, siendo, no obstante,
+más fuerte que el granito. Tocaba á los desgraciados con sus hermosos,
+finos é inmaculados dedos. Tenía, por así decirlo, palabra silenciosa; no
+hablaba más que lo necesario, y era su acento tal, que hubiera á la vez
+edificado en un confesionario y encantado en un salón. Aquella delicadeza
+se había amoldado perfectamente al hábito de estameña encontrando
+en aquel rudo contacto, un continuado alerta del cielo y de Dios.
+Insistimos en este detalle particular. No había mentido jamás, ni había
+dicho nunca, por cualquier interés ni por indiferencia, una cosa que no
+fuera verdad; la verdad santa, éste era el rasgo característico de sor
+Simplicia, éste era el acento de su virtud. Era casi célebre en la congregación
+por su imperturbable veracidad.</p>
+
+<p>El padre Sicard, hablando de sor Simplicia en una carta al sordomudo
+Massieu, dice: Por sinceros y puros que seamos, tenemos todos en
+nuestro candor, la mancha de alguna mentirilla inocente. Ella estaba
+limpia de semejante mancha. Mentirilla, mentira inocente, ¿existe por
+ventura? Mentir, es lo absoluto del mal. Mentir poco, es imposible; el
+que miente dice toda la mentira; mentir, es el modo de ser mismo del demonio;
+Satán tiene dos nombres, se llama Satán y se llama Mentira. He
+aquí lo que ella pensaba. Y como pensaba, así obraba. De ello resultaba
+aquella blancura de que hemos hablado, blancura que brillaba igualmente
+en sus ojos que en sus labios. Su sonrisa era blanca, su mirada era blanca
+también. No había la menor tela de araña, ni un solo grano de polvo,
+que empañase el cristal de su conciencia. Al tomar el hábito de San Vicente
+de Paul, había adoptado el nombre de Simplicia, por elección especial.
+Simplicia de Sicilia, como sabe todo el mundo, es aquella santa
+que prefirió dejarse arrancar los pechos que responder, habiendo nacido
+en Siracusa, que había nacido en Segesta, mentira que la hubiera salvado.
+Semejante modelo se ajustaba perfectamente á esta alma.</p>
+
+<p>Sor Simplicia, al entrar en la orden, tenía dos defectos, de los que se
+había ido corrigiendo poco á poco; gustaba de manjares delicados, y de
+recibir cartas. No leía jamás otro libro que uno de oraciones, impreso
+en grandes caracteres y escrito en latín. No sabía el latín, pero entendía
+el libro.</p>
+
+<p>La piadosa hermana había tomado afecto á Fantina, adivinando quizás,
+una virtud latente, dedicándose casi exclusivamente á su cuidado.</p>
+
+<p>El señor Magdalena llamó á parte á sor Simplicia, y le recomendó á
+Fantina con singular acento, del que se acordó después la hermana.</p>
+
+<p>Después de haber hablado á la hermana, se dirigió á Fantina.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_191">[Pg 191]</span></p>
+
+<p>Fantina esperaba diariamente la llegada del señor Magdalena, como
+se espera un rayo de calor y de alegría, diciendo á las hermanas:</p>
+
+<p>—No vivo sino cuando está aquí el señor alcalde.</p>
+
+<p>Aquel día tenía mucha fiebre. En cuanto vió al señor Magdalena, le
+preguntó:</p>
+
+<p>—¿Y Cosette?</p>
+
+<p>Él contestó sonriendo:</p>
+
+<p>—Luego.</p>
+
+<p>El señor Magdalena estuvo con ella como de ordinario. Solamente
+que hizo la visita de una hora, en lugar de media, con gran contentamiento
+de Fantina. Hizo mil súplicas á todo el mundo para que nada le
+faltase á la enferma. Pudo notarse que hubo un momento en que su semblante
+apareció sombrío. Pero esto se explicó al saber que el médico se
+le había acercado y dicho al oído:—Pierde muchísimo.</p>
+
+<p>Volvió luego á la alcaldía, y el chico de la oficina le vió examinar un
+mapa, itinerario de Francia, colgado de la pared del gabinete, y luego
+escribir con lápiz algunos números en un papel.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Perspicacia de maese Scaufflaire</b></p>
+
+
+<p>De la alcaldía pasó al extremo de la población, á casa de un flamenco,
+maese Scaufflaer, afrancesándolo Scaufflaire, quien alquilaba caballos
+y «cabriolés á voluntad».</p>
+
+<p>Para ir á casa de Scaufflaire, el camino más corto era el de tomar
+por una calle muy poco frecuentada, en el cual vivía el cura de la parroquia
+del señor Magdalena. El cura era, al decir de las gentes un
+hombre digno, respetable y sesudo. Al momento en que el señor Magdalena
+llegaba frente la casa del cura no había en la calle más que un transeunte,
+y este transeunte advirtió lo siguiente: El señor alcalde, después
+de haber pasado la casa, se paró de súbito; permaneció un momento parado;
+después volviendo sobre sus pasos, deshizo el camino, hasta la
+puerta de la vicaría, que era una puerta ordinaria, con llamador de
+hierro. Puso vivamente la mano en el picaporte, y lo levantó; después
+volvió á pararse nuevamente, quedando como dudoso y pensativo; y
+después de algunos segundos, en lugar de dejar caer bruscamente el llamador,
+bajólo suavemente, volviendo á emprender su camino con cierta
+prisa que no llevaba antes.</p>
+
+<p>El señor Magdalena encontró á maese Scaufflaire, en casa, ocupado
+en recoser un arnés.</p>
+
+<p>—Maese Scaufflaire,—preguntóle:—¿tenéis un buen caballo?</p>
+
+<p>—Señor alcalde,—dijo el flamenco,—todos mis caballos son buenos.
+¿Qué entendéis vos por un buen caballo?</p>
+
+<p>—Entiendo por bueno, un caballo que pueda recorrer veinte leguas
+en un día.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_192">[Pg 192]</span></p>
+
+<p>—¡Diablo!—exclamó el flamenco,—¡veinte leguas!</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—¿Arrastrando un cabriolé?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Y ¿cuánto tiempo podrá descansar después de la jornada?</p>
+
+<p>—Es preciso que pueda, en caso de necesidad, volver al día siguiente.</p>
+
+<p>—¿Recorriendo la misma distancia?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—¡Diablo! ¡diablo! ¿Son veinte leguas?</p>
+
+<p>El señor Magdalena sacó del bolsillo el papel en el que había escrito
+con lápiz algunos números, el cual manifestó al flamenco. Eran éstos: 5,
+6, 8-1/2.</p>
+
+<p>—Veis,—le dijo.—Total diez y nueve y media, que vale tanto como
+decir: veinte.</p>
+
+<p>—Señor alcalde,—respondió el flamenco,—puedo serviros. Mi caballito
+blanco, debéis haberlo visto por fuerza pasar alguna vez, una jaca
+del bajo Boulogne. Lleno de fuego. En vano se le quiso hacer caballo
+de silla. ¡Á él con ésas! Derribaba á cuantos intentaban acercársele.
+Creyósele viciado, y cuando no sabían qué hacer de él, lo compré yo.
+Púsele al cabriolé. ¡Señor mío! ¡esto era lo que él quería! Es dócil como
+una niña, y corre más que el viento. Pero guárdese nadie de montarle,
+porque no quiere de ninguna manera ser caballo de silla. Cada cual tiene
+sus ambiciones. Tirar, sí llevar no; es preciso creer que éste es su lema.</p>
+
+<p>—Pero, ¿hará el trayecto?</p>
+
+<p>—Recorrerá al trote largo las veinte leguas en menos de ocho horas.
+Pero escuchad antes las condiciones.</p>
+
+<p>—Decid.</p>
+
+<p>—En primer lugar, dejaréis que descanse una hora á mitad del camino;
+le daréis de comer; cuidado de que alguien vigile mientras coma,
+evitando que el chico de la posada robe la avena; porque tengo observado,
+que en las posadas, suele ser la avena bebida con mayor frecuencia
+por los mozos de cuadra, que comida por los caballos.</p>
+
+<p>—Se vigilará.</p>
+
+<p>—En segundo lugar... ¿Es para el señor alcalde, el cabriolé?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—¿Sabe el señor alcalde guiar?...</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Está bien. ¿El señor alcalde viajará solo y sin equipaje, al objeto
+de no cargar demasiado el caballo?</p>
+
+<p>—Convenido.</p>
+
+<p>—Pero, señor alcalde, no yendo nadie con vos, tendréis que tomaros
+el trabajo de vigilar que no se le quite la avena.</p>
+
+<p>—Por supuesto.</p>
+
+<p>—Me abonaréis treinta francos por día, incluso los de descanso. Ni<span class="pagenum" id="Page_193">[Pg 193]</span>
+un ochavo menos, corriendo, naturalmente, de cuenta del señor alcalde,
+la manutención del caballo.</p>
+
+<p>El señor Magdalena sacó de su bolsillo tres monedas de oro de veinte
+francos, y las dejó sobre la mesa.</p>
+
+<p>—He aquí dos días adelantados.</p>
+
+<p>—En cuarto lugar, por una carrera semejante, un cabriolé sería
+muy pesado y fatigaría al caballo. Será preciso, por lo tanto, que consienta
+el señor alcalde, en viajar en un pequeño tílburi que tengo.</p>
+
+<p>—Consiento.</p>
+
+<p>—Es muy ligero, pero está descubierto.</p>
+
+<p>—Me es igual.</p>
+
+<p>—¿Ha calculado el señor alcalde que estamos en invierno?</p>
+
+<p>El señor Magdalena no contestó;—el flamenco repuso:</p>
+
+<p>—¿Que hace mucho frío?</p>
+
+<p>El señor Magdalena guardó silencio.</p>
+
+<p>Maese Scaufflaire continuó:</p>
+
+<p>—¿Que puede llover?</p>
+
+<p>El señor Magdalena levantó la cabeza, y dijo:</p>
+
+<p>—El tílburi y el caballo estarán á la puerta de mi casa mañana á las
+cuatro y media de la madrugada.</p>
+
+<p>—Entendidos, señor alcalde,—dijo Scaufflaire. Después, rascando
+con la uña del pulgar una mancha que había en la mesa, repuso con
+aquel aire indiferente que los flamencos saben mezclar también á su
+finura:</p>
+
+<p>—¿Sabéis en lo que estoy pensando? en que el señor alcalde no me
+ha dicho á dónde se dirige... Y... ¿á dónde va el señor alcalde?</p>
+
+<p>No tenía él en la cabeza otra cosa desde el principio de la conversación,
+pero, sin saber por qué, no se había atrevido á hacer la pregunta.</p>
+
+<p>—¿Tiene vuestro caballo buenas piernas delanteras?—dijo el señor
+Magdalena.</p>
+
+<p>—Sí, señor alcalde. Le retendréis un poco en las pendientes. ¿Hay
+muchas en el camino que vais á recorrer?</p>
+
+<p>—No olvidéis que debe estar á la puerta de mi casa á las cuatro y
+media de la madrugada precisamente,—respondió el señor Magdalena,
+y salió.</p>
+
+<p>El flamenco se quedó hecho un bestia, según decía él de sí mismo
+después.</p>
+
+<p>El señor alcalde había salido hacía cinco ó seis minutos, cuando volvió
+á abrirse la puerta; era el señor alcalde.</p>
+
+<p>Su aire era como antes, impasible y preocupado.</p>
+
+<p>—Maese Scaufflaire,—dijo,—en cuánto estimáis el caballo y el tílburi
+que vais á alquilarme, llevando el uno al otro.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_194">[Pg 194]</span></p>
+
+<p>—Tirando el uno del otro, señor alcalde,—dijo el flamenco soltando
+una carcajada.</p>
+
+<p>—Sea. ¿Cuánto?</p>
+
+<p>—¿Es que el señor alcalde me los quiere comprar?</p>
+
+<p>—No, pero, os los quiero garantir á todo evento. Á mi vuelta me
+devolveréis la cantidad. ¿En cuánto estimáis el caballo y el tílburi?</p>
+
+<p>—En quinientos francos, señor alcalde.</p>
+
+<p>—Aquí están.</p>
+
+<p>El señor Magdalena dejó sobre la mesa un billete de banco; luego
+salió, sin entrar ya de nuevo.</p>
+
+<p>Maese Scaufflaire se arrepentía en alto grado de no haber dicho mil
+francos. Sin embargo, caballo y tílburi juntos no valían más que cien
+escudos.</p>
+
+<p>El flamenco llamó á su mujer, y le explicó el caso. ¿Dónde diablos
+querrá ir el señor alcalde? Ambos tuvieron su consejo.—Irá á París,—dijo
+la mujer.—No lo creo,—contestó el marido.</p>
+
+<p>El señor Magdalena se había dejado olvidado sobre la chimenea, el
+papel en el cual había escrito algunos números.</p>
+
+<p>El flamenco tomó el papel, y empezó á calcular.—¡Cinco, seis, ocho
+y media! éstos serán los relevos de posta... Volvióse luego á su mujer.—He
+dado en ello,—dijo.—¿Cómo?—De aquí á Hesdin median cinco
+leguas, seis de Hesdin á Saint-Pol, ocho y media de Saint Pol á Arras.
+Va á Arras.</p>
+
+<p>Entretanto, el señor Magdalena había vuelto á su casa. Para regresar
+de casa maese Scaufflaire, había tomado el camino más largo, como
+si la puerta de la vicaría fuése para él una tentación, que hubiese querido
+evitar. Había subido á su habitación, y se había encerrado en ella,
+lo cual no tenía nada de extraño, porque solía recogerse temprano. No
+obstante, la portera de la fábrica, que era al mismo tiempo la única
+criada del señor Magdalena, observó que su luz se había apagado á las
+ocho y media, lo cual participó ella al cajero, cuando entró, añadiendo:</p>
+
+<p>—¿Está tal vez enfermo el señor alcalde? he advertido en su semblante
+algo de nuevo.</p>
+
+<p>El cajero, habitaba un cuarto, situado precisamente debajo de el del
+señor Magdalena. Sin fijarse en las palabras de la portera, acostóse enseguida,
+y se durmió. Á eso de media noche, despertó bruscamente;
+había oído entre sueños un ruido extraño sobre su cabeza. Púsose á escuchar.
+Eran pasos que iban y venían, como si alguien se pasease en el
+cuarto de arriba. Fijó más su atención, y reconoció los pasos del señor
+Magdalena. Esto llamó su atención; generalmente no se oía en aquel
+cuarto el menor ruido antes de la hora en que acostumbraba á levantarse
+el alcalde. Un instante después, creyó oir el cajero algo parecido
+á un armario que se abre y vuelve á cerrarse. Luego como si arrastraran
+un mueble, y pasado un momento de silencio, volviéronse á oir los<span class="pagenum" id="Page_195">[Pg 195]</span>
+pasos nuevamente. El cajero, se sentó sobre la cama, despertando por
+completo; observa, mira, y al través de los cristales de la ventana, vió
+en la pared de enfrente, el reflejo rojizo de una ventana iluminada. Por
+la dirección de los rayos, no podía ser aquella otra ventana que la del
+cuarto del señor Magdalena. El reflejo oscilaba como si procediese antes
+de una llama que dé una luz. La sombra de las vidrieras no se advertía,
+lo cual indicaba que la ventana estaba abierta de par en par. Dado el
+frío que hacía, era sorprendente el que estuviese abierta la ventana. El
+cajero volvió á dormirse de nuevo. Una hora ó dos más tarde, despertó
+otra vez. Los mismos pasos, lentos y regulares, seguían yendo y viniendo
+sobre su cabeza.</p>
+
+<p>El reflejo seguía dibujándose en la pared, pero era entonces pálido y
+tranquilo, como el de una lámpara ó bujía.</p>
+
+<p>La ventana continuaba abierta.</p>
+
+<p>Vamos á ver ahora lo que pasaba en el cuarto del señor Magdalena.</p>
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Una tempestad bajo un cráneo</b></p>
+
+
+<p>El lector ha, sin duda, adivinado que el señor Magdalena no era
+otro que Juan Valjean.</p>
+
+<p>Hemos ya examinado otra vez las profundidades de aquella conciencia;
+ha llegado el momento de examinarlas de nuevo. No lo haremos sin
+emocionarnos y sin temblar. No existe nada más terrible que esta clase
+de consideraciones. Los ojos del espíritu no pueden encontrar en ninguna
+parte, más luz ni más tinieblas, que en las interioridades del hombre;
+ni pueden fijarse en cosa alguna que sea más formidable, más complicado,
+más misterioso y más infinito. Existe un espectáculo más grande
+que el del mar, el del cielo; pero hay otro más grande que el del cielo,
+es el del interior del alma.</p>
+
+<p>Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no sea más que
+á propósito de un solo hombre, á propósito del más insignificante de los
+hombres, sería fundir todas las epopeyas en una sola epopeya, superior
+y definitiva.</p>
+
+<p>La conciencia, es el caos de todas las quimeras, de todas las ambiciones,
+y de las tentaciones todas; el horno de todos los delirios, el antro de
+todas las ideas; es el pandemónium del sofisma, el campo de batalla de
+todas las pasiones. Penetrad á ciertas horas al través del lívido semblante
+de un ser humano que reflexiona, y mirad detrás, mirad en el interior
+de aquella alma, en el fondo de aquella obscuridad. Hay allí, bajo el silencio
+del exterior, combates de gigantes como los de Homero, luchas de
+hidras y dragones y nubes de fantasmas como en Milton, y espirales ilusorias
+como en Dante. Nada tan sombrío como el infinito que lleva todo
+hombre dentro de sí mismo, y al cual somete con desesperación, y á su
+pesar, las voluntades de su cerebro y las acciones de su vida.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_196">[Pg 196]</span></p>
+
+<p>Alighieri encontró un día cierta puerta siniestra ante la cual dudó.
+He aquí igualmente, otra ante nosotros, á cuyos umbrales dudamos también.
+Entremos sin embargo.</p>
+
+<p>No tenemos gran cosa que añadir á lo que le pasó á Juan Valjean
+después de la aventura de Gervasillo. Desde aquel momento, como hemos
+visto, fué ya otro hombre. Lo que el obispo había querido hacer de él,
+esto fué. No fué aquello una transformación, sino una transfiguración.</p>
+
+<p>Resolvió desaparecer, vendió la plata del obispo, no guardándose más
+que los candeleros como recuerdo; deslizándose de población en población,
+atravesó la Francia, llegó á M* sur M*, tuvo la idea que hemos dicho,
+realizó lo que hemos consignado, logró hacerse inasible é impenetrable;
+y establecido desde entonces en M* sur M*, satisfecho por sentir
+su conciencia entristecida por el pasado y la primera mitad de su existencia
+desmentida por la última, vivió pacífico, sereno y esperanzado,,
+no teniendo más que dos pensamientos: ocultar su nombre y santificar
+su vida, escaparse á los hombres y encontrar á Dios.</p>
+
+<p>Estos dos pensamientos, se encontraban tan estrechamente unidos en
+su espíritu, que no formaban más que uno solo, siendo ambos por igual
+imperiosos y absorbentes, dominando sus acciones más insignificantes.
+Ordinariamente estaban de acuerdo para regular la conducta que debía
+seguir, ambos le llamaban hacia la obscuridad, haciéndole bueno y sencillo
+y aconsejándole lo mismo. Algunas veces había divergencia entre
+ellos. En este caso, veíase al hombre que toda la comarca de M* sur M*
+llamaba el señor Magdalena, no vacilaba un instante en sacrificar la primera
+idea á la segunda, ó sea, su obscuridad á su virtud. Así, á despecho
+de toda reserva y de toda prudencia, había conservado los candeleros
+del obispo, vestido luto, llamado é interrogado á cuantos saboyanos
+había visto pasar, tomado informes de su familia en Faverolles, y salvado
+la vida al viejo Fauchelevent, á pesar de las mortificantes insinuaciones
+de Javert. Parecíale, como hemos indicado ya, pensar, á semejanza
+de los sabios, santos y justos, que su primer deber no estaba en complacerse
+á sí mismo.</p>
+
+<p>No obstante, es preciso decirlo, jamás le había pasado nada parecido
+á lo presente.</p>
+
+<p>Nunca las dos ideas que imperaban en el hombre desgraciado, de cuyos
+sufrimientos estamos dando cuenta, habían sostenido una lucha tan
+seria. Comprendíalo él confusamente, pero á fondo, desde las primeras
+palabras pronunciadas por Javert, al entrar en su gabinete. En cuanto
+oyó pronunciar aquel nombre que había sepultado entre las sombras,
+quedó sobrecogido de estupor y como desvanecido por aquel inesperado
+y siniestro golpe de su destino, y al través de su admiración sintió el estremecimiento
+que precede á los grandes sacudimientos; doblóse como se
+dobla la encina al aproximarse el huracán, como el soldado al aproximarse
+al asalto. Sintiendo venir sobre su cabeza, sombras llenas de rayos<span class="pagenum" id="Page_197">[Pg 197]</span>
+y centellas. Al oir á Javert, lo primero que se le ocurrió fué correr á
+Arras, denunciarse, sacar de la cárcel á Champmathieu y sustituirle; este
+pensamiento era doloroso y punzante como una incisión en carne viva,
+pero pasada la primera impresión, se dijo: ¡Veamos! ¡veamos! Reprimió
+este primer impulso de su generosidad, y retrocedió ante el heroísmo.</p>
+
+<p>Sin duda hubiera sido mejor que después de las santas palabras del
+obispo, después de tantos años de arrepentimiento y de abnegación, en
+medio de una penitencia admirablemente comenzada, aquel hombre, en
+presencia de tan terrible coyuntura, no hubiera dudado un instante y
+hubiera continuado andando al mismo paso hacia el precipicio abierto
+ante sus ojos y en cuyo fondo se encontraba el cielo; esto hubiera sido
+magnífico, tal vez, pero no fué así. Es preciso dar cuenta exacta de todo
+cuanto se acumulaba en aquella alma, diciendo lo que era y lo que
+en ella había. La primera victoria fué de momento para el espíritu de
+conservación; reunió sus ideas; ahogó sus emociones; pensó en la personalidad
+de Javert; su gran peligro; retardó toda resolución con la firmeza
+del espanto, aturdióse ante lo que venía obligado á realizar, recobrando
+luego su calma de igual manera que volvía al gladiador romano á
+recoger su escudo.</p>
+
+<p>El resto del día siguió en el mismo estado, éste era un torbellino en
+el interior, la más perfecta calma exteriormente, no hizo otra cosa que
+tomar lo que podrían llamarse «medias conservadoras». Todo andaba
+aún confuso y chocándose en su cerebro; era tal su turbación, que no
+alcanzaba á ver clara la forma de una sola idea, y ni él mismo hubiera
+podido decir nada de sí mismo, sino que acababa de recibir un gran
+golpe.</p>
+
+<p>Acercóse, según tenía ya por costumbre, al lecho del dolor de Fantina,
+prolongando la visita por instinto de bondad, diciéndose que debía
+obrar así, recomendándola mucho á las hermanas por si llegaba el caso
+de que tuviese de ausentarse. Presentía vagamente que tendría que ir
+tal vez á Arras; y sin estar de mucho decidido á hacer el viaje, decíase
+que estando, como estaba, al abrigo de toda sospecha, no podía haber
+inconveniente alguno en que fuése testigo de lo que pasase, y alquiló
+para ello el tílburi de Scaufflaire, al objeto de estar prevenido para lo
+que pudiere sobrevenir.</p>
+
+<p>Comió con bastante apetito.</p>
+
+<p>Volvió á su cuarto, y se concentró.</p>
+
+<p>Examinó la situación; y la encontró inaudita, en grado tan superlativo,
+que en medio de sus delirios, por no sé qué impulsión de inexplicable
+ansiedad, levantóse de su asiento cerrando la puerta con llave. Y temiendo
+que aún pudiese entrar alguien, echó la aldaba, á fin de parapetarse
+lo posible.</p>
+
+<p>Un momento después mató la luz. Le estorbaba.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_198">[Pg 198]</span></p>
+
+<p>Parecíale que aún podían verle.</p>
+
+<p>¿Quién?</p>
+
+<p>¡Ay! aquello á lo cual cerraba la puerta, había entrado ya; aquélla
+que él quería cegar, le estaba ya mirando: su conciencia.</p>
+
+<p>Su conciencia, es decir, Dios.</p>
+
+<p>No obstante, en el primer momento se hizo la ilusión de estar solo y
+seguro; bien cerrada la puerta, se creyó inaccesible; apagada la luz,
+juzgábase invisible. Entonces tomó él posesión de sí mismo; apoyó los
+codos sobre la mesa; dejó caer la cabeza entre sus manos, y empezó á
+meditar entre tinieblas.</p>
+
+<p>¿Dónde estoy? ¿Es cierto que no estoy delirando? ¿Qué es lo que me
+han dicho? ¿Es verdad que he visto á Javert y que me ha dicho todo
+aquello? ¿Quién será ese Champmathieu? ¿Es verdad que se me parece?
+¿Es esto posible? ¡Cuando pienso que ayer yo estaba tan tranquilo, bien
+ajeno de dudar de nada! ¿Qué es lo que hacía yo ayer á estas horas?
+¿Qué es lo que se encierra en este incidente? ¿Cómo se desenredará?
+¿Qué haré?</p>
+
+<p>He aquí su tormento.</p>
+
+<p>Su cerebro había perdido la fuerza necesaria á retener las ideas; éstas
+pasaban por él como las olas, á pesar de que procuraba detenerlas sujetando
+su frente con ambas manos.</p>
+
+<p>De aquel tumulto que trastornaba su razón y su voluntad, y entre el
+cual buscaba una evidencia y una resolución, nada podía arrancar en
+definitiva más que angustias.</p>
+
+<p>Su cabeza ardía. Acercóse á la ventana, y abrió sus hojas de par en
+par. No se veía una estrella en el cielo. Volvió á sentarse junto á la
+mesa.</p>
+
+<p>Así se pasó la hora primera.</p>
+
+<p>Poco á poco, no obstante, algunas líneas vagas empezaron á fijarse
+y á tomar cuerpo en su imaginación, y pudo entrever entonces con los
+rasgos de la realidad, no el conjunto de situación, pero sí algunos detalles.
+Empezaba á reconocer que por extraordinaria y crítica que fuése su situación,
+era, por completo, dueño de ella.</p>
+
+<p>Su estupor no hizo, con semejante descubrimiento, más que acrecentarse.</p>
+
+<p>Independientemente del objeto severo y religioso que se propusiera
+en sus acciones, todo lo que había hecho hasta aquel día, no había sido
+otra cosa que un hoyo para esconder su nombre. Lo que había temido
+siempre en sus horas de recogimiento en sí mismo, en sus noches de
+insomnio, era oir pronunciar su nombre; decíase que en este caso habría
+terminado todo para él; que el día en que su nombre reapareciese, se desvanecería
+en torno de sí su nueva vida, y, quién sabe si también con ella
+su nueva alma. Estremecíase á la sola idea de semejante posibilidad. Y si
+en tales momentos alguien le hubiese dicho que llegaría la hora en que su<span class="pagenum" id="Page_199">[Pg 199]</span>
+nombre resonaría en sus oídos, con la odiosa frase «Juan Valjean», saldría
+súbitamente de entre las sombras irguiéndose ante él, donde aquella luz
+formidable creada para disipar el misterio en que se envolvía resplandecería
+instantáneamente sobre su cabeza, y que aquel nombre no le amenazaría
+ya; que aquella luz no produciría sino más espesas tinieblas; que
+aquel velo rasgado aumentaría el misterio; que aquel temblor de tierra
+consolidaría su edificio, y que aquel prodigioso incidente no tendría otro
+resultado, si él así lo quería, que el hacer más despejada y más impenetrable
+su existencia, y que de su confrontación con el fantasma de Juan
+Valjean, el bueno y digno industrial Magdalena resultaría más honrado,
+más digno y más considerado que nunca;—si alguien le hubiese dicho
+esto, hubiera meneado la cabeza compadeciéndole y teniendo sus palabras
+por insensatas. ¡Pues bien! todo ello acababa de realizarse, toda
+aquella balumba de imposibles era un hecho, y ¡Dios había permitido
+que aquellas locuras se convirtiesen en realidades!</p>
+
+<p>Su desvanecimiento continuaba despejándose. Íbase, paso á paso,
+dando cuenta de su verdadera situación.</p>
+
+<p>Parecíale que acababa de despertar de un sueño extravagante, y que
+se encontraba deslizándose por una pendiente, en plena noche, de pie,
+temblando, retrocediendo en vano sobre el peligroso borde de un abismo.
+Divisaba perfectamente entre las sombras á un desconocido, un extraño á
+quien el destino tomaba por él y le empujaba al precipicio en su lugar.
+Era indispensable para cerrarse el precipicio, que alguien cayese en su
+fondo, él ó el otro.</p>
+
+<p>No había sino dejar al tiempo.</p>
+
+<p>Hízose por completo la luz, y conoció entonces:—Que su puesto estaba
+vacío en el presidio; que por más que hiciese cuanto quisiera, le seguiría
+aguardando; que el robo de Gervasillo le llamaba allí; que aquel
+vacío le estaría esperando y atrayendo hasta que fuése de una manera
+fatal é inevitable.—Además, decíase él:—Que en tal momento había
+quién le reemplazaba, que parecía ser un tal Champmathieu la víctima
+de semejante error, y que mientras le representase en presidio la persona
+de Champmathieu y siguiese en la sociedad bajo el nombre de señor
+Magdalena, nada tenía que temer si no impedía que los hombres sellaran
+sobre la cabeza de Champmathieu la piedra de infamia que, como
+la losa del sepulcro, cae una sola vez para no levantarse jamás.</p>
+
+<p>Era todo esto tan violento y tan extraordinario, que produjo en él
+una de estas sacudidas indescriptibles que ningún hombre ha experimentado
+más de dos ó tres veces en toda su vida, especie de convulsión
+de la conciencia que remueve cuantas dudas encierra el corazón cuyo
+conjunto está formado por la ironía, el gozo y la desesperación, y que
+podría llamarse un estallido de risa interior.</p>
+
+<p>Encendió de nuevo y precipitadamente la bujía.</p>
+
+<p>—¿Y bien?—se preguntó—¿de qué me asusto? ¿Á qué pensar en esto?<span class="pagenum" id="Page_200">[Pg 200]</span>
+¡estoy salvado! ¡todo ha concluido! No veía más que una sola puerta entreabierta,
+por la cual mi pasado pudiese penetrar en mi vida; esta
+puerta queda ahora tapiada, ¡para siempre jamás! Este Javert que viene
+acosándome hace tanto tiempo, ese temible instinto que parecía haberme
+adivinado, y ¡que me había adivinado en realidad! que me seguía á
+todas partes, este espantoso perro de caza, siempre de parada sobre mí,
+está ya derrotado, ocupado en otra parte y completamente despistado!
+¡Está satisfecho, y ya me dejará tranquilo, puesto que tiene á su Juan
+Valjean! ¡Quién sabe también, y ello es lo más probable, si querrá alejarse
+de esta población! ¡Y todo esto se ha hecho sin mí! ¡No he intervenido
+para nada! ¡Y luego! ¿qué mal hay en ello? ¡Quiénes así me vieran,
+creerían que soy víctima de una catástrofe! Y, sobre todo, si resulta algún
+daño para alguien no es á buen seguro por culpa mía. Es la Providencia
+quien lo ha hecho todo. ¡Es que quiere que así sea indudablemente!
+¿Tengo yo el derecho de estorbar lo que ella ordena? ¿Qué es lo
+que estoy pidiendo? ¿En qué voy á mezclarme? Esto no es de mi incumbencia.
+¿Cómo no estoy contento? ¿Qué es lo que me falta entonces? El
+fin á que espiro hace tantos años, el sueño de mis noches, el objeto de
+mis oraciones, mi seguridad, ¡yo la espero! Dios lo quiere. Nada debo
+hacer contra la voluntad de Dios. ¿Y, por qué lo querrá Dios? Para que
+yo prosiga en lo comenzado, para que haga bien, para que sea yo un
+poderoso y vivo ejemplo, para que se diga, en fin, que ha habido su
+parte de ventura unida á esta penitencia que he sufrido, y en esta virtud
+á la que he vuelto. En verdad que no alcanzo á explicarme porqué he
+tenido miedo de entrar en casa de este buen cura y de explicárselo todo
+como á un confesor, pidiéndole consejo, cuando es evidente que me hubiera
+dicho lo mismo. ¡Estoy decidido á dejar que sigan las cosas su
+curso natural! ¡Dejemos que obre Dios!</p>
+
+<p>Hablábase así, allá en las profundidades de su conciencia, inclinado
+hacia lo que pudiéramos llamar su propio abismo. Levantóse de su
+asiento y se puso á pasear la estancia. Vamos, dijo, no debo pensar más
+en ello. ¡Ya tengo hecha mi resolución! Pero no sintió, sin embargo, la
+menor alegría.</p>
+
+<p>Al contrario.</p>
+
+<p>Pretender que el pensamiento no vuelva á una idea, es como pretender
+que el mar no vuelva á la playa. Para el marinero se llama esto marea;
+para el culpable se llama remordimiento. Dios agita las almas como
+el océano.</p>
+
+<p>Á los pocos instantes, por más que hizo, volvió nuevamente á su sombrío
+diálogo, del cual venía á ser orador y oyente á la vez, diciendo lo
+que hubiera querido callar, y oyendo lo que no hubiera querido saber;
+cediendo á aquel misterioso poder que le decía: «¡Piensa!», como había
+dicho él mismo, hace dos mil años, á otro condenado: «¡Anda!».</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_201">[Pg 201]</span></p>
+
+<p>Antes de seguir adelante, y para ser plenamente comprendidos, insistimos
+en una observación muy necesaria.</p>
+
+<p>Es cierto que se habla uno á sí mismo; no existe ningún ser pensador
+que no lo haya probado. Puede decirse igualmente que el Verbo nunca
+es más grande ni magnífico que cuando recorre el interior del hombre,
+desde el pensamiento á la conciencia, y que vuelve luego de la conciencia
+al pensamiento. En este sentido, solamente debieran entenderse las
+palabras empleadas frecuentemente en este capítulo, <em>dijo</em>, <em>exclamó</em>; decíase,
+hablábase, exclamaba en sí mismo, sin que el silencio exterior se
+rompiera. Hay grandes tumultos en que todo habla en nosotros menos
+la boca. Las realidades del alma, no por ser invisibles é impalpables, dejan
+de ser realidades.</p>
+
+<p>Preguntábase, pues, en dónde estaba. Interrogábase acerca de su «resolución
+irrevocable». Confesóse á sí mismo que aquello que acababa de
+ordenar en su espíritu, era monstruoso, que «el dejar correr las cosas á
+la voluntad de Dios», era simplemente horroroso. Dejar que siguiese adelante
+aquel error del destino y de los hombres, sin detenerlo, contribuir
+á él con el silencio, no hacer nada en fin, ¡era hacerlo todo! era el último
+rebajamiento de la indignidad hipócrita! ¡Era un crimen bajo, cobarde,
+miserable, abyecto y repugnante!</p>
+
+<p>Por la primera vez, después de ocho años, aquel hombre desventurado
+acababa de sentir el sabor amargo de un mal pensamiento y de una
+mala acción.</p>
+
+<p>Y lo arrojó con asco.</p>
+
+<p>Continuó interrogándose.</p>
+
+<p>Y preguntóse severamente qué era lo que había entendido al dar «por
+conseguido su objeto».</p>
+
+<p>Reconoció que, efectivamente, su vida tenía un objeto. ¿Pero cuál? ¿El
+de ocultar su nombre? ¿Engañar á la policía? ¿Y era por una cosa tan
+insignificante, por lo que había hecho cuanto había hecho? ¿No existía
+acaso otro objeto grande y verdadero? ¿Salvar, no su persona, sino su
+alma? Ser nuevamente honrado y bueno. ¡Ser un justo! ¿No era esto, por
+ventura, y esto sólo, lo que él únicamente había querido, lo que el obispo
+le había recomendado? ¿Cerrar la puerta á su pasado? ¡Pero no la cerraba
+de aquel modo, gran Dios! ¡no la cerraba! volvía á abrirla, con
+una acción infame. ¡Volvía á ser ladrón, y el más odioso de los ladrones!
+¡robaba á otro su existencia, su vida, su paz, su parte de sol! Se
+convertía en asesino. ¡Mataba, mataba, moralmente á un miserable; le
+infería esa muerte espantosa de los vivos, esa muerte á cielo abierto,
+que se llama presidio!</p>
+
+<p>Por el contrario, entregarse, salvar á aquel hombre víctima de tan
+funesto error, recobrar su nombre, aparecer otra vez por deber el presidiario
+Juan Valjean, eso era verdaderamente llevar á cabo su resurrección
+cerrando para siempre el infierno de que salía. ¡Caer aparentemente<span class="pagenum" id="Page_202">[Pg 202]</span>
+en él era en realidad salir de él! Y eso era lo que convenía hacer, y
+nada habría hecho no haciéndolo así. Toda su vida resultaba inútil, toda
+su penitencia perdida.</p>
+
+<p>¡Pero qué! ¿Estaba dicho todo? No: sentía que el obispo estaba allí y
+que estaba tanto más presente cuanto que había muerto, y que le miraba
+fijamente, y que en lo sucesivo el alcalde Magdalena con todas sus
+virtudes le sería odioso, y que el presidiario Juan Valjean, sería á sus
+ojos admirable y puro.</p>
+
+<p>Los hombres verían su máscara, pero el obispo veía su rostro; los
+hombres podrían ver su vida, pero el obispo veía su conciencia. Era
+preciso, pues, ir á Arras, libertar al falso Juan Valjean y denunciar al
+verdadero. ¡Ay! Ése era el mayor de los sacrificios, la más dolorosa de
+las victorias, el último paso que había que salvar; pero era preciso.
+¡Destino cruel! ¡No poder entrar en la santidad á los ojos de Dios sin entrar
+en la infamia á los ojos de los hombres!</p>
+
+<p>—¡Pues bien!—dijo.—¡Tomemos ese partido, hagamos nuestro deber!
+¡Salvemos á ese hombre!</p>
+
+<p>Pronunció estas palabras claramente, sin advertir que hablaba en
+alta voz.</p>
+
+<p>Tomó sus libros, los comprobó y puso en orden. Arrojó al fuego un
+legajo de créditos de pequeños comerciantes atrasados.</p>
+
+<p>Escribió una carta y la cerró, en cuyo sobre habría podido leer cualquiera
+que hubiese estado allí en aquel momento: <em>Á Monsieur Laffite,
+banquero, calle de Artois. París.</em> Sacó de un secreter una cartera que
+contenía algunos billetes de banco y el pasaporte de que se había servido
+aquel año para ir á las elecciones.</p>
+
+<p>Quien le hubiera visto realizar todos aquellos actos en medio de tan
+grave meditación, no habría sospechado nada de lo que pasaba por él.
+Solamente á intervalos se movían sus labios; otras veces levantaba pausadamente
+la cabeza y fijaba su ávida mirada en un punto cualquiera
+de la pared, como si hubiera allí precisamente alguna cosa que quisiera
+aclarar ó interrogar.</p>
+
+<p>Concluida la carta al banquero Laffite, metiósela en el bolsillo, lo
+mismo que la cartera, volviendo á pasear la estancia.</p>
+
+<p>Su divagación no había variado. Continuaba viendo claramente su
+deber escrito en letras luminosas que resplandecían ante sus ojos y giraban
+con su mirada: <em>¡Anda! ¡di tu nombre! ¡denúnciate!</em></p>
+
+<p>Veía igualmente, y como si se moviesen delante de él con formas
+sensibles, las dos ideas que hasta entonces habían sido la norma de su
+vida: ocultar su nombre, santificar su alma. Por primera vez se le aparecían
+absolutamente distintas, y comprendía la diferencia que las separaba.
+Reconocía que una de aquellas ideas era necesariamente buena,
+al paso que la otra podía llegar á ser mala; que aquélla era el sacrificio<span class="pagenum" id="Page_203">[Pg 203]</span>
+y ésta era la personalidad; que la una decía: <em>el prójimo</em>, y la otra decía:
+<em>yo</em>; que la una venía de la luz y procedía la otra de la noche.</p>
+
+<p>Ambas se combatían. Él presenciaba ese combate. Á medida que él
+reflexionaba, ellas habían crecido á los ojos del espíritu y tenían ya estaturas
+colosales; parecíale verlas luchar dentro de sí mismo, dentro de
+ese infinito de que hablábamos antes, en medio de las tinieblas, diosa la
+una y gigante la otra.</p>
+
+<p>Estaba lleno de espanto, pero le parecía que la buena salía triunfante.</p>
+
+<p>Sentía que tocaba en el otro extremo decisivo de su conciencia y de
+su destino; que el obispo había marcado la primera fase de su vida nueva,
+y que aquel Champmathieu le marcaba la segunda. Después de la
+gran crisis, la gran prueba.</p>
+
+<p>Entretanto, la fiebre, apaciguada por unos instantes, volvía á invadirle
+poco á poco. Mil pensamientos le asaltaban, pero fortificándole
+más en su resolución.</p>
+
+<p>Díjose por un momento:—Que tomaba quizá el asunto con demasiado
+calor; que después de todo, aquel Champmathieu, no era tan interesante,
+pues al fin y al cabo, había robado.</p>
+
+<p>Y se respondió: Si este hombre, en efecto, ha robado algunas manzanas,
+tiene un mes de prisión. Está, pues, muy lejos de presidio. Pero
+¿quién sabe si en efecto ha robado? ¿Está probado por ventura? El nombre
+de Juan Valjean le abruma, y parece eximirle de pruebas. ¿Los procuradores
+del rey no obran habitualmente así? Le creen ladrón, porque
+saben que ha sido presidiario.</p>
+
+<p>En otro instante se le ocurrió la idea de que cuando se hubiese denunciado
+á sí mismo, acaso tendrían en cuenta el heroísmo de su acción
+y su vida honrada durante siete años, y cuanto había hecho en favor
+del país, y que le harían gracia.</p>
+
+<p>Pero esta suposición se desvaneció muy pronto, y sonrió amargamente
+al pensar que el robo de los dos francos á Gervasillo le hacía
+reincidente; que aquel crimen reaparecería de seguro, y que, según los
+términos precisos de la ley, incurría en la pena de cadena perpetua.</p>
+
+<p>Prescindiendo de toda ilusión, iba alejándose más y más de la tierra,
+buscando consuelos y fuerzas en otra parte. Díjose que era indispensable
+cumplir con su deber; que tal vez no sería tan desgraciado después
+de haberlo cumplido, como lo sería eludiéndolo; que de <em>dejar correr los
+sucesos</em>, y quedándose en M* sur M*, su consideración, su nombradía,
+sus buenas obras, la deferencia, la veneración, su caridad, su riqueza,
+su popularidad y su virtud estarían impregnadas de un crimen, y ¿qué
+sabor habían de tener aquellas cosas santas unidas á una cosa tan indigna?
+Mientras que si llevaba á cabo su sacrificio, con el presidio, el
+potro, la cadena, el gorro verde, el trabajo sin descanso, y la vergüenza
+sin compasión, se mezclaría siempre una idea celestial.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_204">[Pg 204]</span></p>
+
+<p>En fin, díjose que era una necesidad, que su destino así lo exigía,
+que él no era dueño de desarreglar los arreglos de lo alto; que en todo
+caso, había que escoger: ó la virtud por fuera y la abominación por
+dentro, ó la santidad dentro y la infamia fuera.</p>
+
+<p>Al remover tantas ideas lúgubres, no desfallecía su ánimo, pero se
+fatigaba su cerebro. Y comenzaba á pensar mal de su grado, en otras
+cosas; cosas indiferentes.</p>
+
+<p>Las arterias de sus sienes latían fuertemente. Continuaba yendo y
+viniendo arriba y abajo. Dieron luego las doce en el reloj de la parroquia,
+y después en el del ayuntamiento. Contó las doce campanadas en
+ambos relojes, y comparó el sonido de las campanas. Recordó con este
+motivo, que no hacía muchos días había visto en un almacén de hierro
+viejo, una campana antigua para vender, en la que había grabado este
+nombre: <em>Antonio Albin de Romainville</em>.</p>
+
+<p>Tuvo frío. Encendió un poco de fuego, sin acordarse de cerrar la
+ventana.</p>
+
+<p>Sin embargo, volvió á caer en su estupor, y fuele preciso hacer un
+gran esfuerzo para recordar en qué estaba pensando antes de dar las
+doce. Recordóle por fin.</p>
+
+<p>—¡Ah! Sí,—exclamó;—había tomado la resolución de denunciarme.</p>
+
+<p>Y súbitamente recordó á Fantina.</p>
+
+<p>—¡Es verdad!—exclamó.—¡Y esa pobre mujer!</p>
+
+<p>Aquí se reveló una nueva crisis.</p>
+
+<p>Fantina, aparecióndosele bruscamente en su delirio, fué lo que un
+rayo de luz inesperado. Parecióle que todo cambiaba de aspecto en torno
+suyo, y exclamó:</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Sí! ¡Pero hasta ahora yo no he pensado más que en mí! ¡No
+he atendido más que á mi conveniencia particular! Si me conviene callar
+ó denunciarme,—ocultar mi persona ó salvar mi alma,—ser un magistrado
+despreciable y respetado, ó un presidiario infame y venerable,—es
+decir yo, nadie más que yo, y siempre yo. ¡Pero, Dios mío, todo
+ello no es más que egoísmo! Puede ser en diferentes formas, pero es siempre
+egoísmo. ¡Si yo pensase algo en los demás! La primera santidad es
+pensar en el prójimo. ¡Veamos, examinemos!</p>
+
+<p>Exceptuado yo, borrado yo, olvidado yo, ¿qué sucederá? Si yo me
+denuncio, me prenden y sueltan á ese Champmathieu, se me vuelve á
+presidio, ¿y después? ¿Qué va á pasar aquí? ¡Ah! ¡Aquí hay un país, un
+pueblo, fábricas, una industria, obreros, hombres, mujeres, ancianos,
+abuelos, niños y desgraciados! Yo he creado todo esto, yo he hecho vivir
+todo esto; donde hay una chimenea que arroja humo, yo soy quien
+he puesto el tizón en la lumbre y la carne en el puchero; yo he creado
+la comodidad, la circulación, el crédito; antes de yo venir, no había nada;
+yo he despertado, vivificado, animado, fecundado, estimulado, enriquecido<span class="pagenum" id="Page_205">[Pg 205]</span>
+toda la comarca; faltando yo, faltaría el alma. Desapareciendo,
+todo muere.</p>
+
+<p>¡Y esa mujer que ha sufrido tanto, que tantos merecimientos encierra
+en su caída, cuya desgracia causé yo sin querer! ¡Y esa criatura que
+quería yo ir á buscar, y que se lo he prometido á la madre! ¿No le debo
+yo por ventura algo también á esa mujer, en reparación del mal que le
+he causado? Si yo desaparezco, ¿qué sucederá? Muerta la madre, quedará
+la niña á la aventura. He aquí lo que sucederá si me denuncio.</p>
+
+<p>¿Y si no me denuncio?</p>
+
+<p>Veamos lo que puede suceder.</p>
+
+<p>Luego de sentada esta cuestión, detúvose, y después de un momento
+de vacilación temblorosa, que duró muy poco, respondióse con calma:</p>
+
+<p>—Y bien; este hombre va á presidio, es cierto; pero ¡qué diablos! ha
+robado. Por más que yo pueda imaginarme que no es ladrón, ¡ello es
+que ha robado! Me quedo aquí decididamente. En diez años habré ganado
+diez millones; los distribuyo en el país, no me guardo nada; ¿para
+qué lo quiero? ¡No es por mí por quien hago lo que hago! La prosperidad
+de todos va creciendo; las industrias se despiertan y emulan; las
+manufacturas y las industrias se multiplican; las familias, ¡cien familias,
+mil familias! son felices; la comarca se puebla; nacen poblaciones
+donde había granjas; nacen granjas donde no había nada; desaparece la
+miseria, y con la miseria desaparece el libertinaje, la prostitución, el
+robo, el asesinato, todos los vicios y todos los crímenes. Esa pobre madre
+cría á su hija; ¡y he aquí toda una comarca rica y honrada! ¡Oh!
+¡sí! Yo estaba loco, yo soñaba en un absurdo al tratar de denunciarme.
+Es preciso reflexionar y no precipitarse. ¡Pues qué! Por habérseme ocurrido
+el hacer el grande y el generoso... ¡Sensiblerías melodramáticas al
+fin y al cabo! Porque yo haya pensado en mí sólo para salvar de un castigo,
+quizá algo exagerado, pero justo en el fondo, no se á quién, á un
+ladrón, á un pícaro evidentemente, ¡ha de perecer todo un país! ¡ha de
+morir esa pobre mujer en el hospital! ¡ha de quedar una criaturita abandonada
+en medio del camino! ¡Como perros! ¡Ah! ¡Esto es abominable!
+¡Sin que la madre haya vuelto á ver á su hija, ni la hija haya casi conocido
+á su madre! ¡Y todo ello por ese pícaro viejo, ladrón de manzanas,
+que de seguro hubiera merecido ir á presidio por otra cosa, si no
+por ésa! ¡Lindos escrúpulos que salvan á un culpable y sacrifican á muchos
+inocentes, que salvan á un viejo vagabundo, que al fin y al cabo
+apenas tiene algunos años de vida, y que no será más desgraciado en
+presidio que en su miseria; escrúpulos que sacrifican á toda una población,
+madres, mujeres, niños! ¡Aquella pobre Cosette que no tiene más
+que á mí en el mundo, y que sin duda se halla en este momento tiritando
+de frío en el tabuco de los Thénardier! ¡He ahí otros nuevos canallas!</p>
+
+<p>¡Y yo faltaría á mi deber en perjuicio de todos esos pobres seres! ¡Y
+yo iría á denunciarme! ¡Á cometer la más solemne tontería! Veámoslo<span class="pagenum" id="Page_206">[Pg 206]</span>
+por la parte peor. Supongamos que al obrar así cometo una mala acción,
+y que mi conciencia me lo reprocha algún día; aceptar en bien de otro,
+esos reproches que recaen sobre mí únicamente, esa mala acción que sólo
+á mi alma compromete, ése sí es sacrificio, ésa sí es virtud.</p>
+
+<p>Levantóse y volvió á pasear. Esta vez le parecía estar satisfecho.</p>
+
+<p>Así como los diamantes no se encuentran sino en las tinieblas de la
+tierra, no se encuentran las verdades sino en las profundidades del pensamiento.
+Parecíale que después de haber descendido á semejantes profundidades,
+después de haber andado á tientas por largo tiempo en lo
+más negro de aquellas tinieblas, acababa por fin de encontrar uno de
+aquellos diamantes, una de aquellas verdades, la cual tenía en su mano
+y le estaba deslumbrando al contemplarla.</p>
+
+<p>—Sí, pensó él entonces. Esto es lo cierto. He dado con la verdad,
+tengo la solución. Hay que decidirse, y ya estoy decidido. ¡Dejemos
+hacer! No vacilemos, no retrocedamos, que tal es el interés de todos,
+aunque no el mío. Yo soy Magdalena, y Magdalena sigo siendo. ¡Desgraciado
+del que sea Juan Valjean! Yo no lo soy. No conozco á ese hombre,
+ni sé quien sea: y si existe al presente algún Juan Valjean, ¡que se
+arregle! Á mí no me importa. Es un nombre de fatalidad que flota en la
+noche; si se para y cae sobre alguna cabeza, ¡tanto peor para ella!</p>
+
+<p>Miróse al espejo colocado encima de la chimenea, y dijo:</p>
+
+<p>—¡Ah! Me alegro de haber tomado una resolución. Ya soy otro.</p>
+
+<p>Dió todavía algunos pasos y parándose de repente dijo:</p>
+
+<p>—¡Vamos! No debo vacilar ante ninguna de las consecuencias de la
+resolución tomada. Aún hay algunos hilos que me atan á ese Juan Valjean.
+Es preciso romperlos. En ese mismo cuarto hay objetos que me
+acusarían, testigos mudos; es preciso que desaparezcan.</p>
+
+<p>Metió la mano en la faltriquera, sacó un bolsillo, le abrió, y tomó de
+él una llavecita.</p>
+
+<p>Introdujo esta llave en una cerradura, cuyo agujero se veía apenas,
+disimulado entre los dibujos más oscuros del papel qué tapizaba las paredes.
+Abrióse un escondrijo, una especie de armarito practicado entre
+el ángulo de la pared y la cubierta de la chimenea. No había en aquel
+escondrijo más que harapos: una blusa de tela azul, un pantalón viejo,
+un morral viejo, y un garrote de espino con doble contera en sus extremos.</p>
+
+<p>Los que hubiesen visto á Juan Valjean en la época en que pasó por
+D***, octubre de 1815, habrían conocido fácilmente todas las piezas de
+aquel miserable arreo.</p>
+
+<p>Habíalas conservado él, como había conservado los candeleros de
+plata, para recordar siempre su punto de partida; solamente que ocultaba
+lo que procedía del presidio, y dejaba á la vista los candeleros que
+venían del obispo.</p>
+
+<p>Dirigió una mirada furtiva á la puerta; como temeroso de que se<span class="pagenum" id="Page_207">[Pg 207]</span>
+abriera á pesar del cerrojo que la guardaba, y luego, con un movimiento
+rápido y brusco, de una sola brazada, sin dar siquiera una mirada á
+aquellos objetos por tantos años tan religiosa y peligrosamente guardados,
+lo cogió todo, andrajos, palo y morral, arrojándolo al fuego.</p>
+
+<p>Volvió á cerrar el escondrijo, y redoblando sus precauciones, inútiles
+ya, puesto que estaba vacío, ocultó la puerta con un mueble, que colocó
+delante.</p>
+
+<p>Después de algunos segundos, el aposento y la pared de enfrente se
+iluminaron con un gran resplandor rojizo y tembloroso. Todo ardía, el
+garrote chisporroteaba y despedía centellas hasta en medio del cuarto.</p>
+
+<p>Al consumirse el morral con los inmundos harapos que contenía, había
+quedado al descubierto una cosa que brillaba entre la ceniza. Acercándose
+á ver, fácilmente se habría distinguido que era una moneda de plata; sin
+duda la pieza de cuarenta sueldos robada al niño saboyano.</p>
+
+<p>Pero él no miraba al fuego, y continuaba yendo y viniendo al mismo
+paso.</p>
+
+<p>De repente, fijáronse sus ojos en los dos candeleros de plata, que con
+el reflejo de la llama brillaban vagamente sobre la chimenea.</p>
+
+<p>—¡Ah!—exclamó.—Todo el Juan Valjean está aquí todavía. Es preciso
+destruir eso aún.</p>
+
+<p>Y cogió ambos candeleros.</p>
+
+<p>Había aún bastante lumbre para desfigurarlos fácilmente y hacer una
+especie de lingote sin forma.</p>
+
+<p>Inclinóse un poco sobre el hogar y se calentó un instante; esto le
+produjo un verdadero consuelo. ¡Ah! ¡Qué calor tan agradable! dijo.</p>
+
+<p>Removió las brasas con uno de los candeleros.</p>
+
+<p>Un minuto más, y estaban ya en el fuego.</p>
+
+<p>En aquel instante le pareció oir una voz que gritaba en su interior:
+¡Juan Valjean! ¡Juan Valjean!</p>
+
+<p>Erizáronse sus cabellos, y se quedó como un hombre que escucha
+algo terrible.</p>
+
+<p>—¡Sí, eso es, acaba! decía la voz. ¡Completa tu obra! ¡Destruye esos
+candeleros! ¡Aniquila ese recuerdo! ¡Olvida al obispo! ¡Olvídalo todo!
+Pierde á Champmathieu. ¡Está bien! ¡Alégrate! «¡Conque es cosa convenida;
+está resuelto! ¡No hay más que decir! ¡ahí queda un hombre, un
+anciano que no sabe lo que se le quiere, que nada ha hecho, un inocente,
+tal vez, cuya desgracia es tu nombre, tu nombre que pesa sobre él
+como un crimen, que va á ser confundido contigo, que va á ser condenado,
+que va á concluir sus días en la abyección y el horror! ¡está bien!
+Y tú, hombre honrado. Sigue siendo el señor alcalde, honorable y venerado,
+enriquece á la población, alimenta á los necesitados, educa á los
+huérfanos, vive feliz, virtuoso y admirado, y durante todo ese tiempo,
+mientras tú estés aquí en la alegría y en la luz, habrá otro que lleve tu<span class="pagenum" id="Page_208">[Pg 208]</span>
+chaqueta roja, que lleve tu nombre ignominioso y que arrastre tu cadena
+en presidio. ¡Sí, todo estará así muy bien! ¡Oh! ¡Miserable!</p>
+
+<p>El sudor inundaba su frente. Fijaba sobre los candeleros una mirada
+huraña. Sin embargo, lo que hablaba en él no había aún terminado. La
+voz continuó:</p>
+
+<p>—¡Juan Valjean! Habrá en derredor tuyo muchas voces que harán
+gran ruido, que hablarán muy alto, y que te bendecirán y una sola que
+nadie oirá, y que te maldecirá en las tinieblas. ¡Pues bien! ¡Oye, infame!
+¡Todas aquellas bendiciones caerán antes de llegar al cielo, y únicamente
+la maldición será la que suba hasta Dios!</p>
+
+<p>Aquella voz, débil al principio, y que se había elevado desde lo más
+oscuro de su conciencia, había llegado á ser gradualmente ruidosa y
+formidable, y él la oía entonces perfectamente junto á sí. Parecíale que
+había salido de él, y que á la sazón le estaba hablando desde fuera.</p>
+
+<p>Creyó entender las últimas palabras tan claramente, que miró dentro
+del cuarto con cierto terror.</p>
+
+<p>—¿Hay aquí alguien?—preguntó en voz alta y todo azorado.</p>
+
+<p>Después añadió con una risa que parecía la de un idiota:</p>
+
+<p>—¡Qué torpe soy! ¡Si no puede haber nadie!</p>
+
+<p>Alguien había en efecto; pero el que allí estaba no era de los que
+pueda ver el ojo humano.</p>
+
+<p>Dejó los candeleros sobre la chimenea.</p>
+
+<p>Y volvió á su paseo monótono y lúgubre que, al par que turbaba su
+sueño, despertaba sobresaltado al hombre dormido en el aposento inferior.</p>
+
+<p>Aquel andar le aliviaba y aturdía al mismo tiempo. Á veces parece
+que en las ocasiones supremas se mueve uno para pedir consejo á todo
+lo que pueda encontrarse variando de lugar. Al cabo de algunos instantes
+no sabía dónde se encontraba.</p>
+
+<p>Retrocedía á un tiempo con igual espanto ante las dos resoluciones
+que había tomado alternativamente. Las dos ideas que le aconsejaban
+parecíanle tan funestas la una como la otra.</p>
+
+<p>¡Qué fatalidad! ¡qué encuentro el de aquel Champmathieu confundido
+con él! ¡Verse precipitado justamente por el medio que parecía haber
+escogido la Providencia para tranquilizarle!</p>
+
+<p>Hubo un momento en que pensó en el porvenir. ¡Denunciarse, gran
+Dios! ¡Entregarse! Comparó con inmensa desesperación todo lo que sería
+menester abandonar, y todo lo que sería menester volver á tomar. Era
+preciso dar un adiós á aquella existencia tan buena, tan pura, tan radiante,
+de aquel respeto de todos, de la honra, de la libertad! ¡Ya no iría más
+á pasear el campo, ya no oiría más el canto de los pájaros en el mes de
+mayo, ya no daría limosna á los pequeñuelos! ¡Ya no sentiría la dulzura
+de las miradas de agradecimiento y cariño fijas en él! ¡Dejaría aquella<span class="pagenum" id="Page_209">[Pg 209]</span>
+casa edificada por él, aquel pequeño cuarto que habitaba! Todo se le
+presentaba bello en aquel momento.</p>
+
+<p>¡Ya no leería más en aquellos libros, ya no escribiría más en aquella
+mesita de madera blanca! Su anciana portera, la única sirviente que
+tenía, ¡ya no le subiría el café por las mañanas! ¡Gran Dios! En vez de
+todo eso, el presidio, la argolla, la chaqueta roja, la cadena al pie, la
+fatiga, el calabozo, el cepo, todos aquellos horrores conocidos! ¡Á su
+edad, después de haber sido lo que era! ¡Si hubiese sido joven! ¡Pero
+viejo, y ser tuteado por el primer venido, ser registrado por el guardachusma,
+ser apaleado por el cabo de vara! ¡Llevar los pies desnudos en
+zapatos herrados! ¡Tender y someter su pierna mañana y tarde al martillo
+de la ronda que examina los grilletes. ¡Sufrir la curiosidad de los
+extraños á quienes se diría: <em>Ése es el famoso Juan Valjean, que ha sido
+alcalde en M* sur M*</em>! ¡Y por la noche, sudoroso y abrumado por el
+cansancio, con el gorro verde sobre los ojos subir de dos en dos, bajo el
+látigo del capataz, la escala del pontón flotante! ¡Oh! ¡Qué miseria!
+¿Puede pues el destino ser malo como un ser inteligente y volverse
+monstruoso como el corazón humano?</p>
+
+<p>Y por más que hacía, volvía siempre á caer en el doloroso dilema
+que constituía el fondo de su delirio: ¡Permanecer en el paraíso, y convertirse
+en demonio! ¡Entrar de nuevo en el infierno, y trocarse en
+ángel!</p>
+
+<p>¡Qué hacer, gran Dios! ¡Qué hacer!</p>
+
+<p>La tormenta de que creía haberse librado con tanto trabajo, volvía
+á desencadenarse en él. Sus ideas comenzaron otra vez á mezclarse, tomando
+cierto carácter estúpido y maquinal propio de la desesperación.
+El nombre de Romainville se le presentaba sin cesar á la imaginación
+junto con dos versos de una canción que había oído en otro tiempo.
+Recordaba que Romainville era un bosquecillo junto á París, á donde
+van los jóvenes enamorados á coger lilas en abril.</p>
+
+<p>Vacilaba exterior como interiormente, caminando con la vacilación
+del niño que comienza á andar solo.</p>
+
+<p>Había momentos en que, luchando contra su cansancio, esforzábase
+para alcanzar su inteligencia. Trataba de plantear por última vez y definitivamente,
+el problema ante el cual había caído en cierto modo rendido
+de fatiga. ¿Debía denunciarse? ¿debía callar? No conseguía sacar
+nada en limpio. Los vagos contornos de todas las razones dibujadas por
+su delirio temblaban y se disipaban unos después de otros como el humo.
+Sentía únicamente que cualquiera que fuése el partido que tomara, por
+necesidad, y sin poderlo remediar, encerraba algo que debía morir dentro
+de él, que entraba en un sepulcro, así fuése por la derecha, como
+por la izquierda; siempre era indispensable una agonía, la agonía de su
+felicidad, ó la agonía de su virtud.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_210">[Pg 210]</span></p>
+
+<p>¡Ay! Todas aquellas irresoluciones habían vuelto á apoderarse de él.
+No había adelantado nada desde el principio.</p>
+
+<p>Así venía luchando en medio de la mayor angustia aquella alma desgraciada.
+Mil ochocientos años antes también, el ser misterioso en quien
+se resumen todas las santidades y todos los sufrimientos de la humanidad,
+mientras los olivos se agitaban impulsados por el viento cruel del
+infinito, rechazó con la mano un buen espacio el espantoso cáliz que se
+le aparecía derramando sombras y esparciendo tinieblas por entre las
+profundidades llenas de estrellas.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Formas que toma el sufrimiento durante el sueño</b></p>
+
+<p>Las tres de la madrugada acababan de dar, y hacía ya cinco horas
+que paseaba por su cuarto casi sin interrupción, cuando se dejó caer en
+una silla.</p>
+
+<p>Y así durmió y soñó.</p>
+
+<p>Aquel sueño, como la mayor parte de los sueños, no se relacionaba
+con la situación, sino por algo inexplicable, funesto y doloroso, que le
+produjo grande impresión. Aquella pesadilla le hirió tan vivamente, que
+la escribió después. Éste es uno de los papeles que dejó escritos de su
+puño, y que creemos deber transcribir textualmente.</p>
+
+<p>Fuése lo que fuere aquel sueño, quedaría incompleta la historia de
+aquella noche, si lo omitiésemos. Es la aventura sombría de un alma
+enferma.</p>
+
+<p>Hele aquí. En el sobre había escrito este renglón: <em>El sueño que tuve
+aquella noche</em>.</p>
+
+<p>«Estaba en el campo, en un gran campo triste, escueto, sin hierba.
+No me parecía que fuése ni de día, ni de noche.</p>
+
+<p>«Paseábame con mi hermano, el hermano de mi infancia, en el cual,
+debo decir, que no pienso nunca, y á quien casi no recuerdo ya.</p>
+
+<p>«Hablábamos y encontrábamos transeuntes; nos referíamos á una
+vecina que tuvimos en otro tiempo, la cual, cuando se mudó á una
+habitación que daba á la calle, trabajaba siempre con la ventana
+abierta. Y sentíamos frío á causa de estar abierta aquella ventana.</p>
+
+<p>«No había árboles en el campo.</p>
+
+<p>«Vimos un hombre pasar junto á nosotros. Era un hombre desnudo,
+de color de ceniza, montado en un caballo color de tierra. El hombre
+no tenía cabellos; veíasele el cráneo y las venas sobre el cráneo. Llevaba
+en la mano una varita flexible como un sarmiento y pesada como
+el hierro. Pasó el jinete sin decirnos nada.</p>
+
+<p>«Mi hermano me dijo:</p>
+
+<p>«—Tomemos el camino hondo.</p>
+
+<p>«Había efectivamente un camino hondo, donde no se veía un matorral
+ni una brizna de hierba. Todo era de color de tierra, incluso el<span class="pagenum" id="Page_211">[Pg 211]</span>
+cielo. Andados algunos pasos, advertí que no me respondían cuando
+hablaba. Volví la cabeza, y vi que mi hermano no estaba ya á mi
+lado.</p>
+
+<p>«Entré en un pueblecillo que encontré al paso. Supuse que era Romainville
+(¿por qué Romainville?)<a id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>.</p>
+
+<p>«La primera calle por donde entré estaba desierta. Entré luego en
+otra. Detrás del ángulo que formaban las dos calles, había un hombre
+de pie, junto á la pared. Díjele á este hombre:—¿Qué país es éste?
+¿Dónde estoy? El hombre no respondió.</p>
+
+<p>«Vi la puerta de una casa abierta y entré.</p>
+
+<p>«La primera habitación estaba desierta. Entré en la segunda. Detrás
+de la puerta de la estancia había un hombre de pie junto á la pared.
+Pregunté á este hombre:—¿De quién es esta casa? ¿Dónde estoy? El
+hombre no respondió tampoco.</p>
+
+<p>«La casa tenía un jardín. Salí de la casa y entré en el jardín. El jardín
+estaba desierto. Detrás del primer árbol vi á un hombre de pie. Díjele
+á este hombre:—¿Qué jardín es éste? ¿Dónde estoy?</p>
+
+<p>«El hombre tampoco respondió.</p>
+
+<p>«Vagué por la población, advertí que era una ciudad. Todas las calles
+estaban desiertas, todas las puertas abiertas. No pasaba un ser viviente
+por sus calles, ni se encontraba en sus moradas, ni paseaba sus
+jardines. Pero había detrás de cada esquina, detrás de cada puerta, detrás
+de cada árbol, un hombre en pie que estaba en silencio. Y no se
+veía nunca más que uno solo. Aquellos hombres me miraban pasar.</p>
+
+<p>«Salí del pueblo y eché á andar por el campo.</p>
+
+<p>«Poco después, volví la cabeza, y vi una multitud que venía siguiéndome.
+Reconocí á todos los que había visto en el pueblo. Tenían cabezas
+extrañas. Parecían no andar aprisa, y sin embargo caminaban más
+que yo. No hacían ruido alguno al andar. En un instante aquella multitud
+me alcanzó y rodeó. Los rostros de aquellos hombres eran de color
+de tierra.</p>
+
+<p>«Entonces el primero, á quien yo había visto é interrogado al entrar
+en el pueblo, me preguntó:—¿Á dónde vais? ¿No sabéis por ventura que
+hace ya mucho tiempo que estáis muerto?</p>
+
+<p>«Abrí la boca para responder, y advertí que no había ya nadie junto
+á mí».</p>
+
+<p>Despertóse. Estaba helado.</p>
+
+<p>Un viento, frío como viento de la mañana, hacía girar en sus goznes
+las hojas de la venta abierta.</p>
+
+<p>El fuego se había extinguido. La bujía tocaba á su fin. La noche era
+obscura todavía.</p>
+
+<p>Levantóse y asomó á la ventana. No se veían estrellas en el cielo.</p>
+<p><span class="pagenum" id="Page_212">[Pg 212]</span></p>
+<p>Desde la ventana descubríase el patio de la casa y la calle. Un ruido
+seco y duro, que resonó de pronto sobre el suelo, le hizo bajar los ojos.</p>
+
+<p>Vió debajo de él dos estrellas rojas, cuyos rayos se prolongaban y
+recogían caprichosamente en la sombra.</p>
+
+<p>Como su pensamiento estaba medio sumergido todavía en la bruma
+de los sueños, exclamó:</p>
+
+<p>—¡Calle!—y pensó.—¡No las hay en el cielo, pero sí en la tierra!</p>
+
+<p>Disipóse, sin embargo, aquella turbación; un ruido semejante al primero
+acabó de despertarle; miró, y conoció que aquellas dos estrellas
+eran los faroles de un coche. Por la claridad que estos faroles despedían,
+pudo distinguir la forma del carruaje. Era un tílburi con un caballo
+blanco. El ruido que acababa de oir eran las patadas del caballo sobre
+el suelo.</p>
+
+<p>—¿Qué carruaje es ése?—se preguntó.—¿Quién puede venir tan de
+mañana?</p>
+
+<p>En aquel momento llamaron por lo bajo á la puerta de su cuarto.</p>
+
+<p>Tembló de pies á cabeza, y exclamó en voz terrible:</p>
+
+<p>—¿Quién llama?</p>
+
+<p>Alguien dijo:</p>
+
+<p>—Yo, señor alcalde.</p>
+
+<p>Reconoció la voz de la vieja portera.</p>
+
+<p>—¡Y bien! ¿Qué ocurre?</p>
+
+<p>—Señor alcalde, van á dar las cinco.</p>
+
+<p>—¿Y qué me importa?</p>
+
+<p>—Señor alcalde, está ahí el cabriolé.</p>
+
+<p>—¿Qué cabriolé?</p>
+
+<p>—El tílburi.</p>
+
+<p>—¿Qué tílburi?</p>
+
+<p>—¿No ha encargado el señor alcalde un tílburi?</p>
+
+<p>—No,—dijo él.</p>
+
+<p>—El cochero dice que es para el señor alcalde.</p>
+
+<p>—¿Qué cochero?</p>
+
+<p>—El cochero de maese Scaufflaire.</p>
+
+<p>—¿Maese Scaufflaire?</p>
+
+<p>Este nombre le hizo estremecer, como si un relámpago hubiera cruzado
+ante sus ojos.</p>
+
+<p>—¡Ah! sí,—repuso.—¡Maese Scaufflaire!</p>
+
+<p>Si la vieja le hubiese podido ver en aquel instante, hubiera quedado
+espantada.</p>
+
+<p>Siguió un prolongado silencio. Examinaba con aire estúpido la llama
+de la bujía, entreteniéndose en coger la cera hirviente alrededor del pábilo,
+arrollándola con sus dedos. La vieja esperó. Después, aventurándose
+á levantar aún la voz:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_213">[Pg 213]</span></p>
+
+<p>—Señor alcalde, ¿qué debo contestar?</p>
+
+<p>—Que está bien; que bajo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Los rayos de las ruedas</b></p>
+
+
+<p>El servicio de postas de Arras á M* sur M* se hacía todavía en aquella
+época en pequeñas malas del tiempo del imperio. Estas malas eran
+unos cabriolés de dos ruedas, forrados de cuero leonado por dentro, suspendidos
+por muelles, sin más que dos asientos, uno para el conductor y
+otro para un viajero. Las ruedas estaban armadas de esos prolongados
+cubos ofensivos que obligan á los demás carruajes á mantenerse á distancia,
+y de los que se ven todavía algunos en los caminos de Alemania. La
+mala de la correspondencia, inmensa caja oblonga, estaba colocada detrás
+del cabriolé, formando parte de él. Este cajón estaba pintado de negro
+y el resto del carruaje de amarillo.</p>
+
+<p>Dichos carruajes, á los que en nada se parecen los de hoy en día, presentaban
+cierto aspecto deforme y jorobado, de manera que cuando se los
+veía pasar á lo lejos, y como arrastrándose por alguna carretera en
+el horizonte, podían compararse á esos insectos, que creemos se llaman
+«termitas», que con un cuerpo muy pequeño arrastran un gran bulto.
+Caminaban no obstante, con gran velocidad.</p>
+
+<p>La mala, que salía de Arras todas las noches á la una, después de pasar
+el correo de París, llegaba á M* sur M* poco antes de las cinco de la
+madrugada.</p>
+
+<p>Aquella noche la mala que bajaba á M* sur M* por la carretera de
+Hesdin, golpea, al doblar una calle, en el momento en que entraba en
+la población, un tílburi pequeño tirado por un caballo blanco, que venía
+en sentido inverso, en el cual sólo iba una persona, un hombre envuelto
+en su capote. La rueda del tílburi recibió un golpe bastante fuerte. El
+conductor gritó á aquel hombre que se parara; pero el viajero no le hizo
+caso, y continuó su camino al trote largo.</p>
+
+<p>—He aquí un hombre endiabladamente apresurado,—dijo el conductor.</p>
+
+<p>El hombre que así corría era el mismo á quien acabamos de ver luchar
+interiormente entre convulsiones dignas de lástima.</p>
+
+<p>¿Á dónde iba? No hubiera podido decirlo.</p>
+
+<p>¿Por qué se daba tanta prisa? No lo sabía. Caminaba el azar delante
+de él. ¿Á dónde? Á Arras sin duda; pero quizá iba también á otra parte.
+Iba conociéndolo por momentos, y se estremecía. Engolfábase en aquella
+noche como un remolino de tinieblas. Un algo le empujaba, otro algo
+le atraía.</p>
+
+<p>Lo que por él pasaba nadie hubiera podido decirlo, pero todo el mundo
+puede comprenderlo. ¿Qué hombre no ha entrada alguna vez en su
+vida en la obscura caverna de lo desconocido?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_214">[Pg 214]</span></p>
+
+<p>Por lo demás, no había él resuelto nada, nada decidido, nada determinado,
+nada hecho. Ninguno de los actos de su conciencia había sido
+definitivo. Se hallaba, más que nunca, como en el primer momento.</p>
+
+<p>¿Por qué, pues, iba á Arras?</p>
+
+<p>Repetíase lo que ya se había dicho al tomar el cabriolé de Scaufflaire:—que
+cualquiera que debiese ser el resultado, no había de haber inconveniente
+en ver con sus ojos, en juzgar por sí mismo;—que era ello
+prudente, pues le convenía saber lo que pasare.—Que no podía decidirse,
+sin haber observado y escudriñado;—que de lejos todos los objetos se
+nos hacen montañas, y por último, que después de haber visto al tal
+Champmatieu, quien sería indudablemente algún miserable, su conciencia
+quedaría probablemente muy tranquila dejándole ir á presidio en lugar
+suyo;—que en verdad, allí estarían Javert y los antiguos presidiarios,
+Brevet, Chenildieu y Cochepaille que le habían conocido, pero de
+seguro ya no le reconocerían. Que Javert estaba ya fuera de toda sospecha.</p>
+
+<p>Que las conjeturas y las suposiciones se fijaban solamente en aquel
+Champmatieu, y no hay nada más tenaz que las suposiciones y las conjeturas;—y
+que no había, por lo tanto, peligro alguno.</p>
+
+<p>Que sin duda era aquél un momento tenebroso, pero que saldría de
+él; que, después de todo era dueño de su destino, por malo que fuése.</p>
+
+<p>Y que, como dueño, podía disponer de él á su antojo.</p>
+
+<p>Aferrábase á este pensamiento.</p>
+
+<p>Pero en el fondo si hemos de ser sinceros, hubiera preferido no ir á
+Arras.</p>
+
+<p>Y sin embargo, iba.</p>
+
+<p>Así pensando, arreaba al caballo que corría con ese trote regular y
+sentado que hace dos leguas y media por hora.</p>
+
+<p>Á medida que el cabriolé avanzaba, sentía en su interior algo que
+retrocedía.</p>
+
+<p>Al rayar el día estaba en campo raso; la población de M* sur M* se
+hallaba á larga distancia detrás de él. Miró blanquear el horizonte; miró
+sin ver, cómo pasaban delante de sus ojos todas las frías figuras de una
+aurora de invierno.</p>
+
+<p>El alba tiene sus espectros como el crepúsculo, mas él no los veía;
+pero sin saberlo, y como por una especie de penetración casi física, las
+negras siluetas de árboles y colinas acrecentaban el estado violento de
+su alma con algo aún más negro y más siniestro.</p>
+
+<p>Cada vez que pasaba por delante de alguna de aquellas casas aisladas
+que á veces se encuentran junto al camino, se decía:—¡Y aquí hay gentes
+que duermen!</p>
+
+<p>El trote del caballo, los cascabeles del arnés, las ruedas sobre la carretera,
+producían un ruido suave y monótono. Esas cosas resultan agradables
+cuando uno está alegre, y lúgubres cuando triste.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_215">[Pg 215]</span></p>
+
+<p>Era muy entrada la mañana cuando llegó á Hesdin. Paróse delante
+de un mesón, para dejar rehacer el caballo y darle pienso.</p>
+
+<p>El caballo era, como había dicho Scaufflaire, de esa raza pequeña del
+Bolonesado, de gran cabeza, gran vientre y poco cuello, pero de pecho
+abierto, ancha grupa, piernas descarnadas y finas, y pie seguro; raza
+fea, pero robusta y sana. El excelente bruto había andado cinco leguas
+en dos horas, y no tenía encima una sola gota de sudor.</p>
+
+<p>Él no había bajado del tílburi. El mozo de cuadra, que traía la avena,
+se bajó de repente y examinó la rueda izquierda.</p>
+
+<p>—¿Vais así muy lejos?—preguntó el hombre.</p>
+
+<p>Él contestó sin salir de sus meditaciones.</p>
+
+<p>—¿Por qué?</p>
+
+<p>—¿Venís de lejos?—repuso el mozo.</p>
+
+<p>—De cinco leguas de aquí.</p>
+
+<p>—¡Ah!</p>
+
+<p>—¿Por qué decís: ah?</p>
+
+<p>El mozo se inclinó de nuevo, permaneció un instante silencioso, fijándose
+en la rueda, y después se enderezó, diciendo:</p>
+
+<p>—Es que veo una rueda que puede haber hecho cinco leguas, no lo
+dudo; pero que de seguro no va hacer ahora un cuarto de legua más.</p>
+
+<p>El viajero saltó del tílburi.</p>
+
+<p>—¿Qué estáis diciendo, amigo?</p>
+
+<p>—Estoy diciendo que es un milagro que hayáis hecho cinco leguas
+sin ir rodando vos y vuestro caballo en cualquier precipicio del camino
+real. Mirad.</p>
+
+<p>La rueda, en efecto, estaba muy estropeada. El choque de la silla-correo
+había roto dos de sus rayos y destrozado el cubo, cuya matriz
+había saltado de su centro.</p>
+
+<p>—Amigo,—dijo al mozo,—¿hay algún carretero por aquí?</p>
+
+<p>—Sin duda, señor.</p>
+
+<p>—Hacedme el favor de ir por él.</p>
+
+<p>—Está aquí á dos pasos... ¡Eh! ¡maese Bourgaillard!</p>
+
+<p>Maese Bourgaillard, el carretero, estaba en el umbral de su puerta. Se
+acercó á examinar la rueda, é hizo el gesto de un cirujano que cree rota
+una pierna.</p>
+
+<p>—¿Podéis componer esta rueda inmediatamente?</p>
+
+<p>—Sí señor.</p>
+
+<p>—¿Cuándo podré seguir mi camino?</p>
+
+<p>—Mañana.</p>
+
+<p>—¡Mañana!</p>
+
+<p>—Hay un jornal largo de trabajo. ¿Tenéis mucha prisa?</p>
+
+<p>—Mucho. Es preciso que vuelva á partir dentro de una hora á lo más.</p>
+
+<p>—Imposible, señor.</p>
+
+<p>—Pagaré lo que se quiera.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_216">[Pg 216]</span></p>
+
+<p>—Imposible.</p>
+
+<p>—¡Pues bien! Dentro de dos horas.</p>
+
+<p>—Hoy es imposible. Es preciso hacer nuevos los dos rayos y el cubo.
+No podéis salir antes de mañana.</p>
+
+<p>—El caso es que no puedo esperar á mañana. ¿Si en vez de componer
+esa rueda se reemplazase con otra?...</p>
+
+<p>—¿Cómo?</p>
+
+<p>—¿No sois carretero?</p>
+
+<p>—¡Sin duda!</p>
+
+<p>—¿Y no tenéis una rueda que venderme? Así podría partir enseguida.</p>
+
+<p>—¿Una rueda suelta?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—No tengo ninguna á propósito para esta clase de cabriolé. Dos ruedas
+constituyen un par, y dos ruedas no se juntan siempre á la ventura.</p>
+
+<p>—En ese caso, vendedme un par de ruedas.</p>
+
+<p>—Es que no todas las ruedas se ajustan á todos los ejes.</p>
+
+<p>—Probadlo.</p>
+
+<p>—Es por demás. No tengo para vender más que ruedas de carro. Es
+éste un país tan pobre.</p>
+
+<p>—¿Tenéis un cabriolé para alquilarme?</p>
+
+<p>El maestro carretero, al primer golpe de vista había conocido que
+era el tílburi carruaje de alquiler. Y se encogió de hombros.</p>
+
+<p>—¡Cuidáis bien de los carruajes que se os alquilan! si tuviera yo alguno
+no sería quien os lo alquilase.</p>
+
+<p>—Pero ¿me lo venderíais?</p>
+
+<p>—No lo tengo.</p>
+
+<p>—¡Cómo! ¿Ni un carrito ligero? Ya veis que no es difícil contentarme.</p>
+
+<p>—Es éste un pobrísimo país. Tengo ahí,—añadió el carretero,—una
+carretela antigua que es de un señor de la ciudad que me la dió á guardar,
+y que se sirve de ella todos los seis y treinta de cada mes. Ya os la
+alquilaría, pues no me cuesta nada, pero sería preciso evitar que la viera
+su dueño; y luego que es, como os he dicho, una carretela, y se necesitan
+dos caballos para tirar de ella.</p>
+
+<p>—Tomaré dos caballos de posta.</p>
+
+<p>—¿Á dónde vais?</p>
+
+<p>—Á Arras.</p>
+
+<p>—¿Y el señor quiere llegar hoy?</p>
+
+<p>—Precisamente.</p>
+
+<p>—¿Con caballos de posta?</p>
+
+<p>—¿Por qué no?</p>
+
+<p>—¿Os es igual llegar esta noche á las cuatro de la madrugada?</p>
+
+<p>—No, ciertamente.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_217">[Pg 217]</span></p>
+
+<p>—Es que, vea usted, hay algo que debe decirse, para encontrar
+caballos de posta... ¿Traéis pasaporte?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Pues bien, tomando caballos de posta no llegaréis á Arras antes de
+mañana. Éste es un camino transversal. Los relevos se sirven mal, los
+caballos están en los campos. Nos encontramos, además, en época de
+labranza; se necesitan muchas yuntas, y se toman cuantos caballos se
+encuentran, así los de posta como los otros. Tendréis que esperar, á lo
+menos, tres ó cuatro horas en cada relevo. Y luego, no podréis andar
+sino al paso. Hay que subir tantas cuestas.</p>
+
+<p>—Entonces iré á caballo. Desenganchad el cabriolé. ¿Se encontrará
+una silla en el pueblo?</p>
+
+<p>—Sin duda, pero ¿sufre la silla este caballo?</p>
+
+<p>—Es verdad, vos me recordáis que no la sufre.</p>
+
+<p>—Entonces...</p>
+
+<p>—¿Pero se encontrará fácilmente en la población, un caballo de alquiler?</p>
+
+<p>—¡Un caballo para ir á Arras de una tirada!</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Es preciso un caballo como no se encuentran por aquí. Tendríais
+que comprarlo, porque no siendo conocido. Pero ¡Ca! ¡ni vendido ni alquilado,
+por quinientos ni por mil francos lo encontraréis!</p>
+
+<p>—¿Qué hacer, entonces?</p>
+
+<p>—Lo mejor que podéis hacer, y os lo digo á fe de hombre honrado,
+es que yo recomponga la rueda, y que dejéis el viaje para mañana.</p>
+
+<p>—Mañana sería tarde.</p>
+
+<p>—¡Diantre!</p>
+
+<p>—¿No pasa por aquí el correo de Arras?</p>
+
+<p>—¿Á qué hora?</p>
+
+<p>—Por la noche. Los dos hacen el servicio de noche, así el que sube
+como el que baja.</p>
+
+<p>—¿Y es indispensable emplear todo un día para componer esta rueda?</p>
+
+<p>—Un día largo; como os he dicho.</p>
+
+<p>—¿Y poniéndose á trabajar dos oficiales?</p>
+
+<p>—¡Aún que se pusieran diez!</p>
+
+<p>—¿Si atáramos los rayos con cuerdas?</p>
+
+<p>—Los rayos sí, pero no el cubo. La llanta está echada á perder.</p>
+
+<p>—¿No hay quien alquile coches en el pueblo?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—¿Hay otro carretero?</p>
+
+<p>El mozo de cuadra y el maestro carretero contestaron á un tiempo
+moviendo la cabeza:</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>El viajero se alegró inmensamente.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_218">[Pg 218]</span></p>
+
+<p>Era que la Providencia le detenía, al parecer, en su camino. Ella había
+roto la rueda del tílburi. Sin embargo, no queriendo rendirse al primer
+aviso, acababa de hacer todos los esfuerzos posibles para continuar
+el viaje; había, leal y escrupulosamente, puesto cuantos medios tenía á
+su alcance; no había retrocedido ante los elementos, ante la fatiga ni los
+dispendios; nada tenía que reprocharse. Si no adelantaba más, no era
+culpa suya. No era suya la falta de su detención; era un hecho providencial.</p>
+
+<p>Respiró. Respiró libremente á todo pulmón por vez primera, después
+de la visita de Javert. Parecíale que la mano de hierro que le oprimía
+el corazón hacía veinte horas, acababa de dejarle en libertad.</p>
+
+<p>Y pareciéndole que Dios le protegía á sazón, díjose á sí mismo:</p>
+
+<p>Que habiendo hecho cuanto había podido, no tenía más sino volver
+tranquilamente sobre sus pasos.</p>
+
+<p>Si su conversación con el carretero hubiese tenido lugar en una de
+las habitaciones de la posada, si no hubiese habido testigos, si nadie la
+hubiese oído, todo habría tal vez terminado allí y es muy probable que
+no hubiéramos narrado ninguno de los acontecimientos que se van á
+leer; pero la conversación fué tenida en la calle. Todo coloquio en la
+calle produce inevitablemente un corro. Hay siempre gentes dispuestas
+á hacer de espectadores. Durante su conversación con el carretero, se
+habían detenido varios transeuntes alrededor de ellos. Después de haber
+estado escuchando algunos minutos, un muchacho, en el cual nadie se
+había fijado, se separó del grupo echando á correr.</p>
+
+<p>En el momento en que el viajero, después de la deliberación interior
+que hemos indicado, tomaba la resolución de retroceder, volvió el muchacho.
+Venía acompañado de una vieja.</p>
+
+<p>—Señor,—dijo la vieja,—me ha dicho el chico que queréis alquilar
+un cabriolé.</p>
+
+<p>Estas simples palabras, pronunciadas por una vieja acompañada de
+un muchacho, le hicieron trasudar. Creyó ver en las sombras la mano
+que le había soltado, dispuesta á cogerle de nuevo.</p>
+
+<p>Y díjole á la vieja:</p>
+
+<p>—Sí, buena mujer, necesito alquilar un cabriolé.</p>
+
+<p>Apresurándose á añadir:</p>
+
+<p>—¿Pero no hay ninguno en este pueblo?</p>
+
+<p>—Sí lo hay,—dijo la vieja.</p>
+
+<p>—¿Dónde está?—repuso el carretero.</p>
+
+<p>—En mi casa,—replicó la vieja.</p>
+
+<p>Estaba temblando. La mano fatal le acababa de asir nuevamente.</p>
+
+<p>La vieja tenía, en efecto, bajo un cobertizo, una especie de calesín
+cubierto de mimbre. El carretero y el mozo de la posada, temiendo que
+se les escapara el viajero, intervinieron.</p>
+
+<p>—Es un mal carro;—Apoyado sobre el eje;—Es cierto que los asientos<span class="pagenum" id="Page_219">[Pg 219]</span>
+están suspendidos por correas;—Lloverá dentro de él como bajo una
+criba;—Las ruedas tomadas y enmohecidas por la humedad;—No iréis
+con él mucho más allá de lo que iríais con el tílburi;—¡Es una carreta!—¡Pues
+no se divertiría poco este señor, embarcándose en él!—etc., etc.</p>
+
+<p>Todo aquello podía ser verdad, pero aquel carro, aquel calesín, aquella
+carreta, ó lo que fuése, tenía dos ruedas con que poder ir á Arras.</p>
+
+<p>Pagó lo que quisieron, dejó el tílburi para que el carretero se lo tuviese
+arreglado á su vuelta, hizo enganchar el caballo blanco al calesín,
+y subiendo en él, emprendió nuevamente la ruta que venía siguiendo
+desde por la mañana.</p>
+
+<p>En cuanto se puso en movimiento el calesín, confesóse que había sentido
+cierta alegría al pensar que no iría más allá. Examinó entonces
+aquella alegría con cierta cólera, y la encontró absurda. ¿Por qué había
+de alegrarse de retroceder? Puesto que, después de todo, hacía el viaje
+libremente. Nadie le obligaba á ello.</p>
+
+<p>Y seguramente, nada había de acontecerle que él no quisiera.</p>
+
+<p>Cuando salía ya de Hesdin, oyó una voz que le gritaba: «¡Deteneos!
+¡deteneos!». Detuvo efectivamente el calesín, con un movimiento vivo y
+rápido en el que había aún algo de febril y convulsivo, parecido á la
+esperanza.</p>
+
+<p>Era el chico de la vieja.</p>
+
+<p>—Señor,—le dijo,—yo soy quien os ha proporcionado el calesín.</p>
+
+<p>—¿Y qué?</p>
+
+<p>—Que nada me habéis dado.</p>
+
+<p>Él, que daba á todo el mundo fácilmente, encontró aquella pretensión
+exorbitante y odiosa.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¿eres tú perillán? díjole, ¡pues no hay de qué!</p>
+
+<p>Y arreando el caballo, partió al trote largo.</p>
+
+<p>Había perdido demasiado tiempo en Hesdin y quería ganarlo. El caballito
+era valiente y tiraba por dos; pero corría el mes de febrero,
+había llovido, y estaban los caminos perdidos. Además, aquello no era
+el tílburi. El calesín era más duro y pesado, y había muchas pendientes
+que subir.</p>
+
+<p>Necesitó cerca de cuatro horas para ir de Hesdin á Saint-Pol. Cuatro
+horas para cinco leguas.</p>
+
+<p>En Saint-Pol desenganchó en la primera posada que encontró, é hizo
+conducir el caballo á la cuadra. Como se lo había prometido á Scaufflaire,
+se estuvo junto al pesebre mientras comió el caballo. Pensando en mil
+cosas tristes y confusas.</p>
+
+<p>La posadera entró en la cuadra.</p>
+
+<p>—¿No quiere el señor almorzar?—preguntó.</p>
+
+<p>—¡Y es verdad!—exclamó él;—tengo buen apetito.</p>
+
+<p>Siguió á aquella mujer de figura agradable y airosa, que lo condujo<span class="pagenum" id="Page_220">[Pg 220]</span>
+á una sala baja en la que había varias mesas cubiertas de tela encerada
+en lugar de manteles.</p>
+
+<p>—Despachad pronto,—dijo él;—es preciso que emprenda nuevamente
+la marcha; llevo mucha prisa.</p>
+
+<p>Una gruesa muchacha flamenca le puso enseguida cubierto. Admiró
+en la joven la verdadera expresión del bienestar.</p>
+
+<p>—Esto es lo que yo sentía,—pensó;—no haber almorzado.</p>
+
+<p>Sirviósele, cogió el pan, tomó un bocado, volviendo luego á dejarlo
+sobre la mesa sin volverlo á tocar.</p>
+
+<p>Un carretero estaba comiendo en otra mesa. Díjole nuestro viajero á
+este hombre:</p>
+
+<p>—¿Por qué es tan amargo este pan?</p>
+
+<p>El carretero, que era alemán, no entendió lo que se le decía.</p>
+
+<p>El viajero se volvió á la cuadra con su caballo.</p>
+
+<p>Una hora después había salido de Saint-Pol dirigiéndose á Tinques,
+que dista sólo cinco leguas de Arras.</p>
+
+<p>¿Qué hacía él durante el trayecto? ¿En qué pensaba? Al igual, que la
+mañana, miraba pasar los árboles, los techos de las cabañas, los campos
+cultivados, y los cambios del paisaje, que variaba á cada curva del
+camino.</p>
+
+<p>Es ésta una contemplación que satisface el alma muchas veces, disponiéndola
+á meditar. Ver mil objetos por primera y última vez, ¿puede
+haber algo más meláncolico y profundo? Viajar, es nacer y morir á cada
+instante. Tal vez en la región más vaga de su espíritu, hacía comparaciones
+entre aquellos mudables horizontes y la existencia humana. Todas
+las cosas de la vida son una huida continuada delante de nosotros.</p>
+
+<p>Todas las cosas en la vida huyen perpetuamente ante nosotros.
+Después de un deslumbramiento, un eclipse; se mira, se corre, se alargan
+las manos para asir lo que pasa; cada evento es una curva del camino,
+y de súbito se encuentra uno viejo. Siéntese como una sacudida, todo es
+negro; se distingue una puerta obscura. El sombrío caballo de la vida,
+que nos arrastra, se para. Y vemos á alguno, velado y desconocido, que le
+desengancha en las tinieblas.</p>
+
+<p>Empezaba á caer el crepúsculo en el momento en que unos muchachos,
+que salían de la escuela, vieron entrar al viajero en Tinques. Es verdad
+que se estaba todavía en los días cortos del año. No se detuvo en Tinques.
+Al salir por el otro extremo de la población, un peón caminero que
+engravaba la carretera, levantó la cabeza y dijo:</p>
+
+<p>—¡Vaya un caballo fatigado!</p>
+
+<p>El pobre animal, en efecto, no andaba sino al paso.</p>
+
+<p>—¿Vais tal vez á Arras?—añadió el caminero.</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Siguiendo este paso no llegaréis muy temprano.</p>
+
+<p>Detuvo el caballo y preguntó al caminero:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_221">[Pg 221]</span></p>
+
+<p>—¿Cuánto falta todavía de aquí á Arras?</p>
+
+<p>—Cerca de siete leguas largas.</p>
+
+<p>—¡Cómo! La guía de postas no marca más que cinco y cuarto.</p>
+
+<p>—¡Ah!—respondió el peón.—¿Entonces no sabéis que se está componiendo
+el camino? Á un cuarto de legua de aquí le encontraréis cortado.
+No hay medio de seguir adelante.</p>
+
+<p>—¿De veras?</p>
+
+<p>—Tomad allí por la izquierda, el camino que va á Carency; pasaréis
+el río, y al llegar á Camblin, tomáis á la derecha; allí cruza el camino de
+Mont-Saint Eloy, que va á Arras.</p>
+
+<p>—Pero viene la noche y me perderé.</p>
+
+<p>—¿No sois del país?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Y además, todo es camino de travesía. Atended, señor,—repuso el
+caminero:—¿queréis tomar mi consejo? Vuestro caballo va muy cansado,
+quedaos en Tinques; hay muy buena posada. Dormís en ella, y mañana
+podréis ir á Arras.</p>
+
+<p>—Es preciso que llegue allí esta noche.</p>
+
+<p>—Eso es otra cosa. En este caso, id de todos modos á la posada y
+tomad un caballo de refuerzo. El muchacho que le conduzca os servirá
+de guía.</p>
+
+<p>Siguió el consejo del peón. Volvióse atrás, y media hora después pasó
+por el mismo sitio á trote largo, con un buen caballo que reforzaba al
+suyo.</p>
+
+<p>Un mozo de cuadra, que se titulaba postillón, iba sentado en las varas
+del calesín.</p>
+
+<p>Sin embargo conocía que perdía tiempo.</p>
+
+<p>Había caído ya por completo la noche.</p>
+
+<p>Entraron en la travesía. El camino era malísimo. El carruaje saltaba
+de un bache á otro. Dijo él al postillón:</p>
+
+<p>—Siempre al trote, y doble propina.</p>
+
+<p>En uno de los vaivenes rompióse el balancín.</p>
+
+<p>—Señor, dijo el postillón, se ha roto el balancín, y no sé cómo enganchar
+mi caballo. Esta travesía es muy peligrosa de noche; si quisiérais
+volveros á dormir á Tinques esta noche, mañana muy temprano podríamos
+estar en Arras.</p>
+
+<p>Él le respondió:</p>
+
+<p>—¿Tienes un cabo de cuerda y un cuchillo?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>Cortó él entonces una rama de árbol é hizo un balancín.</p>
+
+<p>Esto fué otra pérdida de veinte minutos; pero volvieron á partir al
+galope.</p>
+
+<p>La llanura estaba tenebrosa. Una niebla baja, reducida y negra, parecía
+trepar por las colinas, desprendiéndose como el humo. Distinguíanse<span class="pagenum" id="Page_222">[Pg 222]</span>
+puntos blanquecinos entre las nubes. Un fuerte viento, que venía
+del mar, producía en todas las cavidades del horizonte un ruido semejante
+al de remover muebles. Todo cuanto entreveía se le presentaba terrorífico.
+¡Cuántas cosas tiemblan al impulso de los soplos de la noche!</p>
+
+<p>El frío le penetraba. Nada había comido desde la víspera. Recordaba
+vagamente su otro viaje nocturno por la gran llanura de las cercanías de
+D***, hacía ocho años, y le parecía cosa de ayer.</p>
+
+<p>Oyó dar horas en un campanario lejano, y le preguntó al mozo:</p>
+
+<p>—¿Qué hora es ésta?</p>
+
+<p>—Las siete, señor; á las ocho estaremos en Arras. Ya no nos faltan
+más que tres leguas.</p>
+
+<p>Por primera vez hizo entonces esta reflexión, pareciéndole extraño
+no se le hubiese ocurrido antes:</p>
+
+<p>Que era quizá inútil tanta molestia como se tomaba; que no sabía
+siquiera á qué hora se veía la causa, que debería al menos haberse informado
+de ello; que era una extravagancia el seguir adelante, sin saber si
+aquello serviría para algo.—Después formó confusamente algunos otros
+cálculos en su espíritu:—Que ordinariamente las vistas del tribunal penal
+comenzaban á las nueve de la mañana; que el proceso no debía
+ser largo; que el debate sobre el robo de las manzanas sería muy corto;
+que lo más que habría luego sería cuestión de identificar la persona,
+cuatro ó cinco declaraciones y algunas breves palabras de parte de los
+abogados; ¡que llegaría tal vez cuando ya estaría todo terminado!</p>
+
+<p>El postillón arreaba sus caballos. Habían pasado el río y dejado detrás
+á Mont Saint Eloy.</p>
+
+<p>La noche aumentaba más y más su obscuridad.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Sor Simplicia puesta á prueba</b></p>
+
+
+<p>Sin embargo, en aquel momento mismo, Fantina estaba alegre.</p>
+
+<p>Había pasado muy mala noche. Tos horrible, recrudecimiento de
+fiebre, y delirio. Por la mañana, cuando la visitó el médico la encontró
+delirando, éste se alarmó y encargó que le avisasen en cuanto regresara
+el señor Magdalena.</p>
+
+<p>Fantina estuvo triste toda la mañana, habló poco, y se entretuvo en
+hacer dobleces en las sábanas, repitiendo cálculos en voz baja que parecían
+como cálculos de distancias. Sus ojos estaban hundidos y fijos. Parecían
+casi apagados, pero brillaban á intervalos, resplandeciendo como
+estrellas.</p>
+
+<p>Parece que al acercarse cierta hora sombría, la claridad del cielo
+inunda á aquéllos á quienes abandona la claridad de la tierra.</p>
+
+<p>Cada vez que sor Simplicia le preguntaba cómo estaba respondía invariablemente:—Bien.
+Yo quisiera ver al señor Magdalena.</p>
+
+<p>Algunos meses antes, en el momento en que ella acababa de perder<span class="pagenum" id="Page_223">[Pg 223]</span>
+el último resto de pudor, de vergüenza y de alegría, era aún la sombra de
+sí misma; á la sazón no era más que su espectro. El mal físico había completado
+la obra del mal moral. Aquella criatura de venticinco años tenía
+la frente arrugada, las mejillas lacias, la nariz afilada, los dientes descarnados,
+el color plomizo, el cuello huesoso, las clavículas salientes, los
+miembros demacrados, la piel terrosa, y sus cabellos rubios mezclados
+con algunos blancos. ¡Ah! ¡Cómo anticipan la vejez las enfermedades!</p>
+
+<p>Al medio día volvió el médico, dió algunas prescripciones, preguntó
+si había el señor alcalde vuelto á la enfermería, y movió tristemente la
+cabeza.</p>
+
+<p>El señor Magdalena acostumbraba ir diariamente á las tres á ver á
+la enferma; y como la exactitud era entonces bondad, era exactísimo.</p>
+
+<p>Á eso de las dos y media, comenzó Fantina á manifestarse agitada.
+En el espacio de veinte minutos preguntó más de diez veces á la religiosa:</p>
+
+<p>—¿Hermana mía, qué hora es?</p>
+
+<p>Dieron las tres. Á la tercera campanada, Fantina se sentó en la
+cama, ella que apenas podía moverse dentro el lecho, cruzó convulsivamente
+sus descarnadas y amarillentas manos, y la hermana oyó salir de
+su pecho uno de esos suspiros profundos que parecen levantar un gran
+peso de angustia. Después Fantina se volvió y miró á la puerta.</p>
+
+<p>Nadie entró; la puerta no se abrió.</p>
+
+<p>Permaneció así un cuarto de hora, fijos los ojos en la puerta, inmóvil
+y como reteniendo el aliento. La hermana no se atrevía á hablarle.
+El reloj de la iglesia dió las tres y cuarto. Fantina se dejó caer de nuevo
+en su almohada.</p>
+
+<p>No dijo una palabra, y volvió á hacer dobleces en la sábana.</p>
+
+<p>Pasóse media hora, pasóse una, y nadie apareció; cada vez que el
+reloj sonaba, incorporábase Fantina y miraba hacia la puerta; después
+volvía á dejarse caer.</p>
+
+<p>Adivinábase claramente su pensamiento; pero ella no pronunciaba
+nombre alguno, ni se quejaba, ni acusaba á nadie.</p>
+
+<p>Solamente tosía de una manera lúgubre. Hubiérase dicho que algo
+obscuro iba descendiendo sobre de ella. Estaba lívida, y tenía los labios
+azulados, sonriendo á cada instante.</p>
+
+<p>Dieron las cinco. Entonces oyó la hermana cómo decía en voz muy
+baja y dulce acento:—¡Ya que me iré mañana, hace mal en no venir
+hoy!</p>
+
+<p>La misma sor Simplicia estaba admirada de la tardanza del señor
+Magdalena.</p>
+
+<p>En tanto Fantina miraba al cielo de la cama, pareciendo como que
+quisiera recordar algo.</p>
+
+<p>De repente se puso á cantar con voz débil como un suspiro. La hermana
+se puso á escuchar.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_224">[Pg 224]</span></p>
+
+<p>He aquí lo que cantó Fantina:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p><span style="margin-left: 1em;">Compraremos muchas y muy bellas cosas</span><br>
+Viendo de las calles lo más principal<br>
+Azul es el lirio, rosadas las rosas,<br>
+Azul es el lirio, que dulce es amar.<br>
+<span style="margin-left: 1em;">La Virgen María con manto bordado</span><br>
+Ayer vino á verme en mi pobre hogar,<br>
+Y me dijo:—Mira, bajo el velo traigo<br>
+El niño que un día viniste á implorar.<br>
+—Á la ciudad pronto, corriendo, volando,<br>
+Comprad lienzo, agujas, hilos y dedal.<br>
+<br>
+<span style="margin-left: 1em;">Compraremos muchas y muy bellas cosas</span><br>
+Viendo de las calles lo más principal.<br>
+<br>
+<span style="margin-left: 1em;">Buena y santa virgen del manto bordado</span><br>
+Arreglé una cuna, con cintas, sin par;<br>
+Y aunque Dios la estrella de más vivos rayos<br>
+Me diera prefiero lo que tú me das.<br>
+—¿De todo este lienzo, señora, qué hago?<br>
+—Al recién nacido hacedle el ajuar.<br>
+<br>
+<span style="margin-left: 1em;">Azul es el lirio, rosadas las rosas,</span><br>
+Azul es el lirio, que dulce es amar.<br>
+<br>
+<span style="margin-left: 1em;">Lavad este lienzo.—¿En dónde?—En el río.</span><br>
+Y haced sin mancharlo, romper, ni arrugar,<br>
+Una hermosa falda con su cuerpecito,<br>
+Que con muchas flores la quiero bordar.<br>
+—¿Qué haremos, señora, faltando aquí el niño?<br>
+—Haced mi sudario, llevadme á enterrar.<br>
+<br>
+<span style="margin-left: 1em;">Compraremos muchas y muy bellas cosas</span><br>
+Viendo de las calles lo más principal,<br>
+Azul es el lirio, rosadas las rosas,<br>
+Azul es el lirio, que dulce es amar.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Esta canción era una antigua romanza de nodriza con que ella acostumbraba,
+en otro tiempo, dormir á su pequeña Cosette y que no había
+vuelto á presentarse á su imaginación en los cinco años que se habían
+pasado sin ver á su hija.</p>
+
+<p>Cantaba esto con voz tan triste y con tan dulce acento, que era bastante
+á hacer llorar á la misma religiosa. La hermana, acostumbrada á
+cosas austeras, sintió asomar una lágrima.</p>
+
+<p>El reloj dió las seis. Fantina pareció no oir, como parecía no prestar
+atención á nada de lo que pasaba junto á ella.</p>
+
+<p>Sor Simplicia envió una criada de la enfermería á preguntar á la
+portera de la fábrica si había regresado el señor alcalde y si subiría
+luego. La muchacha volvió á los pocos minutos.</p>
+
+<p>Fantina continuaba inmóvil, y parecía prestar sólo atención á sus
+ideas.</p>
+
+<p>La criada contó, muy por lo bajo á sor Simplicia, que el señor alcalde<span class="pagenum" id="Page_225">[Pg 225]</span>
+había salido por la mañana antes de las seis, á pesar del frío que
+hacía, en un tílburi tirado por un caballo blanco; que iba solo, sin cochero;
+que ignoraba el camino que había tomado; que algunos decían
+haberle visto por la carretera de Arras, y otros aseguraban haberle encontrado
+en la de París. Que al despedirse había estado tan amable
+como siempre, y únicamente había dicho á la portera, que no se le esperase
+aquella noche.</p>
+
+<p>Mientras las dos mujeres, de espaldas á la cama de Fantina, cuchicheaban,
+la hermana preguntando y conjeturando la criada, Fantina
+con aquella viveza febril propia de ciertas enfermedades orgánicas, que
+mezcla los movimientos libres de la salud á la espantosa demacración
+de la muerte, se había puesto de rodillas sobre la cama, con las manos
+crispadas, apoyándose sobre la almohada, y asomando la cabeza por entre
+la abertura de las cortinas; estaba escuchando. De repente exclamó:</p>
+
+<p>—¡Estáis hablando del señor Magdalena! ¿Por qué habláis tan bajo?
+¿Qué es lo que hace? ¿Por qué no viene?</p>
+
+<p>Su acento era tan brusco y tan ronca su voz, que las dos mujeres,
+creyendo oir una voz de hombre, volviéronse asustadas.</p>
+
+<p>—¡Respondedme!—exclamó Fantina.</p>
+
+<p>La criada balbuceó:</p>
+
+<p>—La portera me ha dicho que no podría venir hoy.</p>
+
+<p>—Hija mía,—dijo la hermana,—estad tranquila, y volveos á echar.</p>
+
+<p>Fantina, sin cambiar de actitud, repuso en voz alta, con acento imperioso
+y desgarrador á un tiempo:</p>
+
+<p>—¿No podrá venir? ¿Y por qué? Vosotras sabéis el motivo, lo estabais
+cuchicheando entre ambas. Quiero saberlo.</p>
+
+<p>La criada se apresuró á decirle al oído á la hermana:</p>
+
+<p>—Decid que está ocupado en asuntos municipales.</p>
+
+<p>Sor Simplicia se ruborizó ligeramente; lo que la criada le proponía era
+una mentira y por otra parte, le parecía que de decir la verdad á la enferma
+podría sin duda acarrearle un golpe terrible, lo cual era harto
+grave, dado el estado en que se hallaba Fantina. Este rubor duró poco.
+La religiosa levantó sobre Fantina sus ojos tristes y serenos, y la dijo:</p>
+
+<p>—El señor alcalde se ha ausentado.</p>
+
+<p>Fantina se incorporó y sentóse sobre sus talones. Sus ojos centellearon.
+Una alegría infinita se trasparentó en aquella fisonomía dolorida.</p>
+
+<p>—¡Se ha ausentado!—exclamó.—¡Ha ido á buscar á Cosette!</p>
+
+<p>Luego elevó sus dos manos hacia el cielo, y todo su rostro se mostró
+inefable. Sus labios se movían; oraban en voz baja.</p>
+
+<p>Cuando acabó la oración, dijo á la hermana:</p>
+
+<p>—¡Hermana mía!—exclamó,—voy á echarme de nuevo, y á hacer
+todo lo que me mandéis; ahora mismo he sido mala, he levantado la<span class="pagenum" id="Page_226">[Pg 226]</span>
+voz, y os pido perdón; es muy feo hablar alto, ya lo sé, pero mi buena
+hermana, ya lo veis, ¡estoy tan contenta! Dios es bueno, el señor Magdalena
+es bueno; figuraos que ha ido á buscar á mi niña, á Cosette á
+Montfermeil.</p>
+
+<p>Volvióse á acostar, ayudando á la hermana á arreglar la almohada,
+y besó una crucecita de plata que llevaba al cuello, la cual le había regalado
+sor Simplicia.</p>
+
+<p>—Hija mía,—dijo la hermana,—procurad ahora descansar, y no
+habléis.</p>
+
+<p>Fantina cogió entre sus manos húmedas la mano de la hermana;
+ésta procuraba ocultar la pena que le causaba aquel sudor.</p>
+
+<p>—Ha salido esta mañana para ir á París. En rigor, no tiene necesidad
+de pasar por París. Montfermeil está un poco á la izquierda viniendo
+hacia acá. ¿Recordad cómo me decía ayer, cuando yo le hablaba de
+Cosette: <em>Pronto, pronto?</em> Es una sorpresa que quiere darme. ¿Entendéis?
+Él me hizo firmar una carta para sacarla de manos de los Thénardier.
+No tendrán nada que decir, ¿no es verdad? Entregarán á Cosette puesto
+que se les ha pagado. Las autoridades no permitirían que se guardaran
+la criatura habiéndoles pagado. Hermana, no me hagáis señas para que
+deje de hablar. Soy tan extremadamente feliz; ya me siento muy bien,
+no tengo mal alguno, voy á ver nuevamente á Cosette; creo que tengo
+hambre. Hace más de cinco años que no la he visto. ¡Vos no podéis
+figuraros cuánto atraen los hijos! Y luego, ¡estará tan hermosa, ya la
+veréis! ¡Si supiérais, tiene unos dedos tan lindos y rosados! Ahora tendrá
+tan bonitas manos. De un año las tenía tan chiquitas. Ahora estará
+muy crecida. ¡Tiene ya siete años! Es una señorita. Yo la llamo Cosette,
+pero se llama Eufrasia. Mirad, esta mañana estaba yo mirando el polvo
+que hay sobre la chimenea, y se me ha ocurrido la idea de que vería
+pronto á Cosette. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Qué triste es dejar pasar los años sin
+ver una á sus hijos! ¡deberíamos reflexionar que no es la vida eterna!
+¡Ay! ¡Qué bien ha hecho el señor alcalde yendo por ella!... ¿No es verdad
+que hace mucho frío? ¿ha llevado, al menos, su capote? Mañana
+estará de vuelta, ¿no es verdad? mañana será día de fiesta. Mañana por
+la mañana, hermana mía, os acordaréis de hacerme poner mi gorrita
+guarnecida de encajes. Montfermeil es un pueblo. He recorrido á pie
+este camino en otros tiempos. Es una gran distancia para mí. Pero las
+diligencias van muy aprisa. Mañana estará aquí con mi Cosette. ¿Cuánto
+hay de aquí á Montfermeil?</p>
+
+<p>La hermana, que no tenía la menor idea de las distancias, respondió:
+—¡Oh! Ya lo creo que podrá estar aquí mañana.</p>
+
+<p>—¡Mañana! ¡Mañana!—dijo Fantina.—¡Veré á Cosette mañana! Veis,
+buena hermana del Dios bueno, ya no estoy mala. Estoy loca. Y creo
+que si quisiera, bailaría.</p>
+
+<p>Cualquiera que la hubiera visto un cuarto de hora antes, no se hubiera<span class="pagenum" id="Page_227">[Pg 227]</span>
+dado cuenta de lo que veía. Estaba sonrosada, hablaba en voz clara
+y natural, todo sonreía en ella. Á veces se reía hablando en voz baja.
+Alegría de madre, es casi alegría de niño.</p>
+
+<p>—Bien, bien,—repuso la religiosa;—toda vez que sois dichosa, obedecedme
+y no habléis más.</p>
+
+<p>Fantina dejó caer la cabeza sobre la almohada, y dijo á media voz:</p>
+
+<p>—Sí, échate, sé prudente, que vas á ver á tu hija. Tiene razón sor
+Simplicia. Todos en esta casa tienen razón.</p>
+
+<p>Después, sin moverse, sin menear la cabeza, se puso á mirar á todas
+partes, abiertos sus grandes ojos, con aire complacido y sin decir una
+palabra más.</p>
+
+<p>La hermana corrió las cortinas creyendo que se dormiría.</p>
+
+<p>Entre siete y ocho llegó el médico. No oyendo el menor ruido, creyó
+que Fantina dormía, y entró con cuidado, acercándose de puntillas á la
+cama.</p>
+
+<p>Llegó, separó las cortinas, y á la luz de la lamparilla, vió los grandes
+y serenos ojos de Fantina que le contemplaban.</p>
+
+<p>Díjole ella:—Señor, ¿no es verdad que se me permitirá que la acueste
+á mi lado en una camita?</p>
+
+<p>El médico creyó que deliraba. Ella añadió:</p>
+
+<p>Vedlo, hay justamente el sitio necesario.</p>
+
+<p>El médico llamó aparte á sor Simplicia, que se lo explicó todo; esto
+es, que el señor Magdalena se había ausentado por uno ó dos días, y que
+en la duda no habían creído deber desengañar á la enferma, que estaba
+en la creencia de que el señor alcalde había ido á Montfermeil, pues que
+estaba en lo posible que lo hubiese adivinado. El médico aprobó. Y al
+volver á acercarse á la cama, Fantina añadió:</p>
+
+<p>—Ya veréis, cuando despierte por la mañana le daré los buenos días
+á mi pobre niña, y por la noche, como yo no duermo, la veré dormir.
+Su tranquila y dulce respiración me hará un gran bien.</p>
+
+<p>—Dadme la mano,—dijo el médico.</p>
+
+<p>Alargóle el brazo, y exclamó sonriendo:</p>
+
+<p>—¡Ah! Es verdad; ¡no lo sabéis! Ya estoy buena. Cosette llega mañana.</p>
+
+<p>El médico se quedó sorprendido. Estaba mejor. La opresión había
+disminuido. El pulso había recobrado fuerza. Una especie de vida ficticia
+reanimaba aquel pobre ser desfallecido.</p>
+
+<p>—Señor doctor,—repuso ella.—¿La hermana os habrá dicho que el
+señor alcalde ha ido á buscar el ratoncillo?</p>
+
+<p>El médico recomendó el silencio, y que se procurase evitar toda emoción
+penosa. Prescribió una infusión de quina pura, y para el caso de
+repetirse la calentura por la noche, una poción calmante. Al marcharse
+dijo á la hermana:</p>
+
+<p>—Esto va mejor. Si tuviéramos la suerte de que en efecto llegase<span class="pagenum" id="Page_228">[Pg 228]</span>
+mañana el señor alcalde con la niña, ¿quién sabe? Hay crisis tan asombrosas,
+se han visto curas producidas por grandes alegrías... y aunque
+sé que es ésta una enfermedad orgánica, ya muy adelantada; ¡hay tanto
+de misterioso en todo! Que, entra en lo posible que se salve.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>El viajero al llegar toma sus precauciones para volverse</b></p>
+
+
+<p>Eran cerca de las ocho de la noche cuando el calesín que hemos dejado
+en camino, entraba por la puerta-cochera de la casa de Postas de
+Arras. El hombre á quien hemos seguido hasta este momento, se apeó,
+respondió con aire distraído á las atenciones de los criados de la posada,
+despidió al postillón con su caballo de refuerzo, conduciendo por sí mismo
+el caballito blanco á la cuadra; después empujó la puerta de una sala
+de billar que estaba en el piso bajo, y se sentó, apoyando los codos sobre
+una mesa. Había empleado catorce horas en aquel trayecto que creía
+recorrer en seis. Hacíase la justicia de creer que no era por culpa suya,
+aunque en el fondo no le disgustase.</p>
+
+<p>Entró la posadera:</p>
+
+<p>—¿Va á pasar aquí la noche el señor? ¿Va á cenar?</p>
+
+<p>Él hizo un signo de cabeza negativo.</p>
+
+<p>—El mozo de cuadra ha dicho que el caballo del señor está muy
+cansado.</p>
+
+<p>En esto rompió el silencio:</p>
+
+<p>—¿Es que no podrá el caballo emprender la vuelta mañana temprano?</p>
+
+<p>—¡Oh, señor! Necesita á lo menos dos días de descanso.</p>
+
+<p>Y él preguntó:</p>
+
+<p>—¿No está aquí la administración de postas?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>La posadera le acompañó al despacho; manifestó allí su pasaporte y
+se informó de si había medio de volverse aquella misma noche á M* sur
+M* con el coche correo. Justamente el único asiento al lado del conductor
+estaba desocupado; y lo tomó, pagándolo inmediatamente.</p>
+
+<p>—Caballero,—le dijo el encargado,—no faltéis para salir puntualmente
+á la una.</p>
+
+<p>Hecho esto, salió de la posada y empezó á andar por la ciudad.</p>
+
+<p>No conocía Arras; las calles estaban obscuras; caminaba al azar. Sin
+embargo, parecía obstinarse en no preguntar á los transeuntes. Atravesó
+el riachuelo Crinchon, y encontróse en un dédalo de calles estrechas,
+en que se perdió. Pasaba un artesano con un farol. Después de vacilar
+bastante, decidióse á preguntar al artesano, no sin haber mirado antes
+á su alrededor como temeroso de que fuése oído lo que iba á preguntar:</p>
+
+<p>—Señor,—dijo;—¿el palacio de Justicia, si os place?</p>
+
+<p>—No sois de la ciudad, señor,—respondió el hombre, que era un
+buen anciano.—Seguidme si gustáis. Yo voy también allá, es decir, á la<span class="pagenum" id="Page_229">[Pg 229]</span>
+prefectura, que es donde ahora se reúnen provisionalmente los jueces,
+mientras se están reparando las salas de justicia.</p>
+
+<p>—¿Y es allí,—preguntó,—donde se reúnen también los jurados?</p>
+
+<p>—Sin duda. Lo que es hoy la prefectura, era el palacio episcopal antes
+de la revolución. El señor Conzié, que era obispo en 1782, hizo construir
+una gran sala. Y es en esta gran sala donde se juzga.</p>
+
+<p>Siguiendo su camino, le dijo el artesano:</p>
+
+<p>—Si se trata de un proceso, es ya algo tarde. Generalmente las vistas
+concluyen á las seis.</p>
+
+<p>Sin embargo, al llegar á la plaza mayor, le enseñó el artesano cuatro
+grandes ventanas iluminadas en la fachada de un vasto y tenebroso edificio.</p>
+
+<p>—Á fe mía que llegáis á tiempo,—añadió;—habéis tenido suerte.
+¿Veis esas cuatro ventanas? Ahí está el tribunal de los jurados. Hay luz;
+luego no han concluido todavía. Será negocio largo, y habrá sido preciso
+continuar la audiencia de noche. ¿Tenéis interés en la causa? ¿Es tal
+vez un proceso criminal? ¿sois acaso testigo?</p>
+
+<p>El forastero respondió:</p>
+
+<p>—No vengo por causa alguna, tengo sólo que hablar á un abogado.</p>
+
+<p>—Eso es distinto,—dijo el artesano.—Mirad, señor, la puerta es
+aquella ahí donde está el centinela. No tenéis más que subir por la escalera
+principal.</p>
+
+<p>Bastáronle las indicaciones del artesano, y pocos minutos después se
+hallaba en una sala donde había mucha gente, y mezclados en los grupos
+varios abogados con toga, cuchicheando acá y allá.</p>
+
+<p>Es siempre una cosa que oprime el corazón, ver esos grupos de hombres
+vestidos de negro murmurando entre ellos en voz baja á la puerta
+de las salas de justicia. Es muy raro que de todas aquellas bocas salgan
+palabras de caridad y lástima. Lo que sí sale con bastante frecuencia
+son condenas anticipadas. Semejantes grupos se presentan al observador,
+que pasa y raciocina como otras tantas colmenas sombrías, ó como espíritus
+zumbadores que fabrican en común toda especie de edificios tenebrosos.</p>
+
+<p>Aquella sala, espaciosa y alumbrada por una sola lámpara, era una
+antigua galería del palacio episcopal, que servía de antecámara. Una
+puerta de dos hojas, cerrada en aquel momento, la separaba de la gran
+sala donde estaba reunido el tribunal de jurados.</p>
+
+<p>La obscuridad era tal, que no temió él dirigirse al primer abogado
+que encontró.</p>
+
+<p>—Caballero,—le dijo;—¿en qué están?</p>
+
+<p>—Ya han concluido,—respondió el abogado.</p>
+
+<p>—¡Concluido!</p>
+
+<p>Esta palabra fué repetida con un acento tan singular, que el abogado
+se volvió.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_230">[Pg 230]</span></p>
+
+<p>—Perdonad, señor mío: ¿sois acaso algún pariente?</p>
+
+<p>—No. No conozco aquí á nadie. ¿Ha habido condena?</p>
+
+<p>—Sin duda. No podía ser otra cosa.</p>
+
+<p>—¿Presidio?...</p>
+
+<p>—Para toda la vida.</p>
+
+<p>—Y,—repuso él, con voz tan débil que apenas se le oyó:—¿Se ha
+probado entonces la identidad?</p>
+
+<p>—¡Qué identidad!—replicó el abogado.—No había identidad alguna
+que probar. El asunto era claro. Esa mujer había matado á su hijo, y
+se ha probado el infanticidio. Desechado por el jurado el cargo de premeditación,
+ha sido condenada de por vida.</p>
+
+<p>—¿Pero es una mujer?—dijo él.</p>
+
+<p>—Ciertamente: la joven Limosin. ¿De qué me habláis entonces?</p>
+
+<p>—De nada, pero toda vez que han concluido, ¿por qué está todavía
+la sala iluminada?</p>
+
+<p>—Para otro proceso, que ha comenzado hace unas dos horas.</p>
+
+<p>—¿Qué otro proceso?</p>
+
+<p>—¡Oh! Es otro proceso muy claro también: un truhán, un reincidente,
+un presidiario que ha cometido un robo. No sé á punto fijo su
+nombre; pero tiene cara de verdadero criminal. Sólo por tener la cara
+que tiene, le mandaba yo á presidio.</p>
+
+<p>—Señor,—preguntó él.—¿No hay medio de entrar en la sala?</p>
+
+<p>—No lo creo; hay mucha gente. Sin embargo, se ha suspendido la
+audiencia y han salido afuera muchos. Tal vez al volverse á abrir la
+puerta podáis penetrar. Probadlo.</p>
+
+<p>—¿Por dónde se entra?</p>
+
+<p>—Por esa puerta grande.</p>
+
+<p>El abogado se separó.</p>
+
+<p>En algunos instantes, casi á un mismo tiempo, había experimentado
+todas las emociones posibles. Las palabras de aquel indiferente le habían,
+atravesado alternativamente el corazón como agujas de hielo y como
+hojas de fuego. Cuando supo que aún no había terminado la causa, respiró;
+pero no hubiera podido decirse si era ello manifestación de alegría
+ó de dolor.</p>
+
+<p>Acercóse á varios grupos para oir qué decían.</p>
+
+<p>Habiendo gran número de causas pendientes, el presidente del tribunal
+había señalado, para aquella noche, dos de las más sencillas y breves.
+Se había comenzado por la de infanticidio, y se estaba ahora en la
+del presidiario, el reincidente, el «caballo de retorno». Este individuo
+había robado unas manzanas; pero no parecía el hecho bien probado,
+pero lo que sí lo estaba era que había sido presidiario en Tolón, y ello
+era lo que daba mal aspecto á su causa. Había terminado el interrogatorio
+y la declaración de testigos; pero faltaban todavía la acusación
+del fiscal y la defensa del abogado, lo cual no terminaría antes de las<span class="pagenum" id="Page_231">[Pg 231]</span>
+doce de la noche. El acusado saldría probablemente condenado: el fiscal
+era de los buenos, y no se le <em>escapaba</em> ninguno de sus reos; era un chico
+de provecho que hacía versos.</p>
+
+<p>Un ujier estaba de pie junto á la puerta que daba entrada á la sala
+de los jurados. El viajero preguntó al ujier:</p>
+
+<p>—¿Se abrirá pronto la puerta?</p>
+
+<p>—No se abrirá ya,—dijo el ujier.</p>
+
+<p>—¿Cómo? ¿No se volverá á abrir cuando continue la audiencia?
+¿Pues no se ha suspendido?</p>
+
+<p>—Se ha suspendido y ha vuelto á continuar,—respondió el portero;—pero
+no se abrirá la puerta.</p>
+
+<p>—¿Por qué?</p>
+
+<p>—Porque está llena la sala.</p>
+
+<p>—¡Y qué! ¿No hay sitio alguno?</p>
+
+<p>—No, señor. La puerta está cerrada. Nadie puede entrar ya.</p>
+
+<p>El ujier añadió después de un instante de silencio:—Hay todavía dos
+ó tres sitiales detrás del señor presidente; pero no son admitidos allí
+sino los funcionarios públicos.</p>
+
+<p>Y esto diciendo volvió la espalda.</p>
+
+<p>Retiróse el forastero cabizbajo; atravesó la antecámara y bajó la escalera
+lentamente, como vacilando á cada peldaño. Es probable que
+tuviese consejo consigo mismo. La lucha violenta que se verificaba en su
+interior desde la víspera, no había terminado, y á cada momento surgía
+una nueva peripecia. Al llegar á la meseta de la escalera se arrimó
+á la baranda y se cruzó de brazos. De pronto desabrochó su levita,
+sacó su cartera, tomó el lápiz, arrancó una hoja, y escribió rápidamente
+en ella, á la luz del farol, este renglón: <em>Magdalena alcalde de M*
+sur M*</em>. Volvió á subir después á grandes pasos la escalera, atravesó la
+muchedumbre, se dirigió al ujier y le entregó el papel, diciéndole con
+autoridad:</p>
+
+<p>—Entregad esto al señor presidente.</p>
+
+<p>El ujier tomó el papel, le miró, y obedeció enseguida.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Entrada de favor</b></p>
+
+
+<p>Sin él imaginárselo, había adquirido el alcalde de M* sur M* cierta
+celebridad. Hacía siete años que su reputación de virtuoso llenaba todo
+el bajo Bolonesado, y había acabado por traspasar los límites de aquella
+pequeña comarca, extendiéndose por dos ó tres departamentos vecinos.
+Además de los grandes servicios que había prestado á la capital, reformando
+la industria de los abalorios negros, no había uno solo de los
+ciento cuarenta y un municipios de aquel territorio, que no le debiese
+algún beneficio, habiendo contribuido también á favorecer las industrias
+de otros varios distritos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_232">[Pg 232]</span></p>
+
+<p>Así es como hubo una época en que sostuvo con su crédito y sus
+fondos la fábrica de tules de Bolonia, la de hilatura mecánica de lino de
+Frevent, y la manufactura hidráulica de lienzos de Boubers sur Canche.
+En todas partes se pronunciaba con veneración el nombre del señor
+Magdalena. Arras y Douai, envidiaban su alcalde á la pequeña y dichosa
+población de M* sur M*.</p>
+
+<p>El magistrado del tribunal superior de Douai, que presidía á la sazón
+el de los jurados de Arras, conocía, como todo el mundo, aquel nombre
+tan profunda y universalmente respetado. Cuando el ujier, abriendo
+discretamente la puerta que comunicaba de la sala del consejo con la de
+la audiencia, se inclinó detrás del sillón del presidente y le entregó el
+papel en que estaba escrito el renglón que acaba de leerse, añadiendo:
+<em>Este señor desea asistir á la audiencia</em>, el presidente hizo un vivo ademán
+de atención, y tomando una pluma, escribió algunas palabras en
+el mismo papel, que devolvió al ujier, diciéndole: «Hacedle entrar».</p>
+
+<p>El desgraciado personaje cuya historia vamos narrando, había permanecido
+junto á la puerta de la sala en el mismo sitio y en la misma
+actitud en que el ujier le había dejado, parecióle oir, al través de sus
+meditaciones, que alguien le decía:—«Señor, ¿queréis hacerme el honor
+de seguirme?». Era el mismo ujier que poco antes le había vuelto las espaldas,
+quien le saludaba inclinándose hasta el suelo. El ujier, al propio
+tiempo, le entregó el papel. Desdoblólo, y como estaba allí cerca la
+lámpara, pudo leer:</p>
+
+<p>«El presidente del tribunal de los jurados, presenta sus respetos al
+señor Magdalena».</p>
+
+<p>Estrujó el papel entre sus manos, como si aquellas palabras tuviesen
+para él un sabor extraordinario y amargo.</p>
+
+<p>Y siguió al ujier.</p>
+
+<p>Algunos minutos después se hallaba solo en una especie de gabinete
+artesonado, de aspecto severo, alumbrado por dos bujías colocadas sobre
+una mesa con tapete verde. Aún resonaban en su oído las últimas
+palabras del ujier, que acababa de dejarle diciendo: «Señor, ésta es la
+sala del consejo; no tenéis más que dar media vuelta al botón de cobre
+de esa puerta, y os hallaréis en la misma sala del tribunal detrás del
+sillón del señor presidente». Estas palabras se mezclaban en su pensamiento
+á un recuerdo vago de los corredores estrechos y escaleras obscuras
+que acababa de recorrer.</p>
+
+<p>El ujier le había dejado solo. El momento supremo había llegado.
+Procuraba recogerse en sí mismo sin poder conseguirlo. Precisamente
+en el momento en que más necesidad hay de reunir á las realidades de
+la vida todos los hilos del pensamiento, es cuando éstos se rompen dentro el
+cerebro. Se encontraba allí mismo donde los jueces deliberan y condenan.</p>
+
+<p>Miraba con tranquilidad estúpida aquella cámara silenciosa y temible,<span class="pagenum" id="Page_233">[Pg 233]</span>
+donde tantas existencias habían sido quebrantadas, donde su nombre
+iba á resonar en breve, y que su destino atravesaba en aquel instante.
+Miraba á las paredes, luego se miraba á sí mismo, asombrándose
+que aquéllas fuesen las de aquella cámara, y de que aquel hombre
+fuése él.</p>
+
+<p>Hacía veinticuatro horas que no había comido, estaba rendido por
+las sacudidas del calesín; pero no lo sentía, parecíale no sentir nada.</p>
+
+<p>Acercóse á un cuadro negro pendiente de la pared en el que se guardaba
+bajo el cristal una antigua carta autógrafa de Juan Nicolás Pache,
+alcalde de París y ministro, y fechada, sin duda por equivocación, el
+día 9 de junio del año II, y en la cual enviaba Pache, á la municipalidad,
+la lista de los ministros y diputados arrestados en sus propias
+casas.</p>
+
+<p>Cualquiera que hubiese podido verle y observarle en aquel momento,
+habría imaginado sin duda que aquella carta le interesaba mucho, pues
+no apartaba de ella los ojos, y la leyó por dos ó tres veces. Sin embargo,
+la leía sin fijarse en ella, y sin propósito alguno. Pensaba en Fantina
+y en Cosette.</p>
+
+<p>Así pensando, volvióse; y sus ojos se fijaron en el botón de cobre que
+le separaba de la sala de audiencia. Había casi olvidado aquella puerta.
+Su mirada, tranquila al principio, se detuvo y quedó como clavada en
+aquel botón; después apareció azorada é inmóvil, impregnándose poco á
+poco de espanto. Desprendíanse de entre sus cabellos, gotas de sudor que
+inundaban sus sienes.</p>
+
+<p>Hubo un momento en que hizo con cierta autoridad, mezclada de rebeldía,
+ese gesto indescriptible que quiere significar y que dice tan bien:
+<em>¡Pardiez! ¿Quién me obliga á ello?</em> Después volvióse vivamente, y vió
+delante de sí la puerta por donde había entrado, dirigióse á ella, abrióla
+y salió.</p>
+
+<p>Ya no estaba en aquella cámara; se hallaba fuera: en un corredor
+largo, estrecho, cortado por escalones y postigos, que formaban toda
+clase de ángulos, alumbrado aquí y allá por algunos faroles parecidos á
+lamparillas de enfermo. Era el corredor por donde había entrado. Respiró,
+escuchó, no percibió el menor ruido ni delante ni detrás de sí, y
+huyó como si alguien le persiguiese.</p>
+
+<p>Cuando hubo recorrido varios recodos de aquel pasillo, volvió á escuchar
+de nuevo. Siempre el mismo silencio y las mismas sombras á su
+alrededor. Estaba sofocado, vacilaba, tuvo que apoyarse en la pared. La
+piedra estaba fría, el sudor se le había helado en la frente, y se enderezó
+temblando.</p>
+
+<p>Entonces, solo allí, de pie, en la obscuridad, temblando de frío y de
+algo más tal vez, meditó.</p>
+
+<p>Había meditado toda la noche, había meditado todo el día; no oía
+dentro de sí mismo mas que una voz que repetía: ¡Ay!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_234">[Pg 234]</span></p>
+
+<p>Así se le pasó un cuarto de hora. Al fin, dobló la cabeza, suspiró con
+angustia, dejó caer los brazos, y retrocedió sobre sus pasos. Andaba lentamente
+y como abrumado. Parecía que alguien le hubiese alcanzado en
+su fuga, y le hiciese volver atrás.</p>
+
+<p>Entró de nuevo en la cámara del consejo, y lo primero que distinguió
+fué el botón de la puerta. Aquel botón redondo de cobre pulimentado,
+brillaba para él como una estrella horrible. Mirábale como podría
+mirar un cordero el ojo de un tigre.</p>
+
+<p>Su vista no podía apartarse de él.</p>
+
+<p>De cuando en cuando daba un paso, y se aproximaba á la puerta.</p>
+
+<p>Si hubiera escuchado, habría oído como una especie de murmullo
+confuso, el ruido de la vecina sala; pero no escuchaba ni oía.</p>
+
+<p>De pronto, sin saber cómo, encontróse junto á la puerta, cogió convulsivamente
+el botón; la puerta se abrió.</p>
+
+<p>Estaba en la sala de audiencia.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>Lugar en el cual van formándose las convicciones</b></p>
+
+
+<p>Adelantó un paso, cerró maquinalmente la puerta tras sí, y permaneció
+de pie, contemplando lo que estaba viendo.</p>
+
+<p>Era un vasto recinto iluminado apenas; ya silencioso, ya murmurante,
+donde se desarrollaba todo el aparato de un proceso criminal, con su
+mezquina y lúgubre gravedad, entre la multitud.</p>
+
+<p>Á un extremo de la sala, en el cual se encontraba él, estaban algunos
+jueces con aire distraído, con toga ya usada, mordiéndose las uñas
+ó cerrando los párpados; al otro extremo había una muchedumbre andrajosa,
+abogados en toda clase de actitudes, soldados de semblante honrado
+y duro, entablamentos viejos y manchados, un techo sucio, mesas
+cubiertas de sarga, más amarilla que verde, puertas ennegrecidas por
+las manos; en clavos, suspendidos en el artesonado, quinqués de taberna,
+que daban más humo que claridad; sobre las mesas algunas velas en
+candeleros de cobre; la obscuridad, la fealdad, la tristeza; y de todo
+aquello se desprendía una impresión austera y augusta, porque se sentía
+allí esa gran cosa humana que se llama la ley, y la gran cosa divina llamada
+justicia.</p>
+
+<p>Nadie, entre aquella multitud, se fijó en él. Todas las miradas convergían
+hacia un solo punto, hacia un banco de madera inmediato á una
+puertecilla, á lo largo de la pared, á la izquierda de la presidencia. En
+aquel banco, alumbrado por algunas velas, había un hombre sentado
+entre dos gendarmes.</p>
+
+<p>Este hombre, era el hombre.</p>
+
+<p>Él no le buscó, pero le vió. Sus ojos se le fueron, naturalmente allí,
+como si hubieran sabido de antemano dónde encontrarían aquella figura.</p>
+
+<p>Creyó verse asimismo, envejecido; no absolutamente parecido en<span class="pagenum" id="Page_235">[Pg 235]</span>
+cuanto al rostro, pero semejante en actitud y aspecto, con sus cabellos
+erizados, su pupila fosca é inquieta, con su blusa tal como iba el día en
+que entró en D*** lleno de odio y ocultando en el alma aquel repugnante
+tesoro de pensamientos horribles que había ido guardándose por espacio
+de diez y nueve años, cogidos en los suelos del presidio.</p>
+
+<p>Y díjose á sí mismo estremeciéndose:—¡Dios mío! ¿debo volver á
+verme así?</p>
+
+<p>El otro parecía tener lo menos sesenta años. Había en su semblante
+algo de rudo, estúpido y espantado.</p>
+
+<p>Al ruido de la puerta, los que allí estaban se habían estrechado para
+dejarle sitio, el presidente había vuelto la cabeza, y creyendo que el personaje
+que acababa de entrar era el alcalde de M* sur M*, le había saludado.
+El fiscal que había visto al señor Magdalena en M* sur M*, adonde
+le habían llamado más de una vez las funciones de su ministerio, le reconoció
+y saludó igualmente. Sin advertirlo apenas, se hallaba bajo el peso
+de cierta alucinación, y sólo veía:</p>
+
+<p>Los jueces, el escribano, los gendarmes y la multitud de cabezas
+cruelmente curiosas; había ya visto otra vez lo mismo, en otro tiempo,,
+hacía veintisiete años. Volvía nuevamente á encontrarse con todas aquellas
+cosas funestas; que estaban allí, que allí se movían, que existían allí.
+No era un esfuerzo de su memoria, un reflejo de su pensamiento, no; eran
+verdaderos gendarmes y verdaderos jueces, verdadera multitud y verdaderos
+hombres de carne y hueso. El hecho era evidente; veía aparecer
+de nuevo y revivir en torno de sí, con todo el aspecto formidable de la
+realidad, los monstruosos espectros del pasado.</p>
+
+<p>Todo aquello estaba palpablemente ante sus ojos. Cerrólos horrorizado,
+exclamando para lo más profundo de su alma: ¡Jamás!</p>
+
+<p>Y por un azar trágico del destino, que hacía temblar todas sus ideas,
+volviéndole casi loco, era otro <em>él</em> allí presente: ¡Aquel hombre á quien
+juzgaban y á quien todos llamaban Juan Valjean!</p>
+
+<p>Tenía delante de los ojos «visión inaudita» una especie de representación
+del momento más horroroso de su vida, personificada en un fantasma.</p>
+
+<p>Todo era lo mismo, el mismo aparato, la misma hora de la noche,
+casi las mismas figuras de los jueces, de los soldados y de los espectadores.
+Solamente que colocado sobre la cabeza del presidente había un crucifijo,
+cosa de que carecían los tribunales del tiempo de su condena.
+Cuando se le juzgó, no estaba Dios allí.</p>
+
+<p>Había una silla detrás de él, en la cual se dejó caer aterrado por la
+idea de que pudieran verle. Una vez sentado, se aprovechó de un gran
+legajo de papeles que había sobre la mesa de los jueces para ocultar su
+rostro á los espectadores. Así podía ver él sin ser visto. Poco á poco fué
+recobrando el sentimiento de la realidad, llegando hasta aquel punto de
+calma en que es posible oir.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_236">[Pg 236]</span></p>
+
+<p>El señor Bamatabois era del número de los jurados.</p>
+
+<p>Buscó á Javert, pero no le vió. El banco de los testigos quedaban fuera
+de sus miradas por la mesa del escribano. Y luego que, como hemos
+dicho, la sala estaba poco alumbrada.</p>
+
+<p>En el punto en que entró, el abogado del acusado terminaba su defensa.</p>
+
+<p>La atención del concurso estaba excitada hasta el más alto grado;
+hacía tres horas que duraba el debate; tres horas, durante las cuales la
+multitud veía doblegarse poco á poco bajo el peso de una semejanza terrible
+un hombre, un desconocido, una especie de ser miserable, perfectamente
+estúpido ó perfectamente hábil. Era el tal hombre un vagabundo
+á quien se había encontrado en un campo, llevando una rama cargada de
+manzanas maduras, arrancada de un manzano en un cercado vecino,
+conocido con el nombre de cercado Pierrón. ¿Quién era aquel hombre?
+De la investigación que había tenido lugar, de los testigos que acababan
+de oirse, unánimes todos, de las luces que se desprendían del debate, tomaba
+apoyo la acusación. Y la acusación decía: «No tenemos aquí solamente
+un ladrón de fruta, un merodeador; tenemos en nuestras manos
+un bandido, un relapso, un antiguo presidiario, un criminal de los más
+peligrosos, un malhechor llamado Juan Valjean, á quien la justicia anda
+buscando hace ya mucho tiempo, y quien, hace ocho años, al salir del
+presidio de Tolón, cometió un robo en camino real á mano armada, en
+la persona de un niño saboyano llamado Gervasillo, crimen previsto en
+el artículo 383 del Código penal, y por el cual nos reservamos perseguirle
+ulteriormente, cuando la identidad haya quedado comprobada judicialmente.
+Acaba de cometer un nuevo robo, lo cual prueba su reincidencia.
+Condenadle por el hecho nuevo, más tarde será juzgado por el
+antiguo». Ante esta acusación, ante la unanimidad de los testigos, el
+acusado parecía, antes que todo, asombrado. Hacía gestos y signos que
+querían decir no, ó levantaba los ojos y miraba al techo.</p>
+
+<p>Hablaba con trabajo, respondía con embarazo, pero de pies á cabeza
+era toda su persona una negativa. Estaba como un idiota en presencia de
+todas aquellas inteligencias ordenadas en batalla á su alrededor, era como
+un extranjero en medio de aquella sociedad que le asediaba. No obstante,
+de allí podía resultar para él el porvenir más amenazador, y la verosimilitud
+de ello iba creciendo por minutos, y toda aquella multitud veía con
+mayor ansiedad que él mismo, aquella sentencia llena de calamidades
+que iba precipitándose sobre su cabeza. Dejábase entrever, asimismo, una
+eventualidad; la de que, además del presidio, era posible la pena de muerte,
+si llegaba á reconocerse la identidad, y si el asunto de Gervasillo terminaba
+más tarde con una condena. ¿Qué es lo que era aquel hombre?
+¿Qué clase de apatía era la suya? ¿Era imbecilidad ó astucia? ¿Comprendía
+demasiado, ó no comprendía nada absolutamente? cuestión era ésa que
+dividía á la multitud, y que parecía igualmente dividir al jurado.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_237">[Pg 237]</span></p>
+
+<p>Había en aquel proceso algo que espantaba, y algo engañoso; el drama
+no era solamente sombrío, sino obscuro.</p>
+
+<p>El defensor había hablado bastante bien en ese lenguaje de provincia
+que ha constituido por mucho tiempo la elocuencia del foro, y que usaban
+antes todos los abogados, lo mismo en París que en Romorantin ó Montbrison;
+pero que hoy día habiéndose hecho clásico, le usan solamente los
+oradores oficiales del ministerio público, á quienes conviene por su grave
+sonoridad y aire majestuoso; lenguaje por el cual se le llama al marido
+<em>esposo</em>, y á la mujer, <em>esposa</em>; á París, <em>el centro de las artes y de la civilización</em>;
+al rey, <em>el monarca</em>; á monseñor el obispo, <em>un santo pontífice</em>;
+al fiscal, <em>el elocuente intérprete de la vindicta</em>; á los alegatos, <em>los acentos
+que se acaban de oir</em>; al siglo de Luis XIV, <em>el gran siglo</em>; un teatro, <em>el
+templo de Melpómene</em>; la familia reinante, <em>la augusta sangre de nuestros
+reyes</em>; un concierto, <em>una solemnidad musical</em>; al señor comandante general
+del departamento, <em>el ilustre guerrero que</em>, etc.; á los alumnos del
+seminario, <em>esos tiernos levitas</em>; los errores imputados á los periódicos,
+<em>la impostura que destila su veneno en las columnas de esos órganos</em>,
+etc., etc.—El abogado, pues, había empezado por hablar del robo de las
+manzanas—cosa no muy á propósito para ese elevado estilo; pero el mismo
+Benigno Bossuet se vió obligado á hacer alusión á una gallina en lo
+mejor de una oración fúnebre, y lo hizo elocuentemente.—El abogado
+había partido del principio de que el robo de las manzanas no estaba
+materialmente probado. Su cliente, á quién en su calidad de defensor
+persistía en llamar Champtmathieu no había sido visto escalando la pared
+ó arrancando la rama.</p>
+
+<p>Se le había cogido llevando aquella rama (que el abogado se complacía
+en llamar <em>ramo</em>), pero que él decía haber encontrado y recogido del
+suelo. ¿Dónde estaba la prueba de lo contrario? Indudablemente había
+sido aquella rama arrancada y sustraída después del escalamiento, y
+arrojada enseguida por el ladrón asustado; había habido, sin duda, un
+ladrón. Pero, ¿dónde estaba la prueba de que ese ladrón fuése Champmathieu?
+Una sola cosa: su cualidad de antiguo presidiario. El abogado
+no negaba que esa cualidad dejase de estar desgraciadamente bien comprobada;
+el acusado había residido en Faverolles; el acusado había sido
+allí podador; el nombre de Champmathieu podía muy bien tener por origen
+el de Juan Mathieu, todo esto era verdad: en fin, cuatro testigos
+reconocían sin vacilar y positivamente á Champmathieu por el presidiario
+Juan Valjean; á semejantes indicaciones y á tales testimonios, el
+abogado no podía oponer sino la negativa de su cliente, negativa interesada;
+pero suponiendo que fuése el presidiario Juan Valjean, ¿probaba
+esto que fuése el ladrón de las manzanas? Existía, pues, á todo extremo
+una presunción, no una prueba. Es verdad que el acusado, y el defensor
+«en su buena fe», no dejaba de convenir en ello, había adoptado «un
+mal sistema de defensa», obstinándose en negarlo todo, el robo y su<span class="pagenum" id="Page_238">[Pg 238]</span>
+cualidad de presidiario. Una confesión sobre este último punto habría
+valido mucho más seguramente, y le hubiera granjeado tal vez la indulgencia
+de sus jueces. Así se lo había aconsejado el abogado; pero el
+acusado se había negado obstinadamente, creyendo sin duda salvarlo
+todo no declarando nada. Era esto un error; pero, ¿no se había de tener
+también en cuenta aquella escasez de inteligencia? Aquel hombre era
+visiblemente estúpido. Su larga permanencia en presidio, y su prolongada
+miseria fuera de él, le habían embrutecido, etc., etc. Defendíase
+mal; pero ¿era ésta una razón para condenarle? En cuanto al asunto de
+Gervasillo, el abogado no tenía necesidad de discutirlo, no entrando
+para nada en la causa. El abogado concluía suplicando al jurado y al
+tribunal que si la identidad de Juan Valjean les parecía evidente, le
+aplicasen las penas de policía que corresponden al trasgresor ordinario
+de un bando, y no el castigo espantoso que recae sobre el presidiario
+reincidente.</p>
+
+<p>El fiscal replicó al defensor. Estuvo violento, y florido, como suelen
+serlo generalmente los fiscales.</p>
+
+<p>Felicitó al defensor por su «lealtad», y se aprovechó hábilmente de
+esa lealtad, atacando al acusado con todas las concesiones hechas por su
+abogado. El abogado parecía conceder que el acusado era Juan Valjean.
+El fiscal tomó de ello acta. Aquel hombre era, pues, Juan Valjean. Éste
+era un hecho demostrado para la acusación, y sobre el cual no cabía ya
+debate. Y aquí, por una hábil antonomasia, remontándose al origen y á
+las causas de la criminalidad, el fiscal tronó contra la inmoralidad de la
+escuela romántica, en su aurora á la sazón, bajo el nombre de <em>escuela
+satánica</em>, que le habían dado los críticos de la <em>Quottidienne</em> y del <em>Orifiamme</em>,
+atribuyó no sin verosimilitud, á la influencia de esa literatura
+perversa, el delito de Champmathieu, ó, por mejor decir, de Juan Valjean.
+Agotadas estas consideraciones, pasó á hablar del mismo Juan
+Valjean.</p>
+
+<p>¿Qué es lo que era Juan Valjean?</p>
+
+<p>Descripción de Juan Valjean: un monstruo vomitado, etc. El modelo
+de esta clase de descripciones se halla en la relación de Teramenes, la
+cual, si no sirve de nada á la tragedia, presta, cuando menos diariamente,
+grandes servicios á la elocuencia forense. El auditorio y los jurados
+«temblaron». Terminada la descripción, el fiscal prosiguió, con un giro
+oratorio, á propósito para excitar hasta el más alto punto, al día siguiente,
+el entusiasmo del periódico de la prefectura. ¡Y es un hombre
+semejante, etc., etc., vagabundo, mendigo, sin medios de subsistencia,
+etc., etc., acostumbrado por su vida pasada á las acciones culpables,
+y poco corregido por su estancia en presidio, como lo prueba el
+crimen contra Gervasillo, etc., etc., es tal ese hombre que, encontrado
+en la vía pública en fragante delito de robo, á cortos pasos de un muro
+escalado, llevando aún en la mano el objeto robado, niega todavía el<span class="pagenum" id="Page_239">[Pg 239]</span>
+delito, el robo, el escalamiento, lo niega todo, niega hasta su nombre,
+niega hasta su identidad. Además de cien otras pruebas, que no hemos
+de repetir, cuatro testigos le reconocen: Javert, el íntegro inspector de
+policía Javert, y tres de sus antiguos compañeros de ignominia, los presidiarios
+Brevet, Chenildieu y Cochepaille. ¿Qué opone él á esa unanimidad
+fulminante? Su negativa. ¡Qué endurecimiento! Vosotros haréis justicia,
+señores jurados, etc., etc.».</p>
+
+<p>Mientras hablaba así el fiscal, oíale el acusado con la boca abierta,
+con una especie de asombro, en el cual había buena parte de admiración.</p>
+
+<p>Estaba evidentemente sorprendido que un hombre pudiese hablar de
+aquella manera.</p>
+
+<p>De cuando en cuando, en los momentos más «enérgicos» de aquella
+requisitoria, en esos momentos en que la elocuencia, que no puede detenerse,
+se desborda en un flujo de epítetos sonrojantes y anega al acusado
+como un torrente, movía el infeliz lentamente la cabeza de derecha á
+izquierda y de izquierda á derecha, especie de protesta triste y muda
+con la que se había contentado desde el principio de la vista. Dos ó tres
+veces, los espectadores que estaban más cerca de él le oyeron decir á
+media voz: ¡Véase lo que resulta de no haber preguntado al señor Baloup.
+El fiscal llamó la atención del jurado sobre aquella actitud atontada,
+fingida á no dudarlo, y que revelaba, no la imbecilidad, sino la
+maña, la astucia, la costumbre de engañar á la justicia, y que revelaba
+con toda claridad «la profunda perversidad» del acusado. Terminó reservándose
+para ocasión mejor, el asunto de Gervasillo, y pidiendo una
+sentencia ejemplar.</p>
+
+<p>Ésta era, por de pronto, cadena perpetua.</p>
+
+<p>Levantóse el defensor; empezando por cumplimentar al «ministerio
+fiscal» por su «admirable palabra»; después replicó como pudo, pero ligeramente;
+el terreno en que estaba su hundía bajo sus pies.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">X<br>
+<b>El sistema de negativas</b></p>
+
+
+<p>Llegó el momento de cerrar el debate. El presidente mandó levantar
+al acusado, y le dirigió la pregunta de costumbre.</p>
+
+<p>—¿Tenéis algo que alegar en vuestra defensa?</p>
+
+<p>El hombre se levantó, dando vueltas entre sus manos á una mala gorra,
+pareciendo no entender lo que se le decía.</p>
+
+<p>El presidente repitió la pregunta.</p>
+
+<p>Esta vez el hombre entendió, pareció comprender. Hizo un movimiento
+como de quien despierta, paseó la mirada en torno suyo, se fijó
+en el público, en los gendarmes, en su abogado, en los jurados, y en el
+tribunal; puso su enorme puño sobre la baranda colocada delante de su<span class="pagenum" id="Page_240">[Pg 240]</span>
+banco, volvió á mirar, y de repente, fijándose por fin en la persona del
+fiscal, comenzó á hablar.</p>
+
+<p>Aquello fué una especie de erupción. Parecía según se escapaban de
+su boca, las palabras, incoherentes, impetuosas, atropelladas, confusas,
+que se apresuraban todas ó la vez para salir á un tiempo mismo. Dijo así:</p>
+
+<p>—Tengo que decir. Que he sido carretero de París y que trabajaba en
+casa del señor Baloup. Es dura profesión; en el oficio de carretero hay
+que trabajar siempre al aire libre, en los patios ó debajo de algún cobertizo
+en casa de los buenos maestros, pero nunca en talleres cerrados, porque,
+ya veis, se necesita mucho espacio. En invierno se pasa tanto frío,
+que se golpea uno con los brazos para calentarse, pero los maestros no
+lo consienten, diciendo que así se pierde el tiempo. Manejar el hierro
+cuando están heladas las piedras es muy pesado. Pronto se gasta así un
+hombre. En este oficio llega uno á viejo siendo joven. Á los cuarenta
+años ya no hay hombre. Yo tenía cincuenta y tres, pero lo pasaba muy
+mal. Y luego ¡son tan malos los obreros! Cuando un pobre no es bastante
+joven, le llaman viejo tonto y topo viejo. Yo no ganaba más que treinta
+sueldos diarios; me pagaban lo menos que podían; los maestros se
+aprovechaban de mi edad. Además, yo tenía á mi hija, que era lavandera
+en el río. Ella ganaba por su lado, y aunque poco, reuniéndolo todo
+vivíamos. Su trabajo era muy pesado también. Todo el día en una banca
+metida hasta la mitad del cuerpo, con lluvia, con nieve, con un viento
+que corta la cara; cuando hiela, es preciso lavar también; hay personas
+que no tienen mucha ropa, y que aguardan á la lavandera para mudarse.
+Si no se lavara, se perderían los parroquianos. Las tablas de las
+bancas están mal ajustadas; entra el agua por todas partes. Los vestidos
+se les mojan por fuera y por dentro; la humedad penetra. Ella lavó también
+en el lavadero de los Niños Expósitos, donde el agua llega por medio
+de caños; allí no hay bancas. Se lava junto al caño y se aclara en el
+estanque. Como está cerrado, se tiene menos frío en el cuerpo. Pero se
+respira un vaho de agua caliente, que es terrible y que ataca á los ojos
+hasta dejaros ciego. Mi hija volvía á las siete de la tarde, y se acostaba
+enseguida; estaba muy fatigada. Su marido la pegaba. Se murió. Fuimos
+muy desgraciados. Era muy buena muchacha; no iba al baile; era muy
+amiga del reposo. Me acuerdo de un martes de carnaval que se acostó á
+las ocho. Y ahí tienen ustedes. Digo la verdad. No tienen más que preguntar.
+¡Ay! Sí, preguntar. ¡Qué torpe! París es un torbellino. ¿Quién
+conoce allí á Champmathieu? Por esto cito al señor Baloup. Preguntad
+en casa del señor Baloup. Después de eso, no sé qué me queréis.</p>
+
+<p>El hombre se calló, quedándose de pie. Había dicho aquello con voz
+alta, rápida, áspera, dura y ronca, con cierta ingenuidad airada y salvaje.</p>
+
+<p>Una vez se había interrumpido para saludar á uno de los concurrentes.
+Aquellas afirmaciones que parecía lanzar á la ventura delante de sí,<span class="pagenum" id="Page_241">[Pg 241]</span>
+venían como movimientos de hipo, y á cada una de ellas acompañaba el
+gesto de un leñador que hiende un tronco. En cuanto terminó, el auditorio
+se echó á reir. Él miró al público, y no comprendiendo por qué,
+púsose á reir también.</p>
+
+<p>¡Aquello era siniestro!</p>
+
+<p>El presidente, hombre atento y benévolo, habló á su vez.</p>
+
+<p>Recordó á los «señores jurados» que al señor Baloup antiguo maestro
+carretero, en cuya casa decía el acusado haber trabajado, se le había
+citado inútilmente. Estaba en quiebra y «no había podido ser habido».
+Después, volviéndose hacia el acusado, le aconsejó que oyera bien lo que
+iba á decirle, y añadió:</p>
+
+<p>—Estáis en una situación en que es preciso reflexionar. Pesan sobre
+vos las presunciones más graves y que pueden traeros fatales consecuencias.
+Acusado, en interés vuestro, os interpelo por la última vez; explicaos
+claramente sobre estos dos hechos: Primeramente, ¿habéis saltado,
+sí ó no, la tapia del cercado Pierrón, tronchado la rama y robado las
+manzanas; es decir, cometido el crimen de robo con escalamiento? Segundo,
+¿sois el presidiario cumplido Juan Valjean? ¿sí ó no?</p>
+
+<p>El acusado movió la cabeza con aire de inteligencia, como hombre
+que ha comprendido bien y que sabe lo que va á responder. Abrió la
+boca; se volvió hacia el presidente, y dijo:</p>
+
+<p>—En primer lugar...</p>
+
+<p>Después miró su gorra, miró al techo y se calló.</p>
+
+<p>—Acusado,—repuso el fiscal con voz severa,—estadme atento. No
+respondéis á nada de lo que se os pregunta. Vuestra turbación os condena.
+Es evidente que no os llamáis Champmathieu; que sois el presidiario
+Juan Valjean, oculto primero bajo el nombre de Juan Mathieu,
+que era el apellido de su madre; que estuvisteis en Auvernia; que nacisteis
+en Faverolles, donde fuisteis podador. Es evidente que habéis robado
+con escalamiento manzanas maduras en el cercado Pierrón. Los señores
+jurados apreciarán estos hechos.</p>
+
+<p>El acusado había acabado por sentarse; pero se levantó rápidamente
+en cuanto terminó el fiscal, y exclamó á su vez:</p>
+
+<p>—¡Vos sois muy malo, señor! He aquí lo que yo quería decir; pero
+no se me ocurría al pronto. Yo no he robado nada. Yo soy un hombre
+que no come todos los días. Venía de Ailly, iba por el camino
+después de un turbión que había asolado el campo, tanto, que los
+pantanos se habían desbordado, y de las arenas apenas salía otra cosa
+que algunas matas de hierba á orillas de la carretera. Encontré en el
+suelo una rama tronchada que tenía algunas manzanas, y la cogí sin saber
+ni pensar que me traería un castigo. Tres meses hace que estoy preso,
+y que me llevan de aquí para allá, y yo no sé qué decir. Hablan contra
+mí, y me dicen: ¡Responde! El gendarme, que es un buen muchacho,<span class="pagenum" id="Page_242">[Pg 242]</span>
+me da con el codo, y me dice por lo bajo: ¡Responde, hombre! Yo no sé
+explicarme, no he hecho estudios, soy un pobre hombre. Y es un gran
+error no querer verlo. Yo no he robado, he cogido del suelo una cosa
+que encontré en él. Habláis de Juan Valjean, de Juan Mathieu! No conozco
+á semejantes hombres; serán tal vez aldeanos. Yo he trabajado en
+casa del señor Baloup, en el boulevard del Hospital. Me llamo Champmathieu.</p>
+
+<p>Sois muy mal intencionados creyendo adivinar dónde nací. Vosotros
+lo decís, pero yo lo ignoro. No todos tienen casa dónde venir al mundo.
+Muy cómodo sería si así fuése. Creo que mi padre y mi madre eran gentes
+que andaban por los caminos, y no sé más. Cuando era muchacho
+me llamaban el Pequeño, ahora me llaman el Viejo; y ésos son todos mis
+nombres de bautismo, tomadlo como queráis.</p>
+
+<p>He estado en Auvernia, he estado en Faverolles. ¡Pardiez! ¿Qué tiene
+esto de particular? ¿No se puede haber estado en Auvernia y en Faverolles
+sin haber estado en presidio? Os digo que no he robado y que soy el
+tío Champmathieu. He trabajado en casa del señor Baloup, y he estado
+domiciliado.</p>
+
+<p>¡Me fastidiáis con vuestras barbaridades! ¿Por qué razón os encarnizáis
+todos contra mí?</p>
+
+<p>El fiscal había permanecido de pie, y dirigiéndose al presidente, dijo:</p>
+
+<p>—Señor presidente, en vista de las negaciones confusas, pero muy hábiles,
+del acusado, que querría pasar por idiota; pero que no lo logrará—se
+lo advertimos—os pedimos y requerimos al tribunal para que se sirva
+mandar comparezcan de nuevo en este recinto los condenados Brevet,
+Cochepaille y Chenildieu, y el inspector de policía Javert, para que se
+les interpele por última vez acerca de la identidad del acusado con la
+persona del presidiario Juan Valjean.</p>
+
+<p>—Debo advertir al señor fiscal,—dijo el presidente,—que el inspector
+de policía Javert, llamado por sus funciones á la cabeza de partido
+de un distrito inmediato, ha salido de esta audiencia, y hasta de la ciudad,
+después de prestar su declaración. Le hemos autorizado para ello,
+de conformidad con el mismo señor fiscal y el defensor del acusado.</p>
+
+<p>—Es verdad, señor presidente,—repuso el fiscal.—Pero en ausencia
+del señor Javert, creo deber recordar á los señores jurados lo que él mismo
+ha dicho hace pocas horas. Javert es un hombre estimable, que honra,
+por su rigurosa y estricta probidad, las funciones que ejerce, si bien
+inferiores, muy importantes. Véase en qué términos ha declarado el señor
+Javert:</p>
+
+<p>«No tengo necesidad alguna de presunciones morales ni de pruebas
+materiales que desmientan las negativas del acusado. Le reconozco perfectamente.
+Ese hombre no se llama Champmathieu, es un antiguo presidiario
+muy malo y muy temido, llamado Juan Valjean. Se le puso en
+libertad al terminar su condena con gran temor. Ha sufrido diez y<span class="pagenum" id="Page_243">[Pg 243]</span>
+nueve años de trabajos forzados por robo calificado. Probó cinco ó seis
+veces de escaparse. Además del robo de Gervasillo y del robo de Pierrón,
+creo que cometió otro robo en casa de su ilustrísima el difunto
+obispo de D***. Le veía frecuentemente en la época en que era yo auxiliar
+de guardachusma en el presidio de Tolón. Repito que le reconozco
+perfectamente».</p>
+
+<p>Esta declaración tan terminante pareció producir una nueva impresión
+así en el público como en el jurado.</p>
+
+<p>El fiscal terminó insistiendo en que á falta de Javert, los tres testigos,
+Brevet, Chenildieu, y Cochepaille, fuesen oídos de nuevo é interpelados
+solemnemente.</p>
+
+<p>El presidente dió la orden á uno de los ujieres, y á poco se abrió la
+puerta de la sala de testigos. El ujier, acompañado de un gendarme dispuesto
+á auxiliarle, introdujo al condenado Brevet. El auditorio estaba
+suspenso, y todos los pechos palpitaban como si todos juntos no tuviesen
+más que un alma.</p>
+
+<p>El antiguo presidiario Brevet llevaba el traje negro y ceniciento de
+las prisiones centrales. Era un personaje de unos sesenta años, que tenía
+cierto aspecto de hombre de negocios, con aire de pícaro, cosas ambas
+que van juntas algunas veces. En la cárcel, adonde le habían llevado
+nuevos delitos, había llegado á ser algo como calabocero. Era hombre
+de quien decían sus jefes: Procura hacerse útil. Los capellanes tenían
+buen concepto de sus costumbres religiosas. Hay que tener presente que
+esto pasaba en tiempos de la restauración.</p>
+
+<p>—Brevet,—dijo el presidente,—habéis sufrido una pena infamante
+y no podéis prestar juramento.</p>
+
+<p>Brevet bajó los ojos.</p>
+
+<p>—Sin embargo,—repuso el presidente,—aún en el hombre degradado
+por la ley, pueden restar, cuando la misericordia divina lo permite, sentimientos
+de honor y de equidad. Apelo á estos sentimientos en este momento
+decisivo. Si, como espero, existe en vos aún, fijaos por una parte
+en ese hombre á quien una palabra vuestra puede perder, y por otra en
+la justicia, la cual una palabra vuestra puede esclarecer. El instante es
+solemne, y es tiempo todavía de retractarse, si creéis haberos equivocado.
+Acusado, levantaos. Brevet, mirad bien al acusado, reunid vuestros recuerdos,
+y decidnos por vuestra alma y conciencia, si persistís en reconocer
+á ese hombre por vuestro antiguo compañero de presidio Juan
+Valjean.</p>
+
+<p>Brevet miró al acusado, volviéndose después al tribunal.</p>
+
+<p>—Sí, señor presidente. Yo soy quien le reconocí primeramente y persisto
+en ello. Este hombre es Juan Valjean, que entró en Tolón en 1796
+y salió en 1815. Yo salí un año después. Ahora tiene el aire de un bruto,
+pero puede ser le haya embrutecido la edad; en presidio era muy taciturno.
+Le reconozco positivamente.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_244">[Pg 244]</span></p>
+
+<p>—Podéis sentaros,—dijo el presidente.—Acusado, continuad en pie.</p>
+
+<p>Introdujeron á Chenildieu, condenado á cadena perpetua, como lo
+indicaban su chaqueta roja y gorro verde. Cumplía su condena en el predio
+de Tolón, de donde le habían sacado para declarar en esta causa. Era
+un hombrecillo de unos cincuenta años, vivo, arrugado, feo, pálido, descarado
+y nervioso, que en todos sus miembros y en toda su persona tenía
+cierta debilidad enfermiza, y en la mirada una fuerza inmensa. Sus compañeros
+de presidio le habían puesto por mote Niega-á-Dios<a id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>.</p>
+
+<p>El presidente le dirigió aproximadamente las mismas palabras que á
+Brevet. En el momento en que le recordó que su infamia le quitaba el
+derecho de prestar juramento, Chenildieu levantó la cabeza mirando descaradamente
+al público.</p>
+
+<p>El presidente le indicó que debía reflexionar, y le preguntó, como á
+Brevet, si persistía en reconocer al acusado.</p>
+
+<p>Chenildieu se puso á reir.</p>
+
+<p>—¡Pues no he de reconocerle! Hemos estado juntos cinco años, atados
+á la misma cadena. ¿Te desagrada que lo diga, viejo amigo?</p>
+
+<p>—Id á sentaros,—dijo el presidente.</p>
+
+<p>El ujier condujo á Cochepaille, otro condenado á perpetuidad, venido
+de presidio y vestido de rojo como Chenildieu, era un campesino de
+Lourdes, un medio-oso de los Pirineos. Había guardado rebaños en la
+montaña, y de pastor había pasado á bandolero; no era menos salvaje,
+y parecía más estúpido aún que el acusado. Era uno de esos infelices que
+la naturaleza empieza en bestias feroces, y la sociedad termina en presidiarios.</p>
+
+<p>El presidente intentó conmoverle con algunas palabras patéticas y
+graves, y le preguntó, como á los otros dos, si persistía, sin vacilar ni
+turbarse, en reconocer al hombre que estaba de pie delante de él.</p>
+
+<p>—Es Juan Valjean,—dijo Cochepaille.—El mismo á quien llamaban
+Juan el Gato, por su fuerza extraordinaria.</p>
+
+<p>Cada una de las afirmaciones de estos tres hombres, evidentemente
+sinceras y de buena fe, había suscitado en el auditorio murmullos de mal
+agüero para el acusado, murmullos que crecían y se prolongaban más y
+más, cada vez que una nueva declaración venía á corroborar la anterior.
+El acusado los había oído con el semblante admirado, que, según la acusación,
+era su principal medio de defensa. Á la primera, los gendarmes
+sentados á su lado, le habían oído murmurar entre dientes: ¡Bien! ¡ya
+tenemos uno! Á la segunda, dijo un poco más alto y con aire satisfecho:
+¡Muy bien! Á la tercera exclamó sin contenerse: ¡Famoso!</p>
+
+<p>El presidente le interpeló:</p>
+
+<p>—Acusado, ¿habéis oído? ¿Qué tenéis que decir?</p>
+
+<p>Él respondió:</p>
+<p><span class="pagenum" id="Page_245">[Pg 245]</span></p>
+<p>—Repito que ¡famoso!</p>
+
+<p>Estalló en el público cierto rumor, que llegó casi al jurado. Era
+evidente que aquel hombre estaba perdido.</p>
+
+<p>—Ujieres,—dijo el presidente,—imponed silencio. Va á cerrarse el
+debate.</p>
+
+<p>En aquel momento hubo un gran movimiento hacia la presidencia
+junto á la cual se oyó una voz que gritaba:</p>
+
+<p>—¡Brevet, Chenildieu, Cochepaille! Mirad hacia acá.</p>
+
+<p>Cuantos la oyeron se quedaron como helados, tan lamentable y terrible
+era su acento. Volviéronse los ojos hacia el punto de donde había
+partido. Un hombre, colocado entre los espectadores de preferencia sentados
+detrás del estrado, acababa de levantarse, había empujado la puertecilla
+de la baranda que le separaba del tribunal, estaba de pie en medio
+de la sala. El presidente, el fiscal, el señor Bamatabois, veinte personas,
+le reconocieron y exclamaron á un tiempo:</p>
+
+<p>—¡El señor Magdalena!</p>
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XI<br>
+<b>Champmathieu más y más asombrado</b></p>
+
+
+<p>Efectivamente era él. La lámpara del escribano iluminaba su rostro.
+Tenía el sombrero en la mano, no había el menor desorden en su traje,
+su levita estaba perfectamente abotonada. Estaba muy pálido y ligeramente
+tembloroso. Sus cabellos, grises todavía al llegar á Arras, aparecían
+completamente blancos. Había encanecido en aquella hora de
+estar allí.</p>
+
+<p>Todas las cabezas se levantaron. La sensación fué indescriptible.
+Hubo en el auditorio un instante de vacilación. La voz había sido tan
+penetrante, el hombre que estaba allí parecía tan sereno, que al primer
+momento nadie se explicaba que era aquello. Preguntábanse quién había
+gritado. Nadie podía creer que fuera aquel hombre tan tranquilo quien
+hubiese dado un grito tan horroroso.</p>
+
+<p>Aquella indecisión duró solamente algunos segundos. Aún antes de
+que el presidente y el fiscal pudieran decir una palabra, antes que los
+gendarmes y porteros hubiesen podido hacer un gesto, el hombre, que
+en aquel momento seguían todos llamando señor Magdalena, se había
+adelantado hacia los testigos Cochepaille, Brevet y Chenildieu.</p>
+
+<p>—¿No me reconocéis?—les dijo.</p>
+
+<p>Los tres continuaron admirados, é indicaron con un movimiento de
+cabeza que no le reconocían. Cochepaille, intimidado, hizo el saludo
+militar. El señor Magdalena se volvió hacia los jurados y hacia el tribunal,
+y dijo con acento tranquilo:</p>
+
+<p>—Señores jurados, mandad poner en libertad al acusado. Señor presidente,
+mandad que se me prenda. El hombre á quien se busca no es él
+sino yo. Yo soy Juan Valjean.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_246">[Pg 246]</span></p>
+
+<p>Ni una sola boca respiraba. Á la primera conmoción de asombro
+había sucedido un silencio sepulcral. Sentíase en la sala esa especie de
+terror religioso que sobrecoge á las multitudes cuando se está verificando
+algo grandioso.</p>
+
+<p>Sin embargo, el rostro del presidente aparecía cubierto de simpatía
+y tristeza; había cambiado un signo rápido con el fiscal, y algunas palabras
+en voz baja con los jueces asesores. Y dirigiéndose al público, preguntó
+con acento que fué comprendido por todo el mundo:</p>
+
+<p>—¿Hay por aquí algún médico?</p>
+
+<p>El fiscal tomó la palabra:</p>
+
+<p>—Señores jurados, el incidente tan extraño como inesperado que
+suspende la audiencia, nos inspira, lo mismo que á vosotros, un sentimiento
+que no es necesario expresar. Todos vosotros conocéis, al menos
+por su fama, al honorable señor Magdalena alcalde de M* sur M*. Si
+hay algún médico entre el auditorio, unimos nuestra voz á la del señor
+presidente para rogarle se sirva asistir al señor Magdalena y acompañarle
+á su domicilio...</p>
+
+<p>El señor Magdalena no dejó terminar al fiscal, interrumpiéndole con
+un acento lleno de mansedumbre y autoridad. He aquí las palabras que
+pronunció, trasladadas literalmente, tal cual fueron escritas inmediatamente
+después de la audiencia por uno de los testigos de aquella escena,
+tales cuales permanecen todavía en el oído de los que las oyeron hace
+cuarenta años.</p>
+
+<p>—Os doy muchas gracias, señor fiscal; pero no estoy loco. Vais á
+verlo. Estábais próximos á cometer un gran error, dese libertad á ese
+hombre; cumplo con mi deber diciéndoos que yo soy ese desgraciado
+criminal. Yo soy el único que ve claro aquí, y digo la verdad. Dios,
+que está allá arriba, mira lo que yo hago, y esto basta. Podéis prenderme,
+puesto que me tenéis aquí. Yo, sin embargo, he obrado lo mejor
+que he podido. Me he ocultado bajo un nombre supuesto: me he enriquecido,
+he llegado á ser alcalde; he querido mezclarme entre las gentes
+honradas. Pero, por lo visto, esto no es posible. En esto hay muchas cosas
+que no puedo decir, pues no he de referir aquí mi historia; algún
+día se sabrá. Robé al señor obispo, es verdad; robé á Gervasillo, es verdad
+también. Hay razones para decir, como habéis dicho, que Juan
+Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea suya toda la
+culpa. Atendedme, señores jueces: un hombre tan envilecido como yo
+no puede quejarse de la Providencia, ni debe dar consejos á la sociedad,
+pero advertid que la infamia, de la cual había procurado salir, es verdaderamente
+nociva. El presidio hace al presidiario. Haceos cargo de
+esto, si queréis. Antes de ir á presidio, era yo un infeliz aldeano, muy
+poco inteligente, casi un idiota; el presidio me cambió. Era estúpido,
+me volví perverso; era un leño, me volví tizón. Más tarde, la indulgencia
+y la bondad me salvaron, de igual manera que la severidad me<span class="pagenum" id="Page_247">[Pg 247]</span>
+había perdido. Pero perdonadme, pues no podéis vosotros comprender
+lo que os estoy diciendo. En mi casa se encontrará, entre las cenizas de
+la chimenea, la moneda de cuarenta sueldos que robé hace siete años á
+Gervasillo. No tengo nada que añadir. Prendedme. ¡Válgame Dios! El
+señor fiscal mueve la cabeza como diciendo: Magdalena se ha vuelto
+loco. ¡No se me cree! Lo siento á fe. ¡No condenéis al menos á ese hombre!
+¡Y qué! ¡Estos no me reconocen! Yo quisiera que estuviese aquí
+Javert. ¡Él sí que me reconocería!</p>
+
+<p>No hay palabras con que expresar toda la melancolía benévola y
+sombría del acento con que acompañó esta exclamación.</p>
+
+<p>Volvióse hacia los tres presidiarios, diciendo:</p>
+
+<p>—¡Pues bien! ¡Yo os reconozco á vosotros! ¡Brevet! ¿No os acordáis?...</p>
+
+<p>Interrumpióse, vaciló un momento, y luego dijo:</p>
+
+<p>—¿Te acuerdas de aquellos tirantes de punto, labrados á cuadros, que
+llevabas en presidio?</p>
+
+<p>Brevet experimentó cierta sacudida de admiración, mirándole asombrado
+de pies á cabeza.</p>
+
+<p>Él continuó:</p>
+
+<p>—Chenildieu, tú que te llamabas á ti mismo Niega-á-Dios, tienes el
+hombro derecho quemado profundamente, porque te recostaste un día
+sobre un brasero encendido para borrar las tres letras T. F. P. que se
+descubren todavía á pesar de ello. Responde: ¿es cierto?</p>
+
+<p>—Es cierto,—dijo Chenildieu.</p>
+
+<p>Dirigióse entonces á Cochepaille.</p>
+
+<p>—Tú, Cochepaille, tienes cerca de la sangría del brazo izquierdo, una
+fecha grabada en letras azules con pólvora quemada. Esta fecha es la del
+día del desembarco del emperador en Cannes, 1.º de marzo de 1815. Levántate
+la manga.</p>
+
+<p>Cochepaille se arremangó, y todas las miradas se dirigieron para ver
+aquel brazo desnudo. Uno de los gendarmes acercó un farol; la fecha se
+leía perfectamente.</p>
+
+<p>El desgraciado volvió la vista hacia el auditorio y hacia los jueces
+con una sonrisa, que enternece todavía á los que la presenciaron cuando
+la recuerdan. Era, á un tiempo mismo, la sonrisa del triunfo y de la
+desesperación.</p>
+
+<p>—Ya veis,—dijo,—como soy realmente Juan Valjean.</p>
+
+<p>No había ya en aquel recinto jueces, ni acusadores, ni gendarmes;
+no había mas que ojos fijos y corazones emocionados. Nadie se acordaba
+del papel que estaba obligado á representar; el fiscal se olvidaba de que
+estaba allí para requerir, el presidente de que estaba allí para dirigir, el
+abogado que se estaba allí para defender. Y es por cierto digno de notarse,
+que no se hizo pregunta alguna, ni intervino ninguna autoridad.
+Es condición de los espectáculos sublimes la de apoderarse de todos los
+ánimos, y convertir los testigos en espectadores. Nadie alcanzaba quizás<span class="pagenum" id="Page_248">[Pg 248]</span>
+á darse cuenta de lo que pasaba por él; nadie se explicaba, de seguro,
+que estuviese viendo en aquello, una gran luz, y todos, sin embargo
+se sentían interiormente deslumbrados.</p>
+
+<p>Era evidente que tenían delante á Juan Valjean. Esto resplandecía.
+La aparición de aquel hombre había bastado para llenar de luz aquella
+aventura tan obscura pocos momentos antes. Sin que fuése ya necesaria
+otra explicación, toda aquella multitud, como por una especie de revelación
+eléctrica, comprendió inmediatamente, y de un solo golpe, aquella
+simple y admirable historia de un hombre que se entregaba para que
+otro hombre no fuése condenado en su lugar. Los detalles, las vacilaciones,
+las pequeñas y naturales dificultades, se perdían en aquel vasto hecho
+luminoso.</p>
+
+<p>Impresión que pasó rápidamente, pero que de momento fué irresistible.</p>
+
+<p>—No quiero molestar más á la audiencia,—repuso Juan Valjean.—Me
+voy, puesto que no se me prende. Tengo mucho que hacer. El señor
+fiscal sabe ya quien yo soy y á donde me dirijo; él hará que me prendan
+cuando quiera.</p>
+
+<p>Dirigióse á la puerta de salida. No se levantó una sola voz, ni se extendió
+un brazo para detenerle. Todos se retiraron. Brillaba en él, en
+aquel instante, ese algo divino que hace que las muchedumbres retrocedan
+y se inclinen delante de un hombre. Atravesó por entre la multitud
+á paso lento. No se ha sabido jamás quién le abrió la puerta, pero es
+cierto que la puerta estaba abierta cuando él llegó; desde allí volvióse y
+dijo:</p>
+
+<p>—Señor fiscal, estoy á vuestras órdenes.</p>
+
+<p>Después se dirigió al auditorio:</p>
+
+<p>—Tantos cuantos estáis aquí me creéis digno de compasión, ¿no es
+verdad? ¡Dios mío! Cuando pienso en lo que iba yo á hacer, me creo, en
+verdad, digno de envidia. Sin embargo, hubiera preferido que no hubiese
+pasado nada de esto.</p>
+
+<p>Salió, y volvióse á cerrar la puerta, de igual manera que se había
+abierto; porque aquellos que hacen algo grande, están siempre seguros
+de hallar alguien que les sirva entre la multitud.</p>
+
+<p>Una hora después, el veredicto del jurado descargaba de toda culpabilidad
+al llamado Champmathieu; y Champmathieu puesto inmediatamente
+en libertad, marchábase estupefacto, creyendo locos á todos los
+hombres, y no explicándose nada de aquella visión.</p>
+
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_5" href="#FNanchor_5" class="label">[5]</a> Este paréntesis es del propio puño de Juan Valjean.</p>
+
+</div>
+
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_6" href="#FNanchor_6" class="label">[6]</a> <em>Chenildieu</em> y <em>Je nie Dieu</em> (Niego á Dios) tiene, en francés, una pronunciación casi igual.</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_249">[Pg 249]</span></p>
+<h2 class="nobreak" >LIBRO OCTAVO<br>
+RETROCESO</h2>
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>En qué espejo vió el señor Magdalena sus cabellos</b></p>
+
+
+<p>El día comenzaba á romper. Fantina había pasado una noche de insomnio
+y calentura, llena, sin embargo, de imágenes risueñas; quedóse
+dormida al amanecer. Sor Simplicia, que la había velado, aprovechó este
+sueño para ir á preparar una nueva poción de quina.</p>
+
+<p>La buena hermana hacía algunos instantes que se hallaba en el laboratorio
+de la enfermería con sus drogas y redomas, mirándolas muy de
+cerca, á causa de esa especie de bruma que el crepúsculo esparce sobre
+los objetos, cuando, volviéndose de repente, dió un ligero grito. El señor
+Magdalena estaba delante de ella; acababa de entrar silenciosamente.</p>
+
+<p>—¡Sois vos, señor alcalde!—exclamó.</p>
+
+<p>Y él respondió en voz baja:—¿Cómo sigue esa pobre mujer?</p>
+
+<p>—No mal, en este instante. Pero ayer estuvimos todas muy inquietas.</p>
+
+<p>Y le explicó lo que había pasado; cómo Fantina había estado muy
+mala la víspera, y cómo entonces seguía mejor, porque creía que el señor
+alcalde había ido á buscar á su hija á Montfermeil. La hermana no se
+atrevió á interrogar al señor alcalde, pero conoció desde luego que no
+era de Montfermeil de donde venía.</p>
+
+<p>—Está bien,—dijo él;—habéis hecho bien en no desengañarla.</p>
+
+<p>—Sí,—respondió sor Simplicia; pero ahora cuando os vea sin la niña,
+señor alcalde, ¿qué vamos á decirle?</p>
+
+<p>Permaneció un momento reflexivo y luego:</p>
+
+<p>—¡Dios nos inspirará!—exclamó.</p>
+
+<p>—Sin embargo, no podremos mentir,—murmuró á media voz la hermana.</p>
+
+<p>Era ya completamente de día al entrar en la enfermería; la claridad
+daba de lleno en el rostro del señor Magdalena. La casualidad hizo que
+la hermana alzase los ojos.</p>
+
+<p>—¡Dios mío!—exclamó ella.—¿Qué os ha pasado? ¡Todo el pelo se os
+ha vuelto blanco!</p>
+
+<p>—¡Blanco!—repitió él.</p>
+
+<p>Sor Simplicia no usaba espejo, y no teniéndole, tuvo que buscar en
+un estuche de instrumentos, donde había un espejito, de que se servía el
+médico de la enfermería para comprobar cuando un enfermo estaba
+muerto, que ya no respiraba.</p>
+
+<p>El señor Magdalena tomó el espejo y mirándose los cabellos, dijo:</p>
+
+<p>—¡Es verdad!</p>
+
+<p>Pronunció esta palabra con indiferencia y como si pensase en otra
+cosa.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_250">[Pg 250]</span></p>
+
+<p>La hermana sintió helársele la sangre por algo desconocido que entreveía
+en todo aquello.</p>
+
+<p>Él preguntó:</p>
+
+<p>—¿Puedo verla?</p>
+
+<p>—¿Es que el señor alcalde no le recordará á su hija?—dijo la hermana,
+arriesgándose apenas á hacer la pregunta.</p>
+
+<p>—Sin duda; pero faltan á lo menos dos ó tres días.</p>
+
+<p>—Si no viera al señor alcalde hasta entonces,—repuso tímidamente
+la hermana,—no sabría que estaba de vuelta, y sería fácil inspirarle paciencia.
+Cuando llegase la niña, pensaría naturalmente que el señor alcalde
+había venido con ella. De este modo no habría necesidad de mentirle.</p>
+
+<p>El señor Magdalena pareció reflexionar algunos instantes, y luego dijo
+con tranquila gravedad:</p>
+
+<p>—No, hermana; es preciso que yo la vea. Ta vez lleve yo prisa.</p>
+
+<p>La hermana no dió muestra de fijarse en estas palabras «tal vez»,
+que daban un sentido obscuro y singular á la frase del señor alcalde, y
+respondió bajando los ojos, con voz respetuosa:</p>
+
+<p>—En ese caso, está descansando; pero el señor alcalde puede entrar.</p>
+
+<p>Hizo él algunas observaciones acerca de una puerta que cerraba
+mal, y cuyo ruido podía despertar á la enferma, y entró enseguida á
+donde estaba Fantina, á cuya cama se acercó entreabriendo las cortinas.
+Estaba durmiendo. El aliento salía de su pecho con ese ruido lúgubre
+propio de esa clase de enfermedades, que desconsuela á las pobres
+madres que velan por la noche á la cabecera de su hijo, desahuciado y
+dormitando. Pero aquella respiración fatigosa no turbaba apenas una
+especie de serenidad inefable, difundida por su semblante, y que la
+transfiguraba en su sueño. Su palidez se había trocado en blancura; sus
+mejillas estaban encarnadas. Sus largas pestañas rubias, único rasgo de
+belleza que le restaba de su virginidad y juventud, palpitaban á pesar
+de estar bajos y cerrados los ojos. Todo su cuerpo parecía como tembloroso
+por cierto movimiento de alas, dispuestas á entreabrirse y llevársela,
+cuyo aleteo se sentía sin verlas.</p>
+
+<p>Al mirarla en aquel estado, nadie hubiera podido creer que era una
+enferma casi desahuciada. Antes parecía que iba á emprender el vuelo
+que á morirse.</p>
+
+<p>La rama, cuando se acerca una mano para arrancar la flor, tiembla,
+y parece como que huye y se ofrezca al mismo tiempo. El cuerpo humano
+tiene algo de semejante temblor, cuando llega el instante en que
+los dedos misteriosos de la muerte van á coger el alma.</p>
+
+<p>El señor Magdalena permaneció inmóvil algún tiempo al lado de
+aquel lecho, mirando alternativamente á la enferma y al crucifijo, como
+cuando dos meses antes, fué á verla por la primera vez en el asilo. Ambos
+aparecían en la misma actitud; dormida ella y orando él; pero en el<span class="pagenum" id="Page_251">[Pg 251]</span>
+trascurso de aquellos dos meses, ella tenía los cabellos grises y él los tenía
+blancos.</p>
+
+<p>La hermana no había entrado con él. Estábase el señor Magdalena
+de pie junto á la cama, con el dedo sobre los labios, como si hubiese
+alguien allí á quien imponer silencio.</p>
+
+<p>Ella abrió los ojos, le vió, y le dijo apaciblemente con dulce sonrisa:</p>
+
+<p>—¿Y Cosette?</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Fantina dichosa</b></p>
+
+
+<p>No hizo el menor movimiento de sorpresa ni de alegría, puesto que
+era la alegría misma. Esta sencilla pregunta: ¿y Cosette? fué hecha con
+una fe tan profunda, con tanta certidumbre, con una ausencia tan completa
+de inquietud y de duda, que no se le ocurrió á él palabra alguna.
+Ella continuó:</p>
+
+<p>—Ya yo sabía que estabais aquí, aunque dormía, lo estaba viendo.
+Y hace ya buen rato que lo veo, puesto que toda la noche os he ido siguiendo
+con los ojos. Estábais en medio de una gloria rodeado de toda
+clase de figuras celestes.</p>
+
+<p>Él levantó su mirada hasta el crucifijo.</p>
+
+<p>—Pero,—repuso ella,—decidme luego: ¿dónde está Cosette? ¿Por qué
+no la habéis sentado sobre mi cama para el momento en que yo despertase?</p>
+
+<p>El señor Magdalena respondió maquinalmente algunas palabras, que
+no ha podido nunca recordar.</p>
+
+<p>Afortunadamente el médico, á quien se había avisado, llegó á tiempo
+de auxiliar al señor Magdalena.</p>
+
+<p>—Hija mía,—dijo el médico;—calmaos. Vuestra hija está ahí.</p>
+
+<p>Los ojos de Fantina se iluminaron cubriéndose de claridad todo su
+semblante. Juntó ambas manos con una expresión que contenía todo
+cuanto puede haber en la oración á un tiempo mismo, dulce y violento.</p>
+
+<p>—¡Oh!—exclamó.—¡Traédmela!</p>
+
+<p>¡Tierna ilusión de madre! Cosette era aún para ella la criaturita que
+se lleva en brazos.</p>
+
+<p>—Todavía no,—repuso el médico,—todavía no. Aún tenéis un poco
+de fiebre. La vista de vuestra hija os agitaría y podría haceros daño.
+Lo primero es curarse.</p>
+
+<p>Ella le interrumpió impetuosamente:</p>
+
+<p>—Pero, ¡si ya estoy buena! ¡Os digo que estoy buena! ¡Qué torpeza
+de médico! ¡Yo quiero ver á mi hija!</p>
+
+<p>—¿Veis, veis,—dijo el médico,—cómo os exaltáis? Mientras estéis
+así, me opondré á que veáis á vuestra hija. No basta que la veáis, es
+preciso vivir para ella. Cuando seáis razonable, yo mismo os la traeré.</p>
+
+<p>La pobre madre agachó la cabeza:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_252">[Pg 252]</span></p>
+
+<p>—Señor doctor, os pido perdón, os lo pido de veras. En otro tiempo
+no habría hablado como ahora, pero me han sucedido tantas desgracias,
+que algunas veces no sé lo que me digo. Comprendo que teméis la emoción,
+y esperaré cuanto queráis; pero os juro que no me hubiera hecho
+el menor daño ver ahora á mi hija. Si la estoy viendo, mis ojos no dejan
+de verla desde ayer noche. ¿Entendéis? Si ahora me la trajeran me pondría
+á hablar con ella tranquilamente. Nada más. ¿No es muy natural
+que tenga deseos de ver á mi hija, á quien han ido á buscar expresamente
+á Montfermeil? No estoy enfadada. Sé perfectamente que voy á
+ser dichosa. Toda la noche he estado viendo cosas blancas y personas
+que me sonreían. Cuando quiera el señor doctor me traerá él mismo á
+mi Cosette. Ya no tengo calentura, puesto que estoy curada, conozco
+bien que ya no tengo nada, pero voy á hacer como si estuviese enferma,
+y á no moverme para complacer á las hermanas. Cuando vean que
+estoy muy tranquila, dirán: hay que traerle su hija.</p>
+
+<p>El señor Magdalena se había sentado en una silla que había junto al
+lecho.</p>
+
+<p>Volvióse Fantina hacia él, haciendo visibles esfuerzos por parecer serena
+y «muy juiciosa», según su propia frase, durante aquel abatimiento
+de la enfermedad, parecida á la debilidad de la infancia, á fin de que,
+viéndola tan calmada, no encontrasen dificultad en llevarle su Cosette.
+Sin embargo, al mismo tiempo que se contenía, no podía menos de dirigir
+al señor Magdalena algunas preguntas.</p>
+
+<p>—¿Habéis tenido buen viaje, señor alcalde? ¡Oh! ¡Y qué bueno sois
+en haber ido á buscarla! Decidme solamente cómo está. ¿Ha resistido
+bien el viaje? ¡Ay! ¡Ya no va á conocerme! Después de tanto tiempo, se
+habrá olvidado de mí la pobrecita. Las criaturas no tienen memoria,
+son como los pájaros. Hoy ven una cosa, mañana otra, y luego no se
+acuerdan de nada. ¿Tenía al menos ropa limpia? ¿Los Thénardier la tenían
+aseada? ¿Qué le daban de comer? ¡Oh! ¡Cuánto he sufrido, si supiérais,
+haciéndome todas esas preguntas en los tiempos de mi miseria!
+¡Ahora todo ha pasado! ¡Estoy alegre! ¡Oh! ¡Y cómo querría verla! Señor
+alcalde, ¿os ha parecido bonita? ¿Verdad que es muy hermosa mi
+hija? ¿Habréis tenido mucho frío en la diligencia? ¿No me la podrían
+traer siquiera un momento? ¡Ya se la volverían á llevar enseguida! ¡Decidlo
+vos! ¡Vos que sois el amo!</p>
+
+<p>Él le tomó la mano, y dijo:</p>
+
+<p>—Cosette es hermosa, y está buena; pronto la veréis; pero calmaos.
+Habláis con demasiada viveza, y sacáis los brazos fuera de la cama, y
+esto os hace toser.</p>
+
+<p>En efecto, accesos de tos interrumpían á Fantina casi á cada palabra.</p>
+
+<p>Fantina no murmuró siquiera, temiendo haber comprometido con algunas
+quejas apasionadas la confianza que quería inspirar, y púsose á
+hablar de cosas indiferentes:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_253">[Pg 253]</span></p>
+
+<p>—¿Es muy bonito Montfermeil, no es verdad? Durante el verano se
+hacen muchas excursiones de recreo. ¿Hacen negocio los Thénardier? No
+pasa mucha gente por su casa. Es una especie de figón la tal posada.</p>
+
+<p>El señor Magdalena seguía teniéndola cogida la mano y contemplándola
+ansioso; era evidente que había ido á decirle cosas, ante las cuales
+su mente vacilaba. El médico, terminada la visita, se había retirado.
+Sor Simplicia era la única persona que estaba con ellos.</p>
+
+<p>Entre tanto, en medio de aquel silencio, exclamó Fantina:</p>
+
+<p>—¡Ya la oigo! ¡Dios mío! ¡Ya la oigo!</p>
+
+<p>Extendió la mano imponiendo silencio, retuvo el aliento, y se puso á
+escuchar como extasiada.</p>
+
+<p>Había una criatura que estaba jugando en el patio, hija de la portera
+ó de alguna operaria. Fué una de esas casualidades que ocurren siempre,
+y que parecen formar parte del aparato misterioso de los sucesos lúgubres.
+La criatura, que era una niñita, iba, venía, corría para entrar en
+calor, reía y cantaba en alta voz.</p>
+
+<p>¡Ah! ¡En qué no se mezclan los juegos de niños! El canto de aquella
+criatura era el que oía Fantina.</p>
+
+<p>—¡Oh!—exclamó ella.—¡Es mi Cosette! Conozco su voz.</p>
+
+<p>La chiquilla se alejó tal como había venido; la voz se extinguió. Fantina
+siguió escuchando por algún tiempo; después se cubrió de sombras
+su semblante, y el señor Magdalena la oyó que decía por lo bajo:</p>
+
+<p>—¡Qué malo es ese médico, no dejándome ver á mi hija! ¡Mala cara
+tiene ese hombre!</p>
+
+<p>Sin embargo, reapareció el fondo risueño de sus pensamientos, y continuó
+hablándose á sí misma, sin levantar la cabeza de la almohada:</p>
+
+<p>—¡Qué felices vamos á ser! Tendremos en primer lugar un jardinito.
+Me lo ha prometido el señor Magdalena. Mi hija jugará en el jardín. Ya
+debe saber de seguro, las letras. Yo la haré deletrear. Correrá entre la
+yerba detrás de las mariposas. Yo la contemplaré. Luego hará su primera
+comunión. ¡Ah! ¿Cuándo debe hacer su primera comunión?</p>
+
+<p>Púsose á contar con los dedos.</p>
+
+<p>—...Uno, dos, tres, cuatro... Tiene siete años. Dentro de cinco, llevará
+un velo blanco y medias caladas, parecerá una mujercita. ¡Oh, mi
+buena hermana, no sabéis lo tonta que yo soy! ¡Pues no estoy ya pensando
+en la primera comunión de mi hija!</p>
+
+<p>Y se puso á reir.</p>
+
+<p>Él había dejado la mano de Fantina, y oía aquellas palabras como se
+oye el viento que sopla, con la vista en el suelo y el espíritu sumido en
+reflexiones profundas. De pronto dejó ella de hablar, y esto le hizo á él
+levantar maquinalmente la cabeza. Fantina se había puesto horrorosa.</p>
+
+<p>No hablaba ya, no respiraba; se había medio incorporado sobre la
+cama; su hombro descarnado salía por entre la camisa; su rostro, radiante
+hacía un momento, estaba descompuesto, parecía fijarse en algo formidable<span class="pagenum" id="Page_254">[Pg 254]</span>
+que estaba ante su vista al otro extremo de la sala, agrandados
+sus ojos por el terror.</p>
+
+<p>—¡Dios mío!—exclamó él.—¿Qué tenéis, Fantina?</p>
+
+<p>Ella no respondió, ni apartó los ojos del objeto que parecía estar
+viendo; tocóle el brazo con una mano, y con la otra le hizo seña de que
+mirase detrás de sí.</p>
+
+<p>Volvióse, y vió á Javert.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Javert contento</b></p>
+
+
+<p>He aquí lo que había pasado.</p>
+
+<p>Acababan de dar las doce y media, cuando el señor Magdalena salió
+de la sala de los jurados de Arras. Había llegado de vuelta á la posada
+precisamente á tiempo de partir con la silla correo en el asiento que recordará
+el lector que había tomado.</p>
+
+<p>Poco antes de las seis de la mañana había llegado á M* sur M*, y su
+primer cuidado había sido echar al correo su carta dirigida al señor Laffite,
+y luego ir á la enfermería á ver á Fantina.</p>
+
+<p>En el entretanto, y apenas había dejado él la sala de audiencia del
+tribunal de los jurados, cuando vuelto en sí el fiscal de su primera sorpresa,
+había tomado la palabra para deplorar el acto de locura del honorable
+alcalde de M* sur M*, y declarar que no por ese incidente peregrino,
+que se aclararía más tarde, se habían modificado sus convicciones
+requiriendo por lo tanto, la condena de aquel Champmathieu, evidentemente
+verdadero Juan Valjean. La persistencia del fiscal estaba visiblemente
+en contradicción con el sentimiento de todos, así del público,
+como del tribunal y del jurado. Al defensor le costó poquísimo trabajo
+refutar aquella arenga y establecer que, á consecuencia de las revelaciones
+del verdadero Juan Valjean, el asunto había cambiado completamente
+de aspecto y que el jurado no tenía ya ante sí más que un inocente.
+El abogado había proferido con ese motivo algunas sentencias declamatorias,
+desgraciadamente poco nuevas, acerca de los errores judiciales,
+etc., etc.; el presidente, en su resumen, se unió al defensor, y el
+jurado en breves momentos declaró libre de culpa á Champmathieu.</p>
+
+<p>Sin embargo, hacía falta un Juan Valjean y el fiscal, no teniendo ya
+á Champmathieu, tomó á Magdalena.</p>
+
+<p>Inmediatamente después de haber sido puesto en libertad Champmathieu,
+el fiscal se encerró con el presidente. Ambos conferenciaron acerca
+«de la necesidad de apoderarse de la persona del señor alcalde de M*
+sur M*». Esta frase, en la que hay muchos de, es del fiscal, escrita toda
+de su mano en la minuta de su informe al tribunal superior. Pasada la
+primera emoción, el presidente hizo pocas objeciones. Creyó que era
+preciso que la justicia siguiese su curso.</p>
+
+<p>Y luego, para decirlo todo, aunque el presidente fuése hombre de<span class="pagenum" id="Page_255">[Pg 255]</span>
+bien y bastante entendido, era al propio tiempo muy realista, casi furibundo,
+y le había chocado que el alcalde de M* sur M*, hablando del
+desembarco de Cannes, dijese el <em>emperador</em> y no <em>Buonaparte</em>.</p>
+
+<p>La orden de arresto fué expedida inmediatamente. El fiscal la envió
+á M* sur M*, por uno de sus hombres, á uña de caballo, encargándosela al inspector
+de policía Javert.</p>
+
+<p>Ya sabemos que Javert había regresado á M* sur M*, inmediatamente
+después de haber prestado su declaración.</p>
+
+<p>Javert se estaba levantando en el momento en que el enviado del fiscal le entregó
+la orden de arresto y mandato de traslación.</p>
+
+<p>El enviado del fiscal era también un agente de policía muy experimentado,
+quien puso en dos palabras á Javert al corriente de lo sucedido en Arras.
+La orden de arresto, firmada por el fiscal, estaba concebida en estos términos:</p>
+
+<p>«El inspector Javert reducirá á prisión al señor Magdalena, alcalde
+de M* sur M*, quien en la audiencia de este día ha sido reconocido por
+ser el presidiario cumplido Juan Valjean».</p>
+
+<p>Quien no conociera á Javert y le hubiese visto en el momento de penetrar
+en la antesala de la enfermería, no habría podido adivinar nada
+de lo que pasaba, y le habría encontrado el aire más natural del mundo.
+Estaba frío, sereno, grave, con su pelo gris perfectamente alisado sobre
+las sienes, y acabando de subir la escalera con su lentitud acostumbrada.
+Pero quien le hubiese conocido á fondo, examinándole atentamente,
+se hubiera estremecido. La hebilla de su corbatín de cuero, en vez de
+estar sobre la nuca, estaba junto la oreja izquierda. Esto revelaba una
+agitación inaudita.</p>
+
+<p>Javert era un carácter completo, no permitiéndose el menor pliegue
+ni en su deber ni en su traje; metódico con los criminales, rígido con
+los botones del vestido.</p>
+
+<p>Para haberse dejado fuera de lugar la hebilla de su corbatín, menester
+era que se verificase en él una de aquellas emociones que podríamos
+llamar terremotos interiores.</p>
+
+<p>Habíase presentado sencillamente, después de haber pedido un cabo
+y cuatro soldados en el cuerpo de guardia inmediato, y dejándoles en el
+patio había preguntado por el cuarto de Fantina, cuya indicación le
+había dado la portera sin la menor desconfianza, acostumbrada como
+estaba, á ver gentes armadas preguntando por el señor alcalde.</p>
+
+<p>Al llegar al cuarto de Fantina alzó el picaporte, empujó la puerta
+con la suavidad de un enfermero ó de un espía, y entró.</p>
+
+<p>Mejor dicho: no entró. Se mantuvo de pie junto á la puerta entreabierta
+con el sombrero puesto, y la mano izquierda metida bajo la solapa
+de su levitón que llevaba abrochado hasta la barba. En el pliegue
+del codo asomaba el puño de plomo de su enorme bastón, el cual desaparecía
+detrás de él.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_256">[Pg 256]</span></p>
+
+<p>Permaneció en esta actitud cerca de un minuto, sin que se notase su
+presencia. De pronto Fantina alzó los ojos, le vió, é hizo que se volviese
+el señor Magdalena.</p>
+
+<p>En el momento en que la mirada de Magdalena tropezó con la mirada
+de Javert, Javert, sin moverse, sin dar un paso, sin adelantarse,
+apareció espantoso. Ningún sentimiento humano puede manifestarse tan
+horrible como la alegría.</p>
+
+<p>Fué aquélla la expresión de un demonio que acababa de encontrar á
+su condenado.</p>
+
+<p>La certidumbre de tener por fin á Juan Valjean, hizo aparecer en su
+fisonomía todo cuanto se guardaba encerrado en su alma. El fondo removido
+subió á la superficie. La humillación de haber perdido la pista
+y haberse equivocado durante algunos minutos con aquel Champmathieu,
+se borraba bajo el orgullo de haber adivinado tan bien desde el principio,
+y tenido por tanto tiempo un instinto certero. El contento de Javert
+estalló en su actitud soberana. La deformidad del triunfo brilló sobre su
+deprimida frente. Adquirió todo el desarrollo del horror que pueda caber
+en un semblante satisfecho.</p>
+
+<p>Javert en aquel momento estaba en el cielo. Sin que él mismo supiese
+darse cuenta exacta de lo que pasaba por él, comprendía, sin embargo,
+por una intuición confusa de su deber y de su éxito, que él,
+Javert, personificaba la justicia, la luz y la verdad en su función sublime
+de aplastar el mal. Tenía detrás de sí y en derredor suyo, á una
+profundidad infinita, la autoridad, la razón, la cosa juzgada, la conciencia
+legal, la vindicta pública, todas las estrellas. Él protegía el orden,
+hacía surgir el rayo de la ley, vengaba á la sociedad, prestaba su
+fuerza á lo absoluto; erguíase en medio de su gloria. Había en su triunfo
+un resto de provocación y de lucha; en pie, altanero, radiante, desplegaba
+á manos llenas en el azulado ambiente, la bestialidad sobrehumana
+de un arcángel feroz. La sombra terrible de la acción que desempeñaba
+hacía visible en su crispada mano el vago centelleo de la espada
+social. Satisfecho é indignado, tenía bajo su planta el crimen, el vicio,
+la rebeldía, la perdición, el infierno. Irradiaba, exterminaba, sonreíase,
+y no puede negarse que había cierta grandeza en aquel san Miguel
+monstruoso.</p>
+
+<p>Javert, espantoso, no tenía nada de innoble.</p>
+
+<p>La probidad, la sinceridad, el candor, la convicción, la idea del deber,
+son cosas que, equivocándose, pueden trocarse en repugnantes;
+pero que, repugnantes y todo, permanecen grandes. La majestad propia
+de la conciencia humana, persiste en el horror. Son virtudes que tienen
+un vicio, el error. La despiadada alegría honrada de un fanático en
+plena atrocidad, conserva cierta aureola tristemente venerable. Sin él
+advertirlo en medio de su contento formidable, era Javert digno de lástima,
+como todo ignorante que triunfa. No puede darse nada tan doloroso<span class="pagenum" id="Page_257">[Pg 257]</span>
+y terrible como aquel semblante, en que se manifestaba lo que podríamos
+llamar todo lo malo de lo bueno.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>La autoridad recobra sus derechos</b></p>
+
+
+<p>Fantina no había vuelto á ver á Javert desde el día en que el alcalde
+la había librado de sus manos. Su cerebro enfermo no se daba cuenta de
+nada; pero se imaginó que iba á buscarla. No pudo, pues, soportar la
+vista de aquel semblante horrible; sintióse morir, ocultó el rostro entre
+ambas manos, y exclamó angustiada:</p>
+
+<p>—¡Señor Magdalena, salvadme!</p>
+
+<p>Juan Valjean—ya no le llamaremos de otro modo en adelante—se
+había levantado y dicho á Fantina con acento apacible y sereno:</p>
+
+<p>—Tranquilizaos, no es por vos por quien viene.</p>
+
+<p>Después dirigiéndose á Javert, le dijo:</p>
+
+<p>—Ya sé lo que queréis.</p>
+
+<p>Javert respondió:</p>
+
+<p>—¡Vamos pues!</p>
+
+<p>Hubo en la inflexión con que acompañó estas dos palabras algo, en
+verdad, frenético y feroz. Javert no dijo: ¡Vamos pues! sino <em>¡Vampués!</em>
+No hay ortografía que pueda expresar el acento con que lo pronunció.
+No fué aquello palabra humana; fué un rugido.</p>
+
+<p>No obró según costumbre, no entró en materia, no presentó la orden
+de arresto. Para él Juan Valjean era una especie de enemigo misterioso
+é impalpable, un luchador tenebroso, á quien venía atacando hacía cinco
+años sin poder derribarle. Aquella prisión no era un principio, sino un
+fin. Limitóse por ello á exclamar:</p>
+
+<p>—¡Vamos, pues!</p>
+
+<p>Y así diciendo, no adelantó un paso, lanzó solamente sobre Juan Valjean
+aquella mirada que él arrojaba como un garfio, y con la cual acostumbraba
+á arrastrar violentamente hacia él á los desgraciados.</p>
+
+<p>Ésta fué la mirada que sintió penetrar Fantina, hasta la médula de
+sus huesos, dos meses antes.</p>
+
+<p>Al grito de Javert, Fantina había vuelto á abrir los ojos. Pero estando
+allí el señor alcalde ¿qué había de temer?</p>
+
+<p>Javert se adelantó hasta el medio de la sala y exclamó:</p>
+
+<p>—¡Ea! ¿Vienes?</p>
+
+<p>La infeliz miraba en torno suyo. No había nadie más que la hermana
+y el alcalde. ¿Á quién se podía dirigir aquel tuteo abyecto de Javert? Á
+ella solamente; y empezó á temblar.</p>
+
+<p>Entonces vió Fantina una cosa inaudita, de tal modo inaudita, como
+nunca jamás se le había aparecido otra alguna, ni en los más espantosos
+delirios de su fiebre.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_258">[Pg 258]</span></p>
+
+<p>Vió al repugnante Javert coger por el cuello al señor alcalde, y vió
+al señor alcalde bajar la cabeza. Parecióle que se hundía el mundo.</p>
+
+<p>Javert, en efecto, había cogido por el cuello á Juan Valjean.</p>
+
+<p>—¡Señor alcalde!—exclamó Fantina.</p>
+
+<p>Javert se echó á reir con aquella expresión espantosa que descubría
+todos sus dientes.</p>
+
+<p>—¡Ya no hay aquí señor alcalde alguno!</p>
+
+<p>Juan Valjean no probó siquiera de rechazar la mano que le tenía sujeto
+por el cuello de su levita, y dijo solamente:</p>
+
+<p>—¡Javert!...</p>
+
+<p>Javert le interrumpió:</p>
+
+<p>—Llámame señor inspector.</p>
+
+<p>Señor inspector,—repuso Juan Valjean—quiero deciros una palabra
+á solas.</p>
+
+<p>—¡Alto y claro! Habla alto,—respondió Javert.—Á mí se me habla
+siempre en alta voz.</p>
+
+<p>Juan Valjean continuó bajándola:</p>
+
+<p>—Es un favor que os pido...</p>
+
+<p>—Dígote que hables alto.</p>
+
+<p>—Es cosa que únicamente vos debéis oir...</p>
+
+<p>—¿Y á mí qué me importa? ¡No escucho nada!</p>
+
+<p>Juan Valjean se volvió hacia él, y dijo rápidamente muy por lo bajo:</p>
+
+<p>—¡Concederme tres días! ¡Tres días para ir á buscar la criatura de
+esta pobre mujer! ¡Pagaré lo que sea! Podéis acompañarme si queréis.</p>
+
+<p>—¡Quieres reirte!—exclamó Javert.—¡No te creía yo tan bruto! ¡Me
+pides tres días para marcharte! ¡Dices que es para ir á buscar la hija de
+esta chica! ¡Ja, ja! ¡Vaya una gracia!</p>
+
+<p>Fantina se estremeció.</p>
+
+<p>—¡Mi hija!—exclamó.—¡Ir á buscar á mi hija! ¡Luego no está aquí!
+Hermana mía, respondedme: ¿Dónde está Cosette? ¡Yo quiero á mi hija!
+¡Señor Magdalena, señor alcalde!</p>
+
+<p>Javert dió una patada.</p>
+
+<p>—¡Ahora la otra! ¡Á ver si te callas, buena pieza! ¡Bonito país es éste
+donde los presidiarios son magistrados y las mujeres públicas están cuidadas
+como condesas! Pero todo ello va á cambiar pronto; ¡ya era tiempo!</p>
+
+<p>Y mirando fijamente á Fantina, añadió, cogiendo otra vez por la corbata,
+la camisa y el cuello á Juan Valjean:</p>
+
+<p>—Te digo que no hay aquí ningún señor Magdalena, ni señor alcalde
+alguno. No hay sino un ladrón, un bandido, un presidiario llamado Juan
+Valjean, que es á quien tengo cogido! ¡Eso es lo que hay!</p>
+
+<p>Fantina se incorporó de súbito, apoyada en sus brazos débiles y descarnadas
+manos; miró á Juan Valjean, miró á Javert, miró á la hermana,
+abrió la boca como para hablar, pero salió solamente un ronquido<span class="pagenum" id="Page_259">[Pg 259]</span>
+del fondo de su garganta, y chocaron sus dientes; extendió después los
+brazos con angustia, abrió convulsivamente las manos, y buscando á su
+alrededor como el que se ahoga, cayóse luego por su propio peso sobre
+la almohada.</p>
+
+<p>Su cabeza chocó contra la cabecera de la cama, doblándose sobre el
+pecho; la boca abierta, abiertos los ojos y apagados.</p>
+
+<p>Estaba muerta.</p>
+
+<p>Juan Valjean puso su mano sobre la mano de Javert que le tenía
+asido, y se la abrió como se abre la mano de un niño, diciéndole:</p>
+
+<p>—¡Habéis matado á esa mujer!</p>
+
+<p>—¡Acabaremos!—exclamó furioso Javert.—Yo no estoy aquí para
+atender razones. No perdamos el tiempo; la guardia está abajo, vamos
+enseguida, ó mando que te aten.</p>
+
+<p>Había en un rincón de la sala una cama vieja de hierro en bastante
+mal estado, que servía para recostarse las hermanas cuando estaban de
+vela. Dirigióse á ella Juan Valjean, desencajó en un momento la cabecera,
+ya muy quebrantada, cosa facilísima á un hombre de sus fuerzas, y
+empuñando la barra principal, lanzó sobre Javert una mirada de alto á
+bajo. Javert retrocedió hasta la puerta.</p>
+
+<p>Juan Valjean, empuñando su barra, llegóse lentamente hasta el lecho
+de Fantina y al llegar á él volvióse de frente hacia Javert, diciéndole en
+voz apenas perceptible:</p>
+
+<p>—No os aconsejo que me estorbéis en este momento.</p>
+
+<p>Es lo cierto que Javert temblaba.</p>
+
+<p>Tuvo intención de ir á llamar á la guardia, pero Juan Valjean podía
+aprovecharse de aquel minuto para huir. Quedóse pues, cogiendo su bastón
+por lo más delgado, y reclinándose contra el quicio de la puerta miraba
+fijamente á Juan Valjean.</p>
+
+<p>Juan Valjean apoyó su codo sobre el pomo de la cabecera y la frente
+en su mano, contemplando á Fantina inmóvil y tendida, permaneciendo
+así, absorto, mudo, y sin pensar seguramente en nada de esta vida.
+No se manifestaba en su rostro ni en su actitud mas que una inexplicable
+piedad. Después de algunos momentos de semejante meditación, inclinóse
+hacia Fantina, y le habló en voz baja.</p>
+
+<p>¿Qué le dijo? ¿Qué podía decirle aquel hombre considerado réprobo,
+á aquella mujer muerta? ¿Qué significaron aquellas palabras? Nadie en
+la tierra las oyó. ¿Las oyó la difunta? Hay ilusiones conmovedoras que
+son tal vez realidades sublimes. Lo que está fuera de duda es que sor
+Simplicia, único testigo de cuanto allí pasó, repitió luego muchas veces
+que en el momento en que Juan Valjean habló al oído de Fantina, vió
+asomar claramente una inefable sonrisa en aquellos pálidos labios y en
+aquellas vagas pupilas, llenas del asombro de la tumba.</p>
+
+<p>Juan Valjean tomó entre sus manos la cabeza de Fantina y la acomodó
+en la almohada, como hubiera podido hacer una madre con su hija;<span class="pagenum" id="Page_260">[Pg 260]</span>
+después le ató el cordón de la camisa y metió sus cabellos en la gorra.
+Hecho esto, le cerró los ojos.</p>
+
+<p>La cara de Fantina en aquel instante parecía extrañamente iluminada.</p>
+
+<p>La muerte es la entrada en la gran luz.</p>
+
+<p>La mano de Fantina colgaba fuera de la cama. Juan Valjean se arrodilló
+delante de aquella mano, que levantó suavemente, y la besó.</p>
+
+<p>Después, de pie otra vez, volvióse hacia Javert, diciendo:</p>
+
+<p>—Ahora estoy á vuestras órdenes.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Tumba apropiada</b></p>
+
+
+<p>Javert encerró á Juan Valjean en la cárcel de la población.</p>
+
+<p>La prisión del señor Magdalena produjo en M* sur M* una sensación,
+ó por mejor decir, una conmoción extraordinaria. Sentimos no
+poder disimular, que á la sola exclamación de: <em>¡Era un presidiario!</em> casi
+todo el mundo le abandonó. En menos de dos horas, todo el bien que
+había hecho fué olvidado, y ya no fué mas que «un presidiario». Justo
+es advertir que no se conocían aún los pormenores del suceso de Arras.
+Durante todo el día oyéronse en toda la población conversaciones como
+esta:</p>
+
+<p>—¿No lo sabéis? Era un presidiario cumplido.</p>
+
+<p>—¿Quién?</p>
+
+<p>—El alcalde.</p>
+
+<p>—¡Bah! ¿El señor Magdalena?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—¿De veras?</p>
+
+<p>—No se llama Magdalena; tiene un nombre horrible: Bejean, Bojean,
+Boujean.</p>
+
+<p>—¡Ay! ¡Dios mío!</p>
+
+<p>—Está preso.</p>
+
+<p>—¡Preso!</p>
+
+<p>—Sí, en la cárcel de la ciudad hasta que se le traslade.</p>
+
+<p>—¡Que se traslade! ¿Le van á trasladar? ¿Y adónde?</p>
+
+<p>—Van á hacerle comparecer ante los jurados por un robo en despoblado
+que cometió en otro tiempo.</p>
+
+<p>—¡Ya me lo sospechaba yo! Era un hombre demasiado bueno, demasiado
+perfecto, demasiado confiado. No quería condecoraciones, daba
+limosna á todos los pilluelos que encontraba. Siempre creí que debía encerrar
+todo esto una mala historia. En las «reuniones del buen tono» especialmente,
+dominó esta idea.</p>
+
+<p>Una vieja señorona, suscriptora de la <em>Bandera blanca</em>, hizo esta reflexión
+de la cual es casi imposible sondear la profundidad.</p>
+
+<p>—Me alegro. ¡Así aprenderán los <em>bonapartistas</em>!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_261">[Pg 261]</span></p>
+
+<p>Así fué como aquel fantasma que se había llamado señor Magdalena,
+se desvaneció en M* sur M*. Tres ó cuatro personas solamente en toda
+la población permanecieron fieles á su memoria. La vieja portera que le
+había servido fué una de ellas.</p>
+
+<p>La noche de aquel mismo día, esta buena anciana, estaba sentada en
+su cuartito asustada aún y reflexionando tristemente. La fábrica había
+estado cerrada todo el día, la puerta cochera tenía echado el cerrojo, y
+la calle estaba desierta. No había en la casa más que las dos hermanas,
+sor Simplicia y sor Perpetua, que velaban junto al cuerpo de Fantina.
+Hacia la hora en que el señor Magdalena acostumbraba á entrar, la buena
+de la portera se levantó maquinalmente, sacó de un cajón la llave del
+cuarto del señor Magdalena, tomó la palmatoria que le servía por las
+noches para subir á su cuarto, y colgó la llave en el clavo de donde él la
+solía alcanzar colocando la palmatoria al lado, como si también le esperase.
+Luego volvió á sentarse y se puso á reflexionar. La pobre vieja había
+hecho todo aquello sin darse cuenta de lo que hacía.</p>
+
+<p>Hasta que se pasaron dos horas largas no salió de sus meditaciones,
+exclamando:</p>
+
+<p>—¡Calle! ¡Dios mío Jesucristo! ¡por qué he puesto yo la llave en el
+clavo!</p>
+
+<p>En aquel mismo instante se abrió el ventanillo de la portería, pasó
+una mano, cogió la llave y la palmatoria, y encendió la bujía en la vela
+que estaba ardiendo.</p>
+
+<p>La portera levantó los ojos y se quedó asombrada, sin poder lanzar
+un grito que ahogó en la garganta.</p>
+
+<p>Había conocido aquella mano, aquel brazo y aquella manga de levita.</p>
+
+<p>Era realmente el señor Magdalena.</p>
+
+<p>Quedóse algunos segundos sin poder hablar, <em>sobrecogida</em>, como decía
+después ella misma, contando la aventura.</p>
+
+<p>—¡Dios mío, señor alcalde!—exclamó por fin;—yo os creía...</p>
+
+<p>Paróse. El final de su frase hubiera sido una falta de respeto al principio.
+Juan Valjean continuaba siendo para ella el señor alcalde.</p>
+
+<p>Éste terminó por sí mismo la frase.</p>
+
+<p>—En la cárcel,—dijo.—Sí, allí estaba; he roto un barrote de una
+ventana, y me he dejado caer desde un tejado, y aquí me tenés. Subo
+á mi cuarto; avisad á sor Simplicia. Estará sin duda junto á esa pobre
+mujer.</p>
+
+<p>La vieja obedeció enseguida.</p>
+
+<p>No le hizo él recomendación ninguna; tan seguro estaba que le guardaría
+ella mejor que él mismo.</p>
+
+<p>Jamás ha podido saberse como logró penetrar en el patio sin hacer
+abrir la puerta cochera. Tenía y llevaba siempre consigo una llave maestra<span class="pagenum" id="Page_262">[Pg 262]</span>
+que abría una puertecilla lateral, pero debían haberle registrado y
+quitádole esa llave. Este punto no ha sido esclarecido.</p>
+
+<p>Subió la escalera que conducía á su cuarto. Al llegar arriba dejó la
+palmatoria en el último tramo, abrió la puerta sin hacer ruido, y fué á
+cerrar á tientas la ventana y postigos; después volvió á tomar la palmatoria
+y entró en la habitación.</p>
+
+<p>La precaución era útil, porque debemos recordar que la ventana podía
+ser vista desde la calle.</p>
+
+<p>Dirigió una mirada á su alrededor, sobre la mesa, sobre la silla, sobre
+la cama, que no se había deshecho hacía tres días. No quedaba el
+menor vestigio del desorden de la penúltima noche. La portera había
+«arreglado el cuarto». Y, al arreglarlo, había recogido de entre la ceniza,
+y colocado cuidadosamente sobre la mesa las dos conteras del palo y
+la moneda de cuarenta sueldos ennegrecida por el fuego.</p>
+
+<p>Tomó un pliego de papel, en el cual escribió: «<em>Éstas son las dos conteras
+de mi bastón y la moneda de dos francos robada á Gervasillo,
+de que he hablado al tribunal</em>». Puso sobre dicho papel la moneda de
+plata y las dos conteras, de modo, que fuera lo primero que se viese al
+entrar á la habitación. Sacó de un armario una camisa vieja, la que
+desgarró envolviendo con los pedazos los dos candeleros de plata. No se
+dió prisa alguna ni mostró la menor agitación. Y mientras envolvía los
+candeleros del obispo, iba mordiendo un pedazo de pan negro. Es probable
+que fuera este pan el de la cárcel, que se había llevado consigo al
+evadirse.</p>
+
+<p>Esto fué comprobado por las migajas de pan que se encontraron en
+el suelo del aposento, cuando más tarde se hizo en el mismo un reconocimiento
+por la justicia.</p>
+
+<p>Dieron dos golpecitos en la puerta.</p>
+
+<p>—Adelante,—dijo él.</p>
+
+<p>Era sor Simplicia.</p>
+
+<p>Estaba pálida, tenía los ojos enrojecidos, la vela que llevaba vacilaba
+en su mano. Las violencias del destino tienen la particularidad de que,
+por perfectos y fríos que seamos, nos sacan del fondo de las entrañas la
+naturaleza humana, obligándola á mostrarse al exterior. Con las emociones
+de aquel día, la religiosa se había convertido nuevamente en mujer.
+Había llorado y temblaba.</p>
+
+<p>Juan Valjean acababa de escribir algunas líneas en un papel, que
+entregó á la hermana, diciéndola:—Hermana, mandaréis este papel al
+señor cura.</p>
+
+<p>El papel estaba desdoblado. La hermana fijó en él los ojos.</p>
+
+<p>—Podéis leerlo,—dijo Juan Valjean.</p>
+
+<p>La hermana leyó:</p>
+
+<p>«Ruego al señor cura que cuide sobre todo de lo que dejo aquí. Con<span class="pagenum" id="Page_263">[Pg 263]</span>
+ello se servirá pagar las costas de mi proceso y el entierro de la mujer
+que ha muerto hoy. Lo restante será para los pobres».</p>
+
+<p>La hermana quiso hablar, pero apenas pudo balbucear algunos sonidos
+inarticulados. Sin embargo, consiguió decir:</p>
+
+<p>—¿No desea el señor alcalde volver á ver por última vez á esa pobre
+infeliz?</p>
+
+<p>—No,—respondió él,—me persiguen, y si llegaran á prenderme á su
+lado, esto turbaría su reposo.</p>
+
+<p>No bien había terminado, cuando sonó un gran ruido en la escalera.
+Oyóse un tumulto de pasos de gente que subía, y la vieja portera que
+decía en voz alta y penetrante:</p>
+
+<p>—¡Señor mío, os juro por Dios santo, que no ha entrado aquí nadie
+durante todo el día, ni durante la noche, porque no me he apartado un
+instante de la portería!</p>
+
+<p>Un hombre respondió:</p>
+
+<p>—Sin embargo, hay luz en este cuarto.</p>
+
+<p>Reconocieron la voz de Javert.</p>
+
+<p>La estancia estaba dispuesta de manera que la puerta, al abrirse,
+ocultaba el ángulo de la pared á la derecha. Juan Valjean mató la luz
+de un soplo y se quedó en el ángulo.</p>
+
+<p>Sor Simplicia cayó de rodillas junto á la mesa.</p>
+
+<p>Abrióse la puerta.</p>
+
+<p>Entró Javert.</p>
+
+<p>Oíase el cuchicheo de varios hombres y las protestas de la portera en
+el corredor.</p>
+
+<p>La religiosa no alzó los ojos, estaba orando.</p>
+
+<p>La vela, recién apagada, estaba sobre la chimenea, dando con el
+humeante pábilo escasa claridad.</p>
+
+<p>Javert entrevió á la hermana y se quedó parado.</p>
+
+<p>Recuérdese que el verdadero fondo de Javert, su elemento, su centro
+respirable, era la veneración á toda autoridad. Homogéneo en su modo
+de ser, no admitía objeciones ni restricciones. Según él, era la autoridad
+eclesiástica la primera de todas, era <em>religioso</em>, <em>superficial</em> y correcto en
+este punto, como en todo.</p>
+
+<p>Un cura, á sus ojos, era un espíritu que no se engaña nunca; una religiosa,
+una criatura que no peca jamás. Eran almas muradas, en este
+mundo, con sólo una puerta que jamás se abre, sino para dar paso á la
+verdad.</p>
+
+<p>Al entrever la hermana, su primer movimiento fué retirarse.</p>
+
+<p>Sin embargo, había otro deber que le dominaba é impelía imperiosamente
+en sentido inverso. Su segundo movimiento fué permanecer allí
+y arriesgar al menos una pregunta.</p>
+
+<p>Era aquella sor Simplicia, que no había mentido jamás. Javert lo
+sabía y la veneraba particularmente por esta razón.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_264">[Pg 264]</span></p>
+
+<p>—Hermana,—le dijo;—¿estáis aquí sola?</p>
+
+<p>Hubo un momento horrible, durante el cual la pobre portera se sintió
+desfallecer.</p>
+
+<p>La hermana levantó los ojos, y respondió:</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Así,—repuso Javert,—dispensadme si insisto, es mi deber: ¿no habéis
+visto esta noche una persona, un hombre que se ha escapado, y á
+quien vamos buscando, llamado Juan Valjean? ¿No le habéis visto?</p>
+
+<p>La hermana dijo: No.</p>
+
+<p>Mintió, y mintió dos veces seguidas una tras otra, sin vacilar, rápidamente,
+como quien se presta al sacrificio propio.</p>
+
+<p>—Perdonadme,—dijo Javert, y se retiró saludando profundamente.</p>
+
+<p>¡Oh santa mujer! ¡Años hace que no pertenecéis ya á este mundo;
+que estáis reunida en el seno de la luz con vuestras hermanas las vírgenes
+y con vuestros hermanos los ángeles! ¡Que se os tenga en cuenta en
+el paraíso esta mentira!</p>
+
+<p>La afirmación de la hermana fué para Javert tan decisiva, que ni
+siquiera advirtió la singularidad de aquella bujía que acababa de ser
+apagada, y que humeaba aún, sobre la mesa.</p>
+
+<p>Una hora después, un hombre, caminando á través de los árboles y
+de las brumas, se alejaba rápidamente de M* sur M* en dirección á
+París.</p>
+
+<p>Este hombre era Juan Valjean.</p>
+
+<p>Hase sabido posteriormente, por el testimonio de dos ó tres arrieros
+que le encontraron, que llevaba un paquete y que vestía blusa. ¿De
+dónde había sacado aquella blusa? Se ignora. Sin embargo, hacía pocos
+días que había fallecido un obrero anciano en la enfermería de la fábrica
+sin dejar otra cosa que una blusa. Puede que fuése ésta.</p>
+
+<p>Una frase final para Fantina.</p>
+
+<p>Todos tenemos una madre común, la tierra. Fantina fué devuelta á
+esta madre.</p>
+
+<p>El cura creyó hacer bien, y estuvo en lo justo tal vez, reservando,
+de lo que Juan Valjean le había dejado, la mayor suma posible con destino
+á los pobres. Porque, al fin ¿de quiénes se trataba? De un presidiario
+y de una mujer pública. Por esto simplificó el entierro de Fantina
+reduciéndolo á lo estrictamente necesario, á lo que se llama la fosa
+común.</p>
+
+<p>Fantina fué, pues, enterrada en el rincón gratuito del cementerio
+que, siendo de todos no es de ninguno, y en el cual desaparecen los
+cuerpos de los pobres. Afortunadamente, sabe Dios dónde encontrar las
+almas. Enterróse á Fantina en las tinieblas, entre los primeros huesos
+que se encontraron, sufriendo la promiscuidad de las cenizas.</p>
+
+<p>Fué arrojada á la fosa pública. Su tumba se parece á su lecho.</p>
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_7" href="#FNanchor_7" class="label">[7]</a> Walter Scott, Lamartine, Vaulabelle, Charras, Quinet y Thiers.</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_265">[Pg 265]</span></p>
+<p class="half-title">SEGUNDA PARTE<br>
+COSETTE</p>
+</div>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO PRIMERO<br>
+WATERLOO</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Lo que se encuentra viniendo de Nivelles</b></p>
+
+
+<p>El año último, (1861), en una hermosa mañana de mayo, un viajero,
+el mismo que refiere esta historia, venía de Nivelles y se dirigía á La
+Hulpe. Caminaba á pie. Siguiendo por entre dos hileras de árboles una
+calzada ancha y empedrada, ondulando sobre unas colinas que van sucediéndose
+una á otra, elevando ó hundiendo la senda como olas enormes.</p>
+
+<p>Había ya pasado de Lillois y Bois Seigneur Isaac. Distinguía, al
+oeste, el campanario de pizarra de Braine l'Alleud, que tiene la forma
+de un vaso boca abajo.</p>
+
+<p>Acababa de dejar tras sí un bosque sobre una altura, y en el ángulo
+de un camino transversal, al lado de una especie de poste carcomido, en
+el que se leía esta inscripción: <em>Barrera antigua, número 4</em>, un bodegón
+en cuya fachada se leía: <em>Á los cuatro vientos. Echabeau, café de particular.</em></p>
+
+<p>Medio cuarto de legua más allá de este bodegón, llegó al fondo de un
+pequeño valle, donde corre el agua bajo un arco abierto en el terraplén
+de la carretera. El ramaje de los escasos, pero verdísimos árboles, que
+cubren el valle por el lado de la calzada, se extiende por el otro en las
+praderas, prolongándose con cierta gracia, y como en desorden, hasta
+Braine l'Alleud.</p>
+
+<p>Había allí á la derecha, á orilla del camino, una posada, una carreta
+de cuatro ruedas delante de la puerta, una gran haz de estacas, un arado,
+un montón de ramas secas cerca de un seto vivo, cal que humeaba
+en una balsa cuadrada, y una escalera apoyada á lo largo de un cobertizo
+cercado de paredes de paja.</p>
+
+<p>Una muchacha escardaba en un campo, en el cual un gran cartelón
+amarillo, probablemente anuncio de alguna función de ferias, era continuo
+juguete del viento. En el ángulo de la posada, junto á una laguna
+en la que navegaba una flotilla de patos, se encontraba un sendero mal
+engravado que se perdía entre malezas. El viajero siguió por él.</p>
+
+<p>Al cabo de unos cien pasos, después de haber seguido á lo largo de<span class="pagenum" id="Page_266">[Pg 266]</span>
+una pared del siglo <span class="allsmcap">XV</span>, que remataba en una aguda albardilla de ladrillos
+encontrados, hallóse delante de una puerta grande de piedra, cintrada,
+con imposta rectilínea, del estilo severo de Luis XIV, entre dos
+medallones planos.</p>
+
+<p>Una fachada severa dominaba esta puerta, y una pared perpendicular
+á la fachada llegaba casi á tocar la puerta, flanqueándola bruscamente
+en ángulo recto. En el prado delantero á la puerta había tres rastrillos,
+á través de los cuales brotaban en confusa y caprichosa mezcla
+todas las flores que produce mayo. La puerta estaba cerrada; adornaba
+sus dos hojas decrépitas, un aldabón viejo y enmohecido.</p>
+
+<p>El sol era magnífico; las ramas presentaban ese suave estremecimiento
+de mayo, que más parece venir de los nidos que del viento. Un
+hermoso pajarillo, probablemente enamorado, gorjeaba á más y mejor
+en un árbol frondoso.</p>
+
+<p>El viajero se inclinó y examinó en la piedra de la izquierda, por bajo
+de la jamba derecha de la puerta, una ancha excavación circular parecida
+al alvéolo de una esfera. En aquel momento abriéronse las puertas
+y salió una aldeana.</p>
+
+<p>Reparó en el viajero, y viendo lo que fijaba su atención:</p>
+
+<p>—Hizo esto una bala francesa,—dijo ella.</p>
+
+<p>Y luego añadió:</p>
+
+<p>—Eso que estáis viendo más arriba en la puerta, junto á un clavo, es
+el boquete de una bala de cañón que no pudo traspasar la madera.</p>
+
+<p>—¿Cómo se llama este lugar?—preguntó el viajero.</p>
+
+<p>—Hougomont,—dijo la aldeana.</p>
+
+<p>El viajero se levantó. Dió algunos pasos y fué á mirar por cima de
+los setos, viendo en el horizonte al través de los árboles, una especie de
+montecillo, y sobre este montecillo algo que, de lejos, parecía un león.</p>
+
+<p>Encontrábase en el campo de Waterloo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Hougomont</b></p>
+
+
+<p>Hougomont, fué éste un lugar fúnebre, principio del obstáculo, primera
+resistencia que encontró en Waterloo, ese gran leñador de Europa,
+que se llamaba Napoleón; primer nudo bajo el filo del hacha.</p>
+
+<p>Fué un castillo; no es ya más que una granja. Hougomont es para el
+anticuario <em>Hugomons</em>. Aquella mansión fué erigida por Hugo, señor de
+Somerel, el mismo que dotó la sexta capellanía de la abadía de Villiers.</p>
+
+<p>El viajero empujó la puerta, rozó al cruzar el pórtico con una carretela
+antigua, y entró en el patio.</p>
+
+<p>Lo primero que llamó su atención en aquel lugar fué una puerta del
+siglo <span class="allsmcap">XVI</span>, que parece el ojo de un puente, estando caído todo lo demás
+adjunto al mismo. El aspecto monumental nace frecuentemente de la
+ruina. Después del arco se abre en un muro otra puerta con clavos del<span class="pagenum" id="Page_267">[Pg 267]</span>
+tiempo de Enrique IV, dejando ver los árboles de un huerto. Al lado de
+esta puerta un hoyo estercolero, picos y palas; algunas carretillas, un
+pozo antiguo con su brocal de piedra y su torniquete de hierro, un potro
+que salta, un pavo que hace la rueda, una capilla coronada por un
+pequeño campanario, un peral en flor tocando en la pared de la capilla,
+he aquí el patio, cuya conquista fué uno de los sueños de Napoleón. Si
+él hubiera podido tomar aquel rincón de tierra, le habría dado tal vez
+el mundo entero. Las gallinas remueven hoy el polvo con sus picos.
+Óyese un gruñido, es un gran perro que enseña los dientes y que reemplaza
+á los ingleses.</p>
+
+<p>Los ingleses estuvieron allí admirables. Las cuatro compañías de
+guardias de Cooke hicieron frente, durante siete horas, al encarnizamiento
+de todo un ejército.</p>
+
+<p>Hougomont, visto en el mapa, en plano geométrico, comprendiendo
+cercados y edificaciones, presenta una especie de rectángulo irregular
+con uno de sus ángulos cortado. En este ángulo es donde se halla la
+puerta meridional, guardada por aquel muro que la hiere directamente.
+Hougomont tiene dos puertas: la meridional, que es la del castillo, y la
+septentrional, que es la de la granja.</p>
+
+<p>Napoleón envió contra Hougomont á su hermano Jerónimo; las divisiones
+Guilleminot, Foy y Bachelu se estrellaron allí; casi todo el
+cuerpo de Reille fué también empleado en ello inútilmente; las balas de
+Kellermann se agotaron contra aquel heroico paredón. Harto fué que la
+brigada Bauduin forzase por el Norte á Hougomont, y que la brigada
+Soye le acometiera por el Sur, pero sin tomarle.</p>
+
+<p>Los edificios de la granja limitan el patio por el Sur. Un pedazo de
+la puerta del Norte, rota por los franceses, pende colgado del muro. Son
+cuatro tablas clavadas sobre dos travesaños, y en las que se patentizan
+los destrozos del ataque.</p>
+
+<p>La puerta septentrional, derribada por los franceses, y á la que se
+ha añadido una pieza para sustituir el trozo colgado del muro, se entreabre
+al otro extremo del patio; está cortada rectangularmente en una
+pared de piedra por lo bajo y ladrillo en la parte superior, cerrando el
+patio por el Norte. Es sencillamente una puerta para carros, como las
+hay en todas las casas de labranza, compuesta de dos grandes hojas hechas
+de tablas rústicas. Á la otra parte se extienden los prados. La disputa
+de esta entrada fué terrible. Durante mucho tiempo se han conservado
+sobre el montante de la puerta toda clase de huellas de manos
+ensangrentadas. Allí fué donde mataron á Bauduin.</p>
+
+<p>La borrasca del combate parece que todavía suena en aquel patio;
+el horror es visible; el trastorno de la terrible lucha se ha quedado allí
+petrificado; acá la vida, allá la muerte, es todavía ayer. Los muros agonizan,
+las piedras caen, las brechas gritan; los agujeros son llagas; los
+árboles inclinados y temblorosos parecen hacer esfuerzos para huir.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_268">[Pg 268]</span></p>
+
+<p>Aquel patio en 1815 estaba más edificado que hoy día. Varias construcciones
+derribadas después, formaban estrellas, ángulos y recodos
+fortificados.</p>
+
+<p>Allí estuvieron parapetados los ingleses; los franceses penetraron al
+fin, pero no pudieron sostenerse. Al lado de la capilla, un ala del castillo,
+únicos vestigios de la residencia de Hougomont, se mantiene en
+pie, y podríamos decir despanzurrada. El palacio sirvió de torreón; la
+capilla de fortín, ambos se exterminaron.</p>
+
+<p>Los franceses, fusilados por todas partes, detrás de las paredes, desde
+lo alto de los graneros al fondo de las cuevas, por todas las ventanas,
+por todos los respiraderos, por todas las hendiduras de las piedras, acercaron
+fajinas prendiendo fuego á los muros y á los hombres: la metralla
+fué contestada por el incendio.</p>
+
+<p>Entrevénse todavía en el ala arruinada, á través de las ventanas guardadas
+por barrotes de hierro, los aposentos desmantelados de un cuerpo
+de edificio de ladrillo; los guardias ingleses se emboscaron en esos aposentos;
+la espiral de la escalera, agrietada desde el piso al techo, aparece
+como el interior de un caracol destrozado. La escalera tiene dos tramos;
+los ingleses sitiados en ella, y apiñados en los escalones superiores,
+habían cortado los inferiores. Estos consistían en anchas losas de piedra
+azul, amontonados hoy entre las ortigas. Unos diez solamente se mantienen
+adheridos todavía á la pared, en el primero de los cuales se ve
+grabada la figura de un tridente. Estos inaccesibles escalones permanecen
+sólidos en sus alvéolos. El resto parece una mandíbula desdentada.
+Dos árboles viejos están allí todavía; muerto el uno, herido el otro en el
+pie, reverdece en abril. Desde 1815 empezó á brotar al través de la escalera.</p>
+
+<p>Gran mortandad hubo también en la capilla. El interior, tranquilo
+ya, resulta extraño. No ha vuelto á decirse misa en él después de la matanza.
+Sin embargo, allí está todavía el altar de madera tosca, pegado
+sobre un fondo de piedra sin pulir. Cuatro paredes blanqueadas de cal,
+una puerta frontera al altar, dos pequeñas ventanas cintradas, sobre la
+puerta un gran crucifijo de madera, encima del crucifijo un tragaluz
+cuadrado tapado con un haz de heno, en un rincón del suelo un bastidor
+viejo de ventana con todos los vidrios rotos; tal es la capilla.</p>
+
+<p>Junto al altar está clavada una imagen de madera de santa Ana, del
+siglo <span class="allsmcap">XV</span>; la cabeza del niño Jesús se la llevó una bala de cañón. Los
+franceses, dueños por un momento de la capilla, y desalojados después,
+la incendiaron. Las llamas llenaron su recinto, convirtiéndolo en horno.
+Se quemó la puerta, se quemó también el entarimado; el Cristo de madera
+no se quemó; el fuego llegó á lamer sus pies cuyos muñones permanecen
+ennegrecidos, deteniéndose luego. Esto fué un milagro al decir
+de aquellos aldeanos. El niño Jesús decapitado no tuvo la fortuna del
+Cristo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_269">[Pg 269]</span></p>
+
+<p>Las paredes se encuentran cubiertas de inscripciones. Junto á los
+pies del Cristo se lee este nombre: <em>Henquinez</em>. Luego estos otros: <em>conde
+de Río Mayor, marqués y marquesa de Almagro (Habana)</em>. Hay
+nombres franceses con exclamaciones acentuadas por la cólera.</p>
+
+<p>Tuvieron que blanquearse de nuevo las paredes en 1849. Allí se insultaban
+las naciones mutuamente.</p>
+
+<p>En la puerta de esta capilla fué donde se recogió un cadáver que tenía
+un hacha en la mano. Era el cadáver del subteniente Legros.</p>
+
+<p>Á la izquierda de la puerta de la capilla se ve un pozo. Hay dos en
+el patio. Uno se pregunta: ¿por qué no hay aquí cubo ni garrucha? Es
+que ya no se saca agua.</p>
+
+<p>¿Y por qué no se saca agua?</p>
+
+<p>Porque está lleno de esqueletos.</p>
+
+<p>El último que sacó agua de aquel pozo se llamaba Guillermo Van
+Kylsom. Era un aldeano que habitaba en Hougomont, de donde era jardinero.
+El 18 de junio de 1815, su familia tuvo que huir y ocultarse en
+los bosques.</p>
+
+<p>La selva que rodea á la abadía de Villiers abrigó durante muchos
+días y muchas noches á todas aquellas desventuradas poblaciones dispersas.
+Hoy todavía se encuentran vestigios tales como viejos troncos de
+árboles quemados, que señalan el sitio donde aquellos pobres vivaqueadores
+tiritaron entre las espesuras de la maleza.</p>
+
+<p>Guillermo Van Kylsom permaneció en Hougomont «para guardar el
+castillo» agazapándose en un rincón de la cueva. Los ingleses le descubrieron.
+Sacáronle de su escondite y á sablazos de plano se hicieron servir
+los combatientes por aquel hombre aterrado. Tenían sed, y Guillermo
+les dió de beber. De aquel pozo sacó el agua. Muchos bebieron allí
+su último trago. El pozo del que bebieron tantos muertos, debió morir
+también.</p>
+
+<p>Después de la acción, diéronse prisa á enterrar los cadáveres. La
+muerte tiene su manera especial de acosar la victoria, haciendo que la
+peste siga á la gloria. El tifus es siempre anejo del triunfo. Aquel pozo
+era profundo. Fué convertido en sepultura. Lanzáronse en él trescientos
+muertos. Tal vez con demasiada precipitación. ¿Estaban muertos todos?
+La leyenda dice que no. Parece que la noche que siguió al enterramiento,
+oyéronse salir del pozo débiles y tristes voces de socorro.</p>
+
+<p>Este pozo está aislado en medio del patio. Tres paredes mitad piedra
+y mitad ladrillo, replegadas como las hojas de un biombo simulando
+una torrecilla cuadrada, le cierran por tres lados. El cuarto está descubierto.
+Por aquí es por donde se sacaba el agua. La pared del fondo
+tiene una especie de abertura informe, tal vez el agujero de obús. Esta
+torrecilla tenía un techo del que no quedan más que los maderos. El armazón
+de sostenimiento del muro de la derecha describe una cruz. Asomándose
+al fondo, se pierde la vista en la profundidad de un cilindro<span class="pagenum" id="Page_270">[Pg 270]</span>
+de ladrillo, en el cual se agrupan las tinieblas. El nacimiento de toda la
+fábrica de este pozo desaparece entre las ortigas.</p>
+
+<p>Este pozo no tiene por brocal la gran losa azul que sirve de antepecho
+en todos los de Bélgica. La losa azul se halla sustituida por un travesaño
+en el cual se apoyan cinco ó seis estacas irregulares de madera
+nudosa, y anquilosados, que parecen una grande osamenta. No existe
+cubo, ni cadena, ni polea; pero se conserva aún la pila de piedra que
+servía de repartidor. El agua de las lluvias se acumula en ella y, de
+cuando en cuando, se acerca á beber algún pájaro de las vecinas selvas,
+remontándose inmediatamente.</p>
+
+<p>En esas ruinas existe, habitada todavía, una casa, la casa de labranza,
+cuya puerta da al patio. Al lado de una linda placa de cerradura gótica,
+hay en dicha puerta un tirador de hierro, en forma de trébol, colocado
+oblicuamente. En el momento que el teniente hannoveriano Wilda
+cogía ese tirador para refugiarse en la granja, un zapador francés le cortó
+la mano de un hachazo.</p>
+
+<p>La familia que ocupa hoy la casa, tuvo por abuelo al antiguo jardinero
+Van Kylsom, muerto hace mucho tiempo. Una mujer de cabellera
+gris nos decía: Yo estaba allí. Tenía tres años. Mi hermana, mayor que
+yo, tenía miedo y lloraba. Lleváronnos al bosque. Yo iba en brazos de
+mi madre. Aplicaban de cuando en cuando el oído sobre el suelo para
+escuchar. Yo imitaba el cañón, y hacía <em>bum, bum</em>.</p>
+
+<p>Una puerta del patio, á la izquierda, como hemos ya dicho, daba al
+cercado.</p>
+
+<p>Este cercado es terrible.</p>
+
+<p>Se divide en tres secciones, casi podríamos decir en tres actos. La
+primera es un jardín, la segunda el huerto, la tercera un bosque. Estas
+tres partes tienen una cerca común; por el lado de la entrada las edificaciones
+del castillo y de la granja, á la izquierda un seto, á la derecha
+una tapia de ladrillo, en el fondo otra tapia de piedra. Se entra desde
+luego en el jardín, que se extiende en pendiente, plantado de groselleros,
+cubierto de vegetaciones silvestres, cerrado por un malecón monumental
+de piedra sillería con balustres de doble espesor. Fué un jardín
+señorial del primer estilo francés que precedió á <em>Le Nôtre</em>; ruinas y
+abrojos todo, en la actualidad. Las pilastras terminan en globos, que
+parecen balas de piedra. Cuéntanse todavía cuarenta y tres balustres en
+pie; los demás yacen tendidos en la yerba. Casi todos están acribillados
+por balas de fusil. Un balustre destrozado aparece sobre el estrave como
+una pierna rota.</p>
+
+<p>En este jardín más bajo que el huerto, fué donde penetraron seis tiradores
+del 1.º de ligeros, y no pudiendo salir, cogidos y acosados como
+osos en guarida, aceptaron el combate con dos compañías hannoverianas,
+una de las cuales iba armada de carabinas. Los hannoverianos coronaban
+los balustres y disparaban sobre los seis franceses desde lo alto.<span class="pagenum" id="Page_271">[Pg 271]</span>
+Los tiradores, respondiendo desde abajo, seis contra doscientos, con la
+mayor intrepidez y sin más abrigo que los groselleros, tardaron en morir
+un cuarto de hora.</p>
+
+<p>Subiendo algunos escalones, se pasa del jardín al huerto. Allí, en el
+espacio de pocas toesas cuadradas, murieron mil quinientos hombres en
+menos de una hora. El muro parece dispuesto á comenzar nuevamente
+el combate. Allí están todavía las treinta y ocho troneras, abiertas por
+los ingleses á distintas alturas. Delante de la décima sexta se ven dos
+sepulturas inglesas de granito.</p>
+
+<p>Sólo existen troneras en el muro del Sur, que fué de donde vino el
+ataque principal. Ese muro está oculto al exterior por un gran seto vivo;
+llegaron los franceses creídos de que no había más que el seto, saltaron,
+y se encontraron con el muro, obstáculo y emboscada, con los
+guardias ingleses detrás, las treinta y ocho troneras haciendo fuego á
+la vez, una tempestad de balas y metralla; allí fué aplastada la brigada
+Soye. Así comenzó Waterloo.</p>
+
+<p>No obstante el huerto fué tomado. No había escalas, pero los franceses
+treparon con las uñas. Batiéronse cuerpo á cuerpo bajo los árboles.
+Toda aquella yerba se empapó en sangre. Un batallón de Nassau, setecientos
+hombres, fué deshecho allí. La parte exterior del muro, contra
+el cual se asestaron las dos baterías de Kellermann está acribillada por
+la metralla.</p>
+
+<p>Este cercado es sensible como otro cualquiera al mes de Mayo. Tiene
+sus botones de oro y sus margaritas blancas; la yerba es alta; pacen allí
+caballos de labor; cuerdas de crin, en las que se seca la ropa, cruzan los
+espacios de árbol á árbol, obligando á los transeuntes á bajar la cabeza;
+los pies caminan por un erial hundiéndose á lo mejor en los agujeros de
+los topos. Encuéntrase en medio de la yerba un tronco desarraigado,
+caído y verde aún. El mayor Blachmann se apoyó en él para espirar.
+Bajo un gran árbol próximo cayó el general alemán Duplat, oriundo de
+una familia francesa refugiada al revocarse el edicto de Nantes. Contiguo
+á este árbol se inclina un manzano vetusto, enfermo, vendado con
+un apósito de paja y arcilla. Casi todos los manzanos caen de vejez. No
+hay uno que no tenga señales de bala ó de metralla. Los esqueletos de
+los árboles muertos abundan muchísimo en este cercado. Los cuervos
+vuelan entre sus ramas. En el fondo hay un bosque lleno de violetas.</p>
+
+<p>Bauduin muerto; Foy herido; el incendio, la matanza, la carnicería;
+un río de sangre inglesa, de sangre alemana y de sangre francesa, furiosamente
+mezclada; un pozo lleno de cadáveres; el regimiento de Nassau
+y el regimiento de Brunswick destruidos; Duplat muerto; Blackmann
+muerto, la guardia inglesa mutilada; veinte batallones franceses, de los
+cuarenta del cuerpo de Reille, diezmados; tres mil hombres, en sólo aquellas
+ruinas de Hougomont, acuchillados, destrozados, degollados, fusilados,
+quemados; y todo ello para que un aldeano pueda decirle hoy á un<span class="pagenum" id="Page_272">[Pg 272]</span>
+pasajero: <em>Señor, dadme tres francos; si gustáis os explicaré lo de Waterloo</em>.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>El 18 de junio de 1815</b></p>
+
+
+<p>Retrocedamos, que es éste uno de los derechos del narrador, y trasladémonos
+al año 1815, y con alguna anterioridad á la época en que
+comienza la acción referida en la primera parte de este libro.</p>
+
+<p>Si no hubiera llovido en la noche del 17 al 18 de junio de 1815, el
+porvenir de Europa hubiera sido otro. Algunas gotas de agua de más ó
+de menos hicieron desviar á Napoleón. Para que Waterloo fuése el término
+de Austerlitz, la Providencia no tuvo necesidad más que de un
+poco de lluvia; y una nube, atravesando el cielo contra lo natural de la
+estación, bastó para el derrumbamiento de un mundo.</p>
+
+<p>La batalla de Waterloo, y esto dió tiempo á Blücher para llegar, no
+pudo comenzar hasta las once y media. ¿Por qué? Porque la tierra estaba
+mojada. Fué preciso aguardar un poco á que se solidara para que la
+artillería pudiese maniobrar.</p>
+
+<p>Napoleón era oficial de artillería, y se resentía de ello. El fondo de
+este admirable capitán era el hombre que, en el parte al Directorio desde
+Aboukir, decía: <em>Tal bala de las nuestras mató seis hombres</em>. Todos
+sus planes de batalla están hechos para el proyectil. Hacer converger la
+artillería sobre un punto dado; tal era su clave de victoria. Trataba la
+estrategia del general enemigo como una ciudadela, y la batía en brecha.
+Abrumaba con la metralla el punto débil; ataba y desataba las
+batallas con el cañón. Era la puntería parte de su genio. Romper los
+cuadros, pulverizar los regimientos, deshacer las líneas, aplastar y dispersar
+las masas, todo se encerraba en eso para él; herir, herir, herir
+sin tregua ni descanso, y encomendada esta tarea á las balas. Método
+temible, y que, unido á su genio, hizo invencible durante quince años,
+á aquel sombrío atleta del pugilato de la guerra.</p>
+
+<p>El 18 de junio de 1815 contaba él tanto más con la artillería, cuanto
+que tenía en su favor el número. Wellington no disponía más que de
+ciento cincuenta y nueve bocas de fuego; Napoleón tenía doscientas
+cuarenta.</p>
+
+<p>Supongamos la tierra seca y la artillería pudiendo rodar, y la acción
+empezando á las seis de la mañana. La batalla se hubiera ganado y terminado
+á las dos; tres horas antes de la peripecia prusiana.</p>
+
+<p>¿Qué culpa hubo por parte de Napoleón en la pérdida de aquella batalla?
+¿Es imputable el naufragio al piloto?</p>
+
+<p>La decadencia física evidente de Napoleón, ¿se complicaba en aquella
+época con cierto decaimiento interior? Los veinte años de guerra,
+¿habían gastado la hoja como la vaina, el alma como el cuerpo? ¿Se
+manifestaban ya los defectos del veterano en el capitán? En una palabra,<span class="pagenum" id="Page_273">[Pg 273]</span>
+aquel genio, como muchos historiadores importantes lo han creído
+¿se eclipsaba ya? ¿Agitábase frenéticamente para disimularse á sí mismo
+su debilidad? ¿Empezaba á oscilar bajo el extravío de un soplo de la
+aventura? ¿Volvíase, cosa grave en un general, desconocedor del peligro?
+En la clase de los grandes hombres materiales, que pueden llamarse
+los gigantes de la acción, ¿existe una edad para la miopía del genio?
+La vejez no hace mella en los genios de lo ideal; para los Dante y los
+Miguel Ángel, envejecer es crecer. Pero para los Aníbal y Bonaparte
+¿es decrecer, ocaso? ¿Había perdido Napoleón el sentido directo de la victoria?
+¿Había llegado á no reconocer ya el escollo, á no adivinar el lazo,
+ni discernir el borde resbaladizo de los abismos? ¿Faltábale el olfato de
+las catástrofes? Él, que antes sabía todos los senderos del triunfo, y que
+desde la altura de su carro refulgente de rayos, los señalaba con su dedo
+soberano, ¿tenía entonces el siniestro aturdimiento de conducir al
+principio su tumultuoso tiro de legiones? ¿Se había apoderado de él, á
+los cuarenta y seis años, una locura suprema? Aquel conductor titánico
+del destino, ¿no era ya más que un inmenso abismo?</p>
+
+<p>No lo hemos creído nunca.</p>
+
+<p>Su plan de batalla, era, al decir de todo el mundo, una obra maestra.
+Ir derecho al centro de la línea de los aliados, abrir un claro en el
+enemigo, cortarle en dos; empujar la parte británica hacia Hal, y la
+parte prusiana hacia Tongres; hacer de Wellington y de Blücher dos trozos,
+apoderarse de Mont Saint Jean, tomar á Bruselas, arrojar el alemán
+al Rin y el inglés al mar. Todo esto para Napoleón entraba en su
+plan de batalla. Después, ya vería.</p>
+
+<p>Es por demás decir que no pretendemos hacer aquí la historia de
+Waterloo; una de las escenas generatrices del drama que vamos contando,
+tiene su punto de partida en esa batalla; pero, repetimos, no es su
+historia nuestro objeto. Está ya hecha además, y hecha magistralmente
+bajo un punto de vista por Napoleón, y bajo otro punto de vista por una
+pléyade de historiadores<a id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>.</p>
+
+<p>Por nuestra parte, dejamos á los historiadores con sus apreciaciones,
+no somos sino un testigo lejano, un pasajero en la llanura, un investigador
+inclinado sobre aquella tierra embutida de carne humana, tomando,
+quizá, las apariencias por realidades. No tenemos derecho alguno
+para hacer frente, en nombre de la ciencia, á un conjunto de hechos,
+donde hay sin duda algún espejismo; no tenemos ni la práctica militar
+ni la competencia estratégica que autorizan un sistema; según nosotros
+un encadenamiento de azares dominó en Waterloo á entrambos capitanes,
+y cuando se trata del destino, de este misterioso acusado, le juzgamos
+como le juzga el pueblo, juez sencillo y leal.</p>
+
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_274">[Pg 274]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>A</b></p>
+
+
+<p>Quien quiera figurarse claramente la batalla de Waterloo, no tiene
+más que trazar sobre el suelo con el pensamiento una A mayúscula. La
+pierna izquierda de la A es el camino de Nivelles, la pierna derecha es
+la carretera de Genappe, el palo trasversal es el camino cubierto de
+Ohain á Braine-l'Alleud. El vértice de la A es Mont-Saint Jean, allí está
+Wellington; la punta izquierda inferior es Hougomont, allí está Reille
+con Jerónimo Bonaparte; la punta derecha inferior es la Belle Allience,
+allí está Napoleón.</p>
+
+<p>Un poco más abajo del punto en que el palo trasversal de la A encuentra
+y corta la pierna derecha, está la Haie-Sainte. En el centro de
+este palo está el punto preciso donde se dijo la frase final de la batalla.
+Allí es donde se colocó el león; símbolo involuntario del supremo heroísmo
+de la guardia imperial.</p>
+
+<p>El triángulo comprendido en el vértice de la A, entre los dos palotes
+y la cuerda, es la meseta del Mont-Saint Jean. La disputa de esa meseta
+fué toda la batalla.</p>
+
+<p>Las alas de ambos ejércitos se extendían á derecha é izquierda de los
+dos caminos de Genappe y de Nivelles; Erlón frente á frente de Pictón y
+Reille frente á frente de Hill.</p>
+
+<p>Detrás de la punta de la A, detrás de la meseta de Mont-Saint Jean,
+se encuentra la selva de Soignes.</p>
+
+<p>En cuanto á la llanura en sí misma, imagínese un vasto terreno ondulante,
+dominando cada pliegue al que le sigue, y todas estas ondulaciones
+subiendo hacia Mont Saint Jean, desde donde van á parar á la
+selva.</p>
+
+<p>Dos ejércitos enemigos en un campo de batalla son dos atletas que
+luchan á brazo partido. Cada uno procura hacer caer al otro. Agárranse
+á todo; un matorral es un punto de apoyo; el ángulo de un muro es
+un parapeto; por falta de una bicoca en que guardar la espalda, se pierde
+un regimiento. El declive de una llanura, un accidente del terreno,
+una senda trasversal á propósito, un bosque, un barranco, pueden detener
+la planta de ese coloso que se llama un ejército, é impedirle la retirada.</p>
+
+<p>El que sale del campo es derrotado. De ahí la necesidad para el jefe
+responsable de examinar el menor grupo de árboles y de profundizar el
+más pequeño relieve.</p>
+
+<p>Ambos generales habían estudiado atentamente la llanura de Mont-Saint
+Jean, llamada hoy llanura de Waterloo. Desde el año anterior la
+había examinado Wellington con sagacidad previsora, como para el caso
+de una gran batalla.</p>
+
+<p>En este terreno, y para aquel duelo, el 18 de junio, tenía Wellington<span class="pagenum" id="Page_275">[Pg 275]</span>
+la parte buena y Napoleón la mala. El ejército inglés ocupaba las alturas,
+el francés la llanura.</p>
+
+<p>Esbozar aquí el aspecto de Napoleón á caballo, con su anteojo en la
+mano, sobre la altura de Rossomme, al amanecer del 18 de junio de
+1815, estaría de más. Antes de pintárselo, todo el mundo le ha visto.
+Aquel perfil sereno bajo el pequeño sombrero de la escuela de Brienne,
+aquel uniforme verde, con vueltas blancas ocultando la placa, el capote
+tapando las charreteras, el cabo del cordón rojo bajo chaleco, el calzón
+de cuero, el caballo blanco con su gualdrapa de terciopelo púrpura con
+águilas y NN coronadas en las puntas, sus botas de campana sobre
+medias de seda, las espuelas de plata, la espada de Marengo, es decir, la
+figura completa del último César, está presente en todas las imaginaciones,
+aclamada por unos, mirada por otros severamente.</p>
+
+<p>Aquella figura ha estado mucho tiempo completamente rodeada de
+luz; esto consistía en cierta obscuridad legendaria que se desprende de la
+mayor parte de los héroes, y que vela, siempre por más ó menos tiempo
+la verdad; pero hoy, ya la historia y la luz han aparecido.</p>
+
+<p>La luz de la historia es desapiadada; tiene algo de extraordinario y
+de divino, que siendo, como es, luz, y precisamente porque lo es, coloca
+á veces la sombra allí donde se veían los rayos, haciendo del mismo
+hombre dos fantasmas distintos, cada uno de los cuales ataca al otro,
+haciéndole justicia, y las tinieblas del déspota luchan con los fulgores del
+capitán. De ahí la exacta medida del justo medio en la apreciación definitiva
+de los pueblos: Babilonia violada, rebaja á Alejandro; Roma encadenada,
+disminuye la grandeza de César; Jerusalén muerta, empequeñece
+á Tito.</p>
+
+<p>La tiranía sigue al tirano. Es una desgracia para el hombre, dejar en
+pos de sí la sombra de su forma.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>El quid obscurum de las batallas</b></p>
+
+
+<p>Todo el mundo conoce la primera fase de aquella batalla confusa al
+principio, incierta, vacilante, amenazadora para ambos ejércitos, más
+aún para los ingleses que para los franceses.</p>
+
+<p>Había llovido toda la noche; la tierra estaba removida por el aguacero,
+habiendo charcos y lagunas aquí y allá, en todos los huecos de la
+llanura, alcanzando el agua en ciertos puntos, á los ejes de los furgones
+del tren; las cinchas de los tiros chorreaban fango líquido. Si los trigos
+y centenos derribados por aquel tropel de carros en marcha, no hubiesen
+llenado los baches y formado lecho bajo las ruedas, se hubiera hecho
+imposible todo movimiento, y particularmente en los valles de la parte
+de Papelotte.</p>
+
+<p>La acción empezó tarde; Napoleón como hemos explicado ya, tenía la
+costumbre de tener toda la artillería á mano como una pistola, apuntando<span class="pagenum" id="Page_276">[Pg 276]</span>
+ya á este punto, ya al otro de la batalla, y había querido esperar á
+que las baterías enganchadas pudiesen rodar y galopar libremente; era
+menester para ello que apareciese el sol y secase la tierra. Pero el sol no
+apareció. Ya no le saludaba como en la jornada de Austerlitz. Cuando
+sonó el primer cañonazo, el general inglés Colville miró su reloj; señalaba
+las once y treinta y cinco minutos.</p>
+
+<p>La acción comenzó furiosamente, con mayor furia tal vez de la que
+hubiese querido el emperador, por el ala izquierda francesa sobre Hougomont.
+Al mismo tiempo atacó Napoleón el centro, precipitando la brigada
+Quiot sobre la Haie-Sainte, y Ney dirigió el ala derecha francesa
+contra el ala izquierda inglesa, que se apoyaba en Papelotte.</p>
+
+<p>El ataque contra Hougomont, tenía algo de simulado: atraer hacia
+allí á Wellington, haciéndole inclinar á la izquierda, éste era el plan. Y
+este plan se hubiera realizado si las cuatro compañías de guardias inglesas
+y los valientes belgas de la división Perponcher no hubiesen guardado
+sólidamente la posición, pues Wellington, en vez de ir á concentrarse
+allí, pudo limitarse á enviar, por todo refuerzo, otras cuatro compañías
+de guardias y un batallón de Brunswick.</p>
+
+<p>El ataque del ala derecha francesa sobre Papelotte, era á fondo: desbaratar
+la izquierda inglesa, cortar el camino de Bruselas, interceptar
+el paso á los prusianos que pudieran acudir, forzar á Mont Saint-Jean,
+rechazar á Wellington hacia Hougomont, de allí hacia Braine l'Alleud
+de allí sobre Hal; nada más sencillo. Salvo algunos incidentes, este ataque
+dió buen resultado, puesto que se tomó Papelotte y se lanzó de Haie-Sainte
+al enemigo.</p>
+
+<p>Un detalle que debe constar. Había en la infantería inglesa, particularmente
+en la brigada de Kempt, muchos reclutas. Estos soldados bisoños,
+ante nuestra terrible infantería, fueron valientes; su inexperiencia,
+salió perfectamente bien del paso; hicieron sobre todo un excelente servicio
+de guerrilla; el soldado en guerrilla, entregado en parte á sí mismo,
+se convierte, por decirlo así, en general propio; aquellos reclutas mostraron
+algo de la inventiva y furia francesas. Aquella infantería novicia
+tuvo inspiración propia. Esto desagradó á Wellington.</p>
+
+<p>Después de la toma de la Haie Sainte, vaciló la batalla.</p>
+
+<p>Hubo en esta jornada, desde el medio día á las cuatro, un intervalo
+obscuro; la parte media de esta batalla apenas se distingue, pues participa
+de la confusión de la riña. Cúbrela el crepúsculo. Adviértense vastas
+fluctuaciones en aquella bruma, un espejismo vertiginoso, el aparato
+guerrero de entonces, casi desconocido en nuestros días, las granaderas
+de llama, los portapliegos flotantes, las correas cruzadas, las cartucheras
+de granada, los dolmanes de los húsares, las botas encarnadas de
+mil pliegues, los pesados chacós guarnecidos de cordones, la infantería
+casi negra de Brunswick mezclada con la infantería escarlata de Inglaterra,
+los soldados ingleses llevando por charreteras grandes rodetes<span class="pagenum" id="Page_277">[Pg 277]</span>
+blancos circulares, la caballería ligera hannoveriana con sus cascos de
+cuero oblongos con filetes de cobre y cabelleras de crines rojas, los escoceses
+con las piernas desnudas y sus mantas de cuadros, las grandes
+polainas blancas de nuestros granaderos; cuadros, no líneas estratégicas,
+lo conveniente al pincel de Salvator Rosa, no al de Gribeauval.</p>
+
+<p>Siempre se mezcla en las batallas cierta parte de tempestad. <em>Quid
+obscurum, quid divinum.</em> Cada historiador se inclina un poco á trazar
+los perfiles que más le agradan entre aquella confusión. Sea cual fuere
+la combinación de los generales, el choque de las masas armadas tiene
+incalculables reflejos; en toda acción, los dos planes de ambos jefes penetran
+uno en otro, y uno á otro se desfiguran. Tal punto del campo de
+batalla devora más combatientes que tal otro, como los terrenos más ó
+menos esponjosos que absorben más ó menos pronto el agua que se les
+arroja. Es pues necesario derramar á veces más soldados de los que se
+quisiera. Gastos imprevistos. La línea de batalla flota y serpentea como
+un hilo, los regueros de sangre corren ilógicamente, los frentes de los
+ejércitos ondulan, los regimientos al entrar ó salir forman cabos ó golfos,
+todos esos escollos se agitan continuamente unos delante de otros;
+donde estaba la infantería llega la artillería, donde estaba la artillería
+acude la caballería; los batallones son humaredas.</p>
+
+<p>Había algo en tal punto, lo buscáis en vano, ha desaparecido; los
+claros cambian de sitio; los pliegues sombríos avanzan y retroceden;
+una especie de viento del sepulcro empuja, arrolla, hincha y dispersa
+aquellas trágicas multitudes. ¿Qué es una lucha? Una oscilación. La inmovilidad
+de un plano matemático expresa un minuto y no una jornada.
+Para pintar una batalla, se necesita uno de esos poderosos pintores cuyos
+pinceles tienen algo del caos: Rembrant vale más que Vandermeulen.
+Vandermeulen, exacto al mediodía, miente á las tres. La geometría engaña;
+solamente es veraz el huracán. Esto es lo que da derecho á Folard
+para contradecir á Polibio. Añadamos que hay siempre cierto instante
+en que la batalla degenera en combate, se particulariza y se esparce en
+innumerables hechos de detalle, que, valiéndonos de una frase de Napoleón,
+«pertenecen antes á la biografía de los regimientos que á la historia
+del ejército».</p>
+
+<p>El historiador, en este caso, tiene el derecho de resumir. Sólo puede
+abarcar los principales contornos de la lucha, y no es dado á ningún
+narrador, por concienzudo que sea, el fijar absolutamente la forma de
+esa nube horrible que se llama una batalla.</p>
+
+<p>Y esto, que es verdadero tratándose de todos los grandes hechos de
+armas, es particularmente aplicable á Waterloo.</p>
+
+<p>Sin embargo, después del mediodía, hubo un momento en que pudo
+apreciarse la batalla con toda exactitud.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_278">[Pg 278]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Cuatro horas después del mediodía</b></p>
+
+
+<p>Á eso de las cuatro de la tarde, la situación del ejército inglés era
+grave. El príncipe de Orange mandaba el centro, Hill el ala derecha,
+Picton á la izquierda. El príncipe de Orange, desatinado y valiente, gritaba
+á los holando-belgas: <em>¡Nassau! ¡Brunswich! ¡Jamás retroceder!</em>
+Hill, debilitado, dirigíase á apoyar su retaguardia en Wellington; Picton
+había muerto. En el mismo instante en que los ingleses habían arrebatado
+á los franceses la bandera del 105 de línea, los franceses les habían
+matado á los ingleses al general Picton de un balazo que le atravesó
+el cráneo. Para Wellington tenía la batalla dos puntos de apoyo, Hougomont
+y la Haie Sainte. Hougomont se sostenía aún, pero ardiendo. La
+Haie Sainte había sido tomada. Del batallón alemán que la defendía,
+solo cuarenta y dos hombres sobrevivían; todos los oficiales menos cinco
+habían sido muertos ó prisioneros. Tres mil combatientes se habían
+asesinado en aquella granja. Un sargento de la guardia inglesa, el primer
+boxeador de Inglaterra, reputado por sus compañeros como invulnerable,
+había sido muerto por un tamborcillo francés. Baring había
+sido desalojado, y Alten acuchillado. Habíanse perdido muchas banderas,
+entre ellas una de la división Alten, y otra del batallón de Lunebourg,
+llevada por un príncipe de la familia de Deux Ponts. Los escoceses
+grises ya no existían; los fuertes dragones de Ponsomby estaban
+deshechos. Esta valiente caballería había sucumbido bajo el ímpetu de
+los lanceros de Bro y de los coraceros de Travers; de mil doscientos caballos
+quedaban seiscientos; de tres tenientes coroneles, dos habían sido
+derribados. Hamilton herido, Mater muerto. Ponsomby había caído,
+atravesado de siete lanzadas. Gordon había muerto, Marsh también. Dos
+divisiones, la quinta y la sexta, estaban destruidas.</p>
+
+<p>Asaltado Hougomont y tomada Haie Sainte, sólo quedaba un nudo,
+el centro. Este nudo continuaba resistiendo. Wellington le reforzó. Llamó
+á Hill, que estaba en Merle Braine, y á Chassé, que estaba en Braine-l'Alleud.</p>
+
+<p>El centro del ejército inglés, un tanto cóncavo, densísimo y compacto,
+estaba fuertemente situado. Ocupaba la meseta de Mont Saint-Jean,
+teniendo detrás de sí la aldea y delante la pendiente, muy áspera á la
+sazón. Apoyaba su espalda en la sólida casa de piedra, que en aquella
+época era dominio señorial de Nivelles, y marca la intersección de los
+caminos, masa del siglo <span class="allsmcap">XVI</span>, tan robusta, que las balas rebotaban en
+ella sin mellarla. Al rededor de la meseta, los ingleses habían cortado
+aquí y allí los setos, abriendo troneras en los espinos, poniendo bocas
+de cañón entre dos troncos cruzados, y aspillerando los zarzales. Su artillería
+estaba emboscada entre abrojos. Este trabajo púnico, incontestablemente
+autorizado por la guerra, que admite las estratagemas, estaba<span class="pagenum" id="Page_279">[Pg 279]</span>
+tan perfectamente hecho, que Haxo, enviado por el emperador á
+las nueve de la mañana para reconocer las baterías enemigas, no había
+visto nada, y había vuelto diciendo á Napoleón que no existía el menor
+obstáculo, exceptuando las dos barricadas que obstruían los caminos de
+Nivelles y de Genappe. Era la época en que las mieses están crecidas; en
+las orillas de la meseta hallábase apostado entre los trigos, un batallón
+de la brigada Kempt, el 95, armado de carabinas.</p>
+
+<p>Así fuerte y bien apoyado, el centro del ejército anglo-holandés estaba
+en excelente posición.</p>
+
+<p>El peligro de aquella posición estaba en la selva de Soignes, contigua
+entonces al campo de batalla, y cortada por las lagunas de Groenendael
+y de Boitsfort. Un ejército no hubiera podido retroceder allí
+sin disolverse; los regimientos hubieran sido disgregados inmediatamente.
+La artillería se hubiera perdido en los pantanos. La retirada, según
+opinión de muchos inteligentes, aunque rebatida por otros, hubiera sido
+una dispersión general.</p>
+
+<p>Wellington añadió á este centro una brigada de Chassé, separada del
+ala derecha, y otra brigada de Vincke, de la izquierda, y á más la división
+Clinton. Á sus ingleses, á los regimientos de Halkett, á la brigada
+de Mitchell, á los guardias de Maitland, dió como sostén y refuerzo la
+infantería de Brunswick, el contingente de Nassau, los hannoverianos
+de Kielmansegge y los alemanes de Ompteda. Así tuvo á mano veintiséis
+batallones. <em>El ala derecha</em>, como dice Charras, <em>fué replegada detrás
+del centro</em>. Una batería enorme estaba cubierta por sacos de tierra
+en el lugar donde se encuentra hoy lo que se llama «el museo de Waterloo».
+Wellington tenía además, en un repliegue del terreno, los guardias-dragones
+de Sommerset, mil cuatrocientos caballos. Era la otra mitad
+de aquella caballería inglesa, tan justamente célebre. Destruido Ponsomby
+quedaba Sommerset.</p>
+
+<p>La batería, que concluida, hubiera sido casi un reducto, estaba dispuesta
+detrás de una tapia de jardín muy baja, cubierta apresuradamente
+por una capa de sacos de arena y un ancho repecho de tierra.
+Esta obra estaba por concluir; había faltado tiempo para empalizarla.</p>
+
+<p>Wellington, inquieto, pero impasible, estaba á caballo, y permaneciendo
+todo el día en la misma actitud un poco adelantado al antiguo
+molino de Mont Saint Jean, que existe todavía, bajo un olmo que más
+tarde un inglés, vándalo entusiasta, compró en doscientos francos, y se
+lo llevó. Wellington, estuvo allí fríamente heroico. Llovían las balas. El
+ayudante de campo Gordon acababa de caer á su lado. Lord Hilh, señalándole
+un obús que reventaba, le dijo: Milord, ¿cuáles son vuestras instrucciones
+y que órdenes nos dejáis, si os dejáis matar? <em>Hacer lo que
+yo</em>, respondió Wellington. Á Clinton le dijo lacónicamente: <em>Sostenerse
+aquí hasta el último hombre</em>. La jornada iba visiblemente mal. Wellington<span class="pagenum" id="Page_280">[Pg 280]</span>
+gritaba á sus antiguos compañeros de Talavera, Salamanca y Vitoria.</p>
+
+<p><em>Boys</em> (muchachos), <em>¿hay quien pueda pensar en huir? ¡Acordaos de
+la vieja Inglaterra!</em></p>
+
+<p>Á eso de las cuatro, la línea inglesa hizo un movimiento hacia atrás.
+De pronto no se vió ya en la cresta de la meseta más que la artillería y
+los tiradores, el resto había desaparecido; los regimientos, arrojados por
+los obuses y las balas francesas, replegáronse al fondo que corta hoy todavía
+el sendero de la granja de Mont Saint Jean, realizóse un movimiento
+retrógrado; el frente de batalla inglés desapareció, Wellington retrocedió.</p>
+
+<p>—¡Principio de la retirada!—exclamó Napoleón.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Napoleón de buen humor</b></p>
+
+
+<p>El emperador á caballo, aunque enfermo é incomodado, por un sufrimiento
+local, no había estado nunca de tan buen humor como aquel
+día. Desde la mañana, sonreíase su impenetrabilidad. El 18 de junio
+de 1815, aquella alma profunda, cubierta de mármol, irradiaba en
+la obscuridad. El hombre que había estado sombrío en Austerlitz estuvo
+alegre en Waterloo. Los más grandes predestinados tienen estas contradicciones.
+Nuestras alegrías no son más que sombra. La suprema sonrisa
+pertenece á Dios.</p>
+
+<p><em>Ridet Cæsar, Pompeius flebit</em>, decían los soldados de la legión Fulminatril.
+Pompeyo no debía llorar esta vez; pero es lo cierto, que se
+reía César.</p>
+
+<p>Desde la una de la noche anterior, explorando á caballo, bajo el aire
+y la lluvia, acompañado de Bertrand, las colinas inmediatas á Rossomme,
+satisfecho de ver la larga línea de las fogatas inglesas que iluminaban
+por completo el horizonte de Frischemont á Braine l'Alleud, habíale
+parecido que el destino emplazado por él á día fijo en el campo de Waterloo,
+era exacto á la cita; había detenido su caballo y permanecido inmóvil
+algún tiempo viendo los relámpagos, oyendo los truenos, y se había
+oído cómo aquel fatalista lanzaba en la sombra esta frase misteriosa:
+«Estamos de acuerdo». Napoleón se engañaba. No estaban ya de acuerdo.</p>
+
+<p>No se había tomado para dormir un sólo minuto, todos los instantes
+de aquella noche habían señalado para él alguna alegría. Había recorrido
+toda la línea de las avanzadas de caballería, parándose aquí y allá á
+hablar con los centinelas. Á las dos y media, cerca del bosque de Hougomont,
+había oído el paso de una columna en marcha; creyó por un
+momento en la retirada de Wellington: Entonces dijo: <em>Es la retaguardia
+inglesa que se prepara á levantar el campo. Haré prisioneros á los
+seis mil ingleses que acaban de llegar á Ostende.</em> Estaba expansivo; había
+vuelto á encontrar aquella inspirada verbosidad del desembarco de<span class="pagenum" id="Page_281">[Pg 281]</span>
+1.° de marzo, cuando mostraba al gran Mariscal el aldeano del golfo
+Juan, exclamando:—<em>¡Y bien, Bertrand, he aquí ya un refuerzo!</em> La noche
+del 17 al 18 de junio burlábase de Wellington: <em>¡Ese inglesillo necesita
+una lección!</em> dijo el emperador. Hablaba Napoleón, y retumbaba el
+trueno, mientras la lluvia arreciaba.</p>
+
+<p>Á las tres y media de la madrugada había perdido una de sus ilusiones;
+los oficiales enviados como exploradores le habían dicho que el enemigo
+no hacía movimiento alguno. Nada se movía, ni un solo fuego de
+vivaque se había apagado. El ejército inglés dormía. El silencio era profundo
+en la tierra; no había más ruido que el del cielo. Á las cuatro,
+condujeron á su presencia los exploradores un aldeano que había servido
+de guía á una brigada de caballería inglesa, probablemente la brigada
+Vivian, que iba á tomar posesión en la aldea de Ohain, á la extrema
+izquierda. Á las cinco, dos desertores belgas le habían informado que
+acababan de dejar su regimiento, y que el ejército inglés esperaba la
+batalla.—<em>¡Tanto mejor!</em>—había exclamado Napoleón.—<em>Prefiero más
+bien derribarlos que rechazarlos.</em></p>
+
+<p>Por la mañana, en el ribazo que forma el ángulo del camino de
+Plancenoit, había echado pie á tierra en medio del lodo, y había mandado
+que le llevaran de la granja de Rossomme una mesa de cocina y una
+silla rústica; se había sentado, teniendo un haz de paja por alfombra, y
+había desdoblado sobre la mesa el mapa del campo de batalla, diciendo
+á Soult: <em>¡Lindo tablero!</em></p>
+
+<p>Á consecuencia de la lluvia de la noche, los convoyes de víveres,
+atascados en los caminos llenos de baches, no habían podido llegar de
+mañana; los soldados no habían dormido, estaban calados y en ayunas,
+lo cual no había impedido á Napoleón decir alegremente á Ney: <em>Tenemos
+noventa probabilidades de las ciento</em>. Á las ocho sirvieron el almuerzo
+al emperador. <em>Tenía convidados muchos generales.</em></p>
+
+<p>Durante el almuerzo se dijo que Wellington estuvo la antevíspera en
+el baile de la duquesa de Richmond en Bruselas, y Soult, soldado rudo
+con cara de arzobispo, dijo: <em>El baile es hoy</em>. El emperador había contestado
+con una chanzoneta á Ney, que había dicho: <em>Wellington no
+será tan simple que espere á vuestra majestad</em>. Era ésta su costumbre.
+<em>Gustábale chancearse</em>, dice Fleury de Chaboulón.</p>
+
+<p><em>El fondo de su carácter era un humor festivo</em>, dice también Gourgaud.</p>
+
+<p><em>Abundaba en chanzonetas, más originales que ingeniosas</em>, dice
+Benjamín Constant.</p>
+
+<p>Estas espontaneidades del gigante valen la pena de que insistamos.
+Él fué quien llamó á sus granaderos <em>los gruñones</em>, pellizcándoles las
+orejas y tirándoles de los bigotes.</p>
+
+<p><em>El emperador no cesaba de hacernos jugarretas</em>, decía uno de ellos.</p>
+
+<p>Durante la misteriosa travesía de la isla de Elba á Francia, el 27 de<span class="pagenum" id="Page_282">[Pg 282]</span>
+febrero, en alta mar, el bergantín de guerra francés el <em>Zephyr</em> encontró
+al bergantín <em>Inconstante</em>, donde Napoleón iba escondido, y al pedir
+al <em>Inconstante</em> noticias de Napoleón, el emperador, que llevaba aún en
+aquel momento en su sombrero la escarapela blanca y amaranto sembrada
+de abejas, adoptada por él en la isla de Elba, había tomado riendo
+la bocina y respondido él mismo: <em>El emperador sigue bien</em>. Quien así
+se ríe, está familiarizado con los sucesos. Napoleón había tenido muchos
+accesos de semejante risa durante el almuerzo de Waterloo. Después de
+almorzar se quedó pensativo un cuarto de hora, y luego dos generales
+se sentaron en el haz de paja, con la pluma en una mano y un pliego
+de papel sobre la rodilla: el emperador les dictó la orden de batalla.</p>
+
+<p>Á las nueve, en el instante en que el ejército francés, escalonado y
+puesto en movimiento en cinco columnas, desplegándose las divisiones
+en dos líneas, la artillería entre las brigadas, las bandas de música á la
+cabeza, batiendo marcha, con el redoble de los tambores y el sonido de
+las trompetas, poderoso, vasto y alegre mar de cascos, sables y bayonetas
+en el horizonte, el emperador conmovido había exclamado por dos
+veces: ¡Magnífico, magnífico!</p>
+
+<p>De las nueve á las diez y media, todo el ejército, lo cual parece increíble,
+había tomado posiciones y se había ordenado en seis líneas,
+formando, para repetir la frase del emperador, «una figura de seis VV».
+Algunos instantes después de la formación de la línea de batalla, en
+medio de aquel profundo silencio, precursor de la tormenta que precede
+á los combates, viendo desfilar las tres baterías de á doce, destacadas
+por su orden de los tres cuerpos de Erlón, de Reille y de Lobau, y destinadas
+á comenzar la acción, atacando á Mont Saint Jean, donde se
+encuentra la intersección de los caminos de Nivelles y de Genappe. Tocó
+el emperador en el hombro á Haxo, diciéndole: <em>He aquí veinticuatro
+buenas mozas, general</em>.</p>
+
+<p>Seguro del éxito, había alentado con una sonrisa, al pasar delante
+de él, á la compañía de zapadores del primer cuerpo, designada por él
+mismo para hacerse fuerte en Mont Saint Jean, en cuanto fuése tomada
+la aldea.</p>
+
+<p>Toda aquella serenidad no fué turbada más que por una palabra de
+altiva compasión, al ver á su izquierda, en el lugar en que se encuentra
+hoy una gran tumba, formar en masa con sus soberbios caballos á aquellos
+admirables escoceses grises, dijo: <em>¡Es lástima!</em></p>
+
+<p>Después montó á caballo, dirigiéndose hacia Rossomme, y eligió
+para observatorio un reducido montecillo de césped á la derecha del
+camino de Genappe á Bruselas, que fué su segunda parada durante la
+batalla.</p>
+
+<p>Su tercera parada, la de las siete de la tarde, entre la Belle-Alliance
+y la Haie-Sainte, es terrible; es un cerrillo bastante elevado que existe
+todavía, detrás del cual se había agrupado la guardia en un declive de<span class="pagenum" id="Page_283">[Pg 283]</span>
+la llanura. Al rededor de este cerro rebotaban las balas sobre el empedrado
+de la calzada hasta Napoleón. Como en Briene, sentía sobre su
+cabeza el silbido de las balas y de las granadas. Hanse recogido casi en
+el mismo punto donde puso los pies su caballo, balas oxidadas, hojas
+viejas de sable y proyectiles informes y corroídos. <em>Scabra rubigine.</em>
+Hace algunos años se desenterró un obús de á sesenta, cargado todavía,
+cuya espoleta se había roto al ras de la bomba. En esta última parada
+fué donde el emperador le dijo á su guía Lacoste, aldeano hostil, el cual
+iba atado lleno de miedo á la silla de un húsar, volviéndose á cada descarga
+de metralla, y procurando esconderse detrás de Napoleón: <em>¡Imbécil!
+Esto es vergonzoso. Vas á hacer que te maten por la espalda.</em></p>
+
+<p>El que estas líneas escribe ha encontrado por sí mismo en la movediza
+pendiente de aquel cerrillo, ahondando en la arena, los restos del
+cuello de una bomba, descompuestos por el óxido de cuarenta y seis
+años, y trozos de hierro viejo que se rompían entre sus dedos como varas
+de saúco.</p>
+
+<p>Las ondulaciones de las llanuras distintamente inclinadas, donde se
+verificó el combate entre Napoleón y Wellington, no son ya, como nadie
+ignora, lo que eran en 18 de junio de 1815. Al tomar de ese campo
+fúnebre lo que fué necesario para levantar en él un monumento, le quitaron
+su relieve natural, y la historia desconcertada no puede reconocerlo.</p>
+
+<p>Para glorificarlo se le ha desfigurado.</p>
+
+<p>Wellington, al volver á ver dos años después á Waterloo, exclamóse
+diciendo: <em>¡Me han cambiado mi campo de batalla!</em> Allí donde está hoy
+la gran pirámide de tierra coronada del león, había una cresta que descendía
+hacia el camino de Nivelles en rampa practicable, pero que del
+lado de la calzada de Genappe era casi escarpado por completo. La elevación
+de esta escarpadura puede medirse todavía en la actualidad por
+la altura de los dos terraplenes de las dos grandes sepulturas que encajonan
+el camino de Genappe á Bruselas: una, la tumba inglesa, á la izquierda;
+otra, la tumba alemana, á la derecha. No hay allí tumba
+francesa. Para Francia, toda aquella llanura es un sepulcro. Gracias á
+las mil y mil carretadas de tierra, empleadas para el promontorio de
+ciento cincuenta pies de alto y de casi media milla de circuito, la meseta
+de Mont Saint-Jean es hoy día accesible por una cuesta suave; el día
+de la batalla, sobre todo por la parte de la Haie-Sainte, era de acceso
+áspero y difícil, siendo tan inclinada la vertiente, que los cañones ingleses
+no veían por bajo de ellos la granja situada en el fondo del valle,
+centro del combate.</p>
+
+<p>El 18 de junio de 1815, la lluvia había además agrietado profundamente
+aquella aspereza, el lodo dificultaba la subida; de manera que no
+bastaba trepar, sino que era preciso hundirse en el barro. Á lo largo de<span class="pagenum" id="Page_284">[Pg 284]</span>
+la cresta de la meseta corría una especie de foso imposible de adivinar
+para un observador lejano.</p>
+
+<p>¿Qué foso era aquél? Digámoslo. Braine l'Alleud es una aldea de
+Bélgica. Ohain es otra. Estas aldeas, escondidas ambas en las curvas del
+terreno, están unidas por un camino de cerca de legua y media, que
+atraviesa una llanura ondulante, entrando y hundiéndose muchas veces
+como un surco entre las colinas, lo que convierte el camino en barranco
+en muchos puntos. En 1815, como hoy mismo, ese camino cortaba la
+cresta de la meseta de Mont Saint Jean entre las dos calzadas de Genappe
+y de Nivelles; solamente que en la actualidad está al mismo nivel
+de la llanura, y entonces era una hondonada, pues sus dos repechos laterales
+han servido para el promontorio monumental.</p>
+
+<p>Este camino era y es todavía una zanja en la mayor parte de su
+trayecto; zanja de una profundidad á veces de doce pies, y cuyas laderas
+escarpadas se hundían en algunos sitios, sobre todo en invierno, por
+la fuerza de los aguaceros. Esto ocasionaba diversos accidentes.</p>
+
+<p>El camino resultaba tan estrecho á la entrada de Braine l'Alleud,
+que un viajero había sido allí aplastado por un carro, como lo atestigua
+una cruz de piedra levantada junto al cementerio, donde se lee el
+nombre del muerto, <em>el señor Bernardo Debrye, mercader de Bruselas</em>,
+y la fecha del accidente, febrero de 1637.</p>
+
+<p>Dice así la inscripción:</p>
+
+<p class="center p1 p1b">
+D. M. O.<br>
+<br>
+AQUÍ FUÉ APLASTADO DESGRACIADAMENTE<br>
+POR UN CARRO<br>
+<br>
+EL SEÑOR BERNARDO DEBRYE,<br>
+MERCADER DE BRUSELAS ÉL (ilegible)<br>
+<br>
+FEBRERO DE 1637</p>
+
+<p>Era tan profundo también, en la meseta de Mont Saint Jean, que un
+aldeano, Mateo Nicaise, fué igualmente aplastado en 1783 por un hundimiento
+del repecho, lo que atestiguaba también otra cruz de piedra,
+cuyos brazos desaparecieron al hacerse el desmonte, pero cuyo pedestal
+derribado permanece todavía visible en la pendiente del césped, á la
+izquierda de la calzada, entre la Haie-Sainte y la granja de Mont-Saint-Jean.</p>
+
+<p>En un día de batalla, aquel camino hondo, de cuya existencia nada
+daba indicio, cortando la cresta de Mont Saint Jean, formando foso en
+la cima de la escarpadura, barranco oculto entre los cerros, era invisible,
+es decir, terrible.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_285">[Pg 285]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>El emperador dirige una pregunta al guía Lacoste</b></p>
+
+
+<p>Es lo cierto que, en la mañana de Waterloo, Napoleón estaba contento.</p>
+
+<p>Y tenía razón; el plan de batalla concebibo por él, según hemos consignado,
+era efectivamente admirable.</p>
+
+<p>Una vez empeñada la batalla, sus diversas peripecias, la resistencia
+de Hougomont, la tenacidad de la Haie Sainte, muerto Bauduin, Foy
+fuera de combate, el muro inesperado donde fué á estrellarse la brigada
+Soye, el fatal aturdimiento de Guilleminot al carecer de petardos y sacos
+de pólvora; el atascamiento de las baterías; las quince piezas sin escolta
+deshechas por Uxbridge en una hondonada; el poco efecto de las
+bombas al caer en las líneas inglesas, hundiéndose en el suelo empapado
+de agua por la lluvia levantando solamente volcanes de lodo, de
+suerte que la metralla se convertía en salpicadura fangosa; la inutilidad
+del ataque simulado de Piré contra Braine l'Alleud, toda esa caballería,
+quince escuadrones, casi anulada; el ala derecha inglesa poco inquietada,
+mal atacada el ala izquierda, el extraño error de Ney agrupado en
+vez de escalonar; las cuatro divisiones del primer cuerpo, masas compactas
+de veintisiete filas, y frentes de doscientos hombres, entregados
+así á la metralla; los horribles claros causados por las balas en esas masas;
+las columnas de ataque desunidas; la batería de escarpa bruscamente
+descubierta por su flanco; Bourgeois, Donzelot y Durutte comprometidos;
+Quiot rechazado; el teniente Vieux, aquel hércules procedente de
+la escuela politécnica, herido en el momento en que derribaba á hachazos
+la puerta de la Haie Sainte bajo el fuego lanzado de lo alto por la
+barricada inglesa que cortaba el ángulo de la carretera de Genappe á
+Bruselas; la división Marcognet, cogida entre la infantería y la caballería,
+fusilada á quemarropa entre los trigos por Best y Pack, acuchillada
+por Ponsomby, y clavada su batería de siete piezas; el príncipe de
+Sajonia Weymar manteniendo y conservando, contra el conde de Erlón,
+á Erischemont y Smohain; la bandera del 105 tomada, y tomada
+también la del 45; aquel húsar negro prusiano detenido por los exploradores
+de la columna volante de trescientos cazadores recorriendo el terreno
+entre Wavre y Plancenoit; las noticias poco tranquilizadoras dadas
+por este prisionero; la tardanza de Grouchy, los mil quinientos hombres
+muertos en menos de una hora en el cercado de Hougomont, los
+mil ochocientos caídos en menos tiempo todavía, alrededor de la Haie-Sainte;
+todos esos incidentes tempestuosos, pasando como nubes de la
+batalla delante de Napoleón, apenas turbaron su mirada sin haber anublado
+en modo alguno aquel semblante imperial con la menor incertidumbre.
+Napoleón estaba acostumbrado á mirar la guerra en general:
+jamás hizo guarismo por guarismo la adición dolorosa del detalle; los<span class="pagenum" id="Page_286">[Pg 286]</span>
+números le importaban poco, mientras le diesen el total de la Victoria.
+Aún cuando los principios saliesen equivocados, no se alarmaba, porque
+se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar, suponiéndose entonces
+fuera de la cuestión, trataba al destino de igual á igual. Parecía
+decir á la suerte: No creo que te atrevas.</p>
+
+<p>Dividido en luz y sombra, Napoleón se sentía protegido en el bien y
+tolerado en el mal. Tenía, ó creía tener en su favor, una connivencia,
+casi podría decirse una complicidad con los sucesos, equivalente á la
+antigua invulnerabilidad.</p>
+
+<p>No obstante, teniendo tras sí Bérésina, Leipzick y Fontainebleau,
+parece que podía desconfiarse de Waterloo. Un misterioso fruncimiento
+de cejas resultaba visible en el fondo del cielo.</p>
+
+<p>En el momento en que Wellington retrocedió, estremecióse Napoleón.
+Vió desguarnecerse de súbito la meseta de Mont Saint Jean y desaparecer
+el frente del ejército inglés. Era que se rehacía, pero ocultándose.
+El emperador se medio levantó sobre los estribos. El rayo de la
+victoria cruzó ante sus ojos.</p>
+
+<p>Wellington acorralado en la selva de Soignes y destruido, era el aniquilamiento
+definitivo de Inglaterra por Francia; era Crecy, Poitiers,
+Malplaquet y Ramillies vengados. El hombre de Marengo borraba á
+Azincourt.</p>
+
+<p>El emperador, meditando entonces aquella terrible peripecia, paseó
+por última vez su anteojo sobre todos los puntos del campo de batalla.
+Su guardia descansando sobre las armas detrás de él, le observaba desde
+abajo con cierta contemplación religiosa.</p>
+
+<p>Meditaba; examinaba las vertientes, observaba las pendientes, escudriñaba
+el grupo de árboles y el cuadro de centeno como el sendero;
+parecía cortar uno á uno los matorrales.</p>
+
+<p>Fijóse en las barricadas inglesas de las dos calzadas, dos anchas talas
+de árboles, la de la calzada de Genappe por cima de la Haie Sainte, armada
+con dos cañones, únicos de toda la artillería inglesa que apuntasen
+al fondo del campo de batalla, y la de la calzada de Nivelles donde
+resplandecían las bayonetas holandesas de la brigada Chassé. Vió junto
+á aquella barricada la antigua capilla de San Nicolás pintada de blanco,
+situada en el ángulo de la travesía hacia Braine l'Alleud.</p>
+
+<p>Inclinóse sobre el caballo, y habló á media voz al guía Lacoste. El
+guía hizo un signo de cabeza negativo, probablemente pérfido.</p>
+
+<p>Levantóse de nuevo el emperador y reflexionó.</p>
+
+<p>Wellington había retrocedido.</p>
+
+<p>Ya no faltaba más que completar aquel retroceso arrollándole de
+una vez.</p>
+
+<p>Napoleón, volviéndose bruscamente, expidió una estafeta á todo escape
+á París, anunciando que se había ganado la batalla.</p>
+
+<p>Napoleón era uno de esos genios que producen el trueno.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_287">[Pg 287]</span></p>
+
+<p>Acababa de encontrar el rayo.</p>
+
+<p>Dió orden á los coraceros de Milhaud de tomar la meseta de Mont-Saint
+Jean.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>Lo inesperado</b></p>
+
+
+<p>Eran tres mil quinientos. Presentaban un frente de un cuarto de legua.
+Eran hombres gigantes montados en caballos colosales. Eran veintiséis
+escuadrones, y tenían detrás, para apoyarles, la división de Lefebvre-Desnouettes,
+los ciento seis gendarmes escogidos, los cazadores de la
+guardia, mil ciento noventa y siete hombres, y los lanceros de la guardia,
+ochocientas ochenta lanzas. Llevaban cascos sin crines y corazas
+de hierro batido, pistolas de arzón en las fundas y largos espada sables.
+Por la mañana todo el ejército les había admirado, cuando, á las nueve,
+tocaban los clarines y entonaban todas las bandas el himno: <em>Velemos
+por la salud del imperio</em>, habían venido en columna cerrada, con una
+de sus baterías al flanco y la otra en el centro, desplegándose en dos filas
+entre la calzada de Genappe y Frischemont, para ocupar su punto de
+batalla en aquella poderosa segunda línea, tan sabiamente dispuesta por
+Napoleón, la cual, teniendo á su extrema izquierda los coraceros de Kellermann
+y á su extrema derecha los coraceros de Milhaud, tenía, por así
+decirlo, dos alas de hierro.</p>
+
+<p>El ayudante de campo Bernard les llevó la orden del emperador. Ney
+sacó su espada y se puso á la cabeza. Los escuadrones enormes partieron.</p>
+
+<p>Entonces se vió un espectáculo formidable.</p>
+
+<p>Toda aquella caballería, con los sables desenvainados, banderines y
+trompetas al viento, formada en columna por divisiones, descendió con
+un mismo movimiento y como un solo hombre, con la precisión de un
+ariete de bronce que abre una brecha, la colina de la Belle Alliance, penetrando
+en la formidable hondonada en donde tantos hombres habían ya
+caído, desapareció en medio del humo, saliendo después de entre la sombra,
+reapareciendo al lado del valle, siempre compacta y unida, subiendo
+al trote largo, al través de una nube de metralla que llovía sobre ella,
+la espantosa pendiente de fango de la meseta de Mont Saint Jean. Subían
+gravemente, amenazadores, imperturbables; en los intervalos de la fusilería
+y de la artillería, oíase aquel pisoteo colosal de caballos. Siendo dos
+divisiones, eran dos columnas; la división Wathier ocupaba la derecha,
+la división Derlot la izquierda. Creíase ver de lejos, prolongándose hacia
+la cresta de la meseta, dos inmensas culebras de acero atravesando la
+batalla como un prodigio.</p>
+
+<p>Nada parecido se había visto desde la toma del gran reducto de Moskowa
+por la caballería pesada. Murat faltaba aquí, pero estaba Ney.
+Parecía que aquella masa se había convertido en un monstruo, con una
+sola alma. Cada escuadrón ondulaba y se dilataba como el anillo de un<span class="pagenum" id="Page_288">[Pg 288]</span>
+pólipo, se les distinguía al través de una vasta humareda, rasgada aquí
+y allí. Revuelta y confusa mezcla de cascos, crines, sables, brincos borrascosos
+de las grupas de los caballos entre el estampido del cañón y el
+sonido de clarines, tumulto disciplinado y terrible; y por cima de todo,
+el movedizo brillar de las corazas como las escamas sobre la hidra.</p>
+
+<p>Esta narración parece de otros tiempos. Algo parecido á esta visión
+aparecía sin duda en las antiguas epopeyas órficas describiendo los
+hombres caballos, los antiguos hipántropos, esos titanes de cara humana
+y pecho ecuestre que escalaron á galope el Olimpo, horribles, invulnerables,
+sublimes; dioses y bestias.</p>
+
+<p>Extraña coincidencia numérica, veintiséis batallones iban á recibir
+á aquellos veintiséis escuadrones. Detrás de la cresta de la meseta, á la
+sombra de la batería oculta, la infantería inglesa, formada en trece
+cuadros, dos batallones por cuadro, y en dos líneas, siete en la primera,
+seis en la segunda, con la culata al hombro, apuntando y atenta á lo
+que iba á venir, serena, inmóvil, muda: estaba esperando. No veía á los
+coraceros, ni los coraceros la veían á ella. Oía cómo iba subiendo aquella
+marea de hombres. Oía cómo crecía el ruido de aquellos tres mil caballos,
+el pisoteo alternativo y simétrico de sus cascos al trote largo, el
+roce de las corazas, el choque de los sables, y una especie de resoplido
+grandioso y feroz. Hubo un momento de silencio espantoso; después,
+apareció de súbito por encima de la cresta una larga fila de brazos levantados
+blandiendo sables, y los cascos, y las trompetas, y los banderines;
+y tres mil cabezas con bigotes grises gritando: ¡Viva el emperador! Toda
+aquella caballería desembocando en la meseta, pareció el principio de
+un terremoto.</p>
+
+<p>De repente, cosa trágica, á la izquierda de los ingleses, á nuestra
+derecha, la cabeza de la columna de los coraceros se encabritó con un
+clamor horrible. Al llegar al punto culminante de la cresta, desenfrenados,
+en toda su furia y en su carrera de exterminio, sobre los cuadros
+y cañones, los coraceros acababan de ver entre ellos y los ingleses un
+foso, una gran zanja. Era la hondonada del camino de Ohain.</p>
+
+<p>Espantoso momento. El barranco estaba allí, inesperado, abierto á
+pico bajo los pies de los caballos, á la profundidad de dos toesas entre
+los repechos de ambos lados. La segunda fila empujó á la primera, y la
+tercera empujó á la segunda. Los caballos se encabritaban queriendo
+volver atrás, caían sobre sus grupas, alzaban al aire sus cuatro pies, tirando
+y derrumbando á los jinetes, agrupándose unos contra otros é
+imposibilitados de retroceder. Toda la columna no era más que un solo
+proyectil, la fuerza adquirida para destruir á los ingleses aplastó á los
+franceses. El barranco inexorable no podía ser vencido sino llenándole;
+jinetes y caballos rodaron confundidos en él, atropellándose y mezclados
+unos á otros, no formando más que una sola carne en aquel abismo;
+y cuando aquel foso estuvo ya lleno de hombres vivos, pasando por encima<span class="pagenum" id="Page_289">[Pg 289]</span>
+atravesaron la zanja los demás. Casi una tercera parte de la brigada
+Dubois se hundió en aquel abismo.</p>
+
+<p>Aquí comenzó la pérdida de la batalla.</p>
+
+<p>Una tradición local, evidentemente exagerada, dice que dos mil caballos
+y mil quinientos hombres quedaron sepultados en la hondonada
+de Ohain. En este número van verosímilmente comprendidos todos los
+demás cadáveres arrojados en el barranco al día siguiente del combate.</p>
+
+<p>Notaremos de paso que aquella brigada Dubois, tan funestamente
+maltratada, era la misma que una hora antes, en carga aparte, había
+arrancado su bandera al batallón de Lusebourg.</p>
+
+<p>Napoleón antes de ordenar la carga de los coraceros de Milhaud, había
+examinado el terreno, pero sin haber alcanzado ver ese camino hondo,
+que ni siquiera formaba un solo relieve en la superficie de la meseta.
+Advertido, sin embargo, y llamada su atención por la capillita blanca
+que marca el ángulo del camino con la calzada de Nivelles, había dirigido,
+probablemente sobre la eventualidad de un obstáculo, una pregunta
+al guía Lacoste. El guía había respondido <em>no</em>.</p>
+
+<p>Casi podría decirse que de aquel movimiento de cabeza de un aldeano
+surgió la catástrofe de Napoleón.</p>
+
+<p>Otras fatalidades debían todavía surgir.</p>
+
+<p>¿Era posible que Napoleón ganase aquella batalla? Nosotros respondemos
+que no. ¿Por qué? ¿Por causa de Wellington? ¿Por causa de Blücker?
+No. Por causa de Dios.</p>
+
+<p>Que venciese Bonaparte en Waterloo, no entraba ya en la ley del siglo
+XIX. Preparábase otra serie de hechos, en la cual no tenía cabida
+Napoleón. La mala voluntad de los sucesos venía anunciándose de larga
+fecha.</p>
+
+<p>Había llegado ya la época de la caída de aquel hombre inmenso.</p>
+
+<p>El excesivo peso de aquel hombre en el destino de la humanidad turbaba
+el equilibrio. Aquel individuo pesaba más él solo que el grupo universal.
+Esta plétora de toda la vitalidad humana concentrada en una
+sola cabeza, el mundo subiéndose al cerebro de un hombre, sería mortal
+para la civilización, á durar mucho. Había llegado el momento en que
+la incorruptible equidad suprema debía advertirlo. Probablemente se
+sentían lastimados los principios y los elementos, de los que dependen
+las gravitaciones regulares en el orden moral como en el orden material.
+La sangre humeante, el rellenamiento de los cementerios, las madres
+llorando, son en verdad quejidos temibles. Existen, cuando la tierra sufre
+excesivamente sobrecargada, gemidos misteriosos que parten de la
+sombra y oye el abismo.</p>
+
+<p>Napoleón había sido denunciado en el infinito, y estaba decretada su
+caída.</p>
+
+<p>Molestaba á Dios.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_290">[Pg 290]</span></p>
+
+<p>Waterloo no es, por lo tanto, una batalla; es el cambio de frente del
+universo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">X<br>
+<b>La meseta de Mont-Saint-Jean</b></p>
+
+
+<p>Al mismo tiempo que el barranco, descubrióse la batería.</p>
+
+<p>Sesenta cañones y los trece cuadros abrasaron á los coraceros á boca
+de jarro. El intrépido general Delort hizo el saludo militar á la batería
+inglesa.</p>
+
+<p>Toda la artillería volante inglesa había entrado al galope dentro de
+los cuadros. Los coraceros no tuvieron ni un solo minuto para respirar.
+El desastre del barranco les había diezmado, pero no desalentado. Eran
+de aquellos hombres que cuanto disminuyen en número lo aumentan en
+valor.</p>
+
+<p>La columna Wathier había sufrido únicamente el desastre; la columna
+Delort, á la que Ney había hecho oblicuar á la izquierda, como si
+presintiese el engaño, había llegado entera.</p>
+
+<p>Los coraceros se lanzaron sobre los cuadros ingleses.</p>
+
+<p>Pegados al cuerpo del caballo, las bridas sueltas, el sable entre los
+dientes y pistola en mano, tal fué el ataque.</p>
+
+<p>Hay momentos en las batallas en que el ánimo endurece al hombre
+hasta convertir al soldado en estatua, y en que toda su carne se vuelve
+granito. Los batallones ingleses, desesperadamente acometidos, no se
+movieron.</p>
+
+<p>Aquello fué horroroso.</p>
+
+<p>Todos los frentes de los cuadros ingleses fueron atacados á la vez. Un
+torbellino frenético los envolvía. Aquella fría infantería permaneció impasible.
+La primera fila, rodilla en tierra, recibió á los coraceros con
+las bayonetas, la segunda los fusilaba; detrás de la segunda fila, los artilleros
+cargaban los cañones, abríase el frente del cuadro, dejando pasar
+una erupción de metralla, y volvía á cerrarse. Los coraceros respondían
+aplastando. Sus grandes caballos se encabritaban, levantando
+las piernas sobre las filas enemigas, saltando por encima de las bayonetas
+y cayendo como gigantes en medio de aquellos cuatro muros
+vivientes. Las balas abrían claros en los coraceros, los coraceros abrían
+brechas en los cuadros. Filas enteras de hombres desaparecían deshechas
+bajo los pies de los caballos. Las bayonetas se hundían en los vientres
+de aquellos centauros. De ahí la deformidad de heridas como no se
+hayan visto tal vez nunca.</p>
+
+<p>Mutilados los cuadros por aquella caballería enfurecida, estrechábanse
+sin descomponerse. Inagotables en metralla, estallaban en medio
+de sus acometedores. La forma de ese combate era monstruosa. Aquellos
+cuadros no eran ya batallones, eran cráteres, aquellos coraceros no eran<span class="pagenum" id="Page_291">[Pg 291]</span>
+una caballería, sino una tempestad. Cada cuadro era un volcán atacado
+por una nube; la lava combatiendo al rayo.</p>
+
+<p>El último cuadro de la derecha, el más expuesto de todos por carecer
+de apoyo, fué casi aniquilado á los primeros choques. Componíase
+del 75.º regimiento de highlanders. El gaitero, colocado en el centro,
+mientras se exterminaban á su alrededor, bajando con distracción profunda
+sus ojos melancólicos, llenos del reflejo de las selvas y los lagos,
+sentado sobre un tambor y su gaita bajo el brazo, tocaba los aires de
+sus montañas. Aquellos escoceses morían pensando en Ben Lothian, como
+los griegos acordándose de Argos. El sable de un coracero, derribando
+de un golpe la gaita y el brazo que la sostenía, acabó con la música,
+matando al músico.</p>
+
+<p>Los coraceros relativamente poco numerosos, y aminorados por la
+catástrofe del barranco, tenían en contra suya á casi todo el ejército
+inglés; pero se multiplicaban, valiendo cada uno por diez. Así es que
+algunos batallones hannoverianos iban ya replegándose. Wellington lo
+vió, y pensó en su caballería. Si Napoleón, en aquel mismo instante
+hubiese pensado en su infantería, habría ganado la batalla. Este olvido
+fué su grande y fatal error.</p>
+
+<p>De pronto los coraceros acometedores viéronse acometidos. La caballería
+inglesa estaba á sus espaldas. Al frente los cuadros, detrás Somerset;
+Somerset eran los mil cuatrocientos guardias dragones; Somerset
+tenía á su derecha á Dornberg con la caballería ligera de alemanes, y á
+su izquierda á Trip con los carabineros belgas; los coraceros, atacados
+de frente y retaguardia, á derecha é izquierda, por la infantería y la caballería,
+tenían que hacer cara á todas partes. ¿Qué les importaba? Eran
+un torbellino. Su bravura rayó en lo inexplicable.</p>
+
+<p>Además, tenían detrás de sí la batería, tronando sin cesar. Y sólo así
+podían ser, tales hombres, heridos por la espalda. Una de sus corazas,
+agujereada en el omóplato izquierdo por una bala de cañón, está en la
+colección del museo de Waterloo.</p>
+
+<p>Para tales franceses, eran indispensables ingleses como aquéllos.</p>
+
+<p>Ya no fué aquello una lucha; fué una sombra, una furia, un arrebato
+vertiginoso de ánimo y valor, un huracán de espadas centelleantes. En un
+instante los mil cuatrocientos guardias dragones quedaron reducidos á
+ochocientos; Fuller, su teniente coronel, cayó muerto. Ney acudió con
+los lanceros y cazadores de Lefebvre Desnouettes. La meseta de Mont-Saint
+Jean fué tomada, recobrada, y vuelta á tomar. Los coraceros dejaban
+la caballería para volverse contra la infantería, ó por mejor decir,
+toda aquella confusión formidable se acogotaba, sin soltarse uno á otro.
+Los cuadros permanecieron firmes. Hubo doce asaltos. Ney tuvo cuatro
+caballos muertos. La mitad de los coraceros quedó en la meseta. Esta
+horrorosa lucha duró dos horas.</p>
+
+<p>El ejército inglés quedó profundamente quebrantado. Es indudable<span class="pagenum" id="Page_292">[Pg 292]</span>
+que si los coraceros no hubiesen sido debilitados en su primer choque
+por el desastre de la hondonada, habrían acorralado el centro y decidido
+la victoria. Esta caballería extraordinaria petrificó á Clinton, quien había
+visto las batallas de Talavera y Badajoz. Wellington, vencido en sus tres
+cuartas partes, admirábales heroicamente, exclamando á media voz:
+¡Sublime!<a id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a></p>
+
+<p>Los coraceros destrozaron siete de los trece cuadros, tomaron ó clavaron
+sesenta piezas de artillería, y cogieron á los regimientos ingleses
+seis banderas, que tres coraceros y tres cazadores de la guardia fueron
+á llevar al emperador delante de la granja de la Belle-Alliance.</p>
+
+<p>La situación de Wellington había empeorado. Aquella batalla singular
+era como un duelo entre dos heridos encarnizados, que, cada uno por
+su parte, al par que combate y se resiste, va perdiendo toda la sangre.
+¿Cuál de los dos caerá primero?</p>
+
+<p>La lucha de la meseta continuaba.</p>
+
+<p>¿Hasta dónde llegaron los coraceros? Nadie podría decirlo. Lo que sí
+es cierto, es que al día siguiente de la batalla fueron hallados muertos
+un coracero y su caballo entre la armadura de la báscula de pesar carruajes
+en Mont-Saint-Jean, en el punto mismo donde se cruzan y dividen
+los cuatro caminos de Nivelles, de Genappe, de La Hulpe y de Bruselas.
+Este jinete había atravesado las líneas inglesas. Uno de los hombres
+que levantaron su cadáver vive todavía en Mont Saint Jean. Se llama
+Dehaze. Tenía á la sazón diez y ocho años.</p>
+
+<p>Wellington se sentía desfallecer. La crisis era inminente. Los coraceros
+no habían conseguido su objeto, puesto que el centro no había sido
+destruido. Todos ocupaban la meseta, pero nadie la poseía; sin embargo
+dominaban la mayor parte los ingleses.</p>
+
+<p>Wellington ocupaba la población y la llanura culminante; Ney no
+tenía mas que la cresta y la pendiente. Unos y otros parecían haber echado
+raíces en aquel suelo fúnebre.</p>
+
+<p>Pero el decaimiento de los ingleses parecía irremediable. La hemorragia
+de su ejército era horrible. Kempt, en el ala izquierda, reclamaba
+refuerzo. <em>No le hay</em>, respondía Wellington; <em>¡Que se haga matar!</em> Casi
+en el mismo instante, coincidencia singular que pinta el abatimiento en
+ambos ejércitos, Ney pedía infantería á Napoleón, y Napoleón exclamaba:
+<em>¡Infantería! ¿De dónde quiere que la saque? ¿Quiere que la haga
+yo?</em></p>
+
+<p>Sin embargo, el ejército inglés era el más debilitado. Los combates
+furiosos de aquellos poderosos escuadrones con corazas de hierro y pechos
+de acero, habían aniquilado su infantería. Algunos hombres, alrededor
+de una bandera, marcaban el lugar donde hubo un regimiento:
+batallones había, mandados únicamente por un capitán ó por un teniente;<span class="pagenum" id="Page_293">[Pg 293]</span>
+la división Alten, tan maltratada ya en la Haie-Sainte, estaba casi
+destruida; los intrépidos belgas de la brigada Van Kluze, cubrían con
+sus cadáveres los centenos á lo largo del camino de Nivelles; casi nada
+quedaba de aquellos granaderos holandeses que en 1811, mezclados en
+España á nuestras filas, combatieron á Wellington, y que en 1815, aliados
+á los ingleses, combatían á Napoleón. La pérdida de sus oficiales era
+considerable. Lord Uxbridge, que al día siguiente hizo enterrar su pierna,
+tenía la rodilla destrozada. Si, por parte de los franceses, en las cargas
+de los coraceros, Delort, l'Héritier, Colbert, Duop, Travers y Blancard
+quedaron fuera de combate, por la de los ingleses, estaba herido
+Alten, Barne lo estaba también, Delancey muerto, Van Meeren muerto,
+Ompteda muerto, y todo el estado mayor de Wellington fué diezmado,
+llevando Inglaterra la peor parte en aquel equilibrio sangriento. El 2.º
+regimiento de guardias de infantería había perdido cinco tenientes coroneles,
+cuatro capitanes y tres alféreces; el primer batallón del 30.º de
+infantería había perdido veinticuatro oficiales y ciento doce soldados;
+el 79.º de montañeses tenía veinticuatro oficiales heridos, diez y ocho
+oficiales muertos, y cuatrocientos cincuenta soldados también muertos.</p>
+
+<p>Loa húsares hannoverianos de Comberland, un regimiento entero,
+con su coronel Hacke á la cabeza, quien más tarde debía ser juzgado y
+destituido, habían vuelto grupas ante la lucha refugiándose en el bosque
+de Soignes, sembrando la dispersión hasta Bruselas. Los carros, los
+tiros, los bagajes, los furgones llenos de heridos, viendo ganar terreno á
+los franceses y acercarse á la selva, precipitáronse en ella; los holandeses,
+acuchillados por la caballería francesa, gritaban: ¡Al arma!</p>
+
+<p>Desde Vert Coucou hasta Groenendael, en una extensión de cerca
+dos leguas en dirección á Bruselas, hubo, al decir de testigos que viven
+todavía, una verdadera invasión de fugitivos. El pánico fué tal, que se
+comunicó al príncipe de Condé en Malinas y al mismo Luis XVIII en
+Gante. Á excepción de la débil reserva escalonada detrás del hospital de
+sangre, establecido en la granja de Mont Saint Jean y de las brigadas
+Vivian y Vandeleur que flanqueaban el ala izquierda, Wellington no tenía
+ya caballería. Gran número de baterías estaban desmontadas. Estos
+hechos están confesados por Siborne; y Pringle, exagerando el desastre,
+llega á decir que el ejército anglo holandés, había quedado reducido á
+treinta y cuatro mil hombres. El duque de hierro permanecía sereno,
+pero sus labios estaban blancos. El comisario austríaco Vincent y el
+comisario español Álava, testigos de la batalla en el estado mayor inglés,
+creyeron al duque ya perdido. Á las cinco miró Wellington su reloj,
+y se le oyó murmurar esta frase sombría: <em>¡Blücker ó la noche!</em></p>
+
+<p>Esto fué casi en el mismo instante en que una línea lejana de bayonetas,
+brillaba en las alturas del lado de Frischemont.</p>
+
+<p>Ahí estaba la peripecia de aquel drama gigante.</p>
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_294">[Pg 294]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">XI<br>
+<b>Mal guía para Napoleón, bueno para Bülow</b></p>
+
+
+<p>Bien conocido es el doloroso error de Napoleón; esperando á Grouchy,
+apareció Blücker; la muerte en lugar de la vida.</p>
+
+<p>El destino tiene estos reveses; cuando se espera el trono del mundo,
+se divisa Santa Elena.</p>
+
+<p>Si el pastorcillo que servía de guía á Bülow, teniente de Blücker, le
+hubiese aconsejado dejar la selva por encima de Frischemont mejor que
+por encima de Plancenoit, la fisonomía del siglo XIX hubiera sido quizá
+diferente. Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo.</p>
+
+<p>Por cualquier otro camino más elevado que el de Plancenoit, el ejército
+prusiano salía á un barranco infranqueable para la artillería, y Bülow
+no podía llegar.</p>
+
+<p>Pues bien, con una sola hora de retraso, y es el general prusiano
+Muffling quien lo dice, Blücker no hubiera encontrado á Wellington de
+pie: «la batalla estaba perdida».</p>
+
+<p>Era ya tiempo, como se ve, de que Bülow llegase. Había á la verdad,
+retardado mucho: había pernoctado en Dion-le Mont, de donde
+había salido al despuntar el alba. Pero los caminos estaban impracticables,
+y sus divisiones se habían atascado. Los carriles que abrían las
+ruedas de los cañones en el barro, llegaban hasta los ejes. Además, había
+sido preciso pasar el Dyle por el estrecho puente de Wavre; la calle
+que conduce al puente, había sido incendiada por los franceses, las cajas
+y furgones de artillería no pudiendo pasar por entre dos filas de casas
+ardiendo, tuvieron que esperar á que se apagara el incendio. Eran
+ya las doce, cuando la vanguardia de Bülow no había podido llegar todavía
+á Chapelle-Saint Lambert.</p>
+
+<p>De haber comenzado la acción dos horas más temprano, hubiese terminado
+á las cuatro, y Blücker hubiera caído sobre la batalla ganada
+por Napoleón. Tales son esos inmensos azares, proporcionados á un infinito
+que está muy por encima de nuestros alcances.</p>
+
+<p>Desde el medio día, el emperador el primero, con su anteojo de larga
+vista, había divisado al extremo del horizonte, algo que le llamó su atención.
+Y había dicho: Allá, á lo lejos, veo una nube que me parece ser de
+tropas. Luego, preguntó al duque de Dalmacia:</p>
+
+<p>—Soult, ¿qué es lo que veis hacia Chapelle-Saint-Lambert? El mariscal,
+aplicando su anteojo, respondió: Cuatro ó cinco mil hombres, señor.
+Evidentemente Grouchy. Sin embargo, aquello continuaba inmóvil en la
+bruma. Todos los anteojos del estado mayor habían examinado «la nube»
+designada por el emperador. Algunos habían dicho: Son columnas
+que hacen alto. La mayor parte decía: Son árboles. La verdad es que la
+nube no se movía. El emperador había destacado para reconocer aquel
+punto obscuro la división de caballería ligera de Domon.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_295">[Pg 295]</span></p>
+
+<p>Bülow, en efecto, no se había movido. Su vanguardia era muy débil,
+y nada podía hacer. Debía esperar al grueso del ejército, y tenía
+orden de concentrarse antes de entrar en línea; pero á las cinco, viendo
+Blücker el peligro de Wellington, ordenó á Bülow que atacase, y dijo
+esta frase notable: «Es preciso dar aire al ejército inglés».</p>
+
+<p>Poco después, las divisiones, Losthin, Hiller, Hacke y Ryssel, se desplegaban
+ante el cuerpo de Lobau; la caballería del príncipe Guillermo
+de Prusia salía del bosque de París; Plancenoit estaba ardiendo, y las
+balas prusianas comenzaban á llover, llegando hasta las líneas de la
+guardia de reserva detrás de Napoleón.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XII<br>
+<b>La guardia</b></p>
+
+
+<p>Cualquiera sabe lo demás: la irrupción de un tercer ejército, la batalla
+dislocada, ochenta y seis bocas de fuego tronando de repente, Pirch
+llegado de nuevo con Bülow, la caballería de Zieten mandada por Blücker
+en persona, los franceses rechazados, Marcognet arrojado de la meseta
+de Ohain, Durutte desalojado de Papelotte, Donzelot y Quiot retrocediendo,
+Lobau acuchillado, una nueva batalla precipitándose al caer
+de la noche sobre los regimientos franceses debilitados, toda la línea inglesa
+volviendo á tomar la ofensiva y marchando adelante, la gigantesca
+brecha abierta en el ejército francés, la metralla inglesa y la metralla
+prusiana auxiliándose, el exterminio, el desastre de frente, el desastre
+en los flancos, y la guardia entrando en línea bajo aquel espantoso
+derrumbamiento.</p>
+
+<p>Como ésta presentía que iba á morir, gritó: ¡Viva el emperador! La
+historia no registra nada tan conmovedor como aquella agonía estallando
+en aclamaciones.</p>
+
+<p>El cielo había estado cubierto todo el día. De repente, en aquel mismo
+instante, las ocho de la tarde, rasgáronse las nubes del horizonte dejando
+pasar, al través de los olmos de la carretera de Nivelles, el grande
+y siniestro fulgor del sol poniente. Habíasele visto salir en Austerlitz.</p>
+
+<p>Para aquel desenlace, cada batallón de la guardia iba mandado por
+un general. Friant, Michel, Roguet, Harlet, Mallet y Poret de Morvan,
+estaban allí. Cuando aparecieron las elevadas gorras de los granaderos
+de la guardia con la ancha placa del águila, y se vieron éstos, simétricos,
+alineados y serenos, entre la bruma de aquella pelea, sintió el enemigo
+respeto hacia Francia; creyó ver entrar veinte victorias en el campo
+de batalla con alas desplegadas, y, los vencedores, creyéndose vencidos,
+retrocedieron; pero Wellington gritó: <em>¡Arriba, guardias, y buena
+puntería!</em></p>
+
+<p>El regimiento encarnado de guardias inglesas, tendido detrás de los
+setos, se levantó; una lluvia de metralla acribilló la bandera tricolor,
+flotante en medio de nuestras águilas; precipitáronse todos enseguida<span class="pagenum" id="Page_296">[Pg 296]</span>
+unos contra otros, y empezó la suprema matanza. La guardia imperial
+sentía entre las sombras cómo el ejército iba cediendo á su alrededor, y
+el inmenso estremecimiento de la derrota; oyó el grito de ¡sálvese quien
+pueda! que había reemplazado al de ¡viva el emperador! y teniendo la
+fuga detrás y la muerte delante, continuaba avanzando y muriendo. No
+hubo allí vacilantes ni tímidos. Cada soldado de aquella tropa era tan
+héroe como el general. Ni uno solo de sus hombres faltó al suicidio.</p>
+
+<p>Ney, desatinado, elevándose á toda la altura del que acepta la muerte,
+ofrecíase á todos los golpes de aquella tormenta. Allí perdió su quinto
+caballo. Empapado en sudor, saltando fuego de sus ojos, espumantes
+los labios, desabrochado el uniforme, una de sus charreteras medio cortada
+por el sablazo de un jinetes de la guardia inglesa, su placa de la
+grande águila abollada por una bala, lleno de sangre y de lodo, admirable,
+con una espada rota en la mano, y exclamando; <em>¡Venid á ver cómo
+muere un mariscal de Francia en el campo de batalla!</em> Pero inútilmente;
+no murió. Aparecía rudo é indignado. Lanzó á Drouet de Erlón esta
+pregunta: «<em>¿Es que no quieres hacerte matar?</em>». Y seguía gritando en
+medio de toda aquella artillería que iba destrozando á un puñado de
+hombres: <em>¿No hay nada para mí? ¡Oh! ¡Quisiera que todas esas balas
+inglesas entrasen en mi pecho!</em></p>
+
+<p>¡Estabas reservado para las balas francesas! ¡desdichado!</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XIII<br>
+<b>La catástrofe</b></p>
+
+
+<p>La derrota á espaldas de la guardia fué lúgubre.</p>
+
+<p>El ejército se replegó bruscamente y á la vez, por todas partes: de
+Hougomont, de la Haie Sainte, de Papelotte, de Plancenoit. El grito de:
+¡Traición! fué seguido del grito: ¡Sálvese quien pueda!</p>
+
+<p>Un ejército que se desbanda es un deshielo. Todo cede, se rompe, estalla,
+flota, rueda, cae, choca, se empuja y precipita. ¡Destrucción
+inaudita!</p>
+
+<p>Ney toma otro caballo, salta encima, y sin sombrero, sin corbata,
+sin espada, se coloca en medio de la calzada de Bruselas, deteniendo á la
+vez á ingleses y á franceses. Intenta retener al ejército; llama, insulta,
+se aferra á la derrota. Pero es rechazado por ella. Los soldados se le escapan,
+gritando: <em>¡Viva el mariscal Ney!</em></p>
+
+<p>Dos regimientos de Durutte van y vienen despavoridos y como agitados
+entre los sables de los ulanos y el fuego de las brigadas de Kempt,
+de Best, de Park y de Rylandt. La peor de las luchas es la derrota; los
+amigos se matan entre sí por huir; los escuadrones y los batallones dispersándose
+chocando unos contra otros; enorme espuma de la batalla.
+Lobau en un extremo y Reille en el otro, son arrollados por aquella ola.
+En vano Napoleón forma muralla con lo que le queda de su guardia; en
+vano emplea para el último esfuerzo sus escuadrones de servicio. Quiot<span class="pagenum" id="Page_297">[Pg 297]</span>
+retrocede ante Vivian, Kellermann ante Vandeleur, Lobau ante Bülow,
+Morand ante Pirch, Domon y Subervic delante del príncipe Guillermo
+de Prusia, Guyot, que dirige la carga de los escuadrones del emperador,
+cae bajo los pies de los dragones ingleses. Napoleón recorre al galope la
+línea de los fugitivos, les arenga, incita, amenaza y suplica. Todas las
+bocas que exclamaban por la mañana viva el emperador, permanecen
+abiertas y en suspenso; apenas hay allí quien le conozca. La caballería
+prusiana, venida de refresco, se precipita, vuela, acuchilla, corta, hiende,
+mata, y extermina. Los tiros se arremolinan, los cañones se vuelcan;
+los soldados del tren desenganchan los arcones y toman los caballos
+para escapar; los furgones volcados con las ruedas al aire, impiden el
+tránsito, ocasionando asesinatos; todos se aplastan, se atropellan, caminando
+sobre muertos y vivos. Los brazos se alzan desesperados. Una
+multitud vertiginosa llena los caminos, los senderos, los puentes, las llanuras,
+las colinas, los valles y los bosques obstruidos por la evasión de
+cuarenta mil hombres. Gritos, desesperación, morrales y fusiles arrojados
+entre los centenos, paso abierto á estocadas, no hay allí distinciones
+entre camaradas, oficiales, ni generales; el espanto es indescriptible.
+Zieten acuchilla á la Francia á su placer. Los leones se han convertido
+en corzos. Tal fué aquella fuga.</p>
+
+<p>En Genappe se intentó volver la cara, hacer frente, contener. Lobau
+reunió trescientos hombres, y con ellos levantó una barricada á la entrada
+de la aldea; pero á la primera descarga de la metralla prusiana,
+huyeron todos, y Lobau fué hecho prisionero. Todavía se ve hoy impresa
+aquella descarga de metralla en el antiguo paredón de un edificio de
+ladrillo, á la derecha del camino, pocos minutos antes de llegar á Genappe.
+Los prusianos se lanzaron sobre Genappe, furiosos sin duda de
+ser tan fácilmente vencedores. La persecución fué monstruosa. Blücker
+ordenó el exterminio. Roguet había ya dado el triste ejemplo de amenazar
+de muerte á todo granadero francés que le llevara un prisionero prusiano.
+Blücker sobrepujó á Roguet. El general de la guardia joven, Duhesme,
+acorralado contra la puerta de una posada en Genappe, entregó
+su espada á un húsar de la muerte, quien la tomó, matando luego al
+prisionero. La victoria terminó con el asesinato de los vencidos. Castiguemos,
+ya que somos la historia; el viejo Blücker se deshonró. Semejante
+ferocidad fué el colmo del desastre. La derrota desesperada atravesó
+Genappe, atravesó Quatre Bras, atravesó Gosselies, atravesó Frasnes,
+atravesó Charleroi, atravesó Thuin, y no paró hasta la frontera. ¡Ay!
+¿Y quién era el que huía de esta suerte? El grande ejército.</p>
+
+<p>Este vértigo, este terror, ese derrumbamiento del más alto valor que
+jamás ha admirado la historia, ¿deja por ventura de tener su causa? No.
+La sombra de una enorme recta se proyectaba sobre Waterloo. Era la
+jornada del destino. Una fuerza superior al hombre fué la que trazó la
+línea de este día.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_298">[Pg 298]</span></p>
+
+<p>De ahí la espantosa sumisión de todas las frentes; de ahí todas aquellas
+almas grandes rindiendo sus espadas. Los que habían vencido á la
+Europa cayeron aterrados, sin tener ya nada que hacer ni que decir,
+sintiendo en la sombra la presencia de un algo terrible. <em>Hoc erat in fatis.</em>
+Aquel día cambió la perspectiva del género humano. Waterloo es el
+gozne del siglo <span class="allsmcap">XIX</span>. La desaparición del grande hombre era necesaria al
+advenimiento del gran siglo. Alguien, á quien nadie replica, se encargó
+de ello. Así se explica el pánico de aquellos héroes. En la batalla de Waterloo
+no hubo sólo una nube, hubo un meteoro. Pasó Dios.</p>
+
+<p>Al caer de la noche en un campo cercano á Genappe, Bernard y
+Bertrand asieron por el faldón de la levita y detuvieron, á un hombre
+esquivo, pensativo, siniestro, que arrastrado hasta allí por la corriente
+de la derrota, acababa de echar pie á tierra, habiendo pasado el brazo
+por la brida de su caballo y, con ojos extraviados, regresaba solo á Waterloo.
+Era Napoleón, intentando todavía ir adelante; inmenso sonámbulo
+de aquel sueño de gloria anonadada.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XIV<br>
+<b>El último cuadro</b></p>
+
+
+<p>Algunos cuadros de la guardia, inmóviles entre la corriente de la
+derrota, como rocas en el agua que pasa, se sostuvieron hasta la noche.
+Venía la noche, y con ella la muerte; esperaron esa doble obscuridad, é
+inquebrantables, dejáronse envolver por ambas. Cada regimiento, aislado
+de los demás, y no teniendo ya lazo alguno que les uniese al ejército,
+roto por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado posiciones
+para ejecutar esta última acción, los unos sobre las alturas de Rossomme,
+los otros en la llanura de Mont-Saint Jean. Allí, abandonados, vencidos
+y terribles, aquellos cuadros sombríos agonizaban formidablemente.
+Ulm, Wagram, Jena, Friedland, morían en ellos.</p>
+
+<p>Á la hora del crepúsculo, á eso de las nueve de la noche, en la falda
+de la meseta de Mont-Saint Jean, quedaba uno todavía. En ese valle funesto,
+al pie de aquella pendiente, trepada antes por los coraceros, inundada
+entonces por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes de la
+artillería enemiga victoriosa, bajo una espantosa densidad de proyectiles,
+aquel cuadro luchaba aún. Mandábalo un oficial llamado Cambronne.
+Á cada descarga, el cuadro disminuía y contestaba. Replicaba á la
+metralla con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro lados.
+De lejos, los fugitivos, parándose algunos momentos para tomar aliento,
+oían en las tinieblas aquel tronar sombrío y decreciente.</p>
+
+<p>Cuando esta legión quedó reducida á un solo puñado de hombres,
+cuando su bandera no fué más que un jirón, cuando sus fusiles, agotadas
+las balas, no fueron más que palos, cuando el montón de cadáveres
+fué mayor que el grupo viviente, hubo entre los vencedores una especie
+de terror sagrado, en torno de aquellos moribundos sublimes, y la artillería<span class="pagenum" id="Page_299">[Pg 299]</span>
+inglesa, recobrando el aliento, enmudeció. Fué una especie de tregua.
+Aquellos combatientes tenían á su alrededor como un hormigueo de
+espectros, siluetas de hombres á caballo, el negro perfil de los cañones,
+el cielo blanco, divisado á través de las ruedas y de las cureñas. La colosal
+calavera que los héroes entrevén siempre entre el humo, en el fondo
+de la batalla, se adelantaba mirándolos, hacia ellos. Pudieron oir fácilmente
+entre la sombra crepuscular cómo se cargaban las piezas; las
+mechas encendidas, semejantes á ojos de tigre entre la obscuridad de la
+noche, formaron un círculo alrededor de sus cabezas; todos los bota fuegos
+de las baterías inglesas se acercaron á los cañones, y entonces, al
+tener el instante supremo suspendido sobre aquellos hombres, conmovido
+un general inglés, Colville según unos, Maitland según otros, les
+gritó: ¡Valientes franceses, rendíos! Cambronne respondió:</p>
+
+<p>—¡Mierda!</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XV<br>
+<b>Cambronne</b></p>
+
+
+<p>El respeto debido á los lectores no puede llegar al extremo de vedar
+al historiador la repetición de la palabra, tal vez más adecuada, que ha
+dicho un francés. Esto prohibiría la consignación de lo sublime en la
+historia.</p>
+
+<p>Prohibición que infringiríamos nosotros por nuestra cuenta y riesgo.</p>
+
+<p>Conste, pues, que en medio de aquellos gigantes, hubo un titán:
+Cambronne.</p>
+
+<p>Decir esta palabra y morir enseguida, ¡hay nada más grande! Porque
+morir es el querer morir, y no fué culpa suya si después de ametrallado
+sobrevivió.</p>
+
+<p>El hombre que ganó la batalla de Waterloo, no es Napoleón derrotado,
+no es Wellington replegándose á las cuatro y desesperado á las cinco;
+no es Blücker, que no llegó á batirse; el hombre que ganó la batalla
+de Waterloo fué Cambronne.</p>
+
+<p>Fulminar con semejante palabra el trueno que os mata, es vencer.</p>
+
+<p>Dar esta respuesta á la catástrofe, decir esto al destino, conceder esta
+base al león futuro, arrojar esa réplica á la lluvia de la noche, al muro
+traidor de Hougomont, á la hondonada de Ohain, al retraso de Grouchy,
+á la llegada de Blücker; ser la ironía en el sepulcro, saber quedar en pie
+después de haber caído, ahogar en dos sílabas la coalición europea, ofrecer
+á los reyes aquellas letrinas ya conocidas de los Césares, hacer de la
+última de las palabras la primera, mezclando con ella el brillo de la Francia;
+cerrar insolentemente la jornada de Waterloo con el martes de Carnaval,
+completar á Leónidas con Rabelais, resumir aquella victoria en
+una palabra suprema, imposible de pronunciar; perder el terreno y conservar
+la historia, y después de aquella matanza conquistarse la risa, es
+verdaderamente inmenso.</p>
+
+<p>Es insultar al rayo, es llegar á la grandeza esquiliana.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_300">[Pg 300]</span></p>
+
+<p>La palabra de Cambronne hace el efecto de una fractura. Es la ruptura
+del pecho por el desdén: es el desbordamiento de la agonía que estalla.
+¿Quién fué el vencedor? ¿Wellington? No. Sin Blücker estaba perdido.
+¿Fué Blücker? No. Si Wellington no hubiera comenzado, Blücker
+no hubiera podido concluir. Aquel Cambronne, aquel pasajero de última
+hora, aquel soldado ignorado, aquel átomo de la guerra, siente que hay
+allí una mentira en una catástrofe, doblemente punzante, y en el punto
+en que estalla de rabia, le ofrece esta irrisión: ¡la vida! ¿Cómo no botar?</p>
+
+<p>Están allí todos los reyes de Europa, los generales afortunados, los
+Júpiter tonantes; tienen cien mil soldados victoriosos, y detrás de los
+cien mil, un millón; sus cañones, con las mechas encendidas, están prontos,
+tienen bajo sus plantas la guardia imperial y al gran ejército, acaban
+de aplastar á Napoleón, y no queda ya más que Cambronne. No
+queda ya para protestar más que aquel gusano.</p>
+
+<p>Pero él protestará. Entonces busca él una palabra como se busca una
+espada. La espuma se le viene á los labios, y es aquella espuma la palabra.
+Ante aquella victoria prodigiosa y medianísima, ante aquella victoria
+sin victoriosos, aquel desesperado se levanta; sometiendo á la
+enormidad, hace constar su nada; hace más que escupir en ella; y abrumado
+bajo el peso del número, la fuerza y la materia, encuentra el
+alma, una expresión, el excremento. Lo repetimos, decir esto, hacer esto,
+hallar esto, es ser el vencedor.</p>
+
+<p>El espíritu de los grandes días penetró en este hombre desconocido
+en aquel instante fatal. Cambronne dió con la palabra de Waterloo
+como Rouget de l'Isle dió con la <em>Marsellesa</em>, por la intuición de un
+soplo de lo alto.</p>
+
+<p>Un efluvio del huracán divino se desprende y viene á pasar al través
+de estos hombres, los cuales se estremecen, entonando el uno el cántico
+supremo, y lanzando el otro el grito terrible. Aquella palabra de desdén
+titánico, no la lanzó Cambronne únicamente á Europa en nombre del imperio;
+hubiera sido poco; dirigiola al pasado en nombre de la Revolución.
+Siéntese y reconócese en Cambronne el alma antigua de los gigantes.
+Parece ser Dantón que habla, ó Kleber que ruge.</p>
+
+<p>Á la palabra de Cambronne, la voz inglesa contestó: ¡Fuego! Las
+baterías fulguraron, retembló la colina, de todas aquellas bocas de bronce
+salió el postrer vómito de espantosa metralla, levantóse una vasta
+humareda, vagamente blanqueada por la luna naciente. Cuando se hubo
+disipado el humo, ya no había nada. Aquel resto formidable acababa
+de ser aniquilado: la guardia estaba muerta.</p>
+
+<p>Los cuatro muros del reducto viviente yacían destrozados, apenas se
+percibía aquí y allá algún sacudimiento entre los cadáveres. Así fué
+cómo las legiones francesas, más grandes que las legiones romanas, expiraron
+en Mont Saint Jean, sobre el suelo empapado de agua y sangre,
+entre los trigos sombríos, en el mismo lugar por donde pasa ahora á las<span class="pagenum" id="Page_301">[Pg 301]</span>
+cuatro de la madrugada, silbando y fustigando alegremente su caballo,
+José, el conductor de la valija-correo de Nivelles.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XVI<br>
+<b>¿Quot libras in duce?</b></p>
+
+
+<p>La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la
+ganaron como para quien la perdió. Para Napoleón fué un pánico<a id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>.
+Blücker no vió en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse
+los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados.
+Éstos balbucean, aquéllos tartamudean.</p>
+
+<p>Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la
+corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos
+diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de
+vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del
+genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiadores
+se han deslumbrado más ó menos, y en medio de su deslumbramiento
+andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de
+la monarquía militar que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella
+á todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra.</p>
+
+<p>En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana,
+la parte de los hombres es nula.</p>
+
+<p>Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á Inglaterra
+y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Alemania,
+son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los
+pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la
+espada.</p>
+
+<p>Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior
+de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un
+choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania á Schiller, y sobre
+Wellington tiene Inglaterra á Byron. Un vasto nacimiento de ideas es
+el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la
+Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son majestuosas,
+porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas á la
+civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y
+no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo XIX no tiene
+nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bárbaros
+tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pasajera
+de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizados,
+sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan
+con la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género
+humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios
+<span class="pagenum" id="Page_302">[Pg 302]</span>gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los
+héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner á la lotería de
+las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquistado.
+Á menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón
+la palabra. Es el juego del gana-pierde.</p>
+
+<p>Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos
+al azar lo que es del azar, y á Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo?
+¿Una victoria? No. Un quinterno.</p>
+
+<p>Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia.</p>
+
+<p>No valía, de mucho, la pena de poner allí un león.</p>
+
+<p>Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la
+historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios,
+que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sorprendente
+ni confrontación más extraordinaria.</p>
+
+<p>Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia,
+la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría pertinaz,
+un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno,
+la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la
+guerra regulada reloj en mano, nada abandonado voluntariamente al
+azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la
+intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano,
+el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere
+como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa;
+todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el
+río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obligados
+á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el campo de batalla;
+la fe en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola
+y turbándola á un tiempo. Wellington era el Barême de la guerra, Napoleón
+el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.</p>
+
+<p>Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto
+quien salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington
+esperaba á Blücker, y acudió.</p>
+
+<p>Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte,
+en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La
+vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, no sólo
+quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de
+veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, teniéndolo
+todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municiones,
+sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres en
+frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, y
+ganaba absurdamente victorias imposibles?</p>
+
+<p>¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y
+con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después
+de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando á<span class="pagenum" id="Page_303">[Pg 303]</span>
+Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurmser,
+á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la
+atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le excomulgaba
+huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del viejo
+cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamígera,
+y del tablero contra el genio.</p>
+
+<p>El 18 de junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y
+debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo
+y de Arcole, escribió: Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las
+mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se encontró
+ante Wurmser joven.</p>
+
+<p>Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los
+cabellos á Wellington.</p>
+
+<p>Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de
+segundo.</p>
+
+<p>Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza
+inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra
+tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su
+capitán, fué su ejército.</p>
+
+<p>Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á
+lord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de junio de
+1815, era un «ejército detestable». ¿Qué pensará de ello esa sombría confusión
+de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo?</p>
+
+<p>La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer
+tan grande á Wellington, es empequeñecerse.</p>
+
+<p>Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos
+escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de
+Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella
+caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la
+gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas
+enteramente bisoños, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara
+á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington
+fué tenaz, éste es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero
+el último de sus infantes y de sus jinetes fué tan fuerte como él. El soldado
+de hierro bien vale lo que el duque de hierro.</p>
+
+<p>Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al
+ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La
+columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un
+hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo.</p>
+
+<p>Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella conserva
+aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, porque
+cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno
+aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no como
+pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por cabeza<span class="pagenum" id="Page_304">[Pg 304]</span>
+un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen.
+Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según
+parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Raglan,
+por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á
+ningún héroe de grado inferior al de oficial.</p>
+
+<p>Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de
+Waterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de
+Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo al cañón, el guía de
+Napoleón que le engaña y el de Bülow que le dirige bien; todo este cataclismo
+aparece maravillosamente conducido.</p>
+
+<p>En suma, debemos decir, que hubo en Waterloo más matanza que
+lucha.</p>
+
+<p>Es Waterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea
+de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de
+Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington,
+con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración
+vino la matanza.</p>
+
+<p>Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pérdida
+de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos,
+treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento.</p>
+
+<p>En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.</p>
+
+<p>En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta
+y cuatro.</p>
+
+<p>En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce.</p>
+
+<p>En Waterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta
+y uno. Total para Waterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento cuarenta
+y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos.</p>
+
+<p>Hoy día el campo de Waterloo presenta la calma que pertenece á la
+tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras.</p>
+
+<p>De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si
+algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las
+funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El
+horrible 18 de junio revive, la falsa colina monumental desaparece, desvanécese
+aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan
+en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte;
+el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayonetas,
+el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los
+truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor
+de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos
+fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington;
+todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos
+se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidas
+hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces,
+Mont-Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit,<span class="pagenum" id="Page_305">[Pg 305]</span>
+aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan.</p>
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XVII<br>
+<b>¿Es preciso encontrar bueno á Waterloo?</b></p>
+
+
+<p>Existe una escuela liberal muy respetable que no odia en lo más mínimo
+á Waterloo. Nosotros no pertenecemos á ella. Para nosotros, Waterloo
+no es más que la fecha asombrada de la libertad. Que tal águila nazca
+de semejante huevo, eso es seguramente lo inesperado.</p>
+
+<p>Waterloo mirado desde el punto de vista culminante de la cuestión,
+es intencionalmente una victoria contra-revolucionaria. Es la Europa
+contra la Francia; es Petersburgo, Berlín y Viena contra París; es el
+<em>statu quo</em> contra la iniciativa; es el 14 de julio de 1789 atacado al través
+del 20 de marzo de 1815; es el zafarrancho de las monarquías contra
+el indomable tumulto francés.</p>
+
+<p>Apagar, por fin, este vasto pueblo en erupción desde hacía veintiséis
+años; tal era el proyecto. Solidaridad de los Brunswick, de los Nassau,
+de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Hapsburgo con los Borbones.
+Waterloo lleva á la grupa el derecho divino. Es verdad también,
+que habiendo sido el imperio despótico, la realeza, en virtud de la reacción
+natural de las cosas, debía forzosamente ser liberal, y de ahí que
+de rechazo naciera de Waterloo, un régimen constitucional, con gran
+disgusto de los vencedores. Es que la Revolución no puede ser verdaderamente
+vencida, y que siendo providencial y absolutamente fatal, reaparece
+siempre; antes de Waterloo, en Bonaparte derribando los tronos
+caducos, después de Waterloo, en Luis XVIII otorgando y sometiéndose
+á la Carta. Bonaparte sienta un postillón en el trono de Nápoles, y un
+sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad para demostrar
+la igualdad; Luis XVIII en Saint Ouen rubrica la declaración de los
+derechos del hombre. ¿Queréis daros cuenta de lo que es la Revolución?
+Llamadle Progreso. ¿Queréis daros cuenta de lo que es el progreso?
+Llamadle Mañana. El mañana hace siempre irresistiblemente su tarea,
+y la hace desde hoy; y siempre llega á su fin, de un modo extraño.</p>
+
+<p>Se sirve de Wellington para hacer de Foy un orador, cuando no era
+éste más que un soldado. Foy caído en Hougomont, vuelve á levantarse
+en la tribuna. Así procede el progreso. No hay instrumento malo para
+tal obrero. Ajusta á su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre que
+ha atravesado los Alpes, como al buen anciano enfermo y vacilante del
+padre Eliseo. Sírvese del gotoso como del conquistador; del conquistador
+fuera, del gotoso dentro.</p>
+
+<p>Waterloo deteniendo con la espada la demolición de los tronos europeos,
+no ha producido otro efecto que el de hacer continuar la obra revolucionaria
+por otro lado. Concluyeron los acuchilladores, y empezó<span class="pagenum" id="Page_306">[Pg 306]</span>
+el turno de los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener le ha
+pasado por encima y continuado su camino. Aquella siniestra victoria
+ha sido vencida por la libertad.</p>
+
+<p>En suma, é incontestablemente, lo que triunfaba en Waterloo, lo que
+sonreía detrás de Wellington, lo que le llevaba todos los bastones de mariscal
+de Europa, incluso, se ha dicho, el de mariscal de Francia, lo que
+hacía rodar alegremente los carretones de tierra llenos de huesos para
+elevar el terreno del león, lo que escribió en son de triunfo sobre aquel
+pedestal esta fecha, <em>18 de junio de 1815</em>, lo que alentaba á Blücker
+acuchillando la derrota, lo que de lo alto de la meseta de Mont Saint-Jean
+se inclinaba sobre Francia como sobre su presa, era la contrarrevolución.
+Que fué la contrarrevolución quien murmuró esta infame palabra:
+<em>Desmembración</em>.</p>
+
+<p>Al llegar á París vió el cráter de cerca, sintió que aquella ceniza
+abrasaba sus pies, y mudó de consejo, llegando á tartamudear una constitución.</p>
+
+<p>No veamos en Waterloo más de lo que hay en Waterloo. Libertad intencional,
+ninguna. La contrarrevolución era involuntariamente liberal,
+lo mismo que, por un fenómeno relativo, era Napoleón involuntariamente
+revolucionario.</p>
+
+<p>El 18 de junio de 1815, Robespierre á caballo fué desmontado.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XVIII<br>
+<b>Recrudescencia del derecho divino</b></p>
+
+
+<p>Concluye la dictadura. Todo un sistema europeo se derrumba.</p>
+
+<p>El imperio se hundió en sombras parecidas á las del mundo romano
+agonizante. Volvióse á ver el abismo como en los tiempos bárbaros. Sólo
+que la barbarie de 1815, á la que debemos llamar por su apodo la contrarrevolución,
+tenía escaso aliento, se fatigó enseguida y se detuvo. El
+imperio, confesémoslo, fué llorado, y llorado por ojos heroicos. Si la
+gloria consiste en la espada convertida en cetro, el imperio fué la gloria
+misma. Había derramado sobre la tierra toda la luz que la tiranía puede
+dar; luz sombría. Digamos más: luz obscura. Comparada al día verdadero,
+es la de la noche. Esta desaparición de la noche produjo el efecto
+de una eclipse.</p>
+
+<p>Luis XVIII regresó á París. Los bailes del 8 de julio borraron los
+entusiasmos del 20 de marzo. El corso se trocó en antítesis del bearnés.
+La bandera de la cúpula de las Tullerías fué blanca. Entronizóse el destierro.
+La mesa de pino de Hartwell colocóse delante del sillón flordelisado
+de Luis XIV. Hablóse de Bouvines y de Fontenoy como de ayer,
+habiendo envejecido Austerlitz. El altar y el trono fraternizaron majestuosamente,
+una de las formas menos disputadas de la salud de la sociedad
+del siglo <span class="allsmcap">XIX</span> establecióse en Francia y en el continente. La Europa
+tomó la escarapela blanca. Trestaillon se hizo célebre.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_307">[Pg 307]</span></p>
+
+<p>La divisa <em>non pluribus impar</em> reapareció entre rayos de piedra, figurando
+un sol, sobre la fachada del cuartel del muelle de Orsay. Donde
+había habido una guardia imperial, hubo una casa roja. El arco de <em>carrousel</em>,
+cargado de victorias ya insoportables, extrañas entre aquellas
+novedades, algo avergonzado tal vez de Marengo y de Arcola, salió del
+compromiso con la estatua del duque de Anguleme. El cementerio de la
+Magdalena, terrible fosa común del 93, cubrióse de mármoles y de jaspes,
+los huesos de Luis XVI y de María Antonieta están entre aquel polvo.
+En el foso de Vincennes, un cipo sepulcral saliendo de la tierra, recuerda
+que el duque de Enghien murió en el mismo mes en que Napoleón
+fué coronado. El papa Pío VII, que había consagrado esta coronación
+casi al mismo tiempo de aquella muerte, bendijo tranquilamente la caída
+como había bendecido la elevación. Hubo en Schoenbrunn la sombra de
+un niño de cuatro años, al cual fué sedicioso llamar el rey de Roma. Y
+se hicieron todas esas cosas, y aquellos reyes recobraron sus tronos, y el
+dueño de Europa fué encerrado en una jaula, y el antiguo régimen volvió
+á ser el nuevo, y toda la sombra y toda la luz de la tierra cambiaron
+de lugar, porque en la tarde de un día de verano, un pastor le dijo á un
+prusiano dentro un bosque: ¡Pasad por aquí y no por allí!</p>
+
+<p>El 1815 fué una especie de abril lúgubre. Las antiguas realidades
+perjudiciales y venenosas se cubrieron de apariencias nuevas. La mentira
+se deposó en 1789, el derecho divino se enmascaró con una carta,
+las ficciones se hicieron constitucionales, las preocupaciones, las supersticiones
+y las intenciones, embozadas con el artículo 14 en el corazón,
+se barnizaron de liberalismo. Cambiaron de piel las serpientes.</p>
+
+<p>El hombre había sido engrandecido y rebajado á un tiempo por Napoleón.
+Lo ideal, bajo el reinado de la materia espléndida, había recibido
+el extraño nombre de ideología. ¡Grave imprudencia de un grande
+hombre, ridiculizar el porvenir! Los pueblos sin embargo, esta carne de
+cañón tan enamorada del ametrallador, le buscaban con la mirada.
+¿Dónde está? ¿Qué hace?</p>
+
+<p>—Napoleón ha muerto:—decía un transeunte á un inválido de Marengo
+y Waterloo.</p>
+
+<p>—<em>¡Él muerto!</em>—exclamaba irónicamente el soldado.—<em>¡Le conocéis
+bien!</em></p>
+
+<p>Las imaginaciones, deificaban aquel hombre caído. El fondo de Europa,
+después de Waterloo, fué tenebroso. Algo grande permaneció vacío
+largo tiempo por haber desaparecido Napoleón.</p>
+
+<p>Colocáronse los reyes en este vacío. La vieja Europa se aprovechó
+de ello para reformarse. Hubo una Santa Alianza. <em>¡Bella Alianza!</em> había
+ya dicho anticipadamente el campo fatal de Waterloo.</p>
+
+<p>En presencia y al frente de la antigua Europa rehecha, dibujáronse
+los perfiles de una Francia nueva. El porvenir, zaherido por el emperador,
+hizo su entrada, llevando sobre la frente esta estrella: Libertad. Los<span class="pagenum" id="Page_308">[Pg 308]</span>
+ojos de las generaciones nuevas, volviéronse hacia él y ¡cosa singular!
+enamoráronse á un tiempo mismo del porvenir, Libertad; y del pasado,
+Napoleón. La derrota había hecho grande al vencido. Bonaparte caído
+parecía más alto que Napoleón de pie. Los que habían triunfado se espantaron.
+Inglaterra le hizo guardar por Hadson Lowe, y Francia le
+hizo espiar por Montchenu. Aquellos brazos cruzados fueron la inquietud
+de los tronos. Alejandro le llamaba, mi insomnio. Esta alarma procedía
+de la cantidad de revolución que se encerraba en él, y esto es lo
+que explica y escusa el liberalismo bonapartista. Aquel fantasma hacía
+temblar al viejo mundo. Los reyes reinaron con zozobra mientras la roca
+de Santa Elena permaneció en su horizonte.</p>
+
+<p>Mientras Napoleón agonizaba en Longwood, los sesenta mil hombres
+caídos en el campo de Waterloo pudriéronse tranquilamente, y algo de
+aquella triste paz se esparció por el mundo. El congreso de Viena hizo
+sus tratados de 1815, y la Europa llamó á esto Restauración.</p>
+
+<p>Y ahí tenéis lo que fué Waterloo.</p>
+
+<p>Pero ¿qué le importa al infinito? Toda aquella tempestad, toda aquella
+nube, aquella guerra, y luego aquella paz; todas aquellas sombras no
+turbaron un momento la luz del ojo inmenso, ante el cual, un pulgón saltando
+de uno á otro tallo de la yerba, es igual al águila volando de campanario
+á campanario de las torres de Nuestra Señora.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XIX<br>
+<b>El campo de batalla por la noche</b></p>
+
+
+<p>Volvamos, pues es una necesidad de este libro, á este fatal campo de
+batalla.</p>
+
+<p>El 18 de junio de 1815 era de luna llena. Aquella claridad favoreció
+la persecución feroz de Blücker, denunciando las huellas de los fugitivos,
+entregó aquellas masas desastradas á la encarnizada caballería prusiana,
+contribuyendo á la matanza. Existen á veces en las catástrofes esas trágicas
+complacencias de la noche.</p>
+
+<p>Después del último cañonazo, la llanura de Mont Saint-Jean quedó
+desierta.</p>
+
+<p>Los ingleses ocuparon el campamento de los franceses: es la comprobación
+general de la victoria; acostarse en el lecho del vencido. Establecieron
+su campamento á la otra parte de Rossomme.</p>
+
+<p>Los prusianos, lanzados sobre la derrota, siguieron adelante. Wellington
+fué á la aldea de Waterloo á redactar el parte á lord Bathurst.</p>
+
+<p>Si alguna vez el <em>sic vos non vobis</em> ha sido aplicable, es seguramente á
+la aldea de Waterloo.</p>
+
+<p>Waterloo no hizo nada, pues dista una media legua del lugar de la
+acción. Mont Saint-Jean fué cañoneado, Hougomont fué incendiado, Papelotte
+fué incendiado, Plancenoit fué incendiado, la Haie Sainte fué tomada
+por asalto, la Belle Alliance presenció el abrazo de los dos vencedores,<span class="pagenum" id="Page_309">[Pg 309]</span>
+y apenas se conocen sus nombres, mientras Waterloo, que para
+nada figuró en la batalla, se ha llevado todo el honor.</p>
+
+<p>No somos de los que adulan á la guerra; cuando llega el caso le decimos
+claramente las verdades. Tiene la guerra bellezas horribles, que no
+hemos tratado de ocultar; pero convengamos también en que tiene sus
+fealdades, entre las cuales es una de las más sorprendentes el despojo
+inmediato de los muertos después de la victoria. El alba que sigue á una
+batalla, se levanta siempre sobre cadáveres desnudos.</p>
+
+<p>¿Quién hace esto? ¿Quién mancha así el triunfo? ¿Cuál es la repugnante
+y furtiva mano que se desliza dentro del bolsillo de la victoria? ¿Quiénes
+son los rateros que asestan sus golpes detrás de la gloria? Varios filósofos,
+y entre ellos Voltaire, afirman que son precisamente los mismos
+que han conquistado la gloria. Son los mismos, dicen, no cabe sustitución;
+los que quedan en pie saquean á los caídos. El héroe del día es el
+vampiro de la noche. Y casi hay derecho, después de todo, de saquear
+más ó menos los cadáveres de que se es autor. Por nuestra parte no opinamos
+así. Recoger laureles y robarles los zapatos á un muerto, nos parece
+imposible que pueda hacerlo una misma mano.</p>
+
+<p>Lo que sí es cierto, que generalmente detrás de los vencedores siguen
+los ladrones. Pero coloquemos al soldado, sobre todo, al soldado contemporáneo,
+fuera de duda.</p>
+
+<p>Todo ejército lleva su cola, y ésa es á la que hay que acusar. Hombres
+murciélagos, entre bandidos y servidores, todas las especies de aves
+nocturnas que engendra ese crepúsculo que llaman la guerra, portadores
+de uniforme que no combaten, enfermos supuestos, estropeados temibles,
+cantineros contrabandistas, acompañados á veces de sus mujeres, andando
+en sus carritos y robando lo que revenden; mendigos que se ofrecen
+por guías á los oficiales, granujas, merodeadores... todo eso llevaban en
+pos de sí los ejércitos en marcha, en otros tiempos, no hablamos del
+presente, de manera que, en la lengua especial, se les llamaba «los rezagados».
+Ningún ejército ni nación alguna eran responsables de semejantes
+seres; cosmopolitas indefinibles, hablaban italiano, y seguían á los
+alemanes; hablaban francés, y seguían á los ingleses. Uno de estos miserables,
+rezagado español que hablaba francés, mató á traición y robó en
+el mismo campo de batalla al marqués de Fervacques, quien le tomó por
+compatriota á causa de su acento y modismos picardos, en la noche siguiente
+á la victoria de Cesiroles. Del merodeo nacía el merodeador. La
+detestable máxima: <em>Vivir á costa del enemigo</em>, producía esta lepra, que
+sólo una disciplina muy severa podía curar. Hay celebridades que engañan;
+no se sabe siempre por qué ciertos generales, grandes por otra parte,
+han sido tan populares. Turena era adorado de sus soldados, porque toleraba
+el pillaje; el mal permitido forma parte de la bondad: Turena era
+tan bueno, que dejó pasar á fuego y sangre el Palatinado.</p>
+
+<p>Veíanse á la cola de los ejércitos, más ó menos merodeadores, según<span class="pagenum" id="Page_310">[Pg 310]</span>
+era el jefe más ó menos severo. Hoche y Marceau no llevaban nunca rezagados;
+Wellington, hacémosle gustosos esta justicia, llevaba pocos.</p>
+
+<p>No obstante, en la noche del 18 al 19 de junio se despojó á los muertos.
+Wellington fué rígido, ordenó pasar por las armas á quien quiera
+que fuése cogido en flagrante delito; pero la rapiña es tenaz. Los merodeadores
+robaban en uno de los extremos del campo de batalla, mientras
+se los fusilaba en el otro.</p>
+
+<p>La luna era siniestra en aquella llanura.</p>
+
+<p>Á eso de media noche rondaba un hombre, ó mejor, se arrastraba
+por la parte del barranco de Ohain. Era, según todas las apariencias,
+uno de esos que acabamos de caracterizar, ni inglés, ni francés, ni paisano,
+ni soldado; menos hombre que hiena, atraído por el olor de los
+muertos, teniendo por victoria el robo, acudía á desvalijar á Waterloo.
+Vestía una blusa algo parecida ó una esclavina ceñida, iba inquieto y
+atrevido, marchaba adelante y mirando atrás. ¿Qué era ese hombre? La
+noche probablemente sabía más acerca de él que el día. No llevaba morral,
+pero sí evidentemente grandes bolsillos debajo de su esclavina. De
+cuando en cuando parábase, examinando la llanura á su alrededor, como
+para ver si se le observaba, inclinábase bruscamente, removía por tierra
+algo silencioso é inmóvil, después se levantaba y desaparecía. Su
+manera de deslizarse, sus actitudes, su gesto rápido y misterioso, le hacían
+parecer á esas larvas crepusculares que frecuentan las ruinas, y
+que las antiguas leyendas normandas llaman los <em>Andantes</em>.</p>
+
+<p>Ciertas aves nocturnas describen en los pantanos siluetas parecidas.</p>
+
+<p>Una mirada que hubiese sondeado atentamente todas aquellas brumas,
+hubiera podido ver á cierta distancia, parado y como oculto detrás
+de la casucha, á orilla de la calzada de Nivelles, en el ángulo del
+camino de Mont Saint-Jeant á Braine-l'Alleud, una especie de carrito
+de vivandero con toldo de mimbre embreado, al que iba enganchado un
+rocín hambriento paciendo las ortigas al través del freno, y dentro del
+carrito, una especie de mujer sentada sobre cajas y fardos. Quizá existía
+algún lazo de unión entre aquel carrito y el rondador.</p>
+
+<p>La obscuridad era serena. Ni una nube en el cénit. Qué importa que
+la tierra esté roja, la luna sigue siendo blanca. Ésas son indiferencias
+del cielo.</p>
+
+<p>En la pradera, las ramas de los árboles destrozadas por la metralla,
+pero no caídas, y retenidas por la corteza, mecíanse suavemente agitadas
+por el aire de la noche.</p>
+
+<p>Un aliento, casi una respiración, movía las malezas. Había temblores
+en la yerba, que parecían exhalaciones de almas.</p>
+
+<p>Oíase vagamente á lo lejos el ir y venir de las patrullas y rondas mayores
+del campamento inglés.</p>
+
+<p>Hougemont y la Haie-Sainte continuaban ardiendo, formando al
+oeste y al este, dos grandes llamas, á las que iba á juntarse como un<span class="pagenum" id="Page_311">[Pg 311]</span>
+collar desatado de rubíes con dos carbunclos á sus extremos, el cordón
+de hogueras del ejército inglés, extendido en inmenso semicírculo por
+las colinas del horizonte.</p>
+
+<p>Hemos referido la catástrofe del camino de Ohain. Lo que había sido
+la muerte para tantos valientes, horroriza sólo imaginarlo.</p>
+
+<p>Si hay algo pavoroso, si existe una realidad que traspase los límites
+del sueño, es ésta: vivir, ver el sol, estar en plena posesión de la fuerza
+viril, disfrutar de salud y alegría, reir valientemente, correr hacia una
+gloria que se tiene delante brillando con todo su explendor; sentir dentro
+del pecho un pulmón que respira, un corazón que late, una voluntad que
+raciocina; hablar, pensar, esperar, amar, tener madre, tener mujer, tener
+hijos, tener la luz, y de repente, en lo que dura un grito, en menos
+de un minuto, hundirse en un abismo, caer, rodar, aplastar, ser aplastado,
+ver espigas de trigo, flores, hojas, ramas, no poder agarrarse á
+nada; empuñar un sable inútil, tener hombres debajo y caballos encima,
+luchar inútilmente, rotos los huesos por alguna coz recibida en las tinieblas;
+sentir un tacón que os revienta un ojo, morder rabiosamente herraduras
+de caballo, ahogarse, aullar, retorcerse, estar en el fondo y
+decirse: ¡Hace un instante era yo un ser viviente!</p>
+
+<p>Allí donde había rugido todo aquel lamentable desastre, reinaba á la
+sazón completo silencio. La caja del camino hondo estaba llena de caballos
+y jinetes inexplicablemente amontonados. Horrible confusión. Ya
+no había zanja; los muertos nivelaban el camino con la llanura, llegando
+al ras del borde como una medida de trigo bien colmada. Un
+montón de cadáveres en la parte alta, un arroyo de sangre en la baja:
+tal era aquel camino la noche del 18 de junio de 1815. La sangre corría
+hasta la calzada misma de Nivelles, y allí se convertía en ancho lago
+delante de la barrera de árboles tallados que cortaban el paso en la calzada,
+en un punto que enseñan aún hoy día.</p>
+
+<p>Esto fué, como ya sabemos, en el lugar opuesto, hacia la calzada de
+Genappe, donde tuvo lugar el hundimiento de los coraceros. El espesor de
+los cadáveres era proporcionado á la profundidad del camino. Hacia el
+centro, en el sitio en que estaba llano, por donde había pasado la división
+Delort, el lecho de muertos disminuía.</p>
+
+<p>El rondador nocturno que acabamos de hacer entrever al lector, iba
+por este lado. Iba huroneando la inmensa tumba. Miraba receloso, y seguía
+pasando su asquerosa revista de muertos. Andaba de pies dentro la
+sangre.</p>
+
+<p>De pronto se detuvo.</p>
+
+<p>Á pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto en que concluía
+el montón de cadáveres, por debajo de aquella confusión de hombres y
+caballos, asomaba una mano abierta y alumbrada por la luna.</p>
+
+<p>Aquella mano tenía en el dedo algo que brillaba, era un anillo de oro.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_312">[Pg 312]</span></p>
+
+<p>El hombre se inclinó, permaneció un instante agachado, y al levantarse
+ya no brillaba el anillo en aquella mano.</p>
+
+<p>No se levantó precisamente; se quedó en una actitud entre medrosa
+y fiera, volviendo la espalda al montón de cadáveres, escudriñando el
+horizonte, de rodillas, la parte delantera del cuerpo apoyada sobre el
+suelo con ambos índices, asomando la cabeza por encima del borde del
+camino hondo. Las cuatro patas del chacal son útiles para ciertas acciones.</p>
+
+<p>Después, tomando una resolución, se levantó.</p>
+
+<p>En aquel instante tuvo un sobresalto. Sintió que le agarraban por
+detrás.</p>
+
+<p>Volvióse; era la mano abierta que se había cerrado y que le había
+asido por la falda del capote.</p>
+
+<p>Un hombre honrado hubiera tenido miedo; él se echó á reir.</p>
+
+<p>—¡Calle,—exclamó,—es el muerto! Prefiero un aparecido á un gendarme.</p>
+
+<p>Sin embargo, la mano desfallecida le soltó. Los esfuerzos mueren
+pronto en la tumba.</p>
+
+<p>—¡Hola!—repuso el merodeador.—¿Está vivo esté muerto? Vamos á
+ver.</p>
+
+<p>Inclinóse de nuevo, registró en el montón, apartó lo que le estorbaba,
+cogió la mano, empuñó el brazo, desenredó la cabeza, sacó el
+cuerpo; y unos instantes después, arrastraba en la sombra del camino
+hondo, á un hombre inanimado, ó desmayado al menos. Era un coracero,
+un oficial, y oficial de cierto rango, salíale una gran charretera de
+oro de debajo de la coraza. Este oficial no tenía casco. Un fuerte sablazo
+le partía el rostro, donde no se veía más que sangre.</p>
+
+<p>Por lo demás, no parecía que tuviese miembro alguno roto, y por alguna
+feliz casualidad, si es aquí posible esta palabra, los muertos habían
+formado arco por encima de él, de manera, que le habían librado de ser
+aplastado. Tenía los ojos cerrados.</p>
+
+<p>Llevaba sobre la coraza la cruz de plata de la Legión de honor.</p>
+
+<p>El vagabundo arrancó la cruz, que desapareció en uno de los escondrijos
+interiores de su capote.</p>
+
+<p>Hecho esto, tentó la faltriquera del oficial, en la que palpitaba un
+reloj, y lo tomó igualmente. Después registró el chaleco, donde encontró
+un bolsillo, que también se guardó.</p>
+
+<p>Al llegar á este punto del socorro que prestaba á aquel moribundo,
+el oficial abrió los ojos.</p>
+
+<p>—Gracias.,—le dijo débilmente.</p>
+
+<p>Lo brusco de los movimientos del hombre que así le manoseaba, el
+fresco de la noche, y el aire respirado libremente, le habían sacado de
+su letargo.</p>
+
+<p>El vagabundo no respondió. Levantó sólo la cabeza.</p>
+
+<div class="chapter">
+<figure class="figcenter illowe25" id="fp313-ilo">
+ <img class="w100 p2" src="images/fp313-ilo.jpg" alt="ilop312" title="p312ilo">
+ <figcaption class="caption p2b">Thénardier robando á los cadáveres después de la batalla de Waterloo</figcaption>
+</figure>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_313">[Pg 313]</span></p>
+</div>
+
+<p>Oyóse ruido de pasos en la llanura; probablemente alguna patrulla
+que se acercaba.</p>
+
+<p>El oficial murmuró, que aún tenía su voz acentos de agonía:</p>
+
+<p>—¿Quién ha ganado la batalla?</p>
+
+<p>—Los ingleses,—respondió el vagabundo.</p>
+
+<p>El oficial repuso:</p>
+
+<p>—Buscad en mis bolsillos, y encontraréis una bolsa y un reloj. Tomadlos.</p>
+
+<p>Ya lo había hecho.</p>
+
+<p>El vagabundo hizo como que ejecutaba lo que se le pedía, y dijo:</p>
+
+<p>—No hay nada.</p>
+
+<p>—Me han robado,—replicó el oficial,—lo siento: hubiera sido para
+vos.</p>
+
+<p>Los pasos de la patrulla eran por momentos más perceptibles.</p>
+
+<p>—Alguien se acerca,—dijo el vagabundo, haciendo el movimiento de
+un hombre que se va.</p>
+
+<p>El oficial, levantando penosamente el brazo, le detuvo.</p>
+
+<p>—Me habéis salvado la vida. ¿Quién sois?</p>
+
+<p>El vagabundo respondió precipitadamente por lo bajo:</p>
+
+<p>—Pertenecía, como vos, al ejército francés. Es menester que os deje.
+Si me cogieran me fusilarían. Yo os he salvado la vida. Ahora procurad
+hacer lo que podáis.</p>
+
+<p>—¿Qué graduación es la vuestra?</p>
+
+<p>—Sargento.</p>
+
+<p>—¿Cómo os llamáis?</p>
+
+<p>—Thénardier.</p>
+
+<p>—No olvidaré este nombre jamás,—dijo el oficial.—Y vos acordaos
+del mío. Me llamo Pontmercy.</p>
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_8" href="#FNanchor_8" class="label">[8]</a> <em>¡Splendid!</em> palabra textual.</p>
+
+</div>
+
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_9" href="#FNanchor_9" class="label">[9]</a> «Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas reparadas, mayores éxitos asegurados
+para el porvenir, todo se perdió por un instante de terror pánico». (<em>Napoleón, Memorias de
+Santa Elena.</em>)</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO SEGUNDO<br>
+EL NAVÍO ORIÓN</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>El número 24601 se trueca en 9430</b></p>
+
+
+<p>Juan Valjean había sido preso nuevamente.</p>
+
+<p>Séanos permitido pasar sólo rápidamente sobre detalles dolorosos.
+Nos concretaremos á transcribir dos sueltos publicados por los periódicos
+de aquella época, algunos meses después de los sorprendentes sucesos
+acaecidos en M* sur M*.</p>
+
+<p>Estos artículos son bastante concretos. Es sabido que entonces no
+existía aún la <em>Gaceta de los Tribunales</em>.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_314">[Pg 314]</span></p>
+
+<p>Tomamos el primero de la <em>Bandera blanca</em>. Lleva la fecha del 25 de
+julio de 1823:</p>
+
+
+<p>«Uno de los distritos del Pas-de-Calais acaba de ser teatro de un
+acontecimiento poco común. Un hombre forastero al departamento,
+llamado Magdalena, había realzado en pocos años, gracias á nuevos
+procedimientos, una antigua industria local, la fabricación de azabaches
+y abalorios negros. Así había hecho su fortuna, y digámoslo también,
+la del propio distrito. En recompensa de sus servicios habíanle
+nombrado alcalde. La policía ha descubierto que el tal Magdalena no
+era otro que un antiguo presidiario escapado del penal y, condenado
+por robo en 1796, llamado Juan Valjean. Juan Valjean ha sido reinstalado
+en presidio. Parece que antes de su prisión había conseguido retirar
+de la casa Laffite una suma de más de medio millón que tenía allí
+colocada y que, por otra parte, se asegura había ganado legítimamente
+en su negocio. No ha podido averigüarse dónde Juan Valjean ocultó
+dicha suma al ingresar de nuevo en el presidio de Tolón».</p>
+
+<p>El segundo artículo, un poco más detallado, está extraído del <em>Diario
+de París</em>, de igual fecha:</p>
+
+
+<p>«Un antiguo presidiario cumplido, llamado Juan Valjean, acaba de
+comparecer ante el tribunal de los jurados del Var con circunstancias
+dignas de llamar la atención. Este criminal había llegado á burlar la
+vigilancia de la policía. Había cambiado de nombre, logrando hacerse
+elegir alcalde de una de las pequeñas poblaciones del departamento del
+Norte. Había establecido en esta población un comercio bastante considerable.
+Ha sido, por fin, desenmascarado y detenido, gracias al celo
+infatigable del ministerio público. Tenía por concubina una mujer pública,
+que murió del susto en el momento de su detención. Este miserable,
+que está dotado de fuerzas hercúleas, había encontrado medio de
+evadirse; pero, tres ó cuatro días después de su evasión, la policía le
+echó mano de nuevo, en París mismo, en el instante en que subía á
+uno de esos pequeños carruajes que hacen el trayecto de la capital al
+pueblecillo de Montfermeil (Sei-ne et-Oise.)</p>
+
+<p>«Dícese que había aprovechado el intervalo de esos tres ó cuatro días
+de libertad para retirar una suma considerable colocada por él en casa
+de uno de nuestros principales banqueros. Esta suma se hace ascender
+á unos seiscientos ó setecientos mil francos. Según el acta de acusación,
+debe haberla enterrado en un sitio por él sólo conocido, así es que no se
+ha podido dar con ella. Sea como fuése, es lo cierto que el llamado Juan
+Valjean acaba de comparecer ante los jurados del departamento de Var,
+acusado de un robo en camino público á mano armada, hace cerca de
+ocho años, cometido en la persona de uno de esos honrados niños que,
+como ha dicho el patriarca de Ferney en versos inmortales:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_315">[Pg 315]</span></p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p>«Todos los años llegan de Saboya<br>
+Para deshollinar con mano diestra<br>
+Los largos tubos de las chimeneas».</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>«Este bandido ha renunciado á su defensa. Ha sido probado por el
+hábil y elocuente órgano del ministerio público, que el robo había sido
+perpetrado de complicidad, y que Juan Valjean formaba parte de una
+cuadrilla de ladrones del Mediodía. En consecuencia, Juan Valjean,
+declarado culpable, ha sido condenado á la pena de muerte. Este criminal
+se había negado á entablar recurso de casación. El rey, en su
+inagotable clemencia, se ha dignado conmutarle la pena por la de cadena
+perpetua. Juan Valjean ha sido conducido inmediatamente al penal
+de Tolón».</p>
+</div>
+
+<p>No se habrá olvidado que Juan Valjean tenía en M* sur M* costumbres
+religiosas. Algunos periódicos, entre ellos <em>El Constitucional</em>, presentaron
+esa conmutación como un triunfo del partido clerical.</p>
+
+<p>Juan Valjean cambió de número en presidio. Llamóse 9.430.</p>
+
+<p>Por lo demás, digámoslo para no tener que repetirlo, con el señor
+Magdalena desapareció la prosperidad de M* sur M*. Todo cuanto él
+había previsto durante aquella noche de fiebre y vacilación, se realizó;
+faltando él, <em>faltó el alma</em> en el pueblo. Después de su caída, verificóse
+en M* sur M* la división egoísta que sucede á las grandes existencias
+caídas, el fatal desmembramiento de las cosas florecientes que se realiza
+todos los días en las obscuridades de la comunidad humana, y que la
+historia no ha consignado más que una vez porque se efectuó á consecuencia
+de la muerte de Alejandro.</p>
+
+<p>Los lugartenientes se coronan reyes; los mayordomos se improvisaron
+fabricantes. Surgieron las rivalidades envidiosas. Los vastos talleres
+del señor Magdalena se cerraron, cayeron en ruinas los edificios,
+dispersáronse los obreros. Dejaron los unos el país, dejaron los otros el
+oficio. Todo se hizo desde entonces en pequeño, en vez de hacerse en
+grande; por el lucro, en vez de hacerse para el bien. No hubo ya centro;
+por todas partes competencia y encarnizamiento. El señor Magdalena
+lo dominaba y dirigía todo. Caído él, cada cual tiró para sí; el espíritu
+de lucha sucedió al espíritu de organización; la aspereza á la cordialidad;
+el odio de unos á otros, á la benevolencia del fundador para todos;
+los hilos anudados por el señor Magdalena se enredaron y rompieron;
+falsificáronse los procedimientos; envileciéronse los productos; matóse
+la confianza; disminuyeron las ventas; hubo menos pedidos, redujéronse
+los jornales; holgaron los talleres; vino la quiebra. Y luego, nada para
+los pobres. Todo se desvaneció.</p>
+
+<p>El mismo Estado llegó á entender que alguien había sido arruinado
+en alguna parte. No habían transcurrido aún cuatro años desde que la
+sentencia del Tribunal Penal comprobó la identidad del señor
+Magdalena con la de Juan Valjean que lo llevó á presidio, cuando ya los<span class="pagenum" id="Page_316">[Pg 316]</span>
+gastos de recaudación del impuesto eran dobles en el distrito de M* sur
+M*, y el ministro señor de Villèle lo manifestó así en la tribuna en el
+mes de febrero de 1827.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Donde se leerán dos versos, que son tal vez del diablo</b></p>
+
+
+<p>Antes de ir más adelante, es del caso referir con algunos detalles un
+hecho singular que pasó hacia la misma época en Montfermeil, y que
+no deja de tener su coincidencia con ciertas conjeturas del ministerio
+público.</p>
+
+<p>Existe en la comarca de Montfermeil una superstición antiquísima,
+tanto más curiosa y preciosa, cuanto que una superstición popular de
+las cercanías de París es como un aloe en Siberia. Nosotros somos de
+aquéllos que respetan todo lo que está en estado de planta rara. He aquí,
+pues, la superstición de Montfermeil.</p>
+
+<p>Créese allí que el diablo, desde tiempo inmemorial, tiene escogida
+aquella selva para ocultar en ella sus tesoros. Las buenas mujeres afirman
+que no es raro encontrar, á la caída de la tarde, en los sitios apartados
+del bosque, un hombre negro, con aspecto de carretero ó leñador,
+calzando zuecos, vestido con un pantalón y saco de lienzo, y fácil de
+conocer, porque en vez de gorra ó sombrero, tiene dos cuernos inmensos
+en la cabeza. Esto debe hacer que en efecto pueda reconocérsele fácilmente.
+Á este hombre se le ve generalmente ocupado en ahondar un
+hoyo. Hay tres maneras distintas de sacar partido de semejante encuentro.
+La primera es dirigirse al hombre y hablarle. Entonces se advierte
+que es el tal sencillamente un aldeano, y que el parecer negro consiste
+en el crepúsculo; que no hace ningún hoyo, sino que corta hierba para
+sus vacas, y que lo que se había tomado por cuernos no es otra cosa
+que una horquilla para remover el estiércol, la cual lleva entre ambas
+espaldas, y cuyos colmillos, gracias á la perspectiva de la noche, parecen
+salirle de la cabeza. Vuelve uno á casa y se muere dentro de la
+semana.</p>
+
+<p>La segunda manera consiste en observarle, esperar á que haya concluido
+su hoyo, que lo vaya rellenando, y se haya ido; correr enseguida
+allí donde hizo el hoyo, destaparle y sacar el «tesoro» que el hombre
+negro ha depositado necesariamente en él. En este caso muérese uno
+dentro del mes.</p>
+
+<p>En fin, la tercera manera consiste en no hablarle al hombre negro
+una palabra, no mirarle, y echar á correr á todo escape.</p>
+
+<p>Haciéndolo así, le queda á uno todo el año para morirse.</p>
+
+<p>Como las tres maneras tienen sus inconvenientes, la segunda, que
+ofrece al menos algunas ventajas, entre otras la de poseer un tesoro,
+aunque no sea más que por un mes, es la más generalmente aceptada.</p>
+
+<p>Los hombres atrevidos, á quienes tientan todas las empresas aventuradas,<span class="pagenum" id="Page_317">[Pg 317]</span>
+han abierto frecuentemente, según se asegura, los hoyos cavados
+por el hombre negro, y tratado de robar al diablo. Pero parece que el
+resultado de la operación ha sido muy mediocre, al menos si se ha de dar
+crédito á la tradición, y particularmente á los dos versos enigmáticos
+que en latín bárbaro dejó escritos sobre este asunto un mal fraile normando,
+medio hechicero, llamado Trifón. Este Trifón está enterrado en
+la abadía de San Jorge de Bocherville, cerca de Rouen, de cuya tumba
+nacen sapos.</p>
+
+<p>Hácense, por lo tanto, esfuerzos enormes; los tales hoyos, son ordinariamente
+muy profundos. Se suda, se escarba, se trabaja toda la noche,
+porque es de noche cuando esto se hace. Moja uno la camisa, gasta su
+vela, mella su piqueta, y cuando se llega por fin al fondo del hoyo,
+cuando se pone la mano sobre el «tesoro», ¿qué se encuentra? ¿qué viene
+á ser el tesoro del diablo? Un sueldo, á veces un escudo, una piedra, un
+esqueleto, un cadáver ensangrentado; algunas veces un espectro doblado
+en cuatro como una hoja de papel dentro de una cartera, y otras
+muchas, nada.</p>
+
+<p>Así aparecen anunciarlo á los curiosos indiscretos los versos de Trifón:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p>Fodit, et in fossa thesauros condit opaca<br>
+As, nummos, lapides, cadaver, simulacra, nihilque.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Parece que en nuestros días se encuentra igualmente, ya un frasco
+de pólvora con balas, ya un juego de naipes, grasiento y chamuscado,
+que ha servido evidentemente al diablo. Trifón no menciona estos dos
+hallazgos, en atención tal vez á que vivió en el siglo <span class="allsmcap">XII</span>, y no parece
+que el diablo tuviese el ingenio de inventar la pólvora antes de Roger
+Bacon, ni las cartas antes de Carlos VI.</p>
+
+<p>Por lo demás, si alguien juega con aquellas cartas, puede estar seguro
+de perder cuanto posea; y respecto á la pólvora que está en el frasco,
+tiene la propiedad de hacer reventar el fusil á la cara de quien se
+sirve de ella.</p>
+
+<p>Ahora bien; poco tiempo después de la época en que le pareció al
+ministerio público que el presidiario liberado Juan Valjean, durante su
+evasión de algunos días, había rondado en torno de Montfermeil, observóse
+en la misma población que un antiguo peón caminero, llamado
+Boulatruelle, andaba «dando paseos» por el bosque.</p>
+
+<p>Creíase saber en el país que el tal Boulatruelle había estado en presidio;
+estaba sometido á cierta vigilancia de la policía, y como no encontraba
+trabajo en ninguna parte, la administración le empleaba, con rebaja
+de jornal, de peón caminero en la carretera de Gagny á Lagny.</p>
+
+<p>El tal Boulatruelle era mirado de reojo por las gentes de la comarca;
+pero él siempre respetuoso, siempre humilde, harto pronto á quitarse la
+gorra á todo el mundo, temblando y sonriendo ante los gendarmes, probablemente
+afiliado á alguna partida, según decían, sospechando que<span class="pagenum" id="Page_318">[Pg 318]</span>
+solía ponerse en emboscada al caer de la noche en algún rincón de la
+espesura. No tenía en su abono sino el ser borracho.</p>
+
+<p>He aquí lo que creían haber notado:</p>
+
+<p>Hacía algún tiempo que Boulatruelle dejaba muy temprano su trabajo
+de reparar la vía, y se internaba en el bosque con su piqueta. Á la
+caída de la tarde encontrábasele en los claros más desiertos, en las malezas
+más selváticas en ademán de buscar alguna cosa, y algunas veces
+abriendo hoyos. Las buenas mujeres que pasaban tomábanle por Belcebú,
+y aunque reconocían luego á Boulatruelle, no se tranquilizaban sin embargo.
+Estos encuentros parecían contrariar en alto grado á Boulatruelle.
+Era visible que procuraba recatarse, y que había algo de misterioso
+en lo que hacía.</p>
+
+<p>Decían en la aldea:</p>
+
+<p>—Es claro que el diablo ha hecho alguna aparición. Boulatruelle le
+ha visto, y busca. En verdad que es bastante estrafalario para atraparle
+el gato á Lucifer. Los volterianos añadían: ¿Será Boulatruelle quien
+atrape al diablo, ó el diablo á Boulatruelle? Las viejas no sabían sino
+hacerse cruces.</p>
+
+<p>Sin embargo, las idas de Boulatruelle al bosque cesaron, y volvió
+luego á regularizar sus trabajos de caminero. Hablóse de otra cosa.</p>
+
+<p>No obstante, hubo algunas personas curiosas que pensaron que había
+en aquello probablemente, sino los tesoros fabulosos de las leyendas,
+algo bueno más serio y positivo que los billetes de banco del diablo, y
+cuyo secreto había medio sorprendido sin duda el caminero. Los más
+«empeñados» eran el maestro de escuela y el bodegonero Thénardier, el
+cual era amigo de todo el mundo, y no se había desdeñado de estar en
+tratos con Boulatruelle.</p>
+
+<p>—Ha estado en presidio,—decía Thénardier.—¡Ay! ¡Dios mío! Nadie
+sabe quién va, ni quién ha de ir.</p>
+
+<p>Una noche el maestro de escuela afirmaba que en otros tiempos la
+justicia hubiera inquirido lo que Boulatruelle iba á hacer en el bosque
+y que le habría obligado á hablar, y que Boulatruelle de seguro no habría
+resistido por ejemplo, en el tormento, la prueba del agua.</p>
+
+<p>—Sometámosle á la del vino,—dijo Thénardier.</p>
+
+<p>Y desde luego pusieron manos á la obra, é hicieron beber al viejo
+caminero. Boulatruelle bebió muchísimo y habló muy poco. Combinó
+con arte admirable y en proporción magistral la sed de un hambriento
+con la discreción de un juez. Sin embargo, á fuerza de volver á la carga,
+y de compaginar y apurar las pocas palabras obscuras que se le escaparon,
+he aquí lo que Thénardier y el maestro de escuela creyeron entender.</p>
+
+<p>Yendo Boulatruelle, cierta mañana, al despuntar el alba á su trabajo,
+quedóse sorprendido de ver en un rincón del bosque una pala y
+un pico, <em>como si dijéramos escondidos</em>. Sin embargo, pensó que serían<span class="pagenum" id="Page_319">[Pg 319]</span>
+probablemente la pala y el pico, del tío Six Fours, el aguador, y no
+volvió á acordarse más de ello. Pero la noche de aquel mismo día vió,
+sin que pudieran verle á él, por estar oculto tras un árbol corpulento, á
+«cierto individuo forastero que se dirigía desde el camino á lo más espeso
+del bosque, y á quien él, Boulatruelle, conocía perfectamente».
+Esto, traducido por Thénardier, quería decir que era un <em>compañero de
+presidio</em>. Boulatruelle se había negado obstinadamente á decir su nombre.
+El tal individuo llevaba un lío, de forma casi cuadrada, á modo de
+caja ó cofrecillo. Sorpresa de Boulatruelle. Hasta pasados siete ú ocho
+minutos no se le ocurrió, sin embargo, la idea de seguir «al individuo».
+Pero era ya tarde; el hombre se había internado en la espesura, había
+ya anochecido por completo, y Boulatruelle no pudo alcanzarle. Entonces
+tomó el partido de observar estando á la vista de la ladera del bosque.
+«Hacía luna». Dos ó tres horas después, Boulatruelle vió salir al
+individuo de la espesura, llevando, no ya el cofrecillo, pero sí una pala
+y un pico. Boulatruelle dejó pasar al individuo sin ocurrírsele la idea
+de acercársele, porque calculó antes, que el otro era tres veces más
+fuerte que él, y armado con su pico le hubiera aplastado probablemente
+al conocerle y verse reconocido. Tierna efusión de dos antiguos camaradas
+que vuelven á encontrarse. Pero la pala y el pico fueron un rayo de
+luz para Boulatruelle; corrió, pues, al zarzal por la mañana, y ya no
+encontró allí pico ni pala. De esto dedujo que el individuo entró en el
+bosque, é hizo un hoyo con el pico, enterró el cofre, y lo cubrió luego
+de tierra con la pala.</p>
+
+<p>Pues bien; el cofre era demasiado pequeño para contener un cadáver;
+debía pues contener dinero. De ahí sus pesquisas. Boulatruelle había
+explorado, sondeado y huroneado todo el bosque; había registrado
+todos los sitios donde le pareció ver tierra recientemente removida, pero
+inútilmente.</p>
+
+<p>No pudo «pescar» nada. Nadie volvió á acordarse de ello en Montfermeil.
+Hubo solamente algunas buenas comadres que dijeron:</p>
+
+<p>—Tened por seguro que el caminero de Gagny no ha armado todo
+este enredo para nada; es seguro que ha venido el diablo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>De por fuerza la cadena del grillete debió haber sufrido alguna operación
+preparatoria para romperse de un solo martillazo</b></p>
+
+
+<p>Á fines de octubre de aquel mismo año de 1823, vieron los habitantes
+de Tolón entrar de nuevo en su puerto, á consecuencia de un temporal,
+y para reparar algunas averías, el navío <em>Orión</em>, que más tarde fué
+utilizado en Brest como navío escuela, el cual, formaba á la sazón, parte
+de la escuadra del Mediterráneo.</p>
+
+<p>Este buque, estropeado del todo como estaba, pues el mar, lo había
+echado á perder, hizo su efecto al entrar en la rada. Llevaba no sé qué<span class="pagenum" id="Page_320">[Pg 320]</span>
+pabellón, que le valió el saludo reglamentario de once cañonazos, contestados
+por él uno tras otro; total, veintidós.</p>
+
+<p>Se ha calculado que en salvas, galas reales y militares, cambios de
+ruidos corteses, señales de etiqueta, formalidades de radas y ciudadelas,
+salidas y puestas de sol, saludadas diariamente por todas las fortalezas
+y todos los buques de guerra, apertura y cierre de puertas, etc., etc., el
+mundo civilizado tiraba con pólvora por toda la tierra, cada veinticuatro
+horas, ciento cincuenta mil cañonazos inútiles. Á seis pesetas por
+cañonazo, importa ello novecientas mil pesetas diarias, ó sean trescientos
+millones al año, que se van en humo. Esto no es más que un simple
+detalle. Durante el mismo tiempo se mueren de hambre muchos pobres.</p>
+
+<p>El año 1823 era lo que ha llamado la Restauración «época de la guerra
+de España».</p>
+
+<p>Esta guerra encerraba muchos sucesos en uno solo, con muchísimas
+singularidades. Un gran asunto de familia para la casa de Borbón; la
+rama de Francia socorriendo y protegiendo á la de Madrid, es decir,
+realizando un acto de primogenitura; una vuelta aparente á las tradiciones
+nacionales, complicada con servidumbre y sujeción á los gabinetes
+del norte; el señor duque de Anguleme, llamado por los periódicos liberales
+<em>él héroe de Andújar</em>, comprimiendo, dentro cierta actitud triunfal,
+algo contrariada por su aire apacible, el viejo terrorismo, demasiado
+real del Santo Oficio, en lucha con el quimérico terrorismo de los liberales;
+los <em>sans culottes</em> resucitados, con grandísimo honor de las viejas
+aristócratas, bajo el nombre de <em>descamisados</em>; el monarquismo poniendo
+obstáculos al progreso, calificado de anarquía; las teorías del '89
+bruscamente interrumpidas en sus trabajos de zapa; un ¡alto! europeo
+intimado á la idea francesa, dando la vuelta al mundo; al lado del hijo
+de Francia, generalísimo, el príncipe de Carignon, después Carlos Alberto,
+alistándose en aquella cruzada de reyes contra los pueblos, como
+voluntario entre los granaderos de charreteras de lana encarnada; los
+soldados del imperio volviendo á entrar en campaña, pero después de
+ocho años de reposo, viejos y tristes, bajo la escarapela blanca; la bandera
+tricolor agitada en el extranjero por un heroico puñado de franceses,
+como lo había sido la bandera blanca, en Coblenza treinta años antes;
+los frailes mezclándose á nuestros soldados; el espíritu de la libertad
+y de lo nuevo restringido por las bayonetas; los principios humillados á
+cañonazos; la Francia deshaciendo con las armas lo que antes había hecho
+con su genio. Por lo demás, los jefes enemigos vendidos, los soldados
+vacilantes y las ciudades sitiadas por los millones. Ningún peligro
+militar, y sin embargo, explosiones posibles, como en toda mina sorprendida
+é invadida; poca sangre vertida, poca honra conquistada, vergüenza
+para algunos, gloria para nadie. Tal fué aquella guerra, hecha
+por príncipes que descendían de Luis XIV; y conducida por generales<span class="pagenum" id="Page_321">[Pg 321]</span>
+procedentes de Napoleón. Cúpoles la triste suerte de no recordar ni la
+gran guerra ni la gran política.</p>
+
+<p>Algunos hechos de armas resultaron serios; la toma del Trocadero,
+entre otros, fué una buena acción militar; pero en suma, lo repetimos,
+las trompetas de aquella guerra producen un sonido cascado, el conjunto
+fué sospechoso, la historia aprueba á la Francia las dificultades que
+mostró para la aceptación de aquel falso triunfo.</p>
+
+<p>Parece evidente que algunos oficiales españoles encargados de la
+resistencia, cedían fácilmente; la idea de la corrupción desprendíase de
+muchas victorias; pareció que se habían ganado antes generales que
+batallas, y el soldado vencedor regresó humillado. Guerra que humillaba,
+en realidad y por la que se podía leer <em>Banco de Francia</em> en los pliegues
+de su bandera.</p>
+
+<p>Soldados de la guerra de 1808, sobre los cuales se había desplomado
+formidablemente Zaragoza, fruncían el entrecejo en 1823 ante la fácil
+apertura de las ciudadelas, y echaban de menos á Palafox. Que es preferible
+al ardimiento de la Francia, tener ante sí á un Rostopchine mejor
+que á un Ballesteros.</p>
+
+<p>Bajo un punto de vista más grave aún, y en el cual conviene que insistamos
+también, aquella guerra, que ofendía en Francia el espíritu
+militar, indignaba al mismo tiempo al espíritu democrático. Era una
+empresa de esclavizamiento. En esta campaña, el objeto del soldado
+francés, hijo de la democracia era la conquista de un yugo por otro
+yugo. Repugnante contrasentido. La Francia se hizo para despertar el
+alma de los pueblos, no para ahogarlos. Desde 1792, todas las revoluciones
+de Europa son la revolución francesa; la libertad irradia de Francia.
+Es un hecho solar; que es preciso estar ciego para no verlo, como
+ha dicho muy bien Bonaparte.</p>
+
+<p>La guerra de 1823, atentado contra la generosa nación española, fué
+pues, al mismo tiempo, un atentado contra la revolución francesa. Esta
+monstruosa agresión era la Francia, quien la cometía á la fuerza porque,
+salvo las guerras libertadoras, todo lo que hacen los ejércitos lo hacen
+por fuerza. La palabra <em>obediencia pasiva</em> lo indica bien. Un ejército es
+una rara obra maestra de combinación, cuya fuerza resulta de una suma
+enorme de impotencia. Así se explica la guerra, hecha por la humanidad
+contra la humanidad, y á pesar de la humanidad.</p>
+
+<p>En cuanto á los Borbones, la guerra de 1823 les fué fatal. Tomáronla
+ellos por un triunfo. No vieron el peligro que había en hacer matar una
+idea por una consigna. Equivocáronse en su candidez, hasta el punto de
+introducir en su establecimiento, como elemento de fuerza, la inmensa
+debilidad de un crimen. Fué parte de su política el espíritu de asechanza.
+1830 germinó en 1823. La guerra de España vino á ser en sus consejos
+un argumento en favor de los golpes de fuerza y en favor de las<span class="pagenum" id="Page_322">[Pg 322]</span>
+aventuras de derecho divino. La Francia restableciendo en España <em>el
+rey neto</em>, bien podía restablecer en su casa el rey absoluto. Cayeron en
+el fatal error de tomar la obediencia del soldado por el consentimiento
+de la nación. Semejante confianza pierde los tronos. No es bueno dormirse
+á la sombra de un manzanillo, ni á la de un ejército.</p>
+
+<p>Volvamos al navío <em>Orión</em>.</p>
+
+<p>Durante las operaciones del ejército mandado por el príncipe generalísimo,
+cruzaba una escuadra el Mediterráneo. Hemos dicho ya que el
+<em>Orión</em> pertenecía á esta escuadra y que fué devuelto, por desperfectos
+marinos, al puerto de Tolón.</p>
+
+<p>La presencia de un buque de guerra en un puerto tiene siempre algo
+inexplicable que preocupa á la multitud. Será porque es cosa grande y
+porque la multitud ama lo grande siempre.</p>
+
+<p>Un navío de línea es uno de los hallazgos más admirables del ingenio
+humano con el poder de la naturaleza.</p>
+
+<p>Un navío de línea se compone á la vez de lo que hay más pesado y
+de lo que hay más ligero, porque tiene que luchar á un mismo tiempo
+con las tres formas de la sustancia: lo sólido, lo líquido y lo fluido. Tiene
+once garras de hierro para asir el granito en el fondo del mar, y más
+alas y entenas que un coleóptero para tomar el viento de las nubes. Su
+aliento sale por sus ciento veinte cañones como por enormes clarines, y
+responde fieramente al rayo. El océano procura extraviarle entre la espantosa
+semejanza de sus ondas, pero el navío tiene su alma, su brújula
+que le aconseja y le muestra siempre el norte. En las noches obscuras,
+sus faroles suplen á las estrellas. Así pues, contra el viento tiene el cable
+y la lona, contra el agua la madera, contra la roca el hierro, el cobre y
+el plomo, contra la sombra la luz, contra la inmensidad una aguja.</p>
+
+<p>Si se quiere tener una idea de todas las proporciones gigantescas,
+cuyo conjunto constituye el navío de línea, no hay más que entrar bajo
+una de las calas cubiertas, de seis pisos, en los puertos de Brest ó de Tolón.
+Los buques en construcción están allí, por así decirlo, bajo campana.
+Esa viga colosal es una verga; esa gran columna de madera
+echada en tierra hasta perderse de vista, es el palo mayor. Midiéndole
+desde su raíz en la cala, hasta su cima entre las nubes, tiene la longitud
+de sesenta toesas, y tres pies de diámetro su base. El palo mayor inglés
+se eleva á doscientos diez y siete pies sobre la línea de flotación. La marina
+de nuestros padres empleaba los cables, la nuestra emplea cadenas.
+El simple montón de cadenas de un buque de cien cañones tiene cuatro
+pies de alto, veinte de ancho y ocho de profundidad. Y para hacer un
+navío semejante, ¿cuánta madera se necesita? Tres mil metros cúbicos.
+Un bosque flotante.</p>
+
+<p>Además, debemos tener en cuenta que no se trata aquí sino del buque
+de guerra de hace cuarenta años, del simple buque de vela; el vapor,
+entonces en la infancia, ha añadido luego nuevos milagros á ese prodigio<span class="pagenum" id="Page_323">[Pg 323]</span>
+que se llama fragata de guerra. Hoy, por ejemplo, el buque mixto de
+hélice es una máquina sorprendente, arrastrada por un velamen de tres
+mil metros cuadrados de superficie, y por una caldera de la fuerza de
+dos mil quinientos caballos.</p>
+
+<p>Sin hablar de estas nuevas maravillas, la antigua nave de Cristóbal
+Colón y de Ruyter, es una de las grandes obras maestras del hombre.
+Inagotable en fuerza como en soplos el infinito, almacena el viento en su
+vela, manteniéndose fija en la inmensa difusión de las olas sobre las
+cuales flota y reina.</p>
+
+<p>Llega, sin embargo, un instante en que la ráfaga rompe como una
+paja aquella verga de sesenta pies de longitud, en que el viento doblega
+como un junco aquel mástil de cuatrocientos pies de alto, en que el ancla,
+que pesa diez mil libras se tuerce en la garganta de la ola, como el
+anzuelo del pescador en la quijada de un sollo, en que aquellos monstruosos
+cañones lanzan rugidos plañideros é inútiles, que arrastra el huracán
+en el vacío y la obscuridad, y en que todo aquel poder y toda
+aquella majestad, se abisman en otro poder y otra majestad superiores.</p>
+
+<p>Cuantas veces se despliega una fuerza inmensa para acabar en una
+inmensa debilidad, da ello que pensar á los hombres. De ahí que abunden
+los curiosos en los puertos, sin que ellos se expliquen á sí mismos
+perfectamente el por qué de acudir en derredor de esas maravillosas
+máquinas de guerra y navegación.</p>
+
+<p>Todos los días, pues, desde la mañana á la noche, los muelles, los
+diques y escolleras del puerto de Tolón estaban llenos de una multitud
+de ociosos y bobos, como dicen en París, cuyo trabajo consistía en contemplar
+el <em>Orión</em>.</p>
+
+<p>El <em>Orión</em> era un buque estropeado de hacía mucho tiempo. En sus
+navegaciones anteriores habíanse amontonado sobre su quilla espesas
+capas de mariscos, al extremo de hacerle perder la mitad de su marcha.
+Se le había dejado en seco el año anterior para rasparle los mariscos, y
+luego se le había botado al agua nuevamente. Á la altura de las Baleares
+el bordaje inferior se había fatigado y abierto; y como el forrado no
+se hacía entonces con chapa metálica, el buque hacía agua. Sobrevino
+un violento golpe de equinoccio que desfondó á babor la roda y una portañola,
+y deterioró el porta-obenques de mesana. Á consecuencia de esas
+averías, el <em>Orión</em> tuvo que regresar á Tolón.</p>
+
+<p>Estaba fondeado junto al arsenal, donde se le armaba y reparaba.
+El casco no había sufrido nada á estribor, pero según costumbre, desclávanse
+aquí y allí algunos listones de los costados, para dejar penetrar
+el aire en el armazón.</p>
+
+<p>Una mañana, la muchedumbre que lo contemplaba, fué testigo de
+un accidente.</p>
+
+<p>La dotación estaba ocupada en envergar las velas. El gaviero encargado
+de tomar el mastelero de gavia por la parte de estribor, perdió el<span class="pagenum" id="Page_324">[Pg 324]</span>
+equilibrio. Se le vió vacilar, y la multitud agrupada en el muelle del arsenal,
+lanzó un grito; la cabeza se le fué tras el cuerpo; el hombre giró
+en torno de la verga, con las manos extendidas hacia el abismo, asiéndose
+al pasar al estribo, con una mano primero, y luego con la otra, y
+quedó suspendido de él. Tenía el mar debajo de sí á una profundidad
+vertiginosa. El sacudimiento de la caída había impreso al estribo un
+brusco movimiento de columpio. El hombre iba y venía agarrado al extremo
+de aquella cuerda como la piedra de una honda.</p>
+
+<p>Ir á socorrerle era correr un riesgo horrible. Ninguno de los marineros,
+pescadores todos de la costa recientemente ingresados en el servicio,
+se atrevía á aventurarse á ello. Entre tanto, el desgraciado gaviero se
+fatigaba; y aunque no podía vérsele la angustia en el rostro, se distinguía
+en todos sus miembros el desfallecimiento. Sus brazos se retorcían
+en una horrible tirantez. Cada esfuerzo que hacía para remontarse, no
+servía más que para aumentar las oscilaciones del estribo. No gritaba,
+temeroso de malgastar las fuerzas. Ya nadie esperaba más que el momento
+en que soltase la cuerda, y á cada instante volvían todos la cabeza
+por no verle caer. Hay momentos en que un cabo de cuerda, un palo,
+la rama de un árbol, es la vida misma, y es en verdad cosa terrible, ver
+como un ser viviente se desprende y cae como fruto maduro.</p>
+
+<p>De pronto vióse trepar un hombre por el aparejo con la agilidad
+del tigre. Este hombre iba vestido de rojo, luego era un presidiario; llevaba
+gorro verde, era, pues, un condenado á cadena perpetua.</p>
+
+<p>Al llegar á la altura de la gavia, un soplo del viento se le llevó el
+gorro, dejando ver una cabeza enteramente blanca; no era, pues, un
+joven. Efectivamente, un presidiario empleado á bordo, perteneciente á
+una cuerda de penados, había acudido desde el primer momento al oficial
+de guardia, y en medio de la turbación é incertidumbre general de
+la tripulación, mientras todos los marineros temblaban y retrocedían,
+le había pedido licencia para arriesgarse á salvar al gaviero.</p>
+
+<p>Después de un signo afirmativo del oficial, rompía de un martillazo
+la cadena soldada á la argolla del grillete; después había tomado una
+cuerda y lanzádose á los obenques. Nadie echó de ver en aquel momento
+la facilidad con que fué rota la cadena. Hasta después nadie tuvo
+presente esta circunstancia.</p>
+
+<p>En un abrir y cerrar de ojos estuvo en la verga. Se detuvo algunos
+segundos, como si la midiese con la vista. Estos segundos, durante los
+cuales el viento columpiaba al gaviero en la punta de un hilo, les parecieron
+siglos á los que miraban. Por fin, el presidiario alzó los ojos al
+cielo, y adelantó un paso. La multitud respiró. Viósele recorrer ligeramente
+la verga, y llegado á la punta atar un cabo de la cuerda, que llevaba,
+dejando pendiente el otro, y descendiendo enseguida, valiéndose
+de las manos, por aquella cuerda. Reinó entonces una indefinible angustia,<span class="pagenum" id="Page_325">[Pg 325]</span>
+cuando en lugar de un hombre suspendido sobre el abismo, vióse
+que había dos.</p>
+
+<p>Hubiérase podido decir que era una araña corriendo á apoderarse de
+una mosca; sólo que aquí la araña llevaba la vida, y no la muerte. Diez
+mil miradas se fijaban á un tiempo en aquel grupo. Ni un grito, ni una
+palabra; el mismo extremecimiento hacía fruncir todos los entrecejos.
+Todas las bocas contenían su aliento, como temerosas de añadir el menor
+soplo al viento que sacudía á aquellos desgraciados.</p>
+
+<p>Entretanto, el presidiario había conseguido acercarse al marinero.
+Era ya tiempo; un minuto más, y el hombre, aniquilado y desesperado,
+se dejaba caer en el abismo. El presidiario lo amarró sólidamente á la
+cuerda en que se sostenía con una mano, mientras trabajaba con la
+otra. En fin, viósele remontar nuevamente la verga, y tirando, subir
+hasta ella al marinero; sostúvole un instante para dejar que recobrara
+fuerzas, después le tomó en brazos y le llevó andando sobre la verga
+hasta el tamborete, y de allí á la gavia, donde le dejó en manos de sus
+camaradas.</p>
+
+<p>Entonces aplaudió la multitud, hubo entre la chusma ancianos que
+lloraron, las mujeres se abrazaban unas á otras en el muelle, y oyéronse
+voces de todas partes gritando con cierto enternecimiento furioso: ¡El
+indulto! ¡indulto para ese hombre!</p>
+
+<p>Él, entre tanto, se había preparado para descender á unirse con sus
+compañeros de cuerda. Para llegar más pronto, deslizóse por el aparejo,
+y echó á correr sobre una verga baja. Seguíanle todos los ojos. Hubo un
+momento en que los espectadores se asustaron, fuése que estuviera fatigado,
+ó que le diese vueltas la cabeza, creyeron que vacilaba y se bamboleaba.
+De pronto lanzó la multitud un grito horrible, el presidiario
+acababa de caer al agua.</p>
+
+<p>La caída era peligrosa. La fragata <em>Algeciras</em> estaba fondeada junto
+al <em>Orión</em>, y el pobre presidiario había caído entre ambos buques, siendo
+de temer que hubiese ido á parar debajo del uno, si no del otro. Cuatro
+hombres saltaron enseguida en un bote. La multitud los alentaba, la ansiedad
+reinaba nuevamente en todas las almas. El hombre no subía á la
+superficie; había desaparecido en el mar, sin dejar huella alguna sobre
+el agua, como si hubiese caído en un barril de aceite. Sondaron, bucearon;
+pero en vano. Buscaron hasta venir la noche; ni siquiera el cuerpo
+se encontró.</p>
+
+<p>Al día siguiente, el diario de Tolón estampaba estas líneas:</p>
+
+<p>«18 de noviembre de 1823. Ayer un presidiario que estaba trabajando
+á bordo del <em>Orión</em>, al acabar de prestar socorro á un marinero, cayó
+al agua y se ahogó. No ha podido encontrarse el cadáver. Se presume
+que habrá quedado enredado entre las estacas de la punta del arsenal.
+Este hombre estaba inscrito en el registro con el número 9.430, y se
+llamaba Juan Valjean».</p>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_326">[Pg 326]</span></p>
+<h2 class="nobreak" >LIBRO TERCERO<br>
+CUMPLIMIENTO DE LA PROMESA HECHA Á LA DIFUNTA</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>La cuestión del agua en Montfermeil</b></p>
+
+
+<p>Montfermeil está situado entre Livry y Chelles, en el lindero meridional
+de la alta meseta que separa el Ourcq del Marne.</p>
+
+<p>Hoy día es una gran población adornada todo el año de quintas construidas
+de yeso, y el domingo, de artesanos alegres y expansivos. En
+1823 no había en Montfermeil, ni tantas casas blancas, ni tantos artesanos
+satisfechos: no era más que una aldea en el bosque. Veíanse aquí
+y allá algunas casas de recreo del último siglo, que se distinguían por
+su gran aspecto, sus balcones de hierro retorcido y sus altas ventanas,
+cuyos vidrios pequeños formaban sobre lo blanco de los postigos cerrados,
+toda clase de matices de verdes distintos. Pero Montfermeil no pasaba
+por ello de ser una aldea. Los tenderos retirados y los aficionados
+á veranear no le habían aún descubierto. Era un sitio agradable y delicioso,
+que no era de paso para ninguna parte, y en el cual se pasaba
+económicamente esa vida del campo tan abundante y fácil. Solamente
+se sentía escasez de agua, á causa de la elevación de la meseta.</p>
+
+<p>Era preciso irla á buscar bastante lejos. El extremo de la población
+que está junto á Gagny, se surtía de agua en los magníficos estanques
+que hay en el bosque; el otro extremo, que rodea la iglesia situada en la
+parte de Chelles, no encontraba agua potable más que en un pequeño
+manantial situado á mitad de la cuesta, junto al camino de Chelles, á un
+cuarto de hora de Montfermeil.</p>
+
+<p>Era, pues, tarea harto ruda para cada vecino, la de tener que proveerse
+de agua. Las casas grandes, la aristocracia, entre las que figuraba
+el bodegón Thénardier, pagaban medio céntimo por cubo de agua á un
+pobre hombre que lo había tomado por oficio, y en cuya empresa del
+agua de Montfermeil ganaba escasamente dos reales diarios, pero este
+buen hombre sólo trabajaba hasta las siete de la tarde en verano y hasta
+las cinco en invierno, y una vez entrada la noche, una vez cerradas las
+ventanas bajas, el que no tenía agua que beber, iba á buscarla ó se pasaba
+sin ella.</p>
+
+<p>Esto era lo que aterraba á la pobre criatura, de la cual no puede haberse
+olvidado el lector, á la pequeña Cosette.</p>
+
+<p>Téngase presente que Cosette era útil á los Thénardier de dos maneras,
+pues se hacían pagar por la madre, haciéndose servir de la hija. Así
+es, que cuando la madre dejó de pagarles del todo, ya hemos leído el
+por qué en los capítulos precedentes, los Thénardier siguieron conservando<span class="pagenum" id="Page_327">[Pg 327]</span>
+á Cosette, en su poder. Les hacía las veces de criada. Y en esta
+cualidad, ella era quien iba á buscar el agua cuando hacía falta. Por eso
+la criatura, asustada con la idea de tener que ir de noche á la fuente, tenía
+buen cuidado de que no faltase nunca agua en la casa.</p>
+
+<p>La Navidad del año 1823 fué brillantísima, particularmente en Montfermeil.
+El principio del invierno había sido benigno, no había helado
+ni nevado aún. Titiriteros, llegados de París, habían obtenido del señor
+alcalde permiso para colocar sus barracas en la calle principal de la aldea,
+y una banda de mercaderes ambulantes, con igual permiso, había
+construido sus barracones en la plaza de la Iglesia, y hasta en la misma
+callejuela de Boulanger, donde estaba situado, como sabemos, el bodegón
+de los Thénardier. Toda aquella gente llenaba las hosterías y tabernas,
+dando á aquella población tan tranquila, cierta vida bulliciosa y
+alegre. Debemos decir igualmente, para ser fieles historiadores, que entre
+las curiosidades expuestas en la plaza, había una barraca de diversos
+animales, en la cual unos feísimos payasos, vestidos de harapos y venidos
+de Dios sabe dónde, enseñaban en 1823 á los aldeanos de Montfermeil,
+uno de aquellos horribles buitres del Brasil, que nuestro Museo
+Real no poseyó antes de 1845, y que tienen por ojo una escarapela tricolor.
+Los naturalistas llaman, según creo, á ese pájaro, Caracara Poliborus;
+pertenece al orden de los apicidas y á la familia de los falcónidos. Algunos
+antiguos soldados bonapartistas retirados en la aldea, iban á ver
+aquella ave con cierta devoción. Los charlatanes presentaban aquella
+escarapela tricolor como un fenómeno único, y hecho expresamente por
+el buen Dios para su colección de animales raros.</p>
+
+<p>En la noche misma de Navidad muchos hombres, carreteros y trajineros,
+estaban sentados bebiendo alrededor de las mesas, alumbradas
+por cuatro ó cinco velas de sebo, en la sala baja del bodegón Thénardier.
+Esta sala se parecía á todas las salas de taberna: mesas, jarras de
+estaño, botellas, bebedores, fumadores; poca luz y mucho ruido. La fecha
+del año 1823 estaba, por lo tanto, indicada por los dos objetos en
+moda á la sazón entre la clase media, los cuales estaban sobre una mesa,
+á saber; un caleidoscopo y una lámpara labrada de hoja de lata. La
+Thénardier vigilaba la cena, que se estaba asando á buen fuego, mientras
+el marido bebía con los huéspedes y hablaba de política.</p>
+
+<p>Además de las disertaciones políticas, cuyo objeto principal era la
+guerra de España y el señor duque de Anguleme, oíanse, en medio del
+bullicio, paréntesis puramente locales, como éste:</p>
+
+<p>—Por la parte de Nanterre y de Suresnes ha dado mucho el vino.
+Donde se calculaban diez medidas se han conseguido doce. Se ha sacado
+de los lagares más jugo de lo que se esperaba.—¿Pero la uva no estaría
+madura?—En este país no conviene vendimiar maduro; porque el vino
+se tuerce en cuanto llega la primavera.—¿Entonces se saca solamente<span class="pagenum" id="Page_328">[Pg 328]</span>
+vinillo?—Son vinillos más ligeros que los de por acá. Hay que vendimiar
+en agraz.</p>
+
+<p>Etc...</p>
+
+<p>Ó bien, era un molinero el que exclamaba:</p>
+
+<p>—¿Acaso somos responsables nosotros de lo que va en los sacos? Se
+encuentran en ellos una porción de granos que no podemos entretenernos
+en limpiar y que es preciso dejar pasar por las piedras: como la cizaña,
+el añublo, el tizón, la algarroba, el cañamón, la cola de zorra, y
+otro sinnúmero de drogas, sin contar las arenillas que abundan mucho
+en ciertos trigos, sobre todo en los trigos bretones. No es ciertamente
+nada gustoso moler trigo bretón, como no lo es para los serradores de
+largo aserrar vigas que tengan clavos. Calcúlese el maldito polvo que
+de todo esto resulta después. Y luego se quejan sin razón de la harina.
+Si la harina es mala, no es nuestra la culpa.</p>
+
+<p>En el espacio entre dos ventanas, un segador, sentado á una mesa
+con un propietario que ajustaba precio para segar un prado en primavera,
+decía:</p>
+
+<p>—No importa que la hierba esté mojada. Así se corta mejor. El rocío
+es bueno, señor. De todos modos, vuestra hierba es temprana y muy
+difícil de segar. ¡Que por aquí es tierna, que allí se dobla contra la
+hoz!...</p>
+
+<p>Etc...</p>
+
+<p>Cosette ocupaba su puesto acostumbrado, sentada sobre el travesaño
+de la mesa de cocina, junto al hogar; mal vestida de harapos, los pies
+desnudos metidos en los zuecos, haciendo, al resplandor del fuego, calcetines
+de lana para las niñas de Thénardier. Un gatito joven jugaba
+debajo de las sillas.</p>
+
+<p>Oíanse reir y charlar en la pieza inmediata dos voces frescas é infantiles;
+eran las de Eponine y Azelma.</p>
+
+<p>En un rincón de la chimenea había un martinete colgado de un
+clavo.</p>
+
+<p>Á intervalos, penetraban por entre el ruido de la taberna, los chillidos
+de una criatura de corta edad, que estaría en otra parte en la casa.
+Era un niño que la Thénardier había tenido en uno de los inviernos anteriores,
+«sin saber por qué, decía ella: efecto del frío», y que contaría
+unos tres años. La madre se lo había criado ella misma, pero no le tenía
+cariño. Cuando el encarnizado clamor del chiquillo resultaba demasiado
+importuno, tu hijo chilla, decíale Thénardier á la madre, ve á ver lo
+que quiere. ¡Bah!—respondía ella.—Me fastidia.</p>
+
+<p>Y el chiquillo abandonado continuaba desgañitándose en las tinieblas.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_329">[Pg 329]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Dos retratos completados</b></p>
+
+
+<p>No han aparecido todavía en este libro los Thénardier más que de
+perfil; ha llegado el momento de dar la vuelta alrededor de este grupo,
+y contemplarlo por todas sus fases.</p>
+
+<p>Thénardier acababa de cumplir los cincuenta años; su mujer rayaba
+en los cuarenta, que es la cincuentena femenina; de manera que había
+equilibrio de edad entre la mujer y el marido.</p>
+
+<p>Los lectores conservan tal vez algún recuerdo de la primera aparición
+de aquella Thénardier, alta, rubia, colorada, gruesa, membruda,
+cuadrada, enorme y ágil; tenía, como ya hemos dicho, algo de la raza
+de esas salvajes colosales que en las ferias levantan del suelo grandes
+piedras con su cabellera.</p>
+
+<p>Ella lo hacía todo dentro de la casa: las camas, los cuartos, la colada,
+la cocina, la lluvia, el buen tiempo y el diablo. Tenía por única sirvienta
+á Cosette; un ratoncillo al servicio de un elefante. Todo temblaba
+al eco de su voz: los vidrios, los muebles y las gentes. Su ancho rostro,
+cribado de pecas rojizas, tenía el aspecto de una espumadera. Tenía
+también barbas. Era el ideal de un terne de plazuela vestido de mujer.
+Juraba que era un primor, y se jactaba de partir una nuez de un puñetazo.
+Á no ser por las novelas que había leído, y que á veces hacían
+aparecer de extravagante manera la remilgada bajo el marimacho, jamás
+se le hubiera ocurrido á nadie decir de ella: Es una mujer. La tal
+Thénardier era como el producto del injerto de una señorita en una
+verdulera. Cuando se la oía hablar, exclamaba uno: Es un gendarme;
+cuando se la veía beber, decíase: Es un carretero; cuando se la veía
+manosear á Cosette, decíase uno: Es un verdugo. Al dormir le salía de
+la boca un diente.</p>
+
+<p>Thénardier era un hombre pequeño, flaco, pálido, anguloso, huesoso,
+endeble, de aspecto enfermizo, gozando de buena salud; en lo cual estribaba
+su maulería. Sonreíase habitualmente por precaución, y era atento
+casi con todo el mundo, hasta con el mendigo á quien negaba un ochavo.
+Tenía la mirada del zorro y el fondo del letrado. Se parecía mucho
+á los retratos del presbítero Delille. Su coquetería consistía en beber con
+los trajineros. Nadie había podido jamás emborracharle. Fumaba en
+una gran pipa. Llevaba blusa, y bajo de la blusa un antiguo frac negro.
+Tenía pretensiones de literato y materialista, y sabía nombres que pronunciaba
+frecuentemente para apoyar cualquier cosa de las que decía,
+como: Voltaire, Raynal, Parny y, cosa rara, san Agustín. Afirmaba tener
+«un sistema». Por lo demás, era un grande estafador filósofo. Este
+matiz existe.</p>
+
+<p>Se recordará que pretendía haber servido; contaba, con cierto lujo,
+que siendo sargento en Waterloo, en un 6.º ó 9.º de ligeros cualquiera,<span class="pagenum" id="Page_330">[Pg 330]</span>
+había él solo, contra todo un escuadrón de húsares de la muerte, cubierto
+con su cuerpo y salvado á través de la metralla «á un general peligrosamente
+herido». De ahí provenía sobre su puerta la flamante muestra,
+y el nombre dado en el país á su figón de «posada del sargento de
+Waterloo». Era liberal, clásico y bonapartista. Se había suscripto para
+el campo de Asilo. Decíase en la aldea que había estudiado para cura.</p>
+
+<p>Nosotros creemos que había sencillamente estudiado en Holanda para
+posadero. Este tunante del orden compuesto era, según todas las probabilidades,
+algún flamenco de Lila en Flandes, francés en París, belga en
+Bruselas, montado cómodamente sobre dos fronteras. Su proeza de Waterloo,
+ya la conocemos; y como se ve, la exageraba un poco. El flujo y
+el reflujo, lo tortuoso, lo aventurero, eran el elemento de su existencia;
+conciencia desgarrada supone naturalmente vida descosida; y verosímilmente
+en la tormentosa época del 18 de junio de 1815, Thénardier
+pertenecía á aquella variedad de cantineros merodeadores de que hemos
+hablado, recorriendo los caminos, vendiendo á unos, robando á otros, y
+rodando en familia, marido, mujer é hijos, en algún desvencijado calesín
+á la cola de las tropas en marcha, con el instinto de unirse siempre
+al ejército victorioso.</p>
+
+<p>Terminada la campaña, y teniendo, como él decía, <em>cum quibus</em>, había
+ido á establecer su bodegón en Montfermeil.</p>
+
+<p>Este <em>quibus</em> compuesto de las bolsas y relojes, de las sortijas de oro
+y de las cruces de plata, cosechadas al tiempo de la siega en los surcos
+sembrados de cadáveres, no sumaba por cierto un gran total, ni había
+hecho adelantar gran cosa á aquel vivandero trocado en bodegonero.</p>
+
+<p>Thénardier tenía en el gesto ese algo rectilíneo inexplicable, que con
+un juramento recuerda el cuartel, y con la señal de la cruz recuerda el
+seminario. Era muy hablador, y dejaba que le creyeran sabio. Sin embargo
+el maestro de escuela había notado que cometía errores. Extendía
+las cuentas de los pasajeros con superioridad; pero no faltaban ojos ejercitados
+que encontraban á veces faltas de ortografía. Thénardier era cazurro
+glotón, gandul y listo. No desdeñaba á las criadas, lo cual era
+causa de que su mujer no tuviese ninguna. Aquella gigante era celosa.
+Parecíale que aquel hombrecillo flaco y descolorido debía ser objeto de
+concupiscencia universal.</p>
+
+<p>Thénardier, hombre de astucia y equilibrio, era ante todo un bribón
+del género templado. Esto es, de la peor especie, por la hipocresía que
+entra en ella.</p>
+
+<p>No es que Thénardier no fuése en ocasiones capaz de encolerizarse,
+al menos tanto como su mujer; pero esto era rarísimo, y en tales momentos,
+como aborrecía por completo al género humano, como había
+dentro de él un horno profundísimo de odio, como era de esas gentes que
+se están vengando perpetuamente, que acusan á todo cuanto pasa delante
+de ellos como causa de todo lo que cae encima de ellos, y que están<span class="pagenum" id="Page_331">[Pg 331]</span>
+siempre dispuestos á arrojar sobre el primero que llegue, como legítimo
+agravio, el total de las decepciones, bancarrotas y calamidades de su
+vida, y como toda esta levadura fermentaba en él y bullía en su boca y
+en sus ojos, se ponía espantoso. ¡Desdichado del que pasase entonces bajo
+su furor!</p>
+
+<p>Aparte de todas sus otras cualidades, era Thénardier, atento y penetrante,
+callado ó hablador según los casos, y siempre con elevada inteligencia.
+Tenía algo en su mirada de los marinos acostumbrados á mirar
+con anteojos de larga vista. Thénardier era un hombre de Estado.</p>
+
+<p>Todo recién llegado que entraba en el bodegón, al ver á la mujer
+Thénardier, exclamaba: ¡He aquí el amo de la casa! Error, no era siquiera
+el ama. Amo y ama, lo era el marido. Ella hacía, él creaba. Ella
+lo dirigía todo por una especie de acción magnética, invisible y continua.
+Una palabra le bastaba á él, muchas veces un signo, el mastodonte
+hembra obedecía. Thénardier era para su mujer, sin que ella se explicase
+el por qué, una especie de ser particular y soberano. Tenía ella las
+virtudes de su modo de ser; nunca, jamás, aunque hubiese disentido sobre
+algún detalle con el «señor Thénardier», hipótesis, por otra parte
+inadmisible, no le hubiera quitado la razón en público á su marido, sobre
+ningún asunto fuése el que fuere. Nunca jamás hubiera cometido delante
+de extraños esa falta que cometen con tanta frecuencia las mujeres
+y que se llama en lenguaje parlamentario descubrir la corona. Aún
+cuando semejante acuerdo no diese otro resultado que el mal, había algo
+contemplativo en esa sumisión de la Thénardier á su marido. Aquella
+montaña de ruido y carne, movíase debajo el dedo meñique de aquel
+frágil déspota. Visto ello por su lado raquítico y grotesco, patentizábase
+la gran cosa universal: la adoración de la materia hacia el espíritu; porque
+hay ciertas fealdades, cuya razón de ser está en las profundidades
+mismas de la belleza eterna. Había en Thénardier algo de lo desconocido,
+y de ahí provenía el imperio absoluto de este hombre sobre su mujer. En
+ciertos momentos le veía ella como una vela encendida; en otros, le sentía
+como una garra.</p>
+
+<p>Aquella mujer era una criatura formidable, que no amaba más que á
+sus hijos, y sólo temía á su marido. Era madre, porque era mamífera.
+Por lo demás, su maternidad se limitaba á sus hijas, pues como se verá
+más adelante, no alcanzaba á los varones. El hombre, sólo tenía una
+idea: enriquecerse. Y no lo conseguía. Faltábale un teatro digno de
+su gran talento. Thénardier en Montfermeil se arruinaba, si la ruina
+cabe bajo cero. En Suiza ó en los Pirineos, este hombre sin un cuarto se
+habría hecho millonario. Pero donde la suerte enclava al posadero, allí
+es menester que viva.</p>
+
+<p>Ya se comprende que la palabra <em>posadero</em>, está aquí empleada en
+sentido limitado, y que no se extiende á la clase entera.</p>
+
+<p>Ese mismo año, 1823, Thénardier tenía una<span class="pagenum" id="Page_332">[Pg 332]</span> deuda de unos mil quinientos francos,
+una deuda apremiante, que le preocupaba.</p>
+
+<p>Cualquiera que fuése para con él la injusticia persistente del destino,
+Thénardier era uno de esos hombres que comprendían mejor, con más
+profundidad y del modo más moderno, esta cosa que es una virtud en
+los pueblos bárbaros, y una mercancía en los pueblos civilizados: La
+hospitalidad. Por otra parte, era un cazador furtivo y admirable, citado
+por su certera puntería. Poseía cierta risita fría y apacible, que era particularmente
+peligrosa.</p>
+
+<p>Sus teorías de posadero brotaban de él algunas veces como relámpagos.
+Empleaba ciertos aforismos de su profesión que procuraba inculcar
+en el espíritu de su mujer. El deber de posadero le decía una vez violentamente
+y en voz baja, es vender al primero que llega, comida, descanso,
+luz, fuego, sábanas sucias, muchacha, pulgas y sonrisas; detener al pasajero,
+vaciar los bolsillos pequeños, aligerar honradamente los grandes,
+dar albergue con respeto á las familias en viaje, desollar al hombre,
+desplumar á la mujer, limpiar al chiquillo; poner precio á la ventana
+abierta, á la ventana cerrada, al rincón de la chimenea, al sillón, á la
+silla, al taburete, al escabel, al lecho de pluma, al colchón y al haz de
+paja; saber cuándo se sirven del espejo, con la imagen del que se mira
+en él tarifárselo; y, con quinientos mil diablos, hacérselo pagar todo al
+viajero, incluso las moscas que se come su perro.</p>
+
+<p>El tal hombre y la tal mujer eran la astucia y la rabia unidas, maridaje
+repugnante y terrible.</p>
+
+<p>Mientras el marido calculaba y combinaba, la Thénardier no pensaba
+en los acreedores ausentes, ni se preocupaba del ayer ni del mañana, viviendo
+exclusivamente al día.</p>
+
+<p>Tales eran estos seres. Cosette estaba entre ellos, sufriendo la doble
+presión de uno y otro, como una criatura que fuése á la vez triturada
+por una piedra de molino y destrozada por unas tenazas.</p>
+
+<p>El hombre y la mujer tenían, cada cual, su manera distinta de martirizarla;
+si Cosette estaba amoratada á golpes era cosa de la mujer; si
+iba con los pies desnudos en invierno, era cosa del marido.</p>
+
+<p>Cosette subía, bajaba, lavaba, cepillaba, fregaba, barría, andaba,
+corría, se fatigaba, removía las cosas más pesadas y, débil como era, hacía
+todo lo más pesado. No había piedad para ella; una ama feroz, un amo
+venenoso. El bodegón de Thénardier era como una red en que Cosette
+se hallaba cogida y temblorosa. El ideal de la opresión estaba realizado
+en aquella domesticidad siniestra. Era algo como la mosca sirviendo á
+las arañas.</p>
+
+<p>La pobre criatura, pasiva, se callaba.</p>
+
+<p>Cuando así se encuentran, desde su aurora, desnudas y desamparadas
+entre los hombres, ¿qué pasa en esas almas que acaban de dejar el
+seno de Dios?</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_333">[Pg 333]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Los hombres necesitan vino, los caballos agua</b></p>
+
+
+<p>Habían llegado cuatro nuevos viajeros.</p>
+
+<p>Cosette meditaba tristemente; pues aún cuando no tenía más que
+ocho años, había ya sufrido tanto, que se ensimismaba en el aire lúgubre
+de una vieja.</p>
+
+<p>Tenía un párpado amoratado á consecuencia de un puñetazo que la
+Thénardier le había sacudido, lo cual hacía decir á la propia Thénardier
+de cuando en cuando:</p>
+
+<p>—¡Está bien fea con su cardenal en el ojo!</p>
+
+<p>Cosette pensaba, pues, que era de noche, muy de noche; que había
+sido menester llenar de improviso las jarras y vasijas de los cuartos de
+los viajeros recién llegados, y que no había ya más agua en el depósito.</p>
+
+<p>Lo que la tranquilizaba un poco, era que no se bebía mucha agua en
+casa Thénardier. Es verdad que no faltaban gentes que tuviesen sed; pero
+era de esa sed que mejor se dirige al jarro que al cántaro. Quien hubiese
+pedido un vaso de agua, entre aquellos vasos de vino, hubiera parecido
+un salvaje á todos aquellos hombres. Hubo un momento, sin embargo,
+en que la muchacha tembló; la Thénardier levantó la tapadera
+de una cacerola que hervía en el hornillo, después cogió un vaso y se
+acercó al depósito. Dió vuelta al grifo. Cosette había levantado la cabeza
+y seguía todos sus movimientos. Un delgadísimo hilo de agua, llenó
+apenas la mitad del vaso.</p>
+
+<p>—¡Mira,—dijo la mujer,—no hay más agua!</p>
+
+<p>—Siguió un instante de silencio. La criatura no respiraba.</p>
+
+<p>—¡Bah!—repuso la Thénardier, examinando el vaso medio lleno.—Con
+ésta habrá bastante.</p>
+
+<p>Cosette se volvió á su trabajo; pero durante un buen cuarto de hora,
+sintió saltar el corazón precipitadamente dentro el pecho.</p>
+
+<p>Contaba los minutos que iban pasando, deseando estar ya al día siguiente.</p>
+
+<p>De cuando en cuando, uno de los bebedores miraba á la calle y exclamaba:</p>
+
+<p>—¡Está obscuro como boca de lobo!</p>
+
+<p>Ó decía otro:</p>
+
+<p>—¡Es preciso ser gato para salir á la calle sin farol!</p>
+
+<p>Cosette se estremecía.</p>
+
+<p>De pronto, uno de los mercaderes ambulantes hospedados en el bodegón
+entró, y dijo con acento rudo:</p>
+
+<p>—No habéis dado de beber á mi caballo.</p>
+
+<p>—Sí, por cierto,—dijo la Thénardier.</p>
+
+<p>—Yo os digo que no,—repuso el mercader.</p>
+
+<p>Cosette había salido de debajo de la mesa:</p>
+
+<p>—¡Oh! ¡Sí, señor!—dijo.—El caballo ha bebido, ha bebido en el cubo,<span class="pagenum" id="Page_334">[Pg 334]</span>
+en el cubo lleno, y yo misma soy quien le he dado de beber y le he
+hablado.</p>
+
+<p>Esto no era verdad. La niña mentía.</p>
+
+<p>—He aquí otra, que no es mayor que un puño, y miente como una
+casa,—exclamó el mercader.—¡Yo te digo que no ha bebido, bribonzuela!
+Tiene un modo de resollar, cuando no ha bebido, que se lo conozco
+perfectamente.</p>
+
+<p>Cosette insistió, añadiendo con voz enronquecida por la angustia y
+que se oía apenas:</p>
+
+<p>—¡Y mucho que ha bebido!</p>
+
+<p>—¡Ea,—repuso el mercader en tono colérico,—no hay que hablar de
+eso; que se le dé de beber á mi caballo, y acabemos!</p>
+
+<p>Cosette volvió á meterse debajo de la mesa.</p>
+
+<p>—En efecto: nada hay más justo,—dijo la Thénardier;—si el animal
+no ha bebido, es preciso que beba.</p>
+
+<p>Luego mirando en torno suyo exclamó:</p>
+
+<p>—¡Y bien! ¿Dónde está ésa?</p>
+
+<p>Bajóse, y vió á Cosette agazapada al otro extremo de la mesa, metida
+casi debajo de los pies de los bebedores.</p>
+
+<p>—¿Quieres salir de ahí?—gritó la Thénardier.</p>
+
+<p>Cosette salió de la especie de agujero donde se había escondido. La
+Thénardier repuso:</p>
+
+<p>—Señorita doña Perra sin nombre, vaya á dar de beber al caballo.</p>
+
+<p>—Pero, señora,—dijo Cosette toda temblorosa,—¡es que no hay agua!</p>
+
+<p>La Thénardier abrió de par en par la puerta de la calle.</p>
+
+<p>—¡Pues ir á buscarla!</p>
+
+<p>Cosette bajó la cabeza, y fué á tomar un cubo vacío que estaba en el
+rincón de la chimenea.</p>
+
+<p>Este cubo abultaba más que ella, tanto, que la muchacha hubiera
+podido sentarse dentro y estar ancha.</p>
+
+<p>La Thénardier se volvió á sus hornillas, y probó con una cuchara
+de palo lo que había en una cacerola, gruñendo al mismo tiempo:</p>
+
+<p>—En la fuente la hay; todas las dificultades fuesen como ésta. Creo
+que hubiera sido mejor preparar las cebollas.</p>
+
+<p>Púsose luego á buscar en un cajón donde había dinero, ajos y
+pimienta.</p>
+
+<p>—Toma, señorita Renacuajo,—añadió;—de vuelta tomarás un pan en
+la panadería. Aquí tienes una moneda de quince sueldos.</p>
+
+<p>Cosette tenía una faltriquera pequeña en un lado del delantal; tomó
+la moneda sin decir una palabra, y la guardó en el bolsillo.</p>
+
+<p>Después se quedó inmóvil con el cubo en la mano, y la puerta abierta
+delante de ella. Parecía esperar que alguien fuése en su ayuda.</p>
+
+<p>—¡Aprisa!—gritó la Thénardier.</p>
+
+<p>Cosette salió. La puerta se volvió á cerrar.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_335">[Pg 335]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Entrada en escena de una muñeca</b></p>
+
+
+<p>La hilera de puestos de venta al aire libre que partía de la iglesia,
+se extendía, como hemos dicho, hasta la posada Thénardier. Dichos
+puestos, esperando que pasara luego gente que debía ir á la misa de
+media noche, estaban iluminados todos con velas, que ardían dentro de
+cucuruchos de papel, lo cual, como decía el maestro de escuela de Montfermeil,
+sentado en aquel momento á una de las mesas de la taberna
+Thénardier, producía «un efecto mágico».</p>
+
+<p>En cambio no se veía una sola estrella en el cielo.</p>
+
+<p>El último de estos puestos, establecido precisamente enfrente de la
+puerta de los Thénardier, estaba lleno de juguetes de todas clases, y ostentaba
+mil objetos de oropel, vidrio de colores y otras cosas magníficas
+de hoja de lata. En la primera fila, y en lugar preferente, había colocado
+el mercader, sobre un fondo de servilletas blancas, una inmensa muñeca
+de casi dos pies de altura, vestida con traje de crespón color de
+rosa, con espigas de oro en la cabeza, pelo verdadero y ojos de esmalte.
+Todo el día había estado expuesta aquella maravilla á la admiración de
+los transeuntes de menos de diez años, sin que hubiese habido en Montfermeil
+una madre bastante rica ó bastante pródiga para comprársela á
+su hija. Eponine y Azelma se habían pasado contemplándola horas enteras,
+y Cosette misma furtivamente, por supuesto, había osado mirarla
+también.</p>
+
+<p>En el momento en que salió Cosette, con su cubo en la mano, por
+triste y disgustada que estuviese, no pudo dejar de levantar los ojos hasta
+la prodigiosa muñeca, hasta <em>la señora</em>, como ella la llamaba. La
+pobre niña se quedó petrificada. No había visto aún tan de cerca la tal
+muñeca. Toda la barraca le parecía un palacio; y aquella muñeca no
+era muñeca, era una visión. Era la alegría, el explendor, la riqueza, la
+dicha que aparecía en una especie de irradiación quimérica ante aquel
+pequeño y desgraciado ser, tan profundamente envuelto por una miseria
+fúnebre y helada. Cosette medía con la sagacidad triste y sincera de
+la infancia, el abismo que la separaba de aquella muñeca. Decíase ella
+que era menester ser reina, ó al menos princesa, para poseer una «cosa»
+como aquélla. Contemplaba aquel lindo vestido de color de rosa, aquellos
+hermosos y bien peinados cabellos, pensando y diciendo ¡qué feliz
+debe ser esa muñeca! Sus ojos no podían apartarse de aquel puesto fantástico.
+Cuanto más miraba, más se embelesaba. Creía estar viendo el
+paraíso. Veía otras muñecas, detrás de «la grande», que le parecían hadas
+y genios. El mercader que se movía, allá en el fondo del barracón, le
+producía cierto efecto de Padre eterno.</p>
+
+<p>En aquella adoración, se olvidaba de todo, hasta del encargo que se<span class="pagenum" id="Page_336">[Pg 336]</span>
+le había hecho. De súbito, la áspera voz de la Thénardier la hizo volver
+en sí.</p>
+
+<p>—¡Cómo! ¿Aún estás aquí bachillera? ¡Aguarda, allá voy yo! ¿Qué
+tiene que hacer ahí ese monstruo?</p>
+
+<p>La Thénardier había dado una mirada á la calle, y había visto á
+Cosette extasiada.</p>
+
+<p>Cosette se escapó, cargando con el cubo y alargando los pasos cuanto
+pudo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>La chiquilla sola</b></p>
+
+
+<p>Como la taberna Thénardier estaba en aquella parte de la población
+inmediata á la iglesia, era la fuente del bosque, de la parte de Chelles, á
+donde Cosette debía ir por el agua.</p>
+
+<p>Ya no volvió á mirar ningún otro puesto de la feria. Mientras estuvo
+en la callejuela de Boulanger y en los alrededores de la iglesia, las tiendecillas
+iluminadas alumbraban el camino; pero muy pronto desapareció
+el último resplandor del último barracón. La pobre criatura se encontró
+pues en la obscuridad. Penetró en ella. Pero sintiendo que se apoderaba
+de su espíritu cierta emoción; á medida que iba caminando iba
+agitando cuanto podía el asa del cubo. El ruido que producía con ello,
+le servía de compañía.</p>
+
+<p>Cuanto más andaba, más espesas se iban volviendo las tinieblas. No
+había ya en las calles persona alguna. Sin embargo, tropezó con una
+mujer, que se volvió al verla y que permaneció inmóvil, murmurando
+entre dientes:</p>
+
+<p>—¿Adónde puede ir esta muchacha? ¿Si será algún duende?—Luego
+la mujer reconoció á Cosette, y exclamó:—¡Mira! ¡si es la Alondra!</p>
+
+<p>Así atravesó Cosette el laberinto de calles tortuosas y desiertas en
+que termina por la parte de Chelles la población de Montfermeil. Mientras
+hubo casas y aún sólo paredes por ambos lados del camino, anduvo
+bastante animosa. De cuando en cuando veía la claridad de una vela á
+través de las rendijas de una ventana; era luz y vida; allí había gente,
+y esto la alentaba. Sin embargo, á medida que adelantaba, sus pasos
+iban acortándose maquinalmente. Cuando hubo pasado el ángulo de la
+última casa, Cosette se paró. Ir más allá de la última tienda había sido
+difícil; ir más allá de la última casa, se le hacía imposible. Dejó el cubo
+en el suelo, llevóse la mano á la cabeza, y púsose á rascarse lentamente,
+actitud propia de las criaturas aterradas é indecisas. Ya no estaba en
+Montfermeil, puesto que se encontraba en medio del campo. Tenía únicamente
+ante ella el espacio negro y desierto. Contempló desesperada
+aquella obscuridad, donde no había nadie, donde había solamente animales,
+y donde había tal vez aparecidos. Miró bien, y creyó oir las bestias
+que andaban por entre la yerba, y ver claramente los aparecidos<span class="pagenum" id="Page_337">[Pg 337]</span>
+que se movían entre los árboles. Entonces volvió á coger su cubo, el
+miedo le dió audacia.</p>
+
+<p>—¡Bah!—exclamó ella,—diré que ya no había agua.</p>
+
+<p>Y volvió á entrar resueltamente en Montfermeil.</p>
+
+<p>Apenas había andado cien pasos, se paró nuevamente y volvió á rascarse
+la cabeza. Entonces fué la Thénardier quien se le apareció; la Thénardier,
+amenazadora, con su boca de hiena y destellando cólera sus
+ojos. La muchacha lanzó una triste mirada en torno suyo. ¿Qué hacer?
+¿Cómo salir del paso? ¿Adónde ir? Delante tenía el espectro de la Thénardier,
+detrás todos los fantasmas de la noche y del bosque. Á pesar de
+todo, retrocedió ante la Thénardier. Emprendió otra vez el camino de la
+fuente y echó á correr. Salió corriendo de la población, entró corriendo
+en el bosque, sin mirar ni escuchar nada. No detuvo su curso hasta faltarle
+la respiración; pero no interrumpió su marcha. Iba avanzando
+como desvanecida.</p>
+
+<p>Iba corriendo con ganas de llorar.</p>
+
+<p>El estremecimiento nocturno de la selva la envolvía por completo.
+No pensaba, no veía ya; la inmensidad de la noche estaba frente á frente
+de aquel pequeño ser. Por una parte, todo sombras; por otro, un
+átomo.</p>
+
+<p>No había más que unos siete ú ocho minutos de la orilla del bosque
+al manantial. Cosette conocía el camino por haberle recorrido de día
+muchas veces. ¡Cosa extraña! No se extravió. Un resto de instinto la
+conducía vagamente. Sin embargo, no dirigía los ojos ni á la derecha
+ni á la izquierda, temerosa de ver cosas entre las ramas y entre la maleza.
+Así llegó á la fuente.</p>
+
+<p>Era un estrecho pozo natural, formado por el agua en un suelo arcilloso,
+á la profundidad de unos dos pies, rodeado de musgo y de esas
+grandes yerbas rizadas llamadas gorgueras de Enrique IV, y enlosado
+con grandes piedras, del cual salía un arroyuelo, produciendo un ruido
+escaso y tranquilo.</p>
+
+<p>Cosette no se tomó ni aún el tiempo indispensable para respirar. Estaba
+la noche obscurísima; pero ella tenía ya costumbre de ir á aquella
+fuente. Buscó con la mano izquierda, entre la obscuridad, una encinilla
+inclinada sobre el manantial, la que le servía ordinariamente de punto
+de apoyo; encontró una rama, se agarró á ella, se inclinó y sumergió el
+cubo en el agua. Se encontraba en un estado tan violento, que sus fuerzas
+se habían triplicado. Mientras estaba así inclinada, no echó de ver
+que la faltriquera de su delantal se vaciaba en la fuente, y que la moneda
+de quince sueldos se le cayó en el agua. Cosette no vió ni oyó caer
+nada. Retiró el cubo casi lleno, y lo dejó sobre la yerba.</p>
+
+<p>Hecho esto, advirtió que estaba abrumada de cansancio. Bien hubiera
+querido partir enseguida; pero el esfuerzo de llenar el cubo había sido<span class="pagenum" id="Page_338">[Pg 338]</span>
+tal, que le fué imposible dar un paso. Vióse, por lo tanto, obligada á
+sentarse, y dejándose caer sobre la yerba, se quedó acurrucada.</p>
+
+<p>Cerraba los ojos, volviéndolos á abrir luego sin saber por qué, pero
+no pudiendo hacer otra cosa. Á su lado tenía el cubo, cuya agua agitada
+formaba círculos á manera de serpientes de fuego blanco.</p>
+
+<p>Encima de su cabeza, el cielo aparecía cubierto de extensas nubes
+negras, que eran como masas de humo. La trágica máscara de la sombra
+parecía ir cayendo vagamente sobre aquella criatura.</p>
+
+<p>Júpiter se envolvía en las profundidades.</p>
+
+<p>La pobre criatura miraba con ojos extraviados esta grande estrella,
+que no conocía y que le daba miedo. El planeta se hallaba en realidad
+en aquel momento cerca del horizonte, y atravesaba una espesa capa de
+niebla que le daba un tinte rojizo horrible. La bruma, lúgubremente
+teñida de púrpura, agrandaba el astro, dándole el aspecto de una
+llaga luminosa.</p>
+
+<p>Un viento frío soplaba de la llanura. El bosque estaba tenebroso, sin
+ningún rozamiento de hojas, sin ninguna de aquellas vagas y suaves
+claridades de estío. Alzábanse horriblemente grandes ramajes; agitábanse
+en los claros deformes y espantosos matorrales. Extremecíanse con
+el cierzo las altas yerbas como anguilas; las zarzas retorcíanse como largos
+brazos armados de garras para coger su presa. Algunas malezas secas,
+sacudidas por el viento, pasaban rápidamente como huyendo espantadas
+de algún objeto que las persiguiese. En todas partes no se advertía
+más que extensiones lúgubres.</p>
+
+<p>La obscuridad es vertiginosa. El hombre necesita claridad; quien penetra
+en lo opuesto á la luz, se siente oprimido el corazón. Cuando el
+ojo ve negro, el espíritu ve turbio. En el eclipse, en la noche, en la opacidad
+fuliginosa, hay ansiedad hasta para los más fuertes. Nadie atraviesa
+solo de noche por las obscuridades de un bosque sin temblar. Sombras
+y árboles, son dos espesuras temibles. Una realidad quimérica aparece
+en la profundidad indistinta. Lo inconcebible se bosqueja á pocos
+pasos de nosotros con claridad espectral. Vemos flotar, en el espacio ó
+en nuestro propio cerebro, algo vago é impalpable como los sueños de
+flores dormidas. Hay en el horizonte actitudes feroces, aspiramos los
+efluvios del gran vacío obscuro. Tenemos á un tiempo miedo y deseo de
+mirar atrás.</p>
+
+<p>Las cavidades de la noche, las cosas convertidas en objetos espantosos,
+perfiles taciturnos que se van disipando á medida que vamos adelante,
+cabelleras sueltas flotando en la obscuridad, espesuras irritadas,
+charcos lívidos; lo lúgubre reflejándose en lo fúnebre, la inmensidad sepulcral
+del silencio; los seres desconocidos posibles, ramas misteriosamente
+doblegadas, torsos horribles de árboles, prolongadas ráfagas de
+yerbas temblorosas, no existe defensa contra todo eso. No hay valor que
+no tiemble y no sienta la proximidad de la angustia. Se experimenta<span class="pagenum" id="Page_339">[Pg 339]</span>
+algo horroroso, como si el alma se confundiese con la sombra. Esta penetración
+íntima de las tinieblas, es inexplicablemente siniestra en los
+niños.</p>
+
+<p>Las selvas son apocalipsis, y el simple batir de alas de un alma infantil,
+produce cierto ruido de agonía bajo su bóveda monstruosa.</p>
+
+<p>Sin darse cuenta á sí misma de lo que experimentaba, Cosette se sentía
+sobrecogida por aquella obscura enormidad de la naturaleza. No era
+únicamente terror lo que la impresionaba, era algo más terrible que el
+terror mismo. Temblaba. No hay expresiones para manifestar lo que
+tenía de extraño aquel temblor que la helaba hasta el fondo de su corazón.
+Su mirada se había vuelto esquiva. Creía sentir que tal vez no podría
+evitar al día siguiente, el volver allí á la misma hora.</p>
+
+<p>Entonces, movida por cierto instinto, para salir de aquel estado singular
+que ella no comprendía, pero que la asustaba, púsose á contar en
+alta voz uno, dos, tres, cuatro, hasta diez, y cuando concluía empezaba
+á contar otra vez de nuevo. Esto le devolvió la clara percepción de los
+objetos que la rodeaban. Sintió frío en sus manos, que se habían mojado
+al sacar el agua. Levantóse volviendo nuevamente al miedo, un miedo
+natural é invencible. No tuvo ya más que un pensamiento, huir; huir á
+todo correr, al través del bosque, al través del campo, hasta dar con las
+casas, con las ventanas, con las velas encendidas. Su mirada tropezó
+con el cubo que tenía delante.</p>
+
+<p>Era tal el horror que la inspiraba la Thénardier, que no se atrevió á
+huir sin el cubo de agua. Cogióle por el asa con ambas manos, y no sin
+gran trabajo alcanzó levantarlo.</p>
+
+<p>Caminó difícilmente unos doce pasos, pero el cubo estaba lleno y era
+tan pesado, que se vió obligada á dejarle nuevamente en el suelo. Respiró
+un instante, cogiéndolo de nuevo, y echó á andar; avanzando esta
+vez más largo trecho. Pero fuele preciso descansar aún; después de algunos
+segundos de reposo, prosiguió. Caminaba inclinada hacia adelante,
+con la cabeza baja, como una vieja; el peso del cubo estiraba y entumecía
+sus débiles brazos. El asa de hierro acababa de entorpecer y helar
+sus manecitas húmedas; de cuando en cuando se veía obligada á pararse,
+y cada vez que lo hacía, el agua helada que se desbordaba del cubo,
+caía sobre sus desnudas piernas. Esto le acontecía en el fondo de un
+bosque, de noche, en invierno, lejos de toda mirada humana, á una niña
+de ocho años; Dios solamente podía ver una cosa tan triste, en tan triste
+momento.</p>
+
+<p>Y sin duda su madre también, ¡ay!</p>
+
+<p>Porque hay cosas capaces de hacer abrir los ojos á los muertos dentro
+de sus tumbas.</p>
+
+<p>Respiraba la pobre con cierto doloroso estertor; los sollozos oprimían
+su garganta, pero no se atrevía á llorar, tanto era el miedo que le infundía,<span class="pagenum" id="Page_340">[Pg 340]</span>
+aun de lejos, la Thénardier. Tenía la costumbre de imaginarse
+siempre presente á la posadera.</p>
+
+<p>Á pesar de todo, no podía adelantar mucho camino de aquella manera,
+y proseguía lentamente. Por más que acortaba la duración de las
+paradas y caminaba de una á otra cuanto podía, calculaba angustiada
+que le faltaba más de una hora para llegar así á Montfermeil, y que la
+Thénardier la pegaría. Á semejante angustia se mezclaba el espanto de
+verse sola, de noche y en el bosque. Estaba abrumada de fatiga, y no
+había aún salido de la selva. Al llegar junto á un viejo castaño que ya
+conocía, hizo una última parada más larga que las anteriores, para tomar
+mayor descanso; reunió después todas sus fuerzas, cogió de nuevo
+el cubo, y echó á andar otra vez valerosamente.</p>
+
+<p>Sin embargo, la pobre criatura, desesperada, no pudo evitar esta
+exclamación: ¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!</p>
+
+<p>En aquel momento, sintió de súbito que el cubo no le pesaba ya. Una
+mano, que le pareció enorme, acababa de coger el asa y lo levantaba
+vigorosamente. Levantó Cossette la cabeza. Un gran bulto negro enhiesto
+y alto, caminaba á su lado en la obscuridad. Era un hombre que había
+llegado detrás de ella, y á quien no había oído venir. Aquel hombre,
+sin decir una palabra, había empuñado el asa del cubo que ella podía levantar
+apenas.</p>
+
+<p>Hay instintos para todos los acontecimientos de la vida.</p>
+
+<p>La niña no tuvo entonces miedo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Donde tal vez se prueba la inteligencia de Boulatruelle</b></p>
+
+
+<p>En la tarde del mismo día de Navidad de 1823, estuvo paseando un
+hombre largo tiempo la parte más desierta del boulevard del Hospital
+en París. Este hombre tenía el aspecto del que busca dónde alojarse, y
+se detenía preferentemente ante las casas de más modesta apariencia de
+aquel ruinoso extremo del arrabal de San Marcelo.</p>
+
+<p>Luego veremos cómo aquel hombre había alquilado, efectivamente,
+un cuarto en este aislado barrio.</p>
+
+<p>Aquel hombre, así en su traje como en toda su persona, presentaba
+el tipo de lo que podría llamarse el mendigo de buena sociedad: la extremada
+miseria combinada con el extremado aseo. Es ello una mezcla
+bastante rara, que inspira á los corazones inteligentes el doble respeto
+que se siente por quien es muy pobre y por quien es muy digno. Llevaba
+un sombrero redondo muy viejo y muy cepillado, una levita
+hasta descubrir los hilos, de paño común color de ocre, color que no tenía
+nada de particular en aquella época, un gran chaleco con bolsillos
+de forma secular, calzón corto negro, pero que mostraba haberse descolorido
+hasta el gris por las rodillas, medias de lana negra y gruesos zapatos
+con hebillas de cobre. Hubiérase dicho que era un antiguo preceptor<span class="pagenum" id="Page_341">[Pg 341]</span>
+de casa grande, recién llegado de la emigración. Por sus cabellos
+blancos, por las arrugas de su frente, por lo lívido de sus labios, por su
+rostro en que todo respiraba abatimiento y cansancio de la vida, se le
+hubieran supuesto más de sesenta años. Por su paso firme, aunque lento,
+y por el vigor singular impreso en todos sus movimientos, apenas se le
+hubieran concedido cincuenta.</p>
+
+<p>Las arrugas de su frente estaban bien colocadas, y hubieran prevenido
+en favor suyo á cualquiera que le hubiese observado atentamente.
+Sus labios se contraían con un pliegue particular, que parecía severo
+siendo humilde. Había en el fondo de su mirada cierta lúgubre serenidad.
+Llevaba en la mano izquierda un paquetito envuelto en un pañuelo,
+apoyando la derecha en una especie de bastón cortado de un seto.
+Este bastón había sido labrado con cierto esmero, y no tenía un mal aspecto;
+habían sacado partido de los nudos, y le habían figurado un puño de coral
+con lacre encarnado; era un palo, que se parecía á un bastón.</p>
+
+<p>Poca es la gente que pasa por aquel boulevard, sobre todo en invierno.
+Aquel hombre, no obstante, aunque sin afectación, más parecía evitarla
+que buscarla.</p>
+
+<p>En aquella época, el rey Luis XVIII iba casi todos los días á Chois-le-Roy.
+Era uno de sus paseos favoritos. Á eso de las dos, casi invariablemente,
+se veía el coche con la escolta real pasar á todo escape por el
+boulevard del Hospital.</p>
+
+<p>Esto hacía las veces de reloj á los pobres del barrio, que decían: las
+dos; pues ya se vuelve á las Tullerías.</p>
+
+<p>Y los unos acudían y los otros se alineaban para esperarle; porque
+el paso de un rey, es siempre tumultuoso. Por lo demás la aparición y
+desaparición de Luis XVIII, producía cierto efecto en las calles de París.
+Era rápido, pero majestuoso. Aquel rey impotente gustaba de ir al galope;
+no pudiendo andar, quería correr; ese inválido hubiera
+deseado de buena gana ser conducido por el relámpago. Pasaba pacífico
+y severo en medio de los sables desnudos. Su berlina maciza, enteramente
+dorada, con gruesas ramas de lirio pintadas en los costados, rodaba
+estrepitosamente. Apenas había tiempo bastante para dirigirle una
+mirada. Veíase en el ángulo del fondo, á la derecha, sobre almohadones
+de raso blanco, una cara ancha, firme y colorada, una frente recién empolvada,
+una mirada altiva, dura y fina, una sonrisa de letrado, dos
+grandes charreteras con canalones flotantes sobre un frac de paisano, el
+Toisón de oro, la cruz de San Luis, la cruz de la Legión de Honor, la
+placa de plata del Santo Espíritu, un gran vientre y un grueso cordón
+azul: esto era el rey. Fuera de París colocaba su sombrero con plumas
+blancas sobre sus rodillas envueltas en altas polainas inglesas, y cuando
+entraba de nuevo en la población, se lo ponía en la cabeza, saludando
+poco. Miraba fríamente al pueblo, que le correspondía perfectamente.
+Cuando apareció por primera vez en el barrio de San Marcelo, todo el<span class="pagenum" id="Page_342">[Pg 342]</span>
+éxito que obtuvo fué esta frase de uno de los vecinos á otro vecino: «Ese
+gordo que va ahí es el gobierno».</p>
+
+<p>Este paso infalible del rey á la misma hora, era, pues, el acontecimiento
+cotidiano del boulevard del Hospital.</p>
+
+<p>El paseante de la levita amarilla, no era evidentemente del barrio,
+ni de París tampoco probablemente, puesto que ignoraba esta circunstancia.
+Así es que cuando al dar las dos vió el coche real, rodeado de
+un escuadrón de guardias de Corps galoneados de plata, desembocar en
+el boulevard, después de dar la vuelta á la Salpêtrière, se quedó sorprendido
+y casi aterrado. No había nadie más que él en la calle de árboles,
+y se arrimó vivamente contra un ángulo de la tapia de cerca, lo que no
+impidió que le viese el señor duque de Havré. El señor duque de Havré,
+como capitán de guardias de servicio aquel día, iba sentado en el coche
+frente á frente del rey, y dijo á su majestad:</p>
+
+<p>—¡He aquí un hombre de bien mala traza! Varios agentes de policía,
+apostados para vigilar en la carrera que seguía el rey, se fijaron también
+en aquel hombre, y uno de ellos recibió orden de seguirle. Pero el
+hombre se internó en las callejuelas solitarias del arrabal, y como el día
+empezaba á declinar, el agente perdió la pista, según resulta de un parte
+dirigido aquella misma noche al conde Anglès, ministro de Estado y
+prefecto de policía.</p>
+
+<p>Cuando el hombre de la levita amarilla hubo hecho perder la pista
+al agente, redobló el paso, no sin haberse vuelto muchas veces para cerciorarse
+de que no le seguían. Á las cuatro y cuarto, es decir, cerrada
+ya la noche, pasaba por delante del teatro de la puerta de San Martín,
+donde se representaba aquel día el drama <em>Los dos presidiarios</em>. El cartel,
+alumbrado por los faroles del teatro, debió chocarle, porque aún
+cuando caminaba deprisa se paró á leerle. Poco después estaba en el
+callejón de la Planchette, y entraba en el <em>Plato de estaño</em>, donde estaba
+entonces la administración de diligencias de Lagny.</p>
+
+<p>El coche partía á las cuatro y media. Los caballos estaban enganchados,
+y los viajeros, llamados por el mayoral, se encaramaban á toda
+prisa por el alto peldaño de hierro del vehículo.</p>
+
+<p>El hombre preguntó:</p>
+
+<p>—¿Hay asiento?</p>
+
+<p>—Uno solo, á mi lado, en el pescante,—contestó el mayoral.</p>
+
+<p>—Le tomo.</p>
+
+<p>—Subid.</p>
+
+<p>Sin embargo, antes de partir, el conductor dirigió una mirada al
+traje nada lujoso del viajero, y á su pequeño lío, é hizo que se lo pagase.</p>
+
+<p>—¿Vais hasta Lagny?—le preguntó el cochero.</p>
+
+<p>—Sí,—dijo el hombre.</p>
+
+<p>Y el viajero pagó hasta Lagny.</p>
+
+<p>Partieron enseguida.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_343">[Pg 343]</span></p>
+
+<p>Cuando hubieron atravesado la barrera; el mayoral procuró anudar
+la conversación; pero viendo que el viajero sólo contestaba por monosílabos,
+tomó el partido de silbar y jurar contra los caballos.</p>
+
+<p>Envolvióse el conductor en su manta. Hacía frío. El hombre no parecía
+acordarse de ello. Así atravesaron Gournay y Neuilly-sur-Marne.</p>
+
+<p>Á eso de las seis de la noche estaban en Chelles. El mayoral se paró
+para dar aliento á los caballos delante de la posada de trajineros, establecida
+en los viejos edificios de la abadía real.</p>
+
+<p>—Yo bajo aquí,—dijo el hombre.</p>
+
+<p>Cogió su lío y su bastón, y saltó del carruaje.</p>
+
+<p>Un instante después había desaparecido.</p>
+
+<p>No había entrado en la posada.</p>
+
+<p>Cuando después de algunos minutos la diligencia volvió á emprender
+la marcha para Lagny, no le encontró en toda la calle mayor de Chelles.</p>
+
+<p>El mayoral se volvió hacia los viajeros del interior, diciendo:</p>
+
+<p>—Aquel hombre no es de aquí, pues yo no le conozco. Tiene cara de
+no llevar un céntimo, y sin embargo no se preocupa mucho del dinero,
+pues ha pagado hasta Lagny y no pasa de Chelles. Es de noche, todas
+las casas están cerradas, no entra en la posada, y no se le vuelve á ver.
+Se le ha de haber tragado la tierra.</p>
+
+<p>No había sido el hombre tragado por la tierra, sino que había cruzado
+á grandes pasos entre la obscuridad la calle mayor de Chelles, después
+había tomado á la izquierda, y antes de llegar á la iglesia, el camino
+vecinal que conduce á Montfermeil, como cualquiera conocedor del
+país que hubiese ya transitado por él.</p>
+
+<p>Siguió rápidamente este camino. En el lugar donde cruza la alameda
+antigua que va de Gagny á Lagny, oyó venir gente; ocultóse precipitadamente
+en una zanja, y esperó á que los que pasaban se hubiesen alejado.
+La precaución era por otra parte casi superflua; porque, como hemos
+dicho, era una noche de diciembre obscurísima. Apenas se veían dos ó
+tres estrellas en el cielo.</p>
+
+<p>Estaba donde empieza la subida de la colina. El hombre no volvió á
+entrar en el camino de Montfermeil; tomó á la derecha, al través de los
+campos, y se internó en el bosque apresuradamente.</p>
+
+<p>Cuando se encontró ya en el bosque, acortó el paso, y empezó á mirar
+atentamente todos los árboles, avanzando poco á poco, como si buscase
+ó siguiera una senda misteriosa conocida por él únicamente. Hubo
+un momento en que pareció haberse perdido y se detuvo indeciso. Por
+fin, tentando aquí y allá, llegó á encontrar un claro en que había un
+montón de piedras grandes y blanquizcas. Dirigióse vivamente donde
+estaban las piedras y las examinó con atención, al través de la bruma
+de la noche, como si las revisara.</p>
+
+<p>Un gran árbol, cubierto de esas excrecencias, que son como las verrugas
+de la vegetación, estaba á pocos pasos de aquellas piedras. Acercóse<span class="pagenum" id="Page_344">[Pg 344]</span>
+al árbol, paseando la mano sobre la corteza del tronco, como si
+quisiera reconocer y contar todas las verrugas.</p>
+
+<p>Frente á ese árbol, que era un fresno, había un castaño, enfermo de
+una descortezadura, al cual habían puesto por vendaje una tira de zinc
+clavada. Levantóse de puntillas, y tocó aquella venda de zinc.</p>
+
+<p>Después anduvo tentando el suelo con los pies, todo el espacio comprendido
+entre el árbol y las piedras, como pretendiendo cerciorarse de
+que la tierra no había sido recientemente removida.</p>
+
+<p>Hecho lo cual, se orientó nuevamente, y emprendió su marcha á través
+del bosque.</p>
+
+<p>Éste era el hombre que acababa de encontrar á Cosette.</p>
+
+<p>Caminando por la espesura en dirección á Montfermeil, había distinguido
+aquella pequeña sombra que se movía gimiendo, que dejaba un
+peso en el suelo, que lo levantaba otra vez y volvía á moverse. Acercósele,
+y vió que era una pobre criatura cargada con un enorme cubo de
+agua. Entonces se llegó á la niña, cogiendo silenciosamente el asa del
+cubo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Cosette en la sombra junto al desconocido</b></p>
+
+
+<p>Cosette, ya lo hemos dicho, no había tenido miedo.</p>
+
+<p>El hombre le dirigió la palabra. Hablábale en voz grave y casi baja.</p>
+
+<p>—Hija mía, es muy pesado para ti eso que llevas.</p>
+
+<p>Cosette levantó la cabeza, y respondió:</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>—Dame,—repuso el hombre,—yo voy á llevártelo.</p>
+
+<p>Cosette soltó el cubo. El hombre se puso á caminar junto á ella.</p>
+
+<p>—Mucho pesa, en efecto,—dijo entre dientes; y añadió luego:</p>
+
+<p>—Chiquilla, ¿qué edad tienes?</p>
+
+<p>—Ocho años, señor.</p>
+
+<p>—¿Y vienes con eso de muy lejos?</p>
+
+<p>De la fuente que está en el bosque.</p>
+
+<p>—¿Y vas muy lejos ahora?</p>
+
+<p>—Á un cuarto de hora largo de aquí.</p>
+
+<p>El hombre permaneció un momento sin hablar; luego preguntó bruscamente:</p>
+
+<p>—¿No tienes madre?</p>
+
+<p>—No lo sé,—respondió la chiquilla.</p>
+
+<p>Y antes que el hombre hubiese tenido tiempo de tomar nuevamente
+la palabra, añadió:</p>
+
+<p>—No lo creo. Las otras sí tienen, pero yo no.</p>
+
+<p>Y después de una pausa, prosiguió:</p>
+
+<p>—Creo que nunca la he tenido.</p>
+
+<p>Detúvose el hombre, dejó el cubo en el suelo, se inclinó, y poniendo<span class="pagenum" id="Page_345">[Pg 345]</span>
+ambas manos sobre los dos hombros de la niña, hizo un esfuerzo por mirarla
+y ver su rostro en la obscuridad.</p>
+
+<p>El flaco y escuálido semblante de Cosette, se dibujaba vagamente á
+la pálida luz del cielo.</p>
+
+<p>—¿Cómo te llamas?—preguntó el hombre.</p>
+
+<p>—Cosette.</p>
+
+<p>El hombre sintió como una sacudida eléctrica. Mirola nuevamente,
+separó después sus manos de los hombros de Cosette, volvió á coger el
+cubo, y echó á andar.</p>
+
+<p>Después de unos instantes, preguntó:</p>
+
+<p>—Chiquilla, ¿dónde vives?</p>
+
+<p>—En Montfermeil, sabéis...</p>
+
+<p>—¿Es allí dónde vamos?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>Hizo otra pausa todavía, y volvió á preguntar:</p>
+
+<p>—¿Y quién es el que así te manda á buscar agua al bosque á estas
+horas?</p>
+
+<p>—La señora Thénardier.</p>
+
+<p>El hombre replicó con un sonido de voz que esforzaba, para darle el
+tono de indiferente, pero en el que se notaba, sin embargo, un temblor
+singular.</p>
+
+<p>—¿Qué es lo que hace esta señora Thénardier?</p>
+
+<p>—Es mi ama,—dijo la niña.—Es la dueña de la posada.</p>
+
+<p>—¿De la posada?—dijo el hombre.—Pues bien; allá voy á pasar esta
+noche. Acompáñame.</p>
+
+<p>—Vamos allá,—dijo la niña.</p>
+
+<p>El hombre andaba bastante de prisa. Cosette le seguía sin dificultad.
+No sentía la menor fatiga. De cuando en cuando levantaba los ojos hacia
+aquel hombre, con cierta expresión de tranquilidad y confianza inexplicable.
+Jamás le había enseñado nadie á dirigirse á la Providencia y
+orar. No obstante, sentía ella dentro de sí misma, algo que se parecía á
+la esperanza y á la alegría, y que se elevaba hasta los cielos.</p>
+
+<p>Pasáronse algunos minutos. El hombre repuso:</p>
+
+<p>—Pero, ¿no hay criada en casa de la señora Thénardier?</p>
+
+<p>—No, señor.</p>
+
+<p>—¿Luego estás tú sola?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>Hubo todavía otra interrupción. Cosette levantó la voz:</p>
+
+<p>—Es decir, hay dos niñas.</p>
+
+<p>—¿Dos niñas?</p>
+
+<p>—Ponine y Zelma.</p>
+
+<p>La muchacha simplificaba en esta forma aquellos nombres novelescos
+tan agradables á la Thénardier.</p>
+
+<p>—¿Quiénes son estas Ponine y Zelma?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_346">[Pg 346]</span></p>
+
+<p>—Son las niñas de la señora Thénardier, es decir, sus hijas.</p>
+
+<p>—Y, ¿qué hacen estas niñas?</p>
+
+<p>—¡Oh!—dijo Cosette.—Tienen muñecas muy bonitas, tienen cosas en
+que hay oro, mucho con que entretenerse, y ellas juegan, se divierten...</p>
+
+<p>—¿Todo el día?</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>—¿Y tú?</p>
+
+<p>—Yo, trabajo.</p>
+
+<p>—¿Todo el día?</p>
+
+<p>La niña alzó sus grandes ojos, en los que había una lágrima, que á
+causa de la obscuridad no podía verse, y respondió dulcemente:</p>
+
+<p>—Sí, señor.</p>
+
+<p>Y prosiguiendo, después de un intervalo silencioso:</p>
+
+<p>—Á veces, cuando he concluido mi tarea, y me lo permiten, me divierto
+también.</p>
+
+<p>—Y ¿cómo te diviertes tú?</p>
+
+<p>—Como puedo. Me dejan; pero yo no tengo muchos juguetes. Ponine
+y Zelma no quieren que yo juegue con sus muñecas. Tengo solamente
+un sable muy pequeñito de plomo, que no es mayor que esto.</p>
+
+<p>Y la muchacha levantaba su dedo meñique.</p>
+
+<p>—¿Y que no corta?</p>
+
+<p>—Sí, señor,—dijo la niña,—corta ensalada y cabezas de mosca.</p>
+
+<p>Llegaron á la población. Cosette guió al forastero por las calles. Pasaron
+por delante de la panadería, pero Cosette no se acordó del pan que
+debía llevar. El hombre había cesado de hacerle preguntas, guardando
+entonces un silencio sombrío. Cuando hubieron dejado tras sí la iglesia,
+viendo el hombre todos aquellos puestos al aire libre, preguntó á Cosette:</p>
+
+<p>—¿Hay feria aquí?</p>
+
+<p>—No, señor; es Navidad.</p>
+
+<p>Cuando estuvieron cerca de la posada, Cosette le tocó en el brazo tímidamente:</p>
+
+<p>—¿Señor?</p>
+
+<p>—¿Qué hay, hija mía?</p>
+
+<p>—Enseguida estaremos en la casa.</p>
+
+<p>—¿Y qué?</p>
+
+<p>—¿Que si queréis dejarme otra vez el cubo?</p>
+
+<p>—¿Por qué?</p>
+
+<p>—Porque si viese el ama que me lo han traído, me pegaría.</p>
+
+<p>El hombre le devolvió el cubo. Un instante después estaban á la puerta
+del bodegón.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_347">[Pg 347]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Desagrado en recibir en casa un pobre que tal vez sea un rico</b></p>
+
+
+<p>Cosette no pudo evitar una mirada oblicua hacia la muñeca grande
+que continuaba expuesta en la tienda de juguetes, y llamó enseguida.</p>
+
+<p>Abrióse la puerta; apareció la Thénardier con una vela en la mano.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡eres tú, holgazana! ¡Gracias á Dios! ¡Pues no has malgastado
+el tiempo que digamos! ¡Se habrá estado divirtiendo la sinvergüenza!</p>
+
+<p>—Señora,—dijo Cosette temblorosa,—aquí hay un señor que desea
+hospedaje.</p>
+
+<p>La Thénardier reemplazó enseguida su expresión hocicuda por una
+mueca amable, cambio tan visible como propio de posaderos, buscando
+ávidamente con la mirada al recién llegado.</p>
+
+<p>—¿Es este señor?—dijo ella.</p>
+
+<p>—Sí, señora,—respondió el hombre, llevándose la mano al sombrero.</p>
+
+<p>Los viajeros ricos no son tan corteses. Este ademán, y la inspección
+del traje y equipaje del forastero, á que la Thénardier pasó revista de
+una ojeada, borraron la expresión amable de su gesto, y volviendo á poner
+la cara hocicuda, replicó entonces secamente:</p>
+
+<p>—Entrad, buen hombre.</p>
+
+<p>Entró el «buen hombre». La Thénardier le echó una segunda mirada,
+examinó particularmente su levita raída por completo, y su sombrero
+algún tanto abollado, y consultó con un movimiento de cabeza, un
+fruncimiento de nariz y un guiño de ojos á su marido, quien continuaba
+bebiendo con los trajineros. El marido respondió con aquella imperceptible
+agitación del índice que, sostenida por el inflamiento de los labios, significaba
+entonces: «pobre de solemnidad». Partiendo de este supuesto,
+dijo la Thénardier:</p>
+
+<p>—Buen hombre, aunque lo siento mucho, no hay cuarto disponible.</p>
+
+<p>—Ponedme donde queráis—dijo el hombre;—en el granero ó en la
+cuadra. Pagaré como si me diérais cuarto.</p>
+
+<p>—Cuarenta sueldos.</p>
+
+<p>—¿Cuarenta sueldos? Bien.</p>
+
+<p>—Corriente.</p>
+
+<p>—¡Cuarenta sueldos!—dijo por lo bajo un trajinero á la Thénardier.—¡Si
+no son más que veinte!</p>
+
+<p>—Cuarenta para él,—replicó la Thénardier en el mismo tono.—Yo no
+admito pobres á menos precio.</p>
+
+<p>—Es verdad,—añadió el marido con dulzura,—es un perjuicio para
+los establecimientos el recibir gente de esta clase.</p>
+
+<p>Entre tanto el hombre, después de haber dejado sobre un banco su
+envoltorio y su bastón, se había sentado á una mesa sobre la que Cosette
+se había apresurado á poner una botella de vino y un vaso. El<span class="pagenum" id="Page_348">[Pg 348]</span>
+mercader que había pedido el cubo de agua se lo llevó él mismo á su caballo.
+Cosette había vuelto á ocupar su lugar debajo de la mesa de cocina
+y tomado su calceta.</p>
+
+<p>El hombre, que apenas había mojado sus labios en el vaso de vino
+que se había servido, contemplaba á la niña con atención particular.</p>
+
+<p>Cosette era fea. Dichosa, hubiera sido bonita tal vez.</p>
+
+<p>Hemos ya bosquejado aquella figurita sombría. Cosette estaba flaca
+y descolorida; tenía cerca de ocho años, y apenas aparentaba seis. Sus
+grandes ojos, hundidos en una especie de sombra, estaban casi apagados
+á fuerza de llorar. Los extremos de su boca tenían esa especie de
+curvatura de la angustia habitual, que se advierte en los condenados y
+en los enfermos deshauciados. Sus manos estaban, como había adivinado
+su madre, «perdidas de sabañones». El fuego que la iluminaba en
+aquel momento hacía resaltar los ángulos de sus huesos, y ponía horriblemente
+de manifiesto su demacración. Como siempre estaba tiritando
+de frío, había tomado la costumbre de apretar las rodillas una contra
+otra. Todo su vestido no era más que un harapo, que hubiera dado lástima
+en verano y horrorizaba en invierno. No tenía sobre sí más que
+ropa agujereada, ni siquiera un mal pañuelo de lana. Se le veía la piel
+por varias partes, distinguiéndose en muchas de ellas manchas azules ó
+negras, que indicaban los sitios donde la Thénardier la había golpeado.
+Sus piernas desnudas eran delgadísimas y amoratadas. Lo hundido de
+sus clavículas hacía llorar. Toda la persona de aquella criatura, su porte,
+su actitud, el sonido de su voz, los intervalos entre palabra y palabra,
+su mirada, su silencio, su gesto más insignificante expresaban y
+traducían una sola idea: el temor.</p>
+
+<p>El temor se había posado sobre ella; la cubría, por así decirlo; el temor
+la hacía recoger los codos sobre sus caderas, esconder los talones
+debajo la falda, ocupar el menor sitio posible, sin dejarla respirar más
+que lo necesario, convirtiéndola en lo que podría llamarse su vicio corporal,
+sin otra variación posible que la de aumentar. Había en el fondo
+de su pupila un rincón sombrío, donde se anidaba el terror.</p>
+
+<p>Era tal su miedo, que al llegar, mojada y todo como estaba, no se
+había atrevido á ir á secarse al fuego, y se había vuelto silenciosamente
+á su tarea.</p>
+
+<p>La expresión de la mirada de aquella criatura de ocho años era de
+ordinario tan triste, y á veces tan trágica, que en ciertos momentos parecía
+tener trazas de volverse idiota ó demonio.</p>
+
+<p>Jamás, hemos dicho, había sabido lo que era rezar; jamás había
+puesto el pie en una iglesia. ¿Acaso tenía tiempo? decía la Thénardier.</p>
+
+<p>El hombre de la levita amarilla no apartaba los ojos de Cosette.</p>
+
+<p>De repente la Thénardier, exclamó:</p>
+
+<p>—¡Á propósito! ¿Y el pan?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_349">[Pg 349]</span></p>
+
+<p>Cosette, según su costumbre, cada vez que la Thénardier levantaba
+la voz, salía inmediatamente de debajo de la mesa.</p>
+
+<p>Habíase olvidado por completo del pan. Recurrió entonces al expediente
+sempiterno de los niños asustados. Mintió.</p>
+
+<p>—Señora, el panadero tenía cerrado.</p>
+
+<p>—¡Haber llamado!</p>
+
+<p>—Ya llamé, señora.</p>
+
+<p>—¿Y bien?</p>
+
+<p>—No abrieron.</p>
+
+<p>—Mañana sabré yo si eso es verdad—dijo la Thénardier;—y si mientes,
+verás la danza que te espera. Entre tanto, devuélveme la moneda de
+quince sueldos.</p>
+
+<p>Cosette metió la mano en el bolsillo del delantal, y se puso verde. La
+moneda de quince sueldos había desaparecido.</p>
+
+<p>—¡Ea!—dijo la Thénardier—¿Me has oído?</p>
+
+<p>Cosette volvió el bolsillo del revés; no había nada. ¿Qué podía haberse
+hecho aquel dinero? La pobre criatura no encontraba una palabra
+que contestar. Estaba petrificada.</p>
+
+<p>—¿Es que has perdido la moneda de quince sueldos?—dijo aullando
+la Thénardier.—¿Ó es que quieres robármela?</p>
+
+<p>Al mismo tiempo alargó el brazo hacia el martinete, colgado en el
+rincón de la chimenea.</p>
+
+<p>Este ademán amenazador, dió á Cosette fuerzas para gritar:</p>
+
+<p>—¡Perdón, señora! ¡Señora, no lo volveré á hacer!</p>
+
+<p>La Thénardier descolgó el martinete.</p>
+
+<p>Entre tanto el hombre de la levita amarilla había metido los dedos
+en el bolsillo de su chaleco, sin que nadie hubiese advertido este movimiento.</p>
+
+<p>Por otra parte, los demás viajeros bebían ó jugaban á las cartas, sin
+fijarse en nada más.</p>
+
+<p>Cosette haciéndose un ovillo, llena de angustias en el rincón de la
+chimenea, procuraba encoger y esconder sus pobres miembros casi desnudos.
+La Thénardier levantó el brazo.</p>
+
+<p>—Permitidme, señora,—dijo el hombre;—pero acabo de ver una cosa
+que ha caído del bolsillo del delantal de esa niña, y que ha rodado.
+Puede que sea esto.</p>
+
+<p>Y así diciendo, se bajó, é hizo ademán de buscar por el suelo un
+instante.</p>
+
+<p>—Aquí está precisamente,—añadió levantándose.</p>
+
+<p>Y entregó una moneda de plata á la Thénardier.</p>
+
+<p>—Sí, ésta es,—dijo ella.</p>
+
+<p>No era tal, porque era una pieza de veinte sueldos, pero la Thénardier
+salía beneficiosa. Guardó, pues, la moneda en su faltriquera, y se
+contentó con lanzar una mirada feroz á la pobre muchacha, diciéndole:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_350">[Pg 350]</span></p>
+
+<p>—¡Cuidado con que te vuelva á suceder!</p>
+
+<p>Cosette volvió á entrar en lo que la Thénardier llamaba «su nicho»,
+y sus grandes ojos, fijos en el desconocido viajero, comenzaron á tomar
+una expresión que nunca había tenido. No era más que un horrible
+asombro, al cual se mezclaba una especie de confianza estupefacta.</p>
+
+<p>—Á propósito, ¿queréis cenar?—preguntó la Thénardier al viajero.</p>
+
+<p>Éste no respondió. Parecía meditar profundamente.</p>
+
+<p>—¿Quién será este hombre?—dijo ella entre dientes.—Algún pobre asqueroso.
+No tiene de seguro con qué cenar. ¿Me pagará siquiera la posada?
+Gracias que se le haya ocurrido la idea de robar el dinero que estaba
+en el suelo.</p>
+
+<p>Entre tanto se había abierto una puerta, y habían entrado Eponine
+y Azelma.</p>
+
+<p>Eran en verdad, dos hermosas niñas, que más parecían señoritas que
+lugareñas, muy graciosillas; una con sus trenzas color de castaña, muy
+lustrosas, y otra con sus largos cabellos negros, que le caían sobre la espalda,
+las dos vivarachas, aseadas, gorditas, frescas y sanas, que daba
+gusto el verlas. Vestían ambas ropas de abrigo, pero con tanto arte maternal,
+que lo grueso de la tela no quitaba nada á la coquetería del conjunto.
+Estaba previsto el invierno sin que desapareciera la primavera.
+Ambas criaturas irradiaban. Además eran reinas. En su tocado, en su
+alegría, en el ruido que hacían, tenían algo de soberanas.</p>
+
+<p>Cuando entraron, la Thénardier les dijo en tono de reprobación, lleno
+de adoración:—¡Ah! ¿sois vosotras?</p>
+
+<p>Después, colocándolas entre sus rodillas una después de otra, acariciando
+sus cabellos, rehaciendo sus lazos, y dejándolas luego con la tierna
+manera de soltar, propia de las madres, exclamó:</p>
+
+<p>—¡Vais de cualquier manera!</p>
+
+<p>Fueron á sentarse junto al hogar. Tenían una muñeca que volvían y
+revolvían sobre sus rodillas entre diversos y alegres arrullos. De cuando
+en cuando, Cosette desviaba los ojos de su calceta y mirábalas jugar con
+aire triste.</p>
+
+<p>Eponine y Azelma no se fijaban para nada en Cosette. Era para ellas
+como el perro. Las tres criaturas, que no sumaban en junto veinticuatro
+años, representaban ya toda la sociedad humana: por una parte la envidia,
+por otra el desdén.</p>
+
+<p>La muñeca de las hermanas Thénardier estaba muy estropeada, sucia
+y rota; pero no por eso dejaba de parecer admirable á Cosette, quien
+en su vida había tenido una muñeca, <em>una verdadera muñeca</em>, para servirnos
+de una frase que todos los niños comprenderán.</p>
+
+<p>De pronto, la Thénardier, que continuaba yendo y viniendo por la
+sala, advirtió que Cosette se distraía, y que en vez de trabajar se ocupaba
+de las niñas que estaban jugando.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_351">[Pg 351]</span></p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Ya te estoy viendo yo ahora!—exclamó ella.—¿Es así como
+tú trabajas? Ya te haré yo trabajar zurrándote.</p>
+
+<p>El forastero sin levantarse de la silla, se volvió hacia la Thénardier,
+y sonriendo, con un aire casi temeroso, la dijo:</p>
+
+<p>—¡Vaya! ¡Dejadle que juegue!</p>
+
+<p>De parte de cualquier otro viajero que hubiese estado comiendo una
+ración de carne y bebiendo dos botellas para cenar, y que no hubiese
+tenido aquel aire de <em>pobre asqueroso</em>, semejante ruego habría sido una
+orden. Pero un hombre que tenía aquel sombrero se permitiese tener un
+deseo, y que un hombre que vestía aquella levita se permitiese manifestar
+una voluntad, era cosa que la Thénardier no creía deber tolerar. Replicó
+pues agriamente:</p>
+
+<p>—Es preciso que trabaje, puesto que come. Yo no la mantengo para
+que no haga nada.</p>
+
+<p>—¿Y qué es lo que está haciendo?—repuso el forastero con esa voz
+dulce que contrastaba extrañamente con su aspecto de mendigo y sus
+hombros de cargador.</p>
+
+<p>La Thénardier se dignó contestar:</p>
+
+<p>—Medias, señor. Medias para mis niñas, que no tienen como quien
+dice, y que van á quedarse con los pies desnudos.</p>
+
+<p>El hombre miró los pies amoratados de la pobre Cosette, y continuó:</p>
+
+<p>—¿Y cuándo habrá concluido esas medias?</p>
+
+<p>—Tiene lo menos para tres ó cuatro días, la perezosa.</p>
+
+<p>—¿Y cuánto puede valer ese par de medias una vez concluido?</p>
+
+<p>La Thénardier le dirigió una mirada despreciativa.</p>
+
+<p>—Treinta sueldos al menos.</p>
+
+<p>—¿Lo daríais por cinco francos?—repuso el hombre.</p>
+
+<p>—¡Pardiez!—exclamó dando una risotada cierto trajinero que estaba
+oyendo.—¡Cinco francos! ¡ya lo creo! ¡pues no que no! ¡Cinco morlacos!</p>
+
+<p>Thénardier creyó deber tomar la palabra.</p>
+
+<p>—Sí, señor, si es ello un capricho, os daré el par de medias por cinco
+francos. Nosotros no sabemos negar nada á los viajeros.</p>
+
+<p>—Pero sería preciso pagar enseguida,—dijo la Thénardier con su
+manera breve y perentoria.</p>
+
+<p>—Compro ese par de medias,—respondió el hombre,—y...—añadió
+sacando del bolsillo una moneda de cinco francos que puso sobre la
+mesa,—lo pago.</p>
+
+<p>Después se volvió hacia Cosette:</p>
+
+<p>—Anda á jugar, chiquilla, tu trabajo corre de mi cuenta.</p>
+
+<p>El trajinero se conmovió tanto al ver la moneda, que dejó su vaso
+adelantándose á recogerla.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_352">[Pg 352]</span></p>
+
+<p>—¡Y es verdad!—exclamó examinándola.—¡Una verdadera rueda
+trasera! ¡Y que no es falsa!</p>
+
+<p>Thénardier se acercó y guardó silenciosamente la moneda en su bolsillo.</p>
+
+<p>La Thénardier no teniendo nada que replicar, se mordió los labios.
+Su rostro tomó una expresión de odio.</p>
+
+<p>Sin embargo, Cosette temblaba. Aventuróse á preguntar:</p>
+
+<p>—Señora, ¿es esto verdad? ¿Puedo ir á jugar?</p>
+
+<p>—¡Juega!—dijo la Thénardier con voz terrible.</p>
+
+<p>—Gracias, señora,—dijo Cosette.</p>
+
+<p>Y mientras su boca daba gracias á la Thénardier, toda su alma infantil
+se las daba al viajero.</p>
+
+<p>Thénardier había vuelto á ponerse á beber. Su mujer le dijo al oído:</p>
+
+<p>—¿Quién sabe lo que puede ser, tal vez, este hombre amarillo?</p>
+
+<p>—He visto,—respondió en tono soberano Thénardier,—millonarios
+vistiendo levitas como la suya.</p>
+
+<p>Cosette había dejado su media, pero no había salido de su sitio. Movíase
+siempre lo menos posible. Tomó de una caja detrás de ella algunos
+trapos viejos y su pequeño sable de plomo.</p>
+
+<p>Eponine y Azelma no prestaban la menor atención á lo que pasaba.
+Acababan de ejecutar una operación muy importante; se habían apoderado
+del gato. Habían arrojado su muñeca al suelo, y Eponine, que era
+la mayor, fajaba al gatito, á pesar de sus maullidos y contorsiones, con
+una porción de retazos y harapos encarnados y azules. Mientras hacía
+esta obra grave y difícil, le decía á su hermana en ese lenguaje dulce y
+adorable de las criaturas, cuya gracia, semejante al explendor de las
+alas de una mariposa, se pierde cuando se la quiere fijar:</p>
+
+<p>—Ves, hermanita mía, esta muñeca es más divertida que la otra. Se
+mueve, chilla, tiene calor. ¿Quieres, hermanita, que juguemos con ella?
+Ésta sería mi hijita. Yo sería una señora. Yo vendría á verte, y tú la
+mirarías. Poco á poco verías sus bigotes, y esto te admiraría. Y luego
+le verías las orejas, y luego la cola; y esto te asombraría. Y tú me dirías
+¡Ay! ¡Dios mío!... Y yo te diría: Sí, señora; es una hijita que yo
+tengo, y así es mi hijita. Todas las niñas pequeñas son así ahora.</p>
+
+<p>Azelma escuchaba á Eponine toda admirada.</p>
+
+<p>Entretanto, los bebedores se habían puesto á cantar una canción obscena,
+con la que reían hasta hacer temblar el techo. Thénardier les animaba
+y acompañaba.</p>
+
+<p>Así como los pájaros hacen con todo su nido, las criaturas hacen
+una muñeca con lo primero que les viene á mano. Mientras Eponine y
+Azelma envolvían al gato, Cosette por su parte había envuelto el sable,
+hecho lo cual, hacía como que quería dormirle en sus brazos y cantaba
+para ello dulcemente.</p>
+
+<p>La muñeca es una de las necesidades más imperiosas y al mismo<span class="pagenum" id="Page_353">[Pg 353]</span>
+tiempo uno de los más bellos instintos de la infancia femenina. Cuidar,
+levantar, adornar, vestir, desnudar, volver á vestir, enseñar, regañar
+un poco, mecer, mimar, hacer dormir, figurarse que algo es alguien:
+ahí está todo el porvenir de la mujer. Así fantaseando y charlando, haciendo
+pequeños ajuares, pañalitos y mantillitas, cosiendo vestidos, y
+chambritas, la niña se vuelve jovencita, la jovencita llega á joven casadera,
+la joven casadera se trueca en mujer casada. El primer hijo es la
+continuación de la última muñeca.</p>
+
+<p>Una niña sin muñeca, es casi tan desgraciada y tan imposible, como
+una mujer sin hijos.</p>
+
+<p>Cosette se había hecho, pues, una muñeca con el sable.</p>
+
+<p>La Thénardier se había acercado al <em>hombre amarillo</em>. Mi marido
+tiene razón, pensaba ella; quién sabe si es el señor Laffitte. ¡Hay ricos tan
+especiales!</p>
+
+<p>Llegóse hasta apoyar los codos en su mesa.</p>
+
+<p>—Señor,—le dijo.</p>
+
+<p>Al oir la palabra <em>señor</em>, volvióse el hombre. La Thénardier no le había
+llamado todavía más que <em>buen hombre</em>.</p>
+
+<p>—Ya veis, señor,—prosiguió ella, tomando su aire meloso, que era
+más repugnante aún que su aire feroz;—yo gusto también de que la niña
+juegue, no me opongo; pero esto es bueno por una vez, porque vos sois
+generoso. Ya veis, como no tiene nada, y es preciso que trabaje:</p>
+
+<p>—¿Entonces esta niña no es hija vuestra?—preguntó el hombre.</p>
+
+<p>—¡Oh! ¡Dios mío! No señor. Es una pobrecilla que hemos recogido
+por caridad, especie de criatura imbécil. Yo creo que tiene agua en la
+cabeza; pues tiene, como veis, la cabeza gorda. Hacemos por ella todo
+lo que podemos, pues no somos ricos. Hemos escrito á su país, y en más
+de seis meses nadie nos contesta. Hemos de creer que su madre habrá
+muerto.</p>
+
+<p>—¡Ah!—exclamó el hombre volviendo á su ensimismamiento.</p>
+
+<p>—Valía su madre bien poca cosa,—añadió la Thénardier.—¡Eso de
+abandonar á su hija!</p>
+
+<p>Durante toda esta conversación, Cosette, como si por instinto hubiese
+adivinado que hablaban de ella, no había apartado los ojos de la Thénardier.
+Escuchaba vagamente. Entendía algunas frases sueltas.</p>
+
+<p>Entretanto los bebedores, casi todos borrachos, repetían su estribillo
+inmundo con mayor algazara y alegría. Era una canción licenciosa de
+color muy subido, en que andaban mezclados la Virgen y el niño Jesús.
+La Thénardier había ido á tomar su parte en las risotadas. Cosette, debajo
+de la mesa, contemplando el fuego que se reverberaba en su mirada
+fija, había vuelto á mecer la especie de muñeca que había hecho, y
+mientras le iba meciendo cantaba en voz baja: ¡Mi madre ha muerto!
+¡Mi madre ha muerto! ¡Mi madre ha muerto!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_354">[Pg 354]</span></p>
+
+<p>Á las muchas instancias de la patrona, el hombre amarillo, «el millonario»,
+consintió finalmente en cenar.</p>
+
+<p>—¿Qué quiere tomar el señor?</p>
+
+<p>—Pan y queso,—dijo el hombre.</p>
+
+<p>—Decididamente, es un miserable,—pensó la Thénardier.</p>
+
+<p>Los borrachos continuaban entonando su canción, y la niña, debajo
+de la mesa, seguía también cantando la suya.</p>
+
+<p>De repente dejó Cosette de cantar. Acababa de volverse y ver en el
+suelo la muñeca de las hijas de la Thénardier, que la habían dejado por
+jugar con el gato, y estaba á pocos pasos de la mesa de cocina.</p>
+
+<p>Entonces ella dejó caer el sable fajado, que sólo la satisfacía á medias,
+y paseó lentamente la mirada en derredor de la sala. La Thénardier
+hablaba bajo con su marido, contando dinero; Eponine y Azelma
+jugaban con el gato, los viajeros comían, ó bebían, ó cantaban; ninguna
+mirada estaba fija en ella. No había momento que perder. Salió de
+debajo de la mesa arrastrándose sobre las rodillas y las manos, cercioróse
+otra vez aún de que nadie la espiaba, deslizándose luego vivamente
+hasta la muñeca y la cogió. Un momento después se encontraba en su
+sitio, sentada, inmóvil, vuelta únicamente de modo que hiciese sombra
+sobre la muñeca, que tenía en sus brazos. Aquella felicidad de jugar con
+una muñeca era, en verdad, tan rara para ella, que encerraba toda la
+violencia de un deleite.</p>
+
+<p>Nadie la había visto, excepción hecha del viajero, que comía lentamente
+su frugal cena.</p>
+
+<p>Aquella felicidad duró cerca de un cuarto de hora.</p>
+
+<p>Pero por mucha precaución que tuviera Cosette, no advirtió que uno
+de los pies de la muñeca <em>sobresalía</em>, y que el fuego de la chimenea le
+alumbraba con toda claridad. Aquel pie rosado y brillante que salía de
+la sombra, atrajo de repente la mirada de Azelma, quien dijo á Eponine:—¡Mira,
+hermana mía!</p>
+
+<p>Las dos chiquillas se quedaron paradas, estupefactas: ¡Cosette se había
+atrevido á coger la muñeca!</p>
+
+<p>Eponine se levantó, y sin soltar el gatito, se fué hacia su madre y
+empezó á tirarla de la falda.</p>
+
+<p>—¡Déjame, hija!—dijo la madre.—¿Qué quieres?</p>
+
+<p>—¡Mira!—dijo la niña,—¿no ves?</p>
+
+<p>Y señalaba con el dedo á Cosette.</p>
+
+<p>Cosette, entregada completamente á los éxtasis de su posesión, no
+veía ni oía nada.</p>
+
+<p>El rostro de la Thénardier tomó esa expresión particular que se compone
+de lo terrible mezclado á las fruslerías de la vida, y que hace que
+se designe á esa especie de mujeres con el nombre de «megeras».</p>
+
+<p>Esta vez, el orgullo herido exasperaba doblemente su cólera. Cosette
+había traspasado todos los límites; Cosette había agredido á la muñeca<span class="pagenum" id="Page_355">[Pg 355]</span>
+de «aquellas señoritas». Una czarina viendo á un mujik probándose
+el gran cordón azul de su imperial hijo, no hubiera puesto otra cara.</p>
+
+<p>Gritóle pues con voz enronquecida por la indignación:</p>
+
+<p>—¡Cosette!</p>
+
+<p>Cosette, temblando como si la tierra se hubiese abierto debajo de
+ella, volvió la cabeza.</p>
+
+<p>—¡Cosette!—repitió la Thénardier.</p>
+
+<p>Cosette tomó la muñeca y la puso suavemente en el suelo con cierta
+veneración mezclada de dolor. Y entonces, sin apartar de ella los ojos
+juntó las manos, y horror causa el decirlo tratándose de una niña de su
+edad, se las retorció; después, lo que no había podido arrancarle ninguna
+de las emociones de aquel día: ni la ida al bosque, ni el peso del cubo
+de agua, ni la pérdida del dinero, ni la vista del martinete, ni aún las
+sombrías palabras que había oído decir á la Thénardier... lloró. Rompió
+á llorar.</p>
+
+<p>Entretanto, el viajero se había levantado.</p>
+
+<p>—¿Qué es ello?—dijo á la Thénardier.</p>
+
+<p>—¿No lo veis?—dijo la Thénardier señalando con el dedo el cuerpo
+del delito, que yacía á los pies de Cosette.</p>
+
+<p>—Sí: ¿y qué?—repuso el hombre.</p>
+
+<p>—¡Esa miserable que se ha permitido tocar á la muñeca de mis hijas!</p>
+
+<p>—¡Tanto ruido para eso! ¿Y aún cuando hubiera jugado con la
+muñeca?</p>
+
+<p>—¡La ha tocado con sus manos sucias!—prosiguió la Thénardier.—¡Con
+sus asquerosas manos!</p>
+
+<p>Aquí Cosette redobló su llanto.</p>
+
+<p>—¡Quieres callar!—gritó la Thénardier.</p>
+
+<p>El hombre se dirigió á la puerta de la calle, abrióla y salió.</p>
+
+<p>En cuanto hubo salido, aprovechó la Thénardier su ausencia para
+dar por debajo de la mesa, un tremendo puntapié á la pobre Cosette,
+que le hizo levantar aún más el grito.</p>
+
+<p>Abrióse nuevamente la puerta, y apareció otra vez el hombre, llevando
+entre sus manos la muñeca fabulosa de que hemos hablado, y que
+todos los chiquillos del pueblo habían estado contemplando desde por la
+mañana y poniéndola de pie junto á Cosette, díjole:</p>
+
+<p>—Tómala, para ti.</p>
+
+<p>Es de creer que durante la hora que hacía que estaba allí, en medio
+de sus meditaciones, debió haber notado confusamente aquel puesto de
+juguetes alumbrado con velas y candilejas, tan espléndidamente, que
+aparecía á través de los vidrios de la taberna, como una iluminación.</p>
+
+<p>Cosette levantó los ojos, había visto al hombre ir hacia ella con aquella
+muñeca como si hubiese visto venir al sol, oyó aquellas palabras
+inauditas: <em>Para ti</em>; le miró, miró á la muñeca, retrocediendo luego poco<span class="pagenum" id="Page_356">[Pg 356]</span>
+á poco fué á esconderse al último extremo debajo de la mesa en el rincón
+de la pared.</p>
+
+<p>Ya no lloraba, ni gritaba; pero tenía el aire de no atreverse á respirar.</p>
+
+<p>La Thénardier, Eponine y Azelma, eran otras tantas estatuas. Los
+mismos bebedores se habían suspendido. Reinó un silencio solemnísimo
+en todo el bodegón.</p>
+
+<p>La Thénardier, petrificada y muda, volvía de nuevo á sus conjeturas:
+¿Quién será este viejo? ¿Un pobre? ¿un millonario? Quizá sea ambas
+cosas, es decir: un ladrón.</p>
+
+<p>La cara del tabernero Thénardier presentó aquella expresiva arruga
+que acentúa la expresión humana cada vez que el instinto dominante
+aparece en ella con todo su brutal poder. El tabernero se fijaba alternativamente
+en la muñeca y en el viajero; parecíale olfatear en aquel hombre
+algo como de cuando se olfatea una talega de dinero. Esto sólo duró
+lo que un relámpago. Acercóse á su mujer, diciéndole por lo bajo:</p>
+
+<p>—Esa máquina cuesta lo menos treinta francos. Nada de tonterías.
+¡Es preciso humillarse ante ese hombre!</p>
+
+<p>Las naturalezas groseras se asemejan á las naturalezas sencillas en
+que no hay en ellas transiciones.</p>
+
+<p>—Y bien, Cosette,—dijo la Thénardier con cierto acento que quería
+ser dulce y que se componía sencillamente de esa miel agria propia de
+las mujeres perversas,—¿no tomas tu muñeca?</p>
+
+<p>Cosette se arriesgó á salir de su escondite.</p>
+
+<p>Mi querida niña,—repuso la Thénardier con ademán cariñoso,—este
+señor te regala la muñeca. Tómala. Es tuya.</p>
+
+<p>Cosette consideraba la muñeca maravillosa con cierta especie de terror.
+Su rostro estaba todavía inundado de lágrimas, pero sus ojos empezaban
+á llenarse, como el cielo en el crepúsculo de la mañana, de las
+extrañas irradiaciones de la alegría. Lo que ella experimentaba en aquel
+momento era bastante parecido á lo que hubiera sentido si le hubiesen
+dicho de improviso: «Muchacha, eres la reina de Francia».</p>
+
+<p>Parecíale que si tocaba á aquella muñeca saldría de ella el trueno.</p>
+
+<p>Lo que era verdad hasta cierto punto, porque ella pensaba que la
+Thénardier regañaría y le pegaría.</p>
+
+<p>Sin embargo, la atracción pudo más. Acabó por acercarse, y murmuró
+tímidamente dirigiéndose á la Thénardier.</p>
+
+<p>—¿Es verdad que puedo, señora?</p>
+
+<p>Ninguna expresión alcanzaría á pintar aquel ademán de desesperación,
+de espanto y de arrebato á un tiempo.</p>
+
+<p>—¡Pardiez!—dijo la Thénardier.—¡Si es tuya, puesto que el señor te
+la regala!</p>
+
+<p>—¿De veras, señor?—preguntó Cosette.—¿Es ello verdad? ¿La señora
+es mía?</p>
+
+<p>El forastero parecía tener los ojos arrasados en lágrimas. Parecía haber<span class="pagenum" id="Page_357">[Pg 357]</span>
+llegado á aquel punto de emoción en que hablamos para no llorar.
+Hizo un signo afirmativo de cabeza dirigiéndose á Cosette, y puso la
+mano de «la señora» en sus manecitas.</p>
+
+<p>Cosette retiró vivamente su mano como si la de <em>la señora</em> la quemase,
+y fijó los ojos en el suelo.</p>
+
+<p>Estamos obligados á añadir que en aquel instante sacaba la lengua
+de un modo desmesurado.</p>
+
+<p>Volvióse de repente, y cogiendo la muñeca con violencia:</p>
+
+<p>—La llamaré Catalina,—dijo.</p>
+
+<p>Fué un gran momento aquel en que los harapos de Cosette tropezaron
+y estrecharon las cintas y espléndidas muselinas de color de rosa de
+la muñeca.</p>
+
+<p>—Señora,—preguntó ella,—¿puedo ponerla sobre una silla?</p>
+
+<p>—Sí, hija mía,—respondió la Thénardier.</p>
+
+<p>Ahora eran Eponine y Azelma las que miraban á Cosette con envidia.</p>
+
+<p>Cosette puso á Catalina sobre una silla, después sentóse en el suelo
+delante de ella, y permaneció inmóvil, sin decir palabra, en actitud
+contemplativa.</p>
+
+<p>—Juega, pues, Cosette,—dijo el forastero.</p>
+
+<p>—¡Oh! Ya estoy jugando,—respondió la niña.</p>
+
+<p>Aquel forastero, aquel desconocido que tenía el aspecto de una visita
+que la Providencia hacía á Cosette, era en aquel momento lo que la Thénardier
+aborrecía más en este mundo. No obstante, le era preciso contenerse,
+por más que fuesen aquellas emociones mayores que las que podía
+soportar, por acostumbrada que estuviese al disimulo, procurando copiar
+á su marido en todas sus acciones. Apresuróse á enviar sus hijas á
+acostarse; después pidió <em>permiso</em> al hombre amarillo para enviar también
+á Cosette, <em>que se había cansado mucho aquel día</em>, añadió con aire
+maternal. Cosette se fué á acostar, llevando su Catalina en brazos.</p>
+
+<p>La Thénardier iba á cada instante al otro extremo de la sala, donde
+estaba su marido, <em>para ensanchar el espíritu</em>, decía ella. Cambiaba con
+él algunas palabras, tanto más furiosas cuanto que no se atrevía á expresarlas
+en alta voz.</p>
+
+<p>—¡Maldito viejo! ¿Qué capricho le ha dado? ¡Venir aquí á enredar!
+¡Querer que juegue ese pequeño monstruo! ¡Darle muñecas! ¡Regalar
+muñecas de cuarenta francos á una perra que yo vendería en cuarenta
+sueldos! ¡Á poco más, la llama «vuestra majestad» como á la duquesa
+de Berry! ¿Dónde tendrá el juicio? ¡De por fuerza debe estar loco este
+viejo misterioso!</p>
+
+<p>—¿Y por qué? Es muy sencillo,—replicábale el marido.—¡Si eso le
+divierte! Á ti te divierte que la niña trabaje, y á él le divierte que juegue.
+Está en su derecho. Un viajero hace lo que quiere cuando paga. Si
+ese viejo es un filántropo, ¿qué te importa? Si es un imbécil, no es cosa
+que te incumba; ¿de qué te quejas ya que tiene dinero?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_358">[Pg 358]</span></p>
+
+<p>Lenguaje de amo y razonamiento de posadero, que no admitían réplica
+uno ni otro.</p>
+
+<p>El hombre se había puesto de codos sobre la mesa, y había vuelto á
+su actitud meditabunda. Todos los demás viajeros, mercaderes y trajineros
+se habían separado un poco, y ya no cantaban. Observábanle á
+cierta distancia, con una especie de temor respetuoso. Aquel particular
+tan pobremente vestido, que sacaba de su bolsillo las <em>ruedas traseras</em>
+con tanta facilidad, y que prodigaba muñecas gigantescas á niñas andrajosas,
+era ciertamente un buen hombre magnífico y temible.</p>
+
+<p>Pasáronse algunas horas. La misa de media noche se había celebrado
+ya; la Nochebuena había concluido, los bebedores se habían ido, la
+posada estaba cerrada, la sala baja desierta; el fuego apagado, y el forastero
+continuaba siempre en el mismo sitio y en la misma actitud. De
+cuando en cuando cambiaba el codo en el cual se apoyaba, nada más.
+Pero no había vuelto á decir una palabra desde que Cosette se había ido.</p>
+
+<p>Los dos Thénardier solamente, por cumplido y curiosidad, continuaban
+en la sala.</p>
+
+<p>—¿Es capaz de pasar así la noche?—gruñía entre dientes la mujer.</p>
+
+<p>Pero al oir que daban las dos, se dió por vencida y dijo á su marido:</p>
+
+<p>—Me voy á acostar. Haz lo que quieras.</p>
+
+<p>El marido se sentó en un rincón junto á una mesa, encendió una
+vela, y se puso á leer el <em>Correo francés</em>.</p>
+
+<p>Pasóse así una hora larga. El digno posadero había leído á lo menos
+tres veces el periódico, desde la fecha del número hasta el nombre del
+impresor. El forastero no se movía.</p>
+
+<p>Thénardier se revolvía, tosía, escupía, sonóse dos ó tres veces, hizo
+ruido con la silla, y á todo eso el forastero sin hacer el menor movimiento.—¿Estará
+dormido?—pensó Thénardier. El hombre no dormía; pero nada podía despertarle.</p>
+
+<p>En fin, Thénardier, después de descubrirse, se le acercó suavemente,
+y se permitió decir:</p>
+
+<p>—¿El señor no va á descansar?</p>
+
+<p><em>No va á acostarse</em> habría aparecido excesivamente familiar. <em>Descansar</em>
+sabía á lujo, y mostraba respeto. Semejantes palabras tienen la
+propiedad misteriosa y admirable de aumentar al día siguiente la cuenta
+de gastos. Un cuarto en que uno se <em>acuesta</em>, cuesta veinte centécimos; un
+cuarto en que uno <em>descansa</em>, cuesta veinte francos.</p>
+
+<p>—¡Calle!—dijo el forastero.—Tenéis razón. ¿Dónde está la cuadra?</p>
+
+<p>—¡Señor!—exclamó Thénardier sonriendo.—Voy á acompañaros.</p>
+
+<p>Tomó Thénardier el candelero, y el hombre su lío y su bastón; y el
+posadero condujo al huésped á un cuarto en el piso principal, que era
+de un raro esplendor, con muebles de caoba, cama, esquife y colgaduras
+de percal encarnado.</p>
+
+<p>—¿Qué significa esto?—preguntó el viajero.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_359">[Pg 359]</span></p>
+
+<p>—Es nuestra cámara nupcial,—dijo el posadero.—Ocupamos otra mi
+esposa y yo. Aquí no entramos más que tres ó cuatro veces al año.</p>
+
+<p>—Habría estado mejor en la cuadra,—dijo el forastero bruscamente.</p>
+
+<p>Thénardier hizo como que no entendía aquella reflexión poco lisonjera.</p>
+
+<p>Encendió dos bujías de cera sin estrenar, que figuraban sobre la chimenea.
+Un magnífico fuego ardía en el hogar.</p>
+
+<p>Sobre la repisa de la misma chimenea, bajo un fanal, había un adorno
+de cabeza de mujer de hilo de plata y flores de azahar.</p>
+
+<p>—Y esto—¿qué significa?—repuso el viajero.</p>
+
+<p>—Señor,—dijo Thénardier,—el sombrero de boda de mi mujer.</p>
+
+<p>El viajero miró el objeto con una mirada que parecía decir: ¿Ha habido
+pues, un momento en que ese monstruo fué una virgen?</p>
+
+<p>Por lo demás, Thénardier mentía. Cuando tomó en arrendamiento
+aquella casucha para convertirla en figón, había encontrado aquel cuarto
+alhajado así, y había comprado los muebles y las flores de azahar,
+pensando que aquello prestaría cierta sombra de gracia á «su esposa»,
+de lo que resultaría, para el establecimiento, lo que los ingleses llaman
+respetabilidad.</p>
+
+<p>Cuando el viajero se volvió, el posadero había desaparecido. Habíase
+eclipsado discretamente, sin atreverse á dar las buenas noches, no queriendo
+tratar con cordialidad irrespetuosa á un hombre á quien se proponía
+desollar regiamente á la mañana siguiente.</p>
+
+<p>Thénardier se retiró á su cuarto. Su mujer estaba ya acostada; pero
+no dormía. Cuando oyó los pasos de su marido, volvióse y le dijo:</p>
+
+<p>—¿Sabes que mañana pongo á Cosette en medio de la calle?</p>
+
+<p>Thénardier respondió fríamente:</p>
+
+<p>—¡Cómo te alteras!</p>
+
+<p>No cambiaron otras palabras, y algunos instantes después estaba
+apagada la luz.</p>
+
+<p>Por su parte, el viajero había dejado en un rincón su palo y su paquete.
+Fuera ya el hostelero, sentóse en un sillón, y permaneció algún
+tiempo pensativo. Quitóse después los zapatos, tomó una de las dos bujías,
+sopló la otra, empujó la puerta y salió del cuarto, mirando en torno suyo
+como quien busca algo. Atravesó un corredor, y llegó á la escalera. Allí
+oyó un ligerísimo ruido que parecía la respiración de una criatura. Dejóse
+conducir por aquel ruido, y se encontró en una especie de hueco
+triangular abierto debajo de la escalera, ó por mejor decir, formado por
+la escalera misma. Este hueco no era otra cosa que la parte inferior del
+armazón que sostenía los escalones. Allí, en medio de toda clase de cestos,
+trastos viejos y rotos, entre el polvo y las telarañas, había un lecho,
+si es que puede llamarse así un jergón agujereado hasta descubrir la
+paja, y una manta agujereada hasta descubrir el jergón. Nada de sábanas.<span class="pagenum" id="Page_360">[Pg 360]</span>
+Esto tendido en tierra sobre los ladrillos. En este lecho dormía Cosette
+con su <em>señora</em>.</p>
+
+<p>El hombre se acercó y la contempló.</p>
+
+<p>Cosette dormía profundamente; estaba totalmente. En invierno
+no se desnudaba para no tener frío.</p>
+
+<p>Tenía abrazada contra su corazón su muñeca, cuyos grandes ojos
+abiertos, brillaban en la obscuridad. De cuando en cuando lanzaba profundos
+suspiros como si fuera á despertarse, y apretaba la muñeca entre
+sus brazos, casi convulsivamente. No tenía al lado de su cama más que
+uno de sus zuecos.</p>
+
+<p>Una puerta abierta junto al desván de Cosette dejaba ver un cuarto
+obscuro, bastante grande. El forastero entró. En el fondo, al través de
+una puerta vidriera, veíanse dos camitas iguales, blancas y limpias.
+Eran las de Azelma y Eponine. Detrás de ambas camas, se medio ocultaba
+una cuna de mimbre sin cortinas, donde dormía el chiquillo que
+había estado llorando toda la noche.</p>
+
+<p>El forastero conjeturó que este cuarto comunicaba con el de los esposos
+Thénardier. Iba á retirarse, cuando su mirada reparó en la chimenea;
+una de esas vastas chimeneas de posada donde hay siempre tan
+poco fuego, cuando le hay, y que dan frío al verlas. No había fuego en
+ella, ni siquiera ceniza; pero sí algo que llamó la atención del viajero.
+Eran dos zapatitos de criatura de forma elegante y desigual tamaño;
+recordó el viajero la graciosa é inmemorial costumbre de los niños, que
+colocan su calzado en la chimenea la víspera de Navidad para esperar
+allí en las tinieblas algún brillante regalo de su hada buena. Eponine y
+Azelma no habían faltado á esa costumbre, y habían puesto cada una
+de ellas uno de sus zapatos en la chimenea.</p>
+
+<p>Inclinóse el viajero.</p>
+
+<p>La hada, es decir, la madre, había hecho ya su visita, y se veía brillar
+en cada zapatito una hermosa moneda de diez sueldos enteramente
+nueva.</p>
+
+<p>El hombre se levantó de nuevo, é iba ya á salir, cuando distinguió
+en el fondo, aparte, en el rincón más obscuro del hogar, otro objeto.
+Miró y reconoció ser un zueco, un horrible zueco de la madera más común,
+medio roto, y completamente cubierto de ceniza y barro seco. Era
+el zueco de Cosette. Cosette, con aquella tierna confianza de los niños
+que puede ser engañada siempre sin desanimarse jamás, había puesto
+también su zueco en la chimenea.</p>
+
+<p>Es una cosa por cierto sublime y dulce, la esperanza en una criatura
+que nunca ha conocido más que la desesperación.</p>
+
+<p>No había nada en aquel zueco.</p>
+
+<p>El forastero buscó en el bolsillo del chaleco, se inclinó, y puso en el
+zueco de Cosette un luis de oro.</p>
+
+<p>Después volvióse á su habitación á paso de lobo.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_361">[Pg 361]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>Thénardier maniobrando</b></p>
+
+
+<p>Al día siguiente por la mañana, dos horas á lo menos antes del alba,
+Thénardier, sentado á una mesa de la sala baja del bodegón, y alumbrado
+por una vela, estaba arreglando la cuenta del viajero de la levita
+amarilla.</p>
+
+<p>La mujer, de pie, medio inclinada sobre él, le seguía con los ojos.
+No cruzaban una sola palabra. Por una parte, era aquello una meditación
+profunda; por otra, la admiración religiosa con la cual se mira nacer
+y desarrollarse una maravilla del espíritu humano. Oíase un ruido
+en la casa; era la Alondra que barría la escalera.</p>
+
+<p>Después de un buen cuarto de hora y algunas raspaduras produjo
+Thénardier esta obra maestra:</p>
+
+
+<p class="center p1 p1b">CUENTA DEL SEÑOR DEL NÚM. 1</p>
+
+
+<table class="autotable">
+<tr>
+<td class="tdl">Cena</td>
+<td class="tdr">3 francos</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Cuarto</td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">10&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;»</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Bujías</td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">5&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;»</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Fuego</td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">4&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;»</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">Servicio</td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">1&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;»</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl">&nbsp;&nbsp;&nbsp;</td>
+<td class="tdr">—————</td>
+</tr>
+
+<tr>
+<td class="tdl" style="padding-left: 5em;">Total</td>
+<td class="tdr" style="padding-right: 1.5em;">23&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;»</td>
+</tr>
+</table>
+
+
+<p>Servicio estaba escrito <em>cervisio</em>.</p>
+
+<p>—¡Veintitrés francos!—exclamó la mujer con un entusiasmo mezclado
+de cierta vacilación.</p>
+
+<p>Como todos los grandes artistas, Thénardier no estaba satisfecho.</p>
+
+<p>—¡Psch!—dijo.</p>
+
+<p>Era el acento de Castlereagh redactando en el congreso de Viena la
+cuenta que debía pagar la Francia.</p>
+
+<p>—Señor Thénardier, tienes razón, bien debe eso,—murmuró la mujer,
+pensando en la muñeca regalada á Cosette en presencia de sus
+hijas.—Es justo, pero demasiado. No querrá pagarlo.</p>
+
+<p>Thénardier rióse fríamente, diciendo:</p>
+
+<p>—Pagará.</p>
+
+<p>Aquella risa era la significación suprema de la certeza de la autoridad.
+Lo que estaba dicho debía ser. La mujer no insistió. Púsose en seguida
+á arreglar las mesas; el marido se paseaba arriba y abajo de la
+sala. Después de un momento, éste añadió:</p>
+
+<p>—¡Y yo debo mil quinientos francos!</p>
+
+<p>Thénardier fué á sentarse á un rincón de la chimenea meditando, y
+puestos los pies sobre la ceniza caliente.</p>
+
+<p>—¡Ah!—repuso la mujer.—No olvides que hoy planto á Cosette en
+la calle. ¡Dichoso monstruo! ¡Se me come el corazón con su muñeca!
+¡Antes me casaría con Luis XVIII, que tenerla un día más en casa!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_362">[Pg 362]</span></p>
+
+<p>El marido encendió su pipa y respondió entre dos bocanadas:</p>
+
+<p>—Entregarás esta cuenta al hombre.</p>
+
+<p>Y después salió.</p>
+
+<p>Apenas había salido de la sala, cuando entró el viajero.</p>
+
+<p>Thénardier volvió á aparecer inmediatamente detrás de él, permaneciendo
+inmóvil en el umbral de la puerta entreabierta, visible únicamente
+para su mujer.</p>
+
+<p>El hombre amarillo llevaba en la mano su bastón y su lío.</p>
+
+<p>—¡Cómo! ¡Levantado tan temprano!—exclamó la Thénardier.—¿Acaso
+nos deja ya el señor?</p>
+
+<p>Y hablando así daba vueltas con ademán embarazoso á la cuenta que
+tenía entre manos haciéndole pliegues con las uñas. Su rostro duro presentaba
+una expresión que no le era habitual, de timidez y escrúpulo.</p>
+
+<p>Presentar semejante cuenta á un hombre que tenía todas las apariencias
+«de un pobre», se le resistía.</p>
+
+<p>El viajero parecía preocupado y distraído, y respondió:</p>
+
+<p>—Sí, señora; me voy.</p>
+
+<p>—El señor,—repuso ella,—¿no tiene pues negocios en Montfermeil?</p>
+
+<p>—No, paso sencillamente por aquí. Señora,—añadió,—¿qué es lo que
+debo?</p>
+
+<p>La Thénardier, sin responder, le entregó la cuenta doblada.</p>
+
+<p>El hombre desplegó el papel y le miró: pero su atención estaba visiblemente
+en otra parte.</p>
+
+<p>—Señora,—repuso,—¿hacéis buenos negocios en Montfermeil?</p>
+
+<p>—Así, así, señor,—contestó la Thénardier estupefacta de no ver otra
+explosión distinta.</p>
+
+<p>Y prosiguió ella con acento elegíaco y lastimero:</p>
+
+<p>—¡Oh, señor! ¡Los tiempos están muy malos! ¡Y luego, tenemos tan
+pocos burgueses por acá! Todo es gente menuda. ¡Si no viniesen de
+cuando en cuando algunos viajeros generosos y ricos como su merced!
+Tenemos tantas cargas... Ved, esa chiquilla nos cuesta un ojo de la cara.</p>
+
+<p>—¿Qué chiquilla?</p>
+
+<p>—Ya sabéis. ¡La niña! ¡Cosette! ¡La Alondra, como la llaman en el
+lugar!</p>
+
+<p>—¡Ah!—exclamó el hombre.</p>
+
+<p>Ella continuó:</p>
+
+<p>—¡Qué bárbaros son estos lugareños con sus apodos! ¡Mejor tiene aire
+de murciélago que de alondra! Ya veis, señor; no pedimos limosna, pero
+no podemos darla. No ganamos nada, y tenemos mucho que pagar. ¡La
+patente, las contribuciones, las puertas y ventanas, los céntimos! ¡Sabéis,
+señor, que el gobierno pide mucho dinero! Y luego, yo tengo mis
+hijas propias; no he de ir á mantener hijos ajenos.</p>
+
+<p>El hombre repuso, con aquel acento que se esforzaba en hacer que
+pareciese indiferente, y en el cual había cierto temblor:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_363">[Pg 363]</span></p>
+
+<p>—¿Y si os desembarazase de ella?</p>
+
+<p>—¿De quién? ¿De Cosette?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>La cara colorada y violenta de la tabernera se iluminó con una expresión
+repugnante.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Señor, mi buen señor! ¡Tomadla, guardáosla, lleváosla, azucaradla,
+trufadla, bebéosla, coméosla y andad, bendito de la santísima
+Virgen y de todos los santos del cielo!</p>
+
+<p>—Está dicho.</p>
+
+<p>—¡De veras! ¿Os la lleváis?</p>
+
+<p>—Me la llevo.</p>
+
+<p>—¿Ahora mismo?</p>
+
+<p>—Ahora mismo. Llamadla.</p>
+
+<p>—¡Cosette!—gritó la Thénardier.</p>
+
+<p>—Entretanto, prosiguió el hombre, voy á pagaros de todas maneras
+mi hospedaje. ¿Cuánto es?</p>
+
+<p>Dió una mirada á la cuenta y no pudo reprimir un movimiento de
+sorpresa:</p>
+
+<p>—¡Veintitrés francos!</p>
+
+<p>Miró á la tabernera y repitió:</p>
+
+<p>—¿Veintitrés francos?</p>
+
+<p>Había en la pronunciación de estas dos palabras así repetidas, el
+acento que separa la admiración del interrogante.</p>
+
+<p>La Thénardier había tenido tiempo de prepararse para el choque.
+Respondió por lo tanto con aplomo:</p>
+
+<p>—¡Oh; sí, señor! Son veintitrés francos.</p>
+
+<p>El forastero puso cinco monedas de cinco francos sobre la mesa.</p>
+
+<p>—Id por la chica,—dijo.</p>
+
+<p>En este momento Thénardier apareció en medio de la sala, y dijo:</p>
+
+<p>—El señor debe veintiséis sueldos.</p>
+
+<p>—¡Veintiséis sueldos!—exclamó la mujer.</p>
+
+<p>—Veinte sueldos por el cuarto,—repuso fríamente Thénardier,—y
+seis sueldos por la cena. En cuanto á la chica, necesito hablar un poco
+con el señor. Déjanos solos.</p>
+
+<p>La Thénardier tuvo uno de estos desvanecimientos que deslumbran,
+producidos por los imprevistos destellos del talento. Sintió que el gran
+actor entraba en escena; no replicó una sola palabra y salió.</p>
+
+<p>En cuanto quedaron solos, Thénardier ofreció una silla al viajero.
+Éste se sentó. Thénardier continuó de pie: su semblante tomó una expresión
+de hombría de bien y sencillez.</p>
+
+<p>—Señor,—dijo,—no puedo negároslo, adoro á esta niña.</p>
+
+<p>El forastero le miró fijamente:</p>
+
+<p>—¿Qué niña?</p>
+
+<p>Thénardier continuó:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_364">[Pg 364]</span></p>
+
+<p>—¡Es tan graciosa, que uno se apega! ¿Qué significa todo
+este dinero? Recoged vuestras piezas de cien sueldds. Es una criatura
+que adoro.</p>
+
+<p>—¿Pero quién es?—preguntó el forastero.</p>
+
+<p>—¡Quién ha de ser! nuestra pequeña Cosette. ¿No queréis llevárosla?
+Pues bien, os hablo francamente; como sois vos un hombre honrado, no
+puedo consentirlo. Me haría mucha falta esta niña. ¡La he visto tan pequeñita!
+Es verdad que nos cuesta dinero, verdad es que tiene defectos,
+verdad es que no somos ricos, como es verdad que he pagado más de
+cuatrocientos francos de drogas, ¡solamente para una de sus enfermedades!
+Pero algo debemos hacer por Dios; no tiene padre ni madre; yo la
+he criado. Tengo pan para ella y para mí. En fin, estoy encariñado con
+la chiquilla. Comprenderéis perfectamente que uno se encariñe; soy un
+papanatas, es verdad; no sé discurrir; quiero á la chica; mi mujer es viva
+de genio, pero también la quiere. Mirad, es ya como hija nuestra. Yo
+necesito oírla hablar en casa.</p>
+
+<p>El forastero seguía mirándole fijamente. Él continuó:</p>
+
+<p>—Omitid mis razones y perdonad, señor; pero no se da así un hijo al
+primero que pasa. ¿No es verdad que tengo razón? Después de todo digo
+yo que vos sois rico, tenéis las apariencias de un buen sujeto... ¡Si fuera
+para su felicidad! Pero es preciso saber. ¿Entendéis? Supongamos que
+yo la dejara ir y que me sacrificase; querría saber naturalmente adónde
+iba, no querría perderla de vista, para poder verla de cuando en cuando,
+para que supiera que el buen padre que la ha criado velaba por ella.
+En fin, hay cosas que no son posibles. Yo ni siquiera sé cuál es vuestro
+nombre. Os la llevaríais y yo diría: ¡Hola! ¿Y la Alondra? ¿Adónde ha
+ido Cosette? Convendría cuando menos ver algún papel, un pedazo siquiera
+de vuestro pasaporte, ¡cualquier cosa!</p>
+
+<p>El forastero, sin dejar de mirarle con aquella mirada que penetra,
+por así decirlo, hasta el fondo de la conciencia, le respondió con acento
+grave y firme:</p>
+
+<p>—Señor Thénardier, no se saca pasaporte para venir á cinco leguas
+de París. Si me llevo á Cosette, me la llevaré, y nada más. Vos no sabréis
+mi nombre, ni sabréis mi domicilio, ni dónde está, y mi intención
+es que no vuelva á veros en toda su vida. Yo rompo la cuerda que lleva
+atada al pie, y ella se va. ¿Os conviene esto? ¿Sí, ó no?...</p>
+
+<p>Así como los demonios y los genios reconocían por ciertos signos la
+presencia de un Dios superior, Thénardier comprendió de igual manera
+que tenía que habérselas con alguien muy fuerte. Esto fué como por intuición;
+lo comprendió con su golpe de vista límpido y sagaz. Durante
+la víspera, mientras estaba bebiendo con los trajineros, fumando y cantando
+coplas alegres, no había dejado de observar un sólo instante al
+forastero, acechándole como un gato, estudiándole como un matemático.
+Habíale espiado á la vez por cuenta propia, por gusto y por instinto, y<span class="pagenum" id="Page_365">[Pg 365]</span>
+espiado como si le hubiesen pagado para ello. No se le había escapado
+un gesto ni un movimiento del hombre del levitón amarillo. Aun antes
+que el desconocido manifestase tan claramente su interés por Cosette,
+Thénardier se lo había adivinado. Había sorprendido las miradas profundas
+de aquel viejo, que refluían siempre en la muchacha. ¿Por qué
+aquel interés? ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué, con tanto dinero en el
+bolsillo, vestía tan miserablemente? Preguntas que á sí mismo se hacía
+sin poder contestarlas, y que le irritaban. Había estado pensando en ello
+toda la noche. ¿No podía ser el padre de Cosette? ¿Era tal vez algún
+abuelo? ¿Entonces por qué no darse á conocer enseguida? Cuando se tiene
+un derecho se manifiesta. Aquel hombre no tenía evidentemente derecho
+alguno sobre Cosette. Entonces ¿quién era? Thénardier se perdía
+en suposiciones. Entreveíalo todo, pero nada veía.</p>
+
+<p>De cualquier modo que fuése, al entrar en conversación con aquel
+hombre, persuadido de que había un secreto en todo aquello, persuadido
+de que el hombre estaba interesado en permanecer en la sombra, sentíase
+fuerte; pero con la respuesta clara y firme del forastero, con ver que
+aquel personaje misterioso era misterioso simplemente, se sintió débil.
+No esperaba resultado semejante. Esto fué la derrota de sus conjeturas.
+Reunió sus ideas, pesólo todo en un segundo. Thénardier era de esos
+hombres que de una mirada juzgan una situación. Calculó que era el
+momento de ir derecho y rápido. Hizo como los grandes capitanes en el
+instante supremo y decisivo que solamente ellos saben reconocer: descubrió
+bruscamente sus baterías.</p>
+
+<p>—Señor,—dijo,—me hacen falta mil quinientos francos.</p>
+
+<p>El forastero sacó de uno de sus bolsillos una cartera de cuero negro,
+abrióla, tomando de ella tres billetes de banco, que dejó sobre la mesa.
+Después apoyó su ancho pulgar sobre aquellos billetes, y dijo al tabernero:</p>
+
+<p>—Haced venir á Cosette.</p>
+
+<p>Mientras esto pasaba, ¿qué hacía Cosette?</p>
+
+<p>Cosette al despertarse había corrido á ver su zueco. Había encontrado
+la moneda de oro. No era un Napoleón, era una de esas piezas de
+veinte francos nuevecitas, de la Restauración, sobre cuya efigie la coleta
+prusiana había reemplazado á la corona de laurel. Cosette quedó deslumbrada.
+Su destino comenzaba á embriagarla. Ignoraba lo que era una
+moneda do oro: jamás había visto ninguna, guardola apresuradamente
+en su bolsillo como si la hubiese robado. Sin embargo, conocía perfectamente
+que aquello era bien suyo, adivinaba igualmente de dónde le
+venía; pero experimentaba un especie de alegría llena de miedo. Estaba
+contenta; estaba sobre todo estupefacta.</p>
+
+<p>Aquellas cosas tan magníficas y bellas no le parecían reales. La muñeca
+le daba miedo, la moneda de oro se lo daba también. Temblaba vagamente
+ante aquellas magnificencias. El forastero únicamente no le<span class="pagenum" id="Page_366">[Pg 366]</span>
+daba miedo; al contrario, la tranquilizaba. Desde la víspera, al través
+de sus admiraciones, al través de su sueño, pensaba en su imaginación
+de niña en aquel hombre que tenía las apariencias de viejo, pobre y
+triste; que era tan rico y tan bueno. Desde que había encontrado en el
+bosque á aquel buen hombre todo estaba para ella como cambiado.</p>
+
+<p>Cosette, menos dichosa que la última golondrina del cielo, no había
+sabido nunca lo que era refugiarse á la sombra y debajo las alas de su
+madre. Cinco años hacía, es decir, todo lo que podían remontarse sus
+recuerdos, que la infeliz criatura no había conocido más que temblor y
+frío. Siempre desnuda bajo la ruda brisa del infortunio, parecíale entonces
+que estaba vestida. Antes su alma tenía frío, ahora sentía calor.</p>
+
+<p>Cosette no tenía ya tanto miedo á la Thénardier. No estaba ya sola;
+alguien se interesaba por ella. Habíase puesto inmediatamente á su trabajo
+de todas las mañanas. Aquel luis que llevaba encima, en el mismo
+bolsillo de su delantal de donde se le había caído la víspera la moneda
+de quince sueldos, le proporcionaba distracción. No se atrevía á tocarla;
+pero pasaba á veces cinco minutos seguidos contemplándola y, debemos
+decirlo también, sacando la lengua. Mientras iba barriendo la escalera,
+parábase y permanecía así inmóvil, olvidándose de su escoba
+como del universo entero, tan ocupada estaba en ver brillar aquella estrella
+en el fondo de su bolsillo.</p>
+
+<p>Creo que fué durante una de esas contemplaciones cuando se le acercó
+la Thénardier.</p>
+
+<p>Por orden expresa de su marido había ido á buscarla; y cosa inaudita,
+no le dió porrazo alguno ni le dirigió la más pequeña injuria.</p>
+
+<p>—Cosette,—díjole casi dulcemente,—ven enseguida.</p>
+
+<p>Un instante después entraba Cosette en la sala baja.</p>
+
+<p>El forastero tomó el paquete que había llevado y lo desató. Aquel
+paquete contenía un vestido de lana, un delantal, una almilla de fustán,
+un jubón, un pañuelo, medias de estambre, zapatos, en fin: un traje
+completo para una niña de siete años; todo era negro.</p>
+
+<p>—Hija mía,—dijo el hombre,—toma esto y vete á vestir enseguida.</p>
+
+<p>Apenas asomaba el día cuando los habitantes de Montfermeil, que
+empezaban á abrir sus puertas, vieron pasar por la calle de París un
+buen hombre pobremente vestido, dando la mano á una niña vestida de
+luto, que llevaba en brazos una muñeca de color de rosa. Dirigíanse
+hacia Livry.</p>
+
+<p>Eran nuestro hombre y Cosette.</p>
+
+<p>Nadie conocía al hombre; y como Cosette no iba ya andrajosa, muchos
+no la conocieron tampoco.</p>
+
+<p>Cosette se iba pues. ¿Con quién? Lo ignoraba. ¿Adónde? No lo sabía.
+Comprendía únicamente que dejaba tras sí el bodegón Thénardier.</p>
+
+<p>Nadie había pensado en despedirse de ella, ni ella en despedirse de
+nadie. Salía de aquella casa odiada y odiando.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_367">[Pg 367]</span></p>
+
+<p>¡Pobre ser dulcísimo, cuyo corazón hasta entonces no había sentido
+más que opresión!</p>
+
+<p>Cosette caminaba gravemente, abriendo sus grandes ojos y contemplando
+el cielo. Habíase guardado su luis en el bolsillo del delantal
+nuevo. De cuando en cuando se inclinaba y le dirigía una mirada; después
+se fijaba en el buen hombre. Parecía sentir algo como si estuviera
+junto al Dios bueno.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">X<br>
+<b>Quien busca lo mejor puede encontrar lo peor</b></p>
+
+
+<p>La Thénardier, según su costumbre, había dejado obrar á su marido.
+Esperaba grandes acontecimientos. Cuando el hombre y Cosette se
+hubieron ido, Thénardier dejó pasar un cuarto de hora largo, y después,
+llamándole aparte, le enseñó los mil quinientos francos.</p>
+
+<p>—¡Nada más!—dijo ella.</p>
+
+<p>Era la primera vez, desde su instalación, que se atrevía á criticar
+un acto del dueño.</p>
+
+<p>El golpe fué acertado.</p>
+
+<p>—Efectivamente, tienes razón,—dijo él;—soy un imbécil. Dame el
+sombrero.</p>
+
+<p>Dobló los tres billetes de banco, los metió en su bolsillo, y salió aceleradamente;
+pero se equivocó, tomando primero por la derecha. Algunos
+vecinos á quienes preguntó le indicaron la equivocación por haber
+visto á la Alondra y al hombre en dirección á Livry. Siguió la indicación,
+marchando á paso largo y monologando.</p>
+
+<p>—Ese hombre es evidentemente un millonario vestido de amarillo, y
+yo soy un animal. Primero dió un franco, después cinco, luego cincuenta,
+últimamente mil quinientos, y siempre con igual facilidad. Lo mismo
+habría dado quince mil. Pero yo le atraparé de nuevo.</p>
+
+<p>Y luego, aquel paquete de ropa preparada de antemano para la niña,
+todo esto era muy singular; muchos misterios se encerraban en ello. No
+se sueltan tan fácilmente los misterios cuando se poseen. Los secretos de
+los ricos son esponjas empapadas en oro, que es menester saber exprimir.
+Todos estos pensamientos giraban agitados en su cerebro. Soy un
+animal, repetía.</p>
+
+<p>Al salir de Montfermeil junto al recodo que forma el camino que va
+á Livry, vese desenvolver este camino hasta muy lejos en el llano. Una
+vez allí, calculó que debía ver al hombre y á la niña. Miró tan lejos
+cuanto pudo alcanzar con la vista, y no vió nada. Preguntó nuevamente.
+Entre tanto iba perdiendo el tiempo. Unos transeuntes le dijeron que
+el hombre y la niña que buscaba se habían internado en el bosque por
+la parte de Gagny. Apresuróse á tomar esta dirección.</p>
+
+<p>Le llevaban mucha ventaja, pero una criatura anda despacio y él
+caminaba de prisa. Además, el país le era muy conocido.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_368">[Pg 368]</span></p>
+
+<p>De repente se quedó parado dándose una palmada en la frente como
+hombre que ha olvidado lo esencial, y que está dispuesto á volver sobre
+sus pasos.</p>
+
+<p>—¡Debería haber tomado mi fusil!—exclamó.</p>
+
+<p>Thénardier era una de esas naturalezas dobles que pasan algunas veces
+junto á nosotros sin echarlo de ver, y que desaparecen sin haberlas
+conocido, porque el destino no nos las ha mostrado más que por un lado.
+La suerte de muchos hombres es la de vivir así, medio sumergidos. En
+una situación tranquila y despejada, Thénardier tenía todo lo que era
+menester para formar, no decimos para ser, lo que se ha convenido en
+llamar un comerciante honrado, un buen burgués. Al mismo tiempo, dadas
+ciertas circunstancias, verificados ciertos sacudimientos que conmoviesen
+interiormente su naturaleza, tenía todo lo que se necesitaba para
+ser un malvado. Era un tendero en el cual se encerraba algo monstruoso.
+Satanás debía á veces acurrucarse en algún rincón del tabuco en que
+vivía Thénardier, reflexionando sobre aquella obra maestra de deformidad.</p>
+
+<p>Después de una corta vacilación:</p>
+
+<p>—¡Bah!—pensó él.—¡Tendrían tiempo de escaparse!</p>
+
+<p>Y continuó su camino, avanzando rápidamente y casi en ademán de
+certidumbre, con la sagacidad del zorro olfateando una banda de perdices.</p>
+
+<p>Efectivamente, en cuanto hubo pasado los estanques y atravesado
+oblicuamente el gran claro situado á la derecha de la alameda de Bellevue,
+cuando llegaba á la calle de Céspedes que da casi la vuelta á la colina,
+divisó por encima de una maleza, un sombrero, sobre el cual había
+ya aventurado muchas conjeturas. Era aquél, el sombrero del hombre.
+La maleza era baja. Thénardier reconoció que el hombre y Cosette estaban
+sentados allí. No se veía á la muchacha á causa de su corta estatura
+pero se distinguía la cabeza de la muñeca.</p>
+
+<p>Thénardier no se equivocaba. El hombre se había sentado allí para
+dejar descansar á Cosette.</p>
+
+<p>El tabernero dió la vuelta á la maleza y apareció de súbito á las miradas
+de los que buscaba.</p>
+
+<p>—Dispensadme y perdonad, señor,—dijo casi sofocado por el cansancio,—pero
+aquí tenéis vuestros mil quinientos francos.</p>
+
+<p>Hablando así, ofrecíale de nuevo sus tres billetes de banco.</p>
+
+<p>El hombre alzó los ojos.</p>
+
+<p>—¿Qué significa esto?</p>
+
+<p>Thénardier respondió respetuosamente:</p>
+
+<p>—Significa, señor, que me vuelvo á quedar con Cosette.</p>
+
+<p>Cosette se estremeció arrimándose al hombre cuanto pudo.</p>
+
+<p>Éste contestó mirando á Thénardier en el fondo de los ojos, y marcando
+mucho todas las sílabas.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_369">[Pg 369]</span></p>
+
+<p>—¿Volveréis á que-da-ros-con-Cosette?</p>
+
+<p>—Sí señor; me quedo con ella nuevamente. Me explicaré: he reflexionado.
+En realidad, no tengo derecho para dárosla. Yo soy un hombre
+honrado como veis. Esta chica no es mía, sino de su madre. Su madre
+me la confió, y yo no puedo entregarla sino á su madre. Vos diréis:
+«Pero la madre ha muerto». Bueno, en ese caso no puedo entregar la
+criatura sino á la persona que me traiga un escrito firmado por la madre,
+en que se me mande entregar la niña á la tal persona. Esto es evidente.</p>
+
+<p>El hombre, sin responder, registró su bolsillo, y Thénardier vió reaparecer
+la cartera de los billetes de banco.</p>
+
+<p>—¡Bien!—exclamó para sí.—Procuremos sostenernos. ¡Va á corromperme!</p>
+
+<p>Antes de abrir la cartera, el viajero lanzó una mirada escudriñadora
+en torno suyo. El lugar estaba absolutamente desierto. No había un
+alma en el bosque ni en el valle. El hombre abrió la cartera y sacó, no
+el puñado de billetes de banco que esperaba Thénardier, sino un simple
+papelito que desdobló y presentó abierto del todo al posadero, diciéndole:</p>
+
+<p>—Tenéis razón. Leed.</p>
+
+<p>Thénardier tomó el papel y leyó:</p>
+
+
+<p>M-sur-M, 25 marzo de 1823.</p>
+
+<p>«Señor Thénardier:</p>
+
+<p>«Entregaréis á Cosette al portador.<br>
+Os serán pagados todos los picos.<br>
+Tengo el honor de saludaros respetuosamente.</p>
+
+<p style="padding-left: 5em;">«<span class="smcap">Fantina</span>».</p>
+
+
+<p>—¿Conocéis esta firma?—repuso el hombre.</p>
+
+<p>Era, en efecto, la firma de Fantina. Thénardier la reconoció.</p>
+
+<p>No tenía nada que replicar. Sintió dos violentos despechos, el de renunciar
+á la corrupción que esperaba y el de ser vencido. El hombre
+añadió:</p>
+
+<p>—Podéis guardar este papel para descargo vuestro.</p>
+
+<p>Thénardier se replegó en buen orden.</p>
+
+<p>—Esta firma está bastante bien imitada,—murmuró entre dientes.
+—¡En fin, sea!</p>
+
+<p>É intentando un esfuerzo desesperado, añadió:</p>
+
+<p>—Está bien, señor mío, puesto que sois el portador. Pero es preciso
+pagarme «los picos pendientes», que son una buena deuda.</p>
+
+<p>El hombre se puso de pie, y dijo sacudiéndose á papirotazos el polvo
+de sus raídas mangas:</p>
+
+<p>—Señor Thénardier: en enero la madre contaba deberos ciento veinte<span class="pagenum" id="Page_370">[Pg 370]</span>
+francos; en febrero le mandásteis una cuenta de quinientos; recibisteis
+trescientos francos á fines de febrero y otros trescientos á principios de
+marzo. Han pasado después nueve meses, que á razón de quince francos,
+precio convenido, hacen ciento treinta y cinco. Resulta que habiendo
+recibido de más cien francos entonces, ahora sólo os restaban treinta y
+cinco francos. Y acabo de daros mil quinientos.</p>
+
+<p>Thénardier sintió lo que siente el lobo en el momento de verse mordido
+y cogido por los dientes de acero de la trampa.</p>
+
+<p>—¿Quién es este diablo de hombre?—pensó.</p>
+
+<p>Y haciendo lo que el lobo, dió una sacudida. La audacia le había ya
+dado otra vez buen resultado.</p>
+
+<p>—Señor cuyo nombre ignoro,—dijo resueltamente y dejando aparte
+toda ceremonia respetuosa,—me volveré á llevar á Cosette, ó me daréis
+antes mil escudos.</p>
+
+<p>El forastero dijo tranquilamente:</p>
+
+<p>—Ven, Cosette.</p>
+
+<p>Tomó á la niña con la mano izquierda y recogió con la derecha el
+bastón que estaba en el suelo.</p>
+
+<p>Thénardier advirtió lo enorme del garrote y la soledad del sitio.</p>
+
+<p>El hombre se internó en el bosque con la niña, dejando al tabernero
+vacilante é inmóvil.</p>
+
+<p>Á medida que se iban alejando, Thénardier examinaba aquellas anchas
+espaldas algo encorvadas y aquellos grandes puños.</p>
+
+<p>Luego, sus ojos, volviéndose á sí mismo, fijábanse en sus desmesurados
+brazos y débiles manos.—Preciso es que yo sea muy bestia,—pensaba
+él,—para no haber tomado mi escopeta, puesto que iba de caza.</p>
+
+<p>Sin embargo, el posadero no abandonó su presa.</p>
+
+<p>—Quiero saber á dónde va,—se dijo. Y se puso á seguirlos desde
+cierta distancia.</p>
+
+<p>Quedábanle dos cosas en la mano: una ironía en el papel firmado
+<em>Fantina</em>, y un consuelo en los mil quinientos francos.</p>
+
+<p>El hombre se llevaba á Cosette en dirección á Livry y Bondy. Caminaba
+lentamente, baja la cabeza, en una actitud reflexiva y triste. El
+invierno había dejado el bosque tan claro y desnudo, que Thénardier
+podía no perderlos de vista, desde mucha distancia. De cuando en cuando
+volvía el hombre la cabeza y miraba si le seguían. De repente distinguió
+á Thénardier. Entró bruscamente con Cosette en una espesura donde
+ambos podían ocultarse.</p>
+
+<p>—¡Diantre!—exclamó Thénardier, redoblando el paso.</p>
+
+<p>La espesura del ramaje le había obligado á acercarse á ellos; pero
+cuando estaba el hombre en lo más intrincado, volvióse, y por mucho
+que Thénardier procuraba ocultarse en la espesura, no pudo evitar el
+ser visto. El hombre le dirigió una mirada inquieta, después meneó la
+cabeza y continuó su camino. El tabernero continuó siguiéndole. Anduvieron<span class="pagenum" id="Page_371">[Pg 371]</span>
+así dos ó trescientos pasos. De pronto el hombre volvióse de nuevo,
+viendo todavía al posadero. Esta vez le miró con aire tan sombrío,
+que Thénardier juzgando «inútil» ir más allá, retrocedió, deshaciendo el
+camino.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XI<br>
+<b>Reaparece el número 9430, y Cosette lo gana á la lotería</b></p>
+
+
+<p>Juan Valjean no había muerto.</p>
+
+<p>Al caer al mar, ó más bien al arrojarse, iba, como se ha visto, sin
+el grillete. Nadando entre dos aguas llegó hasta un buque anclado, al
+que estaba amarrado un bote, en el cual encontró la manera de esconderse
+hasta la noche. Entrada ya la noche, arrojóse de nuevo al agua,
+ganando á nado la costa á poca distancia del cabo Brun. Allí como no
+le faltaba dinero, pudo procurarse ropa en un figón de los alrededores
+de Balaguier, que era á la sazón el vestuario de los presidiarios escapados;
+especialidad bastante lucrativa. Después, Juan Valjean, como todos
+los tristes fugitivos que procuran burlar la vigilancia de la ley y la
+fatalidad social, siguió un itinerario obscuro y vago.</p>
+
+<p>Encontró primeramente asilo en Pradeaux, junto á Beausset. Luego
+se dirigió hacia Grand Villard junto á Briançon, en los Altos-Alpes.
+Huida vacilante é inquieta, camino de topo, cuyas ramificaciones nadie
+sabe. Más tarde ha podido encontrarse algún vestigio de su paso por Ain
+en el territorio de Civrieux, por los Pirineos en Accons, en el lugar llamado
+Grange de Doumecq, junto al caserío de Chavailles, de los alrededores
+de Périgueux, en Brunies, distrito de la Chapelle Gonaguet.</p>
+
+<p>Estuvo en París y le acabamos de ver ahora en Montfermeil.</p>
+
+<p>Su primer cuidado al llegar á París, fué comprar vestidos de luto
+para una niña de siete á ocho años, y procurarse luego alojamiento.
+Hecho esto se dirigió á Montfermeil.</p>
+
+<p>Como se recordará, ya en su anterior evasión, había hecho allí mismo,
+ó en los alrededores, un viaje misterioso, del que la Justicia había
+tenido algún indicio.</p>
+
+<p>Por lo demás, se le creía muerto, y esto aumentaba la obscuridad
+que se había formado en torno suyo. En París llegó á sus manos uno de
+los periódicos que consignaban el hecho. Con esto se sintió tranquilo y
+casi en paz, como si en realidad hubiese muerto.</p>
+
+<p>La misma tarde del día en que Juan Valjean había sacado á Cosette
+de las garras de los Thénardier, entraba en París. Entró al anochecer,
+acompañado de la niña por la barrera Monceaux. Subió en un cabriolé
+que le llevó á la explanada del Observatorio. Bajóse allí, pagó al cochero,
+tomó á Cosette de la mano, y los dos, entre las sombras de la noche,
+atravesaron las desiertas calles inmediatas á la Ourcine y la Glacière,
+dirigiéndose al boulevard del Hospital.</p>
+
+<p>El día había sido extraño y henchido de emociones para Cosette; habían<span class="pagenum" id="Page_372">[Pg 372]</span>
+comido detrás de los vallados pan y queso comprados en los ventorrillos
+que se encontraron; habían cambiado frecuentemente de carruaje;
+habían andado á pie diversos trechos, y ella no se había quejado, pero
+estaba cansada, y Juan Valjean lo advirtió fácilmente puesto que iba
+tirando más y más de su mano á cada paso. Entonces cargó con ella á
+cuestas; Cosette, sin soltar á su Catalina, dejó caer su cabeza sobre el
+hombro de Juan Valjean, y se quedó dormida.</p>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO CUARTO<br>
+LA CASUCHA DE GORBEAU</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Maese Gorbeau</b></p>
+
+
+<p>Hace cuarenta años, el transeunte solitario que se aventuraba entre
+los extraviados barrios de la Salpêtrière y que subía por el boulevard
+hasta la barrera de Italia, llegaba á donde se hubiera podido decir que
+París desaparecía. No era por la soledad, puesto que había transeuntes;
+no era por el campo, puesto que había casas y calles; no era aquello una
+ciudad, pues las calles tenían baches como las carreteras, y la yerba
+nacía en ellas; no era una aldea, pues las casas eran demasiado altas.
+¿Qué era pues? Era un lugar habitado donde no había nadie; era un lugar
+desierto donde había alguien; era un boulevard de la gran población,
+una calle de París, más espantosa de noche que una selva, más
+triste de día que un cementerio.</p>
+
+<p>Era el antiguo barrio del Mercado de Caballos.</p>
+
+<p>Si el transeunte se arriesgaba á ir más allá de las cuatro paredes ruinosas
+del Mercado de Caballos, si consentía siquiera en pasar de la calle
+del Petit Banquier, después de haber dejado á su derecha un corral cercado
+de elevadas tapias, y un prado en que se levantaban montones de
+casas de tenería parecidas á chozas de castores gigantescas, y una cerca
+llena de pilas de madera de construcción, al lado de montones de troncos,
+aserraduras y virutas, sobre las cuales ladraba un gran perrazo, y
+una larga pared, baja, ruinosa, con una puertecita negra y enlutada,
+cubierta de musgo que se llenaba de flores en primavera; luego en el sitio
+más desierto un horrible y decrépito edificio en cuya fachada leíase en
+grandes y gruesas letras: <span class="smcap">Se prohíbe poner carteles</span>, aquel paseante
+aventurero llegaba al ángulo de la calle de Vignes Saint-Marcel, latitudes
+casi desconocidas. Allí, junto á una fábrica y entre dos tapias de
+jardín, se veía en aquel tiempo una casucha, que, al primer golpe de
+vista, parecía pequeña como una choza, y que era en realidad grande
+como una catedral. Presentábase á la vía pública de lado, por un cubo<span class="pagenum" id="Page_373">[Pg 373]</span>
+angular, y de ahí su aparente exigüedad. Casi todo el edificio estaba
+oculto, y no se veía más que la puerta y una ventana.</p>
+
+<p>Esta casucha no tenía más que un solo piso.</p>
+
+<p>Al examinarla, el detalle que chocaba desde luego, era que aquella
+puerta no había podido ser nunca más que la puerta de un tabuco,
+mientras que aquella ventana, si hubiera sido de piedra de sillería en
+vez de piedra bruta, habría podido ser la ventana de un palacio.</p>
+
+<p>La puerta no era otra cosa que un conjunto de tablas carcomidas,
+groseramente unidas por travesaños parecidos á troncos mal igualados.
+Daba esta puerta acceso inmediato á una escalera áspera de altos peldaños,
+llenos de lodo, yeso y polvo, del mismo ancho que la puerta, y que
+se veían desde la calle empinarse derechos como una escala, y desaparecer
+en la obscuridad entre dos paredes. Lo alto de la abertura informe
+que cerraba aquella puerta estaba cubierta con una tablilla estrecha, en
+medio de la cual habían aserrado un agujero triangular, que servía al
+propio tiempo de tragaluz y ventanillo cuando la puerta estaba cerrada.
+Sobre la hoja de esta última, un pincel mojado en tinta, había trazado
+de dos brochazos el número 52, y por encima de la tablilla el mismo
+pincel había borroneado el número 50; de suerte que nacía esta duda:
+¿Dónde se está? La parte superior de la puerta dice: en el 50; la inferior
+replica: no, en el 52. Varios trapos de color de polvo colgaban como cortinajes
+del postiguillo triangular.</p>
+
+<p>La ventana era ancha, suficientemente elevada, provista de persianas
+y hojas vidrieras con grandes cristales; sólo que estos grandes cristales
+tenían varias heridas, ocultas á la vez y descubiertas por un ingenioso
+vendaje de papel; y las persianas, desunidas y desencajadas, mejor
+amenazaban á los transeuntes que resguardaban á los habitantes.</p>
+
+<p>Las tabletas horizontales que faltaban, estaban cándidamente reemplazadas
+con tablas clavadas á lo largo, tanto, que lo que comenzaba
+por persiana acababa por postigo.</p>
+
+<p>Aquella puerta, de aspecto inmundo, y aquella ventana, de aspecto
+decente, aunque deteriorada, vistas así en la misma casa, producían el
+efecto de dos mendigos desaparejados, que fueran juntos y caminaran
+codo á codo, con dos caras distintas bajo iguales andrajos, habiendo sido
+el uno siempre mendigo y el otro, en otros tiempos, un hidalgo.</p>
+
+<p>La escalera conducía á un cuerpo de edificio vastísimo, que se parecía
+á un cobertizo convertido en casa.</p>
+
+<p>Este edificio tenía por tubo intestinal un largo corredor, en el cual
+se abrían, á derecha é izquierda, aposentos ó compartimientos de varias
+dimensiones difícilmente habitables, puesto que mejor parecían barracas
+que celdas. Estas habitaciones recibían la luz de los solares baldíos
+de los alrededores.</p>
+
+<p>Todo aquello era obscuro, incómodo, apagado, melancólico, sepulcral;
+cruzado, según estaban las rendijas en el techo ó en la puerta, por<span class="pagenum" id="Page_374">[Pg 374]</span>
+ráfagas frías ó corrientes heladas. La particularidad interesante y pintoresca
+de esta clase de viviendas, es la enormidad de las arañas.</p>
+
+<p>Á izquierda de la puerta de entrada, dando al boulevard, á la altura
+de un hombre, un tragaluz que estaba tapiado, dejaba un hueco ó nicho
+cuadrado, lleno siempre de piedras que arrojaban los muchachos al pasar
+por allí.</p>
+
+<p>Una parte de este edificio ha sido demolida últimamente; mas por lo
+que resta todavía puede aún formarse idea de lo que fué. El todo, en
+conjunto, apenas cuenta un siglo. Cien años son la juventud de una
+iglesia y la vejez de una casa. Parece que el asilo del hombre participa
+de su brevedad, y el asilo de Dios de su eternidad.</p>
+
+<p>Los carteros llamaban á aquella casucha el número 50-52; pero era
+conocida en el barrio por el nombre de la Casa de Gorbeau.</p>
+
+<p>Explicaremos el origen de este nombre.</p>
+
+<p>Los colectores de pequeños hechos que se convierten en herborizantes
+de anécdotas y que fijan con un alfiler en su memoria las fechas fugaces,
+saben que hubo en París, en el último siglo, hacia 1770, dos procuradores
+en el Chatelet, llamados Corbeau (Cuervo) el uno, y Renard
+(Zorro) el otro: dos nombres previstos por Lafontaine. La coincidencia
+era harto graciosa para que no sirviese de alegre divertimiento á la gente
+de golilla. Recorrió inmediatamente la parodia, en versos algo cojos,
+las galerías del palacio de Justicia.</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p><span style="margin-left: 1em;">De un proceso en la rama,</span><br>
+muy ufano y contento,<br>
+ejecutoria en pico<br>
+estaba el señor Cuervo.<br>
+Del olor atraído<br>
+un Zorro muy maestro,<br>
+etc...<a id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a></p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Los dos honrados curiales, incomodados por los epigramas y mortificada
+su dignidad por las carcajadas que les seguían á todas partes,
+resolvieron desembarazarse de sus apellidos tomando el partido de dirigirse
+al rey. La súplica fué presentada á Luis XV el día mismo en que
+el nuncio del papa por un lado y el cardenal de La Roche Aymon por
+otro, devotamente arrodillados ambos, calzaron, en presencia de Su Majestad,
+cada uno con una chinela, los pies desnudos de madama Du-Barry
+al salir de la cama. El rey, que reía, continuó riendo; pasó alegremente
+de los dos obispos á los dos procuradores, é hizo á estos golillas
+gracia de su nombre ó poco menos.</p>
+
+<p>Y por S. M. el rey fuéle permitido á maese Corbeau añadir un rabillo á
+su inicial y llamarse Gorbeau; pero maese Renaud fué menos afortunado,
+porque sólo pudo obtener agregar una P delante de la R y llamarse
+<span class="pagenum" id="Page_375">[Pg 375]</span>
+Prenard; tanto, que el segundo nombre, con ser á la vista una
+antítesis del primero, no dejaba de parecer en sustancia lo mismo.</p>
+
+<p>Ahora bien: según la tradición local, este maese Gorbeau había sido
+propietario del edificio numerado 50-52 del boulevard del Hospital, siendo
+él mismo el autor de la monumental ventana.</p>
+
+<p>De ahí el ser conocida aquella casucha con el nombre de casa
+Gorbeau.</p>
+
+<p>Frente al número 50-52 descollaba, entre los árboles del boulevard,
+un gran olmo, muerto en sus tres cuartas partes; casi enfrente empezaba
+la calle de la barrera de los Gobelinos, calle entonces sin casas, sin empedrar,
+plantada de árboles raquíticos, verde ó llena de barro según la
+estación, la cual iba á parar precisamente á la muralla que cercaba á
+París. El olor de caparrosa salía á bocanadas de los tejados de una fábrica
+vecina.</p>
+
+<p>La barrera estaba allí mismo. En 1823 el muro de circunvalación
+existía aún.</p>
+
+<p>Esta misma barrera llenaba el espíritu de figuras siniestras. Era el
+camino de Bicêtre.</p>
+
+<p>Era por allí, donde en tiempo del Imperio y de la Restauración, entraban
+en París los condenados á muerte el día de la ejecución. Allí fué
+donde se cometió hacia 1829 aquel misterioso asesinato llamado «del
+portillo de Fontainebleau», cuyos autores no pudo descubrir la Justicia,
+problema fúnebre que no ha podido aclararse, enigma pavoroso que no
+se ha descifrado. Dando algunos pasos, se encuentra la fatal calle de
+Croulebarbe, donde Ulbach dió de puñaladas á la cabrera de Ivry entre
+el ruido de los truenos como en un melodrama. Algunos pasos más adelante,
+se llega á los abominables olmos descabezados de la barrera de
+Saint Jacques, el expediente de los filántropos para ocultar el suplicio,
+la mezquina y vergonzosa plaza de Grève de una sociedad mercachifle,
+que retrocedió ante la pena de muerte, sin atreverse á abolirla con grandeza
+ni á mantenerla con autoridad.</p>
+
+<p>Hace treinta y siete años, al dejar á un lado esa plaza Saint-Jacques,
+que estaba predestinada y que ha sido siempre horrible, el punto
+más triste tal vez de todo este triste boulevard era, el punto tan poco
+atractivo aún hoy mismo, donde se encontraba la casucha 50-52.</p>
+
+<p>Las casas regulares de la clase media no han comenzado á aparecer
+allí sino veinticinco años más tarde. El sitio era melancólico. Por las
+ideas fúnebres que inspiraba, conocía cualquiera que se hallaba entre el
+hospital de la Salpêtrière, cuya cúpula se divisaba, y la cárcel de Bicêtre,
+que tocaba al portillo; es decir, entre la locura de la mujer y la
+locura del hombre. En todo lo que la vista podía extenderse, no se distinguían
+más que los mataderos, el muro de circunvalación y algunas
+raras fachadas de fábricas, parecidas á cuarteles ó á conventos; por todas
+partes barracas y casuchas de tapia, viejos muros negros como mortajas,<span class="pagenum" id="Page_376">[Pg 376]</span>
+ó hileras de árboles paralelos, edificios tirados á cordel, construcciones
+monótonas, líneas frías y prolongadas, la tristeza lúgubre de los
+ángulos rectos. Ni un accidente de terreno, ni un capricho de arquitectura,
+ni un solo pliegue; era aquello un conjunto glacial, regular, feo.
+Nada oprime tanto el corazón como la simetría. Y es que la simetría es
+el pesar, y el pesar es el fondo mismo del duelo. La desesperación bosteza.</p>
+
+<p>Si pudiera soñarse algo más horrible que el infierno en que se sufre,
+sería el infierno en que se fastidiara uno. De existir semejante infierno,
+su entrada habría podido ser ese trozo del boulevard del Hospital.</p>
+
+<p>Así pues, al caer de la noche, en el momento en que la claridad desaparece,
+sobre todo en invierno, á la hora en que el cierzo crepuscular
+arranca á los olmos sus postreras y tostadas hojas, cuando la obscuridad
+es profunda y sin estrellas, ó cuando la luna y el viento clarean las nubes,
+este boulevard resultaba espantoso. Las líneas negras se hundían y
+perdíanse en las tinieblas como pedazos del infinito. El transeunte no
+podía abstenerse de recordar las innumerables tradiciones patibularias
+del lugar.</p>
+
+<p>Aquella soledad, en la que se habían cometido tantos crímenes, tenía
+algo de horrible. Creía uno presentir lazos tendidos en aquella obscuridad;
+todas las formas confusas de la sombra parecían sospechosas;
+y los largos huecos cuadrados que se distinguían entre los árboles parecían
+tumbas abiertas. De día era aquello feo; por la tarde lúgubre; de
+noche siniestro.</p>
+
+<p>En verano, á la hora del crepúsculo, veíanse aquí y allí algunas viejas,
+sentadas al pie de los olmos en bancos enmohecidos por las lluvias.
+Aquellas buenas viejas pedían limosna cuando pasaba alguien.</p>
+
+<p>Por lo demás, aquel barrio, que más bien tenía el aire de envejecido
+que de antiguo, propendía ya desde aquella fecha á trasformarse. Ya
+entonces, quien hubiera querido verle debía apresurarse. Cada día iban
+desapareciendo detalles de aquel conjunto. En la actualidad, y desde
+hace veinte años, la estación del ferrocarril de Orléans está allí junto al
+viejo arrabal y le va acorralando. Doquiera que se levante en el límite
+de una capital una estación de ferrocarril, resulta la muerte de un arrabal
+y el nacimiento de una ciudad. Parece que alrededor de esos grandes
+centros del movimiento de los pueblos, con el rodar de las poderosas
+máquinas, con el respirar de los monstruosos caballos de la civilización,
+que comen carbón y vomitan fuego, tiembla la tierra llena de gérmenes
+y se abre para tragarse las antiguas moradas de los hombres para dejar
+paso franco á las nuevas. Las casas viejas se derrumban y las nuevas se
+elevan.</p>
+
+<p>Desde que la estación del ferrocarril de Orléans ha invadido los terrenos
+de la Salpêtrière, las antiguas calles estrechas, inmediatas á los
+fosos de Saint Victor y al Jardín Botánico, se conmueven violentamente<span class="pagenum" id="Page_377">[Pg 377]</span>
+cruzadas tres ó cuatro veces al día por esas corrientes de diligencias, coches
+y ómnibus que, en un tiempo dado, hacen retroceder las casas á
+derecha é izquierda; pues hay cosas que parecen peregrinas cuando se
+anuncian, que son rigurosamente exactas. Y así como puede decirse en
+verdad, que en las grandes ciudades el sol hace vegetar y crecer las fachadas
+de las casas al medio día, también es cierto que el paso frecuente
+de carruajes hace ensanchar las calles. Los síntomas de una vida nueva
+son evidentes. En aquel antiguo barrio provinciano, en los recodos más
+salvajes aparece el empedrado, comienzan á extenderse, y prolongarse
+aceras, hasta allí mismo donde no transita nadie todavía. Una mañana,
+mañana memorable, en un día de julio de 1845, viéronse de repente humear
+allí las negras calderas de asfalto; aquel día puede decirse que llegó
+la civilización á la calle de la Oarcine, y que París entró en el arrabal
+de San Marcelo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Nido para búho y curruca</b></p>
+
+
+<p>Delante de la casucha de Gorbeau fué donde Juan Valjean se detuvo.
+Como las aves selváticas, había elegido aquel lugar desierto para hacer
+su nido.</p>
+
+<p>Buscó en el bolsillo, y sacó una especie de llave maestra, abrió la
+puerta, entró, la cerró después con cuidado, y subió la escalera, siempre
+con Cosette en brazos.</p>
+
+<p>En lo alto de la escalera sacó del bolsillo otra llave, con la cual abrió
+otra puerta. El cuarto en que entró, y que cerró inmediatamente, era
+una especie de desván bastante espacioso, amueblado con un colchón
+puesto en el suelo, una mesa y algunas sillas. Una estufa encendida,
+cuyas ascuas se veían, estaba en un rincón.</p>
+
+<p>El farol del boulevard alumbraba vagamente aquel pobre interior.
+En el fondo había un gabinete con una cama de tijera. Juan Valjean
+dejó la niña en aquella cama, colocándola en ella sin despertarla.</p>
+
+<p>Echó yescas, y encendió una vela; todo esto estaba preparado de antemano;
+y del mismo modo que lo había hecho la víspera, púsose á contemplar
+á Cosette con una mirada llena de éxtasis, en la que la expresión
+de la bondad y del enternecimiento llegaba casi al extravío. La pequeñuela,
+con aquella confianza tranquila que no pertenece sino á la fuerza
+extrema, ó á la extrema debilidad, se había dormido sin saber con quién
+iba, y continuaba durmiendo sin saber dónde estaba.</p>
+
+<p>Juan Valjean se inclinó y besó la mano de aquella criatura.</p>
+
+<p>Nueve meses antes había besado la mano de la madre, cuando también
+acababa de dormirse.</p>
+
+<p>El mismo sentimiento de dolor, religioso y punzante, llenaba su corazón.</p>
+
+<p>Arrodillóse junto al lecho de Cosette.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_378">[Pg 378]</span></p>
+
+<p>Ya era muy entrado el día, y la niña seguía durmiendo.</p>
+
+<p>Un pálido rayo del sol de diciembre atravesaba la ventana del desván,
+esparciendo por el techo largas ráfagas de sombra y luz. De repente,
+una carreta de cantero, pesadamente cargada, que pasaba por la calzada
+del boulevard, conmovió la casucha como un trueno prolongado,
+haciéndola temblar de arriba abajo.</p>
+
+<p>—¡Sí! ¡Señora!—gritó Cosette, despertándose sobresaltada.—¡Allá
+voy! ¡Allá voy!</p>
+
+<p>Y arrojándose del lecho, con los párpados medio cerrados todavía
+por la pesadez del sueño, extendió el brazo hacia el ángulo de la pared.</p>
+
+<p>—¡Ay Dios mío! ¡Y mi escoba!—dijo.</p>
+
+<p>Abrió entonces del todo los ojos, y vió el semblante risueño de Juan
+Valjean.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Calle! ¡Es verdad!—exclamó la niña.—Buenos días, señor.</p>
+
+<p>Los niños aceptan, y se familiarizan inmediatamente con la alegría
+y la felicidad, siendo como son ellos naturalmente felicidad y alegría.</p>
+
+<p>Cosette vió á Catalina á los pies de su cama, se apoderó de ella, y
+empezó á jugar. Y estando jugando, todo se le volvía hacer preguntas á
+Juan Valjean: ¿Dónde estaba?... ¿Era grande París?... ¿Estaba bien
+lejos la Thénardier?... ¿No volvería á verla? etc., etc. De pronto exclamó:</p>
+
+<p>—¡Qué bonito es esto!</p>
+
+<p>Era una horrible buhardilla; pero ella se sentía libre.</p>
+
+<p>—¿Tengo que barrer?—preguntó por último.</p>
+
+<p>—Juega, le dijo Juan Valjean.</p>
+
+<p>Así se pasó el día. Cosette, sin inquietarse por comprender nada, se
+consideraba inexplicablemente feliz entre aquella muñeca y aquel buen
+hombre.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Dos desgracias mezcladas producen la felicidad</b></p>
+
+
+<p>Á la mañana siguiente al rayar el día, Juan Valjean estaba todavía
+al lado de la cama de Cosette. Esperó allí, inmóvil, y la vió despertarse.</p>
+
+<p>Algo de nuevo penetraba en su alma.</p>
+
+<p>Juan Valjean no había amado nunca nada. Hacía veinticinco años
+que estaba sólo en el mundo. No había sido nunca padre, amante, marido
+ni amigo. En presidio era malo, sombrío, casto, ignorante y feroz.
+El corazón de aquel antiguo presidiario estaba lleno de virginidades. Su
+hermana y los hijos de su hermana no le habían dejado más que un recuerdo
+vago y lejano, que había acabado por extinguirse casi enteramente.
+Había hecho cuantos esfuerzos había podido para encontrarlos,
+y no habiéndolo conseguido, los había olvidado. La naturaleza humana
+es así. Las demás tiernas emociones de su juventud, si es que las tuvo,
+habían caído en un abismo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_379">[Pg 379]</span></p>
+
+<p>Cuando vió á Cosette, cuando la tuvo consigo, la llevó y la libertó,
+sintió removérsele las entrañas. Todo lo que de pasión y afecto habían
+en su alma, se despertó y precipitó hacia aquella criatura. Acercábase á
+la cama en que ella dormía, y temblaba de gozo; experimentaba arranques
+de madre, y no sabía lo que eran; porque es cosa muy obscura y
+dulcísima ese grande y extraño movimiento que se efectúa en un corazón
+que empieza á amar. ¡Pobre corazón, viejo y nuevo á la vez!</p>
+
+<p>Solamente que, como él tenía cincuenta y cinco años y Cosette ocho,
+todo el amor que él hubiera podido tener en toda su vida se fundió en
+una especie de claridad inefable. Era la segunda aparición pura y diáfana
+que encontraba. El obispo había hecho alzar en su horizonte el alba
+de la virtud. Cosette hacía levantar en el mismo, el alba del amor.</p>
+
+<p>Los primeros días se pasaron en este deslumbramiento.</p>
+
+<p>Por su parte, Cosette, también se volvía otra sin ella saberlo. ¡Pobre
+criatura! Era tan pequeñita cuando su madre la dejó, que ya no se acordaba
+de ella. Como todos los niños, semejantes á los renuevos de la vid
+que se agarra á todo, había procurado amar y no había podido conseguirlo.
+Todos la habían rechazado: los Thénardier, sus niñas y otros niños.
+Había amado al perro que murió, después de lo cual, nada ni nadie
+había querido amarla.</p>
+
+<p>Triste cosa es decirlo, como hemos ya indicado, á los ocho años tenía
+frío el corazón. No era culpa suya, no era la facultad de amar la que
+le faltaba: ¡ay! era la posibilidad. Por eso desde el primer día, todo
+cuanto sentía y pensaba en ella se empleó en amar á aquel buen hombre.
+Experimentaba lo que nunca había conocido, una sensación expansiva.</p>
+
+<p>El buen hombre no le hacía el efecto de viejo ni de pobre. Parecíale
+Juan Valjean tan hermoso como linda le había parecido la buhardilla.</p>
+
+<p>Son ésos los efectos de la aurora, de la infancia, de la juventud, de
+la alegría. La novedad de la tierra y de la vida tienen en ello buena parte.
+Nada es tan risueño como el reflejo vivificante de la dicha en una
+buhardilla. Todos hemos tenido en nuestro pasado algún desván poético.</p>
+
+<p>La naturaleza y cincuenta años de intervalo habían marcado una
+separación profunda entre Juan Valjean y Cosette; esta separación la
+llenó el destino. El destino unió, y enlazó con su irresistible poder, aquellas
+dos existencias desarraigadas, distintas por la edad, semejantes por
+el duelo. La una, efectivamente, completaba á la otra. El instinto de
+Cosette buscaba el padre como el instinto de Juan Valjean buscaba un
+hijo. Verse, fué encontrarse. En el momento misterioso en que sus dos
+manos se trocaron, quedaron unidas. Cuando aquellas dos almas se divisaron
+mutuamente, se reconocieron como necesarias una á otra, y se
+abrazaron estrechamente.</p>
+
+<p>Tomando las palabras en su sentido más comprensible y absoluto,
+podría decirse que, separados de todo por muros sepulcrales, Juan Valjean
+era el viudo, como era la huérfana Cosette. Esta situación hizo que<span class="pagenum" id="Page_380">[Pg 380]</span>
+Juan Valjean viniese á ser de un modo providencial el padre de Cosette.</p>
+
+<p>Y en verdad, la impresión misteriosa producida en Cosette en el fondo
+del bosque de Chelles, por la mano de Juan Valjean cogiendo la suya
+en la obscuridad, no era una ilusión, sino una realidad. La entrada de
+aquel hombre en el destino de aquella criatura había sido la llegada de
+Dios.</p>
+
+<p>Por lo demás, Juan Valjean había escogido bien su asilo. Estaba allí
+en una seguridad que podía parecer completa.</p>
+
+<p>El cuarto con gabinete que ocupaba con Cosette era aquél cuya ventana
+daba al boulevard. Siendo única esta ventana en la casa, no había
+que temer miradas de vecinos, de lado ni de frente.</p>
+
+<p>El piso bajo del número 50-52, especie de cobertizo derruido, servía
+de cuadra á hortelanos, y no tenía ninguna comunicación con el
+principal. Estaba separado de él por el suelo, que no tenía ni trampas
+ni escalera, y que venía á ser el diafragma de la casa. El primer piso
+contenía, como hemos dicho, muchos cuartos y algunos desvanes, de
+los cuales solamente uno estaba ocupado por una vieja que cuidaba de
+la habitación de Juan Valjean. El resto estaba desocupado.</p>
+
+<p>Aquella vieja era quien, adornada con el nombre de <em>inquilina principal</em>,
+y en realidad encargada de las funciones de portera, le había alquilado
+aquel aposento el día de Nochebuena.</p>
+
+<p>Se le había él dado á conocer como un rentista arruinado por los bonos
+de España, que se iba á vivir ahí con su nieta. Había pagado seis
+meses adelantados y encargado á la vieja de amueblar el cuarto y el
+gabinete como se ha visto. Fué esta buena mujer quien encendió la estufa
+y lo preparó todo la noche de su llegada.</p>
+
+<p>Pasaban las semanas. Aquellos dos seres llevaban en aquel miserable
+tabuco una existencia feliz.</p>
+
+<p>Desde el amanecer, Cosette reía, charlaba y cantaba. Los niños tienen
+su canto matinal como los pájaros.</p>
+
+<p>Sucedía á veces que Juan Valjean tomaba sus manecitas, enrojecidas
+y acribilladas de sabañones, y se las besaba. La pobre niña, acostumbrada
+á llevar golpes, no sabía lo que esto quería decir, y se retiraba
+toda avergonzada.</p>
+
+<p>Á veces se ponía seria contemplando su vestido negro. Cosette no
+llevaba ya andrajos, llevaba luto. Salía de la miseria y entraba en la
+vida.</p>
+
+<p>Juan Valjean se había propuesto enseñarle á leer.</p>
+
+<p>Á veces, mientras hacía deletrear á la niña, recordaba que había
+sido con el propósito de hacer daño con el que él había aprendido á leer
+en presidio. Y aquel propósito se había convertido en el fin de enseñar
+á leer á una niña. Entonces el viejo presidiario sonreía, con la sonrisa
+meditabunda de los ángeles.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_381">[Pg 381]</span></p>
+
+<p>Tenía el sentimiento de que era ello una premeditación del cielo,
+una voluntad de alguien que no es el hombre, y se perdía en meditaciones.
+Los buenos pensamientos tienen sus abismos como los malos.</p>
+
+<p>Enseñar á leer á Cosette y dejarle jugar, á eso se reducía casi toda
+la vida de Juan Valjean. Después le hablaba de su madre, y la hacía
+rezar.</p>
+
+<p>Ella le llamaba <em>padre</em> sin saber ni conocerle otro nombre.</p>
+
+<p>Él se pasaba horas enteras contemplándola cómo vestía y desnudaba
+su muñeca, oyéndola gorjear. La vida le parecía ya en lo sucesivo llena
+de interés, los hombres parecíanle ya buenos y justos; en su imaginación
+no reprochaba ya nada á nadie, no veía, por lo tanto, razón alguna
+para no envejecer mucho, toda vez que aquella criatura le amaba.
+Veía para sí todo un porvenir iluminado por Cosette como por una luz
+simpática. El hombre mejor no está exento del todo de egoísmo; á veces
+reflexionaba con cierta alegría que Cosette sería fea.</p>
+
+<p>Esto no pasa de ser una opinión personal; pero para decir todo lo
+que pensamos al punto á que había llegado Juan Valjean cuando se puso
+á amar á Cosette, nada nos prueba que no le fuera ello menester para
+mejor perseverar en el bien. Acababa de ver bajo nuevos aspectos la
+maldad de los hombres y las miserias de la sociedad, aspectos incompletos
+y que no mostraban fatalmente sino una parte de lo verdadero, la
+suerte de la mujer resumida en Fantina, la autoridad pública personificada
+en Javert; él había vuelto á presidio últimamente por haber hecho
+el bien; nuevas amarguras le habían abrumado; el disgusto y la fatiga
+apoderábanse nuevamente de él; el recuerdo mismo del obispo llegaba
+quizás á eclipsarse algunos momentos, salvo empero su reaparición luminosa
+y triunfante; pero sea como fuere, es lo cierto que aquel recuerdo
+sagrado se iba debilitando. ¿Quién sabe si Juan Valjean no estaba en
+vísperas de descorazonarse y recaer? Pero amó, volvió á ser fuerte. ¡Ay!
+era bien poco menos débil que Cosette. Él la protegió y ella le fortaleció.
+Gracias á él, ella pudo seguir el curso de la vida; gracias á ella,
+pudo él continuar en la virtud. Él fué sostén de la niña aquella, y aquella
+niña fué su punto de apoyo. ¡Oh misterio insondable y divino de los
+equilibrios del destino!</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Lo que observó la inquilina principal</b></p>
+
+
+<p>Juan Valjean tenía la precaución de no salir jamás de día. Todas las
+tardes, al obscurecer, se paseaba una hora ó dos, algunas veces solo,
+frecuentemente con Cosette, buscando los extremos retirados de los boulevares
+más solitarios y entrando en las iglesias á la caída de la noche.
+Iba gustoso á San Medardo, que era la iglesia más cercana. Cuando no
+acompañaba á Cosette, ésta se quedaba con la vieja; pero era la alegría
+de la niña salir con el buen hombre. Prefería una hora de ir con él, á<span class="pagenum" id="Page_382">[Pg 382]</span>
+sus mismas conversaciones con Catalina. Él la conducía de la mano dirigiéndole
+palabras dulces.</p>
+
+<p>Así es que Cosette estaba muy contenta.</p>
+
+<p>La vieja cuidaba de la casa y de la cocina, é iba por las provisiones.</p>
+
+<p>Vivían sobriamente, teniendo siempre un poco de fuego, pero como
+gentes necesitadas. Juan Valjean no había cambiado nada del mobiliario
+del primer día; únicamente había sustituido por una puerta toda de
+madera la vidriera del gabinete de Cosette.</p>
+
+<p>Llevaba siempre su levitón amarillo, sus calzones negros y su sombrero
+viejo. En la calle le tomaban por un pobre. Sucedía á veces que
+alguna buena mujer se volvía y le dada un céntimo. Juan Valjean recibía
+el céntimo y saludaba profundamente. Sucedía también otras veces que
+encontraba á algún pobre pidiendo limosna, y entonces miraba detrás
+de sí por si le veía alguien, se acercaba furtivamente al infeliz, le ponía
+en la mano una moneda, generalmente de plata, y se alejaba rápidamente.
+Esto tenía sus inconvenientes. Empezaba á conocérsele en el barrio
+por el nombre de <em>el mendigo que da limosna</em>. La vieja <em>inquilina principal</em>,
+mujer ceñuda, poseída con respecto al prójimo de la atención de
+los envidiosos, examinaba mucho á Juan Valjean, sin que él lo sospechase.
+Era un poco sorda, y esto la hacía ser muy habladora. Quedábanle
+dos dientes de su pasado, uno arriba y otro abajo, que se tropezaban
+continuamente. Había hecho diversas preguntas á Cosette, la que, no
+sabiendo nada, nada había podido decir, sino que venía de Montfermeil.
+Una mañana, acechando como siempre á Juan Valjean, le vió entrar en
+uno de los cuartos deshabitados de la casucha, con cierto aire que le pareció
+singular. Siguióle á paso de gata vieja, y pudo observar sin ser
+vista, por la rendija de la puerta de otro cuarto que venía enfrente.
+Juan Vadean, para mayor precaución sin duda, estaba de espaldas á
+esta puerta. Entonces vió la vieja cómo sacaba él de sus bolsillos un estuche
+con hilo y tijeras, y se ponía á descoser el forro de uno de los faldones
+de su levita, de cuya abertura sacó un pedazo de papel amarillo
+que desdobló. La vieja reconoció asombrada que era un billete de mil
+francos. Era el segundo ó tercero que había visto en toda su vida. Huyó
+toda asustada.</p>
+
+<p>Poco después se acercó á ella Juan Valjean, rogándole que fuése á
+cambiar aquel billete de mil francos, añadiendo que era el semestre de
+su renta que había cobrado á la víspera.</p>
+
+<p>—¿Dónde?—pensó la vieja. No salió hasta las seis de la tarde, y la
+caja del gobierno no está por cierto abierta á semejantes horas. La vieja
+fué á cambiar el billete haciendo naturalmente sus conjeturas. Aquel
+billete de mil francos, comentado y multiplicado, produjo infinidad de
+conversaciones y aspavientos entre las comadres de la calle de Vignes-Saint
+Marcel.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_383">[Pg 383]</span></p>
+
+<p>Después de algunos días sucedió que Juan Valjean, en mangas de
+camisa, aserró unos maderos en el corredor.</p>
+
+<p>La vieja estaba dentro arreglando el cuarto, y se hallaba sola, porque
+Cosette se había puesto á contemplar la madera aserrada; la vieja advirtió
+entonces la levita colgada de un clavo, y la escudriñó. El forro había
+sido cosido de nuevo. La buena mujer la palpó cuidadosamente, y creyó
+sentir entre los faldones y entre las escotaduras de las mangas el tacto
+de buen número de papeles doblados. ¡Otros billetes de mil francos sin
+duda!</p>
+
+<p>Observó además que había muchas otras cosas en los bolsillos; no
+sólo las agujas, hilo y tijeras que había visto, sino una cartera abultada,
+una gran navaja, y, detalle sospechoso, algunas pelucas de colores varios.
+Cada faltriquera de aquel levitón parecía tener su destino particular
+en el caso de acontecimientos imprevistos.</p>
+
+<p>Los habitantes de la casucha alcanzaron así los últimos días del invierno.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Una moneda de cinco francos que cae al suelo hace ruido</b></p>
+
+
+<p>Había cerca de San Medardo un pobre que se acurrucaba en el brocal
+de un pozo de vecindad, cegado, y á quien Juan Valjean hacía limosna
+de muy buena fe. Apenas pasaba nunca por delante de él sin darle
+algunos sueldos. Á veces le hablaba también. Los envidiosos decían
+de este mendigo que era <em>de la policía</em>. Era un antiguo bedel de sesenta
+y cinco años que siempre estaba murmurando oraciones.</p>
+
+<p>Una noche que Juan Valjean pasaba por allí y no llevaba á Cosette
+consigo, vió el mendigo en su puesto ordinario bajo el farol que acababan
+de encender. Aquel hombre, según su costumbre, parecía rezar, y
+estaba completamente encorvado. Juan Valjean se le acercó poniendo en
+su mano la limosna acostumbrada. El mendigo alzó bruscamente los
+ojos, miró fijamente á Juan Valjean, bajando rápidamente la cabeza.
+Aquel movimiento fué como un relámpago; Juan Valjean sufrió un extremecimiento.
+Parecíale que acababa de entrever á la luz del farol, no
+el semblante plácido y santurrón del antiguo bedel, sino un rostro espantoso
+y conocido. Experimentó la impresión que sentiría cualquiera
+que se encontrase de repente en la sombra, cara á cara con un
+tigre.</p>
+
+<p>Retrocedió aterrado y petrificado, no atreviéndose ni á respirar, ni á
+hablar, ni á huir, ni estarse quieto, contemplando al mendigo, que había
+bajado su cabeza cubierta con un harapo, y pareciendo no darse
+cuenta de que estuviera allí. En aquel extraño momento un instinto,
+quizá el instante misterioso de la conservación, hizo que Juan Valjean
+no pronunciase una sola palabra. El mendigo tenía la misma estatura,
+los mismos andrajos, y la misma apariencia de todos los días. ¡Bah! dijo<span class="pagenum" id="Page_384">[Pg 384]</span>
+Juan Valjean. ¡Estoy loco! ¡Yo sueño!... ¡Imposible! Y entró nuevamente
+en su casa profundamente turbado.</p>
+
+<p>Apenas se atrevía á confesarse á sí propio que aquel rostro que había
+creído ver era el de Javert.</p>
+
+<p>Pensando en ello toda la noche, le pesaba no haber interrogado al
+hombre para obligarle á levantar la cabeza segunda vez.</p>
+
+<p>Al día siguiente, al caer la noche, volvió. El mendigo estaba en su
+puesto.</p>
+
+<p>—Guardeos Dios, buen hombre—dijo resueltamente Juan Valjean,
+dándole un céntimo. El mendigo levantó la cabeza respondiendo con voz
+lastimera:—Gracias mi buen señor.—Era realmente el antiguo bedel.</p>
+
+<p>Juan Valjean se sintió completamente tranquilizado. Echóse á reir.—¿Dónde
+diablos había ido yo á ver á Javert?—pensó para sus adentros.—¿Iré
+yo ahora á tener visiones?—Y no pensó en ello más.</p>
+
+<p>Algunos días después, serían como las ocho de la noche, cuando estando
+en su cuarto haciendo deletrear á Cosette en alta voz, oyó abrir y
+después volver á cerrar la puerta de la casucha. Esto le pareció singular.
+La vieja, única persona que habitaba con él la casa, se acostaba
+siempre al anochecer para no gastar vela. Juan Valjean, hizo seña á Cosette
+para que se callara, y oyó que subían la escalera. En rigor, bien
+podría ser que la vieja se hubiese puesto mala y hubiese ido á la botica.
+Juan Valjean escuchó.</p>
+
+<p>Las pisadas eran pesadas y sonaban como las de un hombre; pero la
+vieja usaba zapatos gruesos, y nada se parece tanto al paso de un hombre
+como al paso de una mujer vieja. Sin embargo, Juan Valjean dió
+un soplo á su luz.</p>
+
+<p>Había mandado á Cosette á la cama, diciéndole muy por lo bajo:</p>
+
+<p>—Acuéstate muy quedito;—y mientras la besaba en la frente se detuvieron
+las pisadas.</p>
+
+<p>Juan Valjean permaneció en silencio, inmóvil, vuelto de espaldas á
+la puerta, sentado en una silla, de la que no se había movido, reteniendo
+su respiración en la obscuridad.</p>
+
+<p>Después de un buen rato, no oyendo ya nada, volvióse sin hacer ruido,
+y al dirigir los ojos hacia la puerta de su cuarto, vió una luz por el
+ojo de la llave. Aquella luz dibujaba una especie de estrella siniestra en
+lo negro de la puerta y de la pared. Evidentemente había allí alguien
+que tenía una luz en la mano y estaba escuchando.</p>
+
+<p>Pasaron así algunos minutos, y desapareció la luz. Solamente que no
+oyó ningún ruido de pasos, lo cual parecía indicar que el que había venido
+á escuchar á la puerta se había quitado los zapatos.</p>
+
+<p>Juan Valjean se echó completamente vestido sobre su colchón, no
+pudiendo cerrar los ojos en toda la noche.</p>
+
+<p>Al despuntar el día, cuando comenzaba á dormitar rendido de fatiga
+despertóle el rechinar de una puerta que se abría en alguna buhardilla<span class="pagenum" id="Page_385">[Pg 385]</span>
+del fondo del corredor; después oyó los mismos pasos de un hombre que
+habían subido la escalera durante la víspera. Los pasos se iban acercando.</p>
+
+<p>Levantóse de su cama, y aplicó un ojo al agujero de la cerradura,
+que era bastante grande, esperando ver al cruzar, cualquiera que fuése,
+el ser que se había introducido por la noche en la casucha y escuchado
+á su puerta.</p>
+
+<p>Era, en efecto, un hombre, que pasó esta vez sin pararse por delante
+del cuarto de Juan Valjean. El corredor estaba todavía muy obscuro
+para poder distinguir sus facciones, pero cuando llegó el hombre á la
+escalera, un rayo de luz de afuera hizo resaltar su opaca silueta, y Juan
+Valjean le vió de espaldas completamente. El hombre era de elevada estatura,
+vestido con un largo levitón, y un grueso palo bajo el brazo. Era
+la formidable facha de Javert.</p>
+
+<p>Juan Valjean habría podido intentar verle de nuevo por la ventana
+que daba al boulevard. Pero para ello era menester abrirla, y no se
+atrevió.</p>
+
+<p>Era evidente que aquel hombre había entrado con una llave y como
+en su casa. ¿Quién le había dado la llave? ¿Qué es lo que aquello significaba?</p>
+
+<p>Á las siete de la mañana, cuando la vieja entró para arreglar la habitación,
+Juan Valjean le dirigió una mirada penetrante, pero sin interrogarla.
+La buena mujer estuvo como de ordinario.</p>
+
+<p>Mientras iba barriendo, dijo:</p>
+
+<p>—¿Habéis tal vez oído entrar alguien esta noche?</p>
+
+<p>En aquella época y en aquel boulevard, las ocho de la noche era noche
+cerrada.</p>
+
+<p>—Á propósito, es verdad,—respondió él con el acento más natural.—¿Quién
+era?</p>
+
+<p>—Es un nuevo inquilino,—dijo la vieja,—que tenemos en la casa.</p>
+
+<p>—¿Y que se llama?...</p>
+
+<p>—No sé bien si Dumont ó Daumont. Un nombre así.</p>
+
+<p>—¿Y qué es ese señor Dumont?</p>
+
+<p>—Un rentista como vos.</p>
+
+<p>Ella tal vez dijo estas palabras sin doble intención, pero Juan Valjean
+creyó descubrir alguna.</p>
+
+<p>Cuando hubo salido la vieja, hizo él un rollo de un centenar de francos
+que tenía en un armario, y se lo metió en el bolsillo. Por mucho cuidado
+que pusiera en aquella operación para que no se le oyera remover
+dinero, escapósele de las manos una moneda de cien sueldos, que fué rodando
+ruidosamente por el suelo.</p>
+
+<p>Al anochecer, bajó y miró atentamente arriba y abajo del boulevard.</p>
+
+<p>No vió á nadie. El boulevard parecía absolutamente desierto. Es verdad
+que podía cualquiera ocultarse detrás de los árboles.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_386">[Pg 386]</span></p>
+
+<p>Volvió á subir.</p>
+
+<p>—Ven,—dijo á Cosette.</p>
+
+<p>Y tomándola de la mano, salieron los dos.</p>
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_10" href="#FNanchor_10" class="label">[10]</a> Traducción de Samaniego.</p>
+
+</div>
+</div>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO QUINTO<br>
+Á LA CAZA NOCTURNA, JAURÍA MUDA</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Las sinuosidades de la estrategia</b></p>
+
+
+<p>Aquí, con respecto á las páginas que van á leerse y á otras que vendrán
+después, es indispensable una observación.</p>
+
+<p>Hace ya muchos años que el autor de este libro, forzado á pesar suyo
+á hablar de sí mismo, se halla ausente de París. Desde que le dejó, París
+se ha transformado. Ha surgido una ciudad nueva, que le es hasta
+cierto punto desconocida. No tiene necesidad de decir que ama á París;
+París es la ciudad natal de su espíritu. Á consecuencia de los derribos y
+reedificaciones, el París de su juventud, aquel París que se llevó religiosamente
+en su memoria, es á estas horas el París de otros tiempos. Permítasele
+hablar de este París como si existiera todavía. Es posible que
+allí donde va el autor á conducir á los lectores, diciéndoles: «En tal
+calle hay tal casa», no exista hoy día casa ni calle. Los lectores lo comprobarán,
+si quieren tomarse el trabajo de hacerlo. En cuanto á él, desconoce
+el París nuevo, y escribe con el París antiguo delante de los ojos,
+en medio de la ilusión más agradable. Es una satisfacción para él soñar
+que queda algo tras de sí de lo que veía cuando estaba en su país, y que
+no se ha desvanecido todo aún.</p>
+
+<p>Mientras uno va y viene por su país natal, créese que las calles le
+son indiferentes; que las ventanas, los tejados y las puertas nada significan;
+que las paredes le son extrañas; que los árboles no son más que
+árboles; que las casas donde no entra le son inútiles; que el empedrado
+por donde anda son simplemente piedras.</p>
+
+<p>Pero más tarde, cuando se encuentra fuera, advierte que aquellas calles
+le son queridas; que aquellos tejados, aquellas ventanas y aquellas
+puertas le hacen falta; que aquellas paredes le son necesarias; que aquellos
+árboles le son amados; que aquellas casas donde él no entraba, había
+quien entraba en ellas todos los días, y que ha dejado parte de sus entrañas,
+de su corazón y de su sangre en aquellas piedras. Todos aquellos
+sitios que ya no vemos y que quizá no volveremos á ver jamás, y cuya
+imagen hemos conservado, adquieren cierto encanto doloroso, se nos
+presentan con la melancolía de una aparición, nos hacen visible la tierra
+santa, y son, por decirlo así, la forma misma de la patria; y los
+amamos y los evocamos tales como son, tales como eran, obstinándonos<span class="pagenum" id="Page_387">[Pg 387]</span>
+en ello, y no queremos cambiar nada de ellos, porque estamos apegados
+á la forma de nuestra patria como á las facciones de nuestra madre.</p>
+
+<p>Séanos, pues, permitido hablar del pasado en el presente. Dicho esto,
+suplicamos al lector que lo tenga en cuenta, y continuamos.</p>
+
+<p>Juan Valjean había dejado enseguida el boulevard y se había engolfado
+en las calles, haciendo cuantas líneas quebradas podía, volviendo
+algunas veces sobre sus propios pasos para cerciorarse de que no le seguían.</p>
+
+<p>Es ésta una maniobra natural en el ciervo hostigado. En los terrenos
+en que puede quedar impresa la huella, esa maniobra tiene, entre otras,
+la ventaja de engañar á los cazadores y á los perros con el contrapié. Es
+lo que en montería se llama <em>emboscada falsa</em>.</p>
+
+<p>Era una noche de luna llena. Á Juan Valjean no le disgustaba. La
+luna, muy cerca todavía del horizonte, marcaba en las calles grandes
+espacios de luz y sombra. Juan Valjean podía escurrirse á lo largo de
+las casas y paredes del lado sombrío, y observar el claro. No reflexionaba
+quizá bastante que el lado obscuro se le esparcía, sin embargo, en
+todas las callejuelas que rodean á la calle de Polibeau, y creyó estar seguro
+de que nadie iba tras él.</p>
+
+<p>Cosette andaba sin preguntar. Los sufrimientos de los seis primeros
+años de su vida habían introducido cierta pasividad á su naturaleza. Por
+otra parte, y ésta es una observación que tendremos que tener en cuenta
+más de una vez, estaba ella acostumbrada, sin darse muy exacta cuenta
+del porqué, á las singularidades del buen hombre y á las extravagancias
+del destino. Además se sentía segura junto á él.</p>
+
+<p>Juan Valjean no sabía mejor que Cosette adónde iba. Confiaba en
+Dios como ella confiaba en él. Parecíale que alguien superior á él le llevaba
+también de la mano; creía sentir un ser invisible que le conducía.
+Por lo demás, no tenía idea alguna decidida, ningún plan, ningún proyecto.
+Ni siquiera estaba seguro del todo de que aquel Javert, pudiendo
+también ser Javert, sin que supiese que él era Juan Valjean. ¿No iba
+disfrazado? ¿No se le creía muerto? Sin embargo, hacía algunos días que
+le pasaban cosas que parecían singulares. No necesitaba más. Estaba
+resuelto á no volver á entrar en la casa de Gorbeau. Como el animal arrojado
+de su guarida, buscaba un hueco donde esconderse, mientras encontraba
+donde alojarse.</p>
+
+<p>Juan Valjean describió gran número de laberintos en el barrio Montfetard,
+que yacía dormido como si estuviera todavía bajo la disciplina
+de la Edad Media, al yugo de la queda; combinó de diversas maneras,
+en hábiles estrategias, la calle Censier y la calle Copeau, la calle del
+Battoir-Saint-Victor y la calle del Puits l'Ermite. Hay por allí casas-posadas,
+pero ni siquiera entraba en ellas, no encontrando lo que le convenía.
+Es decir, dudaba que si por casualidad le buscaban, hubiesen
+perdido la pista.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_388">[Pg 388]</span></p>
+
+<p>Al dar las once de Saint-Etienne-du-Mont, atravesaba la calle de Pontoise,
+delante de la comisaría de policía, que está en el número 14. Algunos
+instantes después, el instinto de que hablábamos más arriba hizo
+que se volviese. En cuyo momento vió claramente, gracias al farol de la
+comisaría que los descubría, á tres hombres que le seguían de bastante
+cerca, pasar sucesivamente bajo aquel farol por la parte obscura de la
+calle. Uno de aquellos tres hombres entró en el portal de la casa del comisario.
+El que marchaba al frente se le hizo decididamente sospechoso.</p>
+
+<p>—Ven, hija mía,—díjole á Cosette. Y se apresuró á dejar la calle de
+Pontoise.</p>
+
+<p>Describió un circuito, dió la vuelta al pasaje de los Patriarcas, que
+estaba cerrado á causa de la hora, cruzó á grandes pasos la calle de la
+Epée-de-Bois y la de la Arbalete, y penetró en la de Postas.</p>
+
+<p>Hay allí una encrucijada, donde existe hoy el colegio Rollin y adonde
+va á empalmar la calle Nueva de Santa Genoveva.</p>
+
+<p>Es por demás decir que la calle Nueva de Santa Genoveva es una
+calle vieja, y que por la calle de Postas no pasa apenas en diez años una
+silla de posta. Dicha calle de Postas estaba habitada en el siglo <span class="allsmcap">VIII</span> por
+alfareros, y su verdadero nombre era calle de los Potes.</p>
+
+<p>La luna arrojaba sus clarísimos rayos en la encrucijada. Juan Valjean
+se escondió en el hueco de una puerta, calculando que si aquellos
+hombres le seguían todavía, no podría dejar de verlos muy bien cuando
+atravesasen por aquella claridad.</p>
+
+<p>En efecto, aún no habían trascurrido tres minutos cuando aparecieron
+los hombres. Entonces eran cuatro; todos de elevada estatura, vestidos
+con largos levitones obscuros, con sombreros redondos, y gruesos
+bastones en la mano. No eran menos sospechosos por su elevada estatura
+y grandes puños, que por su marcha siniestra en las tinieblas. Se les podía
+tomar por cuatro espectros disfrazados de paisano.</p>
+
+<p>Detuviéronse en medio de la encrucijada, y se agruparon como para
+consultar. Parecían estar indecisos. El que guiaba, volvióse de repente
+señalando con la mano derecha la dirección que había tomado Juan
+Valjean; otro de los del grupo parecía indicar con cierta persistencia la
+dirección contraria. En el instante en que se volvió el primero, la luna
+iluminó por completo su rostro, Juan Valjean reconoció claramente á
+Javert.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Es muy ventajoso que por el puente de Austerlitz pasen carruajes</b></p>
+
+
+<p>Cesó la incertidumbre para Juan Valjean; afortunadamente duraba
+todavía para aquellos hombres. Aprovechóse él de su vacilación. Ellos
+perdían tiempo, y él lo ganaba. Salió del hueco de la puerta en que se
+había escondido avanzando por la calle de Postas, hacia al lado del Jardín
+Botánico. Cosette empezaba á fatigarse; tomola entonces él en brazos<span class="pagenum" id="Page_389">[Pg 389]</span>
+y así la llevó. No pasaba nadie por allí y no se habían encendido los
+faroles á causa de la luna.</p>
+
+<p>Dobló el paso.</p>
+
+<p>En pocas zancadas llegó á la alfarería de Goblet, en cuya fachada la
+claridad de la luna hacía perfectamente legible la antigua inscripción:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p><span style="margin-left: 1em;">De Goblet el hijo, está aquí la fábrica,</span><br>
+Venid á escoger floreros y cántaros,<br>
+Cantarillas, tiestos, ladrillos y jarras,<br>
+Que todo se vende, ya en fino y en basto.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Dejó tras de sí la calle de la Clef, después la fuente de San Víctor,
+bordeó el Jardín Botánico por las calles bajas, y llegó al muelle. Volvió
+la cabeza al estar allí. El muelle se encontraba desierto; las calles también.
+Nadie iba detrás de él. Respiró.</p>
+
+<p>Llegó al puente de Austerlitz.</p>
+
+<p>Todavía se pagaba peaje en aquella época.</p>
+
+<p>Acercóse al ventanillo del peajero y dió un céntimo.</p>
+
+<p>—Son dos sueldos,—dijo el inválido del puente.—Lleváis una criatura
+que puede andar. Debéis pues pagar dos.</p>
+
+<p>Pagó, contrariado de que su paso hubiese dado lugar á una observación.
+Toda fuga debe pasar inadvertida.</p>
+
+<p>Un gran carro atravesaba el Sena al propio tiempo que iba él también
+hacia la orilla derecha. Esto le favoreció mucho, puesto que pudo
+atravesar todo el puente á la sombra de aquel carro.</p>
+
+<p>Hacia la mitad del puente, teniendo Cosette los pies entumecidos,
+quiso andar. Él la puso en el suelo y volviola á tomar de la mano.</p>
+
+<p>Salvado ya el puente, distinguió en frente de él, hacia la derecha,
+unos depósitos de madera. Dirigióse allí; pero para llegar era preciso
+atravesar un ancho espacio descubierto é iluminado. No vaciló. Los que
+le perseguían estaban evidentemente despistados, y Juan Valjean se
+creía fuera de peligro. Buscado sí, pero no seguido.</p>
+
+<p>Abríase entre dos de aquellos depósitos, cercados de tapia, una callejuela,
+la del Chemin Vert Saint Antoine. Era la tal, estrecha, obscura y
+como hecha á propósito para él. Antes de entrar miró tras de sí.</p>
+
+<p>Desde allí donde estaba, veía en toda su longitud el puente de Austerlitz.</p>
+
+<p>Cuatro sombras acababan de entrar en el puente.</p>
+
+<p>Esas sombras volvían la espalda al Jardín Botánico dirigiéndose hacia
+la orilla derecha.</p>
+
+<p>Aquellas cuatro sombras eran los cuatro hombres.</p>
+
+<p>Juan Valjean sintió el estremecimiento de la fiera descubierta.</p>
+
+<p>Quedábale una esperanza, y era que quizá aquellos cuatro hombres
+no habían entrado aún en el puente y no le habrían distinguido en el
+momento en que él había atravesado, con Cosette de la mano, el gran
+espacio iluminado.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_390">[Pg 390]</span></p>
+
+<p>En este caso, penetrando por la callejuela delante de la cual se encontraba,
+logrando llegar á los depósitos, huertas, sembrados y terrenos
+baldíos, podía escapar fácilmente.</p>
+
+<p>Pareciéndole que podía confiar en aquella callejuela silenciosa, entró
+en la misma.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Véase el plano de París de 1727</b></p>
+
+
+<p>Á cosa de unos trescientos pasos, llegó á un punto en que la calle
+bifurcaba. Dividíase oblicuamente en dos, una á la izquierda y otra á
+la derecha. Juan Valjean tenía delante de sí como los dos brazos de una.
+Y. ¿Cuál debía seguir?</p>
+
+<p>No vaciló un momento, y tomó por la derecha.</p>
+
+<p>¿Por qué?</p>
+
+<p>Porque la izquierda se dirigía hacia el arrabal, es decir, á los sitios
+habitados, y la derecha hacia el campo, es decir, á los lugares desiertos.</p>
+
+<p>Entre tanto, no andaba muy aprisa. El paso de Cosette acortaba el
+de Juan Valjean.</p>
+
+<p>Volvió á tomarla en brazos. Cosette apoyaba su cabeza sobre el hombro
+de su buen conductor sin decir una sola palabra.</p>
+
+<p>Volvíase de cuando en cuando para mirar teniendo buen cuidado de
+ir por el lado sombrío de la calle. La calle seguía recta detrás de él, y
+las dos ó tres primeras veces que volvió la cabeza no vió nada; el silencio
+era profundo; continuó pues su marcha algo tranquilizado. De pronto,
+en cierto momento, al volverse, parecióle divisar, por la parte de
+la calle que acababa de pasar, á lo lejos, entre la obscuridad, algo que
+se movía.</p>
+
+<p>Precipitóse adelante, mejor que anduvo, esperando encontrar alguna
+callejuela lateral, y huir por ella, haciendo perder una vez más su pista.</p>
+
+<p>Pero encontró una tapia.</p>
+
+<p>Aquella tapia, sin embargo, no era un obstáculo para seguir adelante;
+era una pared que costeaba una callejuela transversal, en la cual
+terminaba la calle que venía siguiendo Juan Valjean.</p>
+
+<p>Era allí preciso tomar nuevamente por la derecha ó por la izquierda.</p>
+
+<p>Miró á la derecha. La callejuela se prolongaba á trozos entre construcciones,
+que eran cobertizos ó granjas, pero no tenían salida. Veíase
+claramente el fondo cerrado por una gran pared blanca.</p>
+
+<p>Miró á la izquierda. La callejuela por este lado estaba abierta, y á
+distancia como de doscientos pasos, penetraba en otra calle de la que
+era afluente. Por aquella parte estaba su salvación.</p>
+
+<p>En el momento en que Juan Valjean pensaba tomar por la izquierda,
+á fin de llegar hasta la calle que se divisaba al extremo de la callejuela,
+observó en el ángulo formado con la otra, á la cual se dirigía, una especie
+de estatua negra, inmóvil.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_391">[Pg 391]</span></p>
+
+<p>Era evidentemente un hombre apostado allí que esperaba para cortarle
+el paso.</p>
+
+<p>Juan Valjean retrocedió.</p>
+
+<p>El punto de París en que se encontraba Juan Valjean, situado entre
+el arrabal Saint Antoine y la Râpée, es uno de los que han sido completamente
+reformados por obras recientes, afeándole, según unos, transfigurándole
+según otros. Los cultivos, los almacenes y los edificios viejos,
+han desaparecido. Hoy existen en su lugar grandes calles modernas,
+anfiteatros, circos, hipódromos, estaciones de caminos de hierro, una
+cárcel, Mazas; el progreso, como se ve, con su correctivo.</p>
+
+<p>Hace medio siglo, en la lengua usual popular, compuesta toda ella
+de tradiciones, que se obstina en llamar al Instituto <em>las Cuatro Naciones</em>,
+y á la Ópera Cómica <em>Feydeau</em>, el preciso lugar adonde había llegado
+Juan Valjean se llamaba <em>Le Petit Picpus</em>. La puerta de Saint Jacques,
+la puerta de París, la barrera de los Sargentos, los Porcherons, la Galiota,
+los Celestinos, los Capuchinos, el Mail, la Bourbe, el árbol de Cracovia,
+la Pequeña Polonia, el Pequeño Picpus, son nombres del París
+antiguo que sobrenadan en el nuevo. La memoria del pueblo flota sobre
+los residuos del pasado.</p>
+
+<p>El Pequeño Picpus, que por lo demás apenas ha existido y nunca
+pasó de ser la sombra de un barrio, tenía casi el aspecto monacal de una
+ciudad española<a id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a>. Los senderos estaban apenas apisonados, las calles
+poco edificadas. Á excepción de las dos ó tres de las que vamos á hablar,
+todo eran tapias y soledad. Ni una tienda, ni un carruaje; apenas aquí
+y allá alguna luz encendida en las ventanas; siendo todas apagadas á las
+diez. Jardines, conventos, depósitos de maderas, huertas, algunas, pocas,
+casas bajas, y grandes tapias tan elevadas como las casas.</p>
+
+<p>Tal era aquel barrio en el último siglo. La Revolución lo había ya
+maltratado. La municipalidad republicana lo había demolido, atravesado
+y agujereado. Habíanse establecido allí depósitos de cascotes. En
+treinta años ha ido desapareciendo este cuartel bajo el rasero de las nuevas
+construcciones. Hoy no queda ya el menor vestigio.</p>
+
+<p>El Pequeño Picpus del que no guarda indicio ninguno de los planos
+actuales, está bastante bien indicado en el plano de 1727, publicado en
+París por la casa Denis Thierry, calle de Saint Jacques, frente á la de
+Platre, y en Lyon en casa Juan Girin, calle Mercière, en la Prudence.
+El Pequeño Picpus dibujaba lo que acabamos de llamar una Y de calles,
+formada por la del Chemin Vert Saint Antoine, separándose en dos ramas;
+tomando la izquierda el nombre de callejuela de Picpus, y la derecha
+el de calle de Polonceau. Las dos ramas de la Y estaban reunidas en
+su parte superior como por una barra. Esta barra se llamaba calle del
+Droit-Mur. La calle de Polonceau desembocaba en ella; la callejuela de
+<span class="pagenum" id="Page_392">[Pg 392]</span>Picpus seguía más allá, y avanzaba hacia el mercado Lenoir. Subiendo
+del Sena, los que llegaban al extremo de la calle de Polonceau tenían á
+su izquierda la calle Droit-Mur, volviendo bruscamente en ángulo recto,
+en frente la tapia de esta última, y á su derecha una prolongación truncada
+de la misma calle Droit-Mur, sin salida, llamada el callejón Genrot.</p>
+
+<p>Éste era el punto donde se encontraba Juan Valjean.</p>
+
+<p>Como hemos dicho ya, al distinguir la negra silueta del espía en el
+ángulo de la calle Droit-Mur y la callejuela de Picpus, retrocedió. No
+cabía duda; estaba siendo objeto de la vigilancia de aquel fantasma.</p>
+
+<p>¿Qué hacer?</p>
+
+<p>No estaba ya á tiempo de retroceder. Lo que había visto moverse en
+la sombra á alguna distancia detrás de él un momento antes era, sin
+duda, Javert y su ronda. Javert estaba ya probablemente á la embocadura
+de la calle, en cuyo extremo se hallaba Juan Valjean. Javert, según
+todas las apariencias, conocía perfectamente aquel pequeño dédalo
+y había tomado sus precauciones, enviando á uno de sus hombres á
+guardar la salida. Estas conjeturas, tan parecidas á la evidencia, se
+arremolinaron enseguida como un puñado de polvo que hace girar una
+ráfaga súbita de viento, en el dolorido cerebro de Juan Valjean. Examinó
+éste el callejón sin salida llamado Genrot; allí estaba la valla. Examinó
+después la callejuela Picpus; allí el centinela. Veía esta figura sombría
+destacarse en negro sobre el blanco suelo inundado de luz por la
+luna. Avanzar, era caer en manos de aquel hombre. Retroceder era
+lanzarse en brazos de Javert. Juan Valjean se sentía cogido como por un
+lazo que fuera estrechándose lentamente.</p>
+
+<p>Miró al cielo con desesperación.</p>
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Tentativas de evasión</b></p>
+
+<p>Para comprender lo que vamos á decir, es preciso figurarse de una
+manera exacta la calleja Droit-Mur, y en particular el ángulo que quedaba
+á la izquierda, al salir de la calle Polonceau para entrar en ella.
+La calleja de Droit-Mur estaba casi enteramente á la derecha, hasta la
+callejuela de Picpus, formada por casas de pobre apariencia; á la izquierda
+por un solo edificio de aspecto severo, compuesto de varios cuerpos,
+que iba aumentando gradualmente uno ó dos pisos á medida que se
+aproximaban á la callejuela de Picpus, de suerte que ese edificio, muy
+elevado por esta última calle, resultaba muy bajo por la de Polonceau.
+Aquí, en la parte del ángulo de que hemos hablado, descendía hasta el
+extremo de no ser más que una sencilla tapia, la cual no terminaba en
+la recta de la calle, sino que formaba un chaflán muy rebajado, oculto
+por sus dos esquinas á dos observadores que estuviesen, el uno en la
+calle Polonceau y el otro en la de Droit-Mur.</p>
+
+<p>Á partir de los dos ángulos del chaflán, la pared se prolongaba por<span class="pagenum" id="Page_393">[Pg 393]</span>
+la calle Polonceau hasta una casa señalada con el número 49, y por la
+calle Droit-Mur, donde su extensión era mucho menor, hasta el edificio
+sombrío de que hemos hablado, y cuyo primer trozo de fachada cortaba
+lateralmente, formando así en la calle un nuevo ángulo entrante. Esta
+parte de la fachada era de triste aspecto; no se veía en ella más que una
+ventana, ó por mejor decir, dos postigos, cubiertos por una plancha de
+cinc, siempre cerrados.</p>
+
+<p>La manera de ser de los lugares que describimos es rigurosamente
+exacta y despertará de seguro recuerdos fidelísimos en la mente de los
+antiguos moradores del barrio.</p>
+
+<p>El chaflán estaba enteramente ocupado por una cosa que se parecía
+á una puerta colosal y miserable. Era una vasta é informe unión de tablas
+perpendiculares más anchas las de arriba que las de abajo, enlazadas
+por largas tiras de hierro trasversales. Al lado había una puerta
+cochera de dimensiones comunes, cuya construcción no se remontaba
+evidentemente más allá de cincuenta años.</p>
+
+<p>Un tilo mostraba su ramaje por cima del chaflán, y la pared estaba
+cubierta de hiedra por el lado de la calle Polonceau.</p>
+
+<p>Dado el inminente peligro que corría Juan Valjean, tenía este edificio
+sombrío cierta apariencia de inhabitado y solitario que le atraía.
+Recorrióle rápidamente con la vista. Diciéndose que si lograba penetrar
+en él, quizá se salvaría; tuvo, pues, de pronto, una idea y una esperanza.</p>
+
+<p>En la parte media de la fachada de aquel edificio por la calle Droit-Mur,
+había en todas las ventanas de los diversos pisos antiguas vertedoras
+de embudo hechas de plomo. Los diversos empalmes de estos conductos
+que iban á parar de las cubetas al conducto central, dibujaban
+sobre la fachada una especie de árbol. Dicha ramificación de tubos con
+sus cien codos, imitaban perfectamente las parras deshojadas que se extienden
+retorcidas por las paredes de las antiguas granjas.</p>
+
+<p>Aquella caprichosa espaldera de ramas de plomo y hoja de lata, fué
+el primer objeto que llamó la atención de Juan Valjean. Sentó á Cosette
+de espaldas contra un guardacantón, recomendándola el silencio, y corrió
+al sitio en que el canalón principal llegaba al suelo. Quizá hubiese
+medio de trepar por allí y entrar en la casa. Pero el conducto estaba
+destrozado é inservible, pudiéndose sostener apenas donde estaba. Además,
+todas las ventanas de aquella morada silenciosa estaban guardadas
+por espesas rejas de hierro, hasta las de las buhardillas de la techumbre.
+Y luego, la luna alumbraba de lleno la fachada, y el hombre que observaba
+á Juan Valjean desde el extremo de la calle, hubiera podido ver si
+la escalaba. Finalmente ¿qué hacer de Cosette? ¿Cómo subirla á lo alto
+de una casa de tres pisos? Renunció, pues, á trepar por el canalón, subiendo
+á lo largo de la pared para entrar de nuevo en la calle de Polonceau.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_394">[Pg 394]</span></p>
+
+<p>Cuando llegó al chaflán donde había dejado á Cosette, advirtió que
+nadie podía verle. Y como acabamos de decir, escapábase á todas las
+miradas de cualquier lado que viniesen. Además estaba en la sombra.
+En fin, había dos puertas; quizá podría forzarlas. La tapia sobre la cual
+se veía el tilo y la hiedra, daba evidentemente á un jardín, donde podría
+al menos esconderse, aun cuando los árboles no tenían hoja todavía,
+pasando así el resto de la noche.</p>
+
+<p>Corría el tiempo; era preciso correr igualmente.</p>
+
+<p>Tentó la puerta cochera, y reconoció desde luego que estaba condenada
+por dentro como por fuera.</p>
+
+<p>Llegóse á la otra puerta grande más esperanzado. Estaba atrozmente
+desvencijada, su misma extensión la hacía menos sólida, las tablas estaban
+podridas, y las ligaduras de hierro, que eran sólo tres, estaban enmohecidas.
+Parecía posible taladrar aquella barrera carcomida.</p>
+
+<p>Al examinarla, vió que lo que creía puerta no era tal puerta. No tenía
+goznes, ni pernios, ni cerradura, ni partición en medio. Las barras
+de hierro la atravesaban de parte á parte sin solución de continuidad. Por
+las hendiduras de las tablas divisó cascotes y guijarros groseramente cimentados,
+que los transeuntes podían ver todavía hace diez años. Le fué
+preciso reconocer tristemente que aquella apariencia de puerta era simplemente
+el paramento de madera de una tapia á que estaba pegado. Era
+muy fácil arrancar una tabla, pero se encontraría frente á frente con
+una pared.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Lo que sería imposible con el alumbrado por gas</b></p>
+
+
+<p>En aquel momento un ruido sordo y acompasado empezó á dejarse
+oir á cierta distancia. Juan Valjean arriesgóse á mirar cautelosamente
+por fuera de la esquina de la calle. Siete ú ocho soldados, formados en
+pelotón, acababan de desembocar en la calle Polonceau. Vió brillar las
+bayonetas. Aquello se dirigía hacia él.</p>
+
+<p>Dichos soldados al frente de los cuales distinguía la elevada figura de
+Javert, avanzaban lentamente y con precaución. Parábanse con mucha
+frecuencia. Era indudable que exploraban todos los rincones de las paredes
+y todos los huecos de puertas y pasadizos.</p>
+
+<p>No cabía ya la menor equivocación ni conjetura; aquélla era una
+patrulla que Javert había encontrado, y á la que había pedido auxilio.</p>
+
+<p>Los dos acólitos de Javert venían en las filas.</p>
+
+<p>El paso que llevaban y con las paradas que hacían, necesitaban un
+cuarto de hora para llegar al sitio en que se encontraba Juan Valjean.
+Fué aquél un instante terrible. Pocos minutos separaban á Juan Valjean
+de aquel espantoso precipicio que se abría delante de él por la tercera
+vez. Y el presidio no era ya solamente el presidio, era Cosette perdida
+para siempre; es decir, una vida parecida al interior de una tumba.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_395">[Pg 395]</span></p>
+
+<p>No había más que una cosa posible.</p>
+
+<p>Juan Valjean tenía una particularidad; podía decirse que llevaba dos
+alforjas: en la una guardaba loa pensamientos de un santo, en la otra
+los terribles talentos de un presidiario. Buscaba en una ó en otra, según
+el caso.</p>
+
+<p>Entre otros recursos, gracias á sus numerosas evasiones del penal de
+Tolón, recuérdese que era maestro consumado en el arte increíble de elevarse
+sin escala, sin garfios, con sólo la fuerza muscular, apoyándose
+en la nuca, en los hombros, en las caderas y en las rodillas, ayudándose
+en los más insignificantes relieves de las piedras, por el ángulo derecho
+de un muro, hasta la altura de un sexto piso si era menester: arte que
+ha hecho tan terrible como célebre el rincón del patio de la Conserjería
+de París por donde se escapó, hace unos veinte años, el condenado Battemolle.</p>
+
+<p>Juan Valjean midió con los ojos el muro, sobre del cual asomaba el
+tilo. Tendría unos diez y ocho pies de altura. El ángulo que formaba con
+la fachada lateral del gran edificio estaba relleno en su parte inferior
+con un macizo de manpostería de forma triangular, destinado probablemente
+á preservar aquel harto cómodo rincón, de las paradas de esos estercoleros
+que llamamos transeuntes. Este relleno preventivo de los rincones
+de pared está muy generalizado en París.</p>
+
+<p>Aquel macizo tendría unos cinco pies de altura. Desde su parte superior,
+el espacio que había que salvar hasta colocarse sobre la tapia apenas
+llegaba á catorce pies.</p>
+
+<p>El muro estaba coronado de piedra lisa, sin cabrio.</p>
+
+<p>La dificultad estribaba en Cosette. En Cosette que no sabía escalar
+un muro. ¿Abandonarla? Juan Valjean no podía soñar con ello. Subirla
+consigo era imposible. Todas las fuerzas de un hombre le son indispensables
+para llevar á cabo semejantes ascensiones. El menor peso trastornaría
+su centro de gravedad y le precipitaría.</p>
+
+<p>Faltábale una cuerda. Juan Valjean no la tenía ¡Dónde encontrar
+una cuerda, á media noche, en la calle Polonceau? Seguramente que en
+aquel instante, si Juan Valjean hubiera poseído un reino, lo habría dado
+gustoso por una cuerda.</p>
+
+<p>Todas las situaciones extremas tienen sus destellos, que así nos deslumbran
+como nos iluminan.</p>
+
+<p>La mirada desesperada de Juan Valjean dió con el sustentáculo del
+farol del callejón Genrot.</p>
+
+<p>En aquella época, no estaban aún iluminadas por el gas las calles de
+París. Al anochecer se encendían faroles de reverbero, colocados de trecho
+en trecho, los cuales subían y bajaban por medio de una cuerda que
+atravesaba la calle de parte á parte, y que se ajustaba en la ranura de
+una palomilla. El torniquete en el cual se arrollaba la cuerda, estaba
+empotrado en la pared, más abajo del farol, dentro de un pequeño armario<span class="pagenum" id="Page_396">[Pg 396]</span>
+de hierro cuya llave tenía el farolero, y hasta la misma cuerda
+estaba protegida por un tubo de metal.</p>
+
+<p>Juan Valjean, con la energía de una lucha suprema, cruzó la calle
+de una zancada, entró en un callejón é hizo saltar el pasador del armario
+con la punta de su navaja: poco después estaba nuevamente junto á
+Cosette. Tenía ya la cuerda. Son muy listos en sus maniobras esos sombríos
+descubridores de expedientes, luchando con la fatalidad.</p>
+
+<p>Hemos dicho que los faroles no habían sido encendidos aquella noche.
+El farol del callejón Genrot estaba, pues, naturalmente, apagado
+como los demás; y podíase pasar junto al mismo sin notar siquiera que
+no estaba en su sitio.</p>
+
+<p>Mientras tanto, la hora, el lugar, la obscuridad, la preocupación de
+Juan Valjean, sus gestos singulares, sus idas y venidas, todo eso empezaba
+á inquietar á Cosette. Cualquiera otra criatura que ella, hubiera ya
+gritado hacía rato. Limitóse á tirar á Juan Valjean del faldón de la levita.
+Seguía oyéndose cada vez más claro el ruido de la patrulla que se
+acercaba.</p>
+
+<p>—Padre,—dijo ella por lo bajo,—tengo miedo. ¿Quién viene ahí?</p>
+
+<p>—¡Chist!—respondió el pobre hombre.—Es la Thénardier.</p>
+
+<p>Cosette se estremeció. Él añadió:</p>
+
+<p>—No digas nada. Déjame hacer á mí. Si gritas, si lloras, la Thénardier
+te descubre. Viene para llevarte.</p>
+
+<p>Entonces, sin preocuparse, pero sin perder tiempo, con una precisión
+firme y resuelta, tanto más de notar en semejante caso, ya que la patrulla
+y Javert podían aparecer de un instante á otro, quitóse su corbata,
+pasola alrededor del cuerpo de Cosette por bajo de los sobacos, teniendo
+cuidado de no lastimarla, ató la corbata á un cabo de la cuerda por medio
+de un nudo, llamado de golondrina por las gentes de mar, tomó el
+otro cabo de la cuerda entre los dientes, quitóse los zapatos y las medias,
+que arrojó á la otra parte de la tapia, subió sobre el macizo de mampostería,
+y empezó á elevarse entre el ángulo del muro y de la fachada, con
+tanta seguridad y aplomo como si hubiese tenido escalones en que apoyar
+las plantas y los codos. Aún no se había pasado medio minuto estaba
+ya de rodillas sobre la tapia.</p>
+
+<p>Cosette le miraba con estupor, sin decir una sola palabra. El encargo
+de Juan Valjean y el nombre de la Thénardier la habían helado.</p>
+
+<p>De súbito oyó la voz de Juan Valjean que le gritaba, pero en voz
+muy baja.</p>
+
+<p>—Arrímate á la tapia.</p>
+
+<p>Ella obedeció.</p>
+
+<p>—No hables ni tengas miedo,—repuso Juan Valjean.</p>
+
+<p>Y ella sintió elevarse del suelo.</p>
+
+<p>Antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de lo que le sucedía,
+estaba ya también en lo alto del muro.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_397">[Pg 397]</span></p>
+
+<p>Juan Valjean la cogió, cargó con ella á cuestas asiendo sus manecitas
+con su mano izquierda, echóse boca abajo, y arrastrándose por el corte
+del muro, llegó hasta el chaflán. Como se había creído, había allí un cobertizo,
+cuyo tejado partía de lo alto del cierre de tablas, y descendiendo
+así hasta el suelo, seguía un plano inclinado muy suave rozando con
+el tilo. Circunstancia feliz, porque la tapia era mucho más alta por este
+lado que por el de la calle. Juan Valjean no distinguía el suelo debajo de
+él, sino á mucha profundidad.</p>
+
+<p>Acababa de llegar al plano indicado del tejado, y no había dejado
+aún la cresta del muro, cuando un murmullo violento anunció la llegada
+de la patrulla. Oyóse la voz tonante de Javert:</p>
+
+<p>—¡Regístrese el callejón! La calle Droit-Mur está guardada, la callejuela
+Picpus también. ¡Yo respondo de que está en el callejón!</p>
+
+<p>Los soldados se precipitaron en aquel callejón sin salida.</p>
+
+<p>Juan Valjean se deslizó fácilmente á lo largo del tejado, llevando
+consigo á Cosette, y al llegar al tilo, saltó á tierra. Fuése miedo ó valor,
+Cosette no había respirado. Tenía las manos algo desolladas.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Principio de un enigma</b></p>
+
+
+<p>Juan Valjean se hallaba en una especie de jardín vastísimo, de aspecto
+singular; uno de aquellos jardines tristes que parecen hechos para
+ser vistos de noche y en invierno. Era el tal jardín de forma oblonga
+con una calle de grandes álamos en el fondo, con arbolado bastante alto
+en los lados, y un espacio sin sombra en medio, donde se distinguía un
+árbol corpulento, aislado: después algunos árboles frutales, torcidos y
+erizados como gruesos matorrales, cuadros de legumbres, un melonar
+cuyas campanas de vidrio para resguardarle del frío brillaban á la luz
+de la luna, y un pozo antiguo. Había aquí y allá bancos de piedra, que
+parecían negros por el musgo. Las calles estaban bordeadas de pequeños
+arbustos, sombríos y rectos. La hierba invadía la mitad, y cierto
+moho verde cubría el resto.</p>
+
+<p>Juan Valjean tenía á su lado el cobertizo cuyo tejado le había servido
+para bajar, un montón de haces de leña, y detrás, junto á la pared,
+una estatua de piedra, cuyo semblante mutilado no era ya más que
+una máscara informe que aparecía vagamente en la obscuridad.</p>
+
+<p>El cobertizo era una especie de ruina donde se distinguían algunas
+habitaciones desmanteladas, de las cuales una, llena por completo de
+trastos, parecía ser la única que cumplía su objeto.</p>
+
+<p>El gran edificio de la calle Droit-Mur, que daba la vuelta á la callejuela
+Picpus, presentaba sobre dicho jardín dos fachadas á escuadra.
+Estas fachadas interiores eran más lúgubres aún que las exteriores. Todas
+las ventanas tenían rejas. No se entreveía luz en ninguna. En los
+pisos superiores había tragaluces como en las cárceles. Una de aquellas<span class="pagenum" id="Page_398">[Pg 398]</span>
+fachadas proyectaba su sombra sobre la otra, descendiendo hasta el jardín
+como un inmenso manto negro.</p>
+
+<p>No se veía otra casa alguna. En el fondo del jardín se perdía entre
+la bruma y la noche. Sin embargo, se distinguían confusamente algo
+como tapias cruzándose entre sí, indicando que había más allá otros
+huertos, y los tejados bajos de la calle Polonceau.</p>
+
+<p>No puede imaginarse nada más aterrador y solitario que aquel jardín.
+No había nadie, lo que era muy natural dada la hora; pero no parecía
+que aquel sitio fuése á propósito para que nadie anduviera por él,
+ni aún en medio de la luz del día.</p>
+
+<p>El primer cuidado de Juan Valjean fué el de buscar y calzarse sus
+zapatos, entrando luego en el cobertizo con Cosette. Quien huye no se
+cree jamás bastante escondido. La niña pensando siempre en la Thénardier,
+participaba del mismo instinto de ocultarse todo lo posible.</p>
+
+<p>Cosette temblaba y se pegaba á él. Oíase el ruido tumultuoso de la
+patrulla que registraba el callejón y la calle, los culatazos contra las
+piedras, las voces de Javert llamando á los espías que tenía apostados,
+y sus imprecaciones mezcladas con palabras que no se entendían claramente.</p>
+
+<p>Después de un cuarto de hora, pareció que aquella especie de zumbido
+borrascoso comenzaba á alejarse; Juan Valjean no respiraba apenas.</p>
+
+<p>Había puesto suavemente su mano sobre la boca de Cosette.</p>
+
+<p>Por lo demás, aquella soledad era tan extrañamente tranquila, que
+aquel barullo horrible, tan furioso y cercano, no producía en él la menor
+sombra de turbación. Parecía que aquellos muros estuviesen elevados
+con las piedras sordas de que nos habla la Escritura.</p>
+
+<p>De pronto, en medio de aquella profunda calma levantóse un ruido
+nuevo, ruido celeste, divino, inefable, tan embelesador como era el otro
+horroroso. Era un himno suspendido de las tinieblas, un fulgor de súplica
+y de armonía en el obscuro y terrorífico silencio de la noche; voces de
+mujeres, pero voces compuestas á la vez del acento puro de las vírgenes
+y del sencillo acento de las niñas; de voces que no son de la tierra y
+que se parecen á las que los recién nacidos oyen todavía y los moribundos
+oyen ya. Aquel cántico venía del edificio sombrío que dominaba el
+jardín. En el instante en que el ruido de los demonios se alejaba, podía
+decirse que era un coro de ángeles aproximándose en la sombra.</p>
+
+<p>Cosette y Juan Valjean cayeron de rodillas.</p>
+
+<p>No sabían lo que era aquello; no sabían dónde estaban; pero ambos
+comprendían, el hombre y la niña, el penitente y la inocente, que debían
+estar de rodillas.</p>
+
+<p>Aquellas voces tenían de extraño que no impedían que el edificio
+pareciese desierto. Era aquello como un canto sobrenatural en una morada
+deshabitada.</p>
+
+<p>Mientras cantaban las voces, Juan Valjean no pensaba ya en nada.<span class="pagenum" id="Page_399">[Pg 399]</span>
+No veía la noche, veía un cielo azul. Parecíale sentir cómo se le desplegaban
+las alas que todos tenemos dentro de nosotros.</p>
+
+<p>El canto se apagó. Había tal vez durado largo tiempo. Juan Valjean
+no hubiera podido decirlo. Las horas de éxtasis no son nunca más que
+de un minuto.</p>
+
+<p>Todo había vuelto al silencio. Ningún ruido en la calle; ningún ruido
+en el jardín. Lo amenazador, como lo tranquilizador, se había desvanecido
+por completo. El viento rozaba sobre la cresta de la tapia algunas
+yerbas secas, que producían un murmullo suave y lúgubre.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Continuación del enigma</b></p>
+
+
+<p>Soplaba ya la brisa de la noche, la cual indicaba que debía ser la
+una ó las dos de la madrugada. La pobre Cosette no decía nada. Como
+se había sentado al lado de Juan Valjean, y apoyaba en él su cabeza,
+creyó éste que se había dormido. Inclinóse y la miró.</p>
+
+<p>La niña tenía los ojos desmedidamente abiertos, y cierto aire pensativo
+que apenó á Juan Valjean.</p>
+
+<p>Además seguía temblando.</p>
+
+<p>—¿Tienes sueño?—le dijo Juan Valjean.</p>
+
+<p>—Tengo mucho frío,—respondió ella.</p>
+
+<p>Un momento después le preguntó:</p>
+
+<p>—¿Está ahí todavía?</p>
+
+<p>—¿Quién?—dijo Juan Valjean.</p>
+
+<p>—La señora Thénardier.</p>
+
+<p>Juan Valjean había ya olvidado el medio de que se había valido para
+imponer silencio á Cosette.</p>
+
+<p>—¡Ah!—prorrumpió él.—Se ha ido. No temas ya nada.</p>
+
+<p>La criatura suspiró como si le quitaran del pecho un grave peso.</p>
+
+<p>La tierra estaba húmeda y el cobertizo abierto por todas partes; la
+brisa era más fresca á cada instante. El buen hombre se quitó el levitón,
+envolviendo con él á Cosette.</p>
+
+<p>—¿Tienes así menos frío? le preguntó.</p>
+
+<p>—¡Oh! ¡Sí, padre!</p>
+
+<p>—Pues bien, espérate un instante. Vuelvo enseguida.</p>
+
+<p>Salió de las ruinas, y empezó á correr á lo largo del gran edificio,
+buscando donde cobijarse mejor. Encontró puertas, pero estaban cerradas.
+Las ventanas del piso bajo todas tenían reja.</p>
+
+<p>Cuando hubo pasado el ángulo interior del edificio, notó que se iba
+acercando á unas ventanas cintradas, distinguiendo en ellas alguna claridad.
+Levantóse de puntillas y miró por una de aquellas ventanas. Daban
+todas á una sala vastísima, embaldosadas con grandes losas, cortada
+por arcos y pilares, donde no se distinguía nada más que una débil
+luz y grandes sombras. La luz provenía de una lamparilla encendida en<span class="pagenum" id="Page_400">[Pg 400]</span>
+un rincón. Aquella sala estaba desierta, y nada se movía en ella. Sin
+embargo, á fuerza de mirar, creyó ver en tierra, sobre las losas del pavimento,
+algo que parecía cubierto por un sudario que aparentaba tener
+forma humana. Estaba boca abajo, la cara contra el enlosado, los brazos
+en cruz, en la inmovilidad de la muerte. Hubiérase dicho que era una
+especie de serpiente arrastrándose por el suelo, y que aquella forma siniestra
+tenía el cordel al cuello.</p>
+
+<p>Toda la sala estaba inundada por aquella bruma de los sitios apenas
+alumbrados, que aumenta sus horrores.</p>
+
+<p>Juan Valjean ha dicho después distintas veces, que aun cuando había
+visto durante su vida muchos espectáculos fúnebres, nunca había
+presenciado nada más glacial y terrible que aquella figura enigmática,
+cumpliendo, quien sabe qué misterio desconocido, en aquel lugar sombrío
+y así entrevisto en plena noche. Da grima suponer que aquello pudiese
+ser algún muerto, y más aun todavía pensar que fuése acaso un
+vivo.</p>
+
+<p>Tuvo el valor de pegar su frente al vidrio y observar si aquello se
+movería; pero por mucho que así permaneció durante un espacio que le
+pareció larguísimo, la forma extendida no hizo el menor movimiento.
+De pronto se sintió sobrecogido por cierto indescriptible terror y huyó.
+Echó á correr hacia el cobertizo sin atreverse á volver la vista atrás.
+Parecíale que, si volvía la cabeza, vería la figura corriendo detrás de él
+agitando los brazos.</p>
+
+<p>Llegó jadeante á las ruinas. Doblábansele las rodillas, y el sudor corría
+por todo su cuerpo.</p>
+
+<p>¿Dónde estaba? ¿Quién habría podido imaginar jamás nada semejante
+á aquella especie de sepulcro en medio de París? ¿Qué venía á ser
+aquella extraña mansión? ¡Edificio lleno de misterio nocturno, llamando
+á las almas en la sombra con la voz de los ángeles, y cuando acuden,
+les ofrece bruscamente aquella espantosa visión; prometiendo abrir las
+puertas radiantes del cielo y no abriendo más que aquella horrible puerta
+de la tumba! ¡Y aquello era realmente un edificio, una casa que tenía
+su número en una calle! ¡No era un sueño! Necesitaba para creerlo tocar
+las piedras.</p>
+
+<p>El frío, la ansiedad, la inquietud, las emociones de la noche le habían
+producido una verdadera fiebre, y todas estas ideas chocábanse
+entre sí dentro de su cerebro.</p>
+
+<p>Acercóse á Cosette. Estaba durmiendo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Auméntase el enigma</b></p>
+
+
+<p>La niña había colocado su cabeza sobre una piedra, y se había dormido.</p>
+
+<p>Sentóse él junto á ella, y púsose á contemplarla. Poco á poco, á medida<span class="pagenum" id="Page_401">[Pg 401]</span>
+que la miraba, se iba calmando y recobrando la posesión de su libertad
+de espíritu.</p>
+
+<p>Explicábase claramente esta verdad, fondo de su vida para lo sucesivo,
+esto es: que mientras ella existiera, mientras ella estuviese cerca
+de él, no tendría él necesidad de nada sino para ella, ni miedo de nada
+sino por ella. Ni sentía siquiera que tenía mucho frío, habiéndose quitado
+su levitón para abrigarla á ella.</p>
+
+<p>Sin embargo, al través de la meditación en que había caído, oía hacía
+algún rato un ruido singular. Era como de un cascabel que se agitara.
+Aquel ruido estaba en el jardín. Oíale claro, aunque débilmente.
+Parecíase á la vaga y débil música que producen los cencerros de los
+ganados pastando por la noche en los prados.</p>
+
+<p>Aquel ruido hizo que se volviese Juan Valjean.</p>
+
+<p>Miró, y vió que había alguien en el jardín.</p>
+
+<p>Un ser que tenía apariencias de hombre, andaba por entre las campanas
+del melonar, levantándose, bajándose, parándose con movimientos
+regulares, como si arrastrase ó extendiese alguna cosa por tierra.
+Aquél ser parecía cojear.</p>
+
+<p>Juan Valjean se estremecía con aquel temblor continuo de los desgraciados,
+á quienes todo es hostil y sospechoso. Desconfían del día porque
+ayuda á verlos, y de la noche porque ayuda á que se les sorprenda.
+Hacía poco, temblaba de que el jardín estuviese desierto, y entonces se
+estremecía de que hubiese alguien.</p>
+
+<p>Volvió otra vez de los terrores quiméricos á los terrores reales. Creyó
+que Javert y los polizontes no se habían marchado tal vez, y que sin
+duda había quedado gente de observación en la calle; que si aquel hombre
+le descubría en el jardín, gritaría ladrones, y le entregaría. Cogió
+entonces suavemente á Cosette dormida entre sus brazos, llevándosela
+detrás de un montón de muebles y trastos viejos, al rincón más oculto
+del cobertizo. Cosette no se movió.</p>
+
+<p>Desde allí observó los ademanes del ser que estaba en el melonar. Lo
+que le parecía extraordinario era que el ruido del cascabel seguía todos
+los movimientos de aquel hombre. Cuando el hombre se aproximaba, el
+ruido se aproximaba también, cuando se alejaba, se alejaba el ruido
+igualmente; si hacía algún gesto precipitado, un <em>trémolo</em> acompañaba
+el gesto; cuando se paraba, cesaba el ruido al mismo tiempo. Parecía,
+por lo tanto, evidentemente que el cascabel estaba unido al hombre; pero
+¿qué podía significar aquello? ¿Quién podía ser aquel individuo que llevaba
+colgando una campanilla como un carnero ó como un buey?</p>
+
+<p>Haciéndose estas reflexiones, tocó las manos de Cosette. Estaban heladas.</p>
+
+<p>—¡Ay, Dios mío!—exclamó.</p>
+
+<p>Y la llamó en voz baja:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_402">[Pg 402]</span></p>
+
+<p>—¡Cosette!</p>
+
+<p>Ella no abrió los ojos.</p>
+
+<p>Sacudiola vivamente.</p>
+
+<p>No despertó.</p>
+
+<p>—¡Estará muerta!—dijo para sí; y se levantó, temblando de pies á
+cabeza.</p>
+
+<p>Las ideas más horribles atravesaron su espíritu confusamente. Hay
+momentos en que nos asaltan las suposiciones más horrendas como un
+escuadrón de furias, forzando violentamente las paredes de nuestro cerebro.
+Cuando se trata de aquellos á quienes amamos, nuestra prudencia
+inventa todas las locuras. Recordó que el sueño puede ser mortal al contacto
+del aire de una noche fría.</p>
+
+<p>Cosette, pálida, estaba tendida en tierra á sus pies, sin hacer el menor
+movimiento.</p>
+
+<p>Escuchó su respiración; respiraba, es verdad, pero á su parecer tan
+débilmente, que pensó se extinguía.</p>
+
+<p>¿Cómo reanimarla? ¿Cómo despertarla? Todo lo que no era esto se borró
+de su mente. Salió desatentado de entre las ruinas.</p>
+
+<p>Era absolutamente necesario que antes de un cuarto de hora estuviese
+Cosette delante de la lumbre, y en la cama.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>El hombre del cascabel</b></p>
+
+
+<p>Se fué derecho al hombre que veía en el jardín, llevando en la mano
+el paquete de dinero que sacó del bolsillo de su chaleco.</p>
+
+<p>Aquel hombre tenía inclinada la cabeza, y no le vió acercarse. En
+pocos pasos Juan Valjean se puso á su lado, y dirigiéndose al hombre
+exclamó por todo saludo:</p>
+
+<p>—¡Cien francos!</p>
+
+<p>Sobresaltóse el hombre y levantó los ojos:</p>
+
+<p>—-¡Cien francos á ganar,—repitió Juan Valjean,—si me dais asilo
+por esta noche!</p>
+
+<p>La luna iluminaba de lleno el asustado semblante de Juan Valjean.</p>
+
+<p>—¡Vaya! ¡Sois vos señor Magdalena!—exclamó el hombre.</p>
+
+<p>Este nombre, pronunciado á aquella hora sombría, en aquel lugar
+solitario, por aquel hombre desconocido, hizo retroceder á Juan Valjean.</p>
+
+<p>Todo se lo esperaba menos eso. El que le hablaba era un viejo, cojo
+y encorvado, vestido casi como un aldeano, que llevaba en la pierna izquierda
+una rodillera de cuero, de la que pendía un gran cascabel. No
+se distinguía su semblante por estar en la sombra.</p>
+
+<p>Entre tanto el hombre se había descubierto y exclamaba temblando:</p>
+
+<p>—¡Ay! ¡Dios mío! ¿Cómo estáis aquí, señor Magdalena? ¿Por dónde
+habéis entrado? ¡Jesús! ¡Dios mío! ¿Habéis caído del cielo? Pero no lo<span class="pagenum" id="Page_403">[Pg 403]</span>
+extraño; si caéis alguna vez, del cielo caeréis... Pero ¿cómo es esto? ¿Vos
+sin corbata, ni sombrero, ni levita? ¿Sabéis que hubiérais dado miedo á
+quien no os hubiese conocido?... ¡Sin levita! ¡Señor Dios mío! Pero ¿es
+que los santos se han vuelto locos hoy?... Pero ¿cómo habéis entrado
+aquí?</p>
+
+<p>Una palabra no esperaba la otra. El buen viejo hablaba con una volubilidad
+en que no se descubría inquietud alguna; decía todo esto con
+cierta mezcla de asombro y sencilla honradez.</p>
+
+<p>—¿Quién sois vos? ¿Qué casa es ésta?—preguntó Juan Valjean.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Pardiez! ¡Eso sí que es gracioso!—exclamó el viejo.—Estoy
+aquí colocado por vos; y es esta casa la casa en que me colocasteis. ¡Cómo!
+¿No me conocéis?</p>
+
+<p>—No,—dijo Juan Valjean.—¿Cómo me conocéis vos á mí?</p>
+
+<p>—Me habéis salvado la vida,—dijo el hombre.</p>
+
+<p>Entonces se volvió, y á la luz de un rayo de luna reconoció Juan Valjean
+al tío Fauchelevent.</p>
+
+<p>—¡Ah!—dijo Juan Valjean.—Sí, os reconozco.</p>
+
+<p>—¡Me alegro!—dijo el viejo en tono de reconvención.</p>
+
+<p>—¿Y qué hacéis aquí?—preguntó Valjean.</p>
+
+<p>—¡Vaya! Estoy cubriendo mis melones.</p>
+
+<p>En efecto; el tío Fauchelevent tenía en la mano, en el momento en
+que Juan Valjean se le acercó, uno de los serones que iba extendiendo
+sobre el melonar, y había ya colocado muchos otros en una hora que
+hacía que estaba en el jardín. Era esta operación lo que le obligaba á
+hacer los movimientos particulares que había observado Juan Valjean
+desde el cobertizo. El hombre continuó:</p>
+
+<p>—Yo me he dicho: la luna es muy brillante, va á helar; pues voy á
+ponerles el carric á mis melones para que no se constipen.—Y añadió,
+mirando á Juan Valjean y riéndose:—¡Habríais hecho muy bien en hacer
+vos lo mismo! ¿Pero cómo os veo así?</p>
+
+<p>Juan Valjean, viendo que este hombre le conocía, á lo menos por señor
+Magdalena no adelantaba sino cautelosamente. Él multiplicaba las
+preguntas.</p>
+
+<p>¡Cosa rara! ¡Los papeles parecían trocados! El intruso era quien interrogaba.</p>
+
+<p>—¿Y qué campanilla es ésa que lleváis en la pierna?</p>
+
+<p>—Eso,—dijo Fauchelevent,—es para que eviten mi presencia.</p>
+
+<p>—¡Cómo! ¿Para que eviten vuestra presencia?</p>
+
+<p>El viejo Fauchelevent guiñó el ojo de un modo inexplicable.</p>
+
+<p>—¡Virgen santa! En esta casa no hay más que mujeres, hay muchas
+jóvenes, y parece que es peligrosa mi presencia. El cascabel las avisa y
+cuando yo me acerco ellas se alejan.</p>
+
+<p>—¿Pues qué casa es ésta?</p>
+
+<p>—¡Toma! Bien debéis saberlo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_404">[Pg 404]</span></p>
+
+<p>—No, ¡qué he de saber!</p>
+
+<p>—¿Pues no me habéis hecho colocar aquí de jardinero?</p>
+
+<p>—Respondedme como si nada supiera.</p>
+
+<p>—Pues bien: éste es el convento del pequeño Picpus.</p>
+
+<p>Juan Valjean iba coordinando sus recuerdos. La casualidad, es decir,
+la Providencia, le había arrojado precisamente en el convento del
+barrio de San Antonio, en que por recomendación suya había sido admitido
+hacía dos años el tío Fauchelevent, inutilizado de resultas de la
+caída de su carreta.</p>
+
+<p>Repitió, pues, como hablando consigo mismo:</p>
+
+<p>—¡El convento del pequeño Picpus!</p>
+
+<p>—Pero al hecho,—dijo Fauchelevent.—¿Cómo diablos habéis entrado
+aquí, señor Magdalena? Por más que podéis ser muy bien un santo, sois
+un hombre, y los hombres no pueden entrar aquí.</p>
+
+<p>—Pues, ¿no estáis vos?</p>
+
+<p>—No hay nadie más que yo.</p>
+
+<p>—Sin embargo,—dijo Juan Valjean,—es preciso que yo me quede
+aquí.</p>
+
+<p>—¡Ay, Dios mío!—exclamó Fauchelevent.</p>
+
+<p>Juan Valjean se aproximó al buen viejo, y le dijo con acento grave:</p>
+
+<p>—Tío Fauchelevent, yo os salvé la vida.</p>
+
+<p>—Yo he sido el primero en recordarlo,—respondió Fauchelevent.</p>
+
+<p>—Pues bien; hoy podéis hacer por mí lo que yo hice por vos en otra
+ocasión.</p>
+
+<p>Fauchelevent tomó entre sus arrugadas y temblorosas manos las dos
+robustas de Juan Valjean, y permaneció algunos momentos como si no
+pudiese hablar.</p>
+
+<p>Por fin exclamó:</p>
+
+<p>—¡Oh, sería una bendición del Dios bueno que yo pudiera hacer
+algo por vos! ¡Yo salvaros la vida!... Señor alcalde, disponed de este
+pobre anciano.</p>
+
+<p>Su rostro se había como transfigurado por un sentimiento de admirable
+alegría; parecía irradiar.</p>
+
+<p>—¿Qué queréis que haga?—preguntó.</p>
+
+<p>—Ya os lo explicaré. ¿Tenéis aquí dentro habitación?</p>
+
+<p>Tengo una choza aislada, allá detrás de las ruinas del antiguo convento,
+en un rincón oculto á todo el mundo. Allí hay tres cuartitos.</p>
+
+<p>La barraca estaba, efectivamente, tan oculta detrás de las ruinas, y
+tan bien dispuesta para que nadie la viese, que Juan Valjean tampoco
+la había visto.</p>
+
+<p>—Bien,—dijo Juan Valjean.—Ahora tengo que pediros dos cosas.</p>
+
+<p>—¿Cuáles, señor alcalde?</p>
+
+<p>—La primera es que no digáis á nadie lo que sabéis de mí. La segunda
+que no tratéis de saber más.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_405">[Pg 405]</span></p>
+
+<p>—Como queráis. Sé que no podéis hacer nada que no sea bueno, y
+que siempre seréis un hombre de bien... Además, vos me habéis empleado
+aquí; soy vuestro, estoy á vuestras órdenes.</p>
+
+<p>—Está bien. Ahora venid conmigo. Vamos por la niña.</p>
+
+<p>—¡Ah!—dijo Fauchelevent.—¡Hay una niña!</p>
+
+<p>Sin añadir una palabra más, siguió á Juan Valjean como sigue á su
+amo un perro.</p>
+
+<p>Habría pasado como media hora, cuando Cosette, iluminada por la
+llama de una buena hoguera, dormía en la casa del jardinero. Juan Valjean
+se había vuelto á poner la corbata y el levitón, y había encontrado
+el sombrero arrojado por encima de la tapia. Mientras que Juan Valjean
+se ponía la levita, Fauchelevent se había quitado la rodillera con el
+cascabel, que, colgada de un clavo cerca de un canasto, era una especie
+de adorno de la pared. Los dos hombres se calentaban apoyados los codos
+sobre una mesa, en que Fauchelevent había puesto un pedazo de
+queso, pan moreno, una botella de vino y dos vasos. El viejo decía á
+Juan Valjean, poniéndole la mano en la rodilla:—¡Ay, señor Magdalena!
+¡No me habéis conocido enseguida! ¡Salváis la vida á la gente, y después
+la olvidáis! ¡Oh! ¡Eso está muy mal! ¡Ellos sin embargo se acuerdan
+de vos! ¡Sois un ingrato!</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">X<br>
+<b>Donde se explica cómo Javert había espiado inútilmente</b></p>
+
+
+<p>Los acontecimientos que acabamos de describir en orden inverso,
+por así decirlo, habían tenido lugar en las condiciones más sencillas.</p>
+
+<p>Cuando Juan Valjean, en la noche del mismo día en que Javert le
+prendió al lado del lecho mortuorio de Fantina, se escapó de la cárcel
+municipal de M* sur M*, la policía supuso que se habría dirigido á París.
+París es un embrollo donde todo se pierde, y todo desaparece en el
+seno de su mundo, como en el seno de la mar. No hay espesura que
+oculte á un hombre como aquella multitud. Los fugitivos de toda especie
+lo saben muy bien, y van á París como á un abismo; hay abismos
+que salvan.</p>
+
+<p>La policía lo sabe igualmente, y así es que busca en París lo que ha
+perdido en otra parte. Allí buscó pues, al ex-alcalde de M* sur M*. Javert
+fué llamado á París para auxiliar á la policía en la persecución, y el celoso
+inspector ayudó en efecto poderosamente á la captura de Juan Valjean.
+El celo é inteligencia de Javert en aquella ocasión fueron mencionados
+por el señor Chabouillet, secretario de la prefectura en tiempo del
+conde Anglès, quien por lo tanto habiendo ya protegido á Javert, consiguió
+que el inspector de M* sur M* fuése incorporado á la policía de
+París. Ya en ella, Javert se hizo varias veces, y lo diremos aunque la
+frase parezca impropia de semejantes trabajos, honrosamente útil.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_406">[Pg 406]</span></p>
+
+<p>Ya no se acordaba de Juan Valjean: estos perros, siempre en acecho
+olvidan el lobo de ayer por el lobo de hoy: cuando en diciembre de 1823
+leyó un periódico, cosa que no acostumbraba, pero como monárquico,
+quiso saber los detalles de la entrada triunfal del «príncipe generalísimo»
+en Bayona. Cuando acabó el artículo, objeto de su interés, llamó su
+atención en lo último de la página un nombre, el nombre de Juan Valjean.
+El periódico anunciaba que el presidiario Juan Valjean había
+muerto, y publicaba la noticia en términos tan formales, que á Javert
+no le cupo la menor duda; limitóse á decir: <em>Es ése el registro mejor</em>.
+Después dejó el periódico, sin acordarse más.</p>
+
+<p>Algún tiempo después, una nota trasmitida por la prefectura del Sena
+Oise á la prefectura de París, advertía el robo de una niña, según
+decía, verificado con circunstancias particulares, en el término municipal
+de Montfermeil. Una niña de siete á ocho años, decía la nota, que
+había sido confiada por su madre á un posadero de la población, había
+sido robada por un desconocido. Aquella niña respondía al nombre de
+Cosette, y era hija de una mujer llamada Fantina, muerta en un hospital
+de no se sabía dónde ni cuándo. Esta nota pasó por las manos de Javert,
+y le dió que pensar.</p>
+
+<p>El nombre de Fantina le era muy conocido; y recordaba que Juan
+Valjean le había hecho reir, pidiéndole un plazo de tres días para ir á
+buscar á la hija de la enferma. Recordó que Juan Valjean fué detenido
+en París en el momento en que subía en la diligencia de Montfermeil.
+Ciertos indicios habían hecho creer que era la segunda vez que subía en
+aquel carruaje, y que el día antes había hecho una excursión por los alrededores
+de Montfermeil, puesto que no había sido visto en el pueblo.
+¿Qué tenía que hacer en Montfermeil? Nadie había podido averiguarlo,
+pero Javert lo adivinó entonces. Allí estaba la hija de Fantina, Juan
+Valjean iba á buscarla. Aquella niña acababa de ser robada por un desconocido.
+¿Quién podía ser el desconocido? ¿Sería tal vez Juan Valjean?
+Pero Juan Valjean había muerto.</p>
+
+<p>Javert, sin decir nada á nadie, tomó el carruaje del «Plato de estaño»,
+en el callejón de la Planchette, é hizo un viaje á Montfermeil.</p>
+
+<p>Creyendo encontrar allí una gran luz, encontró solamente obscuridad.</p>
+
+<p>Durante los primeros días, los Thénardier, desesperados, habían
+charlado. La desaparición de la Alondra había hecho ruido en la población,
+habiéndose dado mil versiones á la historia, que había acabado
+por presentarse como la del rapto de una niña. De ahí la nota de la policía.
+Sin embargo, pasada la primera impresión, Thénardier, con su
+admirable instinto, había comprendido enseguida que no era conveniente
+llamar mucho la atención del procurador del rey, y que sus quejas
+sobre el <em>rapto</em> de Cosette tendría por primer resultado atraer sobre sí, y
+sobre muchos negocios que tenía, la penetrante mirada de la justicia.
+Lo primero que los búhos rechazan, es la proximidad de la luz. ¿Cómo<span class="pagenum" id="Page_407">[Pg 407]</span>
+se justificaría de los mil quinientos francos que había recibido? Dió,
+pues, vuelta al asunto, amordazó á su mujer, haciéndose el asombrado
+cuando le hablaba alguien <em>de la niña robada</em>.</p>
+
+<p>No sabía de qué se hablaba. Es verdad que se había quejado en el
+instante preciso en que «le quitaban» tan pronto su niña querida; que
+hubiera deseado tenerla consigo siquiera dos ó tres días más; pero como
+era «su abuelo» quien había ido á buscarla, nada más natural en el mundo.
+Había añadido, que el abuelo hizo bien. Ésta fué la historia que oyó
+Javert cuando llegó á Montfermeil. El abuelo desvanecía para él á Juan
+Valjean.</p>
+
+<p>Javert, sin embargo, introdujo algunas preguntas á manera de sondas
+en la historia de Thénardier. ¿Quién era y cómo se llamaba el abuelo?
+Thénardier respondió sencillamente:</p>
+
+<p>—Es un labrador rico. He visto su pasaporte, y me parece que se llama
+Guillermo Lambert.</p>
+
+<p>Lambert era nombre de hombre de bien y tranquilizador. Javert se
+volvió á París.</p>
+
+<p>—Juan Valjean está bien muerto,—díjose á sí mismo;—¡qué torpe
+soy!</p>
+
+<p>Comenzaba ya á olvidar toda aquella historia, cuando en marzo de
+1824 oyó hablar de un extraño personaje que vivía en la parroquia de
+San Medardo, conocido por «el mendigo que daba limosna». Este personaje
+era, según se decía, un rentista de quien nadie sabía el nombre,
+que vivía solo con una niña de ocho años, que tampoco sabía más sino
+que había venido de Montfermeil. ¡Montfermeil! Este nombre, sonado
+de nuevo á los oídos de Javert, llamó su atención. Un viejo mendigo,
+polizonte, que había sido bedel, al cual daba limosna el desconocido, dió
+otros varios detalles. El rentista era un hombre muy huraño; no salía
+más que de noche; no hablaba á nadie; á los pobres alguna que otra vez;
+no permitía que nadie se le acercase.</p>
+
+<p>Llevaba un feo y viejo levitón amarillo, que valía muchos millones,
+por estar forrado de billetes de banco. Esto picó decididamente la curiosidad
+de Javert; y con objeto de ver de cerca á aquel hombre extraordinario
+sin asustarle, se puso un día el traje del pordiosero, y ocupó el
+lugar en que el soplón se acurrucaba todas las tardes, murmurando oraciones
+y espiando al través de su rezo.</p>
+
+<p>«El individuo sospechoso» llegóse en efecto á Javert disfrazado, y le
+dió limosna; en aquel momento Javert levantó la cabeza, y Juan Valjean
+recibió la misma impresión al reconocer á Javert, que Javert al
+reconocer á Juan Valjean.</p>
+
+<p>Sin embargo, la obscuridad hubiera podido engañarle; la muerte de
+Juan Valjean era oficial. Quedaban, pues, á Javert graves dudas, y en
+la duda, Javert, el hombre escrupuloso, no ponía su mano encima de
+nadie.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_408">[Pg 408]</span></p>
+
+<p>Siguió á su hombre hasta la casa de Gorbeau, é hizo «hablar á la vieja»,
+lo cual no era difícil. La vieja confirmó lo del levitón forrado de
+millones, contándole el episodio del billete de mil francos. ¡Ella le había
+visto! ¡Ella le había tocado! Javert alquiló un cuarto, en el cual se instaló
+aquella misma noche. Púsose á escuchar á la puerta del misterioso
+huésped, esperando oir el sonido de su voz; pero Juan Valjean vió su
+luz por la cerradura, y chasqueó al espía, guardando silencio.</p>
+
+<p>Al día siguiente Juan Valjean se marchó. Pero el ruido de la moneda
+de cinco francos que dejó caer fué notado por la vieja, quien, oyendo
+sonar dinero conoció que se iba á mudar, y se apresuró á avisar á Javert.
+Por la noche, cuando salió Juan Valjean, le estaba esperando Javert
+detrás de los árboles del boulevard en compañía de dos hombres.</p>
+
+<p>Javert había pedido auxilio á la prefectura, pero no había dicho el
+nombre del individuo á quien pensaba prender. Éste era su secreto, que
+se había guardado por tres razones: en primer lugar, por la menor indiscreción
+podía despertar las sospechas de Juan Valjean; luego, porque
+echar mano á un antiguo presidiario escapado y tenido por muerto, á
+un condenado clasificado para siempre por la Justicia <em>entre los malhechores
+de peor condición</em>, era un gran servicio, que de seguro los antiguos
+polizontes de París no abandonarían á un novato como Javert, y
+temía que le arrebatasen su ex-presidiario; y finalmente, porque Javert
+era artista, y gustaba de lo imprevisto. Odiaba los sucesos anunciados,
+que pierden su mérito con lo que se habla de ellos antes de tiempo. Gustábale
+elaborar en la sombra sus grandes obras, y desenvolverlas después
+bruscamente.</p>
+
+<p>Javert había seguido á Juan Valjean de árbol en árbol, luego de esquina
+en esquina, y no le había perdido de vista un solo instante, ni
+aún en los momentos en que Juan Valjean se creía en mayor seguridad.
+Pero ¿por qué Javert no detenía á Juan Valjean? Porque dudaba aún.</p>
+
+<p>Debe recordarse que en aquella época la policía no obraba con toda
+libertad; la prensa libre la tenía á raya. Algunas detenciones arbitrarias
+denunciadas por los periódicos, habían resonado en las Cámaras é intimidado
+á la Prefectura. Atentar á la libertad individual era un hecho
+grave.</p>
+
+<p>Los agentes temían equivocarse, porque el prefecto les hacía responsables
+á ellos, y un error importaba una destitución. Figurémonos el
+efecto que hubiera producido en París este breve suelto, reproducido por
+veinte periódicos:</p>
+
+<p>«Ayer un anciano de cabellos blancos, respetable rentista, que paseaba
+acompañado de una niña de ocho años, nieta suya, fué detenido y
+conducido al depósito de la Prefectura como desertor de presidio».</p>
+
+<p>Debemos repetir también, que Javert tenía sus escrúpulos; las prevenciones
+de su conciencia se unían á las prevenciones del prefecto. Dudaba
+en realidad.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_409">[Pg 409]</span></p>
+
+<p>Juan Valjean volvía la espalda, y marchaba en la obscuridad.</p>
+
+<p>La tristeza, la inquietud, la ansiedad, el cansancio, el nuevo disgusto
+de verse obligado á huir de noche y buscar á la ventura un asilo en
+París para Cosette y para él, la necesidad de regular un paso al de una
+niña, todo esto había cambiado el modo de andar de Juan Valjean é
+impreso en su cuerpo tal aire de senectud, que la policía, encarnada en
+Javert, podía engañarse, y se engañó. La imposibilidad de aproximársele
+mucho, un traje de preceptor emigrado, la declaración de Thénardier
+que le hacía abuelo, y finalmente la creencia de su muerte en el
+penal, aumentaba la incertidumbre que iba acrecentándose en el espíritu
+de Javert.</p>
+
+<p>Tuvo por un momento intención de detener bruscamente á Juan Valjean
+y pedirle sus documentos. Pero si aquel hombre no era Juan Valjean,
+y si no era el viejo y honrado rentista, podía seguramente ser
+algún bribón profunda y hábilmente mezclado en la obscura trama de
+los crímenes de París, algún jefe de partida peligroso, que daba limosna
+para ocultar sus mañas, costumbre ya generalizada. Tendría sin duda
+compañeros, cómplices, y lugares á propósito para ocultarse. Todas
+aquellas vueltas y revueltas que daba parecían indicar que no era simplemente
+un buen hombre. Detenerle de súbito, era «matar la gallina de
+los huevos de oro». Por otra parte, ¿qué inconveniente había en esperar?
+Javert estaba seguro de que no se le escaparía.</p>
+
+<p>Le seguía, pues, bastante perplejo, é interrogándose cien veces acerca
+de aquel personaje enigmático.</p>
+
+<p>Hasta que llegó á la calle Pontoise, gracias á la viva luz que salía
+de una taberna, no reconoció sin la menor duda á Juan Valjean. Existen
+en el mundo dos seres que se estremecen profundamente: la madre cuando
+encuentra á su hijo perdido, y el tigre cuando encuentra á su presa.
+Javert experimentó entonces ese estremecimiento profundo. Desde que
+tuvo la seguridad de que aquel hombre era Juan Valjean, el terrible presidiario,
+advirtió que en su persecución no le acompañaban mas que dos
+agentes, y pidió auxilio al comisario de policía de la calle de Pontoise.
+Para coger una vara de espino, hay que ponerse guantes.</p>
+
+<p>El tiempo que advirtió para ello, y un minuto que se paró en la encrucijada
+Rollin para dar instrucciones á su agente, le hicieron perder
+la pista. No obstante, conoció enseguida que Juan Valjean trataría de
+poner el río entre él y sus perseguidores. Recogió la cabeza y reflexionó
+un momento como un sabueso que olfatea la tierra para descubrir el
+rastro. Javert, con su poderosa rectitud de instinto, se fué derecho al
+puente de Austerlitz. Una frase del peajero le puso al corriente:</p>
+
+<p>—¿Habéis visto un hombre con una niña?</p>
+
+<p>—Le he cobrado dos sueldos,—dijo el peajero.</p>
+
+<p>Javert entró en el puente en el momento preciso de estar Juan Valjean
+al otro lado del río, atravesando, con Cosette de la mano, el espacio<span class="pagenum" id="Page_410">[Pg 410]</span>
+iluminado por la luna. Le vió entrar en la calle de Chemin ver Saint-Antoine;
+recordó el callejón Genrot que no tiene salida, situado allí como
+una trampa, y la única salida de la calle de Droit-Mur á la calle de Picpus.
+<em>Le cogió las vueltas</em>, como dicen los cazadores, y envió inmediatamente
+uno de sus agentes para que guardase aquella salida. Vió una patrulla
+que volvía al cuerpo de guardia del Arsenal; pidió auxilio, y se
+hizo acompañar por ella. En tales partidas, soldados son triunfos, para
+todo sirven. Para cercar al jabalí se necesita conocer la montería y tener
+muchos perros. Combinadas tales disposiciones, teniendo á Juan
+Valjean cogido entre el callejón por la derecha, su agente por la izquierda
+y él por detrás, tomó un polvo de tabaco.</p>
+
+<p>Después empezó á obrar. Tuvo un momento de alegría infernal; dejó
+ir su presa delante de él, en la confianza de que la tenía segura, deseando
+retardar todo lo posible el instante de echarle mano, gozándose en
+tenerle cogido y verle marchar libre, pero cubriéndole con esa cruel y
+voluptuosa mirada de la araña, que deja volar la mosca, y del gato que
+deja que corra el ratón. La uña y la garra tienen una sensualidad monstruosa
+que se deleita con los movimientos confusos de la bestia aprisionada
+en su tenaza. ¡Cuánta delicia encierra aquella opresión!</p>
+
+<p>Javert gozaba. Las mallas de su red estaban sólidamente unidas.
+Estaba seguro del triunfo; ya no tenía que hacer otra cosa que cerrar
+la mano.</p>
+
+<p>Acompañado como iba, era imposible toda idea de resistencia, cualesquiera
+que fuesen la energía, vigor y desesperación de Juan Valjean.</p>
+
+<p>Javert se adelantó, pues, poco á poco, mirando y registrando al paso
+todos los rincones de la calle, como los bolsillos de un ladrón.</p>
+
+<p>Cuando llegó al centro de la red no encontró el pájaro.</p>
+
+<p>Calcúlese su exasperación.</p>
+
+<p>Interrogó al centinela de las calles Droit-Mur y Picpus; este polizonte
+que había permanecido inmóvil en su puesto, no había visto pasar á
+nadie.</p>
+
+<p>Acontece en montería muchas veces, que un ciervo se escapa, aún
+teniendo la jauría sobre él, y entonces los cazadores más experimentados
+no saben qué decir; Duvivier, Ligniville y Desprez se quedan parados.
+En uno de semejantes casos Artogne exclamó: <em>Esto no es un ciervo,
+es un brujo</em>.</p>
+
+<p>Javert hubiera de buena gana exclamado lo mismo.</p>
+
+<p>Aquel chasco le produjo un momento de desesperación y de furor.</p>
+
+<p>Es cierto que Napoleón cometió errores en la guerra de Rusia, Alejandro
+en la de la India, César en la de África, Ciro en la de Escitia,
+como lo es que los cometió Javert en esta campaña contra Juan Valjean.
+Erró tal vez en dudar que fuése Juan Valjean; hubiera debido bastarle
+la primera ojeada. Hizo mal en no echarle sencillamente mano en
+la casucha. Hizo mal en no prenderle cuando positivamente le reconoció<span class="pagenum" id="Page_411">[Pg 411]</span>
+en la calle de Pontoise. Hizo mal en no concertarse con sus auxiliares
+en la encrucijada Rollin á la luz de la luna. Los consejos son útiles,
+y es muy útil conocer y pedir los de los sabuesos de muestra; pero el
+cazador no tomará demasiadas precauciones cuando ojea animales tan
+astutos como el lobo y el presidiario. Javert, empleando demasiado
+tiempo y cuidado en apostar los sabuesos, espantó á la fiera, dándole
+viento de cara, y la ahuyentó. Equivocóse especialmente cuando, habiendo
+hallado la pista en el puente de Austerlitz, emprendió el juego
+formidable y pueril de tener á un hombre semejante, sujeto de un hilo.</p>
+
+<p>Imaginóse él que valía mucho más, creyó poder jugar á los ratones
+con un león, y al mismo tiempo se creyó demasiado débil cuando pidió
+el refuerzo. Precaución fatal, pérdida de un tiempo precioso. Javert cometió
+todas esas faltas, á pesar de ser uno de los espías más astutos y
+prudentes que han existido. Era, propiamente hablando, lo que en montería
+se llama <em>perro viejo</em>. Pero ¿quién es perfecto?</p>
+
+<p>Los grandes estratégicos tienen sus eclipses.</p>
+
+<p>Las grandes necedades se hacen muchas veces como las cuerdas gruesas,
+con muchos cabos. Tomad un cable hilo á hilo, tomad separadamente
+los motivos determinantes, los romperéis muy fácilmente uno tras
+otro, y diréis: ¡Esto no vale nada! Trenzad y torced luego los mismos
+hilos, y resultará una resistencia enorme; es Atila, que duda entre Marcio
+en Oriente y Valentiniano en Occidente; es Aníbal, que descansa en
+Cápua; es Dantón, que se duerme en Arcis del-Aube.</p>
+
+<p>Sea como fuere, en el mismo instante en que Javert conoció que se le
+escapaba Juan Valjean, no se aturdió. Estando seguro de que el presidiario
+escapado no podía hallarse muy lejos, puso vigías, organizó ratoneras
+y emboscadas, y dando una batida por el barrio, de toda la noche,
+lo primero que vió fué el desperfecto del farol, y la cuerda rota, indicio
+precioso, pero que le extravió más, puesto que le hizo dirigir sus investigaciones
+al callejón Genrot. Había en el callejón algunas tapias bastante
+bajas que daban á jardines, cuyas cercas terminaban en inmensos
+terrenos baldíos. Juan Valjean debía haber escapado evidentemente por
+allí. El hecho era que de haber penetrado un poco más adelante en el callejón,
+lo hubiera hecho tal vez y se habría perdido, porque Javert registró
+aquellos jardines y aquellos terrenos, como quien anda buscando
+una aguja.</p>
+
+<p>Al despuntar el día dejó dos hombres de confianza en observación,
+volviendo á la prefectura de policía, avergonzado como un polizonte que
+se hubiera dejado prender por un ladrón.</p>
+
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_11" href="#FNanchor_11" class="label">[11]</a> El aspecto de las ciudades españolas ha cambiado mucho desde la época en que Víctor Hugo
+las visitó; el progreso ha penetrado en ellas á pesar de la oposición clerical. (N. del T.)</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_412">[Pg 412]</span></p>
+<h2 class="nobreak" >LIBRO SEXTO<br>
+EL PEQUEÑO PICPUS</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Callejuela de Picpus, número 62</b></p>
+
+
+<p>Nada se parecía más, hace medio siglo, á cualquier puerta cochera
+como la puerta cochera del número 62 de la callejuela de Picpus. Aquella
+puerta, generalmente entreabierta del modo más halagüeño, dejaba
+ver dos cosas nada fúnebres: un patio rodeado de tapias cubiertas de
+vides, y el semblante de un portero ocioso. Por encima de la pared del
+fondo se descubrían grandes árboles. Cuando un rayo de sol alegraba el
+patio, cuando un vaso de vino alegraba el portero, era difícil pasar por
+delante el número 62 de la calle de Picpus sin llevarse una idea risueña.
+Era, no obstante, lo que se entreveía un lugar sombrío.</p>
+
+<p>El sol se reía; la casa rezaba y lloraba.</p>
+
+<p>Si se conseguía pasar de la portería, lo cual no era fácil, y aun puede
+decirse casi imposible para casi todos, porque había un <em>¡Sésamo,
+ábrete!</em> que era preciso saber; si pasada la portería, se entraba á la derecha
+en un pequeño vestíbulo, al que daba una escalera oprimida entre
+dos paredes, y tan estrecha, que no podía pasar por ella más que una
+sola persona; si no se dejaba uno asustar por el embadurnamiento amarillo
+con zócalo color de chocolate que cubría aquella escalerilla; si se
+aventuraba uno á subir, se pasaba un primer descansillo, después otro,
+y se llegaba al primer piso, á un corredor en que la pintura amarilla y
+el plinto chocolate continuaban persiguiéndole con pacífico encarnizamiento.
+Escalera y corredor estaban alumbrados por dos magníficas
+ventanas. El corredor formaba recodo, que quedaba obscuro. Al doblar
+este cabo, después de dar algunos pasos, se encontraba una puerta, tanto
+más misteriosa, cuanto que no estaba cerrada. Empujándola, se encontraba
+uno en una pequeña habitación de unos seis pies cuadrados,
+embaldosada, lavada, limpia, fría, cubierta de papel color de marrón,
+con florecillas verdes, de quince sueldos la pieza. Una luz blanca y mate
+penetraba por una gran ventana de vidrios pequeños, situada á la izquierda
+de toda la anchura de la habitación.</p>
+
+<p>Si se miraba, no se veía á nadie. Si se escuchaba, no se oía una pisada,
+ni un murmullo humano. Las paredes estaban desnudas; el cuarto
+no estaba amueblado; no había ni una silla.</p>
+
+<p>Mirándolo de nuevo, se descubría en la pared, frente á la puerta, un
+agujero cuadrangular, como de un pie cuadrado, con una reja de hierro
+de barras cruzadas, negras, nudosas, fuertes, formando cuadrados; mejor
+diremos, mallas de menos de pulgada y media de diagonal. Las florecillas<span class="pagenum" id="Page_413">[Pg 413]</span>
+verdes del papel amarillo llegaban en orden á las barras de hierro,
+sin que este contacto fúnebre las asustase, ni las hiciera estremecer.
+Suponiendo que un ser viviente hubiese sido tan excesivamente delgado
+que hubiera intentado entrar ó salir por aquel agujero cuadrado, la reja
+se lo habría impedido. Aquella reja no dejaba pasar el cuerpo; pero dejaba
+pasar los ojos, es decir, el espíritu. Parecía que hasta en esto se
+había pensado, porque estaba forrada de una plancha de hoja de lata
+introducida en la pared un poco más adentro, picada por mil agujeritos
+más microscópicos que los de una espumadera. Por debajo de esta plancha
+había una abertura, muy parecida á la de un buzón de correos. Una
+cinta de hilo atada á un torniquete de campanilla, colgaba á la derecha
+del agujero enrejado.</p>
+
+<p>Si se tiraba aquella cinta, sonaba la campanilla, y se oía una voz
+muy cercana que hacía temblar.</p>
+
+<p>—¿Quién va?—preguntaba la voz.</p>
+
+<p>Era una voz de mujer, una voz dulce, tan dulce como lúgubre.</p>
+
+<p>Aquí era también preciso saber una palabra mágica. Si no se sabía,
+la voz se callaba y la pared volvía á su silencio; como si del otro lado
+estuviese la aterradora obscuridad del sepulcro.</p>
+
+<p>Si se sabía la palabra, la voz respondía:</p>
+
+<p>—Entrad por la derecha.</p>
+
+<p>Entonces se veía á la derecha una puerta vidriera, coronada de una
+ventana-vidriera también, y pintada de gris. Levantábase el picaporte,
+pasábase la puerta, y se experimentaba absolutamente la misma impresión
+que cuando en un teatro se entra en un palco con celosía, antes de
+que ésta se haya bajado y se haya encendido la araña. Entrábase, en
+efecto, en una especie de palco de teatro, iluminado apenas por la luz
+de la puerta-vidriera, estrecho, amueblado con dos sillas viejas y una
+estera destrozada, verdadero palco con su barandilla á regular altura,
+que tenía una tablita de madera negra. Aquel palco estaba enrejado,
+pero no con una reja dorada como en la Ópera, sino con un monstruoso
+enverjado de barras de hierro horriblemente entrelazadas, y empotradas
+en la pared con enormes soldaduras, que parecían puños cerrados.</p>
+
+<p>Pasados los primeros momentos, cuando la vista había empezado á
+acostumbrarse á la media luz de aquel aposento y trataba de atravesar
+la verja, no podía pasar más allá de seis pulgadas. Allí se tropezaba con
+una barrera de postigos negros, asegurados y reforzados por traviesas
+de madera, pintadas de amarillo obscuro. Aquellos postigos estaban formados
+por largas hojas y planchas delgadas que se doblaban unas sobre
+otras; pero juntas entre sí ocultando toda la verja. Siempre estaban cerrados.</p>
+
+<p>Al cabo de algunos instantes oíase una voz que llamaba por detrás
+de los postigos, diciendo:</p>
+
+<p>—Aquí estoy. ¿Qué me queréis?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_414">[Pg 414]</span></p>
+
+<p>Era una voz amada, muchas veces una voz adorada. No se veía á
+nadie. Apenas se oía el ruido de la respiración.</p>
+
+<p>Parecía que fuése aquello una evocación que hablase al través de la
+losa de la tumba.</p>
+
+<p>Si el que llegaba poseía ciertas condiciones exigidas, rarísimas por
+cierto, se abría la estrecha hoja de un postigo, y la evocación se convertía
+en aparición. Detrás de la reja y detrás del postigo sé veía, tanto
+como permitía verlo el enrejado, una cabeza, de la cual sólo se descubría
+la boca y el mentón; lo demás estaba cubierto por un velo negro: Entreveíase
+una toca negra y una forma apenas perceptible, cubierta por un
+sudario negro.</p>
+
+<p>Aquella cabeza hablaba; pero no miraba ni sonreía jamás.</p>
+
+<p>La luz que entraba por detrás estaba dispuesta de tal modo, que el
+visitante veía blanca la aparición y ella veía negro al visitante. Aquella
+luz era un símbolo.</p>
+
+<p>Los ojos, sin embargo, penetraban ávidamente por aquella abertura
+hecha en aquel sitio cerrada á todas las miradas. Una vaguedad impenetrable
+rodeaba aquella figura vestida de luto. Los ojos escudriñaban
+aquella vaguedad, tratando de separarla de la aparición. Al poco tiempo
+se conocía que no se veía nadie, porque lo que se veía era la noche,
+el vacío, las tinieblas, una bruma de invierno mezclada al vapor de la
+tumba, una especie de paz horrorosa, un silencio en que no se recogía
+nada, ni aún los suspiros; una sombra en que no se distinguía nada, ni
+aún los fantasmas.</p>
+
+<p>Lo que se veía era el interior de un claustro.</p>
+
+<p>Era el interior de aquella casa triste y severa que se llamaba el convento
+de las bernardas de la Adoración perpetua. Aquel palco era el locutorio.
+La voz que había hablado primero era la voz de la tornera, que
+estaba siempre sentada inmóvil y silenciosa, al otro lado de la pared,
+cerca de la abertura cuadrada, defendida por la verja de hierro y por la
+placa de mil agujeros como por una doble visera.</p>
+
+<p>La obscuridad provenía de que el locutorio tenía una ventana del
+lado del mundo, y no tenía ninguna del lado del convento. Los ojos profanos
+no debían ver nada de aquel lugar sagrado.</p>
+
+<p>Pero había de haber algo más allá de aquella sombra; había una luz:
+había pues una vida en aquella muerte. Aunque aquel convento era el
+más resguardado de todos, vamos á probar de penetrar en él y de hacer
+penetrar al lector, diciéndole, sin olvidar la discreción, cosas que los
+narradores no han visto, y que por consiguiente jamás se han dicho.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>La obediencia de Martín Verga</b></p>
+
+
+<p>Este convento, que en 1824 existía desde muchos años en la callejuela
+Picpus, era una comunidad de bernardas de la obediencia de Martín Verga.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_415">[Pg 415]</span></p>
+
+<p>Las tales bernardas dependían, pues, no de Claraval, como los bernardos,
+sino del Císter, como los benedictinos. Ó en otros términos: seguían
+la regla, no de San Bernardo, sino de San Benito.</p>
+
+<p>Cualquiera que haya ojeado algunos infolios, sabe que Martín Verga
+fundó en 1425 una congregación de bernardas benedictinas, que tenía
+por capital de la orden á Salamanca, y por sucursal Alcalá.</p>
+
+<p>Esta congregación había extendido sus raíces en todos los países católicos
+de Europa.</p>
+
+<p>Estos injertos de una orden en otra, no tienen nada de nuevo en la
+Iglesia latina. Para no hablar más que de la orden de San Benito, diremos
+que pertenecían á ella, sin contar la obediencia de Martín Verga, cuatro
+congregaciones: dos en Italia, la de Montecasino y Santa Justina de
+Padua; dos en Francia; Cluny y San Mauro, y nueve órdenes, Valombrosa,
+Gramont, los Celestinos, los Camaldulenses, los Cartujos, los Humillados,
+los del Olivo, los Silvestrinos y, por último, los Cistercienses,
+porque Císter mismo, aunque tronco de otras órdenes, no era más que
+una rama de San Benito. Císter fué fundado por San Roberto, abad de
+Molesme, en la diócesis de Langres, en 1098. Ahora bien; en 529 fué
+cuando el diablo, que se había retirado al desierto de Subiaco (era ya
+viejo; ¿se habría hecho ermitaño?), fué arrojado del antiguo templo de
+Apolo, donde vivía, por San Benito, que tenía entonces diez y siete años.</p>
+
+<p>Después de la regla de las carmelitas, las cuales iban descalzas con
+una áspera esterilla de mimbre al cuello y no se sentaban nunca, es la
+más dura la de las bernardas-benedictinas de Martín Verga. Van vestidas
+de negro, con una pechera, que, según la prescripción expresa de
+San Benito, sube hasta la barba. Una túnica de sarga de mangas anchas,
+un gran velo de lana, la pechera que sube hasta la barba, cortada
+en forma cuadrangular sobre el pecho y la toca que baja hasta los ojos;
+he aquí el hábito. Todo es negro, excepto la toca, que es blanca.</p>
+
+<p>Las novicias llevan el mismo hábito todo blanco. Las profesas llevan
+además un rosario al lado.</p>
+
+<p>Las bernardas-benedictinas de Martín Verga practican la adoración
+perpetua como las benedictinas llamadas señoras del Santo Sacramento,
+las cuales al principio de este siglo tenían en París dos casas, una
+en el Temple y otra en la calle de Santa Genoveva. Por lo demás las
+bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus, de las cuales hablamos,
+eran una orden completamente distinta de la que seguían las señoras
+del Sacramento que vivían en la calle nueva de Santa Genoveva y en el
+temple. Había muchas diferencias en la regla como en el hábito. Las
+bernardas-benedictinas del Pequeño Picpus llevaban la pechera negra, y
+las benedictinas del Sacramento de la calle Nueva de Santa Genoveva la
+llevaban blanca; y además, en el pecho, un Santísimo Sacramento de unas
+tres pulgadas de alto, de plata sobredorada ó cobre. Las religiosas del
+Pequeño</p>
+
+<p>Picpus no llevaban el Santísimo Sacramento. La Adoración perpetua<span class="pagenum" id="Page_416">[Pg 416]</span>
+común al Pequeño Picpus y al convento del Temple, dejaba, sin
+embargo, que fuesen completamente distintas las dos órdenes.</p>
+
+<p>Había únicamente semejanza en esa práctica entre las señoras del
+Sacramento y las bernardas de Martín Verga, de igual manera que la
+había en el estudio y glorificación de todos los misterios relativos á la
+infancia, á la vida y á la muerte de Jesucristo y de la Virgen entre otras
+dos órdenes separadas, y aún enemigas á veces: la del oratorio de Italia,
+establecida en Florencia por Felipe de Neri, y la del oratorio de Francia,
+fundada en París por Pedro Bérulle. El oratorio de París pretendía
+la primacía, porque Felipe de Neri, no era más que santo cuando Bérulle
+era cardenal.</p>
+
+<p>Volvamos á la severa regla española de Martín Verga.</p>
+
+<p>Las bernardas-benedictinas de esta regla comen de viernes todo el
+año, ayunan toda la cuaresma y otros muchos días especiales, se levantan
+en el primer sueño, desde la una de la madrugada hasta las tres,
+para leer el breviario y cantar maitines; se acuestan en sábanas de jerga
+en todas las estaciones y sobre paja, no toman baños ni encienden
+nunca lumbre, se azotan todos los viernes, observan la regla del silencio,
+no se hablan más que en las horas de recreo, que son muy pocas, y
+llevan camisa de buriel durante seis meses, desde el 14 de septiembre,
+que es la Exaltación de la Santa Cruz, hasta la Pascua. Estos seis meses
+son una gracia, la regla dice todo el año; pero la camisa de buriel insoportable
+en el rigor del verano, ocasionaba fiebres y espasmos nerviosos,
+y fué preciso limitar su uso. Á pesar de esta modificación el 14 de
+septiembre, cuando las religiosas se ponen esta camisa, tienen tres ó cuatro
+días de calentura. Obediencia, pobreza, castidad y estabilidad en el
+claustro; tales son sus votos altamente agravados por la regla.</p>
+
+<p>La priora es elegida cada tres años por las madres que se llaman <em>madres
+vocales</em>, porque tienen voz en el capítulo.</p>
+
+<p>Una priora no puede ser reelegida más de dos veces, lo cual fija en
+nueve años el mando más duradero de una priora.</p>
+
+<p>No ven jamás al sacerdote celebrante, que permanece oculto por una
+cortina de nueve pies de alto. Durante los sermones, cuando el predicador
+está en el púlpito, bajan el velo, cubriéndose el rostro. Deben hablar
+siempre en voz baja, andar mirando al suelo y con la cabeza inclinada.</p>
+
+<p>Sólo un hombre puede entrar en el convento, el arzobispo diocesano.</p>
+
+<p>Hay otro que puede entrar también, que es el jardinero, pero siempre
+es un viejo; y al objeto de que esté constantemente solo en el jardín,
+y de que las religiosas puedan evitar su presencia, lleva un cascabel
+atado en la rodilla.</p>
+
+<p>Están sometidas á la priora con una sumisión absoluta y pasiva: es
+la sujeción canónica en toda su abnegación. Como la voz de Cristo, <em>ut
+voci Christi</em>; al gesto, al primer signo, <em>ad nutum</em>, <em>ad primum signum</em>;<span class="pagenum" id="Page_417">[Pg 417]</span>
+inmediatamente, con alegría, con perseverancia, con cierta obediencia
+ciega, <em>prompte</em>, <em>hilariter</em>, <em>perseveranter et cœca quadam obedientia</em>;
+como la lima en mano del artífice, <em>quasi lima in manibus fabri</em>; no
+pueden ni leer, ni escribir nada sin permiso especial, <em>legere vel scribere
+non addiscerit sine expressa superioris licentia</em>.</p>
+
+<p>Turnan todas en lo que llaman ellas <em>la reparación</em>.</p>
+
+<p>La reparación es el ruego por todos los pecados, por todas las faltas,
+por todos los desórdenes, por todas las violaciones, por todas las iniquidades,
+por todos los crímenes que se cometen en la tierra. Durante doce
+horas consecutivas, desde las cuatro de la tarde hasta las cuatro de la
+mañana, ó desde las cuatro de la mañana hasta las cuatro de la tarde,
+la hermana que está de <em>reparación</em> permanece de rodillas sobre las piedras
+ante el Santísimo Sacramento con las manos juntas y una soga al
+cuello. Cuando el cansancio se le hace insoportable, se prosterna extendida
+con el rostro en tierra y los brazos en cruz: éste es todo su descanso.
+En esa actitud ruega por todos los culpables del universo. Esto
+es grande, casi sublime.</p>
+
+<p>Como este acto se practica ante un poste, sobre el cual arde un cirio,
+se dice indistintamente <em>estar de reparación ó estar en el poste</em>. Las religiosas
+prefieren, para mayor humildad, esta última frase que encierra
+mejor la idea de suplicio ó humillación.</p>
+
+<p><em>Estar de reparación</em> es un acto en el cual se absorbe toda el alma.
+La hermana del poste no volvería la cabeza aunque cayera un rayo á
+sus espaldas.</p>
+
+<p>Además, hay siempre otra monja de rodillas delante del Santísimo
+Sacramento. Esta estación dura una hora y se relevan como los soldados
+de centinela. Ésta es la Adoración perpetua.</p>
+
+<p>Las prioras y las madres llevan siempre nombres de una gravedad
+particular, tomados por lo general, no de los santos y mártires, sino de
+los momentos de la vida de Jesucristo, como: la madre Natividad, la
+madre Concepción, la madre Presentación, la madre Pasión. Sin embargo,
+no están prohibidos los nombres de santos.</p>
+
+<p>Cuando se ven no puede vérseles más que la boca.</p>
+
+<p>Todas tienen los dientes amarillos. Jamás ha entrado en el convento
+un cepillo para los dientes. Limpiarse los dientes es el extremo de una
+escala después de la cual viene la perdición del alma.</p>
+
+<p>Ellas no dicen nunca de nada <em>mío</em>, ni <em>mi</em> porque no tienen nada
+suyo, ni deben tener afecto á nada. Dicen siempre <em>nuestro</em>, como nuestro
+velo, nuestro rosario; y si hablasen de su camisa, dirían indudablemente
+<em>nuestra camisa</em>. Algunas veces se aficionan á cualquier objeto
+insignificante, á un libro de rezo, á una reliquia, á una medalla bendita;
+pero en cuanto advierten que empiezan á aficionarse á ese objeto,
+deben darlo inmediatamente. Recuerdan las palabras de santa Teresa, á<span class="pagenum" id="Page_418">[Pg 418]</span>
+quien dijo una gran señora al entrar en su orden: «Permítame, madre,
+que vaya á buscar una santa Biblia que aprecio en mucho». ¡Ah! <em>¡Apreciáis
+todavía algo! Entonces no entréis en nuestra casa.</em></p>
+
+<p>Les está prohibido encerrarse y tener un <em>mi cuarto</em>, una <em>mi celda</em>.
+Viven en celdas abiertas. Cuando se encuentran, dice una: <em>Bendito y
+alabado sea el Santísimo Sacramento del altar</em>. Y responde la otra:
+<em>Por siempre jamás</em>. Esta ceremonia se repite cuando una llama á la
+puerta de otra. Apenas ha tocado la puerta, cuando por dentro se oye
+una voz dulce, que dice: <em>Por siempre jamás</em>... Como todas las prácticas,
+se hace ésta maquinalmente con la costumbre, así es que á veces
+dice una: <em>Por siempre</em>, antes que la otra haya tenido tiempo de decir
+lo que es algo más largo: <em>Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento
+del altar</em>.</p>
+
+<p>En los conventos de la Visitación, dice la que entra: <em>Ave María</em>, y
+la que está dentro responde: <em>Gratia plena</em>. Éste es un saludo, que está
+en efecto «lleno de gracia».</p>
+
+<p>Á cada hora del día da tres golpes supletorios la campana de la iglesia
+del convento. Á esta señal, priora, madres vocales, profesas, conversas,
+novicias y postulantes interrumpen lo que dicen ó lo que hacen, ó
+lo que piensan, y dicen todas á la vez, si son las cinco, por ejemplo:
+<em>Á las cinco y á todas horas bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento
+del altar</em>. Si son las ocho: <em>Á las ocho y á todas horas</em>, etc.; y así
+siempre, según la hora que da.</p>
+
+<p>Esta costumbre cuyo objeto es interrumpir el pensamiento y dirigirse
+á Dios, existe en muchas comunidades; sólo varía en la fórmula.
+Así, en la del Niño Jesús se dice: <em>Á esta hora y á cualquier otra, el
+amor de Jesús inflame mi corazón</em>.</p>
+
+<p>Las benedictinas-bernardas de Martín Verga, claustradas hace cincuenta
+años en el Pequeño Picpus, cantaban los oficios salmodiando
+gravemente en canto llano puro, y siempre á toda voz mientras duraba
+el oficio. Al encontrar un asterisco en el misal, hacían una pausa, diciendo
+por lo bajo: <em>Jesús, María y José</em>. En el oficio de difuntos tomaban
+un tono tan bajo, que parecía imposible que pudiese descender tanto
+la voz de mujer; lo cual producía un efecto conmovedor y trágico.</p>
+
+<p>Las del Pequeño Picpus habían mandado abrir una fosa debajo del
+altar mayor para sepultura de la comunidad. El <em>Gobierno</em>, como decían
+ellas, no permitía que se depositasen allí los ataúdes. Debían, pues salir
+del convento cuando morían; lo cual las afligía y consternaba como una
+infracción.</p>
+
+<p>Pero en cambio habían conseguido ser enterradas á una hora especial,
+y en un rincón especial del antiguo cementerio de Vaugirard, que
+ocupaba un terreno que se decía había sido de la comunidad.</p>
+
+<p>Los jueves asistían estas religiosas á la misa mayor, vísperas y demás
+oficios, como los domingos. Observan escrupulosamente todas las<span class="pagenum" id="Page_419">[Pg 419]</span>
+demás fiestas menores desconocidas de los mundanos, que la Iglesia prodigaba
+antiguamente en Francia y prodiga aún en España é Italia. El
+tiempo que pasan en la capilla es interminable. Con relación al número
+y duración de sus rezos, no podemos dar mejor idea que citando estas
+frases candorosas de una de ellas: <em>Los rezos de las postulantes son
+horrorosos, los de las novicias lo son más todavía, y los de las profesas
+aún son peores</em>.</p>
+
+<p>Una vez por semana el capítulo se reúne, presídelo la priora, y asisten
+á él las madres vocales. Cada hermana se arrodilla á su vez en la
+piedra, y confiesa en alta voz, á presencia de todas, las faltas y pecados
+que ha cometido durante la semana. Las madres vocales deliberan públicamente
+después de cada confesión, é imponen también en alta voz
+la penitencia.</p>
+
+<p>Sobre la confesión en alta voz, para la cual se reservan todas las faltas
+un poco graves, tienen para las faltas veniales lo que llaman <em>la culpa</em>.
+Hacer la culpa es prosternarse durante la misa boca abajo delante
+de la priora, hasta que ésta, á quien no llaman nunca más que <em>nuestra
+madre</em>, avisa á la paciente que puede levantarse dando un golpecito en
+el brazo de su sillón. Se hace la culpa por cosas insignificantes: por
+romper un vaso, por rasgar un velo, por retardar involuntariamente
+algunos segundos al ir á misa, por cantar mal una nota en la iglesia,
+etc.; esto es bastante para hacer la culpa. La culpa es enteramente
+voluntaria; la <em>culpable</em> (esta palabra está usada aquí etimológicamente)
+se juzga y castiga á sí misma. Los días de fiesta y domingos, hay cuatro
+madres cantoras que salmodian los oficios ante un gran facistol de
+cuatro pupitres. Cierto día, una madre cantora entonó un salmo que
+empezaba por <em>Ecce</em>, y en vez de <em>Ecce</em> dijo en alta voz estas tres notas:
+<em>do, si, sol</em>. Por su distracción, hizo una culpa que duró toda la función.
+Lo que agravó enormemente la culpa fué que el capítulo se había reído.</p>
+
+<p>Cuando llaman al locutorio á una de las monjas, aunque sea la priora,
+se baja el velo de manera, según ya hemos dicho, que sólo deja ver
+la boca.</p>
+
+<p>La priora es la única que puede hablar con los extraños; las demás
+no pueden ver más que á su familia, pocas y raras veces. Si por casualidad
+quiere alguien ver á una monja á quien ha conocido ó amado en
+el mundo, tiene que formar casi un expediente. Si es una mujer puede
+en algunas veces concedérsele la autorización; la monja va al locutorio
+y habla por entre los postigos, que sólo se abren por una madre ó una
+hermana. No hay para qué decir que este permiso se niega siempre á
+los hombres.</p>
+
+<p>Tal es la regla de san Benito, rigorizada por Martín Verga.</p>
+
+<p>Aquellas monjas no estaban alegres, sonrosadas y frescas como lo
+están frecuentemente las de otras muchas órdenes. Estaban pálidas y
+graves. Desde 1825 á 1830, tres se volvieron locas.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_420">[Pg 420]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Severidades</b></p>
+
+
+<p>Se ha de ser por lo menos dos años postulante, generalmente cuatro,
+y otros cuatro novicia. Es muy raro que los votos definitivos puedan
+pronunciarse antes de los veintitrés ó veinticuatro años. Las bernardas-benedictinas
+de Martín Verga no admiten bajo ningún concepto viudas en su orden.</p>
+
+<p>Entréganse en sus celdas á muchas maceraciones desconocidas, de las
+cuales no deben hablar nunca.</p>
+
+<p>El día en que profesa una novicia se la viste con sus más hermosos
+atavíos, se cubre su cabeza con blancas rosas, se perfuman y rizan sus
+cabellos, y después se prosterna; extiéndese sobre ella un gran velo negro,
+y se canta el oficio de difuntos. Entonces las religiosas se dividen
+en dos filas, y mientras pasa junto á ella una de estas filas, diciendo con
+lastimero acento: <em>Nuestra hermana ha muerto</em>, responde la otra: <em>Vive
+en Jesucristo</em>.</p>
+
+<p>En la época en que pasó esta historia, había anexo al convento un
+colegio de niñas nobles, ricas la mayor parte, entre las cuales se distinguían
+las señoritas Sainte-Aularie y de Belissen, y una inglesa que llevaba
+el ilustre nombre católico de Talbot. Estas jóvenes, educadas por
+las religiosas, entre cuatro paredes, crecían en el horror al mundo y al
+siglo. Una de ellas nos decía un día: <em>Ver el empedrado de la calle me
+hacía estremecer de pies á cabeza</em>. Iban vestidas de azul con un
+gorro blanco, y un Espíritu Santo de plata sobredorada, ó de cobre,
+en el pecho. En ciertos días de gran festividad, y particularmente en el
+de santa Marta, se les concedía, como un gran favor y felicidad suprema,
+vestirse de monjas y cumplir las prácticas de san Benito durante
+todo el día. Al principio las religiosas les prestaban sus vestidos negros;
+pero después, pareciendo esto una profanación, fué prohibido por la
+priora. Sólo se permitió desde entonces hacer este préstamo á las novicias.
+Es muy notable que estas representaciones, toleradas sin duda y
+alentadas en el convento por un secreto espíritu de proselitismo, y para
+dar á las niñas cierto anticipado goce del santo hábito, fuése un placer
+real y una verdadera diversión para las educandas. Éstas se entretenían
+simplemente, puesto que se trataba <em>de una cosa nueva, de un cambio</em>.
+Cándidas razones de la infancia, que no logran hacer comprender á los
+mundanos el placer de tener un hisopo en las manos, y estarse de pie
+horas enteras cantando á coro ante un facistol.</p>
+
+<p>Las educandas, excepción hecha de la austeridad, se conformaban
+con todas las prácticas del convento.</p>
+
+<p>Hubo joven, que habiendo vuelto al mundo, aún muchos años después
+de casada, no logró dejar la costumbre de decir en alta voz cada
+vez que llamaban á la puerta: <em>¡Por siempre jamás!</em> Las educandas, como<span class="pagenum" id="Page_421">[Pg 421]</span>
+las monjas, sólo veían á sus familias en el locutorio. ¡Ni sus mismas
+madres podían abrazarlas! Véase hasta qué punto se llevaba la severidad.
+Cierto día, fué una de las jóvenes visitada por su madre acompañada
+de una hermanita de tres años. La pequeña lloraba porque quería
+abrazar á su hermana. Imposible. Suplicóse que á lo menos se permitiera
+á la niña pasar la manita por entre los hierros para besársela. También
+fué negada esta petición, casi con escándalo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Alegrías</b></p>
+
+
+<p>Aquellas niñas no dejaron por esto de llenar de encantadores recuerdos
+aquella rígida morada. Había horas en las que resplandecía la infancia
+en aquella clausura. En cuanto sonaba la de recreo, abríase una
+puerta, y los pájaros decían: ¡Bueno! ¡Aquí están las niñas! Un torrente
+de juventud inundaba aquel jardín cortado por una cruz como una mortaja.
+Fisonomías radiantes, frentes blancas, ojos inocentes llenos de alegre
+luz, auroras de toda especie se esparcían entre aquellas tinieblas.
+Después de los salmos, de las campanas, de los toques, de los lamentos
+y de los oficios, estallaba de repente el ruido que hacían las niñas, ruido
+más dulce que el de las abejas. Abríase la colmena de la alegría, y cada
+una llevaba su miel. Jugaban, se llamaban, se agrupaban, corrían; bellísimos
+y diminutos dientes blancos charlaban en todos los rincones, los
+velos desde lejos vigilaban las risas, las sombras vigilaban los rayos;
+pero ¡qué importaba! Brillaban y reían. Aquellas cuatro lúgubres tapias
+tenían su minuto de alegría y asistían, vagamente iluminadas por el
+reflejo de tanto placer, á todos esos dulces susurros del enjambre infantil.
+Venía á ser como una lluvia de rosas en medio de aquel luto. Las
+niñas loqueaban bajo los ojos de las religiosas; la mirada de la impecabilidad
+no puede incomodar á la inocencia. Gracias á aquellas niñas,
+entre tantas horas de austeridad, había una de desahogo. Saltaban las
+pequeñas, y las grandes bailaban. En aquel claustro el juego andaba
+mezclado con el cielo. Nada tan tierno y augusto á la vez como aquellas
+almas inocentes entregadas á la expansión. Homero habría venido á reirse allí
+con Perrault, y en aquel negro jardín había juventud, salud,
+ruido, algarabía, aturdimiento, placer y felicidad bastante para desarrugar
+el ceño de todas las ancianidades, así de la epopeya como del
+cuento, así del trono como de la cabaña: desde Hécuba hasta la abuela.</p>
+
+<p>En tal casa se han oído, más que en ninguna otra parte quizás, esas
+<em>ocurrencias infantiles</em> tan graciosas y que hacen reir y meditar á un
+tiempo. Entre aquellas cuatro fúnebres paredes exclamó cierto día una
+niña de cinco años: «¡Madre mía! acaba de decirme una de las grandes
+que ya no tengo que estar aquí más que nueve años y diez meses. ¡Qué
+alegría!».</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_422">[Pg 422]</span></p>
+
+<p>Fué allí también donde se oyó este memorable diálogo:</p>
+
+<p><span class="smcap">Una madre vocal.</span>—¿Por qué lloráis, hija mía?</p>
+
+<p><span class="smcap">La niña</span> (de seis años) sollozando.—He dicho á Alicia que sabía yo la
+historia de Francia, y ella me ha dicho que no la sabía, ¡y la sé!</p>
+
+<p><span class="smcap">Alicia</span>, la grande (de nueve años).—No, no la sabes.</p>
+
+<p><span class="smcap">La madre.</span>—¿Cómo es eso, hija mía?</p>
+
+<p><span class="smcap">Alicia.</span>—Me ha dicho que abriese el libro al azar y que le hiciese una
+pregunta de lo que trae el libro, y ella me respondería.</p>
+
+<p>¿Y qué?</p>
+
+<p>Que no ha contestado.</p>
+
+<p>—Veamos: ¿qué le habéis preguntado?</p>
+
+<p>—He abierto el libro al azar, como ella decía, y le he hecho la primera
+pregunta que ha salido.</p>
+
+<p>—¿Y cuál ha sido la pregunta?</p>
+
+<p>—Ésta: <em>¿qué sucedió después?</em></p>
+
+<p>También se hizo allí esta observación profunda sobre una cotorra un
+poco golosa que pertenecía á una señora pensionista:</p>
+
+<p>«—¡Es muy graciosa! ¡Se come la manteca de las tostadas como una
+persona!».</p>
+
+<p>Fué sobre una de las losas de aquel convento, donde se recogió esta
+confesión, escrita de antemano para no olvidarla, por una pecadora de
+siete años:</p>
+
+<p>«—Acúsome, padre, de haber sido <em>avara</em>.</p>
+
+<p>«—Acúsome, padre, de haber sido <em>adúltera</em>.</p>
+
+<p>«—Acúsome, padre, de haber dirigido miradas á los hombres».</p>
+
+<p>En uno de los bancos de césped de aquel jardín, fué improvisado por
+una boca de rosa de seis años este cuento, escuchado por ojos azules de
+cuatro y cinco:</p>
+
+<p>«—Éranse que se eran tres pollitos que vivían en un país donde había
+muchas flores; cogieron las flores y se las metieron en el bolsillo, y
+después las hojas, y las pusieron en sus juguetes. Y había un lobo en
+aquella tierra, y muchos bosques; el lobo estaba en el bosque, y se comió
+los pollitos».</p>
+
+<p>Y este otro poema:</p>
+
+<p>«—Sucedió que dieron un palo.</p>
+
+<p>«Y fué Polichinela quien se lo dió al gato.</p>
+
+<p>«Y no hízole bien sino mal.</p>
+
+<p>«Entonces una señora metió á Polichinela en la cárcel».</p>
+
+<p>Allí también dijo una niña abandonada, recogida por el convento y
+educada por caridad, esta frase tierna y dolorosa, oyendo hablar á las
+demás de sus madres, murmurando la pobre en un rincón:</p>
+
+<p>«—Mi madre no estaba allí cuando nací yo».</p>
+
+<p>Había una tornera muy gruesa que andaba siempre atareada por los<span class="pagenum" id="Page_423">[Pg 423]</span>
+corredores con su manojo de llaves, y que se llamaba sor Ágata. Las
+<em>grandes</em>—de más de diez años—la llamaban <em>Ágatocles</em>.</p>
+
+<p>El refectorio era una gran sala rectangular que sólo recibía la luz
+por un claustro de arquivoltas al nivel del jardín; era obscuro y húmedo
+y como decían las niñas, «estaba lleno de bichos». Todos los sitios contiguos
+le suministraban su contingente de insectos.</p>
+
+<p>Cada uno de los cuatro ángulos había recibido, en el lenguaje de las
+educandas, un nombre particular y expresivo. Había el rincón de las
+arañas, el rincón de las orugas, el rincón de las cucarachas y el rincón
+de los grillos.</p>
+
+<p>El rincón de los grillos estaba cerca de la cocina, y era el más apreciado,
+porque allí hacía menos frío que en los demás. Del refectorio habían
+pasado los nombres al colegio y servían para distinguir, como en
+el antiguo colegio de Mazarino, cuatro naciones. Cada educanda pertenecía
+á una de las cuatro naciones, según el rincón del refectorio en que
+se sentaba á la hora de comer. Un día el señor arzobispo, haciendo la
+visita pastoral, vió entrar en la clase, por donde pasaba, una niña muy
+coloradita de hermosos cabellos rubios, y preguntó á otra educanda, linda
+y morenita de frescas mejillas, que estaba á su lado:</p>
+
+<p>—¿Quién es ésa?</p>
+
+<p>—Es una araña, monseñor.</p>
+
+<p>—¡Bah! ¿Y esta otra?</p>
+
+<p>—Ésta es un grillo.</p>
+
+<p>—¿Y aquélla?</p>
+
+<p>—Una oruga.</p>
+
+<p>—¡De veras! ¿Y tú?</p>
+
+<p>—Yo soy una cucaracha, monseñor.</p>
+
+<p>Cada casa de este género tiene sus particularidades. Á principios del
+siglo, Ecouen era uno de esos lugares encantadores y severos en los que
+se desarrolla, en una sombra casi augusta, la infancia de las niñas. En
+Ecouen, para tomar puesto en la procesión del Corpus, se hacía distinción
+entre las vírgenes y las floristas. Había igualmente «palios é incensarios»;
+las unas llevaban los cordones del palio, y las otras incensaban
+al Santísimo Sacramento. Las flores correspondían de derecho á las floristas.
+Cuatro «vírgenes» abrían la marcha. Durante la mañana de este
+gran día, no era raro oir preguntar en el dormitorio:</p>
+
+<p>—¿Quién es virgen?</p>
+
+<p>Madama Campan cita este dicho de una «pequeña» de siete años, dirigiéndose
+á una «grande» de diez y seis que iba á la cabeza de la procesión,
+mientras que ella, la pequeña, se quedaba á la cola:</p>
+
+<p>—¡Ah, tú eres virgen! Y ¡yo no lo soy!</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_424">[Pg 424]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Distracciones</b></p>
+
+
+<p>Sobre la puerta del refectorio estaba escrita en grandes letras negras
+la siguiente oración, llamada el <em>Pater Noster blanco</em>, la cual tenía la
+virtud de conducir las gentes directamente al cielo.</p>
+
+
+<p>«<em>Pequeño Padre nuestro blanco, que Dios hizo, que Dios dijo, que Dios puso en el
+paraíso. Por la noche, al acostarme, tres ángeles me encontré acostados en mi cama, uno
+á los pies, dos á la cabecera, y en medio á la Virgen Santa, que me dijo me acostase y
+de nada me cuidase. Dios bueno es mi padre, la Santa Virgen mi madre, los tres apóstoles
+mis hermanos y las tres vírgenes mis hermanas. La camisa en que Dios nació éste
+mi cuerpo envolvió; la cruz de santa Margarita en mi pecho tengo escrita. Nuestra Señora
+la Virgen por los campos va caminando, á su hijo querido llorando, y con el señor
+san Juan se ha encontrado.—Señor san Juan ¿de dónde venís?—Vengo del</em> <span class="smcap">Ave Salus</span>.—<em>¿Habéis
+visto si está allí Dios?—En el árbol de la Cruz, pendientes tiene los pies, clavadas
+tiene las manos, lleva sobre la cabeza corona de espinos blancos.</em></p>
+
+<p>«<em>Quien rezare esta oración tres veces por la mañana y otras tantas por la noche,
+ganará el cielo á la postre</em>».</p>
+
+<p>En 1827 había desaparecido de la pared esta oración tan característica,
+bajo una triple capa de pintura. Hoy acaba de borrarse también
+de la memoria de algunas niñas, jóvenes de entonces, señoras ancianas
+actualmente.</p>
+
+<p>Un gran crucifijo colgado de la pared completaba la decoración del
+refectorio, cuya única puerta, como creemos haber dicho, daba al jardín.
+Dos mesas estrechas, con dos bancos á lo largo de cada una, formaban
+dos líneas paralelas desde uno á otro extremo del refectorio. Las paredes
+eran blancas, las mesas negras; colores ambos de luto, variedad
+única de los conventos. Las comidas eran frugales, y aún el régimen de
+las niñas muy severo. Un solo plato de carne y legumbres mezcladas, ó
+de pescado salado, era todo su lujo. Este plato ordinario, reservado solamente
+á las educandas, era, sin embargo, una excepción. Las niñas
+comían y callaban bajo la vigilancia de la madre de semana, que de
+cuando en cuando abría y cerraba ruidosamente un libro de madera
+siempre que alguna mosca trataba de volar ó zumbar contra la regla.
+El silencio iba sazonado con algún trozo de la vida de los Santos, leído
+en alta voz desde un púlpito con atril, colocado al pie del crucifijo. La
+lectora era una de las educandas de más edad, que estaba de semana. En
+la mesa había colocados á distancia regular lebrillos barnizados, en donde
+las educandas lavaban por sí mismas su vaso y su cubierto, y algunas
+veces arrojaban también los desperdicios de carne dura ó de pescado
+pasado: esto se castigaba. Los tales lebrillos se llamaban los <em>círculos
+de agua</em>.</p>
+
+<p>La niña que rompía el silencio «hacía una cruz con la lengua».
+¿Dónde? En la tierra. Lamía el suelo. El polvo, este fin de todas las alegrías,<span class="pagenum" id="Page_425">[Pg 425]</span>
+se encargaba de castigar á aquellas pobres hojas de rosa, culpadas
+de murmullo.</p>
+
+<p>Había en el convento un libro, del cual no se había impreso más que
+un <em>ejemplar único</em>, y que estaba prohibido leer. Éste era la regla de
+san Benito, arcano que no debía penetrar ningún ojo profano. «Nemo
+regulas, seu constitutiones nostras, externis communicabit».</p>
+
+<p>Las educandas consiguieron un día coger el libro, y se pusieron á
+leer naturalmente, interrumpiendo con frecuencia la lectura por el temor
+de ser sorprendidas, lo cual les hacía cerrar el libro precipitadamente.
+De todo aquel gran miedo no sacaron más que un placer muy mediano.</p>
+
+<p>Algunas páginas ininteligibles acerca de los pecados de los muchachos.
+Esto fué lo «más interesante».</p>
+
+<p>Las colegialas jugaban en una alameda de desmedrados árboles frutales.
+Á pesar de la extremada vigilancia y de la severidad de los castigos,
+cuando el viento había sacudido los árboles, algunas de ellas recogían
+furtivamente del suelo una manzana verde, ó un albaricoque macado,
+ó una pera roída de gusanos. Aquí dejaremos hablar por nosotros
+una carta que tenemos á la vista, escrita hace veinticinco años por una
+antigua educanda, hoy marquesa de***, y una de las mujeres más elegantes
+de París. La copia es textual.</p>
+
+<p>«Se guarda una su pera ó su manzana como puede, y cuando se sube
+á dejar el velo encima de la cama, y á esperar la hora de cenar, se la
+esconde debajo de la almohada, y por la noche se la come estando en
+la cama: y cuando ni aún esto es posible, se come en el excusado». Era
+ésta una de sus mayores delicias.</p>
+
+<p>Una vez, al pasar la visita el señor arzobispo, una de las educandas,
+la señorita Bouchard, que tenía algunas relaciones de parentesco con los
+Montmorency, apostó á que le pediría un día de asueto, atrevimiento
+enorme, tratándose de una comunidad tan austera. La apuesta fué aceptada;
+pero ninguna de las que habían apostado creían en que se hiciera
+la petición.</p>
+
+<p>Llegó el momento, y al pasar el señor arzobispo por delante de las
+educandas, la señorita Bouchard, con indescriptible admiración de todas
+sus compañeras, salió de la fila y dijo: «Monseñor, un día de asueto».</p>
+
+<p>La señorita Bouchard era fresca y crecida, y tenía además la carita
+de rosa más linda del mundo. Monseñor de Quélen se sonrió, y dijo:
+«¡Cómo, querida hija mía, un día de asueto! Tres días, si gustáis. Os
+concedo tres días». La priora nada podía hacer, había hablado el señor
+arzobispo. Qué escándalo para el convento, y qué alegría en el colegio.
+Júzguese del efecto.</p>
+
+<p>Este claustro tan severo no estaba, sin embargo, tan amurallado que
+la vida de las pasiones del mundo, el drama y aún la novela no penetrasen
+en él. Para probarlo nos limitaremos á consignar aquí, y á indicar
+brevemente un hecho real é incontestable, que por otra parte nada tiene<span class="pagenum" id="Page_426">[Pg 426]</span>
+que ver con la historia que vamos refiriendo. Citaremos simplemente el
+hecho para completar la fisonomía del convento.</p>
+
+<p>Hacia dicha época pues, había en el convento una mujer misteriosa,
+que sin ser monja, era tratada con gran respeto; se llamaba «señora Albertina».
+No se sabía de ella sino que estaba loca, y que pasaba por
+muerta en el mundo. Tenía, según se decía, encerrados en la historia,
+arreglos de fortuna indispensables á un gran casamiento.</p>
+
+<p>Esta mujer, que apenas contaba treinta años, morena y hermosa,
+miraba vagamente con sus negros y grandes ojos. ¿Veía? No se sabía
+de cierto.</p>
+
+<p>Se deslizaba más bien que andaba; no hablaba nunca, y no era cosa
+segura si respiraba ó no. Tenía las ventanas de la nariz contraídas y
+lívidas, como después de lanzar el último suspiro; tocar su mano era tocar
+la nieve. Mostraba cierta gracia especial de espectro. Donde ella
+entraba se sentía frío. Un día, una de las hermanas al verla pasar, díjole
+á otra:—Pasa por muerta.—Puede que lo esté,—respondió la segunda.</p>
+
+<p>Hacíanse sobre la señora Albertina mil diversas suposiciones. Era el
+objeto eterno de la curiosidad de las educandas. Había en la capilla una
+tribuna, que se llamaba del <em>Ojo de buey</em>. Esta tribuna sólo tenía un ojo
+redondo por ventana, una claraboya, desde la cual la señora Albertina
+asistía á los actos del culto. Generalmente estaba siempre sola allí, porque
+situada la tribuna en el primer piso, podía verse perfectamente al
+predicador y al celebrante, lo cual estaba prohibido á las religiosas. Un
+día ocupaba el púlpito un clérigo joven de elevada alcurnia, el señor
+duque de Rohan, par de Francia, oficial de mosqueteros rojos en 1815,
+cuando era príncipe de León, muriendo después en 1830 de cardenal-arzobispo
+de Besanzón.</p>
+
+<p>Era la primera vez que el señor de Rohan predicaba en el convento
+del Pequeño Picpus. La señora Albertina asistía generalmente á los sermones
+y á los oficios en la mayor calma y en la más completa inmovilidad.
+Aquel día, en cuanto vió al duque de Rohan, se medio levantó,
+y dijo en voz alta, en medio del silencio de la capilla: <em>¡Calla, Augusto!</em>
+Toda la comunidad, asombrada, volvió la cabeza; el predicador levantó
+los ojos; pero la señora Albertina había ya vuelto á su natural inmovilidad.
+Un soplo del mundo exterior, un rayo de vida pasó instantáneamente
+por aquella figura marchita y helada; después todo se desvaneció,
+y la loca volvió á ser nuevamente un cadáver.</p>
+
+<p>Aquellas dos palabras, sin embargo, dieron que hablar á todo lo que
+podía hablar en el convento.</p>
+
+<p>¡Qué de misterios, qué de revelaciones! en aquel <em>¡Calla, Augusto!</em> El
+duque de Rohan se llamaba efectivamente Augusto. Era evidente que la
+señora Albertina había salido del gran mundo, puesto que conocía al
+duque de Rohan; que había ella ocupado en el siglo alta posición, porque
+hablaba familiarmente á tan gran señor, y que tenía con él relaciones<span class="pagenum" id="Page_427">[Pg 427]</span>
+de parentesco tal vez, y muy íntimas seguramente, cuando le llamaba
+por su nombre de pila.</p>
+
+<p>Dos duquesas muy severas, las de Choiseul y de Sérent, visitaban
+con frecuencia á la Comunidad, en la cual penetraban sin duda en virtud
+del privilegio <em>Magnates mulieres</em>, dando mucho miedo á las colegialas.
+Cuando pasaban las dos viejas, todas las educandas temblaban y
+bajaban los ojos.</p>
+
+<p>El duque de Rohan era, por otra parte, sin saberlo él, objeto de la
+atención general de aquellas jóvenes. Acababa de ser nombrado, como
+aspirante al episcopado, vicario general del arzobispado de París, y tenía
+por costumbre ir á cantar los oficios en las funciones de la capilla
+del Pequeño Picpus. Ninguna de las jóvenes reclusas podía verle á
+causa de la cortina de sarga; pero tenía una voz dulce y un tanto aguda,
+que ya conocían y distinguían todas perfectamente. Había sido mosquetero;
+se decía que era muy pulcro, que peinaba con gran esmero sus
+hermosos cabellos castaños, formando bucles alrededor de la frente, que
+llevaba un ancho cinturón de magnífico moaré, y que su sotana negra
+estaba cortada elegantísimamente. Así es que llevaba toda la atención
+de aquellas imaginaciones de diez y seis años.</p>
+
+<p>Ningún ruido exterior penetraba en el interior del convento.</p>
+
+<p>Sin embargo, hubo un año en que se oyó el sonido de una flauta. Fué
+éste un acontecimiento del que se acuerdan todavía las educandas de
+aquel tiempo. Era una flauta tocada indudablemente por algún vecino,
+que siempre repetía el mismo aire, un aire muy antiguo: <em>Zetulbé mía,
+ven á reinar en mi alma</em>, el cual se oía dos ó tres veces diariamente. Las
+muchachas se pasaban las horas escuchando, las madres vocales estaban
+indignadas, las imaginaciones trabajaban, llovían los castigos. Esto
+duró muchos meses. Las educandas estaban todas más ó menos enamoradas
+del músico desconocido. Cada cual se creía otra Zetulbé. El sonido
+venía del lado de la calle Droit-Mur. Todas lo hubieran dado todo, lo
+hubieran comprometido é intentado todo, por ver, siquiera por un segundo,
+por entrever, por vislumbrar solamente al «gallardo joven» que
+tañía tan deliciosamente la flauta, y que sin imaginárselo, conmovía á
+un mismo tiempo todas aquellas almas. Las hubo que se escaparon por
+una puerta excusada y subieron al tercer piso de la calle Droit-Mur para
+tratar de ver por los respiraderos. Imposible. Una de ellas llegó hasta el
+punto de pasar el brazo por cima de la cabeza al través de los hierros,
+agitando su pañuelo blanco. Otras dos fueron más osadas aún. Encontraron
+medio de trepar hasta el tejado, arriesgándose por él, hasta que
+por fin consiguieron ver al «gallardo joven».</p>
+
+<p>Era un viejo hidalgo emigrado, ciego y arruinado, que se entretenía
+en su buhardilla, tocando la flauta para consolarse.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_428">[Pg 428]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>El convento pequeño</b></p>
+
+
+<p>Había en el recinto del Pequeño Picpus tres edificios completamente
+distintos: el convento grande, que habitaban las religiosas; el colegio en
+que estaban las educandas, y el convento pequeño. Era éste un departamento
+con jardín, donde vivían en común toda clase de antiguas religiosas
+de distintas órdenes, restos de los claustros destruidos por la revolución;
+una abigarrada mezcla de todos los hábitos negros, grises y
+blancos, de todas las comunidades, y de todas las variedades posibles.
+Era lo que puede llamarse, si se nos permite semejante combinación de
+palabras, un convento arlequín.</p>
+
+<p>Desde el Imperio se había permitido á aquellas infelices, dispersas y
+desterradas, acogerse bajo la protección de las benedictinas-bernardas,
+donde recibían una corta pensión del Gobierno. Las religiosas del Pequeño
+Picpus las habían acogido muy bien. Era, pues, aquello una mezcla
+chocante. Cada una seguía su regla. Algunas veces se permitía á las
+educandas, como gran concesión, hacerles una visita; y estas jóvenes
+han conservado, entre otros recuerdos, los de la madre santa Basilia, de
+la madre santa Escolástica, y de la madre Jacob.</p>
+
+<p>Una de estas refugiadas se hallaba reinstalada como en su casa. Era
+una religiosa de Santa Aura, y era también la única que sobrevivía de
+su comunidad. El antiguo convento de monjas de Santa Aura ocupaba,
+desde principios del siglo <span class="allsmcap">XVIII</span>, precisamente la misma casa del Pequeño
+Picpus, que perteneció después á las benedictinas de Martín Verga.
+Esta santa monja, demasiado pobre para poder llevar el magnífico hábito
+de su orden, que era un manto blanco con escapulario escarlata,
+había vestido piadosamente con él un pequeño maniquí, que enseñaba á
+todo el mundo con satisfacción, y que legó al convento cuando murió.
+En 1824 no quedaba de aquella orden más que una religiosa; hoy día no
+queda más que una muñeca.</p>
+
+<p>Además de estas dignas madres, había algunas viejas del siglo, que
+habían obtenido permiso de la priora, como la señora Albertina, para
+retirarse al convento pequeño.</p>
+
+<p>Pertenecían á este número, la señora de Beauford de Hatpoul y la
+marquesa Dufresne.</p>
+
+<p>Otra había también que era sólo conocida en el convento por el gran
+ruido que hacía al limpiarse las narices. Las educandas la llamaban la
+señora Batahola.</p>
+
+<p>Hacia 1820 ó 1821, la señora de Genlis, que publicaba en dicha época
+un periódico, titulado el <em>Intrépido</em>, pidió para entrar de pensionista
+en el convento del Pequeño Picpus, por recomendación del señor duque
+de Orléans. Esto alborotó la colmena; las madres vocales temblaban; la
+señora de Genlis había escrito novelas, pero declaró que era la primera<span class="pagenum" id="Page_429">[Pg 429]</span>
+en condenarlas. Además, había llegado al punto en que la devoción se
+vuelve insociable. Por fin, con la ayuda de Dios y la del príncipe, entró
+en el convento, pero se marchó á los seis ú ocho meses, dando por toda
+razón que el jardín carecía de sombra. Las religiosas se alegraron muchísimo.
+La señora de Genlis, aunque ya vieja, tocaba aún el arpa bastante
+bien.</p>
+
+<p>Al marcharse dejó el sello de su estancia en la celda. Era supersticiosa
+y latinista. Estas dos palabras expresan gráficamente su perfil.
+Hace algunos años se encontraban aún pegados en lo interior de un
+armarito de su celda donde guardaba el dinero y las alhajas, estos cinco
+versos latinos, escritos por su propia mano con tinta roja en papel
+amarillo, y que, en su opinión, tenían la virtud de espantar á los ladrones:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p><span style="margin-left: 1em;">Imparibus meritis pendent tria corpora ramis;</span><br>
+Dismas et Gesmas, media est divina potestas;<br>
+Alta petit Dismas, infelix, infima, Gesmas,<br>
+Nos et res nostras conservet summa potestas.<br>
+Hos versus dicas, ne tu furto tua perdas.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Estos versos, en latín del siglo <span class="allsmcap">VI</span>, agitan la cuestión de si los dos ladrones
+del Calvario se llamaban, como se cree comúnmente, Dimas y
+Gestas, ó Dismas y Gesmas. Esta diferencia ortográfica, por insignificante
+que parezca, hubiera podido contrariar las pretensiones que tenía en
+el siglo pasado el vizconde de Gestas de descender del mal ladrón. Por
+lo demás, la virtud benéfica atribuida á estos versos es verdadero artículo
+de fe en la orden de las hospitalarias.</p>
+
+<p>La iglesia de la casa, construida de manera que formaba un corte de
+separación entre el convento grande y el colegio, era común, sin embargo,
+al colegio, al convento grande y al pequeño; y en ella se admitía
+también al público por una especie de entrada de lazareto que conducía
+á la calle.</p>
+
+<p>Pero todo estaba dispuesto de modo que ninguna de las habitantes
+del claustro pudiese ver un rostro de afuera. Imagínese el lector una
+iglesia cuyo coro hubiera sido cogido por la mano de un gigante, y doblado
+de manera que formase, no ya, como en todas las iglesias, una
+prolongación detrás del altar, sino una especie de sala ó caverna obscura
+á la derecha del celebrante; supóngase esta sala cerrada por la cortina
+de siete pies de altura de que ya hemos hablado; amontónense allí
+á la sombra de esa cortina, en sitiales de madera, las religiosas del coro
+á la izquierda, las educandas á la derecha, las conversas y las novicias
+en el centro, y se tendrá una idea de cómo las religiosas del Pequeño
+Picpus asistían al culto divino. Esta caverna, que se llamaba el coro, se
+comunicaba con el claustro por un pasadizo. La iglesia tomaba la luz
+del jardín. Cuando las religiosas asistían á las funciones en que su regla
+prevenía el silencio, el público sólo se enteraba de su presencia por el<span class="pagenum" id="Page_430">[Pg 430]</span>
+choque de las tablillas de los sitiales, que se levantaban y bajaban ruidosamente.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Algunas siluetas de aquella sombra</b></p>
+
+
+<p>Durante los seis años que median desde 1819 á 1825, había sido
+priora del Pequeño Picpus la señorita Blemeur, que en religión se llamaba
+la madre Inocente. Pertenecía á la familia de Margarita de Blemeur,
+autora de la <em>Vida de los Santos de la orden de san Benito</em>.</p>
+
+<p>Había sido reelegida en su cargo. Era mujer de unos sesenta años,
+baja, gruesa, «que cantaba como un puchero cascado», dice la carta citada
+anteriormente. Por lo demás, era excelente mujer; la única alegre
+del convento, y por esto era estimada de todas.</p>
+
+<p>La madre Inocente se parecía en algo á su ascendiente Margarita,
+la Dacier de la orden.</p>
+
+<p>Era literata, erudita, sabia, competente, historiadora, curiosa, rellena
+de latín, repleta de griego y henchida de hebreo, y más benedictino
+que benedictina.</p>
+
+<p>La vice-priora era una religiosa española muy anciana y casi ciega,
+la madre Cineres.</p>
+
+<p>Las más de notar, entre las madres vocales, eran la madre santa Honorina,
+tesorera; la madre santa Gertrudis, primera maestra de novicias;
+la madre santo Ángel, segunda maestra; la madre Asunción, sacristana;
+la madre san Agustín, enfermera, la única que era mala en el
+convento; después la madre, santa Mechtilde (señorita Gauvain) muy
+joven, con admirable voz; la madre Ángeles (señorita Drouet), que
+había estado en el convento de las Hijas de Dios y en el convento del
+Tesoro, entre Gisors y Magny; la madre san José (señorita Cogolludo);
+la madre santa Adelaida (señorita de Auverney); la madre Misericordia
+(señorita de Cifuentes, que no pudo resistir tanta austeridad); la madre
+Compasión (señorita de Miltière, que entró en el convento á los sesenta
+años, á pesar de no permitirlo la regla, pero muy rica); la madre Providencia
+(señorita de Laudinière): la madre Presentación (señorita de
+Sigüenza), que fué priora en 1847; y por fin, la madre santa Celina
+(hermana del escultor Ceracchi), que se volvió loca; la madre santa
+Chantal (señorita de Suzón), loca igualmente.</p>
+
+<p>Había además, entre las más bellas, una linda joven de veintitrés
+años, que procedía de la isla de Borbón, descendiente del caballero
+Roze, que se llamaba señorita Roze y se hizo llamar madre Asunción.</p>
+
+<p>La madre santa Mechtilde, encargada del canto y del coro, enseñaba
+muy satisfecha á las educandas. Tomaba de entre ellas diariamente
+una gama completa, es decir, siete educandas desde diez años á diez y
+seis inclusive, de voces y estaturas variadas, á quienes hacía cantar de
+pie, alineadas en fila por edades, desde la menor á la mayor, lo cual<span class="pagenum" id="Page_431">[Pg 431]</span>
+ofrecía el caprichoso aspecto de un flautado de jóvenes, especie de flauta
+viviente del dios Pan, formada de ángeles.</p>
+
+<p>Las hermanas conversas á quienes querían más las educandas eran
+sor santa Eufrasia, sor santa Margarita, sor santa Marta, ya chocha, y
+sor san Miguel, cuya larga nariz era objeto de risa.</p>
+
+<p>Todas estas mujeres eran amables para las niñas; sólo eran rígidas
+para ellas mismas.</p>
+
+<p>No se encendía lumbre más que en el colegio, y el alimento, comparado
+con el del convento, era escogido. Además, tenían por las educandas
+mil cuidados; sólo que, cuando una niña pasaba junto á una religiosa
+y le hablaba, la monja no respondía nunca.</p>
+
+<p>La regla del silencio había producido el efecto singular de que en todo
+el convento se negaba la palabra á las criaturas humanas cuando se
+concedía á los objetos inanimados. Á veces hablaba la campana de la
+iglesia, otras el cascabel del jardinero. Un timbre muy sonoro, que la
+tornera tenía á su lado y que se oía en toda la casa, indicaba con sus
+variados toques que venía á ser una especie de telegrafía acústica, todos
+los actos de la vida material que debían ejecutarse, llamando al locutorio,
+cuando había necesidad, á tal ó cual habitante de la casa. Cada persona
+y cada cosa tenía sus toques: la priora uno y uno; la vice-priora
+uno y dos; seis con cinco llamaban á clase; de modo que las educandas
+no decían nunca entrar en clase, sino ir á las seis con cinco. Cuatro con
+cuatro era el toque á que respondía la señora de Genlis, el cual se oía
+con mucha frecuencia. <em>Es el diablo á cuatro</em>, decían las que tenían poca
+caridad. Diez con nueve toques anunciaban un gran acontecimiento. Era
+éste la apertura de la <em>puerta de clausura</em>, enorme plancha de hierro erizada
+de cerrojos, que no giraba sobre sus goznes sino á presencia del arzobispo.</p>
+
+<p>Éste y el jardinero, como hemos ya dicho, eran los únicos hombres
+que entraban en el convento. Las educandas veían á otros dos; el uno el
+capellán que era el presbítero Banés, viejo y feo, á quién podían contemplar
+desde el coro al través de una reja; y el otro el profesor de dibujo,
+señor Ansiaux, llamado en la carta de que hemos copiado algunas
+líneas <em>señor Anciot</em> y calificado de <em>viejo horrible y jorobado</em>.</p>
+
+<p>Como se ve, todos los hombres eran escogidos.</p>
+
+<p>Tal era aquella curiosa morada.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Post corda lapides</b></p>
+
+
+<p>Después de haber delineado la figura moral del convento, no estará
+de más indicar en breves palabras la configuración material: el lector
+tiene ya de ella alguna idea.</p>
+
+<p>El convento del Pequeño Picpus de San Antonio, ocupaba casi completamente
+el vasto trapecio que formaban las intersecciones de las calles<span class="pagenum" id="Page_432">[Pg 432]</span>
+Polonceau, Droit-Mur, la callejuela Pequeño Picpus y el callejón sin
+salida llamado en los antiguos planos calle Aumarais. Estas cuatro calles
+rodeaban el trapecio, como un foso. El convento se componía de varios
+edificios y un jardín. El edificio principal, tomado en conjunto, era un
+compuesto de construcciones híbridas, que miradas á vista de pájaro
+dibujaban con bastante exactitud una horca colocada en tierra.</p>
+
+<p>El brazo mayor de esta horca, ocupaba todo el trozo de la calle
+Droit-Mur, comprendido entre la callejuela Picpus y la calle Polonceau;
+el brazo pequeño era una fachada alta, cenicienta, severa y enrejada,
+que daba frente á la callejuela Picpus, cuya extremidad designaba la
+puerta cochera número 62. Casi en medio de esta fachada, el polvo y la
+ceniza blanqueaban una puertecita vieja, cintrada, en que las arañas
+tejían su tela, y que sólo se abría una ó dos horas los domingos, y en
+las raras ocasiones en que salía del convento el ataúd de alguna religiosa.</p>
+
+<p>Era la entrada pública de la iglesia. El codo de la horca la formaba
+una sala cuadrada con destino al servicio de la cocina, y á la que las
+religiosas llamaban <em>la despensa</em>. En el gran brazo estaban las celdas de
+las madres y de las hermanas, y el noviciado; en el otro brazo las cocinas,
+el refectorio rodeado del claustro y la iglesia. Entre la puerta número
+62 y el ángulo del callejón sin salida Aumarais, estaba el colegio,
+que no se veía desde fuera. El resto del trapecio formaba el jardín, que
+estaba mucho más bajo que el nivel de la calle Polonceau, lo que hacía
+que la cerca rematase mucho más alta por dentro que por fuera. El jardín,
+ligeramente convexo, tenía en el centro, en una pequeña altura, un
+hermoso abeto agudo y cónico, del cual arrancaban, como de la punta
+central de una rodela, cuatro grandes calles, y otras ocho menores, colocadas
+dos á dos entre las primeras, de tal manera, que si el recinto
+hubiese sido circular, el plano geométrico de estas calles hubiera parecido
+una cruz colocada sobre una rueda. Todas las calles iban á terminar
+en las tapias irregulares del jardín, y por lo tanto, eran desiguales
+en longitud.</p>
+
+<p>Estaban bordeadas de groselleros. En el fondo, una calle de elevados
+álamos iba desde las ruinas del antiguo convento, que estaban en el ángulo
+de la calle Droit-Mur, á la casa del convento pequeño, situado en
+el ángulo de la callejuela Aumarais. Antes de llegar al convento pequeño
+se encontraba lo que llamaban el jardinillo. Añádase á este conjunto un
+patio, muchos ángulos desiguales formados por las habitaciones interiores,
+paredes de cárcel, y por toda perspectiva y vecindad la negra y extensa
+línea de tejados que corría al otro lado de la calle Polonceau, y se
+tendrá una imagen completa de lo que era hace cuarenta y cinco años
+el convento de bernardinas del Pequeño Picpus. Esta santa casa se había
+construido precisamente en el sitio que ocupó un famoso juego de pelota,<span class="pagenum" id="Page_433">[Pg 433]</span>
+desde el siglo <span class="allsmcap">XIV</span> al <span class="allsmcap">XVI</span>, al cual llamaban el <em>trinquete de los once mil
+diablos</em>.</p>
+
+<p>Todas aquellas calles eran de las más antiguas de París. Los nombres
+de Droit-Mur y Aumarais son antiquísimos; pero las calles que los llevaban
+eran más antiguas todavía.</p>
+
+<p>La calleja Aumarais se había llamado calleja de Maugout, y la
+calle Droit-Mur se llamó anteriormente calle de los Rosales Silvestres,
+porque Dios abrió las flores antes que el hombre tallase las piedras.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>Un siglo bajo una toca</b></p>
+
+
+<p>Ya que estamos puestos á dar pormenores de lo que fué en otro tiempo
+el convento del Pequeño Picpus, y que hemos osado abrir una ventana
+en este discreto asilo, permítanos el lector todavía otra ligera digresión,
+ajena al fondo de este libro, pero característica y útil para dar
+á conocer que aún en el mismo claustro existen tipos originales.</p>
+
+<p>Había en el convento pequeño una mujer centenaria que había ido
+allí procedente de la abadía de Fontevrault.</p>
+
+<p>Antes de la revolución había pertenecido al mundo.</p>
+
+<p>Hablaba mucho del señor de Miromesnil, guarda-sellos de Luis XIV,
+y de una tal Duplat, presidenta, á quienes había conocido mucho. Toda
+su vanidad, todo su placer, consistía en recordar estos nombres á cada
+paso. Contaba maravillas de la abadía de Fontevrault, que parecía una
+ciudad, pues tenía sus calles dentro del monasterio.</p>
+
+<p>Hablaba con cierto acento picardo, que provocaba la risa de las educandas.
+Cada año renovaba solemnemente sus votos, y en el momento
+de hacer juramento, decía al sacerdote: monseñor san Francisco le prestó
+en manos de monseñor san Julián; monseñor san Julián le prestó en
+manos de monseñor san Eusebio; monseñor san Eusebio en manos de
+monseñor san Procopio, etc., etc.; así yo le presto en vuestras manos
+padre. Y las educandas reían, no so capa, sino so velo; encantadoras y
+sofocadas sonrisas que hacían fruncir el ceño á las madres vocales.</p>
+
+<p>Otras veces, la centenaria contaba historias. Decía que «en su juventud
+los bernardinos no les iban en zaga á los mosqueteros». Era un siglo
+hablando; pero era el siglo <span class="allsmcap">XVIII</span>. Narraba la costumbre de los cuatro vinos
+en Champagne y Bourgogne, antes de la revolución. Siempre que
+un gran personaje, un mariscal de Francia, un príncipe, un duque ó un
+par pasaba por alguna de las ciudades de Bourgogne ó Champagne, el
+Ayuntamiento le arengaba y presentaba cuatro copas de plata llenas de
+cuatro vinos diferentes. En la primera copa se leía esta inscripción:
+«vino del mono»; en la segunda, «vino del león»; en la tercera «vino del
+carnero»; en la cuarta, «vino del cerdo». Aquellos cuatro letreros expresaban
+los cuatro grados por que desciende la embriaguez: la primera<span class="pagenum" id="Page_434">[Pg 434]</span>
+embriaguez es la que alegra, la segunda la que irrita, la tercera la que
+atonta y la última en fin la que embrutece.</p>
+
+<p>Guardaba dentro de un armario, bajo llave, un objeto misterioso,
+que estimaba en mucho. La regla de Fontevrault no se lo prohibía, pero
+ella no quería enseñar aquel objeto á nadie. Se encerraba en la celda, lo
+que también permitía su regla, ocultándose siempre que quería contemplarle.
+Si oía pasos en el corredor, cerraba el armario tan precipitadamente
+cuanto podían sus trémulas manos. Cuando se le hablaba de aquello,
+se callaba siempre, siendo como era tan amiga de hablar. Las más
+curiosas se encontraban chasqueadas por su silencio, y las más tenaces
+por su obstinación. Era, pues, su objeto, motivo de los comentarios de
+todas las personas desocupadas ó fastidiadas del convento.</p>
+
+<p>¿Qué podía ser aquel tan precioso, tan guardado, tesoro de la centenaria?
+¿Sería algún libro santo? ¿Algún rosario único? ¿Alguna reliquia
+eficaz y probada? Todas se perdían en conjeturas.</p>
+
+<p>Á la muerte de la pobre anciana corrieron todas al armario, más de
+prisa tal vez de lo que hubiese convenido, y le abrieron. Encontróse el
+objeto envuelto en un triple lienzo, como patena bendita.</p>
+
+<p>Era un plato de Faënza, en el cual había pintados unos amorcillos
+volando en fuga, perseguidos por unos mancebos de botica armados de
+enormes jeringas. La persecución abundaba en gestos y posturas cómicas.
+Uno de los graciosos amorcillos aparece ya ensartado; en vano agita
+sus alas, y trata de volar; el matachín se ríe de sus esfuerzos con risa
+satánica.</p>
+
+<p>Moraleja: el amor vencido por el cólico.</p>
+
+<p>Aquel plato, por otra parte muy curioso y que tuvo quizá el mérito
+de sugerir una idea á Molière, existía aún en septiembre de 1845 de venta
+en una prendería del boulevard Beaumarchais.</p>
+
+<p>Aquella buena vieja no quería recibir ninguna visita de fuera del
+convento, <em>porque</em>, según decía, «el locutorio era demasiado triste».</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">X<br>
+<b>Origen de la adoración perpetua</b></p>
+
+
+<p>Por lo demás, aquel locutorio casi sepulcral del que hemos procurado
+dar una idea, es un hecho puramente local, que no tenía semejante severidad
+en los otros conventos. En el de la calle del Temple, que en verdad
+era de otra orden, los postiguillos negros estaban reemplazados por
+cortinas obscuras, y el locutorio mismo era un salón bien entarimado,
+cuyas ventanas tenían cortinillas de muselina blanca, y cuyas paredes
+admitían toda clase de cuadros: el retrato de una benedictina con la
+cara descubierta, floreros pintados, y hasta una cabeza de turco.</p>
+
+<p>En el jardín del convento de la calle del Temple, estaba aquel castaño
+de Indias que pasaba por el más hermoso y más grande de Francia,<span class="pagenum" id="Page_435">[Pg 435]</span>
+y que tenía fama, entre el pueblo bonachón del siglo <span class="allsmcap">XVIII</span>, de ser «el
+padre de todos los castaños del reino».</p>
+
+<p>Hemos dicho ya que el convento del Temple estaba ocupado por las
+benedictinas de la Adoración perpetua, distintas de las que dependían
+de Císter. La orden de la Adoración perpetua no es muy antigua; cuenta
+sólo doscientos años. En 1649 el Santísimo Sacramento fué profanado
+dos veces, con pocos días de diferencia, en dos iglesias de París: en San
+Sulpicio y en San Juan de Grève, espantoso y raro sacrilegio que conmovió
+toda la población. El prior, vicario mayor de San Germán de los
+Prados, dispuso una procesión solemne de todo su clero, oficiando el
+nuncio del papa. Pero semejante expiación no pareció suficiente á dos
+dignas mujeres, la señora Courtin, marquesa de Boucs, y la condesa de
+Chateauvieux. Aquel ultraje inferido «al augusto Sacramento del altar»,
+aunque pasajero, no se borraba del alma de aquellas dos santas mujeres,
+que creyeron que no podía ser reparado sino por una «adoración perpetua»
+en algún convento de monjas. Y ambas á dos, la una en 1652 y
+otra en 1653, hicieron donación de grandes sumas á la madre Catalina
+de Bar, llamada del Santísimo Sacramento, religiosa benedictina, para
+fundar con este fin piadoso, un monasterio de la orden de San Benito.
+El primer permiso para esta fundación fué concedido á la madre Catalina
+de Bar por el señor de Metz, abad de San Germán, «á condición de
+que no pudiera ser recibida ninguna joven que no llevase trescientas libras
+de renta, que suponen seis mil libras de capital». Después del abad
+de San Germán, el rey concedió las reales cédulas; y reunidas las licencias
+abaciales y las reales, fué registrado en 1664 en el Tribunal de
+Cuentas y en el Parlamento.</p>
+
+<p>Tal es el origen y la consagración legal del establecimiento de las
+benedictinas de la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento en París.
+Su primer convento se «edificó de nueva planta» en la calle de Casette,
+con el dinero de las señoras de Boucs y de Chateauvieux.</p>
+
+<p>Esta orden, era pues, como se ve, distinta de las que seguían las benedictinas
+llamadas del Císter y dependía del abad de San Germán de
+los Prados; de igual manera que las monjas del Sagrado Corazón dependen
+del general de los jesuitas, y las hermanas de la Caridad del general
+de los lazaristas.</p>
+
+<p>Era también totalmente distinta de la de las bernardas del Pequeño-Picpus
+cuyo interior acabamos de manifestar. En 1657, el papa Alejandro
+VII autorizó por breve especial á las bernardas del Pequeño-Picpus
+para practicar la adoración perpetua como las benedictinas del Santísimo
+Sacramento. Pero las dos órdenes no fueron por eso menos distintas.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_436">[Pg 436]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">XI<br>
+<b>Fin del Pequeño-Picpus</b></p>
+
+
+<p>Desde el principio de la restauración, el convento del Pequeño-Picpus
+iba muy á menos, lo cual era parte de la muerte general de la orden,
+que iba desapareciendo como todas las demás órdenes religiosas desde el
+siglo <span class="allsmcap">XVII</span>. La contemplación es, lo mismo que la oración, una necesidad
+humana; pero se transformará como todo lo que ha tocado la revolución,
+y de enigma del progreso social, se convertirá en favorable.</p>
+
+<p>La casa del Pequeño-Picpus se despoblaba rápidamente. En 1840 el
+convento pequeño había desaparecido, el colegio también; no había ya
+viejas ni jóvenes; las unas habían muerto, las otras se habían ido. <em>Volaverunt.</em></p>
+
+<p>La regla de la Adoración perpetua es de una rigidez tal, que asombra;
+las vocaciones retroceden, la orden no se renueva. En 1845 entraban
+aún de acá y de allá algunas, pocas, religiosas conversas, pero ni
+una de coro. Hace cuarenta años había unas cien religiosas: hace quince
+no había más que veintiocho. ¿Cuántas quedan hoy? En 1847 la priora
+era joven, aún no tenía cuarenta años, prueba de que la elección se
+hacía en un círculo muy reducido. Á medida que disminuye el número,
+aumenta el trabajo; el servicio de cada una se hace más duro. Veíase
+desde entonces llegar el momento en que ya no serían sino una docena
+de espaldas doloridas y encorvadas á soportar la pesada regla de San
+Benito. La carga es pesadísima, y sigue siempre la misma para pocas
+como para muchas; el mucho peso aplasta. Por eso mueren.</p>
+
+<p>En el tiempo en que el autor de este libro vivía todavía en París,
+murieron dos. La una tenía veinticinco años, la otra veintitrés. Ésta
+pudo decir como Julia Alpinula: <em>Hic jaceo. Vixi annos viginti et tres.</em>
+Á causa de semejante decadencia, es por lo que el convento ha renunciado
+á la educación de niñas.</p>
+
+<p>No hemos podido pasar por delante de aquella casa extraordinaria,
+desconocida, obscura, sin entrar y sin hacer entrar en ella los espíritus
+que nos acompañan y nos oyen referir, para utilidad de algunos quizá,
+la historia melancólica de Juan Valjean. Hemos penetrado en aquella
+comunidad enteramente llena de antiguas prácticas, que parecen tan
+nuevas á la fecha. Es el jardín cerrado; <em>Hortus conclusus</em>.</p>
+
+<p>Hemos hablado de aquel sitio singular con alguna minuciosidad, pero
+con respeto, al menos con todo lo que son compatibles respeto y detalle.
+No nos lo explicamos todo, pero no insultamos nada. Estamos á la misma
+distancia del himno laudatorio de José de Maistre, que lleva á la coronación
+del verdugo, que de la ironía de Voltaire, que llega hasta reirse
+del crucifijo.</p>
+
+<p>Ilogismo de Voltaire, sea dicho de paso; porque Voltaire hubiera
+defendido á Jesús como defendía á Calás; y para aquellos mismos que<span class="pagenum" id="Page_437">[Pg 437]</span>
+niegan las encarnaciones sobrehumanas, ¿qué representa el crucifijo? El
+asesinato de la sabiduría.</p>
+
+<p>En el siglo <span class="allsmcap">XIX</span>, la idea religiosa está pasando por una grave crisis.
+Se olvidan ciertas cosas, y está bien hecho, con tal que al olvidar aquello
+se aprenda esto.</p>
+
+<p>Nada de vacío en el corazón humano. Si se hacen ciertas demoliciones,
+y si es bueno que se hagan, ha de ser á condición de que sigan á
+ellas las reconstrucciones.</p>
+
+<p>Entre tanto, estudiemos las cosas que dejaron de ser. Es necesario
+conocerlas, aunque no sea más que para evitarlas. Las falsificaciones
+del pasado toman falsos nombres, y se llaman á sí mismas porvenir.</p>
+
+<p>Este reaparecido, el pasado, está expuesto á la debilidad de falsificar
+su pasaporte. Averigüemos el ardid: desconfiemos. Seamos cautos.</p>
+
+<p>Lo pasado tiene su fisonomía, la superstición; y un antifaz, la hipocresía.
+Denunciemos el rostro y arranquemos la máscara.</p>
+
+<p>En cuanto á los conventos, nos ofrecen una cuestión compleja. La
+civilización los condena; los protege la libertad.</p>
+
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO SÉPTIMO<br>
+PARÉNTESIS</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>El convento: idea abstracta</b></p>
+
+
+<p>Este libro es un drama, cuyo primer personaje es el infinito.</p>
+
+<p>El hombre es el segundo.</p>
+
+<p>Siendo así y habiéndose encontrado un convento en nuestro camino,
+hemos debido penetrar en él. ¿Por qué?</p>
+
+<p>Porque el convento, que es propio así del Oriente como del Occidente,
+de la antigüedad como de los tiempos modernos, propio del paganismo,
+del budismo, del mahometismo, como del cristianismo, es uno
+de los instrumentos ópticos dirigidos por el hombre al infinito.</p>
+
+<p>No es éste lugar de desenvolver desmedidamente ciertas ideas; sin embargo,
+aún manteniendo absolutamente nuestras reservas, nuestras restricciones,
+y hasta nuestras indignaciones, debemos decirlo: siempre que hallamos
+en el hombre el infinito, bien ó mal comprendido, nos sentimos
+sobrecogidos de respeto. Hay en la sinagoga, hay en la mezquita, en la
+pagoda, en el wigwam, la parte repugnante que execramos y la parte
+sublime que adoramos. ¡Qué contemplación para el espíritu y que infinidad
+de meditaciones! El reflejo de Dios dando la muralla de la humanidad.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_438">[Pg 438]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>El convento: hecho histórico</b></p>
+
+
+<p>Bajo el punto de vista de la historia, de la razón y de la verdad,
+queda el monaquismo condenado.</p>
+
+<p>Los monasterios, cuando abundan en una nación, son obstáculos de
+la circulación, establecimientos embarazosos, centros de pereza allí donde
+son necesarios centros de trabajo. Las comunidades monásticas son
+á la gran comunidad social, lo que el muérdago es á la encina, lo que
+la verruga al cuerpo humano. Su prosperidad y crecimiento significan
+la miseria del país. El régimen monacal, bueno al nacer de las civilizaciones,
+útil para producir la reducción de la brutalidad por medio de lo
+espiritual, es perjudicial á la virilidad de los pueblos. Además, cuando
+se relaja y entra en su período de desarreglo, como continúa dando
+ejemplo, se vuelve nocivo por las mismas razones que le hacían saludable
+en su período de pureza.</p>
+
+<p>La clausura ha tenido su tiempo. Los claustros, útiles en la primera
+educación de la civilización moderna, han sido perjudiciales á su crecimiento
+y dañosos á su desarrollo. Como institución y como manera de
+formar el hombre, fueron los monasterios, buenos en el siglo décimo,
+discutibles en el décimoquinto y son detestables en el décimonono. La
+lepra monacal ha corroído casi hasta el esqueleto dos admirables naciones:
+la Italia y la España: luz una y esplendor la otra de Europa, durante
+algunos siglos; y en la época en que vivimos, esos dos pueblos
+ilustres no comienzan á curar sino gracias á la vigorosa higiene de 1789.</p>
+
+<p>El convento, el antiguo convento de mujeres particularmente, como
+aparece todavía á principios del siglo actual así en Italia, como en Austria
+y España, es una de las más sombrías concreciones de la Edad Media.
+El claustro, ese claustro citado, es el punto de intersección de los
+terrores. El claustro católico, propiamente dicho, está completamente
+lleno de las negras irradiaciones de la muerte.</p>
+
+<p>El convento español, sobre todo, es fúnebre. Allí, en la obscuridad,
+bajo bóvedas llenas de bruma, bajo cúpulas vagas á fuerza de sombra,
+se elevan altares babélicos macizos, altos como catedrales; allí, pendientes
+de cadenas, entre las tinieblas, inmensos crucifijos blancos; allí se
+ostentan desnudos, sobre el ébano, grandes Cristos de marfil; más que
+ensangrentados, sanguinolentos, horribles y magníficos, los codos mostrando
+los huesos, las rótulas mostrando los tegumentos, las llagas mostrando
+las carnes; coronados de espinas de plata, clavados con clavos
+de oro, rubíes por gotas de sangre en la frente, y diamantes por lágrimas
+en los ojos. Los diamantes y rubíes parecen mojados y hacen llorar, abajo
+en la sombra, á seres velados, que tienen las costillas maceradas por
+el cilicio y por las disciplinas ferradas, los pechos aplastados por pleitas
+de esparto, las rodillas desolladas por la oración, mujeres que se creen<span class="pagenum" id="Page_439">[Pg 439]</span>
+esposas, espectros que se creen serafines. ¿Piensan esas mujeres? No.
+¿Quieren? No. ¿Aman? No. ¿Viven? No.</p>
+
+<p>Sus nervios se han convertido en huesos; sus huesos se han trocado
+en piedras. Su velo es un tejido tenebroso, y bajo aquel velo, su aliento
+se parece á no se sabe qué trágica respiración de la muerte. La abadesa,
+una larva, las santifica y aterra. Allí está lo inmaculado espantoso. Tales
+son los antiguos monasterios de España; madrigueras de devoción
+terrible, antros de vírgenes, lugares feroces.</p>
+
+<p>La España católica ha sido más romana que la misma Roma. El convento
+español ha sido, por excelencia, el convento católico. Sentíase allí
+el Oriente. El arzobispo, kislar-agá del cielo, tenía bajo cerrojos y espiaba
+aquel serrallo de almas reservado á Dios. La monja era la odalisca,
+el sacerdote el eunuco. Las fervientes eran escogidas en sueños, y
+poseían á Cristo. De noche, el hermoso mancebo, desnudo, descendía de
+la cruz para el éxtasis de la celda. Altos muros guardaban de toda distracción
+viviente á la sultana mística que tenía al crucificado por sultán.
+Una mirada al exterior era una infidelidad. El <em>in pace</em> reemplazaba al
+saco de cuero. Lo que de los harenes en Oriente se arrojaba al mar, era
+arrojado á la tierra en los conventos de Occidente. Allí, como aquí,
+había mujeres que retorcían sus brazos; para las unas la ola, para las
+otras la fosa; ahogadas aquéllas, enterradas éstas. ¡Monstruoso paralelismo!</p>
+
+<p>Hoy día, los defensores del pasado, no pudiendo negar estas cosas,
+han tomado el partido de sonreir. Se ha puesto en moda una manera cómoda
+y extraña de suprimir las revelaciones de la historia, de invalidar
+los comentarios de la filosofía, y de eludir todos los hechos embarazosos
+y todas las cuestiones sombrías. <em>Materia para declamar</em>, dicen los hábiles.
+Declamaciones, repiten los necios. Juan Jacobo, declamador; Diderot,
+declamador; Voltaire hablando de Calás, Labarre y Sirven, declamadores.
+No sé quién ha descubierto últimamente que Tácito era un
+declamador, que Nerón fué una víctima, y decididamente debía compadecerse
+á «este pobre Holofernes».</p>
+
+<p>Los hechos, sin embargo, son difíciles de desbaratar, porque se obstinan
+en ser lo que son. El autor de este libro ha visto por sus ojos, á
+ocho leguas de Bruselas, un recuerdo existente de la Edad Media que
+está al alcance de todo el mundo, en la abadía de Villers; es éste el agujero
+de los olvidados en medio del prado, que fué patio del claustro, y á
+orillas del Thil; cuatro calabozos de piedra, mitad bajo el suelo, mitad
+bajo el agua. Son lo que llamaban el <em>in pace</em>. Cada uno de aquellos calabozos
+conserva todavía un trozo de puerta de hierro, una letrina y un
+tragaluz enrejado, que, por fuera, está á dos pies más alto que el río, y
+por dentro, á seis pies bajo el piso. Cuatro pies de río pasan exteriormente
+á lo largo del muro. El suelo está siempre mojado. El habitante
+del <em>in pace</em> tenía por lecho aquella tierra mojada. En uno de los calabozos<span class="pagenum" id="Page_440">[Pg 440]</span>
+se ve un pedazo de argolla sujeta al muro; en otro se encuentra una
+especie de caja cuadrada hecha con cuatro losas de granito, demasiado
+corta para tenderse en ella, demasiado baja para incorporarse. Metíase
+allí dentro un ser humano cubriéndolo con otra piedra. Esto existe. Esto
+se ve y se toca.</p>
+
+<p>Este <em>in pace</em>, estos calabozos, estos goznes de hierro, estas argollas,
+este elevado tragaluz al nivel del cual corre el río, esta caja de piedra
+cerrada con una tapa de granito como una tumba, con la diferencia de
+que el muerto era un vivo, este suelo que es lodo, este agujero de letrina,
+estos muros que rezuman, ¡vaya unos declamadores!</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Con qué condición puede respetarse lo pasado</b></p>
+
+
+<p>El monaquismo, tal cual existía en España y tal como existe en el
+Tíber, es para la civilización una especie de tisis. Detiene la vida. Despuebla
+simplemente. Claustración, es como castración. Ha sido el azote
+de Europa. Agréguese á ello la violencia frecuentemente hecha á la conciencia,
+las vocaciones forzadas, la feudalidad apoyándose en el claustro,
+la primogenitura vertiendo en el monaquismo el exceso de los nacidos
+en la familia, las atrocidades de que hemos hablado, los <em>in pace</em>, las
+bocas cerradas, los cerebros tapiados, tantas inteligencias infortunadas
+encerradas en el calabozo de los votos eternos, la toma de hábito, entierro
+de almas llenas de vida. Añadid los suplicios individuales á las degradaciones
+nacionales, y quien quiera que seáis, os estremeceréis indudablemente
+ante la cogulla y el velo, esos dos sudarios de invención
+humana.</p>
+
+<p>Y todavía, sobre ciertos puntos y en ciertos lugares, á despecho de la
+filosofía y del progreso, el espíritu claustral persiste en pleno siglo <span class="allsmcap">XIX</span>,
+y una peregrina recrudescencia ascética, asombra hoy al mundo civilizado.
+La terquedad de las instituciones envejecidas, en perpetuarse, se
+parece á la obstinación del perfume rancio que reclamase el derecho de
+aromatizar nuestros cabellos, ó á la pretensión del pescado pasado que
+quisiere ser comido, ó á la persecución del traje del niño que quisiera
+seguir vistiendo al hombre, ó á la ternura de los cadáveres que volvieran
+para abrazar á los vivos.</p>
+
+<p>¡Ingratos! dice el vestido. Yo os he guardado del mal tiempo. ¿Por
+qué me rechazáis ahora? Vengo de la pleamar, dice el pescado. Yo he
+sido rosa, dice el perfume. Yo os amé, dice el cadáver. Yo os civilicé,
+dice el convento.</p>
+
+<p>Á todo ello basta una sola respuesta: Antiguamente.</p>
+
+<p>Pensar en la prolongación indefinida de las cosas muertas y en el
+gobierno de los hombres por embalsamamiento, restaurar los dogmas
+deteriorados, dorar de nuevo los tabernáculos, revocar nuevamente los
+claustros, volver á bendecir los relicarios, rehabilitar las supersticiones,<span class="pagenum" id="Page_441">[Pg 441]</span>
+alimentar de nuevo los fanatismos, echar mangos nuevos á los hisopos
+y á los sables, reconstituir el monaquismo y el militarismo, creer en la
+salvación de la sociedad por la multiplicación de los parásitos, imponer
+el pasado al presente, parece, en verdad, cosa extravagante.</p>
+
+<p>Y existen, no obstante, teóricos para semejantes teorías. Los tales
+teóricos, gente de talento por otra parte, usan un procedimiento muy
+sencillo: aplican sobre el pasado cierto barniz que llaman orden social,
+derecho divino, moral, familia, respeto á la ancianidad, autoridad antigua,
+tradición santa, legitimidad, religión; y van gritando: ¡Mirad,
+atended! Ahí va eso, gentes honradas. Esta lógica era ya conocida de
+los antiguos. Los arúspices la practicaban. Frotaban con tiza una becerra
+negra, y exclamaban: Es blanca. <em>Bon cretatus.</em></p>
+
+<p>Por nuestra parte, respetamos eso y lo otro, y en todos terrenos perdonamos
+lo pasado, con tal que consienta en estar muerto. Si quiere
+vivir todavía, le atacamos, procurando matarle.</p>
+
+<p>Supersticiones, hipocresías, mojigaterías y preocupaciones, todas
+esas larvas, que, como larvas que son, se agarran tenazmente á la vida:
+tienen dientes y uñas entre sus nebulosidades y es preciso acorralarlas
+cuerpo á cuerpo y hacerles la guerra, y hacérsela sin tregua; porque es
+una de las fatalidades de la humanidad la de estar condenada á combatir
+fantasmas eternamente.</p>
+
+<p>Es muy difícil coger á la sombra por el cogote y derribarla.</p>
+
+<p>Un convento en Francia, en plena luz del siglo <span class="allsmcap">XIX</span>, es un corro de
+búhos encarándose con el sol. Un claustro, en flagrante delito de ascetismo,
+en medio de la ciudad de 1789, de 1830 y 1848; Roma floreciendo
+dentro de París, es un anacronismo. En tiempos normales, para disolver
+un anacronismo y desvanecerlo, no hay más que apelar al milésimo.
+Pero no estamos en tiempos normales.</p>
+
+<p>Combatamos.</p>
+
+<p>Combatamos, pero distingamos. Es propio de la verdad no ser nunca
+excesiva. ¡Qué necesidad tiene de exagerar! Existe lo que es preciso destruir,
+y lo que buenamente se debe aclarar y examinar. El examen benévolo
+y grave, ¡cuánta fuerza da! No llevemos, por lo tanto, la llama
+allí donde alcanza la luz.</p>
+
+<p>Dado pues el siglo <span class="allsmcap">XIX</span>, somos contrarios, en tesis general y respecto
+á todos los pueblos, en Asia como en Europa, en la India como en Turquía,
+á las claustraciones ascéticas. Quien dice convento dice pantano.
+Su putridez es evidente, su estancamiento malsano, su fermentación
+produce calenturas á los pueblos y los marchita, su multiplicación atrae
+las plagas de Egipto. No podemos pensar sin horror en esos países en
+que los faquires, los bonzos, los santones, los caloyos, los morabitos, los
+talapuinos y los derviches pululan y hormiguean como gusanos.</p>
+
+<p>Dicho esto, la cuestión religiosa subsiste. Esta cuestión tiene ciertos
+lados misteriosos, temibles casi; seanos permitido observarla bien.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_442">[Pg 442]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>El convento bajo el punto de vista de los principios</b></p>
+
+
+<p>Reúnense varios hombres y habitan en común. ¿En virtud de qué
+derecho? En virtud del derecho de asociación.</p>
+
+<p>Se encierran en su casa. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del
+derecho que tiene todo hombre de abrir ó cerrar su puerta.</p>
+
+<p>No salen. ¿En virtud de qué derecho? En virtud del derecho de ir y
+venir, que implica el derecho de estarse en su casa.</p>
+
+<p>Y allí, en su casa, ¿qué hacen?</p>
+
+<p>Hablan quedo; bajan los ojos; trabajan. Renuncian al mundo, á las
+ciudades, á la sensualidad, á los placeres, á las vanidades, al orgullo, á
+los intereses.</p>
+
+<p>Visten tosca lana ó grosera tela. Ninguno de ellos posee cosa alguna
+en propiedad. Al entrar allí, el que era rico se hace pobre. Lo da todo á
+todos. El que era lo que se llama noble, hidalgo y señor, es igual al que
+era simple campesino. La celda es idéntica para todos. Todos se someten
+á la misma tonsura, llevan el mismo sayal, comen el mismo pan negro,
+duermen sobre la misma paja, mueren sobre la misma ceniza. La misma
+cogulla á la espalda, la misma cuerda á la cintura.</p>
+
+<p>Si la regla manda ir con los pies desnudos, con los pies desnudos andan
+todos. Entre ellos podrá haber un príncipe; pero este príncipe será
+una sombra como los demás.</p>
+
+<p>Nada de títulos. Hasta los mismos apellidos desaparecen; sólo son conocidos
+por el nombre. Todos están encorvados bajo la igualdad del
+nombre de pila. Han disuelto la familia carnal y constituido en su comunidad
+una familia espiritual. Sus parientes son todos los hombres.
+Socorren á la humanidad y cuidan á los enfermos.</p>
+
+<p>Eligen á aquellos á quienes han de obedecer, y al nombrar uno á
+otro, le llama: hermano.</p>
+
+<p>Aquí se me interrumpirá diciendo: ¡Pero ése es el convento ideal!
+Basta que sea el convento posible, para que sea el que yo tenga en
+cuenta.</p>
+
+<p>De esto procede que en el libro anterior haya hablado de un convento
+en tono respetuoso. Descartándonos de la Edad Media y del Asia, y
+reservándonos la cuestión histórica y política bajo el punto de vista estrictamente
+filosófico, fuera de la esfera de la polémica militante, y con
+la condición de que la vida monástica sea absolutamente voluntaria, y
+sólo entren en ella los que tengan vocación, miraremos siempre la comunidad
+claustral con esta atenta gravedad, y hasta con diferencia en
+ciertos casos. Donde hay comunidad hay asociación; donde hay asociación
+hay derecho. El monasterio es el producto de la fórmula: Igualdad,
+Fraternidad.</p>
+
+<p>¡Oh! ¡Cuán grande es la libertad! ¡Qué transfiguración más espléndida!<span class="pagenum" id="Page_443">[Pg 443]</span>
+La libertad bastándose á sí misma para convertir en república el
+monasterio.</p>
+
+<p>Prosigamos.</p>
+
+<p>Pero estos hombres ó estas mujeres que viven encerrados entre cuatro
+paredes, que se visten de buriel, que son iguales, que se llaman hermanos,
+¿hacen todavía algo más?</p>
+
+<p>Sí.</p>
+
+<p>¿Qué?</p>
+
+<p>Contemplan la sombra; se arrodillan y juntan las manos.</p>
+
+<p>¿Y esto, qué significa?</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>La oración</b></p>
+
+
+<p>Ruegan.</p>
+
+<p>¿Á quién?</p>
+
+<p>Á Dios.</p>
+
+<p>Rogar á Dios; ¿qué quiere decir esta palabra?</p>
+
+<p>¿Hay un infinito después de nosotros? ¿Es este infinito uno, inmanente,
+permanente, necesariamente sustancial, puesto que es infinito, y
+que, si la materia le faltase, allí estaría su límite; necesariamente inteligente,
+puesto que es infinito, y que, si la inteligencia le faltase, allí
+terminaría? Este infinito ¿despierta en nosotros la idea de la esencia, en
+tanto que no podemos atribuirnos á nosotros mismos más que la idea de
+la existencia? En otros términos: ¿no es el absoluto respecto del cual somos
+nosotros lo relativo?</p>
+
+<p>Al mismo tiempo que hay un infinito fuera de nosotros, ¿no hay dentro
+de nosotros otro infinito? Estos dos infinitos (¡plural espeluznante!)
+¿se superponen tal vez el uno al otro? El segundo infinito, ¿no es, por
+así decirlo, subyacente al primero? ¿No es su espejo, su reflejo, su eco,
+abismo concéntrico de otro abismo?</p>
+
+<p>¿Ese segundo infinito es inteligente también? ¿Piensa? ¿Ama? ¿Quiere?
+Si ambos infinitos son inteligentes, cada uno de ellos tiene un principio
+volente, en cada uno hay un yo, así en el infinito superior como en el
+infinito inferior. El yo de abajo es el alma; el yo de arriba, Dios.</p>
+
+<p>Poner en contacto por mediación del pensamiento, el infinito de abajo
+con el infinito de arriba, se llama orar.</p>
+
+<p>No le quitemos nada al espíritu humano; suprimir siempre es malo.
+Lo necesario es reformar y transformar. Ciertas facultades del hombre
+se dirigen á lo Desconocido; el pensamiento, la meditación, la oración.
+Lo desconocido es un océano. ¿Qué viene á ser la conciencia? La brújula
+de lo Desconocido. Pensamiento, meditación, oración: son éstos, grandes
+fulgores misteriosos. Respetémoslos. ¿Adónde van esas irradiaciones
+del alma? Á la sombra; es decir, á la luz.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_444">[Pg 444]</span></p>
+
+<p>La grandeza de la democracia consiste en no negar nada, ni renegar
+de nada de la humanidad. Junto al derecho del hombre, al menos á su
+lado, está el derecho del alma.</p>
+
+<p>Destruir los fanatismos y venerar lo infinito; ésta es la ley. No debemos
+limitarnos á caer de rodillas bajo el árbol Creación, y á contemplar
+su inmenso ramaje lleno de estrellas. Tenemos un deber: trabajar en pro
+del alma humana; defender el misterio contra el milagro, adorar lo incomprensible,
+y rechazar lo absurdo; no admitir como inexplicable más
+de lo necesario; sanear la creencia; separar las supersticiones de la religión;
+limpiar de gusanos la idea de Dios.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Bondad absoluta de la oración</b></p>
+
+
+<p>En cuanto al modo de orar, todos son buenos, siendo sinceros. Cerrad
+todo libro y penetrad en lo infinito.</p>
+
+<p>Sabemos que existe una filosofía que niega el infinito; pero también
+hay una filosofía clasificada patológicamente, que niega el sol. Esta filosofía
+se llama ceguedad.</p>
+
+<p>Erigir un sentido de que carecemos en origen de verdad, es ciertamente
+una razón de ciego.</p>
+
+<p>Lo curioso es el tono altivo, de superioridad y de compasión que toma
+para con la filosofía que ve á Dios, esa filosofía que anda á ciegas.
+Nos parece oir á un topo exclamando: ¡Me dan lástima con su sol!</p>
+
+<p>Sabemos que hay ilustres y poderosos ateos; pero en el fondo, encaminados
+á la verdad por su mismo poder, no tienen la seguridad de su
+ateísmo; para ellos la cuestión viene á ser casi de nombre; y en todo
+caso, si no creen en Dios, con ser hombres de talento prueban que existe.</p>
+
+<p>Nosotros saludamos en ellos á los filósofos, al par que calificamos
+inexorablemente su filosofía.</p>
+
+<p>Continuemos.</p>
+
+<p>Lo igualmente admirable es la facilidad con que muchos se pagan de
+palabras. Una escuela metafísica del Norte, algo cargada de neblina, ha
+creído que hacía una revolución en el entendimiento humano reemplazando
+la palabra Fuerza por la palabra Voluntad.</p>
+
+<p>Decir: la planta quiere, en lugar de la planta crece, sería en efecto
+una frase fecunda, si se añadiese: el Universo quiere. ¿Por qué? Porque
+de ahí se deduciría que si la planta quiere, es que hay un yo; el Universo
+quiere, hay pues un Dios.</p>
+
+<p>Por nuestra parte, que en contraposición á semejante escuela no rechazamos
+nada <em>á priori</em>, creemos que, admitir en la planta una voluntad,
+como dicha escuela admite, es mucho más difícil que admitir la
+voluntad en el Universo, que ella niega.</p>
+
+<p>Negar la voluntad del infinito, es decir, Dios, no puede hacerse sino
+negando el infinito mismo. Ya lo hemos demostrado.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_445">[Pg 445]</span></p>
+
+<p>La negación del infinito conduce directamente al nihilismo. Todo se
+convierte en «concepción del espíritu».</p>
+
+<p>Con el nihilismo no hay discusión posible; porque si el nihilista es
+lógico, duda de que su interlocutor exista, sin estar seguro de que exista
+él mismo.</p>
+
+<p>Desde su punto de vista, es posible que no sea él para sí mismo más
+que «una concepción de su espíritu».</p>
+
+<p>Pero no advierte que todo lo que niega lo admite en junto, con sólo
+pronunciar la palabra: espíritu.</p>
+
+<p>En suma, no ha abierto todavía ninguna senda al pensamiento, esa
+filosofía que quiere terminarlo todo con este monosílabo: No.</p>
+
+<p>Al No, no hay más que una respuesta: Sí.</p>
+
+<p>El nihilismo no tiene trascendencia.</p>
+
+<p>No existe la nada. El cero no existe. Todo es algo. La nada es nada.</p>
+
+<p>El hombre vive de la afirmación más que de pan.</p>
+
+<p>Ver y mostrar no es suficiente. La filosofía debe ser una energía;
+debe tener por esfuerzo y por efecto, mejorar al hombre. Sócrates debe
+entrar en Adán y producir á Marco Aurelio; ó en otros términos, hacer
+salir del hombre de la felicidad el hombre de la sabiduría. Transformar
+el Edén en Liceo. La ciencia debe ser un cordial. ¡Gozar! ¡Qué triste fin!
+¡Qué ambición más mezquina! Los brutos gozan. ¡Pensar! he aquí el
+verdadero triunfo del alma.</p>
+
+<p>Hacer fluir el pensamiento al alcance de la sed de los hombres; darles
+á todos en elixir la noción de Dios; unir fraternalmente la conciencia y
+la ciencia, y hacerles justos por medio de este misterioso enlace. Tal es
+la misión de la filosofía verdadera. La moral es una expansión de verdades.
+La contemplación lleva á la acción. Lo absoluto debe ser práctico.
+Es preciso que el ideal sea respirable, potable y comestible para el
+espíritu humano. Sólo lo ideal tiene derecho á decir: <em>Tomad, ésta es mi
+carne; bebed, ésta es mi sangre</em>. La sabiduría es una comunión sagrada.
+Bajo esta sola condición deja de ser un amor estéril de la ciencia para
+convertirse en el modo único y soberano de la unión humana; y de filosofía
+se eleva á religión.</p>
+
+<p>La filosofía no debe ser un edificio construido sobre el misterio para
+mirarle fácilmente, sin más resultado que un objeto de curiosidad.</p>
+
+<p>Nosotros, y dejando para otra ocasión el desarrollo de nuestro pensamiento;
+nos limitaremos á decir que no comprendemos, ni el hombre
+como punto de partida, ni el progreso como fin, sin estas dos fuerzas,
+que son los dos motores: creer y amar.</p>
+
+<p>El progreso es el fin; lo ideal es el tipo.</p>
+
+<p>¿Qué es lo ideal? Dios.</p>
+
+<p>Ideal, absoluto, perfección, infinito; palabras idénticas.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_446">[Pg 446]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Precauciones indispensables para condenar</b></p>
+
+
+<p>La historia y la filosofía tienen deberes eternos, que son al mismo
+tiempo simples deberes: combatir á Caifás obispo, á Dracón juez, á Trimalción,
+legislador, á Tiberio emperador; esto es claro, directo, explícito,
+y no ofrece el menor inconveniente. Pero el derecho de vivir aparte,
+aún con sus inconvenientes y sus abusos, debe ser reconocido y respetado.
+El cenobitismo es un problema humano.</p>
+
+<p>Cuando se habla de los conventos, de esos lugares de error, pero de
+inocencia; de extravío, pero de buena voluntad; de ignorancia, pero de
+devoción; de suplicio, pero de martirio, es preciso casi siempre decir
+sí y no.</p>
+
+<p>Un convento es una contradicción. Su fin es la salvación; su medio,
+el sacrificio. El convento es el supremo egoísmo dando por resultado la
+abnegación suprema.</p>
+
+<p>Abdicar para reinar: ésta parece ser la divisa del monaquismo.</p>
+
+<p>En el claustro se sufre para gozar. Se gira una letra de cambio sobre
+la muerte. Se descuenta en noche terrena la luz celestial. En el claustro
+se acepta el infierno como herencia anticipada sobre el cielo.</p>
+
+<p>La toma del velo ó de la cogulla es un suicidio que se paga con la
+eternidad.</p>
+
+<p>No nos parece, pues, que semejante asunto sea cosa de burla. Todo
+es en ello serio, así el bien como el mal.</p>
+
+<p>El hombre justo frunce el entrecejo, pero no sonríe con maligna
+sonrisa.</p>
+
+<p>Comprendemos la cólera, no la malignidad.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Fe, ley</b></p>
+
+
+<p>Algunas palabras todavía.</p>
+
+<p>Censuramos la Iglesia cuando está saturada de intrigas; despreciamos
+la aspereza espiritual opuesta á la temporal; pero honramos en todas
+partes al hombre pensativo.</p>
+
+<p>Saludamos al que se arrodilla.</p>
+
+<p>Una fe, es necesaria para el hombre. ¡Desgraciado del que nada cree!</p>
+
+<p>El hombre no está desocupado cuando está absorbido. Existe el trabajo
+visible y el invisible.</p>
+
+<p>Contemplar, es trabajar; pensar, es producir.</p>
+
+<p>Los brazos cruzados trabajan; las manos juntas hacen. La mirada al
+cielo es una obra.</p>
+
+<p>Thales estuvo cuatro años inmóvil, y fundó la filosofía.</p>
+
+<p>Para nosotros, ni los cenobitas están ociosos, ni son los solitarios
+holgazanes.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_447">[Pg 447]</span></p>
+
+<p>Pensar en la Sombra es una cosa seria.</p>
+
+<p>Sin invalidar en nada cuanto hemos dicho, creemos que conviene á
+los vivos un perpetuo recuerdo de la tumba. Sobre este punto el sacerdote
+y el filósofo están de acuerdo.</p>
+
+<p><em>Morir habemos</em>, replica á Horacio el fundador de la Trapa.</p>
+
+<p>Mezclar á la vida algo de la muerte, es la ley del sabio; pero es también
+la ley del asceta. Sobre este punto el asceta y el sabio convergen.</p>
+
+<p>Existe el crecimiento material, y le queremos; pero existe también
+el engrandecimiento moral, que respetamos.</p>
+
+<p>Los espíritus irreflexivos y ligeros dicen:</p>
+
+<p>—¿Qué objeto tienen esas figuras inmóviles contemplando el misterio?
+¿Para qué sirven? ¿Qué hacen?</p>
+
+<p>¡Ay! En presencia de la obscuridad que nos rodea y nos espera, sin
+saber lo que hará de nosotros la dispersión inmensa, les respondemos:</p>
+
+<p>—No hay tal vez cosa más sublime que la que hacen esas almas. Y
+añadimos: No hay tal vez en el mundo trabajo más útil.</p>
+
+<p>Es preciso que haya los que oran siempre, por los que nunca oran.</p>
+
+<p>Para nosotros, todo consiste en la cantidad de pensamiento que entra
+en la oración.</p>
+
+<p>Leibnitz orando, es grande; Voltaire adorando, magnífico. <em>Deo erexit
+Voltaire.</em></p>
+
+<p>Estamos por la religión contra las religiones.</p>
+
+<p>Somos de los que creen en la miseria del rezo y en la sublimidad de
+la oración.</p>
+
+<p>Por lo demás, durante el minuto que cruzamos por el mundo, minuto
+que afortunadamente no imprimirá su sello al siglo <span class="allsmcap">XIX</span>; en esta hora
+en que tantos hombres tienen la frente baja y el alma poco elevada; entre
+tantos vivientes que tienen por regla de moral el gozar, y se ocupan
+de las cosas perecederas y deformes de la materia; aquél que se destierra
+á sí propio nos parece venerable.</p>
+
+<p>El monasterio es un gran destierro. El sacrificio que da en lo falso
+no deja de ser un sacrificio. Tomar por deber un error severo, no deja
+de tener su grandeza.</p>
+
+<p>Considerado en sí mismo é idealmente, y mirándole bajo todos sus
+aspectos para llegar al examen imparcial de la verdad, el monasterio y,
+sobre todo el convento de monjas, porque en nuestra sociedad la mujer
+padece más, y su destierro en el claustro es una especie de protesta; el
+convento de monjas, decimos, tiene incontestablemente cierta majestad.</p>
+
+<p>La vida del claustro, tan austera y tan monótona, de la que acabamos
+de bosquejar algunas líneas, no es la vida, porque no es la libertad;
+no es la tumba, porque no es la plenitud: es el lugar extraño desde donde
+se descubre, como desde la cima de una alta montaña, á un lado el
+abismo en que vivimos, y al otro el abismo en que iremos á parar; es la
+estrecha y tortuosa frontera que separa, dos mundos, iluminado y obscurecido<span class="pagenum" id="Page_448">[Pg 448]</span>
+á un tiempo por los dos, y donde se confunden el rayo debilitado
+de la vida y el rayo ténue de la muerte; es la penumbra de la tumba.</p>
+
+<p>En cuanto á nosotros, que no creemos lo que esas mujeres creen,
+pero que vivimos como ellas por la fe, no hemos podido pensar nunca,
+sin cierto terror religioso y tierno, sin cierta piedad llena de envidia,
+en esas criaturas resignadas, trémulas y confiadas; en esas almas humildes
+y augustas que se atreven á vivir en el borde mismo del misterio,
+esperando, entre el mundo que les está cerrado y el cielo que no se les
+ha abierto, volviéndose hacia la caridad invisible; pero consolándose
+con la idea de saber dónde está, aspirando al abismo y á lo desconocido,
+con la mirada fija en la inmóvil obscuridad, arrodilladas, desvanecidas,
+estupefactas, esperanzadas, y casi elevadas á ciertas horas por el soplo
+profundo de la eternidad.</p>
+
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO OCTAVO<br>
+LOS CEMENTERIOS TOMAN LO QUE SE LES DA</h2>
+</div>
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Donde se trata de la manera de entrar en un convento</b></p>
+
+
+<p>En esta casa fué donde Juan Valjean había, según dijo Fauchelevent,
+«caído del cielo».</p>
+
+<p>Había saltado por la pared del jardín que formaba el ángulo de la
+calle Polonceau. Aquel himno de ángeles que había oído en medio de la
+noche, era el canto de maitines de las monjas; la sala que había visto en
+la obscuridad, era la capilla; la fantasma que vió tendida en tierra, era
+la hermana del poste en el acto del desagravio; la campanilla cuyo extraño
+ruido le había sorprendido tanto, era el cascabel del jardinero, atado
+á la pierna del tío Fauchelevent.</p>
+
+<p>Acostada Cosette, Juan Valjean y Fauchelevent habían cenado, como
+hemos dicho, un pedazo de queso y un vaso de vino al amor de una buena
+hoguera chispeante; y como la única cama que había, estaba ocupada
+por Cosette, se habían echado cada uno sobre un haz de paja.</p>
+
+<p>Juan Valjean antes de cerrar los ojos, había dicho: «Es preciso que
+me quede aquí». Esta frase había estado dando vueltas todo la noche en
+el cerebro de Fauchelevent.</p>
+
+<p>Á decir verdad, ninguno de los dos durmió.</p>
+
+<p>Juan Valjean, viéndose descubierto y perseguido por Javert, comprendía
+que tanto Cosette como él, estaban perdidos si entraban de nuevo
+en las calles de París. Puesto que la nueva ráfaga de viento que le
+impeliera le había arrojado á aquel claustro, ya no tenía Juan Valjean
+más que una idea: quedarse allí. Para un desgraciado en su posición, era<span class="pagenum" id="Page_449">[Pg 449]</span>
+el convento á la vez que el refugio más peligroso, el más seguro; el más
+peligroso, porque no pudiendo entrar allí ningún hombre, si era descubierto,
+lo sería en flagrante delito, y no tendría que esperar para ir á la
+cárcel; el más seguro, porque si conseguía que le admitiesen y se quedaba,
+¿quién había de ir á buscarle allí? Habitar en un lugar imposible,
+era su salvación.</p>
+
+<p>Fauchelevent, por su parte, se devanaba los sesos, acabando por conocer
+que nada comprendía.</p>
+
+<p>¿Cómo se encontraba allí el señor Magdalena dadas las tapias del
+jardín? Las paredes de un claustro no se traspasan.</p>
+
+<p>¿Cómo estaba allí llevando aquella niña? Una pared vertical no se
+escala llevando en brazos una criatura.</p>
+
+<p>¿Quién era aquella niña? ¿De dónde venían ambos? Desde que Fauchelevent
+entró en el convento no había oído hablar más de M* sur M*
+y no sabía nada de lo que allí había pasado. El señor Magdalena tenía
+ese aspecto que desanima á los curiosos; y además, Fauchelevent se decía
+á sí mismo: Á un santo no se le interroga. El señor Magdalena había
+conservado para él todo su prestigio. Solamente por ciertas palabras escapadas
+á Juan Valjean el jardinero creyó poder deducir que el señor
+Magdalena había podido quebrar, á causa de las dificultades de la época,
+y que le perseguían sus acreedores, ó bien que se había comprometido
+en algún negocio político y debía ocultarse, lo cual no repugnaba á Fauchelevent,
+quien, como casi todos los campesinos del Norte, tenía un antiguo
+fondo bonapartista. Ocultándose, pues, el señor Magdalena, había
+buscado un asilo en el convento, y era natural que quisiese permanecer
+en él. Pero lo inexplicable, y en lo cual devanaba inútilmente sus sesos
+Fauchelevent, era en el cómo había entrado allí el señor Magdalena, y
+entrado además con la niña. Fauchelevent los veía, los tocaba, les hablaba,
+y no podía creerlo. Lo incomprensible acababa de hacer su entrada
+en el tabuco de Fauchelevent, que andaba á tientas en medio de mil diversas
+conjeturas, y no veía claro sino esto: Que el señor Magdalena le
+había salvado la vida.</p>
+
+<p>Esta única certidumbre le bastaba para decidirse. Díjose para sí: Ha
+llegado mi turno. Y añadió en conciencia: El señor Magdalena no deliberó
+tanto cuando se metió debajo de la carreta para sacarme de allí. Y decidió
+salvar al señor Magdalena.</p>
+
+<p>Esto no obstante se hizo algunas preguntas dándose las correspondientes
+respuestas: Después de lo que hizo por mí, si fuera un ladrón ¿le
+salvaría? Sin duda alguna. Si fuera un asesino, ¿le salvaría? Igualmente.
+Entonces siendo un santo, ¿le salvaré? no hay duda.</p>
+
+<p>Pero hacer que se quede en el convento, ¡ahí está la dificultad!</p>
+
+<p>Ante esta tentativa, casi quimérica, no retrocedió Fauchelevent;
+aquel pobre campesino picardo, sin más medios que su buena intención<span class="pagenum" id="Page_450">[Pg 450]</span>
+y voluntad, y algo de esa proverbial astucia del lugareño, puesta á la
+sazón al servicio de una intención generosa, propúsose escalar las imposibilidades
+del claustro y las duras escabrosidades de la regla de San
+Benito. El tío Fauchelevent era un viejo que había sido egoísta toda su
+vida, y que al fin de sus últimos días, cojo, enfermo y sin vínculo alguno
+en el mundo, encontró un placer en el agradecimiento; y viendo que
+podía hacer una buena acción se arrojó como un hombre que en el momento
+de la muerte, se encontrase en la mano un vaso de buen vino del
+que jamás hubiese catado, y se lo bebiese con avidez.</p>
+
+<p>Puede añadirse también, que el aire que respiraba hacía algún tiempo
+en aquel convento había destruido su personalidad, habiendo acabado
+por hacerle necesaria una buena acción, cualquiera que fuése.</p>
+
+<p>Tomó, pues, la resolución de consagrarse al señor Magdalena.</p>
+
+<p>Acabamos de calificarle de <em>pobre campesino picardo</em>. La calificación
+es justa, pero incompleta. En el punto á que hemos llegado de esta historia,
+es conveniente dar alguna idea fisiológica del tío Fauchelevent.
+Era aldeano; pero había sido escribiente, lo cual añadía la astucia curialesca
+á su astucia natural, y cierta penetración á su sencillez. Habiéndole
+salido mal sus negocios, por diferentes causas, pasó de curial á
+carretero y bracero.</p>
+
+<p>Sin embargo, á despecho de los juramentos y los latigazos, que necesitan,
+al parecer, los caballos, había seguido interiormente siendo curial.
+Tenía cierto talento natural: no decía <em>j'ons</em> ni <em>j'avons</em>; sostenía
+una conversación, cosa rara en una aldea; y sus paisanos decían de él:
+habla casi como un señor de sombrero. Fauchelevent pertenecía efectivamente
+á la clase que el vocabulario impertinente y superficial del último
+siglo llamaba: «entre burgués y rústico»; y que las metáforas que iban
+del palacio á la cabaña, calificaban de «medio villano, y medio cortesano;
+sal y pimienta».</p>
+
+<p>Fauchelevent, aunque muy probado y aún gastado por la suerte, especie
+de pobre y gastado ánimo, cuya trama se veía claramente, era
+hombre de primer impulso y muy espontáneo; preciosa cualidad que
+impide siempre ser malo. Sus defectos y sus vicios, porque los había tenido,
+eran superficiales; en suma, su fisonomía era de las que simpatizan
+desde luego con el observador. Su rostro no tenía ninguna de aquellas
+arrugas siniestras en lo alto de la frente, que indican perversión ó brutalidad.</p>
+
+<p>Al amanecer, después de haber meditado muchísimo, el tío Fauchelevent
+abrió los ojos y vió al señor Magdalena, que sentado sobre un haz
+de paja, contemplaba á Cosette dormida. Fauchelevent se incorporó y le
+dijo:</p>
+
+<p>—Y ahora que estáis aquí, ¿como vais á componeros para salir?</p>
+
+<p>Esta frase resumía la situación, sacando á Juan Valjean de sus meditaciones.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_451">[Pg 451]</span></p>
+
+<p>Los dos buenos hombres celebraron consejo.</p>
+
+<p>Tenéis que empezar,—dijo Fauchelevent,—por no poner los pies fuera
+de este cuarto ni la niña ni vos. Un paso en el jardín nos perdería.</p>
+
+<p>—Naturalmente.</p>
+
+<p>—Señor Magdalena,—continuó Fauchelevent,—habéis llegado en muy
+buen momento, quiero decir, muy malo; hay una de estas señoras muy
+enferma. Esto hará que no vengan á mirar mucho por aquí.</p>
+
+<p>Parece que se muere. Están rezando las cuarenta horas. Toda la comunidad
+está en el aire, ya no piensa más que en eso. La moribunda es
+una santa; y no es extraño, porque aquí somos santos todos. La diferencia
+entre ellas y yo sólo está en que ellas dicen: nuestra celda, y yo digo:
+mi choza. Ahora van á rezar la oración de los agonizantes, y luego
+la de los muertos. Por hoy podemos estar aquí tranquilos; pero no respondo
+de mañana.</p>
+
+<p>—Sin embargo,—dijo Juan Valjean,—esta choza está en un recodo de
+la pared; está además oculta por unas ruinas y por los árboles, y no se
+la ve desde el convento.</p>
+
+<p>—Y yo añado que las religiosas no se acercan nunca por aquí.</p>
+
+<p>—¿Entonces?—dijo Juan Valjean.</p>
+
+<p>Este «entonces» acentuado por un interrogante, significaba: Me parece
+que podemos permanecer aquí escondidos. Á esto respondió Fauchelevent:</p>
+
+<p>—Pero están las niñas.</p>
+
+<p>—¿Qué niñas?—interrogó Juan Valjean.</p>
+
+<p>Cuando Fauchelevent abría la boca para explicar lo que acababa de
+decir, se oyó una campanada.</p>
+
+<p>—La religiosa ha muerto,—dijo.—Éste es el toque.</p>
+
+<p>É hizo una seña á Juan Valjean para que escuchara.</p>
+
+<p>Sonó otra campanada.</p>
+
+<p>—Es el toque, señor Magdalena. La campana seguirá tocando de minuto
+en minuto, durante veinticuatro horas, hasta la salida del cuerpo
+de la iglesia. Ya veis, las niñas juegan. En las horas de recreo basta que
+una pelota ruede un poco más para que llegue hasta aquí, á pesar de las
+prohibiciones, y vengan á buscar y recorrer todo esto. Son unos diablillos
+esos querubines.</p>
+
+<p>—¿Quiénes?—preguntó Juan Valjean.</p>
+
+<p>Las niñas. Os descubrirían enseguida, y gritarían: ¡un hombre! Por
+hoy no hay cuidado, porque no hay recreo. El día se va á ir en rezos.
+¿Oís la campana? Como os he dicho, dará un golpe cada minuto. Es el
+toque.</p>
+
+<p>Ya entiendo, tío Fauchelevent; hay colegialas.</p>
+
+<p>Juan Valjean pensó para sí:</p>
+
+<p>—¡Sería la educación de Cosette finalmente encontrada!</p>
+
+<p>Fauchelevent exclamó:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_452">[Pg 452]</span></p>
+
+<p>—¡Pardiez! ¡Si hay colegialas! ¡Y que no chillarían al veros! ¡Y que
+no huirían! Porque aquí ser hombre es estar apestado. Ya veis que á mí
+me hacen llevar una campanilla en la pata como una fiera.</p>
+
+<p>Juan Valjean continuaba meditando cada vez más profundamente.
+«Este convento podrá ser nuestra salvación», murmuró. Luego levantó
+la voz diciendo:</p>
+
+<p>—Sí, lo difícil es quedarse.</p>
+
+<p>—No, dijo Fauchelevent;—lo difícil es salir.</p>
+
+<p>Juan Valjean sintió que le afluía la sangre al corazón.</p>
+
+<p>—¡Salir!</p>
+
+<p>—Sí, señor Magdalena; para volver á entrar es preciso salir.</p>
+
+<p>Y después de haber dejado pasar una campanada de duelo, continuó:</p>
+
+<p>—Así no podéis continuar aquí. ¿De dónde venís? para mí habéis
+caído del cielo, porque os conozco; pero para las religiosas es menester
+haber entrado por la puerta.</p>
+
+<p>Oyóse en este momento un toque bastante complicado de otra campana.</p>
+
+<p>—¡Ah!—dijo Fauchelevent.—Llaman á las madres vocales al capítulo.
+Siempre que muere alguna celebran capítulo. Ha muerto al amanecer;
+es la hora en que se suele morir.</p>
+
+<p>Pero ¿no podríais salir por donde habéis entrado? Veamos, yo no lo
+digo por preguntar: ¿por dónde habéis entrado?</p>
+
+<p>Juan Valjean se puso pálido. La sola idea de volver á bajar aquella
+temible calle le hacía temblar. Salir de una selva de tigres, y estando ya
+fuera, pensad en el efecto que os haría el consejo de un amigo que os invitara
+á entrar otra vez. Juan Valjean se figuraba ver á toda la policía
+recorriendo el barrio, á los agentes en observación, centinelas por todas
+partes, horribles garras extendidas hacia su cuello, y al mismo Javert
+quizá en el centro de la encrucijada.</p>
+
+<p>—¡Imposible!—dijo.—Tío Fauchelevent, suponed que he caído del
+cielo.</p>
+
+<p>—Si yo lo creo, por mí lo creo,—respondió Fauchelevent.—No tenéis
+necesidad de decírmelo. Dios os habrá cogido con la mano para veros de
+cerca, y después os habrá soltado. Sólo que sin duda quería llevaros á
+un convento de hombres, y se ha equivocado.</p>
+
+<p>¿Otro toque? ¡Ah! es para decir al portero que vaya á avisar á la municipalidad,
+para que ordene al médico de los muertos á que venga á ver
+el cadáver. Todo esto es la ceremonia de cuando se muere; pero á estas
+señoras no les gusta mucho esa visita. Un médico no cree en nada. Viene,
+levanta el velo, y algunas veces otra cosa también. ¡Qué prisa han
+tenido esta vez para avisar al médico! ¿Qué será ello?</p>
+
+<p>Vuestra niña duerme. ¿Cómo se llama?</p>
+
+<p>—Cosette.</p>
+
+<p>—¿Es hija vuestra? Ó lo que es igual ¿sois su abuelo?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_453">[Pg 453]</span></p>
+
+<p>—Á ella le será fácil salir de aquí. Hay una puerta excusada que da
+al patio. Llamo, el portero abre, yo llevo mi cesto al hombro, la niña va
+dentro, y salgo. El tío Fauchelevent sale con su cesto; esto es muy sencillo.</p>
+
+<p>Diréis á la niña que esté quietecita debajo de la tapa. Después la
+deposito el tiempo necesario en casa de una vieja frutera, amiga mía,
+sorda, que vive en la calle de Chemin Vert, donde tiene una camita. Le
+gritaré al oído, que es una sobrina mía que la tenga allí hasta mañana;
+y luego la niña entrará con vos, pues yo os facilitaré la entrada. Será
+preciso. Pero vos, ¿cómo vais á salir?</p>
+
+<p>Juan Valjean meneó la cabeza.</p>
+
+<p>—Todo consiste en que nadie me vea, tío Fauchelevent. Buscad un
+medio de que salga como Cosette, en un cesto y bajo una tapa.</p>
+
+<p>Fauchelevent se rascó la punta de la oreja con el dedo medio de la
+mano izquierda, señal evidente de grave apuro.</p>
+
+<p>Oyóse un tercer toque.</p>
+
+<p>—El médico de los muertos se va,—dijo Fauchelevent.—Habrá mirado
+y dicho: Bien; está muerta. Cuando el médico ha visado el pasaporte
+para el paraíso, la administración de pompas fúnebres envía un ataúd.
+Si se trata de una madre, la amortajan las madres; si de una hermana,
+la amortajan las hermanas. Después clavo yo la caja. Esto forma parte
+de mis obligaciones de jardinería. Por lo visto, un jardinero tiene algo
+de sepulturero. Se deposita el cadáver en una sala baja de la iglesia, que
+da á la calle, y en la que no puede entrar ningún hombre más que el
+médico de los muertos, pues no cuento como hombres á los sepultureros
+ni á mí. En dicha sala es donde clavo yo la caja. Los sepultureros vienen
+por ella, y ¡arrea, cochero! Así es cómo se va á los cielos. Traen una
+caja donde no hay nada, y se la llevan con algo dentro. Y he ahí lo que
+es un entierro. <em>De profundis.</em></p>
+
+<p>Un rayo de sol horizontal iluminaba el rostro de Cosette dormida,
+que abría vagamente los labios. Parecía un ángel bebiendo la luz. Juan
+Valjean se puso á contemplarla. No escuchaba ya á Fauchelevent.</p>
+
+<p>El no ser escuchado no es razón para callarse. El buen jardinero continuó
+pacíficamente su charla:</p>
+
+<p>—Se abre la fosa en el cementerio de Vaugirard, que según dicen, va
+á ser suprimido. Es un cementerio antiguo que está fuera de las ordenanzas,
+que no tiene uniforme y va á tomar el retiro. Es lástima, porque es
+muy cómodo. Tengo allí un amigo, el tío Mestienne, el sepulturero. Estas
+monjas tienen el privilegio de ser enterradas al caer de la noche. Existe
+un decreto de la prefectura dado expresamente para ellas.</p>
+
+<p>¡Qué de acontecimientos desde ayer! Ha muerto la madre Crucifixión,
+y el señor Magdalena ha...</p>
+
+<p>—Sido enterrado,—dijo Juan Valjean, sonriendo tristemente.</p>
+
+<p>Fauchelevent hizo rebotar la palabra.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_454">[Pg 454]</span></p>
+
+<p>—¡Diablo! Si estuviérais aquí en realidad, sería ello un verdadero
+entierro.</p>
+
+<p>Oyóse un cuarto toque. Fauchelevent descolgó precipitadamente del
+clavo la rodillera con el cascabel, y se la puso en la pierna.</p>
+
+<p>—Esta vez el toque es para mí. Me llama la madre priora. Bueno,
+me he pinchado con la punta de la hebilla. Señor Magdalena, no os mováis
+de aquí, esperadme. Algo de nuevo ocurre. Si tenéis necesidad,
+ahí encontraréis vino, pan y queso.</p>
+
+<p>Y salió del cuchitril diciendo:—¡Allá voy, allá voy!</p>
+
+<p>Juan Valjean le vió atravesar el jardín tan deprisa cuanto lo permitía
+su pierna torcida, mirando de pasada su melonar.</p>
+
+<p>Antes de diez minutos el tío Fauchelevent, cuya campanilla dispersaba
+á su paso las religiosas, llamaba suavemente á una puerta, y una
+voz dulce respondía: <em>Por siempre jamás. Por siempre jamás</em>, es decir:
+<em>Adelante</em>.</p>
+
+<p>Aquella puerta era la del locutorio reservado al jardinero para las
+necesidades del servicio, el cual estaba contiguo á la sala capitular. La
+priora, sentada en la única silla del locutorio, esperaba á Fauchelevent.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Fauchelevent ante la dificultad</b></p>
+
+
+<p>El aire agitado y grave es peculiar en ocasiones críticas á ciertos caracteres
+y ciertas profesiones, y especialmente á los curas y frailes. En
+el momento en que entró Fauchelevent, estaba impreso este doble signo
+de la preocupación en la fisonomía de la priora, que era aquella buena é
+ilustrada señorita de Bleumeur, madre Inocente, generalmente alegre.</p>
+
+<p>El jardinero hizo un saludo tímido, y se paró en el umbral de la celda.
+La priora, que estaba pasando las cuentas de su rosario, levantó los
+ojos y le dijo:</p>
+
+<p>—¡Ah! ¿Sois vos, tío Fauvent?</p>
+
+<p>Tal era la abreviación adoptada en el convento.</p>
+
+<p>Fauchelevent repitió el saludo.</p>
+
+<p>—Tío Fauvent, os he mandado llamar.</p>
+
+<p>—Aquí me tenéis, reverenda madre.</p>
+
+<p>—Tengo que hablaros.</p>
+
+<p>—Y yo por mi parte,—dijo Fauchelevent con un valor que le asustaba
+interiormente,—tengo también algo que decir á la reverendísima
+madre.</p>
+
+<p>La priora le miró.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¿Tenéis que comunicarme algo?</p>
+
+<p>—Una súplica.</p>
+
+<p>—Está bien, hablad.</p>
+
+<p>El buen Fauchelevent, ex-escribiente, pertenecía á la categoría de los
+aldeanos que tienen mucho aplomo. Cierta hábil ignorancia es una gran<span class="pagenum" id="Page_455">[Pg 455]</span>
+fuerza; no se desconfía de ella, y engaña. En los dos años largos que
+Fauchelevent llevaba en el convento, se había granjeado el afecto de la
+comunidad. Siempre solitario y siempre dedicado á su jardín, no tenía
+realmente otro que hacer que ser curioso. Á la distancia que estaba de
+todas aquellas mujeres, que iban y venían cubiertas con su velo, no veía
+delante de sí más que una agitación de sombras. Á fuerza de atención y
+penetración había llegado á reponer la carne en todas aquellas fantasmas,
+así es que aquellas muertas vivían para él. Era como un sordo
+cuya vista se alarga, ó como un ciego cuyo oído se aguza. Se había dedicado
+á estudiar y explicarse la significación de los diversos toques de
+campana, y lo había conseguido, de modo que aquel claustro enigmático
+y taciturno no tenía misterios para él, aquella esfinge le decía al oído
+todos sus secretos. Fauchelevent, sabiéndolo todo, lo ocultaba todo. Éste
+era su arte. Todo el convento le creía estúpido; gran mérito en religión.
+Las madres vocales le hacían caso. Era un mudo curioso. Y así inspiraba
+confianza.</p>
+
+<p>Luego lo hacía todo con mucha regularidad, y no salía nunca más
+que para sus necesidades naturales de hortelano y jardinero. Esta discreción
+de salidas se le tenía muy en cuenta.</p>
+
+<p>No por eso había dejado de hacer hablar á dos hombres: en el convento
+al portero, por cuyo medio sabía las particularidades del locutorio;
+y en el cementerio al enterrador, con lo cual sabía las particularidades
+de la sepultura; de manera, que tenía respecto de las religiosas
+una doble luz, así sobre la vida como sobre la muerte. Pero de nada
+abusaba.</p>
+
+<p>La congregación le apreciaba.</p>
+
+<p>Viejo, cojo, casi ciego, probablemente algo sordo, ¡qué de cualidades!
+Difícilmente se le hubiera podido reemplazar.</p>
+
+<p>El buen hombre, con la seguridad del que se ve apreciado, entabló,
+frente á frente con la reverenda priora, una arenga de aldeano bastante
+difusa y muy profunda. Habló largamente de su edad, de sus enfermedades,
+del peso de los años, contándolos dobles, de las exigencias crecientes
+del trabajo, de la extensión del jardín, de las noches que pasaba,
+como la última, por ejemplo, en que había tenido que cubrir con estera
+los melones resguardándolos de los efectos de la luna, acabando por decir:
+que tenía un hermano (la priora hizo un movimiento), un hermano
+no joven (segundo movimiento de la priora, pero movimiento de tranquilidad),
+que si se le permitía podría su hermano vivir con él y ayudarle;
+que era un excelente jardinero; que la comunidad podría utilizar
+sus buenos servicios, mejores que los suyos; que de no ser admitido su
+hermano, él, que era el mayor, sintiéndose cascado é inútil para el trabajo,
+se vería bien á pesar suyo, obligado á marcharse; y que su hermano
+tenía una niña, que llevaría consigo y se educaría en Dios en la
+casa, y podría, ¿quién sabe? llegar á monja.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_456">[Pg 456]</span></p>
+
+<p>Cuando hubo terminado, la priora interrumpió el recorrido de las
+cuentas de su rosario entre los dedos, y le dijo:</p>
+
+<p>—¿Podríais procuraros de aquí á la noche una barra fuerte de hierro?</p>
+
+<p>—¿Para hacer?</p>
+
+<p>—Una palanca.</p>
+
+<p>—Sí, reverenda madre,—respondió Fauchelevent.</p>
+
+<p>La priora, sin decir una palabra más se levantó y entró en el cuarto
+inmediato, que era la sala capitular, donde estaban reunidas, probablemente,
+las madres vocales.</p>
+
+<p>Fauchelevent, quedó solo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>La madre Inocente</b></p>
+
+
+<p>Trascurrió próximamente un cuarto de hora. La priora entró de
+nuevo sentándose otra vez en la silla.</p>
+
+<p>Los dos interlocutores parecían preocupados. Trascribiremos lo mejor
+que podamos el diálogo que se empeñó:</p>
+
+<p>—¿Tío Fauvent?</p>
+
+<p>—¿Madre reverenda?</p>
+
+<p>—¿Conocéis bien la capilla?</p>
+
+<p>—Tengo en ella un pequeño rincón para oir misa y asistir á los
+oficios.</p>
+
+<p>—¿Habéis entrado en el coro alguna vez?</p>
+
+<p>—Dos ó tres.</p>
+
+<p>—Es preciso levantar una piedra.</p>
+
+<p>—¿Pesada?</p>
+
+<p>—La losa del suelo que está junto al altar.</p>
+
+<p>—¿La piedra que cierra la bóveda?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Es obra para la que se necesitan dos hombres.</p>
+
+<p>—La madre Ascensión, que es fuerte como un hombre, os ayudará.</p>
+
+<p>—Una mujer no es nunca un hombre.</p>
+
+<p>—No tenemos más que una mujer para ayudaros. Cada uno hace lo
+que puede. Porque Mabillón dé cuatrocientas diez y siete epístolas de
+san Bernardo, y Merlonus Horstius no dé más que trescientas sesenta y
+siete, no he de despreciar á Merlonus Horstius.</p>
+
+<p>—Ni yo tampoco.</p>
+
+<p>—El mérito consiste en trabajar según nuestras fuerzas. Un claustro
+no es un taller.</p>
+
+<p>—Ni una mujer un hombre. ¡Mi hermano sí que es fuerte!</p>
+
+<p>—Además, tendréis una palanca.</p>
+
+<p>—Ésta es la única llave que va bien á semejantes puertas.</p>
+
+<p>—La piedra tiene una argolla.</p>
+
+<p>—Pasaré por ella la palanca.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_457">[Pg 457]</span></p>
+
+<p>—La piedra está colocada de modo que pueda girar.</p>
+
+<p>—Está bien, reverenda madre; abriré la bóveda.</p>
+
+<p>—Las cuatro madres cantoras os ayudarán.</p>
+
+<p>—¿Y cuando la bóveda esté abierta?</p>
+
+<p>—Será preciso volverla á cerrar.</p>
+
+<p>—¿Es esto todo?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Dadme vuestras órdenes, madre reverendísima.</p>
+
+<p>—Fauvent, tenemos confianza en vos.</p>
+
+<p>—Estoy aquí para lo que se ofrezca.</p>
+
+<p>—Y para callar.</p>
+
+<p>—Sí, reverenda madre.</p>
+
+<p>—Cuando esté abierta la bóveda...</p>
+
+<p>—La cerraré de nuevo.</p>
+
+<p>—Pero antes...</p>
+
+<p>—¿Qué, reverenda madre?</p>
+
+<p>—Será preciso bajar algo.</p>
+
+<p>Hubo un momento de silencio. La priora, después de hacer un movimiento
+con el labio inferior que parecía indicar cierta duda, lo rompió:</p>
+
+<p>—¿Tío Fauvent?</p>
+
+<p>—¿Reverenda madre?</p>
+
+<p>—¿Sabéis que esta mañana ha fallecido una madre?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—¿No habéis oído la campana.</p>
+
+<p>—En el fondo del jardín no se oye nada.</p>
+
+<p>—¿De veras?</p>
+
+<p>—Apenas distingo yo mi toque.</p>
+
+<p>—Ha muerto al amanecer.</p>
+
+<p>—Además, esta mañana el viento soplaba de la parte contraria.</p>
+
+<p>—Es la madre Crucifixión. ¡Una bienaventurada!</p>
+
+<p>La priora se calló, moviendo un momento los labios como haciendo
+oración mental, y continuó:</p>
+
+<p>—Hace tres años, que sólo por haber visto rezar á la madre Crucifixión,
+una jansenista, la señora de Béthune, se hizo ortodoxa.</p>
+
+<p>—¡Ah! Sí; ahora oigo el toque, reverenda madre.</p>
+
+<p>—Las madres la han llevado al departamento de las difuntas que da
+á la iglesia.</p>
+
+<p>—Ya sé.</p>
+
+<p>—Ningún hombre más que vos puede y debe entrar en dicho departamento;
+vigilad bien. ¡Tendría que ver que un hombre entrase en el depósito
+de los muertos!</p>
+
+<p>—¡Con más frecuencia!</p>
+
+<p>—¿Eh?</p>
+
+<p>—¡Con más frecuencia!</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_458">[Pg 458]</span></p>
+
+<p>—¿Qué es lo que decís?</p>
+
+<p>—Que con más frecuencia.</p>
+
+<p>—¿Con más frecuencia que qué?</p>
+
+<p>—Reverenda madre, no digo con más frecuencia que qué, digo sencillamente
+con más frecuencia.</p>
+
+<p>—No os comprendo. ¿Por qué decís con más frecuencia?</p>
+
+<p>—Por decir lo que vos, reverenda madre.</p>
+
+<p>—Pero yo no he dicho con más frecuencia.</p>
+
+<p>—No lo habéis dicho; pero lo he dicho yo para decir lo que vos.</p>
+
+<p>En este momento dieron las nueve.</p>
+
+<p>—Á las nueve de la mañana, y á todas horas, alabado y adorado sea
+el Santísimo Sacramento del altar,—dijo la priora.</p>
+
+<p>—Amén,—contestó Fauchelevent.</p>
+
+<p>La hora sonó muy oportunamente, cortando el «con más frecuencia».
+Es muy probable que sin esta interrupción la priora y Fauchelevent
+no hubiesen desenredado nunca aquella madeja.</p>
+
+<p>Fauchelevent se enjugó la frente.</p>
+
+<p>La priora murmuró de nuevo por lo bajo, rezando sin duda, y dijo
+después levantando la voz:</p>
+
+<p>—Durante su vida hizo la madre Crucifixión muchas conversiones;
+después de muerta hará milagros.</p>
+
+<p>—¡Los hará!—contestó Fauchelevent afirmándose en su terreno, y esforzándose
+para no volver á tropezar.</p>
+
+<p>—Tío Fauvent, la comunidad ha sido bendecida en la madre Crucifixión.
+Sin duda no es dado á todo el mundo morir como el cardenal de
+Bérulle celebrando la santa misa, y exhalar el alma hacia Dios pronunciando
+estas palabras: <em>Hanc igitur oblationem</em>. Pero sin alcanzar tanta
+dicha, la madre Crucifixión ha tenido una buena muerte. Ha conservado
+el conocimiento hasta el postrer instante. Nos hablaba á nosotras, y luego
+hablaba á los ángeles. Nos ha hecho sus últimos encargos. Si tuviérais
+un poco más de fe, y hubiérais podido estar en su celda, os habríais
+curado la pierna con sólo tocarla. Sonreía de continuo. Sentíase
+que iba á resucitar en Dios. Adivinábase en su muerte el paraíso.</p>
+
+<p>Fauchelevent creyendo que terminaba una oración, dijo:</p>
+
+<p>—Amén.</p>
+
+<p>—Tío Fauvent, es preciso cumplir las disposiciones de los muertos.</p>
+
+<p>La priora recorrió algunas cuentas de su rosario. Fauchelevent continuó
+callado.</p>
+
+<p>Ella prosiguió:</p>
+
+<p>—He consultado sobre este punto á varios eclesiásticos trabajadores
+en la viña del Señor, que se ocupan en los ejercicios de la vida clerical
+recogiendo admirables frutos.</p>
+
+<p>—Reverenda madre, desde aquí se oyen los toques mucho mejor que
+desde el jardín.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_459">[Pg 459]</span></p>
+
+<p>—Y luego, que más que una difunta, es una santa.</p>
+
+<p>—Como vos, madre reverenda.</p>
+
+<p>—Dormía en su ataúd desde hace veinte años, por concesión expresa
+de nuestro santo padre Pío VII.</p>
+
+<p>—El que coronó al emp... Buonaparte.</p>
+
+<p>Para un hombre hábil como Fauchelevent, semejante recuerdo era
+una torpeza. Afortunadamente la priora, entregada á sus meditaciones,
+no le entendió.</p>
+
+<p>—¿Tío Fauvent?</p>
+
+<p>—¿Reverenda madre?</p>
+
+<p>—San Diódoro, arzobispo de Capadocia, quiso que en su sepultura se
+escribiese sólo esta palabra: <em>Acarus</em>, que significa gusano de tierra, y
+así se hizo. ¿No es verdad?</p>
+
+<p>—Sí, reverenda madre.</p>
+
+<p>—El bienaventurado Mezzocane, abad de Aquila, quiso ser inhumado
+bajo la horca, y se hizo así.</p>
+
+<p>—Es verdad.</p>
+
+<p>—San Terencio, obispo de Porto, en la desembocadura del Tíber, pidió
+que se grabase en la losa de su sepulcro el signo que se ponía en la
+losa de los parricidas, con el deseo de que los transeuntes escupiesen sobre
+su tumba. Y así se hizo también. Que es preciso obedecer á los
+muertos.</p>
+
+<p>—Así sea.</p>
+
+<p>—El cuerpo de Bernardo Guidonis nacido en Francia cerca de Roche
+Abeille, fué, según había dispuesto, y á pesar del Rey de Castilla,
+conducido á la iglesia de los dominicos de Limoges, por más que Bernardo
+Guidonis hubiese sido obispo de Tuy en España. ¿Puede decirse
+lo contrario?</p>
+
+<p>—No, reverenda madre.</p>
+
+<p>—El hecho está atestiguado por Plantavit de la Fosse.</p>
+
+<p>Volvieron á correr en silencio las cuentas del rosario.</p>
+
+<p>La priora continuó:</p>
+
+<p>—Tío Fauvent, la madre Crucifixión será enterrada en el ataúd en
+que ha dormido por espacio de veinte años.</p>
+
+<p>—Es justo.</p>
+
+<p>—Es una continuación del sueño.</p>
+
+<p>—¿Tendré, pues, que clavarla en ese ataúd?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—¿Y prescindiremos de la caja de las pompas fúnebres?</p>
+
+<p>—Naturalmente.</p>
+
+<p>—Estoy á las órdenes de la reverendísima comunidad.</p>
+
+<p>—Las cuatro madres cantoras os ayudarán</p>
+
+<p>—¿Á clavar la caja? No hay necesidad.</p>
+
+<p>—No; á bajarla.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_460">[Pg 460]</span></p>
+
+<p>—¿Adónde?</p>
+
+<p>—Á la bóveda.</p>
+
+<p>—¿Qué bóveda?</p>
+
+<p>—Debajo del altar.</p>
+
+<p>Fauchelevent dió un brinco.</p>
+
+<p>—¿En la bóveda debajo del altar?</p>
+
+<p>—Debajo del altar.</p>
+
+<p>—Pero...</p>
+
+<p>—Llevaréis una barra de hierro.</p>
+
+<p>—Sí; pero...</p>
+
+<p>—¡Levantaréis la piedra introduciendo la barra en el anillo!</p>
+
+<p>—Pero...</p>
+
+<p>—Debemos obedecer á los muertos. El deseo supremo de la madre
+Crucifixión ha sido ser enterrada en la bóveda debajo del altar de la
+capilla, no descansar en tierra profana; continuar muerta en el mismo
+sitio en que ha rezado viva. Así nos lo ha pedido, es decir, mandado.</p>
+
+<p>—Pero eso está prohibido.</p>
+
+<p>—Prohibido por los hombres; mandado por Dios.</p>
+
+<p>—¿Y si llega á saberse?</p>
+
+<p>—Confiamos en vos.</p>
+
+<p>—¡Oh! Yo soy una piedra de estas paredes.</p>
+
+<p>—Se ha reunido el capítulo. Las madres vocales á quienes acabo de
+consultar, y que están aún deliberando, han decidido que la madre Crucifixión
+sea, según su orden, enterrada en su ataúd, debajo del altar.
+¡Figuraos, tío Fauvent, si se llegasen á hacerse aquí milagros! ¡Qué gloria
+en Dios para la comunidad! Los milagros salen de las tumbas.</p>
+
+<p>—Pero, reverenda madre, si el inspector de la comisión de salubridad...</p>
+
+<p>—San Benito II, en materia de sepulturas, resistió á Constantino
+Pogonates.</p>
+
+<p>—No obstante, el comisario de policía...</p>
+
+<p>—Chonodemaro, uno de los siete reyes alemanes que entraron en las
+Galias, bajo el imperio de Constancio, reconoce expresamente el derecho
+de los religiosos á ser enterrados en religión, es decir, debajo del altar.</p>
+
+<p>—Pero el inspector de la prefectura...</p>
+
+<p>—El mundo no significa nada ante la cruz. Martín, undécimo general
+de los cartujos, dió esta divisa á su orden: <em>Stat crux dum volvitur
+orbis</em>.</p>
+
+<p>—Amén,—dijo Fauchelevent, que seguía imperturbablemente su costumbre
+de salir del paso siempre que oía hablar en latín.</p>
+
+<p>Un auditorio cualquiera le basta á quien se ha estado callado mucho
+tiempo. El día en que el retórico Gymnastoras salió de la cárcel, llevando
+el cuerpo lleno de dilemas y silogismos reprimidos, se paró ante el
+primer árbol que encontró, arengándole y haciendo grandes esfuerzos<span class="pagenum" id="Page_461">[Pg 461]</span>
+para convencerle. La priora, habitualmente sujeta al dique del silencio,
+tenía demasiado lleno el depósito, y se levantó, exclamando con una locuacidad
+propia de una compuerta que se levanta:</p>
+
+<p>—Tengo á mi derecha á Benito y á mi izquierda á Bernardo. ¿Quién
+es Bernardo? El primer abad de Claraval. Fontaines, en Borgoña es el
+país bendito por haberle visto nacer. Su padre se llamaba Tecelino y su
+madre Aletha. Principió en Císter para llegar á Claraval; fué ordenado
+de presbítero por el obispo de Chalón del Saona Guillermo de Champeaux;
+tuvo setecientos novicios, y fundó ciento sesenta monasterios; él fué
+quien derribó á Abelardo en el concilio de Sens en 1140, como á Pedro
+de Bruys y Enrique su discípulo, y á otra secta de extraviados, que se
+llamaban los apostólicos; confundió á Arnoldo de Brescia; anonadó al
+monje Raoul, el matador de judíos; dominó en 1148 el concilio de Reims;
+hizo condenar á Gilberto de la Porée, obispo de Poitiers, y á Éon de
+l'Etoile; intervino en las diligencias de los príncipes; iluminó al rey Luis
+el Joven; aconsejó al papa Eugenio III; arregló el Temple; predicó la
+Cruzada; hizo doscientos cincuenta milagros durante su vida, y hasta
+treinta y nueve en sólo un día.</p>
+
+<p>¿Quién es Benito? Es el patriarca de Montecasino, es el segundo
+fundador de la Santidad Claustral, el Basilio de Occidente. Su orden ha
+producido cuarenta papas, doscientos cardenales, cincuenta patriarcas,
+mil seiscientos arzobispos, cuatro mil seiscientos obispos, cuatro emperadores,
+doce emperatrices, cuarenta y seis reyes, cuarenta y una reinas,
+tres mil seiscientos santos canonizados, y subsiste aún, después de
+mil cuatrocientos años.</p>
+
+<p>¡De un lado San Bernardo, de otro el encargado de la salubridad!
+¡De un lado San Benito, de otro el inspector de vialidad! El Estado, la
+vialidad, las pompas fúnebres, los reglamentos, la administración, ¿qué
+tenemos nosotras que ver con eso? Cualquiera se indignaría al ver cómo
+se nos trata. ¡Ni aun tendremos el derecho de dar nuestras cenizas á Jesucristo!
+La salubridad es una invención revolucionaria. Dios subordinado
+al comisario de policía: ése es el siglo. ¡Silencio, Fauvent!</p>
+
+<p>Fauchelevent, bajo semejante ducha, no estaba, en verdad, muy á su
+gusto. La priora continuó:</p>
+
+<p>—El derecho del monasterio á la sepultura no es dudoso para nadie.
+No pueden negarlo más que los fanáticos y los ilusos. Vivimos en unos
+tiempos de confusión terrible. Se ignora lo que se debe saber, y se sabe
+lo que se debe ignorar. Dominan la ignorancia y la impiedad. Hay gentes
+en esta época que no hacen distinción entre el grandísimo San Bernardo
+y el Bernardo llamado de los Pobres Católicos, un buen eclesiástico
+que vivía en el siglo <span class="allsmcap">XIII</span>. Otros blasfeman hasta el punto de comparar
+el cadalso de Luis XVI con la cruz de Jesucristo. Luis XVI no era
+más que un rey. ¡Tengamos, pues, en cuenta á Dios!</p>
+
+<p>No hay ya nada justo ni injusto. Se sabe el nombre de Voltaire, y se<span class="pagenum" id="Page_462">[Pg 462]</span>
+ignora el de César de Bus. Y sin embargo, César de Bus es un bienaventurado,
+y Voltaire un infeliz. El último arzobispo, el cardenal de Périgord,
+ni aun sabía que Carlos de Gondren sucedió á Bérulle, y Francisco
+Bourgoin, á Gondren, y Juan Francisco Senault á Bourgoin, y el padre
+Santa Marta á Juan Francisco Senault. Se sabe el nombre del padre Cotón,
+no porque fuése uno de los tres que contribuyeron á la fundación
+del Oratorio, sino porque dió motivo para uno de sus juramentos exclamatorios
+al rey hugonote Enrique VI.</p>
+
+<p>Lo que hace á san Francisco de Sales simpático á las gentes del mundo,
+es que hacía fullerías en el juego.</p>
+
+<p>¡Y luego se ataca á la religión! ¿Por qué? Porque ha habido malos sacerdotes;
+porque Sagitario, Obispo de Gap, era hermano de Salone, obispo
+de Embrun, y que ambos siguieron á Mommol. ¿Y eso qué importa? ¿Impide
+por ventura que Martín de Tours sea un santo, y de que diera la
+mitad de su capa á un pobre? Se persigue á los santos; se cierran los ojos
+á la verdad; se acostumbra el hombre á las tinieblas. Los animales más
+feroces son los ciegos. Nadie se acuerda del infierno para nada. ¡Ah pueblo
+pervertido! En nombre del rey significa hoy lo mismo que en nombre
+de la revolución. No se sabe lo que se debe á los vivos ni á los muertos.
+Está prohibido morir santamente. El sepulcro es un negocio civil. Esto
+es horroroso. San León II escribió expresamente dos cartas, la una á Pedro
+Notaire y la otra al rey de los visigodos, para combatir y rechazar
+en las cuestiones que se relacionan con los muertos, la autoridad del
+exarca, y la supremacía del emperador Gauthier, obispo de Châlons, se
+las tuvo tiesas en esta materia á Otón, duque de Borgoña. La antigua
+magistratura estaba en esto conforme. En otros tiempos teníamos nosotras
+voz en el capítulo, aun en las cosas del siglo. El abad de Císter, general
+de la orden, era consejero nato del parlamento de Borgoña. Podíamos
+hacer de nuestros muertos lo que queríamos. Pues qué, el mismo
+cuerpo de san Benito, ¿no está en Francia en la abadía de Fleury, llamada
+de San Benito del Loira, aunque murió en Italia en Montecasino, el sábado
+21 de marzo del año 543? Todo esto es incontestable. Aborrezco á
+los intrusos; odio á los herejes, pero odiaría más aún á quién me sostuviese
+lo contrario. No hay más que leer á Arnaldo Wion, á Gabriel Bucelin,
+á Tritemo, á Maurólico y á Lucas de Achery.</p>
+
+<p>La priora tomó aliento, volviéndose luego á Fauchelevent:</p>
+
+<p>—Tío Fauvent, ¿está dicho?</p>
+
+<p>—Está dicho, reverenda madre.</p>
+
+<p>—¿Se puede contar con vos?</p>
+
+<p>—Obedeceré.</p>
+
+<p>—Está bien.</p>
+
+<p>—Estoy completamente consagrado al convento.</p>
+
+<p>—Quedamos entendidos. Cerrareis el ataúd; las hermanas le llevarán
+á la capilla y se rezará el oficio de difuntos. Después se volverán al<span class="pagenum" id="Page_463">[Pg 463]</span>
+claustro. Á las once y media vendréis con la barra de hierro, y todo se
+hará con el mayor sigilo. No habrá en la capilla nadie más que las cuatro
+madres cantoras, la madre Ascensión y vos.</p>
+
+<p>—Y la hermana que esté en el poste.</p>
+
+<p>—No se volverá.</p>
+
+<p>—Pero oirá.</p>
+
+<p>—No escuchará. Además, lo que el claustro sabe lo ignora el mundo.</p>
+
+<p>Hubo todavía otra pausa: la priora continuó:</p>
+
+<p>—Dejaréis vuestro cascabel. Es inútil que la hermana que esté en el
+poste advierta que estáis allí.</p>
+
+<p>—¿Reverenda madre?</p>
+
+<p>—¿Qué, tío Fauvent?</p>
+
+<p>—¿Ha venido ya el médico de los muertos?</p>
+
+<p>—Vendrá hoy á las cuatro. Ha sonado ya el toque que manda llamarle.
+¿Pero vos no oís ningún toque?</p>
+
+<p>—No me fijo más que en el mío.</p>
+
+<p>—Muy bien hecho, tío Fauvent.</p>
+
+<p>—Reverenda madre, se necesita una palanca lo menos de seis pies.</p>
+
+<p>—¿De dónde la sacaréis?</p>
+
+<p>—Donde no faltan rejas no pueden faltar barras de hierro. Tengo un
+montón de hierro viejo allá en el fondo del jardín.</p>
+
+<p>—Tres cuartos de hora antes de la media noche; no lo olvidéis.</p>
+
+<p>—¿Reverenda madre?</p>
+
+<p>—¿Qué?</p>
+
+<p>—Si otra vez tuviérais que hacer obras como ésta, mi hermano sí
+que es fuerte. ¡Un verdadero turco!</p>
+
+<p>—Despacharéis lo antes posible.</p>
+
+<p>—No por ganas podré ir más aprisa. Estoy tan delicado; no me vendría
+mal un buen auxiliar. Cojeo.</p>
+
+<p>—El ser cojo no es una desgracia, es tal vez una bendición. El emperador
+Enrique II, que combatió al antipapa Gregorio y restableció á
+Benito VIII, tiene dos sobrenombres: el Santo y el Cojo.</p>
+
+<p>—Es muy bueno eso de tener dos sobretodos,—murmuró Fauchelevent,—que
+en realidad tenía el oído un poco duro.</p>
+
+<p>—Tío Fauvent, estoy pensando en que debemos tomarnos una hora
+entera. Y no será demasiado. Estaréis junto al altar mayor con la barra
+de hierro á las once. El oficio empezará á las doce, y es menester que
+todo esté concluido un cuarto de hora antes.</p>
+
+<p>—Todo lo haré para probar mi celo por la comunidad. Está dicho.
+Clavaré el ataúd. Á las once en punto estaré en la capilla. Estarán ya
+allí las madres cantoras y la madre Ascensión. Dos hombres valdrían
+mucho más. En fin, ¡no importa! Llevaré mi palanca. Abriremos la bóveda,
+bajaremos el ataúd, volveremos á cerrar. Y punto concluido; no<span class="pagenum" id="Page_464">[Pg 464]</span>
+va á quedar el menor rastro. El Gobierno nada sospechará. Reverenda
+madre, ¿todo quedará así arreglado como queréis?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—¿Hay más que hacer?</p>
+
+<p>—Sobre la caja vacía...</p>
+
+<p>Esto produjo un momento de silencio. Fauchelevent meditaba. La
+priora meditaba igualmente.</p>
+
+<p>—Tío Fauvent. ¿Qué haremos del ataúd?</p>
+
+<p>—Le enterraremos.</p>
+
+<p>—¿Vacío?</p>
+
+<p>Nuevo silencio. Fauchelevent hizo con la mano izquierda esa especie
+de gesto que parece dar por terminada una cuestión enojosa.</p>
+
+<p>—Reverenda madre, soy yo quien he de clavar la caja en el depósito
+de la iglesia; nadie puede entrar allí más que yo; yo cubriré el ataúd
+con el paño mortuorio.</p>
+
+<p>—Sí, pero los mozos al llevarle al carro, y al bajarle á la fosa, conocerán
+fácilmente que no tiene nada dentro.</p>
+
+<p>—¡Ah, <em>di</em>...!—exclamó Fauchelevent.</p>
+
+<p>La priora empezó á santiguarse, y miró fijamente al jardinero. El
+<em>ablo</em> se le quedó atascado en la garganta.</p>
+
+<p>Apresuróse á inventar una salida para hacer olvidar el juramento.</p>
+
+<p>—Reverenda madre, llenaré de tierra la caja y hará el mismo efecto
+que si llevara dentro un cuerpo.</p>
+
+<p>—Tenéis razón. La tierra es lo mismo que el hombre. ¿De modo que
+llenaréis así el vacío del ataúd?</p>
+
+<p>—Queda á mi cargo.</p>
+
+<p>El semblante de la priora, hasta entonces turbado y sombrío, se serenó.
+Hizo al jardinero la señal del superior que despide al inferior.
+Fauchelevent se dirigió á la puerta. Cuando ya iba á salir, la priora levantó
+dulcemente la voz.</p>
+
+<p>—Tío Fauvent, estoy satisfecha de vos. Mañana, después del entierro,
+acompañad á vuestro hermano, decidle que lleve también la niña.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Donde parece que Juan Valjean había leído á Agustín Castillejo</b></p>
+
+
+<p>Los pasos de un cojo son como las miradas de un tuerto: no llegan
+fácilmente adonde se dirigen. Por otra parte, Fauchelevent estaba perplejo.
+Empleó cerca de un cuarto de hora en llegar á la barraca del jardín.
+Cosette había despertado; Juan Valjean la había sentado cerca de
+la lumbre, y cuando entró Fauchelevent le estaba enseñando el cesto del
+jardinero, pendiente de la pared, y diciéndole:</p>
+
+<p>—Oye bien, hijita. Es preciso que salgamos de esta casa; pero volveremos
+y estaremos muy bien en ella. Este buen hombre que vive aquí
+te llevará á cuestas ahí dentro. Tú me esperarás en casa de una señora,<span class="pagenum" id="Page_465">[Pg 465]</span>
+adonde iré á buscarte. ¡Si no quieres que te coja otra vez la Thénardier,
+obedece y no digas otra palabra!</p>
+
+<p>Cosette hizo un movimiento de cabeza con aire grave.</p>
+
+<p>Al ruido de Fauchelevent abriendo la puerta, se volvió Juan Valjean.</p>
+
+<p>—¿Y qué?</p>
+
+<p>—Todo está arreglado, y nada se ha hecho,—contestó Fauchelevent.—Tengo
+yo permiso para haceros entrar; pero antes es preciso salir. Aquí
+está el atolladero de la carreta. En cuanto á la niña, es cosa fácil.</p>
+
+<p>—¿La llevaréis?</p>
+
+<p>—¿Se estará callada?</p>
+
+<p>—Yo respondo.</p>
+
+<p>—Pero ¿y vos, señor Magdalena?</p>
+
+<p>Y después de un silencio lleno de ansiedad, exclamó Fauchelevent:</p>
+
+<p>—¡Pero salid por donde habéis entrado!</p>
+
+<p>Juan Valjean, como la primera vez, se limitó á contestar:</p>
+
+<p>—¡Imposible!</p>
+
+<p>Fauchelevent, hablando más bien consigo mismo que con Juan Valjean,
+murmuró:</p>
+
+<p>—Hay otra cosa que me atormenta. He dicho que la llenaré de tierra,
+y ahora se me ocurre que, llevando tierra en vez de un cuerpo, no
+tendrá semejanza verdadera. Se moverá, se correrá, los hombres lo conocerán.</p>
+
+<p>¿Comprendéis, señor Magdalena? y el Gobierno se apercibirá.</p>
+
+<p>Juan Valjean le miró atentamente, creyendo que deliraba.</p>
+
+<p>Fauchelevent continuó:</p>
+
+<p>—¿Cómo di...antres vais á salir? ¡Y es preciso que todo quede hecho
+mañana! Porque mañana os he de presentar. La priora os espera.</p>
+
+<p>Entonces explicó á Juan Valjean que esto era en recompensa de un
+servicio que él, Fauchelevent, prestaba á la comunidad. Que en sus atribuciones
+entraba algo de sepulturero; que clavaba el ataúd y ayudaba
+al enterrador del cementerio. Que la religiosa que había muerto aquella
+mañana había pedido ser enterrada en el ataúd que le servía de cama,
+y sepultada en la bóveda debajo del altar de la capilla. Que esto estaba
+prohibido por los reglamentos de policía; pero que la religiosa era una
+de esas muertas á quienes nada se puede negar. Que la priora y las madres
+vocales creían que debían cumplir lo mandado por la difunta. Y
+que tanto peor para el Gobierno. Que, él, Fauchelevent, clavaría el ataúd
+en la celda, levantaría la losa de la capilla y bajaría el cadáver á la bóveda.
+Y que para recompensárselo, la priora admitiría á su hermano de
+jardinero y á su sobrina de educanda. Que su hermano sería el señor
+Magdalena y su sobrina Cosette. Que la priora le había dicho que llevase
+á su hermano el día siguiente por la tarde después del entierro simulado
+en el cementerio. Pero no podía traer de afuera al señor Magdalena,<span class="pagenum" id="Page_466">[Pg 466]</span>
+si el señor Magdalena no estaba afuera antes. Ésta es la primera dificultad.
+Después había otra: el ataúd vacío.</p>
+
+<p>—¿Qué es eso del ataúd vacío?—preguntó Juan Valjean.</p>
+
+<p>Fauchelevent respondió:</p>
+
+<p>—El ataúd de la administración.</p>
+
+<p>—¿Qué ataúd? ¿Y qué administración?</p>
+
+<p>—Cuando una religiosa muere, viene el médico de la municipalidad
+y dice: Ha muerto una monja. El Gobierno envía el ataúd, y al día siguiente
+envía un carro fúnebre y sepultureros, que cargan el ataúd y se
+lo llevan al cementerio. Vendrán los sepultureros, levantarán la caja, y
+no habrá nada dentro.</p>
+
+<p>—Pues meted cualquier cosa.</p>
+
+<p>—¿Un muerto? No le tengo.</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—¿Pues qué?</p>
+
+<p>—Un vivo.</p>
+
+<p>—¿Qué vivo?</p>
+
+<p>—Yo,—dijo Juan Valjean.</p>
+
+<p>Fauchelevent, que estaba sentado, se levantó como si hubiese estallado
+un petardo debajo de su silla.</p>
+
+<p>—¿Vos?</p>
+
+<p>—¿Y por qué no?</p>
+
+<p>Juan Valjean dejó escapar una de esas sonrisas parecidas á un relámpago
+en un cielo de invierno.</p>
+
+<p>—Sabéis, Fauchelevent, que habéis dicho: la madre Crucifixión ha
+muerto, y que yo añadí: y el señor Magdalena está enterrado. Pues ahí
+tenéis.</p>
+
+<p>—¡Ah! os reís; no habláis formalmente.</p>
+
+<p>—Hablo formalmente. ¿No es preciso salir de aquí?</p>
+
+<p>—Sin duda.</p>
+
+<p>—¿No os dije que buscarais también para mí un cesto y una tapa?</p>
+
+<p>—¿Y qué?</p>
+
+<p>—Que el cesto será de pino, y la tapa un paño negro.</p>
+
+<p>—No; un paño blanco. Á las religiosas las entierran vestidas de
+blanco.</p>
+
+<p>—Vaya por el paño blanco.</p>
+
+<p>—Vos no sois un hombre como los demás, señor Magdalena.</p>
+
+<p>Al oir Fauchelevent semejantes ocurrencias, que no eran otra cosa
+que las salvajes y temerarias invenciones del presidio, surgiendo de las
+cosas apacibles que le rodeaban, y mezclándose, con lo que él llamaba
+«la marcha regular del convento», sentía un estupor comparable al de
+un transeunte que viera á una gaviota metiendo el pico para pescar en
+el arroyo de la estrecha calle de San Dionisio.</p>
+
+<p>Juan Valjean prosiguió:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_467">[Pg 467]</span></p>
+
+<p>—Se trata de salir de aquí sin ser visto; pues no deja de ser éste un
+medio. Pero antes instruidme. ¿Qué pasos se han de dar? ¿Dónde está
+ese ataúd?</p>
+
+<p>—¿El vacío?</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Abajo, en la llamada sala de los muertos. Sobre dos caballetes y
+debajo del paño mortuorio.</p>
+
+<p>—¿Cuál es la longitud de la caja?</p>
+
+<p>—Seis pies.</p>
+
+<p>—¿Y dónde está la sala de los muertos?</p>
+
+<p>—Es una pieza del piso bajo que tiene una ventana con reja al jardín,
+la cual se cierra por fuera con un postigo, y dos puertas, una que
+da al convento, y otra á la iglesia.</p>
+
+<p>—¿Á qué iglesia?</p>
+
+<p>—Á la iglesia de la calle, la iglesia pública.</p>
+
+<p>—¿Tenéis las llaves de ambas puertas?</p>
+
+<p>—No. Tengo la de la puerta que da al convento, y el portero tiene
+la de la puerta que da á la iglesia.</p>
+
+<p>—¿Y cuándo abre esa puerta el portero?</p>
+
+<p>—Solamente para dar entrada á los sepultureros cuando vienen á
+buscar el ataúd. Cuando el ataúd sale, vuelve á cerrarse la puerta.</p>
+
+<p>—¿Quién clava el ataúd?</p>
+
+<p>—Yo.</p>
+
+<p>—¿Quién pone el paño encima?</p>
+
+<p>—Yo.</p>
+
+<p>—¿Vos solo?</p>
+
+<p>—Ningún otro hombre, excepto el médico de la policía, puede entrar
+en la sala de los muertos. Así está escrito en la pared.</p>
+
+<p>—¿Y podríais esta noche, cuando todos duerman en el convento,
+ocultarme en dicha sala?</p>
+
+<p>—No; pero puedo ocultaros en un cuartito obscuro que da á la propia
+sala de los muertos, donde guardo mis útiles de enterrar, y cuya
+llave tengo en mi poder.</p>
+
+<p>—¿Á qué hora vendrá el carro mañana por el ataúd?</p>
+
+<p>—Á eso de las tres de la tarde. El entierro se verificará en el Cementerio
+de Vaugirard poco antes de anochecer. No está muy cerca.</p>
+
+<p>—Bien; estaré escondido en el cuartito de vuestras herramientas toda
+la noche y toda la mañana. ¿Y para comer? Porque tendré hambre.</p>
+
+<p>—Yo os llevaré que comer.</p>
+
+<p>—Podréis ir á encerrarme en el ataúd á las dos.</p>
+
+<p>Fauchelevent retrocedió, haciendo chasquear los dedos.</p>
+
+<p>—¡Pero es imposible!</p>
+
+<p>—¡Bah! ¿Coger un martillo y clavar unos clavos en una tabla?</p>
+
+<p>Lo que le parecía altamente difícil á Fauchelevent, era sencillísimo<span class="pagenum" id="Page_468">[Pg 468]</span>
+para Juan Valjean, quien había atravesado peores dificultades. El que
+ha estado en presidio sabe el arte de encogerse según el diámetro de las
+evasiones. El preso está sujeto á la fuga como el enfermo á la crisis que
+le salva ó le pierde. Una evasión es una curación. ¿Y qué es lo que no
+se acepta para curar? Dejarse encerrar y conducir en un cajón como un
+bulto, vivir largo tiempo en una caja, encontrar aire donde no le hay,
+economizar la respiración horas enteras, saber asfixiarse sin morir, todo
+ello era uno de los sombríos talentos de Juan Valjean.</p>
+
+<p>Por lo demás, un ataúd dentro del cual va un ser viviente, si es estratagema
+de presidiario, lo es también de emperador. Si hemos de dar
+crédito al monje Agustín Castillejo, este fué el medio de que se valió
+Carlos V, al querer después de su adjudicación, ver por última vez á la
+Blomberg, para hacerla entrar y salir en el monasterio de Yuste.</p>
+
+<p>Fauchelevent, algo tranquilizado, preguntó:</p>
+
+<p>—Pero ¿cómo lo haréis para respirar?</p>
+
+<p>—Respirando.</p>
+
+<p>—¡Dentro de aquella caja! Solamente de pensar en ello me ahogo.</p>
+
+<p>—Tendréis una barrena, está claro; haced unos agujeritos en rededor
+de la boca, y clavad luego sin apretar la tapa.</p>
+
+<p>—¡Bueno! ¿Y si se os ocurre toser ó estornudar?</p>
+
+<p>—El que se evade no tose ni estornuda jamás.</p>
+
+<p>Y Juan Valjean añadió:</p>
+
+<p>—Tío Fauchelevent, es preciso decidirse: ó ser aquí descubierto, ó
+salir en el carro de los muertos.</p>
+
+<p>Todo el mundo conocerá la afición de los gatos á pararse y juguetear
+entre las hojas de una puerta entreabierta. ¿Quién no le ha dicho á
+un gato: pero entra de una vez? Hay hombres que cuando tienen un incidente
+abierto ante sus ojos, tienen también inclinación á permanecer
+indecisos entre dos resoluciones, á riesgo de hacerse aplastar por el destino
+cerrando bruscamente la aventura. Los más prudentes, por más gatos
+que sean, y porque gatos son precisamente, corren alguna vez mayor
+peligro que los audaces. Fauchelevent era naturalmente indeciso. Sin embargo,
+la sangre fría de Juan Valjean le dominó á pesar suyo, y murmuró:</p>
+
+<p>—La verdad es que no hay otro medio.</p>
+
+<p>Juan Valjean replicó:</p>
+
+<p>—Lo único que me preocupa es lo que sucede en el cementerio.</p>
+
+<p>—Pues eso es lo que á mí no me apura,—exclamó Fauchelevent.—Si
+tenéis seguridad de salir de la caja, yo la tengo de sacaros de la fosa. El
+enterrador es un borrachín amigo mío, el tío Mestienne, un viejo de cepa
+secular. El enterrador mete los muertos en la fosa, y yo meto al enterrador
+en mi bolsillo. Voy á deciros lo que sucederá. Llegaremos un poco
+antes de anochecer; tres cuartos de hora antes del cierre de la verja del
+cementerio. El carro llegará hasta la fosa, y yo le seguiré, porque éste<span class="pagenum" id="Page_469">[Pg 469]</span>
+es mi deber. Llevaré un martillo, escoplo y tenazas en el bolsillo. Se detendrá
+el carro; los mozos atarán una cuerda al ataúd, y os bajarán al
+hoyo. El capellán recitará las oraciones, hará la señal de la cruz, echará
+agua bendita y se retirará. Entonces quedaré yo sólo con el tío Mestienne,
+que es mi amigo, como os he dicho. Y sucederá una de dos: ó
+que esté borracho, ó que no lo esté. Si no está borracho, le diré: vente
+á echar un trago, mientras está abierto aún el <em>Buen Membrillo</em>. Me lo
+llevo y le emborracho: no cuesta mucho emborrachar al tío Mestienne,
+porque siempre está resbaladizo. Le dejo bajo la mesa, le cojo su tarjeta
+para volver á entrar en el cementerio, y entro de nuevo solo. Entonces
+ya no tenéis que habéroslas sino conmigo. Si no está borracho, le digo:
+anda, yo haré tu trabajo. Se va, y os saco del agujero.</p>
+
+<p>Juan Valjean le tendió la mano, y Fauchelevent se precipitó á tomársela
+con toda la tierna efusión de que puede ser susceptible un campesino.</p>
+
+<p>—Está convenido, tío Fauchelevent. Todo saldrá bien.</p>
+
+<p>—Con tal que nada se descomponga,—pensó Fauchelevent.—¡Sería
+terrible!</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>No basta ser borracho para ser inmortal</b></p>
+
+
+<p>Al día siguiente, cuando declinaba el sol, los escasos transeuntes de
+la calle ancha del Maine se quitaban el sombrero al paso de un carro fúnebre
+de antiguo modelo, adornado de calaveras, tibias y lágrimas. Este
+carro conducía un ataúd cubierto por un paño blanco, sobre el que se
+destacaba una cruz negra, semejante á un gran cadáver con los brazos
+colgando. Un coche enlutado, en el que iban un cura con sobrepelliz y
+un monaguillo con sotana roja, seguía al carro; á derecha é izquierda
+de él marchaban dos sepultureros de uniforme gris con adornos negros.
+Detrás iba un viejo cojeando y en traje de artesano. El cortejo se dirigía
+al cementerio de Vaugirard.</p>
+
+<p>Del bolsillo del hombre se veían salir al mango de un martillo, la
+hoja de un escoplo y las puntas de unas tenazas.</p>
+
+<p>El cementerio de Vaugirard era una excepción entre los cementerios
+de París. Tenía, por así decirlo, sus costumbres particulares, lo mismo
+que tenía su puerta cochera y su puerta pequeña, llamadas en el barrio
+por los viejos, siempre apegados á los dichos antiguos, la puerta de los
+caballeros y la puerta plebeya. Las bernardas-benedictinas del Pequeño-Picpus
+habían obtenido, según ya hemos dicho, el privilegio de ser enterradas
+en sitio aparte y por la tarde, en un terreno que había pertenecido
+á su comunidad. Los sepultureros estaban también sujetos á una
+disciplina particular, por lo que debían prestar ese servicio en el cementerio
+por la tarde en verano, y de noche en invierno. Las puertas de los
+cementerios de París se cerraban en aquella época al ponerse el sol; y<span class="pagenum" id="Page_470">[Pg 470]</span>
+siendo ésta una medida municipal, estaba sometido á ella el cementerio
+de Vaugirard lo mismo que todos los demás. La puerta de caballeros y
+la puerta de peatones eran dos verjas contiguas, situadas á los lados de
+un pabellón construido por el arquitecto Perronet, y habitado por el
+portero del cementerio. Estas verjas giraban por lo tanto inexorablemente
+sobre sus goznes en el momento en que el sol desaparecía por detrás
+de la cúpula de los Inválidos.</p>
+
+<p>Si algún sepulturero al cerrarse las verjas se había quedado dentro,
+no tenía otro medio para salir, que presentar su nombramiento de enterrador,
+expedido por la administración de pompas fúnebres. En un
+postigo de la casa del guarda había una especie de buzón como los de
+correos. El sepulturero echaba en él su tarjeta; el guarda la oía caer,
+tiraba de una cuerda, y se abría la puerta de peatones. Si el sepulturero
+no llevaba su tarjeta, decía su nombre, y el guarda, que solía haberse
+acostado y dormido, se levantaba, le examinaba, y abría la puerta con
+la llave. El sepulturero salía, pero pagaba quince francos de multa.</p>
+
+<p>Aquel cementerio, que con sus privilegios especiales rompía la simetría
+administrativa, fué suprimido poco después de 1830. El cementerio
+de Mont-Parnasse, llamado del Este, le sucedió, y heredó la famosa taberna
+medianera con el cementerio de Vaugirard, que tenía una muestra
+con un membrillo pintado, y formaba ángulo por un lado hacia las
+mesas de los bebedores, y por otro hacia las sepulturas, con esta inscripción:
+<em>Al Buen Membrillo</em>.</p>
+
+<p>El cementerio de Vaugirard era lo que podía llamarse un cementerio
+en decadencia. Había caído en desuso. Le invadía la yerba, y le abandonaban
+las flores; los burgueses gustaban poco de que les enterrasen
+en Vaugirard; olía á pobre. El cementerio del Padre Lachaise ¡ya era
+otra cosa! Ser enterrado en él, era como tener muebles de caoba. En
+esto se conocía la elegancia. El cementerio de Vaugirard era un cercado
+venerable, plantado como los antiguos jardines franceses, con calles rectas,
+bojes, tuyas, acebos, sepulcros á la sombra de algunos tejos, y la
+yerba muy crecida. La noche era allí imponente. Presentaba líneas verdaderamente
+lúgubres.</p>
+
+<p>Aún no se había puesto el sol, cuando el carro fúnebre del paño blanco
+con la cruz negra entró en la alameda del cementerio de Vaugirard.
+El cojo que le seguía era Fauchelevent.</p>
+
+<p>El entierro de la madre Crucifixión en la bóveda debajo del altar, la
+salida de Cosette, la entrada de Juan Valjean en la sala de los muertos,
+todo se había llevado á cabo sin el menor obstáculo; nada había salido
+mal.</p>
+
+<p>Digamos, como de pasada, que la inhumación de la madre Crucifixión
+debajo del altar es para nosotros una falta perfectamente venial.
+Es una de esas culpas que se parecen á un deber. Las religiosas lo habían
+hecho, no solamente sin turbación, sino con aplauso de su propia<span class="pagenum" id="Page_471">[Pg 471]</span>
+conciencia. En el claustro, lo que se llama «el gobierno» no es más que
+una intrusión en la autoridad, intrusión siempre discutible. Lo importante
+es la regla; en cuanto al Código, ya se verá. Hombres, haced cuantas
+leyes queráis; pero guardadlas para vosotros. El tributo que se paga
+al César, no es nunca más que el resto del tributo que se paga á Dios.
+Un príncipe no significa nada ante un principio.</p>
+
+<p>Fauchelevent andaba renqueando muy satisfecho detrás del carro.</p>
+
+<p>Sus dos conspiraciones juntas, una con las religiosas y otra con el
+señor Magdalena; una en pro del convento y contra el convento la otra,
+habían sido afortunadas por igual. La serenidad de Juan Valjean era
+una de esas tranquilidades potentes que se comunican.</p>
+
+<p>Fauchelevent no dudaba del éxito. Lo que faltaba hacer ya no tenía
+la menor importancia. En dos años había emborrachado ya diez veces
+al sepulturero, al excelente tío Mestienne, que era un hombre tan bueno
+como mofletudo. Hacía de él lo que se le antojaba. Le encasquetaba el
+gorro á medida de su gusto; y la cabeza de Mestienne se ajuntaba perfectamente
+á la de Fauchelevent. Su confianza era, por lo tanto, completa.</p>
+
+<p>Cuando el cortejo fúnebre entró en el camino que conducía directamente
+al cementerio, Fauchelevent, lleno de satisfacción, miró al carro,
+y dijo á media voz frotándose sus grandes manos:</p>
+
+<p>—¡Vaya una farsa!</p>
+
+<p>Paróse súbitamente el carro: había llegado á la verja. Como era preciso
+enseñar la licencia para el entierro, el encargado de las pompas fúnebres
+se adelantó y habló un momento con el portero. Durante este coloquio,
+que produjo una detención de dos ó tres minutos, apareció un
+desconocido y fué á colocarse detrás del carro, al lado de Fauchelevent:
+parecía un trabajador; llevaba una blusa con grandes bolsillos, y un
+azadón al brazo.</p>
+
+<p>Fauchelevent miró á ese desconocido.</p>
+
+<p>—¿Quién sois?—le preguntó.</p>
+
+<p>El hombre le respondió:</p>
+
+<p>—El sepulturero.</p>
+
+<p>Si á Fauchelevent le hubiese cogido de lleno una bala de cañón, no
+hubiera hecho un movimiento más expresivo.</p>
+
+<p>—¡El sepulturero!</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—¡Vos!</p>
+
+<p>—Yo.</p>
+
+<p>—El sepulturero es el tío Mestienne.</p>
+
+<p>—Ha sido.</p>
+
+<p>—¿Cómo... ha sido!</p>
+
+<p>—Porque ha muerto.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_472">[Pg 472]</span></p>
+
+<p>Fauchelevent lo había previsto todo, menos que pudiera morirse un
+enterrador.</p>
+
+<p>Y sin embargo es cierto; también se mueren los enterradores: á fuerza
+de cavar fosas ajenas, van abriendo la propia.</p>
+
+<p>Fauchelevent se quedó con la boca abierta. Apenas tuvo aliento para
+tartamudear:</p>
+
+<p>—¡Pero esto no es posible!</p>
+
+<p>—Pues lo es.</p>
+
+<p>—Pero,—repitió todavía débilmente,—el enterrador es el tío Mestienne.</p>
+
+<p>—Después de Napoleón vino Luis XVIII; después de Mestienne vino
+Gribier. Compadre, yo me llamo Gribier.</p>
+
+<p>Fauchelevent palideció por completo y empezó á examinar á Gribier.</p>
+
+<p>Era éste un hombre alto, flaco, lívido, enteramente fúnebre. Parecía
+un médico desacreditado convertido en enterrador.</p>
+
+<p>Fauchelevent se echó á reir.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Qué cosas suceden en este pícaro mundo! ¡Murió el tío Mestienne!
+¡Pues viva el tío Lenoir! ¿Sabéis quién es el tío Lenoir? Es la
+bota del tinto de á doce; es la bota de Surenne; ¡caramba! el verdadero
+Surenne de París. ¡Ah! ¡Murió el pobre Mestienne! Lo siento; era un buen
+bebedor; pero vos también lo sois. ¿No es verdad, camarada? Iremos
+juntos á probar unas copas, enseguida.</p>
+
+<p>El hombre respondió:</p>
+
+<p>—He estudiado; he estudiado hasta el cuarto año, y no bebo nunca.</p>
+
+<p>El carro fúnebre se había vuelto á poner en marcha, y seguía por la
+calle principal del cementerio.</p>
+
+<p>Fauchelevent había acortado el paso; cojeaba más de ansiedad que de
+necesidad.</p>
+
+<p>El enterrador iba delante.</p>
+
+<p>Fauchelevent examinó de nuevo al inesperado compañero Gribier.</p>
+
+<p>Era uno de esos hombres que, siendo jóvenes, parecen viejos, y que,
+siendo flacos, son muy fuertes.</p>
+
+<p>—¡Camarada!—gritó Fauchelevent.</p>
+
+<p>El hombre se volvió.</p>
+
+<p>—Soy el sepulturero del convento.</p>
+
+<p>—Mi colega,—dijo el hombre.</p>
+
+<p>Fauchelevent, sin letras, pero muy agudo, conoció que tenía que habérselas
+con un hombre temible, con un buen hablista. Entonces murmuró:</p>
+
+<p>—¿Conque murió el tío Mestienne?</p>
+
+<p>El hombre contestó:</p>
+
+<p>—Completamente. Dios consultó su cuaderno de vencimientos y como
+le hubiese llegado el turno al tío Mestienne, tuvo el tío Mestienne que
+morir.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_473">[Pg 473]</span></p>
+
+<p>Fauchelevent repitió maquinalmente:</p>
+
+<p>—Conque Dios...</p>
+
+<p>—Dios,—-dijo el enterrador con autoridad.—Dios, que es para los filósofos
+el Padre eterno, y para los jacobinos el Ser Supremo.</p>
+
+<p>—¿Y no nos entenderemos?—balbuceó Fauchelevent.</p>
+
+<p>—Desde luego. Vos sois provinciano y yo parisién.</p>
+
+<p>—No puede haber inteligencia hasta no haber bebido en compañía.
+El que vacía su vaso vacía su corazón. Veníos á beber conmigo. Á esto
+nadie se niega entre gentes de buena voluntad.</p>
+
+<p>—Primero es el deber.</p>
+
+<p>—Estoy perdido,—pensó para sí Fauchelevent.</p>
+
+<p>Sólo faltaban ya algunas pasos para llegar á la senda que conducía
+al apartado de las monjas.</p>
+
+<p>El sepulturero añadió:</p>
+
+<p>—Camarada, tengo que dar pan á siete bocas, y como es menester
+que coman, no puedo yo beber.</p>
+
+<p>Y prosiguiendo con la satisfacción del hombre serio que formula una
+máxima:</p>
+
+<p>—Su hambre es enemiga de mi sed,—dijo.</p>
+
+<p>El carro dió la vuelta á un grupo de cipreses, dejó la calle principal,
+atravesó otra más estrecha, entró en el terreno inculto y luego en la maleza.
+Esto indicaba la proximidad inmediata de la sepultura. Fauchelevent
+acortó aún más el paso pero no podía acortar el del carro. Afortunadamente
+la tierra, removida y mojada por las lluvias de invierno, se
+pegaba á las ruedas y entorpecía la marcha.</p>
+
+<p>Fauchelevent se aproximó al enterrador.</p>
+
+<p>—¡Hay un vinillo tan bueno de Argenteuil!—murmuró á su oído.</p>
+
+<p>—Rústico,—respondió el hombre,—yo no debía ser enterrador. Mi
+padre era portero en el Pritaneo. Me dedicaba á la literatura; pero llovieron
+sobre él muchas desgracias; tuvo pérdidas en la Bolsa, y yo he
+tenido que renunciar á ser autor. Sin embargo, todavía soy escritor público.</p>
+
+<p>—¿Luego no sois enterrador?—prorrumpió Fauchelevent, agarrándose
+á esta rama, demasiado débil en verdad.</p>
+
+<p>—Lo uno no impide lo otro.</p>
+
+<p>Fauchelevent no entendió esta frase.</p>
+
+<p>—Vamos á beber,—dijo.</p>
+
+<p>Aquí es indispensable una observación.</p>
+
+<p>Fauchelevent, por más inquieto que estuviese, convidaba á beber;
+pero no se había fijado en un punto: ¿Quién había de pagar? Casi siempre
+convidaba él, pero pagaba el tío Mestienne. Su convite de entonces
+era evidentemente un resultado de la nueva situación creada por el nuevo
+enterrador, le era necesario el convite; pero el viejo jardinero dejaba<span class="pagenum" id="Page_474">[Pg 474]</span>
+en la sombra, no sin intención, el proverbial cuarto de hora de san Martín.
+Fauchelevent, á pesar de su emoción, no se acordaba de pagar.</p>
+
+<p>El enterrador contestó con una sonrisa de superioridad:</p>
+
+<p>—Es indispensable comer. He aceptado el cargo de sucesor del tío
+Mestienne. Cuando uno ha concluido casi sus estudios, es filósofo. Al trabajo
+de la mano he añadido el del brazo, y tengo mi biombo de memorialista
+en la calle de Sêvres. ¿Sabéis? El mercado de los paraguas. Todas
+las cocineras de la Cruz Roja vienen á mí; y yo les compongo sus declaraciones
+á los novios. Por la mañana escribo cartas amorosas, y por la
+tarde abro hoyos de muerto. Ésta es la vida, compadre.</p>
+
+<p>El carro avanzaba. Fauchelevent, en el colmo de la inquietud, miraba
+á todas partes; gruesas gotas de sudor caían de su frente.</p>
+
+<p>—Pero,—continuó el enterrador,—no se puede servir á dos señores;
+y tengo que elegir entre la pluma y el azadón. El azadón me estropea
+las manos.</p>
+
+<p>El carro fúnebre se detuvo.</p>
+
+<p>El monaguillo bajó del coche enlutado, luego el cura.</p>
+
+<p>Una de las ruedas delanteras del carro subía un poco sobre un montón
+de tierra, detrás del cual se veía una fosa abierta.</p>
+
+<p>—¡Vaya una farsa!—repitió consternado Fauchelevent.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Entre cuatro tablas</b></p>
+
+
+<p>¿Quién estaba en el ataúd? ya lo sabíamos, Juan Valjean.</p>
+
+<p>Juan Valjean que se las había arreglado para vivir allí dentro, y
+apenas podía respirar.</p>
+
+<p>Es ciertamente extraño calcular hasta qué punto nos da seguridad
+en todo la seguridad de la conciencia. La combinación ideada por Juan
+Valjean iba adelante, y marchaba perfectamente desde la víspera. Contaba
+él, como Fauchelevent, con el tío Mestienne, y no le cabía la menor
+duda acerca del final. No puede darse situación más crítica ni calma
+más completa.</p>
+
+<p>De las cuatro tablas del ataúd se desprendía cierta horrible paz. La
+tranquilidad de Juan Valjean tenía mucho del reposo de la muerte.</p>
+
+<p>Desde el fondo del ataúd había podido seguir, y seguía, todas las
+fases del terrible drama que estaba representando con la muerte.</p>
+
+<p>Poco después de haber clavado Fauchelevent la tapa del ataúd, sintió
+Juan Valjean que le llevaban y luego que rodaba. Conoció también, por
+la suavidad del movimiento, que pasaba del empedrado á la arena, es
+decir, que salía de las calles y entraba en el paseo. Al oir un ruido sordo
+adivinó que atravesaba el puente de Austerlitz. Por la primera parada
+comprendió que entraba en el cementerio. Á la segunda se dijo: aquí
+está la fosa.</p>
+
+<p>Sintió que cogían bruscamente la caja, y oyó un áspero rozamiento<span class="pagenum" id="Page_475">[Pg 475]</span>
+en las tablas; conoció que ataban una cuerda al ataúd para bajarle al
+hoyo.</p>
+
+<p>Después tuvo una especie de vértigo.</p>
+
+<p>Probablemente los sepultureros y el enterrador habían hecho oscilar
+el ataúd, y había bajado la cabeza antes que los pies. Volvió pronto en
+su acuerdo, y vió que estaba horizontal é inmóvil. Había llegado al fondo
+del hoyo. Sintió una especie de frío.</p>
+
+<p>Oyó resonar sobre él una voz glacial y solemne y oyó como pasaban,
+tan claramente que podían distinguirlas una tras otra, palabras latinas
+que no comprendía:</p>
+
+<p>—<em>Qui dormiunt in terræ pulvere, evigilabunt; alii in vitam æternam,
+et alii in opprobrium, ut videant semper.</em></p>
+
+<p>Una voz infantil contestó:</p>
+
+<p>—<em>De profundis.</em></p>
+
+<p>La voz grave volvió á oirse diciendo:</p>
+
+<p>—<em>Requiem æternam dona ei Domine.</em></p>
+
+<p>La voz infantil respondió:</p>
+
+<p>—<em>Et lux perpetua luceat ei.</em></p>
+
+<p>Sintió sobre la tapa del ataúd algo como el débil choque de algunas
+gotas de ligera lluvia. Era probablemente el agua bendita.</p>
+
+<p>Entonces calculó: Ya esto se acaba. Tengamos todavía un poco de
+paciencia. Ahora se irá el cura; Fauchelevent se llevará á beber á Mestienne,
+y me dejarán. Después vendrá sólo Fauchelevent y yo saldré de
+aquí. Es cosa de una hora.</p>
+
+<p>La voz grave repitió:</p>
+
+<p>—<em>Requiescat in pace.</em></p>
+
+<p>Y la voz de niño dijo:</p>
+
+<p>—<em>Amén.</em></p>
+
+<p>Juan Valjean, siempre atento al oído, sintió como un ruido de pasos
+que se alejaban.</p>
+
+<p>—Ya se alejan,—pensó.—Estoy ya solo.</p>
+
+<p>Pero de repente oyó sobre su cabeza un ruido que le pareció el del
+trueno que despide el rayo.</p>
+
+<p>Era una paletada de tierra que caía sobre el ataúd.</p>
+
+<p>Una segunda paletada de tierra sucedió á la primera.</p>
+
+<p>Uno de los agujeros por donde respiraba quedó obstruido.</p>
+
+<p>Cayó otra paletada. Después otra.</p>
+
+<p>Hay cosas más fuertes que el hombre más fuerte. Juan Valjean perdió
+el conocimiento.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Donde se verá el origen de la frase: no pierdas el billete</b></p>
+
+
+<p>He aquí lo que había pasado sobre el ataúd en que estaba encerrado
+Juan Valjean.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_476">[Pg 476]</span></p>
+
+<p>Cuando el carro se hubo alejado, y el capellán y el monaguillo subieron
+en el coche y partieron también, Fauchelevent, que no apartaba los
+ojos del enterrador, le vió inclinarse y coger la pala, que estaba clavada
+en el montón de tierra.</p>
+
+<p>Entonces Fauchelevent tomó una resolución suprema.</p>
+
+<p>Colocóse entre la fosa y el enterrador, cruzó los brazos, y exclamó:</p>
+
+<p>—¡Yo soy quien paga!</p>
+
+<p>Y el enterrador le miró asombrado, y respondió:</p>
+
+<p>—¿El qué?</p>
+
+<p>Fauchelevent repitió:</p>
+
+<p>—¡Yo pago!</p>
+
+<p>—¿El qué?</p>
+
+<p>—El vino.</p>
+
+<p>—¿Qué vino?</p>
+
+<p>—El de Argenteuil.</p>
+
+<p>—¿Dónde está ese Argenteuil?</p>
+
+<p>—En el <em>Buen Membrillo</em>.</p>
+
+<p>—¡Vete al diablo!—dijo el sepulturero.</p>
+
+<p>Y arrojó una paletada de tierra sobre el ataúd: la caja despidió un
+sonido ronco.</p>
+
+<p>Fauchelevent se sintió vacilar á punto de caer á la fosa, y gritó con
+una voz en que tenía algo de la opresión de la agonía:</p>
+
+<p>—Camarada, ¡antes de que cierren el <em>Buen Membrillo</em>!</p>
+
+<p>El enterrador llenó nuevamente su pala.</p>
+
+<p>Fauchelevent continuó:</p>
+
+<p>—¡Yo pago!</p>
+
+<p>Y asió del brazo al sepulturero.</p>
+
+<p>—Oídme, camarada,—le dijo;—soy el sepulturero del convento, y
+vengo para ayudaros. Esta faena podemos hacerla de noche. Empecemos
+por beber un trago.</p>
+
+<p>Y así diciendo y aferrándose á su desesperada insistencia, hacíase
+esta reflexión lúgubre:</p>
+
+<p>—¡Y aún cuando beba! ¿Se emborrachará?</p>
+
+<p>—Provinciano,—dijo el enterrador,—ya que absolutamente lo queréis,
+consiento. Beberemos, pero después del trabajo; antes, de ningún
+modo.</p>
+
+<p>Y empujó su pala. Fauchelevent le detuvo.</p>
+
+<p>—¡Argenteuil de á seis!</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡ya!—dijo el enterrador.—Sois campanero. Din, don, din don;
+no sabéis decir otra cosa. Id pues á repicar.</p>
+
+<p>Y arrojó á la fosa la segunda paletada.</p>
+
+<p>Fauchelevent llegó al extremo en que ya no sabe el hombre lo que
+se dice:</p>
+
+<p>—¿Venís ó no venís á beber?—gritó;—pues que soy yo quien paga.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_477">[Pg 477]</span></p>
+
+<p>—En cuanto hayamos enterrado á la chica,—dijo el sepulturero.</p>
+
+<p>Y echó la tercera paletada.</p>
+
+<p>Después, clavando la pala en tierra, añadió:</p>
+
+<p>—Advertid que va á hacer frío esta noche, y la muerta se vendría
+gritando tras nosotros que la dejamos sin ropa.</p>
+
+<p>En este momento, mientras llenaba la pala, se encorvaba, apareciendo
+entreabierto el bolsillo de la blusa.</p>
+
+<p>La mirada vaga de Fauchelevent cayó maquinalmente sobre este bolsillo,
+y se detuvo.</p>
+
+<p>El sol no se había ocultado todavía en el horizonte; había luz bastante
+para que pudiese distinguirse una cosa blanca en el fondo de aquel
+bolsillo abierto.</p>
+
+<p>La pupila de Fauchelevent despidió todo el fuego que pueden despedir
+los ojos de un aldeano picardo. Acababa de ocurrirle una idea.</p>
+
+<p>Sin que el sepulturero, ocupado solamente en llenar la pala, lo advirtiera,
+Fauchelevent le metió por detrás la mano en el bolsillo, sacando la
+cosa blanca que estaba en el fondo.</p>
+
+<p>El enterrador arrojó en la fosa la cuarta paletada.</p>
+
+<p>En el instante en que se volvía para coger la quinta, Fauchelevent le
+miró con cierta profunda calma diciéndole:</p>
+
+<p>—Á propósito, novel sepulturero, ¿tenéis vuestra credencial?</p>
+
+<p>El enterrador se detuvo.</p>
+
+<p>—¿Qué?</p>
+
+<p>—Que va á ponerse el sol.</p>
+
+<p>—¿Y qué? Se pondrá su gorro de dormir.</p>
+
+<p>—Que se va á cerrar la verja del cementerio.</p>
+
+<p>—¿Y qué?</p>
+
+<p>—¿Tenéis la tarjeta?</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Mi tarjeta!—dijo el enterrador.</p>
+
+<p>Y buscó en sus bolsillos.</p>
+
+<p>Después de registrar el primero registró el segundo; luego pasó á los
+dos del chaleco, uno después de otro.</p>
+
+<p>—No,—dijo;—no tengo la tarjeta. La habré olvidado.</p>
+
+<p>—Tres duros de multa,—dijo Fauchelevent.</p>
+
+<p>El sepulturero se puso verde. El verde es la palidez de los rostros
+lívidos.</p>
+
+<p>—Ay, Jesús-Dios-mío-la-pata-coja-hasta-la-luna!—exclamó.—¡Quince
+francos de multa!</p>
+
+<p>—Tres piezas de cien sueldos,—dijo Fauchelevent.</p>
+
+<p>El enterrador dejó caer la pala.</p>
+
+<p>Habíale llegado su turno á Fauchelevent.</p>
+
+<p>—¡Ah novato!—dijo Fauchelevent.—No hay que desesperarse; no es
+cosa de suicidarse, ni de aprovechar este hoyo. Quince francos son quince
+francos, y todavía podéis no pagarlos. Vos sois nuevo en esto; yo soy<span class="pagenum" id="Page_478">[Pg 478]</span>
+viejo y conozco todos los trastrueques. Voy á daros un consejo de amigo.
+Sobre todo hay una cosa cierta, y es que el sol se pone, que toca ya
+en la cúpula de los Inválidos, y que el cementerio va á cerrarse dentro
+de cinco minutos.</p>
+
+<p>—Es verdad,—dijo el enterrador.</p>
+
+<p>—En cinco minutos no tenéis tiempo para llenar la fosa, que es profunda
+como un diablo, y llegar á tiempo antes de que cierren la verja.</p>
+
+<p>—Es verdad.</p>
+
+<p>—En ese caso, pagaréis quince francos de multa.</p>
+
+<p>—¡Quince francos!</p>
+
+<p>—Pero os queda tiempo para... ¿Dónde vivís?</p>
+
+<p>—Á dos pasos del portillo, á un cuarto de hora de aquí; en la calle
+de Vaugirard, número 87.</p>
+
+<p>—Pero no os faltará tiempo, echándoos las zancas á cuestas, para
+salir inmediatamente.</p>
+
+<p>—Es verdad.</p>
+
+<p>—Una vez fuera de la verja, galopáis hasta vuestra casa, cogéis la
+tarjeta, volvéis, y el guarda os abre; llevando tarjeta no se paga multa.
+Así enterraréis vuestro muerto. En el entretanto yo me quedo guardándole
+para que no se escape.</p>
+
+<p>—Os debo la vida, provinciano.</p>
+
+<p>—Largaos presto,—dijo Fauchelevent.</p>
+
+<p>El sepulturero, conmovido por el agradecimiento, le apretó la mano
+y partió corriendo.</p>
+
+<p>En cuanto hubo desaparecido en la maleza, Fauchelevent escuchó sus
+pasos hasta que se perdió el ruido; después se inclinó sobre la fosa, y
+dijo en voz baja:</p>
+
+<p>—¡Señor Magdalena!</p>
+
+<p>Nadie respondió.</p>
+
+<p>Fauchelevent sintió un temblor. Se dejó caer en la fosa más bien que
+bajó, echándose sobre el ataúd, y gritó:</p>
+
+<p>—¿Estáis ahí?</p>
+
+<p>Continuó el silencio en el ataúd.</p>
+
+<p>Fauchelevent, sin respirar apenas á fuerza de temblar, sacó el escoplo
+y el martillo, é hizo saltar la tapa de la caja. El rostro de Juan Valjean
+apareció á la luz del crepúsculo pálido y cerrados los ojos.</p>
+
+<p>Los cabellos de Fauchelevent se erizaron; levantóse de súbito, y apoyándose
+de espaldas en la pared de la fosa, para no caer sobre el ataúd.
+Miraba á Juan Valjean.</p>
+
+<p>Juan Valjean yacía descolorido é inmóvil.</p>
+
+<p>Fauchelevent murmuró en voz baja como suspirando:</p>
+
+<p>—¡Está muerto!</p>
+
+<p>É irguiéndose cuanto pudo, cruzó los brazos tan violentamente, que
+se golpeó la espalda con ambos puños, y exclamó:</p>
+
+<div class="chapter">
+<figure class="figcenter illowe25" id="fp479-ilo">
+ <img class="w100 p2" src="images/fp479-ilo.jpg" alt="ilop479" title="p479ilo">
+ <figcaption class="caption p2b">—Ya me dormía,—dijo Juan Valjean. Y se incorporó quedándose sentado</figcaption>
+</figure>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_479">[Pg 479]</span></p>
+</div>
+
+<p>—¡Éste ha sido mi modo de salvarle!</p>
+
+<p>Entonces el buen hombre empezó á sollozar y á hablar consigo mismo.
+Es un error creer que el monólogo no existe en la naturaleza. Las
+grandes emociones hablan en voz alta frecuentemente.</p>
+
+<p>—La culpa es del tío Mestienne. ¿Porqué se había de morir ese imbécil?
+¿Qué necesidad tenía de morirse haciendo falta? Él es quien ha
+ha muerto al señor Magdalena. ¡Señor Magdalena! Está en el ataúd, y
+en el cementerio. Todo ha terminado. ¡Ah! ¿Es esto tener sentido común?
+¡Ay! ¡Dios mío! ¡Está muerto! ¿Y qué voy á hacer yo ahora de la
+niña? ¿Qué va á decir la frutera?</p>
+
+<p>¿Pero es posible, Dios mío, que un hombre como éste muera así?
+¡Cuando recuerdo cómo se metió debajo de mi carreta! ¡Señor Magdalena!
+¡Señor Magdalena! ¡Pardiez! Se ha asfixiado; ya se lo dije yo, pero
+no quiso creerme. ¡Vaya una linda picardía! ¡Ha muerto este buen hombre,
+el mejor hombre que había entre los buenos de Dios! ¡Y su niña!
+¡Ay! ¡No vuelvo yo ahora allá abajo! Me quedo aquí. ¡Haber hecho una
+cosa como la que hemos hecho! ¡Valía la pena de llegar á viejos para
+ser locos! Pero ¿cómo se las arregló para entrar en el convento? Por aquí
+empezó. Hay cosas que no deben hacerse. ¡Señor Magdalena! ¡Señor
+Magdalena! ¡Tío Magdalena! ¡Magdalena! ¡Señor Alcalde! No me oye.
+¡Qué voy á hacer ahora!</p>
+
+<p>Y se arrancaba los cabellos.</p>
+
+<p>Oyóse entonces á lo lejos por entre los árboles, un agudo chirrido.
+Era la verja del cementerio que se cerraba.</p>
+
+<p>Fauchelevent se inclinó sobre Juan Valjean, retrocediendo bruscamente
+todo lo que se puede retroceder en una sepultura. Juan Valjean,
+con los ojos abiertos le estaba mirando.</p>
+
+<p>Ver una muerte es una cosa horrible; pero ver una resurrección no
+lo es menos. Fauchelevent se quedó petrificado, pálido, confuso, trastornado
+por el exceso de emociones, é ignorando si tenía que habérselas
+con un muerto ó con un vivo, mirando como le miraba Juan Valjean.</p>
+
+<p>—Ya me dormía,—dijo Juan Valjean.</p>
+
+<p>Y se incorporó quedándose sentado.</p>
+
+<p>Fauchelevent cayó de rodillas.</p>
+
+<p>—¡Virgen Santa!—exclamó.—¡Me habéis dado un susto!</p>
+
+<p>Después se levantó diciendo:</p>
+
+<p>—¡Gracias, señor Magdalena!</p>
+
+<p>Juan Valjean no estaba más que desvanecido. El aire libre le había
+vuelto en sí.</p>
+
+<p>La alegría es el reflejo del terror. Fauchelevent tuvo que hacer casi
+tanto como Juan Valjean para reponerse.</p>
+
+<p>—¡Entonces no habéis muerto! ¡Oh, cuánto ánimo tenéis! Tanto os
+he llamado, que habéis despertado. Cuando os vi con los ojos cerrados
+dije: bien, se ha asfixiado. ¡Oh! Me hubiera vuelto loco, pero loco furioso,<span class="pagenum" id="Page_480">[Pg 480]</span>
+loco de atar; me hubieran llevado á Bicêtre. ¿Qué había yo de hacer
+si hubiérais muerto? ¡Y vuestra niña! ¡La frutera no habría comprendido
+nada! ¡Se deja la niña diciendo, el abuelo ha muerto! ¡Qué historia,
+santos cielos! ¡Ah! Pero vos vivís. Éste es el verdadero fin de fiesta.</p>
+
+<p>—Siento frío,—dijo Juan Valjean.</p>
+
+<p>Estas palabras recordaron á Fauchelevent la urgencia de la realidad.
+Aquellos dos hombres, aunque vueltos en sí, tenían, sin saber por qué,
+turbado el espíritu; sentían algo extraño, que era la impresión natural
+y siniestra del lugar.</p>
+
+<p>—Salgamos pronto de aquí,—dijo Fauchelevent.</p>
+
+<p>Buscó en su faltriquera y sacó una calabacita de que venía provisto.</p>
+
+<p>—Antes de todo un trago,—dijo.</p>
+
+<p>La calabaza terminó lo que el aire había comenzado. Juan Valjean
+bebió un sorbo de aguardiente, recobrando la plena posesión de sí mismo.</p>
+
+<p>Salió del ataúd, y ayudó al jardinero á clavar la tapa.</p>
+
+<p>Tres minutos después había salido de la fosa.</p>
+
+<p>Por lo demás, Fauchelevent estaba ya tranquilo. Tomóse pues el tiempo
+necesario. El cementerio estaba cerrado, y no era de temer la llegada
+del sepulturero Gribier. El «bisoño» estaría en su casa buscando la tarjeta,
+sin encontrarla, puesto que la tenía Fauchelevent en el bolsillo. Y
+sin la tarjeta no podía entrar en el cementerio.</p>
+
+<p>Fauchelevent tomó la pala y Juan Valjean el azadón, y ambos enterraron
+el ataúd vacío.</p>
+
+<p>Cuando la fosa estuvo llena, dijo Fauchelevent á Juan Valjean:</p>
+
+<p>—Vámonos. Yo llevo la pala, llevad el azadón.</p>
+
+<p>Cerraba ya la noche.</p>
+
+<p>Juan Valjean encontró alguna dificultad para moverse y para andar;
+en el ataúd había tomado algo de la rigidez de los cadáveres. La anquilosis
+de la muerte le había cogido entre cuatro tablas; y le fué necesario,
+por así decirlo, sacudir el hielo del sepulcro.</p>
+
+<p>—Estáis yerto,—dijo Fauchelevent;—lástima que sea yo patizambo;
+moveríamos un poco los talones.</p>
+
+<p>—¡Bah!—dijo Juan Valjean.—Cuatro pasos me bastan para dar fuerza
+á las piernas.</p>
+
+<p>Fuéronse por el mismo camino que había seguido el carro fúnebre.
+Cuando llegaron á la verja, cerrada ya, y al pabellón del portero, Fauchelevent,
+que llevaba en la mano la tarjeta del enterrador, la echó en
+la caja, el guarda tiró de la cuerda, se abrió la puerta y salieron los dos.</p>
+
+<p>—¡Qué bien sale todo!—dijo.—¡Habéis tenido una idea magnífica,
+señor Magdalena!</p>
+
+<p>Atravesaron la barrera Vaugirard con la mayor facilidad del mundo.
+En las cercanías de un cementerio una pala y un azadón son dos pasaportes.
+La calle de Vaugirard estaba desierta.</p>
+
+<p>—Señor Magdalena,—dijo Fauchelevent, sin dejar de andar y alzando<span class="pagenum" id="Page_481">[Pg 481]</span>
+la vista hacia las casas,—vos que tenéis mejor vista que yo, indicadme
+el número 87.</p>
+
+<p>—Aquí está precisamente,—dijo Valjean.</p>
+
+<p>—No hay nadie en la calle,—repuso Fauchelevent.—Dadme el azadón,
+y esperadme dos minutos.</p>
+
+<p>Fauchelevent entró en el número 87. Subió al último piso, guiado por
+el instinto que lleva siempre al pobre hacia el tejado, y llamó en la obscuridad
+á la puerta de una buhardilla.</p>
+
+<p>Respondióle una voz.</p>
+
+<p>—Entrad.</p>
+
+<p>Era la voz de Gribier.</p>
+
+<p>Fauchelevent empujó la puerta. El cuarto del sepulturero era, como
+todas esas infelices viviendas, un desván desamueblado y lleno de trastos.
+Un cajón—un ataúd quizá—servía de cómoda; una orza de manteca
+hacía las veces de tinaja; un jergón de paja era la única cama; el suelo
+servía de silla y de mesa. En un rincón, sobre un harapo, que era un
+viejo pedazo de alfombra, estaba sentada una mujer flaca, formando un
+triste grupo con muchas criaturas. Toda aquella pobre vivienda daba
+indicios de un gran trastorno. Parecía que se había efectuado un temblor
+de tierra «para uno solo». Las tapas estaban levantadas, los harapos
+esparcidos, el cántaro roto, la madre había llorado, los hijos habían
+sido zurrados probablemente; huellas todas de un registro riguroso y
+obstinado. Conocíase que el sepulturero había buscado inútilmente su
+credencial, y hecho responsable de la pérdida á todo lo existente en la
+casa, desde el cántaro hasta su mujer. Gribier parecía desesperado.</p>
+
+<p>Pero Fauchelevent tenía harta prisa de dar fin á la aventura para
+fijarse en este lado triste de su triunfo.</p>
+
+<p>Entró, pues, y dijo:</p>
+
+<p>—Os traigo vuestra pala y vuestro azadón.</p>
+
+<p>Gribier le miró estupefacto.</p>
+
+<p>—¿Sois vos, provinciano?</p>
+
+<p>—Y mañana encontraréis vuestra tarjeta en la casilla del guarda del
+cementerio.</p>
+
+<p>Y dejó en el suelo la pala y el azadón.</p>
+
+<p>—¿Qué quiere decir esto?—preguntó Gribier.</p>
+
+<p>—Quiere decir que habéis dejado caer la tarjeta del bolsillo; que la
+encontré en el suelo después que os marchasteis; que he enterrado al
+muerto y rellenado la fosa; que he hecho yo vuestra tarea; que el portero
+os dará vuestra credencial, y que no pagaréis los quince francos.
+Esto es lo que hay, recluta.</p>
+
+<p>—¡Gracias, provinciano!—exclamó admirado Gribier.—Al primer
+enterramiento seré yo quien pague de beber.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_482">[Pg 482]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Interrogatorio feliz</b></p>
+
+
+<p>Una hora después, ya cerrada la noche, dos hombres y una niña se
+presentaron en el número 62 de la calle Picpus. El más viejo de aquellos
+hombres levantó el picaporte y llamó.</p>
+
+<p>Eran Fauchelevent, Juan Valjean y Cosette.</p>
+
+<p>Los dos hombres habían ido á buscar á Cosette, en casa de la frutera
+de la calle del Chemin Vert, donde á la víspera la había dejado Fauchelevent.
+Cosette había pasado aquellas veinticuatro horas sin comprender
+nada, y temblando silenciosamente. Temblaba tanto, que no había llorado.
+No había comido ni dormido tampoco. La buena frutera le había
+hecho mil preguntas, sin conseguir otra respuesta que una mirada triste,
+siempre igual. Cosette no había dejado traslucir nada de lo que había
+oído y visto en los dos días últimos. Adivinaba que estaba atravesando
+una crisis, y conocía que era necesario ser «prudente». ¡Quién no ha experimentado
+el soberano poder de estas tres palabras pronunciadas con
+cierto tono al oído de una criatura aterrada: <em>¡No digas nada!</em> El miedo
+es mudo. Además, ¿qué persona guarda los secretos como un niño?</p>
+
+<p>Sólo después de aquellas veinticuatro horas había vuelto á ver á Juan
+Valjean y lanzado un grito de alegría; fué tal este grito, que el hombre
+menos suspicaz hubiera adivinado en aquel grito la salida de un abismo.</p>
+
+<p>Fauchelevent era de la casa, y sabía las palabras de pase. Todas las
+puertas se abrieron.</p>
+
+<p>Así se había resuelto el doble y difícil problema: de salir y entrar.</p>
+
+<p>El portero, que tenía ya sus instrucciones, abrió la puertecita que
+ponía en comunicación el patio y el jardín, y que hace veinte años se
+veía aún desde la calle, en la pared del fondo del patio, enfrente de la
+puerta cochera.</p>
+
+<p>El portero introdujo á los tres por aquella puerta, y desde allí pasaron
+al locutorio reservado donde el día anterior había recibido Fauchelevent
+las órdenes de la priora.</p>
+
+<p>La priora, con su rosario en la mano, los estaba esperando. Á su
+lado, cubierta con el velo, estaba de pie una madre vocal.</p>
+
+<p>Una discreta vela alumbraba, ó mejor, hacía que alumbraba el locutorio</p>
+
+<p>La priora pasó revista á Juan Valjean. Nada escudriña tanto como
+unos ojos bajos.</p>
+
+<p>Después le interrogó:</p>
+
+<p>—¿Sois el hermano?</p>
+
+<p>—Sí, reverenda madre,—respondió Fauchelevent.</p>
+
+<p>—¿Cómo os llamáis?</p>
+
+<p>Fauchelevent respondió:</p>
+
+<p>—Último Fauchelevent.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_483">[Pg 483]</span></p>
+
+<p>Éste había tenido, en efecto, un hermano, llamado Último, que había
+muerto.</p>
+
+<p>—¿De dónde sois?</p>
+
+<p>Fauchelevent respondió:</p>
+
+<p>—De Picquigny, cerca de Amiens.</p>
+
+<p>—¿Qué edad tenéis?</p>
+
+<p>—Cincuenta años.</p>
+
+<p>—¿Qué oficio es el vuestro?</p>
+
+<p>Fauchelevent respondió:</p>
+
+<p>—Jardinero.</p>
+
+<p>—¿Sois buen cristiano?</p>
+
+<p>Fauchelevent respondió:</p>
+
+<p>—Todos los somos en nuestra familia.</p>
+
+<p>—¿Es vuestra esta niña?</p>
+
+<p>Fauchelevent respondió:</p>
+
+<p>—Sí, reverenda madre.</p>
+
+<p>—¿Sois su padre?</p>
+
+<p>Fauchelevent respondió:</p>
+
+<p>—Su abuelo.</p>
+
+<p>La madre vocal dijo á la priora á media voz:</p>
+
+<p>—Responde bien.</p>
+
+<p>Juan Valjean no había pronunciado una palabra.</p>
+
+<p>La priora fijóse en Cosette atentamente y dijo á media voz á la madre
+vocal:</p>
+
+<p>—Será fea.</p>
+
+<p>Las dos madres hablaron algunos minutos en voz baja en el rincón
+del locutorio, y después volvióse la priora y dijo:</p>
+
+<p>—Tío Fauvent, procuraos otra rodillera con cascabel. Ahora se necesitan
+dos.</p>
+
+<p>En efecto, al día siguiente se oían dos cascabeles en el jardín, y las
+religiosas no podían resistirse al deseo de levantar una punta del velo.
+Viendo así en el fondo del jardín, y bajo de los árboles, á dos hombres
+que cavaban juntos Fauvent y otro. Raro acontecimiento. Rompióse el
+silencio, llegando á decirse: es un ayudante del jardinero.</p>
+
+<p>Es un hermano del tío Fauvent, añadían las madres vocales.</p>
+
+<p>Juan Valjean estaba ya instalado formalmente; tenía su rodillera de
+cuero y su cascabel; era ya oficial su cargo y su nombre de Último Fauchelevent.
+La principal causa de su admisión había sido esta observación
+de la priora refiriéndose á Cosette: <em>Será fea</em>.</p>
+
+<p>Pronunciado este pronóstico, la priora se hizo amiga de Cosette,
+admitiéndola en el colegio como educanda de caridad.</p>
+
+<p>Es todo ello altamente lógico.</p>
+
+<p>Por más que no haya espejos en el convento, las mujeres tienen la
+conciencia de su fisonomía; y las jóvenes que se creen bonitas no se dejan<span class="pagenum" id="Page_484">[Pg 484]</span>
+convencer fácilmente para monjas. La vocación voluntaria está en
+razón inversa de la belleza, y por esto se espera más de las feas que de
+las hermosas. De ahí la gran afición á las fealdades.</p>
+
+<p>Toda aquella aventura enalteció al buen viejo Fauchelevent, por haber
+conseguido un triple triunfo: cerca de Juan Valjean, á quien salvó
+y dió un asilo; cerca del sepulturero Gribier, que se decía: me ha librado
+de pagar la multa; cerca del convento, que, gracias á él, conservando
+el cuerpo de la madre Crucifixión, había podido eludir al César satisfaciendo
+á Dios. Hubo un ataúd con cadáver en el Pequeño-Picpus, y
+un ataúd sin cadáver en el cementerio de Vaugirard; el orden público
+se turbó indudablemente con ello, pero nadie lo advirtió.</p>
+
+<p>En cuanto al convento, su gratitud para con Fauchelevent fué grandísima.
+Hasta el punto de ser el mejor de los criados y el mejor de los
+jardineros. En la primera visita del arzobispo, la priora contó lo acaecido
+á su Ilustrísima, como confesándose y envaneciéndose un poco. El
+arzobispo, al salir del convento, habló de ello con elogio y en secreto al
+señor de Latín, confesor del hermano del rey, que fué después arzobispo
+de Reims y cardenal. La fama de Fauchelevent corrió tierras y tierras
+hasta llegar á Roma. Hemos visto una carta dirigida por el papa reinante
+entonces, León XII, á uno de sus parientes de la nunciatura de
+París, llamado como él Della-Genga, en la cual se lee lo siguiente: «Parece
+que hay en un convento de París un excelente jardinero, que es
+un santo varón llamado Fauvent». Pero ninguna noticia de este triunfo
+llegó á la barraca de Fauchelevent, quien siguió injertando, escardando
+y cubriendo sus melones, sin tener la menor idea de su excelencia ni de
+su santidad. No tuvo jamás su gloria otra noticia que la que alcanzó el
+buey de Durham ó de Surrey, cuyo retrato se publicó en el <em>Illustrated
+London News</em> con esta inscripción: <em>Buey que ha ganado el premio en
+la exposición de animales de cuernos</em>.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>Clausura</b></p>
+
+
+<p>Cosette en el convento continuó guardando silencio.</p>
+
+<p>Cosette se creía sencillamente hija de Juan Valjean; y como por otra
+parte nada sabía, nada podía decir, y aún en este caso nada hubiera
+dicho. Hemos ya indicado que nada enseña el silencio á los niños como
+la desgracia; y Cosette había padecido tanto, que todo lo temía, hasta su
+voz y su respiración. ¡Cuántas veces una palabra sola había precipitado
+sobre ella una tormenta! Apenas había principiado á tranquilizarse desde
+que estaba con Juan Valjean. Acostumbróse luego á la vida del convento.
+Solamente echaba de menos á su Catalina, pero no se atrevía á
+decirlo. No obstante díjole un día á Juan Valjean:</p>
+
+<p>—Padre, si lo hubiera sabido, la habría traído conmigo.</p>
+
+<p>Cosette, al entrar de educanda, tuvo que vestir el uniforme de las<span class="pagenum" id="Page_485">[Pg 485]</span>
+colegialas de la casa. Juan Valjean consiguió que le volviesen los vestidos
+que dejó, es decir, el mismo traje de luto con que la vistió al dejar la
+taberna Thénardier que no estaba aún muy usado; guardóse Juan Valjean
+el vestido, las medias de lana y los zapatos, con mucho alcanfor y otros
+varios aromas, de los que abundan en los conventos, en un baulito
+que pudo procurarse; colocó el baulito sobre una silla al lado de su cama
+llevando siempre la llave consigo. Padre,—le preguntó un día Cosette,—¿qué
+tiene esta caja que huele tan bien?</p>
+
+<p>El tío Fauchelevent, además de la gloria que acabamos de decir, y que
+él ignoró, fué recompensado por su buena acción. Por de pronto tuvo la
+satisfacción de su conciencia, y bastante menos trabajo dividiéndole. Y
+luego que como le gustaba mucho el polvo de tabaco, estando al lado del
+señor Magdalena tomaba triple cantidad que antes, y saboreándolo mucho
+más, porque pagaba el señor Magdalena. Las monjas no adoptaron
+el nombre de Último, y llamaron á Juan Valjean el <em>otro Fauvent</em>.</p>
+
+<p>Si aquellas santas mujeres hubieran tenido algo de la perspicacia de
+Javert, habrían acabado por fijarse en que, cuando había necesidad de
+salir fuera para las necesidades del jardín, era siempre Fauchelevent
+el mayor, el viejo, el delicado, el patizambo, y nunca el otro; pero ya
+fuése porque los ojos siempre fijos en Dios no saben espiar, ó porque estuviesen
+ocupadas en espiarse unas á otras, lo cierto es que no llamó
+aquello su atención. Por lo demás, Juan Valjean hizo perfectamente en
+estarse quieto y no moverse, porque Javert vigiló el barrio por espacio
+de mucho más de un mes.</p>
+
+<p>Aquel convento venía á ser para Juan Valjean como una isla rodeada
+de abismos; aquellas cuatro paredes encerraban el mundo para él.
+Veía el cielo suficiente para estar tranquilo, y á hacer á Cosette bastante
+feliz. Empezó, pues, para él una vida agradable.</p>
+
+<p>Habitaba con el tío Fauchelevent la barraca del jardín. Aquella casucha
+hecha de cascote viejo que existía aún en 1845, y se componía, como
+hemos dicho, de tres piezas completamente desnudas, con sólo las paredes.
+La principal había sido cedida quieras que no, al señor Magdalena,
+por más que Juan Valjean se opusiese á ello, por el tío Fauchelevent. La
+<img class="w20 figleft illowe15" src="images/p485-ilo.jpg" alt="ilop485" title="p85ilo">
+pared de este cuarto, además del clavo destinado á colgar la
+rodillera y el cesto, estaba adornada con un papel moneda realista
+de 1793, pegado á la pared sobre la chimenea, cuyo exacto facsímile
+reproducimos<a id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a>:</p>
+
+<p>Este asignado vendeano había sido pegado allí por el jardinero precedente,
+antiguo chuan que murió en el convento, y á quien reemplazó
+Fauchelevent.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_486">[Pg 486]</span></p>
+
+<p>Juan Valjean trabajaba diariamente en el jardín, y era utilísimo.
+Había sido, como ya sabemos, podador, y no era extraño á la jardinería.</p>
+
+<p>Recuérdese además que conocía todo género de recetas y de secretos
+del cultivo, de lo que sacó mucho partido. Casi todos los árboles del
+jardín eran silvestres; él los injertó y les hizo producir excelentes
+frutas.</p>
+
+<p>Cosette tenía permiso de pasar todos los días una hora á su lado.</p>
+
+<p>Como las hermanas estaban siempre tristes, y Juan Valjean era tan
+bondadoso, la niña comparaba y le adoraba. Á la hora prefijada corría
+á la barraca. Cuando entraba en la pequeña choza la llenaba con su presencia
+de alegría.</p>
+
+<p>Juan Valjean se explayaba y sentía aumentar su dicha con la de Cosette.
+La alegría que inspiramos tiene el doble encanto de que lejos de
+debilitarse como todo reflejo, vuelve á nosotros más radiante. Durante
+las horas de recreo, miraba desde lejos Juan Valjean cómo Cosette jugaba
+y reía, distinguiendo su risa de entre las risas de los demás.</p>
+
+<p>Porque entonces Cosette ya reía.</p>
+
+<p>El semblante de Cosette había cambiado en cierto modo, puesto que
+había desaparecido la parte sombría. El reir es el sol de invierno; disipa
+las nubes del rostro humano.</p>
+
+<p>Terminadas las horas de recreo, cuando se volvía Cosette al convento,
+Juan Valjean miraba á las ventanas de la clase; y por la noche se levantaba
+para mirar las ventanas del dormitorio.</p>
+
+<p>Dios tiene sus senderos. El convento contribuyó, al par de Cosette, á
+mantener y completar, en Juan Valjean la obra del obispo. Es cierto que
+la virtud llega por una parte hasta el orgullo, del que está separado solamente
+por un puentecillo hecho por el diablo. Juan Valjean no estaba
+quizá lejos de esta parte y de este puente, cuando la Providencia le llevó
+al pequeño Picpus. Mientras no se había comparado sino con el obispo,
+se había creído indigno y sido humilde; pero desde que hacía algún tiempo
+se comparaba con los hombres, principiaba á nacer en él el orgullo.
+¿Quién sabe si tal vez, y poco á poco, habría concluido por volver al
+odio?</p>
+
+<p>El convento le detuvo en aquella pendiente.</p>
+
+<p>Era aquel el segundo lugar de cautiverio que veía. En su juventud,
+en lo que había sido para él el principio de la vida, y después, recientemente
+aún, había visto otro lugar horroroso, terrible, cuyos rigores había
+considerado como la iniquidad de la justicia, y el crimen de la ley.
+Á la sazón, después del presidio, veía el claustro, y pensando en que
+había estado en el presidio, y que era espectador del claustro, los comparaba
+con ansiedad en su imaginación.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_487">[Pg 487]</span></p>
+
+<p>Algunas veces, apoyándose en la pala, descendía lentamente por las
+espirales sin fin de meditación.</p>
+
+<p>Recordaba á sus antiguos compañeros, y cuánta era su miseria, quienes
+se levantaban al amanecer y trabajaban hasta la noche; que apenas
+les dejaban dormir; se acostaban en camas de campaña, y sólo se les toleraba
+un colchón de dos pulgadas de grueso, en salas que no tenían
+lumbre sino en los meses más crudos del año; vestían una horrible chaqueta
+roja, y se les permitía usar, por gracia, un pantalón de tela en los
+grandes calores, y una manta de lana en los fríos excesivos; no bebían
+vino ni comían carne sino cuando trabajaban de «fatiga». Vivían sin
+nombre, designados solamente por números, y estaban casi convertidos
+en cifras, bajos los ojos, baja la voz, el pelo cortado, sumisos á la vara
+en la vergüenza.</p>
+
+<p>Después su espíritu se volvía hacia los seres que tenía á la vista.</p>
+
+<p>Estos seres vivían igualmente con los cabellos cortados, los ojos bajos,
+la voz baja, no en la vergüenza, pero sí en medio del escarnio del
+mundo; no con la espalda acardenalada por el látigo, pero sí azotada
+por las disciplinas. También éstos habían perdido su nombre entre los
+hombres; eran conocidos solamente por austeros apelativos. No comían
+carne nunca ni bebían vino jamás, y frecuentemente estaban en ayunas
+hasta la noche. Vestían éstos, no una chaqueta roja, sino un sudario negro
+de lana, pesado en el verano, ligero en el invierno, y no podían quitársele
+ni añadirle nada; no tenían ni aun el recurso de la tela ó de la
+lana conforme á las estaciones; y llevaban seis meses del año camisas de
+burriel, que les producían calentura. Vivían, no en salas caldeadas únicamente
+los días de riguroso frío, sino en celdas en las que nunca se encendía
+lumbre; dormían, no en colchones de dos pulgadas de grueso,
+sino sobre paja. Finalmente, ni aun les era permitido dormir; todas las
+noches, después de un día de trabajo, era preciso despertar en el abatimiento
+del primer sueño; y cuando empezaban á dormir y á entrar apenas
+en calor, debían levantarse y rezar en una capilla helada y sombría,
+de rodillas sobre la piedra.</p>
+
+<p>En días determinados cada uno de aquellos seres, por riguroso turno,
+permanecía doce horas seguidas arrodillado sobre el mármol, ó prosternado
+de cara al suelo y los brazos en cruz.</p>
+
+<p>Los primeros eran hombres; éstos, mujeres.</p>
+
+<p>¿Qué habían hecho aquellos hombres?</p>
+
+<p>Habían robado, violado, saqueado, herido, matado, asesinado. Eran
+bandidos, falsarios, envenenadores, incendiarios, asesinos, parricidas.</p>
+
+<p>¿Qué habían hecho estas mujeres?</p>
+
+<p>Nada.</p>
+
+<p>Por una parte, el bandolerismo, el fraude, el dolo, la violencia, la
+lubricidad, el homicidio, todas las manifestaciones del sacrilegio, todas
+las variedades del atentado; por la otra, una sola cosa: la inocencia.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_488">[Pg 488]</span></p>
+
+<p>La inocencia perfecta, casi elevada hasta una misteriosa asunción,
+unida á la tierra por la virtud, y al cielo por la santidad.</p>
+
+<p>De un lado, confidencias de crímenes que se hacen en voz baja; del
+otro, la confesión de faltas hechas en alta voz.</p>
+
+<p>¡Y qué crímenes! ¡Y qué faltas!</p>
+
+<p>Por un lado miasmas, por el otro inefable perfume.</p>
+
+<p>Por una parte, peste moral con guardas de vista, cercada por cañones,
+y devorando lentamente á sus apestados; por la otra un casto abrasamiento
+de todas las almas en el mismo foco. Allí, las tinieblas; aquí,
+la sombra; pero una sombra llena de luz, y una luz llena de fulgores.</p>
+
+<p>Dos lugares de esclavitud; pero en el primero era posible la redención;
+tenía un límite legal siempre esperado, y además la evasión. En
+el segundo, solamente la perpetuidad; y por toda esperanza, al extremo
+lejano del porvenir, aquella luz de libertad á que los hombres llaman
+muerte.</p>
+
+<p>En el primero no se está encadenado más que por cadenas; en el segundo
+por la fe.</p>
+
+<p>¿Qué salía del primero? Una maldición inmensa, rechinamiento de
+dientes, el odio y la perversidad desesperado, un grito de rabia contra
+la sociedad humana, un sarcasmo al cielo.</p>
+
+<p>¿Qué del segundo? Bendiciones y amor.</p>
+
+<p>Y en aquellos dos lugares tan parecidos y tan diversos, estas dos clases
+de seres realizaban lo mismo: la expiación.</p>
+
+<p>Juan Valjean comprendía perfectamente la expiación de los primeros,
+la expiación personal, la expiación por sí mismo. Pero no se explicaba
+la otra, la de aquellas criaturas sin reproche ni mancilla, y se preguntaba
+temblando: ¿Expiación de qué? ¿Qué expiación?</p>
+
+<p>Y respondíale una voz en el fondo de su conciencia: la más divina de
+las generosidades humanas: la expiación ajena.</p>
+
+<p>Aquí nos reservamos toda teoría personal; no somos más que narradores;
+nos colocamos en el mismo punto de vista que Juan Valjean, y
+traducimos sus impresiones.</p>
+
+<p>Tenía él ante sus ojos el vértice sublime de la abnegación, la cumbre
+más elevada de la virtud, la inocencia que perdona las faltas de los
+hombres y las expía en su lugar; la servidumbre practicada, la tortura
+aceptada, el suplicio reclamado por las almas que no han pecado, para
+librar de él á las que han delinquido; el amor de la humanidad abismándose
+en el amor de Dios, pero continuando distinto y suplicante: débiles
+seres, que unen la miseria de los condenados á la sonrisa de los escogidos.</p>
+
+<p>¡Y entonces recordaba que había osado quejarse!</p>
+
+<p>Frecuentemente, á mitad de la noche, se levantaba para escuchar el
+canto de gracias de aquellas criaturas inocentes y abrumadas de rigores,
+y sentía frío en las venas al pensar que los que eran castigados con justicia<span class="pagenum" id="Page_489">[Pg 489]</span>
+no elevaban la voz hacia el cielo más que para blasfemar; y que él,
+miserable, había enseñado sus puños á Dios.</p>
+
+<p>¡Cosa extravagante que le hacía meditar mucho, como una advertencia
+en voz baja hecha por la misma Providencia! Todos los esfuerzos
+que había hecho para salir del otro lugar de expiación, el escalamiento,
+la ruptura de prisiones, el peligro aceptado hasta la muerte, la ascensión
+difícil y brusca, los había tenido que hacer igualmente para entrar en
+este segundo lugar. ¿Era éste tal vez el símbolo de su destino?</p>
+
+<p>Aquella casa era también una cárcel; y se parecía lúgubremente á la
+otra de que había huido; y sin embargo, nunca se le había ocurrido tal
+semejanza.</p>
+
+<p>Veía allí rejas, cerrojos, barras de hierro. ¿Para qué? Para guardar
+ángeles.</p>
+
+<p>Aquellas altas murallas que había visto cercando tigres, las estaba
+viendo cercando corderos.</p>
+
+<p>Era un lugar de expiación y no de castigo; pero sin embargo era
+más austero, más tétrico y más inexorable que el otro. Aquellas vírgenes
+vivían más oprimidas que los presidiarios.</p>
+
+<p>Un viento frío y rudo, el viento que había helado su juventud, atravesaba
+el foso enverjado y embarrotado de los buitres; una brisa más
+áspera y más dolorosa todavía soplaba en la jaula de las palomas.</p>
+
+<p>¿Por qué?</p>
+
+<p>Cuando pensaba en tales cosas, se abismaba su espíritu ante el misterio
+de la sublimidad.</p>
+
+<p>En tales meditaciones el orgullo se desvanece.</p>
+
+<p>Daba toda clase de vueltas sobre sí mismo, sintiendo su propia perversidad,
+y lloró muchas veces. Todo lo que había pasado por él hacía
+seis meses, le conducía nuevamente á las santas inducciones del obispo;
+Cosette por el amor, el convento por la humildad.</p>
+
+<p>Algunas veces, á la caída de la tarde, en el crepúsculo, á la hora en
+que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo
+que costeaba la capilla, junto á la ventana por donde había mirado la
+primera noche, de cara al sitio en que sabía estaba la hermana que hacía
+el desagravio orando prosternada. Rezaba arrodillado ante aquella
+religiosa.</p>
+
+<p>Parecía que no osaba arrodillarse directamente delante de Dios.</p>
+
+<p>Todo cuanto le rodeaba, aquel jardín pacífico, aquellas flores embalsamadas,
+aquellas niñas gritando de alegría, aquellas mujeres graves y
+sencillas, aquel claustro silencioso, le penetraban lentamente; y poco á
+poco su alma iba llenándose de silencio como el claustro, de perfume como
+las flores, de paz como el jardín, de ingenuidad como las monjas, y
+de alegría como las niñas. Después reflexionaba que precisamente dos
+casas de Dios le habían sucesivamente acogido en los momentos críticos
+de su vida; la primera, cuando todas las puertas se le cerraban y le rechazaba<span class="pagenum" id="Page_490">[Pg 490]</span>
+la sociedad humana; la segunda, cuando la sociedad humana
+volvía á perseguirle, y el presidio volvía á solicitarle. Sin la primera,
+hubiera vuelto á precipitarse en el crimen; sin la segunda, en el suplicio.</p>
+
+<p>Su corazón se deshacía en agradecimiento, y amaba cada día más y
+más.</p>
+
+<p>Se pasaron así bastantes años; Cosette fué creciendo.</p>
+
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_12" href="#FNanchor_12" class="label">[12]</a> Ejército Católico y Real.—En nombre del Rey.—Bono negociable de diez libras por objetos
+suministrados al ejército, reembolsable al hacerse la paz.—Serie 3.—N.º 10390.—Stofflet.</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+
+
+
+<div class="chapter">
+<p class="half-title">TERCERA PARTE<br>
+MARIO</p>
+</div>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO PRIMERO<br>
+PARÍS ESTUDIADO EN SU ÁTOMO</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Parvulus</b></p>
+
+
+<p>París tiene un hijo, y el bosque un pájaro; el pájaro se llama gorrión,
+el hijo pilluelo.</p>
+
+<p>Asociad estas dos ideas, que contienen, la una todo el fuego, la otra
+toda la aurora; chocad estas chispas, París y la infancia, y resulta un
+pequeño ser. <em>Homuncio</em>, como diría Plauto.</p>
+
+<p>Este pequeño ser es siempre alegre. No todos los días come, pero va
+al teatro, si le place, todas las noches. No lleva camisa sobre sus carnes,
+ni zapatos en los pies, ni tiene tejado bajo el cual guarecer su cabeza: es
+como los pájaros del aire, que nada de eso tienen. Cuenta de siete á trece
+años, vive en bandadas, trisca por el empedrado, se hospeda al aire
+libre, lleva un pantalón viejo de su padre que le pasa de los talones, un
+sombrero viejo de cualquier tío, que le entra hasta las orejas y un solo
+tirante orillado de amarillo; corre, acecha, inquiere, pierde el tiempo,
+encalzona pipas, jura como un condenado, frecuenta la taberna, conoce
+á los ladrones, tutea á las mujerzuelas, habla el caló y canta canciones
+obscenas, sin que tenga su corazón nada de malo. Y es que tiene en su
+alma una perla, la inocencia; y las perlas no se disuelven en el fango.
+Mientras el hombre es niño, Dios quiere que sea inocente.</p>
+
+<p>Si se preguntase á la enorme ciudad: ¿Quién es este muchacho? respondería:
+Es mi pequeñín.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_491">[Pg 491]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Algunas de sus señas particulares</b></p>
+
+
+<p>El chico de París es el enano del gigante.</p>
+
+<p>No exageramos; este querubín del arroyo tiene algunas veces camisa,
+pero en tal caso no es más que una; tiene alguna vez zapatos, pero
+generalmente sin suelas; tiene alguna vez casa, á la que profesa cariño,
+porque en ella encuentra á su madre, pero prefiere la calle, porque en
+ella encuentra la libertad. Tiene sus juegos propios, su malicia propia,
+cuyo fondo es el odio á los burgueses. Tiene sus metáforas especiales: al
+morir, le llama él: <em>comer dientes de león por la raíz</em>; sus ocupaciones
+son: proporcionar coches de alquiler, bajar el estribo de los carruajes,
+establecer paso de una acera á otra de la calle en los días de mucha lluvia,
+á lo cual llama hacer <em>puentes de las artes</em>; pregonar los discursos
+de la autoridad en favor del pueblo francés; escarbar los intersticios del
+empedrado; tiene su moneda propia, que se compone de todos los pedazos
+de cobre que encuentra en la calle. Esta curiosa moneda, que toma
+el nombre de <em>arambeles</em>, tiene un curso invariable y muy bien arreglado
+entre aquella pequeña bohemia de chiquillos.</p>
+
+<p>En fin, tiene también su fauna, que estudia cuidadosamente en los
+rincones: la bestia de Dios, el pulgón cabeza de muerto, la zancuda, el
+«diablo», insecto negro que amenaza torciendo su cola, armado de dos
+cuernos. Tiene su monstruo fabuloso con escamas en el vientre, y no es
+un lagarto, con pústulas en el lomo; y no es un sapo, que habita en los
+agujeros de los hornos viejos de cal y de los pozos secos; negro, velludo,
+viscoso, rampante; tan pronto ligero, como pesado, que no grita, pero
+mira; tan terrible, que nadie le ha visto jamás. Y á este monstruo le
+llaman «la salamandra». Buscar salamandras entre las piedras es un
+gran placer. Es otro placer extraordinario levantar el empedrado y ver
+las cucarachas. Cada región de París es célebre por los descubrimientos
+interesantes que pueden hacerse. Hay tijeretas en los leñeros de las Ursulinas;
+en el Panteón, cien-pies; en los fosos del campo de Marte, renacuajos.</p>
+
+<p>En cuanto á los dichos, los tiene el pilluelo tan propios como Talleyrand;
+no cede á éste en cinismo, pero le gana en honradez. Está dotado
+de cierta jovialidad imprevista; desconcierta á los tenderos con su loco
+reir. Su diapasón recorre todos los tonos, desde el drama elevado hasta
+la farsa.</p>
+
+<p>Pasa un entierro. Entre los que acompañan al muerto se ve un médico:
+¡Calla!—grita un pilluelo.—¿Desde cuándo los médicos van en persona
+á entregar su obra?</p>
+
+<p>Otras veces, en medio de la multitud, un hombre grave, adornado
+de anteojos y dijes, se vuelve indignado exclamando:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_492">[Pg 492]</span></p>
+
+<p>—Bribón, acabas de coger «el talle» á mi mujer.</p>
+
+<p>—¡Yo, señor! Registradme.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Es divertido</b></p>
+
+
+<p>Por la noche, gracias á algunos sueldos que siempre encuentra medio
+de procurarse, el <em>homuncio</em> entra en un teatro. En cuanto atraviesa
+aquel umbral mágico, se transfigura: el pilluelo se convierte en tití. Los
+teatros son una especie de navíos volcados, que tienen la cala en lo alto.
+En esta cala es donde se eleva el tití. El tití es al pilluelo lo que la mariposa
+á la oruga: es el mismo ser, pero volando y cerniéndose. Basta
+que él esté allí con su irradiación de dicha, con su poder de entusiasmo
+y alegría, con su batir de palmas parecido al batir de unas alas para
+que aquella cala estrecha, fétida, obscura, sórdida, malsana, repugnante
+y abominable se llame Paraíso.</p>
+
+<p>Dad á un ser lo inútil y quitadle lo necesario, y tendréis al pilluelo.</p>
+
+<p>El pilluelo no carece de cierta intuición literaria. Su tendencia, lo
+decimos con todo el pesar conveniente, no sería el gusto clásico. Es por
+naturaleza poco académico. Así por ejemplo, la popularidad de la señorita
+Mars, entre aquel pequeño público de chinos turbulentos, iba sazonada
+con sus puntas de ironía. El pilluelo la llamaba señorita <em>Muche</em>.</p>
+
+<p>Este ser alborota, apostrofa, se burla y lucha; va envuelto en trapos
+como un rorro, y en andrajos como un filósofo; pesca en los albañales,
+caza en las cloacas, saca alegría de la inmundicia, fustiga las encrucijadas
+con su locuacidad, husmea y muerde, silva y canta, aclama y se
+desgañita, entona la Aleluya por Matanturlurette, salmodia todos los
+ritmos, desde el <em>De profundis</em> hasta las Carnestolendas; encuentra sin
+buscar, sabe lo que ignora, es espartano hasta el fraude, loco hasta la
+sabiduría, lírico hasta la obscenidad; se acurrucaría en el Olimpo, se
+revuelca en el estiércol y sale cubierto de estrellas. El pilluelo de París
+es Rabelais en pequeño.</p>
+
+<p>No está satisfecho de sus pantalones si no tienen bolsillo de reloj.</p>
+
+<p>Se admira poco, se asusta aún menos, saca coplas á las supersticiones,
+deshincha las exageraciones, desmiente los misterios, saca la lengua
+á los aparecidos, despoetiza lo encumbrado, mete la caricatura en las
+hinchazones épicas. Esto no quiere decir que sea prosaico, lejos de eso;
+pero reemplaza la visión solemne con la fantasmagoría de la farsa. Si se
+le presentase Adamastón, le diría el pilluelo: ¡Anda, espantajo!</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Puede ser útil</b></p>
+
+
+<p>París empieza en el papamoscas y acaba en el pilluelo; dos seres que
+no puede tener ninguna otra ciudad: la aceptación pasiva que se satisface<span class="pagenum" id="Page_493">[Pg 493]</span>
+mirando, y la iniciativa inagotable: Proudhomme y Fouillon. París
+únicamente tiene esos tipos en su historia natural.</p>
+
+<p>Toda la monarquía, se encierra en el papamoscas; toda la anarquía
+en el pilluelo.</p>
+
+<p>Este pálido hijo de los arrabales de París vive y se desarrolla, se
+anuda y <em>desnuda</em> en el sufrimiento; en presencia de las realidades sociales
+y de las cosas humanas, como testigo meditabundo. Él mismo se cree
+indiferente, y no lo es. Observa dispuesto siempre á reir, pero dispuesto
+igualmente á otras cosas. Quien quiera que se llame Preocupación, Abuso,
+Ignominia, Opresión, Iniquidad, Despotismo, Injusticia, Fanatismo,
+Tiranía, guárdese del pilluelo bobalicón.</p>
+
+<p>Este niño crecerá.</p>
+
+<p>¿De qué barro está hecho? Del primer lodo que se ha encontrado. Un
+puñado de barro, un soplo, y surgió Adán. Basta que pase un Dios; y
+siempre pasó un Dios por el pilluelo. La fortuna trabaja este pequeño
+ser. Por «fortuna» entendemos nosotros la ventura. Este pigmeo, amasado
+con grosera tierra común, ignorante, sin letras, aturdido, vulgar y
+populachero, ¿será un genio ó un beocio?</p>
+
+<p>Esperad; <em>currit rota</em>, el espíritu de París, ese demonio que crea los
+hijos del azar y los hombres del destino, al revés del alfarero latino, hace
+del cántaro un ánfora.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Sus fronteras</b></p>
+
+
+<p>El pilluelo ama el poblado y ama también la soledad, tiene mucho
+de sabio. <em>Urbis amator</em>, como Fusco; <em>ruris amator</em>, como Flaco.</p>
+
+<p>Errar soñando; es decir, vagabundear, es un buen modo de emplear
+el tiempo para los filósofos, particularmente en esa especie de campiña
+bastarda, bastante fea pero extraña y compuesta de dos naturalezas, que
+rodea á ciertas grandes poblaciones y muy particularmente París. Observar
+los alrededores es observar un anfibio.</p>
+
+<p>Acábanse los árboles y empiezan los tejados; acábase la yerba y empieza
+el empedrado; termina el surco y empiezan las tiendas; terminan
+los carriles y empiezan las pasiones; acaba el murmullo divino y empiezan
+los rumores humanos; y de todo ello junto nace un interés extraordinario.</p>
+
+<p>De ahí los paseos, sin objeto al parecer, del soñador, por esos lugares
+poco atractivos y continuamente designados por el transeunte con el
+epíteto de <em>tristes</em>.</p>
+
+<p>El que esto escribe ha sido mucho tiempo rondador de las barreras
+de París, fuentes para él de profundos recuerdos. Aquel césped cortado,
+aquellos senderos pedregosos, aquella creta, aquellas margas, aquellos
+yesos, aquella áspera monotonía de eriales y barbechos, los plantíos de
+frutas y hortalizas tempranas que se descubren de súbito en el fondo,<span class="pagenum" id="Page_494">[Pg 494]</span>
+aquella mezcolanza de salvaje y urbano, aquellos vastos rincones desiertos,
+donde los tambores de la guarnición establecen su ruidosa escuela y
+tartamudean en cierto modo el tronar de las batallas, aquéllas de día y
+madrigueras de noche; el molino destartalado que gira con el viento, las
+ruedas de extracción de las canteras, los figones en las esquinas de los
+cementerios, el encanto misterioso de las grandes y sombrías tapias,
+cortando á cuadros inmensos y vagos, terrenos inundados de sol y llenos
+de mariposas; todo eso le atraía.</p>
+
+<p>Casi no hay en la tierra quien conozca aquellos sitios singulares, la
+Glacière, la Cunette, el horroroso muro de Grenelle tigrado de balazos,
+el Mont Parnasse, la Fosse aux-Loups, los Aubiers en la pradera del Marne,
+Mont Souris, la Tombe Issoire, la Pièrre-Plate de Chatillón, donde
+hay una antigua cantera agotada, que sirve únicamente para criar hongos,
+y cerrada á flor de tierra por una trampa de tablas podridas. La
+campiña de Roma es una idea, las afueras de París otra; no ver en lo
+que nos ofrece un horizonte más que campos, casas ó árboles, es quedarse
+en la superficie; en el aspecto de todas las cosas está el pensamiento
+de Dios. El lugar en que una llanura se junta á una ciudad, está siempre
+impregnado de cierta melancolía penetrante. Allí la naturaleza y la humanidad
+nos hablan á la vez. Las originalidades locales aparecen allí.</p>
+
+<p>Quien haya errado como nosotros por aquellas soledades contiguas á
+nuestros arrabales á las que pueden llamarse limbos de París, habrá descubierto
+aquí y allá en el punto más abandonado, en el momento más
+inesperado, detrás de un débil valladar ó en el ángulo de una lúgubre
+tapia, muchachos agrupados tumultuosamente, fétidos, llenos de polvo
+y lodo, haraposos, despeluznados, jugando al chito coronados de florecillas:
+son los niños escapados de las familias. El boulevard exterior es
+su centro respirable; los alrededores les pertenecen, y en ellos establecen
+su escuela silvestre; allí cantan ingenuamente su repertorio de canciones
+obscenas. Allí están, ó por mejor decir, allí existen lejos de toda mirada,
+bajo la dulce luz de mayo ó junio, arrodillados alrededor de un agujero
+abierto en la tierra, jugando á las chinas disputando por un ochavo;
+irresponsables, escapados, sueltos, felices; y apenas os distinguen, se
+acuerdan de que tienen una industria, y que les es preciso ganarse la
+vida, y os ofrecen en venta una media vieja de lana llena de saltones ó
+un manojo de lilas. El encuentro de estos chiquillos extraños, es una de
+las gracias halagüeñas, al par que dolorosas de los alrededores de París.</p>
+
+<p>Á veces entre aquel montón de chicos se encuentran algunas chiquillas,
+sus hermanas tal vez, casi ya mozas, flacas, fibrosas, atezadas por
+el ambiente, pecadas de rojo, coronadas de espigas y amapolas, alegres,
+hurañas y descalzas. Vense á veces cogiendo cerezas entre los trigos; de
+noche se las oye reir. Esos grupos, vivamente iluminados por la luz del
+mediodía ó adivinados en el crepúsculo, ocupan mucho tiempo al pensador;
+mezclando estas visiones á sus raciocinios.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_495">[Pg 495]</span></p>
+
+<p>París, centro; los alrededores, circunferencia; he aquí para tales
+muchachos toda la tierra. Jamás se aventuran á ir más allá. No pueden
+salirse de la atmósfera parisién, como no pueden los peces salir del agua.
+Para ellos, á dos leguas de las barreras no hay nada más: Ivry, Gentilly,
+Arcueil, Belleville, Aubervilliers, Menilmontant, Choisy-le Roi, Billancourt,
+Meudon, Issy, Vanvre, Sèvres, Puteaux, Neuilly, Gennevilliers,
+Colombes, Romainville, Chatou, Asnières, Bougival, Nanterre, Enghien,
+Noissy-le Sec, Nogent, Gournay, Drancy, Gonesse; son los puntos donde
+termina el mundo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Un poco de historia</b></p>
+
+
+<p>En la época, casi contemporánea, en que se desarrolla la acción de
+este libro, no había, como en la actualidad, un agente municipal en cada
+bocacalle (beneficio que no es del caso discutir); los muchachos vagabundos
+abundaban bastante en París.</p>
+
+<p>Las estadísticas arrojan un promedio de doscientas sesenta criaturas
+sin domicilio, recogidas entonces anualmente por las rondas de policía
+en los terrenos abiertos, las casas en construcción, y bajo los arcos de
+los puentes. Uno de estos nidos, de famosa recordación, produjo las golondrinas
+del puente de Arcole. Éste es, por otra parte el más desastroso
+de los síntomas sociales. Todos los crímenes del hombre empiezan en la
+vagancia del muchacho.</p>
+
+<p>Exceptuemos, sin embargo, á París. Hasta cierto punto relativo, y
+á pesar del recuerdo que acabamos de evocar, la excepción es justa.
+Mientras que en cualquier otra gran ciudad un muchacho vagabundo es
+un hombre perdido; mientras que casi en todas partes el niño entregado
+á sí mismo está consagrado y abandonado en cierto modo á una especie
+de inmersión fatal en los vicios públicos, la cual devora en él la conciencia
+y la honradez; el pilluelo de París, lo repetimos, tan descompuesto y
+corrompido en la superficie, se halla interiormente casi intacto. Grande
+y magnífica cualidad que debemos hacer constar aquí, y que brilla entre
+la espléndida probidad de nuestras revoluciones populares, es la especial
+incorruptibilidad resultante de la idea, que está en la atmósfera
+de París como la sal en el agua del océano. Respirar el aire de París,
+conserva el alma.</p>
+
+<p>Pero lo que decimos, no se opone en manera alguna al dolor que
+siente el corazón cada vez que nos encontramos con una de esas criaturas,
+en cuyo derredor parece que se ven flotar los hilos rotos de la familia.
+En la civilización actual, tan incompleta aún, no es muy anormal
+esa ruptura de la familia perdiéndose en la sombra, ignorando lo que se
+han hecho los hijos, y dejando caer los pedazos de sus entrañas en la vía
+pública. De ahí los destinos obscuros, lo cual se llama, porque tiene su
+triste locución «ser tirado en medio del arroyo de París».</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_496">[Pg 496]</span></p>
+
+<p>Sea dicho de paso: este abandono de criaturas no encontraba gran
+oposición en la antigua monarquía. Algo de Egipto y de Bohemia en
+las bajas regiones, era conveniente á las altas esferas y facilitaba el negocio
+de los poderosos. El odio á la enseñanza de los hijos del pueblo era
+un dogma. ¿De qué sirven «las medias luces?». Tal era la consigna. Que
+el niño vagabundo, es el corolario de niño ignorante.</p>
+
+<p>Por otra parte, la monarquía tenía á veces necesidad de muchachos,
+y entonces espumaba las calles.</p>
+
+<p>En tiempos de Luis XIV, sin ir más lejos, el rey quería, con razón,
+crear una escuadra. La idea era buena; pero veamos el medio. No hay
+escuadra posible, si al lado del buque de vela, juguete del viento, no va
+para remolcarle, en caso necesario, el buque que puede ir donde se quiere,
+ya á fuerza de remos, ya de vapor; las galeras eran entonces en la
+marina lo que hoy los vapores; faltaban, pues, galeras, y como las galeras
+no se mueven sin galeotes, hacían falta, por lo tanto, galeotes. Colbert
+hacía que por medio de los intendentes de provincia y los tribunales,
+hubiese de repuesto el mayor número posible de galeotes. La magistratura
+se prestaba á ello con la mayor complacencia. Conservaba
+cualquiera el sombrero puesto durante el paso de una procesión; actitud
+de hugonote; á galeras.</p>
+
+<p>Se encontraba un muchacho en la calle; como tuviese quince años, y
+no supiese dónde acostarse, se le enviaba á galeras. Gran reinado; gran
+siglo.</p>
+
+<p>En tiempos de Luis XV, los muchachos desaparecían de París; la
+policía los arrebataba, se ignora para qué misterioso objeto. Cuchicheábase
+con horror, haciendo monstruosas conjeturas sobre los baños de
+púrpura del rey.</p>
+
+<p>Barbier habla sencillamente de ello. Llegaba el caso que los exentos
+encargados de la leva de chicos cogían algunos que tenían padres.
+Éstos, desesperados, perseguían y recurrían á los exentos. Intervenía entonces
+el tribunal, y mandaba ahorcar, ¿á quién? ¿Á los exentos? No, á
+los padres.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>El pilluelo tiene un lugar en las clasificaciones de la India</b></p>
+
+
+<p>La <em>gaminería</em> parisién es casi una casta. Pudiera decirse: para serlo
+no basta quererlo.</p>
+
+<p>La palabra francesa <em>gamín</em>, que traducimos no muy propiamente en
+la de pilluelo, se imprimió por primera vez, y pasó del lenguaje popular
+al literario. En 1834 apareció en un opúsculo titulado <em>Claudio Gueux</em>.
+Fué grande el escándalo, y la palabra pasó.</p>
+
+<p>Los elementos que constituyen la consideración de los pilluelos entre
+sí son muy variados. Hemos conocido y tratado á uno que era muy respetado
+y admirado, por haber visto caer un hombre desde lo alto de las<span class="pagenum" id="Page_497">[Pg 497]</span>
+torres de Nuestra Señora; otro por haber conseguido penetrar en el patio
+interior donde estaban interinamente depositadas las estatuas de la
+cúpula de los Inválidos, y haber «robado» un poco de plomo; otro por
+haber visto volcar una diligencia; otro porque «conocía» á un soldado
+que por poco le saca un ojo á un paisano.</p>
+
+<p>Esto explica perfectamente la siguiente exclamación de un pilluelo
+parisiense, epifonema profundo de que se ríe el vulgo sin comprenderle:
+<em>Dios de Dios; ¡tendré yo desgracia! ¡Decir que todavía no he visto caerse
+á nadie de un quinto piso!</em></p>
+
+<p>También es notable esta otra frase de campesino: «Tío Fulano, vuestra
+mujer ha muerto de su enfermedad; ¿por qué no me mandásteis llamar
+al médico? Qué queréis, señor; nosotros los pobres <em>nos morimos solos</em>».
+Pero si toda la posibilidad del lugareño se encierra en dicha frase, descúbrese
+indudablemente en la siguiente, la anarquía librepensadora del
+pilluelo de los arrabales. Un condenado á muerte ya en la carreta, oye
+á su confesor. El hijo de París lo ve, y exclama: <em>¡Habla el clerizonte!
+¡Qué hipócrita!</em></p>
+
+<p>Cierta audacia en materia religiosa, realza mucho al pilluelo; ser espíritu
+fuerte, es lo importante.</p>
+
+<p>Asistir á las ejecuciones es para ellos un deber. Se enseñan unos á
+otros la guillotina y se ríen. Danle diversos nombres:—Fin de la sopa.—Gruñona.—La
+tía de lo azul (del cielo).—La última boqueada, etc., etcétera.
+Para no perder nada del espectáculo, escala las paredes, trepa á
+los balcones, sube á los árboles, se suspende en las rejas, se abraza á las
+chimeneas. El pilluelo nace pizarrero, como nace marino. Un tejado no
+le asusta más que un mástil. No hay fiesta que iguale á la de la Grève
+(plaza de los ajusticiados). Sansón (el verdugo) y el padre Montes (capellán
+de la cárcel) son verdaderos nombres populares. Azuzan al paciente
+para darle valor. Á veces le admiran. Lacenaire, siendo pilluelo,
+al ver morir con valor al terrible Dautun, dijo esta frase que encierra
+un porvenir: <em>Le tengo envidia</em>.</p>
+
+<p>En la pillería no se conoce á Voltaire, pero se conoce á Papavoine.
+Confúndese en la misma leyenda á los «políticos» y á los asesinos. Consérvase
+por tradición el recuerdo del último vestido de cada uno. Saben
+que Tollerón llevaba un gorro de chispero; Abril un casquete de nutria;
+Louvel un sombrero redondo; que el viejo Delaporte era calvo, é iba
+sin nada en la cabeza; que Castaing era sonrosado y muy guapo; que
+Bories llevaba una perilla romántica; que Juan Martín conservaba los
+tirantes y que Lecouffé y su madre iban riñendo.—<em>No os tiréis á la cara
+el cesto</em>, les gritó un pilluelo. Otro por ver pasar á Debaker, y siendo
+demasiado pequeñito, vió la farola del muelle y se encaramó en ella. Un
+gendarme, que estaba allí, frunció el entrecejo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_498">[Pg 498]</span></p>
+
+<p>—Déjeme subir, señor gendarme,—dijo el pilluelo. Y para ablandar
+á la autoridad, añadió:—No me caeré.</p>
+
+<p>—Y que me importa á mí que te caigas,—respondió el gendarme.</p>
+
+<p>Entre la pillería, se tiene en mucho un accidente memorable. Se llega
+á la cúspide de la consideración, si sucede que uno se corta profundamente
+«hasta el hueso».</p>
+
+<p>Los puños no son los peores elementos de respeto; una de las cosas
+que el pilluelo dice con más satisfacción es: <em>¡Yo soy más fuerte, vaya!</em>
+Ser zurdo es cosa envidiable, y muy considerada el ser bizco.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Donde se leerá una buena frase del último rey</b></p>
+
+
+<p>Durante el verano, se metamorfosea en rana; y por la tarde, cuando
+cae la noche, delante de los puentes de Austerlitz y de Jena, desde lo alto
+de las barcas de carbón y de las barracas de las lavanderas, se arroja
+de cabeza en el Sena, infringiendo admirablemente todas las leyes del
+pudor y de la policía.</p>
+
+<p>Sin embargo, como los municipales vigilan, resulta de ello una situación
+muy dramática, que dió lugar una vez á un grito fraternal y memorable;
+grito que fué célebre en 1830, y es un aviso estratégico de pilluelo
+á pilluelo; se mide como un verso de Homero con una notación
+casi tan inexplicable como la melopea eleusiaca de las Panateneas, hallándose
+reproducida en él la antigua Evohé. Hele aquí:</p>
+
+<p>—«¡Eh, Tití, he, que hay moros en la costa; cuidado no te trinquen:
+coge la ropa y huye; huye enseguida, escápate por la alcantarilla». Algunas
+veces, este moscardón, como se califica él á sí mismo, sabe leer,
+otras sabe escribir, pero siempre sabe pintarrajear. No vacila un punto en
+adquirir, por medio de una misteriosa enseñanza mutua todas las habilidades
+que pueden ser útiles á la cosa pública: de 1815 á 1830 imitaba el
+graznido del pavo; de 1830 á 1848 garabateaba una pera en las paredes.
+Una tarde de verano, volviendo Luis Felipe de paseo á pie, vió á uno de
+aquellos chiquitines que sudaba y se empinaba para trazar con un carbón
+una pera gigantesca en uno de los pilares de la verja de Neuilly; el
+rey, con aquella bonachonería heredada de Enrique IV, ayudó al pilluelo,
+acabó de dibujar la pera, y dándole después un luis de oro, le dijo:
+<em>ahí también hay una pera</em>. Al pilluelo le gusta mucho la bulla, le agrada
+cierto estado violento. Detesta á «los curas». Cierto día, en la calle
+de la Universidad, uno de esos bribonzuelos le estaba haciendo un gesto
+grotesco de manos y nariz á la puerta-cochera del número 69. ¿Por qué
+haces eso á esa puerta? le preguntó un transeunte. El niño respondió:
+Porque vive ahí un cura. En efecto; allí vive el nuncio.</p>
+
+<p>No obstante, cualquiera que sea el volterianismo del pilluelo, si se le
+presenta ocasión de hacerse monaguillo, casi siempre acepta, y entonces
+ayuda á misa debidamente. Hay dos cosas en que se parece á Tántalo, y<span class="pagenum" id="Page_499">[Pg 499]</span>
+que desea siempre sin conseguirlas nunca: derribar al gobierno y que le
+cosan el pantalón.</p>
+
+<p>El pilluelo, en el estado perfecto, señala á todos los agentes de policía
+de París, y sabe siempre cuando encuentra á alguno darle su mote, pues
+los tiene presentes y los conoce á todos al dedillo. Estudia sus costumbres
+y tiene notas especiales sobre cada uno; lee como un libro abierto
+en las almas de la policía. Así os podrá decir inmediatamente y sin titubear:
+«Fulano es un <em>traidor</em>, Zutano es <em>muy malo</em>; éste es <em>grande</em>, aquél
+<em>ridículo</em>»; (y todas esas palabras, traidor, malo, grande, ridículo, tienen
+en sus labios una aceptación particular); «éste se figura que el Puente
+Nuevo es suyo, y prohíbe <em>á la gente</em> pasearse por la cornisa fuera del
+parapeto; el otro tiene la manía de tirar de las orejas á las <em>gentes</em>,
+etc., etc».</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>El antiguo espíritu de los Galos</b></p>
+
+
+<p>Se encuentran también muchachos de éstos en Poquelin, hijo de los
+mercados; y los hay también en Beaumarchais. La <em>pilluelería</em> es una vanidad,
+un matiz del espíritu galo. Asociada al buen sentido, le da fuerza,
+como el alcohol al vino. Á veces es un defecto. Homero se repite, es verdad;
+también puede decirse que Voltaire hacía travesuras. Camilo Desmoulins
+era de los arrabales. Championnet, que tan brutalmente desenmascaraba
+los milagros, había salido de las calles de París; de pequeño había <em>inundado
+los pórticos</em> de San Juan de Beauvais y de San Esteban del Monte;
+había tuteado mucho la urna de Santa Genoveva, para después dar órdenes
+á la redoma de San Genaro.</p>
+
+<p>El pilluelo de París es respetuoso, irónico é insolente. Tiene los dientes
+feos, porque está mal alimentado, y su estómago sufre; pero buenos
+ojos, porque es ingenioso. Delante de Jehová saltaría á la pata coja las
+gradas del paraíso. Es fuerte en jugar el zapato. Todos los crecimientos
+le son posibles. Juega en el arroyo y se levanta en los motines; su tenacidad
+persiste ante la metralla; era un mocoso, y es un héroe; como el
+pequeño Tebano, sacude la piel del león. El tambor Barra era un pilluelo
+de París; grita: <em>¡Adelante!</em> como el caballo de la Escritura dice: <em>¡Va!</em> y
+en un minuto pasa de rapazuelo á gigante.</p>
+
+<p>Es hijo del fango como del ideal; distancia que media desde Molière
+á Barra.</p>
+
+<p>En suma, y para compendiarlo todo en una palabra, el pilluelo es un
+ser que se distrae, porque es desgraciado.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">X<br>
+<b>Ecce París, ecce homo</b></p>
+
+
+<p>Para resumir todavía más, diremos que el pilluelo de París, hoy,
+como en otros tiempos el <em>græculus</em> de Roma, es el pueblo niño que lleva
+en su frente las arrugas del mundo viejo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_500">[Pg 500]</span></p>
+
+<p>El pilluelo es una gracia de la nación al mismo tiempo que una enfermedad;
+enfermedad que es preciso curar; ¿de qué modo? con la luz.</p>
+
+<p>La luz sanea.</p>
+
+<p>La luz alumbra.</p>
+
+<p>Todas las generosas irradiaciones sociales parten de la ciencia, de
+las letras, de las artes, de la enseñanza. Haced hombres, haced hombres.
+Iluminadlos para que os calienten.</p>
+
+<p>Tarde ó temprano, el gran problema de la instrucción universal se
+establecerá con la irresistible autoridad de la verdad absoluta, y entonces
+los que gobiernen, bajo la protección de la idea francesa, tendrán
+que elegir entre los hijos de Francia ó los pilluelos de París; entre las
+llamas en la luz, ó los fuegos fatuos en las tinieblas.</p>
+
+<p>El pilluelo representa á París, y París representa al mundo.</p>
+
+<p>Porque París es un total: es la cúpula del género humano. Es la prodigiosa
+ciudad, compendio de todas las costumbres vivas y muertas.
+Quien ve á París, cree ver lo profundo de toda la historia con su cielo y
+constelaciones en los intervalos. París tiene un Capitolio, la Casa de la
+Villa; un Partenón, Nuestra Señora; un monte Aventino, el barrio de
+San Antonio; un Asinario, la Sorbona; un Panteón, el Panteón; una Vía
+Sacra, el boulevard de los Italianos; una torre de los Vientos, la opinión;
+y ha reemplazado las gemonías con el ridículo. Su <em>majo</em> se llama majadero,
+su <em>transtiverino</em> se llama arrabalero; su <em>hammal</em> se llama matón
+de plazuela; su <em>lazzarone</em> se llama pillastre; su <em>cockney</em> se llama vago.
+Todo lo que se halla en cualquiera otra parte se encuentra en París.</p>
+
+<p>La verdulera de Dumarsais puede competir con la vendedora de yerbas
+de Eurípides; el discóbolo Veyano revive en el bailarín de cuerda
+Furioso; Terapontigono Miles estaría muy bien del brazo con el granadero
+Vadeboncœur; Damasipo el buhonero, viviría feliz entre prenderos;
+Vincennes pondría la mano sobre Sócrates, del mismo modo que Agora
+encajonaría á Diderot; Grimod de la Reynière ha descubierto la manera
+de hacer el roastbeef con sebo, como Curtilo inventó el erizo asado. Vemos
+reaparecer bajo el globo del arco de la Estrella el trapecio de Plauto;
+el traga-espadas de Pœcilo encontrado por Apuleyo, es el engulle-sables
+del Puente-Nuevo; el sobrino de Rameau y Curculión el parásito,
+corren parejas; Ergasilo podría ser presentado en casa de Cambaceres
+por Aigrefeuille. Los cuatro petimetres de Roma, Alcesimarco, Phedromo,
+Diabolo y Argyripo bajan de la Courtille en la silla de posta de Labatut;
+Aulo Gelio no se detenía más tiempo ante Congrio, que Carlos
+Nodier ante Polichinela; Martón no es tigre, como ni tampoco Pardalisca
+era dragón. Pantolabio el bufón, recuerda en el café Inglés á Nomentano
+el vividor; Hermógenes es tenor en los Campos Elíseos, y en derredor
+suyo pide Trasio el mendigo, vestido de Arandela. El importuno
+que os detiene en las Tullerías por el botón de la levita, os hace repetir
+después de dos mil años el apóstrofe del Thesprion: <em>quis properantem<span class="pagenum" id="Page_501">[Pg 501]</span>
+me prehendit pallio?</em> El vino de Surenne parodia el vino de Alba; el tinto
+del viñedo de Desaugiers corre parejas con la gran copa de Balatron.</p>
+
+<p>El cementerio del padre Lachaise exhala con las lluvias nocturnas los
+mismos resplandores que las Esquilias, y la fosa del pobre comprada por
+cinco años, equivale al ataúd alquilado del esclavo.</p>
+
+<p>Buscad alguna cosa que París no tenga. La cuba de Trofonio no contiene
+nada que no se encuentre en la cubeta de Mesmer; Ergafilao resucita
+en Cagliostro; el bracman Vasafanta se encarna en el conde de San
+Germán; el cementerio de San Medardo hace tan buenos milagros como
+la mezquita Uumoumié de Damasco.</p>
+
+<p>París tiene un Esopo, que es Mayeux; y una Canidia, que es la señorita
+Lenormand. Agítase como Delfos en las fulgurantes realidades de la
+visión; hace girar las mesas como Dodona los trípodes. Sienta la griseta
+en el trono, como sentaba Roma á la cortesana; y en suma, si Luis XV
+es peor que Claudio, la señora Dubarry supera á Mesalina. París combina
+en un tipo inaudito, que ha existido, y con el cual nos hemos codeado,
+la desnudez griega, la úlcera hebraica y el equívoco gascón. Mezcla á
+Diógenes, á Job y á Paillasse; engalana un espectro con números viejos
+del <em>Constitucional</em> y crea á Chodruc Duclós.</p>
+
+<p>Por más que Plutarco diga: <em>el tirano no envejece</em>, Roma, en tiempo
+de Sila como de Domiciano, se resignaba mezclando de buen grado
+agua en su vino. El Tíber fué un Leteo si ha de creerse el elogio un tanto
+doctrinario que hizo de él Vario Vibisco: <em>Contra Gracchos Tiberim
+habemus. Bibere Tiberim, id est, seditionem oblivisci.</em> París bebe un
+millón de litros de agua diarios; pero esto no le impide, cuando llega el
+caso, de tocar generala y somatén.</p>
+
+<p>Por lo demás, París es un buen chico; realmente, lo acepta todo, y
+no es escrupuloso en la elección de Venus; su Calipiga es hotentota; con
+tal de reirse, todo lo absuelve; la fealdad le alegra, la deformidad le entretiene,
+el vicio le distrae; decid gracias, y seréis gracioso; ni aún la
+hipocresía, ese cinismo supremo, le incomoda; es tan literario, que no
+se tapa la nariz ante Basilio, ni se escandaliza más del ruego de Tartufo,
+que Horacio del «hipo» de Priapo. No falta en París ninguno de los rasgos
+de la fisonomía universal. El baile de Mabille no es la danza polymnia
+del Janículo; pero la revendedora de tocados, atrae con sus miradas
+á la <em>loreta</em>, de igual manera que la encubridora Estafila acechaba á la
+virgen Planesia. La barrera del Combate no es un coliseo; pero hay allí
+tanta ferocidad como si lo presenciase el César.</p>
+
+<p>La hospedera siríaca es más graciosa que la tía Saguet; pero si Virgilio
+frecuentaba la taberna romana, David de Angers, Balzac y Charlet
+se han sentado en la mesa del figón parisién. París reina; los genios brillan
+en su recinto; los colarojas prosperan en él. Adonai pasa por él en
+su carro de doce ruedas de truenos y relámpagos; Sileno hace su entrada
+montado en su asno; Sileno, léase, Ramponneau.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_502">[Pg 502]</span></p>
+
+<p>París es sinónimo de Cosmos; París es Atenas, Roma, Sibaris, Jerusalén,
+Pantin. Todas las civilizaciones están compendiadas en él, como
+también todas las barbaries. París sentiría mucho carecer de guillotina.</p>
+
+<p>Un poco de plaza de Grève es bueno. ¿Qué sería toda aquella fiesta
+eternal sin esta salsa? Nuestras leyes son sabiamente previsoras y, gracias
+á ellas, la sangrienta cuchilla gotea continuamente sobre este prolongado
+carnaval.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XI<br>
+<b>Reir es reinar</b></p>
+
+
+<p>París no tiene límites. Ninguna otra ciudad ha ejercido esa dominación
+que se ríe á veces de los que subyuga. <em>¡Complaceros, oh atenienses!</em>
+exclamaba Alejandro. París hace algo más que la ley, hace la
+moda; y hace más que la moda, la rutina.</p>
+
+<p>Puede hacer el tonto si le parece, y alguna vez se permite este lujo;
+pero en tal caso todo el mundo hace el tonto con él. Pero luego vuelve
+París en sí, se restrega los ojos y exclama. ¡Soy un estúpido! Y suelta
+la carcajada á las barbas del género humano. ¡Qué admirable ciudad!
+¡Cuán extraño parece que lo grandioso y lo burlesco hagan tan buen
+consorcio, que toda su majestad no resulte empañada por la parodia, y
+que la misma boca pueda soplar un día en la trompeta del juicio final y
+otro en el silbato de un tallo de cebolla! París tiene una jovialidad soberana.
+Su alegría es el rayo, su farsa lleva un cetro, sus huracanes surgen
+muchas veces de una mueca. Sus explosiones, sus jornadas, sus
+obras maestras, sus prodigios, sus epopeyas, llegan al fin del mundo
+como sus despropósitos. Su risa es la boca de un volcán que salpica toda
+la tierra; sus bufonadas son chispas. Impone á los pueblos sus caricaturas,
+como sus ideales; los más encumbrados monumentos de la civilización
+humana aceptan sus ironías, prestando su eternidad á su truhanería.</p>
+
+<p>Es soberbio: con su prodigioso 14 de julio liberta al mundo y obliga
+á todas las naciones á repetir el juramento del juego de pelota; su noche
+del 4 de agosto destruye en tres horas mil años de feudalismo; hace de su
+lógica el músculo de la voluntad unánime; se multiplica bajo todas las
+formas de lo sublime; llena con sus resplandores á Washington, á Kosciusko,
+á Bolívar, á Botzaris, á Riego, á Bem, á Manin, á López, á Juan
+Browu, á Garibaldi. Está en todas partes donde el porvenir brilla, en
+Boston en 1779: en la isla de León en 1820; en Pesth en 1848; en Palermo
+en 1860; murmura la poderosa consigna: <em>libertad</em>, al oído de los
+abolicionistas americanos agrupados en la barca de Harpers's Ferry, y
+al oído de los patriotas de Ancona reunidos á la sombra en los Arcos,
+ante la posada Gozzi, á orillas del mar; crea á Canaris; crea á Quiroga;
+crea á Pisacane; irradia todo lo grande sobre la tierra, yendo allí donde<span class="pagenum" id="Page_503">[Pg 503]</span>
+su soplo los empuja; muere Byron en Missolonghi, y Masset en Barcelona.</p>
+
+<p>Es tribuno bajo los pies de Mirabeau y cráter bajo los de Robespierre;
+sus libros, su teatro, sus artes, sus ciencias, su literatura, su filosofía,
+son los manuales del género humano. Tiene á Pascal, á Regnier, á
+Corneille, á Descartes, á Rousseau, á Voltaire para cada minuto, á Molière
+para todos los siglos. Hace hablar su lengua á la boca universal, y
+esta lengua llega á ser el verbo. Construye en todos los espíritus la idea
+del progreso; los dogmas libertadores que forja son para las generaciones
+espadas flameantes, y con la inspiración de sus pensadores y poetas
+se han formado desde 1789 todos los héroes de todos los pueblos. Esto
+no le impide, sin embargo, hacer chiquilladas. Y este genio enorme que se llama
+París, transfigurando el mundo con su luz, dibuja con carbón la nariz
+de Bouginier en la pared del templo de Teseo, y escribe <em>Credeville ladrón</em>
+en las pirámides.</p>
+
+<p>París enseña de continuo los dientes; cuando no gruñe, ríe.</p>
+
+<p>Tal es París. Las columnas de humo de sus tejados son las ideas del
+universo. Montón de barro; piedras, si se quiere; pero por cima de todo
+es un ser moral; es más que grande; es inmenso. ¿Porqué? Porque es
+audaz.</p>
+
+<p>La audacia es el precio del progreso.</p>
+
+<p>Todas las conquistas sublimes son, en más ó en menos el premio del
+atrevimiento. Para que la revolución sea, no basta que la presienta Montesquieu,
+ni que Diderot la predique, que Beaumarchais la anuncie, que
+Condorcet la calcule, que Arout la prepare, ni que Rousseau la premedite;
+es preciso que Dantón se atreva.</p>
+
+<p>El grito <em>¡Audacia!</em> es un <em>Fiat lux</em>.</p>
+
+<p>Es indispensable para el progreso del género humano, que haya sobre
+las cumbres permanentes altivas lecciones de valor. Las temeridades
+deslumbran la historia, y son, para el hombre, una gran luz. La
+aurora es audaz cuando aparece.</p>
+
+<p>Intentar, desafiar, persistir, perseverar, ser fiel á sí mismo, luchar
+cuerpo á cuerpo con el destino, asombrar á la catástrofe con el poco
+miedo que nos produce, así afrontando á los poderes injustos, como insultando
+á la victoria ebria, tener razón y fuerza: he ahí los ejemplos
+que necesitan los pueblos; he ahí el fuego que les electriza. El mismo
+formidable relámpago enciende la antorcha de Prometeo que el botafuego
+de Cambronne.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XII<br>
+<b>El latente porvenir del pueblo</b></p>
+
+
+<p>En cuanto al pueblo parisién, aun cuando sea un hombre hecho, es
+siempre el pilluelo; pintar el muchacho es pintar la ciudad; por esto hemos
+estudiado el águila en el gorrión libre.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_504">[Pg 504]</span></p>
+
+<p>En los arrabales sobre todo, es donde aparece la raza parisién; allí
+conserva su pureza de sangre; allí está su verdadera fisonomía; allí el
+pueblo trabaja y sufre, y el sufrimiento y el trabajo son las dos faces
+del hombre. Allí existen cantidades inmensas de seres desconocidos, en
+que hormiguean los tipos más extraños, desde el descargador de la Râpée
+hasta el descuartizador de Montfaucon. <em>Fex urbis</em>, exclama Cicerón;
+<em>mob</em>, añade Burke indignado; turba, multitud, populacho. Palabras son
+éstas que se dicen muy pronto. Enhorabuena; pero ¿qué importa? ¿Qué
+tiene que ver que anden con los pies descalzos? ¿Que no sepan leer? Tanto
+peor. ¿Se les abandonará por esto? ¿Se hará de su desgracia una maldición?
+¿Acaso no puede la luz penetrar en esas masas? Volvamos á nuestra
+exclamación: ¡Luz! y obstinémonos en ella; ¡luz, luz! ¿Quién sabe si
+esos seres opacos no se volverán transparentes? Las revoluciones, ¿no
+son por ventura transfiguraciones?</p>
+
+<p>Andad, filósofos, enseñad, ilustrad, iluminad, pensad alto, hablad
+alto, corred alegres hacia el vivo sol, fraternizad en las plazas públicas,
+anunciad la buena nueva, prodigad los alfabetos, proclamad los derechos,
+cantad la marsellesa, sembrad el entusiasmo, arrancad verdes ramas
+de la encina. Haced de la idea un torbellino. Esta multitud puede
+llegar á ser sublime.</p>
+
+<p>Sepamos ser útiles á esa vasta hoguera de principios y virtudes que
+chisporrotea, estalla y se conmueve á ciertas horas. Esos pies descalzos,
+esos brazos desnudos, esos andrajos, esa ignorancia, esa abyección, esas
+tinieblas, pueden emplearse en conquistar lo ideal. Mirad á través del
+pueblo, y descubriréis la verdad.</p>
+
+<p>La vil arena que oprimís con los pies, la echáis en el horno, y se
+funde, y cuece, para trocarse en brillante cristal; y gracias á él, Galileo
+y Newton descubren los astros.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">XIII<br>
+<b>El niño Gavroche</b></p>
+
+
+<p>Ocho ó nueve años próximamente, después de los acontecimientos
+que hemos referido en la segunda parte de esta historia, veíase en el
+boulevard del Temple, y en las regiones del Chateau d'Eau, un chicuelo
+de once á doce años, que habría realizado perfectamente el ideal del pilluelo
+que hemos bosquejado más arriba, si con la sonrisa propia de su
+edad en los labios no hubiera tenido el corazón absolutamente vacío y
+opaco. Este muchacho aparecía como envuelto en un pantalón de hombre,
+que no era de su padre, y en una camisa de mujer, que tampoco
+era de su madre.</p>
+
+<p>Algunas personas caritativas le habían socorrido con harapos, y sin
+embargo, tenía un padre y una madre; pero su madre no pensaba en él,
+ni su madre le amaba. Era una de esas criaturas dignas de lástima entre
+todos los que teniendo padre y madre, resultan huérfanos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_505">[Pg 505]</span></p>
+
+<p>Este muchacho no se encontraba en ninguna parte tan bien como en
+la calle. El empedrado era menos duro que el corazón de su madre.</p>
+
+<p>Sus padres le habían lanzado al mundo de un puntapié.</p>
+
+<p>Había empezado por sí mismo á volar.</p>
+
+<p>Era un chiquillo amigo de bulla, descolorido, listo, despierto, chancero,
+de aire vivo y enfermizo. Iba, venía, cantaba, jugaba al chito, escarbaba
+en los arroyos; robaba un poco, pero como los gatos y los gorriones,
+alegremente; se reía cuando le llamaban galopín, y se incomodaba cuando
+le llamaban granuja. No tenía casa, ni pan, ni hogar, ni cariño, pero
+estaba contento porque era libre.</p>
+
+<p>Cuando estos pobres seres son ya hombres, casi siempre la rueda del
+orden social los encuentra y los pulveriza, pero mientras son muchachos
+se escapan, porque son pequeños. El menor hueco los salva.</p>
+
+<p>Sin embargo, por muy abandonado que estuviese este muchacho,
+alguna que otra vez, cada dos ó tres meses, exclamaba: ¡Calla! ¡Voy á
+ver á mi madre! Entonces dejaba el boulevard, el Circo, la Puerta de San
+Martín; bajaba al muelle, atravesaba los puentes, entraba en el arrabal,
+llegaba á la Salpêtrière, y se paraba ¿dónde? precisamente ante el número
+duplicado 50-52, que el lector conoce ya, en la casa de Gorbeau.</p>
+
+<p>En aquella época, la casa del número 50-52, generalmente desierta, y
+adornada siempre con el letrero: «Cuartos desalquilados», estaba, cosa
+rara, habitada por ciertos individuos, que, como sucede siempre en París,
+no tenían ningún vínculo ni relación entre unos y otros. Todos pertenecían
+á esa clase indigente que principia en el último burgués entrampado,
+prolongándose de miseria en miseria por las últimas capas de la sociedad,
+hasta esos dos seres en que vienen á parar todas las cosas materiales de
+la civilización, á saber, el barrendero, que limpia el fango de la vía pública,
+y el trapero, que recoge los harapos.</p>
+
+<p>La «inquilina principal» del tiempo de Juan Valjean había muerto,
+habiéndola reemplazado otra por el estilo. No sé qué filósofo ha dicho:
+Nunca faltarán mujeres viejas.</p>
+
+<p>Esta nueva vieja se llamaba la señora Burgón, sin tener nada notable
+en su vida, más que una dinastía de tres papagayos que habían reinado
+sucesivamente en su alma.</p>
+
+<p>Los más miserables entre los habitantes de la casucha, eran una familia
+de cuatro personas, padre, madre, y dos hijas, ya bastante crecidas,
+los cuatro se alojaban en un mismo desván, ó sea en una de aquellas
+celdas de que hemos hablado anteriormente.</p>
+
+<p>Aquella familia no ofrecía al pronto nada de particular, más que su
+extremada desnudez; el padre al alquilar el cuarto, dijo llamarse Jondrette.</p>
+
+<p>Algún tiempo después de su instalación, semejante por cierto, según
+una frase memorable de la inquilina principal <em>á la entrada de la nada</em>,
+el Jondrette había dicho á la vieja, la cual, como su antecesora, era portera<span class="pagenum" id="Page_506">[Pg 506]</span>
+al mismo tiempo y barría la escalera: Tía Fulana, si viniese alguien
+por casualidad á preguntar por un polaco, ó por un italiano, ó tal vez
+por un español, ése seré yo.</p>
+
+<p>Esta familia, era la familia del alegre pilluelo. Llegaba allí, encontraba
+los apuros, y lo más triste aún, no veía una sola sonrisa; el frío
+en el hogar, el frío en los corazones. Cuando entraba le preguntaban:</p>
+
+<p>—¿De dónde vienes?—Y respondía:—De la calle.</p>
+
+<p>Cuando se iba le preguntaban:</p>
+
+<p>—¿Adónde vas?—Y respondía:—Á la calle.</p>
+
+<p>Su madre le decía:</p>
+
+<p>—¿Pues qué vienes á hacer aquí?</p>
+
+<p>Aquel muchacho vivía en la más completa carencia de afectos, como
+esas yerbas descoloridas que se crían en las cuevas; pero el ser así no le
+molestaba, ni quería tampoco mal á nadie. No tenía idea cabal de lo
+que debían ser un padre y una madre.</p>
+
+<p>Por lo demás, su madre amaba á sus hermanas.</p>
+
+<p>Nos hemos olvidado de decir que en el boulevard del Temple le llamaban
+á este muchacho el pequeño Gavroche. ¿Por qué le llamaban Gavroche?</p>
+
+<p>Probablemente por lo mismo que á su padre le llamaban Jondrette.</p>
+
+<p>Parece ser instinto de ciertas familias miserables el romper los hilos
+que unen á sus individuos.</p>
+
+<p>El cuarto que los Jondrette ocupaban en la casa del Gorbeau, era el
+último al extremo del corredor.</p>
+
+<p>La celda contigua la ocupaba un joven pobrísimo, que se llamaba
+Mario.</p>
+
+<p>Digamos ahora quién era este Mario.</p>
+
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO SEGUNDO<br>
+EL NOBLE BURGUÉS</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Noventa años y treinta y dos dientes</b></p>
+
+
+<p>En las calles de Boucherat, de Normandía y de Saintonge, existen
+aún algunos vecinos antiguos, que han conservado el recuerdo de un
+buen señor llamado Gillenormand, de quien hablan todavía con placer.
+Este buen señor era viejo cuando ellos eran jóvenes. Su perfil, contemplado
+por los que miran melancólicamente ese vago movimiento de sombras
+que se llama pasado, no ha desaparecido todavía del laberinto de
+calles inmediatas al Temple, á las cuales se dieron en tiempo de Luis XIV,
+los nombres de todas las provincias de Francia, de igual manera que en
+nuestros días se están dando á las calles del nuevo barrio de Tívoli, los<span class="pagenum" id="Page_507">[Pg 507]</span>
+nombres de todas las capitales de Europa; progresión, sea dicho de paso,
+en que se patentiza el progreso.</p>
+
+<p>El señor Gillenormand, quien vivía aún en 1831, era uno de esos
+hombres á quienes es curioso ver únicamente porque han vivido mucho,
+y que son raros, porque fueron antes como todo el mundo, y después no
+se parecen á nadie. Era un viejo particular, y verdaderamente el tipo
+de otra edad, el verdadero y completo burgués, un tanto orgulloso, del
+siglo XVIII, que ostentaba su antigua burguesía con la misma altivez que
+podía ostentar un marqués su marquesado. Había cumplido noventa
+años, y andaba derecho, hablaba alto, veía claro, bebía de lo rancio,
+comía, dormía y roncaba. Conservaba sus treinta y dos dientes. No se
+ponía anteojos más que para leer. Era aficionado á los amoríos; pero
+decía que hacía una docena de años había renunciado decididamente á
+las mujeres. Decía que ya no podía agradar; pero no añadía: Soy muy
+viejo, sino: Soy muy pobre. Diciendo también: ¡Oh, si no estuviera
+arruinado!... ¡Ay! ¡ay! ¡ay! No le quedaba, en efecto, más que una renta
+de unos quince mil francos. Su sueño dorado era heredar una renta
+de cien mil francos para tener queridas. No pertenecía, pues, como se
+ve, á esa variedad enclenque de octogenarios que, como Voltaire, han
+estado moribundos toda su vida; no era una longevidad cascada la suya;
+este gallardo viejo había estado bueno siempre.</p>
+
+<p>Era superficial, de genio vivo é iracundo. Enfadábase por cualquier
+cosa, y frecuentemente contra el buen sentido. Cuando alguien le contradecía
+levantaba el bastón, y pegaba á las gentes como en el gran siglo.
+Tenía una hija de más de cincuenta años, soltera, á la que golpeaba
+á su placer cuando se encolerizaba, y á la que hubiera de buena gana
+dado azotes. La trataba como si tuviera ocho años. Abofeteaba enérgicamente
+á sus criadas, diciéndoles: ¡Ah, perdidas! Uno de sus juramentos
+era: <em>¡Por el pantuflo de la pantuflada!</em> Tenía otras gracias singulares.
+Se hacía afeitar diariamente por un barbero que había estado loco,
+y que le odiaba, celoso del señor Gillenormand por culpa de su mujer,
+linda y coqueta barbera. Gillenormand admiraba su propio discernimiento
+en todo y por todo, teniéndose por muy sagaz; he aquí uno de
+sus dichos: «Tengo en verdad cierta penetración; puedo decir, cuando
+me pica una pulga, de qué mujer viene». Las palabras que más frecuentemente
+pronunciaba, eran: <em>el hombre sensible</em> y <em>la naturaleza</em>.
+Pero no daba á esta última palabra la gran acepción que le ha concedido
+nuestra época; la hacía entrar á su manera en las pequeñas sátiras
+domésticas.</p>
+
+<p>La naturaleza, decía, para que la civilización tenga un poco de todo,
+le da hasta el espécimen de una barbarie entretenida. Europa tiene tipos
+de muestra del Asia y del África, en miniatura. El gato es un tigre de
+salón, el lagarto es un cocodrilo de bolsillo. Las bailarinas de la Ópera
+son salvajes de color de rosa. No se comen, por cierto, á los hombres,<span class="pagenum" id="Page_508">[Pg 508]</span>
+pero los aniquilan; ó bien, con sus artes mágicas, los convierten en ostras
+y se los tragan. Los caribes no dejan más que los huesos; ellas no
+dejan más que la concha. Tales son nuestras costumbres. No devoramos,
+es verdad, pero roemos; no exterminamos tampoco, pero arañamos.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Á tal amo, tal casa</b></p>
+
+
+<p>Vivía en el Marais, calle de las Hijas del Calvario, número 6, en casa
+propia. Esta casa ha sido ya demolida y reedificada después; su número
+habrá cambiado también con la revolución de números que sufren
+las calles de París.</p>
+
+<p>Ocupaba nuestro Gillenormand un antiguo y grande primer piso,
+situado entre la calle y unos jardines, y adornado hasta el techo de tapices
+de los Gobelinos y de Beauvais que representaban asuntos pastoriles;
+los dibujos del techo y de los entrepaños, estaban repetidos en pequeño
+en los sillones. Tenía la cama cerrada por un gran biombo de
+nueve hojas de laca, de Coromandel.</p>
+
+<p>Anchos y holgados cortinajes pendían de las ventanas, formando al
+caer grandes y magníficos pliegues quebrados. El jardín, situado al pie
+de estas ventanas, comunicaba con la que estaba en el ángulo por medio
+de una escalera de doce ó quince peldaños, que subía y bajaba alegremente
+el buen señor. Además de una biblioteca contigua á su cuarto,
+tenía un gabinetito, del que gustaba mucho; retiro galante, tapizado con
+una colgadura color de paja flordelisada y tejida de flores, fabricada en
+las galeras de Luis XIV, por encargo especial del señor de Vivonne hecho
+á los galeotes, con destino á su querida.</p>
+
+<p>Gillenormand la había heredado de una esquiva hermana de su abuelo
+materno, que había muerto centenaria. El señor Gillenormand había
+tenido dos mujeres. Sus modales venían á ser un término medio entre el
+palaciego, que nunca lo había sido, y el hombre de toga, que hubiera
+podido ser. Era alegre y cariñoso cuando quería.</p>
+
+<p>En su juventud había sido de aquellos hombres á quienes engaña
+siempre su mujer, y no engaña nunca la querida, porque son al mismo
+tiempo que los maridos más bruscos, los amantes más finos que existen.
+Era entendido en pintura. Tenía en su habitación un magnífico retrato
+que no sabía de quién era, pintado por Jordaens, hecho á grandes brochazos,
+con multitud de detalles, amontonados y como cogidos al acaso.</p>
+
+<p>Su traje no era el de Luis XV, ni el de Luis XVI: era el traje de los
+<em>increíbles</em> del Directorio. Se había creído joven hasta entonces, y había
+seguido aquellas modas. Su frac era de paño fino con grandes solapas,
+faldón de cola de bacalao, y grandes botones de acero; calzón corto y
+zapatos de hebilla. Llevaba siempre las manos metidas en las faltriqueras,
+diciendo con cierta autoridad: <em>La revolución francesa es una gavilla
+de salteadores</em>.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_509">[Pg 509]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Lucas-Espíritu</b></p>
+
+
+<p>Á la edad de diez y seis años, una noche, en la Ópera, había tenido
+el honor de que le dirigiesen sus anteojos á un tiempo, dos bellezas, entonces
+ya maduras, y célebres, cantadas por Voltaire, la Camargo y la
+Sallé.</p>
+
+<p>Cogido entre dos fuegos, había hecho una retirada heroica hacia una
+bailarina de última fila, llamada Nahenry, joven de diez y seis años
+como él, arisca como un gato, y de la cual estaba enamorado. Conservaba
+grandes recuerdos, y se admiraba diciendo:</p>
+
+<p>—¡Qué linda estaba la Guimard Guimardin Guimardinette la última
+vez que la vi en Longchamps, rizada á lo <em>sentimental</em>, con <em>ven á verme</em>
+de turquesas, vestido de color de <em>recién llegado</em>, y con su manguito de
+<em>agitación</em>!</p>
+
+<p>Había llevado durante su adolescencia una chupa de Nain Loudrin,
+de la cual hablaba con entusiasmo y efusión. Estaba yo vestido como
+un turco de Levante levantino, decía él: La Señora de Boufflers le vió
+por casualidad cuando tenía veinte años, y le calificó de «loco encantador».
+Se escandalizaba de todos los nombres que oía sonar en la política
+y en el poder, hallándoles bajos y vulgares. Leía los periódicos, <em>los
+papeles de noticias, las gacetas</em>, como los llamaba él, reventando
+de risa.</p>
+
+<p>—¡Oh!—exclamaba.—¡Qué gentes son éstas! ¡Corbière! ¡Humann!
+¡Casimiro Perier! ¿Y esto son ministros? Figúrome leer en un periódico:
+¡Gillenormand, ministro! Esto sí que sería comedia. ¡Y vaya! Serían
+tan tontos que pasaría.—Llamaba alegremente todas las cosas por su verdadero
+nombre, decente ó indecente, y no se recataba delante de las señoras.
+Decía groserías, obscenidades y porquerías con cierta tranquilidad
+é indiferencia, que venían á ser su elegancia. Tal era la sin aprensión
+de su siglo. Hagamos notar aquí que el tiempo de las perífrasis en
+verso, ha sido el tiempo del lenguaje crudo en prosa.</p>
+
+<p>Su padrino de bautismo había predicho que sería un hombre de genio,
+y le había puesto estos dos nombres significativos: Lucas Espíritu.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Aspirante á Centenario</b></p>
+
+
+<p>Había ganado premios durante su niñez en el colegio de Moulins, que
+era su patria, y sido coronado por mano del duque de Nivernais, á quien
+llamaba el duque de Nevers. Ni la Convención, ni la muerte de Luis XVI
+ni Napoleón, ni la vuelta de los Borbones, nada había podido desvanecer
+el recuerdo de su coronación. <em>El duque de Nevers</em> era para él la
+gran figura del siglo. ¡Qué gran señor más amable!—decía—¡Qué bien le
+sentaba el cordón azul! Á los ojos de Gillenormand, Catalina II había<span class="pagenum" id="Page_510">[Pg 510]</span>
+reparado el crimen de la repartición de Polonia, comprando en tres mil
+rublos, el secreto del elixir de oro á Bestuchef.</p>
+
+<p>Esto, sobre todo, le entusiasmaba. El elixir de oro, exclamaba, la
+tintura amarilla de Bestuchef, las gotas del general Lamotte, valían en
+el siglo <span class="allsmcap">XVIII</span> un luis el frasco de una media onza, el gran remedio para
+las catástrofes del amor, la panacea contra Venus. Luis XV mandó doscientos
+frascos al papa. Se le habría exasperado y sacado de quicio, diciéndole
+que el elixir de oro no es otra cosa que el percloruro de hierro.
+Gillenormand adoraba á los Borbones, y tenía horror á 1789; repetía
+sin cesar de qué manera se había salvado durante el Terror, y cómo
+había necesitado mucha serenidad y mucho ingenio para que no le cortasen
+la cabeza. Si á cualquier joven se le ocurría delante de él elogiar
+á la República, se ponía azul, irritándose hasta desmayarse. Algunas
+veces, aludiendo á sus noventa años de edad, decía: <em>estoy seguro de
+que no veré dos veces el noventa y tres</em>.</p>
+
+<p>Otras veces indicaba que creía vivir hasta cien años.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Vasco y Nicolasita</b></p>
+
+
+<p>Tenía sus teorías particulares. He aquí una de ellas:</p>
+
+<p>«Cuando un hombre ama apasionadamente á las mujeres, y tiene
+mujer propia, de quien cuida poco, fea, adusta, legítima, llena de derechos,
+que cita á cada paso el código, y celosa por añadidura, no hay
+más que un medio para librarse de ella y vivir en paz: poner en sus
+manos los cordones de la bolsa. Esta abdicación le hace libre.</p>
+
+<p>«La mujer se halla entonces ocupada, lleva hasta la pasión el manejo
+de todo; se mancha los dedos de cardenillo; toma, á su cargo la educación
+de los mozos de labranza y la enseñanza de los colonos; convoca á
+los procuradores, preside á los notarios, arenga á los curiales, visita á
+los magistrados, sigue los pleitos, repasa las escrituras, dicta los contratos;
+se cree soberana: vende, compra, arregla, manda, promete y compromete,
+ata y desata, cede, concede y retrocede, arregla y desarregla,
+atesora y prodiga, hace disparates; gracia magistral y particular: esto
+la consuela. Mientras el marido la desdeña, tiene ella la satisfacción de
+arruinarle».</p>
+
+<p>Esta teoría, Gillenormand se la había aplicado á sí mismo, acabando
+por su propia historia. Su segunda mujer había administrado sus bienes
+de tal modo que, el día feliz en que se quedó viudo, sólo tenía lo estrictamente
+necesario para vivir: colocándolo todo á renta vitalicia,
+unos quince mil francos anuales, cuyas tres cuartas partes debían extinguirse
+con él.</p>
+
+<p>No dudó en hacerlo, preocupándose muy poco de dejar herencia alguna.
+Además, había visto que los patrimonios corrían sus peligros,
+como por ejemplo, el de trocarse <em>en bienes nacionales</em>; había asistido á<span class="pagenum" id="Page_511">[Pg 511]</span>
+las conversiones del tercio consolidado, y creía poco en el gran libro,
+por lo que decía: <em>todo eso irá á parar á la calle Quincampoix</em> (esto es,
+al trapero).</p>
+
+<p>La casa de la calle de las Hijas del Calvario en que vivía era suya,
+como ya hemos dicho. Tenía dos criados, «un macho y una hembra».
+Cuando entraba en su casa un criado, Gillenormand le rebautizaba.
+Daba á los hombres el nombre de su provincia: Nimes, Comtaense, Poitevinés,
+Picardo. Su último lacayo era un hombre gordo, pesado y asmático,
+de cincuenta y cinco años, incapaz de correr veinte pasos; pero
+como era natural de Bayona, el señor Gillenormand le llamaba Vasco.
+En cuanto á las criadas, todas se llamaban Nicolasitas (hasta la Magnón,
+de que hablaremos más adelante). Un día se presentó á pretender,
+una arrogante cocinera, de cordón azul, perteneciente á la encopetada
+raza de los conserjes. ¿Cuánto queréis ganar de salario mensual?—le preguntó
+el señor Gillenormand.</p>
+
+<p>—Treinta francos.</p>
+
+<p>—¿Cómo os llamáis?</p>
+
+<p>—Olimpia.</p>
+
+<p>—Pues ganareis cincuenta y os llamareis Nicolasita.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Donde se entrevé á la Magnón y sus dos hijos</b></p>
+
+
+<p>En casa de Gillenormand el dolor se traducía en cólera; estaba furioso
+de estar desesperado. Tomaba todas las preocupaciones, y se permitía
+todas las licencias. Uno de los puntos salientes de su exterior y
+origen de su satisfacción íntima era, según acabamos de indicar, el de
+aparecer verde galanteador y que se le tuviera realmente por tal; á lo
+que él llamaba «tener regia fama». Pero la fama regia le hacía alguna
+vez objeto de raras aventuras. Un día llevaron á su casa en una cestilla,
+lo mismo que las banastas de ostras, un robusto infante recién nacido,
+chillando como un diablo y muy envuelto en mantillas, que una criada,
+echada de su casa hacía seis meses, le atribuía.</p>
+
+<p>El señor Gillenormand tenía entonces sus ochenta años cumplidos.
+Levantóse en torno suyo un clamor general de indignación. ¿Á quién
+quería hacer creer aquello la pícara criada? ¡Qué atrevimiento! ¡Qué
+abominable calumnia! Pero el señor Gillenormand no aparentó la menor
+cólera. Miró al chiquillo con la amable sonrisa de un hombre adulado
+por la calumnia, y dijo que pudiese oirle todo el mundo:—Bien, ¿y
+qué? ¿Qué es ello? ¿Qué hay? ¿Qué tiene ello de particular? Vaya una
+admiración de gentes ignorantes. El señor duque de Anguleme, bastardo
+de su majestad Carlos IX, se casó á los ochenta y cinco años con una
+de quince; el señor Virginal, marqués de Alluye, hermano del cardenal
+de Sourdis, arzobispo de Burdeos, tuvo á los ochenta y tres años de una
+camarista de la presidenta Jacquin, un hijo, un verdadero hijo del amor,<span class="pagenum" id="Page_512">[Pg 512]</span>
+que fué caballero de Malta y consejero de Estado de espada; uno de los
+grandes hombres de este siglo, el presbítero Tabaraud, es hijo de un
+hombre de ochenta y siete años. Ya veis como no tiene esto nada de extraordinario.
+¿Y la Biblia entonces?</p>
+
+<p>«Con todo, declaro que este señorito no es mío. Pero que se le cuide,
+puesto que él no tiene la culpa».</p>
+
+<p>Este proceder era muy humanitario, y la muchacha, que se llamaba
+Magnón, le hizo un segundo envío al año siguiente. También era un
+niño. Ante este golpe, Gillenormand capituló. Devolvió á la madre los
+dos chiquillos, comprometiéndose á pagar para su educación ochenta
+francos al mes, bajo la expresa condición de que la madre no volviera á
+las andadas, y añadiendo: quiero que su madre los trate bien, y yo iré
+á verlos de cuando en cuando.</p>
+
+<p>Y así lo hizo.</p>
+
+<p>Tuvo un hermano clérigo que fué rector de la Academia de Poitiers
+treinta y tres años, y había muerto á los setenta y nueve. <em>Le he perdido
+joven</em>, decía.</p>
+
+<p>Este hermano, de quien apenas queda memoria, era un avaro pacífico,
+que por ser clérigo se creía obligado á dar limosna á cuantos pobres
+se encontraba; pero nunca les daba más que monedas falsas ó de
+circulación prohibida, encontrando así el medio de ir al infierno por el
+camino del cielo.</p>
+
+<p>En cuanto al señor Gillenormand mayor, no comerciaba con la limosna,
+la daba con gusto y noblemente. Era benévolo, brusco, caritativo;
+y si hubiera sido rico, su inclinación hubiera sido la esplendidez.
+Quería que todo á su alrededor se hiciera en grande, hasta las picardías.
+Un día fué robado en una testamentaría por un agente de negocios de
+una manera grosera y visible, y lanzó esta solemne exclamación:</p>
+
+<p>—¡Oh! ¡Qué torpemente hecho! ¡Me avergüenzan en verdad esas porquerías!
+Todo ha degenerado en este siglo, hasta los pícaros. ¡Caracoles!
+No es éste el modo de robar á un hombre como yo. He sido robado como
+en un bosque, pero de mala manera. <em>¡Silvæ sint consule dignæ!</em></p>
+
+<p>Ya hemos dicho que había tenido dos mujeres: la primera le dió una
+hija, que permaneció soltera, y la segunda otra que murió á los treinta
+años, y había casado por amor, por azar ó por otra causa, con un soldado
+de fortuna, que había servido en los ejércitos de la República y del
+Imperio, que había ganado la cruz en Austerlitz, y recibido el grado de
+coronel en Waterloo. Es <em>la deshonra de mi familia</em>, decía el viejo burgués.</p>
+
+<p>Tomaba mucho tabaco y tenía una gracia especial en sacudirse la
+chorrera de encaje con el revés de la mano. Creía poco en Dios.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_513">[Pg 513]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Regla: no recibir á nadie más que de noche</b></p>
+
+
+<p>Tal era el señor Lucas Espíritu Gillenormand, quien no había aún
+perdido sus cabellos, más grises que blancos, é iba peinado siempre en
+forma de orejas de perro. Sin embargo y á pesar de lo cual, era venerable.</p>
+
+<p>Tenía algo del siglo <span class="allsmcap">XVIII</span>: frívolo y grande.</p>
+
+<p>En 1814, y durante los primeros años de la Restauración, Gillenormand,
+que era joven aún, no tenía más que setenta y cuatro años; había
+vivido en el barrio de San Germán, calle Servandoni, junto á San Sulpicio.
+No se había retirado al Marais sino al salir del mundo, después de
+haber ya cumplido los ochenta años.</p>
+
+<p>Al salir del mundo se había encerrado en sus antiguas costumbres.
+La principal y más invariable era la de tener la puerta absolutamente
+cerrada durante el día, y no recibir á nadie fuése por lo que fuere, sino
+de noche. Comía á las cinco, después de lo cual abría su puerta. Era la
+moda de su siglo, y no quería faltar á ella. El día es canalla, decía, y
+no merece sino los postigos cerrados. Las personas de arraigo encienden
+su espíritu cuando el cénit enciende sus estrellas. Y se cerraba para todo
+el mundo, aunque fuése por el mismo rey.</p>
+
+<p>Antigua elegancia de su tiempo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Las dos no hacen pareja</b></p>
+
+
+<p>Las dos hijas del señor Gillenormand de que acabamos de hablar,
+habían nacido con diez años de intervalo. Durante su juventud se habían
+parecido muy poco, y tanto por carácter como por fisonomía,
+habían sido lo menos hermanas que podían ser. La menor era un alma
+encantadora, amando siempre todo lo que era luz, ocupada siempre en
+flores, versos y música, remontándose por los espacios de la gloria, entusiasta,
+etérea, unida desde la infancia en el ideal á una vaga figura
+heroica. La mayor tenía también su quimera; veía allá en lo azul, un
+asentista, cualquier acaudalado proveedor, un marido espléndidamente
+tonto, un millón hecho hombre, ó algún gobernador; las recepciones del
+gobierno, los ujieres de antecámara con la cadena al cuello, los bailes
+oficiales, las arengas de los alcaldes; ser la señora gobernadora: esto
+agitaba de continuo su imaginación. Las dos hermanas se alucinaban,
+pues, cada una en su sueño respectivo, cuando eran jóvenes. Ambas tenían
+alas; la una como un ángel, como un ganso la otra.</p>
+
+<p>Pero ninguna ambición se realiza plenamente en este bajo mundo; en
+nuestra época no se hace terrenal ningún paraíso. La menor casó con el
+hombre que había soñado, pero murió la pobre.</p>
+
+<p>La mayor no pudo llegar al matrimonio.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_514">[Pg 514]</span></p>
+
+<p>En el momento en que hace ésta su entrada en la historia que venimos
+narrando, era una virtud vieja, una mojigata incombustible, una
+de las narices más puntiagudas y uno de los talentos más obtusos que
+pueden verse. Detalle característico: fuera del reducido círculo de su familia,
+nadie había sabido nunca su nombre de pila. Llamábanla la <em>Señorita
+Gillenormand mayor</em>.</p>
+
+<p>En materia de recato, la señorita Gillenormand mayor hubiera dado
+puntos á una <em>miss</em>. Era el pudor pasando de castaño obscuro. Tenía
+un recuerdo horrible en su vida; un día le había visto un hombre la liga.</p>
+
+<p>La edad no había hecho más que aumentar este pudor intransigente.
+Su pechera no era jamás demasiado opaca, ni subía demasiado; multiplicaba
+los corchetes y los alfileres allí donde á nadie podía ocurrírsele
+el mirar. Es propio de la mojigatería poner tantos más centinelas cuanto
+menos amenazada está la fortaleza.</p>
+
+<p>Sin embargo, explique quien pueda estos antiguos misterios de la
+inocencia: se dejaba abrazar sin repugnancia por un oficial de lanceros,
+sobrino segundo suyo, que se llamaba Teódulo.</p>
+
+<p>Prescindiendo de este favorecido lancero, la etiqueta de <em>Mojigata</em>
+con que la hemos clasificado, le sentaba perfectamente. La señorita Gillenormand
+era una especie de alma crepuscular. La mojigatería es una
+medio virtud y medio vicio.</p>
+
+<p>Añadía á la mojigatería la gazmoñería, que es su forro adecuado.
+Era de la cofradía de la Virgen, y llevaba en ciertas fiestas un velo blanco,
+murmuraba oraciones especiales, adoraba «la sangre santa», veneraba
+el «sagrado corazón», se pasaba las horas en contemplación ante un
+altar churrigueresco-jesuítico, en una capilla cerrada al común de los
+fieles, y allí dejaba elevarse al alma entre pequeñas nubes de mármol y
+al través de grandes rayos de madera dorada.</p>
+
+<p>Tenía una compañera de oración, virgen vieja como ella, llamada
+señora Vaubois, enteramente boba, á cuyo lado la señora Gillenormand
+tenía el gusto de ser un águila.</p>
+
+<p>Después del <em>Agnus Dei</em> y del <em>Ave María</em>, la señora Vaubois, perfecta
+en su género, era el armiño de la estupidez, sin una sola mancha de
+inteligencia.</p>
+
+<p>Digámoslo también: la Gillenormand había ganado más bien que
+perdido al envejecer, como sucede siempre con las naturalezas pasivas.
+No había sido mala nunca, lo que es una bondad relativa; además los
+años desgastan los ángulos, y había ya adquirido la suavidad de la duración.
+Estaba siempre triste; su tristeza era obscura, hasta el punto que
+ni ella misma poseía el secreto. En toda su persona se descubría el estupor
+de una vida que terminaba sin haber empezado.</p>
+
+<p>Dirigía la casa de su padre. El señor Gillenormand la tenía á su
+lado del mismo modo que hemos visto que tenía monseñor Bienvenido á
+su hermana. Estas asociaciones domésticas de un viejo y una solterona<span class="pagenum" id="Page_515">[Pg 515]</span>
+no son raras, y presentan el espectáculo, siempre tierno, de dos debilidades
+que se apoyan mutuamente.</p>
+
+<p>Había además en la casa, entre aquella solterona y aquel viejo, un
+niño, un muchacho siempre temeroso y mudo, delante del señor Gillenormand,
+que no hablaba nunca á este niño sino con voz severa, y á
+veces con el bastón levantado:</p>
+
+<p>—<em>¡Aquí, caballerito!... Perdido, truhán, acercaos... Responded tunante...
+¡Que os vea yo la cara, holgazán!</em>... etc., etc. Le idolatraba.
+Era su nieto.</p>
+
+<p>Ya veremos nuevamente á este joven.</p>
+
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak">LIBRO TERCERO<br>
+EL ABUELO Y EL NIETO</h2>
+</div>
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Una tertulia antigua</b></p>
+
+
+<p>Cuando el señor Gillenormand vivía en la calle Servandoni frecuentaba
+distintas reuniones muy encopetadas y muy nobles, en las cuales
+se le admitía, aunque no pasaba de burgués. Como tenía dos clases de
+talento, primero el que en realidad poseía, y luego el que le prestaban,
+era hasta solicitado y agasajado. No iba á ninguna parte sino con la
+condición de dominar. Hay personas que quieren á toda costa tener influencia
+y que se ocupen de ellos; donde no pueden ser oráculos, son bufones.
+Gillenormand no era de esta naturaleza; el dominio que ejercía
+en los salones realistas que frecuentaba, no le costaba nada en propio
+respeto.</p>
+
+<p>En todas partes era oráculo. Había llegado á tenérselas tiesas con
+Bonald, y con el mismo Bengy Puy Vallee.</p>
+
+<p>Hacia 1817 pasaba invariablemente dos tardes por semana en una
+casa de su vecindad, calle de Fárou, en la de la baronesa de T., digna
+y respetable señora, cuyo marido había sido, en tiempos de Luis XVI,
+embajador de Francia en Berlín. El barón de T., quien durante su vida
+fué muy aficionado á los éxtasis y á las visiones magnéticas, había
+muerto arruinado en la emigración, dejando por toda herencia diez volúmenes
+manuscritos, encuadernados en tafilete encarnado y con cantos
+dorados, de memorias muy curiosas sobre Mesmer y su cubeta. La señora
+de T. no había publicado las memorias por dignidad, y vivía de una
+corta renta que se había salvado sin saber cómo. Vivía retirada de la
+corte, <em>sociedad muy mezclada</em>, decía ella, en un aislamiento noble, altivo
+y pobre. Algunos amigos se reunían dos veces por semana junto á
+su hogar de viuda, formando una tertulia puramente realista. Tomaban<span class="pagenum" id="Page_516">[Pg 516]</span>
+su té, y según les impulsaba el viento á la elegía ó al ditirambo, daban
+gemidos ó gritos de horror sobre el siglo, sobre la Carta, sobre los bonapartistas,
+sobre la prostitución del cordón azul en los burgueses, sobre
+el jacobinismo de Luis XVIII; y se hablaba muy por lo bajo de las esperanzas
+que dejaba concebir el <em>señor</em>, hermano del rey, más tarde Carlos X.</p>
+
+<p>Acogíanse con transportes de alegría las canciones populacheras, en
+que á Napoleón se le llamaba <em>Nicolás</em>. Las duquesas más delicadas y las
+mujeres más encantadoras del mundo, se extasiaban oyendo coplas como
+ésta, dirigida á los «federados»:</p>
+
+<div class="poetry">
+<div class="poetry">
+<p><span style="margin-left: 1em;">Recoged en los calzones</span><br>
+la camisa que se sale,<br>
+no digan que los patriotas<br>
+levantan bandera blanca.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Entreteníanse en juegos de palabras, que creían terribles, equívocos
+inocentes, que suponían venenosos, en cuartetas y aún dísticos, como
+éste contra el gabinete moderado Desolles, Desuelos, de que formaban
+parte los ministros <em>Decazes</em>, Decasa, y <em>Deserre</em>, Destufa:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p><span style="margin-left: 1em;">Para afirmar el trono removido en su planta</span><br>
+hay que cambiar de suelos, de estufas y de casa.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Arreglaban también la lista de la cámara de los Pares, «cámara abominablemente
+jacobina», combinando sus nombres de manera que resultaban
+frases como ésta: <em>Damas Sabran, Gouvion-Saint Cyr</em>. Todo alegremente.</p>
+
+<p>En aquella tertulia parodiábase la revolución. Reinaba cierta manía,
+para aguzar la misma cólera en sentido inverso. Así que también cantaban
+su <em>Ça ira</em>:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p><span style="margin-left: 1em;">¡Ya irán, ya irán, ya irán</span><br>
+los bonapartistas del farol á colgar!</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>Las canciones son como la guillotina, cortan indistintamente, hoy
+esta cabeza, mañana aquélla. Es una de sus variedades.</p>
+
+<p>En el proceso Fualdés, que ocurrió en aquella época, 1816, se tomaba
+partido por Bastide y Jausion, porque Fualdés era «bonapartista». Calificaban
+á los liberales de <em>hermanos y amigos</em>, lo cual se tenía por el último
+extremo de la injuria.</p>
+
+<p>Como ciertos campanarios, la tertulia de la baronesa de T. tenía dos
+gallos.</p>
+
+<p>El uno era el señor Gillenormand, y el otro el conde de Lamothe
+Valois, del cual se decía por lo bajo con cierto respeto <em>¿No lo sabéis?
+Es el Lamothe del asunto del collar.</em> Los partidos tienen estas amnistías
+singulares.</p>
+
+<p>Añadamos aquí que en la clase media, ciertas posiciones honrosas
+pierden importancia manteniendo relaciones demasiado fáciles; es preciso
+tener cuidado con quien se trata, porque así como hay pérdida de<span class="pagenum" id="Page_517">[Pg 517]</span>
+calórico en la proximidad de un cuerpo frío, así también se pierde consideración
+con el trato de las gentes menospreciadas. La parte encopetada
+de la sociedad antigua prescindía de esa ley, como de todas las demás.
+Marigny, hermano de la Pompadour, entraba libremente en casa
+del príncipe de Soubise. ¿Á pesar de lo que era? No, sino precisamente
+por lo que era. Du Barry, padrino de la Vaubernier, era muy
+bien recibido en casa del señor mariscal de Richelieu. Semejante sociedad
+es el Olimpo. Mercurio y el príncipe de Guémenee están como en
+su casa. Se admite á los ladrones con tal que sean dioses.</p>
+
+<p>El conde Lamothe, que en 1815 era un viejo de setenta y cinco años,
+no tenía de notable más que su aspecto reservado y sentencioso, su rostro
+anguloso y frío, sus maneras perfectamente distinguidas, su traje
+abotonado hasta la corbata, y sus largas piernas, siempre cruzadas y
+metidas en un ancho pantalón sin gracia alguna, de color de barro de
+Sienne cocido. Su cara era del mismo color del pantalón.</p>
+
+<p>Este señor de Lomothe «era muy considerado» en aquella tertulia á
+causa de su «celebridad» y, cosa extraña por cierto, á causa también
+de su nombre de Valois.</p>
+
+<p>En cuanto al señor Gillenormand, la consideración de que disfrutaba
+era absolutamente de buen género. Tenía autoridad.</p>
+
+<p>Á pesar de su ligereza, y sin que se perjudicare en lo más mínimo su
+jovialidad, tenía un modo de ser imponente, digno, noble y modestamente
+altivo, que venía aumentando su respetable edad. No se cuenta
+impunemente un siglo. Los años acaban por rodear la cabeza de una venerable
+aureola.</p>
+
+<p>Tenía además esos dichos que son el reflejo de la escuela rancia. Así
+es que cuando el rey de Prusia, después de haber restaurado á Luis XVIII,
+fué á visitarle bajo el nombre de conde de Ruppin, y fué recibido por el
+descendiente de Luis XIV casi como marqués de Brandeburgo y con la
+impertinencia más delicada; Gillenormand lo aprobó. <em>Todos los reyes
+que no son el rey de Francia</em>, dijo él, <em>no pasan de reyes de provincia</em>.
+Un día oyó esta pregunta y esta respuesta. ¿Á qué ha sido condenado el
+redactor del <em>Correo Francés</em>? Á ser suspendido. El <em>sus</em> está de más,<a id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>
+observó Gillenormand. Dichos de este género fundan una situación.</p>
+
+<p>En un <em>Te Deum</em>, aniversario de la vuelta de los Borbones, vió pasar
+al príncipe de Talleyrand, y dijo:</p>
+
+<p>—<em>He ahí á su Excelencia el Mal.</em></p>
+
+<p>Digamos también, que no siempre esos dichos estaban al alcance de
+todos, y que muchas veces era tan aguda la malicia ó tan fina la intención,
+que sólo los muy inteligentes la percibían; pero bastaba que uno
+de estos hábiles aplaudiera, para que los demás reconociesen la superioridad
+del viejo hidalgo.</p>
+
+<p>Gillenormand iba generalmente acompañado de su hija, aquella
+<span class="pagenum" id="Page_518">[Pg 518]</span><em>prolongada</em> señorita que á la sazón pasaba de los cuarenta años y representaba
+cincuenta, y de un hermoso niño de siete años, blanco, sonrosado,
+fresco, de alegres é inocentes ojos, el cual no entraba jamás en
+la sala sin oir murmurar á su alrededor estas exclamaciones: ¡Qué guapo
+es! ¡Qué lástima! ¡Pobre niño! Este niño era el mismo de quien hemos
+hablado hace poco. Se le llamaba «pobre niño», porque su padre era
+«un bandido del Loira».</p>
+
+<p>Este bandido del Loira era el yerno del señor Gillenormand, de
+quien hemos ya hecho mención y á quien calificaba de «deshonra de la
+familia».</p>
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Uno de los espectros rojos de aquel tiempo</b></p>
+
+
+<p>Todo el que pasara en aquella época por la pequeña aldea de Vernón,
+y se parase un momento en aquel hermoso puente monumental,
+que será sustituido probablemente antes de poco por algún feo puente de
+alambre, habría podido observar, dirigiendo su vista desde lo alto del
+parapeto, á un hombre de unos cincuenta años, con gorra de badana,
+vistiendo pantalón y chaquetón de grosero paño gris, en el cual llevaba
+cosida una cosa amarilla, que en su tiempo había sido una cinta roja,
+calzando zuecos, tostado por el sol, la cara casi negra y el pelo casi
+blanco, con una gran cicatriz que se corría desde la frente á la mejilla,
+encorvado, doblado, envejecido antes de tiempo, paseando casi diariamente
+con una azadilla y una podadera en la mano, por uno de aquellos
+espacios encerrados entre tapias inmediato al puente, que se extienden
+como una cadena de terrados costeando la orilla izquierda del Sena; lindos
+cercados llenos de flores, de los que podría decirse si fueran mucho
+mayores: son jardines; y si fueran algo más pequeños: son ramilletes.
+Todos aquellos cercados terminan por un lado en el río, y por el otro
+en una casa. El hombre del chaquetón y los zuecos vivía en 1817 en el
+más pequeño de dichos cercados, y en la más humilde de aquellas casas.
+Vivía solo y solitario, silenciosa y pobremente, con una criada que no
+era ni joven ni vieja, ni bonita ni fea, ni señora ni lugareña.</p>
+
+<p>El cuadrado de tierra que él llamaba su jardín, era famoso en el pueblo
+por la belleza de las flores que cultivaba; pues las flores eran toda su
+ocupación.</p>
+
+<p>Á fuerza de trabajo, perseverancia, de cuidado y de cubos de agua,
+había conseguido crear, después del creador, é inventado ciertas dalias
+y ciertos tulipanes que parecían haber sido olvidados por la naturaleza.
+Era ingenioso, y se había anticipado á Soulange Bodin en la formación
+de pequeños terraplenes de brezo para cultivar los arbustos raros y preciosos
+de América y de China. En verano, apenas despuntaba el día, ya
+estaba en su jardín, cavando, cortando, escardando, regando, andando
+por medio de sus flores con cierto aspecto de bondad, de tristeza y dulzura;<span class="pagenum" id="Page_519">[Pg 519]</span>
+muchas veces pensativo é inmóvil pasaba horas enteras escuchando
+el canto de un pájaro en un árbol, ó el chillar de algún niño en alguna
+casa, ó bien con los ojos fijos sobre la punta de una hojita de yerba,
+en alguna gota de rocío convertida por los rayos del sol en brillante
+carbunclo. Comía frugalmente, y bebía más leche que vino. Un muchacho
+le hacía ceder, y le regañaba su criada. Era tímido hasta parecer
+arisco; salía muy poco, y no veía á nadie más que á los pobres que llamaban
+á su ventana, y al cura párroco, el Señor Mabeuf, un buen anciano.</p>
+
+<p>Sin embargo, si algún convecino ó forastero llamaba á su puerta deseoso
+de ver sus tulipanes y sus rosas, abríala inmediatamente sonriendo.
+Éste era el bandido del Loire.</p>
+
+<p>El que hubiera leído por aquel tiempo las memorias militares, las
+biografías, el <em>Monitor</em> y los boletines del gran ejército, hubiera podido
+notar el nombre, repetido frecuentemente, de Jorge Pontmercy. Muy
+joven aún el Jorge Pontmercy, fué soldado en el regimiento de Saintonge.
+Cuando estalló la revolución, el regimiento de Saintonge fué agregado
+al ejército del Rin, pues los antiguos regimientos de la monarquía
+conservaron sus nombres de provincia, aún después de la caída del trono,
+y no fueron reformados hasta 1794. Pontmercy peleó en Spira, en
+Worms, en Neustadt, en Turkeim, en Alzey, en Maguncia, siendo uno de
+los doscientos que formaban la retaguardia de Houchard. Fué también
+otro de aquellos doce que pelearon contra el ejército del príncipe de
+Hesse, detrás del antiguo baluarte de Andernach, y no se replegó sobre
+el grueso del ejército, sino cuando el cañón enemigo abrió la brecha
+desde el cordón del parapeto hasta la misma escarpa. Estuvo con Kleber
+en Marchiennes, y en la acción de Monte Palissel, donde sacó el brazo
+roto de un balazo.</p>
+
+<p>Después pasó á la frontera de Italia, siendo uno de los treinta granaderos
+que defendieron el desfiladero de Tende con Joubert. Joubert fué
+nombrado entonces ayudante general, y Pontmercy subteniente. Pontmercy
+estuvo al lado de Berthier, en medio de la metralla, en aquella
+jornada de Lodi que hizo decir á Bonaparte: <em>Berthier ha sido artillero,
+soldado de á caballo y granadero</em>. En Novi vió caer á su antiguo general
+Joubert, en el momento en que, levantado el sable, gritaba: ¡Adelante!
+Habiéndose embarcado con su compañía para asuntos del servicio en
+un barquichuelo que iba de Génova á no se qué puerto de la costa, cayó
+en una emboscada de siete ú ocho velas inglesas. El capitán del barco
+quería arrojar los cañones al mar, ocultar los soldados en el entrepuente,
+y escurrirse en la sombra como un buque mercante; pero Pontmercy
+hizo brillar los colores nacionales en la driza del mástil del pabellón, y
+atravesó orgulloso bajo los cañones de las fragatas británicas.</p>
+
+<p>Veinte leguas más adelante, creciendo siempre su audacia, atacó y
+apresó con su barquichuelo un gran transporte inglés, que llevaba tropas<span class="pagenum" id="Page_520">[Pg 520]</span>
+á Sicilia, tan cargado de hombres y caballos, que iba atestado hasta los
+topes. En 1805 formó parte de la división Malher, que se apoderó de
+Gunzburgo contra el archiduque Fernando. En Weltingen recibió en sus
+brazos, en medio de una lluvia de balas, al coronel Maupetit, herido
+mortalmente al frente del 9.º de dragones, distinguiéndose en Austerlitz
+en aquella admirable marcha escalonada, verificada bajo el fuego del enemigo.
+Cuando la caballería de la guardia imperial rusa destruyó un batallón
+del cuarto regimiento de línea, Pontmercy fué de los que se vengaron,
+arrollando á aquella tropa. El emperador le concedió la cruz.
+Pontmercy vió sucesivamente caer prisioneros á Wurmser en Mantua, á
+Melas en Alejandría, y á Mack en Ulm. Formó parte del octavo cuerpo
+del gran ejército mandado por Mortier, y que conquistó Hamburgo.
+Después pasó al regimiento 55 de línea, que llevaba antiguamente el
+nombre de Flandes. En Eylau estuvo en el cementerio donde el heroico
+capitán Luis Hugo, tío del autor de este libro, sostuvo solo con su compañía,
+compuesta de ochenta y tres hombres, durante dos horas, todo el
+empuje del ejército enemigo. Pontmercy fué uno de los tres que salieron
+vivos de aquel cementerio. Estuvo también en Friedland; luego en Moscú,
+después en la Berésina, y en Lutzen, Bautzen, Dresde, Wachau,
+Leipzick y en los desfiladeros de Gelenhausen; después en Montmirail,
+Chateau Tierry, Craon, en las orillas del Marne, en las riberas del Aisne
+y en la terrible posición de Laón. En Arnay le Duc, siendo capitán, acuchilló
+á diez cosacos, y salvó, no á su general, sino á su cabo. Fué también
+acuchillado él en este encuentro, y hubo que extraerle veintisiete
+esquirlas del brazo izquierdo. Ocho días antes de la capitulación de París,
+acababa de permutar con un compañero, y de entrar en la caballería,
+pues tenía lo que en el antiguo régimen se llamaba «doble mano»,
+es decir, igual aptitud para manejar como soldado el sable ó el fusil, y
+como oficial un escuadrón ó un batallón. De esta aptitud, perfeccionada
+por la educación militar, han nacido ciertos cuerpos especiales, como
+por ejemplo, los dragones, que son á un mismo tiempo jinetes é infantes.
+Acompañó á Napoleón á la isla de Elba. En Waterloo era jefe de un
+escuadrón de coraceros de la brigada Dubois. Él fué quien cogió la bandera
+del batallón de Luxemburgo, y fué á ponerla á los pies del emperador.
+Estaba cubierto de sangre, pues había recibido, al apoderarse de
+la bandera, un sablazo que le cruzó la frente. El emperador, satisfecho,
+le dijo:</p>
+
+<p>«—Eres coronel, barón y oficial de la Legión de honor».</p>
+
+<p>Pontmercy respondió:</p>
+
+<p>—Señor, os lo agradezco por vida mía.</p>
+
+<p>Una hora después caía en el barranco de Ohain. ¿Y quién era este
+Jorge Pontmercy? Era aquel mismo bandido del Loire.</p>
+
+<p>Ya hemos visto algo de su historia. Pues bien; después de Waterloo,
+sacado Pontmercy, como dijimos, del barranco, consiguió unirse al ejército<span class="pagenum" id="Page_521">[Pg 521]</span>
+y fué llevado de ambulancia en ambulancia hasta los acantonamientos
+del Loire.</p>
+
+<p>La Restauración le dejó á media paga, después le mandó de cuartel;
+es decir, sujeto á vigilancia, á Vernón. El rey Luis XVIII, considerando
+como no sucedido, nada de lo hecho durante los cien días, no le reconoció
+ni la gracia de oficial de la Legión de honor, ni su grado de coronel,
+ni su título de barón; pero él no dejaba de firmarse siempre «el coronel
+barón de Pontmercy». No tenía mas que una vieja casaca azul, y no salía
+nunca sin colocar en ella la roseta de oficial de la Legión de honor.
+El fiscal de su majestad le hizo advertir por un intermediario oficioso
+que se le perseguiría por uso «ilegal» de esta condecoración; y cuando
+lo supo Pontmercy respondió con amarga sonrisa: ó yo no entiendo el
+francés, ó vos no le habláis; la verdad es que no os entiendo. Después
+salió ocho días seguidos con su roseta; nadie se atrevió á inquietarle. Dos
+ó tres veces el ministro de la Guerra y el comandante general del departamento
+le escribieron con este sobre: «al señor comandante Pontmercy».</p>
+
+<p>Devolvióles las cartas sin abrirlas.</p>
+
+<p>En aquella misma época Napoleón hacía lo propio en Santa Elena con
+las cartas de sir Hudson Lowe, dirigidas <em>al general Bonaparte</em>. Pontmercy
+había acabado, permítasenos la frase, por tener en la boca la
+misma saliva que su emperador.</p>
+
+<p>En Roma hubo también prisioneros cartagineses que se negaban á
+saludar á Flaminio, por tener algo del alma de Aníbal.</p>
+
+<p>Una mañana encontró al fiscal de su majestad en una de las calles
+de Vernón, y dirigiéndose á él, le dijo:—Señor procurador del rey, ¿me
+es permitido llevar mi cicatriz?</p>
+
+<p>No tenía más que su mezquina media paga de jefe de escuadrón. Había
+alquilado en Vernón la casa más pequeña que encontró, y en ella
+vivía solo, como acabamos de ver. En tiempo del imperio, y entre dos
+campañas, tuvo tiempo para casarse con la señorita Gillenormand. El
+viejo burgués, aunque disgustado interiormente, había consentido en
+ello suspirando y diciendo: «Las familias más principales se ven obligadas
+igualmente á ello. En 1815 murió la señora Pontmercy, mujer por
+otra parte admirable, de sentimientos elevados y nada vulgar, digna
+por todos conceptos de su marido, dejándole un niño. Este niño hubiera
+sido la felicidad del coronel en su soledad, pero el abuelo había reclamado
+imperiosamente á su nieto, declarando que si no se lo entregaban
+le desheredaría.</p>
+
+<p>El padre cedió por interés del niño, y no pudiendo tener á su hijo al
+lado, dedicó su cariño á las flores.</p>
+
+<p>Había por otra parte, renunciado á todo: no se movía, ni conspiraba.
+Dividía su pensamiento entre las cosas inocentes que hacía y las
+grandes cosas que había hecho; pasaba el tiempo esperando un clavel, ó
+acordándose de Austerlitz.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_522">[Pg 522]</span></p>
+
+<p>El señor Gillenormand no tenía relación alguna con su yerno. El
+coronel era para él «un bandido», y él era para el coronel un «majadero».
+Gillenormand no hablaba nunca del coronel, sino para hacer alguna
+alusión satírica á su «baronía». Habían convenido expresamente
+en que Pontmercy no trataría nunca de ver ni hablar á su hijo, so pena
+de ser éste expulsado y desheredado. Por los Gillenormand era Pontmercy
+como un apestado. Querían educar al niño á su manera. El coronel
+obró mal quizá, al aceptar semejantes condiciones; pero pasó por
+ellas, creyendo obrar bien, sacrificándose únicamente él.</p>
+
+<p>La herencia del anciano Gillenormand era poca cosa; pero la de la
+señorita Gillenormand mayor era considerable, porque su madre había
+sido muy rica; y habiendo ella permanecido soltera, el hijo de su hermana
+era su heredero natural. El niño, que se llamaba Mario, sabía que
+tenía un padre, pero nada más. Nadie abría la boca para hablarle de él;
+pero la gente con quien le hacía tratar su abuelo, por sus cuchicheos,
+sus medias palabras y sus guiños, había llegado á llamar la atención del
+muchacho, quien había acabado por comprender algo; y como naturalmente
+iba tomando por una especie de infiltración y penetración lenta,
+las ideas y las opiniones que formaban á su alrededor, por así decirlo,
+una atmósfera respirable, llegó poco á poco á no pensar en su padre,
+sino avergonzándose con el corazón oprimido.</p>
+
+<p>Mientras iba Mario creciendo así, cada dos ó tres meses se escapaba
+el coronel é iba furtivamente á París como un perseguido por la justicia
+que ha roto sus cadenas, y se apostaba en San Sulpicio, á la hora en que
+la señora Gillenormand llevaba á Mario á misa. Allí temeroso de que
+la tía volviese la cabeza, oculto detrás de un pilar, inmóvil, sin atreverse
+á respirar, contemplaba á su hijo. Aquel hombre, lleno de cicatrices,
+tenía miedo de aquella solterona.</p>
+
+<p>De eso mismo provenían sus relaciones con el párroco de Vernón, el
+señor Mabeuf.</p>
+
+<p>Este digno cura tenía un hermano capillero en San Sulpicio, que había
+visto muchas veces á aquel hombre, contemplando á su hijo, y había
+fijado su atención en la cicatriz que le cruzaba el carrillo, y la gruesa
+lágrima que tenía en sus ojos. Aquel hombre que, si era de varonil aspecto,
+lloraba como una mujer, había chocado al capillero; su rostro le
+había impresionado. Un día que fué á Vernón á ver á su hermano, se
+encontró en el puente al coronel Pontmercy, y reconoció en él al hombre
+de San Sulpicio. El hermano habló de él al cura, y ambos, bajo un
+pretexto cualquiera, hicieron una visita al coronel, visita que trajo tras
+sí luego otras muchas.</p>
+
+<p>El coronel, muy reservado al principio, concluyó por abrir su corazón.
+El cura y el capillero llegaron á saber toda la historia, y como Pontmercy
+sacrificaba su felicidad por el porvenir de su hijo. Esto hizo que
+el cura le mirase con veneración y ternura, y que el coronel cobrase<span class="pagenum" id="Page_523">[Pg 523]</span>
+afecto al cura. Por lo demás, cuando por casualidad son ambos sinceros
+y buenos, nadie se penetra y amalgama más fácilmente como un viejo
+cura y un soldado viejo. Los dos en el fondo son una misma cosa; el uno
+se sacrifica por la patria de abajo, y el otro por la patria de arriba; no
+hay otra diferencia.</p>
+
+<p>Dos veces al año, el primero de enero y el día de San Jorge, escribía
+Mario á su padre cartas de atención que le dictaba su tía, y que parecían
+copiadas de algún formulario; esto era lo único que toleraba el
+señor Gillenormand; el padre respondía en cartas tiernísimas que el
+abuelo se guardaba en el bolsillo sin leer.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Requiescant</b></p>
+
+
+<p>La tertulia de la baronesa de T. era todo lo que Mario Pontmercy
+conocía del mundo. Era la única abertura por donde podía mirar á la
+vida. Aquella abertura era sombría, y le daba más frío que calor, más
+tinieblas que luz. Aquel niño, que era todo alegría y claridad, al entrar
+en aquel mundo extraño volvióse al poco tiempo triste, y lo que aún era
+más impropio de sus años, grave. Rodeado de todas aquellas personas
+imponentes y singulares, miraba seriamente asombrado en torno suyo.
+Todo contribuía á aumentar en él este estupor.</p>
+
+<p>Á esta tertulia concurrían algunas viejas nobles venerabilísimas, que
+se llamaban Mathan, Noé, Lévis, que se pronunciaba Leví, y Cambis,
+que se pronunciaba Cambyse. Aquellas caras antiguas y sus nombres
+bíblicos, se mezclaban en la imaginación del niño con el antiguo Testamento
+que aprendía de memoria, y cuando estaban todas sentadas en
+círculo, alrededor de un fuego moribundo, iluminadas apenas por una
+lámpara de pantalla verde, con sus perfiles severos, sus cabellos grises
+ó blancos, sus luengos vestidos de otros tiempos, en los que no se distinguían
+más que colores lúgubres, dejando caer á intervalos palabras majestuosas
+y severas á un tiempo, el niño Mario las contemplaba con ojos
+azorados, creyendo ver en ellas, no mujeres, sino patriarcas y magas;
+no seres reales, sino fantasmas.</p>
+
+<p>Á estos fantasmas se agregaban varios clérigos que frecuentaban
+aquella tertulia, y algunos nobles; el marqués de Sass****, secretario de
+órdenes de la señora de Berry; el vizconde de Val***, que publicaba
+bajo el seudónimo de <em>Carlos Antonio</em> odas de una sola rima; el príncipe
+de Beauf*******, que siendo aún joven tenía los cabellos grises y una
+mujer bonita y de talento, cuyos trajes de terciopelo escarlata con trencillas
+de oro, muy escotados, eran el escándalo de aquella casa sombría;
+el marqués de C***** de E******, que sabía mejor que nadie en Francia
+«la urbanidad proporcionada»; el conde de Am*****, buen hombre de
+benévolo semblante, y el caballero de Port de Guy, columna de la biblioteca
+del Louvre, llamada el gabinete del rey. El señor Port-de-Guy,<span class="pagenum" id="Page_524">[Pg 524]</span>
+calvo, y más envejecido que viejo, contaba que en 1793, cuando tenía
+diez y seis años, había sido condenado á presidio por refractario, y atado
+á la misma cadena que un octogenario, el obispo de Mirepoix, refractario
+igualmente, pero como eclesiástico, mientras que él lo era como
+soldado.</p>
+
+<p>Estaban en Tolón. Su obligación era ir á recoger del cadalso, durante
+la noche, las cabezas y los cuerpos de los guillotinados de día; llevaban
+á cuestas aquellos troncos destilando sangre, de modo que sus rojos
+capotes de presidiario tenían por bajo de la nuca una costra de sangre,
+seca por la mañana y húmeda por la noche. En la tertulia de la baronesa
+de T. abundaban las narraciones trágicas, y á fuerza de maldecir á
+Marat, se aplaudía á Trestaillon. Algunos diputados del género <em>inhallable</em>
+jugaban al wist; el señor Tribord de Chalard, el señor Lemarchant
+de Gomicourt, y el célebre chancero de la derecha, Cornet Dincourt. El
+baile de Ferrete, con su calzón corto y sus demacradas pantorrillas, entraba
+de paso alguna vez en aquella tertulia, al ir á casa de Talleyrand.
+Había sido camarada de devaneos del conde de Artois, y al revés de
+Aristóteles, acurrucado debajo de Campaspe, había hecho andar á la
+Guimard de cuatro pies, y por consiguiente había demostrado á los siglos
+cómo puede vengar á un filósofo un baile.</p>
+
+<p>Respecto á los clérigos, eran éstos el abate Halma, el mismo á quien
+Larose, su colaborador en el <em>Rayo</em>, decía: «¡Bah! <em>¿Quién no tiene cincuenta
+años? Algunos boquirubios solamente</em>»; el abate Letourneur,
+predicador del rey; el abate Frayssinous, que no era todavía ni conde,
+ni obispo, ni ministro, ni par, y que llevaba una sotana vieja sin botones;
+y el presbítero Keravenant, cura de San Germán de los Prados;
+además el nuncio del papa, que era entonces monseñor Macchi, arzobispo
+de Nisibi, luego cardenal, notable por su larga nariz pensativa; y
+otro monseñor, que se titulaba abate Palmieri, prelado doméstico, uno
+de los siete protonotarios participantes de la santa sede, canónigo de la
+insigne basílica liberiana, abogado de los santos, <em>postulatore di santi</em>,
+lo cual se refiere á los asuntos de canonización, y significa poco más ó
+menos, procurador de memoriales de la sección del paraíso; y por último,
+dos cardenales, el señor de la Luzerne y el señor Cl****** T*******.</p>
+
+<p>El señor cardenal de la Luzerne era escritor, y tuvo algunos años
+después el honor de firmar al lado de Chateaubriand algunos artículos
+en el <em>Conservador</em>; el señor de Cl****** T******* era arzobispo de
+Toul***, y solía ir con frecuencia á París á pasar una temporada en
+casa de su sobrino el marqués de T*******, que fué ministro de Guerra y
+Marina. El cardenal arzobispo de Toul***, era un viejecillo alegre, que
+enseñaba sus medias rojas bajo la sotana arremangada; su especialidad
+era odiar la enciclopedia, y jugar perdidamente al billar. En aquella
+época, las gentes que pasaban durante las noches de verano, por la calle
+M*****, donde estaba entonces el palacio de Cl****** T*******, se paraban<span class="pagenum" id="Page_525">[Pg 525]</span>
+á escuchar el choque de las bolas, y la voz chillona del cardenal que
+gritaba á su conclavista, monseñor Cottret, obispo <em>in partibus</em> de Caryste:
+«apunta, capellán, otra carambola».</p>
+
+<p>El cardenal arzobispo había sido presentado en casa de M. de T. por
+su más íntimo amigo el señor de Roquelaure, antiguo obispo de Senlís,
+y uno de los cuarenta académicos. El señor de Roquelaure era notable
+por su elevada estatura y por su asiduidad en la Academia. Al través de
+la puerta vidriera de la sala contigua á la biblioteca, donde la Academia
+francesa celebraba entonces sus sesiones, los curiosos podían ver todos
+los jueves al antiguo obispo de Senlís, casi siempre en pie, recién empolvado
+el pelo, con medias moradas, de espaldas á la puerta, sin duda
+para dejar ver mejor su alzacuello. Todos estos eclesiásticos, aún cuando
+eran tan cortesanos como hombres de iglesia, aumentaban la gravedad
+de la tertulia de la baronesa T. cinco pares de Francia, el marqués de
+Vib****, el marqués de Tal***, el marqués de Herb*******, el vizconde
+de Damb*** y el duque de Val******* acentuando el aspecto señorial.
+Este duque, aún cuando era príncipe de Mon***, es decir, príncipe soberano
+extranjero, tenía formada tan elevada idea de Francia y de la dignidad
+de par, que todo lo veía al través de ellas, y solía decir: «Los
+cardenales son los pares de Francia de Roma; los lores son los pares de
+Francia de Inglaterra». Por lo demás, como la revolución en este siglo
+debe entrar en todas partes, aquel salón feudal estaba, según hemos dicho,
+dominado por un hombre de la clase media. El señor Gillenormand
+reinaba allí.</p>
+
+<p>Aquélla era la esencia y la quinta esencia de la sociedad parisiense
+de la bandera blanca; allí se ponía en cuarentena todas las famas, aún
+cuando fueran realistas, puesto que en toda fama hay algo de anárquico.
+Chateaubriand entrando allí hubiera producido el efecto del padre
+Duchesne. Sin embargo, en esta sociedad ortodoxa, entraban por tolerancia,
+algunos arrepentidos. El conde Beug*** fué admitido á título de
+corrección.</p>
+
+<p>Las tertulias «nobles» de hoy día, no se parecen á aquéllas en nada.
+El barrio de San Germán moderno, huele á hereje, y los realistas de ahora
+son demagogos; digámoslo en elogio suyo.</p>
+
+<p>En casa de la baronesa de T., como la tertulia se componía de lo
+más superior, dominaba un gusto exquisito y altanero bajo la flor de
+una urbanidad refinada. Los hábitos y modales llevaban consigo toda
+clase de refinamientos involuntarios, que pertenecían al antiguo régimen
+enterrado, pero vivo. Algunas de aquellas maneras, en el lenguaje sobre
+todo, eran muy caprichosas; los observadores superficiales habrían tomado
+por provincialismo lo que no era más que antigualla. Llamábase
+á una dama «la señora generala»; y no era del todo inusitado llamar á
+otra «señora coronela». La simpática señora de León, en memoria sin
+duda, de las duquesas de Lougueville y de Chevreuse, prefería ese apelativo<span class="pagenum" id="Page_526">[Pg 526]</span>
+á su título de princesa. La marquesa de Créquy se había llamado
+también «señora coronela». Fué en este «gran mundo» quien inventó el
+refinamiento de decir siempre en las Tullerías, hablando al rey en intimidad,
+<em>el rey</em> en tercera persona, y no decir nunca «vuestra majestad»,
+había sido «profanado por el usurpador».</p>
+
+<p>Juzgábanse los hechos y los hombres; burlábanse del siglo, con lo
+cual quedaban dispensados de comprenderle; auxiliábanse en estas admiraciones
+y se comunicaban mutuamente la cantidad de luz que cada
+uno poseía. Matusalén enseñaba á Epiménides; el sordo ponía al corriente
+al ciego. Declarábase como no pasado el tiempo transcurrido desde Coblenza,
+y así como Luis XVIII estaba por la gracia de Dios en el vigésimo
+quinto año de su reinado, los emigrados se encontraban de derecho
+en el vigésimo quinto año de su adolescencia.</p>
+
+<p>Todo era relativo; nada había vivido demasiado; la palabra era apenas
+un soplo; el periódico, de conformidad con la tertulia, parecía un
+papiro. No faltaban jóvenes, pero estaban casi muertos. En la antecámara,
+las libreas eran anticuadas; aquellos personajes, completamente
+pasados de moda, tenían criados de su época. Todo parecía que había
+vivido demasiado tiempo, luchando obstinadamente con el sepulcro.</p>
+
+<p>Conservar, Conservación, Conservador. He aquí poco más ó menos
+todo su diccionario; <em>oler bien</em> era lo importante. Y en efecto; las opiniones
+de aquellos grupos venerables estaban amortizadas; sus ideas olían
+á nardo de embalsamar. Era aquél un mundo amomiado. Los amos estaban
+embalsamados, los criados rellenos de paja.</p>
+
+<p>Una vieja y digna marquesa, recién llegada de la emigración y arruinada,
+no tenía más que una sirvienta y seguía diciendo: «Mis criados».</p>
+
+<p>¿Qué hacían en la tertulia de la baronesa de T.? Eran ultras.</p>
+
+<p>Ser ultra no tiene hoy significación, aunque lo que representa no
+haya desaparecido. Expliquémonos:</p>
+
+<p>Ser ultra, es ir más allá; es hacer la guerra al cetro en nombre del
+trono, y á la mitra en nombre del altar; es maltratar lo que se arrastra;
+es arrear al tiro; es denigrar la hoguera por su decadencia en tostar herejes;
+es reprochar al ídolo su poca idolatría: es insultar por exceso de
+respeto; es no hallar en el papa bastante papismo, en el rey bastante realeza,
+y hallar demasiada luz en la noche; es estar descontento del alabastro,
+de la nieve, del cisne y de la azucena en nombre de la blancura;
+es ser partidario de las cosas hasta el punto de hacerse su enemigo; es
+llevar el pro hasta la contra.</p>
+
+<p>El espíritu ultra caracteriza especialmente la primera fase de las
+Restauraciones.</p>
+
+<p>No hay nada en la historia parecido al cuarto de hora que empieza
+en 1814 y termina en 1820, al advenimiento de Villèle, el hombre práctico
+de la derecha.</p>
+
+<p>Estos seis años fueron un momento extraordinario, brillante y opaco<span class="pagenum" id="Page_527">[Pg 527]</span>
+al mismo tiempo, risueño y sombrío, iluminado como por la claridad
+del alba, y cubierto á la vez por las tinieblas de las grandes catástrofes
+que llenaban aún el horizonte, perdiéndose lentamente en lo pasado.
+Hubo allí, en aquella luz y en aquella sombra, un pequeño mundo nuevo
+y viejo, bufón y triste, juvenil y senil, restregándose los ojos, que
+nada se parece tanto al despertar como la vuelta de una emigración;
+grupo que miraba á Francia con recelo, y era mirado por Francia con
+ironía; viejos búhos aristócratas llenando las calles, los que aparecen y
+los aparecidos, «en lo antiguo» estupefactos de todo, valientes y nobles
+hidalgos que se sonreían de estar en Francia, y lloraban también sorprendidos
+de volverla á ver, desesperados por no encontrar ya su monarquía;
+la nobleza de las cruzadas, despreciando á la nobleza del Imperio,
+es decir, á la nobleza de la espada; las razas históricas que habían
+perdido la significación de la historia; los hijos de los compañeros de
+Carlo Magno, menospreciando á los compañeros de Napoleón. Las espadas,
+como acabamos de decir, se enviaban recíprocamente el insulto; la
+espada de Fontenoy era objeto de risa, y estaba cubierta de orín; la
+espada de Marengo era odiosa, y no se veía en ella más que un sable. El
+<em>Antiguamente</em> desconociendo el <em>Ayer</em>.</p>
+
+<p>No se tenía el sentimiento de lo grande ni el sentimiento de lo ridículo,
+y hubo quien llamó Scapin á Bonaparte. Aquel mundo no existe
+ya; nada queda de él. Cuando por casualidad sacamos de él alguna figura,
+y tratamos de hacerla revivir en la imaginación, nos parece tan extraña
+como un mundo antidiluviano; y es que, en efecto, ha sido sumergida
+también por un diluvio. Ha desaparecido bajo dos revoluciones.
+¡Qué olas tan poderosas son las ideas! ¡Cómo cubren rápidamente todo
+lo que deben destruir y sepultar en cumplimiento de su misión; y que
+pronto abren terribles profundidades!</p>
+
+<p>Tal era la fisonomía de las tertulias de aquellos tiempos lejanos y cándidos
+en que Martainville tenía más ingenio que Voltaire.</p>
+
+<p>Aquellas tertulias tenían una literatura y una política propias. Creíase
+en Fiévée; Agier imponía la ley; comentábase á Colnet, publicista
+que vendía libros viejos en el muelle Malaquais. Napoleón era reconocido
+solamente por el ogro de Córcega. Más tarde fué una concesión al espíritu
+del siglo el introducir en la historia al señor de Bonaparte, teniente
+general de los ejércitos del rey.</p>
+
+<p>Aquellas tertulias no se conservaron mucho tiempo puras. Desde
+1818 empezaron á germinar en ellas algunos doctrinarios, matiz sospechoso
+que tenía por sistema ser realista, disculpándose de serlo. Los
+doctrinarios estaban avergonzados donde los ultras triunfaban. Tenían
+talento, y guardaban silencio; su dogma político estaba convenientemente
+aderezado de gravedad; debían por lo tanto, triunfar. Hacían,
+por otra parte, útiles excesos de corbata blanca y frac abotonado. El
+error ó la desgracia del partido doctrinario ha sido crear una juventud<span class="pagenum" id="Page_528">[Pg 528]</span>
+envejecida. Tomaban actitudes de sabios; soñaban en injertar en el principio
+absoluto y excesivo, un poder templado. Oponían, y á veces con
+rara inteligencia, al liberalismo demoledor un liberalismo conservador,
+y se les oía decir:</p>
+
+<p>«Perdón para el realismo: nos ha hecho más de un beneficio. Nos ha
+traído de nuevo la tradición, el culto, la religión, el respeto; es fiel,
+valiente, caballeresco, amante y rendido. Viene á mezclar, no sin pesar,
+las nuevas grandezas de la nación con las grandezas seculares de
+la monarquía. Tiene la desgracia de no comprender la Revolución, el
+Imperio, la gloria, la libertad, las nuevas ideas, las nuevas generaciones,
+el siglo. Pero este defecto que tiene respecto de nosotros, ¿no le tenemos
+nosotros algunas veces también respecto de él? La Revolución
+de la que somos herederos, debe tener conocimiento de todo. El contrasentido
+del liberalismo es atacar al realismo. ¡Qué falta! ¡Qué ceguera!</p>
+
+<p>«La Francia revolucionaria no respeta á la Francia histórica; es decir,
+á su madre; esto es, á sí misma. Desde el 5 de septiembre se trata
+á la nobleza de la monarquía como desde el 8 de julio se trataba á la
+nobleza del Imperio. Ellos han sido injustos para con el águila; nosotros
+lo somos para con la flor de lis. ¡Se desea, pues, tener siempre algo
+que proscribir! ¿Desdorar la corona de Luis XIV, raspar el escudo de
+Enrique IV es útil por ventura? ¡Nos burlamos de Vaublauc, que borraba
+las NN. del puente del Jena! ¿Y qué hacía? Lo que hacemos nosotros.
+Bouvines nos pertenece lo mismo que Marengo; y las flores de lis
+lo mismo que las NN. Éste es nuestro patrimonio. ¿Por qué mermarlo?
+No debemos renegar de la patria por lo pasado ni por lo presente. ¿Por
+qué no hemos de admitir toda la historia? ¿Por qué no hemos de amar
+á toda la Francia?»</p>
+
+<p>De este modo criticaban y protegían los doctrinarios el realismo:
+descontentos porque le criticaban, furiosos porque le protegían.</p>
+
+<p>Los ultras señalaron la primera época del realismo; la congregación
+caracterizó la segunda. Á la pasión sucedía la habilidad. Terminemos
+aquí nuestro bosquejo.</p>
+
+<p>En el curso de esta narración, el autor de este libro ha encontrado
+en su camino ese punto curioso de la historia contemporánea; y al pasar,
+ha debido dirigirle una mirada, y trazar alguno de los perfiles singulares
+de aquella sociedad desconocida hoy. Pero lo hace rápidamente,
+y sin ninguna idea amarga ó irrisoria. Algunos recuerdos afectuosos y
+respetuosos, pues que se refieren á su madre, le unen á ese pasado. Por
+otra parte, debemos consignarlo, aquel pequeño mundo tenía su grandeza.
+Podemos sonreirnos; pero no despreciarle ni odiarle. Era la Francia
+de otros tiempos.</p>
+
+<p>Mario Pontmercy hizo, como todos los niños, ciertos estudios. Al salir
+de las manos de su tío Gillenormand, su abuelo le entregó á un digno
+profesor de la más pura inocencia clásica, y aquella alma joven que<span class="pagenum" id="Page_529">[Pg 529]</span>
+empezaba á abrirse, pasó de una mojigata á un pedante. Mario pasó los
+años de colegio para entrar luego en la escuela de jurisprudencia. Era
+realista, fanático y austero. Amaba poco á su abuelo, cuya alegría y cinismo
+le desagradaban, y era sombrío con respecto á su padre.</p>
+
+<p>Por lo demás, era un mozo entusiasta y frío, noble, generoso, altivo,
+religioso, exaltado, digno hasta la dureza, puro hasta el salvajismo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Fin del bandido</b></p>
+
+
+<p>La terminación de los estudios clásicos de Mario coincidió con la despedida
+de la sociedad del señor Gillenormand. El viejo dió un adiós al
+barrio de San Germán y á las reuniones de la baronesa de T., yendo á
+establecerse en el Marais en su casa de la calle de las Hijas del Calvario.
+Allí tenía por criados, además del portero, á la doncella Nicolasita, que
+había sucedido á la Magnón, y á aquel vasco finchado y cansino, de que
+hemos hablado anteriormente.</p>
+
+<p>En 1827 Mario acababa de cumplir diez y siete años. Un día, al volver
+á su casa, vió á su abuelo con una carta en la mano.</p>
+
+<p>—Mario,—dijo el señor Gillenormand,—mañana saldrás para
+Vernón.</p>
+
+<p>—¿Para qué?—preguntó Mario.</p>
+
+<p>—Para ver á tu padre.</p>
+
+<p>Mario se estremeció.</p>
+
+<p>En todo había pensado, menos en que podría llegar un día en que
+tuviese que ver á su padre. No podía ocurrirle nada más inesperado,
+más sorprendente, y digámoslo también, más desagradable. Era la antipatía
+obligada á convertirse en simpatía; no era un disgusto, pero sí un
+trabajo pesado.</p>
+
+<p>Mario, además de sus motivos de antipatía política, estaba convencido
+de que su padre, el acuchillador, como le llamaba Gillenormand
+en sus días de mayor afabilidad, no le amaba; esto era evidente, puesto
+que así le había abandonado y entregado á otras manos. Creyendo que
+no era amado, no amaba. Nada más natural, se decía á sí mismo.</p>
+
+<p>Se quedó tan estupefacto, que no preguntó nada al señor Gillenormand.
+El abuelo añadió:</p>
+
+<p>—Parece que está enfermo, y te manda llamar.</p>
+
+<p>Y después de un rato de silencio añadió:</p>
+
+<p>—Saldrás mañana por la mañana. Creo que hay en la plazuela de
+las Fuentes una diligencia que sale á las seis y llega por la noche. Toma
+billete. Dice que corre prisa.</p>
+
+<p>Después arrugó la carta y se la metió en el bolsillo. Mario hubiera
+podido partir aquella misma noche y estar al lado de su padre al día siguiente<span class="pagenum" id="Page_530">[Pg 530]</span>
+por la mañana, porque salía entonces de la calle Bouloy una diligencia
+que iba de noche á Ruán, pasando por Vernón.</p>
+
+<p>Pero ni el señor Gillenormand ni Mario pensaron en informarse.</p>
+
+<p>Al día siguiente al anochecer llegaba Mario á Vernón. Principiaban
+á encenderse las luces. Preguntó al primer transeunte: «¿La casa del señor
+Pontmercy?...».</p>
+
+<p>Porque interiormente profesaba las ideas de la Restauración, no reconocía
+por lo tanto en su padre al barón ni al coronel.</p>
+
+<p>Se le indicó la casa. Llamó; fué á abrir una mujer con una lamparilla
+en la mano.</p>
+
+<p>—¿El señor Pontmercy?—preguntó Mario.</p>
+
+<p>La mujer permaneció inmóvil.</p>
+
+<p>—¿Está aquí?—preguntó Mario.</p>
+
+<p>La mujer hizo con la cabeza un signo afirmativo.</p>
+
+<p>—¿Puedo hablarle?</p>
+
+<p>La mujer hizo un signo negativo.</p>
+
+<p>—¡Es que soy su hijo!—dijo Mario.—Me espera.</p>
+
+<p>—Ya no os espera,—dijo la mujer.</p>
+
+<p>Mario observó entonces que la mujer lloraba.</p>
+
+<p>Ésta le señaló con el dedo la puerta de una sala baja, donde entró.</p>
+
+<p>En aquella sala, iluminada por una vela de sebo colocada sobre la
+chimenea, había tres hombres; uno de pie, otro de rodillas y otro en camisa
+y tendido sobre los ladrillos.</p>
+
+<p>Éste era el coronel.</p>
+
+<p>Los dos primeros eran un médico el uno, y un sacerdote que estaba
+orando el otro.</p>
+
+<p>El coronel había sido atacado hacía tres días por una fiebre cerebral;
+al principio de la enfermedad tuvo un presentimiento fatal, y escribió al
+señor Gillenormand llamando á su hijo.</p>
+
+<p>El mal había ido en aumento; y el día mismo de la llegada de Mario
+á Vernón, el coronel había tenido un acceso de delirio. Habíase levantado
+del lecho y á pesar de los esfuerzos de la criada, gritando: ¡Mi hijo
+no viene! ¡Voy á buscarle! Había salido de su cuarto, cayendo sobre los
+ladrillos de la antesala. Acababa de espirar.</p>
+
+<p>Habían sido llamados el médico y el cura; pero así el médico como
+el cura llegaron tarde.</p>
+
+<p>También había llegado tarde el hijo.</p>
+
+<p>Á la luz crepuscular de la vela se distinguía en la mejilla del yaciente
+y pálido coronel, una gruesa lágrima que había salido de los ojos del
+muerto. Su mirada se había apagado, pero la lágrima no se había secado
+aún. Aquella lágrima era la tardanza de su hijo.</p>
+
+<p>Mario contempló á aquel hombre, á quien veía por primera y última
+vez; aquella fisonomía venerable y varonil, aquellos ojos abiertos que no
+miraban, aquellos cabellos blancos, aquellos miembros robustos, en los<span class="pagenum" id="Page_531">[Pg 531]</span>
+que se veían en distintos puntos líneas obscuras que eran sablazos, y unas
+como estrellas rosadas, que eran agujeros de balas. Contempló aquella
+enorme cicatriz que imprimía un sello de heroísmo en aquella frente,
+marcada por Dios con el sello de la bondad. Pensaba en que aquel hombre
+era su padre, y en que estaba muerto; y él permaneció frío.</p>
+
+<p>La tristeza que experimentó fué la misma que hubiera sentido ante
+otro cualquier muerto.</p>
+
+<p>Y sin embargo, en aquella sala se respiraba un profundo dolor. La
+criada sollozaba en un rincón, el cura rezaba y se le oía sollozar también,
+el médico se secaba las lágrimas, el cadáver lloraba igualmente.</p>
+
+<p>Aquel médico, aquel cura y aquella mujer miraban á Mario al través
+de su aflicción sin decir una palabra. Él era allí el extraño.</p>
+
+<p>Mario, escasamente conmovido, avergonzado, y en una situación embarazosa,
+tenía el sombrero en la mano, y le dejó caer al suelo para hacer
+creer que el dolor le quitaba la fuerza necesaria para sostenerle.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo sentía como un remordimiento, y se avergonzaba
+de obrar así. Pero ¿era suya la culpa? No amaba á su padre. ¡Y qué!</p>
+
+<p>El coronel no dejaba nada. La venta de sus muebles apenas pagaba
+el entierro.</p>
+
+<p>La criada encontró un pedazo de papel, que entregó á Mario, en el
+cual estaba escrito lo siguiente, de mano del coronel:</p>
+
+<p>«<em>Para mi hijo.</em>—El emperador me hizo barón en el campo de batalla
+de Waterloo. La Restauración me niega este título que he comprado
+con mi sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que
+será digno de él». Á la vuelta, el coronel había añadido:</p>
+
+<p>«En la misma batalla de Waterloo, un sargento me salvó la vida: se
+llamaba Thénardier. Creo que últimamente tenía una posada en un
+pueblo de los alrededores de París, en Chelles ó en Montfermeil. Si mi
+hijo le encuentra, haga en su favor todo cuanto pueda».</p>
+
+<p>No por veneración á su padre, sino por ese vago respeto á la muerte,
+que tan imperiosamente vive en el corazón del hombre, Mario tomó
+el papel y se lo guardó.</p>
+
+<p>Nada quedaba del coronel. El señor Gillenormand mandó vender á
+un prendero su espada y su uniforme. Los vecinos devastaron el jardín
+y saquearon las flores más raras; las demás plantas se convirtieron en
+abrojos y maleza, y murieron.</p>
+
+<p>Mario, sólo permaneció cuarenta y ocho horas en Vernón. Después
+del entierro volvió á París, y se entregó de nuevo al estudio de las leyes,
+sin pensar más en su padre, como si jamás hubiera existido.</p>
+
+<p>Á los dos días estaba enterrado el coronel, y á los tres olvidado.</p>
+
+<p>Mario llevaba una gasa en el sombrero. Esto fué todo.</p>
+
+
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_532">[Pg 532]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Utilidad del ir á misa para hacerse revolucionario</b></p>
+
+
+<p>Mario había conservado las costumbres religiosas de su infancia. Un
+domingo que fué á oir misa á San Sulpicio, á la misma capilla de la Virgen
+á que le llevaba su tía cuando era pequeño, estaba distraído y más
+pensativo que de costumbre; se había colocado detrás de un pilar, arrodillándose,
+sin advertirlo, sobre una silla de terciopelo de Utrech, en
+cuyo respaldo estaba escrito este nombre: <em>Mabeuf, capillero</em>.</p>
+
+<p>En cuanto comenzó la misa, se presentó un anciano y dijo á Mario:</p>
+
+<p>—Caballero, éste es mi sitio.</p>
+
+<p>Mario se levantó enseguida, y el viejo se sentó en su silla.</p>
+
+<p>Acabada la misa, Mario permanecía reflexivo á algunos pasos de distancia;
+el viejo se le acercó otra vez y le dijo:</p>
+
+<p>—Os pido perdón, caballero, por haberos distraído antes y de distraeros
+todavía un momento; pero tal vez me habréis creído impertinente,
+y debo daros una explicación.</p>
+
+<p>—Es inútil, caballero,—dijo Mario.</p>
+
+<p>—¡Oh!—contestó el viejo.—No quiero que forméis mal concepto de
+mí. Este sitio es el mío. Me parece que desde él encuentro la misa mejor.
+¿Por qué? Voy á decíroslo. Á este mismo sitio he visto venir por espacio
+de diez años, cada dos ó tres meses regularmente, á un pobre padre que
+no tenía otro medio ni otra oportunidad de ver á su hijo, porque se lo
+impedían cuestiones de familia. Venía á la hora en que sabía que acompañaban
+á su hijo á misa. El niño no sabía que su padre estaba aquí; ni
+aún sabía tal vez el inocente que tuviese un padre. El padre se ponía detrás
+de una columna para que no le viesen; contemplaba á su hijo y lloraba.
+¡Cuánto adoraba al niño aquel pobre hombre! Yo lo veía. Ese sitio
+resulta como santificado para mí, y he tomado la costumbre de oir misa
+en él. Le prefiero al banco de obra, que tengo derecho á ocupar. Traté
+un poco al caballero de quien os hablo. Tenía un suegro y una tía
+rica, y parientes que creo amenazaban desheredar al hijo si veía á su
+padre. Y él se sacrificaba, porque su hijo fuése algún día rico y feliz.
+Les separaban opiniones políticas. No desapruebo yo el que se tengan
+opiniones políticas; pero hay personas que no saben contenerse prudentemente.
+¡Dios mío! Porque un hombre haya estado en Waterloo, no es
+un monstruo; por esto no se debe separar á un padre de su hijo. Era un
+coronel de Bonaparte, que ha muerto, según creo. Vivía en Vernón, donde
+tengo un hermano cura; se llamaba algo así como Pontmarle ó Montpercy.
+Tenía, por cierto, una gran cicatriz de un sablazo.</p>
+
+<p>—Pontmercy,—dijo Mario, palideciendo.</p>
+
+<p>—Precisamente, Pontmercy. ¿Le habéis conocido?</p>
+
+<p>—Caballero,—dijo Mario,—era mi padre.</p>
+
+<p>El anciano obrero juntó las manos y exclamó:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_533">[Pg 533]</span></p>
+
+<p>—¡Ah, sois vos su hijo! Sí, esto es, ahora debe ser un hombre ya.
+Pues bien; podéis decir que habéis tenido un padre que os quiso mucho.</p>
+
+<p>Mario ofreció su brazo al anciano, y le acompañó hasta su casa.</p>
+
+<p>Al día siguiente dijo al señor Gillenormand:</p>
+
+<p>—Hemos arreglado con algunos amigos una partida de caza. ¿Permitís
+que me ausente por tres días?</p>
+
+<p>—¡Por cuatro!—respondió el abuelo.—Anda, diviértete.</p>
+
+<p>Y guiñando el ojo, dijo en voz baja á su hija:</p>
+
+<p>—¡Algún amorcillo!</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Consecuencias de haber encontrado á un capillero</b></p>
+
+
+<p>Á dónde fué Mario, más adelante se verá.</p>
+
+<p>Mario estuvo tres días ausente; después volvió á París, se fué directamente
+á la biblioteca de la escuela de Jurisprudencia, y pidió la colección
+del <em>Monitor</em>.</p>
+
+<p>Leyó el <em>Monitor</em>; leyó la historia de la República y del Imperio, el
+<em>Memorial de Santa Elena</em>, todas las memorias, todos los periódicos, todos
+los boletines, todas las proclamas, todo lo devoró. La primera vez
+que encontró el nombre de su padre en los boletines del gran ejército,
+tuvo calentura toda una semana. Visitó á los generales á cuyas órdenes
+había servido Jorge Pontmercy, y entre otros al conde H. El capillero
+Mabeuf, á quien fué á ver también, le contó la vida de Vernón, el retiro
+del coronel, sus flores, su soledad. Mario llegó á conocer perfectamente
+á aquel hombre raro, sublime y amable, á aquella especie de león-cordero,
+que había sido su padre.</p>
+
+<p>Mientras estaba ocupado en este estudio, que consumía todo su tiempo
+y todos sus pensamientos, casi no veía á los Gillenormand.</p>
+
+<p>Á las horas de comer aparecía; después, si se le buscaba, no estaba en
+casa. La tía murmuraba. El abuelo Gillenormand se sonreía:</p>
+
+<p>—¡Bah! ¡bah! ¡Es la edad de los amoríos!—Algunas veces añadía el
+viejo:</p>
+
+<p>—¡Diablo! Creía que era ello un galanteo, pero voy viendo que es
+una pasión.</p>
+
+<p>Era efectivamente una pasión; Mario iba adorando á su padre.</p>
+
+<p>Al propio tiempo se verificaba un cambio extraordinario en sus ideas.
+Las fases de este cambio fueron numerosas y sucesivas. Como es ésta la
+historia de muchos espíritus de nuestra época, creemos útil seguir estas
+frases paso á paso, é indicarlas todas.</p>
+
+<p>Aquella historia en que había fijado los ojos le azoraba.</p>
+
+<p>El primer efecto fué un deslumbramiento.</p>
+
+<p>La República y el Imperio no habían sido para él hasta entonces más
+que palabras monstruosas. La República, una guillotina entre crepúsculos;
+el Imperio, un sable en plena noche. Pero acababa de ver ambas<span class="pagenum" id="Page_534">[Pg 534]</span>
+cosas, y donde no esperaba encontrar más que un caos de tinieblas, había
+visto, con cierta sorpresa inaudita, mezclada de temor y alegría, brillar
+astros como Mirabeau, Vergniaud, Saint Just, Robespierre, Camille
+Desmoulins, Dantón, y despuntar un sol: Napoleón. No sabía dónde estaba
+y retrocedía ciego ante tanta luz. Poco á poco fué pasando el asombro,
+acostumbróse á aquel esplendor, consideró los actos sin pasión,
+examinó á los hombres sin terror; la Revolución y el Imperio aparecieron
+luminosamente en perspectiva ante sus ojos, y vió á cada uno de
+aquellos dos grupos de sucesos y de hombres reunirse en dos grandes
+hechos; la República en la soberanía del derecho cívico restituido á las
+masas; el Imperio en la soberanía de la idea francesa impuesta á Europa;
+y vió salir de la Revolución la gran figura del pueblo, y del Imperio
+la gran figura de la Francia. Y declaró en su conciencia que todo aquello
+había sido bueno.</p>
+
+<p>Lo que pasó desapercibido á su deslumbramiento en esta primera
+apreciación demasiado sintética, no creemos del caso consignarlo aquí.
+Lo que pintamos es el estado de un espíritu en marcha; y los progresos
+no se hacen en una etapa. Dicho esto de una vez para siempre, así por
+lo precedente como para lo sucesivo, continuemos.</p>
+
+<p>Entonces conoció que hasta aquel momento no había comprendido
+ni á su patria ni á su padre. No había conocido á la una ni al otro; había
+tenido una especie de velo voluntario ante los ojos.</p>
+
+<p>Ahora veía claro; y por una parte admiraba y adoraba por otra.</p>
+
+<p>Estaba agobiado de pesares y de remordimientos; pensaba desesperado
+que no podía decir todo lo que tenía en el alma sino á una tumba.
+¡Oh! si su padre hubiera vivido, si le tuviera todavía: si Dios, compadecido
+y bondadoso, hubiera permitido que viviese aún, ¡cómo habría corrido,
+cómo se habría precipitado, cómo habría gritado á su padre!:
+¡Padre! ¡Mírame! ¡Soy yo! ¡Yo, que tengo tu mismo corazón! ¡Soy tu
+hijo! ¡Cómo habría abrazado su encanecida frente, inundado sus cabellos
+de lágrimas, contemplado su cicatriz, estrechado sus manos, adorado
+sus vestidos, besado sus plantas! ¡Oh! ¡Por qué había muerto su padre
+tan pronto, antes de tiempo, antes de la justificación, antes del amor de
+su hijo! Mario tenía un eterno sollozo en su corazón, que exhalaba á
+cada instante un ¡ay! Al mismo tiempo se hacía más formal, más grave;
+se afirmaba en su fe y en su modo de pensar. Á cada momento venía un
+nuevo rayo de luz de la verdad á completar su razón; verificábase en él
+como un crecimiento interior. Sentía una especie de engrandecimiento
+natural, producido por dos cosas nuevas para él: su patria y su padre.</p>
+
+<p>Como sucede cuando se posee una clave, todo se abría para él; se explicaba
+lo que había odiado, y penetraba en lo que había aborrecido.
+Veía claramente el sentido providencial, divino y humano de las grandes
+cosas que le habían inducido á detestar, y de los grandes hombres á
+quienes le habían enseñado á maldecir. Cuando pensaba en sus antiguas<span class="pagenum" id="Page_535">[Pg 535]</span>
+ideas, que no eran más que de ayer, y que sin embargo le parecían rancias,
+se indignaba y sonreía.</p>
+
+<p>De la rehabilitación de su padre había pasado, naturalmente, á la
+rehabilitación de Napoleón.</p>
+
+<p>Sin embargo, debemos decir, que ésta no se había verificado sin esfuerzo.</p>
+
+<p>Desde la infancia se le había imbuido de las opiniones que el partido de
+1814 había formado de Bonaparte. Ahora bien; todas las precauciones
+de la Restauración, sus intereses y sus instintos tendían á desfigurar á
+Napoleón. Le execraba más todavía que á Robespierre; se había explotado
+hábilmente el cansancio de la nación y el odio de las madres. Bonaparte
+había llegado á ser una especie de monstruo casi fabuloso, y
+para presentarle á la imaginación del pueblo, que, como hemos indicado
+hace poco, se parece á la imaginación de los niños, el partido de 1814
+hacía aparecer sucesivamente espantosos todos los disfraces, desde lo
+terrible, sin dejar de ser grandioso, hasta lo terrible que llega á ser grotesco;
+desde Tiberio al Coco.</p>
+
+<p>Así es, que hablando de Bonaparte, cada uno podía libremente llorar
+ó reventar de risa, con tal que le odiase. Mario no había tenido nunca
+acerca de <em>aquel hombre</em>—como le llamaban—otras ideas que ésas, las
+cuales se habían combinado en su espíritu con la tenacidad propia de su
+carácter. Había realmente en su interior otro pisaverde testarudo que
+odiaba á Napoleón.</p>
+
+<p>Pero leyendo la historia, estudiándola en los documentos y en los
+materiales, se fué rasgando poco á poco el velo que cubría á Napoleón á
+los ojos de Mario.</p>
+
+<p>Entrevió primero algo inmenso, y sospechó que se había engañado
+acerca de Bonaparte como en lo demás; cada día veía más claro, y empezó
+á subir lentamente, paso á paso, primero casi con sentimiento, y
+después con embriaguez y como atraído por una fascinación irresistible,
+los escalones sombríos, luego los alumbrados vagamente, y por último
+los luminosos y espléndidos del entusiasmo.</p>
+
+<p>Una noche estaba solo en su cuartito, junto al tejado. La vela estaba
+encendida; leía, apoyado de codos en la mesa, al lado de la ventana
+abierta. Una multitud de pensamientos surgiendo del espacio, iban á
+mezclarse con sus ideas. ¡Qué espectáculo es la noche!</p>
+
+<p>Óyense ruidos sordos sin saber de dónde vienen; se ve resplandecer
+como un ascua entre cenizas á Júpiter, que es mil doscientas veces más
+grande que la tierra; el azul es negro, las estrellas brillan; es imponente.</p>
+
+<p>Leía los boletines del gran ejército, aquellas estrofas homéricas escritas
+sobre el campo de batalla; veía en ellos por intervalos el nombre de
+su padre, y siempre el nombre del emperador; aparecía á sus ojos todo
+el gran imperio, sentía como una marea que se elevase en su interior;
+en algunos momentos le parecía que pasaba su padre á su lado como un<span class="pagenum" id="Page_536">[Pg 536]</span>
+soplo y le hablaba al oído; íbase abstrayendo poco á poco; creía oir los
+tambores, el cañón, las cornetas, el paso regular de los batallones, el
+galope sordo y lejano de la caballería; de cuando en cuando sus ojos se
+elevaban al cielo, y veía brillar en las profundidades sin fondo las constelaciones
+colosales; bajábalos después al libro, viendo moverse confusamente
+otras cosas colosales. Tenía el corazón oprimido. Estaba transportado,
+tembloroso, anhelante. De pronto, sin saber él mismo lo que por
+él pasaba, ni á qué fuerza secreta obedecía, se levantó, extendiendo ambos
+brazos fuera de la ventana, miró fijamente á la sombra, al silencio,
+al tenebroso infinito, á la inmensidad eterna, y gritó: ¡Viva el emperador!</p>
+
+<p>Desde aquel momento todo estaba dicho: el ogro de Córcega,—el
+usurpador,—el tirano,—el monstruo, que había sido amante de sus hermanas—el
+histrión, que recibía lecciones de Talma,—el envenenador de
+Jafa,—el tigre,—Buonaparte,—todo esto se desvaneció abriendo campo
+en su espíritu á un vago y luciente fulgor, que alumbraba hasta una altura
+inaccesible el pálido fantasma de mármol de César. El emperador
+no había sido para su padre sino el querido capitán á quien admiraba,
+y por quien se sacrificaba el soldado; para Mario fué algo más; fué el
+constructor predestinado del grupo francés, sucediendo al grupo romano
+en la dominación del universo; fué el prodigioso arquitecto de un cataclismo,
+el continuador de Carlo-Magno, de Luis XI, de Enrique VI, de
+Richelieu, de Luis XVI y del comité de Salvación pública; teniendo sin
+duda sus defectos, sus faltas, sus crímenes, es decir, siendo hombre: pero
+augusto en sus faltas, brillante en sus defectos, poderoso en sus crímenes.</p>
+
+<p>Fué el hombre predestinado que obligó á todas las naciones á decir:—la
+gran nación;—fué más todavía, fué la encarnación de Francia, conquistando
+la Europa con la espada, y el mundo con la luz que despedía.
+Mario vió en Bonaparte el espectro deslumbrador que se levantará siempre
+en la frontera y guardará el porvenir. Déspota, pero dictador; déspota
+resultante de una república, y simbolizando una revolución: Bonaparte
+fué para él, el hombre pueblo, así como es Jesús el Hombre-Dios.</p>
+
+<p>Vese, pues, que, al igual de todos los recién convertidos á una religión,
+su conversión le embriagaba; le precipitaba y llevaba quizá demasiado
+lejos su adhesión. Su índole era ésta; puesto en una pendiente
+le era casi imposible detenerse. El fanatismo por el sable le arrebataba;
+y se complicaba en su espíritu con el entusiasmo por la idea. No conocía
+que con el genio admiraba juntamente la fuerza, es decir, que instalaba
+en los dos recintos de su idolatría lo divino y lo brutal. Bajo diversos
+conceptos, habíase equivocado nuevamente.</p>
+
+<p>Todo lo admitía. Tal es el modo de encontrar el error en el camino
+por donde se busca la verdad. Tenía cierta buena fe violenta, que todo
+lo abrazaba en conjunto. Así en la nueva vía en que había entrado, al<span class="pagenum" id="Page_537">[Pg 537]</span>
+juzgar los errores del antiguo régimen, lo mismo que al medir la gloria
+de Napoleón, despreciaba las circunstancias atenuantes.</p>
+
+<p>Sea como fuere, Mario había dado un gran paso. Donde viera antes
+la caída de la monarquía, veía ahora el porvenir de Francia. Había
+cambiado de orientación. Lo que había sido el Ocaso era el Levante.
+Dió una vuelta en redondo.</p>
+
+<p>Verificábanse en él todas estas revoluciones sin que su familia lo sospechase.</p>
+
+<p>Cuando en esta misteriosa tarea hubo perdido del todo su antigua
+piel de borbónico y de ultra; cuando se despojó del traje de aristócrata,
+de jacobino y de realista; cuando fué completamente revolucionario,
+profundamente demócrata y casi republicano, fué á casa de un grabador
+de la calle de Orfêvres y mandó hacer cien tarjetas con su nombre,
+en que se leía: «El barón Mario de Pontmercy».</p>
+
+<p>Lo cual era una consecuencia lógica del cambio que se había operado
+en él; cambio en que todo gravitaba al rededor de su padre.</p>
+
+<p>Solamente que como no conocía á nadie, y no podía dejar las tarjetas
+en ninguna portería, se las guardó en el bolsillo.</p>
+
+<p>Por otra consecuencia natural, á medida que se aproximaba á su padre,
+á su memoria, á las cosas por las que el coronel había peleado veinticinco
+años, se iba alejando de su abuelo. Ya lo hemos dicho, desde muy
+antiguo no gustaba del carácter del viejo Gillenormand. Entre ambos
+había ya todas las disonancias que puede haber entre un joven grave y
+un viejo frívolo. La alegría de Geronte choca y exaspera á la melancolía
+de Werther. Mientras habían sido comunes en ellos las opiniones políticas
+y las ideas, Mario se había encontrado como en un puente con el
+señor Gillenormand; mas cuando ese puente se hundió, los separó el
+abismo. Además, Mario sentía inexplicables impulsos de rebelión cuando
+recordaba que el señor Gillenormand, por motivos estúpidos, le
+había apartado sin piedad del coronel, privando al hijo del padre y al
+padre del hijo.</p>
+
+<p>Á fuerza de lástima por su padre, había casi llegado á tener aversión
+á su abuelo.</p>
+
+<p>Pero nada de esto, como hemos dicho, se traslucía exteriormente.
+Tan sólo se mostraba más frío de día en día, más lacónico en la mesa,
+y con más frecuencia se ausentaba de la casa. Cuando su tía le reprendía
+era muy respetuoso, y daba por pretexto sus estudios, el curso, los
+exámenes, las conferencias, etc.</p>
+
+<p>El abuelo no salía de su infalible diagnóstico:—¡Enamorado! Ya conozco
+eso.</p>
+
+<p>Mario hacía de cuando en cuando algunas escapatorias.</p>
+
+<p>—Pero ¿adónde va?—preguntaba la tía.</p>
+
+<p>En uno de estos viajes, siempre cortos, fué á Montfermeil para cumplir
+la indicación que su padre le había hecho, y buscó al antiguo sargento<span class="pagenum" id="Page_538">[Pg 538]</span>
+de Waterloo, al posadero Thénardier. Thénardier había quebrado;
+la posada estaba cerrada, y nadie sabía qué había sido de él. Mario,
+con motivo de estas investigaciones, estuvo cuatro días fuera de su casa.</p>
+
+<p>—Decididamente,—dijo el abuelo,—se extravía.</p>
+
+<p>Habíase creído adivinar que llevaba bajo la camisa, y sobre el pecho,
+algo sujeto con una cinta negra que pendía del cuello.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Algún amorcillo</b></p>
+
+
+<p>Hemos hablado de un lancero.</p>
+
+<p>Era un tercer sobrino del señor Gillenormand por parte de padre,
+el cual llevaba, lejos de la familia y del hogar doméstico, la vida de
+guarnición. El teniente Teódulo Gillenormand tenía todas las condiciones
+necesarias para ser lo que se llama un lindo oficial. Tenía «el talle
+de una señorita», cierto modo de arrastrar el sable, y llevaba el bigote
+retorcido. Iba raras veces á París, tanto, que Mario no le había visto
+nunca. Los dos primos sólo se conocían de nombre.</p>
+
+<p>Teódulo era, según creemos haber dicho ya, el favorito de la tía
+Gillenormand, que le prefería; porque no le veía. No ver á las gentes
+permite suponerles todas las perfecciones. Una mañana la señorita Gillenormand
+mayor entró en su cuarto tan conmovida como podía estarlo
+su placidez. Mario acababa de pedir á su abuelo permiso para hacer
+un viaje, diciendo que pensaba partir aquella misma noche. ¡Anda! le
+había respondido el abuelo. Y Gillenormand había añadido aparte, arqueando
+las cejas hacia lo alto de la frente: ¡Duerme fuera y reincide!
+La señorita Gillenormand había subido á su cuarto muy cavilosa, dejando
+escapar en la escalera esta exclamación:—«¡Es ya mucho!». Y
+esta interrogación:—«¿Pero adónde va?». Entreveía alguna aventura de
+corazón más ó menos ilícita, alguna mujer en la sombra, una cita, un
+misterio, y no le hubiera disgustado haberle podido echar el lente. Gustar
+un misterio es como alcanzar las primicias de un escándalo: y esto
+no lo detestan las almas más santas. Hay en los secretos receptáculos de
+la mojigatería, cierta curiosidad por el escándalo.</p>
+
+<p>Veíase, pues, dominada por el vago apetito de saber una historia.</p>
+
+<p>Para distraerse de esta curiosidad, que la agitaba un poco más de lo
+acostumbrado, había echado mano de sus habilidades, y se había puesto
+á festonear con algodón, y sobre algodón, uno de esos bordados del
+Imperio y de la Restauración, en que se ven muchas ruedas de cabriolé.
+Obra chabacana, obrera ruda. Estaba hacía algunas horas sentada en
+su silla, cuando se abrió la puerta. La señorita Gillenormand levantó
+la nariz; el teniente Teódulo estaba en su presencia, haciéndole el saludo
+de ordenanza. Lanzó ella un grito de alegría. Se puede ser vieja, mojigata,
+devota y tía; pero no hay mujer que no se alegre el ver entrar en
+su cuarto un lancero.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_539">[Pg 539]</span></p>
+
+<p>—¡Tú aquí, Teódulo!—exclamó.</p>
+
+<p>—De paso, tía.</p>
+
+<p>—¡Pero, abrázame!</p>
+
+<p>—¡Ya está!—dijo Teódulo.</p>
+
+<p>Y la abrazó. La tía Gillenormand fué á su secreter, y lo abrió.</p>
+
+<p>—¿Te quedarás con nosotros una semana al menos?</p>
+
+<p>—Tía mía, parto de nuevo esta misma tarde.</p>
+
+<p>—¡No es posible!</p>
+
+<p>—Matemáticamente.</p>
+
+<p>—Quédate, Teodulito; yo te lo ruego.</p>
+
+<p>—El corazón dice sí; pero la consigna contesta que no. La historia
+es muy sencilla. Nos mudan de guarnición; estábamos en Melún, y nos
+llevan á Gaillón. Para ir de la antigua guarnición á la nueva hay que
+pasar por París, y he dicho: «Voy á ver á mi tía».</p>
+
+<p>—Toma por la molestia.</p>
+
+<p>Y le puso diez luises de oro en la mano.</p>
+
+<p>—Por la satisfacción querréis decir, querida tía.</p>
+
+<p>Teódulo la abrazó por segunda vez, y ella tuvo el gusto de rozar un
+poco el cuello con los cordones del uniforme.</p>
+
+<p>—¿Haces el viaje á caballo con tu regimiento?—le preguntó ella.</p>
+
+<p>—No, tía. He querido visitaros, y he sacado para ello un permiso
+especial. El asistente lleva mi caballo, y yo iré en la diligencia. Y á propósito,
+tengo que preguntaros una cosa.</p>
+
+<p>—¿Cuál?</p>
+
+<p>—¿Está de viaje también mi primo Mario Pontmercy?</p>
+
+<p>—¿Cómo sabes tú eso?—dijo la tía, excitada súbitamente en lo más
+vivo de su curiosidad.</p>
+
+<p>—Al llegar he ido á tomar mi billete de berlina en la diligencia.</p>
+
+<p>—¿Y qué?</p>
+
+<p>—Que había ya ido un viajero á tomar un asiento del imperial, y
+he visto su nombre en la hoja de la administración.</p>
+
+<p>—¿Qué nombre?</p>
+
+<p>—Mario Pontmercy.</p>
+
+<p>—¡Ah, pícaro!—exclamó la tía.—Tu primo no es muchacho juicioso
+como tú. ¡Decir que va á pasar la noche en diligencia!</p>
+
+<p>—Como yo.</p>
+
+<p>—Pero tú es por obligación, y él por desorden.</p>
+
+<p>—¡Caracoles!—prorrumpió Teódulo.</p>
+
+<p>En esto se le ocurrió una idea á la señorita Gillenormand mayor. Si
+hubiera sido hombre, se habría dado una palmada en la frente. Y dirigiéndose
+bruscamente á Teódulo le dijo:</p>
+
+<p>—¿Sabes que tu primo no te conoce?</p>
+
+<p>—No. Yo por mi parte le he visto; pero él nunca se ha dignado fijarse
+en mí.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_540">[Pg 540]</span></p>
+
+<p>—¿Y vais á viajar juntos?</p>
+
+<p>—Él en el imperial y yo en la berlina.</p>
+
+<p>—¿Adónde va esa diligencia?</p>
+
+<p>—Á los Andelys.</p>
+
+<p>—¿Y va allí Mario?</p>
+
+<p>—Sí, á no ser que haga lo que yo, y se quede en el trayecto. Yo
+bajo en Vernón para tomar el coche de Gaillón. Ignoro el itinerario
+de Mario.</p>
+
+<p>—¡Mario! ¡Qué nombre tan feo! ¡Qué ocurrencia la de ponerle Mario!
+¡Pero tú al menos te llamas Teódulo!</p>
+
+<p>—Preferiría llamarme Alfredo,—dijo el oficial.</p>
+
+<p>—Oye, Teódulo.</p>
+
+<p>—Ya oigo, tía.</p>
+
+<p>—Préstame atención.</p>
+
+<p>—Estoy atento...</p>
+
+<p>—¿Estás?</p>
+
+<p>—Estoy.</p>
+
+<p>—Pues bien; Mario hace escapatorias.</p>
+
+<p>—¡Eh! ¡Eh!</p>
+
+<p>—Viaja.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¡Ah!</p>
+
+<p>—Duerme fuera de casa.</p>
+
+<p>—¡Oh! ¡Oh!</p>
+
+<p>—Quisiéramos saber la causa.</p>
+
+<p>Teódulo respondió con la calma de un hombre curtido:</p>
+
+<p>—Cuestión de faldas.</p>
+
+<p>Y con esa risita entre cuero y carne que demuestra la certeza, añadió:</p>
+
+<p>—Alguna muchacha.</p>
+
+<p>—Es evidente,—dijo la tía, que creyó oir hablar al señor Gillenormand,
+y que sintió salir irresistiblemente su convicción de la palabra
+<em>muchacha</em> acentuada casi de la misma manera por el tío y el sobrino. Y
+añadió:</p>
+
+<p>—Haznos un favor. Sigue un poco á Mario; esto te será fácil, porque
+no te conoce; y supuesto que hay muchacha de por medio, haz por conocerla.
+Nos escribirás la historieta, y se divertirá el abuelo.</p>
+
+<p>Á Teódulo no le gustaba mucho este género de espionaje; pero habíanle
+conmovido los diez luises, y creía que podrían traer otros detrás de sí.
+Aceptó, pues, la comisión y dijo:</p>
+
+<p>—Como usted quiera, tía.</p>
+
+<p>Añadiendo para sí:</p>
+
+<p>—Ya estoy convertido en chaperona.</p>
+
+<p>La tía Gillenormand lo abrazó.</p>
+
+<p>—No harías tú nunca esas extravagancias, Teódulo. Tú obedeces á
+la disciplina, eres esclavo de la consigna, eres hombre escrupuloso y fiel<span class="pagenum" id="Page_541">[Pg 541]</span>
+á tus deberes, y no abandonarías á tu familia por ir á ver á una muchachuela.</p>
+
+<p>El lancero hizo una mueca de satisfacción parecida á la del ladrón
+Cartouche, elogiado por su probidad.</p>
+
+<p>La noche que siguió á este diálogo, Mario subió á la diligencia sin
+sospechar que se le vigilaba. En cuanto al vigilante, lo primero que hizo
+fué dormirse. El sueño fué completo y concienzudo. Argos pasó roncando
+toda la noche.</p>
+
+<p>Al despuntar el día, el mayoral de la diligencia gritó:—¡Vernón!
+¡Relevo de Vernón! ¡Los viajeros de Vernón! Y el teniente Teódulo despertó.</p>
+
+<p>—¡Bueno!—murmuró medio dormido aún;—aquí es donde me
+bajo.</p>
+
+<p>Después empezó á despejársele la memoria poco á poco, y se acordó
+de su tía, de los diez luises, y de la promesa que había hecho de contar
+los hechos y los gestos de Mario. Esto le hizo reir.</p>
+
+<p>—Ya no estará tal vez en el coche, pensó para sí abotonándose el
+levitín. Puede haberse quedado en Poissy y ha podido quedarse también
+en Triel; si no ha bajado en Meulán, puede haber bajado en Nantes á
+menos que no se haya apeado en Rolleboise, ó que no haya avanzado
+hasta Pacy, con la facultad de torcer allí á la izquierda hacia Evreux,
+ó á la derecha hacia Laroche-Guyón. Ya puede mi tía echarle un galgo.
+¿Qué diablos voy á escribirle ahora á la buena vieja?</p>
+
+<p>En este momento un pantalón negro que descendía del imperial apareció
+en la vidriera de la berlina.</p>
+
+<p>—¿Mario será éste?—dijo el teniente.</p>
+
+<p>En efecto, era Mario.</p>
+
+<p>Al pie del coche, y mezclada con los caballos y los postillones, una
+muchachuela del lugar ofrecía flores á los viajeros, gritando:</p>
+
+<p>—Flores para las señoras, caballeros.</p>
+
+<p>Mario se acercó á la muchacha, y escogió las flores más hermosas de
+su cesta.</p>
+
+<p>—Por de pronto,—dijo Teódulo, saltando de la berlina,—ya pica esto
+mi curiosidad. ¿Á quién diablos va á llevar esas flores? Preciso es que
+sea muy buena moza para que merezca tan lindo ramo. Quiero conocerla.</p>
+
+<p>Y no tanto por mandato como por curiosidad particular, á semejanza
+de los perros que cazan por su cuenta, empezó á seguir á Mario.</p>
+
+<p>Éste no fijó la atención en Teódulo. Bajaron de la diligencia algunas
+mujeres elegantes; Mario no las miró siquiera, parecía que no veía nada
+á su alrededor.</p>
+
+<p>—¡Está enamorado!—pensó Teódulo.</p>
+
+<p>Mario se dirigió hacia la iglesia.</p>
+
+<p>—¡Perfectamente!—dijo Teódulo.—¡La iglesia! Esto es, Las citas<span class="pagenum" id="Page_542">[Pg 542]</span>
+sazonadas con un poco de misa son mejores. Nada tan exquisito como
+una mirada pasando por encima de Dios.</p>
+
+<p>Mario llegó á la iglesia, pero no entró; dió la vuelta al exterior, y
+desapareció en el ángulo de uno de los estribos del ábside.</p>
+
+<p>—La cita es fuera,—dijo.—Veremos la muchacha.</p>
+
+<p>Y se adelantó de puntillas hacia el ángulo por donde había dado la
+vuelta Mario.</p>
+
+<p>Al llegar allí, se quedó estupefacto.</p>
+
+<p>Mario, con la frente entre ambas manos, estaba arrodillado sobre la
+yerba, junto á una tumba. Había deshojado el ramo. En el extremo de
+la fosa, en un relleno que indicaba la cabecera, había una cruz de madera
+negra con este nombre escrito en letras blancas: <span class="allsmcap">EL CORONEL BARÓN
+DE PONTMERCY</span>. Oíase sollozar á Mario.</p>
+
+<p>La chica era una tumba.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Mármol contra granito</b></p>
+
+
+<p>Allí era donde había ido Mario la primera vez que se ausentó de París.
+Allí iba cada vez que el señor Gillenormand decía: «Duerme fuera».</p>
+
+<p>El teniente se quedó completamente desconcertado con el
+inesperado encuentro de un sepulcro; experimentó una sensación desagradable
+y singular, que le era imposible analizar, compuesta del respeto
+que inspira una tumba mezclado al respeto debido á un coronel. Retrocedió,
+pues, dejando á Mario solo en el cementerio, habiendo en su
+retirada algo de la disciplina. Presentósele la muerte con grandes charreteras,
+y casi le hizo el saludo militar. No sabiendo qué escribir á la
+tía, tomó el partido de no decirle nada; y probablemente no hubiera tenido
+consecuencia alguna el descubrimiento de Teódulo acerca de los
+amores de Mario, si por una de esas coincidencias misteriosas, tan frecuentes
+en la casualidad, la escena de Vernón no hubiese tenido, por decirlo
+así, una especie de resonancia en París.</p>
+
+<p>Mario volvió de Vernón tres días después muy de mañana, llegó á
+casa de su abuelo, y cansado de las dos noches que había pasado en la
+diligencia, conociendo la necesidad de reparar su insomnio con una hora
+de escuela de natación, subió rápidamente á su cuarto, y sin emplear
+más tiempo que el necesario para quitarse el levitón de viaje y el cordón
+negro que llevaba al cuello, se fué á tomar el baño.</p>
+
+<p>El señor Gillenormand se levantó temprano, como todos los viejos
+fuertes; le oyó entrar, y se apresuró á subir lo más pronto que pudo con
+sus viejas piernas la escalera del cuarto de Mario, al objeto de abrazarle
+é interrogarle al mismo tiempo para traslucir de dónde venía.</p>
+
+<p>Pero el adolescente había empleado menos tiempo en bajar que el
+octogenario en subir, y cuando el abuelo Gillenormand entró en la
+buhardilla, ya Mario había salido.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_543">[Pg 543]</span></p>
+
+<p>La cama estaba sin tocar, viéndose sobre ella el levitón y el cordón
+negro.</p>
+
+<p>—Prefiero esto,—dijo Gillenormand.</p>
+
+<p>Y un momento después entró en la sala en que estaba sentada la señorita
+Gillenormand bordando sus ruedas de cabriolé.</p>
+
+<p>La entrada fué triunfal.</p>
+
+<p>El señor Gillenormand llevaba en una mano el levitón, y el cordón
+en la otra.</p>
+
+<p>—¡Victoria!—exclamó.—¡Vamos á penetrar el misterio! ¡Vamos á
+saber lo fino del fin! Vamos á palpar el libertinismo de nuestro cazurro!
+¡Ya tenemos aquí la novela! Tengo el retrato.</p>
+
+<p>En efecto; del cordón pendía una cajita de tafilete negro, muy semejante
+á un medallón.</p>
+
+<p>El viejo tomó esta caja, y la contempló algunos momentos sin abrirla,
+con ese aire de voluptuosidad, enajenamiento y cólera de un pobre
+diablo hambriento al oler una comida espléndidamente que no fuése para él.</p>
+
+<p>—Porque esto, evidentemente es un retrato. Yo no me engaño. Esto
+se lleva tiernamente sobre el corazón. ¡Qué tontos son! ¡Algún espantoso
+mascarón, que hará temblar probablemente! ¡Los jóvenes tienen hoy
+tan mal gusto!...</p>
+
+<p>—Veámosle, padre,—dijo la vieja solterona.</p>
+
+<p>La caja se abrió apretando un resorte, pero no encontraron en ella
+más que un papel cuidadosamente doblado.</p>
+
+<p>—<em>De ella á él</em>,—dijo Gillenormand echándose á reir.—Ya sé lo que
+es; ¡un billete amoroso!</p>
+
+<p>—¡Ah, ya! ¡Leámosle!—dijo la tía. Y se puso los anteojos.</p>
+
+<p>Desdoblaron el papel y leyeron esto:</p>
+
+<p>—«<em>Para mi hijo.</em> El emperador me hizo barón en el campo de batalla
+de Waterloo. La restauración me niega este título que he comprado
+con mi sangre; mi hijo le tomará y le llevará. No hay que decir que
+será digno de él».</p>
+
+<p>Lo que el padre y la hija sintieron entonces, no es para dicho. Se
+quedaron helados como por el soplo de una calavera. No cambiaron ni
+una palabra.</p>
+
+<p>Solamente Gillenormand dijo en voz baja, y como hablando consigo
+mismo:</p>
+
+<p>—Es la letra de aquel acuchillador.</p>
+
+<p>La tía examinó el papel, le volvió en todos sentidos, colocándolo de
+nuevo en la cajita.</p>
+
+<p>En aquel momento cayó al suelo, del bolsillo de la levita, un paquetito
+oblongo envuelto en un papel azul. La señorita Gillenormand le recogió,
+y desdobló el papel azul; eran las cien tarjetas de Mario.</p>
+
+<p>Cogió una y se la dió al señor Gillenormand, que leyó. <em>El barón
+Mario de Pontmercy.</em></p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_544">[Pg 544]</span></p>
+
+<p>El viejo llamó, y acudió Nicolasita.</p>
+
+<p>Gillenormand cogió el cordón, la caja y la levita, lo tiró al suelo en
+medio de la sala, y dijo:</p>
+
+<p>—Llévate esos arreos.</p>
+
+<p>Pasó una hora larga de profundo silencio.</p>
+
+<p>El viejo y la solterona se habían sentado de espaldas, uno á otro,
+pensando cada uno por su parte probablemente lo mismo. Al cabo de la
+hora, dijo la tía Gillenormand:</p>
+
+<p>—¡Magnífico!</p>
+
+<p>Algunos minutos después apareció Mario.</p>
+
+<p>Estaba de vuelta.</p>
+
+<p>Antes de haber atravesado el umbral del salón, distinguió á su abuelo
+que tenía en la mano una de sus tarjetas, quien, al verle, exclamó
+con su aire de superioridad plebeya y satírica, un tanto abrumadora:</p>
+
+<p>—¡Vaya, vaya, vaya! Ahora eres barón. Te doy la enhorabuena.
+¿Qué quiere decir esto?</p>
+
+<p>Mario ruborizándose ligeramente, respondió:</p>
+
+<p>—Esto quiere decir que soy hijo de mi padre.</p>
+
+<p>Gillenormand dejó de reirse, y dijo duramente:</p>
+
+<p>—Tu padre soy yo.</p>
+
+<p>—Mi padre,—repuso Mario con los ojos bajos y aire reposado,—era
+un hombre modesto y heroico, que sirvió gloriosamente á la República
+y á la Francia; que fué grande en la historia más grande que hayan podido
+hacer los hombres; que vivió un cuarto de siglo en el campo de
+batalla; de día, bajo la metralla y las balas, y de noche entre la nieve,
+en el lodo y bajo la lluvia; que tomó dos banderas; que recibió veinte
+heridas; que ha muerto en el olvido y en el abandono, y que no cometió
+en su vida más que una falta: amar demasiado á dos ingratos, á su país
+y á mí.</p>
+
+<p>Esto era más de lo que el señor Gillenormand podía oir. Á la palabra
+<em>República</em> se había levantado, ó por mejor decir, se había erguido
+repentinamente.</p>
+
+<p>Cada una de las palabras que Mario acababa de pronunciar, había
+hecho en el rostro del viejo realista, el efecto del soplo de un fuelle de
+fragua sobre un tizón ardiente.</p>
+
+<p>De sombrío había pasado á rojo, de rojo á purpúreo y de purpúreo á
+resplandeciente.</p>
+
+<p>—¡Mario!—exclamó.—¡Abominable criatura! ¡Yo no sé lo que era tu
+padre! ¡No quiero saberlo! ¡No sé nada! ¡No lo sé! ¡Pero lo que sé es que
+entre esas gentes nunca hubo más que miserables; que todos ellos son
+unos perdidos, asesinos, gorros rojos, ladrones! ¡Digo que todos! ¡y lo
+repito; todos! ¡Yo no conozco á ninguno! ¡Repito que á ninguno! ¡Lo
+oyes Mario! Ya lo ves; eres tan barón como mi zapatilla. ¡Fueron todos
+bandidos, al servicio de Robespierre! ¡Forajidos, al servicio de Bu-o-na-parte!<span class="pagenum" id="Page_545">[Pg 545]</span>
+¡Todos traidores, que vendieron, vendieron, vendieron á su rey
+legítimo! ¡Todos cobardes, que huyeron ante los prusianos y los ingleses
+en Waterloo! Esto es lo que sé. Si vuestro padre fué uno de ellos, lo ignoro,
+lo siento; tanto peor, servidor vuestro.</p>
+
+<p>Á su vez fué Mario el tizón y Gillenormand el fuelle. Mario temblaba
+de pies á cabeza, no sabía qué hacer, ardía su cabeza. Era el sacerdote
+que ve arrojar al viento todas sus hostias, el faquir que ve á un pasajero
+escupir á su ídolo. Era imposible que se hubieran dicho tales
+cosas delante de él impunemente. ¿Pero qué hacer? Su padre acababa de
+ser pisoteado y humillado en su presencia; pero ¿por quién? Por su abuelo.
+¿Cómo vengar el uno sin ultrajar al otro?</p>
+
+<p>Le era igualmente imposible insultar al abuelo y dejar de vengar á
+su padre. De un lado una tumba sagrada; de otro unos cabellos blancos.</p>
+
+<p>Estuvo unos instantes aturdido y vacilante, con aquel torbellino dentro
+de la cabeza; después levantó los ojos, y mirando fijamente á su
+abuelo, gritó con voz tonante:</p>
+
+<p>—¡Abajo los Borbones! ¡Abajo ese cerdo de Luis XVIII!</p>
+
+<p>Luis XVIII había muerto hacía cuatro años, pero á Mario esto le era
+indiferente.</p>
+
+<p>El rostro del anciano pasó de escarlata al blanco, á un blanco superior
+al de sus cabellos. Y volviéndose hacia un busto del duque de Berry
+que estaba encima de la chimenea, le saludó respetuosamente con cierta
+majestad singular. Después pasó dos veces lentamente y en silencio desde
+la chimenea á la ventana, y de la ventana á la chimenea, atravesando
+toda la sala, y haciendo resonar el pavimento como una estatua de
+piedra andando. Á la segunda vez se inclinó ante su hija, que asistía á
+esta escena con el estupor de una oveja, y le dijo sonriéndose, con una
+sonrisa casi serena:</p>
+
+<p>—Un barón como este caballero y un burgués como yo, no pueden
+continuar bajo un mismo techo.</p>
+
+<p>Y enderezándose de súbito, pálido, tembloroso, aterrador, la frente
+ensanchada por la terrible irradiación de la cólera, extendió el brazo
+hacia Mario gritándole:</p>
+
+<p>—¡Vete!</p>
+
+<p>Mario dejó la casa.</p>
+
+<p>Al día siguiente el señor Gillenormand dijo á su hija:</p>
+
+<p>—Mandad cada seis meses sesenta doblones á ese bebedor de sangre,
+y nunca más volváis á hablarme de él.</p>
+
+<p>Y como le quedaba todavía una gran cantidad de furor que no sabía
+en qué emplear, siguió llamando de vos á su hija por espacio de más de
+tres meses.</p>
+
+<p>Mario, por su parte, había salido indignado.</p>
+
+<p>Una circunstancia, que debemos consignar, agravó aún su exasperación.<span class="pagenum" id="Page_546">[Pg 546]</span>
+Existe siempre alguna pequeña fatalidad que complica los dramas
+domésticos y aumenta los motivos de queja, aunque no aumente los verdaderos
+agravios. Al llevar precipitadamente por orden del abuelo los
+«arreos» de Mario á su cuarto, Nicolasita había dejado caer, sin repararlo,
+y probablemente en la escalera de la buhardilla, que era obscura,
+el medallón de tafilete negro que contenía el papel escrito por el coronel.
+Ni el papel ni el medallón pudieron encontrarse; y Mario quedó convencido
+de que el señor Gillenormand,—desde aquel día no llamó de otra
+manera á su abuelo,—había arrojado al fuego «el testamento de su padre».
+Sabía de memoria las pocas líneas escritas por el coronel, y por
+consiguiente nada se había perdido con aquella fatal desaparición. Pero
+el papel, la escritura, aquella reliquia sagrada, todo esto formaba su
+propio corazón. ¿Qué habían hecho de él?</p>
+
+<p>Mario se había ido, sin decir ni saber adónde, con treinta francos en
+el bolsillo, su reloj, y alguna ropa en un saco de noche. Subió á un coche
+de alquiler, le tomó por horas y se dirigió á la ventura hacia el barrio
+latino.</p>
+
+<p>¿Qué iba á ser de Mario?</p>
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_13" href="#FNanchor_13" class="label">[13]</a> <em>pendu</em>, ahorcado.</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO CUARTO<br>
+LOS AMIGOS DEL A B C</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Un grupo que le ha faltado poco para llegar á ser histórico</b></p>
+
+
+<p>En aquella época, indiferente en apariencia, corría vagamente cierta
+calentura revolucionaria. Emanaciones que salían de las profundidades
+de 1789 y 92 impregnaban el aire. La juventud, permítasenos la frase,
+estaba de muda. Se transformaba, casi sin saberlo, por el propio movimiento
+del tiempo. La aguja que recorre el cuadrante marcha igualmente
+en las almas. Cada uno daba hacia adelante el paso que debía
+dar. Los realistas se trocaban en liberales: los liberales en demócratas.
+Era aquello una especie de marea creciente, complicada con mil reflujos;
+y como es propio del reflujo mezclarlo todo, de ahí resultaban combinaciones
+de ideas singularísimas; se adoraba á la vez á Napoleón y á
+la libertad.</p>
+
+<p>Nosotros escribimos historia pura. Tales eran los aspectos de aquel
+tiempo. Las opiniones tienen sus fases. El realismo volteriano, variedad
+extravagante, tuvo un contrapeso no menos extraño: el liberalismo bonapartista.</p>
+
+<p>Otros grupos razonadores eran más serios. Ya se sondaba el principio;
+ya se aferraban en el derecho. Se apasionaban por lo absoluto; se<span class="pagenum" id="Page_547">[Pg 547]</span>
+entreveían las realizaciones infinitas; lo absoluto por su misma rigidez
+impulsa el ánimo hacia lo etéreo, y le hace flotar en los espacios ilimitados.
+Nada hay como el dogma para producir la meditación; y nada hay
+como la meditación para engendrar el porvenir. La utopía de hoy es la
+carne y hueso del mañana.</p>
+
+<p>Las opiniones avanzadas tenían doble fondo. Un principio de misterio
+amenazaba al «orden establecido», el cual era suspicaz y receloso,
+signo altamente revolucionario. La intención oculta del poder, tropieza
+en la zapa con la intención oculta del pueblo. La incubación de las insurrecciones
+es la réplica á la premeditación de los golpes de Estado.</p>
+
+<p>No había entonces todavía en Francia esas vastas organizaciones
+subterráneas, como el <em>tugenbund</em> alemán y el carbonarismo italiano;
+pero acá y acullá se iban ya ramificando algunas minas obscuras. La
+<em>cougourde</em> se esbozaba en Aix; y había en París, entre otras afiliaciones
+de este género, la sociedad de los amigos del A B C.</p>
+
+<p>¿Qué era eso de los amigos del A B C? Una sociedad que tenía por
+objeto, en apariencia, la educación de los niños, y en realidad el mejoramiento
+de los hombres.</p>
+
+<p>Declarábanse amigos del A B C<a id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a>. El Abaissé, era el pueblo. Se le
+quería realzar. Retruécano del que haríamos mal en reirnos, porque estos
+retruécanos son muchas veces cosa grave en política; dígalo el <em>Castratus
+ad castra</em>, que hizo de Narsés un general de ejército; dígalo el
+<em>Barbari et Barberini</em>; dígalo también el <em>Fueros</em> y <em>Fuegos</em> como el <em>Tu
+es Petrus et super hanc Petram</em>, etc., etc.</p>
+
+<p>Los amigos del A B C eran pocos; era una sociedad secreta en embrión;
+casi podríamos decir una pandilla, si las pandillas pudiesen producir
+héroes. Reuníanse en París en dos puntos: junto á los Mercados,
+en una taberna llamada de <em>Corinto</em>, de que hablaremos después, y cerca
+del Panteón, en un cafetucho de la plaza de San Miguel, llamado el
+<em>Café Musain</em>, hoy derribado; el primero de estos centros de reunión estaba
+en el barrio de los jornaleros, y el segundo en el de los estudiantes.</p>
+
+<p>Los conciliábulos habituales de los amigos del A B C se celebraban
+en una sala interior del café Musain.</p>
+
+<p>Esta sala, bastante separada del café, con el cual se comunicaba por
+un largo corredor, tenía dos ventanas y una puerta con escalera secreta,
+que daba á la callejuela de Gres. Allí se fumaba, se bebía, se jugaba y
+se reía. Se hablaba de todo en alta voz, y de algo en voz baja.</p>
+
+<p>En la pared estaba clavado un antiguo mapa de Francia del tiempo
+de la República, indicio bastante para avivar el olfato de un agente de
+policía.</p>
+
+<p>La mayor parte de los amigos del A B C eran estudiantes, en cordial
+inteligencia con algunos obreros. He aquí los nombres principales que
+<span class="pagenum" id="Page_548">[Pg 548]</span>pertenecen, en cierto modo, á la historia: Enjolrás, Combeferre, Juan
+Prouvaire, Feuilly, Courfeyrac, Bahorel, Lesgle ó Laigle, Joly, Grantaire.</p>
+
+<p>Estos jóvenes componían una especie de familia, á fuerza de amistad.
+Todos, excepto Laigle, eran del Mediodía.</p>
+
+<p>Este grupo, que fué notable, se ha desvanecido ya en las profundidades
+invisibles que están detrás de nosotros.</p>
+
+<p>Al punto á que hemos llegado de este drama, no estará tal vez de
+más hacer penetrar un rayo de luz en aquella reunión de jóvenes, antes
+de que el lector los vea sumergirse en las sombras de una aventura
+trágica.</p>
+
+<p>Enjolrás, á quién hemos nombrado el primero por la razón que se
+verá después, era hijo único y rico; mozo simpático, capaz de ser terrible,
+y angelicalmente hermoso; era Antinoo furioso. Hubiérase dicho, al
+ver la pensativa reverberación de su mirada, que había ya atravesado
+en alguna existencia anterior el apocalipsis revolucionario. Poseía la
+tradición como un testigo. Sabía todos los pormenores de la gran cosa.
+Era una naturaleza pontifical y guerrera, extraña en un adolescente; era
+celebrante y militante; bajo el punto de vista inmediato, soldado de la
+democracia, y por encima del movimiento contemporáneo, sacerdote de
+lo ideal. Tenía la pupila profunda, los párpados algo encarnados, el labio
+inferior grueso y dispuesto á expresar el desdén; la frente espaciosa.
+Mucha frente en un rostro, es lo mismo que mucho cielo en un horizonte.
+Como ciertos jóvenes de principios de este siglo y fines del pasado
+que han adquirido celebridad muy pronto, tenía él una mocedad excesiva,
+fresca como la de las muchachas, con sus correspondientes horas
+de palidez. Era ya hombre, y parecía niño todavía. Sus veintidós años
+aparentaban diez y siete; era grave, y parecía ignorar que hubiese en
+la tierra un ser llamado mujer. No tenía más que una pasión, el derecho;
+y un pensamiento, destruir obstáculos. En el monte Aventino hubiera
+sido un Graco, y en la Convención, Saint Just.</p>
+
+<p>Apenas veía las rosas; desconocía la primavera; no oía cantar á los
+pájaros; la garganta desnuda de Evadné no le habría conmovido más
+que á Aristógiton; para él, como para Anmodio, las flores sólo servían
+para ocultar la espada. Era severo en las alegrías, y ante todo lo que no
+era la república bajaba castamente los ojos. Era el amante de mármol de
+la libertad. Su palabra era ásperamente inspirada, y tenía la vibración
+del himno. Á veces desplegaba sus alas de un modo inesperado. ¡Desgraciado
+el amorío que se hubiese atrevido á pasar por su lado! Si alguna
+griseta de la plaza de Cambrai ó de la calle de San Juan de Beauvais, al
+ver aquella fisonomía que parecía escapada del colegio, aquella figura
+de paje, aquellas prolongadas cejas rubias, aquellos ojos azules, aquella
+cabellera tumultuosamente entregada al viento, aquellas mejillas sonrosadas,
+aquellos labios vírgenes, aquellos dientes perfectos, hubiese sentido<span class="pagenum" id="Page_549">[Pg 549]</span>
+apetito por toda aquella aurora y tratado de probar los efectos de
+su belleza en Enjolrás, una mirada sorprendente y terrible le habría mostrado
+bruscamente el abismo, y enseñado á no confundir el querubín
+galanteador de Beaumarchais con el querubín formidable de Ezequiel.</p>
+
+<p>Al lado de Enjolrás, que representaba la lógica de la revolución,
+Combeferre representaba su filosofía. Entre la lógica y la filosofía de la
+revolución hay esta diferencia: que la lógica puede ir á parar á la guerra,
+mientras que la filosofía no puede tener por última consecuencia
+más que la paz. Combeferre completaba y rectificaba á Enjolrás. Era
+más bajo y más grueso. Quería que se imbuyesen en los ánimos los principios
+extensos de ideas generales: revolución, decía, pero también civilización;
+y en derredor de la montaña abría á pico el vasto horizonte
+azul. De ahí, que en todas las teorías de Combeferre hubiese algo de accesible
+y practicable. La revolución era más respirable con él que con
+Enjolrás. Éste expresaba el derecho divino, y Combeferre el derecho natural.
+El primero se encadenaba con Robespierre, el segundo confinaba
+con Condorcet. Combeferre vivía más que Enjolrás la vida de todo el
+mundo. Si hubiera sido dado á estos dos jóvenes llegar á la historia, el
+uno hubiera sido el justo, el otro el sabio. Enjolrás era más viril, Combeferre
+más humano. <em>Homo</em> y <em>Vir</em>; estas palabras los calificaban perfectamente.
+Combeferre, era tan dulce como severo Enjolrás, por candidez
+natural. Le gustaba la palabra ciudadano; pero prefería la palabra
+<em>homme</em>; y de buena gana hubiese dicho <em>Hombre</em>, como los españoles.
+Todo lo leía, iba á los teatros, seguía los cursos públicos, aprendía de
+Arago la polarización de la luz, se apasionaba por una lección en que
+Geoffroy Saint Hilaire había explicado la doble función de la arteria carótida
+externa, y de la arteria carótida interna; la una que constituye el
+rostro, y la otra que constituye el cerebro; estaba al corriente de todo
+lo que era estudio; seguía la ciencia paso á paso; confrontaba á San Simón
+con Fourier; descifraba los jeroglíficos; partía los guijarros que
+encontraba y discurría sobre geología; pintaba de memoria una mariposa
+<em>bombix</em>; señalaba las faltas de lenguaje en el diccionario de la Academia;
+estudiaba á Puységur y Deleuze; no afirmaba nada, ni siquiera
+los milagros; no negaba nada, ni aún las apariciones; hojeaba la colección
+del <em>Monitor</em>; meditaba. Decía que el porvenir está en manos del
+maestro de escuela, y se preocupaba mucho por las cuestiones de educación.</p>
+
+<p>Quería que la sociedad trabajase sin descanso en la elevación del nivel
+intelectual y moral, en la monetización de la ciencia, en la circulación
+de las ideas, en el crecimiento de la inteligencia en la juventud, y
+temía que la pobreza de los sistemas actuales, la estrechez del punto de
+vista literario, limitado á dos ó tres siglos llamados clásicos, el dogmatismo
+tiránico de los pedantes oficiales, las preocupaciones escolásticas y
+la rutina, acabasen por hacer de nuestros colegios criaderos de ostras<span class="pagenum" id="Page_550">[Pg 550]</span>
+artificiales. Era sabio, purista, preciso, politécnico, trabajador, y al
+mismo tiempo pensativo «hasta la quimera», según decían sus amigos.
+Creía en todos los sueños: como, caminos de hierro, supresión del dolor
+en las operaciones quirúrgicas, fijación de la imagen en la cámara obscura,
+telégrafo eléctrico, dirección de los globos; y por otra parte le espantaban
+poco las ciudadelas levantadas en todas partes contra el género
+humano por la superstición, el despotismo y las preocupaciones. Era
+de los que piensan que la ciencia acabará por enseñorearse de todas las
+posiciones. Enjolrás era un jefe; Combeferre un guía. Se deseaba pelear
+con uno y marchar con el otro. Y no porque Combeferre no fuése capaz
+de pelear ni se negase á luchar cuerpo á cuerpo con el obstáculo y atacarle
+á viva fuerza y por explosión, sino porque prefería emplear la enseñanza
+de los axiomas y la promulgación de las leyes positivas, para ir
+poniendo poco á poco al género humano de acuerdo con sus destinos; y
+entre dos llamas, prefería la que iluminaba á la que abrasaba. Un incendio
+puede producir indudablemente una aurora; pero ¿por qué no se
+ha de esperar la salida del sol? Un volcán alumbra, pero alumbra mucho
+mejor el alba.</p>
+
+<p>Combeferre prefería tal vez la blancura de lo bello á la brillantez de
+lo sublime. Una claridad turbada por el humo, un progreso comprado
+con la violencia, sólo satisfacían á medias su tierno y grave espíritu. La
+precipitación de un pueblo desde la cumbre al fondo de la verdad, un 93,
+le asustaba; sin embargo, el estancamiento le repugnaba más, porque
+veía en él la putrefacción y la muerte; y á todo trance prefería la espuma
+al miasma, el torrente á la cloaca, la caída del Niágara al lago de
+Montfaucon. En suma, no quería pararse ni precipitarse.</p>
+
+<p>Mientras que sus bulliciosos amigos, caballerosamente prendados de
+lo absoluto, adoraban é invocaban las espléndidas aventuras revolucionarias,
+Combeferre se inclinaba á dejar obrar al progreso, al progreso
+verdadero, frío tal vez, pero puro; metódico, pero irreprensible; flemático,
+pero irreprochable. Combeferre se habría arrodillado, habría pedido,
+plegadas las manos, la llegada del porvenir con todo su candor, y
+que nada turbase la inmensa y virtuosa evolución de los pueblos. «Es
+preciso que el bien sea inocente», repetía de continuo. Y en efecto, si la
+grandeza de la revolución consiste en mirar fijamente al deslumbrador
+ideal, y volar al través de los rayos, llevando en las garras sangre y fuego,
+la belleza del progreso consiste en carecer de toda mancha. Entre
+Washington que representa lo uno, y Dantón que encarna lo otro, hay
+la misma diferencia que separa al ángel de alas de cisne del ángel con
+alas de águila.</p>
+
+<p>Juan Prouvaire era un tipo más templado aún que Combeferre. Se
+llamaba Johan por un capricho pasajero que se mezclaba á ese poderoso
+y profundo movimiento, de donde ha salido el estudio tan necesario
+de la edad media. Juan Prouvaire era cariñoso, cultivaba un tiesto de<span class="pagenum" id="Page_551">[Pg 551]</span>
+flores, tocaba la flauta, hacía versos, amaba al pueblo, se compadecía
+de la mujer, lloraba por los niños, confundía en la misma esperanza el
+porvenir y Dios, y censuraba á la revolución por haber derribado una
+cabeza real, la de Andrés Chenier. Tenía la voz generalmente delicada,
+pero á veces viril. Era hombre de letras hasta la erudición, y casi orientalista.
+Era principalmente bueno, prefiriendo en poesía lo inmenso; lo
+cual se comprende fácilmente para quien sabe cuanto se hermanan la
+bondad y la grandeza. Sabía el italiano, el latín, el griego y el hebreo,
+lo cual le servía para no leer más que cuatro poetas: Dante, Juvenal,
+Esquilo é Isaías. En francés prefería Corneille á Racine, y á Agrippa
+d'Aubigné á Corneille. Le gustaba pasear á la ventura por los campos
+de avena silvestre y campanillas, y se ocupaba casi tanto de las nubes
+como de los acontecimientos. Su espíritu solía tener dos actitudes, una
+de parte del hombre, otra de la de Dios; estudiaba ó contemplaba. De
+día profundizaba las cuestiones sociales: el salario, el capital, el crédito,
+el matrimonio, la religión, la libertad de pensar, la libertad de amar, la
+educación, la penalidad, la miseria, la asociación, la propiedad, la producción
+y la repartición, el enigma de aquí abajo que cubre de sombra
+el hormiguero humano, y por la noche contemplaba los astros; esos seres
+enormes. Como Enjolrás, era rico é hijo único. Hablaba despacio,
+inclinaba la cabeza, bajaba los ojos, sonreía con dificultad, vestía sin
+aliño, era desmañado, se sonrojaba por nada, era también muy tímido;
+pero intrépido, por demás.</p>
+
+<p>Feuilly era un oficial abaniquero, huérfano de padre y madre, que
+ganaba penosamente tres francos diarios, y que no tenía más que un
+pensamiento: emancipar el mundo. Tenía otra preocupación: instruirse,
+á lo cual llamaba también emanciparse. Había aprendido por sí sólo á
+leer y escribir; todo lo que sabía se lo había aprendido él mismo. Tenía
+el corazón generoso, y quería abrazar la inmensidad. Este huérfano había
+hecho hijos adoptivos suyos á los pueblos.</p>
+
+<p>Faltándole una madre, había pensado en la patria, y no quería que
+hubiese en la tierra un hombre sin patria. Alimentaba en sí mismo,
+con la adivinación profunda del hombre del pueblo, lo que hoy llamamos
+<em>la idea de las nacionalidades</em>. Había estudiado expresamente
+la historia, tan sólo para indignarse con conocimiento de causa. En
+aquel cenáculo juvenil de utopistas, ocupados principalmente de Francia,
+él representaba el exterior. Su especialidad era la Grecia, la Polonia,
+la Hungría, la Rumania y la Italia. Pronunciaba sin cesar estos
+nombres, á propósito y fuera de propósito, con la tenacidad del derecho.
+La Turquía sobre la Grecia y Tesalia, la Rusia sobre Varsovia, el
+Austria sobre Venecia; estas violaciones le exasperaban; pero entre todas
+la gran violencia de 1772 le sublevaba.</p>
+
+<p>La verdad en la indignación, es la elocuencia más soberana, y él era
+elocuente con esa elocuencia.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_552">[Pg 552]</span></p>
+
+<p>Era interminable, siempre que se trataba de la fecha infame de 1772,
+del noble y valiente pueblo suprimido por la traición, de aquel crimen
+de tres, de aquella asechanza monstruosa, prototipo y patrón de todas
+esas horribles supresiones de Estados, que después han venido á caer
+sobre varias nobles naciones, borrando, por decirlo así, su partida de
+bautismo. Todos los atentados sociales contemporáneos derivan de la repartición
+de Polonia. La repartición de Polonia es un teorema, cuyos
+corolarios son los actuales crímenes políticos. No hay un déspota ni un
+traidor desde hace un siglo que no haya visado, probado, firmado y rubricado,
+<em>ne varietur</em>, la repartición de Polonia. Cuando se examina el
+legajo de las traiciones modernas, ésa aparece la primera. El congreso
+de Viena consultó este crimen antes de consumar el suyo. 1772 es el
+grito. 1815 la consecuencia. Tal era el tema constante de Feuilly.</p>
+
+<p>Ese pobre obrero se había hecho el tutor de la justicia, y ella le recompensaba
+haciéndole grande; porque, en efecto, algo hay de eternidad
+en el derecho. Varsovia no puede ser tártara, así como Venecia no
+puede ser tudesca: los reyes perderán el tiempo y el honor en esta empresa.
+Tarde ó temprano, la patria sumergida reaparece y flota en la
+superficie. La Grecia vuelve á ser Grecia y la Italia vuelve á ser Italia.
+La protesta del derecho contra el hecho persiste siempre; el robo de un
+pueblo no prescribe jamás. Estas grandes estafas no tienen porvenir;
+que no se borra la marca de una nación como se borra la de un pañuelo.</p>
+
+<p>Courfeyrac tenía un padre que se llamaba el señor de Courfeyrac.
+Una de las falsas ideas de la clase media de la Restauración, en materia
+de aristocracia y de nobleza, era creer en la partícula <em>de</em>; y sabido es
+que la tal partícula no tiene significación alguna. Pero la clase media
+del tiempo de <em>la Minerva</em> estimaba tanto este pobre <em>de</em>, que se creía
+obligada á abdicarle. El señor de Chauvelin se hacía llamar Chauvelin;
+el señor de Caumartin, Caumartin; el señor de Constant de Rebecque,
+Benjamín Constant; el señor de Lafayette, Lafayette. Courfeyrac no
+quiso quedarse rezagado, y se llamaba Courfeyrac á secas.</p>
+
+<p>Podríamos detenernos aquí en lo referente á Courfeyrac, limitándonos
+á decir: Courfeyrac, véase Tholomyés.</p>
+
+<p>Courfeyrac tenía, en efecto, esa verbosidad de joven, que podría llamarse
+la belleza del diablo del espíritu. Esta gracia se pierde después
+como la gracia del gatito, y va á parar, cuando tiene dos pies al burgués,
+y cuando tiene cuatro patas al gato padre.</p>
+
+<p>Las generaciones que atraviesan las escuelas y las promociones sucesivas
+de la juventud, se trasmiten ese género de numen, pasándosele
+de mano en mano, <em>quasi cursores</em>, y casi siempre el mismo; de modo
+que, como acabamos de indicar, cualquiera que hubiese oído á Courfeyrac
+en 1828, habría creído oir á Tholomyés en 1817; solo que Courfeyrac
+era un buen muchacho. Bajo las aparentes semejanzas exteriores, la<span class="pagenum" id="Page_553">[Pg 553]</span>
+diferencia entre Tholomyés y él era grande. El hombre latente que existía
+en ellos era en el primero distinto del segundo. En Tholomyés se
+adivinaba un curial; en Courfeyrac un paladín.</p>
+
+<p>Enjolrás era el jefe, Combeferre el guía, Courfeyrac el centro. Los
+otros daban más luz, él daba más calor; tenía todas las cualidades de un
+centro, la redondez y la irradiación.</p>
+
+<p>Bahorel había figurado en el tumulto sangriento de junio de 1822,
+con motivo del entierro del joven Lallemand.</p>
+
+<p>Bahorel era un individuo de buen humor y de mala compañía, bravo,
+maniroto, pródigo hasta la generosidad, hablado hasta la elocuencia,
+atrevido hasta el descaro; la mejor pasta de diablo que pueda encontrarse;
+llevaba chalecos <em>temerarios</em>, y tenía opiniones de <em>escarlata</em>;
+era pendenciero en grande, es decir, nada le gustaba tanto como una
+riña, á no ser un motín; y nada tanto como un motín, á no ser una revolución;
+estaba siempre dispuesto á romper una vidriera, luego á desempedrar
+una calle, después á derribar un gobierno, sólo para ver el
+efecto. Llevaba once años de estudiar leyes, y aún no había llegado al
+tercero. Olfateaba el derecho, pero no lo aspiraba; tenía por divisa: <em>abogado
+nunca</em>, y por escudo una mesa de noche, sobre la cual se veía un
+gorro cuadrado. Siempre que pasaba por delante de la Escuela de Jurisprudencia,
+lo que sucedía pocas veces, se abotonaba la levita, pues todavía
+no se había inventado el gabán, y tomaba precauciones higiénicas.</p>
+
+<p>Decía de la fachada de la escuela: ¡qué hermoso viejo! Y del decano
+señor Delvincourt: ¡qué monumento! Veía en los cursos asunto para
+canciones, y en los profesores objetos para la caricatura. Gastaba en no
+hacer nada una gran pensión, una suma casi de tres mil francos al año.</p>
+
+<p>Sus padres eran unos lugareños, á quienes había sabido inculcar el
+respeto hacia su hijo. Decía de ellos: «Son lugareños y no ciudadanos;
+por eso tienen entendimiento».</p>
+
+<p>Bahorel, hombre caprichoso, concurría sin fijeza á varios cafés; los
+demás tenían sus costumbres; él no tenía ninguna. Vagaba al azar. El andar
+errante es propio de todos los humanos; pero el vagar á la ventura
+es muy parisiense. En el fondo, sin embargo, era un talento penetrante,
+y pensador más de lo que parecía.</p>
+
+<p>Servía de lazo entre los amigos del A B C y otros grupos todavía
+informes, pero que debían acabar de delinearse más adelante.</p>
+
+<p>Había además en aquel cónclave de jóvenes una cabeza calva.</p>
+
+<p>El marqués de Avaray, á quien Luis XVIII hizo duque por haberle
+ayudado á subir en un coche de alquiler el día en que emigró; contaba
+que en 1814, á su vuelta á Francia, cuando el rey desembarcó en Calais,
+le presentó un hombre un memorial. ¿Qué pedís?—dijo el rey.—Señor,
+una administración de correos. ¿Cómo os llamáis? L'Aigle (el Águila).</p>
+
+<p>El rey frunció el entrecejo, miró la firma del memorial, y vió el
+nombre escrito así: <em>Lesgle</em>.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_554">[Pg 554]</span></p>
+
+<p>Esta ortografía poco bonapartista tranquilizó al rey, y le hizo sonreir.—Señor,
+continuó el hombre del memorial, tengo entre mis antepasados
+un perrero, á quien llamaban Lesgueules (Bocaza). De este mote
+viene mi nombre. De Lesgueules han hecho por contracción Lesgle, y
+por corrupción L'Aigle. Esto hizo que el rey acabara de sonreirse; y
+por fin, le dió la administración de correos de Meaux, no sabemos si por
+inadvertencia ó á propósito.</p>
+
+<p>El individuo calvo del grupo era hijo de este Lesgle ó Legle, y se firmaba
+Legle de Meaux. Sus camaradas, para abreviar, le llamaban Bossuet;
+pues sabido es que al gran obispo Bossuet se le apellidaba de esa
+suerte, <em>L'Aigle (el Águila) de Meaux</em>.</p>
+
+<p>Bossuet era un guapo chico, que tenía desgracia en todo. Su especialidad
+consistía en que nada le saliese bien; pero él se reía de todo. Á los
+veinticinco años era calvo. Su padre había conseguido comprar una
+casa y un campo; pero él por nada había tenido tanta prisa como por
+perder en una falsa especulación el campo y la casita; y no le había
+quedado nada. Tenía ciencia y talento, pero sus planes abortaban.</p>
+
+<p>En todo fracasaba, en todo se engañaba; cuanto levantaba se venía
+abajo aplastándole. Si partía leña se cortaba un dedo; si tenía una querida,
+le salía enseguida un rival. Á cada paso le sucedía una desgracia;
+de ahí su jovialidad. Solía decir: «<em>Vivo debajo del tejado cuyas tejas se
+caen</em>». Se admiraba muy poco, porque para él el accidente era cosa
+prevista; recibía con serenidad la mala suerte, y se reía de los reveses
+del destino como quien oye llover. Era pobre, pero su bolsillo de buen
+humor era inagotable. Llegaba con facilidad á su último céntimo, pero
+nunca á su última carcajada. Cuando la adversidad entraba en su casa,
+la saludaba cordialmente como á un amigo antiguo; daba cariñosas palmadas
+á la catástrofe; tenía franqueza con la fatalidad hasta el punto de
+llamarla por su nombre familiar: «Buenos días, Mala suerte!» le decía.</p>
+
+<p>Estas persecuciones de la fortuna le habían dado cierta inventiva,
+abundante en recursos. No tenía dinero; pero encontraba medio de hacer
+despilfarros cuando le parecía bien. Una noche llegó á devorar cien
+francos en una cena con una cotorrera, lo cual le inspiró en medio de la
+orgía esta frase memorable: «<em>Hija de cinco luises, sácame las botas</em>».</p>
+
+<p>Bossuet se encaminaba lentamente hacia la profesión de abogado;
+estudiaba el derecho como Bahorel. No tenía domicilio, y á veces ni lecho.
+Vivía, ya en casa de uno, ya en casa de otro; y con más frecuencia
+con Joly, que estudiaba medicina, y tenía dos años menos que
+Bossuet.</p>
+
+<p>Joly era el joven enfermo de aprensión. Lo único que había conseguido
+estudiando medicina, era hacerse más enfermo que médico. Á los
+veintitrés años se creía valetudinario, y pasaba la vida mirándose la
+lengua en el espejo. Afirmaba que el hombre se imanta como una aguja,
+y ponía la cama en su alcoba con la cabecera al Mediodía y los pies al<span class="pagenum" id="Page_555">[Pg 555]</span>
+Norte, para que durante la noche no contrariase la circulación de la
+sangre la gran corriente magnética del globo; y cuando había tempestad,
+se tomaba el pulso. Por lo demás, era el más alegre de la compañía.
+Todas estas incoherencias, de mozo, de maníaco, de aprensivo y de
+buen humor, se avenían perfectamente juntas, y formaban un ser excéntrico
+y divertido á quien sus camaradas, pródigos de consonantes
+aladas, llamaban Jolllly. «Puedes volar en cuatro L», le decía Juan
+Prouvaire.</p>
+
+<p>Joly tenía la costumbre de tocarse las narices con el puño del bastón,
+lo cual es indicio de espíritu sagaz.</p>
+
+<p>Todos estos jóvenes tan diferentes, y de los cuales no puede hablarse
+en suma, sino seriamente, tenían una misma religión: el Progreso.</p>
+
+<p>Todos eran hijos directos de la revolución francesa. Los más frívolos,
+llegaban á ser solemnes cuando se pronunciaba esta fecha: 89. Sus padres,
+según la carne, eran ó habían sido fuldenses, realistas, doctrinarios;
+importaba poco. Esta mezcla anterior á ellos, que eran jóvenes, no
+les concernía para nada; por sus venas corría en toda su pureza la sangre
+de los principios. Consagrábanse sin intermisión alguna al derecho
+incorruptible y al deber absoluto.</p>
+
+<p>Afiliados é iniciados, bosquejaban subterráneamente el ideal.</p>
+
+<p>En medio de todos aquellos corazones apasionados, y de todos aquellos
+espíritus llenos de convicción, había un escéptico. ¿Cómo se encontraba
+allí? Por juxtaposición. Este escéptico se llamaba Grantaire, y se
+firmaba habitualmente con este jeroglífico: R.—Era un hombre que se
+guardaba bien de creer en nada, y uno de los estudiantes que más habían
+aprendido durante sus cursos en París. Sabía que el mejor café era
+el del café Cemblin, y el mejor billar el del café Voltaire; que había buenos
+bizcochos y buenas chicas en el Ermitage del boulevard del Maine,
+pollos con salsa picante en casa de la tía Saguet, excelentes pasteles de
+pescado en el portillo de la Cunette, y cierto vinillo blanco en la puerta
+del Combate. Sabía los buenos sitios para todo; además, conocía algo el
+baile y el manejo de la chancleta y del zapato, lo mismo que el del palo;
+y siendo por contera, gran bebedor. Era además desmesuradamente feo.</p>
+
+<p>La pespunteadora de botinas más linda de aquel tiempo, Irma Boissy,
+indignada de su fealdad, había dicho esta sentencia: <em>Grantaire es imposible</em>;
+pero la fatuidad de Grantaire no se desconcertaba. Miraba tierna
+y fijamente á todas las mujeres, como diciéndolas: <em>¡Si yo quisiera!</em> y
+trataba de hacer creer á sus compañeros que se veía generalmente solicitado.</p>
+
+<p>Todas estas palabras: derechos del pueblo, derechos del hombre, contrato
+social, revolución francesa, república, democracia, humanidad,
+civilización, religión, progreso, carecían, para Grantaire, casi completamente
+de significación. Se reía de ellas. El escepticismo, esa carie de
+la inteligencia, no le había dejado ni una idea entera en la cabeza. Vivía<span class="pagenum" id="Page_556">[Pg 556]</span>
+con ironía, y su axioma era éste: «No hay más que una certidumbre: mi
+vaso, lleno». Se burlaba de todos los sacrificios en todos los partidos; lo
+mismo del hermano que del padre; lo mismo de Robespierre joven, que
+de Loizerolles: «¡Bastante han adelantado con haber muerto!» exclamaba.
+Decía del crucifijo: «He ahí una horca que ha triunfado». Trasnochador,
+jugador, libertino, embriagado con frecuencia, disgustaba á
+aquellos jóvenes pensadores, cantando sin cesar: <em>Me gustan las muchachas:
+me gusta el vino</em>, con el tono del «Viva Enrique IV».</p>
+
+<p>No obstante tenía este escéptico un fanatismo; fanatismo que no era
+ni una idea, ni un dogma, ni un arte, ni una ciencia; era un hombre:
+Enjolrás. Grantaire admiraba, amaba y veneraba á Enjolrás. ¿Á quién
+se avenía aquel incrédulo anarquista en aquella falange de espíritus absolutos?
+Al más absoluto. ¿De qué modo le subyugaba Enjolrás? ¿Por las
+ideas? No; por el carácter. Fenómeno observado frecuentemente. Un escéptico
+uniéndose á un creyente, es una cosa tan sencilla como la ley de
+los colores complementarios. Siempre nos atrae lo que nos falta; nadie
+ama la luz como el ciego; los enanos adoran al tambor mayor; el sapo
+tiene siempre los ojos en el cielo; ¿para qué? Para ver volar á los pájaros.
+Grantaire, en quien se arrastraba la duda, se complacía en ver cernerse
+la fe en Enjolrás. Tenía necesidad de Enjolrás. Sin explicárselo, y
+aún sin tratar de averiguarlo, aquella naturaleza casta, sana, firme, recta,
+dura, cándida, le atraía. Admiraba instintivamente á su contrario.</p>
+
+<p>Sus ideas débiles, flexibles, dislocadas, enfermas, deformes, se adherían
+á Enjolrás como á una espina dorsal. Su raquitismo moral se apoyaba
+en aquella firmeza. Grantaire al lado de Enjolrás era alguien. Además,
+estaba compuesto de dos elementos, en apariencia incompatibles.
+Era irónico y cordial. Su indiferencia era cariñosa; su mente podía pasarse
+sin creencias, pero su corazón no podía prescindir de la amistad.
+Contradicción profunda, porque un efecto es una convicción; pero así
+era su naturaleza. Hay hombres que parecen nacidos para ser el verso,
+el anverso y el reverso; que son al mismo tiempo Polux y Patroclo, Niso
+y Eudamidas, Efestión y Pechmeya. Sólo viven á condición de estar
+unidos á otro; su nombre es una continuación, y sólo se escribe precedido
+de la conjunción <em>y</em>; su existencia no les pertenece; es el otro lado de
+un destino que no es el suyo. Grantaire era uno de estos hombres; era el
+revés de Enjolrás.</p>
+
+<p>Casi podría decirse que las afinidades principian con las letras del
+alfabeto. En esa serie, la O y la P son inseparables.</p>
+
+<p>Podéis á vuestro gusto pronunciar O y P, ó sea Orestes y Pilades.</p>
+
+<p>Grantaire, verdadero satélite de Enjolrás, frecuentaba aquel círculo
+de jóvenes; allí vivía, allí gozaba, y los seguía á todas partes. Su placer
+consistía en verlos ir y venir como sombras entre los vapores del vino.
+Le toleraban por su buen humor.</p>
+
+<p>Enjolrás, creyente y sobrio, despreciaba á este escéptico y á este borracho;<span class="pagenum" id="Page_557">[Pg 557]</span>
+sólo le concedía un poco de piedad altanera. Grantaire era un
+Pilades no aceptado. Tratado siempre duramente por Enjolrás, rechazado
+y alejado bruscamente, volvía sin cesar, y decía de Enjolrás: ¡Qué
+hermoso mármol!</p>
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Oración fúnebre de Blondeau por Bossuet</b></p>
+
+
+<p>Una tarde que tenía, como vamos á ver, alguna coincidencia con los
+sucesos que hemos relatado más arriba, Laigle de Meaux estaba sensualmente
+recostado en las jambas de la puerta del café Musain. Tenía el
+aspecto de una cariátide en vacaciones. No llevaba consigo más que sus
+ensueños, y estaba mirando á la plaza de San Miguel. Estar recostado
+es una manera de estar echado de pie, que no es impropia de los soñadores.
+Laigle de Meaux pensaba sin melancolía en un percance que le
+había sucedido el día anterior en la Escuela de Derecho, y que modificaba
+sus proyectos personales para el porvenir; proyectos, por otra parte,
+bastante vagos.</p>
+
+<p>La meditación no se opone á que pase un cabriolé, ni á que el que
+medita se fije en él. Laigle de Meaux, cuya vista erraba en una especie
+de difusa vagancia, vió, al través de su sonambulismo, un vehículo de
+dos ruedas que andaba por la plaza al paso y como indeciso. ¿Á quién
+pertenecía aquel cabriolé? ¿Por qué iba al paso? Laigle le observó. Iba
+dentro, al lado del cochero, un joven, y delante del joven un abultado
+saco de noche. El saco dejaba ver á los transeuntes este nombre escrito
+con gruesas letras negras en un papel cosido á la tela: <span class="smcap">Mario Pontmercy</span>.</p>
+
+<p>Este nombre hizo cambiar de posición á Laigle. Se enderezó y gritó
+al joven del cabriolé:</p>
+
+<p>—¡Señor Mario Pontmercy!</p>
+
+<p>El cabriolé interpelado se detuvo.</p>
+
+<p>El joven, que también parecía ir meditando, levantó los ojos.</p>
+
+<p>—¡Eh!—dijo.</p>
+
+<p>—¿Sois el señor Mario Pontmercy?</p>
+
+<p>—Sin duda.</p>
+
+<p>—Os buscaba,—repuso Laigle de Meaux.</p>
+
+<p>—¿Cómo es eso?—preguntó Mario, porque era él, en efecto, quien
+salía de casa de su abuelo y tenía delante de sí un rostro que no había
+visto nunca.—No os conozco.</p>
+
+<p>—Tampoco os conozco yo,—dijo Laigle.</p>
+
+<p>Mario creyó haberse topado con un burlón, y al principio de una
+broma en medio de la calle; y no estaba por cierto de humor para ello
+en aquel momento. Frunció el entrecejo; pero Laigle de Meaux, imperturbable,
+prosiguió:</p>
+
+<p>—¿No estabais anteayer en la cátedra?</p>
+
+<p>—Es posible.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_558">[Pg 558]</span></p>
+
+<p>—Es cierto.</p>
+
+<p>—¿Sois estudiante?—preguntó Mario.</p>
+
+<p>—Sí, señor, como vos. Anteayer fuí á cátedra por casualidad; ya
+comprendéis que alguna vez le da á uno esa idea. El profesor estaba pasando
+lista, y no ignoráis cuán ridículos son todos los profesores en tal
+momento. Á las tres faltas le borran á uno de la matrícula; sesenta francos
+perdidos.</p>
+
+<p>Mario empezó á escuchar. Laigle continuó:</p>
+
+<p>—Era Blondeau quien pasaba lista. Ya le conocéis; tiene una nariz
+muy puntiaguda y muy maliciosa, con la que olfatea á su sabor los que
+faltan á clase. Principió socarronamente por la letra P. Yo no escuchaba,
+porque no estaba comprometido en esa letra. La cosa no iba mal; no
+había raya que poner; el universo entero estaba presente. Blondeau estaba
+triste, y yo me decía: Blondeau, amor mío, hoy no harás ninguna
+ejecución. Pero de repente llama á <em>Mario Pontmercy</em>. Nadie responde.
+Blondeau, lleno de esperanza, repite más fuerte: <em>Mario Pontmercy</em>, y
+coge la pluma. Señor mío, yo tengo corazón y me dije rápidamente. Ése
+es un buen muchacho, á quien van á borrar de la lista. Atención. Es un
+verdadero vividor, y es poco exacto; no es un buen discípulo, posaderas de
+plomo, estudiante que estudia, barbilampiño pedante, profundo en ciencias,
+letras, teología y sapiencia; uno de esos talentos rudos, prendido
+con cuatro alfileres á alfiler por facultad. Es un respetable perezoso que
+anda vagando, que hace novillos, que cultiva las modistas, que corteja
+las bellas, y que quizá en este momento esté en casa de mi querida. Salvémosle.
+¡Muera Blondeau! En aquel instante, mojaba Blondeau en el
+tintero su negra pluma de faltas, paseó su mal intencionada pupila por
+el auditorio, y repitió por tercera vez: <em>¡Mario Pontmercy!</em> Yo respondí:
+<em>¡presente!</em> Y esto hizo que no se os tildara.</p>
+
+<p>—¡Caballero!...—dijo Mario.</p>
+
+<p>—Y que el tildado fuése yo,—añadió Laigle de Meaux.</p>
+
+<p>—No os entiendo,—dijo Mario.</p>
+
+<p>Laigle continuó:</p>
+
+<p>—Nada más sencillo. Yo estaba cerca de la cátedra para responder,
+y cerca de la puerta para escapar. El profesor me miraba con cierta
+fijeza. De repente Blondeau, que es indudablemente la maligna nariz de
+que habla Boileau, salta á la letra L. La L es mi letra, porque soy de
+Meaux, y me llamo Lesgle.</p>
+
+<p>—¡L'Aigle!—interrumpió Mario.—¡Bonito nombre!</p>
+
+<p>—Caballero, el tal Blondeau llega á este bonito nombre, y grita:
+<em>¡Laigle!</em> Yo respondo: <em>¡Presente!</em> Entonces Blondeau me mira con la
+benevolencia del tigre, se sonríe, y me dice: Sois vos Pontmercy, no es
+Laigle (el Águila). Frase que parece no muy cortés para vos, pero era
+muy lúgubre para mí. Dicho esto, se sirvió borrarme.</p>
+
+<p>Mario exclamó:</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_559">[Pg 559]</span></p>
+
+<p>—¡Siento muchísimo!...</p>
+
+<p>—Ante todo—dijo Laigle—deseo embalsamar á Blondeau con algunas
+frases de sentido elogio. Le supongo muerto; para lo cual no había mucho
+que cambiar en su flacura, en su palidez, en su frialdad, en su rigidez
+y en su fetidez. Y yo digo: <em>Erudimini qui judicatis terram</em>. Aquí
+yace Blondeau le Blondeau Nariz, el Blondeau Nasica, el buey de la disciplina,
+<em>bos disciplinæ</em>, el perro de la consigna, el ángel de la lista: que
+fué recto, cuadrado, exacto, rígido, honrado y repugnante. Dios le borró
+como él me borró á mí.</p>
+
+<p>Mario repitió:</p>
+
+<p>—Siento mucho...</p>
+
+<p>—Joven, le dijo Laigle de Meaux, sírvaos esto de lección. Sed más
+puntual en lo sucesivo.</p>
+
+<p>—Os pido mil perdones....</p>
+
+<p>—No os expongáis á que borren á vuestro prójimo.</p>
+
+<p>—Lo siento en verdad...</p>
+
+<p>Laigle soltó una carcajada.</p>
+
+<p>—Y yo muy satisfecho. Estaba á punto de ser abogado, y esta raya
+me salva. Renuncio á los triunfos del foro. No defenderé á la viuda, ni
+atacaré al huérfano. Nada de toga, nada de estrados. Ya he obtenido
+que me borren; y es á vos á quien os lo debo, señor Pontmercy. Debo
+haceros solemnemente una visita de reconocimiento. ¿Dónde vivís?</p>
+
+<p>—En este cabriolé,—dijo Mario.</p>
+
+<p>—Señal de opulencia,—respondió Laigle con calma.—Os doy mi parabién.
+Pagáis un alquiler de nueve mil francos anuales.</p>
+
+<p>En este momento salía Courfeyrac del café.</p>
+
+<p>Mario sonrió tristemente.</p>
+
+<p>—Estoy pagando este alquiler desde hace dos horas, y aspiro á dejarlo
+luego; pero esto es una historia, y no sé adónde ir.</p>
+
+<p>—Caballero,—dijo Courfeyrac,—veníos á mi casa.</p>
+
+<p>—Tengo la prioridad,—observó Laigle;—pero no tengo casa.</p>
+
+<p>—Cállate, Bossuet,—repuso Courfeyrac.</p>
+
+<p>—Bossuet,—prorrumpió Mario,—creía que os llamabais Laigle (el
+Águila).</p>
+
+<p>—De Meaux,—respondió Laigle,—y por metáfora, Bossuet.</p>
+
+<p>Courfeyrac subió al cabriolé.</p>
+
+<p>—Cochero,—dijo,—fonda de la Puerta de Santiago.</p>
+
+<p>Y aquella misma tarde se instaló Mario en uno de los cuartos de la
+fonda de la Puerta de Santiago, contiguo al de Courfeyrac.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Admiraciones de Mario</b></p>
+
+
+<p>En pocos días se hizo Mario amigo de Courfeyrac. La juventud es la
+época de soldaduras fáciles y de las cicatrizaciones rápidas. Mario, junto<span class="pagenum" id="Page_560">[Pg 560]</span>
+á Courfeyrac, respiraba libremente, cosa novísima para él. Courfeyrac
+no le interrogaba; ni siquiera soñaba en ello. Á su edad, la expresión del
+rostro lo dice todo; y no hay necesidad de la palabra.</p>
+
+<p>Hay jóvenes de los cuales podría decirse que tienen una fisonomía
+charlatana. Se les mira y conoce desde luego.</p>
+
+<p>Sin embargo, una mañana le dirigió bruscamente esta pregunta:</p>
+
+<p>—Á propósito: ¿tenéis opinión política?</p>
+
+<p>—¡Pues no he de tenerla!—dijo Mario,—casi ofendido de la pregunta.</p>
+
+<p>—¿Qué sois?</p>
+
+<p>—Demócrata bonapartista.</p>
+
+<p>—Matiz gris de ratón, asegurado,—dijo Courfeyrac.</p>
+
+<p>Al día siguiente, Courfeyrac acompañó á Mario al café Musain, murmurando
+á su oído: Es preciso que os introduzca en la revolución. Condújole
+á la sala de los amigos del A B C, y le presentó á sus camaradas,
+diciendo, á media voz, esta sencilla frase que Mario no comprendió: un
+discípulo.</p>
+
+<p>Mario acababa de caer en un avispero de talentos, pero aunque silencioso
+y grave, no era el menos alado ni el peor armado.</p>
+
+<p>Mario, hasta entonces grave y aficionado al monólogo y al aparte,
+por costumbre ó por inclinación, se quedó como amilanado por aquella
+bandada de jóvenes que le rodeaba. Todas aquellas iniciativas le llamaban
+y atraían á un tiempo en diversos sentidos. El tumultuoso vaivén
+de todos aquellos espíritus libres en acción, envolvían sus ideas como un
+torbellino, tanto, que en medio de su turbación se llevaba tan lejos alguna
+de ellas, que le costaba trabajo recogerlas. Oía hablar de filosofía, de
+literatura, de artes, de historia y de religión de una manera inesperada.
+Vislumbraba extraños aspectos, y como no los colocaba en perspectiva,
+no estaba seguro de no encontrar el caos. Al dejar las opiniones de su
+abuelo por las de su padre, había creído adquirir ideas fijas; pero entonces
+llegó á suponer con inquietud, y sin atreverse á asegurarlo, que no
+las tenía. El prisma desde el cual lo veía todo empezaba de nuevo á moverse.
+Ciertas oscilaciones conmovían todo el horizonte de su cerebro.
+Raro batiburrillo interior que en realidad le mortificaba.</p>
+
+<p>Parecía que para aquellos jóvenes no «había nada sagrado». Mario
+oía, en primer lugar, un lenguaje singular, que mortificaba su espíritu
+tímido todavía.</p>
+
+<p>Se le presentaba un cartel de teatro, adornado con un título de tragedia
+del antiguo repertorio llamado clásico:—¡Abajo la tragedia favorita
+de los burgueses!—exclamaba Bahorel. Y Mario oía cómo Combeferre
+replicaba:</p>
+
+<p>—Te equivocas, Bahorel; los burgueses gustan de la tragedia, y debemos
+en este punto dejarlos tranquilos. La tragedia de peluca tiene su
+razón de ser, y yo no soy de los que, á nombre de Esquilo, le disputan
+el derecho á la vida. En la naturaleza hay esbozos, como hay en la creación<span class="pagenum" id="Page_561">[Pg 561]</span>
+parodias hechas y derechas; un pico que no es pico, alas que no son
+alas, aletas que no son aletas, patas que no son patas, y un grito doloroso
+que mueve á risa: tal es el pato. Pero, supuesto que la volatería
+existe al lado del ave, no veo la razón por que la tragedia clásica no
+pueda vivir frente á frente de la tragedia antigua.</p>
+
+<p>Y quiso la casualidad que Mario pasase por la calle de Juan Jacobo
+Rousseau entre Enjolrás y Courfeyrac.</p>
+
+<p>Courfeyrac le tomó del brazo diciéndole:—Oye bien. Ésta es la calle
+Plâtrière, llamada hoy de Juan Jacobo Rousseau, por haber vivido
+en ella una familia muy original, hace unos sesenta años. Esta familia
+se componía de Juan Jacobo y Teresa. De cuando en cuando nacía aquí
+alguna criatura, Teresa los daba á luz y Juan Jacobo los iluminaba.</p>
+
+<p>Y Enjolrás respondía á Courfeyrac:</p>
+
+<p>—¡Silencio ante Juan Jacobo! ¡Es hombre á quien admiro! Renegó
+de sus hijos, es verdad, pero prohijó al pueblo.</p>
+
+<p>Ninguno de aquellos jóvenes pronunciaba esta palabra: el emperador.
+Juan Prouvaire solamente decía alguna vez: Napoleón; todos los demás
+decían Bonaparte, y Enjolrás pronunciaba <em>Buonaparte.</em></p>
+
+<p>Mario se admiraba vagamente. <em>Initium sapientiæ.</em></p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>La sala interior del café Musain</b></p>
+
+
+<p>Una de las conversaciones entre aquellos jóvenes, conversaciones á
+las cuales asistía Mario, tomando en ellas parte alguna vez, produjo un
+verdadero sacudimiento en su espíritu.</p>
+
+<p>Pasaban estas escenas en la sala interior del café Musain. Casi todos
+los amigos del A B C se encontraban aquella noche reunidos allí. El
+quinqué era la única luz de la sala. Se hablaba de unas cosas y de otras,
+pero sin pasión y con ruido. Excepto Enjolrás y Mario que se callaban,
+cada cual echaba su discursejo. Las conversaciones entre camaradas son
+muchas veces pacíficamente tumultuosas. Era aquello tanto como una
+conversación, un juego y una confusión. Lanzábanse unos á otros frases
+que eran inmediatamente recogidas. Se hablaba en los cuatro extremos.</p>
+
+<p>Ninguna mujer podía ser admitida en aquella sala interior, como no
+fuése Luisita, la fregona de la vajilla del café, que de cuando en cuando
+la cruzaba para ir del fregadero al «laboratorio».</p>
+
+<p>Grantaire, completamente ebrio, ensordecía el rincón del que se había
+apoderado, razonando y anterazonando á toda voz, decía:</p>
+
+<p>—Tengo sed. Mortales, esto es un sueño: estoy soñando que el tonel
+de Heidelberg sufre un ataque apoplético, y que yo soy una sanguijuela
+de la docena que van á aplicarle. Quisiera beber. Deseo olvidar la vida.
+La vida es una invención repugnante de no sé quién. Es una cosa que
+no vale nada ni nada dura, por dura que sea, y á pesar de ello se cansa<span class="pagenum" id="Page_562">[Pg 562]</span>
+uno viviendo. La vida es una decoración muy poco practicable. La felicidad
+es solamente una ventana antigua pintada sólo por un lado. El
+Eclesiastés dice: Todo es vanidad, y yo pienso como este buen hombre
+que, tal vez, no ha existido jamás. El cero, no queriendo ir desnudo, se
+ha vestido de vanidad. ¡Oh vanidad, que todo lo revistes de palabras
+grandes! Una cocina es un laboratorio; un bailarín, un profesor; un saltimbanqui,
+un gimnasta; un boxeador es un pugilista; un boticario, un
+químico; un peluquero, un artista; un albañil, un arquitecto; un jockey,
+un sportman; un escarabajo, un pterobranquio. La vanidad tiene derecho
+y revés; el derecho es tonto, es el negro con sus chucherías; el revés
+es necio, es el filósofo con sus andrajos. Lloro por el uno y me río
+del otro. Los que se llaman honores y dignidades, como la dignidad y el
+honor mismos, son generalmente oropeles. Los reyes juegan con el orgullo
+humano. Calígula hizo cónsul á un caballo; Carlos II hizo caballero
+á un filete de vaca. Enorgulleceos pues ahora entre el cónsul Incitatus
+y el barón Roastbeef. Tampoco el valor intrínseco de las personas
+es más respetable. Oid el panegírico que hace el vecino del vecino. Lo
+blanco contra lo blanco es cosa horrible; si la azucena hablare, ¡cómo
+saldría de su lengua la paloma! Una mojigata, hablando de una devota,
+es más virulenta que el áspid y que el bungarus azul. Lástima que yo sea
+un ignorante, porque os haría una porción de citas; pero no sé nada.
+Siempre he tenido ingenio; por ejemplo, cuando era discípulo de Gros,
+en vez de embadurnar cuadritos, pasaba el tiempo robando manzanas;
+rapaz es el masculino de rapiña. Esto en cuanto á mí. En cuanto á vosotros
+valéis otro tanto. Yo me río de vuestras perfecciones, excelencias
+y cualidades. Toda cualidad se hunde en un defecto; la economía linda
+con la avaricia; la generosidad con la prodigalidad; el valor con la fanfarronería;
+mucha piedad equivale á fanatismo: hay tantos viejos en la
+virtud como agujeros en el manto de Diógenes. ¿Á quién admiráis, al
+matador ó al muerto? ¿Á César ó á Bruto? Generalmente al matador.
+¡Viva Bruto! puesto que mató. Ésta es la virtud. Virtud, sí, pero también
+locura. Estos grandes hombres tienen faltas muy especiales. El Bruto
+que mató á César estaba enamorado de la estatua de un niño. Esta
+estatua era del escultor griego Estrongilión, que había modelado igualmente
+aquella figura de amazona llamada Bella Pierna, Eucnemos, que
+Nerón llevaba consigo en sus viajes. Estrongilión no dejó más que dos
+estatuas que pusieron de acuerdo á Bruto y á Nerón. Bruto se enamoró
+de una y Nerón de otra. La Historia no es sino una repetición continuada.
+Un siglo plagia á otro. La batalla de Marengo es copia de la Pydna;
+el Tolbiac de Clodoveo y el Austerlitz de Napoleón, se parecen como dos
+gotas de sangre. Yo doy poca importancia á la victoria. No hay nada
+tan estúpido como vencer; la verdadera gloria está en convencer. Pero
+¡tratad de probarme alguna cosa! Os contentáis con el éxito: ¡qué medianías!
+Con la conquista, ¡qué miseria! ¡Ah! Vileza y vanidad en todo.<span class="pagenum" id="Page_563">[Pg 563]</span>
+Todo obedece al éxito, incluso la gramática: <em>Si volet usus</em>, dice Horacio.
+Por lo tanto, desprecio al género humano. ¿Descenderé ahora del todo á
+la parte? ¿Queréis que admire á los pueblos? ¿Qué pueblo queréis? ¿Grecia?
+Los atenienses; es decir, los parisienses de entonces, mataban á Foción,
+como si dijéramos Coligny, y adulaban á los tiranos hasta el punto
+de que Anacéforo dijera de Pisístrato: su orín atrae las abejas. El
+hombre más notable de Grecia, en el espacio de cincuenta años, fué el
+gramático Filetas, que era tan diminuto, que tenía que ponerse plomo
+en los zapatos para que no se lo llevase el viento. En la gran plaza de
+Corinto había una estatua esculpida por Silarión, y citada por Plinio en
+su catálogo; representaba á Epístato. ¿Y qué había hecho Epístato? Había
+inventado la zancadilla. Esto resume la Grecia y la gloria. Pasemos
+á otros pueblos. ¿Admiraré á Inglaterra? ¿Admiraré á Francia? ¡Á Francia!
+¿Y por qué? ¿Porque tiene un París? Acabo de deciros mi opinión
+con respecto á Atenas. ¿Á Inglaterra? ¿Y por qué? ¿Porque tiene un
+Londres? Odio á Cartago. Además, Londres, metrópoli del lujo, es capital
+de la miseria. Solamente en la parroquia de Charing Cross, mueren
+anualmente cien personas de hambre.</p>
+
+<p>Tal es la Albión. Y para terminar, añado, que he visto bailar á una inglesa
+con corona de rosas y anteojos azules. Así pues, ¡una higa para
+Inglaterra! Si no admiro á John Bull, ¿admiraré á su hermano Jonathan?
+Me hace muy poca gracia este hermano que tiene esclavos. Salvo el <em>Time
+is money</em>, ¿qué queda de Inglaterra? Salvo el <em>cotton is King</em>, ¿qué
+queda de América? Alemania es la linfa: Italia la bilis. ¿Nos extasiaremos
+ante Rusia? Voltaire la admiraba; pero también admiraba la China.
+Convengo en que Rusia tiene sus bellezas, entre otras, un gran despotismo;
+pero compadezco á los déspotas: son delicados de salud. Un Alejo
+decapitado, un Pedro asesinado á puñaladas, un Pablo estrangulado, otro
+Pablo aplastado á trancazos, varios Juanes, muchos Nicolases y Basilios
+envenenados; todo lo cual indica que el palacio de los emperadores
+de Rusia está en flagrantes condiciones de insalubridad. Todos los pueblos
+civilizados ofrecen á la meditación del pensador un hecho: la guerra.
+Pero la guerra civilizada agota y generaliza todas las formas del
+bandolerismo: desde el asalto del ladrón de trabuco, en las gargantas del
+monte Jaxa, hasta el merodeo de los indios Comanches en Paso Dudoso.
+¡Bah! me diréis: Europa vale más que Asia. Convengo en que Asia es
+una farsa; pero no sé por qué os reís del gran lema; vosotros, pueblos de
+occidente, que habéis mezclado con vuestras modas y vuestra elegancia,
+todas las inmundicias complicadas de la majestad, desde la camisa sucia
+de la reina Isabel, hasta la silla retrete del Delfín. Señores humanos, yo
+os lo digo: ¡Naranjas! Bruselas es el pueblo que consume más cerveza,
+Estocolmo más aguardiente, Madrid más chocolate, Amsterdam más ginebra,
+Londres más vino, Constantinopla más café, y París más ajenjo.
+Á esto quedan reducidas todas las naciones más útiles: París sobresale.<span class="pagenum" id="Page_564">[Pg 564]</span>
+En París, hasta los traperos son sibaritas; Diógenes hubiera preferido
+ser trapero de la plaza Maubert, á filósofo del Pireo. Ahora debéis saber
+aún más: las tabernas de los traperos se llaman <em>bibinas</em>; las más célebres
+son la <em>Cacerola</em> y el <em>Matadero</em>. Pero ¡oh! figones, bodegones, tapones
+y tabernas; Chiscones, cachimares, bibinas de traperos, caravanserrallos
+de los califas, yo os pongo por testigos: yo soy voluptuoso; como
+en casa Richard á cuarenta sueldos el cubierto, y quiero tapices de Persia,
+y que sean dignos de que ruede por ellos Cleopatra desnuda. ¿Dónde
+está Cleopatra? ¡Ah! eres tú, Luisita. Buenos días.</p>
+
+<p>Así se deshacía en palabras, abrazando á la fregona de la vajilla, en
+su rincón de la sala interior del café Musain, nuestro Grantaire, algo
+más que <em>bebido</em>.</p>
+
+<p>Bossuet extendió la mano hacia él, probando de imponerle silencio,
+pero Grantaire continuó en su valeroso entusiasmo:</p>
+
+<p>—Águila de Meaux, ¡abajo esas patas! No me hace el menor efecto tu
+ademán de Hipócrates rechazando los presentes de Artajerjes. Te dispenso
+de calmarme. Además estoy triste. ¡Qué queréis que os diga! el
+hombre es malo, es deforme; la mariposa es un ser completo; el hombre
+fracasó. Dios la erró al hacer este animal. Una multitud es una colección
+de fealdades. El primer recién llegado es un miserable. <em>Femme</em> rima
+con <em>infame</em>. Sí, tengo spleen complicado con melancolía, con nostalgia,
+con hipocondría. Me desespero, rabio, se me abre la boca, me
+fastidio, me incomodo, me aburro, me vuelvo loco. ¡Qué sabe Dios de
+dónde está el diablo!</p>
+
+<p>—¡Silencio pues R mayúscula!—dijo Bossuet que estaba discutiendo
+un punto de derecho con otros, y que se había metido hasta medio cuerpo
+en una frase de la jerga forense, cuyo fin era el siguiente:</p>
+
+<p>—...En cuanto á mí, que apenas soy legista y á lo más puedo pasar
+por procurador de afición, sostengo, que conforme á la costumbre de
+Normandía, el día de san Miguel, y cada año, debería pagarse un equivalente
+al señor, salvo los demás derechos, por todos y cada uno, tanto
+propietarios como herederos, por todos los enfiteusis, arrendamientos,
+alodios, contratos periciales hipotecarios é hipotecables...</p>
+
+<p>—Ecos, ninfas plañideras,—murmuró Grantaire.</p>
+
+<p>Junto á éste, y en una mesa casi silenciosa, un pliego de papel, un
+tintero y una pluma entre dos vasos, anunciaban que se estaba bosquejando
+un vaudeville.</p>
+
+<p>Este importante negocio se trataba en voz baja, rozándose las dos
+cabezas trabajadoras:</p>
+
+<p>—Empecemos por buscar los nombres. Cuando se tienen los nombres
+se encuentra el asunto.</p>
+
+<p>—Es verdad; dicta: ya escribo,</p>
+
+<p>—¿Señor Dorimón?</p>
+
+<p>—¿Rentista?</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_565">[Pg 565]</span></p>
+
+<p>—Naturalmente.</p>
+
+<p>—Su hija Celestina.</p>
+
+<p>—...tina. ¿Y luego?</p>
+
+<p>—¿El coronel Sainval?</p>
+
+<p>—Sainval es muy gastado: yo le llamaría Valsain.</p>
+
+<p>Al lado de los aspirantes á vaudevillistas, había otro grupo que aprovechaba
+también el ruido para hablar bajo; concertaban un duelo. Un
+viejo de treinta años aconsejando á un joven de diez y ocho, le explicaba
+con qué especie de adversario tenía que habérselas.</p>
+
+<p>—¡Diablo! No os fiéis. Es un gran espadachín. Juega muy limpio.
+Conoce el ataque; no pierde golpe; tiene puño, impetuosidad y golpe de
+vista; presto al quite, y contestación matemática. ¡Vive Dios! y es zurdo.</p>
+
+<p>En el ángulo opuesto á Grantaire, estaban Joly y Bahorel jugando al
+dominó, y hablando de amores.</p>
+
+<p>—Eres feliz,—decía Joly.—Tienes una querida que siempre se ríe.</p>
+
+<p>—Pues no deja de ser una falta,—respondió Bahorel.—Las queridas
+hacen mal en reirse. Esto da valor para engañarlas. Verlas alegres quita
+el remordimiento; al revés de si uno las ve tristes, entonces parece caso
+de conciencia.</p>
+
+<p>—¡Ingrato! ¡Es tan buena una mujer que se ríe! ¡Y nunca os peleáis!</p>
+
+<p>—Esto depende del trato que tenemos hecho. Al hacer nuestra santa
+alianza, nos hemos designado los términos de nuestras respectivas fronteras,
+que no pasamos nunca. La que está situada al cierzo, pertenece á
+Vaud; y la que está de la parte del viento, á Gex. De aquí la paz.</p>
+
+<p>—La paz es la satisfacción de la digestión.</p>
+
+<p>—Y tú, Jolllly, ¿cómo van tus desavenencias con la damisela?... ¿Sabes
+á quién aludo?</p>
+
+<p>—Me rechaza con una paciencia verdaderamente cruel.</p>
+
+<p>—Y sin embargo, eres un enamorado tierno y débil.</p>
+
+<p>—¡Ah!</p>
+
+<p>—Yo en tu lugar la plantaba.</p>
+
+<p>—Esto es muy fácil de decir.</p>
+
+<p>—Y de hacer. Se llama Musichetta, ¿no es eso?</p>
+
+<p>—Sí. ¡Ah! pobre Bahorel; es una soberbia chica, muy leída, de pies
+pequeños, y diminutas manos, apuesta, blanca, torneada, con unos ojos
+más gitanos. ¡Me tiene loco!</p>
+
+<p>—Pues, amigo mío, no hay más remedio que complacerla, ser elegante,
+y producir efectos de rótulo. Cómprate en casa Staub un buen
+pantalón de cuero, de lana. Esto da carácter.</p>
+
+<p>—¿Á qué precio?—gritó Grantaire.</p>
+
+<p>En el tercer rincón se discutía sobre poética. La mitología pagana
+disputaba con la teología. Se trataba del Olimpo, y lo defendía Juan
+Prouvaire por romanticismo.</p>
+
+<p>Juan Prouvaire solamente era tímido en los momentos de calma. Una<span class="pagenum" id="Page_566">[Pg 566]</span>
+vez excitado, estallaba; cierto sello de satisfacción acentuaba su entusiasmo,
+siendo á un tiempo lírico y risueño.</p>
+
+<p>—No insultemos á los dioses,—decía.—Los dioses no se han ido tal
+vez. Júpiter dista mucho de causarme el efecto de un muerto. Los dioses
+son sueños, decís vosotros. Pues bien, en la misma naturaleza, tal como
+es hoy, después de la desaparición de aquellos sueños, se hallan de nuevo
+todos los antiguos mitos del paganismo. Una montaña con las apariencias
+de ciudadela, como Viquemale, por ejemplo, es todavía, para
+mí, el peinado de Cibeles; no hay quien me haya probado que Pan no
+venga por la noche á soplar en los troncos huecos de los sauces, tapando
+á su vez con los dedos los agujeros; y he creído siempre que para algo
+está en la cascada de Pissevache.</p>
+
+<p>En el último rincón se hablaba de política. Se maltrataba la Carta
+otorgada. Combeferre la defendía débilmente, y Courfeyrac la atacaba
+con dureza y energía. Estaba sobre la mesa un malhadado ejemplar de
+la famosa Carta Touquet. Courfeyrac la había cogido y la sacudía, mezclando
+á sus argumentos, el ruidoso temblor del papel.</p>
+
+<p>—En primer lugar, yo no quiero reyes; aunque no sea más que desde
+el punto de vista económico, no los quiero; un rey es un parásito. No
+existen reyes gratis. Atended: carestía de los reyes. Al morir Francisco
+I, la deuda pública en Francia era de treinta mil libras de renta; á la
+muerte de Luis XIV, ascendía á dos mil seiscientos millones, á veintiocho
+libras el marco, lo que equivaldría en 1760, según Desmarets, á cuatro
+mil quinientos millones, llegando hoy á doce mil millones. En segundo
+lugar, con permiso de Combeferre, una Carta otorgada es un
+pobre expediente de civilización. Salvar la transición, dulcificar el pase,
+amortiguar la sacudida, trasladar insensiblemente la nación, de la monarquía
+á la democracia, por lo práctica de las ficciones constitucionales,
+son razones muy poco apreciables. ¡No, y mil veces no! ¡No alumbremos
+nunca al pueblo con la luz falsa. Los principios se debilitan y amortiguan
+en vuestra bodega constitucional. Nada de bastardías, nada de
+compromisos, nada de concesiones del rey al pueblo. Todas estas concesiones
+tienen su artículo 14. Al lado de la mano que da, aparece la garra
+que arrebata. Rechazo vuestra Carta. Una Carta es una máscara, detrás
+de la cual se esconde la mentira. Un pueblo que acepta una Carta, abdica.
+El derecho debe ser siempre el derecho, de lo contrario, deja de
+ser tal derecho. ¡No! ¡Nada de Carta!</p>
+
+<p>Era en invierno; dos leños chispeaban en la chimenea. Ésta fué la
+irresistible tentación de Courfeyrac. Estrujó entre sus manos la desdichada
+Carta-Touquet, y la echó al fuego. El papel produjo llama; Combeferre
+contempló filosóficamente cómo ardía la obra maestra de Luis
+XVIII, limitándose á decir:</p>
+
+<p>—La Carta metamorfoseada en llama.</p>
+
+<p>Y los sarcasmos, las ocurrencias, los equívocos, y esta cosa francesa<span class="pagenum" id="Page_567">[Pg 567]</span>
+llamaba <em>entrain</em>, como la cosa inglesa llamada <em>humour</em>, el bueno y el
+mal gusto, las buenas razones y las malas, los locos chispazos del diálogo,
+creciendo á cada paso, y cruzándose en la sala por mil encontradas
+direcciones, formaban sobre las cabezas allí reunidas una especie de alegre
+bombardeo.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Dilatación del horizonte</b></p>
+
+
+<p>El choque de los ingenios entre mozos, ofrece la admirable particularidad
+de que no se puede nunca prever la chispa, ni adivinar el relámpago.
+¿Qué va á brotar en un momento dado? Nadie lo sabe. La carcajada
+parte de la ternura; la gravedad surge de una bufonada. Los impulsos
+provienen de la primera palabra que se oye. La vena de cada uno es
+soberana. Un chiste basta para abrir campo á lo inesperado. Estas conversaciones
+son, pues, entretenimientos mudables en que la perspectiva
+varía de súbito. La casualidad es el maquinista de tales conversaciones.</p>
+
+<p>Un pensamiento severo que surgió caprichosamente de un juego de
+palabras, atravesó de pronto aquella escaramuza de frases en que se tiroteaban
+confusamente Grantaire, Bahorel, Prouvaire, Bossuet, Combeferre y Courfeyrac.</p>
+
+<p>¿De qué modo brota una frase en un diálogo? ¿Cuál es la causa de
+que quede escrita con letra bastardilla en la imaginación de los que la
+oyen? Ya lo hemos dicho: nadie lo sabe. En medio del ruido, Bossuet terminó
+uno de sus apóstrofes, dirigido á Combeferre, con esta fecha:</p>
+
+<p>—18 de junio de 1815: Waterloo.</p>
+
+<p>Al nombre de Waterloo, Mario, apoyado de codos en una mesa, y
+cerca de un vaso de agua, se quitó el puño de la barba, y empezó á mirar
+fijamente al auditorio.</p>
+
+<p>—¡Vive Dios!—exclamó Courfeyrac (<em>Pardiez</em> iba estando en desuso
+en aquellos tiempos),—¡que es extraña la tal cifra 18! y me choca. Es el
+número fatal de Bonaparte. Poned á Luis delante y á brumario detrás,
+y tendréis todo el destino del hombre, con la particularidad significativa
+de que el principio es pisoteado por el fin.</p>
+
+<p>Enjolrás, que hasta entonces había permanecido callado, rompió el
+silencio, dirigiendo esta frase á Courfeyrac:</p>
+
+<p>—Tú quieres decir el crimen por la expiación.</p>
+
+<p>Esta palabra <em>crimen</em> pasaba los límites de lo que podía tolerar Mario,
+muy conmovido ya por la brusca evocación de Waterloo.</p>
+
+<p>Levantóse, dirigiéndose lentamente hacia el mapa de Francia que
+colgaba de la pared, en cuya parte inferior se veía una isla en un cuadrito
+separado, y poniendo el dedo en aquel cuadrito dijo:</p>
+
+<p>—Córcega, isla pequeña, que ha engrandecido á la Francia.</p>
+
+<p>Fué esto un soplo de aire helado. Todos se interrumpían. Conocíase
+que iba á empezar algo.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_568">[Pg 568]</span></p>
+
+<p>Bahorel, replicando á Bossuet, estaba disponiéndose á tomar una actitud
+de torso, muy de su agrado; pero renunció á ella para oir.</p>
+
+<p>Enjolrás, cuyos ojos azules en nadie se fijaban, pareciendo contemplar
+el vacío, respondió sin dirigirse á Mario:</p>
+
+<p>—Francia no ha menester de ninguna Córcega para ser grande.
+Francia es grande porque es Francia. <em>Quia nominor leo.</em></p>
+
+<p>Á Mario no se le ocurrió siquiera que pudiese retroceder. Volvióse
+hacia Enjolrás, dejando oir su voz con una vibración proveniente del
+extremecimiento de sus entrañas:</p>
+
+<p>—No quiera Dios que yo deprima á la Francia. Pero no es deprimirla
+asociarla á Napoleón. ¡Vamos á ver! Discutamos: yo soy nuevo entre
+vosotros, pero os confieso que me asombráis. ¿Dónde estamos? ¿Quiénes
+somos? ¿Quiénes sois? ¿Quién soy yo? Hablemos del emperador. Os oigo
+decir Buonaparte acentuando la <em>u</em> como los realistas; y os advierto que
+mi abuelo la acentúa mejor aún, pues dice ¡Buonaparte! Yo os creía jóvenes.
+¿Dónde colocáis el entusiasmo? ¿Qué hacéis de él? ¿Qué admiráis,
+sino admiráis al emperador? ¿Qué más necesitáis? Si no consideráis grande
+á éste, ¿qué grandes hombres deseáis?</p>
+
+<p>«Napoleón lo tenía todo. Era un ser completo. Su cerebro era el cubo
+de las facultades humanas. Hacía códigos como Justiniano; dictaba como
+César; en su conversación mezclaba el relámpago de Pascal con el
+rayo de Tácito; hacía la historia y la escribía; sus boletines son Ilíadas;
+combinaba las cifras de Newton con las metáforas de Mahoma; dejaba
+detrás de él, en Oriente, palabras grandes como las pirámides; en Tilsit
+enseñaba la majestad á los emperadores; en la Academia de Ciencias
+replicaba á Laplace; en el consejo de Estado se hombreaba con Merlín;
+daba alma á la geometría de los unos y á la argucia de los otros; era
+legista con los procuradores, y sideral con los astrónomos, como Cromwell,
+apagando una vela de dos, é iba al Temple á regatear unas borlas
+de cortina; todo lo veía, todo lo sabía; y esto no le impedía sonreir como
+el padre más bonachón al lado de la cuna de su hijo. Y de súbito,
+la Europa asustada escuchaba: Poníanse en marcha los ejércitos; rodaban
+los parques de artillería; puentes de barcas cubrían los ríos; nubes
+de caballería galopaban en el huracán; por todas partes gritos, trompetas,
+temblor de tronos; oscilaban las fronteras de los reinos en el mapa;
+se oía el ruido de una espada sobrehumana salir de la vaina; veíasele á
+él elevándose sobre el horizonte con una llama en la mano, y un fulgor
+en los ojos, desplegando en medio del trueno sus dos alas, es decir, el
+grande ejército y la guardia veterana. ¡Era el arcángel de la guerra!».</p>
+
+<p>Todos callaban, y Enjolrás bajaba la cabeza. El silencio produce
+siempre alguna aquiescencia, ó por lo menos una especie de tregua. Mario,
+casi sin tomar aliento, continuó con un entusiasmo creciente:</p>
+
+<p>—¡Seamos justos, amigos míos! ¡Qué brillante destino el de un pueblo,
+ser el imperio de semejante emperador, cuando ese pueblo es Francia,<span class="pagenum" id="Page_569">[Pg 569]</span>
+y asocia su genio al genio del grande hombre! Aparecer y reinar,
+marchar y triunfar, tener por etapas todas las capitales, hacer reyes de
+sus granaderos, decretar caídas de dinastías, transfigurar la Europa á
+paso de carga; que sientan, cuando amenazáis, que ponéis la mano en el
+pomo de la espada de Dios; seguir en un solo hombre á Aníbal, á César
+y á Carlo Magno; ser el pueblo de un hombre que mezcla en todas vuestras
+auroras la noticia deslumbrante de una victoria, tener por despertador
+el cañón de los Inválidos; arrojar en abismos de luz palabras prodigiosas
+que han de brillar siempre: Marengo, Arcole, Austerlitz, Jena,
+Wagram; hacer á cada instante aparecer en el zénit de los siglos constelaciones
+de nuevos triunfos, dar el imperio francés por contrapeso al
+imperio romano; ser la gran nación y producir el gran ejército; hacer
+volar las legiones por todos los pueblos, así como una montaña envía á
+todas partes sus águilas; vencer, dominar, fulminar; ser en medio de
+Europa, una especie de pueblo dorado á fuerza de gloria; tocar al través
+de la historia un redoble de titanes; conquistar el mundo dos veces,
+por conquista y deslumbramiento; esto es sublime. ¿Hay algo más
+grande?</p>
+
+<p>—Ser libre,—dijo Combeferre.</p>
+
+<p>Mario bajó á su vez la cabeza; esta palabra sencilla y fría, atravesó
+como una hoja de acero su épica efusión, y la sintió desvanecerse dentro
+de sí. Cuando alzó los ojos, Combeferre ya no estaba allí. Satisfecho
+indudablemente de su réplica á la apoteosis, acababa de salir, y todos,
+excepto Enjolrás, le habían seguido.</p>
+
+<p>La sala se quedó vacía. Enjolrás, á solas con Mario, le miraba gravemente.
+Mario, sin embargo, habiendo ordenado un poco sus ideas, no
+se daba por vencido. Había en él un resto de entusiasmo que iba á traducirse
+sin duda, en silogismos desplegados contra Enjolrás, cuando se
+oyó cantar en la escalera á uno que se retiraba. Era Combeferre, y he
+aquí lo que cantaba:</p>
+
+<div class="poetry-container">
+<div class="poetry">
+<p>Si César me hubiera dado<br>
+La gloria de las batallas,<br>
+Obligándome á dejarle<br>
+El cariño de mi madre,<br>
+Le hubiera dicho al gran César:<br>
+Recoge el cetro y el carro,<br>
+Que yo prefiero mi gusto,<br>
+Como prefiero á mi madre.</p>
+</div>
+</div>
+
+<p>El tierno y severo acento con que cantaba Combeferre, daba á su
+canción cierta grandeza particular. Mario, pensativo, mirando al techo,
+repitió casi maquinalmente: ¡Mi madre!...</p>
+
+<p>En este momento sintió sobre el hombro la mano de Enjolrás.</p>
+
+<p>—Ciudadano,—le dijo Enjolrás,—mi madre es la república.</p>
+
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_570">[Pg 570]</span></p>
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Res augusta</b></p>
+
+
+<p>Aquella velada produjo en Mario una sacudida profunda y una obscuridad
+triste en su alma. Experimentó lo que tal vez experimenta la
+tierra en el instante que la abre el hierro para depositar en ella el grano
+de trigo; sólo siente la herida; la sacudida del germen y el placer del
+fruto, vienen más tarde.</p>
+
+<p>Mario se quedó sombrío. ¿Acababa apenas de abrazar una fe y debía
+rechazarla? Díjose resueltamente á sí mismo que no. Declaróse que no
+quería dudar; pero comenzaba á dudar á pesar suyo. Vivir entre dos religiones,
+no habiendo dejado todavía la una ni entrado aún en la otra,
+es insoportable. Y los crepúsculos sólo agradan á las almas de murciélago.
+Mario tenía abiertas sus pupilas y necesitaba la verdadera luz. La
+media luz de la duda le hacía daño. Por más deseos que tenía de quedarse
+donde estaba, y de permanecer firme, se veía obligado irresistiblemente
+á avanzar, á examinar, á pensar, á ir más adelante, sin cesar ni
+cejar. ¿Adónde debía esto llevarle? Temía, después de haber dado tantos
+pasos que le habían aproximado á su padre, dar otros nuevos que le alejasen
+de él. Aumentábase su malestar con todas las reflexiones que se le
+ocurrían. Todo se le hacía escarpado á su alrededor. Ya no estaba de
+acuerdo ni con su abuelo ni con sus amigos; temerario para el uno, retrógrado
+para los otros, vióse doblemente aislado por el lado de la vejez
+y por el de la juventud. Dejó de ir al café Musain.</p>
+
+<p>En esta turbación de su conciencia, apenas pensaba en ciertos detalles
+serios de la existencia; pero las realidades de la vida no se dejan olvidar,
+y fueron á acometerle bruscamente.</p>
+
+<p>Una mañana, entró en su cuarto el amo de la fonda, y le dijo:</p>
+
+<p>—El señor Courfeyrac ha respondido por vos.</p>
+
+<p>—Sí.</p>
+
+<p>—Pues me hace falta dinero.</p>
+
+<p>—Decid al señor Courfeyrac que me haga el favor de venir; tengo
+que hablarle,—dijo Mario.</p>
+
+<p>Al entrar Courfeyrac, el patrón los dejó solos.</p>
+
+<p>Mario le refirió lo que no había pensado decirle todavía, esto es, que
+estaba como solo en el mundo y sin parientes.</p>
+
+<p>—¿Y qué va á ser de vos?—dijo Courfeyrac.</p>
+
+<p>—No lo sé,—respondió Mario.</p>
+
+<p>—¿Qué pensáis hacer?</p>
+
+<p>—No lo sé.</p>
+
+<p>—¿Tenéis dinero?</p>
+
+<p>—Quince francos.</p>
+
+<p>—¿Queréis que os preste?</p>
+
+<p>—Jamás.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_571">[Pg 571]</span></p>
+
+<p>—¿Tenéis ropa?</p>
+
+<p>—Ésta.</p>
+
+<p>—¿Y alhajas?</p>
+
+<p>—Un reloj.</p>
+
+<p>—¿De plata?</p>
+
+<p>—De oro. Éste.</p>
+
+<p>—Yo sé de un prendero que os comprará la levita y un pantalón.</p>
+
+<p>—Corriente.</p>
+
+<p>—No os quedará más que un pantalón, un chaleco, un sombrero y
+un frac.</p>
+
+<p>—Y las botas.</p>
+
+<p>—¡Cómo! ¿No habéis de ir con los pies descalzos? ¡Qué opulencia!</p>
+
+<p>—Tendré bastante.</p>
+
+<p>—Conozco un relojero que os comprará el reloj.</p>
+
+<p>—Bueno.</p>
+
+<p>—No, no es bueno. ¿Qué haréis después?</p>
+
+<p>—Lo que fuere menester. Todo lo que sea honrado al menos.</p>
+
+<p>—¿Sabéis inglés?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—¿Sabéis alemán?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>—Tanto peor.</p>
+
+<p>—¿Por qué?</p>
+
+<p>—Porque un librero amigo mío está publicando una especie de enciclopedia,
+para la cual podríais traducir artículos alemanes ó ingleses. Lo
+paga mal, pero se vive.</p>
+
+<p>—Aprenderé el inglés y el alemán.</p>
+
+<p>—¿Y entretanto?</p>
+
+<p>—Entretanto me comeré mi ropa y mi reloj.</p>
+
+<p>Llamaron al prendero, y le compró la ropa en veinte francos.</p>
+
+<p>Fueron á casa del relojero, y les compró por cuarenta y cinco francos
+el reloj.</p>
+
+<p>—Esto no va mal,—decía Mario á Courfeyrac al entrar de vuelta ya
+en la fonda;—con los quince francos que tenía reúno ochenta.</p>
+
+<p>—¿Y la cuenta del patrón?—observó Courfeyrac.</p>
+
+<p>—Es verdad; la olvidaba ya,—dijo Mario.</p>
+
+<p>El patrón presentó su cuenta, y hubo que pagársela enseguida. Ascendía
+á setenta francos.</p>
+
+<p>—Me quedan diez francos,—dijo Mario.</p>
+
+<p>—¡Diablo!—exclamó Courfeyrac.—Os comeréis cinco francos mientras
+aprendáis el inglés, y otros cinco mientras aprendáis el alemán.
+Esto será tragar una lengua muy pronto, ó gastar una moneda de cien
+sueldos muy lentamente.</p>
+
+<p>En el entretanto, su tía Gillenormand, bastante buena en el fondo<span class="pagenum" id="Page_572">[Pg 572]</span>
+en los momentos tristes, había concluido por averiguar la morada de
+Mario.</p>
+
+<p>Una mañana, cuando Mario volvía de clase, se encontró con una
+carta de su tía y las <em>sesenta pistolas</em>, es decir, seiscientos francos en oro,
+en una cajita cerrada.</p>
+
+<p>Mario devolvió los treinta luises á su tía acompañados de una carta
+muy respetuosa, en la cual le declaraba que tenía medios de existencia
+suficientes para atender á sus necesidades. En aquel momento le quedaban
+tres francos.</p>
+
+<p>La tía no dijo nada de aquella devolución al abuelo por miedo de acabarle
+de exasperar. Además, ¿no había dicho que no le hablasen nunca
+de aquel bebedor de sangre?</p>
+
+<p>Mario dejó la fonda de la puerta de Santiago, no queriendo contraer
+deudas.</p>
+
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_14" href="#FNanchor_14" class="label">[14]</a> A B C suena en francés como <em>Abaissé</em> = rebajado, inferior.</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+
+
+<div class="chapter">
+<h2 class="nobreak" >LIBRO QUINTO<br>
+EXCELENCIA DE LA DESGRACIA</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>Mario indigente</b></p>
+
+
+<p>La vida comenzó á ser difícil para Mario. Comerse la ropa y el reloj
+no era nada; pero se vió reducido á aquella situación inexplicable, que
+se llama <em>comerse los codos</em>, cosa horrible, que quiere decir: días sin pan,
+noches sin sueño y sin luz, hogar sin fuego, semanas sin trabajo, porvenir
+sin esperanza; la levita rota por las mangas, el sombrero viejo,
+dando que reir á las muchachas, la puerta que se encuentra cerrada de
+noche, porque no se paga á la patrona, la insolencia del portero y del
+hostelero, las risitas burlonas de los vecinos, las humillaciones, la dignidad
+ultrajada, la ocupación de cualquier clase aceptada, los disgustos,
+la amargura, el abatimiento. Mario aprendió á tragar todo eso, y á no
+tener que tragar muchas veces más que eso sólo. En aquel momento de
+la existencia en que el hombre tiene necesidad de orgullo, porque tiene
+necesidad de amor, se vió burlado porque andaba mal vestido, y ridículo
+porque era pobre. Á la edad en que la juventud os inflama el corazón
+con imperial altivez, bajó más de una vez sus miradas hasta los agujeros
+de sus botas, y conoció la injusta vergüenza, el punzador bochorno
+de la miseria. Prueba terrible y admirable de la que los débiles salen infames,
+y los fuertes sublimes; crisol en que el destino arroja al hombre
+cuando quiere convertirle en un ser despreciable, ó en un semidiós.</p>
+
+<p>Porque se producen muchas acciones grandes en esas luchas pequeñas.
+Hay valientes, tercos é ignorados, que se defienden palmo á palmo<span class="pagenum" id="Page_573">[Pg 573]</span>
+en la sombra, contra la fatal invasión de las necesidades y de la ignominia.
+Hay nobles y misteriosos triunfos que no ve ninguna mirada,
+que ninguna fama recompensa, que ningún clarín saluda. La vida, la
+desgracia, el aislamiento, el abandono, la pobreza, son campos de batalla
+que tienen sus héroes, héroes obscuros, pero mas grandes á veces que
+los héroes ilustres.</p>
+
+<p>Hay naturalezas firmes y raras que han sido así creadas, porque la
+miseria, que es casi siempre madrastra, es, á veces, madre; la desnudez
+engendra el vigor del alma y del talento; el desamparo engendra la altivez;
+el infortunio es una buena leche para los magnánimos.</p>
+
+<p>Hubo una época en la vida de Mario en que él mismo barría su miserable
+cuarto, en que él mismo iba á comprar un sueldo de queso de
+Brie á la tienda de la frutera, ó que, esperando para ello la obscuridad
+del crepúsculo, entraba en la panadería á comprar un panecillo, que
+llevaba furtivamente á su buhardilla, como si lo hubiese robado. Alguna
+vez se veía deslizar en la carnicería de la esquina, por entre las bulliciosas
+cocineras que le codeaban, á un joven desmañado con sus libros bajo
+el brazo, y cierto aire tímido y furioso, que al entrar se quitaba el
+sombrero, dejando ver el sudor que corría por su frente; hacía un profundo
+saludo á la carnicera sorprendida, otro al mancebo de la carnicería;
+pedía después una chuleta de carnero, la pagaba con seis ó siete
+sueldos, la envolvía en un papel, la ponía debajo del brazo entre dos libros,
+y se iba. Aquel joven era Mario. Con aquella chuleta, que asaba
+él mismo, vivía tres días.</p>
+
+<p>El primer día comía la carne, el segundo se bebía el caldo, y el tercero
+roía el hueso. Muchas otras veces su tía Gillenormand intentó
+nuevamente enviarle los sesenta escudos. Mario se los devolvió constantemente,
+diciendo que nada necesitaba.</p>
+
+<p>Aún llevaba luto por su padre, cuando se verificó en él la revolución
+que hemos descrito; desde entonces no había abandonado el traje negro;
+pero el traje negro le abandonó á él. Vino un día en que no tuvo frac;
+pero aún podía durarle el pantalón. ¿Qué hacer? Courfeyrac, á quién
+había hecho algunos favores, le dió un frac viejo. Mario hizo que se le
+volviera del revés por seis reales un portero cualquiera, y se encontró
+con un frac que tenía todo el aspecto de nuevo. Pero era un frac verde:
+Mario desde entonces no salió sino después de caer el día, con lo cual
+hacía que su frac apareciese negro. Queriendo vestir siempre de luto, lo
+hacía con las tinieblas de la noche.</p>
+
+<p>Á través de todo esto, llegó á tomar el grado y á recibirse de abogado.
+Creíase que habitaba en el aposento de Courfeyrac, que era decente,
+y donde, cierto número de obras viejas de jurisprudencia, sostenidas y
+completadas con tomos de novelas descabaladas, figuraban la biblioteca
+exigida por los reglamentos.</p>
+
+<p>Hacía que se le dirigiese la correspondencia á casa de Courfeyrac.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_574">[Pg 574]</span></p>
+
+<p>Una vez ya abogado, dió Mario parte de ello á su abuelo por medio
+de una carta fría, pero llena de respeto y sumisión. El señor Gillenormand
+tomó la carta con cierto temblor, la leyó presuroso, la hizo cuatro
+pedazos y la arrojó al cesto.</p>
+
+<p>Dos ó tres días después, la señorita Gillenormand oyó á su padre
+que estaba solo en su cuarto y hablaba en voz alta. Esto le acontecía
+siempre que se sentía muy agitado. Aplicó el oído; decía el viejo:</p>
+
+<p>—Si no fueras un imbécil, sabrías que no se puede ser á un tiempo
+abogado y barón.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Mario pobre</b></p>
+
+
+<p>Pasa con la miseria como con todo. Llega á hacerse posible; acaba
+por tomar una forma y se acomoda. Vegeta uno, es decir, se desarrolla
+de cierta manera mezquina, pero suficiente á la vida. He aquí de que
+modo arregló Mario Pontmercy su existencia.</p>
+
+<p>Había pasado lo más estrecho; el desfiladero se iba ensanchando delante
+de él. Á fuerza de trabajo, de ánimo, de perseverancia y voluntad,
+había conseguido sacar de su trabajo unos setecientos francos anuales.
+Había aprendido el alemán y el inglés; y gracias á Courfeyrac, que le
+había puesto en relaciones con su amigo el librero, desempeñaba en la
+literatura librera, el modesto papel de <em>utilidad</em>. Hacía prospectos, traducía
+periódicos, anotaba ediciones, compilaba biografías, etc.; producto
+neto, año bueno con malo, setecientos francos. Con ellos vivía. ¿Cómo?
+No mal. Vamos á decirlo.</p>
+
+<p>Ocupaba Mario en la casucha de Gorbeau, mediante el precio anual
+de treinta francos, un tabuco sin chimenea, calificado de gabinete, donde
+no había, en materia de muebles, sino lo indispensable. Los muebles
+eran suyos. Daba tres francos al mes á la vieja, principal inquilina,
+para que le barriese el tabuco y le llevase todas las mañanas un poco de
+agua caliente, un huevo fresco y un panecillo de un sueldo. Con este pan
+y este huevo almorzaba. Su almuerzo variaba de dos á cuatro sueldos,
+según estaban los huevos baratos ó caros. Á las seis de la tarde bajaba
+por la calle de Santiago á comer en casa de Rousseau, frente al mercader
+de estampas Basset, esquina á la calle de Mathurins. No comía sopa.
+Tomaba una ración de carne de á seis sueldos, media ración de legumbres
+por tres, y un postre por tres más. Y finalmente, por otros tres
+sueldos le daban pan á discreción. En cuanto á vino, bebía agua. Al pagar
+en el mostrador donde estaba sentada majestuosamente la señora
+Rousseau, en aquella época, gorda siempre y todavía fresca, daba un
+céntimo para el mozo, la señora Rousseau le devolvía una sonrisa, y él se
+iba. Así era como por dieciséis sueldos tenía comida y sonrisa.</p>
+
+<p>El <em>restaurant</em> Rousseau, en el que se desocupaban tan pocas botellas
+y tantas tinajas, era un <em>calmante</em> mejor que un <em>restaurante</em>.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_575">[Pg 575]</span></p>
+
+<p>Ya no existe. El dueño tenía un apodo chocante; llamábanle <em>Rousseau
+el acuático</em>. Así es que, almorzando por cuatro sueldos y comiendo
+por diez y seis, le salía el alimento en veinte sueldos diarios, esto es, en
+trescientos sesenta y cinco francos al año. Agréguense los treinta de alquiler,
+y los treinta y seis á la vieja, más algunos gastos menores, resulta
+que por cuatrocientos cincuenta francos, Mario estaba alimentado,
+alojado y servido. El vestido le costaba cien francos, la ropa blanca cincuenta,
+y el lavado y planchado cincuenta más, el total no pasaba de
+seiscientos cincuenta, así es que todavía le quedaban cincuenta. Era
+rico. Prestaba, cuando llegaba el caso, diez francos á un amigo; Courfeyrac
+llegó á tomarle un préstamo de sesenta francos. En cuanto á fuego
+para calentarse, no teniendo como no tenía chimenea, le había «suprimido».</p>
+
+<p>Mario tenía siempre dos trajes completos; uno viejo, «para todos los
+días», y otro nuevo para las ocasiones. Ambos eran negros. No tenía
+más que tres camisas, una puesta, otra en la cómoda y otra en casa de
+la lavandera. Renovábalas á medida que se usaban, y estando casi siempre
+rotas, se abotonaba el frac hasta la barba.</p>
+
+<p>Para llegar Mario á esa situación floreciente había necesitado años:
+años rudos, difíciles de atravesar los unos, de salvar los otros; pero Mario
+no había flaqueado un solo día. Todo lo había sufrido en materia de
+pobreza; todo lo había hecho, á excepción de contraer deudas. Dábase
+testimonio á sí propio de no haber debido nunca un céntimo á nadie. En
+su concepto, una deuda era el principio de la esclavitud. Llegaba á decir
+que un acreedor es peor que un amo; porque un amo no posee más
+que la persona, mientras que el acreedor posee la dignidad, y puede
+abofetearla.</p>
+
+<p>Antes que pedir prestado prefería no comer. Había ayunado muchos
+días. Conociendo que todos los extremos se tocan y que, si no se pone
+cuidado, la baja en la fortuna puede conducir á la bajeza del alma, vigilaba
+celosamente por su altivez. Tal fórmula ó tal paso que, en otra situación,
+le hubiese parecido deferencia, considerábala ahora rebajamiento,
+y alzaba su frente. No arriesgaba nada por no querer retroceder.
+Veíase en su semblante una especie de rubor severo. Era tímido
+hasta la aspereza.</p>
+
+<p>En todas sus pruebas se sentía alentado, y algunas veces arrastrado
+por una fuerza secreta que había en su interior. El alma ayuda al cuerpo,
+y hay momentos en que le sostiene. Es el único pájaro que puede
+sostener su jaula.</p>
+
+<p>Al lado del nombre de su padre, otro nombre estaba grabado en el
+corazón de Mario, el de Thénardier. Mario, con su temperamento entusiasta
+y grave, rodeaba de una especie de aureola al hombre á quien, á
+su entender, debía la vida de su padre, aquel intrépido sargento que había
+salvado la vida al coronel entre las balas y la metralla de Waterloo.<span class="pagenum" id="Page_576">[Pg 576]</span>
+Nunca separaba el recuerdo de aquel hombre del recuerdo de su padre,
+y los asociaba juntos en su veneración. Era una especie de culto de dos
+grados, el altar mayor para el coronel, y el otro menor para Thénardier.
+Lo que redoblaba la ternura de su agradecimiento era la idea del infortunio
+en que suponía caído y abismado á Thénardier. Mario había sabido
+en Montfermeil la ruina y quiebra del infeliz posadero. Desde entonces
+había hecho grandes esfuerzos para descubrir sus huellas y procurar
+llegar á él, en aquel tenebroso abismo de miseria en que había
+desaparecido.</p>
+
+<p>Mario había recorrido todo el país: había estado en Chelles, en Bondy,
+en Gournay, en Nogent, en Lagny. Durante tres años se había obstinado
+sin tregua, gastando en sus exploraciones el poco dinero de sus
+ahorros. Nadie había podido darle noticias de Thénardier; creíanle
+ausente, en país extranjero. Sus acreedores le habían buscado también,
+con menos amor que Mario, pero con tanta obstinación, sin haber conseguido
+echarle mano. Mario se acusaba, y casi se reprendía, el poco
+acierto de sus pesquisas.</p>
+
+<p>Era la única deuda que le había dejado el coronel, y cifraba su honra
+en cancelarla. ¡Cómo! pensaba para sí. Cuando mi padre yacía moribundo
+en el campo de batalla, Thénardier supo dar con él al través del
+humo y de la metralla, y llevarle sobre sus espaldas; sin embargo, él
+nada le debía, y yo, que debo tanto á Thénardier, ¡no he de saber encontrarle
+en la sombra en que agoniza, y llevarle á mi vez, de la muerte
+á la vida! ¡Oh, yo le encontraré! Por encontrar á Thénardier, en efecto,
+Mario habría dado un brazo, y por arrancarle de la miseria, toda su
+sangre. Ver á Thénardier, hacerle un servicio cualquiera, decirle: «¿No
+me conocéis? ¡Pues yo sí os conozco! Aquí estoy, disponed de mí»; tal
+era el más dulce y magnífico de los sueños de Mario.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Mario crecido</b></p>
+
+
+<p>En aquella época, Mario tenía veinte años. Hacía tres que había dejado
+á su abuelo. De una y otra parte habían quedado sumidos en los
+mismos términos, sin intentar aproximarse ni tratar de verse. Por otro
+lado, volver á verse, ¿con qué fin? ¿Para chocar? ¿Quién de ambos habría
+llevado la razón sobre el otro? Mario era el vaso de bronce, pero el
+abuelo Gillenormand era la olla de hierro.</p>
+
+<p>Debemos decirlo: Mario se había equivocado con respecto al corazón
+de su abuelo. Habíase figurado que el señor Gillenormand no le había
+tenido nunca cariño, y que aquel buen hombre, breve, duro y risueño,
+que juraba, gritaba, echaba pestes y levantaba el bastón, no le profesaba
+á todo extremo, más que ese afecto leve á un tiempo y severo de los padres
+gruñones de comedia. Mario se engañaba. Hay padres que no aman
+á sus hijos; pero no hay abuelo que no adore á su nieto. Como ya hemos<span class="pagenum" id="Page_577">[Pg 577]</span>
+dicho, en el fondo, el señor Gillenormand idolatraba á Mario. Idolatrábale
+á su modo, con acompañamiento de empujones y hasta de cachetes;
+pero una vez fuera de su vista el chico, sintió un negro vacío en su corazón;
+exigió que no le hablaran de él, lamentando por lo bajo de ser tan
+exactamente obedecido. Al principio esperó que volviera aquel buonapartista,
+aquel jacobino, aquel terrorista, aquel setembrista. Pero pasaron
+las semanas, pasaron los meses, pasaron los años, y con gran desesperación
+de Gillenormand, el bebedor de sangre no volvió.—Yo no
+podía menos de echarle de casa,—se decía el abuelo, y se preguntaba:—Si
+volviera á pasar lo mismo, ¿volvería yo á obrar del mismo modo?—Su
+orgullo respondía inmediatamente que sí; pero su blanca cabeza,
+que movía en silencio, respondía tristemente que no. Tenía sus horas de
+abatimiento. Faltábale Mario, y los viejos tienen tanta necesidad de cariño
+como del sol. Para ellos el afecto también es calor. Por más fuerte
+que fuése su naturaleza, la ausencia de Mario había producido cierto
+cambio en él. Por nada del mundo hubiera querido dar un paso hacia
+«aquel picaruelo»; pero sufría. Nunca preguntaba por él, pero nunca
+pensaba en otra cosa. Vivía cada vez más retirado en el Marais. Era
+aún, como en otros tiempos, alegre y violento; pero su alegría tenía una
+dureza convulsiva, como si contuviese dolor y cólera, y sus violencias
+terminaban siempre con una especie de abatimiento dulce y sombrío.
+Estas alternativas se repetían á menudo. Decía algunas veces:—¡Oh! ¡Si
+volviera, qué cachete se llevaría!</p>
+
+<p>En cuanto á la tía, pensaba harto poco para amar mucho; Mario no
+era para ella más que una especie de contorno negro y vago, y había
+acabado por cuidarse de él mucho menos que del gato ó del loro, que ella
+probablemente tuviese. Lo que acrecentaba el sufrimiento interior del señor
+Gillenormand, era que se lo guardaba íntegro sin dejar adivinar
+nada. Su pesadumbre era como uno de esos hornillos de nueva invención
+que queman su mismo humo. Ocurría á veces que llegaba algún oficioso
+importuno, y hablándole de Mario, le preguntaba: ¿Qué hace, ó qué le
+ha pasado á vuestro nieto? El viejo respondía suspirando, si estaba triste,
+ó sacudiéndose las chorreras, si quería parecer alegre: «El señor barón
+de Pontmercy hace de abogadillo en algún rincón».</p>
+
+<p>Mientras el abuelo se lamentaba, Mario se aplaudía á sí mismo. Como
+á todos los buenos corazones, la desgracia le había hecho perder la
+amargura. Sólo pensaba en el señor Gillenormand con dulzura; pero se
+había propuesto no recibir nada del hombre <em>que había sido malo para
+su padre</em>. Era aquello como la traducción mitigada de su primera indignación.
+Por otra parte, se creía dichoso por haber sufrido, y por sufrir
+aún, porque lo hacía por su padre. La dureza de su vida le satisfacía y
+le agradaba.</p>
+
+<p>Decíase, con cierta alegría, que <em>aquello era lo menos</em>, que era una<span class="pagenum" id="Page_578">[Pg 578]</span>
+expiación; que sin esto habría sido castigado de otro modo y más tarde,
+por su impía indiferencia hacia su padre, un padre como el suyo; que
+no habría sido justo que su padre sobrellevase tantos sufrimientos y él
+ninguno. Por otra parte, ¿qué eran sus trabajos y su desnudez comparados
+con la vida heroica del coronel? Y en fin, el único medio de acercarse
+y asemejarse á su padre era ser tan valiente contra la indigencia
+como el coronel lo había sido contra el enemigo; y esto era sin duda lo
+que el coronel había querido decir con estas palabras: <em>será digno de
+ello</em>. Palabras que Mario seguía llevando, no sobre su pecho, porque había
+desaparecido el escrito del coronel, sino en su corazón.</p>
+
+<p>Además, el día en que su abuelo le había expulsado no era más que
+un niño; pero á la sazón era ya un hombre, y así lo sentía. La miseria,
+repetimos, había sido buena para él. La pobreza en la juventud, cuando
+acierta á salir adelante, tiene un resultado magnífico, cual es el de dirigir
+toda la voluntad hacia el esfuerzo, y toda el alma hacia la aspiración.
+La pobreza pone luego de manifiesto la vida material en toda su desnudez,
+y la hace horrible; de ahí provienen esos inexplicables impulsos hacia
+la vida ideal. El joven rico tiene cien distracciones, brillantes y groseras:
+las carreras de caballos, la caza, los perros, el tabaco, el juego,
+los banquetes y todo lo demás; ocupaciones de las regiones bajas del alma,
+á costa de las regiones más altas y delicadas. El joven pobre encuentra
+gran dificultad en ganar su pan; come, y cuando ha comido, no
+le queda más que el divagar y soñar. Asiste gratis á los espectáculos que
+da Dios; contempla el cielo, el espacio, los astros, las flores, los niños,
+la humanidad entre la que sufre, la creación en la que resplandece. Mira
+tanto á la humanidad, que llega á ver el alma; mira tanto á la creación,
+que ve á Dios. Medita, y conoce que es grande; medita más, y conoce
+que es sensible.</p>
+
+<p>Del egoísmo del hombre que sufre, pasa á la compasión del hombre
+que medita. Un admirable sentimiento brota en él, el olvido de sí mismo
+y la piedad para todos. Al pensar en los goces sin número que la naturaleza
+ofrece, da y prodiga á las almas abiertas, y niega á las almas
+cerradas; llega á compadecer, millonario de la inteligencia, á los millonarios
+del dinero. De su corazón va borrándose el odio á medida que va
+penetrando toda la claridad en su espíritu. Por otra parte, ¿es acaso desgraciado?
+No; la miseria de un joven no es nunca miserable. Cualquier
+joven, por pobre que sea, con su salud, su fuerza, su andar vivo, sus
+ojos brillantes, su sangre que circula ardorosa, sus cabellos negros, sus
+mejillas frescas, sus labios sonrosados, sus dientes blancos, su aliento
+puro, dará siempre envidia á un viejo, aunque este sea un emperador.
+Cada día por la mañana se pone á ganar el sustento, y mientras sus manos
+ganan el pan, su espina dorsal adquiere gallardía, su cerebro ideas;
+y cuando concluye el trabajo, vuelve á los éxtasis inefables, á la contemplación,
+á los goces; vive con los pies en la aflicción, en los obstáculos,<span class="pagenum" id="Page_579">[Pg 579]</span>
+en el suelo, en los abrojos, y á veces en el lodo, y con la cabeza
+en la luz. Es firme, sereno, dulce, pacífico, atento, grave; está satisfecho
+con muy poco, y benévolo; bendice á Dios que le ha dado dos riquezas
+de las que carecen muchos ricos; el trabajo que le hace libre, y la inteligencia
+que le hace digno.</p>
+
+<p>Esto era lo que había pasado por Mario quien, para decirlo todo, se
+había inclinado tal vez demasiado del lado de la contemplación. Desde
+el día en que había podido ganar su vida casi con seguridad, se había
+estacionado, encontrando buena la pobreza, y descontando algo del trabajo,
+para dárselo al pensamiento; es decir, que pasaba días enteros meditando,
+sumergido y abstraído como un visionario en las mudas voluptuosidades
+del éxtasis y de la irradiación interior. Había planteado de
+este modo el problema de la vida: dar el menor tiempo posible al trabajo
+material, para dar el mayor tiempo posible al trabajo impalpable; ó
+en otros términos, dedicar algunas horas á la vida real, y el resto al infinito.
+No advertía, pareciéndole no carecer de nada, que la contemplación
+así comprendida acaba por ser una de las formas de la pereza;
+que se había satisfecho con dominar las primeras necesidades de la vida,
+y que se entregaba al descanso demasiado pronto.</p>
+
+<p>Era evidente que para aquella naturaleza enérgica y vigorosa, ese no
+podía ser más que un estado transitorio, y que al primer choque con las
+inevitables complicaciones del destino, Mario despertaría.</p>
+
+<p>En tanto, y aunque fuése ya abogado, y á pesar de lo que pensaba
+el señor Gillenormand, no defendía pleitos, no hacía ni siquiera el abogadillo.
+La meditación le había alejado de la abogacía. Tratar con los
+procuradores, ir á la audiencia, buscar causas; esto le fatigaba. ¿Y para
+qué había de hacerlo? Ninguna razón veía para cambiar de modo de vivir.
+Aquel librero mercantil y obscuro le daba ya trabajo seguro, trabajo
+poco penoso y que, como acabamos de decir, le bastaba.</p>
+
+<p>Uno de los libreros para quienes trabajaba, creo que el señor Magimel,
+le había ofrecido emplearle en su casa, alojarle bien, darle un trabajo
+regular y mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil
+quinientos francos! Es verdad; pero ¡renunciar á la libertad! ¡Estar asalariado!
+¡Ser una especie de literato hortera! En el pensamiento de Mario,
+de aceptar, su posición mejoraba y empeoraba al mismo tiempo;
+ganaba en bienestar y perdía en dignidad; era una desgracia completa
+y bella, que se cambiaba en una comodidad fea y ridícula; una cosa así
+como un ciego convertido en tuerto. Y rehusó.</p>
+
+<p>Mario vivía solitario. Á causa de la afición que tenía á permanecer
+extraño á todo, y también por haberse espantado demasiado, no había
+entrado decididamente en el grupo presidido por Enjolrás. Habían quedado
+como buenos amigos; estaban dispuestos á ayudarse mutuamente
+cuando llegara el caso y de todas las maneras posibles; pero nada más.
+Mario tenía dos amigos: uno joven, Courfeyrac, y otro viejo el señor Mabeuf.<span class="pagenum" id="Page_580">[Pg 580]</span>
+Inclinábase al viejo, porque en primer lugar, le debía la revolución
+que en su interior se había verificado, y en segundo, por haber conocido
+y amado á su padre.</p>
+
+<p><em>Me ha hecho la operación de la catarata</em>, decía.</p>
+
+<p>Y ciertamente, la intervención de aquel obrero había sido decisiva.</p>
+
+<p>Con todo, Mabeuf no había sido en aquella ocasión más que el agente
+tranquilo é impasible de la Providencia. Había iluminado á Mario por
+casualidad y sin saberlo, como hace una vela que lleva cualquiera; él
+había sido la vela, no el cualquiera.</p>
+
+<p>En cuanto á la revolución política interior de Mario, Mabeuf era incapaz
+de comprenderla, de quererla y dirigirla.</p>
+
+<p>Como más adelante hemos de encontrar á Mabeuf, no estará de más
+que digamos sobre él algunas palabras.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>El señor Mabeuf</b></p>
+
+
+<p>El día en que Mabeuf le decía á Mario: <em>ciertamente, yo apruebo las
+opiniones políticas</em>, expresaba el verdadero estado de su ánimo. Todas
+las opiniones políticas le eran indiferentes, aprobándolas todas sin distinción,
+con tal que le dejasen tranquilo, del mismo modo que los griegos
+llamaban á las Furias: «las bellas, las buenas, las encantadoras»,Bonaparte
+<em>las Eumenides</em>. La opinión política del señor Mabeuf consistía en amar
+apasionadamente las plantas, y sobre todo los libros. Tenía, como todo
+el mundo, su terminación en <em>ista</em>, sin la cual nadie hubiera podido vivir
+en aquel tiempo; pero no era ni realista, ni bonapartista, ni carlista, ni
+orleanista, ni anarquista: era <em>bouquiniste</em><a id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a>.</p>
+
+<p>No comprendía que los hombres se ocupasen en odiarse mutuamente
+por tonterías, como la Carta, la democracia, la legitimidad, la monarquía,
+la república, etc., cuando hay en este mundo tantas clases de
+musgo, de yerbas y de arbustos que poder contemplar, y montones de
+libros en folio, y aun en treintaidosavo que poder hojear. Guardábase
+mucho de ser inútil; el tener libros no le impedía leer, y el ser botánico
+no le impedía ser jardinero. Cuando conoció á Pontmercy, nació entre
+el coronel y él la simpatía de que, lo que el coronel hacía por las flores,
+lo hacía él por las frutas. Mabeuf había llegado á conseguir peras de semilla,
+tan sabrosas como las de San Germán; de una de estas combinaciones
+ha nacido, á lo que parece, el mirabel de octubre, tan célebre
+hoy día, y no menos aromático que el mirabel de estío. Iba á misa más
+bien por bondad que por devoción y porque, gustando del semblante
+de los hombres, pero odiando su ruido, los veía reunidos y silenciosos
+sólo en la iglesia. Comprendiendo que todos debemos ser algo en el Estado,
+había escogido la ocupación de capillero. Por lo demás, no había
+<span class="pagenum" id="Page_581">[Pg 581]</span>conseguido nunca amar á ninguna mujer, tanto como á una cebolla de
+tulipán; ni á un hombre tanto como á un elzevir. Había cumplido hacía
+ya tiempo sesenta años, cuando cierto día le preguntó alguien:</p>
+
+<p>—¿Pero no habéis estado casado nunca?</p>
+
+<p>—Lo he olvidado,—contestó. Cuando le ocurría alguna vez ¿á quién
+no le ocurre? decir: «¡Oh, si yo fuése rico!» no lo decía nunca echando
+el lente á una muchacha bonita, como el señor Gillenormand, sino
+fijándose en algún libro antiguo. Vivía solo, con una ama vieja. Padecía
+de gota en las manos, y cuando dormía, sus viejos dedos, entorpecidos
+por el reuma, se enredaban en los pliegues de las sábanas. Había
+escrito y publicado una <em>Flora de las cercanías de Cauterets</em> con láminas
+iluminadas; obra bastante apreciada, cuyas planchas poseía, y vendía
+por sí mismo. Dos ó tres veces al día llamaban á su puerta de la
+calle Mezières con ese objeto. Así sacaba muy bien unos dos mil francos
+al año. En esto consistía casi toda su fortuna. Aunque pobre, había
+tenido ingenio para hacerse, á fuerza de paciencia, de privaciones y de
+tiempo, con una colección preciosa de ejemplares raros de todos géneros.
+Nunca salía sin llevar un libro bajo el brazo, y casi siempre volvía
+con dos. El único adorno de las cuatro habitaciones del piso bajo que,
+con un pequeño jardín, componían su vivienda, eran unos herbarios en
+cuadros y grabados de antiguos maestros. La vista de un sable ó de un
+fusil le helaba la sangre; en su vida se había acercado á un cañón, ni
+aun al del cuartel de los Inválidos. Tenía un estómago regular, un hermano
+cura, el cabello enteramente blanco, nada de dientes en la boca
+ni en el espíritu, temblor general, acento picardo, risa infantil, fácil al
+miedo, y el aire de un carnero viejo. Después de eso, no tenía otra amistad
+ni trato con los vivos, que la de un librero viejo de la Puerta de
+Santiago, llamado Royol. Era su gran ideal la aclimatación del añil en
+Francia.</p>
+
+<p>Su criada era igualmente una variedad de la inocencia. La buena
+vieja era virgen. Sultán, su gato, que hubiera podido maullar el miserere
+de Allegri en la Capilla Sixtina, había llenado su corazón, y llenaba
+perfectamente la cantidad de pasión que había en ella. Ninguno de sus
+pensamientos había llegado hasta el hombre; no había podido ir más
+allá de su gato, y tenía, como éste, bigotes. Su gloria se cifraba en sus
+papalinas siempre blancas. Empleaba el tiempo los domingos, después
+de misa, en contar la ropa blanca en su baúl y en extender sobre su
+cama vestidos en corte, que compraba y no se hacía nunca. Sabía leer.
+Mabeuf la llamaba <em>la tía Plutarco</em>.</p>
+
+<p>Mabeuf había simpatizado con Mario, porque siendo Mario joven y
+agradable, templaba su ancianidad sin asustar su timidez. La juventud
+amable produce en los viejos el efecto del sol sin viento. Cuando Mario
+estaba saturado de gloria militar, de pólvora de cañón, de marchas y<span class="pagenum" id="Page_582">[Pg 582]</span>
+había dado y recibido tantos sablazos, se iba á ver al señor Mabeuf, y
+éste le hablaba del héroe bajo el punto de vista de las flores.</p>
+
+<p>Hacia 1830, su hermano el cura había muerto; y casi de repente, como
+cuando llega la noche, todo el horizonte se había obscurecido para el
+señor Mabeuf. La quiebra de un procurador le hizo perder una suma de
+diez mil francos, que era todo lo que poseía de la herencia de su hermano
+y de su patrimonio. La Revolución de Julio produjo una crisis en el
+comercio de libros. En tiempos revueltos lo primero que deja de venderse
+es una <em>Flora</em>; y la <em>Flora de las cercanías de Cauterets</em> se quedó sin
+venta, pasándose semanas enteras sin presentarse un comprador. Alguna
+vez el señor Mabeuf se estremecía al oir la campanilla. Señor, le decía
+tristemente la tía Plutarco, es el aguador.</p>
+
+<p>Pronto el señor Mabeuf abandonó la calle Mezières, abdicó las funciones
+de capillero, renunció á San Sulpicio, vendió una parte, no de sus
+libros, sino de sus estampas, que apreciaba menos, y fué á instalarse en
+una casita del boulevard Montparnasse, donde no vivió más que un trimestre,
+por dos razones, primera, porque el piso bajo y el jardín costaban
+trescientos francos, y no se atrevía á pagar más de doscientos de alquiler;
+y segunda, porque la casa estaba próxima al tiro de Fatou, y oía
+el ruido de los pistoletazos, lo cual le era insoportable.</p>
+
+<p>Llevóse, pues, su <em>Flora</em>, sus planchas, sus herbarios, sus carteras y
+sus libros, y se estableció junto á la Salpêtrière, en una especie de cabaña
+del puente de Austerlitz, donde por cincuenta escudos al año tenía
+tres piezas, un jardín cerrado por un seto, y pozo. Se aprovechó de esta
+mudanza para vender casi todos sus muebles. El día que entró en esta
+nueva habitación estuvo muy alegre, y clavó él mismo los clavos para
+colgar los cuadros y los herbarios, cavó en el jardín el resto del día, y
+por la noche, viendo que la tía Plutarco aparecía triste y pensativa, le
+dió un golpecito en el hombro, y la dijo sonriéndose: ¡ya tenemos el
+añil!</p>
+
+<p>Sólo dos visitantes, el librero de la Puerta de Santiago y Mario, eran
+admitidos en su choza de Austerlitz, nombre algo guerrero, y que, á decir
+verdad, no le agradaba mucho.</p>
+
+<p>Por lo demás, como hemos indicado ya, los cerebros absorbidos por
+una sabia meditación, ó en alguna locura, ó lo que sucede con mayor
+frecuencia, en ambas cosas á un tiempo, no son sino lentamente sensibles
+á las realidades de la vida. Su mismo destino se les presenta lejano.
+Resulta de esas concentraciones una pasividad que si fuése razonada, se
+parecería á la filosofía. Así es que declinan, descienden, se deslizan y aún
+se desploman, sin apercibirse de ello. Concluyen, es verdad, por despertar;
+pero tardíamente. Entretanto, parece que son extraños á la partida
+entablada entre su felicidad y su desgracia. Son la puesta, y miran la
+partida con indiferencia.</p>
+
+<p>Así es que al través de la obscuridad, que se formaba á su alrededor,<span class="pagenum" id="Page_583">[Pg 583]</span>
+todas sus esperanzas morían una tras otra, y sin embargo, el señor Mabeuf
+permanecía sereno, con alguna puerilidad, es cierto, pero profundamente.
+Sus hábitos intelectuales tenían la oscilación de un péndulo.
+Una vez impelido por una ilusión, seguía andando por mucho tiempo,
+aun cuando la ilusión hubiese desaparecido. Un reloj no se detiene nunca
+en el preciso momento de perder la llave.</p>
+
+<p>El señor Mabeuf tenía placeres inocentes. Estos placeres eran poco
+costosos é inesperados; la menor casualidad se los proporcionaba. Un
+día, la tía Plutarco estaba leyendo una novela en un rincón del cuarto;
+leía en voz alta, creyendo que así lo entendía mejor. Leer alto es afirmarse
+á sí mismo en la lectura. Hay personas que leen muy alto, y que
+parecen darse palabra de honor de lo que leen.</p>
+
+<p>La tía Plutarco leía, pues, con esa energía, la novela que tenía en las
+manos. El señor Mabeuf la oía sin escuchar.</p>
+
+<p>Así leyendo, la tía Plutarco llegó á esta frase; tratábase de un oficial
+de dragones y de una bella.</p>
+
+<p>«...La bella (<em>bouda</em>)<a id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a> se amoscó y el dragón...».</p>
+
+<p>Aquí se interrumpió para limpiar los anteojos.</p>
+
+<p>—Boudda y el dragón,—repitió á media voz el señor Mabeuf.—Sí,
+es verdad; había un dragón, que desde el fondo de su caverna arrojaba
+llamas por la boca abrasando el cielo. Ya habían sido incendiadas muchas
+estrellas por aquel monstruo, que tenía además garras de tigre.
+Boudda fué á la caverna, y logró convertir al dragón. Es un buen libro
+ése que estáis leyendo, tía Plutarco. No hay otra leyenda como ésta.</p>
+
+<p>Y el señor Mabeuf se dejó caer en una deliciosa meditación.</p>
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Pobreza muy próxima á la miseria</b></p>
+
+
+<p>Mario tenía simpatías por aquel anciano cándido que se veía lentamente
+cogido por la indigencia, y que se iba asustando poco á poco,
+mas sin entristecerse todavía. Mario encontraba á Courfeyrac y buscaba
+á Mabeuf, pero raras veces, una ó dos, á lo sumo, cada mes.</p>
+
+<p>El gran placer de Mario consistía en dar largos paseos solo, por los
+boulevares exteriores, ó por el campo de Marte, ó por las alamedas menos
+frecuentadas del Luxemburgo. Algunas veces pasaba la mitad del
+día contemplando un huerto, los cuadros de lechugas, las gallinas entre
+el estiércol, ó el caballo dando vueltas á una noria. Los transeuntes le
+miraban con sorpresa, y algunos veían en él algo sospechoso y una fisonomía
+siniestra, cuando no era más que un joven pobre, meditando sin
+objeto.</p>
+
+<p>En uno de aquellos paseos había descubierto la casucha de Gorbeau,
+y habiéndole tentado el aislamiento y la baratura, se instaló en ella. No
+se le conocía allí más que por el señor Mario.</p>
+<p><span class="pagenum" id="Page_584">[Pg 584]</span></p>
+<p>Algunos de los antiguos generales ó camaradas de su padre le invitaron,
+cuando le conocieron, á que fuése á visitarlos; y Mario no había
+rehusado, porque en aquellas visitas tenía otras tantas ocasiones de hablar
+de su padre. Así es que iba de cuando en cuando á casa del conde
+Pajol, á casa del general Bellavesne, á casa del general Fririon, en los
+Inválidos. Allí se tocaba y se bailaba, y en aquellas noches Mario se
+ponía su frac nuevo; pero no iba nunca á tales reuniones ni á tales bailes,
+sino los días en que helaba mucho, porque no podía pagar coche, y
+no quería llegar sino con las botas brillantes como espejos.</p>
+
+<p>Decía algunas veces, pero sin amargura:—Los hombres están constituidos
+de tal modo, que se puede entrar en una reunión cubierto de
+lodo por todas partes, excepto en las botas. No se os pregunta para recibiros
+más que por una cosa irreprochable: ¿por la conciencia? No, por
+las botas.</p>
+
+<p>Todas las pasiones que no proceden del corazón, se disipan meditando.
+La fiebre política de Mario se había desvanecido. La revolución de
+1830, satisfaciéndole y calmándole, le había ayudado. Era, pues, el mismo
+hombre, excepto en la cólera. Conservaba las mismas opiniones, pero
+algo dulcificadas. Propiamente hablando, no tenía ya opiniones, tenía
+simpatías. ¿Y por cuál partido las sentía? Por el de la humanidad; y entre
+la humanidad escogía la Francia; entre la nación escogía el pueblo,
+y entre el pueblo, la mujer. Á ésta se dirigía principalmente su piedad.
+Prefería una idea á un hecho, un poeta á un héroe, y admiraba más algún
+libro, como el de Job, que un acontecimiento como el de Marengo.
+Cuando después de un día de meditación se iba por la noche á los paseos,
+y al través de las ramas de los árboles descubría el espacio sin fondo,
+los resplandores sin nombre, el abismo, la sombra, el misterio, le
+parecía muy pequeño todo lo humano.</p>
+
+<p>Creía haber llegado, y era tal vez cierto, á la verdad de la vida y de
+la filosofía humana, y había concluido por no mirar casi más que al
+cielo, única cosa que puede ver la verdad desde el fondo de su pozo.</p>
+
+<p>Esto no le impedía multiplicar los planes, las combinaciones, los castillos
+en el aire, los proyectos para el porvenir. En aquel estado fantástico,
+si algún ojo hubiera podido penetrar en el interior de Mario, se
+habría deslumbrado ante la pureza de aquella alma. En efecto; si fuése
+dado á nuestros ojos carnales ver en la conciencia de otro, se juzgaría
+con más acierto á un hombre por lo que sueñe en su imaginación, que
+por lo que piensa. En el pensamiento hay voluntad; en el sueño no la
+hay. Este sueño, cuando es espontáneo, toma y conserva, aun en lo gigantesco
+é ideal, el carácter de nuestro espíritu. Nada sale más directamente
+ni más sinceramente del fondo de nuestra alma, que esas aspiraciones
+irreflexivas y desmesuradas hacia los esplendores del destino. En
+ellas, más que en las ideas modificadas, razonadas y coordinadas, puede
+hallarse el verdadero carácter de cada hombre. Nuestras quimeras son<span class="pagenum" id="Page_585">[Pg 585]</span>
+los objetos que más se nos parecen. Cada cual sueña lo desconocido y lo
+imposible con relación á su naturaleza.</p>
+
+<p>Hacia mediados del citado año de 1831, la vieja que servía á Mario
+le contó que iban á poner en la calle á sus vecinos, á la miserable familia
+Jondrette. Mario, que pasaba casi todo el día fuera de casa, apenas sabía
+que tuviese vecinos.</p>
+
+<p>—¿Y por qué los despiden?—preguntó.</p>
+
+<p>—Porque no pagan el alquiler. Deben dos plazos.</p>
+
+<p>—¿Y cuánto es?</p>
+
+<p>—Veinte francos,—dijo la vieja.</p>
+
+<p>Mario tenía treinta francos guardados en un cajón.</p>
+
+<p>—Tomad,—dijo á la vieja;—ahí tenéis veinticinco francos. Pagad
+por esa pobre gente; dadles cinco francos, no digáis que he sido yo.</p>
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>El sustituto</b></p>
+
+<p>La casualidad hizo que el regimiento de que era teniente Teódulo
+fuése de guarnición á París; lo cual dió ocasión á que se le ocurriese una
+segunda idea á la tía Gillenormand. Había pensado la primera vez hacer
+vigilar á Mario por Teódulo, y ahora armó un complot para hacer
+á Teódulo sucesor de Mario.</p>
+
+<p>Á todo evento, y para el caso de que el abuelo tuviera la vaga necesidad
+de ver una fisonomía joven en casa, porque los rayos de aurora
+son algunas veces gratos á las ruinas, era conveniente buscar otro Mario.</p>
+
+<p>Pues sea, dijo ella; esto es como una simple errata de las que veo á
+veces en los libros; donde dice Mario, léase Teódulo.</p>
+
+<p>Un sobrino segundo es casi un nieto; y á falta de un abogado, se
+toma un lancero.</p>
+
+<p>Una mañana en que el señor Gillenormand estaba leyendo algo
+como <em>la Quotidiana</em>, entró su hija, y le dijo con la voz más dulce que
+supo encontrar, porque se trataba de su favorito:</p>
+
+<p>—Padre mío, Teódulo va á venir esta mañana para saludaros.</p>
+
+<p>—¿Qué Teódulo?</p>
+
+<p>—Vuestro sobrino.</p>
+
+<p>—¡Ah!—dijo el abuelo.</p>
+
+<p>Y siguió leyendo sin pensar más en el sobrino, que no era sino un
+Teódulo cualquiera. No tardó mucho en tener mal humor, lo que le sucedía
+casi siempre que leía. El «papel» que leía, realista como era de esperar,
+anunciaba para el día siguiente, sin amenidad ninguna, uno de
+los sucesos diarios de escasa importancia del París de entonces, esto es:
+Que los alumnos de las escuelas de Derecho y de Medicina debían reunirse
+en la plaza del Panteón al medio día «para deliberar». Se trataba
+de una de las cuestiones del momento; de la artillería de la Guardia Nacional,
+y de un conflicto entre el ministro de la Guerra y la «Milicia<span class="pagenum" id="Page_586">[Pg 586]</span>
+ciudadana» con motivo de los cañones depositados en la plaza del Louvre.
+Los estudiantes debían deliberar sobre esto. No se necesitaba más
+para enfurecer al señor Gillenormand.</p>
+
+<p>Pensó en Mario, que era estudiante, y que probablemente iría como
+los demás á deliberar, al medio día, en la plaza del Panteón.</p>
+
+<p>Cuando estaba pensando tristemente en esto, entró el teniente Teódulo
+vestido de paisano, lo que era hábil, siendo discretamente introducido
+por la señorita Gillenormand. El lancero había hecho este razonamiento:
+«El viejo druida no lo ha colocado todo á renta vitalicia; y esto
+bien vale que uno se disfrace de paisano de cuando en cuando».</p>
+
+<p>La señorita Gillenormand dijo en voz alta á su padre:</p>
+
+<p>—Teódulo, vuestro sobrino.</p>
+
+<p>Y en voz baja al teniente:</p>
+
+<p>—Apruébalo todo.</p>
+
+<p>Y se retiró.</p>
+
+<p>El teniente, poco acostumbrado á encuentros tan venerables, balbuceó
+con cierta timidez:</p>
+
+<p>—Buenos días, tío.—É hizo un saludo mixto, compuesto del bosquejo
+involuntario y maquinal del saludo militar, terminado por un saludo de
+paisano.</p>
+
+<p>—¡Ah! ¿Sois vos? Está bien. Sentaos,—dijo el abuelo.</p>
+
+<p>Y dicho esto, se olvidó por completo del lancero.</p>
+
+<p>Teódulo se sentó, y el señor Gillenormand se levantó, poniéndose á
+pasear de un lado á otro de la sala, con las manos en los bolsillos, hablando
+alto, y dando tormento con sus viejos é irritados dedos, á los dos
+relojes de ambos bolsillos relojeros.</p>
+
+<p>—¡Ese puñado de mocosos! ¡Y eso se convoca en la plaza del Panteón!
+¡Por vida de los chiquillos! ¡Galopines, que estaban ayer mamando!
+¡Si les apretaran la nariz aún saldría leche! ¡Y ésos van á deliberar
+mañana al medio día! ¿Adónde vamos á parar? ¿Adónde? Es claro que
+vamos á un abismo; ¡esto nos lleva á los descamisados! ¡La artillería
+ciudadana! ¡Deliberar sobre la artillería ciudadana! ¡Ir á charlar á las
+doce acerca de las pedorreras de la Guardia Nacional! ¿Y con quién van
+á encontrarse allí? ¡Véase adónde conduce el jacobinismo! Apuesto todo
+lo que se quiera, un millón contra cualquier cosa, á que no habrá allí
+más que encausados y presidiarios cumplidos. Los republicanos y los
+presidiarios no son más que una nariz y un pañuelo. Cornet decía:
+¿Adónde quieres que vaya, traidor? Y Fouché respondía: Adonde quieras,
+imbécil. Éstos son los republicanos.</p>
+
+<p>—Es verdad,—dijo Teódulo.</p>
+
+<p>El señor Gillenormand medio volvió la cabeza, vió á Teódulo, y
+continuó:</p>
+
+<p>—¡Cuando pienso que este tunante ha hecho la picardía de hacerse
+carbonario! ¿Por qué has abandonado tu casa? Por hacerte republicano.<span class="pagenum" id="Page_587">[Pg 587]</span>
+En primer lugar, el pueblo no quiere tu república; no la quiere, porque
+tiene buen juicio, y sabe bien que siempre ha habido reyes, y que los
+habrá siempre; sabe bien que el pueblo, después de todo, no es más que
+el pueblo, y se burla de tu república. ¿Lo oyes, tonto?</p>
+
+<p>¿No es bastante horrible semejante capricho? ¡Enamorarse del padre
+Duchesne, poner buena cara á la guillotina, cantar romances y tocar
+la guitarra debajo del balcón del 93! Vamos, merecen que se les escupa
+por tontos. Todos son lo mismo; ni uno se exceptúa. Basta respirar
+el aire que corre por la calle para ser insensato; el siglo <span class="allsmcap">XIX</span> es un
+veneno. Cualquier perdido se deja crecer la barba de chivo, se cree un
+verdadero personaje, y deja plantados á sus ancianos padres. Esto es lo
+romántico. ¿Y qué significa esto de romántico? Hacedme el favor de decir
+qué viene á ser esto. Todas las locuras posibles. Hace un año que el
+ser romántico era ir á ver el <em>Hernani</em>. Ahora pregunto yo: ¿qué es <em>Hernani</em>?
+¡Antítesis! ¡Abominaciones que ni siquiera están escritas en francés!
+Y luego se ponen cañones en la plaza del Louvre. ¡Tales son las
+barbaridades de estos tiempos!</p>
+
+<p>—Tenéis razón, tío,—dijo Teódulo.</p>
+
+<p>El señor Gillenormand continuó:</p>
+
+<p>—¡Cañones en el patio del museo! ¿Y para qué? Cañón, ¿qué me
+quieres? ¿Queréis ametrallar el Apolo del Belvedere? ¿Qué tienen que hacer
+vuestros cartuchos con la Venus de Médicis? ¡Oh! ¡Estos jóvenes de
+ahora son todos unos ganapanes! ¡Qué gran cosa es su Benjamín Constant!
+Y los que no son malvados, son necios. Hacen todo lo que pueden
+para estar feos; visten mal, tienen miedo de las mujeres, se están alrededor
+de las faldas con un aire de mendicantes capaz de hacer reir á las
+piedras; en verdad, que se les puede bien llamar pobres vergonzantes
+del amor. Son deformes, y completan su deformidad con la estupidez;
+repiten los retruécanos de Tiercelin y de Potier; usan levisacos, chalecos
+de palafrenero, camisas ordinarias, pantalones de paño burdo, botas
+de mal becerro, y su lenguaje se parece al plumaje. Podría uno servirse
+de su jerga para remendar sus zapatos. ¡Y toda esa inepta muchachería
+tiene opiniones políticas! Debería estar severamente prohibido el tener
+opiniones políticas. Fabrican sistemas, refunden la sociedad, demuelen
+la monarquía, echan por los suelos toda la legislación, ponen el granero
+en el lugar de la cueva, y á mi portero en el lugar del rey; trastornan la
+Europa de arriba abajo, reedifican el mundo, y se tienen por dichosos
+viendo maliciosamente las piernas de las lavanderas que suben en sus
+carros.</p>
+
+<p>¡Ah! ¡Mario! ¡Ah! ¡vagabundo! ¡Ir á vociferar en la plaza pública!
+¡Discutir, debatir, tomar medidas! ¡Á esto le llaman medidas, vive Dios!
+El desorden se empequeñece hasta la estupidez. He visto el caos, y ahora
+veo los atolladeros. ¡Unos escolares deliberar sobre la Guardia Nacional!
+Esto no se vería, ni en el país de las Ogibbewas, ni en el de los Cadodaches.<span class="pagenum" id="Page_588">[Pg 588]</span>
+Los salvajes que andan en cueros, con el testuz adornado de
+un volante de jugar á la pelota y una maza en la pata, son menos brutos
+que estos bachilleres. ¡Monigotes de á cuatro sueldos, haciéndose los
+entendidos y los graves! ¡Deliberar y racionalizar! Este es el fin del mundo.
+Es evidentemente el fin de este miserable globo terráqueo; se necesitaba
+un estrépito final, y la Francia lo proporciona.</p>
+
+<p>«¡Deliberad, pilletes! Todo esto sucederá mientras se vaya á leer periódicos
+bajo los arcos del Odeón. Esto les cuesta un sueldo, y el sentido
+común, y la inteligencia, y el corazón, y el alma, y el talento. Salen de
+allí, y se separan de su familia. Todos los periódicos son una peste; todos,
+incluso <em>La Bandera blanca</em>, porqué en el fondo Martainville era un
+jacobino. ¡Ah, justo cielo! Podrás vanagloriarte de haber desesperado á
+tu abuelo!</p>
+
+<p>—Es evidente,—dijo Teódulo.</p>
+
+<p>Y aprovechando el momento en que el señor Gillenormand tomaba
+aliento, el lancero añadió magistralmente:</p>
+
+<p>—No debería haber otro periódico que el <em>Monitor</em>, ni otro libro que
+el <em>Anuario militar</em>.</p>
+
+<p>Gillenormand prosiguió:</p>
+
+<p>—¡Lo mismo que su Sieyés! ¡Un regicida que llegó á senador! Porque
+siempre acaban así. Se hieren el rostro con su tuteamiento ciudadano
+para llegar á hacer que se les llame el señor conde. El señor conde,
+en caracteres como el brazo, de los camorristas de septiembre. ¡El filósofo
+Sieyés! Me hago la justicia de que no he hecho nunca mas caso de
+las filosofías de estos filósofos, que de los anteojos del gesticulador de Tívoli.
+Vi un día á los senadores que pasaban por el muelle Malaquais con
+mantos de terciopelo morado salpicados de abejas, con sombreros á lo
+Enrique IV. Estaban horribles; parecían los monos de la corte del tigre.
+Ciudadanos, os declaro que vuestro progreso es una locura, vuestra humanidad
+un delirio, vuestra revolución un crimen, vuestra república un
+monstruo, y que vuestra joven Francia virgen, sale de un lupanar; y os
+lo sostengo á todos, quien quiera que seáis, aunque fueseis publicistas,
+aunque fueseis economistas, aunque fueseis legistas, aunque fueseis más
+conocedores en libertad, igualdad y fraternidad, que la cuchilla de la
+guillotina. Os lo declaro, señores míos.</p>
+
+<p>—Pardiez,—exclamó el teniente,—todo eso es admirablemente cierto.</p>
+
+<p>El señor Gillenormand, interrumpiendo un gesto que Teódulo había
+empezado, se volvió, miró fijamente al lancero frunciendo el ceño, y
+dijo:</p>
+
+<p>—Sois un imbécil.</p>
+
+<div class="chapter">
+<div class="footnotes">
+<p class="center big2 p2">NOTAS:</p>
+
+<div class="footnote">
+
+<p><a id="Footnote_15" href="#FNanchor_15" class="label">[15]</a> Bouquiniste: aficionado á comprar y leer libros viejos.</p>
+</div>
+
+
+
+<div class="footnote">
+<p><a id="Footnote_16" href="#FNanchor_16" class="label">[16]</a> <em>Bouda</em>, se amoscó ó incomodó; se pronuncia en francés como <em>Bouddha</em>, el dios Buda.</p>
+</div>
+</div>
+</div>
+
+<div class="chapter">
+<p><span class="pagenum" id="Page_589">[Pg 589]</span></p>
+<h2 class="nobreak" >LIBRO SEXTO<br>
+LA CONJUNCIÓN DE DOS ESTRELLAS</h2>
+</div>
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">I<br>
+<b>El apodo: manera de formar nombres de familia</b></p>
+
+
+<p>Mario, era en aquella época un hermoso joven de mediana estatura,
+cabellos muy espesos y negros; frente ancha é inteligente; las ventanas
+de la nariz abiertas y apasionadas; aspecto sincero y tranquilo, y sobre
+todo, se reflejaba en su rostro ese no sé qué, que denota á un mismo
+tiempo altivez, reflexión é inocencia. Su perfil, cuyas líneas eran todas
+contorneadas, sin dejar de ser firmes, tenía esa dulzura germánica que
+ha penetrado en la fisonomía francesa por Alsacia y Lorena, y aquella
+absoluta carencia de ángulos, que hacía reconocer tan fácilmente á los
+sicambros entre los romanos, y que distingue á la raza leonina de la
+raza equilina. Hallábase en la época de la vida en que la imaginación de
+los hombres pensadores se compone, casi en iguales proporciones, de
+profundidad y sencillez. Dada una situación grave, tenía cuanto era
+menester para ser estúpido; un paso más, y podía ser sublime. Sus maneras
+eran reservadas, frías, políticas y poco francas. Como su boca era
+muy graciosa, sus labios lo más encarnado, y sus dientes lo más blanco
+del mundo, su sonrisa corregía toda la severidad de su fisonomía. Había
+momentos en que formaban singular contraste aquella frente casta y
+aquella sonrisa voluptuosa. Tenía pequeños los ojos y grande la mirada.</p>
+
+<p>En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las muchachas se
+volvían á mirarle cuando pasaba, lo cual era causa de que huyese ó se
+ocultase con la muerte en el alma. Creía que le miraban por su traje
+raído, y que se reían de él; lo cierto es que le miraban por su gracia, y
+que no faltaba alguna que soñase en ella.</p>
+
+<p>Aquella mala inteligencia muda, entre él y las lindas transeuntes, le
+había vuelto esquivo. No eligió ninguna, por la sencilla razón de que
+huía de todas. Así es que vivía indefinidamente; bestialmente, como decía
+Courfeyrac.</p>
+
+<p>Courfeyrac solía decir también: No aspires á ser venerable. Se tuteaban
+(ya se sabe que el tuteamiento es el sello de las amistades jóvenes).</p>
+
+<p>—Querido, un consejo. No leas tanto en los libros, y mira un poco
+más á las faldas. Siempre hay algo de bueno en ellas; ¡oh Mario! Á fuerza
+de huir y de sonrojarte, te embrutecerás.</p>
+
+<p>Otras veces Courfeyrac le encontraba, y le decía:—Buenos días, señor
+abate.</p>
+
+<p>Siempre que Courfeyrac le dirigía alguna frase de este género, Mario<span class="pagenum" id="Page_590">[Pg 590]</span>
+estaba ocho días huyendo más que nunca de las mujeres, y procuraba á
+todo trance no encontrarse con Courfeyrac.</p>
+
+<p>Había, sin embargo, en la inmensa creación, dos mujeres de que Mario
+no huía, y contra las cuales no tomaba precaución alguna. Verdad
+es que hubiese sido extremada su admiración, si le hubieran dicho que
+eran dos mujeres. Una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y de
+la cual decía Courfeyrac: «Al ver que su criada se deja la barba, Mario
+no se deja la suya». La otra era cierta jovencita, á quien veía frecuentemente,
+pero sin mirarla nunca.</p>
+
+<p>Hacía ya más de un año que Mario observaba de continuo en una
+alameda desierta del Luxemburgo, la que costea el parapeto del vivero,
+á un hombre y á una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en
+el mismo banco, en el extremo más solitario del paseo, por la parte de
+la calle del Oeste. Cada vez que esta casualidad, que se entromete en los
+paseos de las personas meditabundas, llevaba á Mario por aquella calle,
+y esto sucedía casi todos los días, se encontraba con la pareja. El hombre
+podría tener unos sesenta años; parecía triste y grave; toda su persona
+presentaba el aspecto robusto y fatigado de los militares retirados.
+Si hubiera llevado alguna condecoración, Mario habría dicho: es un
+antigua oficial. Tenía buen aspecto, pero inabordable; y nunca fijaba su
+mirada en la mirada de nadie.</p>
+
+<p>Vestía pantalón azul, levitón también azul, y un sombrero de anchas
+alas, traje que parecía siempre nuevo, corbata negra y camisa de cuáquero,
+es decir, deslumbrante de blancura, pero de tela gruesa. Al pasar cierto
+día una griseta junto á él, exclamó: «¡Vaya un viejo aseado!». Tenía el
+pelo completamente blanco.</p>
+
+<p>La primera vez que la joven que le acompañaba fué á sentarse con
+él en el banco, que parecía habían adoptado, era una muchacha de trece
+ó catorce años, flaca, hasta el extremo de ser casi fea, encogida, insignificante,
+que prometía tener algún día buenos ojos. Sólo que los tenía
+siempre levantados con una especie de seguridad desapacible. Tenía
+el ademán aviejado é infantil á la vez, de las colegialas de convento, y
+vestía un traje mal cortado de merino negro y ordinario. Parecían ser
+padre é hija.</p>
+
+<p>Mario examinó durante dos ó tres días á aquel viejo, que no era todavía
+un anciano, y á aquella niña, que no era todavía una joven; y
+después no fijó más la atención en ellos. Éstos, por su parte, parecía que
+ni siquiera le veían. Hablaban entre sí con ese aire tranquilo é indiferente.
+La joven charlaba sin cesar, alegremente; el viejo hablaba poco,
+pero á cada momento fijaba en ella sus ojos, llenos de inefable ternura
+paternal.</p>
+
+<p>Mario había contraído maquinalmente la costumbre de pasearse por
+aquella alameda, en la cual los encontraba invariablemente todos los
+días.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_591">[Pg 591]</span></p>
+
+<p>Véase lo que pasaba.</p>
+
+<p>Mario llegaba ordinariamente por el extremo de la calle opuesta á su
+banco, la recorría á lo largo y pasaba por delante de la pareja; después
+volvía y recorría de nuevo el paseo hasta el extremo por donde había
+entrado, y volvía á empezar. Repetía este recorrido cinco ó seis veces
+cada día, y el paseo otras cinco ó seis veces por semana, sin que, á pesar
+de tanto encuentro, aquellas personas y él hubieran llegado á cambiar
+un saludo. Aquel hombre y aquella niña, aunque parecían evitar
+las miradas, y quizá porque parecían evitarlas, habían llamado naturalmente
+la atención de cinco ó seis estudiantes, que de cuando en cuando
+se paseaban por el vivero; los estudiosos después de sus clases, los otros
+después de su partida de billar. Courfeyrac, que pertenecía á estos últimos,
+los observó algún tiempo; pero pareciéndole fea la muchacha, tuvo
+buen cuidado de alejarse pronto. Había huido como un Parto, lanzándoles
+en vez de dardo, un apodo. Habiéndole chocado principalmente el
+traje de la joven y los cabellos del viejo, llamó á la joven <em>la señorita
+Lanoire</em> (La Negra), y al padre el señor <em>Leblanc</em>, (El blanco) y con tal
+suerte, que no conociéndolos nadie, é ignorando su verdadero nombre,
+el apodo ocupó su lugar, haciendo las veces de tal. Los estudiantes decían:
+«¡Ah! Ya está en su banco el señor <em>Leblanc</em>», y Mario como los
+demás, halló muy cómodo llamar por lo tanto á aquel desconocido el señor
+Leblanc.</p>
+
+<p>Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de Leblanc, para
+mayor facilidad del relato.</p>
+
+<p>Mario continuó así, viéndolos casi todos los días á la misma hora
+durante el primer año.</p>
+
+<p>El hombre le agradaba, pero la muchacha le parecía algo desapacible.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">II<br>
+<b>Lux facta est</b></p>
+
+
+<p>El segundo año, precisamente en el punto de esta historia á que ha
+llegado el lector, interrumpióse la costumbre de pasear por el Luxemburgo,
+y sin que el mismo Mario supiera por qué, estuvo cerca de seis
+meses sin poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió allí; era
+una hermosa mañana de verano, y Mario estaba alegre, como se suele
+estar cuando hace buen tiempo. Parecíale llevar en su corazón todos los
+cantos de los pájaros que oía y todo el cielo azul que veía al través de
+la enramada.</p>
+
+<p>Se fué directamente á «su paseo», y cuando estuvo al extremo de la
+alameda, divisó siempre en el mismo banco, la conocida pareja. Solamente
+que cuando se acercó vió que el hombre continuaba siendo el mismo;
+pero le pareció que la joven era otra. La persona que á la sazón
+veía era una hermosa y alta niña, con las más encantadoras formas de<span class="pagenum" id="Page_592">[Pg 592]</span>
+mujer, en el momento preciso en que se armonizan todavía con las gracias
+más cándidas de la infancia; momento purísimo y fugaz, que sólo
+puede traducirse en estas dos palabras: quince años. Tenía admirables
+cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente que parecía
+hecha de mármol; mejillas como hojas de rosa; un matiz pálido; una
+blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de forma exquisita,
+de la cual surgía la sonrisa como una luz y la palabra como una
+música; una cabeza que Rafael hubiera dado á María, colocada sobre una
+garganta que Juan Goujon hubiera dado á Venus. Y en fin, para que
+nada faltase á aquellas facciones encantadoras, la nariz no era bella, era
+bonita; ni recta ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz parisiense;
+es decir, algo espiritual, fina, irregular y pura, que es, á un tiempo,
+desesperación de pintores y encanto de poetas.</p>
+
+<p>Cuando Mario pasó junto á ella, no pudo ver sus ojos, que tenía
+constantemente bajos. Vió solamente sus largas pestañas de color castaño,
+llenas de sombra y de pudor.</p>
+
+<p>Esto no impedía que la hermosa joven se sonriese escuchando al
+hombre de cabellos blancos que la hablaba, y nada tan arrebatador como
+aquella fresca sonrisa con los ojos bajos.</p>
+
+<p>En el primer momento creyó Mario que podía ser otra hija del mismo
+hombre, hermana sin duda de la primera. Pero cuando la costumbre
+le llevó por segunda vez cerca del banco y la hubo examinado con atención,
+conoció que era la misma. En seis meses la niña se había hecho
+mujer; he aquí todo. Y nada más frecuente que ese fenómeno. Llega un
+momento en que las niñas, en un abrir y cerrar los ojos, pasan de capullo
+á rosa. Se las deja niñas á la víspera, y se las encuentra seductoras
+al día siguiente.</p>
+
+<p>Ésta, no sólo había crecido, sino que se había idealizado. Así como
+bastan tres días de abril para que ciertos árboles se cubran de flores,
+seis meses habían bastado para vestirla á ella de belleza. Su abril había
+llegado.</p>
+
+<p>Se ve algunas veces á personas pobres y mezquinas que parecen despertar,
+pasando súbitamente de la indigencia al fausto, hacer gastos de
+todo género, y aparecer de pronto deslumbradoras, pródigas y magníficas.
+Consiste esto en una fortuna improvisada, en un plazo á cobrar vencido.
+La joven había cobrado su semestre.</p>
+
+<p>No era ya la colegiala con su sombrero anticuado; su traje de merino,
+sus zapatos rusos y sus manos amoratadas. El buen gusto se había
+desarrollado en ella al propio tiempo que su hermosura. Era una señorita
+simpática, vestida con elegante y rica sencillez, sin afectaciones de
+ninguna especie.</p>
+
+<p>Llevaba un vestido de damasco negro, una manteleta de la misma tela
+y una capota de crespón blanco. Sus guantes claros hacía resaltar la
+forma de su mano, que jugaba con el mango de marfil chinesco de una<span class="pagenum" id="Page_593">[Pg 593]</span>
+sombrilla, y su botita de seda, dibujaba su pequeño y bien formado pie.
+Al pasar junto á ella se absorbía cierta penetrante fragancia de juventud
+procedente de su tocado.</p>
+
+<p>El hombre, seguía siendo el mismo.</p>
+
+<p>La segunda vez que Mario llegó cerca de ella, la joven levantó los
+párpados; sus ojos eran de un profundo azul celeste; pero en aquel azul
+velado no había aún más que la mirada de una niña. Miró á Mario con
+indiferencia, como hubiera podido mirar á cualquier chiquillo jugando
+á la sombra de los sicómoros, ó el jarrón de mármol que proyectaba su
+sombra sobre el banco. Mientras Mario, por su parte, continuaba el paseo,
+pensando en otras cosas.</p>
+
+<p>Pasó todavía cuatro ó cinco veces junto al banco donde estaba la
+joven, pero sin volver nunca los ojos para verla.</p>
+
+<p>Los días siguientes volvió, como de ordinario, al Luxemburgo; y como
+de ordinario halló «al padre y á la hija», pero no se fijó tampoco en
+ellos. No pensó más en aquella joven cuando la vió hermosa, de lo que
+había pensado cuando fea. Pasaba, sí, muy arrimado al banco donde
+ella estaba; porque era ésta su costumbre.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">III<br>
+<b>Efecto de primavera</b></p>
+
+
+<p>Cierto día, en que el aire era tibio, el Luxemburgo inundado de sombra
+y de sol, el cielo puro como si los ángeles lo hubiesen lavado por la
+mañana, los pajarillos cantaban alegremente posados en el ramaje de los
+castaños; Mario tenía abierta toda su alma á la naturaleza, en nada pensaba;
+vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó los ojos, y
+sus dos miradas se encontraron.</p>
+
+<p>¿Qué había entonces en la mirada de aquella joven? Mario no hubiera
+podido decirlo. No había nada, y lo había todo. Fué un relámpago
+extraño.</p>
+
+<p>Ella bajó los ojos; él prosiguió su camino.</p>
+
+<p>Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua y sencilla de una
+niña; era una sima misteriosa que se había entreabierto y cerrado luego
+bruscamente.</p>
+
+<p>Llega un día en que miran así todas las jóvenes. ¡Desgraciado del
+que se encuentra allí!</p>
+
+<p>Aquella mirada primera de un alma que no se conoce todavía á sí
+misma, es como el alba en el cielo. Es el despertar de un algo radiante
+y desconocido. Nada puede pintar el encanto peligroso de aquella inesperada
+luz que ilumina vagamente de súbito, tinieblas adorables, compuesta
+de toda la inocencia del presente y de toda la pasión del porvenir.
+Es una especie de ternura indecisa que se revela por casualidad, y
+que espera. Es un lazo que la inocencia tiende á pesar suyo, y en el cual<span class="pagenum" id="Page_594">[Pg 594]</span>
+aprisiona los corazones sin saberlo ni quererlo. Es una virgen que mira
+como una mujer.</p>
+
+<p>Es muy raro que no produzca una meditación profunda donde quiera
+que caiga semejante mirada. Toda clase de purezas y toda suerte de
+candores se encuentran reunidos en aquel rayo celeste y fatal, que tiene,
+más aún que las miradas mejor elaboradas de las coquetas, el mágico
+poder de hacer brotar de súbito en el fondo del alma la flor sombría llena
+de perfumes y venenos, que se llama amor.</p>
+
+<p>Por la tarde, al volver á su desván, fijó Mario la vista en sus vestidos,
+notó por primera vez que no eran bastante aseados y la inaudita
+estupidez é inconveniencia de irse á pasear al Luxemburgo con su vestido
+de «todos los días»; es decir, con un sombrero roto por el ala, con
+botinas gruesas como de carretero, un pantalón negro emblanquecido
+por las rodillas, y una levita negra, pálida por los codos.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IV<br>
+<b>Principio de una grande enfermedad</b></p>
+
+
+<p>Al día siguiente, á la hora acostumbrada, Mario sacó de su armario
+su frac nuevo, su pantalón nuevo, su sombrero nuevo y sus botas nuevas.
+Revistióse de esta panoplia completa, calzóse guantes, lujo prodigioso,
+y se fué al Luxemburgo.</p>
+
+<p>En el camino se encontró á Courfeyrac, y fingió no verle. Courfeyrac,
+al volver á su casa, dijo á sus amigos:</p>
+
+<p>—Acabo de encontrarme el sombrero nuevo y el frac nuevo de Mario,
+y á Mario dentro. Sin duda iba á dar un examen, porque su aire
+era completamente estúpido.</p>
+
+<p>Llegado Mario al Luxemburgo, dió la vuelta al estanque, miró los
+cisnes, luego permaneció largo rato contemplando una estatua que tenía
+la cabeza enteramente negra de moho, y á la cual faltaba una cadera.
+Cerca del estanque había un caballero como de cuarenta años y abdomen
+prominente, que llevaba de la mano un niño de cinco años, y le
+decía: evita los excesos. Mantente, hijo mío, á igual distancia del despotismo
+y de la anarquía. Mario escuchó á aquel hombre; luego dió todavía
+otra vuelta al estanque; y por fin se encaminó hacia «su alameda»
+lentamente, y como á su pesar. Hubiérase dicho que se veía á un tiempo
+obligado y retenido por impulsos contrarios. Él no se daba cuenta
+de todo aquello, y creía hacer lo que los otros días.</p>
+
+<p>Al desembocar en la alameda, divisó al otro extremo «en su banco»
+al señor Leblanc y la joven. Abotonóse el frac de arriba abajo, le estiró
+por el pecho y espalda para que no hiciese arrugas, examinó con cierta
+complacencia los reflejos lustrosos de su pantalón, y se dirigió al banco.
+Había algo de ataque en aquella marcha, y hasta cierto aire de conquista.
+Digo, pues, que se dirigió al banco, como podría decir: Aníbal
+marchaba sobre Roma.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_595">[Pg 595]</span></p>
+
+<p>Por lo demás, todos sus movimientos eran maquinales, y las ocupaciones
+habituales de su imaginación y de sus trabajos no habían sufrido
+interrupción alguna. Pensaba, en aquel momento, que el <em>Manual del
+bachillerato</em> era un libro estúpido, y que era preciso que le hubiesen
+compuesto personas extremadamente sandías, para que en él se analicen
+como obras maestras del espíritu humano, tres tragedias de Racine, y
+sólo una comedia de Molière. Silbábanle fuertemente los oídos; y al
+acercarse al banco, volvió á estirar las arrugas de su frac, y sus ojos se
+fijaron en la joven, pareciéndole que llenaba de una vaga luz azulada
+toda la extremidad de la alameda.</p>
+
+<p>Á medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado que hubo
+á cierta distancia del banco, mucho antes de estar al final de la alameda,
+se detuvo, y ni él mismo pudo darse cuenta de cómo fué; pero es lo
+cierto que retrocedió en dirección opuesta á la que llevaba. Ni aún advirtió
+siquiera que no recorría todo el paseo. La joven apenas pudo verle
+de lejos, y hacerse cargo del buen efecto que producía con su vestido
+nuevo. Sin embargo, él caminaba muy tieso para tener buena apariencia,
+si por casualidad le mirase alguien que estuviese detrás.</p>
+
+<p>Llegó al extremo opuesto, luego volvió; pero esta vez se acercó un
+poco más al banco. Aproximóse hasta la distancia de tres intervalos de
+árboles; pero allí sintió cierta imposibilidad de seguir adelante, y vaciló.
+Creyó ver el rostro de la joven volverse hacia él; sin embargo, hizo
+un esfuerzo enérgico y violento, dominó su vacilación, y continuó avanzando.
+Algunos segundos después pasaba por delante del banco, tieso y
+firme, encarnado hasta las orejas, sin atreverse á mirar ni á la derecha
+ni á la izquierda, con la mano metida entre los botones del frac, como
+un hombre de Estado. Al pasar bajo los fuegos de la plaza, sintió latirle
+fuertemente el corazón. Ella vestía, como la víspera, su lindo traje de
+damasco y su sombrero de crespón. Mario oyó una voz inefable, que
+debió ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Estaba muy hermosa. Él
+lo conocía, aunque no procuraba verlo.—No podría ella dejar de estimarme
+y considerarme, pensaba Mario, si supiese que soy yo el verdadero
+autor de la disertación sobre el escudero Marcos de Obregón, que
+Francisco de Neufchâteau ha puesto, como de su cosecha, al frente de
+su edición del <em>Gil Blas</em>.</p>
+
+<p>Pasó el banco, llegó hasta el extremo de la alameda, que estaba muy
+próximo, después volvió y cruzó nuevamente por delante de la linda joven.
+Esta vez estaba muy pálido. Por lo demás, todo cuanto sentía le
+era desagradable. Alejóse del banco y de la joven, y como, aún vuelto
+de espaldas, creía que le miraba, esto le hacía tropezar.</p>
+
+<p>No trató de acercarse nuevamente al banco; detúvose á la mitad de
+la calle, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, dando miradas de reojo
+á un lado y otro, y pensando en las mas recónditas profundidades de su
+espíritu, que al fin y á la postre era difícil que la persona cuyo sombrero<span class="pagenum" id="Page_596">[Pg 596]</span>
+blanco y vestido negro admiraba, fuése absolutamente insensible á su
+lustroso pantalón y á su frac nuevo.</p>
+
+<p>Al cabo de un cuarto de hora se levantó como si fuera á comenzar de
+nuevo su paseo en dirección á aquel banco, que aparecía rodeado de una
+aureola. Quedóse, sin embargo, plantado é inmóvil.</p>
+
+<p>Por la primera vez desde hacía quince meses, se dijo á sí mismo que
+aquel señor, que se sentaba allí todos los días con su hija, habría reparado
+sin duda en él, y que le habría parecido probablemente extraña su
+asiduidad.</p>
+
+<p>Por la primera vez también conoció que era algo irrespetuoso designar
+á aquel desconocido, aún en el secreto de su pensamiento, con el
+apodo de Leblanc.</p>
+
+<p>Permaneció, pues, algunos minutos con la cabeza baja, haciendo dibujos
+en la arena con una varita que tenía en la mano.</p>
+
+<p>Después se volvió bruscamente al lado opuesto al banco del señor Leblanc
+y de su hija, marchándose á casa.</p>
+
+<p>Aquel día se olvidó de ir á comer. Á las ocho de la noche se acordó
+de ello; y siendo ya muy tarde para bajar á la calle de Santiago, ¡bah!
+exclamó, y comióse un pedazo de pan.</p>
+
+<p>No se acostó sino después de haber cepillado su traje y de haberle
+doblado cuidadosamente.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">V<br>
+<b>Caen varios rayos sobre la tía Bougón</b></p>
+
+
+<p>Al día siguiente, la tía Bougón, pues así llamaba Courfeyrac á la
+portera, inquilina principal y criada de la casucha de Gorbeau (en realidad
+se llamaba la tía Bourgón, como ya hemos dicho; pero el tarambana
+de Courfeyrac nada respetaba), la tía Bougón, decimos, observó estupefacta
+que el señorito Mario salía otra vez con su vestido nuevo.</p>
+
+<p>Volvió al Luxemburgo, pero no pasó del banco que estaba á la mitad
+de la alameda. Sentóse allí, como la víspera, meditando de lejos y viendo
+distintamente el sombrero blanco, el traje negro, y sobre todo, la claridad
+azulada. No se movió de allí, y no volvió á su casa hasta que se
+cerraron las puertas del Luxemburgo. No viendo retirarse al señor Leblanc
+y á su hija, dedujo de ello que habían salido del jardín por la verja
+de la calle del Oeste. Posteriormente, algunas semanas después, cuando
+lo recordaba, no pudo nunca hacer memoria donde había comido
+aquella tarde.</p>
+
+<p>Al día siguiente, era el tercero, la tía Bougón quedó deslumbrada
+nuevamente; Mario salió con su vestido nuevo.—¡Tres días seguidos!-exclamó
+la portera.</p>
+
+<p>Y trató de seguirle; pero Mario andaba muy deprisa y á grandes pasos;
+era pues aquello como si un hipopótamo tratase de seguir á un corzo.
+Perdióle de vista á los dos minutos, volviéndose sofocada, casi asfixiada<span class="pagenum" id="Page_597">[Pg 597]</span>
+por su asma, y furiosa.—¡Habráse visto!—exclamaba.—¡Hay valor
+para ponerse la ropa nueva todos los días y hacer correr así á las
+gentes!</p>
+
+<p>Mario se había dirigido al Luxemburgo. La joven estaba allí con el
+señor Leblanc. Mario se acercó lo más que pudo, aparentando leer en
+un libro, pero permaneció todavía muy lejos; luego volvió á sentarse en
+su banco, donde pasó cuatro horas mirando saltar en la alameda á los
+bulliciosos gorriones, que le parecía que se burlaban de él.</p>
+
+<p>Así se pasaron quince días. Mario iba al Luxemburgo, no para pasear,
+sino para sentarse siempre en el mismo sitio; y sin saber por qué,
+luego que llegaba allí no se movía. Todas las mañanas se ponía su vestido
+nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente repetía la operación.</p>
+
+<p>Decididamente, era ella una hermosura maravillosa. La única observación
+que pudiera hacerse, parecida á una crítica, es que la contradicción
+que existía entre su mirada, que era triste, y su sonrisa, que era
+alegre, daba á su rostro un aspecto como extraviado, lo cual hacía que
+en ciertos momentos aquella dulce fisonomía pareciese extraña sin dejar
+de ser admirable.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VI<br>
+<b>Aprisionado</b></p>
+
+
+<p>Uno de los últimos días de la segunda semana, Mario estaba, como
+de costumbre, sentado en su banco, teniendo en la mano un libro abierto,
+del cual hacía dos horas que no había vuelto una hoja. De repente se
+estremeció; al final de la alameda se verificaba un acontecimiento.</p>
+
+<p>El señor Leblanc y su hija acababan de levantarse; la hija había tomado
+el brazo del padre, y ambos se dirigieron lentamente hacia el medio
+del paseo, donde estaba Mario. Éste cerró su libro, luego le abrió de
+nuevo y procuró leer; temblaba; la aureola iba recta hacia él. ¡Ay, Dios
+mío! pensaba. No me va á dar tiempo para tomar una postura conveniente.
+En tanto, el hombre de los cabellos blancos y la joven continuaban
+avanzando. Parecíale que aquello duraba siglos, cuando en realidad sólo
+habían pasado algunos segundos. ¿Qué vendrán á hacer? se preguntaba.
+¡Cómo! ¿Va á venir por aquí? ¿Sus pies van á pisar esta arena, en esta
+calle, á dos pasos de mí? Estaba completamente trastornado; hubiera
+querido en aquel instante ser hermoso, y ostentar alguna condecoración.
+Oía aproximarse el ruido dulce y mesurado de sus pasos. Figurábase que
+el señor Leblanc le dirigía miradas irritadas. «¿Irá á hablarme este caballero?»
+pensaba. Bajó la cabeza. Cuando la levantó, estaban enteramente
+junto á él. La joven pasó, y al pasar le miró. Le miró fijamente
+con cierta dulzura reflexiva, que hizo estremecer á Mario de la cabeza á
+los pies. Parecióle que le reconvenía por haber estado tanto tiempo sin
+acercársele, y que le decía: «Yo soy quien viene». Mario quedó deslumbrado
+ante aquellas pupilas llenas de rayos y de abismos.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_598">[Pg 598]</span></p>
+
+<p>Sentía arder una hoguera en su cerebro. Ella se le había acercado;
+¡qué alegría! Y luego, ¡cómo le había mirado! Le pareció más bella que
+nunca. Bella, con una hermosura á la par femenil y angélica; con una
+belleza completa que hubiera hecho cantar al Petrarca y arrodillar al
+Dante. Le parecía estar nadando en pleno cielo azul. Al mismo tiempo
+estaba horriblemente contrariado, porque tenía empolvadas las botas.</p>
+
+<p>Creía estar seguro de que ella había visto también sus botas.</p>
+
+<p>La siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido. Luego se puso
+á pasear por el Luxemburgo como un loco. Es probable que á ratos se
+riera solo, y hablase en voz alta. Pasaba tan ensimismado junto á las
+niñeras, que cada una le creía enamorado de ella.</p>
+
+<p>Salió del Luxemburgo, esperando encontrarla en alguna calle.</p>
+
+<p>Cruzóse con Courfeyrac bajo los arcos del Odeón, y le dijo:—Vente á
+comer conmigo.—Fuéronse á casa Rousseau y gastaron seis francos. Mario
+comió como un buitre, y dió seis sueldos de propina al mozo. Á los
+postres dijo á Courfeyrac:—¿Has leído el diario? ¡Qué buen discurso ha
+hecho Audry de Puyraveau!</p>
+
+<p>Estaba perdidamente enamorado.</p>
+
+<p>Después de comer dijo á Courfeyrac:—Te convido al teatro.—Y se
+fueron á la Puerta de San Martín á ver á Federico Lemaitre en <em>el Castillo
+de San Alberto</em>.</p>
+
+<p>Mario se divirtió muchísimo.</p>
+
+<p>Al mismo tiempo redoblóse en alto grado su esquivez. Al salir del
+teatro se negó á mirarle la liga á una modistilla que saltaba un arroyuelo,
+y Courfeyrac diciendo: <em>De buena gana aumentaría mi colección con
+esta chica</em>. Llegó á horrorizarle.</p>
+
+<p>Courfeyrac le había convidado á almorzar al día siguiente en el café
+Voltaire. Mario aceptó, y comió aun más que en la víspera. Estuvo á un
+mismo tiempo reflexivo y alegrísimo. Hubiérase dicho que aprovechaba
+todas las ocasiones de reir á carcajadas, llegando á abrazar tiernamente
+á un provinciano cualquiera que le presentaron. Habíase formado en
+torno de la mesa un círculo de estudiantes; se había hablado de las tonterías
+pagadas por el Estado, que se arrojan desde la cátedra en la Sorbona;
+luego la conversación recayó sobre las faltas y vacíos de los diccionarios
+y prosodias de Quicherat. Mario interrumpió la discusión para
+exclamar: Sin embargo, es muy agradable tener una condecoración.</p>
+
+<p>—¡Es gracioso!—dijo Courfeyrac por lo bajo á Juan Prouvaire.</p>
+
+<p>—No,—respondió Juan Prouvaire;—al contrario, es serio.</p>
+
+<p>Y era serio en efecto. Mario se hallaba en aquella primera hora violenta
+y encantadora en que comienzan las grandes pasiones.</p>
+
+<p>Una mirada había causado todo aquello.</p>
+
+<p>Cuando la mina está cargada, cuando el combustible está pronto,
+nada hay más sencillo. Una mirada es una chispa.</p>
+
+<p><span class="pagenum" id="Page_599">[Pg 599]</span></p>
+
+<p>La suerte estaba echada. Mario amaba á una mujer; su destino entraba
+en lo desconocido.</p>
+
+<p>La mirada de las mujeres se parece á ciertos rodajes, tranquilos en la
+apariencia, pero formidables. Pasamos á su lado todos los días tranquila
+é impunemente y sin la menor sospecha. Llega un momento en que hasta
+nos olvidamos de que aquello está allí. Se va, se viene, se sueña, se habla,
+se ríe. ¡De pronto nos sentimos cogidos! Todo acabó. La rueda nos detiene;
+la mirada nos ha hecho prisioneros.</p>
+
+<p>Nos ha cogido, no importa por dónde, ni cómo, por una parte cualquiera
+de nuestro pensamiento que vagaba sin objeto; por una distracción
+que hemos sufrido. Estamos perdidos. Recorreremos por completo
+toda la máquina, se apodera de nosotros un encadenamiento de fuerzas
+misteriosas, y luchamos en vano. No hay socorro humano posible. Vamos
+á caer de engranaje en engranaje, de angustia en angustia, de tortura en
+tortura, nosotros, nuestra imaginación, nuestra fortuna, nuestro porvenir,
+nuestra alma; y según que nos hallemos en poder de una criatura
+malvada ó de un corazón noble, no saldremos de la espantosa máquina
+sino desfigurados por la vergüenza, ó trasfiguradas por la pasión.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VII<br>
+<b>Aventuras de la letra U dentro las conjeturas</b></p>
+
+
+<p>El aislamiento, el desapego de todo, la altivez, la independencia, la
+inclinación á las bellezas naturales, la falta de actividad cotidiana y
+material, la vida retraída, las luchas secretas de la castidad y el éxtasis
+benévolo ante la creación entera, habían preparado á Mario para ser
+poseído de ese espíritu que se llama la pasión. El culto por su padre había
+llegado poco á poco á ser una religión, y como toda religión, se
+había retirado al fondo de su alma. Faltaba algo en primer término, y
+vino el amor.</p>
+
+<p>Pasó un mes largo, durante el cual Mario fué todos los días al Luxemburgo.
+Al llegar la hora nada bastaba á detenerle. «Está de servicio»,
+decía Courfeyrac. Mario vivía en continuo éxtasis; es verdad que la joven
+le miraba.</p>
+
+<p>Había acabado por atreverse, y se aproximaba al banco. Sin embargo
+no pasaba por delante, obedeciendo á la vez al instinto de timidez
+y al instinto de prudencia propios de los enamorados. Creía conveniente
+no llamar «la atención del padre». Combinaba sus paradas detrás de los
+árboles y de los pedestales de las estatuas con un maquiavelismo profundo,
+para mostrarse todo lo posible á la joven y dejarse ver lo menos
+que podía del hombre de los cabellos blancos. Á veces permanecía inmóvil
+más de una hora á la sombra de Leónidas ó de un Espartaco
+cualquiera, teniendo en la mano un libro, por encima del cual sus ojos,
+tiernamente levantados, iban á buscar á la hermosa joven, la cual, por
+su parte, volvía hacia él con vaga sonrisa su perfil encantador. Hablando<span class="pagenum" id="Page_600">[Pg 600]</span>
+lo más natural y lo más tranquilamente del mundo con el hombre de
+los cabellos blancos, lanzaba sobre Mario los misteriosos rayos de una
+mirada virginal y apasionada. Antiquísima é inmemorial maña que tuvo
+Eva desde el primer día del mundo, y que toda mujer posee desde el primer
+día de su vida. Su boca contestaba al uno, y su mirada al otro.</p>
+
+<p>Es preciso creer, sin embargo, que el señor Leblanc había acabado
+por notar algo porque frecuentemente, al ver á Mario, se levantaba prosiguiendo
+el paseo.</p>
+
+<p>Había abandonado su sitio acostumbrado, escogiendo al extremo
+opuesto de la alameda el banco inmediato al Gladiador, como para ver
+si Mario les seguiría también. Mario no comprendió aquel juego, y cometió
+esa falta. «El padre» empezó á no ser tan puntual como antes al
+paseo, y á no llevar consigo todos los días á su hija. Algunas veces iba
+solo; entonces Mario se marchaba. Otra falta.</p>
+
+<p>Mario no se fijaba en aquellos síntomas. De la fase de la timidez
+había pasado, progreso natural y fatal, á la fase de la ceguedad. Su
+amor iba creciendo; soñaba con él todas las noches; y además había
+tenido una dicha inesperada, que fué como aceite sobre fuego, redoblando
+las tinieblas en derredor de sus ojos. Una tarde, al anochecer,
+había hallado en el banco que «el señor Leblanc y su hija» acababan de
+abandonar un pañuelo; un pañuelo sencillo y sin bordados, pero blanco,
+fino, y que le pareció que exhalaba inefables perfumes. Apoderóse de él
+con transporte. Este pañuelo estaba marcado con las letras U. F. Mario
+no sabía nada de aquella hermosa joven, ni de su familia, ni su nombre,
+ni su casa; estas dos letras eran la primera noticia que de ella tenía;
+adorables iniciales sobre las que comenzó inmediatamente á formar conjeturas.
+U era evidentemente la inicial del nombre. ¡Úrsula! pensó. ¡Qué
+nombre más hermoso! Besó el pañuelo, le aspiró, le puso sobre su corazón,
+sobre su carne durante el día, y por la noche bajo sus labios para dormirse.</p>
+
+<p>—¡Siento palpitar en él toda su alma!—exclamaba.</p>
+
+<p>Aquel pañuelo era sencillamente del anciano, que se le había caído
+del bolsillo.</p>
+
+<p>Los días que siguieron á este hallazgo, Mario se presentó en el Luxemburgo
+besando el pañuelo y estrechándole contra su corazón. La hermosa
+joven nada comprendía de aquella pantomima, y así se lo manifestaba
+por medio de señas imperceptibles.</p>
+
+<p>—¡Oh pudor!—decía Mario.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">VIII<br>
+<b>Hasta los inválidos pueden ser felices</b></p>
+
+
+<p>Ya que hemos pronunciado la palabra pudor, y ya que nada ocultamos,
+debemos decir que cierta vez, sin embargo, á través de sus éxtasis,
+experimentó Mario de parte de «su Úrsula» una ofensa muy seria. Fué<span class="pagenum" id="Page_601">[Pg 601]</span>
+uno de esos días en que la joven hacía levantar al señor Leblanc y pasear
+por la alameda.</p>
+
+<p>Una fresca brisa de mayo agitaba las copas de los plátanos. El padre
+y la hija, cogidos del brazo, acababan de pasar por delante del banco de
+Mario, el cual, levantándose enseguida, los siguió con la vista de una manera
+correspondiente á la apasionada situación de su ánimo.</p>
+
+<p>De pronto una ráfaga de viento, algo más juguetona que las otras,
+encargada sin duda de los negocios de la primavera, levantó el vuelo
+desde el vivero, abatióse sobre la alameda, envolviendo á la joven en un
+encantador estremecimiento digno de las ninfas de Virgilio y de los faunos
+de Teócrito, atreviéndose á levantar su vestido, aquel vestido más
+sagrado que la túnica de Isis, casi hasta la altura de la liga, dejando instantáneamente
+al descubierto, una pierna de forma exquisita. Mario la
+vió. Aquel espectáculo le exasperó y puso fuera de sí.</p>
+
+<p>La joven bajó rápidamente el vestido con un movimiento de espanto
+encantador; pero no por eso se indignó menos Mario. Estaba sólo en la
+alameda, es verdad, pero podía haber habido alguien. ¿Y si hubiera habido
+alguno? ¿Compréndese algo parecido? Era horrible lo que acababa
+de hacer la joven. ¡Ay! La pobre nada había hecho; no había más que
+un culpable, era el viento. Pero Mario, en quien rugía confusamente el
+Bartolo que hay en Querubín, estaba determinado á disgustarse, y sentía
+celos hasta de su sombra. Así es cómo se despiertan en el corazón
+humano, y se imponen, aún sin derecho, los acres y extraños celos de
+la carne. Por lo demás, y aún prescindiendo de los celos, la vista de
+aquella graciosa pierna no había tenido para él nada de agradable; la
+media blanca de la primera mujer que hubiese encontrado le habría causado
+mayor placer.</p>
+
+<p>Cuando «su Úrsula», después de haber llegado al extremo de la alameda,
+volvió á pasar acompañada del señor Leblanc por delante del banco
+donde se había sentado de nuevo Mario, éste le dirigió una mirada
+irritada y feroz. La joven se encogió de hombros y arqueó ligeramente
+las cejas, con esa expresión que significa: «¡Qué tendrá!».</p>
+
+<p>Éste fué «su primer disgusto».</p>
+
+<p>Apenas acababa Mario de tener con ella esta escena de miradas,
+cuando una persona atravesó la alameda. Era un inválido encorvado,
+arrugado y encanecido, con uniforme del tiempo de Luis XV, que llevaba
+al pecho la pequeña placa ovalada de paño encarnado, con espadas
+cruzadas, cruz de San Luis del soldado, é iba adornado además de una
+manga de uniforme sin brazo dentro, una barba de plata y una pierna de
+palo. Mario creyó notar que aquel ser tenía el aire extremadamente satisfecho.
+Hasta le pareció que el tal viejo cínico, al pasar cojeando junto
+á él, le había dirigido un guiño demasiado familiar y gozoso, como si
+una casualidad cualquiera hubiera hecho que estuviesen de inteligencia,<span class="pagenum" id="Page_602">[Pg 602]</span>
+así tan contento aquel resto de Marte? ¿Qué había pasado entre aquella
+pierna de palo y la otra? Mario llegó al colmo de los celos. ¡Tal vez estaba
+ahí! dijo. ¡Y tal vez ha visto! Y le entraron ganas de exterminar al
+inválido. Andando el tiempo todo se olvida; la cólera de Mario contra
+«Úrsula» por justa y por legítima que fuése, pasó. Acabó por perdonar;
+pero tuvo que hacer un grande esfuerzo, y se manifestó irritado durante
+tres días. Sin embargo, al través de todo aquello, y á causa de todo lo
+demás, la pasión crecía, llegando á la locura.</p>
+
+
+
+
+
+<p class="center p2 p1b big1">IX<br>
+<b>Eclipse</b></p>
+
+
+<p>Acabamos de ver cómo Mario había descubierto, ó creído descubrir,
+que ella se llamaba Úrsula.</p>
+
+<p>Comiendo se abre el apetito. Saber que se llamaba Úrsula había sido
+mucho, y ya era poco. Mario en tres ó cuatro semanas devoró aquella
+felicidad; deseó otra, y quiso saber dónde vivía.</p>
+
+<p>Había cometido su primera falta: caer en la emboscada del banco
+del Gladiador. Había cometido la segunda: no permanecer en el Luxemburgo
+cuando iba solo el señor Leblanc. Cometió la tercera, que fué inmensa:
+siguió á Úrsula. Vivía en la calle del Oeste, en el sitio menos frecuentado,
+en una casa nueva de tres pisos, de modesta apariencia. Desde
+aquel momento, Mario añadió á su dicha de verla en el Luxemburgo, la
+de seguirla hasta su casa. Su hambre iba en aumento. Sabía cómo se llamaba,
+á lo menos de nombre; nombre lindísimo, verdadero nombre de
+mujer. Sabía también dónde vivía; quiso saber quién era.</p>
+
+<p>Una noche, después de seguir al padre y á la hija hasta su casa, luego
+que los vió desaparecer tras de la puerta cochera, entróse siguiéndolos
+y preguntó muy resuelto al portero:</p>
+
+<p>—¿Es el señor del piso principal el que acaba de entrar?</p>
+
+<p>—No,—respondió el portero.—Es el inquilino del tercero.</p>
+
+<p>Había ya dado otro paso; este triunfo, fácilmente conseguido, alentó
+á Mario.</p>
+
+<p>—¿Interior ó exterior?—preguntó.</p>
+
+<p>—La casa no tiene más que vistas á la calle,—contestó el portero.</p>
+
+<p>—¿Y cuál es la profesión de ese caballero?—repuso Mario.</p>
+
+<p>—Es rentista, caballero; hombre bueno, si los hay, y muy caritativo,
+que hace mucho bien á los pobres, aún cuando no es rico.</p>
+
+<p>—¿Cómo se llama?—interrogó Mario.</p>
+
+<p>El portero alzó la cabeza, y dijo:</p>
+
+<p>—¿Sois acaso de la policía?</p>
+
+<p>Mario se fué algo amoscado, pero contentísimo. Adelantaba.</p>
+
+<p>—Bueno,—pensó;—sé que se llama Úrsula, que es hija de un rentista,
+y que vive aquí, en el piso tercero, calle del Oeste.</p>
+
+<p>Al día siguiente, el señor Leblanc y su hija sólo dieron un paseo cortísimo<span class="pagenum" id="Page_603">[Pg 603]</span>
+por el Luxemburgo; todavía era muy temprano cuando se retiraron.
+Mario los siguió á la calle del Oeste como tenía acostumbrado. Al
+llegar á la puerta cochera, el señor Leblanc hizo pasar primero á su
+hija, luego se detuvo antes de atravesar el umbral, se volvió, y miró
+fijamente á Mario. Al otro día ya no fueron al Luxemburgo, y Mario
+esperó en balde toda la tarde.</p>
+
+<p>Entrada la noche, fué á la calle del Oeste, vió luz en las ventanas del
+tercer piso, y se estuvo paseando por la calle hasta que se apagó la luz.</p>
+
+<p>Al siguiente día tampoco fueron al Luxemburgo. Mario esperó toda
+la tarde, y luego fué á ponerse de centinela nocturno bajo las ventanas.
+Esto le entretenía hasta las diez de la noche. Su comida no tenía ni período
+ni sustancia fija. La fiebre alimenta al enfermo, y el amor al enamorado.
+Así se pasaron ocho días. El señor Leblanc y su hija no volvieron
+á parecer por el Luxemburgo. Mario, formando tristes conjeturas,
+no se atrevía á espiar la puerta cochera durante el día. Contentábase
+con ir de noche á contemplar la claridad rojiza de los cristales. Veía de
+cuando en cuando pasar algunas sombras y le latía el corazón.</p>
+
+<p>Al octavo día, cuando llegó al pie de las ventanas no había luz en
+ellas. ¡Calla! exclamó. Todavía no han encendido luz, y sin embargo, es
+ya muy de noche. ¿Habrán salido? Esperó hasta las diez, hasta las doce,
+hasta la una, pero no se encendió ninguna luz detrás de las vidrieras del
+tercer piso, ni entró nadie en la casa. Se fué, pues, tristísimo.</p>
+
+<p>Á la mañana siguiente (porque no vivía sino de mañanas sucesivas,
+ni había, por así decirlo, hoy para él), al día siguiente, no vió á nadie
+en el Luxemburgo, aunque lo esperaba. Al anochecer se fué á la casa.</p>
+
+<p>No se veía luz en las ventanas; las persianas estaban cerradas; el
+piso estaba completamente á oscuras.</p>
+
+<p>Mario llamó á la puerta cochera, entró, y dijo al portero:</p>
+
+<p>—¿El señor del piso tercero?</p>
+
+<p>—Ha desocupado,—contestó el portero.</p>
+
+<p>Mario vaciló, y preguntó débilmente:</p>
+
+<p>—¿Desde cuándo?</p>
+
+<p>—Desde ayer.</p>
+
+<p>—¿Adónde ha ido á parar?</p>
+
+<p>—No lo sé.</p>
+
+<p>—¿No ha dejado su nueva dirección?</p>
+
+<p>—No.</p>
+
+<p>Y el portero, levantando la nariz y reconociendo á Mario:</p>
+
+<p>—¡Calle!—dijo.—¡Sois vos! ¿Es decir que decididamente sois de policía?</p>
+
+
+<p class="center big1 p1">FIN DEL TOMO PRIMERO</p>
+
+
+<div style='text-align:center'>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 75739 ***</div>
+</body>
+</html>
+
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+This book, including all associated images, markup, improvements,
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