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L. - -Release Date: June 7, 2016 [EBook #52262] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE LA ALHAMBRA *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - - - - - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_. - - * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la - grafía de mayor frecuencia. - - * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. - - - - - CUENTOS - DE LA - ALHAMBRA. - - - - - Con Licencia. - - IMPR. DE J. FERRER DE ORGA. - _Valencia_ 1833. - - - - -[Ilustración: _L. Tellez lo d.º_ _T. Blasco lo g.º_ - -_Mientras esa mano no se baje hasta tocar la llave, ningún artificio -mágico triunfará del Señor de esta colina._] - - - - - [Ilustración: Cuentos de la Alhambra - - Valencia - Librería de Mallén y Berard - 1833 - Teodoro Blasco lo g.] - - - - - CUENTOS - DE - LA ALHAMBRA, - - DE - - Washington Irving. - - Traducidos - - POR D. L. L. - - [Ilustración] - - PARIS, - LIBRERÍA HISPANO-AMERICANA, - CALLE DE RICHELIEU Nº 60. - - 1833. - - - - -EL EDITOR. - - -_Si los_ Cuentos de la Alhambra _han alcanzado tan buena acogida -entre los ingleses y franceses, con mayor razon puede esperarse -que la logren entre nosotros; porque enlazadas estas fábulas con -las tradiciones y consejas populares del pais, es muy natural que -produzcan aquel interes que inspiran al hombre de buen corazon las -antiguallas de su patria, y la tierna memoria de los cuentos de la -niñez._ - -_Esta consideracion nos ha impulsado á dar á luz el presente -tomito, como una muestra de la obra que con el mismo título y mayor -estension acaba de escribir el célebre Washington Irving; y si el -éxito nos diese motivo para juzgar que ha merecido el aprecio de los -inteligentes, quizá pensaremos en publicar otra serie, y aun acaso -todos los que restan del original._ - - - - -ÍNDICE. - - - PÁG. - _El viage._ 1 - - _Gobierno de la Alhambra._ 45 - - _Interior de la Alhambra._ 53 - - _Economía doméstica._ 74 - - _Tradiciones locales._ 88 - - _La casa del Gallo._ 95 - - _Leyenda del astrólogo árabe._ 98 - - _Historia del príncipe Ahmed - Al Kamel, ó el Peregrino de - amor._ 152 - - - - -El Viage. - - -Conducido á España á impulsos de la curiosidad en la primavera de -1829, hice una escursion desde Sevilla á Granada en compañía de -un amigo, agregado entonces á la embajada rusa en Madrid. Desde -regiones muy distantes nos habia llevado el acaso al pais en que nos -hallábamos reunidos, y la conformidad de nuestros gustos nos inspiró -el deseo de recorrer juntos las románticas montañas de Andalucía. -¡Ojalá que si estas páginas llegan á sus manos en el pais adonde las -obligaciones de su destino hayan podido conducirle, ya le hallen -engolfado en la pompa tumultuosa de las córtes, ya meditando sobre -las glorias mas efectivas de la naturaleza; le recuerden nuestra -feliz peregrinacion y la memoria de un amigo, á quien ni el tiempo ni -la distancia harán jamas olvidar su amabilidad y su mérito! - -Antes de pasar adelante, no será inoportuno presentar algunas -observaciones preliminares sobre el aspecto general de España, y -el modo de viajar por aquel pais. En las provincias centrales, al -atravesar el viagero inmensos campos de trigo, ora verdes y undosos, -ya rubios como el oro, ya secos y abrasados por el sol; buscará -en vano la mano que los ha cultivado, hasta que al fin divisará, -sobre la cima de un monte escarpado, un lugar con fortificaciones -moriscas medio arruinadas, ó alguna torre que sirviera de asilo á -los habitantes durante las guerras civiles, ó en las invasiones de -los moros. La costumbre de reunirse para protegerse mútuamente en -los peligros, existe aun entre los labradores españoles, merced á la -rapiña de los ladrones que infestan los caminos. - -La mayor parte de España se halla desnuda del rico atavío de los -bosques y las selvas, y de las gracias mas risueñas del cultivo; -pero sus paisages tienen un carácter de grandeza que compensa lo -que les falta bajo otros respetos: hállanse en ellos algunas de las -cualidades de sus habitantes, y de ahí es que yo concibo mejor al -duro, indomable y frugal español despues que he visto su pais. - -Los sencillos y severos rasgos de los paisages españoles tienen una -sublimidad que no puede desconocerse. Las inmensas llanuras de las -Castillas y de la Mancha, estendiéndose hasta perderse de vista, -adquieren cierto interes con su estension y uniformidad, y causan una -impresion análoga á la que produce la vista del océano. Recorriendo -aquellas soledades sin límites visibles, suele descubrirse de cuando -en cuando un rebaño apacentado por un pastor inmóvil como una -estátua, con su baston herrado en la mano á guisa de lanza; una recua -de mulos que cruzan pausadamente el desierto, cual atraviesan las -carabanas de camellos los arenales de la Arabia; ó bien un zagal que -camina solo con su cuchillo y carabina. - -Los peligros de los caminos dan ocasion á un modo de viajar que -presenta en escala menor las carabanas del oriente: los arrieros -parten en gran número y bien armados á dias señalados, y los viageros -que accidentalmente se les reunen aumentan sus fuerzas. - -El arriero español posee un caudal inagotable de canciones y -romances con que aligera sus continuas fatigas. La música de estos -cantos populares es sobremanera sencilla, pues que se reduce á -un corto número de notas, y las letras por lo comun son algunos -romances antiguos sobre los moros, endechas amorosas, y con mayor -frecuencia romances en que se refieren los hechos de algun famoso -contrabandista; y sucede no pocas veces, que tanto la música como -la letra es improvisado, y se refiere á una escena local ó á algun -incidente del viage. Este talento de improvisacion, tan comun en -aquel pais, parece se ha trasmitido de los árabes, y es fuerza -convenir en que aquellos cantos de tan fácil melodía producen una -sensacion sumamente deliciosa cuando se oyen en medio de los campos -salvages y solitarios que celebran, y acompañados por el argentino -sonido de las campanillas de las mulas. - -No es posible imaginarse cosa mas pintoresca que el encuentro de -una recua de mulas en el tránsito de aquellos montes. Oireis ante -todo las campanillas de la delantera, cuyo sonido repetido y monótono -rompe el silencio de las alturas aéreas, y tal vez la voz de un -arriero que llama á su deber á alguna bestia tarda ó descaminada, -ó que canta con toda la fuerza de sus pulmones un antiguo romance -nacional. Al cabo de rato descubrís las mulas que pasan lentamente -los desfiladeros, ya bajando una pendiente tan rápida y elevada, que -las vereis como designadas de relieve sobre el fondo azul del cielo, -ya avanzando trabajosamente al traves de los barrancos que están á -vuestros pies. Á medida que se aproximan distinguís sus adornos de -color brillante, sus arreos bordados, sus plumages; y cuando ya -están mas cerca, el trabuco, siempre cargado, que cuelga detras de -los fardos como una advertencia de los peligros del camino. - -El antiguo reino de Granada, en el que íbamos á entrar, es uno de -los paises mas montuosos de España. Sierras vastas ó cadenas de -montes desnudos de árboles y de maleza, y abigarrados de canteras de -mármol y de granito de diversos colores, levantan sus peladas crestas -en medio de un cielo de azul oscuro; mas en su seno están ocultos -algunos valles fértiles y frondosos, y el desierto cede el lugar al -cultivo, que fuerza á las rocas mas áridas á producir el naranjo, la -higuera y el limonero, y á engalanarse con las flores del mirto y el -rosal. - -En las gargantas mas salvages de aquellos montes se encuentran -varios lugarejos murados, construidos á manera de nidos de águilas -en las cimas de los precipicios, y algunas torres derruidas, -colgadas por decirlo así sobre los picos mas elevados, recordando -los tiempos caballerescos, las guerras de moros y cristianos, y la -lucha romántica que precedió á la toma de Granada. Al transitar el -viagero por aquellas altas cordilleras, se ve á cada paso precisado -á echar pie á tierra, y conducir el caballo de la brida para subir y -bajar por algunas sendas ásperas y angostas, semejantes á escaleras -arruinadas. Algunas veces corre el camino á orillas de precipicios -espantosos, de que ningun parapeto os defiende; otras se sumerge -en una pendiente rápida y peligrosa que se pierde en una oscura -profundidad, ó pasa por entre barrancos formados por los torrentes -del invierno, y que sirven de guarida á los malhechores. Descúbrese -de cuando en cuando una cruz de funesto presagio; y este monumento -del robo y del asesinato, erigido sobre un monton de piedras á la -orilla del camino, advierte al caminante que se halla en un parage -frecuentado por los bandidos, y que quizá entonces mismo le acecha -en emboscada alguno de aquellos malvados. Muchas veces sorprendido -el caminante en el recodo de un valle sombrío por un bramido ronco -y espantoso, levanta la cabeza, y en una de las frondosas quebradas -del monte descubre una manada de fieros toros andaluces destinados -á los combates del circo. Nada mas imponente que el aspecto de -aquellos brutos terribles, errantes en su terreno nativo con toda la -fuerza que les da la naturaleza: indómitos y casi estraños al hombre, -solo conocen al pastor que los guarda, y que no siempre se atreve á -aproximárseles; el mugido de estos animales, y los amenazantes ojos -con que miran hácia abajo desde sus elevadas praderas, añaden todavía -espresion al aspecto salvage de la escena. - -El 1º de mayo salimos mi compañero y yo de Sevilla para Granada, y -como conocíamos el pais que íbamos á recorrer, y lo incómodo y poco -seguro de los caminos, enviamos delante con arrieros los efectos de -mas valor, y llevábamos únicamente nuestros vestidos y el dinero -necesario para el viage, con un aumento destinado á satisfacer á -los bandoleros, caso de vernos atacados, y libertarnos así del mal -trato á que se ven espuestos los viageros muy avaros ó muy pobres. -Sabíamos tambien que no debe confiarse en la despensa de las posadas, -y que habíamos de cruzar largos espacios inhabitados; y con este -conocimiento tomamos las precauciones convenientes para asegurar -nuestra subsistencia, y alquilamos dos caballos para nosotros, y otro -para que llevase nuestro corto equipage y á un robusto vizcaino, -que debia guiarnos en el laberinto de aquellas montañas, cuidar de -las caballerías, y en fin, servirnos en la ocasion, ya de ayuda de -cámara, ya de guarda. Habíase este prevenido de un formidable trabuco -para defendernos, segun decia contra los rateros: sus fanfarronadas -sobre esta arma no tenian término; mas sin embargo, con descrédito -de su prudencia militar, la carabina en cuestion colgaba descargada -al arzon trasero de la silla. Como quiera, el vizcaino era un criado -fiel, celoso y jovial; tan fecundo en chistes y refranes como aquel -modelo de escuderos, el célebre Sancho, cuyo nombre le dimos: -verdadero español en los momentos de su mayor alegria; mas á pesar de -la familiaridad con que le tratábamos, no pasó jamas los límites de -un respetuoso decoro. - -Equipados en estos términos nos pusimos en camino, resueltos -á sacar todo el partido posible de nuestro viage; y con tales -disposiciones, ¡cuán delicioso era el pais que íbamos á recorrer! -La venta mas infeliz de España es mas fecunda de aventuras que un -castillo encantado, y cada comida que se efectua puede mirarse -como una especie de hazaña. Ensalcen otros enhorabuena los caminos -resguardados de parapetos, las suntuosas fondas de un pais cultivado -y civilizado hasta el punto de no ofrecer sino superficies planas; -en cuanto á mí, solo la España con sus agrestes montes y francas -costumbres puede saciar mi imaginacion. - -Desde la primera noche disfrutamos ya uno de los placeres novelescos -del pais. Acababa de ponerse el sol cuando llegamos á una villa muy -grande, cansados por haber cruzado una llanura inmensa y desierta, y -calados de agua, en razon de la copiosa lluvia que habia caido sobre -nosotros. Apeamos en un meson, en donde se alojaba una compañía -de fusileros, ocupada entonces en persecucion de los ladrones que -infestaban la comarca; y como unos estrangeros de nuestra clase eran -un objeto de admiracion en aquel pueblo estraviado, el huésped, -ayudado de dos ó tres vecinos embozados en sus capas pardas, -examinaba nuestros pasaportes en un rincon de la pieza, mientras un -alguacil con su capita negra, tomaba apuntaciones á la débil luz -de un farol. Unos pasaportes en lengua estrangera les daban mucha -grima; mas acudió á su socorro nuestro escudero Sancho, y nos dió -aun mayor importancia con la pomposa elocuencia de un español. Al -mismo tiempo la distribucion de algunos cigarros nos ganó todos los -corazones, y á poco rato ya estaba el pueblo entero en movimiento -para obsequiarnos. Visitónos el alcalde en persona, y la misma -huéspeda llevó con gran ceremonia á nuestro cuarto un gran sillon -de juncos para que el ilustre viagero pudiese sentarse con mayor -comodidad. Hicimos cenar con nosotros al comandante de los fusileros, -el cual nos divirtió sobremanera con la animada relacion de una -campaña que habia hecho en la América del Sur, y otras hazañas -amorosas y guerreras, que debian todo su interes á sus ampulosas -frases y multiplicados ademanes, y sobre todo á cierto movimiento -de los ojos, que sin duda queria decir mucho. Pretendia saber el -nombre y señas de todos los bandidos de la provincia, y se prometia -ojearlos y prenderlos uno á uno. El buen oficial se empeñó en que -nos habia de dar algunos hombres para nuestra escolta. «Mas uno solo -bastará, añadió, porque los ladrones nos conocen, y la vista sola -de uno de mis muchachos derramará el espanto por toda la sierra.» -Le agradecimos su ofrecimiento y buena voluntad, asegurándole en -el mismo tono, que con el formidable escudero Sancho no temeríamos -haberlas con todos los bandoleros de Andalucía. - -Mientras estábamos cenando con el amable perdonavidas, llegó á -nuestros oidos el sonido de una guitarra, acompañado de un repiqueteo -de castañuelas, y poco despues un coro de bien concertadas voces -que cantaba una tonada popular. Era un obsequio del huésped, que -para divertirnos habia reunido aquellos músicos aficionados y á -las hermosas de la vecindad, y cuando salimos al patio vimos una -verdadera escena de alegria española. Nos colocamos bajo el soportal -con los huéspedes y el comandante, y pasando la guitarra de mano en -mano, vino á parar en las de un alegre zapatero, que nos pareció -el Orfeo de la tierra. Era un jóven de aspecto agradable, patilla -negra, y las mangas de la camisa arremangadas hasta encima del codo. -Sus dedos recorrian el instrumento con estraordinaria ligereza y -habilidad, cantando al mismo tiempo algunas seguidillas amorosas, -acompañadas de espresivas miradas á las mozas, con las que al parecer -estaba en gran favor. En seguida bailó el fandango con una graciosa -andaluza, causando gran placer á los espectadores. Pero ninguna de -las mugeres que se hallaban presentes podia compararse á la linda -Pepita, hija del huésped, que aunque con mucha prisa, se habia -prendido con la mayor gracia para el baile improvisado, entrelazando -con frescas rosas las trenzas de sus hermosos cabellos: esta lució -su habilidad con un bolero que bailó, acompañada de un gallardo -dragon. Habíamos nosotros dispuesto que se sirviese á discrecion -vino, dulces y otras frioleras; y sin embargo de que la reunion se -componia de soldados, arrieros y paisanos de todas clases, nadie se -escedió de los límites de una diversion honesta; y en verdad que -cualquier pintor se hubiera tenido por dichoso de poder contemplar -aquella escena. El elegante grupo de los bailadores, los soldados de -á caballo de medio uniforme, los paisanos envueltos en sus capas, -y en fin, hasta el amojamado alguacil, digno de los tiempos de D. -Quijote, á quien se veía escribir con gran diligencia á la moribunda -luz de una gran lámpara de cobre, sin cuidarse de lo que pasaba en su -derredor, todo esto formaba un conjunto verdaderamente pintoresco. - -No daré aquí la historia exacta de los acontecimientos de esta -espedicion de algunos dias por montes y valles. Viajábamos como -verdaderos contrabandistas, abandonándonos al azar en todas las -cosas, y tomándolas buenas ó malas segun las deparaba la suerte. -Este es el mejor modo de viajar por España, mas nosotros sin -embargo habíamos cuidado de llenar de buenos fiambres las alforjas -de nuestro escudero, y su gran bota de esquisito vino de Valdepeñas. -Como este último artículo era en verdad de mayor importancia para -nuestra campaña que la misma carabina de Sancho, conjuramos á este -que estuviese en continua vigilancia sobre esta parte preciosa de -su carga; y debo hacerle la justicia de decir que su homónimo, tan -célebre por el celo con que cuidaba de la mesa, no le escedia en nada -como proveedor inteligente. Así pues, á pesar de que las alforjas -y la bota eran vigorosa y frecuentemente atacadas, no parecia sino -que tenian la milagrosa propiedad de no vaciarse jamas, porque -nuestro ingenioso escudero nunca se olvidaba de colocar en ellas -los relieves de la cena de la venta, para que sirviesen á la comida -que hacíamos á campo raso al dia siguiente. ¡Con cuánta delicia -almorzábamos algunas veces á la mitad de la mañana, sentados á la -sombra de un árbol, á orillas de una fuente ó de un arroyo! ¡Qué -siestas tan dulces no tomamos, sirviéndonos de colchon nuestras capas -tendidas sobre la fresca yerba! - -En cierta ocasion hicimos alto á medio dia en una frondosa pradera, -situada entre dos colinas cubiertas de olivos. Tendimos las capas -bajo de un pomposo álamo que daba sombra á un bullicioso arroyuelo, -y arrendados los caballos de modo que pudiesen pacer, ostentó Sancho -con aire de triunfo todo el caudal de su despensa. Los sacos -contenian algunas municiones recogidas en el espacio de cuatro dias; -pero habian sido notablemente enriquecidos con los restos de la cena -que habíamos tenido la noche anterior en una de las mejores posadas -de Antequera. Sacaba nuestro escudero poco á poco el heterogeneo -contenido en su zurron y yo creí que no acababa jamas. Apareció ante -todo una pierna de cabrito asada, casi tan buena como cuando nos la -habian servido; siguióse un gran pedazo de bacalao seco envuelto -en un papel, los restos de un jamon, medio pollo, una porcion de -panecillos, y en fin, un sinnúmero de naranjas, higos, pasas y -nueces: la bota habia sido tambien reforzada con escelente vino de -Málaga. Á cada nueva aparicion gozaba de nuestra cómica sorpresa, -dejándose caer sobre el césped con grandes carcajadas. Elogiábamos -estremadamente á nuestro sencillo y amable criado, comparándole en su -aficion á llenar la panza, al célebre escudero de D. Quijote. Estaba -él muy versado en la historia de este caballero, y como la mayor -parte de las gentes de su clase, creía á pie juntillas en su realidad. - -«¿Y hace mucho tiempo que sucedió eso? me dijo un dia con semblante -interrogativo. - ---Sí, mucho tiempo, le contesté yo. - ---Yo apostaria á que ha ya mas de mil años, replicó mirándome con una -espresion de duda todavía mas marcada. - ---No creo yo que haya mucho menos.» El escudero no preguntó mas. - -Mientras al compas de sus gracias esplotábamos nosotros las -provisiones que quedan descritas, se nos acercó un mendigo que casi -parecia un peregrino. Su entrecana barba y el baston en que se -apoyaba anunciaban vejez; mas su cuerpo muy poco inclinado, mostraba -aun los restos de una estatura gallarda. Llevaba un sombrero redondo -de los que usan los andaluces, una especie de zamarra de piel de -carnero, calzon de correal, botin y sandalias. Sus vestidos, aunque -ajados y cubiertos de remiendos, estaban limpios, y se llegó á -nosotros con aquella atenta gravedad que se nota en los españoles, -aun de la ínfima clase. Habia en nosotros disposicion favorable -para recibir semejante visita, y así, por un impulso espontáneo de -caridad, le dimos algunas monedas, un pedazo de pan blanco y un vaso -de buen vino de Málaga. Recibiólo todo con reconocimiento; mas sin -manifestar con ninguna bajeza su gratitud. Luego que probó el vino, -le miró al trasluz, y mostrando cierta admiracion se lo bebió de un -sorbo, diciendo: «¡Cuántos años ha que no habia yo probado tan buen -vino! Esto es un verdadero cordial para los pobres viejos.» Contempló -luego el pan, y dijo besándole: «Bendito sea Dios.» Dicho esto se -lo metió en el zurron, y habiéndole instado nosotros para que se -lo comiese en el acto: «No señores, replicó; el vino era preciso -beberlo ó dejarlo, mas el pan debo llevarlo á mi casa y partirlo con -mi pobre familia.» Sancho consultó nuestros ojos, y dió al pobre -abundantes fragmentos de la comida, bien que con la condicion de que -se comeria en el acto una parte. - -Sentóse pues á poca distancia de nosotros y comió pausadamente, con -una finura y una sobriedad, que hubieran podido honrar á un hidalgo. -Yo creí descubrir en él una especie de tranquila dignidad y atenta -cortesanía, que anunciaban que habia conocido mejores dias; pero -no habia nada de esto: no tenia mas que la política natural á todo -español, y aquel aire poético que caracteriza los pensamientos y el -lenguage de este pueblo vivo é ingenioso. Nuestro peregrino habia -sido pastor por espacio de cincuenta años, y al presente se hallaba -desacomodado y sin medios para subsistir. «Cuando yo era jóven, -decia, no habia cosa alguna capaz de hacerme tomar pesadumbre: -hallábame siempre sano y contento; mas ahora tengo setenta y nueve -años, me veo precisado á mendigar el sustento, y ya empiezan á -abandonarme las fuerzas.» - -Sin embargo, todavía no estaba acostumbrado á la mendiguez; hacia -poco tiempo que la necesidad le habia obligado á recurrir á tan -triste y desagradable recurso, y nos hizo una pintura muy patética -de los combates que habia sostenido su orgullo contra la necesidad. -Volvia de Málaga sin dinero, hacia mucho tiempo que no habia comido, -y aun tenia que atravesar una de aquellas vastas llanuras en donde -se hallan tan pocas habitaciones: muerto casi de debilidad, pidió -primeramente á la puerta de una venta: _Perdone usted por Dios, -hermano_, le contestaron. «Pasé adelante, dijo, con mas vergüenza -aun que hambre, porque todavía no se hallaba abatido el orgullo de -mi corazon. Al pasar por un rio, cuyas márgenes estaban muy elevadas -y la corriente era profunda y rápida, estuve tentado de precipitarme -en él. ¿Á qué ha de permanecer sobre la tierra, dije interiormente, -un viejo miserable como yo? Iba ya á arrojarme; mas Dios iluminó -mi corazon y me apartó de tan criminal idea. Dirigíme á una casita -que se hallaba situada á cierta distancia del camino, entréme en el -patio; la puerta de la casa estaba cerrada, mas habia dos señoritas -asomadas á una de las ventanas. Las pedí limosna, y--_Perdone usted -por Dios, hermano_, fue otra vez la respuesta que recibí, cerrándose -al mismo tiempo la ventana. Salíme casi arrastrando del patio, pronto -ya á desmayarme; y creyendo que era llegada mi hora, me dejé caer -contra la puerta, me encomendé de todo corazon á la Vírgen nuestra -señora, y me cubrí la cabeza para morir. Á pocos minutos llegó el -dueño de la casa, y viéndome tendido á su puerta, se compadeció de -mis canas, me hizo entrar y me dió algun alimento, con que pude -recobrarme. Ya veis, señores, que nunca debe perderse la confianza en -la proteccion de la santísima Vírgen.» - -El anciano se dirigió hácia Archidona, su pais natural, que -descubríamos á poca distancia en la cima de un monte escarpado, y -en el camino nos hizo reparar en las ruinas de un antiguo castillo -de los moros, que habitó uno de sus reyes en tiempo de las guerras -de Granada. «La reina Isabel, nos dijo, le sitió con un egército -poderoso; mas él, mirándolo desde lo alto de su fortaleza, se burlaba -de sus esfuerzos. Entonces se apareció la Vírgen á la reina, y á ella -y á sus soldados los condujo por un camino misterioso, que nadie -hasta entonces habia frecuentado ni frecuentó despues. Cuando el moro -vió llegar á la reina quedó pasmado, y acosando el caballo hácia el -precipicio, se arrojó en él y se hizo pedazos. Aun se ven á la orilla -del peñasco las señas de las herraduras, y ustedes mismos pueden -descubrir desde aquí el camino por donde la reina y el egército -subieron á la montaña, que se estiende á manera de una cinta á lo -largo de sus laderas; mas lo que hay en esto de milagroso es, que -aunque á cierta distancia puede conocerse, desaparece luego que se -trata de examinarle de cerca.» El camino ideal que el buen pastor nos -enseñaba, no era probablemente otra cosa que alguna arroyada arenosa, -que se distinguia á cierta distancia en que la perspectiva disminuía -su anchura, y se confundia con el resto de la superficie cuando se -miraba mas de cerca. - -Como con el vino y la buena acogida se habia restablecido el anciano, -nos refirió otra historia de un tesoro que el rey moro habia -enterrado bajo el castillo, junto á cuyos cimientos estaba situada -su casa. El cura y el boticario del pueblo, habiendo soñado por tres -veces en el tesoro, hicieron una escavacion en el parage que sus -sueños les habian indicado, y el yerno de nuestro convidado oyó por -la noche el ruido de los azadones. Nadie sabe lo que hallaron; pero -lo cierto es que ellos se hicieron ricos de repente y guardaron su -secreto. De modo que el viejo pastor se habia visto al umbral de la -fortuna; mas estaba decretado que él y esta no habian de morar jamas -bajo un mismo techo. - -Tengo observado que las historias de tesoros enterrados por los moros -corren principalmente entre las gentes mas pobres de España, como -si la naturaleza quisiese compensar con la sombra la falta de la -realidad: el hombre sediento sueña arroyos y fuentes cristalinas, -el que tiene hambre banquetes opíparos, y el pobre montes de oro -escondido: no hay cosa mas rica que la imaginacion de un mendigo. - -La última escena de nuestro viage que referiré, es la noche que -pasamos en la pequeña ciudad de Loja, célebre plaza fronteriza -en tiempo de los moros, y en cuyas murallas se estrelló el poder -de Fernando. De esta fortaleza salió el viejo Aliatar, suegro de -Boabdil, acompañado de su yerno para la desastrada espedicion, que -acabó con la muerte del general y la prision del monarca. Está Loja -en una situacion pintoresca en medio de un desfiladero que sigue las -márgenes del Genil, circuida de rocas inaccesibles, bosquecillos, -prados y jardines. Nuestra posada, que en nada desdecia del aspecto -del pueblo, la tenia una jóven y linda viudita andaluza, cuya -basquiña negra de seda guarnecida de franjas, dibujaba graciosamente -unas formas mórbidas y elegantes. Paso firme y ligero, ojos negros -y llenos de fuego, y su aire de presuncion y su esmerado aliño, -manifestaban sobradamente que estaba acostumbrada á escitar la -admiracion. - -Un hermano, que tendria en corta diferencia la misma edad, ofrecia -con ella el perfecto modelo del majo y la maja andaluces. Era -alto, robusto y bien dispuesto; color moreno claro, ojos negros y -brillantes, y patillas castañas y rizadas que se unian por bajo de -la barba. Ajustaba su cuerpo una chaquetilla de terciopelo verde, -adornada de un sinnúmero de botoncillos de plata, y por cada una de -las faltriqueras asomaba la punta de un pañuelo blanco; calzon de la -misma tela, con una carrera de botones que bajaba desde la cadera -á la rodilla; rodeaba su cuello un pañuelo de seda color de rosa, -que pasando por una sortija, bajaba á cruzarse sobre una camisa -aplanchada con esmero. Llevaba ademas un cinto, lindos botines de -hermoso becerro leonado, que abiertos hácia la pantorrilla, dejaban -ver una media muy fina; y en fin, zapatos anteados, que hacian -campear con ventaja un pie perfecto. - -Hallándose este á la puerta llegó un hombre á caballo, y en voz baja -entabló con él una conversacion que parecia muy séria. Su trage era -del mismo gusto, y casi tan elegante como el del huésped: podria -tener treinta años, era alto y fornido, y aunque ligeramente pintado -de viruelas, no dejaba de haber gracia en sus bellas facciones; su -ademan y su aire, no solo tenian soltura sino resolucion, y aun -osadía. El poderoso caballo que montaba, negro como el azabache, -estaba adornado de gallardos arreos, y llevaba un par de trabucos -pendientes del arzon trasero. La figura de este hombre me hizo -acordar de los contrabandistas que habia visto en los montes de -Ronda. Conocí que tenia íntimas relaciones con el hermano de nuestra -huéspeda, y tambien pensé, salvo error, que era amante favorecido -de la graciosa viuda. Con efecto, toda la casa y sus habitantes -tenian cierto aspecto de contrabando: la carabina descansaba en un -rincon, junto á la guitarra. El referido caballero pasó la noche en -la posada, y cantó con mucha espresion diferentes romances guerreros -de las montañas. Estando nosotros cenando, llegaron dos pobres -asturianos pidiendo un pedazo de pan y un asilo para pasar aquella -noche. Habíanlos asaltado los ladrones al volver de una feria, y -despues de robarles el caballo con las mercaderías que llevaba, -el dinero y una parte de sus vestidos, los habian apaleado porque -quisieron defenderse. Mi compañero, con la pronta generosidad que le -es natural, pidió cena y cama para los dos, y les dió el dinero que -necesitaban para llegar á sus casas. - -Á medida que entraba la noche, iban presentándose en la escena nuevos -personages. Un hombre alto y gordiflon, de unos sesenta años, vino -á tomar parte en la alegre cháchara de la huéspeda. Vestia el trage -ordinario del pais, con la adicion de un enorme sable que llevaba -bajo el brazo; sus anchos bigotes daban al semblante cierta gravedad, -que anunciaba una especie de insolente confianza, y al parecer le -miraban todos con mucho respeto. - -Sancho nos dijo al oido que aquel personage era D. Alfonso Gutierrez, -el héroe y campeon de Loja, célebre por su fuerza prodigiosa, y -por las muchas hazañas con que se señaló en tiempo de la invasion -francesa. Con efecto, su lenguage y singulares maneras me divertian -estraordinariamente; porque nuestro hombre era un verdadero andaluz, -cuya jactancia igualaba cuando menos á su bravura. Iba siempre -cargado con su sable como una niña con la muñeca; tan pronto le tenia -en la mano como bajo el brazo, llamábale su _santa Teresa_, y solia -decir: «Cuando le saco tiembla la tierra.» - -Estuvimos hasta muy tarde oyendo las conversaciones de tan diversos -personages, que platicaban juntos con toda la franqueza de una posada -española. Oimos cantares de contrabandistas, historias de ladrones, -antiguos romances moriscos, y por fin de fiesta, nuestra bella -huéspeda cantó _los infiernos_, ó las regiones infernales de Loja, -que son unas cavernas sombrías, por donde corren y se precipitan con -espantoso estruendo rios y cascadas subterráneas. El vulgo cree que -desde tiempo de los moros, cuyos reyes tenian sus tesoros en estas -cuevas, habitan en ellas monederos falsos. - -No seria difícil llenar estas páginas de incidentes de nuestra -espedicion; pero me llaman otros objetos. Viajando de este modo, -Salimos en fin de los montes para entrar en la hermosa vega de -Granada. Sentámonos á la orilla de un riachuelo sombreado de -frondosos olivos, y allí hicimos nuestra última comida á campo raso, -teniendo á la vista la antigua capital del postrer reino musulman en -España. Las altas torres de la Alhambra comunicaban á la ciudad un -interes irresistible, al paso que la Sierra-Nevada descollaba por -encima de los edificios á manera de una corona de plata. Brillaba -el dia puro y despejado, y la fresca brisa de los montes templaba -los ardores del sol. Cuando hubimos comido tendimos las capas, y -disfrutamos por última vez del placer de dormir sobre el césped, -halagados por el blando susurro de las abejas que vagan de flor en -flor, y el tierno arrullo de las tórtolas que posan en los olivos. -Pasadas las horas del calor volvimos á emprender la marcha, y despues -de haber caminado entre vallados de aloes y bananos, y atravesado una -multitud de jardines, llegamos á la que anochecia á las puertas de -Granada. - -Á los ojos del viagero que se halle poseido de un sentimiento de -predileccion hácia la histórica y poética Alhambra de Granada, es -este monumento tan venerable como para los peregrinos musulmanes -la Kaaba ó casa sagrada de Mahoma. ¡Cuántas leyendas y tradiciones -verdaderas ó fabulosas, cuántos cantares, cuántos romances amorosos -ó heroicos, españoles ó árabes tienen por objeto este edificio -encantado! ¡Figúrese pues el lector cuál seria nuestro alborozo, -cuando á poco de haber llegado á Granada, nos permitió el gobernador -de la Alhambra que habitásemos los aposentos que tenia desocupados -en aquel palacio de los reyes moros! Los siguientes rasgos son el -fruto de mis investigaciones y meditacion durante esta deliciosa -permanencia; y si pudiesen comunicar á la imaginacion del lector una -parte del misterioso interes que inspiran los sitios donde fueron -trazados, yo sé que habia de lastimarse de no haber pasado un verano -conmigo en aquellos salones de la Alhambra, tan fecundos en memorias -maravillosas. - - - - -Gobierno de la Alhambra. - - -Es la Alhambra una fortaleza antigua, ó un palacio fortificado, -desde cuya morada dominaban los reyes moros de Granada su ponderado -paraiso terrenal, y en donde estuvo la última silla de su imperio -en España. El palacio forma solo una parte de la fortaleza, cuyas -almenadas murallas se estienden en direccion irregular en derredor -de la cresta de una elevada colina que se desprende de la cadena -de montes nevados y domina la ciudad. En tiempo de los moros podia -esta fortaleza contener en su recinto un egército de cuarenta mil -hombres, y no pocas veces sirvió á los soberanos de asilo contra -sus vasallos sublevados. Despues de haber pasado el reino á manos -de los cristianos, siguió la Alhambra siendo una morada real, y la -habitaron algunas veces los monarcas castellanos. Cárlos V comenzó á -levantar un palacio dentro de sus muros; mas los repetidos terremotos -no dejaron llevar adelante esta empresa. Los últimos reyes que -habitaron este edificio, fueron Felipe V y su esposa la reina Isabel -de Parma, al principio del siglo diez y ocho. - -Hiciéronse grandes preparativos para recibirlos, se reparó el palacio -y los jardines, y se construyeron nuevas habitaciones, que fueron -ricamente adornadas por artistas italianos. Mas á pesar de todo, -despues de la mansion pasagera de estos príncipes, la Alhambra quedó -de nuevo desierta y desolada, si bien se conservaba siempre en ella -un estado militar y guarnicion bastante numerosa. El gobernador era -nombrado directamente por el rey, y su jurisdiccion se estendia hasta -los arrabales de la ciudad, sin ninguna dependencia del capitan -general de Granada. Habitaba la parte que corresponde á la fachada -del antiguo palacio, y jamas bajaba á Granada sin algun aparato -militar. La fortaleza era en efecto una pequeña ciudad, pues que -contenia muchas calles, un convento de franciscos y una iglesia -parroquial. - -Pero el abandono de la córte fue un golpe fatal para la Alhambra: -sus hermosas salas fueron deteriorándose de dia en dia, quedando -muchas del todo arruinadas; destruyéronse los jardines, y las fuentes -cesaron de correr. Un enjambre de vagabundos se fue apoderando poco -á poco de las partes desiertas de los edificios; los contrabandistas -se aprovechaban de la independencia de su jurisdiccion para seguir -con seguridad sus criminales operaciones; los ladrones, los pícaros -de todas clases se refugiaban en su recinto, y dirigian desde -allí sus tiros sobre Granada y sus inmediaciones. Por fin, puso -el gobierno la mano, y desapareció este desórden: la plaza fue -enteramente purificada, quedando solo en ella aquellos moradores de -notoria honradez, y cuyo derecho de residencia era incontestable; -demoliéronse la mayor parte de las casas, y únicamente se conservó -una pequeña aldea, el convento y la parroquia. Durante las últimas -guerras de la península, habiendo ocupado los franceses á Granada, -pusieron una guarnicion en la Alhambra: alojóse el comandante en -el palacio, y este monumento de la grandeza y de la elegancia de -los moros, se salvó entonces de una completa devastacion por efecto -de aquel gusto ilustrado que distingue á la nacion francesa. Se -repararon los techos, y lo que quedaba de las salas y las galerías -fue puesto á cubierto de la injuria del tiempo; se cultivaron los -jardines, pusiéronse corrientes los conductos del agua, y volvió á -saltar esta en medio de las flores: de modo que España debe á sus -invasores la conservacion del mas hermoso y mas interesante de sus -monumentos históricos. - -Antes de evacuar la fortaleza, volaron los franceses muchas torres -de la muralla esterior é inutilizaron las fortificaciones; y como -desde entonces no existe ya la importancia militar de esta plaza, su -guarnicion consiste únicamente en algunos inválidos, cuyo principal -servicio está reducido á guardar las torres esteriores, que suelen -servir para prision de reos de estado. El mismo gobernador ha -abandonado ya las alturas de la Alhambra y vive en el centro de -Granada, en donde le es mucho mas fácil comunicarse con el gobierno. - -No puedo terminar esta breve noticia sin dar testimonio de la -exactitud y laudable celo con que el actual comandante de la Alhambra -D. Francisco de la Serna, llena los deberes de su destino, y emplea -los cortos recursos de que puede disponer en reparar las ruinas del -palacio, y retardar por medio de sabias precauciones una ruina que -por desgracia es sobrado cierta. Si hubiesen hecho otro tanto sus -predecesores, este monumento conservaria aun casi toda su belleza -primitiva, y si el gobierno ausiliase los buenos deseos de este -benemérito oficial, aquellos preciosos vestigios adornarian aun el -pais por largo tiempo, y de todos los puntos de la tierra conducirian -á él á los curiosos ilustrados. - - - - -Interior de la Alhambra. - - -Son tantas y tan minuciosas las descripciones que se han hecho de -la Alhambra, que sin duda bastarán algunos rasgos generales para -refrescar la memoria del lector. Voy pues á referir sucintamente la -visita que hicimos á este monumento la mañana inmediata á nuestra -llegada á Granada. - -Habiendo salido del meson de la Espada, en donde parábamos, -atravesamos la célebre plaza de Vivarrambla, teatro en otros tiempos -de justas y torneos, y trasformada ahora en mercado muy concurrido. -De allí pasamos al Zacatin, cuya calle principal era en tiempo de los -moros un gran mercado: sus pequeñas tiendas y angostos soportales -conservan aun el carácter oriental. Despues de haber cruzado la plaza -donde se halla el palacio del capitan general, subimos una calle -tortuosa y no muy ancha, cuyo nombre recuerda los dias caballerescos -de Granada; á saber, la calle de los Gomeles, así llamada de una -tribu famosa en las crónicas y en los romances, la cual conduce á -una puerta de arquitectura griega, edificada por Cárlos V, que da -entrada á los dominios de la Alhambra. - -Dos ó tres veteranos, sentados en un banco de piedra, reemplazaban -á los zegries y abencerrages; y el canoso centinela estaba hablando -con un ganapan alto y seco, cuyo pardo y raido capote cubria apenas -el resto de unos vestidos mas miserables todavía, el cual luego que -nos descubrió se vino á nosotros, ofreciéndose á acompañarnos y -enseñarnos la fortaleza. - -Yo he mirado siempre á los _Ciceroni_ con cierta repugnancia de -viagero, y el aspecto de este no me inclinaba ciertamente á hacer una -escepcion en su favor. - -«¿Sin duda, le dije, conocereis muy bien el edificio? - ---Palmo por palmo, señor; como que soy hijo de la Alhambra.» - -No puede negarse, que los españoles tienen un modo de espresarse muy -poético. ¡Hijo de la Alhambra! Este título hirió mi imaginacion, los -andrajos de mi interlocutor adquirieron á mis ojos cierta dignidad, -pareciéronme el justo emblema de la vária fortuna del sitio, y por -otra parte, cuadraban perfectamente á la progenitura de unas ruinas. - -Le hice algunas preguntas, y quedé convencido de que tenia un derecho -legítimo al título que tomaba: su familia habitaba la fortaleza desde -el tiempo de la conquista, y él se llamaba Mateo Gimenez. - -«¿Seréis tal vez, le pregunté, algun pariente del gran cardenal -Gimenez? - ---Quién sabe, señor; todo podria ser.... lo que no cabe duda es que -somos la familia mas antigua de la Alhambra, cristianos viejos sin -mezcla de moro ni judío. Yo sé que pertenecemos á una gran casa, -pero no me acuerdo cuál: mi padre lo sabe todo, y conserva nuestro -blason colgado á la pared de su cabaña, que está en lo mas alto de la -fortaleza.» Estas razones, y el primer título que se habia dado el -andrajoso hidalgo me cautivaron de modo, que desde luego acepté con -gusto los servicios del hijo de la Alhambra. - -Entramos en un angosto y profundo barranco lleno de bosquecillos y -cubierto de verdura. Atravesábale una avenida rápida, y cortábanle -en todas direcciones varios senderos tortuosos, adornados de fuentes -y bancos de piedra. Á la izquierda se elevaban por encima de nuestras -cabezas las torres de la Alhambra, y á la derecha, por la parte -opuesta del barranco, nos dominaban otras no menos altas, edificadas -sobre la peña viva: estas eran las _Torres bermejas_, llamadas así á -causa de su color. Nadie conoce su orígen, si bien se sabe que son -mucho mas antiguas que la Alhambra: algunos las suponen construidas -por los romanos, y otros las creen obra de una colonia errante de los -fenicios. Subiendo la sombría y rápida avenida, llegamos al pie de -una torre cuadrada, que es la entrada principal de la fortaleza. Allí -encontramos otro grupo de inválidos, uno de los cuales estaba de -centinela bajo el arco de la puerta, en tanto que los demas dormian -sobre los bancos de piedra, envueltos en sus capas. Llámase á esta -la _puerta del Juicio_, porque durante la dominacion de los moros se -reunia bajo su pórtico el tribunal que juzgaba inmediatamente las -causas de poca entidad. Esta costumbre, comun á todo el oriente, se -halla consignada en muchos pasages de la Escritura. - -El gran vestíbulo ó pórtico lo forma un arco inmenso que se eleva -casi hasta la mitad de la torre. Sobre la piedra fundamental de -la bóveda esterior esta esculpida una mano gigantesca, y en la -correspondiente de la parte interior se ve representada del mismo -modo una enorme llave. Los que creen tener algun conocimiento de los -símbolos mahometanos, dicen que la mano es el emblema de la doctrina, -y la llave el de la fe; añadiendo que este último signo era el -distintivo constante de los estandartes musulmanes cuando subyugaron -la Andalucía. Mas el hijo legítimo de la Alhambra esplicaba la cosa -de otro modo. - -Segun Mateo, que se apoyaba en la autoridad de una tradicion -trasmitida de padres á hijos desde los primeros habitantes de la -fortaleza, la mano y la llave eran figuras mágicas, y pendia de -ellas la suerte de la Alhambra. El rey moro que hizo construir este -edificio, mágico famoso, y que aun, segun la opinion de muchos, -habia vendido su alma al diablo, puso la fortaleza bajo el influjo -de un encanto, en fuerza del cual ha resistido siglos enteros á -los asaltos y terremotos que han destruido la mayor parte de los -edificios moriscos; y es fama comun que el encanto conservará toda su -virtud hasta el momento en que la mano se baje de tal modo que llegue -á tocar la llave, en cuyo acto se hundirá la Alhambra, y quedarán de -manifiesto los tesoros de los reyes moros que están enterrados bajo -sus moles. - -Sin embargo de esta espantosa prediccion, nosotros pasamos sin -vacilar por bajo del arco encantado. - -Desde allí, por un camino angosto y sinuoso practicado entre las -murallas, subimos á una esplanada interior, llamada la _plaza de los -Algibes_, en razon de unos grandes depósitos de agua abiertos en -la peña, y tambien hay un pozo inmenso que da un agua sobremanera -fresca y cristalina. Estas obras prueban la esquisita voluptuosidad -de los árabes, y lo mucho que apreciaban obtener este elemento en -toda su pureza. - -En frente de esta esplanada se halla el palacio de Cárlos V, que -debia eclipsar segun dicen á la antigua mansion de los reyes moros. -Mas á despecho de su magnificencia y de una arquitectura que no -carece de mérito, este monumento no parece otra cosa que un intruso -orgulloso; y de ahí es que mi compañero y yo pasamos por delante sin -detenernos, y nos dirigimos á la sencilla puerta por donde se penetra -en el palacio antiguo. - -La transicion es casi mágica: creímonos trasportados de repente á -otros parages y á otro siglo, y que íbamos á presenciar las escenas -que refiere la historia de los árabes. Nos hallamos en un gran patio -pavimentado de mármol blanco, y decorado á sus ángulos con ligeros -perístilos moriscos. Era el patio de la Alberca ó del gran Vivero, y -ocupaba su centro un estanque de ciento treinta pies de largo, lleno -de peces y circuido de rosales. - -Al estremo superior de este patio se halla la torre de Comáres; pero -nosotros, dirigiéndonos al lado opuesto, entramos por un pasadizo -cubierto en el célebre _patio de los Leones_. Ninguna parte del -edificio da una idea tan completa de su antigua magnificencia; -porque ninguna ha sufrido menos los estragos del tiempo. Vese en -el centro aquella fuente, tan famosa en la historia y en los cantos -populares; las tazas de alabastro derraman de continuo una lluvia -de líquidos diamantes, y los doce leones arrojan por las narices -torrentes de agua cristalina lo mismo que en los dias de Boabdil. -El patio se halla cubierto de flores y rodeado de ligeros arcos, -adornados de esculturas y filigranas de una labor tan delicada -como el encage, y sostenidos sobre delgadísimas columnas de mármol -blanco. La arquitectura, lo mismo que la del resto del palacio, -tiene mas elegancia que grandeza, y está indicando un gusto blando -y delicado, y cierta disposicion á los placeres de la indolencia. -Cuando se dirige la vista á aquellos pórticos aéreos con sus frágiles -apoyos, que parecen obra de las hadas, apenas puede concebirse -cómo el tiempo, los temblores de tierra, el abandono y la rapiña de -los viageros curiosos, no menos temible que la de los guerreros, ha -perdonado una parte tan grande de este monumento: estas reflexiones -podrian casi hacer admitir la tradicion que le supone protegido por -un encanto. Á un lado del patio, por una puerta ricamente adornada, -se entra á una gran pieza embaldosada de mármol blanco, llamada -la _sala de las dos hermanas_. Una cúpula abierta da paso al aire -esterior, y deja penetrar una luz templada; la parte inferior de las -paredes está incrustada de hermosos azulejos moriscos, en los cuales -se ven los escudos de armas de los reyes moros; la superior se halla -revestida de aquel hermoso estuco inventado en Damasco, compuesto de -grandes chapas vaciadas y unidas con tanto arte, que parece se hayan -esculpido en el mismo sitio los elegantes relieves y caprichosos -arabescos que en ellas se ven entrelazados con testos del alcorán -é inscripciones árabes. Los adornos de las paredes y de la cúpula -están ricamente dorados, y sus intersticios revestidos de lapislázuli -y otros colores hermosos y permanentes. Á uno y otro lado de la -sala están las alcobas destinadas á contener las otomanas ó lechos -orientales. Sobre un pórtico interior corre una galería que comunica -con la vivienda de las mugeres; y todavía se ven allí las celosías -por donde las lindas odaliscas del harem podian ver sin ser vistas -las fiestas de la sala inferior. - -Es imposible contemplar aquella antigua y privilegiada mansion de los -árabes, aquel palacio donde las costumbres orientales desplegaron -todo su esplendor y elegancia, sin que se renueven en la imaginacion -las antiguas escenas que se han leido en las novelas: casi espera uno -ver la blanca mano de una princesa que hace señas desde un balcon, ó -bien unos ojos negros que lanzan miradas de fuego al traves de una -celosía. El asilo de la hermosura existe aun allí como si lo hubiesen -habitado ayer; mas ¿qué se han hecho las Zoraidas y Lindaraxas? - -Al lado opuesto del patio de los Leones está la _sala de los -Abencerrages_, llamada así en memoria de los valientes caballeros -de aquella ilustre familia que fueron degollados en este sitio. No -falta quien ponga en duda la verdad de esta historia en todos sus -pormenores; pero nuestro humilde guia nos enseñó la portezuela por -donde los hicieron entrar uno á uno, y la fuente de mármol blanco -que existe en medio de la sala, en cuya taza cayeron sus cabezas; -haciéndonos ademas observar en el pavimento ciertas manchas rogizas, -las cuales nos dijo eran los rastros de su sangre, que jamas han -podido borrarse; y persuadido de que le escuchábamos con fácil -credulidad, añadió que algunas noches se percibia en el patio de los -Leones un rumor sordo y confuso como el murmullo de una multitud, al -que se unia de cuando en cuando un crujido semejante al estrépito de -cadenas oido á cierta distancia. Es muy probable que estos ruidos -provengan de las corrientes de agua que por diferentes cañerías -pasan por bajo el piso para alimentar las fuentes; mas el hijo de la -Alhambra los atribuía á las almas de los abencerrages degollados, que -vagan durante la noche por el teatro de su suplicio, é imploran la -venganza divina sobre su asesino. - -Del patio de los Leones volvimos atras, y cruzando de nuevo el de -la Alberca, llegamos á la torre de Comáres, que lleva el nombre -del arquitecto que la construyó. Es fuerte, sólida, de atrevida -elevacion, y domina todo el edificio y el lado mas escarpado de -la colina, que baja rápidamente hasta la orilla del Darro. Por un -cobertizo pasamos al salon inmenso que ocupa el interior de la -torre, el cual era la sala de audiencia de los reyes de Granada, y -se llama por esta razon la _sala de los Embajadores_. Todavía se -descubren en él algunos vestigios de su antigua magnificencia: las -paredes están adornadas de ricos arabescos de estuco; y en el techo, -cimbrado de madera de cedro, que por la mucha elevacion apenas se -distingue, brillan los hermosos dorados y ricas tintas del pincel -árabe. Por tres lados del salon hay ventanas abiertas en el inmenso -espesor de las paredes, y desde sus balcones, que dan á las frondosas -márgenes del Darro, y á las calles y conventos del Albaicin, se -descubre á lo lejos la vega. - -Bien pudiera yo describir prolijamente otras piezas elegantes como -son el _Tocador de la reina_, que es un mirador abierto en lo mas -alto de una torre, adonde solia subir la sultana á respirar la brisa -refrigerante de los montes, y gozar de la vista de aquel paraiso que -rodea el palacio; el pequeño patio retirado ó jardin de Lindaraxa -con su fuente de alabastro, sus rosales y sus bosquecillos de mirtos -y limoneros; y en fin, las salas y grutas de los baños, en donde la -claridad y el calor del dia quedan reducidos á una luz misteriosa y -una temperatura suave; mas no quiero detenerme en dar una relacion -circunstanciada de estos objetos, porque mi idea en este momento se -limita á introducir al lector en una mansion, que si quiere podrá -recorrer conmigo durante todo el curso de esta obra, hasta irse -familiarizando con sus localidades. - -Diferentes acueductos de construccion árabe conducen de las montañas -el agua que circula en abundancia por todo el palacio, llena los -baños y los estanques, salta en medio de los salones y murmura bajo -los enlosados de mármol. Cuando ha pagado su tributo á la mansion de -los reyes y visitado sus prados y jardines, desciende en riachuelos -y fuentes innumerables por los lados de la alameda que conduce á -la ciudad, y mantiene en perpetua primavera los bosquecillos que -embellecen y dan sombra á la colina de la Alhambra. - -Se necesita haber habitado en los climas ardientes del mediodía para -conocer todo el precio de un retiro, en donde los vientos frescos y -suaves de los montes se unen á la frondosa verdura de los valles. - -Entre tanto que la parte baja de la ciudad desfallece abrasada por -los rayos de un sol devorador, y mientras la hermosa vega se mira -agostada por un ardor sofocante, las frescas brisas de Sierra-Nevada -juguetean en las altas salas de la Alhambra, difundiendo por todo su -recinto los suaves aromas de los jardines que la rodean. Todo convida -allí á aquel reposo profundo que constituye el mayor recreo en los -paises meridionales; los medio cerrados ojos distinguen por entre los -sombríos balcones el risueño paisage, y se gozan en aquella vista -deleitosa, hasta que halagados por el manso ruido de los árboles y el -suave murmullo de las aguas, se quedan dulcemente dormidos. - - - - -Economía doméstica. - - -Tiempo es ya de dar alguna idea del método de vida que establecí en -esta singular habitacion. El palacio de la Alhambra está al cuidado -de una buena vieja llamada D.ª Antonia Molina; pero mas conocida -con el nombre familiar de _la tia Antonia_. Esta procura tener en -buen estado las salas y jardines, y enseñarlos á los curiosos; y -en recompensa recibe los regalos de los viageros y dispone de todo -el producto de los jardines, escepto el tributo de frutas y flores -que envia de cuando en cuando al gobernador. Esta buena muger y su -familia, compuesta de un sobrino y una sobrina, hijos de dos hermanos -suyos, habitan un ángulo del palacio. El sobrino Manuel Molina, es un -jóven de carácter sólido y de una gravedad verdaderamente española. -Despues de haber servido algun tiempo en España y en América, dejó la -carrera militar y se puso á estudiar medicina, con la esperanza de -ser un dia médico de la Alhambra, plaza que cuando menos vale tres -mil reales al año. En cuanto á la sobrina es una andalucilla fresca y -rolliza, de ojos negros y gesto risueño, que aunque se llama Dolores, -desmiente con su alegre afabilidad la tristeza de este nombre. Esta -jóven es la heredera declarada de todos los bienes de su tia, que -consisten en algunas bicocas de lo interior del fuerte, cuyo alquiler -produce cerca de tres mil reales. Desde los primeros dias de mi -residencia en la Alhambra, ya descubrí yo que un amor discreto unia -al prudente Manuel y á su vivaracha prima, los cuales solo esperaban -para ver colmados sus votos la dispensa del Papa, precisa á causa del -parentesco, y el título que debia dar al futuro el carácter de doctor. - -Concerté con la señora Antonia todo lo relativo á mi habitacion -y asistencia, y quedó convenido que la gentil Dolores cuidaria de -mi aposento y me serviria á la mesa. Tenia ademas á mis órdenes -un muchacho alto, rojo y tartamudo llamado Pepe, que trabajaba de -ordinario en el jardin, y que me hubiera servido de criado con la -mejor voluntad, á no haberle ganado por la mano Mateo Gimenez, el -hijo de la Alhambra. Este despejado y oficioso personage, sin saber -cómo, habia conseguido no separarse de mí desde nuestro primer -encuentro; se entrometia en todos mis planes, y al fin logró ser -admitido en debida forma como ayuda de cámara, _Cicerone_, guia y -escudero-historiógrafo. Habíame sido preciso mejorar el estado de -su guardaropa para que no afrentase al amo en el desempeño de sus -diversas funciones; y en consecuencia, bien como la serpiente deja -la piel, habia él dejado la vieja capa parda, y con no poca sorpresa -de sus camaradas, se presentaba en la fortaleza con una chaqueta y -un sombrero andaluz muy graciosos. El principal defecto de Mateo era -un celo escesivo y un deseo inquieto de ser útil, con que llegaba -á hacerse importuno. Como no dejaba de conocer que casi me habia -forzado á admitirle en mi servicio, y que mis costumbres sencillas y -tranquilas hacian de su empleo un beneficio simple; daba tormento á -su ingenio para hallar medios de hacerse necesario á mi bien estar -interior. En cierto modo era yo víctima de su solicitud, porque no -podia poner el pie en el umbral del palacio para salir á dar un -paseo por la fortaleza, sin verle luego á mi lado para esplicarme -todo lo que se presentase, y si me resolvia recorrer las colinas -inmediatas, se empeñaba en seguirme para servirme de guarda; bien -que yo estoy íntimamente convencido de que en caso de algun ataque, -antes hubiera apelado á la ligereza de los pies que á la fuerza de -los brazos. Con todo eso el pobre mozo era algunas veces divertido: -sencillo, siempre de buen humor, y parlanchin como un barbero de -lugar, está al corriente de todos los chismes del pueblo; pero lo -que le da mas orgullo es el tesoro de noticias locales que posee. No -existe en la fortaleza una sola torre, una puerta, una bóveda de la -que no sepa una historia llena de prodigios, y creida por él como -artículo de fe. La mayor parte de estas consejas las ha heredado -de su abuelo, un sastrecillo hablantin y novelero, que habiendo -vivido cerca de cien años, solo dejó dos veces el recinto de la -fortaleza. Su tienda fue por mas de un siglo el punto de reunion de -un enjambre de venerables chuzonas, que pasaban allí una parte de -la noche hablando de los tiempos antiguos, de los acontecimientos -maravillosos y de los misterios del edificio. Toda la vida, las -acciones, los pensamientos del sastrecillo historiador habian -quedado encerrados en los muros de la Alhambra: aquellos muros le -vieron nacer, crecer y envejecer; allí halló su existencia, allí -murió y allí fue enterrado. Mas felizmente para la posteridad, -sus tradiciones no murieron con él: el auténtico Mateo, cuando era -mozalvete, escuchaba embelesado las narraciones de su abuelo y de -las viejas que formaban su tertulia, y de este modo acumuló en su -cabeza un tesoro de conocimientos verdaderamente preciosos sobre la -Alhambra: conocimientos que no se hallan en ningun libro, y que en -realidad son dignos de la atencion de todo viagero curioso. Tales -eran los personages que contribuían á hacer cómoda y agradable mi -vida doméstica de la Alhambra; y yo creo que ninguno de los soberanos -cristianos ó musulmanes que me precedieron en aquel palacio, fue -servido con mas fidelidad, ni gozó de un imperio mas pacífico. - -Luego que me levantaba, Pepe, el jardinero tartamudo, me traía -flores acabadas de coger, y la diestra mano de Dolores, que no dejaba -de tener cierto orgullo mugeril en la decoracion de mi cuarto, las -colocaba luego en jarros dispuestos al intento. Almorzaba y comia -segun el humor que reinaba, ya en una de las salas, ya bajo los -pórticos del patio de los Leones, rodeado de flores y de fuentes; -y cuando deseaba correr la campiña, mi infatigable escudero me -acompañaba á los parages mas pintorescos de los montes ó valles -inmediatos, refiriéndome en cada uno de estos puntos alguna aventura -maravillosa de que habia sido teatro. No obstante mi aficion á la -soledad, solia interrumpir la uniformidad de la mia, pasando algunos -ratos con la familia de Doña Antonia, que se reunia de ordinario -en una antigua cámara morisca que servia de cocina y de salon. Á un -estremo de la pieza estaba una chimenea groseramente construída, -cuyo humo habia tiznado las paredes, y borrado casi del todo los -arabescos; al otro habia un balcon que caía á la orilla del Darro, y -daba libre entrada á la fresca brisa de la noche. Allí pues hacia yo -mi frugal cena, compuesta de frutas y leche, entreteniéndome al mismo -tiempo con la conversacion de aquellas buenas gentes. Nunca deja de -hallarse entre los españoles lo que ellos llaman ingenio natural; y -de ahí es que cualquiera que sea su educacion y su clase, siempre su -conversacion es interesante y agradable; á lo cual debe añadirse, que -merced á cierta dignidad inherente al carácter, nunca son bajos sus -modales. La buena tia Antonia es una muger de no menos ingenio que -juicio, aunque sin ninguna especie de cultura; y la graciosa Dolores, -que en todo el discurso de su vida no habia leido cuatro volúmenes, -ofrecia una reunion interesante de sencillez y agudeza, y muchas -veces me dejaba admirado con sus discretas ocurrencias. Algunas -noches el sobrino, con el conocido objeto de instruir y agradar á -su primita, nos leía una comedia de Calderon ó Lope de Vega; mas -con grande mortificacion suya, la muchacha solia quedarse dormida -antes de concluirse el primer acto. De cuando en cuando recibia la -tia Antonia á sus humildes amigos y dependientes las mugeres de los -inválidos y los habitantes de la aldea, todos los cuales miraban con -el mayor respeto á la intendenta del palacio, la hacian la córte, -y la participaban las noticias de la fortaleza y las novedades que -corrian por Granada, cuando llegaban por casualidad á sus oidos. -En estos corrillos de viejas he aprendido yo muchas veces hechos -curiosos, que me han ilustrado mucho sobro las costumbres del pueblo -español, instruyéndome en ciertas particularidades muy interesantes -de los usos locales. Que se me perdone pues la relacion de estas -sencillas diversiones, que tal vez parecerá insignificante á los que -no conocen el embeleso que las daban á mis ojos los sitios en donde -pasaban. Hallábame en un suelo encantado y rodeado de recuerdos -romanticos. Salido apenas de la infancia, recorrí en las riberas -del Hudson una antigua historia de las guerras de Granada, y esta -ciudad se hizo el objeto de mis dulces delirios. Desde aquel momento -mi imaginacion me habia trasportado mil veces á los salones de la -Alhambra, y al verme ahora en ellos, bastaba apenas el testimonio -de mis sentidos á persuadirme que se hubiese realizado para mí un -verdadero castillo en España[1]. ¿Me hallo efectivamente, decia, en -el palacio de Boabdil? ¿Es aquella Granada tan célebre en los fastos -de la caballería, la que distingo desde este elevado balcon? Sí, no -es ilusion: recorro á mi placer estos salones orientales, oigo el -murmullo de las fuentes, respiro la fragancia de las rosas, cedo á la -influencia de esta atmósfera embalsamada, y casi me persuado que me -hallo en el paraiso de Mahoma, y que la tierna y graciosa Dolores es -una de las hurís de brillantes ojos, destinadas á hacer la felicidad -de los verdaderos creyentes. - - [1] Esto alude á la frase francesa: _Faire des châteaux en - Espagne_, que equivale á la castellana: _Hacer castillos en el - aire_. - - - - -Tradiciones locales. - - -El pueblo español tiene una pasion oriental á los cuentos, y -señaladamente á los que refieren acontecimientos maravillosos. Es -muy comun en España el ver á las gentes vulgares reunidas en un -corro á la puerta de sus cabañas, ó bajo las inmensas campanas de -las chimeneas de las ventas, escuchando embelesadas las leyendas en -que se trata de las peligrosas aventuras de los viageros, ó de las -refriegas de los ladrones y contrabandistas. Pero los temas favoritos -de estas historias son los tesoros escondidos por los moros: al -atravesar aquellas montañas desiertas, teatro otro tiempo de tantos -combates gloriosos, no encuentra el viagero una sola atalaya puesta -sobre un pico elevado en medio de las rocas, ó dominando un lugarejo -que parece abierto á pico en la peña, sin que el mozo que le acompaña -no se quite el cigarro de la boca para referirle alguna conseja de -las monedas árabes que están enterradas bajo sus cimientos. Ni se -halla tampoco un solo alcázar en las ciudades que no tenga tambien -su historia dorada, trasmitida entre los pobres del pueblo de -generacion en generacion. - -Estas tradiciones, como la mayor parte de las fábulas populares, -deben su orígen á algunos hechos verdaderos. Durante las guerras de -moros y cristianos, que afligieron por tanto tiempo el pais, los -castillos y las ciudades mudaban de dueño con gran frecuencia, y sus -habitantes cuando se veían sitiados, solian enterrar sus alhajas y -dinero en las cuevas y en los pozos, como se practica aun en las -naciones guerreras del oriente. En la época de la espulsion de los -moros, muchos de ellos escondieron los efectos mas preciosos que -poseían, con la esperanza de regresar muy pronto á su tierra natal -y recobrar su tesoro. Ello es cierto que algunas veces cavando entre -las ruinas, ó en las inmediaciones de las casas ó palacios moriscos, -se han hallado arcas llenas de monedas de oro y de plata, que vuelven -á ver la luz despues de haber estado enterradas por espacio de muchos -años; y basta un corto número de estos hechos para dar lugar á mil -fábulas. - -Estas historias se presentan con aquella reunion de gótico y -oriental, que en mi concepto caracteriza todos los usos y rasgos -esenciales de las costumbres de España, señaladamente en las -provincias meridionales: el tesoro escondido está siempre protegido -por un encanto; unas veces le defiende un horrible dragon, otras le -guardan unos moros encantados, que al cabo de siglos permanecen aun -armados de punta en blanco, con la espada desnuda é inmóviles como -unas estátuas, en el sitio donde fueron enterradas sus riquezas. - -Es muy natural que la Alhambra, en razon de las circunstancias -particulares de su historia, preste materia mas amplia á estas -ficciones que ninguno de los otros lugares célebres en las crónicas; -y algunos vestigios encontrados de tarde en tarde entre sus ruinas, -han acreditado las maravillosas tradiciones que sobre ellos andan -esparcidas. En una ocasion se desenterró una olla llena de oro, y -el esqueleto de un gallo; y los mas inteligentes en estas materias, -opinaron que esta ave habia sida enterrada viva. En otro tiempo se -descubrió una caja, y dentro de ella se halló un grande escarabajo -cubierto de inscripciones árabes, que se creyó fuesen palabras -mágicas de gran virtud. En una palabra, los ingenios mas aventajados -de la poblacion andrajosa de la Alhambra, se han devanado los sesos -hasta lograr que no hubiese en esta antigua fortaleza una torre, -una sala, ni una bóveda sin su correspondiente historia prodigiosa. -Creo que los capítulos anteriores habrán familiarizado ya á mis -lectores con las localidades de este palacio, y así voy á engolfarme -atrevidamente en sus pasmosas leyendas, que me ha sido preciso -restaurar enteramente, reuniendo los fragmentos que me fueron -contados en diferentes épocas y por distintas personas; bien así como -un sábio anticuario suele formar un documento histórico con algunas -letras sueltas de una inscripcion medio borrada por el tiempo. - -Si el lector encontrase en mis relaciones alguna cosa increible, -tenga la bondad de considerar que el sitio en que me hallo no -puede gobernarse por las leyes de la probabilidad que rigen en las -escenas de la vida comun. El suelo que piso está encantado, y los -acontecimientos mas tribiales reciben en él un aspecto sobrenatural y -maravilloso. - - - - -La Casa del Gallo. - - -En la cumbre de la alta colina del Albaicin, que es el barrio mas -elevado de Granada, se ven los restos de un castillo levantado poco -despues de la conquista de España por los árabes. Al presente está -trasformado en una fábrica, y ha caido en tal olvido, que á pesar -del ausilio que me prestaba el sapientísimo Mateo, me costó gran -trabajo el descubrirle. Este edificio conserva aun el nombre con que -fue conocido por espacio de algunos siglos; esto es, el de _casa -del Gallo de viento_. Se llamó así por tener en la parte superior -una figura de bronce que giraba á modo de veleta á todos vientos, y -representaba un guerrero á caballo, armado de lanza y adarga, con dos -versos árabes, que dicen así traducidos al castellano: - - Dice el sábio Aben-Habuz - Que así se defiende el andaluz. - -Este Aben-Habuz, segun las crónicas árabes, fue uno de los capitanes -de Tarik, quien le nombró alcaide de Granada; y es probable que -hiciese erigir dicha efigie guerrera, para recordar á los habitantes -musulmanes del pais, que hallándose como se hallaban rodeados de -enemigos, su seguridad exigia que estuviesen á toda hora prontos á -combatir. - -Sin embargo, las tradiciones populares esplican de otro modo lo que -concierne á Aben-Habuz y su palacio, y nos enseñan que el guerrero de -bronce fue en su orígen un talisman que tenia oculta una gran virtud; -mas que con el tiempo ha perdido su poder mágico, quedando reducido á -una simple veleta. - -Estas tradiciones son las que me he propuesto dejar consignadas en el -capítulo siguiente. - - - - -Leyenda del Astrólogo Árabe. - - -En cierto tiempo, hace muchos siglos, reinaba en Granada un rey -moro llamado Aben-Habuz, el cual era un conquistador retirado de -los negocios; esto es, un hombre que despues de haber llevado en su -juventud una vida de hostilidades y rapiñas continuas, cuando se vió -viejo y débil, ya no deseó otra cosa sino vivir en paz con todo el -mundo, poner á cubierto sus laureles, y gozar tranquilamente de los -estados que habia usurpado á sus vecinos. - -Sucedió sin embargo, que este monarca tan razonable y pacífico, tuvo -que medir sus fuerzas con algunos rivales jóvenes, que hallándose -con todo el fuego de su pasion á la gloria y á los combates, estaban -decididos á pedirle cuentas de lo que habia usurpado á sus padres. -Algunos puntos distantes de su territorio, que en los dias de su -mocedad no se atrevian á rebullirse bajo su mano de hierro, trataron -tambien de alborotarse ahora que aspiraba al descanso, llegando -á amenazar á la capital. De modo que el desventurado Aben-Habuz, -atacado en lo interior y en lo esterior, vivia en continuo sobresalto -en medio de las montañas que rodean á Granada, sin saber por qué -parte romperian las hostilidades. - -En vano levantó atalayas en los montes, en vano hizo guardar todos -los pasos por tropas estacionarias, que tenian órden de anunciar la -proximidad de los enemigos con fuegos por la noche y ahumadas durante -el dia: las habia con enemigos mas activos y vigilantes que él, y que -á pesar de todas sus precauciones hallaban siempre medios de penetrar -en sus tierras por algun desfiladero, talaban el pais y se llevaban -consigo muchos prisioneros. ¿Se vió nunca un conquistador retirado -y pacífico mas atormentado que el pobre Aben-Habuz? Hallábase en tan -triste situacion, abrumábanle las tribulaciones que por todas partes -le rodeaban, cuando se presentó en su córte un médico árabe. Bajábale -hasta la cintura una barba blanca y poblada, y todo su aspecto -anunciaba una estrema vejez; mas no por esto habia dejado de hacer -el viage á Egipto, á pie y sin mas ayuda que el apoyo de un baston -en el que estaban grabados algunos geroglíficos. Habíale precedido -su celebridad: llamábase Ibrahim Eben Abou Agib, creíasele nacido -en tiempo de Mahoma, y se decia que su padre Abou Agib habia sido -el último compañero de este profeta. El Eben Abou Agib de que ahora -hablamos, habiendo seguido en su juventud el egército victorioso de -Amrou en Egipto, fijó su residencia en este pais, en donde permaneció -muchos años con el objeto de estudiar las ciencias abstractas, y -particularmente la mágia con aquellos sacerdotes. Decíase ademas que -poseía el secreto de prolongar la vida, y que por su medio habia -cumplido ya mas de dos siglos: la lástima era que habia descubierto -el secreto siendo ya muy viejo, y solo habia podido perpetuar sus -rugas y sus canas. - -Este famoso anciano fue honrosamente acogido por el rey, que como -la mayor parte de los monarcas viejos, empezaba ya á manifestar una -aficion decidida á los médicos y á los astrólogos. Quiso hospedar á -este en su palacio; mas el sábio moro prefirió para su habitacion -una caverna de la colina que dominaba á Granada, que fue precisamente -la misma en donde mas adelante se edificó la Alhambra. La hizo -ensanchar, convirtiéndola en una vasta sala, y practicó en el techo -una abertura circular, que comunicando con el esterior, facilitaba -el que pudiesen verse las estrellas al lleno del dia, bien así como -se ven desde el fondo de un pozo. Las paredes de la sala estaban -cubiertas de geroglíficos egipcios, signos cabalísticos, y figuras -de las estrellas y constelaciones, y ademas toda la caverna estaba -llena de instrumentos que fabricaron bajo la direccion del sábio los -artistas mas inteligentes de Granada; mas estos instrumentos tenian -cualidades ocultas que solo Ibrahim conocia. - -En poco tiempo logró este ser el consejero íntimo del rey, el cual -no hacia nada sin consultarle. Cierto dia, hallándose Aben-Habuz con -su confidente, se lamentaba lleno de dolor de la injusticia de sus -vecinos, y de la continua vigilancia que tenia precision de observar -para estorvar sus invasiones. Cuando hubo acabado de lastimarse, -le miró el astrólogo en silencio por algunos momentos, y tras esto -le dirigió en corta diferencia estas palabras: «Sabe, ó rey, que -cuando yo estuve en Egipto ví una gran maravilla, que era obra de -una princesa pagana de los tiempos antiguos. Sobre una montaña que -domina una ciudad considerable, situada á la orilla del Nilo, se veía -la figura de un carnero de bronce, y encima de este estaba un gallo -del mismo metal; todo ello giraba sobre un quicio, y cuantas veces -se veía el pais amenazado de alguna invasion, se volvia el carnero -hácia la parte por donde venia el enemigo, y cantaba el gallo; lo -cual advertia á los habitantes de la ciudad del peligro en que se -hallaban, indicándoles al mismo tiempo el punto hácia donde debian -dirigir su defensa. - ---¡Gran Dios! esclamó el pacífico Aben-Habuz, ¡qué tesoro seria para -mí un carnero semejante, que sin cesar tuviese la vista fija en -las montañas que me rodean, y un gallo queme advirtiese en caso de -peligro! ¡Allah Akbar! ¡Cuánto mas tranquilo dormiria yo si velasen -tales centinelas en lo alto de mi palacio!» - -El astrólogo dejó pasar los primeros trasportes del rey, y continuó -así: - -«Despues que el victorioso Amrou (¡téngale Allah en descanso!) hubo -acabado la conquista de Egipto, me quedé yo entre los antiguos -sacerdotes de este pais, con los cuales estudié los ritos y -ceremonias de su idolatría, procurando principalmente penetrar los -conocimientos ocultos que les han dado tanta celebridad. Estando un -dia en conversacion con un sacerdote anciano, sentados ambos á la -orilla del Nilo, me señaló con el dedo las enormes pirámides que -se levantaban como unos montes en medio del desierto, y me dijo al -mismo tiempo estas palabras: «Todo lo que yo puedo enseñarte no es -nada en comparacion de los conocimientos que esas masas gigantescas -encierran. En el centro de la pirámide del medio se halla una cámara -sepulcral y en donde reposa la momia del gran sacerdote que ayudó -á edificar ese enorme edificio, y con él está enterrado tambien un -libro maravilloso, que contiene todos los secretos del arte mágica. -Este libro lo poseyó Adan antes de su caida, y pasó de padres á hijos -hasta el sábio rey Salomon, á quien fue de gran provecho para la -construccion del templo de Jerusalen; mas el modo cómo llegó despues -al arquitecto de las pirámides, aquel que nada ignora podrá solo -decirlo.» - -«Luego que oí estas palabras del sacerdote egipcio ardió mi corazon -en deseos de poseer el libro; y como podia disponer de una parte -del egército victorioso, agregué á ella cierto número de egipcios, -y con su ausilio acometí la empresa de penetrar en la sólida masa -de la pirámide. Despues de largos trabajos logré descubrir uno de -los tránsitos secretos del edificio; le seguí, y arrastrándome al -traves de un laberinto lóbrego y espantoso, me introduje en la cámara -sepulcral del centro, en donde reposaba hacia muchos siglos la momia -del gran sacerdote. Rasgué sus vestiduras esteriores, y desatando -las vendas que ceñian el cadáver, hallé al fin el precioso volúmen. -Cogíle con mano trémula, y salí presuroso de la pirámide, dejando á -la momia del gran sacerdote esperando el último dia en el silencio y -la oscuridad de su sepulcro. - ---¡Hijo de Abou Agib! esclamó Aben-Habuz, eres ciertamente un gran -viagero, y has visto cosas maravillosas; ¿mas qué tengo yo que ver -con el secreto de la pirámide, ni con el libro de la ciencia del -sábio Salomon? - ---Vas á saberlo, ó rey. Con el estudio constante de este libro me -he instruido en todos los secretos de la mágia, y puedo mandar á -los genios que me ayuden en la egecucion de mis planes. Conozco el -misterio del talisman de Bursa, y puedo construir otro semejante y -darle todavía mas fuerza. - ---¡Ó sábio hijo de Abou Agib! dijo Aben Habuz enagenado de alegria; -semejante talisman vale mas que las centinelas que tengo en la -frontera y las atalayas de los montes. Dame luego esa feliz -salvaguardia, y toma todas las riquezas de mi tesoro.» - -El astrólogo puso luego manos á la obra para satisfacer los deseos -del viejo monarca. Al efecto hizo construir una altísima torre en lo -mas elevado del palacio, frente la colina del Albaicin; y es fama que -las piedras que sirvieron para su construccion fueron sacadas de una -de las pirámides de Egipto. La parte superior de la torre la ocupaba -una sala de figura circular, con ventanas que caían á todos los -puntos del horizonte; delante de cada una de estas ventanas habia una -mesa, y sobre ella, á manera de un juego de ajedrez, estaba colocado -un pequeño egército, compuesto de infantería y caballería con su rey -á la cabeza, labrado todo en madera. Junto á cada mesa se veía ademas -una lanza del tamaño de un punzon, en la cual estaban grabados -ciertos caracteres caldeos. La rotunda estaba siempre cerrada con una -puerta de bronce y una reja de acero, cuya llave guardaba el rey. En -lo mas alto de la torre habia sobre un quicio una figura de bronce, -que representaba un guerrero moro con una adarga en la una mano y una -lanza en la otra: tenia la cara vuelta hácia la parte de la ciudad, -en actitud de velar sobre ella; mas en el momento en que se acercaba -algun enemigo, se volvia hácia el punto amenazado, enristrando al -mismo tiempo la lanza. - -Concluido que estuvo el talisman, impaciente Aben-Habuz de -esperimentar su eficacia, deseaba una invasion tanto como antes la -habia temido. No tardaron á cumplirse sus deseos: acababa de amanecer -una mañana, cuando el centinela de la torre avisó al rey que el -guerrero de bronce estaba vuelto hácia la parte de Elvira, y su lanza -apuntaba en línea recta al paso de Lope. - -«Corre pues, dijo el rey, que los atambores y trompetas toquen -inmediatamente al arma, y acuda á la defensa toda Granada. - ---Ó rey, dijo el astrólogo, deja descansar á tus guerreros, que no -es necesaria la fuerza para librarte de los enemigos. Manda que se -retiren tus criados, y subamos solos á la pieza secreta de la torre.» - -El anciano Aben-Habuz subió la escalera de la torre, apoyado en el -brazo de Ibrahim Eben Abou Agib, que aun era mas viejo, y abriendo -la puerta de bronce se entraron ambos en la rotunda, en donde -encontraron abierta la ventana que miraba al paso de Lope. «Por -este lado, dijo el astrólogo, viene el peligro; acércate, ó rey, y -contempla las maravillas de la mesa.» - -Llegóse Aben-Habuz al tablero en donde estaban colocadas las -figuritas de madera, y advirtió con gran sorpresa que todas estaban -en movimiento. Los caballos caracoleaban y batian el suelo con los -pies, los guerreros blandian las lanzas, y oíase como en miniatura -el sonido de las trompetas y atambores, el crugido de las armas y el -relincho de los corceles; mas todo esto no producia sino un ruido muy -débil, semejante al zumbido de una abeja. - -«Ves aquí, ó gran rey, dijo el astrólogo, la prueba de que tus -enemigos están en campaña y deben venir por el paso de Lope. -¿Quieres introducir la confusion en sus filas por medio de un terror -pánico, y forzarlos á que se retiren sin efusion de sangre? no tienes -mas que herir esas figuras con el asta de la lanza mágica; mas si por -el contrario quieres sangre, tócalas con la punta.» - -El semblante del pacífico Aben-Habuz se cubrió por un momento de -un colorido cárdeno, y el movimiento de su cana y poblada barba -descubria el trasporte que agitaba todos los músculos de su rostro: -tomó con mano trémula la lanza y se acercó á la mesa. «Hijo de Abou -Agib, dijo, creo que se verterá una poca sangre.» - -Dichas estas palabras hirió con la punta de la lanza algunas de -aquellas figuras mágicas, y tocó las otras con el cuento. Los -primeros guerreros cayeron al momento muertos sobre el tablero, y -los demas revolviéndose unos contra otros, trabaron confundidos un -combate, cuyos resultados eran en corta diferencia iguales para unos -y otros. - -No costó poco trabajo al astrólogo el contener la mano del monarca -mas pacífico, para impedirle que esterminase hasta el último de sus -enemigos; mas al fin consiguió hacerle bajar de la torre para enviar -espias á los montes por el paso de Lope. - -Regresados estos, refirieron al rey que un egército cristiano, -cruzando la sierra, habia llegado casi hasta las puertas de Granada; -mas que de repente, suscitándose entre ellos una quimera, habian -vuelto sus armas unos contra otros, y despues de un combate muy -encarnizado, se habian retirado á sus fronteras. - -El buen Aben-Habuz no cabia en sí de contento al ver tan -cumplidamente acreditada la eficacia de su talisman. «Ya en fin, -decia, voy á pasar una vida tranquila, pues que tengo en mis manos -la suerte de mis enemigos. Sábio hijo de Abou Agib, ¿qué recompensa -podré ofrecerte por tan señalado beneficio? - ---Las necesidades de un anciano y un filósofo son muy simples y -reducidas: proporcionadme, ó rey, los medios para convertir mi -caverna en un retiro habitable, nada mas deseo. - ---He aquí la modestia del verdadero sábio,» esclamó Aben-Habuz -interiormente, muy satisfecho de lo moderado de la peticion; y -llamando á su tesorero, le mandó que entregase á Ibrahim todas las -sumas que le pidiese, ora para acabar de construir su retiro, ora -para amueblarle. - -El astrólogo hizo abrir en la peña muchas piezas que formaron -una habitacion contigua á su salon mágico; luego las amuebló con -ricos canapes y soberbias camas, y cubrió las paredes de hermosas -colgaduras de damasco. «Soy viejo, decia; mis huesos no pueden ya -descansar sobre un lecho de piedra; estas paredes son húmedas y es -preciso vestirlas.» - -Dispuso tambien se construyesen unos baños, provistos de toda especie -de perfumes y aceites aromáticos. «Porque los baños, decia, son -necesarios para combatir la estenuacion de la edad, y restituir la -morbidez y la frescura á un cuerpo fatigado por el estudio.» - -Hizo colgar en todo el edificio una multitud prodigiosa de lámparas -de plata y cristal, en las cuales ardia un aceite odorífero, cuya -receta habia encontrado en los sepulcros egipcios, el cual tenia la -propiedad de arder sin consumirse, y despedia un apacible resplandor. -«La luz del sol, decia el astrólogo, es demasiado viva y fuerte para -los cansados ojos de un pobre viejo; la de la lámpara es la que -conviene para los estudios de un filósofo.» - -Entre tanto el tesorero de Aben-Habuz iba ya regañando al entregar -las sumas, que cada dia se le pedian para acabar el retiro, hasta -que al fin dirigió sus quejas al rey. - -«Está empeñada mi palabra real, dijo Aben-Habuz encogiéndose de -hombros, y no hay sino prestar paciencia. Ese viejo quiere imitar -en su retiro filosófico lo que vió en lo interior de las pirámides -y en los vastos edificios de Egipto; mas todas las cosas tienen un -término, y el mueblage de la caverna tendrá sin duda el suyo.» - -No se engañaba el rey; por fin se concluyó el retiro, y quedó formado -un palacio subterráneo de inaudita magnificencia. - -«Ya estoy contento, dijo Ibrahim Eben Abou Agib al tesorero; ahora -voy á encerrarme en mi celda y á consagrar todo mi tiempo al estudio. -Nada deseo ya sino una friolera; una pequeña distraccion para llenar -los intervalos de mis tareas abstractas. - ---Ó sábio Ibrahim, pide lo que quieras, que tengo órden de proveerte -de todo lo que necesites en tu soledad. - ---Pues entonces, dijo el filósofo, no me desagradaria el tener -conmigo algunas bailarinas. - ---¡Bailarinas! esclamó sorprendido el tesorero. - ---Sí, bailarinas, repitió gravemente el sábio; pero con pocas habrá -bastante, porque yo soy un viejo y un filósofo: mis costumbres son -muy sencillas y sé contentarme con poco; solo os encargo que sean -jóvenes y graciosas, porque la vista de la juventud y la hermosura -alegra y reanima la vejez.» - -Mientras el filósofo Ibrahim Eben Abou Agib pasaba sábiamente su -vida del modo que se ha dicho en su solitario retiro, el pacífico -Aben-Habuz hacia gloriosas campañas en efigie en la rotunda de su -torre. Á la verdad para un rey de sus años y de su humor era una -cosa muy cómoda y agradable aquel talisman, por cuyo medio, al -mismo tiempo que se divertia á sus solas, podia derrotar poderosos -egércitos, ni mas ni menos que si fueran enjambres de moscas. - -Gozó por algun tiempo de este placer, y aun algunas veces solia -insultar á sus enemigos, sin mas objeto que el de inducirlos á que le -atacasen; mas habiéndolos hecho prudentes sus repetidas desgracias, -ninguno de ellos se atrevió ya á invadir el territorio de Aben-Habuz. -Por espacio de muchos meses permaneció la figura de bronce bajo el -pie de paz con su lanza perpendicular, y el buen rey empezaba ya á -echar menos la acostumbrada diversion, y á fastidiarse en gran manera -de su monótona tranquilidad. - -Al fin llegó un dia en que el guerrero mágico giró súbitamente -sobre su ege, y puso la lanza en ristre con direccion á los montes -de Cádiz. Inmediatamente subió Aben-Habuz á la torre; pero quedó -sorprendido al no ver ningun movimiento en el tablero que estaba -colocado en la direccion indicada por el talisman: ni uno solo de los -pequeños guerreros se movia. Inquieto el rey con esta novedad, envió -á los montes una compañía de caballos, con órden de reconocerlos y -darle cuenta de lo que descubriesen. Tres dias estuvieron ausentes -los soldados, y cuando volvieron al cabo de este tiempo, dijeron á -su señor: - -«Hemos recorrido todos los desfiladeros de los montes, y no hemos -descubierto picas ni capacetes: lo único que hemos hallado en nuestra -espedicion es una jóven cristiana de peregrina hermosura, que estaba -durmiendo junto á una fuente, y nos la hemos traido cautiva. - ---¡Una jóven de peregrina hermosura! esclamó Aben-Habuz, brillando en -sus ojos la alegria; que la traigan luego á mi presencia.» - -Llevaron con efecto ante el viejo rey á la hermosa doncella, en cuyo -trage se veía todo el lujo que distinguia á los godos españoles en -la época de la invasion de los sarracenos. Las negras trenzas de sus -cabellos estaban entretejidas con rastras de finísimas perlas; los -diamantes que brillaban en su frente rivalizaban con la hermosura de -sus ojos, y de la cadena de oro que pendia de su cuello colgaba hasta -el lado izquierdo una lira de plata. - -El fuego que lanzaban sus negros y brillantes ojos cayó á manera de -rayo sobre el corazon de Aben-Habuz, que á pesar de su vejez, todavía -era combustible, y estaba contemplando con éxtasis el esvelto y -gracioso talle de la jóven. - -«¡Ó la mas hermosa de las mugeres! esclamó; ¿quién eres? ¿cómo te -llamas? - ---Soy hija de uno de los príncipes godos, á quienes obedecia hace -poco este pais. Los egércitos de mi padre han quedado destruidos como -por encanto en esas montañas: él ha sido desterrado de su suelo -natal, y su triste hija se halla ahora cautiva. - ---¡Guarda, ó rey! dijo en voz baja Ibrahim, esa jóven podria muy -bien ser una de aquellas magas del norte, que toman las formas mas -seductoras para coger en sus lazos á los imprudentes que se fian -de ellas. Yo creo leer la hechicería en sus ojos y en todos sus -movimientos; no lo dudes, este es el enemigo que señalaba el talisman. - ---Hijo de Abou Agib, contestó el rey, tú eres un gran filósofo, y á -mas á mas un gran mágico, yo lo concedo; pero no sabes una palabra -de lo que concierne á las mugeres. Sobre este punto no cedo en -conocimientos á nadie del mundo, incluso el mismo Salomon á pesar -del prodigioso número de sus mugeres y concubinas. En cuanto á esta -jóven, yo no veo en sus ojos nada de espantoso, y toda su persona -agrada singularmente á los mios. - ---Ó rey, replicó el astrólogo, escúchame: yo te he procurado con mi -talisman un sinnúmero de victorias, sin haber tenido jamas la menor -parte en los despojos de los vencidos. Concédeme pues esta cautiva -para que amenice con su lira mi soledad; que si es en efecto maga, yo -tengo conmigo contrahechizos que harán ilusorias sus artes. - ---¿Aun necesitas otra muger? contestó ya amostazado Aben-Habuz, ¿no -te bastan las bailarinas para amenizar como dices tu soledad? - ---Sí, tengo bailarinas; pero no tengo cantoras, y me convendría un -poco de música para descansar y reanimar mi espíritu cuando se halla -fatigado por el estudio. - ---Basta ya de peticiones para el retiro, dijo el rey encolerizado; -esta doncella está destinada á consolar mi vejez en el harem.» - -Nuevas pretensiones y nuevos argumentos de parte del astrólogo, solo -sirvieron para provocar una negativa mas decisiva de la del monarca; -con lo que se separaron llenos uno y otro de despecho. El sábio se -encerró en su soledad para digerir allí el desaire; mas antes de -retirarse, volvió á decir al rey que no se fiase de la peligrosa -cautiva. ¿Pero qué viejo enamorado dió jamas oidos á semejantes -consejos? Aben-Habuz soltó las riendas á la pasion que le dominaba, -y puso todo su estudio en hacerse amable á los ojos de la bella -cristiana. Á la verdad no podia agradarla por su juventud; mas era -rico, y los amantes viejos son de ordinario muy generosos. El Zacatin -de Granada fue despojado de sus mas preciosas mercaderías: las ricas -telas de seda, los diamantes, los perfumes, cuanto ofrecian de mas -raro y costoso el África y el Asia era prodigado á la princesa. -Inventábanse para divertirla toda suerte de espectáculos y de -fiestas: torneos, conciertos, bailes, corridas de toros; Granada en -fin se habia convertido en la mansion de los placeres. La princesa -goda lo miraba todo como persona acostumbrada á la magnificencia, -y recibia los obsequios y los presentes del rey como unos tributos -debidos á su rango, ó mas bien á su belleza: que el orgullo de la -hermosura es aun mayor que el de la nobleza. Sentia un placer secreto -en empeñar al fascinado monarca en unos gastos que agotaban su -tesoro, mirando su estravagante profusion como una cosa muy sencilla; -mas á pesar de sus atenciones y generosidad, el venerable amante no -podia envanecerse de haber hecho la menor impresion en el corazon -de la cautiva; porque si bien es cierto que no le recibia jamas con -semblante adusto, no lo es menos que nunca le concedia una sonrisa. -Apenas empezaba á hablarle de su amor, hacia ella resonar las cuerdas -de su lira, y este sonido tenia tal encanto, que luego que llegaba á -los oidos de Aben-Habuz, caía el pobre viejo en un sueño profundo, -del que salia luego fresco, alegre y momentáneamente libre de su -pasion. El efecto de esta música no podia ser peor para el éxito de -su galantería; mas como en estos instantes de adormecimiento, estaban -sus sentidos embelesados con sueños agradables, siguió soñando de -este modo al lado de su hermosa, al mismo tiempo que toda Granada se -mofaba de su infatuacion, y murmuraba sin rebozo al verle prodigar -sus tesoros á cambio de canciones. - -Entre tanto amenazaba á Aben-Habuz un peligro, sobre el que no podia -darle ningun aviso su talisman. Estalló una insurreccion en la -capital, y el populacho armado cercó el palacio, pidiendo á gritos -su cabeza y la de la cristiana. Encendióse en el corazon del rey una -chispa de su antiguo valor; salió á la cabeza de unos cuantos de sus -guardias, puso en fuga á los rebeldes, y el alboroto quedó sofocado -en su orígen. - -Restablecida la tranquilidad, se fue á ver al astrólogo, que devorado -por el despecho, estaba encerrado en su retiro, y alimentaba contra -el rey el mas amargo resentimiento. - -Llegóse á él Aben-Habuz, y le dijo con semblante franco y amistoso: -«Sábio hijo de Abou Agib, razon tenias cuando me anunciaste que la -hermosa cautiva atraeria sobre mí muchos peligros; mas ya que eres -tan profundo en la ciencia de anunciar los males, dime ahora qué es -lo que debo hacer para evitarlos. - ---Separar de tu lado á la infiel que los causa. - ---¡Antes perder el reino! dijo con resolucion Aben-Habuz. - ---Te arriesgas á perder uno y otro, replicó el astrólogo. - ---No seas tan áspero y desconfiado, ¡ó el mas profundo de los -filósofos! Conduélete de la doble desgracia de un monarca y un -amante, y busca algun medio de libertarme de los peligros que me -amenazan. Nada me importan ya el poder ni la grandeza, solo suspiro -por la tranquilidad. ¿No me seria dado hallar algun asilo, en donde -lejos del mundo, de sus pompas y de su bullicio, consagrase el resto -de mis dias al reposo y al amor?» - -El astrólogo le miró por algunos momentos frunciendo las pobladas -cejas. - -«¿Y qué me darias, le dijo en fin, si te procurase un retiro -semejante? - ---Tú mismo señalarias la recompensa, y si estaba en mi mano -concedértela, te aseguro sobre mi palabra que podias mirarla como -tuya. - ---¿Has oido hablar, ó rey, del jardin de Hirám, uno de los prodigios -de la Arabia Feliz? - ---Sí, el Alcorán habla de ese jardin en el capítulo titulado la -_Aurora del dia_. Ademas he oido referir muchas cosas maravillosas -á los peregrinos de la Meca; pero siempre creí que eran cuentos de -viageros. - ---No desprecies, ó rey, las relaciones de los viageros, replicó con -semblante grave el astrólogo; porque en ellas se encierran raros -conocimientos, trasportados de un estremo á otro de la tierra. En -cuanto al palacio y jardin de Hirám, en general es cierto lo que -refieren.... yo he visto uno y otro por mis propios ojos.... Escucha -bien lo que voy á referirte, porque mi aventura tiene relaciones muy -íntimas con el objeto de tu pretension. - -«En mis primeros años, cuando yo no era mas que un simple árabe del -desierto, guardaba los camellos de mi padre. Atravesando un dia el -desierto de Eden se descarrió uno de ellos, y yo le busqué en vano -por espacio de muchos dias: estenuado en fin de fatiga á la hora en -que se halla el sol en el meridiano, me quedé dormido bajo una palma, -al lado de un pozo que estaba casi seco. Al despertarme me encontré -á la puerta de una ciudad, y habiendo entrado en ella ví unas calles -hermosas, plazas y mercados espaciosos; mas todo estaba silencioso -como la tumba: la ciudad parecia inhabitada. Anduve, errando por -todas partes, hasta que descubrí un palacio situado en medio de -un jardin adornado de fuentes, estanques, bosquecillos llenos de -flores y árboles frondosos cargados de frutos. Sin embargo, ningun -viviente se mostraba aun en aquel lugar de delicias. Espantado de -tanta soledad, salí apresuradamente del palacio y de la ciudad, y -habiéndome alejado algunos pasos, me volví para contemplarla; pero ya -no ví nada, sino el desierto que se estendia hasta perderse de vista. - -«Poco despues encontré á un viejo dérvis muy versado en los -secretos y tradiciones del pais, á quien referí mi aventura. «Lo -que has visto, me dijo, es el célebre jardin de Hirám, una de las -maravillas del desierto, el cual aparece de cuando en cuando á los -viageros estraviados como tú, los divierte con la vista de sus -torres, jardines y árboles cargados de frutos, y se desvanece al -momento, dejando en su lugar una inmensa y árida soledad. En los -tiempos antiguos, cuando este pais estaba habitado por los Additas, -el rey Sheddah, hijo de Ad, biznieto de Noé, fundó en él una ciudad -magnífica, y cuando estuvo concluida y vió su grandeza y hermosura, -enchido de orgullo su corazon, resolvió levantar un palacio y unos -jardines que igualasen á lo que refiere el Alcorán de las bellezas -del paraiso. Pero su presuncion atrajo sobre él la maldicion del -cielo: él y todo su pueblo desaparecieron de la tierra, y su -opulenta ciudad, su palacio y sus jardines fueron puestos bajo la -influencia de un encanto que los separa de la vista de los hombres, -fuera de ciertos momentos en que aparece para perpetuar la memoria de -su pecado.» - -«Esta historia y las maravillas que habia visto no se borraron -jamas de mi imaginacion, y cuando estuve mas adelante en Egipto, -dueño ya del libro del sábio Salomon, resolví visitar de nuevo el -jardin de Hirám. Le hallé en efecto con el ausilio de mi libro, tomé -posesion de él, pasé muchos dias en aquella imitacion del paraiso, y -obedientes á mi poder mágico los genios que le guardan, me revelaron -los encantos por cuya fuerza habia sido construido, y los que le -hacian invisible. - -«Yo pues, ó rey, puedo construirte un palacio semejante en la montaña -que domina la ciudad; conozco todos los secretos mágicos y poseo el -libro del sábio Salomon: nada es inaccesible á mi poder. - ---¡Ó hijo de Abou Agib! ¡ó el mas sábio de todos los hombres! dijo -Aben-Habuz ardiendo en deseos, ¡tú eres un gran viagero, tú has visto -y aprendido cosas maravillosas! Débate yo un paraiso semejante, y -pide en recompensa cuanto quieras, que yo te lo concedo, aunque sea -la mitad de mi reino. - ---¡Ah! replicó el astrólogo, ya sabes que yo no soy mas que un -anciano, un pobre filósofo bien fácil de contentar; no te pido otra -cosa sino la primera cabalgadura que pase por la puerta del palacio -mágico, con la carga que lleve.» - -Aceptó gustoso el monarca esta modesta condicion y el astrólogo puso -manos á la obra. Ante todo, en la cumbre de la colina que dominaba -inmediatamente su retiro subterráneo, hizo erigir una gran portada, -que pasaba por el centro de una torre fortísima. Sobre la piedra -fundamental del arco esterior que formaba el pórtico, esculpió el -mismo mágico una mano gigantesca, y en la del arco interior, encima -de las puertas, representó una gran llave; cuyas figuras eran -poderosos talismanes, sobre los cuales pronunció ciertas palabras en -lengua desconocida. - -Concluida esta puerta, permaneció por espacio de dos dias encerrado -en su cámara mágica, y el tercero se subió á la colina, y se estuvo -en la cumbre hasta alta noche. Bajó á esta hora, y presentándose á -Aben-Habuz: «En fin, ó rey, le dijo, ya está terminada mi obra: en -la cumbre de ese monte he erigido el palacio mas delicioso que pudo -inventar jamas el ingenio humano; allí está reunido todo lo que puede -contribuir á la felicidad de la vida; salones magníficos, jardines -sombríos y floridos, fuentes cristalinas, baños perfumados: en una -palabra, la colina se ha trasformado en un paraiso; y á la manera que -el palacio de Hirám, se halla tambien este protegido por un encanto -de gran poder, que le hace invisible á todos los que no poseen el -secreto de su talisman. - ---Basta, dijo lleno de júbilo Aben-Habuz: mañana al despuntar la -aurora subiremos á la colina, y tomaremos posesion de esa morada de -ventura.» Aquella noche durmió poco el monarca, y apenas los primeros -rayos del sol comenzaban á dorar los picos de Sierra-Nevada, montó -en su caballo, y seguido de una corta y escogida comitiva, subió la -colina por un camino angosto y escarpado. Al lado de Aben-Habuz iba -la princesa, montada en un palafren blanco; su trage estaba sembrado -de diamantes, y del hermoso cuello colgaba segun costumbre la lira de -plata. El astrólogo, que nunca montaba á caballo, caminaba á pie al -otro lado del rey, apoyado sobre su baston geroglífico. - -Hacíase todo ojos Aben-Habuz, esperando ver en lo alto las torres del -palacio con sus jardines y bosquecillos; mas nada podia descubrir. -«Ved ahí, dijo el astrólogo, en lo que consiste la seguridad y el -misterio de este lugar: nada puede distinguirse hasta que se ha -pasado la puerta encantada.» - -Luego que llegaron delante de la puerta, deteniéndose el astrólogo, -enseñó al rey la mano y la llave misteriosas grabadas sobre el arco. -«Las figuras que veis, dijo, son los talismanes que guardan la -entrada de este paraiso: entre tanto esa mano no se baje hasta tocar -la llave, ningun poder humano, ningun artificio mágico podrá triunfar -del señor de esta colina.» - -Mientras Aben-Habuz contemplaba embelesado, y en un silencio de -admiracion y pasmo los misteriosos talismanes, el palafren de la -princesa, que seguia caminando, se entró por el pórtico hasta el -centro de la torre. - -«He aquí, dijo el astrólogo, la recompensa que me habeis prometido; -la primera cabalgadura que entre por estas puertas mágicas, con la -carga que lleve.» - -Sonrióse Aben-Habuz, creyendo que era un chiste del viejo; mas cuando -conoció que hablaba con seriedad, temblaron de indignacion las canas -de su barba. - -«Hijo de Abou Agib, dijo con airado semblante, ¿qué significa este -engaño? Bien sabes tú lo que yo creí prometer: la primera cabalgadura -que entrase por la puerta con la carga que llevase. Ve pues, toma la -mula mas poderosa de mis caballerizas, cárgala de los objetos mas -preciosos que se hallen en mi tesoro, tuya es; mas no levantes tus -pensamientos hasta la que forma, las delicias de mi corazon. - ---¿Y qué se me da á mí de tu oro ni de tus riquezas? dijo con aire de -desprecio el astrólogo. ¿No poseo yo el libro del sábio Salomon? ¿No -tengo á mi disposicion todos los tesoros de la tierra? La princesa me -pertenece de derecho: tu palabra real está empeñada, yo la reclamo -como alhaja mia.» - -Á todo esto, desde lo alto de su palafren les dirigia la princesa -mirandas altivas, y se sonreía desdeñosamente al contemplar á -aquellos dos vestiglos disputándose la posesion de su juventud y -belleza. - -Despues de un largo debate, dominando la rabia del monarca sobre su -prudencia, esclamó: «¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sábio en -mas de una ciencia; pero reconoce en mí á tu señor, y no lleves la -temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey. - ---¡Tú mi señor! replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de -una ratonera daria leyes al que posee el libro de Salomon! Adios, -Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraiso de los -locos; que yo voy á reirme á tus espensas en mi retiro filosófico.» - -Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la princesa, -hirió la tierra con el baston y se hundió con la hermosa dama al -traves del centro de la torre. Tras esto se cerró la tierra sobre sus -cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertura por donde habian -desaparecido. - -Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó -á articular una palabra. Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso -que mil obreros hiciesen una escavacion profunda en el sitio por -donde se habia hundido el astrólogo: trabajaron con teson, pero -todos sus esfuerzos fueron vanos: en algunos puntos saltaban los -picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo -practicado, casi tan pronto como lo habian hecho. Aben-Habuz buscó en -la falda de la montaña la boca de la caverna que conducia al palacio -subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues -en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veía ya otra -cosa que la roca firme y unida. - -Entre tanto, con la desaparicion de Ibrahim Eben Abou Agib perdieron -la eficacia sus talismanes: el guerrero de bronce quedó inmóvil, -vuelto el semblante hácia la colina, y con la lanza apuntada al sitio -por donde se habia hundido el astrólogo, como si quisiera indicar que -se ocultaba allí el mayor enemigo de Aben-Habuz. - -Algunas veces se oían en aquel sitio los sonidos de un instrumento, -y los acentos de una voz de muger, que apenas se distinguian, y al -parecer salian de las entrañas de la tierra. Cierto dia refirió un -labrador al rey que la noche anterior habia notado en la peña una -hendedura, y habiéndose introducido por ella habia distinguido á gran -profundidad un salon subterráneo, en el cual, recostado el astrólogo -sobre un magnífico sofá, dormitaba dando cabezadas al sonido de la -lira de la princesa, que segun los efectos egercia un poder mágico -sobre sus sentidos. - -Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible encontrarla, -porque sin duda habia vuelto á cerrarse. Tambien reiteró las -tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como las -primeras: y es que ningun poder humano podia superar al encanto de -la mano y la llave. En cuanto á la cumbre del monte, donde debian -haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que -dicho elíseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que -no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo; -lo cierto es que allí no se veía otra cosa que una soledad árida; -y escabrosa. Las gentes adoptaron piadosamente la última opinion, y -unos llamaban á aquel sitio la _Locura del rey_, y otros el _Paraiso -de los locos_. - -Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos, á -quienes habia desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando -poseía el talisman, habiendo llegado á conocer que ya no se -hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su -territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacífico de los -monarcas fue una serie de guerras y disturbios. - -En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está enterrado; -y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante la Alhambra, -que realiza en cierto modo las fábulas del jardin de Hirám. El -pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda -por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada _del -Juicio_ y la entrada principal de la fortaleza; y es opinion comun -que el astrólogo permanece todavía bajo este pórtico en el salon -subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la princesa. - -Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oir estos -sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su virtud -soporífica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos. Todo -lo cual, segun las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad: la -princesa, dicen, permanecerá cautiva del astrólogo, y el astrólogo -sometido á la mágia somnífera de la princesa hasta el dia del juicio; -á menos que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el -encanto de la montaña. - - - - -Historia del príncipe Ahmed Al Kamel, ó el peregrino de amor. - - -Antiguamente habia en Granada un rey, que solo tenia un hijo, llamado -Ahmed, á quien los cortesanos, á causa de los signos indubitables -de superioridad que notaron en él desde su tierna infancia, le -dieron el sobrenombre de Al Kamel, que quiere decir El Perfecto. -Las predicciones de los astrólogos se conformaban bastante con esta -lisonja, pues habian leido en los astros que el príncipe seria el -mas perfecto y dichoso de los soberanos. Una sola nube amenazaba su -destino, y aun en esta se distinguia cierto color purpúreo que la -hermoseaba: habíale dotado naturaleza de una propension irresistible -al amor, y esta pasion le habia de hacer correr grandes riesgos. Con -todo, si se conseguia libertarle de sus ataques hasta la edad madura, -se desvanecerian estos peligros, y su vida ofreceria una serie no -interrumpida de prosperidades. - -Confiado el rey en los consejos de los astrólogos, adoptó la sábia -resolucion de hacer educar al príncipe en un retiro absoluto, en -donde no pudiese ver un rostro femenil, ni llegase á sus oidos el -solo nombre de amor. Can esta mira hizo construir en la colina que -domina la Alhambra un palacio suntuoso, y le rodeó de deliciosos -jardines, cercados de murallas altísimas, que son los mismos que -conocemos al presente con el nombre de _Generalife_. - -En este retiro fue encerrado el jóven Ahmed Al Kamel, bajo la tutela -de Eben Bonabben, filósofo árabe de saber profundo; pero de carácter -severo é insensible. Habia este pasado la mayor parte de su vida -en Egipto, ocupado en el estudio de los geroglíficos, y en hacer -investigaciones científicas en los sepulcros y en las pirámides; y -de ahí es que á sus ojos tenia mucho mas atractivo una momia egipcia, -que la belleza viviente mas seductora. Confióse pues á tan digno -preceptor la educacion del príncipe, previniéndole le instruyese -en toda clase de conocimientos, escepto uno solo: debia ignorar -completamente todo lo relativo al amor. - -«Emplead, le dijo el rey, cuantas precauciones creais necesarias -para conseguir este objeto; y tened presente, ó Eben Bonabben, que -si mi hijo llega á adquirir la menor noticia de este objeto vedado, -pagareis con la cabeza esta trasgresion á mis órdenes.» - -Una sonrisa forzada conmovió el descarnado rostro del sábio Bonabben -al oir esta amenaza. «Tan seguro podeis estar vos de vuestro hijo -como yo de mi cabeza. ¿Creeis que un hombre como yo habia de ir á dar -al príncipe lecciones de amor?» - -Bajo la vigilante custodia del filósofo fue creciendo el príncipe, -prisionero en aquellos jardines y palacio. Servíanle esclavos -negros y mudos, de figura horrible, que ó no tenian ninguna noticia -del amor, ó carecian de palabras para comunicarlas. Eben Bonabben -trabajaba con teson en formar el entendimiento de su alumno, -enriqueciéndole con toda suerte de conocimientos, y señaladamente con -las ciencias abstractas de los egipcios; mas el príncipe hacia muy -pocos progresos en estas últimas, y su Mentor se convenció muy pronto -de que no se hallaba en él ninguna aptitud para la metafísica. -Sin embargo, tenia une docilidad estraordinaria en un príncipe, y -estaba siempre pronto á seguir las opiniones de los demas, dejándose -guiar por el último que le aconsejaba: tanto que resistiendo con no -pequeño esfuerzo los ataques del sueño, escuchaba con una paciencia -verdaderamente egemplar los doctos y perdurables discursos de -Bonabben, que dejaron en su espíritu una idea ligera de casi todas -las ciencias. De este modo llegó felizmente Ahmed á los veinte años -de su edad; mas aunque podia pasar por un prodigio de saber, ignoraba -absolutamente lo que era amor. - -Por este tiempo se cambiaron las costumbres del príncipe: abandonó -de todo punto los estudios, y pasaba los dias vagando por los -jardines, ó sentado á la orilla de una fuente, abismado en profundas -cavilaciones. Habíanle enseñado algunos principios de música, y -empleaba una parte del dia en cultivar este arte, manifestando al -mismo tiempo una aficion naciente á la poesía. Estos caprichos -sobresaltaron al sábio Eben Bonabben, el cual trató de desvanecerlos -por medio de un curso de álgebra; mas el príncipe tenia horror á todo -lo que era cálculo: «No puedo soportar el estudio del álgebra, dijo; -necesito alguna cosa que hable á mi corazon. - ---¡Medrados estamos! dijo para sí el sábio preceptor, meneando la -despoblada cabeza. ¡Adios filosofía! el príncipe ha descubierto que -hay corazon.» Desde entonces dobló la vigilancia con que celaba -todos los pasos y acciones de su alumno, y no tardó en conocer -que su propension natural á la terneza se habia ya desarrollado, y -solo necesitaba un objeto para acabar de manifestarse. Veíasele con -frecuencia discurriendo sin direccion por los jardines embebecido en -una especie de enagenamiento, cuya causa ignoraba él mismo: algunas -veces parecia hallarse sumergido en una ilusion deliciosa; otras -tomaba un laud, y pulsándole con blandura, le hacia producir los -sonidos mas tiernos, tras lo cual solia arrojarle con despecho lejos -de sí, suspirando y prorumpiendo en esclamaciones apasionadas. - -Esta disposicion al amor la manifestaba hasta con los objetos -inanimados: tenia algunas flores favoritas, á las que prodigaba -las atenciones mas asiduas; tomó cariño á muchos árboles, y uno -en particular le inspiró la mas viva pasion por su graciosa forma -y delicado ramage, que se inclinaba al suelo blandamente. Esculpia -su nombre en la corteza, adornaba sus ramas con guirnaldas, y -acompañándose con el laud, cantaba coplas en su alabanza. - -El sábio Eben Bonabben entró en graves temores al observar en su -alumno estos síntomas de escitacion: veíale al umbral de la ciencia -vedada, el menor indicio bastaba ya para descubrirle el secreto -fatal. Temblando pues por la seguridad del príncipe y por su propia -cabeza, se apresuró á alejarle de las seducciones del jardin, y con -este objeto le confinó en la torre mas alta del Generalife. Contenia -esta magníficas habitaciones, desde donde descubria la vista un -horizonte inmenso; pero su elevacion la separaba de aquella atmósfera -embalsamada, de aquellos bosquecillos risueños, tan peligrosos para -el sobrado sensible Ahmed. - -Mas era necesario conciliar al príncipe con esta medida violenta, -y procurarle alguna distraccion que le hiciese mas llevadera su -soledad. Habia ya apurado todos los estudios amenos, y no podia -hablársele de álgebra ni de nada que se le pareciese; mas por fortuna -Eben Bonabben se acordó de que en otro tiempo habia aprendido en -Egipto la lengua de los pájaros, la cual le enseñára un rabino judío, -que la habia heredado directamente del sábio Salomon. Al solo nombre -de esta ciencia brillaron de alegria los ojos del príncipe, el cual -se aplicó á su estudio con tal teson, que en poco tiempo se halló tan -versado en ella como su mismo maestro. - -La torre del Generalife dejó desde entonces de ser una soledad para -Ahmed, pues este tenia á toda hora con quien hablar. Su primer -conocimiento de vecindad fue el de un gavilan, que tenia su guarida -en una hendidura de las almenas, desde cuya elevacion se lanzaba -sobre la presa que á lo lejos descubria. Mas el príncipe halló poco -agradable la amistad de este pájaro: verdadero pirata del aire, -su conversacion se componia únicamente de fanfarronadas sobre sus -rapiñas, su valor y sus hazañas. - -Mas adelante se relacionó Ahmed con un buho de aspecto grave y -presumido, cabeza voluminosa y ojos redondos y espantados. Este -pasaba todo el dia dormitando en un agujero de la muralla, de donde -no salia hasta la noche: picábase de sábio; de cuando en cuando -dejaba escapar algunas voces campanudas sobre la astrología; hablaba -de la luna, y daba á entender que no era del todo estraño á las -ciencias ocultas; mas estaba furiosamente apasionado á la metafísica, -y sus disertaciones eran aun mas intolerables que las del sábio Eben -Bonabben. - -Algunas veces tambien solia el príncipe comunicar con un murciélago, -que pasaba el dia pegado á la pared en un rincon oscuro de la bóveda, -y solo salia al anochecer para dar algunos paseos, por decirlo así, -con chinelas y gorro de dormir. Esta ave no tenia tampoco sino ideas -superficiales de todo, se mofaba de las cosas que ignoraba, ó de que -solo habia adquirido conocimientos imperfectos, y no hallaba placer -en nada. - -Completaba la plumífera sociedad una golondrina, con quien el -príncipe trabó al principio estrechas relaciones: era una habladora -eterna, pero muy picotera y quisquillosa; y como nunca paraba en un -punto, se hacia imposible tener con ella una conversacion seguida. - -Tales eran los únicos compañeros con quienes podia el príncipe -egercitar la nueva ciencia, que habia adquirido; porque la torre -estaba demasiado elevada para que pudiesen frecuentarla otras aves. -Cansóse pronto de sus nuevos conocimientos, cuya conversacion, poco -interesante para su espíritu, no decia nada á su corazon, y poco á -poco volvió á caer en su primera melancolía. Pasó el invierno, y -volvió la primavera con su séquito de flores y verdura, y su dulce -y balsámico aliento; llegó el tiempo dichoso en que las aves vuelan -de dos en dos á labrar sus nidos en la enramada. De repente, cual si -correspondieran á una señal convenida, se levantó de las florestas -del Generalife un concierto de dulce melodía, y llegó hasta los oidos -del príncipe en la elevada soledad de su torre. Todas las voces -cantaban el mismo tema: _Amor_, _amor_, _amor_: esto era lo que se -oía proferir en todos los tonos. Escuchaba el príncipe en silencio -perplejo y sobresaltado: «¿Qué será este amor, discurria, que -parece ocupar al mundo entero, al paso que á mí me es absolutamente -desconocido?» Quiso tomar algunas noticias por medio de su amigo el -gavilan; mas este bribon le respondió con tono de burla: «Dirigíos á -las pacíficas y vulgares aves de la tierra, destinadas á servirnos -de pasto á nosotros los príncipes del aire; ellas podrán satisfacer -vuestras preguntas: por lo que á mí hace, no conozco mas oficio que -la guerra, ni otras delicias que los combates; en una palabra, soy un -guerrero é ignoro de todo punto lo que es amor.» - -El príncipe se apartó de él disgustado, y se fue á buscar al buho que -estaba escondido en su retiro. «Este, decia, es un pájaro sensato y -reflexivo, que sin duda podrá darme las noticias que necesito.» Con -efecto, suplicó al buho que le dijese qué venia á ser el amor que -cantaban en aquel momento todas las aves de las florestas inmediatas -á la torre. - -Á esta pregunta se manifestó el buho sorprendido é incomodado. -«Mis noches, contestó con cierto aire de dignidad ofendida, están -consagradas á las investigaciones científicas, y mis dias á rumiar -en mi retiro todas las especies que he recogido en mis viages. Por -lo que hace á esas aves vocingleras de que me hablais, jamas me -he cuidado de escucharlas; porque las desprecio á ellas y á los -objetos de sus necias canciones. Yo no canto, loado sea Allah; soy un -filósofo é ignoro de todo punto lo que es amor.» - -Oida esta respuesta, se trasladó el príncipe al rincon, en donde su -amigo el murciélago estaba colgado de las patas, y despertándole, -le dirigió la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el hocico, -puso un gesto el mas ceñudo y emperrado, y le respondió regañando. -«¿Á qué venís ahora á interrumpir de este modo mi sueño de la mañana -para hacerme una pregunta necia? Yo no salgo sino al anochecer -cuando se hallan durmiendo todas las demas aves, y nunca me mezclo -en sus negocios. Á Dios gracias, no pertenezco á las aves ni á -los cuadrúpedos; he descubierto los vicios de unos y otros, y los -aborrezco á todos igualmente. En una palabra, soy misantropo é ignoro -de todo punto lo que es amor.» - -En último recurso acudió el príncipe á la golondrina, y la detuvo á -la que pasaba en uno de sus círculos por lo mas elevado de la torre. - -La golondrina, segun su costumbre, andaba muy atrafagada, y apenas -se detuvo el tiempo preciso para contestar: «Os aseguro sobre mi -palabra, le dijo, que como tengo que acudir á tantas cosas de interes -general, no me he detenido jamas á pensar en el objeto de que me -hablais. Todos los dias tengo cien visitas que hacer, y otros tantos -negocios importantes que examinar, los cuales no me dejan tiempo para -ocuparme en los frívolos objetos de las canciones que se oyen en -derredor de los nidos. En una palabra, soy cosmopolita é ignoro de -todo punto lo que es amor.» - -Quedó Ahmed en la misma duda, y su curiosidad se aumentó todavía -con la dificultad de satisfacerla. Hallándose un dia discurriendo -sobre este objeto misterioso, entró en la torre su anciano preceptor, -y viéndole el príncipe corrió luego á su encuentro, y le dijo con -el mayor interes: «¡Ó sábio Eben Bonabben! tú me has revelado una -gran parte de la sabiduría de la tierra; mas hay una cosa que ignoro -absolutamente, y en la que tengo vivos deseos de instruirme. - ---Diríjame mi príncipe las cuestiones que quiera, y toda la -inteligencia de su siervo está á sus órdenes. - ---Dime pues, ó el mas profundo de los filósofos, ¿cuál es la -naturaleza de esa cosa que se llama amor?» - -El sábio Eben Bonabben quedó tan asombrado como si hubiese caido un -rayo á sus pies; tembló, perdió el color, y le pareció que la cabeza -le bamboleaba ya sobre los hombros. - -«¿Y quién ha podido sugerir á mi príncipe semejante pregunta? ¿En -dónde ha aprendido esa palabra vana?» - -El príncipe, llevando á su preceptor á la ventana: «Escucha, le -dijo, Eben Bonabben.» Escuchó el sábio, y oyó el dulce canto de un -ruiseñor, que escondido en un bosquecillo que estaba al pie de la -torre, dirigia tiernas querellas á su amada: de todos los rosales, de -todas las ramas floridas salian trinos melodiosos, que espresaban el -mismo pensamiento: _Amor_, _amor_, _amor_, era el tema de todos los -cantos. - -«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! esclamó el sábio Bonabben; ¿quién -será osado á ocultar al hombre este secreto, cuando las mismas aves -del aire conspiran á revelárselo?» - -Entonces volviéndose á Ahmed: «¡Ó príncipe mio! le dijo juntando -las manos, cierra los oidos á esos cantos peligrosos; huye de tan -nocivo conocimiento. Sabe que la mitad de los males que afligen á -la humanidad no reconocen otra causa que ese funesto amor: él es -el que fomenta la discordia y el rencor entre los hermanos y los -amigos; él enciende la guerra, él escita á la traicion. Los cuidados, -la tristeza, los dias inquietos, las noches sin sueño; he aquí sus -efectos. Marchita la flor, destruye la alegria de la juventud, y -lleva consigo los males y los pesares de una vejez prematura. -Consérvete Allah, ó príncipe mio, en la feliz y total ignorancia de -esa cosa que se llama amor.» - -Dichas estas palabras se salió el sábio Bonabben, dejando al príncipe -en una perplejidad mas profunda aun que la que le mortificaba antes -de hablarle. En vano procuraba separar de su imaginacion este objeto -que absorvia todas sus ideas: á pesar suyo le ocupaba continuamente, -y su espíritu se fatigaba y se perdia en vanas congeturas. -«Seguramente, decia prestando oidos á las dulces canciones de -las aves, estos acentos no tienen nada de tristes, y antes bien, -parece que solo espresan placer y ternura. Si el amor causa tantas -desgracias y enemistades, ¿en qué consiste que estas aves no están -todas gimiendo en la soledad, ó bien despedazándose unas á otras, en -vez de revolotear alegremente por las selvas, y juguetear bulliciosas -entre las flores?» - -Cierta mañana, tendido blandamente en su lecho, discurria entre sí -sobre este misterio inesplicable. Abierta la ventana, penetraba por -ella el fresco vientecillo, que despues de empaparse en el suave -aroma de los azahares que florecen á la orilla del Darro, subia -á recrear los sentidos del príncipe; oíase á lo lejos la voz del -ruiseñor que repetia su tema acostumbrado, y cuando el príncipe le -escuchaba suspirando, oyó cerca de sí el ruido de las alas de un ave. -Perseguido por el gavilan un hermoso palomo, se entró en su aposento -y cayó palpitando en el suelo; y el gavilan, viéndose privado de la -presa, dirigió el vuelo hácia los montes. - -Levantó el príncipe al pobre palomo que estaba medio muerto, le -besó y le abrigó en su seno. Luego que lo hubo tranquilizado con -sus caricias, le puso en una jaula de oro, y le presentó con sus -propias manos trigo del mas puro y agua cristalina. El ave sin -embargo se negaba á tomar alimento, y permanecia con la cabeza caida, -lamentándose con tono lastimero. - -«¿De qué te afliges? decia Ahmed, ¿no tienes todo lo que puede desear -tu corazon? - ---¡Ah! no, replicó el palomo; ¿por ventura no estoy separado de mi -amada compañera, y precisamente en la época feliz de la primavera, -en la estacion hermosa de los amores? - ---¡De los amores! replicó Ahmed, ¡ah! yo te lo suplico, ave graciosa, -¿podrias decirme lo que es amor? - ---¡Ay príncipe mio! ¡Demasiado! El amor hace el tormento de uno, -la felicidad de dos, y se convierte en una fuente de enemistades y -desgracias si llegan á ser tres. Es un encanto poderoso que atrae -mútuamente á dos séres, y los une con la mas dulce simpatía; los hace -dichosos si están unidos; pero muy dignos de lástima cuando se hallan -separados. Mas ¿acaso no existe ningun sér con quien os haya unido un -afecto tierno? - ---Sí, yo amo á mi anciano preceptor Eben Bonabben mas que á ningun -otro sér conocido; pero sin embargo suele parecerme fastidioso, y -algunas veces me creo mas feliz en su ausencia que en su compañía. - ---No trato yo de esa clase de afecto: hablo del amor, del gran -misterio y principio de la vida, de la felicidad inefable de la -juventud y delicia tranquila de la edad madura. Mira en torno de -tí, príncipe mio, y verás como todo respira amor en esta deliciosa -estacion: de cuantas criaturas existen, no hay una que no tenga su -compañera; el mas pequeño pajarillo canta para agradar á su amada; -el insecto, que apenas se distingue sobre la yerba, busca tambien á -su querida, y esas mariposas que suben volando hasta por encima de -la torre, y vagan jugueteando por el aire, son felices por su mútua -ternura. ¡Ah príncipe mio! ¿será posible que hayas perdido los dias -mas preciosos de tu juventud sin conocer el amor? ¿Ningun sér de -sexo diferente, ninguna hermosa princesa, ninguna jóven agraciada ha -cautivado tu corazon, y hecho nacer en tu seno una dulce inquietud, -un conjunto agradable de penas y deseos? - ---Ya empiezo á comprenderte, dijo el príncipe suspirando; mas de una -vez he esperimentado una inquietud semejante á la que me dices sin -adivinar la causa. Mas reducido á esta espantosa soledad, ¿dónde -podré hallar un objeto tal como tú le pintas?» - -La conversacion continuó aun por algun tiempo sobre el mismo objeto, -y la primera leccion que recibió el príncipe fue completa. - -«¡Ay! esclamó despues, si el amor es una felicidad tan grande, y -tanta pena causa la ausencia del objeto amado, ¡no permita Allah que -yo turbe la alegria de dos amantes!» - -Dicho esto abrió la jaula, sacó el palomo y le dejó sobre la ventana. -«Ve, dijo, ave dichosa, goza con la amada de tu corazon los hermosos -dias de la juventud y la deliciosa estacion de la primavera. ¿Con qué -razon habia yo de retenerte en este triste encierro, adonde jamas -podrá penetrar el amor?» - -Batió el ave las alas en señal de contento, formó un círculo en el -aire, y voló como una flecha hácia los floridos bosquecillos del -Darro. - -Siguióla Ahmed con los ojos hasta perderla de vista, y quedó -sumergido en la mas profunda tristeza. El canto de las aves que tanto -le complacia pocos momentos antes, redoblaba ahora sus penas ¡Amor, -amor, amor! ¡Ah pobre jóven! Entonces conoció el significado de este -tema tan repetido. - -La primera vez que vió al sábio Bonabben despues de esta -conversacion, le dirigió una mirada de resentimiento. «¿Por qué me -has dejado en tan crasa ignorancia? le dijo encolerizado. ¿Por qué -me ha de ser desconocido el gran misterio, el principio de la vida -que está al alcance del mas humilde insecto? La naturaleza entera -se entrega en este momento á los mas dulces placeres; todas las -criaturas se gozan con una compañera, y ve ahí precisamente ese -amor que yo queria conocer. ¿Por qué he de ser yo el único que se -halle privado de sus delicias? ¿Por qué he de haber pasado los dias -mas floridos de mi juventud, sin conocer la felicidad que puede -proporcionar?» - -El sábio Bonabben conoció sobradamente que ya era inútil toda -reserva, puesto que el príncipe habia adquirido la ciencia prohibida. -Le reveló pues las predicciones de los astrólogos; y le enteró de las -precauciones que se habian tomado en su educacion para conjurar la -tempestad que le amenazaba. - -«Ahora, príncipe mio, añadió, teneis mi vida en vuestras manos. Si -el rey vuestro padre llega á entender que bajo mi vigilancia habeis -aprendido lo que es amor, perezco sin remedio; porque respondí con mi -cabeza de vuestra completa ignorancia en esta materia.» - -Era el príncipe mas razonable de lo que pudiera esperarse de un -jóven de su edad, y así escuchó las reflexiones de su preceptor con -tanta mayor deferencia, cuanto que nada le hablaba contra ellas. Por -otra parte Ahmed profesaba un verdadero afecto al sábio Bonabben, -y como solo conocia la teórica del amor, consintió fácilmente en -encerrar en su seno todas las noticias que sobre este objeto acababa -de adquirir, antes que poner en peligro la cabeza del filósofo. - -Su discrecion empero tuvo que sufrir muy pronto una prueba mas -fuerte. Algunos dias despues, hallándose engolfado en tristes -imaginaciones junto á las almenas de la torre, apareció en los aires -el palomo á quien habia restituido la libertad, y abatiendo el vuelo, -se le puso sobre el hombro con singular familiaridad. - -Cogióle el príncipe, y estrechándole contra su corazon: «¡Ave -dichosa, esclamó, que puedes volar con la rapidez de la luz de la -mañana de un estremo á otro de la tierra! ¿Qué pais has visitado -despues que no nos hemos visto? - ---Vengo, ó príncipe, de una region muy distante; y en recompensa de -la libertad que os debo, os traigo las mas alegres nuevas. En mi -remontado vuelo puedo cernerme sobre una altura prodigiosa, y dominar -una estension inmensa de pais. Cierto dia pues descubrí bajo de mí un -jardin delicioso, lleno de toda suerte de frutas y flores: un límpido -arroyuelo corria serpenteando por entre las flores, que esmaltaban -una frondosa pradera; y en el centro del jardin se levantaba un -magnífico palacio. Poséme sobre un árbol para descansar, y junto al -arroyuelo que pasaba bañando el tronco, descubrí una princesa en -todo el brillo de la primera juventud, rodeada de doncellas de su -misma edad, que la adornaban con guirnaldas de flores tan frescas -como ella, pero no con mucho tan hermosas. Tantos hechizos sin -embargo florecian en aquella soledad ocultos á los ojos de todos; -porque el jardin se hallaba cercado de murallas altísimas, y nadie -podia penetrar en él. Á la vista de una tierna jóven tan llena de -atractivos, á quien su separacion del mundo ha conservado toda la -inocencia de la edad infantil, he discurrido que esta era la que el -cielo tenia destinada para inspirar amor á mi querido Ahmed.» - -Esta descripcion se grabó con caracteres de fuego en el corazon -sobrado sensible de Ahmed. La vaga ternura que comprimia en su seno -hacia tanto tiempo, hallaba en fin un objeto en que fijarse, y la -pasion que concibió por la princesa, se enunció desde su nacimiento -con la mayor violencia. Escribió una carta, en la que con las frases -mas apasionadas espresaba el ardiente amor y tierno cariño que ya -profesaba á la bella desconocida; lastimándose del cautiverio que -le impedia arrojarse á sus pies. Á este amoroso billete añadió -algunas estancias, en las que la verdad de los afectos iba unida á -la delicadeza de las palabras; porque ademas de que el príncipe era -naturalmente poeta, en este momento le inspiraba el amor. La carta -iba dirigida _Á la bella desconocida: del príncipe cautivo Ahmed_. Y -despues de haberla perfumado con almizcle y esencia de rosas, se la -entregó al palomo. - -«Parte, dijo, ó el mas fiel de los mensageros, salva los montes y los -valles, y no te detengas en ninguna floresta, hasta haber entregado -esta carta á la señora de mi corazon.» - -Remontóse el palomo hasta una altura prodigiosa, y en seguida dirigió -el vuelo en línea recta. Siguióle el príncipe largo rato con la -vista, ya no le distinguia sino como un punto casi imperceptible, y -al fin se ocultó enteramente detras de una montaña. - -Contaba Ahmed con impaciencia los dias que se siguieron á la partida -de su mensagero, y cada mañana se prometia verle antes de la noche; -mas esperaba en vano. Ya comenzaba á acusarle de ingratitud, cuando á -la caida de una hermosa tarde, vió al fiel palomo que llegó volando -á su habitacion y cayó muerto á sus pies. La flecha cruel de algun -desapiadado cazador habia atravesado su pecho, y la pobre avecilla -empleó toda la fuerza y vida que le quedaban en llegar al término de -su viage y dejar cumplida su mision. - -Inclinóse el príncipe lloroso sobre el cuerpo inanimado de aquel -mártir de la fidelidad, cuando notó al rededor de su cuello una -cadena de perlas, de la que pendia un retrato que estaba oculto bajo -el ala, y representaba sobre esmalte una hermosa princesa en la flor -de su edad. Esta era sin duda la bella desconocida del jardin; mas -¿quién era? ¿En dónde estaba? ¿Habria recibido la carta y le enviaba -en cambio aquel retrato, como prenda de correspondencia? - -Todo esto quedaba desgraciadamente envuelto en la duda y en la -oscuridad con la lastimera muerte del palomo. - -Contemplaba el príncipe la miniatura, y arrasábanse de lágrimas sus -ojos. Estrechábala contra su corazon y contra sus labios, pasaba -horas enteras mirándola sumergido en una tierna agonía. «Bella -imágen, decia, ¡ah! no eres mas que una imágen; empero tus ojos -cristalinos se fijan en mí con ternura; tus labios de rosa parece se -abren para consolar mi pena.... ¡Vanos delirios! Esos hermosos ojos, -esa boca adorable, tal vez habrán hablado un lenguage tan dulce á un -rival mas feliz. Pero ¿en dónde podria yo hallar el original de esta -copia divina? ¿Quién sabe cuántos reinos y montes nos separan, ni qué -acontecimientos podrán impedir nuestra union? Acaso en este momento -la colma de atenciones y obsequios una turba de admiradores, y yo -triste, prisionero en mi torre, paso mis amargos dias adorando una -sombra.» - -El príncipe tomó de repente una resolucion estraordinaria. «Huiré, -dijo, de este palacio, ó mas bien de esta prision odiosa, y peregrino -de amor, buscaré por todo el mundo á la desconocida princesa que -reina en mi corazon.» - -Era inútil pensar en huir durante el dia; mas la guarda del palacio -estaba bastante descuidada por la noche, en razon de que no se temía -ninguna tentativa de este género de parte del príncipe, que siempre -habia llevado con paciencia su cautiverio. Con todo eso Ahmed no -sabia cómo conducirse para efectuar una fuga nocturna por un pais -que le era absolutamente desconocido; pero discurriendo que el -buho, como acostumbrado á pasearse durante la noche, debia conocer -todos los caminos escusados de las inmediaciones, pasó á su retiro -para consultarle. Puso el buho un semblante grave, y dándose grande -importancia, contestó en estos términos al príncipe Ahmed: «Habeis de -saber, ó príncipe, que nosotros los buhos pertenecemos á una familia -muy antigua y numerosa, que aunque algo decaida tiene todavía mucho -poder. En todos los puntos de España poseemos castillos y palacios; y -puedo aseguraros con verdad que me seria imposible hallar una torre, -una ciudadela, un edificio cualquiera, tanto en las ciudades como -en los campos, en donde no esté seguro de encontrar un hermano, un -tio ó un primo. Ademas, haciendo mi vuelta de visitas de parentela, -he cruzado el pais en todas direcciones, y conozco los sitios mas -ocultos.» Lleno el príncipe de júbilo al encontrar al buho tan -profundamente versado en la topografía le confió el secreto de su -amor y su proyecto de fuga, y le suplicó tuviese á bien servirle de -guia y consejero. - -«¡Cómo! respondió el buho algo picado, ¿he nacido yo acaso para -mezclarme en intrigas de amor? ¿Yo que tengo consagrado todo mi -tiempo á la meditacion y á la luna? - ---Sosegaos, augusto buho, repuso el príncipe, y dignaos de salir por -un instante de vuestras meditaciones y de la luna para ausiliar mi -fuga, y yo os concederé en cambio todo lo que acerteis á pedirme. - ---Yo poseo todo lo que deseo, replicó el buho: algunos ratones bastan -para la provision de mi frugal mesa, y este agujero es harto capaz -para poder meditar. ¿Qué mas necesita un filósofo? - ---Considera sin embargo, sapientísimo buho, que entre tanto que tú -meditas y miras á la luna en tu retiro, tus talentos son perdidos -para el mundo. Yo seré un dia soberano, y podré colocarte en algun -puesto honroso, y darte alguna dignidad en donde brille y sea útil tu -profunda sabiduría.» - -La filosofía del buho le hacia muy superior á las necesidades de la -vida; mas no le habia libertado enteramente de la ambicion. Rindióse -pues á las ofertas del príncipe, y consintió en servirle de guia y -Mentor en su peregrinacion. - -Los proyectos de un amante se egecutan con mucha prontitud. Ante -todo reunió el príncipe sus diamantes y demas alhajas, y las -ocultó entre sus vestidos como caudal para el viage; y la noche -siguiente, sirviéndole de escalera una de sus fajas, y siguiendo las -indicaciones del buho, saltó de la torre por un balcon de la muralla -esterior, y antes de amanecer ya se hallaban en medio de los montes -él y su esperimentado guia. - -Allí consultó con su Mentor sobre la ruta que deberian tomar. - -«Yo creo, dijo el buho, que seria acertado ir á Sevilla; porque -habeis de saber que hace muchos años hice yo una visita á mi tio, -un buho de ilustre abolengo, que habitaba en uno de los ángulos -arruinados del alcázar: con esta ocasion hice muchas escursiones -nocturnas por aquella ciudad, y habiéndome llamado La atencion -cierta luz que brillaba en una torre abandonada, dirigí una noche -el vuelo á las almenas, y ví que aquella luz era la lámpara de un -mágico árabe, á quien descubrí tambien en su escondrijo rodeado de -los libros de su ciencia, y que tenia sobre el hombro un cuervo muy -viejo que habia traido consigo de Egipto. Trabé estrechas relaciones -con dicho cuervo, y aprendí de él la mayor parte de los conocimientos -que poseo. Despues de aquella época murió el mágico; mas el cuervo -habita aun la torre, porque estos pájaros son admirables por su -longevidad. Yo pues, ó príncipe, os aconsejaria que buscaseis á este -cuervo; porque ademas de que es adivino y algo hechicero, profesa -tambien la mágia negra, en la que son muy celebrados los cuervos, y -señaladamente los de Egipto.» - -Admirado el príncipe de este consejo, se dirigió á Sevilla; mas por -consideracion á su compañero, caminaba únicamente durante la noche, y -pasaba el dia en alguna gruta oscura, ó en una torre arruinada; pues -el buho conocia todas estas guaridas secretas, y su aficion á las -ruinas era igual á la de un anticuario. - -Llegaron en fin á Sevilla una mañana antes de salir el sol, y el -buho, que detestaba la luz del dia y el tráfago de una ciudad tan -populosa, se quedó fuera de los muros, y puso su cuartel en el hueco -de un árbol. - -Entró el príncipe en la ciudad, y no tardó á hallar la torre mágica, -que descollaba por encima de las casas, no de otra manera que una -palma sobre los matorrales del desierto. Dicha torre era la misma que -existe hoy, y es conocida con el nombre de _la Giralda_. Una escalera -trabajosa condujo al príncipe hasta la estancia mas elevada, en donde -halló efectivamente al cuervo cabalístico. Era este un pájaro viejo, -de cabeza cana y plumage ralo, semblante ceñudo, y una nube en el -ojo izquierdo que le daba una mirada de espectro. Sostenido sobre una -pata tenia la cabeza inclinada, y con el ojo que le quedaba estaba -examinando un diagrama que se veía trazado en el suelo. - -Llegóse á él el príncipe con todo el respeto que su alta reputacion -y venerable aspecto debian naturalmente inspirarle: «Perdonadme, le -dijo, respetable y sapientísimo cuervo, si me atrevo á distraeros -por un instante de los estudios con que teneis admirado al mundo -entero. Veis en vuestra presencia á un amante que desea vivamente le -indiqueis los medios de que podrá valerse para lograr el objeto de su -amor. - ---En otros términos, contestó el cuervo con una mirada -significativa, ¿queréis que os diga la buena ventura? Enhorabuena, -enseñadme la mano, y dejadme descifrar las líneas misteriosas de -vuestro destino. - ---Perdonad, replicó el príncipe: yo no vengo aquí con objeto de -conocer los decretos del destino que Allah ha querido ocultar á los -ojos de los mortales; soy un peregrino de amor, y solo pido un hilo -que pueda dirigirme por entre el laberinto del mundo hácia el objeto -de mi peregrinacion. - ---¿Y os podrán faltar objetos de esta especie en la enamorada -Andalucía? dijo el viejo cuervo dirigiendo al príncipe con semblante -maligno el único ojo que tenia, sobre todo en la alegre y deliciosa -Sevilla, donde mil bellezas de ojos negros bailan de continuo la -zambra á la fresca sombra de los floridos bosques de naranjos.» - -Sonrojóse el príncipe, y se escandalizó sobremanera al oir palabras -tan libres en boca de un pájaro viejo, que estaba ya con un pie en -la sepultura. «Creedme, le dijo con gravedad, mi objeto no es tan -frívolo é innoble como parece lo suponeis. Las bellezas de ojos -negros que bailan en los bosques de naranjos del Guadalquivir, no -tienen atractivo alguno para mí: busco una beldad desconocida; pero -inocente y pura, el original de este retrato; y vuelvo á suplicarte, -muy poderoso cuervo, que si á tan lo alcanza tu ciencia, me digas en -dónde podré hallarla.» - -La seriedad del príncipe desagradó al cuervo estantigua, el cual -contestó con secatura: «Todo lo que pertenece á la juventud y á la -belleza me es estraño: la vejez, la decrepitud es lo único que tiene -atractivo para mí. Soy el heraldo del destino; desde lo alto de las -chimeneas anuncio con mis graznidos los pronósticos de la muerte, -y me agrada cernerme sobre el tejado del enfermo moribundo. Id -pues, y buscad en otra parte quien os dé mas señas de vuestra bella -desconocida. - ---¿Y en dónde buscarla sino entre los hijos de la sabiduría? Nací -para reinar, y los astros que precedieron á mi nacimiento, me -precisan á acometer una empresa misteriosa, de la que depende tal vez -el destino de muchos imperios.» - -Cuando el cuervo oyó hablar de imperios y destinos en que estaban -interesadas las estrellas, cambió de tono, escuchó con oido atento -la historia del príncipe, y cuando la hubo terminado, le dirigió -con afabilidad estas palabras: «No puedo daros por mí mismo ninguna -noticia; porque como ya os he dicho, frecuento muy poco los jardines -y los retretes de las damas; pero dirigíos á Córdoba, y buscad la -palma del grande Abderramen, que se halla en el patio principal de -la mezquita. Al pie de este árbol hallareis un gran viagero que ha -visitado todos los paises y todas las córtes: favorecido en todas -partes por las reinas y las princesas, esta relacionado con todos los -magnates del reino, y yo no dudo que podrá daros noticias del objeto -de vuestras diligencias. - ---Mil millones de gracias por tan precioso consejo, dijo el -príncipe: adios, venerable brujo. - ---Adios, peregrino de amor,» respondió el cuervo con tono seco, y se -puso á calcular de nuevo sobre su diagrama. - -Salió el príncipe de Sevilla, y se fue á buscar á su compañero el -buho, que dormitaba todavía dentro de su árbol; despertóle, y tomaron -ambos el camino de Córdoba, atravesando los bosques de naranjos y -limoneros, que refrescan con su sombra las deliciosas márgenes del -Guadalquivir. Llegados á las puertas de la ciudad, el buho levantó -el vuelo, y se metió en una grieta de la muralla, y el príncipe se -dirigió al momento á buscar la palma que plantára en los antiguos -tiempos el grande Abderramen. Estaba en el patio de la mezquita, -descollando por encima de los mas altos naranjos y cipreses; algunos -dérvises y faquires, formaban diversos grupos sentados bajo los -pórticos; y muchos devotos hacian sus abluciones en la fuente antes -de entrar en la mezquita. - -Al pie del árbol habia un numeroso concurso de gentes de todas -clases, que segun parecia, estaban escuchando á una persona que -hablaba con estraordinaria volubilidad. «Este es sin duda, dijo para -sí el príncipe, el gran viagero que me dará noticias de mi princesa.» -Mezclóse entre la multitud, y quedó sobremanera sorprendido al -ver que el orador, en derredor del cual se reunia tan distinguido -auditorio, era un papagayo de hermoso plumage verde, gesto remilgado -y copete erguido, que tenia todas las trazas de un pájaro sumamente -pagado de sí mismo. - -«¿En qué consiste, dijo el príncipe á uno de los oyentes, que tantas -personas de razon se estén divirtiendo con la parladuria de un pájaro -de esta especie? - ---Vos no sabeis de quién hablais, replicó el otro: este papagayo -desciende del famoso loro de Persia, tan célebre por sus talentos en -la adivinacion: tiene toda la ciencia del oriente en el pico de la -lengua, y cita versos como agua. En todos los paises que ha recorrido -le han mirado como un milagro de erudicion; con las mugeres, sobre -todo, se ha adquirido un partido prodigioso; porque el bello sexo ha -hecho siempre mucho caso de los papagayos que citan versos. - ---Muy bien, dijo el príncipe, conozco que me habia equivocado, y -en verdad que me holgaria de tener un rato de conversacion con tan -distinguido viagero.» - -Con efecto solicitó y obtuvo una entrevista privada, y empezó á -esponer el objeto de su peregrinacion; mas apenas habia pronunciado -algunas palabras, cuando soltó el loro una gran carcajada, y continuó -riendo hasta llorar. «Perdonad, dije, mi loca alegria; pero el solo -nombre de amor me hace descoyuntar de risa.» Mortificado el príncipe -de tan intempestiva jovialidad, le replicó con tono grave: «¿Por -ventura no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio -secreto de la vida, el vínculo universal de la simpatía? - ---¡Patarata! ¡Pura patarata! Decidme os ruego, ¿en dónde habeis -aprendido esa gerigonza sentimental? Creedme, ya no es moda el amor, -ni siquiera se habla ya de él entre las gentes de talento, ni en la -buena sociedad.» - -Suspiró el príncipe, acordándose del lenguage tan diferente de su -amigo el palomo. «Mas este papagayo, discurria, ha pasado su vida -en las córtes; blasona de elegante, y afecta ser un personage: -seguramente no sabrá nada de amor; y como no queria provocar nuevas -chufletas sobre el afecto que llenaba su corazon, se encaminó -directamente al objeto de su visita. - -«Dignaos decirme, ó incomparable papagayo; vos, para quien han estado -abiertos los asilos mas reconditos de la belleza, ¿habeis tal vez -encontrado en el discurso de vuestros viages el original de este -retrato?» - -Tomó el papagayo el retrato entre las garras, volvió á uno y otro -lado la cabeza para observarle con ambos ojos, y esclamó en fin: «Ve -aquí, por vida mia, una liada cara; sí, cierto, una cara lindísima. -Mas como yo he visto en mis viages tantas mugeres hermosas, me seria -muy difícil.... pero no.... aguardad.... sí.... ahora me acuerdo de -estas facciones.... no, no me engaño: esta es la princesa Aldegunda: -¿es posible que haya yo podido desconocer á una de mis mayores amigas? - ---¡La princesa Aldegunda! repitió el príncipe; ¿y en dónde la -hallaremos? - ---Cachaza, señor mio, cachaza; que mas fácil es hallarla que -obtenerla. Esta princesa es la hija única del rey cristiano de -Toledo, la cual, merced á ciertas predicciones de esos bellacos de -astrólogos, debe vivir separada del mundo hasta cumplir los diez y -siete años. Y yo creo que os ha de ser imposible el verla, porque -ningun mortal puede llegarse al palacio en donde su padre la tiene -encerrada. Yo he sido admitido á su presencia para divertirla, y os -juro á fe de papagayo de mundo, que conozco mas de una princesa menos -amable que ella. - ---Hablemos en confianza, querido papagayo, dijo el príncipe: yo -soy heredero de un reino; veo que sois un pájaro de talento y que -conoceis el mundo; ayudadme pues á ganar el corazon de la princesa, -y os prometo un puesto distinguido en mi córte. - ---Lo acepto de todo corazon, dijo el papagayo; pero cuidado, que ha -de ser un bocado sin hueso, porque nosotros los sábios tenemos horror -al trabajo.» - -Conviniéronse muy pronto en las condiciones, y saliendo -inmediatamente de Córdoba llamó el príncipe al buho, le presentó al -nuevo compañero de viage como un sábio concolega, y todos juntos -tomaron la vuelta de Toledo. Caminaban con mucha mas lentitud de -la que el impaciente Ahmed hubiera deseado; mas el papagayo, como -acostumbrado á la vida de caballero, era poco amigo de madrugar; y -el buho por otra parte queria echarse á dormir á la mitad de la -jornada, y hacia perder mucho tiempo con sus largas siestas. Ademas -su manía de anticuario, era un nuevo motivo de retardo; porque se -empeñaba en detenerse en todas las ruinas á fin de esplorarlas, y -poseía un caudal de largas historias de todos los monumentos antiguos -del pais, que no dejaba de referir á poca ocasion que se presentase. -Tenia el príncipe creido que este pájaro y el papagayo, como personas -instruidas que uno y otro eran, habian de avenirse muy bien; pero se -engañó completamente, porque lejos de observar semejante armonía, -casi siempre se estaban picoteando. El uno era un filósofo, y el -otro un _elegante_: el papagayo citaba versos, hacia observaciones -críticas sobre algunas obras recientes, y abundaba en pequeñas -advertencias sobre algunos puntos poco importantes de erudicion. El -buho por su parte consideraba todo esto como cosa muy frívola, y -decia abiertamente que solo estimaba la metafísica. Entonces se ponia -el papagayo á cantar, y lanzaba epigramas y pullas picantes sobre la -gravedad de su camarada, acompañándolas de una risa de satisfaccion -sobremanera insultante. Miraba el buho estos procedimientos como -otros tantos ultrages insoportables que se hacian á su autoridad; -se engallaba, esponjaba el plumage con semblante desazonado, y -permanecia silencioso todo el resto de la jornada. - -El príncipe apenas notaba la poca conformidad que existia entre -sus dos amigos; porque ocupado enteramente en las ilusiones de su -fantasía y en la contemplacion del retrato de la hermosa princesa, -no veía nada de lo que pasaba en su derredor. De este modo pasaron -nuestros viageros la árida y salvage Sierra-Morena, y las agostadas -llanuras de la Mancha y Castilla, siguiendo siempre las orillas -del Tajo, que en su tortuoso curso baña la mitad de la España y de -Portugal. Llegados en fin á una ciudad fortificada con torres y muros -almenados, y edificada sobre una roca, que circundan con grande -estrépito las aguas de aquel rio: - -«Veis ahí, dijo el buho, la antigua y célebre ciudad de Toledo, tan -famosa por sus antigüedades. Mirad esas cúpulas venerables, esas -torres que aunque degradadas ya por el tiempo, tienen impresa la -grandeza de los recuerdos históricos; esas torres en fin, en donde -vivieron y meditaron tantos de mis antepasados. - ---¡Bah! dijo el papagayo interrumpiendo sin piedad al buho en medio -de sus trasportes de anticuario, ¿y qué nos importan á nosotros todos -esos vejestorios de torres arruinadas, ni las antiguas historias -de vuestros abuelos? Otra cosa hay aquí que interesa mucho mas -directamente á nuestro objeto. Ved ahí el asilo de la juventud y la -belleza: ya en fin, ó príncipe, teneis delante de vuestros ojos la -morada de la princesa que hace tanto tiempo buscais.» - -Dirigió el príncipe la vista hácia el punto que indicaba el -papagayo, y en el centro de una deliciosa pradera, situada á la -orilla del Tajo, descubrió un suntuoso palacio que se levantaba -por entre la frondosa arboleda de un amenísimo jardin: tal era el -sitio que habia descrito el palomo como retiro del original del -retrato. Contemplábale el príncipe con el corazon agitado de varios -sentimientos. «Quizá en este momento, decia, estará la hermosa -princesa solazándose con sus doncellas á la sombra de esos frondosos -bosquecillos, ó tal vez recorrerá con paso ligero los elevados -terraplenes, si no es que se halla reposando en lo interior de la -magnífica morada.» Al examinar con atencion el edificio, observó -Ahmed, no sin disgusto, que las tapias del jardin eran de una -elevacion que imposibilitaba absolutamente el acceso; fuera de que -estaban guardadas por centinelas bien armados. - -Volvióse pues al papagayo, y le dijo: «Ó el mas perfecto de los -pájaros, pues que la naturaleza te ha dotado con el dón de la -palabra, ve al jardin, busca al ídolo de mi corazon, y dile que el -príncipe Ahmed, peregrino de amor guiado por las estrellas, viene en -su busca, y acaba de llegar á la florida ribera del Tajo.» - -Lleno de vanidad el papagayo al verse honrado con semejante embajada, -voló al jardin, se remontó por encima de sus altos muros, y -cerniéndose por algunos instantes sobre los céspedes y bosquecillos, -fue á posarse á la ventana de un pabellon, desde donde descubrió á la -princesa medio recostada sobre un sofá, fijos los ojos en un papel, -y bañadas de hermosas lágrimas sus cándidas megillas. - -Despues de haber concertado con el pico todas las plumas de sus alas, -recompuesto su verde trage y rizádose el copete, de un vuelo se puso -con aire risueño al lado de la tierna doncella, y con el tono mas -dulce que le fue posible tomar le dirigió estas palabras: «Enjuga -tus lágrimas, ó la mas hechicera de las princesas, que vengo á traer -consuelo á tu corazon.» - -Asustóse la princesa al oir una voz tan cerca de ella; mas no viendo -sino un pájaro verde que la saludaba batiendo las alas: «¡Ay! dijo, -¿qué consuelo puedes tú darme no siendo mas que un papagayo?» - -Algo picado el loro con esta contestacion, respondió con cierta -secatura: «Á mas de una bella consolé yo en mi tiempo; pero dejemos -esto. Ahora vengo como embajador de un príncipe real. Sabe, ó -princesa, que Ahmed Al Kamel, príncipe de Granada, acaba de llegar en -busca tuya, y se halla en este momento en la florida ribera del Tajo.» - -Á estas palabras brillaron los ojos de la princesa con mas fuego que -los diamantes de su corona. - -«¡Ó el mas amable de los papagayos, dijo, benditas sean las nuevas -que me traes! La duda en que me hallaba acerca de la constancia del -príncipe me tenia ya á la orilla del sepulcro. Vuelve al príncipe, -y asegúrale que todas las palabras de su carta están grabadas en mi -corazon, y que sus versos han sido el alimento de mi alma. Pero -dile tambien que debe disponerse á probarme su amor con la fuerza -de las armas; porque mañana mismo, en celebridad del decimoséptimo -aniversario de mi nacimiento, celebrará mi padre un torneo: justarán -en él muchos príncipes, y mi mano será el premio del vencedor.» - -Levantó el papagayo el vuelo, se remontó sobre los árboles del -jardin, y salvando el recinto del palacio, llegó en un momento adonde -estaba Ahmed. No es posible describir el júbilo de este: habia -hallado el original de la imágen que hacia tanto tiempo adoraba, y -le habia hallado fiel y sensible. Los mortales favorecidos que han -logrado como él la dicha de ver cumplidos sus dulces delirios y -trocarse la sombra en realidad, son los únicos que pueden formarse -una idea de su delicioso enagenamiento. Con todo no dejaba este -de hallarse mezclado con alguna inquietud: aquel torneo, aquellos -caballeros que se disponian á disputarle la posesion del objeto -amado, no le permitian entregarse enteramente á la alegria. El clarin -guerrero llenaba ya con su marcial sonido las frondosas riberas del -Tajo, y por do quiera se encontraban paladines que acudian á las -fiestas de Toledo, seguidos de numerosas y brillantes comitivas. - -La misma estrella que precediera al destino de Ahmed habia influido -en el de la princesa, la cual para precaverse de los males que el -amor podia ocasionarle, debia permanecer encerrada en el solitario -palacio hasta haber cumplido diez y siete años. Sin embargo, como su -mismo retiro habia acrecentado la fama de sus gracias, se disputaban -su mano muchos príncipes; y el rey de Toledo su padre, monarca -señalado por su prudencia, para no atraerse enemigos si se inclinaba -á uno ú otro de los pretendientes, confió la eleccion de un yerno -á la suerte de las armas. Entre los que aspiraban al prez de la -victoria habia muchos célebres ya por su fuerza y bravura; al paso -que el desventurado Ahmed se veía desprovisto de armas, y sin ninguna -idea de los egercicios de la caballería ¡Qué situacion tan triste la -suya! - -«¡Cuánta es mi desgracia, decia, en haber sido educado en el retiro -y bajo la direccion de un filósofo! ¿De qué sirven el álgebra ni la -filosofía para los negocios de amor? ¡Ah Eben Bonabben! ¿Por qué te -olvidaste de instruirme en el manejo de las armas?» - -En esto rompió el silencio el buho, y como buen musulman que era, -empezó su discurso por una invocacion piadosa. - -«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! Las cosas mas recónditas están en sus -manos. ¡Él solo gobierna el destino de los príncipes! Sabe, ó Ahmed, -que toda esta comarca está llena de misterios, conocidos únicamente -de un corto número de eruditos, que se han dedicado como yo á las -ciencias ocultas. En uno de los montes vecinos se halla una caverna -profunda; en el centro de esta caverna hay una mesa de hierro, sobre -esta mesa están unas armas encantadas, y junto á ellas se ve un -hermoso caballo, igualmente encantado, todo lo cual ha permanecido -oculto por espacio de muchos siglos.» - -Quedó el príncipe sobrecogido de admiracion; y el buho abriendo y -guiñando alternativamente sus grandes y redondos ojos, y enhestando -los cuernos, continuó así: - -«Hace muchos años vine yo acompañando á mi padre en un viage que hizo -por este pais para visitar sus posesiones; y como fijamos nuestra -habitacion en la caverna de que os hablo, tuve proporcion de conocer -los misterios que encierra. Segun una tradicion de nuestra familia, -que me refirió mi abuelo siendo yo muy niño, dichas armas pertenecian -á un mágico moro, el cual habiéndose refugiado en la caverna cuando -los cristianos tomaron á Toledo, murió en ella, y dejó su caballo -y armadura bajo el influjo de un encanto, que no permitia pudiesen -servir á otro que un musulman; y aun á este solo desde el amanecer -hasta el medio dia. Pero cualquiera que haga uso de ellas en este -intervalo, está seguro de triunfar de todos sus enemigos. - ---¡Basta! esclamó el príncipe, busquemos al momento esa caverna.» - -Guiado por su sábio Mentor halló Ahmed la caverna, que era una -de aquellas guaridas salvages que se encuentran en medio de los -escarpados montes de Toledo; y á la verdad, solo el ojo de un -anticuario ó de un buho pudiera descubrir la entrada. Una lámpara -sepulcral, en donde ardia sin consumirse un aceite odorífero, bañaba -de pálida luz aquel misterioso retiro. Sobre una mesa, colocada en el -centro de la gruta, yacia la armadura encantada, y á su lado se veía -el corcel árabe enjaezado como para el combate, pero inmoble como -una estátua. Las armas estaban tan tersas y brillantes como cuando -salieron de las manos del artífice; el caballo fresco y lozano como -si acabase de pacer en el campo; y en el momento en que Ahmed le dió -una palmada en el cuello, empezó á herir la tierra con la mano, y -dió un relincho de alegria que estremeció toda la caverna. Provisto -de armas y caballo, ya no sintió el príncipe otro afecto que la -impaciencia de entrar en liza con sus rivales. - -Llegó en fin el dia fatal. El palenque para el torneo se dispuso -en la vega ó llanura que se estiende al pie de las murallas de -Toledo; y á su rededor se levantaron anfiteatros y galerías para -los espectadores, cubriéndolos de ricas tapicerías y toldos -de seda que los defendian de los rayos del sol. Ocupaban las -galerías todas las hermosas del contorno; y veíanse al pie de -ellas mil bizarros caballeros, que se paseaban por el circo con -gentil continente, cubiertos de ricas armas y capacetes, en donde -flotaban vistosos penachos de plumas. Pero todas las bellezas -quedaron eclipsadas cuando apareció en el pabellon real la princesa -Aldegunda, mostrándose por primera vez á los ojos de una multitud de -admiradores: en todas las gradas, en todos los pabellones, en todo -el campo se levantó al momento un murmullo de placer y sorpresa; y -los príncipes, que solo aspiraban á su mano atraidos por la nombradía -de su belleza, sintieron que se redoblaba estraordinariamente su -ansia de combatir. - -Mas la princesa se mostraba inquieta, y ora pálida, ora con el color -encendido, tendia la vista por la multitud, y sus miradas indicaban -temor y disgusto. Ya los clarines iban á dar la señal para el primer -combate, cuando anunció un heraldo la llegada de un caballero -estrangero, y entró en la liza el príncipe Ahmed. Llevaba sobre el -turbante un almete de acero, guarnecido de piedras preciosas; la -coraza era dorada; la cimitarra y el puñal, fabricados en Fez, -centelleaban rebutidos de diamantes; embrazaba un escudo redondo, y -llevaba la lanza encantada. El caparazon del caballo árabe estaba -ricamente bordado y colgaba hasta el suelo, y el fogoso bruto hacia -graciosas corbetas, arrojaba humo por las narices, y daba alegres -relinchos al verse de nuevo en un campo de batalla. El noble ademan -y gallardo talle del príncipe Ahmed cautivaron la atencion general; -y cuando fue anunciado bajo el nombre del _Peregrino de amor_, todas -las damas de las galerías esperimentaron una agitacion estraordinaria. - -Entre tanto, al presentarse Ahmed para entrar en la liza, le -fue cerrada la barrera; porque para ser admitido al combate era -indispensable ser príncipe. Declaró su nombre y su rango; pero fue -mucho peor, porque siendo mahometano no podia tomar parte en un -torneo, cuyo premio era la mano de una princesa cristiana. - -Rodeáronle con ademan altivo y amenazador los príncipes sus -competidores; y uno de ellos, notable por sus insolentes maneras -y talla hercúlea, quiso poner en ridículo el tierno renombre de -peregrino de amor. Ofendido el príncipe desafió lleno de furia á su -rival: volvieron las riendas, tomaron campo y corrieron impetuosos -á encontrarse; mas al primer bote de la lanza mágica, el indiscreto -bufon, á pesar de su enorme estatura y fuerza prodigiosa, saltó de -la silla. Hubiera querido Ahmed detenerse aquí, mas las habia con un -caballo endemoniado y con unas armas encantadas, que nada era capaz -de contener una vez puestas en accion. El corcel se lanzó sobre el -grupo mas cerrado, y la lanza se llevaba por delante todo lo que -encontraba. El amable y pacífico príncipe, hendiendo con violencia -por entre la asombrada multitud, y cubriendo la arena de caballeros -vencidos, sin distincion de clases, de valor ó de destreza, se -lastimaba él mismo de sus involuntarias hazañas. Pateaba el rey de -corage, y al ver tan mal parados á sus vasallos y á sus huéspedes, -mandó á los guardias que se apoderasen del que así se atrevia á -ultrajarle; mas los guardias quedaban fuera de combate luego que se -acercaban al príncipe. Mesábase el rey su larga barba, y tomando -el escudo y la lanza, saltó él mismo á la arena para imponer al -estrangero con la magestad real. Mas en aquel momento llegaba el -sol al meridiano: el encanto recobraba su influjo, y el caballo -árabe se lanzó en la llanura, saltó la barrera, se arrojó en el -Tajo, rompió nadando sus espumosas olas, y llevó al príncipe sin -aliento y desesperado á la caverna mágica. Sobrado feliz Ahmed al -apearse sano y salvo del diabólico bridon, volvió á dejar las armas -y se sometió á los nuevos decretos del destino. Sentado en la gruta -reflexionaba sobre las desgracias que aquel caballo y aquellas armas -le habian atraido. ¿Cómo habia de atreverse á presentarse en Toledo -despues de haber llenado de vergüenza á sus caballeros de un modo -tan ignominioso? ¿Qué dirian, señaladamente la princesa, de una -conducta tan insultante y grosera? Lleno de ansiedad envió á caza de -noticias á sus dos confidentes alados. El papagayo corrió todas las -encrucijadas y plazas públicas de Toledo, y volvió muy pronto con -abundante provision de chismes. Toda la ciudad estaba consternada: -á la princesa se la habian llevado sin sentido del pabellon; el -torneo se habia concluido con el mayor desórden; todos hablaban de la -repentina aparicion, de las prodigiosas hazañas, y de la desaparicion -todavía mas prodigiosa del caballero musulman: quién decia que era -sin duda algun moro mágico; quién opinaba que no podia ser otro -sino un demonio en figura humana; al paso que muchos, recordando -las tradiciones de los guerreros que permanecian encantados en -las cavernas de los montes, suponian que podia ser alguno de ellos -que hubiese hecho esta irupcion desde el centro de su guarida. Por -lo demas todos convenian en que un simple mortal no hubiera podido -egecutar aquellos hechos estraordinarios, ni arrancar tan fácilmente -de las sillas á la flor de los caballeros cristianos. - -Luego que cerró la noche salió tambien el buho á dar su vuelta, y -á favor de la oscuridad corrió todo el pueblo, posándose en los -tejados y en las chimeneas. Dirigió en fin el vuelo al palacio real, -construido en la cumbre del monte de Toledo, recorrió los terraplenes -y las almenas; y husmeando por todos los rincones, y aplicando sus -espantados ojos á todas las ventanas en donde distinguia luz; hizo -tambien desmayar de miedo á dos ó tres doncellas de la princesa, y -continuó sus investigaciones hasta el amanecer, á cuya hora se fue á -buscar al príncipe, y le participó todo lo que habia descubierto en -su espedicion. - -«Volando, le dijo, por delante de una de las torres mas elevadas -del palacio, descubrí desde una ventana á la hermosa princesa, que -tendida en su lecho y rodeada de médicos y de mugeres, no queria -tomar nada de lo que la daban para aliviarla. Cuando se salieron, ví -que sacaba de su seno una carta, la leía la besaba y prorrumpia en -amargos lamentos, de que yo, como filósofo, no hice ningun caso.» - -El tierno corazon de Ahmed quedó oprimido bajo el peso de tan -tristes noticias: «Tú tenias razon, esclamaba, sábio Eben Bonabben; -la tristeza, los cuidados, dias de tribulacion y noches de vigilia -son el patrimonio de los amantes: ¡Allah preserve á la princesa del -funesto influjo de este amor, que tanto deseé conocer en mi delirio!» - -Las nuevas noticias que el príncipe recibió de Toledo confirmaron -la relacion del buho: toda la ciudad estaba consternada; habian -encerrado á la princesa en la torre mas alta del palacio, y -guardábanse con la mayor vigilancia todas las avenidas. Entre tanto -se habia apoderado de ella una melancolía profunda, cuya causa no -podia nadie penetrar: negábase á tomar alimento, y cerraba los oidos -á todo consuelo. En vano habian ensayado los médicos mas hábiles -todos los recursos del arte, en términos que al fin llegó á creerse -que estaba bajo el dominio de algun sortilegio. En situacion tan -lastimera mandó el rey publicar por todo el reino, que cualquiera que -lograse curar á la princesa, recibiria en premio la joya mas rica de -su tesoro. - -Cuando oyó el buho esta noticia desde un rincon de la caverna en -donde estaba dormitando, volvió alternativamente sus grandes ojos á -uno y otro lado, y tomando un aspecto mas misterioso que nunca: - -«¡Allah akbar! dijo, dichoso el que pueda efectuar esta curacion, si -sabe únicamente cuál de las joyas de la corona debe elegir. - ---¿Y qué idea es la vuestra, ó venerable buho? preguntó el príncipe. - ---Estadme atento, ó príncipe, y vereis el término adonde se dirige lo -que acabo de deciros. Nosotros los buhos formamos, como ya sabeis, -un cuerpo sábio, dedicado principalmente á investigaciones oscuras -y polvorientas: pues ahora bien: en mi última escursion nocturna á -las torres y chapiteles de Toledo, descubrí una academia de buhos -anticuarios, que celebra sus sesiones en la gran torre, donde se -halla depositado el tesoro real. Reunidos allí aquellos sábios, -disertan largamente acerca de las formas, inscripciones y objetos -de las antiguas alhajas, y vasos de oro y plata que se hallan -amontonados en aquella pieza; sobre los usos de los diferentes -pueblos y edades; pero lo que principalmente los ocupa, son ciertas -antiguallas y talismanes que se conservan allí desde el tiempo del -rey godo D. Rodrigo. Entre estos últimos objetos existe un cofre -de madera de sándalo, precintado con barras de hierro á la manera -oriental, y cubierto de caracteres misteriosos, conocidos únicamente -por algunas personas doctas. Este cofre y su inscripcion han sido -el objeto de muchas sesiones de la academia, y ocasionado grandes -debates entre sus miembros; y en el momento de mi visita, puesto á -una esquina del cofre un buho muy viejo que acababa de llegar de -Egipto, estaba leyendo las palabras escritas sobre la cubierta; y -ateniéndose á su sentido, probó que el cofre contenia la alfombra de -seda que cubria el trono del sábio Salomon: cuya alhaja debieron de -traer á Toledo los judíos que se refugiaron aquí cuando la pérdida de -Jerusalen.» - -Luego que terminó el buho su erudito discurso, quedó el príncipe como -sumergido en profundas meditaciones; y al cabo de breves momentos -dijo dirigiéndose á sus compañeros: - -«Mas de una vez he oido hablar al sábio Eben Bonabben de las -propiedades de ese talisman, que habiendo desaparecido en la -destruccion de Jerusalen, se creía ya perdido para el género humano. -Su existencia es sin duda un misterio para los cristianos de Toledo; -y si yo pudiese apoderarme de ese cofre, era cierta mi felicidad.» - -Desde el dia siguiente trocó el príncipe sus ricas vestiduras por -el humilde trage de un árabe del desierto, se pintó el rostro y -las manos de color cobrizo, y quedó tal que nadie hubiera conocido -en él al gallardo caballero que causára tanta admiracion y espanto -en el torneo. Con un palo en la mano, una canasta al lado y una -flauta campestre se dirigió á Toledo, y presentándose á las puertas -de palacio, se anunció como un aspirante á la recompensa prometida -por la curacion de la princesa. Los guardias querian arrojarle -ignominiosamente. «¡Cómo! decian, ¿un beduino miserable podria hacer -lo que han intentado en vano los primeros sábios?» Mas el rey, oido -el alboroto y preguntada la causa, mandó que le presentasen aquel -hombre. - -«Poderoso rey, dijo Ahmed, teneis en vuestra presencia á un árabe -beduino, que ha pasado la mayor parte de su vida en las soledades del -desierto. Notorio es que estas se hallan infestadas de toda suerte -de demonios y espíritus malignos, que nos atormentan á los pobres -pastores, cuando apacentamos nuestros ganados lejos de los pueblos; -se entran en los cuerpos de las reses, y algunas veces comunican -fiereza hasta al paciente camello. Para deshacer estos sortilegios, -no empleamos otros medios que la música; y ciertas tonadas que se han -trasmitido de generacion en generacion, ora cantadas, ora tocadas con -el caramillo, tienen la virtud de ahuyentar aquellos malos espíritus. -Yo pues pertenezco por dicha á una familia eminentemente dotada de -esta virtud maravillosa contra los hechizos y sortilegios; la poseo -en toda su plenitud; y si el estado lastimoso en que parece se halla -vuestra hija es ocasionado por alguna influencia maligna de este -género, me obligo desde luego á libertarla, y respondo de su salud -con mi cabeza.» - -Era el rey un hombre de muy buen juicio; conocia los secretos de los -árabes de que el beduino acababa de hablarle, y habiéndole inspirado -la mayor confianza la franqueza con que este pastor se esplicaba, -le condujo al gabinete de la princesa, cuyas ventanas daban á una -especie de galería, desde donde se descubria toda la ciudad de Toledo -con las campiñas circunvecinas. - -Sentóse el príncipe en una silla que se habia colocado en la -galería, y tocó algunas tonadas árabes que habia aprendido de sus -criados en el Generalife. La princesa permaneció insensible, y los -médicos que se hallaban allí meneaban la cabeza y se sonreían con -semblante de incredulidad y menosprecio. En fin, el príncipe dejó -el caramillo, y se puso á cantar los versos que envió á la princesa -declarándola su amor. - -La hermosa doncella reconoció al momento las estancias, apoderóse -de su corazon una alegria repentina, levantó la cabeza, escuchó; -arrasáronse de lágrimas sus ojos, palpitaba su seno, y tiñósele de -púrpura el semblante. Bien hubiera pedido que hiciesen entrar al -músico; pero el tímido pudor de una vírgen no la dejaba hablar. -Comprendió el rey su deseo, y mandó al momento que entrase el -cantor. Viéronse los dos amantes y fueron discretos, pues se -contentaron con dirigirse mútuamente algunas tiernas miradas que -decian mucho mas que largos discursos. Nunca se vió triunfo mas -completo: las rosas aparecieron de nuevo en las megillas de la -encantadora Aldegunda; sus labios recobraron su frescura, sus ojos su -brillo seductor. - -Mirábanse atónitos los médicos, y el rey consideraba al beduino con -una admiracion mezclada de respeto. «Jóven prodigioso, esclamó, -quiero que seas mi primer médico, y jamas tomaré otros remedios que -tu dulce melodía. Por ahora recibe la recompensa que te es debida; -elige la joya mas preciosa de mi tesoro. - ---Ó rey, contestó Ahmed, el oro, la plata ni las piedras preciosas -tienen á mis ojos muy poco valor; mas tú posees una reliquia, un -cofre de madera de sándalo que encierra una alfombra de seda. Dame -pues ese cofre y nada mas deseo.» - -Todos los circunstantes quedaron sorprendidos de lo moderado de la -eleccion; y mas aun, cuando traido el cofre, fue sacada la alfombra: -la materia era seda, el color un verde muy hermoso, y estaba cubierta -de caracteres hebreos y caldeos. Los médicos de la córte se miraban -encogiéndose de hombros, y sonriéndose de la simplicidad de su nuevo -compañero, que se contentaba con tan módicos honorarios. - -«Esta alfombra, dijo el príncipe, cubrió en otro tiempo el trono de -Salomon, el mas sábio de los monarcas: digna es de ser colocada á -los pies de la belleza.» - -Dicho esto desplegó la alfombra y la tendió en la galería, debajo de -un lecho que habian colocado allí para la princesa, y sentándose á -los pies de esta: - -«¿Quién podrá oponerse, continuó, á los decretos del destino? -¡Cumpliéronse las predicciones de los astrólogos! Sabe, ó rey, que tu -hija y yo nos amábamos en secreto hacia largo tiempo: ya tienes en tu -presencia al Peregrino de amor.» - -No bien habia pronunciado estas palabras, cuando se levantó la -alfombra en el aire, llevándose al príncipe y á la princesa. El rey -y los médicos se quedaron pasmados, y siguieron con la vista á los -fugitivos, hasta que ya no se distinguian sino como un punto negro -que resaltaba sobre el fondo blanco de una nube, y que al fin se -perdió en el azul del cielo. - -Indignado el rey, hizo llamar inmediatamente á su tesorero. «¿Cómo, -le dijo, has permitido que un infiel tomase posesion de tan precioso -talisman? - ---¡Ah señor! respondió el tesorero, aquí no conocíamos sus virtudes, -ni el sentido de los caracteres inscritos sobre el cofre que le -guardaba. Si es en efecto la alfombra del rey Salomon, no cabe duda -que se halla dotada del poder mágico de trasportar á su posesor por -los aires adonde le plazca ir.» - -Reunió el rey un poderoso egército y se dirigió á Granada, adonde -llegó despues de una marcha larga y penosa. Luego que dió vista á -la ciudad sentó sus reales en la vega, y envió un heraldo á reclamar -á su hija. El rey de Granada salió en persona á saludar al monarca -toledano, que reconoció en él al músico beduino. Ahmed acababa de -subir al trono por muerte de su padre, y la bella Aldegunda era su -sultana. - -El rey cristiano consintió en el enlace de su hija con Ahmed, cuando -se le prometió que la princesa quedaria en libertad para conservar su -religion; porque de otro modo estaba resuelto á oponerse con todo su -poder. En vez de batallas sangrientas hubo fiestas y regocijos; el -anciano rey regresó luego á Toledo, y los jóvenes esposos continuaron -reinando en la Alhambra con no menos sabiduría que felicidad. - -Para completar mi historia no puedo dispensarme de añadir que el -buho y el papagayo habian seguido al príncipe á cortas jornadas: el -primero solo viajaba por la noche, alojándose durante el dia en las -diferentes posesiones hereditarias de su familia; el último figuraba -en las reuniones mas brillantes de las ciudades que se hallaban en el -tránsito. Ahmed recompensó generosamente los servicios que uno y otro -le habian hecho durante su peregrinacion, pues nombró primer ministro -al buho, y maestro de ceremonias al papagayo. Con lo cual parece -inútil añadir que jamas hubo reino mejor administrado; ni córte mas -escrupulosa en la observancia de las reglas de la etiqueta. - - -FIN. - - - - - - -End of Project Gutenberg's Cuentos de la Alhambra, by Washington Irving - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE LA ALHAMBRA *** - -***** This file should be named 52262-8.txt or 52262-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/2/2/6/52262/ - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/old/52262-8.zip b/old/52262-8.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 5b3aca6..0000000 --- a/old/52262-8.zip +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h.zip b/old/52262-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index a24110f..0000000 --- a/old/52262-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/52262-h.htm b/old/52262-h/52262-h.htm deleted file mode 100644 index 34ecf1f..0000000 --- a/old/52262-h/52262-h.htm +++ /dev/null @@ -1,4115 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Cuentos de la Alhambra - -Author: Washington Irving - -Translator: D. L. L. - -Release Date: June 7, 2016 [EBook #52262] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE LA ALHAMBRA *** - - - - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - - - - - -</pre> - - -<div class="front"> - <hr class="full" /> - <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p> - <p><a href="#ToC">Ãndice</a></p> -</div> - -<div class="screenonly"> - <hr class="chap" /> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cover.jpg" - alt="Cubierta del libro" /> - </div> -</div> - -<div class="aftit"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_i">[p. i]</span></p> - <h1 title="CUENTOS DE LA ALHAMBRA"><span class="xl">CUENTOS</span><br /> - <span class="medium">DE LA</span><br /> - ALHAMBRA</h1> - <hr class="chap" /> -</div> - -<div class="aftit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_ii">[p. ii]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/con_licencia.jpg" - alt="Licencia de impresor" /> - </div> - <p class="xl">Con Licencia.</p> - <hr class="sep" /> - <p>IMPR. DE J. FERRER DE ORGA.<br /> - <i>Valencia</i> 1833.</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="aftit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_iv">[p. iv]</span></p> - <div class="figcenter w27"> - <img class="thin" - src="images/frontis.jpg" - alt="Ilustración de portada" /> - <p class="subcapleft"><span class="subcaprigt"><i>T. Blasco lo g.º</i></span><i>L. - Tellez lo d.º</i></p> - <p class="caption"><i>Mientras esa mano no se baje hasta tocar la llave, - ningún artificio mágico triunfará del Señor de esta colina.</i></p> - </div> - <hr class="chap" /> -</div> - -<div class="aftit"> - <p><span class="pagenum" id="Page_v">[p. v]</span></p> - <div class="figcenter"> - <img src="images/cuentos.jpg" - alt="Portada grabada" - title="Cuentos de la Alhambra - Valencia - LibrerÃa de Mallén y Berard - 1833 - Teodoro Blasco lo g." /> - </div> -</div> - -<div class="tit"> - <hr class="chap" /> - <p><span class="pagenum" id="Page_vii">[p. vii]</span></p> - <p class="xl"><b>CUENTOS</b></p> - <p class="small"><b>DE</b></p> - <p class="xxl"><b>LA ALHAMBRA</b></p> - - <p class="xs">DE</p> - <p class="xl"><i>Washington Irving.</i></p> - <p class="small">Traducidos</p> - <p class="large"><span class="small">POR</span> <i>D. L. L.</i></p> - - <div class="figlogo"> - <img src="images/logo.jpg" - alt="Logotipo del editor" /> - </div> - - <p class="xl">PARIS,</p> - <p class="medium">LIBRERÃA HISPANO-AMERICANA,<br /> - <span class="small">CALLE DE RICHELIEU Nº 60.</span></p> - <hr class="sep" /> - <p>1833.</p> - <hr class="chap" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Cap0"> - <p><span class="pagenum" id="Page_ix">[p. ix]</span></p> - <div class="figornam"> - <img src="images/el_editor.jpg" - alt="Ilustración de inicio de capÃtulo" /> - </div> - <h2 class="nobreak">EL EDITOR.</h2> -</div> - -<p><i>Si los</i> Cuentos de la Alhambra <i>han alcanzado tan buena acogida -entre los ingleses y franceses, con mayor razon puede esperarse -que la logren entre nosotros; porque enlazadas estas fábulas con -las tradiciones y consejas populares del pais, es muy natural que -produzcan aquel interes que inspiran al hombre de buen corazon las -antiguallas de su patria, y la tierna memoria de los cuentos de la -niñez.</i></p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_x">[p. x]</span></p> - -<p><i>Esta consideracion nos ha impulsado á dar á luz el presente -tomito, como una muestra de la obra que con el mismo tÃtulo y mayor -estension acaba de escribir el célebre Washington Irving; y si el -éxito nos diese motivo para juzgar que ha merecido el aprecio de los -inteligentes, quizá pensaremos en publicar otra serie, y aun acaso -todos los que restan del original.</i></p> - -<div class="figmotivo"> - <img src="images/motivo.jpg" - alt="Ilustración ornamental de fin de capÃtulo" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="ToC"> - <p><span class="pagenum" id="Page_xi">[p. xi]</span></p> - <h2 class="nobreak">ÃNDICE.</h2> -</div> - -<table summary="Ãndice de contenidos"> - <tr> - <th> </th> - <th class="tdr"><small>PÃG.</small></th> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Cap1"><i>El viage</i></a>.</td> - <td class="tdr"><a href="#Cap1">1</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Cap2"><i>Gobierno de la Alhambra</i></a>.</td> - <td class="tdr"><a href="#Cap2">45</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Cap3"><i>Interior de la Alhambra</i></a>.</td> - <td class="tdr"><a href="#Cap3">53</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Cap4"><i>EconomÃa doméstica</i></a>.</td> - <td class="tdr"><a href="#Cap4">74</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Cap5"><i>Tradiciones locales</i></a>.</td> - <td class="tdr"><a href="#Cap5">88</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Cap6"><i>La casa del Gallo</i></a>.</td> - <td class="tdr"><a href="#Cap6">95</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Cap7"><i>Leyenda del astrólogo árabe</i></a>.</td> - <td class="tdr"><a href="#Cap7">98</a></td> - </tr> - <tr> - <td class="tdl"><a href="#Cap8"><i>Historia del prÃncipe Ahmed Al Kamel,<br /> - ó el Peregrino de amor</i></a>.</td> - <td class="tdr"><a href="#Cap8">152</a></td> - </tr> -</table> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="chapter" id="Cap1"> - <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p> - <div class="figornam"> - <img src="images/cap1.jpg" - alt="Ilustración de inicio de capÃtulo" /> - </div> - <h2 class="nobreak">El Viage.</h2> -</div> - -<p><span class="smcap">Conducido</span> á España á impulsos de la -curiosidad en la primavera de 1829, hice una escursion desde Sevilla -á Granada en compañÃa de un amigo, agregado entonces á la embajada -rusa en Madrid. Desde regio<span class="pagenum" id="Page_2">[p. -2]</span>nes muy distantes nos habia llevado el acaso al pais en -que nos hallábamos reunidos, y la conformidad de nuestros gustos -nos inspiró el deseo de recorrer juntos las románticas montañas de -AndalucÃa. ¡Ojalá que si estas páginas llegan á sus manos en el pais -adonde las obligaciones de su destino hayan podido conducirle, ya le -hallen engolfado en la pompa tumultuosa de las córtes, ya meditando -sobre las glorias mas efectivas de la naturaleza; le recuerden -nuestra feliz peregrinacion y la memoria de un amigo, á quien ni -el tiempo ni la distancia harán jamas olvidar su amabilidad y su -mérito!</p> - -<p>Antes de pasar adelante, no será inoportuno presentar algunas -observaciones preliminares sobre el aspecto general de España, y -el<span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span> modo de viajar -por aquel pais. En las provincias centrales, al atravesar el viagero -inmensos campos de trigo, ora verdes y undosos, ya rubios como el -oro, ya secos y abrasados por el sol; buscará en vano la mano que los -ha cultivado, hasta que al fin divisará, sobre la cima de un monte -escarpado, un lugar con fortificaciones moriscas medio arruinadas, -ó alguna torre que sirviera de asilo á los habitantes durante las -guerras civiles, ó en las invasiones de los moros. La costumbre de -reunirse para protegerse mútuamente en los peligros, existe aun entre -los labradores españoles, merced á la rapiña de los ladrones que -infestan los caminos.</p> - -<p>La mayor parte de España se halla desnuda del rico atavÃo de -los bosques y las selvas, y de las gracias<span class="pagenum" -id="Page_4">[p. 4]</span> mas risueñas del cultivo; pero sus paisages -tienen un carácter de grandeza que compensa lo que les falta bajo -otros respetos: hállanse en ellos algunas de las cualidades de sus -habitantes, y de ahà es que yo concibo mejor al duro, indomable y -frugal español despues que he visto su pais.</p> - -<p>Los sencillos y severos rasgos de los paisages españoles tienen -una sublimidad que no puede desconocerse. Las inmensas llanuras de -las Castillas y de la Mancha, estendiéndose hasta perderse de vista, -adquieren cierto interes con su estension y uniformidad, y causan una -impresion análoga á la que produce la vista del océano. Recorriendo -aquellas soledades sin lÃmites visibles, suele descubrirse de -cuando en cuando un rebaño apacentado por un pastor inmóvil<span -class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span> como una estátua, con su -baston herrado en la mano á guisa de lanza; una recua de mulos que -cruzan pausadamente el desierto, cual atraviesan las carabanas de -camellos los arenales de la Arabia; ó bien un zagal que camina solo -con su cuchillo y carabina.</p> - -<p>Los peligros de los caminos dan ocasion á un modo de viajar que -presenta en escala menor las carabanas del oriente: los arrieros -parten en gran número y bien armados á dias señalados, y los viageros -que accidentalmente se les reunen aumentan sus fuerzas.</p> - -<p>El arriero español posee un caudal inagotable de canciones y -romances con que aligera sus continuas fatigas. La música de estos -cantos populares es sobremanera sencilla, pues que se reduce á un -corto nú<span class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span>mero de -notas, y las letras por lo comun son algunos romances antiguos sobre -los moros, endechas amorosas, y con mayor frecuencia romances en -que se refieren los hechos de algun famoso contrabandista; y sucede -no pocas veces, que tanto la música como la letra es improvisado, y -se refiere á una escena local ó á algun incidente del viage. Este -talento de improvisacion, tan comun en aquel pais, parece se ha -trasmitido de los árabes, y es fuerza convenir en que aquellos cantos -de tan fácil melodÃa producen una sensacion sumamente deliciosa -cuando se oyen en medio de los campos salvages y solitarios que -celebran, y acompañados por el argentino sonido de las campanillas de -las mulas.</p> - -<p>No es posible imaginarse cosa mas<span class="pagenum" -id="Page_7">[p. 7]</span> pintoresca que el encuentro de una recua -de mulas en el tránsito de aquellos montes. Oireis ante todo las -campanillas de la delantera, cuyo sonido repetido y monótono rompe el -silencio de las alturas aéreas, y tal vez la voz de un arriero que -llama á su deber á alguna bestia tarda ó descaminada, ó que canta con -toda la fuerza de sus pulmones un antiguo romance nacional. Al cabo -de rato descubrÃs las mulas que pasan lentamente los desfiladeros, -ya bajando una pendiente tan rápida y elevada, que las vereis como -designadas de relieve sobre el fondo azul del cielo, ya avanzando -trabajosamente al traves de los barrancos que están á vuestros pies. -à medida que se aproximan distinguÃs sus adornos de color brillante, -sus arreos bor<span class="pagenum" id="Page_8">[p. 8]</span>dados, -sus plumages; y cuando ya están mas cerca, el trabuco, siempre -cargado, que cuelga detras de los fardos como una advertencia de los -peligros del camino.</p> - -<p>El antiguo reino de Granada, en el que Ãbamos á entrar, es uno -de los paises mas montuosos de España. Sierras vastas ó cadenas de -montes desnudos de árboles y de maleza, y abigarrados de canteras de -mármol y de granito de diversos colores, levantan sus peladas crestas -en medio de un cielo de azul oscuro; mas en su seno están ocultos -algunos valles fértiles y frondosos, y el desierto cede el lugar al -cultivo, que fuerza á las rocas mas áridas á producir el naranjo, la -higuera y el limonero, y á engalanarse con las flores del mirto y el -rosal.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span></p> - -<p>En las gargantas mas salvages de aquellos montes se encuentran -varios lugarejos murados, construidos á manera de nidos de águilas -en las cimas de los precipicios, y algunas torres derruidas, -colgadas por decirlo asà sobre los picos mas elevados, recordando -los tiempos caballerescos, las guerras de moros y cristianos, y la -lucha romántica que precedió á la toma de Granada. Al transitar el -viagero por aquellas altas cordilleras, se ve á cada paso precisado -á echar pie á tierra, y conducir el caballo de la brida para subir y -bajar por algunas sendas ásperas y angostas, semejantes á escaleras -arruinadas. Algunas veces corre el camino á orillas de precipicios -espantosos, de que ningun parapeto os defiende; otras se sumerge -en<span class="pagenum" id="Page_10">[p. 10]</span> una pendiente -rápida y peligrosa que se pierde en una oscura profundidad, ó pasa -por entre barrancos formados por los torrentes del invierno, y -que sirven de guarida á los malhechores. Descúbrese de cuando en -cuando una cruz de funesto presagio; y este monumento del robo y -del asesinato, erigido sobre un monton de piedras á la orilla del -camino, advierte al caminante que se halla en un parage frecuentado -por los bandidos, y que quizá entonces mismo le acecha en emboscada -alguno de aquellos malvados. Muchas veces sorprendido el caminante -en el recodo de un valle sombrÃo por un bramido ronco y espantoso, -levanta la cabeza, y en una de las frondosas quebradas del monte -descubre una manada de fieros toros andaluces<span class="pagenum" -id="Page_11">[p. 11]</span> destinados á los combates del circo. Nada -mas imponente que el aspecto de aquellos brutos terribles, errantes -en su terreno nativo con toda la fuerza que les da la naturaleza: -indómitos y casi estraños al hombre, solo conocen al pastor que los -guarda, y que no siempre se atreve á aproximárseles; el mugido de -estos animales, y los amenazantes ojos con que miran hácia abajo -desde sus elevadas praderas, añaden todavÃa espresion al aspecto -salvage de la escena.</p> - -<p>El 1º de mayo salimos mi compañero y yo de Sevilla para Granada, -y como conocÃamos el pais que Ãbamos á recorrer, y lo incómodo -y poco seguro de los caminos, enviamos delante con arrieros los -efectos de mas valor, y llevábamos únicamente nuestros vestidos -y el dinero<span class="pagenum" id="Page_12">[p. 12]</span> -necesario para el viage, con un aumento destinado á satisfacer á -los bandoleros, caso de vernos atacados, y libertarnos asà del mal -trato á que se ven espuestos los viageros muy avaros ó muy pobres. -SabÃamos tambien que no debe confiarse en la despensa de las posadas, -y que habÃamos de cruzar largos espacios inhabitados; y con este -conocimiento tomamos las precauciones convenientes para asegurar -nuestra subsistencia, y alquilamos dos caballos para nosotros, y otro -para que llevase nuestro corto equipage y á un robusto vizcaino, -que debia guiarnos en el laberinto de aquellas montañas, cuidar de -las caballerÃas, y en fin, servirnos en la ocasion, ya de ayuda de -cámara, ya de guarda. HabÃase este prevenido de un formidable trabuco -para de<span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span>fendernos, -segun decia contra los rateros: sus fanfarronadas sobre esta arma -no tenian término; mas sin embargo, con descrédito de su prudencia -militar, la carabina en cuestion colgaba descargada al arzon trasero -de la silla. Como quiera, el vizcaino era un criado fiel, celoso -y jovial; tan fecundo en chistes y refranes como aquel modelo de -escuderos, el célebre Sancho, cuyo nombre le dimos: verdadero español -en los momentos de su mayor alegria; mas á pesar de la familiaridad -con que le tratábamos, no pasó jamas los lÃmites de un respetuoso -decoro.</p> - -<p>Equipados en estos términos nos pusimos en camino, resueltos -á sacar todo el partido posible de nuestro viage; y con tales -disposiciones, ¡cuán delicioso era el pais que Ãbamos á<span -class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span> recorrer! La venta -mas infeliz de España es mas fecunda de aventuras que un castillo -encantado, y cada comida que se efectua puede mirarse como -una especie de hazaña. Ensalcen otros enhorabuena los caminos -resguardados de parapetos, las suntuosas fondas de un pais cultivado -y civilizado hasta el punto de no ofrecer sino superficies planas; -en cuanto á mÃ, solo la España con sus agrestes montes y francas -costumbres puede saciar mi imaginacion.</p> - -<p>Desde la primera noche disfrutamos ya uno de los placeres -novelescos del pais. Acababa de ponerse el sol cuando llegamos á una -villa muy grande, cansados por haber cruzado una llanura inmensa -y desierta, y calados de agua, en razon de la copiosa lluvia que -habia caido sobre<span class="pagenum" id="Page_15">[p. 15]</span> -nosotros. Apeamos en un meson, en donde se alojaba una compañÃa -de fusileros, ocupada entonces en persecucion de los ladrones que -infestaban la comarca; y como unos estrangeros de nuestra clase eran -un objeto de admiracion en aquel pueblo estraviado, el huésped, -ayudado de dos ó tres vecinos embozados en sus capas pardas, -examinaba nuestros pasaportes en un rincon de la pieza, mientras un -alguacil con su capita negra, tomaba apuntaciones á la débil luz -de un farol. Unos pasaportes en lengua estrangera les daban mucha -grima; mas acudió á su socorro nuestro escudero Sancho, y nos dió -aun mayor importancia con la pomposa elocuencia de un español. Al -mismo tiempo la distribucion de algunos cigarros nos ganó todos<span -class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span> los corazones, y á poco -rato ya estaba el pueblo entero en movimiento para obsequiarnos. -Visitónos el alcalde en persona, y la misma huéspeda llevó con gran -ceremonia á nuestro cuarto un gran sillon de juncos para que el -ilustre viagero pudiese sentarse con mayor comodidad. Hicimos cenar -con nosotros al comandante de los fusileros, el cual nos divirtió -sobremanera con la animada relacion de una campaña que habia hecho en -la América del Sur, y otras hazañas amorosas y guerreras, que debian -todo su interes á sus ampulosas frases y multiplicados ademanes, y -sobre todo á cierto movimiento de los ojos, que sin duda queria decir -mucho. Pretendia saber el nombre y señas de todos los bandidos de -la provincia, y se prometia<span class="pagenum" id="Page_17">[p. -17]</span> ojearlos y prenderlos uno á uno. El buen oficial se -empeñó en que nos habia de dar algunos hombres para nuestra escolta. -«Mas uno solo bastará, añadió, porque los ladrones nos conocen, -y la vista sola de uno de mis muchachos derramará el espanto por -toda la sierra.» Le agradecimos su ofrecimiento y buena voluntad, -asegurándole en el mismo tono, que con el formidable escudero Sancho -no temerÃamos haberlas con todos los bandoleros de AndalucÃa.</p> - -<p>Mientras estábamos cenando con el amable perdonavidas, llegó -á nuestros oidos el sonido de una guitarra, acompañado de un -repiqueteo de castañuelas, y poco despues un coro de bien -concertadas voces que cantaba una tonada popular. Era un<span -class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span> obsequio del huésped, -que para divertirnos habia reunido aquellos músicos aficionados y -á las hermosas de la vecindad, y cuando salimos al patio vimos una -verdadera escena de alegria española. Nos colocamos bajo el soportal -con los huéspedes y el comandante, y pasando la guitarra de mano en -mano, vino á parar en las de un alegre zapatero, que nos pareció -el Orfeo de la tierra. Era un jóven de aspecto agradable, patilla -negra, y las mangas de la camisa arremangadas hasta encima del codo. -Sus dedos recorrian el instrumento con estraordinaria ligereza y -habilidad, cantando al mismo tiempo algunas seguidillas amorosas, -acompañadas de espresivas miradas á las mozas, con las que al parecer -estaba en gran favor. En seguida bailó el<span class="pagenum" -id="Page_19">[p. 19]</span> fandango con una graciosa andaluza, -causando gran placer á los espectadores. Pero ninguna de las mugeres -que se hallaban presentes podia compararse á la linda Pepita, hija -del huésped, que aunque con mucha prisa, se habia prendido con la -mayor gracia para el baile improvisado, entrelazando con frescas -rosas las trenzas de sus hermosos cabellos: esta lució su habilidad -con un bolero que bailó, acompañada de un gallardo dragon. HabÃamos -nosotros dispuesto que se sirviese á discrecion vino, dulces y otras -frioleras; y sin embargo de que la reunion se componia de soldados, -arrieros y paisanos de todas clases, nadie se escedió de los lÃmites -de una diversion honesta; y en verdad que cualquier pintor se hubiera -tenido por dichoso<span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span> -de poder contemplar aquella escena. El elegante grupo de los -bailadores, los soldados de á caballo de medio uniforme, los paisanos -envueltos en sus capas, y en fin, hasta el amojamado alguacil, -digno de los tiempos de D. Quijote, á quien se veÃa escribir con -gran diligencia á la moribunda luz de una gran lámpara de cobre, -sin cuidarse de lo que pasaba en su derredor, todo esto formaba un -conjunto verdaderamente pintoresco.</p> - -<p>No daré aquà la historia exacta de los acontecimientos de esta -espedicion de algunos dias por montes y valles. Viajábamos como -verdaderos contrabandistas, abandonándonos al azar en todas las -cosas, y tomándolas buenas ó malas segun las deparaba la suerte. -Este es el mejor<span class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span> -modo de viajar por España, mas nosotros sin embargo habÃamos cuidado -de llenar de buenos fiambres las alforjas de nuestro escudero, y su -gran bota de esquisito vino de Valdepeñas. Como este último artÃculo -era en verdad de mayor importancia para nuestra campaña que la misma -carabina de Sancho, conjuramos á este que estuviese en continua -vigilancia sobre esta parte preciosa de su carga; y debo hacerle la -justicia de decir que su homónimo, tan célebre por el celo con que -cuidaba de la mesa, no le escedia en nada como proveedor inteligente. -Asà pues, á pesar de que las alforjas y la bota eran vigorosa y -frecuentemente atacadas, no parecia sino que tenian la milagrosa -propiedad de no vaciarse jamas, porque nuestro ingenioso es<span -class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span>cudero nunca se olvidaba -de colocar en ellas los relieves de la cena de la venta, para que -sirviesen á la comida que hacÃamos á campo raso al dia siguiente. -¡Con cuánta delicia almorzábamos algunas veces á la mitad de la -mañana, sentados á la sombra de un árbol, á orillas de una fuente ó -de un arroyo! ¡Qué siestas tan dulces no tomamos, sirviéndonos de -colchon nuestras capas tendidas sobre la fresca yerba!</p> - -<p>En cierta ocasion hicimos alto á medio dia en una frondosa -pradera, situada entre dos colinas cubiertas de olivos. Tendimos -las capas bajo de un pomposo álamo que daba sombra á un bullicioso -arroyuelo, y arrendados los caballos de modo que pudiesen pacer, -ostentó Sancho con aire de triunfo todo el caudal de su<span -class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span> despensa. Los sacos -contenian algunas municiones recogidas en el espacio de cuatro -dias; pero habian sido notablemente enriquecidos con los restos -de la cena que habÃamos tenido la noche anterior en una de las -mejores posadas de Antequera. Sacaba nuestro escudero poco á poco el -heterogeneo contenido en su zurron y yo creà que no acababa jamas. -Apareció ante todo una pierna de cabrito asada, casi tan buena como -cuando nos la habian servido; siguióse un gran pedazo de bacalao -seco envuelto en un papel, los restos de un jamon, medio pollo, una -porcion de panecillos, y en fin, un sinnúmero de naranjas, higos, -pasas y nueces: la bota habia sido tambien reforzada con escelente -vino de Málaga. à cada nueva aparicion gozaba<span class="pagenum" -id="Page_24">[p. 24]</span> de nuestra cómica sorpresa, dejándose -caer sobre el césped con grandes carcajadas. Elogiábamos -estremadamente á nuestro sencillo y amable criado, comparándole en -su aficion á llenar la panza, al célebre escudero de D. Quijote. -Estaba él muy versado en la historia de este caballero, y como la -mayor parte de las gentes de su clase, creÃa á pie juntillas en su -realidad.</p> - -<p>«¿Y hace mucho tiempo que sucedió eso? me dijo un dia con -semblante interrogativo.</p> - -<p>—SÃ, mucho tiempo, le contesté yo.</p> - -<p>—Yo apostaria á que ha ya mas de mil años, replicó mirándome con -una espresion de duda todavÃa mas marcada.</p> - -<p>—No creo yo que haya mucho me<span class="pagenum" -id="Page_25">[p. 25]</span>nos.» El escudero no preguntó mas.</p> - -<p>Mientras al compas de sus gracias esplotábamos nosotros las -provisiones que quedan descritas, se nos acercó un mendigo que casi -parecia un peregrino. Su entrecana barba y el baston en que se -apoyaba anunciaban vejez; mas su cuerpo muy poco inclinado, mostraba -aun los restos de una estatura gallarda. Llevaba un sombrero redondo -de los que usan los andaluces, una especie de zamarra de piel de -carnero, calzon de correal, botin y sandalias. Sus vestidos, aunque -ajados y cubiertos de remiendos, estaban limpios, y se llegó á -nosotros con aquella atenta gravedad que se nota en los españoles, -aun de la Ãnfima clase. Habia en nosotros disposicion favorable para -recibir seme<span class="pagenum" id="Page_26">[p. 26]</span>jante -visita, y asÃ, por un impulso espontáneo de caridad, le dimos algunas -monedas, un pedazo de pan blanco y un vaso de buen vino de Málaga. -Recibiólo todo con reconocimiento; mas sin manifestar con ninguna -bajeza su gratitud. Luego que probó el vino, le miró al trasluz, -y mostrando cierta admiracion se lo bebió de un sorbo, diciendo: -«¡Cuántos años ha que no habia yo probado tan buen vino! Esto es -un verdadero cordial para los pobres viejos.» Contempló luego el -pan, y dijo besándole: «Bendito sea Dios.» Dicho esto se lo metió -en el zurron, y habiéndole instado nosotros para que se lo comiese -en el acto: «No señores, replicó; el vino era preciso beberlo ó -dejarlo, mas el pan debo llevarlo á mi casa y partirlo con<span -class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> mi pobre familia.» Sancho -consultó nuestros ojos, y dió al pobre abundantes fragmentos de la -comida, bien que con la condicion de que se comeria en el acto una -parte.</p> - -<p>Sentóse pues á poca distancia de nosotros y comió pausadamente, -con una finura y una sobriedad, que hubieran podido honrar á un -hidalgo. Yo creà descubrir en él una especie de tranquila dignidad y -atenta cortesanÃa, que anunciaban que habia conocido mejores dias; -pero no habia nada de esto: no tenia mas que la polÃtica natural á -todo español, y aquel aire poético que caracteriza los pensamientos y -el lenguage de este pueblo vivo é ingenioso. Nuestro peregrino habia -sido pastor por espacio de cincuenta años, y al presente se hallaba -desacomodado y<span class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span> sin -medios para subsistir. «Cuando yo era jóven, decia, no habia cosa -alguna capaz de hacerme tomar pesadumbre: hallábame siempre sano y -contento; mas ahora tengo setenta y nueve años, me veo precisado á -mendigar el sustento, y ya empiezan á abandonarme las fuerzas.»</p> - -<p>Sin embargo, todavÃa no estaba acostumbrado á la mendiguez; hacia -poco tiempo que la necesidad le habia obligado á recurrir á tan -triste y desagradable recurso, y nos hizo una pintura muy patética -de los combates que habia sostenido su orgullo contra la necesidad. -Volvia de Málaga sin dinero, hacia mucho tiempo que no habia comido, -y aun tenia que atravesar una de aquellas vastas llanuras en donde -se hallan tan pocas habitaciones: muerto casi<span class="pagenum" -id="Page_29">[p. 29]</span> de debilidad, pidió primeramente á -la puerta de una venta: <i>Perdone usted por Dios, hermano</i>, le -contestaron. «Pasé adelante, dijo, con mas vergüenza aun que hambre, -porque todavÃa no se hallaba abatido el orgullo de mi corazon. Al -pasar por un rio, cuyas márgenes estaban muy elevadas y la corriente -era profunda y rápida, estuve tentado de precipitarme en él. ¿à -qué ha de permanecer sobre la tierra, dije interiormente, un viejo -miserable como yo? Iba ya á arrojarme; mas Dios iluminó mi corazon y -me apartó de tan criminal idea. DirigÃme á una casita que se hallaba -situada á cierta distancia del camino, entréme en el patio; la puerta -de la casa estaba cerrada, mas habia dos señoritas asomadas á una de -las ventanas. Las<span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span> -pedà limosna, y—<i>Perdone usted por Dios, hermano</i>, fue otra vez la -respuesta que recibÃ, cerrándose al mismo tiempo la ventana. SalÃme -casi arrastrando del patio, pronto ya á desmayarme; y creyendo que -era llegada mi hora, me dejé caer contra la puerta, me encomendé -de todo corazon á la VÃrgen nuestra señora, y me cubrà la cabeza -para morir. à pocos minutos llegó el dueño de la casa, y viéndome -tendido á su puerta, se compadeció de mis canas, me hizo entrar y me -dió algun alimento, con que pude recobrarme. Ya veis, señores, que -nunca debe perderse la confianza en la proteccion de la santÃsima -VÃrgen.»</p> - -<p>El anciano se dirigió hácia Archidona, su pais natural, que -descubrÃamos á poca distancia en la cima<span class="pagenum" -id="Page_31">[p. 31]</span> de un monte escarpado, y en el camino -nos hizo reparar en las ruinas de un antiguo castillo de los moros, -que habitó uno de sus reyes en tiempo de las guerras de Granada. «La -reina Isabel, nos dijo, le sitió con un egército poderoso; mas él, -mirándolo desde lo alto de su fortaleza, se burlaba de sus esfuerzos. -Entonces se apareció la VÃrgen á la reina, y á ella y á sus soldados -los condujo por un camino misterioso, que nadie hasta entonces habia -frecuentado ni frecuentó despues. Cuando el moro vió llegar á la -reina quedó pasmado, y acosando el caballo hácia el precipicio, se -arrojó en él y se hizo pedazos. Aun se ven á la orilla del peñasco -las señas de las herraduras, y ustedes mismos pueden descubrir desde -aquà el camino por<span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span> -donde la reina y el egército subieron á la montaña, que se estiende -á manera de una cinta á lo largo de sus laderas; mas lo que hay en -esto de milagroso es, que aunque á cierta distancia puede conocerse, -desaparece luego que se trata de examinarle de cerca.» El camino -ideal que el buen pastor nos enseñaba, no era probablemente otra cosa -que alguna arroyada arenosa, que se distinguia á cierta distancia en -que la perspectiva disminuÃa su anchura, y se confundia con el resto -de la superficie cuando se miraba mas de cerca.</p> - -<p>Como con el vino y la buena acogida se habia restablecido el -anciano, nos refirió otra historia de un tesoro que el rey moro habia -enterrado bajo el castillo, junto á cuyos ci<span class="pagenum" -id="Page_33">[p. 33]</span>mientos estaba situada su casa. El cura -y el boticario del pueblo, habiendo soñado por tres veces en el -tesoro, hicieron una escavacion en el parage que sus sueños les -habian indicado, y el yerno de nuestro convidado oyó por la noche el -ruido de los azadones. Nadie sabe lo que hallaron; pero lo cierto es -que ellos se hicieron ricos de repente y guardaron su secreto. De -modo que el viejo pastor se habia visto al umbral de la fortuna; mas -estaba decretado que él y esta no habian de morar jamas bajo un mismo -techo.</p> - -<p>Tengo observado que las historias de tesoros enterrados por los -moros corren principalmente entre las gentes mas pobres de España, -como si la naturaleza quisiese compensar con la sombra la falta de la -realidad: el<span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span> hombre -sediento sueña arroyos y fuentes cristalinas, el que tiene hambre -banquetes opÃparos, y el pobre montes de oro escondido: no hay cosa -mas rica que la imaginacion de un mendigo.</p> - -<p>La última escena de nuestro viage que referiré, es la noche que -pasamos en la pequeña ciudad de Loja, célebre plaza fronteriza -en tiempo de los moros, y en cuyas murallas se estrelló el poder -de Fernando. De esta fortaleza salió el viejo Aliatar, suegro de -Boabdil, acompañado de su yerno para la desastrada espedicion, que -acabó con la muerte del general y la prision del monarca. Está Loja -en una situacion pintoresca en medio de un desfiladero que sigue las -márgenes del Genil, circuida de rocas inaccesibles, bosque<span -class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span>cillos, prados y jardines. -Nuestra posada, que en nada desdecia del aspecto del pueblo, la tenia -una jóven y linda viudita andaluza, cuya basquiña negra de seda -guarnecida de franjas, dibujaba graciosamente unas formas mórbidas y -elegantes. Paso firme y ligero, ojos negros y llenos de fuego, y su -aire de presuncion y su esmerado aliño, manifestaban sobradamente que -estaba acostumbrada á escitar la admiracion.</p> - -<p>Un hermano, que tendria en corta diferencia la misma edad, ofrecia -con ella el perfecto modelo del majo y la maja andaluces. Era -alto, robusto y bien dispuesto; color moreno claro, ojos negros y -brillantes, y patillas castañas y rizadas que se unian por bajo de la -barba. Ajustaba<span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span> su -cuerpo una chaquetilla de terciopelo verde, adornada de un sinnúmero -de botoncillos de plata, y por cada una de las faltriqueras asomaba -la punta de un pañuelo blanco; calzon de la misma tela, con una -carrera de botones que bajaba desde la cadera á la rodilla; rodeaba -su cuello un pañuelo de seda color de rosa, que pasando por una -sortija, bajaba á cruzarse sobre una camisa aplanchada con esmero. -Llevaba ademas un cinto, lindos botines de hermoso becerro leonado, -que abiertos hácia la pantorrilla, dejaban ver una media muy fina; -y en fin, zapatos anteados, que hacian campear con ventaja un pie -perfecto.</p> - -<p>Hallándose este á la puerta llegó un hombre á caballo, y en voz -baja entabló con él una conversacion que<span class="pagenum" -id="Page_37">[p. 37]</span> parecia muy séria. Su trage era del mismo -gusto, y casi tan elegante como el del huésped: podria tener treinta -años, era alto y fornido, y aunque ligeramente pintado de viruelas, -no dejaba de haber gracia en sus bellas facciones; su ademan y su -aire, no solo tenian soltura sino resolucion, y aun osadÃa. El -poderoso caballo que montaba, negro como el azabache, estaba adornado -de gallardos arreos, y llevaba un par de trabucos pendientes del -arzon trasero. La figura de este hombre me hizo acordar de los -contrabandistas que habia visto en los montes de Ronda. Conocà que -tenia Ãntimas relaciones con el hermano de nuestra huéspeda, y -tambien pensé, salvo error, que era amante favorecido de la graciosa -viuda. Con efecto, toda<span class="pagenum" id="Page_38">[p. -38]</span> la casa y sus habitantes tenian cierto aspecto de -contrabando: la carabina descansaba en un rincon, junto á la -guitarra. El referido caballero pasó la noche en la posada, y cantó -con mucha espresion diferentes romances guerreros de las montañas. -Estando nosotros cenando, llegaron dos pobres asturianos pidiendo -un pedazo de pan y un asilo para pasar aquella noche. HabÃanlos -asaltado los ladrones al volver de una feria, y despues de robarles -el caballo con las mercaderÃas que llevaba, el dinero y una parte de -sus vestidos, los habian apaleado porque quisieron defenderse. Mi -compañero, con la pronta generosidad que le es natural, pidió cena y -cama para los dos, y les dió el dinero que necesitaban para llegar á -sus casas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span></p> - -<p>à medida que entraba la noche, iban presentándose en la escena -nuevos personages. Un hombre alto y gordiflon, de unos sesenta años, -vino á tomar parte en la alegre cháchara de la huéspeda. Vestia el -trage ordinario del pais, con la adicion de un enorme sable que -llevaba bajo el brazo; sus anchos bigotes daban al semblante cierta -gravedad, que anunciaba una especie de insolente confianza, y al -parecer le miraban todos con mucho respeto.</p> - -<p>Sancho nos dijo al oido que aquel personage era D. Alfonso -Gutierrez, el héroe y campeon de Loja, célebre por su fuerza -prodigiosa, y por las muchas hazañas con que se señaló en tiempo -de la invasion francesa. Con efecto, su lenguage y singulares -maneras me divertian es<span class="pagenum" id="Page_40">[p. -40]</span>traordinariamente; porque nuestro hombre era un verdadero -andaluz, cuya jactancia igualaba cuando menos á su bravura. Iba -siempre cargado con su sable como una niña con la muñeca; tan pronto -le tenia en la mano como bajo el brazo, llamábale su <i>santa Teresa</i>, -y solia decir: «Cuando le saco tiembla la tierra.»</p> - -<p>Estuvimos hasta muy tarde oyendo las conversaciones de tan -diversos personages, que platicaban juntos con toda la franqueza de -una posada española. Oimos cantares de contrabandistas, historias de -ladrones, antiguos romances moriscos, y por fin de fiesta, nuestra -bella huéspeda cantó <i>los infiernos</i>, ó las regiones infernales -de Loja, que son unas cavernas sombrÃas, por donde corren y se -precipitan con espantoso<span class="pagenum" id="Page_41">[p. -41]</span> estruendo rios y cascadas subterráneas. El vulgo cree que -desde tiempo de los moros, cuyos reyes tenian sus tesoros en estas -cuevas, habitan en ellas monederos falsos.</p> - -<p>No seria difÃcil llenar estas páginas de incidentes de nuestra -espedicion; pero me llaman otros objetos. Viajando de este modo, -Salimos en fin de los montes para entrar en la hermosa vega de -Granada. Sentámonos á la orilla de un riachuelo sombreado de -frondosos olivos, y allà hicimos nuestra última comida á campo raso, -teniendo á la vista la antigua capital del postrer reino musulman en -España. Las altas torres de la Alhambra comunicaban á la ciudad un -interes irresistible, al paso que la Sierra-Nevada descollaba por -encima de los edificios á ma<span class="pagenum" id="Page_42">[p. -42]</span>nera de una corona de plata. Brillaba el dia puro y -despejado, y la fresca brisa de los montes templaba los ardores del -sol. Cuando hubimos comido tendimos las capas, y disfrutamos por -última vez del placer de dormir sobre el césped, halagados por el -blando susurro de las abejas que vagan de flor en flor, y el tierno -arrullo de las tórtolas que posan en los olivos. Pasadas las horas -del calor volvimos á emprender la marcha, y despues de haber caminado -entre vallados de aloes y bananos, y atravesado una multitud de -jardines, llegamos á la que anochecia á las puertas de Granada.</p> - -<p>à los ojos del viagero que se halle poseido de un sentimiento de -predileccion hácia la histórica y poética Alhambra de Granada, es -este<span class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span> monumento -tan venerable como para los peregrinos musulmanes la Kaaba ó casa -sagrada de Mahoma. ¡Cuántas leyendas y tradiciones verdaderas ó -fabulosas, cuántos cantares, cuántos romances amorosos ó heroicos, -españoles ó árabes tienen por objeto este edificio encantado! -¡Figúrese pues el lector cuál seria nuestro alborozo, cuando á -poco de haber llegado á Granada, nos permitió el gobernador de la -Alhambra que habitásemos los aposentos que tenia desocupados en aquel -palacio de los reyes moros! Los siguientes rasgos son el fruto de -mis investigaciones y meditacion durante esta deliciosa permanencia; -y si pudiesen comunicar á la imaginacion del lector una parte del -misterioso interes que inspiran los sitios donde fueron traza<span -class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span>dos, yo sé que habia de -lastimarse de no haber pasado un verano conmigo en aquellos salones -de la Alhambra, tan fecundos en memorias maravillosas.</p> - -<div class="figmotivo"> - <img src="images/motivo.jpg" - alt="Ilustración ornamental de fin de capÃtulo" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Cap2"> - <p><span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span></p> - <div class="figornam"> - <img src="images/cap2.jpg" - alt="Ilustración de inicio de capÃtulo" /> - </div> - <h2 class="nobreak">Gobierno de la Alhambra.</h2> -</div> - -<p><span class="smcap">Es la</span> Alhambra una fortaleza antigua, ó -un palacio fortificado, desde cuya morada dominaban los reyes moros -de Granada su ponderado paraiso terrenal, y en donde estuvo la última -silla de su imperio en Es<span class="pagenum" id="Page_46">[p. -46]</span>paña. El palacio forma solo una parte de la fortaleza, -cuyas almenadas murallas se estienden en direccion irregular en -derredor de la cresta de una elevada colina que se desprende de la -cadena de montes nevados y domina la ciudad. En tiempo de los moros -podia esta fortaleza contener en su recinto un egército de cuarenta -mil hombres, y no pocas veces sirvió á los soberanos de asilo contra -sus vasallos sublevados. Despues de haber pasado el reino á manos -de los cristianos, siguió la Alhambra siendo una morada real, y la -habitaron algunas veces los monarcas castellanos. Cárlos V comenzó á -levantar un palacio dentro de sus muros; mas los repetidos terremotos -no dejaron llevar adelante esta empresa. Los últimos reyes que -habita<span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span>ron este -edificio, fueron Felipe V y su esposa la reina Isabel de Parma, al -principio del siglo diez y ocho.</p> - -<p>Hiciéronse grandes preparativos para recibirlos, se reparó el -palacio y los jardines, y se construyeron nuevas habitaciones, que -fueron ricamente adornadas por artistas italianos. Mas á pesar de -todo, despues de la mansion pasagera de estos prÃncipes, la Alhambra -quedó de nuevo desierta y desolada, si bien se conservaba siempre en -ella un estado militar y guarnicion bastante numerosa. El gobernador -era nombrado directamente por el rey, y su jurisdiccion se estendia -hasta los arrabales de la ciudad, sin ninguna dependencia del capitan -general de Granada. Habitaba la parte que corresponde á la fachada -del antiguo<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span> -palacio, y jamas bajaba á Granada sin algun aparato militar. La -fortaleza era en efecto una pequeña ciudad, pues que contenia muchas -calles, un convento de franciscos y una iglesia parroquial.</p> - -<p>Pero el abandono de la córte fue un golpe fatal para la Alhambra: -sus hermosas salas fueron deteriorándose de dia en dia, quedando -muchas del todo arruinadas; destruyéronse los jardines, y las fuentes -cesaron de correr. Un enjambre de vagabundos se fue apoderando poco -á poco de las partes desiertas de los edificios; los contrabandistas -se aprovechaban de la independencia de su jurisdiccion para seguir -con seguridad sus criminales operaciones; los ladrones, los pÃcaros -de todas clases se refugiaban en su re<span class="pagenum" -id="Page_49">[p. 49]</span>cinto, y dirigian desde allà sus tiros -sobre Granada y sus inmediaciones. Por fin, puso el gobierno la mano, -y desapareció este desórden: la plaza fue enteramente purificada, -quedando solo en ella aquellos moradores de notoria honradez, y -cuyo derecho de residencia era incontestable; demoliéronse la mayor -parte de las casas, y únicamente se conservó una pequeña aldea, el -convento y la parroquia. Durante las últimas guerras de la penÃnsula, -habiendo ocupado los franceses á Granada, pusieron una guarnicion en -la Alhambra: alojóse el comandante en el palacio, y este monumento -de la grandeza y de la elegancia de los moros, se salvó entonces de -una completa devastacion por efecto de aquel gusto ilustrado que -distingue<span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span> á la -nacion francesa. Se repararon los techos, y lo que quedaba de las -salas y las galerÃas fue puesto á cubierto de la injuria del tiempo; -se cultivaron los jardines, pusiéronse corrientes los conductos del -agua, y volvió á saltar esta en medio de las flores: de modo que -España debe á sus invasores la conservacion del mas hermoso y mas -interesante de sus monumentos históricos.</p> - -<p>Antes de evacuar la fortaleza, volaron los franceses muchas torres -de la muralla esterior é inutilizaron las fortificaciones; y como -desde entonces no existe ya la importancia militar de esta plaza, su -guarnicion consiste únicamente en algunos inválidos, cuyo principal -servicio está reducido á guardar las torres esteriores, que suelen -servir para pri<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span>sion -de reos de estado. El mismo gobernador ha abandonado ya las alturas -de la Alhambra y vive en el centro de Granada, en donde le es mucho -mas fácil comunicarse con el gobierno.</p> - -<p>No puedo terminar esta breve noticia sin dar testimonio de la -exactitud y laudable celo con que el actual comandante de la Alhambra -D. Francisco de la Serna, llena los deberes de su destino, y emplea -los cortos recursos de que puede disponer en reparar las ruinas del -palacio, y retardar por medio de sabias precauciones una ruina que -por desgracia es sobrado cierta. Si hubiesen hecho otro tanto sus -predecesores, este monumento conservaria aun casi toda su belleza -primitiva, y si el gobierno ausiliase los buenos deseos de<span -class="pagenum" id="Page_52">[p. 52]</span> este benemérito oficial, -aquellos preciosos vestigios adornarian aun el pais por largo tiempo, -y de todos los puntos de la tierra conducirian á él á los curiosos -ilustrados.</p> - -<div class="figmotivo"> - <img src="images/motivo.jpg" - alt="Ilustración ornamental de fin de capÃtulo" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Cap3"> - <p><span class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span></p> - <div class="figornam"> - <img src="images/cap3.jpg" - alt="Ilustración de inicio de capÃtulo" /> - </div> - <h2 class="nobreak">Interior de la Alhambra.</h2> -</div> - -<p><span class="smcap">Son tantas</span> y tan minuciosas las -descripciones que se han hecho de la Alhambra, que sin duda bastarán -algunos rasgos generales para refrescar la memoria del lector. -Voy pues á referir sucintamente la visita<span class="pagenum" -id="Page_54">[p. 54]</span> que hicimos á este monumento la mañana -inmediata á nuestra llegada á Granada.</p> - -<p>Habiendo salido del meson de la Espada, en donde parábamos, -atravesamos la célebre plaza de Vivarrambla, teatro en otros tiempos -de justas y torneos, y trasformada ahora en mercado muy concurrido. -De allà pasamos al Zacatin, cuya calle principal era en tiempo de los -moros un gran mercado: sus pequeñas tiendas y angostos soportales -conservan aun el carácter oriental. Despues de haber cruzado la plaza -donde se halla el palacio del capitan general, subimos una calle -tortuosa y no muy ancha, cuyo nombre recuerda los dias caballerescos -de Granada; á saber, la calle de los Gomeles, asà llamada de una -tribu famosa<span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> en -las crónicas y en los romances, la cual conduce á una puerta de -arquitectura griega, edificada por Cárlos V, que da entrada á los -dominios de la Alhambra.</p> - -<p>Dos ó tres veteranos, sentados en un banco de piedra, reemplazaban -á los zegries y abencerrages; y el canoso centinela estaba hablando -con un ganapan alto y seco, cuyo pardo y raido capote cubria apenas -el resto de unos vestidos mas miserables todavÃa, el cual luego que -nos descubrió se vino á nosotros, ofreciéndose á acompañarnos y -enseñarnos la fortaleza.</p> - -<p>Yo he mirado siempre á los <i>Ciceroni</i> con cierta repugnancia de -viagero, y el aspecto de este no me inclinaba ciertamente á hacer una -escepcion en su favor.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span></p> - -<p>«¿Sin duda, le dije, conocereis muy bien el edificio?</p> - -<p>—Palmo por palmo, señor; como que soy hijo de la Alhambra.»</p> - -<p>No puede negarse, que los españoles tienen un modo de espresarse -muy poético. ¡Hijo de la Alhambra! Este tÃtulo hirió mi imaginacion, -los andrajos de mi interlocutor adquirieron á mis ojos cierta -dignidad, pareciéronme el justo emblema de la vária fortuna del -sitio, y por otra parte, cuadraban perfectamente á la progenitura de -unas ruinas.</p> - -<p>Le hice algunas preguntas, y quedé convencido de que tenia un -derecho legÃtimo al tÃtulo que tomaba: su familia habitaba la -fortaleza desde el tiempo de la conquista, y él se llamaba Mateo -Gimenez.</p> - -<p>«¿Seréis tal vez, le pregunté, al<span class="pagenum" -id="Page_57">[p. 57]</span>gun pariente del gran cardenal Gimenez?</p> - -<p>—Quién sabe, señor; todo podria ser.... lo que no cabe duda es -que somos la familia mas antigua de la Alhambra, cristianos viejos -sin mezcla de moro ni judÃo. Yo sé que pertenecemos á una gran casa, -pero no me acuerdo cuál: mi padre lo sabe todo, y conserva nuestro -blason colgado á la pared de su cabaña, que está en lo mas alto de la -fortaleza.» Estas razones, y el primer tÃtulo que se habia dado el -andrajoso hidalgo me cautivaron de modo, que desde luego acepté con -gusto los servicios del hijo de la Alhambra.</p> - -<p>Entramos en un angosto y profundo barranco lleno de bosquecillos -y cubierto de verdura. Atravesábale una avenida rápida, y cortábanle -en<span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> todas -direcciones varios senderos tortuosos, adornados de fuentes y bancos -de piedra. à la izquierda se elevaban por encima de nuestras cabezas -las torres de la Alhambra, y á la derecha, por la parte opuesta del -barranco, nos dominaban otras no menos altas, edificadas sobre la -peña viva: estas eran las <i>Torres bermejas</i>, llamadas asà á causa -de su color. Nadie conoce su orÃgen, si bien se sabe que son mucho -mas antiguas que la Alhambra: algunos las suponen construidas por -los romanos, y otros las creen obra de una colonia errante de los -fenicios. Subiendo la sombrÃa y rápida avenida, llegamos al pie de -una torre cuadrada, que es la entrada principal de la fortaleza. -Allà encontramos otro grupo de inválidos, uno de los cuales estaba -de<span class="pagenum" id="Page_59">[p. 59]</span> centinela bajo -el arco de la puerta, en tanto que los demas dormian sobre los bancos -de piedra, envueltos en sus capas. Llámase á esta la <i>puerta del -Juicio</i>, porque durante la dominacion de los moros se reunia bajo su -pórtico el tribunal que juzgaba inmediatamente las causas de poca -entidad. Esta costumbre, comun á todo el oriente, se halla consignada -en muchos pasages de la Escritura.</p> - -<p>El gran vestÃbulo ó pórtico lo forma un arco inmenso que se -eleva casi hasta la mitad de la torre. Sobre la piedra fundamental -de la bóveda esterior esta esculpida una mano gigantesca, y en -la correspondiente de la parte interior se ve representada del -mismo modo una enorme llave. Los que creen tener algun<span -class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> conocimiento de los -sÃmbolos mahometanos, dicen que la mano es el emblema de la doctrina, -y la llave el de la fe; añadiendo que este último signo era el -distintivo constante de los estandartes musulmanes cuando subyugaron -la AndalucÃa. Mas el hijo legÃtimo de la Alhambra esplicaba la cosa -de otro modo.</p> - -<p>Segun Mateo, que se apoyaba en la autoridad de una tradicion -trasmitida de padres á hijos desde los primeros habitantes de la -fortaleza, la mano y la llave eran figuras mágicas, y pendia de -ellas la suerte de la Alhambra. El rey moro que hizo construir este -edificio, mágico famoso, y que aun, segun la opinion de muchos, -habia vendido su alma al diablo, puso la fortaleza bajo el influjo -de un encanto, en fuerza del<span class="pagenum" id="Page_61">[p. -61]</span> cual ha resistido siglos enteros á los asaltos y -terremotos que han destruido la mayor parte de los edificios -moriscos; y es fama comun que el encanto conservará toda su virtud -hasta el momento en que la mano se baje de tal modo que llegue á -tocar la llave, en cuyo acto se hundirá la Alhambra, y quedarán de -manifiesto los tesoros de los reyes moros que están enterrados bajo -sus moles.</p> - -<p>Sin embargo de esta espantosa prediccion, nosotros pasamos sin -vacilar por bajo del arco encantado.</p> - -<p>Desde allÃ, por un camino angosto y sinuoso practicado entre las -murallas, subimos á una esplanada interior, llamada la <i>plaza de los -Algibes</i>, en razon de unos grandes depósitos de agua abiertos en la -peña,<span class="pagenum" id="Page_62">[p. 62]</span> y tambien hay -un pozo inmenso que da un agua sobremanera fresca y cristalina. Estas -obras prueban la esquisita voluptuosidad de los árabes, y lo mucho -que apreciaban obtener este elemento en toda su pureza.</p> - -<p>En frente de esta esplanada se halla el palacio de Cárlos V, que -debia eclipsar segun dicen á la antigua mansion de los reyes moros. -Mas á despecho de su magnificencia y de una arquitectura que no -carece de mérito, este monumento no parece otra cosa que un intruso -orgulloso; y de ahà es que mi compañero y yo pasamos por delante sin -detenernos, y nos dirigimos á la sencilla puerta por donde se penetra -en el palacio antiguo.</p> - -<p>La transicion es casi mágica: creÃ<span class="pagenum" -id="Page_63">[p. 63]</span>monos trasportados de repente á otros -parages y á otro siglo, y que Ãbamos á presenciar las escenas que -refiere la historia de los árabes. Nos hallamos en un gran patio -pavimentado de mármol blanco, y decorado á sus ángulos con ligeros -perÃstilos moriscos. Era el patio de la Alberca ó del gran Vivero, y -ocupaba su centro un estanque de ciento treinta pies de largo, lleno -de peces y circuido de rosales.</p> - -<p>Al estremo superior de este patio se halla la torre de Comáres; -pero nosotros, dirigiéndonos al lado opuesto, entramos por un -pasadizo cubierto en el célebre <i>patio de los Leones</i>. Ninguna parte -del edificio da una idea tan completa de su antigua magnificencia; -porque ninguna ha sufrido menos los estragos del tiem<span -class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span>po. Vese en el centro -aquella fuente, tan famosa en la historia y en los cantos populares; -las tazas de alabastro derraman de continuo una lluvia de lÃquidos -diamantes, y los doce leones arrojan por las narices torrentes de -agua cristalina lo mismo que en los dias de Boabdil. El patio se -halla cubierto de flores y rodeado de ligeros arcos, adornados de -esculturas y filigranas de una labor tan delicada como el encage, -y sostenidos sobre delgadÃsimas columnas de mármol blanco. La -arquitectura, lo mismo que la del resto del palacio, tiene mas -elegancia que grandeza, y está indicando un gusto blando y delicado, -y cierta disposicion á los placeres de la indolencia. Cuando se -dirige la vista á aquellos pórticos aéreos con sus frágiles apo<span -class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span>yos, que parecen obra de -las hadas, apenas puede concebirse cómo el tiempo, los temblores de -tierra, el abandono y la rapiña de los viageros curiosos, no menos -temible que la de los guerreros, ha perdonado una parte tan grande -de este monumento: estas reflexiones podrian casi hacer admitir la -tradicion que le supone protegido por un encanto. à un lado del -patio, por una puerta ricamente adornada, se entra á una gran pieza -embaldosada de mármol blanco, llamada la <i>sala de las dos hermanas</i>. -Una cúpula abierta da paso al aire esterior, y deja penetrar una -luz templada; la parte inferior de las paredes está incrustada de -hermosos azulejos moriscos, en los cuales se ven los escudos de armas -de los reyes moros; la su<span class="pagenum" id="Page_66">[p. -66]</span>perior se halla revestida de aquel hermoso estuco inventado -en Damasco, compuesto de grandes chapas vaciadas y unidas con tanto -arte, que parece se hayan esculpido en el mismo sitio los elegantes -relieves y caprichosos arabescos que en ellas se ven entrelazados -con testos del alcorán é inscripciones árabes. Los adornos de las -paredes y de la cúpula están ricamente dorados, y sus intersticios -revestidos de lapislázuli y otros colores hermosos y permanentes. à -uno y otro lado de la sala están las alcobas destinadas á contener -las otomanas ó lechos orientales. Sobre un pórtico interior corre una -galerÃa que comunica con la vivienda de las mugeres; y todavÃa se ven -allà las celosÃas por donde las lindas odaliscas del harem podian ver -sin<span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span> ser vistas las -fiestas de la sala inferior.</p> - -<p>Es imposible contemplar aquella antigua y privilegiada mansion de -los árabes, aquel palacio donde las costumbres orientales desplegaron -todo su esplendor y elegancia, sin que se renueven en la imaginacion -las antiguas escenas que se han leido en las novelas: casi espera uno -ver la blanca mano de una princesa que hace señas desde un balcon, ó -bien unos ojos negros que lanzan miradas de fuego al traves de una -celosÃa. El asilo de la hermosura existe aun allà como si lo hubiesen -habitado ayer; mas ¿qué se han hecho las Zoraidas y Lindaraxas?</p> - -<p>Al lado opuesto del patio de los Leones está la <i>sala de los -Abencerrages</i>, llamada asà en memoria de los valientes caballeros de -aquella<span class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span> ilustre -familia que fueron degollados en este sitio. No falta quien ponga -en duda la verdad de esta historia en todos sus pormenores; pero -nuestro humilde guia nos enseñó la portezuela por donde los hicieron -entrar uno á uno, y la fuente de mármol blanco que existe en medio -de la sala, en cuya taza cayeron sus cabezas; haciéndonos ademas -observar en el pavimento ciertas manchas rogizas, las cuales nos -dijo eran los rastros de su sangre, que jamas han podido borrarse; -y persuadido de que le escuchábamos con fácil credulidad, añadió -que algunas noches se percibia en el patio de los Leones un rumor -sordo y confuso como el murmullo de una multitud, al que se unia de -cuando en cuando un crujido semejante al estrépito de cadenas<span -class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span> oido á cierta distancia. -Es muy probable que estos ruidos provengan de las corrientes de agua -que por diferentes cañerÃas pasan por bajo el piso para alimentar las -fuentes; mas el hijo de la Alhambra los atribuÃa á las almas de los -abencerrages degollados, que vagan durante la noche por el teatro de -su suplicio, é imploran la venganza divina sobre su asesino.</p> - -<p>Del patio de los Leones volvimos atras, y cruzando de nuevo el -de la Alberca, llegamos á la torre de Comáres, que lleva el nombre -del arquitecto que la construyó. Es fuerte, sólida, de atrevida -elevacion, y domina todo el edificio y el lado mas escarpado de -la colina, que baja rápidamente hasta la orilla del Darro. Por un -cobertizo pasamos al salon inmenso que ocupa el interior de la<span -class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span> torre, el cual era la -sala de audiencia de los reyes de Granada, y se llama por esta razon -la <i>sala de los Embajadores</i>. TodavÃa se descubren en él algunos -vestigios de su antigua magnificencia: las paredes están adornadas -de ricos arabescos de estuco; y en el techo, cimbrado de madera de -cedro, que por la mucha elevacion apenas se distingue, brillan los -hermosos dorados y ricas tintas del pincel árabe. Por tres lados del -salon hay ventanas abiertas en el inmenso espesor de las paredes, -y desde sus balcones, que dan á las frondosas márgenes del Darro, -y á las calles y conventos del Albaicin, se descubre á lo lejos la -vega.</p> - -<p>Bien pudiera yo describir prolijamente otras piezas elegantes -como son el <i>Tocador de la reina</i>, que es<span class="pagenum" -id="Page_71">[p. 71]</span> un mirador abierto en lo mas alto de una -torre, adonde solia subir la sultana á respirar la brisa refrigerante -de los montes, y gozar de la vista de aquel paraiso que rodea el -palacio; el pequeño patio retirado ó jardin de Lindaraxa con su -fuente de alabastro, sus rosales y sus bosquecillos de mirtos y -limoneros; y en fin, las salas y grutas de los baños, en donde la -claridad y el calor del dia quedan reducidos á una luz misteriosa y -una temperatura suave; mas no quiero detenerme en dar una relacion -circunstanciada de estos objetos, porque mi idea en este momento se -limita á introducir al lector en una mansion, que si quiere podrá -recorrer conmigo durante todo el curso de esta obra, hasta irse -familiarizando con sus localidades.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span></p> - -<p>Diferentes acueductos de construccion árabe conducen de las -montañas el agua que circula en abundancia por todo el palacio, -llena los baños y los estanques, salta en medio de los salones y -murmura bajo los enlosados de mármol. Cuando ha pagado su tributo -á la mansion de los reyes y visitado sus prados y jardines, -desciende en riachuelos y fuentes innumerables por los lados de la -alameda que conduce á la ciudad, y mantiene en perpetua primavera -los bosquecillos que embellecen y dan sombra á la colina de la -Alhambra.</p> - -<p>Se necesita haber habitado en los climas ardientes del mediodÃa -para conocer todo el precio de un retiro, en donde los vientos -frescos y suaves de los montes se unen á<span class="pagenum" -id="Page_73">[p. 73]</span> la frondosa verdura de los valles.</p> - -<p>Entre tanto que la parte baja de la ciudad desfallece abrasada por -los rayos de un sol devorador, y mientras la hermosa vega se mira -agostada por un ardor sofocante, las frescas brisas de Sierra-Nevada -juguetean en las altas salas de la Alhambra, difundiendo por todo su -recinto los suaves aromas de los jardines que la rodean. Todo convida -allà á aquel reposo profundo que constituye el mayor recreo en los -paises meridionales; los medio cerrados ojos distinguen por entre los -sombrÃos balcones el risueño paisage, y se gozan en aquella vista -deleitosa, hasta que halagados por el manso ruido de los árboles y el -suave murmullo de las aguas, se quedan dulcemente dormidos.</p> - -<div class="figmotivo"> - <img src="images/motivo.jpg" - alt="Ilustración ornamental de fin de capÃtulo" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Cap4"> - <p><span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span></p> - <div class="figornam"> - <img src="images/cap4.jpg" - alt="Ilustración de inicio de capÃtulo" /> - </div> - <h2 class="nobreak">EconomÃa doméstica.</h2> -</div> - -<p><span class="smcap">Tiempo</span> es ya de dar alguna idea del -método de vida que establecà en esta singular habitacion. El palacio -de la Alhambra está al cuidado de una buena vieja llamada D.ª -Antonia Molina; pero mas conocida con el nom<span class="pagenum" -id="Page_75">[p. 75]</span>bre familiar de <i>la tia Antonia</i>. Esta -procura tener en buen estado las salas y jardines, y enseñarlos á -los curiosos; y en recompensa recibe los regalos de los viageros y -dispone de todo el producto de los jardines, escepto el tributo de -frutas y flores que envia de cuando en cuando al gobernador. Esta -buena muger y su familia, compuesta de un sobrino y una sobrina, -hijos de dos hermanos suyos, habitan un ángulo del palacio. El -sobrino Manuel Molina, es un jóven de carácter sólido y de una -gravedad verdaderamente española. Despues de haber servido algun -tiempo en España y en América, dejó la carrera militar y se puso -á estudiar medicina, con la esperanza de ser un dia médico de la -Alhambra, plaza que cuando menos vale tres<span class="pagenum" -id="Page_76">[p. 76]</span> mil reales al año. En cuanto á la sobrina -es una andalucilla fresca y rolliza, de ojos negros y gesto risueño, -que aunque se llama Dolores, desmiente con su alegre afabilidad la -tristeza de este nombre. Esta jóven es la heredera declarada de todos -los bienes de su tia, que consisten en algunas bicocas de lo interior -del fuerte, cuyo alquiler produce cerca de tres mil reales. Desde los -primeros dias de mi residencia en la Alhambra, ya descubrà yo que un -amor discreto unia al prudente Manuel y á su vivaracha prima, los -cuales solo esperaban para ver colmados sus votos la dispensa del -Papa, precisa á causa del parentesco, y el tÃtulo que debia dar al -futuro el carácter de doctor.</p> - -<p>Concerté con la señora Antonia<span class="pagenum" -id="Page_77">[p. 77]</span> todo lo relativo á mi habitacion y -asistencia, y quedó convenido que la gentil Dolores cuidaria de -mi aposento y me serviria á la mesa. Tenia ademas á mis órdenes -un muchacho alto, rojo y tartamudo llamado Pepe, que trabajaba de -ordinario en el jardin, y que me hubiera servido de criado con la -mejor voluntad, á no haberle ganado por la mano Mateo Gimenez, el -hijo de la Alhambra. Este despejado y oficioso personage, sin saber -cómo, habia conseguido no separarse de mà desde nuestro primer -encuentro; se entrometia en todos mis planes, y al fin logró ser -admitido en debida forma como ayuda de cámara, <i>Cicerone</i>, guia -y escudero-historiógrafo. HabÃame sido preciso mejorar el estado -de su guardaropa para que no afrentase al<span class="pagenum" -id="Page_78">[p. 78]</span> amo en el desempeño de sus diversas -funciones; y en consecuencia, bien como la serpiente deja la piel, -habia él dejado la vieja capa parda, y con no poca sorpresa de sus -camaradas, se presentaba en la fortaleza con una chaqueta y un -sombrero andaluz muy graciosos. El principal defecto de Mateo era -un celo escesivo y un deseo inquieto de ser útil, con que llegaba -á hacerse importuno. Como no dejaba de conocer que casi me habia -forzado á admitirle en mi servicio, y que mis costumbres sencillas y -tranquilas hacian de su empleo un beneficio simple; daba tormento á -su ingenio para hallar medios de hacerse necesario á mi bien estar -interior. En cierto modo era yo vÃctima de su solicitud, porque no -podia poner el pie en el um<span class="pagenum" id="Page_79">[p. -79]</span>bral del palacio para salir á dar un paseo por la -fortaleza, sin verle luego á mi lado para esplicarme todo lo que -se presentase, y si me resolvia recorrer las colinas inmediatas, -se empeñaba en seguirme para servirme de guarda; bien que yo estoy -Ãntimamente convencido de que en caso de algun ataque, antes hubiera -apelado á la ligereza de los pies que á la fuerza de los brazos. -Con todo eso el pobre mozo era algunas veces divertido: sencillo, -siempre de buen humor, y parlanchin como un barbero de lugar, está -al corriente de todos los chismes del pueblo; pero lo que le da mas -orgullo es el tesoro de noticias locales que posee. No existe en la -fortaleza una sola torre, una puerta, una bóveda de la que no sepa -una historia llena de prodi<span class="pagenum" id="Page_80">[p. -80]</span>gios, y creida por él como artÃculo de fe. La mayor parte -de estas consejas las ha heredado de su abuelo, un sastrecillo -hablantin y novelero, que habiendo vivido cerca de cien años, solo -dejó dos veces el recinto de la fortaleza. Su tienda fue por mas de -un siglo el punto de reunion de un enjambre de venerables chuzonas, -que pasaban allà una parte de la noche hablando de los tiempos -antiguos, de los acontecimientos maravillosos y de los misterios -del edificio. Toda la vida, las acciones, los pensamientos del -sastrecillo historiador habian quedado encerrados en los muros de la -Alhambra: aquellos muros le vieron nacer, crecer y envejecer; allà -halló su existencia, allà murió y allà fue enterrado. Mas felizmente -para la<span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span> posteridad, -sus tradiciones no murieron con él: el auténtico Mateo, cuando era -mozalvete, escuchaba embelesado las narraciones de su abuelo y de -las viejas que formaban su tertulia, y de este modo acumuló en su -cabeza un tesoro de conocimientos verdaderamente preciosos sobre la -Alhambra: conocimientos que no se hallan en ningun libro, y que en -realidad son dignos de la atencion de todo viagero curioso. Tales -eran los personages que contribuÃan á hacer cómoda y agradable mi -vida doméstica de la Alhambra; y yo creo que ninguno de los soberanos -cristianos ó musulmanes que me precedieron en aquel palacio, fue -servido con mas fidelidad, ni gozó de un imperio mas pacÃfico.</p> - -<p>Luego que me levantaba, Pepe,<span class="pagenum" -id="Page_82">[p. 82]</span> el jardinero tartamudo, me traÃa flores -acabadas de coger, y la diestra mano de Dolores, que no dejaba de -tener cierto orgullo mugeril en la decoracion de mi cuarto, las -colocaba luego en jarros dispuestos al intento. Almorzaba y comia -segun el humor que reinaba, ya en una de las salas, ya bajo los -pórticos del patio de los Leones, rodeado de flores y de fuentes; -y cuando deseaba correr la campiña, mi infatigable escudero me -acompañaba á los parages mas pintorescos de los montes ó valles -inmediatos, refiriéndome en cada uno de estos puntos alguna aventura -maravillosa de que habia sido teatro. No obstante mi aficion á -la soledad, solia interrumpir la uniformidad de la mia, pasando -algunos ratos con la familia de Doña Antonia,<span class="pagenum" -id="Page_83">[p. 83]</span> que se reunia de ordinario en una antigua -cámara morisca que servia de cocina y de salon. à un estremo de la -pieza estaba una chimenea groseramente construÃda, cuyo humo habia -tiznado las paredes, y borrado casi del todo los arabescos; al otro -habia un balcon que caÃa á la orilla del Darro, y daba libre entrada -á la fresca brisa de la noche. Allà pues hacia yo mi frugal cena, -compuesta de frutas y leche, entreteniéndome al mismo tiempo con -la conversacion de aquellas buenas gentes. Nunca deja de hallarse -entre los españoles lo que ellos llaman ingenio natural; y de ahà -es que cualquiera que sea su educacion y su clase, siempre su -conversacion es interesante y agradable; á lo cual debe añadirse, -que merced á cierta dig<span class="pagenum" id="Page_84">[p. -84]</span>nidad inherente al carácter, nunca son bajos sus modales. -La buena tia Antonia es una muger de no menos ingenio que juicio, -aunque sin ninguna especie de cultura; y la graciosa Dolores, que -en todo el discurso de su vida no habia leido cuatro volúmenes, -ofrecia una reunion interesante de sencillez y agudeza, y muchas -veces me dejaba admirado con sus discretas ocurrencias. Algunas -noches el sobrino, con el conocido objeto de instruir y agradar á -su primita, nos leÃa una comedia de Calderon ó Lope de Vega; mas -con grande mortificacion suya, la muchacha solia quedarse dormida -antes de concluirse el primer acto. De cuando en cuando recibia la -tia Antonia á sus humildes amigos y dependientes las mugeres de -los invá<span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span>lidos y -los habitantes de la aldea, todos los cuales miraban con el mayor -respeto á la intendenta del palacio, la hacian la córte, y la -participaban las noticias de la fortaleza y las novedades que corrian -por Granada, cuando llegaban por casualidad á sus oidos. En estos -corrillos de viejas he aprendido yo muchas veces hechos curiosos, -que me han ilustrado mucho sobro las costumbres del pueblo español, -instruyéndome en ciertas particularidades muy interesantes de los -usos locales. Que se me perdone pues la relacion de estas sencillas -diversiones, que tal vez parecerá insignificante á los que no conocen -el embeleso que las daban á mis ojos los sitios en donde pasaban. -Hallábame en un suelo encantado y rodeado de recuerdos roman<span -class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span>ticos. Salido apenas de -la infancia, recorrà en las riberas del Hudson una antigua historia -de las guerras de Granada, y esta ciudad se hizo el objeto de -mis dulces delirios. Desde aquel momento mi imaginacion me habia -trasportado mil veces á los salones de la Alhambra, y al verme ahora -en ellos, bastaba apenas el testimonio de mis sentidos á persuadirme -que se hubiese realizado para mà un verdadero castillo en España<a -id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>. ¿Me -hallo efectivamente, decia, en el palacio de Boabdil? ¿Es aquella -Granada tan célebre en los fastos de la caballerÃa, la que distingo -desde este elevado balcon? SÃ,<span class="pagenum" id="Page_87">[p. -87]</span> no es ilusion: recorro á mi placer estos salones -orientales, oigo el murmullo de las fuentes, respiro la fragancia de -las rosas, cedo á la influencia de esta atmósfera embalsamada, y casi -me persuado que me hallo en el paraiso de Mahoma, y que la tierna y -graciosa Dolores es una de las hurÃs de brillantes ojos, destinadas á -hacer la felicidad de los verdaderos creyentes.</p> - -<div class="footnote"> - -<p id="Footnote_1"><span class="label"><a -href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Esto alude á la frase francesa: -<i>Faire des châteaux en Espagne</i>, que equivale á la castellana: <i>Hacer -castillos en el aire</i>.</p> - -</div> - -<div class="figmotivo"> - <img src="images/motivo.jpg" - alt="Ilustración ornamental de fin de capÃtulo" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Cap5"> - <p><span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span></p> - <div class="figornam"> - <img src="images/cap5.jpg" - alt="Ilustración de inicio de capÃtulo" /> - </div> - <h2 class="nobreak">Tradiciones locales.</h2> -</div> - -<p><span class="smcap">El pueblo</span> español tiene una pasion -oriental á los cuentos, y señaladamente á los que refieren -acontecimientos maravillosos. Es muy comun en España el ver á las -gentes vulgares reunidas en un corro á la<span class="pagenum" -id="Page_89">[p. 89]</span> puerta de sus cabañas, ó bajo las -inmensas campanas de las chimeneas de las ventas, escuchando -embelesadas las leyendas en que se trata de las peligrosas -aventuras de los viageros, ó de las refriegas de los ladrones y -contrabandistas. Pero los temas favoritos de estas historias son los -tesoros escondidos por los moros: al atravesar aquellas montañas -desiertas, teatro otro tiempo de tantos combates gloriosos, no -encuentra el viagero una sola atalaya puesta sobre un pico elevado en -medio de las rocas, ó dominando un lugarejo que parece abierto á pico -en la peña, sin que el mozo que le acompaña no se quite el cigarro -de la boca para referirle alguna conseja de las monedas árabes que -están enterradas bajo sus cimientos. Ni se halla tampoco<span -class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> un solo alcázar en las -ciudades que no tenga tambien su historia dorada, trasmitida entre -los pobres del pueblo de generacion en generacion.</p> - -<p>Estas tradiciones, como la mayor parte de las fábulas populares, -deben su orÃgen á algunos hechos verdaderos. Durante las guerras -de moros y cristianos, que afligieron por tanto tiempo el pais, -los castillos y las ciudades mudaban de dueño con gran frecuencia, -y sus habitantes cuando se veÃan sitiados, solian enterrar sus -alhajas y dinero en las cuevas y en los pozos, como se practica aun -en las naciones guerreras del oriente. En la época de la espulsion -de los moros, muchos de ellos escondieron los efectos mas preciosos -que poseÃan, con la esperanza de regresar muy pronto á su<span -class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> tierra natal y recobrar -su tesoro. Ello es cierto que algunas veces cavando entre las ruinas, -ó en las inmediaciones de las casas ó palacios moriscos, se han -hallado arcas llenas de monedas de oro y de plata, que vuelven á -ver la luz despues de haber estado enterradas por espacio de muchos -años; y basta un corto número de estos hechos para dar lugar á mil -fábulas.</p> - -<p>Estas historias se presentan con aquella reunion de gótico y -oriental, que en mi concepto caracteriza todos los usos y rasgos -esenciales de las costumbres de España, señaladamente en las -provincias meridionales: el tesoro escondido está siempre protegido -por un encanto; unas veces le defiende un horrible dragon, otras -le guardan unos moros encan<span class="pagenum" id="Page_92">[p. -92]</span>tados, que al cabo de siglos permanecen aun armados -de punta en blanco, con la espada desnuda é inmóviles como unas -estátuas, en el sitio donde fueron enterradas sus riquezas.</p> - -<p>Es muy natural que la Alhambra, en razon de las circunstancias -particulares de su historia, preste materia mas amplia á estas -ficciones que ninguno de los otros lugares célebres en las crónicas; -y algunos vestigios encontrados de tarde en tarde entre sus ruinas, -han acreditado las maravillosas tradiciones que sobre ellos andan -esparcidas. En una ocasion se desenterró una olla llena de oro, y -el esqueleto de un gallo; y los mas inteligentes en estas materias, -opinaron que esta ave habia sida enterrada viva. En otro tiempo<span -class="pagenum" id="Page_93">[p. 93]</span> se descubrió una -caja, y dentro de ella se halló un grande escarabajo cubierto de -inscripciones árabes, que se creyó fuesen palabras mágicas de gran -virtud. En una palabra, los ingenios mas aventajados de la poblacion -andrajosa de la Alhambra, se han devanado los sesos hasta lograr -que no hubiese en esta antigua fortaleza una torre, una sala, ni -una bóveda sin su correspondiente historia prodigiosa. Creo que los -capÃtulos anteriores habrán familiarizado ya á mis lectores con las -localidades de este palacio, y asà voy á engolfarme atrevidamente en -sus pasmosas leyendas, que me ha sido preciso restaurar enteramente, -reuniendo los fragmentos que me fueron contados en diferentes -épocas y por distintas personas; bien asà como un sábio<span -class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span> anticuario suele formar -un documento histórico con algunas letras sueltas de una inscripcion -medio borrada por el tiempo.</p> - -<p>Si el lector encontrase en mis relaciones alguna cosa increible, -tenga la bondad de considerar que el sitio en que me hallo no -puede gobernarse por las leyes de la probabilidad que rigen en las -escenas de la vida comun. El suelo que piso está encantado, y los -acontecimientos mas tribiales reciben en él un aspecto sobrenatural y -maravilloso.</p> - -<div class="figmotivo"> - <img src="images/motivo.jpg" - alt="Ilustración ornamental de fin de capÃtulo" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Cap6"> - <p><span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span></p> - <div class="figornam"> - <img src="images/cap6.jpg" - alt="Ilustración de inicio de capÃtulo" /> - </div> - <h2 class="nobreak">La Casa del Gallo.</h2> -</div> - -<p><span class="smcap">En la</span> cumbre de la alta colina del -Albaicin, que es el barrio mas elevado de Granada, se ven los restos -de un castillo levantado poco despues de la conquista de España -por los árabes. Al presente está trasformado<span class="pagenum" -id="Page_96">[p. 96]</span> en una fábrica, y ha caido en tal olvido, -que á pesar del ausilio que me prestaba el sapientÃsimo Mateo, me -costó gran trabajo el descubrirle. Este edificio conserva aun el -nombre con que fue conocido por espacio de algunos siglos; esto -es, el de <i>casa del Gallo de viento</i>. Se llamó asà por tener en la -parte superior una figura de bronce que giraba á modo de veleta -á todos vientos, y representaba un guerrero á caballo, armado de -lanza y adarga, con dos versos árabes, que dicen asà traducidos al -castellano:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<p class="i0">Dice el sábio Aben-Habuz</p> -<p class="i0">Que asà se defiende el andaluz.</p> -</div></div> - -<p>Este Aben-Habuz, segun las crónicas árabes, fue uno de los -capitanes de Tarik, quien le nombró alcaide<span class="pagenum" -id="Page_97">[p. 97]</span> de Granada; y es probable que hiciese -erigir dicha efigie guerrera, para recordar á los habitantes -musulmanes del pais, que hallándose como se hallaban rodeados de -enemigos, su seguridad exigia que estuviesen á toda hora prontos á -combatir.</p> - -<p>Sin embargo, las tradiciones populares esplican de otro modo -lo que concierne á Aben-Habuz y su palacio, y nos enseñan que el -guerrero de bronce fue en su orÃgen un talisman que tenia oculta -una gran virtud; mas que con el tiempo ha perdido su poder mágico, -quedando reducido á una simple veleta.</p> - -<p>Estas tradiciones son las que me he propuesto dejar consignadas en -el capÃtulo siguiente.</p> - -<div class="figmotivo"> - <img src="images/motivo.jpg" - alt="Ilustración ornamental de fin de capÃtulo" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Cap7"> - <p><span class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span></p> - <div class="figornam"> - <img src="images/cap7.jpg" - alt="Ilustración de inicio de capÃtulo" /> - </div> - <h2 class="nobreak">Leyenda del Astrólogo Ãrabe.</h2> -</div> - -<p><span class="smcap">En cierto</span> tiempo, hace muchos siglos, -reinaba en Granada un rey moro llamado Aben-Habuz, el cual era un -conquistador retirado de los negocios; esto es, un hombre que despues -de haber llevado en su <span class="pagenum" id="Page_99">[p. -99]</span>juventud una vida de hostilidades y rapiñas continuas, -cuando se vió viejo y débil, ya no deseó otra cosa sino vivir en -paz con todo el mundo, poner á cubierto sus laureles, y gozar -tranquilamente de los estados que habia usurpado á sus vecinos.</p> - -<p>Sucedió sin embargo, que este monarca tan razonable y pacÃfico, -tuvo que medir sus fuerzas con algunos rivales jóvenes, que -hallándose con todo el fuego de su pasion á la gloria y á los -combates, estaban decididos á pedirle cuentas de lo que habia -usurpado á sus padres. Algunos puntos distantes de su territorio, -que en los dias de su mocedad no se atrevian á rebullirse bajo su -mano de hierro, trataron tambien de alborotarse ahora que aspiraba -al des<span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span>canso, -llegando á amenazar á la capital. De modo que el desventurado -Aben-Habuz, atacado en lo interior y en lo esterior, vivia en -continuo sobresalto en medio de las montañas que rodean á Granada, -sin saber por qué parte romperian las hostilidades.</p> - -<p>En vano levantó atalayas en los montes, en vano hizo guardar todos -los pasos por tropas estacionarias, que tenian órden de anunciar -la proximidad de los enemigos con fuegos por la noche y ahumadas -durante el dia: las habia con enemigos mas activos y vigilantes que -él, y que á pesar de todas sus precauciones hallaban siempre medios -de penetrar en sus tierras por algun desfiladero, talaban el pais -y se llevaban consigo muchos prisioneros.<span class="pagenum" -id="Page_101">[p. 101]</span> ¿Se vió nunca un conquistador retirado -y pacÃfico mas atormentado que el pobre Aben-Habuz? Hallábase en -tan triste situacion, abrumábanle las tribulaciones que por todas -partes le rodeaban, cuando se presentó en su córte un médico árabe. -Bajábale hasta la cintura una barba blanca y poblada, y todo su -aspecto anunciaba una estrema vejez; mas no por esto habia dejado -de hacer el viage á Egipto, á pie y sin mas ayuda que el apoyo de -un baston en el que estaban grabados algunos geroglÃficos. HabÃale -precedido su celebridad: llamábase Ibrahim Eben Abou Agib, creÃasele -nacido en tiempo de Mahoma, y se decia que su padre Abou Agib habia -sido el último compañero de este profeta. El Eben Abou Agib de que -ahora ha<span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span>blamos, -habiendo seguido en su juventud el egército victorioso de Amrou -en Egipto, fijó su residencia en este pais, en donde permaneció -muchos años con el objeto de estudiar las ciencias abstractas, y -particularmente la mágia con aquellos sacerdotes. DecÃase ademas que -poseÃa el secreto de prolongar la vida, y que por su medio habia -cumplido ya mas de dos siglos: la lástima era que habia descubierto -el secreto siendo ya muy viejo, y solo habia podido perpetuar sus -rugas y sus canas.</p> - -<p>Este famoso anciano fue honrosamente acogido por el rey, que como -la mayor parte de los monarcas viejos, empezaba ya á manifestar una -aficion decidida á los médicos y á los astrólogos. Quiso hospedar á -este en su palacio; mas el sábio moro prefi<span class="pagenum" -id="Page_103">[p. 103]</span>rió para su habitacion una caverna de -la colina que dominaba á Granada, que fue precisamente la misma -en donde mas adelante se edificó la Alhambra. La hizo ensanchar, -convirtiéndola en una vasta sala, y practicó en el techo una abertura -circular, que comunicando con el esterior, facilitaba el que pudiesen -verse las estrellas al lleno del dia, bien asà como se ven desde -el fondo de un pozo. Las paredes de la sala estaban cubiertas -de geroglÃficos egipcios, signos cabalÃsticos, y figuras de las -estrellas y constelaciones, y ademas toda la caverna estaba llena de -instrumentos que fabricaron bajo la direccion del sábio los artistas -mas inteligentes de Granada; mas estos instrumentos tenian cualidades -ocultas que solo Ibrahim conocia.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span></p> - -<p>En poco tiempo logró este ser el consejero Ãntimo del rey, el cual -no hacia nada sin consultarle. Cierto dia, hallándose Aben-Habuz con -su confidente, se lamentaba lleno de dolor de la injusticia de sus -vecinos, y de la continua vigilancia que tenia precision de observar -para estorvar sus invasiones. Cuando hubo acabado de lastimarse, -le miró el astrólogo en silencio por algunos momentos, y tras esto -le dirigió en corta diferencia estas palabras: «Sabe, ó rey, que -cuando yo estuve en Egipto và una gran maravilla, que era obra de -una princesa pagana de los tiempos antiguos. Sobre una montaña que -domina una ciudad considerable, situada á la orilla del Nilo, se veÃa -la figura de un carnero de bronce, y encima de este estaba un gallo -del<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span> mismo metal; -todo ello giraba sobre un quicio, y cuantas veces se veÃa el pais -amenazado de alguna invasion, se volvia el carnero hácia la parte por -donde venia el enemigo, y cantaba el gallo; lo cual advertia á los -habitantes de la ciudad del peligro en que se hallaban, indicándoles -al mismo tiempo el punto hácia donde debian dirigir su defensa.</p> - -<p>—¡Gran Dios! esclamó el pacÃfico Aben-Habuz, ¡qué tesoro seria -para mà un carnero semejante, que sin cesar tuviese la vista fija en -las montañas que me rodean, y un gallo queme advirtiese en caso de -peligro! ¡Allah Akbar! ¡Cuánto mas tranquilo dormiria yo si velasen -tales centinelas en lo alto de mi palacio!»</p> - -<p>El astrólogo dejó pasar los prime<span class="pagenum" -id="Page_106">[p. 106]</span>ros trasportes del rey, y continuó -asÃ:</p> - -<p>«Despues que el victorioso Amrou (¡téngale Allah en descanso!) -hubo acabado la conquista de Egipto, me quedé yo entre los antiguos -sacerdotes de este pais, con los cuales estudié los ritos y -ceremonias de su idolatrÃa, procurando principalmente penetrar los -conocimientos ocultos que les han dado tanta celebridad. Estando un -dia en conversacion con un sacerdote anciano, sentados ambos á la -orilla del Nilo, me señaló con el dedo las enormes pirámides que -se levantaban como unos montes en medio del desierto, y me dijo al -mismo tiempo estas palabras: «Todo lo que yo puedo enseñarte no es -nada en comparacion de los conocimientos que esas masas gigantescas -encierran. En el centro de la<span class="pagenum" id="Page_107">[p. -107]</span> pirámide del medio se halla una cámara sepulcral y -en donde reposa la momia del gran sacerdote que ayudó á edificar -ese enorme edificio, y con él está enterrado tambien un libro -maravilloso, que contiene todos los secretos del arte mágica. Este -libro lo poseyó Adan antes de su caida, y pasó de padres á hijos -hasta el sábio rey Salomon, á quien fue de gran provecho para la -construccion del templo de Jerusalen; mas el modo cómo llegó despues -al arquitecto de las pirámides, aquel que nada ignora podrá solo -decirlo.»</p> - -<p>«Luego que oà estas palabras del sacerdote egipcio ardió mi -corazon en deseos de poseer el libro; y como podia disponer de una -parte del egército victorioso, agregué á ella cierto número de -egipcios, y con su ausi<span class="pagenum" id="Page_108">[p. -108]</span>lio acometà la empresa de penetrar en la sólida masa de -la pirámide. Despues de largos trabajos logré descubrir uno de los -tránsitos secretos del edificio; le seguÃ, y arrastrándome al traves -de un laberinto lóbrego y espantoso, me introduje en la cámara -sepulcral del centro, en donde reposaba hacia muchos siglos la momia -del gran sacerdote. Rasgué sus vestiduras esteriores, y desatando -las vendas que ceñian el cadáver, hallé al fin el precioso volúmen. -CogÃle con mano trémula, y salà presuroso de la pirámide, dejando á -la momia del gran sacerdote esperando el último dia en el silencio y -la oscuridad de su sepulcro.</p> - -<p>—¡Hijo de Abou Agib! esclamó Aben-Habuz, eres ciertamente un gran -viagero, y has visto cosas ma<span class="pagenum" id="Page_109">[p. -109]</span>ravillosas; ¿mas qué tengo yo que ver con el secreto de la -pirámide, ni con el libro de la ciencia del sábio Salomon?</p> - -<p>—Vas á saberlo, ó rey. Con el estudio constante de este libro me -he instruido en todos los secretos de la mágia, y puedo mandar á -los genios que me ayuden en la egecucion de mis planes. Conozco el -misterio del talisman de Bursa, y puedo construir otro semejante y -darle todavÃa mas fuerza.</p> - -<p>—¡Ó sábio hijo de Abou Agib! dijo Aben Habuz enagenado de -alegria; semejante talisman vale mas que las centinelas que tengo -en la frontera y las atalayas de los montes. Dame luego esa feliz -salvaguardia, y toma todas las riquezas de mi tesoro.»</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span></p> - -<p>El astrólogo puso luego manos á la obra para satisfacer los deseos -del viejo monarca. Al efecto hizo construir una altÃsima torre en lo -mas elevado del palacio, frente la colina del Albaicin; y es fama que -las piedras que sirvieron para su construccion fueron sacadas de una -de las pirámides de Egipto. La parte superior de la torre la ocupaba -una sala de figura circular, con ventanas que caÃan á todos los -puntos del horizonte; delante de cada una de estas ventanas habia una -mesa, y sobre ella, á manera de un juego de ajedrez, estaba colocado -un pequeño egército, compuesto de infanterÃa y caballerÃa con su rey -á la cabeza, labrado todo en madera. Junto á cada mesa se veÃa ademas -una lanza del tamaño de un punzon, en la cual estaban grabados<span -class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span> ciertos caracteres -caldeos. La rotunda estaba siempre cerrada con una puerta de bronce y -una reja de acero, cuya llave guardaba el rey. En lo mas alto de la -torre habia sobre un quicio una figura de bronce, que representaba -un guerrero moro con una adarga en la una mano y una lanza en la -otra: tenia la cara vuelta hácia la parte de la ciudad, en actitud de -velar sobre ella; mas en el momento en que se acercaba algun enemigo, -se volvia hácia el punto amenazado, enristrando al mismo tiempo la -lanza.</p> - -<p>Concluido que estuvo el talisman, impaciente Aben-Habuz de -esperimentar su eficacia, deseaba una invasion tanto como antes la -habia temido. No tardaron á cumplirse sus deseos: acababa de amanecer -una<span class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span> mañana, -cuando el centinela de la torre avisó al rey que el guerrero de -bronce estaba vuelto hácia la parte de Elvira, y su lanza apuntaba en -lÃnea recta al paso de Lope.</p> - -<p>«Corre pues, dijo el rey, que los atambores y trompetas toquen -inmediatamente al arma, y acuda á la defensa toda Granada.</p> - -<p>—Ó rey, dijo el astrólogo, deja descansar á tus guerreros, que -no es necesaria la fuerza para librarte de los enemigos. Manda que -se retiren tus criados, y subamos solos á la pieza secreta de la -torre.»</p> - -<p>El anciano Aben-Habuz subió la escalera de la torre, apoyado -en el brazo de Ibrahim Eben Abou Agib, que aun era mas viejo, y -abriendo la puerta de bronce se entraron ambos en la rotunda, en -donde encon<span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span>traron -abierta la ventana que miraba al paso de Lope. «Por este lado, dijo -el astrólogo, viene el peligro; acércate, ó rey, y contempla las -maravillas de la mesa.»</p> - -<p>Llegóse Aben-Habuz al tablero en donde estaban colocadas las -figuritas de madera, y advirtió con gran sorpresa que todas estaban -en movimiento. Los caballos caracoleaban y batian el suelo con los -pies, los guerreros blandian las lanzas, y oÃase como en miniatura -el sonido de las trompetas y atambores, el crugido de las armas y el -relincho de los corceles; mas todo esto no producia sino un ruido muy -débil, semejante al zumbido de una abeja.</p> - -<p>«Ves aquÃ, ó gran rey, dijo el astrólogo, la prueba de que -tus enemigos están en campaña y deben<span class="pagenum" -id="Page_114">[p. 114]</span> venir por el paso de Lope. ¿Quieres -introducir la confusion en sus filas por medio de un terror pánico, -y forzarlos á que se retiren sin efusion de sangre? no tienes mas -que herir esas figuras con el asta de la lanza mágica; mas si por el -contrario quieres sangre, tócalas con la punta.»</p> - -<p>El semblante del pacÃfico Aben-Habuz se cubrió por un momento -de un colorido cárdeno, y el movimiento de su cana y poblada barba -descubria el trasporte que agitaba todos los músculos de su rostro: -tomó con mano trémula la lanza y se acercó á la mesa. «Hijo de Abou -Agib, dijo, creo que se verterá una poca sangre.»</p> - -<p>Dichas estas palabras hirió con la punta de la lanza algunas de -aquellas figuras mágicas, y tocó las otras con<span class="pagenum" -id="Page_115">[p. 115]</span> el cuento. Los primeros guerreros -cayeron al momento muertos sobre el tablero, y los demas -revolviéndose unos contra otros, trabaron confundidos un combate, -cuyos resultados eran en corta diferencia iguales para unos y -otros.</p> - -<p>No costó poco trabajo al astrólogo el contener la mano del monarca -mas pacÃfico, para impedirle que esterminase hasta el último de sus -enemigos; mas al fin consiguió hacerle bajar de la torre para enviar -espias á los montes por el paso de Lope.</p> - -<p>Regresados estos, refirieron al rey que un egército cristiano, -cruzando la sierra, habia llegado casi hasta las puertas de Granada; -mas que de repente, suscitándose entre ellos una quimera, habian -vuelto sus armas unos contra otros, y des<span class="pagenum" -id="Page_116">[p. 116]</span>pues de un combate muy encarnizado, se -habian retirado á sus fronteras.</p> - -<p>El buen Aben-Habuz no cabia en sà de contento al ver tan -cumplidamente acreditada la eficacia de su talisman. «Ya en fin, -decia, voy á pasar una vida tranquila, pues que tengo en mis manos -la suerte de mis enemigos. Sábio hijo de Abou Agib, ¿qué recompensa -podré ofrecerte por tan señalado beneficio?</p> - -<p>—Las necesidades de un anciano y un filósofo son muy simples -y reducidas: proporcionadme, ó rey, los medios para convertir mi -caverna en un retiro habitable, nada mas deseo.</p> - -<p>—He aquà la modestia del verdadero sábio,» esclamó Aben-Habuz -interiormente, muy satisfecho de lo<span class="pagenum" -id="Page_117">[p. 117]</span> moderado de la peticion; y llamando -á su tesorero, le mandó que entregase á Ibrahim todas las sumas -que le pidiese, ora para acabar de construir su retiro, ora para -amueblarle.</p> - -<p>El astrólogo hizo abrir en la peña muchas piezas que formaron -una habitacion contigua á su salon mágico; luego las amuebló con -ricos canapes y soberbias camas, y cubrió las paredes de hermosas -colgaduras de damasco. «Soy viejo, decia; mis huesos no pueden ya -descansar sobre un lecho de piedra; estas paredes son húmedas y es -preciso vestirlas.»</p> - -<p>Dispuso tambien se construyesen unos baños, provistos de toda -especie de perfumes y aceites aromáticos. «Porque los baños, decia, -son<span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span> necesarios -para combatir la estenuacion de la edad, y restituir la morbidez y la -frescura á un cuerpo fatigado por el estudio.»</p> - -<p>Hizo colgar en todo el edificio una multitud prodigiosa de -lámparas de plata y cristal, en las cuales ardia un aceite odorÃfero, -cuya receta habia encontrado en los sepulcros egipcios, el cual -tenia la propiedad de arder sin consumirse, y despedia un apacible -resplandor. «La luz del sol, decia el astrólogo, es demasiado viva y -fuerte para los cansados ojos de un pobre viejo; la de la lámpara es -la que conviene para los estudios de un filósofo.»</p> - -<p>Entre tanto el tesorero de Aben-Habuz iba ya regañando al entregar -las sumas, que cada dia se le pedian para acabar el retiro, hasta -que<span class="pagenum" id="Page_119">[p. 119]</span> al fin -dirigió sus quejas al rey.</p> - -<p>«Está empeñada mi palabra real, dijo Aben-Habuz encogiéndose de -hombros, y no hay sino prestar paciencia. Ese viejo quiere imitar -en su retiro filosófico lo que vió en lo interior de las pirámides -y en los vastos edificios de Egipto; mas todas las cosas tienen un -término, y el mueblage de la caverna tendrá sin duda el suyo.»</p> - -<p>No se engañaba el rey; por fin se concluyó el retiro, y quedó -formado un palacio subterráneo de inaudita magnificencia.</p> - -<p>«Ya estoy contento, dijo Ibrahim Eben Abou Agib al tesorero; ahora -voy á encerrarme en mi celda y á consagrar todo mi tiempo al estudio. -Nada deseo ya sino una friolera; una pequeña distraccion para llenar -los intervalos de mis tareas abstractas.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span></p> - -<p>—Ó sábio Ibrahim, pide lo que quieras, que tengo órden de -proveerte de todo lo que necesites en tu soledad.</p> - -<p>—Pues entonces, dijo el filósofo, no me desagradaria el tener -conmigo algunas bailarinas.</p> - -<p>—¡Bailarinas! esclamó sorprendido el tesorero.</p> - -<p>—SÃ, bailarinas, repitió gravemente el sábio; pero con pocas habrá -bastante, porque yo soy un viejo y un filósofo: mis costumbres son -muy sencillas y sé contentarme con poco; solo os encargo que sean -jóvenes y graciosas, porque la vista de la juventud y la hermosura -alegra y reanima la vejez.»</p> - -<p>Mientras el filósofo Ibrahim Eben Abou Agib pasaba sábiamente -su vida del modo que se ha dicho en su<span class="pagenum" -id="Page_121">[p. 121]</span> solitario retiro, el pacÃfico -Aben-Habuz hacia gloriosas campañas en efigie en la rotunda de su -torre. à la verdad para un rey de sus años y de su humor era una -cosa muy cómoda y agradable aquel talisman, por cuyo medio, al -mismo tiempo que se divertia á sus solas, podia derrotar poderosos -egércitos, ni mas ni menos que si fueran enjambres de moscas.</p> - -<p>Gozó por algun tiempo de este placer, y aun algunas veces solia -insultar á sus enemigos, sin mas objeto que el de inducirlos á que le -atacasen; mas habiéndolos hecho prudentes sus repetidas desgracias, -ninguno de ellos se atrevió ya á invadir el territorio de Aben-Habuz. -Por espacio de muchos meses permaneció la figura de bronce bajo el -pie de<span class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span> paz con -su lanza perpendicular, y el buen rey empezaba ya á echar menos la -acostumbrada diversion, y á fastidiarse en gran manera de su monótona -tranquilidad.</p> - -<p>Al fin llegó un dia en que el guerrero mágico giró súbitamente -sobre su ege, y puso la lanza en ristre con direccion á los montes -de Cádiz. Inmediatamente subió Aben-Habuz á la torre; pero quedó -sorprendido al no ver ningun movimiento en el tablero que estaba -colocado en la direccion indicada por el talisman: ni uno solo de los -pequeños guerreros se movia. Inquieto el rey con esta novedad, envió -á los montes una compañÃa de caballos, con órden de reconocerlos y -darle cuenta de lo que descubriesen. Tres dias estuvieron ausentes -los soldados, y cuando<span class="pagenum" id="Page_123">[p. -123]</span> volvieron al cabo de este tiempo, dijeron á su señor:</p> - -<p>«Hemos recorrido todos los desfiladeros de los montes, y no hemos -descubierto picas ni capacetes: lo único que hemos hallado en nuestra -espedicion es una jóven cristiana de peregrina hermosura, que estaba -durmiendo junto á una fuente, y nos la hemos traido cautiva.</p> - -<p>—¡Una jóven de peregrina hermosura! esclamó Aben-Habuz, brillando -en sus ojos la alegria; que la traigan luego á mi presencia.»</p> - -<p>Llevaron con efecto ante el viejo rey á la hermosa doncella, en -cuyo trage se veÃa todo el lujo que distinguia á los godos españoles -en la época de la invasion de los sarracenos. Las negras trenzas de -sus cabellos estaban entretejidas con rastras<span class="pagenum" -id="Page_124">[p. 124]</span> de finÃsimas perlas; los diamantes que -brillaban en su frente rivalizaban con la hermosura de sus ojos, y -de la cadena de oro que pendia de su cuello colgaba hasta el lado -izquierdo una lira de plata.</p> - -<p>El fuego que lanzaban sus negros y brillantes ojos cayó á manera -de rayo sobre el corazon de Aben-Habuz, que á pesar de su vejez, -todavÃa era combustible, y estaba contemplando con éxtasis el esvelto -y gracioso talle de la jóven.</p> - -<p>«¡Ó la mas hermosa de las mugeres! esclamó; ¿quién eres? ¿cómo te -llamas?</p> - -<p>—Soy hija de uno de los prÃncipes godos, á quienes obedecia hace -poco este pais. Los egércitos de mi padre han quedado destruidos -como por encanto en esas montañas: él<span class="pagenum" -id="Page_125">[p. 125]</span> ha sido desterrado de su suelo natal, y -su triste hija se halla ahora cautiva.</p> - -<p>—¡Guarda, ó rey! dijo en voz baja Ibrahim, esa jóven podria muy -bien ser una de aquellas magas del norte, que toman las formas -mas seductoras para coger en sus lazos á los imprudentes que se -fian de ellas. Yo creo leer la hechicerÃa en sus ojos y en todos -sus movimientos; no lo dudes, este es el enemigo que señalaba el -talisman.</p> - -<p>—Hijo de Abou Agib, contestó el rey, tú eres un gran filósofo, y -á mas á mas un gran mágico, yo lo concedo; pero no sabes una palabra -de lo que concierne á las mugeres. Sobre este punto no cedo en -conocimientos á nadie del mundo, incluso el mismo Salomon á pesar del -pro<span class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span>digioso número -de sus mugeres y concubinas. En cuanto á esta jóven, yo no veo en sus -ojos nada de espantoso, y toda su persona agrada singularmente á los -mios.</p> - -<p>—Ó rey, replicó el astrólogo, escúchame: yo te he procurado con mi -talisman un sinnúmero de victorias, sin haber tenido jamas la menor -parte en los despojos de los vencidos. Concédeme pues esta cautiva -para que amenice con su lira mi soledad; que si es en efecto maga, yo -tengo conmigo contrahechizos que harán ilusorias sus artes.</p> - -<p>—¿Aun necesitas otra muger? contestó ya amostazado Aben-Habuz, ¿no -te bastan las bailarinas para amenizar como dices tu soledad?</p> - -<p>—SÃ, tengo bailarinas; pero no tengo cantoras, y me convendrÃa -un<span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span> poco de música -para descansar y reanimar mi espÃritu cuando se halla fatigado por el -estudio.</p> - -<p>—Basta ya de peticiones para el retiro, dijo el rey encolerizado; -esta doncella está destinada á consolar mi vejez en el harem.»</p> - -<p>Nuevas pretensiones y nuevos argumentos de parte del astrólogo, -solo sirvieron para provocar una negativa mas decisiva de la del -monarca; con lo que se separaron llenos uno y otro de despecho. -El sábio se encerró en su soledad para digerir allà el desaire; -mas antes de retirarse, volvió á decir al rey que no se fiase de -la peligrosa cautiva. ¿Pero qué viejo enamorado dió jamas oidos á -semejantes consejos? Aben-Habuz soltó las riendas á la pasion que -le dominaba, y puso todo su<span class="pagenum" id="Page_128">[p. -128]</span> estudio en hacerse amable á los ojos de la bella -cristiana. à la verdad no podia agradarla por su juventud; mas era -rico, y los amantes viejos son de ordinario muy generosos. El Zacatin -de Granada fue despojado de sus mas preciosas mercaderÃas: las ricas -telas de seda, los diamantes, los perfumes, cuanto ofrecian de mas -raro y costoso el Ãfrica y el Asia era prodigado á la princesa. -Inventábanse para divertirla toda suerte de espectáculos y de -fiestas: torneos, conciertos, bailes, corridas de toros; Granada en -fin se habia convertido en la mansion de los placeres. La princesa -goda lo miraba todo como persona acostumbrada á la magnificencia, -y recibia los obsequios y los presentes del rey como unos tributos -debidos á su rango, ó<span class="pagenum" id="Page_129">[p. -129]</span> mas bien á su belleza: que el orgullo de la hermosura -es aun mayor que el de la nobleza. Sentia un placer secreto en -empeñar al fascinado monarca en unos gastos que agotaban su tesoro, -mirando su estravagante profusion como una cosa muy sencilla; mas -á pesar de sus atenciones y generosidad, el venerable amante no -podia envanecerse de haber hecho la menor impresion en el corazon -de la cautiva; porque si bien es cierto que no le recibia jamas con -semblante adusto, no lo es menos que nunca le concedia una sonrisa. -Apenas empezaba á hablarle de su amor, hacia ella resonar las cuerdas -de su lira, y este sonido tenia tal encanto, que luego que llegaba á -los oidos de Aben-Habuz, caÃa el pobre viejo en un sueño pro<span -class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span>fundo, del que salia -luego fresco, alegre y momentáneamente libre de su pasion. El efecto -de esta música no podia ser peor para el éxito de su galanterÃa; -mas como en estos instantes de adormecimiento, estaban sus sentidos -embelesados con sueños agradables, siguió soñando de este modo al -lado de su hermosa, al mismo tiempo que toda Granada se mofaba de su -infatuacion, y murmuraba sin rebozo al verle prodigar sus tesoros á -cambio de canciones.</p> - -<p>Entre tanto amenazaba á Aben-Habuz un peligro, sobre el que no -podia darle ningun aviso su talisman. Estalló una insurreccion en la -capital, y el populacho armado cercó el palacio, pidiendo á gritos -su cabeza y la de la cristiana. Encendióse en el corazon del rey una -chispa de su<span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span> -antiguo valor; salió á la cabeza de unos cuantos de sus guardias, -puso en fuga á los rebeldes, y el alboroto quedó sofocado en su -orÃgen.</p> - -<p>Restablecida la tranquilidad, se fue á ver al astrólogo, que -devorado por el despecho, estaba encerrado en su retiro, y alimentaba -contra el rey el mas amargo resentimiento.</p> - -<p>Llegóse á él Aben-Habuz, y le dijo con semblante franco y -amistoso: «Sábio hijo de Abou Agib, razon tenias cuando me anunciaste -que la hermosa cautiva atraeria sobre mà muchos peligros; mas ya que -eres tan profundo en la ciencia de anunciar los males, dime ahora qué -es lo que debo hacer para evitarlos.</p> - -<p>—Separar de tu lado á la infiel que los causa.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span></p> - -<p>—¡Antes perder el reino! dijo con resolucion Aben-Habuz.</p> - -<p>—Te arriesgas á perder uno y otro, replicó el astrólogo.</p> - -<p>—No seas tan áspero y desconfiado, ¡ó el mas profundo de los -filósofos! Conduélete de la doble desgracia de un monarca y un -amante, y busca algun medio de libertarme de los peligros que me -amenazan. Nada me importan ya el poder ni la grandeza, solo suspiro -por la tranquilidad. ¿No me seria dado hallar algun asilo, en donde -lejos del mundo, de sus pompas y de su bullicio, consagrase el resto -de mis dias al reposo y al amor?»</p> - -<p>El astrólogo le miró por algunos momentos frunciendo las pobladas -cejas.</p> - -<p>«¿Y qué me darias, le dijo en fin,<span class="pagenum" -id="Page_133">[p. 133]</span> si te procurase un retiro semejante?</p> - -<p>—Tú mismo señalarias la recompensa, y si estaba en mi mano -concedértela, te aseguro sobre mi palabra que podias mirarla como -tuya.</p> - -<p>—¿Has oido hablar, ó rey, del jardin de Hirám, uno de los -prodigios de la Arabia Feliz?</p> - -<p>—SÃ, el Alcorán habla de ese jardin en el capÃtulo titulado la -<i>Aurora del dia</i>. Ademas he oido referir muchas cosas maravillosas -á los peregrinos de la Meca; pero siempre creà que eran cuentos de -viageros.</p> - -<p>—No desprecies, ó rey, las relaciones de los viageros, replicó -con semblante grave el astrólogo; porque en ellas se encierran raros -conocimientos, trasportados de un estremo á otro de la tierra. -En cuanto al palacio y jardin de Hirám, en<span class="pagenum" -id="Page_134">[p. 134]</span> general es cierto lo que refieren.... -yo he visto uno y otro por mis propios ojos.... Escucha bien lo que -voy á referirte, porque mi aventura tiene relaciones muy Ãntimas con -el objeto de tu pretension.</p> - -<p>«En mis primeros años, cuando yo no era mas que un simple árabe -del desierto, guardaba los camellos de mi padre. Atravesando un dia -el desierto de Eden se descarrió uno de ellos, y yo le busqué en -vano por espacio de muchos dias: estenuado en fin de fatiga á la -hora en que se halla el sol en el meridiano, me quedé dormido bajo -una palma, al lado de un pozo que estaba casi seco. Al despertarme -me encontré á la puerta de una ciudad, y habiendo entrado en ella và -unas calles hermosas, plazas y mercados espacio<span class="pagenum" -id="Page_135">[p. 135]</span>sos; mas todo estaba silencioso como -la tumba: la ciudad parecia inhabitada. Anduve, errando por todas -partes, hasta que descubrà un palacio situado en medio de un jardin -adornado de fuentes, estanques, bosquecillos llenos de flores y -árboles frondosos cargados de frutos. Sin embargo, ningun viviente se -mostraba aun en aquel lugar de delicias. Espantado de tanta soledad, -salà apresuradamente del palacio y de la ciudad, y habiéndome alejado -algunos pasos, me volvà para contemplarla; pero ya no và nada, sino -el desierto que se estendia hasta perderse de vista.</p> - -<p>«Poco despues encontré á un viejo dérvis muy versado en los -secretos y tradiciones del pais, á quien referà mi aventura. «Lo -que has visto,<span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span> -me dijo, es el célebre jardin de Hirám, una de las maravillas -del desierto, el cual aparece de cuando en cuando á los viageros -estraviados como tú, los divierte con la vista de sus torres, -jardines y árboles cargados de frutos, y se desvanece al momento, -dejando en su lugar una inmensa y árida soledad. En los tiempos -antiguos, cuando este pais estaba habitado por los Additas, el -rey Sheddah, hijo de Ad, biznieto de Noé, fundó en él una ciudad -magnÃfica, y cuando estuvo concluida y vió su grandeza y hermosura, -enchido de orgullo su corazon, resolvió levantar un palacio y unos -jardines que igualasen á lo que refiere el Alcorán de las bellezas -del paraiso. Pero su presuncion atrajo sobre él la maldicion del -cielo: él y todo<span class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span> -su pueblo desaparecieron de la tierra, y su opulenta ciudad, su -palacio y sus jardines fueron puestos bajo la influencia de un -encanto que los separa de la vista de los hombres, fuera de ciertos -momentos en que aparece para perpetuar la memoria de su pecado.»</p> - -<p>«Esta historia y las maravillas que habia visto no se borraron -jamas de mi imaginacion, y cuando estuve mas adelante en Egipto, -dueño ya del libro del sábio Salomon, resolvà visitar de nuevo el -jardin de Hirám. Le hallé en efecto con el ausilio de mi libro, -tomé posesion de él, pasé muchos dias en aquella imitacion del -paraiso, y obedientes á mi poder mágico los genios que le guardan, -me revelaron los encantos por cuya fuerza habia sido construi<span -class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span>do, y los que le hacian -invisible.</p> - -<p>«Yo pues, ó rey, puedo construirte un palacio semejante en la -montaña que domina la ciudad; conozco todos los secretos mágicos y -poseo el libro del sábio Salomon: nada es inaccesible á mi poder.</p> - -<p>—¡Ó hijo de Abou Agib! ¡ó el mas sábio de todos los hombres! dijo -Aben-Habuz ardiendo en deseos, ¡tú eres un gran viagero, tú has visto -y aprendido cosas maravillosas! Débate yo un paraiso semejante, y -pide en recompensa cuanto quieras, que yo te lo concedo, aunque sea -la mitad de mi reino.</p> - -<p>—¡Ah! replicó el astrólogo, ya sabes que yo no soy mas que un -anciano, un pobre filósofo bien fácil de contentar; no te pido otra -cosa sino la primera cabalgadura que pase por<span class="pagenum" -id="Page_139">[p. 139]</span> la puerta del palacio mágico, con la -carga que lleve.»</p> - -<p>Aceptó gustoso el monarca esta modesta condicion y el astrólogo -puso manos á la obra. Ante todo, en la cumbre de la colina que -dominaba inmediatamente su retiro subterráneo, hizo erigir una gran -portada, que pasaba por el centro de una torre fortÃsima. Sobre la -piedra fundamental del arco esterior que formaba el pórtico, esculpió -el mismo mágico una mano gigantesca, y en la del arco interior, -encima de las puertas, representó una gran llave; cuyas figuras eran -poderosos talismanes, sobre los cuales pronunció ciertas palabras en -lengua desconocida.</p> - -<p>Concluida esta puerta, permaneció por espacio de dos dias -encerrado en su cámara mágica, y el tercero<span class="pagenum" -id="Page_140">[p. 140]</span> se subió á la colina, y se estuvo en -la cumbre hasta alta noche. Bajó á esta hora, y presentándose á -Aben-Habuz: «En fin, ó rey, le dijo, ya está terminada mi obra: en -la cumbre de ese monte he erigido el palacio mas delicioso que pudo -inventar jamas el ingenio humano; allà está reunido todo lo que puede -contribuir á la felicidad de la vida; salones magnÃficos, jardines -sombrÃos y floridos, fuentes cristalinas, baños perfumados: en una -palabra, la colina se ha trasformado en un paraiso; y á la manera que -el palacio de Hirám, se halla tambien este protegido por un encanto -de gran poder, que le hace invisible á todos los que no poseen el -secreto de su talisman.</p> - -<p>—Basta, dijo lleno de júbilo Aben-Habuz: mañana al despuntar la -au<span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span>rora subiremos -á la colina, y tomaremos posesion de esa morada de ventura.» Aquella -noche durmió poco el monarca, y apenas los primeros rayos del sol -comenzaban á dorar los picos de Sierra-Nevada, montó en su caballo, -y seguido de una corta y escogida comitiva, subió la colina por un -camino angosto y escarpado. Al lado de Aben-Habuz iba la princesa, -montada en un palafren blanco; su trage estaba sembrado de diamantes, -y del hermoso cuello colgaba segun costumbre la lira de plata. El -astrólogo, que nunca montaba á caballo, caminaba á pie al otro lado -del rey, apoyado sobre su baston geroglÃfico.</p> - -<p>HacÃase todo ojos Aben-Habuz, esperando ver en lo alto las -torres del palacio con sus jardines y bos<span class="pagenum" -id="Page_142">[p. 142]</span>quecillos; mas nada podia descubrir. -«Ved ahÃ, dijo el astrólogo, en lo que consiste la seguridad y el -misterio de este lugar: nada puede distinguirse hasta que se ha -pasado la puerta encantada.»</p> - -<p>Luego que llegaron delante de la puerta, deteniéndose el -astrólogo, enseñó al rey la mano y la llave misteriosas grabadas -sobre el arco. «Las figuras que veis, dijo, son los talismanes que -guardan la entrada de este paraiso: entre tanto esa mano no se baje -hasta tocar la llave, ningun poder humano, ningun artificio mágico -podrá triunfar del señor de esta colina.»</p> - -<p>Mientras Aben-Habuz contemplaba embelesado, y en un silencio -de admiracion y pasmo los misteriosos talismanes, el palafren de -la<span class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span> princesa, -que seguia caminando, se entró por el pórtico hasta el centro de la -torre.</p> - -<p>«He aquÃ, dijo el astrólogo, la recompensa que me habeis -prometido; la primera cabalgadura que entre por estas puertas -mágicas, con la carga que lleve.»</p> - -<p>Sonrióse Aben-Habuz, creyendo que era un chiste del viejo; mas -cuando conoció que hablaba con seriedad, temblaron de indignacion las -canas de su barba.</p> - -<p>«Hijo de Abou Agib, dijo con airado semblante, ¿qué significa este -engaño? Bien sabes tú lo que yo creà prometer: la primera cabalgadura -que entrase por la puerta con la carga que llevase. Ve pues, toma -la mula mas poderosa de mis caballerizas, cárgala de los obje<span -class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span>tos mas preciosos que se -hallen en mi tesoro, tuya es; mas no levantes tus pensamientos hasta -la que forma, las delicias de mi corazon.</p> - -<p>—¿Y qué se me da á mà de tu oro ni de tus riquezas? dijo con aire -de desprecio el astrólogo. ¿No poseo yo el libro del sábio Salomon? -¿No tengo á mi disposicion todos los tesoros de la tierra? La -princesa me pertenece de derecho: tu palabra real está empeñada, yo -la reclamo como alhaja mia.»</p> - -<p>à todo esto, desde lo alto de su palafren les dirigia la princesa -mirandas altivas, y se sonreÃa desdeñosamente al contemplar á -aquellos dos vestiglos disputándose la posesion de su juventud y -belleza.</p> - -<p>Despues de un largo debate, dominando la rabia del monarca -sobre<span class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> su -prudencia, esclamó: «¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sábio en -mas de una ciencia; pero reconoce en mà á tu señor, y no lleves la -temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey.</p> - -<p>—¡Tú mi señor! replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de -una ratonera daria leyes al que posee el libro de Salomon! Adios, -Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraiso -de los locos; que yo voy á reirme á tus espensas en mi retiro -filosófico.»</p> - -<p>Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la -princesa, hirió la tierra con el baston y se hundió con la hermosa -dama al traves del centro de la torre. Tras esto se cerró la tierra -sobre sus cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertu<span -class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span>ra por donde habian -desaparecido.</p> - -<p>Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó -á articular una palabra. Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso -que mil obreros hiciesen una escavacion profunda en el sitio por -donde se habia hundido el astrólogo: trabajaron con teson, pero -todos sus esfuerzos fueron vanos: en algunos puntos saltaban los -picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo -practicado, casi tan pronto como lo habian hecho. Aben-Habuz buscó en -la falda de la montaña la boca de la caverna que conducia al palacio -subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues -en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veÃa ya otra -cosa que la roca firme y unida.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span></p> - -<p>Entre tanto, con la desaparicion de Ibrahim Eben Abou Agib -perdieron la eficacia sus talismanes: el guerrero de bronce quedó -inmóvil, vuelto el semblante hácia la colina, y con la lanza apuntada -al sitio por donde se habia hundido el astrólogo, como si quisiera -indicar que se ocultaba allà el mayor enemigo de Aben-Habuz.</p> - -<p>Algunas veces se oÃan en aquel sitio los sonidos de un -instrumento, y los acentos de una voz de muger, que apenas se -distinguian, y al parecer salian de las entrañas de la tierra. -Cierto dia refirió un labrador al rey que la noche anterior habia -notado en la peña una hendedura, y habiéndose introducido por ella -habia distinguido á gran profundidad un salon subterráneo, en el -cual, recos<span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span>tado -el astrólogo sobre un magnÃfico sofá, dormitaba dando cabezadas al -sonido de la lira de la princesa, que segun los efectos egercia un -poder mágico sobre sus sentidos.</p> - -<p>Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible -encontrarla, porque sin duda habia vuelto á cerrarse. Tambien reiteró -las tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como -las primeras: y es que ningun poder humano podia superar al encanto -de la mano y la llave. En cuanto á la cumbre del monte, donde debian -haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que -dicho elÃseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que -no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo; -lo cierto es que allà no se<span class="pagenum" id="Page_149">[p. -149]</span> veÃa otra cosa que una soledad árida; y escabrosa. Las -gentes adoptaron piadosamente la última opinion, y unos llamaban -á aquel sitio la <i>Locura del rey</i>, y otros el <i>Paraiso de los -locos</i>.</p> - -<p>Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos, -á quienes habia desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando -poseÃa el talisman, habiendo llegado á conocer que ya no se -hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su -territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacÃfico de los -monarcas fue una serie de guerras y disturbios.</p> - -<p>En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está -enterrado; y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante -la Alhambra,<span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span> -que realiza en cierto modo las fábulas del jardin de Hirám. El -pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda -por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada <i>del -Juicio</i> y la entrada principal de la fortaleza; y es opinion -comun que el astrólogo permanece todavÃa bajo este pórtico en el -salon subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la -princesa.</p> - -<p>Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oir -estos sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su -virtud soporÃfica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos. -Todo lo cual, segun las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad: -la princesa, dicen, permanecerá cautiva<span class="pagenum" -id="Page_151">[p. 151]</span> del astrólogo, y el astrólogo sometido -á la mágia somnÃfera de la princesa hasta el dia del juicio; á menos -que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el encanto de la -montaña.</p> - -<div class="figmotivo"> - <img src="images/motivo.jpg" - alt="Ilustración ornamental de fin de capÃtulo" /> -</div> - - -<div class="chapter" id="Cap8"> - <p><span class="pagenum" id="Page_152">[p. 152]</span></p> - <div class="figornam"> - <img src="images/cap8.jpg" - alt="Ilustración de inicio de capÃtulo" /> - </div> - <h2 class="nobreak" - title="Historia del prÃncipe Ahmed Al Kamel, ó el peregrino de amor.">Historia - del prÃncipe Ahmed Al Kamel, ó el peregrino de amor.</h2> -</div> - -<p><span class="smcap">Antiguamente</span> habia en Granada un rey, -que solo tenia un hijo, llamado Ahmed, á quien los cortesanos, -á causa de los signos indubitables de superioridad que notaron -en él desde su tierna infancia, le dieron<span class="pagenum" -id="Page_153">[p. 153]</span> el sobrenombre de Al Kamel, que quiere -decir El Perfecto. Las predicciones de los astrólogos se conformaban -bastante con esta lisonja, pues habian leido en los astros que el -prÃncipe seria el mas perfecto y dichoso de los soberanos. Una -sola nube amenazaba su destino, y aun en esta se distinguia cierto -color purpúreo que la hermoseaba: habÃale dotado naturaleza de una -propension irresistible al amor, y esta pasion le habia de hacer -correr grandes riesgos. Con todo, si se conseguia libertarle de sus -ataques hasta la edad madura, se desvanecerian estos peligros, y su -vida ofreceria una serie no interrumpida de prosperidades.</p> - -<p>Confiado el rey en los consejos de los astrólogos, adoptó la -sábia<span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span> resolucion -de hacer educar al prÃncipe en un retiro absoluto, en donde no -pudiese ver un rostro femenil, ni llegase á sus oidos el solo nombre -de amor. Can esta mira hizo construir en la colina que domina la -Alhambra un palacio suntuoso, y le rodeó de deliciosos jardines, -cercados de murallas altÃsimas, que son los mismos que conocemos al -presente con el nombre de <i>Generalife</i>.</p> - -<p>En este retiro fue encerrado el jóven Ahmed Al Kamel, bajo la -tutela de Eben Bonabben, filósofo árabe de saber profundo; pero de -carácter severo é insensible. Habia este pasado la mayor parte de -su vida en Egipto, ocupado en el estudio de los geroglÃficos, y en -hacer investigaciones cientÃficas en los se<span class="pagenum" -id="Page_155">[p. 155]</span>pulcros y en las pirámides; y de ahà es -que á sus ojos tenia mucho mas atractivo una momia egipcia, que la -belleza viviente mas seductora. Confióse pues á tan digno preceptor -la educacion del prÃncipe, previniéndole le instruyese en toda clase -de conocimientos, escepto uno solo: debia ignorar completamente todo -lo relativo al amor.</p> - -<p>«Emplead, le dijo el rey, cuantas precauciones creais necesarias -para conseguir este objeto; y tened presente, ó Eben Bonabben, que -si mi hijo llega á adquirir la menor noticia de este objeto vedado, -pagareis con la cabeza esta trasgresion á mis órdenes.»</p> - -<p>Una sonrisa forzada conmovió el descarnado rostro del sábio -Bonabben al oir esta amenaza. «Tan se<span class="pagenum" -id="Page_156">[p. 156]</span>guro podeis estar vos de vuestro hijo -como yo de mi cabeza. ¿Creeis que un hombre como yo habia de ir á dar -al prÃncipe lecciones de amor?»</p> - -<p>Bajo la vigilante custodia del filósofo fue creciendo el prÃncipe, -prisionero en aquellos jardines y palacio. ServÃanle esclavos -negros y mudos, de figura horrible, que ó no tenian ninguna noticia -del amor, ó carecian de palabras para comunicarlas. Eben Bonabben -trabajaba con teson en formar el entendimiento de su alumno, -enriqueciéndole con toda suerte de conocimientos, y señaladamente con -las ciencias abstractas de los egipcios; mas el prÃncipe hacia muy -pocos progresos en estas últimas, y su Mentor se convenció muy pronto -de que no se hallaba en él ninguna aptitud para la metafÃsica.<span -class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span> Sin embargo, tenia une -docilidad estraordinaria en un prÃncipe, y estaba siempre pronto á -seguir las opiniones de los demas, dejándose guiar por el último -que le aconsejaba: tanto que resistiendo con no pequeño esfuerzo -los ataques del sueño, escuchaba con una paciencia verdaderamente -egemplar los doctos y perdurables discursos de Bonabben, que dejaron -en su espÃritu una idea ligera de casi todas las ciencias. De este -modo llegó felizmente Ahmed á los veinte años de su edad; mas aunque -podia pasar por un prodigio de saber, ignoraba absolutamente lo que -era amor.</p> - -<p>Por este tiempo se cambiaron las costumbres del prÃncipe: -abandonó de todo punto los estudios, y pasaba los dias vagando por -los jardines,<span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span> -ó sentado á la orilla de una fuente, abismado en profundas -cavilaciones. HabÃanle enseñado algunos principios de música, y -empleaba una parte del dia en cultivar este arte, manifestando al -mismo tiempo una aficion naciente á la poesÃa. Estos caprichos -sobresaltaron al sábio Eben Bonabben, el cual trató de desvanecerlos -por medio de un curso de álgebra; mas el prÃncipe tenia horror á todo -lo que era cálculo: «No puedo soportar el estudio del álgebra, dijo; -necesito alguna cosa que hable á mi corazon.</p> - -<p>—¡Medrados estamos! dijo para sà el sábio preceptor, meneando -la despoblada cabeza. ¡Adios filosofÃa! el prÃncipe ha descubierto -que hay corazon.» Desde entonces dobló la vigilancia con que celaba -todos los<span class="pagenum" id="Page_159">[p. 159]</span> pasos -y acciones de su alumno, y no tardó en conocer que su propension -natural á la terneza se habia ya desarrollado, y solo necesitaba -un objeto para acabar de manifestarse. VeÃasele con frecuencia -discurriendo sin direccion por los jardines embebecido en una especie -de enagenamiento, cuya causa ignoraba él mismo: algunas veces parecia -hallarse sumergido en una ilusion deliciosa; otras tomaba un laud, y -pulsándole con blandura, le hacia producir los sonidos mas tiernos, -tras lo cual solia arrojarle con despecho lejos de sÃ, suspirando y -prorumpiendo en esclamaciones apasionadas.</p> - -<p>Esta disposicion al amor la manifestaba hasta con los objetos -inanimados: tenia algunas flores favoritas, á las que prodigaba las -atenciones<span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span> mas -asiduas; tomó cariño á muchos árboles, y uno en particular le inspiró -la mas viva pasion por su graciosa forma y delicado ramage, que se -inclinaba al suelo blandamente. Esculpia su nombre en la corteza, -adornaba sus ramas con guirnaldas, y acompañándose con el laud, -cantaba coplas en su alabanza.</p> - -<p>El sábio Eben Bonabben entró en graves temores al observar en su -alumno estos sÃntomas de escitacion: veÃale al umbral de la ciencia -vedada, el menor indicio bastaba ya para descubrirle el secreto -fatal. Temblando pues por la seguridad del prÃncipe y por su propia -cabeza, se apresuró á alejarle de las seducciones del jardin, y con -este objeto le confinó en la torre mas alta del Generalife. Contenia -esta magnÃficas<span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span> -habitaciones, desde donde descubria la vista un horizonte inmenso; -pero su elevacion la separaba de aquella atmósfera embalsamada, -de aquellos bosquecillos risueños, tan peligrosos para el sobrado -sensible Ahmed.</p> - -<p>Mas era necesario conciliar al prÃncipe con esta medida violenta, -y procurarle alguna distraccion que le hiciese mas llevadera su -soledad. Habia ya apurado todos los estudios amenos, y no podia -hablársele de álgebra ni de nada que se le pareciese; mas por fortuna -Eben Bonabben se acordó de que en otro tiempo habia aprendido en -Egipto la lengua de los pájaros, la cual le enseñára un rabino judÃo, -que la habia heredado directamente del sábio Salomon. Al solo nombre -de<span class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span> esta ciencia -brillaron de alegria los ojos del prÃncipe, el cual se aplicó á su -estudio con tal teson, que en poco tiempo se halló tan versado en -ella como su mismo maestro.</p> - -<p>La torre del Generalife dejó desde entonces de ser una soledad -para Ahmed, pues este tenia á toda hora con quien hablar. Su primer -conocimiento de vecindad fue el de un gavilan, que tenia su guarida -en una hendidura de las almenas, desde cuya elevacion se lanzaba -sobre la presa que á lo lejos descubria. Mas el prÃncipe halló poco -agradable la amistad de este pájaro: verdadero pirata del aire, -su conversacion se componia únicamente de fanfarronadas sobre sus -rapiñas, su valor y sus hazañas.</p> - -<p>Mas adelante se relacionó Ahmed<span class="pagenum" -id="Page_163">[p. 163]</span> con un buho de aspecto grave y -presumido, cabeza voluminosa y ojos redondos y espantados. Este -pasaba todo el dia dormitando en un agujero de la muralla, de donde -no salia hasta la noche: picábase de sábio; de cuando en cuando -dejaba escapar algunas voces campanudas sobre la astrologÃa; hablaba -de la luna, y daba á entender que no era del todo estraño á las -ciencias ocultas; mas estaba furiosamente apasionado á la metafÃsica, -y sus disertaciones eran aun mas intolerables que las del sábio Eben -Bonabben.</p> - -<p>Algunas veces tambien solia el prÃncipe comunicar con un -murciélago, que pasaba el dia pegado á la pared en un rincon oscuro -de la bóveda, y solo salia al anochecer para dar algunos paseos, por -decirlo<span class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span> asÃ, con -chinelas y gorro de dormir. Esta ave no tenia tampoco sino ideas -superficiales de todo, se mofaba de las cosas que ignoraba, ó de que -solo habia adquirido conocimientos imperfectos, y no hallaba placer -en nada.</p> - -<p>Completaba la plumÃfera sociedad una golondrina, con quien el -prÃncipe trabó al principio estrechas relaciones: era una habladora -eterna, pero muy picotera y quisquillosa; y como nunca paraba en un -punto, se hacia imposible tener con ella una conversacion seguida.</p> - -<p>Tales eran los únicos compañeros con quienes podia el prÃncipe -egercitar la nueva ciencia, que habia adquirido; porque la torre -estaba demasiado elevada para que pudiesen frecuentarla otras aves. -Cansóse pronto<span class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span> de -sus nuevos conocimientos, cuya conversacion, poco interesante para su -espÃritu, no decia nada á su corazon, y poco á poco volvió á caer en -su primera melancolÃa. Pasó el invierno, y volvió la primavera con su -séquito de flores y verdura, y su dulce y balsámico aliento; llegó -el tiempo dichoso en que las aves vuelan de dos en dos á labrar sus -nidos en la enramada. De repente, cual si correspondieran á una señal -convenida, se levantó de las florestas del Generalife un concierto -de dulce melodÃa, y llegó hasta los oidos del prÃncipe en la elevada -soledad de su torre. Todas las voces cantaban el mismo tema: <i>Amor</i>, -<i>amor</i>, <i>amor</i>: esto era lo que se oÃa proferir en todos los -tonos. Escuchaba el prÃncipe en silencio perplejo y sobresal<span -class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span>tado: «¿Qué será este -amor, discurria, que parece ocupar al mundo entero, al paso que á mà -me es absolutamente desconocido?» Quiso tomar algunas noticias por -medio de su amigo el gavilan; mas este bribon le respondió con tono -de burla: «DirigÃos á las pacÃficas y vulgares aves de la tierra, -destinadas á servirnos de pasto á nosotros los prÃncipes del aire; -ellas podrán satisfacer vuestras preguntas: por lo que á mà hace, no -conozco mas oficio que la guerra, ni otras delicias que los combates; -en una palabra, soy un guerrero é ignoro de todo punto lo que es -amor.»</p> - -<p>El prÃncipe se apartó de él disgustado, y se fue á buscar al -buho que estaba escondido en su retiro. «Este, decia, es un pájaro -sensato y reflexivo, que sin duda podrá darme<span class="pagenum" -id="Page_167">[p. 167]</span> las noticias que necesito.» Con efecto, -suplicó al buho que le dijese qué venia á ser el amor que cantaban -en aquel momento todas las aves de las florestas inmediatas á la -torre.</p> - -<p>à esta pregunta se manifestó el buho sorprendido é incomodado. -«Mis noches, contestó con cierto aire de dignidad ofendida, están -consagradas á las investigaciones cientÃficas, y mis dias á rumiar -en mi retiro todas las especies que he recogido en mis viages. Por -lo que hace á esas aves vocingleras de que me hablais, jamas me -he cuidado de escucharlas; porque las desprecio á ellas y á los -objetos de sus necias canciones. Yo no canto, loado sea Allah; soy un -filósofo é ignoro de todo punto lo que es amor.»</p> - -<p>Oida esta respuesta, se trasladó<span class="pagenum" -id="Page_168">[p. 168]</span> el prÃncipe al rincon, en donde su -amigo el murciélago estaba colgado de las patas, y despertándole, -le dirigió la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el hocico, -puso un gesto el mas ceñudo y emperrado, y le respondió regañando. -«¿à qué venÃs ahora á interrumpir de este modo mi sueño de la mañana -para hacerme una pregunta necia? Yo no salgo sino al anochecer -cuando se hallan durmiendo todas las demas aves, y nunca me mezclo -en sus negocios. à Dios gracias, no pertenezco á las aves ni á -los cuadrúpedos; he descubierto los vicios de unos y otros, y los -aborrezco á todos igualmente. En una palabra, soy misantropo é ignoro -de todo punto lo que es amor.»</p> - -<p>En último recurso acudió el prÃn<span class="pagenum" -id="Page_169">[p. 169]</span>cipe á la golondrina, y la detuvo á la -que pasaba en uno de sus cÃrculos por lo mas elevado de la torre.</p> - -<p>La golondrina, segun su costumbre, andaba muy atrafagada, y apenas -se detuvo el tiempo preciso para contestar: «Os aseguro sobre mi -palabra, le dijo, que como tengo que acudir á tantas cosas de interes -general, no me he detenido jamas á pensar en el objeto de que me -hablais. Todos los dias tengo cien visitas que hacer, y otros tantos -negocios importantes que examinar, los cuales no me dejan tiempo para -ocuparme en los frÃvolos objetos de las canciones que se oyen en -derredor de los nidos. En una palabra, soy cosmopolita é ignoro de -todo punto lo que es amor.»</p> - -<p>Quedó Ahmed en la misma duda,<span class="pagenum" -id="Page_170">[p. 170]</span> y su curiosidad se aumentó todavÃa con -la dificultad de satisfacerla. Hallándose un dia discurriendo sobre -este objeto misterioso, entró en la torre su anciano preceptor, y -viéndole el prÃncipe corrió luego á su encuentro, y le dijo con el -mayor interes: «¡Ó sábio Eben Bonabben! tú me has revelado una gran -parte de la sabidurÃa de la tierra; mas hay una cosa que ignoro -absolutamente, y en la que tengo vivos deseos de instruirme.</p> - -<p>—DirÃjame mi prÃncipe las cuestiones que quiera, y toda la -inteligencia de su siervo está á sus órdenes.</p> - -<p>—Dime pues, ó el mas profundo de los filósofos, ¿cuál es la -naturaleza de esa cosa que se llama amor?»</p> - -<p>El sábio Eben Bonabben quedó<span class="pagenum" -id="Page_171">[p. 171]</span> tan asombrado como si hubiese caido un -rayo á sus pies; tembló, perdió el color, y le pareció que la cabeza -le bamboleaba ya sobre los hombros.</p> - -<p>«¿Y quién ha podido sugerir á mi prÃncipe semejante pregunta? ¿En -dónde ha aprendido esa palabra vana?»</p> - -<p>El prÃncipe, llevando á su preceptor á la ventana: «Escucha, le -dijo, Eben Bonabben.» Escuchó el sábio, y oyó el dulce canto de un -ruiseñor, que escondido en un bosquecillo que estaba al pie de la -torre, dirigia tiernas querellas á su amada: de todos los rosales, de -todas las ramas floridas salian trinos melodiosos, que espresaban el -mismo pensamiento: <i>Amor</i>, <i>amor</i>, <i>amor</i>, era el tema de todos los -cantos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span></p> - -<p>«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! esclamó el sábio Bonabben; ¿quién -será osado á ocultar al hombre este secreto, cuando las mismas aves -del aire conspiran á revelárselo?»</p> - -<p>Entonces volviéndose á Ahmed: «¡Ó prÃncipe mio! le dijo juntando -las manos, cierra los oidos á esos cantos peligrosos; huye de tan -nocivo conocimiento. Sabe que la mitad de los males que afligen -á la humanidad no reconocen otra causa que ese funesto amor: él -es el que fomenta la discordia y el rencor entre los hermanos y -los amigos; él enciende la guerra, él escita á la traicion. Los -cuidados, la tristeza, los dias inquietos, las noches sin sueño; -he aquà sus efectos. Marchita la flor, destruye la alegria de la -juventud, y lleva consigo los males y los pesa<span class="pagenum" -id="Page_173">[p. 173]</span>res de una vejez prematura. Consérvete -Allah, ó prÃncipe mio, en la feliz y total ignorancia de esa cosa que -se llama amor.»</p> - -<p>Dichas estas palabras se salió el sábio Bonabben, dejando -al prÃncipe en una perplejidad mas profunda aun que la que le -mortificaba antes de hablarle. En vano procuraba separar de su -imaginacion este objeto que absorvia todas sus ideas: á pesar suyo -le ocupaba continuamente, y su espÃritu se fatigaba y se perdia en -vanas congeturas. «Seguramente, decia prestando oidos á las dulces -canciones de las aves, estos acentos no tienen nada de tristes, y -antes bien, parece que solo espresan placer y ternura. Si el amor -causa tantas desgracias y enemistades, ¿en qué consiste que estas -aves no están<span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span> -todas gimiendo en la soledad, ó bien despedazándose unas á otras, en -vez de revolotear alegremente por las selvas, y juguetear bulliciosas -entre las flores?»</p> - -<p>Cierta mañana, tendido blandamente en su lecho, discurria entre -sà sobre este misterio inesplicable. Abierta la ventana, penetraba -por ella el fresco vientecillo, que despues de empaparse en el suave -aroma de los azahares que florecen á la orilla del Darro, subia -á recrear los sentidos del prÃncipe; oÃase á lo lejos la voz del -ruiseñor que repetia su tema acostumbrado, y cuando el prÃncipe -le escuchaba suspirando, oyó cerca de sà el ruido de las alas de -un ave. Perseguido por el gavilan un hermoso palomo, se entró en -su aposento y cayó palpitando en el suelo;<span class="pagenum" -id="Page_175">[p. 175]</span> y el gavilan, viéndose privado de la -presa, dirigió el vuelo hácia los montes.</p> - -<p>Levantó el prÃncipe al pobre palomo que estaba medio muerto, -le besó y le abrigó en su seno. Luego que lo hubo tranquilizado -con sus caricias, le puso en una jaula de oro, y le presentó con -sus propias manos trigo del mas puro y agua cristalina. El ave sin -embargo se negaba á tomar alimento, y permanecia con la cabeza caida, -lamentándose con tono lastimero.</p> - -<p>«¿De qué te afliges? decia Ahmed, ¿no tienes todo lo que puede -desear tu corazon?</p> - -<p>—¡Ah! no, replicó el palomo; ¿por ventura no estoy separado de mi -amada compañera, y precisamente en la época feliz de la prima<span -class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span>vera, en la estacion -hermosa de los amores?</p> - -<p>—¡De los amores! replicó Ahmed, ¡ah! yo te lo suplico, ave -graciosa, ¿podrias decirme lo que es amor?</p> - -<p>—¡Ay prÃncipe mio! ¡Demasiado! El amor hace el tormento de uno, -la felicidad de dos, y se convierte en una fuente de enemistades y -desgracias si llegan á ser tres. Es un encanto poderoso que atrae -mútuamente á dos séres, y los une con la mas dulce simpatÃa; los hace -dichosos si están unidos; pero muy dignos de lástima cuando se hallan -separados. Mas ¿acaso no existe ningun sér con quien os haya unido un -afecto tierno?</p> - -<p>—SÃ, yo amo á mi anciano preceptor Eben Bonabben mas que á ningun -otro sér conocido; pero sin<span class="pagenum" id="Page_177">[p. -177]</span> embargo suele parecerme fastidioso, y algunas veces me -creo mas feliz en su ausencia que en su compañÃa.</p> - -<p>—No trato yo de esa clase de afecto: hablo del amor, del gran -misterio y principio de la vida, de la felicidad inefable de la -juventud y delicia tranquila de la edad madura. Mira en torno de -tÃ, prÃncipe mio, y verás como todo respira amor en esta deliciosa -estacion: de cuantas criaturas existen, no hay una que no tenga su -compañera; el mas pequeño pajarillo canta para agradar á su amada; -el insecto, que apenas se distingue sobre la yerba, busca tambien á -su querida, y esas mariposas que suben volando hasta por encima de -la torre, y vagan jugueteando por el aire, son felices por su mútua -ternura. ¡Ah prÃncipe mio! ¿será posible que<span class="pagenum" -id="Page_178">[p. 178]</span> hayas perdido los dias mas preciosos -de tu juventud sin conocer el amor? ¿Ningun sér de sexo diferente, -ninguna hermosa princesa, ninguna jóven agraciada ha cautivado tu -corazon, y hecho nacer en tu seno una dulce inquietud, un conjunto -agradable de penas y deseos?</p> - -<p>—Ya empiezo á comprenderte, dijo el prÃncipe suspirando; mas de -una vez he esperimentado una inquietud semejante á la que me dices -sin adivinar la causa. Mas reducido á esta espantosa soledad, ¿dónde -podré hallar un objeto tal como tú le pintas?»</p> - -<p>La conversacion continuó aun por algun tiempo sobre el mismo -objeto, y la primera leccion que recibió el prÃncipe fue completa.</p> - -<p>«¡Ay! esclamó despues, si el<span class="pagenum" -id="Page_179">[p. 179]</span> amor es una felicidad tan grande, y -tanta pena causa la ausencia del objeto amado, ¡no permita Allah que -yo turbe la alegria de dos amantes!»</p> - -<p>Dicho esto abrió la jaula, sacó el palomo y le dejó sobre la -ventana. «Ve, dijo, ave dichosa, goza con la amada de tu corazon los -hermosos dias de la juventud y la deliciosa estacion de la primavera. -¿Con qué razon habia yo de retenerte en este triste encierro, adonde -jamas podrá penetrar el amor?»</p> - -<p>Batió el ave las alas en señal de contento, formó un cÃrculo en -el aire, y voló como una flecha hácia los floridos bosquecillos del -Darro.</p> - -<p>Siguióla Ahmed con los ojos hasta perderla de vista, y quedó -sumergido en la mas profunda tristeza. El canto de las aves que tanto -le com<span class="pagenum" id="Page_180">[p. 180]</span>placia -pocos momentos antes, redoblaba ahora sus penas ¡Amor, amor, amor! -¡Ah pobre jóven! Entonces conoció el significado de este tema tan -repetido.</p> - -<p>La primera vez que vió al sábio Bonabben despues de esta -conversacion, le dirigió una mirada de resentimiento. «¿Por qué me -has dejado en tan crasa ignorancia? le dijo encolerizado. ¿Por qué -me ha de ser desconocido el gran misterio, el principio de la vida -que está al alcance del mas humilde insecto? La naturaleza entera -se entrega en este momento á los mas dulces placeres; todas las -criaturas se gozan con una compañera, y ve ahà precisamente ese amor -que yo queria conocer. ¿Por qué he de ser yo el único que se halle -privado de sus delicias? ¿Por<span class="pagenum" id="Page_181">[p. -181]</span> qué he de haber pasado los dias mas floridos de mi -juventud, sin conocer la felicidad que puede proporcionar?»</p> - -<p>El sábio Bonabben conoció sobradamente que ya era inútil toda -reserva, puesto que el prÃncipe habia adquirido la ciencia prohibida. -Le reveló pues las predicciones de los astrólogos; y le enteró de las -precauciones que se habian tomado en su educacion para conjurar la -tempestad que le amenazaba.</p> - -<p>«Ahora, prÃncipe mio, añadió, teneis mi vida en vuestras manos. Si -el rey vuestro padre llega á entender que bajo mi vigilancia habeis -aprendido lo que es amor, perezco sin remedio; porque respondà con mi -cabeza de vuestra completa ignorancia en esta materia.»</p> - -<p>Era el prÃncipe mas razonable de<span class="pagenum" -id="Page_182">[p. 182]</span> lo que pudiera esperarse de un jóven -de su edad, y asà escuchó las reflexiones de su preceptor con tanta -mayor deferencia, cuanto que nada le hablaba contra ellas. Por otra -parte Ahmed profesaba un verdadero afecto al sábio Bonabben, y como -solo conocia la teórica del amor, consintió fácilmente en encerrar en -su seno todas las noticias que sobre este objeto acababa de adquirir, -antes que poner en peligro la cabeza del filósofo.</p> - -<p>Su discrecion empero tuvo que sufrir muy pronto una prueba mas -fuerte. Algunos dias despues, hallándose engolfado en tristes -imaginaciones junto á las almenas de la torre, apareció en los aires -el palomo á quien habia restituido la libertad, y abatiendo el vuelo, -se le<span class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span> puso sobre -el hombro con singular familiaridad.</p> - -<p>Cogióle el prÃncipe, y estrechándole contra su corazon: «¡Ave -dichosa, esclamó, que puedes volar con la rapidez de la luz de la -mañana de un estremo á otro de la tierra! ¿Qué pais has visitado -despues que no nos hemos visto?</p> - -<p>—Vengo, ó prÃncipe, de una region muy distante; y en recompensa -de la libertad que os debo, os traigo las mas alegres nuevas. En -mi remontado vuelo puedo cernerme sobre una altura prodigiosa, y -dominar una estension inmensa de pais. Cierto dia pues descubrà bajo -de mà un jardin delicioso, lleno de toda suerte de frutas y flores: -un lÃmpido arroyuelo corria serpenteando por entre las flores, que -esmaltaban<span class="pagenum" id="Page_184">[p. 184]</span> una -frondosa pradera; y en el centro del jardin se levantaba un magnÃfico -palacio. Poséme sobre un árbol para descansar, y junto al arroyuelo -que pasaba bañando el tronco, descubrà una princesa en todo el brillo -de la primera juventud, rodeada de doncellas de su misma edad, que -la adornaban con guirnaldas de flores tan frescas como ella, pero -no con mucho tan hermosas. Tantos hechizos sin embargo florecian -en aquella soledad ocultos á los ojos de todos; porque el jardin -se hallaba cercado de murallas altÃsimas, y nadie podia penetrar -en él. à la vista de una tierna jóven tan llena de atractivos, á -quien su separacion del mundo ha conservado toda la inocencia de -la edad infantil, he discurrido que esta era la que el cielo tenia -destinada<span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span> para -inspirar amor á mi querido Ahmed.»</p> - -<p>Esta descripcion se grabó con caracteres de fuego en el corazon -sobrado sensible de Ahmed. La vaga ternura que comprimia en su seno -hacia tanto tiempo, hallaba en fin un objeto en que fijarse, y la -pasion que concibió por la princesa, se enunció desde su nacimiento -con la mayor violencia. Escribió una carta, en la que con las frases -mas apasionadas espresaba el ardiente amor y tierno cariño que ya -profesaba á la bella desconocida; lastimándose del cautiverio que -le impedia arrojarse á sus pies. à este amoroso billete añadió -algunas estancias, en las que la verdad de los afectos iba unida -á la delicadeza de las palabras; porque ademas de que el prÃncipe -era<span class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span> naturalmente -poeta, en este momento le inspiraba el amor. La carta iba dirigida -<i>à la bella desconocida: del prÃncipe cautivo Ahmed</i>. Y despues de -haberla perfumado con almizcle y esencia de rosas, se la entregó al -palomo.</p> - -<p>«Parte, dijo, ó el mas fiel de los mensageros, salva los montes -y los valles, y no te detengas en ninguna floresta, hasta haber -entregado esta carta á la señora de mi corazon.»</p> - -<p>Remontóse el palomo hasta una altura prodigiosa, y en seguida -dirigió el vuelo en lÃnea recta. Siguióle el prÃncipe largo rato con -la vista, ya no le distinguia sino como un punto casi imperceptible, -y al fin se ocultó enteramente detras de una montaña.</p> - -<p>Contaba Ahmed con impaciencia<span class="pagenum" -id="Page_187">[p. 187]</span> los dias que se siguieron á la partida -de su mensagero, y cada mañana se prometia verle antes de la noche; -mas esperaba en vano. Ya comenzaba á acusarle de ingratitud, cuando á -la caida de una hermosa tarde, vió al fiel palomo que llegó volando -á su habitacion y cayó muerto á sus pies. La flecha cruel de algun -desapiadado cazador habia atravesado su pecho, y la pobre avecilla -empleó toda la fuerza y vida que le quedaban en llegar al término de -su viage y dejar cumplida su mision.</p> - -<p>Inclinóse el prÃncipe lloroso sobre el cuerpo inanimado de aquel -mártir de la fidelidad, cuando notó al rededor de su cuello una -cadena de perlas, de la que pendia un retrato que estaba oculto bajo -el ala, y representaba sobre esmalte una hermosa princesa<span -class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span> en la flor de su edad. -Esta era sin duda la bella desconocida del jardin; mas ¿quién era? -¿En dónde estaba? ¿Habria recibido la carta y le enviaba en cambio -aquel retrato, como prenda de correspondencia?</p> - -<p>Todo esto quedaba desgraciadamente envuelto en la duda y en la -oscuridad con la lastimera muerte del palomo.</p> - -<p>Contemplaba el prÃncipe la miniatura, y arrasábanse de lágrimas -sus ojos. Estrechábala contra su corazon y contra sus labios, pasaba -horas enteras mirándola sumergido en una tierna agonÃa. «Bella -imágen, decia, ¡ah! no eres mas que una imágen; empero tus ojos -cristalinos se fijan en mà con ternura; tus labios de rosa parece -se abren para consolar mi pena.... ¡Vanos delirios! Esos her<span -class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span>mosos ojos, esa boca -adorable, tal vez habrán hablado un lenguage tan dulce á un rival -mas feliz. Pero ¿en dónde podria yo hallar el original de esta copia -divina? ¿Quién sabe cuántos reinos y montes nos separan, ni qué -acontecimientos podrán impedir nuestra union? Acaso en este momento -la colma de atenciones y obsequios una turba de admiradores, y yo -triste, prisionero en mi torre, paso mis amargos dias adorando una -sombra.»</p> - -<p>El prÃncipe tomó de repente una resolucion estraordinaria. «Huiré, -dijo, de este palacio, ó mas bien de esta prision odiosa, y peregrino -de amor, buscaré por todo el mundo á la desconocida princesa que -reina en mi corazon.»</p> - -<p>Era inútil pensar en huir durante<span class="pagenum" -id="Page_190">[p. 190]</span> el dia; mas la guarda del palacio -estaba bastante descuidada por la noche, en razon de que no se temÃa -ninguna tentativa de este género de parte del prÃncipe, que siempre -habia llevado con paciencia su cautiverio. Con todo eso Ahmed no -sabia cómo conducirse para efectuar una fuga nocturna por un pais -que le era absolutamente desconocido; pero discurriendo que el -buho, como acostumbrado á pasearse durante la noche, debia conocer -todos los caminos escusados de las inmediaciones, pasó á su retiro -para consultarle. Puso el buho un semblante grave, y dándose grande -importancia, contestó en estos términos al prÃncipe Ahmed: «Habeis de -saber, ó prÃncipe, que nosotros los buhos pertenecemos á una familia -muy antigua<span class="pagenum" id="Page_191">[p. 191]</span> y -numerosa, que aunque algo decaida tiene todavÃa mucho poder. En -todos los puntos de España poseemos castillos y palacios; y puedo -aseguraros con verdad que me seria imposible hallar una torre, una -ciudadela, un edificio cualquiera, tanto en las ciudades como en los -campos, en donde no esté seguro de encontrar un hermano, un tio ó un -primo. Ademas, haciendo mi vuelta de visitas de parentela, he cruzado -el pais en todas direcciones, y conozco los sitios mas ocultos.» -Lleno el prÃncipe de júbilo al encontrar al buho tan profundamente -versado en la topografÃa le confió el secreto de su amor y su -proyecto de fuga, y le suplicó tuviese á bien servirle de guia y -consejero.</p> - -<p>«¡Cómo! respondió el buho algo<span class="pagenum" -id="Page_192">[p. 192]</span> picado, ¿he nacido yo acaso para -mezclarme en intrigas de amor? ¿Yo que tengo consagrado todo mi -tiempo á la meditacion y á la luna?</p> - -<p>—Sosegaos, augusto buho, repuso el prÃncipe, y dignaos de -salir por un instante de vuestras meditaciones y de la luna para -ausiliar mi fuga, y yo os concederé en cambio todo lo que acerteis á -pedirme.</p> - -<p>—Yo poseo todo lo que deseo, replicó el buho: algunos ratones -bastan para la provision de mi frugal mesa, y este agujero es harto -capaz para poder meditar. ¿Qué mas necesita un filósofo?</p> - -<p>—Considera sin embargo, sapientÃsimo buho, que entre tanto que tú -meditas y miras á la luna en tu retiro, tus talentos son perdidos -para el mundo. Yo seré un dia soberano, y<span class="pagenum" -id="Page_193">[p. 193]</span> podré colocarte en algun puesto -honroso, y darte alguna dignidad en donde brille y sea útil tu -profunda sabidurÃa.»</p> - -<p>La filosofÃa del buho le hacia muy superior á las necesidades -de la vida; mas no le habia libertado enteramente de la ambicion. -Rindióse pues á las ofertas del prÃncipe, y consintió en servirle de -guia y Mentor en su peregrinacion.</p> - -<p>Los proyectos de un amante se egecutan con mucha prontitud. -Ante todo reunió el prÃncipe sus diamantes y demas alhajas, y las -ocultó entre sus vestidos como caudal para el viage; y la noche -siguiente, sirviéndole de escalera una de sus fajas, y siguiendo las -indicaciones del buho, saltó de la torre por un balcon de la muralla -esterior, y antes de amane<span class="pagenum" id="Page_194">[p. -194]</span>cer ya se hallaban en medio de los montes él y su -esperimentado guia.</p> - -<p>Allà consultó con su Mentor sobre la ruta que deberian tomar.</p> - -<p>«Yo creo, dijo el buho, que seria acertado ir á Sevilla; porque -habeis de saber que hace muchos años hice yo una visita á mi tio, -un buho de ilustre abolengo, que habitaba en uno de los ángulos -arruinados del alcázar: con esta ocasion hice muchas escursiones -nocturnas por aquella ciudad, y habiéndome llamado La atencion cierta -luz que brillaba en una torre abandonada, dirigà una noche el vuelo -á las almenas, y và que aquella luz era la lámpara de un mágico -árabe, á quien descubrà tambien en su escondrijo rodeado de los -libros de su ciencia, y que tenia sobre el hombro un cuervo muy<span -class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span> viejo que habia traido -consigo de Egipto. Trabé estrechas relaciones con dicho cuervo, y -aprendà de él la mayor parte de los conocimientos que poseo. Despues -de aquella época murió el mágico; mas el cuervo habita aun la torre, -porque estos pájaros son admirables por su longevidad. Yo pues, ó -prÃncipe, os aconsejaria que buscaseis á este cuervo; porque ademas -de que es adivino y algo hechicero, profesa tambien la mágia negra, -en la que son muy celebrados los cuervos, y señaladamente los de -Egipto.»</p> - -<p>Admirado el prÃncipe de este consejo, se dirigió á Sevilla; -mas por consideracion á su compañero, caminaba únicamente durante -la noche, y pasaba el dia en alguna gruta oscura, ó en una torre -arruinada; pues<span class="pagenum" id="Page_196">[p. 196]</span> -el buho conocia todas estas guaridas secretas, y su aficion á las -ruinas era igual á la de un anticuario.</p> - -<p>Llegaron en fin á Sevilla una mañana antes de salir el sol, y el -buho, que detestaba la luz del dia y el tráfago de una ciudad tan -populosa, se quedó fuera de los muros, y puso su cuartel en el hueco -de un árbol.</p> - -<p>Entró el prÃncipe en la ciudad, y no tardó á hallar la torre -mágica, que descollaba por encima de las casas, no de otra manera -que una palma sobre los matorrales del desierto. Dicha torre era la -misma que existe hoy, y es conocida con el nombre de <i>la Giralda</i>. -Una escalera trabajosa condujo al prÃncipe hasta la estancia mas -elevada, en donde halló efectivamente al cuervo cabalÃstico. Era -este un pájaro viejo, de cabeza cana y plu<span class="pagenum" -id="Page_197">[p. 197]</span>mage ralo, semblante ceñudo, y una nube -en el ojo izquierdo que le daba una mirada de espectro. Sostenido -sobre una pata tenia la cabeza inclinada, y con el ojo que le quedaba -estaba examinando un diagrama que se veÃa trazado en el suelo.</p> - -<p>Llegóse á él el prÃncipe con todo el respeto que su alta -reputacion y venerable aspecto debian naturalmente inspirarle: -«Perdonadme, le dijo, respetable y sapientÃsimo cuervo, si me atrevo -á distraeros por un instante de los estudios con que teneis admirado -al mundo entero. Veis en vuestra presencia á un amante que desea -vivamente le indiqueis los medios de que podrá valerse para lograr el -objeto de su amor.</p> - -<p>—En otros términos, contestó el<span class="pagenum" -id="Page_198">[p. 198]</span> cuervo con una mirada significativa, -¿queréis que os diga la buena ventura? Enhorabuena, enseñadme -la mano, y dejadme descifrar las lÃneas misteriosas de vuestro -destino.</p> - -<p>—Perdonad, replicó el prÃncipe: yo no vengo aquà con objeto de -conocer los decretos del destino que Allah ha querido ocultar á los -ojos de los mortales; soy un peregrino de amor, y solo pido un hilo -que pueda dirigirme por entre el laberinto del mundo hácia el objeto -de mi peregrinacion.</p> - -<p>—¿Y os podrán faltar objetos de esta especie en la enamorada -AndalucÃa? dijo el viejo cuervo dirigiendo al prÃncipe con -semblante maligno el único ojo que tenia, sobre todo en la alegre y -deliciosa Sevilla, donde mil bellezas de ojos negros bailan<span -class="pagenum" id="Page_199">[p. 199]</span> de continuo la zambra á -la fresca sombra de los floridos bosques de naranjos.»</p> - -<p>Sonrojóse el prÃncipe, y se escandalizó sobremanera al oir -palabras tan libres en boca de un pájaro viejo, que estaba ya con un -pie en la sepultura. «Creedme, le dijo con gravedad, mi objeto no es -tan frÃvolo é innoble como parece lo suponeis. Las bellezas de ojos -negros que bailan en los bosques de naranjos del Guadalquivir, no -tienen atractivo alguno para mÃ: busco una beldad desconocida; pero -inocente y pura, el original de este retrato; y vuelvo á suplicarte, -muy poderoso cuervo, que si á tan lo alcanza tu ciencia, me digas en -dónde podré hallarla.»</p> - -<p>La seriedad del prÃncipe desagradó al cuervo estantigua, el cual -con<span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span>testó con -secatura: «Todo lo que pertenece á la juventud y á la belleza me es -estraño: la vejez, la decrepitud es lo único que tiene atractivo -para mÃ. Soy el heraldo del destino; desde lo alto de las chimeneas -anuncio con mis graznidos los pronósticos de la muerte, y me agrada -cernerme sobre el tejado del enfermo moribundo. Id pues, y buscad en -otra parte quien os dé mas señas de vuestra bella desconocida.</p> - -<p>—¿Y en dónde buscarla sino entre los hijos de la sabidurÃa? -Nacà para reinar, y los astros que precedieron á mi nacimiento, me -precisan á acometer una empresa misteriosa, de la que depende tal vez -el destino de muchos imperios.»</p> - -<p>Cuando el cuervo oyó hablar de imperios y destinos en que -estaban<span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span> -interesadas las estrellas, cambió de tono, escuchó con oido atento -la historia del prÃncipe, y cuando la hubo terminado, le dirigió -con afabilidad estas palabras: «No puedo daros por mà mismo ninguna -noticia; porque como ya os he dicho, frecuento muy poco los jardines -y los retretes de las damas; pero dirigÃos á Córdoba, y buscad la -palma del grande Abderramen, que se halla en el patio principal de -la mezquita. Al pie de este árbol hallareis un gran viagero que ha -visitado todos los paises y todas las córtes: favorecido en todas -partes por las reinas y las princesas, esta relacionado con todos los -magnates del reino, y yo no dudo que podrá daros noticias del objeto -de vuestras diligencias.</p> - -<p>—Mil millones de gracias por tan<span class="pagenum" -id="Page_202">[p. 202]</span> precioso consejo, dijo el prÃncipe: -adios, venerable brujo.</p> - -<p>—Adios, peregrino de amor,» respondió el cuervo con tono seco, y -se puso á calcular de nuevo sobre su diagrama.</p> - -<p>Salió el prÃncipe de Sevilla, y se fue á buscar á su compañero el -buho, que dormitaba todavÃa dentro de su árbol; despertóle, y tomaron -ambos el camino de Córdoba, atravesando los bosques de naranjos y -limoneros, que refrescan con su sombra las deliciosas márgenes del -Guadalquivir. Llegados á las puertas de la ciudad, el buho levantó -el vuelo, y se metió en una grieta de la muralla, y el prÃncipe se -dirigió al momento á buscar la palma que plantára en los antiguos -tiempos el grande Abderramen. Estaba en el patio de la mez<span -class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span>quita, descollando -por encima de los mas altos naranjos y cipreses; algunos dérvises -y faquires, formaban diversos grupos sentados bajo los pórticos; y -muchos devotos hacian sus abluciones en la fuente antes de entrar en -la mezquita.</p> - -<p>Al pie del árbol habia un numeroso concurso de gentes de todas -clases, que segun parecia, estaban escuchando á una persona que -hablaba con estraordinaria volubilidad. «Este es sin duda, dijo para -sà el prÃncipe, el gran viagero que me dará noticias de mi princesa.» -Mezclóse entre la multitud, y quedó sobremanera sorprendido al -ver que el orador, en derredor del cual se reunia tan distinguido -auditorio, era un papagayo de hermoso plumage verde, gesto remilgado -y copete ergui<span class="pagenum" id="Page_204">[p. 204]</span>do, -que tenia todas las trazas de un pájaro sumamente pagado de sà -mismo.</p> - -<p>«¿En qué consiste, dijo el prÃncipe á uno de los oyentes, que -tantas personas de razon se estén divirtiendo con la parladuria de un -pájaro de esta especie?</p> - -<p>—Vos no sabeis de quién hablais, replicó el otro: este papagayo -desciende del famoso loro de Persia, tan célebre por sus talentos en -la adivinacion: tiene toda la ciencia del oriente en el pico de la -lengua, y cita versos como agua. En todos los paises que ha recorrido -le han mirado como un milagro de erudicion; con las mugeres, sobre -todo, se ha adquirido un partido prodigioso; porque el bello sexo ha -hecho siempre mucho caso de los papagayos que citan versos.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span></p> - -<p>—Muy bien, dijo el prÃncipe, conozco que me habia equivocado, y -en verdad que me holgaria de tener un rato de conversacion con tan -distinguido viagero.»</p> - -<p>Con efecto solicitó y obtuvo una entrevista privada, y empezó á -esponer el objeto de su peregrinacion; mas apenas habia pronunciado -algunas palabras, cuando soltó el loro una gran carcajada, y continuó -riendo hasta llorar. «Perdonad, dije, mi loca alegria; pero el solo -nombre de amor me hace descoyuntar de risa.» Mortificado el prÃncipe -de tan intempestiva jovialidad, le replicó con tono grave: «¿Por -ventura no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio -secreto de la vida, el vÃnculo universal de la simpatÃa?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span></p> - -<p>—¡Patarata! ¡Pura patarata! Decidme os ruego, ¿en dónde habeis -aprendido esa gerigonza sentimental? Creedme, ya no es moda el amor, -ni siquiera se habla ya de él entre las gentes de talento, ni en la -buena sociedad.»</p> - -<p>Suspiró el prÃncipe, acordándose del lenguage tan diferente de -su amigo el palomo. «Mas este papagayo, discurria, ha pasado su -vida en las córtes; blasona de elegante, y afecta ser un personage: -seguramente no sabrá nada de amor; y como no queria provocar nuevas -chufletas sobre el afecto que llenaba su corazon, se encaminó -directamente al objeto de su visita.</p> - -<p>«Dignaos decirme, ó incomparable papagayo; vos, para quien -han estado abiertos los asilos mas recondi<span class="pagenum" -id="Page_207">[p. 207]</span>tos de la belleza, ¿habeis tal vez -encontrado en el discurso de vuestros viages el original de este -retrato?»</p> - -<p>Tomó el papagayo el retrato entre las garras, volvió á uno y otro -lado la cabeza para observarle con ambos ojos, y esclamó en fin: «Ve -aquÃ, por vida mia, una liada cara; sÃ, cierto, una cara lindÃsima. -Mas como yo he visto en mis viages tantas mugeres hermosas, me seria -muy difÃcil.... pero no.... aguardad.... sÃ.... ahora me acuerdo de -estas facciones.... no, no me engaño: esta es la princesa Aldegunda: -¿es posible que haya yo podido desconocer á una de mis mayores -amigas?</p> - -<p>—¡La princesa Aldegunda! repitió el prÃncipe; ¿y en dónde la -hallaremos?</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span></p> - -<p>—Cachaza, señor mio, cachaza; que mas fácil es hallarla que -obtenerla. Esta princesa es la hija única del rey cristiano de -Toledo, la cual, merced á ciertas predicciones de esos bellacos de -astrólogos, debe vivir separada del mundo hasta cumplir los diez y -siete años. Y yo creo que os ha de ser imposible el verla, porque -ningun mortal puede llegarse al palacio en donde su padre la tiene -encerrada. Yo he sido admitido á su presencia para divertirla, y os -juro á fe de papagayo de mundo, que conozco mas de una princesa menos -amable que ella.</p> - -<p>—Hablemos en confianza, querido papagayo, dijo el prÃncipe: yo -soy heredero de un reino; veo que sois un pájaro de talento y que -conoceis el mundo; ayudadme pues á ganar<span class="pagenum" -id="Page_209">[p. 209]</span> el corazon de la princesa, y os prometo -un puesto distinguido en mi córte.</p> - -<p>—Lo acepto de todo corazon, dijo el papagayo; pero cuidado, que ha -de ser un bocado sin hueso, porque nosotros los sábios tenemos horror -al trabajo.»</p> - -<p>Conviniéronse muy pronto en las condiciones, y saliendo -inmediatamente de Córdoba llamó el prÃncipe al buho, le presentó al -nuevo compañero de viage como un sábio concolega, y todos juntos -tomaron la vuelta de Toledo. Caminaban con mucha mas lentitud de -la que el impaciente Ahmed hubiera deseado; mas el papagayo, como -acostumbrado á la vida de caballero, era poco amigo de madrugar; y -el buho por otra parte queria echarse á dor<span class="pagenum" -id="Page_210">[p. 210]</span>mir á la mitad de la jornada, y hacia -perder mucho tiempo con sus largas siestas. Ademas su manÃa de -anticuario, era un nuevo motivo de retardo; porque se empeñaba en -detenerse en todas las ruinas á fin de esplorarlas, y poseÃa un -caudal de largas historias de todos los monumentos antiguos del pais, -que no dejaba de referir á poca ocasion que se presentase. Tenia -el prÃncipe creido que este pájaro y el papagayo, como personas -instruidas que uno y otro eran, habian de avenirse muy bien; pero se -engañó completamente, porque lejos de observar semejante armonÃa, -casi siempre se estaban picoteando. El uno era un filósofo, y el -otro un <i>elegante</i>: el papagayo citaba versos, hacia observaciones -crÃticas sobre algunas obras<span class="pagenum" id="Page_211">[p. -211]</span> recientes, y abundaba en pequeñas advertencias sobre -algunos puntos poco importantes de erudicion. El buho por su parte -consideraba todo esto como cosa muy frÃvola, y decia abiertamente -que solo estimaba la metafÃsica. Entonces se ponia el papagayo á -cantar, y lanzaba epigramas y pullas picantes sobre la gravedad de -su camarada, acompañándolas de una risa de satisfaccion sobremanera -insultante. Miraba el buho estos procedimientos como otros tantos -ultrages insoportables que se hacian á su autoridad; se engallaba, -esponjaba el plumage con semblante desazonado, y permanecia -silencioso todo el resto de la jornada.</p> - -<p>El prÃncipe apenas notaba la poca conformidad que existia entre -sus dos<span class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span> amigos; -porque ocupado enteramente en las ilusiones de su fantasÃa y en la -contemplacion del retrato de la hermosa princesa, no veÃa nada de lo -que pasaba en su derredor. De este modo pasaron nuestros viageros -la árida y salvage Sierra-Morena, y las agostadas llanuras de la -Mancha y Castilla, siguiendo siempre las orillas del Tajo, que en su -tortuoso curso baña la mitad de la España y de Portugal. Llegados -en fin á una ciudad fortificada con torres y muros almenados, y -edificada sobre una roca, que circundan con grande estrépito las -aguas de aquel rio:</p> - -<p>«Veis ahÃ, dijo el buho, la antigua y célebre ciudad de Toledo, -tan famosa por sus antigüedades. Mirad esas cúpulas venerables, -esas torres que aunque degradadas ya por el<span class="pagenum" -id="Page_213">[p. 213]</span> tiempo, tienen impresa la grandeza de -los recuerdos históricos; esas torres en fin, en donde vivieron y -meditaron tantos de mis antepasados.</p> - -<p>—¡Bah! dijo el papagayo interrumpiendo sin piedad al buho en medio -de sus trasportes de anticuario, ¿y qué nos importan á nosotros todos -esos vejestorios de torres arruinadas, ni las antiguas historias -de vuestros abuelos? Otra cosa hay aquà que interesa mucho mas -directamente á nuestro objeto. Ved ahà el asilo de la juventud y la -belleza: ya en fin, ó prÃncipe, teneis delante de vuestros ojos la -morada de la princesa que hace tanto tiempo buscais.»</p> - -<p>Dirigió el prÃncipe la vista hácia el punto que indicaba el -papagayo, y<span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span> en -el centro de una deliciosa pradera, situada á la orilla del Tajo, -descubrió un suntuoso palacio que se levantaba por entre la frondosa -arboleda de un amenÃsimo jardin: tal era el sitio que habia descrito -el palomo como retiro del original del retrato. Contemplábale el -prÃncipe con el corazon agitado de varios sentimientos. «Quizá en -este momento, decia, estará la hermosa princesa solazándose con -sus doncellas á la sombra de esos frondosos bosquecillos, ó tal -vez recorrerá con paso ligero los elevados terraplenes, si no es -que se halla reposando en lo interior de la magnÃfica morada.» Al -examinar con atencion el edificio, observó Ahmed, no sin disgusto, -que las tapias del jardin eran de una elevacion que imposibilitaba -absolutamente el ac<span class="pagenum" id="Page_215">[p. -215]</span>ceso; fuera de que estaban guardadas por centinelas bien -armados.</p> - -<p>Volvióse pues al papagayo, y le dijo: «Ó el mas perfecto de -los pájaros, pues que la naturaleza te ha dotado con el dón de la -palabra, ve al jardin, busca al Ãdolo de mi corazon, y dile que el -prÃncipe Ahmed, peregrino de amor guiado por las estrellas, viene en -su busca, y acaba de llegar á la florida ribera del Tajo.»</p> - -<p>Lleno de vanidad el papagayo al verse honrado con semejante -embajada, voló al jardin, se remontó por encima de sus altos muros, y -cerniéndose por algunos instantes sobre los céspedes y bosquecillos, -fue á posarse á la ventana de un pabellon, desde donde descubrió á la -princesa medio recostada sobre un sofá, fijos<span class="pagenum" -id="Page_216">[p. 216]</span> los ojos en un papel, y bañadas de -hermosas lágrimas sus cándidas megillas.</p> - -<p>Despues de haber concertado con el pico todas las plumas de sus -alas, recompuesto su verde trage y rizádose el copete, de un vuelo se -puso con aire risueño al lado de la tierna doncella, y con el tono -mas dulce que le fue posible tomar le dirigió estas palabras: «Enjuga -tus lágrimas, ó la mas hechicera de las princesas, que vengo á traer -consuelo á tu corazon.»</p> - -<p>Asustóse la princesa al oir una voz tan cerca de ella; mas no -viendo sino un pájaro verde que la saludaba batiendo las alas: -«¡Ay! dijo, ¿qué consuelo puedes tú darme no siendo mas que un -papagayo?»</p> - -<p>Algo picado el loro con esta con<span class="pagenum" -id="Page_217">[p. 217]</span>testacion, respondió con cierta -secatura: «à mas de una bella consolé yo en mi tiempo; pero dejemos -esto. Ahora vengo como embajador de un prÃncipe real. Sabe, ó -princesa, que Ahmed Al Kamel, prÃncipe de Granada, acaba de llegar -en busca tuya, y se halla en este momento en la florida ribera del -Tajo.»</p> - -<p>à estas palabras brillaron los ojos de la princesa con mas fuego -que los diamantes de su corona.</p> - -<p>«¡Ó el mas amable de los papagayos, dijo, benditas sean las nuevas -que me traes! La duda en que me hallaba acerca de la constancia del -prÃncipe me tenia ya á la orilla del sepulcro. Vuelve al prÃncipe, -y asegúrale que todas las palabras de su carta están grabadas en -mi corazon, y que sus versos han sido el<span class="pagenum" -id="Page_218">[p. 218]</span> alimento de mi alma. Pero dile tambien -que debe disponerse á probarme su amor con la fuerza de las armas; -porque mañana mismo, en celebridad del decimoséptimo aniversario de -mi nacimiento, celebrará mi padre un torneo: justarán en él muchos -prÃncipes, y mi mano será el premio del vencedor.»</p> - -<p>Levantó el papagayo el vuelo, se remontó sobre los árboles del -jardin, y salvando el recinto del palacio, llegó en un momento adonde -estaba Ahmed. No es posible describir el júbilo de este: habia -hallado el original de la imágen que hacia tanto tiempo adoraba, y -le habia hallado fiel y sensible. Los mortales favorecidos que han -logrado como él la dicha de ver cumplidos sus dulces delirios y -trocarse la sombra en rea<span class="pagenum" id="Page_219">[p. -219]</span>lidad, son los únicos que pueden formarse una idea de su -delicioso enagenamiento. Con todo no dejaba este de hallarse mezclado -con alguna inquietud: aquel torneo, aquellos caballeros que se -disponian á disputarle la posesion del objeto amado, no le permitian -entregarse enteramente á la alegria. El clarin guerrero llenaba -ya con su marcial sonido las frondosas riberas del Tajo, y por do -quiera se encontraban paladines que acudian á las fiestas de Toledo, -seguidos de numerosas y brillantes comitivas.</p> - -<p>La misma estrella que precediera al destino de Ahmed habia -influido en el de la princesa, la cual para precaverse de los -males que el amor podia ocasionarle, debia permanecer encerrada en -el solitario palacio has<span class="pagenum" id="Page_220">[p. -220]</span>ta haber cumplido diez y siete años. Sin embargo, como su -mismo retiro habia acrecentado la fama de sus gracias, se disputaban -su mano muchos prÃncipes; y el rey de Toledo su padre, monarca -señalado por su prudencia, para no atraerse enemigos si se inclinaba -á uno ú otro de los pretendientes, confió la eleccion de un yerno -á la suerte de las armas. Entre los que aspiraban al prez de la -victoria habia muchos célebres ya por su fuerza y bravura; al paso -que el desventurado Ahmed se veÃa desprovisto de armas, y sin ninguna -idea de los egercicios de la caballerÃa ¡Qué situacion tan triste la -suya!</p> - -<p>«¡Cuánta es mi desgracia, decia, en haber sido educado en el -retiro y bajo la direccion de un filósofo! ¿De<span class="pagenum" -id="Page_221">[p. 221]</span> qué sirven el álgebra ni la filosofÃa -para los negocios de amor? ¡Ah Eben Bonabben! ¿Por qué te olvidaste -de instruirme en el manejo de las armas?»</p> - -<p>En esto rompió el silencio el buho, y como buen musulman que era, -empezó su discurso por una invocacion piadosa.</p> - -<p>«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! Las cosas mas recónditas están -en sus manos. ¡Él solo gobierna el destino de los prÃncipes! Sabe, -ó Ahmed, que toda esta comarca está llena de misterios, conocidos -únicamente de un corto número de eruditos, que se han dedicado como -yo á las ciencias ocultas. En uno de los montes vecinos se halla -una caverna profunda; en el centro de esta caverna hay una mesa de -hierro,<span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span> sobre -esta mesa están unas armas encantadas, y junto á ellas se ve un -hermoso caballo, igualmente encantado, todo lo cual ha permanecido -oculto por espacio de muchos siglos.»</p> - -<p>Quedó el prÃncipe sobrecogido de admiracion; y el buho abriendo y -guiñando alternativamente sus grandes y redondos ojos, y enhestando -los cuernos, continuó asÃ:</p> - -<p>«Hace muchos años vine yo acompañando á mi padre en un viage -que hizo por este pais para visitar sus posesiones; y como fijamos -nuestra habitacion en la caverna de que os hablo, tuve proporcion de -conocer los misterios que encierra. Segun una tradicion de nuestra -familia, que me refirió mi abuelo siendo yo muy niño, dichas armas -pertenecian á un<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span> -mágico moro, el cual habiéndose refugiado en la caverna cuando los -cristianos tomaron á Toledo, murió en ella, y dejó su caballo y -armadura bajo el influjo de un encanto, que no permitia pudiesen -servir á otro que un musulman; y aun á este solo desde el amanecer -hasta el medio dia. Pero cualquiera que haga uso de ellas en este -intervalo, está seguro de triunfar de todos sus enemigos.</p> - -<p>—¡Basta! esclamó el prÃncipe, busquemos al momento esa -caverna.»</p> - -<p>Guiado por su sábio Mentor halló Ahmed la caverna, que era una -de aquellas guaridas salvages que se encuentran en medio de los -escarpados montes de Toledo; y á la verdad, solo el ojo de un -anticuario ó de un buho pudiera descubrir la<span class="pagenum" -id="Page_224">[p. 224]</span> entrada. Una lámpara sepulcral, en -donde ardia sin consumirse un aceite odorÃfero, bañaba de pálida luz -aquel misterioso retiro. Sobre una mesa, colocada en el centro de la -gruta, yacia la armadura encantada, y á su lado se veÃa el corcel -árabe enjaezado como para el combate, pero inmoble como una estátua. -Las armas estaban tan tersas y brillantes como cuando salieron de las -manos del artÃfice; el caballo fresco y lozano como si acabase de -pacer en el campo; y en el momento en que Ahmed le dió una palmada en -el cuello, empezó á herir la tierra con la mano, y dió un relincho de -alegria que estremeció toda la caverna. Provisto de armas y caballo, -ya no sintió el prÃncipe otro afecto que la impaciencia de entrar en -liza con sus rivales.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span></p> - -<p>Llegó en fin el dia fatal. El palenque para el torneo se -dispuso en la vega ó llanura que se estiende al pie de las -murallas de Toledo; y á su rededor se levantaron anfiteatros y -galerÃas para los espectadores, cubriéndolos de ricas tapicerÃas -y toldos de seda que los defendian de los rayos del sol. Ocupaban -las galerÃas todas las hermosas del contorno; y veÃanse al pie -de ellas mil bizarros caballeros, que se paseaban por el circo -con gentil continente, cubiertos de ricas armas y capacetes, -en donde flotaban vistosos penachos de plumas. Pero todas las -bellezas quedaron eclipsadas cuando apareció en el pabellon real la -princesa Aldegunda, mostrándose por primera vez á los ojos de una -multitud de admiradores: en todas las gradas,<span class="pagenum" -id="Page_226">[p. 226]</span> en todos los pabellones, en todo el -campo se levantó al momento un murmullo de placer y sorpresa; y los -prÃncipes, que solo aspiraban á su mano atraidos por la nombradÃa de -su belleza, sintieron que se redoblaba estraordinariamente su ansia -de combatir.</p> - -<p>Mas la princesa se mostraba inquieta, y ora pálida, ora con el -color encendido, tendia la vista por la multitud, y sus miradas -indicaban temor y disgusto. Ya los clarines iban á dar la señal -para el primer combate, cuando anunció un heraldo la llegada de -un caballero estrangero, y entró en la liza el prÃncipe Ahmed. -Llevaba sobre el turbante un almete de acero, guarnecido de piedras -preciosas; la coraza era dorada; la cimitarra y el puñal, fabricados -en<span class="pagenum" id="Page_227">[p. 227]</span> Fez, -centelleaban rebutidos de diamantes; embrazaba un escudo redondo, y -llevaba la lanza encantada. El caparazon del caballo árabe estaba -ricamente bordado y colgaba hasta el suelo, y el fogoso bruto hacia -graciosas corbetas, arrojaba humo por las narices, y daba alegres -relinchos al verse de nuevo en un campo de batalla. El noble -ademan y gallardo talle del prÃncipe Ahmed cautivaron la atencion -general; y cuando fue anunciado bajo el nombre del <i>Peregrino de -amor</i>, todas las damas de las galerÃas esperimentaron una agitacion -estraordinaria.</p> - -<p>Entre tanto, al presentarse Ahmed para entrar en la liza, le -fue cerrada la barrera; porque para ser admitido al combate era -indispensable ser prÃncipe. Declaró su nombre y<span class="pagenum" -id="Page_228">[p. 228]</span> su rango; pero fue mucho peor, porque -siendo mahometano no podia tomar parte en un torneo, cuyo premio era -la mano de una princesa cristiana.</p> - -<p>Rodeáronle con ademan altivo y amenazador los prÃncipes sus -competidores; y uno de ellos, notable por sus insolentes maneras -y talla hercúlea, quiso poner en ridÃculo el tierno renombre de -peregrino de amor. Ofendido el prÃncipe desafió lleno de furia á su -rival: volvieron las riendas, tomaron campo y corrieron impetuosos -á encontrarse; mas al primer bote de la lanza mágica, el indiscreto -bufon, á pesar de su enorme estatura y fuerza prodigiosa, saltó de -la silla. Hubiera querido Ahmed detenerse aquÃ, mas las habia con -un caballo endemoniado y<span class="pagenum" id="Page_229">[p. -229]</span> con unas armas encantadas, que nada era capaz de contener -una vez puestas en accion. El corcel se lanzó sobre el grupo mas -cerrado, y la lanza se llevaba por delante todo lo que encontraba. -El amable y pacÃfico prÃncipe, hendiendo con violencia por entre la -asombrada multitud, y cubriendo la arena de caballeros vencidos, -sin distincion de clases, de valor ó de destreza, se lastimaba él -mismo de sus involuntarias hazañas. Pateaba el rey de corage, y al -ver tan mal parados á sus vasallos y á sus huéspedes, mandó á los -guardias que se apoderasen del que asà se atrevia á ultrajarle; mas -los guardias quedaban fuera de combate luego que se acercaban al -prÃncipe. Mesábase el rey su larga barba, y tomando el escudo y la -lanza, saltó<span class="pagenum" id="Page_230">[p. 230]</span> él -mismo á la arena para imponer al estrangero con la magestad real. Mas -en aquel momento llegaba el sol al meridiano: el encanto recobraba su -influjo, y el caballo árabe se lanzó en la llanura, saltó la barrera, -se arrojó en el Tajo, rompió nadando sus espumosas olas, y llevó -al prÃncipe sin aliento y desesperado á la caverna mágica. Sobrado -feliz Ahmed al apearse sano y salvo del diabólico bridon, volvió -á dejar las armas y se sometió á los nuevos decretos del destino. -Sentado en la gruta reflexionaba sobre las desgracias que aquel -caballo y aquellas armas le habian atraido. ¿Cómo habia de atreverse -á presentarse en Toledo despues de haber llenado de vergüenza á sus -caballeros de un modo tan ignominioso? ¿Qué dirian, señalada<span -class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span>mente la princesa, de -una conducta tan insultante y grosera? Lleno de ansiedad envió á caza -de noticias á sus dos confidentes alados. El papagayo corrió todas -las encrucijadas y plazas públicas de Toledo, y volvió muy pronto con -abundante provision de chismes. Toda la ciudad estaba consternada: -á la princesa se la habian llevado sin sentido del pabellon; el -torneo se habia concluido con el mayor desórden; todos hablaban de la -repentina aparicion, de las prodigiosas hazañas, y de la desaparicion -todavÃa mas prodigiosa del caballero musulman: quién decia que era -sin duda algun moro mágico; quién opinaba que no podia ser otro -sino un demonio en figura humana; al paso que muchos, recordando -las tradiciones de los guerreros que per<span class="pagenum" -id="Page_232">[p. 232]</span>manecian encantados en las cavernas de -los montes, suponian que podia ser alguno de ellos que hubiese hecho -esta irupcion desde el centro de su guarida. Por lo demas todos -convenian en que un simple mortal no hubiera podido egecutar aquellos -hechos estraordinarios, ni arrancar tan fácilmente de las sillas á la -flor de los caballeros cristianos.</p> - -<p>Luego que cerró la noche salió tambien el buho á dar su vuelta, -y á favor de la oscuridad corrió todo el pueblo, posándose en los -tejados y en las chimeneas. Dirigió en fin el vuelo al palacio real, -construido en la cumbre del monte de Toledo, recorrió los terraplenes -y las almenas; y husmeando por todos los rincones, y aplicando -sus espantados ojos á todas las ventanas en donde distin<span -class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span>guia luz; hizo tambien -desmayar de miedo á dos ó tres doncellas de la princesa, y continuó -sus investigaciones hasta el amanecer, á cuya hora se fue á buscar -al prÃncipe, y le participó todo lo que habia descubierto en su -espedicion.</p> - -<p>«Volando, le dijo, por delante de una de las torres mas elevadas -del palacio, descubrà desde una ventana á la hermosa princesa, que -tendida en su lecho y rodeada de médicos y de mugeres, no queria -tomar nada de lo que la daban para aliviarla. Cuando se salieron, và -que sacaba de su seno una carta, la leÃa la besaba y prorrumpia en -amargos lamentos, de que yo, como filósofo, no hice ningun caso.»</p> - -<p>El tierno corazon de Ahmed quedó oprimido bajo el peso de tan -tris<span class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span>tes noticias: -«Tú tenias razon, esclamaba, sábio Eben Bonabben; la tristeza, los -cuidados, dias de tribulacion y noches de vigilia son el patrimonio -de los amantes: ¡Allah preserve á la princesa del funesto influjo de -este amor, que tanto deseé conocer en mi delirio!»</p> - -<p>Las nuevas noticias que el prÃncipe recibió de Toledo confirmaron -la relacion del buho: toda la ciudad estaba consternada; habian -encerrado á la princesa en la torre mas alta del palacio, y -guardábanse con la mayor vigilancia todas las avenidas. Entre tanto -se habia apoderado de ella una melancolÃa profunda, cuya causa no -podia nadie penetrar: negábase á tomar alimento, y cerraba los -oidos á todo consuelo. En vano habian ensayado los médicos<span -class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span> mas hábiles todos los -recursos del arte, en términos que al fin llegó á creerse que estaba -bajo el dominio de algun sortilegio. En situacion tan lastimera mandó -el rey publicar por todo el reino, que cualquiera que lograse curar á -la princesa, recibiria en premio la joya mas rica de su tesoro.</p> - -<p>Cuando oyó el buho esta noticia desde un rincon de la caverna en -donde estaba dormitando, volvió alternativamente sus grandes ojos á -uno y otro lado, y tomando un aspecto mas misterioso que nunca:</p> - -<p>«¡Allah akbar! dijo, dichoso el que pueda efectuar esta curacion, -si sabe únicamente cuál de las joyas de la corona debe elegir.</p> - -<p>—¿Y qué idea es la vuestra, ó venerable buho? preguntó el -prÃncipe.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_236">[p. 236]</span></p> - -<p>—Estadme atento, ó prÃncipe, y vereis el término adonde se dirige -lo que acabo de deciros. Nosotros los buhos formamos, como ya sabeis, -un cuerpo sábio, dedicado principalmente á investigaciones oscuras -y polvorientas: pues ahora bien: en mi última escursion nocturna á -las torres y chapiteles de Toledo, descubrà una academia de buhos -anticuarios, que celebra sus sesiones en la gran torre, donde se -halla depositado el tesoro real. Reunidos allà aquellos sábios, -disertan largamente acerca de las formas, inscripciones y objetos -de las antiguas alhajas, y vasos de oro y plata que se hallan -amontonados en aquella pieza; sobre los usos de los diferentes -pueblos y edades; pero lo que principalmente los ocupa, son ciertas -an<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span>tiguallas y -talismanes que se conservan allà desde el tiempo del rey godo D. -Rodrigo. Entre estos últimos objetos existe un cofre de madera de -sándalo, precintado con barras de hierro á la manera oriental, y -cubierto de caracteres misteriosos, conocidos únicamente por algunas -personas doctas. Este cofre y su inscripcion han sido el objeto de -muchas sesiones de la academia, y ocasionado grandes debates entre -sus miembros; y en el momento de mi visita, puesto á una esquina -del cofre un buho muy viejo que acababa de llegar de Egipto, estaba -leyendo las palabras escritas sobre la cubierta; y ateniéndose á su -sentido, probó que el cofre contenia la alfombra de seda que cubria -el trono del sábio Salomon: cuya alhaja de<span class="pagenum" -id="Page_238">[p. 238]</span>bieron de traer á Toledo los judÃos que -se refugiaron aquà cuando la pérdida de Jerusalen.»</p> - -<p>Luego que terminó el buho su erudito discurso, quedó el prÃncipe -como sumergido en profundas meditaciones; y al cabo de breves -momentos dijo dirigiéndose á sus compañeros:</p> - -<p>«Mas de una vez he oido hablar al sábio Eben Bonabben de las -propiedades de ese talisman, que habiendo desaparecido en la -destruccion de Jerusalen, se creÃa ya perdido para el género humano. -Su existencia es sin duda un misterio para los cristianos de Toledo; -y si yo pudiese apoderarme de ese cofre, era cierta mi felicidad.»</p> - -<p>Desde el dia siguiente trocó el prÃncipe sus ricas vestiduras por -el hu<span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span>milde trage -de un árabe del desierto, se pintó el rostro y las manos de color -cobrizo, y quedó tal que nadie hubiera conocido en él al gallardo -caballero que causára tanta admiracion y espanto en el torneo. Con -un palo en la mano, una canasta al lado y una flauta campestre se -dirigió á Toledo, y presentándose á las puertas de palacio, se -anunció como un aspirante á la recompensa prometida por la curacion -de la princesa. Los guardias querian arrojarle ignominiosamente. -«¡Cómo! decian, ¿un beduino miserable podria hacer lo que han -intentado en vano los primeros sábios?» Mas el rey, oido el alboroto -y preguntada la causa, mandó que le presentasen aquel hombre.</p> - -<p>«Poderoso rey, dijo Ahmed, te<span class="pagenum" -id="Page_240">[p. 240]</span>neis en vuestra presencia á un árabe -beduino, que ha pasado la mayor parte de su vida en las soledades del -desierto. Notorio es que estas se hallan infestadas de toda suerte -de demonios y espÃritus malignos, que nos atormentan á los pobres -pastores, cuando apacentamos nuestros ganados lejos de los pueblos; -se entran en los cuerpos de las reses, y algunas veces comunican -fiereza hasta al paciente camello. Para deshacer estos sortilegios, -no empleamos otros medios que la música; y ciertas tonadas que se han -trasmitido de generacion en generacion, ora cantadas, ora tocadas con -el caramillo, tienen la virtud de ahuyentar aquellos malos espÃritus. -Yo pues pertenezco por dicha á una familia eminentemente dotada -de<span class="pagenum" id="Page_241">[p. 241]</span> esta virtud -maravillosa contra los hechizos y sortilegios; la poseo en toda su -plenitud; y si el estado lastimoso en que parece se halla vuestra -hija es ocasionado por alguna influencia maligna de este género, -me obligo desde luego á libertarla, y respondo de su salud con mi -cabeza.»</p> - -<p>Era el rey un hombre de muy buen juicio; conocia los secretos -de los árabes de que el beduino acababa de hablarle, y habiéndole -inspirado la mayor confianza la franqueza con que este pastor se -esplicaba, le condujo al gabinete de la princesa, cuyas ventanas -daban á una especie de galerÃa, desde donde se descubria toda la -ciudad de Toledo con las campiñas circunvecinas.</p> - -<p>Sentóse el prÃncipe en una silla que se habia colocado en la -galerÃa,<span class="pagenum" id="Page_242">[p. 242]</span> y tocó -algunas tonadas árabes que habia aprendido de sus criados en el -Generalife. La princesa permaneció insensible, y los médicos que -se hallaban allà meneaban la cabeza y se sonreÃan con semblante de -incredulidad y menosprecio. En fin, el prÃncipe dejó el caramillo, y -se puso á cantar los versos que envió á la princesa declarándola su -amor.</p> - -<p>La hermosa doncella reconoció al momento las estancias, -apoderóse de su corazon una alegria repentina, levantó la cabeza, -escuchó; arrasáronse de lágrimas sus ojos, palpitaba su seno, y -tiñósele de púrpura el semblante. Bien hubiera pedido que hiciesen -entrar al músico; pero el tÃmido pudor de una vÃrgen no la dejaba -hablar. Comprendió el rey su deseo, y mandó al momento que<span -class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> entrase el cantor. -Viéronse los dos amantes y fueron discretos, pues se contentaron con -dirigirse mútuamente algunas tiernas miradas que decian mucho mas -que largos discursos. Nunca se vió triunfo mas completo: las rosas -aparecieron de nuevo en las megillas de la encantadora Aldegunda; sus -labios recobraron su frescura, sus ojos su brillo seductor.</p> - -<p>Mirábanse atónitos los médicos, y el rey consideraba al beduino -con una admiracion mezclada de respeto. «Jóven prodigioso, esclamó, -quiero que seas mi primer médico, y jamas tomaré otros remedios que -tu dulce melodÃa. Por ahora recibe la recompensa que te es debida; -elige la joya mas preciosa de mi tesoro.</p> - -<p>—Ó rey, contestó Ahmed, el<span class="pagenum" id="Page_244">[p. -244]</span> oro, la plata ni las piedras preciosas tienen á mis ojos -muy poco valor; mas tú posees una reliquia, un cofre de madera de -sándalo que encierra una alfombra de seda. Dame pues ese cofre y nada -mas deseo.»</p> - -<p>Todos los circunstantes quedaron sorprendidos de lo moderado de la -eleccion; y mas aun, cuando traido el cofre, fue sacada la alfombra: -la materia era seda, el color un verde muy hermoso, y estaba cubierta -de caracteres hebreos y caldeos. Los médicos de la córte se miraban -encogiéndose de hombros, y sonriéndose de la simplicidad de su nuevo -compañero, que se contentaba con tan módicos honorarios.</p> - -<p>«Esta alfombra, dijo el prÃncipe, cubrió en otro tiempo el -trono de Salomon, el mas sábio de los mo<span class="pagenum" -id="Page_245">[p. 245]</span>narcas: digna es de ser colocada á los -pies de la belleza.»</p> - -<p>Dicho esto desplegó la alfombra y la tendió en la galerÃa, debajo -de un lecho que habian colocado allà para la princesa, y sentándose á -los pies de esta:</p> - -<p>«¿Quién podrá oponerse, continuó, á los decretos del destino? -¡Cumpliéronse las predicciones de los astrólogos! Sabe, ó rey, que tu -hija y yo nos amábamos en secreto hacia largo tiempo: ya tienes en tu -presencia al Peregrino de amor.»</p> - -<p>No bien habia pronunciado estas palabras, cuando se levantó la -alfombra en el aire, llevándose al prÃncipe y á la princesa. El rey -y los médicos se quedaron pasmados, y siguieron con la vista á los -fugitivos, hasta que ya no se distinguian sino<span class="pagenum" -id="Page_246">[p. 246]</span> como un punto negro que resaltaba sobre -el fondo blanco de una nube, y que al fin se perdió en el azul del -cielo.</p> - -<p>Indignado el rey, hizo llamar inmediatamente á su tesorero. -«¿Cómo, le dijo, has permitido que un infiel tomase posesion de tan -precioso talisman?</p> - -<p>—¡Ah señor! respondió el tesorero, aquà no conocÃamos sus -virtudes, ni el sentido de los caracteres inscritos sobre el cofre -que le guardaba. Si es en efecto la alfombra del rey Salomon, no cabe -duda que se halla dotada del poder mágico de trasportar á su posesor -por los aires adonde le plazca ir.»</p> - -<p>Reunió el rey un poderoso egército y se dirigió á Granada, -adonde llegó despues de una marcha larga<span class="pagenum" -id="Page_247">[p. 247]</span> y penosa. Luego que dió vista á la -ciudad sentó sus reales en la vega, y envió un heraldo á reclamar -á su hija. El rey de Granada salió en persona á saludar al monarca -toledano, que reconoció en él al músico beduino. Ahmed acababa de -subir al trono por muerte de su padre, y la bella Aldegunda era su -sultana.</p> - -<p>El rey cristiano consintió en el enlace de su hija con Ahmed, -cuando se le prometió que la princesa quedaria en libertad para -conservar su religion; porque de otro modo estaba resuelto á oponerse -con todo su poder. En vez de batallas sangrientas hubo fiestas y -regocijos; el anciano rey regresó luego á Toledo, y los jóvenes -esposos continuaron reinando en la Alhambra con no menos sabidurÃa -que felicidad.</p> - -<p><span class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span></p> - -<p>Para completar mi historia no puedo dispensarme de añadir que el -buho y el papagayo habian seguido al prÃncipe á cortas jornadas: el -primero solo viajaba por la noche, alojándose durante el dia en las -diferentes posesiones hereditarias de su familia; el último figuraba -en las reuniones mas brillantes de las ciudades que se hallaban en el -tránsito. Ahmed recompensó generosamente los servicios que uno y otro -le habian hecho durante su peregrinacion, pues nombró primer ministro -al buho, y maestro de ceremonias al papagayo. Con lo cual parece -inútil añadir que jamas hubo reino mejor administrado; ni córte mas -escrupulosa en la observancia de las reglas de la etiqueta.</p> - - -<p class="fin"><span class="g2">FIN</span>.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<div class="transnote" id="tnote"> - <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p> - - <ul> - <li>Se ha respetado la ortografÃa original, normalizándola a la - grafÃa de mayor frecuencia.</li> - - <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li> - - <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li> - - <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa - en el dominio público.</li> - </ul> -</div> - -<hr class="full" /> - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's Cuentos de la Alhambra, by Washington Irving - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE LA ALHAMBRA *** - -***** This file should be named 52262-h.htm or 52262-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/2/2/6/52262/ - -Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the -Distributed Proofreading team at DP-test Italia. - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. 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Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/52262-h/images/cap1.jpg b/old/52262-h/images/cap1.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 2561162..0000000 --- a/old/52262-h/images/cap1.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/cap2.jpg b/old/52262-h/images/cap2.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index b0dc929..0000000 --- a/old/52262-h/images/cap2.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/cap3.jpg b/old/52262-h/images/cap3.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index e527c7b..0000000 --- a/old/52262-h/images/cap3.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/cap4.jpg b/old/52262-h/images/cap4.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 0065bf7..0000000 --- a/old/52262-h/images/cap4.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/cap5.jpg b/old/52262-h/images/cap5.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index a08c11d..0000000 --- a/old/52262-h/images/cap5.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/cap6.jpg b/old/52262-h/images/cap6.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index fc9bec3..0000000 --- a/old/52262-h/images/cap6.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/cap7.jpg b/old/52262-h/images/cap7.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 9753a74..0000000 --- a/old/52262-h/images/cap7.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/cap8.jpg b/old/52262-h/images/cap8.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 0bdd3a5..0000000 --- a/old/52262-h/images/cap8.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/con_licencia.jpg b/old/52262-h/images/con_licencia.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index a987a02..0000000 --- a/old/52262-h/images/con_licencia.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/cover.jpg b/old/52262-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index f9f8951..0000000 --- a/old/52262-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/cuentos.jpg b/old/52262-h/images/cuentos.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index b087757..0000000 --- a/old/52262-h/images/cuentos.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/el_editor.jpg b/old/52262-h/images/el_editor.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 8eaab0c..0000000 --- a/old/52262-h/images/el_editor.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/frontis.jpg b/old/52262-h/images/frontis.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index e04f274..0000000 --- a/old/52262-h/images/frontis.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/logo.jpg b/old/52262-h/images/logo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 581e9cd..0000000 --- a/old/52262-h/images/logo.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/52262-h/images/motivo.jpg b/old/52262-h/images/motivo.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 721dc93..0000000 --- a/old/52262-h/images/motivo.jpg +++ /dev/null |
