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-The Project Gutenberg EBook of Cuentos de la Alhambra, by Washington Irving
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Cuentos de la Alhambra
-
-Author: Washington Irving
-
-Translator: D. L. L.
-
-Release Date: June 7, 2016 [EBook #52262]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE LA ALHAMBRA ***
-
-
-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the
-Distributed Proofreading team at DP-test Italia.
-
-
-
-
-
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_.
-
- * Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
- grafía de mayor frecuencia.
-
- * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
-
-
-
-
- CUENTOS
- DE LA
- ALHAMBRA.
-
-
-
-
- Con Licencia.
-
- IMPR. DE J. FERRER DE ORGA.
- _Valencia_ 1833.
-
-
-
-
-[Ilustración: _L. Tellez lo d.º_ _T. Blasco lo g.º_
-
-_Mientras esa mano no se baje hasta tocar la llave, ningún artificio
-mágico triunfará del Señor de esta colina._]
-
-
-
-
- [Ilustración: Cuentos de la Alhambra
-
- Valencia
- Librería de Mallén y Berard
- 1833
- Teodoro Blasco lo g.]
-
-
-
-
- CUENTOS
- DE
- LA ALHAMBRA,
-
- DE
-
- Washington Irving.
-
- Traducidos
-
- POR D. L. L.
-
- [Ilustración]
-
- PARIS,
- LIBRERÍA HISPANO-AMERICANA,
- CALLE DE RICHELIEU Nº 60.
-
- 1833.
-
-
-
-
-EL EDITOR.
-
-
-_Si los_ Cuentos de la Alhambra _han alcanzado tan buena acogida
-entre los ingleses y franceses, con mayor razon puede esperarse
-que la logren entre nosotros; porque enlazadas estas fábulas con
-las tradiciones y consejas populares del pais, es muy natural que
-produzcan aquel interes que inspiran al hombre de buen corazon las
-antiguallas de su patria, y la tierna memoria de los cuentos de la
-niñez._
-
-_Esta consideracion nos ha impulsado á dar á luz el presente
-tomito, como una muestra de la obra que con el mismo título y mayor
-estension acaba de escribir el célebre Washington Irving; y si el
-éxito nos diese motivo para juzgar que ha merecido el aprecio de los
-inteligentes, quizá pensaremos en publicar otra serie, y aun acaso
-todos los que restan del original._
-
-
-
-
-ÍNDICE.
-
-
- PÁG.
- _El viage._ 1
-
- _Gobierno de la Alhambra._ 45
-
- _Interior de la Alhambra._ 53
-
- _Economía doméstica._ 74
-
- _Tradiciones locales._ 88
-
- _La casa del Gallo._ 95
-
- _Leyenda del astrólogo árabe._ 98
-
- _Historia del príncipe Ahmed
- Al Kamel, ó el Peregrino de
- amor._ 152
-
-
-
-
-El Viage.
-
-
-Conducido á España á impulsos de la curiosidad en la primavera de
-1829, hice una escursion desde Sevilla á Granada en compañía de
-un amigo, agregado entonces á la embajada rusa en Madrid. Desde
-regiones muy distantes nos habia llevado el acaso al pais en que nos
-hallábamos reunidos, y la conformidad de nuestros gustos nos inspiró
-el deseo de recorrer juntos las románticas montañas de Andalucía.
-¡Ojalá que si estas páginas llegan á sus manos en el pais adonde las
-obligaciones de su destino hayan podido conducirle, ya le hallen
-engolfado en la pompa tumultuosa de las córtes, ya meditando sobre
-las glorias mas efectivas de la naturaleza; le recuerden nuestra
-feliz peregrinacion y la memoria de un amigo, á quien ni el tiempo ni
-la distancia harán jamas olvidar su amabilidad y su mérito!
-
-Antes de pasar adelante, no será inoportuno presentar algunas
-observaciones preliminares sobre el aspecto general de España, y
-el modo de viajar por aquel pais. En las provincias centrales, al
-atravesar el viagero inmensos campos de trigo, ora verdes y undosos,
-ya rubios como el oro, ya secos y abrasados por el sol; buscará
-en vano la mano que los ha cultivado, hasta que al fin divisará,
-sobre la cima de un monte escarpado, un lugar con fortificaciones
-moriscas medio arruinadas, ó alguna torre que sirviera de asilo á
-los habitantes durante las guerras civiles, ó en las invasiones de
-los moros. La costumbre de reunirse para protegerse mútuamente en
-los peligros, existe aun entre los labradores españoles, merced á la
-rapiña de los ladrones que infestan los caminos.
-
-La mayor parte de España se halla desnuda del rico atavío de los
-bosques y las selvas, y de las gracias mas risueñas del cultivo;
-pero sus paisages tienen un carácter de grandeza que compensa lo
-que les falta bajo otros respetos: hállanse en ellos algunas de las
-cualidades de sus habitantes, y de ahí es que yo concibo mejor al
-duro, indomable y frugal español despues que he visto su pais.
-
-Los sencillos y severos rasgos de los paisages españoles tienen una
-sublimidad que no puede desconocerse. Las inmensas llanuras de las
-Castillas y de la Mancha, estendiéndose hasta perderse de vista,
-adquieren cierto interes con su estension y uniformidad, y causan una
-impresion análoga á la que produce la vista del océano. Recorriendo
-aquellas soledades sin límites visibles, suele descubrirse de cuando
-en cuando un rebaño apacentado por un pastor inmóvil como una
-estátua, con su baston herrado en la mano á guisa de lanza; una recua
-de mulos que cruzan pausadamente el desierto, cual atraviesan las
-carabanas de camellos los arenales de la Arabia; ó bien un zagal que
-camina solo con su cuchillo y carabina.
-
-Los peligros de los caminos dan ocasion á un modo de viajar que
-presenta en escala menor las carabanas del oriente: los arrieros
-parten en gran número y bien armados á dias señalados, y los viageros
-que accidentalmente se les reunen aumentan sus fuerzas.
-
-El arriero español posee un caudal inagotable de canciones y
-romances con que aligera sus continuas fatigas. La música de estos
-cantos populares es sobremanera sencilla, pues que se reduce á
-un corto número de notas, y las letras por lo comun son algunos
-romances antiguos sobre los moros, endechas amorosas, y con mayor
-frecuencia romances en que se refieren los hechos de algun famoso
-contrabandista; y sucede no pocas veces, que tanto la música como
-la letra es improvisado, y se refiere á una escena local ó á algun
-incidente del viage. Este talento de improvisacion, tan comun en
-aquel pais, parece se ha trasmitido de los árabes, y es fuerza
-convenir en que aquellos cantos de tan fácil melodía producen una
-sensacion sumamente deliciosa cuando se oyen en medio de los campos
-salvages y solitarios que celebran, y acompañados por el argentino
-sonido de las campanillas de las mulas.
-
-No es posible imaginarse cosa mas pintoresca que el encuentro de
-una recua de mulas en el tránsito de aquellos montes. Oireis ante
-todo las campanillas de la delantera, cuyo sonido repetido y monótono
-rompe el silencio de las alturas aéreas, y tal vez la voz de un
-arriero que llama á su deber á alguna bestia tarda ó descaminada,
-ó que canta con toda la fuerza de sus pulmones un antiguo romance
-nacional. Al cabo de rato descubrís las mulas que pasan lentamente
-los desfiladeros, ya bajando una pendiente tan rápida y elevada, que
-las vereis como designadas de relieve sobre el fondo azul del cielo,
-ya avanzando trabajosamente al traves de los barrancos que están á
-vuestros pies. Á medida que se aproximan distinguís sus adornos de
-color brillante, sus arreos bordados, sus plumages; y cuando ya
-están mas cerca, el trabuco, siempre cargado, que cuelga detras de
-los fardos como una advertencia de los peligros del camino.
-
-El antiguo reino de Granada, en el que íbamos á entrar, es uno de
-los paises mas montuosos de España. Sierras vastas ó cadenas de
-montes desnudos de árboles y de maleza, y abigarrados de canteras de
-mármol y de granito de diversos colores, levantan sus peladas crestas
-en medio de un cielo de azul oscuro; mas en su seno están ocultos
-algunos valles fértiles y frondosos, y el desierto cede el lugar al
-cultivo, que fuerza á las rocas mas áridas á producir el naranjo, la
-higuera y el limonero, y á engalanarse con las flores del mirto y el
-rosal.
-
-En las gargantas mas salvages de aquellos montes se encuentran
-varios lugarejos murados, construidos á manera de nidos de águilas
-en las cimas de los precipicios, y algunas torres derruidas,
-colgadas por decirlo así sobre los picos mas elevados, recordando
-los tiempos caballerescos, las guerras de moros y cristianos, y la
-lucha romántica que precedió á la toma de Granada. Al transitar el
-viagero por aquellas altas cordilleras, se ve á cada paso precisado
-á echar pie á tierra, y conducir el caballo de la brida para subir y
-bajar por algunas sendas ásperas y angostas, semejantes á escaleras
-arruinadas. Algunas veces corre el camino á orillas de precipicios
-espantosos, de que ningun parapeto os defiende; otras se sumerge
-en una pendiente rápida y peligrosa que se pierde en una oscura
-profundidad, ó pasa por entre barrancos formados por los torrentes
-del invierno, y que sirven de guarida á los malhechores. Descúbrese
-de cuando en cuando una cruz de funesto presagio; y este monumento
-del robo y del asesinato, erigido sobre un monton de piedras á la
-orilla del camino, advierte al caminante que se halla en un parage
-frecuentado por los bandidos, y que quizá entonces mismo le acecha
-en emboscada alguno de aquellos malvados. Muchas veces sorprendido
-el caminante en el recodo de un valle sombrío por un bramido ronco
-y espantoso, levanta la cabeza, y en una de las frondosas quebradas
-del monte descubre una manada de fieros toros andaluces destinados
-á los combates del circo. Nada mas imponente que el aspecto de
-aquellos brutos terribles, errantes en su terreno nativo con toda la
-fuerza que les da la naturaleza: indómitos y casi estraños al hombre,
-solo conocen al pastor que los guarda, y que no siempre se atreve á
-aproximárseles; el mugido de estos animales, y los amenazantes ojos
-con que miran hácia abajo desde sus elevadas praderas, añaden todavía
-espresion al aspecto salvage de la escena.
-
-El 1º de mayo salimos mi compañero y yo de Sevilla para Granada, y
-como conocíamos el pais que íbamos á recorrer, y lo incómodo y poco
-seguro de los caminos, enviamos delante con arrieros los efectos de
-mas valor, y llevábamos únicamente nuestros vestidos y el dinero
-necesario para el viage, con un aumento destinado á satisfacer á
-los bandoleros, caso de vernos atacados, y libertarnos así del mal
-trato á que se ven espuestos los viageros muy avaros ó muy pobres.
-Sabíamos tambien que no debe confiarse en la despensa de las posadas,
-y que habíamos de cruzar largos espacios inhabitados; y con este
-conocimiento tomamos las precauciones convenientes para asegurar
-nuestra subsistencia, y alquilamos dos caballos para nosotros, y otro
-para que llevase nuestro corto equipage y á un robusto vizcaino,
-que debia guiarnos en el laberinto de aquellas montañas, cuidar de
-las caballerías, y en fin, servirnos en la ocasion, ya de ayuda de
-cámara, ya de guarda. Habíase este prevenido de un formidable trabuco
-para defendernos, segun decia contra los rateros: sus fanfarronadas
-sobre esta arma no tenian término; mas sin embargo, con descrédito
-de su prudencia militar, la carabina en cuestion colgaba descargada
-al arzon trasero de la silla. Como quiera, el vizcaino era un criado
-fiel, celoso y jovial; tan fecundo en chistes y refranes como aquel
-modelo de escuderos, el célebre Sancho, cuyo nombre le dimos:
-verdadero español en los momentos de su mayor alegria; mas á pesar de
-la familiaridad con que le tratábamos, no pasó jamas los límites de
-un respetuoso decoro.
-
-Equipados en estos términos nos pusimos en camino, resueltos
-á sacar todo el partido posible de nuestro viage; y con tales
-disposiciones, ¡cuán delicioso era el pais que íbamos á recorrer!
-La venta mas infeliz de España es mas fecunda de aventuras que un
-castillo encantado, y cada comida que se efectua puede mirarse
-como una especie de hazaña. Ensalcen otros enhorabuena los caminos
-resguardados de parapetos, las suntuosas fondas de un pais cultivado
-y civilizado hasta el punto de no ofrecer sino superficies planas;
-en cuanto á mí, solo la España con sus agrestes montes y francas
-costumbres puede saciar mi imaginacion.
-
-Desde la primera noche disfrutamos ya uno de los placeres novelescos
-del pais. Acababa de ponerse el sol cuando llegamos á una villa muy
-grande, cansados por haber cruzado una llanura inmensa y desierta, y
-calados de agua, en razon de la copiosa lluvia que habia caido sobre
-nosotros. Apeamos en un meson, en donde se alojaba una compañía
-de fusileros, ocupada entonces en persecucion de los ladrones que
-infestaban la comarca; y como unos estrangeros de nuestra clase eran
-un objeto de admiracion en aquel pueblo estraviado, el huésped,
-ayudado de dos ó tres vecinos embozados en sus capas pardas,
-examinaba nuestros pasaportes en un rincon de la pieza, mientras un
-alguacil con su capita negra, tomaba apuntaciones á la débil luz
-de un farol. Unos pasaportes en lengua estrangera les daban mucha
-grima; mas acudió á su socorro nuestro escudero Sancho, y nos dió
-aun mayor importancia con la pomposa elocuencia de un español. Al
-mismo tiempo la distribucion de algunos cigarros nos ganó todos los
-corazones, y á poco rato ya estaba el pueblo entero en movimiento
-para obsequiarnos. Visitónos el alcalde en persona, y la misma
-huéspeda llevó con gran ceremonia á nuestro cuarto un gran sillon
-de juncos para que el ilustre viagero pudiese sentarse con mayor
-comodidad. Hicimos cenar con nosotros al comandante de los fusileros,
-el cual nos divirtió sobremanera con la animada relacion de una
-campaña que habia hecho en la América del Sur, y otras hazañas
-amorosas y guerreras, que debian todo su interes á sus ampulosas
-frases y multiplicados ademanes, y sobre todo á cierto movimiento
-de los ojos, que sin duda queria decir mucho. Pretendia saber el
-nombre y señas de todos los bandidos de la provincia, y se prometia
-ojearlos y prenderlos uno á uno. El buen oficial se empeñó en que
-nos habia de dar algunos hombres para nuestra escolta. «Mas uno solo
-bastará, añadió, porque los ladrones nos conocen, y la vista sola
-de uno de mis muchachos derramará el espanto por toda la sierra.»
-Le agradecimos su ofrecimiento y buena voluntad, asegurándole en
-el mismo tono, que con el formidable escudero Sancho no temeríamos
-haberlas con todos los bandoleros de Andalucía.
-
-Mientras estábamos cenando con el amable perdonavidas, llegó á
-nuestros oidos el sonido de una guitarra, acompañado de un repiqueteo
-de castañuelas, y poco despues un coro de bien concertadas voces
-que cantaba una tonada popular. Era un obsequio del huésped, que
-para divertirnos habia reunido aquellos músicos aficionados y á
-las hermosas de la vecindad, y cuando salimos al patio vimos una
-verdadera escena de alegria española. Nos colocamos bajo el soportal
-con los huéspedes y el comandante, y pasando la guitarra de mano en
-mano, vino á parar en las de un alegre zapatero, que nos pareció
-el Orfeo de la tierra. Era un jóven de aspecto agradable, patilla
-negra, y las mangas de la camisa arremangadas hasta encima del codo.
-Sus dedos recorrian el instrumento con estraordinaria ligereza y
-habilidad, cantando al mismo tiempo algunas seguidillas amorosas,
-acompañadas de espresivas miradas á las mozas, con las que al parecer
-estaba en gran favor. En seguida bailó el fandango con una graciosa
-andaluza, causando gran placer á los espectadores. Pero ninguna de
-las mugeres que se hallaban presentes podia compararse á la linda
-Pepita, hija del huésped, que aunque con mucha prisa, se habia
-prendido con la mayor gracia para el baile improvisado, entrelazando
-con frescas rosas las trenzas de sus hermosos cabellos: esta lució
-su habilidad con un bolero que bailó, acompañada de un gallardo
-dragon. Habíamos nosotros dispuesto que se sirviese á discrecion
-vino, dulces y otras frioleras; y sin embargo de que la reunion se
-componia de soldados, arrieros y paisanos de todas clases, nadie se
-escedió de los límites de una diversion honesta; y en verdad que
-cualquier pintor se hubiera tenido por dichoso de poder contemplar
-aquella escena. El elegante grupo de los bailadores, los soldados de
-á caballo de medio uniforme, los paisanos envueltos en sus capas,
-y en fin, hasta el amojamado alguacil, digno de los tiempos de D.
-Quijote, á quien se veía escribir con gran diligencia á la moribunda
-luz de una gran lámpara de cobre, sin cuidarse de lo que pasaba en su
-derredor, todo esto formaba un conjunto verdaderamente pintoresco.
-
-No daré aquí la historia exacta de los acontecimientos de esta
-espedicion de algunos dias por montes y valles. Viajábamos como
-verdaderos contrabandistas, abandonándonos al azar en todas las
-cosas, y tomándolas buenas ó malas segun las deparaba la suerte.
-Este es el mejor modo de viajar por España, mas nosotros sin
-embargo habíamos cuidado de llenar de buenos fiambres las alforjas
-de nuestro escudero, y su gran bota de esquisito vino de Valdepeñas.
-Como este último artículo era en verdad de mayor importancia para
-nuestra campaña que la misma carabina de Sancho, conjuramos á este
-que estuviese en continua vigilancia sobre esta parte preciosa de
-su carga; y debo hacerle la justicia de decir que su homónimo, tan
-célebre por el celo con que cuidaba de la mesa, no le escedia en nada
-como proveedor inteligente. Así pues, á pesar de que las alforjas
-y la bota eran vigorosa y frecuentemente atacadas, no parecia sino
-que tenian la milagrosa propiedad de no vaciarse jamas, porque
-nuestro ingenioso escudero nunca se olvidaba de colocar en ellas
-los relieves de la cena de la venta, para que sirviesen á la comida
-que hacíamos á campo raso al dia siguiente. ¡Con cuánta delicia
-almorzábamos algunas veces á la mitad de la mañana, sentados á la
-sombra de un árbol, á orillas de una fuente ó de un arroyo! ¡Qué
-siestas tan dulces no tomamos, sirviéndonos de colchon nuestras capas
-tendidas sobre la fresca yerba!
-
-En cierta ocasion hicimos alto á medio dia en una frondosa pradera,
-situada entre dos colinas cubiertas de olivos. Tendimos las capas
-bajo de un pomposo álamo que daba sombra á un bullicioso arroyuelo,
-y arrendados los caballos de modo que pudiesen pacer, ostentó Sancho
-con aire de triunfo todo el caudal de su despensa. Los sacos
-contenian algunas municiones recogidas en el espacio de cuatro dias;
-pero habian sido notablemente enriquecidos con los restos de la cena
-que habíamos tenido la noche anterior en una de las mejores posadas
-de Antequera. Sacaba nuestro escudero poco á poco el heterogeneo
-contenido en su zurron y yo creí que no acababa jamas. Apareció ante
-todo una pierna de cabrito asada, casi tan buena como cuando nos la
-habian servido; siguióse un gran pedazo de bacalao seco envuelto
-en un papel, los restos de un jamon, medio pollo, una porcion de
-panecillos, y en fin, un sinnúmero de naranjas, higos, pasas y
-nueces: la bota habia sido tambien reforzada con escelente vino de
-Málaga. Á cada nueva aparicion gozaba de nuestra cómica sorpresa,
-dejándose caer sobre el césped con grandes carcajadas. Elogiábamos
-estremadamente á nuestro sencillo y amable criado, comparándole en su
-aficion á llenar la panza, al célebre escudero de D. Quijote. Estaba
-él muy versado en la historia de este caballero, y como la mayor
-parte de las gentes de su clase, creía á pie juntillas en su realidad.
-
-«¿Y hace mucho tiempo que sucedió eso? me dijo un dia con semblante
-interrogativo.
-
---Sí, mucho tiempo, le contesté yo.
-
---Yo apostaria á que ha ya mas de mil años, replicó mirándome con una
-espresion de duda todavía mas marcada.
-
---No creo yo que haya mucho menos.» El escudero no preguntó mas.
-
-Mientras al compas de sus gracias esplotábamos nosotros las
-provisiones que quedan descritas, se nos acercó un mendigo que casi
-parecia un peregrino. Su entrecana barba y el baston en que se
-apoyaba anunciaban vejez; mas su cuerpo muy poco inclinado, mostraba
-aun los restos de una estatura gallarda. Llevaba un sombrero redondo
-de los que usan los andaluces, una especie de zamarra de piel de
-carnero, calzon de correal, botin y sandalias. Sus vestidos, aunque
-ajados y cubiertos de remiendos, estaban limpios, y se llegó á
-nosotros con aquella atenta gravedad que se nota en los españoles,
-aun de la ínfima clase. Habia en nosotros disposicion favorable
-para recibir semejante visita, y así, por un impulso espontáneo de
-caridad, le dimos algunas monedas, un pedazo de pan blanco y un vaso
-de buen vino de Málaga. Recibiólo todo con reconocimiento; mas sin
-manifestar con ninguna bajeza su gratitud. Luego que probó el vino,
-le miró al trasluz, y mostrando cierta admiracion se lo bebió de un
-sorbo, diciendo: «¡Cuántos años ha que no habia yo probado tan buen
-vino! Esto es un verdadero cordial para los pobres viejos.» Contempló
-luego el pan, y dijo besándole: «Bendito sea Dios.» Dicho esto se
-lo metió en el zurron, y habiéndole instado nosotros para que se
-lo comiese en el acto: «No señores, replicó; el vino era preciso
-beberlo ó dejarlo, mas el pan debo llevarlo á mi casa y partirlo con
-mi pobre familia.» Sancho consultó nuestros ojos, y dió al pobre
-abundantes fragmentos de la comida, bien que con la condicion de que
-se comeria en el acto una parte.
-
-Sentóse pues á poca distancia de nosotros y comió pausadamente, con
-una finura y una sobriedad, que hubieran podido honrar á un hidalgo.
-Yo creí descubrir en él una especie de tranquila dignidad y atenta
-cortesanía, que anunciaban que habia conocido mejores dias; pero
-no habia nada de esto: no tenia mas que la política natural á todo
-español, y aquel aire poético que caracteriza los pensamientos y el
-lenguage de este pueblo vivo é ingenioso. Nuestro peregrino habia
-sido pastor por espacio de cincuenta años, y al presente se hallaba
-desacomodado y sin medios para subsistir. «Cuando yo era jóven,
-decia, no habia cosa alguna capaz de hacerme tomar pesadumbre:
-hallábame siempre sano y contento; mas ahora tengo setenta y nueve
-años, me veo precisado á mendigar el sustento, y ya empiezan á
-abandonarme las fuerzas.»
-
-Sin embargo, todavía no estaba acostumbrado á la mendiguez; hacia
-poco tiempo que la necesidad le habia obligado á recurrir á tan
-triste y desagradable recurso, y nos hizo una pintura muy patética
-de los combates que habia sostenido su orgullo contra la necesidad.
-Volvia de Málaga sin dinero, hacia mucho tiempo que no habia comido,
-y aun tenia que atravesar una de aquellas vastas llanuras en donde
-se hallan tan pocas habitaciones: muerto casi de debilidad, pidió
-primeramente á la puerta de una venta: _Perdone usted por Dios,
-hermano_, le contestaron. «Pasé adelante, dijo, con mas vergüenza
-aun que hambre, porque todavía no se hallaba abatido el orgullo de
-mi corazon. Al pasar por un rio, cuyas márgenes estaban muy elevadas
-y la corriente era profunda y rápida, estuve tentado de precipitarme
-en él. ¿Á qué ha de permanecer sobre la tierra, dije interiormente,
-un viejo miserable como yo? Iba ya á arrojarme; mas Dios iluminó
-mi corazon y me apartó de tan criminal idea. Dirigíme á una casita
-que se hallaba situada á cierta distancia del camino, entréme en el
-patio; la puerta de la casa estaba cerrada, mas habia dos señoritas
-asomadas á una de las ventanas. Las pedí limosna, y--_Perdone usted
-por Dios, hermano_, fue otra vez la respuesta que recibí, cerrándose
-al mismo tiempo la ventana. Salíme casi arrastrando del patio, pronto
-ya á desmayarme; y creyendo que era llegada mi hora, me dejé caer
-contra la puerta, me encomendé de todo corazon á la Vírgen nuestra
-señora, y me cubrí la cabeza para morir. Á pocos minutos llegó el
-dueño de la casa, y viéndome tendido á su puerta, se compadeció de
-mis canas, me hizo entrar y me dió algun alimento, con que pude
-recobrarme. Ya veis, señores, que nunca debe perderse la confianza en
-la proteccion de la santísima Vírgen.»
-
-El anciano se dirigió hácia Archidona, su pais natural, que
-descubríamos á poca distancia en la cima de un monte escarpado, y
-en el camino nos hizo reparar en las ruinas de un antiguo castillo
-de los moros, que habitó uno de sus reyes en tiempo de las guerras
-de Granada. «La reina Isabel, nos dijo, le sitió con un egército
-poderoso; mas él, mirándolo desde lo alto de su fortaleza, se burlaba
-de sus esfuerzos. Entonces se apareció la Vírgen á la reina, y á ella
-y á sus soldados los condujo por un camino misterioso, que nadie
-hasta entonces habia frecuentado ni frecuentó despues. Cuando el moro
-vió llegar á la reina quedó pasmado, y acosando el caballo hácia el
-precipicio, se arrojó en él y se hizo pedazos. Aun se ven á la orilla
-del peñasco las señas de las herraduras, y ustedes mismos pueden
-descubrir desde aquí el camino por donde la reina y el egército
-subieron á la montaña, que se estiende á manera de una cinta á lo
-largo de sus laderas; mas lo que hay en esto de milagroso es, que
-aunque á cierta distancia puede conocerse, desaparece luego que se
-trata de examinarle de cerca.» El camino ideal que el buen pastor nos
-enseñaba, no era probablemente otra cosa que alguna arroyada arenosa,
-que se distinguia á cierta distancia en que la perspectiva disminuía
-su anchura, y se confundia con el resto de la superficie cuando se
-miraba mas de cerca.
-
-Como con el vino y la buena acogida se habia restablecido el anciano,
-nos refirió otra historia de un tesoro que el rey moro habia
-enterrado bajo el castillo, junto á cuyos cimientos estaba situada
-su casa. El cura y el boticario del pueblo, habiendo soñado por tres
-veces en el tesoro, hicieron una escavacion en el parage que sus
-sueños les habian indicado, y el yerno de nuestro convidado oyó por
-la noche el ruido de los azadones. Nadie sabe lo que hallaron; pero
-lo cierto es que ellos se hicieron ricos de repente y guardaron su
-secreto. De modo que el viejo pastor se habia visto al umbral de la
-fortuna; mas estaba decretado que él y esta no habian de morar jamas
-bajo un mismo techo.
-
-Tengo observado que las historias de tesoros enterrados por los moros
-corren principalmente entre las gentes mas pobres de España, como
-si la naturaleza quisiese compensar con la sombra la falta de la
-realidad: el hombre sediento sueña arroyos y fuentes cristalinas,
-el que tiene hambre banquetes opíparos, y el pobre montes de oro
-escondido: no hay cosa mas rica que la imaginacion de un mendigo.
-
-La última escena de nuestro viage que referiré, es la noche que
-pasamos en la pequeña ciudad de Loja, célebre plaza fronteriza
-en tiempo de los moros, y en cuyas murallas se estrelló el poder
-de Fernando. De esta fortaleza salió el viejo Aliatar, suegro de
-Boabdil, acompañado de su yerno para la desastrada espedicion, que
-acabó con la muerte del general y la prision del monarca. Está Loja
-en una situacion pintoresca en medio de un desfiladero que sigue las
-márgenes del Genil, circuida de rocas inaccesibles, bosquecillos,
-prados y jardines. Nuestra posada, que en nada desdecia del aspecto
-del pueblo, la tenia una jóven y linda viudita andaluza, cuya
-basquiña negra de seda guarnecida de franjas, dibujaba graciosamente
-unas formas mórbidas y elegantes. Paso firme y ligero, ojos negros
-y llenos de fuego, y su aire de presuncion y su esmerado aliño,
-manifestaban sobradamente que estaba acostumbrada á escitar la
-admiracion.
-
-Un hermano, que tendria en corta diferencia la misma edad, ofrecia
-con ella el perfecto modelo del majo y la maja andaluces. Era
-alto, robusto y bien dispuesto; color moreno claro, ojos negros y
-brillantes, y patillas castañas y rizadas que se unian por bajo de
-la barba. Ajustaba su cuerpo una chaquetilla de terciopelo verde,
-adornada de un sinnúmero de botoncillos de plata, y por cada una de
-las faltriqueras asomaba la punta de un pañuelo blanco; calzon de la
-misma tela, con una carrera de botones que bajaba desde la cadera
-á la rodilla; rodeaba su cuello un pañuelo de seda color de rosa,
-que pasando por una sortija, bajaba á cruzarse sobre una camisa
-aplanchada con esmero. Llevaba ademas un cinto, lindos botines de
-hermoso becerro leonado, que abiertos hácia la pantorrilla, dejaban
-ver una media muy fina; y en fin, zapatos anteados, que hacian
-campear con ventaja un pie perfecto.
-
-Hallándose este á la puerta llegó un hombre á caballo, y en voz baja
-entabló con él una conversacion que parecia muy séria. Su trage era
-del mismo gusto, y casi tan elegante como el del huésped: podria
-tener treinta años, era alto y fornido, y aunque ligeramente pintado
-de viruelas, no dejaba de haber gracia en sus bellas facciones; su
-ademan y su aire, no solo tenian soltura sino resolucion, y aun
-osadía. El poderoso caballo que montaba, negro como el azabache,
-estaba adornado de gallardos arreos, y llevaba un par de trabucos
-pendientes del arzon trasero. La figura de este hombre me hizo
-acordar de los contrabandistas que habia visto en los montes de
-Ronda. Conocí que tenia íntimas relaciones con el hermano de nuestra
-huéspeda, y tambien pensé, salvo error, que era amante favorecido
-de la graciosa viuda. Con efecto, toda la casa y sus habitantes
-tenian cierto aspecto de contrabando: la carabina descansaba en un
-rincon, junto á la guitarra. El referido caballero pasó la noche en
-la posada, y cantó con mucha espresion diferentes romances guerreros
-de las montañas. Estando nosotros cenando, llegaron dos pobres
-asturianos pidiendo un pedazo de pan y un asilo para pasar aquella
-noche. Habíanlos asaltado los ladrones al volver de una feria, y
-despues de robarles el caballo con las mercaderías que llevaba,
-el dinero y una parte de sus vestidos, los habian apaleado porque
-quisieron defenderse. Mi compañero, con la pronta generosidad que le
-es natural, pidió cena y cama para los dos, y les dió el dinero que
-necesitaban para llegar á sus casas.
-
-Á medida que entraba la noche, iban presentándose en la escena nuevos
-personages. Un hombre alto y gordiflon, de unos sesenta años, vino
-á tomar parte en la alegre cháchara de la huéspeda. Vestia el trage
-ordinario del pais, con la adicion de un enorme sable que llevaba
-bajo el brazo; sus anchos bigotes daban al semblante cierta gravedad,
-que anunciaba una especie de insolente confianza, y al parecer le
-miraban todos con mucho respeto.
-
-Sancho nos dijo al oido que aquel personage era D. Alfonso Gutierrez,
-el héroe y campeon de Loja, célebre por su fuerza prodigiosa, y
-por las muchas hazañas con que se señaló en tiempo de la invasion
-francesa. Con efecto, su lenguage y singulares maneras me divertian
-estraordinariamente; porque nuestro hombre era un verdadero andaluz,
-cuya jactancia igualaba cuando menos á su bravura. Iba siempre
-cargado con su sable como una niña con la muñeca; tan pronto le tenia
-en la mano como bajo el brazo, llamábale su _santa Teresa_, y solia
-decir: «Cuando le saco tiembla la tierra.»
-
-Estuvimos hasta muy tarde oyendo las conversaciones de tan diversos
-personages, que platicaban juntos con toda la franqueza de una posada
-española. Oimos cantares de contrabandistas, historias de ladrones,
-antiguos romances moriscos, y por fin de fiesta, nuestra bella
-huéspeda cantó _los infiernos_, ó las regiones infernales de Loja,
-que son unas cavernas sombrías, por donde corren y se precipitan con
-espantoso estruendo rios y cascadas subterráneas. El vulgo cree que
-desde tiempo de los moros, cuyos reyes tenian sus tesoros en estas
-cuevas, habitan en ellas monederos falsos.
-
-No seria difícil llenar estas páginas de incidentes de nuestra
-espedicion; pero me llaman otros objetos. Viajando de este modo,
-Salimos en fin de los montes para entrar en la hermosa vega de
-Granada. Sentámonos á la orilla de un riachuelo sombreado de
-frondosos olivos, y allí hicimos nuestra última comida á campo raso,
-teniendo á la vista la antigua capital del postrer reino musulman en
-España. Las altas torres de la Alhambra comunicaban á la ciudad un
-interes irresistible, al paso que la Sierra-Nevada descollaba por
-encima de los edificios á manera de una corona de plata. Brillaba
-el dia puro y despejado, y la fresca brisa de los montes templaba
-los ardores del sol. Cuando hubimos comido tendimos las capas, y
-disfrutamos por última vez del placer de dormir sobre el césped,
-halagados por el blando susurro de las abejas que vagan de flor en
-flor, y el tierno arrullo de las tórtolas que posan en los olivos.
-Pasadas las horas del calor volvimos á emprender la marcha, y despues
-de haber caminado entre vallados de aloes y bananos, y atravesado una
-multitud de jardines, llegamos á la que anochecia á las puertas de
-Granada.
-
-Á los ojos del viagero que se halle poseido de un sentimiento de
-predileccion hácia la histórica y poética Alhambra de Granada, es
-este monumento tan venerable como para los peregrinos musulmanes
-la Kaaba ó casa sagrada de Mahoma. ¡Cuántas leyendas y tradiciones
-verdaderas ó fabulosas, cuántos cantares, cuántos romances amorosos
-ó heroicos, españoles ó árabes tienen por objeto este edificio
-encantado! ¡Figúrese pues el lector cuál seria nuestro alborozo,
-cuando á poco de haber llegado á Granada, nos permitió el gobernador
-de la Alhambra que habitásemos los aposentos que tenia desocupados
-en aquel palacio de los reyes moros! Los siguientes rasgos son el
-fruto de mis investigaciones y meditacion durante esta deliciosa
-permanencia; y si pudiesen comunicar á la imaginacion del lector una
-parte del misterioso interes que inspiran los sitios donde fueron
-trazados, yo sé que habia de lastimarse de no haber pasado un verano
-conmigo en aquellos salones de la Alhambra, tan fecundos en memorias
-maravillosas.
-
-
-
-
-Gobierno de la Alhambra.
-
-
-Es la Alhambra una fortaleza antigua, ó un palacio fortificado,
-desde cuya morada dominaban los reyes moros de Granada su ponderado
-paraiso terrenal, y en donde estuvo la última silla de su imperio
-en España. El palacio forma solo una parte de la fortaleza, cuyas
-almenadas murallas se estienden en direccion irregular en derredor
-de la cresta de una elevada colina que se desprende de la cadena
-de montes nevados y domina la ciudad. En tiempo de los moros podia
-esta fortaleza contener en su recinto un egército de cuarenta mil
-hombres, y no pocas veces sirvió á los soberanos de asilo contra
-sus vasallos sublevados. Despues de haber pasado el reino á manos
-de los cristianos, siguió la Alhambra siendo una morada real, y la
-habitaron algunas veces los monarcas castellanos. Cárlos V comenzó á
-levantar un palacio dentro de sus muros; mas los repetidos terremotos
-no dejaron llevar adelante esta empresa. Los últimos reyes que
-habitaron este edificio, fueron Felipe V y su esposa la reina Isabel
-de Parma, al principio del siglo diez y ocho.
-
-Hiciéronse grandes preparativos para recibirlos, se reparó el palacio
-y los jardines, y se construyeron nuevas habitaciones, que fueron
-ricamente adornadas por artistas italianos. Mas á pesar de todo,
-despues de la mansion pasagera de estos príncipes, la Alhambra quedó
-de nuevo desierta y desolada, si bien se conservaba siempre en ella
-un estado militar y guarnicion bastante numerosa. El gobernador era
-nombrado directamente por el rey, y su jurisdiccion se estendia hasta
-los arrabales de la ciudad, sin ninguna dependencia del capitan
-general de Granada. Habitaba la parte que corresponde á la fachada
-del antiguo palacio, y jamas bajaba á Granada sin algun aparato
-militar. La fortaleza era en efecto una pequeña ciudad, pues que
-contenia muchas calles, un convento de franciscos y una iglesia
-parroquial.
-
-Pero el abandono de la córte fue un golpe fatal para la Alhambra:
-sus hermosas salas fueron deteriorándose de dia en dia, quedando
-muchas del todo arruinadas; destruyéronse los jardines, y las fuentes
-cesaron de correr. Un enjambre de vagabundos se fue apoderando poco
-á poco de las partes desiertas de los edificios; los contrabandistas
-se aprovechaban de la independencia de su jurisdiccion para seguir
-con seguridad sus criminales operaciones; los ladrones, los pícaros
-de todas clases se refugiaban en su recinto, y dirigian desde
-allí sus tiros sobre Granada y sus inmediaciones. Por fin, puso
-el gobierno la mano, y desapareció este desórden: la plaza fue
-enteramente purificada, quedando solo en ella aquellos moradores de
-notoria honradez, y cuyo derecho de residencia era incontestable;
-demoliéronse la mayor parte de las casas, y únicamente se conservó
-una pequeña aldea, el convento y la parroquia. Durante las últimas
-guerras de la península, habiendo ocupado los franceses á Granada,
-pusieron una guarnicion en la Alhambra: alojóse el comandante en
-el palacio, y este monumento de la grandeza y de la elegancia de
-los moros, se salvó entonces de una completa devastacion por efecto
-de aquel gusto ilustrado que distingue á la nacion francesa. Se
-repararon los techos, y lo que quedaba de las salas y las galerías
-fue puesto á cubierto de la injuria del tiempo; se cultivaron los
-jardines, pusiéronse corrientes los conductos del agua, y volvió á
-saltar esta en medio de las flores: de modo que España debe á sus
-invasores la conservacion del mas hermoso y mas interesante de sus
-monumentos históricos.
-
-Antes de evacuar la fortaleza, volaron los franceses muchas torres
-de la muralla esterior é inutilizaron las fortificaciones; y como
-desde entonces no existe ya la importancia militar de esta plaza, su
-guarnicion consiste únicamente en algunos inválidos, cuyo principal
-servicio está reducido á guardar las torres esteriores, que suelen
-servir para prision de reos de estado. El mismo gobernador ha
-abandonado ya las alturas de la Alhambra y vive en el centro de
-Granada, en donde le es mucho mas fácil comunicarse con el gobierno.
-
-No puedo terminar esta breve noticia sin dar testimonio de la
-exactitud y laudable celo con que el actual comandante de la Alhambra
-D. Francisco de la Serna, llena los deberes de su destino, y emplea
-los cortos recursos de que puede disponer en reparar las ruinas del
-palacio, y retardar por medio de sabias precauciones una ruina que
-por desgracia es sobrado cierta. Si hubiesen hecho otro tanto sus
-predecesores, este monumento conservaria aun casi toda su belleza
-primitiva, y si el gobierno ausiliase los buenos deseos de este
-benemérito oficial, aquellos preciosos vestigios adornarian aun el
-pais por largo tiempo, y de todos los puntos de la tierra conducirian
-á él á los curiosos ilustrados.
-
-
-
-
-Interior de la Alhambra.
-
-
-Son tantas y tan minuciosas las descripciones que se han hecho de
-la Alhambra, que sin duda bastarán algunos rasgos generales para
-refrescar la memoria del lector. Voy pues á referir sucintamente la
-visita que hicimos á este monumento la mañana inmediata á nuestra
-llegada á Granada.
-
-Habiendo salido del meson de la Espada, en donde parábamos,
-atravesamos la célebre plaza de Vivarrambla, teatro en otros tiempos
-de justas y torneos, y trasformada ahora en mercado muy concurrido.
-De allí pasamos al Zacatin, cuya calle principal era en tiempo de los
-moros un gran mercado: sus pequeñas tiendas y angostos soportales
-conservan aun el carácter oriental. Despues de haber cruzado la plaza
-donde se halla el palacio del capitan general, subimos una calle
-tortuosa y no muy ancha, cuyo nombre recuerda los dias caballerescos
-de Granada; á saber, la calle de los Gomeles, así llamada de una
-tribu famosa en las crónicas y en los romances, la cual conduce á
-una puerta de arquitectura griega, edificada por Cárlos V, que da
-entrada á los dominios de la Alhambra.
-
-Dos ó tres veteranos, sentados en un banco de piedra, reemplazaban
-á los zegries y abencerrages; y el canoso centinela estaba hablando
-con un ganapan alto y seco, cuyo pardo y raido capote cubria apenas
-el resto de unos vestidos mas miserables todavía, el cual luego que
-nos descubrió se vino á nosotros, ofreciéndose á acompañarnos y
-enseñarnos la fortaleza.
-
-Yo he mirado siempre á los _Ciceroni_ con cierta repugnancia de
-viagero, y el aspecto de este no me inclinaba ciertamente á hacer una
-escepcion en su favor.
-
-«¿Sin duda, le dije, conocereis muy bien el edificio?
-
---Palmo por palmo, señor; como que soy hijo de la Alhambra.»
-
-No puede negarse, que los españoles tienen un modo de espresarse muy
-poético. ¡Hijo de la Alhambra! Este título hirió mi imaginacion, los
-andrajos de mi interlocutor adquirieron á mis ojos cierta dignidad,
-pareciéronme el justo emblema de la vária fortuna del sitio, y por
-otra parte, cuadraban perfectamente á la progenitura de unas ruinas.
-
-Le hice algunas preguntas, y quedé convencido de que tenia un derecho
-legítimo al título que tomaba: su familia habitaba la fortaleza desde
-el tiempo de la conquista, y él se llamaba Mateo Gimenez.
-
-«¿Seréis tal vez, le pregunté, algun pariente del gran cardenal
-Gimenez?
-
---Quién sabe, señor; todo podria ser.... lo que no cabe duda es que
-somos la familia mas antigua de la Alhambra, cristianos viejos sin
-mezcla de moro ni judío. Yo sé que pertenecemos á una gran casa,
-pero no me acuerdo cuál: mi padre lo sabe todo, y conserva nuestro
-blason colgado á la pared de su cabaña, que está en lo mas alto de la
-fortaleza.» Estas razones, y el primer título que se habia dado el
-andrajoso hidalgo me cautivaron de modo, que desde luego acepté con
-gusto los servicios del hijo de la Alhambra.
-
-Entramos en un angosto y profundo barranco lleno de bosquecillos y
-cubierto de verdura. Atravesábale una avenida rápida, y cortábanle
-en todas direcciones varios senderos tortuosos, adornados de fuentes
-y bancos de piedra. Á la izquierda se elevaban por encima de nuestras
-cabezas las torres de la Alhambra, y á la derecha, por la parte
-opuesta del barranco, nos dominaban otras no menos altas, edificadas
-sobre la peña viva: estas eran las _Torres bermejas_, llamadas así á
-causa de su color. Nadie conoce su orígen, si bien se sabe que son
-mucho mas antiguas que la Alhambra: algunos las suponen construidas
-por los romanos, y otros las creen obra de una colonia errante de los
-fenicios. Subiendo la sombría y rápida avenida, llegamos al pie de
-una torre cuadrada, que es la entrada principal de la fortaleza. Allí
-encontramos otro grupo de inválidos, uno de los cuales estaba de
-centinela bajo el arco de la puerta, en tanto que los demas dormian
-sobre los bancos de piedra, envueltos en sus capas. Llámase á esta
-la _puerta del Juicio_, porque durante la dominacion de los moros se
-reunia bajo su pórtico el tribunal que juzgaba inmediatamente las
-causas de poca entidad. Esta costumbre, comun á todo el oriente, se
-halla consignada en muchos pasages de la Escritura.
-
-El gran vestíbulo ó pórtico lo forma un arco inmenso que se eleva
-casi hasta la mitad de la torre. Sobre la piedra fundamental de
-la bóveda esterior esta esculpida una mano gigantesca, y en la
-correspondiente de la parte interior se ve representada del mismo
-modo una enorme llave. Los que creen tener algun conocimiento de los
-símbolos mahometanos, dicen que la mano es el emblema de la doctrina,
-y la llave el de la fe; añadiendo que este último signo era el
-distintivo constante de los estandartes musulmanes cuando subyugaron
-la Andalucía. Mas el hijo legítimo de la Alhambra esplicaba la cosa
-de otro modo.
-
-Segun Mateo, que se apoyaba en la autoridad de una tradicion
-trasmitida de padres á hijos desde los primeros habitantes de la
-fortaleza, la mano y la llave eran figuras mágicas, y pendia de
-ellas la suerte de la Alhambra. El rey moro que hizo construir este
-edificio, mágico famoso, y que aun, segun la opinion de muchos,
-habia vendido su alma al diablo, puso la fortaleza bajo el influjo
-de un encanto, en fuerza del cual ha resistido siglos enteros á
-los asaltos y terremotos que han destruido la mayor parte de los
-edificios moriscos; y es fama comun que el encanto conservará toda su
-virtud hasta el momento en que la mano se baje de tal modo que llegue
-á tocar la llave, en cuyo acto se hundirá la Alhambra, y quedarán de
-manifiesto los tesoros de los reyes moros que están enterrados bajo
-sus moles.
-
-Sin embargo de esta espantosa prediccion, nosotros pasamos sin
-vacilar por bajo del arco encantado.
-
-Desde allí, por un camino angosto y sinuoso practicado entre las
-murallas, subimos á una esplanada interior, llamada la _plaza de los
-Algibes_, en razon de unos grandes depósitos de agua abiertos en
-la peña, y tambien hay un pozo inmenso que da un agua sobremanera
-fresca y cristalina. Estas obras prueban la esquisita voluptuosidad
-de los árabes, y lo mucho que apreciaban obtener este elemento en
-toda su pureza.
-
-En frente de esta esplanada se halla el palacio de Cárlos V, que
-debia eclipsar segun dicen á la antigua mansion de los reyes moros.
-Mas á despecho de su magnificencia y de una arquitectura que no
-carece de mérito, este monumento no parece otra cosa que un intruso
-orgulloso; y de ahí es que mi compañero y yo pasamos por delante sin
-detenernos, y nos dirigimos á la sencilla puerta por donde se penetra
-en el palacio antiguo.
-
-La transicion es casi mágica: creímonos trasportados de repente á
-otros parages y á otro siglo, y que íbamos á presenciar las escenas
-que refiere la historia de los árabes. Nos hallamos en un gran patio
-pavimentado de mármol blanco, y decorado á sus ángulos con ligeros
-perístilos moriscos. Era el patio de la Alberca ó del gran Vivero, y
-ocupaba su centro un estanque de ciento treinta pies de largo, lleno
-de peces y circuido de rosales.
-
-Al estremo superior de este patio se halla la torre de Comáres; pero
-nosotros, dirigiéndonos al lado opuesto, entramos por un pasadizo
-cubierto en el célebre _patio de los Leones_. Ninguna parte del
-edificio da una idea tan completa de su antigua magnificencia;
-porque ninguna ha sufrido menos los estragos del tiempo. Vese en
-el centro aquella fuente, tan famosa en la historia y en los cantos
-populares; las tazas de alabastro derraman de continuo una lluvia
-de líquidos diamantes, y los doce leones arrojan por las narices
-torrentes de agua cristalina lo mismo que en los dias de Boabdil.
-El patio se halla cubierto de flores y rodeado de ligeros arcos,
-adornados de esculturas y filigranas de una labor tan delicada
-como el encage, y sostenidos sobre delgadísimas columnas de mármol
-blanco. La arquitectura, lo mismo que la del resto del palacio,
-tiene mas elegancia que grandeza, y está indicando un gusto blando
-y delicado, y cierta disposicion á los placeres de la indolencia.
-Cuando se dirige la vista á aquellos pórticos aéreos con sus frágiles
-apoyos, que parecen obra de las hadas, apenas puede concebirse
-cómo el tiempo, los temblores de tierra, el abandono y la rapiña de
-los viageros curiosos, no menos temible que la de los guerreros, ha
-perdonado una parte tan grande de este monumento: estas reflexiones
-podrian casi hacer admitir la tradicion que le supone protegido por
-un encanto. Á un lado del patio, por una puerta ricamente adornada,
-se entra á una gran pieza embaldosada de mármol blanco, llamada
-la _sala de las dos hermanas_. Una cúpula abierta da paso al aire
-esterior, y deja penetrar una luz templada; la parte inferior de las
-paredes está incrustada de hermosos azulejos moriscos, en los cuales
-se ven los escudos de armas de los reyes moros; la superior se halla
-revestida de aquel hermoso estuco inventado en Damasco, compuesto de
-grandes chapas vaciadas y unidas con tanto arte, que parece se hayan
-esculpido en el mismo sitio los elegantes relieves y caprichosos
-arabescos que en ellas se ven entrelazados con testos del alcorán
-é inscripciones árabes. Los adornos de las paredes y de la cúpula
-están ricamente dorados, y sus intersticios revestidos de lapislázuli
-y otros colores hermosos y permanentes. Á uno y otro lado de la
-sala están las alcobas destinadas á contener las otomanas ó lechos
-orientales. Sobre un pórtico interior corre una galería que comunica
-con la vivienda de las mugeres; y todavía se ven allí las celosías
-por donde las lindas odaliscas del harem podian ver sin ser vistas
-las fiestas de la sala inferior.
-
-Es imposible contemplar aquella antigua y privilegiada mansion de los
-árabes, aquel palacio donde las costumbres orientales desplegaron
-todo su esplendor y elegancia, sin que se renueven en la imaginacion
-las antiguas escenas que se han leido en las novelas: casi espera uno
-ver la blanca mano de una princesa que hace señas desde un balcon, ó
-bien unos ojos negros que lanzan miradas de fuego al traves de una
-celosía. El asilo de la hermosura existe aun allí como si lo hubiesen
-habitado ayer; mas ¿qué se han hecho las Zoraidas y Lindaraxas?
-
-Al lado opuesto del patio de los Leones está la _sala de los
-Abencerrages_, llamada así en memoria de los valientes caballeros
-de aquella ilustre familia que fueron degollados en este sitio. No
-falta quien ponga en duda la verdad de esta historia en todos sus
-pormenores; pero nuestro humilde guia nos enseñó la portezuela por
-donde los hicieron entrar uno á uno, y la fuente de mármol blanco
-que existe en medio de la sala, en cuya taza cayeron sus cabezas;
-haciéndonos ademas observar en el pavimento ciertas manchas rogizas,
-las cuales nos dijo eran los rastros de su sangre, que jamas han
-podido borrarse; y persuadido de que le escuchábamos con fácil
-credulidad, añadió que algunas noches se percibia en el patio de los
-Leones un rumor sordo y confuso como el murmullo de una multitud, al
-que se unia de cuando en cuando un crujido semejante al estrépito de
-cadenas oido á cierta distancia. Es muy probable que estos ruidos
-provengan de las corrientes de agua que por diferentes cañerías
-pasan por bajo el piso para alimentar las fuentes; mas el hijo de la
-Alhambra los atribuía á las almas de los abencerrages degollados, que
-vagan durante la noche por el teatro de su suplicio, é imploran la
-venganza divina sobre su asesino.
-
-Del patio de los Leones volvimos atras, y cruzando de nuevo el de
-la Alberca, llegamos á la torre de Comáres, que lleva el nombre
-del arquitecto que la construyó. Es fuerte, sólida, de atrevida
-elevacion, y domina todo el edificio y el lado mas escarpado de
-la colina, que baja rápidamente hasta la orilla del Darro. Por un
-cobertizo pasamos al salon inmenso que ocupa el interior de la
-torre, el cual era la sala de audiencia de los reyes de Granada, y
-se llama por esta razon la _sala de los Embajadores_. Todavía se
-descubren en él algunos vestigios de su antigua magnificencia: las
-paredes están adornadas de ricos arabescos de estuco; y en el techo,
-cimbrado de madera de cedro, que por la mucha elevacion apenas se
-distingue, brillan los hermosos dorados y ricas tintas del pincel
-árabe. Por tres lados del salon hay ventanas abiertas en el inmenso
-espesor de las paredes, y desde sus balcones, que dan á las frondosas
-márgenes del Darro, y á las calles y conventos del Albaicin, se
-descubre á lo lejos la vega.
-
-Bien pudiera yo describir prolijamente otras piezas elegantes como
-son el _Tocador de la reina_, que es un mirador abierto en lo mas
-alto de una torre, adonde solia subir la sultana á respirar la brisa
-refrigerante de los montes, y gozar de la vista de aquel paraiso que
-rodea el palacio; el pequeño patio retirado ó jardin de Lindaraxa
-con su fuente de alabastro, sus rosales y sus bosquecillos de mirtos
-y limoneros; y en fin, las salas y grutas de los baños, en donde la
-claridad y el calor del dia quedan reducidos á una luz misteriosa y
-una temperatura suave; mas no quiero detenerme en dar una relacion
-circunstanciada de estos objetos, porque mi idea en este momento se
-limita á introducir al lector en una mansion, que si quiere podrá
-recorrer conmigo durante todo el curso de esta obra, hasta irse
-familiarizando con sus localidades.
-
-Diferentes acueductos de construccion árabe conducen de las montañas
-el agua que circula en abundancia por todo el palacio, llena los
-baños y los estanques, salta en medio de los salones y murmura bajo
-los enlosados de mármol. Cuando ha pagado su tributo á la mansion de
-los reyes y visitado sus prados y jardines, desciende en riachuelos
-y fuentes innumerables por los lados de la alameda que conduce á
-la ciudad, y mantiene en perpetua primavera los bosquecillos que
-embellecen y dan sombra á la colina de la Alhambra.
-
-Se necesita haber habitado en los climas ardientes del mediodía para
-conocer todo el precio de un retiro, en donde los vientos frescos y
-suaves de los montes se unen á la frondosa verdura de los valles.
-
-Entre tanto que la parte baja de la ciudad desfallece abrasada por
-los rayos de un sol devorador, y mientras la hermosa vega se mira
-agostada por un ardor sofocante, las frescas brisas de Sierra-Nevada
-juguetean en las altas salas de la Alhambra, difundiendo por todo su
-recinto los suaves aromas de los jardines que la rodean. Todo convida
-allí á aquel reposo profundo que constituye el mayor recreo en los
-paises meridionales; los medio cerrados ojos distinguen por entre los
-sombríos balcones el risueño paisage, y se gozan en aquella vista
-deleitosa, hasta que halagados por el manso ruido de los árboles y el
-suave murmullo de las aguas, se quedan dulcemente dormidos.
-
-
-
-
-Economía doméstica.
-
-
-Tiempo es ya de dar alguna idea del método de vida que establecí en
-esta singular habitacion. El palacio de la Alhambra está al cuidado
-de una buena vieja llamada D.ª Antonia Molina; pero mas conocida
-con el nombre familiar de _la tia Antonia_. Esta procura tener en
-buen estado las salas y jardines, y enseñarlos á los curiosos; y
-en recompensa recibe los regalos de los viageros y dispone de todo
-el producto de los jardines, escepto el tributo de frutas y flores
-que envia de cuando en cuando al gobernador. Esta buena muger y su
-familia, compuesta de un sobrino y una sobrina, hijos de dos hermanos
-suyos, habitan un ángulo del palacio. El sobrino Manuel Molina, es un
-jóven de carácter sólido y de una gravedad verdaderamente española.
-Despues de haber servido algun tiempo en España y en América, dejó la
-carrera militar y se puso á estudiar medicina, con la esperanza de
-ser un dia médico de la Alhambra, plaza que cuando menos vale tres
-mil reales al año. En cuanto á la sobrina es una andalucilla fresca y
-rolliza, de ojos negros y gesto risueño, que aunque se llama Dolores,
-desmiente con su alegre afabilidad la tristeza de este nombre. Esta
-jóven es la heredera declarada de todos los bienes de su tia, que
-consisten en algunas bicocas de lo interior del fuerte, cuyo alquiler
-produce cerca de tres mil reales. Desde los primeros dias de mi
-residencia en la Alhambra, ya descubrí yo que un amor discreto unia
-al prudente Manuel y á su vivaracha prima, los cuales solo esperaban
-para ver colmados sus votos la dispensa del Papa, precisa á causa del
-parentesco, y el título que debia dar al futuro el carácter de doctor.
-
-Concerté con la señora Antonia todo lo relativo á mi habitacion
-y asistencia, y quedó convenido que la gentil Dolores cuidaria de
-mi aposento y me serviria á la mesa. Tenia ademas á mis órdenes
-un muchacho alto, rojo y tartamudo llamado Pepe, que trabajaba de
-ordinario en el jardin, y que me hubiera servido de criado con la
-mejor voluntad, á no haberle ganado por la mano Mateo Gimenez, el
-hijo de la Alhambra. Este despejado y oficioso personage, sin saber
-cómo, habia conseguido no separarse de mí desde nuestro primer
-encuentro; se entrometia en todos mis planes, y al fin logró ser
-admitido en debida forma como ayuda de cámara, _Cicerone_, guia y
-escudero-historiógrafo. Habíame sido preciso mejorar el estado de
-su guardaropa para que no afrentase al amo en el desempeño de sus
-diversas funciones; y en consecuencia, bien como la serpiente deja
-la piel, habia él dejado la vieja capa parda, y con no poca sorpresa
-de sus camaradas, se presentaba en la fortaleza con una chaqueta y
-un sombrero andaluz muy graciosos. El principal defecto de Mateo era
-un celo escesivo y un deseo inquieto de ser útil, con que llegaba
-á hacerse importuno. Como no dejaba de conocer que casi me habia
-forzado á admitirle en mi servicio, y que mis costumbres sencillas y
-tranquilas hacian de su empleo un beneficio simple; daba tormento á
-su ingenio para hallar medios de hacerse necesario á mi bien estar
-interior. En cierto modo era yo víctima de su solicitud, porque no
-podia poner el pie en el umbral del palacio para salir á dar un
-paseo por la fortaleza, sin verle luego á mi lado para esplicarme
-todo lo que se presentase, y si me resolvia recorrer las colinas
-inmediatas, se empeñaba en seguirme para servirme de guarda; bien
-que yo estoy íntimamente convencido de que en caso de algun ataque,
-antes hubiera apelado á la ligereza de los pies que á la fuerza de
-los brazos. Con todo eso el pobre mozo era algunas veces divertido:
-sencillo, siempre de buen humor, y parlanchin como un barbero de
-lugar, está al corriente de todos los chismes del pueblo; pero lo
-que le da mas orgullo es el tesoro de noticias locales que posee. No
-existe en la fortaleza una sola torre, una puerta, una bóveda de la
-que no sepa una historia llena de prodigios, y creida por él como
-artículo de fe. La mayor parte de estas consejas las ha heredado
-de su abuelo, un sastrecillo hablantin y novelero, que habiendo
-vivido cerca de cien años, solo dejó dos veces el recinto de la
-fortaleza. Su tienda fue por mas de un siglo el punto de reunion de
-un enjambre de venerables chuzonas, que pasaban allí una parte de
-la noche hablando de los tiempos antiguos, de los acontecimientos
-maravillosos y de los misterios del edificio. Toda la vida, las
-acciones, los pensamientos del sastrecillo historiador habian
-quedado encerrados en los muros de la Alhambra: aquellos muros le
-vieron nacer, crecer y envejecer; allí halló su existencia, allí
-murió y allí fue enterrado. Mas felizmente para la posteridad,
-sus tradiciones no murieron con él: el auténtico Mateo, cuando era
-mozalvete, escuchaba embelesado las narraciones de su abuelo y de
-las viejas que formaban su tertulia, y de este modo acumuló en su
-cabeza un tesoro de conocimientos verdaderamente preciosos sobre la
-Alhambra: conocimientos que no se hallan en ningun libro, y que en
-realidad son dignos de la atencion de todo viagero curioso. Tales
-eran los personages que contribuían á hacer cómoda y agradable mi
-vida doméstica de la Alhambra; y yo creo que ninguno de los soberanos
-cristianos ó musulmanes que me precedieron en aquel palacio, fue
-servido con mas fidelidad, ni gozó de un imperio mas pacífico.
-
-Luego que me levantaba, Pepe, el jardinero tartamudo, me traía
-flores acabadas de coger, y la diestra mano de Dolores, que no dejaba
-de tener cierto orgullo mugeril en la decoracion de mi cuarto, las
-colocaba luego en jarros dispuestos al intento. Almorzaba y comia
-segun el humor que reinaba, ya en una de las salas, ya bajo los
-pórticos del patio de los Leones, rodeado de flores y de fuentes;
-y cuando deseaba correr la campiña, mi infatigable escudero me
-acompañaba á los parages mas pintorescos de los montes ó valles
-inmediatos, refiriéndome en cada uno de estos puntos alguna aventura
-maravillosa de que habia sido teatro. No obstante mi aficion á la
-soledad, solia interrumpir la uniformidad de la mia, pasando algunos
-ratos con la familia de Doña Antonia, que se reunia de ordinario
-en una antigua cámara morisca que servia de cocina y de salon. Á un
-estremo de la pieza estaba una chimenea groseramente construída,
-cuyo humo habia tiznado las paredes, y borrado casi del todo los
-arabescos; al otro habia un balcon que caía á la orilla del Darro, y
-daba libre entrada á la fresca brisa de la noche. Allí pues hacia yo
-mi frugal cena, compuesta de frutas y leche, entreteniéndome al mismo
-tiempo con la conversacion de aquellas buenas gentes. Nunca deja de
-hallarse entre los españoles lo que ellos llaman ingenio natural; y
-de ahí es que cualquiera que sea su educacion y su clase, siempre su
-conversacion es interesante y agradable; á lo cual debe añadirse, que
-merced á cierta dignidad inherente al carácter, nunca son bajos sus
-modales. La buena tia Antonia es una muger de no menos ingenio que
-juicio, aunque sin ninguna especie de cultura; y la graciosa Dolores,
-que en todo el discurso de su vida no habia leido cuatro volúmenes,
-ofrecia una reunion interesante de sencillez y agudeza, y muchas
-veces me dejaba admirado con sus discretas ocurrencias. Algunas
-noches el sobrino, con el conocido objeto de instruir y agradar á
-su primita, nos leía una comedia de Calderon ó Lope de Vega; mas
-con grande mortificacion suya, la muchacha solia quedarse dormida
-antes de concluirse el primer acto. De cuando en cuando recibia la
-tia Antonia á sus humildes amigos y dependientes las mugeres de los
-inválidos y los habitantes de la aldea, todos los cuales miraban con
-el mayor respeto á la intendenta del palacio, la hacian la córte,
-y la participaban las noticias de la fortaleza y las novedades que
-corrian por Granada, cuando llegaban por casualidad á sus oidos.
-En estos corrillos de viejas he aprendido yo muchas veces hechos
-curiosos, que me han ilustrado mucho sobro las costumbres del pueblo
-español, instruyéndome en ciertas particularidades muy interesantes
-de los usos locales. Que se me perdone pues la relacion de estas
-sencillas diversiones, que tal vez parecerá insignificante á los que
-no conocen el embeleso que las daban á mis ojos los sitios en donde
-pasaban. Hallábame en un suelo encantado y rodeado de recuerdos
-romanticos. Salido apenas de la infancia, recorrí en las riberas
-del Hudson una antigua historia de las guerras de Granada, y esta
-ciudad se hizo el objeto de mis dulces delirios. Desde aquel momento
-mi imaginacion me habia trasportado mil veces á los salones de la
-Alhambra, y al verme ahora en ellos, bastaba apenas el testimonio
-de mis sentidos á persuadirme que se hubiese realizado para mí un
-verdadero castillo en España[1]. ¿Me hallo efectivamente, decia, en
-el palacio de Boabdil? ¿Es aquella Granada tan célebre en los fastos
-de la caballería, la que distingo desde este elevado balcon? Sí, no
-es ilusion: recorro á mi placer estos salones orientales, oigo el
-murmullo de las fuentes, respiro la fragancia de las rosas, cedo á la
-influencia de esta atmósfera embalsamada, y casi me persuado que me
-hallo en el paraiso de Mahoma, y que la tierna y graciosa Dolores es
-una de las hurís de brillantes ojos, destinadas á hacer la felicidad
-de los verdaderos creyentes.
-
- [1] Esto alude á la frase francesa: _Faire des châteaux en
- Espagne_, que equivale á la castellana: _Hacer castillos en el
- aire_.
-
-
-
-
-Tradiciones locales.
-
-
-El pueblo español tiene una pasion oriental á los cuentos, y
-señaladamente á los que refieren acontecimientos maravillosos. Es
-muy comun en España el ver á las gentes vulgares reunidas en un
-corro á la puerta de sus cabañas, ó bajo las inmensas campanas de
-las chimeneas de las ventas, escuchando embelesadas las leyendas en
-que se trata de las peligrosas aventuras de los viageros, ó de las
-refriegas de los ladrones y contrabandistas. Pero los temas favoritos
-de estas historias son los tesoros escondidos por los moros: al
-atravesar aquellas montañas desiertas, teatro otro tiempo de tantos
-combates gloriosos, no encuentra el viagero una sola atalaya puesta
-sobre un pico elevado en medio de las rocas, ó dominando un lugarejo
-que parece abierto á pico en la peña, sin que el mozo que le acompaña
-no se quite el cigarro de la boca para referirle alguna conseja de
-las monedas árabes que están enterradas bajo sus cimientos. Ni se
-halla tampoco un solo alcázar en las ciudades que no tenga tambien
-su historia dorada, trasmitida entre los pobres del pueblo de
-generacion en generacion.
-
-Estas tradiciones, como la mayor parte de las fábulas populares,
-deben su orígen á algunos hechos verdaderos. Durante las guerras de
-moros y cristianos, que afligieron por tanto tiempo el pais, los
-castillos y las ciudades mudaban de dueño con gran frecuencia, y sus
-habitantes cuando se veían sitiados, solian enterrar sus alhajas y
-dinero en las cuevas y en los pozos, como se practica aun en las
-naciones guerreras del oriente. En la época de la espulsion de los
-moros, muchos de ellos escondieron los efectos mas preciosos que
-poseían, con la esperanza de regresar muy pronto á su tierra natal
-y recobrar su tesoro. Ello es cierto que algunas veces cavando entre
-las ruinas, ó en las inmediaciones de las casas ó palacios moriscos,
-se han hallado arcas llenas de monedas de oro y de plata, que vuelven
-á ver la luz despues de haber estado enterradas por espacio de muchos
-años; y basta un corto número de estos hechos para dar lugar á mil
-fábulas.
-
-Estas historias se presentan con aquella reunion de gótico y
-oriental, que en mi concepto caracteriza todos los usos y rasgos
-esenciales de las costumbres de España, señaladamente en las
-provincias meridionales: el tesoro escondido está siempre protegido
-por un encanto; unas veces le defiende un horrible dragon, otras le
-guardan unos moros encantados, que al cabo de siglos permanecen aun
-armados de punta en blanco, con la espada desnuda é inmóviles como
-unas estátuas, en el sitio donde fueron enterradas sus riquezas.
-
-Es muy natural que la Alhambra, en razon de las circunstancias
-particulares de su historia, preste materia mas amplia á estas
-ficciones que ninguno de los otros lugares célebres en las crónicas;
-y algunos vestigios encontrados de tarde en tarde entre sus ruinas,
-han acreditado las maravillosas tradiciones que sobre ellos andan
-esparcidas. En una ocasion se desenterró una olla llena de oro, y
-el esqueleto de un gallo; y los mas inteligentes en estas materias,
-opinaron que esta ave habia sida enterrada viva. En otro tiempo se
-descubrió una caja, y dentro de ella se halló un grande escarabajo
-cubierto de inscripciones árabes, que se creyó fuesen palabras
-mágicas de gran virtud. En una palabra, los ingenios mas aventajados
-de la poblacion andrajosa de la Alhambra, se han devanado los sesos
-hasta lograr que no hubiese en esta antigua fortaleza una torre,
-una sala, ni una bóveda sin su correspondiente historia prodigiosa.
-Creo que los capítulos anteriores habrán familiarizado ya á mis
-lectores con las localidades de este palacio, y así voy á engolfarme
-atrevidamente en sus pasmosas leyendas, que me ha sido preciso
-restaurar enteramente, reuniendo los fragmentos que me fueron
-contados en diferentes épocas y por distintas personas; bien así como
-un sábio anticuario suele formar un documento histórico con algunas
-letras sueltas de una inscripcion medio borrada por el tiempo.
-
-Si el lector encontrase en mis relaciones alguna cosa increible,
-tenga la bondad de considerar que el sitio en que me hallo no
-puede gobernarse por las leyes de la probabilidad que rigen en las
-escenas de la vida comun. El suelo que piso está encantado, y los
-acontecimientos mas tribiales reciben en él un aspecto sobrenatural y
-maravilloso.
-
-
-
-
-La Casa del Gallo.
-
-
-En la cumbre de la alta colina del Albaicin, que es el barrio mas
-elevado de Granada, se ven los restos de un castillo levantado poco
-despues de la conquista de España por los árabes. Al presente está
-trasformado en una fábrica, y ha caido en tal olvido, que á pesar
-del ausilio que me prestaba el sapientísimo Mateo, me costó gran
-trabajo el descubrirle. Este edificio conserva aun el nombre con que
-fue conocido por espacio de algunos siglos; esto es, el de _casa
-del Gallo de viento_. Se llamó así por tener en la parte superior
-una figura de bronce que giraba á modo de veleta á todos vientos, y
-representaba un guerrero á caballo, armado de lanza y adarga, con dos
-versos árabes, que dicen así traducidos al castellano:
-
- Dice el sábio Aben-Habuz
- Que así se defiende el andaluz.
-
-Este Aben-Habuz, segun las crónicas árabes, fue uno de los capitanes
-de Tarik, quien le nombró alcaide de Granada; y es probable que
-hiciese erigir dicha efigie guerrera, para recordar á los habitantes
-musulmanes del pais, que hallándose como se hallaban rodeados de
-enemigos, su seguridad exigia que estuviesen á toda hora prontos á
-combatir.
-
-Sin embargo, las tradiciones populares esplican de otro modo lo que
-concierne á Aben-Habuz y su palacio, y nos enseñan que el guerrero de
-bronce fue en su orígen un talisman que tenia oculta una gran virtud;
-mas que con el tiempo ha perdido su poder mágico, quedando reducido á
-una simple veleta.
-
-Estas tradiciones son las que me he propuesto dejar consignadas en el
-capítulo siguiente.
-
-
-
-
-Leyenda del Astrólogo Árabe.
-
-
-En cierto tiempo, hace muchos siglos, reinaba en Granada un rey
-moro llamado Aben-Habuz, el cual era un conquistador retirado de
-los negocios; esto es, un hombre que despues de haber llevado en su
-juventud una vida de hostilidades y rapiñas continuas, cuando se vió
-viejo y débil, ya no deseó otra cosa sino vivir en paz con todo el
-mundo, poner á cubierto sus laureles, y gozar tranquilamente de los
-estados que habia usurpado á sus vecinos.
-
-Sucedió sin embargo, que este monarca tan razonable y pacífico, tuvo
-que medir sus fuerzas con algunos rivales jóvenes, que hallándose
-con todo el fuego de su pasion á la gloria y á los combates, estaban
-decididos á pedirle cuentas de lo que habia usurpado á sus padres.
-Algunos puntos distantes de su territorio, que en los dias de su
-mocedad no se atrevian á rebullirse bajo su mano de hierro, trataron
-tambien de alborotarse ahora que aspiraba al descanso, llegando
-á amenazar á la capital. De modo que el desventurado Aben-Habuz,
-atacado en lo interior y en lo esterior, vivia en continuo sobresalto
-en medio de las montañas que rodean á Granada, sin saber por qué
-parte romperian las hostilidades.
-
-En vano levantó atalayas en los montes, en vano hizo guardar todos
-los pasos por tropas estacionarias, que tenian órden de anunciar la
-proximidad de los enemigos con fuegos por la noche y ahumadas durante
-el dia: las habia con enemigos mas activos y vigilantes que él, y que
-á pesar de todas sus precauciones hallaban siempre medios de penetrar
-en sus tierras por algun desfiladero, talaban el pais y se llevaban
-consigo muchos prisioneros. ¿Se vió nunca un conquistador retirado
-y pacífico mas atormentado que el pobre Aben-Habuz? Hallábase en tan
-triste situacion, abrumábanle las tribulaciones que por todas partes
-le rodeaban, cuando se presentó en su córte un médico árabe. Bajábale
-hasta la cintura una barba blanca y poblada, y todo su aspecto
-anunciaba una estrema vejez; mas no por esto habia dejado de hacer
-el viage á Egipto, á pie y sin mas ayuda que el apoyo de un baston
-en el que estaban grabados algunos geroglíficos. Habíale precedido
-su celebridad: llamábase Ibrahim Eben Abou Agib, creíasele nacido
-en tiempo de Mahoma, y se decia que su padre Abou Agib habia sido
-el último compañero de este profeta. El Eben Abou Agib de que ahora
-hablamos, habiendo seguido en su juventud el egército victorioso de
-Amrou en Egipto, fijó su residencia en este pais, en donde permaneció
-muchos años con el objeto de estudiar las ciencias abstractas, y
-particularmente la mágia con aquellos sacerdotes. Decíase ademas que
-poseía el secreto de prolongar la vida, y que por su medio habia
-cumplido ya mas de dos siglos: la lástima era que habia descubierto
-el secreto siendo ya muy viejo, y solo habia podido perpetuar sus
-rugas y sus canas.
-
-Este famoso anciano fue honrosamente acogido por el rey, que como
-la mayor parte de los monarcas viejos, empezaba ya á manifestar una
-aficion decidida á los médicos y á los astrólogos. Quiso hospedar á
-este en su palacio; mas el sábio moro prefirió para su habitacion
-una caverna de la colina que dominaba á Granada, que fue precisamente
-la misma en donde mas adelante se edificó la Alhambra. La hizo
-ensanchar, convirtiéndola en una vasta sala, y practicó en el techo
-una abertura circular, que comunicando con el esterior, facilitaba
-el que pudiesen verse las estrellas al lleno del dia, bien así como
-se ven desde el fondo de un pozo. Las paredes de la sala estaban
-cubiertas de geroglíficos egipcios, signos cabalísticos, y figuras
-de las estrellas y constelaciones, y ademas toda la caverna estaba
-llena de instrumentos que fabricaron bajo la direccion del sábio los
-artistas mas inteligentes de Granada; mas estos instrumentos tenian
-cualidades ocultas que solo Ibrahim conocia.
-
-En poco tiempo logró este ser el consejero íntimo del rey, el cual
-no hacia nada sin consultarle. Cierto dia, hallándose Aben-Habuz con
-su confidente, se lamentaba lleno de dolor de la injusticia de sus
-vecinos, y de la continua vigilancia que tenia precision de observar
-para estorvar sus invasiones. Cuando hubo acabado de lastimarse,
-le miró el astrólogo en silencio por algunos momentos, y tras esto
-le dirigió en corta diferencia estas palabras: «Sabe, ó rey, que
-cuando yo estuve en Egipto ví una gran maravilla, que era obra de
-una princesa pagana de los tiempos antiguos. Sobre una montaña que
-domina una ciudad considerable, situada á la orilla del Nilo, se veía
-la figura de un carnero de bronce, y encima de este estaba un gallo
-del mismo metal; todo ello giraba sobre un quicio, y cuantas veces
-se veía el pais amenazado de alguna invasion, se volvia el carnero
-hácia la parte por donde venia el enemigo, y cantaba el gallo; lo
-cual advertia á los habitantes de la ciudad del peligro en que se
-hallaban, indicándoles al mismo tiempo el punto hácia donde debian
-dirigir su defensa.
-
---¡Gran Dios! esclamó el pacífico Aben-Habuz, ¡qué tesoro seria para
-mí un carnero semejante, que sin cesar tuviese la vista fija en
-las montañas que me rodean, y un gallo queme advirtiese en caso de
-peligro! ¡Allah Akbar! ¡Cuánto mas tranquilo dormiria yo si velasen
-tales centinelas en lo alto de mi palacio!»
-
-El astrólogo dejó pasar los primeros trasportes del rey, y continuó
-así:
-
-«Despues que el victorioso Amrou (¡téngale Allah en descanso!) hubo
-acabado la conquista de Egipto, me quedé yo entre los antiguos
-sacerdotes de este pais, con los cuales estudié los ritos y
-ceremonias de su idolatría, procurando principalmente penetrar los
-conocimientos ocultos que les han dado tanta celebridad. Estando un
-dia en conversacion con un sacerdote anciano, sentados ambos á la
-orilla del Nilo, me señaló con el dedo las enormes pirámides que
-se levantaban como unos montes en medio del desierto, y me dijo al
-mismo tiempo estas palabras: «Todo lo que yo puedo enseñarte no es
-nada en comparacion de los conocimientos que esas masas gigantescas
-encierran. En el centro de la pirámide del medio se halla una cámara
-sepulcral y en donde reposa la momia del gran sacerdote que ayudó
-á edificar ese enorme edificio, y con él está enterrado tambien un
-libro maravilloso, que contiene todos los secretos del arte mágica.
-Este libro lo poseyó Adan antes de su caida, y pasó de padres á hijos
-hasta el sábio rey Salomon, á quien fue de gran provecho para la
-construccion del templo de Jerusalen; mas el modo cómo llegó despues
-al arquitecto de las pirámides, aquel que nada ignora podrá solo
-decirlo.»
-
-«Luego que oí estas palabras del sacerdote egipcio ardió mi corazon
-en deseos de poseer el libro; y como podia disponer de una parte
-del egército victorioso, agregué á ella cierto número de egipcios,
-y con su ausilio acometí la empresa de penetrar en la sólida masa
-de la pirámide. Despues de largos trabajos logré descubrir uno de
-los tránsitos secretos del edificio; le seguí, y arrastrándome al
-traves de un laberinto lóbrego y espantoso, me introduje en la cámara
-sepulcral del centro, en donde reposaba hacia muchos siglos la momia
-del gran sacerdote. Rasgué sus vestiduras esteriores, y desatando
-las vendas que ceñian el cadáver, hallé al fin el precioso volúmen.
-Cogíle con mano trémula, y salí presuroso de la pirámide, dejando á
-la momia del gran sacerdote esperando el último dia en el silencio y
-la oscuridad de su sepulcro.
-
---¡Hijo de Abou Agib! esclamó Aben-Habuz, eres ciertamente un gran
-viagero, y has visto cosas maravillosas; ¿mas qué tengo yo que ver
-con el secreto de la pirámide, ni con el libro de la ciencia del
-sábio Salomon?
-
---Vas á saberlo, ó rey. Con el estudio constante de este libro me
-he instruido en todos los secretos de la mágia, y puedo mandar á
-los genios que me ayuden en la egecucion de mis planes. Conozco el
-misterio del talisman de Bursa, y puedo construir otro semejante y
-darle todavía mas fuerza.
-
---¡Ó sábio hijo de Abou Agib! dijo Aben Habuz enagenado de alegria;
-semejante talisman vale mas que las centinelas que tengo en la
-frontera y las atalayas de los montes. Dame luego esa feliz
-salvaguardia, y toma todas las riquezas de mi tesoro.»
-
-El astrólogo puso luego manos á la obra para satisfacer los deseos
-del viejo monarca. Al efecto hizo construir una altísima torre en lo
-mas elevado del palacio, frente la colina del Albaicin; y es fama que
-las piedras que sirvieron para su construccion fueron sacadas de una
-de las pirámides de Egipto. La parte superior de la torre la ocupaba
-una sala de figura circular, con ventanas que caían á todos los
-puntos del horizonte; delante de cada una de estas ventanas habia una
-mesa, y sobre ella, á manera de un juego de ajedrez, estaba colocado
-un pequeño egército, compuesto de infantería y caballería con su rey
-á la cabeza, labrado todo en madera. Junto á cada mesa se veía ademas
-una lanza del tamaño de un punzon, en la cual estaban grabados
-ciertos caracteres caldeos. La rotunda estaba siempre cerrada con una
-puerta de bronce y una reja de acero, cuya llave guardaba el rey. En
-lo mas alto de la torre habia sobre un quicio una figura de bronce,
-que representaba un guerrero moro con una adarga en la una mano y una
-lanza en la otra: tenia la cara vuelta hácia la parte de la ciudad,
-en actitud de velar sobre ella; mas en el momento en que se acercaba
-algun enemigo, se volvia hácia el punto amenazado, enristrando al
-mismo tiempo la lanza.
-
-Concluido que estuvo el talisman, impaciente Aben-Habuz de
-esperimentar su eficacia, deseaba una invasion tanto como antes la
-habia temido. No tardaron á cumplirse sus deseos: acababa de amanecer
-una mañana, cuando el centinela de la torre avisó al rey que el
-guerrero de bronce estaba vuelto hácia la parte de Elvira, y su lanza
-apuntaba en línea recta al paso de Lope.
-
-«Corre pues, dijo el rey, que los atambores y trompetas toquen
-inmediatamente al arma, y acuda á la defensa toda Granada.
-
---Ó rey, dijo el astrólogo, deja descansar á tus guerreros, que no
-es necesaria la fuerza para librarte de los enemigos. Manda que se
-retiren tus criados, y subamos solos á la pieza secreta de la torre.»
-
-El anciano Aben-Habuz subió la escalera de la torre, apoyado en el
-brazo de Ibrahim Eben Abou Agib, que aun era mas viejo, y abriendo
-la puerta de bronce se entraron ambos en la rotunda, en donde
-encontraron abierta la ventana que miraba al paso de Lope. «Por
-este lado, dijo el astrólogo, viene el peligro; acércate, ó rey, y
-contempla las maravillas de la mesa.»
-
-Llegóse Aben-Habuz al tablero en donde estaban colocadas las
-figuritas de madera, y advirtió con gran sorpresa que todas estaban
-en movimiento. Los caballos caracoleaban y batian el suelo con los
-pies, los guerreros blandian las lanzas, y oíase como en miniatura
-el sonido de las trompetas y atambores, el crugido de las armas y el
-relincho de los corceles; mas todo esto no producia sino un ruido muy
-débil, semejante al zumbido de una abeja.
-
-«Ves aquí, ó gran rey, dijo el astrólogo, la prueba de que tus
-enemigos están en campaña y deben venir por el paso de Lope.
-¿Quieres introducir la confusion en sus filas por medio de un terror
-pánico, y forzarlos á que se retiren sin efusion de sangre? no tienes
-mas que herir esas figuras con el asta de la lanza mágica; mas si por
-el contrario quieres sangre, tócalas con la punta.»
-
-El semblante del pacífico Aben-Habuz se cubrió por un momento de
-un colorido cárdeno, y el movimiento de su cana y poblada barba
-descubria el trasporte que agitaba todos los músculos de su rostro:
-tomó con mano trémula la lanza y se acercó á la mesa. «Hijo de Abou
-Agib, dijo, creo que se verterá una poca sangre.»
-
-Dichas estas palabras hirió con la punta de la lanza algunas de
-aquellas figuras mágicas, y tocó las otras con el cuento. Los
-primeros guerreros cayeron al momento muertos sobre el tablero, y
-los demas revolviéndose unos contra otros, trabaron confundidos un
-combate, cuyos resultados eran en corta diferencia iguales para unos
-y otros.
-
-No costó poco trabajo al astrólogo el contener la mano del monarca
-mas pacífico, para impedirle que esterminase hasta el último de sus
-enemigos; mas al fin consiguió hacerle bajar de la torre para enviar
-espias á los montes por el paso de Lope.
-
-Regresados estos, refirieron al rey que un egército cristiano,
-cruzando la sierra, habia llegado casi hasta las puertas de Granada;
-mas que de repente, suscitándose entre ellos una quimera, habian
-vuelto sus armas unos contra otros, y despues de un combate muy
-encarnizado, se habian retirado á sus fronteras.
-
-El buen Aben-Habuz no cabia en sí de contento al ver tan
-cumplidamente acreditada la eficacia de su talisman. «Ya en fin,
-decia, voy á pasar una vida tranquila, pues que tengo en mis manos
-la suerte de mis enemigos. Sábio hijo de Abou Agib, ¿qué recompensa
-podré ofrecerte por tan señalado beneficio?
-
---Las necesidades de un anciano y un filósofo son muy simples y
-reducidas: proporcionadme, ó rey, los medios para convertir mi
-caverna en un retiro habitable, nada mas deseo.
-
---He aquí la modestia del verdadero sábio,» esclamó Aben-Habuz
-interiormente, muy satisfecho de lo moderado de la peticion; y
-llamando á su tesorero, le mandó que entregase á Ibrahim todas las
-sumas que le pidiese, ora para acabar de construir su retiro, ora
-para amueblarle.
-
-El astrólogo hizo abrir en la peña muchas piezas que formaron
-una habitacion contigua á su salon mágico; luego las amuebló con
-ricos canapes y soberbias camas, y cubrió las paredes de hermosas
-colgaduras de damasco. «Soy viejo, decia; mis huesos no pueden ya
-descansar sobre un lecho de piedra; estas paredes son húmedas y es
-preciso vestirlas.»
-
-Dispuso tambien se construyesen unos baños, provistos de toda especie
-de perfumes y aceites aromáticos. «Porque los baños, decia, son
-necesarios para combatir la estenuacion de la edad, y restituir la
-morbidez y la frescura á un cuerpo fatigado por el estudio.»
-
-Hizo colgar en todo el edificio una multitud prodigiosa de lámparas
-de plata y cristal, en las cuales ardia un aceite odorífero, cuya
-receta habia encontrado en los sepulcros egipcios, el cual tenia la
-propiedad de arder sin consumirse, y despedia un apacible resplandor.
-«La luz del sol, decia el astrólogo, es demasiado viva y fuerte para
-los cansados ojos de un pobre viejo; la de la lámpara es la que
-conviene para los estudios de un filósofo.»
-
-Entre tanto el tesorero de Aben-Habuz iba ya regañando al entregar
-las sumas, que cada dia se le pedian para acabar el retiro, hasta
-que al fin dirigió sus quejas al rey.
-
-«Está empeñada mi palabra real, dijo Aben-Habuz encogiéndose de
-hombros, y no hay sino prestar paciencia. Ese viejo quiere imitar
-en su retiro filosófico lo que vió en lo interior de las pirámides
-y en los vastos edificios de Egipto; mas todas las cosas tienen un
-término, y el mueblage de la caverna tendrá sin duda el suyo.»
-
-No se engañaba el rey; por fin se concluyó el retiro, y quedó formado
-un palacio subterráneo de inaudita magnificencia.
-
-«Ya estoy contento, dijo Ibrahim Eben Abou Agib al tesorero; ahora
-voy á encerrarme en mi celda y á consagrar todo mi tiempo al estudio.
-Nada deseo ya sino una friolera; una pequeña distraccion para llenar
-los intervalos de mis tareas abstractas.
-
---Ó sábio Ibrahim, pide lo que quieras, que tengo órden de proveerte
-de todo lo que necesites en tu soledad.
-
---Pues entonces, dijo el filósofo, no me desagradaria el tener
-conmigo algunas bailarinas.
-
---¡Bailarinas! esclamó sorprendido el tesorero.
-
---Sí, bailarinas, repitió gravemente el sábio; pero con pocas habrá
-bastante, porque yo soy un viejo y un filósofo: mis costumbres son
-muy sencillas y sé contentarme con poco; solo os encargo que sean
-jóvenes y graciosas, porque la vista de la juventud y la hermosura
-alegra y reanima la vejez.»
-
-Mientras el filósofo Ibrahim Eben Abou Agib pasaba sábiamente su
-vida del modo que se ha dicho en su solitario retiro, el pacífico
-Aben-Habuz hacia gloriosas campañas en efigie en la rotunda de su
-torre. Á la verdad para un rey de sus años y de su humor era una
-cosa muy cómoda y agradable aquel talisman, por cuyo medio, al
-mismo tiempo que se divertia á sus solas, podia derrotar poderosos
-egércitos, ni mas ni menos que si fueran enjambres de moscas.
-
-Gozó por algun tiempo de este placer, y aun algunas veces solia
-insultar á sus enemigos, sin mas objeto que el de inducirlos á que le
-atacasen; mas habiéndolos hecho prudentes sus repetidas desgracias,
-ninguno de ellos se atrevió ya á invadir el territorio de Aben-Habuz.
-Por espacio de muchos meses permaneció la figura de bronce bajo el
-pie de paz con su lanza perpendicular, y el buen rey empezaba ya á
-echar menos la acostumbrada diversion, y á fastidiarse en gran manera
-de su monótona tranquilidad.
-
-Al fin llegó un dia en que el guerrero mágico giró súbitamente
-sobre su ege, y puso la lanza en ristre con direccion á los montes
-de Cádiz. Inmediatamente subió Aben-Habuz á la torre; pero quedó
-sorprendido al no ver ningun movimiento en el tablero que estaba
-colocado en la direccion indicada por el talisman: ni uno solo de los
-pequeños guerreros se movia. Inquieto el rey con esta novedad, envió
-á los montes una compañía de caballos, con órden de reconocerlos y
-darle cuenta de lo que descubriesen. Tres dias estuvieron ausentes
-los soldados, y cuando volvieron al cabo de este tiempo, dijeron á
-su señor:
-
-«Hemos recorrido todos los desfiladeros de los montes, y no hemos
-descubierto picas ni capacetes: lo único que hemos hallado en nuestra
-espedicion es una jóven cristiana de peregrina hermosura, que estaba
-durmiendo junto á una fuente, y nos la hemos traido cautiva.
-
---¡Una jóven de peregrina hermosura! esclamó Aben-Habuz, brillando en
-sus ojos la alegria; que la traigan luego á mi presencia.»
-
-Llevaron con efecto ante el viejo rey á la hermosa doncella, en cuyo
-trage se veía todo el lujo que distinguia á los godos españoles en
-la época de la invasion de los sarracenos. Las negras trenzas de sus
-cabellos estaban entretejidas con rastras de finísimas perlas; los
-diamantes que brillaban en su frente rivalizaban con la hermosura de
-sus ojos, y de la cadena de oro que pendia de su cuello colgaba hasta
-el lado izquierdo una lira de plata.
-
-El fuego que lanzaban sus negros y brillantes ojos cayó á manera de
-rayo sobre el corazon de Aben-Habuz, que á pesar de su vejez, todavía
-era combustible, y estaba contemplando con éxtasis el esvelto y
-gracioso talle de la jóven.
-
-«¡Ó la mas hermosa de las mugeres! esclamó; ¿quién eres? ¿cómo te
-llamas?
-
---Soy hija de uno de los príncipes godos, á quienes obedecia hace
-poco este pais. Los egércitos de mi padre han quedado destruidos como
-por encanto en esas montañas: él ha sido desterrado de su suelo
-natal, y su triste hija se halla ahora cautiva.
-
---¡Guarda, ó rey! dijo en voz baja Ibrahim, esa jóven podria muy
-bien ser una de aquellas magas del norte, que toman las formas mas
-seductoras para coger en sus lazos á los imprudentes que se fian
-de ellas. Yo creo leer la hechicería en sus ojos y en todos sus
-movimientos; no lo dudes, este es el enemigo que señalaba el talisman.
-
---Hijo de Abou Agib, contestó el rey, tú eres un gran filósofo, y á
-mas á mas un gran mágico, yo lo concedo; pero no sabes una palabra
-de lo que concierne á las mugeres. Sobre este punto no cedo en
-conocimientos á nadie del mundo, incluso el mismo Salomon á pesar
-del prodigioso número de sus mugeres y concubinas. En cuanto á esta
-jóven, yo no veo en sus ojos nada de espantoso, y toda su persona
-agrada singularmente á los mios.
-
---Ó rey, replicó el astrólogo, escúchame: yo te he procurado con mi
-talisman un sinnúmero de victorias, sin haber tenido jamas la menor
-parte en los despojos de los vencidos. Concédeme pues esta cautiva
-para que amenice con su lira mi soledad; que si es en efecto maga, yo
-tengo conmigo contrahechizos que harán ilusorias sus artes.
-
---¿Aun necesitas otra muger? contestó ya amostazado Aben-Habuz, ¿no
-te bastan las bailarinas para amenizar como dices tu soledad?
-
---Sí, tengo bailarinas; pero no tengo cantoras, y me convendría un
-poco de música para descansar y reanimar mi espíritu cuando se halla
-fatigado por el estudio.
-
---Basta ya de peticiones para el retiro, dijo el rey encolerizado;
-esta doncella está destinada á consolar mi vejez en el harem.»
-
-Nuevas pretensiones y nuevos argumentos de parte del astrólogo, solo
-sirvieron para provocar una negativa mas decisiva de la del monarca;
-con lo que se separaron llenos uno y otro de despecho. El sábio se
-encerró en su soledad para digerir allí el desaire; mas antes de
-retirarse, volvió á decir al rey que no se fiase de la peligrosa
-cautiva. ¿Pero qué viejo enamorado dió jamas oidos á semejantes
-consejos? Aben-Habuz soltó las riendas á la pasion que le dominaba,
-y puso todo su estudio en hacerse amable á los ojos de la bella
-cristiana. Á la verdad no podia agradarla por su juventud; mas era
-rico, y los amantes viejos son de ordinario muy generosos. El Zacatin
-de Granada fue despojado de sus mas preciosas mercaderías: las ricas
-telas de seda, los diamantes, los perfumes, cuanto ofrecian de mas
-raro y costoso el África y el Asia era prodigado á la princesa.
-Inventábanse para divertirla toda suerte de espectáculos y de
-fiestas: torneos, conciertos, bailes, corridas de toros; Granada en
-fin se habia convertido en la mansion de los placeres. La princesa
-goda lo miraba todo como persona acostumbrada á la magnificencia,
-y recibia los obsequios y los presentes del rey como unos tributos
-debidos á su rango, ó mas bien á su belleza: que el orgullo de la
-hermosura es aun mayor que el de la nobleza. Sentia un placer secreto
-en empeñar al fascinado monarca en unos gastos que agotaban su
-tesoro, mirando su estravagante profusion como una cosa muy sencilla;
-mas á pesar de sus atenciones y generosidad, el venerable amante no
-podia envanecerse de haber hecho la menor impresion en el corazon
-de la cautiva; porque si bien es cierto que no le recibia jamas con
-semblante adusto, no lo es menos que nunca le concedia una sonrisa.
-Apenas empezaba á hablarle de su amor, hacia ella resonar las cuerdas
-de su lira, y este sonido tenia tal encanto, que luego que llegaba á
-los oidos de Aben-Habuz, caía el pobre viejo en un sueño profundo,
-del que salia luego fresco, alegre y momentáneamente libre de su
-pasion. El efecto de esta música no podia ser peor para el éxito de
-su galantería; mas como en estos instantes de adormecimiento, estaban
-sus sentidos embelesados con sueños agradables, siguió soñando de
-este modo al lado de su hermosa, al mismo tiempo que toda Granada se
-mofaba de su infatuacion, y murmuraba sin rebozo al verle prodigar
-sus tesoros á cambio de canciones.
-
-Entre tanto amenazaba á Aben-Habuz un peligro, sobre el que no podia
-darle ningun aviso su talisman. Estalló una insurreccion en la
-capital, y el populacho armado cercó el palacio, pidiendo á gritos
-su cabeza y la de la cristiana. Encendióse en el corazon del rey una
-chispa de su antiguo valor; salió á la cabeza de unos cuantos de sus
-guardias, puso en fuga á los rebeldes, y el alboroto quedó sofocado
-en su orígen.
-
-Restablecida la tranquilidad, se fue á ver al astrólogo, que devorado
-por el despecho, estaba encerrado en su retiro, y alimentaba contra
-el rey el mas amargo resentimiento.
-
-Llegóse á él Aben-Habuz, y le dijo con semblante franco y amistoso:
-«Sábio hijo de Abou Agib, razon tenias cuando me anunciaste que la
-hermosa cautiva atraeria sobre mí muchos peligros; mas ya que eres
-tan profundo en la ciencia de anunciar los males, dime ahora qué es
-lo que debo hacer para evitarlos.
-
---Separar de tu lado á la infiel que los causa.
-
---¡Antes perder el reino! dijo con resolucion Aben-Habuz.
-
---Te arriesgas á perder uno y otro, replicó el astrólogo.
-
---No seas tan áspero y desconfiado, ¡ó el mas profundo de los
-filósofos! Conduélete de la doble desgracia de un monarca y un
-amante, y busca algun medio de libertarme de los peligros que me
-amenazan. Nada me importan ya el poder ni la grandeza, solo suspiro
-por la tranquilidad. ¿No me seria dado hallar algun asilo, en donde
-lejos del mundo, de sus pompas y de su bullicio, consagrase el resto
-de mis dias al reposo y al amor?»
-
-El astrólogo le miró por algunos momentos frunciendo las pobladas
-cejas.
-
-«¿Y qué me darias, le dijo en fin, si te procurase un retiro
-semejante?
-
---Tú mismo señalarias la recompensa, y si estaba en mi mano
-concedértela, te aseguro sobre mi palabra que podias mirarla como
-tuya.
-
---¿Has oido hablar, ó rey, del jardin de Hirám, uno de los prodigios
-de la Arabia Feliz?
-
---Sí, el Alcorán habla de ese jardin en el capítulo titulado la
-_Aurora del dia_. Ademas he oido referir muchas cosas maravillosas
-á los peregrinos de la Meca; pero siempre creí que eran cuentos de
-viageros.
-
---No desprecies, ó rey, las relaciones de los viageros, replicó con
-semblante grave el astrólogo; porque en ellas se encierran raros
-conocimientos, trasportados de un estremo á otro de la tierra. En
-cuanto al palacio y jardin de Hirám, en general es cierto lo que
-refieren.... yo he visto uno y otro por mis propios ojos.... Escucha
-bien lo que voy á referirte, porque mi aventura tiene relaciones muy
-íntimas con el objeto de tu pretension.
-
-«En mis primeros años, cuando yo no era mas que un simple árabe del
-desierto, guardaba los camellos de mi padre. Atravesando un dia el
-desierto de Eden se descarrió uno de ellos, y yo le busqué en vano
-por espacio de muchos dias: estenuado en fin de fatiga á la hora en
-que se halla el sol en el meridiano, me quedé dormido bajo una palma,
-al lado de un pozo que estaba casi seco. Al despertarme me encontré
-á la puerta de una ciudad, y habiendo entrado en ella ví unas calles
-hermosas, plazas y mercados espaciosos; mas todo estaba silencioso
-como la tumba: la ciudad parecia inhabitada. Anduve, errando por
-todas partes, hasta que descubrí un palacio situado en medio de
-un jardin adornado de fuentes, estanques, bosquecillos llenos de
-flores y árboles frondosos cargados de frutos. Sin embargo, ningun
-viviente se mostraba aun en aquel lugar de delicias. Espantado de
-tanta soledad, salí apresuradamente del palacio y de la ciudad, y
-habiéndome alejado algunos pasos, me volví para contemplarla; pero ya
-no ví nada, sino el desierto que se estendia hasta perderse de vista.
-
-«Poco despues encontré á un viejo dérvis muy versado en los
-secretos y tradiciones del pais, á quien referí mi aventura. «Lo
-que has visto, me dijo, es el célebre jardin de Hirám, una de las
-maravillas del desierto, el cual aparece de cuando en cuando á los
-viageros estraviados como tú, los divierte con la vista de sus
-torres, jardines y árboles cargados de frutos, y se desvanece al
-momento, dejando en su lugar una inmensa y árida soledad. En los
-tiempos antiguos, cuando este pais estaba habitado por los Additas,
-el rey Sheddah, hijo de Ad, biznieto de Noé, fundó en él una ciudad
-magnífica, y cuando estuvo concluida y vió su grandeza y hermosura,
-enchido de orgullo su corazon, resolvió levantar un palacio y unos
-jardines que igualasen á lo que refiere el Alcorán de las bellezas
-del paraiso. Pero su presuncion atrajo sobre él la maldicion del
-cielo: él y todo su pueblo desaparecieron de la tierra, y su
-opulenta ciudad, su palacio y sus jardines fueron puestos bajo la
-influencia de un encanto que los separa de la vista de los hombres,
-fuera de ciertos momentos en que aparece para perpetuar la memoria de
-su pecado.»
-
-«Esta historia y las maravillas que habia visto no se borraron
-jamas de mi imaginacion, y cuando estuve mas adelante en Egipto,
-dueño ya del libro del sábio Salomon, resolví visitar de nuevo el
-jardin de Hirám. Le hallé en efecto con el ausilio de mi libro, tomé
-posesion de él, pasé muchos dias en aquella imitacion del paraiso, y
-obedientes á mi poder mágico los genios que le guardan, me revelaron
-los encantos por cuya fuerza habia sido construido, y los que le
-hacian invisible.
-
-«Yo pues, ó rey, puedo construirte un palacio semejante en la montaña
-que domina la ciudad; conozco todos los secretos mágicos y poseo el
-libro del sábio Salomon: nada es inaccesible á mi poder.
-
---¡Ó hijo de Abou Agib! ¡ó el mas sábio de todos los hombres! dijo
-Aben-Habuz ardiendo en deseos, ¡tú eres un gran viagero, tú has visto
-y aprendido cosas maravillosas! Débate yo un paraiso semejante, y
-pide en recompensa cuanto quieras, que yo te lo concedo, aunque sea
-la mitad de mi reino.
-
---¡Ah! replicó el astrólogo, ya sabes que yo no soy mas que un
-anciano, un pobre filósofo bien fácil de contentar; no te pido otra
-cosa sino la primera cabalgadura que pase por la puerta del palacio
-mágico, con la carga que lleve.»
-
-Aceptó gustoso el monarca esta modesta condicion y el astrólogo puso
-manos á la obra. Ante todo, en la cumbre de la colina que dominaba
-inmediatamente su retiro subterráneo, hizo erigir una gran portada,
-que pasaba por el centro de una torre fortísima. Sobre la piedra
-fundamental del arco esterior que formaba el pórtico, esculpió el
-mismo mágico una mano gigantesca, y en la del arco interior, encima
-de las puertas, representó una gran llave; cuyas figuras eran
-poderosos talismanes, sobre los cuales pronunció ciertas palabras en
-lengua desconocida.
-
-Concluida esta puerta, permaneció por espacio de dos dias encerrado
-en su cámara mágica, y el tercero se subió á la colina, y se estuvo
-en la cumbre hasta alta noche. Bajó á esta hora, y presentándose á
-Aben-Habuz: «En fin, ó rey, le dijo, ya está terminada mi obra: en
-la cumbre de ese monte he erigido el palacio mas delicioso que pudo
-inventar jamas el ingenio humano; allí está reunido todo lo que puede
-contribuir á la felicidad de la vida; salones magníficos, jardines
-sombríos y floridos, fuentes cristalinas, baños perfumados: en una
-palabra, la colina se ha trasformado en un paraiso; y á la manera que
-el palacio de Hirám, se halla tambien este protegido por un encanto
-de gran poder, que le hace invisible á todos los que no poseen el
-secreto de su talisman.
-
---Basta, dijo lleno de júbilo Aben-Habuz: mañana al despuntar la
-aurora subiremos á la colina, y tomaremos posesion de esa morada de
-ventura.» Aquella noche durmió poco el monarca, y apenas los primeros
-rayos del sol comenzaban á dorar los picos de Sierra-Nevada, montó
-en su caballo, y seguido de una corta y escogida comitiva, subió la
-colina por un camino angosto y escarpado. Al lado de Aben-Habuz iba
-la princesa, montada en un palafren blanco; su trage estaba sembrado
-de diamantes, y del hermoso cuello colgaba segun costumbre la lira de
-plata. El astrólogo, que nunca montaba á caballo, caminaba á pie al
-otro lado del rey, apoyado sobre su baston geroglífico.
-
-Hacíase todo ojos Aben-Habuz, esperando ver en lo alto las torres del
-palacio con sus jardines y bosquecillos; mas nada podia descubrir.
-«Ved ahí, dijo el astrólogo, en lo que consiste la seguridad y el
-misterio de este lugar: nada puede distinguirse hasta que se ha
-pasado la puerta encantada.»
-
-Luego que llegaron delante de la puerta, deteniéndose el astrólogo,
-enseñó al rey la mano y la llave misteriosas grabadas sobre el arco.
-«Las figuras que veis, dijo, son los talismanes que guardan la
-entrada de este paraiso: entre tanto esa mano no se baje hasta tocar
-la llave, ningun poder humano, ningun artificio mágico podrá triunfar
-del señor de esta colina.»
-
-Mientras Aben-Habuz contemplaba embelesado, y en un silencio de
-admiracion y pasmo los misteriosos talismanes, el palafren de la
-princesa, que seguia caminando, se entró por el pórtico hasta el
-centro de la torre.
-
-«He aquí, dijo el astrólogo, la recompensa que me habeis prometido;
-la primera cabalgadura que entre por estas puertas mágicas, con la
-carga que lleve.»
-
-Sonrióse Aben-Habuz, creyendo que era un chiste del viejo; mas cuando
-conoció que hablaba con seriedad, temblaron de indignacion las canas
-de su barba.
-
-«Hijo de Abou Agib, dijo con airado semblante, ¿qué significa este
-engaño? Bien sabes tú lo que yo creí prometer: la primera cabalgadura
-que entrase por la puerta con la carga que llevase. Ve pues, toma la
-mula mas poderosa de mis caballerizas, cárgala de los objetos mas
-preciosos que se hallen en mi tesoro, tuya es; mas no levantes tus
-pensamientos hasta la que forma, las delicias de mi corazon.
-
---¿Y qué se me da á mí de tu oro ni de tus riquezas? dijo con aire de
-desprecio el astrólogo. ¿No poseo yo el libro del sábio Salomon? ¿No
-tengo á mi disposicion todos los tesoros de la tierra? La princesa me
-pertenece de derecho: tu palabra real está empeñada, yo la reclamo
-como alhaja mia.»
-
-Á todo esto, desde lo alto de su palafren les dirigia la princesa
-mirandas altivas, y se sonreía desdeñosamente al contemplar á
-aquellos dos vestiglos disputándose la posesion de su juventud y
-belleza.
-
-Despues de un largo debate, dominando la rabia del monarca sobre su
-prudencia, esclamó: «¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sábio en
-mas de una ciencia; pero reconoce en mí á tu señor, y no lleves la
-temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey.
-
---¡Tú mi señor! replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de
-una ratonera daria leyes al que posee el libro de Salomon! Adios,
-Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraiso de los
-locos; que yo voy á reirme á tus espensas en mi retiro filosófico.»
-
-Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la princesa,
-hirió la tierra con el baston y se hundió con la hermosa dama al
-traves del centro de la torre. Tras esto se cerró la tierra sobre sus
-cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertura por donde habian
-desaparecido.
-
-Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó
-á articular una palabra. Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso
-que mil obreros hiciesen una escavacion profunda en el sitio por
-donde se habia hundido el astrólogo: trabajaron con teson, pero
-todos sus esfuerzos fueron vanos: en algunos puntos saltaban los
-picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo
-practicado, casi tan pronto como lo habian hecho. Aben-Habuz buscó en
-la falda de la montaña la boca de la caverna que conducia al palacio
-subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues
-en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veía ya otra
-cosa que la roca firme y unida.
-
-Entre tanto, con la desaparicion de Ibrahim Eben Abou Agib perdieron
-la eficacia sus talismanes: el guerrero de bronce quedó inmóvil,
-vuelto el semblante hácia la colina, y con la lanza apuntada al sitio
-por donde se habia hundido el astrólogo, como si quisiera indicar que
-se ocultaba allí el mayor enemigo de Aben-Habuz.
-
-Algunas veces se oían en aquel sitio los sonidos de un instrumento,
-y los acentos de una voz de muger, que apenas se distinguian, y al
-parecer salian de las entrañas de la tierra. Cierto dia refirió un
-labrador al rey que la noche anterior habia notado en la peña una
-hendedura, y habiéndose introducido por ella habia distinguido á gran
-profundidad un salon subterráneo, en el cual, recostado el astrólogo
-sobre un magnífico sofá, dormitaba dando cabezadas al sonido de la
-lira de la princesa, que segun los efectos egercia un poder mágico
-sobre sus sentidos.
-
-Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible encontrarla,
-porque sin duda habia vuelto á cerrarse. Tambien reiteró las
-tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como las
-primeras: y es que ningun poder humano podia superar al encanto de
-la mano y la llave. En cuanto á la cumbre del monte, donde debian
-haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que
-dicho elíseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que
-no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo;
-lo cierto es que allí no se veía otra cosa que una soledad árida;
-y escabrosa. Las gentes adoptaron piadosamente la última opinion, y
-unos llamaban á aquel sitio la _Locura del rey_, y otros el _Paraiso
-de los locos_.
-
-Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos, á
-quienes habia desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando
-poseía el talisman, habiendo llegado á conocer que ya no se
-hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su
-territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacífico de los
-monarcas fue una serie de guerras y disturbios.
-
-En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está enterrado;
-y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante la Alhambra,
-que realiza en cierto modo las fábulas del jardin de Hirám. El
-pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda
-por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada _del
-Juicio_ y la entrada principal de la fortaleza; y es opinion comun
-que el astrólogo permanece todavía bajo este pórtico en el salon
-subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la princesa.
-
-Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oir estos
-sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su virtud
-soporífica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos. Todo
-lo cual, segun las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad: la
-princesa, dicen, permanecerá cautiva del astrólogo, y el astrólogo
-sometido á la mágia somnífera de la princesa hasta el dia del juicio;
-á menos que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el
-encanto de la montaña.
-
-
-
-
-Historia del príncipe Ahmed Al Kamel, ó el peregrino de amor.
-
-
-Antiguamente habia en Granada un rey, que solo tenia un hijo, llamado
-Ahmed, á quien los cortesanos, á causa de los signos indubitables
-de superioridad que notaron en él desde su tierna infancia, le
-dieron el sobrenombre de Al Kamel, que quiere decir El Perfecto.
-Las predicciones de los astrólogos se conformaban bastante con esta
-lisonja, pues habian leido en los astros que el príncipe seria el
-mas perfecto y dichoso de los soberanos. Una sola nube amenazaba su
-destino, y aun en esta se distinguia cierto color purpúreo que la
-hermoseaba: habíale dotado naturaleza de una propension irresistible
-al amor, y esta pasion le habia de hacer correr grandes riesgos. Con
-todo, si se conseguia libertarle de sus ataques hasta la edad madura,
-se desvanecerian estos peligros, y su vida ofreceria una serie no
-interrumpida de prosperidades.
-
-Confiado el rey en los consejos de los astrólogos, adoptó la sábia
-resolucion de hacer educar al príncipe en un retiro absoluto, en
-donde no pudiese ver un rostro femenil, ni llegase á sus oidos el
-solo nombre de amor. Can esta mira hizo construir en la colina que
-domina la Alhambra un palacio suntuoso, y le rodeó de deliciosos
-jardines, cercados de murallas altísimas, que son los mismos que
-conocemos al presente con el nombre de _Generalife_.
-
-En este retiro fue encerrado el jóven Ahmed Al Kamel, bajo la tutela
-de Eben Bonabben, filósofo árabe de saber profundo; pero de carácter
-severo é insensible. Habia este pasado la mayor parte de su vida
-en Egipto, ocupado en el estudio de los geroglíficos, y en hacer
-investigaciones científicas en los sepulcros y en las pirámides; y
-de ahí es que á sus ojos tenia mucho mas atractivo una momia egipcia,
-que la belleza viviente mas seductora. Confióse pues á tan digno
-preceptor la educacion del príncipe, previniéndole le instruyese
-en toda clase de conocimientos, escepto uno solo: debia ignorar
-completamente todo lo relativo al amor.
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-«Emplead, le dijo el rey, cuantas precauciones creais necesarias
-para conseguir este objeto; y tened presente, ó Eben Bonabben, que
-si mi hijo llega á adquirir la menor noticia de este objeto vedado,
-pagareis con la cabeza esta trasgresion á mis órdenes.»
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-Una sonrisa forzada conmovió el descarnado rostro del sábio Bonabben
-al oir esta amenaza. «Tan seguro podeis estar vos de vuestro hijo
-como yo de mi cabeza. ¿Creeis que un hombre como yo habia de ir á dar
-al príncipe lecciones de amor?»
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-Bajo la vigilante custodia del filósofo fue creciendo el príncipe,
-prisionero en aquellos jardines y palacio. Servíanle esclavos
-negros y mudos, de figura horrible, que ó no tenian ninguna noticia
-del amor, ó carecian de palabras para comunicarlas. Eben Bonabben
-trabajaba con teson en formar el entendimiento de su alumno,
-enriqueciéndole con toda suerte de conocimientos, y señaladamente con
-las ciencias abstractas de los egipcios; mas el príncipe hacia muy
-pocos progresos en estas últimas, y su Mentor se convenció muy pronto
-de que no se hallaba en él ninguna aptitud para la metafísica.
-Sin embargo, tenia une docilidad estraordinaria en un príncipe, y
-estaba siempre pronto á seguir las opiniones de los demas, dejándose
-guiar por el último que le aconsejaba: tanto que resistiendo con no
-pequeño esfuerzo los ataques del sueño, escuchaba con una paciencia
-verdaderamente egemplar los doctos y perdurables discursos de
-Bonabben, que dejaron en su espíritu una idea ligera de casi todas
-las ciencias. De este modo llegó felizmente Ahmed á los veinte años
-de su edad; mas aunque podia pasar por un prodigio de saber, ignoraba
-absolutamente lo que era amor.
-
-Por este tiempo se cambiaron las costumbres del príncipe: abandonó
-de todo punto los estudios, y pasaba los dias vagando por los
-jardines, ó sentado á la orilla de una fuente, abismado en profundas
-cavilaciones. Habíanle enseñado algunos principios de música, y
-empleaba una parte del dia en cultivar este arte, manifestando al
-mismo tiempo una aficion naciente á la poesía. Estos caprichos
-sobresaltaron al sábio Eben Bonabben, el cual trató de desvanecerlos
-por medio de un curso de álgebra; mas el príncipe tenia horror á todo
-lo que era cálculo: «No puedo soportar el estudio del álgebra, dijo;
-necesito alguna cosa que hable á mi corazon.
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---¡Medrados estamos! dijo para sí el sábio preceptor, meneando la
-despoblada cabeza. ¡Adios filosofía! el príncipe ha descubierto que
-hay corazon.» Desde entonces dobló la vigilancia con que celaba
-todos los pasos y acciones de su alumno, y no tardó en conocer
-que su propension natural á la terneza se habia ya desarrollado, y
-solo necesitaba un objeto para acabar de manifestarse. Veíasele con
-frecuencia discurriendo sin direccion por los jardines embebecido en
-una especie de enagenamiento, cuya causa ignoraba él mismo: algunas
-veces parecia hallarse sumergido en una ilusion deliciosa; otras
-tomaba un laud, y pulsándole con blandura, le hacia producir los
-sonidos mas tiernos, tras lo cual solia arrojarle con despecho lejos
-de sí, suspirando y prorumpiendo en esclamaciones apasionadas.
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-Esta disposicion al amor la manifestaba hasta con los objetos
-inanimados: tenia algunas flores favoritas, á las que prodigaba
-las atenciones mas asiduas; tomó cariño á muchos árboles, y uno
-en particular le inspiró la mas viva pasion por su graciosa forma
-y delicado ramage, que se inclinaba al suelo blandamente. Esculpia
-su nombre en la corteza, adornaba sus ramas con guirnaldas, y
-acompañándose con el laud, cantaba coplas en su alabanza.
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-El sábio Eben Bonabben entró en graves temores al observar en su
-alumno estos síntomas de escitacion: veíale al umbral de la ciencia
-vedada, el menor indicio bastaba ya para descubrirle el secreto
-fatal. Temblando pues por la seguridad del príncipe y por su propia
-cabeza, se apresuró á alejarle de las seducciones del jardin, y con
-este objeto le confinó en la torre mas alta del Generalife. Contenia
-esta magníficas habitaciones, desde donde descubria la vista un
-horizonte inmenso; pero su elevacion la separaba de aquella atmósfera
-embalsamada, de aquellos bosquecillos risueños, tan peligrosos para
-el sobrado sensible Ahmed.
-
-Mas era necesario conciliar al príncipe con esta medida violenta,
-y procurarle alguna distraccion que le hiciese mas llevadera su
-soledad. Habia ya apurado todos los estudios amenos, y no podia
-hablársele de álgebra ni de nada que se le pareciese; mas por fortuna
-Eben Bonabben se acordó de que en otro tiempo habia aprendido en
-Egipto la lengua de los pájaros, la cual le enseñára un rabino judío,
-que la habia heredado directamente del sábio Salomon. Al solo nombre
-de esta ciencia brillaron de alegria los ojos del príncipe, el cual
-se aplicó á su estudio con tal teson, que en poco tiempo se halló tan
-versado en ella como su mismo maestro.
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-La torre del Generalife dejó desde entonces de ser una soledad para
-Ahmed, pues este tenia á toda hora con quien hablar. Su primer
-conocimiento de vecindad fue el de un gavilan, que tenia su guarida
-en una hendidura de las almenas, desde cuya elevacion se lanzaba
-sobre la presa que á lo lejos descubria. Mas el príncipe halló poco
-agradable la amistad de este pájaro: verdadero pirata del aire,
-su conversacion se componia únicamente de fanfarronadas sobre sus
-rapiñas, su valor y sus hazañas.
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-Mas adelante se relacionó Ahmed con un buho de aspecto grave y
-presumido, cabeza voluminosa y ojos redondos y espantados. Este
-pasaba todo el dia dormitando en un agujero de la muralla, de donde
-no salia hasta la noche: picábase de sábio; de cuando en cuando
-dejaba escapar algunas voces campanudas sobre la astrología; hablaba
-de la luna, y daba á entender que no era del todo estraño á las
-ciencias ocultas; mas estaba furiosamente apasionado á la metafísica,
-y sus disertaciones eran aun mas intolerables que las del sábio Eben
-Bonabben.
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-Algunas veces tambien solia el príncipe comunicar con un murciélago,
-que pasaba el dia pegado á la pared en un rincon oscuro de la bóveda,
-y solo salia al anochecer para dar algunos paseos, por decirlo así,
-con chinelas y gorro de dormir. Esta ave no tenia tampoco sino ideas
-superficiales de todo, se mofaba de las cosas que ignoraba, ó de que
-solo habia adquirido conocimientos imperfectos, y no hallaba placer
-en nada.
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-Completaba la plumífera sociedad una golondrina, con quien el
-príncipe trabó al principio estrechas relaciones: era una habladora
-eterna, pero muy picotera y quisquillosa; y como nunca paraba en un
-punto, se hacia imposible tener con ella una conversacion seguida.
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-Tales eran los únicos compañeros con quienes podia el príncipe
-egercitar la nueva ciencia, que habia adquirido; porque la torre
-estaba demasiado elevada para que pudiesen frecuentarla otras aves.
-Cansóse pronto de sus nuevos conocimientos, cuya conversacion, poco
-interesante para su espíritu, no decia nada á su corazon, y poco á
-poco volvió á caer en su primera melancolía. Pasó el invierno, y
-volvió la primavera con su séquito de flores y verdura, y su dulce
-y balsámico aliento; llegó el tiempo dichoso en que las aves vuelan
-de dos en dos á labrar sus nidos en la enramada. De repente, cual si
-correspondieran á una señal convenida, se levantó de las florestas
-del Generalife un concierto de dulce melodía, y llegó hasta los oidos
-del príncipe en la elevada soledad de su torre. Todas las voces
-cantaban el mismo tema: _Amor_, _amor_, _amor_: esto era lo que se
-oía proferir en todos los tonos. Escuchaba el príncipe en silencio
-perplejo y sobresaltado: «¿Qué será este amor, discurria, que
-parece ocupar al mundo entero, al paso que á mí me es absolutamente
-desconocido?» Quiso tomar algunas noticias por medio de su amigo el
-gavilan; mas este bribon le respondió con tono de burla: «Dirigíos á
-las pacíficas y vulgares aves de la tierra, destinadas á servirnos
-de pasto á nosotros los príncipes del aire; ellas podrán satisfacer
-vuestras preguntas: por lo que á mí hace, no conozco mas oficio que
-la guerra, ni otras delicias que los combates; en una palabra, soy un
-guerrero é ignoro de todo punto lo que es amor.»
-
-El príncipe se apartó de él disgustado, y se fue á buscar al buho que
-estaba escondido en su retiro. «Este, decia, es un pájaro sensato y
-reflexivo, que sin duda podrá darme las noticias que necesito.» Con
-efecto, suplicó al buho que le dijese qué venia á ser el amor que
-cantaban en aquel momento todas las aves de las florestas inmediatas
-á la torre.
-
-Á esta pregunta se manifestó el buho sorprendido é incomodado.
-«Mis noches, contestó con cierto aire de dignidad ofendida, están
-consagradas á las investigaciones científicas, y mis dias á rumiar
-en mi retiro todas las especies que he recogido en mis viages. Por
-lo que hace á esas aves vocingleras de que me hablais, jamas me
-he cuidado de escucharlas; porque las desprecio á ellas y á los
-objetos de sus necias canciones. Yo no canto, loado sea Allah; soy un
-filósofo é ignoro de todo punto lo que es amor.»
-
-Oida esta respuesta, se trasladó el príncipe al rincon, en donde su
-amigo el murciélago estaba colgado de las patas, y despertándole,
-le dirigió la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el hocico,
-puso un gesto el mas ceñudo y emperrado, y le respondió regañando.
-«¿Á qué venís ahora á interrumpir de este modo mi sueño de la mañana
-para hacerme una pregunta necia? Yo no salgo sino al anochecer
-cuando se hallan durmiendo todas las demas aves, y nunca me mezclo
-en sus negocios. Á Dios gracias, no pertenezco á las aves ni á
-los cuadrúpedos; he descubierto los vicios de unos y otros, y los
-aborrezco á todos igualmente. En una palabra, soy misantropo é ignoro
-de todo punto lo que es amor.»
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-En último recurso acudió el príncipe á la golondrina, y la detuvo á
-la que pasaba en uno de sus círculos por lo mas elevado de la torre.
-
-La golondrina, segun su costumbre, andaba muy atrafagada, y apenas
-se detuvo el tiempo preciso para contestar: «Os aseguro sobre mi
-palabra, le dijo, que como tengo que acudir á tantas cosas de interes
-general, no me he detenido jamas á pensar en el objeto de que me
-hablais. Todos los dias tengo cien visitas que hacer, y otros tantos
-negocios importantes que examinar, los cuales no me dejan tiempo para
-ocuparme en los frívolos objetos de las canciones que se oyen en
-derredor de los nidos. En una palabra, soy cosmopolita é ignoro de
-todo punto lo que es amor.»
-
-Quedó Ahmed en la misma duda, y su curiosidad se aumentó todavía
-con la dificultad de satisfacerla. Hallándose un dia discurriendo
-sobre este objeto misterioso, entró en la torre su anciano preceptor,
-y viéndole el príncipe corrió luego á su encuentro, y le dijo con
-el mayor interes: «¡Ó sábio Eben Bonabben! tú me has revelado una
-gran parte de la sabiduría de la tierra; mas hay una cosa que ignoro
-absolutamente, y en la que tengo vivos deseos de instruirme.
-
---Diríjame mi príncipe las cuestiones que quiera, y toda la
-inteligencia de su siervo está á sus órdenes.
-
---Dime pues, ó el mas profundo de los filósofos, ¿cuál es la
-naturaleza de esa cosa que se llama amor?»
-
-El sábio Eben Bonabben quedó tan asombrado como si hubiese caido un
-rayo á sus pies; tembló, perdió el color, y le pareció que la cabeza
-le bamboleaba ya sobre los hombros.
-
-«¿Y quién ha podido sugerir á mi príncipe semejante pregunta? ¿En
-dónde ha aprendido esa palabra vana?»
-
-El príncipe, llevando á su preceptor á la ventana: «Escucha, le
-dijo, Eben Bonabben.» Escuchó el sábio, y oyó el dulce canto de un
-ruiseñor, que escondido en un bosquecillo que estaba al pie de la
-torre, dirigia tiernas querellas á su amada: de todos los rosales, de
-todas las ramas floridas salian trinos melodiosos, que espresaban el
-mismo pensamiento: _Amor_, _amor_, _amor_, era el tema de todos los
-cantos.
-
-«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! esclamó el sábio Bonabben; ¿quién
-será osado á ocultar al hombre este secreto, cuando las mismas aves
-del aire conspiran á revelárselo?»
-
-Entonces volviéndose á Ahmed: «¡Ó príncipe mio! le dijo juntando
-las manos, cierra los oidos á esos cantos peligrosos; huye de tan
-nocivo conocimiento. Sabe que la mitad de los males que afligen á
-la humanidad no reconocen otra causa que ese funesto amor: él es
-el que fomenta la discordia y el rencor entre los hermanos y los
-amigos; él enciende la guerra, él escita á la traicion. Los cuidados,
-la tristeza, los dias inquietos, las noches sin sueño; he aquí sus
-efectos. Marchita la flor, destruye la alegria de la juventud, y
-lleva consigo los males y los pesares de una vejez prematura.
-Consérvete Allah, ó príncipe mio, en la feliz y total ignorancia de
-esa cosa que se llama amor.»
-
-Dichas estas palabras se salió el sábio Bonabben, dejando al príncipe
-en una perplejidad mas profunda aun que la que le mortificaba antes
-de hablarle. En vano procuraba separar de su imaginacion este objeto
-que absorvia todas sus ideas: á pesar suyo le ocupaba continuamente,
-y su espíritu se fatigaba y se perdia en vanas congeturas.
-«Seguramente, decia prestando oidos á las dulces canciones de
-las aves, estos acentos no tienen nada de tristes, y antes bien,
-parece que solo espresan placer y ternura. Si el amor causa tantas
-desgracias y enemistades, ¿en qué consiste que estas aves no están
-todas gimiendo en la soledad, ó bien despedazándose unas á otras, en
-vez de revolotear alegremente por las selvas, y juguetear bulliciosas
-entre las flores?»
-
-Cierta mañana, tendido blandamente en su lecho, discurria entre sí
-sobre este misterio inesplicable. Abierta la ventana, penetraba por
-ella el fresco vientecillo, que despues de empaparse en el suave
-aroma de los azahares que florecen á la orilla del Darro, subia
-á recrear los sentidos del príncipe; oíase á lo lejos la voz del
-ruiseñor que repetia su tema acostumbrado, y cuando el príncipe le
-escuchaba suspirando, oyó cerca de sí el ruido de las alas de un ave.
-Perseguido por el gavilan un hermoso palomo, se entró en su aposento
-y cayó palpitando en el suelo; y el gavilan, viéndose privado de la
-presa, dirigió el vuelo hácia los montes.
-
-Levantó el príncipe al pobre palomo que estaba medio muerto, le
-besó y le abrigó en su seno. Luego que lo hubo tranquilizado con
-sus caricias, le puso en una jaula de oro, y le presentó con sus
-propias manos trigo del mas puro y agua cristalina. El ave sin
-embargo se negaba á tomar alimento, y permanecia con la cabeza caida,
-lamentándose con tono lastimero.
-
-«¿De qué te afliges? decia Ahmed, ¿no tienes todo lo que puede desear
-tu corazon?
-
---¡Ah! no, replicó el palomo; ¿por ventura no estoy separado de mi
-amada compañera, y precisamente en la época feliz de la primavera,
-en la estacion hermosa de los amores?
-
---¡De los amores! replicó Ahmed, ¡ah! yo te lo suplico, ave graciosa,
-¿podrias decirme lo que es amor?
-
---¡Ay príncipe mio! ¡Demasiado! El amor hace el tormento de uno,
-la felicidad de dos, y se convierte en una fuente de enemistades y
-desgracias si llegan á ser tres. Es un encanto poderoso que atrae
-mútuamente á dos séres, y los une con la mas dulce simpatía; los hace
-dichosos si están unidos; pero muy dignos de lástima cuando se hallan
-separados. Mas ¿acaso no existe ningun sér con quien os haya unido un
-afecto tierno?
-
---Sí, yo amo á mi anciano preceptor Eben Bonabben mas que á ningun
-otro sér conocido; pero sin embargo suele parecerme fastidioso, y
-algunas veces me creo mas feliz en su ausencia que en su compañía.
-
---No trato yo de esa clase de afecto: hablo del amor, del gran
-misterio y principio de la vida, de la felicidad inefable de la
-juventud y delicia tranquila de la edad madura. Mira en torno de
-tí, príncipe mio, y verás como todo respira amor en esta deliciosa
-estacion: de cuantas criaturas existen, no hay una que no tenga su
-compañera; el mas pequeño pajarillo canta para agradar á su amada;
-el insecto, que apenas se distingue sobre la yerba, busca tambien á
-su querida, y esas mariposas que suben volando hasta por encima de
-la torre, y vagan jugueteando por el aire, son felices por su mútua
-ternura. ¡Ah príncipe mio! ¿será posible que hayas perdido los dias
-mas preciosos de tu juventud sin conocer el amor? ¿Ningun sér de
-sexo diferente, ninguna hermosa princesa, ninguna jóven agraciada ha
-cautivado tu corazon, y hecho nacer en tu seno una dulce inquietud,
-un conjunto agradable de penas y deseos?
-
---Ya empiezo á comprenderte, dijo el príncipe suspirando; mas de una
-vez he esperimentado una inquietud semejante á la que me dices sin
-adivinar la causa. Mas reducido á esta espantosa soledad, ¿dónde
-podré hallar un objeto tal como tú le pintas?»
-
-La conversacion continuó aun por algun tiempo sobre el mismo objeto,
-y la primera leccion que recibió el príncipe fue completa.
-
-«¡Ay! esclamó despues, si el amor es una felicidad tan grande, y
-tanta pena causa la ausencia del objeto amado, ¡no permita Allah que
-yo turbe la alegria de dos amantes!»
-
-Dicho esto abrió la jaula, sacó el palomo y le dejó sobre la ventana.
-«Ve, dijo, ave dichosa, goza con la amada de tu corazon los hermosos
-dias de la juventud y la deliciosa estacion de la primavera. ¿Con qué
-razon habia yo de retenerte en este triste encierro, adonde jamas
-podrá penetrar el amor?»
-
-Batió el ave las alas en señal de contento, formó un círculo en el
-aire, y voló como una flecha hácia los floridos bosquecillos del
-Darro.
-
-Siguióla Ahmed con los ojos hasta perderla de vista, y quedó
-sumergido en la mas profunda tristeza. El canto de las aves que tanto
-le complacia pocos momentos antes, redoblaba ahora sus penas ¡Amor,
-amor, amor! ¡Ah pobre jóven! Entonces conoció el significado de este
-tema tan repetido.
-
-La primera vez que vió al sábio Bonabben despues de esta
-conversacion, le dirigió una mirada de resentimiento. «¿Por qué me
-has dejado en tan crasa ignorancia? le dijo encolerizado. ¿Por qué
-me ha de ser desconocido el gran misterio, el principio de la vida
-que está al alcance del mas humilde insecto? La naturaleza entera
-se entrega en este momento á los mas dulces placeres; todas las
-criaturas se gozan con una compañera, y ve ahí precisamente ese
-amor que yo queria conocer. ¿Por qué he de ser yo el único que se
-halle privado de sus delicias? ¿Por qué he de haber pasado los dias
-mas floridos de mi juventud, sin conocer la felicidad que puede
-proporcionar?»
-
-El sábio Bonabben conoció sobradamente que ya era inútil toda
-reserva, puesto que el príncipe habia adquirido la ciencia prohibida.
-Le reveló pues las predicciones de los astrólogos; y le enteró de las
-precauciones que se habian tomado en su educacion para conjurar la
-tempestad que le amenazaba.
-
-«Ahora, príncipe mio, añadió, teneis mi vida en vuestras manos. Si
-el rey vuestro padre llega á entender que bajo mi vigilancia habeis
-aprendido lo que es amor, perezco sin remedio; porque respondí con mi
-cabeza de vuestra completa ignorancia en esta materia.»
-
-Era el príncipe mas razonable de lo que pudiera esperarse de un
-jóven de su edad, y así escuchó las reflexiones de su preceptor con
-tanta mayor deferencia, cuanto que nada le hablaba contra ellas. Por
-otra parte Ahmed profesaba un verdadero afecto al sábio Bonabben,
-y como solo conocia la teórica del amor, consintió fácilmente en
-encerrar en su seno todas las noticias que sobre este objeto acababa
-de adquirir, antes que poner en peligro la cabeza del filósofo.
-
-Su discrecion empero tuvo que sufrir muy pronto una prueba mas
-fuerte. Algunos dias despues, hallándose engolfado en tristes
-imaginaciones junto á las almenas de la torre, apareció en los aires
-el palomo á quien habia restituido la libertad, y abatiendo el vuelo,
-se le puso sobre el hombro con singular familiaridad.
-
-Cogióle el príncipe, y estrechándole contra su corazon: «¡Ave
-dichosa, esclamó, que puedes volar con la rapidez de la luz de la
-mañana de un estremo á otro de la tierra! ¿Qué pais has visitado
-despues que no nos hemos visto?
-
---Vengo, ó príncipe, de una region muy distante; y en recompensa de
-la libertad que os debo, os traigo las mas alegres nuevas. En mi
-remontado vuelo puedo cernerme sobre una altura prodigiosa, y dominar
-una estension inmensa de pais. Cierto dia pues descubrí bajo de mí un
-jardin delicioso, lleno de toda suerte de frutas y flores: un límpido
-arroyuelo corria serpenteando por entre las flores, que esmaltaban
-una frondosa pradera; y en el centro del jardin se levantaba un
-magnífico palacio. Poséme sobre un árbol para descansar, y junto al
-arroyuelo que pasaba bañando el tronco, descubrí una princesa en
-todo el brillo de la primera juventud, rodeada de doncellas de su
-misma edad, que la adornaban con guirnaldas de flores tan frescas
-como ella, pero no con mucho tan hermosas. Tantos hechizos sin
-embargo florecian en aquella soledad ocultos á los ojos de todos;
-porque el jardin se hallaba cercado de murallas altísimas, y nadie
-podia penetrar en él. Á la vista de una tierna jóven tan llena de
-atractivos, á quien su separacion del mundo ha conservado toda la
-inocencia de la edad infantil, he discurrido que esta era la que el
-cielo tenia destinada para inspirar amor á mi querido Ahmed.»
-
-Esta descripcion se grabó con caracteres de fuego en el corazon
-sobrado sensible de Ahmed. La vaga ternura que comprimia en su seno
-hacia tanto tiempo, hallaba en fin un objeto en que fijarse, y la
-pasion que concibió por la princesa, se enunció desde su nacimiento
-con la mayor violencia. Escribió una carta, en la que con las frases
-mas apasionadas espresaba el ardiente amor y tierno cariño que ya
-profesaba á la bella desconocida; lastimándose del cautiverio que
-le impedia arrojarse á sus pies. Á este amoroso billete añadió
-algunas estancias, en las que la verdad de los afectos iba unida á
-la delicadeza de las palabras; porque ademas de que el príncipe era
-naturalmente poeta, en este momento le inspiraba el amor. La carta
-iba dirigida _Á la bella desconocida: del príncipe cautivo Ahmed_. Y
-despues de haberla perfumado con almizcle y esencia de rosas, se la
-entregó al palomo.
-
-«Parte, dijo, ó el mas fiel de los mensageros, salva los montes y los
-valles, y no te detengas en ninguna floresta, hasta haber entregado
-esta carta á la señora de mi corazon.»
-
-Remontóse el palomo hasta una altura prodigiosa, y en seguida dirigió
-el vuelo en línea recta. Siguióle el príncipe largo rato con la
-vista, ya no le distinguia sino como un punto casi imperceptible, y
-al fin se ocultó enteramente detras de una montaña.
-
-Contaba Ahmed con impaciencia los dias que se siguieron á la partida
-de su mensagero, y cada mañana se prometia verle antes de la noche;
-mas esperaba en vano. Ya comenzaba á acusarle de ingratitud, cuando á
-la caida de una hermosa tarde, vió al fiel palomo que llegó volando
-á su habitacion y cayó muerto á sus pies. La flecha cruel de algun
-desapiadado cazador habia atravesado su pecho, y la pobre avecilla
-empleó toda la fuerza y vida que le quedaban en llegar al término de
-su viage y dejar cumplida su mision.
-
-Inclinóse el príncipe lloroso sobre el cuerpo inanimado de aquel
-mártir de la fidelidad, cuando notó al rededor de su cuello una
-cadena de perlas, de la que pendia un retrato que estaba oculto bajo
-el ala, y representaba sobre esmalte una hermosa princesa en la flor
-de su edad. Esta era sin duda la bella desconocida del jardin; mas
-¿quién era? ¿En dónde estaba? ¿Habria recibido la carta y le enviaba
-en cambio aquel retrato, como prenda de correspondencia?
-
-Todo esto quedaba desgraciadamente envuelto en la duda y en la
-oscuridad con la lastimera muerte del palomo.
-
-Contemplaba el príncipe la miniatura, y arrasábanse de lágrimas sus
-ojos. Estrechábala contra su corazon y contra sus labios, pasaba
-horas enteras mirándola sumergido en una tierna agonía. «Bella
-imágen, decia, ¡ah! no eres mas que una imágen; empero tus ojos
-cristalinos se fijan en mí con ternura; tus labios de rosa parece se
-abren para consolar mi pena.... ¡Vanos delirios! Esos hermosos ojos,
-esa boca adorable, tal vez habrán hablado un lenguage tan dulce á un
-rival mas feliz. Pero ¿en dónde podria yo hallar el original de esta
-copia divina? ¿Quién sabe cuántos reinos y montes nos separan, ni qué
-acontecimientos podrán impedir nuestra union? Acaso en este momento
-la colma de atenciones y obsequios una turba de admiradores, y yo
-triste, prisionero en mi torre, paso mis amargos dias adorando una
-sombra.»
-
-El príncipe tomó de repente una resolucion estraordinaria. «Huiré,
-dijo, de este palacio, ó mas bien de esta prision odiosa, y peregrino
-de amor, buscaré por todo el mundo á la desconocida princesa que
-reina en mi corazon.»
-
-Era inútil pensar en huir durante el dia; mas la guarda del palacio
-estaba bastante descuidada por la noche, en razon de que no se temía
-ninguna tentativa de este género de parte del príncipe, que siempre
-habia llevado con paciencia su cautiverio. Con todo eso Ahmed no
-sabia cómo conducirse para efectuar una fuga nocturna por un pais
-que le era absolutamente desconocido; pero discurriendo que el
-buho, como acostumbrado á pasearse durante la noche, debia conocer
-todos los caminos escusados de las inmediaciones, pasó á su retiro
-para consultarle. Puso el buho un semblante grave, y dándose grande
-importancia, contestó en estos términos al príncipe Ahmed: «Habeis de
-saber, ó príncipe, que nosotros los buhos pertenecemos á una familia
-muy antigua y numerosa, que aunque algo decaida tiene todavía mucho
-poder. En todos los puntos de España poseemos castillos y palacios; y
-puedo aseguraros con verdad que me seria imposible hallar una torre,
-una ciudadela, un edificio cualquiera, tanto en las ciudades como
-en los campos, en donde no esté seguro de encontrar un hermano, un
-tio ó un primo. Ademas, haciendo mi vuelta de visitas de parentela,
-he cruzado el pais en todas direcciones, y conozco los sitios mas
-ocultos.» Lleno el príncipe de júbilo al encontrar al buho tan
-profundamente versado en la topografía le confió el secreto de su
-amor y su proyecto de fuga, y le suplicó tuviese á bien servirle de
-guia y consejero.
-
-«¡Cómo! respondió el buho algo picado, ¿he nacido yo acaso para
-mezclarme en intrigas de amor? ¿Yo que tengo consagrado todo mi
-tiempo á la meditacion y á la luna?
-
---Sosegaos, augusto buho, repuso el príncipe, y dignaos de salir por
-un instante de vuestras meditaciones y de la luna para ausiliar mi
-fuga, y yo os concederé en cambio todo lo que acerteis á pedirme.
-
---Yo poseo todo lo que deseo, replicó el buho: algunos ratones bastan
-para la provision de mi frugal mesa, y este agujero es harto capaz
-para poder meditar. ¿Qué mas necesita un filósofo?
-
---Considera sin embargo, sapientísimo buho, que entre tanto que tú
-meditas y miras á la luna en tu retiro, tus talentos son perdidos
-para el mundo. Yo seré un dia soberano, y podré colocarte en algun
-puesto honroso, y darte alguna dignidad en donde brille y sea útil tu
-profunda sabiduría.»
-
-La filosofía del buho le hacia muy superior á las necesidades de la
-vida; mas no le habia libertado enteramente de la ambicion. Rindióse
-pues á las ofertas del príncipe, y consintió en servirle de guia y
-Mentor en su peregrinacion.
-
-Los proyectos de un amante se egecutan con mucha prontitud. Ante
-todo reunió el príncipe sus diamantes y demas alhajas, y las
-ocultó entre sus vestidos como caudal para el viage; y la noche
-siguiente, sirviéndole de escalera una de sus fajas, y siguiendo las
-indicaciones del buho, saltó de la torre por un balcon de la muralla
-esterior, y antes de amanecer ya se hallaban en medio de los montes
-él y su esperimentado guia.
-
-Allí consultó con su Mentor sobre la ruta que deberian tomar.
-
-«Yo creo, dijo el buho, que seria acertado ir á Sevilla; porque
-habeis de saber que hace muchos años hice yo una visita á mi tio,
-un buho de ilustre abolengo, que habitaba en uno de los ángulos
-arruinados del alcázar: con esta ocasion hice muchas escursiones
-nocturnas por aquella ciudad, y habiéndome llamado La atencion
-cierta luz que brillaba en una torre abandonada, dirigí una noche
-el vuelo á las almenas, y ví que aquella luz era la lámpara de un
-mágico árabe, á quien descubrí tambien en su escondrijo rodeado de
-los libros de su ciencia, y que tenia sobre el hombro un cuervo muy
-viejo que habia traido consigo de Egipto. Trabé estrechas relaciones
-con dicho cuervo, y aprendí de él la mayor parte de los conocimientos
-que poseo. Despues de aquella época murió el mágico; mas el cuervo
-habita aun la torre, porque estos pájaros son admirables por su
-longevidad. Yo pues, ó príncipe, os aconsejaria que buscaseis á este
-cuervo; porque ademas de que es adivino y algo hechicero, profesa
-tambien la mágia negra, en la que son muy celebrados los cuervos, y
-señaladamente los de Egipto.»
-
-Admirado el príncipe de este consejo, se dirigió á Sevilla; mas por
-consideracion á su compañero, caminaba únicamente durante la noche, y
-pasaba el dia en alguna gruta oscura, ó en una torre arruinada; pues
-el buho conocia todas estas guaridas secretas, y su aficion á las
-ruinas era igual á la de un anticuario.
-
-Llegaron en fin á Sevilla una mañana antes de salir el sol, y el
-buho, que detestaba la luz del dia y el tráfago de una ciudad tan
-populosa, se quedó fuera de los muros, y puso su cuartel en el hueco
-de un árbol.
-
-Entró el príncipe en la ciudad, y no tardó á hallar la torre mágica,
-que descollaba por encima de las casas, no de otra manera que una
-palma sobre los matorrales del desierto. Dicha torre era la misma que
-existe hoy, y es conocida con el nombre de _la Giralda_. Una escalera
-trabajosa condujo al príncipe hasta la estancia mas elevada, en donde
-halló efectivamente al cuervo cabalístico. Era este un pájaro viejo,
-de cabeza cana y plumage ralo, semblante ceñudo, y una nube en el
-ojo izquierdo que le daba una mirada de espectro. Sostenido sobre una
-pata tenia la cabeza inclinada, y con el ojo que le quedaba estaba
-examinando un diagrama que se veía trazado en el suelo.
-
-Llegóse á él el príncipe con todo el respeto que su alta reputacion
-y venerable aspecto debian naturalmente inspirarle: «Perdonadme, le
-dijo, respetable y sapientísimo cuervo, si me atrevo á distraeros
-por un instante de los estudios con que teneis admirado al mundo
-entero. Veis en vuestra presencia á un amante que desea vivamente le
-indiqueis los medios de que podrá valerse para lograr el objeto de su
-amor.
-
---En otros términos, contestó el cuervo con una mirada
-significativa, ¿queréis que os diga la buena ventura? Enhorabuena,
-enseñadme la mano, y dejadme descifrar las líneas misteriosas de
-vuestro destino.
-
---Perdonad, replicó el príncipe: yo no vengo aquí con objeto de
-conocer los decretos del destino que Allah ha querido ocultar á los
-ojos de los mortales; soy un peregrino de amor, y solo pido un hilo
-que pueda dirigirme por entre el laberinto del mundo hácia el objeto
-de mi peregrinacion.
-
---¿Y os podrán faltar objetos de esta especie en la enamorada
-Andalucía? dijo el viejo cuervo dirigiendo al príncipe con semblante
-maligno el único ojo que tenia, sobre todo en la alegre y deliciosa
-Sevilla, donde mil bellezas de ojos negros bailan de continuo la
-zambra á la fresca sombra de los floridos bosques de naranjos.»
-
-Sonrojóse el príncipe, y se escandalizó sobremanera al oir palabras
-tan libres en boca de un pájaro viejo, que estaba ya con un pie en
-la sepultura. «Creedme, le dijo con gravedad, mi objeto no es tan
-frívolo é innoble como parece lo suponeis. Las bellezas de ojos
-negros que bailan en los bosques de naranjos del Guadalquivir, no
-tienen atractivo alguno para mí: busco una beldad desconocida; pero
-inocente y pura, el original de este retrato; y vuelvo á suplicarte,
-muy poderoso cuervo, que si á tan lo alcanza tu ciencia, me digas en
-dónde podré hallarla.»
-
-La seriedad del príncipe desagradó al cuervo estantigua, el cual
-contestó con secatura: «Todo lo que pertenece á la juventud y á la
-belleza me es estraño: la vejez, la decrepitud es lo único que tiene
-atractivo para mí. Soy el heraldo del destino; desde lo alto de las
-chimeneas anuncio con mis graznidos los pronósticos de la muerte,
-y me agrada cernerme sobre el tejado del enfermo moribundo. Id
-pues, y buscad en otra parte quien os dé mas señas de vuestra bella
-desconocida.
-
---¿Y en dónde buscarla sino entre los hijos de la sabiduría? Nací
-para reinar, y los astros que precedieron á mi nacimiento, me
-precisan á acometer una empresa misteriosa, de la que depende tal vez
-el destino de muchos imperios.»
-
-Cuando el cuervo oyó hablar de imperios y destinos en que estaban
-interesadas las estrellas, cambió de tono, escuchó con oido atento
-la historia del príncipe, y cuando la hubo terminado, le dirigió
-con afabilidad estas palabras: «No puedo daros por mí mismo ninguna
-noticia; porque como ya os he dicho, frecuento muy poco los jardines
-y los retretes de las damas; pero dirigíos á Córdoba, y buscad la
-palma del grande Abderramen, que se halla en el patio principal de
-la mezquita. Al pie de este árbol hallareis un gran viagero que ha
-visitado todos los paises y todas las córtes: favorecido en todas
-partes por las reinas y las princesas, esta relacionado con todos los
-magnates del reino, y yo no dudo que podrá daros noticias del objeto
-de vuestras diligencias.
-
---Mil millones de gracias por tan precioso consejo, dijo el
-príncipe: adios, venerable brujo.
-
---Adios, peregrino de amor,» respondió el cuervo con tono seco, y se
-puso á calcular de nuevo sobre su diagrama.
-
-Salió el príncipe de Sevilla, y se fue á buscar á su compañero el
-buho, que dormitaba todavía dentro de su árbol; despertóle, y tomaron
-ambos el camino de Córdoba, atravesando los bosques de naranjos y
-limoneros, que refrescan con su sombra las deliciosas márgenes del
-Guadalquivir. Llegados á las puertas de la ciudad, el buho levantó
-el vuelo, y se metió en una grieta de la muralla, y el príncipe se
-dirigió al momento á buscar la palma que plantára en los antiguos
-tiempos el grande Abderramen. Estaba en el patio de la mezquita,
-descollando por encima de los mas altos naranjos y cipreses; algunos
-dérvises y faquires, formaban diversos grupos sentados bajo los
-pórticos; y muchos devotos hacian sus abluciones en la fuente antes
-de entrar en la mezquita.
-
-Al pie del árbol habia un numeroso concurso de gentes de todas
-clases, que segun parecia, estaban escuchando á una persona que
-hablaba con estraordinaria volubilidad. «Este es sin duda, dijo para
-sí el príncipe, el gran viagero que me dará noticias de mi princesa.»
-Mezclóse entre la multitud, y quedó sobremanera sorprendido al
-ver que el orador, en derredor del cual se reunia tan distinguido
-auditorio, era un papagayo de hermoso plumage verde, gesto remilgado
-y copete erguido, que tenia todas las trazas de un pájaro sumamente
-pagado de sí mismo.
-
-«¿En qué consiste, dijo el príncipe á uno de los oyentes, que tantas
-personas de razon se estén divirtiendo con la parladuria de un pájaro
-de esta especie?
-
---Vos no sabeis de quién hablais, replicó el otro: este papagayo
-desciende del famoso loro de Persia, tan célebre por sus talentos en
-la adivinacion: tiene toda la ciencia del oriente en el pico de la
-lengua, y cita versos como agua. En todos los paises que ha recorrido
-le han mirado como un milagro de erudicion; con las mugeres, sobre
-todo, se ha adquirido un partido prodigioso; porque el bello sexo ha
-hecho siempre mucho caso de los papagayos que citan versos.
-
---Muy bien, dijo el príncipe, conozco que me habia equivocado, y
-en verdad que me holgaria de tener un rato de conversacion con tan
-distinguido viagero.»
-
-Con efecto solicitó y obtuvo una entrevista privada, y empezó á
-esponer el objeto de su peregrinacion; mas apenas habia pronunciado
-algunas palabras, cuando soltó el loro una gran carcajada, y continuó
-riendo hasta llorar. «Perdonad, dije, mi loca alegria; pero el solo
-nombre de amor me hace descoyuntar de risa.» Mortificado el príncipe
-de tan intempestiva jovialidad, le replicó con tono grave: «¿Por
-ventura no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio
-secreto de la vida, el vínculo universal de la simpatía?
-
---¡Patarata! ¡Pura patarata! Decidme os ruego, ¿en dónde habeis
-aprendido esa gerigonza sentimental? Creedme, ya no es moda el amor,
-ni siquiera se habla ya de él entre las gentes de talento, ni en la
-buena sociedad.»
-
-Suspiró el príncipe, acordándose del lenguage tan diferente de su
-amigo el palomo. «Mas este papagayo, discurria, ha pasado su vida
-en las córtes; blasona de elegante, y afecta ser un personage:
-seguramente no sabrá nada de amor; y como no queria provocar nuevas
-chufletas sobre el afecto que llenaba su corazon, se encaminó
-directamente al objeto de su visita.
-
-«Dignaos decirme, ó incomparable papagayo; vos, para quien han estado
-abiertos los asilos mas reconditos de la belleza, ¿habeis tal vez
-encontrado en el discurso de vuestros viages el original de este
-retrato?»
-
-Tomó el papagayo el retrato entre las garras, volvió á uno y otro
-lado la cabeza para observarle con ambos ojos, y esclamó en fin: «Ve
-aquí, por vida mia, una liada cara; sí, cierto, una cara lindísima.
-Mas como yo he visto en mis viages tantas mugeres hermosas, me seria
-muy difícil.... pero no.... aguardad.... sí.... ahora me acuerdo de
-estas facciones.... no, no me engaño: esta es la princesa Aldegunda:
-¿es posible que haya yo podido desconocer á una de mis mayores amigas?
-
---¡La princesa Aldegunda! repitió el príncipe; ¿y en dónde la
-hallaremos?
-
---Cachaza, señor mio, cachaza; que mas fácil es hallarla que
-obtenerla. Esta princesa es la hija única del rey cristiano de
-Toledo, la cual, merced á ciertas predicciones de esos bellacos de
-astrólogos, debe vivir separada del mundo hasta cumplir los diez y
-siete años. Y yo creo que os ha de ser imposible el verla, porque
-ningun mortal puede llegarse al palacio en donde su padre la tiene
-encerrada. Yo he sido admitido á su presencia para divertirla, y os
-juro á fe de papagayo de mundo, que conozco mas de una princesa menos
-amable que ella.
-
---Hablemos en confianza, querido papagayo, dijo el príncipe: yo
-soy heredero de un reino; veo que sois un pájaro de talento y que
-conoceis el mundo; ayudadme pues á ganar el corazon de la princesa,
-y os prometo un puesto distinguido en mi córte.
-
---Lo acepto de todo corazon, dijo el papagayo; pero cuidado, que ha
-de ser un bocado sin hueso, porque nosotros los sábios tenemos horror
-al trabajo.»
-
-Conviniéronse muy pronto en las condiciones, y saliendo
-inmediatamente de Córdoba llamó el príncipe al buho, le presentó al
-nuevo compañero de viage como un sábio concolega, y todos juntos
-tomaron la vuelta de Toledo. Caminaban con mucha mas lentitud de
-la que el impaciente Ahmed hubiera deseado; mas el papagayo, como
-acostumbrado á la vida de caballero, era poco amigo de madrugar; y
-el buho por otra parte queria echarse á dormir á la mitad de la
-jornada, y hacia perder mucho tiempo con sus largas siestas. Ademas
-su manía de anticuario, era un nuevo motivo de retardo; porque se
-empeñaba en detenerse en todas las ruinas á fin de esplorarlas, y
-poseía un caudal de largas historias de todos los monumentos antiguos
-del pais, que no dejaba de referir á poca ocasion que se presentase.
-Tenia el príncipe creido que este pájaro y el papagayo, como personas
-instruidas que uno y otro eran, habian de avenirse muy bien; pero se
-engañó completamente, porque lejos de observar semejante armonía,
-casi siempre se estaban picoteando. El uno era un filósofo, y el
-otro un _elegante_: el papagayo citaba versos, hacia observaciones
-críticas sobre algunas obras recientes, y abundaba en pequeñas
-advertencias sobre algunos puntos poco importantes de erudicion. El
-buho por su parte consideraba todo esto como cosa muy frívola, y
-decia abiertamente que solo estimaba la metafísica. Entonces se ponia
-el papagayo á cantar, y lanzaba epigramas y pullas picantes sobre la
-gravedad de su camarada, acompañándolas de una risa de satisfaccion
-sobremanera insultante. Miraba el buho estos procedimientos como
-otros tantos ultrages insoportables que se hacian á su autoridad;
-se engallaba, esponjaba el plumage con semblante desazonado, y
-permanecia silencioso todo el resto de la jornada.
-
-El príncipe apenas notaba la poca conformidad que existia entre
-sus dos amigos; porque ocupado enteramente en las ilusiones de su
-fantasía y en la contemplacion del retrato de la hermosa princesa,
-no veía nada de lo que pasaba en su derredor. De este modo pasaron
-nuestros viageros la árida y salvage Sierra-Morena, y las agostadas
-llanuras de la Mancha y Castilla, siguiendo siempre las orillas
-del Tajo, que en su tortuoso curso baña la mitad de la España y de
-Portugal. Llegados en fin á una ciudad fortificada con torres y muros
-almenados, y edificada sobre una roca, que circundan con grande
-estrépito las aguas de aquel rio:
-
-«Veis ahí, dijo el buho, la antigua y célebre ciudad de Toledo, tan
-famosa por sus antigüedades. Mirad esas cúpulas venerables, esas
-torres que aunque degradadas ya por el tiempo, tienen impresa la
-grandeza de los recuerdos históricos; esas torres en fin, en donde
-vivieron y meditaron tantos de mis antepasados.
-
---¡Bah! dijo el papagayo interrumpiendo sin piedad al buho en medio
-de sus trasportes de anticuario, ¿y qué nos importan á nosotros todos
-esos vejestorios de torres arruinadas, ni las antiguas historias
-de vuestros abuelos? Otra cosa hay aquí que interesa mucho mas
-directamente á nuestro objeto. Ved ahí el asilo de la juventud y la
-belleza: ya en fin, ó príncipe, teneis delante de vuestros ojos la
-morada de la princesa que hace tanto tiempo buscais.»
-
-Dirigió el príncipe la vista hácia el punto que indicaba el
-papagayo, y en el centro de una deliciosa pradera, situada á la
-orilla del Tajo, descubrió un suntuoso palacio que se levantaba
-por entre la frondosa arboleda de un amenísimo jardin: tal era el
-sitio que habia descrito el palomo como retiro del original del
-retrato. Contemplábale el príncipe con el corazon agitado de varios
-sentimientos. «Quizá en este momento, decia, estará la hermosa
-princesa solazándose con sus doncellas á la sombra de esos frondosos
-bosquecillos, ó tal vez recorrerá con paso ligero los elevados
-terraplenes, si no es que se halla reposando en lo interior de la
-magnífica morada.» Al examinar con atencion el edificio, observó
-Ahmed, no sin disgusto, que las tapias del jardin eran de una
-elevacion que imposibilitaba absolutamente el acceso; fuera de que
-estaban guardadas por centinelas bien armados.
-
-Volvióse pues al papagayo, y le dijo: «Ó el mas perfecto de los
-pájaros, pues que la naturaleza te ha dotado con el dón de la
-palabra, ve al jardin, busca al ídolo de mi corazon, y dile que el
-príncipe Ahmed, peregrino de amor guiado por las estrellas, viene en
-su busca, y acaba de llegar á la florida ribera del Tajo.»
-
-Lleno de vanidad el papagayo al verse honrado con semejante embajada,
-voló al jardin, se remontó por encima de sus altos muros, y
-cerniéndose por algunos instantes sobre los céspedes y bosquecillos,
-fue á posarse á la ventana de un pabellon, desde donde descubrió á la
-princesa medio recostada sobre un sofá, fijos los ojos en un papel,
-y bañadas de hermosas lágrimas sus cándidas megillas.
-
-Despues de haber concertado con el pico todas las plumas de sus alas,
-recompuesto su verde trage y rizádose el copete, de un vuelo se puso
-con aire risueño al lado de la tierna doncella, y con el tono mas
-dulce que le fue posible tomar le dirigió estas palabras: «Enjuga
-tus lágrimas, ó la mas hechicera de las princesas, que vengo á traer
-consuelo á tu corazon.»
-
-Asustóse la princesa al oir una voz tan cerca de ella; mas no viendo
-sino un pájaro verde que la saludaba batiendo las alas: «¡Ay! dijo,
-¿qué consuelo puedes tú darme no siendo mas que un papagayo?»
-
-Algo picado el loro con esta contestacion, respondió con cierta
-secatura: «Á mas de una bella consolé yo en mi tiempo; pero dejemos
-esto. Ahora vengo como embajador de un príncipe real. Sabe, ó
-princesa, que Ahmed Al Kamel, príncipe de Granada, acaba de llegar en
-busca tuya, y se halla en este momento en la florida ribera del Tajo.»
-
-Á estas palabras brillaron los ojos de la princesa con mas fuego que
-los diamantes de su corona.
-
-«¡Ó el mas amable de los papagayos, dijo, benditas sean las nuevas
-que me traes! La duda en que me hallaba acerca de la constancia del
-príncipe me tenia ya á la orilla del sepulcro. Vuelve al príncipe,
-y asegúrale que todas las palabras de su carta están grabadas en mi
-corazon, y que sus versos han sido el alimento de mi alma. Pero
-dile tambien que debe disponerse á probarme su amor con la fuerza
-de las armas; porque mañana mismo, en celebridad del decimoséptimo
-aniversario de mi nacimiento, celebrará mi padre un torneo: justarán
-en él muchos príncipes, y mi mano será el premio del vencedor.»
-
-Levantó el papagayo el vuelo, se remontó sobre los árboles del
-jardin, y salvando el recinto del palacio, llegó en un momento adonde
-estaba Ahmed. No es posible describir el júbilo de este: habia
-hallado el original de la imágen que hacia tanto tiempo adoraba, y
-le habia hallado fiel y sensible. Los mortales favorecidos que han
-logrado como él la dicha de ver cumplidos sus dulces delirios y
-trocarse la sombra en realidad, son los únicos que pueden formarse
-una idea de su delicioso enagenamiento. Con todo no dejaba este
-de hallarse mezclado con alguna inquietud: aquel torneo, aquellos
-caballeros que se disponian á disputarle la posesion del objeto
-amado, no le permitian entregarse enteramente á la alegria. El clarin
-guerrero llenaba ya con su marcial sonido las frondosas riberas del
-Tajo, y por do quiera se encontraban paladines que acudian á las
-fiestas de Toledo, seguidos de numerosas y brillantes comitivas.
-
-La misma estrella que precediera al destino de Ahmed habia influido
-en el de la princesa, la cual para precaverse de los males que el
-amor podia ocasionarle, debia permanecer encerrada en el solitario
-palacio hasta haber cumplido diez y siete años. Sin embargo, como su
-mismo retiro habia acrecentado la fama de sus gracias, se disputaban
-su mano muchos príncipes; y el rey de Toledo su padre, monarca
-señalado por su prudencia, para no atraerse enemigos si se inclinaba
-á uno ú otro de los pretendientes, confió la eleccion de un yerno
-á la suerte de las armas. Entre los que aspiraban al prez de la
-victoria habia muchos célebres ya por su fuerza y bravura; al paso
-que el desventurado Ahmed se veía desprovisto de armas, y sin ninguna
-idea de los egercicios de la caballería ¡Qué situacion tan triste la
-suya!
-
-«¡Cuánta es mi desgracia, decia, en haber sido educado en el retiro
-y bajo la direccion de un filósofo! ¿De qué sirven el álgebra ni la
-filosofía para los negocios de amor? ¡Ah Eben Bonabben! ¿Por qué te
-olvidaste de instruirme en el manejo de las armas?»
-
-En esto rompió el silencio el buho, y como buen musulman que era,
-empezó su discurso por una invocacion piadosa.
-
-«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! Las cosas mas recónditas están en sus
-manos. ¡Él solo gobierna el destino de los príncipes! Sabe, ó Ahmed,
-que toda esta comarca está llena de misterios, conocidos únicamente
-de un corto número de eruditos, que se han dedicado como yo á las
-ciencias ocultas. En uno de los montes vecinos se halla una caverna
-profunda; en el centro de esta caverna hay una mesa de hierro, sobre
-esta mesa están unas armas encantadas, y junto á ellas se ve un
-hermoso caballo, igualmente encantado, todo lo cual ha permanecido
-oculto por espacio de muchos siglos.»
-
-Quedó el príncipe sobrecogido de admiracion; y el buho abriendo y
-guiñando alternativamente sus grandes y redondos ojos, y enhestando
-los cuernos, continuó así:
-
-«Hace muchos años vine yo acompañando á mi padre en un viage que hizo
-por este pais para visitar sus posesiones; y como fijamos nuestra
-habitacion en la caverna de que os hablo, tuve proporcion de conocer
-los misterios que encierra. Segun una tradicion de nuestra familia,
-que me refirió mi abuelo siendo yo muy niño, dichas armas pertenecian
-á un mágico moro, el cual habiéndose refugiado en la caverna cuando
-los cristianos tomaron á Toledo, murió en ella, y dejó su caballo
-y armadura bajo el influjo de un encanto, que no permitia pudiesen
-servir á otro que un musulman; y aun á este solo desde el amanecer
-hasta el medio dia. Pero cualquiera que haga uso de ellas en este
-intervalo, está seguro de triunfar de todos sus enemigos.
-
---¡Basta! esclamó el príncipe, busquemos al momento esa caverna.»
-
-Guiado por su sábio Mentor halló Ahmed la caverna, que era una
-de aquellas guaridas salvages que se encuentran en medio de los
-escarpados montes de Toledo; y á la verdad, solo el ojo de un
-anticuario ó de un buho pudiera descubrir la entrada. Una lámpara
-sepulcral, en donde ardia sin consumirse un aceite odorífero, bañaba
-de pálida luz aquel misterioso retiro. Sobre una mesa, colocada en el
-centro de la gruta, yacia la armadura encantada, y á su lado se veía
-el corcel árabe enjaezado como para el combate, pero inmoble como
-una estátua. Las armas estaban tan tersas y brillantes como cuando
-salieron de las manos del artífice; el caballo fresco y lozano como
-si acabase de pacer en el campo; y en el momento en que Ahmed le dió
-una palmada en el cuello, empezó á herir la tierra con la mano, y
-dió un relincho de alegria que estremeció toda la caverna. Provisto
-de armas y caballo, ya no sintió el príncipe otro afecto que la
-impaciencia de entrar en liza con sus rivales.
-
-Llegó en fin el dia fatal. El palenque para el torneo se dispuso
-en la vega ó llanura que se estiende al pie de las murallas de
-Toledo; y á su rededor se levantaron anfiteatros y galerías para
-los espectadores, cubriéndolos de ricas tapicerías y toldos
-de seda que los defendian de los rayos del sol. Ocupaban las
-galerías todas las hermosas del contorno; y veíanse al pie de
-ellas mil bizarros caballeros, que se paseaban por el circo con
-gentil continente, cubiertos de ricas armas y capacetes, en donde
-flotaban vistosos penachos de plumas. Pero todas las bellezas
-quedaron eclipsadas cuando apareció en el pabellon real la princesa
-Aldegunda, mostrándose por primera vez á los ojos de una multitud de
-admiradores: en todas las gradas, en todos los pabellones, en todo
-el campo se levantó al momento un murmullo de placer y sorpresa; y
-los príncipes, que solo aspiraban á su mano atraidos por la nombradía
-de su belleza, sintieron que se redoblaba estraordinariamente su
-ansia de combatir.
-
-Mas la princesa se mostraba inquieta, y ora pálida, ora con el color
-encendido, tendia la vista por la multitud, y sus miradas indicaban
-temor y disgusto. Ya los clarines iban á dar la señal para el primer
-combate, cuando anunció un heraldo la llegada de un caballero
-estrangero, y entró en la liza el príncipe Ahmed. Llevaba sobre el
-turbante un almete de acero, guarnecido de piedras preciosas; la
-coraza era dorada; la cimitarra y el puñal, fabricados en Fez,
-centelleaban rebutidos de diamantes; embrazaba un escudo redondo, y
-llevaba la lanza encantada. El caparazon del caballo árabe estaba
-ricamente bordado y colgaba hasta el suelo, y el fogoso bruto hacia
-graciosas corbetas, arrojaba humo por las narices, y daba alegres
-relinchos al verse de nuevo en un campo de batalla. El noble ademan
-y gallardo talle del príncipe Ahmed cautivaron la atencion general;
-y cuando fue anunciado bajo el nombre del _Peregrino de amor_, todas
-las damas de las galerías esperimentaron una agitacion estraordinaria.
-
-Entre tanto, al presentarse Ahmed para entrar en la liza, le
-fue cerrada la barrera; porque para ser admitido al combate era
-indispensable ser príncipe. Declaró su nombre y su rango; pero fue
-mucho peor, porque siendo mahometano no podia tomar parte en un
-torneo, cuyo premio era la mano de una princesa cristiana.
-
-Rodeáronle con ademan altivo y amenazador los príncipes sus
-competidores; y uno de ellos, notable por sus insolentes maneras
-y talla hercúlea, quiso poner en ridículo el tierno renombre de
-peregrino de amor. Ofendido el príncipe desafió lleno de furia á su
-rival: volvieron las riendas, tomaron campo y corrieron impetuosos
-á encontrarse; mas al primer bote de la lanza mágica, el indiscreto
-bufon, á pesar de su enorme estatura y fuerza prodigiosa, saltó de
-la silla. Hubiera querido Ahmed detenerse aquí, mas las habia con un
-caballo endemoniado y con unas armas encantadas, que nada era capaz
-de contener una vez puestas en accion. El corcel se lanzó sobre el
-grupo mas cerrado, y la lanza se llevaba por delante todo lo que
-encontraba. El amable y pacífico príncipe, hendiendo con violencia
-por entre la asombrada multitud, y cubriendo la arena de caballeros
-vencidos, sin distincion de clases, de valor ó de destreza, se
-lastimaba él mismo de sus involuntarias hazañas. Pateaba el rey de
-corage, y al ver tan mal parados á sus vasallos y á sus huéspedes,
-mandó á los guardias que se apoderasen del que así se atrevia á
-ultrajarle; mas los guardias quedaban fuera de combate luego que se
-acercaban al príncipe. Mesábase el rey su larga barba, y tomando
-el escudo y la lanza, saltó él mismo á la arena para imponer al
-estrangero con la magestad real. Mas en aquel momento llegaba el
-sol al meridiano: el encanto recobraba su influjo, y el caballo
-árabe se lanzó en la llanura, saltó la barrera, se arrojó en el
-Tajo, rompió nadando sus espumosas olas, y llevó al príncipe sin
-aliento y desesperado á la caverna mágica. Sobrado feliz Ahmed al
-apearse sano y salvo del diabólico bridon, volvió á dejar las armas
-y se sometió á los nuevos decretos del destino. Sentado en la gruta
-reflexionaba sobre las desgracias que aquel caballo y aquellas armas
-le habian atraido. ¿Cómo habia de atreverse á presentarse en Toledo
-despues de haber llenado de vergüenza á sus caballeros de un modo
-tan ignominioso? ¿Qué dirian, señaladamente la princesa, de una
-conducta tan insultante y grosera? Lleno de ansiedad envió á caza de
-noticias á sus dos confidentes alados. El papagayo corrió todas las
-encrucijadas y plazas públicas de Toledo, y volvió muy pronto con
-abundante provision de chismes. Toda la ciudad estaba consternada:
-á la princesa se la habian llevado sin sentido del pabellon; el
-torneo se habia concluido con el mayor desórden; todos hablaban de la
-repentina aparicion, de las prodigiosas hazañas, y de la desaparicion
-todavía mas prodigiosa del caballero musulman: quién decia que era
-sin duda algun moro mágico; quién opinaba que no podia ser otro
-sino un demonio en figura humana; al paso que muchos, recordando
-las tradiciones de los guerreros que permanecian encantados en
-las cavernas de los montes, suponian que podia ser alguno de ellos
-que hubiese hecho esta irupcion desde el centro de su guarida. Por
-lo demas todos convenian en que un simple mortal no hubiera podido
-egecutar aquellos hechos estraordinarios, ni arrancar tan fácilmente
-de las sillas á la flor de los caballeros cristianos.
-
-Luego que cerró la noche salió tambien el buho á dar su vuelta, y
-á favor de la oscuridad corrió todo el pueblo, posándose en los
-tejados y en las chimeneas. Dirigió en fin el vuelo al palacio real,
-construido en la cumbre del monte de Toledo, recorrió los terraplenes
-y las almenas; y husmeando por todos los rincones, y aplicando sus
-espantados ojos á todas las ventanas en donde distinguia luz; hizo
-tambien desmayar de miedo á dos ó tres doncellas de la princesa, y
-continuó sus investigaciones hasta el amanecer, á cuya hora se fue á
-buscar al príncipe, y le participó todo lo que habia descubierto en
-su espedicion.
-
-«Volando, le dijo, por delante de una de las torres mas elevadas
-del palacio, descubrí desde una ventana á la hermosa princesa, que
-tendida en su lecho y rodeada de médicos y de mugeres, no queria
-tomar nada de lo que la daban para aliviarla. Cuando se salieron, ví
-que sacaba de su seno una carta, la leía la besaba y prorrumpia en
-amargos lamentos, de que yo, como filósofo, no hice ningun caso.»
-
-El tierno corazon de Ahmed quedó oprimido bajo el peso de tan
-tristes noticias: «Tú tenias razon, esclamaba, sábio Eben Bonabben;
-la tristeza, los cuidados, dias de tribulacion y noches de vigilia
-son el patrimonio de los amantes: ¡Allah preserve á la princesa del
-funesto influjo de este amor, que tanto deseé conocer en mi delirio!»
-
-Las nuevas noticias que el príncipe recibió de Toledo confirmaron
-la relacion del buho: toda la ciudad estaba consternada; habian
-encerrado á la princesa en la torre mas alta del palacio, y
-guardábanse con la mayor vigilancia todas las avenidas. Entre tanto
-se habia apoderado de ella una melancolía profunda, cuya causa no
-podia nadie penetrar: negábase á tomar alimento, y cerraba los oidos
-á todo consuelo. En vano habian ensayado los médicos mas hábiles
-todos los recursos del arte, en términos que al fin llegó á creerse
-que estaba bajo el dominio de algun sortilegio. En situacion tan
-lastimera mandó el rey publicar por todo el reino, que cualquiera que
-lograse curar á la princesa, recibiria en premio la joya mas rica de
-su tesoro.
-
-Cuando oyó el buho esta noticia desde un rincon de la caverna en
-donde estaba dormitando, volvió alternativamente sus grandes ojos á
-uno y otro lado, y tomando un aspecto mas misterioso que nunca:
-
-«¡Allah akbar! dijo, dichoso el que pueda efectuar esta curacion, si
-sabe únicamente cuál de las joyas de la corona debe elegir.
-
---¿Y qué idea es la vuestra, ó venerable buho? preguntó el príncipe.
-
---Estadme atento, ó príncipe, y vereis el término adonde se dirige lo
-que acabo de deciros. Nosotros los buhos formamos, como ya sabeis,
-un cuerpo sábio, dedicado principalmente á investigaciones oscuras
-y polvorientas: pues ahora bien: en mi última escursion nocturna á
-las torres y chapiteles de Toledo, descubrí una academia de buhos
-anticuarios, que celebra sus sesiones en la gran torre, donde se
-halla depositado el tesoro real. Reunidos allí aquellos sábios,
-disertan largamente acerca de las formas, inscripciones y objetos
-de las antiguas alhajas, y vasos de oro y plata que se hallan
-amontonados en aquella pieza; sobre los usos de los diferentes
-pueblos y edades; pero lo que principalmente los ocupa, son ciertas
-antiguallas y talismanes que se conservan allí desde el tiempo del
-rey godo D. Rodrigo. Entre estos últimos objetos existe un cofre
-de madera de sándalo, precintado con barras de hierro á la manera
-oriental, y cubierto de caracteres misteriosos, conocidos únicamente
-por algunas personas doctas. Este cofre y su inscripcion han sido
-el objeto de muchas sesiones de la academia, y ocasionado grandes
-debates entre sus miembros; y en el momento de mi visita, puesto á
-una esquina del cofre un buho muy viejo que acababa de llegar de
-Egipto, estaba leyendo las palabras escritas sobre la cubierta; y
-ateniéndose á su sentido, probó que el cofre contenia la alfombra de
-seda que cubria el trono del sábio Salomon: cuya alhaja debieron de
-traer á Toledo los judíos que se refugiaron aquí cuando la pérdida de
-Jerusalen.»
-
-Luego que terminó el buho su erudito discurso, quedó el príncipe como
-sumergido en profundas meditaciones; y al cabo de breves momentos
-dijo dirigiéndose á sus compañeros:
-
-«Mas de una vez he oido hablar al sábio Eben Bonabben de las
-propiedades de ese talisman, que habiendo desaparecido en la
-destruccion de Jerusalen, se creía ya perdido para el género humano.
-Su existencia es sin duda un misterio para los cristianos de Toledo;
-y si yo pudiese apoderarme de ese cofre, era cierta mi felicidad.»
-
-Desde el dia siguiente trocó el príncipe sus ricas vestiduras por
-el humilde trage de un árabe del desierto, se pintó el rostro y
-las manos de color cobrizo, y quedó tal que nadie hubiera conocido
-en él al gallardo caballero que causára tanta admiracion y espanto
-en el torneo. Con un palo en la mano, una canasta al lado y una
-flauta campestre se dirigió á Toledo, y presentándose á las puertas
-de palacio, se anunció como un aspirante á la recompensa prometida
-por la curacion de la princesa. Los guardias querian arrojarle
-ignominiosamente. «¡Cómo! decian, ¿un beduino miserable podria hacer
-lo que han intentado en vano los primeros sábios?» Mas el rey, oido
-el alboroto y preguntada la causa, mandó que le presentasen aquel
-hombre.
-
-«Poderoso rey, dijo Ahmed, teneis en vuestra presencia á un árabe
-beduino, que ha pasado la mayor parte de su vida en las soledades del
-desierto. Notorio es que estas se hallan infestadas de toda suerte
-de demonios y espíritus malignos, que nos atormentan á los pobres
-pastores, cuando apacentamos nuestros ganados lejos de los pueblos;
-se entran en los cuerpos de las reses, y algunas veces comunican
-fiereza hasta al paciente camello. Para deshacer estos sortilegios,
-no empleamos otros medios que la música; y ciertas tonadas que se han
-trasmitido de generacion en generacion, ora cantadas, ora tocadas con
-el caramillo, tienen la virtud de ahuyentar aquellos malos espíritus.
-Yo pues pertenezco por dicha á una familia eminentemente dotada de
-esta virtud maravillosa contra los hechizos y sortilegios; la poseo
-en toda su plenitud; y si el estado lastimoso en que parece se halla
-vuestra hija es ocasionado por alguna influencia maligna de este
-género, me obligo desde luego á libertarla, y respondo de su salud
-con mi cabeza.»
-
-Era el rey un hombre de muy buen juicio; conocia los secretos de los
-árabes de que el beduino acababa de hablarle, y habiéndole inspirado
-la mayor confianza la franqueza con que este pastor se esplicaba,
-le condujo al gabinete de la princesa, cuyas ventanas daban á una
-especie de galería, desde donde se descubria toda la ciudad de Toledo
-con las campiñas circunvecinas.
-
-Sentóse el príncipe en una silla que se habia colocado en la
-galería, y tocó algunas tonadas árabes que habia aprendido de sus
-criados en el Generalife. La princesa permaneció insensible, y los
-médicos que se hallaban allí meneaban la cabeza y se sonreían con
-semblante de incredulidad y menosprecio. En fin, el príncipe dejó
-el caramillo, y se puso á cantar los versos que envió á la princesa
-declarándola su amor.
-
-La hermosa doncella reconoció al momento las estancias, apoderóse
-de su corazon una alegria repentina, levantó la cabeza, escuchó;
-arrasáronse de lágrimas sus ojos, palpitaba su seno, y tiñósele de
-púrpura el semblante. Bien hubiera pedido que hiciesen entrar al
-músico; pero el tímido pudor de una vírgen no la dejaba hablar.
-Comprendió el rey su deseo, y mandó al momento que entrase el
-cantor. Viéronse los dos amantes y fueron discretos, pues se
-contentaron con dirigirse mútuamente algunas tiernas miradas que
-decian mucho mas que largos discursos. Nunca se vió triunfo mas
-completo: las rosas aparecieron de nuevo en las megillas de la
-encantadora Aldegunda; sus labios recobraron su frescura, sus ojos su
-brillo seductor.
-
-Mirábanse atónitos los médicos, y el rey consideraba al beduino con
-una admiracion mezclada de respeto. «Jóven prodigioso, esclamó,
-quiero que seas mi primer médico, y jamas tomaré otros remedios que
-tu dulce melodía. Por ahora recibe la recompensa que te es debida;
-elige la joya mas preciosa de mi tesoro.
-
---Ó rey, contestó Ahmed, el oro, la plata ni las piedras preciosas
-tienen á mis ojos muy poco valor; mas tú posees una reliquia, un
-cofre de madera de sándalo que encierra una alfombra de seda. Dame
-pues ese cofre y nada mas deseo.»
-
-Todos los circunstantes quedaron sorprendidos de lo moderado de la
-eleccion; y mas aun, cuando traido el cofre, fue sacada la alfombra:
-la materia era seda, el color un verde muy hermoso, y estaba cubierta
-de caracteres hebreos y caldeos. Los médicos de la córte se miraban
-encogiéndose de hombros, y sonriéndose de la simplicidad de su nuevo
-compañero, que se contentaba con tan módicos honorarios.
-
-«Esta alfombra, dijo el príncipe, cubrió en otro tiempo el trono de
-Salomon, el mas sábio de los monarcas: digna es de ser colocada á
-los pies de la belleza.»
-
-Dicho esto desplegó la alfombra y la tendió en la galería, debajo de
-un lecho que habian colocado allí para la princesa, y sentándose á
-los pies de esta:
-
-«¿Quién podrá oponerse, continuó, á los decretos del destino?
-¡Cumpliéronse las predicciones de los astrólogos! Sabe, ó rey, que tu
-hija y yo nos amábamos en secreto hacia largo tiempo: ya tienes en tu
-presencia al Peregrino de amor.»
-
-No bien habia pronunciado estas palabras, cuando se levantó la
-alfombra en el aire, llevándose al príncipe y á la princesa. El rey
-y los médicos se quedaron pasmados, y siguieron con la vista á los
-fugitivos, hasta que ya no se distinguian sino como un punto negro
-que resaltaba sobre el fondo blanco de una nube, y que al fin se
-perdió en el azul del cielo.
-
-Indignado el rey, hizo llamar inmediatamente á su tesorero. «¿Cómo,
-le dijo, has permitido que un infiel tomase posesion de tan precioso
-talisman?
-
---¡Ah señor! respondió el tesorero, aquí no conocíamos sus virtudes,
-ni el sentido de los caracteres inscritos sobre el cofre que le
-guardaba. Si es en efecto la alfombra del rey Salomon, no cabe duda
-que se halla dotada del poder mágico de trasportar á su posesor por
-los aires adonde le plazca ir.»
-
-Reunió el rey un poderoso egército y se dirigió á Granada, adonde
-llegó despues de una marcha larga y penosa. Luego que dió vista á
-la ciudad sentó sus reales en la vega, y envió un heraldo á reclamar
-á su hija. El rey de Granada salió en persona á saludar al monarca
-toledano, que reconoció en él al músico beduino. Ahmed acababa de
-subir al trono por muerte de su padre, y la bella Aldegunda era su
-sultana.
-
-El rey cristiano consintió en el enlace de su hija con Ahmed, cuando
-se le prometió que la princesa quedaria en libertad para conservar su
-religion; porque de otro modo estaba resuelto á oponerse con todo su
-poder. En vez de batallas sangrientas hubo fiestas y regocijos; el
-anciano rey regresó luego á Toledo, y los jóvenes esposos continuaron
-reinando en la Alhambra con no menos sabiduría que felicidad.
-
-Para completar mi historia no puedo dispensarme de añadir que el
-buho y el papagayo habian seguido al príncipe á cortas jornadas: el
-primero solo viajaba por la noche, alojándose durante el dia en las
-diferentes posesiones hereditarias de su familia; el último figuraba
-en las reuniones mas brillantes de las ciudades que se hallaban en el
-tránsito. Ahmed recompensó generosamente los servicios que uno y otro
-le habian hecho durante su peregrinacion, pues nombró primer ministro
-al buho, y maestro de ceremonias al papagayo. Con lo cual parece
-inútil añadir que jamas hubo reino mejor administrado; ni córte mas
-escrupulosa en la observancia de las reglas de la etiqueta.
-
-
-FIN.
-
-
-
-
-
-
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-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE LA ALHAMBRA ***
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- Cuentos de la Alhambra, by Washington Irving — A Project Gutenberg eBook
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-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Cuentos de la Alhambra, by Washington Irving
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: Cuentos de la Alhambra
-
-Author: Washington Irving
-
-Translator: D. L. L.
-
-Release Date: June 7, 2016 [EBook #52262]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE LA ALHAMBRA ***
-
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-
-
-Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the
-Distributed Proofreading team at DP-test Italia.
-
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-
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-</pre>
-
-
-<div class="front">
- <hr class="full" />
- <p><a href="#tnote">Nota de transcripción</a></p>
- <p><a href="#ToC">Ãndice</a></p>
-</div>
-
-<div class="screenonly">
- <hr class="chap" />
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cover.jpg"
- alt="Cubierta del libro" />
- </div>
-</div>
-
-<div class="aftit">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_i">[p. i]</span></p>
- <h1 title="CUENTOS DE LA ALHAMBRA"><span class="xl">CUENTOS</span><br />
- <span class="medium">DE LA</span><br />
- ALHAMBRA</h1>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-<div class="aftit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_ii">[p. ii]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/con_licencia.jpg"
- alt="Licencia de impresor" />
- </div>
- <p class="xl">Con Licencia.</p>
- <hr class="sep" />
- <p>IMPR. DE J. FERRER DE ORGA.<br />
- <i>Valencia</i> 1833.</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="aftit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_iv">[p. iv]</span></p>
- <div class="figcenter w27">
- <img class="thin"
- src="images/frontis.jpg"
- alt="Ilustración de portada" />
- <p class="subcapleft"><span class="subcaprigt"><i>T. Blasco lo g.º</i></span><i>L.
- Tellez lo d.º</i></p>
- <p class="caption"><i>Mientras esa mano no se baje hasta tocar la llave,
- ningún artificio mágico triunfará del Señor de esta colina.</i></p>
- </div>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-<div class="aftit">
- <p><span class="pagenum" id="Page_v">[p. v]</span></p>
- <div class="figcenter">
- <img src="images/cuentos.jpg"
- alt="Portada grabada"
- title="Cuentos de la Alhambra - Valencia - Librería de Mallén y Berard - 1833 - Teodoro Blasco lo g." />
- </div>
-</div>
-
-<div class="tit">
- <hr class="chap" />
- <p><span class="pagenum" id="Page_vii">[p. vii]</span></p>
- <p class="xl"><b>CUENTOS</b></p>
- <p class="small"><b>DE</b></p>
- <p class="xxl"><b>LA ALHAMBRA</b></p>
-
- <p class="xs">DE</p>
- <p class="xl"><i>Washington Irving.</i></p>
- <p class="small">Traducidos</p>
- <p class="large"><span class="small">POR</span> <i>D. L. L.</i></p>
-
- <div class="figlogo">
- <img src="images/logo.jpg"
- alt="Logotipo del editor" />
- </div>
-
- <p class="xl">PARIS,</p>
- <p class="medium">LIBRERÃA HISPANO-AMERICANA,<br />
- <span class="small">CALLE DE RICHELIEU Nº 60.</span></p>
- <hr class="sep" />
- <p>1833.</p>
- <hr class="chap" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Cap0">
- <p><span class="pagenum" id="Page_ix">[p. ix]</span></p>
- <div class="figornam">
- <img src="images/el_editor.jpg"
- alt="Ilustración de inicio de capítulo" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">EL EDITOR.</h2>
-</div>
-
-<p><i>Si los</i> Cuentos de la Alhambra <i>han alcanzado tan buena acogida
-entre los ingleses y franceses, con mayor razon puede esperarse
-que la logren entre nosotros; porque enlazadas estas fábulas con
-las tradiciones y consejas populares del pais, es muy natural que
-produzcan aquel interes que inspiran al hombre de buen corazon las
-antiguallas de su patria, y la tierna memoria de los cuentos de la
-niñez.</i></p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_x">[p. x]</span></p>
-
-<p><i>Esta consideracion nos ha impulsado á dar á luz el presente
-tomito, como una muestra de la obra que con el mismo título y mayor
-estension acaba de escribir el célebre Washington Irving; y si el
-éxito nos diese motivo para juzgar que ha merecido el aprecio de los
-inteligentes, quizá pensaremos en publicar otra serie, y aun acaso
-todos los que restan del original.</i></p>
-
-<div class="figmotivo">
- <img src="images/motivo.jpg"
- alt="Ilustración ornamental de fin de capítulo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="ToC">
- <p><span class="pagenum" id="Page_xi">[p. xi]</span></p>
- <h2 class="nobreak">ÃNDICE.</h2>
-</div>
-
-<table summary="Ãndice de contenidos">
- <tr>
- <th>&nbsp;</th>
- <th class="tdr"><small>PÃG.</small></th>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Cap1"><i>El viage</i></a>.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Cap1">1</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Cap2"><i>Gobierno de la Alhambra</i></a>.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Cap2">45</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Cap3"><i>Interior de la Alhambra</i></a>.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Cap3">53</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Cap4"><i>Economía doméstica</i></a>.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Cap4">74</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Cap5"><i>Tradiciones locales</i></a>.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Cap5">88</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Cap6"><i>La casa del Gallo</i></a>.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Cap6">95</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Cap7"><i>Leyenda del astrólogo árabe</i></a>.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Cap7">98</a></td>
- </tr>
- <tr>
- <td class="tdl"><a href="#Cap8"><i>Historia del príncipe Ahmed Al Kamel,<br />
- ó el Peregrino de amor</i></a>.</td>
- <td class="tdr"><a href="#Cap8">152</a></td>
- </tr>
-</table>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="chapter" id="Cap1">
- <p><span class="pagenum" id="Page_1">[p. 1]</span></p>
- <div class="figornam">
- <img src="images/cap1.jpg"
- alt="Ilustración de inicio de capítulo" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">El Viage.</h2>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Conducido</span> á España á impulsos de la
-curiosidad en la primavera de 1829, hice una escursion desde Sevilla
-á Granada en compañía de un amigo, agregado entonces á la embajada
-rusa en Madrid. Desde regio<span class="pagenum" id="Page_2">[p.
-2]</span>nes muy distantes nos habia llevado el acaso al pais en
-que nos hallábamos reunidos, y la conformidad de nuestros gustos
-nos inspiró el deseo de recorrer juntos las románticas montañas de
-Andalucía. ¡Ojalá que si estas páginas llegan á sus manos en el pais
-adonde las obligaciones de su destino hayan podido conducirle, ya le
-hallen engolfado en la pompa tumultuosa de las córtes, ya meditando
-sobre las glorias mas efectivas de la naturaleza; le recuerden
-nuestra feliz peregrinacion y la memoria de un amigo, á quien ni
-el tiempo ni la distancia harán jamas olvidar su amabilidad y su
-mérito!</p>
-
-<p>Antes de pasar adelante, no será inoportuno presentar algunas
-observaciones preliminares sobre el aspecto general de España, y
-el<span class="pagenum" id="Page_3">[p. 3]</span> modo de viajar
-por aquel pais. En las provincias centrales, al atravesar el viagero
-inmensos campos de trigo, ora verdes y undosos, ya rubios como el
-oro, ya secos y abrasados por el sol; buscará en vano la mano que los
-ha cultivado, hasta que al fin divisará, sobre la cima de un monte
-escarpado, un lugar con fortificaciones moriscas medio arruinadas,
-ó alguna torre que sirviera de asilo á los habitantes durante las
-guerras civiles, ó en las invasiones de los moros. La costumbre de
-reunirse para protegerse mútuamente en los peligros, existe aun entre
-los labradores españoles, merced á la rapiña de los ladrones que
-infestan los caminos.</p>
-
-<p>La mayor parte de España se halla desnuda del rico atavío de
-los bosques y las selvas, y de las gracias<span class="pagenum"
-id="Page_4">[p. 4]</span> mas risueñas del cultivo; pero sus paisages
-tienen un carácter de grandeza que compensa lo que les falta bajo
-otros respetos: hállanse en ellos algunas de las cualidades de sus
-habitantes, y de ahí es que yo concibo mejor al duro, indomable y
-frugal español despues que he visto su pais.</p>
-
-<p>Los sencillos y severos rasgos de los paisages españoles tienen
-una sublimidad que no puede desconocerse. Las inmensas llanuras de
-las Castillas y de la Mancha, estendiéndose hasta perderse de vista,
-adquieren cierto interes con su estension y uniformidad, y causan una
-impresion análoga á la que produce la vista del océano. Recorriendo
-aquellas soledades sin límites visibles, suele descubrirse de
-cuando en cuando un rebaño apacentado por un pastor inmóvil<span
-class="pagenum" id="Page_5">[p. 5]</span> como una estátua, con su
-baston herrado en la mano á guisa de lanza; una recua de mulos que
-cruzan pausadamente el desierto, cual atraviesan las carabanas de
-camellos los arenales de la Arabia; ó bien un zagal que camina solo
-con su cuchillo y carabina.</p>
-
-<p>Los peligros de los caminos dan ocasion á un modo de viajar que
-presenta en escala menor las carabanas del oriente: los arrieros
-parten en gran número y bien armados á dias señalados, y los viageros
-que accidentalmente se les reunen aumentan sus fuerzas.</p>
-
-<p>El arriero español posee un caudal inagotable de canciones y
-romances con que aligera sus continuas fatigas. La música de estos
-cantos populares es sobremanera sencilla, pues que se reduce á un
-corto nú<span class="pagenum" id="Page_6">[p. 6]</span>mero de
-notas, y las letras por lo comun son algunos romances antiguos sobre
-los moros, endechas amorosas, y con mayor frecuencia romances en
-que se refieren los hechos de algun famoso contrabandista; y sucede
-no pocas veces, que tanto la música como la letra es improvisado, y
-se refiere á una escena local ó á algun incidente del viage. Este
-talento de improvisacion, tan comun en aquel pais, parece se ha
-trasmitido de los árabes, y es fuerza convenir en que aquellos cantos
-de tan fácil melodía producen una sensacion sumamente deliciosa
-cuando se oyen en medio de los campos salvages y solitarios que
-celebran, y acompañados por el argentino sonido de las campanillas de
-las mulas.</p>
-
-<p>No es posible imaginarse cosa mas<span class="pagenum"
-id="Page_7">[p. 7]</span> pintoresca que el encuentro de una recua
-de mulas en el tránsito de aquellos montes. Oireis ante todo las
-campanillas de la delantera, cuyo sonido repetido y monótono rompe el
-silencio de las alturas aéreas, y tal vez la voz de un arriero que
-llama á su deber á alguna bestia tarda ó descaminada, ó que canta con
-toda la fuerza de sus pulmones un antiguo romance nacional. Al cabo
-de rato descubrís las mulas que pasan lentamente los desfiladeros,
-ya bajando una pendiente tan rápida y elevada, que las vereis como
-designadas de relieve sobre el fondo azul del cielo, ya avanzando
-trabajosamente al traves de los barrancos que están á vuestros pies.
-à medida que se aproximan distinguís sus adornos de color brillante,
-sus arreos bor<span class="pagenum" id="Page_8">[p. 8]</span>dados,
-sus plumages; y cuando ya están mas cerca, el trabuco, siempre
-cargado, que cuelga detras de los fardos como una advertencia de los
-peligros del camino.</p>
-
-<p>El antiguo reino de Granada, en el que íbamos á entrar, es uno
-de los paises mas montuosos de España. Sierras vastas ó cadenas de
-montes desnudos de árboles y de maleza, y abigarrados de canteras de
-mármol y de granito de diversos colores, levantan sus peladas crestas
-en medio de un cielo de azul oscuro; mas en su seno están ocultos
-algunos valles fértiles y frondosos, y el desierto cede el lugar al
-cultivo, que fuerza á las rocas mas áridas á producir el naranjo, la
-higuera y el limonero, y á engalanarse con las flores del mirto y el
-rosal.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_9">[p. 9]</span></p>
-
-<p>En las gargantas mas salvages de aquellos montes se encuentran
-varios lugarejos murados, construidos á manera de nidos de águilas
-en las cimas de los precipicios, y algunas torres derruidas,
-colgadas por decirlo así sobre los picos mas elevados, recordando
-los tiempos caballerescos, las guerras de moros y cristianos, y la
-lucha romántica que precedió á la toma de Granada. Al transitar el
-viagero por aquellas altas cordilleras, se ve á cada paso precisado
-á echar pie á tierra, y conducir el caballo de la brida para subir y
-bajar por algunas sendas ásperas y angostas, semejantes á escaleras
-arruinadas. Algunas veces corre el camino á orillas de precipicios
-espantosos, de que ningun parapeto os defiende; otras se sumerge
-en<span class="pagenum" id="Page_10">[p. 10]</span> una pendiente
-rápida y peligrosa que se pierde en una oscura profundidad, ó pasa
-por entre barrancos formados por los torrentes del invierno, y
-que sirven de guarida á los malhechores. Descúbrese de cuando en
-cuando una cruz de funesto presagio; y este monumento del robo y
-del asesinato, erigido sobre un monton de piedras á la orilla del
-camino, advierte al caminante que se halla en un parage frecuentado
-por los bandidos, y que quizá entonces mismo le acecha en emboscada
-alguno de aquellos malvados. Muchas veces sorprendido el caminante
-en el recodo de un valle sombrío por un bramido ronco y espantoso,
-levanta la cabeza, y en una de las frondosas quebradas del monte
-descubre una manada de fieros toros andaluces<span class="pagenum"
-id="Page_11">[p. 11]</span> destinados á los combates del circo. Nada
-mas imponente que el aspecto de aquellos brutos terribles, errantes
-en su terreno nativo con toda la fuerza que les da la naturaleza:
-indómitos y casi estraños al hombre, solo conocen al pastor que los
-guarda, y que no siempre se atreve á aproximárseles; el mugido de
-estos animales, y los amenazantes ojos con que miran hácia abajo
-desde sus elevadas praderas, añaden todavía espresion al aspecto
-salvage de la escena.</p>
-
-<p>El 1º de mayo salimos mi compañero y yo de Sevilla para Granada,
-y como conocíamos el pais que íbamos á recorrer, y lo incómodo
-y poco seguro de los caminos, enviamos delante con arrieros los
-efectos de mas valor, y llevábamos únicamente nuestros vestidos
-y el dinero<span class="pagenum" id="Page_12">[p. 12]</span>
-necesario para el viage, con un aumento destinado á satisfacer á
-los bandoleros, caso de vernos atacados, y libertarnos así del mal
-trato á que se ven espuestos los viageros muy avaros ó muy pobres.
-Sabíamos tambien que no debe confiarse en la despensa de las posadas,
-y que habíamos de cruzar largos espacios inhabitados; y con este
-conocimiento tomamos las precauciones convenientes para asegurar
-nuestra subsistencia, y alquilamos dos caballos para nosotros, y otro
-para que llevase nuestro corto equipage y á un robusto vizcaino,
-que debia guiarnos en el laberinto de aquellas montañas, cuidar de
-las caballerías, y en fin, servirnos en la ocasion, ya de ayuda de
-cámara, ya de guarda. Habíase este prevenido de un formidable trabuco
-para de<span class="pagenum" id="Page_13">[p. 13]</span>fendernos,
-segun decia contra los rateros: sus fanfarronadas sobre esta arma
-no tenian término; mas sin embargo, con descrédito de su prudencia
-militar, la carabina en cuestion colgaba descargada al arzon trasero
-de la silla. Como quiera, el vizcaino era un criado fiel, celoso
-y jovial; tan fecundo en chistes y refranes como aquel modelo de
-escuderos, el célebre Sancho, cuyo nombre le dimos: verdadero español
-en los momentos de su mayor alegria; mas á pesar de la familiaridad
-con que le tratábamos, no pasó jamas los límites de un respetuoso
-decoro.</p>
-
-<p>Equipados en estos términos nos pusimos en camino, resueltos
-á sacar todo el partido posible de nuestro viage; y con tales
-disposiciones, ¡cuán delicioso era el pais que íbamos á<span
-class="pagenum" id="Page_14">[p. 14]</span> recorrer! La venta
-mas infeliz de España es mas fecunda de aventuras que un castillo
-encantado, y cada comida que se efectua puede mirarse como
-una especie de hazaña. Ensalcen otros enhorabuena los caminos
-resguardados de parapetos, las suntuosas fondas de un pais cultivado
-y civilizado hasta el punto de no ofrecer sino superficies planas;
-en cuanto á mí, solo la España con sus agrestes montes y francas
-costumbres puede saciar mi imaginacion.</p>
-
-<p>Desde la primera noche disfrutamos ya uno de los placeres
-novelescos del pais. Acababa de ponerse el sol cuando llegamos á una
-villa muy grande, cansados por haber cruzado una llanura inmensa
-y desierta, y calados de agua, en razon de la copiosa lluvia que
-habia caido sobre<span class="pagenum" id="Page_15">[p. 15]</span>
-nosotros. Apeamos en un meson, en donde se alojaba una compañía
-de fusileros, ocupada entonces en persecucion de los ladrones que
-infestaban la comarca; y como unos estrangeros de nuestra clase eran
-un objeto de admiracion en aquel pueblo estraviado, el huésped,
-ayudado de dos ó tres vecinos embozados en sus capas pardas,
-examinaba nuestros pasaportes en un rincon de la pieza, mientras un
-alguacil con su capita negra, tomaba apuntaciones á la débil luz
-de un farol. Unos pasaportes en lengua estrangera les daban mucha
-grima; mas acudió á su socorro nuestro escudero Sancho, y nos dió
-aun mayor importancia con la pomposa elocuencia de un español. Al
-mismo tiempo la distribucion de algunos cigarros nos ganó todos<span
-class="pagenum" id="Page_16">[p. 16]</span> los corazones, y á poco
-rato ya estaba el pueblo entero en movimiento para obsequiarnos.
-Visitónos el alcalde en persona, y la misma huéspeda llevó con gran
-ceremonia á nuestro cuarto un gran sillon de juncos para que el
-ilustre viagero pudiese sentarse con mayor comodidad. Hicimos cenar
-con nosotros al comandante de los fusileros, el cual nos divirtió
-sobremanera con la animada relacion de una campaña que habia hecho en
-la América del Sur, y otras hazañas amorosas y guerreras, que debian
-todo su interes á sus ampulosas frases y multiplicados ademanes, y
-sobre todo á cierto movimiento de los ojos, que sin duda queria decir
-mucho. Pretendia saber el nombre y señas de todos los bandidos de
-la provincia, y se prometia<span class="pagenum" id="Page_17">[p.
-17]</span> ojearlos y prenderlos uno á uno. El buen oficial se
-empeñó en que nos habia de dar algunos hombres para nuestra escolta.
-«Mas uno solo bastará, añadió, porque los ladrones nos conocen,
-y la vista sola de uno de mis muchachos derramará el espanto por
-toda la sierra.» Le agradecimos su ofrecimiento y buena voluntad,
-asegurándole en el mismo tono, que con el formidable escudero Sancho
-no temeríamos haberlas con todos los bandoleros de Andalucía.</p>
-
-<p>Mientras estábamos cenando con el amable perdonavidas, llegó
-á nuestros oidos el sonido de una guitarra, acompañado de un
-repiqueteo de castañuelas, y poco despues un coro de bien
-concertadas voces que cantaba una tonada popular. Era un<span
-class="pagenum" id="Page_18">[p. 18]</span> obsequio del huésped,
-que para divertirnos habia reunido aquellos músicos aficionados y
-á las hermosas de la vecindad, y cuando salimos al patio vimos una
-verdadera escena de alegria española. Nos colocamos bajo el soportal
-con los huéspedes y el comandante, y pasando la guitarra de mano en
-mano, vino á parar en las de un alegre zapatero, que nos pareció
-el Orfeo de la tierra. Era un jóven de aspecto agradable, patilla
-negra, y las mangas de la camisa arremangadas hasta encima del codo.
-Sus dedos recorrian el instrumento con estraordinaria ligereza y
-habilidad, cantando al mismo tiempo algunas seguidillas amorosas,
-acompañadas de espresivas miradas á las mozas, con las que al parecer
-estaba en gran favor. En seguida bailó el<span class="pagenum"
-id="Page_19">[p. 19]</span> fandango con una graciosa andaluza,
-causando gran placer á los espectadores. Pero ninguna de las mugeres
-que se hallaban presentes podia compararse á la linda Pepita, hija
-del huésped, que aunque con mucha prisa, se habia prendido con la
-mayor gracia para el baile improvisado, entrelazando con frescas
-rosas las trenzas de sus hermosos cabellos: esta lució su habilidad
-con un bolero que bailó, acompañada de un gallardo dragon. Habíamos
-nosotros dispuesto que se sirviese á discrecion vino, dulces y otras
-frioleras; y sin embargo de que la reunion se componia de soldados,
-arrieros y paisanos de todas clases, nadie se escedió de los límites
-de una diversion honesta; y en verdad que cualquier pintor se hubiera
-tenido por dichoso<span class="pagenum" id="Page_20">[p. 20]</span>
-de poder contemplar aquella escena. El elegante grupo de los
-bailadores, los soldados de á caballo de medio uniforme, los paisanos
-envueltos en sus capas, y en fin, hasta el amojamado alguacil,
-digno de los tiempos de D. Quijote, á quien se veía escribir con
-gran diligencia á la moribunda luz de una gran lámpara de cobre,
-sin cuidarse de lo que pasaba en su derredor, todo esto formaba un
-conjunto verdaderamente pintoresco.</p>
-
-<p>No daré aquí la historia exacta de los acontecimientos de esta
-espedicion de algunos dias por montes y valles. Viajábamos como
-verdaderos contrabandistas, abandonándonos al azar en todas las
-cosas, y tomándolas buenas ó malas segun las deparaba la suerte.
-Este es el mejor<span class="pagenum" id="Page_21">[p. 21]</span>
-modo de viajar por España, mas nosotros sin embargo habíamos cuidado
-de llenar de buenos fiambres las alforjas de nuestro escudero, y su
-gran bota de esquisito vino de Valdepeñas. Como este último artículo
-era en verdad de mayor importancia para nuestra campaña que la misma
-carabina de Sancho, conjuramos á este que estuviese en continua
-vigilancia sobre esta parte preciosa de su carga; y debo hacerle la
-justicia de decir que su homónimo, tan célebre por el celo con que
-cuidaba de la mesa, no le escedia en nada como proveedor inteligente.
-Así pues, á pesar de que las alforjas y la bota eran vigorosa y
-frecuentemente atacadas, no parecia sino que tenian la milagrosa
-propiedad de no vaciarse jamas, porque nuestro ingenioso es<span
-class="pagenum" id="Page_22">[p. 22]</span>cudero nunca se olvidaba
-de colocar en ellas los relieves de la cena de la venta, para que
-sirviesen á la comida que hacíamos á campo raso al dia siguiente.
-¡Con cuánta delicia almorzábamos algunas veces á la mitad de la
-mañana, sentados á la sombra de un árbol, á orillas de una fuente ó
-de un arroyo! ¡Qué siestas tan dulces no tomamos, sirviéndonos de
-colchon nuestras capas tendidas sobre la fresca yerba!</p>
-
-<p>En cierta ocasion hicimos alto á medio dia en una frondosa
-pradera, situada entre dos colinas cubiertas de olivos. Tendimos
-las capas bajo de un pomposo álamo que daba sombra á un bullicioso
-arroyuelo, y arrendados los caballos de modo que pudiesen pacer,
-ostentó Sancho con aire de triunfo todo el caudal de su<span
-class="pagenum" id="Page_23">[p. 23]</span> despensa. Los sacos
-contenian algunas municiones recogidas en el espacio de cuatro
-dias; pero habian sido notablemente enriquecidos con los restos
-de la cena que habíamos tenido la noche anterior en una de las
-mejores posadas de Antequera. Sacaba nuestro escudero poco á poco el
-heterogeneo contenido en su zurron y yo creí que no acababa jamas.
-Apareció ante todo una pierna de cabrito asada, casi tan buena como
-cuando nos la habian servido; siguióse un gran pedazo de bacalao
-seco envuelto en un papel, los restos de un jamon, medio pollo, una
-porcion de panecillos, y en fin, un sinnúmero de naranjas, higos,
-pasas y nueces: la bota habia sido tambien reforzada con escelente
-vino de Málaga. à cada nueva aparicion gozaba<span class="pagenum"
-id="Page_24">[p. 24]</span> de nuestra cómica sorpresa, dejándose
-caer sobre el césped con grandes carcajadas. Elogiábamos
-estremadamente á nuestro sencillo y amable criado, comparándole en
-su aficion á llenar la panza, al célebre escudero de D. Quijote.
-Estaba él muy versado en la historia de este caballero, y como la
-mayor parte de las gentes de su clase, creía á pie juntillas en su
-realidad.</p>
-
-<p>«¿Y hace mucho tiempo que sucedió eso? me dijo un dia con
-semblante interrogativo.</p>
-
-<p>—Sí, mucho tiempo, le contesté yo.</p>
-
-<p>—Yo apostaria á que ha ya mas de mil años, replicó mirándome con
-una espresion de duda todavía mas marcada.</p>
-
-<p>—No creo yo que haya mucho me<span class="pagenum"
-id="Page_25">[p. 25]</span>nos.» El escudero no preguntó mas.</p>
-
-<p>Mientras al compas de sus gracias esplotábamos nosotros las
-provisiones que quedan descritas, se nos acercó un mendigo que casi
-parecia un peregrino. Su entrecana barba y el baston en que se
-apoyaba anunciaban vejez; mas su cuerpo muy poco inclinado, mostraba
-aun los restos de una estatura gallarda. Llevaba un sombrero redondo
-de los que usan los andaluces, una especie de zamarra de piel de
-carnero, calzon de correal, botin y sandalias. Sus vestidos, aunque
-ajados y cubiertos de remiendos, estaban limpios, y se llegó á
-nosotros con aquella atenta gravedad que se nota en los españoles,
-aun de la ínfima clase. Habia en nosotros disposicion favorable para
-recibir seme<span class="pagenum" id="Page_26">[p. 26]</span>jante
-visita, y así, por un impulso espontáneo de caridad, le dimos algunas
-monedas, un pedazo de pan blanco y un vaso de buen vino de Málaga.
-Recibiólo todo con reconocimiento; mas sin manifestar con ninguna
-bajeza su gratitud. Luego que probó el vino, le miró al trasluz,
-y mostrando cierta admiracion se lo bebió de un sorbo, diciendo:
-«¡Cuántos años ha que no habia yo probado tan buen vino! Esto es
-un verdadero cordial para los pobres viejos.» Contempló luego el
-pan, y dijo besándole: «Bendito sea Dios.» Dicho esto se lo metió
-en el zurron, y habiéndole instado nosotros para que se lo comiese
-en el acto: «No señores, replicó; el vino era preciso beberlo ó
-dejarlo, mas el pan debo llevarlo á mi casa y partirlo con<span
-class="pagenum" id="Page_27">[p. 27]</span> mi pobre familia.» Sancho
-consultó nuestros ojos, y dió al pobre abundantes fragmentos de la
-comida, bien que con la condicion de que se comeria en el acto una
-parte.</p>
-
-<p>Sentóse pues á poca distancia de nosotros y comió pausadamente,
-con una finura y una sobriedad, que hubieran podido honrar á un
-hidalgo. Yo creí descubrir en él una especie de tranquila dignidad y
-atenta cortesanía, que anunciaban que habia conocido mejores dias;
-pero no habia nada de esto: no tenia mas que la política natural á
-todo español, y aquel aire poético que caracteriza los pensamientos y
-el lenguage de este pueblo vivo é ingenioso. Nuestro peregrino habia
-sido pastor por espacio de cincuenta años, y al presente se hallaba
-desacomodado y<span class="pagenum" id="Page_28">[p. 28]</span> sin
-medios para subsistir. «Cuando yo era jóven, decia, no habia cosa
-alguna capaz de hacerme tomar pesadumbre: hallábame siempre sano y
-contento; mas ahora tengo setenta y nueve años, me veo precisado á
-mendigar el sustento, y ya empiezan á abandonarme las fuerzas.»</p>
-
-<p>Sin embargo, todavía no estaba acostumbrado á la mendiguez; hacia
-poco tiempo que la necesidad le habia obligado á recurrir á tan
-triste y desagradable recurso, y nos hizo una pintura muy patética
-de los combates que habia sostenido su orgullo contra la necesidad.
-Volvia de Málaga sin dinero, hacia mucho tiempo que no habia comido,
-y aun tenia que atravesar una de aquellas vastas llanuras en donde
-se hallan tan pocas habitaciones: muerto casi<span class="pagenum"
-id="Page_29">[p. 29]</span> de debilidad, pidió primeramente á
-la puerta de una venta: <i>Perdone usted por Dios, hermano</i>, le
-contestaron. «Pasé adelante, dijo, con mas vergüenza aun que hambre,
-porque todavía no se hallaba abatido el orgullo de mi corazon. Al
-pasar por un rio, cuyas márgenes estaban muy elevadas y la corriente
-era profunda y rápida, estuve tentado de precipitarme en él. ¿Ã
-qué ha de permanecer sobre la tierra, dije interiormente, un viejo
-miserable como yo? Iba ya á arrojarme; mas Dios iluminó mi corazon y
-me apartó de tan criminal idea. Dirigíme á una casita que se hallaba
-situada á cierta distancia del camino, entréme en el patio; la puerta
-de la casa estaba cerrada, mas habia dos señoritas asomadas á una de
-las ventanas. Las<span class="pagenum" id="Page_30">[p. 30]</span>
-pedí limosna, y—<i>Perdone usted por Dios, hermano</i>, fue otra vez la
-respuesta que recibí, cerrándose al mismo tiempo la ventana. Salíme
-casi arrastrando del patio, pronto ya á desmayarme; y creyendo que
-era llegada mi hora, me dejé caer contra la puerta, me encomendé
-de todo corazon á la Vírgen nuestra señora, y me cubrí la cabeza
-para morir. à pocos minutos llegó el dueño de la casa, y viéndome
-tendido á su puerta, se compadeció de mis canas, me hizo entrar y me
-dió algun alimento, con que pude recobrarme. Ya veis, señores, que
-nunca debe perderse la confianza en la proteccion de la santísima
-Vírgen.»</p>
-
-<p>El anciano se dirigió hácia Archidona, su pais natural, que
-descubríamos á poca distancia en la cima<span class="pagenum"
-id="Page_31">[p. 31]</span> de un monte escarpado, y en el camino
-nos hizo reparar en las ruinas de un antiguo castillo de los moros,
-que habitó uno de sus reyes en tiempo de las guerras de Granada. «La
-reina Isabel, nos dijo, le sitió con un egército poderoso; mas él,
-mirándolo desde lo alto de su fortaleza, se burlaba de sus esfuerzos.
-Entonces se apareció la Vírgen á la reina, y á ella y á sus soldados
-los condujo por un camino misterioso, que nadie hasta entonces habia
-frecuentado ni frecuentó despues. Cuando el moro vió llegar á la
-reina quedó pasmado, y acosando el caballo hácia el precipicio, se
-arrojó en él y se hizo pedazos. Aun se ven á la orilla del peñasco
-las señas de las herraduras, y ustedes mismos pueden descubrir desde
-aquí el camino por<span class="pagenum" id="Page_32">[p. 32]</span>
-donde la reina y el egército subieron á la montaña, que se estiende
-á manera de una cinta á lo largo de sus laderas; mas lo que hay en
-esto de milagroso es, que aunque á cierta distancia puede conocerse,
-desaparece luego que se trata de examinarle de cerca.» El camino
-ideal que el buen pastor nos enseñaba, no era probablemente otra cosa
-que alguna arroyada arenosa, que se distinguia á cierta distancia en
-que la perspectiva disminuía su anchura, y se confundia con el resto
-de la superficie cuando se miraba mas de cerca.</p>
-
-<p>Como con el vino y la buena acogida se habia restablecido el
-anciano, nos refirió otra historia de un tesoro que el rey moro habia
-enterrado bajo el castillo, junto á cuyos ci<span class="pagenum"
-id="Page_33">[p. 33]</span>mientos estaba situada su casa. El cura
-y el boticario del pueblo, habiendo soñado por tres veces en el
-tesoro, hicieron una escavacion en el parage que sus sueños les
-habian indicado, y el yerno de nuestro convidado oyó por la noche el
-ruido de los azadones. Nadie sabe lo que hallaron; pero lo cierto es
-que ellos se hicieron ricos de repente y guardaron su secreto. De
-modo que el viejo pastor se habia visto al umbral de la fortuna; mas
-estaba decretado que él y esta no habian de morar jamas bajo un mismo
-techo.</p>
-
-<p>Tengo observado que las historias de tesoros enterrados por los
-moros corren principalmente entre las gentes mas pobres de España,
-como si la naturaleza quisiese compensar con la sombra la falta de la
-realidad: el<span class="pagenum" id="Page_34">[p. 34]</span> hombre
-sediento sueña arroyos y fuentes cristalinas, el que tiene hambre
-banquetes opíparos, y el pobre montes de oro escondido: no hay cosa
-mas rica que la imaginacion de un mendigo.</p>
-
-<p>La última escena de nuestro viage que referiré, es la noche que
-pasamos en la pequeña ciudad de Loja, célebre plaza fronteriza
-en tiempo de los moros, y en cuyas murallas se estrelló el poder
-de Fernando. De esta fortaleza salió el viejo Aliatar, suegro de
-Boabdil, acompañado de su yerno para la desastrada espedicion, que
-acabó con la muerte del general y la prision del monarca. Está Loja
-en una situacion pintoresca en medio de un desfiladero que sigue las
-márgenes del Genil, circuida de rocas inaccesibles, bosque<span
-class="pagenum" id="Page_35">[p. 35]</span>cillos, prados y jardines.
-Nuestra posada, que en nada desdecia del aspecto del pueblo, la tenia
-una jóven y linda viudita andaluza, cuya basquiña negra de seda
-guarnecida de franjas, dibujaba graciosamente unas formas mórbidas y
-elegantes. Paso firme y ligero, ojos negros y llenos de fuego, y su
-aire de presuncion y su esmerado aliño, manifestaban sobradamente que
-estaba acostumbrada á escitar la admiracion.</p>
-
-<p>Un hermano, que tendria en corta diferencia la misma edad, ofrecia
-con ella el perfecto modelo del majo y la maja andaluces. Era
-alto, robusto y bien dispuesto; color moreno claro, ojos negros y
-brillantes, y patillas castañas y rizadas que se unian por bajo de la
-barba. Ajustaba<span class="pagenum" id="Page_36">[p. 36]</span> su
-cuerpo una chaquetilla de terciopelo verde, adornada de un sinnúmero
-de botoncillos de plata, y por cada una de las faltriqueras asomaba
-la punta de un pañuelo blanco; calzon de la misma tela, con una
-carrera de botones que bajaba desde la cadera á la rodilla; rodeaba
-su cuello un pañuelo de seda color de rosa, que pasando por una
-sortija, bajaba á cruzarse sobre una camisa aplanchada con esmero.
-Llevaba ademas un cinto, lindos botines de hermoso becerro leonado,
-que abiertos hácia la pantorrilla, dejaban ver una media muy fina;
-y en fin, zapatos anteados, que hacian campear con ventaja un pie
-perfecto.</p>
-
-<p>Hallándose este á la puerta llegó un hombre á caballo, y en voz
-baja entabló con él una conversacion que<span class="pagenum"
-id="Page_37">[p. 37]</span> parecia muy séria. Su trage era del mismo
-gusto, y casi tan elegante como el del huésped: podria tener treinta
-años, era alto y fornido, y aunque ligeramente pintado de viruelas,
-no dejaba de haber gracia en sus bellas facciones; su ademan y su
-aire, no solo tenian soltura sino resolucion, y aun osadía. El
-poderoso caballo que montaba, negro como el azabache, estaba adornado
-de gallardos arreos, y llevaba un par de trabucos pendientes del
-arzon trasero. La figura de este hombre me hizo acordar de los
-contrabandistas que habia visto en los montes de Ronda. Conocí que
-tenia íntimas relaciones con el hermano de nuestra huéspeda, y
-tambien pensé, salvo error, que era amante favorecido de la graciosa
-viuda. Con efecto, toda<span class="pagenum" id="Page_38">[p.
-38]</span> la casa y sus habitantes tenian cierto aspecto de
-contrabando: la carabina descansaba en un rincon, junto á la
-guitarra. El referido caballero pasó la noche en la posada, y cantó
-con mucha espresion diferentes romances guerreros de las montañas.
-Estando nosotros cenando, llegaron dos pobres asturianos pidiendo
-un pedazo de pan y un asilo para pasar aquella noche. Habíanlos
-asaltado los ladrones al volver de una feria, y despues de robarles
-el caballo con las mercaderías que llevaba, el dinero y una parte de
-sus vestidos, los habian apaleado porque quisieron defenderse. Mi
-compañero, con la pronta generosidad que le es natural, pidió cena y
-cama para los dos, y les dió el dinero que necesitaban para llegar á
-sus casas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_39">[p. 39]</span></p>
-
-<p>à medida que entraba la noche, iban presentándose en la escena
-nuevos personages. Un hombre alto y gordiflon, de unos sesenta años,
-vino á tomar parte en la alegre cháchara de la huéspeda. Vestia el
-trage ordinario del pais, con la adicion de un enorme sable que
-llevaba bajo el brazo; sus anchos bigotes daban al semblante cierta
-gravedad, que anunciaba una especie de insolente confianza, y al
-parecer le miraban todos con mucho respeto.</p>
-
-<p>Sancho nos dijo al oido que aquel personage era D. Alfonso
-Gutierrez, el héroe y campeon de Loja, célebre por su fuerza
-prodigiosa, y por las muchas hazañas con que se señaló en tiempo
-de la invasion francesa. Con efecto, su lenguage y singulares
-maneras me divertian es<span class="pagenum" id="Page_40">[p.
-40]</span>traordinariamente; porque nuestro hombre era un verdadero
-andaluz, cuya jactancia igualaba cuando menos á su bravura. Iba
-siempre cargado con su sable como una niña con la muñeca; tan pronto
-le tenia en la mano como bajo el brazo, llamábale su <i>santa Teresa</i>,
-y solia decir: «Cuando le saco tiembla la tierra.»</p>
-
-<p>Estuvimos hasta muy tarde oyendo las conversaciones de tan
-diversos personages, que platicaban juntos con toda la franqueza de
-una posada española. Oimos cantares de contrabandistas, historias de
-ladrones, antiguos romances moriscos, y por fin de fiesta, nuestra
-bella huéspeda cantó <i>los infiernos</i>, ó las regiones infernales
-de Loja, que son unas cavernas sombrías, por donde corren y se
-precipitan con espantoso<span class="pagenum" id="Page_41">[p.
-41]</span> estruendo rios y cascadas subterráneas. El vulgo cree que
-desde tiempo de los moros, cuyos reyes tenian sus tesoros en estas
-cuevas, habitan en ellas monederos falsos.</p>
-
-<p>No seria difícil llenar estas páginas de incidentes de nuestra
-espedicion; pero me llaman otros objetos. Viajando de este modo,
-Salimos en fin de los montes para entrar en la hermosa vega de
-Granada. Sentámonos á la orilla de un riachuelo sombreado de
-frondosos olivos, y allí hicimos nuestra última comida á campo raso,
-teniendo á la vista la antigua capital del postrer reino musulman en
-España. Las altas torres de la Alhambra comunicaban á la ciudad un
-interes irresistible, al paso que la Sierra-Nevada descollaba por
-encima de los edificios á ma<span class="pagenum" id="Page_42">[p.
-42]</span>nera de una corona de plata. Brillaba el dia puro y
-despejado, y la fresca brisa de los montes templaba los ardores del
-sol. Cuando hubimos comido tendimos las capas, y disfrutamos por
-última vez del placer de dormir sobre el césped, halagados por el
-blando susurro de las abejas que vagan de flor en flor, y el tierno
-arrullo de las tórtolas que posan en los olivos. Pasadas las horas
-del calor volvimos á emprender la marcha, y despues de haber caminado
-entre vallados de aloes y bananos, y atravesado una multitud de
-jardines, llegamos á la que anochecia á las puertas de Granada.</p>
-
-<p>Ã los ojos del viagero que se halle poseido de un sentimiento de
-predileccion hácia la histórica y poética Alhambra de Granada, es
-este<span class="pagenum" id="Page_43">[p. 43]</span> monumento
-tan venerable como para los peregrinos musulmanes la Kaaba ó casa
-sagrada de Mahoma. ¡Cuántas leyendas y tradiciones verdaderas ó
-fabulosas, cuántos cantares, cuántos romances amorosos ó heroicos,
-españoles ó árabes tienen por objeto este edificio encantado!
-¡Figúrese pues el lector cuál seria nuestro alborozo, cuando á
-poco de haber llegado á Granada, nos permitió el gobernador de la
-Alhambra que habitásemos los aposentos que tenia desocupados en aquel
-palacio de los reyes moros! Los siguientes rasgos son el fruto de
-mis investigaciones y meditacion durante esta deliciosa permanencia;
-y si pudiesen comunicar á la imaginacion del lector una parte del
-misterioso interes que inspiran los sitios donde fueron traza<span
-class="pagenum" id="Page_44">[p. 44]</span>dos, yo sé que habia de
-lastimarse de no haber pasado un verano conmigo en aquellos salones
-de la Alhambra, tan fecundos en memorias maravillosas.</p>
-
-<div class="figmotivo">
- <img src="images/motivo.jpg"
- alt="Ilustración ornamental de fin de capítulo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Cap2">
- <p><span class="pagenum" id="Page_45">[p. 45]</span></p>
- <div class="figornam">
- <img src="images/cap2.jpg"
- alt="Ilustración de inicio de capítulo" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">Gobierno de la Alhambra.</h2>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Es la</span> Alhambra una fortaleza antigua, ó
-un palacio fortificado, desde cuya morada dominaban los reyes moros
-de Granada su ponderado paraiso terrenal, y en donde estuvo la última
-silla de su imperio en Es<span class="pagenum" id="Page_46">[p.
-46]</span>paña. El palacio forma solo una parte de la fortaleza,
-cuyas almenadas murallas se estienden en direccion irregular en
-derredor de la cresta de una elevada colina que se desprende de la
-cadena de montes nevados y domina la ciudad. En tiempo de los moros
-podia esta fortaleza contener en su recinto un egército de cuarenta
-mil hombres, y no pocas veces sirvió á los soberanos de asilo contra
-sus vasallos sublevados. Despues de haber pasado el reino á manos
-de los cristianos, siguió la Alhambra siendo una morada real, y la
-habitaron algunas veces los monarcas castellanos. Cárlos V comenzó á
-levantar un palacio dentro de sus muros; mas los repetidos terremotos
-no dejaron llevar adelante esta empresa. Los últimos reyes que
-habita<span class="pagenum" id="Page_47">[p. 47]</span>ron este
-edificio, fueron Felipe V y su esposa la reina Isabel de Parma, al
-principio del siglo diez y ocho.</p>
-
-<p>Hiciéronse grandes preparativos para recibirlos, se reparó el
-palacio y los jardines, y se construyeron nuevas habitaciones, que
-fueron ricamente adornadas por artistas italianos. Mas á pesar de
-todo, despues de la mansion pasagera de estos príncipes, la Alhambra
-quedó de nuevo desierta y desolada, si bien se conservaba siempre en
-ella un estado militar y guarnicion bastante numerosa. El gobernador
-era nombrado directamente por el rey, y su jurisdiccion se estendia
-hasta los arrabales de la ciudad, sin ninguna dependencia del capitan
-general de Granada. Habitaba la parte que corresponde á la fachada
-del antiguo<span class="pagenum" id="Page_48">[p. 48]</span>
-palacio, y jamas bajaba á Granada sin algun aparato militar. La
-fortaleza era en efecto una pequeña ciudad, pues que contenia muchas
-calles, un convento de franciscos y una iglesia parroquial.</p>
-
-<p>Pero el abandono de la córte fue un golpe fatal para la Alhambra:
-sus hermosas salas fueron deteriorándose de dia en dia, quedando
-muchas del todo arruinadas; destruyéronse los jardines, y las fuentes
-cesaron de correr. Un enjambre de vagabundos se fue apoderando poco
-á poco de las partes desiertas de los edificios; los contrabandistas
-se aprovechaban de la independencia de su jurisdiccion para seguir
-con seguridad sus criminales operaciones; los ladrones, los pícaros
-de todas clases se refugiaban en su re<span class="pagenum"
-id="Page_49">[p. 49]</span>cinto, y dirigian desde allí sus tiros
-sobre Granada y sus inmediaciones. Por fin, puso el gobierno la mano,
-y desapareció este desórden: la plaza fue enteramente purificada,
-quedando solo en ella aquellos moradores de notoria honradez, y
-cuyo derecho de residencia era incontestable; demoliéronse la mayor
-parte de las casas, y únicamente se conservó una pequeña aldea, el
-convento y la parroquia. Durante las últimas guerras de la península,
-habiendo ocupado los franceses á Granada, pusieron una guarnicion en
-la Alhambra: alojóse el comandante en el palacio, y este monumento
-de la grandeza y de la elegancia de los moros, se salvó entonces de
-una completa devastacion por efecto de aquel gusto ilustrado que
-distingue<span class="pagenum" id="Page_50">[p. 50]</span> á la
-nacion francesa. Se repararon los techos, y lo que quedaba de las
-salas y las galerías fue puesto á cubierto de la injuria del tiempo;
-se cultivaron los jardines, pusiéronse corrientes los conductos del
-agua, y volvió á saltar esta en medio de las flores: de modo que
-España debe á sus invasores la conservacion del mas hermoso y mas
-interesante de sus monumentos históricos.</p>
-
-<p>Antes de evacuar la fortaleza, volaron los franceses muchas torres
-de la muralla esterior é inutilizaron las fortificaciones; y como
-desde entonces no existe ya la importancia militar de esta plaza, su
-guarnicion consiste únicamente en algunos inválidos, cuyo principal
-servicio está reducido á guardar las torres esteriores, que suelen
-servir para pri<span class="pagenum" id="Page_51">[p. 51]</span>sion
-de reos de estado. El mismo gobernador ha abandonado ya las alturas
-de la Alhambra y vive en el centro de Granada, en donde le es mucho
-mas fácil comunicarse con el gobierno.</p>
-
-<p>No puedo terminar esta breve noticia sin dar testimonio de la
-exactitud y laudable celo con que el actual comandante de la Alhambra
-D. Francisco de la Serna, llena los deberes de su destino, y emplea
-los cortos recursos de que puede disponer en reparar las ruinas del
-palacio, y retardar por medio de sabias precauciones una ruina que
-por desgracia es sobrado cierta. Si hubiesen hecho otro tanto sus
-predecesores, este monumento conservaria aun casi toda su belleza
-primitiva, y si el gobierno ausiliase los buenos deseos de<span
-class="pagenum" id="Page_52">[p. 52]</span> este benemérito oficial,
-aquellos preciosos vestigios adornarian aun el pais por largo tiempo,
-y de todos los puntos de la tierra conducirian á él á los curiosos
-ilustrados.</p>
-
-<div class="figmotivo">
- <img src="images/motivo.jpg"
- alt="Ilustración ornamental de fin de capítulo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Cap3">
- <p><span class="pagenum" id="Page_53">[p. 53]</span></p>
- <div class="figornam">
- <img src="images/cap3.jpg"
- alt="Ilustración de inicio de capítulo" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">Interior de la Alhambra.</h2>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Son tantas</span> y tan minuciosas las
-descripciones que se han hecho de la Alhambra, que sin duda bastarán
-algunos rasgos generales para refrescar la memoria del lector.
-Voy pues á referir sucintamente la visita<span class="pagenum"
-id="Page_54">[p. 54]</span> que hicimos á este monumento la mañana
-inmediata á nuestra llegada á Granada.</p>
-
-<p>Habiendo salido del meson de la Espada, en donde parábamos,
-atravesamos la célebre plaza de Vivarrambla, teatro en otros tiempos
-de justas y torneos, y trasformada ahora en mercado muy concurrido.
-De allí pasamos al Zacatin, cuya calle principal era en tiempo de los
-moros un gran mercado: sus pequeñas tiendas y angostos soportales
-conservan aun el carácter oriental. Despues de haber cruzado la plaza
-donde se halla el palacio del capitan general, subimos una calle
-tortuosa y no muy ancha, cuyo nombre recuerda los dias caballerescos
-de Granada; á saber, la calle de los Gomeles, así llamada de una
-tribu famosa<span class="pagenum" id="Page_55">[p. 55]</span> en
-las crónicas y en los romances, la cual conduce á una puerta de
-arquitectura griega, edificada por Cárlos V, que da entrada á los
-dominios de la Alhambra.</p>
-
-<p>Dos ó tres veteranos, sentados en un banco de piedra, reemplazaban
-á los zegries y abencerrages; y el canoso centinela estaba hablando
-con un ganapan alto y seco, cuyo pardo y raido capote cubria apenas
-el resto de unos vestidos mas miserables todavía, el cual luego que
-nos descubrió se vino á nosotros, ofreciéndose á acompañarnos y
-enseñarnos la fortaleza.</p>
-
-<p>Yo he mirado siempre á los <i>Ciceroni</i> con cierta repugnancia de
-viagero, y el aspecto de este no me inclinaba ciertamente á hacer una
-escepcion en su favor.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_56">[p. 56]</span></p>
-
-<p>«¿Sin duda, le dije, conocereis muy bien el edificio?</p>
-
-<p>—Palmo por palmo, señor; como que soy hijo de la Alhambra.»</p>
-
-<p>No puede negarse, que los españoles tienen un modo de espresarse
-muy poético. ¡Hijo de la Alhambra! Este título hirió mi imaginacion,
-los andrajos de mi interlocutor adquirieron á mis ojos cierta
-dignidad, pareciéronme el justo emblema de la vária fortuna del
-sitio, y por otra parte, cuadraban perfectamente á la progenitura de
-unas ruinas.</p>
-
-<p>Le hice algunas preguntas, y quedé convencido de que tenia un
-derecho legítimo al título que tomaba: su familia habitaba la
-fortaleza desde el tiempo de la conquista, y él se llamaba Mateo
-Gimenez.</p>
-
-<p>«¿Seréis tal vez, le pregunté, al<span class="pagenum"
-id="Page_57">[p. 57]</span>gun pariente del gran cardenal Gimenez?</p>
-
-<p>—Quién sabe, señor; todo podria ser.... lo que no cabe duda es
-que somos la familia mas antigua de la Alhambra, cristianos viejos
-sin mezcla de moro ni judío. Yo sé que pertenecemos á una gran casa,
-pero no me acuerdo cuál: mi padre lo sabe todo, y conserva nuestro
-blason colgado á la pared de su cabaña, que está en lo mas alto de la
-fortaleza.» Estas razones, y el primer título que se habia dado el
-andrajoso hidalgo me cautivaron de modo, que desde luego acepté con
-gusto los servicios del hijo de la Alhambra.</p>
-
-<p>Entramos en un angosto y profundo barranco lleno de bosquecillos
-y cubierto de verdura. Atravesábale una avenida rápida, y cortábanle
-en<span class="pagenum" id="Page_58">[p. 58]</span> todas
-direcciones varios senderos tortuosos, adornados de fuentes y bancos
-de piedra. Ã la izquierda se elevaban por encima de nuestras cabezas
-las torres de la Alhambra, y á la derecha, por la parte opuesta del
-barranco, nos dominaban otras no menos altas, edificadas sobre la
-peña viva: estas eran las <i>Torres bermejas</i>, llamadas así á causa
-de su color. Nadie conoce su orígen, si bien se sabe que son mucho
-mas antiguas que la Alhambra: algunos las suponen construidas por
-los romanos, y otros las creen obra de una colonia errante de los
-fenicios. Subiendo la sombría y rápida avenida, llegamos al pie de
-una torre cuadrada, que es la entrada principal de la fortaleza.
-Allí encontramos otro grupo de inválidos, uno de los cuales estaba
-de<span class="pagenum" id="Page_59">[p. 59]</span> centinela bajo
-el arco de la puerta, en tanto que los demas dormian sobre los bancos
-de piedra, envueltos en sus capas. Llámase á esta la <i>puerta del
-Juicio</i>, porque durante la dominacion de los moros se reunia bajo su
-pórtico el tribunal que juzgaba inmediatamente las causas de poca
-entidad. Esta costumbre, comun á todo el oriente, se halla consignada
-en muchos pasages de la Escritura.</p>
-
-<p>El gran vestíbulo ó pórtico lo forma un arco inmenso que se
-eleva casi hasta la mitad de la torre. Sobre la piedra fundamental
-de la bóveda esterior esta esculpida una mano gigantesca, y en
-la correspondiente de la parte interior se ve representada del
-mismo modo una enorme llave. Los que creen tener algun<span
-class="pagenum" id="Page_60">[p. 60]</span> conocimiento de los
-símbolos mahometanos, dicen que la mano es el emblema de la doctrina,
-y la llave el de la fe; añadiendo que este último signo era el
-distintivo constante de los estandartes musulmanes cuando subyugaron
-la Andalucía. Mas el hijo legítimo de la Alhambra esplicaba la cosa
-de otro modo.</p>
-
-<p>Segun Mateo, que se apoyaba en la autoridad de una tradicion
-trasmitida de padres á hijos desde los primeros habitantes de la
-fortaleza, la mano y la llave eran figuras mágicas, y pendia de
-ellas la suerte de la Alhambra. El rey moro que hizo construir este
-edificio, mágico famoso, y que aun, segun la opinion de muchos,
-habia vendido su alma al diablo, puso la fortaleza bajo el influjo
-de un encanto, en fuerza del<span class="pagenum" id="Page_61">[p.
-61]</span> cual ha resistido siglos enteros á los asaltos y
-terremotos que han destruido la mayor parte de los edificios
-moriscos; y es fama comun que el encanto conservará toda su virtud
-hasta el momento en que la mano se baje de tal modo que llegue á
-tocar la llave, en cuyo acto se hundirá la Alhambra, y quedarán de
-manifiesto los tesoros de los reyes moros que están enterrados bajo
-sus moles.</p>
-
-<p>Sin embargo de esta espantosa prediccion, nosotros pasamos sin
-vacilar por bajo del arco encantado.</p>
-
-<p>Desde allí, por un camino angosto y sinuoso practicado entre las
-murallas, subimos á una esplanada interior, llamada la <i>plaza de los
-Algibes</i>, en razon de unos grandes depósitos de agua abiertos en la
-peña,<span class="pagenum" id="Page_62">[p. 62]</span> y tambien hay
-un pozo inmenso que da un agua sobremanera fresca y cristalina. Estas
-obras prueban la esquisita voluptuosidad de los árabes, y lo mucho
-que apreciaban obtener este elemento en toda su pureza.</p>
-
-<p>En frente de esta esplanada se halla el palacio de Cárlos V, que
-debia eclipsar segun dicen á la antigua mansion de los reyes moros.
-Mas á despecho de su magnificencia y de una arquitectura que no
-carece de mérito, este monumento no parece otra cosa que un intruso
-orgulloso; y de ahí es que mi compañero y yo pasamos por delante sin
-detenernos, y nos dirigimos á la sencilla puerta por donde se penetra
-en el palacio antiguo.</p>
-
-<p>La transicion es casi mágica: creí<span class="pagenum"
-id="Page_63">[p. 63]</span>monos trasportados de repente á otros
-parages y á otro siglo, y que íbamos á presenciar las escenas que
-refiere la historia de los árabes. Nos hallamos en un gran patio
-pavimentado de mármol blanco, y decorado á sus ángulos con ligeros
-perístilos moriscos. Era el patio de la Alberca ó del gran Vivero, y
-ocupaba su centro un estanque de ciento treinta pies de largo, lleno
-de peces y circuido de rosales.</p>
-
-<p>Al estremo superior de este patio se halla la torre de Comáres;
-pero nosotros, dirigiéndonos al lado opuesto, entramos por un
-pasadizo cubierto en el célebre <i>patio de los Leones</i>. Ninguna parte
-del edificio da una idea tan completa de su antigua magnificencia;
-porque ninguna ha sufrido menos los estragos del tiem<span
-class="pagenum" id="Page_64">[p. 64]</span>po. Vese en el centro
-aquella fuente, tan famosa en la historia y en los cantos populares;
-las tazas de alabastro derraman de continuo una lluvia de líquidos
-diamantes, y los doce leones arrojan por las narices torrentes de
-agua cristalina lo mismo que en los dias de Boabdil. El patio se
-halla cubierto de flores y rodeado de ligeros arcos, adornados de
-esculturas y filigranas de una labor tan delicada como el encage,
-y sostenidos sobre delgadísimas columnas de mármol blanco. La
-arquitectura, lo mismo que la del resto del palacio, tiene mas
-elegancia que grandeza, y está indicando un gusto blando y delicado,
-y cierta disposicion á los placeres de la indolencia. Cuando se
-dirige la vista á aquellos pórticos aéreos con sus frágiles apo<span
-class="pagenum" id="Page_65">[p. 65]</span>yos, que parecen obra de
-las hadas, apenas puede concebirse cómo el tiempo, los temblores de
-tierra, el abandono y la rapiña de los viageros curiosos, no menos
-temible que la de los guerreros, ha perdonado una parte tan grande
-de este monumento: estas reflexiones podrian casi hacer admitir la
-tradicion que le supone protegido por un encanto. Ã un lado del
-patio, por una puerta ricamente adornada, se entra á una gran pieza
-embaldosada de mármol blanco, llamada la <i>sala de las dos hermanas</i>.
-Una cúpula abierta da paso al aire esterior, y deja penetrar una
-luz templada; la parte inferior de las paredes está incrustada de
-hermosos azulejos moriscos, en los cuales se ven los escudos de armas
-de los reyes moros; la su<span class="pagenum" id="Page_66">[p.
-66]</span>perior se halla revestida de aquel hermoso estuco inventado
-en Damasco, compuesto de grandes chapas vaciadas y unidas con tanto
-arte, que parece se hayan esculpido en el mismo sitio los elegantes
-relieves y caprichosos arabescos que en ellas se ven entrelazados
-con testos del alcorán é inscripciones árabes. Los adornos de las
-paredes y de la cúpula están ricamente dorados, y sus intersticios
-revestidos de lapislázuli y otros colores hermosos y permanentes. Ã
-uno y otro lado de la sala están las alcobas destinadas á contener
-las otomanas ó lechos orientales. Sobre un pórtico interior corre una
-galería que comunica con la vivienda de las mugeres; y todavía se ven
-allí las celosías por donde las lindas odaliscas del harem podian ver
-sin<span class="pagenum" id="Page_67">[p. 67]</span> ser vistas las
-fiestas de la sala inferior.</p>
-
-<p>Es imposible contemplar aquella antigua y privilegiada mansion de
-los árabes, aquel palacio donde las costumbres orientales desplegaron
-todo su esplendor y elegancia, sin que se renueven en la imaginacion
-las antiguas escenas que se han leido en las novelas: casi espera uno
-ver la blanca mano de una princesa que hace señas desde un balcon, ó
-bien unos ojos negros que lanzan miradas de fuego al traves de una
-celosía. El asilo de la hermosura existe aun allí como si lo hubiesen
-habitado ayer; mas ¿qué se han hecho las Zoraidas y Lindaraxas?</p>
-
-<p>Al lado opuesto del patio de los Leones está la <i>sala de los
-Abencerrages</i>, llamada así en memoria de los valientes caballeros de
-aquella<span class="pagenum" id="Page_68">[p. 68]</span> ilustre
-familia que fueron degollados en este sitio. No falta quien ponga
-en duda la verdad de esta historia en todos sus pormenores; pero
-nuestro humilde guia nos enseñó la portezuela por donde los hicieron
-entrar uno á uno, y la fuente de mármol blanco que existe en medio
-de la sala, en cuya taza cayeron sus cabezas; haciéndonos ademas
-observar en el pavimento ciertas manchas rogizas, las cuales nos
-dijo eran los rastros de su sangre, que jamas han podido borrarse;
-y persuadido de que le escuchábamos con fácil credulidad, añadió
-que algunas noches se percibia en el patio de los Leones un rumor
-sordo y confuso como el murmullo de una multitud, al que se unia de
-cuando en cuando un crujido semejante al estrépito de cadenas<span
-class="pagenum" id="Page_69">[p. 69]</span> oido á cierta distancia.
-Es muy probable que estos ruidos provengan de las corrientes de agua
-que por diferentes cañerías pasan por bajo el piso para alimentar las
-fuentes; mas el hijo de la Alhambra los atribuía á las almas de los
-abencerrages degollados, que vagan durante la noche por el teatro de
-su suplicio, é imploran la venganza divina sobre su asesino.</p>
-
-<p>Del patio de los Leones volvimos atras, y cruzando de nuevo el
-de la Alberca, llegamos á la torre de Comáres, que lleva el nombre
-del arquitecto que la construyó. Es fuerte, sólida, de atrevida
-elevacion, y domina todo el edificio y el lado mas escarpado de
-la colina, que baja rápidamente hasta la orilla del Darro. Por un
-cobertizo pasamos al salon inmenso que ocupa el interior de la<span
-class="pagenum" id="Page_70">[p. 70]</span> torre, el cual era la
-sala de audiencia de los reyes de Granada, y se llama por esta razon
-la <i>sala de los Embajadores</i>. Todavía se descubren en él algunos
-vestigios de su antigua magnificencia: las paredes están adornadas
-de ricos arabescos de estuco; y en el techo, cimbrado de madera de
-cedro, que por la mucha elevacion apenas se distingue, brillan los
-hermosos dorados y ricas tintas del pincel árabe. Por tres lados del
-salon hay ventanas abiertas en el inmenso espesor de las paredes,
-y desde sus balcones, que dan á las frondosas márgenes del Darro,
-y á las calles y conventos del Albaicin, se descubre á lo lejos la
-vega.</p>
-
-<p>Bien pudiera yo describir prolijamente otras piezas elegantes
-como son el <i>Tocador de la reina</i>, que es<span class="pagenum"
-id="Page_71">[p. 71]</span> un mirador abierto en lo mas alto de una
-torre, adonde solia subir la sultana á respirar la brisa refrigerante
-de los montes, y gozar de la vista de aquel paraiso que rodea el
-palacio; el pequeño patio retirado ó jardin de Lindaraxa con su
-fuente de alabastro, sus rosales y sus bosquecillos de mirtos y
-limoneros; y en fin, las salas y grutas de los baños, en donde la
-claridad y el calor del dia quedan reducidos á una luz misteriosa y
-una temperatura suave; mas no quiero detenerme en dar una relacion
-circunstanciada de estos objetos, porque mi idea en este momento se
-limita á introducir al lector en una mansion, que si quiere podrá
-recorrer conmigo durante todo el curso de esta obra, hasta irse
-familiarizando con sus localidades.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_72">[p. 72]</span></p>
-
-<p>Diferentes acueductos de construccion árabe conducen de las
-montañas el agua que circula en abundancia por todo el palacio,
-llena los baños y los estanques, salta en medio de los salones y
-murmura bajo los enlosados de mármol. Cuando ha pagado su tributo
-á la mansion de los reyes y visitado sus prados y jardines,
-desciende en riachuelos y fuentes innumerables por los lados de la
-alameda que conduce á la ciudad, y mantiene en perpetua primavera
-los bosquecillos que embellecen y dan sombra á la colina de la
-Alhambra.</p>
-
-<p>Se necesita haber habitado en los climas ardientes del mediodía
-para conocer todo el precio de un retiro, en donde los vientos
-frescos y suaves de los montes se unen á<span class="pagenum"
-id="Page_73">[p. 73]</span> la frondosa verdura de los valles.</p>
-
-<p>Entre tanto que la parte baja de la ciudad desfallece abrasada por
-los rayos de un sol devorador, y mientras la hermosa vega se mira
-agostada por un ardor sofocante, las frescas brisas de Sierra-Nevada
-juguetean en las altas salas de la Alhambra, difundiendo por todo su
-recinto los suaves aromas de los jardines que la rodean. Todo convida
-allí á aquel reposo profundo que constituye el mayor recreo en los
-paises meridionales; los medio cerrados ojos distinguen por entre los
-sombríos balcones el risueño paisage, y se gozan en aquella vista
-deleitosa, hasta que halagados por el manso ruido de los árboles y el
-suave murmullo de las aguas, se quedan dulcemente dormidos.</p>
-
-<div class="figmotivo">
- <img src="images/motivo.jpg"
- alt="Ilustración ornamental de fin de capítulo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Cap4">
- <p><span class="pagenum" id="Page_74">[p. 74]</span></p>
- <div class="figornam">
- <img src="images/cap4.jpg"
- alt="Ilustración de inicio de capítulo" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">Economía doméstica.</h2>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">Tiempo</span> es ya de dar alguna idea del
-método de vida que establecí en esta singular habitacion. El palacio
-de la Alhambra está al cuidado de una buena vieja llamada D.ª
-Antonia Molina; pero mas conocida con el nom<span class="pagenum"
-id="Page_75">[p. 75]</span>bre familiar de <i>la tia Antonia</i>. Esta
-procura tener en buen estado las salas y jardines, y enseñarlos á
-los curiosos; y en recompensa recibe los regalos de los viageros y
-dispone de todo el producto de los jardines, escepto el tributo de
-frutas y flores que envia de cuando en cuando al gobernador. Esta
-buena muger y su familia, compuesta de un sobrino y una sobrina,
-hijos de dos hermanos suyos, habitan un ángulo del palacio. El
-sobrino Manuel Molina, es un jóven de carácter sólido y de una
-gravedad verdaderamente española. Despues de haber servido algun
-tiempo en España y en América, dejó la carrera militar y se puso
-á estudiar medicina, con la esperanza de ser un dia médico de la
-Alhambra, plaza que cuando menos vale tres<span class="pagenum"
-id="Page_76">[p. 76]</span> mil reales al año. En cuanto á la sobrina
-es una andalucilla fresca y rolliza, de ojos negros y gesto risueño,
-que aunque se llama Dolores, desmiente con su alegre afabilidad la
-tristeza de este nombre. Esta jóven es la heredera declarada de todos
-los bienes de su tia, que consisten en algunas bicocas de lo interior
-del fuerte, cuyo alquiler produce cerca de tres mil reales. Desde los
-primeros dias de mi residencia en la Alhambra, ya descubrí yo que un
-amor discreto unia al prudente Manuel y á su vivaracha prima, los
-cuales solo esperaban para ver colmados sus votos la dispensa del
-Papa, precisa á causa del parentesco, y el título que debia dar al
-futuro el carácter de doctor.</p>
-
-<p>Concerté con la señora Antonia<span class="pagenum"
-id="Page_77">[p. 77]</span> todo lo relativo á mi habitacion y
-asistencia, y quedó convenido que la gentil Dolores cuidaria de
-mi aposento y me serviria á la mesa. Tenia ademas á mis órdenes
-un muchacho alto, rojo y tartamudo llamado Pepe, que trabajaba de
-ordinario en el jardin, y que me hubiera servido de criado con la
-mejor voluntad, á no haberle ganado por la mano Mateo Gimenez, el
-hijo de la Alhambra. Este despejado y oficioso personage, sin saber
-cómo, habia conseguido no separarse de mí desde nuestro primer
-encuentro; se entrometia en todos mis planes, y al fin logró ser
-admitido en debida forma como ayuda de cámara, <i>Cicerone</i>, guia
-y escudero-historiógrafo. Habíame sido preciso mejorar el estado
-de su guardaropa para que no afrentase al<span class="pagenum"
-id="Page_78">[p. 78]</span> amo en el desempeño de sus diversas
-funciones; y en consecuencia, bien como la serpiente deja la piel,
-habia él dejado la vieja capa parda, y con no poca sorpresa de sus
-camaradas, se presentaba en la fortaleza con una chaqueta y un
-sombrero andaluz muy graciosos. El principal defecto de Mateo era
-un celo escesivo y un deseo inquieto de ser útil, con que llegaba
-á hacerse importuno. Como no dejaba de conocer que casi me habia
-forzado á admitirle en mi servicio, y que mis costumbres sencillas y
-tranquilas hacian de su empleo un beneficio simple; daba tormento á
-su ingenio para hallar medios de hacerse necesario á mi bien estar
-interior. En cierto modo era yo víctima de su solicitud, porque no
-podia poner el pie en el um<span class="pagenum" id="Page_79">[p.
-79]</span>bral del palacio para salir á dar un paseo por la
-fortaleza, sin verle luego á mi lado para esplicarme todo lo que
-se presentase, y si me resolvia recorrer las colinas inmediatas,
-se empeñaba en seguirme para servirme de guarda; bien que yo estoy
-íntimamente convencido de que en caso de algun ataque, antes hubiera
-apelado á la ligereza de los pies que á la fuerza de los brazos.
-Con todo eso el pobre mozo era algunas veces divertido: sencillo,
-siempre de buen humor, y parlanchin como un barbero de lugar, está
-al corriente de todos los chismes del pueblo; pero lo que le da mas
-orgullo es el tesoro de noticias locales que posee. No existe en la
-fortaleza una sola torre, una puerta, una bóveda de la que no sepa
-una historia llena de prodi<span class="pagenum" id="Page_80">[p.
-80]</span>gios, y creida por él como artículo de fe. La mayor parte
-de estas consejas las ha heredado de su abuelo, un sastrecillo
-hablantin y novelero, que habiendo vivido cerca de cien años, solo
-dejó dos veces el recinto de la fortaleza. Su tienda fue por mas de
-un siglo el punto de reunion de un enjambre de venerables chuzonas,
-que pasaban allí una parte de la noche hablando de los tiempos
-antiguos, de los acontecimientos maravillosos y de los misterios
-del edificio. Toda la vida, las acciones, los pensamientos del
-sastrecillo historiador habian quedado encerrados en los muros de la
-Alhambra: aquellos muros le vieron nacer, crecer y envejecer; allí
-halló su existencia, allí murió y allí fue enterrado. Mas felizmente
-para la<span class="pagenum" id="Page_81">[p. 81]</span> posteridad,
-sus tradiciones no murieron con él: el auténtico Mateo, cuando era
-mozalvete, escuchaba embelesado las narraciones de su abuelo y de
-las viejas que formaban su tertulia, y de este modo acumuló en su
-cabeza un tesoro de conocimientos verdaderamente preciosos sobre la
-Alhambra: conocimientos que no se hallan en ningun libro, y que en
-realidad son dignos de la atencion de todo viagero curioso. Tales
-eran los personages que contribuían á hacer cómoda y agradable mi
-vida doméstica de la Alhambra; y yo creo que ninguno de los soberanos
-cristianos ó musulmanes que me precedieron en aquel palacio, fue
-servido con mas fidelidad, ni gozó de un imperio mas pacífico.</p>
-
-<p>Luego que me levantaba, Pepe,<span class="pagenum"
-id="Page_82">[p. 82]</span> el jardinero tartamudo, me traía flores
-acabadas de coger, y la diestra mano de Dolores, que no dejaba de
-tener cierto orgullo mugeril en la decoracion de mi cuarto, las
-colocaba luego en jarros dispuestos al intento. Almorzaba y comia
-segun el humor que reinaba, ya en una de las salas, ya bajo los
-pórticos del patio de los Leones, rodeado de flores y de fuentes;
-y cuando deseaba correr la campiña, mi infatigable escudero me
-acompañaba á los parages mas pintorescos de los montes ó valles
-inmediatos, refiriéndome en cada uno de estos puntos alguna aventura
-maravillosa de que habia sido teatro. No obstante mi aficion á
-la soledad, solia interrumpir la uniformidad de la mia, pasando
-algunos ratos con la familia de Doña Antonia,<span class="pagenum"
-id="Page_83">[p. 83]</span> que se reunia de ordinario en una antigua
-cámara morisca que servia de cocina y de salon. à un estremo de la
-pieza estaba una chimenea groseramente construída, cuyo humo habia
-tiznado las paredes, y borrado casi del todo los arabescos; al otro
-habia un balcon que caía á la orilla del Darro, y daba libre entrada
-á la fresca brisa de la noche. Allí pues hacia yo mi frugal cena,
-compuesta de frutas y leche, entreteniéndome al mismo tiempo con
-la conversacion de aquellas buenas gentes. Nunca deja de hallarse
-entre los españoles lo que ellos llaman ingenio natural; y de ahí
-es que cualquiera que sea su educacion y su clase, siempre su
-conversacion es interesante y agradable; á lo cual debe añadirse,
-que merced á cierta dig<span class="pagenum" id="Page_84">[p.
-84]</span>nidad inherente al carácter, nunca son bajos sus modales.
-La buena tia Antonia es una muger de no menos ingenio que juicio,
-aunque sin ninguna especie de cultura; y la graciosa Dolores, que
-en todo el discurso de su vida no habia leido cuatro volúmenes,
-ofrecia una reunion interesante de sencillez y agudeza, y muchas
-veces me dejaba admirado con sus discretas ocurrencias. Algunas
-noches el sobrino, con el conocido objeto de instruir y agradar á
-su primita, nos leía una comedia de Calderon ó Lope de Vega; mas
-con grande mortificacion suya, la muchacha solia quedarse dormida
-antes de concluirse el primer acto. De cuando en cuando recibia la
-tia Antonia á sus humildes amigos y dependientes las mugeres de
-los invá<span class="pagenum" id="Page_85">[p. 85]</span>lidos y
-los habitantes de la aldea, todos los cuales miraban con el mayor
-respeto á la intendenta del palacio, la hacian la córte, y la
-participaban las noticias de la fortaleza y las novedades que corrian
-por Granada, cuando llegaban por casualidad á sus oidos. En estos
-corrillos de viejas he aprendido yo muchas veces hechos curiosos,
-que me han ilustrado mucho sobro las costumbres del pueblo español,
-instruyéndome en ciertas particularidades muy interesantes de los
-usos locales. Que se me perdone pues la relacion de estas sencillas
-diversiones, que tal vez parecerá insignificante á los que no conocen
-el embeleso que las daban á mis ojos los sitios en donde pasaban.
-Hallábame en un suelo encantado y rodeado de recuerdos roman<span
-class="pagenum" id="Page_86">[p. 86]</span>ticos. Salido apenas de
-la infancia, recorrí en las riberas del Hudson una antigua historia
-de las guerras de Granada, y esta ciudad se hizo el objeto de
-mis dulces delirios. Desde aquel momento mi imaginacion me habia
-trasportado mil veces á los salones de la Alhambra, y al verme ahora
-en ellos, bastaba apenas el testimonio de mis sentidos á persuadirme
-que se hubiese realizado para mí un verdadero castillo en España<a
-id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a>. ¿Me
-hallo efectivamente, decia, en el palacio de Boabdil? ¿Es aquella
-Granada tan célebre en los fastos de la caballería, la que distingo
-desde este elevado balcon? Sí,<span class="pagenum" id="Page_87">[p.
-87]</span> no es ilusion: recorro á mi placer estos salones
-orientales, oigo el murmullo de las fuentes, respiro la fragancia de
-las rosas, cedo á la influencia de esta atmósfera embalsamada, y casi
-me persuado que me hallo en el paraiso de Mahoma, y que la tierna y
-graciosa Dolores es una de las hurís de brillantes ojos, destinadas á
-hacer la felicidad de los verdaderos creyentes.</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p id="Footnote_1"><span class="label"><a
-href="#FNanchor_1">[1]</a></span> Esto alude á la frase francesa:
-<i>Faire des châteaux en Espagne</i>, que equivale á la castellana: <i>Hacer
-castillos en el aire</i>.</p>
-
-</div>
-
-<div class="figmotivo">
- <img src="images/motivo.jpg"
- alt="Ilustración ornamental de fin de capítulo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Cap5">
- <p><span class="pagenum" id="Page_88">[p. 88]</span></p>
- <div class="figornam">
- <img src="images/cap5.jpg"
- alt="Ilustración de inicio de capítulo" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">Tradiciones locales.</h2>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">El pueblo</span> español tiene una pasion
-oriental á los cuentos, y señaladamente á los que refieren
-acontecimientos maravillosos. Es muy comun en España el ver á las
-gentes vulgares reunidas en un corro á la<span class="pagenum"
-id="Page_89">[p. 89]</span> puerta de sus cabañas, ó bajo las
-inmensas campanas de las chimeneas de las ventas, escuchando
-embelesadas las leyendas en que se trata de las peligrosas
-aventuras de los viageros, ó de las refriegas de los ladrones y
-contrabandistas. Pero los temas favoritos de estas historias son los
-tesoros escondidos por los moros: al atravesar aquellas montañas
-desiertas, teatro otro tiempo de tantos combates gloriosos, no
-encuentra el viagero una sola atalaya puesta sobre un pico elevado en
-medio de las rocas, ó dominando un lugarejo que parece abierto á pico
-en la peña, sin que el mozo que le acompaña no se quite el cigarro
-de la boca para referirle alguna conseja de las monedas árabes que
-están enterradas bajo sus cimientos. Ni se halla tampoco<span
-class="pagenum" id="Page_90">[p. 90]</span> un solo alcázar en las
-ciudades que no tenga tambien su historia dorada, trasmitida entre
-los pobres del pueblo de generacion en generacion.</p>
-
-<p>Estas tradiciones, como la mayor parte de las fábulas populares,
-deben su orígen á algunos hechos verdaderos. Durante las guerras
-de moros y cristianos, que afligieron por tanto tiempo el pais,
-los castillos y las ciudades mudaban de dueño con gran frecuencia,
-y sus habitantes cuando se veían sitiados, solian enterrar sus
-alhajas y dinero en las cuevas y en los pozos, como se practica aun
-en las naciones guerreras del oriente. En la época de la espulsion
-de los moros, muchos de ellos escondieron los efectos mas preciosos
-que poseían, con la esperanza de regresar muy pronto á su<span
-class="pagenum" id="Page_91">[p. 91]</span> tierra natal y recobrar
-su tesoro. Ello es cierto que algunas veces cavando entre las ruinas,
-ó en las inmediaciones de las casas ó palacios moriscos, se han
-hallado arcas llenas de monedas de oro y de plata, que vuelven á
-ver la luz despues de haber estado enterradas por espacio de muchos
-años; y basta un corto número de estos hechos para dar lugar á mil
-fábulas.</p>
-
-<p>Estas historias se presentan con aquella reunion de gótico y
-oriental, que en mi concepto caracteriza todos los usos y rasgos
-esenciales de las costumbres de España, señaladamente en las
-provincias meridionales: el tesoro escondido está siempre protegido
-por un encanto; unas veces le defiende un horrible dragon, otras
-le guardan unos moros encan<span class="pagenum" id="Page_92">[p.
-92]</span>tados, que al cabo de siglos permanecen aun armados
-de punta en blanco, con la espada desnuda é inmóviles como unas
-estátuas, en el sitio donde fueron enterradas sus riquezas.</p>
-
-<p>Es muy natural que la Alhambra, en razon de las circunstancias
-particulares de su historia, preste materia mas amplia á estas
-ficciones que ninguno de los otros lugares célebres en las crónicas;
-y algunos vestigios encontrados de tarde en tarde entre sus ruinas,
-han acreditado las maravillosas tradiciones que sobre ellos andan
-esparcidas. En una ocasion se desenterró una olla llena de oro, y
-el esqueleto de un gallo; y los mas inteligentes en estas materias,
-opinaron que esta ave habia sida enterrada viva. En otro tiempo<span
-class="pagenum" id="Page_93">[p. 93]</span> se descubrió una
-caja, y dentro de ella se halló un grande escarabajo cubierto de
-inscripciones árabes, que se creyó fuesen palabras mágicas de gran
-virtud. En una palabra, los ingenios mas aventajados de la poblacion
-andrajosa de la Alhambra, se han devanado los sesos hasta lograr
-que no hubiese en esta antigua fortaleza una torre, una sala, ni
-una bóveda sin su correspondiente historia prodigiosa. Creo que los
-capítulos anteriores habrán familiarizado ya á mis lectores con las
-localidades de este palacio, y así voy á engolfarme atrevidamente en
-sus pasmosas leyendas, que me ha sido preciso restaurar enteramente,
-reuniendo los fragmentos que me fueron contados en diferentes
-épocas y por distintas personas; bien así como un sábio<span
-class="pagenum" id="Page_94">[p. 94]</span> anticuario suele formar
-un documento histórico con algunas letras sueltas de una inscripcion
-medio borrada por el tiempo.</p>
-
-<p>Si el lector encontrase en mis relaciones alguna cosa increible,
-tenga la bondad de considerar que el sitio en que me hallo no
-puede gobernarse por las leyes de la probabilidad que rigen en las
-escenas de la vida comun. El suelo que piso está encantado, y los
-acontecimientos mas tribiales reciben en él un aspecto sobrenatural y
-maravilloso.</p>
-
-<div class="figmotivo">
- <img src="images/motivo.jpg"
- alt="Ilustración ornamental de fin de capítulo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Cap6">
- <p><span class="pagenum" id="Page_95">[p. 95]</span></p>
- <div class="figornam">
- <img src="images/cap6.jpg"
- alt="Ilustración de inicio de capítulo" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">La Casa del Gallo.</h2>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">En la</span> cumbre de la alta colina del
-Albaicin, que es el barrio mas elevado de Granada, se ven los restos
-de un castillo levantado poco despues de la conquista de España
-por los árabes. Al presente está trasformado<span class="pagenum"
-id="Page_96">[p. 96]</span> en una fábrica, y ha caido en tal olvido,
-que á pesar del ausilio que me prestaba el sapientísimo Mateo, me
-costó gran trabajo el descubrirle. Este edificio conserva aun el
-nombre con que fue conocido por espacio de algunos siglos; esto
-es, el de <i>casa del Gallo de viento</i>. Se llamó así por tener en la
-parte superior una figura de bronce que giraba á modo de veleta
-á todos vientos, y representaba un guerrero á caballo, armado de
-lanza y adarga, con dos versos árabes, que dicen así traducidos al
-castellano:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<p class="i0">Dice el sábio Aben-Habuz</p>
-<p class="i0">Que así se defiende el andaluz.</p>
-</div></div>
-
-<p>Este Aben-Habuz, segun las crónicas árabes, fue uno de los
-capitanes de Tarik, quien le nombró alcaide<span class="pagenum"
-id="Page_97">[p. 97]</span> de Granada; y es probable que hiciese
-erigir dicha efigie guerrera, para recordar á los habitantes
-musulmanes del pais, que hallándose como se hallaban rodeados de
-enemigos, su seguridad exigia que estuviesen á toda hora prontos á
-combatir.</p>
-
-<p>Sin embargo, las tradiciones populares esplican de otro modo
-lo que concierne á Aben-Habuz y su palacio, y nos enseñan que el
-guerrero de bronce fue en su orígen un talisman que tenia oculta
-una gran virtud; mas que con el tiempo ha perdido su poder mágico,
-quedando reducido á una simple veleta.</p>
-
-<p>Estas tradiciones son las que me he propuesto dejar consignadas en
-el capítulo siguiente.</p>
-
-<div class="figmotivo">
- <img src="images/motivo.jpg"
- alt="Ilustración ornamental de fin de capítulo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Cap7">
- <p><span class="pagenum" id="Page_98">[p. 98]</span></p>
- <div class="figornam">
- <img src="images/cap7.jpg"
- alt="Ilustración de inicio de capítulo" />
- </div>
- <h2 class="nobreak">Leyenda del Astrólogo Ãrabe.</h2>
-</div>
-
-<p><span class="smcap">En cierto</span> tiempo, hace muchos siglos,
-reinaba en Granada un rey moro llamado Aben-Habuz, el cual era un
-conquistador retirado de los negocios; esto es, un hombre que despues
-de haber llevado en su <span class="pagenum" id="Page_99">[p.
-99]</span>juventud una vida de hostilidades y rapiñas continuas,
-cuando se vió viejo y débil, ya no deseó otra cosa sino vivir en
-paz con todo el mundo, poner á cubierto sus laureles, y gozar
-tranquilamente de los estados que habia usurpado á sus vecinos.</p>
-
-<p>Sucedió sin embargo, que este monarca tan razonable y pacífico,
-tuvo que medir sus fuerzas con algunos rivales jóvenes, que
-hallándose con todo el fuego de su pasion á la gloria y á los
-combates, estaban decididos á pedirle cuentas de lo que habia
-usurpado á sus padres. Algunos puntos distantes de su territorio,
-que en los dias de su mocedad no se atrevian á rebullirse bajo su
-mano de hierro, trataron tambien de alborotarse ahora que aspiraba
-al des<span class="pagenum" id="Page_100">[p. 100]</span>canso,
-llegando á amenazar á la capital. De modo que el desventurado
-Aben-Habuz, atacado en lo interior y en lo esterior, vivia en
-continuo sobresalto en medio de las montañas que rodean á Granada,
-sin saber por qué parte romperian las hostilidades.</p>
-
-<p>En vano levantó atalayas en los montes, en vano hizo guardar todos
-los pasos por tropas estacionarias, que tenian órden de anunciar
-la proximidad de los enemigos con fuegos por la noche y ahumadas
-durante el dia: las habia con enemigos mas activos y vigilantes que
-él, y que á pesar de todas sus precauciones hallaban siempre medios
-de penetrar en sus tierras por algun desfiladero, talaban el pais
-y se llevaban consigo muchos prisioneros.<span class="pagenum"
-id="Page_101">[p. 101]</span> ¿Se vió nunca un conquistador retirado
-y pacífico mas atormentado que el pobre Aben-Habuz? Hallábase en
-tan triste situacion, abrumábanle las tribulaciones que por todas
-partes le rodeaban, cuando se presentó en su córte un médico árabe.
-Bajábale hasta la cintura una barba blanca y poblada, y todo su
-aspecto anunciaba una estrema vejez; mas no por esto habia dejado
-de hacer el viage á Egipto, á pie y sin mas ayuda que el apoyo de
-un baston en el que estaban grabados algunos geroglíficos. Habíale
-precedido su celebridad: llamábase Ibrahim Eben Abou Agib, creíasele
-nacido en tiempo de Mahoma, y se decia que su padre Abou Agib habia
-sido el último compañero de este profeta. El Eben Abou Agib de que
-ahora ha<span class="pagenum" id="Page_102">[p. 102]</span>blamos,
-habiendo seguido en su juventud el egército victorioso de Amrou
-en Egipto, fijó su residencia en este pais, en donde permaneció
-muchos años con el objeto de estudiar las ciencias abstractas, y
-particularmente la mágia con aquellos sacerdotes. Decíase ademas que
-poseía el secreto de prolongar la vida, y que por su medio habia
-cumplido ya mas de dos siglos: la lástima era que habia descubierto
-el secreto siendo ya muy viejo, y solo habia podido perpetuar sus
-rugas y sus canas.</p>
-
-<p>Este famoso anciano fue honrosamente acogido por el rey, que como
-la mayor parte de los monarcas viejos, empezaba ya á manifestar una
-aficion decidida á los médicos y á los astrólogos. Quiso hospedar á
-este en su palacio; mas el sábio moro prefi<span class="pagenum"
-id="Page_103">[p. 103]</span>rió para su habitacion una caverna de
-la colina que dominaba á Granada, que fue precisamente la misma
-en donde mas adelante se edificó la Alhambra. La hizo ensanchar,
-convirtiéndola en una vasta sala, y practicó en el techo una abertura
-circular, que comunicando con el esterior, facilitaba el que pudiesen
-verse las estrellas al lleno del dia, bien así como se ven desde
-el fondo de un pozo. Las paredes de la sala estaban cubiertas
-de geroglíficos egipcios, signos cabalísticos, y figuras de las
-estrellas y constelaciones, y ademas toda la caverna estaba llena de
-instrumentos que fabricaron bajo la direccion del sábio los artistas
-mas inteligentes de Granada; mas estos instrumentos tenian cualidades
-ocultas que solo Ibrahim conocia.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_104">[p. 104]</span></p>
-
-<p>En poco tiempo logró este ser el consejero íntimo del rey, el cual
-no hacia nada sin consultarle. Cierto dia, hallándose Aben-Habuz con
-su confidente, se lamentaba lleno de dolor de la injusticia de sus
-vecinos, y de la continua vigilancia que tenia precision de observar
-para estorvar sus invasiones. Cuando hubo acabado de lastimarse,
-le miró el astrólogo en silencio por algunos momentos, y tras esto
-le dirigió en corta diferencia estas palabras: «Sabe, ó rey, que
-cuando yo estuve en Egipto ví una gran maravilla, que era obra de
-una princesa pagana de los tiempos antiguos. Sobre una montaña que
-domina una ciudad considerable, situada á la orilla del Nilo, se veía
-la figura de un carnero de bronce, y encima de este estaba un gallo
-del<span class="pagenum" id="Page_105">[p. 105]</span> mismo metal;
-todo ello giraba sobre un quicio, y cuantas veces se veía el pais
-amenazado de alguna invasion, se volvia el carnero hácia la parte por
-donde venia el enemigo, y cantaba el gallo; lo cual advertia á los
-habitantes de la ciudad del peligro en que se hallaban, indicándoles
-al mismo tiempo el punto hácia donde debian dirigir su defensa.</p>
-
-<p>—¡Gran Dios! esclamó el pacífico Aben-Habuz, ¡qué tesoro seria
-para mí un carnero semejante, que sin cesar tuviese la vista fija en
-las montañas que me rodean, y un gallo queme advirtiese en caso de
-peligro! ¡Allah Akbar! ¡Cuánto mas tranquilo dormiria yo si velasen
-tales centinelas en lo alto de mi palacio!»</p>
-
-<p>El astrólogo dejó pasar los prime<span class="pagenum"
-id="Page_106">[p. 106]</span>ros trasportes del rey, y continuó
-así:</p>
-
-<p>«Despues que el victorioso Amrou (¡téngale Allah en descanso!)
-hubo acabado la conquista de Egipto, me quedé yo entre los antiguos
-sacerdotes de este pais, con los cuales estudié los ritos y
-ceremonias de su idolatría, procurando principalmente penetrar los
-conocimientos ocultos que les han dado tanta celebridad. Estando un
-dia en conversacion con un sacerdote anciano, sentados ambos á la
-orilla del Nilo, me señaló con el dedo las enormes pirámides que
-se levantaban como unos montes en medio del desierto, y me dijo al
-mismo tiempo estas palabras: «Todo lo que yo puedo enseñarte no es
-nada en comparacion de los conocimientos que esas masas gigantescas
-encierran. En el centro de la<span class="pagenum" id="Page_107">[p.
-107]</span> pirámide del medio se halla una cámara sepulcral y
-en donde reposa la momia del gran sacerdote que ayudó á edificar
-ese enorme edificio, y con él está enterrado tambien un libro
-maravilloso, que contiene todos los secretos del arte mágica. Este
-libro lo poseyó Adan antes de su caida, y pasó de padres á hijos
-hasta el sábio rey Salomon, á quien fue de gran provecho para la
-construccion del templo de Jerusalen; mas el modo cómo llegó despues
-al arquitecto de las pirámides, aquel que nada ignora podrá solo
-decirlo.»</p>
-
-<p>«Luego que oí estas palabras del sacerdote egipcio ardió mi
-corazon en deseos de poseer el libro; y como podia disponer de una
-parte del egército victorioso, agregué á ella cierto número de
-egipcios, y con su ausi<span class="pagenum" id="Page_108">[p.
-108]</span>lio acometí la empresa de penetrar en la sólida masa de
-la pirámide. Despues de largos trabajos logré descubrir uno de los
-tránsitos secretos del edificio; le seguí, y arrastrándome al traves
-de un laberinto lóbrego y espantoso, me introduje en la cámara
-sepulcral del centro, en donde reposaba hacia muchos siglos la momia
-del gran sacerdote. Rasgué sus vestiduras esteriores, y desatando
-las vendas que ceñian el cadáver, hallé al fin el precioso volúmen.
-Cogíle con mano trémula, y salí presuroso de la pirámide, dejando á
-la momia del gran sacerdote esperando el último dia en el silencio y
-la oscuridad de su sepulcro.</p>
-
-<p>—¡Hijo de Abou Agib! esclamó Aben-Habuz, eres ciertamente un gran
-viagero, y has visto cosas ma<span class="pagenum" id="Page_109">[p.
-109]</span>ravillosas; ¿mas qué tengo yo que ver con el secreto de la
-pirámide, ni con el libro de la ciencia del sábio Salomon?</p>
-
-<p>—Vas á saberlo, ó rey. Con el estudio constante de este libro me
-he instruido en todos los secretos de la mágia, y puedo mandar á
-los genios que me ayuden en la egecucion de mis planes. Conozco el
-misterio del talisman de Bursa, y puedo construir otro semejante y
-darle todavía mas fuerza.</p>
-
-<p>—¡Ó sábio hijo de Abou Agib! dijo Aben Habuz enagenado de
-alegria; semejante talisman vale mas que las centinelas que tengo
-en la frontera y las atalayas de los montes. Dame luego esa feliz
-salvaguardia, y toma todas las riquezas de mi tesoro.»</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_110">[p. 110]</span></p>
-
-<p>El astrólogo puso luego manos á la obra para satisfacer los deseos
-del viejo monarca. Al efecto hizo construir una altísima torre en lo
-mas elevado del palacio, frente la colina del Albaicin; y es fama que
-las piedras que sirvieron para su construccion fueron sacadas de una
-de las pirámides de Egipto. La parte superior de la torre la ocupaba
-una sala de figura circular, con ventanas que caían á todos los
-puntos del horizonte; delante de cada una de estas ventanas habia una
-mesa, y sobre ella, á manera de un juego de ajedrez, estaba colocado
-un pequeño egército, compuesto de infantería y caballería con su rey
-á la cabeza, labrado todo en madera. Junto á cada mesa se veía ademas
-una lanza del tamaño de un punzon, en la cual estaban grabados<span
-class="pagenum" id="Page_111">[p. 111]</span> ciertos caracteres
-caldeos. La rotunda estaba siempre cerrada con una puerta de bronce y
-una reja de acero, cuya llave guardaba el rey. En lo mas alto de la
-torre habia sobre un quicio una figura de bronce, que representaba
-un guerrero moro con una adarga en la una mano y una lanza en la
-otra: tenia la cara vuelta hácia la parte de la ciudad, en actitud de
-velar sobre ella; mas en el momento en que se acercaba algun enemigo,
-se volvia hácia el punto amenazado, enristrando al mismo tiempo la
-lanza.</p>
-
-<p>Concluido que estuvo el talisman, impaciente Aben-Habuz de
-esperimentar su eficacia, deseaba una invasion tanto como antes la
-habia temido. No tardaron á cumplirse sus deseos: acababa de amanecer
-una<span class="pagenum" id="Page_112">[p. 112]</span> mañana,
-cuando el centinela de la torre avisó al rey que el guerrero de
-bronce estaba vuelto hácia la parte de Elvira, y su lanza apuntaba en
-línea recta al paso de Lope.</p>
-
-<p>«Corre pues, dijo el rey, que los atambores y trompetas toquen
-inmediatamente al arma, y acuda á la defensa toda Granada.</p>
-
-<p>—Ó rey, dijo el astrólogo, deja descansar á tus guerreros, que
-no es necesaria la fuerza para librarte de los enemigos. Manda que
-se retiren tus criados, y subamos solos á la pieza secreta de la
-torre.»</p>
-
-<p>El anciano Aben-Habuz subió la escalera de la torre, apoyado
-en el brazo de Ibrahim Eben Abou Agib, que aun era mas viejo, y
-abriendo la puerta de bronce se entraron ambos en la rotunda, en
-donde encon<span class="pagenum" id="Page_113">[p. 113]</span>traron
-abierta la ventana que miraba al paso de Lope. «Por este lado, dijo
-el astrólogo, viene el peligro; acércate, ó rey, y contempla las
-maravillas de la mesa.»</p>
-
-<p>Llegóse Aben-Habuz al tablero en donde estaban colocadas las
-figuritas de madera, y advirtió con gran sorpresa que todas estaban
-en movimiento. Los caballos caracoleaban y batian el suelo con los
-pies, los guerreros blandian las lanzas, y oíase como en miniatura
-el sonido de las trompetas y atambores, el crugido de las armas y el
-relincho de los corceles; mas todo esto no producia sino un ruido muy
-débil, semejante al zumbido de una abeja.</p>
-
-<p>«Ves aquí, ó gran rey, dijo el astrólogo, la prueba de que
-tus enemigos están en campaña y deben<span class="pagenum"
-id="Page_114">[p. 114]</span> venir por el paso de Lope. ¿Quieres
-introducir la confusion en sus filas por medio de un terror pánico,
-y forzarlos á que se retiren sin efusion de sangre? no tienes mas
-que herir esas figuras con el asta de la lanza mágica; mas si por el
-contrario quieres sangre, tócalas con la punta.»</p>
-
-<p>El semblante del pacífico Aben-Habuz se cubrió por un momento
-de un colorido cárdeno, y el movimiento de su cana y poblada barba
-descubria el trasporte que agitaba todos los músculos de su rostro:
-tomó con mano trémula la lanza y se acercó á la mesa. «Hijo de Abou
-Agib, dijo, creo que se verterá una poca sangre.»</p>
-
-<p>Dichas estas palabras hirió con la punta de la lanza algunas de
-aquellas figuras mágicas, y tocó las otras con<span class="pagenum"
-id="Page_115">[p. 115]</span> el cuento. Los primeros guerreros
-cayeron al momento muertos sobre el tablero, y los demas
-revolviéndose unos contra otros, trabaron confundidos un combate,
-cuyos resultados eran en corta diferencia iguales para unos y
-otros.</p>
-
-<p>No costó poco trabajo al astrólogo el contener la mano del monarca
-mas pacífico, para impedirle que esterminase hasta el último de sus
-enemigos; mas al fin consiguió hacerle bajar de la torre para enviar
-espias á los montes por el paso de Lope.</p>
-
-<p>Regresados estos, refirieron al rey que un egército cristiano,
-cruzando la sierra, habia llegado casi hasta las puertas de Granada;
-mas que de repente, suscitándose entre ellos una quimera, habian
-vuelto sus armas unos contra otros, y des<span class="pagenum"
-id="Page_116">[p. 116]</span>pues de un combate muy encarnizado, se
-habian retirado á sus fronteras.</p>
-
-<p>El buen Aben-Habuz no cabia en sí de contento al ver tan
-cumplidamente acreditada la eficacia de su talisman. «Ya en fin,
-decia, voy á pasar una vida tranquila, pues que tengo en mis manos
-la suerte de mis enemigos. Sábio hijo de Abou Agib, ¿qué recompensa
-podré ofrecerte por tan señalado beneficio?</p>
-
-<p>—Las necesidades de un anciano y un filósofo son muy simples
-y reducidas: proporcionadme, ó rey, los medios para convertir mi
-caverna en un retiro habitable, nada mas deseo.</p>
-
-<p>—He aquí la modestia del verdadero sábio,» esclamó Aben-Habuz
-interiormente, muy satisfecho de lo<span class="pagenum"
-id="Page_117">[p. 117]</span> moderado de la peticion; y llamando
-á su tesorero, le mandó que entregase á Ibrahim todas las sumas
-que le pidiese, ora para acabar de construir su retiro, ora para
-amueblarle.</p>
-
-<p>El astrólogo hizo abrir en la peña muchas piezas que formaron
-una habitacion contigua á su salon mágico; luego las amuebló con
-ricos canapes y soberbias camas, y cubrió las paredes de hermosas
-colgaduras de damasco. «Soy viejo, decia; mis huesos no pueden ya
-descansar sobre un lecho de piedra; estas paredes son húmedas y es
-preciso vestirlas.»</p>
-
-<p>Dispuso tambien se construyesen unos baños, provistos de toda
-especie de perfumes y aceites aromáticos. «Porque los baños, decia,
-son<span class="pagenum" id="Page_118">[p. 118]</span> necesarios
-para combatir la estenuacion de la edad, y restituir la morbidez y la
-frescura á un cuerpo fatigado por el estudio.»</p>
-
-<p>Hizo colgar en todo el edificio una multitud prodigiosa de
-lámparas de plata y cristal, en las cuales ardia un aceite odorífero,
-cuya receta habia encontrado en los sepulcros egipcios, el cual
-tenia la propiedad de arder sin consumirse, y despedia un apacible
-resplandor. «La luz del sol, decia el astrólogo, es demasiado viva y
-fuerte para los cansados ojos de un pobre viejo; la de la lámpara es
-la que conviene para los estudios de un filósofo.»</p>
-
-<p>Entre tanto el tesorero de Aben-Habuz iba ya regañando al entregar
-las sumas, que cada dia se le pedian para acabar el retiro, hasta
-que<span class="pagenum" id="Page_119">[p. 119]</span> al fin
-dirigió sus quejas al rey.</p>
-
-<p>«Está empeñada mi palabra real, dijo Aben-Habuz encogiéndose de
-hombros, y no hay sino prestar paciencia. Ese viejo quiere imitar
-en su retiro filosófico lo que vió en lo interior de las pirámides
-y en los vastos edificios de Egipto; mas todas las cosas tienen un
-término, y el mueblage de la caverna tendrá sin duda el suyo.»</p>
-
-<p>No se engañaba el rey; por fin se concluyó el retiro, y quedó
-formado un palacio subterráneo de inaudita magnificencia.</p>
-
-<p>«Ya estoy contento, dijo Ibrahim Eben Abou Agib al tesorero; ahora
-voy á encerrarme en mi celda y á consagrar todo mi tiempo al estudio.
-Nada deseo ya sino una friolera; una pequeña distraccion para llenar
-los intervalos de mis tareas abstractas.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_120">[p. 120]</span></p>
-
-<p>—Ó sábio Ibrahim, pide lo que quieras, que tengo órden de
-proveerte de todo lo que necesites en tu soledad.</p>
-
-<p>—Pues entonces, dijo el filósofo, no me desagradaria el tener
-conmigo algunas bailarinas.</p>
-
-<p>—¡Bailarinas! esclamó sorprendido el tesorero.</p>
-
-<p>—Sí, bailarinas, repitió gravemente el sábio; pero con pocas habrá
-bastante, porque yo soy un viejo y un filósofo: mis costumbres son
-muy sencillas y sé contentarme con poco; solo os encargo que sean
-jóvenes y graciosas, porque la vista de la juventud y la hermosura
-alegra y reanima la vejez.»</p>
-
-<p>Mientras el filósofo Ibrahim Eben Abou Agib pasaba sábiamente
-su vida del modo que se ha dicho en su<span class="pagenum"
-id="Page_121">[p. 121]</span> solitario retiro, el pacífico
-Aben-Habuz hacia gloriosas campañas en efigie en la rotunda de su
-torre. à la verdad para un rey de sus años y de su humor era una
-cosa muy cómoda y agradable aquel talisman, por cuyo medio, al
-mismo tiempo que se divertia á sus solas, podia derrotar poderosos
-egércitos, ni mas ni menos que si fueran enjambres de moscas.</p>
-
-<p>Gozó por algun tiempo de este placer, y aun algunas veces solia
-insultar á sus enemigos, sin mas objeto que el de inducirlos á que le
-atacasen; mas habiéndolos hecho prudentes sus repetidas desgracias,
-ninguno de ellos se atrevió ya á invadir el territorio de Aben-Habuz.
-Por espacio de muchos meses permaneció la figura de bronce bajo el
-pie de<span class="pagenum" id="Page_122">[p. 122]</span> paz con
-su lanza perpendicular, y el buen rey empezaba ya á echar menos la
-acostumbrada diversion, y á fastidiarse en gran manera de su monótona
-tranquilidad.</p>
-
-<p>Al fin llegó un dia en que el guerrero mágico giró súbitamente
-sobre su ege, y puso la lanza en ristre con direccion á los montes
-de Cádiz. Inmediatamente subió Aben-Habuz á la torre; pero quedó
-sorprendido al no ver ningun movimiento en el tablero que estaba
-colocado en la direccion indicada por el talisman: ni uno solo de los
-pequeños guerreros se movia. Inquieto el rey con esta novedad, envió
-á los montes una compañía de caballos, con órden de reconocerlos y
-darle cuenta de lo que descubriesen. Tres dias estuvieron ausentes
-los soldados, y cuando<span class="pagenum" id="Page_123">[p.
-123]</span> volvieron al cabo de este tiempo, dijeron á su señor:</p>
-
-<p>«Hemos recorrido todos los desfiladeros de los montes, y no hemos
-descubierto picas ni capacetes: lo único que hemos hallado en nuestra
-espedicion es una jóven cristiana de peregrina hermosura, que estaba
-durmiendo junto á una fuente, y nos la hemos traido cautiva.</p>
-
-<p>—¡Una jóven de peregrina hermosura! esclamó Aben-Habuz, brillando
-en sus ojos la alegria; que la traigan luego á mi presencia.»</p>
-
-<p>Llevaron con efecto ante el viejo rey á la hermosa doncella, en
-cuyo trage se veía todo el lujo que distinguia á los godos españoles
-en la época de la invasion de los sarracenos. Las negras trenzas de
-sus cabellos estaban entretejidas con rastras<span class="pagenum"
-id="Page_124">[p. 124]</span> de finísimas perlas; los diamantes que
-brillaban en su frente rivalizaban con la hermosura de sus ojos, y
-de la cadena de oro que pendia de su cuello colgaba hasta el lado
-izquierdo una lira de plata.</p>
-
-<p>El fuego que lanzaban sus negros y brillantes ojos cayó á manera
-de rayo sobre el corazon de Aben-Habuz, que á pesar de su vejez,
-todavía era combustible, y estaba contemplando con éxtasis el esvelto
-y gracioso talle de la jóven.</p>
-
-<p>«¡Ó la mas hermosa de las mugeres! esclamó; ¿quién eres? ¿cómo te
-llamas?</p>
-
-<p>—Soy hija de uno de los príncipes godos, á quienes obedecia hace
-poco este pais. Los egércitos de mi padre han quedado destruidos
-como por encanto en esas montañas: él<span class="pagenum"
-id="Page_125">[p. 125]</span> ha sido desterrado de su suelo natal, y
-su triste hija se halla ahora cautiva.</p>
-
-<p>—¡Guarda, ó rey! dijo en voz baja Ibrahim, esa jóven podria muy
-bien ser una de aquellas magas del norte, que toman las formas
-mas seductoras para coger en sus lazos á los imprudentes que se
-fian de ellas. Yo creo leer la hechicería en sus ojos y en todos
-sus movimientos; no lo dudes, este es el enemigo que señalaba el
-talisman.</p>
-
-<p>—Hijo de Abou Agib, contestó el rey, tú eres un gran filósofo, y
-á mas á mas un gran mágico, yo lo concedo; pero no sabes una palabra
-de lo que concierne á las mugeres. Sobre este punto no cedo en
-conocimientos á nadie del mundo, incluso el mismo Salomon á pesar del
-pro<span class="pagenum" id="Page_126">[p. 126]</span>digioso número
-de sus mugeres y concubinas. En cuanto á esta jóven, yo no veo en sus
-ojos nada de espantoso, y toda su persona agrada singularmente á los
-mios.</p>
-
-<p>—Ó rey, replicó el astrólogo, escúchame: yo te he procurado con mi
-talisman un sinnúmero de victorias, sin haber tenido jamas la menor
-parte en los despojos de los vencidos. Concédeme pues esta cautiva
-para que amenice con su lira mi soledad; que si es en efecto maga, yo
-tengo conmigo contrahechizos que harán ilusorias sus artes.</p>
-
-<p>—¿Aun necesitas otra muger? contestó ya amostazado Aben-Habuz, ¿no
-te bastan las bailarinas para amenizar como dices tu soledad?</p>
-
-<p>—Sí, tengo bailarinas; pero no tengo cantoras, y me convendría
-un<span class="pagenum" id="Page_127">[p. 127]</span> poco de música
-para descansar y reanimar mi espíritu cuando se halla fatigado por el
-estudio.</p>
-
-<p>—Basta ya de peticiones para el retiro, dijo el rey encolerizado;
-esta doncella está destinada á consolar mi vejez en el harem.»</p>
-
-<p>Nuevas pretensiones y nuevos argumentos de parte del astrólogo,
-solo sirvieron para provocar una negativa mas decisiva de la del
-monarca; con lo que se separaron llenos uno y otro de despecho.
-El sábio se encerró en su soledad para digerir allí el desaire;
-mas antes de retirarse, volvió á decir al rey que no se fiase de
-la peligrosa cautiva. ¿Pero qué viejo enamorado dió jamas oidos á
-semejantes consejos? Aben-Habuz soltó las riendas á la pasion que
-le dominaba, y puso todo su<span class="pagenum" id="Page_128">[p.
-128]</span> estudio en hacerse amable á los ojos de la bella
-cristiana. Ã la verdad no podia agradarla por su juventud; mas era
-rico, y los amantes viejos son de ordinario muy generosos. El Zacatin
-de Granada fue despojado de sus mas preciosas mercaderías: las ricas
-telas de seda, los diamantes, los perfumes, cuanto ofrecian de mas
-raro y costoso el Ãfrica y el Asia era prodigado á la princesa.
-Inventábanse para divertirla toda suerte de espectáculos y de
-fiestas: torneos, conciertos, bailes, corridas de toros; Granada en
-fin se habia convertido en la mansion de los placeres. La princesa
-goda lo miraba todo como persona acostumbrada á la magnificencia,
-y recibia los obsequios y los presentes del rey como unos tributos
-debidos á su rango, ó<span class="pagenum" id="Page_129">[p.
-129]</span> mas bien á su belleza: que el orgullo de la hermosura
-es aun mayor que el de la nobleza. Sentia un placer secreto en
-empeñar al fascinado monarca en unos gastos que agotaban su tesoro,
-mirando su estravagante profusion como una cosa muy sencilla; mas
-á pesar de sus atenciones y generosidad, el venerable amante no
-podia envanecerse de haber hecho la menor impresion en el corazon
-de la cautiva; porque si bien es cierto que no le recibia jamas con
-semblante adusto, no lo es menos que nunca le concedia una sonrisa.
-Apenas empezaba á hablarle de su amor, hacia ella resonar las cuerdas
-de su lira, y este sonido tenia tal encanto, que luego que llegaba á
-los oidos de Aben-Habuz, caía el pobre viejo en un sueño pro<span
-class="pagenum" id="Page_130">[p. 130]</span>fundo, del que salia
-luego fresco, alegre y momentáneamente libre de su pasion. El efecto
-de esta música no podia ser peor para el éxito de su galantería;
-mas como en estos instantes de adormecimiento, estaban sus sentidos
-embelesados con sueños agradables, siguió soñando de este modo al
-lado de su hermosa, al mismo tiempo que toda Granada se mofaba de su
-infatuacion, y murmuraba sin rebozo al verle prodigar sus tesoros á
-cambio de canciones.</p>
-
-<p>Entre tanto amenazaba á Aben-Habuz un peligro, sobre el que no
-podia darle ningun aviso su talisman. Estalló una insurreccion en la
-capital, y el populacho armado cercó el palacio, pidiendo á gritos
-su cabeza y la de la cristiana. Encendióse en el corazon del rey una
-chispa de su<span class="pagenum" id="Page_131">[p. 131]</span>
-antiguo valor; salió á la cabeza de unos cuantos de sus guardias,
-puso en fuga á los rebeldes, y el alboroto quedó sofocado en su
-orígen.</p>
-
-<p>Restablecida la tranquilidad, se fue á ver al astrólogo, que
-devorado por el despecho, estaba encerrado en su retiro, y alimentaba
-contra el rey el mas amargo resentimiento.</p>
-
-<p>Llegóse á él Aben-Habuz, y le dijo con semblante franco y
-amistoso: «Sábio hijo de Abou Agib, razon tenias cuando me anunciaste
-que la hermosa cautiva atraeria sobre mí muchos peligros; mas ya que
-eres tan profundo en la ciencia de anunciar los males, dime ahora qué
-es lo que debo hacer para evitarlos.</p>
-
-<p>—Separar de tu lado á la infiel que los causa.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_132">[p. 132]</span></p>
-
-<p>—¡Antes perder el reino! dijo con resolucion Aben-Habuz.</p>
-
-<p>—Te arriesgas á perder uno y otro, replicó el astrólogo.</p>
-
-<p>—No seas tan áspero y desconfiado, ¡ó el mas profundo de los
-filósofos! Conduélete de la doble desgracia de un monarca y un
-amante, y busca algun medio de libertarme de los peligros que me
-amenazan. Nada me importan ya el poder ni la grandeza, solo suspiro
-por la tranquilidad. ¿No me seria dado hallar algun asilo, en donde
-lejos del mundo, de sus pompas y de su bullicio, consagrase el resto
-de mis dias al reposo y al amor?»</p>
-
-<p>El astrólogo le miró por algunos momentos frunciendo las pobladas
-cejas.</p>
-
-<p>«¿Y qué me darias, le dijo en fin,<span class="pagenum"
-id="Page_133">[p. 133]</span> si te procurase un retiro semejante?</p>
-
-<p>—Tú mismo señalarias la recompensa, y si estaba en mi mano
-concedértela, te aseguro sobre mi palabra que podias mirarla como
-tuya.</p>
-
-<p>—¿Has oido hablar, ó rey, del jardin de Hirám, uno de los
-prodigios de la Arabia Feliz?</p>
-
-<p>—Sí, el Alcorán habla de ese jardin en el capítulo titulado la
-<i>Aurora del dia</i>. Ademas he oido referir muchas cosas maravillosas
-á los peregrinos de la Meca; pero siempre creí que eran cuentos de
-viageros.</p>
-
-<p>—No desprecies, ó rey, las relaciones de los viageros, replicó
-con semblante grave el astrólogo; porque en ellas se encierran raros
-conocimientos, trasportados de un estremo á otro de la tierra.
-En cuanto al palacio y jardin de Hirám, en<span class="pagenum"
-id="Page_134">[p. 134]</span> general es cierto lo que refieren....
-yo he visto uno y otro por mis propios ojos.... Escucha bien lo que
-voy á referirte, porque mi aventura tiene relaciones muy íntimas con
-el objeto de tu pretension.</p>
-
-<p>«En mis primeros años, cuando yo no era mas que un simple árabe
-del desierto, guardaba los camellos de mi padre. Atravesando un dia
-el desierto de Eden se descarrió uno de ellos, y yo le busqué en
-vano por espacio de muchos dias: estenuado en fin de fatiga á la
-hora en que se halla el sol en el meridiano, me quedé dormido bajo
-una palma, al lado de un pozo que estaba casi seco. Al despertarme
-me encontré á la puerta de una ciudad, y habiendo entrado en ella ví
-unas calles hermosas, plazas y mercados espacio<span class="pagenum"
-id="Page_135">[p. 135]</span>sos; mas todo estaba silencioso como
-la tumba: la ciudad parecia inhabitada. Anduve, errando por todas
-partes, hasta que descubrí un palacio situado en medio de un jardin
-adornado de fuentes, estanques, bosquecillos llenos de flores y
-árboles frondosos cargados de frutos. Sin embargo, ningun viviente se
-mostraba aun en aquel lugar de delicias. Espantado de tanta soledad,
-salí apresuradamente del palacio y de la ciudad, y habiéndome alejado
-algunos pasos, me volví para contemplarla; pero ya no ví nada, sino
-el desierto que se estendia hasta perderse de vista.</p>
-
-<p>«Poco despues encontré á un viejo dérvis muy versado en los
-secretos y tradiciones del pais, á quien referí mi aventura. «Lo
-que has visto,<span class="pagenum" id="Page_136">[p. 136]</span>
-me dijo, es el célebre jardin de Hirám, una de las maravillas
-del desierto, el cual aparece de cuando en cuando á los viageros
-estraviados como tú, los divierte con la vista de sus torres,
-jardines y árboles cargados de frutos, y se desvanece al momento,
-dejando en su lugar una inmensa y árida soledad. En los tiempos
-antiguos, cuando este pais estaba habitado por los Additas, el
-rey Sheddah, hijo de Ad, biznieto de Noé, fundó en él una ciudad
-magnífica, y cuando estuvo concluida y vió su grandeza y hermosura,
-enchido de orgullo su corazon, resolvió levantar un palacio y unos
-jardines que igualasen á lo que refiere el Alcorán de las bellezas
-del paraiso. Pero su presuncion atrajo sobre él la maldicion del
-cielo: él y todo<span class="pagenum" id="Page_137">[p. 137]</span>
-su pueblo desaparecieron de la tierra, y su opulenta ciudad, su
-palacio y sus jardines fueron puestos bajo la influencia de un
-encanto que los separa de la vista de los hombres, fuera de ciertos
-momentos en que aparece para perpetuar la memoria de su pecado.»</p>
-
-<p>«Esta historia y las maravillas que habia visto no se borraron
-jamas de mi imaginacion, y cuando estuve mas adelante en Egipto,
-dueño ya del libro del sábio Salomon, resolví visitar de nuevo el
-jardin de Hirám. Le hallé en efecto con el ausilio de mi libro,
-tomé posesion de él, pasé muchos dias en aquella imitacion del
-paraiso, y obedientes á mi poder mágico los genios que le guardan,
-me revelaron los encantos por cuya fuerza habia sido construi<span
-class="pagenum" id="Page_138">[p. 138]</span>do, y los que le hacian
-invisible.</p>
-
-<p>«Yo pues, ó rey, puedo construirte un palacio semejante en la
-montaña que domina la ciudad; conozco todos los secretos mágicos y
-poseo el libro del sábio Salomon: nada es inaccesible á mi poder.</p>
-
-<p>—¡Ó hijo de Abou Agib! ¡ó el mas sábio de todos los hombres! dijo
-Aben-Habuz ardiendo en deseos, ¡tú eres un gran viagero, tú has visto
-y aprendido cosas maravillosas! Débate yo un paraiso semejante, y
-pide en recompensa cuanto quieras, que yo te lo concedo, aunque sea
-la mitad de mi reino.</p>
-
-<p>—¡Ah! replicó el astrólogo, ya sabes que yo no soy mas que un
-anciano, un pobre filósofo bien fácil de contentar; no te pido otra
-cosa sino la primera cabalgadura que pase por<span class="pagenum"
-id="Page_139">[p. 139]</span> la puerta del palacio mágico, con la
-carga que lleve.»</p>
-
-<p>Aceptó gustoso el monarca esta modesta condicion y el astrólogo
-puso manos á la obra. Ante todo, en la cumbre de la colina que
-dominaba inmediatamente su retiro subterráneo, hizo erigir una gran
-portada, que pasaba por el centro de una torre fortísima. Sobre la
-piedra fundamental del arco esterior que formaba el pórtico, esculpió
-el mismo mágico una mano gigantesca, y en la del arco interior,
-encima de las puertas, representó una gran llave; cuyas figuras eran
-poderosos talismanes, sobre los cuales pronunció ciertas palabras en
-lengua desconocida.</p>
-
-<p>Concluida esta puerta, permaneció por espacio de dos dias
-encerrado en su cámara mágica, y el tercero<span class="pagenum"
-id="Page_140">[p. 140]</span> se subió á la colina, y se estuvo en
-la cumbre hasta alta noche. Bajó á esta hora, y presentándose á
-Aben-Habuz: «En fin, ó rey, le dijo, ya está terminada mi obra: en
-la cumbre de ese monte he erigido el palacio mas delicioso que pudo
-inventar jamas el ingenio humano; allí está reunido todo lo que puede
-contribuir á la felicidad de la vida; salones magníficos, jardines
-sombríos y floridos, fuentes cristalinas, baños perfumados: en una
-palabra, la colina se ha trasformado en un paraiso; y á la manera que
-el palacio de Hirám, se halla tambien este protegido por un encanto
-de gran poder, que le hace invisible á todos los que no poseen el
-secreto de su talisman.</p>
-
-<p>—Basta, dijo lleno de júbilo Aben-Habuz: mañana al despuntar la
-au<span class="pagenum" id="Page_141">[p. 141]</span>rora subiremos
-á la colina, y tomaremos posesion de esa morada de ventura.» Aquella
-noche durmió poco el monarca, y apenas los primeros rayos del sol
-comenzaban á dorar los picos de Sierra-Nevada, montó en su caballo,
-y seguido de una corta y escogida comitiva, subió la colina por un
-camino angosto y escarpado. Al lado de Aben-Habuz iba la princesa,
-montada en un palafren blanco; su trage estaba sembrado de diamantes,
-y del hermoso cuello colgaba segun costumbre la lira de plata. El
-astrólogo, que nunca montaba á caballo, caminaba á pie al otro lado
-del rey, apoyado sobre su baston geroglífico.</p>
-
-<p>Hacíase todo ojos Aben-Habuz, esperando ver en lo alto las
-torres del palacio con sus jardines y bos<span class="pagenum"
-id="Page_142">[p. 142]</span>quecillos; mas nada podia descubrir.
-«Ved ahí, dijo el astrólogo, en lo que consiste la seguridad y el
-misterio de este lugar: nada puede distinguirse hasta que se ha
-pasado la puerta encantada.»</p>
-
-<p>Luego que llegaron delante de la puerta, deteniéndose el
-astrólogo, enseñó al rey la mano y la llave misteriosas grabadas
-sobre el arco. «Las figuras que veis, dijo, son los talismanes que
-guardan la entrada de este paraiso: entre tanto esa mano no se baje
-hasta tocar la llave, ningun poder humano, ningun artificio mágico
-podrá triunfar del señor de esta colina.»</p>
-
-<p>Mientras Aben-Habuz contemplaba embelesado, y en un silencio
-de admiracion y pasmo los misteriosos talismanes, el palafren de
-la<span class="pagenum" id="Page_143">[p. 143]</span> princesa,
-que seguia caminando, se entró por el pórtico hasta el centro de la
-torre.</p>
-
-<p>«He aquí, dijo el astrólogo, la recompensa que me habeis
-prometido; la primera cabalgadura que entre por estas puertas
-mágicas, con la carga que lleve.»</p>
-
-<p>Sonrióse Aben-Habuz, creyendo que era un chiste del viejo; mas
-cuando conoció que hablaba con seriedad, temblaron de indignacion las
-canas de su barba.</p>
-
-<p>«Hijo de Abou Agib, dijo con airado semblante, ¿qué significa este
-engaño? Bien sabes tú lo que yo creí prometer: la primera cabalgadura
-que entrase por la puerta con la carga que llevase. Ve pues, toma
-la mula mas poderosa de mis caballerizas, cárgala de los obje<span
-class="pagenum" id="Page_144">[p. 144]</span>tos mas preciosos que se
-hallen en mi tesoro, tuya es; mas no levantes tus pensamientos hasta
-la que forma, las delicias de mi corazon.</p>
-
-<p>—¿Y qué se me da á mí de tu oro ni de tus riquezas? dijo con aire
-de desprecio el astrólogo. ¿No poseo yo el libro del sábio Salomon?
-¿No tengo á mi disposicion todos los tesoros de la tierra? La
-princesa me pertenece de derecho: tu palabra real está empeñada, yo
-la reclamo como alhaja mia.»</p>
-
-<p>Ã todo esto, desde lo alto de su palafren les dirigia la princesa
-mirandas altivas, y se sonreía desdeñosamente al contemplar á
-aquellos dos vestiglos disputándose la posesion de su juventud y
-belleza.</p>
-
-<p>Despues de un largo debate, dominando la rabia del monarca
-sobre<span class="pagenum" id="Page_145">[p. 145]</span> su
-prudencia, esclamó: «¡Hijo vil del desierto! tú puedes ser sábio en
-mas de una ciencia; pero reconoce en mí á tu señor, y no lleves la
-temeridad hasta el punto de burlarte de tu rey.</p>
-
-<p>—¡Tú mi señor! replicó el astrólogo, ¡tú mi rey! ¡El soberano de
-una ratonera daria leyes al que posee el libro de Salomon! Adios,
-Aben-Habuz, reina en tu pequeño reino, y gózate en tu paraiso
-de los locos; que yo voy á reirme á tus espensas en mi retiro
-filosófico.»</p>
-
-<p>Dichas estas palabras, cogió de la brida el palafren de la
-princesa, hirió la tierra con el baston y se hundió con la hermosa
-dama al traves del centro de la torre. Tras esto se cerró la tierra
-sobre sus cabezas, sin dejar el menor rastro de la abertu<span
-class="pagenum" id="Page_146">[p. 146]</span>ra por donde habian
-desaparecido.</p>
-
-<p>Quedó Aben-Habuz tan asombrado, que por algunos momentos no acertó
-á articular una palabra. Vuelto al fin de su sorpresa, dispuso
-que mil obreros hiciesen una escavacion profunda en el sitio por
-donde se habia hundido el astrólogo: trabajaron con teson, pero
-todos sus esfuerzos fueron vanos: en algunos puntos saltaban los
-picos rechazados por la peña, y la tierra llenaba en otros el hoyo
-practicado, casi tan pronto como lo habian hecho. Aben-Habuz buscó en
-la falda de la montaña la boca de la caverna que conducia al palacio
-subterráneo del pérfido mago; pero no fue posible descubrirla, pues
-en el lugar donde estaba la entrada de la cueva, no se veía ya otra
-cosa que la roca firme y unida.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_147">[p. 147]</span></p>
-
-<p>Entre tanto, con la desaparicion de Ibrahim Eben Abou Agib
-perdieron la eficacia sus talismanes: el guerrero de bronce quedó
-inmóvil, vuelto el semblante hácia la colina, y con la lanza apuntada
-al sitio por donde se habia hundido el astrólogo, como si quisiera
-indicar que se ocultaba allí el mayor enemigo de Aben-Habuz.</p>
-
-<p>Algunas veces se oían en aquel sitio los sonidos de un
-instrumento, y los acentos de una voz de muger, que apenas se
-distinguian, y al parecer salian de las entrañas de la tierra.
-Cierto dia refirió un labrador al rey que la noche anterior habia
-notado en la peña una hendedura, y habiéndose introducido por ella
-habia distinguido á gran profundidad un salon subterráneo, en el
-cual, recos<span class="pagenum" id="Page_148">[p. 148]</span>tado
-el astrólogo sobre un magnífico sofá, dormitaba dando cabezadas al
-sonido de la lira de la princesa, que segun los efectos egercia un
-poder mágico sobre sus sentidos.</p>
-
-<p>Buscó Aben-Habuz esta hendedura; mas no le fue posible
-encontrarla, porque sin duda habia vuelto á cerrarse. Tambien reiteró
-las tentativas de la escavacion; mas fueron tan infructuosas como
-las primeras: y es que ningun poder humano podia superar al encanto
-de la mano y la llave. En cuanto á la cumbre del monte, donde debian
-haberse construido el palacio y los jardines ofrecidos, ora fuese que
-dicho elíseo permaneciese invisible por efecto del encanto, ora que
-no hubiese existido jamas, y solo fuera una fábula del astrólogo;
-lo cierto es que allí no se<span class="pagenum" id="Page_149">[p.
-149]</span> veía otra cosa que una soledad árida; y escabrosa. Las
-gentes adoptaron piadosamente la última opinion, y unos llamaban
-á aquel sitio la <i>Locura del rey</i>, y otros el <i>Paraiso de los
-locos</i>.</p>
-
-<p>Para poner el colmo á las desgracias de Aben-Habuz, los vecinos,
-á quienes habia desafiado, insultado y deshecho á su placer cuando
-poseía el talisman, habiendo llegado á conocer que ya no se
-hallaba protegido por la mágia, invadieron por todos los puntos su
-territorio, de modo que el resto de la vida del mas pacífico de los
-monarcas fue una serie de guerras y disturbios.</p>
-
-<p>En fin, Aben-Habuz murió, y hace algunos siglos que está
-enterrado; y sobre la colina venturosa se edificó mas adelante
-la Alhambra,<span class="pagenum" id="Page_150">[p. 150]</span>
-que realiza en cierto modo las fábulas del jardin de Hirám. El
-pórtico encantado, que se conserva aun entero, protegido sin duda
-por la mano y llave misteriosas, forma la puerta llamada <i>del
-Juicio</i> y la entrada principal de la fortaleza; y es opinion
-comun que el astrólogo permanece todavía bajo este pórtico en el
-salon subterráneo, dormitando en su sofá al son de la lira de la
-princesa.</p>
-
-<p>Los inválidos que dan la guardia de dicha puerta, suelen oir
-estos sonidos en las noches de verano, y cediendo entonces á su
-virtud soporífica, se quedan tranquilamente dormidos en sus puestos.
-Todo lo cual, segun las leyendas, debe perpetuarse de edad en edad:
-la princesa, dicen, permanecerá cautiva<span class="pagenum"
-id="Page_151">[p. 151]</span> del astrólogo, y el astrólogo sometido
-á la mágia somnífera de la princesa hasta el dia del juicio; á menos
-que la mano, empuñando la llave fatal, deshaga antes el encanto de la
-montaña.</p>
-
-<div class="figmotivo">
- <img src="images/motivo.jpg"
- alt="Ilustración ornamental de fin de capítulo" />
-</div>
-
-
-<div class="chapter" id="Cap8">
- <p><span class="pagenum" id="Page_152">[p. 152]</span></p>
- <div class="figornam">
- <img src="images/cap8.jpg"
- alt="Ilustración de inicio de capítulo" />
- </div>
- <h2 class="nobreak"
- title="Historia del príncipe Ahmed Al Kamel, ó el peregrino de amor.">Historia
- del príncipe Ahmed Al Kamel, ó el peregrino de amor.</h2>
-</div>
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-<p><span class="smcap">Antiguamente</span> habia en Granada un rey,
-que solo tenia un hijo, llamado Ahmed, á quien los cortesanos,
-á causa de los signos indubitables de superioridad que notaron
-en él desde su tierna infancia, le dieron<span class="pagenum"
-id="Page_153">[p. 153]</span> el sobrenombre de Al Kamel, que quiere
-decir El Perfecto. Las predicciones de los astrólogos se conformaban
-bastante con esta lisonja, pues habian leido en los astros que el
-príncipe seria el mas perfecto y dichoso de los soberanos. Una
-sola nube amenazaba su destino, y aun en esta se distinguia cierto
-color purpúreo que la hermoseaba: habíale dotado naturaleza de una
-propension irresistible al amor, y esta pasion le habia de hacer
-correr grandes riesgos. Con todo, si se conseguia libertarle de sus
-ataques hasta la edad madura, se desvanecerian estos peligros, y su
-vida ofreceria una serie no interrumpida de prosperidades.</p>
-
-<p>Confiado el rey en los consejos de los astrólogos, adoptó la
-sábia<span class="pagenum" id="Page_154">[p. 154]</span> resolucion
-de hacer educar al príncipe en un retiro absoluto, en donde no
-pudiese ver un rostro femenil, ni llegase á sus oidos el solo nombre
-de amor. Can esta mira hizo construir en la colina que domina la
-Alhambra un palacio suntuoso, y le rodeó de deliciosos jardines,
-cercados de murallas altísimas, que son los mismos que conocemos al
-presente con el nombre de <i>Generalife</i>.</p>
-
-<p>En este retiro fue encerrado el jóven Ahmed Al Kamel, bajo la
-tutela de Eben Bonabben, filósofo árabe de saber profundo; pero de
-carácter severo é insensible. Habia este pasado la mayor parte de
-su vida en Egipto, ocupado en el estudio de los geroglíficos, y en
-hacer investigaciones científicas en los se<span class="pagenum"
-id="Page_155">[p. 155]</span>pulcros y en las pirámides; y de ahí es
-que á sus ojos tenia mucho mas atractivo una momia egipcia, que la
-belleza viviente mas seductora. Confióse pues á tan digno preceptor
-la educacion del príncipe, previniéndole le instruyese en toda clase
-de conocimientos, escepto uno solo: debia ignorar completamente todo
-lo relativo al amor.</p>
-
-<p>«Emplead, le dijo el rey, cuantas precauciones creais necesarias
-para conseguir este objeto; y tened presente, ó Eben Bonabben, que
-si mi hijo llega á adquirir la menor noticia de este objeto vedado,
-pagareis con la cabeza esta trasgresion á mis órdenes.»</p>
-
-<p>Una sonrisa forzada conmovió el descarnado rostro del sábio
-Bonabben al oir esta amenaza. «Tan se<span class="pagenum"
-id="Page_156">[p. 156]</span>guro podeis estar vos de vuestro hijo
-como yo de mi cabeza. ¿Creeis que un hombre como yo habia de ir á dar
-al príncipe lecciones de amor?»</p>
-
-<p>Bajo la vigilante custodia del filósofo fue creciendo el príncipe,
-prisionero en aquellos jardines y palacio. Servíanle esclavos
-negros y mudos, de figura horrible, que ó no tenian ninguna noticia
-del amor, ó carecian de palabras para comunicarlas. Eben Bonabben
-trabajaba con teson en formar el entendimiento de su alumno,
-enriqueciéndole con toda suerte de conocimientos, y señaladamente con
-las ciencias abstractas de los egipcios; mas el príncipe hacia muy
-pocos progresos en estas últimas, y su Mentor se convenció muy pronto
-de que no se hallaba en él ninguna aptitud para la metafísica.<span
-class="pagenum" id="Page_157">[p. 157]</span> Sin embargo, tenia une
-docilidad estraordinaria en un príncipe, y estaba siempre pronto á
-seguir las opiniones de los demas, dejándose guiar por el último
-que le aconsejaba: tanto que resistiendo con no pequeño esfuerzo
-los ataques del sueño, escuchaba con una paciencia verdaderamente
-egemplar los doctos y perdurables discursos de Bonabben, que dejaron
-en su espíritu una idea ligera de casi todas las ciencias. De este
-modo llegó felizmente Ahmed á los veinte años de su edad; mas aunque
-podia pasar por un prodigio de saber, ignoraba absolutamente lo que
-era amor.</p>
-
-<p>Por este tiempo se cambiaron las costumbres del príncipe:
-abandonó de todo punto los estudios, y pasaba los dias vagando por
-los jardines,<span class="pagenum" id="Page_158">[p. 158]</span>
-ó sentado á la orilla de una fuente, abismado en profundas
-cavilaciones. Habíanle enseñado algunos principios de música, y
-empleaba una parte del dia en cultivar este arte, manifestando al
-mismo tiempo una aficion naciente á la poesía. Estos caprichos
-sobresaltaron al sábio Eben Bonabben, el cual trató de desvanecerlos
-por medio de un curso de álgebra; mas el príncipe tenia horror á todo
-lo que era cálculo: «No puedo soportar el estudio del álgebra, dijo;
-necesito alguna cosa que hable á mi corazon.</p>
-
-<p>—¡Medrados estamos! dijo para sí el sábio preceptor, meneando
-la despoblada cabeza. ¡Adios filosofía! el príncipe ha descubierto
-que hay corazon.» Desde entonces dobló la vigilancia con que celaba
-todos los<span class="pagenum" id="Page_159">[p. 159]</span> pasos
-y acciones de su alumno, y no tardó en conocer que su propension
-natural á la terneza se habia ya desarrollado, y solo necesitaba
-un objeto para acabar de manifestarse. Veíasele con frecuencia
-discurriendo sin direccion por los jardines embebecido en una especie
-de enagenamiento, cuya causa ignoraba él mismo: algunas veces parecia
-hallarse sumergido en una ilusion deliciosa; otras tomaba un laud, y
-pulsándole con blandura, le hacia producir los sonidos mas tiernos,
-tras lo cual solia arrojarle con despecho lejos de sí, suspirando y
-prorumpiendo en esclamaciones apasionadas.</p>
-
-<p>Esta disposicion al amor la manifestaba hasta con los objetos
-inanimados: tenia algunas flores favoritas, á las que prodigaba las
-atenciones<span class="pagenum" id="Page_160">[p. 160]</span> mas
-asiduas; tomó cariño á muchos árboles, y uno en particular le inspiró
-la mas viva pasion por su graciosa forma y delicado ramage, que se
-inclinaba al suelo blandamente. Esculpia su nombre en la corteza,
-adornaba sus ramas con guirnaldas, y acompañándose con el laud,
-cantaba coplas en su alabanza.</p>
-
-<p>El sábio Eben Bonabben entró en graves temores al observar en su
-alumno estos síntomas de escitacion: veíale al umbral de la ciencia
-vedada, el menor indicio bastaba ya para descubrirle el secreto
-fatal. Temblando pues por la seguridad del príncipe y por su propia
-cabeza, se apresuró á alejarle de las seducciones del jardin, y con
-este objeto le confinó en la torre mas alta del Generalife. Contenia
-esta magníficas<span class="pagenum" id="Page_161">[p. 161]</span>
-habitaciones, desde donde descubria la vista un horizonte inmenso;
-pero su elevacion la separaba de aquella atmósfera embalsamada,
-de aquellos bosquecillos risueños, tan peligrosos para el sobrado
-sensible Ahmed.</p>
-
-<p>Mas era necesario conciliar al príncipe con esta medida violenta,
-y procurarle alguna distraccion que le hiciese mas llevadera su
-soledad. Habia ya apurado todos los estudios amenos, y no podia
-hablársele de álgebra ni de nada que se le pareciese; mas por fortuna
-Eben Bonabben se acordó de que en otro tiempo habia aprendido en
-Egipto la lengua de los pájaros, la cual le enseñára un rabino judío,
-que la habia heredado directamente del sábio Salomon. Al solo nombre
-de<span class="pagenum" id="Page_162">[p. 162]</span> esta ciencia
-brillaron de alegria los ojos del príncipe, el cual se aplicó á su
-estudio con tal teson, que en poco tiempo se halló tan versado en
-ella como su mismo maestro.</p>
-
-<p>La torre del Generalife dejó desde entonces de ser una soledad
-para Ahmed, pues este tenia á toda hora con quien hablar. Su primer
-conocimiento de vecindad fue el de un gavilan, que tenia su guarida
-en una hendidura de las almenas, desde cuya elevacion se lanzaba
-sobre la presa que á lo lejos descubria. Mas el príncipe halló poco
-agradable la amistad de este pájaro: verdadero pirata del aire,
-su conversacion se componia únicamente de fanfarronadas sobre sus
-rapiñas, su valor y sus hazañas.</p>
-
-<p>Mas adelante se relacionó Ahmed<span class="pagenum"
-id="Page_163">[p. 163]</span> con un buho de aspecto grave y
-presumido, cabeza voluminosa y ojos redondos y espantados. Este
-pasaba todo el dia dormitando en un agujero de la muralla, de donde
-no salia hasta la noche: picábase de sábio; de cuando en cuando
-dejaba escapar algunas voces campanudas sobre la astrología; hablaba
-de la luna, y daba á entender que no era del todo estraño á las
-ciencias ocultas; mas estaba furiosamente apasionado á la metafísica,
-y sus disertaciones eran aun mas intolerables que las del sábio Eben
-Bonabben.</p>
-
-<p>Algunas veces tambien solia el príncipe comunicar con un
-murciélago, que pasaba el dia pegado á la pared en un rincon oscuro
-de la bóveda, y solo salia al anochecer para dar algunos paseos, por
-decirlo<span class="pagenum" id="Page_164">[p. 164]</span> así, con
-chinelas y gorro de dormir. Esta ave no tenia tampoco sino ideas
-superficiales de todo, se mofaba de las cosas que ignoraba, ó de que
-solo habia adquirido conocimientos imperfectos, y no hallaba placer
-en nada.</p>
-
-<p>Completaba la plumífera sociedad una golondrina, con quien el
-príncipe trabó al principio estrechas relaciones: era una habladora
-eterna, pero muy picotera y quisquillosa; y como nunca paraba en un
-punto, se hacia imposible tener con ella una conversacion seguida.</p>
-
-<p>Tales eran los únicos compañeros con quienes podia el príncipe
-egercitar la nueva ciencia, que habia adquirido; porque la torre
-estaba demasiado elevada para que pudiesen frecuentarla otras aves.
-Cansóse pronto<span class="pagenum" id="Page_165">[p. 165]</span> de
-sus nuevos conocimientos, cuya conversacion, poco interesante para su
-espíritu, no decia nada á su corazon, y poco á poco volvió á caer en
-su primera melancolía. Pasó el invierno, y volvió la primavera con su
-séquito de flores y verdura, y su dulce y balsámico aliento; llegó
-el tiempo dichoso en que las aves vuelan de dos en dos á labrar sus
-nidos en la enramada. De repente, cual si correspondieran á una señal
-convenida, se levantó de las florestas del Generalife un concierto
-de dulce melodía, y llegó hasta los oidos del príncipe en la elevada
-soledad de su torre. Todas las voces cantaban el mismo tema: <i>Amor</i>,
-<i>amor</i>, <i>amor</i>: esto era lo que se oía proferir en todos los
-tonos. Escuchaba el príncipe en silencio perplejo y sobresal<span
-class="pagenum" id="Page_166">[p. 166]</span>tado: «¿Qué será este
-amor, discurria, que parece ocupar al mundo entero, al paso que á mí
-me es absolutamente desconocido?» Quiso tomar algunas noticias por
-medio de su amigo el gavilan; mas este bribon le respondió con tono
-de burla: «Dirigíos á las pacíficas y vulgares aves de la tierra,
-destinadas á servirnos de pasto á nosotros los príncipes del aire;
-ellas podrán satisfacer vuestras preguntas: por lo que á mí hace, no
-conozco mas oficio que la guerra, ni otras delicias que los combates;
-en una palabra, soy un guerrero é ignoro de todo punto lo que es
-amor.»</p>
-
-<p>El príncipe se apartó de él disgustado, y se fue á buscar al
-buho que estaba escondido en su retiro. «Este, decia, es un pájaro
-sensato y reflexivo, que sin duda podrá darme<span class="pagenum"
-id="Page_167">[p. 167]</span> las noticias que necesito.» Con efecto,
-suplicó al buho que le dijese qué venia á ser el amor que cantaban
-en aquel momento todas las aves de las florestas inmediatas á la
-torre.</p>
-
-<p>à esta pregunta se manifestó el buho sorprendido é incomodado.
-«Mis noches, contestó con cierto aire de dignidad ofendida, están
-consagradas á las investigaciones científicas, y mis dias á rumiar
-en mi retiro todas las especies que he recogido en mis viages. Por
-lo que hace á esas aves vocingleras de que me hablais, jamas me
-he cuidado de escucharlas; porque las desprecio á ellas y á los
-objetos de sus necias canciones. Yo no canto, loado sea Allah; soy un
-filósofo é ignoro de todo punto lo que es amor.»</p>
-
-<p>Oida esta respuesta, se trasladó<span class="pagenum"
-id="Page_168">[p. 168]</span> el príncipe al rincon, en donde su
-amigo el murciélago estaba colgado de las patas, y despertándole,
-le dirigió la misma pregunta. El murciélago, frunciendo el hocico,
-puso un gesto el mas ceñudo y emperrado, y le respondió regañando.
-«¿à qué venís ahora á interrumpir de este modo mi sueño de la mañana
-para hacerme una pregunta necia? Yo no salgo sino al anochecer
-cuando se hallan durmiendo todas las demas aves, y nunca me mezclo
-en sus negocios. à Dios gracias, no pertenezco á las aves ni á
-los cuadrúpedos; he descubierto los vicios de unos y otros, y los
-aborrezco á todos igualmente. En una palabra, soy misantropo é ignoro
-de todo punto lo que es amor.»</p>
-
-<p>En último recurso acudió el prín<span class="pagenum"
-id="Page_169">[p. 169]</span>cipe á la golondrina, y la detuvo á la
-que pasaba en uno de sus círculos por lo mas elevado de la torre.</p>
-
-<p>La golondrina, segun su costumbre, andaba muy atrafagada, y apenas
-se detuvo el tiempo preciso para contestar: «Os aseguro sobre mi
-palabra, le dijo, que como tengo que acudir á tantas cosas de interes
-general, no me he detenido jamas á pensar en el objeto de que me
-hablais. Todos los dias tengo cien visitas que hacer, y otros tantos
-negocios importantes que examinar, los cuales no me dejan tiempo para
-ocuparme en los frívolos objetos de las canciones que se oyen en
-derredor de los nidos. En una palabra, soy cosmopolita é ignoro de
-todo punto lo que es amor.»</p>
-
-<p>Quedó Ahmed en la misma duda,<span class="pagenum"
-id="Page_170">[p. 170]</span> y su curiosidad se aumentó todavía con
-la dificultad de satisfacerla. Hallándose un dia discurriendo sobre
-este objeto misterioso, entró en la torre su anciano preceptor, y
-viéndole el príncipe corrió luego á su encuentro, y le dijo con el
-mayor interes: «¡Ó sábio Eben Bonabben! tú me has revelado una gran
-parte de la sabiduría de la tierra; mas hay una cosa que ignoro
-absolutamente, y en la que tengo vivos deseos de instruirme.</p>
-
-<p>—Diríjame mi príncipe las cuestiones que quiera, y toda la
-inteligencia de su siervo está á sus órdenes.</p>
-
-<p>—Dime pues, ó el mas profundo de los filósofos, ¿cuál es la
-naturaleza de esa cosa que se llama amor?»</p>
-
-<p>El sábio Eben Bonabben quedó<span class="pagenum"
-id="Page_171">[p. 171]</span> tan asombrado como si hubiese caido un
-rayo á sus pies; tembló, perdió el color, y le pareció que la cabeza
-le bamboleaba ya sobre los hombros.</p>
-
-<p>«¿Y quién ha podido sugerir á mi príncipe semejante pregunta? ¿En
-dónde ha aprendido esa palabra vana?»</p>
-
-<p>El príncipe, llevando á su preceptor á la ventana: «Escucha, le
-dijo, Eben Bonabben.» Escuchó el sábio, y oyó el dulce canto de un
-ruiseñor, que escondido en un bosquecillo que estaba al pie de la
-torre, dirigia tiernas querellas á su amada: de todos los rosales, de
-todas las ramas floridas salian trinos melodiosos, que espresaban el
-mismo pensamiento: <i>Amor</i>, <i>amor</i>, <i>amor</i>, era el tema de todos los
-cantos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_172">[p. 172]</span></p>
-
-<p>«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! esclamó el sábio Bonabben; ¿quién
-será osado á ocultar al hombre este secreto, cuando las mismas aves
-del aire conspiran á revelárselo?»</p>
-
-<p>Entonces volviéndose á Ahmed: «¡Ó príncipe mio! le dijo juntando
-las manos, cierra los oidos á esos cantos peligrosos; huye de tan
-nocivo conocimiento. Sabe que la mitad de los males que afligen
-á la humanidad no reconocen otra causa que ese funesto amor: él
-es el que fomenta la discordia y el rencor entre los hermanos y
-los amigos; él enciende la guerra, él escita á la traicion. Los
-cuidados, la tristeza, los dias inquietos, las noches sin sueño;
-he aquí sus efectos. Marchita la flor, destruye la alegria de la
-juventud, y lleva consigo los males y los pesa<span class="pagenum"
-id="Page_173">[p. 173]</span>res de una vejez prematura. Consérvete
-Allah, ó príncipe mio, en la feliz y total ignorancia de esa cosa que
-se llama amor.»</p>
-
-<p>Dichas estas palabras se salió el sábio Bonabben, dejando
-al príncipe en una perplejidad mas profunda aun que la que le
-mortificaba antes de hablarle. En vano procuraba separar de su
-imaginacion este objeto que absorvia todas sus ideas: á pesar suyo
-le ocupaba continuamente, y su espíritu se fatigaba y se perdia en
-vanas congeturas. «Seguramente, decia prestando oidos á las dulces
-canciones de las aves, estos acentos no tienen nada de tristes, y
-antes bien, parece que solo espresan placer y ternura. Si el amor
-causa tantas desgracias y enemistades, ¿en qué consiste que estas
-aves no están<span class="pagenum" id="Page_174">[p. 174]</span>
-todas gimiendo en la soledad, ó bien despedazándose unas á otras, en
-vez de revolotear alegremente por las selvas, y juguetear bulliciosas
-entre las flores?»</p>
-
-<p>Cierta mañana, tendido blandamente en su lecho, discurria entre
-sí sobre este misterio inesplicable. Abierta la ventana, penetraba
-por ella el fresco vientecillo, que despues de empaparse en el suave
-aroma de los azahares que florecen á la orilla del Darro, subia
-á recrear los sentidos del príncipe; oíase á lo lejos la voz del
-ruiseñor que repetia su tema acostumbrado, y cuando el príncipe
-le escuchaba suspirando, oyó cerca de sí el ruido de las alas de
-un ave. Perseguido por el gavilan un hermoso palomo, se entró en
-su aposento y cayó palpitando en el suelo;<span class="pagenum"
-id="Page_175">[p. 175]</span> y el gavilan, viéndose privado de la
-presa, dirigió el vuelo hácia los montes.</p>
-
-<p>Levantó el príncipe al pobre palomo que estaba medio muerto,
-le besó y le abrigó en su seno. Luego que lo hubo tranquilizado
-con sus caricias, le puso en una jaula de oro, y le presentó con
-sus propias manos trigo del mas puro y agua cristalina. El ave sin
-embargo se negaba á tomar alimento, y permanecia con la cabeza caida,
-lamentándose con tono lastimero.</p>
-
-<p>«¿De qué te afliges? decia Ahmed, ¿no tienes todo lo que puede
-desear tu corazon?</p>
-
-<p>—¡Ah! no, replicó el palomo; ¿por ventura no estoy separado de mi
-amada compañera, y precisamente en la época feliz de la prima<span
-class="pagenum" id="Page_176">[p. 176]</span>vera, en la estacion
-hermosa de los amores?</p>
-
-<p>—¡De los amores! replicó Ahmed, ¡ah! yo te lo suplico, ave
-graciosa, ¿podrias decirme lo que es amor?</p>
-
-<p>—¡Ay príncipe mio! ¡Demasiado! El amor hace el tormento de uno,
-la felicidad de dos, y se convierte en una fuente de enemistades y
-desgracias si llegan á ser tres. Es un encanto poderoso que atrae
-mútuamente á dos séres, y los une con la mas dulce simpatía; los hace
-dichosos si están unidos; pero muy dignos de lástima cuando se hallan
-separados. Mas ¿acaso no existe ningun sér con quien os haya unido un
-afecto tierno?</p>
-
-<p>—Sí, yo amo á mi anciano preceptor Eben Bonabben mas que á ningun
-otro sér conocido; pero sin<span class="pagenum" id="Page_177">[p.
-177]</span> embargo suele parecerme fastidioso, y algunas veces me
-creo mas feliz en su ausencia que en su compañía.</p>
-
-<p>—No trato yo de esa clase de afecto: hablo del amor, del gran
-misterio y principio de la vida, de la felicidad inefable de la
-juventud y delicia tranquila de la edad madura. Mira en torno de
-tí, príncipe mio, y verás como todo respira amor en esta deliciosa
-estacion: de cuantas criaturas existen, no hay una que no tenga su
-compañera; el mas pequeño pajarillo canta para agradar á su amada;
-el insecto, que apenas se distingue sobre la yerba, busca tambien á
-su querida, y esas mariposas que suben volando hasta por encima de
-la torre, y vagan jugueteando por el aire, son felices por su mútua
-ternura. ¡Ah príncipe mio! ¿será posible que<span class="pagenum"
-id="Page_178">[p. 178]</span> hayas perdido los dias mas preciosos
-de tu juventud sin conocer el amor? ¿Ningun sér de sexo diferente,
-ninguna hermosa princesa, ninguna jóven agraciada ha cautivado tu
-corazon, y hecho nacer en tu seno una dulce inquietud, un conjunto
-agradable de penas y deseos?</p>
-
-<p>—Ya empiezo á comprenderte, dijo el príncipe suspirando; mas de
-una vez he esperimentado una inquietud semejante á la que me dices
-sin adivinar la causa. Mas reducido á esta espantosa soledad, ¿dónde
-podré hallar un objeto tal como tú le pintas?»</p>
-
-<p>La conversacion continuó aun por algun tiempo sobre el mismo
-objeto, y la primera leccion que recibió el príncipe fue completa.</p>
-
-<p>«¡Ay! esclamó despues, si el<span class="pagenum"
-id="Page_179">[p. 179]</span> amor es una felicidad tan grande, y
-tanta pena causa la ausencia del objeto amado, ¡no permita Allah que
-yo turbe la alegria de dos amantes!»</p>
-
-<p>Dicho esto abrió la jaula, sacó el palomo y le dejó sobre la
-ventana. «Ve, dijo, ave dichosa, goza con la amada de tu corazon los
-hermosos dias de la juventud y la deliciosa estacion de la primavera.
-¿Con qué razon habia yo de retenerte en este triste encierro, adonde
-jamas podrá penetrar el amor?»</p>
-
-<p>Batió el ave las alas en señal de contento, formó un círculo en
-el aire, y voló como una flecha hácia los floridos bosquecillos del
-Darro.</p>
-
-<p>Siguióla Ahmed con los ojos hasta perderla de vista, y quedó
-sumergido en la mas profunda tristeza. El canto de las aves que tanto
-le com<span class="pagenum" id="Page_180">[p. 180]</span>placia
-pocos momentos antes, redoblaba ahora sus penas ¡Amor, amor, amor!
-¡Ah pobre jóven! Entonces conoció el significado de este tema tan
-repetido.</p>
-
-<p>La primera vez que vió al sábio Bonabben despues de esta
-conversacion, le dirigió una mirada de resentimiento. «¿Por qué me
-has dejado en tan crasa ignorancia? le dijo encolerizado. ¿Por qué
-me ha de ser desconocido el gran misterio, el principio de la vida
-que está al alcance del mas humilde insecto? La naturaleza entera
-se entrega en este momento á los mas dulces placeres; todas las
-criaturas se gozan con una compañera, y ve ahí precisamente ese amor
-que yo queria conocer. ¿Por qué he de ser yo el único que se halle
-privado de sus delicias? ¿Por<span class="pagenum" id="Page_181">[p.
-181]</span> qué he de haber pasado los dias mas floridos de mi
-juventud, sin conocer la felicidad que puede proporcionar?»</p>
-
-<p>El sábio Bonabben conoció sobradamente que ya era inútil toda
-reserva, puesto que el príncipe habia adquirido la ciencia prohibida.
-Le reveló pues las predicciones de los astrólogos; y le enteró de las
-precauciones que se habian tomado en su educacion para conjurar la
-tempestad que le amenazaba.</p>
-
-<p>«Ahora, príncipe mio, añadió, teneis mi vida en vuestras manos. Si
-el rey vuestro padre llega á entender que bajo mi vigilancia habeis
-aprendido lo que es amor, perezco sin remedio; porque respondí con mi
-cabeza de vuestra completa ignorancia en esta materia.»</p>
-
-<p>Era el príncipe mas razonable de<span class="pagenum"
-id="Page_182">[p. 182]</span> lo que pudiera esperarse de un jóven
-de su edad, y así escuchó las reflexiones de su preceptor con tanta
-mayor deferencia, cuanto que nada le hablaba contra ellas. Por otra
-parte Ahmed profesaba un verdadero afecto al sábio Bonabben, y como
-solo conocia la teórica del amor, consintió fácilmente en encerrar en
-su seno todas las noticias que sobre este objeto acababa de adquirir,
-antes que poner en peligro la cabeza del filósofo.</p>
-
-<p>Su discrecion empero tuvo que sufrir muy pronto una prueba mas
-fuerte. Algunos dias despues, hallándose engolfado en tristes
-imaginaciones junto á las almenas de la torre, apareció en los aires
-el palomo á quien habia restituido la libertad, y abatiendo el vuelo,
-se le<span class="pagenum" id="Page_183">[p. 183]</span> puso sobre
-el hombro con singular familiaridad.</p>
-
-<p>Cogióle el príncipe, y estrechándole contra su corazon: «¡Ave
-dichosa, esclamó, que puedes volar con la rapidez de la luz de la
-mañana de un estremo á otro de la tierra! ¿Qué pais has visitado
-despues que no nos hemos visto?</p>
-
-<p>—Vengo, ó príncipe, de una region muy distante; y en recompensa
-de la libertad que os debo, os traigo las mas alegres nuevas. En
-mi remontado vuelo puedo cernerme sobre una altura prodigiosa, y
-dominar una estension inmensa de pais. Cierto dia pues descubrí bajo
-de mí un jardin delicioso, lleno de toda suerte de frutas y flores:
-un límpido arroyuelo corria serpenteando por entre las flores, que
-esmaltaban<span class="pagenum" id="Page_184">[p. 184]</span> una
-frondosa pradera; y en el centro del jardin se levantaba un magnífico
-palacio. Poséme sobre un árbol para descansar, y junto al arroyuelo
-que pasaba bañando el tronco, descubrí una princesa en todo el brillo
-de la primera juventud, rodeada de doncellas de su misma edad, que
-la adornaban con guirnaldas de flores tan frescas como ella, pero
-no con mucho tan hermosas. Tantos hechizos sin embargo florecian
-en aquella soledad ocultos á los ojos de todos; porque el jardin
-se hallaba cercado de murallas altísimas, y nadie podia penetrar
-en él. à la vista de una tierna jóven tan llena de atractivos, á
-quien su separacion del mundo ha conservado toda la inocencia de
-la edad infantil, he discurrido que esta era la que el cielo tenia
-destinada<span class="pagenum" id="Page_185">[p. 185]</span> para
-inspirar amor á mi querido Ahmed.»</p>
-
-<p>Esta descripcion se grabó con caracteres de fuego en el corazon
-sobrado sensible de Ahmed. La vaga ternura que comprimia en su seno
-hacia tanto tiempo, hallaba en fin un objeto en que fijarse, y la
-pasion que concibió por la princesa, se enunció desde su nacimiento
-con la mayor violencia. Escribió una carta, en la que con las frases
-mas apasionadas espresaba el ardiente amor y tierno cariño que ya
-profesaba á la bella desconocida; lastimándose del cautiverio que
-le impedia arrojarse á sus pies. à este amoroso billete añadió
-algunas estancias, en las que la verdad de los afectos iba unida
-á la delicadeza de las palabras; porque ademas de que el príncipe
-era<span class="pagenum" id="Page_186">[p. 186]</span> naturalmente
-poeta, en este momento le inspiraba el amor. La carta iba dirigida
-<i>à la bella desconocida: del príncipe cautivo Ahmed</i>. Y despues de
-haberla perfumado con almizcle y esencia de rosas, se la entregó al
-palomo.</p>
-
-<p>«Parte, dijo, ó el mas fiel de los mensageros, salva los montes
-y los valles, y no te detengas en ninguna floresta, hasta haber
-entregado esta carta á la señora de mi corazon.»</p>
-
-<p>Remontóse el palomo hasta una altura prodigiosa, y en seguida
-dirigió el vuelo en línea recta. Siguióle el príncipe largo rato con
-la vista, ya no le distinguia sino como un punto casi imperceptible,
-y al fin se ocultó enteramente detras de una montaña.</p>
-
-<p>Contaba Ahmed con impaciencia<span class="pagenum"
-id="Page_187">[p. 187]</span> los dias que se siguieron á la partida
-de su mensagero, y cada mañana se prometia verle antes de la noche;
-mas esperaba en vano. Ya comenzaba á acusarle de ingratitud, cuando á
-la caida de una hermosa tarde, vió al fiel palomo que llegó volando
-á su habitacion y cayó muerto á sus pies. La flecha cruel de algun
-desapiadado cazador habia atravesado su pecho, y la pobre avecilla
-empleó toda la fuerza y vida que le quedaban en llegar al término de
-su viage y dejar cumplida su mision.</p>
-
-<p>Inclinóse el príncipe lloroso sobre el cuerpo inanimado de aquel
-mártir de la fidelidad, cuando notó al rededor de su cuello una
-cadena de perlas, de la que pendia un retrato que estaba oculto bajo
-el ala, y representaba sobre esmalte una hermosa princesa<span
-class="pagenum" id="Page_188">[p. 188]</span> en la flor de su edad.
-Esta era sin duda la bella desconocida del jardin; mas ¿quién era?
-¿En dónde estaba? ¿Habria recibido la carta y le enviaba en cambio
-aquel retrato, como prenda de correspondencia?</p>
-
-<p>Todo esto quedaba desgraciadamente envuelto en la duda y en la
-oscuridad con la lastimera muerte del palomo.</p>
-
-<p>Contemplaba el príncipe la miniatura, y arrasábanse de lágrimas
-sus ojos. Estrechábala contra su corazon y contra sus labios, pasaba
-horas enteras mirándola sumergido en una tierna agonía. «Bella
-imágen, decia, ¡ah! no eres mas que una imágen; empero tus ojos
-cristalinos se fijan en mí con ternura; tus labios de rosa parece
-se abren para consolar mi pena.... ¡Vanos delirios! Esos her<span
-class="pagenum" id="Page_189">[p. 189]</span>mosos ojos, esa boca
-adorable, tal vez habrán hablado un lenguage tan dulce á un rival
-mas feliz. Pero ¿en dónde podria yo hallar el original de esta copia
-divina? ¿Quién sabe cuántos reinos y montes nos separan, ni qué
-acontecimientos podrán impedir nuestra union? Acaso en este momento
-la colma de atenciones y obsequios una turba de admiradores, y yo
-triste, prisionero en mi torre, paso mis amargos dias adorando una
-sombra.»</p>
-
-<p>El príncipe tomó de repente una resolucion estraordinaria. «Huiré,
-dijo, de este palacio, ó mas bien de esta prision odiosa, y peregrino
-de amor, buscaré por todo el mundo á la desconocida princesa que
-reina en mi corazon.»</p>
-
-<p>Era inútil pensar en huir durante<span class="pagenum"
-id="Page_190">[p. 190]</span> el dia; mas la guarda del palacio
-estaba bastante descuidada por la noche, en razon de que no se temía
-ninguna tentativa de este género de parte del príncipe, que siempre
-habia llevado con paciencia su cautiverio. Con todo eso Ahmed no
-sabia cómo conducirse para efectuar una fuga nocturna por un pais
-que le era absolutamente desconocido; pero discurriendo que el
-buho, como acostumbrado á pasearse durante la noche, debia conocer
-todos los caminos escusados de las inmediaciones, pasó á su retiro
-para consultarle. Puso el buho un semblante grave, y dándose grande
-importancia, contestó en estos términos al príncipe Ahmed: «Habeis de
-saber, ó príncipe, que nosotros los buhos pertenecemos á una familia
-muy antigua<span class="pagenum" id="Page_191">[p. 191]</span> y
-numerosa, que aunque algo decaida tiene todavía mucho poder. En
-todos los puntos de España poseemos castillos y palacios; y puedo
-aseguraros con verdad que me seria imposible hallar una torre, una
-ciudadela, un edificio cualquiera, tanto en las ciudades como en los
-campos, en donde no esté seguro de encontrar un hermano, un tio ó un
-primo. Ademas, haciendo mi vuelta de visitas de parentela, he cruzado
-el pais en todas direcciones, y conozco los sitios mas ocultos.»
-Lleno el príncipe de júbilo al encontrar al buho tan profundamente
-versado en la topografía le confió el secreto de su amor y su
-proyecto de fuga, y le suplicó tuviese á bien servirle de guia y
-consejero.</p>
-
-<p>«¡Cómo! respondió el buho algo<span class="pagenum"
-id="Page_192">[p. 192]</span> picado, ¿he nacido yo acaso para
-mezclarme en intrigas de amor? ¿Yo que tengo consagrado todo mi
-tiempo á la meditacion y á la luna?</p>
-
-<p>—Sosegaos, augusto buho, repuso el príncipe, y dignaos de
-salir por un instante de vuestras meditaciones y de la luna para
-ausiliar mi fuga, y yo os concederé en cambio todo lo que acerteis á
-pedirme.</p>
-
-<p>—Yo poseo todo lo que deseo, replicó el buho: algunos ratones
-bastan para la provision de mi frugal mesa, y este agujero es harto
-capaz para poder meditar. ¿Qué mas necesita un filósofo?</p>
-
-<p>—Considera sin embargo, sapientísimo buho, que entre tanto que tú
-meditas y miras á la luna en tu retiro, tus talentos son perdidos
-para el mundo. Yo seré un dia soberano, y<span class="pagenum"
-id="Page_193">[p. 193]</span> podré colocarte en algun puesto
-honroso, y darte alguna dignidad en donde brille y sea útil tu
-profunda sabiduría.»</p>
-
-<p>La filosofía del buho le hacia muy superior á las necesidades
-de la vida; mas no le habia libertado enteramente de la ambicion.
-Rindióse pues á las ofertas del príncipe, y consintió en servirle de
-guia y Mentor en su peregrinacion.</p>
-
-<p>Los proyectos de un amante se egecutan con mucha prontitud.
-Ante todo reunió el príncipe sus diamantes y demas alhajas, y las
-ocultó entre sus vestidos como caudal para el viage; y la noche
-siguiente, sirviéndole de escalera una de sus fajas, y siguiendo las
-indicaciones del buho, saltó de la torre por un balcon de la muralla
-esterior, y antes de amane<span class="pagenum" id="Page_194">[p.
-194]</span>cer ya se hallaban en medio de los montes él y su
-esperimentado guia.</p>
-
-<p>Allí consultó con su Mentor sobre la ruta que deberian tomar.</p>
-
-<p>«Yo creo, dijo el buho, que seria acertado ir á Sevilla; porque
-habeis de saber que hace muchos años hice yo una visita á mi tio,
-un buho de ilustre abolengo, que habitaba en uno de los ángulos
-arruinados del alcázar: con esta ocasion hice muchas escursiones
-nocturnas por aquella ciudad, y habiéndome llamado La atencion cierta
-luz que brillaba en una torre abandonada, dirigí una noche el vuelo
-á las almenas, y ví que aquella luz era la lámpara de un mágico
-árabe, á quien descubrí tambien en su escondrijo rodeado de los
-libros de su ciencia, y que tenia sobre el hombro un cuervo muy<span
-class="pagenum" id="Page_195">[p. 195]</span> viejo que habia traido
-consigo de Egipto. Trabé estrechas relaciones con dicho cuervo, y
-aprendí de él la mayor parte de los conocimientos que poseo. Despues
-de aquella época murió el mágico; mas el cuervo habita aun la torre,
-porque estos pájaros son admirables por su longevidad. Yo pues, ó
-príncipe, os aconsejaria que buscaseis á este cuervo; porque ademas
-de que es adivino y algo hechicero, profesa tambien la mágia negra,
-en la que son muy celebrados los cuervos, y señaladamente los de
-Egipto.»</p>
-
-<p>Admirado el príncipe de este consejo, se dirigió á Sevilla;
-mas por consideracion á su compañero, caminaba únicamente durante
-la noche, y pasaba el dia en alguna gruta oscura, ó en una torre
-arruinada; pues<span class="pagenum" id="Page_196">[p. 196]</span>
-el buho conocia todas estas guaridas secretas, y su aficion á las
-ruinas era igual á la de un anticuario.</p>
-
-<p>Llegaron en fin á Sevilla una mañana antes de salir el sol, y el
-buho, que detestaba la luz del dia y el tráfago de una ciudad tan
-populosa, se quedó fuera de los muros, y puso su cuartel en el hueco
-de un árbol.</p>
-
-<p>Entró el príncipe en la ciudad, y no tardó á hallar la torre
-mágica, que descollaba por encima de las casas, no de otra manera
-que una palma sobre los matorrales del desierto. Dicha torre era la
-misma que existe hoy, y es conocida con el nombre de <i>la Giralda</i>.
-Una escalera trabajosa condujo al príncipe hasta la estancia mas
-elevada, en donde halló efectivamente al cuervo cabalístico. Era
-este un pájaro viejo, de cabeza cana y plu<span class="pagenum"
-id="Page_197">[p. 197]</span>mage ralo, semblante ceñudo, y una nube
-en el ojo izquierdo que le daba una mirada de espectro. Sostenido
-sobre una pata tenia la cabeza inclinada, y con el ojo que le quedaba
-estaba examinando un diagrama que se veía trazado en el suelo.</p>
-
-<p>Llegóse á él el príncipe con todo el respeto que su alta
-reputacion y venerable aspecto debian naturalmente inspirarle:
-«Perdonadme, le dijo, respetable y sapientísimo cuervo, si me atrevo
-á distraeros por un instante de los estudios con que teneis admirado
-al mundo entero. Veis en vuestra presencia á un amante que desea
-vivamente le indiqueis los medios de que podrá valerse para lograr el
-objeto de su amor.</p>
-
-<p>—En otros términos, contestó el<span class="pagenum"
-id="Page_198">[p. 198]</span> cuervo con una mirada significativa,
-¿queréis que os diga la buena ventura? Enhorabuena, enseñadme
-la mano, y dejadme descifrar las líneas misteriosas de vuestro
-destino.</p>
-
-<p>—Perdonad, replicó el príncipe: yo no vengo aquí con objeto de
-conocer los decretos del destino que Allah ha querido ocultar á los
-ojos de los mortales; soy un peregrino de amor, y solo pido un hilo
-que pueda dirigirme por entre el laberinto del mundo hácia el objeto
-de mi peregrinacion.</p>
-
-<p>—¿Y os podrán faltar objetos de esta especie en la enamorada
-Andalucía? dijo el viejo cuervo dirigiendo al príncipe con
-semblante maligno el único ojo que tenia, sobre todo en la alegre y
-deliciosa Sevilla, donde mil bellezas de ojos negros bailan<span
-class="pagenum" id="Page_199">[p. 199]</span> de continuo la zambra á
-la fresca sombra de los floridos bosques de naranjos.»</p>
-
-<p>Sonrojóse el príncipe, y se escandalizó sobremanera al oir
-palabras tan libres en boca de un pájaro viejo, que estaba ya con un
-pie en la sepultura. «Creedme, le dijo con gravedad, mi objeto no es
-tan frívolo é innoble como parece lo suponeis. Las bellezas de ojos
-negros que bailan en los bosques de naranjos del Guadalquivir, no
-tienen atractivo alguno para mí: busco una beldad desconocida; pero
-inocente y pura, el original de este retrato; y vuelvo á suplicarte,
-muy poderoso cuervo, que si á tan lo alcanza tu ciencia, me digas en
-dónde podré hallarla.»</p>
-
-<p>La seriedad del príncipe desagradó al cuervo estantigua, el cual
-con<span class="pagenum" id="Page_200">[p. 200]</span>testó con
-secatura: «Todo lo que pertenece á la juventud y á la belleza me es
-estraño: la vejez, la decrepitud es lo único que tiene atractivo
-para mí. Soy el heraldo del destino; desde lo alto de las chimeneas
-anuncio con mis graznidos los pronósticos de la muerte, y me agrada
-cernerme sobre el tejado del enfermo moribundo. Id pues, y buscad en
-otra parte quien os dé mas señas de vuestra bella desconocida.</p>
-
-<p>—¿Y en dónde buscarla sino entre los hijos de la sabiduría?
-Nací para reinar, y los astros que precedieron á mi nacimiento, me
-precisan á acometer una empresa misteriosa, de la que depende tal vez
-el destino de muchos imperios.»</p>
-
-<p>Cuando el cuervo oyó hablar de imperios y destinos en que
-estaban<span class="pagenum" id="Page_201">[p. 201]</span>
-interesadas las estrellas, cambió de tono, escuchó con oido atento
-la historia del príncipe, y cuando la hubo terminado, le dirigió
-con afabilidad estas palabras: «No puedo daros por mí mismo ninguna
-noticia; porque como ya os he dicho, frecuento muy poco los jardines
-y los retretes de las damas; pero dirigíos á Córdoba, y buscad la
-palma del grande Abderramen, que se halla en el patio principal de
-la mezquita. Al pie de este árbol hallareis un gran viagero que ha
-visitado todos los paises y todas las córtes: favorecido en todas
-partes por las reinas y las princesas, esta relacionado con todos los
-magnates del reino, y yo no dudo que podrá daros noticias del objeto
-de vuestras diligencias.</p>
-
-<p>—Mil millones de gracias por tan<span class="pagenum"
-id="Page_202">[p. 202]</span> precioso consejo, dijo el príncipe:
-adios, venerable brujo.</p>
-
-<p>—Adios, peregrino de amor,» respondió el cuervo con tono seco, y
-se puso á calcular de nuevo sobre su diagrama.</p>
-
-<p>Salió el príncipe de Sevilla, y se fue á buscar á su compañero el
-buho, que dormitaba todavía dentro de su árbol; despertóle, y tomaron
-ambos el camino de Córdoba, atravesando los bosques de naranjos y
-limoneros, que refrescan con su sombra las deliciosas márgenes del
-Guadalquivir. Llegados á las puertas de la ciudad, el buho levantó
-el vuelo, y se metió en una grieta de la muralla, y el príncipe se
-dirigió al momento á buscar la palma que plantára en los antiguos
-tiempos el grande Abderramen. Estaba en el patio de la mez<span
-class="pagenum" id="Page_203">[p. 203]</span>quita, descollando
-por encima de los mas altos naranjos y cipreses; algunos dérvises
-y faquires, formaban diversos grupos sentados bajo los pórticos; y
-muchos devotos hacian sus abluciones en la fuente antes de entrar en
-la mezquita.</p>
-
-<p>Al pie del árbol habia un numeroso concurso de gentes de todas
-clases, que segun parecia, estaban escuchando á una persona que
-hablaba con estraordinaria volubilidad. «Este es sin duda, dijo para
-sí el príncipe, el gran viagero que me dará noticias de mi princesa.»
-Mezclóse entre la multitud, y quedó sobremanera sorprendido al
-ver que el orador, en derredor del cual se reunia tan distinguido
-auditorio, era un papagayo de hermoso plumage verde, gesto remilgado
-y copete ergui<span class="pagenum" id="Page_204">[p. 204]</span>do,
-que tenia todas las trazas de un pájaro sumamente pagado de sí
-mismo.</p>
-
-<p>«¿En qué consiste, dijo el príncipe á uno de los oyentes, que
-tantas personas de razon se estén divirtiendo con la parladuria de un
-pájaro de esta especie?</p>
-
-<p>—Vos no sabeis de quién hablais, replicó el otro: este papagayo
-desciende del famoso loro de Persia, tan célebre por sus talentos en
-la adivinacion: tiene toda la ciencia del oriente en el pico de la
-lengua, y cita versos como agua. En todos los paises que ha recorrido
-le han mirado como un milagro de erudicion; con las mugeres, sobre
-todo, se ha adquirido un partido prodigioso; porque el bello sexo ha
-hecho siempre mucho caso de los papagayos que citan versos.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_205">[p. 205]</span></p>
-
-<p>—Muy bien, dijo el príncipe, conozco que me habia equivocado, y
-en verdad que me holgaria de tener un rato de conversacion con tan
-distinguido viagero.»</p>
-
-<p>Con efecto solicitó y obtuvo una entrevista privada, y empezó á
-esponer el objeto de su peregrinacion; mas apenas habia pronunciado
-algunas palabras, cuando soltó el loro una gran carcajada, y continuó
-riendo hasta llorar. «Perdonad, dije, mi loca alegria; pero el solo
-nombre de amor me hace descoyuntar de risa.» Mortificado el príncipe
-de tan intempestiva jovialidad, le replicó con tono grave: «¿Por
-ventura no es el amor el gran misterio de la naturaleza, el principio
-secreto de la vida, el vínculo universal de la simpatía?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_206">[p. 206]</span></p>
-
-<p>—¡Patarata! ¡Pura patarata! Decidme os ruego, ¿en dónde habeis
-aprendido esa gerigonza sentimental? Creedme, ya no es moda el amor,
-ni siquiera se habla ya de él entre las gentes de talento, ni en la
-buena sociedad.»</p>
-
-<p>Suspiró el príncipe, acordándose del lenguage tan diferente de
-su amigo el palomo. «Mas este papagayo, discurria, ha pasado su
-vida en las córtes; blasona de elegante, y afecta ser un personage:
-seguramente no sabrá nada de amor; y como no queria provocar nuevas
-chufletas sobre el afecto que llenaba su corazon, se encaminó
-directamente al objeto de su visita.</p>
-
-<p>«Dignaos decirme, ó incomparable papagayo; vos, para quien
-han estado abiertos los asilos mas recondi<span class="pagenum"
-id="Page_207">[p. 207]</span>tos de la belleza, ¿habeis tal vez
-encontrado en el discurso de vuestros viages el original de este
-retrato?»</p>
-
-<p>Tomó el papagayo el retrato entre las garras, volvió á uno y otro
-lado la cabeza para observarle con ambos ojos, y esclamó en fin: «Ve
-aquí, por vida mia, una liada cara; sí, cierto, una cara lindísima.
-Mas como yo he visto en mis viages tantas mugeres hermosas, me seria
-muy difícil.... pero no.... aguardad.... sí.... ahora me acuerdo de
-estas facciones.... no, no me engaño: esta es la princesa Aldegunda:
-¿es posible que haya yo podido desconocer á una de mis mayores
-amigas?</p>
-
-<p>—¡La princesa Aldegunda! repitió el príncipe; ¿y en dónde la
-hallaremos?</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_208">[p. 208]</span></p>
-
-<p>—Cachaza, señor mio, cachaza; que mas fácil es hallarla que
-obtenerla. Esta princesa es la hija única del rey cristiano de
-Toledo, la cual, merced á ciertas predicciones de esos bellacos de
-astrólogos, debe vivir separada del mundo hasta cumplir los diez y
-siete años. Y yo creo que os ha de ser imposible el verla, porque
-ningun mortal puede llegarse al palacio en donde su padre la tiene
-encerrada. Yo he sido admitido á su presencia para divertirla, y os
-juro á fe de papagayo de mundo, que conozco mas de una princesa menos
-amable que ella.</p>
-
-<p>—Hablemos en confianza, querido papagayo, dijo el príncipe: yo
-soy heredero de un reino; veo que sois un pájaro de talento y que
-conoceis el mundo; ayudadme pues á ganar<span class="pagenum"
-id="Page_209">[p. 209]</span> el corazon de la princesa, y os prometo
-un puesto distinguido en mi córte.</p>
-
-<p>—Lo acepto de todo corazon, dijo el papagayo; pero cuidado, que ha
-de ser un bocado sin hueso, porque nosotros los sábios tenemos horror
-al trabajo.»</p>
-
-<p>Conviniéronse muy pronto en las condiciones, y saliendo
-inmediatamente de Córdoba llamó el príncipe al buho, le presentó al
-nuevo compañero de viage como un sábio concolega, y todos juntos
-tomaron la vuelta de Toledo. Caminaban con mucha mas lentitud de
-la que el impaciente Ahmed hubiera deseado; mas el papagayo, como
-acostumbrado á la vida de caballero, era poco amigo de madrugar; y
-el buho por otra parte queria echarse á dor<span class="pagenum"
-id="Page_210">[p. 210]</span>mir á la mitad de la jornada, y hacia
-perder mucho tiempo con sus largas siestas. Ademas su manía de
-anticuario, era un nuevo motivo de retardo; porque se empeñaba en
-detenerse en todas las ruinas á fin de esplorarlas, y poseía un
-caudal de largas historias de todos los monumentos antiguos del pais,
-que no dejaba de referir á poca ocasion que se presentase. Tenia
-el príncipe creido que este pájaro y el papagayo, como personas
-instruidas que uno y otro eran, habian de avenirse muy bien; pero se
-engañó completamente, porque lejos de observar semejante armonía,
-casi siempre se estaban picoteando. El uno era un filósofo, y el
-otro un <i>elegante</i>: el papagayo citaba versos, hacia observaciones
-críticas sobre algunas obras<span class="pagenum" id="Page_211">[p.
-211]</span> recientes, y abundaba en pequeñas advertencias sobre
-algunos puntos poco importantes de erudicion. El buho por su parte
-consideraba todo esto como cosa muy frívola, y decia abiertamente
-que solo estimaba la metafísica. Entonces se ponia el papagayo á
-cantar, y lanzaba epigramas y pullas picantes sobre la gravedad de
-su camarada, acompañándolas de una risa de satisfaccion sobremanera
-insultante. Miraba el buho estos procedimientos como otros tantos
-ultrages insoportables que se hacian á su autoridad; se engallaba,
-esponjaba el plumage con semblante desazonado, y permanecia
-silencioso todo el resto de la jornada.</p>
-
-<p>El príncipe apenas notaba la poca conformidad que existia entre
-sus dos<span class="pagenum" id="Page_212">[p. 212]</span> amigos;
-porque ocupado enteramente en las ilusiones de su fantasía y en la
-contemplacion del retrato de la hermosa princesa, no veía nada de lo
-que pasaba en su derredor. De este modo pasaron nuestros viageros
-la árida y salvage Sierra-Morena, y las agostadas llanuras de la
-Mancha y Castilla, siguiendo siempre las orillas del Tajo, que en su
-tortuoso curso baña la mitad de la España y de Portugal. Llegados
-en fin á una ciudad fortificada con torres y muros almenados, y
-edificada sobre una roca, que circundan con grande estrépito las
-aguas de aquel rio:</p>
-
-<p>«Veis ahí, dijo el buho, la antigua y célebre ciudad de Toledo,
-tan famosa por sus antigüedades. Mirad esas cúpulas venerables,
-esas torres que aunque degradadas ya por el<span class="pagenum"
-id="Page_213">[p. 213]</span> tiempo, tienen impresa la grandeza de
-los recuerdos históricos; esas torres en fin, en donde vivieron y
-meditaron tantos de mis antepasados.</p>
-
-<p>—¡Bah! dijo el papagayo interrumpiendo sin piedad al buho en medio
-de sus trasportes de anticuario, ¿y qué nos importan á nosotros todos
-esos vejestorios de torres arruinadas, ni las antiguas historias
-de vuestros abuelos? Otra cosa hay aquí que interesa mucho mas
-directamente á nuestro objeto. Ved ahí el asilo de la juventud y la
-belleza: ya en fin, ó príncipe, teneis delante de vuestros ojos la
-morada de la princesa que hace tanto tiempo buscais.»</p>
-
-<p>Dirigió el príncipe la vista hácia el punto que indicaba el
-papagayo, y<span class="pagenum" id="Page_214">[p. 214]</span> en
-el centro de una deliciosa pradera, situada á la orilla del Tajo,
-descubrió un suntuoso palacio que se levantaba por entre la frondosa
-arboleda de un amenísimo jardin: tal era el sitio que habia descrito
-el palomo como retiro del original del retrato. Contemplábale el
-príncipe con el corazon agitado de varios sentimientos. «Quizá en
-este momento, decia, estará la hermosa princesa solazándose con
-sus doncellas á la sombra de esos frondosos bosquecillos, ó tal
-vez recorrerá con paso ligero los elevados terraplenes, si no es
-que se halla reposando en lo interior de la magnífica morada.» Al
-examinar con atencion el edificio, observó Ahmed, no sin disgusto,
-que las tapias del jardin eran de una elevacion que imposibilitaba
-absolutamente el ac<span class="pagenum" id="Page_215">[p.
-215]</span>ceso; fuera de que estaban guardadas por centinelas bien
-armados.</p>
-
-<p>Volvióse pues al papagayo, y le dijo: «Ó el mas perfecto de
-los pájaros, pues que la naturaleza te ha dotado con el dón de la
-palabra, ve al jardin, busca al ídolo de mi corazon, y dile que el
-príncipe Ahmed, peregrino de amor guiado por las estrellas, viene en
-su busca, y acaba de llegar á la florida ribera del Tajo.»</p>
-
-<p>Lleno de vanidad el papagayo al verse honrado con semejante
-embajada, voló al jardin, se remontó por encima de sus altos muros, y
-cerniéndose por algunos instantes sobre los céspedes y bosquecillos,
-fue á posarse á la ventana de un pabellon, desde donde descubrió á la
-princesa medio recostada sobre un sofá, fijos<span class="pagenum"
-id="Page_216">[p. 216]</span> los ojos en un papel, y bañadas de
-hermosas lágrimas sus cándidas megillas.</p>
-
-<p>Despues de haber concertado con el pico todas las plumas de sus
-alas, recompuesto su verde trage y rizádose el copete, de un vuelo se
-puso con aire risueño al lado de la tierna doncella, y con el tono
-mas dulce que le fue posible tomar le dirigió estas palabras: «Enjuga
-tus lágrimas, ó la mas hechicera de las princesas, que vengo á traer
-consuelo á tu corazon.»</p>
-
-<p>Asustóse la princesa al oir una voz tan cerca de ella; mas no
-viendo sino un pájaro verde que la saludaba batiendo las alas:
-«¡Ay! dijo, ¿qué consuelo puedes tú darme no siendo mas que un
-papagayo?»</p>
-
-<p>Algo picado el loro con esta con<span class="pagenum"
-id="Page_217">[p. 217]</span>testacion, respondió con cierta
-secatura: «à mas de una bella consolé yo en mi tiempo; pero dejemos
-esto. Ahora vengo como embajador de un príncipe real. Sabe, ó
-princesa, que Ahmed Al Kamel, príncipe de Granada, acaba de llegar
-en busca tuya, y se halla en este momento en la florida ribera del
-Tajo.»</p>
-
-<p>Ã estas palabras brillaron los ojos de la princesa con mas fuego
-que los diamantes de su corona.</p>
-
-<p>«¡Ó el mas amable de los papagayos, dijo, benditas sean las nuevas
-que me traes! La duda en que me hallaba acerca de la constancia del
-príncipe me tenia ya á la orilla del sepulcro. Vuelve al príncipe,
-y asegúrale que todas las palabras de su carta están grabadas en
-mi corazon, y que sus versos han sido el<span class="pagenum"
-id="Page_218">[p. 218]</span> alimento de mi alma. Pero dile tambien
-que debe disponerse á probarme su amor con la fuerza de las armas;
-porque mañana mismo, en celebridad del decimoséptimo aniversario de
-mi nacimiento, celebrará mi padre un torneo: justarán en él muchos
-príncipes, y mi mano será el premio del vencedor.»</p>
-
-<p>Levantó el papagayo el vuelo, se remontó sobre los árboles del
-jardin, y salvando el recinto del palacio, llegó en un momento adonde
-estaba Ahmed. No es posible describir el júbilo de este: habia
-hallado el original de la imágen que hacia tanto tiempo adoraba, y
-le habia hallado fiel y sensible. Los mortales favorecidos que han
-logrado como él la dicha de ver cumplidos sus dulces delirios y
-trocarse la sombra en rea<span class="pagenum" id="Page_219">[p.
-219]</span>lidad, son los únicos que pueden formarse una idea de su
-delicioso enagenamiento. Con todo no dejaba este de hallarse mezclado
-con alguna inquietud: aquel torneo, aquellos caballeros que se
-disponian á disputarle la posesion del objeto amado, no le permitian
-entregarse enteramente á la alegria. El clarin guerrero llenaba
-ya con su marcial sonido las frondosas riberas del Tajo, y por do
-quiera se encontraban paladines que acudian á las fiestas de Toledo,
-seguidos de numerosas y brillantes comitivas.</p>
-
-<p>La misma estrella que precediera al destino de Ahmed habia
-influido en el de la princesa, la cual para precaverse de los
-males que el amor podia ocasionarle, debia permanecer encerrada en
-el solitario palacio has<span class="pagenum" id="Page_220">[p.
-220]</span>ta haber cumplido diez y siete años. Sin embargo, como su
-mismo retiro habia acrecentado la fama de sus gracias, se disputaban
-su mano muchos príncipes; y el rey de Toledo su padre, monarca
-señalado por su prudencia, para no atraerse enemigos si se inclinaba
-á uno ú otro de los pretendientes, confió la eleccion de un yerno
-á la suerte de las armas. Entre los que aspiraban al prez de la
-victoria habia muchos célebres ya por su fuerza y bravura; al paso
-que el desventurado Ahmed se veía desprovisto de armas, y sin ninguna
-idea de los egercicios de la caballería ¡Qué situacion tan triste la
-suya!</p>
-
-<p>«¡Cuánta es mi desgracia, decia, en haber sido educado en el
-retiro y bajo la direccion de un filósofo! ¿De<span class="pagenum"
-id="Page_221">[p. 221]</span> qué sirven el álgebra ni la filosofía
-para los negocios de amor? ¡Ah Eben Bonabben! ¿Por qué te olvidaste
-de instruirme en el manejo de las armas?»</p>
-
-<p>En esto rompió el silencio el buho, y como buen musulman que era,
-empezó su discurso por una invocacion piadosa.</p>
-
-<p>«¡Allah akbar! ¡Dios es grande! Las cosas mas recónditas están
-en sus manos. ¡Él solo gobierna el destino de los príncipes! Sabe,
-ó Ahmed, que toda esta comarca está llena de misterios, conocidos
-únicamente de un corto número de eruditos, que se han dedicado como
-yo á las ciencias ocultas. En uno de los montes vecinos se halla
-una caverna profunda; en el centro de esta caverna hay una mesa de
-hierro,<span class="pagenum" id="Page_222">[p. 222]</span> sobre
-esta mesa están unas armas encantadas, y junto á ellas se ve un
-hermoso caballo, igualmente encantado, todo lo cual ha permanecido
-oculto por espacio de muchos siglos.»</p>
-
-<p>Quedó el príncipe sobrecogido de admiracion; y el buho abriendo y
-guiñando alternativamente sus grandes y redondos ojos, y enhestando
-los cuernos, continuó así:</p>
-
-<p>«Hace muchos años vine yo acompañando á mi padre en un viage
-que hizo por este pais para visitar sus posesiones; y como fijamos
-nuestra habitacion en la caverna de que os hablo, tuve proporcion de
-conocer los misterios que encierra. Segun una tradicion de nuestra
-familia, que me refirió mi abuelo siendo yo muy niño, dichas armas
-pertenecian á un<span class="pagenum" id="Page_223">[p. 223]</span>
-mágico moro, el cual habiéndose refugiado en la caverna cuando los
-cristianos tomaron á Toledo, murió en ella, y dejó su caballo y
-armadura bajo el influjo de un encanto, que no permitia pudiesen
-servir á otro que un musulman; y aun á este solo desde el amanecer
-hasta el medio dia. Pero cualquiera que haga uso de ellas en este
-intervalo, está seguro de triunfar de todos sus enemigos.</p>
-
-<p>—¡Basta! esclamó el príncipe, busquemos al momento esa
-caverna.»</p>
-
-<p>Guiado por su sábio Mentor halló Ahmed la caverna, que era una
-de aquellas guaridas salvages que se encuentran en medio de los
-escarpados montes de Toledo; y á la verdad, solo el ojo de un
-anticuario ó de un buho pudiera descubrir la<span class="pagenum"
-id="Page_224">[p. 224]</span> entrada. Una lámpara sepulcral, en
-donde ardia sin consumirse un aceite odorífero, bañaba de pálida luz
-aquel misterioso retiro. Sobre una mesa, colocada en el centro de la
-gruta, yacia la armadura encantada, y á su lado se veía el corcel
-árabe enjaezado como para el combate, pero inmoble como una estátua.
-Las armas estaban tan tersas y brillantes como cuando salieron de las
-manos del artífice; el caballo fresco y lozano como si acabase de
-pacer en el campo; y en el momento en que Ahmed le dió una palmada en
-el cuello, empezó á herir la tierra con la mano, y dió un relincho de
-alegria que estremeció toda la caverna. Provisto de armas y caballo,
-ya no sintió el príncipe otro afecto que la impaciencia de entrar en
-liza con sus rivales.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_225">[p. 225]</span></p>
-
-<p>Llegó en fin el dia fatal. El palenque para el torneo se
-dispuso en la vega ó llanura que se estiende al pie de las
-murallas de Toledo; y á su rededor se levantaron anfiteatros y
-galerías para los espectadores, cubriéndolos de ricas tapicerías
-y toldos de seda que los defendian de los rayos del sol. Ocupaban
-las galerías todas las hermosas del contorno; y veíanse al pie
-de ellas mil bizarros caballeros, que se paseaban por el circo
-con gentil continente, cubiertos de ricas armas y capacetes,
-en donde flotaban vistosos penachos de plumas. Pero todas las
-bellezas quedaron eclipsadas cuando apareció en el pabellon real la
-princesa Aldegunda, mostrándose por primera vez á los ojos de una
-multitud de admiradores: en todas las gradas,<span class="pagenum"
-id="Page_226">[p. 226]</span> en todos los pabellones, en todo el
-campo se levantó al momento un murmullo de placer y sorpresa; y los
-príncipes, que solo aspiraban á su mano atraidos por la nombradía de
-su belleza, sintieron que se redoblaba estraordinariamente su ansia
-de combatir.</p>
-
-<p>Mas la princesa se mostraba inquieta, y ora pálida, ora con el
-color encendido, tendia la vista por la multitud, y sus miradas
-indicaban temor y disgusto. Ya los clarines iban á dar la señal
-para el primer combate, cuando anunció un heraldo la llegada de
-un caballero estrangero, y entró en la liza el príncipe Ahmed.
-Llevaba sobre el turbante un almete de acero, guarnecido de piedras
-preciosas; la coraza era dorada; la cimitarra y el puñal, fabricados
-en<span class="pagenum" id="Page_227">[p. 227]</span> Fez,
-centelleaban rebutidos de diamantes; embrazaba un escudo redondo, y
-llevaba la lanza encantada. El caparazon del caballo árabe estaba
-ricamente bordado y colgaba hasta el suelo, y el fogoso bruto hacia
-graciosas corbetas, arrojaba humo por las narices, y daba alegres
-relinchos al verse de nuevo en un campo de batalla. El noble
-ademan y gallardo talle del príncipe Ahmed cautivaron la atencion
-general; y cuando fue anunciado bajo el nombre del <i>Peregrino de
-amor</i>, todas las damas de las galerías esperimentaron una agitacion
-estraordinaria.</p>
-
-<p>Entre tanto, al presentarse Ahmed para entrar en la liza, le
-fue cerrada la barrera; porque para ser admitido al combate era
-indispensable ser príncipe. Declaró su nombre y<span class="pagenum"
-id="Page_228">[p. 228]</span> su rango; pero fue mucho peor, porque
-siendo mahometano no podia tomar parte en un torneo, cuyo premio era
-la mano de una princesa cristiana.</p>
-
-<p>Rodeáronle con ademan altivo y amenazador los príncipes sus
-competidores; y uno de ellos, notable por sus insolentes maneras
-y talla hercúlea, quiso poner en ridículo el tierno renombre de
-peregrino de amor. Ofendido el príncipe desafió lleno de furia á su
-rival: volvieron las riendas, tomaron campo y corrieron impetuosos
-á encontrarse; mas al primer bote de la lanza mágica, el indiscreto
-bufon, á pesar de su enorme estatura y fuerza prodigiosa, saltó de
-la silla. Hubiera querido Ahmed detenerse aquí, mas las habia con
-un caballo endemoniado y<span class="pagenum" id="Page_229">[p.
-229]</span> con unas armas encantadas, que nada era capaz de contener
-una vez puestas en accion. El corcel se lanzó sobre el grupo mas
-cerrado, y la lanza se llevaba por delante todo lo que encontraba.
-El amable y pacífico príncipe, hendiendo con violencia por entre la
-asombrada multitud, y cubriendo la arena de caballeros vencidos,
-sin distincion de clases, de valor ó de destreza, se lastimaba él
-mismo de sus involuntarias hazañas. Pateaba el rey de corage, y al
-ver tan mal parados á sus vasallos y á sus huéspedes, mandó á los
-guardias que se apoderasen del que así se atrevia á ultrajarle; mas
-los guardias quedaban fuera de combate luego que se acercaban al
-príncipe. Mesábase el rey su larga barba, y tomando el escudo y la
-lanza, saltó<span class="pagenum" id="Page_230">[p. 230]</span> él
-mismo á la arena para imponer al estrangero con la magestad real. Mas
-en aquel momento llegaba el sol al meridiano: el encanto recobraba su
-influjo, y el caballo árabe se lanzó en la llanura, saltó la barrera,
-se arrojó en el Tajo, rompió nadando sus espumosas olas, y llevó
-al príncipe sin aliento y desesperado á la caverna mágica. Sobrado
-feliz Ahmed al apearse sano y salvo del diabólico bridon, volvió
-á dejar las armas y se sometió á los nuevos decretos del destino.
-Sentado en la gruta reflexionaba sobre las desgracias que aquel
-caballo y aquellas armas le habian atraido. ¿Cómo habia de atreverse
-á presentarse en Toledo despues de haber llenado de vergüenza á sus
-caballeros de un modo tan ignominioso? ¿Qué dirian, señalada<span
-class="pagenum" id="Page_231">[p. 231]</span>mente la princesa, de
-una conducta tan insultante y grosera? Lleno de ansiedad envió á caza
-de noticias á sus dos confidentes alados. El papagayo corrió todas
-las encrucijadas y plazas públicas de Toledo, y volvió muy pronto con
-abundante provision de chismes. Toda la ciudad estaba consternada:
-á la princesa se la habian llevado sin sentido del pabellon; el
-torneo se habia concluido con el mayor desórden; todos hablaban de la
-repentina aparicion, de las prodigiosas hazañas, y de la desaparicion
-todavía mas prodigiosa del caballero musulman: quién decia que era
-sin duda algun moro mágico; quién opinaba que no podia ser otro
-sino un demonio en figura humana; al paso que muchos, recordando
-las tradiciones de los guerreros que per<span class="pagenum"
-id="Page_232">[p. 232]</span>manecian encantados en las cavernas de
-los montes, suponian que podia ser alguno de ellos que hubiese hecho
-esta irupcion desde el centro de su guarida. Por lo demas todos
-convenian en que un simple mortal no hubiera podido egecutar aquellos
-hechos estraordinarios, ni arrancar tan fácilmente de las sillas á la
-flor de los caballeros cristianos.</p>
-
-<p>Luego que cerró la noche salió tambien el buho á dar su vuelta,
-y á favor de la oscuridad corrió todo el pueblo, posándose en los
-tejados y en las chimeneas. Dirigió en fin el vuelo al palacio real,
-construido en la cumbre del monte de Toledo, recorrió los terraplenes
-y las almenas; y husmeando por todos los rincones, y aplicando
-sus espantados ojos á todas las ventanas en donde distin<span
-class="pagenum" id="Page_233">[p. 233]</span>guia luz; hizo tambien
-desmayar de miedo á dos ó tres doncellas de la princesa, y continuó
-sus investigaciones hasta el amanecer, á cuya hora se fue á buscar
-al príncipe, y le participó todo lo que habia descubierto en su
-espedicion.</p>
-
-<p>«Volando, le dijo, por delante de una de las torres mas elevadas
-del palacio, descubrí desde una ventana á la hermosa princesa, que
-tendida en su lecho y rodeada de médicos y de mugeres, no queria
-tomar nada de lo que la daban para aliviarla. Cuando se salieron, ví
-que sacaba de su seno una carta, la leía la besaba y prorrumpia en
-amargos lamentos, de que yo, como filósofo, no hice ningun caso.»</p>
-
-<p>El tierno corazon de Ahmed quedó oprimido bajo el peso de tan
-tris<span class="pagenum" id="Page_234">[p. 234]</span>tes noticias:
-«Tú tenias razon, esclamaba, sábio Eben Bonabben; la tristeza, los
-cuidados, dias de tribulacion y noches de vigilia son el patrimonio
-de los amantes: ¡Allah preserve á la princesa del funesto influjo de
-este amor, que tanto deseé conocer en mi delirio!»</p>
-
-<p>Las nuevas noticias que el príncipe recibió de Toledo confirmaron
-la relacion del buho: toda la ciudad estaba consternada; habian
-encerrado á la princesa en la torre mas alta del palacio, y
-guardábanse con la mayor vigilancia todas las avenidas. Entre tanto
-se habia apoderado de ella una melancolía profunda, cuya causa no
-podia nadie penetrar: negábase á tomar alimento, y cerraba los
-oidos á todo consuelo. En vano habian ensayado los médicos<span
-class="pagenum" id="Page_235">[p. 235]</span> mas hábiles todos los
-recursos del arte, en términos que al fin llegó á creerse que estaba
-bajo el dominio de algun sortilegio. En situacion tan lastimera mandó
-el rey publicar por todo el reino, que cualquiera que lograse curar á
-la princesa, recibiria en premio la joya mas rica de su tesoro.</p>
-
-<p>Cuando oyó el buho esta noticia desde un rincon de la caverna en
-donde estaba dormitando, volvió alternativamente sus grandes ojos á
-uno y otro lado, y tomando un aspecto mas misterioso que nunca:</p>
-
-<p>«¡Allah akbar! dijo, dichoso el que pueda efectuar esta curacion,
-si sabe únicamente cuál de las joyas de la corona debe elegir.</p>
-
-<p>—¿Y qué idea es la vuestra, ó venerable buho? preguntó el
-príncipe.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_236">[p. 236]</span></p>
-
-<p>—Estadme atento, ó príncipe, y vereis el término adonde se dirige
-lo que acabo de deciros. Nosotros los buhos formamos, como ya sabeis,
-un cuerpo sábio, dedicado principalmente á investigaciones oscuras
-y polvorientas: pues ahora bien: en mi última escursion nocturna á
-las torres y chapiteles de Toledo, descubrí una academia de buhos
-anticuarios, que celebra sus sesiones en la gran torre, donde se
-halla depositado el tesoro real. Reunidos allí aquellos sábios,
-disertan largamente acerca de las formas, inscripciones y objetos
-de las antiguas alhajas, y vasos de oro y plata que se hallan
-amontonados en aquella pieza; sobre los usos de los diferentes
-pueblos y edades; pero lo que principalmente los ocupa, son ciertas
-an<span class="pagenum" id="Page_237">[p. 237]</span>tiguallas y
-talismanes que se conservan allí desde el tiempo del rey godo D.
-Rodrigo. Entre estos últimos objetos existe un cofre de madera de
-sándalo, precintado con barras de hierro á la manera oriental, y
-cubierto de caracteres misteriosos, conocidos únicamente por algunas
-personas doctas. Este cofre y su inscripcion han sido el objeto de
-muchas sesiones de la academia, y ocasionado grandes debates entre
-sus miembros; y en el momento de mi visita, puesto á una esquina
-del cofre un buho muy viejo que acababa de llegar de Egipto, estaba
-leyendo las palabras escritas sobre la cubierta; y ateniéndose á su
-sentido, probó que el cofre contenia la alfombra de seda que cubria
-el trono del sábio Salomon: cuya alhaja de<span class="pagenum"
-id="Page_238">[p. 238]</span>bieron de traer á Toledo los judíos que
-se refugiaron aquí cuando la pérdida de Jerusalen.»</p>
-
-<p>Luego que terminó el buho su erudito discurso, quedó el príncipe
-como sumergido en profundas meditaciones; y al cabo de breves
-momentos dijo dirigiéndose á sus compañeros:</p>
-
-<p>«Mas de una vez he oido hablar al sábio Eben Bonabben de las
-propiedades de ese talisman, que habiendo desaparecido en la
-destruccion de Jerusalen, se creía ya perdido para el género humano.
-Su existencia es sin duda un misterio para los cristianos de Toledo;
-y si yo pudiese apoderarme de ese cofre, era cierta mi felicidad.»</p>
-
-<p>Desde el dia siguiente trocó el príncipe sus ricas vestiduras por
-el hu<span class="pagenum" id="Page_239">[p. 239]</span>milde trage
-de un árabe del desierto, se pintó el rostro y las manos de color
-cobrizo, y quedó tal que nadie hubiera conocido en él al gallardo
-caballero que causára tanta admiracion y espanto en el torneo. Con
-un palo en la mano, una canasta al lado y una flauta campestre se
-dirigió á Toledo, y presentándose á las puertas de palacio, se
-anunció como un aspirante á la recompensa prometida por la curacion
-de la princesa. Los guardias querian arrojarle ignominiosamente.
-«¡Cómo! decian, ¿un beduino miserable podria hacer lo que han
-intentado en vano los primeros sábios?» Mas el rey, oido el alboroto
-y preguntada la causa, mandó que le presentasen aquel hombre.</p>
-
-<p>«Poderoso rey, dijo Ahmed, te<span class="pagenum"
-id="Page_240">[p. 240]</span>neis en vuestra presencia á un árabe
-beduino, que ha pasado la mayor parte de su vida en las soledades del
-desierto. Notorio es que estas se hallan infestadas de toda suerte
-de demonios y espíritus malignos, que nos atormentan á los pobres
-pastores, cuando apacentamos nuestros ganados lejos de los pueblos;
-se entran en los cuerpos de las reses, y algunas veces comunican
-fiereza hasta al paciente camello. Para deshacer estos sortilegios,
-no empleamos otros medios que la música; y ciertas tonadas que se han
-trasmitido de generacion en generacion, ora cantadas, ora tocadas con
-el caramillo, tienen la virtud de ahuyentar aquellos malos espíritus.
-Yo pues pertenezco por dicha á una familia eminentemente dotada
-de<span class="pagenum" id="Page_241">[p. 241]</span> esta virtud
-maravillosa contra los hechizos y sortilegios; la poseo en toda su
-plenitud; y si el estado lastimoso en que parece se halla vuestra
-hija es ocasionado por alguna influencia maligna de este género,
-me obligo desde luego á libertarla, y respondo de su salud con mi
-cabeza.»</p>
-
-<p>Era el rey un hombre de muy buen juicio; conocia los secretos
-de los árabes de que el beduino acababa de hablarle, y habiéndole
-inspirado la mayor confianza la franqueza con que este pastor se
-esplicaba, le condujo al gabinete de la princesa, cuyas ventanas
-daban á una especie de galería, desde donde se descubria toda la
-ciudad de Toledo con las campiñas circunvecinas.</p>
-
-<p>Sentóse el príncipe en una silla que se habia colocado en la
-galería,<span class="pagenum" id="Page_242">[p. 242]</span> y tocó
-algunas tonadas árabes que habia aprendido de sus criados en el
-Generalife. La princesa permaneció insensible, y los médicos que
-se hallaban allí meneaban la cabeza y se sonreían con semblante de
-incredulidad y menosprecio. En fin, el príncipe dejó el caramillo, y
-se puso á cantar los versos que envió á la princesa declarándola su
-amor.</p>
-
-<p>La hermosa doncella reconoció al momento las estancias,
-apoderóse de su corazon una alegria repentina, levantó la cabeza,
-escuchó; arrasáronse de lágrimas sus ojos, palpitaba su seno, y
-tiñósele de púrpura el semblante. Bien hubiera pedido que hiciesen
-entrar al músico; pero el tímido pudor de una vírgen no la dejaba
-hablar. Comprendió el rey su deseo, y mandó al momento que<span
-class="pagenum" id="Page_243">[p. 243]</span> entrase el cantor.
-Viéronse los dos amantes y fueron discretos, pues se contentaron con
-dirigirse mútuamente algunas tiernas miradas que decian mucho mas
-que largos discursos. Nunca se vió triunfo mas completo: las rosas
-aparecieron de nuevo en las megillas de la encantadora Aldegunda; sus
-labios recobraron su frescura, sus ojos su brillo seductor.</p>
-
-<p>Mirábanse atónitos los médicos, y el rey consideraba al beduino
-con una admiracion mezclada de respeto. «Jóven prodigioso, esclamó,
-quiero que seas mi primer médico, y jamas tomaré otros remedios que
-tu dulce melodía. Por ahora recibe la recompensa que te es debida;
-elige la joya mas preciosa de mi tesoro.</p>
-
-<p>—Ó rey, contestó Ahmed, el<span class="pagenum" id="Page_244">[p.
-244]</span> oro, la plata ni las piedras preciosas tienen á mis ojos
-muy poco valor; mas tú posees una reliquia, un cofre de madera de
-sándalo que encierra una alfombra de seda. Dame pues ese cofre y nada
-mas deseo.»</p>
-
-<p>Todos los circunstantes quedaron sorprendidos de lo moderado de la
-eleccion; y mas aun, cuando traido el cofre, fue sacada la alfombra:
-la materia era seda, el color un verde muy hermoso, y estaba cubierta
-de caracteres hebreos y caldeos. Los médicos de la córte se miraban
-encogiéndose de hombros, y sonriéndose de la simplicidad de su nuevo
-compañero, que se contentaba con tan módicos honorarios.</p>
-
-<p>«Esta alfombra, dijo el príncipe, cubrió en otro tiempo el
-trono de Salomon, el mas sábio de los mo<span class="pagenum"
-id="Page_245">[p. 245]</span>narcas: digna es de ser colocada á los
-pies de la belleza.»</p>
-
-<p>Dicho esto desplegó la alfombra y la tendió en la galería, debajo
-de un lecho que habian colocado allí para la princesa, y sentándose á
-los pies de esta:</p>
-
-<p>«¿Quién podrá oponerse, continuó, á los decretos del destino?
-¡Cumpliéronse las predicciones de los astrólogos! Sabe, ó rey, que tu
-hija y yo nos amábamos en secreto hacia largo tiempo: ya tienes en tu
-presencia al Peregrino de amor.»</p>
-
-<p>No bien habia pronunciado estas palabras, cuando se levantó la
-alfombra en el aire, llevándose al príncipe y á la princesa. El rey
-y los médicos se quedaron pasmados, y siguieron con la vista á los
-fugitivos, hasta que ya no se distinguian sino<span class="pagenum"
-id="Page_246">[p. 246]</span> como un punto negro que resaltaba sobre
-el fondo blanco de una nube, y que al fin se perdió en el azul del
-cielo.</p>
-
-<p>Indignado el rey, hizo llamar inmediatamente á su tesorero.
-«¿Cómo, le dijo, has permitido que un infiel tomase posesion de tan
-precioso talisman?</p>
-
-<p>—¡Ah señor! respondió el tesorero, aquí no conocíamos sus
-virtudes, ni el sentido de los caracteres inscritos sobre el cofre
-que le guardaba. Si es en efecto la alfombra del rey Salomon, no cabe
-duda que se halla dotada del poder mágico de trasportar á su posesor
-por los aires adonde le plazca ir.»</p>
-
-<p>Reunió el rey un poderoso egército y se dirigió á Granada,
-adonde llegó despues de una marcha larga<span class="pagenum"
-id="Page_247">[p. 247]</span> y penosa. Luego que dió vista á la
-ciudad sentó sus reales en la vega, y envió un heraldo á reclamar
-á su hija. El rey de Granada salió en persona á saludar al monarca
-toledano, que reconoció en él al músico beduino. Ahmed acababa de
-subir al trono por muerte de su padre, y la bella Aldegunda era su
-sultana.</p>
-
-<p>El rey cristiano consintió en el enlace de su hija con Ahmed,
-cuando se le prometió que la princesa quedaria en libertad para
-conservar su religion; porque de otro modo estaba resuelto á oponerse
-con todo su poder. En vez de batallas sangrientas hubo fiestas y
-regocijos; el anciano rey regresó luego á Toledo, y los jóvenes
-esposos continuaron reinando en la Alhambra con no menos sabiduría
-que felicidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum" id="Page_248">[p. 248]</span></p>
-
-<p>Para completar mi historia no puedo dispensarme de añadir que el
-buho y el papagayo habian seguido al príncipe á cortas jornadas: el
-primero solo viajaba por la noche, alojándose durante el dia en las
-diferentes posesiones hereditarias de su familia; el último figuraba
-en las reuniones mas brillantes de las ciudades que se hallaban en el
-tránsito. Ahmed recompensó generosamente los servicios que uno y otro
-le habian hecho durante su peregrinacion, pues nombró primer ministro
-al buho, y maestro de ceremonias al papagayo. Con lo cual parece
-inútil añadir que jamas hubo reino mejor administrado; ni córte mas
-escrupulosa en la observancia de las reglas de la etiqueta.</p>
-
-
-<p class="fin"><span class="g2">FIN</span>.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<div class="transnote" id="tnote">
- <p class="tnotetit">Nota de transcripción</p>
-
- <ul>
- <li>Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la
- grafía de mayor frecuencia.</li>
-
- <li>Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.</li>
-
- <li>Las páginas en blanco han sido eliminadas.</li>
-
- <li>El transcriptor ha creado la imagen de la cubierta y la sitúa
- en el dominio público.</li>
- </ul>
-</div>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Cuentos de la Alhambra, by Washington Irving
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CUENTOS DE LA ALHAMBRA ***
-
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-
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
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-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
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-
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-
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
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-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
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-
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